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Cinco millones de lágrimas de Eduardo Sacheri

Esta es una historia de un padre y un hijo. Y termina con el hijo dormido boca abajo, en su cama,
mientras el padre, sentado en el borde, le rasca la espalda hasta asegurarse de que ha conciliado el
sueño.
Están lejos de casa. Mucho. Están en la habitación de un hotel brasileño, cerca de las Cataratas del
Iguazú.
Horas atrás, el hijo antes de dormirse llorando preguntó si “iban a verlo”. El padre puso cara de
sorpresa. Cara de no saber de qué le estaba hablando. Pero sabía. “¿Acá en Brasil? Seguro que no lo
dan”, afirmó el padre, deseando que fuera cierto. “La tele agarra un canal de Posadas. Canal 12. Lo
pasan por ahí”, le informó su hijo con seguridad absoluta.
El padre, en silencio, se lamenta. Porque no quería saber. Porque hace horas que viene deseando que
no lo den. Que viene queriendo no enterarse.
Él está en la etapa de hacerse el ciego y hacerse el sordo con el fútbol. Sabe perfectamente por qué.
No quiere sufrir. No quiere perder. Que el equipo siga sin él. El está de vacaciones en las Cataratas.
Y si se trata de un partido decisivo contra el puntero del campeonato, a él le importa un comino. Y si
su equipo tiene la chance, después de siete años, de quedar a tres puntos de la cima de la tabla
faltando cuatro fechas para el final del campeonato, le importa otro. No quiere saber. No quiere
jugar. No quiere perder.
Pero ahí está el hijo, que estuvo recorriendo los canales de la televisión brasileña y encontró, entre
todas las emisoras en portugués, el canal 12 de Posadas, mal rayo lo parta. Y el padre no puede
dejarlo solo.
Y ahí salen los jugadores. A mil ochocientos kilómetros, salen a la cancha. Llueve. Por la tele se ve
lo mucho que llueve. Eso es malo, piensa el padre. Los partidos en cancha barrosa se vuelven mucho
más impredecibles. Y a mí qué me importa, se dice el padre de inmediato. Asunto de ellos. Ese
equipo no soy yo.
El equipo del padre y el hijo tiene tres, cuatro minutos de vértigo. Rodea el área del puntero del
campeonato. El padre y el hijo se entusiasman. Se siente que el gol está cerca. Se palpa que, en
cualquier momento, puede venir el gol que los ponga a tres puntos de la punta. Pero se equivocan. El
momento pasa y se extingue, como esas tormentas que son puro viento y truenos lejanos. Y casi
enseguida termina el primer tiempo. En el fondo, el padre está seguro de que van a perderlo. Ese
partido ya lo vi cien veces. Mil veces.
Comienza el segundo tiempo. Siguen viendo el partido sentados en el borde de la cama.
Y sucede. El gol del rival finalmente sucede. A los treinta minutos del segundo tiempo. Ahora sí se
termina el campeonato. El padre se va al baño. No quiere ver las repeticiones de la jugada.
Cuando el padre vuelve del baño, el hijo se ha ido a la otra pieza. El partido sigue. El padre sabe que
el hijo no está durmiendo, sino esperando un milagro. Está esperando que su equipo lo empate. Que
lo empate primero y lo gane después. A veces pasan, esas cosas. En el fútbol, pasan.
Y el hijo, acostado en la penumbra, con los ojos fijos en el techo, espera que dentro de quince
minutos el padre se acerque a su cama y lo abrace y le diga que ocurrió el milagro. Espera eso.
Necesita eso. Y el padre mira el partido deseando con todo su amor que sea cierto. Espera poder
regalarle semejante maravilla. Pero pasan los minutos y el equipo ni siquiera ataca.
Lo único que quiere es que empaten y que ganen. Quiere regalarle eso a su hijo. Pero van treinta y
cinco minutos y no sucede. Y van cuarenta. Y están en tiempo cumplido. Y el hijo sigue esperando,
en silencio y en la oscuridad. No queda casi tiempo para nada. Un par de centros desesperados y un
árbitro que alza los brazos para indicar que el partido ha terminado. Listo. Adiós campeonato.
Pero todavía falta. Debe levantarse e ir hasta la otra pieza. Sabe que su hijo está mirándolo aunque
esté oscuro. El padre se sienta a su lado. En ese momento, el padre cambiaría cinco palos en el
banco por poder decirle “Lo dimos vuelta. Somos unos genios. Tres a dos, sobre la hora”. Pero no
puede, no le puede mentir.
“Terminó”, le dice. Suena menos cruel que decirle simplemente “Perdimos”. Y el hijo llora. Un
sollozo largo, primero. No hubo milagro. Solo la verdad. La verdad, y gracias. Y llora cada vez más
fuerte. Cada vez con más desconsuelo. Y al padre se acalora. No se puede oír llorar a un hijo sin que
a uno le entren ganas de trompear al culpable.
“Soy un tonto -dice el hijo, con la voz ahogada contra las sábanas-. Soy un tonto porque me ilusioné.
Y siempre me ilusiono”. El hijo dice eso, y sigue llorando. Y el padre, recostado contra el respaldo
de la cama, inicia ese rito de rascarle la espalda mientras intenta encontrarle palabras que le sirvan
para algo. Pero ¿qué puede decirle?
Y mientras duda, el hijo sigue llorando, y sintiéndose un idiota por haberse ilusionado. Y el padre
piensa que nunca va a tener una respuesta para ese dolor que tiene su hijo. Por lo menos les queda
esto. Sufrir juntos. Abrazarse con los goles. Reírse amargamente cuando los suyos son vulgares y
predecibles. Esos jugadores tienen algo que les pertenece, a su hijo y a él. Tienen esa camiseta que
los emociona cada vez que la ven. Que refulge cuando salen a la cancha cualquier domingo a la
tarde. Que los enternece cuando se la ven puesta a un pibito por la calle. Que los reconforta cuando
se cruzan a un tipo que la viste y pasa en bicicleta. Mientras salgan a jugar con esa camiseta, esos
jugadores son suyos. De ese padre y ese hijo. Les pertenecen.