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¿Según el libro de William Ospina cuál es la cultura política de Colombia?

Desde la época de la conquista se ha cultivado en Colombia un “discurso colonial” el cual propone


darle una interpretación europea a todos nuestros procesos a nivel político, económico, social e
incluso religioso, lo que ha impedido que se desarrolle una cultura autentica de la cual nos
apropiemos como Colombianos y la hagamos evidente, digna y admirable ante las demás culturas
universales, sin embargo a través de algunas expresiones artísticas se ha logrado el
reconocimiento de Colombia en el mundo, pero esto no es suficiente hasta que llegue el día en
que tomemos dichas expresiones en nuestras manos y las convirtamos en pilar de crecimiento
nacional.

Tal como a un rompecabezas, como a un juego de azar, o como una simple partida de poker se
han tomado nuestros dirigentes el gobierno de nuestro país, han tomado al pueblo y a sus
recursos como fichas estratégicas para ganar una partida narcisista en donde el único horizonte
albergado es el de su beneficio; los ciudadanos somos conscientes de que nuestro país tiene unos
“dueños” pertenecientes a las elites que tienen un monopolio construido desde la época en la que
se dio el “descubrimiento” de América, que fue en realidad el cubrimiento de América, puesto que
nunca se nos permitió desarrollar aquella idiosincrasia propia de los indígenas nativos de éstas
tierras, “ los dueños del país partían del supuesto colonial de que esa comunidad era inferior y ello
no les permitió entender que los procesos educativos, que el respeto por su creatividad cultural,
que la construcción de una leyenda compartida, eran el camino para conformar una sociedad
grande y respetable” (Ospina, 2013 )

En el pensamiento de los gobernantes se encuentra inmersa la intensión de siempre hacer la


realidad del país algo oculto, un hecho de vergüenza, tanto así que nos llegan a ver como país de
cafres indignos de una inversión considerable en pro del desarrollo de nuestras tradiciones, que si
en el exterior se llega a hacer evidente nuestra nacionalidad, las elites se sentirán apenadas e
inmediatamente suspenden el apoyo a los que son en realidad “los suyos”, nuestros políticos se
basan en aquel discurso cargado de palabras sentimentales y sublimes cuando en verdad todo se
resume en palabrería bonita, en una especie de maquillaje fino y de la mejor calidad; nadie se
pone los pantalones para crear un estado protector, en el que la ley no solo sea para los de ruana
sino que los ciudadanos se identifiquen con esta y la vean como un arma para defender sus
derechos y deberes fundamentales.

La cultura política en Colombia no se basa en la “democracia” que tanto proclamamos, puesto


que una democracia verdadera procura “integrar a las mayorías a unos modelos de salud, de
higiene, de construcción de rituales compartidos” (Ospina, 2013) no sólo consiste en que todos
tengamos derecho de votar y que resulte un ganador por voto popular, sino que surja una relación
directa entre pueblo y estado, pero la forma de gobierno vigente en Colombia es de una
plutocracia “ habituada a la repulsión, aprovechan esas diferencias para construir un régimen de
estratificaciones capaz de impedir toda proximidad que no sea la subordinación laboral, que
convierta la pirámide de clases sociales en una escala de gradaciones casi infinitas, donde todos
aspiran a ascender si quiera un peldaño y para ello consideran como rivales incluso a sus más
cercanos parientes” (Ospina, 2013)
¿Según Ospina cuál es la relación que puede haber entre guerra y estado en Colombia?

A partir del surgimiento de las guerrillas el gobierno ha tomado el conflicto interno como un
negocio lucrativo el cual les garantiza un estatus ante los demás países armamentistas del planeta,
se jactan de que tenemos unos de los mejores ejércitos en el mundo el cuál no hace otra cosa más
que lastimar a su pueblo, cuando el fin de éste debería fundamentarse en la protección del mismo;
las ocasiones en las que los ciudadanos han intentado manifestarse y crear una revolución se les
ha acusado de ser parte del crecimiento de la violencia, pero su objetivo no era más que generar
un cambio radical en donde la igualdad, la fraternidad y la libertad proclamada desde la
revolución francesa y por Gaitán comenzaran a ser principios activos de nuestra nación.

Es por ésta razón que la idea de un mejor futuro por parte de las guerrillas se tergiversó desde el
momento en que el estado en vez de tomarse un momento para escuchar sus peticiones, los
desamparó y los empezó a atacar como enemigo directo del gobierno; el qué dirán de los países
internacionales es mucho más importante que las verdaderas necesidades del pueblo, un caso
evidente es nuestra relación con Estados Unidos puesto que nos tiene como importador principal,
les debemos dar lo de mejor calidad cuando ellos a nosotros nos brindan sus sobras, lo que causa
que no sea una relación recíproca, nuestros campesinos se encuentran a la deriva y son incitados a
la ilegalidad puesto que no hay otra salida para encontrar una manera en la que su vida y la de sus
familias sea digna, es allí donde muchos narcotraficantes y grupos insurgentes toman mando y les
ofrecen aquel manto de protección que el gobierno no es capaz de darles, generando una pelea
infinita entre quién se queda con el trofeo del poder y los súbditos fieles a sus mandatos.

En Colombia ha existido gente con las mejores intenciones, pero en medio de su búsqueda para
llegar al poder se les acusa de inadaptados salvajes por el hecho de que no tienen el mismo origen
que aquellos sujetos que hacen parte de las elites de nuestro país, tal como es el caso de Camilo
Torres quién se dio cuenta que el derecho no era arma suficiente para combatir la inequidad , en
Colombia la ley es enemiga de la justicia, él “ no era un guerrillero, era un idealista extraviado en la
violencia fiesta del mundo” (Ospina, 2013)

Actualmente la analogía entre el estado y la guerra se convierte en una relación de amor y odio ya
que las dos se necesitan para poder sobrevivir, el hecho de que nuestros gobernantes intenten
hacer creer que están desarrollando un proceso de paz no nos muestra sino la idea de una vez
más maquillar lo que obviamente no es posible lograr, todo se resumen en un negocio, “ en
olvidarnos del pensar que unos cuantos elegidos se encargaran de transformar el país y salvarnos
de la adversidad, Colombia necesita un pueblo entero comprometido en la transformación.
Necesita creer profundamente que el poder no está en una silla lejos del mundo, que el poder está
en cada lugar. Que hoy sólo es posible construir una economía pensando en el lugar, una
economía cuya prioridad no sea lo que compran los Estados Unidos o Europa sino lo que producen
y consumen los hijos de Colombia” (Ospina, 2013)

Tal como sucedió en el año 2013 con el paro agrario nacional, donde por primera vez los
campesinos exigieron garantías laborales y condiciones dignas de trabajo, que su mano de obra
fuera más valiosa que aquella que las multinacionales invasoras ofrecían. Si no es suficiente
aquella expresión remitámonos a la masacre de las bananeras, donde prevalecieron los intereses
de una empresa norteamericana y terminaron aquí las luchas que muchas veces habían propiciado
los obreros colombianos, nuestro estado se encuentra cegado por la ambición de una riqueza
absoluta; nos hemos empeñado en buscar inútilmente el culpable de tanto males cuando es más
que evidente, no es culpa de los ciudadanos, somos tan solo productos atroces de una larga
historia, en la que la perdida de la confianza ante el gobierno es colectiva, donde los campos se
transformaron en territorios de terror, nuestro territorio como mina de oro para los extranjeros
sin recibir nada a cambio; la culpa es de nuestro gobierno, ellos se han empeñado en entregar
nuestras riquezas naturales, nuestra gente desamparada, nuestras tradiciones y culturas a un
mundo para el que somos aún una masa de incivilizados, son ellos quienes propician la guerra
interna, si es que se le puede llamar guerra porque ya se reconoce como algo natural, algo que
hace parte del día a día de nuestra nación.

William Ospina es, tal vez, el escritor más importante de la Colombia contemporánea, y muy
reconocido internacionalmente por su trilogía de novelas sobre las expediciones de los
conquistadores al Amazonas. Una de ellas, El país de la canela (2008), obtuvo el prestigioso premio
Rómulo Gallegos. Pa que se acabe la vaina es un ensayo que de cierta manera actualiza y da
continuidad a una obra anterior: ¿Dónde está la franja amarilla? (1997), en la que el autor se
ocupaba de la crisis que su país atravesó a mediados de los años noventa. El argumento central de
la obra articula varios planteamientos para tratar de explicar, en una perspectiva histórica que
recurre a la crítica de la política y de la cultura en sentido amplio, la situación actual de conflicto y
de crisis que afecta a Colombia.

Ospina enfatiza la dificultad que ha tenido el país para autorreconocerse y hacerse reconocer en el
mundo, dado que no ha sido posible construir una “conciencia de sí”, o una “leyenda nacional”
incluyente. Esto se explica por la herencia colonial, cuyo discurso fue adoptado por las élites que
han gobernado el país en los últimos dos siglos, pese a que desde el comienzo se hayan
presentado como liberales y modernizantes, pues les ha sido funcional para mantener sus
privilegios, aún a costa del ejercicio de la violencia, pero ha impedido la formación de un relato
nacional incluyente y, muy por el contrario, ha mantenido encubierta y excluida una realidad
constituida por la diversidad cultural y étnica del pueblo, y por la riqueza y complejidad del
territorio y la naturaleza.

Para soportar este argumento, el autor desarrolla un recorrido por la historia social, política y
cultural del país, destacando acontecimientos relevantes, realizando comparaciones con otros
países latinoamericanos y recurriendo a la crítica del arte, la literatura y la música nacionales.

Por ejemplo, señala que si bien todos los países de América Latina tomaron prestado el discurso
liberal durante la época de la independencia para forjar la república, muchos de ellos fueron
capaces de construir esa “conciencia de sí” al reconocer su particularidad y proyectar al mundo su
originalidad. Tal es el caso de México, sobre todo a partir de la Revolución, que consiguió
encontrar las raíces de su identidad en la herencia indígena, pero también en un diálogo con las
demás fuentes de su cultura, bellamente expresadas en los murales de Diego Rivera. Fue ello lo
que le permitió entrar en ese otro diálogo productivo con la cultura francesa, pese a la disputa con
el imperio frustrado, en calidad de igual.

En contraste, para Ospina la dirigencia colombiana se ha empecinado por mantener encubierta


cuanta expresión política y cultural de los pueblos salga a la vista: desde sus formas de hablar
hasta su música y su literatura fueron despreciadas y excluidas del relato de nación. Tan así que
fue la música, el arte y la literatura, de la mano de novelas como María de Jorge Isaacs o La
Vorágine de José Eustasio Rivera, las encargadas de descubrir al país las riquezas de su territorio,
su naturaleza y su gente, así como fue Cien años de soledad, la encargada de descubrir ese mundo
que las élites trataban de mantener oculto.

La invisibilización del pueblo, su exclusión del relato nacional, es lo que está detrás de la violencia
y se expresa en que el elemento central de la unidad nacional : la lengua, que debería haber
servido para hacer visible la expresión del pueblo, fue hábilmente utilizada por la dirigencia para
ocultar, camuflar o invisibilizar la realidad de forma violenta, conformándose con simular o imitar
las formas de los países que la élite consideraba modernos, pero sin tomar conciencia de la forma
como debería construirse la propia modernidad. Este desencuentro o falta de correspondencia
entre la lengua y la realidad, se expresa muchas veces como esa incapacidad de dialogar, de
proceder por las vías de la razón, y esa característica propensión a la violencia.

Esta dinámica se refuerza por la mediocridad de las élites a la hora de construir un Estado
incluyente y eficaz, que dignificara al pueblo con una verdadera ciudadanía y un verdadero espacio
público acordes con el discurso liberal. Ospina ofrece numerosos ejemplos y comparaciones, que
permiten inferir que el Estado colombiano siempre ha estado al servicio de las élites y que ni
siquiera se preocupó por satisfacer necesidades de infraestructura tan mínimas como la red vial o
los espacios públicos, pese al intento de la clase dirigente de ser tan liberal como Francia o Estados
Unidos.

Uno de los aspectos más interesantes del ensayo de Ospina es la lectura que hace de ciertos
acontecimientos de la historia política colombiana. El ensayista enfatiza bastante en un
acontecimiento mítico de la historia nacional: el 9 de abril de 1948 y el asesinato del caudillo
liberal Jorge Eliécer Gaitán. No en vano, la edición del libro está acompañada de una fotografía
que representa la violencia que se libró en esa fecha y de la frase: “La vieja Colombia murió el 9 de
abril de 1948: la nueva no ha nacido todavía”. Para Ospina, Gaitán representa el verdadero
liberalismo en contraste con el liberalismo y la modernidad hipócrita abrazada por las élites; su
discurso no buscaba la revolución, sino se centraba en hacer realidad las máximas de “Libertad,
Igualdad y Fraternidad”. Fue ese discurso el que por un corto período permitió la emergencia del
pueblo, con todas sus expresiones y su mestizaje. Esto, a fines de los años treinta y principios de
los años cuarenta, asustó a las élites de los partidos tradicionales, el Liberal y el Conservador, que
por entonces no tenían mayores diferencias ideológicas sino el interés de conservar a toda costa
los privilegios de las élites que representaban.

La violencia subsiguiente, que en la historiografía colombiana se ha expresado con el eufemismo


de “la Violencia”, de acuerdo con Ospina con el objeto de no reconocer que hubo una guerra civil
que causó más de doscientos mil muertos entre el pueblo raso, tuvo inicialmente como fin la
persecución del gaitanismo. En efecto, como narra Ospina, bajo el gobierno de Laureano Gómez, a
partir de los años cincuenta, se desató una persecución contra todo lo que oliera a liberalismo,
pero sobre todo en contra de las gentes que desde los campos habían recogido las banderas del
caudillo y que se armaron en guerrillas para resistir el autoritarismo gubernamental.

Para demostrar la manera como la clase dirigente, con independencia del partido a que
pertenecieran, contemporizó luego de este período, Ospina examina el acuerdo bipartidista del
Frente Nacional. En su perspectiva, fue un pacto para continuar excluyendo toda expresión política
distinta a la de las élites y de ahí el carácter represivo y macartista que adoptó con cualquier
intento de crítica, que engendraría una nueva escalada de guerra con la aparición de las actuales
guerrillas. Prueba del comportamiento de esas élites, a juicio de Ospina, fue la eliminación de los
rebeldes liberales que se acogieron a la amnistía bajo el gobierno de Rojas Pinilla (1953-1957) –
uno de los más modernizantes del siglo, pese a su proveniencia militar-, pero que después fueron
vilmente asesinados : Dumar Aljure, Guadalupe Salcedo y Efraín González. Ese comportamiento
constituye una constante que alimenta permanentemente la violencia, y lo peor, de acuerdo con
nuestro autor, es que las élites jamás pidieron perdón por haber recurrido al discurso fanático que
llevó al pueblo a la debacle, como tampoco pidieron perdón por apropiarse de la tierra de las
víctimas y que hace que la situación, al menos en relación con la propiedad rural y agraria, sea
igual o peor que cuando se fundó la república.

Una de las críticas que con más vehemencia se han hecho tanto al anterior ensayo de Ospina
como a Pa que se acabe la vaina, es el énfasis que hace en la responsabilidad de las élites, cuya
mediocridad e inoperancia han conducido al país a la situación actual. Quizás para un lector no
informado pueda ser un reduccionismo y una exageración pensar que todo lo malo que ocurre en
un país se explique por el terco empeño de sus élites por mantener sus privilegios heredados de la
época colonial.

Sin embargo, el alegato de Ospina no debería descartarse de plano, si se toman en consideración


las comparaciones que hace con países como México, Ecuador o Bolivia, donde hubo procesos
revolucionarios que permitieron integrar al pueblo en la construcción de la nación. O incluso
simplemente si se compara el caso colombiano con países que renovaron su clase dirigente en
algún momento, ya fuese gracias a los gobiernos populistas o a la más reciente “antipolítica”. En
Colombia aún domina lo que anteriormente las ciencias sociales latinoamericanas denominaban la
“oligarquía”, para designar aquella clase que descendía de los criollos y que se transmitía sus
capitales políticos, socioeconómicos y culturales por herencia. Este postulado podría corroborarse
con rigor si se realiza la genealogía de la actual élite política.

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