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Catecismo del Sábado 08/06/19

Rebaño del Buen Pastor

La Profesión de la Fe Cristiana
Breve resumen historia del credo, diferencias de ambas versiones, las 12 verdades del cuaderno.

Quien dice "Yo creo", dice "Yo me adhiero a lo que nosotros creemos". La comunión en la fe
necesita un lenguaje común de la fe, normativo para todos y que nos una en la misma confesión
de fe.

Esta síntesis de la fe no ha sido hecha según las opiniones humanas, sino que de toda la Escritura
ha sido recogido lo que hay en ella dé más importante, para dar en su integridad la única
enseñanza de la fe. Y como el grano de mostaza contiene en un grano muy pequeño gran número
de ramas, de igual modo este resumen de la fe encierra en pocas palabras todo el conocimiento
de la verdadera piedad contenida en el Antiguo y el Nuevo Testamento (S. Cirilo de Jerusalén, cate.
ill. 5,12).

Se llama a estas síntesis de la fe "profesiones de fe" porque resumen la fe que profesan los
cristianos. Se les llama "Credo" por razón de que en ellas la primera palabra es normalmente:
"Creo". Se les denomina igualmente "símbolos de la fe". El "símbolo de la fe" es la recopilación de
las principales verdades de la fe. De ahí el hecho de que sirva de punto de referencia primero y
fundamental de la catequesis.

La primera profesión de fe se hace en el bautismo, a estos e le llama sello bautismal.

Ha habido otros credos, como el credo del pueblo de Dios (a través de Adán todos pecamos, pablo
es la piedra de la iglesia), el credo fides Damasi, etc. Aunque estos no son vigentes, no se pueden
considerar inútiles ya que nos ayudan a entender la historia de la iglesia.

Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo
visible y lo invisible.
Este es el articulo más importante del credo, igual que con los mandamientos, todo lo demás es
explicación de lo primero. Se empieza confesando que hay un solo Dios, verdad que sabemos
desde la vieja alianza y que es confirmado por Jesús. Confesamos desde el Genesis que él es
creador de cielo y tierra (no estamos con esto negando lo descubierto por la ciencia, estamos
dándole sentido a la historia humana, quitándole el azar, dándole propósito a nuestra existencia).
Decimos cielo porque creemos en la existencia de un lugar donde habita dios, las criaturas
espirituales, los profetas y donde iremos nosotros también.

Decimos visible e invisible porque creemos en la existencia de seres espirituales, llamados


comúnmente ángeles, que son servidores y mensajeros de Dios, estos anuncian el nacimiento de
Cristo, aparecen en sueños, ayudan al pueblo judío en el viejo testamento, y vendrán con Jesús
(Mt 25,31).

Creo en Jesucristo, Hijo único de Dios…


Cristo es la traducción del hebreo ¨mesías¨ esto quiere decir ungido, o elegido por Dios para una
misión divina, así se les llamaba a los reyes, sacerdotes y algunos profetas antes de Jesús. Jesús se
proclamó hijo de Dios varias veces, notablemente en el Sanedrín cuando lo acusan ((Lc 22, 70; Cf.
Mt 26, 64; Mc 14, 61)), ser hijo indica una afiliación única con Dios, es distinto a los siervos,
superior a los ángeles.

El verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios, el verbo se encarnó para
ser nuestro modelo de santidad, el verbo se encarnó, para hacernos participes de la naturaleza
divina (porque si el hombre entra en comunión con Jesús, recibe la filiación divina y se convierte
en hijo de Dios).

Jesús se encarnó (tomo la forma de la carne, asumió la naturaleza humana) (1 Jn 4, 2).

El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que
Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa
entre lo divino y lo humano. Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente
Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta
verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban.

María es invitada a concebir a aquel en quien habitará "corporalmente la plenitud de la divinidad"


(Col 2, 9). La respuesta divina a su "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?" (Lc 1, 34) se
dio mediante el poder del Espíritu: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti" (Lc 1, 35).

Aquí viene en juego los dogmas marianos: la inmaculada concepción, la virginidad perpetua, la
asunción, …

Las frecuentes afirmaciones del Nuevo Testamento según las cuales Jesús "resucitó de entre los
muertos" (Hch 3, 15; Rm 8, 11; 1 Co 15, 20) presuponen que, antes de la resurrección, permaneció
en la morada de los muertos (Cf. Hb 13, 20). Es el primer sentido que dio la predicación apostólica
al descenso de Jesús a los infiernos; Jesús conoció la muerte como todos los hombres y se reunió
con ellos en la morada de los muertos. Pero ha descendido como Salvador proclamando la buena
nueva a los espíritus que estaban allí detenidos (Cf. 1 P 3,18-19).

"Hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva..." (1 P 4, 6). El descenso a los infiernos es
el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación. Es la última fase de la misión
mesiánica de Jesús.

Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de la muerte (Cf. Mt 12, 40; Rm 10, 7; Ef 4, 9) para "que los
muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan" (Jn 5, 25). Jesús, "el Príncipe de la
vida" (Hch 3, 15)

Hay un doble aspecto en el misterio Pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su
Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos
devuelve a la gracia de Dios (Cf. Rm 4, 25) "a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre
los muertos... así también nosotros vivamos una nueva vida" (Rm 6, 4). Consiste en la victoria
sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia (Cf. Ef 2, 4-5; 1 P 1, 3).

Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios"
(Mc 16, 19). El Cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo
prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta
para siempre (Cf. Lc 24, 31; Jn 20, 19. 26).

"mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina
lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo
que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que
esperan la manifestación de los hijos de Dios" (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre
todo en la Eucaristía (Cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (Cf. 2 P 3, 11-12)
cuando suplican: "Ven, Señor Jesús" (Cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).

Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino
mesiánico esperado por Israel (Cf. Hch 1, 6-7) que, según los profetas (Cf. Is 11, 1-9), debía traer a
todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según
el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (Cf. Hch 1, 8), pero es también un tiempo
marcado todavía por la "tristeza" (1 Co 7, 26) y la prueba del mal (Cf. Ef 5, 16) que afecta también
a la Iglesia (Cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días (1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es
un tiempo de espera y de vigilia (Cf. Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-37).

Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta
de cada uno (Cf. Mc 12, 38-40) y el secreto de los corazones (Cf. Lc 12, 1-3; Jn 3, 20-21; Rm 2, 16; 1
Co 4, 5).

La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino
(Cf. Mt 5, 22; 7, 1-5). Jesús dirá en el último día: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos
más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40).

Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los
corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. "Adquirió" este derecho
por su Cruz. El Padre también ha entregado "todo juicio al Hijo" (Jn 5, 22;Cf. Jn 5, 27; Mt 25, 31;
Hch 10, 42; 17, 31; 2 Tm 4, 1). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar (Cf. Jn
3,17) y para dar la vida que hay en él (Cf. Jn 5, 26). Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo
que cada uno se juzga ya a sí mismo (Cf. Jn 3, 18; 12, 48); es retribuido según sus obras (Cf. 1 Co 3,
12- 15) y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor (Cf. Mt 12, 32; Hb
6, 4-6; 10, 26-31).

Creo en el espíritu santo, …


"Nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!" sino por influjo del Espíritu Santo" (1 Co 12, 3). "Dios ha
enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre!" (Ga 4, 6). Este
conocimiento de fe no es posible sino en el Espíritu Santo. Para entrar en contacto con Cristo, es
necesario primeramente haber sido atraído por el Espíritu Santo. Él es quien nos precede y
despierta en nosotros la fe. Mediante el Bautismo, primer sacramento de la fe, la Vida, que tiene
su fuente en el Padre y se nos ofrece por el Hijo, se nos comunica íntima y personalmente por el
Espíritu Santo en la Iglesia.

El espíritu santo nos despierta la fe, por eso es señor y dador de vida. El espíritu santo es una de
las personas de la trinidad, consubstancial al padre y al hijo, no mas ni menos. Es el ultimo en ser
revelado en la biblia. Primero se da pinceladas o pistas, luego se revela. Hoy en día el ultimo en ser
revelado es el primero que conocemos.

En la iglesia podemos ver la acción del espíritu santo: en las escrituras, en la tradición, en la
liturgia, en los sacramentos, en la oración, en sus dones, en el testimonio de los santos.

El término "Espíritu" traduce el término hebreo "Ruah", que en su primera acepción significa
soplo, aire, viento. Jesús, cuando anuncia y promete la Venida del Espíritu Santo, le llama el
"Paráclito", "Paráclito" se traduce habitualmente por "Consolador", Jesús es el primer consolador,
actualmente el Espíritu nos da consuelo.

Recordar Pentecostés: consuma la efusión del Espíritu Santo, desde este día se completa la
manifestación de la santísima trinidad. El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su
gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y
abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el Misterio de Cristo,
sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la Comunión con Dios, para que
den "mucho fruto". Recuerden los frutos del Espíritu Santo. ¨ el fruto del Espíritu que es caridad,
alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza"(Ga 5, 22- 23).

Habló por los profetas: no solo les dio el don de hablar en lenguas el día de pentecostés, les dio
sabiduría para saber donde y como empezar a enseñar la palabra, les dio las características
necesarias para que con su vida puedan ser ejemplo e iniciar la iglesia más grande del mundo.

Creo en la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica, …


El artículo sobre la Iglesia depende enteramente también del que le precede, sobre el Espíritu
Santo. "En efecto, después de haber mostrado que el Espíritu Santo es la fuente y el dador de toda
santidad, confesamos ahora que es Él quien ha dotado de santidad a la Iglesia" (Catech. R. 1, 10,
1). La Iglesia, según la expresión de los Padres, es el lugar "donde florece el Espíritu" (San Hipólito,
t.a. 35).

La palabra iglesia quiere decir convocación. En el lenguaje cristiano la palabra iglesia designa no
solo la asamblea litúrgica, sino también la comunidad tanto local como universal de los creyentes:
la iglesia es el pueblo que Dios reúne en el mundo entero.

La Iglesia es una debido a su Fundador: "Pues el mismo Hijo encarnado, Príncipe de la paz, por su
cruz reconcilió a todos los hombres con Dios... restituyendo la unidad de todos en un solo pueblo y
en un solo cuerpo" (GS 78, 3).

Entre los miembros de la Iglesia existe una diversidad de dones, cargos, condiciones y modos de
vida; para vincularnos a todos en la unidad tenemos: la profesión de una misma fe (EL CREDO),
celebración de un mismo culto divino (LITURGIA), seguimiento de los mismos SACRAMENTOS,
sucesión apostólica de Pedro (EL PAPA FRANCISCO)

"La fe confiesa que la Iglesia... no puede dejar de ser santa. En efecto, Cristo, el Hijo de Dios, a
quien con el Padre y con el Espíritu se proclama “el solo santo”, amó a su Iglesia como a su esposa.
Él se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don
del Espíritu Santo para gloria de Dios" (LG 39). La Iglesia es, pues, "el Pueblo santo de Dios" (LG
12), y sus miembros son llamados "santos" (Cf. Hch9, 13; 1 Co 6, 1; 16, 1).
La Iglesia, unida a Cristo, está santificada por Él; por Él y con Él, ella también ha sido hecha
santificadora. Todas las obras de la Iglesia se esfuerzan en conseguir "la santificación de los
hombres en Cristo y la glorificación de Dios" (SC 10). En la Iglesia es en donde está depositada "la
plenitud total de los medios de salvación" (UR 3). Es en ella donde "conseguimos la santidad por la
gracia de Dios" (LG 48).

Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores (Cf. 1 Jn 1, 8-
10). En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del
Evangelio hasta el fin de los tiempos (Cf. Mt 13, 24-30). La Iglesia, pues, congrega a pecadores
alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación.

Comunión de los Santos: Al canonizar a ciertos fieles, es decir, al proclamar solemnemente que
esos fieles han practicado heroicamente las virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios,
la Iglesia reconoce el poder del Espíritu de santidad, que está en ella, y sostiene la esperanza de los
fieles proponiendo a los santos como modelos e intercesores (Cf. LG 40; 48-51). "Los santos y las
santas han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más difíciles de la
historia de la Iglesia" (CL 16, 3).

Católica: significa universal, la iglesia es católica porque ha sido enviada por Cristo en misión a la
totalidad del género humano (recordar que dijimos la misión de la iglesia la semana pasada).

Apostólica: esta fundada sobre los apóstoles: Fue y permanece edificada sobre "el fundamento de
los apóstoles" (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo
(Cf. Mt 28, 16-20; Hch 1, 8; 1 Co 9, 1; 15, 7-8; Ga 1, l; etc.). — Guarda y transmite, con la ayuda del
Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza (Cf. Hch 2, 42), el buen depósito, las sanas palabras
oídas a los apóstoles (Cf. 2 Tm 1, 13-14). — Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los
apóstoles hasta la vuelta de Cristo, gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el
colegio de los obispos, "a los que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y
Sumo Pastor de la Iglesia"

Después de haber confesado "la Santa Iglesia católica", el Símbolo de los Apóstoles añade "la
comunión de los santos". Este artículo es, en cierto modo, una explicitación del anterior: "¿Qué es
la Iglesia, sino la asamblea de todos los santos?" (Nicetas, symb. 10). La comunión de los santos es
precisamente la Iglesia.

Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado
verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de
su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último día (Cf. Jn
6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad.

El término "carne" designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad (Cf. Gn 6, 3; Sal


56, 5; Is 40, 6). La "resurrección de la carne" significa que, después de la muerte, no habrá
solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros "cuerpos mortales" (Rm 8, 11)
volverán a tener vida. Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un
elemento esencial de la fe cristiana. "La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos;
somos cristianos por creer en ella" (Tertuliano, res. 1.1).
El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia El y la entrada
en la vida eterna. Importante: la iglesia cree dos cosas: todo el que muere inmediatamente ira al
juzgado donde se determinará el lugar final (cielo o infierno) dependiendo de sus obras y su fe. Los
que van al cielo estarán perfectamente purificados, vivirán en gracia y amistad de Dios, este es el
fin ultimo y la aspiración más grande del hombre.

La parábola del pobre Lázaro (Cf. Lc 16, 22) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (Cf. Lc
23, 43), así como otros textos del Nuevo Testamento (Cf. 2 Co 5,8; Flp 1, 23; Hb 9, 27; 12, 23)
hablan de un último destino del alma (Cf. Mt 16, 26) que puede ser diferente para unos y para
otros.

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque
están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de
obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.

La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta
del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio
sobre todo en los concilios de Florencia y Trento.

Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego
purificador, según lo que afirma Aquél que es la Verdad, al decir que, si alguno ha pronunciado
una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro
(Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este
siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, dial. 4, 39).

Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la
Escritura: "Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los
muertos, para que quedaran liberados del pecado" (2 M 12, 46). Salvo que elijamos libremente
amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente
contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: "Quien no ama permanece en la
muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida
eterna permanente en él" (1 Jn 3, 15).

Jesús habla con frecuencia de la "gehenna" y del "fuego que nunca se apaga" (Cf. Mt 5,22.29;
13,42.50; Mc 9,43-48) reservado a los que, hasta el fin de su vida rehúsan creer y convertirse, y
donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo (Cf. Mt 10, 28). Jesús anuncia en términos
graves que "enviará a sus ángeles que recogerán a todos los autores de iniquidad..., y los arrojarán
al horno ardiendo" (Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación:" ¡Alejaos de Mí malditos al
fuego eterno!" (Mt 25, 41).

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que
mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la
muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno" (Cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002;
1351; 1575; SPF 12). Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del
infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en
relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la
conversión: "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que
lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; más ¡qué estrecha la puerta y qué
angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran" (Mt 7, 13-14):

Dios no predestina a nadie a ir al infierno (Cf. DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria una
aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final.

La resurrección de todos los muertos, "de los justos y de los pecadores" (Hch 24, 15), precederá al
Juicio final. Esta será "la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y los que
hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación"
(Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá "en su gloria acompañado de todos sus ángeles, ... Serán
congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor
separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda... E irán
estos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna." (Mt 25, 31. 32. 46).

Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación
de cada hombre con Dios (Cf. Jn 12, 49). El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo
que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena:

El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que
tendrá lugar; sólo Él decidirá su advenimiento. Entonces, Él pronunciará por medio de su Hijo
Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de
toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos
admirables por los que Su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El juicio
final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y
que su amor es más fuerte que la muerte (Cf. CT 8, 6).

Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del juicio final, los justos
reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será
renovado

La Sagrada Escritura llama "cielos nuevos y tierra nueva" a esta renovación misteriosa que
trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; Cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del
designio de Dios de "hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que
está en la tierra" (Ef 1, 10).

En este "universo nuevo" (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los
hombres. "Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni
fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Ap 21, 4;Cf. 21, 27).

El Credo, como el último libro de la Sagrada Escritura (Cf. Ap 22, 21), se termina con la palabra
hebrea Amen. Se encuentra también frecuentemente al final de las oraciones del Nuevo
Testamento. Igualmente, la Iglesia termina sus oraciones con un "Amén". En hebreo, "Amen"
pertenece a la misma raíz que la palabra "creer". Esta raíz expresa la solidez, la fiabilidad, la
fidelidad. Así se comprende por qué el "Amén" puede expresar tanto la fidelidad de Dios hacia
nosotros como nuestra confianza en Él.
Los tatuajes
El catecismo no habla de los tatuajes. Pero la Biblia si:
«No se hagan heridas en el cuerpo por causa de un muerto. No se hagan ninguna clase de
tatuaje. Yo soy el Señor». (Lev. 19, 28)
El tatuaje es una marca o un dibujo permanente en el cuerpo que se realiza introduciendo
pigmento en las roturas de la piel.
En ocasiones se los realiza para tener protección mágica contra la enfermedad o la
desgracia; también se usan para identificar el rango de su dueño, se estado o pertenencia
a un determinado grupo. También se verán tatuajes de animales peligrosos, como el
escorpión y la serpiente, o de animales símbolos de fecundidad, como el toro, de
potencia, como el león, etc. La identificación implica también un sentido de don, e incluso
de consagración al ser simbólicamente representado por el tatuaje; es entonces un signo
de alianza.
El tatuaje ha estado implicado en algunos desordenes como el cáncer de piel, y en 1961 la
práctica fue severamente restringida por el gobierno de la ciudad de Nueva York a causa
del rol que jugó el material de tatuaje contaminado en la expansión de la hepatitis.
“Hay personas que preguntan si los tatuajes o los piercings son algo demoniaco. La
respuesta es ‘no’. Solo es demoniaco aquello que tiene una relación directa con el
demonio”
Sin embargo, precisó, “hay que recordar a los jóvenes que el cuerpo es una obra de Dios. Y
que una cosa es poner algo encima de ese cuerpo y otra practicar en él reformas
irreparables”.
“No hay nada malo en pintar algo sobre el cuerpo si eso va a desaparecer al cabo de unos
días o semanas. Es el hecho de la irreversibilidad lo que hace que el sentido común se
pregunte si es algo adecuado”, precisó.
Pero el cuerpo humano es algo divino. Toda intervención irreversible en el cuerpo debe
ser realmente conveniente y razonable”, añadió.
El tatuaje no es una práctica moderna. En Egipto y Libia se han encontrado momias con
tatuajes que datan de cientos de años antes de Cristo, y lo mismo ha sucedido en
Sudamérica. Muchas de las imágenes que dichas momias tienen grabadas están
directamente relacionadas con la adoración de dioses paganos. El investigador Steve
Gilbert señala: “El tatuaje no abstracto más antiguo que se conoce representa a Bes, que
según la mitología egipcia es la lasciva deidad de la diversión”. Los adoradores paganos,
como por ejemplo los egipcios, se tatuaban los nombres o los símbolos de sus dioses en el
pecho o en los brazos.
Ante la pregunta de si es pecado tatuarse o ponerse aretes por todas partes,
respondemos que no es pecado. Nadie hasta el momento me ha llegado confesando ese
pecado. Pero un cristiano católico debe reflexionar las cosas antes de llevarlas a cabo. En
este caso se deben considerar algunas cosas, como por ejemplo la salud. Deben tener en
cuenta que pueden contagiarse de enfermedades como el SIDA y el Hepatitis C. Esta
última fue la causa por la que en Estados Unidos de Norteamérica prohibieron hacerse
tatuajes allá en el 1961 por el brote de esta enfermedad propagada por la poca higiene al
hacerse los tatuajes. Otra cosa que debe tener en cuenta un cristiano es que no debemos
marcarnos con imágenes que ofendan a los demás ni con aquello que contradiga nuestra
religión. Muchos pueden decirse católicos y marcarse con imágenes de mujeres
semidesnudas o con consignas groseras, satánicas y todo aquello que ofende la religión. El
otro motivo es el verse impedidos por cierto tiempo de donar sangre.
Una de las cosas muy personales por las cuales yo les cuestionaría sería: ¿por qué te
quieres tatuar? ¿Es vanidad? ¿Cuánto vas a gastar en dicho tatuaje, ese dinero no lo
puedes usar para algo más productivo? O ¿quieres llamar la atención de otros? Porque al
final, eso a mi modo de ver, sería la única intención de hacerse un tatuaje: Sólo por llamar
la atención de otros. La persona no se siente contenta con su cuerpo, con su imagen y
busca ponerse algo para sentirse realizado. Pareciera ser que no somos felices con lo que
somos o tenemos. Pareciera ser entonces que no nos sentimos amados por los demás, nos
sentimos rechazados. Creo que debemos analizar muy bien las cosas antes de hacerlas.
Como cristiano católico debemos buscar vivir nuestra religión en todos los aspectos, y
recordar que nuestro cuerpo es un regalo de Dios y corresponde cuidarlo y amarlo, no
maltratarlo.
En la Biblia encontramos: «¿No saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo
que Dios les ha dado, y que el Espíritu Santo vive en ustedes? Ustedes no son sus propios
dueños, porque Dios los ha comprado. Por eso deben honrar a Dios en el cuerpo». (1 Cor.
6, 19-20)
Dios nos ama con tatuajes o sin tatuajes, eso no se duda. Pero tratemos de reflexionar
nuestras acciones antes de hacerlas para que siempre por medio de ellas demos un buen
testimonio del nombre cristiano. No solamente con la predicación se anuncia a Cristo,
también con nuestras actitudes damos razón del Evangelio.