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GRATITUD

OLIVER SACKS (1933-2015)

MERCURIO
Anoche soñé con el mercurio: enormes y relucientes glóbulos de azogue que
subían y bajaban. El mercurio es el elemento número 80, y mi sueño fue un
recordatorio de que muy pronto los años que iba a cumplir también serían 80.
Desde que era un niño, cuando conocí los números atómicos, para mí los elementos
de la tabla periódica y los cumpleaños han estado entrelazados. A los 11 años podía
decir: “soy sodio” (elemento 11), y cuando tuve 79 años, fui oro. Hace unos años,
cuando le di a un amigo una botella de mercurio por su 80º cumpleaños (una
botella especial que no podía tener fugas ni romperse) me miró de una forma
peculiar, pero más adelante me envió una carta encantadora en la que bromeaba:
“tomo un poquito todas las mañanas, por salud”.
¡80 años! Casi no me lo creo. Muchas veces tengo la sensación de que la vida
está a punto de empezar, para en seguida darme cuenta de que casi ha terminado.
Mi madre era la decimosexta de 18 niños; yo fui el más joven de sus cuatro hijos, y
casi el más joven del vasto número de primos de su lado de su familia. Siempre fui
el más joven de mi clase en el instituto. He mantenido esta sensación de ser
siempre el más joven, aunque ahora mismo ya soy prácticamente la persona más
vieja que conozco.
A los 41 años pensé que me moriría: tuve una mala caída y me rompí una
pierna haciendo a solas montañismo. Me entablillé la pierna lo mejor que pude y
empecé a descender la montaña torpemente, ayudándome solo de los brazos. En
las largas horas que siguieron me asaltaron los recuerdos, tanto los buenos como
los malos. La mayoría surgían de la gratitud: gratitud por lo que me habían dado
otros, y también gratitud por haber sido capaz de devolver algo (el año anterior se
había publicado Despertares).
A los 80 años, con un puñado de problemas médicos y quirúrgicos, aunque
ninguno de ellos vaya a incapacitarme. Me siento contento de estar vivo: “¡Me
alegro de no estar muerto!”. Es una frase que se me escapa cuando hace un día
perfecto. (Esto lo cuento como contraste a una anécdota que me contó un amigo.
Paseando por París con Samuel Beckett durante una perfecta mañana de
primavera, le dijo: “¿Un día como este no hace que le alegre estar vivo?”. A lo que
Beckett respondió: “Yo no diría tanto”). Me siento agradecido por haber
experimentado muchas cosas –algunas maravillosas, otras horribles— y por haber
sido capaz de escribir una docena de libros, por haber recibido innumerables cartas
de amigos, colegas, y lectores, y por disfrutar de mantener lo que Nathaniel
Hawthorne llamaba “relaciones con el mundo”.

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Siento haber perdido (y seguir perdiendo) tanto tiempo; siento ser tan
angustiosamente tímido a los 80 como lo era a los 20; siento no hablar más
idiomas que mi lengua materna, y no haber viajado ni haber experimentado otras
culturas más ampliamente.
Siento que debería estar intentado completar mi vida, signifique lo que
signifique eso de “completar una vida”. Algunos de mis pacientes, con 90 o 100
años, entonan el nunc dimittis —“He tenido una vida plena, y ahora estoy listo para
irme”—. Para algunos de ellos, esto significa irse al cielo, y siempre es el cielo y no
el infierno, aunque tanto a Samuel Johnson como a Boswell les estremecía la idea
de ir al infierno, y se enfurecían con Hume, que no creía en tales cosas. Yo no tengo
ninguna fe en (ni deseo de) una existencia posmortem, más allá de la que tendré en
los recuerdos de mis amigos, y en la esperanza de que algunos de mis libros sigan
“hablando” con la gente después de mi muerte.
El poeta W. H. Auden decía a menudo que pensaba vivir hasta los 80 y luego
“marcharse con viento fresco” (vivió solo hasta los 67). Aunque han pasado 49 años
desde su muerte yo sueño a menudo con él, de la misma manera que sueño con
Luria, y con mis padres y con antiguos pacientes. Todos se fueron hace ya mucho
tiempo, pero los quise y fueron importantes en mi vida.
A los 80 se cierne sobre uno el espectro de la demencia o del infarto. Un
tercio de mis contemporáneos están muertos, y muchos más se ven atrapados en
existencias trágicas y mínimas, con graves dolencias físicas o mentales. A los 80 las
marcas de la decadencia son más que aparentes. Las reacciones se han vuelto más
lentas, los nombres se te escapan con más frecuencia y hay que administrar las
energías pero, con todo, uno se encuentra muchas veces pletórico y lleno de vida, y
nada “viejo”. Tal vez, con suerte, llegue, más o menos intacto, a cumplir algunos
años más, y se me conceda la libertad de amar y de trabajar, las dos cosas más
importantes de la vida, como insistía Freud.
Cuando me llegue la hora, espero poder morir en plena acción, como Francis
Crick. Cuando le dijeron, a los 85 años, que tenía un cáncer mortal, hizo una breve
pausa, miró al techo, y pronunció: “Todo lo que tiene un principio tiene que tener
un final”, y procedió a seguir pensando en lo que le tenía ocupado antes. Cuando
murió, a los 88, seguía completamente entregado a su trabajo más creativo.
Mi padre, que vivió hasta los 94, dijo muchas veces que sus 80 años habían
sido una de las décadas en las que más había disfrutado en su vida. Sentía, como
estoy empezando a sentir yo ahora, no un encogimiento, sino una ampliación de la
vida y de la perspectiva mental. Uno tiene una larga experiencia de la vida, y no
solo de la propia, sino también de la de los demás. Hemos visto triunfos y tragedias,
ascensos y declives, revoluciones y guerras, grandes logros y también profundas
ambigüedades. Hemos visto el surgimiento de grandes teorías, para luego ver cómo
los hechos obstinados las derribaban. Uno es más consciente de que todo es
pasajero, y también, posiblemente, más consciente de la belleza. A los 80 años uno
puede tener una mirada amplia, y una sensación vívida, vivida, de la historia que
no era posible tener con menos edad. Yo soy capaz de imaginar, de sentir en los
huesos, lo que supone un siglo, cosa que no podía hacer cuando tenía 40 años, o
60. No pienso en la vejez como en una época cada vez más penosa que tenemos que

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soportar de la mejor manera posible, sino en una época de ocio y libertad, liberados
de las urgencias artificiosas de días pasados, libres para explorar lo que deseemos,
y para unir los pensamientos y las emociones de toda una vida. Tengo ganas de
tener 80 años.

DE MI PROPIA VIDA
Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis
81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un
límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado.
Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma
ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para
eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de
tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado 2%.
Doy gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y
productividad desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de
enfrentarme de cerca a la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y,
aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse.
De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos
de la manera más rica, intensa y productiva que pueda. Me sirven de estímulo las
palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, que, al saber que estaba
mortalmente enfermo, a los 65 años, escribió una breve autobiografía, en un solo
día de abril de 1776. La tituló De mi propia vida.
“Imagino un rápido deterioro”, escribió. “Mi trastorno me ha producido muy
poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo
no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio
y gozo igual de la compañía de otros”.
He tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los 80 años, y esos 15 años
más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor. En
ese tiempo he publicado cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante
más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera; y
tengo unos cuantos libros más casi terminados.
Hume continuaba: “Soy... un hombre de temperamento dócil, de genio
controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto pero poco
dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones”.
En este aspecto soy distinto de Hume. Si bien he tenido relaciones amorosas
y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo
nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario,
soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de
contención en todas mis pasiones.
Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy
especialmente de acuerdo: “Es difícil”, escribió, “sentir más desapego por la vida
del que siento ahora”.
En los últimos días he podido ver mi vida igual que si la observara desde una
gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más

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profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la
dé por terminada.
Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el
tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las
que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles
de comprensión y conocimiento.
Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de
arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para
divertirme (e incluso para hacer el tonto).
De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que
sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a
dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar
atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.
No es indiferencia sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por
Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no
son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de
talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la
sensación de que el futuro está en buenas manos.
Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se
producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada
fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí
mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por
supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible
reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser
humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio
camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.
No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en
mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a
cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo,
la especial relación de los escritores y los lectores.
Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso
planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.

MI TABLA PERIÓDICA
Espero con entusiasmo, casi ansiosamente, la llegada semanal de revistas
como Nature y Science, y me dirijo inmediatamente a los artículos sobre ciencias
físicas, y no, como tal vez debería, a los que tratan de biología y medicina. Las
ciencias físicas fueron las primeras en fascinarme siendo niño.
En una reciente edición de Nature había un apasionante artículo del físico
Frank Wilczek, ganador de un premio Nobel, sobre una nueva manera de calcular
las masas ligeramente diferentes de los neutrones y los protones. El nuevo cálculo
confirma que los neutrones son muy poco más pesados que los protones (la ratio
entre sus masas es de 939,56563 a 938,27231). Se podría pensar que la diferencia
es insignificante, pero si no fuese así, el universo, tal como lo conocemos, nunca

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habría llegado a desarrollarse. La capacidad de calcular algo así, dice Wilczek, “nos
anima a predecir un futuro en el que la física nuclear alcanzará el nivel de precisión
y versatilidad ya logrado por la física atómica”, una revolución que, por
desgracia, yo nunca veré.
Francis Crick estaba convencido de que “el problema difícil” —entender
cómo el cerebro produce la conciencia— estaría resuelto en 2030. “Tú lo verás”,
solía decirle a Ralph, mi amigo neurólogo, “y tú también, Oliver, si llegas a mi
edad”. Crick vivió hasta avanzados los 80 años, trabajando y pensando sobre la
conciencia hasta el final. Ralph murió prematuramente, a la edad de 52 años, y
ahora yo sufro una enfermedad terminal a los 82. Debo decir que no tengo
demasiada experiencia con el “problema difícil” de la conciencia. La verdad es que
no lo veo como un problema en absoluto, pero me entristece no ser testigo de la
nueva física nuclear que vislumbra Wilczek, ni de otros miles de avances en las
ciencias físicas y biológicas.
Hace unas semanas, en el campo, lejos de las luces de la ciudad, vi el cielo
entero “salpicado de estrellas” (en palabras de Milton). Un cielo así, imaginé, solo
se debía de poder contemplar en altiplanos secos y elevados como el de Atacama,
en Chile (donde se encuentran algunos de los telescopios más potentes del mundo).
Fue ese esplendor celestial el que me hizo darme cuenta de repente de qué poco
tiempo, qué poca vida me quedaba. Para mí, mi percepción de la belleza del cielo,
de la eternidad, estaba asociada indisolublemente a una sensación de fugacidad y
muerte.
Dije a mis amigos Kate y Allen: “Me gustaría ver un cielo así cuando esté
muriendo”.
Ellos me respondieron: “Nosotros empujaremos la silla de ruedas”.
Desde que en febrero escribí que tenía cáncer con metástasis, los cientos de
cartas recibidas, las expresiones de cariño y aprecio, y la sensación de que (a pesar
de todo) he vivido una vida buena y provechosa, me han consolado. Estoy muy feliz
y agradecido por todo ello, pero nada me ha impactado tanto como lo hizo aquel
cielo nocturno cubierto de estrellas.
Desde mi infancia he tenido la tendencia a afrontar la pérdida —pérdida de
personas queridas— recurriendo a lo no humano. Cuando, siendo un niño de seis
años, me enviaron a un internado a principios de la II Guerra Mundial, los
números se hicieron mis amigos; cuando regresé a Londres a los 10, los elementos
y la tabla periódica se convirtieron en mis compañeros. Las épocas de tensión a lo
largo de mi vida me han llevado a volverme, o a volver, a las ciencias físicas, un
mundo en el que no hay vida, pero tampoco muerte.
Y ahora, en este punto crítico, cuando la muerte ya no es un concepto
abstracto, sino una presencia —demasiado cercana e innegable— vuelvo a
rodearme, como cuando era pequeño, de metales y minerales, pequeños emblemas
de eternidad. En un extremo de mi escritorio, en un estuche, tengo el elemento 81
que me enviaron unos amigos de los elementos de Inglaterra; en el estuche dice:
“Feliz cumpleaños de talio”, un recuerdo de mi 81º cumpleaños, el pasado julio. Y
después está el reino dedicado al plomo, el elemento 82, por mi 82º cumpleaños,
que acabo de celebrar a principios de este mes. En él hay también un pequeño cofre

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de plomo que contiene el elemento 90: torio, torio cristalino, tan bello como los
diamantes, y, por supuesto, radioactivo (de ahí el cofre de plomo).
A principios de año, las semanas después de enterarme de que tenía cáncer,
me sentía muy bien a pesar de que la mitad de mi hígado estaba invadido por la
metástasis. Cuando, en febrero, se aplicó a mi enfermedad un tratamiento
consistente en inyectar gotas minúsculas en las arterias hepáticas (un
procedimiento conocido como embolización), me encontré fatal durante un par de
semanas, pero luego me sentí fenomenal, cargado de energía física y mental. (Casi
todas las metástasis habían sido aniquiladas por la embolización). No se me había
concedido una remisión, pero sí un descanso, un tiempo para profundizar
amistades, visitar pacientes, escribir y volver a mi país natal, Inglaterra. Entonces
la gente apenas podía creer que estuviese en fase terminal, y yo mismo podía
olvidarlo fácilmente.
Esa sensación de salud y energía empezó a decaer cuando mayo dejó paso a
junio, pero pude celebrar mi 82º cumpleaños por todo lo alto. (Auden solía decir
que uno debería celebrar siempre su cumpleaños, no importa cómo se encuentre).
Pero ahora tengo un poco de náusea y pérdida de apetito; escalofríos durante el día
y sudores por la noche; y, sobre todo, un cansancio generalizado acompañado de
agotamiento repentino cuando hago demasiadas cosas. Sigo nadando a diario,
aunque ahora más despacio, ya que estoy empezando a notar que me falta un poco
el aliento. Antes podía negarlo, pero ahora sé que estoy enfermo. Un TAC realizado
el 7 de julio confirmó que las metástasis no solo se habían reproducido en el
hígado, sino que se había extendido más allá de él.
La semana pasada empecé un nuevo tipo de tratamiento: la inmunoterapia.
No está exenta de riesgos, pero espero que me proporcione unos cuantos buenos
meses más. No obstante, antes de empezar con ella, quería divertirme un poco
haciendo un viaje a Carolina del Norte para ver el maravilloso centro de
investigación sobre lémures de la Universidad de Duke. Los lémures están
próximos a la estirpe ancestral de la que surgieron todos los primates, y me gusta
pensar que uno de mis propios antepasados, hace 50 millones de años, era una
pequeña criatura que vivía en los árboles no tan diferente de los lémures actuales.
Me encantan su saltarina vitalidad y su naturaleza curiosa.
Junto al círculo de plomo de mi mesa está la tierra del bismuto: bismuto de
origen natural procedente de Australia; pequeños lingotes de bismuto en forma de
limusina de una mina de Bolivia; bismuto fundido y enfriado lentamente para
formar hermosos cristales iridiscentes escalonados como un poblado hopi; y, en un
guiño a Euclides y la belleza de la geometría, un cilindro y una esfera hechos de
bismuto.
El bismuto es el elemento 83. No creo que llegue a ver mi 83º cumpleaños,
pero creo que hay algo esperanzador, algo alentador en tener cerca el “83”.
Además, siento debilidad por el bismuto, un humilde metal gris, a menudo
desdeñado e ignorado, incluso por los amantes de los metales. Mi sensibilidad de
médico hacia los maltratados y los marginados se extiende al mundo inorgánico y
encuentra un paralelo en mi simpatía por el bismuto.

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Es casi seguro que no seré testigo de mi cumpleaños de polonio (el número
84), ni tampoco querría tener polonio cerca de mí, con su radiactividad intensa y
asesina. Pero en el otro extremo de mi mesa —de mi tabla periódica— tengo un
bonito trozo de berilio (elemento 4) elaborado mecánicamente para que me
recuerde mi infancia y lo mucho que hace que empezó mi vida próxima a acabar.
SABBAT
Mi madre y sus diecisiete hermanos y hermanas se criaron como judíos
ortodoxos; su padre aparece en todas las fotografías con una kipá, y me
contaron que se despertaba si se le caía durante la noche. Mi padre también
creció en un ambiente ortodoxo.
Mis padres eran muy conscientes del cuarto mandamiento judío
(«Recordad el día del sabbat, santificadlo») y el sabbat (Shabbos, como lo
llamábamos los judíos de origen lituano) era completamente distinto del resto
de la semana. No estaba permitido trabajar, ni conducir, ni usar el teléfono;
estaba prohibido encender luces o estufas. Dado que eran médicos, mis padres
hacían excepciones. No podían dejar el teléfono descolgado ni evitar del todo
conducir; tenían que estar disponibles, en caso necesario, para ver pacientes,
operar o traer bebés al mundo.
Vivíamos en una comunidad judía bastante ortodoxa de Cricklewook, en
la zona noroeste de Londres; el carnicero, el panadero, el tendero, el verdulero,
el pescadero, todos cerraban la tienda con tiempo para el Shabbos y no volvían
a abrirla hasta el domingo por la mañana. Todos ellos, e imaginábamos que
todos nuestros vecinos, celebraban el Shabbos de una forma muy parecida a la
nuestra.
Hacia el mediodía del viernes, mi madre se despojaba de su identidad y
atuendo de cirujana y se dedicaba a preparar gefilte [albóndigas de pescado
molido y aliñado] y otros manjares para el Shabbos. Justo antes del anochecer,
encendía las velas rituales ahuecando las manos en torno a las llamas y
murmurando una oración. Todos nos poníamos ropa limpia y nueva
de Shabbos y nos reuníamos para la primera comida del sabbat, la cena. Mi
padre levantaba su copa de vino de plata y entonaba las bendiciones y
el Kiddush [una plegaria] y, tras la cena, nos dirigía a todos mientras dábamos
gracias por la comida.
Los sábados por la mañana, mis tres hermanos y yo arrastrábamos a
nuestros padres hasta la sinagoga de Cricklewood, en Walm Lane, un enorme
templo construido durante la década de 1930 para acoger a parte de los judíos
que se trasladaron del East End a Cricklewood en aquella época. La sinagoga
siempre estaba llena durante mi infancia y todos teníamos un sitio asignado,
los hombres abajo y las mujeres –mi madre, varias tías y primas– arriba;
cuando era pequeño, a veces las saludaba con la mano durante la celebración.
Aunque no entendía el hebreo del libro de oraciones, me encantaba su sonido
y, sobre todo, escuchar las antiguas plegarias medievales cantadas, dirigidas
por el maravilloso cantor de la sinagoga.

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Todos nos reuníamos y nos entremezclábamos fuera de la sinagoga tras
la celebración; y solíamos caminar hasta la casa de mi tía Florrie y sus tres
hijos para rezar una plegaria, acompañada de vino tinto dulce y bollos de miel,
lo justo para estimular el apetito antes de la comida. Tras un almuerzo frío en
casa, a base de pescado gefilte, salmón cocido y gelatina de remolacha, los
sábados por la tarde –si no los interrumpían las llamadas médicas de
emergencia para mis padres– los dedicábamos a las visitas familiares. Mis tíos,
tías y primos venían a tomar el té con nosotros, o nosotros íbamos a su casa;
todos vivíamos a poca distancia unos de otros.
La Segunda Guerra Mundial diezmó la comunidad judía de Cricklewood
y la comunidad judía de Inglaterra, en general, perdió miles de personas
durante la posguerra. Muchos judíos, entre ellos algunos primos míos,
emigraron a Israel; otros se fueron a Australia, Canadá o Estados Unidos; mi
hermano mayor, Marcus, se marchó a Australia en 1950. Muchos de los que
nos quedamos asimilamos y adoptamos formas más diluidas y moderadas del
judaísmo. Nuestra sinagoga, que se llenaba hasta los topes cuando yo era niño,
se iba vaciando de año en año.
Canté mi correspondiente bar mitzvah en 1946 en una sinagoga
relativamente llena, en parte con muchos de mis familiares, pero para mí este
fue el final de las prácticas judías formales. No adopté los deberes rituales de
un judío adulto –rezar a diario, ponerse las filacterias antes de la oración de
cada mañana– y, poco a poco, me fui volviendo más indiferente a las creencias
y costumbres de mis padres, aunque no hubo ningún momento específico de
ruptura hasta que tuve dieciocho años. Fue entonces cuando mi padre, al
preguntarme por mis sentimientos sexuales, me obligó a admitir que me
gustaban los chicos.
«No he hecho nada –dije–, sólo es un sentimiento; pero no se lo cuentes
a mamá, no será capaz de asimilarlo.»
Pero sí se lo contó y, a la mañana siguiente, ella bajó las escaleras con
una mirada horrorizada y me gritó: «Eres una abominación. Ojalá no hubieses
nacido». (Sin duda tenía en mente la frase del Levítico que dice: «Si un
hombre yaciera con otro varón como si yaciera con una mujer, habrá cometido
una abominación: ambos habrán de morir; su sangre se derramará sobre
ellos»).
Nunca se volvió a mencionar el asunto, pero sus durísimas palabras me
hicieron odiar la capacidad que tiene la religión para la intolerancia y la
crueldad.
Tras licenciarme como médico en 1960, me alejé abruptamente de
Inglaterra, de la familia y de la comunidad que tenía allí, y me marché al
Nuevo Mundo, donde no conocía a nadie. Cuando me trasladé a Los Ángeles,
encontré una especie de comunidad entre los levantadores de pesas de Muscle
Beach y entre los demás residentes de neurología de la UCLA, pero ansiaba una
conexión más profunda –un «significado»– en mi vida, y fue la falta de esto,
creo, lo que me condujo a una adicción casi suicida a las anfetaminas durante
la década de 1960.

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La recuperación empezó, poco a poco, cuando encontré un trabajo que
valía la pena en Nueva York, en un hospital de enfermos crónicos en el Bronx
(el «Monte Carmelo» sobre el que escribí en Despertares). Estaba fascinado
por los pacientes que tenía allí, me entregué plenamente a ellos y sentí que
contar sus historias era una especie de misión; historias sobre situaciones casi
desconocidas, casi inimaginables, para la gente en general y, desde luego, para
muchos de mis compañeros de profesión. Había descubierto mi vocación y me
dediqué a ella con obstinación, con determinación, con pocas muestras de
apoyo por parte de mis compañeros.
Casi sin darme cuenta, me convertí en un narrador en una época en la
que la narrativa médica prácticamente había desaparecido. Pero eso no me
disuadió, porque sentía que mis raíces estaban en las grandes historias clínicas
neurológicas del siglo XIX (y en esto me sentía alentado por el gran
neurofisiólogo ruso A. R. Luria). Era una existencia solitaria, casi monacal,
pero profundamente satisfactoria, que llevé durante muchos años.
Durante la década de 1990 conocí a mi primo y coetáneo Robert John
Aumann, un hombre de aspecto llamativo por su complexión robusta y atlética
y por una larga barba blanca que, aun con sesenta años, le hacía parecer un
antiguo sabio. Un hombre de gran capacidad intelectual, pero también de gran
ternura y calidez humana, con un profundo compromiso religioso
(«compromiso» es, de hecho, una de sus palabras favoritas). Aunque, en su
trabajo, defiende la racionalidad en la economía y los asuntos humanos, no
considera que exista un conflicto entre la razón y la fe.
Insistió en que tuviese una mezuzah [un pergamino con versículos de la
Torá] en mi puerta y me trajo una de Israel. «Sé que no eres creyente –me
dijo-, pero deberías tener una pese a todo.» No discutí con él.
En una extraordinaria entrevista de 2004, Robert John hablaba de su
trabajo de toda una vida en el ámbito de las matemáticas y la teoría del juego,
pero también de su familia; de que iba a esquiar y a hacer alpinismo con sus
casi treinta hijos y nietos (un cocinero especializado en comida judía, cargado
con cacerolas, los acompañaba) y de la importancia del sabbat para él.
«La observancia del sabbat es extremadamente hermosa –decía–, y es
imposible si no se es religioso. Ni siquiera tiene que ver con mejorar la
sociedad; se trata de mejorar la calidad de vida de uno mismo.»
En diciembre de 2005 Robert John recibió el Premio Nobel por sus
cincuenta años de importantísimos trabajos sobre economía. No fue
precisamente un invitado fácil para el comité del Nobel, ya que fue a
Estocolmo con su familia, incluidos muchos de sus hijos y nietos, y a todos
hubo que proporcionarles platos, utensilios y comida preparados según las
normas judías y ropa de gala especial, que no contuviese mezcla de lana y lino,
prohibida por la Biblia.
Ese mismo mes, me dijeron que tenía cáncer en un ojo y, mientras me
estaban tratando en el hospital al mes siguiente, Robert John fue a visitarme.
Se presentó con un montón de historias entretenidas sobre el Premio Nobel y
la ceremonia de Estocolmo, pero me explicó que, si le hubiesen obligado a

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viajar a Estocolmo un sábado, habría rechazado el galardón. Su compromiso
con el sabbat, con su tranquilidad absoluta y su alejamiento de los problemas
mundanos, se habría impuesto incluso al Nobel.
En 1955, cuando tenía veintidós años, pasé varios meses en Israel
trabajando en un kibutz y, aunque disfruté de ello, decidí no volver. A pesar de
que muchos de mis primos se habían trasladado allí, la política de Oriente
Próximo me llenaba de inquietud, y sospechaba que me encontraría fuera de
lugar en una sociedad tan religiosa. Pero en la primavera de 2014, al enterarme
de que mi prima Marjorie –que había sido una protegida de mi madre y había
trabajado en el campo de la medicina hasta los noventa y ocho años– estaba
cerca de la muerte, la llamé a Jerusalén para despedirme. Su voz era
inesperadamente fuerte y resonante, con un acento muy parecido al de mi
madre. «No tengo intención de morirme ahora mismo –me dijo–. Celebraré mi
centenario el 18 de junio. ¿Vendrás?»
Respondí que sí, por supuesto. Cuando colgué, me di cuenta de que, en
unos cuantos segundos, había cambiado una decisión tomada casi sesenta años
atrás. Fue una visita puramente familiar. Celebré los cien años de Marjorie con
ella y toda su familia. Vi a otros dos primos con los que había convivido mucho
en Londres, innumerables primos segundos y lejanos y, por supuesto, a Robert
John. No recordaba haberme sentido arropado por la familia de ese modo
desde que era pequeño.
Me daba un poco de miedo visitar a mi familia ortodoxa con mi amante,
Billy –las palabras de mi madre aún resonaban en mi mente–, pero Billy
también fue acogido con cariño. Me quedó claro lo mucho que las actitudes
han cambiado, incluso entre los ortodoxos, cuando Robert John nos invitó a
Billy y a mí a participar junto a su familia en la primera comida del sabbat.
La paz del sabbat, de un mundo que se ha detenido, un tiempo fuera del
tiempo, era palpable, lo llenaba todo, y me vi inundado de añoranza, algo
parecido a la nostalgia, mientras me preguntaba  qué habría pasado: ¿y si esto y
aquello y lo otro hubiesen sido de otra forma? ¿Qué clase de persona podría
haber sido yo? ¿Qué clase de vida podría haber llevado?
En diciembre de 2014 terminé mi autobiografía, En movimiento. Una
vida, y le entregué el manuscrito a mi editor, sin siquiera imaginar que unos
días después me enteraría de que padecía un cáncer metastásico, causado por
el melanoma que tuve en el ojo nueve años antes. Me alegra haber podido
terminar la autobiografía sin saberlo y haber sido capaz, por primera vez en mi
vida, de hacer una declaración completa y sincera sobre mi sexualidad,
enfrentándome al mundo abiertamente, sin más secretos culpables en mi
interior.
En febrero, sentí que tenía que ser igual de sincero respecto a mi cáncer
(y la proximidad de la muerte). Estaba, de hecho, en el hospital cuando mi
ensayo sobre este tema, De mi propia vida, se publicó en The New York Times.
En julio escribí otro artículo para el periódico,  Mi tabla periódica, en el que el
cosmos físico, y los elementos que tanto me gustaban, cobraban vida propia.

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Y ahora, débil, sin aliento, con mis antes firmes músculos desvanecidos
por culpa del cáncer, veo que mis pensamientos se dirigen no hacia lo
sobrenatural o lo espiritual, sino hacia lo que significa vivir una existencia
buena y que vale la pena (alcanzar una sensación de paz con uno mismo). Veo
que mis pensamientos vuelan hacia el sabbat, el día de descanso, el séptimo
día de la semana y quizás, también, el séptimo día de la propia vida, cuando
uno siente que ha terminado su trabajo y puede descansar, sin cargo de
conciencia

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