Está en la página 1de 266

Créditos

Moderadoras: ♥Yvonne y Axcia

Traductoras Correctoras
Magdys83 Agustina
jailemat Nanis
Ka t h Maye
Axcia Lili Golding
Gigi
Steffanie
marianayb
Vero Morrison Revisión final:
Valen drtner
Cjuli2516cz
Olivera Nanis
Brisamar58
Nelshia
Maria_clio88
Mimi
lvic15
Diseño:
karen´s
Melusanti Roxx
Kyda
Índice
Créditos 18
Índice 19
1 20
2 21
3 22
4 23
5 24
6 25
7 26
8 27
9 28
10 29
11 30
12 31
13 32
14 33
15 34
16 35
17 Autora
Sinopsis
Cuando tenía doce años un extraño en la estación de trenes me enseñó el
significado de lo feo. Abusó de mí y amenazó con matar a mi familia si lo contaba.
Me quedé en silencio, y la fealdad aumentó.
Ahora, esa palabra rueda como fragmentos de una película en mi cabeza. Lo
único que he hecho desde que mi mejor amigo, Keyon Arias, se fue del pueblo fue
cimentar lo fea que soy. Fea en el interior; muy profundo en mi corazón. En el
exterior… soy una zorra. Les muestro sonrisas a los hombres y los hago gemir con
el placer que controlo.
Ellos no. Nunca ellos.
Después de cinco años de estar lejos, mi hermoso chico ha vuelto al pueblo
para el baile de máscaras de su padre. Él es diferente. Fuertes músculos
reemplazan la piel y los huesos de su cuerpo una vez infantil. La única cosa que sin
embargo no ha cambiado: la mirada asesina en sus ojos cuando acaba con sus
oponentes. En el cuadrilátero, veo al niño intimidado, adulto, dominando en
formas que no pudo en la secundaria.
Es el hijo del alcalde. El luchador de la MMA en crecimiento. El hermoso.
No soy la Paislee Cain de antes, no soy la chica dulce que una vez conoció, la
cual espantó a sus bravucones. Soy la zorra del pueblo. La chica sucia cuya
vergüenza jamás desaparecerá sin importar cuántos hombres use. Él odiaría en lo
que me he convertido.
Porque lo hermoso jamás puede amar a lo feo.
Paislee
Los momentos más vibrantes de mi vida parpadean a través de mi cerebro
como fragmentos de películas. Si me concentro lo suficiente, absorben el sonido
hasta que se vuelven tan reales que se mezclan sobre rastros de mis recuerdos
también. Ya me di cuenta que hoy se transformará en un fragmento que se unirá al
resto de ellos, la versión corta de hoy, lo que estoy viendo ahora mismo.
En este momento, él no se estrella en un fragmento en el fondo de mi cerebro.
Es casi tangible, él mismo, en maneras que no lo he visto en años.
Fuego relució de él cuando se pavoneó en la jaula, con los brazos elevados
adelantándose a la victoria y con una sonrisa arrogante en su boca. Pero ahora,
minutos dentro del encuentro, ya no está sonriendo, no, porque Keyon está
luchando duro.
Siempre hizo eso. Luchar duro, me refiero. Y no tenía miedo por él, porque lo
conocía bien. ¿Quién puede estar temeroso por alguien de aspecto sanguinario?
Da igual su espalda hacia la cámara mientras entrega el último golpe decisivo
a su oponente; me gusta la visión de piel y músculos bajo focos deslumbrantes y
sudor que sale volando del cabello y las pestañas cuando se vuelve.
La estación de televisión local reproduce el knockout de Keyon en cámara
lenta, mientras examino qué es lo más real; las repeticiones de este tipo en una
pantalla de TV, frente a lo que hay en mi cerebro, esos fragmentos especiales de
hace años. Dejo que el pensamiento se vaya y reflexiono en lugar, de cómo Keyon
y cual sea su nombre sobreviven a la paliza que ellos se dan entre sí.
He seguido de cerca a Keyon en las noticias. Este es el primer evento
televisado del que he sido parte, por lo que hasta ahora lo he encontrado en
Internet y en nuestro endeble periódico, la Gaceta Rigita.
Desde el primer vistazo de su rostro en la televisión, vi la misma impaciencia
que antes. Fuego fatuo todavía arde en sus ojos y la dedicación irradia de él como
rojo vivo brillante. En mi imaginación, Keyon está sacudiendo las puertas de
salida, moribundo de ser liberado en un mundo donde él puede gobernar, destruir,
festejar sobre su poder, sin inhibiciones.
He leído acerca de su deporte. Los luchadores pueden hacerse profesionales a
los dieciocho años, y con el talento de Keyon y sus veintiún años, sólo ha de ser
una cuestión de tiempo.
Han pasado cinco años desde que nuestro director de escuela secundaria
amenazó con expulsarlo. Reconozco su salvaje expresión, la que llevaba tan
consistentemente durante los últimos meses antes de que su familia empacara y se
marchara.
Me gustaría que hubiera estado en contacto después de que se marchó. Sus
fragmentos de película permanecen en mí, sin embargo, y desde que encontré una
pequeña foto de él en La Gaceta hace un año, me he convertido en una verdadera
acosadora. Realmente, realmente lo hago, y tengo que admitir que es extraño.
Pero aquí está ahora, en la televisión, todo un adulto. Se ve tan intenso. Así,
sin miedo. Recuerdo el miedo infestando sus ojos antes de que todo cambiara, justo
cuando estaba aprendiendo a dominar mi propio miedo. ¿Las cosas habrían sido
diferentes si él hubiera sido valiente desde el principio?
Dicen que recibió una paliza en su última pelea. Nada roto, sólo algunas
contusiones en las costillas. Exploro su espalda en busca de señales, pero el
enfoque de la cámara hace zoom hasta sus hombros y cabeza.
El árbitro grita algo, y cuando Keyon gira hacia la cámara, la comprensión
golpea en mí; he sabido que estaba ahí, pero ahora mi cuerpo interioriza todo de
una vez. Es él, sin un ápice de duda, estoy cara a cara con Keyon Arias en la
pantalla y su pecho sube y baja, no por el esfuerzo, como en muchos de mis
fragmentos de películas, sino con la energía del campeón invicto.
Estoy fascinada por sus ojos mientras se apacigua. Son melosos, color oliva.
Al igual que hace años, fluctúan dependiendo de su estado de ánimo. Siempre he
tenido un tiempo difícil decidiendo qué tono hablaba de aguas tranquilas.
Esos ojos de gato miran fijamente a la cámara, sin ver y llenos de propósito, y
su mandíbula se contrae cuando aprieta los dientes.
Oh, conozco esa expresión. Lo recuerdo listo para agarrar a compañeros de
clase por el cuello y golpearlos en el asfalto en el camino a casa desde la escuela.
Si lo interpreto correctamente, está luchando contra el impulso de derribar de
un golpe a su contrincante mientras el hombre se tambalea sobre sus pies. Esto es
nuevo para mí. En otro tiempo Keyon Arias reclamó el trono como el terror de
nuestra escuela, no hizo ningún esfuerzo para parar hasta que su víctima estaba
demasiado agotada para moverse.
Solía tirarme sobre la espalda de Keyon. No podía golpear a la gente con los
tentáculos de una chica a la que nunca había lastimado, alrededor de su cuello.
―¿Paislee? ―El viejo levanta las cejas tupidas desde la puerta de entrada a la
sala de descanso―. ¿Estás viendo la televisión? ―Él no puede creer lo que ve en el
medio de mi turno. Los espejos están esperando y si van a convertirse en perfecto
guijarral artesanal, cumpliendo nuestros estándares de marca, cada paso tiene que
ser supervisado y completado dentro de dos horas. No se toman descansos en esas
dos horas.
El espejo esperando por mí ahí fuera ha estado esperando durante diez
minutos, puede estar ya amarilleado en ese color enfermizo que no puede ser
considerado arte.
―Lo siento, viejo. Yo… No sé lo que pasó. Voy a ir allí ahora.
―Puse a Mack en ello ―dice, con voz grave para un hombre tan flaco.
Siempre sentí que las voces profundas deberían vivir en hombres fornidos.
Me pregunto cómo suena la voz de Keyon ahora. En el momento en que se
mudó, apenas le había cambiado de su tono de muchacho joven.
Las cejas del viejo hombre son más expresivas que sus ojos. Ahora se hunden
tan abajo, que sus iris se transforman en fangosos medias lunas debajo de ellos.
―No se puede perder un espejo, ya sabes. ―Él asiente, sorbiendo. El viejo
nunca me reprende. Enfoca una mirada al árbitro quien está agarrando el brazo de
Keyon para evitar que se lance a su competidor―. ¿Boxeo? ―pregunta finalmente.
―MMA, artes marciales mixtas ―le digo. La desvencijada mesa al lado del
sofá es demasiado débil para sostener la monstruosa TV anticuada durante mucho
más tiempo―. Nos compraré un mejor soporte de TV.
El viejo balancea su cabeza. Sorbe de nuevo por costumbre. Ha estado en los
humos de espejo durante décadas, e incluso cuando su nariz está seca, sorbe.
Siento que mi sonrisa se inicia en un lado de lo mucho que amo a este hombre.
―Él es un ser agitado, ¿eh? ―dice sobre Keyon. Las palabras que utiliza son
pocas y genuinas. Sólo cuando está borracho parlotea.
―Lo es.
―Le gusta pelear. ―El viejo aspira el aire a través de sus dientes. Baja sus
manos dentro de los bolsillos de su ropa de trabajo y se mece sobre los talones de
sus pies―. ¿Le conoces?
Es mi turno de asentir.
―Ese es Keyon Arias. Solía vivir aquí. Keyon fue nuestro matón de la escuela
―respondo, y a pesar de mí misma, mi sonrisa se amplia.
Paislee
¿Sabes qué apesta?
Las estaciones de trenes.
Las estaciones de trenes tienen el poder de distorsionar las vidas. Cuando
tenía doce años, mi hermano y yo empezamos a subir a los trenes para ir con
nuestros abuelos, saliendo del camino mientras mamá y papá intercambiaban
culpas, peleaban sobre por qué se habían casado, y quién amaba menos al otro.
Años más tarde, llegaron a la conclusión de que no funcionaba la cosa de
familia. Papá y Cugs debían mudarse, lo decidieron. Cugs era demasiado parecido
a papá, en lo único en que estaban de acuerdo.
Papá y Cugs tienen el mismo cabello grueso y lacio. Los mismos ojos caídos,
la nariz ligeramente torcida a la izquierda y las fosas nasales desiguales con forma
de gotas gigantes. La carcajada de Cugs salía más fácil que la de papá, sin
embargo, mientras que la voz de papá resonaba más fuerte que la de Cugs cuando
gritaba. Extraño la carcajada de mi hermano.
En un mundo donde los carros dominan, las estaciones de trenes todavía
pueden mantener a los niños atrapados hasta que sea hora de enviarlos fuera a
donde sea que no quieren estar. Las estaciones de trenes son como la Segunda
Guerra Mundial. Enviaron a los niños al campo en ese entonces, para estar a salvo
de los bombardeos de Londres. Se lo dije a mi hermano una vez, pero era muy
pequeño para entender. Se rió, diciendo que vivimos en Estados Unidos, no en
Inglaterra, y que la Segunda Guerra Mundial fue hace más de mil años.
Pero, ¿y si los efectos todavía persisten? Esas fotografías de los padres
saludando desde las plataformas y ya extrañando a sus bebés. O los niños con el
corazón roto llorando a través de las ventanas abiertas del tren. Estoy segura que
esos trenes en Londres formaron las vidas de los niños, tal vez las vidas de sus
hijos.
Los trenes no son tan malos como las estaciones de trenes, sin embargo.
Excepto los trenes de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Los nazis
acompañaban a los judíos en ellos y los enviaban a los campos de concentración.
Esos niños, adultos, madres, padres, abuelos, no conocían sus destinos. Todo lo
que sabían era que eran enviados a trabajar a algún lugar. Más tarde, en los
campos, los nazis los mataron de hambre o los mataron en las cámaras de gas, y a
pesar de que esos no son mis recuerdos, los extractos de películas caseras de ellos
suelen sobrecargar mi cabeza.
Pero los trenes no tienen la culpa de en lo que me he convertido. Lo son las
estaciones de trenes.
De alguna manera ya he cumplido veintiún años. Paislee Marie Cain de
veintiún años, que terminó la secundaria con un grito de piedad, que nunca se va a
mudar fuera de los chismes de la ciudad de Rigita, tan alto en Estados Unidos que
los tentáculos de nuestra nieve pastan en el día equivocado.
Yo soy esa chica, la que nunca verá de nuevo a su hermano, o la India, la
Galería de los Espejos en Versalles, a su padre, el museo de cristal en Murano. Soy
la puta del pueblo que trabaja en el único lugar en este tranquilo punto blanco en
el mapa donde nadie la juzga: la Galería de los Espejos Win, escondida en el rincón
más allá de un agujero en el pasillo en el escaparate de falafel de Broad Street.
El restaurante Al Admony es pequeño comparado con la vieja fábrica de
espejos más allá. Solíamos mostrar nuestros productos allí, atrayendo a los clientes,
pero el viejo no necesita un exhibidor; sus clientes obsesivos encargan por correo,
encargan por internet, incluso conducen a la ciudad para verlo hacer a mano sus
piezas de arte únicas de ángel cubierto de oro.
El viejo puede llevarte al Paraíso con la belleza de su arte, y nuestros clientes
se van sabiendo que van a causar estragos llenos de felicidad a donde sea que
cuelgan sus adquisiciones. Sí, los espejos del viejo, una vez que has mirado a uno
fijamente, se vuelven una obsesión.
Yo nunca podría permitirme sus espejos, son demasiado caros como para
hacer que los venda baratos, pero para mi cumpleaños veintiuno, el viejo me
regaló una pieza que nunca lo vi hacer. Me sorprendió colgándola en mi estudio
del ático encima de la fábrica y no sabía qué hacer cuando lloré. Verás, la gente no
hace cosas como esa por mí sin pedir favores.
El viejo nombra a todas sus piezas. No recuerdo el nombre que él le había
dado a la mía, porque para mí vino sin pensar; mi Murano ilumina el sol en mi
espacio.
Trabajo duro aquí, en la Galería de los Espejos Win, dentro de mi campana de
humos y mi traje protector. Este lugar es mi santuario. Siempre que me deshago de
mi equipo, estoy en el teléfono y en la computadora, haciendo publicidad del viejo
y manteniéndome al día con su sitio web.
Soy apreciada en los tres negocios que dirige el hombre, y cada día agradezco
a los dioses por darme este trabajo. Soy buena en ello. Se podría decir que me
destaco en él. En el teléfono y en internet, nadie sabe quién soy.
Pero donde la Galería de los Espejos Win es luz y esperanza, las estaciones de
trenes son violencia y oscuridad. Son el aplastamiento de los futuros, sueños y auto
respeto. Lo sé porque Cugs y yo frecuentábamos la estación de tren de
Sherrelwood durante años en nuestro camino hacia y desde casa de nuestros
abuelos.
Sólo una vez fui sola. Sólo una vez dejé la puerta del baño ser empujada
abierta por un hombre desconocido con un deseo intenso por las virginidades de
las chicas de doce años. Y sólo una vez un hombre desconocido me dijo que
mataría a mi familia si gritaba.
Pero eso fue hace mucho tiempo. Nueve años para ser exactos. A estas
alturas, los escalofríos, las noches con insomnio se han vuelto raras y he dejado de
creer que todos los hombres son monstruos. Tomó esfuerzo, pero conseguí eso por
mi cuenta y me siento orgullosa.
Tienes que tomar al toro por los cuernos. Si te quedas mirando a la muerte sin
parpadear, terminas aprendiendo cosas, como que eres preciosa. Que eres sexy.
Que eres irresistible. Que puedes batir las pestañas, fruncir los labios manchados
de rojo y dibujar la comisura de tu boca en formas que dominan el mundo de
hombres.
Para mí, los hombres no son peligrosos a menos que estén en las estaciones
de ferrocarril con chicas de doce años que están asustadas y rígidas.
Ahora yo los busco. En lugar de robar mi poder, aplastan lo que una vez
sucedió. Una y otra vez lo aplastan, y le doy la bienvenida a sus caricias, sus
miradas intensas, y al brillo en sus sonrisas cuando me preguntan si también es
bueno para mí.
―Vamos a poner a Eden en su marco y acabamos por el día ―grita el viejo
sobre el ajuste de la alta presión del agua. Se apresura sobre el espejo como seda
líquida, erradicando las últimas manchas químicas que quiere que se vayan.
Cuando levanta el espejo, el sol se hace cargo de la habitación y Mack también se
endereza junto a mí, las manos en sus caderas y los dos intercambiamos miradas
contentas.
―Es una belleza ―confirma Mack lo que sabemos los tres―. Una de tus
mejores, viejo. ―El viejo sólo gruñe, pero su labio superior desaparece debajo de
sus bigotes entrecanos y sé que está escondiendo una sonrisa.
El marco representa el Edén, de ahí el nombre del espejo en sí. Es espléndido
y decadente, una ráfaga de frutas doradas y pájaros cantores. Cuando empecé a
trabajar aquí a la edad de diecisiete años, pensaba, ¿quién demonios compraría algo
tan desmesurado? En cada nueva pieza pomposa que el viejo creaba, pensaba eso.
Ya no lo hago.
La mayor parte de las creaciones del viejo son pre-pedidos personalizados,
pero cuando tenemos tiempo, él se da gusto desgarrando una belleza directa de su
mundo de fantasía. Ya que no está tratando activamente de vender estos, nosotros
siempre, siempre vamos por más de los pedidos de los clientes.
―¿Quieres ir a cenar? ―me pregunta Mack mientras nos organizamos para
la noche. Él no es directo con el viejo alrededor. Mack y yo tenemos un
entendimiento tácito, porque mi vida después de las horas de trabajo entristece al
viejo.
―Está bien, seguro ―digo, y sus ojos se encienden y le echan un vistazo a mi
cuerpo antes de agarrar su chaqueta.
―De hecho, estoy hambriento ―me dice en el camino hasta las escaleras―.
¿Tienes algo de comer? ―pregunta mientras baja mi pantalón y pone su mano
entre mis muslos. Estoy girando la llave en la cerradura de la puerta. El poder que
tengo sobre Mack ahora mismo hace a mi corazón rebotar.
―No, en realidad. Solo pepinillos y puré de manzana. Tengo que ir a la
tienda.
―Ah, olvídalo. ―Trabaja silenciosamente en mi blusa una vez que estamos
adentro. Enciende el interruptor de la luz para poder verme―. Voy a recoger
falafel en el camino a casa.
No respondo. Solo cierro los ojos y disfruto sus manos impacientes. Conozco
bien su sensación. Son las mismas cada vez, suaves y al punto, encontrando lo que
quiere y asegurándose de que no me duele cuando nos unimos en algún lugar de
mi departamento. Es fácil y rápido. Somos amigos. Algunas veces también me
corro. Lo hace feliz cuando lo hago.
―Gracias, Paislee, eres un salvavidas ―dice mientras se sube el pantalón de
nuevo y me da mi bata de la percha del baño. Empieza a ponerla en mí, lo que me
hace sonreír.
Mack es lindo.
―Puedo vestirme ―le digo.
―Correcto, bien. ―Mack se ríe entre dientes, avergonzado―. Nos vemos
mañana. ―Su mano sube en saludo en el camino hacia la puerta, y le devuelvo el
saludo, todos los dedos en una mano agitándose.
―Seguro, mañana.

―¡Por Dios, mira eso! ―Rob, uno de los habituales de mamá, grita y señala al
monitor de la televisión―. Primero el tipo deserta del pueblo y ahora, de repente,
¿quiere ser nuestro alcalde? ¡La osadía de algunas personas! ―Se mueve en su
taburete de bar, las nalgas esparciéndose a los lados. Mi mamá se gira para un
vistazo, acostumbrada a las exclamaciones sin tacto de Rob. Ella seca una copa de
vino y la engancha sobre el mostrador con los otros.
―Es su deber convertirse en nuestro alcalde, Rob. Y ésa es la toma de
posesión de la que estaban hablando. Además, él vive de nuevo en el pueblo
―dice mamá y Rob sisea en voz baja a través de sus dientes.
―Bah, sabes que el alcalde Thompson volvió a ganar, no ese tipo, Margaret.
Debería solo tomar a su esposa extranjera e ir a algún lugar donde los quieran.
―¿Debo recordarte otra vez lo que pasó? ―pregunta mamá, la voz paciente
como lo es con Rob―. El viejo Cyril Thompson falleció.
―¿Y? ―sisea Rob, sin encontrar una mejor respuesta ingeniosa.
―Así que el director de relación de la ciudad se convierte en el alcalde para el
resto del mandato. Es una buena persona, Rob ―dice mamá y pone otra cerveza en
el mostrador ante la curva de su dedo.
―Gracias. Lo estás poniendo en mi cuenta, ¿correcto?
―Sí, pero este es el último. Es final de mes, querido y es tiempo de pagar.
Un nuevo siseo de Rob:
―Es como que el chico nuevo está celebrando ahora la muerte de Cyril. Qué
demonios, Margaret. El resto del país debe pensar que Rigita está loco.
―Cyril murió hace dos meses ―lo apacigua mamá―. Queríamos una fiesta,
una toma de posesión verdadera. Incluso hemos votado si lo queríamos o no. Tú lo
sabes.
―Creo que también va a ser bueno. ―Meto baza, mi declaración molestando
a mi estómago―. Y lloramos la pérdida de Cyril. Ese fue un gran funeral.
Cindy, la compañera camarera de mamá, me fulminó con la mirada. Estoy
acostumbrada a eso. Las mujeres en este pueblo me odian. Se quejan de que
duermo con sus hombres, pero si ellas preguntan, les diría que no sucedería si sus
hombres no me necesitaran.
―Señorita Lo sé todo ―murmura Cindy, sorprendiéndome. Por otro lado, si
les hablaba a los clientes de la forma en que lo hizo conmigo en la secundaria, el
dueño podría despedirla.
Respondo deslizando una lenta mirada sobre un chico elegante que empezó a
frecuentar el Café de Ivy hace una semana. Cindy lo ha estado mirando. Es muy
tímida y no muy bonita como dicen, así que, ¿por qué no? La venganza domina.
―Ellos se hicieron cargo de la Mansión Coral ―nos informa Rob, todavía con
el ceño fruncido.
―Dah, Robert ―replica Cindy, molesta conmigo por coquetear con los ojos
con el Chico Elegante y desquitándose con Rob―. Es el lugar donde vive el
alcalde.
―Sí, pero Cyril ha vivido allí durante una década y eso no es justo.
―Bueno, vivía allí porque fue el alcalde por una década ―dice otro cliente
más paciente―. Y Cyril ya no necesita una casa. ¿El nuevo alcalde tiene pequeños?
―No los tiene. ―Mamá empuja un trapo de cocina sobre los rastros de
cerveza que deja Rob sobre el mostrador. El hombre nunca usa posavasos―. Ulises
y Silvia son de mi edad y tienen un hijo adulto. Dudo que él se esté mudando de
nuevo a Rigita.
―Sí ―añado, tragando un pequeño temblor en mi garganta―. Él es un
luchador de artes marciales mixtas y su nombre es Keyon.

Es el segundo día del primer año de secundaria. Las chicas son altas y lindas,
y los chicos bajos y feos. Un chico es más bajo que los otros y lindo como las chicas
con rizos largos y negros como el carbón. Sus ojos son redondeados y dorados,
muy dorados y a los chicos no les gusta por eso.
―¡Mariquita! ―le gritan durante los descansos, una nueva palabra que
pregunto a mamá esta noche―. ¡No me mires, mariquita!
Él está en mi salón de clases, con la columna vertebral erguida en el asiento
junto a mí. No se encuentra con mis ojos los primeros días que estamos en la
misma escuela, pero veo el desafío en ellos desde el lado. Le paso notas. Más tarde,
susurro que ellos son las mariquitas sin embargo mi mamá nunca me explicó qué
significaba. En el quinto día, Keyon me ilumina en el camino a casa.
―Son idiotas. Dicen que me gustan los chicos, no las chicas.
Me sonrojo porque me gusta. También me gusta su cabello largo, sus ojos, su
piel que es un poco oscura:
―¿Te gustan?
Él levanta la mirada. Encuentra mi mirada con tanto odio como aguantaba a
sus atormentadores en la escuela:
―¡Por supuesto que no! Me encantan las chicas. No tocaría a un chico con un
jodido cuchillo.
―Bien ―susurro bajo, porque no tenía la intención de molestarlo. Y no
quiero que prefiera a los chicos que a mí.
Su risa es rica y cacarea, una risa graciosa que conozco de las paletas de
frambuesa y el columpio del patio trasero. Doy un vistazo por la acera.
―Tienes razón ―dice―. Sería malo si tocara a alguien con un cuchillo.
Eso es cierto y su cambio de estado de humor es contagioso. Pronto estamos
desternillándonos de risa.
―Regla número uno. ―Me las arreglo para decir a través de nuestro
ataque―. No tocar a la gente con cuchillos.
Podríamos haber seguido riendo si la voz áspera de Tyler no nos hubiera
interrumpido:
―Oh por Dios, si no es nuestra pequeña marica. ¿Acabaste de acicalar tus
rizos afeminados y ahora te estás preparando para levantar a un tipo? Paislee, ¿qué
estás haciendo con este perdedor?
―Detente, Tyler. Keyon no es un…
―¡Mariquita! ¡Perdedor! Te voy a aplastar tu linda cara de niña ―interrumpe
Aaron, pasando a Tyler y dando un puñetazo a Keyon en la boca.
No registro el gemido de Keyon tanto como el chillido resonante en mis
oídos. Es fuerte y perturbador y viene de mí.
―¿Cuál es tu problema? ―grito. Las rodillas de Keyon se doblan debajo de él
en el asfalto. Se cubre la boca, la sangre deslizándose por sus dedos como círculos
de Halloween. Estamos en la Calle Cider, una calle concurrida, un milagro que
nadie nos vea. Tyler y Aaron deben darse cuenta, porque huyen, abucheando. Los
acuso con mi mamá.
Mamá los acusa con la mamá de Keyon.
La mamá de Keyon los acusa con su papá, quien los acusa con el director.
El director suspende a Aaron y a Tyler por una semana, y cuando regresan, es
con una venganza.

―Oye. Te he estado observando. Vienes aquí con frecuencia, ¿no es así? ―El
Chico Elegante avanza furtivamente junto a mí mientras Ivy está lleno con los
sedientos habituales de los miércoles por la noche, manteniendo ocupadas a las
meseras.
No me giro hacia él. En cambio, volteo la cabeza ligeramente y rozo la
barbilla contra mi hombro. Con las pestañas más bajas, lo miro juguetonamente. El
Chico Elegante obtiene esa mirada en su cara, la que me dice que puedo
controlarlo esta noche.
―¿Y te gusta lo que ves? ―pregunto, sorprendiéndolo. Siento crecer la
sonrisa en mi cara ante la pausa incómoda mientras él se revuelve por una
respuesta.
―Tal vez ―argumenta por fin. Es lamentable y lo dejo pasar―. Así que me
he mudado aquí desde Atlanta, y es por AT&T. ―Se endereza en el taburete,
orgulloso―. Estoy a cargo de actualizar la nueva oficina abajo en la Calle Cider.
―¿Eres tú? ―digo, pícara, porque es difícil murmurar impresionada cuando
no lo estás. No me importa su posición o el dinero.
―Sí, ese soy yo. ―Se aclara la garganta, malinterpretando mi respuesta, y
juego con eso.
―El jefe, ¿eh? ―coqueteo.
Se ríe, rascándose su cuello limpio de nalgas de bebé. Creo que veo un
sonrojo crecer en sus mejillas:
―Ah, podrías decir eso.
―Bien. Es un honor. Señor jefe.
―Aaron Jones ―dice, extendiendo una mano. Después de mi último
fragmento de película, Aaron no es un buen nombre, así que no lo memorizo.
―Soy Paislee.
Es tarde para el momento en que me despido en el café. Mamá me saluda.
Trata de ignorar que ese Chico AT&T se va conmigo. Ya hemos pasado por esto.
Ella sabe que no consigue tomar decisiones por mí. Antes, cuando ella hubiera
podido hacerlo, estaba demasiado ocupada recogiendo las piezas de su propia
cordura después del divorcio. No la culpo por tomarse algunos años de vacaciones
de ser una madre. Yo habría hecho lo mismo, estoy segura.
Nota para mí: nunca tener hijos.
―Tuve un buen momento esta noche ―dice AT&T a mi lado, y me doy
cuenta de que todavía está caminando arduamente junto a mí. Algo que decir
sobre cuando una chica no está prestando atención.
Veo mi reloj. Las doce.
―Tengo que levantarme temprano para trabajar.
―Yo también ―digo dulcemente.
―¿Quieres venir a mi casa por una, um, copa? ―A pesar de su acicalamiento
meticuloso y su cara de bebé, no parece practicar en el departamento del ligue.
Hago mi parte regular, registro mis sentimientos.
La calle en la que estamos es sombría. Aunque odio el frío, me gusta más
cuando cae la nieve, suavizando la noche y dejando una manta de esperanza en el
suelo. La oscuridad se vuelve menos oscura de esa forma. Reprimo los labios
succionados, verificando que no me siento satisfecha.
―¿Dónde vives? ―pregunto.
Él responde rápidamente:
―Más allá del Pub Amarillo, es la primera esquina ¿si sabes a dónde me
refiero? ―AT&T señala abajo por la calle. Por supuesto que lo sé. Camino pasando
el Pub Amarillo todos los días para llegar a casa desde Ivy y sólo a dos cuadras.
Las cosas están mejorando para este chico.
Hago otra revisión. Imagino lo que sería regresar a mi departamento. El viejo
no vive en su reino de espejos, y los dueños del lugar del falafel tampoco. Solo yo
estoy allí. ¿La soledad me inundará esta noche? ¿Me hará pensar en las estaciones
de trenes, en los trenes de la Segunda Guerra Mundial, o me dormiré antes de
llegar tan lejos?
La mano de AT&T se establece en la parte baja de la espalda mientras me
alerta de un charco. El gesto es considerado, y desde su apariencia débil, me hace
menos abandonada y temerosa de la oscuridad.
―Gracias ―digo―. Una pequeña copa no hará daño, supongo.
―Claro que no. ―Está de acuerdo, una sonrisa engorda sus mejillas.
Una hora más tarde, estoy afuera de la ducha. Me froto el cabello seco y
bloqueo las longitudes oscuras en una toalla limpia antes de ir a la cama. Luego me
caliento en el fragmento de película de los últimos sesenta minutos. Rápido pero
placentero, AT&T parecía nuevo en los rollos de una noche, pero atento y
dejándome controlarlo de la forma que lo necesitaba.

―¿Cuál es tu veneno? ―pregunta AT&T, sosteniendo una puerta abierta del


refrigerador bien surtido como si fuera un gabinete de armamento.
―Tomaré una Diet Coke.
―Aquí tienes. Lo siento por el desorden ―se disculpa. Río en voz baja. El
apartamento grita “hombre pulcro”.
―¿Tienes un asiento? ―Es una pregunta, tal vez porque no muestro tal
inclinación―. ¿Dónde está tu dormitorio?
El sonido no está ahí, pero su pecho succiona un aire sorprendido. Lindo:
―Da tu opinión de si estoy hablando demasiado rápido, cariño ―digo. Pobre
chico ruborizado. Por Dios, él es demasiado.
Lo ayudo a quitarse su ropa y está tan dispuesto que parece doloroso. Su
manzana de Adán tiembla con cada trago de saliva como si no pudiera creer su
suerte.
Me está excitando. No importa que tiene la grasita de bebé alrededor de su
vientre, que sus brazos son de un trabajador delgado y sus hombros están
redondeados y no de entrenamiento.
Tiene vello abdominal, una de mis debilidades. Acaricio mi camino hacia
abajo, haciéndolo temblar con anticipación. Me muerdo el labio y le guiño. Él
sonríe una sonrisa débil de regreso, los dedos clavados en la cama a sus costados
mientras me mira.
Dios, me encantan sus gemidos cuando lo tomo en mi boca. Le hago eso un
poco, antes de dejarlo ir para desvestirse. Me mira con avidez, pero no se atreve a
moverse. Sé lo que está pensando y me encanta tanto este juego.
Tiene miedo de romper el hechizo, porque tal vez voy a reconsiderar y huir.
También podría, realmente podría, y él no me va a detener. Los hombres son
buenas personas. No son hijos de puta. Los números hablan por sí solos, y sólo esa
vez, sólo entonces y nunca más, han sido malos.
Ahora estoy aquí, disfrutando esto. Estoy excitada, con ansias de conectar con
él.
―¿Tienes condones? ―pregunto a pesar de que siempre estoy preparada.
Tengo un paquete en mi bolsa. Es solo un extraño juego de poder, perfecto para
esta noche.
―¡Sí! Lo siento, ¿en qué estaba pensando? ―susurra, su estómago tensándose
mientras se sienta y se baja de la cama. Regresa rápidamente. Se apresura a abrir el
aluminio. Cuando ha terminado, toma mis curvas. Levanta la mano y toca mi
cintura. Además de un movimiento, no tiene un plan, así que lo inclino en la cama
y me subo encima de él. Me froto contra su vientre para disfrutar la fricción y
sentirlo duro y empujando contra mi trasero. Él gime, lo que me gusta.
―¿Estás listo? ―le pregunto de la forma en que algunos chicos me
preguntan. AT&T parece que necesita reconfirmación, como que necesita ser
advertido.
―Ajá ―chilla. Esa manzana de Adán sube y baja con voz pastosa de nuevo.
―Está bien, tú lo has pedido ―bromeo, lo mantengo inmóvil y lo disparo en
mi interior.
―Mierda ―jadea, doblando su barbilla así que su nuca se hunde en la
almohada cuando me dejo caer sobre él.
―¿Te gusta? ―Estoy tan a cargo. Estoy en la cima del mundo, controlando el
deseo de todos los hombres, la lujuria de todos los hombres porque quiero hacerlo,
no porque tengo que hacerlo.
―Dios, sí.

Me estiro en la cama, sonriendo. AT&T fue divertido. Se corrió muy rápido,


pero luego me atendió, lo que fue bueno. Alguien debió enseñarle bien en Atlanta.
Más tarde, él menciona las películas, citas y yo estaba honrada. Tan lindo de
su parte, pero ya he pasado eso antes.
Los chismes de pueblo chico llegarán a AT&T. Podría ser prometedor ahora,
pero no durará. Al principio, se sorprenderá cuando se entere que mi tratamiento
hacia él no fue especial, que he estado con la mitad de los chicos viriles en la
ciudad de más de dieciocho años. Por un minuto, él todavía pensará que tenemos
algo especial, e incluso podría llevarme en una cita pública.
Pronto aprendería que soy una marginada y no alguien con la que debería
estar asociado. No hay putas en Rigita, pero Rigita me tiene, la ramera de la
ciudad.
No me puedo quejar. Mis curvas hacen maravillas por mí. Mi cara, mis ojos,
mis labios, mi cabello. Lo he escuchado todo de cada hombre; les encantan
diferentes partes de mí, estar conmigo, estar en mí. Regresan y regresan, y saben
mejor que darme dinero. A veces acepto regalos, sin embargo.
Algunos hombres son educados. Otros no se encuentran con mis ojos cuando
nos atravesamos en público. Los peores me miran directamente, el labio superior
curvado en una mueca silenciosa.
Estoy acostumbrada a todas las variedades. Ya pocas veces me lastima. Pero
cuando el más hostil de ellos me envía mensaje por “abrazos” más que los otros,
no puedo negar que me sorprende.
Quiero dormir con un buen pensamiento. Pienso en la sorpresa en la mirada
de AT&T cuando le hice una mamada sin ser pedido. Se transformó en gratitud
mientras rechinaba mis dientes sobre su miembro y el placer lo hizo temblar por su
columna vertebral.
Cuando despierto con la luz de la mañana jugando en mis ojos, el último
destello de un fragmento de película viene en un sueño…
Una cara suave en un cuello muy delgado, un niño que crece en un
adolescente. Oscuras ondas en desacuerdo enmarañado con el encargado de la
disciplina en la escuela. Hace años, él levantó su barbilla para que pudiera
mantener mi labio tembloroso a la vista. No iba a dejarme ir llorando.

―Paislee, lo siento, pero los últimos meses han sido un infierno para mí.
―¡Me gustaría que me digas lo que está pasando! ―grito y él agarra mi brazo
duro, tan duro como agarra a la gente que odia en la escuela, y grita cerca de mí.
Sólo tiene dieciséis años, pero es fuerte y sigue poniéndose más fuerte.
Keyon solía ser delgado. Ahora, no lo es. ¿Qué tan alto será al final? Alto es
bueno en un chico, pero no funciona para él. Esos músculos que están en
desarrollo tampoco funcionan para él, Keyon es muy fuerte. En los últimos meses,
ha sido suspendido de la escuela varias veces. Cualquier otro habría sido
expulsado por la sangre que él ha derramado. Si no fuera por su padre abogado…
―¡Te lo he dicho! ―grita de nuevo―. He terminado con los idiotas, ¿está
bien? El fanfarrón, el acoso. Se acabó. Sabes que tampoco soy el único a quien se lo
hacen.
―Pero ya no lo hacen, Keyon. Ahora tú eres un idiota.
Los ojos dorados se abren mientras respira con fuerza delante de mí. Keyon
todavía es una buena persona, sé esto, pero necesita recoger su poder. Soy la única
en la escuela que no le teme. No lo hago, porque es mi amigo y porque estoy ahí
cuando sus labios se relajan de su conjunto cruel. Pueden sonreír y ser suaves. Me
han besado.
―Sólo tienen que detenerse, ¿de acuerdo?
―Se han detenido. Has estado sobre ellos durante meses, Keyon y no solo
Aaron y Tyler. Incluso has golpeado a sus amigos.
Él deja caer mi brazo, resoplando:
―¿En serio? No me digas que no has visto la forma en que su puta pandilla
los apoya mientras torturan a las personas.
―Sí, pero sólo son seguidores. Están demasiado asustados de ser retados
para tomar parte en las cosas. Las pandillas no golpean a la gente.
Keyon baja la cabeza, gruñendo con impaciencia:
―Creí que al menos mi novia me respaldaría. Tienes que confiar en mí; una
vez que haya terminado de enseñar modales a esos idiotas, la escuela será más
seguro para todo el mundo.
Los dos estamos en silencio mientras penetra su declaración. He conocido su
plan y su razonamiento desde hace un tiempo, y tenemos esta discusión en
particular después de las peleas violentas cuando él, una vez más, evita a los
maestros. Hoy, sin embargo, la primer parte de su explosión es nueva. Y es lo que
se me queda grabado.
―¿Soy tu novia? ―Nuestro desacuerdo se desvanece en este asunto más
grande.
Él se endereza junto a mí. Aparta la vista así que todo lo que puedo ver son
rizos desordenados y un hombro que está rellenado con músculo.
―Si tú quieres. ―Keyon resopla como si no le importara, pero de repente
está apretando los brazos sobre su pecho mientras espera mi respuesta.
Vaya. Podría ser una novia. Nunca he sido la novia de alguien. Como Melissa
e Irina y las otras chicas populares. Solo que, sería la novia de un bravucón.
Paislee, la novia del bravucón.
―No tiene importancia para mí. De cualquier forma, ya sabes. ―Él se encoge
de hombros, pero a pesar de que sus hombros hacen el movimiento, su cuerpo está
tan apretado, sus talones ni siquiera podrían estar en el suelo. Me centro en sus
pies para comprobar. Como era de esperar, Keyon se ha inclinado de puntillas, la
forma en que solía hacer para parecer más alto cuando era el niño más bajo en la
escuela.
―Lo estás haciendo de nuevo ―digo.
―¿Qué? ―Sus talones se encuentran con el suelo lentamente, sin llamar la
atención, piensa.
―Mentiroso. ―Sonrío y obtengo una rápida rodada de ojos en respuesta.
―¿Sí o no? ―pregunta, de repente valiente y encarándome. Keyon, mi
amigo, que ha crecido a la velocidad de la luz. Nunca fui una de las chicas
populares, y ciertamente no ayudó que empecé a salir con “el mariquita”. Mi
popularidad cayendo es su culpa, pero no me arrepiento.
Han dejado de llamarme Amante de Mariquitas. Me temen porque soy amiga
de un bravucón. La última vez que alguien me dijo apodos fue hace seis meses.
―¿Por qué? ―pregunto, arrepintiéndome inmediatamente de mi pregunta.
Debería haber ido por un sí o un no.
Su boca se empuja en una sonrisa. De su postura, de la travesura creciendo en
su cara, puedo decir que no dudará en avergonzarme.
―Porque entonces voy a llegar a tocarte las tetas. Se están poniendo todas
jugosas.
Dice con risitas como un niño, y estoy mortificada:
―OhDiosmío, ¡cállate! Eres tan… Ah. ¿Cuántos años tienes, Keyon, como,
cinco? Voy adentro. Adiós, para siempre.
No sé si es la última vez que soy la que pisotea y se va dejándolo a él atrás.
Keyon
―¡Eh amigo! ―ruge Jaden―. Sé que estás inspirado y quieres acabar con
Sanchez, pero vamos. Soy tu oponente de práctica, ¿de acuerdo? ―Sacude la cara
como una marica total―. Solo te estoy ayudando, hombre.
―Más bien te estoy ayudando ―digo, masajeando mis nudillos vendados―.
Es necesario que te endurezca si quieres una oportunidad en este negocio. Vegas,
¿verdad? ¿En algún momento? ―agrego la última parte porque las MMA no es la
vida de Jaden y él no está ni de cerca de ser tan dedicado como yo. Él es cuatro
años mayor y pasa más tiempo en averiguar cómo convertirse en un corredor de
bolsa impresionante que borrar oponentes físicamente. Es ridículo.
Aun así él podría tener razón sobre ese último golpe. Puede que me haya
pasado un poco. Eso nuevo que hago, utilizar una escala de uno a diez para anotar
mis propios movimientos, es una idiosincrasia que no comparto con mis
compañeros de equipo. Debido a las consecuencias: no pueden y no quieren
imaginarlas. Pero mi último golpe fue un nueve y eso que me contuve. Si se tratara
de una pelea, hubiera hecho de esa mierda un once.
―Átate el cabello, hijo ―dice el entrenador Dawson. Hay orgullo brillando
en sus ojos. Desde mi primer enfrentamiento con mi padre años atrás, Dawson ha
sido un sustituto para mí, aunque algunos podrían decir que un buen padre no
querría que su hijo sea golpeado fuertemente.
Dawson todavía está esperando a que alguien venga y me haga eso. Cree que
necesito ser tumbado un poco antes de convertirme en profesional. No estoy de
acuerdo, y sin duda no voy a permitirlo tan fácilmente. He estado cerca un par de
veces, pero estoy feliz de decir que siempre lo he decepcionado.
―No es lo suficientemente largo para una diadema, hombre. Además, estoy
por cortarlo. Justo hasta las raíces ―le digo.
Dawson es bajo y fuerte con el cabello de plata que parece que ha sido
rociado con azúcar en polvo. De ninguna manera voy a admitir esto en público,
pero me agrada. Casi hasta podría quererlo, en realidad.
―Por supuesto. Estás por cortarlo antes de mañana, ¿cierto? ―pregunta, con
una sonrisa levantando su boca casi sin labios y profundizando las arrugas en sus
mejillas.
Desde hace años, Dawson me ha ayudado. Es una locura cómo mi caos ha
disminuido gracias a este deporte y a él. Pasé de un adolescente en pánico sin
ningún control sobre mi pasado a un hombre con un enfoque, un objetivo, y el
control sobre la mente y el cuerpo.
―Cuenta con ello ―miento―. Vas a ver mi cuero cabelludo.
Yo soy la estrella naciente de Dawson, palabras de su esposa, no de él, porque
Dawson es un hombre de elogio medido. Mi futuro se ve brillante gracias a él, y
me pone sentimental de nuevo. Eso no es bueno a sólo dos meses de la pelea más
importante de mi vida, cuando necesito un enfoque más decidido que nunca.
El celular de Dawson emite una melodía de los 70´s de su bolsillo. Lo saca y
lo gira para abrirlo ―sí, teléfono que gira― y al contestar su respuesta es la única
palabra que no enuncia con acento.
―¿Sep? ―A lo largo de los años, me he acostumbrado al estilo polaco de
Dawson, hasta el punto de actuar como traductor oficial en el gimnasio.
El surco entre las cejas se suaviza mientras escucha a quien sea que esté en la
línea. Se ve feliz a pesar de que no está sonriendo. Agarro mi agua y veo a Jaden.
Le extiendo mi dedo medio alrededor de la taza de plástico para enojarlo y
motivarlo para la siguiente ronda.
―Es el nuevo alcalde. ―Por alguna razón Dawson ve rasgos positivos en mi
padre que nunca he notado. Papá y yo no nos hemos visto a los ojos durante un
tiempo, pero hemos subsanado las diferencias por el bien de mamá. Sí, las cosas
están bien entre nosotros ahora. Pero eso no quiere decir que oscile en mi mundo.
―No puedo hablar, estoy ocupado ―murmuro, muevo mi barbilla en
dirección a Jaden. Mis puños se levantan por su cuenta, endureciéndose y
preparándose para trabajar. Jaden realiza el movimiento más femenino del que
haya sido testigo en una estera. El puto hombre me saca la lengua. Yo me giró
rápidamente en dirección a Dawson y modulo: ¿Viste eso?
Claramente, Dawson no vio eso.
―Toma, tu padre ―dice como si estuviera mal de la audición también, y en
un suspiro, agarro el teléfono.
―Hola, papá. ―Sueno determinado, pero no tenemos nada de qué hablar.
―Hola hijo. Tu madre y yo te agradeceríamos que asistas a la inauguración
de la alcaldía la próxima semana ―dice en el tono suave que utiliza para la
oposición política. Y con sus seguidores. Con cualquiera.
―Directo al grano, ¿eh? Buen trabajo ―corto. Dawson no conoce todos los
matices en el idioma inglés, y ahora sonríe y levanta un pulgar antes de caminar
hacia Jaden.
Lo miro levantar el brazo de Jaden y la posición de su torso en un giro que
podría ser mortal si mi amigo sincroniza el golpe correctamente. No lo hará. La
mayoría de las personas no lo hacen. Sanchez lo hace. Odio a ese tipo. Es rápido y
mortal, y yo voy a destruirlo.
―Bueno, significaría mucho para tu madre. Tenerte aquí sería…
―Bien, entiendo ―le interrumpo. Antes, cuando yo lo necesitaba, todo eran
apariencias y le restaba importancia. Empujando las cosas debajo de la alfombra.
Suavizando el paso en falso de su hijo, mientras arreglaba las cosas yo mismo en la
escuela.
Me di cuenta que tenía a todo el maldito colegio bailando a mi ritmo cuando
mi padre huyó con mi madre y conmigo. También al último momento. Creo que
debería estar agradecido por eso.
―No puedo hacerlo. Dile “hola” a toda la gente de Rigita ¿está bien? ―le
digo, y es entonces cuando la amargura sopló libre. Esos imbéciles son adultos
ahora. Dios, espero que tengan las peores vidas. Un silencio viene desde el
teléfono, y luego la voz de mi madre.
―Keyon, querido. ¿Cómo estás? Creo que tu teléfono no está funcionando de
nuevo. Le dije a papá que llamara a Dawson, porque su teléfono es mucho mejor
que el tuyo. Los nuevos teléfonos no son siempre los mejores, ya sabes. ―Mi
madre es demasiado inocente para comprender que no suelo contestar las
llamadas de mi padre. Las suyas están bien. No necesito un chaleco antibalas para
hablar con mi madre, gentil y de corazón blando.
―Estoy bien, mamá. Voy a revisar mi teléfono, pero no puedo llegar a Rigita
para la inauguración. La pelea es en México, ¿recuerdas?
―Cariño, por favor. ¿Dawson no puede venir contigo? Nos encantaría tenerlo
a él también. ―Mamá sabe que no debe exigir mi presencia, pero su lenta dulzura
de algodón de azúcar en su voz siempre me hace buscar soluciones que le podrían
gustar.
―Creo que tenemos un… ¿Cariño? ―llama a papá―. En el sótano hay un
gimnasio, ¿verdad? Al lado de la bodega.
―Sí. No está totalmente equipado, pero estará en plena forma para el
momento en que llegue ―promete mi padre lo suficientemente fuerte para que yo
escuche.
―El gimnasio está vacío ―dice mamá, honesta como siempre mientras papá
gime―. No tenemos nada en él todavía ―especifica en caso de que no capte lo que
"vacío" significa―. Pero está ahí, y es espacioso. Tenemos un cuarto de duchas
para cinco personas, cuarto de baño también, y una nueva pila de las toallas
gruesas, de gran tamaño como te gustan. ¿Por qué no nos haces saber lo que
necesitas, Keyon, amor, y lo instalamos?
―Claro, mamá ―bromeo, cuelgo y le arrojo el teléfono a Dawson―. ¿Quieres
cerrar tu gimnasio y venir conmigo a Rigita para la inauguración de mi padre
como alcalde? Necesito que me entrenes mientras estoy allí. ―Cuatro rostros se
vuelven a mí desde diferentes lados del gimnasio, con sus expresiones en blanco
entendiendo mi inanidad.
Hasta las mejillas de Dawson se animaron, arruga tras arruga se levantan a
ambos lados de su cara.
―¿Durante una semana? ―se pregunta, y yo asiento. Balancea la cabeza
hacia mí, diciendo―: Puedo dejar a cargo a Darrell. Mi esposa siempre me pide
que la lleve hacia el norte. Ella piensa que le recordará a Polonia.

En
el avión, pienso en la forma en que me fui de Rigita a los dieciséis años. Si no
fuera por mí, mi familia y yo nos podríamos haber quedado en esa pequeña
ciudad, pero la junta escolar dio un ultimátum a mis padres al final. Si lo arruinaba
de nuevo, sería expulsado.
En ese momento, Rigita tenía una escuela privada, y las probabilidades para
mí con mis calificaciones y las referencias anteriores no eran buenas, así que mi
padre aceptó un puesto en un bufete de abogados de algunos condados más lejos.
Había estado listo, tan listo para el movimiento. La única persona que
extrañaba de Rigita era Paislee. Todavía no puedo soportar pensar en cómo lloró
cuando le dije que me estaba mudando.
“¿Qué se supone que debo hacer ahora?”, me preguntó, con la voz quebrada.
―Sí, por favor, tomaré alguna ―le dice Dawson al asistente de vuelo. Ella le
vierte un dedal de café, y él asiente rápidamente en agradecimiento―. ¿Seguro que
no quieres uno, Keyon? ―pregunta.
Tengo una mano hacia arriba, moviendo la cabeza. Tengo un par de bebidas
deportivas que he estado bebiendo, reparando la pérdida de líquido del
entrenamiento de la mañana particularmente duro antes de salir al aeropuerto. El
café es lo último que necesito.
―¿No has ido de nuevo a Rigita desde que te mudaste? ―pregunta.
―No, lo odiaba ―le digo.
―¿Po qué?
―Cretinos en la escuela, ya sabes. Les di una buena, una vez que empecé a
tomar clases de kickboxing.
Dawson resopló un poco.
―Tiene sentido.
Yo sonrío.
―Puede ser que busque un amigo que tenía. Ya veremos el tiempo
disponible. ¿Cuándo está tu mujer volando?
―Sábado. No querría molestar en el trabajo.
―Pero vamos a estar trabajando en el fin de semana también, entrenador
―digo, burlándome de él como se burla de mí.
Golpea mi hombro.
―Ella no sabe eso.
―Eh ―digo―. Voy a contar mis propios abdominales mientras estás de
turismo.
―A ella va a gustarle ese plan.

Rigita. Mi pecho se siente presionado sólo por estar aquí de nuevo. Es decir,
Jesús, este no es un buen lugar para mí. Dawson está en el asiento del copiloto de
mi auto alquilado, y está dejando escapar exclamaciones de agrado en voz baja
sobre el hermoso paisaje que conduce a la ciudad.
Todo lo que veo son nubes que se ciernen sobre nosotros. El lugar es
jodidamente sombrío para mí. No me podría importar menos la nieve fresca sobre
las copas de los árboles y los tejados de las casas de madera prístinos cuando
entramos en el centro de la ciudad. El suelo es un manto blanco centelleante, y en
mi vida no he podido apreciarlo.
El aire helado penetra en el coche a través de los pequeños orificios, y arranca
el calor y mentalmente voy a través de mi lista de ropa de entrenamiento. ¿Tengo
suficiente para mantenerme caliente y comenzar a sudar mientras ejercito?
Mientras viví aquí, pedaleaba al gimnasio. Hacía frío a veces, pero mantenía
mi temperatura corporal elevada. A veces porque no podía llegar lo
suficientemente rápido, a veces debido a un reciente encuentro con los matones de
la escuela.
Maricón. Gay. Come polla. Bloqueo los insultos; sucedió hace mucho tiempo.
Se inició durante mi primera semana en una nueva escuela. La novia de
Aaron coqueteó conmigo en la cafetería. Yo era un chico tímido, pero era divertido
y me hacía preguntas fáciles de responder. Cambió yogures conmigo cuando ella
había tomado el último de fresa y me quedé con el de melocotón. No debería haber
dicho: “Que caballeroso de tu parte” y la hice responder “Lo que sea por un niño lindo”.
A medida que admiraba mi cabello, tocándolo con los dedos de porcelana,
todo se fue abajo: Aaron me agarró del cuello desde atrás, y mi tiempo bajo el
radar en la escuela terminó con un golpe.
―Una casa muy rosa ―observó Dawson con una señal típica de su cabeza.
―Sí ―estoy de acuerdo―. Rigita se enorgullece de ofrecer una mansión a la
alcaldía, y supongo que papá aceptó. El ex alcalde fue re- elegido un millón de
veces, por lo que todo el mundo recuerda, a Cyril Thompson viviendo allí.
―Ya veo. ―Dawson reúne las cosas desde el asiento trasero mientras
estaciono. Una de las enormes puertas de roble se abrió en la parte superior de la
escalera, y allí esta ella, el espécimen exótico que papá encontró durante sus
vacaciones en la República Dominicana. La mujer más bonita y más dulce en el
mundo, a la que nadie se puede comparar: mi madre.
―Ah, qué bueno verte ―le digo, abrazándola en la escalera. Ella es tan
pequeña que desaparece en mis brazos.
―¡Mi bebé! ―chilla, tratando de sacudirme en nuestro abrazo―. ¡Tienes que
venir a vernos! ¡Has crecido tanto!
Ella me hace reír.
―Ahora estoy aquí, ¿verdad? Y estoy bastante seguro que los hombres
adultos no siguen creciendo.
―Aunque guapo, musculosamente guapo, mi niño apuesto. ―Estoy
exactamente como estaba la última vez que nos encontramos, pero no estoy aquí
para insistir en detalles. Me encojo de hombros y miro más allá de ella a mi padre.
Está en la puerta, con los brazos colgando y los ojos brillantes. Con su uno
ochenta y dos de altura, es de quien heredé la estatura. Mi color, piel bronceada y
cabello oscuro, viene del lado de mamá.
―Keyon. Gracias por venir. ―A pesar de nuestros desacuerdos, puedo decir
que está realmente feliz―. Vamos, sus habitaciones están listas arriba. Llevaré tus
maletas. ―Él las baja del auto, pero Dawson intervine.
―No no, alcalde, lo tengo.
―¡Señor Dawson! ―La sonrisa de papá se amplía a la vista del entrenador―.
Veo que ha cuidado mucho de mi hijo.
―Trato, señor. Él no siempre escucha sin embargo.
―Así que nada nuevo bajo el sol, ¿no es así? ―dice papá, sonriendo.
En el interior, las personas se arremolinan, guirnaldas colgantes de
celebración en las paredes, del techo, y arreglos de enormes ramos de flores en
jarrones en la gama de mesas, estantes y repisas. No reconozco la mitad de los
muebles.
―¿Tenemos un piano de cola ahora? ―pregunto a papá.
―Lo he alquilado para la fiesta. Tendremos un pianista.
―Bonito. Espera… ¿se va a hacer la fiesta aquí? ¿Para quién?
―El acto de inauguración se llevará a cabo en el Centro Cívico, pero después
vamos a tener la casa abierta para todos los ciudadanos de Rigita. Cualquier
persona que quiera venir puede, y ya que está cerca Halloween, estamos haciendo
una fiesta de disfraces. Sin máscaras ―añade cuando ve mis cejas levantadas.
―¿Qué? Papá, esto no puede ser seguro.
―Voy a iniciar una nueva era en esta ciudad. Una de confianza y cercanía
con la gente del pueblo, y…
―Papá ―repito, sosteniendo mis manos en alto. Que guarde su discurso―.
¿Qué estás haciendo para la seguridad? ¿Estoy aquí para asegurarme de que nada
te suceda? ―bromeo un poco.
Papá resopla.
―El sheriff y su tripulación se mezclaran también, y habrá un detector de
metales en la entrada.
―Que acogedor.
Mamá se tapa la boca para ocultar su diversión. Una vez que se las ha
arreglado, trata de defender a papá.
―Vamos a hacer que sea divertido, Keyon. Ya verás. Va a ser como ir a través
de una escena del viejo oeste en una, ya sabes, prisión. “Deja tus armas aquí”
―dice ella en una terrible interpretación de una voz pirata.
Me puse a reír.
―Planeaste esto, ¿verdad?
Ella asiente.
―Con su nueva secretaria. Es bonita. ―Mamá frunce el ceño.
―No es tan bonita como mi esposa ―dice papá y besa la parte superior de su
cabeza. Ella se aplacó inmediatamente.
Es bueno verlos a los dos. Voy a sobrevivir una semana en Rigita, siempre y
cuando no se presente algún imbécil. Si lo hace, no puedo ser responsable de mis
acciones.
Paislee
Pienso demasiado sobre la próxima toma de posesión. ¿Y si asiste Keyon? Sé
que odia Rigita ―ha sido muy sincero con la prensa sobre sus experiencias aquí―
pero era cercano a su madre, así que, ¿quién sabe?
Lo primero que su mamá hizo cuando se mudaron de nuevo al pueblo fue
llamar a mi madre para preguntarle si estaría interesada en retomar las tareas de
limpieza en la casa de los Arias. Qué valor, pensé, pero luego recordé el
comportamiento de Silvia Arias. Era amable, una persona cariñosa. Nunca hizo
nada para herir los sentimientos de otras personas, y de nuevo cuando se
mudaron, le dio a mamá varios meses de salario para aliviar sus preocupaciones
mientras buscaba otro trabajo.
Mi madre está en la mansión mientras hablamos. Es innecesario decir que
aceptó la oferta de regresar.
―¿Qué? ―Había preguntado ante mi expresión de sorpresa―. No es como
que me voy a volver rica en Ivy. La gente es tacaña con sus propinas, cariño, y los
Arias me pagan bien para mantener su casa limpia. Me gustan. Yo les gusto. Silvia
sigue preguntando por ti.

―Espera, te conozco ―dice un Keyon hermoso, con ojos de ciervo y con las
mejillas regordetas amontonando sus cejas con concentración.
―No, no lo haces ―digo y cruzo los brazos en el umbral de su casa―. Estoy
aquí por mi madre. No por ti.
―Me di cuenta que no era por mí. ―Saca una paleta azul de su boca,
estudiándola, y la extiende―. ¿Quieres un poco?
―Eww, ¡eso es asqueroso! ―Levanto la cabeza y lo fulmino con la mirada―.
Además, puedo comprar mi propia paleta si quiero una.
―¿De veras? ¿Quieres una, quiero decir? ―Él inclina la cabeza contra la
jamba y me da un vistazo. Siento las mejillas en llamas.
―No, no quiero una estúpida paleta. Sabes, tu madre es perezosa ―le digo,
porque estoy salivando sobre la maldita paleta, y ella en verdad debe de ser
perezosa.
Él se ve sorprendido:
―No, no lo es. ¿Por qué dirías eso?
―Es muy obvio, ¿no lo crees? Tu mamá jodidamente le paga a alguien para
limpiar su casa. O tal vez no sabe cómo hacerlo, y eso solamente es triste. Siento
pena por ti con una mamá como esa. Debería tomar lecciones de mi mamá, porque
ella es genial. ―Resoplo, apretando mis brazos alrededor de la cintura―. Nuestra
casa está prrrrristina. Siempre. ―Es una mentira, pero él no lo sabrá nunca.
Estoy lista para la pelea. Un montón de palabras feas aparecen en mi lengua,
y las voy a escupir justo en su preciosa cara en su puerta preciosa y amplia con sus
probablemente también preciosos padres, que se aman después de haber estado
casados desde antes de que él naciera. Apuesto a que su papá no gasta su dinero
fuera de casa por lo que su madre tiene que tomar trabajos extras.
Los ojos de Keyon parecen transformarse. Crecen aún más grandes, y mi boca
se abre sobre las pequeñas manchitas de color verde que aparecen alrededor de las
pupilas. Me pregunto si significa que lo he molestado, hasta que él dice:
―¿Frambuesa, melón o limón?
Aspiro el aire. Mis palabras feas ya no encajan en la conversación, así que le
digo la verdad sobre los dulces y las paletas.
Frambuesa.
La frambuesa es mi sabor favorito.
Y no me resisto cuando toma mi mano y me lleva a su cocina.

El almuerzo en Ivy puede ser lento, es el motivo por el que mamá y yo


estamos acaparando una de sus mesas a cuadros rojas en la ventana. Es un buen
lugar para mantener un ojo alerta por la dueña. Ella siempre estaciona al frente y
utiliza la entrada principal, lo que deja a mamá con tiempo para tomar su plato y
desaparecer detrás del mostrador antes de que ella entre.
―Cariño, deberías ir el sábado. No tienes que hacer un gran disfraz. Solo
utiliza uno de tus viejos disfraces y ve. Están preparando la Mansión Coral en una
T, habrá toneladas de aperitivos asombrosos que van a llevar para que los
invitados coman, y creo que también mencionaron champaña. ―Mamá me sonríe,
queriendo que tenga diversión.
Niego con la cabeza. Ahora que mamá me dice que Keyon está aquí, las
objeciones desfilan a través de mi mente. Considero mi forma de actuar, mi estatus
manchado en esa ciudad. Cómo he creado mi propia reputación y cavado
socialmente mi tumba. En las grandes ciudades, sería anónima, una de muchas
“mujerzuelas”, estoy segura, pero aquí, no es así.
La estación de tren sucedió unos años antes de que Keyon y yo nos
volviéramos mejores amigos. Él nunca supo de ello, porque en aquel entonces yo
estaba dejando pudrirse el secreto. Después de que se mudó, la soledad y el miedo
se fusionaron en un globo negro dentro de mí, y sólo cuando se volvió más difícil
de respirar lo enfrenté.
―Preguntó por ti ―dice mamá, los ojos volando por encima de mi cara―.
Keyon lo hizo ―continúa―. Es más alto que su papá ahora y de aspecto muy
deportivo. Deberías ver sus manos. Son como… ―Mamá cierra un ojo,
considerando―. Como un leñador… enorme. Por Dios, nunca lo habría adivinado.
¿Recuerdas lo pequeño que solía ser? Era una cabeza más pequeño que tú, Paislee,
y tú ni siquiera eras alta para tu edad.
―No le dijiste nada, ¿verdad? ―espeto.
Mamá se endereza y baja su tenedor.
―¿Qué quieres decir con “nada”? Le dije que estás en la ciudad, que lo estás
haciendo bien y trabajando en una fábrica. Estaba a punto de preguntar más, pero
entonces llegó su entrenador.
―No quiero verlo.
Ahora tengo toda su atención.
―¿Qué demonios? Fueron mejores amigos durante años. No podía separarte
de él aunque quisiera.
―Lo sé. Fue un buen tiempo. ―Saco las migas de la mesa y las depósito en
mi plato. Una por una, me impiden tener que encontrar su mirada―. Pero las cosas
ahora son diferentes.
Ella se agacha. El aire sale de ella en un siseo silencioso mientras reduce la
distancia entre nosotras:
―Paislee, cariño. Estás avergonzada, ¿no es así?
―¿Y qué si lo estoy? Tengo una buena vida y soporte para quien soy… y está
bien. No quiere decir que siempre es correcto mezclar el pasado con el futuro. Ya
no soy la chica de aquel entonces.
Mamá sabe cuándo ceder y me deja ser. Es consciente de sus propios
defectos, y acepta los de los otros como pequeños elementos que forman la
complejidad de cada persona. Puede ser la mejor cualidad de mamá. Rara vez
juzgo a las personas debido a ella. Con una excepción. El monstruo que me atrapó
en la estación de tren y cambió la trayectoria de mi vida.
―¿Recuerdas las paletas de Keyon? ―Sonrío.
Ella se ríe. Levanta una servilleta y limpia la mayonesa de la parte superior
de mi labio:
―Siempre con sus paletas. Siempre las azules.
―Frambuesa.
―Y solía llevar las adicionales para ti.
―Lo hacía.
―Solo tienes que ir mañana, ¿de acuerdo? Es un baile de máscaras. Puedes
esconderte. Ser la misteriosa Belleza Sureña.
¿Una Belleza Sureña en un país de osos polares?
―Bien, buena idea, mamá. Espera, ¿dónde puse mi crinolina?
―Chica graciosa. Puedes rentar una falda con aro y enaguas en ACME. Pero
escúchame. Podrías ver a tu amigo. Luego puedes revelarte dramáticamente. ―Lee
el horror en mi cara y agrega―: O hazte completamente irreconocible y huye como
Cenicienta a la medianoche. No te ves para nada como lo hacías cuando tenías
dieciséis años así que debería funcionar.
La amargura y la dulzura encajan en mis recuerdos. Pronto se entrelazan, y
los viejos fragmentos de películas salen. No los quiero.
Me levanto lentamente para que no pueda ver que estoy temblando:
―El viejo está esperando. Tengo que irme. ―Mi trabajo. Sí, tengo trabajo que
hacer.

―¿Así que vas a asistir mañana? –―pregunta Mack mientras estudia a


Heaven, la última de las creaciones del viejo. Parece que nuestro jefe tiene un tema
yendo. Me quito los guantes y paso los dedos sobre su superficie soleada para
sentir las anomalías.
Suave, frío, todavía mojado de la lavada con manguera que le dimos, este
espejo es de perfección irregular como el resto de ellos. Abro las manos, extiendo
mis palmas totalmente por lo que se mueven sobre la parte superior del espejo en
caricias sutiles. Mack lo ve. También es reverente durante su etapa de proceso. Es
cuando mi corazón crece por haber sido admitida en el santuario del viejo.
―No, no voy a ninguna toma de posesión ―murmuro, concentrada. Hay una
pequeña hendidura en la esquina superior izquierda, y el viejo no va a estar feliz.
Entorno los ojos ante la abertura dentada de milímetro de longitud. Hemos
aplicado pintura verde sobre el fondo del cristal, luego añadimos unas cuantas
capas de cobre. Cuando me quedo mirando duro, vislumbro el verde a través de la
grieta.
―No a la toma de posesión en sí. A la fiesta, quiero decir. Solías ser la reina
de disfrazarse.
―Sí, eso era antes ―respondo―. Crecí. Mierda, Mack. ¿Qué hacemos? Esta
cosa es hermosa. Solo… ―Bajo la voz―. Hay una hendidura. El viejo va a estar
deprimido. No lo quiero deprimido en una noche de viernes y dejarlo arreglárselas
todo el fin de semana.
―¿Dónde? Muéstrame.
Mack y yo intercambiamos posiciones. Sostengo la parte superior del espejo
mientras él avanza furtivamente enfrente de ella. Mi dedo tamborilea justo encima
de la imperfección que será demasiado para que digiera el viejo.
―Mierda, tienes razón. ―A los treinta y cinco años, Mack ha estado con el
viejo durante dieciocho años. Lo conoce mejor que nadie. Estamos en silencio un
momento mientras delibera. Luego, su mirada se desliza para encontrarse con la
mía sobre el espejo―. Si tenemos suerte, la mayor parte de ello va debajo del
marco.
―No lo hará ―le disparo al instante, porque lo sé.
―Correcto, pero lo va a tocar. Y los ojos del viejo están empeorando.
―Hunde sus dientes en el labio mientras considera su propia sugerencia, para ser
honesto con nuestro empleador, por el bien de nuestro empleador―. Joder, no me
gusta esto. Pero sí. Creo que podemos lograrlo. No puede estar molesto todo el fin
de semana sobre la última pieza que hicimos esta semana.
Levanto el brazo y toco la marca de dientes que Mack deja debajo de su labio,
y él levanta la mirada al espejo, encontrándose con mis ojos:
―¿Juguetona? ―pregunta.
Me encojo de hombros y sonrío:
―¿Qué es para ti?
Después de que secamos el espejo y lo aseguramos en su marco, nos
despedimos del viejo. Luego Mack me lleva arriba y me muestra qué es para él que
yo sea juguetona. Porque eso es lo que hacen los amigos.

Keyon. Los ojos color whisky dorados miran fijamente en los míos en la
puerta trasera de nuestra casa. Mamá no está en casa. Ella nunca está hoy en día.
Siempre es trabajo, trabajo, trabajo, y extraño tanto a Cugs y a papá que duele.
Pero Keyon está aquí, y sus dedos están entrelazados con los míos. Los está
sosteniendo entre nosotros como si nos estuviéramos tocando a través del espejo.
El aire se ha congelado, como la tierra bajo nuestros pies, pero mis manos están
calientes debido a un agarre que se siente más seguro de lo que puede dar fe
cualquiera de quince años.
―Me gustas ―me dice. Quiero ocultar mi cara, pero me tiene con las manos
abiertas en el aire. Mi corazón martillea. No tengo nada que esconder―. ¿Puedo
besarte?
―Me gustaría que no dijeras eso en voz alta ―espeto.
―Qué, ¿que me gustas?
―No, la… pregunta.
―¿Preferirías que solo te bese sin preguntar primero?
―Yo… ―Estoy nerviosa y aturdida. Tiro de mis manos para liberarlas así
puedo alejarme de él. Sé que no lo estoy haciendo bien en este momento, y estaré
pasando el fragmento de película de ello en mi cabeza durante días una vez que
acabe de destruirlo―. No lo sé.
Él suelta mis manos.
Ahueca mi cara y me tira más cerca. Jadeo.
Los labios de los chicos son suaves como los labios de las chicas. Están secos
al principio, pero una vez que empiezan a besar, se humedecen. Estoy sorprendida
de su boca contra la mía cuando las presionamos juntas. Un vergonzoso sonido de
succión estalla cuando nuestras bocas se vuelven a separar:
―Oye ―murmura él―. ¿Mírame?
Me muerdo el labio y levanto los ojos de un lugar indistinto a algún lugar
entre nosotros.
―¿Eres tímida, Paislee?
―Pfff, gracias. Ahora definitivamente lo soy ―refunfuño-pronuncio las
palabras, lo que hace a Keyon reírse disimuladamente. Lo empujo un poco en el
pecho. Esto no quiere decir que quiero que me deje en paz.
―Porque nos besamos, ¿verdad? Es por eso que eres tímida. ¿Te gustó? A mí
sí.
Apretujo los ojos cerrados contra todas las preguntas y palabras y salgo de
sus brazos. ¿Cómo se supone que voy a saber lo que siento cuando no he tenido un
momento para pensar?
―Voy a ir adentro, ¿está bien? ―Me obligo a encontrarme con su mirada. Él
todavía está esperando, una sonrisa en su hermoso rostro. Está tan lleno de sí
mismo, pensando que sabe mi respuesta―. Está bien, entonces ―repito,
asintiendo―. Te veo más tarde. Mañana. ―Esa soy yo siendo genial, cambiando el
lenguaje. Es su lengua materna, la lengua de su madre, de hecho, de repente me
doy cuenta que me hace menos genial.
Keyon agarra mi brazo antes de que pueda subir el segundo escalón. No me
tira hacia abajo con él pero todavía me sostiene en el lugar:
―¿Tus labios hormiguean?
¡Cristo!
―Keyon ―gruño―. Está bien. Bien. Me gustó. Tienes labios carnosos ―le
digo, arranco mi brazo libre, y me sumerjo en mi casa.
Lo escucho reír a través de la puerta principal:
―No, tú eres la que tiene los labios carnosos, y no puedo esperar a besar el
infierno fuera de ti. Mañana, cobarde.
Paislee
¿Alguna vez has movido tus caderas con la música como si nada importara,
como si nadie mirara, con abandono, olvido, gozo, con todo lo bueno dando
vueltas en el interior?
Las muevo en amplios círculos, sabiendo que estoy sola. La gente me ha
juzgado. He hecho lo que hecho. Pero aquí con la música, con esta canción; estos
sueños, soy yo, todo lo que ellos no conocen y jamás revelaré.
Sería libre en Murano, pienso mientras me muevo. Nadie ha escuchado de
Paislee Marie Cain ahí. Caminaría en esa antigua fábrica, dejaría que mi mirada
acaricie los vitrales e inhalaría el aire que no sería capaz de exhalar.
Estaría en el Cielo y buscando por más, rogando por entrar a esas
habitaciones remotas, el lugar santísimo, donde espejos dorados enseñan frágiles
fantasías, tratando su imagen con inaudito perdón.
Me llenaré con este. Mi caja torácica se volverá estrecha para este. He visto la
belleza de los espejos de Murano en fotos, pero en persona, en persona, ¿cómo
podrían no ser demasiado para que una chica digiera?
Uso mallas de color verde bosque. Una chaqueta a juego que abraza mi torso
y termina en una falda cortísima que ondula sobre mis caderas. Una blusa de
volantes se asoma en el frente, pero está abierta ampliamente y mis senos parecen
pertenecer al escote de una embarazada.
Mi peluca es corta y rubia a diferencia de mi cabello caoba natural. En mi
cabeza, un antiguo sombrero de cazador apunta hacia mi Murano, e incluso en la
cubierta velada de oro de mi reflejo, veo su color original, chocolate y con una
pluma apuntando orgullosamente hacia el techo.
Jamás bailo en público. Ya extraño este abandono. Así que frunzo la boca y
me muevo de nuevo, una última libertad antes de ir a la fiesta. Levanto una mano
y toco la frágil piel debajo de la ceja a la vez. Mis ojos están abiertos, expresivos,
con motas de color negro y tan verdes como mi chaqueta en el espejo. Muerdo mis
labios. Son rojo cereza incluso antes de ponerles lápiz labial.
La definición de la belleza cambia de acuerdo a la cultura y el tiempo. He
leído esto. Cómo se ve la gente no significa nada en el gran esquema de las cosas, y
con mis caderas huesudas y las mejillas hundidas bajo los pómulos visibles, la
mayoría de las culturas me habrían considerado fea hace miles de años.
Atada a un momento y a un lugar, la belleza es subjetiva, y en el presente, los
estándares americanos brillan a mi favor. Soy el ideal, la belleza encarnada, una
maldición y una bendición que sostiene mi estilo de vida.
No escuchen cuando el mundo implica que la belleza trae la felicidad; no es
así. No lo hace. Verás, la belleza viene con perjuicios, y yo… sé eso demasiado
bien.
Pero esta noche, no me odio a mí misma. Esta noche, soy una científica
analizando por qué los chicos pierden la cabeza, aceptando que mi rostro y mi
cuerpo son la razón por la que los hombres me quieren y las mujeres me aborrecen.
“Hace cientos de años habrías sido quemada por bruja”. Mis ojos se abren más,
redondos y gatunos ante los recuerdos de las crueldades dichas por novias con el
corazón roto. “Habría encendido esa hoguera yo misma”.
Cierro los ojos con fuerza. Esas chicas no saben. Si estuvieran en mis zapatos,
habrían hecho lo mismo. Tienen suerte. Por lo único que tienen que preocuparse es
por una pareja que las engañe una o dos veces. Nadie las encerró en un lugar antes
de que fueran lo suficientemente mayores para sentir.
Podría decir que cambiaría mi belleza por una vida como la de ellas. ¿Pero
con quién cambiaria? Ni siquiera las horribles mujeres de Rigita se merecen pasar
por lo que me ha costado.
De repente, estoy de mal humor. Esta oscuro en mi apartamento. Necesito
controlarme. Camino hacia la televisión y enciendo nuestro canal local,
permitiendo que el gran momento del padre de Keyon inunde mi departamento
con superficial diversión.
Inhalo. Exhalo. Soy una profesional conteniéndome cuando empiezo a ir por
ese camino. Hay música en el Centro Cívico, un cuarteto de violines tocando en
largos vestidos. Agarro una botella de la mesa; un viejo licor español que me ha
gustado hace un tiempo; y sirvo otro vaso sobre hielo mientras me aplico la
pintura de guerra.
Así es, pintura de guerra.
Mack me recogerá. Es el mejor. Será un vaquero, dijo, y me llevará a la
mansión de la alcaldía. No se me permite llevar una máscara allá. Son
preocupaciones de seguridad para el alcalde, porque ¿qué si algún lunático decidía
ir a su casa?
Pero soy Robin Hood, y necesito esconderme. Negro. ¿Negro es el color de la
máscara de Robin Hood? Es el único color que tengo. Busco en internet y me
entero de que no usa máscara. No me importa. La pinto espesa.
―Un polvo rápido antes de irnos ―ruega Mack cuando me recoge―. Estás
tan jodidamente sexy ahora mismo.
No lo siento. Rara vez le digo que no a alguien, en especial no a un amigo,
pero estoy nerviosa, y en lo único en que puedo pensar es en tener un vistazo de
mi amor de la infancia.
―Esta noche no, Mack… vamos tarde. Preferiría que nos fuéramos.
―¿En serio? ―Las cejas de Mack se fruncen―. ¿No quieres tener sexo? ¿Qué
hice? Vamos, sabes que me tomará como mucho dos minutos si es necesario.
Llegamos a mitad de las escaleras cuando paro. Bajo mis medias de Robin
Hood lo suficiente para que él entre mientras me inclino sobre la barandilla. Vale la
pena cuando escucho sus alegres gruñidos.
―Seré rápido ―jadea detrás de mí―. ¿Puedo sacarte los senos?
―No, este escote requirió tiempo ―digo―, con los volados y todo eso. ―Los
aprieta desde afuera, lo cual no me importa.
―Ahí voy ―anuncia Mack su momento. Saco mi trasero para hacerlo mejor
para él, y sus manos se entierran en mis caderas, sosteniéndome ahí―. Maldición,
la Robin Hood más sexy del mundo ―gruñe. Entonces se retira y tratar de volver a
subirme la ropa interior. El hombre no es bueno vistiendo a otros; Que bueno que no
tenga niños, pienso mientras me arreglo.
Aliviado, charla sobre la fiesta y ata el condón de camino al auto. Lo arroja en
el gran depósito de la basura de la esquina mientras reviso mi peluca en el espejo
retrovisor. Todo está en su lugar. No como si alguien acabara de darme una follada
de noventa segundos. Bien.
La Mansión Coral ocupa toda una cuadra del pueblo. La gente camina por la
calle adoquinada hacia la entrada de gran tamaño. Las puertas principales están
abierta de par en par, e incluso desde donde estacionamos vislumbro las bandejas
de plata con copas de champaña sostenidas en alto por meseros vestidos como
pingüinos.
Linternas parpadeantes y filas de luces muestran el camino hacia las
columnas griegas que enmarcan la entrada. Parece que hay una fogata rugiendo en
el vestíbulo. Supongo que no todos los días el papá de Keyon se convierte en el
alcalde de Rigita.
Asistentes sonríen y asienten en nuestra dirección en los escalones de granito.
Mi corazón salta cuando la mano de Mack encuentra mi espalda y me guía hacia
arriba.
Me siento como Cenicienta a punto de ver al príncipe. Estoy asustada de que
él me vea; y de alguna manera espero que lo haga. Puede que Keyon ni esté aquí.
Tal vez fue al Centro Cívico para la ceremonia, ¿y volvió a tomar un vuelo para
Florida?
Paislee. Basta. No te preocupes.
―Madame, necesita quitarse la máscara. No se permiten máscaras ―dice
alguien serio y con un disfraz de oficial.
―No es una máscara. Es maquillaje ―digo.
―Lo siento, madame. Es un asunto de seguridad. Hay baños portátiles al
frente. ―El guardia mueve su cabeza en dirección a los baños móviles en la
acera―. Se puede ir a limpiar ahí y volver después.
―No puedo. ―Sacudo la cabeza―. Necesito este maquillaje. Si no lo uso, no
puedo entrar. ―No estoy ayudando a mi caso, pero no hay puntos, ni siquiera
remotamente válidos que se me ocurran. Incluso mi voz suena infantil y petulante.
―Señor ―dice Mack con su tono de adulto―. Con todo el respeto, debería
ser capaz de ver la diferencia entre un joven queriendo experimentar una
maravillosa fiesta y un terrorista. No le pida que arruine su perfecto disfraz por
interpretar sus reglas de una forma muy cuadriculada.
El tipo del disfraz saca el pecho, completamente ofendido. Gracias por ayudar,
Mack. Yupi.
―Señor. Tengo mis órdenes, y estoy aquí para asegurarme que el alcalde esté
a salvo. Ahora, por favor, salgan de la fila hasta que hayan decidido qué hacer.
Tienen dos opciones: se van o se deshacen de la máscara.
―Es maquillaje. Tóquela si no me cree ―enuncia Mack claramente, alzando la
voz. Estamos ganándonos las miradas de las personas alrededor. Quiero menos, no
más atención de la normal, y la última cosa que necesito es que alguien me
reconozca y piense que la puta del pueblo está haciendo una escena.
Es inútil en este punto, pero trato en un tono susurrado, compensando la
vehemencia de Mack.
―Por favor, señor. Lo prometo. Lo único que quiero es ser parte de esto,
bailar un poco, tal vez un trago.
―¿Qué pasa, Eric? ―dice alguien. Jamás he escuchado esa voz antes, pero
cuando alzo la mirada, lo primero que veo es la boca hablando. Sus labios son
llenos, suaves en medio con un doble arco en la parte superior y una pequeña
cicatriz en la comisura derecha.
No hay aire en mis pulmones. Por unos segundos, lucho hasta que consigo
inhalar un entrecortado aliento.
―Keyon ―contesta el disfrazado, sonando servil―. Lamento eso. Solo estaba
indicándoles a estos invitados, aquí, sobre la política de las máscaras.
―No estoy usando máscara ―susurro. Es lo mejor que puedo hacer. Tiene
sentido también, porque Keyon arriba, al frente y en mi cara, es mucho más alto
que en la televisión. Él solía ser este pequeño niño. Ahora, es un hombre grande y
alto con hombros anchos y brazos gruesos que se tensan contra una camisa de
vestir blanca, y sus ojos…
Sus ojos, se giran hacia mí, penetran en mí. Está sosteniendo mi mirada, los
ojos como el whisky y la miel ardiendo y moviéndose, y no puedo apartar la
mirada.
Él me ve. Sé que me reconocerá, y entonces el incómodo baile comenzará: él
querrá una charla educada sobre nuestras vidas. Yo, no tendré nada que contarle
además de que apenas y terminé la secundaria y ahora trabajo en una fábrica de
espejos.
Eso es todo. Eso. Y entonces, si se queda en Rigita por unos días, se enterará
de quién soy en este pueblo. Se enterará de mi notoriedad, sabrá que todos piensan
mal de mí. Que me odian o me toman, o ambos.
Mierda. Mierda. Mierda.
―Creo que estará bien ―murmura Keyon―. Es maquillaje, y creo que puedo
con ella si hace algo ―bromea. Keyon debe medir metro noventa y cinco, al menos,
y yo… treinta centímetros menos―. Pero Eric, asegúrate de que pasa por el
detector de metales, ¿bien? Hay que quitarle todas las armas y cuchillos.
―Muy bien, señor. Tiene sentido ―dice Eric el disfrazado, sin captar el chiste
de Keyon. Se gira hacia mí y cambia su tono al modo sargento―. Moviéndose.
Suban las escaleras y doblen a la derecha hasta que lleguen a la estación de Viejo
Oeste. Les dirán qué hacer después. Les avisaré, así que no intenten nada estúpido
o no habrá fiesta esta noche.
―Gracias, hombres ―dice Mack a Keyon, quien agarra su mano estirada―.
Soy Mack Sonnenhaus, por cierto.
―Un gusto, Mack. Keyon Arias.
―Gran pelea el otro día ―dice. Mack debe haber visto treinta segundos como
mucho. Keyon sonríe en respuesta, con los ojos flotando hacia mí, listo para una
presentación.
―Oh sí ―comienza Mack―, esta es mi amiga…
―Rubina ―digo―. Rubina Hood. ―Les guiño un ojo a ambos.
―Ah. ―Keyon se ríe suavemente, un sonido que viaja por mi cuerpo―.
Claro que sí.
Los disfraces son geniales. En este momento, puedo hablar con Keyon,
incluso coquetear sin que mi vida se revele y lo inunde con su horror. Puedo ser
glamorosa o mi yo verdadero y torpe. Puedo ser “adorbs1” como Mack dice, una
palabra que robó de su sobrina.
Estoy de nuevo en control. Como en la cama, estoy en control. Es una extraña
sensación, porque afuera de la Galería de los Espejos Win nunca sé cuando alguien
va a insultarme o cuando una esposa enojada me atacará. Es por esto que me
encantaba disfrazarme.
―¿Champaña, chicos? ―pregunta Keyon, tomando un par de copas de un
brillante dorado de un mesero que pasaba. Los pisos de madera se extienden
debajo de los elegantes tacones de aguja y elegantes vestidos en el enorme pasillo.
Notas de piano me llegan desde las puertas abiertas a la sala de estar. Tomo
un sorbo de mi copa y cierro los ojos brevemente. Momentos como este, llenos de
aroma y color, necesitan ser congelados en un fragmento de película. Lo absorbo,
lo memorizo, y abro mis ojos para encontrar a Keyon mirándome directamente.
Sonrío. Alzo mis labios a ambos lados, pero mantengo la parte del centro de
mi boca en un mohín. Es una expresión que he perfeccionado, y vuelve locos a los
chicos. Una de las cejas de Keyon se alza como si estuviera tratando de
descifrarme.
―Me gusta tu casa ―digo.
―¿Mi casa, eh?
―Sí, tuya. Eres un luchador que vino a casa a ver a su papá tomar su posición
―ronroneó en una voz que es muy parecida a la de Marilyn Monroe. Es otra cosa
que he perfeccionado con los años.
Keyon resopla una sonrisa.
―Eres todo un problema, ¿verdad?

1
Adorbs: Una forma de decir adorable.
―Lo es ―dice Mack―. Como el infierno. Ten cuidado con esta. ―Me mira de
reojo, reconociendo los engranajes que estoy moviendo.
Keyon mira a Mack, con los ojos entrecerrados en concentración.
―La conoces bien, ¿verdad? ―pregunta como si ni estuviera ahí.
―No puedo decir que no ―contesta Mack, enderezándose para poder mirar
a Mack a los ojos. Por un segundo, veo posesividad en mi amigo. Después de las
primeras veces en que Mack y yo nos acostamos, actuó celoso. Que gracioso como
los chicos pueden ser así: no quieren ser exclusivos, pero aun así quieren tu
completa exclusividad.
Mack y yo trabajamos juntos por años, y le he dado alivio sexual por gran
parte de ese tiempo. Ha visto mi juego, ha estado presente cuando he mostrado
interés en nuevos hombros. Tiene experiencia ahora, es consciente de nuestro
estatus inexistente, así que su muestra de posesividad muere tan rápido como
apareció.
―¿Si me disculpan? ―Asiente hacia mí y apunta a un grupo de animales de
bosque. Son ardillas y conejos, conejos Playboy―. Veo a un amigo. Ya regreso.
―Claro, fue un placer conocerte ―dice Keyon y cruza los brazos,
efectivamente atrayendo mi atención a sus brazos. Porque, santo infierno.
―¿Cuánto tiempo estarás en la ciudad, Arias Junior? ―pregunto, pasando la
punta de mi lengua por mi labio inferior. Su manzana de Adán se mueve mientras
estudia mi boca, y creo que será fácil de atraer. Probablemente podría controlar a
Keyon ahora si quisiera.
No había planeado eso sin embargo. Como mucho, iba a mirarlo a sus
espaldas desde una esquina, hiperventilando por ver al chico que me dio mi
primer beso, y huyó a casa. Iba a revivir películas rosas de momentos de inocencia
que hace mucho se fueron.
Estudio su rostro. Pómulos altos, una nariz extrañamente perfecta para un
luchador, y ojos con forma de almendras rasgados hacia la parte exterior.
Cuando se trata de su cuerpo, no hay nada huesudo en Keyon ahora. Aun así,
veo rasgos familiares. La cicatriz en su dedo índice de cuando se colgó de una
rama afuera de la ventana de mi habitación hasta que la piel se raspó. La forma en
que sus labios se inclinan en una gran sonrisa como ahora mismo.
Pero nunca he visto la cicatriz en su labio antes. De repente, deseo haber
estado ahí cuando se la hizo. Si las circunstancias no se lo hubieran llevado lejos,
habría estado.
―Me quedaré una semana ―responde mi pregunta―. Me quedan dos meses
hasta una gran pelea en México, así que necesitaré concentración y entrenar
después de eso.
―¿Y no puedes aquí? ―Inclino mi cabeza hacia él juguetonamente.
―Claro. Esta es la casa de mis padres. Son geniales, pero es mejor tu propio
lugar. O mejor dicho tu propio gimnasio.
―¿Vives en un gimnasio?
Se encoge de hombros.
―Por los próximos meses, sí; más que nada. ¿Quieres un recorrido por la
casa, Rubina Hood? ―Cambia el tema perfectamente.
Extiendo un brazo sobre mi cabeza y toco el arco de la puerta detrás de mí.
Mi espalda se curva, acentuando mí escote, y bostezo como si estuviera aburrida.
Entonces suelto el pomo de la puerta y asiento.
―Vamos ―digo y lo miró forzar su mirada lejos de mis pechos.
Poder. Lo tengo.
Keyon completa la versión acelerada de una visita guiada abaja conmigo de
su brazo, apuntando a cosas al azar y personas mientras avanzamos.
―Señor, esas son habitaciones privadas. Están fuera de los límites del público
―dice un guardia de seguridad cuando Keyon sube el primer escalón de una
escalera sin barandilla que domina el vestíbulo. Se da vuelta, cambiando mi mano
de una de sus manos a la otra para que no tenga que moverme.
―Edgar.
―Oh, no lo reconocí ―se disculpa la persona de seguridad―. Por favor
disculpe, señor.
―No te preocupes. Estás haciendo un buen trabajo. ―Keyon le da una
palmadita en el hombro.
No entiendo qué está pasando hasta que el codo de Keyon está bajo mi
trasero y me está levantando del suelo como si no pesara nada. Entonces, me tiene
de pie al otro lado de la cuerda.
―Vaya, eres fuete ―chillo, momentáneamente perdiendo el equilibrio y el
control. Me estabiliza.
―Bien, que bueno. Necesito eso más o menos para mi trabajo.
Claro, y yo necesito volver a mi juego.
―Apuesto a que podría derribarte rápidamente ―suelto. Mierda. ¡Patético!
―Apuesto a que podríamos derribarnos el uno al otro ―dice Keyon, y con lo
extraña que es su respuesta, mis mejillas lo entienden y se sonrojan. Trago mi
vergüenza; seré la chica sexy y silenciosa a menos que tenga algo inteligente que decir,
decido, y miró a Keyon con ardor.
―Al vestíbulo de arriba ―murmura, extendiendo su mano en un
movimiento lateral de barrido.
―Tanque de peces. ―Muevo la cabeza hacia lo que esencialmente es una
pared de cristal con toneladas de pequeños peces naranjas y plateados nadando en
el agua.
―Correcto. Cinco puntos para Rubina Hood. ―Levanta mi mano por sobre
nuestras cabezas en victoria y vitorea en un siseo susurrado. Me hace reír.
―Perro ―añado, apuntando a una pequeña y peluda criatura que se mueve a
nuestros pies.
―¡Otros cinco! Se multiplicaran a quince si adivinas su nombre.
Ruedo los ojos en blanco.
―Creo que debería conseguir doscientos puntos si, de todos los nombres de
perros en el mundo, me las arreglo para adivinar… ―La etiqueta con el nombre de
Lady destella. Está escrito en letras de color rosa también, imposible no verlo―.
Me iré con “Lady”.
―Lo siento, acabas de perder todos los puntos que ganaste hasta ahora. Lady
era su madre, quien tristemente murió a la tierna edad de dos años. Ella es
Duquesa.
Me río, todas las pretensiones se desvanecen. Sí, se ve diferente, pero el
sentido del humor de Keyon es tan loco como siempre. Me siento como mi vieja yo
por un momento, de cuando robábamos flores en los jardines en el verano para
embellecer las mesas de vecinos sorprendidos al azar.
De cuando le dimos al perro del viejo señor Grudgefeld un baño por una
apuesta sobre un punto negro en su barriga; ¿era mugre o un lunar? El perdedor
estaría a cargo de cambiar el azúcar por la sal de los contenedores de la cocina de
Keyon. Yo perdí. Ambos sufrimos las consecuencias cuando se nos sirvió la tarta
de limón más salada en la historia de la humanidad el día después.
―Eres un tonto ―le digo ahora. Él encoge sus gruesos hombros, y no puedo
evitar pensar que me gustaría morderlos.
―Nací así.
―¿Cuál es tu sabor favorito de paleta? ―pregunto, sin pensarlo y dejándolo
sin palabras. Su hermosa boca se abre. Entonces la cierra de nuevo antes de
responder.
―Frambuesa.
Lamento la pregunta. ¿Qué estaba pensando? Es como si quisiera que supiera
quién soy.
―¿La tuya? ―añade, metiendo las manos más adentro en sus bolsillos. La
posición levanta sus hombros y define los duros pectorales a través de su camisa.
Quiero decir un sabor diferente. Pienso en algo creíble, pero nada se me viene
a la cabeza, ¿por qué quién se creería que la de piña cuando existe la frambuesa?
Regaliz. ¿Chocolate?
Se habría dado cuenta de mi mentira inmediatamente. No, no se daría cuenta.
Demonios, ¿por qué se daría cuenta? Estoy pensando demasiado esto. Por lo que
sabe, solo soy una chica que nunca ha conocido antes, alguien que lo excita. Ni
siquiera le preocupara lo suficiente para considerar si estoy mintiendo.
―¿No te gustan las paletas? ¿Eso es? ―Sonríe con una amplia, brillante y
despreocupada sonrisa, la misma que tuvo hasta los últimos meses que vivió aquí,
hasta que empezó a darle una paliza a cualquier que no le cayera bien. Y Dios, es
hora de hacerse la Cenicienta y salir corriendo de aquí.
―¿Qué hora es? ―Me apuro a soltar mientras sus ojos están abiertos
hermosos y brillantes bajo esas pestañas negras que tiene.
―¿Mora azul?
―O regaliz ―respondo―. También me gusta el chocolate.
―Creo que no entiendo la conversación que estamos teniendo ―dice―, pero
me gustaría hablar de cualquier cosa contigo. ¿Quién eres?
―Es medianoche, ¿eh? ―balbuceo, apretando mis manos entre sí como las
damas recatadas en la iglesia a la que mi mamá iba.
―Nueve y media. ¿Tienes que ir a algún lado?
―Sí. A casa.
Keyon sacude la cabeza. Luego recorta la distancia entre nosotros y pasa una
mano alrededor de mi antebrazo. Recuerdo el calor de sus dedos vívidamente.
Todos estos años, y mi cuerpo todavía lo recuerda.
―No vayas a ningún lado. Si quieres salir de la zona de la fiesta…
―¿Esta zona? ―pregunto.
―… sí, esta. Te mostraré mis terrenos.
―¿Tu cuarto?
―Cuartos ―especifica―. Podemos relajarnos, y conoceré más sobre ti.
Un plan terrible. Corre mientras puedas.
―Está bien.
Paislee
Dije sí. ¿Cómo hemos llegado a esto? Es rápido y brusco, y su cuerpo es duro
como el acero. Oh mi Dios, era engreída hace minutos, invitando, en control de su
lujuria. No era más que otro hombre, no el Keyon que conocía cuando era un
adolescente, y nada como los chicos y hombres con los que me acosté en esta
ciudad.
¿Para quién diablos solo abrí mis brazos?
Hemos tomado una copa en su apartamento del piso superior de tres
habitaciones, en la Mansión Coral. No puedo ni siquiera empezar a considerar el
lujo de ello por el momento, el damasco, la seda, el terciopelo, los ricos colores que
cubren todo. Solo puedo imaginar a su madre estando a cargo de la decoración.
Pero hay este hombre en mi rostro, empujándome contra una pared con ardor
en los ojos. Ellos llamean casi anaranjado, no un suave whisky y me siento como
un oponente, alguien al que él necesita aplastar. Quiero golpear ligeramente hacia
afuera, solo que estoy hirviendo a fuego lento también, necesitando enfrentarme a
esto, averiguar de qué se trata.
Keyon gruñe. Tremendamente gruñe antes de tomar mi garganta con una
mano y devora mi boca contra la pared pintada de brocados. Es a propósito
cuando se cierne sobre mí, haciéndome sentir pequeña y atrapada por su cuerpo.
Algo se ajusta en la acción en mi cabeza, y bruscamente…
Estoy asustada. Han pasado años desde que las estaciones de tren han
cobrado vida mientras tuve relaciones sexuales, pero lo hacen ahora mientras él
empuja contra mí con tanta fuerza, que un cuadro se estrella contra el suelo. Mi
corazón palpita. ¿Por qué tan áspero?
Mantén la calma, mantén la calma, mantén la calma.
Me recuerdo que no soy virgen, que no tengo doce años, que Keyon no es un
loco, bruto adicto a las drogas que quiere hacerme daño.
Estoy caliente cuando rasga mi escote abierto, por poco salvando los botones.
No tengo tiempo para el miedo. Los libros de psicología dicen que busco la
aprobación, pero solo quiero hacer volar su mente. Pronto sus ojos se empañaran
con el placer.
Mi coño palpita para él ya, extraño, debe ser su olor, su cuerpo contra el mío
cuando empuja mis pechos juntos y me da un empujón contra la pared. Se aferra a
un pezón y gruñe.
―Joder, eres exquisita. ―Empuja una rodilla entre mis piernas y me levanta
con ella como si nada.
―¿Podemos reducir la velocidad? ―pregunto como si estuviera entre hipos.
Es el miedo, pero Keyon no está hiriéndome, no aún, no voy a entrar en pánico.
Sus ojos se encuentran con los míos, pero no contesta. Está actuando, y le dejo
quitarme la ropa, las capas cayendo en un montón a mi alrededor.
―Tus pechos son fantásticos ―me dice, sosteniéndolos elevados, y me
preocupa que pellizque, apriete, pero ¿por qué iba a hacer eso? Nadie nunca ha
lastimado mis tetas, ni siquiera en la estación de tren. Ese tipo estaba demasiado
ocupado simplemente escarbando en mí.
Estoy a punto de entrar en pánico.
No puedo dejar que eso ocurra.
Voy a sufrir un retroceso de años si me entra el pánico ahora. No puedo tener
todo lo que he construido reventando como un castillo de naipes. No, no, no va a
suceder.
Bocados pequeños, como que me está teniendo para la cena. Me dobla hacia
la izquierda, mi torso se cierne sobre uno de sus brazos mientras devora su camino
hasta el costado de mi cuerpo, desviándose por una teta de nuevo, chupando mi
cuello y sumergiéndose dentro de mi boca. Trato de devolverle el beso, porque la
acción supera el pánico.
¡Bien! Voy a tomar el poder de nuevo.
Pero su lengua no permite a la mía chupar y jugar con la suya. Todo es él, y
todo lo que puedo hacer es recibir.
Grito cuando me iza por encima de él contra la pared. Tiene mis piernas muy
abiertas alrededor de su rostro. Él gruñe contra mí, chupando y haciendo que mis
pequeños gemidos se conviertan en gritos. Cavo mis talones dentro de carne
inflexible, y un orgasmo retumba inesperadamente a través de mí. Es extraño cada
vez que llego al clímax con mis amigos. Los chicos son solo terapia, así que para mí
no se trata de culminar.
―Así es, bebé ―ronronea, un contento gato de selva ahora―. Vente para mí.
Sigue viniéndote. Oh, sí, me gusta el sonido de eso. ―Cuando dejo de temblar
contra su boca, me lanza sobre un hombro y pasea a otra habitación.
Oh. Es el dormitorio. No me siento tan caliente ahora. No puedo
desconectarme de esto. No estoy segura de quererlo tampoco. ¿Pararía si se lo
pidiera? Debería preguntar. Debería.
Le diré que me quiero ir.
―Esa máscara que tienes a través de tus ojos, bebé. ¿Tienes alguna idea de
cómo te ves con ella? Negro sobre ojos verde-fuego. Es como si estuvieras tratando
de matarme ―susurra.
De alguna manera, se ha desnudado en nuestro camino a la habitación.
Arrancó impaciente piezas de ropa en un sendero, hasta que está desnudo.
Me apoyo en mi codo para decirle que me voy de aquí, pero mi voz falla a la
vista de su cuerpo. Cada línea está perfectamente tonificada. Quiero estirar la
mano y sentir cada nervio, cada músculo que se contrae cuando se mueve.
Keyon. Es una maldita pieza del arte. Musculosos muslos gruesos, rodillas
cuadradas y tensas pantorrillas. Demonios, incluso sus pies son hermosos.
Desciende su cuerpo sobre mí, deteniendo su cuerpo por encima de mí como
si estuviera haciendo flexiones. Con una pequeña inclinación de sus caderas, toca
mi estómago con su pene.
―¡Ah! ―exclamo, como si él estuviera haciendo algo.
―¿Qué? ―dice―. ¿Quieres que te monte duro?
Me veo como una persona libre sexualmente, pero el lenguaje de Keyon, ¿qué
hace? Caray. Nunca he experimentado nada igual.
Abro la boca de nuevo para decirle que me voy de aquí, pero sus manos
trabajan entre nosotros, tirando de un condón, y su boca cubre la mía, la lengua
ahondando dentro tan profundo me estoy ahogando.
―Me puedes hacer una mamada más tarde ―murmura, confiado y lo utiliza
para salirse con la suya―. En este momento, solo necesito follarte. ¿Estás lista?
―Él empuja mi abertura con su pene. Mi cuerpo grita que lo estoy, mientras mi
cerebro grita: “¡No, vas a hacerme daño!”.
Con un empujón eficiente, está dentro, empujando muy profundo dentro de
mí, un espantoso, abrumador deseo, y por Dios, me agarro para el paseo.
Keyon no hace el amor. Esta es una gran cama, una cama fuerte. Una
anticuada cama de princesa con cortinas en ella. Él nos mece tan duro, que la
cabecera de esta cama de princesa golpea contra la pared.
Estoy mojada, demasiado lista para él, haciendo pequeños sonidos que
aprecia y sobre los que comenta. Su miembro es una rígida bestia inflamada, que
toma lo que necesita. Ya estoy dolorida con la fricción y la lujuria sin precedentes.
Él es primitivo, poseyéndome, haciendo lo que le dice la naturaleza que haga,
es la supervivencia de la especie, conseguir a la hembra. Cierro los ojos, sin querer
verle asolándome.
La cama tiembla ante su ritmo. Él es ruidoso, gimiendo, ajeno a cualquiera
que pueda recorrer la planta donde estamos. Aguanto la respiración, las manos
agarrando la sábana por debajo de mí, las caderas elevadas para poder recibir y
dejarle conseguir lo que él necesita.
A esta velocidad, debería tomarle minutos para terminar, pero dura, dura, y
mucho más tarde, me ha movido. Él me ha llevado al espejo en el pasillo para que
pueda ver lo que está haciéndome, y al final, nos tiene a ambos desnudos en el
baño, me inclino sobre el lavabo y bombea duro por detrás.
Cuando estalla, consigo un aspecto nebuloso de él en el espejo. Ambos
estamos cubiertos de sudor, y sus manos agarran mis tetas con tanta fuerza, que
tienen marcas de dedos blancos cuando las deja ir.
―Maldita sea, Ruby. Eso fue impresionante. ―Toma una mirada de mis ojos
en el espejo y ve que estoy cagada de miedo―. ¿Demasiado?
―Fue bueno ―digo, tragando.
―¿Es por eso que estás con los ojos llorosos detrás de esa máscara?
―pregunta casualmente mientras levanta mis tetas para estudiarlas en el espejo.
Un ronco gruñido, revela que mis pechos siguen cumpliendo su aprobación.
―Eres… un poco violento ―admito.
No espero la reacción que consigo. Keyon ríe en voz alta.
―¿De verdad? ¿Haces proposiciones a un guerrero y esperas sexo vainilla?
Mi pecho esta enrojecido. Tengo una marca de mordedura en el cuello de
color rojo. De alguna manera, casi me vine por segunda vez, y ahora su mano
empuja entre mis muslos para encontrar mi hendidura de la parte delantera.
Desliza dos dedos a través de ella, hasta que comienzo a mover mis caderas. Nos
vemos el uno al otro en el espejo, y no se detiene hasta que aprieto los muslos
alrededor de sus dedos. Trato de zafarme, pero con el otro brazo, me engancha
contra sí. Luego apoya su barbilla en mi hombro y se queda mirando mí reflejo
hasta que miro hacia otro lado.
―Quiero que te vengas de nuevo.
―No puedes ordenar a alguien que tenga un orgasmo.
―Solo. Malditamente. Mírame.
Y entre su áspera voz, la insistente mirada fija en el espejo, su rostro, su
cuerpo, su toque…
Gimo otro clímax.
Paislee
Esto es ridículo. No entiendo qué está pasando ahora mismo. La ciudad está
agitada porque Keyon Arias, el luchador, el hijo del alcalde, se enrolló con una
chica hace unas noches y está poniendo el pueblo patas arriba buscándola.
¿Por qué?
Salí de nuestro dúo rápido, para que pudiera darle tiempo de probar algunas
de las ofertas de Rigita, pero por la descripción, la chica en cuestión soy yo. Una
Robin Hood femenina con una máscara pintada que no estaba en la lista de la
fiesta de su padre. Eso creo.
No podía dormir con las réplicas de calor y el miedo pasando a través de mí,
así que me sentó sobre su regazo y me alimentó con whisky tibio con leche y miel.
Dijo que tranquilizaría mis nervios y me ayudaría a dormir, y tenía razón. El gesto
fue demasiado considerado para darle demasiadas vueltas. No puedo guardar un
recuerdo de eso.
En la mañana, mi mamá estará ahí para ayudar a limpiar después de la fiesta,
y no estaba planeando encontrarme con su cara trabajadora matutina mientras
tenía una cara de resaca y recién follada.

El muslo de Keyon me tiene sujetada. Es duro y grueso sobre mi pierna,


cubriendo parcialmente mi cadera. Su brazo, cálido contra mi nariz, me hace
pensar en redes de seguridad y ser sofocada.
Está roncando. Es un profundo sonido relajado, y cuando me giro un poco en
su abrazo, está tan cerca que difícilmente puedo distinguir sus rasgos. El cabello
negro cae sobre mitad de su mejilla, en un pacífico desorden. Con su boca
redondeada, deja salir el aire en pequeños resoplidos. Hay whisky en su aliento,
del tipo placentero y fresco, porque no ha pasado mucho desde que bebimos.
Oh Dios mío. Estoy en la cama con Keyon Arias. Todos estos años y aquí
estamos. Él es completamente inconsciente también, de quién soy. Si él me engañara
de esta forma, habría estado furiosa. Oh esto no es bueno.
Aunque los hombres no se aferran a los recuerdos como nosotras. Es probable
que jamás me cruce en la cabeza de Keyon con su genial y nueva vida de todos
modos. ¿Tal vez ni siquiera me recuerda? Oh claro. Habló con mamá.
No puedo quedarme más tiempo aquí. Me gustaría irme sin que se diera
cuenta, pero siempre les llevo la delantera a los hombres con los que me acuesto.
Soy atrevida, descarada y honesta, dicen. Les digo que me voy, que tengo cosas
que hacer, y esta noche no será diferente. Le debo aunque sea eso al único amor
que he tenido.
―Keyon. Oye… ―Estoy susurrando, porque no estoy cien por ciento segura
de mi acercamiento. Inhala una profunda respiración, el sonido es tranquilo y
suave y nada como el frenesí con que me envolvió durante el sexo. El hombre que
estoy mirando no parece como alguien que empujara, atrapara y mantuviera
cautiva a una chica hasta que obedezca y haga lo que dice.
―¿Qué? ―Suspira. Mi corazón se detiene por lo íntimo que suena. Desearía
tener el derecho de escuchar a un amado susurrarme.
Rueda sobre su costado para poder mirarme. Se levanta sobre un codo y
acaricia mi rostro con una gigante mano. De alguna forma eso hace que mi barbilla
tiemble.
―Debo irme. Debo de trabajar en la mañana ―miento―, pero fue divertido.
Gracias por dejarme dormir aquí.
Exhala pesadamente. Keyon me asustó anoche, pero ahora me siento
melancólica. Por un segundo, sueño con que me diga que no me vaya.
―¿Trabajas el domingo, eh? Apesta. ―Su boca se curva en una perezosa
sonrisa―. Oye tampoco estaré holgazaneando. Ocho horas y más de
entrenamiento. ¿Qué hora es?
Encuentro mi sostén en la oscuridad. Estoy agradecida de que haya traído mi
ropa al cuarto.
―Son las cinco. ―Me inclino sobre el borde de la cama para tomar mi
arrugada camisa de Rubina Hood.
Lo siento detrás de mí incluso antes de que me toque. Una gran mano me
rodea y acuna mis pechos mientras sus labios se pegan a mi yugular. Los
escalofríos llenan mi piel por el aire caliente que sale de su nariz y cae sobre mi
garganta.
―¿Estás segura de que quieres irte? ―pregunta en voz baja. Las cálidas
manos agarran mi torso y recorren mi ombligo. Mi cuerpo responde rápidamente.
Aparentemente, el toque de Keyon puede crear hogueras en los estómagos de las
chicas.
―Tengo que.
―Te acompañaré abajo entonces. No, espera, necesitas un aventón por
supuesto.
―No, mi auto está rodeando la esquina ―miento otra vez―. Vuelve a
dormir. Estoy bien.
Suspira otra vez, y el sonido es tan dulce que me hace recordarlo como un
adolescente. ¿Hace cuánto éramos amigos en ese entonces? ¿Un año y medio?
¿Dos? Lo siento como mucho más tiempo. Entonces hubo un beso. Entonces él
cambió. Entonces… entonces… se mudaron.
Con Keyon en mi vida, tuve a alguien con quien compartir mi locura, alguien
quien entendía. No sabía lo que me faltaba hasta que él apareció, y cuando se fue
me sentí más sola que nunca.
Una vez que estoy vestida, lo miro, dormido, hermoso, un gran manojo de
relajación entre las sábanas. Por un momento, olvido que no me conoce. Estoy lista
para irme, pero cedo a la necesidad de sentir su piel bajo mis dedos otra vez.
Comienzo bajo su oreja. Acarició lentamente sobre los tendones tensos de su
cuello y lo miro cerrar los ojos ante mi toque. Llego a su clavícula, viajo sobre sus
pectorales y hacia un pequeño y oscuro pezón antes de moverme a su cintura.
Hay una punzada en mi abdomen que rara vez siento con los hombres. Una
buena punzada. Una caliente punzada. Mi cuerpo recuerda cómo me trató hace
unas horas. Su acercamiento al sexo fue violento, pero…
Cuentos de hadas, estoy divagando en mis propios pensamientos. Fui un poco
como Cenicienta cuando vine aquí disfrazada anoche. Muy parecida a Robin Hood
en mi disfraz elegido. Pero ahora, me siento como la Bella Durmiente, con mi
cuerpo despertando de la siesta por este extraño hombre que solía ser mi amigo.
Suspira de nuevo cuando acarició el camino feliz en su abdomen. Estoy muy
cerca de saltar en la cama de nuevo con ese suspiro, pero si me quedo, nuestra
mañana se hará incomoda. Probablemente querría ducharse conmigo. La peluca
que he tenido casi pegada a mi cabeza aguantaría, pero mi mascara se desintegrará
bajo el agua.
―Rubina ―dice mientras me enderezo.
―¿Mmmm?
―Deja tu número, ¿está bien? Veámonos de nuevo.
Mi corazón rebota en mi pecho. Asiento, mirando sus ojos brillar en la semi
oscuridad.
―Está bien.
―¿Rubina?
Me giro hacia él de nuevo desde la puerta.
―¿Sí?
―Ven aquí.
Vacilando, camino de puntitas hasta la cama. Dos largos brazos llegan a mí,
me rodean y me arrastran hacia él. Tropiezo incómodamente en la cama.
Encuentro su boca despierta, cálida, mojada e invasiva, su lengua conquistando la
mía con un último beso que me deja sin aire.
Cuando me suelta, murmura:
―Gracias de nuevo. Te llamo mañana.
―Mañana ―susurro en respuesta. Y en la gris luz de la mañana, sus ojos
están más abiertos que antes mientras me voy.

―Dicen los rumores que has dejado una gran impresión. ―Mack muerde un
pedazo de pollo frito del almuerzo. La visita a la Mansión Coral lo tiene inspirado.
Ha empezado a ir al gimnasio, y se ha sometido a una dieta de proteína para
deshacerse de un poco de barriga. Bien por él―. La pandilla en el Yellow Pub dice
que Keyon ha estado allí preguntando por ti. No es que lo culpe… eres un buen
revolcón.
―Shhh, baja la voz, ¿por favor? ―Lo fulmino con la mirada y muevo mi
cabeza hacia la sala principal donde el viejo está vaciando los tanques de agua,
preparándolos para el turno de la tarde―. ¿Qué, está hablando de acostarse
conmigo?
―No, pero describió a su chica misteriosa y que le había prometido dejarle su
número y luego no lo hizo. ¿Por qué no lo hiciste? ¿No era tan espectacular como
parecía? Si no, no te preocupes, Rubina. Te tengo cubierta.
Sopla un beso sobre el pollo, con los labios grasosos. Resoplo y me cruzo de
brazos. ¿Por qué me estaría buscando Keyon? Probablemente soy el rollo de una
noche más idiota que ha tenido en su vida.
―Sabes que te encanta dormir conmigo. ¿O ya me superaste ahora? ―Mack
es juguetón, pero hay inseguridad apareciendo en la superficie. Como siempre, lo
disfraza con chistes―. Dios, creo que Paislee se ha hecho un monje.
Me río con fuerza.
―Una monja, idiota.
―¿En serio? ¿No te vas a acostar con nadie más ahora?
―Cállate. ―Teníamos un acuerdo. ¿Por qué demonios está hablando tan
fuerte?
―El viejo está enjuagando los cubos ―me recuerda Mack―. No hay forma
de que escuche algo con el ruido del agua y lo sabes. Ven aquí.
Mack está siendo molesto. De hecho, ha sido molesto desde hace días, desde
que vino la tarde del domingo para “ver cómo estaba”. Quería un polvo rápido,
pero honestamente no pude. Días después, todavía sentía donde estuvo Keyon.
Demasiada fricción; tuve suficientes hombres allá abajo por un tiempo.
Decido caminar a casa de mamá para el almuerzo.
―Dile al viejo que volveré. Necesito aire fresco ―digo―. Has apestado toda
la maldita sala con el estúpido pollo.
―Pff, no es tan malo ―empieza, pero paso a su lado y salgo por la puerta.
*
Camino al café de Ivy. Me gusta hacerlo cuando puedo. Está cerca, estoy
abrigada contra el frío, y la punta de mi nariz se siente viva con el frío. Tomo aire
profundamente y tiro del sombrero sobre mis orejas. Es curioso como el frío se
asentó hace unos días. Habíamos tenido una racha suave las últimas semanas.
Parece que la temporada de invierno esperó por el baile del alcalde.
Mis pensamientos vuelven a Keyon, al repentino cambio que tuvo hace años.
Desde que empezó en nuestra escuela, la gente se metió con él por ser pequeño,
bonito, gay, y cualquier cosa que podían inventar. Una vez alguien dijo que tenía
una oreja más grande que otra. Ese no duro mucho.

―¡Mira la diosa gay! ―grita Aaron―. Está buscando a su gay. ¿Alguien ha


visto a su gay? Debemos ayudarla.
―Oh creo que lo he visto ―dice Tyler, con los ojos brillantes de falsa
emoción. Los pone en blanco, haciendo que sus amigos estallen en risas―. ¿Al que
le dijimos que se quedara quieto en el baño?
―Eso creo. ―Aaron asiente rápido. Los odio demasiado a ambos. Son la
razón para que el día de Keyon apeste.
Me encierro en una burbuja de no importancia y me hago intocable. Entonces
levanto mi cabeza en alto y paso al baño de los niños, mientras que Tyler y Aaron
sueltan sus carcajadas detrás de mí.
―¿Ves eso? ¡La diosa gay va a entrar! Apuesto a que está buscando a alguien
que la folle. Los chicos no harán eso, ya te lo he dicho. Debería de hacérselo, ¿eh?
No vienen tras de mí.
Desde el cubículo más alejado escucho a alguien escupir. Respiraciones
irregulares y sollozos suprimidos. Trato de abrir la puerta, pero golpeo un cuerpo
en el suelo. Veo manos aferrándose al asiento de porcelana y cabello mojado
temblando como hojas de otoño.
―Keyon, soy yo ―susurro. No reacciona―. Déjame entrar.
Mi amigo está arrodillado en el suelo y no hace esfuerzos por moverse. Soy
delgada, así que me las arreglo para pasar a través de la abertura de todos modos.
Me arrodillo también. Agarro su rostro y lo levanto hacia mí. Se suelta y deja salir
un sollozo contra su mano. Entonces sacude la cabeza, enfadado.
―Voy a empezar a tomar clases.
―¿Qué clases? Le diremos a la directora.
―A la mierda la directora. Ella no sabe ni una mierda. Voy a tomar clases de
Jiu-jitsu. Brasilero. Y de Kickboxing también.
―¿Auto defensa?
―Oh es más que eso. Te enseñan cómo volver mierda a la gente, y solo
espera: voy a hacer eso. Nadie se atreverá a llamarte una diosa gay de nuevo, eso
es seguro. ―Levanta su rostro demasiado bonito hacia mí, con los ojos ardiendo de
determinación―. Dame treinta días, Paislee. Voy a conseguirlo tan rápido que no
vas a creerlo. Ya verás, no importa si eres pequeño cuando sabes cómo romper
huesos.
Keyon no ha hablado así antes. Probablemente debería estar preocupada,
pero su ira rompe la desolación y siento mis propios puños cerrarse, estando de
acuerdo con él y preparándome.
―¡Bien! Esos imbéciles necesitan uno o dos huesos rotos.
Se pone de pie, la cima de su cabeza llega a mi frente. Keyon tendrá que vivir
con la maldición de ser demasiado lindo; pero al menos se ha puesto más alto en
los últimos meses.
―Me he inscrito ―me dice―. Y papá pagará por eso.
―¿Le dijiste a tu papá y a tu mamá cómo han empeorado las cosas?
―No, ¿estás loca? Eso haría que todo el infierno se desatara de nuevo, como
la última vez. Mamá enloquecería y haría de mi vida un infierno, y papá los
demandaría.
―¿No es ya un infierno viviente? ―Apunto en dirección al sanitario en que
estaba hundido y le paso más toallas de papel.
―Ja, es prácticamente historia. Un par de hundidas más y eso será todo
―dice, sonando despreocupado como si lo creyera―. Y cuando sea mi turno, no
voy a mojarlos a ellos.
―¿No?
―No. voy a aplastar sus caras aquí dentro. Estarán tan asustados de mí que
se orinaran en los pantalones cuando me vean. ―Una sonrisa se extiende sobre la
cara de mi mejor amigo, un rostro demasiado hermoso.
Su camisa esta mojada. Abro mi mochila y saco una de repuesto. La saqué de
su armario anoche sabiendo que esto podría pasar; habían pasado días desde la
última zambullida, y es uno de los castigos favoritos de Taylor.
Con el jabón del dispensador del lavamanos se lava entre sus manos y su
huesudo pecho y brazos. Trago el nudo en mi garganta, esperando que consiga su
objetivo de encargarse de esos bravucones sin la ayuda de sus padres. Una vez que
se ha secado, toma la camisa y la pasa sobre su cabeza. Cuando sus ojos encuentran
los míos a través del cuello de la prenda, estos están tranquilos, enfocados, y llenos
de determinación.

Mamá está ocupándose de las mesas. Olvidé que los martes son días
ocupados con todos los del ayuntamiento almorzando aquí. Me pregunto si el
padre de Keyon también vino.
―¿Necesitas ayuda? ―pregunto con poco entusiasmo.
―No, cariño, necesitas descansar también. Terminaré en un minuto. Ve a la
ventana y pide algo de comida, ¿por favor?
Lo hago. Aros de cebolla y calamares para hoy. El cocinero ni parpadea por
mi orden, porque en este pueblo él escucha de lo peor. Con una mirada alrededor,
me aseguro de que ningún jefe molesto esté cerca antes de servirme un vaso de
limonada fresca.
―Te acompañaré con mi sándwich en unos minutos ―dice mamá y
desaparece en la cocina con una pila de platos sucios.
Mientras tomo limonada por el popote, pienso en Keyon y lo emocionado que
estaba cuando volvió de su primera clase de artes marciales en el gimnasio. La
esperanza brillaba en sus ojos, y cuando caminábamos a la escuela, se paraba más
derecho a medida que nos acercábamos al edificio. El pensamiento me llena con
una descarga de alegría. Keyon y yo, tuvimos nuestro buen tiempo y nuestras
pequeñas victorias. Le tomó unos meses poner a prueba sus habilidades, pero
recuerdo bien cuando lo hizo.

―¡Maricón! ¿Ves eso, Tyler? La pequeña mierda está huyendo de nuevo. We-
We, ¿por qué no vas a esconderte detrás de tu mami? Maricaaa.
Corro al lado de Keyon. Llegamos a la puerta de su jardín, y ahí es donde por
lo general se dan vuelta y se alejan riéndose. Pero se vuelven más atrevidos con los
días. Hoy, no hay autos en la entrada, y noto cuando se dan cuenta que pueden
arrinconarlo en su propio patio.
Le contaré a mi mamá esta noche, y ella le dirá a sus padres así no tengo que
hacerlo. Estará molesto conmigo cuando se dé cuenta que lo delaté, pero los he
visto destruirlo durante mucho tiempo
Aaron corre hacia Keyon primero. Lo empuja hasta que cae, como un
pequeño animal. Pierdo el aire como si fuera a mí a quien se lo hicieran. Cuando
no hay escuela, no hay amenaza de un maestro yendo hacia ellos, ¿qué tan lejos
irán? ¿Alguna vez dejaran de golpearlo?
Tyler empieza a patearlo, gritándole nombres que sé que son más dolorosos
que los golpes contra su cuerpo. Keyon no grita. Pequeños gemidos cuando lo
golpean en puntos suaves es lo único que se le escapa, y me pone más enojada que
el infierno.
―¡Deténganse! ¡Basta! ¡Basta! ―grito a todo pulmón. Comienzo a empujar a
uno de ellos. Abofeteo una cara, y los ojos de Keyon se abren y me mira desde el
suelo.
Sus atormentadores están momentáneamente sorprendidos. Se giran a
mirarme, y de repente Keyon está de pie. Puedo notar que está adolorido, pero se
estira, fulmina con la mirada a Aaron y Tyler, y entonces…
Su puño vuela alto y rápido a la cara de Aaron. El puño viene de un lado y le
da con fuerza en el ojo a Aaron, y Aaron, cae al suelo con un maullido poco digno
de dolor.
Tomo aire que se siente seco en mi garganta. ¿Keyon hizo eso? ¡Y no ha
terminado tampoco! Aaron se pone a rastras de pie, con una mano sobre su ojo, el
labio temblándole, pero Tyler es un homicida.
―Al diablo si vas a librarte de esta mierda, marica. Te voy a destruir.
―¡No! ―grito dando un paso adelante. No quiero que la suerte de Keyon se
acabe. No quiero que le den una paliza de muerte en la propia puerta de su casa.
Aaron y Tyler jamás me han puesto una mano encima, pero podrían. Incluso
así, ahora no estoy asustada. Estoy ciega con la necesidad de evitar que mi mejor
amigo sea severamente lastimado.
―Sal del camino, Paislee. ―La voz de Keyon es extrañamente tranquila
detrás de mí. Jamás lo he escuchado tan lleno de determinación antes, y me hace
dudar.
Keyon pasa a mi lado. Lentamente, lo hace, pero no es lento cuando el mismo
puño huesudo que cayó sobre Aaron se une al otro. Una serie de golpes conectan
con la cara de Tyler con tanta fuerza que sus labios vuelan de un lado a otro como
en la cámara lenta de una película.
Keyon no se detiene cuando el chico cae de rodillas. No se detiene cuando se
acurruca contra sus piernas y lo único a lo que Keyon puede pegarle es la parte
trasera de sus hombros y cabeza. No habla, sólo da golpe tras golpe al cuerpo de su
torturador.
Estoy sin palabras, congelada, mirando y mirando. No está bien, sé que no lo
está, sin importar lo que le hayan hecho antes. Lo que Keyon está haciendo tendrá
repercusiones a largo plazo. ¿Y si mata a Tyler? ¿Y si se lo llevan, a mi amigo, a
prisión por asesinato?
―Keyon, es suficiente ―comienzo.
―¡Eres un loco! ―grita Aaron mientras corre por la puerta del jardín y deja
atrás a su amigo―. ¡Estúpido loco!
Una sedan negro entra por el portón, pero Keyon no reacciona. Sólo sigue
golpeando, aplastando, destrozando…
―¡Keyon, suficiente! ―le grita su padre. Jamás lo he visto moverse tan rápido
antes. En su elegante traje de abogado, camina a zancadas los pocos pasos que lo
separan de su hijo, lo agarra por la nuca, y lo separa de Tyler.
Las manos de Keyon están temblando. Apenas y tiene las puntas de sus pies
en el suelo, y no ha visto a su padre. Esa mirada, está nublada y llena de sed de
sangre. Oh Dios, Keyon es alguien a quien no conozco.
Comienzo a llorar. Me cubro la boca para ahogarlo, porque solo soy una
espectadora.
―¿Qué demonios has hecho? ―grita su padre―. ¿Tienes idea de las
consecuencias?

Pasó hace mucho tiempo y las consecuencias ya pasaron. Es por eso que
sonrío ahora, pensando en el feroz y pequeño Keyon, muy diferente al gigante que
es hoy. Está en control de su poder ahora.
En ese entonces, Tyler pasó cinco noches en el hospital con una contusión, y
el padre de Keyon habló con los padres de ambos chicos antes de que lo
demandaran. Castigó a su hijo por un mes y le prohibió las clases de artes
marciales.
Dejé a Keyon muerta de miedo por unas semanas, pero ni una se arrepintió
por lo que les hizo a esos bravucones. No podía culparlo.
Los primeros meses después de que Tyler volvió a la escuela estuvieron
tranquilos. Aaron y Tyler lo ignoraron y se mantuvieron fuera de su camino. El
rumor se esparció rápidamente, exagerando lo que Keyon les había hecho.
Algunos insistían en que le había quebrado un hueso de la cabeza a Tyler. Otro
rumor decía que Keyon se había bajado el pantalón y estaba listo para violarlo
cuando su papá llegó.
―A pesar de que los aros de cebolla están en el lado más delgado ―dice
mamá apuntando a mi plato―, verás que están bien crujientes. Están muy bien
cocinados.
Menea su trasero en el asiento a mi lado en el mostrador de la barra. Muerde
su sándwich, mientras yo levanto el aromático aro de calamar. Dios, mi boca se
está haciendo agua. Sólo comí avena para el desayuno de esta mañana.
―Si tú lo dices.
―¿Viste el anuncio? ―pregunta.
Entrecierro los ojos sobre la limonada.
―¿Qué anuncio?
―Keyon de verdad creció, ¿verdad? El chico es incluso más alto que su padre
―repite una idea anterior en lugar de responder.
―Seguro… ―Escaneo el cuarto con mis ojos hasta que me congelo por un
anuncio de Seventeen by Eleven2 en la puerta. Es a color, con una foto de una chica
sin rostro en un traje de Robin Hood. No, no, no… un mal presentimiento.
Mi madre sacude su cabeza, notando mi horror.
―¿Cómo no te reconoció? Y es muy interesante que no le dijeras quién eras.
Si fuera tú, estaría diciéndolo a los cinco minutos de verlo.
―Mierda ―murmuro en voz baja―. Esto no está pasando.
Mamá sigue mi mirada al anuncio.
―Bueno, Keyon siempre fue creativo ―gruño, camino hasta la ventana y leo.

CHICA PERDIDA DE LA MANSIÓN CORAL

―Mamaaaá ―me quejo―. ¿Él vino aquí?


―Claro que sí. Fue educado también. Dijo que te diera saludos y que estaría
en contacto.
―¿Qué? ¿Le contaste?
Ella está divirtiéndose demasiado. Mi madre de cuarenta y tres años está
riéndose como una niñita. Si no fuera por las circunstancias, estaría feliz de verla
tan despreocupada, pero ¿justo ahora?
―No, dijo que le diera saludos a Paislee, no a… Rubina Hood. Buen detalle.
―Me sonrojo. Giro mi mirada hacia el anuncio de nuevo.

Edad: 18-25
Ojos: Verdes iridiscentes
Cabello: ¿Largo? ¿Corto? ¿Rojo, marrón… azul? Seguramente tan hermoso
como el resto de ella, pero desafortunadamente estaba disfrazada.
Altura: Metro con sesenta y cinco.

2 Seventeen by Eleven: Compañía de anuncio y posters publicitarios.


―Supo mi altura exacta ―digo.

Peso: Aprox. ¿60 kilos?

―¿Sesenta kilos? ¡Bastardo! ―Fulmino a mamá con la mirada, quien está


pegándose en las rodillas, riéndose.
―Oh cariño ―comienza tan pronto como puede respirar―. Los chicos creen
que los pechos pesan más de lo que en verdad lo hacen. Tómalo como un
cumplido.
―Los pechos hechos de plomo, eso sería ―gruño y me volteo de nuevo al
anuncio.

Vista por última vez: En una locación no específica en el segundo piso de la


Mansión Coral. Le gusta el whisky y las paletas de mora azul. Habla inglés y
cocina española.
Otras características: Le favorecen los pequeños atuendos sexis de Robin
Hood. A menudo (¿?) se le ve usando una máscara de pintura negra. Se mantiene
con un amigo llamado Mack, tal vez Maximilian.
Huye por impulso.
Terrible cumpliendo promesas.
RECOMPENSA

No. No-no-no.
―Maldita sea.
―Paislee Marie Cain. ―El plato de mamá tintinea contra la barra. No está
sorprendida porque visitara las habitaciones de la Mansión Coral, pero mi colorido
insulto la hace ponerse seria.
―Pero mamá, ¿una jodida recompensa?

Asientos en primera fila para la gran final de artes marciales de la


temporada en Las Vegas, hotel incluido.
―Oh Dios, Mack va a decirle que soy yo.
―Cada chico en el pueblo parece querer esos boletos ―dice mamá―. ¿Mack
también, eh?
―Argh. Puede que no le gusten los deportes de combate, pero iría a Las
Vegas en un abrir y cerrar de ojos.
―Creo que es hora de decir la verdad, cariño. Dile a Keyon quién eres.
Sobre mi cadáver.
Keyon
―Victor consiguió hacer una llave jodidamente rápido, ahí, y sujetó al tipo
contra la jaula. Usó el apoyo de su cabeza para levantarlo antes de dejarlo caer en
un doble ―dice Jaden al teléfono.
―¿Y el tipo? ―pregunto.
―Ja, el tipo hizo un gancho desde abajo para defenderse, pero después de
caer de rodillas, Victor lo levantó, lo lanzó al suelo y consiguió quedar arriba.
Nunca he visto a Victor así. El tipo trato de guillotinarlo, pero Victor usó la presión
de su hombro y lo encerró en un estrangulamiento Von Flue3.
―Eso fue lo que consiguió por no soltar el agarre ―digo.
Él se ríe con sarcasmo.
―Por supuesto el entrenador es el único que recuerda filmar nuestro
campamento, y ahora que lo tienes allí arriba, Victor está nervioso.
―Puedo imaginarlo. ―Sonrío ante la idea de Victor poniéndose nervioso. Él
es algo más. Presiono una toalla en mi cabeza y seco el sudor en mi cuello. Luego
me siento en el banco de las pesas.
―Sin embargo no puedo creer que me dijeras directamente eso, hermano,
sobre el filme. Sin sarcasmo ni nada. Por qué no dijiste lo de siempre, algo como
“Oh sí, Victor está bieeen con el entrenador estancado en tu pequeño y pintoresco
pueblo. La gente estaba ansiosa por una oportunidad de filmarlo, así que no te
preocupes”. ―Saco mi lengua y me doy cuenta de lo seca que está mi boca. El
entrenador me pasa una botella de agua fresca, la cual me tomo en dos tragos. Me
alcanza otra.
―Sólo trae tu culo de princesa de regreso a la ciudad, y te daré tu sarcasmo
―dice Jaden―. Extraño destruirte, eso es un hecho también.

3Von Flue: Es una un agarre en el que un jugador termina sobre el otro, sujetando su cuello con
ayuda de su hombro.
Mi puño se retuerce ante la idea. Una cosa que no estaré haciendo en toda
una semana es pelear.
―Suena como sarcasmo para mí. ¿Quién de nosotros termino en urgencias
otra vez, amigo?
―Vete al diablo. ―Se ríe―. Al menos conseguí una enfermera la última vez.
Más de lo que tú consigues en tus patéticas visitas al medio. ¿Rigita tiene buenas
rajas?
―Estoy cazando una ahora ―digo.
―Te deseo la mejor de las suertes con esa, amigo. Lo necesitarás.
Pongo los ojos en blanco, sonriendo. Sarcasmo o no, Jaden empieza a sonar
como yo.
―Sólo colócate una bolsa en la cabeza; mañana es Halloween así que tendrás
que disfrazarte, flexionar un debilucho bíceps y esas tonterías.
Un golpe en la puerta del sótano anuncia a mi madre. Dawson aparta algo del
equipo de espuma que está en el camino y la saluda educadamente.
―¿Están listos para el almuerzo chicos? ―Sonríe ampliamente y aprieta sus
manos expectante frente a ella. A mamá le encanta compartir comida, mientras
más grande mejor, y no puede consentir que mi padre y yo las “devoremos”. Lento
y saboreando es la única forma de hacerlo, dice, quejándose sobre que los genes de
mi padre predominan cada vez que tengo me apresuro mucho.
Durante el almuerzo se queja sobre la gente que está llamando y
apareciéndose con pistas sobre quién es Rubina Hood. Personalmente he conocido
a diez de estas en los últimos dos días, y por ahora, las pistas no son buenas. Una
me llevó a un edificio abandonado, y otra a una anciana cuya nieta se había ido a
California hace tres años. La gente de este pueblo es rara.
―Keyon, querido, creo que lo hiciste para encontrar a esta chica es romántico,
pero no está funcionando. ¿Cuántos avisos pusiste?
Me encojo de hombros, masticando.
―Como quince entre los de la biblioteca, un par de bares y la estación del
tren. ―Los trenes apestan. Nunca me subiré a uno de nuevo.
―¿Qué, cariño? ¿Vas a quitarlos? Puedo ayudarte.
―Lo estoy manejando.
Es como si mi mente pasara por estos viciosos y esporádicos ciclos. La
mayoría de las personas pasaban su vida sin tomar un tren y aun así de todos los
lugares para colgar mis carteles parte broma, parte serios, fui primero a la estación
de trenes.
Quiero decir, de verdad, en serio detesto todo lo que tiene que ver con los
trenes. Mi primer y último pensamiento cuando veo uno siempre es, nunca tomaré
un tren otra vez.
―Los quitaré después de Halloween, mamá ―digo―. Me iré unos pocos días
después de todos modos.
―Halloween. ―Mamá aplaude―. Cielos, sí. Tienes que disfrazarte mañana.
Te conseguiremos algo lindo, como un uniforme. Podrías ser un soldado
condecorado con ese atuendo gris que usan con banda amarilla. Oh. ―Habla sin
parar, sonriendo.
Pongo los ojos en blanco.
―Seré un luchador. Yo mismo. Así. ―Apunto a mis ropas de entrenamiento,
mientras mi madre frunce el ceño con desaprobación―. Silvia, estoy muy grande
para salir por dulces. Además, ¿no estás cansada de Halloween con la fiesta que
acabamos de dar? Debes estar agotada ―añado por diversión. Mi madre es con las
fiestas igual que con las grandes cenas: imposible de cansarse.
―No, no, cariño. El baile de Halloween de verdad es en la plaza, y tu padre
es el invitado de honor. ―La sonrisa de mamá se ensancha. Mamá-Fiesta. Apuesto
a que es la mejor Primera Dama que este pueblo alguna vez tendrá.
Recuerdo la burlona sugerencia de Jaden sobre disfrazarme y conseguir un
polvo. Mmm. ¿Me pregunto si la señorita Cual-sea-su-nombre-verdadero, estará
en la plaza con su disfraz de Robin Hood?
Ella no había planeado verse conmigo de nuevo, pero oye, las chicas son
criaturas caprichosas; cambian de opinión en un abrir y cerrar de ojos. Bien podría
ponerme un disfraz y hacer una búsqueda en la plaza del pueblo. No debería ser
difícil de encontrar si está ahí.

¿Qué demonios estaba pensando? Ni siquiera puedo encontrarme a mí mismo


en el frenesí de aquí. Estoy a un punto en el que incluso estoy sorprendido de ver a
Dawson y a su esposa, con quienes vine. Están bailando “Monster Mash”, la cual
parece estar en repetición por la banda de mierda de tributo a los Beatles en el
escenario.
Reconocí las linternas de papel sobre nuestras cabezas de la Mansión Coral,
aunque han triplicado la cantidad. Todo el mundo come hot dogs, y la mitad de la
gente está ebria, viejos y chicos muy jóvenes sobretodo.
Estoy en un banco, brazos cruzados, la espalda pegada a la mesa a mi
espalda. Mis piernas están estiradas ampliamente mientras solo miró la cerveza en
mi mano. Estoy reduciendo el licor hasta la gran pelea, lo que significa que
Dawson ya me dio el sermón. Él es un tipo amable, pero cuando no acato sus
instrucciones, de verdad se enoja.
Mi madre no se rindió hasta que me disfracé como algo esta vez, así que sin
duda me arreglé mi disfraz de adolescente para pedir dulces: jeans rasgados y
camiseta manchada con sangre con un par de colmillos. Ya que está helando, me
puse un largo abrigo negro. Ella me atacó también con maquillaje, así que mis ojos
están delineados con un pegote negro y sangre gotea de mi boca.
―Te ves como un vampiro rebelde. El vampiro James Dean 4 ―dijo la esposa
de Dawson de camino aquí―. Sin embargo se ve que eres tú ―añadió en su
melodioso y roto español. Muy mal. Lo que no era tan malo era que todas las
chicas me lanzaban miradas tímidas.
Sí, no lamento haber venido aquí. Después de un día como hoy, duro, pero no
destructivo, tengo dos cosas en mi mente: comida y sexo. La comida es fácil. El
sexo tengo que cazar, y no hay nada de malo con una buena persecución.
Me enderezo. Me estiro. Una rubia con cabello de verdad o una buena peluca
se da vuelta y se congela. Su boca cae abierta, guiño un ojo y dejo salir mi sexy
“hola”. Sonríe. Le susurra a su amiga, quien me mira y se ríe nerviosamente.
―Te ves como ese tipo de Crepúsculo ―grita la primera chica sobre otra
repetición de “Monster Mash”.
No tengo ni idea de qué está hablando.
―Te ves bien ―grito en respuesta.
―¿Eres ese luchador? ¿El hijo del alcalde? Solía ir a la escuela contigo.
¿Leylah Nuggenheim? ―Parece que se comunica con preguntas. Puedo jugar a
eso.
―¿Sí? ―preguntó en respuesta―. ¿Llegamos a salir? ―digo con otro guiño.
La única cosa que pasa por mi mente de esos miserables años es la falta de respeto,
la soledad y las tazas de inodoro.
¡Marica!
Paislee.
Su madre trabaja de nuevo en nuestra casa, lo cual es una locura. Le pregunté
sobre Paislee.

4 James Dean: Actor de la película “Rebelde sin causa” de ahí la mención.


―Está en el pueblo ―dijo―. Trabajando. Le va bien. ―En una fábrica,
aparentemente. Me pone triste pensar en Paislee en una línea de ensamblaje.
La hermosa chica que era, mi primer amor, y la razón por la que me mantuve
cuerdo durante todo el acoso. Era valiente también. Todavía me desconcierta que
hiciera lo que hizo, que hubiera saltado y se quedara conmigo en mi burbuja de
rechazo.
Diosa gay.
Me tomo casi un año defenderla, y eso todavía me molesta.
La mirada de Leylah Loqueseaheim va hacia su amiga. Ninguna de ellas se
ríe más, pero no me importa que la haya puesto en evidencia. En la mano de
Leylah, hay un anillo de matrimonio. Al igual que en la de su mejor amiga,
probablemente está en un horrible matrimonio con un mariscal de campo del
equipo de fútbol de la secundaria, tal vez Aaron o Tyler.
Siento mi expresión cambiar a una más seria. La cara de póquer es cortesía
del hombre bailando con la repetición de “Monster Mash” con su esposa. Durante
los últimos años, la he perfeccionado hasta el punto en que mis competidores se
quejan de que es imposible leerme en una pelea. Cuando es necesario, permito que
la mirada asesina se derrame por mis ojos también. Es como asusto a los novatos.
Sin embargo se me daba natural esa mirada; era como ahora finalmente controlaba
a los idiotas de mi vieja escuela secundaria.
Curvó mi dedo hacia Leylah. Se cruza de brazos, insegura, pero atraída por
mí. Cuando no avanza, muevo mi barbilla hacia ella en una silenciosa persuasión.
Obedece. Sin moverme de la posición perezosa que he tomado en el banco, espero
hasta que está sentado a mi lado.
―¿La vida te está tratando bien? ―tanteó. Mi abrigo se ha abierto, y sus ojos
bajan por mi pecho hasta mi estómago antes de volver a subir.
―Ajá ―chilla―. Lo mismo de siempre.
Agarro su barbilla y la mantengo inmóvil sin alterar mi posición.
―¿Entonces disfrutaste la secundaria? ¿La reina de la graduación o algo así?
―sugiero. Parece de ese tipo.
―La secundaria fue genial. ―Leylah se muerde el labio, sin estar segura de a
dónde me estoy aproximando, pero no puede evitar soltar su respuesta―. Estuve
en los primeros puestos para reina del baile, por dos puntos. ¿La otra perra? Juro
que fue arreglado. Rose…
No me importa ni una mierda sus problemas. La detengo con mi boca. La
asaltó hasta que se le escapa un jadeo. Luego la suelto abruptamente y me pongo
en pie, mirando mientras su cabeza cae hacia atrás como un latigazo. Parece que no
puede levantar su mandíbula de su pecho. Me estiro. Miro alrededor como si lo
que hice nunca hubiera pasado.
―Tu pequeña y podrida escuela apestaba ―digo, en voz baja ahora que
“Monster Mash” no está sonando. Leylah no se para conmigo. Está aferrándose al
banco con ambas manos, la sorpresa domina su rostro, por mi brusquedad con el
beso, no me importa.
Pensé que el resentimiento se había desvanecido un poco. Supongo que solo
necesitaba encontrarme con gente de los rincones grises de la secundaria, los cuales
no ayudaron, no hicieron ni arreglaron nada. Recuerdo el rostro de esta chica en la
multitud más de una vez, mirando en silencio mientras me daban una paliza. No
fue ese pequeño y débil cuerpo el cual pasó entre la multitud y gritó, “Suéltenlo”
sin preocuparse por su propio bienestar.
No. Esa fue Paislee.
Paislee
¿Qué es eso que hace al vello abdominal tan delicioso?
Cual-sea-su-nombre se sienta derecho. Toca el estante de las tazas por encima
de él, y revela una piel morena por debajo de un sendero negro ondulado que
desaparece bajo vaqueros azules.
Apoyo mi trasero contra el mostrador del barista y asomo mis senos lo
suficiente para llamar su atención. Está en un descanso de su computadora. Él es
un estudiante, un cerebrito, lo que significa que es probablemente mejor en la cama
que la mayoría de las ratas de gimnasio que creen que su genialidad se multiplica
por diez.
Él mira hacia otro lado inmediatamente, lo que significa que le gusta lo que
ve. A veces prefiero a los cazadores. Disfruto mostrando el escote, meneando
una cadera y agitando un set completo de pestañas muy-muy-reales antes de que
el tipo se pose sobre mí. Sin embargo, dependiendo del humor, hago la caza yo
misma y festejo con la presa de la noche.
El cerebrito sexy, quien estimaría que está en la mitad de sus veintes, está a
punto de ser cazado. Él no sabrá qué lo golpeó para el momento en el que lo tenga
de espaldas en su sucio apartamento compartido y esté desnuda rondando sobre
él.
Ese vello abdominal. Mi corazón martillea con el pensamiento de saltar a sus
huesos y volverlo loco. No hay nada mejor que gobernar a un hombre así. Esa
mirada en sus ojos cuando se rinden a mi boca vence las noches sin dormir y el
miedo a la oscuridad. Porque la noche no puede infligir dolor cuando has
dominado lo que pudo haber sido el demonio.
Trago la gota de negra emoción formándose en mi garganta. No estoy aquí
para revolcarme, más bien lo contrario. Logro vislumbrar en buena parte una V
pélvica antes de que baje sus brazos y deslice sus dedos sobre el panel táctil de su
laptop. Friki en efecto. Es Halloween, y él está aquí en un café mientras todo el
mundo está de fiesta.
Igual que yo. No porque sea una friki, sino porque el mejor remedio para mi
mente es adherirme a alguien además de Keyon Arias. Él aún está en la ciudad,
quizás celebrando Halloween. No es por ser engreída, pero está probablemente
buscándome, supongo que sacudí su mundo esa noche.
Si él piensa que estoy vestida como Rubina Hood y quiero que me encuentre,
estará decepcionado. Una espina de tristeza golpea mi corazón con eso. Habría
sido genial verlo de nuevo ―realmente verlo― para reunirnos como amigos.
Ajusto mi enfoque hacia mi friki de computadoras. La delgada camisa que
viste revela tendones y músculos en sus hombres y la parte alta de su espalda. Me
imagino saltando a esa espalda y frotándome contra ella.
Estoy haciendo un buen trabajo visualizando, porque mi clítoris responde,
sintiéndose sensible e hinchado.
El sexo es meditación. Cuando duermo con alguien, es fácil olvidar las
angustias del mundo, y en este momento, esas angustias incluyen a mi viejo amigo
de la escuela.
La campana sobre la puerta suena. Me pongo en marcha, preocupada, porque
la última cosa que quiero es ser sorprendida por Keyon entrando. Es solo una
madre y algunos niños, pero aun así me retiro hacia el baño.
Como es Halloween, traje suministros en caso de que me sintiera así:
paranoica. Las pestañas muy-muy-reales están ya puestas como una gruesa capa
de maquillaje. Los labios rojos de escenario explotan en mi cara mientras mis
pálidas mejillas se sonrojan discretamente con colorete rosa. Un vibrante,
delineador de ojos negro y una sombra de ojos carbón realzan el verde de mi iris y
los transforman en ojos gatunos.
No es suficiente. Ésta noche, traje la máscara que no pude colocarme en el
baile del alcalde. Es la versión femenina de la mitad de la máscara de un demonio,
estilo veneciano.
No voy a cambiar el atuendo. Me quedo con mi colorido, luminoso y
seductor combo de camisa-y-falda con un profundo escote y botas stiletto altas
bajo un abrigo ajustado. Pero las joyas negras alrededor de los ojos de la máscara
hacen que mis pupilas se fundan con el verde de mi iris.
La auto-confianza es una cosa bizarra. A veces pienso que me han dado un
corrupto trozo de ella. Miro fijamente a mi reflejo mientras mis labios de forma y
tamaño perfectos se expanden en una lenta sonrisa. El cabello que es negro con un
tinte rojo se parece a madera de caoba bajo ésta luz, y se mueve como sábanas de
seda sobre mis hombros. Un mechón disfraza en parte un seno que se ve más
suave de lo que es. Diablos, yo también me jodería si fuese un hombre.
Y eso es lo que soy, un juguete. No soy idiota. En lo profundo, sé que todo el
mundo merece ser más que el juguete de alguien. Pero yo tengo amigos no
platónicos, que ponen gasas a lo largo de mi esfera y me ayudan a olvidar mis
pensamientos, el pasado, el futuro. Acepto mi vida de la manera que es y estoy
bien con quien soy.
Yo, Paislee Marie Cain, tengo una buena vida.
Ahora sin embargo, necesito novedad, y el friki de la laptop debe encajar bien
con ello.
Aprieto los labios y exhalo aire. Ajusto la máscara para que mis ojos brillen,
compitiendo con los falsos diamantes que los rodean.
El anonimato de Halloween es mi indulto. Estoy segura aquí en el lado
opuesto de la ciudad y en un área que nunca frecuento. Chasqueo mis tacones
contra el piso de mármol, lo suficientemente alto como para que el hombre de la
computadora levante sus ojos. Sus manos caen a su regazo y su mirada se
encuentra con la mía, y cuando se mantienen conectadas, mi pulso se acelera como
cohetes con la caza y la inminente presa.
El chico friki no sabrá qué lo golpeó. Haré que venga hacia mí primero.
Extrañamente, me encuentro esperando que tenga una experiencia limitada. Mi
preferencia en hombres varía, pero incluso así, el deseo de esta noche es raro;
quiero que esté caliente como el infierno y tan inexperto que acepte instrucciones
detalladas.
Escaneo la pequeña habitación en mi camino a su asiento. Ubico la madre
recién llegada con un pequeño Batman y una incluso más pequeña Cenicienta. Ella
está dividiendo caramelos en dos bolsas plásticas y sorbiendo café, y estoy
pensando que ella está tomándose un muy-necesitado descanso de dulce-o-truco.
Voy con paso lento de vuelta al friki. Me aseguro de balancear las caderas de
mi manera más seductora. No me importa una mierda si alguien está observando,
lo cual es la razón de que mi dedo índice se enganche en mi escote y lo jale hacia
abajo un poco tan pronto como he tenido su atención.
¿Él jadeó? Maravilloso, esto va a ser bueno. Quizá le diga que no mueva un
músculo, que sólo se tienda quieto sobre su espalda mientras lo monto hasta el
clímax. Tal vez lo haga inaguantable para él, lo lleve hasta el borde y de regreso,
hasta que esté a punto de llorar. Asiento para mí, por tan buen plan, todo lo que
necesito es que él esté vivo, caliente y, duro.
Mi corazón está precipitándose fuera de mi pecho. Mientras fijo mi tacón
sobre el bar y la parte inferior de su taburete, la campana sobre la puerta suena de
nuevo. Más calmada ahora, deslizo una mano sobre el muslo del chico friki y
sonrío satisfecha diciendo:
―Hola, estoy de vuelta. ―Mientras le doy un vistazo a la puerta. Ésta se
abre.
Y entra un semental de vampiro.
Mi cerebro dispara alamas de precaución rojo brillante, gritándome que huya.
Los iris del vampiro brillan, un café dorado acentuado por cejas arqueadas en
sorpresa.
Él me estudia mientras levanta una mano y frota su boca con la curva de su
dedo. No puedo evitarlo. Lo estudio de vuelta, la camisa blanca que está abierta en
el cuello, revela una piel bronceada y músculos tonificados. El maquillaje causa
que se vea como un zombi-pirata-sexy.
―Rubina. Así que aquí es donde te has estado escondiendo ―murmura y
merodea, ¡merodea!, hacia nosotros. Claramente, él era el primero en la fila cuando
entregaron la auto-confianza, porque ni una sola vez repara en mi “cita”.
―¿Disculpa? ―Mi mano se cae de la espina del friki, mientras Keyon se pone
cómodo en lo que solía ser mi asiento.
―Así que… ¿qué hay de nuevo? ―dice y es tan vieja escuela y fuera de moda
que resoplo.
―No mucho ―digo―. ¿Está todo bien, señor? ―Estoy haciendo un maldito
buen trabajo actuando como si no lo conociera.
―¿Tienes cerveza aquí? ―pregunta a la barista en un tono que hace que
intérprete “en esta pocilga” en vez de “aquí”. Cubro mi boca porque no necesito
alimentar a la bestia con más risa injustificada.
La barista responde a su pregunta.
―Claro ―dice―, pero no de barril, solo cervezas europeas embotelladas.
Entre las cervezas en un café y Keyon apareciendo de la nada, éste es el
arreglo más extraño jamás. De hecho, es probablemente un arreglo; si sucede que
alguien que conozco va a ver una pelea en Las Vegas en cualquier momento
pronto, tendré mi respuesta.
Mi mamá y Mack son los únicos que saben dónde estoy, sin embargo, y ellos
no me delatarían. ¿O sí?
―¿Nos tomamos una cerveza, o quieres irte de una vez, Roobs?
Nuh-uh. Él no dijo eso.
―No estoy segura sobre sus planes, caballero ―ronroneo tan suevamente
que soy en parte gato―, pero estoy con mi novio aquí, y no puedo simplemente
levantarme e irme.
Paso un brazo alrededor del súper-extraño chico friki, quien se encoje en su
asiento. Él no está realmente respaldando mi afirmación sobre ser mi novio. ¿Quizá
le teme a los vampiros?
―Mis disculpas ―murmura el vampiro, de nuevo. ¿Qué pasa con el
murmurar sexy?―. No me di cuenta que Ruby no estaba en el mercado.
―¿Qué diablos? ¿”Mercado”? ¿Crees que la gente me compra como una
put…? ―Succiono aire rápidamente antes de pronunciar la palabra que he odiado
desde que el padre de Isa me visitó en el cuarto de invitados.
Allí es donde llega mi límite. Nunca dejaré a nadie pagarme por sexo. Ser la
perra de la ciudad es una cosa. Es una cama que he hecho yo misma,
intencionadamente. Pero nunca me convertiré en una prostituta, no importa lo que
la gente del pueblo crea.
Todo sucede en una sucesión rápida: Keyon me arranca de la silla del friki,
mis piernas golpeándose; el friki hace que su taburete salte un metro lejos, y de
repente está tan concentrado en su trabajo que es como si se hubiera convertido en
uno con su laptop.
Vaya, gracias por el apoyo.
Keyon me balancea y hay objeción. Brazos de acero se aseguran que hago lo
que él quiere. Y no solo invade mi espacio, su mirada fija parece que atraviesa
como láser mi mente también.
―Jamás te tragues el juicio de los demás sobre ti. ―Sus ojos queman como si
el mero pensamiento fuese un insulto.
―¿De qué hablas? ―¿Por qué está a la defensiva cuando yo soy la que
debería estar insultada? ¡Él dijo “mercado” y mi nombre falso en la misma oración!
Keyon me ha tenido como una prostituta. Hice lo que él quería sin importar
mi urgencia por salir huyendo. Se ha adueñado hasta de los más profundos
escondites de mi carne, rechinando contra el tejido y los tendones y los músculos
de una manera en la que lo único que separa a una prostituta de una zorra es
dinero.
Pensamientos, mente, nervios, sangre, oxígeno. Eso es todo lo que quiero ser.
A la mierda este cuerpo, mi dolorosa, necesitada, absorbente piel. A la mierda mi
vagina que implora placer. Ella siempre gana, y aun así no me puedo quejar. Estoy
cuerda gracias a ella.
Cuando él dice:
―¿Cuánto? No importa. Aquí tienes. ―A la barista, su voz se ha calmado de
nuevo. Su destello de rabia ha retrocedido, y yo estoy anormalmente aliviada.
Quiero enrollarme sobre mí misma.
Keyon coloca un paquete de billetes en el mostrador, toma mi mano y me
lleva hacia la puerta. Yo empiezo a hablar, protestando sin palabras reales. La
barista especifica que son diez dólares, no cincuenta, pero Keyon tira de nuestra
conexión, y entonces estamos fuera.
La nieve cae en ráfagas, golpeando mi cara con helada honestidad, pero no
disminuye el calor creándose en mi abdomen. Este hombre. Este hombre.
Lo recuerdo como un niño con la claridad de fragmentos de película. Ah, allí
hay mucho que perder, amor, respeto, un pasado impecable. No estoy
acostumbrada a tener algo que perder. ¿Qué pensaría si él conociera a la yo de ahora?
La aprehensión se desploma en mí como la culpa. Voy hacia la acera. Aprieto
mi estómago, la nieve crujiendo como almidón de papa bajo mis botas.
Mientras inhalo aire de un océano que quiere congelarse, él me jala hacia
arriba con un oops, creyendo que simplemente me deslicé.
―Deberías decirme tu verdadero nombre ―dice él, con su mano levantando
mi barbilla. Y por primera vez, desearía haber llevado una vida respetable.
Keyon
Ella me mira, con sus ojos verde malaquita a través de su máscara negra.
Rubina despierta recuerdos de mi infancia. Conocí a una persona una vez con esa
mirada, con el mismo color salvaje que rebosaba de emoción.
Los ojos de Paislee no mentían. Cuando ella veía a los bravucones
atacándome, el verde brillaba intensamente con temor. Cuando dejaba escapar
gemidos poco varoniles, el color se atenuaba con compasión.
―Me recuerdas a alguien ―le digo a esta mujer en la que no he dejado de
pensar durante días―. Espero que tu, um, amor ahí dentro no esté demasiado
molesto por haberte ido. ¿Cuál es tu nombre?
Ella se endereza delante de mí, su pequeño cuerpo orgulloso en su bonito
pero provocador atuendo. Ignora mi burla sobre el novio imaginario cuando
responde:
―Realmente es Rubina. No Hood sino Green. ―Sus ojos disparan un desafío
hacia mí. Tómalo o déjalo. Es todo lo que vas a conseguir.
Siento que mi boca se curva en una sonrisa.
―¿Y te llaman Ruby? No tienes el cabello rojo ―digo, echándole un vistazo y
dándome cuenta que es casi rojo. Definitivamente no es rubio como la peluca que
usaba en la fiesta de ma.
Ella respira profundo como si estuviera reuniendo coraje.
―Me llaman como quieren llamarme ―murmura, y entonces veo lo que está
haciendo. Por un momento, cuando se resbaló y cayó, había algo más en sus ojos.
Ahora está regresando a su zona de confort, lo que me atrajo de ella en un
principio. Rubina está volviendo a ser la zorra sexy.
―Rubina ―susurro, ahuecando su mejilla e inclinando su cabeza hacia atrás
para que tuviera que encontrarse con mi mirada―, he estado buscándote.
―Lo sé.
―¿Por qué no me dejaste un número?
―Me asustas.
Hmm, rápido. Y honesto. Sé que asusto a las chicas. Una chica me llamó
“imbécil dominante”. Demonios, ella no había tenido ningún problema en correrse,
lo cual decía más acerca de ella que de mí. Le dije lo mismo.
―No soy peligroso para las mujeres.
―Podrías serlo.
Inhalo el frío aire de la noche de otoño.
―Por supuesto que no. Sé lo que estoy haciendo…
―¿Sí? ―Ella comienza a caminar, sus suelas se deslizan en pequeños y
rápidos pasos mientras avanza deprisa―. ¿Así que sabías lo que estabas haciendo
cuando me machacabas tan duro contra el colchón que olvidé cómo respirar? ¿Qué
hay de cuando me giraste la cabeza a un lado y la sujetaste con un fuerte agarre así
podías devorar mi garganta con grandes y hambrientas mordidas? ―murmura las
palabras, y mi polla salta ante su descripción.
El paso de Ruby se acelera.
―Tómalo con calma. No vayas a hacerte daño ―le advierto.
―Pfff, puedo caminar bien. He vivido en este helado lugar toda mi vida. ―Y
ella está enojada por eso. Su columna está recta y tensa, sus puños hundidos en los
bolsillos de su abrigo.
―Oh, deja el drama ―digo finalmente, dándole la vuelta y quitándole la
máscara.
―¿Quién demonios te crees que eres? ―grita―. Dame la máscara.
Hay pánico en su voz. ¿Por qué? Casi había esperado un rostro arruinado,
pero es absolutamente perfecta en su belleza. La forma de sus labios, sin
embargo… He visto esos labios antes.
Bueno, eso es obvio. Los he degustado; duro también.
Sostengo la máscara en alto mientras la observo. Sus ojos aún están ocultos,
astutamente cubiertos con maquillaje como de teatro. Salta sobre sus tacones,
tratando de alcanzar la máscara, pero no tiene ninguna posibilidad. Sacude los
brazos, las puntas de sus dedos agarran el aire vacío.
Está tan furiosa, no puedo evitar empujarla contra el edificio y besarla. La
presiono contra la pared, necesitando que me acepte.
Al principio, forcejea, lo que lo hace aún más excitante cuando se relaja,
enredando sus manos en mi cabello y jalándome hacia abajo. Cortos jadeos de ira
persistente se disparan de su boca a la mía. Suelto su cuerpo para inclinar su rostro
hacia arriba para tener un mejor acceso.
Mi polla está dura contra su estómago, y me balanceo, recordándoselo.
―Detente ―jadea―. Tienes que detenerte.
Me detengo con ella en mis brazos y la miro. Sus labios ya no están pintados
de rojo; están hinchados, naturales y brillosos.
―¿Por qué? ―susurro, incapaz de hablar con claridad. Con el pulgar, froto
mi propio labio, encontrando el lápiz labial que ya no está más en ella.
―Porque sí.
―Pero te gusta lo que te hago. ―Sé que le gusta. Su pulso se está volviendo
loco en mi mano. La tengo alrededor de su garganta, dándole calor. Sintiendo su
yugular latiendo contra mi agarre.
―No. Sí. Es complicado.

Rubina estuvo de acuerdo en venir conmigo a la Mansión Coral. Ha estado en


silencio en el camino hasta aquí.
Es tarde y no quiere ver a mis padres, lo cual está bien para mí. Le muestro el
camino a través de la puerta de servicio, subimos las escaleras a escondidas, y me
ofrece una sonrisa tensa cuando le digo que parecemos adolescentes.
Una vez que la puerta está cerrada, invado su boca con mi lengua,
empujando tan lejos como puedo y amando la sensación de ella a mi alrededor.
Estoy conquistándola, esta pequeña parte al principio. Pronto tomaré más, porque
la zorra no está muy lejos.
Es una persona tan hermosa y sexy.
Ella hace un sonido de preocupación con su garganta y empuja mi pecho con
sus pequeñas manos.
―¿Qué? ―le pregunto, esperando que nuestras intenciones no sean
diferentes. Necesito estar dentro de ella. Esta vez, no voy a dejar que se vaya
temprano. Rubina va a pasar la noche en casa.
Junto sus manos con una de las mías detrás de su espalda. Hace sobresalir sus
bonitos pechos, doblando su cintura mientras el resto de ella camina fuera de
balance hacia la cama. La llevo hasta allí mientras se retuerce. La respiración de
Ruby se acelera y sus ojos se agrandan magníficamente debajo de mí.
Thud.
Ahí está ella, con su abundante cabello desparramado sobre la almohada
como debería.
La beso duro de nuevo, sintiendo un gemido contra mis labios, y mi polla
está dura como granito en mi pantalón. No puedo estar lo suficientemente cerca de
ella, todo mi cuerpo pesa sobre el suyo, frotándonos juntos, asegurándome de que
sepa que está a punto de ser poseída, y ella dice, dice…
―Keyon, detente.
No hay fuerza detrás de la súplica, pero dispara una alarma en mi mente. Mis
manos agarran su cintura debajo de su camisa y acarician un firme camino hacia
arriba hasta que alcanzan su sujetador. Quiero arrancárselo duro, tan duro.
Necesito oír que estoy rompiéndolo, que doblego los ganchos delicados y
desgarro la tela por las costuras. Hará que el placer sea inmenso. Gruño y deslizo
las manos bajo su espalda.
El pop de un botón golpea mis oídos como si fuera música. Desgarro, arranco
y me oigo gruñir de placer cuando mis palmas se encuentran con sus suaves
caderas.
―¡DETENTE, MALDITO IMBÉCIL!
¡Mierda! Mierda, mierda, mierda.
La suelto, sentándome sobre mis rodillas, con los brazos colgando a mis
costados. Los músculos de mi estómago aún se retuercen, instándome a cubrirla
con mi cuerpo y continuar su viaje hacia la sumisión. No hay ninguna señal, no,
ninguna señal. Pero esa voz, esas palabras…
“¡DETÉNGANSE, MALDITOS IMBÉCILES!”.
Estoy de vuelta años atrás, en un pequeño bosque en la parte trasera de
nuestra casa. Aaron me ha atrapado. Estoy tan cerca de casa. Corrí más rápido que
el viento. Realmente pensé que lo lograría esta vez. Pequeño y delgado en
comparación con su corpulento adicional de seis meses de edad, mis articulaciones
crujen debajo de él.
El barro de la lluvia de la tarde golpea mi rostro. Aaron me restriega contra
él, riendo y llamando a Tyler.
―Quítale el pantalón. Veamos cómo se ve el trasero de un marica. Hombre,
probablemente ya se lo ha entregado al viejo señor Olson. ―Se ríe como si nada
nunca hubiera sido gracioso para él, y luego Tyler está allí, tirando de mi pantalón.
Estoy muriendo. La vida no puede ponerse peor que esto; el miedo de lo que
podrían hacerme me desmorona. Sé lo que van a hacerme. He leído sobre eso en
internet. No es nada bueno lo que la gente puede hacerle a otras personas, y
preferiría ser golpeado en el rostro, conseguir mi jodido rostro bonito arruinado de
una vez por todas.
Destroza mi rostro. Solo, por favor, no… Es privado ahí abajo.
No lo digo. Son malvados, crueles y despiadados, así que no lo hago.
Se ríen a carcajadas juntos, hundiendo mi rostro en el barro como si fuera el
inodoro de la escuela. El baño está limpio, sin embargo, mientras que el barro no.
Me lastima los ojos, y de pronto estoy ciego.
Peleo. Creo que lo hago. Jadeos en busca de aire escapan de mí mientras
lucho por sobrevivir. Mis pensamientos corren, porque los pensamientos nunca se
detienen, y, ¿por qué luchamos por sobrevivir cuando es más fácil rendirse?
Mis jadeos son más fuertes que mi mente, resistiéndose al tirón de Tyler y a la
carcajada que lanza en mi camino.
―¡Trasero de marica! Vamos a echarle un vistazo. Estoy seguro que es un
trasero de chica bonita. ―Y entonces llega el grito, el grito que es tan fuerte que
salva mi dignidad y mi auto-respeto. No sé quién sería hoy si ese sonido nunca
hubiera llegado.
“¡DETÉNGANSE, MALDITOS IMBÉCILES o voy a llamar a su casa!”
―¿Paislee? ―murmuro su nombre aquí, ahora, en la Mansión Coral. Lo digo
en voz tan baja que no sobrepasa sus respiraciones erráticas―. ¿Eres tú? ―Acuno
su rostro con mis manos. ¿Cómo no me di cuenta?
Mis gruesos dedos enmarcan la fina estructura ósea de sus facciones. Ella
asiente, sin decir una palabra. Con sus párpados cerrados, la pintura de sus
pestañas colorean las lágrimas en las esquinas de sus ojos. Las beso y lamo la sal de
mis labios.
―¿Por qué no me dijiste? ―le pregunto mirándola, mirando a mi pasado, a
todo lo que hizo que los primeros años de mi vida adulta valieran la pena.
La he asustado. Inquietar un poco a otras chicas es una cosa. Hace que el sexo
sea mejor. Pero, ¿a Paislee?
―He estado pensando en ti.
Deja escapar un sonido que es una risa a medias.
―¿Has estado pensando en atacarme? ¿Atacas a todas tus amigas?
―No. ―Las fanáticas de luchadores usan trucos con nosotros para que sea
especial. Aprovecho eso; demonios, lo aprecio―. Ellas no reaccionan como tú.
Están abrumadas cuando desato mi lujuria, y consigo esos divertidos jadeos
de incredulidad mientras domino la mierda fuera de ellas. Pero Paislee no está solo
diciendo que está asustada. Tiene miedo. Está aterrorizada.
―¿Por qué estuviste de acuerdo en venir conmigo?
Sacude la cabeza lentamente contra la almohada. No puedo evitarlo. Beso sus
labios suavemente, de la misma forma en que lo hice en su porche trasero hace
años, y me lo permite.
―No lo sé, Keyon. Eres insistente.
―El otro día ―comienzo. Necesito averiguar lo que está pasando por su
mente. ¿Por qué haría esto? Estuvimos juntos toda una noche, y nunca me dijo
quién era. Algo se aprieta en mi pecho ante el pensamiento―. No te habría tratado
de la forma en que lo hice si lo hubiera sabido.
―Lo supuse.
Me pongo de pie. La llevo conmigo hacia la pequeña sala de estar que es
parte de mi habitación aquí en la mansión. Está inquieta, moviendo su mirada a
todas partes, excepto a mí. No se parece en nada a la zorra de antes.
―Paislee, lo siento. ―Mi disculpa es pequeña. Estoy limitado por mí y lo que
necesito para sentirme vivo. Ella no respondió bien a lo que soy, y lo lamento por
eso. Me… pone jodidamente triste.
―Está bien. No me reconociste ―dice en voz baja.
―Reconocí tus ojos. Supongo que no podía creer que realmente fueras tú.
Nunca me hubiera imaginado que te esconderías de mí ―respondo, dándome
cuenta que es exactamente lo que hizo. Se ocultó a simple vista.
El resentimiento destella en su rostro.
―¿Sabes qué? Crees que la mierda es simple.
No estoy seguro a qué se está refiriendo, pero hago un intento.
―Paislee, escucha. Es grandioso verte de nuevo. He pensado en ti todos estos
años, y nunca he olvidado las cosas que has hecho por mí. Eras mi mejor amiga, mi
pequeño enamoramiento, quien solo me ha dado un beso, por cierto. Todo lo que
tenías que hacer en la inauguración era estirar el brazo, estrechar mi mano y decir:
“Hola, Keyon. Soy yo, Paislee”. ¿Qué no es simple acerca de eso?
Resopla como si estuviera bromeando. No estaba tratando de ser gracioso.
Me siento en una banqueta, con los antebrazos apoyados sobre mis muslos. Ella
sigue de pie, sin hacer caso a mi gesto hacia el sillón reclinable delante de mí.
―¿Eres el mismo que eras en aquel entonces? ―pregunta retóricamente―.
Por lo que veo en los periódicos, por lo que vi en la TV el otro día, no lo eres.
Bueno, adivina qué, no lo soy tampoco, y no estaba lista para hacerte conocer esta
última versión de mí.
Levanto la cabeza y la miro fijamente.
―¿Lo estás ahora?
Se ríe, y me pregunto si su risa es un mecanismo de defensa. Paislee, la
hermosa Paislee, se agacha para ponerse a mi nivel. No debo asustarla más, porque
sus manos se deslizan por encima de mis rodillas y masajean mis muslos. Mis
doloridos músculos se contraen ante su toque. Cierro los ojos por un segundo para
reprimir un suspiro de placer.
―Resulta que te he demostrado quién soy. Simplemente no incluí mi nombre
en ello. ―Abro los ojos, fijándolos en los suyos brillantes.
―¿Qué quieres decir? ¿Le robas a los ricos y se lo das a los pobres? ―Me
muerdo el labio, y ella no es inmune a mi pequeño intento de coqueteo.
―Se lo doy a los pobres. A los pobres hombres que no son tratados
correctamente. ―Siento que mi ceño se frunce.
―¿Qué les das?
Se pone de pie de nuevo. Se da la vuelta, pero no antes de que vea la
humedad brillando en sus ojos.
Paislee está triste. Yo la he entristecido. Me levanto y la sigo hasta la ventana.
Es enorme como todo en esta casa, con un alféizar tan amplio que podríamos follar
sobre él si quisiéramos.
―Bah, no mucho ―responde, mientras mis brazos rodean su cintura y la
atraigo hacia mí. No la sujeto demasiado fuerte. Solo la sostengo y siento su
respiración moverse dentro y fuera.
―Cuéntame ―susurro. Beso su cuello. Siento su piel con mis labios―.
Cuéntame todo. ―Su suave aroma debajo de su perfume me hace recordar a los
veranos―. Me alegra que estés aquí.
Paislee
Son un sueño, esos labios templados recorriendo mi nuca, besando y
respirando contra mí. Mi pecho esta tan lleno. Por un momento, dejo que el sol me
caliente ahí.
Él me urge a que le diga más. Su voz no alberga crítica, aún, porque todavía
no sabe cómo vivo.
―Nunca dejes que la opinión que otros tengan de ti te afecte. ―¿Pero qué
pasa si la opinión es correcta?―. ¿Qué es lo que haces por estos hombres que te
han tratado equivocadamente?
No debería divulgar mi basura. ¿Retendrían sus ojos siquiera un poco de
brillo y respeto una vez haya terminado?
Me tomó años poder compartir lo que ocurrió en la estación de tren. No hago
gala de ello en estos días tampoco, pero ya no es un secreto bien guardado. Ser la
puta del pueblo ciertamente no lo es. Si Keyon empezara a hacer preguntas, se
enteraría de todo lo que se sabe de mí ahí fuera.
―Paislee. Cree en mí.
Quiero hacerlo, de verdad que quiero. Es Keyon el que me tiene en sus brazos.
Quizás su juicio no sea tan duro si le digo lo de la estación de tren primero.
―¿Quieres saber algo? ―susurro.
―Mm-hmm, ¿a no ser que quieras cambiar de tema por mí? ―Su voz contra
mi cuello hace que mi piel se erice.
―No, está relacionado.
―¿Es un secreto?
―Es lo que tú quieras ―contesto yo.
Cuando se lo haya dicho, continuaremos con la segunda parte. Luego él lo
sabrá todo, si puede considerarnos amigos a distancia.
Mi estómago se contrae.
―¿Recuerdas que solía coger el tren para ir a casa de mis abuelos?
―Sí, tú y tu hermano, cuando las cosas no iban bien en tu casa.
―Bien, una vez, fui sola. ―Hay cosas que es mejor decirlas rápido, como si el
mundo no fuera a acabar―. Y perdí mi virginidad en un cubículo del baño en la
estación de tren de Sherrelwood.
Keyon se queda callado. Es como una estatua templada de sal, su cuerpo se
hiela tras de mí, absorbiendo las implicaciones de mis palabras. Aprieto mis labios,
esperando.
―¿Cuántos años tenías?
―Doce.
―¿Algún bastardo enfermo asaltó a una niña pequeña y…? No. ―No puede
terminar de decirlo, y provoca un impulso irracional que me hace reír.
―Sí, pero ya lo he superado, Keyon. Está bien.
―Sí, ya. ¿Por qué no me lo dijiste? Le hubiera reventado la cabeza. ¿Hicieron
tus padres que detuvieran al psicópata?
Yo río tontamente, y Keyon me da la vuelta para poder estudiar mi expresión.
No puedo evitar reír más, lo cual le enfada.
―Perdón ―le digo. Tiene tan poco sentido disculparse como lo tiene reírse―.
Solo se siente raro hablar de ello.
Su mirada vaga por mi cara.
―Te estoy poniendo nerviosa otra vez. No me tienes miedo, ¿verdad? Por
favor no lo tengas. Joder, ahora entiendo por qué reaccionaste de esa forma la otra
noche. ―Keyon cierra sus ojos, golpeándose.
―Shhh, estoy bien ―lo tranquilizo―. Y no, no se lo dije a nadie durante
muchos años, porque él amenazó con hacer daño a mi familia. Me sentía como un
libro abierto, como si la gente pudiera ver lo que me había pasado, pero nadie se
dio cuenta. Mi madre echaba la culpa de todo a la pubertad y a mi periodo, la
sangre, el dolor, y mi mal humor. Es verdad lo que dicen, que la vergüenza se
apodera de ti enseguida cuando has sido violada.
Sé que he compartido demasiado cuando oigo que Keyon jadea. Él roza mi
mejilla con su dedo.
―Sabes que no tienes que avergonzarte por nada, ¿verdad? Nada de lo que
pasó fue culpa tuya. Fue culpa del pervertido que te forzó y de los idiotas de tus
padres por estar tan absortos en sí mismos que no te llevaron ellos en coche a casa
de tus abuelos.
Mi garganta se contrae ante el enfado de Keyon. Imagino que la mayoría de la
gente experimentaría un sentido de injusticia o incluso de violencia sexual, la
vehemencia que hay en la cara de Keyon es especial. Su vehemencia es por mí.
―No es tan fácil ―susurro―. ¿Recuerdas la carrera por el bosque con Aaron
y Tyler? ―Veo angustia en sus ojos mientras rodea mi cara con sus manos y me
acerca a su pecho. Le dejo hacer aunque me doy cuenta que es su forma de
esconderse―. ¿Imagina si ellos no hubieran querido solo mirar tu culo desnudo? Y
qué si te hubieran hecho lo que tenían planeado. Qué hubiera pasado… ―Mi
corazón no me deja completar la frase en voz alta; sería sobre él, no simplemente
yo―. Es un tema de poder, tú sabes, ni siquiera es sexual.
―Ya lo sé ―murmura Keyon―. Temo por ti. Si yo hubiera pasado por lo que
tú has pasado, no me habría mantenido sano. Eres increíble.
Lleno de aire mis pulmones, degustando la sucia verdad. Alejo el sabor agrio
de mi vida después de que Keyon rodeara mi lengua. Es solo cuestión de tiempo
antes de que esta ciudad me descubra de todas formas, y tengo esta oportunidad
para decírselo con mis propias palabras.
―No soy muy increíble. Puedo soportar lo de la estación de tren, pero no
estoy muy orgullosa de cómo lo llevo. Me preguntaste qué hago por estos hombres
que no han sido tratados bien.
Él no hace ningún comentario, solo espera a que yo continúe, así que lo hago.
―Me entrego a mí misma, y lo hago porque me ayuda.
―¿A ti misma? ―Baja sus cejas, sin comprender aún a lo que me refiero.
―Sí, a mí misma. Mi primera vez fue con un monstruo, así que elijo con
quién duermo y sentir que ellos tratan mi cuerpo con cariño y respeto hace que me
cure un poco cada vez. Lo hago a menudo, Keyon. ―Cierra su boca mientras la
verdad penetra en él.
Keyon está desilusionado. Él pensaba que yo era una persona increíble. La
amargura me apuñala al ver lo rápido que él cambia, y de repente me quiero abrir
por la mitad y enseñarle quién soy de verdad. Oh demonios, él no tiene ni idea. Lo
haría todo mucho peor, él quería saber.
―A veces voy a su casa, me acuesto con ellos en su cama y los desnudo.
Cuando no pueden soportarlo más y ruegan por su liberación, me levanto y me
voy. A veces me corro antes de abandonarlos, solo porque me apetece. ―Alzo mi
barbilla y encuentro su mirada con la mía, endurecida por el rechazo.
―Para demostrarte a ti misma que estás al mando ―murmura él, y yo trago,
porque es exactamente eso. A lo mejor no era decepción en sus ojos. Si fuera
tristeza, yo lo entendería mejor que la mayoría―. ¿Duermes con hombres que
tienen mala vida en casa? ―pregunta, con voz más dulce de lo que merezco.
Me río.
―Empecé así. No mentiré y diré que eso es todo lo que hago. A veces no
considero sus vidas o sus esposas o sus novias, a veces me enredo con un hombre
porque su novia ha sido una zorra de esas que te apuñala por la espalda, a veces,
solo me siento tan jodidamente mal, y hay alguien ahí queriéndome, justo cuando
los necesito.
Keyon suspira. No sé cómo interpretar ese suspiro.
―No estoy orgullosa de mí misma. Dependiendo del día y de lo asquerosa
que me sienta, casi duermo con cualquiera. ―Incluso las puñaladas en la espalda
de Rigita son menos duras conmigo que yo misma ahora, me doy cuenta, así que
cierro la boca y me aguanto las lágrimas.
Keyon está callado.
―Cualquiera, eh? ―pregunta finalmente, dejándome descolocada de nuevo.
―El primero fue un amigo de mi padre. Fue de casualidad y no se supone
que tenía que pasar. Ya no era virgen obviamente, fue después de lo de la estación
del tren, y pasó unas cuantas semanas después de que te perdiera. ―Las pupilas
de Keyon se dilatan con intensidad con mis palabras, y recuerdo esa mirada. Su
cara también era expresiva antes. Ahora ya no lo es―. Así es como descubrí la
libertad de dejar a un hombre tener lo que yo quería de él, lo opuesto de lo que él
había robado.

Tengo una nueva amiga. Isabel. Nos quedamos levantadas hasta tarde,
viendo películas y comiendo palomitas, y cuando terminan ya nos hemos
quedamos dormidas en el sofá en nuestros pijamas, su padre llega a casa y mete a
su hija en la cama. Él me acompaña hasta la habitación de invitados, y sus ojos me
queman cuando estoy subiendo a la cama.
No he visto ojos ardientes antes, pero me hacen pensar en el hombre de la
estación de tren.
Tengo miedo. Quiero irme, pero acabo de hacer esta amiga y con Isabel, mi
soledad es menor. La puerta permanece parcialmente abierta, y me levanto y la
cierro. Busco una llave, pero no hay ninguna, así que temblando, regreso a la cama.
El sueño tarda en llegar, pero al final mi cuerpo deja de temblar y mi conciencia se
pierde en los sueños.
El suave apretón de una mano me despierta. Cojo aire, asustada, tan
asustada, pensando que estoy en la estación de tren hasta que el padre de Isabel
susurra:
―Shhh, eres una chica preciosa.
El hombre en la estación de tren no dijo eso. Él dijo palabras feas, palabras
que daban miedo, sobre matar a mi familia y sobre mí siendo una puta.
―Eres la criatura más exquisita que he visto nunca. ¿Puedo tocarte un
poquito? ¿Hacer que te sientas bien? ―Manos amables se escabulleron bajo mi
manta. Se mueven sobre mis hombros y rozan las zonas destapadas de mi piel. Mi
respiración esta acelerada, inhalando y expirando, pero él me silencia gentilmente.
Mientras él espera mi respuesta, se acerca más y deja que su boca roce mi
mejilla. Esparce besos suaves contra mi cuello, diciéndome que huelo a caramelo,
diciéndome que está feliz de que yo esté aquí.
―¿Estás bien? ―susurra cuándo presiona un beso con barba contra mi boca.
Es más fuerte que el de Keyon y más áspero.
Asiento, porque después de todo, estoy bien. No me hace daño, y tan solo
está siendo agradable.
―¿Puedo mover la manta hacia un lado? No lo haré si no quieres que lo haga
―murmura. Me gusta que lo pregunte.
Debo de haber asentido de nuevo, porque ahora está levantando mi manta,
pregunta si puede desabrochar mi camisa para poder apreciar mi belleza.
Él deja la luz apagada, pero hay suficiente en la habitación para que yo pueda
ver que sus ojos siguen ardientes cuando se pasean por mi cuerpo. Sus manos
saben cómo rodear mis pequeños pechos. Sabe lo que les está sucediendo cuando
mis pezones se contraen por su toque. Se siente incorrecto que hagan eso, como si
no me fueran leales, pero sus caricias se sienten bien, y yo le di permiso. Dejo que
aparte más las sábanas. Más mi ropa. Su elogio hacia mí es grande y me llena
mientras me baja la pijama y encuentra todo en mí.
―La chica más bonita… tan dulce… tan obediente. ―No sé por qué dice todo
eso, porque yo no soy nada de esas cosas. Mi corazón se acelera mientras él me
toca. Mientras desliza un dedo a través de mi hendidura como solía hacerme a mí
misma―. ¿Puedo? ―pregunta cuándo su dedo se para justo en la entrada. Y yo
digo sí porque es mi opción decir sí.
Al final, lo dejo que se mueva sobre mí. Con su peso sobre sus codos, me
penetra lentamente, y me da las gracias. Me dice que soy bonita, preciosa, hasta
que no puede hablar más y mi cuerpo se estremece.
Él quiere darme dinero, y entonces es cuando empiezo a llorar. Le digo que
no soy una puta. Le digo que no tengo que ser pagada. Él se disculpa. Lo siente
tanto. Ya nunca volverá a hablar sobre dinero.
Regreso a su casa por mí misma después de eso, a veces cuando Isabel está
practicando con el coro. El padre de Isabel es el primer hombre en poner una tirita
sobre mi miedo. Él no lo sabe, pero es el que me enseñó a coger al toro por los
cuernos.

Quería marcharme de la Mansión Coral anoche, pero Keyon no me dejó. No


me juzgó con su mirada en ningún momento cuando me llevó a su cama. Yo quería
reparar las roturas con amor, pero Keyon no lo permitió. Estaba dolida. Lancé
acusaciones.
―Tú eres como todos en este pueblo. Sabía que no debería haberte dicho
nada. ¿Por qué no estabas satisfecho con Rubina? Rubina no era una yo suficiente
para ti.
Alterado, me agarró por los hombros y me zarandeó.
―¿No has sido utilizada lo suficiente, o es que estás tan jodidamente
enganchada que no puedes ni tomar un descanso para estar con un amigo?
Acalorada por mi propio enfado, intenté darle un bofetón. Él me interceptó y
bloqueó mi mano contra mi pecho.
―Paislee. Ven. Sentémonos. Hablemos. Vamos… solo reconectemos.
―No puedo creerte. ¿Cómo puedes haber cambiado tan rápido? ¿Salimos
rápido para llegar aquí y así poder meterte entre mis bragas, y ahora esto?
“Reconectar” y una mierda.
Es fácil ser dañina cuando tú has sido dañada, pero Keyon no se lo tragaba.
En vez de eso, me alzó a su regazo recostándose contra el cabezal, y me abrazó
fuerte hasta que me calmé.
―¿Lista para escuchar? ―dijo finalmente, y yo medio gruñí en acuerdo.
Fuertes dedos rascaban mi cabello y tiró de mi cabeza hacia atrás para recostarme
contra su hombro. Todavía lo miraba de reojo, lo cual le hizo sonreír―. Eres
increíble. Estoy tratando de ser un buen chico, ¿y me pagas con malas maneras?
―¿Buen chico? Ja, los buenos chicos no dejan a las chicas tiradas.
―Paislee ―dijo, ignorando mi comentario―. Tú no eres tan solo otra Rubina
de una fiesta, alguien a quien follar sin sentimiento y continuar la marcha.
Muy en el fondo, lo oía, pero su significado no me llegaba, los hombres no me
decían no a mí. La confianza que había acumulado durante años con un montón de
citas estaba desapareciendo, y el suelo bajo mis pies se estaba resquebrajando.
―Hace unos cuantos días, parecía que no tenías ningún problema en “follar
hasta dejarme sin sentido” ―murmuré yo.
―¿Me estás escuchando? ―Su brazo dio un tirón a mi alrededor,
tambaleándome de nuevo―. Quiero conocerte a ti, Paislee, mi brava amiga sin
miedos.
―¿Y mi cuerpo no significa nada para ti? ―Mordí mi labio, porque sus
palabras parecían tener algún tipo de sentido y mi replica sonó como un poco
rebuscada. Keyon, mi amigo, mi primer amor, estaba diciendo que quería algo más
que sexo conmigo. ¿No?
―Tu cuerpo, cariño, será mi muerte. ¿No me notas debajo de ti?
Ahora que lo decía, lo hacía. Él todavía estaba duro, su miembro en
desacuerdo con todos sus nobles planes, tanto como lo hacía yo. Una pequeña
risita se me escapó, y Keyon me acompañó.
―Descarada ―siseó, juguetón―. Sirena. La tentación hecha mujer.
―Esa soy yo ―contesté, sintiéndome un poco mejor―. Nada más que ver
aquí. Volvamos a los negocios.
Giro mi cabeza sobre la almohada. He dormido bien en esta cama a su lado.
Él está obviamente dormido, ligeros ronquidos escapan a través de sus labios
gruesos. Muevo mi mano y lo toco. Dejo que un dedo recorra su pómulo rasposo
por su barba de tres días. Acaricio la piel suave en la esquina de su ojo. Hay una
arruga ahí. Me hace sonreír, porque es una de esas arrugas que indican risas.
De repente, las yemas de mis dedos están siendo presionadas contra sus
labios, y él las besa una a una. Esos bellos, ojos dorados se abren completamente,
mostrándome un Keyon matinal. Él es un hombre contento. Solo despierto a
medias.
―Hola, tú ―me saluda, y el sonido es suficiente para que mis pezones se
endurezcan. Deja ir mi mano y cambia de postura para pasear dos dedos sobre mi
cara. Cierro mis ojos por la sensación. No sucede muy a menudo que despierte en
la misma cama con un hombre. Cuando lo hago, definitivamente ellos no están
radiantes conmigo por no haber tenido sexo.
―Hola, tú también. ―Sonrío, y su sonrisa se ensancha con la mía. Lo oigo
sonreír. Es un crujido en la esquina de su boca que ensancha mi sonrisa más
incluso.
―Estás incluso mucho más bonita cuando estás feliz.
―Me vas a hacer volver vanidosa ―lo pico. Era extraño sentir el corazón tan
ligero. Podría acostumbrarme a esto, a esta necesidad de ser juguetona―. ¿Por qué
sería feliz aquí contigo? Ni siquiera me diste lo que vine a buscar.
―¿No?
―No. Tonto.
Sus ojos brillan. Se ven traviesos.
―¿Tonto, eh? ―dice. Asiento, sonriendo―. En ese caso… ―Está sobre mí tan
rápido que me saca todo el aire del cuerpo―. Ya me he cansado de todas tus
quejas, mujer ―dice. Muerde su labio, luego el mío―. Imagino que la única
manera de hacerte callar es darte uno para los anales de la historia.
Él hace un baile erótico para mí. No miento. Keyon está jodidamente a
horcajadas sobre mis caderas y hondeando su cuerpo con sugestivos movimientos
siguiendo un ritmo inexistente. Está completamente desnudo, duramente
musculoso, una honda de rizos simétricos sobre sus abdominales que indican el
camino hacia la felicidad.
―Oh Señor. ―Me río y me quejo a la vez―. Suelta tu sábana, mojigato.
―Miro el trocito de tela que cubre su cosita privada. Hace lo que le digo y se echa
hacia abajo, sus bíceps saltando cuando apoya todo su peso sobre el colchón.
Se mueve encima de mí, haciendo falsamente el amor y dejando escapar
pequeños gemidos de placer. Glorioso infierno, él es increíble, divertido, sexy.
―¿Te vas a correr tú solo y te vas a olvidar de esta pobrecita? ―Bajo mi mano
y alcanzo una dureza suave. Él se queda quieto cuando lo tomo. Bombeo una vez,
dos, y sus gemidos se hacen reales.
―Jesús. Bueno, parece ser que no.
―¿Puedo probarlo? ―digo ronroneando. Keyon lo entiende enseguida. Con
la velocidad de la luz, gatea sobre mí y coloca su polla sobre mi cara. Dejo escapar
un pequeño jadeo, el corazón golpea fuerte en mi pecho, y abro mi boca en
silenciosa bienvenida.
Él se desliza en mi boca. Chupo. Cierro los ojos y dejo que me penetre.
―Oh, joder ―empieza él―. ¿Era esto lo que querías?
Intento asentir con un uh-huh, y de nuevo parece ser que me he hecho
entender.
―Prepárate ―susurra―. Voy hasta el fondo. ―Y luego lo hace. Más hondo
que nadie nunca ha llegado. Me entran arcadas, tragando, intentando respirar
entre sus acometidas. Tengo miedo de nuevo, no sé por qué está yendo tan al
límite. No puedo aguantarlo.
No voy a detenerlo. Esto es tan solo otra prueba de mis límites, coger al toro
por los cuernos de nuevo, siempre el toro por los cuernos. Estoy escupiendo a su
alrededor.
―Mierda, se te ve esplendida ahora mismo. Paislee, estoy a punto de…
Hombres se han corrido en mi garganta antes. He hecho casi de todo. Excepto
que no me he asfixiado con el pene de alguien. Él lo tiene tan grueso, está tan listo
para explotar. ¡Oh pero necesito respirar!
Me gusta la idea. Me hecho hacia atrás y tomo un poco de oxígeno antes de
que él vuelva a empujar en mi boca.
―Ya viene. ¡Tómalo todo, cariño! ―ruge, y luego cuando eyacula es como si
estuviera en una competición y va por el primer premio.
Trago la crema salada, pero no lo suficientemente rápido. Toso, escupo.
Limpio mi cara mientras va hacia abajo e invade mi boca con su lengua también.
―Keyon ―consigo decir―. Estás loco, ¿sabes eso? Tienes que tomártelo con
más tranquilidad con las personas.
Él nos hace rodar, con una sonrisa en su cara de saciedad. Peina mi cabello
apartándolo de mi cara como si no me acabara de bloquear las vías respiratorias
durante tanto rato como consideró necesario.
―Shhh. ¿Estás bien? Ahh te satisfaré en un minuto. ―Pone una mano sobre
mis bragas y alcanza la raja de mi culo. Prueba cuidadosamente antes de moverse
hacia mi entrada. Mi corazón todavía sigue desbocado por la invasión oral. Lo
conseguí. Y sin tener ningún ataque de pánico.
Él ya está vivo debajo de mí, ondulándose y apretándome más cerca. Sus
dedos juegan conmigo, recogiendo mis jugos y lubricándome. Estoy empezando a
sentirme bien.
Cuando se me escapa un gemido, él susurra:
―Es la hora de que Paislee consiga lo que realmente quiere.
Coge un condón y se lo pone debajo de mí. Mi pulso golpea con fuerza; estoy
pensando en nuestra última vez, lo que me hizo, y cuánto, cuánto tiempo duró, lo
sentí después de que hubiera acabado. Mi apuesta es que no aguantará tanto esta
vez.
―¿Quieres jugar sucio? ―gruñe mientras me penetra. Yo gimo. Asiento.
¿Quién soy yo para decir no a nada que diga él?―. No hay marcha atrás una vez
comencemos ―me avisa como si pudiera oír mis pensamientos.
Estoy curiosa. Preocupada. Quiero mucho esto, pero…
―¿Quieres echarte atrás, Paislee? Dilo y estás fuera.
Salgo rodando de debajo de él. Me dirijo hacia la elegante pequeña cómoda
que no está hecha para luchadores corpulentos como el que está en la cama. Es una
mesa de maquillaje con un espejo oval sobre ella. La cara sonrojada y los ojos
brillantes que refleja son los míos. Mis labios están rojos, hinchados y grandes.
Tengo una gota cremosa en la esquina de mi boca. La seco mientras él se me acerca
por detrás y nos estudia en el espejo también.
Somos tan diferentes. Yo, pequeña, con curvas, brazos delgados y hombros
estrechos. Él todo lo contrario en todos los aspectos. Ángulos duros y hombros
anchos. Cuello grueso y barbilla firme. Mis ojos son redondos y verdes, los suyos
dorados, fijos en mí. Mi piel es pálida, demasiado pálida, comparada con su
bronceado natural.
Pero algo en su expresión me recuerda a mí. Hay un hambre ahí. Un pánico
controlado. Veo anhelo, y por alguna razón pienso que es por algo más que sexo.
Trago duramente.
Keyon agarra mis pechos y los alza hacia el espejo. No habla, solo los mira
fijamente con lujuria brillando en sus ojos. Su miembro golpea mi espalda. Yo
muevo mi culo hacia afuera con una invitación silenciosa, y Keyon la acepta
instantáneamente.
Nos estremecemos frente al espejo y él me lleva a la sumisión. Me agacho
más, codos en el suelo, rodillas abiertas ampliamente dejándolo que entre con furia
dentro de mí. Su deseo enciende el mío. Odio y amo lo que me hace. Es como subir
a una montaña rusa en la oscuridad, sin saber si vas a descarrilar o si estás a punto
de estamparte contra un muro.
Él dura tanto tiempo, me corro una vez, pero él me abre más y sigue
bombeando dentro de mí. Me mueve hacia un sofá reclinado a través de la cama
para tener mejor acceso.
El sexo es guerra, y él es un señor de la guerra. Él está ganando, siempre
ganando, no hay otra opción, y cuando finalmente me deja caer pesadamente, deja
salir un rugido de victoria, yo me contraigo a su alrededor de nuevo, incapaz de
separarme de él.
Después, me lleva a la ducha. Ahí él es atento, besándome suavemente.
Enrollo mis dedos en su cabello, tirando suavemente de sus largas hebras mientras
su piel jabonosa brilla contra la mía. Soy feliz.
Preocupada. Porque hay algo profundamente mal con mi amigo.
Keyon
Con mis fanáticas, no me importa lo que hagan después de una noche de
sexo, ya sea que regresen o si solo es una noche. No que no haga lo de segundas y
terceras. Simplemente, no soy sentimental sobre el buen sexo.
Me dije que solo estaba jugando con Rubina. Me imaginé que sería gracioso
compartir unos pocos carteles y ver si me anotaba otra “cita”.
Pero quizás ya había reconocido a Paislee, no veo otra explicación. Fue un
dolor en el trasero conseguir tener los carteles hechos con tan poco tiempo de
aviso, y nadie los colgó por mí. Jodidamente me tomé tiempo libre de mi día de
trabajo para trotar por la ciudad y pedir permiso para pegarlos, y ni siquiera yo
pasaría por eso solo por mierda y risitas.
Me encontré mirando fijamente a algunos tipos en la fila de la caja y
preguntándome si ellos ya la habían tenido. Y me encontré molesto, incluso un
poco hostil con ellos.
Es natural. Es Paislee de quien estamos hablando. Mi amiga, mi primer
flechazo, mi pequeña salvadora de cordura.
Paislee y yo tuvimos el almuerzo juntos hoy. Después la acompañé de regreso
a su trabajo. Afortunadamente, no era en la línea de ensamble que me había
imaginado. Galería de los Espejos Win es más que un sólido estudio de artes, y
ahora me siento mejor sobre ella trabajando allí.
Con Dawson, me esforcé más duro de lo usual. Soy feroz, aunque un poco
menos enfocado. Paislee se había precipitado a toda prisa en mi presente, creo, ojos
redondos con duras emociones vividas. Mi cabeza está llena de ella. Mi pecho está
oprimido por ella. Mi pene está constantemente duro, y estoy llevando la cuenta
regresiva para cuando Dawson y yo nos vayamos.
Dawson ya extraña a su esposa, la cual voló de regreso a Tampa la noche
anterior. Temo que seguiré su ejemplo y extrañaré a Paislee cuando nos vayamos
en un día y medio, lo cual es un acontecimiento para el que no estoy preparado.
Exhalo bruscamente el aire y levanto cuarenta y cinco kilos de hierro hacia el
techo con Dawson punteándome.
Es tarde antes de que ella haya acabado el trabajo. Incluso más tarde antes de
que yo termine mi última sesión. Con mis padres abandonando la mansión por
alguna cosa del ayuntamiento, y Dawson retirándose a sus habitaciones, la casa es
nuestra cuando ella llegue para la cena.
El mármol cuadriculado repiquetea debajo de sus talones mientras me ayuda
en la cocina. No soy chef, pero puedo hacer una muy buena pasta con salsa de
langosta, lo que estoy haciendo ahora. Ella está hermosa esta noche, rostro
resplandeciente, maquillaje aplicado como si estuviera en una obra de teatro. Sus
ojos son tan verdes, es bizarro con todo el negro alrededor de ellos.
―Es como si aún trajeras puesta una máscara ―digo, tendiéndole el
descorchador.
Rueda los ojos.
―Máscaras y maquillaje son dos cosas diferentes, Keyon.
―Bueno, me parece que has pasado por las etapas, desde máscara de
maquillaje, hacia la máscara propiamente dicha, y ahora al maquillaje que es tan
negro que es casi una máscara.
Se ríe, y es un sonido goteante tan lindo.
―Eso es ridículo. Serían “etapas” si fueran en orden, empezando en un
extremo y terminando en otro.
―Sí, ¿por qué no hiciste eso? ―pregunto riendo.
Resopla.
―Tú y tu sentido del humor.
Sonrío. Me gusta juguetona. Es tan seria la mayoría del tiempo. Saber que soy
el que la hace resoplar en voz alta me hace sentir orgulloso.
Me acerco a su espalda por detrás, así puedo verla abrir el vino sobre su
hombro.
―¿Necesitas ayuda?
―Pff, no. Soy perfectamente capaz de abrir una… ―Crack.
―Ese fue un crack, no un pop ―explico mientras ambos miramos los restos
del corcho atrapado a mitad del cuello de la botella. Levanta el descorchador,
ondeándolo hacia mí. Pedacitos de corcho golpean el suelo en pequeños rebotes.
―A causa de que me pusiste nerviosa. ―Se voltea a medias, esbozando una
sonrisa―. Debes dejar de mirar fijamente a las personas cuando abren vino.
―Lo tengo. ¿Se me permite meter mano mientras las personas abren vino?
―pregunto y la volteo completamente. Su trasero golpea la encimera, y mis manos
tienen un tiempo difícil en recordar quedarse en la zona de amigos en su cintura.
Hay demasiada lujuria acumulándose pocos centímetros abajo. Debajo para ser
exactos.
―No, no mientras el agua para la pasta esté estallando fuera de la olla.
Hmm, no lo había notado.
―¿Qué tal después de que haya terminado de estallar?
―Un paso a la vez ―ronronea, y Dios sabe que debería ser un mejor hombre
y no disfrutar a la arpía tanto como lo hago. La arpía va directo a mi polla y la hace
doler de una manera asombrosa―. Comida primero. Negociaremos los demás
detalles después. ―Termina su promesa-a-medias con pestañas a media asta.
Salteo piezas de langosta a alta temperatura en un sartén. Es ruidoso y libera
vapor suficiente para hacerme encender el ventilador. Ambos estamos en silencio
mientras trabajo, sorbiendo vino de las generosas copas de vino de ma, cada uno
con sus pensamientos.
Cuando me dijo de su incidente, tuve una regresión extraña a cuando tenía
dieciséis, un chico enclenque que no podía defenderse por sí mismo.
Su historia me golpeó más fuerte de lo que había esperado. Había pasado
mucho tiempo desde que Paislee y yo habíamos compartido algo, y sin embargo,
cuando entró en detalles, la inquietud en mi pecho se removió duro.
Bajo la sartén y me volteo hacia ella. Abro los brazos para que venga a mí. No
duda.
―¿Sabes cómo no te gustan las estaciones de tren a causa de lo que te pasó?
―¿Mm-hmm? ―Toma otro sorbo de su pinot grigio, su nariz de botón
tocando ligeramente el vidrio con el buen trago. Entonces su mirada sube a la mía
y espera.
―También las odio. Y no tengo razón de odiarlas. Quizá es una solidaridad
inconsciente contigo, incluso sin que supiera por lo que has pasado.
Su cabeza se balancea hacia atrás en una risa silenciosa.
―Eso, mi querido, es la cosa más estúpida que has dicho desde que te
reencontré.
―¿Qué? ―La suelto y levanto las manos para defenderme en broma.
―Sí, como, romance paranormal estúpido.
Whoosh. Sobre mi cabeza.
―No, no ―añade, sonando como una maestra de escuela. O una
bibliotecaria, ¿si hablan? Debería de usar pequeños lentes de lectura con montura
negra, no, roja, y después yo removería el resto de su ropa. Ella podría subir su
cabello en un moño, y yo…―. Si odias las estaciones de tren, entonces está
asociado a algo. Después de que tu papá canceló tu membresía de ese lugar de
artes marciales y empezaste a saltarte las clases, ¿siquiera tomaste el tren para
llegar allí?
―No ―digo, reajustándome―. Solía ir allí en mi bicicleta, ¿recuerdas?
―Sí. ―Sus cejas se fruncen adorablemente, como si estuviera poniendo
demasiado empeño en entender este rompecabezas. Agarro un largo puñado de
cabello sedoso y lo suavizo entre mis dedos.
―Pero tienes razón; los trenes me gustan incluso menos.
―No dije eso.
―Estabas a punto. Puedo leer tu mente.
Sacude la cabeza, sonriendo.
―Eres bobo, Keyon. ¿También eres bobo en el ring?
―Realmente no. ―Me encojo de hombros. Después la agarro de los hombros
y aclaro mi garganta hasta que encuentra mi mirada. La miro de arriba abajo,
prometiendo destrucción y dominación absoluta. Cuando lanzo el efecto completo
en la jaula, tengo compañeros de lucha bromeando sobre mí repartiendo
hemorragias cerebrales. Con Paislee, por supuesto, solo le lanzo una versión suave
y me detengo tan pronto como sus ojos se amplían con estrés.
―Jesús ―murmura, maleable en mis brazos―, creo que no.
―De cualquier manera ―doy un empujoncito a su nariz―, fui una vez en
tren con tus abuelos contigo y Cugs, ¿recuerdas? Regresé un día antes por unos de
los eventos de caridad de ma.
La alarma hace su trabajo, alertándome de que la pasta está lista. Me ayuda
con cubremanteles y tenedores, mientras vierto la salsa al fetuccini y empiezo a
servir en nuestros tazones. Aunque los recuerdos de ese viaje no me abandonan.
Fue corto. Quince minutos fue todo lo que tomó desde Faydale a Rigita.
―Sí, ese fue un viaje desagradable ―menciono mientras nos sentamos.
―¿Por qué? Ni siquiera fue muy lejos. ―Hace eco de mis pensamientos.
―Verdad. Pero cuando fui a orinar al baño, olvidé asegurar la puerta, y un
tipo trato de manosearme. Asqueroso como la mierda.
―Oh Dios mío. Nunca me dijiste. ¿Qué tal si fue el tipo de la Sherrelwood
Train Station?
―¿Cuatro años después? Eso sería loco. De cualquier manera, no fue la gran
cosa para mí. Solo lo insulté y salí como el infierno de allí. Aunque solo había
terminado de orinar a medias. ―Me río disimuladamente por el recuerdo―.
Desearía haber orinado un poco sobre él.
―¿Te puedes imaginar que eso pasara hoy en día? Solo lo mirarías fijamente
y empezaría a sollozar como un bebé. ―Asiente masticando―. Eso fue… ¿qué?
¿Cinco o seis meses antes de que te mudaras? ―No espera por una respuesta―.
¡Ja! Ahora entiendo por qué, repentinamente, empezaste escabullirte para hacer tus
cosas de artes marciales otra vez.
Niego.
―Nah, eso no tiene nada que ver. Habría tenido que regresar de cualquier
manera. Yo soy artes marciales. Me tomó solo un poco de tiempo antes de quebrar
mi alcancía y regresar a entrenar.
―Cierto. ¿Cuándo empezaste de nuevo?
La chica es insistente, y esto no es una cómoda, pre coital conversación de
cena. Para ser honesto, difícilmente recuerdo al tipo del tren, no es para nada lo
mío andar alrededor, regodeándome en recuerdos escalofriantes.
―No tengo idea. ¿Más vino?
Asiente distraídamente y levanta la copa hacia mí. El cristal suena mientras
sirvo.
―Oh, sé cuándo fue.
Terminé con esta conversación.
―Brindo por finalmente encontrarnos otra vez después de todo este tiempo
―digo, chocando mi bebida contra la suya. Ella dirige la suya hacia la mía, una
sonrisa tocando sus labios mientras brindamos.
―Salud. No fuiste a la escuela por un par de días esa semana.
―Maldición mujer, tienes la memoria de un elefante. Pero, creo que eso es
una cosa femenina, especialmente cuando se trata de lo que algún tipo hace mal.
Espera, ¿estuvo mal de mi parte saltarme la escuela? ―bromeo.
―Nunca. Saltarse la escuela fue la cosa más inteligente que pudiste haber
hecho. No, lo recuerdo porque en biología, el maestro alineó a la mitad de la clase
por estatura para probar algún punto sobre la diversidad y genética. Te buscó, el
chico más bajo de la clase, e incluso mencionó cuán decepcionado estaba de que no
estuvieras en clase para completar la fila. Aaron permaneció al final, en la parte
izquierda, todos los demás en el centro, chicos y chicas mezclados de acuerdo a su
altura, y después, se suponía que tú estarías al lado de Mischa, del lado derecho.
Recuerdo estar aliviada de que no estuvieras allí.
―Ese maestro era un canalla de mierda ―digo.
―Sí, tal vez deberías ir a su casa y golpearlo. ―Ella sonríe extensamente en
un primer momento, la traviesa Paislee de nuevo, luego, empieza a mover la
cabeza de lado a lado articulando no, cuando actúo como que creo que ella está en
lo cierto.
―¿Así que vienes por el sur pronto? ―pregunto, desviando el tema original,
mientras ponemos orden en la cocina. Ella no cae.
―Volviste el viernes, después de haber estado ausente durante la mayor
parte de la semana. Actuaste enojado, incluso conmigo, y ¿sabes lo que pienso?
―¿Lo quiero saber?
―Que estabas molesto por ese tipo en el tren. Claro, no es gran cosa, pero lo
que trató de hacer, te tiene que haber sacudido duro.
―Paislee. He terminado con eso. Vamos a seguir adelante, ¿de acuerdo?
―Sueno más severo de lo que estoy. O tal vez no. Tal vez sueno exactamente tan
severo como me siento.
Ella se aparta del lavavajillas que estaba cargando y pasa las suaves puntas
de sus dedos a lo largo de mi mandíbula.
―Lo siento, Keyon. No era mi intención molestarte.
Cerré los ojos. Su toque se siente mucho mejor de lo esperado. Son sólo dedos
por el amor de Cristo.
―Bah, no me voy a enojar por ese tipo de cosas. Está bien.
―Sólo lo dije porque ese sábado, tú eras ya un poco más feliz. Dijiste que
comenzarías a patear y esas cosas otra vez, que llamarías al lugar de las artes
marciales, el gimnasio, y ellos te aceptarían de vuelta.
―¿Comenzaría a patear y esas cosas? ―Siento la comisura de mis labios
inclinarse hacia arriba.
Ella mordisquea su labio y se encoge de hombros.
―¿Lo que haces, verdad? ¿Patear la mierda de la gente? O espera… “entregar
un hermoso codazo”.
Empiezo a reír.
―Eso es del comentarista de la CPC, ¿no es así? Le gustan sus “hermosos
codazos”.
―Aparentemente. Una vez llegó a decir, súper-dichoso, hermoso, codazo letal.
―Éste ―digo, levantando el brazo, mostrando mi codo. Lo palmeo como si
fuera un perro, luego lo aprieto en el aire.
Su mirada se desplaza hasta el antebrazo y descansa en mi bíceps. La mayoría
de las chicas tienen una cosa con los bíceps, lo cual es útil. Lo flexiono bajo la
camisa blanca que puse sobre mi cabeza antes de que ella llegase y le doy un
apasionado golpe-insolente.
―Oh Dios mío. Tan poco convincente ―murmura, pero sus mejillas son de
color rojo. Se ve muy bien con las mejillas rojas. Estrujo la manga lentamente
mientras tarareo una banda sonora digna-de-un-club-de-desnudos―. Ya basta
―dice, riendo. Por supuesto, lo tomo como un por favor continua. Añado un meneo
rítmico de mis caderas en la ecuación, lo que la hace aspirar aire con fuerza. Me
está gustando el giro de los acontecimientos.
Me muevo más cerca. Agarro el mostrador a ambos lados de ella mientras
muevo mi cuerpo al ritmo. No hay música, aparte de la mía propia y el sonido
ahogado ocasional de Paislee. ¿Ella sabe que está haciéndolos?
Estoy muy cachondo. Amigo, debería ser un stripper. Luchador-convertido-
en stripper debe tener un disparatado potencial con las polluelas. Estaría hasta las
orejas en pu…
―¿Qué estás haciendo? ―Su mano se desliza hasta mi cadera, sintiéndola
moverse, y se instala en mi cintura.
―Bailar contigo. ―Lo que es una excelente idea. Gracias a las raíces
dominicanas de madre, el baile está en mi sangre, y ahora deslizo mis brazos
alrededor de la espalda de Paislee y la tiro hacia mí.
―Keyon. ―Dice mi nombre de esa manera jadeante. Es la forma en que cada
hombre quiere que su nombre sea dicho por una mujer. Oh, esto es bueno.
Balanceo mis caderas lentamente. Estoy bailando, no teniendo relaciones
sexuales, y hay una diferencia en cómo me muevo. La abrazo con cuidado. Quiero
que ella me siga, juegue, y poco a poco ceda, sus caderas haciendo lentas
ondulaciones con las mías.
La traigo más cerca. Sonrió hacia ella mientras que la canción que tarareaba se
convierte en un susurro. Curvo mi cabeza. Dirijo mi nariz a lo largo de su oreja,
respiro contra su cabello mientras hago que nuestros cuerpos se balancean más
amplio. Las manos de Paislee se deslizan alrededor de mi cuello y descansan allí, la
longitud de los antebrazos desnudos calientes contra mi piel.
―Espera ―susurro y me inclino por encima a mi teléfono. Lo posiciono en
los altavoces de papá, tecleo, y una balada fluye de ellos.
―Eso está mejor. ―Sonrío y la balanceo en mi contra, con los brazos
cruzados sobre su espalda baja. Ella se adapta rápidamente a mi flujo, entiende
cómo nos quiero mover.
Mi pene esta duro ante la cercanía de ella, pero lo ignoro porque esta
intimidad es de un tipo diferente. Es de acuerdo a la música, al movimiento
conjunto de nuestros cuerpos y estar en una sensación que no es una carrera hacia
un final.
Cuando la canción se desvanece, su cabeza está contra mi pecho. Sus
hombros deberían estar relajados, su sonrisa holgada y encontrándose con la mía,
pero ella esta con los hombros apretados y la columna vertebral está sosteniendo
dolor.
Con cuidado, le recojo el cabello en una cola de caballo. Tiro de su cabeza
hacia atrás para poder ver su cara sin que ella se deslice fuera de mis brazos.
―¿Nena? ―pregunto―. ¿Qué está pasando? ―Ella deja caer su agarre
alrededor de mi cuello y mueve la cabeza, sollozando. Está enojada.
―No es nada. Gah, trato de no ser demasiado emocional y esas cosas, pero…
es simplemente, que nunca he bailado así con nadie.
―¿Y lo odias? ―Sonrío satisfecho. Las chicas y el llanto, hombre. Por todo el
lugar.
―Cierto. Eres un terrible bailarín.
―¿Podemos tener sexo ahora? ―Trato de poner ojos-de cachorro, lo cual no
viene tan fácilmente como las Miradas Fijas. Mi petición, tal vez mi súplica a
medias, hace que sus ojos húmedos rueden en mí―. ¿Bastante por favor? Sabes
que lo quieres. Me pateo el culo haciendo que te vengas.
―Te pateas el culo siendo tonto, es lo que haces.
―Aw. ¿Qué pasa con los músculos? ―pregunto, flexionando para recordarle
cómo jadeo ante ellos antes―. ¿Son tontos también?
Se inclina contra mi cuerpo, riendo en voz baja, y deduzco su próximo
movimiento. Es extraño cómo no me canso de su peso en mis brazos.
Doblo mis rodillas, bloqueo un brazo alrededor de sus muslos, y la levanto
por encima de mi hombro. Ella deja escapar un chillido de sorpresa que se va
directo a mi pene. Sí, seamos honestos: Definitivamente estoy pensando en el sexo
en este momento.
―Todo bien. Tiempo para llevarte a mi cueva para darte un encuentro de
primer-grado con los músculos. Y algunos de sus amigos.
―¡Keyon! ―grita mientras corro por las escaleras con ella, y en ese momento
decido que voy a poseerla tan fuerte que gritara de esa manera, desde el placer
también.
Paislee
Tengo las luces apagadas en mi apartamento, es tarde, y acabo de regresar de
la casa de Keyon.
La confusión reina en mi mente y mi corazón. De lo único que estoy segura es
que he estado pasando demasiado tiempo con ese hombre. Y pronto se irá, y
desearía que no lo hiciera.
Es curioso como uno tiene un sistema que funciona, luego algo sucede, como
un viejo amigo que viene de visita, y ese sistema se desmorona. Sin embargo, es
solo por algunos días. Una vez que Keyon se vaya, ya no voy a escaparme de
Mack cuando me necesite. Contestaré el teléfono cuando el señor Sharmack quiera
algo cálido añadido a su frío matrimonio; y ese tipo de la tienda de comestibles, se
merece un “allí estaré” en sus mensajes de texto. No hay nada malo con ninguno de
esos hombres.
Es solo que parece que no puedo soportar la idea de mi piel contra la de
alguien más, excepto de Keyon en este momento. Acaricio el espejo del viejo, mi
Murano. El oro envejecido de su superficie es suave contra las puntas de mis
dedos.
No soy mucho de buscar mi propio reflejo por lo general. Es irónico dado que
trabajo en una fábrica de espejos, lo sé. Como todos los demás, uso los espejos para
el maquillaje y el cabello, tal vez para revisar en busca de manchas, pero eso es
todo.
Es una cuestión de cuánto tiempo una persona puede mirarse a sí misma y no
encontrar defectos. Dependiendo del estado de ánimo, he visto gente durar
minutos antes de que lo hicieran, mientras que otros se desmoronan segundos
después.
En la secundaria, descubrí sobre qué se compadecen las chicas en el baño:
Labios asimétricos. Narices torcidas. Granos. Papadas. Cejas frondosas. Falta
de cabello donde no debería. Nunca me metí en las conversaciones cuando se
quejaban.
Yo, estoy a solo dos segundos cuando se trata de encontrar mis defectos. Los
míos no son sustantivos reparables con colores y maquillaje. Son adjetivos de los
que he aprendido a huir. Esta noche, estoy particularmente sensible. Algunos de
mis adjetivos flotan a través de mi mente antes de que pueda evitarlo:
Sucia.
Destrozada.
Rota.
Indigna.
Fea, porque un exterior sin imperfecciones no es igual que ser bella.
En primer año, las chicas hicieron algunos intentos de arrastrarme hacia sus
autocríticas, pero no podía seguirles la corriente. Cuando me aislé, dejaron de
incluirme, y sus charlas morían cada vez que entraba al cuarto de chicas.
―Cree que es tan bonita. ―Escuché―. La pequeña Miss América es
demasiado buena para la gente normal ―susurraron, viendo solo piel lisa, ojos
grandes, fachada, fachada, fachada.
Ellas no sabían que las estaciones de trenes destruyeron la armonía, que no
valía nada, y que mantenía la cordura solo por fuerza de voluntad. Aun así,
comprendí cuánta suerte tuve cuando sus susurros nunca se volvieron lo
suficientemente fuertes como para ser intimidada como Keyon.
Desde que el viejo me regaló mi Murano bañado en oro, he evitado los
espejos comunes tanto como pude. Si miraba rápidamente en él, veía a la mujer
que hubiera sido si lo de la estación de tren nunca hubiera sucedido. Ella es
alguien que casi me gusta.
Últimamente, he estado ansiando a esta yo de cuentos de hadas más a
menudo. En casa, puedo atenuar la luz y observar mi silueta sin dolor, lo cual
mejora la imagen bajo la lámpara de techo de la fábrica.
Sin embargo, ver mi contorno no es suficiente esta noche. Necesito
vislumbrar mi alma en mis ojos, enfrentar la confusión y la ansiedad.
Giro la perilla del atenuador de luz. Mi habitación se ilumina lentamente.
Entrecierro los ojos para poder regular la visión de mí. Como siempre, la tonalidad
del espejo me consuela, y me atrevo a abrir más grande los ojos.
Dejo escapar un suspiro de alivio. Me paro sobre las puntas de los pies y doy
un paso más cerca. Son las cuatro de la mañana, tengo que levantarme para
trabajar en dos horas, pero aquí estoy; una persona loca absorbiendo mi propia
expresión como si estuviera buscando una señal.
Keyon quería que me quedara a pasar la noche, pero no podía.
―Voy a estar trabajando temprano ―le dije y no pude evitar tocar su barba
incipiente que es la cosa más suave en él. Si hubiera podido, me habría quedado
allí, acariciando su rostro hasta después de que se quedara dormido. En su lugar,
lo desperté para hacerle saber que me estaba yendo.
―¿Una cita para desayunar entonces? ―preguntó.
―No puedo. No tengo descansos tan temprano en el trabajo.
―Entonces para almorzar ―decidió―. ¿En la cafetería de tu madre?
Solo podía imaginar a mamá merodeando y sus guiños pobremente
disimulados.
―Puedo ir a Yellow Pub si estás ahí a las doce en punto.
―Ah, almuerzo temprano. Me gusta ―susurró, soñoliento y delicioso desde
la cama. Por un segundo, casi consideré quedarme. Dormirme entre sus brazos.
Mis pensamientos se desvanecen cuando un leve dolor en la cima de mis
piernas reclama el centro del escenario. Quiero reescribir esa frase de la vieja
canción de Michael Jackson “Soy un amante no un luchador” para Keyon. Sin
embargo, no tengo que reescribirla en realidad, porque Keyon es un luchador
incluso cuando ama.
Mis ojos se agrandan, el espejo le agrega dorado al verde. Mientras me
desvisto, trato de evaluar cómo me siento. Sostengo hielo envuelto en un paño
contra mis partes femeninas para calmar el dolor después de las atenciones de
Keyon.
Desde que hemos vuelto a reconectar, estoy fascinada con Keyon Arias más
que nunca. Él es considerado, impulsivo, divertido, dulce y condenadamente feroz
para cualquier ser humano normal.
Lucha contra mí, me derriba, me ama tan intensamente que me empuja hacia
los límites del miedo. Con él, el placer se mezcla con terror, y pierdo la capacidad
de respirar. Lo odio. Lo amo. Lo quiero.
Para mí, el sexo es diez veces mejor con Keyon que con cualquiera de mis
otros amigos. Me entristece que vaya a marcharse, pero estoy aliviada también; con
él es una nueva manera de mejorar lo que he cambiado durante una década, pero
no soy tan estúpida para pensar que es saludable. Porque, a la larga, esa deliciosa
forma de sobrevivir la noche en su cama no puede ser posible sin consecuencias.
*
―La belleza no significa nada, y si no ves eso eres más estúpido de lo que
pensé. ―Me enfado, no estando de acuerdo con el giro que ha tomado nuestro
almuerzo. Impaciente, saco una lechuga muerta de mi ensalada. No tengo otro
plato, así que solo la dejo sobre la mesa. Keyon no se inmutó ante mi arrebato. Más
bien lo contrario. Sus ojos brillan con humor, y quiero darle una bofetada en el
rostro.
―¿Así que no le permites a la gente hablar sobre tu apariencia?
―Duh, no puedo controlar lo que hace la gente ―contesto, contradiciéndome
y mirándolo fijamente―. Pero…
―¿Pero no se me permite decirlo?
―Eres mi amigo.
―Claro, los amigos no le dicen a sus amigas que son hermosas. ―Keyon
asiente solemnemente. Estoy desesperada. Él se va mañana por la mañana, y tiene
que entender más de mí que esto antes de que lo haga.
―Escucha, amigo ―digo, enderezándome en mi asiento. Él está encorvado
contra su respaldo, sexy y hermoso, y por más derecha que me siente, tengo que
levantar la barbilla para sostenerle la mirada.
―Yo. Soy fea como la mierda aquí dentro, ¿de acuerdo? ―Me golpeo el
esternón lo suficientemente fuerte para que haga ruido―. Hay basura aquí dentro,
Keyon; no tengo agallas y soy una completa perdedora. Apenas logré terminar la
secundaria. Mi única aspiración en la vida es permanecer cuerda. ¿Crees que eso es
hermoso?
El destello de diversión se desvanece de sus ojos. Por un instante, asimila lo
que dije. Luego, sus ojos se oscurecen, y se endereza en su asiento, colocando los
brazos sobre la mesa.
―No hay nada feo acerca de ti.
―¿No? Duermo con cada tipo que tengo a mi alcance… ―siseo mi debilidad,
mi pecado, mi escapatoria en su rostro―… y me importa una mierda.
―Porque estás herida.
―¿Herida? No entiendes. Estoy arruinada. Nunca seré nada más que fea.
Trato de alejarme, pero sujeta fuerte mis manos con las suyas.
―Date por vencido ―le digo―. No serás el primero. ―Hay un espasmo en
mi garganta como si hubiera estado llorando. No lo he hecho.
―¿Que me dé por vencido con qué, Paislee?
Miro a mi alrededor en el restaurante, no queriendo convertirme en el
entretenimiento. Mi corazón da brincos debajo de mis costillas.
―Conmigo.
―Cierra la boca. ―La voz de Keyon es tan baja que las vibraciones me
golpean antes de que el sonido lo haga. Debería estar ofendida.
Parpadeo, necesitando cerrar los ojos. El problema con los pensamientos es
que no paran de dar vueltas, y no pensaba antes de hablar. Así que dejo que mis
emociones se desaten y saquen remordimientos de la clase que ni siquiera me
permito pensar.
Sin embargo, ¿qué importa? Quiero que vea cuán despreciable soy.
Me llevó a almorzar y a cenar. Bailó lento conmigo y quería que me quedara a
dormir después de que habíamos tenido sexo. Me había sentido especial. No es
justo.
―Tú escúchame, Paislee Marie Cain ―dice con la misma voz baja. Agarra mis
brazos y me atrae tan cerca de sus labios que casi se encuentran con los míos.
Cuando continúa, un aire cálido sopla sobre mi boca mientras habla―. Sucede que
las personas no se vuelven feas por haber sido violados cuando eran niños. Los
feos son los hijos de puta que cometen esos actos.
―¿Estás seguro? ―pregunto aunque lo ha dicho antes y es una verdad que
todos conocen―. Porque pienso que… ―comienzo, pero luego no puedo
continuar. No he sido tan honesta con nadie antes, y me hace querer llorar. Mierda,
no debería ser tan difícil mantener las cosas a raya. Tengo años de práctica.
―¿Qué? ―Su tono se suaviza, sus pulgares se deslizan por mis brazos,
dándome fuerza―. Dime, nena.
Me cubro la boca y me aparto de la barra. No quiero que la camarera tenga
más para chismear cuando se trata de mí. Trato de hablar de nuevo, pero mi voz
ha desaparecido y lo único que queda en mi garganta es un sollozo.
―Pienso ―susurro, intentando de nuevo.
Keyon se levanta de la silla y se agacha delante de mí.
―¿Qué piensas?
―Que ser violada es una enfermedad crónica, y la contraje, y nunca voy a
recuperarme. ―Mi nariz está goteando.
―No, no, no ―dice con voz temblorosa como si estuviera sintiendo mi dolor
también―. Nunca pienses de esa forma. Dime que no.
―Estoy plagada de ello. Siento como si su maldad viviera dentro de mí y
engendrara fealdad todos los días. ―Una risa extraña sale de entre mis susurros―.
Ni siquiera sé quién voy a ser en veinte años. Es una jodida lucha diaria, para no
permitir que se apodere de mí.
―Entonces lucha ―dice. Me levanta de la silla y me atrae hacia él en un
abrazo silencioso―. Sigue luchando. Demonios, todos luchamos contra algo. Y
convéncete de que en lugar de basura y fealdad, estás llena de amor, generosidad y
belleza.
―Nunca belleza ―murmuro, testaruda.
―Siempre belleza. Aquí. ―Me muestra, tomando mi rostro―. Aquí. ―Toca
mi corazón―. En todas partes. Y ningún monstruo abusador de niños podrá
cambiar eso jamás.

―Alguien está aquí para verte ―refunfuña el viejo, un destello de


satisfacción golpea las rendijas de sus ojos azules―. Te necesito de vuelta a las dos,
sin embargo. No llegues tarde.
Inhalo al ver quién está en la apertura de la sala de descanso. No estoy en
descanso todavía. No, solo estoy ordenando después de los chicos. El viejo y Mack
tenían latas de espagueti aquí la noche anterior, viendo un partido de fútbol
después del trabajo, e hicieron un terrible trabajo limpiando después.
Keyon agacha su cabeza para entrar, y está en mi espacio personal de una
manera que es casi tan grande que cuando tenemos sexo. Keyon ha estado aquí
antes, ya le he mostrado todo, pero es diferente sin avisar así, y ahora mi corazón
rebota.
―Keyon. ―Jadeo como hacen las mujeres en las películas de los años
cincuenta. Este momento se convertirá en un fragmento de película. Sé que lo
hará―. ¿Qué estás haciendo aquí?
Su sonrisa es grande y sin disculpas.
―Diciéndote adiós.
―Pero, ¿no hicimos eso esta mañana?
―Cuando te fuiste mientras estaba abajo, ¿te refieres?
Me muerdo el labio. Para ser justos, nos habíamos despedido, pero él quería
darme algo antes de que me fuera, y me acobardé y tome las escaleras traseras.
―Oye, Keyon ―dice Mark cortante detrás de mí.
―Max, un gusto verte de nuevo. ―Keyon mueve la cabeza en saludo.
―Es Mack. ―Mi amigo es por lo general la amabilidad en un lindo paquete,
pero su voz se ha puesto más fría que el invierno en Rigita―. Escuché que te estás
yendo hoy. ―Como si las palabras le dieran valor, pone una mano en mi hombro.
El movimiento no pasa desapercibido para Keyon.
―Sí. El vuelo sale hoy a las dos y treinta, pero estaré de regreso a menudo
ahora que tengo familia en la ciudad.
¿Sonó eso como una advertencia? Estoy escuchando cosas.
―Cierto, ¿cuánto ha vivido tu familia en la ciudad ahora? ¿Un año o dos?
―dice Mack, sin ser su agradable yo en absoluto―. Deben estar encantados de que
hayas cambiado de opinión con toda la cosa de la visita. ―La última parte
definitivamente es un golpe.
Estoy medio esperando la mirada de muerte de Keyon fuera de la jaula. Él no
la ofrece, pero el encanto juvenil en su rostro cuando entró ha desaparecido.
Desliza la mirada abajo a los dedos de Mack alrededor de mi hombro. Entonces,
bloquea su atención en mí.
―A veces, las razones vienen de la nada. Las grandes lo hacen.
Me sonrojo. Tiro del agarre de Mack y recojo algunas toallas de papel
arrugadas del piso.
―¿Era ese tu jefe dándote permiso para tomarte un tiempo libre, Paislee?
―pregunta Keyon.
―Oh, no se preocupen, los dejaré para que se despidan ―dice Mack,
barriendo una mano alrededor de la pequeña, todavía sucia habitación―. El sofá
es cómodo. ¿Verdad, Paislee? ―Miro hacia arriba y me guiña abiertamente. Sí,
hemos usado ese sofá cuando ha estado en apuros, pero lo que dice duele. No sé
cómo procesar lo que está haciendo.
Mi felicidad por conseguir otro vistazo de Keyon se desinfla. Me siento como
que Mack me está ofreciendo, menospreciándome, a pesar de que todo lo que ha
hecho es expresar todo en la forma que es.
Agarro lo que queda del Sprite, le pongo la tapa, y uso una fuerza excesiva
cuando la meto en la nevera. Parpadeo rápido así el intercambio no llega a mí y me
hace llorar enfrente de estos dos hombres que he… follado.
Salto cuando una gran mano aterriza en mi hombro. Levanto la vista y
encuentro a Keyon en cuclillas detrás de mí.
―Nena ―empieza, y me temo que va a profundizar en esto de la manera en
que lo hizo con las cosas en el almuerzo de ayer. Si pasa frente a Mack, con el viejo
en la habitación de al lado, me voy a derrumbar fuerte. Le suplico con mis ojos. No
hagas esto peor.
―Dejé a Drew tomar mi carro rentado cuando salió está mañana, para asistir
a una gran pelea de un compañero de mi equipo, así que necesito un aventón al
aeropuerto. ¿Me quieres llevar?
Mack resopla burlonamente detrás de nosotros.
―¿Quieres callarte? ―grito. El silencio precipitado dura dos segundos antes
de que Mack pise fuertemente fuera de la habitación de descanso, dejándonos
solos.
Me quedo en el suelo frente a la pequeña nevera, ahogándome en tristeza. La
barbilla de Keyon golpea mi hombro, descansando contra mí mientras trabajo en
controlarme. Finalmente, respondo que sí, me gustaría acompañarlo al aeropuerto.
En el auto, me explica que los chicos pueden ser unos imbéciles. Sus manos
están alrededor de mi rostro, dejando espacio para mis orejas entre dedos gruesos.
Me besa suavemente una vez, dos veces.
―Mack es mi amigo. No lo entiendes. Él nunca es así.
―Él estaba reclamándote y quería que yo lo supiera. ―La cara de juego de
Keyon se desliza de nuevo, pupilas dilatadas son la única cosa traicionándolo. Soy
lo suficiente superficial para apreciar que está enfadado. Y de alguna manera
aprecio también que quiera esconderlo de mí.

―Los aeropuertos son mejores que las estaciones de tren ―le digo a Keyon,
sonriendo mientras las puertas de deslizan abriéndose con su zumbido silenciado.
Mi mano desaparece en la de él. La sostiene como si lo quisiera decir frente a todas
estas personas.
Reconozco un par de mujeres que pasan. Levantan sus cejas, los ojos
revoletean entre el hijo del alcalde y la puta de la ciudad. No me miran por encima
de su hombro como hacen normalmente, y sé que es a causa de Keyon y la forma
en que está empequeñeciendo mi mano en la suya.
―Los aeropuertos son geniales, en realidad. ―Keyon se da la vuelta y me
lanza una de sus sonrisas traviesas―. Todas las oportunidades que tenemos por
adelante, ¿sabes?
Me apoyo en él en la línea de registro. Él podría decir “Gracias por traerme,
deberías irte. No me gustaría que esperases alrededor” pero no lo hace y me alegro.
Quiero estar junto a él todo el tiempo que pueda.
El hombre es una pared hecha de granito. Empujo contra él por diversión, y
no se mueve en absoluto. Recuerdo su peso de la lucha que vi en televisión. Keyon
es malditamente pesado, y no hay ni un gramo de grasa en él.
Me sonríe, mientras trato de ignorar el calor entre mis piernas.
―¿Qué oportunidades ofrecen los aeropuertos? ¿Escaparse de chicas
pegajosas? ―sugiero. Besa la parte superior de mi cabeza, una ráfaga de aire
caliente.
―Eso es lo opuesto a una oportunidad. Oye, tengo una apuesta para ti.
―Yo no hago apuestas.
―Pura mierda. Todo el mundo hace apuestas. Te daré la cosa que bajes esta
mañana si vas hasta el avión conmigo.
―¿Qué? ―digo―. Eso no es una apuesta. Es un intercambio de favores.
―Mmmm, yo diría que la farte del favor sería una vez que estemos en el
avión y ocupemos el baño juntos. Estarías haciéndome algunas cosas buenas,
favores fuertes allí.
―¡Oh, cállate! ―exclamo, avergonzada―. Hay otras personas en esta fila.
Por el movimiento de su cabeza, está de acuerdo con mi evaluación.
―Razón por la cual es llamada una fila.
―Eres ridículo.
―Señor, ¿listo? ―dice la mujer detrás del mostrador, la impaciencia rezuma
de ella―. ¿Tiene su tarjeta de embargue?
―Sí, solo permíteme. ―Su brazo se mantiene a mi alrededor mientras
levanta una gran maleta y la deja caer en la balanza de equipaje con facilidad que
me hace pensar en plumas. Una vez que la etiqueta del equipaje está atada, agarra
la segunda, una más grande, y la pone abajo de la misma manera.
―Viajas, mmm, ligero ―bromeo. Él no capta mi doble sentido.
―Tengo que traer mis cosas, ya sabes. Un momento ―le dice a la señora,
hace clic en el candado abierto en la maleta más grande, y saca algo. Estoy curiosa,
pero cualquier cosa que sea desaparece de inmediato en un bolsillo profundo de su
chaqueta.
Tenemos tiempo para el almuerzo antes de que se vaya, así que no instalamos
en un restaurante de comida de mar que sirve tapas de langosta y flautas, sí,
flautas, con cerveza fría.
Estoy empezando a sentir que se está yendo. No me gusta, y de repente
pienso que los aeropuertos también apestan. Tomo un largo sorbo de mi cerveza y
le doy una mirada tímida de lado.
―Tengo otra pelea en unas pocas semanas ―dice haciendo conversación,
mirándome de nuevo sobre el borde del vaso.
―¿La grande en México?
―No, es más o menos relacionado con lo que viste en televisión.
Tenemos una cabina a la ventana. Cuando la anfitriona nos trajo aquí, Keyon
dio unas palmaditas al asiento junto a él, y accedí. Un avión se mueve adelante en
cámara lenta afuera, pero su atención permanece en mí. Keyon levanta mi mano
fuera de mi regazo y la acerca a sus labios. Es como si fuera este caballero de algún
tiempo antiguo y yo una señorita que se lo merece.
―No entiendo ―suelto. Estamos hablando de peleas, lo sé, pero…
¿Cómo me puedes tratar como si te importara? ¿Por qué gastas energía en mí? Me
haces sentir como una princesa. Me estás echando a perder.
―Solíamos ser amigos, Keyon, seguro, pero todo esto contigo… ―A medida
que me detengo, sus pupilas se dilatan, la única muestra de emoción en su rostro
meticulosamente en blanco. Besa el dorso de mi mano con un beso suave antes de
mover mi cuerpo más cerca.
―Es mi turno de decirte algunas cosas, ¿de acuerdo? ―dice―. Me defendiste
en la escuela secundaria, la única persona que lo hizo, para ser honesto, hasta que
encontré mi dojo, yo no estaba contento haciendo otra cosa que no fuera estar
contigo. Eras tranquila en la escuela. Tranquila y bonita. Me enamoré de ti tan
rápido. Si te dijera cuánto tiempo me contuve antes de besarte, te reirías.
Suelto una risita a pesar de que no me dice. Es lo más bonito que he oído en
mucho tiempo.
―De todos modos, te conseguí algo. O te robé algo.
―¿Qué? ¿Robaste?
Sus ojos brillan con malicia.
―Sí, de ma. Ella no lo necesita, y es perfecto para ti. Deberías jugar con él a
menudo.
Me muerdo el labio.
―Awww, eso es tan dulce. Keyon Arias robó un regalo para mí.
Refleja mi movimiento, mirando mi boca mientras sostiene un paquete de
Kleenexs. Lo acepto, y su oferta es sorprendentemente pesada en mi mano. Los
pañuelos se corren sin esfuerzo de mi parte, algunos caen al suelo. Adentro, hay un
huevo al estilo de Faberge5. Brillante esmalte en azul medianoche está dividido en
cuadrados por docenas de pequeños cristales a lo largo de las suaves cintas de
plata. Jadeo ante la belleza de ello.
―Ábrelo ―dice, y suena como los chicos en las películas cuando están a
punto de entregar joyas. Mis uñas luchan con la pequeña cerradura, pero Keyon
espera pacientemente hasta que el huevo se abre a la mitad en mis manos. Un
huevo más pequeño cae. Lo toma al último segundo antes de que toque el piso.
El nuevo es tan complejo, tan impresionante, como el primero. Está cubierto
con esmalte rosa, y delicadas, cintas plata bailan alrededor de toda la superficie en
sederos dorados.
―Ábrelo ―repite Keyon, y lo hago. Estoy preparada está vez, así que cuando
un huevo más pequeño se desliza a mi mano, lo salvo de la gravedad y lo protejo
con mi palma. El huevo más pequeño posee el amarillo desteñido de un sol en
pleno invierno, y escarchadas rosas puntean su eje.
En un alarde de belleza, pongo cada huevo en la mesa. Estoy en este juego, y
abro y abro hasta que hay seis. En el séptimo, Keyon y yo compartimos una
sonrisa. Es del tamaño de una uña del dedo meñique, rojo como un corazón y
creado con la perfección sin reservas de sus madres. Las minúsculas motas de oro
se mezclan con las joyas azules que se asemejan a zafiros.
―Vaya, tú ―digo finalmente―. ¿Qué diría tu madre?
―Ella me daría una paliza.
Suelto una sonrisa tranquila.
―Le vas a decir, ¿verdad?
―Aún no lo he decidido. Era de mi abuela, pero ha estado en un baúl en
todos nuestros áticos. Pero mis inicios como ladrón no es de lo que quería hablar.
―¿No? ¿Entonces de qué?
Keyon levanta el huevo grande.
―Está eres tú. Todo el mundo ve cuán hermosa eres en el exterior. ¿De
acuerdo?

5
Faberge: Un huevo de Fabergé es una de las sesenta y nueve joyas creadas por Carl Fabergé y sus
artesanos de la empresa Fabergé para los zares de Rusia, así como para algunos miembros de la
nobleza y la burguesía industrial y financiera, entre los años 1885 y 1917. Los huevos se consideran
obras maestras del arte de la joyería.
Ruedo los ojos, perdiendo el interés; Keyon está a punto de irse, y no lo veré
en Dios sabe cuánto. Vamos a pasar nuestro tiempo sabiamente.
Solo que él está tomando mis ojos en blanco como un acuerdo.
―Este huevo… ―toca el más pequeño, huevo rosado al lado por mi
atención―, también eres tú.
―Soy dos huevos ―bromeo.
―No, siete, y todos son igual de asombrosos. Este eres tú en el exterior.
―Señala a la azul medianoche que acaba de poner abajo―. Y todos son diferentes
facetas de lo hermosa que eres hasta la medula.
Está equivocado, irrazonable, injusto. Mi ira se hincha. Quiero olvidar sus
palabras, porque no puedo tener una crisis y manchar mi último fragmento de
película con él.
Mis ojos pasan por encima del reluciente y esmaltado cristal. Viaja sobre un
arcoíris de colores alineados como bailarinas obedientes sobre la mesa.
―No soy la persona que recuerdas ―gruño al final―. Realmente ya no me
conoces.
―Estoy bastante seguro que no hay lodo aquí ―contrarresta, acariciando mi
pecho. ¿Puede no escucharme?
―Basta. Keyon, la única cosa que me hace sentir bien es robar los hombres de
otras mujeres y ¡follarlos!
Sostiene una respiración rápida. Estoy exagerando, tal vez, no lo sé. Lo he
hecho, sin embargo, maridos robados, novios, sacudí sus existencias e incliné el
mundo de sus seres queridos. ¡Dios, esto duele!
―Me gustaría ser lo que crees de mí. Deseo, lo deseo. Me conociste como una
niña pequeña, alguien quien no sabía cómo lidiar con su agonía. Pero he
aprendido, e incluso causado tu propio dolor. Es lo que he hecho por años.
―No, eso no es todo ―susurra―. Sé que no lo es.
―Vives en un cuento de hadas ―digo, sintiendo las lágrimas pinchar mis
parpados―. Tu cuento de hadas decreta que esas pequeñas niñas siguen siendo las
mismas, incluso cuando las dejas a su suerte ―me interrumpo demasiado tarde.
―¿Piensas que te dejé? ―Sus ojos están tan oscuros que el dorado whisky no
rodea sus pupilas―. Yo nunca habría hecho eso. Fueron mis padres.
―Gah, sí. ―Presiono el talón de una mano en mi ojo para evitar que las
lágrimas fluyan―. No quise decir eso. ―Creo―. Estabas tan fuera de control, y tu
padre obtuvo ese trabajo. Era un buen momento.
Con cuidado, armo el huevo de nuevo, comenzando por el pequeño, corazón
rojo. Capa por capa, lo protejo hasta que es a prueba de balas dentro de sus seis
guardianes.
―Estás evadiendo la conversación hacía mí. ―Los ojos de Keyon han
descansado en mí mientras vuelvo a armar mi regalo―. No estoy seguro cómo
pasó, pero no era el plan. Ven aquí.
No me opongo. Me deslizo entre sus piernas. Keyon pone sus brazos a mi
alrededor, acercándome más, y es tan natural que debería haber estado aquí todo
el tiempo.
Con su boca contra mi cabello, suspira.
―Paislee. Sigue luchando. ―Y me pregunto si habría sido la puta de la
ciudad si Keyon se hubiera quedado.
Keyon
―Pasa las tortillas ―exige Zeke. Jaden pone dicha bolsa de patatas en mi
rostro sin quitar los ojos de la pantalla. Se lo quito y lo dejo en el regazo de Zeke―.
Y más alitas de pollo ―añade.
Eso quita la atención a Jaden de la televisión.
―Eres el siguiente hombre. Esas eran las últimas alitas, y cuando salgas, trae
más pechos. Te acabaste esos primero.
―Pechugas de pollo ―le corrijo―. Los pollos no tienen pechos.
―No lo hice. Solo he cogido dos, y Kenon ha cogido al menos tres. ―Zeke
hace forma de pechos perfectos en su pecho.
―Cállate, idiota ―digo. Él se inclina detrás de Jaden para golpearme en la
espalda.
Ha sido un día largo y duro en el gimnasio, y alguno de nosotros estamos
relajados viendo los vídeos de mi próximo oponente, Ronaldo “El Machete”
Sánchez. Desde que vi su feo rostro en un partido en Sacramento, he odiado a ese
hombre.
Él es un gran luchador que juega sucio con un estilo que no admiro, pero si
soy honesto, son sus pequeños y brillantes ojos lo que me enoja. He estado
deseando machacarle en Sacramento, y voy a hacerlo en el primer asalto, final
épico.
―La sumisión permanente ―suelto y Jaden resopla
―Seguro, Sánchez te dejará hacer eso. O… ―ríe―… va a partirte la nariz al
segundo golpe. Ya iba siendo hora también. Pareces un idiota con esa nariz recta.
Después de terminar la última pelea en Miami con un knockout fuera de
combate, conseguí mi primer patrocinador. El momento no pudo ser mejor;
delegué mis responsabilidades de instructor en Alliance Cage Warrior; y Dawson,
el mismísimo jefe, empezó a delegar ocupaciones a otros en el gimnasio así
podíamos centrarnos en México.
Dawson es un tremendo luchador y fue campeón de kickboxing en su ciudad
natal antes de mudarse a América. Sobre todo, el hombre es el mejor entrenador
que cualquiera pudiera pedir.
Cuando llegué a Tampa, vine por la universidad. Quería estar lo más lejos
posible de mi padre, y necesitaba un lugar con un gimnasio renovado con un
espacio para luchadores.
Dawson me promocionó con una lucha de prueba. Luché contra Jaden y dejé
a mi futuro mejor amigo con los dientes sueltos y una nariz rota.
El comentario de Dawson fue:
―Hijo, estás dentro. Pero no joderás a los chicos de ahora en adelante.
Guárdate el golpe letal para el enemigo. Aquí en Cage Warriors somos
extremadamente leales, o sigues el programa o estás fuera, tengas talento o no.
La parte del talento fue lo que más me impresionó. Hasta que Jaden me
distrajo con una mirada y algunos grandes insultos.
―Lo siento, hombre ¿Quieres que te arregle la nariz? ―pregunté.
Jaden levantó las cejas, de repente sus ojos grandes e ingenuos.
―Oh, bien, vamos a dejar que el novato me arregle. No hay necesidad de
emergencias ahora que tenemos a una enfermera con nosotros. Aww ¿no es la cosa
más dulce, Dawson? Nos conseguiste una pequeña enfermera.
Acostumbrado a los comentarios de Jaden, Dawson lo ignoró y me tendió
una botella de agua. Su esposa había traído unas cuantas botellas.
―Estudio medicina ―dije, con rostro serio―, y tu problema es pan comido.
Puedo hacerlo. ―Resoplé, fingiendo aburrimiento mientras esperaba su decisión.
Una vez que aceptó y dejó de chillar de dolor cuando recoloqué su nariz, le dije la
verdad, no era estudiante de medicina.
Resulta que Jaden tiene una cosa en contra de las mentiras. Y dejar colocar
sus huesos por no profesionales. Y después de que dicho no profesional sea
demasiado rápido para dejarlo fuera de combate, sobre todo cuando se tropieza y
cae de cara.
―Que te jodan, ¡imbécil!
―Muy bien, eso es todo. Vayan a calmarse, chicos. Juntos. O los dos están
fuera ―dijo Dawson, dándonos la espalda y marchándose.
Así lo hicimos. Con un cargamento de cerveza a plena luz del día en el pub
más pequeño en el que jamás he estado. Sin embargo, tuve que llevar a Jaden a
emergencias antes del final de la noche, porque a pesar de estar fuera de sí, estuvo
quejándose constantemente de su nariz. Estoy bastante seguro de que fue la caída
de cara lo que le causó eso.
―Jodido hijo de puta de ojos maliciosos ―murmuro ahora sobre Sánchez.
Pero luego se gira, el árbitro levantando su brazo marcando la victoria, y lo veo
quitarse su protector bucal y sonreír. ¿Por qué demonios se lo ha quitado?
¡Esa sonrisa! Es mitad mueca, mitad sonrisa, boca pequeña y labios delgados
con un ángulo torcido hacia la esquina izquierda. En nuestro negocio, hay un
montón de sonrisas de aspecto demente, cortesía de los puños de otros luchadores,
pero su sonrisa es una ¡puta mierda!
Solo escucho la mitad de los que dicen mis amigos después de eso. Puntos
rojos aparecen en mi visión, de la misma manera que ocurría cuando era más joven
y la necesidad de pegarle a alguien me hacía ver rojo.
Parpadeo tratando de eliminar los puntos, la rabia hirviendo a fuego lento
sobre mi mayor oponente durante años. Como un luchador profesional, tienes que
controlarte si quieres mantener una racha ganadora, y no importa lo bueno que
seas, no puedes permitirte salir de la rutina. Básicamente, si tus emociones te
engañan, la cosa se va a poner fea rápidamente. Tienes que dejar de calcular el
peligro, y la sincronización de tus técnicas van algo fuera de lo común.
Tomo otro café helado y trato de aclarar mi cabeza. No funciona, por lo que
me pongo de pie y estiro. Les digo a los chicos que voy a salir. Levantan una mano
y gruñen una especie de "Hasta mañana, hombre", mientras salgo del gimnasio y
corro las dos cuadras hacia la playa.
Han pasado semanas desde que me fui de Rigita. He estado en contacto con
Paislee esporádicamente desde entonces. Incluso he llamado a mis padres un par
de veces, algo que no suelo hacer gracias a mi padre. Él y yo, seguimos teniendo
broncas, la última cuando terminé mi licenciatura y rechacé la escuela de leyes
para llegar a mi objetivo: convertirme en el primer boxeador de la Allience Cage
Warriors que firmará con EFC6.
La lucha con Sánchez es una gran oportunidad para mí, y no puedo dejar que
mi reacción hacia él lo estropee. Lo sé, pero las señales están ahí, ha pasado más de
una vez. Me pongo en plan "impulsivo" como dice Amy, la chica de las tarjetas con
la que quedo algunas veces. Piensa que es gracioso cuando pierdo mi jodido
control y mutilo a mi competidor antes de que la pelea comience.
Dawson se indigna cada vez y hace cálculos para ver cuántas victorias voy a
necesitar con el fin de reparar el daño que he infligido a mis posibilidades con el
EFC. Porque ahí es donde él me quiere tanto como yo, preferiblemente durante el
6
EFC: Extreme Fighting Championship.
año. Por mucho que odie perderme, dice que va a ser una gran mejora de su
pequeño gimnasio de peleas. Se colocaría en la lista de los profesionales, lo que
sería un ganar-ganar para nosotros. También le recuerdo que los Cage Warriors
serán siempre mi primera elección para un campamento cuando estoy entrenando
fuera de Las Vegas.
Tomo una gran bocanada de aire, la sal del mar es casi tangible. Mi
imaginación me juega una mala pasada, y en este momento en mi cabeza, estoy
levantando los brazos en el aire, sonriendo a la audiencia y asintiendo, haciendo
caso omiso de los abucheos de los aficionados de Sánchez. Sep, mi próxima victoria
es palpable.
Luego recuerdo la expresión de Sánchez. Lo que hace es más bien una mueca
que una sonrisa, y esa sonrisa torcida es… joder. ¿Por qué me tiene que poner de
esta manera?
Si no puedo calmarme, entonces va a ser difícil no aplastar su rostro, destruir
todos los huesos y cartílagos en su cráneo deforme. Me coloco en cuclillas al borde
del agua. Es tarde, y es invierno, así que tengo el lugar todo para mí. Lo que es
bueno también, porque no estoy bien en este momento.
Coloco mi rostro entre mis manos, aceptando la forma en que mis entrañas se
revuelven. Podría ir a Hooters para buscar a Amy. La chica sabe cómo lidiar con
mi tensión. Puede que no sea demasiado tarde para tomar su descanso por la
noche.
Es encantadora la forma en que la mente de un hombre va de una locura a
otra. Ahora estoy atascado en algo que sucedió hace casi media década. Ese
hombre raro en el tren: Me pregunto si siguió su camino cuando yo me fui. Tal vez
terminó su jodida misión con otro niño. No puedo considerar esa posibilidad
durante demasiado tiempo, sin embargo. Debería de habérselo mencionado a
alguien en aquel entonces. Debería de haber hecho un esfuerzo para sacar a ese
hijo de puta de las calles.
Paislee Marie Cain, tenía doce años cuando le sucedió, como todas las veces
que le pasó, y yo ni siquiera lo sabía. En momentos como este, el respeto que tengo
por ella, por cada víctima de violación por ahí, enciende luces brillantes de
semáforos en mi cabeza. Quiero decir, ¿cómo sobreviven? Esas personas deben
tener la fuerza mental de diez luchadores profesionales cada una, porque aquí
estoy sufriendo como un hijo de puta por algo que ni siquiera ocurrió.
En esta etapa de mi carrera, necesito el menor número de distracciones
posible, por lo que he mantenido una educada distancia entre Paislee y yo. En
parte es debido a la forma en que lidia con su trauma del pasado. La chica no es
exactamente casta. Irónico viniendo de mí tal vez, pero soy un idiota egoísta. Para
llegar a la cima, es una necesidad ser egocéntricos.
Cojo agua de una pequeña ola y dejo que enjuague mi mano. Hace frío, pero
nada como el océano en Rigita.
He tenido una novia o dos. Mi problema es que me vuelvo sobreprotector
muy rápido. No puedo dejarles caminar hacia su coche después del anochecer, y
no me hace gracia que hagan jogging en lugares remotos, sin importar la hora del
día. Las chicas odian mi necesidad de lo que ellas llaman "vigilancia" tanto como
yo.
Últimamente, me he tomado un buen y largo descanso en cuanto a relaciones,
en beneficio de todas las mujeres en la comunidad de lucha. No escatimo folladas
ocasionales ya que iría en contra de mi objetivo principal; un hombre no puede
centrarse si está acumulando frustración sexual, y no soy un imbécil.
Afortunadamente, no tengo problema para encontrar tomadoras, nunca mejor
dicho, hasta el punto de casi no apreciarlas todas. La cosa es que la caza puede ser
divertida también.
Una vez más mi mente regresa a Paislee. La recuerdo con el cabello corto,
atado en trenzas, moños, lo que fuera. Incluso si era delgada como un palo y
trataba de ser modesta, no podía ocultar aquel brillo en esos impresionantes ojos.
El problema es que me gusta más en lo que se ha convertido ahora que la
tranquila y bonita adolescente Paislee. Es por eso que estoy aliviado de que no
vivamos lo suficientemente cerca para que interrumpa mi rutina. Una cosa era
pasar un rato en Ice Country, pero cuando su colega llegó y empezó a hablar, esos
puntos rojos de mis ojos me llenaron rápidamente de adrenalina y me hizo querer
dejarlo fuera de combate. Sí. Es el tipo de mierda que no necesito.
*
Me incorporo en mi cama, gritando. Mi frente está húmeda. El pecho, el
estómago, estoy mojado por todas partes.
Simon estaba acurrucado junto a mí cuando me quedé dormido, pero ahora
sus ojos amarillos me taladran desde el alféizar de la ventana. Barbilla en alto,
señal de alerta, mirándome, tratando de averiguar lo que está pasando. Simon no
está acostumbrado a que tenga pesadillas. Yo tampoco.
No soy un puto marica, pero algo me está afectando demasiado. Han pasado
años desde la última vez que temblaba por terrores nocturnos. ¿Por qué los tendría
cuando el miedo es obsoleto y puedo matarlo con mis propias manos?
Al diablo el chico en el tren, de repente pienso. Paislee tiene razón. Lo habría
machacado si lo conociera en la actualidad. El hombre tiene suerte de que no sepa
quién es.
He reflexionado sobre qué hacer con él, soy astuto cuando no soy impulsivo,
pero incluso lleno de rabia, aniquilaría a un idiota inexperto como el tipo raro del
tren en cuestión de segundos.
Mi charla no está funcionando. Estoy hiperventilando como una niña.
―Simon ―le susurro―. Ven aquí. ―Él parpadea lentamente, su iris oscuros
que parecen brillar en la oscuridad. Su cuerpo negro y delgado tiene nada más que
músculos para pavonearse, del que presume mientras se acerca lentamente. Un
salto que desafía la gravedad y está sentado frente a mí, un ronroneo bajo
acompañando a su poco esfuerzo.
Tomo su pata y la masajeo suavemente. Lo hago por mí más que por él. Estoy
seguro de que lo sabe. Mi amigo baja la cara, la voz vibrando contra mis nudillos y
la nariz húmeda en mi piel. Me hace reír.
―Siento haberte asustado, Simon. Los seres humanos somos raros. No
dejamos de darle vueltas a las cosas. ―A veces juro que puedo escuchar sus
pensamientos, como ahora mismo, que está pensando, No me jodas.
Paislee
Rigita se ha hecho solitaria desde que Keyon se fue. Tengo un pequeño trozo
de ausencia en mi garganta, y es familiar, el modo que me sentí inmediatamente
después de que se mudó a los dieciséis.
Mi rutina gobierna mis días. Temprano, desayuno, troto abajo a la fábrica, y
me reúno con el viejo. Ordeno la sala de descanso y hago café mientras él prepara
el antes y después de los baños químicos para los espejos.
Mack llega cinco minutos tarde todos los días, sobre los cuales nadie
comenta. Se mete en sus cosas y se quita un guante para aceptar el café que
sostengo para él. Tenemos nuestras propias tazas ahora, en lugar de los vasos de
papel que estaban aquí cuando empecé a trabajar para el viejo. No tenía ningún
sentido que tomáramos una puñalada en la selva, una pila de vasos de papel al día,
cuando podríamos tener tazas de cerámica en el tamaño y el color perfectos para
cada uno de nosotros.
Aprieto la mía rosa a mis labios. Es de tamaño mediano contra la enorme taza
negra de Mack y el blanco pequeño del viejo, con JEFE escrito en negrita en la parte
delantera.
―Tengo un nuevo proyecto para nosotros ―dice el viejo esta mañana,
tomando un sorbo de su café. Inconscientemente, ha perfeccionado el “sorber
seco", que estalla de su boca con cada trago que inhala. Me pregunto si tirará el
líquido demasiado caliente y empezará a toser hoy. Hasta ahora, estamos bien.
―¿Hmm? ―pregunta Mack, todavía soñoliento. Él no es una persona
madrugadora, pero no es el tipo gruñón del no-madrugador tampoco. Estoy
agradecida por ello.
―¿Recuerdan a Richard Markeston?, un hombre hecho a sí mismo que visitó
hace… ―El viejo estruja sus espesas cejas fuertemente en el pensamiento.
―Hace cinco meses ―ayudo.
―Ah ¿el tipo rico que caminaba por aquí, inspeccionando el lugar como si
quisiera comprar todo, el equipo y todos? ―interviene Mack, despertando un poco
más con cada trago de cafeína.
―Ese es. ―Asiente el viejo―. Después de ver lo que hacemos aquí,
Markeston quiere una sala de espejos en una de sus casas. Dice que se inspiró por
el nombre de la fábrica. ―El viejo deja salir un pequeño soplo que constituye una
risa.
―¡Maldición! ―exclama Mack, despierto ahora―. Felicidades, viejo.
El viejo sacude su cabeza, el cabello blanco demasiado crecido cayendo en sus
ojos.
―Bueno, necesito medidas tomadas, luego él tiene que aceptar la oferta que
le dé, así que no vamos a celebrar hasta que sepamos a ciencia cierta.
―¿Quiere espejos dorados? ―pregunto, esperando. Odio cuando tenemos
que hacer espejos para tiendas regulares. El viejo asiente, su boca da espasmos de
nuevo bajo su bigote descuidado. Necesito programar una cita de afeitado para él.
Diré que era su amigo, el propio barbero, quien lo llamó. Estoy bastante segura que
el viejo sabe ya, pero él no se opone cada vez que lo hago. Va y se pone todo fresco
y arreglado, su cabeza me hace pensar en setos manicurados después.
―Bien, porque algunas personas son imbéciles. ―Mack hace eco de mis
pensamientos sobre la fabricación del espejo―. Ellos piensan que somos magos o
algo, que podemos hacer espejos normales parecer legendarios. ―La forma en que
dice normales me hace reír. Incluso las bocanadas tranquilas del viejo se convierten
en una risita gruñido antes de rellenar su café.
―Paislee ―dice el viejo―. Me gustaría enviarte allí para tomar las
mediciones. ¿Puedes hacer eso por mí?
Alzo la vista, sorprendida. Recuerdo otro trabajo que requirió mediciones in
situ, una pared irregular en un faro a pocos kilómetros de Rigita, y el viejo había
ido él mismo.
―¿De verdad? Me encantaría. ¿Dónde está? ―pregunto.
―En Calceth, Florida.
―Oye, iré si no estás preparada ―se apresura Mack luego inhala como si no
le importara. Estoy bastante segura que no ha estado en un avión en toda su vida.
Como yo.
―Oh, estoy bien, Mack. Gracias sin embargo ―agrego cortésmente y sueño
tantas cosas en un abrir y cerrar de ojos.
―La próxima semana ―dice el viejo.
Más tarde baño mi primer espejo de la jornada, deslizando los dedos de látex
con punta en toda la superficie y viendo el vidrio convertirse en oro delante de mis
ojos. Mi corazón no ha dejado de latir locamente toda la mañana. Cuando tome mi
descanso, haré una búsqueda en Internet de Calceth para averiguar dónde se
encuentra exactamente.
¿Yo, Paislee, en un avión? He oído que sirven cócteles en los vuelos. Me
pregunto si son caros. Me imagino sentada allí y bebiendo y mirando por la
ventana. En una semana, estaré volando sobre las nubes y mirando hacia abajo en
esas capas de algodón.
¿Yo, Paislee, en el sur? Es invierno allí, me digo en un esfuerzo por calmar mi
euforia. Pero ¿cuán malo puede ser un invierno de Florida?
¿Esta Calceth cerca del agua? ¿Puedo quitarme mis zapatos y caminar por la
playa? Trabajo con una sonrisa en mi cara y encuentro la mirada fija del viejo
mientras me pasa. Es un hombre solemne, pero hoy sus ojos sonríen incluso si el
resto de sus rasgos permanece serio. Ociosamente, me preguntó si se ha dado
cuenta del miedo en que he estado últimamente. Porque claramente el viejo Win
sabe que ha hecho mi día con su petición.
¡Ja! Estaré, como, una mujer de negocios. Tomar un avión y dirigirse a trabajar.
Mack sigue enviándome miradas desde su estación de trabajo. Muerdo mi labio
para reprimir la risita que amenaza con escaparse.
―¿Quieres comer juntos? ―pregunta con un brillo en su mirada.
―Naw, probablemente solo tomaré un bocadillo y haré un poco de
“navegueo” ―digo casualmente.
―Ah. ―El hombre está malhumorado al instante. Me siento mal por él. Mack
tiene una gran familia, pero no he sabido que tenga una novia.
―Tal vez un almuerzo rápido.
―Un almuerzo rapidito ―bromea, aliviado.
―Debería tener algo arriba ―calmo sus sentimientos heridos.
―Me gusta lo que tienes arriba. ―Él ahora está sonriendo, y me siento mejor
por hacerlo sentirse mejor.
De acuerdo, Mack, estamos bien. Todavía somos amigos.
*
Mamá tiene un turno de noche, y paso después del trabajo. Está ocupada
sirviendo bebidas, así que medio-miro un partido que está pasando mientras como
la hamburguesa que ella ha puesto delante de mí. Es fútbol, por alguna razón. Un
montón de césped bien cuidado, y luego muslos musculosos corriendo rápido y
chocando contra calcetines por debajo de la rodilla.
―Nottingham Forest. ―Un tipo inglés fuera de lugar saluda con la cabeza
hacia mí. Él ha estado en Ivy un par de veces. Todavía no sabe quién soy, por lo
que no me ha hecho proposiciones y no está huyendo. Es agradable―. Guiseley ni
se acerca a ellos.
Saludo con la cabeza de vuelta, sin saber lo más mínimo sobre fútbol.
―Vamos Nottingham Forest. ―Él sonríe abiertamente y me da un pulgar
hacia arriba.
―Entonces, ¿cuál es tu gran noticia? ―pregunta mamá―. Estás brillando.
¿Keyon llamó?
Su comentario amortigua mi entusiasmo, y se da cuenta.
―Bah, quién se preocupa por él. Dime. ―Frota sus manos juntas como si
estuviera esperando un jugoso chisme. Luego lo remata con un guiño juguetón.
―Señora graciosa. ―Inconscientemente, imito su frotamiento de manos
porque, ¡aviones! ¡Florida!―. Me voy a un viaje de negocios la próxima semana.
―¿Un viaje de negocios? ―chilla mamá, con los ojos más amplios que si le
hubiera dicho que se había convertido en abuela―. ¿Vas a un viaje de negocios?
―Me voy a un viaje de negocios.
El tipo inglés levanta su copa hacia nosotras.
―Por los viajes de negocios.
―¿Dónde? ¿Por qué? ¿Está el viejo enviándote por algo? ¿Espejos?
―Síp, y síp. Soy la empleada encargada, y estaré tomando una copa en un
avión en exactamente ―miro mi reloj―, catorce millones y tres segundos.
―¿Qué?
―No, es broma. Pero me iré a Florida en cinco días.
La cara de mi madre se asienta en pliegues cuidadosos, y tengo un momento
para examinar las líneas entre sus cejas antes de que pregunte:
―¿Esto es sobre tu hermano?

―¡No! ―grito―. Es jodidamente injusto.


―Paislee, no maldigas ―susurra mamá, agarrando mis hombros con dedos
huesudos y conteniéndome―. John, podrías haber manejado esto mejor. Te rogué.
Papá no contesta. Está ocupado metiendo la última caja de cartón con las
pertenencias de Cugs en el coche y cerrando de golpe el maletero. Su mandíbula se
endurece, como si nunca se hubiera preocupado por nosotros, ojos de acero
mientras pisotea a la puerta del conductor y se baja en el asiento con más cuidado
que el que tomó con nuestros corazones.
Que utilizó para amarnos.
La despeinada cabeza de mi hermano permanece infinitamente aún en el
asiento trasero. Su cuello está inclinado, como si no pudiera soportar mirarme
mientras peleo mi necesidad de hacer una carrera por él desde el porche.
“Al menos siéntate al frente”, quiero decir.
Mi pecho empieza a temblar ―mi mentes se nubla― en cuestión de
segundos, inundaciones de humedad en los ojos, nariz, garganta y pulmones hasta
que soy un mar de sal líquida.
―No me dejes.
―Cariño, estoy aquí ―ahoga mamá, su voz tan rota como la mía―. Nos las
arreglaremos, tú y yo. Tu padre te hará saber dónde viven, e iras… iras a visitar.
―Ella está llorando ahora, porque los dos esperaron demasiado tiempo; para este
momento, mi papá la odia tanto que no puede soportar la vista de ella.
Me parezco a mamá, no luzco como Cugs o él. Soy mamá para mi papá, el
recordatorio de un matrimonio salido terriblemente mal. No, no me querrá
alrededor.
Él nunca me llamará.
—¡Cugs! ―grito. Sacudo a mamá de mis hombros y me precipito los dos
pasos al Chevy. Papá revoluciona el motor, pero jalo la puerta trasera abierta y
salto, asaltando a mi hermano.
Está tan pequeño, tan, tan pequeño hoy. Esta todo encorvado de hombros,
tristeza y dolor, y cuando fuerzo mi rostro húmedo contra su mejilla, su pecho se
estremece con las emociones contenidas.
―Cugs —murmuro. No me importa que lo voy a enojar aún más―. Por
favor, llámanos. Mamá y yo, nosotras…
―Paislee. ―La voz de papá es un látigo―. Sal. Del. Carro.
―¡No le hables a mi hija así! ―grita mamá, y ellos están en ello, en ello una y
otra vez y otra vez y otra vez.
Miro fijamente los ojos de Cugs ―los ojos de papá― sólo hay dolor en los de
Cugs. Está asustado, y sus brazos cerrados a mi alrededor y me sostiene como si no
quisiera dejarme tampoco.
―Estarás bien ―susurro mientras papá me arrastra fuera y mamá grita
obscenidades a papá por detrás―. Llámame. Solo llama.
Su asentimiento es casi imperceptible. Lo veo, sin embargo, como veo todo
sobre Cugs.
―Te amo, ratita ―le digo mientras papá cierra de golpe la puerta entre
nosotros. Sostengo su mirada debajo de ese despeinado cabello de la mañana.
Se balancea de nuevo. Nuestro padre se menea hacia atrás en el asiento
delantero. Nos deja fuera de su mundo para siempre con el golpe de la otra puerta.
Se toma el tiempo para encender la música y la canción siempre me recordará a
ellos marchándose. Edelweiss. Papá y sus estúpidas, canciones antiguos. Edelweiss.

―¿Hola? ―dice mamá, agitando una mano―. ¿Te metiste en un fragmento


de película?
Me encojo de hombros.
―Cuando Cugs y ellos se fueron. ―A veces es mejor referirse a mi padre
como ellos―. Me gustaría que no hubieras dejado ir a Cugs.
―Cariño. ―Los ojos de mamá vacilan sobre su clientela antes de que vuelvan
a mí―. No vamos a ir allí de nuevo, Paislee. Si una persona no puede adoptar al
hijo de su cónyuge, no tiene voto incluso si ella lo cría. ―Baja su voz, mirando a
nuestro alrededor subrepticiamente como si estuviéramos hablando de noticias y
secretos―. Tuve la suerte de que tu padre no disputó mi custodia exclusiva de ti.
―Pero Cugs era un bebé cuando vino a nosotras. Él siempre estaba con
nosotras ―me repito. Ivy no es un buen lugar para el asunto, y mamá y yo hemos
hablado de esto muchas veces. Lo último que necesita es otro recordatorio de la
infidelidad de papá. De la pérdida de un hijo que ella había tomado como suyo.
―Me gustaría que no hicieras los fragmentos de película ―dice mamá,
simplemente―. ¿No puedes apagarlos?
―¿Mi Netflix interior? ―bromeo―. Sabes que no puedo, mamá. Trata con
ello.
Se inclina sobre el mostrador, sobresaliendo su barbilla hacia mí.
―Cariño, eres la que tiene que lidiar con ello. ―Traga, tranquila antes de que
pregunte lo que pregunta demasiado a menudo. Esta vez hay más esperanza en su
voz que me gusta―. ¿Te has… has puesto en contacto con él?
Niego con mi cabeza rápidamente para que pueda sofocar sus esperanzas
antes de que se hinchen. La caída es más dura cuando se comienza a creer. Los
malentendidos han hecho mella en nosotras dos en momentos diferentes,
pensando que la otra había oído algo.
Amaría ver finalmente a mi hermano otra vez, abrazarlo, sostenerlo como el
hombrecito que todavía es para mí. Cugs podría ser tan alto como papá por lo que
sé, pero sigue siendo el bebé de la familia.
Ellos viven en algún sitio en Florida, estamos bastante seguros. Papá se
volvió a casar con una mujer mucho más joven, la regla para los hombres
divorciados, de mediana edad, y su nueva esposa trató de llegar a mí. Pero eso fue
hace cuatro años. Aunque recibimos una dirección real por primera vez, ni papá ni
Cugs jamás respondieron a nuestros intentos de conexión.
―Voy a tomar unos días de vacaciones mientras estoy allí ―digo con una
voz que es clara y sin obstáculos por los pasados y penas―. ¡Voy a ir a echar un
vistazo a la playa!
Ella saca un aliento excitado, cepillando su mente de dudas también. Es lo
que hacemos. Es como sobrevivimos.
―¿De verdad? ¿Tienen una playa donde vas?
―Es Florida. Hay playas en todas partes.
Ella se ríe de eso, no corrigiéndome, y mi cara tironea de nuevo en una
sonrisa.
*
Son las 3 a.m., y estoy despierta porque soy estúpida. En unas pocas horas,
tendré que levantarme, vestirme, e ir al aeropuerto.
Durante los últimos cinco días, he reflexionado sobre todo lo relacionado con
este viaje, desde bebidas en vuelos hasta el paradero de mi hermano. Localicé su
escuela secundaria a través de búsquedas en Internet, por suerte es un
desalentador viaje de tres horas desde el lugar donde me quedaré. Lo que no he
hecho es permitirme pensar en Keyon, que es probablemente la razón por la que he
estado soñando con él.
Tampa está a sólo treinta y cinco minutos de Calceth, y en este último sueño,
había considerado los pros y los contras de agarrar el coche de alquiler que el viejo
me consiguió y dirigirme allí. Terminé yendo al gimnasio de Keyon y estuve de pie
fuera por un minuto, trabajando el valor para entrar.
La ansiedad de la noche me abruma; gracias a Dios que fue sólo un sueño,
porque lo había hecho, había entrado en el lugar. Desde detrás de un mostrador, la
chica recepcionista levantó la vista de frotar los hombros de algún luchador, y sólo
por su mirada, sabía cómo de indeseable era mi presencia.
―¿Puedo ayudarle?
―Estoy aquí por Keyon. Soy su amiga ―dije, sintiendo cómo vio
directamente a través del verdadero yo, la puta de la ciudad de algún lugar al azar
en el norte.
―¿En serio? ―Desdén apretó sus rasgos―. No creo que él mantenga amigos
como tú, pero sin duda puedo preguntar.
Quería dar marcha atrás, decir que había cambiado de opinión, pero las
palabras se atascaron en mi boca. Ella se marchó antes de que pudiera detenerla,
dejando a su luchador-mascota para flexionar músculos y untar aceite corporal
sobre su pecho.
Tomó su basura y la empujó en mi dirección.
―No te preocupes. Te daré lo que viniste a buscar. El baño está allí, allá, si
eres de la clase privada.
Lamento que hubiera permanecido dormida el tiempo suficiente para
presenciar a Keyon cruzar sus brazos en la entrada. Se quedó allí, mirada
desprovista de emoción mientras me miraba, y es curioso cómo los sueños pueden
ofrecer reacciones perfectamente realistas; di dos pasos hacia atrás, cubrí mi boca
en vergüenza, y escapé por la puerta.
Vislumbro mi huevo en la mesita de noche. Enciendo la luz para que pueda
tomar consuelo de los cristales brillantes sobre el esmalte azul de medianoche.
Como siempre, hace algo en mi pecho. Mis pulmones, tal vez mi corazón, se
sienten grandes bajo mis costillas cuando recuerdo cómo Keyon habló de mi valor.
Lo tocó para abrirlo, cáscara por cáscara. Pelar una pieza exquisita de joyería
no usable tras otro y alinearlos encima de las tapas. Mis ojos aún no están del todo
abiertos, pero veo lo suficiente para sentir un cambio en mi estado de ánimo.
Ese pequeño, el pequeño corazón rojo, me da el mayor consuelo. Fundado en
la opinión de Keyon de mí, y en la utopía de él teniendo razón, hace a mi felicidad
rebosar, como ahora cuando parpadeo líquido de un ojo y levanto esta pieza de
perfección a mis labios para un suave beso.
Envolver el corazón de vuelta a sus madres ovoides se ha convertido en un
ritual que es tan relajante para mí como mirarlo. Me encanta cómo cada capa
proporciona otro refugio a prueba de balas, metiéndola lejos del mundo y de la
posibilidad de romperse.
En la ducha, decido que no voy a ir a Tampa.
En el avión, me doy cuenta de que es cortesía común decirles a tus amigos
que estarás en su ciudad. Cuanto más lo pienso, más ansiosa me pongo.
Con los nervios llegan pensamientos caprichosos; estaré en el sur durante
cinco días enteros. Eso es mucho tiempo cuando no estás acostumbrado a viajar,
cuando no conoces a nadie, y no tienes planes, además de la medición de una
habitación.
La iluminación, me recuerdo. Tengo que volver a diferentes horas del día para
medir la cantidad de luz que entra por las ventanas en el lugar. La luz decidirá la
cantidad de oro que pondremos en nuestra solución.
El viejo me paga por tres días de trabajo. Estamos esperando por diferentes
tipos de tiempo para que pueda medir la luz no sólo por la mañana y noche, sino
también en nublado, en la lluvia, y bajo un sol radiante también. Después, el viejo
ejercerá su magia en los productos químicos para crear las superficies perfectas
para las condiciones de Markeston.
Pido un Bloody Mary a la azafata tan pronto como despegamos. Los asientos
son estrechos. El avión tiene un olor extraño que está pegado a las paredes de mi
nariz, pero tengo un asiento de ventana y los vídeos de YouTube no habían hecho
justicia a las nubes en absoluto. Estoy en el temor de la naturaleza.
Pido un segundo Bloody Mary. Pronto estoy achispada y relajada. El viaje es
largo, me recuerdo. Voy a estar bien cuando aterrice, lo cual es bueno, porque mi
coche de alquiler estará esperando.
En un impulso, pago por el acceso a Internet de mi asiento y envío a Keyon
un texto. Le digo dónde aterrizaré y cuánto tiempo me quedo. Le digo que sé que
está ocupado ―totalmente bien― sólo quiero que sepa dónde estaré.
Disparo el mensaje una vez que está positivamente coherente, y luego me
asusto porque es necesitado y extraño e inseguro y todo lo que he sentido desde
que se fue. Así que decido no volver a leer el mensaje. Apagué mi celular y lo metí
en mi bolso.
Keyon
El aeropuerto Calceth es el aeropuerto más enano. Las plazas de
estacionamiento estás tan cerca de la zona de llegadas que podía llegar allí
andando de rodillas. No es que lo hubiese considerado. Me lleva medio minuto
llegar a la puerta giratoria y estoy allí, justo donde los pasajeros se encuentran con
los que dan la bienvenida.
Cancelé la salida a Stripes con Zeke y los chicos después del extraño mensaje
de Paislee. Estaba parloteando en él, no sonando como ella misma. ¿Quién
demonios parlotea en un mensaje de texto?
Está viniendo a Florida por trabajo, dijo algo sobre medir la casa de algún
tipo. Me hizo pensar, porque con la forma que ella lidia con los tipos, será mejor
que él tenga una esposa cerca, si no, Paislee será la follada más fácil que tendrá
nunca. Así que aquí estoy, solo asegurándome.
Un rápido vistazo al panel muestra que su avión aterrizó hace diez minutos.
Meto las manos en los bolsillos mientras la espero en las escaleras mecánicas, dos
altas subiendo, cerca de una escalera normal a la derecha.
Pinturas coloridas de lo que Calceth tiene que ofrecer están salpicadas sobre
sus enormes paredes de azulejos de cerámica. Mi suposición es que el trabajo
artístico es cortesía del Instituto de Arte de Calceth. Salí con una chica de allí
durante un minuto. Literalmente.
Me yergo mientras la gente empieza a salir del pasillo de la izquierda. Se
amontonan lentamente y empiezan a descender uno a uno, ninguno usando las
escaleras normales. Están frente a ellas, aburridos, como si hubiesen acabado con lo
de viajar por hoy.
De momento solo hombres. Me pregunto si Paislee se sentó al lado de alguno
de ellos. Entonces pienso que probablemente ellos le pidieron el número. ¿Lo da o
normalmente simplemente se da ella misma?
Pequeños puntos rojos aparecen frente a mis ojos y respiro lentamente, lo que
hago cuando estoy en modo de pre-pelea. Ayuda a mantener el fuego sin dejar que
la rabia crezca tanto que me domine. Suelto el aire lentamente entre dientes.
Ahí está. No tengo ninguna duda de que es ella incluso a distancia. Es
pequeña en la cima de las escaleras pero su presencia llama la atención de un
hombre que no hacía cuando teníamos dieciséis años.
Veo a hombres de negocios apartarse a un lado haciéndole gesto para que
pase primero. Ella asiente, articulando gracias. Son respetuosos, como deberían.
Interesados, como no deberían.
Saco las manos de los bolsillos. Cerrándola cuando cruzo los brazos sobre el
pecho, no necesito ponerme de puntillas para ser más alto, pero me encuentro
haciéndolo de todos modos.
Las curvas de su cuerpo, los mechones de cabellos cayendo sobre su pecho…
es lo que me hace hacer cosas raras. Eso y el hecho de que es Paislee.

Paislee
¿Ese es Keyon al fondo de la escalera?
¡Jesús!
¿Está…? Oh Dios mío, parece enojado.
Maldita sea, no tiene que ser mi niñera mientras estoy aquí. Le había dicho,
¿creo?, que no quería interrumpir sus planes.
¿Cómo borro mensajes de texto de un iPhone?
No quiero volver a leer los míos.
Hablo educadamente con algún tipo de negocios en nuestro descenso.
Menciona dinero heredado y una carrera exitosa, estar soltero, culto y cosas de ese
estilo. Estoy tan centrada en Keyon que es duro concentrarse, así que sonrío y
asiento. Bato automáticamente las pestañas y aprieto los labios en los lugares
correctos.
Mi mente hace giros locos cuando estoy nerviosa, Keyon tensa los brazos
sobre su pecho. Lo que hace que sus brazos se abulten y me pregunto si sabe lo que
eso hace a las chicas como yo.
Sus vaqueros parece caro y hechos a medida de su cuerpo. Dios, sus muslos.
Recuerdo cómo se sentían. Realmente odiaría si estuviese enfadado conmigo.
Tengo que dejar de pensar.
Un paso más y estamos abajo. El tipo de negocios de verdad se gira para
estrecharme la mano, pero Keyon es rápido. De repente, está allí, me toma de la
cintura y todas las señales de él estando enfadado se han ido. Me gira en el aire,
desafiando a la gravedad porque no soy un peso pluma y le brillan los ojos de
felicidad al verme.
Me da vueltas, ignorando al tipo que está hablando, y gritando:
―¡Aquí estás, nena!
Me derrito. Dios, no tengo ni idea de qué está pasando, pero es tan dulce y no
puedo creer lo bien que se siente escucharle decir nena.
Cuando me deja en el suelo, no me deja ir muy lejos. Es como que me está
empujando bajo su brazo, encajando juntos como piezas de rompecabezas.
―Tú ―dice, besándome la sien. Tengo el impulso de girarme hacia él así esos
labios estarían sobre los míos.
―Espero que tengas una gran visita ―ofrece el tipo de negocios real con una
educada inclinación de cabeza.
―Gracias, señor ―contesto, más formal de lo que fui con él en el avión―.
Fue genial conocerle. Va a hacerlo genial en esa, eh, fusión ―sugiero. Debí acertar
en algo, porque su sonrisa se hace más real.
―Gracias. ―Asiente de forma seca a Keyon. Sigo su mirada y me encuentro
unos ojos heladores. ¿Keyon está celoso? Quiero chillar ante el pensamiento.
Rodeo la cintura de Keyon y lo acerco más a mí.
―Gracias por encontrarte conmigo aquí ―murmuro, hundiendo la nariz en
su pecho. Está caliente, la forma en que recordaba en mis películas. Muy
agradable.
No contesta hasta que el tipo real de negocios se aleja y estamos solos.
―Después del mensaje que me enviaste no podía correr ningún riesgo
―contesta entonces―. En serio, Paislee, ¿qué tomaste cuando escribiste eso?
―Umm, un par de Bloody Marys, ¿tal vez? ―murmuro.
Las pocas veces que hemos hablado por teléfono desde que se marchó, Keyon
ha sonado distante, breve y directo al grano. En los mensajes de texto ha sido
menos comunicativo. Pero ahora me está rodeando con los brazos, manteniéndome
a salvo y guiándome a la zona de recogida de equipaje y su cambio es mucho que
asimilar.
―Lindo ―comenta a mi confesión de Bloody Mary, lo que suena divertido
viniendo de alguien tan masculino. Cuando levanto la mirada sus ojos son suaves
y Dios, Dios…
Cierro los ojos, preocupada.
―¿Qué? ―cuestiona. Fue sencillo en Rigita, sabiendo que se marcharía en
unos días. Probablemente ambos nos sentimos igual. Tal vez incluso es menos
complicado en Florida. Él es el que vive aquí, no yo, nuestros padres y toda mi
maldita ciudad. ¿Querrá que tengamos lo que tuvimos en Rigita los días que me
quede aquí?
¿Querría yo?
Infiernos sí, lo querría. Tener algo más por una vez, algo que durase días, no
es un paso en la dirección incorrecta.
―Nada ―contesto―. Solo estoy sorprendida de verte aquí. No me voy a
quedar en tu ciudad, lo sabes, ¿verdad? Por qué aterricé en Calceth y no en Tampa
―balbuceo.
―Soy consciente. ―La capucha de la chaqueta con relleno polar de Keyon
deja el atisbo de una sombra sobre sus ojos. Pestañea lentamente, esperando que
siga y desearía tener la confianza que él irradia.
―Tengo un auto alquilado esperando por mí ―indico.
―Lo tienes ¿eh? ―Sacude un poco la cabeza sin romper el contacto visual. Se
me está empezando a cansar el cuello de levantar la cabeza hacia él, pero no puedo
romper nuestra conexión. Se siente como que le he echado de menos más en estas
dos semanas que la primera vez que dejó Rigita―. ¿Tienes un hotel allí?
―pregunta.
―Sí, el Admiral Inn.
―Qué tal si hacemos esto. ―Gira la muñeca sobre mi hombro y mira el
reloj―. Son las ocho de la noche. Te mostraré el camino, conseguimos registrarte
en el hotel y puedes dejar el auto. Luego vamos por algo de comer. ¿Suena bien?
Me duelen las mejillas. Es divertido, porque realmente pensé que
simplemente había empezado a sonreír. Aunque supongo que es algo más que una
mueca, algo a lo que mi rostro no está acostumbrado. Keyon pasa la mirada sobre
mis rasgos y su propia boca se mueve en una lenta sonrisa.
―¿Eso es un sí?
―Sí, ajá ―logro decir. Keyon saca lo inimaginable de mí, nunca soy torpe con
los chicos. Rápidamente frunzo los labios, sabiendo que tengo labial puesto e
inclino las esquinas de la boca en mi sonrisa más reservada y seductora.
Keyon se ríe suavemente. No puedo decir si entiende que estoy actuando
para él. Parece feliz, al menos cuando suelta su agarre para tomarme de la mano y
guiarme hacia la cinta transportadora. Mi nueva maleta roja se tambalea hacia
nosotros, precariamente equilibrada entre una negra gigante y una vieja bolsa de
lona verde. Simplemente señalo. Veo a Keyon pasar la mirada de mi dedo a la
maleta correcta. Luego se la pone sobre el hombro con su mano libre y me guía a la
salida.
―Así que, ¿al Admiral primero y después pizza?
Me río tontamente, cansada, excitada, feliz.
―Trato hecho.
Keyon
He estado en un carril de una sola pista para aterrizar a Paislee en mi cama
desde que se bajó del avión. No es que estuviera planeado, pero la convencí de que
Pizza Pazza en Tampa es mejor que la de Mamma Lucia en Calceth. Le hablé de
Simon durante la cena, una cosa llevó a la otra, y aquí estoy abriendo la puerta a
mi dúplex y dejándola entrar primero.
No ha comentado sobre la forma en que llevamos su coche a su hotel, que ella
básicamente depende de mí y mis caprichos. Pero oye, estoy jodido también; no
fue mi decisión tener a alguien llenando mi cabeza, y no pedí que esa persona
viniera a Florida.
No hemos hablado sobre el horario de mañana, pero voy a la casa del tipo
rico con ella. Podría ser un total monstruo por todo lo que sé, por lo que no está
enfrentándolo sola.
―Oooh ―susurra a través de una reverente bocanada de aire como si nunca
hubiera visto un gato antes. Simon está jugando también, deslizándose alrededor
de la esquina con toda la gracia del universo, acariciando el marco de la puerta con
su cadera antes de serpentear hacia nosotros―. Es taaaan hermoso.
―No es más que un gato negro de edad regular de la calle ―digo, pero por
el guiño que me dispara, no se lo cree. Ella me lee de nuevo también―. Está bien,
Simon es impresionante. En lo alto, la mejor piel de todas.
―¿Piel? Idiota. ―Se ríe mientras lo acaricia desde la parte superior de su
cabeza y hacia abajo a la longitud de su cuerpo y cola. Simon se levanta, feliz. En
cualquier momento, va a subir el volumen de su máquina de ronroneo―. Wow,
ronronea fuerte.
Y ahí. Para un gato, está siendo inesperadamente predecible.
―Ama a las damas ―digo, lo que la hace reír más. Amo hacerla reír. Cuando
se levanta de nuevo, tiro de ella con un brazo, dedos extendidos a través de su
columna. Sus pechos firmes contra mí, y gimo un poco.
Ella sopla otra risa, todo culpa de Simon. Se ha vuelto a la parte en la
agenda en donde va a obstaculizar mi estilo. Sus ronroneos nos llegan desde el
suelo, y pasa dentro y fuera de entre nuestras piernas.
―No le hagas caso. Mírame a mí ―le susurro. Dejando mi pulgar y mi índice
deslizarse sobre su barbilla. La diversión se aleja de sus ojos cuando ve que voy a
los negocios. Me estoy endureciendo.
Ella chilla. Luego ríe fuerte.
―¡Simon, para! ―digo exasperado, y me doblo para desenganchar las garras
de la tela sobre sus rodillas―. Lo siento. Ves como es ahora, ¿verdad? Simon es el
idiota en esta casa. Debería venderlo al mejor postor. Cincuenta centavos. Ahora
que pienso en ello, tengo cincuenta centavos en mi bolsillo ―digo, besándola por
el corredor―. Podría pagarle a alguien para que se lo lleve “un perfecto buen gato
con un año de comida de gatos gratis”.
Obviamente, estoy cavando mi propia tumba aquí. No hay amor caliente
cuando tu chica se ríe tan fuerte que está a punto de orinarse encima.
―¡Oh Dios mío! Pobre gatito. Simon, deberías venir a vivir conmigo. Tu
padre es un lunático.
Simon no se da por aludido. Ahora está en la cama a donde estoy tratando de
dirigirla, su cola en alto y con sus ojos brillantes fijos en nosotros.
―Simon, ¡fuera!
―Oh, pobre bebé. No digas eso. Él puede estar aquí también ―dice. Gimo y
miro ferozmente a mi compañero de habitación, que maúlla graciosamente en
respuesta.
―Pero él es un bloquea pollas. Y no deja que las chicas duerman. ―Mi propia
voz suena esperanzada en la última frase. ¿Tal vez me permita sacarlo ahora?―.
Le podríamos dar alguna buena comida extra mojada por ahí en la cocina, y…
Paislee me da un codazo en el estómago, y la dejó inclinarme en la cama.
―Estás exagerando. Estoy segura de que lo manejaremos. ¿Cuán malo puede
ser?
―Malo ―murmuro mientras ella asciende por encima de mí y se instala en la
parte superior de mi entrepierna. Levanto mi pelvis, mostrándole cuán preparado
estoy. Se le entrecorta la respiración, y…
Simon trota lentamente sobre mi pecho, su cola rozando su nariz en una
caricia larga durante toda la travesía.
Paislee se deja caer sobre mí, su cuerpo temblando de risa.
―Vaya, él realmente es otra cosa.
―Oye ―digo, ahuecando su cabeza y metiendo mi nariz contra su cuello―.
Voy a sacarlo ahora, ¿de acuerdo? Luego podemos abrirle más tarde para que
pueda asegurarse de que las chicas no duerman, ¿está bien?
―No tengo idea de lo que eso significa, pero estoy empezando a pensar que
debo confiar en ti.
―Nunca ha sido un mejor momento.
Una vez que la puerta está cerrada, ella luce diferente.
No está más juguetona y el color de sus ojos parece más claro para mí. No se
ríe. No invitando o seduciendo. No, Paislee está jugueteando con el edredón como
si no estuviera cien por ciento segura de esto.
Hay un pequeño gruñido creciendo en mi garganta al ver su expresión; la
indecisión femenina es la única cosa más sexy en el mundo, y la veo tan pocas
veces. Mis bolas crecen en anticipación. Dejo caer mi pantalón al suelo y veo que
sus ojos se ensanchan con trepidación. No es temor, sin embargo. ¿Creo?
Anticipación, seguro. Ella está desabrochando su pequeño pantalón, lo que hace a
su pecho subir y bajar rápidamente.
Bajo frente a ella Pasando mi dedo y llevándole a la V de su cuello. Ella se
retuerce un poco, apartándome, pero la tomo por la cintura e invado su boca con
mi lengua.
―¿Estás bien, bebé? ―dejo salir.
―Keyon…
Chupo otro beso en su boca, con fuerza, haciendo que su cuerpo dé contra mí.
Ella cae de nuevo sobre sus codos, la cabeza en alto y los labios aceptando los míos
con cada beso áspero. Dios, su boca es tan deliciosa que sueno como que la estoy
comiendo. En cierto modo lo estoy. Mierda, y quiero comer más de ella.
―¿Qué pasa? ―le pregunto ante su vacilación―. ¿Tienes el período? No me
importa un poco de salsa de tomate en mi salchicha. ―Jadeo, moliendo mis
caderas contra ella y haciendo tartamudear su respiración.
La cosa más sexy alguna vez.
―No, yo sólo… ¿Tómalo con calma conmigo?
Estoy ocupado tirando de su parte superior por encima de su cabeza, los ojos
pegados a la redondez de su pecho a través de su sujetador transparente. Oh,
jódeme, tiene algún tipo de patrón en sus pezones.
―¿Qué estabas diciendo? ―Presiono las palmas de mis manos contra su
estómago, presionándola contra el colchón por el simple placer de sentir su carne
apretándose en mis manos. Es abrasadora por haber sido escondida bajo su jersey.
Me agacho para mordisquear su vientre. Beso más, murmurando sobre lo sexy que
es, lo mucho que la deseo.
―¡Keyon! Te dije “tómalo despacio conmigo”. Tú eres… eres…
Me siento y la miro. No tengo ni idea de lo que está hablando. Su cuerpo está
atrapado entre mis piernas. La tengo donde yo quiero, exactamente como la
quiero. Sólo su pantalón necesita irse también.
Su respiración todavía es rápida. Disfruto un poco de preocupación por parte
de una chica, ¿pero eso es pánico en sus ojos?
Suelto mi agarre en sus muñecas. Pasando un dedo por su oreja y bajando
por su cuerpo hasta su ombligo. Me toma un momento decir las siguientes
palabras. Están ahí, pero no me gusta la forma en que me hacen sentir. Finalmente
las digo de todos modos.
―¿Tienes miedo de mí, Paislee?
―No. No, no miedo. ―Sus pulmones bombean aire tan rápido que no puede
ser saludable.
―Detente. Estás hiperventilando. ¿Por qué? ¿Alguna vez te herí?
Y luego, así como así, se echa a llorar.
Gimo, cayendo de espaldas a su lado, y tapo mis ojos con mi brazo.
―¿Qué está pasando? No lo entiendo.
―No eres tú. Bueno, lo eres, pero, Keyon, ¿nadie te ha dicho que eres un poco
demasiado cuando haces el amor con una chica? Por lo menos conmigo, lo eres.
Tú…
Estoy en silencio, esperando, ¿porque qué se supone que tengo que decir? El
amor es violento. Es una pelea. Es sumisión. Soy el vencedor, el hombre que queda
de pie cuando la mujer se desmorona después del orgasmo debajo de mí mientras
me adentro en ella con mi último gran esfuerzo y golpeo la madre de las
profundidades para aliviarme a mí mismo. Pensé que ella sabía cómo funciona con
los chicos.
―¿Con cuántos hombres te has acostado, Paislee? ―pregunto.
Se pone rígida junto a mí.
―¿Qué tiene que ver eso con nada?
―Sólo dime.
―¿Con cuántas mujeres te has acostado?, ¡idiota!
Me encojo de hombros contra la almohada y dejo que mi brazo se deslice
fuera de mi cara para mirarla.
―No puedo decir que las haya contado.
―¿Así de muchas, huh? ―escupe. Lo que me sorprende.
―¿De verdad? ¿Estás molesta por la potencial cantidad de mujeres con la que
me he acostado?
―¿No es así?
―Está bien, voy a hacer una conjetura. Diría que en algún lugar entre las
cincuenta y cien.
―Jesús, Keyon. Eres un puto.
Eso me hace reír. Su pequeña mano se extiendo sobre mi estómago,
sintiéndolo temblar bajo sus dedos. La arrastra bajando por los rizos que conducen
al elástico de mis calzoncillos. Dejo de reír y siseo una respiración mientras ella
lentamente se levanta.
―¿Podemos hacerlo a mi manera? ―pregunta en voz baja.
Mis ojos se abren de repente. Me siento bien, muy bien, y estoy cerca de esa
etapa en donde un tipo está a punto de estar de acuerdo con cualquier cosa con el
fin de que se moje.
―¿Qué, quieres que te deje estar a cargo?
―¿Por favor? Quiero mostrarte.
Mi polla se contrae ante la idea de que le muestren cosas. Mi cerebro no está
todavía seguro. El impulso de conquistar ―ganar sobre ella― guerras con unas
pocas células cerebrales diciéndome que escuche y deje que la dama se salga con la
suya.
Gimo de nuevo. Mis caderas subiendo para obtener más de sus delicados
dedos en mí.
―Déjame, por favor ―susurra, y eso lo logra, porque, ¿quién dice que no
cuando una chica te pide permiso para follarte?
―Hazlo. Por favor, compláceme. ―Meto una almohada debajo de mi cuello y
encajo mis manos detrás de mi cabeza para una vista privilegiada de sus
actividades.
Ella sonríe una sonrisa de zorra, sus pestañas bajas y la punta de su lengua
equilibrándose entre sus dientes. Luce traviesa. No más recelosa. Y es tan
condenadamente atractiva que gruño cuando saca mis calzoncillos, apoyando sus
manos contra mis caderas, y baja la cabeza sobre mi polla.
―Quítate el sujetador ―demando. Ella no tiene ningún problema en
obedecer, y me doy cuenta que he encontrado otra manera de controlar la pelea del
amor. Maldición, es agradable cuando obedece―. Muéstrame tus tetas ―susurro,
mi voz ya áspera. Se muerde el labio y las sostiene juntas, empujando hacia
arriba―. Tu pezones, bebé. Apriétalos para mí.
Lo hace, y me empuño a mí mismo. Tiro de mi miembro y veo su mirada
caliente y siguiendo mis actos lascivos.
―Déjame complacerte.
Me levanto por mi estómago, todavía apretando mi polla y mirando fijamente
sus ojos.
―Pierde el resto de tu ropa primero, Paislee. Necesito verte toda.
Ella se pone de pie, sin vergüenza y menea sus caderas fuera de sus vaqueros.
Su coño es el triángulo más pequeño de vello negro llamándome.
―Sube a la cama ―le digo. Ella se arrastra, malentendiendo―. No, párate.
Dame la mejor vista que un hombre puede tener.
Su respiración se hace un tartamudeo más rápido, parece que le gusta cuando
le hablo sucio. Voy a recordar eso para cuando la esté empujando sobre el borde.
Joder sí, voy a tenerla gritando.
Paislee se levanta y se balancea precariamente en la parte superior de la
almohada suave, desnuda y hermosa, sus muslos temblando mientras da pasos
hacia mi cuerpo con un pie a cada lado. No se detiene hasta que está sobre mis
hombros, justo donde la quiero. Agarro sus pantorrillas y las deslizo hacia arriba
hasta tomarla justo encima de sus rodillas. Me gustaría poder llegar a los pliegues
suaves por encima de mí.
―Ah, eres preciosa. Mírate ―susurro―. Abre para mí.
―¿Abrir?
Estoy seguro de que entiende lo que quiero decir, por lo que sólo asiento
animándola una vez. Y ahí está, dedos blancos extendiéndose a sí misma
cuidadosamente por encima de mí, revelando un rosado bonito que ya está
húmedo.
―Maldición ―digo, acariciándome a mí mismo y mirando―. Húndete sobre
mí.
Ella trata de deslizarse hacia abajo, pero tomo sus piernas de nuevo y empujo
contra la parte superior de sus rodillas.
―Quiero probarte, cariño.
―Caray ―se las arregla para decir. Luego hace lo que yo quiero. Baja en sus
rodillas y presiona su dulzura en mi cara.
El fuego se levanta sobre mí. Mis dedos muerden sobre su culo y la fuerzo
sobre mi boca. Quiero devorarla entera, lamer y chupar cada pliegue, cada
superficie resbaladiza, su fragante superficie hasta que tiemble sobre mí y estoy
rugiendo de necesidad de empujar dentro de ella.
―No… detente.
¿Detenerme?
―Joder, no. Sin detenerme ―digo.
―No, quiero decir… ¿puedes tener más cuidado?
Mis manos se congelan en su trasero. Poco a poco, mi mente con sexo capta lo
que está diciendo. Aflojo mis manos de ella, pero mi respiración se incrementa
exponencialmente, porque…
Frustración.
No lo entiendo. Ella no va a permitir que esto suceda, ¿verdad?
Sus caderas se mecen lentamente sobre mí, su hendidura trabajando en mi
boca. Lamo tentativamente, y saco un suspiro de felicidad de ella. Se baja un poco
más, lo que me permite un mayor contacto entre nosotros. De acuerdo… está
disfrutando de esto.
Chupo su clítoris en mi boca, pero lo mantengo suave. Ella se estremece de
buena manera. Doblo mis brazos alrededor de la parte baja de su espalda y tiro de
ella hacia mí. El tirón es un poco duro, al parecer, porque se pone rígida en mis
brazos en un primer momento. Luego se desliza hacia abajo por encima de mí,
dejando un camino húmedo y elevando escalofríos en mi cuerpo hasta que me
tapa.
Antes de que sepa lo que está pasando, estoy dentro de ella. Aprieto mis ojos
cerrados, soportando el placer y palpitando por más.
―Oh, bebé…
―¿Bueno? ―pregunta en mi oído. La encierro en mis brazos y me muevo con
ella, lo que me permite establecer nuestra velocidad.
―Tan. Bueno. ―Sueno ahogado, y es la forma en que ella se abraza a mi
alrededor lo que lo hace. No hay velocidad, no hay batallas de voluntades,
ninguna fuerza persiguiendo el orgasmo. Todavía es malditamente increíble.
Especialmente cuando ella me enlaza en el interior de su cuerpo y se desliza hacia
abajo tan lejos que no puedo, incluso…―. Mierda. ¿Paislee?
―Keyon…
―Mierda, creo que estoy a punto de perderlo.
―Puedo sentirlo.
Eso es la última gota. Lo pierdo cuando dice eso. Con suaves gemidos en mi
oído y un temblor alrededor de mi polla, me rindo y golpeo dentro de ella, usando
la fuerza, levantando el pie del colchón, llenándola desde el fondo. La aprieto tan
duro como mi cuerpo ansía mientras gruño mi liberación.
Cuando bajo de nuevo, gastado, abro mis ojos lentamente para comprobar si
estamos bien. La última cosa que quiero ver es a sus ojos brillando con estrés, ya
que lo perdí y llegué a ser tan duro con ella otra vez.
Lo intenté. Fue demasiado al final. ¿Qué puto pelele va a acostarse sobre su
espalda, con los brazos a sus costados y con educación temblar a través de su
clímax? Yo no. Si ella quiere un mariquita por amante, ha llegado al lugar
equivocado.
Pero su mirada se encuentra con la mía, suave y líquida. No hay temor, no
hay terror, absolutamente ningún pánico.
―Vaya ―murmura, bajando su nariz en la mía y rozándolas entre sí―. Eso
fue una locura.
Le doy la vuelta tan rápido que chilla. La levanto lo suficiente para sacar el
condón antes de establecerme sobre ella, haciéndola toser. Entonces me acuesto,
duro a propósito y presionando su cuerpo profundamente en el colchón, porque
necesita saber que todavía estoy a cargo.
―Que hombre pesado eres ―dice ella.
―Claro que sí. ¿Así que te gustó? ―bromeo.
―Mm-hmm. Tú también lo hiciste.
―Eh ―digo, medio reprimiendo una sonrisa―. Estuvo bien.
Paislee
―¿Por qué hace eso? ¡Él es tan tonto!
―Debido a que puede, porque se sale con la suya con demasiada frecuencia,
y contigo alrededor, incluso más. ―Keyon ríe―. Ese gato no es bueno. Es un
completo malcriado.
Acaricio mi nariz en el suave pelaje de Simon, y ronronea con fuerza, para mi
entretenimiento, cree Keyon. Aparentemente, Simon ha sabido ganar el corazón de
las chicas incluso más rápido que Keyon. Mi corazón hace un pequeño salto,
mostrándome cómo el mío está muy avanzado.
―Así que un gato malcriado, ¿estás diciendo?
―Definitivamente un gato mimado.
Ayer en la noche, Keyon y yo decidimos que era más fácil para mí quedarme
a dormir. En la mañana, nos levantaríamos temprano, y me llevaría a Canceth.
Desde que Keyon no se ofreció voluntario, tome el asunto en mis manos antes de
que nos acostáramos y abrí la puerta para Simon. En palabras de Keyon, esto fue
“el punto más bajo de un error” y la razón por la cual casi no he dormido.
Todo empezó inocentemente con Simon durmiendo a los pies de la cama.
Pero tan pronto como suaves ronquidos salieron de Keyon, y yo estaba
durmiéndome en su brazo, Simon hizo su movimiento. Lentamente, merodeó por
mi cuerpo. Su primera parada fue en el hueco de mis rodillas. Se acurrucó allí y me
amasó a través de las mantas con suficientes garras para que doliera. Incluso
medio dormida, quería reír. Estaba demasiado cansada para hacer algo sobre sus
demostraciones, sin embargo, así que me quedé de nuevo dormida.
Simon hizo un nuevo movimiento, posiblemente en el momento que había
visto que yo iba de regreso a la tierra de los sueños, y la próxima vez que desperté,
tenía un gato de diez kilos en mi cadera.
Para el momento en que la alarma de Keyon sonó, Simon había utilizado al
menos media docena de partes de mi cuerpo como su canasta personal y ahora
estaba descansando en mi pecho, tan cerca de mi cara que tenía pelaje en mi
lengua.
―Desearía que tuviéramos más tiempo para más de ti ―murmura Keyon,
sensual en la mañana y dejando su mirada vagar sobre mí.
Niego con la cabeza, medio seria.
―Tengo un gran día.
―Paislee, mi pequeña mujer de negocios ―bromea Keyon, y sonrío,
gustándome la parte de “mi” demasiado. Sí, de repente, creo que debe ser
maravilloso ser de Keyon.

Me muerdo el labio para evitar hacer muecas; la postura de Keyon es la de un


guardaespaldas, pies separados, torso erguido y hombros cuidadosamente rectos.
Tengo que cubrir mi boca cuando pone su barbilla alta. Cielos, luce intimidante.
El hombre está mirando las puertas dobles frente a nosotros. Nadie las ha
abierto aún, pero Keyon está haciendo la Mirada-Hacia-Abajo, la que envió hacía
mí en Rigita, para mostrarme cómo asusta a los luchadores en el ring. En cualquier
minuto, esos gruesos puños van a estar cruzados sobre su pecho. Va a ser
amenazante y, para mí, sexy.
Es simplemente extraño que él se haya preocupado por mí. Quiero decir, ¿por
qué alguien se preocuparía y querría proteger a una humilde chica de alguna fría
ciudad pequeña que apenas está en el mapa? Yo no estoy en el mapa. Algo enorme
aletea lentamente en mi estómago. Por alguna razón, me hace pensar en bebés, en
cómo probablemente hacen eso, moverse con pereza como una cola de ballena en
contra de tus entrañas.
Estará bien, le gesticulo. La respuesta de Keyon es un ligero estrechamiento de
sus ojos dorados mientras acorta la distancia entre nosotros. Estoy empezando a
preguntarme si preferiría pararse frente a mí. El pensamiento es la última gota, y
me echo a reír. Lo cual es divertido también; con Keyon me es fácil entretenerme
que a veces me pregunto dónde se esconde el verdadero yo.
―¿Qué? ―dice, frunciéndome el ceño―. ¿Qué es gracioso?
Me pongo sería tan rápido como puedo. Claramente, el chico no tiene sentido
del humor esta mañana.
―Nada. Actúas como si el Sr. Markeston está a punto de tirar de mí y
golpearme a pocos centímetros de mi vida. ―Las pupilas de Keyon se dilatan con
alarma antes de mirar hacia abajo al largo camino de entrada a medio kilómetro de
nuestros autos―. No seas tonto. ―Estamos en el más amplio, más profundo
porche estilo plantación del sur que he visto en mi vida. Gruesas columnas, de un
kilómetro de altura, se extienden por encima de nosotros, y la casa en sí debe ser
del doble del tamaño que la Mansión Coral.
En el parque del frente, porque eso es lo que es, un loco parque puntea el
césped y el amplio camino de grava que conduce de nuevo a la cerrada puerta de
entrada. Docenas de pavos reales, todos varones de color azul brillante, se
pavonean. Tres fuentes de diferentes tamaños repletas con ángeles de mármol
chocan con los cuidados setos convertidos en figuras de Disney. Luego están todos
los perros sueltos.
No. Esos no son perros.
¿Viste los caballitos?, digo inaudiblemente.
Keyon hace un lento e irritado parpadeo antes de mirar a la puerta de nuevo.
Supongo que no debería estar interrumpiendo su concentración. Modo pelea.
La puerta se abre, y juro por Dios que lo que aparece es una criada
directamente de los primeros años de las imágenes en movimiento. Absorbo su
apariencia así ella se puede convertir en parte de un fragmento de película más
tarde. La mujer está hecha de blanco y negro. Todo, desde el uniforme, blusa negra
y falda a juego, el delicado delantal blanco atado discretamente con un lazo, a su
pálida piel, cabello negro y ojos. ¡Incluso tiene el adorno blanco en la cabeza!
―¿Sí, cóoomo puedo ayudarlooos? ―dice ella, deteniéndose en el sonido de
las “o”s por mucho más tiempo de lo que los americanos harían.
―Estoy aquí por el Sr. Markeston acerca de su salón de espejos. ―Mientras
termino mi solicitud, veo una ancha, peluda mano asentarse en el hombro de la
criada y darle un pequeño apretón. Ella casi se va de la puerta dando reverencias
dejando el centro de atención al recién llegado, algunas palabras dichas entre
dientes en su lengua nativa acompañan su retirada.
―¡Señorita Cain! ―exclama Richard Markeston, todo tembloroso con
emoción al verme―. Es bueno que hayas podido venir hasta aquí para conseguir
este proyecto empezado para mí. ―Pequeños ojos astutos se elevan y encuentran a
Keyon unos pocos centímetros por encima de él.
Sin problemas, él extiende la mano y dice:
―Mack, ¿verdad?
―No. ―La voz de Keyon sale desde lo profundo de su pecho. Quiero reír de
nuevo; me pone nerviosa ver chicos valorando el tamaño unos a otros.
Pero mi cliente no está comprando la hostilidad de Keyon.
―Oh, lo siento ―dice―. ¿A quién tengo el placer de conocer?
La postura amenazadora no parece alarmar a Markeston. O él no se da
cuenta, o solo es que es así de relajado que mira con fijeza a mi amigo con interés
no disminuido.
Una corazonada me dice que es la forma en que Markeston toma las nuevas
situaciones; con la cabeza alta y todo el camino con una actitud positiva. Sonrío.
No pasé tiempo con él durante su visita a Rigita, pero ya me agrada.
―Soy Keyon Arias, peleador de la MMA y novio de Paislee ―-se regodea
Keyon. Mete el brazo por delante de mí, tratando de alcanzar al Sr. Markeston,
quien lo agarra y sacude alegremente.
―¿En serio? ¿Un luchador de jaula en mi jardín? ¿Dónde entrenas?
―En Tampa. En la Alliance Cage Warriors ―acorta Keyon.
―Vaya, veo EFC religiosamente, pero nunca he conocido a un luchador en
persona. ¿Estás con la EFC? ―Tira de mi no-novio hasta que lo tiene lo
suficientemente cerca para estrechar su hombro y llevarlo dentro de su palacio.
―No aún. Pronto es el plan.
―Jesús. Así que, esto probablemente es un pregunta estúpida, aguántame;
soy un profano, ¿de acuerdo? ¿Cuánto tiempo toma para llegar a un knockout?
¿Terminas en el hospital durante largos combates a la vez? He visto a grandes
chicos en la EFC simplemente, ya sabes, desaparecer por un rato. Entonces
aparecen de nuevo, y ¡bam! Están de vuelta con toda su fuerza.
Keyon me envía una mirada rápida, las líneas alrededor de sus ojos se
suavizan mientras el Sr. Markeston nos deja entrar.
―Por aquí. ―Nos señala hacia adelante con dedos rombos. A pesar de su
cuerpo acolchado, el hombre gira sobre sus talones con una agilidad
sorprendente―. Déjenme conseguirles una bebida, luego les mostraré la
habitación.
―Keyon ―susurro detrás de ellos. Su enfoque flota de nuestro guía, de la
sorprendente y hermosa habitación que estamos atravesando, y se encuentra con
mis ojos con una de esas miradas firmes que sólo Keyon puede hacer.
―¿Nena? ―dice, esperando por más. Mi pecho duele un poco al oír usarlo
esa expresión fuera del dormitorio. Aunque es un buen dolor, casi quiero que se
detenga.
En la cama, las personas dicen cualquier cosa. He tenido hombres diciéndome
que dejarán a sus esposas y montones de hijos durante una cita. Esas son las
hormonas hablando, el calor del momento saliendo, ¿pero esto? Voy a estar lejos
de aquí tan pronto, y Keyon no dudará en tener otras “nenas” tan pronto como me
haya ido. No me lo puedo imaginar sin ellas. Y odio imaginármelo con ellas.
―¿Esto va a estar bien? ―pregunto, congelando mis caprichosos
pensamientos y volviendo a lo que necesito saber―. Puedo valerme por mí misma
si tienes que entrenar.
Sus pupilas se espesan como si le preocupara que le vaya a pedir que se vaya.
―Nah, estoy bien. Dawson estará tarde hoy. Su esposa tiene una cita con el
doctor ―agrega.
Creo que está mintiendo, y eso es incluso más dulce. Él falta por mí. Ni
siquiera sé cómo manejar la forma en que me hace sentir.
Fluyo a través de las habitaciones con el señor Markeston encabezando
nuestra excursión, mi mano envuelta con la de Keyon como si fuéramos una
pareja. Él es fuerte, cálido y me mantiene cerca, y no creo que alguna vez haya
estado así de feliz. Necesito acaparar cómo me siento para un fragmento de
película.
Mis fragmentos pueden ser una sensación en la actualidad. Una descripción
de colores, sensaciones y sonidos. En días grises, quiero recordar hoy, porque lo
que siento es brillante, hermoso y perfecto.
―¿Es demasiado temprano para bebidas de adultos? ―Markeston se sacude
en sus pies al lado de la piscina del tamaño de Las Vegas. No es que yo haya
estado en Las Vegas. Gira sobre un tacón mientras utiliza un pequeño control
remoto para abrir las persianas de bambú de un bar al estilo hawaiano.
―No, no es demasiado temprano ―digo y hace resoplar a Keyon en silencio.
Tal vez está pensando en mi vuelo de Bloody Mary.
―¿Y usted, señor? ―dice Markeston, ojos inocentes encontrándose con los de
Keyon.
―Seguro, ¿por qué no? Faltan horas hasta el entrenamiento ―miente Keyon.
―¿Cuánto falta hasta la gran pelea? ―murmuro sólo para sus oídos.
Frunce el ceño hacia mí.
―Cinco semanas, algunos días, y ninguno-de-tu-incumbencia.
―¿En Tampa? ―Markeston es observador. Lo que probablemente tiene
sentido, quiero decir, no acumulas sus riquezas haciendo caso omiso a lo que
ocurre a su alrededor.
―En realidad, esta es en la Ciudad de México ―dice Keyon.
Markeston hace gestos hacia la variedad de licores y vinos en los estantes
detrás de él.
―De todas maneras. ¿Cuál es su veneno de las mañanas?
―Whisky. Cualquiera que tengas, mientras no sea Glentromie ―es la orden
de Keyon.
Markeston ríe.
―No un tipo de escoses, ¿eh?
―Oh no, estoy bien con el escoses en general, pero Glentromie es un desastre
en tu vaso. Y en tu estómago.
Markeston gira, y de la nada, los dos son chicos traviesos. Se sonríen uno al
otro, se dan palmadas en los hombros por encima del mostrados, y mascullan
cosas como No es esa la verdad y Me gustan las resacas desde el infierno. Niego,
sonriendo.
A pesar de la conversación de la resaca, todos caminamos hacia el interior con
vasos gigantes, el mío conteniendo una bebida mezclada. Acepté un Capitán
Morgan con Coca-Cola, Dios sabe por qué, nunca la he probado antes. Y a mitad
de camino en mis mediciones y tomando fotografías en el salón de baile,
Markeston llama a una empleada con recargas.
―Ahora que has probado Capítulo 14 Sin Calentar, prueba este. Es
asombroso; cualquier cosa que los japoneses hagan son los mejores, incluso el
whisky.
Me asomo por encima del hombro y encuentro a Markeston inclinando una
botella en el vaso de Keyon.
―Whisky Yamazaki Single Malt Sherry 2013. Es cerca al indescriptible genio,
muy a pesar de algunos destiladores europeos que no mencionaré.
Keyon asiente. Sus ojos claros revolotean a los míos, y el beso que me lanza
por el aire me transporta a otro momento.

Inicio
―¡Woooh! ―dice Keyon, arrastrando la voz como un chicle. Con ojos
acuosos, parpadea contra el ventilador de techo en la oficina de su padre, el vaso
con nuestra última mezcla de la barra de papi medio inclinado en su mano.
―¡Estás borracho! ―articulo mal, no estando mejor. Pone su mirada a los
lados, entrecierra para enfocarse en mí, y ríe cuando no puede hacerlo.
―Essstá bien. Estaremos bien en la mañana ―me responde articulando
mal―. Papá esta fuera de la ciudad, y ma no estará en casa hasta tarde ―nos
recuerda una vez más, se sienta, y levanta un dedo como si estuviera a punto de
empezar un discurso.
Oh, mira, él es todo un payaso, creo, lo que me hace reír.
―¿Sabes lo que haría? ―pregunta.
―Nop. ¿Qué? ―respondo desde mi posición encorvada en la silla de oficina.
―¡Te lo haría a ti! ―Ríe tan fuerte que casi se cae del escritorio.
―Estás siendo un bebé. Detente ―digo, siendo seria.
―Porque eres reaaaaalmente linda.
―¡Para!
Se sienta recto en el escritorio y obliga a sus ojos a nadar sobre mí en lugar de
alrededor de la habitación o al techo. Su cara cae en pliegues exagerados, como si
estuviera en una obra de escuela que requiere una expresión muy seria. Una de la
que me reiría si no estuviera molesta por lo que dijo.
Keyon es mi amigo.
Personas que se lo hacen a otras personas son enemigos.
―No sé por qué estás molesta conmigo ―dice enunciando cada palabra con
toda su boca―. Sólo me gustas. No esss un crimen. Al menos te besaría. ―Se
sienta incluso más recto y cruza sus súper flacos brazos sobre su cóncavo pecho―.
Y algún día podría hacer eso.
―No, no, no lo harás.
―¡Já! ―Una expresión altanera se apodera de la cara de chica bonita de
Keyon―. Mírame. Algún día, cuando crezca, voy a besarte tanto que pedirás por
más.
Lanzo mi vaso vacío al suelo. Por desgracia, ningún brebaje de bruja o vidrio
destrozado sale de él. La superficie esta alfombrada, por lo que sólo rebota y se
queda ahí, pero aún digo:
―Lo que sea, Keyon. Nunca pasará.

Fin
Medio año después, Keyon me besó. Sin saberlo, me enseñó acerca de la
ternura y la adoración, y cómo hombres y estaciones de tren no necesariamente se
combinan. Keyon no me besó mucho, pero dejó una huella azucarada en mi
paladar que se convirtió en un fragmento de película.
*
El día en el lugar de Markeston continua. Keyon no hace un movimiento
hacia la salida, de lo que estoy feliz. Lo quiero allí, con nosotros, así que no le
pregunto sobre su horario de entrenamiento de nuevo.
Antes de que sepamos lo que nos golpea, los tres estamos tremendamente
ebrios y Markeston va a través de su TiVo por los destacados de la EFC.
―¡Tengo que mostrarte este! ―le grita a Keyon, porque al parecer, Markeston
es un gritón cuando está borracho―. ¡Es la llave de cabeza, hombre! Si no hubiera
sido por la llave de cabeza, ¡la-que-sea-su-cara habría ganado!
―Pero le tomó por siempre golpear, mira, y hay maneras más rápidas de
hacer esa mieeerda. ―Reconozco la manera en que Keyon arrastra ciertas palabras.
Me da una sensación cálida en el estómago ahora que acabo de revivir un ebrio
fragmento de película protagonizado por él.
Para el momento en que el sol se pone, la empleada nos ha servido canapés
repletos con todo tipo de carnes, verduras y quesos, y ahora está haciendo una
gran cena de pasta.
Estoy cansada. Muy cansada. Y aún martillada porque Markeston “no se le
ocurriría dejar a sus invitado con silbidos secos”.
Alzo mi dedo, recordando de pronto.
―¡Lucesss! Voy a medir la iluminación ahora. Esss la puesssta del sssol.
―Vaya. Tengo que ir fácil. ¿Puedo incluso tomar medidas exactas en este estado?
Keyon se para, apenas balanceándose, a diferencia de mí. Me agarra cuando
estoy a punto de caerme, y ambos reímos como los niños que solíamos ser.
―¿Recuerdas el bar de tu padre? ―digo en camino al salón de baile.
―Sí. ―Pone una sonrisa―. ¿Recuerdas lo que te dije? Estabas enojada.
―Aún sigo enojada por eso ―bromeo―. Bueno, tú ya hiciste tu misión. O no.
Porque nunca rogué por más.
―Claro, los besos no es por lo que ruegas. Usualmente gimes algo como,
“¡Por favor, más profundo, Keyon!” y “Ah, muy bueeeeno”.
―Cállate ―digo, mis mejillas calentándose a pesar del alcohol en mi sangre.
―¿Tienen lo que necesitan? ―dice Markeston desde la puerta
―Claro que sí ―dice Keyon. No está mirando el colorímetro que estoy
manejando o el fotómetro en su soporte. Keyon me está mirando.
Paislee
La luna pálida está en el cielo sobre la playa, a unas cuadras de la casa de
Keyon. Después de nuestra cena de pasta con Markeston, todavía no estábamos en
condiciones para conducir, por lo que nos ofreció una habitación en su súper
mansión para dormir.
―Regresarás mañana por la mañana con tus cosas, ¿verdad? ―preguntó,
levantando las cejas cuando cortésmente rechazamos su oferta. Asentí y le expliqué
que no queríamos que el pobre Simon esté solo en la casa de Keyon toda la noche.
Por supuesto que Markeston tiene un auto largo, negro y brillante y un
conductor con un sombrero. Insistió y nosotros aceptamos. Algo bueno también,
porque un taxi de vuelta a Tampa hubiese sido muy costoso.
Keyon está en la arena, sus ojos brillantes por el reflejo de la luna y de mi
lado, colocando mi mano sobre su mejilla, sólo mirándolo. Paso un dedo por su
pómulo. Lo muevo hacia su sien y en círculos hacia su nariz.
―No dejas a nadie golpear tu rostro, ¿huh? ―murmuro―. ¿Muy vanidoso?
Resopla y me da una mirada de soslayo.
―Cierto. Eso y que soy un niño de mamá. Mamá no quiere que su hermoso
hijo tenga sus rasgos arruinados. ―Hace un gemido llorón después de decirlo y
sonríe―. Naw. Una vez que golpean tu cabeza, tu cerebro se agita y remueve,
puede pasar cualquier cosa, y hago mi mejor esfuerzo para evitar que eso suceda.
Si tu cráneo se agita, o estás bien o no muy bien, y mis técnicas favoritas hacen que
sea difícil que ellos lleguen a mi rostro. Tienen que ser tan rápidos como yo. Hasta
aquí todo bien, ¿pero una nariz rota y todo eso? Está en mi futuro, seguro.
―Apoyo a tu madre con esto ―digo, haciendo que abra sus ojos
ampliamente para mirarme. Su boca sonríe de nuevo.
―¿Sí? ―Es juguetón, acepta mi declaración por lo que es: una ilusión.
―Sí, porque eres muy lindo.
Sus rasgos se quedan como una máscara inmóvil que usa para proteger sus
pensamientos. No importa que estoy acariciando su rostro, sólo perdí acceso a él.
Las pupilas de Keyon están dilatadas, tomando el espacio de sus iris.
―Keyon. ―Me inclino hacia él y beso sus labios. Se fruncen de forma
automática contra los míos, pero no se abren. No voy a insistir―. ¿He hecho algo?
Niega casi imperceptiblemente hacia el piso.
―Naw, no eres tú, nena. Pero las chicas son lindas, no los hombres.
―¿Bien?
Inclina la cabeza para poder mirarme a los ojos.
―¿Conoces el término “detonante”?
―Sí.
―Creo que tengo uno. No estoy seguro si lo recuerdas, pero en la secundaria,
Aaron, Tyler y su pandilla me llamaban “lindo”. Era demasiado débil para hacer
algo acerca de su intimidación por mucho tiempo, y hasta ahora, odio la palabra.
―Su atención regresa al cielo―. Luego, hubo un viaje en tren del que te hablé. El
raro que entró al baño también me llamó lindo. Una y otra vez, habló sobre lo
lindo que era.
―¿Pensé que huiste?
―Sí, en seguida. Sin embargo, no fue sencillo. Él era fuerte e intentó bajarme
el pantalón, pero salí de allí.
No quiero hacer que se presione a sí mismo, pero lo hace. Nunca voy a usar la
palabra “lindo” de nuevo.
―Cierto, probablemente sólo lo repetía mucho mientras tú luchabas por
apartarlo ―dije, empeorando las cosas.
―¿Estás insinuando que me quedé ahí con él? ¿Qué me violó o algo, Paislee?
¿En el culo? ―Keyon se ríe más fuerte mientras se sienta―. No, te diré
exactamente lo que sucedió.
―No tienes que hacerlo ―susurro a su sombra que se cierne sobre mí,
oscureciendo la luna―. Fue traumático. Eso es todo lo que necesito saber.
―No, no lo entiendes, el tipo era grande y corpulento. Jodidamente
asqueroso, ¿está bien?
―Sí.
―El baño era pequeño como la mierda, y tan sucio como él cuando comenzó
a acariciarse. Medio oriné y rocié la taza del inodoro, estaba sorprendido. Luego, él
comenzó a decir, “Mira a ese niño lindo. Dios, eres muy lindo. Te vi en la estación
de trenes y esperaba que necesitaras salir del tren. Joder, sí, es mi día de suerte”.
»Me volteé, pero fui lento, porque intenté colocar mi basura en mi pantalón y
subir la cremallera. “El baño está ocupado” dije. Inteligente, claro, luego, sólo me
dijo que vino por mí a propósito.
Keyon se puso de pie. Erguido, postura amplia, con las manos en los bolsillos.
Levanta el pecho como si estuviera luchando contra los recuerdos. Me pongo de
pie también, y doy un par de pasos hacia él. Me aparta como un no me toques, así
que no lo hago. He estado allí, lo recuerdo bien.
―Siguió diciendo, una y otra vez, lo lindo que era. Creo que estaba drogado
o algo, porque sus ojos estaban inyectados de sangre y parecía estar loco.
Asiento. Aparto la mirada para darle espacio y pensar en el océano. Keyon
avanza lentamente detrás de mí. Estoy aliviada cuando engancha un dedo en mi
cinturón y jala. Espero, pero no quiero girar para enfrentarlo. Sé. Sé por lo que está
pasando.
―La cremallera estaba medio cerrada, pero la de él estaba completamente
abierta, es jodidamente lo más largo y grande que he visto. Es un monstruo
prehistórico. Yo…
Keyon exhala, y suena como un grito detrás de mí. Luego, regula sus
emociones con una larga y tranquila respiración.
―De todas formas, el demente hizo que lo tocara. Me dijo que me quitara mi
pantalón. Por supuesto que me niego, lo llamé lunático. Nunca he luchado tanto en
mi vida. Salí de ahí con mi pantalón medio abajo. La gente me miraba, y en la
próxima estación me bajé del tren. Trato hecho. Nunca lo volví a ver.
―Lo siento tanto, Keyon.
La brisa es suave por la orilla. Meto las manos en mis bolsillos y cierro los
ojos así puedo inhalar los aromas. Este paraíso contiene a Keyon, palmeras y flores.
El sol es caliente pero muerto en el invierno, y noches que ni siquiera están tan
calientes.
Siento la presencia de Keyon detrás de mí antes de colocar sus brazos
alrededor de mi estómago. Acaricia mi cabello. Me hace suspirar.
―Lamento que tuviste que verme enloquecer. Generalmente, no soy un
marica ―me quejo.
―Keyon, no eres un marica ―murmuro―. Reaccionar a un trauma se llama
“ser humano”.
―No me atreví a detenerlo cuando me bajó el pantalón. Y no debería haber
obedecido y tocarlo. Mierda, ni siquiera puedo….
―No eres el único.
―Tú ―dice suavemente.
―Y tantas, tantas, tantas más, Keyon. Todos los días. En todos lados. Ahora
mismo le está sucediendo a alguien.
Está en silencio, su pecho cálido contra mi espalda.
―Regresemos con Simon ―susurra.
―Sí. Vamos.

Keyon
Zeke está siendo un idiota. Está haciendo pequeños saltos hacia atrás de
kickboxer contra el espejo del gimnasio, flexionando sus pectorales y sonriéndole a
Paislee mientras se regodea.
―No bromeo. Quince victorias seguidas, y no voy a perder a corto plazo.
Paislee ríe. Me alegro que vea a través de él, y estoy inmensamente aliviado
que no está actuando como una zorra. Interrumpí a mi amigo antes de que fuera a
la mejor parte, sobre cómo lo borraron de una pelea de algo como un gran
oponente en Miami.
―Debes darte cuenta, cariño ―estoy usando el cariño para mostrarle a mi
compañero de equipo que yo la protejo―, Zeke, el Torturador, aquí, o La
Cortadora de Césped7 como lo llamo porque es un jardinero, él….
―En mi tiempo libre soy jardinero, lo que es muy poco tiempo. No más siega,
nena, porque estoy tan ocupado. Para todo lo que tengo tiempo es para peleas por
dinero, mucho dinero. ―Abre el puño delante de ella y se frota los dedos como
dinero imaginario, lo que causa que Paislee se eche a reír.
Bajo mis brazos cruzados, mi tensión desapareciendo con otra de sus risas. La
urgencia de interponerme, mencionar que mil dólares no es un premio enorme por
sus servicios, desaparece.
―¿Qué, te ríes de mi antiguo trabajo? Mi papá es dueño de la compañía.
Tenemos, como qué, media docena de…
―¿Cortadoras de césped?

7 Juego de palabras, Mauler, Torturador, Mower, cortadora de césped.


―¡Hombre! Sucursales en diferentes suburbios de Tampa con un montón de
empleados por debajo de nosotros. ¿Tu amigo? ―Zeke señala en mi dirección con
sus ojos en Paislee―. Es un completo idiota. Avísame cuando te aburras de él,
porque te prometo que Zeke, el Torturador puede hacerte pasar un mucho mejor
tiempo que ese debilucho.
El chico es aún más divertido que Jaden algunas veces. A pesar que, si me
permito pensarlo, Zeke es una amenaza cuando sus intenciones son medio
decentes. Le gusta Paislee. Como que le gusta. No es de extrañar tampoco, porque
la chica es jodidamente especial.
Paislee no dice ningún pretexto, nada de buscar oro o ser una fan obsesiva. Es
hermosa sin ser vanidosa. Es alcanzable, simple, dulce. Entre el divorcio de sus
padres y la forma violenta en que perdió su virginidad, ha pasado por más que la
mayoría en su corta vida, e incluso así, es muy linda, más normal que cualquiera
que he conocido.
Zeke es un tipo apuesto, que atrae chicas como un papel matamoscas, y
malditamente estoy agradecido que hizo a Paislee reír de él de inmediato.
―Está bien, imbécil ―digo con afecto―. ¿Estás listo para ser derribado frente
a mi chica?
Me mira fijamente a los ojos, sin perderse las dos últimas palabras. Oye, ¿qué
puedo decir? No tengo paciencia con chicos queriendo meterse en sus bragas.
―Oh, estoy listo. Te verás como un completo idiota cuando termine contigo.
Lo siento de antemano, Paislee. Tu chico va a estar llorando por su mamita.
―Voy a besar sus heridas cuando hayas terminado ―promete Paislee a Zeke
y me mira seductoramente.
Resoplo en voz alta, amando que ella participe en nuestras bromas.
―Vamos a tener que renegociar el objetivo de esos besos, nena ―dije―.
Porque la Cortadora de Césped ni siquiera puede infligir daño.
―Chicos, empiecen ―interrumpe Dawson, haciendo señas hacia la jaula.
Luego, se voltea hacia Paislee―. ¿Algo de beber?
Ella sonríe. Mueve su botella de agua en el aire.
―Estoy bien. Sin embargo, gracias.
―¿Te gustaría algo para comer? Tengo cacahuates ―dice alguien. Marty. ¿De
verdad? ¿Todo el gimnasio está mimando a Paislee? Me doy cuenta que con
excepción de Zeke, no hay malas palabras tampoco. Le di una mirada a Jaden de
puedes creer esto. Se encoje de hombros y dice sin ironía es bonita.
―Tengo mis nueces de anacardo ―responde Paislee a Marty. Me mira de
reojo mientras dejo mi camiseta en el banco. Su mirada va hacia mi pecho desnudo.
Le envío un beso en el aire, y responde dando dos golpecitos a su boca.
―Chica linda. ―Robbie asiente mientras me acompaña a la jaula―. ¿Eres su
cuidador?
―Vete a la mierda ―murmuro, reprimiendo una sonrisa.
Me da una palmada sobre mi cuello y me da una de sus sacudidas rápidas y
joviales de hombros.
―Derríbalo. Demuéstrale a ella de lo que estás hecho, ¿bien?
―No te preocupes.
Una vez que estoy en el ring, olvido mi alrededor. Siempre es así. Me enfoco
sólo en una cosa, mirando sólo a mi contrincante, y que estoy aquí para derribarlo.
En la distancia, escucho a Dawson advertirme:
―Tranquilo, Keyon. Estás combatiendo.
―No, hombre, ¡pelea completa! ―exclama Zeke, emocionado por la
presencia de Paislee también, seguro. Idiota.
Puntos rojos.
No, no lo permitiré. Los puntos rojos arruinan la mierda. Parpadeo con fuerza
para disiparlos. Con mi equipo, generalmente no aparecen; estamos en esto juntos,
y cuando combatimos, lo hacemos para presionar los límites del otro. La mayoría
de nosotros queremos vivir de nuestro jodido deporte, arte, o como sea que lo
llamamos.
Sanchez es el objetivo; ha sido un jodido desafío concentrarme en la estrategia
desde que empecé a prepárame para la pelea contra él. No puedo explicarlo, pero
el chico jodidamente me molesta.
Paislee hace un pequeño ¡Whoop! al lado. Está masticando nueces de anacardo
en su boca, completamente a gusto con lo que está a punto de suceder, y los puntos
en mis ojos disminuyen a pinchazos.
Dawson agarra la malla que nos separa de la pasarela, pequeños ojos
mirando entre Zeke y yo. El hombre nunca se pierde ni una cosa. Levanta la cabeza
y le grita a Robbie:
―Equipo de combate completo.
Robbie se va para cumplir, mientras Zeke y yo gruñimos de frustración.
―Escuchen ―dice Dawson, su voz baja mientras se me acerca. Su boca va
hacia mi oído, tan cerca que está ahogando su demanda en mi canal auditivo―:
Están preparado para derramar sangre ahora, pero no habrá visitas al hospital hoy.
Tú, Keyon, tienes sólo cinco semanas más antes de tu gran oportunidad para tu
carrera profesional, y no vas a dejar ir lo que sea que está sucediendo entre Zeke y
tú.
Asiento en reconocimiento. Luego, me enderezo para aceptar el equipo de
protección que me entrega Robbie.
―¿Protector bucal? ―Dawson mira mi mano, y abro mi puño para
mostrarle―. ¿Protector de ingle?
―Por el amor de Dios ―murmuro―. Por supuesto.
―Sólo reviso. Tu mente no ha estado en juego por semanas. Tienes cinco
semanas para prepararte ―repite como si yo pudiera olvidarlo.
Me apresuro hacia Zeke inmediatamente. Soy rápido como la mierda cuando
me muevo para dar un gancho izquierdo a un lado de su cabeza, la fuerza
haciendo que su cabeza se mueva como si estuviera luchando en cámara lenta.
Antes de que pueda recuperarse, lo hago de nuevo, un golpe de derecha, luego de
izquierda, derecha de nuevo. Me muevo para darle una patada a su protector de
cuerpo, tanto que se tropieza hacia atrás. Luego, hago un pivot y giro mi cuerpo,
dándole un golpe con mi muslo antes de golpear dos veces su cabeza.
Dawson murmura detrás de mí:
―Hermoso.
El brazo de Zeke se levanta para bloquear a medias, pero no tiene
oportunidad en el infierno y voy a derribarlo al suelo.
―Suficiente, Keyon.
Lo golpeo como si estuviéramos luchando a muerte.
―¡Keyon, detente!
Me enderezo, respirando con fuerza y con mis brazos tensos sobre mis
muslos. Una vez que mi sed de sangre, mucha sangre, desaparece, me pongo de
rodillas, tomando un lado de la cabeza de mi amigo.
―¿Estás bien?
―Claro. Sólo tomando aire. ―Sonríe, mareado a pesar del equipo de
protección―. Maldición, hombre. Sólo haz eso en el jodido Sanchez y serás de oro.
Dawson está medio molesto por la forma que terminé la pelea.
―Arias, este es el último combate que tendremos antes de la verdadera pelea.
―El hombre me imitó ―parlotea desde el piso. Aficionado. Se encoge de
hombros, aunque sigue apoyado sobre sus codos.
―Zeke. ―Dawson tiene su tono de entrenador―. Lo incitaste. Puedes
incitarlo todo lo que quieras después del cinco de febrero, pero hasta entonces,
vamos a jugar a lo seguro. ¿Entendido?
―Entendido ―dice Zeke, asintiendo con cuidado.
Cuando me volteo para mirar a Paislee. La veo apoyada contra las cuerdas,
sus dedos agarrados a ellas. Mis ojos parpadean a sus partes sexys, más allá de sus
dedos, y hacia sus pechos.
Mierda, estoy feliz que trajo su bolso de mano a mi casa la primera noche.
Está llevando lo que ella llamaba como su último top limpio, uno negro pequeño
con cuello en V que acentúa sus curvas. Paislee tiene la figura de un ángel, una
gran razón, estoy seguro, por la que Zeke pensó con su polla antes de la pelea.
Alguien empezó a aplaudir tardíamente detrás de ella.
―¡Bravo! Keyon, eres fantástico.
―¿Markeston?
―Oh, por favor, llámame Rick. Te lo he dicho. ¿Cuántas veces debemos
emborracharnos para que dejes de tratarme como un extraño?
―Rick. ―Sonrío. El chico está bien, aunque un poco excéntrico con su
colección de animales de pavos reales y caballos miniatura, y fuentes, entre otras
cosas.
―Me gusta lo que tienes aquí ―dice, señalado y dando un paso adelante―.
He estado pensado en participar en MMA por un tiempo. ¿Quién es el dueño de
Alliance Cage Warriors? Este lugar tiene “grandes ligas” en todos lados.
―Completamente ―dice Zeke, una sonrisa agotada ampliándose en su
rostro, y creo que él está pensado lo que yo, que ACW puede que termine con
algún benefactor rico que puede hacer la diferencia entre Cortadora de Césped y
Torturador, de verdad.
Paislee
Un fin de semana en Tampa no se compara en un fin de semana en Rigita.
Este lugar es mágico, días de sol deslizándose a través de las delgadas cortinas, hot
dogs comprados en paseos en el muelle, y los niños corriendo en aguas frías a
pesar de las advertencias de sus madres. Las noches son oscuras y estrelladas, y
esta noche soy toda sonrisa ya que soy la única chica en un grupo de luchadores
sueltos en la ciudad.
―¡Por aquí! ―grita Jaden, agitando sus manos persuadiéndonos a una zona
que Zeke llama su club nocturno.
―¿Tiene Dawson sus propias desnudistas? ―susurro a Keyon, quien
envuelve su brazo alrededor del mío mientras me da vuelta por un beso. Él trata
de ocultar su diversión ante mi pregunta. Una vez que acaricia mi cuello, se
endereza. Eso me dice que, ese no es el objetivo del club de Dawson, pero
peleadores de ACW entran gratis porque es un ganar-ganar para el club y para
ellos.
―Ellos pidieron fotografías de peleadores a cambio de entradas libres y un
subsidio de licor cuando venimos. ―Mueve su cabeza a un largo mostrador con
brillantes luces neón que destellaban a través de una fila de espejos―. Están
colgadas en la barra principal del bar. ―Me jala en la dirección opuesta.
―Espera, ¿puedo ver?
Él duda, sus ojos yendo a Jade, quien agitaba sus manos para que de nuevo lo
sigamos. Con cinco enormes guardaespaldas y yo.
―¿Rain revisa las fotos? ―digo―. ¿Estarás con cualquiera de ellos?
―Desafortunadamente, sí.
Cuando llegamos a la sección Vip, soy consciente de que hay ocho chicas ahí
y ningún chico. Excepto por mis guardaespaldas. Jaden ha movido su culo a una
pequeña mesa en el bar, frente a tres de las chicas. Están sonriendo detrás de sus
dedos, divertidas, halagadas y escandalizadas a la vez, por lo que veo. No estoy
segura que desee saber lo que les está diciendo.
―¿Es esta el área VIP del gimnasio? ―pregunto a Keyon.
―Oh no, no tenemos una. Esta sección es para rentarla, y el trasero de Jaden
apresura la noche de las chicas.
―Wow, ¿ustedes hacen esto a menudo?
Keyon encoge los hombros evasivamente.
―Mira. ―Señala con la barbilla a Jaden―. Él les está diciendo dónde está
colgada su foto. Pronto comenzara con lo genial peleador que es.
―Otro descarado joven ―observo, cuando Keyon ríe―. Algunos polluelos
hacen eso.
Keyon me ayuda a pasar sobre la cadena. Todavía hay una mesa que no está
ocupada.
―Así que, ¿a qué te dedicas? ―le grita Zeke a una rubia de largas piernas. Él
agarra uno de sus muslos con una mano, apretándolo cariñosamente, tan
afectuosamente, y ella ríe y niega con la cabeza―. No, ¡solo quiero conocerte!
―añade, dándole un guiño. Y yo me giro a Keyon.
¿En serio? Mi boca instantáneamente se funde cuando levanta sus hombros
un momento diciendo Lo siento por el comportamiento de sus amigos. Keyon está
aquí conmigo, no para una follada casual. Sino para mostrarme lo que hace para
divertirse, dejándome salir con sus amigos y mi corazón está agradecido por ello.
Keyon es solo mío por estos días en Tampa. De nadie, solo mío. Robbie está
aquí también. Tiene los brazos cruzados y no pasa la cuerda.
―¿Vas a venir? ―pregunto. Quiero se amigable y acogedora, no mandona e
insistente.
Robbie levanta su barbilla, orgulloso pero agradable. Hay algo majestuoso en
él. Un león, creo. Robbie niega, diciendo que está bien donde está.
―¿Cuál es su problema? ¿No quiere divertirse esta noche? ―bromeo con
Keyon.
―Oh, Robbie está en una relación. Su prometida está esperando su primer
bebé en unos meses.
―Aw, eso es asombroso. ¿Ella sale con ustedes?
―Sí, viene de vez en cuando. Trabaja esta noche, en el centro turístico. Ellos
están abiertos hasta muy tarde los fines de semana.
―Loco ―digo, porque en Rigita todo está cerrado muy temprano y nadie se
preocupa por los turistas.
―¿Quieres sentarte en mi regazo? ―dice Zeke, moviendo las caderas de
manera seductora. Las chicas están en otra esquina y amo la descarada atención
que me da―. Vienen las bebidas, ¡yo pago!
―¿Stripes8? ―verifico con Keyon, quien me da pulgares arriba.
Es una noche interesante. Hasta el momento, he visto la mayoría de las
tácticas de seducción de los Cage Warrior. Más peleadores saltan la cadena como
ninjas, provocando la risa de las chicas, obteniendo alguna chica como premio ante
sus encantos. Al final, todos excepto Robin y Keyon terminaron con chicas de lo
que resultó ser una fiesta de despedida de soltera.
Ciertamente, los Cage Warriors son las estrellas de este lugar. Uno de ellos
recuerdo que no dijo ni una sola palabra en toda la noche, pero cuando las luces
iluminaban nuestro alrededor, agarró una botella medio llena de Veuve Cliquot y
agarró a una chica con la que no habló en el otro lado de la pista de baile. Y
continuó caminando a través de la multitud con grandes zancadas mientras ella
iba detrás.
―Wow ―digo, mirando a Keyon―. Así de fácil, ¿huh? ―Keyon y yo
bailamos lentamente hasta el último baile de la noche.
Sus manos descansan sobre mi culo, jalándome sin apretarme contra su
cuerpo.
―Oh sí, esos son Victor y Helena. Ellos al final siempre se van juntos a casa.
―¿Él la conoce?
―Sí, ella es una chica del anuncio. Trabaja en Hooters al otro lado de la calle.
Ella ama las peleas de MMA y trabaja en todo lo que puede.
―¿La chica del anuncio? ―Muerdo mi labio, considerando la expresión.
―¿Las chicas en bikini que caminan en círculo mostrando las tarjetas de
puntuación y los cinturones? Es como las llamamos.
―¡Oh! ―Sonrío, porque el nombre lo dice todo.
―Amo cuando estás feliz. No creo que te hubiera visto sonreír mucho en los
dos años que te conocí en la secundaria. ―Me besa, sus labios tan cálidos como
todo él.
―Puede que tengas razón ―digo, con un suspiro, pensando que reí mucho
menos después de que él se fuera. Luego cierro los ojos y dejo que él me guíe.

Keyon
8 Stripes: Nombre de una bebida alcohólica.
Con Sanchez, odio este puto proceso. Desearía no tener que verlo en vídeo,
pero como no puedo ir a sus peleas, es la única manera de internalizar sus
movimientos.
No puedo esperar a romperle todos los dientes. Dawson me recuerda en este
punto que no puedes romper dientes cuando tienen protector bucal, pero puta,
puedo soñar. De cualquier forma una vez que esté ahí, lo voy a hacer sangrar. A
puro golpe lo voy a dejar en coma.
Tiene una inflamación en el cuello. Es carnosa, gruesa, nada nuevo para un
peleador, pero mueve la cabeza de una forma que recuerda a las serpientes:
abruptamente, alerta, y casi diabólicamente. Nada de eso debería de haberme
afectado. Es como si el universo se metiera con mi cabeza a propósito.
Paislee está cancelando su hotel. Para sus últimas treinta y seis horas en
Florida, ya no habrá más excusas, y se vendrá a vivir conmigo y con Simon. Pero
primero va a revisar la iluminación y el color en el salón de Markeston de nuevo,
una vez en la mañana, y una vez cuando la luz del atardecer lo invade.
A buena hora lo hizo, porque gracias a Sanchez estoy de muy mal humor.
Pedazo de mierda. Puta serpiente. Abusador de menores.
Sacudo la cabeza, alejando mis pensamientos de su loco círculo, porque, ¿qué
mierda fue eso? No hay nada que indique que Sanchez no es alguien normal. Es un
peleador increíble. Eso es todo lo que sé de él.
La mayoría de mis amigos están en el área de pesas. Ahora Robbie también
me abandona por la mesa de masajes, dejándome solo viendo la compilación de los
mejores golpes de Sanchez.
―Mierda.
―¿Qué? ―murmura Robbie, ya relajado aun cuando el fisioterapeuta no ha
comenzado.
―Estoy tan listo para golpear hasta la muerte a Sanchez. No puedo soportar
ver estos vídeos y no ponerle las manos encima. Sabes que quería que se diera por
vencido, ¿cierto?
―Sí.
―Ya no, quiero derrotarlo por completo. Él tiene que caer, hombre, para que
yo quede satisfecho con esta pelea. Quiero estrangularlo hasta que quede quieto.
―Entonces, hazlo. Pero tienes que ser rápido…
―Soy rápido.
―Lo sé, y puedes hacerle lo que quieras. ―Robbie se da vuelta y toma su
cuello con las manos para poder levantarlo y tener una mejor vista―. ¿Qué tiene
con él? Nunca te he visto tan obsesionado.
―Bah, solo me cae mal. Dios sabrá por qué.
―Ah. ―Robbie hace un sonido como de succión con sus dientes y se acuesta
nuevamente.
De la nada, vuelvo a pensar en ese maldito viaje en tren. Y cómo me dolió el
trasero varios días después. No lo hablé con nadie, pero he escuchado que el
síndrome post traumático puede traer dolores fantasmas; estaba tan asustado que
no podía distinguir entre la realidad y las crueles posibilidades.
Dicen que es genial hablar sobre las cosas, pero no me funciona. Cuando
pienso sobre lo que le solté a Paislee en la playa la otra noche, solo me siento
asqueado.
Verán, había detalles sobre ese viaje que no recordaba hasta que comencé a
contarle al respecto. El tocar el paquete del raro ese es una de ellas. Cuando Paislee
y yo regresamos a mi apartamento, necesitaba perderme, y necesitaba dominar. La
tomé con tanta fuerza que había lágrimas en sus ojos.
No la herí, no sería capaz, pero la tuve atrapada firmemente debajo de mí
antes de recordar y soltar mi agarre.
Después ella insistió en dormir en la sala con Simon en lugar de entre mis
brazos. Aún molesta, Paislee es ardiente. No puedo saciarme de ella.
Ella no volvió a la cama conmigo hasta que me disculpé un millón de veces y
les ofrecí mi cama a Simon y a ella, diciéndole que yo dormiría en el sofá.
Aun cuando durmió en mi cama me tomó hasta el sábado para volver a estar
en su lado bueno. Al final estaba tan desesperado que corrí a una tienda llamada
The Chocolatier y le compré tres cajas idénticas de chocolates envueltos en forma
de corazón. La primera sonrisa que le vi a Paislee fue cuando le ofrecí todo eso con
ojos de cachorro y un puchero.
Ahí viene ella, con las caderas contoneándose por el gimnasio,
completamente femenina y atrayendo miradas, y con una pequeña sonrisa en los
labios al reconocer a mis amigos.
Apago la TV y alargo las piernas frente a mí. El solo verla me hace dejar salir
un suspiro de alivio. Estoy loco por esta chica. Sanchez no va a arruinar nuestros
últimos días juntos.
―Hola ―murmura, con voz ligera e íntima mientras se acerca. Saluda con los
dedos a Robbie, quien le devuelve el saludo.
Tengo ambas manos en los bolsillos de la sudadera. Ella pasa sus ojos por mis
amplios pants y les deja escalar hasta llegar a mi cabeza.
―Hola, hermosa ―respondí, manteniendo el volumen tan bajo que sabrá que
mis palabras son para ella―. ¿Todo listo? ¿Te mudas con Simon y yo?
Su sonrisa se ilumina. Se transforma de esa pequeña, sexy sonrisa donde sus
labios están apiñados al centro, a una amplia y feliz, que muestra sus dientes
acompañada de ojos brillantes.
Demonios, eso es hermoso.
―Sí, puede que lo lamente, ¿no? ―murmura―. ¿Estás resfriado? ―continua,
tocando mi sudadera a medio cerrar y jalando la capucha. La veo por debajo,
haciendo un espectáculo de cómo estudio cada aspecto físico de ella. Funciona. Ella
se mueve tímidamente, como alguien que no ha pasado toda su vida adulta
durmiendo con todo macho que se le cruce.
―Nop. Solo entrenamiento intensivo, así que estaba sudoroso. Tuve que
escoger entre bañarme cuando tomara un descanso o arroparme para permanecer
cálido. Ven acá.
Con mis rodillas abiertas y mi espalda relajada contra el respaldar, palmeo
mis muslos para que ella entendiese dónde la quería. Rayos, sí, la quiero justo ahí.
Paislee obedece. Lentamente, se desliza sobre mí y se sienta a ahorcajadas.
―¿Cómo estás? ―digo jalando su rostro para poder presionar mis labios a los
suyos. Ella me deja, sonriendo entre cada beso que le doy.
―Bien ―contesta mi chica. Parpadea lentamente; a ella también le gustan
nuestros besos.
―Restriéguenlo en la cara ―gruñe Zeke pero le guiña el ojo a ella.
―Keyon no necesita un cuarto, ¿vez? ―dice Jaden, al pasar―. Él está bien
justo donde está, entre amigos. Oye, no me quejo. No puedo esperar por el
espectáculo.
―Tengo tiempo para almorzar ―le digo a Paislee, ignorando a los chicos―.
Como he estado holgazaneando últimamente, gracias a… nosotros, tengo que
ejercitar hoy.
Ella asiente, entendiendo y sin renegar como lo hacen las chicas. La miro.
Realmente me le quedo viendo. Me quito la capucha para poder atraparla al menos
con la mirada. Paislee permanece quieta en mi regazo. Su único movimiento es un
dedo deslizándose por mis pómulos.
―No estoy seguro ni del porqué estoy diciendo esto, pero igual lo haré
―digo―. Paislee, te he extrañado.
Sus cejas se arquean por la sorpresa.
―¿Me extrañaste hoy?
―Sí. ―Sonrío―. Es ridículo, ¿cierto? He estado ocupado hasta la mierda
aquí, pero tan pronto como entraste por esa puerta, supe que te había extrañado.
Paislee
Mi mente se vuelve loca con los fragmentos de películas. Se arremolinan y
bailan como copos de nieve. Pero ahora que estoy usando el antifaz que Keyon me
compró y la altitud se ha estabilizado, puedo separarlos y disfrutar de ellos uno
por uno.

Keyon lleva una camiseta de manga larga, blanca con los brazos azules y
Alliance Cage Warriors impreso en la parte delantera en negrita. Sus ojos brillan
tenuemente. La tristeza y felicidad están en ellos, y se hunden en mi boca, que
tiembla.
―Dijiste que me extrañaste ayer ―digo.
―Y ya lo hago de nuevo.
Es duro, pero flexible mientras envuelve su cuerpo a mi alrededor y me deja
llorar.
Estos días en Florida han sido como una bolsa de aire bajo el agua. Ha sido la
vida de otra persona, un pedacito de cielo que he tomado prestado. Nadie me
conocía, excepto como la chica de Keyon. Era una mujer de negocios viajando por
mi trabajo, no la vagabunda, la puta de la ciudad, la mujer fácil que la gente odiaba
o quería por una hora.
Él inclina mi cabeza hacia arriba cuando no puedo callar más, cuando un
pequeño hipo se me escapa y sacude mis hombros.
―¿Tienes tu cartera? ¿Tu licencia de conducir y tu tarjeta de embarque?
Asiento silenciosamente, lágrimas recubriendo mis ojos. Parpadeo para que
caigan y me den la vista libre de aquel que ha preguntado la importancia de las
estaciones de tren.
Entonces me besa, profundamente, delante de todos.
―No olvides lo que dijo Markeston. Te quiero allí. Serás la buena suerte.
Un whoosh de esperanza se hincha en mi pecho a su recordatorio.

La azafata murmura algo a la persona delante de mí. Levanto mi antifaz,


preocupada de que debería estar alerta a sus preguntas también. Cuando no se
acerca a mí, bajo la antifaz y voy a la deriva de nuevo en los momentos de
promesas.

―¡Entonces! ―dice Markeston, doblando sus manos regordetas y


sacudiéndolos para el efecto―. ¿Por qué no nos dirigimos al traspatio?
Parque trasero, pienso.
―Dawson me dio el honor de darles la noticia. ―Sus felices ojos grises miran
detenidamente de Keyon a mí, de ida y vuelta, mientras nos hace un movimiento
con la mano hacia su puerta trasera.
―Cuanto antes, mejor. ―El tono profundo de Keyon es uno que usa cuando
está intrigado―. Sonabas malditamente críptico cuando llamaste. Más vale que sea
bueno.
Markeston deja escapar una carcajada. Cierra de golpe sus manos juntas
como si la vida fuera un juego, y supongo que lo es cuando estás tan forrado de
dinero que puedes hacer lo que quieras.
―Bien ―respira―. Aquí está la esperanza.
Nuestro anfitrión esquiva urgentemente para permitir que tres caballitos
tamaño juguete troten más allá del camino pavimentado. Ellos mueven el culo, su
líder empujándome fuera del camino con su hocico. Él solo llega hasta mi rodilla.
Con miradas decididas y adhiriéndose a alguna programación ecuestre, se
van sin siquiera dar un vistazo a nosotros los seres humanos humildes. La única
cosa real sobre ellos es el sonido de sus cascos contra la piedra mientras galopan
lejos.
―Vaya ―murmura Keyon―. Tus mascotas, hombre. ¡Cristo!
Markeston asiente distraídamente y hace señas hacia un pabellón al final del
paso de peatones. En forma de octógono y con un techo de oro brillante, que
cuenta con paredes de cristal inmaculadas en todos los lados. No es descomunal,
una sorpresa en la morada de Markeston, ya que con la notable excepción de sus
caballitos de juguete, el hombre es todo sobre el tamaño.
El pabellón está bellamente decorado con seccionales suaves a lo largo de
todas las paredes, la ocasional banqueta, y una mesa en forma de octágono. Ofrece
refugio contra la mayor parte del clima, mientras que las plantas exuberantes
hacen que el lugar se sienta como una extensión del aire libre.
―Oh, me encanta esto ―exclamo. Markeston sonríe y nos ondea con la mano
para ponernos cómodos. Marta, la criada o la cocinera o la mayordomo, aparece de
la nada con una bandeja de sushi y otros aperitivos del tamaño de un bocado.
Cálido sake y vino de ciruela ya esperan, la última parte no es de extrañar, ya
sabíamos que a nuestro nuevo amigo le gusta su bebida. Disparo a Keyon un guiño
furtivo y capturo el brillo de diversión en sus ojos.
Mientras comemos, Markeston describe cómo de impresionado estaba por el
talento que Keyon mostró ayer en el gimnasio. Cómo Dawson y él hablaron del
futuro de Keyon y lo que necesita para llegar a ello.
―Tu entrenador en jefe y yo te queremos en Las Vegas ―dice como un
hombre autorizado a opiniones y decisiones―. Keyon, deberías estar en un
encuentro en la clase de peso semipesado del EFC. Eres más alto que la mayoría de
ellos y malditamente rápido. La velocidad y la agilidad no es algo natural en tu
categoría de peso por lo que es una ventaja. Combinado con tus habilidades
técnicas, podrías dejarte invicto durante mucho tiempo en Las Vegas.
Keyon balancea su cabeza. Al parecer, Markeston no le está diciendo nada
nuevo.
―Ese es el objetivo, y no estoy matándome de la risa hasta que lo alcance.
Vegas y EFC, bebé. ―Ninguna sonrisa acompaña a la declaración de Keyon. La
férrea dedicación y el trabajo duro es lo que va a llevarlo allí.
―Bueno. Ahora aquí está el trato. El lunes, estoy recibiendo la
documentación elaborada para convertirme en patrocinador principal de la
Alliance Cage Warriors. Mi nombre estará asociado con cada pelea, y cuando se
trate de ti, Keyon, te estoy consiguiendo un publicista. Contrataré el nombre más
grande en el negocio, y ese es el tipo que reservará tus peleas de ahora en adelante.
Keyon se congela a mi lado. Luego coloca el rollito de calamar abajo en su
plato y se queda mirando a Markeston.
―No entiendo. ¿No estás pensando en conseguir…?
―Morton Arudson. Sí, ese es quien. Él no lo sabe todavía.
―De ninguna manera. Nunca tomará a alguien como yo. Él tiene las manos
llenas con…
―Bah. Tú compras publicistas. Es fácil. Quiero ser parte de hacerte, quiero tu
talento allá arriba en las tablas, y Morton Arudson va a ayudarnos. ―Se encoge de
hombros y se inclina más bien en su copa.
Keyon mudo es hermoso. Me muevo de lado en mi asiento. Mi atención
debería estar en Markeston ya que lo que está ocurriendo es cortesía de él, pero la
alegría que se alza en los rasgos de Keyon me encanta.
―Es simple. Como ya he dicho, he querido jugar con la MMA desde hace un
tiempo. Soy un empresario, un constructor, y lo que hago es encontrar proyectos
dignos de inversión. Tengo el talento loco, dicen ―se ríe, satisfecho de sí mismo―,
y tengo todavía que poner dinero en el caballo equivocado.
El golpe de un casco contra la pared de cristal me hace sacudirme la voltear.
Un muy tangible caballito está ocupado arrancando las plantas fuera del macizo de
flores que rodea el pabellón. Le doy una mirada severa y golpeo la ventana entre
nosotros, pero ella confirma mi experiencia hasta ahora, que la gente es el aire para
los caballitos de juguete.
―Verteré cantidades decadentes de fondos en los Cage Warriors durante los
próximos años para conseguir que ellos cedan. Y tú ―señala alegremente a
Keyon―, estás fuera de EFC primero. Eso va a elevar el campo en grande. Lo
siguiente son un par de los otros. Dawson conoce su talento, y ¿sabes qué? Ya
confío en ese tipo.
―Esto es mucho para asimilar. Estoy sin palabras. ―La voz de Keyon es
áspera. Miro sus grandes manos que ocultan la pequeña copa de vino de ciruela
por completo. ¿Hay allí…? Vaya, hay humedad en los ojos de Keyon―. Pero sí,
nunca he conocido a un hombre más confiable.
Mis propios ojos están reuniendo humedad.
―Markeston, eres un regalo del cielo. Esto es una locura.
Las manos de Keyon tiemblan, y pienso en todos los años que ha estado
trabajando para esto. Empezó con las artes marciales como un muchacho de quince
años, y desde entonces, ha venido incrementando su régimen de entrenamiento,
convirtiéndose cada vez más y más serio sobre sus objetivos. En los últimos años,
es todo lo que ha estado haciendo, haciendo ejercicio, mirando su dieta y su
horario de sueño, además de luchar, luchar, luchar.
―Genial. Eeen fin. Eso es todo. ―Markeston se encoge de hombros y toma
un buen tirón de su propio vino de ciruela―. Ah, y el primer encuentro que voy es
a uno en tu Ciudad de México. Necesito verte demoler a “El Machete”, ¿de
acuerdo? Y Paislee aquí, debería venir con nosotros.

Todavía estoy bajo el antifaz y un poco auto-consciente. No se trata de un


vuelo nocturno, pero vi a otras personas tomando siestas a mi alrededor, así que
permanezco escondida detrás de él con mis pensamientos.
¿Yo, Paislee Marie Cain, yendo a México? Nunca pensé que saldría de los
Estados Unidos. En los últimos años, he dejado mi sueño de Italia, de Murano,
donde vivieron y trabajaron los primeros sopladores de vidrio. Está lejos, pero se
sentía cerca debido a la industria de fabricación de espejo. Me encantaría ir allí y
verlo todo.
Pero Markeston me ha recordado que hay otros lugares para soñar, tantos
lugares que nunca he visto. El mundo es gigantesco y repleto de ellos, porque yo,
no he estado en ninguna parte.
México. Este lugar exótico donde se habla un idioma diferente y bailan bailes
diferentes. Sería asombroso ir, pero ni siquiera tengo un pasaporte.
―Bah, eso es fácil de arreglar. ―Keyon me restó importancia cuando lo
mencioné―. Consíguelo tan pronto como regreses a Rigita. Tienes cinco semanas.
Esas cosas toman un par de semanas, como máximo.
―Pero no sé si el viejo me dejará. Me he ido una vez ya.
―Escucha, Paislee: solicita el pasaporte y consulta con tu jefe. Sin pasaporte,
nunca iras a ninguna parte, y si es en un mes o más adelante, vas a querer
utilizarlo.
Con la gran ausencia de Keyon dentro de mí, decido, allí mismo, en el avión,
estoy consiguiendo el pasaporte.
Busco a tientas por otro fragmento de película, uno que es más triste, pero
hermoso a pesar de todo.

La cama de Keyon no es grande. Se ajusta a los dos porque soy pequeña y me


coloco encima de él en el sueño. Encajo perfectamente a él, un muslo entre los
suyos gruesos, y su pesado brazo me mantiene a salvo a lo largo de su cuerpo.
Todavía está oscuro fuera, una sola estrella centellea a través de una abertura
en las persianas. No estoy segura de lo que me despertó hasta que vuelve a
suceder.
Un pequeño temblor atraviesa el pecho de Keyon. Los músculos de su
estómago se contraen y sueltan, y yo llevo mi mirada hasta su rostro. Pequeñas
contracciones nerviosas se extienden sobre sus rasgos. Un surco de dolor se ha
instalado entre sus cejas.
Esa boca, generalmente tan generosa, se ha endurecido en un triste gemido.
Se ve como un niño pequeño, que está a punto de llorar, y yo levanto mi mano, con
miedo de despertarlo. Acaricio el suave rastrojo a lo largo de la línea de su
mandíbula en un pequeño esfuerzo para calmar sus sueños.
Él se estremece en mi toque, y brincó también, sobresaltándolo más. Él no se
enrolla lejos, pero el dolor en su mirada no retrocede.
―¿Un sueño? ―digo. Él asiente en la almohada. Cerrando sus ojos y
manteniéndolos cerrados―. ¿Quieres compartir?
―Solo… lo mismo. Lo que hemos estado hablando últimamente. El
asqueroso en el tren, solo que en el sueño estaba luchando contra él en México.
―Tu cerebro tiene algunos asuntos pendientes.
―Supongo. Aunque siento que todo lo que hago es pensar en ello
últimamente. No estoy seguro de lo que mi maldito cerebro quiere de mí. ―Sonríe,
tranquilo mientras lo dice, pero veo la humedad en una esquina de un ojo.
―Lo descubrirás. ―Me acuesto en su brazo de nuevo, y él me acerca más.
―Es bueno tenerte aquí ―murmura contra mi cabello―. Es la mejor manera
de despertar.
―¿Jadeando de una pesadilla?
Las crestas de su estómago se contraen en diversión debajo de mí.
―No, con tu preocupación por mí.

A medida que comienza el descenso hacia Rigita, pienso en el viaje que


Keyon y yo hicimos después de visitar a Markeston en el último día. Construyo el
fragmento de película. No estaba ya montado en mi mente.
―No estoy segura de esto ―le digo a Keyon, quien está conduciendo. Pone
una mano en mi rodilla mientras afrontamos el último semáforo de Tampa.
―Va a estar bien. Si se supone que te encuentres con él así, totalmente
desprevenida, entonces lo harás. Si no, siempre hay una próxima vez.
Niego, teniendo excusas y dudas. Anoche, hablamos de Cugs y cómo no lo
había visto desde que mi papá se lo llevó. Él es un senior en una escuela
secundaria a tres horas al norte de Tampa, y eso fue toda la información que Keyon
necesitó. Habló por teléfono con la escuela secundaria. Se aseguró de que era un
día escolar. Luego telefoneó a Dawson y le hizo saber que se tomaría el día libre.
Los caminos rectos nos llevan a través de un páramo que es
sorprendentemente diferente al de Rigita. Cuando no estoy mordisqueando mis
cutículas y reajustando mi línea inicial para Cugs, dejo mi cabeza descansar sobre
el hombro de Keyon y miro fijamente por la ventana.
Estoy ansiosa. No sé cómo mi hermano se siente acerca de mí. Pero el abrazo
de Keyon sostiene refugio, y su brazo alrededor de mis hombros me mantiene
compuesta. Sin su insistencia, yo no habría hecho esto.
Los pantanos hace tiempo han retrocedido a algún híbrido de desierto y
selva. Las palmeras parecen lamentables y cortas para lo que es un lugar
memorable para mí.
Ahí está, una mancha en el mapa en el medio de la nada, el edificio donde mi
hermano pasa la mayor parte de su día. ¿Cómo puede ser simplemente una losa de
un piso de hormigón? El tablón de anuncios de la escuela secundaria explica
detalladamente: Casa de los Caimanes, e incluso el tipo de letra es modesta.
Mi corazón bombea rápidamente en mi pecho.
―Keyon, quiero dar la vuelta.
―No, no quieres. Cugs está a metros de distancia de ti en este momento, y no
estás acobardándote. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que lo viste por última vez?
―añade su pregunta en un tono más dulce, y los dos sabemos que acabamos de
hablar de esto.
El dolor es una cosa extraña. Lentamente, el tiempo lo congela y te permite
vivir como si no hubiera un agujero en tu corazón. Pero entonces se enciende,
similar a una enfermedad, se derrite el hielo, y en ese momento, es como si el
tiempo no hubiera pasado en absoluto.
Hipo por la preocupación y el dolor y ausencia.
―No lo he visto desde antes de que te fueras de Rigita. Estaba tan pequeño y
asustado de alejarse. ―Mi barbilla tiembla, así que levanto un dedo para
detenerlo―. De cualquier manera, no van a dejar que extraños simplemente entren
en el edificio, Keyon. Podríamos también…
―No eres una extraña para Cugs, y yo vengo contigo. Vamos.
Se las arregla, con el tiempo, a engatusarme a salir del coche. Está en mi
puerta, sosteniendo mi mano y medio levantándome hacia fuera como si fuera
alguien frágil.
Son las dos y media. No sé cuándo la escuela termina, pero mi conjetura es
que es pronto.
―¿No es tarde? ―digo―. Probablemente no tienen ningún descanso para el
día. Quiero decir, no puedo entrar allí y decir, “Hola, soy la hermana perdida de
Cugs de hace mucho tiempo, así que por favor perdónelo por el resto del día”.
―Hmm, eso no es una mala idea. Las señoras de la dirección probablemente
amarían un reencuentro entre hermanos.
Horrorizada, inclino mi cabeza para estudiarlo. Por supuesto, los ojos de
Keyon parpadean con humor. Muerde su labio.
―¿Puedes imaginar el chisme? Si es algo como Rigita, la ciudad estaría
zumbando con ello. ―Está tratando de hacerme reír, pero mis nervios se están
reproduciendo y gotean por mi columna vertebral.
―Mierda, esta fue la peor idea. Debería haber hecho más investigación. Y
hacerme amiga de él en Facebook o algo en lugar de acechar su perfil.
―¿Por qué no lo hiciste? No es que estoy sosteniéndolo contra ti, nena, pero
solo me preguntaba.
Un destello de ira me traspasa.
―¿No crees que tenía suficiente para pensar antes de irme? De acuerdo,
entonces: uno, estaba a punto de abordar mi primer vuelo e ir a un lugar donde
nunca había estado antes, no soy exactamente una trotamundos; dos, el viejo Win
confió completamente en mí para hacer estas mediciones y conseguir el contrato
para el proyecto de Markeston; y luego tres, ahí estabas tú.
―Me encanta el conteo ―elogia perezosamente, y no entiendo cómo es
juguetón en un momento así―. ¿Qué hay de mí? ―añade, la alegría irradiando de
él.
―Quería verte, pero estaba, no sé, insegura. No habíamos charlado en un
tiempo.
―Bebé ―murmura, enganchando un brazo alrededor de mi cuello y tirando
de mí así puede besarme―. Me alegro de que hayas venido. Gracias por ese loco
mensaje de texto. Y además me salvaste de una noche con Zeke y Jaden.
Sonrío, queriendo creer que son "especiales", que Keyon no es tan "especial",
como ellos, cuando no estoy alrededor.
―¿Lista? ―corta a través de mis pensamientos.
―No…
Poco a poco, nos acercamos a la entrada principal.
Supuestamente, puedes enviar mensajes a las personas, incluso si no eres
amigo de ellos en Facebook. Podría haber hecho eso con Cugs, pienso, cuando
habíamos decidido venir aquí. ¿Por qué no lo hice? Amo a mi hermanito tanto.
Quién sabe lo que papá le ha dicho para mantenerlo alejado de nosotros.
La señora de la dirección está bastante dispuesta cuando entramos. Nos dice
que esperemos en un banco en el salón mientras ella habla por el intercomunicador
a la clase de Cugs.
―Charles McConnely a la dirección, por favor. Su hermana está aquí para
recogerlo.
No no. ¡Ese es un trauma abrupto!
Esperamos durante cinco minutos. Diez. Cuando preguntamos, la señora nos
asegura que él asiste a la clase de hoy. Nos asegura que no entiende por qué no
viene. Nos asegura que comprobará personalmente, y me entra el pánico cuando
ella sale de la oficina, un dedo levantado en un vuelvo-en-seguida, mientras mi
corazón golpea con tanta fuerza que agita su jaula.
Me temo que no vendrá. Tengo miedo de cómo me sentiré una vez que me
entere de que él ha decidido no ver a su hermana.
El rechazo es una bestia.
El brazo de Keyon se aprieta a mi alrededor.
―Estará aquí. Shhh, no te preocupes.
Trato de tragar algo que está alojado en mi garganta.
―Cugs nunca respondió cuando mamá y yo nos contactamos con él. Apuesto
a que es papá. Debe de haber inventado historias sobre mamá y yo.
Los dos nos paramos cuando la señora de la dirección regresa con pasos
pequeños y rápidos y nada de Cugs a través de la puerta de cristal.
―Él salió del aula tan pronto como el profesor le dio permiso. No sabemos
dónde está ―dice―. Incluso hicimos a un compañero comprobar los baños más
cercanos, pero nada. Lo siento mucho ―termina, moviendo sus manos como si le
gustaría retorcerlos.
―Está bien, no hay problema ―le digo, la voz tan brillante que me maravillo
de mis propias habilidades de actuación―. Lo alcanzaré más tarde.
Salimos de la escuela de mi hermano de la mano, Keyon y yo. Ambos
estamos tranquilos, mirando al suelo delante de nosotros hasta que estamos lo
suficientemente cerca del coche para que Keyon emita un pitido sincero. Salto, sin
palabras. Él salta, sin palabras también. Nos miramos el uno al otro, y luego, en ese
momento, es cuando comienzo a llorar.
Lloro como no lo hacía en años. Como si no tuviera madre, no tuviera padre,
no tuviera hermanos, como si estuviera sola en el mundo y todo lo que me queda
son fragmentos intangibles de películas. Mi rostro es una pizarra con un único
propósito. Exhibir las lágrimas, tomarlas cuando se desbordan, porque Cugs solía
adorarme como lo adoraba.
¿Qué nos pasó?
Un zumbido débil suena mientras Keyon baja su asiento y me arrastra sobre
él. Me sostiene tan apretado, que debería sentirme atrapada, pero hay compasión y
amor en su abrazo, lo que no consigo en ningún otro lugar.
Mi padre pasó.
Ninguna tarjeta de Navidad o un saludo de cumpleaños, ni una vez, el pene
sin corazón no se preocupa por mí. Hace tantos años, me arrancó de en medio y
nunca hizo sitio para mí otra vez. ¿Qué hice?
Mis sollozos se convierten en gemidos contra la garganta de Keyon, y él no
deja de susurrar:
―Lo siento, lo siento, lo siento.
Sus manos se desplazan hasta mi rostro y me mete más profundo a él. Besa la
parte superior de mi cabeza en un suspiro largo y profundo y susurra:
―Voy a perseguir ese padre idiota tuyo y chocaré mi puño en su nariz.
Me sobresalto con su ira. Él me escucha y tira hacia atrás para encontrar mis
ojos.
―Eres tan increíble, Paislee. Creo que me estoy enamorando de ti, y no voy a
dejar que tontos ignorantes destruyan tu último día en Florida. ―Vamos a un
restaurante de tartas en el camino a casa. Tienen "la mejor tarta de cerezas del
mundo", y comenzamos con una rebanada de ella cada uno antes de compartir un
generoso pedazo de tarta de nuez. Estoy mal del estómago, de la tarta y el dolor,
cuando nos deslizamos de nuevo en el coche.
―Debería haberlo contactado ―le digo.
―Solo hazte amiga de él en Facebook. No has hecho nada malo, no tiene
ninguna razón para estar molesto contigo. Apuesto a que simplemente se
acobardó. Los chicos tienen miedo de los sentimientos, ya sabes. ―Le disparo una
mirada para ver si está bromeando, y me recompensa con un guiño.
Keyon maniobra lo que él llama "rock de chicas" en el coche. Encuentra
bandas que mi madre escuchaba, como Spice Girls, the Bangles, incluso Hole en su
teléfono y regula el volumen de las canciones de acuerdo a mi estado de ánimo.
Cuando sonrío, lo levanta. Cuando me desconecto y mis ojos caen cerrados, Keyon
baja el volumen.
Me quedo dormida al final, con el movimiento ligero del hombro de Keyon
bajo mi oreja mientras tomamos atajos a través de caminos de tierra. Es de noche
cuando nos estacionamos fuera de su dúplex. Simon nos recibe en la puerta, su
cola majestuosamente alta y con miaus sueltos en su garganta. Me agacho y lo
acaricio. Siento que estoy sonriendo de nuevo cuando Keyon se queja de Simon
siendo el más grande coqueto conmigo.
―Está tratando de robar a mi chica. Solo soy su papacito ―miente, y para el
momento que ponemos nuestras cabezas sobre la almohada en mi última noche en
el país del sol, mi corazón está más en paz. Después de todo, no pasó nada. Nada
que no debería haber esperado.
A excepción de las palabras de Keyon sobre el amor.
Paislee
Debería haber anticipado lo difícil que sería volver a Rigita. Después de cinco
días con altas y bajas en Paradise, es casi insoportable estar de vuelta aquí.
La primera cosa que hago es enviar una solicitud de amistad a Cugs en
Facebook. Trato de no comprobar con demasiada frecuencia, si la ha aceptado; una
astilla se me clava en el corazón cada vez que no hay ningún cambio.
Markeston ha aceptado la oferta del viejo para su sala de los espejos. El viejo
no está preocupado por el pedido grande, porque nuestro cliente no tiene prisa.
Estoy pensando que esto es debido a que él está ocupado con Alliance Cage
Warriors.
El viejo es un hombre inteligente y ha puesto el pedido grande de manera de
poder completarlo en unos cuantos meses y por lo tanto podemos ir atendiendo la
orden de Markeston y además nuestros pedidos más pequeños. Tararea en voz
baja mientras trabaja en estos días, algo que no suele hacer.
Keyon y yo hablamos casi a diario. Él me cuenta que está en el sofá de la
trastienda de los Cage Warriors’ cuando me llama en los descansos durante el
entrenamiento. Mi corazón da un salto, con el pequeño fragmento de película que
visualizo a continuación, de nosotros dos juntos. Y Keyon me habla acerca de sus
intensificadas, y brutales rutinas, de las últimas conquistas de Zeke en Stripes, y de
la novatada que Jaden le hizo al nuevo peleador. Al parecer, el pobre aterrizó en la
sala de emergencias con un pómulo machacado.
―Caray, ¿está bien?
Keyon lanza una sexy risa en el auricular.
―¡Solo fue un pequeño hueso, pero chica, el novato tomó su castigo como un
profesional!
―Él es un profesional ¿cierto?
―Bueno, sí.
Mack está portándose como un idiota. No se lo digo a Keyon, por supuesto.
Después de todo, no hemos hablado de deseos ni futuros, y Keyon no ha
mencionado a la Ciudad de México de nuevo. Mi pasaporte llegó por correo esta
mañana. Me puso nerviosa con las posibilidades que eso implica, pero no le diré
nada al respecto, a menos que él pregunte.
Desde que llegué a casa, he esquivado a la mayoría de las llamadas
telefónicas que no sean de Keyon, y he pasado por alto a los mensajes de texto. Mis
amigos me necesitan para lo que siempre me han necesitado, y no puedo, no los
quiero, en lo que Keyon fue el último.
Es extraño. No me he sentido de esta manera antes. Es el dolor en una nueva
gama de colores. Soy una persona sexual; tengo mis necesidades, y desde que
descubrí lo que me hace sentir bien, no he tenido ninguna razón para rechazar esos
deseos. Pero ahora lo hago. Los besos de Keyon, sus huellas dactilares en mi
cuerpo, no deben ser borrados por otra persona.
Amigos. He vivido en Rigita toda mi vida, pero debido a que soy quien soy,
tengo pocos de ellos. Además de mi madre, son solo los pocos puñados de
hombres que veo regularmente, y en este momento, si aceptase sus invitaciones
para reunirme con ellos, les decepcionaría. El único amigo que no puedo evitar es
Mack.
Quién está… correcto: portándose como un idiota. Lo cual no puedo decirle a
Keyon.
―¿Cómo está Mack? ―me pregunta por teléfono, como si hubiera seguido el
rápido sendero de mis pensamientos.
―Está bien ―miento. Sexualmente frustrado y malintencionado.
Hay silencio en el otro extremo. Entonces, suspira. El sonido viaja
profundamente en mi estómago y me hace extrañarlo más.
―¿Has pensado un poco más en México?
―¿Por qué? ¿Me quieres ahí? ―Me muerdo el labio para sofocar la felicidad
que causa su pregunta.
―Me gustaría. De hecho, puede ser que te necesite allí ―dice con dulzura, con
tanta dulzura que reboté hasta la punta de los dedos del pie.
―¿En serio? ―Mi voz burbujea y silba
―De verdad.
―¿De verdad, en serio?
―Paislee. ¿Recibiste tu pasaporte?
Agarro el teléfono con ambas manos y me lanzó a la cama. Una vez que estoy
cómodamente acostada sobre mi espalda, agarro de un manotazo el pasaporte de
la mesita de noche y lo sostengo.
―Espera…
Tomo una foto y se la envío, a continuación, me pongo el teléfono en la oreja
de nuevo. Escucho el sonido que indica que la foto acaba de llegar a su teléfono.
―¿Qué pasa?
―¿Recibiste mi mensaje?
Él lo busca. Respira. Y se le escucha tan lindo y joven por la línea cuando
dice:
―¡Qué bien! Ahora, todo lo que tenemos que hacer es conseguir algunos
detalles para el viaje.
Vaya. Pude conseguir el pasaporte, pero esas otras cosas son caras. Retuerzo
la sábana que está debajo de mí en un puño. No tengo ahorros. Las pocas monedas
de diez centavos que tenía desaparecieron con el viaje a Florida, lo que está bien
porque se vive barato aquí. Voy a trabajar al apartamento, vivo al día. La realidad
se me viene encima, es algo de lo que no estaba consciente todavía: no se trata solo
de tomar unos días de vacaciones sin previo aviso. Viajar cuesta dinero, y no tengo
dinero.
―No puedo hacerlo. ―La decepción contrae mi garganta. Me la aclaro
ruidosamente.
Hay un breve silencio, como si estuviera eligiendo las palabras.
―¿No puedes conseguir días libres? Es un viernes, por lo que sería un fin de
semana largo.
―No, Keyon, ese no es el problema. Yo no… ―Es una cosa humillante
confesar cuán pobre eres.
―¿Entonces cuál es el problema?
Considero pedirle a mi madre. Solía guardar una que otra moneda para mí,
pero desde que ella no tiene un novio con quien compartir los gastos, apenas
alcanza para costear su propia vida. No puedo pedirle a ella.
―¿Paislee? Háblame.
Doy un profundo suspiro. ¿Cómo podría el hijo del alcalde saber de estas
cosas? Nunca ha comido sopa de fideos instantáneos todos los días de una semana,
mientras su madre trabajaba en dos lugares al mismo tiempo.
―No, no importa. No puedo hacerlo… Trabajo, tú sabes.
―Mentira. Acabas de decir que ese no es el problema.
―¡Bien, bien! Estoy en bancarrota. He buscado, y los precios son
astronómicos. No hay manera de que pueda ir a México. ―Mientras lo digo, un
sollozo me aprieta la garganta, me siento mal.
―Shhh, Paislee. Te dije que Markeston patrocina los vuelos y el hotel y todo,
te lo dije ¿no?
―Para el luchador y su equipo, sí, pero…
―Eres parte de mi equipo.
―Soy tu grupi ―le contesto.
―Mi novia.
Trago saliva. Me llamó así unas cuantas veces cuando estuvimos juntos, pero
solo para mostrarse posesivo frente hombres desprevenidos.
―¿Quieres ser mi novia? O tienes otros planes. Con otros hombres. ―Lo dice
cuidadosamente, como si tuviera miedo de herir mis sentimientos, y tal vez de
diferente manera los suyos.
―Keyon ―empiezo, recordando la secundaria y la última vez que me hizo
esta pregunta. Todo terminó en burlas inmaduras acerca de senos en crecimiento, y
nunca le di una respuesta. Ninguno de los dos ha abordado el tema de nuevo.
―Lo siento si parezco demasiado franco, nena, pero no comparto chicas, y si
eso es un problema…
―Ni siquiera sabes ―lo interrumpo, sintiendo que el nudo de la garganta se
afloja. En su lugar, pequeñas explosiones de algo efervescente y luminoso me
hacen esbozar una sonrisa. Es una sensación ridículamente feliz―. Ni siquiera
sabes cuánto quiero ser tu novia, Keyon, solo tuya. Hará que todo lo que estoy
pasando en este momento valga la pena.
―Bien. Espera, ¿a través de que estás pasando?
―Síntomas de abstinencia. Síndrome de abstinencia. Pérdida de amigos.
―¿Síndrome de abstinencia? ¿De qué estás hablando?
Me doy cuenta lo que está pensando.
―Oh, no, no me drogo ni nada por el estilo. Es solo que no estoy
acostumbrada a estar sin sexo, y ahora rechazo a mis amigos hasta media docena
de veces al día.
Él está en silencio, no le encuentra la gracia a lo que le estoy revelando.
―No son tus amigos, si solo te quieren para follar.
Mi mirada se dirige al huevo brillante de mi mesilla de noche buscando
apoyo.
―Sí, pero eso es mi culpa. He basado estas amistades en el sexo.
―Paislee, es culpa de ellos tanto como tuya. Espero que tu aspiración a
superarte y que no quieras permanecer atascada con el sexo con extraños para el
resto de tu vida, no les impida que puedan tomar una simple taza de café contigo.
―¿Quieres decir que el Sr. Gluckwelt debe escabullirse de la señora
Gluckwelt y de sus arrogantes hijos para charlar platónicamente conmigo?
―pregunto, de manera brutal e instantáneamente me arrepiento. Parece que estoy
empeñada en ahuyentar el único hombre con el cual vale la pena estar por más de
un minuto. Aquí está, irreal, ofreciéndome una relación. Me ha mostrado respeto,
incluso cuando no he hecho nada para ganarlo. ¿Por qué me estoy haciendo esto a
mí misma?
―¿El padre de tu amiga? ¿El que logró que empezaras? ―me pregunta.
―No, Isa y su familia no viven más aquí.
―Pues bien, este señor Gluckwelt es un idiota de primera clase. Él tiene que
permanecer en su pequeña casa y amar a su pequeña señora y salir de la cara de mi
chica. Sin embargo, tu amigo, Mack, debe ser lo suficientemente maduro como
para pasar el rato contigo, por ti, no por tu coño o por tus habilidades orales
―escupe.
Sofoco un jadeo con mi mano.
Keyon debe odiar el imaginarme a mí con otra persona. Si yo estuviera en su
lugar, le estaría gritando cosas indecibles también, estoy segura. Probablemente me
oiría peor.
―Tienes razón. ¿Puedes… puedes revisar con Markeston el boleto?
―pregunto en voz baja.
Él trata de disimular el sonido en su garganta. Espero que no se esté
imaginando a Mack y a mí juntos.
―No, voy a reservarlo. Ahora mismo. Inmediatamente. Estate atenta por un
correo electrónico con los detalles. Hablamos mañana.
―¿Keyon?
―Sí.
Hablo rápido porque él está a punto de colgar. Estoy desnudando mi alma, y
él tiene que escucharme antes que me acobarde.
―Tus huellas digitales son las últimas huellas sobre mi cuerpo.
Se toma un momento para reaccionar. A continuación, suspira entre dientes.
―Bebé. No tienes ni idea de lo feliz que me haces. En dos semanas voy a estar
dejando más huellas en ti, ¿de acuerdo? No puedo esperar.

Keyon
Sigo teniendo estas malditas pesadillas. Me despierto empapado y sin poder
respirar. Me encuentro estrangulando mi almohada cuando las tengo.
Es el maldito engendro del tren. No puedo creer cómo se mantiene
resurgiendo. Me pregunto si la reaparición de Paislee en mi vida agrega
combustible.
No hemos hablado mucho de su incidente desde que me lo reveló, pero mi
conjetura es que su violador es el mismo tipo. ¿Porque cuáles son las
probabilidades de que existan dos personas tan retorcidas como él en un pequeño
lugar a lo largo de unos pocos años? Hago una nota mental para preguntarle a
Paislee si vio a su agresor, para hacer la comparación.
Tan pronto como la pelea en México termine, no voy a tener un colgante
visible y constante encima de mí en la forma de Sanchez. Voy a destruir al hombre
y hacerme famoso por mí mismo. Voy a pelear con otros y mejores luchadores,
espero que en los EE.UU., y con una mejor clasificación.
Me quedan dos semanas hasta el gran combate, y todo recae sobre esto. Le he
dicho a mi chica, que no puedo contactarla hasta que nos encontremos en México,
pero que Markeston y Dawson van a coordinar todo. Ella no tuvo ninguna queja,
más pruebas de que es perfecta para mí.
Voy a tener que esperar hasta después de la pelea para verla, porque un
emotivo reencuentro previo podría arruinar mi concentración, un riesgo que no
voy a tomar. En el último mes, he estado entrenando día y noche. Frunzo los labios
y exhalo, sacando el aire a través de una abertura estrecha. No hay duda de que
voy a ganar esto.
He reservado un hotel en la costa para después, nada extravagante. Ella
estará volando el jueves, la pelea es el viernes por la noche, y después de eso, ella
pasará sábado y domingo conmigo. Dos días para disfrutar del lujo.
Después de la pelea, voy a disfrutar de todo: comida, bebida, sueño y voy a
darle gusto a Paislee. Mi chica, ella necesita sexo, y tengo la intención de recuperar
el tiempo perdido hasta que lo vea en su forma de caminar. Quiero que quede tan
satisfecha que se retuerza en mis brazos, riendo agotada cuando le ofrezca más.
Dos días solo para nosotros. Vamos a ir directamente al hotel, sin paradas en
lo absoluto. Estoy contando con no sufrir ninguna lesión importante y ser capaz de
darle todo lo que pueda soñar. Paseos en la playa al atardecer y cenas con velas.
Esa mierda romántica que a las chicas les encanta. Quiero que ella esté radiante.
Quiero que ella sonría fuerte, todo el tiempo.
Maldita sea. Voy a hacerla sonreír.
Paislee
―¿Vas a estar bien? ―refunfuña el viejo por debajo de su bigote. He estado
ocupada dentro de mis propios pensamientos color de rosa, y una punzada de
culpa me golpea porque él todavía necesita una cita con el peluquero. Ese bigote,
por Dios. Se mete en su café, y lo deja con un borde amarillento.
Le paso una servilleta y asiento.
―México no está tan lejos, viejo. La gente va allí todo el tiempo. Desde
California, por ejemplo.
―Pero no desde Rigita ―comenta Mack desde el sofá.
Es difícil mirar a Mack en estos días, con esa cara de enfermo de amor que
trae. Él no insiste más, no pregunta sobre almuerzos en el piso de arriba o
"caminatas" para alejarse del viejo y que significaban un polvo rápido.
Las dos primeras semanas después de Florida, evité sus avances sin
explicaciones. La mirada en sus ojos ―conmoción, tristeza―, una vez que le
confesé que estaba tratando esa cosa de ser novia, era difícil de ver.
La pregunta de ser novia de Keyon podría no ser un gran problema para
otras chicas, pero para alguien como yo, una fulana que no es digna de los
honestos hombres de a pie, era tan grande como ver el amor de tu vida
desenvolviendo un anillo de compromiso.
Paislee Marie Caín está siendo firme. Sonrío con el pensamiento, solo con
pensar en lo que la mayoría de la gente hizo durante la secundaria. Keyon y yo
podríamos haber ido por ahí durante el bachillerato si el mundo no nos hubiese
separado.
Está bien. Después de todo lo que he pasado, probablemente lo saboreé más
de lo que lo hubiera hecho en aquel entonces. Y con el amor, nunca es demasiado
tarde.
Dejo que mi mente vague con mamá y juego con la idea de que conozca a
Richard Markeston. El hombre es del tipo jovial, amante de la diversión, y mi
madre tiene que reír más.
Luego pienso en Cugs, y se me cae el alma a los pies. Él aceptó mi solicitud de
amistad en Facebook hace tres días. Estaba tan emocionada, pasé dos horas
ideando un mensaje, ligero, y perfecto de dos frases. Cugs está conectado en
Facebook todo el tiempo, y lo veo actualizar con resultados de fútbol, fotos de
amigos de su equipo, e incluso algunas fotos de sí mismo con una linda chica.
Es un hombre joven ahora. Guapo y de aspecto feliz, ningún indicio de pesar
estropea sus ojos. Es como si nunca hubiera estado en su vida.
―Tendría que consultarle al viejo, pero te acompañaré ―irrumpe Mack en
mis pensamientos.
―¿Qué? ―pregunto, lo escuché bien, pero quiero ganar tiempo.
Él resopla.
―Paislee, nunca has estado fuera del país, y mucho menos con alguien a
quien apenas conoces.
―Estás bromeando, ¿no? Keyon y yo nos conocemos desde la escuela
secundaria. Él es mi novio, y estaré más que bien.
―Le has conocido por, cuánto, ¿dos días? ¿Cómo puedes confiar en él de esa
manera?
Estoy atónita. Ni una sola vez desde que conocí a Mack me ha preguntado
acerca de mi pasado. No sabe nada de la escuela secundaria, de mis amigos y
enemigos, de Keyon. No tiene idea de lo que me hace sentirme yo misma, que solía
estar bien. Yo lo acepté cada vez que se paró en mi puerta, que necesitaba mi
cuerpo, incluso si él no me necesitaba. Pero, ¿qué derecho tiene de lanzarme
consejos no solicitados?
―Escucha, querida ―murmura, acercando una mano hacia mí de la manera
como cuando me quería desnuda―. Todo lo que digo es que puedo estar allí y
asegurarme de que estás a salvo. Si pasa algo…
―Gracias, Mack ―digo―. Aprecio tu preocupación, pero estaré bien. Mi
novio va a estar conmigo, junto con un grupo de gente increíble, con quienes me
encanta salir. Pero si alguna vez quieres tomar un café, sólo café, y charlar en algún
lugar, voy a estar encantada de hacerlo.
Mis palabras lo golpean como si le hubiera dado una patada en su estómago.
Los párpados de Mack revolotean con el impacto, y me siento mal, porque nunca
lo podría culpar por lo que hemos hecho y donde hemos acabado.
Mucho podría decirse acerca de Mack. Es distante e indiferente hacia las
historias de las personas. Es ignorante y egoísta. Pero ninguno de esos rasgos son
crímenes, lo cual es bueno, porque si lo fueran, la mayoría de nosotros sería
culpable.
No soy mejor que mi amigo. He alimentado las elecciones de Mack con mis
necesidades, y en lugar de buscar a la mujer adecuada para compartir sus días, se
ha obsesionado con una ilusión mía porque calmo sus necesidades físicas.
Mack no se da cuenta que ha alimentado mis elecciones también, y
probablemente nunca va a hablar de mi revelación. Cuando me pongo de pie y
camino hacia los espejos, su cara se retuerce con réplicas que se está muriendo por
decirme. Él no lo hace, porque cuando todo está dicho y hecho, Mack sigue siendo
amable.

Keyon
Markeston y Dawson son uña y carne. Elaboran planes que me avisan a
última hora. Afortunadamente, han sido cosas con las cuales he estado de acuerdo,
hasta ahora.
Amy, la chica de los anuncios en el ring, va a pasar por mi apartamento y
asegurarse de que Simon está bien durante los días que no voy a estar. Es el peligro
de no tener un compañero de cuarto; necesitas ayuda con tus mascotas cuando vas
a estar fuera de la ciudad, y para mí, Simon es más que una mascota. El pequeño
tipo es mi maldito compañero peludo del alma.
Siempre que pienso en las almas gemelas, el nombre de Paislee parpadea en
mi cerebro; era sorprendente cómo Simon se llevó con ella. Nunca lo había visto
adular a alguien, que hubiera pasado la noche en casa, de la manera que lo hizo
con Paislee. Era como si estuviera tratando de robarla, yo no estaba bromeando
cuando le dije a mi chica eso.
Sonrío al recordar su primera interacción. Es tan jodidamente sensual cuando
una mujer ama a mi pequeño hombre de la manera que ella lo hizo. Él sabía que
era especial para ella también, de inmediato, y vaya si no me convierto en masilla
en sus manos luego de eso. Quiero decir, ¿cuándo he dejado que una mujer tome el
mando y me cabalgue lentamente mientras el sol se pone?
Estamos en una zona agitada, ruidosa, sucia de una enorme ciudad. El hotel
es de cuatro estrellas, pero el botones no habla inglés, y la recepcionista lucha con
el idioma. Está bien.
Gracias a la exuberante insistencia de Markeston, ahora tenemos cuatro
personas gesticulando y guiándonos a un ascensor. Resulta que ellos no sólo nos
conducen allí. Suben con nosotros también, hasta que estamos en la planta
superior, donde tres de ellos empujan el carro de las maletas con todo nuestro
equipo por el pasillo y lo hacen rodar hacia el otro extremo del corredor.
―Suite. ―Uno de ellos señala con la cabeza.
―¡Gracias mucho! ―vocifera Markeston; quien tomó unos cócteles en el vuelo
y su efecto no ha desaparecido aún.
La suite está arreglada para Dawson, Robbie, y yo, mientras Markeston tiene
el apartamento de al lado para sí mismo.
―No es grande ―se encoge de hombros mientras entra―, pero tiene un
jacuzzi en el balcón. Problemas de espalda.
Más tarde, tomamos una limusina, también cortesía de Markeston, a la arena
que está siendo preparada para la lucha. Es enorme. Se puede decir que Sanchez es
un nombre muy grande en esta ciudad, lo que hará que sea más difícil para mí.
Cuando miles de aficionados aclaman con todas sus fuerzas a tu oponente,
realmente tienes que estar en modo Zen.
Bajamos las cosas al vestuario. Ninguno de los fans de Sanchez están ahí,
pero su retrato es tan grande en la pared frente a la audiencia, que me hace pensar
en la propaganda populista: Evita, Perón. ¡Eh! Hitler.
―Parece que todo lo que necesita es una estatua de sí mismo ―añade
Markeston a mis reflexiones.
―No me digas.
―Oh, muchacho, van a estar tristes una vez que hayas dado una paliza al
bastardo ―murmura Robbie y palmea mi espalda con su mano carnosa.
―Maldita serie ―le digo―. Estoy aquí para poner triste a la Ciudad de
México.
Dawson se balancea hacia mí. No es alguien que lo describiría como lleno de
humor, pero hay alegría en el fondo de su mirada antes de que empiece a
descargar las maletas.
Desde el hotel, voy a correr en un barrio loco con Robbie a mi lado. Nos
miramos el uno al otro sobre un coche que se incendió en la acera. La propietaria,
una chica, abofetea a un niño que sostiene un encendedor de gran tamaño,
mientras lo regaña. Quisiera decir que ella utilizó una botella de tequila como un
arma, pero las botellas de Pepsi también hieren, a juzgar por los lamentos del
chico.
―¿Necesita ayuda, señora? ―pregunto y la veo desatar una andanada de lo
que debe ser maldiciones en español.
―Ella está bien ―traduce Robbie en broma, y es la última gota antes de
troncharme de risa.
―Vaya ―digo, porque es todo lo que puedo decir.
En el hotel, los empleados no están demasiado interesados en llamar a la
policía sobre el coche incendiado.
―Sucede todo el tiempo ―dice una sonriente recepcionista.
Duermo bien. Oh sí, porque no iba a dejar que la presión me afecte antes de la
pelea más grande. Tengo el dormitorio principal. Los chicos se acomodan en las
habitaciones contiguas, y cuando me despierto ―a las cuatro a.m.― estoy
extendido sobre mi espalda cruzado en la cama extra grande como el ganador que
voy a ser.
Claro que sí. Mi corazón comienza una loca carrera a toda velocidad. Ahora
todo lo que resta es perder peso.

Paislee
Otro vuelo. Mi vida se ha vuelto irreal. Este es más largo que el primero y
tiene una parada adicional. Aun así, no es difícil de adentrarse en esta nueva
rutina; me siento libre cuando estoy en los aeropuertos o en el aire.
Cogí revistas en la primera parada, y me sacan del apuro cuando mis
pensamientos corren sin control. Ha pasado un mes desde la última vez que vi a
Keyon. Las primeras semanas, hablamos todos los días, pero luego fue
disminuyendo hasta que nuestras llamadas telefónicas se hicieron inexistentes.
Mi novio necesita su mente totalmente enfocada en el próximo encuentro, lo
cual entiendo, pero con él todo el tiempo abajo en Florida, nuestra relación
comenzó a sentirse como imaginaria.
Mack me llevó al aeropuerto, y todo el viaje, habló cortésmente sobre los
problemas diarios en la fábrica. Nos reímos dos veces de algo que él había hecho,
tan típico de él, pero luego me percaté que Mack estaba frunciendo el ceño
profundamente, dándome cuenta de lo preocupado que estaba.
―Voy a estar bien, Mack ―le aseguré cuando detuvo el coche junto a la
acera.
Me miró por encima, la cautela brillaba en su mirada.
―¿Te importaría enviarme un mensaje para mantenerme informado aquí y
allá?
Su expresión me causó un nudo en la garganta. No se había comportado así
cuando fui a ver a Keyon en Florida.
―No, no me importa en absoluto. Si las llamadas no son demasiado caras, te
voy a dar un timbrazo, pero por lo menos te voy a enviar mensajes.
―Gracias.
Mack agradeciéndome por un acto que no estaba relacionado con el sexo. Era
extraño y me hizo más difícil dejarle sin llorar.
―Diviértete, ¿de acuerdo? Disfruta. Broncéate un poco. Lo necesitas
―disparó en el último minuto.
―Oh hablador, Mack Sonnenhaus. Broncéate tú mismo.
Una pequeña sonrisa se asomó a sus labios en ese momento, del tipo de
sonrisa que no me había ofrecido desde que empecé a rechazar sus avances.
―Lleva a una buena chica a una cita ―le dije antes de cerrar la puerta.
Mack bajó la ventanilla, no tomando mi partida como el fin de nuestra
conversación. Los motores de automóviles y puertas del aeropuerto sobrepasaron
su voz, por lo que no fue inverosímil cuando fingí que no lo escuché.
Me alegra que Mack nunca me invitara a salir. Me alegra que no tratase de
"hacer lo correcto", de la manera en que hacen los hombres a menudo cuando han
pasado más de unas pocas noches con una mujer. Si lo hubiera hecho, no habría
estado allí cuando Keyon irrumpió con tanta insistencia. A pesar de ello, lo que
dijo Mack en la acera del aeropuerto me hizo entristecer. Por él, y por lo años
malgastados en hombres sin rostro.
―Me gustaría llevarte a ti a una cita.
Keyon
Ellos siguen preguntándome cosas, pero estoy cayendo.
No puedo hablar en este momento. Soy peso pesado ligero. Eso es lo que soy.
Cada vez que el programa de corte de peso cierra su cinturón de hierro alrededor
de mí, quiero lanzar mi disgusto por todo lo que mi vida exige.
Nada importa cuando no puedes hablar, cuando no puedes caminar sin
tropezar. Desde el fondo de mi cerebro, la convicción me hace seguir adelante.
Cuando quiero renunciar, cuando me muero por agua, cuando alucino con los
oasis del desierto con fuentes y palmeras y Paislee emergiendo de inmersiones de
agua dulces, me concentro en mi objetivo.
Iré a Las Vegas. Estaré allí, contratado, listo para hacer lo que amo y hacer
una muy buena vida de ello. Voy a ser una leyenda, alguien tan lejos del niño que
una vez temblaba en Rigita.
El luchador que domina el perder peso tiene la ventaja.
Me desmayo en el sauna, deshidratándome.
―Tres horas más y mediremos el peso. ―La voz de Dawson es implacable,
como debe ser. Soy un puto bebé a medida que me da de tomar Pedialyte, pero
estoy demasiado débil para importarme. Emerjo nuevamente. Despacio.
―No importa qué, siempre serás peso pesado ligero ―repite mi sentimiento
en voz alta―. Sin embargo, durante una hora, tienes que ser peso medio ligero.
Asiento débilmente, mientras que apunta a la cinta de correr. Volver a correr.
Mis ojos hacen su propia cosa, enfocándose, desenfocándose, mientras que Robbie
y Dawson me llevan a mi próxima sesión de ejercicios.
Robbie me ofrece el traje de sauna que prefiero no llevar de nuevo. Miro su
cara, pero no encuentro compasión. Por supuesto que no. Todos nosotros elegimos
esto, joder.
Saco aire a través de mis labios, resignado y sonriendo un poco a la vez. Me
atrapa mientras caigo.
―Amigo. ¿Dawson? Creo que ya ha tenido suficiente ―dice cuando mis ojos
se ponen en blanco de nuevo en mi cabeza.
―¡No! ―logro decir bastante alto―. No. Esto sucederá. ¿Un cuarto de kilo
era?
―Sí, hombre.
―Sucederá.
*
El escenario es un poco borroso pero llego hasta allí bien. Robbie está allí para
quitarme mi manto rojo, al estilo de los antiguos boxeadores. Me dan ganas de reír.
Tan cerca.
―¿Listo para cargarte de carbohidratos? ―sisea Robbie en mi oído. Ah, no
hay nadie más preparado para los carbohidratos que yo en este momento. Una vez
que el pesaje se realiza, puedo resurgir y subir los cinco kilos que he perdido
durante los dos días que hemos estado aquí.
No puedo ni pensar en las consecuencias si hubiera sido descalificado por no
cumplir con la categoría de peso. Algunos de mis amigos lo han experimentado.
Dependiendo del oponente, podría ser enviado a casa sin tanto como un puño
sangriento. Seguro, las renegociaciones son comunes, pero no me gustaría confiar
en ellas para la pelea más importante de mi carrera.
No puedo ver a Sanchez correctamente cuando se sube a la báscula. Hay un
leve retumbo de odio en la parte inferior del estómago, pero me siento como un
molusco incapaz de lograr incluso la emoción más cruda.
Sanchez sube primero, el defensor de su reino, y sus fans rugen a nuestro
alrededor, como si él ya hubiera ganado por un peso por debajo del límite.
Después subo yo. Una vez que estoy en la escala, levanto los brazos sobre mi
cabeza cuando veo el número en la pantalla, y muestro la sonrisa más grande que
he logrado en cuarenta y ocho horas.
Un silbido de alguien que aplaude, una décima parte de la respuesta que
Sanchez obtuvo. Estoy bien, porque si Sanchez quiere una revancha en los Estados
después de que lo haya derrotado, mis fans van a darle lo que se merece.
Cierro los ojos, una sensación de logro asentándose en mí. Dicha. En
veinticuatro horas, voy a estar terminando esta pelea y cerrando un capítulo. Será
bueno. Y no puedo esperar a verlo. Sangrar.
Paislee
Es extraño estar en esta ciudad, en este hotel, sabiendo que Keyon está a dos
pisos por encima de mí. Markeston me recogió en el aeropuerto. Su euforia
mientras charlaba sobre vuelos y pérdida de peso me hizo pensar que es una
empresa solitaria del hombre en la búsqueda de algo que está fuera de su dominio.
Me dijo que Keyon está bien mientras me llevaron a mi piso. Me dijo que
Keyon no podía verme esta noche. Ya sabía esto y vine preparada mentalmente
para aguantar hasta mañana.
Keyon probablemente está de vuelta del pesaje e irá a dormir. Yo, estoy
inquieta después que Markeston me deja. Se retira sólo después de pedir servicio
de habitación y de revisar dos veces que mi minibar está a su gusto.
Como un par de bocados de una hamburguesa no estadounidense, agarro mi
lata de Coca-Cola, y me aventuro fuera de la habitación. No estoy segura de cuál es
mi plan. El vecindario no es seguro, me han dicho. Tal vez sólo voy a
familiarizarme con el hotel.
El vestíbulo es pretencioso en laminado de oro, techos altos y de mármol
rosa. Estoy arrastrando un dedo a través de la pared de la barra, siguiendo el
modelo complejo del papel de seda cuando se abre la puerta del vestíbulo y
Dawson y Robbie entran… con alguien entre ellos. Alguien más pequeño, más
delgado, un ser humano en ruinas. Contengo el aliento, porque debajo de esas
mejillas hundidas, los ojos hundidos, reconozco mi amor, mi luchador, el que no
he visto en un mes, y me lleno los pulmones con aire y grito:
―¡Keyon!
Ellos lo sostienen por los brazos a medida que caminan hacia las puertas del
ascensor. Robbie me ve. Mueve la cabeza lentamente y forma la boca en un No.
Estoy atornillada al suelo, una parte de mí advirtiéndome no proceder de
acuerdo con mi instinto. No entiendo lo que está pasando, por qué lo dejaron
agotarse a sí mismo tanto. ¿Cómo puede luchar en veinticuatro horas si está tan
débil?
¿O está enfermo?
¿La pelea no ocurrirá?
Dawson me nota. La bondad en sus ojos se vuelve inflexible con
determinación mientras mira hacia otro lado sin saludarme.
Doy un paso hacia atrás. De pie obedientemente detrás de una maceta,
mientras lo colocan contra la pared del ascensor. Los ojos de Keyon están cerrados.
Me obligo a estudiar su rostro con cuidado. No se ve triste. No parece estar
adolorido.
La mirada de Robbie perfora en mí, y hago contacto visual con ella segundos
antes de cerrar las puertas del ascensor. Te voy a encontrar, articula, dibujando una
conexión entre nosotros con un movimiento de su mano. No espero por un
ascensor. Tomo las escaleras a mi habitación tan rápido que mis pulmones quieren
explotar.
―Keyon está comiendo y bebiendo ―Robbie me tranquiliza cuando llega―.
Tomando unas cuantas bolsas de IV. Gracias por no hacer que te notara en la
planta baja. Es un equilibrio complejo, y en este momento su mente está perfecta, al
cien por cien en el juego. Si mantiene su confianza, va a ganar. ―Extiende una
mano y toca mi mejilla cuando se da cuenta que una lágrima se deslizó de mi ojo.
No puedo evitarlo. Keyon es un tipo tan grande, fuerte. El recuerdo de lo roto que
se veía no es compatible con la forma en que lo conozco. Me recuerda al niño en el
bosque―. Mi novia lo odia también ―dice.
―¿Dawson la deja estar contigo cuando estás así? ―Hay celos en mi voz y
Robbie sonríe.
―No. Fue por accidente, al igual que como viste a Keyon. Mi novia aprendió
la lección sin embargo. Ella ni siquiera viene a mis peleas ya. De hecho, perdí esa
pelea y se culpa por ello.
―¿Crees que es cierto? ―pregunto.
―Bueno, creo que tiene algo de razón ―Aprieta el labio superior con dos
dedos, considerándolo―. Quiero que sea feliz y no lo estaba después que me había
visto así. Había un montón de miedo pasando en su rostro durante toda la pelea al
día siguiente, incluso chilló cuando él me golpeó en el templo una vez. Moira es
una terrible futura esposa de un luchador ―añade con afecto―, quizás me haya
hecho perder cuatro mil dólares.
Exhalo, sintiéndome mejor al saber que otras mujeres sufren lo que estoy
sufriendo en este momento. Estoy tomando notas mentales. Nada de chillar
mañana en la pelea, y voy a necesitar no tener miedo y estar tranquila.
He pasado por cosas peores.
Keyon
Me siento jodidamente increíble. Me levanté de la cama, lleno de energía, y
dando zancadas me dirijo al cuarto de baño para darme un buen vistazo en el
espejo. Mierda, sí, hoy es el día. ¡Sanchez jodidamente se va a la basura!
Quiero un desayuno increíble a pesar que comí hasta que me quedé dormido
con la boca llena de galletas y salsa. Dawson sabe lo que me gusta, y Markeston se
aseguró que eso sucediera. El tipo se ha convertido en mi hada padrino.
Hay un restaurante VIP en nuestro piso, y es donde iremos luego. Me coloco
mis pantalones de chándal, la camiseta de Alliance Cage Warriors y muevo las
caderas de camino a la puerta.
―¿Te sientes bien? ―dice Robbie, dándome una palmada en la nuca, al estilo
oso. Me da una palmada y luego se aleja.
Levanto la cabeza.
―Como un millón de dólares. ―Hay una clase de canción optimista que no
recuerdo en mi cabeza. Se repite, recordándome que necesito mi lista de
reproducción antes de una pelea en mis oídos. Exploro el salón delante de la suite,
y Robbie, adivinando mis pensamientos, señala.
Tomo mis auriculares de camino hacia el desayuno, paso por “Welcome to
Jamrock”, “Justice”, “DMX’s”, “Ain’t No Sunshine”, y termino por “Ratamahatta”
como primera canción de la mañana.
En el auto hacia la arena, todo lo que hago es cambiar de canciones, subir el
volumen, y permito mis rodillas moverse libremente por la energía cumulada.
“You Ain’t Stoppin’ Me” de Al Kapone me tiene gruñendo de impaciencia cuando
llegamos a la entrada trasera.
La última hora antes del espectáculo es agotadora. Tenemos cosas de
entrenamiento en la maletera y unas cuantas bolsas pesadas que bajan mi energía
acumulada y empiezo a calentar.
Nos dan un aviso. Diez minutos.
Reproduzco “Onward on Victory” en mis oídos y empiezo a dar saltos. Golpeo
de repente las manos, esperando, y eso es todo lo que puedo hacer en estos
momentos.
“It’s Dark and Hell is Hot” suena por mis auriculares cuando me dan permiso
para pasar. Me los quito, arrojo mi celular a un lado, y escucho “Hail to the King” de
Avenged Sevenfold a todo volumen de los altavoces, crepitantes, dominantes, ¡por
mí!
Estoy ansioso por reclamarlo todo.
Arrodillarme ante la corona9.
Ya puedo saborear la victoria, y ni siquiera lo he visto a él todavía. Infiernos,
sí, nunca he estado en mejor forma, y estoy mentalmente tan controlado que nada
puede destruirme.
Hasta que Sanchez hace un semicírculo, se voltea para su audiencia, y me
mira con sus ojos pequeños y brillantes, su sonrisa torcida y… tiene una puta cola
de caballo.
Las paredes de la jaula pierden su malla de cable, parecen paredes sólidas,
paredes de un tren. La esquina de Sanchez se convierte en un baño sucio, con un
inodoro de acero.
La puerta de la jaula se cierra de golpe. Más fuerte de lo que debería. El ritmo
en el aire ya no es “Hail to the King”, no, son vía del tren bajo mis pies y escucho el
monótono thu-thud, thu-thud, thu-thud.
La música desaparece. Débilmente, escucho a la audiencia abucheando mi
entrada. El árbitro asiente para que nos acerquemos al centro de la jaula. Sigo
controlado, pero estoy enfadado, más enfadado de lo que debería.
Sanchez me mira con atención, su protector bucal negro recordándome a
unos dientes podridos en los trenes. Su sonrisa es amplia, pero yo sonrío aún más.
Sonrío como un lunático, y la mirada gacha que le doy es tan asesina que sabe que
va a perder.
Le envío un beso. El demente del tren trata de darme un golpe en la cabeza
incluso antes de que la pelea comience. Ja, mal intento. Voy a enviarlo a dormir
LMPP.
A ambos nos dan advertencias. Creo que asiento en entendimiento. Lo miro.
Me recuerdo: Es Sanchez. Por lo que sé, este hombre ni siquiera habla español, él
jodidamente nunca diría, “Eres muy bonito”.

9
Juego de palabras, la canción que escucha es “Hail to the King” (Saluden al rey), es por eso que luego dice,
arrodillarme ante la corona.
No puedo impedir ver la transformación de su piel oscura a una pálida del
demente del tren. Esa cola de caballo. Pensé que Sanchez tenía cabello corto. ¿Cuán
viejos son los vídeos que he estado viendo? Sin embargo, su cabello es negro. No
son mechones rojos que llegan hasta sus omóplatos. Está sólo en mi cabeza. Sólo en
mi cabeza.
Él no es el demente del tren.
Me apresuro hacia él. Le doy golpes seguidos en la cabeza en un avance
rápido vicioso. No debería ser puro instinto. Esta pelea es demasiado importante
para eso, pero no puedo detenerme. Se siente malditamente bien.
Por cada vez que es demasiado lento para bloquearme, cada vez mi puño
golpea su rostro, la sangre corre más rápido por mis venas, y los puntos rojos
nublan mi visión cada vez más.
Joder. Sí. Toma. Eso.
Es lento, fuerte y codicioso, no quiere compartir su reino, pero yo también
soy codicioso. Soy el vencedor, y voy a tomarlo todo.
Necesito tener un agarre en su cabeza. Quiero mi jodida sumisión de pie. La
campana de la primera ronda suena, pero no puedo dejarlo ahora que lo tengo
apretado debajo de mí contra el suelo. Quiero romper. Sus huesos.
―¡Detente! ―grita el árbitro. Está frente a mí, y lo hago. Lo hago―. ¡Eso es
todo!
No dejé ir al demente del tren. Yo… mierda. Lo tengo en un agarre anaconda
en el suelo, y él no puede moverse. ¿Cómo puedo dejarlo ir cuando él ni siquiera se
rindió? Mierda, yo…
―¡Arias! Tienes dos segundos o voy a restar puntos.
Mi cuerpo tiembla del esfuerzo por soltarlo. Me levanto. No miro al demente
tambaleándose al ponerse de pie. En su lugar, me voy a mi esquina.
Un paquete de hielo va hacia mis ojos. Robbie lo sostiene ahí. La adrenalina
corre rápidamente por mi cabeza. Charla de motivación de Dawson. Él me dice
que no deje que mi rabia se apodere, porque…
―Tienes un enemigo, Arias: tú mismo. Si no puedes controlarte, por todo lo
que hemos trabajado va a derrumbarse, sólo así. ―Chasquea los dedos frente a mis
ojos. Lo miro. Asiento.
Luego, me despabilo, estamos aquí de nuevo. El rostro de Sanchez se
deforma frente a mí. Es un desastre sangrante pero aún de pie, aún fuerte,
malvado, la personificación del peor recuerdo de mi infancia.
Es tiempo de terminarlo.
Mi gancho golpea su cabeza en sus hombros antes que él choque contra la
pared de la jaula. Lo sigo, golpeándolo contra la pared antes de agarrarlo en un
movimiento Kimura.
Es demasiado lento, quiero terminar con esto y con él. Estoy cansado de
aguantar mi mierda y no asesinar los espectros del tren. No sé cuánto tiempo me
puedo contener, así que lo golpeo sin parar. Golpe tras golpe tras golpe tras golpe,
hasta que está en el suelo, hasta que lo tengo en un agarre firme de anaconda, su
cabeza en mi brazo, su cuello a punto de quebrarse.
Mi mente lucha, quiero tanto terminar con él, mucho, ahora, pero no es
suficiente con verlo así. No quiero que se rinda antes de ensuciarme, así que aflojo
mi agarre en él, haciendo que la audiencia jadee.
Le doy un descanso de dos segundos antes de llevarlo al suelo y golpearlo
con toda mi fuerza, desencadenando una serie de codazos y golpes. No toma
represalias, nunca cae hacia atrás.
―¡Quince sin respuesta! ―grita una voz americana de primera fila mientras
el árbitro salta, quitándome de él. El demente está en un charco de sangre jadeando
por aire en el tapete. Se acabó. La pelea terminó, pero no puedo disfrutar mi
victoria. Mi ritmo cardíaco está fuera de control, y quiero jodidamente matar al
bastardo.
―Sacude su cabeza ―dice Dawson en mi oído. No lo haré, porque no está
bien que el imbécil siga respirando.
Hipersensible, siento una mirada sobre mí. Levanto la mirada, y a través de
mi rabia, profundos iris verdes me analizan.
Suspiro, mirando fijamente. Inhalo y exhalo en profundas bocanadas. Ella
observó la pelea, sabía que lo haría, pero sus ojos entienden, como si hubiese visto
más que el resto. ¿Sabe con quién realmente luché?
Está seria. Sin miedo. Tan jodidamente hermosa. Siento la comisura de mis
labios sonriendo. Levanto el dedo hacia ella, asintiendo, y se aparta de la pared
para ir por las escaleras de la jaula. Mi respiración se calma mientras el equipo de
Sanchez lo ayuda a ponerse de pie. Está balanceándose.
Ahora terminamos. Ahora el velo rojo de asesinar se ha desvanecido de mis
ojos. Voy y tomo su mano. La mano de Sanchez.
―Buen trabajo ―dice apenas en inglés―. Impresionante.
―Gracias, hombre ―digo―. Y gracias por invitarme, tus fans te aman. ―Me
acaricia la espalda, dándome una sonrisa manchada de sangre, y de acuerdo
conmigo.
Cuando me volteo, mi chica está ahí. Pequeña, limpia, aún muy seria
mientras me mira. Extiendo los brazos para ella, no tiene miedo de nada. La abrazo
contra sudor y sangre. Robbie tiene un paquete de hielo en mis ojos de nuevo, pero
necesito besarla primero, saborear azúcar a través de sal y cobre.
―Se terminó ―susurra―. Lo hiciste. Y pareció que dejaste fuera de juego a
más de un hombre hoy.
Jadeo una risa abrumada que ella entiende. La acojo bajo mi brazo mientras
esperamos que el árbitro declare el ganador.
Durante el anuncio oficial y las fotos, se mantiene fuera del reflector con
Dawson. Cuando tomo a mi chica de nuevo, finalmente puedo verla sonreír.
Ningún momento puede ser mejor que este. Acabo de ganar la mejor lucha de
mi carrera, y mi chica estaba ahí para verlo.
Tiene razón. Luché contra dos hombres hoy, y les gané a ambos. Quizás
nunca tendré que evitar los trenes de nuevo.

Paislee
―Vicioso. ―Esa es la única manera de describir a Keyon en el cuadrilátero.
Sus ojos se volvieron negros con violencia mientras golpeaba al mexicano,
especialmente llevándolo a la puerta de la muerte. Así es como lució para mí, de
todas formas. No puedo creer que está de pie ahora, discutiendo su pérdida con
sus entrenadoras.
Fuimos invitados a cenar. La invitación causó que todos le den palmadas en
la espalda a Keyon y una pequeña llama encendida en sus ojos. La persona que nos
invita lleva un traje caro entre los luchadores y entrenadores informales, y es
americano. Ubicado en Las Vegas. Trabajando con…
―Las grandes ligas. ―Markeston se inclina para murmurar sobre copas de
champagne que ambos estamos tomando―. Está muy impresionado con nuestro
hombre. ―Asiente hacia Keyon que está al otro lado de la mesa.
Una servilleta cubre mi mano sobre el regazo de Keyon, y sus dedos se
curvan contra los míos sobre su muslo. Frota con aire ausente, causando que la piel
de la base de mi cuello se erice. Hay una charla sobre visitar Las Vegas, de
empezar un par de peleas “para aclimatarse”.
Los comentarios de Markeston no tienen sentido para mí. Dice joviales pero
claras sugerencias que no parecen tener nada que ver con las peleas del futuro de
Keyon. Dawson le da una mirada de aprobación como respuesta, y el hombre de
traje responde con una facilidad medida, como si supiera que podría perder un
trato si se apresura a contradecir sus respuestas.
Pero cuando la cena termina, y me doy cuenta lo impaciente que he sido.
Estamos en México, y mi novio está a salvo con solo un par de cortes y un ojo
hinchado. Deseaba tanto estar a solas con Keyon, y ahora ya casi llegamos.
―Tengo una reserva para nosotros en un hotel pequeño en la costa. Reservé
nuestros vuelos para esta noche, pero, mierda, Paislee. Estoy agotado ―murmuró
en la limusina de vuelta al hotel.
Dawson escucha y le recuerda el golpe que recibió en la cabeza en la primera
ronda, el corte en el ojo y que prefería que fueran a un centro médico por ahora.
―Eso está bien por mí. No me importa dónde estamos ―digo y miro como se
agranda su sonrisa, baja mi mirada. Cruzo los brazos sobre mi pecho, bloqueando
su mirada juguetonamente, y su sonrisa crece aún más.
―Está bien, dormiremos aquí. Pero, no vamos a compartir la habitación con
los chicos, te prometo mucho. ―Inclina la cabeza en dirección a Robbie y
Dawson―. Estoy a punto de hacer que este viaje valga la pena para ti.
Una punzada de lujuria se calienta bajo mi vientre.
―¿Oh? ¿Me espera más champagne caro? ―pregunto.
―Mm, no. Eso no es lo que estoy planeando verte ingerir ―dice con voz
ronca.
―Chicos. Por favor ―murmura Robbie.
―Son cariñosos ―dice Markeston obviamente desde su asiente en la parte
delantera―. Una pareja muy cariñosa.
―Ni mierda.
Paislee
Nuestra noche comienza tan hermosa. Keyon me besa en la puerta, acuna mi
rostro entre sus palmas mientras lo hace, controlándome al estar muy feliz. Estoy
relajada y cálida en sus brazos mientras arroja una pieza tras otra de mi ropa al
suelo y la siguen las suyas.
Me quito un zapato que termina en un precario equilibrio en el umbral del
cuarto de baño, pero luego, él tiene mis pechos en sus manos, y este hombre
grande, musculoso y duro que podría convertirse en Hulk como lo hizo en el
cuadrilátero hoy, se agacha para succionar un pezón y hacer que las corrientes de
placer deriven a través de mí.
Es salvaje verlo así, dedicado, alimentándose de mi cuerpo.
―Me haces cosas ―susurra, colocándome sobre sus muslos―. Cosas que
ninguna otra chica ha hecho.
Lo hacemos así, desnudos, con su dureza debajo de mí en su regazo. Dejó ir
un montón de frustración y energía en el cuadrilátero esta noche, y ahora me
saborea de manera lenta como nunca antes.
Necesitaba terminar esa pelea de una vez. Me alegra que terminó, porque ese
tipo, Sanchez, tenía un aire alrededor de él que no podía soportar. Después de la
pelea, parecía un tipo agradable, muy caballeroso con Keyon, pero sus ojos
parecían familiares, y la forma en que se encogió de hombros sobre la violencia me
hizo estremecer.
Nuestra cama es demasiado grande, una pérdida de cuerpos fusionados que
se mueven como uno solo. No necesitas espacio para besos interminables.
Un difusor de aire de especias llena el ambiente con un almizcle a flores, pero
la esencia de Keyon llena mis fosas nasales mientras empuja dentro de mí con el
ritmo suave que le enseñé en Florida.
Acelera cuando empiezo a jadear, sus ojos calientes y fijos en los míos. Mi
amor bombea rápidamente, más y más profundo. Su agarre se aprieta, mis
extremidades se retuercen y respiro con dificultad.
Keyon puede sacarle la vida a golpes a un hombre con las mismas manos con
la que me puede dar placer. Su fuerza está medida. Por ahora…
¿Qué si pierde el control?
―Keyon… ―empiezo a decir, mi corazón palpitante. Miedo y emoción se
mezclan en mis venas, disparando adrenalina a través de mi cuerpo mientras él se
corre dentro de mí. Me da una punzada con el dolor más dulce.
―Mierda, viviría en ti ―gruñe―. Te sientes jodidamente bien alrededor de
mí.
Instintivamente, aprieto mis muslos. No puedo rechazarlo. Es demasiado
grande, demasiado fuerte, tan perfecto, tan jodidamente… tanto. Gimo para él,
apretando y luchando contra un orgasmo, pero luego, no puedo resistir más. Deja
salir un suspiro de dolor, dejo caer mis piernas abiertas para él y lo abrazo más que
a mi vida. Ambos nos corremos, suspirando nuestras liberaciones en las
almohadas y piel.
No se opone cuando me libero de su agarre, cuando lo abrazo suavemente y
permito que sus dedos perezosos descansen sobre mis pechos. El pulso vibra en
sus respiraciones tranquilas, y para mí, él es el rey de esa canción.
―Alaben al rey ―susurro contra su oído.
Relajándose completamente, articula mal su apreciación por mí. Su presencia
dentro de mí ha disminuido, pero no lo suficiente para detener los espasmos en mi
abdomen.
―Alaben a mi reina ―susurra como respuesta, su ingle saliendo a medias,
alimentando mis pequeñas contracciones―. Me arrodillaré ante tu corona. Haces
que todo sea mejor. Haces que todo valga la pena.
Abrazados, nos dormimos, mi rodilla segura entre sus muslos enormes. Nada
destruye mi felicidad. Nada puede destruirnos. Ahora, el futuro es brillante, ahora,
ahora mi vida está siguiendo adelante.
Me despierto en la oscuridad. Intento escuchar la respiración de mi amor,
pero en su lugar hay un silencio tenso que no quiero interpretar. Keyon está debajo
de mí, su brazo rígido y extraño alrededor de mi cuerpo.
Nos dormimos lentamente, satisfechos y con los parpados pesados. Recuerdo
la felicidad en los ojos agotados de mi guerrero. Terminé su victoria con hielo y
cerezas rojas anoche, y me quedé dormida, alegre porque había causado tal dicha.
Simplemente, la vida habla de lecciones que se quedan, incluso cuando una chica
se vuelve valiente. Me preparo para lo peor, recordándome: Estás demasiado cómoda.
Keyon se esconde detrás de máscaras inescrutables y pupilas dilatadas, pero
estoy en completa sintonía con él, me doy cuenta de su cambio. Este hombre, ha
atenuado el aire feliz de la habitación. ¿Está mal que me tome mi tiempo ahora, sin
querer absorber su tensión? Prefiero no saberlo. Podría quedarme en mi frágil
burbuja hermosa.
Sin embargo, estoy de espaldas a él, estoy segura que sus ojos están abiertos.
Temo qué encontraré cuando lo mire a los ojos. Mi corazón se acelera, rápido,
rápido, como si lo hiciera ante la perspectiva de una fatalidad. Mi instinto de
supervivencia me demanda que me aparte de su brazo y huya, sólo…
No huiré de Keyon.
A menudo, el temor de no saber lo que tiene planeado para mí me hace arder
en maneras que nadie más hacía. Durante mucho tiempo, he reparado la violencia
con los hombres sin rostro y manos suaves. Pero con Keyon, es descaradamente
personal. Él emite ferocidad impredecible con un calor que me hace sentir viva.
Para mí, no hay nadie como él.
Tal vez me equivoque, pienso. Tal vez todo está bien. Demonios, a menudo le
da a mi sistema una descarga de adrenalina.
Prudente y discreta, me volteo.
Me está mirando. En la oscuridad, sus ojos son negras orbes de confusión. Por
instinto, extiendo la mano hacia su rostro, pero inhala aire con fuerza y aparta mi
mano antes de tocar su piel.
Mi corazón se está revelando. Quiere saltar de mi pecho, sabiendo antes que
yo que lo estoy perdiendo. Tengo que luchar, buscar qué puedo hacer. Oh Dios, oh
Dios, no puedo perderlo.
―¿Keyon? ―Mi voz es un susurro en la medianoche, baja, así no interrumpo
en la oscuridad. No se opone cuando me apoyo sobre mi codo y coloco mi palma
sobre su muslo―. Por favor bebé. Dime qué está pasando.
―¡Nada! ―espeta, como un latigazo. Quiero decirle que no, hay algo, pero
luego enciende el interruptor de la lámpara de noche y me fulmina con su
mirada―. ¿Has visto a tu atacante?
¿Se refiere a la estación de tren?
Mi corazón se retuerce, pero contesto porque es Keyon y lo necesita.
―No. Tomó todo lo que quería desde atrás.
―¿Ni siquiera cuando entró a tu cubículo?
―Recuerdo un rostro pálido y una mirada obsesiva. Mechones rojos en una
cola de caballo ―le digo a Keyon―. Pero la mayor parte de todo lo que recuerdo,
es la forma en que me volteó y la forma en que se cernió sobre mí mientras hizo lo
suyo.
Hasta que no era más que carne dolorida.
No tengo espacio para detener la película en la parte posterior de mi cerebro.
Lo intento de nuevo, queriendo que se vaya, pero se reproduce en tonos sepia
débiles, mientras me concentro en mi hombre, que apenas está controlado.
―¿Por qué lo preguntas? ―le digo.
Se mueve fuera de las sábanas. De rodillas, se agacha, un depredador ansioso
con los puños alrededor de las sábanas entre nosotros.
―He visto vídeos de Sánchez durante meses, desde que comencé a
prepararme para la pelea.
Inhala aire y exhala por su nariz, y reconozco su esfuerzo por relajarse.
Brillante con inquietud, sus ojos van de nuevo a mí.
―Fue un infierno, Paislee. Nunca había estado en una situación como esa
antes. No me podía concentrar. No podía mantenerme objetivo o centrarme en la
estrategia. Todo lo que quería era matar al hombre. Todo porque me recordaba al
demente del tren.
―Es por eso que le ganaste a dos hombres en lugar de uno ayer ―le digo,
deseando que recapacite su declaración―. Lo hiciste. Ya está.
Estoy completamente sorprendida por su reacción.
―¡No se ha jodidamente terminado! ―Se va de la cama, su primer objetivo es
una botella de agua abierta, que lanza a través de la habitación y golpea la pared
con tanta fuerza que explota.
―¡Keyon! ―grito y me levanto de la cama. Mi hombre desesperado agarra
platos, zapatos, todo lo que esté al alcance, sus músculos retorciéndose en modo
piloto automático.
Me tapo la boca, ahogando mi grito, mientras lo que sea que arroja, vuela
hacia los cuadros, espejo y televisor.
―Bebé, por favor, no lo entiendo.
Un estruendo se ahoga en su garganta mientras su furia se abre camino a
través de la habitación. Quiebra la barra de la cortina mientras vuelan astillas,
suena como una presa muriendo.
―¿Qué hago? ―ruge, triturando las cortinas con las manos desnudas―. ¡No
puedo hacer nada!
―Bebé ―le susurro, demasiado bajo para una habitación tan ruidosa.
¿Vendrá seguridad? No me importa. Él sí―. Deja que te ayude. Solo… hablemos.
La televisión es enorme. Él golpea su maleta sobre ella, pero no está
satisfecho hasta que se estrella contra el suelo, un acto sin propósito e inútil.
Alguien golpea la pared. Levanta con esfuerzo la caja agrietada de plástico y metal
en el aire y la lanza al suelo de nuevo con un gruñido, haciendo un desastre.
Conozco su desesperación. Cuando está gruñendo por su miseria, su tamaño
y poder no puede intimidar. Para mí, él es repentinamente pequeño y frágil, mi
hermoso niño triste.
―¡No puedo hacer nada! ―repite, no tiene sentido para mí. Es ruidoso y
golpea el televisor de nuevo. Mis recuerdos hacen que me arroje sobre su espalda y
me aferre a su torso. Soy la chica de antes también, la amiga tentáculo que no
puede hacerle daño mientras da golpe tras golpe, mucho después de rendirse.
Me siente, mis pulmones agitados por el esfuerzo y la adrenalina mientras me
aferro a su espalda en el suelo. Se tensa con su agarre en el televisor, apretándolo
contra la alfombra como si estuviera tratando de contenerse, como si no me
quisiera en el fuego cruzado.
Mi huracán. ¿Qué te está ocurriendo, mi amor?
Los golpes están en la puerta ahora. Son fuertes, insistentes, y un inglés poco
entendible pidiendo que nos tranquilicemos y abriéramos la puerta.
―Suéltame ―dice, con lágrimas en su voz―. Déjame. Ir.
―No hasta que estés bajo control ―digo, tan valiente como me siento―. No
puedo ayudarte a menos que hables.
Él escucha las lágrimas en mi voz también, porque relaja sus músculos y
hombros, la dureza en su espalda se relaja bajo mi agarre.
―No estés triste ―susurra. A mí. Incluso ahora se preocupa por mí.
―¿Todo bien ahí dentro? ―Es una voz americana, no uno de los nuestros. El
cuerpo de Keyon se infla debajo de mí, estremeciéndose por oxígeno. Todavía
estoy resistiendo, mis extremidades nunca se aflojan de su alrededor, de la forma
que solíamos ser.
―Todo está bien, hombre ―se las arregla para decir, su voz ronca, pero lo
suficientemente fuerte para ser escuchado. Veo sus dedos apretándose alrededor
de las esquinas del televisor.
―¿Señora? ¿Está bien? ―insiste la voz desconocida. Es inquietante que sepa
que estoy aquí también.
―Sí, no se preocupe. Sólo… algo se cayó. ―Sueno demasiado despierta,
teniendo en cuenta la hora, pero calma. Lo digo en voz alta, y todo el aire sale de
Keyon.
Disminuyo mi peso sobre mi chico. Utilizo la barbilla para acariciarle la nuca.
Provoca un sollozo de él, uno pequeño, casi inaudible.
―Por favor, Keyon, bebé. ¿Regresamos a la cama?
Quiero decirle que todo va a estar bien, sólo que podría desencadenar otra
crisis. No lo sabría, ahora, ¿yo… quién soy yo para predecir el futuro? Me alejo de
su espalda, hacia abajo a su lado. Él no se opone cuando aparto su cabello de su
mejilla y uso dos dedos para que pase su mirada del televisor a mí.
Animada por su docilidad, beso la comisura de sus labios, luego me dejo
llevar lo suficiente como para besar uno de sus ojos hinchados y descoloridos.
―Te amo ―le susurro, mi declaración haciendo que sus hombros se tensen,
esa su única respuesta―. Ven. Cuéntamelo todo. Es algo bueno para compartir con
personas de confianza. Si confías en mí, entonces dime. Lo prometo; te sentirás
mejor.
Él viene a la cama conmigo, pero no se siente como una victoria. Una mirada
nunca ha estado más rota, sus iris destrozados, con esos fragmentos verdes
brillantes de agonía en forma de esferas erráticas.
No he visto una boca invencible estremecerse de la forma en que lo hace
ahora. Todo lo que quiero es aferrarme a él de nuevo, no sólo impedirle que
destruya todo a su alrededor, sino también para mantenerlo a salvo de la
autodestrucción.
Aparto el edredón para que se una a mí. No me sorprende cuando no acepta.
Desde lo alto, me mira y susurra:
―Entró al cuarto de baño mientras estaba meando.
―¿El demente del tren?
―Sí ―jadea Keyon, un puño grande limpiando su ojo sano. El movimiento es
tan torpe. No está acostumbrado a limpiar sus lágrimas.
―Shhh, está bien ―le susurro, mi pulgar haciendo círculos en su pantorrilla.
―Me dijo que era lindo. Que me había visto en el pasillo del tren, que no
podía creer su suerte cuando dejé la puerta abierta. Se bajó completamente el
pantalón, Paislee. Quise gritar para pedir ayuda, pero él colocó una mano sobre mi
boca y me forzó contra la puerta. Pero no me obligó a tocar su pene, ¿sabes? Eso no
sucedió.
Me alegro de que no fue así, pienso, pero su expresión me dice que no debería
estar alegre.
Trago compulsivamente, porque, ¿qué bien haría si mi compasión robaba mi
compostura? Mi Keyon me necesita fuerte.
―¡Pensé que pasó! ―Sus palabras se entrelazan en un siseo―. Oh Dios,
desearía que hubiese sido eso, tocar su maldita basura. Mi jodido cerebro recuerda
todo muy bien, porque cuando entro en mí, el dolor rasgó a través de mí como un
millar de agujas.
Aire infla de sorpresa mis pulmones.
―Oh bebé…
―Intenté gritar, pero él me había amordazado y no podía producir ni el
sonido más pequeño. ―Su rostro desaparece en el hueco de su codo―. No insulté
al demente del tren, Paislee. No le di una patada en las pelotas y salí corriendo.
¡Nunca jodidamente me liberé!
Mi hombre fuerte está cayendo en pedazos. Su dolor es tan grande que me
desgarra. Estoy sangrando por él como si fuera yo.
Era yo. Somos lo mismo.
―No me fui del baño indemne y molesto. Me fui destrozado, horas más
tarde, en una estación mucho más lejos de Rigita. Porque a pesar de que terminó
rápido y se bajó del tren, no podía terminar de limpiarme a mí mismo.
Me muevo más cerca, las sábanas deslizándose hacia abajo. Mi desnudez no
es nada en comparación con la de Keyon. Él es una víctima de una violación como
yo, un sobreviviente como yo, un hombre que trabaja intensamente para sentirse
como un hombre después de lo que ha pasado.
Entiendo. Oh, entiendo.
Este hermoso sobreviviente una vez me instó a seguir luchando, mientras que
todos los días luchó su propia batalla para mantener su trauma en secreto. La
mente de Keyon pensó en historias que eran más fáciles de soportar que la verdad.
―Él eyaculó dentro de mí, ese hijo de puta. Pasé horas limpiándome. Sangre,
semen, horas con agua, papel higiénico, jabón, tanto jabón. De todos modos. ―Se
limpió la nariz, aceptando que mis brazos se envuelvan alrededor de su cintura
mientras pongo mi cabeza en su regazo. Cierro los ojos, sintiendo los temblores de
su cuerpo.
―Es por eso que habías desaparecido de la escuela por una semana.
―Sí.
―¿Le dijiste a tus padres?
―No le dije a nadie. Yo iba a manejarlo. Estaría bien. Con eso, era la última
palabra referida a homosexualidad en la escuela también. No habría más bullying
por lucir como algo que no era.
―Fuiste herido. ¿Cómo…? ―murmuro contra su estómago. Él sabe lo que
quiero decir, sabe que ambos hemos estado allí.
―Encontré remedios en el gabinete, analgésicos, antibióticos sobrantes de ma
y tal. Aunque, todavía tenía mucho dolor cuando volví a la escuela.
―Y entonces no perdiste tiempo en convertirte en el nuevo bravucón
―digo―. Todo el mundo tenía miedo de ti. Y no te importaba si el director seguía
llamando a tus padres por tus infracciones.
―No me importa una mierda nada más que afirmarme a mí mismo.
Necesitaba venganza, y la tomé de cualquiera que se cruzaba por mi camino.
―¿Alguna vez lo buscaste? ―pregunto.
―No. El único miedo que me quedaba era que el demente del tren diera
vuelta a la esquina y me atacara de nuevo. No iba a permitir que eso ocurriera.
Envuelvo mis brazos con más fuerza alrededor de sus caderas, mi propio
pasado filtrándose con fuerza.
―Apuesto a que era el mismo tipo que abuso de nosotros ―murmuro.
Nuestra conexión se afianza, tan fuerte que vibra en mi pecho. Keyon debe sentirlo
también, porque me lleva a sus brazos, entierra su rostro en mi cuello, y acerca
hacia él.
―Somos sobrevivientes, Paislee. Los más fuertes sobreviven. Esos somos
nosotros.
―Me dijiste que siga luchando todos los días. ―Estoy ronca por las
lágrimas―. Lo dijiste porque también lo haces.
Él deja escapar lo que debería ser una risa. No lo es.
―Supongo. Mierda, me gustaría poder volver el tiempo hacia atrás y hacer
algo acerca de lo sucedido. No puedo. No puedo hacer nada.
No hacemos el amor antes de ir a dormir. En este momento, no me preocupo
por el día y la noche; el mundo no necesita de nosotros, y no lo necesitamos
tampoco. Él me sostiene con mis brazos fijos alrededor de su cuello, y con el gris de
la mañana filtrándose por las cortinas, vago hacia la inconsciencia.
Por la tarde, me despierto cuando Keyon se levanta de la cama y dando tres
zancadas a través de la habitación. Él agarra su ropa, los coloca sobre su cabeza, y
por sus piernas.
―¿Keyon? ―le digo.
Cuando se voltea hacia mí, veo que todo ha cambiado.
Paislee
El desayuno en el restaurante es increíble. Increíble. Delicioso. Hecho
especialmente para el luchador que ganó y se levantó tarde. Keyon se asegura de
que el resto de nuestro grupo asista también, y pronto me doy cuenta que no
quiere estar solo conmigo.
Nos sentamos uno al lado del otro, pero su mano no está nunca en mi regazo,
llevando la mía hacia su muslo. Sus ojos no se posan sobre mí, no se alejan hacia
mi escote y no levanta las cejas haciendo un gesto sugerente.
Keyon no está juguetón y feliz. Habla de negocios con los chicos y llena mi
café cuando el camarero no está ahí para ayudar. Estoy mordisqueando un
buñuelo danés, mi apetito disminuyendo con el comportamiento de mi amante.
Me levanto para ir al baño, la primera vez que Keyon levanta la vista de sus
discusiones acerca de movimientos que han salido mal ayer y eventos en Las
Vegas por venir. No hace comentarios sobre mi salida, pero reconoce mi regreso al
retraer la mirada vigilante de la puerta tan pronto como estoy de vuelta.
Los corazones pueden sentirse pesados, y el mío lo hace ahora. No sé lo que
he hecho mal. Al final de la comida, se vuelve completamente hacia mí. Con los
chicos aún ahí, aún a nuestro alrededor, me mira fijamente a los ojos como si fuera
un oponente para una pelea.
―Ha habido un cambio. Tengo que volver a Tampa de inmediato para que
pueda empezar a prepararme para la primera pelea en Las Vegas. Me estoy
poniendo en la zona de nuevo, comenzando lo antes posible, así que tengo que
cancelar el hotel en la playa.
Siento mis ojos abrirse como platos. No tengo nada que decir cuando sus
manos se mantienen en torno a su café, sosteniéndolo aún en vez de extenderlas
hacia mí.
No hay un “Lo siento, nena. Te lo compensaré” cuando empaca sus maletas en la
habitación del hotel y borra el tiempo que hemos compartido allí.
No dice “Te compraré un boleto de avión. Vamos a estar juntos pronto”, cuando la
limusina de Markeston lo lleva solo al aeropuerto para tomar un vuelo que sale
antes que el mío.
Solo estoy yo, la pequeña yo, en las puertas del ascensor, mirándolo observar
fijamente los números iluminados, mientras que las puertas se cierran entre
nosotros. Me llena de preguntas que no sé cómo preguntar.
Soy Paislee, la puta del pueblo, y puse mi corazón allí afuera para ser
pisoteado. Tengo tanto y tan poco. Todo desapareció, y no vi a dónde fue.
Mi cambio y mi futuro. Mi conexión y mi amor. Todo se desvaneció más
rápido como una estrella fugaz a través del cielo de invierno de mi ciudad natal.
Así que aquí estoy, en absoluto preparada, y sin embargo, es hora de que me vaya
a casa.
*
Hablo mucho con mi madre, pero esto es demasiado; necesito revelar la
historia de Keyon para que ella me ayude a entender. Él no me dijo que me
mantuviera callada, pero a pesar de cómo me trató, no puedo hablar. Soy la única
que sabe lo que le pasó. ¿Cómo puedo compartir cuando él no lo hace?
Solía vivir en la burbuja, de ser la única consciente de un hecho que no podía
evitar, tú, un recipiente de suciedad ineludible, eterna.
Le envío un mensaje a Cugs en Facebook, sin obtener una respuesta. No me
sorprendería si me bloqueó. Trato de mantener unos días entre cada tiempo, pero
es difícil cuando se necesita a alguien tanto como lo necesito a él.
Le envío a mi hermano una frase aquí y allá. Es siempre ligera: Hicimos un
espejo llamado Botticelli hoy, te agradaría mi jefe loco. Y, he encontrado un lugar
que sirve café con leche y menta verde. Podría probar uno si me desafías.
Y paso mucho tiempo en la casa de mamá. Esto no es típico, porque por
mucho que la amo, ella puede ser mucho con su personalidad habladora.
Mi antigua habitación está todavía intacta. La usa combinada como cuarto de
costura y oficina, pero la cama de mi infancia siempre está recién hecha, y mis
trémulas cortinas de ensueño, tan fuera de lugar para Icicle Land, se mecen delante
de las ventanas cada vez que se emite un viento que caracteriza el final del
invierno.
No he sido propensa a la depresión desde que era adolescente, no desde que
me enteré de cómo hacer frente a mi historia, pero ahora, después de admitirme
que estoy enamorada, he retrocedido a esa etapa destructible. Durante un tiempo,
me convertí en una mujer de un solo hombre, y ahora estoy pagando el precio.
No escucho mucho de parte de Keyon. No puedo soportar la idea de su
respuesta, por lo que no le pregunto por nuestro estado. Hemos hablado por
teléfono desde México, pero ha sido poco productivo. Es taciturno y distante, solo
se anima cuando habla del genio de promoción de Markeston y las últimas
travesuras de Zeke o Jaden. Guardo un vaso de agua cerca por si acaso siento
ganas de llorar por su falta de emoción.
Estoy en mi cama en casa de mamá, intentando otra vez. En su mayoría, mis
llamadas van al correo de voz, pero esta noche Keyon responde. Mi corazón hace
un enorme rebote. Podría aterrizar en mi esófago, debido a los espasmos.
―¿Paislee? ¿Estás bien? ―pregunta. Es siempre la primera pregunta cuando
él está allí para agarrar el teléfono. Cuando no está, me envía mensajes de texto
después, queriendo asegurarse de que estoy de hecho bien.
―Sí ―digo y siento la pérdida de él de nuevo. Estamos reducidos a cambios
rápidos de salud a través del teléfono―. ¿Cómo estás?
―Bien. Entrenando como un loco. Prácticamente vivo en Cage Warriors.
―¿Cómo está Simon? ¿Me extraña? ―pregunto, sintiendo el aumento de
calor en mis mejillas al expresar una intimidad que no hemos pronunciado en las
últimas semanas.
Aire golpea el micrófono de su lado. Estoy pensando que es una carcajada
silenciosa, pero se contiene a sí mismo antes de que pueda disfrutar plenamente de
ella.
―Ese chico, siempre tratando de robar las chicas de debajo de mi nariz.
Acaricio el tono de su voz.
―Es un encantador ―digo―, apuesto que él tiene una oportunidad con la
mayoría de las chicas. Tan sedoso y bien arreglado. Esa mirada en sus ojos. No
tienes nada sobre tu compañero de cuarto.
Hay un gruñido suprimido proveniente a través del altavoz. Él no puede
ocultar su diversión esta vez, y eso me hace chocar los cinco conmigo en el interior.
―¿Qué estamos haciendo, Keyon? ―digo sin pensar y quiero abofetearme.
¿Por qué? ¿De dónde vino eso? Simplemente, no puedo vivir así tampoco. No sé
qué esperar, cómo seguir en el limbo, no tengo experiencia.
En el trabajo, Mack me sigue mirando, sigue preguntando cómo estoy.
Todavía recibo mensajes de texto en mi teléfono. Amigos llaman para ver si estoy
disponible para salir, y…
Nunca me he sentido así de sola.
Me escondo en mis manos, tratando de mantener la desesperación contenida.
―Paislee, lo siento. No estoy siendo un buen novio.
El miedo pincha mi columna vertebral, por lo que digo:
―No, vivo tan lejos y estás ocupado tratando de entrar en Las Vegas. ―No
puedo soportar la idea de cambiar la situación actual. ¿Qué hago si se ha acabado?
¿Quién voy a ser?
Paislee, serás tú misma.
Sollozo. Realmente sollozo. No son los sonidos discretos que he encubierto de
nuestras llamadas telefónicas antes.
―DIME cómo estás ―gruñe―, no quiero historias…
―¿Cómo crees que me siento, Keyon? ―grito―. Me dejaste en México con un
poco de excusas sobre que necesitabas prepararte para Las Vegas después de
compartir la mejor noche de mi vida.
¿Cómo puede algo hacer eco de la pared en una habitación tan pequeña?
¿Cómo puede repercutir en uno de los oídos después de solo expresarlo en un
teléfono?
Lloro ahora, lamentando mis palabras. Tengo miedo de las repercusiones que
tendrán. Él va a decirme lo que no puedo oír, y de repente me alegro de que mi
madre esté en el estudio, así no tengo que estar sola.
―¿Estás saliendo con alguien más?
―¿Qué?
―Dije: ¿”Estás saliendo con alguien más”? ¿Paislee? ―Suena como si yo no
soy la única a punto de enloquecer ahora mismo.
―¿Cómo puede ser eso lo primero que piensas? ¿Lo haces tú, Keyon? ¿Vas a
Stripes y agarras chicas con Jaden y Zeke? ¿Están ustedes teniendo fiesta de
pijamas con chicas de Hooter? ―grito.
―No, no lo hago. Te dije: todo lo que hago es entrenar. Entrenar, entrenar,
entrenar.
―¡A lo cual no tengo nada en contra!
Está en silencio en el otro extremo. Dios, estoy odiando esto. Quiero conducir
al aeropuerto y tomar un avión. Quiero lanzarme a sus brazos, tal vez herirlo
físicamente.
―Estamos peleando ―me dice―. No creo que pueda hacer esto.
Tengo pensamientos oscuros y feos arremolinándose en mi cabeza. Son
frustración y angustia, y Keyon no puede decir otra palabra o yo…
―¡Tú, cobarde! ―Exploto―. Eres tan cobarde. Después de todo lo que he
pasado, después de lo que has pasado, ¿cómo puedes ser tan cobarde? Por
supuesto, ve a pasar el rato con tus amigos, ¿por qué no? Lucha contra las estrellas,
estrangúlalos y hazlos sangrar hasta que se rindan, ¿de acuerdo?
»¿Por qué no pasas todo tu tiempo precioso en eso?, porque Dios no permita
que derroches el valor en una chica que se enamoró de ti. Eso podría tener
repercusiones que dan miedo.
―Paislee…
―¡Tú! Empezaste esto. ¿Recuerdas cómo te metiste y me sacaste de esa
cafetería en Halloween? Hubiera estado perfectamente bien con mi geek de
computadoras.
―Lo sé… ―Se calla sonando como si tuviera la culpa, y vaya si eso no es el
indicador más rojo. Debería de sonar feliz.
―Me dañaste.
―¿Qué?
―Me hiciste pensar que era digna de algo.
―Paislee, tú no tienes precio. Ni siquiera sabes cuánto te valoro.
―Entonces, ¿por qué me tratas así?
Él me destruye. Él no me puede hacer sentir mejor. No hay nada en Keyon en
estos días que podrían hacer que me sienta mejor.
―No sé lo que pasó ese último día en México. No sé por qué no fuimos a la
costa, por qué no nos relajamos, pasamos el rato, tuvimos todo el sexo y nos
bañamos en las aguas tropicales. No puedo seguir con esto.
Necesito que terminemos.
―¿Cariño? ―Mamá asoma la cabeza, fuerte, como disculpándose, y
revelando que me ha escuchado―. La cena está lista. Tengo las velas encendidas.
El instinto agregado de mamá de las velas inexistentes detiene que siga mi
choque de trenes. Debido a que su consejo nunca me ha guiado mal, me despido
de Keyon antes de romper todos los lazos entre nosotros de una vez por todas.
Paislee
―No ―dice mamá, seria de una vez. Seria como cuando papá se fue con
Cugs―. Tu historia no tiene sentido, Paislee. No soy estúpida. Veo cuando no me
estás diciendo la verdad. ¿Qué ocurrió en México?
―No estoy en libertad de decirlo.
―Parece como si no estuvieses hablando con tu madre. También suenas
como que tienes un montón de amigos con los que compartes tus secretos
regularmente.
Golpe bajo.
Ella sigue adivinando, conociéndome desde que nací, ha sido molesto más de
lo que ha sido un alivio. Una vez más, me prometo no voy a estar tan cerca de mis
hijos. Luego, como siempre, lo reconsidero.
―No seas mala. ―Tomo del sorbete que ha puesto en mi sangría. Dicen que
te emborrachas más rápido y con menos dinero.
―Bueno, algo sucedió, porque ese chico estaba más atraído hacia ti que una
abeja a la miel.
―Wow, qué comparación más original.
―Cariño, ves lo que quiero decir. Si tuviera que adivinar, Keyon está
enamorado de ti. Escucha: Soy tu madre, y es mi trabajo mantener tus secretos, a
menos que me des permiso para compartir, por supuesto. Con Keyon por ejemplo.
―Sus iris tan verdes como los míos se iluminan ante la idea de tener una charla
con él.
Trato de irme un par de veces durante la noche, pero ella tiene más
resistencia que yo. Quiere que me quede a dormir. Me agota. Mañana es sábado, y
no tengo ningún otro lugar donde ir.
Gracias a mamá, voy a dormir temprano. Es la única manera que voy a tomar
un descanso. Mi madre escuchó demasiado, y es una camarera y solía reparar las
vidas de las personas. Si esa persona infeliz era su hija, entonces, sus esfuerzos
serían diez veces mejores.
*
Amanezco teniendo alegres recuerdos de la infancia. Antes de estar
completamente despierta, un fragmento de película de mi padre subiéndome a un
pony me hace sonreír en mi sueño. Me quedé dormida lo suficiente como para
volver a reproducir el último fragmento de Cugs y yo, en el que estamos abrazados
en el auto antes que ellos se fueran. Reduce mi alegría de un ocho a un cero.
Me incorporo en la cama y trago mi tristeza. Abro mi portátil, miro alrededor
en busca de inspiración, y le envío a mi hermano un mensaje corto. Dormí en casa
de mamá. Ha convertido mi habitación en una sala de costura, así de meanie10 ;-)
Luego, mamá aparece. Cierro mi portátil y me maldigo por quedarme a
dormir un sábado que no trabaja en Ivy.
―¿Lo hueles? ―pregunta.
―¿Tarta de melocotón?
―Sí. Para el desayuno, ya que no te sientes bien.
Además de ser la más molesta, mi madre es la más dulce. Voy a sentirme mal
todo el día, pero su tarta de melocotón es tan deliciosa que detendría un
bombardeo de naciones.
Mamá lo lleva a mi habitación con Cool Whip y café, una mala señal.
Significa que voy a deberle algo y nunca me dejará pagarle con tareas.
Comemos mientras sus ojos brillan con preguntas. Mastico mi último bocado
tan lentamente que se convierte en pulpa en mi boca.
Madre corta directo hasta la médula, mostrándome exactamente cuánto
escuchó ayer.
―¿Por qué piensas que Keyon está durmiendo con otra persona? ¿Pensé que
ustedes iban en serio?
Gimo y cierro los ojos mientras dejo que las últimas migajas de pastel vayan
por mi garganta.
―Tuvimos una pelea.
―La gente pelea. Es normal. Aunque, la gente no suele encontrar otra pareja
debido a que se pelean, Paislee. ―No dice lo obvio, que soy la excepción a la
mayoría de las reglas cuando se trata de hombres―. ¿Keyon es ese tipo de chico?

10
Meanie: Significa algo o alguien que molesta por su alegría.
―¡No! No… ―Corrijo mi tono, bajando la voz―. No lo creo. Fue increíble
verlo de nuevo después de la pelea. Ganó, correcto. Estaba tan feliz. Reservó una
habitación para nosotros, y… después todo. ―Me aclaro la garganta porque es raro
hablar de sexo con ella―. Hablamos toda la noche. Entonces se despertó
desinteresado y desconectado, y horas más tarde, se fue.
―¿Se fue?
Inclino la cabeza. Mis ojos están ardiendo, lo que reduce mi capacidad de
hablar.
―Cariño, la charla que tuvieron, ¿fue una buena charla?
―Eso pensé. Compartió un gran secreto que no había compartido con nadie
más, uno oscuro, y que debe haber sido una carga tan pesada sobre sus hombros.
―Uh-oh. ―Mamá se ve sombría. Agarra el borde de la bandeja, añade sus
platos y el Cool Whip, y se levanta.
Estoy aliviada por un segundo, pero luego no sale de mi habitación. En
cambio, coloca la bandeja en el escritorio de oficina, regresa, y se sube en la cama
junto a mí.
―Si el secreto de Keyon era difícil de compartir, entonces, puede que esa sea
la razón por la que esté menos comunicativo estos días. ¿Qué era?
―Mamá. ¿Cómo puedes preguntar eso?
―Hija. ¿De verdad crees que Keyon se dará cuenta? ¿Y no te parece que te
hará sentir mucho mejor hablar de ello?
Me muerdo el labio. Mamá y yo hemos pasado por esto antes. Cada vez que
estoy cerca para que ella me vea triste, me hace hablar. Y me va a agotar.
Exhalo.
―¿Recuerdas que Keyon se convirtió en el bravucón de la secundaria?
¿Cómo empezó a tomar clases de artes marciales de nuevo a pesar de que su padre
había puesto fin a esa situación?
―Sí. Era un niño de aspecto tan angelical. Y luego se convirtió un poco en un
niño diablillo. No contigo, gracias a Dios… ―Se detiene.
―Keyon fue violado, mamá. Sucedió justo antes de que se convirtiera en un
agresivo, y por lo que parece, tuvimos el mismo atacante.
―Oh Señor. ―Mi madre se tapa la boca, los ojos muy abiertos, el único rasgo
visible en su rostro―. ¿Sabe lo que te pasó a ti?
―Sí. Le dije mientras estuvo aquí para la inauguración.
Mamá aparta las manos de su rostro mientras asiente.
―¿Y él es consciente de que los dos podrían haber sido atacados por la
misma persona?
―Sí.
―Y ahora tú, su novia, sabe que él permitió que un hombre le hiciera algo así
a él.
―¿Qué? ¡No! Él no se lo permitió. Fue violado en un baño de tren.
―Exactamente. Escucha, sabes cuánto tiempo he sido voluntaria en el centro
de crisis de violación. Te llevó años decirme lo que te sucedió….
Me enderezo en la cama.
―¿Esto de nuevo, mamá? No tengo ganas de hablar.
―… lo cual es la razón por la que estoy tan dedicada a ayudar a otros en tu
situación ―continúa como si no hubiese hablado―. Pero los hombres son
diferentes. Ellos no son tan resistentes como las mujeres. Les enseñan a ser fuertes,
a creer que deben ser capaces de protegerse a sí mismos, y pasar las cosas por alto.
Se une a mí, y se apoya contra la cabecera, estando hombro con hombro.
Estaba tentada a poner distancia física entre nosotros, pero no iba a hacer eso.
―Mírate, Paislee. Te llevó cuatro años compartir tu secreto. A Keyon le tomó
aún más tiempo.
―Porque no lo recordó hasta México ―le digo―. La imaginación de Keyon
había creado una mejor historia, algo menos horrible.
Mi madre asiente, como si fuera comprensible.
―Su mente le mintió para que la situación fuera digerible. Mira, los hombres
no piensan en sí mismos como objetos sexuales, lo que significa que toda la
experiencia no tiene sentido en su cabeza. Una reacción común, que tratamos de
modificar en el centro de la crisis, es que se cuestionan su propia identidad sexual,
incluso su masculinidad.
Esto es mucho para procesar. Con los años, he leído mucho sobre abuso
sexual, pero nunca he tenido una razón para leer sobre víctimas masculinas.
―Entonces, ¿piensas que se está cuestionando a sí mismo? ―Mis nervios de
antes levantan los vellos de mi cuello.
―Estoy segura que sí. En este momento, Keyon está tratando de digerir lo
que ocurrió hace tantos años. Ya sea eso, o está trabajando muy duro para
olvidarlo de nuevo.
Keyon
Las últimas semanas han sido un tornado de entrenamiento con pesas, correr,
pérdida de peso controlada, entrenar boxeo, y mini peleas con los profesionales
recientes.
La victoria en México se difundió como un reguero de pólvora y aumentó mi
clasificación como loco. Es por eso que otros luchadores en artes marciales quieren
pelear conmigo ahora, eso y tener los talentos y dinero de Markeston en mi
esquina.
Dawson ha querido que rechace las peleas, pero nunca he tenido esta
cantidad de oportunidades y los utilizo para estar listo para Las Vegas. Será en dos
semanas, y a este punto, estoy malditamente preparado.
No me relajo. No reduzco la velocidad. No me voy a casa a dormir hasta que
estoy tan agotado que caigo muerto sobre mis almohadas y duermo justo con las
patas de Simon en mi cabello. Cuando me despierto, empiezo mi dieta, como lo
mismo todos los días, sólo bebiendo café y agua. Estoy en la dieta Paleo, ingiriendo
toneladas de proteínas, pero sin carnes. El objetivo de mi vida está al alcance, y voy
a aprovecharlo.
Tengo mi teléfono en silencio y lo dejo en la recepción, así la esposa de
Dawson puede mantener un ojo en él y me informa si Paislee llama.
En cualquier mención de esa chica, mi mente corre a una habitación de hotel
en la Ciudad de México. Estoy seguro que los psicólogos me dirán que entierre esa
mierda, que debería hablar, hacer terapia de grupo, y bla, bla, bla. Dirían que
Paislee es la primera persona que debería dejar entrar.
Pero no sé lo que soy.
No quiero saber quién soy.
El mundo tiene que reconocerme por lo que quiero ser, y eso es exactamente
lo que sucederá en Las Vegas.
Anhelo tener sexo, como de costumbre, pero no se me ocurre cómo
conseguirlo. Claro, podría ir a Stripes con Jaden y Zeke y encontrar chicas, podría
llamar a Amy cualquier noche y tener un cuerpo familiar en mi cama, pero no es lo
que quiero.
Hay algo malo conmigo. Tal vez estoy quebrándome por mi necesidad de
Paislee en alguna realidad alternativa que creo que necesito. ¿Quién mierda sabe?
Una vez fui ridiculizado por parecer gay. Un hombre me hizo gay
empujándose a sí mismo en mi cuerpo. Pero me cambié a mí mismo; me hice más
fuerte que mis matones, y los destruí. Luego, me convertí en un luchador. Estoy
de camino a ser aclamado como alguien digno de mención. Estoy en mi camino al
éxito y al buen dinero.
He tenido muchas mujeres, muchas, demasiadas, y nunca he querido follar a
un tipo. Ese no soy yo. Creo. ¿Y si el demente del tren me hizo permanentemente
gay y sólo me he estado escondiendo debajo de la testosterona y virilidad,
acostándome con chicas y luchando con chicos?
Sueno como un puto terapeuta.
Me levanto de la cama, acaricio la cabeza de Simon y tomo mi short de
entrenamiento. Me coloco mis zapatillas para correr y llevo mi culo de camino a la
playa.
Son las cuatro a.m. Fui a la cama a la una, esta es mi vida desde México. No
necesito dormir más, no con todos estos pensamientos friendo mi cerebro.
Corro rápidamente durante una hora y media. Termino con las zapatillas en
la orilla del agua y sumergiéndome en el océano frío. No traje una toalla. Me voy a
secar de regreso a casa de todos modos.
Mi mente no se detiene esta noche. Me está volviendo loco debido a una
conversación que Paislee y yo tuvimos ayer. Ella está tan desesperada que hace
que mi pecho se retuerza. Esa hermosa y amable chica no debería estar esperando
a alguien como yo.
Mack, su colega de la fábrica, parecía que le importaba. Era lo suficiente
posesivo con ella, eso es seguro. Mi estómago se agita ante la idea. Es más difícil
cuando pienso que ella regrese a sus viejas costumbres. Aun así, no puedo
arrastrarla conmigo cuando soy un desastre sin fin a la vista.
Las últimas cuadras de mi casa son borrosas; me quedo sin oxígeno, y mi
pecho está agitándose.
Pensamientos constructivos, Keyon. Estoy realizando mi sueño. Estoy en mi camino
a la EFC.
Tiempo de tomar decisiones, Keyon. Voy a cortar mis lazos con Paislee. Voy a
liberarla. Voy a ser todo un hombre, y la primera en averiguarlo será Amy.
Hoy. Es el día para hacer llamadas telefónicas.
Paislee
Mis pasos me llevan a Yellow Pub, no a Ivy’s. No tenía que registrar mis
sentimientos para decidir qué necesitaba hacer esta noche. Por un día y medio lo
he intentado, pero no está funcionando, así que voy a tomar el toro por los
cuernos.
No puedo sobrevivir mucho más.

―¿Paislee? ―La voz de Keyon es de acero en el teléfono―. Necesito dejarte


ir. ―Termina sus palabras a medio camino de mi Hola y está hablando tan rápido
que estoy sorprendida.
―¿Qué quieres decir con “ir”? ―Sé exactamente a qué se refiere.
―De este escenario de mi vida, no puedo alimentar una relación ―recita―,
especialmente no con alguien tan increíble como tú, porque te mereces más de lo
que puedo ofrecer. Tal vez en el futuro. Pero no esperes por mí. No quiero que
esperes ―urge.
―¿Estás rompiendo conmigo? ¡Ja!
―Necesitas seguir adelante con alguien mejor. No soy merecedor de esto.
―¡Mentira! ―grito―. Te lo mereces todo. ―Y de repente, las cosas se
embrollan en mi mente: la conferencia de mamá sobre las víctimas masculinas de
violación, Keyon tratando de infundir autoestima en mí cuando no se respeta a sí
mismo.
Apreté el agarre en mi huevo y los cristales me cortaron la mano.
―Cariño ―suplico―. No hagas esto. Iré a Las Vegas y te veré pelear.
Podemos vernos después de que ganes, pasar unos días juntos, los que no
tomamos en México. Empecemos de nuevo.
Keyon no deja que mi súplica se hunda antes de que conteste:
―Paislee. No puedo.

El toldo de Yellow Pub me hace volver a pensar en quitar la soledad y


suavizar los miedos. No hace tiempo, mi presencia mantenía clientes extra por este
lugar. Amigos míos bebían aquí, esperando que les eligiese para la noche.
La puerta se abre con el mismo crujido hueco de siempre. Me encuentro un
tempo de rock antiguo y el propietario alza la barbilla a modo de saludo como si
no hubiese estado desaparecida, como si no abandonase mi fijación por Keyon.
Me dejó otra vez. Oh querido Dios.
Me trago mis pensamientos. Son tan insignificantes como las paletas azules
de frambuesa, no pueden cambiar la realidad. Necesito arrastrarlos por mi sistema,
no estoy aquí para arrastrarme en mi miseria.
Mamá me llama galleta dura. Lo soy. Para ahora, debería estar equipada para
superar incluso las heridas del corazón. Pero, con la desesperación vienen los
deseos y tengo que empacharme.
Esta noche, saciaré mis necesidades.
El electricista el otro día en Ivy’s está sentado a la barra del bar. Es joven.
Delgado y con cabello largo como una estrella del rock, está bebiendo su pinta con
dedos blancos aferrando el vaso.
Recuerdo su miranda siguiéndome en Ivy’s. Se me acelera el pulso y un
indicio de lujuria golpea mis partes femeninas, nunca he tenido sexo con este
hombre. Sea cual sea su color de ojos, me recuerdan al cristal.
¿Por qué me dejó?
Camino tranquilamente hasta el bar, me inclino sobre las palmas de mis
manos. Arqueo lo suficiente la espalda para curvar mi trasero y alzar las tetas
sobre la barra. La mirada del electricista es sutil pero el brillo en ella es lobuno. De
momento, finjo no verle. Alzo el pie y pongo el tacón “fóllame” sobre la barra de
latón a la altura del tobillo, sabiendo que muestra una gracia de piernas largas que
vuelve loco a un hombre.
Me observa mientras pido una Corona y el propietario me la sirve en treinta
segundos. Una vez que la botella es puesta, hago un espectáculo lamiendo las
gotas de limón de mis brillantes uñas rojas. Después, chupo lánguidamente el gajo
de limón.
―Paislee, ¿cierto? ―pregunta el electricista.
Levanto la mirada como si acabase de darme cuenta de que alguien está a mi
lado. Se me acelera el corazón, empapándome de su intriga por mí, pero todo lo
que puede ver es que soy la zorra más fría.
Oh. Destaco en esto.
Dejo que mis ojos escaneen la mano que mueve hasta la cima de sus
vaqueros. Imaginándola hundiéndose en mis bragas, trabajando para bajarlas, así
somos libres de satisfacer la lujuria, la necesidad y el dolor.
―¿Qué si lo fuese? ―susurro.
―Si fuese así ―contesta, fácil y sin necesidad de pensárselo―, te daría un
buen momento.
“Tranquilizaría tus hambres. Borraría tus miedos. Te haría olvidar todas tus
tristezas”. Sus palabras están en mi cabeza no en sus labios, pero escucho e inclino
las caderas para que toquen su entrepierna. Juega mi juego. Contesta con un dedo
que hace círculos en una pequeña zona de mi cintura.
―Para ti, soy Rubina ―comento, sintiendo el calor empapar el vértice de mis
muslos.
―Rubina. ―Saborea mi nombre falso―. ¿Señor Joe?, póngale una bebida a
Rubina.
No espera mucho para invitarme a su casa. Y yo, no espero para aceptar.
Fibroso y pálido, se siente mal cuando engancho los pulgares a través de las
tablillas del cinturón en el frente y tiro, así la cremallera se abre. Aparece un
calzoncillo azul, revelando una tienda de campaña que debería emocionarme.
Me tumba y me besa, más insistentemente que mis amigos regulares, pero no
es tan rompedor, tan hermoso que traerá comodidad envuelta en pasión y tensión.
He perdido al amor de mi vida. Densos músculos y pánico disfrazado con
aprovechada violencia. Keyon, mi dorado reflejo de éxtasis con empujes
acompasados y estoy enamorado de ti.
Toco a mi hombre sustituto. Acariciándole. Hago lo que hago mejor. Pero
permanezco vestida y tanto como se estire por mí no puede apoyarse contra mi
piel desnuda. Sí, vine aquí para ser sanada, pero las huellas de otra persona
permanecen en mi cuerpo.
―Vaya, eres increíble ―jadea el hombre equivocado, abriendo los ojos en
rendijas mientras me observa acariciar su polla. Lucho contra la urgencia de irme.
La fealdad se solidifica alrededor de mi alma, pero lo ignoro porque así es como
golpea la agonía.
Un destello de satisfacción me atraviesa cuando se sacude por el clímax.
Líquido pegajoso me cubre la punta de los dedos, caliente al principio, luego más
frío que yo. Lo froto contra la carne reblandeciéndose hasta que está suave y todo
seco.
El hombre equivocado me sigue hasta la puerta, con el vaquero bajo sobre las
caderas y el calzoncillo descolocado a través de la cremallera abierta. No dice nada
hasta que he abierto la puerta y me giro con una sonrisa, apretada en el medio y
elevando las esquinas.
Alza la barbilla, los ojos brillando más cuando los fija sobre los míos.
―Siento lo que sea. También te habría hecho sentir bien.
Asiento. Despidiéndome con la mano mientras camino de espaldas por la
puerta.
Aprendí algo nuevo esta noche. Los demonios del amor no correspondido
son inmunes a las chicas que toman el toro por los cuernos.
Paislee
Abro los ojos. Lo primero que entra en mi mente esta mañana es el número
dos. Faltan dos días hasta la lucha de Keyon en Las Vegas. Él está allí ya, y el
pensamiento hace que mi corazón bombee sangre por mis venas de una manera
que es dolorosa. Después, los fragmentos de películas se despliegan.

―¿Cómo te sientes? ―Ese es Mack caminando detrás de mí y apoyando su


barbilla en mi hombro de la manera en que Keyon solía hacerlo. Estoy perdida
mirando a la nada, directo a un muro de hormigón gris, que está a metro y medio
de distancia de la ventana en el trabajo. Registro la nieve que cae en copos secos
frente a ella.
―Estoy bien. No quiero ir arriba por el almuerzo ―digo a pesar de que no lo
ha preguntado en varias semanas.
Mack está callado. No me sorprende lo que está pensando. No tengo espacio
para más de la pérdida de Keyon y la prórroga de espejos dorados y huevos de
cristales adornados.
―Está agradable afuera. ¿Quieres ir a dar un paseo?
―¿En la nieve?
―No estás asustada de la nieve ahora, ¿verdad? ¿Sólo porque has estado en
los climas más cálidos? ―bromea.
Niego con la cabeza.
―Sólo un paseo ¿eh?
―Necesito aire fresco. Los vapores están molestándome hoy. ―Él se abanica
con delicadeza para hacerme sonreír.
Esta parte de la ciudad es baja en el tráfico peatonal en general, pero hoy está
particularmente vacía. Caminamos arduamente el uno al lado del otro, Mack
platicando y yo medio escuchando. Ha estado en una cita, me dice. Una chica de la
Cooperativa de Crédito. Ellos podrían estar en una segunda cita pronto. Suspiro, y
él pone una mano en mi hombro, malentendiendo.
―Si accedieras a una cita conmigo, no haría una segunda con ella.
―Mack, apenas puedo concentrarme en nada, y mucho menos salir en citas
con alguien que no es mi novio. Mi ex ―me corrijo. Retira su mano y la presiona
dentro de su bolsillo. Desde mi periférica, lo veo sonreír un poco.
―¿De qué te estás riendo?
―Sólo recordando los buenos momentos que hemos tenido. ―Levanta la
mirada, traviesa, y ruedo los ojos. Mack y yo, sí que causamos algunos estragos
sexuales en los últimos años. Fue siempre dulce, siempre bueno. A pesar de que
sólo ahora ha sugerido más que sexo, nunca me sentí utilizada―. ¿Recuerdas el
congelador en la parte trasera de la tienda de falafel?
Resoplo.
―Eso fue ridículo. Lo bueno es que tu polla no se heló y se cayó antes de que
se completara el trato.
―Oye, mi nariz podría haber estado fría, pero tú mantuviste mi tan
anunciada polla cálida y cómoda. ―Él lanzó miradas de mi capa gruesa a la zona
en la que de hecho lo mantuve caliente durante un tiempo―. Siempre tan generosa
con tu cuerpo. ―Hay nostalgia en su voz.
―Supéralo, Mack. Ser´s bueno para ti que estés con una chica por algo más
que sexo.
Humo congelado sale de su boca a medida que cruzamos la calle con el
semáforo en rojo. No hay coches, pero todavía agarra mi brazo cuando me deslizo
en la huella helada de los neumáticos. Entonces me sostiene, con el brazo enlazado
con el mío, hasta que estamos seguros en el otro lado.
―Keyon me llamó ―dice.
―¿Qué? ¿Cuándo?
―Hace unos días. ¿Una semana? ―Levanta sus hombros hasta que los
lóbulos de sus orejas de color rosado rozan los cuadrados rellenos de plumón de su
chaqueta―. Quería que mantenga un ojo en ti. Asegurarme que no hacías nada
estúpido.
―Lo que sea, ya no soy de su incumbencia.
―Sí, parece que no comparte tu opinión. Él siguió haciendo preguntas.
―¿Por qué me cuentas todo esto? ―le digo―. ¿Para hacerme llorar?
―No, por favor no llores. Caray. ―Se rasca la cabeza debajo del gorro y lo
arrastra hacia abajo de manera que cubra sus orejas mejor―. Sólo pensé que te
gustaría saberlo. Llama casi todos los días.
―Vaya, estás tan equivocado. Es lo último que necesito, escuchar de él.
Me calmo pensando en Roy en el supermercado. O alguien completamente
nuevo, como el ligue que Keyon arruinó para mí en esa cafetería. Podría ir allí esta
noche. Han sido meses desde que exploto la mente de alguien, vi sus ojos abrirse
con incredulidad por su suerte. Después, me habían rogado encontrarnos de
nuevo.
―Paislee, odio verte así. Ojala… ―Se encoge de hombros con impotencia―.
Ojala te sintieras mejor muy pronto. ¿Puedes al menos regresarle la llamada a su
entrenador? Ese tipo averiguó mi número también, y ahora estoy en su marcación
rápida. Soy, como, la central telefónica de Paislee Marie Cain.
―¿Dawson te llamó?
―Sí, ese es el nombre. ―Mack asiente y saca un chicle de su envoltura de
plata―. Mencionó tu correo de voz optimista, pero yo le dije que eras todo menos
eso, por el momento.
El desconocido número 813. ¿Ese era Dawson?
Mi teléfono celular está en la sala de descanso. De repente, no puedo volver a
la fábrica lo suficientemente rápido, porque no puedo imaginar a Dawson
llamando a darle rienda suelta al chisme.
*
―¿Paislee? Gracias por devolverme la llamada ―dice Dawson―. ¿Cómo has
estado?
Me trago mi miedo y mi impaciencia y le digo que estoy bien, trabajando
mucho y esperando la primavera y días más brillantes.
―¿Cómo está Keyon? ―pregunto antes de que podamos conversar más
sutilezas y embrollos superficiales.
―Nada bien. Eso es por lo que te estaba llamando.
―¿No está en la zona? La lucha es en cuatro días, ¿verdad? ―pregunto,
porque he vuelto a acechar a Keyon en secreto como antes de la inauguración de la
alcaldía.
―Está en la zona por ahora, pero si no aligera el entrenamiento, me temo que
va a romperse antes de la pelea. Se está esforzando en exceso, y por desgracia, no
está tomando mi consejo en este momento. No se relaja, y no duerme.
―¿No duerme? ¡Pero eso es peligroso!
―Es imperativo que él consiga su descanso ―está de acuerdo Dawson―. El
cuerpo de Keyon, como el de todo el mundo, anhela el sueño REM, y la forma en
que abusa de él sin pausa, su sistema inmune se está apagando. La enfermedad
física es una cosa. La psicosis es otra.
―¿Me estás tomando el pelo?
Dawson suspira.
―Sin sueño, es imposible permanecer sano. Lo he visto de primera mano.
Miro por encima de mi hombro hacia el viejo Win. Sus ojos sabios me miran
desde la mesa de dibujo donde está trazando uno de sus exquisitos cuadros. Su
gesto es sutil, pero está ahí. Su mirada se mueve hacia el techo, indicando que
debería retirarme arriba y tener mi conversación en privado si así lo deseo.
Sí que deseo eso.
En mi camino hacia arriba, incito a Dawson para más detalles.
―¿Así que trabaja sin parar?
―Eso, y bueno. Toma descansos con los chicos a veces. ―Dawson tiene algo
en la garganta ahora. Está tratando de decirlo entre líneas.
―¿Está bien? ―Tengo tiempo para preguntar antes de poner dos y dos
juntos―. Oh. ¿Con Zeke y Jaden en el Stripes?
―Bueno, no lo relaja. Esta igual de acelerado horas más tarde cuando viene
directamente a Cage Warriors desde donde quiera que estaba después del club.
En la casa de una chica. En su casa. Con Simon deslizándose en torno a ellos y
tratando de interrumpir el sexo. Los celos me apuñalan en un destello blanco.
Sabía que él tendría una vida después de nosotros, pero escucharlo decirlo duele
como un taladro en mi corazón.
Dawson es sólo el mensajero. Él no necesita un papel en esta desesperación
privada mía. Localizo una cerveza detrás de la leche y la miel, y la destapo a pesar
de que ni siquiera es mediodía. Burbujea con fuerza y entrega un dolor diferente
en mi garganta del que está alojándose en mis huesos.
―Paislee, ¿estás ahí? No fue mi intención hacerte sentir incómoda.
―No… sí, estoy aquí. ¿Qué puedo hacer? ―pregunto, con un hilo de voz.
―Nos dirigimos a Las Vegas mañana. Dudo que Keyon tenga problemas con
el pesaje. Él es todo músculos y tendones en este momento, así que no lo veo
necesitando un período de deshidratación, pero por si acaso, vamos a estar allí
temprano. Él va a utilizar el gimnasio. Jaden viene con nosotros para el
entrenamiento. ―Como si le costara, Dawson se detiene antes de continuar―.
Paislee, soy de la vieja escuela, y creo que los cónyuges y las novias deben
permanecer fuera de su alcance las últimas semanas antes de una competencia,
pero en el caso de Keyon, no estoy tan seguro. Está demasiado obsesionado con
esta pelea
Cónyuges. Novias.
Yo tampoco.
―En el gimnasio ―continúa como si supiera mis pensamientos―, mi mujer
mantiene su teléfono en la caja registradora y le avisa de llamadas y mensajes de
texto cuando es necesario. En su instrucción, "necesario" significa que tú, Paislee, o
alguien cercano a ti lo contacta. Él le dio su lista. Sus padres no están en esa lista.
Hay una pequeña bola de luz de algo moviéndose debajo de mis costillas. Es
más brillante que las paredes de concreto y los inviernos y los copos de nieve que
caen en los patios.
―Eso no quiere decir que me querrá allí.
―No estoy diciendo que lo hará. Estoy diciendo que sería bueno para él verte
allí. Si todavía quieres lo mejor para Keyon y puedes viajar con corto aviso, el
presupuesto de la lucha va a cubrir tus gastos.

Aquí estoy, empacando, queriendo lo mejor para Keyon más de lo que lo


quiero para mí misma. Soy solo yo. Siempre he sido yo. He vivido conmigo desde
que me volví una adolescente, desde que la estación de tren se filtró y asumió una
forma que yo podía manejar.
Cuanto más tiempo estamos separados y menos Keyon me quiere, más lo
amo. Me duele, sí, sí, pero el amor duele, y si amas a alguien, ¿no deberías hacer
todo lo posible para que sean felices?
¿No soy la chica que presta su cuerpo por diversión, por un acelerón poco
profundo de poder, luego corre a casa para derrumbar su alma porque el
encuentro no fue más que un paseo a mediados del verano?
Creo que esa soy yo.
Estoy segura de lo que soy capaz de hacer, la chica que ha tratado con el
rechazo a los niveles que la mayoría de la gente sólo ve relajadamente en la
televisión. Con los años, me he construido un escudo impenetrable. Está presente,
listo, y puedo levantarlo a segundos de aviso.
Será más difícil enfrentarlo cuando el que me rechaza es el hombre que me
hizo enamorarme, esa loca persona que me amó de forma tan violenta que pedí
clemencia y le pedí que se detuviera.
Nuestro tiempo juntos fue tan corto, y aquí albergo todos estos sentimientos.
Voy a hacer todo lo que necesite. Si necesita descansar, puedo hacerlo dormir.
Puedo apagar mi alma y dejarlo que se agote en mi cuerpo. Puedo reducirme a
controlar el deseo de un hombre, sabiendo que podría decir no como solía hacerlo.
Quizás Las Vegas será un exorcismo para mí también
Keyon
Dawson y yo no nos ponemos de acuerdo estos días. No importa. Estoy aquí,
en Las Vegas, establecido y listo para ir. Soy demasiado peso ligero, él gruñe, la
única cosa sobre la que tiene razón, así que me estoy llenando de carbohidratos
mientras mantengo mi ingesta de líquido razonable. Markeston luce una nueva y
preocupada expresión de la que necesito apartar la mirada. No necesito pesimistas.
Estoy en el gimnasio, arrasando en la cinta, porque al aire libre no le sienta
bien a mis pulmones saturados. Entre el aire seco del desierto y la contaminación,
no puedo correr riesgos antes de esta pelea.
Marlon “El Martillo” Jackson es un tipo grande con más corpulencia que yo.
Además de la velocidad, la fuerza y la técnica, el peso es un factor decisivo cuando
se refiere a quién gana; es más fácil mantener a tu adversario derribado si tienes el
volumen para apoyarlo. Soy más alto, lo cual al hombre equivocado podría serle
desfavorecedor. No soy el hombre equivocado.
―Toma un descanso ―gruñe Dawson, con sus ojos perforándome―. Estás
quemando los carbohidratos más rápido de lo que puedes asimilarlos. ¿Has
revisado tu ritmo cardíaco? ―Asiente hacia la pantalla a la que estoy conectado―.
Dos horas consecutivas, y has estado entre dos veinte y dos treinta y seis, el
noventa y cinco por ciento del tiempo. Eso es una estupidez.
Me detengo abruptamente, arranco mi monitor y me voy gruñendo a las
pesas. En general, tengo poca paciencia antes de una pelea, pero estos días han
sido particularmente difíciles. Mi equipo se ha convertido en un montón de
maricas quejosos, incluso el nunca acobardado rey del sarcasmo, Jaden.
―Cena en tu habitación ―espeta Dawson veinte minutos después―. Son las
ocho en punto y te vas. Está. Servido. ―Dejo caer las pesas y lo fulmino con la
mirada. Tiene la mirada, sin embargo. No he visto esa mirada en años. Incluso yo
sé cuándo recular con Dawson.
Voy por delante de él con Jaden murmurando algún comentario de listillo
detrás de mí. No lo escucho.
―Dame mi teléfono ―digo.
―Tu teléfono está arriba ―replica Dawson―. Como la cena.
Resoplo. Cuando dejo de entrenar, empiezo a preocuparme por Paislee. Mack
me dio una actualización ayer. Pasó su tiempo libre en casa de su madre y no
acepta citas al azar, ni siquiera con él.
Soy un egocéntrico imbécil y espero por Dios que él no esté inventándose
mierda. Todo lo que sé es que Mack no respondió a mi mensaje esta mañana y si
no hay noticias esperando por mí arriba, lo voy a llamar.
―Vaya, ¿van a dejarme comer solo? ¿No son mis niñeras? ―les espeto a
todos. Están en el pasillo fuera de mi habitación individual como un montón de
imbéciles y tienen estúpidas expresiones en sus rostros también… rostros de fiesta
sorpresa. No puedo esperar para poner mis manos en ese Jackson. Lo que me
recuerda: puedo revisar un par de sus peleas mientras como.
Mis bíceps se crispan. Han estado teniendo unos pocos espasmos
involuntarios gracias a la rigurosidad de mi régimen de entrenamiento. Sería
molesto si durmiera algo. Habrá mucho tiempo para dormir después de la pelea.
―Estás desequilibrado ―declara Dawson.
―Cállate ―digo.
Me dirige su tranquila y desagradable mirada de hombre sabio. Le frunzo el
ceño mientras saco la tarjeta llave de la ranura en mi puerta.
Me rindo.
―Mierda. Lo siento, Dawson. Simplemente estoy alterado.
―Todo el tiempo ―concuerda antes de decir―: Y Keyon: necesitas resolver eso
antes de la pelea de mañana. Tienes exactamente veinticuatro horas. Come. Duerme.
Medita. Jodidamente relájate.
Vaya.
Intercambio miradas con Jaden, quien está tan sorprendido como yo. Dawson
nunca maldice.
―Sí, señor. ―Es todo lo que digo. Entonces abro la puerta y entro.
El olor de la comida hace que mis intestinos se contraigan. He comido todos
los días, pequeños trozos de lo que sea mientras entreno, pero no debo haber
aceptado lo suficiente. Hay toda una mesa establecida, adornada con pequeñas
cubiertas metálicas, con agradables platos ocultos debajo, estoy seguro. Hay
botellas de agua con gas. ¿Vino blanco? No lo entiendo: dejo de beber las semanas
antes de grandes peleas y Dawson nunca alentaría lo contrario.
Me acerco a zancadas, mis fosas nasales se ensanchan con otra esencia, una
femenina, sensual y familiar. Mi estómago se contrae de nuevo.
La visión que me encuentra más allá de la mesa es dolorosa. En un ajustado
vestido rojo con tirantes finos sobre sus hombros, está Paislee. Tiene cabello
resplandeciente y ojos demasiado grandes para su rostro.
Paislee. De rodillas, con las manos unidas como si rezara, me espera en el
borde de mi cama.
Mi chica lleva maquillaje, pero no del tipo exagerado que usó para
Halloween. Es un rojo húmedo en su boca y algo dorado en sus párpados. Sus ojos
brillan y relucen en la luz, más que por el polvo de ojos, y no puedo jodidamente
creer que esté aquí.
―Maldición, tienen pelotas ―gruño.
―¿Quiénes? ―susurra, inclinando sus manos bajo su barbilla, sus ojos
brillantes con inseguridad. Oh, Dios, siento pura euforia, ella está delante de mí,
pero odio verla así, tan vulnerable.
Solía reforzarla, quería que entendiera lo increíblemente asombrosa que es.
Por qué esos ojos, por qué esa inseguridad, por qué…
Sé por qué.
Ellos nos pusieron en esta situación. Ellos la hicieron venir aquí, la dejaron en
mi habitación y ahora es vivir o morir. Malditos idiotas.
¿Por qué no trajeron a una fanática de los luchadores? ¿A una de las chicas de
los carteles en las peleas? ¿A una maldita puta? Hubiera sido jodidamente fácil
tratar con eso. Se lo hubiera hecho y hubiera dormido una media hora.
―¿Por qué te enviaron? ―Estoy desesperado. No quiero herirla, usarla, y sus
ojos se llenan de lágrimas.
―No debería haber aceptado. No sé en qué estaba pensando, Keyon. Dawson
creyó que sería bueno para ti.
Se levanta rápidamente, levantando su delicada barbilla y mira hacia la
puerta. Sus zapatos están sobre la alfombra, solos y rojos como su corazón. Una
vez que se los ponga, saldrá de aquí. Me dejará solo con mi descontrolado cerebro.
Doy un paso delante de ella, bloqueando su vista de la salida.
―¿Cómo está Rigita? ―Es una estúpida pregunta de mierda, pero es mejor
que dejarla ir.
―¿Cómo crees que está, Keyon? Helado y oscuro. Mamá dice “hola”.
Intenta pasarme, con su mirada decidida, pero deslizo mi mano por su brazo
desnudo y la detengo. Mi Paislee para. Sus pestañas bajan, cubriendo sus iris. No
sé por qué esto me golpea justo en el plexo solar, pero lo hace. Nunca quise
causarle dolor.
―Por favor. Estoy bajo mucha presión ahora mismo. No pensé que estarías
aquí. Me sorprendiste, pero una buena sorpresa. Me… me encanta.
Sus ojos se abren. La cautela sigue allí, la falta de confianza en sí misma. Es
mi culpa. Dios, es tan hermosa. Esta mujer es la persona más hermosa en la Tierra.
Trago, sintiendo mi nuez de Adán sobresalir en mi garganta.
―¿Has estado bien desde…? ―Toco su mejilla, veo los bordes de sus oscuras
cejas fruncirse.
―Sabes que no lo he estado ―murmura, dejándome acariciar sus labios―.
Sabes todo sobre mí. Has estado en contacto con Mack todo el tiempo. Es tu espía.
Es mi turno de cerrar los ojos. Cuando los abro, la tengo en mis brazos. Mis
dedos golpetean un patrón por su espina dorsal hasta que la tengo contra mí,
caderas, costillas, cada cresta, sus pechos presionados contra mi cuerpo.
―¿Por qué viniste? ―susurro.
―Me dijeron que no te iba bien.
No respondo, sólo agarro una sección de su melena entre mis dedos y tiro de
los mechones de esta mujer, poseyendo su resistencia y suavidad.
―Quería estar aquí. Porque tal vez me necesitabas ―murmura contra mi
cuello. Bajo la cabeza. Huelo su cabello. Es floral, e inhalo profundamente,
deseando que la vida no fuera complicada. Mi cuerpo reacciona a ella de la manera
en que siempre hace. Lo nota también y se presiona más cerca, moldeándose a
mí―. ¿Has dormido algo? ―pregunta preocupada mientras alza su cabeza para
mirarme―. Dawson dice que no.
―No ha sido una prioridad. ―Las palabras suenan ridículas.
―¿Por qué no? ―No se rompe ante su pregunta.
Dejo escapar el aliento. Paislee guarda mis secretos. Es consciente de en qué
me convertí entonces. ¿Qué daño podría hacer si le cuento lo que me ocurre ahora?
―Porque sueño, revivo mierda y no puedo hacer nada. Despierto en sudor
frío cada vez que me duermo.
Pequeños dedos serpentean hasta mi cabello.
―Lo hace al principio.
―No es al principio. Sucedió hace media década.
―Tu cerebro sólo acaba de darse cuenta, así que es nuevo. Mejorará.
La entiendo, pero no quiero que sea verdad. Lo que dice me pone triste y
frustrado. Esta chica en mis brazos, lo sabe sin embargo. También lo ha pasado.
―Tienes que dormir ―me dice como si fuera un niño―. Y a veces es más
fácil dormir con alguien.
Pienso en los últimos “alguien” que he tenido por aquí. No me valieron de
nada. Amy y… ni siquiera recuerdo a las otras chicas que han pasado por mi
dormitorio últimamente. Después del primer par, me di cuenta que no podía
tenerlas en mi cama cuando me despertara jadeando con horror.
―Comamos, cariño ―murmura, después de cómo la he tratado, después de
cómo la he decepcionado―. Vamos. Vamos. ―Afloja mi agarre alrededor de su
cuerpo y toma una de mis manos con las suyas. Retrocede, lentamente, como si
estuviera a punto de romperme y salir disparado. Asiente hacia mí, con ojos
expectantes, y la sigo en silencio y obedientemente.
En la mesa, retira una silla, el chillido de las patas contra el suelo me hace
ponerme en marcha. Cada nervio en mi cuerpo ha sido preparado para reaccionar
rápidamente. Soy un predador, un animal salvaje al que no hay que acorralar, y me
trata como uno.
Las cubiertas de metal ocultan asombrosos alimentos. Los olores de bistec,
pollo, puré de patatas y salsa alcanzan mis fosas nasales, haciéndome inhalar
compulsivamente. Mi boca se hace agua y mis ojos se mueven entre la chica
poniendo verduras y carne en mi plato, ocasionalmente asintiendo a una pregunta
silenciosa mientras levanta cucharadas. Muevo mi cabeza con un “sí” a todo,
porque en su mano, todo luce bien.
Come conmigo y no decimos mucho. Sólo que mis ojos no pueden dejar los
suyos y retira los suyos sólo para rellenar mi plato. Bebo agua. Ella vino. En un
punto, inclina su vaso contra mi boca y tomo un pequeño sorbo también.
Hay un bulto en mi garganta que no estaba allí antes. Es este momento, cuán
perfecto es. Nos sentamos por un tiempo, ella mordisquea su comida mientras
devoro tres porciones de pollo y bistec y marisco. Al final, hago que las patas de la
silla chillen también cuando hago más espacio entre la mesa y yo. Mi comida
empuja contra las paredes de mi estómago, contra los músculos abdominales
demasiado apretados, haciéndolos protestar. Gimo de dolor por tanta comida.
Abro los ojos ante el tranquilo sonido de su risa.
―¿Hmm? ―digo, un lado de mi boca se levanta por ella encontrando humor
en algo.
―Tú ―dice simplemente―. Eres como un niño pequeño que ha comido de
más en Acción de Gracias. Súper lindo.
―Lindo, ¿eh?
―Tan lindo.
Suspiro ruidosamente.
―Ven y consuélame. Estoy a punto de llorar. Hazme sentir mejor.
Paislee se levanta de su silla y se coloca en mi regazo. La rodeo con mis
brazos y olisqueo su cuello, dejando besos hasta que se estremece.
―¿Frío? ―bromeo.
―Mucho. Deberías arroparme.
Me levanto con ella en mis brazos. Debo levantarme demasiado rápido,
porque chilla. La sostengo contra mí con un brazo mientras abro la cama para
nosotros. Entonces, la dejo a centímetros del colchón y la observo cuando lo
golpea, largos mechones esparciéndose como si estuviera volando, como un
abanico sobre la almohada al final. Un pequeño puf escapa de ella cuando lo hace,
con los labios extendidos. Es todo tan jodidamente grande que quiero devorar toda
esta experiencia.
Ese vestido, pequeño, cubriendo lo que necesita, pero revelando lo suficiente
para conducir a un hombre a la locura. Jugueteo con un muy fino tirante mientras
me aprendo su rostro de memoria.
―¿Podemos permanecer destapados por un tiempo primero? ―No soy tan
juguetón como sueno.
Asiente sobre la almohada, rápido, como si no hubiera nada que quisiera más
que permanecer destapada conmigo. Acuno su mejilla con mi puño y miro sus ojos
cerrarse por mi toque.
―Amor ―digo para mí mismo―. Tanto amor. No sé, Paislee, qué me haces.
―Entonces desciendo sobre ella.
*
Bajé la guardia y me quedé dormido. Ahora lo estoy pagando, teniendo
espasmos en la agonía de los recuerdos. Paislee está aquí. Está tan cerca, sin miedo,
sin sorpresa.
―Está bien. Se ha terminado ―dice, y no tiene que explicármelo―. Mátalo la
próxima vez.
―No puedo dar con él ―exhalo―. No pasa el rato en los mismos cotos de
caza hoy.
―Sí, ¡pero puedes cambiar tu sueño! Ven aquí. ―Quiere acurrucarme como
si fuera un bebé, fallando al intentar abarcarme al completo con su pequeña figura.
―Cambiar mi sueño, ¿eh? ―Quiero mofarme, pero en la oficina de algún
médico, vi un artículo sobre gente haciendo justo eso.
Besa mi sien. No exuda compasión, lo cual me relaja.
―Síp, hazlo. Toma un tiempo, pero lo conseguí, así que soy una prueba
viviente. ¿Qué harías en ese sueño si pudieras cambiarlo? ―Por supuesto que sabe
lo que haría, pero suena genuinamente intrigada.
Resoplo.
―Patear su maldito culo.
―Oh, sí, cariño, lo harías ―susurra―. Dime toda la historia.
Así que lo hago. Le cuento que estoy haciendo pipí, que la puerta se abre a la
fuerza y este trol pelirrojo irrumpe. Que empieza a decirme que soy lindo. No
estoy asustado, no, jodidamente le grito en su rostro que es muy feo, y que lo que
tiene que hacer es sacar su culo de aquí antes de que le reviente los sesos.
Le cuento que sonríe, que sus largas manos vienen a tomarme, pero a pesar
del pequeño tamaño del cuarto de baño, agarro uno de sus brazos, lo retuerzo
hacia atrás… él quiere marcar el ritmo, pero por supuesto no se lo permito. Le
cuento que rompo su hombro, describo el deshonroso aullido de dolor que emite.
Miro a su boca y la odio también, así que le golpeo en el rostro, repetidamente, y es
puro disfrute cuando escupe diente tras diente tras diente.
Lo pisoteo. El asqueroso del tren es un desastre ensangrentado en el suelo. La
gente toca a la puerta, pero les digo que acabo en un minuto. Paislee alienta mi
violencia, ríe cuando pongo su cabeza en el váter y tiro de la cadena, cuando
disfruto la vista de su sangre haciendo el bol de metal arremolinarse en color rosa
kétchup alrededor de su cabeza.
Ella se ríe más alto cuando le bajo el pantalón, dejando su blanco culo
expuesto para quien sea que entre primero después de que salga. Me vuelvo para
irme, pero entonces tengo una mejor idea, porque él nunca debería abusar de otro
niño. Entonces milagrosamente tengo un par de tijeras. Milagrosamente son lo
suficiente afiladas para cortar sus bolas en limpio.
Describo la sangre haciendo riachuelos en el suelo, rodeando el desagüe. No
me alcanza… soy intocable. Así que me enderezo, miro a mi yo de dieciséis años
en el espejo y veo logro y victoria en mis ojos.
―¿Qué pasa con su culo? ―dice ella, malvada, tan malvada―. ¿Vas a dejarlo
así?
Me gusta la manera en que piensa.
―Casi lo olvido. Hay una escobilla en la habitación, una con un mango largo
y grueso. Resulta que al asqueroso del tren no le gusta su propia medicina.
―Podrías usar su pene. Sólo córtalo y tapónalo con él ―dice ella,
imperturbable, y es cuando empiezo a reírme en voz alta.
El miedo cuando desperté, su humor cruel, nuestro amor de hace una hora, la
comida, el vino… esta noche, mañana, mi vida. Todo junto es abrumador y no me
he reído en mucho tiempo. Ahora no puedo parar.
Mi estómago se aprieta y se me llenan los ojos de lágrimas. También se está
riendo, mi hermosa y agradable chica que ha pasado por mucho y más. Cuando no
puedo liberarme y me retuerzo, sube sobre mí y me acorrala entrelazando sus
dedos con los míos, besándome y riendo.
―Silencio, cariño.
Cambia mi enfoque entonces; lentamente, hace que mi cuerpo se relaje con
ligeras caricias de su lengua en mi boca. Se hunde, sus caderas se mueven con
tranquilas ondulaciones.
Crezco, necesitando y pensando que nunca dejaré de necesitarla.
―¿Quieres a mi bebé en ti? ―pregunto, borracho de ella.
―Quiero todo de ti.
Me folla lentamente, de la manera que le gusta, y esta noche, de nuevo, es
perfecta y me hace correrme más rápido de lo que nunca he hecho. Me arqueo
cuando chorreo, sobresaliendo contra ella, y me rodea con su cuerpo, un pequeño
mono con brazos y piernas aseguradas para que podamos temblar juntos.
―Duerme ―me susurra después―. Duerme. Duerme.
―¿Y si el sueño regresa? ―pregunto, confiándole mi falta de sensatez.
―No volverá. Acabas de soñarlo, hemos hablado sobre ello e inventado una
gran nueva versión. Tu subconsciente ha tenido su relleno por esta noche.
En el fondo, me doy cuenta de que no puede estar segura, pero a pesar de
este conocimiento, cierro los ojos y me duermo con un pequeño y cálido cuerpo
acurrucado apretadamente contra el mío.
Paislee
Me despierto con un golpe en la puerta, como si alguien no quisiera
interrumpir. Dejé que mi mirada pasara por la habitación. Nuestra comida todavía
está en la mesa, una pequeña escena del crimen de alimentos, vasos, botellas,
servilletas, platos sucios y cubiertos. Me hace sonreír. Este chico era un niño
hambriento. Su hambre se calmó anoche.
El golpe en la puerta vuelve más fuerte esta vez, y aplasté el hombro de
Keyon con una mano. Su boca está floja, sus ojos se mueven por sus sueños bajo
sus párpados. Hay una sonrisa en la esquina de un ojo. Cuando alguien se ve joven
en el sueño, es porque son felices.
Espero ser la estrella en su sueño.
Salgo de las sábanas, sin querer despertarlo. Encontré mi vestido y lo coloqué
sobre mi cabeza. No hay tiempo para encontrar mi ropa interior y zapatos, pero me
arreglo el cabello, queriendo acomodarlo un poco después de la noche con Keyon.
Abro con la cadena de seguridad todavía bloqueada.
―¿Sí?
Jaden está afuera.
―¿Sabes qué hora es? ―pregunta en lugar de un saludo.
―No…
―Falta un cuarto de hora para el espectáculo, y el niño que estoy cuidando
tiene que salir de esa cama. ―Intenta mirar por encima de mí―. O voy a luchar en
su lugar.
―Está en la ducha ―miento―. ¿De verdad? ¿Es tarde?
Jaden me mira con sus ojos azules mediterráneos.
―No. ¿Crees que le dejaríamos dormir? Es su gran día. ―Chasquea la
lengua―. Y no puedo esperar para deshacerme del tipo. Será mejor que gane para
que pueda ocuparme de los privilegios de su vestuario en el gimnasio.
―¿Vestuario? ―Estoy tan confundida.
―¡Estoy bromeando! Eres sexy pero no la bombilla más brillante. De todos
modos, saca su culo de la cama, la ducha, lo que sea, y nos encontraremos en el
restaurante en quince. Ya ha tenido suficiente luna de miel. De regreso al trabajo.
Keyon gruñe desgraciadamente cuando lo despierto. Me hace sonreír, porque
veo al chico con las paletas de frambuesa azul. En la ducha nos besamos. Enjabono
cada centímetro de sus músculos duros, sintiendo espuma en su cabello
mezclándose. Termino de rodillas, enjabonando sus pantorrillas y tobillos también,
y cuando me pongo de pie, su miembro está completamente despierto y duro por
mí.
Con los ojos cerrados, respira.
―Y ahora no podemos hacer nada al respecto. Me va a doler toda la mañana.
―¿Tal vez pueda ayudarte con eso después del desayuno?
Se inclina y besa mis labios, el agua caliente se mezcla con el sabor de la pasta
de dientes y su piel.
―O tal vez voy a mantener mi frustración para la pelea.
―Tan tortuoso ―digo.
Keyon se ríe entre dientes.
―¿Serás mi conspiradora de este plan tortuoso?
―Sí. ―Me aparto para mirarlo con seriedad―. Juro solemnemente que no
haré nada por… eso. Hasta después de la pelea. Luego de eso, haré mucho.
Me saluda con un movimiento alegre de su erección.
*
Tres hombres se levantan de sus asientos cuando llegamos. Markeston llama
a un camarero, pidiendo café y leche y jugo de toronja a la mesa, incluso antes de
que nos sentemos.
Siento la mirada de Dawson en mí primero. Sé lo que me pide, pero no
respondo. No es mi lugar decirle cómo está Keyon. Él mismo puede decirlo.
―¡Hola, chicos! ―dice Keyon, feliz. Mi enfoque cambia a los ojos
centelleantes que adoro y una amplia sonrisa.
―Buenos días ―responde Dawson primero―. ¿Dormiste bien?
Miro mi reloj. Keyon llegó a su cuarto a las ocho de la noche anterior, y ahora
son las diez y media. ¿De verdad?
¿Hemos estado en la cama por más de doce horas?
―Como un perro. Cortesía de esta chica loca ―murmura y pone una mano
en mi muslo. Hace que mis mejillas se sonrojen, así que sumerjo mi rostro en su
hombro.
―¿Te gustó lo que te enviamos? ―pregunta Markeston.
―Estaba delicioso. Creo que comí casi todo.
―Lo hizo. ―Asiento contra Keyon. Un brazo me rodea y me atrae hacia él.
Los tres delante de nosotros se ríen, y Jaden se aclara la garganta. Es exagerado, lo
cual es la razón por la que empiezo a hacerme preguntas.
Le frunzo el ceño a Keyon, que se muerde el labio, con la mirada brillante.
―¿Qué, nena?
―Nada. Es sólo que comiste un montón de carne, patatas, pollo y cosas.
Mariscos ―murmuro. Y eso lo causa. Todos excepto Dawson estallan en
carcajadas.
Sí. De repente me siento como parte de esa comida. A pesar de mi década de
historia de ser completamente desvergonzada, mi cara está en llamas. Abro la boca
para algo que desvíe su atención, estoy completamente en blanco, pero Keyon
irrumpe y me acerca a él.
―Shhh. Eres asombrosa. Tan asombrosa.
―Dawson, ¿conoces esa regla tuya de nada de novias? Genial, ¿huh?
Supongo que las cosas cambiarán a partir de ahora ―dice Jaden.
―No tengas ideas ―responde Dawson al instante, mira fijamente al otro
luchador―. Keyon es un caso especial. Tú, por ejemplo, incluso si salieras en serio
con una chica, probablemente no estaría en su categoría.
―La categoría de necesitados ―malinterpreta Jaden a propósito. Estoy
contenta con el cambio de tema. Nerviosa por la mención de novias. Aun así, me
gusta la compañía, estos hombres, su buen humor natural, la falta de juicio. Y
nadie, además del más importante, sabe quién era antes. El resto de nuestro
desayuno hace una gran diferencia en comparación al desayuno en México. En vez
de evitarme a toda costa, mi amor se inclina hacia atrás en su asiento y pasa un
brazo alrededor de mi respaldo.
Un dedo toca el lado de mi brazo cada vez que me muevo, ya sea para
agregar más crema para el café, revolver o hacerle señas al camarero por más
galletas. Y durante toda la comida, estoy más cerca del nirvana de lo que he estado.
*
―Nena. ―Los ojos de Keyon son amplios y sinceros mirándome―. Necesito
empezar a prepararme. Necesito ganar esta pelea.
Le acaricio la mejilla, preguntándome cómo será en tres horas.
―¡Shoo! Haz tus cosas. Voy a estar esperando. ―No voy a dejar que la idea
de que salga lastimado me deprima, porque no soy la que le dará mala suerte a sus
resultados. Estiro la espalda y lo miro a los ojos―. Vas a destruir a "El Martillo".
―Lo haré. Y puedes llamarlo Jackson.
―Oh sí, porque él no tendrá tiempo de usar su martillo en mi… ―Toso,
interrumpiéndome.
―¿Tu qué? ―Sus pupilas dilatadas se encuentran con las mías en un rostro
que empezó a endurecerse, y no es una buena señal. Estos altibajos: Creo que lo
entiendo, pero mi corazón se sobresalta por su cambio. Necesito controlarme, no
dejar que mi felicidad arruine nuestra frágil proximidad.
Nunca fui una persona amarga. Sinceramente, no creo que posea el gen
resentido. Veo los puntos de vista de otros más fáciles que los míos, y Keyon tiene
tales batallas para ser valiente. Soy fuerte. La vida me ha enseñado a cerrar las
válvulas, las válvulas que, si quedan abiertas, podrían arrojarme a la alcantarilla de
cualquier persona.
Puedo cerrarlas de nuevo.
Puedo perder de nuevo.
Trato de no pensar en los huevos esmaltados, o en el momento en que,
exquisita capa tras capa, Keyon me desnudó, creyendo que era buena. Mi gran
esperanza azul oscura está en mi bolso, un recordatorio que no inhibe el realismo;
Mi cuento de hadas era frágil desde el principio, y está preparado para estallar en
cualquier momento.
No me miento a mí misma de estar enamorada de mi amigo en tiempos de
caos e incertidumbre, el que me sacó de la supervivencia caótica, incluso por un
bendito minuto.
Tanto puedes pensar a la vez. Ahora me pierdo en mi mente. Imagino a
Keyon con otra chica. He sido la otra mujer, la asesina de relaciones. Sería justo si
me sucediera. Pero si ella lo hacía feliz, tendría que entenderlo.
No vine a Las Vegas para reclamar a Keyon como mi novio. No fue por eso
que trastabillé y lo llamé mío. Fue la sensación que tuve anoche. Fue su tranquila
alegría a mi lado durante el desayuno.
Mis labios todavía pican por la mimosa que pidió para mí, porque nunca
había probado una. Terminé mi oración ligeramente y con cuidado, diciendo:
―Jackson no tendrá tiempo para usar su martillo en mi amigo.
Pero si voy a reprimir lo que siento al hablar, al menos lo mostraré algo de
acción. Busco sus labios y los encuentro, abriéndolos con mi lengua.
Él jadea mi nombre una vez que me aparto, las manos apretadas alrededor de
mi cintura y los labios tan cerca.
Quiero más de su sabor.
―¿Continuará?
―Sí ―susurro.
Él apoya su frente contra la mía. Luego reúne aire en sus mejillas en la más
sexy muestra de frustración y se da vuelta para alejarse. Me quedo atrás. Doy una
respiración temblorosa antes de tomar mi portátil y acomodarme en el bar.
Escribiré a mi hermano sobre Keyon. Le hablaré de la pelea. El mensaje será
más que una oración. Nuevamente cruzaré mis dedos para que no me aleje de
nuevo.
Estoy feliz sin razón, y lo disfruto. Pido otra bebida, una piña colada, sólo
porque quiero una. Y lo que mañana trae puede que no sea lo que quiero.

Keyon
Dormir está subestimado. Al igual que el increíble sexo, increíble mujeres, e
increíbles cenas y desayunos y todo lo demás. Jaden tiene los brazos cruzados
delante de mí en la cinta, los ojos entrecerrados, estudiándome.
Me lo estoy tomando con calma, tomando mi pequeña carrera. Tal vez ya he
tenido suficiente descanso… quién sabe, pero estoy bajando la intensidad, la forma
en que los médicos y Dawson han estado prescribiendo desde hace un tiempo,
preparándome para mi pelea a un ritmo uniforme.
Jaden podría estar sonriendo, pero sus ojos fruncen el ceño.
―¿Sí? Nada de mierda acerca de ella ―miento, porque él no sabe lo jodida
que está, lo jodido que estoy, cómo tendríamos una solución para nosotros una vez
que piense en resolver esto.
―En serio, amigo, ¿estás enamorado o algo así?
―Tal vez ―digo. Luego resoplo, minimizando la enormidad de mi admisión,
y miro la pantalla plana frente a mí. Cortesía del gimnasio del hotel, un Marlon "El
Martillo" Jackson corre sin parar frente a mí.
―Dayyyyyuuuummm. ―Si Jaden pudiera extender la palabra más sin estar
sin aliento, lo haría―. Keyon Arias, está a punto de encadenarse a alguien. ¿Quién
lo diría?
―La encadenaría si me dejara ―digo.
―No te culpes. Es sexy como el infierno ―contesta, y salgo de la cinta de
correr y lo empujo contra la pared tan duro que un espejo detrás de él se agrieta.
―¿Qué dijiste?
―Su hermana. ―Se ríe―. Es tan sexy, quiero decir, vaya.
―Idiota. ―Lo dejo ir y me dirijo al ring―. ¿Listo para entrenar?
―¿Tengo una lista de deseos antes de mi muerte?
―Por supuesto. Vamos a hacerlo.
Paislee
Los reflectores alumbran el lugar con colores azules, verdes y rojos, y la
música de baile late a través de gigantes altavoces. Polos opuestos de la fuerte y
oscura violencia que había experimentado en México, el ambiente aquí es
emocionado y animado.
Miro alrededor y encuentro a Markeston acercándose con dos bebidas. Ya
bebí tres por el día pero acepto otro; demonios, es mi primera vez en Las Vegas, y
probablemente estoy a punto de nublar mi mente.
―¿Estás bien? ―pregunta él, las arrugas en las esquinas de sus ojos me
recuerda a mi madre. Quiero que se conozcan en algún momento.
―Sí, un poco abrumada. ¿Eso es para mí?
―Sí, señora. Un champagne Cobbler para ti.
―¿Un qué? ―Eso es difícil de imaginar.
―La especialidad de la casa: champagne… les pedí que cambiaran el español
barato por un Cliquot, mezclado con pulpa casera de melocotón. ―La emoción se
nota en sus mejillas hasta que las arrugas de sus ojos forman surcos―. Toma un
sorbo. Luego agradece.
Lo hago y luego deletreo "Wow" en letras individuales. Tomo otro sorbo
torpemente y les arreglo para decir:
―Simplemente es locura.
Él mueve la cabeza, con los ojos brillantes. Luego, le hace señas a una
camarera por encima de nosotros.
―¿Señorita?
No puedo ver la propina que le da en su puño, pero sus ojos se vuelven
extraños y grandes cuando lo abre y mete el dinero en el bolsillo de su delantal.
―¿Puede hacer recambios rápidamente cuando uno de nosotros termine
estos bebés? ―Markeston nivela su mirada sobre ella, y no creo que haya visto un
asentimiento más rápido. Parece que está en modo rápido.
Después de mis sorbos tímidos, mi bebida sigue rebosando, así que lo
estabilizo con dos dedos en la parte superior. No importa si son tan sabrosos, los
Cobblers no van a arruinar mi noche; no quiero estar borracha mientras Keyon se
enfrenta a la pelea más importante de su carrera. Voy a estar allí, dándole buenas
vibraciones con toda mi fuerza, y si quiere celebrar después, estaré lista.
*
Hacen el enfrentamiento. Markeston y yo tenemos asientos de primera fila
debajo de la jaula, lo que proporciona una vista privilegiada de Keyon. Le daría
una excelente vista de mí también si él quería. Estoy tan ansiosa, es difícil
mantener una fachada imperturbable.
Los combatientes golpean los puños y dan un paso para estar listos. A la
señal del árbitro, Keyon se apresura tan rápido que toda nuestra fila jadea,
mientras él gira el brazo de Jackson sobre su espalda y lo golpea boca abajo al
suelo. Un gruñido brota de Jackson. Se retuerce, da patadas, mientras una de sus
manos se agarra a la pierna de Keyon.
Keyon le permite agarrarlo, ¿tal vez porque no puede derribarlo de todos
modos? Entonces su mirada se desliza hacia mí, sus ojos oscuros y peligrosos, y
una sonrisa sombría se forma en su boca.
Pienso en el pasado que reinventó anoche. El agarre que tiene en Jackson es
extrañamente similar a lo que describió con el demente del tren.
Observa, me dice moviendo la boca, y lo hago.
El puño de Keyon se mete en el rostro de su oponente. El hombre se retuerce,
tratando de bloquearlo girándolo hacia el suelo, pero Keyon golpea
imparablemente.
El árbitro se acerca, cae de rodillas. No puedo oír lo que dice, pero mira
fijamente a Jackson para una respuesta mientras Keyon golpea su puño al lado de
su cabeza.
―¡Santo cannoli! ―grita Markeston―. ¡El árbitro ya lo está revisando, y ni
siquiera estamos a un minuto en la pelea!
Estoy de pie, champagne goteando a lo largo de mis dedos cuando toda la
acción se congela. Entonces, la audiencia reacciona. Gritan, ríen, chocan los cinco
los unos a los otros. Markeston me da un abrazo de oso, riendo a carcajadas y
diciendo:
―¡Nuestro chico, lo hizo! Jesús, eso fue rápido. ¡Sólo entró allí y lo dominó!
Cuando me concentro de nuevo, Keyon está ahí, con el pecho levantado y la
mirada llena de adrenalina y testosterona. Sus ojos están fijos en mí, el protector en
su boca sobresaliendo por sus labios lo suficiente como para distorsionar su
creciente sonrisa.
El árbitro levanta el brazo de Keyon en lo alto. Los altavoces hacen eco de su
victoria por la sumisión. No me quita los ojos de encima. Mi estómago cosquillea y
lo necesito tanto conmigo.
Pero entonces alguien entra en el ring, alguien con un traje gris y una camisa
blanca, un hombre con una corbata, un aire de arrogancia y vanidad, uno que suele
ser obedecido. Él sonríe, sus iris relucen de emoción, y luego le ofrece a Keyon su
mano.
Markeston salta de su asiento y sube los pocos escalones más rápido de lo
que creía posible para un hombre tan elegante. Dawson ya se ha unido a ellos y
está escuchando atentamente al tipo en el traje.
Estrechan las manos. Los ojos de Keyon se abrieron como cuando me comí su
última paleta azul de frambuesa a los catorce años. Incredulidad, mucha, pero del
tipo feliz, creo.
He drenado mi champagne Cobbler. La camarera de Markeston se acerca a
mí tímidamente, una sonrisa en su boca mientras sostiene una nueva bebida. No
quiero una, pero es tan dulce que no puedo rechazarla.
Ojos fijos en mi amor, pellizco el tallo del cristal entre mis dedos. Estoy tan
complacida por lo que logró allá arriba, la determinación cuando aplastó a su
oponente. Me siento, coloco el trago junto a mí, porque mis manos tiemblan por la
forma en que lo logró.
Sus fans lo detienen mientras sale del ring. Quieren a Keyon en sus selfies,
pero mueve la mano diciendo:
―Más tarde. ―Y luego está conmigo, con los brazos alrededor de mi cuerpo
y levantándome.
Grito como estoy acostumbrada. Con la victoria brillando en sus ojos, me
abraza como si significara mucho. No puedo creer este sentimiento.
―Lo hice, nena. ―Suavemente, agarra la parte posterior de mi cabeza y me
baja hacia él―. ¿Viste cómo lo hice?
―Sí, como en tu sueño. Como si lo hubieras cambiado. ―Tartamudeo las
palabras, porque ya me está besando―. Ganaste. Bam.
Hay un estruendo en mi boca, tal vez una risa.
―No lo pateé en el suelo y lo hice un lío ensangrentado. No tenía ningún
retrete para hacerlo entrar.
Nos separamos lo suficiente para sonreírnos.
―Algo bueno también ―le digo―. El hombre del traje no te hubiera dado
buenas noticias si lo hubieras hecho.
Keyon me aprieta tan fuerte que golpeo su hombro como si estuviera en una
pelea. Su reacción es instintiva. Afloja su agarre y me mira fijamente a los ojos
―Estaré firmando un contrato con EFC.
―¿Ahora?
―Ahora. Su plan era observarme en un par de peleas primero, pero el
presidente, ese tipo de allí ―asiente hacia el de traje―, dijo que no puede verse
cambiando de opinión. Nos vamos a mudar a Las Vegas, cariño.
Es tan optimista. Exuberante. Por supuesto que no estoy incluida en el
"nosotros". No es lo que suena.
―¿A menos que quieras seguir siendo amigos?
Mis mariposas son del tamaño de pájaros y dan volteretas dentro de mi
pecho.
―¿Qué quieres decir? Por supuesto que quiero que sigamos siendo amigos
―le respondo. A nuestro alrededor, la audiencia se desplaza, una corriente lenta
de gente de camino a la salida. Algunos se desvían para acercarse a Keyon, pero él
no está prestando atención.
Su rostro, amado y sin marcas por la lucha que acabo de presenciar, destacan
sus ojos que están suaves.
―Y lo eres, nena. Pero, ¿qué tal…? ―Se muerde el labio, reconsiderando―.
Escucha: Lamento por todo lo que te he hecho pasar. He sido un idiota total, y no
hay excusa para mi comportamiento.
Abro la boca para hablar en contra de eso. Keyon tiene todas las excusas: el
demente del tren; su cerebro manteniéndose firme a la verdad y luego decidiendo
aferrarse a eso. Yo, entre toda la gente, entiendo.
―No, Keyon…
Pone un dedo en la boca, frunciendo la suya diciendo un silencioso Shhh.
―Por favor, escúchame. Por favor perdóname. Me gustaría que
empezáramos de nuevo. Entiendes mi mierda demente. Te quiero… Ya ni siquiera
disfruto de la compañía de otras chicas, y créeme, lo he intentado. ¿Recuerdas hace
unos meses cuando te dije que me estaba enamorando de ti? Bueno, estoy cansado
de apartarme. Ahora te amo completamente. He sido un maldito idiota, ¿de
acuerdo?
―¡Chicos! ¿Listos para celebrar? ―grita Jaden demasiado cerca,
sorprendiéndome.
―¡Amigo! ―grita como respuesta Keyon, sus ojos nunca dejando los míos―.
¿No ves que estamos ocupados?
―Whoa ―murmura Jaden―. Qué nervioso. Terminen. Estaremos en The
Fighter. El pub ―especifica como si eso fuera necesario. Keyon no responde. En su
lugar, sus iris se calman al suplicante oro que lucía antes de la interrupción de
Jaden.
―Wow, estoy… ―comienzo a decir.
―No. ―Niega lentamente―. Eso no es cierto. No he terminado de
enamorarme de ti. Te quiero como un loco, pero sigo enamorándome más, más y
más.
Me pongo de puntitas, levanto mis manos y acuno su rostro. Necesito que me
escuche también.
―Keyon, ¿bebé?
Niega, preocupado, y no sé de qué se preocupa.
―Paislee, cometí un error. No, muchos errores. No podía lidiar con mis
recuerdos. No sabía lo que me había pasado, y ni siquiera estaba seguro de quién
era. Ahora lo sé. Todavía soy yo, Keyon Arias, el luchador, el amante de esta chica
que necesita mudarse con él y ser su motivación y besarlo cuando tenga un sueño
violento.
Suspiré. Abro mi boca para hablar.
―Por favor, no hagas esto. Lo veo en tus ojos, Paislee. Todavía hay algo para
mí. Diablos, no habrías volado aquí si no lo hubiera, y lo único que te pido es que
nos des una oportunidad. ¿Por favor?
Todas estas suplicas. La euforia burbujeando en mi pecho, una mezcla de
felicidad y risa.
―Oh, Dios mío, basta con estos por favor; debes dejarme responder. Sí, te
quiero. Sí, quiero intentarlo, es un poco difícil decirlo. ―Mis palabras arrogantes
no coinciden con mi interior, que estoy sin aliento con la enormidad del momento.
Él abre su boca para contradecir. Cuando me echo a reír, sus pupilas
dilatadas vuelven a su tamaño normal.
―Ahh. Me has asustado mucho ―murmura―. Jodido infierno.
Su brazo se mueve y se posa alrededor de mis hombros. Me atrae muy fuerte.
―Oh, nena, nena. ―El aire que exhala sale casi como un gruñido―. Es hora
de ir al pub. Abrir champaña y decirle a todos que has aceptado tener mis hijos.
Tiene una camiseta sobre su hombro, y una toalla mojada todavía alrededor
de su cuello, me lleva fuera del lugar.
―Como una camada de niños traviesos.
―Oye, espera un minuto.
―Shush, amor. Sigue caminando.
Keyon
Odio estar lejos de Paislee. Ella es mía y tenemos una larga historia. Debería
estar confiando en ella. Lo hago, pero joder, no soy el único chico cautivado por su
caleidoscopio de genialidad. Es amabilidad, hermosura y dulzura todo en uno,
incluso después de una vida que la ha tratado duramente.
Después de diecisiete días separados, finalmente estamos juntos en el nuevo
pasillo de espejos de Markeston. Anoche, Paislee voló con su madre y su jefe, así
que tengo a mi chica a una distancia prudencial de los cerdos que babean por ella
en Rigita.
Paro mis pensamientos antes de salirme por la tangente. No hay necesidad de
obsesionarse; es mía. Lo veo cada vez que la miro a los ojos, lo cual hago cada
noche gracias a Skype. Mi Paislee se irá por fin de Rigita en pocas semanas, el día
en que mi alquiler en Tampa cambie por un dúplex en Las Vegas.
Viajé hacia el norte unas pocas noches antes para que podamos volar a Sin
City juntos. Resopló cuando se lo dije, diciendo que no valía la pena el gasto, pero
yo culpaba al cumpleaños de mi padre, que se celebraría en la Mansión Coral.
Eso hizo que pusiera ojos tiernos, una mirada tan bonita en ella que tuve una
erección. Hasta que la hora de dormir vino pronto y fue incluso mejor que
habitualmente. Sí, me he apuntado ese pequeño efecto positivo para futuras
referencias: para tener placer erótico, actuar como si te importaran algo las
tradiciones con celebración.
En ese momento, la pequeña dama de mi corazón camina lentamente por la
habitación, una gruesa coleta moviéndose vagamente mientras se gira para
estudiar los detalles. Dedos delicados acarician la superficie del espejo más cercano
a la ventana que da al patio trasero. Sus ojos se dirigen al sol menguando fuera,
después mira al viejo Win.
―Bueno, ¿verdad?
―Excelente ―coincide él.
Markeston no está jovial y tranquilo como habitualmente. Está ocupado
tratando de impresionar a la madre de la que pronto será mi prometida. Es lo más
divertido; el hombre se estiró un poco dentro de su metro sesenta y siete tan
pronto como ella entró por la puerta, y a decir verdad, ella se ha arreglado muy
bien.
Margaret se ha puesto una falda roja, una camiseta a juego y su rubio cabello
en un moño; el maquillaje que se ha puesto la hace parecer sonrojada y tan bien
como su hija cuando está del humor adecuado. Casi gruño ante eso, porque han
pasado semanas desde que tuve a mi chica para mí.
Anoche, dejamos que su madre utilizara mi habitación, mientras que Paislee
y yo abrimos el sofá en el comedor. Entre Simon acaparándola y al no poder cerrar
las puertas, todo lo que tuve fueron locos abrazos apretados y masajes húmedos
por los fluidos.
Esta noche voy a reservar en el hotel.
―Por favor, tengo una habitación, Margaret. ―Escucho que dice Markeston a
la madre de Paislee―. La habitación del señor Win no es mi única habitación de
invitados. Sería un honor acomodarla esta noche.
―Oh no, no puedo agradecerte lo suficiente por pagar la entrada en primer
lugar. Esto es demasiado. Nunca podría… ―Su madre respira, parando
suavemente. Puedo ver de dónde le viene a Paislee ahora. Con una mirada a
Markeston, sospecho que habrá un futuro compañero prisionero del amor de las
mujeres Cain. Contengo una sonrisa―. Señor Markeston…
―Oh, llámame Rick ―le ruega más que decirle.
―Rick… ―Suspira, y tiene que ir directamente al sur de Markeston.
Miro a mi chica. Incrédula, su mirada pasa entre Markeston y su madre. La
miro, frunciendo mi cara con una mueca juguetona, silenciosamente pidiéndole
que no interfiera. La oferta de Markeston puede ser realmente buena para
nosotros. Se acerca más a mí, acurrucándose a mi lado, hombros hundidos y nariz
acariciando mi pecho como si ya estuviéramos estirados y acurrucándonos.
Simplemente…
―Te amo. Te amo.
―Y yo te amo. Cinco semanas más, Keyon.
El teléfono zumba en mi bolsillo y es mejor que sea quien pienso que es.
―Espera un momento. Negocios ―digo, besando su frente y liberándome de
su agarre. Está un poco decepcionada, pero le aclaro―: El contrato. Está ese último
punto que necesito negociar. ¿Dos minutos?
Asiente, sonriendo alegre después de esa versión en puchero que tenía hace
un segundo. Entro en el pasillo, miro la pantalla y lo cojo.
―No puedo encontrar la salida ―dice, enfadado.
―Es la cincuenta y siete ―digo.
―¿No es la cincuenta y cuatro?
―No hay una salida cincuenta y cuatro. Continua. ¿A no ser que te la hayas
pasado?
―Estoy en… mmm. Acabo de pasar la cincuenta y cinco.
―Estás casi aquí entonces. No hay cincuenta y seis tampoco, así que la
siguiente es…
―Raro, hombre.
―Sí, simplemente lidia con ello. ―Froto mi frente, sorprendido por cómo se
acelera mi corazón. Las conversaciones telefónicas normalmente no me aceleran
como si estuviera corriendo por la playa.
―Ya veo ―murmura, en voz baja.
―¿Vas a estar bien? ―pregunto, porque quién demonios lo sabe.
―¿Qué me va a parar de esto? ―dice el cabrón―. Siempre estoy bien.
Tengo la necesidad de darle un golpe cuando llegue por ser un listillo.
―Bien. Cinco minutos máximo.
―Nos vemos ―dice y cuelga.

Paislee
―Perdón. ¿Un minuto? ―Keyon desliza una mano alrededor de mi cadera y
mira al viejo para pedirle si puede alejarme. Por supuesto el viejo asiente, y
Markeston instantáneamente incluye a mamá en su grupo para que el viejo no esté
examinando el pasillo de espejos acabado él sólo.
Mi novio me da un rápido abrazo en el pasillo antes de girarme hacia él.
―Paislee, ármate de valor, ¿bien? Prométeme que no te dará un ataque al
corazón.
Es verdad que los corazones se pueden poner en la garganta de la gente,
porque el mío se ha ancorado instantáneamente en mi esófago.
―Claro, ¿qué pasa?
Está oscuro en este maldito pasillo. No puedo leer su expresión. Me lleva
detrás de él a través de más habitaciones hasta que llegamos a la entrada. Abre las
puertas frontales por mí, dejándome pasar primero.
Mi autoconfianza es mejor, pero no tiene un interruptor de disparo y no
puedo mentir y decir que no tengo miedo de las malas, malas noticias ahora;
Keyon suele hacerlo escasamente. Si me dice que se va a Las Vegas solo, no puedo
desmoronarme aquí. Tendré que esperar hasta estar sola.
Aparece luz al final de la carretera. El anochecer está llegando, haciendo que
el pequeño coche que se acerca a nosotros parezca etéreo. Miro a Keyon a mi lado.
No habla solo mira hacia la carretera con las palmeras a los lados, esperando
conmigo como si eso fuera lo que estamos haciendo.
Monto la película que es uno de sus amigos que viene. Queremos
asegurarnos que llega sano y salvo. Es un amante de los espejos y Keyon le ha
dicho de qué está hecho este pasillo en particular.
En un esfuerzo de extraer una última pieza de intimidad, pongo mis brazos
alrededor de la cintura de Keyon, mi barbilla debajo del hueco de su brazo.
Me abraza contra él, para reconfortarme, estoy segura. Empezará a explicar
por qué estamos aquí en cualquier momento. O quizás está esperando hasta que el
coche salga de la carretera, sea una criada, o lo que sea, para poder hablar conmigo
en paz, quizás explicar más de lo que hizo la última vez que…
Rompimos.
Aclara su garganta mientras el coche se para al lado de la fuente más grande
de camino a la parte delantera. No quiero que deje caer su bomba hasta que la
criada esté fuera del camino. Educadamente, asiento hacia su parabrisas.
―Mira ―dice Keyon, apretándome. Cierro mis ojos, suprimiendo la angustia
en mi garganta.
Disfruta de los últimos segundos.
La criada sale del coche. Un hombre, no una mujer. ¿El mayordomo? ¿El
jardinero? Uno de los luchadores. No, es más joven. Alto, musculoso, con anchos
hombres, y estirado como si estuviera cómodo con él mismo y con dónde está.
Una cresta surca su peinado hacia arriba. Perfectamente cortado a los lados,
habla de individualismo, una necesidad de sobresalir que he visto cada día en mi
ordenador últimamente.
―Hola, hombre. ―Keyon es el primero en hablar―. Me imaginé que este era
un buen momento dado que es la última vez que estaremos en Tampa juntos por
un tiempo.
El hombre me mira desde las sombras debajo del porche. Deseo que se
acerque más. No puede dejar de mirar.
―Sí, buena idea ―dice y esa voz… no la conozco, no. No lo hago, pero a la
vez sí.
Da un paso hacia la luz del porche y mis rodillas se doblan. Keyon me coge
antes de caerme. Mis ojos están bien abiertos, tan abiertos y nunca quiero volver a
parpadear.
No es un hombre después de todo. Es un chico. Un chico que cumplió
dieciocho años, otro año sin mí para prender sus velas.
―Hermanita ―dice, su voz rota como debió haber sido cuando llegó a la
adolescencia―. Vaya, Paislee.
―¿Por qué no respondiste a mis mensajes de Facebook? ―Es lo que digo
primero. Cugs no tiene respuesta, sólo esos oscuros ojos mirándome.
―Gracias por aceptar mi amistad ―murmura Keyon.
―Keyon “El Vengador” Arias quería ser mi amigo. ¿Cómo no lo iba a hacer?
―El ángulo de su boca indica que está siendo gracioso, pero su mirada se come los
años que nos separan.
―Bebé ―sollozo. Me miran. Tiene sentido, porque ambos son bebé para
mí―. Estás loco, ¿sabes? Asustándome así. Bebé, mi hermano pequeño.
Finalmente. ―Me lanzo alrededor del cuello de Cugs, y me abraza tan fuerte.
―Mierda, hermanita, perdona por no responder. Desde que nos fuimos, papá
a…
―No importa. Estás aquí. Te amo tanto que no te lo imaginas.
―Más o menos. ―Se ríe secamente contra mi mejilla―. Cincuenta y nueve
mensajes de Facebook.
―¿En serio? ¿Han sido tantos y no hiciste nada? Te odio. ―Por la manera en
que me aferro a él debe decirle que soy la de siempre, que le odio tanto como
cuando le gritaba por usar una de mis Barbies para sus malvados experimentos. Su
sonrisa es grande cuando me alejo para mirarle un poco más.
―Hermanita. Ni siquiera puedo decirte cuán bueno es verte.
Paislee
Rigita ha sido mi casa desde que nací. La mayoría de lo que me ha formado
ocurrió en esta gloriosa fortaleza de hielo. Desde la burguesía de la familia Cain, la
adinerada familia Arias causaba que mi vida brillara durante los años que
estuvieron aquí. Todo lo que tuvieron que hacer fue volver, y pam, su influencia
volvió de nuevo.
Esta noche, en mi víspera de ciudadana de Rigita, estoy en el hogar de la
familia Arias, y es el lugar donde me he sentido más segura y amada.
Afuera, el invierno aúlla, la nieve cayendo en un salvaje baile con los vientos
del norte. Estamos tan lejos de la primavera tan cerca del polo que nadie siquiera lo
comenta.
Pero dentro, el brillo ámbar de las chimeneas reina en todas las habitaciones.
Olor a pino y cenizas acaricia mi nariz, haciendo que inhale con un júbilo que rara
vez he sentido mientras estaba encadenada a esta ciudad.
Es diferente con mi novio en mi brazo, sus ojos mirándome y preocupándose
por cómo me siento. Sonrío, ostentado mi felicidad libremente y ya estoy creando
fragmentos de películas de esta noche en mi cabeza.
―¡Viva! ¡Viva! ―grita el padre de Keyon, parándose y levantando su copa
hacia sus invitados. Levantamos las nuestras, celebrando con él, nuestros cálices de
cuento de hadas brillando a la luz de docenas de velas―. Viva por mi hijo y su
hermosa novia, una amiga de la familia desde hace una década. Sí, es mi
cumpleaños, pero tenemos mucho más que celebrar, un cumpleaños parece una
cosa pequeña y repetitiva.
A mi alrededor, la gente se ríe educadamente. A pesar de las llamas bailando
en la chimenea, la habitación no está caliente. Un escalofrió recorre mi cuello y por
mi vestido con espalda abierta, pero la mano de Keyon se sitúa por encima de mi
espina dorsal, dándome calor.
―Primero, dejen que les presente a mi hijo. ―Su padre señala a los sesenta
colegas, amigos y familia cenando con nosotros―. No todos han conocido a
nuestro Keyon, un luchador talentoso de la MMA, tan talentoso, de hecho, que ha
firmado con la EFC de Las Vegas. El contrato inicial le mantendrá ocupado
durante doce meses, con un salario que la mayoría de novatos, sus palabras, no las
mías, sólo pueden soñar. Pero no importa el dinero. El dinero es aburrido, ¿verdad,
Keyon?
Keyon gruñe en voz baja, pero asiente saludando a la gente que le está
mirando. Aprieto su mano, para darle paciencia, pero él agacha su mirada y
susurra:
―¿Nos escapamos al piso de arriba? ―Mientras su padre continúa con su
discurso
―Paciencia, mi niño ―digo en voz baja. Hace que se ría.
―¿Alguna cosa que añadir, Keyon? ―corta el señor Arias, su mirada
atravesándole por no estar prestando atención. A pesar de que no aprueba las
elecciones de su hijo, al menos está intentándolo, pienso. No parece que Keyon se sienta
igual de generoso.
Mi novio abre su boca como si estuviera a punto de aceptar el desafío de su
padre. Me mira a mí primero, y arqueo mis cejas como diciéndole silenciosamente,
¿Vale la pena la confrontación?
En vez de responder, con cincuenta y ocho pares de ojos fijados en nosotros,
mi impaciente amor se inclina y coge mi barbilla. Después me da un beso caliente,
un silencioso vete a la mierda hacia su padre.
―Bien. Esto me lleva de nuevo a la encantadora novia de Keyon. ―Su padre
se ríe, una risa suave como debe ser la de un alcalde―. No creo estar exagerando
cuando digo que fue la mejor amiga de Keyon durante sus años de instituto en
Rigita.
La cara de Markeston aparece entre la fila de caras, sonriendo y asintiendo en
aprobación. A su lado, mi madre aplaude y deja salir un whoop.
―Paislee, ¿nos harías el honor de presentarte? ―La invitación de su padre es
inesperada, y me pone incómoda, esto es Rigita, no Tampa, y la gente de aquí
conoce mi pasado.
―Feliz cumpleaños ―digo, sintiéndome nerviosa cuando la atención de los
invitados pasa de Keyon a mí.
―Gracias. ―La sonrisa de su padre es grande e inconsciente mientras sus
brillantes ojos miran por la habitación. Un pinchazo de gratitud me golpea porque
los cotilleos de Rigita nunca han llegado a la oficina del alcalde―. El proverbial
micrófono es tuyo, querida.
Tómalo, articula Keyon, juguetonamente.
Ojos diabólicos brillan desde la rota puerta de la cocina. Viciosos y no
perdonan, reflejan el fuego que lentamente calienta el comedor. Sus caras son bien
conocidas, esas mujeres que he desairado, cuyas relaciones he roto en un esfuerzo
de aliviar mi propia desesperanza, y ahora mismo desearía haberlo hecho de otra
manera.
No puedo retractarme de quién he sido y lo que he hecho. Pero tengo un
futuro ahora, y no dejaré que las estaciones de tren y las acciones deplorables me
sigan definiendo.
Me levanto. Lo hago por las velas que brillan y las sonrisas de aquellos que
amo. Alejo el odio y los murmullos de indigna de la galería. Después respiro y me
concentro en la mano de Keyon envolviéndome, manteniéndola segura contra la
parte de debajo de mi espalda.
―Bien ―comienzo, sonando joven y nueva ante este mundo.
Soy Paislee Marie Cain de veintiún años, que ha acabado el instituto con un grito de
piedad. Pensé que nunca me alejaría de la ciudad de cotilleo que es Rigita, tan elevada en
América que los tentáculos de nuestra nieve pastan sobre los glaciares en un día malo.
―Mi nombre es Paislee Marie Cain, tengo veintiún años, y soy de aquí. De
Rigita. ―Les dirijo una sonrisa que se siente tentativa en mi cara.
―Hola, Paislee Marie Cain ―un bajo murmullo, como si fuéramos algún tipo
de grupo de sesiones de terapia.
Era esa chica, la que nunca pudo ver a su hermano de nuevo, o a India, el Pasillo de
los Espejos original de Versalles, su padre, o el museo de sopladores de vidrio en Murano.
―Soy la hija de Margaret Cain, que está sentada aquí, y la hermana de
Charles George McConnely. ―Por un momento, me alejo de Keyon para
inclinarme sobre la mesa. Cugs lo entiende. Toca mis dedos con los suyos, y mis
mejillas se sonrojan ante mi repentina riqueza.
Era la puta de la ciudad que trabajaba en el único lugar de este punto blanco y
dormido en el mapa donde nadie la juzgaba. La Galería de los Espejos Win, escondida en el
hueco detrás de la tienda de falafel con el agujero en la pared en la calle Broad.
―Mañana, Keyon y yo estaremos en un avión hacia Las Vegas. Tenemos una
vida en la que instalarnos. Lugares a los que ir. Cosas que hacer. ―Me río,
sabiendo que me estoy desviando, pero estoy tan… llena de todo―. Viejo, no te
preocupes, sabes que todavía manejaré tu página web de la Galeria los Espejos.
Todavía mantendré a tus clientes contentos. Será como si nunca me hubiera ido.
―Me las arreglo para sonreírle temblorosa, y él asiente y murmura su medio
asentimiento desde dentro de su bigote demasiado largo.
Quiero seguir parloteando, pero no acerca de mí. Quiero hablar sobre Keyon,
sobre este hombre complejo y lo que me ha hecho.
Arranca la fealdad de la belleza. Encuentra capas y capas de superficies de cristal
donde no había ninguna antes. Tierno, violento y difícil como yo, predica amor y finales
felices y una vez que una chica le escucha, lo mejor que puede hacer es obedecerle.
SUNNIVA
DEE
Entre los estudios, la enseñanza y el
asesoramiento, Sunniva ha pasado toda su
vida adulta en un ambiente universitario. La
mayor parte de sus novelas son romance new
adult dirigido hacia lectores inteligentes, apasionados, con un amor para el
lenguaje ecléctico y que involucran su cerebro y su corazón durante la lectura.
Nacida en la Tierra del Sol de Medianoche, la autora pasó sus primeros veinte
años haciendo del mundo su patio de recreo. El sur de Europa: España, Italia,
Grecia, Argentina: Buenos Aires, en particular. Los Estados Unidos finalmente
mantuvo su interés, y después de media década en Los Ángeles, se encuentra
ahora en la hermosa ciudad de Savannah.
A veces, Sunniva escribe con un giro paranormal (Shattering Halos,
Stargazer, y Cat Love). Otras veces, es contemporáneo (Pandora Wild Child, Leon's
Way, Adrenaline Crush, Walking Heartbreak, Dodging Trains, y In The Absence of
You).
Esta autora es la más feliz cuando permite a sus personajes que sus
emociones decidan de acuerdo con ellos, dando forma a sus historias en las
maneras que ella nunca previó.
Ella ama a los chicos malos y los chicos buenos causan estragos, y como en la
vida real, su objetivo es mantener al lector en sus puntas de los pies hasta el final
de cada historia.

También podría gustarte