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Proceso de Lectura y Escritura
Proceso de Lectura y Escritura
Sin embargo, esto es sólo una cara del proceso. Expresa la generalidad;
importantes investigaciones psicogenéticas informan sobre cómo los niños
aprenden a “leer” y a “escribir” antes de hacerlo convencionalmente. Sin lugar a
dudas, este conocimiento es de sumo beneficio para la práctica docente.
La otra cara del proceso, no está en los libros, no surge como resultado de
investigaciones, la otra cara se inscribe con el deseo puesto en juego en la
singularidad de cada niño.
Karen, es una niña que con sus largas trencitas, sus ojos vivaces, y sus cinco
añitos, llegó a mi sala de “apoyo psicopedagógico” en una escuela de educación
primaria porque “No atiende, conversa, se distrae, le cuesta mucho...”
Los niños en primer grado deben iniciarse en la escritura y la lectura. Pero Karen no
puede, Karen está “en otro lugar”. No atiende, porque tal vez esté atenta a otra
cosa que no es precisamente lo que la escuela demanda que atienda.
Mi primer paso fue recavar información acerca de su historia escolar. Había cursado
en la misma escuela la sala de 5. Recurrí a sus legajos, a través de los cuales tomé
conocimiento sobre el desinterés manifiesto por Karen hacia la escritura(su nombre
propio, inclusive). También recogí otros datos: Karen era gustosa de la
representación en el rincón teatral, pero siempre su lugar era el de un personaje
secundario. Indagué, pues, acerca de su constelación familiar que se conformaba
así: madre, padre, y un hermanito, menor, de 3 años. La invité a efectuar varios
dibujos, donde aparecen manifiestos, claramente, los celos hacia su hermano.
Karen se dibuja siempre aislada del grupo familiar, al margen de la escena, “en otro
lugar”.
Este dato, fue muy importante para abordar la tarea de apoyo; sumado a otro de
no menor importancia y que linda con una escasa estimulación desde el hogar y sus
figuras parentales.
Este documento de apoyo técnico pedagógico ha sido pensado como una guía de
trabajo para el profesor en el aula, en búsqueda de una práctica acorde con un
enfoque educativo constructivista. Está basado en la revisión de las últimas
investigaciones sobre la naturaleza y sentido del lenguaje escrito y su proceso de
aprendizaje, y en la propia experiencia de aplicación de la propuesta, llevada a cabo
por el autor y por un equipo de docentes del MINEDUC[1] con grupos de niños de
diverso número, origen sociocultural y problemáticas de aprendizaje.
Esta propuesta exige que se debe respetar siempre al niño como un ser
pensante, es decir, como un sujeto con una mente siempre activa que no se limita
a recibir pasivamente la información o copiar modelos provenientes del entorno,
sino que, actuando inteligentemente sobre aquello, llega así a realizar su propia
interpretación y construcción de esos estímulos.
Lo difícil es poner a los niños en situación de pensar, y por lo tanto la tarea del
educador será encontrar la estrategia adecuada, o aprender a ser sensible ante
esta actitud activa tan normal en ellos. A propósito, ¿en cuáles situaciones
pedagógicas planificadas los niños reflexionan más intensamente en un día escolar
ordinario? Seguramente lo primero que viene a la mente son la resolución de
operaciones y situaciones problemáticas, en matemáticas y afines, pero,… ¿y qué
otras?
Como respuesta a la cuestión anterior decimos que respetar a los niños como
sujetos activos implica, por supuesto, brindarles las oportunidades y espacios
para que lo sean, lo cual es un deber ineludible de la escuela si consideramos la
procedencia socio - cultural de la mayoría de nuestros niños. Esto último quiere
decir que:
q El niño tiene que estar en contacto real con los objetos o contenidos a
conocer, es decir, estar en el contexto, manipular, observar, tener la experiencia
de, etc., para aprender directamente de la experiencia.
q Aprovechar todo lo que sabe del mundo y del lenguaje, como punto de partida
para cualquier actividad, a través de un amplio diálogo grupal o individual.
II. En qué condiciones llega a la Escuela un niño que ha nacido en una “cultura
letrada” como la nuestra, considerando todo el lenguaje escrito que le llega a
través de la TV, “rayados callejeros”, revistas, propaganda, etc.? ¿qué sabe de
lecto – escritura?
Pero cabe destacar aquí otro aspecto interesante del problema: los niños saben
leer y escribir antes de ingresar a la escuela, aunque de un modo distinto al
del adulto, que ya tiene más experiencia como lector. Ellos hacen uso de las
estrategias mentales[3] que le han servido hasta este punto para aprender otras
cosas, como por ejemplo, aprender a hablar.
Por este mismo motivo, conviene dejar sentada aquí la conveniencia de fomentar
desde un comienzo estas estrategias cognitivas y metacognitivas de aprendizaje
inicial, poniendo a los niños en situación de comprender y explorar el texto, a
través de la lectura silenciosa, en vez de iniciar su alfabetización con el molesto
deletreo: a su tiempo, en algún momento, ellos lo utilizarán espontáneamente
cuando hayan entendido las reglas de funcionamiento del sistema.
Al igual que en el caso de la lectura, los niños hacen uso de lo que saben de la
escritura para comunicarse, expresarse, o entretenerse, etc., valiéndose de su
propia re - invención del lenguaje escrito. Por medio de este sistema recreado - que
tiene sus propias reglas pero no por eso es menos exigente -, van aproximándose
al sistema alfabético convencional para escribir, produciendo, experimentando y
aprendiendo en un proceso que atraviesa por diversos periodos y etapas de
desarrollo[4].
Probablemente ocurra que estén más interesados y activos (la gran mayoría)
porque la motivación o curiosidad les surge desde su mundo interno, dadas las
características de la actividad en sí misma. ¿Cuál es la magia?
ð con su realidad: los hechos que le suceden a diario, especialmente lo que tiene
que ver con sus emociones, y
ð con sus intereses: temas como fútbol, juguetes favoritos, “me gustaría que mi
mamá no…”, “el recuerdo más bonito que tengo es…”, “¿de dónde venimos?”, etc.
Pero, ¿qué pasa con esos niños que están distraídos conversando, paseándose
(¡saltando, más bien dicho!) por la sala, y tal vez haciendo otra cosa? ¿estarán
activos ellos también? Seguramente vienen a la mente imágenes sobre fulanita o
sutanito, que siempre están comportándose tan hiper - activos (¡y lo hacen
bastante bien!).
Debemos reconocer y recordar que no hay cosa más inquietante e insoportable que
la lata. Nosotros los “grandes” podemos demostrarla, porque se nos permite, o nos
permitimos. Pero, los niños encerrados en una sala de clases, ¿qué pueden hacer?
IV. ¿Por qué los niños aprenden tan rápido las reglas de un juego, o
la construcción de un juguete simple, o las canciones y rondas, en
cooperación con sus pares?
Uno ve a los niños interactuando con otros niños y no le parece novedoso que
aprendan juntos. Actualmente se le está prestando cada vez más atención a las
estrategias de trabajo grupal, las que, más allá de reforzar la formación de
valores como la solidaridad, o la afectividad, o facilitar ciertas actividades manuales
y físicas, son un factor fundamental en el desarrollo del intelecto y del pensamiento
lógico[6]. Como señalan las investigaciones, el trabajo grupal permite que los niños
puedan confrontar sus diferentes ideas, modificar sus esquemas rígidos y auto -
regularse entre sí y a sí mismos en su conducta. Pero, ¿cómo y dónde aprendió el
niño a interactuar y comunicarse con otros?, ¿dónde aprendió a aprender
interactuando con otros?, ¿dónde aprendió las primeras reglas y convenciones
sociales, y los significados de gestos y palabras para comunicarse con otros?
Por eso esta propuesta señala que siempre se deberían propiciar interacciones
entre los niños, en un trabajo grupal cooperativo, lo cual significa:
Es verdad que en la sala les cuesta cooperar y ponerse de acuerdo en algo, ya que
no están acostumbrados a trabajar en grupos de aprendizaje, dado el
adiestramiento escolar: aulas “frontales”, relación individualista y competitiva con
la tarea, o relación individualista y dependiente con la tarea, etc., que pone de
manifiesto la “pedagogía del aislamiento”. Esto nos lleva a analizar brevemente al
menos tres aspectos del problema:
V. ¿Qué utilidad tiene aprender a escribir, en la clase, una carta que nunca se
enviará?, ¿vale la pena que un niño se esfuerce en deletrear “ese oso se
asea”, si esto no le aporta sentido alguno?
Esta propuesta pretende recuperar el verdadero sentido y función social que tiene
el lenguaje escrito. Los conocimientos adquiridos deben ser efectivamente
utilizados cuando el niño los necesite, en las circunstancias en que se encuentre, y
deben tener mucha resonancia interna para él. Y es que, además, el niño aprende
el lenguaje escrito del mismo modo como aprende el lenguaje oral: como usuario
del sistema (y sin pedirle permiso a nadie, como dice Emilia Ferreiro), en
circunstancias de comunicación entre las personas.
Mientras mayor sea la funcionalidad de los aprendizajes, mayor será la posibilidad
de relacionarlos con otros contenidos nuevos y nuevas situaciones. Y mientras más
resonancia interna tengan esos conocimientos, mayor identidad con ellos y mayor
comprensión. La idea es que la actividad pedagógica proponga siempre
aprendizajes funcionales y personalizantes, donde el niño tenga la oportunidad
de poner en práctica lo que sabe y que esto tenga un propósito en sí para él.
VI. ¿Por qué los niños cometen cierto tipo de “errores”? ¿Cómo explicar
esos desaciertos en el lenguaje escrito?
Se ha podido demostrar que los “errores” que un niño comete son sistemáticos y
representan una lógica interna, son siempre expresión de una búsqueda por
construir significado y son pasos necesarios que sientan las bases del
conocimiento siguiente.
Por eso, cuando hay un clima de aceptación y confianza para opinar[9], el niño
pierde el temor a expresar lo que piensa y el temor a equivocarse, lo cual favorece
que se interese en autocorregir sus supuestos “errores”. En este sentido, es
importante tomar en cuenta la fragilidad del pensamiento ante la crítica, la sanción
o la corrección.
q A partir de aquí se crea una situación, en la cual el lenguaje escrito podría ser
útil, como un elemento más que entra en juego.
4. ESCRITURA ESPONTANEA: que los niños hagan uso de lo que saben del
lenguaje escrito, como puedan y cuando lo sientan necesario o funcional,
produciendo diversidad de escritos en forma libre (sin importar el tipo de letra), de
acuerdo al contexto o situación de aprendizaje.
· Una carta a los alumnos del curso o grupo de otra escuela, invitando a una
convivencia.
CRISTIAN OYARCE G.
1. Realizar algunas actividades con niños entre tres y seis años como las que se proponen a
continuación y que pueden adecuarse al contexto social y cultural de los niños. Organizarse en
parejas para que mientras un estudiante trabaja con el niño el otro registre las respuestas y
otros detalles. Después, invertir los papeles. Antes de realizar la actividad, se sugiere que los
estudiantes escriban en general, qué resultados creen obtener de parte de los niños.
a) Lectura.
Mostrar un libro con ilustraciones en la portada y preguntar qué es esto (señalando los
dibujos), ¿para qué sirve? (después con el título)
Tener un periódico entre las manos, pasar rápidamente las hojas y preguntar al niño
¿qué estoy haciendo?, después leer en silencio una página con detenimiento y volver a
preguntar al niño lo mismo.
b) Escritura.
Pedir al niño que en una tarjeta dibuje una casa y en otra escriba la palabra "casa"
(animarlo a que lo haga como pueda o como sabe). Repetir la actividad con "un niño
juega a la pelota", "cielo", "una flor roja".
Preguntar al niño si sabe qué es una carta y para qué sirve. Leerle un fragmento de
una noticia y de una carta; preguntarle cuál fue la carta.
Analizar en grupo las producciones y respuestas de los niños considerando las siguientes
cuestiones:
¿Qué conocimientos mostraron los niños durante las actividades y qué características
manifestaron de acuerdo con la edad?
¿Por qué es importante reconocer lo que saben los niños sobre la lengua escrita, aún
antes de que ingresen a la primaria?
"Reconocemos los balbuceos como los comienzos del lenguaje oral en los niños; es
tiempo de reconocer también a los garabatos, las series de letras y la ortografía
inventada como los comienzos de la escritura".
"Maestros e investigadores, observando cómo los niños leían libros y usaban lápices y
crayones para expresar sus significados, llegaron a la conclusión de que, aun antes de
los cinco años, los niños saben mucho acerca del lenguaje escrito" (Yetta Goodman).
3. Revisar los textos de Garton y Pratt y de Ferreiro. Con base en estas lecturas y en las
experiencias obtenidas en la actividad anterior, explicar qué ideas, conocimientos y
experiencias sobre la lectura tienen los niños y cómo pueden ser retomadas por el profesor en
la enseñanza y el aprendizaje.
Discutir cuáles son los elementos que evidencian cómo los niños avanzan en el
aprendizaje de la lectura y la escritura; qué actitudes y estrategias de enseñanza son
adecuadas ante los logros y dificultades que enfrentan los alumnos en este proceso.
4. Con base en los resultados de las actividades anteriores, reflexionar sobre los retos que
enfrenta el maestro de educación primaria para reconocer cómo evolucionan los procesos de
lectura y de escritura en los niños y en función de ello cómo organizar la enseñanza. Redactar
conclusiones personales y presentarlas al grupo.
Comparar los índices de transición de grado a grado e identificar entre qué grados se
manifiesta el menor índice.
a) Revisar el texto de Justa Ezpeleta et al. en el que se presentan sesiones de clase con la
lengua escrita en los primeros grados de la escuela primaria. Analizar estas prácticas
educativas, considerando los siguientes aspectos:
¿Qué objetivo tenían las actividades realizadas por el maestro y los niños?
¿Por qué las actividades permitieron o no a los alumnos pensar y aprender en torno a
la lengua escrita?
¿Qué cambios consideran que sería necesario incorporar en las clases analizadas?
b) Entrevistar a maestros de primer grado usando preguntas como las que se enlistan (si es
posible hacer observaciones):
¿Toman en cuenta las sugerencias de los materiales para el maestro y los libros de
texto gratuitos? ¿en qué sentido y por qué?
Qué relación existe entre la comprensión del significado de los textos en el aprendizaje
de la lectura y la escritura, independientemente del método que se utilice para su
enseñanza.
Cuáles son las condiciones que permiten hacer del aula un ambiente alfabetizador, qué
materiales se puede poner al alcance de los niños y qué tipo de actividades pueden
realizar con ellos.
8. Distribuir por equipos alguna de las siguientes situaciones para que la describan:
Lo que saben acerca de las formas en que están aprendiendo a leer y a escribir
algunos niños con los que conviven.
Alguna lectura o escrito que realizaron durante su educación primaria que haya
representado una experiencia grata.
Alguna actividad de sus maestros de educación primaria que haya despertado su gusto
por leer y escribir.
Estrategias que utilizarían como futuros docentes para enseñar a los niños a leer y
escribir.
Comparar en qué se parecen o son diferentes las distintas descripciones en cuanto al tipo de
actividades que realizan los niños, el uso de recursos didácticos y la participación del docente.
9. A partir del ejercicio anterior, proponer actividades para que los niños lean y escriban
distintos tipos de textos. Tener presente la utilización de materiales como los libros de texto
gratuitos, ficheros de actividades didácticas (primer y segundo grados), periódicos, revistas,
envases, etiquetas, catálogos, fotografías sobre diferentes temas, carteles publicitarios,
recetarios, Libros del Rincón, los productos escritos realizados por los niños (cuentos,
instrucciones, etcétera). Se sugiere redactar las propuestas de manera similar a las que
presentan los ficheros de actividades didácticas.
10. Leer en el texto de Isabel Solé el apartado "La enseñanza inicial de la lectura". Describir las
formas de intervención que la autora menciona para promover en los alumnos la apropiación
del significado, a la vez que propiciar un acercamiento reflexivo a la descodificación. Comentar
por qué la comprensión debe orientar el trabajo con la lectura.
11. Identificar en el Libro para el maestro. Español. Primer grado, las variantes de lectura que
se sugieren y el tipo de actividades a realizar con los niños antes, durante y después de la
lectura de un texto. Elaborar un cuadro sinóptico con la información obtenida.
12. Seleccionar un texto de los Libros del Rincón o de los libros de texto gratuitos y proponer
actividades considerando las sugerencias de Solé y del Libro para el maestro. Español. Primer
grado.
13. Identificar, en el texto de Gómez Palacios et al., algunas actividades para la enseñanza y el
aprendizaje de la lectura y la escritura. Registrar en un cuadro de dos columnas las actividades
que se proponen para favorecer un acercamiento integral a la lectura y la escritura en los
alumnos de los primeros grados. Posteriormente, redactar de manera individual cinco ejercicios
similares a los que presenta la autora y analizar su congruencia con base en los conocimientos
adquiridos durante el curso.
15. A partir de los elementos analizados, revisar la lección 23 de primer grado, "La viejita y los
quesos" y analizar:
16. Revisar también cómo se articulan entre sí los distintos libros de texto gratuitos de Español
(lecturas, recortable y actividades) de primero y segundo grados y con qué contenidos de otras
asignaturas se pueden relacionar. Ubicar en el Fichero de Actividades Didácticas las
propuestas para enriquecer los ejercicios del libro, con el fin de comprender que no se trata de
que el niño resuelva los ejercicios del libro por sí mismo.
17. En equipo, elaborar estrategias didácticas que puedan aplicarse a un grupo de primero o
segundo grado. Determinar los contenidos, habilidades y actitudes que se piensan integrar en
la propuesta. Seleccionar los recursos que se utilizarán de manera individual o colectiva (Libros
del Rincón, letras móviles, periódicos, etcétera).
"¿Qué puede importarle (al maestro) un método, por sabio, científico o ideal que
sea, si en la práctica no pude ni siquiera aproximarse a él? ¿Y qué queda entonces,
sino maldecir a los que, desde lejos señalan la orilla que hay que alcanzar, pero
orgullosos y distantes se avergonzarían de tirarle una rama para ayudarle a vencer la
corriente?"
Presentación
Los tres trabajos que reunimos a continuación versan sobre el quehacer de la escuela
para lograr dicho aprendizaje:
En el último se hace una propuesta de términos con la intención de aclarar y difundir
conceptos fundamentales ligados a una necesaria visión integral de la enseñanza de la
lectura y la escritura, dónde las cuestiones lingüísticas adquiera relevancia. Lo que se
aborda aquí está muy relacionado con las recientes aportaciones al tópico de Ana
Teberosky y Liliana Tolchinsky, las cuales no han tenido aún suficiente difusión en
México.
La presentación de trabajos se hace en orden cronológico (1990, 93 y 96) y las notas
y referencias bibliográficas se ubican conjuntamente al final.
1.1. Introducción
Piaget afirma que "es el pedagogo y una pedagogía experimental particular quienes
deben decir como aplicar los fenómenos psicológicos a la pedagogía ... (porque) ... es
imposible obtener deductivamente y a partir de los datos de la psicología una
concepción pedagógica".
En 1979 se publica una obra de Ferreiro y Teberosky que sacude las concepciones
entonces vigentes sobre el aprendizaje de la lengua escrita. Sinclair prologa la obra
augurando que "puede abrirnos horizontes insospechados aunque, evidentemente, no
puede darnos soluciones mágicas, ni menos aún ‘recetas’ ... después de haber leído esta
obra los psicólogos y pedagogos podrán iniciar nuevas investigaciones y considerar
nuevos modos de enseñanza sin el riesgo de lanzarse por callejones sin salida" (Ferreiro
y Teberosky, 1979, p. 12). Nótese que ser habla de "modos" y no de "métodos", porque
"se considera que es preciso desplazar el eje de la discusión pedagógica ... centrado en
una disputa metodológica" (Ferreiro, 1989, p.109) puesto que hay que entender a un
proceso de aprendizaje que no está ni puede estar determinado por los pasos de método
alguno.
Ahora, once años después (1990), tenemos una historia que analizar respecto al paso
de esos descubrimientos psicológicos a la pedagogía.
En América Latina, donde los numerosos "hijos del analfabetismo" hacen candente el
tema, surgen varias propuestas (Ferreiro, 1989, anexo 2), por lo menos nueve, que
tienen la intención de atender a medios socioculturales desfavorecidos. En México surge
la "Propuesta para el Aprendizaje de la Lengua Escrita", pero hay que aclarar que se
trata de "una" propuesta y no de "la" propuesta, porque a menudo hay el malentendido
de reducir los aportes del enfoque que tratamos, es decir, del enfoque de la psicología
genética, a la pedagogía de esta llamada "Propuesta", como nombre propio.
Gómez-Palacio dice que "la diferencia entre método y propuesta radica en que el
primero se centra en el proceso que el maestro debe seguir y la propuesta de
aprendizaje, en el proceso que el niño efectúa" (en: Ferreiro, 1989, p.172). "Cada
maestro, dependiendo de las características conceptuales de cada uno de sus alumnos,
determina, elige o crea las actividades adecuadas para cada momento de su tarea. Esta
flexibilidad se opone en principio, a las implicaciones de un método, ya que un método
se define como una ‘secuencia de pasos ordenados para obtener un fin’ (un paso no se
puede dar sin la consecución del objetivo del paso anterior). La progresión de
actividades está predeterminada en la misma manera para todo el grupo ... según las
concepciones que, con respecto al orden de dificultad, tenga quién haya realizado dicho
método ... los métodos, además, parten del supuesto de que el niño lo ignora todo al
iniciar su escolaridad" (Gómez-Palacio et. al., 1988, p.9).
Me parece que en lo anterior hay muchos prejuicios respecto de lo que puede ser un
método, resultantes de confundir los métodos tradicionales con cualquier posibilidad de
método. Un método puede ordenar las acciones del maestro sin predeterminar los
resultados a obtener en los alumnos; puede proponer actividades adecuadas para
diferentes grados de desarrollo en las cuales cada quien obtenga avances según sus
posibilidades; puede ser flexible; no necesariamente debe funcionar buscando objetivos
inmediatos; puede partir de lo que el niño sabe, estimulándolo a darle expresión.
Tampoco creo que un método sea necesariamente "un conjunto hecho completamente
por su iniciador, que hay que tomar tal como es, y que sólo el autor tiene la autoridad
para modificar" (Freinet, 1969, p.33). No tiene que serlo un método, ni tampoco las
ideas pedagógicas de las pioneras de la investigación psicogenética del aprendizaje de la
lengua escrita. Ellas pensaron que no deberían de proponerse nuevos métodos a partir de
sus descubrimientos y por ello se ha instituido un tabú que valdría la pena revisar. (No
parece caber duda de que el rechazo de Ferreiro a lo métodos es absoluto; el de
Teberosky parece matizado. Véase Ferreiro, 1986a, pp. 16, 17 y 22; 1989, p. 109; - y
posteriormente a la elaboración de esta ponencia: 1992, cuadernillo anexo, p.53. Véase
además: Teberosky, 1984, p.5; -y también posteriormente a dicha elaboración: 1992,
p.195).
Por otra parte, no vasta con velar por un proyecto exitoso, hay que sufragar sus gastos
y justificar sus resultados en relaciones de costo y beneficio.
Tenemos así un doble problema: por un lado, un maestro que requiere casi siempre de
un largo y en muchos sentidos difícil proceso de aprendizaje, y por otro lado, recursos
financieros y humanos ("capacitadores", por llamarlos de alguna forma), harto
limitados, por lo menos en América Latina. A esto hay que añadir, entre otras cosas, el
comentado desconocimiento de ese sujeto psicológico que también es el maestro. Me
temo que con demasiada frecuencia se ha tratado de imponerle una práctica que no
corresponde a sus posibilidades.
Se sabe de niños que a partir del nivel de conceptualización presilábico llegan
rápidamente al alfabético; pero, o bien ya habían concebido la fonetización en la inicial
de las palabras que escribían (Ferreiro, Gómez-Palacio y cols., fascículo 2, p. 67), o
bien, cabe suponer, pueden encontrarse en una situación muy motivante; pero estos
casos no son frecuentes. Menciono lo anterior para reflexionar de cómo hay unos pocos
profesores que rápidamente acceden a renovar su práctica pedagógica, pero estos casos
tampoco son frecuentes.
Haciendo otro paralelismo, no debemos, como lo hacen muchos de los que emplean
métodos tradicionales para alfabetizar, justificar los procedimientos empleados en base
al éxito obtenido con unos, en tanto que otra cantidad importante de aprendices queda a
la zaga.
Puede entenderse que la prioridad a la capacitación de maestros significa que los
docentes lleguen a la meta de comprender cabalmente los fundamentos psicogenéticos y
dominar una práctica plenamente congruente con los mismos, lo cual es muy deseable.
Pero lograr cambios en la práctica docente, que sin ser radicales impliquen favorecer
el aprendizaje de los alumnos, debe ser impostergable. Para ello, hay que pensar en esa
"pedagogía de transición" donde los métodos y los materiales pueden ser
fundamentales.
- Podrán seleccionarse alrededor de 10 y tal vez no más de 15 actividades que estarán
caracterizadas por ser apropiadas para los diversos niveles de conceptualización.
- El maestro deberá tener libertad para combinar estas actividades con otras que le
den seguridad.
Empero, hay que tener muy claro que la presencia de materiales ex-profeso nunca
deberá plantearse como suficiente para la alfabetización, pues ésta siempre ha de
contemplar prioritariamente la diversidad de portadores extraescolares de la lengua
escrita. Pero la prioridad de estos últimos no tiene por qué borrar la posibilidad de
aquellos.
1.7. Conclusiones
Sería necio insistir en la caduca polémica de un método vs. otro método. Sería
estúpido sustituirla por la simpleza similar de oponer propuestas metódicas vs. no
metódicas. La discusión que propongo es diferente. Se trata, reconociendo la urgencia
de mejorar los resultados de la alfabetización, de abrir el abanico de posibilidades
didácticas para incidir en la práctica de más maestros de lo que puede ser posible si
pretendemos exigirles de entrada cambio fuera de su alcance.
No podemos garantizar "a priori" todos los resultados de estas alternativas
pedagógicas. La realidad, como siempre, habrá de depararnos sorpresas. Pero podemos
argumentar que hay bases sólidas para demandar una puesta en marcha que no deberá
transcurrir sin evaluación.
No cabe duda que pasar de la psicología a la pedagogía es difícil, y tal vez una
"pedagogía experimental", en los términos en que se ha llevado a cabo, resulte
insuficiente para los retos que tenemos.
En algunos momentos de la historia pedagógica hace falta reanalizar cuestiones que
se hubieran creído inamovibles. Creo que ha llegado el momento de afrontar esto en el
área de la alfabetización.
2.1. Introducción
En este artículo se expondrá otra concepción sobre la alfabetización, de acuerdo con
la cual, ésta no puede circunscribirse al período de un grado y ni siquiera al espacio de
la escuela. Es decir, se abordará lo propio de la iniciación escolar a la lengua escrita,
misma que es crucial en el desarrollo de la imagen que el niño adquiere de sí mismo,
como aprendiz listo o torpe, así como de los conocimientos escolares, en tanto
apetecibles o indeseables.
Asimismo, se cuestionará la idea común de que asumiendo dicha concepción, que
enfatiza la necesidad de un ambiente alfabetizador, el libro de texto carece de valor.
Finalmente, puesto que de todos modos no cualquier libro de texto es recomendable y
podrá haber algunos mejores que otros, se esbozarán algunas ideas para su diseño o
evaluación.
Para empezar, se abordarán dos ejemplos ilustrados de escritura y lectura infantiles
que nos muestran claramente como la alfabetización no es reducible al conocimiento de
letras.
ILUSTRACION I
ILUSTRACION II
Vygotski comentaba: "Se ha enseñado a los pequeños a trazar letras y a formar
palabras a partir de las mismas, pero no se les ha enseñado el lenguaje escrito. Se ha
hecho tanto hincapié en la mecánica de la lectura que se ha olvidado el lenguaje escrito
como tal ...Del mismo modo que los niños aprenden a hablar, deberían aprender a leer y
a escribir" (1979, pp. 159 y 177).
Pero hay que notar que tal ambiente no consiste en la simple presencia de portadores
de escritura ni menos aún de letras. En muchas comunidades analfabetas hay letreros y
periódicos, pero los primeros son casi decorativos y los segundos sólo sirven para
envolver o limpiar; en muchos salones tradicionales hay alfabetos, letreros y libros de
texto, pero su uso no rebasa la enseñanza de las letras o la realización de aprendizajes
poco significativos.
En contraste, importantes educadores como Celestín Freinet han despreciado los
libros de texto; éste propone "la proscripción de manuales escolares en tanto manuales"
(1969, p.59). Y especialistas en la lectura, la escritura y su aprendizaje, como Frank
Smith y Emilia Ferreiro, han opinado que la renovación pedagógica no ha de pasar por
la búsqueda de nuevos métodos ni de nuevos materiales didácticos (Smith, 1983b,
p.203; Ferreiro, 1986, p.22 y 1989, p. 109).
Por mi parte, sostengo que la producción de nuevos métodos y nuevos materiales
didácticos, incluso libros de texto, es posible y válida desde perspectivas teóricas
vigentes; y que la importancia de trabajar en el aula diversos libros y materiales
portadores de escritura (incluso aquellos que no son típicos de la escuela) no excluye la
necesidad de contar con materiales didácticos actualizados diseñados ex-profeso para
estimular el aprendizaje de la lengua escrita (Aranda, 1990).
Los libros de texto siguen siendo una alternativa práctica que no se ha aprovechado
debidamente, que ha sido desechada prejuiciosamente a partir de la fama de los malos
textos que no tienen por qué ser todos los textos. Pero si el maestro no encuentra buenos
textos a su disposición, aunque sea por necesidades prácticas empleará los malos textos
existentes.
Los "especialistas" han confiado demasiado en resultar accesibles a los maestros a
través de procesos de capacitación, pero cuando éstos no muestran frutos suficientes,
suponen que el único problema es lograr una capacitación de calidad. Si escucharan más
a los maestros, si conocieran más sus circunstancias, si se quitaran de prejuicios, tal vez
podrían reconsiderar la idea de libros de texto que además de ser accesibles para los
alumnos también ofrecieran un apoyo al maestro, mismo que no tiene por qué ser una
calca de los "especialistas", pero que no obstante puede contar con un apoyo realmente
efectivo de éstos a través de los libros de texto. Vygotski notó la importancia de las
actividades que alguien no podía ejecutar solo pero sí con la ayuda de alguien más
experimentado (1979, p.133) y me parece importante replantear esta aportación al nivel
de la transformación docente, y por supuesto, recordarla al nivel de la didáctica infantil,
ambas cosas por la vía del libro de texto, aunque no exclusivamente. Se trata de la "zona
de desarrollo próximo", aquello que alguien puede realizar con la ayuda de otro más
avanzado.
a) El contenido de las lecturas debe ser interesante en vez de simple, evitando
lenguajes artificialmente limitados y contenidos sosos.
c) Los alumnos con diferente avance deben encontrar en una misma actividad retos
para cada nivel. No hay que suponer grupos homogéneos (que siempre son imposibles)
ni actividades específicas para individuos o subgrupos.
f) También otras lecturas incluidas serán para que el maestro las lea a los niños y no
para que éstos sean martirizados con sus descifrados (propios y ajenos). La "lectura en
voz alta" no es la óptima para la alfabetización inicial, en cambio, otras actividades,
como por ejemplo el seguimiento con el dedo del niño en su texto de la lectura que va
haciendo el maestro, pueden constituir recursos idóneos vinculados a la "zona de
desarrollo próximo".
g) Deber incluirse balanceadamente escritos literarios realizados por adultos y otros
escritos por niños. Es conveniente recurrir a la técnica de la línea controlada, que
establece renglones breves que abarquen ideas (sintagmas). De cualquier forma, la
búsqueda de contenidos interesantes debe anteponerse a la búsqueda de cualquier
brevedad.
h) Se han de proponer actividades para la enseñanza de las letras sin considerarlas
aisladamente y permitiendo la expresión de las ideas propias de los niños sobre la
escritura.
i) Es recomendable que el propio libro de texto contenga una amplia variedad de tipos
y portadores de escritura, incluso de aquellos que no son típicos de un libro de texto,
pero que pueden ser recortados del mismo (cartas, credenciales, tarjetas de felicitación,
etc.).
2.6. Conclusiones
Alfabetizar es una tarea muy compleja en la cual un libro de texto actualizado puede
jugar un papel importante. El libro de texto y un ambiente alfabetizador son una
conjunción posible y necesaria. Los maestros tienen derecho a opciones
simultáneamente actualizadas y prácticas. Contrariamente a la opinión de distinguidos
especialistas, creo que es factible proporcionarlas. Pero hay que estar alerta para no
confundir gato con liebre; ojalá este artículo pueda contribuir al respecto.
M. Foucault.
3.1. Una dimensión lingüística
Parece ser que hablar del "aprendizaje de la lengua escrita" o del "lenguaje escrito" es
algo que se ha estado volviendo cada vez más común, pero muchas veces se vanaliza la
expresión usándosele como el equivalente de la visión tradicional, reduccionista, del
aprendizaje de la lectura y la escritura. Es necesario subrayar las implicaciones de
hablar de una "lengua" o de un "lenguaje", en este caso de la "lengua escrita" o del
"lenguaje escrito".
"Se ha considerado por mucho tiempo que el lenguaje escrito es un aspecto
secundario derivado del oral. Esto ha sido un aspecto muy discutido ya que algunas
metodologías para la enseñanza del lenguaje, particularmente de la alfabetización, se
basan en este supuesto.
Sin embargo muchos investigadores señalan que la lengua oral y la lengua escrita
difieren en varias dimensiones... Actualmente existen suficientes evidencias para
afirmar que el lenguaje oral y escrito constituyen sistemas estructuralmente relacionados
sin ser uno rendición simbólica del otro... Lengua hablada y lengua escrita son dos
realizaciones, en dos sistemas distintos, de la lengua. Escribir y hablar son
complementarios"(mutuamente, vale la pena recalcar) (De la Garza y Ruiz, 1992, pp.
211 a 213).
Entonces, el aprendizaje de la lengua escrita debe entendérsele como un proceso de
dimensiones lingüísticas, que no se puede reducir a la sola correspondencia entre los
fonemas de la lengua oral por un lado, y por otro, de las grafías de un supuesto sistema
de transcripción que las codificaría. La ortografía es una muestra de que el nivel gráfico
de la escritura no es un mero equivalente de la secuencia de fonemas propia de la lengua
oral. Y más allá de lo fonético y de lo gráfico, tanto lo oral como lo escrito tienen sus
propios aspectos, o por lo menos sus propias tendencias, de sintaxis, léxico y
pragmática, que son particularidades que los hacen constituirse como lenguas con
relativa autonomía a pesar de su gran interrelación. Así, conocer un código de
transcripción de fonemas no puede abarcar el conocimiento propio de la lengua escrita.
"La escritura -dice Ferreiro- puede ser conceptualizada de dos maneras muy
diferentes y, según sea el modo en que se la considere, las consecuencias pedagógicas
difieren drásticamente. La escritura puede ser considerada como una representación del
lenguaje o como un código de transcripción gráfico de las unidades sonoras" (1986a,
p.9). En esta cita aparece la concepción de la escritura como "representación de
lenguaje" (Tolchinsky sugiere que sería mejor el término de "descripción de lenguaje",
1993, p.138), y nos preguntamos si pudiera llevar a una idea un poco diferente a aquella
de que la escritura constituye propiamente una lengua. La polémica entre ambas
apreciaciones resultaría interesante, pero es necesario destacar que la idea de
representación de lenguaje no equivale a representación de la lengua oral, ni menos aun
de la secuencia de fonemas, sino que remite a la totalidad de aspectos lingüísticos
realizables típicamente en lo escrito, pero también en lo oral.
En la lingüística nos podemos enfrentar con términos enredosos, como "lengua" y
"lenguaje", que muchas veces se han usado indistintamente y "un lingüista acaba
siempre por dar su propia definición de lenguaje" (Martinet, 1975, pp. 212, 214 y 223).
Pero cuando penetramos al terreno de la escritura, el enredo de términos, conceptos y
relaciones se agrava.
Esta última situación se puede vincular a que puede oralizarse las palabras que se
escriben y escribirse las que se pronuncian, lo cuál hace difícil distinguir lo propio de lo
oral de lo propio de lo escrito más allá de su realización concreta.
Lo cierto es que lo escrito permite un producto más elaborado que el habla común, ya
que puede ser pensado con más tiempo, analizado y reescrito. Esta posibilidad ha
llevado a un desarrollo discursivo que si bien es oralizable, difícilmente se hubiera
desarrollado sin la escritura, por lo cuál se le identifica como lengua o lenguaje escrito,
que a su vez ha influido sobre alguna oralidad. La oralidad afectada por la escritura ha
sido distinguida del resto e identificada por Ong como "oralidad secundaria", es decir,
oralidad afectada por la escritura, por lo menos en su origen histórico (Teberosky, 1992,
p.62; Tolchinsky, 1993. p.7).
Lengua escrita o lenguaje escrito, desde estas consideraciones, remiten tanto a una
oralidad secundaria como a lo escrito. El asunto se complica un poco más si
consideramos que excepcionalmente, fuera de la norma o con intenciones científicas o
literarias específicas, se escribe con un buen grado de apego a una oralidad primaria ("la
manifestación oral del lenguaje sin influencia de la escritura": Teberosky, 1992, p.62),
en cuyo caso no se trata de la escritura de lengua escrita.
El caso es que cuando hablamos de lengua escrita o de lenguaje escrito, podemos
referirnos tanto a hechos que culminan en la oralidad como en la escritura; sin embargo,
cuando hablamos de la lengua o del lenguaje oral, casi siempre tendrá una
manifestación en lo oral y sólo excepcionalmente en lo escrito. Esto es así en una
perspectiva que al parecer pone su énfasis en aspectos lexicales, sintácticos y
pragmáticos.
La diferenciación entre lengua oral y lengua escrita puede ser mayor en otra
perspectiva que enfatice la falta de una equivalencia completa entre lo fonológico y lo
gráfico. Esta diferenciación también pude apuntalarse con el argumento de que el
significado de la escritura puede obtenerse directamente desde lo visual, sin la
mediatización de lo oral. (Vg, Smith, 1983a, pp.81 a 93)
Otra terminología menos difundida nos pude evitar tantos enredos: "Para definir las
características del lenguaje escrito se le debe comparar con la manifestación oral, pero
para evitar reducir la comparación a la modalidad, muchos autores hablan de lenguaje
formal e informal, del grado de compromiso personal del productor con los enunciados,
de lenguaje planificado y lenguaje no planificado o de ‘'lenguaje dominguero’ por
oposición al ‘lenguaje cotidiano’" (Teberosky, 1992, p.63).
En suma, Teberosky y Tolchinsky tratan de distinguir, por una parte, aquello que
identifican como el "lenguaje escrito" o el "lenguaje de lo escrito" o simplemente "lo
escrito", cuya adquisición remite al ser "letrado"; y por otra parte, aquello que
denominan la "habilidad para leer y escribir" o la "escritura" o "el escribir", vinculados,
por lo menos parcialmente, al ser "alfabetizado" (Teberosky, 1992, pp. 47 y 60;
Tolchinsky, 1993, pp. 7 y 170). Esta distinción puede ser muy importante para aclarar
los procesos implicados en la apropiación de la lectura y de la escritura, particularmente
para no perder de vista su dimensión lingüística constituída por el léxico, la sintaxis y la
pragmática propias de un lenguaje formal que se puede expresar tanto mediante
grafemas como mediante fonemas.
Tal vez, en función de claridad, sería conveniente no usar los términos de lengua y
lenguaje escrito para referirnos específicamente a la lengua o el lenguaje formales que
se suelen manifestar en la escritura (mismos que identificaríamos justamente como
lengua o lenguaje formal); sino para referirnos en toda su amplitud a los fenómenos de
la lectura y la escritura, es decir, englobando tanto el lenguaje formal propio de muchos
textos escritos, como el lenguaje no precisamente formal propio de otros (vg. en muchos
letreros, o en la toma de algunos apuntes para recordar que no serán reelaborados), y
también englobando los aspectos citados en el párrafo anterior. Se trata de una acepción
amplia y estricta; amplia en el sentido de que abarca todo lo relativo a la lectura y la
escritura, y estricta porque descarta lo propio de lo oral, sin desconocer las relaciones y
aspectos en común entre lo oral y lo escrito. Este uso ayudaría a marcar la dimensión
lingüística de la lectura y la escritura y a facilitar su deslinde con lo oral.
La dimensión lingüística que ahora puede plantearse en torno a la lectura, la escritura
y su aprendizaje transforma radicalmente la apreciación didáctica de su enseñanza:
- También es necesario entender que una adquisición lingüística es más que la
comprensión de un sistema de escritura y de sus características en tanto objetos de
conocimiento, es decir, que aún los aportes existentes y posibles de la psicología
genética sobre el aprendizaje de la lectura y la escritura no pueden ser lo
suficientemente abarcativos del fenómeno en cuestión.
Puede ser ilustrativo hacer alguna comparación entre las actitudes adultas más
frecuentes frente al aprendizaje del lenguaje escrito y frente al aprendizaje inicial de la
lengua materna. Por ejemplo, aunque sea de una forma esquemática y simplificada: si
un bebé dice "¡eche!", probablemente le vamos a brindar amablemente alguna
retroalimentación sobre su pronunciación, tratando de que nos imite correctamente, y si
no lo logra, supondremos tranquilamente que aún no está en el momento de lograrlo,
pero que lo hará más adelante; y cuando en el futuro repita la misma pronunciación,
algunas veces optaremos por darle el modelo de la correcta y otras por atender a su
demanda sin mayor precisión, es decir, no siempre procedemos a hacer correcciones, tal
vez paralizaríamos al habla del bebé si así ocurriera, pero otras veces corregimos con
una actitud afable; es importante que cuente con modelos adecuados y la actitud con que
se le brinden también será muy importante para estimularlo. ¿Por que no hacer algo
similar en el aprendizaje de la lecto-escritura, en vez de exigir enfadadamente que el
aprendiz reproduzca desde sus inicios los modelos adultos de escritura correcta?, ¿qué
tal si buscamos un paralelismo entre nuestros procedimientos de corrección del habla y
los relativos a la redacción, la ortografía y la lectura en voz alta?. Con un cambio de
actitudes como ésta lograríamos un mejor aprendizaje en una forma más natural.
Freinet ha sido el gran pedagogo que nos ha mostrado las posibilidades del manejo de
"métodos naturales" en el contexto escolar. Sin atenernos del todo a sus técnicas
específicas, el "espíritu Freinet" parece seguir brindando en la actualidad un buen
modelo de lo que debería ser en muchos aspectos el aprendizaje de la lengua escrita en
la escuela, entre otros aprendizajes, avalable por los avances del conocimiento de
diversas disciplinas. Por ejemplo: la redacción de textos que tendrán lectores fuera de la
escuela; los procesos grupales de corrección, afinación y edición de los mismos; el uso
de la lectura y la escritura en la investigación de diferentes temas y en la expresión de
las propias vivencias; etc. (Balesse y C. Freinet, 1973; Belperron, 1973; Freinet 1969,
1974a y 1974b). La pregunta inquietante al respecto sería por qué sus propuestas han
tenido tan poca popularización entre el común de los docentes (Hernández y López,
p.44).
Lo natural, incidental, informal, indirecto, etc., puede ser un magnífico camino para
muchos aprendizajes, indudablemente. Respecto del tema que nos ocupa se ha dicho
que:
"La adquisición a través del uso real (no de ejercicios de práctica) es la forma
idónea para reflexionar y ayudar al aprendizaje de la lectura y la escritura, y al
aprendizaje en general.
Así, la adquisición del lenguaje es natural -no en el sentido de innatez o como hecho
inevitable-, sino natural en el sentido de que cuando el lenguaje (oral o escrito) es una
parte integral del funcionamiento de una comunidad es aprendido
"incidentalmente".
¿Y cómo aprenden los niños todo esto?. ‘No a través de programas o de
instrucción formal. No existen materiales ni ejercicios que sirvan para enseñar a lo
niños cómo el mundo utiliza la lectura y la escritura’ (Smith, 1988).
Los niños aprenden -por lo general sin que nadie se percate de que lo están haciendo-
participando en actividades de lectura y escritura con gente que sabe cómo y para qué
realizar estas actividades. Se lee y escribe con ellos listas, cartas, avisos, instrucciones,
recetas ... cualquiera de los rutinarios eventos de la vida que involucran la palabra
impresa. A veces el niño busca ayuda, incluso instrucción o información específica.
Sin embargo, la mayor parte de las veces la ayuda es completamente casual, como
cuando alguien le enseña lo que dice en un cartel o en la portada de una revista.
e) Las situaciones son críticas en la obtención de significado". (De la Garza y Ruiz,
1992, pp. 214 y 215).
Hemos hecho una cita tan amplia porque nos aporta una valiosa panorámica de lo que
puede derivarse de considerar la dimensión lingüística en el aprendizaje de la lectura y
la escritura. No obstante que compartimos mucho de lo que ahí se afirma, hemos
marcado el texto con negritas en múltiples fragmentos para poder matizar o cuestionar
algunas cosas relevantes para el quehacer educativo en los siguientes comentarios:
- Los juegos pueden incorporarse a programas y apoyarse con materiales, lo cuál
los colocaría en los límites de la instrucción formal y de la informal, las cuáles forman
una escala, no una dicotomía. Si el aprendizaje que se logra es significativo y si se
realiza en un ambiente agradable, no importa que tan informal o formal haya sido la
instrucción que lo haya propiciado. Los programas y los materiales, como veremos más
adelante, pueden ser un apoyo recomendable o incluso necesario para los docentes.
- Se reconoce que a veces el niño busca ayuda, incluso información o instrucción
específica. Es excelente si la escuela puede brindar información al niño en el momento
que la demanda, pero tal vez no siempre sea posible que lo haga en tal oportunidad; por
lo tanto un programa de enseñanza está plenamente justificado cuando se vincula a las
motivaciones del aprendiz, de lo contrario, el riesgo es que haya vacíos de información
perdurables innecesariamente.
- Cuando se habla de que muchos niños tienen a grosso modo muchos
conocimientos sobre la lectura y la escritura antes de ingresar a la escuela, nos
preguntamos qué proporción representan y si no serán también muchos los que no los
tienen, o más probablemente, los que los tienen escasamente; nos preguntamos también
cómo aprenderán aquello que les falta para pasar del saber muchos conocimientos o
conocimientos a grosso modo, al saber todo lo necesario; asimismo, qué pasará cuando
el lenguaje escrito, o por lo menos una buena parte del mismo, no es una parte integral
del funcionamiento de una comunidad. Ya es sabido que cuando los alumnos cuentan
con un buen ambiente alfabetizador extraescolar, el aprendizaje escolar de la lectura y la
escritura es posible, incluso con metodologías muy cuestionables; aún así, lo escolar
casi siempre es imprescindible. Dice Ferreiro: "no basta con un ambiente alfabetizador
para que una persona se alfabetice ... debe de haber alguna intervención específica"
(1989, p.135). Aunque pensemos en un ambiente alfabetizador escolar, parece poco
probable que todo lo relativo a la lectura y a la escritura se pueda aprender
incidentalmente.
- Cuando se afirma que "lo que es cierto para el lenguaje en general, es cierto para
el lenguaje escrito", se corre el riesgo de asimilar exageradamente el aprendizaje del
lenguaje escrito al aprendizaje incidental de una lengua materna, identificado como
"natural". Los límites de lo natural no son claros, pero sobre todo, parece dudoso que
cualquier aprendizaje de lenguaje sea completamente equivalente a otro. Por ejemplo,
no parece lo mismo el aprendizaje de "lenguas maternas" que de "segundas lenguas", ni
creemos que pueda trazarse un absoluto paralelismo entre el aprendizaje de la lengua
oral y de la escrita; los nuevos aprendizajes lingüísticos bien pueden resultar diferentes
según hayan sido precedidos por otros.
Es necesario destacar que cuando un niño está aprendiendo a hablar, suele tener a su
disposición múltiples informantes expertos y algunos otros novatos, pero muchas veces
esto no sucede cuando aprende a leer y a escribir. En el salón de clases muchos novatos
se aglutinan alrededor de un sólo experto, el maestro, con el agravante de que muchas
veces el mismo maestro es poco experto, incluso tal vez, bastante novato. Esto último
parece suceder a menudo al menos en localidades rurales de países como México (ha
sido documentado en: Ferreiro, Rodríguez y cols., 1994, pp. 31 a 34, 40 y 164). Aunque
ya sabemos que el aprendizaje de la lectura y la escritura no se circusncribe a la escuela,
mucho del mismo ocurre o debe ocurrir en ella. La riqueza del medio extraescolar en
torno al lenguaje escrito es muy variable y lo mismo sucede respecto del propio medio
escolar, tantas veces ávido de enseñar letras, pero descuidado en ofrecer lenguaje
escrito.
Hay que notar que cuando se aborda la enseñanza de "segundas lenguas" no se
descarta el uso de métodos y de materiales didácticos ex-profeso, aunque algunos son
inapropiados y del resto unos serán mejores que otros. Si bien el uso de la lengua que se
aprende en un contexto natural, donde los que dominan dicha lengua son mayoría, es
una experiencia excelente para su aprendizaje, quienes se encuentran en una situación
así suelen recurrir a una escuela, lo cuál parece mostrar que lo formal que puede aportar
ésta también puede ser muy valioso. Por otra parte, el contexto de aprendizaje
completamente natural no siempre está accesible, lo cuál no quiere decir que no haya
condiciones para progresar en el aprendizaje.
Sería conveniente pensar en lo señalado en el párrafo anterior cuando se trata de
prescribir lo apropiado para el aprendizaje de los lenguajes formal y escrito, que ya
hemos señalados como imbricados, los cuales no tienen por qué ser una calca del
proceso de aprendizaje del lenguaje materno básico (informal). Ya hemos criticado
anteriormente el tabú a la búsqueda de métodos y materiales didácticos ex-profeso para
la enseñanza de la lectura y la escritura (Aranda, 1990 y 1993).
En suma, en cierto sentido, "el desarrollo del lenguaje oral y escrito no son realmente
muy diferentes. Ambos dependen del desarrollo del proceso a través de su utilización
funcional" (Goodman, 1982, p.27). No obstante, también es necesario reconocer que
difícilmente puede trazarse un paralelismo absoluto entre ambos desarrollos,
principalmente si se consideran las diferencias contextuales en que ocurren, las cuáles
son más heterogéneas en el caso del desarrollo del lenguaje escrito.
Ante la diversidad de las respuestas posibles, nos encontramos con un término enredoso
que nos puede remitir a concepciones muy diversas. Esto mismo favorece que las
nuevas ideas permanezcan frecuentemente asimiladas a las viejas concepciones. Nuestra
intención es hacer a continuación una propuesta para clarificar el término "alfabetizar",
y por consecuencia, de otros términos ligados pertinentemente, a fin de facilitar de
ahora en adelante el tratamiento de este tema y de otros vinculados al mismo.
En una primera instancia, sería conveniente superar tanto la pobreza de limitar la
palabra "alfabetizar" a una interpretación literal, como la excesiva extensión de
plantearla como el logro del dominio completo del lenguaje escrito. Propondríamos
como un consenso mínimo deseable el definir alfabetizar como promover y obtener
cierto logro básico en el aprendizaje y en el uso de la lectura y la escritura.
Pero este fenómeno es muy amplio. Decía Frank Smith respecto de la lectura que "no
hay un día especial en que el aprendizaje concluya y el lector se gradúe. Nadie es un
lector perfecto y todos podemos seguir aprendiendo" (1983, p.204). Lo mismo podemos
afirmar sobre la escritura y sobre el uso del lenguaje ligado a la escritura. De aquí la
conveniencia de plantearse un "cierto logro básico" y de contar con una palabra para
designarlo, aunque para esto también se ha hablado de la "alfabetización inicial". El
problema que subsiste es cuál puede ser ese logro.
Desde un punto de vista tradicional esto puede resultar muy sencillo, porque se cree
que escribir y leer son habilidades de codificación o decodificación, respectivamente, de
las unidades sonoras de la lengua. Quién aprenda el código y algunas habilidades para
manejarlo, estará alfabetizado, supuestamente podrá leer y escribir; poseerá una
capacidad para aplicar en diferentes textos, aunque podrían subsistir insuficiencias de
diversa índole, tales como faltas de ortografía, deficiencias de redacción, de trazo, de
comprensión lectora, etc. Los resultados educativos llevaron a la necesidad de distinguir
entre una alfabetización funcional y otra que no lo es, lo cual pudiera interpretarse como
una evidencia del fracaso del punto de vista tradicional. Quedó claro que no basta saber
un código para poder ser un usuario de la escritura, pero ¿qué es entonces lo que se
necesita aprender?: ¿algo más en adición al código o algo diferente que implique
abandonar la idea de la escritura como código?. La respuesta ya ha sido dada, se trata de
aprender el lenguaje escrito, en su acepción amplia.
Dicha respuesta ha sido posible gracias a que diversas disciplinas científicas,
principalmente la lingüística, la psicología y la antropología, han superado los prejuicios
que les hacían no ocuparse de la escritura (Teberosky, 1992, p.208); ha implicado, por
una parte, conceptualizar la escritura como fenómeno lingüístico y por lo tanto también
cultural, y por otra, concebir su aprendizaje en una dimensión psicogenética.
Los estudios de la psicolingüística sobre los procesos de lectura han mostrado que no se
lee decodificando, sino procesando informaciones visuales y no visuales para obtener
significado: Una estrategia de seguimiento de letra por letra impide obtener significado
(Vg. Smith, 1983a, pp. 51 a 53 y 64).
Los estudios de psicología genética señalan que los aprendices tienen que
comprender reconstructivamente la naturaleza del sistema de escritura. Esta consiste en
posibilitar la integración de todos los aspectos esenciales del lenguaje, a partir de la
explicitación privilegiada (y aproximada) de la secuencia fonética mediante letras
(Ferreiro 1986b, p.64 y 1992 pp. 49 a 51).
Podemos ahora precisar cuál puede ser el "cierto logro básico" que deslinde la
alfabetización del fenómeno más amplio del aprendizaje de lenguaje escrito que la
incluye. Se trata de establecer un punto de referencia con cierta arbitrariedad, por
razones pragmáticas. Nuestra propuesta es la siguiente:
Un sujeto alfabetizado es aquel que usualmente lee, de forma convencional, por
lo menos algún tipo de texto escrito, (considerando texto como una secuencia de
oraciones cuyo conjunto conforma una unidad con sentido), y que posee un
conocimiento integral de lenguaje escrito, aún cuando éste pueda ser todavía incipiente.
Aunque lo que proponemos como índice para definir a un sujeto alfabetizado no se
refiere a la particularidad del escribir, supone un conocimiento, aunque sea incipiente,
de todo lo relativo al aprendizaje de lenguaje escrito, incluso del escribir. El
conocimiento integral de lenguaje escrito abarca tanto a la lectura como a la escritura,
considerando las diversas funciones de dicho lenguaje, el conocimiento de diversos
portadores y tipos de textos, su uso en contextos culturales específicos, el desarrollo del
lenguaje formal aún independientemente de lo escrito y el desarrollo de habilidades para
plasmar la escritura con diversos instrumentos.
Hay que notar que la lectura y la escritura no son procesos inversos sino
complementarios cuya combinación es recomendable en el proceso de su enseñanza
(Teberosky, 1992, p.202). Si hemos recurrido a proponer un índice de lectura, es
porque, a pesar de lo mucho que tiene en común su aprendizaje con el de la escritura, su
evolución no es totalmente equivalente (Ferreiro, Gómez-Palacio y cols., 1982,
fascículo 5, pp. 73 a 88) y por lo tanto, no parece factible dar un índice conjunto. Por
otra parte, considerando que algunos adultos se rehúsan a materializar su escritura a
pesar de que pueden ser lectores convencionales y tal vez redactores de algunos textos,
parecía más sensato establecer un parámetro de lectura.
También queremos señalar que cuando decimos "la propia lectura", al definir
alfabetizar, no descartamos que la obtención de significado sea no sólo una interacción
del sujeto con el texto del cuál obtiene informaciones visuales, sino también con otros
individuos. Cuando hablamos de "lectura convencional" nos remitimos a aquella en la
cual la información visual que proporcionan las letras es tomada en cuenta
cualitativamente y de forma constante para la construcción del significado. Recordamos
que hay formas de "lectura" previas a la convencional que proceden de otras maneras
(Ferreiro, 1986a, pp. 74 a 88).
Desde nuestra perspectiva, toda alfabetización tendría que ser funcional o no sería, no
sólo porque nuestra definición incluye el uso del lenguaje escrito, sino porque
rechazamos la visión de que aprender a leer y a escribir consiste en el logro de
habilidades para manejar un código que posteriormente puede aplicarse o aprenderse a
aplicar a cualquier tipo de texto en cualquier contexto.
La funcionalidad del lenguaje escrito es una parte indisociable del mismo y, por lo
tanto, forma parte de su aprendizaje y de su enseñanza en cualquier etapa. Así, un
analfabeta funcional sería alguien que en realidad no ha obtenido un logro básico en el
aprendizaje del lenguaje escrito, aunque haya aprendido letras en tanto elementos
aislados del conocimiento integral de tal lenguaje.
Para finalizar este apartado queremos proponer el uso de otro término que puede ser
útil:
"Los niños ... nunca esperan tener seis años y una maestra delante para comenzar a
aprender. Son constructores del conocimiento desde el comienzo mismo. Han tratado
por sí mismos de encontrar respuestas a problemas muy difíciles y abstractos planteados
en el esfuerzo por comprender el mundo que los rodea. Están construyendo objetos
complejos de conocimiento, y el sistema de escritura es uno de ellos" (Ferreiro, 1987,
p.42).
Aprender el lenguaje escrito es algo que no se limita a la escuela, aunque ésta
desempeñe un papel muy importante. Pero muchos aspectos de este lenguaje se
empiezan a aprender antes de llegar ella (incluso al preescolar) y se continúan
aprendiendo paralelamente a la enseñanza escolar, fuera del aula o incluso dentro de ella
en situaciones informales.
Para que alguien aprenda el lenguaje escrito, se necesita de un ambiente que
proporcione las experiencias pertinentes, es decir, de un ambiente alfabetizador.
Este "es aquél que proporciona oportunidades para atestiguar cómo otros usan
comunicativamente la escritura y oportunidades para incorporarse paulatinamente a
estos usos. La enseñanza de las letras no puede ser sustituto de las vivencias propias de
un ambiente alfabetizador, tales como los juegos de escritura y redacción; el acceso a
curiosear y a preguntar sobre diversos portadores de escritura; la posibilidad de ser
testigo, y mejor aún, destinatario, de lecturas realizadas por los que ya saben leer; el
encuentro de retroalimentaciones moderadas y amables sobre los propios intentos de
lectura y escritura convencionales (y la inserción en diversas situaciones de uso del
lenguaje formal).
El ambiente alfabetizador puede estar fuera o dentro de la escuela, aunque lo ideal es
que se presente en ambas situaciones. Aún en los casos en que exista un ambiente
alfabetizador suficientemente rico en el ambiente extra-escolar, no está por demás que
la escuela incorpore en su seno los aspectos integrales del lenguaje escrito ligados a la
vida que se desarrolla fuera de sus muros, para profundizar e incluso acelerar su
aprendizaje.
En realidad, el ambiente alfabetizador al que nos referimos para retomar este
difundido término, no es diferente a un ambiente propicio para el aprendizaje de
lenguaje escrito, en el cuál, como ya se ha dicho, se inserta la alfabetización.
El lenguaje escrito permea o tiende a permear a toda la sociedad y, por lo tanto, su
enseñanza no puede ser monopolizada por la escuela, pero esta institución debe asumir
un papel preponderante en dicha enseñanza.
La escuela debe abordar integralmente al lenguaje escrito, y para lograrlo tiene que
considerar:
- El conocimiento de lenguaje formal, oral o escrito, en las diversas modalidades que
constituyen diferentes tipos de texto.
- El conocimiento de los usos sociales del lenguaje formal y de los portadores de
texto en contextos culturales específicos.
- La conceptualización del sistema de escritura en general, así como de aspectos
particulares del mismo, pre-alfabéticos y post-alfabéticos (sobre estos aspectos véase:
Vaca, 1987).
- El conocimiento y desarrollo del uso de las convenciones periféricas con respecto
del sistema de escritura: orientación de la escritura; formas, denominaciones y tipos de
letras; signos de puntuación (véase Ferreiro, 1986b, p.60); así como la separación de
palabras, la distribución gráfica y las variaciones ortográficas en el uso de las letras.
- El desarrollo de actitudes positivas en el uso del lenguaje escrito (al respecto, es
ilustrativa la obra de Bettelheim y Zelan, 1981; y en general el espíritu pedagógico de
Freinet de vinculación de la escuela y la vida).
Al interior de los párrafos previos encontramos a veces cosas para abordar o enfatizar
antes o después (por ejemplo, lo alfabético y lo post-alfabético), pero el conjunto de
aspectos indicados en tales párrafos ha de ser considerado simultáneamente. No se
piensa en prerrequisitos, sino en un abordaje integral a diversos niveles.
Pero el hecho de que la escuela tome en cuenta el lenguaje escrito de manera integral
no quiere decir que todo lo relativo al mismo sea enseñable explícitamente; aunque
algunos tópicos están sujetos a la discusión de si pueden y/o deben ser enseñados así.
Tampoco pensamos que todo lo que no se enseñe explícitamente es ajeno a programas y
metodologías de enseñanza. Pero estas ya son discusiones propias de otro trabajo.
Para finalizar diremos que, si queremos evaluar algún procedimiento de enseñanza
del lenguaje escrito, un criterio importante será el analizar si contempla integral y
equilibradamente los aspectos que hemos señalado, según las circunstancias concretas
en que se desarrolle o haya de desarrollarse, considerando también el entorno escolar.
NOTAS
Aunque sea imposible exponer todas las ideas que organizaron a los libros de texto
mencionados, se indican algunas de las más generales.
Referencias bibliográficas
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1987 "Procesos de adquisición de la lengua escrita dentro del contexto escolar". En:
Colección Pedagógica Universitaria, no. 15, enero-junio 1987. Universidad
Veracruzana, Xalapa (México).
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1992 "La escritura antes de la letra". En: Colección Pedagógica Universitaria, nos. 20 y
21, enero-junio 1992. Universidad Veracruzana, Xalapa (México).
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* Margarita Gómez Palacio Muñoz: Coordinadora General del Programa Nacional para el Fortalecimiento de
la Escritura, PRONALEES