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El Arte De Los Pueblos Primitivos

El arte primitivo de África y Oceanía no tiene por qué estar necesariamente muy alejado en el tiempo,
puesto que en numerosas tribus indígenas el arraigo de la tradición artística autóctona ha permitido que
su cultivo se haya mantenido durante siglos, hasta épocas relativamente recientes. De hecho, es
precisamente a partir de principios del siglo XX cuando este arte comienza a ser apreciado en Occidente,
primero por los artistas de vanguardia y después por museos y público en general.

El arte primitivo africano


En términos generales, el arte africano está fuertemente condicionado por las creencias religiosas. La
mayor parte de los pueblos eran animistas, es decir, atribuían un alma o principio vital a todos los seres
y fenómenos de la naturaleza. Sólo las civilizaciones más desarrolladas llegaron a crear un panteón de
divinidades establecidas.
En este contexto se diferenciaron dos manifestaciones artísticas básicas:
 Los fetiches: son objetos a los que se atribuye un poder sobrenatural para ejercer influencias
maléficas o beneficiosas. Se pueden diferenciar fetiches de distintos tipos. Así, existen figuras-
relicario, con cavidades para guardar objetos; fetiches de clavos, que ejercen influencias malignas;
fetiches que transmiten los mensajes de los espíritus y tallas conmemorativas de personajes
relevantes.
 La segunda manifestación característica del arte africano es la máscara, empleada como medio
para captar la energía sobrenatural de los espíritus. Las máscaras se emplean en ritos funerarios, en
rituales mágicos y en ceremonias destinadas a propiciar la fecundidad de la tierra.
La gran mayoría de las manifestaciones del arte africano tienen como materia básica la madera, aunque
en las culturas más desarrolladas se utilizaron ocasionalmente materiales como el oro o el bronce.

  
Placa de bronce esculpida, arte africano de Benin (Museo Británico, Londres).
Los pueblos del Pacífico
Como en el caso del arte africano, las manifestaciones artísticas de los pueblos de Oceanía se dieron a
conocer en Occidente como consecuencia del interés que suscitaron en los maestros de las vanguardias
de finales del siglo XIX y principios del XX. En el caso específico del arte del Pacífico, el gran
introductor sería Paul Gauguin (1848-1903), quien conoció directamente sus manifestaciones durante
sus viajes por los mares del Sur.

El arte de los aborígenes australianos


Los pueblos aborígenes australianos mantienen aún en la actualidad una de las culturas más primitivas
del mundo. En origen, estos pueblos habitaban en cuevas en cuyas paredes se han hallado numerosas
pinturas rupestres, con figuras asociadas a rituales mágicos, caracterizadas por su linealidad y su
esquematismo.
Otra de las manifestaciones artísticas más frecuentes en estos pueblos es la pintura sobre trozos de
corteza, en la que es habitual la representación de espíritus de formas alargadas que protegen a los seres
humanos y los animales, con profusión de diseños decorativos. La decoración llega tanto en los
aborígenes australianos como en los maoríes neozelandeses al propio cuerpo humano. Las pinturas
rituales y los tatuajes son, de hecho, una de las formas de expresión artística y antropológica más
singular de los pueblos de Oceanía.

La Polinesia
La manifestación artística más habitual de los pueblos que habitan las numerosas islas dispersas por todo
el océano Pacífico son las tallas en madera, caracterizadas casi siempre por la estilización y las formas
verticales. En algunas de las islas, como Samoa y Tonga, junto a los trabajos en madera se realizan
también pinturas sobre corteza, en ocasiones decoradas con plumas. Asimismo son notables las
decoraciones, mezcla de escultura y pintura, que se realizan en las canoas, antaño empleadas para la
guerra.
Singular mención merecen las colosales figuras esculpidas en piedra volcánica, o moais, que se alzan
enigmáticas sobre las costas de la isla de Pascua, Chile, en el Pacífico oriental. Con una cultura que
floreció entre los siglos X y XIII, los moais de la isla de Pascua, algunos de los cuales superan los diez
metros de altura y las cuarenta toneladas de peso, constituyen un gran enigma tanto en lo referente a su
origen como a su función.
Moais de la Isla de Pascua, Chile.