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Libros de Leonardo Sciascia

en Tusquets Editores

AN DAN ZAS FÁBU LA

1912 + 1 El Consejo de Egipto


La bruja y el capitán Todo modo
El Consejo de Egipto El contexto
Puertas abiertas 1912 + 1
Todo modo Los tíos de Sicilia
El caballero y la muerte Una historia sencilla
Una historia sencilla Cándido
Cándido o Un sueño siciliano
o Un sueño siciliano El caballero y la muerte
El contexto Puertas abiertas
Los tíos de Sicilia La bruja y el capitán
Los apuñaladores Los apuñaladores
La desaparición de Majorana
El día de la lechuza AFU ERAS

A cada cual, lo suyo Horas de España


El teatro de la memoria
El mar color de vino
El caso Moro
LEONARDO SCIASCIA
EL CASO MORO

Traducción de Juan Manuel Salmerón

TUSi >UETS
EDITORES
Sciascia, Leonardo
El caso Moro. - 1a ed. - Buenos Aires :Tusquets Editores, 2011.
192 p .; 21x14 cm. - (Andanzas; 742)

Traducido por: Juan Manuel Salmerón Arjona


ISBN 978-987-670-036-8

1. Narrativa Italiana. I. Juan Manuel Salmerón Arjona, trad. II. Título.


CDD 850

T ítu lo original: L ’a ffa ire M o ro

1 . a ed ició n : diciem bre de 2 0 1 0

1 . a edición argentin a: ju lio de 2 0 1 1

E l caso M o ro : © É d itio n s Grasset et Fasquelle, 1978


In fo rm e de la co m isió n p a rla m e n ta ria de in v estig a ció n , p resen ta d o p o r e l d ip u ta d o
L eo n a rd o S c ia sc ia : © L eo n ard o Sciascia Estate. T odos los derechos reservados.
Pu blicado en Italia p o r A d e lp h i E d izio n i, M ilán

© de la trad u cción : Ju a n M an u el Salm eró n A rjo n a, 2 0 10


D iseñ o de la co le cc ió n : G u illem o t-N avares
Reservados todos los derechos de esta ed ició n para
Tusquets E ditores, S .A . - V enezuela 16 6 4 - (10 9 6 ) B u en o s Aires
in fo @ tu sq u e ts.co m .ar - w w w .tusquetseditores.com
I S B N : 978-987-670-036-8
H ech o el d epósito de ley
Im preso en el mes de ju lio de 2 0 1 1 en G ráfica M P S
San tiago del Estero 3 3 8 - G erli - Pcia. de B u en o s A ires
Im preso en A rgen tin a - Printed in A rgentin a

Q ueda rigurosam ente p ro h ibid a cu alquier fo rm a de rep rod u cción , distribu­


ció n , co m u n icació n p ú b lica o tran sform ación total o parcial de esta obra sin el
perm iso escrito de los titulares de los derechos de explotación.
índice

El caso M o ro ....................................................
Cronología del c a s o .......................................
Informe de la comisión parlamentaria
de investigación, presentado por el diputado
Leonardo Sciascia...........................................
El caso Moro
La más monstruosa de las frases: alguien ha
muerto «en el momento justo».

E. Canetti, La provincia del hombre


Anoche, saliendo de paseo, vi una luciérnaga en la
grieta de un muro. Hacía al menos cuarenta años que
no veía ninguna por estas tierras, y al principio creí
que era un esquisto del yeso con el que habían pegado
las piedras o un cristal en los que la luna, filtrándose
por entre el follaje, se reflejaba con aquel brillo ver­
doso. Al pronto no pude pensar que las luciérnagas
hubieran vuelto, después de tantos años. Ya eran un re­
cuerdo de la infancia, de esa infancia que se fijaba en
las pequeñas cosas de la naturaleza, que se divertía y
disfrutaba con ellas. A las luciérnagas las llamábamos
c a n n ile d d i d ip ic u r a r u , velitas de ovejero, como las lla­
maban los campesinos: tan dura les parecía la vida del
pastor, las noches pasadas cuidando del rebaño, que
los obsequiaban con luciérnagas como si fueran reli­
quias o vestigios de luz en la temible oscuridad. Te­
mible porque los hurtos de ganado eran frecuentes.
Temible porque quienes quedaban al cuidado de las
ovejas solían ser niños. Velitas de ovejero, digo. Y a ve­
ces cogíamos una, la ocultábamos delicadamente en el
hueco de la mano y luego abríamos de pronto ante los
más pequeños aquella fosforescencia esmeraldina.

13
Pues sí, era una luciérnaga, en la grieta de un muro.
Me dio una alegría inmensa. Una alegría como do­
ble, como desdoblada: alegría de un tiempo recobra­
do -la infancia, los recuerdos, este lugar, ahora silen­
cioso, lleno de voces y de juegos- y de un tiempo por
recobrar, por inventar. Con Pasolini, por Pasolini,
por un Pasolini que entonces estaba fuera del tiempo,
pero que, en el terrible país en que se ha convertido
Italia, aún no se había transformado en sí mismo («Tel
q u ’en lu i-m é m e e n fin V éter n itéle ch a n g e» ), Un Pasolini,
para mí, fraternal y lejano, de una fraternidad sin con­
fianza, llena de pudores y, creo, de recíprocas suspica­
cias. Yo sentía que nos separaba una palabra que a él
le era muy grata, una palabra clave en su vida: «ado­
rable». Puede que yo la haya escrito alguna vez, y sin
duda la he pensado muchas, aunque sólo por una mu­
jer y por un escritor. El escritor -holgará decirlo- es
Stendhal. En cambio, Pasolini hallaba «adorable» lo
que en Italia ya era para mí angustioso (aunque tam­
bién para él, como demuestra el «adorable por angus­
tioso» de las C a rta s lu tera n a s... Aunque ¿cómo puede
adorarse lo que angustia?) y acabó siendo terrible. En­
contraba «adorables» a los que fueron luego inevita­
bles instrumentos de su muerte. A partir de sus escri­
tos se podría compilar un pequeño diccionario de lo
que para él era «adorable» y para mí solamente era an­
gustioso y hoy es terrible.
Las luciérnagas, decía. Y así resulta que escribo esto
-con piedad, con esperanza- por Pasolini, como rea­
nudando, después de más de veinte años, una corres­

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pondencia: «Las luciérnagas que creías desaparecidas
están volviendo. Anoche, después de tantos años, vi
una. Y lo mismo pasa con los grillos: tras cuatro o cin­
co años sin oírse, ahora las noches están pobladas de
su interminable cricrí».
Las luciérnagas. Casi en nombre de ellas quería Pa­
solini procesar al P alazzo, como él llamaba peyorati­
vamente al poder; en nombre de las luciérnagas desa­
parecidas.

Como soy un escritor y me gusta polemizar, o al menos


discutir, con otros escritores, permítaseme que dé una de­
finición poético-literaria de este fenómeno que se dio en
Italia hace unos diez años. Ello permitirá simplificar y
abreviar el debate (y seguramente entenderlo mejor).
A principios de los años sesenta, debido a la contami­
nación del aire y, sobre todo, en el campo, a la contamina­
ción del agua (los ríos azules y las acequias cristalinas), las
luciérnagas empezaron a desaparecer. El fenómeno fue
fulminante. A los pocos años no quedaba una. (Ahora son
un recuerdo, muy doloroso, del pasado, y un anciano que
lo tenga no podrá reconocerse de joven en los jóvenes de
hoy, ni sentir por tanto las preciosas nostalgias de ayer.)
A ese «algo» que ocurrió en Italia hace unos diez años
lo llamaré, pues, «desaparición de las luciérnagas».
El régimen democristiano ha pasado por dos fases
completamente distintas, dos fases que no sólo no se pue­
den comparar -lo que supondría cierta continuidad-,
sino que han llegado incluso a ser históricamente irrecon­
ciliables.

15
La primera fase de dicho régimen (como lo han lla­
mado siempre los radicales) va desde el fin de la guerra
hasta la desaparición de las luciérnagas; la segunda, desde
la desaparición de las luciérnagas hasta hoy.

Y añade:

En la fase de transición -es decir, «durante la desaparición


de las luciérnagas»-, los hombres de poder democristianos
cambiaron de pronto su manera de expresarse y adoptaron
un lenguaje completamente nuevo (y tan incomprensible
como el latín, por cierto), sobre todo Aldo Moro, es decir
(por una misteriosa correlación), quien parece el menos
implicado de todos en las cosas tremendas que se hicieron
desde el año 1969 hasta hoy, con el objeto, hasta ahora
formalmente logrado, de conservar el poder.

Las luciérnagas. El P alazzo. Procesar al P alazzo. No


parece sino que, tres años después de la publicación
en el C o r rier e d e lla S era de este artículo de Pasolini,
sólo Aldo Moro sigue paseándose por el P alaz z o, por
sus estancias vacías, por sus estancias ya desalojadas.
Desalojadas para ocupar otras más seguras, en otro
P alaz z o más vasto; más seguras, se entiende, para los
peores. «El menos implicado de todos», en efecto. El
último y solo, él, que había creído ser un guía. El últi­
mo y solo, precisamente por ser «el menos implicado
de todos». Y por eso, por ser «el menos implicado de
todos», destinado a más enigmáticas y trágicas correla­
ciones.

16
Antes que en este artículo -publicado en el C orrie­
re d ella S era el 1 de febrero de 1975 con el título «El va-
i ío de poder en Italia» y luego recogido en los E scritos
co r sa r io s con el título con el que los lectores lo recor­
daban, «El artículo de las luciérnagas»-, Pasolini ya
se había referido al lenguaje de Moro en escritos de
lingüística (véase el volumen E m p irism o h erético ); pero
aquí, en e l a r tícu lo d e las lu ciérn a ga s, habla de Moro, del
lenguaje de Moro, en un contexto más lúcido y pre­
ciso, con una visión de la realidad italiana más amplia
y desesperada.
«Como siempre», dice, «sólo en el lenguaje ha habi­
do síntomas.» Síntomas del precipitarse al vacío de
aquel poder democristiano que, hasta diez años antes,
había sido «la pura y simple continuación del régimen
fascista»; en el lenguaje de Moro, un lenguaje comple­
tamente nuevo pero que, en su incomprensibilidad,
venía a ocupar ese espacio del que la Iglesia católica
sacaba su latín por los mismos años. ¿Y no podía ser
un intercambio, una sustitución? Además, dicho pero­
grullescamente, el latín es incomprensible para quien
no sabe latín. Y aunque Pasolini no sabe descifrar el

17
latín de Moro, ese «lenguaje completamente nuevo», sí
intuye que en su incomprensibilidad, en ese vacío en
el que se pronuncia y resuena, se da una «enigmática
correlación» entre Moro y lo s d em á s, entre quien me­
nos razones tenía para buscar y probar un nuevo la­
tín (que no deja de ser el «latinajo» que tanto impa­
cienta a Renzo Tramaglino)* y quienes, para sobrevivir
siquiera como autómatas, como comparsas, forzosa­
mente debían arroparse en él. En ese inciso de Pa-
solini -«por una enigmática correlación»- hay una
especie de presentimiento, de prefiguración del caso
Moro. Ahora sabemos que la «correlación» era una
«contradicción», que Moro pagó con su vida. Pero an­
tes de que lo asesinaran, Moro se vio obligado a su­
frir durante aproximadamente dos meses un terrible
castigo, una especie de ley del talión, con su «lengua­
je completamente nuevo», con su nuevo latín, tan in­
comprensible como el antiguo: tuvo que intentar de­
cir cosas con el mismo lenguaje q u e n o d ecía n a d a , tuvo
que h a cerse e n ten d er con los mismos medios que adop­
tara y probara p a r a q u e n o lo en ten d iera n . Debía comu­
nicarse con el lenguaje de la incomunicabilidad. Por
necesidad, es decir, por censura y autocensura; por ser
un prisionero, un espía en territorio enemigo vigilado
por el enemigo.
Pero antes de hablar de los d o c u m e n to s d e l c a stig o ,
esto es, de las cartas con las que Moro trató de comu­
nicarse con los d em á s, con los que creía «suyos» -¿acaso

* Protagonista de L o s n o v io s d e A le ssa n d ro M a n z o n i. (N . d e l T.)

18
no había inventado para ellos, coartada o máscara,
aquel lenguaje completamente nuevo?-, debemos ha­
blar de los enemigos, de los carceleros. Lo primero es
reconocer que este enemigo, estos carceleros, actuaron
con una ética que podría llamarse precisamente así,
carcelaria, y que se fundaba en la lectura -directa o
n o - de Foucault y de los foucaultianos (aunque de
esta ética o formalismo podemos encontrar ejemplos
más elementales entre los bandidos del sur, políticos y
no políticos). Hijos, nietos o biznietos del comunis­
mo estalinista, los miembros de las Brigadas Rojas ma­
maron la polémica del «vigilar y castigar» y dieron un
leve toque libertario a su petrificada ideología. Por ha­
berse criado en ese ambiente, la prisión de ellos no
puede ni debe ser un calco de las prisiones del Estado
Imperialista de las Multinacionales (S ta to Im p eria lista
d elle M u ltin a z io n a li, así, con mayúsculas, para formar
la sigla SIM; y mucho se podría hablar de las siglas
que, cual nenúfares en las aguas de un estanque, flotan
en la R e s o lu ció n d e la d ir e c c ió n e s tr a té g ic a d e la s B r ig a ­
d a s R o ja s); ni su vigilancia puede ni debe tener por ob­
jeto la alienación y el aniquilamiento del individuo,
como les ocurre a los prisioneros de poco temple y
escasa formación moral e ideológica en las cárceles
del SIM. A la «reforma carcelaria» en Italia dedica la
R eso lu ció n un largo párrafo; como si en Italia se pu­
diese reformar nada y fuese una novedad que la fina­
lidad de lo «carcelario» (palabra que pone los pelos de
punta: casi parece una categoría de la existencia) con­
siste en destruir, mediante el aniquilamiento físico del

19
prisionero político, precisamente la identidad política.
Silvio Pellico y Luigi Settembrini han escrito cosas muy
parecidas a las que la dirección estratégica de las Bri­
gadas Rojas dice en el párrafo D de la R eso lu ció n .
Para demostrar el trato humano, deferente, que las
Brigadas Rojas dan a los prisioneros, los miembros re­
cientemente juzgados en Turín alegaban que al juez
Sossi, detenido en su «prisión del pueblo», le prepara­
ban risotto. Este detalle gastronómico, familiar, hoga­
reño, puede parecer desconcertante y aun irónico en
medio de una serie de hechos mortales, pero no lo es;
al contrario, ayuda a explicar ciertas incoherencias,
ciertos comportamientos extraños de los terroristas en
el caso Moro. El primero de ellos, su celo digamos pos­
tal, el casi exagerado empeño que, a partir de cierto
momento, ponen en que la correspondencia sea secre­
ta. Los terroristas entregaron en total, según estima­
ción de los bien informados, entre cincuenta y setenta
cartas de Moro, no sólo poniendo en juego sus recur­
sos logísticos con gran riesgo y gratuidad, sino hasta
tomándose muy en serio la ley del secreto postal y de
la inviolabilidad de la correspondencia entre ciudada­
nos de un país libre. Aunque eso a partir de cierto mo­
mento, repetimos. Pues en el tercer comunicado, con
el que acompañaban la primera carta que Moro envía
desde la «prisión del pueblo» (dirigida al ministro del
Interior, Francesco Cossiga), las Brigadas Rojas soste­
nían otro principio: «El prisionero ha pedido permiso
para escribir una carta secreta (las maniobras ocultas
son la norma en la mafia democristiana) al gobierno y

20
i ii concreto al señor Cossiga, jefe de los policías. Se lo
liemos concedido, pero como nada debe ocultarse al
pueblo y es nuestra costumbre, hacemos pública la
carta». Este principio, tan resueltamente así afirma­
do el 29 de marzo, deja de tener validez el 30 de abril,
día en que se conoce que han recibido cartas de Moro
I,cone, Andreotti, Ingrao, Fanfani, Misasi, Piccoli y
( iraxi. De estas siete cartas, la primera se publica por
voluntad del mismo Moro, que la dirige a la prensa
•ton el ruego de que se transmita urgentemente a su
ilustre destinatario», y la dirigida a Craxi, porque en
.iquel momento convenía al Partido Socialista Italiano.
Pudieron mantenerlas secretas quienes tenían interés
en que no se conociera su contenido, aprovechando
que las Brigadas Rojas, por distracción u omisión, fal­
laron al propósito solemnemente declarado de no
ocultar nada al pueblo. Aunque sería de ilusos pensar
que las Brigadas Rojas se distrajeron o decidieron res­
petar el secreto postal. Debió de haber una razón, un
cálculo. Pero el caso es que, a partir de cierto momen­
to, no son las Brigadas Rojas quienes hacen públicas
las cartas de Moro. En cuanto a que gran parte de su la­
bor postal fue gratuita, es decir, inútil y sin objeto, es
cosa que podemos tener razonablemente por seguro.
Pensemos, por ejemplo, que un brigadista se jugó la
vida por hacer llegar la siguiente carta:

Queridísima Noretta:
Recibe, tú y todos, en este día de Pascua, mis mejores
y más cariñosos deseos, con todo mi amor por la familia

21
y especialmente por el pequeño. Y dale recuerdos a Anna,
a la que tendría que haber visto hoy. Y dile a Agnese que
te haga compañía por las noches. Yo no estoy mal, bien
alimentado y atendido.
Os bendice, os desea lo mejor y os abraza,
Aldo

Sólo hay una cosa en esta carta que podía benefi­


ciar a las Brigadas Rojas, propagandísticamente hablan­
do: la declaración del prisionero de «no estar mal», de
estar «bien alimentado y atendido». A lo mejor tam­
bién le preparaban riso tto , como al juez Sossi. Sin em­
bargo, tampoco hacen pública esta carta. ¿Por qué?
Podemos aventurar una hipótesis: porque, en la ética
carcelaria de las Brigadas Rojas, hubo un antes y un
después de la condena; porque durante el juicio con­
sideraron a Aldo Moro un hombre público, que no te­
nía por tanto derecho al secreto, y después de la sen­
tencia, un condenado a muerte que, hasta el momento
de la ejecución, vivía en su propia esfera de pensa­
mientos y sentimientos, absolutamente personal y
privada..., tanto más personal y privada cuanto que el
partido democristiano desoyó, tácita pero unánime­
mente, las órdenes de su «impedido» presidente (por­
que no se explica el silencio de juristas y picapleitos, que
tanto abundan en Italia y tan dispuestos están siem­
pre a examinarlo todo de arriba abajo, ante la decisión
de Moro «de convocar con carácter urgente al Conse­
jo Nacional» de Democracia Cristiana para estudiar
«la manera de librar de impedimentos a su presiden-

22
le»). Parece seguro, decíamos, que un miembro de las
brigadas Rojas corrió grandes riesgos sólo por llevar
las felicitaciones pascuales de Moro a su familia. Y aun­
que hoy, retrospectiva y estadísticamente, podamos de­
cir que esos riesgos eran pocos y casuales y aun inexis­
tentes, habida cuenta de lo ineficaces que resultaron
las acciones policiales, en aquel momento estas accio­
nes policiales tuvieron tanta resonancia en prensa, ra­
dio y televisión, y parecieron tan resueltas, terminan­
tes y numerosas, que pudieron hacernos esperar, y a
las Brigadas Rojas temer, que dieran algún resultado.
En fin, no podemos creer que Aldo Moro dijera es­
tar «bien alimentado y atendido» por simple servilis­
mo hacia sus carceleros, o que mintiera para tranqui­
lizar a su familia. No cabe duda de que las Brigadas
Rojas, en la medida en que la necesidad de un escon­
dite seguro y sus medios se lo permitían, intentaron
hacer que la «prisión del pueblo» fuera distinta de la del
SIM, tal como se imaginaban o sabían que era la pri­
sión del SIM; una prisión que no destruyese la «iden­
tidad política y personal» del detenido, una prisión
como la de la N o v e lla d e l G rasso L e g n a iu o lo en la Flo­
rencia del Renacimiento o la de la comedia I m a fiu s i
d elta V icaria en la Palermo borbónica, una prisión, en
fin, como las que había antes de que la prisión fuera
objeto de la razón, problema. Pues, además, lo que
ellos querían era penetrar y analizar la identidad de
Moro, no anularla ni transformarla: en la «prisión del
pueblo», Moro debía seguir siendo quien era. Aparte
de la necesaria reclusión -que los recluía a ellos mis-

23
mos-, los miembros de las Brigadas Rojas no debie­
ron de ejercer sobre Moro coacción ni violencia física,
psíquica ni farmacológica alguna. Aun sus cartas de­
bieron de censurarlas muy poco. Lo que sucede es que
Moro no se percató de esta ética, o no se fió de ella,
y por eso, y a excepción de una de las últimas cartas
publicadas, las escribió autocensurándose, desesperada
y lúcidamente: d ic ie n d o cosas con el mismo lenguaje
q u e n o d e c ía n a d a .

24
Uno de los relatos más extraordinarios de Borges
os el titulado «Pierre Menard, autor del Q u ijote» , perte­
neciente al volumen F iccion es.
Como todo lo que, de puro abstracto y misterio­
so, parece absolutamente fantástico, este relato parte
de un hecho real, de un acontecimiento concreto que,
directa o indirectamente, marcó al llamado mundo oc­
cidental. Este acontecimiento es la publicación en 1905
de la V ida d e D o n Q u ijo te y S a n ch o de Miguel de Una-
muno. Desde aquel momento no fue posible seguir
leyendo D o n Q u ijo te como Cervantes lo escribió: la
interpretación unamuniana, que parecía un cristal
transparente sobre la obra de Cervantes, era en reali­
dad un espejo: un espejo de Unamuno, del tiempo de
Unamuno, del sentimiento de Unamuno, de la visión
del mundo y de la realidad española que tenía Unamu­
no. Desde entonces se leyó el D o n Q u ijo te de Una­
muno creyendo que se leía el de Cervantes, y leyendo
en efecto el de Cervantes. Medio siglo después, Borges
escribe sobre Pierre Menard (¡mucha casualidad sería,
y puramente borgiana, que Borges no hubiera tenido
presente a Unamuno!), un escritor francés que, además

25
de una obra literaria escasa y «visible», deja otra inaca­
bada pero heroica, incomparable, e «invisible»: no o tro
D on Q u ijo te, sino e l D on Q u ijo te; el D o n Q u ijo te de Cer­
vantes, idéntico y a la vez completamente diferente.

Es una revelación cotejar el Don Quijote de Menard con el


de Cervantes. Este, por ejemplo, escribió (Don Quijote, pri­
mera parte, noveno capítulo): «... la verdad, cuya madre
es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones,
testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, ad­
vertencia de lo por venir». Redactada en el siglo X V II, re­
dactada por el «ingenio lego» Cervantes, esa enumeración
es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cam­
bio, escribe: «... la verdad, cuya madre es la historia, ému­
la del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pa­
sado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por
venir». La historia, madre de la verdad; la idea es asom­
brosa. Menard, contemporáneo de William James, no de­
fine la historia como una indagación de la realidad sino
como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que
sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas
finales -ejem ploy aviso de lo presente, advertencia de lo p or
venir- son descaradamente pragmáticas.

Recordé este relato, este apólogo, nada más termi­


nar de ordenar un poco las crónicas y documentos del
caso Moro. Cuadraba con la poderosa impresión de
que el caso Moro estaba ya escrito, de que ya era una
obra literaria acabada, de que ya vivía en una intocable
perfección; intocable al menos en el sentido de Pierre

26
Menard: completamente distinto sin haber cambiado
nada. Si escribo, parodiando a Borges:

El 16 de marzo de 1978, minutos antes de las nueve, el


diputado Aldo Moro, presidente de Democracia Cristia­
na, sale del número 79 de Via Forte Trionfale. Lo esperan
el Fiat 130 azul oscuro oficial y el Alfa Romeo Alfetta
blanco de la escolta. El presidente debe ir primero al Cen­
tro de Estudios de Democracia Cristiana, y después, a las
diez, al Congreso, donde Andreotti presentará el nuevo
gobierno y expondrá su programa. De este nuevo gobier­
no, el primer ejecutivo democristiano apoyado por los co­
munistas, Moro ha sido un artífice avisado y paciente.
Existe, sin embargo, cierta inquietud tanto en el Partido
Comunista, que no ve con buenos ojos la presencia en el
nuevo gobierno de viejos y pocos estimados miembros de
Democracia Cristiana, como entre los democristianos, que
temen ver realizado el llamado «compromiso histórico».*

Esto, escrito y leído inmediatamente después del


secuestro, no es más que una crónica de lo que Moro
hacía e iba a hacer aquel día. En cambio, esto, escri­
to hoy:

El 16 de marzo de 1978, minutos antes de las nueve, el di­


putado Aldo Moro, presidente de Democracia Cristiana,

* N o m b re c o n el q u e se c o n o ce en Italia la ten d en cia al acercam ien to


de d em o cristian o s y co m u n istas en los añ os seten ta, c u y o o b je tiv o era lo grar
el m ayo r co n se n so d e m o crático en u n o s añ os d e fo rtísim as tension es p o líti­
cas. (N . d e l T.)

27
sale del número 79 de Via Forte Trionfale. Lo esperan el
Fiat 130 azul oscuro oficial y el Alfa Romeo Alfetta blanco
de la escolta. El presidente debe ir primero al Centro de
Estudios de Democracia Cristiana, y después, a las diez,
al Congreso, donde Andreotti presentará el nuevo go­
bierno y expondrá su programa. De este nuevo gobier­
no, el primer ejecutivo democristiano apoyado por los
comunistas, Moro ha sido un artífice avisado y paciente.
Existe, sin embargo, cierta inquietud tanto en el Partido
Comunista, que no ve con buenos ojos la presencia en
el nuevo gobierno de viejos y pocos estimados miem­
bros de Democracia Cristiana, como entre los democris-
tianos, que temen ver realizado el llamado «compromiso
histórico».

Esto, las mismas palabras y en el mismo orden,


escrito hoy, tendrá para mí y para el lector un senti­
do muy distinto. Es como si el centro de gravedad se
hubiera desplazado: desde la persona de Moro, que sa­
lía de su casa sin saber que iban a secuestrarlo, hasta
el Congreso, donde su ausencia produjo lo que su pre­
sencia difícilmente habría producido: la paz y armo­
nía necesarias para que el cuarto gobierno presidido
por Andreotti se aprobara sin oposición alguna. El dra­
ma de que la ausencia de Moro del Parlamento, de la
vida política, fuera m á s p r o v e c h o s a , en un determinado
sentido, que su presencia, ha sustituido, visto retros­
pectivamente, al drama del secuestro. Y ése, señores,
es el drama, como diría Pirandello.
Pero la comparación con el relato de Borges es más

28
profunda, menos paródica. ¿Por qué se tiene la impre­
sión de que el caso Moro está ya escrito, de que vive
en una esfera de intocable perfección literaria, de que
no podemos sino reescribirlo literalmente, cambiándo­
lo así todo sin cambiar nada? Muchas son las razones,
y no todas descifrables. Digamos, para empezar, que
el caso Moro se desarrolló irrealmente en un malísi­
mo contexto histórico. Así como el D o n Q u ijo te nació
de los libros de caballería andante, así el caso Moro
parece engendrado por cierta literatura. Ya he men­
cionado a Pasolini. Puedo también recordar, sin enor-
gullecerme pero tampoco sin renegar de ellos, dos re­
latos míos, por lo menos: E l co n tex to y Todo m o d o .* En
su H isto ria d e D e m o c r a c ia C ristia n a , publicada meses
antes del secuestro, escribe Giorgio Galli:

Probablemente parte de este grupo dirigente democris-


tiano, que hasta los años cincuenta provenía de los am­
bientes típicos de la cultura y la educación católicas, in­
cluye, a partir de los años sesenta, a un número creciente
de personas de distinta formación, quizá ni siquiera cre­
yentes (aunque sí practicantes). Pero, en cualquier caso,
la ideología oficial que une al bloque de poder en el que
Democracia Cristiana está convirtiéndose es una interio­
rización de los conceptos y valores del sistema «eusebia-
no». En el momento culminante del proceso degenerati-

* L e o n ard o Sciascia, Todo m odo, trad u cció n de Jo a q u ín Jo rd á , B arcelo n a,


Tusquets Editores (colecció n A n d an zas 85, 19 8 8 , y colecció n F ábu la 9 2 ,19 9 8 ) ,
y E l contexto, trad u cció n de C a rm e n A rta l, B a rc e lo n a , Tusquets E d ito res (co­
lección A n d a n z a s 1 5 0 , 1 9 9 1 , y co le cc ió n F áb u la 1 3 5 , 2000). (TV. d e lE .)

29
vo de esta especie de filosofía de la acción conservadora,
Leonardo Sciascia y Elio Petri sintetizaron en su película
Todo m odo la parábola de personajes de los que pueden ser
ejemplo los ponentes sobre asuntos sociales ya en aquel
congreso de Nápoles de 1952.

Una síntesis, un balance; pero las síntesis, en medio


del vacío de reflexión, de crítica y aun de sentido co­
mún en el que la vida política italiana se ha desarrolla­
do, no podían sino parecer prefiguraciones, profecías,
incluso instigaciones. Cuando la verdad, abandonada
a la literatura, se hizo patente en la vida cotidiana con
toda su trágica crudeza y ya fue imposible ignorarla
o disimularla, pareció engendrada por la literatura.
Los políticos del poder o próximos al poder culparon
de ello a los hombres de letras (prefiramos «hombres de
letras», que viene de Voltaire y de su época, a «intelec­
tuales», término demasiado genérico e impreciso), no
sin cierta buena fe e inocencia, porque pensaron que
los mismos hombres de letras acabarían figurándose
engendradores de aquella realidad.
Pero sigamos comparando el caso Moro con el
apólogo de Borges. La impresión de que es, por así de­
cirlo, un caso literario se debe sobre todo a esa fuga
o abstracción de la realidad, a ese paso de los hechos
-en el momento de ocurrir y aún más al contemplar­
los luego en conjunto- a una dimensión imaginativa
o fantástica de impecable coherencia lógica, de la que
resulta una constante ambigüedad: tanta perfección
no puede darse más que en la imaginación, en la fan-

30
usía, no en la realidad. Por decirlo con una b o u ta d e :
uno puede escapar de la policía italiana -tal como está
entrenada, organizada y dirigida-, pero no del cálculo
de probabilidades. Y a juzgar por las estadísticas que
dio a conocer el Ministerio del Interior de las accio­
nes policiales llevadas a cabo desde el momento del
secuestro hasta el descubrimiento del cadáver, a eso
precisamente escaparon las Brigadas Rojas, al cálculo
de probabilidades. Lo cual es v ero sím il, pero no puede
ser r ea l y v e r d a d e r o (Tommaseo, D iccio n a r io d e sin ó n im o s:
«Para mayor énfasis, las dos voces se emplean unidas,
diciéndose: un hecho real y verdadero ... Lo r e a l pa­
rece así que refuerza lo v e r d a d e r o , y no sólo por ser
un pleonasmo: un hecho real y verdadero no solamen­
te ha ocurrido realmente, sino tal y como se cuenta,
como pareció, como se creyó...»).

31
En la formación de todo gran acontecimiento se
da un concurso de acontecimientos menores, tan pe­
queños que a veces pasan desapercibidos, los cuales,
con un movimiento de atracción y agregación, con­
vergen hacia un punto, hacia el centro de un campo
magnético en el que cobran forma: precisamente la del
gran acontecimiento. En dicha forma, que todos jun­
tos cobran, ningún acontecimiento menor es casual o
fortuito: las partes, por moleculares que sean, hallan
su necesidad -y por tanto su explicación- en el todo,
y el todo en las partes.
En el caso Moro, uno de estos pequeños aconte­
cimientos es el uso de la expresión «el gran estadista»
en lugar de su nombre o de denominaciones como
«el presidente de Democracia Cristiana», «el líder», «el
gran líder», «el prestigioso líder»... La encontramos
por primera vez aplicada a Moro en los periódicos del
18 de marzo, en las declaraciones, suponemos que tra­
ducidas, del secretario general de la ONU: «uno de los
más eminentes estadistas de Italia». Vuelve a aparecer
esporádicamente en la prensa después del primer men­
saje de Moro, la carta a Cossiga, el ministro del Inte­

32
rior. El 18 de abril la vemos por primera vez acompa­
ñada del epíteto «gran» en el mensaje del presidente
Cárter. No sabemos cómo sonaba en el texto original,
pero era la expresión que se necesitaba, que se bus-
t aba, para que toda alusión a Moro contuviera, im­
plícita pero clara, una comparación entre lo que había
sido y lo que ya no era: había sido un «gran estadista»
y ahora sólo era, según palabras suyas en la primera
carta que envía desde la «prisión del pueblo» (y que
lueron las más citadas mucho después de la conclu­
sión del caso), un hombre «bajo un dominio pleno e
incontrolado».
Un «estadista» es un hombre de Estado, un hom­
bre que tributa al Estado, a su ordenamiento, a sus le­
yes, una lealtad inteligente, y medita sobre todo ello y
lo estudia; y un «gran estadista», claro está, es aquel
»|ue posee estas facultades y desempeña estas activi­
dades con excelencia. ¿Y cómo ver al «gran estadista»
en las cartas que Moro enviaba desde la «prisión del
pueblo»? Las Brigadas Rojas lo habían destruido, y en
lugar del «gran estadista» era un hombre al que quizá
maltrataban y drogaban, y que sin duda vivía cons-
lantemente amenazado de muerte, lo que le hacía per­
der el mismo «sentido del Estado» que en tan alto gra­
do había demostrado poseer durante más de treinta
años de actividad política. Gran mentira, entre las mu-
i lias y gordas de aquellos días. Ni Moro ni el partido
que él presidía tuvieron nunca «sentido del Estado».
I a idea de Estado que algunos líderes del Partido Co­
munista Italiano habían empezado a esgrimir en mayo

33
del año anterior -idea que parecía venir y que quizá,
por razones que ahora no viene al caso examinar, ve­
nía más del lado derecho que del lado izquierdo de
Hegel- pudo pasar por la mente de Aldo Moro cuan­
do era joven y participaba en aquellas justas culturales
que organizaba el régimen fascista con el nombre de
litto r ia li (los vencedores se llamaban «lictores»), pero
si pasó, no dejó huella en sus pensamientos... o en su
pensamiento, si queremos atribuirle una concepción
bien definida y articulada de la política. Y si no dejó
huella en la suya, cuánto menos la dejaría en la men­
te, sin duda menos «guarnecida», que diría Savinio,
de pensamiento y de pensamientos, de muchos de
aquellos para quienes Moro era un ejemplo y un guía.
Por lo demás, la razón por la que al menos una ter­
cera parte del electorado italiano se identificaba y se
identifica con el partido democristiano radica preci­
samente en que éste no tiene ninguna idea de Estado,
cosa tranquilizadora y hasta tonificante.
Las críticas dirigidas el año anterior por algunos
miembros del Partido Comunista Italiano contra quie­
nes no demostraban amar visceralmente al Estado -al
Estado italiano tal como era- fueron la o u v e r tu r e de
aquel drama de amor al Estado que se representó por
todo lo alto en Italia desde el 16 de marzo al 9 de
mayo de 1978. Y aunque las víctimas de esta grandio­
sa representación -víctimas como aplastadas por los
pesados decorados- parecían ser quienes no sentían
gran amor por el Estado o por el Estado italiano tal
como era, la verdadera víctima fue Aldo Moro.

34
Hasta el 16 de marzo Moro no fue un «gran estadis-
i.i». Fue, y siguió siendo mientras estuvo en la «prisión
del pueblo», un gran político, lúcido, atento, calcula­
dor; aparentemente dúctil, pero en realidad inflexible;
paciente, pero con paciencia perseverante; y que tenía
una visión de las fuerzas, o sea, de las debilidades que
mueven la vida italiana, amplia y certera como jamás
la tuvo político alguno. En eso consistía su peculiari­
dad: en que conocía las debilidades y había adoptado
una estrategia que, a la vez que las alimentaba, hacía
i reer a quien las tenía que se habían trocado en fuer­
za. En esta estrategia concurrían dos experiencias, atá­
vicas y personales: el catolicismo italiano y esa versión
más crudamente cotidiana del catolicismo italiano
que es la vida social (asocial) del sur de Italia. Una es-
üategia comparable con la que Kutuzov adopta ante
Napoleón. Antes de que Moro cayera en desgracia, va-
i ias veces se me ocurrió compararlo con el Kutuzov que
lólstói describe en G u erra y p a z : con el Kutuzov al
que, en el capítulo quince de la primera parte, vuelve
i ver el príncipe Andrea con la misma cara y aspecto
( ansados; con el Kutuzov que escucha con expresión
i ansada e irónica a un tal Denisov, que tiene un plan
para cortar la línea de aprovisionamiento napoleónica
y salvar la patria, y de pronto le pregunta si es pariente
del intendente general Denisov; con el Kutuzov que
•sabía algo más, algo que había de decidir la suerte de
la guerra» y que no estaba en las tácticas más o menos
inteligentes, sino en la geografía y el modo de ser del
pueblo ruso.

35
En la televisión a Moro se lo veía como si sintiera
un cansancio antiguo, un hastío profundo. Sólo a ve­
ces le asomaba a los ojos, a los labios, un destello de
ironía o de desprecio, que enseguida apagaba ese can­
sancio, ese hastío. Uno tenía la impresión de que sabía
«algo más»: el secreto italiano y católico de asimilar
lo nuevo a lo viejo, de poner todo instrumento nuevo
al servicio de reglas antiguas; de que tenía, sobre todo,
un conocimiento negativo, en forma negativa, de la
naturaleza humana. Y esto era para él un motivo de
aflicción y un arma. Un arma usada con dolor, sin
duda, pero usada. Precisamente por ser, como dice Pa-
solini, «el menos implicado de todos», tenía, más que
ningún otro miembro de su partido, la indiscutible y
casi aliviadora autoridad de hablar en nombre de to­
dos: poder y sacrificio a la vez. Y fuera de Democracia
Cristiana, ante los demás partidos y ante Italia, esta con­
dición le granjeaba credibilidad, confianza, yo diría
que emotivamente.
Si alguna idea tuvo Moro parecida a una idea del
Estado, estaba como encerrada dentro del partido, den­
tro de esa ciudad medieval que era el partido, ciudad
que parecía abierta e indefensa, pero que en los mo­
mentos de peligro se revelaba perfectamente fortificada
y protegida. De esta idea hay muestras reveladoras en
su último discurso parlamentario, en el que salió en de­
fensa del señor Gui, senador de Democracia Cristiana
acusado de complicidad en un gravísimo delito siendo
ministro de Defensa. Vale la pena citar un pasaje:

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Toda Democracia Cristiana se une para defender a su se­
ñoría Gui y con ello no hace sino defenderse a sí misma
en cuanto partido. Cierto es que nos hemos dividido
otras veces, pero siempre ha sido en cuestiones menores,
en cuestiones opinables. Cuando se ha tratado de asuntos
serios, de grandes decisiones, de valores fundamentales,
no nos hemos dividido, si acaso se han dividido otros, lo
que demuestra que, objetivamente, el ámbito de la ver­
dad es más grande que nuestras convicciones personales.
Defendamos unidos, pues, al partido ... No se trata de
ninguna primacía de Democracia Cristiana, la cual no es
sino una fría constatación de los hechos, hechos dura­
deros porque no tienen razones ocasionales, sino raíces
históricas ... Lo que no aceptamos es que toda nuestra
trayectoria se tache de infame en esta especie de mala
continuación de una campaña electoral crispada. Con­
tra la acusación de que todo y todos en nuestro partido
merecen ser condenados, estrechamos filas. No sé cuán­
tos se han sumado a esta estrategia política, pero es, digá­
moslo con franqueza, una estrategia que va contra la idea
de cooperación democrática [este aviso iba dirigido a los
comunistas, aunque estaba de más, porque si bien los co­
munistas querían procesar a Gui, se guardaban muy mu­
cho de acusar a todo el partido]. A quien quiera juzgamos
en bloque, a quien quiera condenarnos, moral y políti­
camente, y celebrarlo, como se ha dicho cínicamente, en
la calle, nosotros nos enfrentaremos con la máxima fir­
meza y apelando a la opinión pública, que no ha visto
en nosotros ninguna culpa histórica ni ha querido que
nuestra fuerza disminuya ... Si tenéis un poco de inteli-

37
gencia, de lo cual a veces tiende uno a dudar, os decimos
que no subestiméis la fuerza de la opinión pública, que
lleva más de tres décadas identificándose con mi partido
y confiando en él, y que no creo que esté dispuesta a
renunciar a nuestra presencia, como nosotros no estamos
dispuestos a renunciar a su fuerza, a los derechos que
nos da y a los cometidos que se nos han encomendado.
Estamos ante un asunto sumamente serio, y es momento
de reafirmar las razones de la libertad y la necesaria inte­
gridad del país en su esencia social y política.

En resumidas cuentas, a esto se reducen los argu­


mentos de Moro: la libertad y la integridad del país
son intocables; Democracia Cristiana representa la
libertad y la integridad del país; Democracia Cristia­
na es intocable. Silogismo del que deriva este otro: el
invariado apoyo electoral demuestra que Democracia
Cristiana no es culpable; Gui es democristiano; Gui
no es culpable. Puede que Gui sea inocente de lo que
se le acusa, pero no parece que su inocencia perso­
nal pueda deducirse de estos silogismos. Silogismos
que, más allá de la culpabilidad o inocencia de Gui,
demuestran de una vez para siempre la inocencia de
Democracia Cristiana, que servirá de presunción de ino­
cencia para cada democristiano en concreto.
Creía Bayle que una república de buenos cristianos
no podía durar. Y Montesquieu corregía: «una repú­
blica de buenos cristianos no puede existir». Pero una
república de buenos católicos italianos puede existir y
durar. Así.

38
A esta Democracia Cristiana que se une y se cohe­
siona a la hora de defender a cada democristiano, a
este partido-familia, a este partido que interpreta y re­
presenta la «voluntad general» de los italianos aun­
que aritméticamente no represente más que a una
tercera parte, se dirige Aldo Moro desde la «prisión
del pueblo».
Su primera carta llega la noche del 29 de marzo. La
entregan las Brigadas Rojas junto con su tercer comu­
nicado y va dirigida a Francesco Cossiga, ministro del
Interior. Moro escribe «confidencialmente». Está cla­
ro que la confidencialidad se la han garantizado sus
carceleros. Pero explican las Brigadas Rojas: «Ha pedi­
rlo permiso para escribir una carta secreta (las manio­
bras ocultas son la norma en la mafia democristiana)
al gobierno y en concreto al señor Cossiga, jefe de los
policías. Se lo hemos concedido, pero como nada
debe ocultarse al pueblo y es nuestra costumbre, la
hacemos pública». Se le concede escribir una carta, no
una carta secreta, aunque el secreto se lo prometan.
No es lo mismo. Lo primero que hay que preguntar­
se es: ¿por qué al ministro del Interior? A juzgar por

39
lo que Moro propone en la carta, el destinatario ten­
dría que haber sido el ministro de Justicia, e incluso,
si hubiera tenido el famoso «sentido del Estado» que
la prensa empezaba a suponerle, el primer ministro o
el presidente de la República. ¿Por qué, decimos, se di­
rige al ministro del Interior? Porque lo consideraba el
más amigo de «los amigos» es respuesta poco convin­
cente. En ningún momento se dirige a él únicamen­
te como democristiano, como amigo. Más bien parece
dirigirse a él como ministro del Interior, como -por
emplear el lenguaje de las Brigadas Rojas- «jefe de los
policías».

Querido Francesco:
De paso que te envío un cariñoso saludo, me veo
obligado a hacerte, en las difíciles circunstancias en las
que me hallo y teniendo en cuenta tus responsabilidades
(que naturalmente respeto), algunas observaciones lúci­
das y realistas. Prescindiré deliberadamente de acentos
emocionales y me atendré a los hechos. Aunque nada
sé de lo que ha ocurrido después de mi secuestro, no cabe
duda, porque así me lo han dicho muy claramente, que
soy un prisionero político y que, en mi calidad de presi­
dente de Democracia Cristiana, estoy siendo objeto de
un juicio para depurar mis responsabilidades en estos
treinta años (juicio ahora estrictamente político que me
pone más y más entre la espada y la pared).
En estas circunstancias, te escribo muy reservada­
mente, a fin de que tú y los demás amigos, empezando
por el primer ministro y, claro está, después de informar

40
al presidente de la República, reflexionéis oportunamen­
te sobre lo que hacer para evitar daños mayores.
Pensémoslo, pues, muy bien antes de que se cree una
situación emotiva e irracional. Debo creer que el grave
cargo que se me imputa es por ser un miembro destaca­
do del partido y uno de los responsables de su acción po­
lítica. En realidad, se nos acusa a todo el grupo dirigen­
te, y lo que se juzga es nuestra actuación colectiva, de la
que yo debo responder. Dadas las circunstancias, de lo que
aquí se trata, más allá de consideraciones humanitarias,
las cuales tampoco se pueden olvidar, es de la razón de
Estado. Esto significa, volviendo a lo que antes decía de mi
actual situación, que hay que tener en cuenta que me ha­
llo bajo un dominio pleno e incontrolado, que se me está
sometiendo a un juicio popular que puede ser conve­
nientemente dirigido, que me hallo en esta situación con
todo el conocimiento y la sensibilidad que resultan de mi
larga experiencia y corro el riesgo de ser inducido u obli­
gado a decir cosas que podrían resultar ingratas o peligro­
sas en determinadas circunstancias.
Por otro lado, la idea según la cual el secuestrador no
debe sacar provecho del secuestro, si ya es discutible en
casos comunes, en los que es más que probable el daño
del secuestrado, no vale en caso de secuestro político, en
el que se acarrean daños seguros e incalculables no sólo a
la persona del secuestrado, sino también al Estado. El sa­
crificio de los inocentes en nombre de un abstracto prin­
cipio de legalidad, cuando la necesidad obligaría a sal­
varlos, es inadmisible. Todos los Estados del mundo han
actuado de modo positivo, salvo Israel y Alemania, aun-

41
que no por el caso Lorenz. Que no se diga que el Estado
se desacredita por no haber podido impedir el secues­
tro de una figura importante del Estado.
Volviendo al tema del comportamiento de los Estados,
recordaré los intercambios entre Brezhnev y Pinochet,
los múltiples intercambios de -espías, el destierro de disi­
dentes soviéticos. Comprendo que en un caso así, cuando
se presenta, cueste decidir, pero no debemos olvidar que
también puede ocurrir lo peor. Son los diversos lances
de una guerrilla que hay que valorar con frialdad, sin de­
jarse llevar por los sentimientos y pensando solamente en
términos políticos. Creo que una iniciativa cautelar de la
Santa Sede (¿y de otros?, ¿de quiénes?) podría ser útil.
Convendría que, de acuerdo con el primer ministro, man­
tuviera contactos secretos con algunos líderes políticos y
convenciera a los posibles reacios. Mostrarse hostil sería
un error y un sinsentido.
Que Dios os ilumine para lo mejor y para que no os
veáis en una situación dolorosa de la que podrían depen­
der muchas cosas. Mis más cariñosos saludos.

Charles Auguste Dupin, el detective de Poe, ponía


por norma de toda investigación el identificarse con
el otro, el ponerse en el lugar del otro. Es una norma
perfectamente válida también fuera del ámbito de ese
género literario denominado «policiaco», en la reali­
dad; aunque no menos perfectamente ignorada por
todas las policías siquiera a nivel, por así decirlo, me­
dio (de masa, como ya más de un siglo atrás decía Du­
pin). En el caso Moro era necesario identificarse por

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partida doble: con las Brigadas Rojas (cuya impunidad
a la hora de moverse y realizar acciones temerarias, in­
cluso meramente simbólicas o provocadoras, se ex­
plica también porque contaban con esa in v is ib ilid a d
d e lo e v id e n te de la que habla Dupin en el relato «La
carta robada») y con Moro, que desde la cárcel man­
ijaba mensajes que había que descifrar según lo que
•los amigos» sabían de él -manera de pensar, sentir y
actuar- y en la medida en que comprendieran la si­
tuación en la que se hallaba.
El primer paso para esa identificación era com­
prender el agitado ánimo de un hombre que, tras dos
semanas de aislamiento, interrogatorios e insomnio,
pero aun así lucidísimo (con esa lucidez también que
en cierto momento da el agotamiento), tiene por fin
la ocasión de escribir una carta a la persona que dis­
pone de los hombres y los medios para liberarlo. Pero
lu de ser una carta cauta, reticente, sibilina, que diga
lo que los carceleros quieren que diga y deje entrever
ilgo de lo que no le permitirían decir. Presumimos que
debió de pensarla horas y horas en sus noches de in-
si minio, en espera de que le permitieran escribirla: tan-
i is horas al menos como las que emplearían «amigos»
V policía en descifrarla. Y presumimos también que, si
hubo censura, fue mínima, porque suponemos que
Moro entendió cuál era el juego de las Brigadas Rojas
y que, a cambio de aquel exiguo margen de libertad,
debía jugarlo. La cuestión no es si ya antes pensaba
que un Estado de derecho puede y debe negociar con
grupos subversivos para intercambiar prisioneros, si

43
lo pensó entonces para salvar la vida o si fingió que lo
pensaba; la cuestión es que si no hubiera estado dis­
puesto a colaborar con las Brigadas Rojas en el chan­
taje, ninguna carta habría salido de la «prisión del pue­
blo». Y creo que, al menos cuando escribe al ministro
del Interior, y por el hecho de dirigirse a él, tenía mu­
chas esperanzas depositadas en una acción directa (e
inteligente) de la policía, y que pedir que se negociara
un canje era para él, oportunista en el mejor sentido
de la palabra, el único modo de ganar tiempo..., tiem­
po que esperaba no perdiera la policía. Pero la policía
lo perdía, más de lo que Moro podía imaginar.
Dando, pues, por supuesto que Moro se dirige a
Cossiga porque es el ministro del Interior (y no por­
que es el más amigo de «los amigos» o uno de los que,
por así decirlo, «deciden»), podemos concluir que en
la carta debió de intentar comunicar algo que él había
descubierto y podía ser una pista que condujera a su
paradero.
Si descartamos que la carta contenga criptogramas
que haya que descifrar descomponiendo y recompo­
niendo códigos, a la manera de los espías, no nos que­
da sino una sola y simplísima clave, que llamaré la
clave del absurdo, del sinsentido. La frase que menos
sentido tiene es la siguiente: «Creo que una iniciativa
cautelar de la Santa Sede (¿y de otros?, ¿de quiénes?)
podría ser útil». ¡Una iniciativa de la Santa Sede con
las Brigadas Rojas! Nada más absurdo. Además, ¿qué
quiere decir «cautelar»?
Tratemos de ponernos en su lugar. Por la impor-

44
miu ia de su figura y por el momento del «secuestro»
i uando el Parlamento se dispone a aprobar por ma-
\uii.i su operación política más lúcida y paciente-,
Moro puede estar seguro de que la policía ha sido mo-
ilizada en masa y está poniendo todos los medios
para encontrarlo. Debe de saber también que, por el
i icmpo empleado en ir desde el lugar del «secuestro» a
la «prisión del pueblo» (es inconcebible que las Briga­
das Rojas, previendo lo que iba a desencadenarse, op­
iaran por un recorrido largo que desorientara al pri­
sionero), no ha salido de Roma, certeza que puede
reforzar alguna clase de señal acústica que los carce­
leros no le impiden percibir, como ruido de tráfico,
repique de campanas, eco de voces... Juntando lo que
supone y lo que sabe, se pregunta: ¿cómo es posible
que la policía no dé con la «prisión del pueblo»? Y se
responde: la «prisión del pueblo» se encuentra en un
lugar insospechado e insospechable, un lugar inacce­
sible para la policía, un lugar que goza de inmunidad.
¿La Ciudad del Vaticano? ¿Una embajada?
Con esto no queremos decir que Moro pudo ha­
llarse en la Ciudad del Vaticano o en una embajada.
Lo único que decimos es que pudo pensarlo, porque
confiaba en la eficacia de la policía, en la inteligencia
y la voluntad de los «amigos». Lo que yo creo es que
también la «prisión del pueblo» entraba en lo que lla­
mo la in v is ib ilid a d d e lo e v id e n te y otro, pensando tam­
bién en «La carta robada» de Poe, ha llamado ex ceso d e
e v id e n c ia . La inmunidad de la que gozaba la «prisión
del pueblo» se debía, en buena parte al menos, a su vi-

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sibilidad. Pero una visibilidad unida a otras visibilida­
des, y todas destinadas a asegurar la clandestinidad de
las Brigadas Rojas.
Por novelesca que pueda parecer la hipótesis de que
esta primera carta de Moro contiene alguna indica­
ción que pudiera ayudar a la policía, hay que tener en
cuenta los siguientes detalles: va dirigida al ministro
del Interior; la mención de la Santa Sede es, por una
parte, absurda, y, por otra, la única que apunta a un po­
sible lugar del escondite; es el único momento en el
que la serena argumentación muestra cierta tensión,
cierto dramatismo, con esos desesperados interrogantes
que sería muy fácil -m uy difícil- explicar en el senti­
do literal de que piden un mediador. Moro sabe muy
bien que, llegado el caso, él sería el mejor mediador,
como sabe perfectamente que, para negociar con las
Brigadas Rojas, una organización como Amnistía In­
ternacional sería mucho más adecuada que la Santa
Sede. Y una última observación podemos hacer sobre
esta carta: si Moro no hubiera escrito otras, quizá hoy
se la interpretaría como una recomendación de firme­
za, de no aceptar el chantaje, de no acceder al inter­
cambio. Vistos aisladamente, muchos elementos in­
ducen a pensarlo: el primero, la mención, sin venir a
cuento, de Brezhnev y Pinochet, es decir, de dos siste­
mas que él no quería. O a lo mejor lo que Moro que­
ría decir era: el canje, el someterse al chantaje, es el úl­
timo recurso; entretanto ganad tiempo, prolongad las
negociaciones... y encontradme.

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El mismo día del «secuestro», Ugo La Malfa, dipu­
tado y líder del Partido Republicano, declara: «Es un
desafío al Estado democrático. Debemos aceptarlo».
La retórica nacional, viejo rescoldo, se aviva. Así la con­
densan los titulares de prensa: «El país acepta el de­
safío». Tragicómica retórica, cuando la leemos cuatro
meses después y con un único terrorista detenido, Cris-
toforo Piancone, al que el guardia de prisiones Loren­
zo Cotugno, antes de caer muerto, logró herir.
Una de las muchas llamaradas retóricas alcanza
y envuelve a Eleonora Moro, en cuya boca se pone
la siguiente frase, digna de una heroína de la antigua
Roma y prueba de que «el antiguo valor de los itálicos
pechos sigue vivo»:* «Mi marido no será nunca obje­
to de canje». Ella declina tamaño honor y niega que la
haya dicho. Pero ¿es la apócrifa frase sólo fruto de una
retórica encendida? ¿No empieza precisamente enton­
ces, con esa falsa frase, el juego de la intransigencia,
de la dureza? Se deba al ardor retórico o a un cálculo
frío y despiadado, el caso es que Eleonora Moro re-

* Petrarca, «A ll’Italia». (N . d e l T.)

47
chaza desde el primer momento este intento de con­
vertirla en una Volumnia enfrentada a ese Coriolano
en el que, por querer ser rescatado, Moro podía tro­
carse. Pero una frase tan «bella» y sobre todo tan útil
no podía caer en el olvido, y como, después del rotun­
do mentís, no podía seguir poniéndose en su boca, se
dijo que, aunque no la hubiera dicho, era una mujer
muy digna de ella, y que la frase estaba «implícita en
la gran dignidad civil de su comportamiento». False­
dad atroz, y una de las muchas que se cometieron en
el caso y contribuyeron a hacerlo más atroz; leyendo
la prensa de entonces, siente uno vergüenza.
Toda la maquinaria que había que poner en marcha
contra el «vil chantaje» se prepara y lubrica en espera
de que se anuncie el «vil chantaje». Pero nada se dice
en el primer comunicado que emiten las Brigadas Ro­
jas y que, junto con una fotografía de Moro, recibe el
18 de marzo la redacción de un periódico romano (a
Moro, con la bandera de las Brigadas Rojas al fondo,
se lo ve con la misma expresión de cansancio y tedio
que conocen millones de telespectadores). Tampoco se
anuncia en el segundo. Ni en el tercero, que acompa­
ña la carta de Moro a Cossiga. Las Brigadas Rojas han
obrado de suerte que el «vil chantaje» parezca un de­
seo y una petición de Moro. Seguramente le hicieron
creer que ya habían planteado sus exigencias, pero sin
resultado o sin respuesta. Y ahora le correspondía a él,
Moro, convencer a sus «amigos» del gobierno de que
negociaran.
La astucia de las Brigadas Rojas, el engaño del que

48
habían hecho víctima a Moro, se podía deducir fácil­
mente del tono mismo de la carta, que parece propio
de quien habla de lo que otros han planteado. Sin em­
bargo, nadie, creo, se molestó en observarlo. A las Bri­
gadas Rojas les interesaba que pareciera que el único
que quería un canje era Moro, canje al que ellos se
avendrían luego por clemencia, a manera de conmu­
tación de la pena de muerte; y que, entretanto, tem­
blaba de miedo ante el juicio al que lo sometían. En
cambio, lo que a la parte gubernamental, digamos, le
interesaba era insistir en el estado de ruina psíquica y
moral a que las Brigadas Rojas debían de haber redu­
ndo a Moro, al hombre que tenía «sentido del Estado»,
al «gran estadista», para que ahora pidiera que el Esta­
do abdicase de su naturaleza y de su función.
Pero el mismo Moro, ¿qué pensaba y quería real­
mente?
En primer lugar, quería que lo encontrasen, y por
eso, como siempre, debió de creer que la mejor forma
de compensar la falta de eficacia y de acierto de la po­
licía era que se entablara una negociación larga y difí­
cil, para que al final, o por abundancia de operaciones,
o por información exacta, o por casualidad, dieran con
la «prisión del pueblo». Y él, entretanto, mientras «los
amigos» prolongaban las negociaciones y la policía ac­
tuaba, tenía el propósito de oponerse al juicio, de no
aceptarlo, actitud paralela a la de los terroristas juzga­
dos en Turín.
Que, al contrario de lo que las Brigadas Rojas afir­
man en el comunicado número tres, Moro no cola-

49
boraba en el juicio y que «la completa colaboración
del prisionero» se limitaba a hablar de política, parece
claro no sólo a la luz del comunicado número seis (del
15 de abril), sino también por lo que el mismo Moro
dice a Cossiga, y que puede traducirse en los siguien­
tes términos: de momento, el juicio es sólo político,
y por tanto consiste simplemente en debatir sobre mis
convicciones; pero se complicará cuando pasemos a
hechos, personas y responsabilidades concretas, y en­
tonces, pese a mi determinación de no colaborar, ha­
brá que tener en cuenta que «me hallo bajo un domi­
nio pleno e incontrolado» y que pueden obligarme a
decir «cosas ingratas y peligrosas». No es un chantaje:
es una previsión y un temor.
En segundo lugar, aparte de dar tiempo a la poli­
cía, Moro pensaba que el canje podía aceptarse con
«realismo», o sea, por esa capacidad que tiene lo real
de hacer posibles y lícitas cosas que abstractamente no
son ni posibles ni lícitas. Aquellas cosas, al menos, de
las que depende una vida humana. Una vida humana
frente a unos principios abstractos: ¿puede un cristia­
no dudar en la elección?
Con «los amigos» ya había hablado en este sentido,
a propósito de «secuestros» con fines de lucro y de «se­
cuestros» políticos. ¿Por qué no reafirmar y defender
la misma opinión en su caso?
El Moro que afirma lo siguiente: «La idea según la
cual el secuestrador no debe sacar provecho del secues­
tro, si ya es discutible en casos comunes, en los que
es más que probable el daño del secuestrado, no vale

50
■ii caso de secuestro político, en el que se acarrean da­
nos seguros e incalculables no sólo a la persona del se-
i ucstrado, sino también al Estado»; el Moro que afir-
m,i esto se compadece perfectamente con el político
v con el profesor"' al que los italianos conocen desde
luce treinta años, con su visión del mundo, de la rea­
lidad italiana, de la política, con su Sentido del dere-
i lio y con su sentido del Estado (sentido del Estado
■sia vez sin comillas, porque es distinto del que con
impostura quisieron atribuirle).

* A ld o M o ro era cated rático de D erech o Penal e n la U n iv e rs id a d de


K om a, d o n d e im p artía clases. (N . d e l T.)

51
No creo que temiera la muerte. Quizá sí a q u e lla
muerte, pero era porque seguía temiendo la vida. «Hay
en su mirada», se dijo, «siglos de siroco.» Y también si­
glos de muerte; de contemplación de la muerte, de
amistad con la muerte. Alberto Ronchey escribió: «Es
la encarnación del pesimismo meridional». ¿Y qué
es el pesimismo meridional? Es ver que todo, ideas,
ilusiones, incluso las ideas e ilusiones que parecen mo­
ver el mundo, van hacia la muerte. Todo va hacia la
muerte, menos el pensamiento, la idea de la muerte.
«No sólo un pensamiento, el pensamiento de la muer­
te es el pensamiento mismo.» Lo penetra todo, como
el siroco, allí donde sopla.
En las casas aristocráticas sicilianas había, por fe­
liz ocurrencia creo que del siglo X V I I I , un cuarto del si­
roco en el que la gente se refugiaba los días en que so­
plaba este viento. ¿Puede haber un cuarto en el que
refugiarse y defenderse del pensamiento de la muerte?
Dudo, por lo demás, de que tales cuartos protegieran
realmente del siroco; antes de que se lo note en el aire,
el siroco ya se ha como clavado en las sienes, en las
rodillas.

52
No creo que temiera la muerte. Sí a q u ella muerte...
«¿ Puede un ser humano soportar esto sin enloquecer?
¿Por qué este tormento horrible, vano, inútil? Un hom­
bre al que sentenciaran a muerte, al que dejaran un
iiempo torturándose y al final dijeran: “Vete, has sido
indultado”, un hombre así quizá podría decirlo. Tam­
bién Cristo habló de este martirio, de este horror. No,
no se puede tratar así a un ser humano.»
Así lo trataron a él. Peor incluso: con la oscura, te­
nebrosa, secreta parodia del a sesin a to lega l. Y no exis­
te razón alguna para no haber intentado que no se co­
metiera, y menos aún la llamada ra z ón d e E stado, de un
listado que ha suprimido el martirio y el horror de la
pena de muerte.
Moro lo soportó sin enloquecer. No era un héroe,
ni estaba preparado para serlo. No quería morir a s í
y trató de evitarlo. Pero en esta voluntad de no mo­
rir, y de no morir a sí, había también una preocupa­
ción, una obsesión, que trascendía su propia vida (y su
propia muerte). Preocupación, obsesión, que quizá de­
muestra hasta qué punto era ese «gran estadista» que
en aquel momento, en el exterior, con evidente mis­
tificación y en un sentido muy distinto, decían que
era. Porque «estadista» en este sentido muy distinto
lo era tan poco que, cuando en la carta a Cossiga y en
otras sucesivas habla de Estado y de razón de Estado,
no se refiere a una entidad que olvida o trasciende al
individuo concreto, particular, sino a todo lo contra­
rio: el Estado que le preocupa, el Estado que le obse­
siona, creo que se resume para él en la palabra «fami-

53
lia», no porque sustituya meramente la palabra Estado
por la palabra familia, sino porque amplía su signifi­
cado, haciéndolo pasar de su familia a la familia del
partido y a la familia de los italianos, cuya «voluntad
general», incluida la de quienes no lo votan, el partido
representa. En la concepción de Moro, esta «voluntad
general» sólo tiene un punto firme y seguro, que hay
que mantener en medio del vaivén de los pactos y las
contradicciones: la libertad.
En la «prisión del pueblo» Moro ha visto peligrar
la libertad y ha comprendido de dónde viene y quién
trae el peligro. A lo mejor ha sentido que lo trae él
mismo, como el portador de una enfermedad. De ahí
su ansiedad por salir de la «prisión del pueblo»: quie­
re comunicar lo que ha entendido, lo que sabe. «Si no
tuviera una familia que me necesitara tanto, todo se­
ría un poco distinto», dice en su segunda carta, que di­
rige a Zaccagnini. Nótese: «un poco distinto». Morir no
le parece muy distinto de vivir. Pero la familia lo ne­
cesita. Repite lo mismo en todas las cartas, hasta llega
a decir, en la carta al presidente de la República, que
su familia lo necesita «imperiosa y urgentemente».
Sin embargo, Moro sabía muy bien que la situa­
ción objetiva de su familia desmentía esta necesidad
imperiosa y urgente que él afirmaba que tenía de él:
su familia lo necesitaría en el orden afectivo, no en
el material y social. No creo, siendo Moro además del
sur de Italia, que pudiera ver necesitada -de dinero
o de protección- a una familia como la suya. Cual­
quier italiano del sur que tenga colocados a los hijos

54
y casadas a las hijas y deje a la mujer casa y pensión y
un buen nombre a la familia, considerará que ha cum­
plido con sus deberes familiares y que está en paz con
la vida y con la muerte. Es posible que por eso, por­
que sabía que la realidad lo desmentía inmediata y ob­
jetivamente, insistiera tanto Moro en que su familia lo
necesitaba. Porque quería dar a entender otra cosa.
Y cuando dice: «Es sabido que la razón fundamental
de mi lucha contra la muerte son los gravísimos pro­
blemas de mi familia» (carta recibida en la redacción
de II M essa g g ero el 29 de abril), con lo de «sabido» no
quiere sino subrayar lo no sabido, y dar a entender por
tanto que hay otra razón de su lucha contra la muerte.
Por otra parte, en las cartas que dirige a la familia, al me­
nos en las que se conocen, nada hay que deje entrever
preocupaciones puramente familiares. También se pue­
de objetar que usara el argumento de la familia por
las connotaciones sentimentales, emocionales, piado­
sas, con las que lo usan los italianos -y que inspira­
ron a Longanesi su famosa b o u ta d e: «En la bandera del
italiano se lee: T engo f a m i l i a » - ; pero esto sería un in­
sulto a su inteligencia, a su circunspección, a su luci­
dez, cualidades de las que -como se verá en el futuro
que ya ha comenzado- dio muestras, más que en sus
treinta años de actividad política, en las cartas que en­
vió desde la «prisión del pueblo».

55
La tarde del 4 de abril llegan a la redacción del pe­
riódico L a R e p u b b lic a una carta de Moro dirigida a
Zaccagnini, el comunicado número cuatro de las Bri­
gadas Rojas y el texto de la R eso lu ció n d e la d ir e c c ió n es­
tra tégica .
El hecho de que las Brigadas Rojas introduzcan en
el circuito de los grandes medios de comunicación su
proyecto estratégico, que, en rigor, tendría que haber
circulado entre militantes, se debe quizá, además de al
siempre beneficioso ex ceso d e e v id e n c ia , a la necesidad
de llegar, sirviéndose precisamente de los medios de
comunicación del SIM, a aquellos simpatizantes que
aún no se han unido a ellos pero están uniéndose en­
tre sí. Sólo los simpatizantes dispersos pueden leer la
R eso lu ció n con provecho, aunque lo dudamos.
La carta de Moro provoca enseguida el siguiente co­
municado, que redactan de consuno varios líderes de-
mocristianos y oficialmente dan a publicar al perió­
dico del partido, aunque al día siguiente aparece en
toda la prensa: «Como los lectores pueden compren­
der, el texto de la carta firmada por Aldo Moro y diri­
gida a su señoría Zaccagnini... revela una vez más las

56
»ondiciones de total coerción en las que dichos textos
son escritos, y confirma que tampoco esta carta puede
serle moralmente atribuida».
Los lectores, al menos aquellos, pocos o muchos,
que entienden lo que leen, no opinaban lo mismo que
los líderes democristianos, aunque como éstos opi­
naran los grandes periódicos, la radio y la televisión.
Aprobasen o no el proceder de Moro, los lectores no
podían comprender por qué debía considerarse enaje­
nado e incapaz de entender y querer a un hombre que
no quería morir y apelaba a su partido para que lo res­
catase con medios que, aunque electoralmente arriesga­
dos, no eran imposibles. Cierto que había cinco muer­
tos de por medio, los cinco escoltas asesinados en el
momento del «secuestro», pero, bien pensado, ¿eran
razón para que hubiera un sexto?
Sea como sea, la carta de Moro no parecía deliran­
te, ni lo era.

Querido Zaccagnini:
Te escribo a ti pero me dirijo también a Piccoli, Bar-
tolomei, Galloni, Gaspari, Fanfani, Andreotti y Cossiga,
a quienes te pido que leas esta carta y con quienes confio
en que asumas las debidas responsabilidades, que son a
un tiempo individuales y colectivas. Lo digo porque las
acusaciones que se dirigen al partido nos afectan a todos,
aunque el llamado a pagar por ellas soy yo, con conse­
cuencias que no es difícil imaginar. Es verdad que también
entran otros partidos, pero al que corresponde resolver el
tremendo caso de conciencia es a Democracia Cristiana,

57
que debe actuar digan lo que digan los otros. Me refiero
sobre todo al Partido Comunista, que tanta firmeza exige
ahora pero que no debe olvidar que mi dramático secues­
tro sucedió cuando me dirigía al Parlamento a consagrar
al gobierno que tanto trabajé por formar. Y ahora que ex­
pongo la triste situación en la que me encuentro, tampo­
co puedo dejar de recordar mi firme y reiterada negativa
a aceptar el cargo de presidente que tú me ofrecías, y que­
me arrebata a mi familia cuando más me necesita. Mo­
ralmente, tú eres quien está en mi lugar, donde mate­
rialmente estoy. Es mi deber añadir, por último, en este
momento supremo, que si la escolta no hubiera estado,
por razones administrativas, muy por debajo de lo que
exigían las circunstancias, quizá yo no estaría aquí.
Esto es el pasado. El presente es que me veo someti­
do a un difícil juicio político que sin duda traerá conse­
cuencias.
Soy un prisionero político al que vuestra repentina
decisión de negaros a hablar sobre otras personas tam­
bién detenidas pone en una situación insostenible. El
tiempo pasa y por desgracia no hay mucho. Cada mo­
mento podría ser demasiado tarde. Estoy hablando, no
en términos de derecho abstracto (aunque existen normas
sobre el estado de necesidad), sino en términos de opor­
tunidad humana y política, y me pregunto si no será po­
sible dar la única solución positiva y realista a mi caso:
la de liberar prisioneros por ambas partes, sin prestar tanta
atención al contexto político del fenómeno. Mostrarse
firmes puede parecer más apropiado, pero alguna conce­
sión no sólo es justa, sino también políticamente útil.

58
Como he recordado, muchísimos Estados se com­
portan de este modo humano. Si otros no tienen valor
para hacerlo, que lo haga Democracia Cristiana, que tie­
ne la intuición suficiente para adivinar cómo obrar en los
momentos difíciles. Si no lo hace, y lo digo sin rencor,
vosotros lo habréis querido, y al partido y a las personas
les tocarán las inevitables consecuencias. Porque entonces
se abrirá otro ciclo, más terrible y también sin salida. Me
importa dejar claro que digo esto sin haber sufrido coac­
ción alguna y con total lucidez, al menos toda la lucidez
que puede tener un hombre después de llevar quince días
en una situación excepcional, sin nadie que lo consuele
y sabiendo lo que le espera. Porque, la verdad, me siento
un poco abandonado. Todo esto ya lo comenté con Ta-
viani a propósito del caso Sossi y con Gui por una con­
trovertida ley contra el secuestro. Cumplido mi deber de
informar y pedir, me recojo con Dios, con mis seres que­
ridos y conmigo mismo. Si mi familia no me necesitara
tanto, todo sería un poco distinto. Pero así, hay que te­
ner realmente mucho valor para pagar por todo el parti­
do, yo, que siempre he dado generosamente. Que Dios os
ilumine y os ilumine pronto, porque el tiempo apremia.
Mis más cariñosos saludos.

Por esa especie de doctrina Monroe que él siempre


propugnó para su partido -la no injerencia de otras
tuerzas políticas y de opinión en ese continente que
es Democracia Cristiana-, de nuevo se dirige al parti­
do y, más particularmente, a los siete compañeros que,
ion Zaccagnini, pueden «asumir responsabilidades»,

59
decidir. Entre ellos se cuenta, cosa bastante extraña,
Cossiga. Por la parte del gobierno, habría bastado con
dirigirse a Andreotti, el primer ministro. Y, llegado el
caso de negociar un canje de prisioneros, más nece­
saria habría sido la presencia del ministro de Justicia.
¿Por qué incluye Moro a Cossiga en el reducido grupo?
Evidentemente, para que el ministro del Interior diga
o que la búsqueda se encuentra en un punto muer­
to y por tanto se impone negociar, o que la policía
está a punto de encontrarlo y por tanto pueden seguir
negándose a negociar o negociar de cierto modo.
A estas alturas, tras veinte días de secuestro, Moro
no se hace muchas ilusiones de que la policía dé con él
y lo libere. Confía más en la negociación, en el canje, y
ofrece al partido un argumento que puede justificarlo
-suponiendo que Democracia Cristiana necesite jus­
tificarse- ante los demás partidos y ante la opinión
pública: el de haber pensado siempre así, el de ser co­
herentes con su condición de cristianos. Así pensaba
Aldo Moro, presidente de Democracia Cristiana, unos
años antes: que entre salvar una vida humana y man­
tenerse fiel a unos principios abstractos, había que
forzar el concepto jurídico de e s ta d o d e n e c e s id a d para
trocarlo en principio: el no abstracto principio de salvar
al individuo frente a los principios abstractos. Y tam­
bién debían pensar así, siendo y diciéndose cristianos,
sus correligionarios, desde los de las bases a los de las
cúpulas.
Sólo que, de pronto, Democracia Cristiana parece
inflamada en idolatría del Estado. Y Moro, que sigue

60
pensando como siempre, es ahora un cuerpo extraño,
especie de dolorosa excrecencia que hay que extirpar
i on el fervor estatal como anestésico- de un orga­
nismo que, casi milagrosamente, ha adquirido el «sen-
lulo del Estado». Cierto es que molesta que se sepa
que Moro siempre pensó así; que no fueron las Briga­
das Rojas quienes, torturándolo y drogándolo, lo con­
vencieron de que el canje de prisioneros entre un Es­
tado de derecho y un grupo subversivo es lícito. Pero
la cosa tiene remedio, y ni siquiera cuesta mucho apli-
<arlo: ahí está la prensa independiente y de partido,
la radio y la televisión, cerrando filas en defensa del
Estado y proclamando la metamorfosis de Moro, su
muerte civil.

61
Es como si un moribundo se levantase de la cama,
de un salto se agarrase a la lámpara del techo como
Tarzán a una liana y, sano y vigoroso, se lanzara a la
calle por la ventana. El Estado italiano ha resucitado.
El Estado italiano está vivo y es fuerte y duro. Lleva
más de un siglo conviviendo con la mafia siciliana, con
la camorra napolitana, con el bandolerismo sardo; lle­
va treinta años siendo un Estado corrupto e incom­
petente, despilfarrando y malversando el dinero pú­
blico impunemente; lleva diez años aceptando lo que
De Gaulle llamó -y no toleró- «el recreo»: aulas ocu­
padas y destrozadas, violencia de los jóvenes entre sí
y con los profesores. Pero ahora, ahora que las Briga­
das Rojas tienen prisionero a Moro, el Estado italiano
se alza fuerte y solemne. ¿Quién osa dudar de su fuer­
za, de su solemnidad? Nadie debe dudar, y menos que
nadie Moro, en la «prisión del pueblo».
«Un Estado italiano fuerte con los débiles y débil
con los fuertes», había dicho Pietro Nenni. ¿Quiénes
son hoy los débiles? Moro, su mujer y sus hijos, y quie­
nes piensan que el Estado habría debido y debería ser
fuerte con los fuertes.

62
El repentino erigirse del Estado cual «torre firme
que no cae»* sorprende a Moro. ¿Cómo ha podido
salir este bicho armado y acorazado de aquella larva?
d lan sido «los otros» quienes han inculcado en De­
mocracia Cristiana tan firme voluntad de defender al
Estado? Los otros: «Me refiero sobre todo al Partido
Comunista, que tanta firmeza exige ahora pero no
debe olvidar que mi dramático secuestro sucedió cuan­
tío me dirigía al Parlamento a consagrar al gobierno
que tanto trabajé por formar». Desde luego que el Par-
lido Comunista no lo olvida, como había de compro­
bar Moro pocos días después. Curioso que, al reivin­
dicar el mérito de la formación de ese gobierno, use
la palabra «consagrar». Un lapsus del católico que es,
un presentimiento del hombre que se siente «un poco
abandonado» (y quiere decir completamente aban­
donado). «Para cosas meramente humanas», dice el
católico Tommaseo, «no debe usarse esta elevada pa­
labra»; «Consagrar es hacer sagrado lo que no era sa­
grado, con palabras solemnes, actos, ritos». Palabras
solemnes: la defensa del Estado. Ritos: el asesinato de
cinco hombres, la ejecución de una condena a muerte.
Se enfrentan dos formas de estalinismo -y deno­
mino con esta palabra más actual algo mucho más an­
tiguo, «eso» que hombres no humanos hacen con la
inteligencia y el sentimiento de otros hombres, arran­
cándoles sangre y dolor- o, mejor dicho, se enfrentan
las dos mitades de un mismo estalinismo, de «eso», dos

* D a n te , L a D iv in a C o m ed ia , «Purgatorio», w . 1 4 - 1 5 . (TV. d e l T.)

63
mitades que lenta e inexorablemente se cierran pan
aplastar al hombre que hay en medio: el estalinisnio
declarado, deliberadamente violento y cruel de l.n
Brigadas Rojas, que mata a los servidores del SIM sin
juzgarlos y a sus dirigentes juzgándolos, y el estali
nismo solapado y sutil que hace con las personas y
los hechos como lo que se hace con los palimpsestos:
borrar lo que antes había para reescribir lo que con­
viene en el momento.
Moro no quiere ser aplastado. No por cobardía
sino, se diría, por probidad. En la conclusión de la
carta a Zaccagnini hay como una impasibilidad buró
crática, de r o u tin e : «Cumplido mi deber de informar y
pedir...». «De informar», dice. ¿Y dónde puede residir
la información? Pues seguramente en el hecho de que
en la carta no haya algo que tendría que haber habido:
alguna expresión de piedad y pesar por los hombres de
la escolta que vio morir delante de sus ojos. «Es mi
deber añadir, por último, en este momento supremo,
que si la escolta no hubiera estado, por razones admi­
nistrativas, muy por debajo de lo que exigían las cir­
cunstancias, quizá yo no estaría aquí.» Es un deber, no
una protesta ni una recriminación, y en el «momento
supremo», en la hora de la verdad. El asociar un he­
cho tan evidente para todos como es la ineficacia de la
escolta, con el «momento supremo» en el que él se
siente en el deber de hacer tan obvia constatación, no
parece muy proporcionado. No olvidemos que los
hombres de la escolta pagaron su ineficacia con la
vida. Y si con lo de las «razones administrativas» se re-

64
■i i Moro a faltas e incompetencias que estaban por
• mi mu de los cinco escoltas, con mayor razón habrá
i. mdo que sentir piedad por ellos.
No era un cínico; si lo hubiese sido, habría calcu-
Uiln rl electo favorable que unas palabras de pesar por
éilucilos cinco hombres muertos habrían producido en
11 npmión pública. En cambio, calculadamente, se las
jiMilnbió. ¿Por qué? Domenico Ricci era su chófer des­
di luc ía unos veinte años, Oreste Leonardi lo escol-
' il'.i desde hacía quince. Es imposible que no se hu-
Im un creado lazos afectivos. Pero los ve morir y no
iHtic una palabra de duelo. ¿Por qué? Quizá precisa­
mente por eso, para que «los amigos» - y sobre todo
< ic.uga- se lo pregunten y busquen la respuesta.
Puede pensarse que no vio ni entendió bien lo que,
■n tapidísima sucesión, ocurrió en Via Fani; mas por
• i)iicios que ocurrieran los hechos, sí debió de darle
•n mpo a ver que Leonardo y Ricci, en su automóvil,
Ilición alcanzados de muerte. Además, leía la prensa,
<|tn le dejaban leer no sólo por esa ética carcelaria de
la que ya hemos hablado, sino porque nada había en
día que pudiera confortar a Moro, animarlo a resistir,
a i roer que debía defender algo que valía la pena de­
fender.
Pero este pasaje de la carta está abocado al miste-
no... o al silencio, al menos hasta que alguna de las
d ra m a tis p er so n a e, desde una u otra orilla, sienta la ne-
i esidad de confesarse o tenga la vanidad de contar.

65
En la carta a Zaccagnini, Moro apela a dos «ami
gos», Gui y Taviani, para que confirmen que ya ante,
opinaba que el ciudadano debe pagar los rescates y d
Estado ceder a los canjes; el primero lo confirma, perú
el segundo lo niega.
Y no sólo el que Gui lo confirme, sino el hecho
de que Moro jamás habría pedido que mintiera a un
«amigo» que sabe que no es tan amigo, hacen que l.i
negación de Taviani sea vana y miserable. Podemos
creerle que no lo recuerde, pero no que diga la verdad
Quien dice la verdad es Moro. Y, en efecto, reacciona
como quien, en una situación de impotencia y desam
paro, se siente herido por la mentira cuando esperaba
ser ayudado por la verdad:

Hasta aquí me llega la noticia de que Taviani niega qur


yo, como digo, por lo demás de pasada, en mi segunda
carta, les expusiera a él y a Gui (ahora senadores los dos)
mis ideas acerca del canje de prisioneros (en casos como
el mío) y del modo de gestionar un secuestro. Gui lo con
firma, correctamente; Taviani lo niega, sin sentir sin duda
el menor empacho en desmentir a un colega que se en

66
t neutra lejos, en un trance difícil y poco y mal comunica­
do, ¿Por qué lo niega? No hay más que una explicación:
por exceso de celo, quiero decir, por miedo a no ser, en
las presentes circunstancias, de los primeros en defender
al listado.
Pero lo que he dicho es verdad y puedo recordarle al
olvidadizo Taviani (olvidadizo no sólo por esto) que se
lo comenté durante una reunión del partido en la sede
del EUR precisamente los días en que sucedían los hechos
que dieron ocasión a mi comentario. Y no he añadido,
porque hacerlo me habría parecido muy indiscreto (no lo
lie hecho tampoco en el caso de Gui), cuál era la opinión
que mi interlocutor oponía a la que yo manifestaba sere­
namente, como suelo. Pero ya que Taviani se apresura a
negar el hecho objetivo de mi opinión, y para que no se
alarme temiendo que yo quiera atribuirle mis mismas
ideas, diré que él pensaba de manera distinta, como otros
muchos en estos momentos. Todos éstos, empezando por
l aviani, creen que hoy por hoy ése es el único modo de
defender la autoridad y el poder del Estado. ¿Están pen­
sando en algún caso extranjero? ¿O se lo ha sugerido al­
guien? Yo, en cambio, expresé entonces en privado al mi­
nistro y repito ahora mi opinión de que, en hechos como
estos, hechos de verdadera guerrilla (de guerrilla como mí­
nimo), no podemos actuar como si de delincuencia co­
mún se tratara, para la cual, por cierto, el Parlamento apro­
bó unánimemente reformas que consideraba urgentes por
razones humanitarias. En el caso que ahora nos ocupa,
liay que plantearse la posibilidad de proceder, con las de­
bidas garantías, a un intercambio de prisioneros políticos

67
(terminología ingrata, pero ajustada a la realidad) a fin de
salvar vidas humanas inocentes, dar humanamente un
respiro, una mínima tregua a unos combatientes, aunque
sean del otro bando, y evitar que la tensión aumente y el
Estado pierda credibilidad y fuerza, empeñado como está
en un pulso agotador, que hace sufrir a quien lo padece
y perjudica al Estado. En fin, que hay una serie de razo­
nes políticas que deben tenerse en cuenta, sin negarse de
antemano a escuchar esas razones de humanidad y sabi
duría que otros pueblos civilizadísimos no han dejado de
escuchar en circunstancias dolorosamente análogas y que
los han llevado a ser más flexibles, lo que Italia se niega
a ser, olvidando que no es ni mucho menos el Estado más
férreo del mundo, ni está preparado, material y psicoló­
gicamente, para liderar el grupo de países que, como Es­
tados Unidos, Israel y Alemania (aunque no la Alemania
de Lorenz), no se cierran a la reflexión y la humanidad.
La inopinada negación del senador Taviani, que no
por incomprensible me parece, dadas las condiciones en
las que me encuentro, menos irrespetuosa y provocado­
ra, me lleva a hacer una valoración de este personaje con
más de treinta años de militancia en el partido. No hay
nada personal en mis comentarios, inducidos, más bien,
por el estado de necesidad. Y observo una cosa, fea cos­
tumbre democristiana que debería ser corregida ahora
que el partido está renovándose: la rigurosa catalogación
de corriente. De esta pertenencia ha sido Taviani una
prueba viviente con giros tan bruscos e injustificados que
dejan perplejo. De formación católica democrática, Ta­
viani se ha paseado por todas las corrientes del partido,

68
llevando a cada una de ellas su indudable eficiencia, su
gran capacidad y cierta falta de escrúpulos. Cuando yo salí
de las filas «doroteas»,* tras los acontecimientos del 68,
habiendo tenido claros indicios de que Taviani me que­
ría para formar un grupo sólido y equilibrado que, aun­
que con posturas distintas, pudiera poner orden en De­
mocracia Cristiana, en vano esperé que nos viéramos no
en una sino en varias citas que me dio, hasta que vi que
el orden que él quería poner y puso era muy distinto. Por
aquellos días propugnaba Taviani apoyar totalmente a la
derecha, pactando con Movimiento Social** como for­
ma de solucionar la crisis italiana, lo que a nosotros, que
llevábamos años oyéndolo afirmar todo lo contrario,
nos llenaba de asombro, teniendo en cuenta además que
Democracia Cristiana venía negándose hacía tiempo a
alcanzar cualquier pacto con ese partido. Luego, sin em­
bargo, Taviani se convenció, por puro realismo político,
de que la salvación consistía en un acercamiento al Par­
tido Comunista. Pero cuando se eligió por última vez al
presidente de la República, él y otros colegas del partido,
por miedo a que los votos comunistas pudieran conta­
minarme, se empeñaron en una especie de lucha con­
tra mi persona (la cual, como siempre, era ajena a las dis­
putas), lucha fastidiosa por lo que tenía de personal y que
casi hacía sospechar injerencias norteamericanas, y per-

* L o s «doro teos» co n stitu y e ro n u n a de las co rrien tes sobresalien tes de


D em o cracia C ristian a, m o d e rad a, antico m u n ista, a fín a la Iglesia y al em pre-
sariado. (TV. d e l T.)
* * E l M o v im ie n to S o c ia l Ita lia n o fu e u n p artid o de ten d en cias n e o fa s­
cistas. (TV. d e l T .)

69
fectamente absurda, pues la persona contra la que se lu­
chaba no era ningún aspirante a la sucesión. En su larga
carrera política, que luego abandonó de pronto sin ex­
plicación verosímil, salvo la de que quisiera dedicarse a
más altas responsabilidades, Taviani ocupó, después de
ser por breve tiempo y con poco éxito secretario del par­
tido, diversos e importantes cargos ministeriales, entre los
que cabe destacar el de ministro de Defensa y del Inte­
rior, cargos que desempeñó largo tiempo, con todos los
complejos mecanismos, centros de poder y ramificaciones
secretas que conllevan. Recuérdese que, en este sentido,
el almirante Henke, jefe de los servicios secretos y luego
del Estado Mayor de Defensa, era uno de sus hombres y
había colaborado mucho tiempo con él. Lo importante
y delicado de sus múltiples cargos puede explicar el peso
que tuvo en el partido y en la política italiana mientras
estuvo en activo. Cuando desempeñaba los dos impor­
tantes cargos antes mencionados, tuvo contactos directos
y confidenciales con círculos norteamericanos. ¿Tendrán
algo que ver los americanos o los alemanes con la hos­
tilidad que me demuestra?

La carta llega a los periódicos la tarde del 10 de abril


y todos la publican: está claro que el gusto de hacer­
se eco de tan dramática desavenencia en el hogar de-
mocristiano supera la reserva censoria que la prensa
dice haberse impuesto por «sentido del Estado». La
semblanza que Moro traza de Taviani hace gracia a
todo el mundo. Quizá eran cosas ya sabidas, pero di­
chas por Moro cobran otro sentido. Y huelga decir que

70
i los que más gracia les hace es a las Brigadas Rojas.
1.111re las declaraciones que el prisionero Moro está
prestando», escriben en el comunicado número cinco
que acompaña la carta de Moro, «adelantamos estas
imparciales e incompletas sobre el delincuente de Es­
culo Emilio Taviani. No hacemos comentario alguno
i lo que Moro dice porque, aun en su enrevesado len­
guaje, que incluso cuando afirma verdades las revis­
te de alusiones, expresa con claridad lo que piensa de
l aviani, de sus juegos de poder en Democracia Cristia­
na y de las tramas en las que está implicado.» Es ver­
dad que la carta resulta bastante enrevesada y alusiva,
pero es una de las más libres que Moro escribió. Libre,
digo bien: a la manera pirandelliana, Moro empieza a
liberarse de la forma, porque ha entrado trágicamen­
te en la vida; ha pasado de ser personaje a ser «hombre
solo», y de ser «hombre solo» a ser criatura, pasos que,
según Pirandello, son el único modo de salvarse.
Hay también en esta carta una ironía que Moro,
como político, solía ocultar y rara vez mostraba. Y con
razón la ocultaba: nada es más difícil de entender,
más indescifrable, que la ironía. Porque si puede col­
garse a un hombre por una frase sacada de contexto,
tnucho más fácil es que lo cuelguen por una frase iró­
nica. Como ésta, por ejemplo: «dar humanamente un
respiro a unos combatientes, aunque sean del otro
bando». ¡Moro, queriendo dar un respiro a las Briga­
das Rojas, reconociendo que son combatientes! Nada
más se necesita para pensar que se ha pasado a las Bri­
gadas Rojas. Y, de hecho, Taviani declara a la prensa

71
que «no tiene intención de debatir nada con las Briga­
das Rojas».
Sugestionado o convencido, Moro ya habla como
un miembro de las Brigadas Rojas: ésta es la tesis que,
como una losa, cae sobre el hombre vivo, lúcido y
batallador que Moro sigue siendo en la «prisión del
pueblo», mientras se recuerda y se celebra al Moro di­
funto, al Moro digno de un monumento, al «gran es­
tadista» que Moro nunca fue. En su vieja ensoñación
o alucinación del Estado (y lo digo sin sarcasmo por­
que también yo padezco de esa ensoñación o alucina­
ción, sólo que él cree haber visto al Estado alguna vez
en Italia, y yo nunca), Montanelli entonó un «réquiem
por Moro», mientras que el diputado comunista Anto-
nello Trombadori proclamó, en los pasillos del Con­
greso: «¡Moro ha muerto!». Y un selecto grupo de
«amigos de Moro», entre sus muchos «amigos», re­
dacta un monstruoso documento renegando de él:
e l M o r o q u e h a b la d es d e la « p r isió n d e l p u e b lo » n o es e l
M o r o q u e co n o c im o s .
En realidad, nunca se pareció Moro tanto a su ima­
gen de político sutil como en esta carta contra Taviani.
Aunque el mentís de Taviani ha sido para él una amar­
gura, aunque lo ha hundido más en su condición de
«hombre solo», también le ha dado más cancha, le ha
ofrecido la posibilidad de jugar en el seno de las Briga­
das Rojas, sembrando en ellas, como quien no quiere
la cosa, la duda. La semilla de la duda está en la última
frase de la carta, en la pregunta que la cierra: «¿Tendrán
algo que ver los americanos o los alemanes en la hos-

72
lilidad que me demuestra?». Puede parecer una con­
clusión de la biografía política que, a grandes rasgos
pero con mucha malicia, ha trazado de Taviani -y, a
la lettre, lo es (Taviani es el hombre de los americanos
igual que Henke era el hombre de Taviani)-, pero pen­
semos en el efecto que el interrogante debió de causar
en los jóvenes militantes de las Brigadas Rojas: cuando
Moro, uno de los máximos representantes del SIM, y
de los más inteligentes, se pregunta retóricamente si
el hombre de los americanos no estará siendo de nue­
vo aleccionado y mandado por los americanos... y por
los alemanes, al negar un hecho tan fehacientemente
cierto, ¿no es porque está seguro de lo que dice? Y, si
es así, ¿obedece también la acción de las Brigadas Ro­
jas -el secuestro, el cautiverio de M oro- a un plan de
los americanos y los alemanes, involuntariamente lo
secunda, lo favorece casualmente... o incluso forma
parte de él?
Si Moro les hubiese sugerido esta posibilidad en
las largas conversaciones que sin duda tenían o du­
rante el «juicio», ellos no habrían hecho caso, lo ha­
brían considerado una simple insinuación, un intento
de crear confusión. Pero Moro hace esta pregunta -dice
esta verdad, hace esta acusación- a sus «amigos», y en
un momento de rabia y desesperación. ¿Y no resulta
inquietante que al hombre de los americanos, al «de­
lincuente de Estado» Taviani, interese que Moro siga
en la «prisión del pueblo» y muera en ella, como los
lefes de las Brigadas Rojas?
Y quizá esté yo aquí novelando, pero no creo im-

73
probable que esta carta de Moro crease en las Brigadas
Rojas una división, de la que no pueden indicarse se
ñales precisas pero que en cierto momento empiezn
a notarse claramente, tan claramente que el Partido
Socialista Italiano, que forma parte del gobierno, rom
pe de pronto la atmósfera de fervor estatal y propone
a los demás partidos, empezando por Democracia Cris­
tiana, que se abran a la negociación. Como es incon
cebible que un partido, un partido en bloque, actúe
por repentina inspiración humanitaria o súbito de­
seo de parecer más humano y capaz de sentimientos,
podemos sospechar que el Partido Socialista Italiano
(es decir, los hombres que decidieron romper esa at­
mósfera) recibió algún tipo de señal.

74
Algo nuevo e imprevisto está ocurriendo sin duda
rn el seno de las Brigadas Rojas. En el comunicado nú­
mero seis, que llega a la redacción milanesa del perió­
dico L a R ep u b b lica en el anochecer del 15 de abril, di-
irn : «Hemos tomado una decisión».
La decisión consiste en no difundir más que clan­
destinamente la información de que disponen y, sobre
lodo, el resultado del «juicio» a Moro, que ha termi­
nado con condena a muerte. Motivo de la decisión:
La prensa de régimen está siempre al servicio del ene­
migo de clase, y la mentira y el engaño son en ella lo
normal, como ha quedado patente estos días...». Mo­
tivo harto trivial y que tiene toda la apariencia de ser
un arrepentimiento, tardío por añadidura. Además,
.mnque sea cierto y sabido que la prensa «de régimen»
miente y engaña, no cabe duda de que ha dado a la
acción de las Brigadas Rojas una dimensión casi mí­
tica, y a sus comunicados teóricos y prácticos una di­
fusión vastísima. La interpretación de las acciones y
de los comunicados de las Brigadas Rojas, aun enga-
ñosa, es recibida por un público que está predispuesto
a aceptarla, y los textos, publicados íntegramente, lle-

75
gan a sectores de simpatizantes a los que la difusión
clandestina nunca podría llegar. Dar, pues, sus comu­
nicados y mensajes a la prensa «de régimen» tiene para
las Brigadas Rojas muchas más ventajas que desventajas,
mucha más ganancia que pérdida. ¿Por qué, entonces,
prefieren el silencio?
¿Se trata, con el agudísimo sentido del teatro, del
golpe de efecto, del suspense que tienen, de una es­
pecie de compás de espera? ¿Han de hacer balance,
recapacitar? ¿O es que la «cúpula» quiere coordinarse
mejor, controlar más, con los «comandos», a los «co­
mandos», sobre todo al que tiene secuestrado a Moro?
Consideremos un momento esta hipótesis e imagine­
mos (¡imaginemos, imaginemos!) que esta mejor coor­
dinación, este mayor control parezcan necesarios a la
«cúpula» porque conocen la inquietud que la carta de
Moro contra Taviani ha causado en los militantes más
jóvenes, en los ejecutores menos avisados del «coman­
do» romano, y el insatisfactorio resultado del «juicio».
Porque que el resultado del «juicio» fue insatisfacto­
rio se deduce fácil, demasiado fácilmente de este pa­
saje del comunicado número seis: «No hay secretos
sobre Democracia Cristiana, sobre su papel de perro
guardián de la burguesía, sobre su condición de pilar
del Estado de las Multinacionales, que el proletaria­
do no conozca ... ¿Qué misterios puede haber sobre
el régimen democristiano, de De Gasperi a Moro, que
los proletarios no hayan ya conocido y pagado con
su sangre? ... No hay, pues, “clamorosas revelaciones”
que hacer...». Ni secretos, ni misterios, ni revelacio-

76
nrs: para eso -puesto que se sabía de antemano, pues­
to (|iie no es un resultado del juicio-, podían haber
ili jado a Moro en Via Fani, hermano en la muerte de
aquellos cinco servidores del SIM.
Filos mismos son conscientes de que han caído en
mu contradicción. Porque en el mismo comunicado,
i renglón seguido, explican: «El interrogatorio a Aldo
Moro ha revelado las turbias complicidades del régi­
men, ha señalado con hechos y nombres a los verda-
d tos responsables ocultos...», contradiciéndose de nue­
vo, porque sí hay, pues, revelaciones, y revelaciones
• l.tmorosas. Y si vemos el comunicado como la mo­
tivación de una sentencia, es de notar esta otra y más
Htave contradicción: que, a la vez que lo condenan a
muerte, presentan a Moro como, por decirlo con Paso-
Imi, «el menos implicado de todos»: el menos impli-
<ado en las tramas, en los abusos, en las corruptelas del
poder. Más parece testigo que acusado, testigo de car-
H»>además, de esos que buscan y prefieren los fiscales:
un testigo que «señala», «denuncia», «tira de la manta».
Nada hay en la motivación de la sentencia que deje
<•1 itrever una culpabilidad clara, una responsabilidad

concreta, ni se dice tampoco que acusa justamente a


los demás para salvarse injustamente a sí mismo. Se
a ucrda uno de esa anécdota de la revolución mexi-
i ana que cuenta Martín Luis Guzmán en su magní-
lico libro E l á g u ila y la serp ien te: un general revolucio­
nario entra victorioso en un pueblo, convoca a cinco
o seis personas principales y les dice que tienen que
entregarle cierta suma, so pena de ahorcamiento: tan-

77
tos miles de pesos el primero, en tres horas; el doble
el segundo, en cuatro horas, y así sucesivamente, do­
blando la suma y ampliando el plazo. Pasan tres horas
y al primero, que dice ser pobre de solemnidad, lo
ahorcan. Todos los demás se apresuran entonces a de­
sembolsar el dinero, incluso antes de que termine el
plazo. El general, satisfecho, alaba la bondad del mé­
todo. «Pero el primero no ha pagado», objeta el ayu­
dante. «Porque no tenía con qué», contesta el general;
«yo ya lo sabía y para eso lo quería.»
De algo parecido se tiene casi la impresión leyen­
do el comunicado número seis. Pero lo que sobre todo
parece transmitir es cierta inquietud, cierta duda, cierta
indecisión, aunque anuncie la determinación de con­
denar a muerte al reo. Y podemos imaginar (otra vez
imaginar) que de esta indecisión naciera el comunica­
do número siete, comunicado que las Brigadas Rojas
dijeron luego que era falso y que la prensa «de régi­
men» aceptó como «falso», así, entre comillas, insi­
nuando la duda de que las Brigadas Rojas dijeran la
verdad. Mucho se podría decir, por cierto, de la aureo­
la de rigor y de verdad, así como de mortífera perfec­
ción e inaprensibilidad, que rodeaba y rodea a las Bri­
gadas Rojas en el inconsciente colectivo y en esa parte
del inconsciente colectivo que anida en las institucio­
nes (la policía, la magistratura, el periodismo). Es un
caso extremo lo ocurrido en un banco de cierta po­
blación del norte de Italia, a cuyas ventanillas se pre­
senta un señor que, abriéndose la chaqueta y mostran­
do una pistola discreta y desganadamente, intima al

78
i|cro, diciendo que lo envían las Brigadas Rojas, a
•|iic lo conduzca al despacho del director, a quien exi-
l,r. de nuevo en nombre de las Brigadas Rojas, ochen-
1.1 millones de liras; se las dan, el hombre extiende un
ia ibo, pide que lo acompañen a la puerta, ordena que
no den la alarma ni denuncien el robo hasta las seis de
1.1 tarde (lo que se cumple rigurosamente) y desaparece;
rs un caso extremo, digo, y extremadamente gracioso,
I»rro revelador de una mentalidad muy difundida.

79
El «falso» comunicado número siete llega a última
hora de la mañana del 18 de abril. Tiene ciertas pecu­
liaridades de carácter gráfico que luego se adujeron
para demostrar su falsedad, y su contenido resulta más
cínico, más macabramente frívolo que el de los comu­
nicados anteriores, indudablemente auténticos. Si lo
hubiesen redactado las mismas personas, habría sido
más solemne y prolijo.

Hoy, 18 de abril de 1978, termina la «dictadura» de De


mocracia Cristiana, que durante treinta años ha im
puesto tristemente su lógica del atropello y la arbitra
riedad. Coincidiendo con esta fecha, comunicamos que
el presidente de Democracia Cristiana, Aldo Moro, ha
sido ejecutado mediante «suicidio». Permitimos que se
recupere su cadáver y revelamos el punto exacto donde
se encuentra. El cuerpo de Aldo Moro yace inmerso en
el fondo cenagoso del lago de la Duchessa (por eso de
cía que estaba empantanado), a 1800 metros de altitud,
cerca de la localidad de Cartore (RI), entre Abruzzo y
Lacio.
No es sino el inicio de una larga serie de «suicidios»:

80
el «suicidio» no es una «prerrogativa» sólo del grupo Baa-
der-Meinhof.
Que tiemblen por sus desmanes los varios Cossiga,
Andreotti, Taviani y demás que sostienen al régimen.

P.S. Recordamos a Sossi, Bárbaro, Corsi y demás que


siguen bajo libertad «vigilada».

Lo que cabe oponer a la falsedad del comunicado,


el principal detalle por el que podemos considerarlo
ilc las Brigadas Rojas, es éste: atentos como siempre
estuvieron a las fechas, a las efemérides, a las corres­
pondencias simbólicas, ¿dejarían de realizar alguna
acción o emitir algún comunicado el 18 de abril? ¿No
empezó el «régimen» del SIM el 18 de abril de 1948,
i on la gran victoria electoral de Democracia Cristia­
na? ¿Dejarían las Brigadas Rojas de celebrarlo a su
modo?
También el distinto tono del comunicado, su atroz
ligereza, puede explicarse por su autenticidad: quien lo
escribe sabe que Moro está vivo y que es una burla a
la policía, al SIM. Y otra razón: las Brigadas Rojas no
emiten el «verdadero» comunicado número siete has­
ta el anochecer del día 20. ¿Por qué esperaron dos
días? Evidentemente para que la burla surtiera todo
su efecto ante los ojos de los italianos, con aquellos
vanos y grotescos sondeos del lago de la Duchessa.
Aparte de que la burla podía responder también a una
necesidad imperiosa: precisamente la mañana del 18
había descubierto la policía un piso franco de las Bri-

81
gadas Rojas en Via Gradoli, a poca distancia de Via
Fani; desviar fuerzas de Roma y distraer la atención
de los indicios que indudablemente habrían dejado
los terroristas en el apartamento de Via Gradoli podía
ser una razonable necesidad.
El «verdadero» comunicado número siete consta de
dos párrafos, el segundo de los cuales las Brigadas Ro­
jas lo dedican al «falso» comunicado del 18 de abril,
tachándolo de «siniestra iniciativa de los expertos en
la guerra psicológica». No se muestran muy indigna­
dos ni se molestan en buscarle explicaciones. Pare­
cen realmente convencidos de que los expertos en la
guerra psicológica han pasado a la acción y de que el
«falso» comunicado prueba lo muy especialistas que
son. Y casi podríamos estar de acuerdo con ellos, si
pudiéramos creer por un momento que el Ministerio
del Interior es capaz de alguna iniciativa. Porque lo
cierto es que el «falso» comunicado podía ser una idea
lo mismo de las Brigadas Rojas que del gobierno..., su­
poniendo que el gobierno pudiera tener ideas. A anv
bas partes venía - y vino- bien: fue como un b a ilón
d ’essa i, una prueba general, una eficaz forma de des
cargar con una noticia falsa -que luego se anunció fal­
sa- las tensiones, emociones y valoraciones que ha­
bían de descargarse con la verdadera, y de atenuar y
desdramatizar así la verdadera, que había de estallar
en un plazo más o menos calculado. Moro fue con­
denado a muerte por las Brigadas Rojas directamen
te, y por Democracia Cristiana y el Estado indirecta­
mente; había que atenuar, desdramatizar los efectos

82
tic reprobación, horror y piedad que la noticia de la
ejecución provocaría, y esto interesaba a ambas partes.
I )cmocracia Cristiana tenía que rendir cuentas ante el
i nstianismo, del que los católicos practicantes empe­
zaban a mostrar ciertos atisbos (y más que atisbos los
no practicantes y los laicos), mientras que los terro-
i islas debían vérselas con aquella izquierda más a la
izquierda que el Partido Comunista que aún los lla­
maba «compañeros» («compañeros que se equivocan»)
v que, después del asesinato del periodista Casalegno,
i mpezaba no sólo a distinguir entre homicidio y re­
volución, sino a ver con preocupación que la crecien-
ir serie de crímenes revolucionarios, si quizá servían
para preparar la revolución, más cierta e inmediata­
mente generaban reacción, represión.
L1 «falso» comunicado, dicen los periodistas, insi­
nuando, como decíamos, la sospecha de que, aunque
I ilso el contenido, no lo sea la autoría. La «siniestra
mu iativa», dicen las Brigadas Rojas, respondiendo a
la sospecha con una acusación más directa y concre­
ta, una acusación contra el «régimen», el gobierno,
Andreotti, primer ministro; la «siniestra iniciativa»,
Minio si, suponiendo que el falso comunicado no
viniera de ellos, fuera menos siniestro anunciar la
ni nlencia de muerte y la decisión de ejecutarla. De
i'in litarla a menos que... Y aquí, en el «verdadero» co­
municado número siete, se pone por vez primera la
i ondición que hasta ese momento habían hecho creer
|Hc era idea de Moro: «La libertad del prisionero
Aldo Moro no será considerada más que a cambio de

83
la liberación de prisioneros comunistas». Es un ulti­
mátum: Democracia Cristiana y el gobierno deben dar
una respuesta «clara y definitiva» en un plazo de cua­
renta y ocho horas a partir de las 15 horas del 20 de
abril.

84
Inmediatamente después del comunicado número
■.icle («verdadero» o bis o como quiera llamárselo), ese
mismo día 20, llega a la redacción milanesa de L a R e-
l'iibb/ica una fotografía de Moro. Como demostración
ilr lo que la burocracia italiana llama «existencia en
vida», tiene en la mano un ejemplar de L a R ep u b b lica
ilrl día anterior. No se lo ve demacrado. Tiene la mis­
ma expresión cansada de siempre.
Y al día siguiente recibe Zaccagnini otra carta de
Moro. Éste expone en ella la idea, harto lúcida y plau­
sible, de que el «respeto ciego a la razón de Estado» que
supone no querer salvar su vida equivale de hecho a
introducir la pena de muerte en el ordenamiento cóns­
ul ucional italiano.

Estimado Zaccagnini:
Me dirijo a ti y a través de ti, de manera formal e in­
cluso solemne, a toda Democracia Cristiana, a la que me
permito seguir apelando en mi calidad de presidente. Vi­
vimos momentos dramáticos. El país tiene problemas y
yo no quiero ignorarlos, pero sé que pueden solucionar­
se de manera justa incluso en términos de seguridad, sin

85
desdeñar esa conciencia humanitaria, cristiana y demo­
crática que ha inspirado a Estados civilizadísimos en cir­
cunstancias análogas, cuando de salvar vidas humanas
inocentes se ha tratado. Pues frente a los problemas del
país, están los míos y de mi familia.
De estos problemas, terribles y angustiosos, no creo
que podáis libraros, ni ante los ojos de la historia, con
la facilidad, la indiferencia, el cinismo que habéis mani­
festado en estos cuarenta días de terribles sufrimientos
para mí. Con profunda amargura y estupor he visto cómo
en pocos minutos, sin hacer una seria valoración huma
na ni política del caso, adoptabais una actitud de rígida
cerrazón.
La adoptabais los dirigentes sin que un asunto tremen
do como éste se debatiera en ningún sitio ni momento
No se han oído voces discrepantes, que son inevitables
en un partido democrático como el nuestro. Mi misma
desgraciada familia ha sido, en cierto modo, acallada, para
que no pueda gritar su dolor y su necesidad de mí. <1*.s
posible que estéis todos de acuerdo en desear mi muei
te por una presunta razón de Estado que alguien os su
giere alevosamente, como si fuera la solución a todos los
problemas del país? Lejos de ser una solución, lo que este
crimen causaría sería un torbellino terrible al que no po
dríais hacer frente, que os arrollaría; provocaría una rup
tura con las fuerzas humanitarias que aún existen en estr
país; crearía en el partido mismo, aunque al principio no
lo pareciera, una fractura irremediable.
Pienso en los muchos democristianos que llevan años
identificando al partido con mi persona, en mis amigos di

86
las bases y de los grupos parlamentarios, en los muchísi­
mos amigos personales que no aceptarán esta tragedia.
¿Es posible que, en esta hora dramática, todas esas per­
sonas renuncien a hacerse oír, a tener su voz y voto en
el partido, como en otros asuntos de menor calado?
Lo digo claramente: yo no perdonaré ni justificaré a
nadie. Espero que todo el partido dé muestras de pro­
funda seriedad y humanidad, espero que haya fuerzas de
libertad y espíritu humanitario como las que se dan en
todos los debates parlamentarios sobre asuntos de esta
naturaleza. No me refiero a nadie en particular, me dirijo
a todos. Pero el país se dirige sobre todo a Democracia
Cristiana, por las responsabilidades que tiene, porque
siempre ha sabido conciliar las razones de Estado con
las razones humanas y morales. Si falla ahora, sería la pri­
mera vez. El torbellino la arrollaría y sería su fin.
Que no se tome, os lo ruego, una decisión de muer­
te a instancias de algún dirigente obsesionado con la se­
guridad, como si el exilio no fuera una solución, sin que
lodo el mundo haya estudiado a fondo la cuestión e in­
terrogado su conciencia. El tiempo apremia y la me­
nor señal de apertura, de oposición, de comprensión del
alcance del problema sería de vital importancia.
Decid ya que no vais a dar una respuesta pronta y
simple, una respuesta de muerte. Disipad enseguida la
impresión de ser un partido unido en una decisión de
muerte. Recordad, y que lo recuerden todas las fuerzas
políticas, que la constitución republicana, como primera
señal de novedad, suprimió la pena de muerte. Pero, que-
i idos amigos, no hacer nada por impedirlo, seguir obran-

87
do con insensibilidad y respeto ciego de la razón de lis
tado, significaría ni más ni menos volver a introdui n
la pena de muerte en nuestro ordenamiento. Y yo, en l.i
Italia democrática de 1978, en la Italia de Beccaria, sería,
como otros en pasados siglos, condenado a muerte. De
vosotros depende que la condena se ejecute. A voso
tros pido la gracia del indulto, porque, como tú sabe»,
Zaccagnini, mi familia necesita ser atendida, cuidada,
guiada.
Mi angustia en este momento sería tener que dejarla
sola -y no puede estar sola- porque mi partido es incapa/
de asumir sus responsabilidades, de tener un gesto al mil
mo tiempo de valor y de responsabilidad.
Apelo a todos y cada uno de los amigos que dirigen
el partido y con quienes he trabajado tantos años en in
terés de Democracia Cristiana. Recuerda los sesenta cru
dales días de crisis que vivimos con Piccoli, Bartolomei,
Galloni, Gaspari, en todo momento guiados y aconsejados
por Andreotti. Dios sabe cuánto me he esforzado por
que todo saliera bien. No pensé entonces, como nuiu.i
he pensado, en mi seguridad ni en mi tranquilidad.
El gobierno está en pie y éste es el reconocimiento
que se me hace, por éste y por tantos otros servicios. Ale
jado de mi familia sin haberle dicho adiós, solo, sin el
consuelo de una caricia, prisionero político condenado .1
muerte. Si no hiciérais algo, se escribiría una página terri
ble en la historia de Italia. Mi sangre caería sobre vosotro»,
sobre el partido, sobre el país.
Pensadlo bien, queridos amigos. Sed independiente»
No miréis al mañana sino al pasado mañana.

88
Piénsalo tú sobre todo, Zaccagnini, que eres el máxi­
mo responsable. Recuerda -debe de ser para ti un amar­
go motivo de reflexión- lo mucho que tú y los amigos a
los que se lo pediste insististeis en que aceptara ser pre­
sidente del Consejo Nacional del partido, para que fuera
partícipe y corresponsable de la nueva etapa que tan di­
fícil se presentaba. Recuerda la fortísima resistencia que
opuse, sobre todo por las razones familiares de todos co­
nocidas. Hasta que al final me rendí, como siempre, a la
voluntad del partido. Y ahora aquí estoy, a punto de mo­
rir, por haberte dicho que sí y haber dicho sí al partido.
Tienes, pues, una responsabilidad personalísima. Tu sí o
lu no son decisivos. Pero que sepas también que, si me
arrebatas a mi familia, lo habrás hecho dos veces. Y car­
garás con ello de por vida.
Que Dios te ilumine, querido Zaccagnini, e ilumine
a los amigos, a los que envío un desesperado mensaje.
No pienses en los pocos casos en los que se ha procedi­
do en línea recta, sino en los muchos que se han resuelto
con humanidad y por eso mismo, aun en el difícil trance,
de manera constructiva. Si la piedad prevalece, el país no
está perdido.

No todos los periódicos publican la carta. Y la pie­


dad, aunque algo mueve, no prevalece.
Democracia Cristiana, dice la prensa, se halla «des­
ganada por la duda». La familia «exige» públicamen-
|< al partido que «se declare dispuesto a averiguar las
i ondiciones concretas para la liberación de su presi-
I. nte». Y el partido, que más que desgarrado por la

89
duda está muy seguro de no tener que hacer nada, no
arbitra mejor recurso que encomendar a Caridad In
ternacional, una asociación humanitaria dependienlr
del Vaticano de la que muy pocos han oído habl.u
hasta ese momento, que «busque posibles modos de
convencer a los secuestradores de que liberen a Moro-
Imposibles modos, más bien, dado que Democracia
Cristiana reitera una y otra vez «su inquebrantable
lealtad al Estado democrático, a sus instituciones y .1
sus leyes, en activa solidaridad con los partidos com
titucionales». Sólo que uno de esos partidos constitu
cionales, el socialista, quiebra la in a c tiv a solidaridad y
muestra su voluntad de salvar a Moro, convirtiéndo
se así en una especie de hijo pródigo u oveja negra.
En esto tercia Pablo VI para aliviar el desgarro de
Democracia Cristiana, con una carta que la radio valí
cana difunde unas horas antes de que se cumpla el
plazo dado por las Brigadas Rojas y que la prensa re
produce al día siguiente, carta que parece inspirada pcii
elevados sentimientos cristianos, pero que constituye,
por exhortar a las Brigadas Rojas a liberar a Moro «sin
condiciones», una especie de confirmación -casi en el
sentido religioso- de Democracia Cristiana en su «in
quebrantable lealtad al Estado».
No se le escapa a Moro, en la «prisión del pueblo-,
lo que los italianos, conmovidos por el arrodillarse del
Papa ante los terroristas, no ven: que Pablo VI tiem
más «sentido del Estado» de lo que demostró tenei el
príncipe Poniatowski, ministro del Interior francés,
cuando, en tiempos no muy lejanos, declaró admisihl*

90
el principio de negociar con los terroristas para salvar
vidas humanas inocentes»; o sea, que pensaba lo mis­
mo que Moro, y no puede decirse que el Estado fran-
ics no sea Estado; lo es con todos los sacramentos,
minea mejor dicho: los sacramentos que hacen Estado
un Estado, y quizá demasiado.
Moro quiso convencer al Papa: «El canje de prisio­
neros, y es una cuestión que humildemente someto a
1.1 consideración del Santo Padre, no sólo beneficia
i los de la otra parte, sino también al que está ame-
ti.izado de muerte, a la parte no combatiente, al horn­
illo normal y corriente, me refiero, como yo». Y en una
ilr sus últimas cartas, menos humildemente, observa
i|iic la postura de la Santa Sede constituye un cambio
i.uiical de actitud y la negación de toda una tradición
Immanitaria. «Es algo horrible, indigno de la Santa
Sode ... No sé si [el cardenal] Poletti podrá rectificar
■'.i.i actitud, que está en flagrante contradicción con
1.1 postura adoptada en otros casos por la Santa Sede.»
refiere sin duda a lo ocurrido unos meses antes
•*n Mogadiscio, cuando, con ocasión del secuestro de
un .ivión por parte de terroristas alemanes que ame­
nazaban con matar a los pasajeros, el Papa se ofreció
• niño rehén; ofrecimiento, por cierto, que entonces
Blicció fuera de la realidad, pero que obedecía a la
tilín .1 realidad que un Papa puede sentir y celebrar
i tundo asiste inerme y como derrotado al campar de
Id violencia.
( lomo era previsible, el llamamiento del Papa cae
lll naco roto, y la oferta de mediación de Caridad In-

91
ternacional no satisface en absoluto a las Brigadas Ri»
jas (como dicen en el comunicado número ocho del
24 de abril). Sin embargo, el ultimátum queda suspcn
dido. Es sin duda la postura del Partido Socialista lta
liano la que disuade a las Brigadas Rojas de ejecutar l.i
sentencia. ¿No podría aprovecharlo el.gobierno, aun
que sea sin escrúpulos, con cinismo, para alimentar las
discrepancias que sin duda existen en el seno de las B r i
gadas Rojas, entre quienes tienen decidido que Moro
debe morir y quienes estarían dispuestos a liberarlo
a cambio de alguna concesión, siquiera simbólica,
del Estado italiano? Repito que no hay ninguna señal
cierta de estas discrepancias, pero se las intuye, se las
siente, se las entrevé. Lo creo quizá porque estoy tra
tando de comprenderlos también a ellos, a los «hom
bres de las Brigadas Rojas», como los llama el Papa,
aunque yo sin amarlos, como él dice que los ama; dr
comprender a quienes vigilan a Moro y lo juzgan, en
esa difícil y terrible familiaridad que inevitablemente
se establece, en el intercambiar palabras coloquiales,
o acusatorias y exculpatorias, en el consumir juntos la
comida, en el dormir del prisionero y el velar del car
celero, en el cuidar la salud del condenado a muerte,
en el leer sus cartas, en el riesgo de llevarlas a su des
tino. Son muchos gestos, muchas palabras dichas sin
querer pero que salen de lo más profundo del alma,
muchas miradas que se cruzan en los momentos de
desconsuelo, muchas sonrisas que se cambian de pron
to, imprevisibles, muchos silencios..., muchas, muchas
cosas que hora tras hora durante más de cincuenta

92
ililis pueden hermanar al encarcelado y al carcelero, al
verdugo y a la víctima..., hasta el punto de que el ver­
dugo no pueda seguir siendo verdugo.
En la carta del 29 de abril dice Moro: «El que me
<u(regó la carta» (de su familia, publicada por un pe-
i indico) «había recortado piadosamente las noticias
de mi condena» (condena por parte de Democracia
( nstiana por negarse a negociar). Creo que es el pun­
ió más alto, cristianamente más alto, que alcanzó la
tragedia.

93
En el comunicado número ocho, las Brigadas Ro­
jas plantean las condiciones para liberar a Moro: quie­
ren que se ponga en libertad a trece compañeros pre­
sos. Entre ellos, junto a algunos a quienes la opinión
pública, aunque en el juicio reivindicaron móviles de
regeneración social y política, no consideraba peligro­
sos, figuran otros cuya inclusión no podía menos de
resultar provocadora: Cristoforo Piancone, el único
para cuya liberación se aducen justificaciones y por
eso mismo quizá el militante menos antiguo, apenas
llevaba en la cárcel dos semanas por complicidad en el
asesinato del guardia de prisiones Cotugno, crimen,
pues, demasiado reciente para que la petición de libe­
rarlo no pareciera provocadora; y Curcio y los demás
miembros históricos estaban siendo juzgados en Turín
en ese mismo momento -juicio por cierto que quizá
habría sido mejor aplazar- y liberarlos antes de la sen­
tencia o inmediatamente después habría sido el col­
mo de lo grotesco.
Pero aparte de la evidente provocación que supo­
ne la lista de nombres, debemos preguntarnos por qué
precisamente trece. Quizá las Brigadas Rojas no sean

94
supersticiosas, pero saben que los italianos lo son. ¿No
puede ser que la elección de este número sea una se­
creta y macabra burla, como si quisieran dar a enten­
der que la negociación no servirá de nada y que la suer­
te de Moro está echada?
La impresión de que en el seno de las Brigadas Ro­
jas se ha producido la división a la que antes me re­
fería se hace más viva. Entre este comunicado y las
cartas de Moro -quien indudablemente tiene presente
el punto de vista de los terroristas que lo rodean- hay
diferencias. Los miembros de las Brigadas Rojas que
hablan con Moro parecen querer «guardar las apa­
riencias», pues por lo demás no entregarían sino a un
Moro, como dicen los mañosos, «muerto en el cora­
zón de los amigos», políticamente muerto, como con
congoja dio a entender Montanelli y proclamó Trom-
badori. Por el contrario, los que emiten los comuni­
cados parecen desear que el gobierno se muestre in­
flexible y dé una negativa rotunda y definitiva que les
permita ejecutar la sentencia.
Ya el 19 de abril el periódico L o tta C o n tin u a , más
de izquierdas que el Partido Comunista, había publi­
cado un llamamiento pidiendo la liberación de Moro,
entre cuyos signatarios figuraban, además de varios lí­
deres de la izquierda más de izquierdas (Daño Fo por
ejemplo), obispos, intelectuales laicos y católicos (en­
tre ellos el católico Raniero La Valle, elegido senador
en las listas del Partido Comunista) e incluso dos ilus­
tres comunistas, Umberto Terracini y Lucio Lombar­
do Radice. Pero las Brigadas Rojas hacen de este llama-

95
miento el mismo caso que de los llamamientos que
les han dirigido «personalidades burguesas» y «autori
dades religiosas» (entre ellas el Papa) e invitan a los fu
mantés a dirigir el mismo llamamiento a Democracia
Cristiana y al gobierno para que liberen a los trece
compañeros. Invitación que, dirigida al Papa y a los
obispos, es muy lógica, ya que, como queda dicho, lo
que en el llamamiento del Papa queda muy bien, es
decir, muy mal, es pedir a las Brigadas Rojas que se
conviertan (haciendo el Papa de san Francisco y las Bri­
gadas Rojas de lobo de Gubbio) sin, al mismo tiem­
po, recordarles a los católicos que gobiernan el Estado
que salvar una vida humana inocente (y vida humana
inocente es para el Papa la de Moro, «hombre bueno y
honrado, al que nadie puede acusar de ningún delito,
ni echar en cara que carezca de sentido social o no haya
servido a la justicia y a la convivencia pacífica») es un
principio superior a cualquier otro. Para los hombres
que representan a la Iglesia de Cristo, para aquel que la
representa supremamente, no debería existir más que
lo que el conde Attilio llama «supuesto imposible», y
es la «humilde opinión» del padre Cristóbal: «Mi hu­
milde opinión es que no debería haber ni desafíos, ni
palos, ni mensajeros» (L os n o v io s, capítulo v).
Menos pertinente es la invitación por lo que toca
a L o tta C o n tin u a y a los firmantes del llamamiento,
de la izquierda más de izquierdas, porque de algún
modo éstos tienen derecho a advertir a las Brigadas
Rojas, encerradas en su locura ideológico-judicial, de
que están cometiendo un error nefasto, error que el

96
I si.ido, en alguno de esos arranques reaccionarios que
provoca la impotencia y la derrota, podría hacerles
p.ig.ir a ellos, o sea, precisamente a esa izquierda más
ilin, en teoría, a las Brigadas Rojas.
El mismo día 24 de abril en que llega a muchos pe­
ni ulicos el comunicado número ocho, el periódico ca-
ini ico Vita recibe otra carta de Moro a Zaccagnini. En
rila reitera con tintes más dramáticos lo dicho en las
>artas anteriores, que es ni más ni menos lo que pen­
só siempre: que el gobierno es una emanación de De­
mocracia Cristiana; que salvar una vida humana ino-
■ente es mandato superior e inviolable; que no existe
ninguna razón moral ni política» para que ese man­
dato no se acate en su caso... Moro vuelve a ponerse
i n el lugar del militante de base democristiano y la­
menta que éste, acostumbrado a conocer las discre­
pancias entre tendencias y personas dentro del parti­
do, nada sepa en este caso tan grave de los debates y
i onflictos que por fuerza deben de producirse. «Pues
de este asunto, el más serio y preñado de consecuen-
i las al que se ha enfrentado en los últimos años el par-
lído, muy poco o nada sabemos. No conocemos la
postura del secretario ni del presidente del consejo; lo
único, algunas indiscreciones de Bodrato de vago ca-
rácter humanitario...» Moro intuye bien: en aquel mo­
mento late una inquietud, un malestar, un sentimiento
de culpa no sólo en los militantes de base, sino tam­
bién en altos cargos del partido que no forman parte
del reducido grupo que toma las decisiones e indeci­
siones del caso.

97
Pero aunque sigue debatiendo y pidiendo solucio­
nes, Moro está ya convencido de que nada se hará poi
salvarlo. Y escribe, más como previsión y aviso que
como amenaza: «No crea Democracia Cristiana que eli
minar a Moro zanjará la cuestión. Yo seguiré vivien
do como un hito de protesta y alternativa para im­
pedir que vuelva a hacerse con el partido lo que está
haciéndose hoy». Y concluye: «Por eso, por una in­
compatibilidad evidente, pido que a mis funerales no
asistan ni autoridades del Estado ni hombres de par­
tido. No quiero más que a las pocas personas que real
mente me quisieron y serán dignos de acompañarme
con sus oraciones y su amor».

98
//P o p o lo , periódico de Democracia Cristiana, pu-
l'lica la carta de Moro «por un deber de información»
v por «respeto indestructible» al Moro de antes. De las
i ulpas de desamor al Estado y reproches al partido del
Moro de ahora, el periódico encuentra atenuante el he­
dió de que lo mantienen en la «más completa oscuri-
•I.ui» y sometido a «grandes presiones».
Es 25 de abril, día en que se conmemora la libe-
i u ión del nazismo. Sube la marea retórica. Se invoca
l.i resistencia al fascismo nazi, valor tan indestructi­
ble como el respeto de Democracia Cristiana por
Aldo Moro, y se la muda en resistencia a negociar
para salvar a Moro. Lo malo es que esa misma resis-
irucia al nazismo es también un valor indestructible
para las Brigadas Rojas, que creen ser hijos de ella,
i ontinuarla o repetirla. Nadie les explicó que no se
u ataba de una revolución interrumpida que había
i|Ue continuar, sino de una involución, de una vuel-
i i a una Italia prefascista -y en continuidad jurídi-
i .i, paradójicamente, con la Italia fascista- en la que,
ilr algún modo, tentativa, improvisadamente, se tu­
vieran en cuenta las ideas, hechos, cosas nuevas y

99
mejores que entretanto se hubieran producido en el
mundo.
En la sede central de Democracia Cristiana, en l.i
romana plaza del Gesú, se reparte a los periodistas un
documento que me pareció y me parece, como ya he
dicho, aberrante. En él, unas cincuenta personas, «vie­
jos amigos» de Moro, afirman solemnemente que el
hombre que escribe esas cartas a Zaccagnini, que pide
que lo liberen de la «cárcel del pueblo» y medita en
los medios de conseguirlo, no es el mismo hombre del
que fueron tanto tiempo amigos, del hombre al que,
«por comunión de creencias cristianas, formación cul
tural e ideales políticos», tuvieron por colega. «No rs
el hombre que conocemos y que, con su visión espi
ritual, política y jurídica, contribuyó a redactar la cons
titución republicana.»
Sabido es cómo en Italia se recogen adhesiones ,i
manifiestos y protestas, sobre todo entre intelectuales
muchas veces por teléfono, exponiendo la causa a gran
des rasgos. Y uno accede distraídamente, confiando
en la comunión de ideas y opiniones con el que la
pide, y como quien se libra de una molestia recurren
te. Es posible, pues, que alguien se adhiriera a esla
declaración con la misma distracción, «uno y dos-,
como diría Pirandello. Pero no debían. No se trata
ba de protestar en el sentido civil, sino en el sentido
comercial: era como si a Moro se le protestara la le­
tra de lo que creían que era, o, mejor dicho, de lo qu>
querían que fuese.
Entre los firmantes de la declaración figuran, sot

100
I'tendentemente, un filólogo ilustre y un n o menos
ilustre exégeta de san Agustín, cardenal por añadidu-
i.i. ¿Cómo es posible que el filólogo no viera que el
Moro que escribe desde la «prisión del pueblo» es, ín­
tegra y lúcidamente, el mismo Moro que escribió sobre
el carácter antijurídico del derecho penal, que escribió
i ti 1945 los artículos que la revista S tu diu m publica de
nuevo (número de marzo-abril de 1978) y que hace
apenas dos meses pronunció en el Parlamento un dis-
' tirso en defensa de Gui? ¿Y cómo es posible que el
>xegeta de san Agustín no sepa lo difícil, lo imposible
incluso, que es conocer a un hombre, y lo arrogan-
i«\ lo falto de amor y de caridad que es pretender dic­
taminar lo que un hombre era y ya no es? «Conside-
n i muy de justicia esa ley de la amistad que manda no
uñar al amigo ni más ni menos de lo que uno se ama.
Mas, si uno se desconoce a sí mismo, con razón puede
drcir que tampoco al amigo conoce, tanto más cuan-
in que, como presumo, ni él mismo se conoce.» ¿O es
que, superando la ley de san Agustín, amó el cardenal
i Moro más que a sí mismo, y más que a sí mismo,
l'iu tanto, conoció al Moro de antes?
No lo conoció en absoluto. Y, lo que es peor, aho-
la se niega a conocerlo, ahora que debería conocerlo
más que nunca, reconocerlo, no abandonarlo, no de-
m que sea un «hombre solo» ante la muerte, la muer-
ii tremenda que otros hombres le infligen. «El obispo»,
• •• i ibió el cardenal de san Agustín, «desea realizar la
vi itlad en su corazón, ante Dios cuando se confiesa,
y inte muchos testigos cuando escribe.» ¿De verdad

101
creyó el cardenal-arzobispo y exégeta de Agustín qu<
en esta declaración que firmó y es por eso mismo
como si hubiera escrito, en este desconocimiento del
hombre encerrado en la «prisión del pueblo», realizab.i
la verdad de su corazón ante muchos testigos, y ante
el más importante de todos, Moro? Es una pregunta
que me confunde, me consterna, a mí, que no soy
grey de ese pastor. ¿Cuál no debió de ser la confusión,
la consternación de Moro? «Me parece mentira», dic e
en una carta que llega a un periódico romano la tai
de del 29 de abril, y que vale la pena consignar ínte­
gramente:

Después de la carta que escribí respondiendo a ciertas


posturas ambiguas, provisionales, pero fundamentalmcn
te negativas de Democracia Cristiana con respecto a mi
caso, nada ha ocurrido. No porque no haya materia de
discusiones. La hay y mucha. Pero el partido, su secreta
rio, sus líderes, no tienen el valor civil de abrir un debate
sobre la cuestión planteada, que no es otra que la de sal
var mi vida y estudiar las condiciones necesarias para ello
en un marco equilibrado. Es cierto que estoy preso y de
un ánimo no precisamente feliz. Pero no he sufrido co­
acción alguna ni me han drogado, y escribo con mi est i
lo de siempre, bueno o malo, y con mi misma letra. No
soy, pues, como se dice, otra persona a la que no hay que
hacer caso. Porque ahora no se responde ni a mis argu
mentos. Y en lugar de reunirse la dirección u otro órga­
no del partido, como honestamente pido, porque están
en juego la vida de un hombre y la suerte de su familia,

102
andándose en vergonzosos conciliábulos que no sig­
nifican más que miedo al diálogo, a la verdad, a firmar
um nombre propio una condena a muerte.
Añado que me ha apenado profundamente (me pare-
i e mentira) que algunos amigos, como monseñor Zama,
el abogado Veronese, G.B. Scaglia y otros, sin saber ni
imaginar mi sufrimiento, que no excluye la lucidez ni la
libertad de espíritu, hayan dudado de la autenticidad de
lo que digo, como si escribiese al dictado de las Brigadas
Rojas. ¿Por qué afirman esta presunta inautenticidad?
Porque entre las Brigadas Rojas y yo no hay ningún pun­
to en común. No lo es, desde luego, que yo crea que el
canje de prisioneros políticos es aceptable, como ocurre
en la guerra, porque lo he creído, como queda dicho, des­
de hace muchos años. Tanto más aceptable me parece
cuando, sin canje, alguno queda sufriendo gravemente,
pero vivo, y el otro es ejecutado. El canje de prisioneros,
y es una cuestión que humildemente someto a la consi­
deración del Santo Padre, no sólo beneficia a los de la
otra parte, sino también al que está amenazado de muer­
te, a la parte no combatiente, en suma, al hombre común
y corriente, como yo.
¿Por qué ha de ser la ruina del Estado permitir que
alguna vez un inocente sobreviva a cambio de que otra
persona, en lugar de ir a la cárcel, sea desterrada? Ésta es
la cuestión, ni más ni menos. Pero en esta postura, que
condena a muerte a todos los prisioneros de las Brigadas
Rojas (y es previsible que los haya), se ha encerrado el go­
bierno, se ha encerrado tercamente Democracia Cristiana,
se han encerrado todos los partidos, con cierta reserva del

103
Partido Socialista, que esperemos aclare pronto y en el
buen sentido, porque el tiempo apremia. Dadas las cir­
cunstancias, los socialistas podrían ser decisivos. Pero
¿cuándo? Mal asunto, querido Craxi, si tus iniciativas fra­
casasen. Me retrotraeré ahora a un razonamiento que
fluye como fluían mis pensamientos en otro tiempo, y
repetiré a estos obstinados inmovilistas de Democracia
Cristiana que siempre y en todas partes ha habido can­
jes de prisioneros para salvar la vida de rehenes y víc­
timas inocentes. Pero ahora digo además que, como al
menos Democracia Cristiana sabe, muchas veces se ha
accedido a poner en libertad (con expatriación) a presos
palestinos para conjurar la amenaza de contraataques y
represalias contra la población civil. Y eso sí que eran ame­
nazas serias y temibles, aunque sin el grado de inmanen­
cia de las que hoy gravitan sobre nosotros. Pero el princi­
pio fue aceptado. Se reconoció la necesidad de hacer una
excepción a la regla de la legalidad formal (a cambio se
imponía el exilio). Hay personas perfectamente fidedig­
nas que podrían dar fe. Y conste que, actuando así, como
la necesidad imponía, no se quería faltar al respeto a los
países amigos, que de hecho siguieron manteniendo exce­
lentes relaciones.
¿Por quién y dónde se han dicho estas cosas en el seno
de Democracia Cristiana? Es Democracia Cristiana quien
no hace frente a los problemas valerosamente. Lo que,
en mi caso, significa permitir que se me condene a muer­
te, porque el partido se empeña en encerrarse en unos
principios discutibles y nada hace para evitar que un hom­
bre, fuera el que fuese, pero en mi caso nada menos que

104
un líder prestigioso, un militante fiel, sea ejecutado; un
hombre que terminó su carrera negándose sinceramente
a presidir el gobierno y que fue literalmente arrancado
por Zaccagnini (y sus amigos, astutos calculadores) de
su puesto de pura reflexión y estudio, para obligarlo a
asumir la equívoca función de presidente del partido, fun­
ción para la cual no existía un despacho como Dios man­
da en la sede de plaza del Gesü. Varias veces he pedido
a Zaccagnini que se ponga en el lugar que él me obligó a
ocupar. Y él responde asegurándole al primer ministro
que todo se hará como él desee.
¿Y qué decir de Piccoli, que ha declarado, según leo
en algún sitio, que si yo me hallase en su lugar (o sea, libre
y cómodamente instalado en, digamos, plaza del Gesü),
diría lo que él dice y no lo que digo ahora que estoy aquí.
Si la situación no fuera (diré cuando menos) tan difícil,
tan dramática como es, ya me gustaría saber lo que diría
Piccoli en mi lugar. Pero repito que he demostrado que lo
que hoy digo aquí lo he dicho otras veces en condicio­
nes completamente objetivas. ¿Será posible que no se ce­
lebre una reunión formal, sea cual sea el desenlace? ¿Será
posible que no haya valientes que la pidan, como la pido
yo con plena lucidez mental? Cientos de parlamentarios
querían votar contra el gobierno, ¿y ahora ninguno se
plantea un caso de conciencia? Y eso con la cómoda ex­
cusa de que soy un prisionero.
Se abomina de los campos de concentración, pero
¿cómo se trata a un prisionero que sólo dispone de un
vínculo con el exterior, pero tiene la mente lúcida? Pre­
gunto a Craxi si es justo. Pregunto a mi partido, a los mu-

105
chos fidelísimos de los buenos momentos, si es admisi­
ble. Si no se quieren celebrar más reuniones formales, yo
tengo poder para convocar en fecha oportuna y urgente
al Consejo Nacional con el objeto de estudiar la manera
de librar de impedimentos a su presidente. Y así, delego
la presidencia en Riccardo Misasi.
Es sabido que la razón fundamental de mi lucha con­
tra la muerte son los gravísimos problemas de mi fami­
lia. Después de tantos años y vicisitudes, tengo pocos de­
seos y mi espíritu se ha purificado. Aun con mis muchas
culpas, creo que he vivido con generosidad secreta y de­
licadas intenciones. Muero, si así lo decide mi partido,
en la plenitud de mi fe cristiana y en el amor grandísimo
que tengo por una familia ejemplar por la que espero ve­
lar desde el cielo. Precisamente ayer leí una tierna carta
de amor de mi mujer, de mis hijos, de mi queridísimo
nieto, del otro nieto al que no veré. El que me entregó
la carta había recortado piadosamente las noticias de mi
condena, que será ejecutada si no ocurre el milagro de
que Democracia Cristiana vuelva a su ser y asuma res­
ponsabilidades. Pero este derramamiento de sangre no be­
neficiará ni a Zaccagnini, ni a Andreotti, ni al partido, ni
al país: todos pagarán sus consecuencias.
Repito, no quiero a mi alrededor a hombres del po­
der. Sólo quiero a mi lado a quienes me quisieron de ver­
dad y seguirán queriéndome y rezando por mí. Si todo
está decidido, hágase la voluntad de Dios. Pero que na­
die esconda su responsabilidad alegando el cumplimiento
de un presunto deber. Las cosas se aclararán, pronto se
aclararán.

106
Hay en esta carta muchas cosas en las que reparar,
sobre las que reflexionar. Y que descifrar. Por ejemplo,
esta frase: «Sin canje, alguno (ta lu n o ) queda sufriendo
gravemente, pero vivo, y el otro es ejecutado». T aluno:
«pronombre que indica calidad y que suele usarse
para llamar la atención sobre la calidad de una o va­
rias personas, pero ordinariamente no muchas». (De
nuevo el diccionario de Tommaseo: estoy escribiendo
estas páginas sobre el caso Moro en medio de un mar
de recortes de prensa y con el diccionario de Tomma­
seo en medio de él cual sólido rompeolas.) No cabe
duda de que Moro quiere llamar la atención de los
destinatarios de la carta sobre la calidad de una o va­
rias personas que el Estado debería ceder, dando a en­
tender, por lo tanto, que el número es negociable y
podrían ser menos de trece. Y corrobora: «¿Por qué
ha de ser la ruina del Estado permitir que alguna vez
un inocente sobreviva a cambio de que otra persona,
en lugar de ir a la cárcel, sea desterrada?». El «algu­
no» ha pasado a ser uno. Y para dejar claro que sí, que
han entendido bien, que es una sola persona, añade:
«Ésta es la cuestión». Y casi podemos interpretar que
esta «otra persona» aún no está en la cárcel pero va a ir.
Las Brigadas Rojas, pues, o al menos el comando
que lo tiene secuestrado, lo ha elegido como media­
dor de una posible negociación y le ha confiado el
precio último -simbólico o para ellos realmente im­
portante- que quieren que el Estado pague. Moro
hace una alusión bastante explícita, pero que quien

107
debería entenderla no entiende. Es ya el 31 y 47 de la
cábala siciliana de la lotería, que corresponde al «muer­
to que habla». Que habla en los sueños o las pesadi­
llas de los «amigos». Que seguirá hablando.
Muchas más cosas podríamos destacar: la adver­
tencia a Craxi y a los socialistas, cuyo sentido quizá va
más allá de la iniciativa de salvarle la vida; el delegar
la presidencia del Consejo Nacional del partido en Mi-
sasi, persona a la que la prensa no había mencionado
en ningún momento como partidario de la negocia­
ción en las reuniones secretas del partido, con lo que,
a menos que se tratara de una intuición casi adivina­
toria de Moro, alguien debió de decírselo, inquietante
hipótesis que Moro dejó para los «amigos»; ese «leo
en algún sitio» que prueba lo que he llamado la ética
carcelaria de las Brigadas Rojas, y que le daban a leer
uno o varios periódicos, o le hacían como una revis­
ta de prensa con recortes de lo que en cada momento
estimaban oportuno que supiera. Porque lo cierto es
que estaba informado, y el hecho de que atribuya
a un escrúpulo piadoso el darle recortada del diario
II G iorn o del 26 de abril la única carta de sus hijos, ex­
cluyendo «las noticias de su condena», puede signifi­
car también que los periódicos se los daban íntegros.
Y, por último, está la palabra que por vez primera
escribe con toda su atroz crudeza, la palabra que por
fin se le muestra en su verdadero, profundo y pútrido
significado: la palabra «poder». «Repito, no quiero a mi
alrededor a hombres del poder.» En la carta anterior
había hablado de «autoridades del Estado» y «hombres

108
de partido»; sólo en ésta llega a la denominación justa,
.i la horrible palabra.
Por el poder y del poder había vivido él hasta las
nueve de la mañana de aquel 16 de marzo. Ha espe­
rado seguir teniéndolo, quizá para volver a ostentar­
lo plenamente, sin duda para evitar morir de aquel
modo. Pero ahora sabe que lo tienen los otros: en los
otros reconoce su faz monstruosa, estúpida, feroz. En
los «amigos», en los «fidelísimos de los buenos mo­
mentos», macabros, obscenos buenos momentos del
poder.

109
«Los buenos momentos», los buenos momentos
del poder. Lo dice con ironía, una ironía que viene de
lejos, y ahora amarga y dolorosa.
No creo que lo alegrara nunca el poder. Lo amó,
pero también sufrió por él. Ser el mejor y tener que
despreciar a los demás quizá le daba la medida cristia
na de su miseria. Y esto era lo que lo diferenciaba de
los demás, y la razón por la que entre todos, y en cier
to sentido por ellos, fue elegido para morir.
En su historia como está escrita, en su historia
como obra literaria (que aquí no estamos más que in
terpretando), hay desde el principio señales premo
nitorias. Leamos, por ejemplo, M o r o , la biografía de
Corrado Pizzinelli publicada en 1969 y escrita para
una colección titulada «Gente famosa»; hay cosas de
las que el periodista parece hablar como si se tratara
de presagios (¡cuánto más no los considerará así el lee
tor hoy, después de la tragedia!). Hablando de cuando
Moro era ministro de Justicia, dice: «Su desempeño
como ministro de Justicia no hace sino poner de ma­
nifiesto sus defectos. Es exageradamente lento y me­
ticuloso ... i Y a qué dedica más atención? ¡Sorpresa!

110
A las cárceles y a los presos, que visita con frecuencia
y durante mucho tiempo ... Explora este submundo
ile la vida social italiana sin cesar y minuciosamente.
I)an ganas de preguntar a un psicoanalista cuáles pue­
den ser las razones secretas de esta curiosa afición a
las prisiones y a los reclusos de un hombre al que,
no lo olvidemos, gustan mucho las corbatas y sus nu­
dos». ¿No resulta extraño que el periodista asocie la
inspección de cárceles con las corbatas y los nudos
de las corbatas..., o sea, con la horca? Y hablando de la
etapa en que fue presidente de gobiernos de centroiz-
quierda, dice que dicha etapa «empezó con la muerte
de Kennedy» y acabó el 6 de junio de 1968 con el ase­
sinato de otro Kennedy. «Destino curioso que Moro
gobernara en el lapso entre dos trágicas muertes.» Y más
adelante: «Una palabra, fatalidad, se repite a menudo
en sus discursos...».
Pero dejemos las coincidencias y volvamos a los
hechos que las encierran. Tras la carta de Moro del
29 de abril -la última que dirige a Democracia Cris­
tiana y al mundo político italiano, si no hay otras se­
cretas-, la familia emite un duro comunicado:

La familia de Aldo Moro, tras tantos días de espera an­


gustiosa, dirige un apremiante llamamiento a Democra­
cia Cristiana para que asuma valientemente sus respon­
sabilidades en la liberación de su presidente. La familia
considera que la postura de Democracia Cristiana no bas­
ta para salvar la vida de Aldo.
Que sepa la delegación democristiana, que sepan sus

111
señorías Zaccagnini, Piccoli, Bartolomei, Galloni y C.r
parí, que su actitud de inmovilidad y rechazo de toda mi
ciativa no hace sino ratificar la condena a muerte d<
Aldo Moro. Si estos cinco hombres no quieren asumii l.i
responsabilidad de negociar, que convoquen al menos .il
Consejo Nacional del partido, como pide su presiden!»
Nuestra conciencia no puede ya callar ante la actilm!
de Democracia Cristiana. Con este llamamiento creemos
hablar también en nombre de nuestro familiar. Él no pue
de expresarse directamente sin que lo declare loco la pr.k
tica totalidad del mundo político italiano y en primn
lugar su partido y otros grupos afines que dicen ser de
«amigos» y «conocidos» de Aldo Moro.
Para evitar un largo calvario de dolor y muerte, en lti
gar de negar la dura realidad, hay que hacerle frente con
lúcida valentía.

El gobierno contesta dos días después con una nota


«de puño y letra de Andreotti», como dice la prensa.
También esto es digno de la consideración de un psi­
coanalista: que los periodistas concedan importancia
al hecho de que Andreotti escriba el comunicado del
gobierno «de puño y letra». Es una imagen: la de un
hombre escribiendo una sentencia. Con este detalle
de una acción física comienza quizá ese proceso in­
consciente de rechazo de responsabilidades que tarde
o temprano acabará explotando (y cuanto antes lo
haga, antes marcará el fin del gobierno de Andreotti).
La nota del gobierno dice:

112
Como respuesta a la invit^ión hecha al gobierno por
Democracia Cristiana de judiar la propuesta de solu­
ción humanitaria del PartiP Socialista Italiano, en los
próximos días se reunirá elcomité interministerial para
la seguridad. Sin embargo, e hace saber desde este mo­
mento que el gobierno no :stá dispuesto a derogar nin­
guna de las leyes del Estad1ni a olvidar el deber moral
de respetar el dolor de las fmilias que lloran las trágicas
consecuencias de la acción criminal de los subversivos.

Si de verdad esta nota a ha escrito Andreotti, y


de su puño y letra, la ha espito más en el lenguaje de
Moro que en el suyo. Por Q general él es más claro.
<ÍQué coincidencia veremo: luego en este hecho? De
momento traduzcamos: «Democracia Cristiana pide
al gobierno democristianoque tranquilice al Partido
Socialista, en cuya tranquilidad se basa la tranquilidad
del gobierno, mostrando ci-tto interés por la solución
humanitaria del caso Mor)- El gobierno entiende y
condesciende: habrá una reunión de ministros, aun­
que absolutamente inútil, >a que el gobierno tiene de­
cidido no negociar por respeto a las familias de las víc­
timas de las Brigadas Roja;»-
Tiene razón Moravia: eá Italia, la familia lo explica
todo, lo justifica todo, lo es todo. Como decía Lin­
coln de la democracia: déla familia, por la familia y
para la familia. Así pues, ptra contrarrestar las razones
de la familia de Moro, para anularlas -pues razones tie­
ne, en cuanto familia-, nada mejor que apelar a varias
familias ya de luto, empegando por las de los cinco

113
escoltas asesinados. Una traducción ulterior y más li
bre de la nota, así como más realista, sonaría por tan
to así: «El gobierno sólo puede mostrar su fuerza y
aplacar las críticas que se le dirigen por su impotencia,
dejando que las Brigadas Rojas den una solución igu a
lita ría al caso Moro. Si al final el Innominado que las
dirige se viera, por las oraciones del Santo Padre, to
cado por la gracia como el Innominado de Manzoni,
el gobierno no podrá sino congratularse de que Moro
sea devuelto a su familia».

114
El 1 de mayo publica la prensa que han recibido
sendas cartas el presidente de la República, Leone; el
presidente del Senado, Fanfani; el presidente del Par­
lamento, Ingrao; el primer ministro, Andreotti, y el
presidente del grupo parlamentario democristiano,
Piccoli (que hoy es presidente de Democracia Cristia­
na, el cargo que desempeñó Moro). Y tiene uno la im­
presión de que se dirige a tantos presidentes, a tantos
hombres poderosos, porque quiso cumplir su come­
tido, su deber, hasta el último momento: deber para
consigo mismo, para con la «familia», y ya con pocas
esperanzas.
También mandó una carta a Misasi, y otra a Craxi,
secretario del Partido Socialista.
De estas siete cartas, sólo dos se conocen, la que di­
rigió a Craxi e hizo pública el destinatario, y la que
envió a Leone, que al parecer recibió una agencia de
prensa.
Tan pocas esperanzas tiene ya, sabe tan bien que
-como dice Craxi- le queda «muy poco aliento», que en
la breve y ceremoniosa carta que escribe a Leone se
deja llevar de la ironía (aunque quizá el mismo tono

115
ceremonioso es irónico): «Que las muchas formas de
solidaridad que has experimentado te lleven por el
buen camino». Una de las formas de solidaridad que
Leone había experimentado era aquella cuya falta ha
bía de obligarlo a dimitir dos meses después, y a la que
quizá se refiere Moro: la del Partido Comunista.
El 5 de mayo se publica el comunicado número
nueve de las Brigadas Rojas. Junto con las consabidas
acusaciones al SIM, a Democracia Cristiana, a los ase­
sinos «mandados por Andreotti», a Berlinguer y a los
«berlinguerianos», contiene una invectiva contra Craxi
y el Partido Socialista que parece excesiva y aun gra­
tuita. Uno sospecha que la «cúpula» quiso lanzarla p a r a
u so in tern o , digamos, para aviso y admonición de quie­
nes estuvieran dispuestos a seguir negociando «por
debajo de trece», esto es, pedir al Estado italiano que
pagara un precio menos oneroso que el que suponía
la liberación de trece terroristas. Sospecha que puede
hacernos concebir esta otra: que las Brigadas Rojas de­
searan desacreditar electoralmente al Partido Socialista
-una semana después se celebraban elecciones parcia­
les-, descrédito al que la prensa que las Brigadas Ro­
jas llamaban «de régimen» contribuían resueltamente
(con titulares como: « C R A X I , P A S A D O A L O T R O B A N D O » ,
«L O S S O C IA L IS T A S SE Q U E D A N S O L O S » , « C R A X I IN S IS T E
PERO EN CU EN TRA M U C H A R E S IS T E N C IA » , « L A IN IC IA T IV A
DE C R A X I F R A C A SA », «C R A X I, O B L IG A D O A R E PL E G A R SE
A L A S L ÍN E A S D E D E M O C R A C I A C R I S T I A N A » . . . ) . Y es una
sospecha en la que merecería la pena detenerse, re­
flexionar.

116
Al final del comunicado, el anuncio tremendo:
■( Concluimos, pues, la batalla que empezamos el 16 de
marzo ejecutando la sentencia a la que Aldo Moro ha
skIo condenado».
«Ejecutando», gerundio en tiempo presente del ver­
bo ejecutar; presente dilatable, que se prefiere dilatar
hacia el futuro, hacia la esperanza. «Centramos toda
nuestra atención», declara el director del periódico de-
mocristiano I lP o p o lo , «en el gerundio.» Dudo mucho
que centrarse en el gerundio haya servido ni sirva ja­
más para salvar una vida, pero a estas alturas estamos
en lo surreal. Inflado de esperanza, el gerundio ascien­
de como un globo, va y viene de partido en partido, de
periódico en periódico, por la radio, la televisión, las
conversaciones de la gente. No el gerundio del verbo
ejecu tar, sino la palabra misma, g e r u n d io . Seguramente
más de la tercera parte de los italianos se preguntan
qué será ese gerundio del que depende la vida de Moro.
¿Un intermediario? ¿Una entidad con más autoridad
moral que el Papa? ¿Un cuerpo de policía especial­
mente entrenado y equipado para realizar acciones de
alto riesgo y suma precisión? ¿O es el nombre de algún
poderoso miembro de las Brigadas Rojas?
La vida y la muerte de Aldo Moro -la vida y la
muerte- pierden realidad: sólo están presentes en un
gerundio, sólo son un gerundio en tiempo presente.

117
En el comunicado número nueve de las Brigada-.
Rojas (el del gerundio) hay una posdata:

El resultado del interrogatorio a Aldo Moro, así como U


información que obra en nuestro poder y un balance p<>
lítico-militar de la batalla que aquí concluye, se cornil
nicarán al Movimiento Revolucionario y a las OCC (Or
ganizaciones Comunistas Combatientes) a través de los
conductos de propaganda clandestinos.

Es la confesión de una derrota.


Esta decisión de no difundir el «resultado» del jui
ció a Moro sino de manera clandestina, que ya antici­
paba el comunicado número seis, tiene, en el comu­
nicado que anuncia la ejecución de la sentencia, un
claro y siniestro carácter engañoso: el de ocultar pre­
cisamente la derrota. En el comunicado número tres
decían: «nada debe ocultarse al pueblo, como es nues­
tra costumbre»; lo reafirmaron, con mayúsculas, en el
comunicado número cinco, y en el seis, aunque op­
tando ya por la difusión clandestina, prometían vaga­
mente: «todo se dará a conocer al pueblo». En el nue­

118
ve, sin embargo, parecen olvidar esta promesa. ¿Hay o
no un «resultado del interrogatorio a Aldo Moro»?
V, pregunta más seria, ¿sigue existiendo el pueblo «al
i|iie nada debe ocultarse»?
Quizá pueda contestarse no a ambas preguntas.
Del interrogatorio a Moro no han sacado revelaciones
explosivas, que puedan servir de acusación. Y está cla­
ro que la decisión de matarlo no hace sino agudizar en
ellos, inconscientemente, la sensación de aislamiento,
de separación, de cerrazón cada vez más grande en ese
mundo que a estas alturas ya no tiene más que sub­
terráneos, pasadizos secretos... que en su momento
cerrarán otros.
Pensemos en la gran complacencia con la que di­
fundieron la carta de Moro a Taviani y debieron de
ver el efecto -de temor, de desorientación- que pro­
dujo en el ámbito del poder democristiano; pensemos
en el regocijo con el que citan a Moro en el comu­
nicado número siete: «Su compañero Andreotti en
particular procurará por todos los medios transformar
su caso en un “buen negocio” (eso dice Moro), como
siempre ha hecho...». ¿Es posible que, si tuvieran más
revelaciones de Moro, renunciasen a divulgarlas? ¿Y por
qué razón?
Lo cierto es que dentro de esa Democracia Cris­
tiana que lo encuentra cambiado, que no lo reconoce,
que reniega de él; dentro de este partido momentá­
neamente contaminado por influencias externas («al­
guien os sugiere alevosamente»), Moro ve a su Demo­
cracia Cristiana, invertebrada, abierta, flexible y a la

119
vez tenaz, paciente, prensil; una especie de pulpo que
acoge el desacuerdo y, triturado, lo devuelve convei
tido en acuerdo; una Democracia Cristiana con pas.i
do y con futuro, con tanto pasado y con tanto fútil
ro como tiene el catolicismo italiano, ese catolicismo
consustanciado con el ser de los italianos. Y sigue di
ciendo «mi partido» incluso cuando menos lo reco­
noce, cuando se siente condenado a muerte más por
su partido que por las Brigadas Rojas: «Muero, si así
lo decide mi partido...». Más allá de Zaccagnini, de
Andreotti, de Piccoli, está su partido, «fundamento
insustituible» del gobierno, que no tardará en recapa­
citar, en recobrar su razón de ser y de durar, y en el
que el caso Moro se convertirá en «un hito irreducti
ble de protesta y de alternativa».
Hay, claro está, en las cartas que conocemos -y ha­
brá seguramente más en las que no conocemos- in­
coherencias, contradicciones, incluso lapsus y errores;
pero es normal que los haya, teniendo en cuenta las
condiciones en las que se encuentra -ha pasado de la
cima del poder a la más absoluta impotencia, como
en L a v id a es su eñ o de Calderón- y todo lo que en la
«prisión del pueblo» le hacían sufrir los enemigos
próximos y los «amigos» lejanos.
Pero en lo que mostró verdadera coherencia fue en
negar el juicio, en rechazarlo, por sí mismo y por De­
mocracia Cristiana, como lo rechazó meses antes en
el Parlamento por Gui, un democristiano en el que
toda Democracia Cristiana se reconocía y al que apo­
yaba en bloque. Esta era para él -porque era coheren-

120
u y no porque estuviera psíquica y mentalmente per­
turbado- la culpa de Democracia Cristiana, la culpa
i|iie ni políticamente podía justificar ni humanamen­
te podía perdonar: no haberlo apoyado a él, no haber­
se reconocido en el Moro prisionero y reo de las Bri­
dadas Rojas. Aunque no la culpa de toda Democracia
Cristiana: no de Democracia Cristiana en su esencia,
en su naturaleza y en su destino, sino de aquellos hom­
bres de partido, aquellos hombres del poder que se
arrogaron el derecho a decidir.
Puede que surjan «resultados», pero será demasiado
tarde para que no parezcan grabaciones o textos ama­
nados. Moro fue fiel a su Democracia Cristiana, lo
que quiere decir que eso que nosotros estamos inten­
tando resolver aquí, la «enigmática correlación» que
dijo Pasolini, no la resolvió él mismo del todo. La re­
solvió ante Dios, despojado de poder y reconociendo
lo diabólico del poder; no la resolvió ante los ciuda­
danos de la República italiana.

121
La mañana del 9 de mayo el profesor Franco Tritio,
amigo de la familia Moro, recibe una llamada (no era l.i
primera) de parte de las Brigadas Rojas. Grabada por
la policía, la llamada se difundió dos meses después
por radio y televisión -con la insensata esperanza di­
que alguien reconociese la voz, y podemos imaginar­
nos cuántos mitómanos no la reconocerían y cuántos
sinvergüenzas no tratarían de enredar a algún enemigo
o amigo- y se publicó en la prensa.

BRIGADISTA: ¿Oiga? ¿Profesor Franco Tritto?


TRITTO: ¿Quién es?
BRIGADISTA: Doctor Nicolai.
TRITTO: ¿Qué Nicolai?
BRIGADISTA: ¿Es usted el profesor Franco Tritto?
TRITTO: Sí, soy yo.
BRIGADISTA: Sí, me sonaba la voz... Escuche, independien­
temente de que tenga el teléfono pinchado, tiene que
llevar un último mensaje a la familia.
TRITTO: Ya, pero quiero saber con quién hablo.
BRIGADISTA: Con las Brigadas Rojas, ¿de acuerdo?
TRITTO: Sí.

122
BRIGADISTA: No puedo estar mucho al teléfono. Lo que
tiene que decirle a la familia, y debe ir personalmen­
te, no importa que tenga el teléfono intervenido, debe
ir personalmente y decir que cumplimos la última
voluntad del presidente y comunicamos a su familia
dónde puede hallar el cadáver de su señoría Aldo
Moro.
TRITTO: ¿Qué es lo que tengo que hacer?
BRIGADISTA: ¿Me oye?
TRITTO: No; si puede repetir, por favor...
BRIGADISTA: No, no puedo repetir, escuche... Diga a la fa­
milia que encontrarán el cuerpo de su señoría Aldo
Moro en Via Caetani, la segunda travesía a la dere­
cha de Via delle Botteghe Oscure. ¿Me oye?
TRITTO: Sí.
BRIGADISTA: Verán un Renault 4 rojo, los primeros nú­
meros de la matrícula son N 5.
TRITTO: ¿N 5? ¿Y tengo que llamar? (rompe a llorar).
BRIGADISTA: No, tiene que ir personalmente.
TRITTO: No puedo...
BRIGADISTA: ¿No puede? Tiene que hacerlo...
TRITTO: Sí, sí, claro...
BRIGADISTA: Lo siento... Si llama por teléfono... no se
cumplirían los deseos que nos ha expresado el presi­
dente...
TRITTO: Hable con mi padre, por favor... (el llanto le im­
pide hablar).
BRIGADISTA: Bien.
tritto PADRE: ¿Sí? Dígame.
BRIGADISTA: Tiene usted que ir a ver a la familia de su

123
señoría Moro, o mande a su hijo, o por lo meno
llame.
TRITTO PADRE: Sí.
BRIGADISTA: Sólo eso. El mensaje ya lo sabe su hijo. ¿En
tendido?
TRITTO PADRE: ¿No puedo ir yo?
BRIGADISTA: Sí, puede ir usted.
TRITTO PADRE: Porque mi hijo no está bien.
BRIGADISTA: Puede ir usted, sí, claro, pero dese prisa, poi
que la voluntad, la última voluntad de su señoru
Aldo Moro, es que se comunique a su familia dónde
pueden recuperar su cuerpo... ¿Entendido? Adiós.

Hemos querido consignar íntegro este diálogo por


que da pie a no inútiles reflexiones. La primera es so­
bre su duración: entre la consternación y el llanto de
Tritto, la intervención del padre, las vacilaciones y re­
peticiones del brigadista, la llamada no dura menos
de tres minutos. En la turbación y dolor que la noti­
cia le producía, y sin duda involuntariamente, Tritto
actuó como quien quiere ganar tiempo. Como el bri­
gadista llamaba desde la estación Termini, donde hay
un puesto de policía y en cuyas inmediaciones se su­
pone que hay siempre coches patrulla comunicados
con la comisaría, no habría sido imposible detenerlo
antes de que terminara la llamada. Lo mismo pode­
mos decir del brigadista: sabe que el teléfono de Tritto
está intervenido y que prolongar la llamada puede ser­
le fatal, y aun así tiene paciencia, es meticuloso e in­
cluso se muestra considerado. Repite las cosas, llega

124
.i decir «Lo siento» y, en fin, alarga más de tres minu­
tos una comunicación que podría haber despachado
en treinta segundos. Esto puede explicarse por la se­
guridad que tienen las Brigadas Rojas -fruto de una
ya larga experiencia- de que la policía nunca actúa al
minuto (como que «el primer coche de policía con las
sirenas puestas llega a Via Caetani a la 13:20»), pero
tampoco podían subestimar el riesgo de que esta vez,
dada la relevancia de la noticia y tras casi dos meses
de investigación, se lanzara una operación relámpago.
¿Por qué prolonga, pues, el brigadista la llamada, si no
es por cumplir un deber que impone la militancia
pero que linda con la piedad? La voz es fría; pero
las palabras, las pausas, las vacilaciones delatan pie­
dad. Y respeto. Cuatro veces llama a Moro «su seño­
ría» y dos «el presidente». Ese lenguaje, mitad de estu­
diante, mitad de militante de barrio, con el que las
Brigadas Rojas hablaban de Moro en sus comunicados,
ha desaparecido. «Su señoría», «el presidente». En su
antiparlamentarismo latente o manifiesto -n o del todo
gratuito, no del todo injustificado-, creo que nunca
se dieron los italianos más cuenta de que el tratamien­
to de o n o r e v o le , «su señoría», venía de «honor» como
cuando se lo oyeron al terrorista hablando de Moro.
Quizá aquel joven terrorista siga pensando que se
puede vivir de odio y contra la piedad; pero aquel
día, en el cumplimiento de aquel deber, la piedad pe­
netró en él como la traición en una fortaleza. Y espero
que la arrase.

125
Quien quiera analizar el caso Moro y no dispon­
ga más que de la información divulgada por los me­
dios de comunicación, deberá no sólo separar el grano
de la paja, sino prescindir de ese prejuicio autodeni-
gratorio (es decir, generalmente usado en sentido auto-
denigratorio) que no reconoce por italiano nada que
sea preciso, puntual, eficaz. Precisión, puntualidad y
eficacia son para los italianos virtudes ajenas o cuan­
do menos extrañas. De una institución que no fun­
ciona, de un hospital en el que lo tratan a uno mal
o no hay sitio, de un tren que se retrasa, de un avión
que no parte, de una fiesta que fracasa, el italiano
siempre dice lo mismo: « C o se n o streí» . Sin embargo,
una cosa al menos hay que funciona: precisamente
la que por antonomasia llamamos c o s a n ostra . Cierto
es que no es para enorgullecerse, y que por esta «cosa
nostra» que funciona podemos elevar a grito de deses­
peración la exclamación « c o s e n o s tr e !» por las que
no funcionan; pero lo cierto es que funciona y que en
consecuencia ni por naturaleza ni por fatalidad esta­
mos destinados a la imprecisión, la impuntualidad, la
ineficacia.

126
Las Brigadas Rojas funcionan perfectamente: pero
(p ero necesario) son italianas. Al margen de las conexio­
nes que puedan tener con grupos revolucionarios o
servicios secretos de otros países, son una co s a n ostra.
Y no es que queramos insinuar que exista una rela­
ción más que fortuita o individual con la otra c o s a
n o stra de eficacia más antigua y probada, pero sí exis­
ten analogías. Por muchos manuales de guerrilla que
hayan estudiado las Brigadas Rojas, hay algo en su or­
ganización y su manera de actuar que parece sacado
del manual no escrito de la mafia; algo casero, inclu­
so en la precisión y eficacia; algo que responde más
a un código mafioso que a un credo revolucionario.
Por ejemplo: el herir en las piernas a las víctimas, tra­
sunto del desjarrete del ganado que practica la ma­
fia rural. Por ejemplo: el modo de imponer silencio
y exigir protección o complicidad, modo a que coope­
ra la corrupción y la amenaza directa, pero que con­
siste sobre todo en advertir que no hay delación ni
colaboración que no conozcan, es decir, en sembrar
la desconfianza en los poderes públicos y hacer que la
invisible presencia del mafioso (o del terrorista) re­
sulte más opresiva y temible que la del visible carabi­
nero. Por ejemplo: la mortífera atención que dedican
al personal de las cárceles, con el objeto de asegurar
dentro de ellas una situación de privilegio a los reclu­
sos revolucionarios, como la que tienen desde hace
tiempo los reclusos mafiosos (y no se crea que los pri­
vilegios del mafioso tienen que ver sólo con la co­
modidad: mucho antes que de los políticos, la idea

127
de la cárcel como un lugar de proselitismo, de agn
gación, de escuela, fue de los mañosos). Pero más allá
de estas analogías, que hasta cierto punto son ob)<n
vas, la conciencia popular encuentra otra: que tanto
la mafia como las Brigadas Rojas forman parte ilp
cierta manera de administrar el poder. De ahí lo qu<
puede parecer indiferencia pero no es sino como l.i
desganada atención del espectador que asiste a un.i
p ié c e que ya conoce, que ve repetida, que sigue sin el
suspense del desenlace y sin interesarse más que poi
diferencias de detalle en las escenas y el carácter de
los actores. Especialmente en Sicilia se oye decir con
frecuencia que lo de las Brigadas Rojas es como lo
de Salvatore Giuliano, refiriéndose a todas aquellas
complicidades y connivencias de los poderes públicos
que los sicilianos conocían ya antes de que fueran
(éstos sí) «resultados» del famoso juicio de Viterbo.
Y podremos desaprobar esta actitud por no basarse
en hechos, pero es la misma mentalidad a la que se
refiere ese dístico de Trilussa que dice que la gente
no se fía ya de la campana porque conoce al que la
toca.
Personalmente, debo y quiero ser más cauto. Me
atendré a estos dos puntos: uno, la eficacia de las Bri­
gadas Rojas es típicamente italiana y análoga a la efica­
cia de otra organización más conocida y difundida; dos,
la acción de las Brigadas Rojas no es independiente
del contexto italiano y d*esempeña en él un papel aún
impreciso y ambiguo, aunque ni impreciso ni ambi­
guo, suponemos, para quien las dirige. Seríamos lo-

128
i os si colocásemos a las Brigadas Rojas en una esfera
il< pureza revolucionaria autónoma y autárquica en
!,i que aspiran a soliviantar a las masas para que rom-
p.in las estructuras políticas que las contienen, y aún
más locas serían las Brigadas Rojas si se colocaran ellas.
Su razón de ser, su función, su «servicio», consiste ex-
' lusivamente en desplazar la relación de fuerzas, de
Lis fuerzas que ya existen; y en desplazarla no mu-
t ho, por cierto; en desplazarla en el sentido de ese
.imbiar todo para que no cambie nada» que el prín-
■ipe de Lampedusa adopta como lema de la historia
siciliana y que hoy podemos adoptar por lema de la
Ilistona italiana. Es puramente una operación de po­
der, pues, que sólo puede realizarse en ese ámbito de
.1 lianzas políticas en el que el poder vive hoy día, al

.ibrigo de vientos ideológicos. Con esto no queremos


descartar que las Brigadas Rojas no sean eso, unos «lo­
cos»; pero cuando la locura sigue un método, con­
viene no fiarse, como no se fió Polonio de la de Ham-
let (aunque no desconfió lo bastante, que no nos pase
lo mismo). Y el método nació precisamente con el
caso Moro.
Que la locura de las Brigadas Rojas no era una
locura sin método lo decía y lo dice todo el mundo.
Pero donde empieza a verse su designio es en el caso
Moro y en sus cartas. Como Polonio, Moro, prisio­
nero y condenado a muerte, buscó el hilo del método
y luego lo siguió por lo que antes debió de parecerle
un laberinto de locura. Ya en la primera carta, dirigi­
da a Zaccagnini, se tiene la impresión de que dio con

129
el cabo, cuando dice: el Partido Comunista «no debe
olvidar que mi dramático secuestro sucedió cuando
me dirigía al Parlamento a consagrar al gobierno que
tanto trabajé por formar». Y en la segunda carta: «M
gobierno está en pie y éste es el reconocimiento qu<
se me hace ... Recuerda -debe de ser para ti un amargo
motivo de reflexión- lo mucho que tú y los amigos
a los que se lo pediste insististeis en que aceptara sei
presidente del Consejo Nacional del partido, para
que fuera partícipe y corresponsable de la nueva et.i
pa que tan difícil se presentaba». Nótese cómo, a l.i
vez que denuncia la manera atroz como le corres
ponde el gobierno que tanto trabajó por formar, sr
distancia de esa operación, de esa «nueva etapa»: no
artífice, sino «partícipe»; no responsable, sino «corres
ponsable».
La clave del drama, la razón por la que a Moro le
corresponde morir (como «reconocimiento») es preci
sámente ésa: que ha sido el artífice del regreso del Par­
tido Comunista a la mayoría gubernamental después
de treinta años. Y las Brigadas Rojas no sólo lo acu­
san explícitamente de ello en sus comunicados, sino
que tienen la fúnebre ocurrencia de hacerlo también
solemne y simbólicamente dejando su cuerpo entre
Via delle Botteghe Oscure, donde tiene su sede el
Partido Comunista Italiano, y la plaza del Gesü, don­
de tiene su sede Democracia Cristiana (la fuerza de los
nombres: las b o tteg h e o scu re o «tiendas oscuras», el Gesu
de los jesuitas, y no sé si Via Caetani, donde deja­
ron el cadáver de Moro, se llama así por la familia de

130
Bonifacio VIII o por el arabista, aunque vale en am­
bos casos).
Pero si el objetivo de las Brigadas Rojas -declara­
do y reiterado- es frenar ese movimiento de atracción
y aproximación que se da entre el Partido Comunis-
ta y Democracia Cristiana, ¿cómo no se dan cuenta
de que sus acciones surten el efecto contrario, y más
bien aceleran y hacen como necesario ese movimien­
to? Por ellos y contra ellos, por lo pronto, puede el
Partido Comunista proceder a la invención del Esta­
do (y digo «invención» en el sentido en que se dice
«invención de la Santa Cruz», y de nuevo la fuerza de
las palabras, de ésta -invención- que alude a santa
Elena, madre de Constantino). Y obsérvese que esta in­
vención, que funcionó para condenar a Moro y para
infundir cierta preocupación en la izquierda más de
izquierdas y algún malestar en los intelectuales más
«liberales» y aislados, no ha funcionado para debili­
tar a las Brigadas Rojas ni para impedir su acción. Aun­
que nunca se sabe: a su debido tiempo, también po­
dría funcionar contra ellas. Además, ya el primer día
del «secuestro», la noche del 16 de marzo, pudo com­
probarse, incluso visualmente, el efecto -contrario
al que las Brigadas Rojas declararon perseguir- que
el «secuestro» producía y que la ejecución de la con­
dena había de potenciar: montones de banderas ro­
jas como dando el pésame y protección a las bande­
ras blancas de Democracia Cristiana en las calles de
Italia.
¿Puede, pues, deducirse de esta aparente falta de cri-

131
terio que la esencia y el destino de las Brigadas Rojas
son de verdad, dicho llanamente, «la locura», o, dicho
menos llanamente, más sutilmente, un esteticismo en
el que morir por la revolución ha pasado a ser morii
con la revolución?

132
Exactamente un mes después de lo que las Briga­
das Rojas llaman «conclusión de una batalla» (e in­
cluso quien no ama las batallas respirará hondamen­
te si lee la descripción de una verdadera batalla, pues
se siente uno como sofocado al ver llamar batalla al
asesinato de un hombre indefenso, con pistola con si­
lenciador, en un garaje o en un sótano), llegan a la
redacción de una revista de poca difusión, anónima­
mente, las fotocopias de cuatro cartas de Moro. La re­
vista (OP, O sserva to re P olítico ) las publica en el número
del 13 de junio dándolas como inéditas, aunque la di­
rigida a Zaccagnini no lo es, pues ya apareció el 30 de
abril en algunos periódicos. En las fotocopias se aprecia
un sello de la policía de Roma que certifica su confor­
midad con el original. ¿Quién, dentro de la policía de
Roma, quiso que esas cartas no pasaran inadvertidas?
Sin embargo, aunque entre las desconocidas hay
una de extraordinario interés, muy pocos periódicos
la publican o informan de ella. ¿Porque a estas altu­
ras se prefiere echar tierra al caso, olvidarlo, o por el
interés precisamente que la carta no podía menos de
suscitar?

133
La carta va dirigida a su mujer y podemos calcul.u
que la escribió entre el 27 y el 30 de abril.

Queridísima Noretta:
Aunque en tu carta a II Giomo había pocos motivos
de esperanza (ni yo esperaba que los hubiese), me ha lio
cho un gran bien, porque, en mi dolor, confirma que
vuestro amor sigue vivo y me acompaña y me acompa
ñará en mi calvario. A todos, pues, mi más hondo agrade­
cimiento, el beso más fuerte, el amor más profundo.
Siento, queridísima mía, haber tenido que darte uu
motivo más de sufrimiento, pero creo que tú, aunque de­
sesperanzada, no me habrías perdonado que no te pidiera
algo que quizá sea una prueba de amor inútil, pero que
es una prueba de amor.
Ahora, aun en esta situación límite, he de darte al­
gunos consejos sobre tu tierno cometido. Está bien con­
tar con el apoyo discreto de Rana y de Guerzoni. Creo
que los grupos parlamentarios están callados, y con ellos
mis mejores amigos, quizá por miedo a romper esa una­
nimidad ficticia, como tantas veces ha ocurrido. Lo que
me asombra es lo poco que ha tardado el gobierno en
dar por valorados el alcance y las implicaciones de un he­
cho tan relevante, y en adoptar precipitada y superficial­
mente una línea dura que ya no ha abandonado: después
de todo, se trataba de canjear prisioneros, que es algo co­
mún en todas las guerras (pues en realidad esto es una
guerra), desterrando a los prisioneros liberados. Aplicar
las normas del derecho común no tiene sentido. Además,
¡semejante rigor en un país desordenado como Italia! Han

134
salido del paso, pero la gente de bien llorará mañana por
el crimen cometido y sobre todo los democristianos.
Echo de menos la voz de mis amigos. Hay que llamar a
Cervoni, a Rosato, a Dell’Andro y a los demás, Rana los
conoce, y pedirles que disientan, que rompan la unidad.
Es lo único que temen los jefes, lo único que les preo­
cupa. La ruptura debería ser tranquila y firme. Ahora no
se dan cuenta de los problemas que vendrán y de que
éste es el mejor, o, por lo menos, el mal menor. Pero hay
que hacerlo pronto porque el tiempo apremia. Y convie­
ne que informes a la prensa de los encuentros que ten­
gas, si alguno logras tener, y hagas declaraciones. Se ne­
cesita apoyo público además de privado. Que en esto te
aconseje Guerzoni.
Leo con dolor en II d o m o lo que el Zizola de siem­
pre dice sobre lo escrito en L’Osservatore Romano (Levi).
En resumen: no al chantaje. Con esto, la Santa Sede, por
boca del tal Levi, y contradiciendo posturas anteriores,
reniega de su tradición humanitaria y me condena; hoy
la víctima soy yo, mañana serán niños, por no acceder
al chantaje. Es algo horrible, indigno de la Santa Sede. El
destierro se practica en muchos países, incluida la Unión
Soviética, no veo por qué habría que sustituirlo en éste
por el asesinato de Estado. No sé si Poletti puede rectifi­
car esta actitud bárbara que no tiene precedentes en la
Santa Sede. Esta tesis no hace sino justificar el peor rigor
comunista y contribuye a la unidad del comunismo. Pa­
rece mentira que se haya llegado a tal confusión. Y, claro,
no puedo dejar de denunciar la mala fe de cuantos de­
mocristianos quisieron que, a mi pesar, aceptara un cargo

135
que, si tan necesario era para el partido, debieron ofre­
cerme con la promesa de aceptar el canje de prisioneros.
Estoy convencido de que hubiera sido lo más justo. Aun
en este momento supremo, sigo sintiendo una gran amar­
gura. ¿Nadie ha discrepado? Habría que explicarle a Gio-
vanni qué es la actividad política. ¿Nadie se arrepiente
de haberme obligado a dar un paso que yo no quería
dar? ¿Y Zaccagnini? ¿Cómo puede seguir tan tranquilo?
¿Y Cossiga, que no ha sabido defenderme? Mi sangre re­
caerá sobre ellos. Aunque no quiero hablar de esto. Quie­
ro hablar de vosotros, del amor que os tengo y os tendré
siempre, de la gratitud que os debo, de la alegría indecible
que me habéis dado en la vida, y del pequeño, al que me
gustaba mirar y procuraré mirar hasta el final. Si al menos
tuviera vuestras manos, vuestras fotos, vuestros besos.
Los democristianos (y el Levi de L’Osseruatore Romano) me
quitan eso también. ¿Qué mal puede venir de tanto mal?
Te abrazo con todas mis fuerzas, querida Noretta, y
haz tú lo mismo con todos y con el mismo ánimo. ¿De
verdad ha venido Anna? Que Dios la bendiga. Os abraza,
Aldo

«Asesinato de Estado.» ¿Será posible que, al usar


esta expresión, Moro no sepa que alude a un hecho,
a unos hechos precisos, a saber, a aquellos por los que
se acuñó dicha expresión y se empleó como acusación
(hoy no del todo infundada incluso para los más incré­
dulos) contra ciertos órganos gubernamentales, contra
el gobierno, contra Democracia Cristiana y contra él
mismo? No, no es posible, porque además uno de los

136
cargos que le imputaban las Brigadas Rojas se refiere
claramente a ello (comunicado número uno: «Cuando
toda la sucia trama salga a luz, Moro, como buen “pa­
drino” mafioso, dará carpetazo al asunto y recompen­
sará a los responsables con el silencio»), y por lo tanto,
en la «prisión del pueblo», debieron de preguntarle
constantemente por el «asesinato de Estado» y él de­
bió de declararse constantemente inocente (o «el menos
implicado de todos», e implicado sólo por el silencio).
Así que no usa esa expresión al descuido, sino deli­
beradamente, para aplicarla a su caso, para transmitir­
la como un juicio. Y añade: «Esta tesis no hace sino
justificar el peor rigor comunista y contribuye a la
unidad del comunismo. Parece mentira que se haya
llegado a tal confusión».

He declarado que se trata de una novela policial ... Al


cabo de siete años, me es imposible recuperar los porme­
nores de la acción; he aquí su plan, tal como ahora lo em­
pobrece (tal como ahora lo purifica) mi olvido. Hay un
indescifrable asesinato en las páginas iniciales, una lenta
discusión en las intermedias, una solución en las últimas.
Ya aclarado el enigma, hay un párrafo largo y retrospectivo
que contiene esta frase: «Todos creyeron que el encuen­
tro de los dos jugadores de ajedrez había sido casual».
Esa frase deja entender que la solución es errónea. El lec­
tor, inquieto, revisa los capítulos pertinentes y descubre
otra solución, que es la verdadera (J.L. Borges, Ficciones).

Racalmuto, 24 de agosto de 1978

137
Cronología del caso
MARZO DE 1978

D ía 16
Un comando presuntamente de las Brigadas Rojas
«secuestra» -asesinando a los cinco miembros de la es­
colta- a Aldo Moro, presidente del Consejo Nacional
de Democracia Cristiana.
Una hora después, los sindicatos declaran una
huelga general.
Por la tarde, en el Parlamento y en el Senado, el go­
bierno que preside Giulio Andreotti, que hasta el día
anterior suscitaba gran reserva y perplejidad en parte
de la izquierda y en algunos grupos de Democracia
Cristiana, es aprobado por una mayoría que incluye
al Partido Comunista. En Via Licinio Calvo, a unos
cien metros de Via Fani, donde ha tenido lugar el «se­
cuestro», la policía encuentra uno de los automóviles
usados por los terroristas.

D ía 17
La policía detiene a un joven empleado como sos­
pechoso de complicidad en el secuestro de Aldo Moro.
Dos días después, el juez encargado del caso lo pone
en libertad por f a l t a d e p r u e b a s . (Nótese el gran error

141
de estrategia policial que supone detener enseguida a
un sospechoso de secuestro en lugar de seguirlo y es­
piarlo.)
En Via Licinio Calvo la policía encuentra otro
automóvil de los terroristas. ¿Estaba ya allí o lo llevaron
luego? Dado que inspeccionaron la zona minuciosa­
mente y que seguían vigilándola, el descubrimiento
de este segundo automóvil revela ineficacia y parece
una burla.

D ía 18
Las Brigadas Rojas emiten el primer comunica­
do, en el que reivindican el secuestro de Moro y la
muerte de los escoltas, y declaran la intención de juz­
gar, ante el «Tribunal del Pueblo», al presidente de De­
mocracia Cristiana. Adjuntan una fotografía en la
que se ve a Moro como prisionero en la «prisión del
pueblo».

D ía 19
En Via Licinio Calvo, aparece el tercer automóvil
usado por los terroristas en el secuestro. La policía
asegura que el día anterior no estaba. Pero el que lo
llevaran luego, burlando la vigilancia, es tan grave
como el haber dejado de advertirlo durante dos días.
No es, por lo demás, el único error en el que incurre
la policía: dos de las personas buscadas cuyas fotos di­
funde la televisión llevan ya tiempo en la cárcel, y otra
se halla en París. Y Brunilde Pertramer, a la que se bus­
ca como sospechosa de pertenecer a las Brigadas Ro­

142
jas, figura normalmente registrada en los hoteles en
los que se aloja.

D ía 2 0
En el turbulento juicio que se celebra en Turín con­
tra Curdo y otros, los presos terroristas gritan: «¡Tene­
mos a Moro!».

D ía 21
El Consejo de Ministros aprueba una ley que otor­
ga mayor poder a la policía y resta libertad a los ciu­
dadanos.
La prensa debate sobre la oportunidad de la auto­
censura, la cual tiende a practicar, e invita a personas
de relieve a pronunciarse a favor o en contra. Interro­
gado por 11 G io rn a le d i S icilia, Vito Ciancimino, ex al­
calde de Palermo, responde: «En principio, informar
a la opinión pública es un deber. Sin embargo, hay mo­
mentos, como el que estamos viviendo, en los que
quizá sería mejor no publicar los comunicados de las
Brigadas Rojas, para facilitar la investigación. Cuando
una noticia puede entorpecer la acción policial o im­
pedir la captura de los asesinos, hay que callar, aunque
cueste. Pero, repito, en principio la libertad de prensa
debe estar garantizada».

D ía 2 4
En Turín, las Brigadas Rojas atentan contra Giovan-
ni Picco, democristiano, ex alcalde de la ciudad.

143
D ía 2 5
Las Brigadas Rojas emiten el comunicado número
dos, en el que hacen constar los cargos que se imputan
a Moro, aunque sin entrar en detalles.

D ía 2 9
Arrigo Levi, director del diario turinés L a S ta m -
p a , propone que Leone, presidente de la República,
dimita de su cargo y se elija en su lugar a Moro. La
propuesta suscita reticencia y perplejidad generali­
zadas.
Por la tarde se recibe una carta de Moro a Frances­
co Cossiga, el ministro del Interior, y las Brigadas Rojas
emiten el comunicado número tres, en el que afirman
que el interrogatorio «prosigue con la plena colabora­
ción del prisionero».

D ía 31
L ’O sserv a to re R o m a n o anuncia la disposición de la
Santa Sede a trabajar por la solución del «dolorosísi-
mo caso».

A B R IL

D ía 1
Parece ser que Nicola Rana, secretario de Moro, re­
cibe una carta del prisionero, y que al día siguiente
recibe otra la familia.

144
D ía 3
La policía efectúa registros y arrestos de miem­
bros de la extrema izquierda. Sin embargo, a las cua­
renta y ocho horas el juez pone en libertad a casi to­
dos los detenidos: la policía ha actuado basándose
en datos reunidos en 1968. Muchos de los extremis­
tas de entonces militan ya en partidos del llamado
«arco constitucional», sobre todo en el Partido C o­
munista.

D ía 4
Se recibe una carta de Moro a Zaccagnini y las Bri­
gadas Rojas emiten el comunicado número cuatro y
dan a conocer la R eso lu ció n d e la d ir e c c ió n estra tégica con
fecha de febrero de 1978. En el comunicado dicen que
«la maniobra de la prensa de régimen» de atribuir a las
Brigadas Rojas lo que Moro escribe a Cossiga «es tan
rastrera como torpe», y que la carta expresa opiniones
que ellos no comparten.

D ía 6
II G iorn o publica una carta al director de Eleonora
Moro escrita con la esperanza de que los terroristas la
den a leer a su marido.

D ía 7
En Génova, las Brigadas Rojas atentan contra Feli­
ce Schiavetti, presidente de la Asociación de Empre­
sarios, hiriéndolo en las piernas, como siempre.

145
D ía 10
La prensa difunde la noticia, completamente in­
fundada, de que las Brigadas Rojas piden la dimisión
de Leone y sesenta mil millones de liras a cambio de
la liberación de Moro.
A primeras horas de la tarde las Brigadas Rojas emi­
ten el comunicado número cinco y un texto autógra­
fo de Moro contra Taviani.

D ía 11
En Turín, tres miembros de las Brigadas Rojas dis­
paran contra el guardia de prisiones Lorenzo Cotugno,
quien, antes de fallecer, hiere a uno de ellos, Cristofo-
ro Piancone, al que los otros dejan en la puerta de un
hospital. Piancone se declara prisionero político y se
niega a contestar a las preguntas de la policía y del
juez; días después, sin embargo, en los periódicos II
Tem po e II G io rn a le aparece una entrevista, que ha con­
seguido un periodista.

D ía 12
Cossiga, Rana y la familia reciben al parecer sen­
das cartas de Moro.

D ía 15
Comunicado número seis de las Brigadas Rojas:
«Aldo Moro es culpable y por tanto lo condenamos a
muerte».
La prensa publica la noticia de que se han come­
tido «once atentados en Venecia en diecisiete horas»,

146
el día anterior, pues, y, cautamente, que «un destaca­
do miembro del Partido Comunista ha facilitado al
Ministerio del Interior» una lista de doscientos presun­
tos terroristas.

D ía 17
Llamamiento a las Brigadas Rojas de L ’O sserva to -
re R o m a n o y de Amnistía Internacional.

D ía 18
Aparece el «falso» comunicado número siete de las
Brigadas Rojas.
La policía descubre en la Via Gradoli un piso fran­
co de las Brigadas Rojas; al principio se dice que lo
descubrió por casualidad, aunque luego se sabe que
recibió el aviso mucho antes, pero creyó que se refe­
ría a la localidad de Gradoli, provincia de Viterbo, en
vez de a la romana calle Gradoli, no lejos de donde
se produjo el secuestro.

D ía 19
L otta C on tin u a , periódico de extrema izquierda, pu­
blica un llamamiento pidiendo la liberación de Moro
que firman obispos, diputados e intelectuales católicos
y laicos.

D ía 2 0
En Milán, las Brigadas Rojas asesinan al guardia de
prisiones Francesco de Cataldo.
Las Brigadas Rojas emiten el «verdadero» comuni-

147
cado número siete, en el que aseguran que Moro está
vivo y que están dispuestos a liberarlo a cambio de
la libertad de «prisioneros comunistas». Es un ultimá­
tum. Plazo: hasta las quince horas del día 22. Envían
a L a R ep u b b lica una fotografía de Moro en la que éste
aparece con un ejemplar del mismo periódico del día
anterior.

D ía 21
Se recibe otra carta de Moro a Zaccagnini, pero no
todos los periódicos la publican.

D ía 22
En la Universidad de Padua, el grupo terrorista Nú­
cleo de Combatientes por el Comunismo atenta con­
tra el profesor Ezio Riondato con cuatro disparos en
las piernas.
Pablo VI se dirige a los «hombres de las Brigadas
Rojas».

D ía 2 4
Las Brigadas Rojas emiten el comunicado número
ocho, en el que figuran los nombres de los trece «pri­
sioneros comunistas» cuya libertad exigen a cambio de
la liberación de Moro.
El gobierno de Panamá se ofrece a acoger a los
terroristas en caso de que el gobierno italiano deci­
diera aceptar el canje.
El periódico Vita recibe otra carta de Moro a Zac­
cagnini.

148
D ía 2 5
Kurt Waldheim, secretario general de la ONU, hace
un llamamiento a las Brigadas Rojas en la televisión
italiana y en italiano; el hecho provoca malestar entre
los políticos italianos porque habla de una «causa», y
por tanto de un ideal, de los terroristas. Pero lo que
al parecer quería decir Waldheim es «propósitos»; un
pequeño error de traducción.
En la sede de Democracia Cristiana se distribuye a
los periodistas el manifiesto de los «amigos de Moro»:
«No es el hombre que conocemos».

D ía 2 6
Atentado contra el presidente democristiano Giro-
lamo Mechelli, ex presidente de la Región Lacio: diez
disparos de pistola en las piernas.
11 G io rn o publica una carta a Moro de sus hijos.

D ía 2 7
En Turín, atentado con disparos a las piernas con­
tra Sergio Palmieri, funcionario en Mirafiori, y corres­
pondiente comunicado de las Brigadas Rojas. Craxi,
líder del Partido Socialista, propone que el Estado dé
señales de ceder al chantaje con gestos de clemencia
hacia los presos políticos.

D ía 2 8
Andreotti declara en televisión: «¿Cómo reacciona­
rían los carabineros, los policías, los agentes de segu-

149
ridad, si el gobierno, a sus espaldas y violando la ley,
negociase con quienes no respetan esa misma ley?
¿Y qué dirían las viudas, los huérfanos, las madres de
quienes han caído cumpliendo su deber?». Está claro
que nada harán por Moro: mentando a madres, viu­
das y huérfanos, Andreotti, como Hernán Cortés, ha
quemado las naves de una negociación que Craxi si­
gue creyendo posible.

D ía 2 9
Corren rumores de que Moro ha escrito a su fami­
lia, y de que ha llegado por correo una carta en res­
puesta a la que su familia publicó en II G iorno.
Por la noche el periódico II M essa g g er o recibe una
carta de Moro, dirigida a Democracia Cristiana, que se
publica al día siguiente. De las que conocemos, es la
última que dirige al partido.

D ía 3 0
Moro envía cartas a Leone, Andreotti, Ingrao, Fan-
fani, Misasi, Piccoli y Craxi, aunque sólo se publican las
de Craxi y Leone, el 3 y el 4 de mayo, respectivamente.

M AYO

D ía 1
Llamamiento de la familia de Moro a los líderes de
Democracia Cristiana: que el partido «asuma con va­
lor sus responsabilidades».

150
D ía 3
Andreotti reitera la negativa del gobierno a nego­
ciar con las Brigadas Rojas.

D ía 4
Dos atentados con disparos a las piernas: en Milán,
contra Umberto Degli Innocente, de Sit-Siemens, y
en Genova, contra Alfredo Lamberti, de la planta de
Italsider de Cornigliano.

D ía 5
Las Brigadas Rojas emiten el comunicado número
nueve: «Concluimos ... la batalla que empezamos el
16 de marzo ejecutando la sentencia a la que Aldo
Moro ha sido condenado». Cunden las interpretacio­
nes del gerundio.

D ía 6
Atentado con disparos a las piernas en Novara con­
tra el médico de prisiones Giorgio Rossanigo, aunque
reivindicado por el grupo Proletarios Armados por el
Comunismo.

D ía 8
Nuevo atentado del mismo tipo contra otro mé­
dico y funcionario en Milán, Diego Fava, reivindicado
también por los Proletarios Armados por el Comu­
nismo.

151
D ía 9
Se halla el cadáver de Aldo Moro en el maletero de
un Renault 4, rojo según el terrorista que da el aviso,
«amaranto» según la prensa.
La familia emite el siguiente comunicado: «La fa­
milia desea que la voluntad de Aldo Moro sea respe­
tada plenamente por las autoridades del Estado y del
partido, y no haya manifestaciones públicas, ceremo­
nias, discursos ni luto nacional, ni se celebren funera­
les de Estado ni se concedan medallas postumas. La
familia se encierra en el silencio y pide silencio. La his­
toria juzgará la vida y la muerte de Aldo Moro».

D ía 10
Se celebra un funeral privado en la localidad ro­
mana de Torrita Tiberina. Moro es enterrado en el ce­
menterio de esa ciudad.

D ía 13
Ceremonia fúnebre en la basílica de San Juan de
Letrán, Roma, que preside Pablo VI y oficia el cardenal
Poletti (el mismo que Moro esperaba, aunque sin mu­
cha convicción, que rectificara la «actitud bárbara» de
la Santa Sede). Asisten todos los hombres del poder.
Ni la mujer ni los hijos de Moro están presentes. El
Papa dice: «Tú, oh Señor, no has atendido nuestro
ruego».

152
Inform e de la com isión parlamentaria
de investigación sobre los crímenes de Via Fani,
el secuestro y asesinato de A ldo M oro
y la estrategia y los objetivos de los terroristas,
presentado por el diputado Leonardo Sciascia
Integrada por cuarenta miembros más el presiden­
te, la comisión parlamentaria de investigación sobre
los crímenes de Via Fani, el secuestro y asesinato de
Aldo Moro y la estrategia y los objetivos de los terro­
ristas, habiendo cambiado tres veces de presidente, el
último de los cuales, el senador Vahante, fue nombra­
do cuando ya el volumen de información era ingente
y hubo, por tanto, que ponerlo al día, procede, en esta
primera fase de su labor, dedicada principalmente al
caso Moro, con inevitable retraso, lentitud y disper­
sión. El hecho de que el número de miembros se haya
reducido a la mitad o a las dos terceras partes le ha
facilitado muy poco la tarea de las comparecencias,
las cuales se alargaban demasiado y eran en parte re­
petitivas. A esto hay que añadir la latente y a veces ma­
nifiesta discrepancia que existía entre los miembros de
la comisión, y que reproducía la que hubo entre los
partidos del llamado «arco constitucional», particular­
mente entre el comunista y el democristiano por un
lado y el socialista por otro, a propósito del secuestro
de Moro y luego del secuestro y liberación del juez
D’Urso: discrepancia, a saber, entre la postura llama-

155
da «humanitaria» de los socialistas, que sostenían la
necesidad de negociar con los terroristas, aunque po­
niendo límites a la posible cesión, y la postura llama­
da «de la firmeza» de comunistas, democristianos y
otros, de total y absoluta intransigencia. Esta discre­
pancia, decimos, se repetía en la comisión entre quie­
nes pensaban que una mínima concesión por parte del
Estado habría podido salvar la vida de Moro (igual que
se pensó -aunque no todos, no nosotros- que el cierre
de la cárcel de Ansinara y el diálogo entre varios di­
putados y los presos de las Brigadas Rojas salvó la de
D’Urso) y quienes creían que la disposición a nego­
ciar del Partido Socialista, además de quebrantar la
llamada «solidaridad nacional» basada en la firmeza y
no conducir a la salvación de Moro, constituía, por
implicar la necesidad de establecer contactos secretos
con las Brigadas Rojas y con miembros de Autono­
mía Romana que se creía podían servir de interme­
diarios (como se ha visto que podían), un verdadero
delito, dado que los jueces instructores no fueron in­
formados. A nuestro juicio, este enfrentamiento, del
que queda constancia en las actas, ha entorpecido gra­
vemente los trabajos de la comisión y le ha hecho per­
der mucho tiempo. Por ejemplo, con las inútiles com­
parecencias del caso Rossellini-Radio Cittá Futura para
averiguar si Rossellini informó de los sucesos de Via
Fani media hora antes de que ocurrieran (lo que, de
haberse demostrado, habría significado que Rossellini
estaba implicado y que, por tanto, sus contactos con
los socialistas resultaban gravísimos... para los socia­

156
listas, claro). Pero Rossellini no pudo informar de nada:
como mucho, habiendo estudiado bien la manera de
actuar de las Brigadas Rojas, pudo formular una hipó­
tesis. Por otro lado, la cuestión de si negociar habría
podido o no salvar la vida de Moro, después de tantas
comparecencias y con miles de páginas de declaracio­
nes, resulta gratuita e irrelevante. Entiéndase, gratuita
e irrelevante para una comisión parlamentaria de in­
vestigación, porque no sería ni gratuita ni irrelevante
en una investigación hecha por las Brigadas Rojas y en
las Brigadas Rojas, ya que de ellos dependía liberar a
Moro en vez de asesinarlo (y de haber optado por esto
último nació, en medio de sus diferencias, la crisis
que está llevando a su disolución, a su desaparición).
La pregunta a la que principalmente esta comisión
debe responder es, a nuestro juicio, la siguiente: é p o r
q u é esa s fu e r z a s d e l E stado e n ca r g a d a s d e la s a lv a g u a r d ia ,
s e g u r id a d e in te g r id a d d e l ciu d a d a n o , d e la co lec tiv id a d , d e
la s in stitu cio n es, n o s a lv a r o n a M o r o en cin cu en ta y c in c o
d ía s d e c a u tiv e r io f
Y no podía ser sino otra pérdida de tiempo el in­
tentar responder a la cuestión que planteaba el pun­
to a), artículo I, de la ley constitutiva de la comisión, a
saber, «si existía información sobre posibles accio­
nes terroristas en los días previos al secuestro de Aldo
Moro que estuviera de algún modo relacionada con
los asesinatos de Via Fani, y cómo fue controlada y
utilizada dicha información», cuestión que ha dado
pie a multitud de pistas falsas y averiguaciones inúti­
les (como en el caso de Rossellini-Radio Cittá Futura).

157
No menos vano ha sido el trabajo de la comisión para
responder al punto b) de su ley constitutiva, a saber, «si
Aldo Moro recibió, en los meses previos al secuestro,
avisos o amenazas para que abandonara la política»,
pues es de suponer que todo político eminente los re­
cibe, de manera anónima o no, en forma de consejo
o de intimidación, como debió de recibir -y recibió-
Aldo Moro, cuyas intenciones no siempre claras po­
dían ser malinterpretadas. Tampoco creemos que el
aviso (o la amenaza) que recibió estando en un país
presuntamente «amigo», por parte de una autoridad de
ese país, guarde relación con su muerte, por el simple
hecho de que la recibió. Estas cosas, se sabe incluso
proverbialmente, se hacen sin avisar; es más, no avi­
sar es condición necesaria para hacerlas. Lo que en
cambio era más que previsible, conociendo que el
blanco de las Brigadas Rojas son los representantes
del «Estado de las multinacionales», del sistema demo­
crático y capitalista, es que las Brigadas Rojas planea­
ran secuestrar y aun asesinar a un hombre como Moro,
presidente de un partido, Democracia Cristiana, que
gracias a él estaba a punto, según se creía, de ampliar
su consenso y volverse más dúctil, más prensil, más
duraderamente seguro (aunque, eso sí, en la medida
en que la oposición se volvía más dúctil también, cier­
to, pero menos prensil y menos segura). Sin embargo,
que las Brigadas Rojas, con sus esquemas más bien
rígidos y elementales, hicieran un diagnóstico de la si­
tuación que las llevara a plantearse el secuestro y ase­
sinato de Aldo Moro, es algo que distaban de prever,

158
y no digamos de prevenir, quienes tenían el deber de
hacerlo. A la cuestión c ) de la ley constitutiva de la co­
misión, a saber, «si se tomaron las medidas necesarias
para proteger a la persona de Aldo Moro», no sólo,
pues, contestamos claramente que no, sino que aña­
dimos que los intentos de esta comisión por averi­
guarlo han chocado con resistencias tan rotundas que
parecen mentira. Para afirmar esto nos basamos en los
testimonios que tenemos sobre la persona de Leo-
nardi, jefe de la escolta de Moro. Dice, por ejemplo,
el ex terrorista Savasta, preguntado por la escolta que
protegía a Moro dentro de la universidad: «Yo vi a tres
hombres, uno de ellos mayor ... Este era el mejor, por­
que iba y venía entre la gente ... Sí, era Leonardi, era
el que más se movía, había mucho en juego como
para quedarse escuchando la lección de Aldo Moro.
Pero pese a eso tenía la situación controlada. Me fijé
especialmente porque quería saber si era una escolta
puramente formal o una escolta de verdad ... La acti­
tud de Leonardi era la actitud de un escolta de verdad,
bien preparado, la clase de escolta que no estábamos
acostumbrados a ver. Eso se ve enseguida; para empe­
zar, daban la impresión de estar a punto de sacar la
pistola en cualquier momento, y luego sabían mover­
se entre la gente. Era otra cosa. Cuando la escolta es
puramente formal, no observan mucho; en cambio,
cuando son escoltas de verdad, se comprende ense­
guida, miran de otra manera, observan a la gente que
se mueve. Parecían escoltas de verdad...». Por lo que te­
nían observado, las Brigadas Rojas habían llegado a la

159
conclusión de que todas las escoltas eran puramen­
te formales, de ahí la sorpresa al descubrir que la de
Moro, si bien en un determinado lugar, era verdadera.
Pero el mérito era solamente de aquel hombre mayor,
que era «el mejor» y «tenía la situación controlada».
Esta opinión, innegablemente competente, coincide
con la del general Ferrara: «Leonardi era un agente ex­
celente en todos los sentidos: austero, serio, distingui­
do, de mucha presencia, seguro de sí; era un hombre
valiente y servicial, tirador certero, cinturón negro...».
Estas opiniones nos llevan a considerar fidedignos los
testimonios sobre las preocupaciones de Leonardi por
la seguridad de Moro (y propia), especialmente el testi­
monio de su mujer. Leonardi había pedido más hom­
bres al Ministerio del Interior, o para aumentar la es­
colta, o para reemplazar a los que ya tenía y no le
parecían «bien preparados para el servicio que debían
prestar». Pero de esta petición, que su mujer fecha en­
tre finales de 1977 y principios de 1978, ni hay cons­
tancia en ningún documento, ni la recuerda quien se
supone que la recibió. Pero Leonardi debió de hacer­
la, porque sabemos que por aquel entonces las Briga­
das Rojas estaban estudiando los hábitos y conducta
de Moro y de su escolta, y él no pudo dejar de adver­
tirlo. Al contrario, veía señales de que el peligro se
acercaba y su preocupación iba en aumento. Por ejem­
plo, había notado que lo seguían, y así se lo había di­
cho a su mujer. Y a otras personas precisó que lo se­
guían en un Fiat 128 blanco. En los meses anteriores
al secuestro se le veía tan preocupado, tenso, enfla­

160
quecido, que su mujer decía que «estaba cambiado».
Y casi todos los días que libraba iba por la tarde, dice
su mujer, «a hablar con el general Ferrara sobre asun­
tos de trabajo». Esto, sin embargo, lo niega rotunda­
mente el general Ferrara, alegando que sólo recuerda
haberse reunido con Leonardi una vez, el 26 de enero
de 1978, y no hablaron de trabajo. ¿Con quién con­
ferenciaba entonces Leonardi, a quién daba parte?
Porque que a alguien informaba su mujer dice saber­
lo «a ciencia cierta». Pero el general Ferrara, aunque
admite que Leonardi «estaba en contacto con toda la
jerarquía», afirma: «Leonardi no dio nunca parte a na­
die ... Hemos preguntado a todos sus superiores de la
capital si les comentó algo siquiera verbalmente, y to­
dos dicen que no... No presentó ninguna petición, ni
de hombres ni de refuerzos». Pero esto, repetimos, no
parece creíble: quizá es verdad que Leonardi no habló
con el general Ferrara, pero sin duda debió de hacer­
lo con alguno de sus «superiores de la capital». Que no
quede constancia de ello y que se niegue es algo su­
mamente inquietante.
En el mismo estado de preocupación, de nervio­
sismo, de miedo, describe a su marido la viuda del
agente Ricci. Aunque en casa no hablaba mucho de
trabajo, como era el chófer, sí comentaba los proble­
mas que le daba el Fiat 130 oficial («se averiaba cons­
tantemente») y estaba deseando que le concedieran
un coche blindado. A finales de 1977 dijo a su mujer
que por fin se lo concedían, lo que quiere decir que
lo había pedido y se lo habían prometido. Pero no se lo

161
concedieron. Quizá por eso hacia febrero estaba más
nervioso («parecía nervioso y se comportaba de ma­
nera rara»), lo cual coincide con el cambio de actitud
de Leonardi y significa que ambos tenían la misma
preocupación, que percibían las mismas señales. Pero
igual que con los partes y peticiones de Leonardi, na­
die sabe nada de que Ricci solicitara un vehículo blin­
dado; al contrario, se nos ha dicho que si lo hubiera
pedido, se le habría concedido sin problemas. Enton­
ces, ¿cómo es que lo esperaba, si no lo había solicita­
do, y a partir de cierto momento dejó de esperarlo?
«Verdadera», pues, dentro de la universidad, la es­
colta de Moro era «puramente formal» fuera de ella,
por precariedad e insuficiencia de medios, lo que cier­
tamente no escapó a las Brigadas Rojas. Decir, hoy, que
un vehículo blindado y en mejor estado para trans­
portar a Moro, otro con buenos frenos para la escolta
que lo seguía, armas fiables y hombres bien adiestra­
dos no habrían disuadido a las Brigadas Rojas de eje­
cutar su plan o lo habrían hecho fracasar, es tan absur­
do como afirmar lo contrario. En operaciones como
la realizada por las Brigadas Rojas para secuestrar a
Moro, basta que una nimiedad funcione o deje de
funcionar para que sean un éxito o un fracaso. Pero,
en cualquier caso, cuando algo no funciona, hay que
buscar y depurar responsabilidades, responsabilidades
que son siempre individuales, aunque se extiendan
y concatenen. Y esto, localizar a los responsables, es
lo que no ha podido hacer la comisión, que ha tenido
que desistir en el último momento, cuando estaba a

162
punto de conseguirlo, por razones formales, por difi­
cultades internas y externas.

El punto d ) de la ley constitutiva de esta comisión


dispone que se aclaren «las irregularidades o incum­
plimientos y correspondientes responsabilidades en
la dirección y ejecución de las pesquisas tanto para la
búsqueda y liberación de Aldo Moro, como tras su ase­
sinato, y en la coordinación de los órganos y aparatos
que las realizaron»; pero a este respecto la comisión
ha recogido tanto material que conviene entresacar los
hechos esenciales o más significativos, dando impor­
tancia a algunos que no parecen tenerla y restando re­
levancia y valor a otros a los que se quiso darla. Por
ejemplo: parecen importantes, y se habla de ellas como
de un «esfuerzo ímprobo» digno de reconocimiento
y elogio, las operaciones que las fuerzas del orden lle­
varon a cabo en los cincuenta y cinco días que van des­
de el secuestro de Moro hasta su asesinato. Y, en efec­
to, se trata de un esfuerzo ímprobo, cuyo compendio
consignamos: 72.460 puestos de control, 6.296 de
ellos en Roma; 37.702 registros domiciliarios, 6.933
de ellos en Roma; 6.413.713 personas controladas,
167.409 de ellas en Roma; 3.383.123 automóviles con­
trolados, 96.572 de ellos en Roma; 150 personas dete­
nidas; 400 en prisión preventiva. En estas operaciones
trabajaban a diario 13.000 hombres, 4.300 de ellos en
Roma. Esfuerzo ímprobo, mas no digno de elogio. La
mayoría de estas operaciones se realizaron sistemáti-

163
camente (aunque, como veremos, con inexplicables
excepciones) y fueron inútiles o equivocadas. Se tuvo
entonces la sensación -que hoy vemos confirmada-
de que se quería impresionar a la opinión pública por
cantidad y aparatosidad de operaciones, sin que a na­
die preocupara la calidad. Y fue además una decisión
instantánea, un criterio (debido paradójicamente a la
falta de un criterio efectivo) que se aplicó enseguida,
y estamos refiriéndonos a la orden que la dirección de
la UCIGOS* dio a todos los cuerpos de policía de po­
ner en ejecución cierto «plan cero» en cuanto se tuvo
noticia del secuestro. En realidad, el «plan cero» sólo
existía para la provincia de Sassari, pero el dirigente
de la UCIGOS, que había sido jefe de policía en Sas­
sari, creía que existía para todo el territorio italiano.
Esto dio origen a un frenético cruce de llamadas entre
jefes de policía, antes de que comprendieran que no
existía ningún plan. Pero la cuestión, al margen de la
confusión y de lo ridículo del caso, es cómo pudo
pensarse que ejecutar un «plan cero» en todo el terri­
torio italiano podía dar algún resultado. ¿Qué senti­
do tenía establecer puestos de control de personas y
vehículos la misma mañana del secuestro en Trapani
y Aosta?** Ninguno, salvo el de ofrecer el espectácu­
lo de un «esfuerzo ímprobo». Se prefirieron, pues, por
voluntad o por instinto, operaciones de mucho efec­
to, confiando quizá en el cálculo de probabilidades

* L a U C I G O S era u n cu erp o de segu rid ad del E stad o ita lia n o , c o m o


lo es la D I G O S q u e aparece m ás adelante. (N . d e l T.)
** E s decir, en sitios distantes de R o m a . (TV. d e l T.)

164
(lo que no funcionó). Y se comprende que para con­
seguir tal efecto olvidaran emplear medios menos es­
pectaculares pero más sagaces en acciones menos lla­
mativas pero más provechosas; como que el entonces
jefe de policía de Roma ha declarado a esta comisión
que no dispuso de hombres para unas labores de se­
guimiento que no habrían necesitado más de doce,
cuando en Roma se afanaban espectacular mas vana­
mente 4.300 agentes. Pero ya volveremos sobre esto.
Ahora añadamos esta declaración del entonces fiscal
general en Roma, Pascalino, que viene a corroborar
con autoridad nuestra opinión sobre la vacuidad de las
operaciones policiales: «Fueron operaciones más apa­
ratosas que eficaces». Y qué duda cabe que quien qui­
so, quien aprobó, quien nada hizo por corregirlo, ha
de ser considerado, en el grado de responsabilidad que
le competa, plenamente responsable.
Curiosamente, junto con estas operaciones «para
la galería» hubo una serie de acciones que sí demos­
traron preparación y eficiencia por parte de la policía
y que no se valoraron con justicia, y fueron las realiza­
das a raíz de las denuncias de personas buscadas como
presuntos miembros de las Brigadas Rojas; denuncias
recibidas, gracias a la difusión de fotografías en pren­
sa y televisión, pocos días después de los sucesos de
Via Fani. Veintidós individuos fueron denunciados,
aunque pronto se descubrió que dos de ellos estaban
ya en la cárcel, otro vivía libremente en Francia y un
tercero se alojaba en un hotel en el que figuraba re­
gistrado con total normalidad. Estos errores, que cree-

165
mos debidos a la endémica incomunicación de las ins­
tituciones de nuestro país, impidieron a la opinión
pública ver lo que había de positivo en la actuación, a
saber, que la policía había acertado con dieciocho de
los denunciados. Precisamente un funcionario de po­
licía (Improta) ha reivindicado ante esta comisión la
preparación y prontitud demostradas por la policía
de Roma en estas acciones, que la opinión pública va­
loró en otro sentido y casi con escarnio. El Estado no
carecía de preparación cuando a los tres días de los
hechos la policía de Roma tenía identificados, antici­
pando hechos más ciertos, probados y confesados, a
dieciocho terroristas de las Brigadas Rojas, algunos de
ellos miembros del comando de Via Fani, y cuando
conocía perfectamente, incluso en sus diferencias ideo­
lógicas, estratégicas, temperamentales, a los elementos
más activos de la izquierda extraparlamentaria. El coro
de declaraciones por parte de funcionarios y políticos
sobre la falta de preparación del Estado para hacer
frente al terrorismo hay que tomarlo, pues, a benefi­
cio de inventario. El hecho de que la policía y demás
cuerpos de seguridad no hubieran estudiado debida­
mente las anteriores «resoluciones» de las Brigadas
Rojas y los textos de sus ideólogos y partidarios no ex­
plica la incertidumbre, la confusión, el desacierto, la
gratuidad y la poca eficacia de las acciones que se lle­
varon a cabo durante los cincuenta y cinco días que
duró el secuestro de Moro. Habría bastado actuar con
simple y ordinaria profesionalidad. Aun sin el examen
de los textos (que por lo demás habría sido más útil

166
para prevenir que ante el hecho consumado), no era
difícil suponer cuáles eran la naturaleza y los fines
de una banda como las Brigadas Rojas, de la que se
tenían identificados a un buen número de afiliados
y se contaba con bastante información sobre la trama
que podía amparar a la banda. Si la acción de Via Fani
la hubiera realizado una banda de delincuentes desco­
nocida, oscura, improvisada, y sin otro fin que el lu­
cro, indudablemente la cosa habría sido mucho más
difícil. Con las Brigadas Rojas se tenía cierta ventaja,
pero de nada sirvió.
Pero vayamos por orden y atengámonos a los he­
chos que más de manifiesto ponen esas irregularida­
des e incumplimientos (y «correspondientes respon­
sabilidades», desde luego). La tarde del mismo día 16
en que asesinaron a los escoltas y secuestraron a Aldo
Moro, aparece en Via Licinio Calvo, es decir, cerca de
Via Fani, el Fiat 132 en el que transportaron a Moro.
Esto quiere decir que los terroristas, poco después de
los hechos, acudieron tan campantes a la zona con
un automóvil buscadísimo, lo que parece una burla y
prueba que los terroristas se movían por el barrio. Esto
tendría que haber hecho sospechar que vivían por allí
y por lo tanto reforzar la vigilancia. Pero la vigilancia
no se reforzó, y los días 17 y 19 aparecieron en la mis­
ma calle otros dos vehículos que se usaron en la ope­
ración. Era un riesgo que, podemos pensar, los terro­
ristas corrieron de manera harto estúpida, pero está
claro que sabían lo que hacían y que nada les pasaría.
A todo esto, el 17 de marzo se detiene a Franco Mo-

167
reno, contra el que al parecer hay vehementes indi­
cios de su participación en el delito, detención poco
comprensible aun en un caso de asesinato, pero com­
pletamente incomprensible tratándose además de un
secuestro. Como Moreno era en aquel momento el
único elemento v is ib le de la banda, detenerlo no sólo
cortaba un hilo que podía conducir a los demás y al
lugar en el que tenían cautivo a Moro, sino que hasta
podía ser fatal para la vida del secuestrado. Pero se ve
que también en esto el criterio del efecto triunfó so­
bre el de la profesionalidad y la perspicacia. Sin em­
bargo, aquellos indicios, que parecían (y, repasándolos
ahora, parecen) graves, tras el examen del juez, que­
daron, no sabemos cómo, en agua de borrajas, y a los
tres días Moreno era puesto en libertad.
El día 18 -tercero de los cincuenta y cinco días-,
la policía, en su estrategia de registros sistemáticos, lle­
gaba al piso de Via Gradoli, que tenía alquilado un pre­
sunto ingeniero Borghi, después identificado como
Mario Moretti. Llegó, pero se detuvo ante la puerta
cerrada. Ahora bien, aunque las operaciones fueran de
simple efecto, se hacían, y una puerta cerrada a la que
nadie respondía debía resultar, por puro instinto pro­
fesional, mucho más interesante que una puerta que
abrían al llamar. Tanto más cuanto que el juez ins­
tructor, Infelisi, tenía ordenado que entraran por la
fuerza en los apartamentos cerrados o esperasen a quie­
nes en ellos vivían. Pero esta orden, que se cumplió
en innumerables casos, con gran fastidio de los ciuda­
danos inocentes, no se cumplió precisamente en éste

168
(el único, por lo que sabemos), cuando habría podido
ser decisivo. Bastó, al parecer, que los vecinos asegu­
raran que en el apartamento vivía gente tranquila para
que los agentes renunciaran a registrarlo, cuando pre­
cisamente eso tendría que haberles hecho sospechar.
¿Cómo, sino tranquila, e incluso más tranquilamente
que nadie, habían de comportarse las Brigadas Rojas
en un piso pequeño de un barrio poblado?
Exactamente un mes después, el 18 de abril, el piso
de Via Gradoli que la policía creía ocupado por per­
sonas tranquilas se descubría, por casualidad, que era
un piso franco de las Brigadas Rojas. Y eso que este
nombre, Gradoli, ya había sonado antes en la investi­
gación a raíz de cierta sesión espiritista celebrada en
una casa de campo en Bolonia el 2 de abril. No asom­
bre que en las actas de una comisión parlamentaria de
investigación se hable, como si de una comedia se tra­
tase, de sesiones espiritistas, pues las doce personas
que en aquélla participaron, dignas todas de fe, como
suele decirse, y pertenecientes a la clase docta de la
docta Bolonia, en sus comparecencias ante esta comi­
sión han declarado que en el curso de la sesión apa­
reció el nombre de Gradoli. Todas ellas reconocen no
entender ni creer en tales fenómenos, y hablan de que
reinaba un ambiente «lúdico» en torno al «platillo» y
demás elementos de la invocación, en una tarde te­
diosa; ambiente de juego, pues, de pasatiempo. Pero
no sólo todos parecían creer en el movimiento del
«platillo» en el momento de declarar ante esta comi­
sión, sino que de hecho creyeron entonces, porque al

169
día siguiente informaron a la DIGOS de Bolonia y
luego al jefe de la oficina de prensa de Zaccagnini, Um-
berto Cavina. Entre los balbuceos del «platillo», un
nombre surgió de manera clara: Gradoli. Y como en la
provincia de Viterbo hay un pueblecito llamado así, en
él entró la policía a saco, efectuando presumiblemente
los consabidos registros sistemáticos, sin resultado al­
guno, desde luego. La sugerencia de la mujer de Moro
de que buscaran una Via Gradoli en Roma no fue aten­
dida; antes bien, se le contestó que no figuraba nin­
guna calle con ese nombre en la guía telefónica, lo que
quiere decir que no se molestaron en buscarla ni en las
páginas amarillas..., porque sí figuraba.
El piso franco de Via Gradoli, ocupado por el pre­
sunto ingeniero Borghi, se descubre por casualidad a
las 9:47 horas del 18 de abril... porque van a arreglar
una fuga de agua, no a sorprender a los terroristas.
Observemos, por cierto, que parece gravitar sobre las
Brigadas Rojas una especie de fatalidad hídrica, pues
el de Via Gradoli no es el único piso franco que se
descubre por un mal funcionamiento de las cañerías.
¿No hemos hablado de espíritus? ¿No podríamos ha­
blar también de videntes que tuvieron cierto papel en
el caso? Pues ¿por qué no hablar de fatalidad? Prime­
ro llegaron, pues, los bomberos, como es natural, y
enseguida comprendieron que se trataba de un piso
franco y avisaron. Y tenemos entonces otro lío, otro
misterio: antes que la policía llegaron los periodistas,
los carabineros se enteraron porque interceptaron la
radio de la policía, el juez instructor no fue informa­

170
do del descubrimiento hasta pasadas dos horas, y no
por la policía sino por los carabineros. El juez deci­
dió entonces intervenir los documentos hallados en el
piso y ordenar que los carabineros también tuvieran
acceso a ellos (aunque el jefe de policía De Francesco
niega que impidiera a los carabineros examinarlos y
dice que ignoraba que el juez los hubiera intervenido;
cuestión que ha quedado sin resolver). Por otro lado,
no se tomaron huellas dactilares ni parece que se hi­
ciera un inventario del material incautado con la de­
bida prontitud y diligencia. Material que, según dice
Infelisi, el juez instructor, no aportaba ninguna pista
sobre el paradero de Moro, «al menos», añade en un
inquietante inciso, «el material del que yo he tenido
conocimiento», dando a entender que pudieron sus­
traer a su conocimiento parte del material intervenido.
En suma, todo lo que sucedió entre el 18 de marzo y
el 18 de abril en torno al piso franco de Via Gradoli
linda con lo inverosímil, con lo increíble: espíritus
(que, según una carta dirigida por la diputada Tina
Anselmi a esta comisión, parecen mucho mejor in­
formados de lo que luego declararon los participan­
tes en la sesión espiritista), providencial fuga de agua
(aunque una Providencia ayudada, involuntaria o vo­
luntariamente, por mano humana), falta de la más ele­
mental profesionalidad, de la más elemental coordi­
nación, de la más elemental inteligencia.
Aún hay otros episodios que merecen ser exami­
nados con detenimiento. Pasemos por alto el del lago
de la Duchessa, en el que, sin creer en el comunicado,

171
y perdiendo tiempo en decidir si era auténtico o no,
se actuó como si se creyera en él, con el consiguiente
desvío y dispersión de fuerzas, y fijémonos en el de la
imprenta Triaca.
La primera denuncia de personas que se movían en
torno a la imprenta, y eran en cualquier caso sospe­
chosas de vinculación con las Brigadas Rojas, la recibe
la UCIGOS el 28 de marzo. Pero hasta exactamente
un mes después, el 29 de abril, no estima convenien­
te informar a la DIGOS. Este retraso se debe sobre
todo, creemos, a lo que Fariello (de la UCIGOS) llama
«seguimiento intermitente» de una persona sospechosa,
que consiste en seguirla a ratos, para que no se dé cuen­
ta de que la siguen. Pero esto equivale a no seguirla
en absoluto, porque sólo del azar depende que tal se­
guimiento dé resultado. ¿Acaso obedece a hábitos y
horarios quien acude a un lugar secreto, asiste a una
reunión clandestina o hace cualquier otra cosa de las
que hacen quienes conspiran y delinquen ocultamen­
te? Tampoco el que una persona se dé cuenta de que
la siguen depende de la asiduidad con que se la sigue,
sino del cuidado que se tenga al seguirla.
Transcurre, decimos, un mes -durante el cual Moro
sigue encerrado en la «prisión del pueblo»- hasta que
la denuncia, a la que el «seguimiento intermitente»,
propiciado por la fortuna, ha dado fundamento, pasa
de la UCIGOS a la DIGOS. El 1 de mayo se tiene co­
nocimiento de la imprenta Triaca, en Via Pió Foá. Ese
mismo día, la DIGOS pide autorización para efectuar
escuchas telefónicas y ocho días después para regis-

172
Irar el local. Esto último tendría que haberse hecho
<1 9, el mismo día que las Brigadas Rojas informan
del paradero del cadáver de Moro, por lo que el re­
gistro se difiere hasta el 17. Y en esto podemos estar
de acuerdo con Fariello: qué importaba ya... Muerto
Moro, vigilar la imprenta, no ya de manera intermi-
tente sino continua y sagaz, habría podido llevar a la
captura de Moretti; pero tanto el jefe de la UCIGOS
como el jefe de policía De Francesco reconocen que
tuvieron que apresurar la operación por «la presión de
la opinión pública».
El registro a la vez tardío y precipitado de la im­
prenta Triaca da como resultado algo que una vez más
debemos calificar de increíble: el hallazgo de una im­
presora de los servicios secretos del Ejército y de una
lotocopiadora del Ministerio de Transportes. Por lo
que a esta última respecta, nada hemos podido averi­
guar que explique cómo fue a parar desde el Ministe­
rio de Transportes a la imprenta de las Brigadas Rojas,
lo que puede dar idea al Parlamento y a la opinión
pública (a aquella parte de la opinión pública que no
presiona para que se hagan operaciones de efecto y
sabe estar atenta) de las dificultades que ha encontra­
do esta comisión. En cuanto a la impresora, sí hemos
obtenido respuestas, aunque no aclaran cómo llegó a
la imprenta desde los servicios secretos del Ejército.
Que la administración del Estado acostumbre dese­
char máquinas que, compradas por particulares a pre­
cios irrisorios, vuelven a funcionar milagrosamente, es
algo que, en el desorden de las cosas, puede admitir-

173
se; pero que acaben nada menos que en manos de las
Brigadas Rojas, es demasiado y merece una rigurosa in­
vestigación.
Otro hecho digno de mención, también relaciona­
do con «las irregularidades o incumplimientos y corres­
pondientes responsabilidades en la dirección y ejecu­
ción de las pesquisas», es que se descuidó una pista
que podría haber llevado a identificar y detener a no
pocos miembros de las Brigadas Rojas, así como muy
probablemente a liberar a Aldo Moro. Esto lo vemos
nosotros ahora; pero la policía pudo y debió verlo en­
tonces. Dice De Francesco, entonces jefe de policía de
Roma (y su convicción la comparte plenamente Im-
prota, que fue el jefe político): «Si investigamos muy
especialmente al movimiento Autonomía Operaia, in­
cluso antes del secuestro de Aldo Moro, fue porque yo
estaba convencido, y sigo estándolo, de que era el más
peligroso de la capital ... Sobre la cuestión de Autono­
mía Operaia yo insistí desde el primer día, es decir,
desde el 16 de marzo, en que creía que era donde al­
gunos elementos de las Brigadas Rojas habían podido
encontrar amparo»; aunque no vemos cómo la inves­
tigó «muy especialmente» ni «insistió» si no mandó vi­
gilar a los jefes del movimiento, a los que conocía per­
fectamente. Nosotros sabemos ahora lo que el jefe
de policía podía sospechar entonces, según dice estar
convencido, y comprobar: que entre al menos dos
miembros de las Brigadas Rojas y los líderes roma­
nos de Autonomía Operaia hubo contactos y siguió
habiéndolos durante y después de los cincuenta y cin­

174
co días del secuestro. Contactos que se concretaban
en reuniones. Una vigilancia atenta, y sobre todo no
intermitente, de Piperno y Pace habría permitido lo­
calizar a Morucci y Faranda, los dos miembros de las
Brigadas Rojas que participaron en la acción de Via
Fani y que con toda probabilidad seguían acudiendo
al lugar en el que Moro estaba secuestrado y reunién­
dose con los secuestradores. Pero a los miembros de
esta comisión que preguntaban maravillados por qué
no tomó la policía la elemental medida de vigilar a los
líderes de Autonomía Operaia contestaba el jefe de po­
licía De Francesco que porque carecía de hombres...
¡cuando tenía empleados a más de cuatro mil en ac­
ciones puramente efectistas!
A este breve catálogo de irregularidades e incum­
plimientos cabe añadir, por lo ejemplar, el episodio
que cuenta el entonces comandante de la Guardia de
Finanza: el día 16, poco después de los hechos de Via
Fani, «un individuo, que estaba parado en Via Sorelle
Marchisio, reparó en dos personas que venían de Via
Pineta Sacchetti, esquina con Via Montiglio; una de
ellas, delgada, de entre un metro setenta y un metro
setenta y cinco de estatura, vestida con un uniforme de
piloto civil, sostenía firmemente del brazo, agarrándo­
lo por encima del codo, a la otra, más baja, de com­
plexión robusta y barba poblada. Recorrieron un tre­
cho de Via Sorelle Marchisio y al llegar a Via Marconi
doblaron por Via Cogoleto ... Por aquella calle ha­
bía una clínica». Esta información se pasó enseguida
a la DIGOS, pero la orden de inspeccionar la clíni-

175
ca no llegó a la Guardia de Finanza hasta «semanas
después». Todo hace sospechar que lo que vio el anó­
nimo informador estaba relacionado con lo que aca­
baba de ocurrir en Via Fani.
Uno se pregunta a qué puede deberse tanta inefi­
cacia, tanta lentitud, tanto tiempo perdido, tantos erro­
res profesionales. Se dice: a la falta de preparación
para hacer frente al fenómeno terrorista y, particular­
mente, a una acción tan sensacional por objetivo y fi­
nes como la de Via Fani. Pero esta explicación no con­
vence: hemos visto que la policía localizó enseguida
a buen número de miembros de las Brigadas Rojas, al­
gunos de los cuales ahora sabemos que participaron en
la acción, y que se tenían fundadas sospechas de po­
sibles complicidades y apoyos. Podemos admitir que
exista una falta de preparación general ante delitos co­
metidos por grupos a los que protege el miedo y el si­
lencio de los ciudadanos, por un lado, y connivencias
reales o supuestas con el poder, por otro; pero esto no
es sino una explicación parcial. En el caso Moro hay
que buscar otras explicaciones, que son a la vez po­
líticas, psicológicas, psicoanalíticas. Es verdad que lo
que se hizo mal -e impidió acciones más provechosas
y certeras- fue en parte debido a la presión de los me­
dios de comunicación (no diremos de la opinión pú­
blica porque ésta, cuando existe de verdad y se hace
sentir, nunca es tan informe, nunca se contenta con lo
que sea; es más crítica, en fin), operaciones puramen­
te efectistas, como (diría Maquiavelo) desde «arriba» las
juzga Pascalino (aunque si lo sabía, ¿por qué no hizo

176
nada para suspenderlas?), operaciones en las que, para
que llamasen la atención, para que resultaran espec­
taculares, había que emplear muchos hombres y me­
dios, y que, insistimos, impidieron otras fundamenta­
les y necesarias, por no hablar, repitámoslo también, de
que en el único caso en que estas operaciones efectis­
tas dieron, por casualidad, algún resultado -el 18 de
marzo ante la puerta cerrada del apartamento de Via
Gradoli-, a nada condujeron.
Pero la verdadera razón, la explicación principal de
que no se llegara a un desenlace feliz, fue la decisión
de no reconocer que el Moro al que las Brigadas Ro­
jas tenían prisionero era el Moro que, político agudo,
equilibrado y juicioso, se reconocía (ya casi unánime­
mente, como un reconocimiento postumo, necroló­
gico) que había sido hasta las 8:55 horas del 16 de
marzo, momento en el que Moro dejó de ser el que
había sido y se convirtió en otro, como demostraban
las cartas en las que pedía que lo rescataran, y sobre
todo el hecho de pedirlo.
Hemos dicho d ecisió n , palabra formalmente impre­
cisa pero esencialmente exacta. Espontánea o delibera­
da, repentina o gradual, de pocos o de muchos, fue sin
duda una decisión, por el hecho mismo de que se pudo
tomar otra. Sabemos que no hay pruebas documenta­
les de que esa decisión, oficialmente nunca declarada,
influyera en los tiempos y modos de la investigación,
y hasta admitimos que no influyó a nivel de concien­
cia y de consciencia, o sea, que no hubo mala fe; pero
no puede menos de reconocerse, y no hay más que

177
leer la prensa de entonces, que se creó una atmósfera,
un ambiente, un estado de ánimo, la persuasión ge­
neral (con raras excepciones) de que el Moro d e a n tes
estaba como muerto y de que recuperar vivo al o tr o
Moro casi era como encontrarlo cadáver en el malete­
ro de un Renault. Al principio, para explicar el con­
tenido de sus cartas, se dijo que era víctima de coaccio­
nes, maltratos, drogas; luego, cuando Moro empezó a
insistir en su lucidez y libertad de espíritu («al menos
toda la lucidez que un hombre puede tener después
de llevar quince días en una situación excepcional, sin
nadie que lo consuele y sabiendo lo que le espera»),
se pasó a hablar compasivamente de otro Moro, de un
Moro distinto, tan otro, tan distinto, que creía estar
lúcido y libre cuando no lo estaba. Y este otro Moro
pedía que le salvaran la vida empleando los mismos
mecanismos que el Moro primero, en sus responsabi­
lidades políticas y de gobierno, empleó o aprobó, vio­
lando las leyes del Estado pero por la tranquilidad del
país, y que, «no una, sino varias veces, permitieron la
liberación de palestinos detenidos e incluso condena­
dos con el objeto de evitar graves represalias...». Estos
mecanismos, que la opinión pública ignoraba, se usa­
ron, claro está, con el silencio del gobierno, de los par­
tidos del gobierno, del Parlamento, y podía haberse re­
plicado a Moro que no sería en silencio, sino con gran
escándalo y descrédito, como se recurriría a ellos en su
caso. Pero se prefirió desautorizar e invalidar sus argu­
mentos desde un punto de vista clínico en vez de po­
lítico, considerándolos delirios de prisionero. Por eso

178
no se dio ninguna importancia a las cartas en la inves­
tigación. El entonces ministro del Interior, Cossiga, ha
negado de la manera más rotunda que se intentara des­
cifrar las cartas de Moro: «No se hizo ningún intento
por descifrarlas durante el secuestro. Trabajábamos con
métodos artesanales. Los que sí se sometieron a aná­
lisis lingüísticos fueron los mensajes de las Brigadas
Rojas...» (en qué consistieron estos métodos artesana­
les y cuáles fueron los resultados de estos análisis lin­
güísticos pudo verse también entonces). Pero el mis­
mo Cossiga, después de decir que sobre las cartas de
Moro se pueden expresar «opiniones encontradas e
incluso dolorosas», reconoce que «Moro, con su luci­
dez, con su inteligencia, con todos sus argumentos,
comprendió lo que querían quienes hablaban con él:
que se reconociera que,'aunque fuera del Estado, eran
una parte de la sociedad con la que se podía tener una
relación dialéctica». Precisamente; y Moro, sin pres­
cindir de sus convicciones más arraigadas (que Cossiga
ha resumido bien, véanse si no las lecciones de Moro
sobre el Estado), tenía que seguirles la corriente, hasta
que la policía lo encontrase. No se comprende por qué
Moro, hombre de gran inteligencia y perspicacia, ha­
bía de comportarse como un idiota: si le permitieron
comunicarse con el exterior y ganar tiempo, no iba a
dejar de aprovecharse. Y aunque la única esperanza
que decía tener era la del canje, es de suponer que al­
bergaba otra: que las fuerzas del orden dieran con su
paradero. Y, en consecuencia, debió de intentar dar al­
guna pista sobre el lugar en el que se encontraba, es-

179
condiéndola, se entiende, cifrándola. Cualquiera lo ha­
bría intentado. A Moro, en cambio, se le negaron esta
capacidad y esta intención, cuando era, por la aten­
ción que dedicaba a las palabras, por el uso incluso
alambicado que hacía de ellas, la persona más idónea
para esconder (por decirlo con Pirandello) cosas en­
tre palabras.
La clave de sus mensajes podía buscarse, por ejem­
plo, en el uso impreciso de ciertas palabras, en la dis­
tracción llamativa. Cuando, para dar idea de las con­
diciones en las que Moro se encontraba, Cossiga y
Zaccagnini citan la frase de una de sus cartas (preci­
samente la dirigida a Cossiga, ministro del Interior)
«me hallo bajo un dominio pleno e incontrolado», no
caen, curiosamente, en la cuenta de lo incoherente de
la frase y de lo poco que define la clase de dominio
bajo la que se hallaba. Pues ¿qué significa «incontro­
lado»? ¿Quién podía o debía controlar a las Brigadas
Rojas? Por eso parece muy plausible (sobre todo des­
pués de las declaraciones de los ex terroristas) desci­
frarla como se nos ha sugerido: «me hallo en un edi­
ficio (co n d o m in io ) muy habitado y aún no controlado
por la policía». Y seguramente también las palabras
«bajo» (so tto ) y «sometido» (so tto p o sto ) encerraban una
indicación topográfica. Pero no ya descifrar, tampo­
co se quiso prestar atención a lo evidente, como a ese
«aquí» que quizá escapó a la censura que Moro de­
bía imponerse y desde luego a la de las Brigadas Ro­
jas, y que inequívocamente hay que entender como
«en Roma» («y habría que pedir al embajador Cotta-

180
favi que viniera aquí»). Y no era indicación baladí, te­
niendo en cuenta con cuánto inútil ahínco se lo bus­
caba fuera de Roma. En fin, no se confió en la inteli­
gencia de Moro, en que fuera superior cuando menos
a la de sus carceleros. Se podía, sin ceder en la fir m ez a ,
seguir dialogando con él, bien públicamente, oponien­
do razones a sus razones, que lo eran y no desvarios,
bien secretamente, buscando en sus cartas los men­
sajes que era probable y posible que ocultaran. Pero
no: los expertos se aplicaron a estudiar el lenguaje de
las Brigadas Rojas, que no había que ser ningún ex­
perto para ver que era pobrísimo, hecho de eslóganes,
de id ees regu es de la retórica revolucionaria, de restos de
manuales de sociología y de guerrilla. ¿Y qué impor­
ta si el italiano de las Brigadas Rojas parece traducido
de otra u otras lenguas? El italiano de las Brigadas Ro­
jas es, valga la redundancia, el italiano de las Briga­
das Rojas. «Traducciones» de muy otras cosas mere­
cen atención, y que, en el estado actual de la cuestión,
son, y quizá sigan siendo en un futuro inmediato, me­
ras hipótesis. ¿Qué significa, por ejemplo, esta frase de
una de sus últimas cartas: «Esta tesis no hace sino jus­
tificar el peor rigor comunista y contribuye a la uni­
dad del comunismo», frase a la que hasta ahora no se
ha dado la importancia que merece?
Las tesis a las que Moro se refiere son las de la no
negociación, las de la firmeza, y se comprende que las
considere propias del peor rigor comunista cuando
las adopta Democracia Cristiana, partido nada riguro­
so, como él sabe muy bien. Pero ¿a qué se refiere con

181
lo de la «unidad del comunismo»? ¿No puede referir
se con esta expresión a una posible, si no cierta, co­
nexión de las Brigadas Rojas con el comunismo inter­
nacional o con algún país comunista?
Averiguar si tal conexión existe (no necesariamente,
se entiende, con el comunismo y con países comunis­
tas, sino con aquellos países, regímenes y gobiernos
que podían y pueden tener algún interés en «desesta­
bilizar» Italia) es una de las tareas que el Parlamento
ha encomendado a esta comisión en los puntos g ) y
h ) de la ley constitutiva. A la cuestión de si hubo con­
tactos entre las Brigadas Rojas y grupos terroristas ex­
tranjeros podemos contestar sin dudarlo: los hubo,
aunque no se sabe con qué frecuencia ni con qué al­
cance. Ahora, sobre las tramas, complots y relaciones
internacionales que puedan haber existido más allá y
por encima de los contactos de los grupos terroristas
nada se sabe a ciencia cierta. Y es lógico: este tipo de
cosas se saben con los años, gracias al examen de los
archivos, al trabajo de los historiadores. Podemos de­
cir que hay nombres de países que se repiten con cier­
ta frecuencia: países de Oriente Medio, Checoslova­
quia, Libia y, últimamente, Bulgaria. Pero son, por
decirlo con palabras de los hombres de gobierno a los
que esta comisión ha preguntado, «rumores». No pa­
rece que se basara en «rumores» Andreotti cuando, el
18 de mayo de 1973, siendo entonces primer minis­
tro, habló en el Senado de un país en el que jóvenes
italianos habían recibido adiestramiento en cierto tipo
de guerrilla y, ante las protestas de Bufalini, que creía

182
que se refería a la Unión Soviética, precisó que se tra­
taba de Checoslovaquia. Sí se basaba, en cambio, en
«rumores» cuando, el 23 de mayo de 1980, daba a esta
comisión una versión sumamente reductiva de lo que
siete años antes, como primer ministro, había afirma­
do categóricamente: «Es verdad que algunos terroristas,
acusados de actos terroristas, habían estado en Che­
coslovaquia. Pero a Checoslovaquia van miles de per­
sonas, y no pudo averiguarse que tuvieran con aquel
país algo más que una relación de carácter turístico».
Es evidente que Andreotti no había oído el «rumor»
de que, entre los miles de italianos que van a Che­
coslovaquia por turismo, los servicios de inteligencia
seleccionaron a unos seiscientos a los que podía con­
siderarse menos turistas que el resto. Y era un «rumor»
basado en un informe del CESIS, posterior sin duda
a septiembre de 1979, en el que, recogiendo otros «ru­
mores» del SISMI, del SISDE:;' y del Comando Gene­
ral del Cuerpo de Carabineros, se decía: «Desde 1948
hasta la actualidad, al menos dos mil italianos, según
datos elaborados por diversas fuentes, han asistido a
cursos para activistas radicales en Checoslovaquia y en
otros países; de ellos, se conocen seiscientos con nom­
bres y apellidos». Y en lo que a Checoslovaquia res­
pecta, añade: «En Milán y en Roma residen miembros
italianos del servicio secreto checoslovaco que están en
contacto con los diversos grupos terroristas y cuyo co­
metido consiste en reunir documentación acerca de los
* C E S I S , S I S M I y S I S D E so n siglas de ó rg a n o s de los servicio s secre­
tos italian o s; el se gu n d o es d e carácter m ilitar. (N . d e l T.)

183
voluntarios y en transmitirla a la embajada checoslo­
vaca, la cual la envía a su vez a Praga. Los aspirantes
más destacados por su fanatismo, agresividad y apti­
tud militar, son enviados con pasaportes falsos a Che­
coslovaquia u otros países, donde reciben auténticos
cursos paramilitares. Superada la fase de instrucción,
los terroristas vuelven a Italia con un notable bagaje
teórico y práctico, que transmiten a otros miembros
de la organización a la que pertenecen». Y si estos de­
talladísimos informes no son más que «rumores», ha­
brá que deducir que todos los servicios secretos ita­
lianos trabajan basándose en «rumores», lo que no es
nada tranquilizador para el contribuyente. También
podemos concluir como concluye Lugaresi, director
de uno de los servicios secretos: «Sobre la cuestión de
las conexiones internacionales quisiera decir lo si­
guiente: es verdad que hay un intenso mercado de ar­
mas que no es fácil combatir porque es como el de la
droga, no se mueve tanto por intereses políticos como
comerciales. Y también hay un intercambio de hom­
bres entre grupos que tienen objetivos desestabiliza­
dores. Quizá haya designios político-estratégicos. Pero
son los políticos quienes han de sacar este tipo de
deducciones a partir de los datos concretos que noso­
tros suministramos a diario...». Nunca mejor dicho.
Nótese que, a este respecto, el general Dalla Chie-
sa, que en su primera declaración tendía a considerar
también «rumores» lo que se decía sobre las conexiones
de las Brigadas Rojas con servicios secretos extranjeros,
y pensaba que Moretti era el máximo cerebro de las Bri­

184
gadas Rojas, pasados casi dos años, en la segunda de­
claración, preguntado sobre si seguía pensando lo mis­
mo, contestaba: «Últimamente me han entrado dudas
... Ahora que hace tiempo que no estoy en la refriega
y soy de algún modo un observador con cierta ex­
periencia, me pregunto dónde están las carteras y la
primera copia del llamado “memorial Moro”. No ha
habido una sola pista, un solo terrorista arrepentido o
disidente que haya dicho nada al respecto, ni lamen­
tado la desaparición de nada ... Yo creo que pudo ha­
ber alguien que recibió todo eso ... No hay que olvi­
dar que esa gente viajaba al extranjero, Moretti iba y
venía».
Celebramos que le hayan entrado dudas; lástima
que le hayan entrado cuando ya no estaba «en la re­
friega».

Queremos señalar un último detalle que demuestra


cómo la voluntad de encontrar a Moro iba inconscien­
temente debilitándose y perdiéndose. Inmediatamente
después del secuestro se creó un Comité Interminis­
terial por la Seguridad que se reunió los días 17, 19,
29 y 31 del mes de marzo, una sola vez en abril, el 24,
y luego los días 3 y 5 de mayo. Mientras que el llama­
do Grupo Político-Técnico-Operativo, que presidía el
ministro del Interior y estaba compuesto por miem­
bros del gobierno, jefes de policía y de los servicios de
información y secretos, el jefe de policía de Roma y
otras autoridades de las fuerzas de seguridad, si bien se

185
reunió a diario hasta el 31 de marzo, a partir de este día
sólo lo hizo tres veces por semana, aunque de estas
reuniones posteriores al 31 «no consta ni siquiera un
apunte». Y era el órgano que, constituido al efecto,
debía analizar la información y decidir y coordinar las
acciones.

R om a , 2 2 d e j u n i o d e 1982

P.S. Entregué este informe en junio de 1982 (pues


en esa fecha se acordó que se presentaran los infor­
mes), y hoy, antes de darlo a la imprenta, hago dos rec­
tificaciones de acuerdo con los últimos datos de que ha
tenido conocimiento la comisión: 1) ya se sabe cómo
llegaron a la imprenta Triaca las dos máquinas, según
se desprende del informe presentado por la mayoría
gubernamental. Hay, pues, que responsabilizar a la fa­
talidad de que máquinas desechadas como inservibles
por la administración del Estado acaben en manos de
las Brigadas Rojas y funcionando perfectamente; 2) el
informe que atribuíamos al CESIS parece ser obra
del SISMI. Leyéndolo, sin embargo, persiste la impre­
sión de que sea de algún organismo del que el SISMI
formaba parte.

186
Últimos títulos

721. L a s b a ta lla s e n e l d e s ie r to
J o s é E m i lio P a c h e c o

722. D e q u é h a b lo c u a n d o h a b lo d e c o rre r
H a ru k i M u ra k a m i

723. C u a d r a n t e L a s P la n a s
W i l l y U r ib e

724. C o n tr a lu z
T hom as P ynchon

725. L a ú lt im a n o c h e e n T w is te d R iv e r
J o h n I r v in g

726. E l b a ila r ín ru s o d e M o n te c a r lo
A b ilio E s té v e z

727. S e d a r o ja
Q i u X i a o lo n g

728. E l té d e P ro u s t
C u e n to s re u n id o s
N o rm a n M a n ea

729. L a v id a d o b le
A r t u r o F o n t a in e

730/ 1. I n é s y la a le g ría
A lm u d e n a G r a n d e s
731. Las uvas de la ira
J o h n S te in b e c k

732. El mar color de vino


L e o n a r d o S c ia s c ia

733. Lo que queda de nosotros


M ic h a e l K im b a ll

734. El principio del placer y otros cuentos


J o s é E m ilio P a c h e c o

735. Todo lo que se llevó el diablo


J a v i e r P érez A n d ú ja r

736. Ilustrado
M ig u e l S y ju c o

737. Tea-Bag
H e n n in g M a n k e ll

738. La tercera mañana


E d g a r d o C o z a r in s k y

739. Los pobres desgraciados hijos de perra


C a r lo s M a r z a l

740. No dormir nunca más


W ille m F re d e r ik H e rm a n s

741. Ahora lo veréis


E li G o ttlie b

742. El caso Moro


L e o n a r d o S c ia s c ia

743. Las brujas de Eastwick


J o h n U p d ik e