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poemas de Chiara De Luca

Soy esta casa derruida


de ventanas ciegas y fumo

contra el cielo, partida

por haber defendido demasiado.

No me llames, vuelve sólo

si es para reconstruir.

Todo tiembla entrando

estallan las grietas del silencio,

desquician las puertas hacia la oscuridad.

No se redisponen las piedras

porque no tiene más herederos el sueño

no ha olvidado nada que se pueda robar.

Sólo las paredes exteriores saben estar

blancas al encontrarse con el viento.

Es extraño ver cómo puede el viento


liberar el cielo y aliviar en vuelo

los brazos de los árboles de nuevo genuflexos.

A la prisionera en casa aún le falta mucha luz

bebida por el edificio a pocos metros desertado,

mientras sobre la terraza los paños juegan con los hilos

recargados bailan desaliñados y como ignorantes


del tiempo oculto que marcado por el silencio

hace meses en mi barrio replica solamente

la belleza dura de tus ojos en el andar

la trágica sabiduría que enmascara los miedos

los gritos de los niños en ese corral

tan puros

            (De La corola della memoria, 2008)

Nunca estuvo tan cerca el horizonte


como aquella noche en tus ojos

cerrados por un instante inerme

cielo todo dilatado en el aliento

minúsculo entre tus sienes el tiempo

en pasos del corazón, demasiado densos para contarlos.

Créeme si digo son los sueños


celosos que nos copian la vida

nos roban el tejido de vestir,

entre barras de sueño somos verdaderos

sólo así miramos fuera. Tú

dijiste como siempre saber

no será la ceniza

la última palabra y cosa

ahora

            (De Animali prima del diluvio, 2010)

Irma
 

Irma era mi tercera abuela honoris causa

nadie lo sabía, pero ella era la reina

de la calle en que vivía cuando niña;


 

con su cintura fina y sus caderas danzando

sus piernas de juncos y los lirios de sus dientes

y las camelias de sus cabellos peinados con cuidado

alrededor de su cabeza como una corona,

Irma nunca frenaba

a bordo de su blanco Cinquecento

cuando en tacos altos y traje de chaqueta

las uñas esmaltadas y el parasol chillón,

viajaba orgullosa y erguida hacia el mar;

Irma que fingía hornear

la legendaria rosca “superior”

que compraba en secreto al pastelero

para nosotros, los niños, cada fin de semana;

Irma que decía que hay que hablar con las flores,

nunca dejarlas solas en el silencio,

Irma que exhumaba ciclaminos y aparecía

en medio de ellos sonriente en el alféizar

apoyándose para invitarnos a subir;

Irma que sin una razón

un día me regaló el sol

amarillo de mi pequeño tenor

 
Cippi el canario que sabía

rugir con su voz como un río

perderse entre los remolinos y las olas del mar

de su solo que parecía subir

infinito para desvanecerse cuando el sol

se ponía con la cabeza bajo el ala;

Irma que un día me dejó sola

cuando estaba tan lejos

de mi ciudad tan sorda o burlona.

                        A Ferrara

Después de veinte años te vuelvo

a mirar desde afuera directo al corazón

como un viajero que ya no va buscando

desde hace tiempo ninguna referencia, madre

tan leve despistada e insolvente,

eternamente infante, mi Ferrara

no hay arrugas en tu rostro solamente

tus bares han aumentado y tus locales

están abiertos a un ejército atascado en el tiempo


 

de los jóvenes en uniforme para el aperitivo

inscritos de oficina a las “compas” que la tarde

se reúnen en el estacionamiento del “Hiper” a pasar

la mitad de la noche decidiendo qué hacer.

Vuelvo para el abrazo de quilómetros de muros

con mis manos abiertas que no conocen otras manos

y mis ojos entre los ojos de mis disímiles lejanos;

para el musgo empapado y el laurel de los jardines

el manto del silencio que abre los días festivos,

por el canto desentonado de los palomos que me recuerda

el ritmo sincopado de los versos cuando tropiezan,

para la alegre obstinación de las viejas campanas

que a los deberes llaman al último fiel,

para el saludo de los viejos en el medio del alféizar,

las riñas de las mujeres en el mercado de mi barrio,

para los comerciantes que saben mis horarios,

y todo eso que cuenta, los nombres de mis perros,

por la quietud de sobremesa somnolienta

cuando a las ocho estalla el toque de queda,


 

por el slalom en las calles del centro entre los ciclos,

los cruces de los rostros y los balcones ruinosos,

los callejones como túneles entre los edificios,

los frisos sobre los portones y las desteñidas inscripciones,

para la muda derrota de las prisiones antiguas.

Vuelvo a sentirme contar por las piedras,

por el árbol grande dónde enterré

al viejo pez rojo y a mi hermano pajarito,

vuelvo a escardar la niebla para descubrir

el rostro de los recuerdos que nunca se quieren desvanecer

y quedan escondidos como espectros para permanecer,

mientras se esfuman en la oscuridad los lugares del calvario

trasladado a Cona el hospital está lejano

asemeja ahora a un colegio americano

la escuela que cada día veía mi liberación

de los otros en el baño a la hora de la “recreación”

mucho antes de que aprendiera a deglutir

la nostalgia del mundo, la sequía del amor.


 

No soy yo quien quiso a este hijo,


 

dices a quemarropa y lo miras sonriendo

él, que desde la puerta te sonríe

de rebote, gira sin mirada

hacia la portilla abierta al exterior

a un llanto de sirenas que se acercan

al portón de las urgencias que siempre está abierto,

cada día estriado de azul y de tormento,

mientras la mujer a tu lado se sobresalta

y se hunde deprisa en su chal.

Sin embargo, es para él que cada mañana me despierto

pero lo he entendido sólo ahora que de cáncer

me estoy muriendo.

Ocaso
 
No digo que no exista el amor

murmuras en ruego después de una hora

de charlas y risotadas agudas de niña;

te envuelves la falda alrededor de los tobillos,

tirándote los puños del jersey sobre las manos

para posar tu mentón sobre el dorso

sentándose conmigo sobre la acera

– entre cucuruchos llovidos a dos metros de la papelera

pan, maíz y guano sobre el peldaño,

contando sobre el pavimento los tacones y mocasines

las ruedas del bus, de las bicicletas y de los cochecitos –

pero hoy el amor es este triste río,

invadido por rechazos y ratas de alcantarilla,

que en el caos del centro corre despreocupado

del estruendo entrometido de los coches que lo invade

nosotros somos las figuras alineadas sobre el puente,

que ves delineándose indistintas en el ocaso:

hay quien al parapeto se asoma quizás en busca,


quien de pronto se petrifica en la tormenta,

quien por error o aburrimiento se pone de pie en el centro;

la mayoría va más allá al horizonte de los otros,

o de un trabajo, un techo, un reconocimiento,

una pantalla, una corneta, un agujero dentro

y el sol lentamente en el agua se va desvaneciendo.

            (Del inédito Alfabeto dell’invisibile)

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(versión original en italiano)

La poeta Chiara De Luca


Crédito de la foto: Facebook Chiara De Luca

7 poesie de Chiara De Luca


 
Sono questa casa diroccata
di finestre cieche e fumo

contro il cielo, spaccata

dall’aver troppo difeso.

Non chiamare torna solo

se per ricostruire.

Tutto trema vedi nell’entrare

scoppia le crepe del silenzio,

scardina le porte verso il buio.

Non si ridispongono le pietre

perché non ha più eredi il sogno

non ha dimenticato nulla da rubare.

Solo le pareti fuori sanno stare

bianche incontro al vento.

È strano vedi come possa il vento


liberare il cielo e alleggerire in volo

le braccia degli alberi di nuovo genuflessi.

Prigioniera in casa manca ancora tanta luce

bevuta dal palazzo a pochi metri desertato,

mentre sul terrazzo i panni giocano coi fili

appesantiti danzano sgraziati e come ignari

del tempo segreto che battuto dal silenzio

da mesi nel quartiere non fa che replicare

la bellezza dura dei tuoi occhi nell’andare


la tragica saggezza che traveste le paure

le grida dei bambini in quel cortile

così pure

            (Da La corola della memoria, 2008)

Mai fu così vicino l’orizzonte


come quella notte nei tuoi occhi

chiusi per un attimo indifesi

cielo tutto dilatato nel respiro

minuscolo tra le tempie il tempo

in passi di cuore troppo fitti da contare.

Credimi se dico sono i sogni

gelosi che copiano la vita

ci rubano la stoffa da indossare,

tra sbarre di sonno siamo veri

solo così guardiamo fuori. Tu

dicevi come sempre di sapere

non sarà la cenere

l’ultima parola e cosa

ora

            (Da Animali prima del diluvio, 2010)

Irma
 

Irma era la terza nonna honoris causa

nessuno lo sapeva ma lei era regina

della strada che abitavo da bambina;

con la vita fina e i fianchi danzanti

le gambe di giunchi e i gigli dei denti

e camelie di capelli cotonati con cura

attorno al capo come una corona,

Irma non perdeva un solo colpo

a bordo dalla bianca Cinquecento

quando in tacchi alti e completo elegante

lo smalto sulle unghie e il parasole sgargiante

partiva dritta e fiera verso il mare;

Irma che fingeva d’infornare

la mitica ciambella “superiore”

che dal pasticcere invece comprava

per noi bambini nel fine settimana;

Irma che diceva di parlare con i fiori

di non lasciarli mai nel silenzio da soli,

lei che riesumava ciclamini e vi spuntava

nel mezzo sorridente al davanzale

sporgendosi per invitarci a salire;

 
Irma che senza una ragione

un giorno mi ha donato il sole

giallo del mio piccolo tenore

Cippi il canarino che sapeva

scrosciare con la voce come un fiume

perdersi in onde e vortici nel mare

del suo assolo che sembrava risalire

infinito per sfumare quando il sole

tramontava con il capo sotto l’ala;

Irma che mi ha lasciata sola

quando ero già tanto lontana

da questa mia città così sorda o burlona.

                        A Ferrara

Dopo vent’anni ti ritorno

a guardare da fuori dritto nel cuore

da viaggiatore che più non cerca

da tempo alcun riferimento, madre

così lieve distratta e inadempiente,


eternamente infante, mia Ferrara

non una ruga hai sul volto soltanto

i tuoi bar sono cresciuti e i locali

aperti all’esercito fermo nel tempo

dei giovani in divisa per l’aperitivo

iscritti d’ufficio alle “compa” che a sera

si trovano al parcheggio dell’Iper a passare

metà della serata nel decidere che fare.

Torno per l’abbraccio di chilometri di mura

con le mani aperte che non ne sanno altre

e gli occhi tra gli occhi dei dissimili distanti;

per il muschio fradicio e l’alloro dei giardini

il manto di silenzio che apre i giorni festivi,

per il canto stonato dei colombi che ricorda

il ritmo sincopato del verso quando inciampa,

per la gaia ostinazione di antiche campane

che al dovere richiamano l’ultimo fedele,

per il saluto dei vecchi al davanzale,

gli screzi delle donne al mercato di quartiere,

 
per i negozianti che di me sanno gli orari,

tutto ciò che conta, il nome dei miei cani,

per la quiete da dopocena assonnato

quando alle otto scatta il coprifuoco,

per lo slalom nelle strade del centro tra le bici,

gli incroci di volti e i balconi fatiscenti,

i vicoli scavati come tunnel tra i palazzi,

i fregi sui portoni e le pallide iscrizioni,

per la muta sconfitta di antiche prigioni.

Torno a sentirmi raccontare dalle pietre,

dall’albero grande dove seppellivo

il vecchio pesce rosso e il fratello uccellino,

torno a sarchiare la nebbia per scoprire

il volto dei ricordi che non vogliono svanire

e restano nascosti come spettri per restare,

mentre sfumano nel buio i luoghi del calvario

trasferito a Cona l’ospedale è ormai lontano

somiglia adesso a un college americano

 
la scuola che ha visto la mia liberazione

dagli altri in bagno per la ricreazione

molto prima che imparassi a deglutire

la nostalgia del mondo, la siccità d’amore.

Io non l’ho voluto questo figlio,


 

dici a bruciapelo e guardi sorridendo

lui che dalla porta ti sorride

di rimando, si volta senza sguardo

verso l’oblò aperto sull’esterno

a un pianto di sirene in avvicinamento

al portone del pronto soccorso sempre aperto,

ogni giorno striato di azzurro e di tormento,

mentre la donna al tuo fianco sobbalza

e nello scialle rapida sprofonda.

Eppure è per lui che al mattino mi risveglio

però l’ho capito solo ora che di cancro

sto morendo.
 

Tramonto
 

Non dico che non esista l’amore

mormori in preghiera dopo un’ora

di chiacchiere e risate acute da bambina;

ti avvolgi la gonna attorno alle caviglie,

tirandoti i polsini della maglia sulle mani

per posarvi il mento sopra il dorso

sedendoti con me sul marciapiede

– tra cartocci piovuti a due metri dal cestino

pane, granturco e guano sul gradino,

contando sul selciato tacchi e mocassini

ruote di trolley, bici e passeggini –

ma oggi amore è questo triste fiume,

invaso da rifiuti e pantegane,

che nel caos del centro scorre incurante

del rombo delle auto che lo soffoca invadente,


 

noi siamo le figure allineate sopra il ponte,

che vedi profilarsi nel tramonto indistinte:

c’è chi al parapetto si sporge forse in cerca,

chi impietrisce a un tratto nella tormenta,

chi per sbaglio o noia si arresta nel centro;

i più vanno oltre all’orizzonte degli altri,

o di un lavoro, un tetto, un riconoscimento,

uno schermo, una cornetta, un buco dentro

e il sole lentamente nell’acqua va svanendo.

            (Da l’inedita Alfabeto dell’invisibile)