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EL TOQUE DE UN ÁNGEL

 EL ÁNGEL DE DAEMON
-Sherrilyn Kenyon-

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ARGUMENTO

Enviada al cuerpo de una hermosa mujer por una malvada hechicera, Arina, un
ángel, encuentra la tentación en los brazos de Daemon, un hombre atormentado por
extraños sueños que causan que todos lo llamen “el hijo del diablo”.
Donde los ángeles van, el amor seguro los sigue.

La santa.
Arrojada al reino mortal por una malvada hechicera, Arina tenía más que su cuota
de problemas. Estaba atrapada en el cuerpo de una tentadora mujer, atormentada por
pasiones nunca probadas, y condenada a perder a cada hombre que deseara. Sin
embargo, incluso mientras añoraba la seguridad de las puertas del cielo, encontró el
paraíso en los brazos de un mercenario normando.

El pecador.
Los aldeanos decían que Daemon era el hijo del diablo, pero era sólo un hombre
atormentado por extraños sueños, visiones de una seductora belleza que lo encantaba
como ninguna otra. Entonces la atractiva extraña apareció en carne y hueso, y él
prometió que nada en el cielo y la tierra los mantendría separados. Sin embargo, para
saborear las alegrías de su propio ángel, Daemon tendría que luchar contra los demonios
–internos y externos- y arriesgar su propia alma por amor.

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PRÓLOGO

Ella salió de la nube de humo proveniente de los cuerpos caídos como el Ángel
de la Muerte llegado a reclamar sus almas. Su pálido cabello rubio flotaba en la fuerte
brisa recordándole un estandarte de batalla.
Daemon parpadeó ante la visión, sus ojos ardiendo por el humo y sudor, y el hedor
de la muerte que lo rodeaba. Una sombra desde la derecha captó su atención. Se volvió
en su montura con la espada en alto justo a tiempo para evitar que la espada curva del
Sajón le rebanara el muslo. Con dos giros, y limpias estocadas, derribó a su atacante y
dirigió una rápida mirada a la misteriosa forma. Los sajones que aun permanecían en pie
la rodearon en un manto de protección como si ahora se unieran a su favor. Daemon
negó con su cabeza ante su esfuerzo. Su número apenas asustaría a un bebé, y mucho
menos al ejército normando que había cortado a través de sus filas con tan poca
dificultad.
Los sonidos de la batalla se calmaron en un áspero silencio, quebrado sólo por el
ocasional relincho de un caballo, o el gemido de los moribundos.
—Señora ¿por qué has venido? — dijo bruscamente uno de los sajones en su
vulgar lengua nativa, su voz arrastrada por el viento hasta los oídos de Daemon.
Ella elevó su barbilla con un coraje que rivalizaba incluso con el más valiente de
los hombres y se alejó del soldado sajón.
—¿Quién dirige este ejército? — preguntó la mujer en los puros y dulces tonos de
un ángel hablando en francés normando.
—¡Milord!
Algo aferró el brazo de Daemon. Con una maldición, aplastó al insecto, pero sólo
golpeó aire. Enfurecido ante la interrupción de su sueño, parpadeó abriendo sus ojos
para ver a su escudero apostado junto a su catre.
—Es un mensajero de su hermano, el rey —dijo Wace, su rostro radiante de
juventud sonriendo alegremente de la manera que siempre molestaba a Daemon por las
mañanas.
Con sus labios fruncidos en una mueca, Daemon retiró las sabanas y se levantó.
—Saldré enseguida —dijo, buscando sus calzones y túnica.

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¿Qué diablos podía William querer de él ahora? Había dominado a los Sajones
como prometió, y ahora todo lo que anhelaba era libertad para regresar al continente,
donde tenía intención de buscar hasta que encontrara otro ejército o causa por la que
luchar.
Daemon apartó el pelo de sus ojos y alzó una mano abriendo la solapa de la tienda.
Vio al mensajero de William, un joven con una mirada asustada que palideció
considerablemente en cuanto lo miró. Daemon no hizo caso de la reacción, la amargura
ardiendo en su garganta. Estaba demasiado acostumbrado a la reacción de la gente ante
él, demasiado acostumbrado al completo terror brillando en sus ojos como si temieran
por sus almas. Como si alguna vez hubiera dado algún uso para el alma de alguien,
incluyendo la suya.
—¿Qué quiere mi hermano de mi? —Daemon preguntó con voz ronca, incluso
para sus propios oídos.
Los ojos del mensajero se abrieron de par en par al tiempo que alzaba la mirada y
notaba los ojos desiguales de Daemon. Por un momento, Daemon temió que Wace fuera
a tener que traer al hombre un paño y hule 1. El hombre se veía como un conejo
arrinconado.
—Su Majestad el Rey me envía, milord —dijo, extendiendo un pergamino sellado.
Daemon lo tomó de sus manos y rompió el sello. Con curiosidad atravesándole
fuertemente, escudriñó los contenidos. Su estado de ánimo se oscureció con cada
palabra que leía. William le había dado el señorío de Brunneswald Hall, las tierras
circundantes a la mansión, y todos los territorios más alejados.
¡Por los infiernos, mataría a William por esto!
Su puño se tensó sobre la carta. Alzó la mirada al mensajero, su respiración
agitada.
—Dile a William que me ocuparé de la rebelión como pidió, pero quiero que
busque un cuidador permanente para la mansión. No tengo necesidad de ésta.
El mensajero asintió violentamente.
—Sí, milord. Se lo diré inmediatamente.
Daemon asintió con la cabeza, su estomago anudándose ante el humor de William.
¿Qué estaba pensando ese hombre? Había servido bien a su hermano; ¿por qué
William le haría tal cosa a él?
—Bastardo sangriento —dijo al entrar en la tienda, inseguro para quién estaba
dirigido el insulto, si para él mismo o para William
—¿Quién dirige este ejército?
1
Oil cloth: paño y tela encerada para ser impermeable, como un pañal de bebé, dando a entender que
el mensajero se iba a hacer sus necesidades encima.

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Daemon se giró ante el sonido de la voz de sus sueños, pero no vio nada. Un
anhelo doloroso se extendió a través de él, un anhelo cuya fuente no podía identificar.
Sin embargo, era siempre la misma. Siempre desde que había desembarcado en
Hastings con William, había sido acechado por el sueño de una hermosa doncella
viniendo por su alma.
Gruñendo, se percató que era más que probablemente un aviso de su muerte. Sí, él
le daría la bienvenida con los brazos abiertos al momento y la paz que traería.

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CAPÍTULO 1

— Mirad de vuelta a casa, Ángel, ahora, y fundíos con la compasión.


Arina gritaba por la agonía, las palabras consumían su mente como una serpiente,
enroscándose por sus extremidades, haciéndolas pesadas, insoportables. Un peso extraño la
arrastraba desde el cielo en un violento torbellino, abajo hacia la tierra. Extendió las manos,
tratando de detener la caída, pero sólo encontró el veloz viento bañando su cuerpo con un
extraño aguacero. Los salvajes vientos le azotaban el cabello, las alas y aullaban en los oídos
como las despiadadas bestias que custodiaban el camino al Infierno.
¿Qué estaba pasando? Nada de esto tenía sentido. Cada parte de ella dolía y pulsaba con
ondas de sensaciones que colisionaban. Ningún ángel primario había alguna vez experimentado
la cicatriz del pecado original. Eran los mortales quienes estaban destinados a soportarlo. Sin
embargo, lo estaba experimentando ahora. El dolor le desgarraba la espalda, y tomó aliento
desde un cuerpo que no necesitaba respirar, exhaló el aliento de un cuerpo que no debía exhalar,
se le revolvió el estomago el cual nunca se había agitado antes.
La oscuridad la rodeó como un remolino en embudo. Privada de la vista y el oído, Arina
extendió sus otros sentidos, tratando de encontrar las respuestas a sus preguntas. Una mezcla de
olores la asaltó, el hedor carbonizado del miedo, el azufre del Infierno, y peor aún, el agridulce
aroma de carne humana. Antes, todos estos habían sido tenues, ahora la asaltaron en un ramo
picante que casi la abrumaron con una vitalidad primitiva que no pertenecía a su mundo, o su
entendimiento.
De repente, se estrelló contra el suelo, el cuerpo dolía y palpitaba de tal manera que no
podía comprender. Santos queridos, ¿qué le había pasado?
El zumbido en los oídos dio paso a la llamada apacible de los pájaros y animales que
retozaban en el bosque. Pero el sonido pronto se fue apagando hasta que todo lo que podía
escuchar era el canto ocasional de un pájaro, el susurro de la brisa a través de las brillantes hojas
del otoño.
Arina se levantó, pero rápidamente volvió a caer, las piernas temblando con un peso
desconocido. El pelo le cayó sobre de los hombros, cubriéndole la cara. Trató de respirar a
través del pesado obstáculo, pero el aliento quedo atrapado en los mechones y casi se asfixió.
Una mano apartó hacia atrás la masa de pelo.
Arina miró la cara de odio que sabía había sido la fuente de su miseria.
—¿Qué me habéis hecho? —preguntó, con picor en la garganta al utilizar las cuerdas
vocales que no habían existido hacia diez minutos.
La anciana la miró con ojos oscuros y dilatados.

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—Vos me robasteis mi posesión más preciada. Os rogué misericordia y aun así os
llevasteis a mi hijo. Es el momento de que aprendáis lo que quiere decir ser mortal, lo que
significa sufrir una pérdida.
El cuerpo le temblaba de rabia, y Arina se cuestionó la sensación. Era un ángel y los
ángeles no tenían sentimientos salvo el amor. Sin embargo, el cuerpo respondía a la presencia
de la mujer con una ardiente furia, con anhelo de venganza.
— ¡Devolvedme a mi forma original!
La risa de la anciana hizo eco alrededor de ella, en los árboles del bosque que las rodeaba.
—No puedo deshacer mi hechizo. Sólo vos podéis.
Arina la miró fijamente con incredulidad. No podía permanecer aquí. Los mortales eran
brutales y fríos. No sabía nada de supervivencia en el mundo del Hombre. Un rezo afloró a los
labios, pero sabía que no habría ninguna respuesta. El Señor dio a todos los seres soberanía
sobre su propia existencia, y permitió a la naturaleza, incluso naturaleza malvada, seguir su
curso.
Pero no podía quedarse aquí. Esta no era su casa. Alzando la vista al cielo gris claro por
encima de ellas, Arina sabía que debía regresar a sus dominios antes de que la corrupción de los
mortales la dañara para siempre.
— ¿Qué debo hacer? —preguntó Arina con desesperación.
La sonrisa que curvó los labios de la bruja le envió un escalofrío por el cuerpo.
—Tenéis que amar, y luego ver morir a vuestro amante mortal. Sostenerle en los brazos
mientras lucha por recuperar el aliento y la vida. Sólo entonces seréis libre.
Arina sacudió la cabeza en negación.
—Amo a todos los mortales. Lamento su pérdida como si fuera propia, pero no tengo
elección sobre a quien tomar de este mundo. ¡Es la voluntad del Creador!
—Y ahora vos bailáis a mis órdenes. —La mujer dio un pequeño círculo a su alrededor,
las hojas secas caídas se arrastraban resueltamente bajo el dobladillo de su falda—. Realmente
no entendéis la pena, ni los lazos del amor. Pero lo haréis, ángel. Vos lo haréis.
Entonces desapareció.
Arina miró los alrededores del bosque. No había ningún rastro de la mujer. Si pudiera
soñar, diría que su situación era una pesadilla, pero nunca dormía. Tampoco había sentido la
fuerte hierba seca bajo las manos, la brisa del aire fresco en las mejillas, ni el calor del sol sobre
la piel humana. Sin embargo, sentía todas esas cosas ahora y sabía que estaba despierta.
—¡No! —gritó. Debía volver a casa.
Con las extremidades temblando, se incorporó. Levantando los brazos por encima de la
cabeza, se ordenó elevarse. Lo que siempre había conseguido con tan poco esfuerzo era un
imposible.
Las alas habían desaparecido. Era mortal. La conciencia llegó a la mente con un miedo
que la hizo mover la cabeza y trajo lágrimas a los ojos.

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No podía permanecer en el mundo mortal y enamorarse. Los ángeles no fueron creados
para tal cosa. Pero, ¿qué más podría hacer para recuperar su lugar?
—Rendíos a la maldición.
Giró hacia las palabras y se enfrentó a un lobo blanco. Sus ojos brillaban, rojos y supo que
era la manifestación de un demonio.
—No soy Eva para caer en tus artimañas, demonio —dijo—. Vuelve a tu amo y no me
tientes más.
Eso avanzó hacia delante. Con cada paso, su forma cambiaba hasta ser una sombra alada.
Sólo los ojos rojos iluminados, seguían siendo los mismos.
—Ya no estás en nuestro mundo, ángel —dijo el demonio—. Estás en el suyo. Te
temerán, te golpearán, te destruirán. Entonces, ¿qué será de ti?
Arina levantó la barbilla con una confianza que no sentía.
—Si me matan, volveré a mi hogar. Si me rindo a la maldición, me arrastraras al tuyo.
Pertenezco al Cielo, no al Infierno, y me niego a condenarme.
Sonó su maligna risa. Le tocó la barbilla con su helado y desbastador dedo. La frialdad
del Infierno le quemó la piel, haciéndole estremecerse.
—Mi amo me dará mucho por el alma de un ángel primario. Vamos, mascota, se amable y
sacrifícate por mí. Te prometo un lugar fresquito donde sumergirte si vienes ahora.
Le miró airadamente, su nuevo cuerpo temblaba de miedo y furia por la oferta.
Belial. El nombre le pasó por la mente, y se dio cuenta de que aún la quedaban algunos
poderes. Pero no los suficientes para luchar contra este demonio en particular, que se deleitaba
con las travesuras y la discordia, cuyo poder del mal era el segundo al de Lucifer. Un escalofrío
de pánico la sacudió las manos. Las apretó juntas, sabiendo que el miedo le daría fuerzas.
—Rechazo tu oferta —dijo—. Déjame en paz y vuelve a tu agujero.
Sus ojos brillaron, irradiaban calor y malicia.
—Serás mía, buen ángel. —Su forma se onduló en una bola y se posó por encima de su
cabeza. El olor de carne quemada y azufre la asfixió—. ¿Cuánto tiempo podrás permanecer fiel
a tu carácter divino ahora que serás corrompida por las tentaciones de la sensibilidad humana?
Abrió la boca para negarlo, pero tan pronto como lo hizo, la nube la abarcó la cabeza,
ahogándola con el hedor. El grosor negro la cubrió el cuerpo. Arina luchó por respirar. Con los
pulmones ardiendo, cayó sobre las rodillas.
De todos modos el demonio permaneció dentro de ella, borrando sus recuerdos, la
determinación.
Con un último suspiro, se desplomó sobre el suelo.

Daemon vio a sus hombres en fila entrenando. El sonido del choque del acero llenó sus
oídos, haciéndole morirse de ganas por poder estar lejos de este lugar y ceder a la familiar

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llamada de la batalla y la guerra. A su llegada varios meses atrás, se había expulsado a los
sajones que quedaban. La mayoría de los líderes de la rebelión habían llegado a Londres bajo la
escolta de sus hombres y allí habían encontrado su destino final.
Los pocos rebeldes que quedaban ahora se escondían de su ira, y durante las últimas
semanas la paz reinaba en el valle de Brunneswald Hall. Y Daemon despreciaba la paz, el
tiempo de ocio daba tiempo a pensar y a recordar. Tenía que encontrar otra guerra para
entretenerse, pero William todavía se negaba a liberarle de su deber.
—¿Milord?
Se apartó de sus hombres para mirar a su escudero, corriendo hacia él. El rubor de la
exuberancia juvenil cubría las mejillas de Wace. Daemon no recordaba la sensación de que algo
le entusiasmara.
—¿Qué ocurre? —preguntó mientras Wace se detuvo jadeando a su lado.
Wace cogió varias bocanadas profundas antes de que pudiera finalmente responder.
—Los hombres que mandasteis a un reconocimiento han regresado. Encontraron a una
mujer en un campo y la trajeron aquí.
Daemon frunció el ceño ante sus palabras.
—Por qué traerían a una moza…
—No, milord. No es ninguna moza, más bien una dama.
El ceño se intensificó. ¿Una dama?
—¿De dónde ha salido?
—No lo saben, milord. Ellos simplemente me mandaron a buscarle.
Daemon cerró los ojos, la agitación remontó ferozmente. Qué imbéciles. ¿No podían
hacerse cargo de una mujer sin sus instrucciones?
Cabeceando hacia Wace, se dirigió hacia el salón.
Daemon se preguntó como su hermano había logrado conquistar Inglaterra con los tontos
que lucharon en su ejército. Seguramente podrían devolver a la mujer a su casa sin molestarle.
Después de todo, tratar con el sexo débil era algo con lo que no tenía mucha experiencia, o por
el cual tuviera mucha tolerancia. De hecho, tenía toda la intención de encontrar a su señor y
sacarla de su sala tan pronto como le fuera posible.
Daemon empujó la pesada puerta de madera para abrirla, los goznes chirriaron como
ratones huyendo. El olor del pan flotó hasta él, revolviéndole el estómago. Como odiaba las
mansiones y los castillos. Había pasado muchos años de su vida en el interior de lugares como
éste, escuchando el eco de los rumores maliciosos que resonaban en las paredes encaladas, de la
risa burlona de la gente. Apretando los dientes, gruñó con furia. Quería dejar este lugar. Era un
guerrero, no un señor.
El grupo de hombres reunido en el centro de la sala se retiró ante su presencia,
mostrándole el cuerpo tendido sobre un banco. La cólera se disipó y Daemon vaciló. Al fondo,
la tela de color rojo oscuro abrazaba el voluptuoso cuerpo de la mujer, derramándose sobre el
suelo como un charco de sangre. Su cabello rubio por encima de la cinturilla de la saya, su

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palidez destacada por la riqueza del traje. Nunca antes había visto una túnica, ni un color de
pelo como el de ella.
Una cruz de oro se posaba en el hueco de su cuello, pulsando con cada latido de su
corazón. Su forma brillaba a la mortecina luz del sol que todavía iluminaba el salón. Con las
manos sudorosas, Daemon se cuestionó la forma en que se le aceleró el corazón, la forma en
que el cuerpo le ardía fuera de control. No era el arrebato de la juventud en la primera flor de la
virilidad, nunca antes había encontrado a una mujer que lo conmoviera así. Cuya silueta le
rogaba que la tocara.
Sin embargo, quería a esta mujer. A pesar de todos los años de negación estricta y
disciplina, extendió la mano y tocó la suavidad de su mejilla. Se maravilló de la textura de la
carne blanca y fría, y luego la giró para confrontarle.
El aliento se le atascó en la garganta. Instintivamente, dio un paso atrás, liberándola. Esta
era la cara de su sueño.
El sudor estalló sobre la frente mientras Daemon la miraba fijamente sobrecogido. ¿La
habría convocado? ¿Era algún truco de la luz?
Un gemido bajo escapó de sus labios y su pecho subió con una inspiración profunda. Sus
hombres dieron un paso atrás al unísono, algunos persignándose como se la temieran.
Recuperando el control de sí mismo y obligando a distanciar el impacto inicial, Daemon
se mofó de su superstición y de la suya propia. Era una mujer, ni más ni menos. Cómo se había
infiltrado en sus sueños, no lo sabía, pero se negó a creer ni por un momento que ejercía un
poder sobrenatural sobre él. De hecho, durante muchos años la gente que se persignaba cuando
le miraban le habían convertido en un escéptico sobre la presencia de los demonios y las brujas.
Sus largas pestañas oscuras revolotearon hasta abrirse, mostrando un par de hermosos
ojos de un profundo azul. Sí, la moza era tan encantadora como la Virgen Madre, y podía
imaginarse como de enfadado debía estar su señor ante su pérdida.
Un ceño arrugó su frente y se incorporó hasta sentarse.
—¿Dónde estoy? —preguntó en un perfecto francés normando, frotándose la frente como
si un dolor golpeara dentro de su cabeza.
Con el cuerpo inflamado por el sonido de su rica voz, Daemon la miró fijamente. ¿Cómo
había llegado una dama normanda a estar abandonada en medio de las tierras sajonas? Y sin
duda era una dama. Su vestido y maneras nunca podrían pertenecer a la servidumbre o a
comerciantes.
—Estáis en Brunneswald Hall, milady —dijo en voz baja, esperando que lo mirara y se
encogiera de terror.
En lugar de eso, se volvió hacia él y le devolvió la mirada sin pestañear.
—¿Conozco este lugar?
Ahora fue él quien frunció el ceño.
—¿No sabéis quien sois?
—Sí —dijo—. Soy Arina.

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—Entonces ¿por qué preguntasteis…?
—Pero no puedo recordar otra cosa. —Para su sorpresa, el terror en sus ojos no estaba
dirigido a él, sino a un pánico interior—. Había una sombra —susurró, mirando fijamente al
suelo.
Ella alzó la vista hacia él con una mirada triste y vulnerable y una ola protectora derribó
todas las capas de dureza que había erigido alrededor del corazón.
Enfurecido por la sensación, Daemon dio otro paso atrás, inseguro de sí mismo. Ansiaba
tocarla, pero sabía que no debía. Una mujer como esta tenía un señor que la buscaba, sin duda.
Pertenecía a su marido, no a él, y debía encontrar a su esposo y sacarla de su salón y de su vida.
Antes de que fuera demasiado tarde.
—¿Pertenezco a este lugar? —preguntó en un susurro.
La pregunta le atravesó como una lanza rompiéndole el corazón. Por un momento,
Daemon deseó poder responder sí. Apretó los dientes ante la estupidez de su necesidad y deseo.
Por ahora, debería echar mano de la privación a la que estaba acostumbrado, especialmente
cuando implicaba algo tan precioso como la mujer que tenía delante.
—No, milady. Fuisteis encontrada en un campo.
Más tristeza oscureció sus ojos y él se preguntó que recuerdos la acosaban.
Daemon se dio la vuelta, llamando a una de las mujeres del servicio que vio.
—Lleva a mi señora a mi habitación y atiende sus necesidades —dijo en inglés.
La mujer asintió con la cabeza y se movió para ayudar a subir a Arina.
Arina miró a la mujer. El terror inundó sus ojos y gritó. Daemon apenas tuvo tiempo de
reaccionar antes de que ella se despegara del banco y le agarrara del brazo, usando el cuerpo
para protegerse de la mujer.
Nadie nunca se había atrevido a sujetarle, incluso cuando fue un niño.
Inseguro de cómo reaccionar, la miró fijamente la cara aterrorizada y las palpitaciones de
su corazón.
—¿Qué ocurre, milady? —preguntó con un tono de voz más severo de lo que había
pretendido.
—¡No dejéis que me toque!
Su cuerpo entero temblaba e instintivamente pasó un brazo alrededor de ella, atrayéndola
más cerca del pecho. Nunca había abrazado a una mujer de tal manera, y lo encontró de alguna
manera consolador y profundamente inquietante.
—¿Por qué os asusta? —preguntó, mirando por encima de su cabeza la cara de la vieja
bruja.
—Es la muerte.
Frunció el ceño ante las palabras. ¿Estaba loca la mujer? ¿La habrían abandonado
parientes incomprensivos?

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—No hay nada mal en mi mente —dijo Arina, como si pudiera leerle los pensamientos—.
No puedo explicar mis sentimientos. Pero sé que ella me quiere hacer daño.
Los ojos de la anciana se ensancharon ante las palabras de Arina.
—No quiero haceros ningún daño, mi señora —dijo en inglés—. Yo jamás podría hacer
daño intencionadamente a un ángel.
Arina se tensó entre sus brazos.
—Ángel —susurró ella. Alzó la mirada hacia él y toda la agonía en sus ojos arremetió
atravesándole—. Ella me llamó así antes. Recuerdo que, p-pero no puedo… —Su voz se apagó,
los ojos con la mirada ausente como si se sumiera de nuevo en su pasado.
—Está bien —dijo Daemon, liberándola—. He visto algunos hombres caer durante la
batalla después de recibir un golpe en la cabeza. Muchas veces pierden los sentidos por un breve
tiempo, pero siempre vuelven. —Miró severamente a la vieja—. Hasta que milady recupere la
memoria, quiero que se mantenga alejada de ella.
La bruja asintió con la cabeza.
Daemon se volvió hacia Arina y le tendió la mano.
—Vamos, milady, voy a mostraros vuestros aposentos.
Su cálida y suave mano se cerró alrededor de su palma vacía, calmando los ásperos callos.
Ella le miró como si fuera su salvador. La sangre se le encendió. Daemon sabía que no debía
percibir los pensamientos que de pronto asaltaron su mente, pensamientos de su flexible silueta
entre los brazos, de labios dulces abiertos para saborearlos.
Cerró los ojos y la liberó la mano, asqueado por la traición de su cuerpo. Nunca había
tenido esos pensamientos.
Alguna vez.
Conduciendo a Arina por delante de la mesa del señor, entró en el pequeño vestíbulo y
empujó una puerta para abrirla. Se apartó, esperando que entrara en sus habitaciones.
Alzó la mirada hacia él con una sonrisa tímida que envió aún más sangre a sus partes
inferiores. Daemon apretó los dientes. ¿Cómo podía arder así por algo que nunca podría tener?
Sin decir una palabra, ella entró en sus aposentos.
Camino por la sala, tocando varios artículos como si nunca hubiera visto un lugar así
antes. ¿De donde venía para estar tan cautivada con un mobiliario tan pobre? Cuando ella se
acercó a la ventana, dio un gritito.
—Oh, mi —dijo ella, con un tono risueño—. ¿Qué estás haciendo ahí?
Daemon avanzó con curiosidad de a quien se dirigía.
Ella se alzó fuera de la ventana y atrajo hacia su pecho una diminuta mota negra.
—Ven dentro —dijo ella suavemente—. Estoy segura que este aire frío no es algo que
necesites.

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Daemon se detuvo mientras ella se giraba con un gatito sostenido tiernamente en sus
brazos. Miró fijamente sobrecogido como sus tiernas manos acariciaban la suave piel negra
mientras Cecile hocicaba contra su hombro.
—¿No tenéis miedo? —preguntó Daemon, aproximándose a ella. Puede que demasiado
cerca, le advirtió su mente.
Arina le miró con ceño fruncido.
—¿Miedo de un gatito? No, ¿por qué debería tenerlo?
Daemon la miró fijamente. Desde que había salvado a la diminuta criatura desvalida,
mujeres y hombres por igual habían huido de su poco ortodoxo animal domestico con miedo y
sospechas.
Ella agachó la cabeza hacia el gatito y le acarició entre las orejas.
—¿Tiene un nombre?
—Cecile —contestó Daemon.
Ella sonrió y una vez más él sintió que perdía el control bajo la belleza de sus facciones,
el destello de felicidad bajo el matiz del zafiro. Cuando ella volvió a mirarle, el estómago se
retorció como si alguien le hubiera dado un fuerte golpe justo por debajo del corazón.
—¿Y vos, milord? —preguntó—. ¿Tenéis un nombre?
—Daemon —dijo, esperando la familiar burla para oscurecer la mirada.
En su lugar, su sonrisa se amplió.
—Os va bien.
Las tripas se le retorcieron. Sus facciones no lo demostraron pero parecía que se estaba
burlando de él y su maldición.
—No —dijo, colocando a Cecile sobre la cama. Ella dio un paso hacia delante, con la
mano levantada como si fuera a tocarle—. No quise ofenderos.
Se alejó de ella, con los labios fruncidos.
—Vos no podéis ofenderme, milady. Al parecer, el destino por sí mismo ya lo ha hecho.
La ira hacía estragos en su interior, se dio la vuelta y la dejó, cerrando de golpe la puerta
tras de sí para desahogar su furia, antes de aprovecharse de una criatura tan sensible.
Arina dio un paso hacia delante, pero se detuvo cuando Cecile maulló. Miró al gatito y
sacudió la cabeza.
—¿Crees que debo dejarle solo?
Cecile asintió con la cabeza ligeramente, a continuación saltó de la cama, sólo para chocar
contra el pequeño cofre que había debajo de la ventana.
Decidiendo que Cecile podía tener razón sobre Daemon, Arina recogió al gatito y le
ayudo a encontrar su recipiente de comida. Los ojos de la pobre criatura eran bizcos, por lo que
no podía caminar en línea recta. Acariciando el cuello del gato, vio a Cecile comer con

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delicadeza los trozos de carne abandonados en el suelo. Vaya pareja que hacían, Cecile no podía
encontrar lo que necesitaba más de lo que podía hacerlo ella.
Arina suspiró disgustada. ¿Por qué no podía recordar nada? Sabía su nombre, sabía
hablar, como hacer todo, excepto recordar cosas de sí misma, su pasado. Simplemente ¿quién
era?
Las imágenes fugaces que pasaban ante los ojos no tenían sentido alguno. Vio a cientos
de personas y lugares extraños, y sin embargo sabía muy profundamente dentro de ella que los
conocía. Pero, ¿qué necesitaba para volver a recordar?
Después de tomar su comida, Cecile comenzó su aseo personal. Arina se incorporó y se
dirigió hacia la ventana, desde donde vio a Daemon cruzar el patio.
Sonrió ante su gran zancada segura, y se volvió para mirar a Cecile. Un gatito bizco era
un compañero extraño para un guerrero. Sin embargo, de alguna manera le iba bien.
Un extraño calor la inundó el pecho ante el mero pensamiento de Daemon. Cuando abrió
los ojos por primera vez y vio su preocupación, había estado segura de pertenecerle. El
conocimiento de que no era así trajo un dolor al pecho que no podía llegar a comprender.
Pero pudo entender que le deseaba. Era el hombre más hermoso que alguna vez hubiera
contemplado. Su pelo largo y tan rubio que parecía blanco, le recordaba un brillante campo
nevado, y podía asegurar que era tan suave como el polvo cristalino.
Y sus ojos…
Sí, eran únicos… uno verde brillante como el más profundo mar, el otro de un rico
marrón canela. Se mantenía de pie alto y musculoso, con la arrogancia de un poderoso guerrero.
Y sabía que en lo más profundo de él, mantenía el honor y la honestidad junto al corazón.
La sangre le corría por la venas. Con demasiada facilidad, podía recordar la fuerza de sus
calidos brazos mientras la sostenía, oír el sólido latido de su corazón baja la mejilla. Sí, era un
hombre para calentar el pecho de cualquier moza.
Un golpe sonó sobre la puerta.
—¡Pasad! —dijo con las mejillas acaloradas. A pesar de saber que la persona que estaba
fuera no podía oír o ver sus pensamientos, aún se sentía como si hubiera sido sorprendida en
medio de una conducta indecente.
Despacio, la puerta se abrió para revelar a un joven de no muchos veranos, con el pelo
corto negro y una sonrisa radiante. Se cambió la bandeja de brazo y pateó la puerta para cerrarla
con el pie.
—Buenos días, milady.
Ella le devolvió la sonrisa.
—Buenos días, mi joven señor.
Cuando se acercaba a ella, la fuente se inclinó peligrosamente a la izquierda. Con un grito
ahogado, Arina la agarró, le ayudó a enderezarla antes de que todos los platos fueran a parar al
suelo.

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Alzó la mirada hacia ella con una sonrisa tímida, sus mejillas tan rojas como el sol que se
hunde en el horizonte. La calida honestidad, la inteligencia y la amistad brillaron en las ricas
profundidades marrones de sus ojos, y en aquel instante, ella formó un fuerte vínculo con el
muchacho.
—Gracias, milady —dijo, poniendo la bandeja sobre la cama—. Lord Daemon pensó que
podríais tener hambre.
En respuesta a sus palabras, el estómago retumbó.
—Supongo que la tengo.
Cogió un trozo de queso y pan y los colocó ante ella, entonces rápidamente vertió vino en
una copa.
—Mi nombre es Wace —dijo, apoyando la bandeja contra la pared—. Soy el escudero de
Lord Daemon. Si necesitáis algo…
—El escudero de Daemon —dijo, interrumpiéndole.
Él asintió.
— ¿Conocéis bien a vuestro señor? —preguntó inclinándose para recoger un trozo de
queso.
La sospecha oscureció sus ojos, y la miró como una liebre protegiendo a sus crías de un
cernícalo al acecho.
—Tranquilizaos —dijo, mordiendo el trozo de queso, sorprendida por el fuerte sabor del
mismo—. No pienso herir a tu señor. Simplemente quiero saber por qué su propio nombre le
molesta.
Wace dio una risita.
—¿No habéis oído hablar de Daemon FierceBlood?
Negó con la cabeza.
—¿Debería?
Él acercó una silla a su lado y se sentó.
—Bueno, la mayoría de la gente lo hace. Incluso cuando llegamos a Inglaterra, la gran
parte de las personas que nos encontrábamos le conocía al verle.
—¿Y eso le molesta?
La miró con el ceño fruncido.
—Sí, ¿cómo lo sabéis?
Ella encogió los hombros, no más segura que él.
—¿Por qué su fama no inspira agrado? Pensé que todos los muchachos querían servir a
maestros bien conocidos.
El dolor llenó sus ojos y por un momento, pensó que se escabulliría. En cambió, él
suspiró.

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—Es un hombre bueno, milady, pero temo que la gente no entiende esto. Más bien, no
puede verlo. —Wace miró alrededor de la sala como si tuviera miedo de que alguien pudiera
oírle por casualidad—. A sus espaldas susurran cosas horribles, impías.
Arina levantó la ceja y se inclinó más cerca para captar todas las palabras del tono bajo de
Wace.
—¿Cómo por ejemplo?
—Que es hijo del diablo.
Recostándose, ella se rió en voz alta ante la idea.
—Hijo del diablo, sí, como no. Porque no se le parece en nada al verdadero hijo del
diablo.
Una luz extraña oscureció los ojos de Wace y se movió nerviosamente.
—¿Qué queréis decir? Habláis como si conocierais al hijo del diablo.
Los escalofríos se arrastraron a lo largo de la espalda de Arina, y tuvo la extraña
sensación de que realmente lo conocía. Desterró la tonta idea.
—No, nunca lo he conocido, pero me imagino que es oscuro y siniestro con la cara de una
gárgola.
El humor de Wace volvió.
—Sí, y tiene las orejas puntiagudas, sin duda.
Sofocando la risa, Arina bebió de la copa. Wace abrió la boca para decir algo más, pero la
puerta se abrió de golpe, estrellándose contra la pared. Con un jadeo, Arina alzó la mirada hacia
el severo rostro de Daemon.
—Milady, allí fuera hay un señor que os reclama como suya.
La mano de Arina que sujetaba la copa, tembló. Se llenó de incertidumbre. No sabía quién
la esperaba, pero tenía la extraña impresión de que no pertenecía a ningún otro lugar que no
fuera este.
Wace la ofreció una sonrisa alentadora.
Haciendo un esfuerzo, Arina siguió a Daemon hacia el salón.
Un hombre alto, de cabello rubio estaba en el centro de la sala, mirando a los soldados de
alrededor como si le incomodaran. Arina vaciló. Algo del extraño la resultaba familiar, sin
embargo, no podía ubicarlo.
De pronto, se dio la vuelta y la miró. Su pálida belleza la asustó y una aguda ola de alerta
la recorrió la espalda. Una sonrisa cariñosa curvaba sus labios.
—¡Querida Arina! —dijo, precipitándose hacia ella—. Tenía tanto miedo de haberte
perdido.
La sujetó en un abrazo triturador que la asustó. Frenética, Arina miró a Daemon,
esperando que interviniera en su nombre. Pero sólo observaba con una mirada de desconcierto
que la perturbó más que el extraño hombre que la sujetaba.

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Empujando al forastero, ella no podía desterrar sus dudas. No conocía a este hombre y no
tenía idea de cómo evitarle.
—¿Os conozco, señor? —preguntó.
La liberó. Distanciándose le echó una mirada herida.
—¿Qué juego es este? Seguramente, te has divertido conmigo. Debería pegarte por
desviarte hasta aquí y preocupar a esta buena gente.
Arina se apartó de él, de repente aterrorizada.
—No le conozco —dijo, dirigiéndose hacia la única persona en la que sabía podía
confiar… Daemon.
Antes de que pudiera llegar a él, el desconocido la agarró por el brazo y la volvió para
enfrentarla. Sus ásperos y un poco fríos dedos la quemaron la carne.
—¡Para esto en este instante! —gruñó él.
Arina abrió la boca para contestar, pero rápidamente la cerró cuando Daemon dio un paso
adelante y la liberó del apretón de acero del codo.
—Ella ya ha padecido suficientes sobresaltos por un día —dijo Daemon, su tono de voz
insinuaba violencia—. No sé que le pasó, pero no recuerda nada.
El forastero desvió la mirada de Daemon horrorizado.
—¿Realmente no me conoces? —preguntó asombrado.
—No, no le conozco.
La presentó los brazos, sus facciones una mezcla entre el afecto y la tolerancia.
—Arina, querida, soy tu hermano, Belial.

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CAPÍTULO 2

El nombre aguijoneó a Daemon como la mordedura acre de una víbora.


—¿Belial? —preguntó, inseguro de si había oído al hombre correctamente.
Y Daemon conocía la mirada arrogante que cruzó la cara del hombre. Esa era la
misma mirada que tenía él cuando los otros reaccionaban a su propio nombre.
—Sí, Daemon FierceBlood —dijo Belial, enfatizando cada sílaba de su nombre.
—Parece que nuestros padres tenían un sentido del humor similar para llamarnos a
ambos como a demonios.

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Los ojos de Belial se oscurecieron a un vívido azul y rastrilló a Daemon con una
fría mirada fulminante que Daemon podría haber encontrado divertida si su propia rabia
no hubiera emergido a la superficie.
—Pero yo pensaba que mi padre me llamó así por el más feroz de los demonios —
añadió Belial.
Daemon agarró su espada. La lisa funda de cuero le picaba en la palma y él
anhelaba oír la hoja cantar al salir de su vaina. Había pasado mucho tiempo desde que
alguien se había atrevido a insultarle en su cara. El recordatorio de su pasado, y su
padre, hizo poco para contener el circundante calor en su vientre, o apaciguar la
necesidad en su alma no de golpear al simplón que tenía ante él.
Pero Daemon había lanzado el primer insulto. Él, de todos los hombres, conocía el
sabor amargo de la superstición.
De repente, resonó la risa de Belial.
—Vamos, no me mires como si tu deseo más fuerte fuese llamarme a las armas.
Era una broma —dijo, palmeando a Daemon en la espalda.
Daemon le contempló con incredulidad. ¿Carecían todos los miembros de su
familia de sentido común?
—Perdona que te insultara —dijo Belial antes de darse la vuelta para afrontar a
Arina. Deslizó un largo y delgado dedo bajando por su mejilla y Daemon advirtió la
rigidez de su cuerpo, el control que ella ejercía para no encogerse en respuesta—. Temo
que la preocupación por mi hermana haya eclipsado mi sentido común. Y mis maneras.
Estoy seguro de que podrás perdonarme.
Las palabras cargaban bastante emoción para sonar sinceras, pero algo en el
comportamiento de Belial desmentía su voz. Daemon tenía la distinta impresión de que
Belial jugaba tanto con él como con Arina. Sí, la mirada desde la esquina de los ojos del
hombre. Esto le recordaba a un infiltrado intentando mantener la discreción cuando
observaba cuidadosamente a los soldados a su alrededor. Aunque lo que Belial quería de
él, Daemon no podía imaginárselo.
Arina se movió nerviosamente, y le miró. Sus ojos le suplicaron protección.
Daemon se puso rígido. ¿Podría su hermano ser abusivo? El pensamiento golpeó
un familiar acorde en su interior e instantáneamente supo, que si ese era el caso, no
podía permitir que ella se marchara con Belial. Si había algo que él no podía tolerar, era
el abuso de inocentes.
—Así que decidme, Lord Belial, ¿de dónde sois los dos y a dónde os dirigís?
Belial lo enfrentó con un cansado suspiro, dándole la espalda a Arina.
—Nuestro hogar está hacia el sur. Somos del Valle Brakenwich. Mi padre y sus
tierras cayeron bajo el yugo normando, y una vez que me di cuenta de que nuestra causa

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estaba perdida, cogí a Arina y dejé el campo de batalla. Pensé que deberíamos viajar al
norte, donde viven nuestros parientes en Hexham —la tristeza oscureció su mirada fija y
extendió sus brazos como un suplicante en una plegaria—. A condición de que, por
supuesto, ellos todavía mantengan su casa.
Tal era el resultado de la guerra. Daemon lo sabía muy bien, pero no podía hacer
nada por ayudar. Las víctimas inocentes siempre sufrían, incluso durante la paz. En
efecto, la vida misma dejaba una cicatriz en las almas de todos los que atravesaban este
brutal camino.
—No pediré perdón por las acciones de mi hermano —dijo Daemon—. Fue tu
propia gente la que empezó esta guerra cuando le negaron el trono que le había sido
prometido.
Belial se rió de sus palabras.
—Ah, lealtad. Un rasgo tan noble que lleva a muchos al oscuro abismo del
Infierno —una pequeña risa emergió, y Daemon no pudo suprimir un breve temblor—.
Admiro la lealtad. Esto facilita mi trabajo —añadió Belial.
—¿Qué significa eso? —preguntó Daemon, no lo bastante seguro de que hubiese
oído el bajo tono correctamente.
—Esto alivia mi mandíbula —dijo Belial más alto—. Es un viejo dicho Sajón que
solía citar mi padre. Vos sabéis, la lealtad hace la vida más fácil de vivir.
Daemon asintió, aceptando la explicación, pero no completamente seguro de que
fuera la verdad.
—Así que, decidme, ¿cómo es que dos nobles ingleses hablan francés como si
hubieran nacido allí?
Belial se encogió de hombros.
—Nuestra madre. Ella vino de Flandes.
Daemon echó un vistazo a Arina y la extraña mirada de su cara. Su hermano la
asustaba y hasta que él supiera la causa de su miedo, se negaría a dejarla sin su
protección.
—Bueno, entonces, somos casi primos, y como tal, os invito a que os quedéis y
aceptéis nuestra hospitalidad tanto como deseéis.
Belial arqueó una ceja con sospecha.
—¿Por qué nos ayudaríais a nosotros, los derrotados?
Daemon sintió la confrontación directa en la voz de Belial. Sí, la mirada en los
ojos de Belial no dejaba lugar a dudas; un desafío se cernía en las luminosas
profundidades. Daemon jamás había sido el primero en echarse atrás, y no tenía ninguna
intención de comenzar ahora.

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Con la mirada endurecida, caminó hacia el noble sajón.
—Os ofrezco protección por la seguridad de vuestra hermana. Es obvio que ella
nada sabe del sufrimiento —rastrilló a Belial con una deslumbrante y fría mirada—. No
me preocupa lo que os pase, pero no veré herida a la dama.
Una sonrisa burlona curvó los labios de Belial. Soltó una breve carcajada.
—Así sea. Me quedaré, por la seguridad de mi hermana.
Con una extraviada arrogancia que le decía mucho a Daemon sobre el hombre,
Belial atravesó el pasillo a zancadas, saliendo a la agradable tarde.
Arina se adelantó, su cabeza inclinada en modesta sencillez.
—No puedo agradeceros bastante lo que habéis hecho, milord —dijo alzando la
vista hacia él con la gratitud brillando en sus ojos.
Entonces, para su absoluto asombro, ella se alzó en las puntas de los pies y le
depositó un beso en la mejilla. La sorpresa casi lo pone de rodillas.
Sonrojándose, como una sombra rosada, Arina se excusó y se dirigió a sus
habitaciones.
Daemon la observó volar, su mejilla todavía zumbaba por la caliente blandura de
sus labios. Dejó caer su fija mirada al suave balanceo de sus caderas bien redondeadas y
apretó los dientes.
Un largo dolor se extendió a través de su pecho cortándole la respiración y el
deseo se disparó a través de él, encendiendo su sangre, sus lívidos y, durante un único
momento, se permitió a si mismo imaginársela en sus brazos, su suave voz susurrándole
al oído mientras la mantenía bajo él.
Daemon cerró los ojos en un esfuerzo por borrar la imagen. No lo hagas, se
advirtió a si mismo. Y recordó la última vez que alguien se había atrevido a mostrar su
gratitud con un casto beso. La cólera hirvió a fuego lento en su tripa ante el recuerdo.
Nay, no podía permitir que Arina le tocara otra vez. Nadie debía tocarle jamás.
Arina se sentó a la elevada mesa, escuchando la miríada de conversaciones que
zumbaban a su alrededor. La última tanda había sido servida y todavía Daemon
permanecía ausente. No podía comprender qué le mantenía alejado de la mesa y su
cena.
Belial se había sentado al lado de ella, pero había permanecido silencioso durante
toda la comida. Ella advirtió el modo en que él miraba alrededor de la sala como si fuera
un depredador al acecho. Algo sobre él la advertía del peligro, de la muerte, pero no
podía encontrar completamente la fuente de su preocupación. Parecía lo bastante
amigable, pero de todos modos, el sentimiento persistió hasta que temió que se iba a
volver loca.

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La gente comenzó a excusarse al dejar las mesas. Agradecida de que acabase
aquella incómoda comida, Arina sonrió a su hermano.
—Me gustaría salir a pasear.
Él arqueó una ceja, con una mirada de censura en su rostro.
—Sé cuidadosa, Arina, se está haciendo tarde y odiaría que te sucediera algo.
El vello en la parte de atrás del cuello se le puso de punta ante sus palabras. Su
rostro parecía sincero, pero un aire de falsedad colgaba entre ellos. Si sólo pudiera
recordar su pasado, quizás entonces podría poner sus sospechas y miedos de descansar.
—No me demoraré mucho —dijo, levantándose de su banco.
Arina empujó, abriendo la pesada puerta de roble del señorío, la madera chirriando
suavemente contra sus palmas. Un viento frío sopló contra ella, congelando sus mejillas.
Casi se volvió atrás, pero no quiso afrontar a su hermano, o a alguien más, en ese
momento. Todo lo que necesitaba era un poco de tiempo a solas, tiempo para pensar.
Apretando la mandíbula para impedir que le castañeara, salió al oscuro patio. Las
antorchas habían sido encendidas y estas proporcionaron un poco de alegría para
combatir las misteriosas sombras de la noche y ocultar los miedos que estaban al acecho
en el polvo de su memoria.
Podía oír los murmullos que se dirigían los novios el uno al otro en el establo, y
varios animales preparándose para irse a dormir. Con ningún destino en el pensamiento,
Arina siguió un sendero que llevaba alrededor del camino de madera y entraba en un
pequeño jardín.
Una helada esencia a rosas colgaba en el aire mientras las flores luchaban contra
su inevitable rendición a la proximidad del helado invierno. Y aún así, la belleza del
jardín, la esencia fuera de lugar de las flores, calentaban su pecho.
—¿Milady?
Ella saltó ante la voz que salía de una oscura esquina. Afrontando el sonido,
observó a Daemon empujarse sobre sus pies y elevarse sobre el arbusto que lo había
bloqueado de su anterior visión.
—¿Milord, que estáis haciendo aquí? —preguntó ella, acercándose.
Él no dijo nada. En cambio, la miró con la estable intensidad de un zorro cauteloso
que había sido atrapado por una partida de caza.
Arina se paró al lado del arbusto, y bajó la mirada hacia el camastro que Daemon
había hecho en la fría tierra donde un libro de manuscrito encuadernado en cuero yacía
abierto. Su intención de dormir al aire libre en la fría noche era obvio y ella luchó contra
el repentino dolor en su pecho por la solitaria naturaleza que lo mantenía tan distante.

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Cecile dormía abrigada en una gruesa manta de lana próxima a una pequeña vela
de sebo. Un plato de madera con queso, pan y fruta a medio comer no dejaba duda a que
Daemon había tomado su comida allí fuera. Solo.
Ella alzó la vista hacia él, tomando nota de la sospecha en sus ojos. Lo que ella vio
allí reflejado le robó el aliento. Los suyos eran los ojos de un anciano, alguien que había
conocido un indecible sufrimiento. Ninguna chispa de vida brillaba en la ahuecada
oscuridad de su alma, y en aquel momento supo que él buscaba darle la bienvenida al
alivio de la muerte.
Aquella mirada la persiguió, asustándola más que cualquier cosa que pudiera
imaginar. La familiaridad de la mirada rasgó a través de ella, y supo que en algún lugar
en su pasado ella había estado más que informada sobre ello.
—¿Por qué estáis aquí? —preguntó él, su voz pesada con la necesidad.
—No estoy segura.
Un repentino fuego chispeó en sus ojos. Arina se lo quedó mirando, hechizada por
la visión. Antes de que pudiera decir otra palabra, él la atrajo a sus brazos. Su mirada
fija se deslizó por su cara como si se aprendiese cada línea y plano de memoria.
Vacilante, alzó la mano hasta tocar su fría mejilla. Los cálidos callos de su palma
calmaron el estremecimiento y enviaron un temblor sobre ella.
Ella le deseaba, lo sabía y con ese deseo vino el conocimiento de que su sitio
estaba junto a él.
—¿No era suficiente con que frecuentaras mis sueños? —preguntó él, capturando
un mechón de su pelo y frotándolo entre los dedos.
—No sé lo que quiere decir.
—¿No lo sabes? —un ceño fruncido delineó sus cejas y su brazo se cerró
apretadamente alrededor de su cintura. La retuvo contra la fuerza de su pecho y antes de
que Arina pudiera moverse, sus labios cubrieron los suyos.
La cabeza le dio vueltas ante el contacto y se rindió a si misma ante la suave
caricia de sus labios que se apretaban contra los suyos. Su corazón palpitó contra su
pecho, calentando su sangre con su incesante latido. Envolvió sus brazos alrededor de
sus hombros, atrayéndole más cerca, deleitándose con la sensación de fuerza y poder
grabada en su esencia.
Él se retiró ligeramente, sus dientes pellizcando sus labios, y entonces volvió. Ella
abrió la boca, dando la bienvenida a su sabor, al calor de su aliento. Nunca en su vida
podría olvidar la embriagadora sensación causada por su abrazo.
De repente, él alejó. Ella abrió los ojos para ver el terror en su cara cuando él la
contempló con incredulidad.
Su respiración era laboriosa, se pasó una mano por el pelo y se apartó de ella.

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—¡Márchese! —refunfuñó él.
Arina abrió la boca para protestar, pero antes de que una palabra pudiera escapar
de ella, él se giró y la agarró de los brazos.
Toda la furia y la primitiva violencia de la naturaleza ardía en su mirada. Ella
tembló repentinamente asustada.
—Mujer, si valoras tu vida, apártate de mi presencia.
Él la liberó. El amargo sabor del miedo aguijoneó su garganta. Horrorizada por
sus acciones y las suyas propias, Arina huyó del patio y volvió a la seguridad del
recibidor.
Daemon la observó volar con la culpa royéndole las entrañas. Por qué la había
besado, no podía imaginárselo. Él sabía que era mejor no bajar sus defensas y ceder a
los deseos de su cuerpo. Y a pesar de todo, ella hacía tan fácil el olvidar todo lo que le
habían enseñado, todo lo que había sufrido.
—Arina —susurró al viento, el nombre rodando de sus labios como el dulce vino.
Si sólo pudiera reclamarla, pero lo sabía mejor que eso. Ella le recordaba a la luz
del sol y el amor, todas las cosas que había anhelado como niño, todas las cosas que
sabía que no podría tener como adulto.
Los recuerdos largamente olvidados surgieron a través de él, y recordó numerosas
veces en su vida en las que había soñado con una pacífica existencia, con un hogar con
alguien que cuidara de él, alguien que viera más que sólo su deformidad física. Daemon
apretó los dientes, furioso por la inutilidad de sus deseos.
Debía volver al campo de batalla. Allí, se conocía a sí mismo, su lugar. Allí, no
existían recuerdos de su infancia, o de las noches en las que se había tendido golpeado y
olvidado. En el campo de batalla, nadie se atrevía a susurrarle por la espalda.
Sí, enviaría otro mensaje a William por la mañana y, esta vez, exigiría a su
hermano que lo librara de sus deberes.

Belial vagaba por el patio, la alegría palpitando en su pecho. Casi parecía un


pecado que su complot fluyera tan fácilmente. Amortiguó su risa y viajó a través del
patio, pasando a los hombres que no podían verle y saliendo de las puertas para entrar
en el oscuro bosque. Siguiendo el gutural cántico de la bruja, hizo su camino a través de
los árboles al pequeño fuego que ella había empezado en el medio de un claro. Cómo
amaba a los cómplices. Ellos hacían su trabajo considerablemente más fácil, y lo que es
más, él siempre obtenía dos almas por el precio de una —o en este particular, y bendito,
caso tres.

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A fin de no asustarla, y a pesar del hecho de que eso disminuía enormemente sus
poderes, recuperó su forma humana y se acercó a la bruja, quien removía un líquido
espeso y acre dentro de su negro caldero.
—¿Qué es eso? —preguntó, arrugando la nariz en repugnancia.
Ella alzó la vista hacia él con una malévola sonrisa.
—Esto es venganza. Habría pensado que tú más que nadie conocerías su dulce
aroma.
—¿Dulce? —Preguntó él, tosiendo cuando la brisa hizo volar el olor hacia su
dirección—. Huele peor que las entrañas del agujero más profundo de Lucifer.
Ella sacudió la cabeza, sus ojos iluminados por el fuego y la luz interior de la
locura.
—¿Estaban juntos?
—Sí. Él la quiere. Pero Daemon es un hombre con un feroz control. Tendremos
que debilitarle.
La bruja sacó el cucharón del pote y lo golpeó un par de veces contra el lateral.
—Para qué crees que es —ella indicó el pote— esto.
Belial frunció el ceño.
—¿Qué vas a hacer, agitarlo bajo sus narices hasta que se desmayen?
Ella le dedicó la más repugnante de las miradas que había recibido nunca y Belial
se preguntó sobre su cordura para insultarle así.
—Esta es mi parte del trato. La tuya es suministrar el calor a sus lívidos.
—La lujuria es mi especialidad —Belial flotó hacia la rama baja de un árbol
donde podría observar a la bruja y su brebaje—. En efecto, deberías atestiguar los
sueños que he impartido a Daemon para esta noche. Odiaría estar con el dolor físico que
experimentará él mañana.
Belial comenzó a reírse, pero lo golpeó otro pensamiento.
—Ahora que lo pienso, sé un modo de hacer a la misma ángel un poco menos
resistente —una alegre sonrisa se extendió lentamente por su cara. Él volvió a la sombra
—. Sí, ella sucumbirá, por supuesto.

La suave música flotó a través del sueño de Arina. Las imágenes acompasaban la
melodía y ella se incorporó de golpe en la cama. Durante un momento, pensó que el
sueño la había abandonado, pero con cada frenético latido de su corazón recordaba más
y más de su sueño, su vida, hasta que pensó que reventaría de felicidad.

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¡Se acordaba!
Con una feliz carcajada, hizo la manta a un lado, recogió su vestido y corrió a
buscar a Lord Daemon. No podía esperar a contarle lo que había descubierto.
Deteniéndose brevemente en el recibidor, echó un vistazo alrededor pero él no
estaba allí. Tenía que encontrarle. Con las piernas temblorosas, salió corriendo por la
puerta en busca de su camastro.
Estaba tan absorta en su búsqueda, que no advirtió al caballo y jinete que salían
precipitadamente de la cuadra hasta que fue demasiado tarde para algo más que gritar.

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CAPÍTULO 3

De repente, fuertes brazos se envolvieron alrededor de Arina y la empujaron


hacia atrás. Su cuerpo se sacudió de miedo al tiempo que caballo y jinete pasaron
aceleradamente por delante.
—Maldición, mujer, ¿qué estás tratando de hacer?
Arina colapsó contra Daemon, su corazón golpeando en su pecho. Ella se rió
nerviosamente de alivio.
—Lo siento —susurró, posando su mano sobre el brazo que él tenía a su
alrededor. Tensos músculos se flexionaron debajo de su palma en un sensual ritmo que
solo se añadió a su miedo y a su malestar, y trajo un extraño y nuevo palpitar a su
corazón.
—Deberías tener más cuidado —dijo él, su voz extrañamente gentil.
Él reclinó su mejilla contra su cabeza, luego se alejó tan rápidamente, que ella casi
tropieza.
—¿Confío en que no estés herida? —preguntó él.
Arina miró fijamente a las atractivas líneas de su rostro, y se percató que ella
gustosamente se lanzaría debajo de miles de caballos para tenerlo sosteniéndola de
nuevo.
—No, gracias a ti.
Él apartó la mirada de ella como si su gratitud lo pusiera incomodo. Cuando la
miró de nuevo, ella captó un breve destello de preocupación.
—Decidme, milady, ¿Qué era de tal importancia que casi tropezais con la muerte?
Todo su temor e incertidumbre se desvanecieron debajo de la embriagante
intoxicación de felicidad al tiempo que ella rememoraba la razón de su búsqueda.
Avanzó y tocó la larga y rubia trenza que él tenía colgando sobre su hombro izquierdo.
—¡Quería deciros que me acuerdo de mí misma, de mi pasado!
Él apartó la trenza de su alcance y la quitó de encima de su hombro, sus ojos se
apagaron y de alguna manera, se llenaron de pesar.
—Son buenas noticias, verdaderamente.

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—No —dijo Arina sin aliento, demasiado aliviada y mareada para permitirle
disminuir su alegría. Ella giró en un pequeño círculo, brazos extendidos.
—¡Esto es increíble! —Inclinando su cabeza hacia atrás, ella observó la espiral del
cielo en azul y blanco. Su risa burbujeó por ella y se sintió tan libre como la gentil brisa
susurrando por las paredes externas.
—Milady, por favor —dijo Daemon, alzando una mano para detener su danza. —
Todo el que os vea pensará que estáis loca.
Ella se rindió una vez más a sus brazos. Con una última risa, alzó su mirada a él,
deleitándose con la sensación de su pecho contra el suyo.
—No me importa lo que piensen. Estoy demasiado feliz para preocuparme por
otros.
Una sombra oscura saltó dentro de sus extrañamente coloreados ojos.
—¿Por qué eso os pone triste? —le preguntó ella, mientras su risa moría bajo el
peso de su preocupación.
—No es nada, salvo un viejo recuerdo —dijo él, alejándose de ella.
Frunciendo el ceño, Arina anheló aliviar el dolor que había vislumbrado, pero
sabía que había avanzado bastante. Abrió su boca para disculparse, sólo para contener
sus palabras al tiempo que otro jinete avanzó violentamente por las paredes.
—¡Milord! —el caballero gritó, resbaló hasta detenerse justo delante de ellos. —
Ha habido un accidente donde los hombres estaban trabajando en las fortificaciones del
castillo.
—¿Alguien salió herido? — preguntó Daemon al caballero.
—Sí, milord. No sé cuantos; aún estaban excavando sacando hombres de los
escombros al tiempo que me iba.
Una fiera maldición dejo los labios de Daemon. Arina lo observó, asombrada ante
la hostilidad en su voz, pero no reveló ningún otro signo de emoción. ¿Cómo podía
cualquiera mantenerse tan controlado?
Daemon se volteó y llamó a un joven mozo.
—Ensilla mi caballo.
Cuando Daemon avanzó delante de ella, Arina aferró su brazo.
—Dejadme ir con vos. Puedo ayudar —Sus tensos músculos se relajaron debajo
de su asimiento, luego rápidamente se volvieron incluso más rígidos e inflexibles. Ella
retuvo su aliento, segura de que negaría su pedido.
—Está bien —dijo él al final—. Pídele hierbas a alguna de las mujeres.
—Gracias —dijo ella antes de correr hacia la mansión.

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En los escalones de la mansión, Arina se encontró con la vieja mujer que la había
asustado a su llegada. La incertidumbre se agitaba en su pecho, quebrando su caminata.
—Aquí, señora — dijo la vieja al tiempo que extendía una desteñida bolsa color
marrón hacia ella—. Todo lo que necesita está en esto.
¿Por qué no podía situar a la mujer? Arina recordaba bastante de su pasado, pero
repentinamente se dio cuenta de que existían grandes y prohibidos agujeros. Agujeros
que la dejaban inquieta. Esta mujer pertenecía a uno de aquellos agujeros y por su
cordura, ella no la podía situar.
Con sus manos frías y temblantes, Arina alcanzó la bolsa.
—Mis gracias —ella dijo, su voz tensa con sospecha.
—¡Arina! —ella se volteó ante el insistente llamado de Daemon, su corazón
golpeando pesadamente contra su pecho, y todas sus dudas desaparecieron. Su nombre
en los labios de él sonaba más bello que el mismo coro de Canterbury. Algo cálido y
vigorizante corrió por su cuerpo y le robó su propia respiración. Él se veía magnifico a
horcajadas en su caballo, la luz del sol resplandeciendo contra la cota de malla de cortas
mangas que acentuaba cada protuberancia y curva de su bien musculoso cuerpo. El
deseo la reclamó totalmente y ella supo que haría lo que fuera para ser su dama.
Alzando el dobladillo de su vestido, Arina corrió de nuevo hacia él.
Insegura de si su falta de aliento venía de su corta carrera o de la presencia de él,
rápidamente montó a su caballo.
Daemon apenas le dio tiempo suficiente para situarse antes de que pusiera a su
caballo al galope. Arina lo siguió por detrás, luchando con su montura. Su mente le
decía que había montado miles de veces antes, pero por su vida, su cuerpo lo negaba.
Las riendas se sentían extrañas en sus manos, y ella no podía recordar mucho acerca de
controlar a la bestia. Luchaba para mantenerse a horcajadas. Con cada paso del caballo,
ella estaba más segura de que se encontraría extendida en la tierra.
Para el momento en que alcanzaron la cima de la colina, a menos de una legua de
la mansión, ella estaba más que lista para desmontar, y más que un poco agradecida de
haber hecho el viaje intacta. Pero la visión que la recibió, rápidamente le robó su alivio.
La bilis escocía en su garganta y sus piernas temblaban. Alrededor de ellos,
hombres yacían en el suelo gimiendo y rezando. El pánico mantenía a sus pies
arraigados al lugar en donde estaba apostada.
Daemon corrió hacia uno de los hombres caídos y se arrodilló en el suelo junto a
él.
—Maestro Dennis, ¿qué ocurrió?
Arina no pudo ver el rostro del hombre, pero su débil voz flotó hasta ella.
—El mortero, para las murallas… La soga se rompió.

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Ella miró hacia la sección en que la pared había colapsado. Lagos pedazos de
piedras yacían alrededor del campo como el corazón roto de un gigante.
—Ayúdadme.
La frágil voz desvió su atención de la pared. Arina escudriñó a los hombres hasta
que vio a un joven que no vería más veranos. Ella fue hacia él, sintiendo de alguna
manera su necesidad como más urgente.
Se arrodilló junto a él, el cuerpo de ella temblando por el miedo. Sangre empapaba
su cabeza de una cuchillada justo detrás de su oreja izquierda y una larga estaca de
metal sobresalía de su costado. Tanto dolor. Arina sintió que una oleada de empatía
irrumpía a través de ella.
—¿Ha venido por mi? —él preguntó.
Un frío subió por su espina ante la inolvidable familiaridad de las palabras.
Forzándose a luchar contra su pánico, tomó la mano del joven y lo consoló.
—He venido a ayudarte —dijo ella.
Él sonrió, sus ojos se iluminaron por el simple transcurso de un latido. Luego todo
el resplandor de vida se vació lentamente de ellos hasta que ella observó dentro la
opacidad de la muerte.
Jadeando, Arina dejó caer su mano. Su aliento atrapado en su garganta. Extrañas
imágenes atravesaron su cabeza, imágenes de gente aferrándose a ella con temor y
gratitud, la copa de los árboles a lo lejos debajo de ella como si ella… como si ella…
—¿Arina?
Ella parpadeó ante la suave llamada de Daemon. La lágrimas se acumularon en
sus ojos. Un feroz dolor desgarró su cuerpo, enroscándose alrededor de su corazón
como si devorara el órgano y le dejara cada pedacito tan muerto como el niño ante ella.
Daemon alzó una mano y limpió la única lágrima que había escapado a su control
y fluyó descendiendo por su mejilla.
—Sea fuerte, milady —dijo gentilmente—. Estos hombres la necesitan.
Hombres te necesitan. Las palabras flotaron por su cabeza. Las había escuchado
antes. ¿Cuándo? Era importante que lo recordara.
—¿Milady?
La voz de Daemon penetró en su bruma. Él tenía razón; tenía que ayudar a estos
hombres ahora. Elevándose del frío suelo, Arina hizo su camino hasta el próximo
hombre que necesitaba cuidado urgente. Con la ayuda de Daemon y varios otros, Arina
coció heridas, encajó huesos y aplicó cataplasmas hasta que temió que se volvería loca
del hedor de la sangre y de la visión de heridas mortales. Su estómago se agitó con
dolorosos nudos que se contraían con cada latido de su corazón.

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—Aquí —dijo Daemon al tiempo que ella alzaba la mano dando puntadas aun en
otra herida abierta—. Terminaré esta. Debería tomarse un momento y descansar.
A pesar de su necesidad de quedarse y ayudar tanto como pudiera, Arina asintió
con su cabeza y obedientemente le entregó la aguja a él.
Daemon la observó marcharse, un extraño nudo obstruyendo su garganta. Durante
toda la tarde, había estado sorprendido con la fortaleza y control de ella. Había
consolado a los hombres, aliviándolos sin esfuerzo de la misma manera que había
aliviado el dolor que acechaba en la oscuridad de su corazón.
Presionando sus dientes contra el ardiente dolor que se extendió por sus intestinos,
Daemon comenzó a coser la herida del hombre inconsciente. Él no necesitaba la
suavidad de una mujer. Era un guerrero, feroz y duro. Nadie nunca lo había consolado y
no deseaba cambiar su vida. Una mentira.
Daemon se detuvo ante la voz en su cabeza, tan crispada y alta que parecía venir
de otra fuente que de su propia mente. No, no era una mentira, decidió. Nunca se
permitiría ser víctima de una mujer. El riesgo era demasiado grande.
Con tres rápidas puntadas, terminó la herida y anudó el hilo. Escudriñó el área a su
alrededor, deteniéndose cuando vio a Arina sentada sobre una pieza de piedra caída, su
rostro pensativo y con sufrimiento.
¿Por qué la añoraba, soñaba con ella, cuando sabía que nunca podría ser de él?
Su pasado y su deformidad nunca le permitirían el consuelo de una esposa. Había
aceptado ese hecho hacía tiempo atrás. Arina merecía mucho más de lo que él podría
ofrecer. Él, que no tenía comprensión del amor, de la bondad. ¿Qué le podría dar? Nada
salvo el desprecio de la gente que le temía y lo llamaba monstruo.
Quizás ellos tenían razón después de todo. Sí, los demonios soñaban con
corromper a jóvenes inocentes, y desde el momento en que él había depositado su
primera mirada en Arina, había tenido algunos pensamientos pecaminosos en los que le
quitaba el vestido de su cuerpo y probaba su delicado sabor de su pura piel de alabastro.
Su cuerpo palpitó con el pulso de su deseo. Si tuviera una parte de moral o
decencia aún dentro de él, les hubiera ordenado a ambos, a ella y su hermano que
salieran de su vista. Daemon se mofó ante el pensamiento. Si alguna vez hubiera tenido
cualquier parte de decencia en él, el Hermano Jerome se la había sacado a los golpes
mucho tiempo atrás.
El estallido de un trueno rasgó el aire, anunciándose en un repentino y brutal
viento. Daemon observó el cielo, sorprendido ante la rapidez de la tormenta.
Él se dio prisa para ayudar a cargar a los heridos dentro de las carretas y llevarlos
a sus familias. Al tiempo que la última carreta se alejó, él volvió a la visión que lo
perseguía despierto y dormido.

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Arina ahora se encontraba parada al borde de la colina mirando hacia el valle
debajo a lo lejos. El viento azotaba su vestido contra su cuerpo, delineando todas y cada
una de las curvas de su delgada forma.
Daemon le ordenó a su cuerpo a someterse. Él debía llevarla de nuevo a la
mansión antes de que la tormenta los ahogara a ambos.
—Arina —la llamó.
Ella lo ignoró.
Frunciendo el ceño, Daemon se encaminó hacia ella. Había tanto de su
comportamiento que lo desconcertaba. La manera en la que se movía como si todas las
cosas fueran nuevas para ella, casi como si fuera infantil, aunque no había nada infantil
en ella.
Se movió para tocarla, pero se detuvo antes de llegar a hacerlo. Ella miraba
fijamente a la nada, y aún así sus ojos estaban enfocados, no aturdidos.
—¿Lo oleis? —ella le preguntó, su voz débil.
—¿Oler qué?
—Es dulce como un jardín veraniego, sin embargo la amargura de la muerte y el
miedo contaminan el mismo frasco de la vida.
Su ceño se profundizó ante las palabras de ella. No sabía de qué hablaba.
—¿A qué os referís, milady?
Ella no se movió.
—¿Pensáis que estoy loca?
Daemon la observaba. Ella verbalizó el mismo pensamiento que se había pasado
recientemente por su mente.
—No loca, milady, sólo confusa —dijo, esperando saber con exactitud de todos
modos si estaba cuerda.
Ella lo miró y la tormenta en sus ojos le quitó todo el aliento de su cuerpo.
—Sí, estoy confundida. Mi mente me dice una cosa, sin embargo mi cuerpo me
dice que miente. Es como si los dos fueran enemigos entablando una guerra entre sí y es
mi alma la que sirve de premio. O quizás mi cordura.
Daemon quería tocarla, no, necesitaba tocarla, pero conocía las consecuencias de
eso. De hecho, su cuerpo ya ardía solo por el recuerdo de su suavidad.
—Se de lo que habla milady.
Frustración oscureció su rostro y ella volvió a escudriñar el escenario debajo.

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—No, no hablo de deseo —dijo ella —. Conozco los efectos de esa emoción, y no
es como si no lo sintiera. Sólo tengo que mirarlo a usted y tiemblo desde el centro de mi
corazón.
Daemon tragó en shock. Nadie nunca le había dicho tal cosa a él antes y lo
encontró difícil de creer.
—Por favor —ella dijo sin mirarlo—. Lo que me molesta es más que eso. Más
profundo que eso. Imágenes que rondan mi mente. Ellas me dicen que sé cosas, que he
hecho cosas, y sin embargo no puedo recordar haber experimentado realmente ninguna
de ellas. Sé que no tiene ningún sentido. Y yo…
Ella frotó sus manos por su rostro, sus facciones torturadas.
—Queridos santos, ¿Verdaderamente he perdido mi cordura?
Y a pesar de todos los argumentos que tenía dentro de él para que se mantuviera a
distancia, Daemon no podía negar la agonía de su súplica. Avanzó y tiró de ella contra
él. Sus suaves curvas se moldearon contra su cuerpo, incendiándolo, atormentándolo.
Ella era todo lo que alguna vez había deseado, y más. Si solo pudiera darle lo que ella se
merecía, pero él no podía.
Todo lo que podía ofrecer era consuelo temporal. Algo que nadie nunca le dio a él,
algo que apenas entendía.
—Dudo que alguno de nosotros esté verdaderamente cuerdo, miladi —E incluso al
tiempo que las palabras dejaban sus labios, sabía la veracidad de su afirmación.
La lluvia brotó de las nubes. Enormes gotas caían, golpeando sus cuerpos. Arina
tiritaba en sus brazos. Debía llevarla de regreso antes de que pescaran una fiebre.
—Venid, miladi. No temáis más por su mente. Todo volverá a vos con el tiempo
—Ella alzó su mirada hacia él, sus ojos confiados y grandes. Nadie le había dado tal
cálida mirada de bienvenida. Antes de que pudiera detenerse, Daemon la estrechó contra
él. Descendió su cabeza y tomó sus labios. Sin vacilación, ella inclinó su cabeza hacia
atrás en una dulce e intoxicante bienvenida.
Justo cuando él rozó sus labios, un brillante resplandor de un rayo golpeó una
sección de la pared. Daemon se retiró aturdido, su mirada descendió hacia las quemadas
piedras. No sabía que lo asustaba más, el golpe del rayo o el disparate de su beso. Pero
una cosa sabía con certeza. Debía poner a Arina a seguro antes de que la tormenta se
tornara más violenta.
Soltándola, la llevo de un brazo hacia sus caballos. La sentó sobre la silla.
Montaron hacia la mansión tan rápido como pudieron dada la fiereza de la tormenta.
A mitad de camino de allí, un grito apartó su atención del camino. Daemon
refrenó su caballo, su corazón martilleando. Arina yacía en el suelo justo detrás de él. El
pánico lo desgarró, entumeciéndolo ante la fría lluvia.

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Saltó de su caballo y la acercó a él. Su pálido cabello caía sobre su rostro, y él
apartó sus húmedos mechones de sus frías mejillas.
—¡Milady! —gritó, su miedo volviéndolo irracional.
Ella tosió y abrió sus ojos. Su cuerpo entero se sacudía, aunque si era de miedo o
de frío, solo podía adivinarlo.
—No puedo quedarme sobre mi caballo —dijo ella, tan bajo que su voz apenas le
llegó a través de los agitados vientos. —Está muy resbaladizo.
Daemon casi sonríe de alivio. Sí, ella estaba bien. Agradecido por ese hecho, la
alzó en sus brazos y la cargó hacia su caballo. En un latido, estaban dirigiéndose hacia
la mansión, Arina posicionada ante él sobre la montura.
Se aferró a él, el calor de ella ahuyentando los fríos del clima. Ni siquiera su
imaginaciones de tenerla sosteniéndolo podía completarse con la actual sensación de sus
delgados brazos envueltos fuertemente alrededor de su cintura. Su latido disminuyó
hasta un profundo y resonante golpeteo. Vendería su alma por esta mujer, si creyera en
tales cosas. Pero no lo hacía. Si un Dios existiera, le había dado la espalda al mundo
mucho tiempo atrás. Y Daemon no necesitaba a tal insensible entidad. Sin embargo una
parte de él quería creer, y la misma parte se burlaba de él con pensamientos de Arina
como suya. Daemon apretó sus dientes. ¿Por qué su mente lo estaba torturando de esta
manera?
Una imagen de Willna destelló a través de sus ojos. Aborrecimiento y violencia
hirvió en él tan rápidamente, que él casi le da un tirón a su caballo deteniéndolo. Solo
había tenido diecisiete ese verano. Hecho caballero unos meses antes, había estado en
una misión para su hermano cuando su caballo había arrojado una herradura y él había
ido a un pequeño pueblo para que un herrero lo reparara.
Willna había aparecido con una jarra de ale2 para su padre. No mayor que él, ella,
como Arina, había tenido un rostro que podría poner a todos los ángeles envidiosos.
Mientras él esperaba por su caballo, había tratado de hacer lo mejor posible por
ignorarla, pero su mirada continuamente lo traicionaba.
Al mismo tiempo que su padre había terminado con su caballo, ella había dejado
el hogar, sus brazos cargados con ropa para lavar. Incapaz de ver, había tropezado. Sin
pensarlo, Daemon había corrido a su lado para ayudarla, y ella lo había recompensado
con un rápido beso en su mejilla.
Antes de que cualquiera de ellos pudiera moverse, su padre la asió por el brazo y
comenzó a golpearla. Daemon había hecho lo mejor que pudo para detenerlo, pero su
tamaño en ese momento era demasiado pequeño comparado con el del herrero.

2
Cerveza de alta fermentación.

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Le había ordenado que se retirara, y a regañadientes así lo había hecho. Pero al
tiempo que pasaba por delante de la casa había visto el rostro golpeado y magullado de
Willna, y había escuchado las palabras desdeñosas de su madre,
—¿Serías la puta del bastardo del diablo?
Daemon cerró sus ojos ante la oleada de dolor que desgarró a través de su alma.
Incluso las putas se espantaban de él, solo a su pesar le ofrecían sus servicios. Ninguna
mujer, además de Willna, le había mostrado bondad.
Hasta ahora.
Por su vida, que no podía entender a Arina y porqué miraba a través de su
deformidad y lo trataba como un humano, como un hombre normal.
Las toses sacudieron el cuerpo de ella. Daemon descendió la mirada hasta ella.
—¿Estáis bien?
Ella asintió.
—Es el frío —dijo ella castañeteando los dientes. Daemon tensó sus brazos su
alrededor, acercándola a su calidez. Su cuerpo vibraba con caliente deseo de la silueta
del tierno cuerpo de ella presionado tan cerca de él. Nunca nada se había sentido mejor,
o más correcto, y maldecía la parte de él que anhelaba noches pasadas con ella a su
lado. No, nunca podría cumplir tales pensamientos. Espoleó a su caballo para acelerar al
tiempo que alcanzaban las puertas de Brunneswald.
Desmontando, la ayudó a descender y rápidamente la cargó dentro de la mansión.
Sirvientes se apresuraban por el salón, preparando la comida próxima.
—Traed a milady una bandeja a su habitación —le ordenó a uno si romper su
avance a zancadas.
Empujó abriendo la puerta, Arina continuaba tosiendo y estornudando. Daemon la
elevó sobre sus propios pies, asió el cobertor de piel de la cama, y la envolvió en éste.
—Necesitáis quitaros el vestido —dijo él, moviéndose hacia el pequeño baúl
contiguo a la cama. Elevó la tapa y retrocedió. —La antigua señora dejó varios de sus
vestidos.
Arina le ofreció la más dulce de las sonrisas que él alguna vez había contemplado.
—La gentileza de milord es demasiado grande —El corazón de Daemon golpeaba
contra su pecho. Un anheló estalló por él con tal fiera necesidad, que temió que pudiera
explotar. Avanzó un paso.
La puerta se abrió. Luchando contra la necesidad de maldecir, Daemon miró a la
vieja fea mujer.
Ella le extendía una copa a Arina y luego otra para él.

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—Perdonad mi interrupción, mi amo. Pero la bebida os hará bien a ambos —ella
le dirigió una mirada encubierta a Arina—, regresaré en breve con la comida de mi ama.
Arina siguió con la mirada a la mujer.
—¿Ella aún os asusta? —Daemon le preguntó después de que la mujer se retirara.
—Sí.
Daemon suspiró, queriendo aliviar sus temores, sabiendo que no podía. Observó la
copa con vino especiado. El vapor emanaba del cálido líquido oscuro. Bien, podría no
ahuyentar todos sus fríos, pero debería distraerlo de la gentil forma sentada sobre su
cama.
De un trago, vació el contenido y posó la copa sobre la mesa. Arina siguió todo el
movimiento pero a una velocidad algo más lenta. Él se movió hacia la puerta.
—¿Daemon?
Se detuvo ante su nombre en los labios de ella, el sonido cortando por él más
filoso que una daga.
—¿Sí, milady?
Ella se movió desde la cama con una silenciosa gracia.
—Gracias por escuchar mis desvaríos. Y por vuestra paciencia.
Ella estaba parada tan cerca de él, que podía oler la dulce esencia a rosa que
emanaba de su cabello. Anhelaba tocarla. Quería decir algo, pero por su vida que no
podía pensar en ninguna respuesta, al menos no en una verbal.
Ella le dio una sonrisa de complicidad.
Repentinamente, sus ojos se nublaron y la sonrisa se desvaneció. Ella alzó su
mirada a él con el ceño fruncido.
—Me siento tan extraña.
Daemon regresó a ella. Se movió para abrir la puerta y pedir por ayuda, pero antes
de que pudiera alcanzarla, ella se desmoronó. Aferrándola, la cargó de nuevo hacia la
cama.
—¿Arina? —él preguntó, frotando su mano helada, tratando de calentarla. Su
rostro cambió a un pálido horroroso. Tenía que ayudarla.
Daemon se alzó de la cama, pero antes de que pudiera avanzar la mitad del
camino, su estomago estalló en fuego. Su visión se borroneó. Un alto zumbido comenzó
en sus oídos como un enjambre de abejas enloquecidas.
Alzó una mano para mantenerse quieto, pero sus rodillas se doblaron. Daemon
trató de forzarse a elevarse, pero no podía. Cecile corrió de debajo de la cama para

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olisquear sus mejillas. Su garganta se seco en una ardiente sed y sentía como si se
hubiera prendido fuego.
Debía ayudar a Arina.
Cecile le siseó, arqueando su lomo. Daemon rodó sobre sí mismo, pero antes de
que pudiera levantarse, la oscuridad invadió su cabeza, mitigando las punzadas de dolor
en su cuerpo.
Belial se materializó saliendo de su rincón en las sombras. El tonto gato continuó
siseándole hasta que estuvo tentado de ahogar a la bestia.
Al mismo tiempo que él alzaba una mano hacia éste, la puerta se abrió revelando a
la fea vieja con una fuente de comida. Sus ojos se abrieron de par en par al tiempo que
divisaba sus manos extendidas y el desafiante gato.
—¡Aquí, ahora! —dijo ella en una voz castigadora, como un loco deseando la
muerte—. No asusteis a esa pobre cosa —Antes de que él pudiera reaccionar, ella tenía
el gato entre sus manos y lo puso fuera de la habitación. Belial se enderezó. Él le haría
pagar a la vieja por esto, pero eso podía esperar. Antes tenía cosas más importantes que
atender.
—¿Por cuánto tiempo dormirán? —preguntó él.
La vieja se movió para chequearlos.
—Por toda la noche.
Belial asintió, una feliz sonrisa en su rostro. Ah, cuanto amaba la malicia. Y habría
abundante en el día de mañana.
Una carcajada burbujeaba en su interior, él se movilizó para desnudar a Daemon.
Pronto tendrían a ambos, Arina y Daemon, desnudos y tumbados entrelazados en la
cama. Belial miró a través de la cama hacia la vieja.
—No tardaré mucho —dijo con una risa—. Entre despertar así y los recuerdos que
les he dado, consumirán su lujuria en poco tiempo.
La vieja frunció el ceño.
—¿Pero y si él se casa con ella?
Belial bufó.
—¿Y qué si lo hace? Ella es un ángel primario. El matrimonio es un dispositivo
humano, no celestial —dijo la palabra con un estremecimiento—. Una vez que ella
experimente los frutos de la lujuria, su destino estará sellado.
Riéndose ante el pensamiento de la presentación del alma de ella a su amo, Belial
salió de la habitación.
—Ven, sierva, tenemos otros planes que hacer.

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—Esperad — dijo la vieja. —Se está olvidando de algo.
La furia ardió en Belial ante su audacia.
—¡No estoy olvidando nada! —gruñó. La presunción de la vieja inflamaba su
furia aun más.
—¿Entonces qué hay de la sangre de la virgen? ¿Qué pensara Lord Daemon
cuando despierte para encontrarse sábanas no manchadas?
Belial titubeó. No había pensado en ello. Tanto como despreciara admitirlo, la
vieja tenía razón.
Ella apartó el cobertor de la cama y extrajo un frasco de su bolsa de hierbas.
Rociando la sangre entre los dos, ella alzó la mirada hacia él con una sonrisa.
—Y por añadidura —ella dijo, luego esparció más sangre por los muslos de Arina.
Bien, entre los dos, habían pensado en todo. Belial inclinó su cabeza hacia atrás y
se rió. ¡Sí, a la mañana siguiente habría un verdadero infierno por pagar! Y él pretendía
ser el recolector de impuestos.

CAPÍTULO 4

Daemon despertó con un respingo, su garganta igual de tirante como había


estado cuando las cadenas lo ataban firmemente a un altar de la iglesia. Las palabras

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latinas del sacerdote resonaban en sus oídos como si aún ahora el sacerdote intentara
exorcizar al Diablo de él.
Por reflejo, se pasó la mano por el pelo, buscando la cruz que había estado
marcada en la parte de atrás de su cabeza. Sólo cuando encontró la cicatriz suave
escondida por los largos mechones de su pelo comprendió que había estado soñando un
recuerdo ambiguo de días mucho tiempo atrás. Una aguda cólera lo inundó y tuvo un
momento difícil recordando que él alguna vez había sido tan joven, tan vulnerable.
Aspiró profundamente para estabilizar los erráticos latidos de su corazón. El
hermano Jerome había muerto años atrás. Las pesadillas deberían haberse desvanecido,
y todavía estaban escondidas en los confines más lejanos de su mente, en espera del
sueño, antes de que dieran a conocer su presencia. Las pesadillas eran como los
recuerdos, ambos cobardes que siempre se golpeaban cuando un hombre menos se lo
esperaba. Podía luchar contra ellos con bastante facilidad mientras estaba despierto,
pero por la noche, al amparo de la oscuridad y el sueño, lo atacaban y le dejaban
severamente maltratado.
Un gemido suave se entrometió en sus pensamientos. Frunciendo el ceño,
Daemon se volteó para ver la forma suave al lado de él. Su estómago se contrajo
violentamente ante la vista de Arina descansando pacíficamente, con las sábanas
manchadas de sangre envueltas alrededor de sus pálidas caderas desnudas.
Recuerdos repentinos bombardearon en su conciencia y se condenó por su
debilidad. ¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo pudo manchar a alguien tan puro, tan
generoso?
Su mente pasó rápidamente con imágenes de sus suaves caricias, su cuerpo
amoldándose al de él. Aún ahora, sus entrañas ardían por ella y su interior rabiaba como
un infierno. ¿Por qué no podía terminar su condenable lujuria para siempre? Daemon se
frotó las sienes, deseando poder regresar la mañana y poder borrar sus acciones de la
noche anterior.
Por un momento de liberación él la había condenado a toda una vida de burla y
vergüenza. Su misma alma gritaba contra sus acciones, Daemon se levantó de la cama y
se puso encima sus pantalones. Echando agua en una pequeña palangana al lado de la
cama, maldijo su apestosa vida. Ella le había dado más que a nadie y él la había
perjudicado eternamente.
Mientras salpicaba su cara con agua, un terror nuevo, repentino, lo golpeó en el
centro de su pecho, sacando el aliento de sus pulmones. ¿Qué pasaría si su semilla había
echado raíces? Que si, aún ahora, ¿ella llevara a su niño?
¿Sería la puta del bastardo del Diablo?

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Daemon intentó agarrarse de la palangana, los bordes cortaban afiladamente sus
palmas. ¿Por qué no la había dejado? Apretando los dientes, sabía que tenía sólo un
curso de acción, y ese era aún más reprensible de lo que ya había hecho.
¿Cuál le causaría a ella más ridículo? ¿Sus acciones la noche anterior? ¿O el
matrimonio con la abominación de Dios? Aún ahora podía oír la voz del Hermano
Jerome resonando en su cabeza.
Los mismos ángeles lloraron en tu nacimiento. En el nombre de Dios, debemos
salvar tu negra alma.
Qué tan cruel comprender ahora que el Hermano Jerome había tenido razón todo
el tiempo. Él era un monstruo que vagaba en la tierra buscando sangre inocente. La
sangre de Arina.
Gruñendo con indignación, golpeó la palangana de la mesa. El agua golpeó la
pared y salpicó contra su cara y pecho, y todavía su furia contra sí mismo aumentó.
Arina se despertó con un pequeño chillido.
Daemon clavó los ojos en ella, el nudo en su garganta apretándose aún más
mientras toda su furia moría.
¿Por qué sus ojos no podían condenarlo como todos los demás hacían? ¿Por qué
no había ninguna acusación en las profundidades claras como el cristal? Podía manejar
su cólera, podía manejar su odio, pero la ternura tímida que brillaba tan brillantemente
era más de lo que merecía, más de lo que podía resistir.
—Me sobresaltasteis, milord —dijo suavemente, bajando su mirada al piso.
Sus mejillas se oscurecieron y otra vez se condenó a sí mismo por la ola de deseo
que se enroscó a través de él, devorando su voluntad hasta que no podía moverse por
miedo de mancharla aún más.
—Milady, yo... —Daemon vaciló.
¿Qué podía decir? Estaba maldito y había nacido bastardo, mientras ella era la
más noble de todas las criaturas. Ninguna palabra rectificaría lo que tan insensiblemente
había tomado, ni quitaría la semilla que podía haber plantado. Él de todos los hombres
conocía las heridas dadas por la lengua hostil de la gente. El pensamiento de una mujer
tan gentil soportando esas cicatrices desgarraba a través de él.
¿Cómo podía haberse permitido un momento de debilidad? Sin duda alguna había
aprendido la falacia de algo semejante para esa hora, y aún no podía controlarse. No con
ella.
Ella envolvió la sábana alrededor de sí misma y se movió de la cama como un
ángel bendito viniendo a apaciguar su tormento. Daemon estaba inmóvil, necesitaba su
consuelo y se aterrorizaba de lo que recibirlo haría. La luz matutina jugaba contra su

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piel como un halo místico, iluminando su pelo, robando su aliento. Por un momento,
casi podía creer en los ángeles, en el amor, en la misma bondad de los hombres.
Su rostro bañado en belleza, en su mirada tierna, ella se estiró para tocar su
mejilla. Daemon cerró los ojos, obligándose permanecer ante ella y no escapar. Sólo un
toque más, una caricia más. ¿Eso sería demasiado pedir?
Pero antes de que pudiera sentir su suavidad, la puerta se abrió de golpe.
Daemon miró al intruso y se encontró con la mirada asesina de Belial.
—¿Me engañan mis ojos? —gruñó Belial, cruzando la habitación para tomar del
brazo a Arina—. ¿Qué juego ruin es éste? ¿El benefactor exigiendo su tributo?
La amarga cólera, hirviente, se hinchó dentro de Daemon. Su visión se oscureció,
apenas podía controlar el deseo de silenciar para siempre la fuerte voz de Belial antes de
que la llevara afuera al vestíbulo donde las personas sin duda se estaban despertando.
Belial arrastró a Arina en tono burlón.
—¿Cómo pudiste?
A pesar del estremecimiento de miedo dentro de ella, Arina alzó la barbilla contra
la mordaz mirada furiosa de su hermano.
—Esto no es asunto tuyo —dijo ella, su corazón palpitaba.
Lo que había hecho estaba mal, sabía eso, y aún así no sentía vergüenza, ni se
desanimó por sus acciones. Ciertamente, repetiría gustosamente lo que habían hecho, y
aún, de hecho, anhelaba a Daemon de una manera que nunca había anhelado a ningún
otro.
Otra vez era como si su mente y su cuerpo guerrearan uno contra el otro. No, ella
decidió, era su corazón el que guerreaba contra su mente. Su corazón el que le decía que
no tuviera remordimientos.
Belial curvó su labio.
—¡Puta impenitente! —Jaló de nuevo su brazo.
Arina se tensó, esperando el golpe, pero rehusándose a acobardarse.
Antes de que pudiera parpadear, Daemon se interpuso entre ellos.
Forzó el agarre de Belial fuera de su brazo y empujó a su hermano contra la pared,
su cara tensa, su mandíbula como acero finamente pulido.
—Bajarás la voz —dijo, su tono era intimidante—, y nunca le vuelvas a poner la
mano encima, no sea que arranque al miembro ofensivo de tu cuerpo.
Belial estrechó su mirada y Arina temió por toda su seguridad.
—Exijo restitución —dijo Belial—. La has convertido en una puta y no permitiré
que nadie se burle de ella.

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Una sombra oscureció los ojos de Daemon y soltó a su hermano. La miró y ella
vio toda la tristeza que ardía dentro de él.
El dolor se entretejió a través de su corazón mientras ella tocaba su brazo,
ofreciéndole consuelo. Ella quería decir algo, aunque ninguna palabra llegaba.
Repentinamente, la mirada de Daemon se volvió apagada. Liberó su brazo de su
agarre.
—Tendré un contrato matrimonial redactado.
El asombro se derramó sobre ella mientras miraba del estoico rostro de Daemon a
la orgullosa satisfacción de Belial.
—Nadie debe saber de nuestra trasgresión —continuó Daemon—. No voy a
avergonzarla por mis acciones.
Un resplandor extraño apareció profundo en los ojos de Belial, golpeando un
cordón familiar en el recuerdo de Arina. La imagen de un lobo blanco llegó a su mente,
pero por su vida que ella no podía comprender por qué.
— No haré éste matrimonio en secreto. Por el bien de mi hermana, quiero que
todos sepan de él.
La mandíbula de Daemon se tensó, y Arina contuvo su aliento en espera de su
rechazo.
—No lo haré de ninguna otra forma —dijo él.
Ella soltó su aliento por el alivio.
Una sonrisa malvada curvó los labios de Belial. Arina tembló como si una
escarcha de invierno rozara contra su columna vertebral.
—Entonces su futuro es ahora tu preocupación —dijo Belial—. Te encargo de
tener cuidado de no hacerle más daño del que tú ya le hiciste.
Sus extrañas palabras fueron a la deriva a través de su mente. Ella sabía que se
refería a algo más que a su próxima unión, pero no podía pensar en lo que podía ser.
¿Por qué no podía recordarlo? Todo eso sin duda tendría sentido si tan sólo
pudiera recordar sus fugaces recuerdos translúcidos.
Belial les otorgó a cada uno una última sonrisa de despedida, entonces se dio
media vuelta y se fue.
Daemon pasó la mano a través de su pelo suelto, y ella podía jurar que tembló. La
enfrentó con la mirada más angustiada que alguna vez hubiera visto.
—No te pregunté antes, milady, pero lo hago ahora. Deseas casarte. . . ¿conmigo?
Aunque su voz era estable, sintió un pequeño temblor subyacente y respondió a
eso. La alegría llenaba su corazón.

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— Sí, Lord Daemon. No hay otro a quien pudiera preferir.
El fuego caliente chispeó en su mirada, enviando otro escalofrío sobre ella.
—Entonces tú, milady, eres una tonta.
Su cólera repentina la asombró. ¿Qué había en sus palabras que habían provocado
su ira?
—No entiendo —dijo.
Él jaló su túnica sobre su cabeza. Apretando con fuerza su mandíbula, clavó los
ojos en ella hasta que temió que nunca le contestaría.
Finalmente, suspiró.
—Le enviaré un mensajero a mi hermano. La casa solariega y las tierras serán
tuyas para controlar siempre que mantengas el castillo. Tengo algunas tierras en
Normandía que también serán tuyas.
Su voz sonaba tan distante, tan fría. Su estómago se acalambró de miedo.
—Hablas como si planearas un testamento —le dijo.
De espalda hacia ella, rescató su armadura del piso. Arina deseaba extender la
mano y tocarlo, pero lo rígido de su cuerpo le advertía en contra de tal acción.
—No me quedaré aquí mucho más tiempo —dijo—. Tengo otros asuntos que
necesitan atención.
—¿Te vas? —preguntó, un doloroso nudo cerrando su garganta.
—No puedo quedarme.
Y antes de que pudiese discutir, la dejó parada en el centro de la cámara.

Arina recorrió la mirada por el vestíbulo, su corazón colgando pesado. Nunca


había visto tantas caras severas. Fiel a su promesa para Belial, Daemon había redactado
el contrato matrimonial y todos lo habían firmado.
Wace había planeado su fiesta matrimonial, pero la gente estaba lejos de estar
festiva. Aún los pobres músicos se mantenían iniciando canciones, sólo para detenerse
cuando nadie respondía o bailaba.
—¿Milord? —preguntó ella, intentando aún otra vez atraer a Daemon a la
conversación para que él tuviera algo en qué enfocar la atención aparte del rechazo
obvio de su gente a su matrimonio.
Durante la última hora, apenas había tocado su comida. Ahora levantó la mirada
de su plato, su mirada tan vacía como los vítores sin entusiasmo que habían recibido
cuando primero entraron en el vestíbulo.

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—Sí, ¿milady?
Abrió su boca para hablar, sólo para cerrarla mientras Belial se inclinaba hacia
adelante con su copa.
—Me parece que nuestra gente ha encontrado un punto de acuerdo —dijo Belial
—. Ni Normandos ni Sajones han encontrado un motivo para celebrar.
Un sabor amargo llenó su boca y si ella no lo conociera mejor, lo llamaría odio.
Belial estaba parado e hizo una seña para que los confundidos músicos se
detuvieran.
—Buenos amigos, tengo el deseo de bendecir a nuestra feliz pareja con un brindis.
—No brindaré por ellos —se oyó una voz beligerante.
Belial arqueó finamente una ceja y lentamente bajó su copa hacia la mesa.
Arina examinó a la multitud hasta que vio al hombre sajón que luchaba contra sus
compañeros.
—No, no guardaré silencio —dijo él, empujándose sobre sus inestables pies.
Recorrió la mirada a Daemon, quien estaba sentado silenciosamente observando.
Su puño se apretaba sobre el cuchillo que sujetaba, y sólo por esa razón podía
distinguir cuánto las palabras del hombre lo perturbaban.
—Ésta es una mala acción. Cómo puedo dar mi bendición cuando una de nuestras
doncellas sajonas más justas es sacrificada a los perros normandos. No —se burló el
hombre, tropezando contra la esquina de la mesa—. Ni siquiera un perro normando,
sino peor. ¡Ni siquiera enviaría por un sacerdote para que bendiga nuestra muerte!
Las lágrimas se acumularon en la garganta de Arina y el dolor sofocaba su aliento.
¿Cómo podía estar alguien tan ciego a la bondad de Daemon?
—¡Él es el mismo Diablo...!
—¡Suficiente! —gritó Arina, levantándose de su asiento—. Es mi marido del que
estás hablando, y la única maldad que veo aquí ésta noche es la traída por los sucios
rumores y la ignorancia.
El bebedor la miró como si lo hubiera abofeteado, pero a ella no le importó. Se
rehusaba a permanecer sentada observando y dejar a un hombre decente ser calumniado.
Lentamente, Daemon movió atrás su silla y se levantó. Escudriñó el vestíbulo, y
su blanda aceptación de las palabras del hombre desgarró en su alma.
—Quienquiera que se llame amigo de éste hombre debería llevarlo a casa.
Cuando nadie se paró para ofrecer ayuda, Daemon sacudió la cabeza. La miró, su
mirada inundada con emociones que ella no podía definir. Arina deseó remover las
palabras del hombre de su recuerdo, pero eso no alejaría todas las murmuraciones

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semejantes que Daemon había escuchado. Por lo que Wace le había dicho a ella,
Daemon había pasado su vida entera sujeta a eso. El dolor traído por ese conocimiento
invadía su corazón y lo puso a palpitar.
Daemon volvió la mirada de regreso hacia la multitud.
—No me temais. No volveré sus palabras contra él, ni castigaré a esos que le
ayuden a llevarlo su cama. Vayan en paz. —Dicho eso, Daemon metió su cuchillo en su
cinturón y se fue.
Arina corrió tras él, queriendo consolarlo, temiendo que nada alguna vez podría
hacerlo. Lo detuvo justo afuera del patio interior.
—¿Daemon?
Daemon tembló ante la gentileza de su mano en su brazo. Nadie alguna vez antes
lo había defendido y no estaba seguro de cómo responder.
—Ve adentro —dijo.
Ella sacudió la cabeza y él deseó jalarla en sus brazos y sentir sus curvas flexibles
contra él, para otra vez probar el sabor de su carne, el consuelo de su cuerpo.
Pero eso era sólo un sueño, un sueño que nunca podría ser. Nadie aceptaría su
matrimonio. Alguna vez. La reacción de su gente había demostrado eso. Lo mejor que
podía ofrecer era dejar las tierras en su posesión y darle su libertad para buscar a un
marido más adecuado.
Arina apretó la mano sobre su brazo, y él le permitió a ella darle la vuelta hasta
que él la afrontó.
—Él estaba ebrio —dijo—. No sabía lo que...
—Lo sabía, milady.
El tormento en sus ojos lo sorprendió. Para ese momento debería estar
acostumbrado a esos extraños sentimientos cuando se trataba de él, pero demasiados
años de que nadie se preocupara ya sea de si él vivía o moría, lo había dejado fácilmente
anonadado por cualquier muestra de interés.
El trueno golpeó sobre sus cabezas. Aunque la lluvia había sido una llovizna
estable la mayor parte del día, la noche amenazaba una tormenta volátil. Daemon miró
hacia arriba en las nubes oscuras, extrañas.
—Entra donde estés a segura.
Arina a regañadientes lo soltó. Buscó en su mente y corazón las palabras que
sanarían algo por el daño causado por semejantes insultos insensibles, pero nada
llegaba.
—Te pertenezco ahora —dijo, su garganta rígida.

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Una amargura llenó sus ojos que apretaron su garganta aún más.
—No, milady. No hay lugar en la vida de un guerrero para una noble doncella.
—¿Pero qué hay de tu corazón?
El asombro reemplazó a la amargura en sus ojos por la corta extensión de un
latido, entonces escapó bajo un negro semblante ceñudo de cólera.
—¿No has escuchado? Ningún corazón existe dentro de mí. Se dice que el mismo
Lucifer robó mi corazón e intentó dárselo a mi hermano humano, cuya bondad rechazó
el órgano, por consiguiente causó su muerte.
—Daemon...
—Ni una palabra más, milady —la interrumpió, alejándose de ella—. Te suplico
que regreses adentro antes de que te manche aún más.
Quería discutir con él más de lo que alguna vez había querido cualquier cosa, pero
sabía que estaba más allá de escuchar. Sólo el tiempo podía aliviar el dolor y sólo el
tiempo podía ayudarla a alcanzar la parte de él que deseaba reclamar.
Arina le observó dar un paso alrededor de los charcos, su columna vertebral más
indoblegable que una distante cadena de montañas. Suspirando, bajó su mirada al suelo.
Las temblorosas profundidades de los charcos la llamaron, y ella se movió para
pararse junto a una puerta justo afuera de la mansión. Una vela de junco se dobló, su
llama deformada por la lluvia ligera caía contra el agua negra. De los rincones más
profundos de su mente, un recuerdo se apresuró adelante. Un recuerdo de gritos y fuego
y el acre olor del azufre.
—No, ángel, no. ¡Me arrepiento!
Ella retrocedió ante el chillido agudo dentro de su cabeza. Las imágenes se
desgarraron a través de ella: Los demonios surgiendo adelante, un anciano arrugado
aferrándose a ella en el terror mortal mientras ella... mientras ella…
—¡Por favor! —gritó ella, colocando sus puños cerrados sobre sus sienes en un
esfuerzo por recapturar el vago recuerdo—. ¿Qué estás tratando de decirme?
—Es tarde y deberíais estar dentro.
Arina se dio la vuelta ante la voz repentina, su corazón martilleando en pánico.
Belial estaba a una distancia de algunos metros, su cara enmascarada por las sombras.
Por un instante, sus ojos parecían estar rojos, pero tan pronto como ella parpadeó, se
desvanecieron en la oscuridad.
—¿Quién eres tú? —susurró.
Presionando sus labios en una línea apretada, caminó un pequeño círculo
alrededor de ella, sus manos entrelazadas tras su espalda.

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—Tú me conoces. Somos familia, tu y yo. Creados de la misma carne, existimos
el uno para el otro.
Se detuvo ante ella e inclinó su barbilla para que mirara arriba en su cara. La
frialdad de sus ojos la hizo sobresaltarse.
—Somos hermano y hermana.
Aunque su mente se llenó de imágenes de ellos juntos como niños y adultos, su
corazón negó todo ello. Había algo mal, algo que realmente no podía razonar.
Profundamente dentro de ella, sabía que había mucho más para su relación que sólo
consanguinidad.
—Ahora ven adentro antes de que te enfrentes a otra tormenta —dijo—. Una con
la que no estás preparada para tratar.
A pesar de la parte suya que le rogaba no confiar en él, no seguirlo, dejó a Belial
tomar su mano y llevarla de regreso adentro.

Horas más tarde, ella se sentaba en su habitaciones, escuchando la tormenta que


se enfurecía, sorbiendo de una copa de frío vino especiado. Cada hora que pasaba,
estaba segura de que Daemon regresaría. Pero cada una llegó y se fue mientras
esperaba, hasta que se dio cuenta que no tenía la intención de unirse a ella.
Cecile se desperezó bajo su toque. Arina le sonrió al pequeño gatito y continuó
acariciando la suave barriga de Cecile.
—¿Dónde está tu señor? —preguntó con un pequeño suspiro.
Repetidas veces su mente volvía a reproducir imágenes obsesivas de la noche
anterior. Daemon tomándola en sus brazos, su cuerpo duro deslizándose contra el de
ella, sus manos saliendo a buscar las partes más íntimas de su cuerpo. Aún algo dentro
realmente no aceptaba la realidad que ella recordaba. En lugar de claridad de cristal, las
imágenes estaban eran borrosas como la vela de junco en el charco. Sólo su ardiente
deseo llegaba a ella en aguda, pulsante realidad.
Pero con ese deseo llegaba una pequeña voz que le advertía contra salir a buscar a
Daemon y satisfacer el dolor que palpitaba dentro de su corazón. ¿Por qué? ¿Qué podía
estar mal en buscar a un esposo? Ella le pertenecía y él a ella.
Aún así la voz persistía.
Arina sacudió la cabeza en un esfuerzo para aclararla. Quizá estaba realmente
loca.
Ve a él.

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Alarmada, miró a Cecile como si la voz extraña pudiera haber venido del pequeño
animal.
—Tal parece que finalmente he perdido todo juicio.
Colocando su copa en la mesa, se acurrucó en las cobijas forradas de piel. Cerró
los ojos, determinada a no pensar más al respecto.
Era tarde y pasaba de su hora para dormir.
No bien se estaba quedando dormida, se enderezó. Esa vez, no había mala
interpretación en la voz que había oído.
—Sálvalo —susurró, repitiendo las palabras.
Por primera vez desde que se había despertado y había visto a Daemon parado
sobre ella, Arina sabía lo que tenía que hacer. Si, no tenía que dejar a Daemon en esa
tormenta más que lo que lo podía dejar continuar en sus tristes costumbres solitarias.
Debía salvarlo del camino destructivo por el que caminaba, demostrarle que pertenecía
al mundo de los vivos. Los dos habían sido unidos y mientras que el aliento llenara sus
pulmones, no debía perder las esperanzas con él.
Su corazón martilleó en temerosa incertidumbre por su reacción, dejó la cama y se
vistió, sus manos temblaban y tocaban nerviosamente el material. ¿Daemon alguna vez
le daría la bienvenida a ella, o se apartaría por siempre, por su alcance?
De cualquier manera, no tenía alternativa aparte de intentarlo
Examinó rápidamente en su mente todos los lugares posibles en los que podía
estar, y lo situó en el establo.
Con la ferocidad de la tormenta, dudaba que él pondría su camastro en el jardín.
No, estaría protegido esa noche.
Después de cerrar la puerta de su cámara, avanzó lentamente a través de los
cuerpos dormidos en el vestíbulo.

Daemon se despertó con un sobresalto. Recorrió la mirada alrededor del establo,


buscando la causa de su sueño, pero sólo su caballo se encontró con su mirada ansiosa.
Suspirando, comprendió que Arina estaba en su cama y él en la suya. La lluvia
caía con fuerza contra los lados del establo y unos cuantos de los caballos relinchaban y
corcoveaban nerviosamente, luchando contra las cuerdas que los mantenían adentro.
El hedor a heno húmedo y avena llenaba su cabeza, causando que su estómago se
revolviera con repugnancia. Cómo odiaba los establos y los recuerdos que le traían.

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Daemon envolvió su brazo sobre los ojos en un esfuerzo para olvidar de dónde era, lo
que fue, y escuchó los sonidos del trueno distante.
Pero todavía sus pensamientos se revolvían contra su voluntad para silenciarlos.
¿Cuántas noches había pasado solo y anhelando cosas que nunca podía poseer? ¿Cien?
¿Mil? Aunque esa vez poseía el mismo objeto que anhelaba.
Si tan sólo pudiera reclamar sus verdaderos derechos. Si sólo pudiera encontrar el
valor de levantarse de su camastro ahora y salir a buscar a su esposa y sentir el suave
cuerpo caliente, dándole la bienvenida al de él. Su cuerpo se encendió, todavía podía
sentir el frío cosquilleo de su aliento contra su cuello mientras la reclamaba, oír su suave
voz susurrando su nombre.
Cerró los ojos para saborear el recuerdo, y deseó un tiempo y lugar donde pudiera
estar viviendo con ella como su marido.
Aún repetidas veces veía las severas caras, reprobadoras, de su gente y conocía la
imposibilidad de semejante deseo. Por siempre ridiculizarían su unión, y eventualmente
ese ridículo se derramaría sobre su preciosa esposa. Y estaría condenado antes de
causarle a ella ese tipo de dolor. No, nunca sería tan egoísta otra vez.
—Bien, qué lugar tan extraño para encontrar a un novio recién casado.
Inmediatamente alerta, Daemon se enderezó.
Con la burla en su cara, Belial estaba parado en la entrada del establo, apoyándose
contra un poste. Puso la linterna en su mano, ante él.
—Habría pensado, después del ansia con la cual tomaste la virginidad de Arina,
que estarías sobre ella ésta noche como un lobo sobre un ciervo.
—No seas crudo —dijo Daemon, sus labios se torcieron con repugnancia por la
manera en la que el llamado hermano de Arina hablaba de ella—. Es una dama y no
dejaré que su nombre vaya de boca en boca como si fuera una prostituta común.
Belial rió, un sonido amargo que estremeció abajo a lo largo de su columna
vertebral. Por lo regular no era un cobarde, Daemon no podía creer la reacción
involuntaria de su cuerpo.
—Es una lástima que no te defiendes con el mismo vigor —dijo Belial.
Daemon se levantó.
—Puedo defenderme yo mismo bastante bien.
—¿Puedes ahora?
Por solamente la diminuta pulsación de un corazón, Daemon podía jurar que era la
voz del hermano Jerome la que había oído.
—No veo a un caballero feroz ante mí, sino más bien a un niñito asustado que
permite que un tonto borracho se burle de él delante de toda su gente. Un niñito que se

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acobarda de su esposa. Qué, ¿temes que ella se burle de ti también? ¿O simplemente
eres incapaz de darle placer a ella?
Gruñendo con ferocidad, Daemon se abalanzó sobre su atormentador, atrapando a
Belial por la cintura. Tropezaron hacia atrás contra la pared del establo.
—Así es que el gato tiene garras —dijo Belial con otra risa amarga—. Ven,
Daemon Sangre Fiera, hijo de Lucifer, mátame y reclama tu justo derecho. Aún ahora tu
mujer aguarda, sus entrañas hambrientas por tu cuerpo. ¿Le negarías a ella tu simiente?
Daemon trató de alcanzar la garganta de Belial, determinado a exprimir la vida
fuera de su repugnante cuerpo. Pero mientras sus manos se iban acercando al cuello, los
ojos de Belial se oscurecieron a un vibrante rojo profundo. Horrorizado en vacilar,
Daemon aflojó su agarre y los ojos de Belial inmediatamente se tornaron azules.
Belial rompió su agarre y se alejó.
—No, no eres cobarde. Has peleado por mucho tiempo y duramente para
conseguir lo que quieres. ¿O no?
Frotándose el cuello, empezó a afrontar a Daemon.
—Dime, Daemon Bloodfierce, ¿qué deseas realmente?
Todavía impactado por lo que había visto, Daemon clavó los ojos en él, dándole el
debido espacio.
Sin duda alguna había sido la llama de la linterna la que reflejara la luz roja que
había visto en los ojos de Belial, o quizá algún truco de su mente. Daemon no sabía lo
que había causado eso, pero una cosa era cierta: estaría condenado mucho antes de que
confiara en el hombre ante él.
—¿Qué te importa a ti?
Una sonrisa siniestra curvó los labios de Belial.
—Desde que te casaste con mi hermana, tengo un interés personal en tu futuro.
Tomó la trenza del hombro de Daemon y la dejó caer para seguir el sendero bajo
su espalda.
—Veo las instrucciones cuidadosas escritas en el contrato matrimonial. Cómo le
dejaste toda tu propiedad en el caso de tu muerte. —Belial se inclinó más cerca para
susurrar en su oreja—. ¿Es eso lo que deseas? ¿Es la muerte el sueño que ronda tu
sueño?
Daemon se tensó oyendo su más caro deseo puesto en palabras. Si, anhelaba la
muerte, lo había hecho por años. Cada vez que entraba en la batalla, esperaba que la
espada de alguien pudiera finalizar su dolor.
Belial sacó una daga de su cinturón y la sujetó bajo la barbilla de Daemon. Sin
sobresaltarse, Daemon estudió la hoja brillante, la dorada cabeza de dragón que se

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proyectaba por encima del puño de Belial. Subiendo su mirada, notó la vacuidad de los
ojos de Belial.
Una esquina de la boca de Belial se torció arriba en una sonrisa amargada,
apesarada.
—No, n puedo matarte, pero tú podrías matarte. ¿Dime por qué un hombre que no
desea nada más que a la muerte nunca ha atendido a su llamada?
Daemon se rehusó a contestar esa pregunta. Se rehusó a admitir en voz alta que
nunca había entregado la esperanza de que un día su vida pudiera cambiar, que quizá
podría un día encontrar un lugar a donde perteneciera. Por esa razón, nunca había
terminado con su vida. Confiaba en que el mismo cruel destino que lo había entregado a
semejante vida brutal lo aliviara de su carga de una u otra manera.
—¿Le temes más a la condenación?
La mirada de Daemon se estrechó.
—No le temo a nada.
—Entonces aquí, toma mi daga y termina con todo lo que has sufrido.
Golpeando el brazo de Belial a un lado, Daemon lo afrontó con un gruñido.
—Consideras poca cosa tu vida para salir a buscarme con tu estúpido ingenio.
Vete ahora antes de me rinda al deseo de terminar tu existencia.
La sonrisa burlona hizo poco para aliviar su cólera. Ni lo hizo la brusca
reverencia.
—Como gustes, milord.
Luego tan rápidamente como Belial había aparecido, se fue.

Afuera, Belial le sonrió a la lluvia que no le empapaba. No, la lluvia, diferente de


los tontos mortales, tenía mejor criterio que evocar su furia. Sonrió otra vez. Cómo
disfrutaba de jugar con ellos. Era ciertamente una vergüenza que no pudiera terminar
con sus lastimosas vidas. Oh, para tener el poder intoxicante de la vida y la muerte. Pero
el tomar y dar de la vida le pertenecía solamente a Dios. Todo lo que Belial podía hacer
era tentar.
Una mano tocó su hombro. Giró en redondo para enfrentar a la arpía.
—¿Por qué lo tentaste a morir? —le preguntó ella en su chillona voz que envió
puñaladas dolorosas por toda la longitud de su cuerpo como humano—. Ella debe
enamorarse de él primero, y entonces debe observar cómo su vida es drenada. Si

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Daemon se mata antes de que ella ceda a su deseo, no puedes reclamar su alma y
podríamos tener que esperar años antes de que encuentre a otro hombre que amar.
Pútrida cólera caliente impregnó su boca. A él nunca le había gustado ser
cuestionado. Le recordaba a demasiadas noches pasadas en el foso de Lucifer.
—Sé lo que estoy haciendo.
—Entonces explícaselo a mi ingenio humano.
¿Por qué nunca podía encontrar alguna vez a un cómplice inteligente? ¿Uno que
pudiera entender los matices de la sutil manipulación?
Belial tomó un aliento profundo, su cabeza latía por la tensión de su cólera y por
mantener su forma humana. Pronto tendría que irse y restaurar su fuerza. Y Lucifer
sabía que necesitaba cada onza de fuerza para tratar con humanos imbéciles.
Encarándola, le permitió que su veneno penetrara su voz, convirtiéndola en su
verdadera forma resonante, demoníaca.
—Sabía que Daemon nunca se mataría. Solamente le recordaba de ese hecho. —
Sonrió, cruelmente valorando su miedo y su triunfo por llegar—. Todos estos años
pasados, ha vivido solamente de esperanza, y ahora esa esperanza tiene un nombre. Y su
nombre es Arina.

CAPÍTULO 5

Daemon apagó la linterna, sus pensamientos vagando entre la innata bondad de


Arina y la maldad de su hermano. ¿Cómo podían haber tenido el mismo origen?
Frunció el ceño cuando un nudo familiar se instaló en su esófago. ¿Habría sido tan
diferente de su hermano gemelo si él hubiera vivido?
Inclinó la cabeza contra la gruesa madera del puesto y permitió que el dolor
fluyera libremente por él. Toda la vida se había preguntado cómo podría haber sido si su
madre, padre o hermano hubiesen sobrevivido. ¿Le habrían abandonado ellos también?
Nay, prefería pensar que ellos se parecerían a William. Reservado y respetuoso,
pero no cruel, temeroso o desdeñoso.
Cerrando los ojos, todavía podía recordar la primera vez que había visto a
Guillermo. Su hermano había cabalgado durante tres semanas para visitar el pequeño
monasterio donde el abuelo materno de Daemon le había abandonado. El hermano

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Jerome, a menudo, había descrito el miedo en los ojos de su abuelo cuando entregó a
Daemon a la iglesia con la esperanza de que los hermanos pudieran salvar su alma.
Anciano ignorante. ¿Cómo podría haber creído en tales cosas?
Aún así, Daemon nunca podría criticar realmente a su abuelo por su miedo, más
de lo que podría criticar a todos los pobres tontos religiosos que se aferraban a sus
creencias. De haber nacido normal, tenía pocas dudas de que hubiese sido tan piadoso y
mantuviese tantas supersticiones sobre la gente como él.
No era que William, con toda su piedad, no hubiera escuchado alguna vez aquellos
absurdos cuentos. Y después de todos estos años, Daemon todavía no entendía por qué
su hermano había sido diferente, por qué sólo su hermano había visto más allá de las
mentiras.
William nunca le había dicho por qué había venido ese día, ni siquiera sabía cómo
su hermano le había reconocido a primera vista. William siempre lo había atribuido a la
Divina Providencia. Bien, todo lo que hubiera sido, había cambiado su vida. A partir de
aquel día, había dejado de ser el pobre niño poseído que los hermanos se esforzaron por
exorcizar, y se había convertido en un endurecido escudero. Se había entrenado más
duro que los otros muchachos, sabiendo que debía ser el más feroz si quería acallar
alguna vez sus burlas y desprecios. Sí, había quebrado algunos cráneos pero, al final,
había conseguido su largamente ansiada paz. Nadie se atrevía a burlarse de él en su
cara.
Hasta ahora.
—¿Daemon?
Saltó ante la gentil voz detrás de él. ¿Cómo le había encontrado ella sin que él la
oyese?
—Estoy aquí, milady.
Ella se adentró en el establo y él la sintió más que verla. Los caballos se calmaron
inmediatamente, como si su presencia los sosegara tanto como a él. Ella mantenía los
brazos extendidos, buscando a tientas en el área a su alrededor mientras se adentraba
lentamente en la oscuridad donde estaba él, en la oscuridad en la que vivía.
Reprendiéndose a sí mismo por la estupidez de buscarla, acortó la distancia entre
ellos y tomó sus manos extendidas. Sus fríos dedos temblaron en los suyos y la
suavidad de su piel le recordó todo lo que había querido, incluso rogado durante las
solitarias noches.
—¿Por qué habéis venido?
—Estaba preocupada por vos, milord. Insistía en pensar que volveríais y cuando
no lo hicisteis… Yo sólo tenía un presentimiento en mi interior que me decía que os
encontrara.

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Arina deseó que hubiese bastante luz en el establo de modo que ella pudiera ver
qué emociones jugaban en sus ojos. Pero las sombras de la noche ocultaron su cara de
su investigadora mirada. Tembló por el frío, su vestido mojado colgaba pesado contra
su congelada piel.
—Estáis empapada —refunfuñó Daemon, sus manos apretando las de ella un
instante antes de liberarla.
Arina se estiró hacia donde él había estado, pero no encontró nada más que
oscuridad. Durante un momento temió que la hubiese dejado sola. En el espacio de unos
latidos de corazón, él volvió con una manta y se la echó sobre los hombros. Ella sonrió
ante su bondad, mientras una extraña calidez la llenaba y ahuyentaba su frialdad.
—Pareciera que siempre os estoy secando, milady.
Ella se rió y se ajustó la manta, sus mejillas se calentaron cuando recordó qué
había sucedido la última vez que él le había ahuyentado el frío. Y en este momento, le
daría agradecida la bienvenida a su toque. Sí, ella ardía por él de un modo en que nunca
había hecho antes, y nada le daría más placer que sellar el lazo que habían hecho
anteriormente esa noche.
—Por vuestra amable atención, Señor Galante, me lanzaría de buena gana en un
lago.
Él se apartó y ella sintió que sus palabras le habían molestado.
—Oh, por favor —dijo ella, adelantándose—. No quise decir…
Jadeó cuando su pie golpeó contra algo y tropezó. De repente, sus brazos la
rodearon y la levantaron contra él. Todo su cuerpo tembló, atónita por la sorpresa.
Una vez más, recordó la noche anterior, su tierna pasión, sus audaces caricias. El
fuego bailaba en su estómago, trayendo una feroz demanda que sólo él podría
apaciguar.
¿La buscaría él alguna otra vez, o se vería por siempre obligada a ir ella a él?
—Gracias —susurró, estirándose para tocar su cara.
—Ya está —dijo él con voz brusca cuando la bajó al suelo estabilizándola y
apartándole la mano de su mejilla.
Cuando comenzó a alejarse, Arina agarró su brazo y tiró de él para que se sentase
a su lado.
—Nay, Lord Daemon. Me gustaría que hablases conmigo, no que huyas en la
oscuridad como un demonio que tiene miedo a la luz.
—¿Y si yo fuera justamente eso?

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De nuevo, ella lamentó que no pudiera ver su cara, pero quizás la oscuridad le
ayudase a confiar en ella. Sí, ya que él no podía verla, quizás abriera las puertas del
tesoro que mantenía tan firmemente guardado.
—Ambos sabemos qué sois vos, milord.
Él resopló.
—Sé lo que pensáis que soy y sé lo que soy sinceramente. Vos, milady, os
engañáis con una imagen imaginaria de un hombre amable y noble que os rescatará de
los tejemanejes de vuestro estúpido hermano.
Ella frunció el ceño en confusión.
—¿No es eso lo que hicisteis?
—Sí —dijo él, su voz llena de amargura—. Pero con mi prisa empeoré vuestra
situación. Antes, vos erais un tesoro que cualquier señor tomaría de buena gana. Ahora
que os habéis ligado a mí, conoceréis el sabor del desprecio de una manera que no
podéis ni imaginar.
—¿Como el Sajón en el hall aquella noche?
Él liberó su aliento en un resoplido y, por un momento, ella pensó que él se
marcharía. Entonces habló.
—Sus palabras eran suaves, milady. Su gente fue derrotada y ahora nos temen.
Incluso borracho, no dijo todo lo que podría.
Mordiéndose el labio contra el oleaje del comprensivo dolor, ella pensó en el sajón
y sus comentarios. Si sólo pudiera haber evitado que aquello fuese dicho alguna vez. Si
tan solo pudiera llevarse todos los años que Daemon había estado sujeto a tales cosas.
Un doloroso nudo cerró su garganta y dejó escapar un profundo aliento.
¿Encontraría alguna vez un modo de tocar su corazón? ¿Sería incluso capaz de hacerle
darse cuenta que poseía realmente un corazón, un corazón amable y noble como el que
deberían tener todos los hombres?
—Venid —dijo él, tomándola del brazo—. Debo devolveros al señorío.
—Nay. Prefiero quedarme con vos.
Su apretón se puso rígido.
—No podéis, milady. Vos no pertenecéis a mi mundo. Este os destruiría.
Arina comenzó a discutir, pero estaba demasiado cansada. Daemon era un hombre
obstinado y necesitaría más que meras palabras para que cambiase de idea. Quizás con
el tiempo, ella podría encontrar un modo de alcanzarle, pero ¿le daría él ese tiempo?
Permitió que la condujera de vuelta, atravesando el establo con sólo el sonido de la
paja del suelo y el de la decreciente lluvia rompiendo el tenso silencio entre ellos.

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Él abrió la puerta e hizo una pausa. Los fuertes truenos resonaron y la lluvia
rompió nuevamente en un estallido. El viento aullaba en sus oídos.
Blasfemando, Daemon cerró las puertas con un audible chasquido de la madera y
la hizo retroceder.
—Tendremos que esperar un rato a que amaine la lluvia.
Ella sonrió, agradecida por la intervención del tiempo.
Su silencio casi tangible, Daemon la condujo de vuelta a la cuadra.
—Descansad. Os despertaré cuando sea el momento —él se alejó y el corazón de
ella lloró por su presencia.
—¿Os sentareis conmigo?
Ella sintió su renuencia cuando tomó asiento al lado de ella. Arina colocó la
cabeza sobre su hombro. Él se tensó durante un momento, como si luchase con él
mismo. Entonces se relajó y le pasó un brazo sobre los hombros.
Saboreando su rica esencia, con el calor de su cuerpo tan cerca del suyo, ella cerró
los ojos y deseó el coraje que la haría quitarle la túnica y revivir sus recuerdos de la
noche anterior. Pero si lo intentase, él la haría a un lado y la dejaría sola.
Nay, a pesar de la exigente necesidad en su interior, se obligó a esperar. Se
prometió a sí misma que encontraría la manera de alcanzarle. Antes de que fuese
demasiado tarde.
—¿Milady?
Arina se despertó lentamente. Abrió los ojos para ver a Wace de pie ante ella.
Frunciendo el ceño en confusión, echó la manta que la cubría hacia atrás y comprobó
que estaba en sus habitaciones. ¿Cómo había llegado hasta allí?
—¿Dónde está Lord Daemon?
—Se marchó temprano por la mañana con varios hombres. Me pidió que le dijera
que volvería esta tarde.
La sonrisa de Wace brilló y arqueó una pequeña ceja molesta, la implicación de lo
cual ella conocía muy bien.
—Él la trajo con las primeras luces del día y me advirtió que me asegurara de que
no la molestaran.
Ella le devolvió la sonrisa, pero no se reflejó en su cara. ¿Por qué no la había
despertado Daemon cuando se lo había prometido?
Wace se revolvió sobre sus pies y miró por encima del hombro, hacia el pasillo.
—Yo no os molestaría ahora, milady, pero un fraile ha llegado y busca al Señor o
a la Señora de la casa.

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Arina alzó la mirada, su mente aturdida por sus palabras.
—¿Un fraile, dices?
—Sí, milady.
Un repentino pensamiento trajo una nueva cálida sonrisa a sus labios. Esto sólo
podría ser la posibilidad de aliviar todos los miedos de Daemon. Lanzándose el pelo
sobre el hombro, se levantó de la cama.
Arina vaciló cuando notó que Daemon la había abandonado totalmente vestida.
¿Por qué?
—Milady, él la espera.
Haciendo a un lado los pensamientos sobre su enigmático marido, Arina siguió a
Wace al salón.
El menudo y redondo fraile se puso inmediatamente en pie, con su cara
horrorizada.
Preguntándose por su extraña reacción, ella se acercó a él.
—Saludos, ¿Hermano...?
—Edred —le suministró él, pasándose nerviosamente la mano sobre su tonsura.
Incluso mientras lo miraba, el rubor se extendió sobre sus mejillas y ascendió hasta el
círculo afeitado de su cabeza. Él se aclaró la garganta y posó una mirada gris acerada en
ella—. Recibí un mensaje de Lord Daemon hace dos días pidiendo por alguien para que
viniese a bendecir las tumbas y administrar los Últimos Ritos. ¿Entiendo que ocurrió
alguna clase de accidente?
¿Daemon había pedido a un fraile que viniera? Arina frunció el ceño ante la
revelación. ¿Por qué no lo había dicho cuando el sajón lo criticó delante de todos?
—Pido perdón por mi tardanza —siguió el fraile—. Pero había un pobre niño
poseído que necesitaba mi ayuda.
—¿Y cómo fue poseída ella, buen hermano?
Arina alzó la mirada a la burlona voz de Belial. Él se inclinaba en la entrada, con
una sonrisa amenazante en sus labios.
—Ella fue… —el fraile hizo una pausa, luego frunció el ceño—. ¿Cómo sabe
milord que fue una mujer?
Belial negó con la cabeza.
—Es la mirada de usted, buen hermano —se unió a ellos en el salón y enlazó su
brazo herido en la cintura de ella—. Y la mirada en sus ojos cuando se dirigió a mi
querida hermana.

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La mandíbula del fraile empezó a abrirse como un pez boqueando fuera del agua.
Sus ojos se ensancharon, y una ola de cólera se estrelló en Arina.
—Discúlpate con el fraile —dijo con los dientes apretados—. No hay ninguna
necesidad de insultarle así.
La mirada de advertencia de Belial envió un helado temblor de miedo sobre ella.
Arina parpadeó, con su mente vacilando. Sé buena y sacrifícate a ti misma por mí. Las
palabras giraron por su cabeza, repitiéndose una y otra vez. Sí, era la voz de Belial.
Ella debía recordar....
—¿Milady? —el hermano Edred se adelantó y tomó su brazo.
Arina echó un vistazo de él a Belial, cuyo ceño estaba rayado con… ¿miedo?
Todavía no podía creerse que Belial le tuviese miedo a algo.
—Mi hermana ha tenido un accidente —dijo Belial y no había confusión en la
precaución de su tono—. De unos días para acá no puede recordarse a sí misma y es
propensa a tener mareos.
—Milady posiblemente este…
—No, fraile, no lo diga —advirtió Belial.
Arina le contempló. ¿Qué pasaba por la mente de Belial? Los imperceptibles y
extraños susurros rondaron por su cabeza y una parte de ella le decía que si escuchaba
con bastante cuidado, aquellos susurros contestarían a su pregunta.
Belial le apartó el pelo de la mejilla y sus pensamientos volaron. Un extraño brillo
se cernía en los ojos de Belial y una esquina de su boca se alzó. Él miró al fraile.
—No la tratéis de poseída hasta que os encontréis con su señor. Temo que él no se
tomará tan ligeramente vuestras atenciones a su esposa.
El hermano Edred frunció el ceño.
—¿Qué queréis decir?
La lenta sonrisa que se extendió a través de la cara de Belial pareció siniestra y
fría. Un temblor trepó por la columna de Arina y se asentó en su estómago.
—A su debido tiempo, Hermano. Pero venga. Le mostraré las tumbas y las
familias de las personas que necesitan sus ministerios.
Arina los observó marcharse sin permiso y las nebulosas imágenes en su mente se
aclararon.
La alianza de su hermano con el fraile no era un buen augurio. Belial era un
hombre malo, malvado y frío. Cada vez que le ponía una mano encima, ella podía
sentirlo en su toque, en la frigidez de su carne.

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A lo largo de los pocos días anteriores, él no había hecho ningún intento de hablar
con nadie más que con ella o Daemon, y sabía que debía estar planeando algo malo para
buscar ahora al fraile. Pero, ¿a quién estaba destinado su mal? ¿Ella, Daemon o el
hermano?
Parte de ella la urgía a ir tras ellos y hablar con el fraile a solas, pero otra parte le
advertía que se quedara hasta que Daemon regresara. Escuchando la advertencia, volvió
a sus habitaciones, donde podría terminar su aseo de la mañana.
Daemon tiró de la rienda de su caballo para que se detuviera. Por las miradas de
sus hombres, podía asegurar que estaban listos para volver, aún cuando cada uno
sostenía su lengua. De hecho, cuando los estudió, se dio cuenta que ni un solo hombre
entre ellos se atrevía a encontrar su mirada fija.
La amarga diversión le llenó. Había algunas ventajas en que te temieran. Nadie se
atrevía a expresar una queja, pero entonces tampoco nadie se acercaba alguna vez a él
con cualquier otro objetivo.
Nunca antes lo había notado. No, hasta que Arina le hizo darse cuenta de lo
solitario que se había convertido; cuántas noches había pasado solo, sin amigos y sin
consuelo.
Inclinó la cabeza ante el pensamiento. Tres días. Sólo tres cortos días desde la
primera vez que la había visto y ya se había engranado en su vida, en su alma. Sabía
mejor que nadie cuidarse de mantener tiernos pensamientos por alguien, especialmente
por una mujer. ¿Por qué, entonces, no podía bloquearla de su mente?
Daemon se estremeció ante el dolor en su pecho. Nunca antes tuvo la perspectiva
de tomar las tierras reclamadas por él. Entonces, ¿por qué esta lealtad a una doncella
que apenas conocía? ¿Una doncella que se había convertido en su esposa?
Quizás esto venía de su necesidad de protegerla. Con sus tierras y su alianza de
sangre con William, ella nunca carecería otra vez de hogar, nunca conocería otra vez el
miedo, el hambre o el frío. Una vez que cayese en la batalla, ella tendría la opción de
elegir a cualquier señor que la atrajese. Sí, sería lo mejor para todos ellos.
Ignorando la parte de él que negaba su reclamo, Daemon hizo a su caballo volver
grupas.
—Si hubo bandidos robando en las pequeñas granjas, parece que han huido.
Como esperaba, ninguno de sus hombres contestó.
—Volvamos.
Daemon espoleó a su caballo hacia el señorío. La anticipación se precipitó por su
cuerpo, apretando sus tripas. Prefería afrontar a todo el ejército sajón que pasar otro
momento con Arina. Ella planteaba una amenaza mucho mayor para su cordura y su
vida que todos los ingleses alguna vez nacidos.

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Sacudió la cabeza con ironía. Él se había mantenido en pie en la batalla contra lo
mejor que Inglaterra tenía para ofrecer y no había sufrido ningún daño. Ahora, una
simple doncella sajona lo había puesto de rodillas, haciendo de él muchas de las cosas
que siempre había desdeñado.
No, él nunca sería un Señor, más de lo que se permitiría a sí mismo ponerse gordo
y desaliñado.
Los hombres sólo respetaban a los guerreros, y sólo como un temido guerrero
podía sujetar las lenguas todavía. Y con su ausencia, la bondad de Arina persuadiría a la
gente. Con el tiempo, olvidarían y perdonarían el matrimonio que había realizado.
Sin importar por qué, debía dejar Brunneswald y a ella atrás. Aunque su alma
discutiera contra ello, sabía que era la única opción que tenía.
Para la hora en la que volvió, Daemon se había convencido a sí mismo de que
estaría mejor alejado de Arina. Concentrado en las acciones que debía tomar, montó
para entrar en el valle.
Los niños bailaban en una frenética prisa, levantando sus pies y más polvo que una
manada de sementales incontrolados. La risa resonaba, así como los vítores y canciones.
Daemon tiró de su caballo para que se detuviera. Asombrado por la vista, los
contempló con incredulidad. No había sido hasta que llegaron a Inglaterra que había
escuchado las risas de los niños.
De repente, el grupo de bailarines se rompió haciéndose a un lado y saliendo del
centro, poniéndose en pie, estaba Arina sosteniendo un niño contra su pecho. Su
corazón se detuvo. Nunca en toda su vida había contemplado a una mujer más hermosa,
más aturdidora. La luz del sol brillaba en su pelo como el oro sutilmente tejido. Círculos
rosados oscurecían sus mejillas, y ella sonrió con la misma sonrisa que debía hacer que
cada ángel en el cielo temblara de envidia.
El dolor rasgó por su pecho como si dagas le perforaran el corazón y el fuego
corrió por sus venas para despertar una parte de él mismo que despreciaba. Se esforzó
por respirar contra la sensación. Una vez más, se recordó a sí mismo por qué no podía
tener una vida con ella. Por qué nunca iría a ella en busca de consuelo y liberación.
Ella dejó al niño a un lado y ambos unieron sus manos con los otros y giraron en
una danza. Su voz sonaba por encima de las demás, más encantadora de lo que jamás
había oído.
—Si alguna vez un hombre merece la salvación, debido a una penosa separación,
él debería ser justamente ese hombre. Ya que, con la pérdida de su compañero, nunca
una tortuga estuvo más destruida que su caparazón.
Arina se rió del niño a su derecha y dejó escapar un profundo suspiro antes de
seguir con su canción.

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—Cada uno se aflige por su tierra y su país cuando se separa de los amigos de su
corazón, pero no hay ninguna despedida, que alguien pueda decir, tan miserable como
aquella de un amante y su amor.
Su dulce melodía y palabras resonaron alrededor de él, burlándose, consolándole,
susurrando a su alma, a su cobarde corazón. Saboreando cada frágil tono, él cerró los
ojos. Sí, ella era una mujer que pondría orgulloso a cualquier hombre. Entonces, ¿por
qué debía él, su marido, rechazarla?
Porque ella nunca podría ser realmente suya. La gente que los rodeaban, siempre
iban a llamarle monstruo, deforme.
—Destino, ¡cruel bastardo! —gruñó en voz baja y desmontó. Su vientre se
revolvió con la cólera, él le lanzó las riendas a un mozo que esperaba.
Sacándose los guantes y el yelmo, se dirigió hacia el señorío.
—¡Daemon!
Él cerró los ojos en un esfuerzo por desvanecer la alegría de su voz. No quería oír
su nombre en sus dulces labios. Eso no servía a otro propósito que debilitar su
resolución.
Ella corrió y le agarró del brazo, sus ojos brillando con alegría. Daemon la
contempló, su corazón latiendo y su cuerpo cobrando vida. En este momento, nada le
complacería más que escoltarla a sus habitaciones y probar su cálida piel.
—Venid, milord, ¡debéis uniros a nosotros!
Él frunció el ceño.
—¿Unirme a vos?
—¡Sí! —dijo ella con una risa, tirando de su brazo hacia los niños.
Daemon sacudió la cabeza, el horror llenándole por completo.
—Nay, milady. No puedo. Los asustaré.
Ella vaciló durante sólo un momento antes de tomar sus guantes y colocarlos
dentro de su yelmo, el cual dejó en el suelo.
—¡Bah! Asústalos, por tanto.
Llevándole de la mano, ella se rió y se detuvo delante de los niños.
—Tenemos otro bailarín —declaró ella.
El demonio echó un vistazo a las caras de alrededor y notó de inmediato su miedo
y reserva.
—Milady, por favor —dijo él.

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Un profundo ceño aguzó sus rasgos cuando ella notó también sus reacciones. Le
soltó y se llevó las manos a las caderas. Miró a cada uno echándoles una mirada de
regaño.
—¡No me digáis que le tenéis miedo!
Nadie habló, pero él podía decir, por el terror en sus ojo, que todos y cada uno de
ellos preferían afrontar a Lucifer que tocarle a él. Daemon comenzó a alejarse, pero una
niña pequeña se adelantó.
—Yo no tengo miedo —dijo ella, su voz más dulce que la primera brisa cálida de
la primavera—. Si milady dice que no tiene miedo, entonces yo tampoco lo tengo.
Antes de que pudiera moverse, ella se estiró y agarró su pulgar con su diminuta
mano. Su toque era tan ligero como un soplo de aire, pero enviaba una ola de dolor
estrellándose por él que casi lo derribó. Daemon se quedó mirando su cara de duende y
los brillantes y oscuros tirabuzones que rodeaban sus mejillas sonrojadas. Ella le sonrió,
y casi lo hizo ponerse de rodillas.
—¡Vamos, Lord Duda! —dijo Arina, tomando su otra mano—. ¡Tenemos un
baile!
Todavía inseguro de sí mismo, Daemon permitió que ellos comenzaran el baile. Se
sentía el mayor de todos los tontos cuando tropezó con los pasos. Nunca en su vida
había bailado y los intrincados movimientos se escapaban de sus torpes pies.
Arina se rió, entonces rompió el círculo. Tomándole por las manos, se inclinó
hacia atrás y giró con él. Daemon se quedó mirando temeroso cuando el resto del
mundo se movió en espiral emborronando todo a su alrededor. Sólo su cara, con su
sonrisa alegre y agradable belleza, podía ser vista claramente. Y algo en esto le satisfizo
más de lo que se permitía admitir.
Sostenido por su sonrisa y encantamiento, se esforzó por respirar. La quería más
de lo que había querido alguna vez algo. No, la necesitaba, se corrigió. La necesitaba
más que el mismo aire que alimentaba sus hambrientos pulmones. Ella era su vida, su
alma.
Por instinto, tiró de ella hacia él. Ella tropezó con sus pasos de baile y se tambaleó
con un grito ahogado. Daemon la agarró antes de que cayera, pero su esfuerzo por
salvarla lo desequilibró a él también. Entrelazados, cayeron al suelo.
Su risa, unida a la de los niños, sonó en sus oídos. Arina estaba sobre su pecho,
con su pelo derramado a través de su rostro en el más tierno de los abrazos. Él inhaló el
cálido y dulce aroma, y su cuerpo erupcionó en llamas. Cerrando los ojos, se permitió a
sí mismo durante un momento fingir que podían tener una vida juntos. Que podría mirar
hacia los venideros años con tal placer y risas.
Ella se retorció encima de él hasta que se sentó a su lado, mirando hacia abajo. Sus
ojos centellearon como los zafiros más finos que alguna vez adornaron la tierra. Su

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cuerpo palpitó con una demanda que él sabía que nunca podía satisfacer otra vez. Él la
había avergonzado una vez con sus odiosos deseos carnales; se negaba a hacerlo otra
vez.
Ella se echó el pelo hacia atrás y le dedicó la misma sonrisa que derritió su
desgraciado corazón.
—Mis gracias, milord. ¡La tierra parece de lejos demasiado sólida y estoy más que
agradecida de no descubrir por mí misma qué heridas hace!
Y antes de que él pudiera moverse, ella se inclinó hacia delante y le besó en los
labios. Aunque fuera casto y breve, envió mil llamas que revolotearon en su estómago y
sus costados. Con el deseo pisoteando su razón, Daemon se puso en pie, la tomó en sus
brazos y, entonces, tiró de ella para otro y más satisfactorio beso.
Ella jadeó y se rindió a él. Daemon bebió de sus labios calientes, dulces, que
sabían mejor que el más fino de todos los vinos de Normandía. Ella abrió la boca
dándole la bienvenida y su corazón saltó en su pecho. Nada le daría mayor placer que
pasar la eternidad en sus brazos.
—Milord, milady, viene el fraile —gritó la niña, antes de irrumpir en risitas.
Arina se apartó, en sus mejillas una deliciosa sombra rosada. Ella se tocó los
labios con la mano y Daemon luchó para ganar la batalla en su interior. Una tímida
sonrisa cruzó sus labios cuando se le quedó mirando, sus ojos llenos de calor y amor.
Él nunca había pensado recibir tal mirada. Extendió el brazo y tomó su mano de
sus labios. Su suave piel le recordó a la seda más fina.
—¿Lord Daemon?
La desconocida voz lo apartó de su deseo de tenerla en sus brazos y apagar la
lujuria de su cuerpo. Parpadeando en un esfuerzo por disipar sus pensamientos, Daemon
se puso en pie. Él le ofreció la mano a Arina y la ayudó antes de darse la vuelta y
afrontar al fraile.
Daemon obligó a sus labios a no rizarse, pero no podía hacer nada para restañar la
inundación de odio que ahogó su corazón. Él había pasado demasiados años con los así
llamados Hermanos de Dios que usaban su título para sus propios fines corruptos.
Incluso aunque lo intentara, no podía reunir ninguna amabilidad hacia cualquiera que
llevara esas túnicas. Si no fuese por su gente y sus creencias, desterraría a todas esas
criaturas de las tierras de Brunneswald.
—¿Hermano Edred? —preguntó él, no muy seguro de si era el mismo fraile al que
había llamado, el mismo fraile cobarde que, a la llegada del ejército de Daemon, había
huido de su casa y de la gente que dependía de él.
El pequeño hombre sonrió cuando se acercó más.

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—Sí —dijo, con su gruesa mandíbula temblorosa—. He venido tal como vos… —
su voz se rompió cuando alzó la vista y se encontró con la mirada de Daemon.
Su mirada de terror era una a la que Daemon se había más que acostumbrado.
—¡Santa Madre de Dios! —jadeó Edred, agarrando la cruz de madera sobre su
cuello—. Es verdad, los Normandos son los hijos de Lucifer.
Daemon recuperó su yelmo y sus guantes del suelo, luego se acercó al pequeño
fraile. Él entrecerró los ojos.
—Si somos el mismísimo diablo, entonces apuesto a que los sajones son sus
amantes. Después de todo, fue vuestro buen Rey Harold el que tomó los votos sagrados
para apoyar a mi hermano. Y Edward apenas había muerto cuando vuestro Rey Harold
se apropió del trono con mentiras y traición —rastrilló al fraile con una mirada
deslumbrante—. Estamos aquí bajo autoridades papales. Así que parece que
representamos a vuestro Dios, no a Satanás.
Ignorando el jadeo y la indignada mirada del hombre, Daemon se dirigió al salón.
Un tanto más para sus inútiles sueños. Nunca podría quedarse allí con Arina. La gente
de Brunneswald siempre exigiría la presencia del clero y mientras el clero
permaneciese, también lo harían los rumores de su nacimiento.
Daemon abrió la puerta de golpe con tal fuerza que chocó contra la lejana pared.
Su furia hervía a fuego lento profundamente en sus tripas.
Incluso ahora, podía sentir la picadura de la marca cuando esta chisporroteaba
contra su cráneo, oía las palabras del Hermano Jerome resonando a su alrededor. Un
niño no mayor de cinco años, él había gritado y gritado para que parasen. Había
luchado contra las cadenas que lo sujetaban hasta que hubo dejado una cicatriz
permanente en sus muñecas. Repetidas veces había declarado su inocencia y repetidas
veces le habían condenado.
Que así fuera. Prefería estar asociado con el diablo que con un dios que podía
permitir que realizaran tales abominaciones en su nombre. Al menos, el diablo era
honesto en su traición. Él no se escondía detrás de los así llamados trabajos para la
caridad que enmascaraban horrores mucho peores que cualquier infierno. Y aún con
todo, sólo tenía que mirar a Arina y podría creer en el mismísimo dios. Su bondad y
belleza tenían que venir de alguna fuente realmente divina.
Daemon agarró el yelmo en la mano y luchó contra el impulso de lanzarlo contra
la pared. Debía calmarse. El pasado era sólo eso, pasado. Debía concentrarse en el
futuro.
¿Qué futuro? Rumió su mente.
Daemon hizo una pausa, toda su furia se marchitó bajo una ola de amarga y
mordaz pena y desesperación. Él sabía que no podía quedarse y fingir que el pasado
nunca había existido, que la gente los dejaría a él y a Arina en paz.

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Su única alternativa sería llevársela y vivir en aislamiento. Él cerró sus ojos,
tratando de imaginarla en una granja, su espalda doblada por los años de duro trabajo,
sus suaves manos marcadas y con callos. No, no podía someterla a eso más de lo que
podía terminar con su propia miseria. Ella era una dama noble y se merecía todos los
privilegios y riqueza que le garantizaba su título.
Suspirando con pena, sabía qué era lo que tenía que hacer. Una vez que William lo
liberara de sus votos, buscaría otra guerra.

CAPÍTULO 6

Daemon salpicó agua helada sobre su rostro y restregó la mugre adherida a éste
por la dura cabalgata. Y sin duda que el baile había añadido aún más suciedad, sin
mencionar su placentera caída con Arina. Apretó los dientes al tiempo que un cálido
deseo corría por su cuerpo. Incluso ahora podía sentir las suaves curvas de Arina, oír su
melodiosa risa, sentir sus labios dándole la bienvenida.
El enfado curvó sus labios y penetró su corazón. ¿Por qué había elegido justo ese
momento el fraile para aparecer? Había sido la primera vez en su vida que había
disfrutado de sí mismo, que había verdaderamente olvidado quién y qué era. Por el
infierno, nunca debería haberle pagado al campesino Sajón para encontrar al odioso
hermano y devolverlo.
Como si sintiera su mal genio, Cecil aulló y saltó hacia el lavabo. Calculando mal
la distancia, golpeó el borde y cayó de nuevo al suelo.
—Aquí estás —dijo, alzándola y posándola donde había tenido intención de
aterrizar—. ¿Te lastimaste?
Ella ronroneó debajo de su mano y gentilmente hociqueó sus dedos, su rosada
lengua ásperamente golpeteando sus nudillos con cicatrices. Hasta Arina, Cecile había
sido la única criatura que le había demostrado amor. No, el amor no podía ser suyo. Era

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un hombre severo que no sabía nada de palabras de consuelo o gentiles. Esa era su
suerte, y hacía tiempo que había aceptado su destino.
Toda su furia desapareció y encontró la parte de él que aceptaba la vida que le
había sido dada. No había necesidad de enojarse, no realmente. Tenía el respeto y el
temor de la gente; ¿qué hombre podría pedir más que eso?
Un suave golpe lo sacó de sus pensamientos. Apartando la mano del suave pelaje
de Cecil, alcanzó su túnica y se la puso.
—Entre.
Para su completo asombro, Arina entró detrás de cinco de los niños del patio. Les
frunció el ceño, preguntándose qué podía traerlos a su habitación.
—Edith tiene algo que le gustaría deciros —dijo Arina, con la travesura
resplandeciendo profundamente en sus ojos.
La pequeña niña que había tomado sus manos avanzó hacia adelante, manteniendo
sus brazos detrás de la espalda. Se mordió el labio tratando de mantener el rostro serio,
pero las comisuras se elevaron hasta que se vio forzada a sonreír alegremente.
—Dilo, Edith —uno de los muchachos la incitó.
Su rostro se volvió pensativo y se veía como si algo la afligiera mucho. Un dolor
se enroscó en su estómago. ¿Por qué Arina forzaba a esta pobre y asustada niña a
confrontarlo, a un hombre que obviamente la aterrorizaba?
—No recuerdo lo que debo decir —susurró.
Daemon la miró fijamente con incredulidad. ¿Podía verdaderamente no estar
asustada de él?
El muchacho puso los ojos en blanco y resopló.
—¡El baile, tonta!
Ella miró atrás hacia él, su preocupación desapareciendo.
—¡Oh, eso es! —Se elevó en las puntas de los pies, su sonrisa regresó—.
Queríamos agradeceros por uniros a nosotros. Y nosotros… nosotros…
—Queríamos que os unierais de nuevo a nosotros —el muchacho continuó por
ella en una alta e irritada voz.
Ella asintió con la cabeza.
—¡Eso es! Queremos, milord, que os unáis a nosotros de nuevo —su pecho se
hinchó de orgullo, corrió de nuevo hacia el muchacho, y Daemon notó la guirnalda de
flores que sostenía detrás de su espalda.
—¡Edith! Te olvidaste de algo —el muchacho volvió a empujarla hacia él.

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Su boca formó una pequeña O. Volteándose, corrió hacia Daemon, sosteniendo la
guirnalda frente a ella.
—Hicimos esto para vos, milord, así tendreis una la próxima vez que baileis —
dijo, ofreciéndole la guirnalda.
Daemon la tomó, su mano temblaba ligeramente por el peso de alguna emoción
que no podía reconocer. Las cuidadosamente recogidas flores y follajes rozaron las
callosidades de su palma, y suavizaron las durezas de su corazón. Su pechó se tensó.
Nada alguna vez lo había tocado tan profundamente. La idea y el tiempo que pasaron
con el regalo, un regalo diseñado únicamente para él, hicieron a la guirnalda el más
precioso objeto que había tenido alguna vez.
La pequeña niña se inclinó hacia adelante, ahuecó una mano junto a su boca, y
susurró en voz baja:
—Creswyn dijo que no le temerá la próxima vez. Dijo si yo…
—¡Edith! —Dijo el muchacho bruscamente—. Es tarde; debemos ir a casa.
—Está bien —dijo con un resoplido. Mirando a Daemon una vez más, tiró de su
túnica, hasta que descendió a su nivel. Para el completo asombro de Daemon, le dio un
ligero beso en la mejilla.
El aturdimiento lo sacudió y casi lo hace caer. Nunca en su vida alguien tan joven
le había ni siquiera hablado, ni atrevido a tocar su monstruosa forma. Y aquí en este día,
esta valiente niña había alzado su mano hacia él en dos ocasiones.
A pesar de todo lo que había aprendido alguna vez, lo que le habían enseñado,
Daemon sonrió, su garganta más que demasiado cerrada para hablar. Tragó contra el
doloroso nudo en su garganta y trató de desestimar la esperanza que llameó dentro de él.
No, sabía mejor que nadie que era mejor no confiar en otros para seguir el ejemplo de la
niña. Había aprendido hacía mucho tiempo a no confiar en tales cosas.
Con un grito de indignación, su hermano se apuró hacia adelante y la tomó por el
brazo. En lugar del usual comentario cáustico, el niño sacudió la cabeza.
—¡Edith, no se supone que beses a un lord!
Daemon se aclaró la garganta y le revolvió el cabello de la niña.
—Está bien; no me ofendí.
Creswyn elevó su mirada hacia él, sus juveniles ojos aliviados.
—Gracias, milord. Es desobediente. No sé que debería hacer con ella —dijo con
una nostálgica voz demasiado anciana para su edad, una voz que debió haber oído
incontables veces de sus padres.
Daemon tomó una flor de la guirnalda y se la ofreció a Edith.
—Atesórala.

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Ella sonrió, olió la flor, luego salió de la habitación.
Arina cerró la puerta detrás de los niños, su corazón más ligero que las alas de un
hada. Se volteó para mirar a Daemon, quien observaba fijamente con reverencia la
guirnalda en su mano. Le recordaba a un niño sosteniendo a su más preciado juguete.
Sonriendo ante la imagen, cruzó la habitación y tocó su brazo. Los duros músculos
se flexionaron debajo de su palma, enviando una oleada de calor danzando por su
cuerpo.
—Milord teneis una sonrisa muy atractiva. Deberíais practicarla más
frecuentemente.
Él le tomó la mano y estudió su palma. Sus delgados dedos acariciaron su carne y
escalofríos se expandieron por sus brazos hasta su cuero cabelludo.
—Nunca he tenido una razón para sonreír. No hasta vos.
Un mareo la recorrió al tiempo que Arina apretó su mano en la suya y alzó la
izquierda para ahuecar su áspera mejilla. Hebras perdidas de su cabello se deslizaban
entre sus dedos en una manera sensual que añadió incluso más escalofríos a su cuerpo.
Él cerró los ojos y sostuvo su mano contra su mejilla como si saboreara su toque
tanto como ella saboreaba el suyo.
—Milady, ¿por qué habéis venido?
Sus familiares palabras la atravesaron. Arina se alejó de él, su mente girando.
Miró fijamente al suelo, donde una imagen de un campo de batalla parecía pintada
contra las piedras. Los gritos resonaron, los hombres se aferraron a ella.
Ella giraba, tratando de soltarse del asimiento de los dedos que tiraban de su
cabello, su vestido.
—¡Déjenme! —Gritó, tirando de su vestido donde sus agarres la sostenían
fuertemente.
—¿Arina?
Repentinamente, las imágenes se desvanecieron. Parpadeando, alzó la mirada
hacia el ceño preocupado de su esposo. Y a pesar del consuelo que sus ojos ofrecían, su
corazón continuó martillando contra su pecho.
—Fue horrible —susurró—. ¿Por qué me persiguen?
—¿Quién os persigue?
—La gente —aterrorizada, Arina se arrojó a sus brazos y se aferró a sus hombros,
necesitando el consuelo y el confort de su cálido toque—. Los veo, los siento. ¿Por qué
no me dejan en paz? —Las lágrimas humedecieron sus mejillas—. Es como si quisieran
herirme y no sé porqué.

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Sus brazos se tensaron a su alrededor, y ella le dio la bienvenida al consuelo que le
ofrecía.
—Está bien, milady. Estoy aquí. Nadie os lastimará mientras viva. Velaré por eso.
Arina se alejó, sintiendo una repentina llama de furia a pesar de sus tiernas
palabras.
—Pero queréis dejarme. ¿Quién me protegerá cuando os hayáis ido?
Una sombra pasó por sus ojos, y podía ver que sus palabras lo habían golpeado.
Cruzó la habitación para detenerse delante de la ventana. Las imágenes aún se movían
por su mente como un violento susurro del pasado.
—Debo estar loca —susurró, su furia desvaneciéndose—. No puede haber otra
explicación para lo que veo.
La aferró por los hombros y la volteó para que lo mirara. La ira brillaba en sus
ojos de raros colores, volviéndolos fríos, ilegibles, y enviando un estremecimiento por
toda ella.
—¡No estáis loca, milady! —Dijo en una amarga, furiosa voz que no comprendía
—. Nunca debéis decirle eso a nadie. ¿¡Me oís!?
—¿Por qué? —Le preguntó, tensando su columna para oponerse a él—. Es la
verdad.
—Es una mentira. He pasado demasiados días junto a aquellos que están locos.
Creed en mí cuando os digo que está mucho más sana que cualquier otra persona que
haya conocido.
El aturdimiento se derramó sobre y un presentimiento llenó su corazón.
—¿A qué os referís con que habéis conocido a aquellos que están locos?
Él retrocedió y cerró y abrió los puños como si luchara contra un demonio interior
que estaba a la altura de los fantasmas que la perseguían a ella.
Cuando habló, su voz baja apenas logró llegar hasta sus oídos.
—Cuando era niño, viví en una pequeña comunidad de monjes y frailes. En la
misa de los domingos, los aldeanos locales traían a aquellos juzgados locos. Los
hermanos nos ataban al altar donde podíamos recibir la bendición de Dios.
Se volteó hacia ella, y el vacío en sus ojos la estremeció.
—Habiéndolos conocido, estoy más que seguro de que milady está bastante sana.
El dolor se deslizó por su corazón ante el pensamiento de él siendo tratado de tal
manera.
—¿Le ataban con los locos?

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—Sí —dijo, su cuerpo y su voz vacíos de cualquier emoción. Incluso así, Arina
sabía que el hecho debía haberlo dejado espantado.
—¿No estabais asustado?
—Sí. Estaba aterrado.
Imágenes de él como un niño indefenso la invadieron. ¿Cómo podía alguien
hacerle tal cosa a un niño pequeño? Apenas podía comprenderlo.
—Oh, Daemon, lo siento.
Sacudió la cabeza y se alejó del tranquilizador contacto que le ofrecía.
—No lo hagáis. Fue hace mucho tiempo atrás.
Frotando su mano izquierda sobre su hombro derecho, le dio la espalda.
—Con el tiempo ya ni siquiera parece que era yo realmente, sino más bien que le
sucedió a alguien más. Alguien a quien nunca conocí. —Cuando volvió a mirarla, la
furia y el aborrecimiento llamearon en su mirada—. Es el pasado y el pasado es mejor
dejarlo atrás.
Un golpe sonó en la puerta un momento antes de que Wace la abriera.
—Milord, milady, el administrador me ordenó que os dijera que todos están
esperando vuestra presencia para cenar.
Esperando tener más tiempo para explorar el tema mientras su esposo parecía
querer hablar, Arina asintió.
—Iremos en seguida.
Wace cerró la puerta. Volvió a acercarse a Daemon, y por su rostro podía decir
que no tenía intención de reunirse con su gente, o seguir con la conversación.
Sálvalo, repitió la voz en su cabeza.
—Daemon, deberíais uniros a nosotros.
La miró con un oscuro fruncimiento de ceño.
—Prefiero no hacerlo.
Su testarudez prendió su furia. ¿Cómo podría salvarlo cuando él persistía en sus
maneras solitarias?
—¿Tenéis intención de pasar vuestra vida entera en el exilio?
Una extraña luz llenó sus ojos.
—De hecho, sí, milady.
Cerró los ojos y rezó por ayuda Divina. Seguramente, se necesitaría un milagro
para persuadir a Daemon.

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—Si no le dais a la gente la oportunidad de conoceros, entonces nunca verán más
allá de los rumores.
Su bufido de incredulidad la hizo querer tirarle algo por la cabeza.
—Si voy allí afuera, los rumores sólo empeoraran.
—¿Por qué creéis eso?
—Lo sé.
Arina soltó un profundo suspiro, su cuerpo temblando de rabia. ¿Cómo podía ser
tan ciego, tan testarudo?
Se acercó a él, pero se rehusó a mirarla.
—Bien, quedaos aquí tanto tiempo como queráis. Pero si verdaderamente habéis
puesto el pasado a descansar, entonces no continuaríais aislándoos del mundo. Vuestro
pasado aún os persigue, Daemon FierceBlood, y hasta que lo enfrentéis y lo conquistéis,
nunca cesará de atormentaros.
Ante lo dicho, se retiró de la habitación.
Daemon estaba apostado en el centro de la habitación, sus palabras haciendo eco
en sus oídos. Quería negarlas, pero en sus profundidades, sabía que había hablado con la
verdad. Sí, su pasado seguía sus pasos como un lobo hambriento esperando para devorar
cualquier tierna parte de él que pudiera alcanzar.
¿Por qué no podía sencillamente dejarlo en paz? Todo lo que quería era que el
mundo entero lo olvidara. En el pasado, había parecido simple. Nadie nunca había ido
en su busca. Wace hacía todo lo que se le decía y lo dejaba con sus propios deseos. ¿Por
qué no podía Arina hacer lo mismo?
Sólo porque tenía alguna noción peculiar de que podía de alguna manera hacer a
todos olvidar quién y qué eres, no quería decir que pudiera. Si había aprendido algo en
su vida, era que la gente lo rechazaba. Así que había aprendido a rechazarlos primero.
Todos los años pasados le habían enseñado bien qué ocurriría si se unía a una
comida en común. Quizás era tiempo de que su esposa también aprendiera lo que había
conocido durante toda su vida.
Arina alzó la mirada al entrar Daemon en la habitación. Una sonrisa curvó sus
labios. Sí, había ganado está batalla; con algo de suerte conquistaría la guerra.
Daemon se sentó a su lado, su rostro tenso y tirante.
—Podríais al menos aparentar que esperáis por la comida —ella susurró.
La mirada que le brindó enfrió su alma.
—Pensaría que después de nuestra fiesta de bodas, milady, sabríais demasiado
bien por qué tomó mis comidas solo.

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—Pash —dijo, frunciendo la nariz—. El hombre estaba borracho.
Negó con la cabeza, y ella supo las palabras en su mente como si las hubiera dicho
en voz alta. Pensaba que era tan testaruda como él. Sonrió ante ese pensamiento. Quizás
lo era, pero era por su propio bien.
Una vez que los sirvientes hubieran terminado de traer la comida, el fraile
gesticuló para que todos inclinaran las cabezas para una plegaria. Por el rabillo del ojo,
Arina notó que Daemon mantenía la cabeza erguida, su mirada enfocada en la lejana
pared.
Las palabras del fraile se oyeron, titubeando solo cuando también notó a Daemon.
El hermano Edred terminó su plegaria, luego miró a Daemon.
—¿Mi señor no os unís a la plegaria?
La mandíbula de Daemon se tensó.
—No os fuerzo a mis creencias, hermano. Rezo para que me deis la misma
cortesía.
Arina lo pateó por debajo de la mesa.
Él le dirigió una mirada hostil que le robó el aliento. Abrió la boca para hablar,
pero antes de que pudiera, el administrador entró.
—Milord, hay viajeros a la entrada que desean alojamiento por la noche y comida.
—Traedlos dentro.
El administrador vaciló como si quisiera decir algo más. Finalmente, se inclinó y
susurró en el oído de Daemon. Arina frunció el ceño, deseando saber qué pasaba entre
ellos.
—No importa. Traedlos y sentadlos como nobles invitados.
Una mirada de sorpresa cruzó el rostro del administrador, pero no dijo nada más y
se apresuró a llevar a cabo la orden de Daemon.
A pesar de su necesidad de preguntarle acerca del extraño comportamiento del
administrador, Arina se mantuvo en silencio, sabiendo que lo descubriría pronto.
Después de algunos minutos, el administrador regresó dirigiendo a tres hombres, el
mayor de los que apareció no parecía muchos más años que los otros. Sus largas
cabelleras y trenzas le decían que eran sajones y su orgulloso porte y ropas hablaba de
su nobleza.
Rígidamente, se acercaron a la mesa. Sus miradas se estrecharon casi al unísono al
divisar los ojos de Daemon.
—Os agradecemos por vuestra hospitalidad —dijo el mayor.

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Arina contuvo la respiración ante el obvio desaire. Era realmente grosero pedir
hospitalidad y no al menos reconocer el señorío de Daemon.
Sin duda Daemon lo había notado también, pero no dio indicio de la omisión del
sajón.
En cambió, asintió ligeramente, y el administrador los ubicó en sus asientos al
final de la mesa.
Belial se inclinó hacia adelante para descansar la barbilla en su palma, y Arina se
preguntó ante la maliciosa mirada en sus ojos cuando escudriñó a los recién llegados.
El hermano Edred se dirigió a los hombres en inglés. Arina regresó a su comida,
notando la tensión de Daemon, lo que hizo temblar sus propias manos.
Se las arregló para comer unos pocos bocados antes de que la voz de Belial se
oyera.
—Ahora que tenemos un fraile en la residencia, parecería oportuno que la unión
de mi hermana fuera bendecida por él —se atragantó con la comida, horrorizada ante la
audacia de su hermano, especialmente después de la declaración que hizo Daemon
anteriormente—. ¿Qué decís vos, Lord Daemon? ¿No deberíamos tener una misa
nupcial?
¿Por qué Belial lo provocaba deliberadamente?
Daemon tomó un sorbo de vino, luego volteó para enfrentarse a Belial y el
hermano Edred, que había hecho una pausa en su conversación con los sajones y en ese
momento estaba sentado con aplomo expectantemente.
—Entiendo que la Iglesia piensa que el matrimonio es demasiado pecaminoso
como para molestarse con éste. Creo que la orden oficial dice que es mejor dejar los
asuntos seculares a las cortes seculares.
El hermano Edred asintió.
—Eso hace tiempo se sostuvo como verdadero, pero el último consejo sostuvo que
las uniones deberían ser bendecidas.
—Entonces bendiga a mi esposa y dejadme en paz.
La indignación endureció la mirada del fraile y Arina retuvo la respiración,
rogando por que sus palabras no fueran demasiado duras.
—¿Por qué, milord, rechazáis la bendición? ¿Hay algo acerca de Nuestro Celestial
Padre que os atemoriza?
La mirada de Daemon se oscureció en un peligroso tinte que envió una oleada de
miedo a lo largo de su espina.
—Nada acerca de vuestro Dios podría asustarme nunca. Guardad vuestros
consuelos para aquellos que los crean. Yo no sirvo para eso.

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—¡Blasfemo! —Gritó el Hermano Edred, alzándose—. ¡Hereje!
Daemon se irguió y se elevó por encima del pequeño hombre. El hermano Edred
retrocedió, sus ojos abiertos de par en par y llenos de miedo. Arina tragó el nudo en su
garganta, insegura de qué hacer.
Los labios de Daemon se curvaron al tiempo que deslizaba sus ojos por el fraile.
—Si vuestro Dios no está ofendido por los indecorosos cobardes que lo
representan, entonces dudo que mis breves palabras aumentaran Su ira.
—Milord, por favor —dijo Arina, tomando el brazo de Daemon. Sólo una cosa la
molestaba más que su esposo fuera atacado, y eso era la falta de fe de su esposo—. Os
suplico que sostengáis vuestra lengua. Es mi Señor el que también rechazáis. Y sé que
vuestras palabras Le desagradan.
Se encogió ante la caliente mirada que le lanzó. Quitando la mano de su brazo,
Arina tembló.
—No defendáis a este libertino patán ante mí, milady —dijo Daemon—. Conozco
sus seguidores y su clase mucho mejor que vos. Y os suplico que evitéis su presencia
para que no aprendáis pronto los verdaderos horrores que yacen debajo de sus sotanas.
El calor golpeó sus mejillas, el doble significado era más que claro. Antes de que
pudiera replicar, él abandonó el salón.
Arina recogió su falda y corrió detrás de él. ¡Por el cielo, la escucharía en este
tema! Era tiempo de que dejara su ceguera de lado y viera la verdad.
—¡Daemon! —Dijo bruscamente, alcanzándolo justo frente a la puerta—. No
puedo creer las palabras que habéis pronunciado.
A pesar de las oscuras sombras que oscurecían su rostro de su vista, detectó la
furiosa mirada. Pese a ello, se rehusaba a dejar que el tema muriera, no antes de que
terminara esta discusión.
—Habláis de hombres rechazándoos cuando fuisteis vos el que provocó al
hermano Edred.
—¿Yo provoqué al Hermano Edred? —Preguntó, su voz dura con sarcasmo—. Él
fue el que lazó insultos, no yo.
Ella elevó la barbilla y estrechó los ojos.
—Podríais haber adivinado su reacción cuando os rehusasteis a inclinar la cabeza.
—¿Inclinar mi cabeza por qué? ¿En respeto a una deidad que en la que se me
dificulta creer?
Su mano escocía por abofetearlo. Furia y dolor se juntaron dentro de su pecho.
¿Por qué él no podía ver la verdad?

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—El Señor está vivo. ¿Cómo no podéis sentirlo?
Daemon tomó su mano y la aplastó contra su pecho, donde su corazón golpeaba
contra las frías yemas de sus dedos. Escalofríos recorrieron la longitud de su brazo y
picaban en su cuello.
—Siento a mi corazón latir —dijo en una ronca voz—. Siento el viento contra mis
mejillas. Por toda mi vida he escuchado a criaturas tales como Edred decirme que no
era humano. Que soy una abominación contra Dios. —Su asimiento se tensó sobre su
muñeca—. Me han maldecido, golpeado y llamado monstruo y todo en nombre de Dios.
Si creyera en Dios, entonces debiera creer las palabras que dijeron sobre mí. ¿Por qué
más un omnisciente y omnipotente Dios me permitiría sufrir en Su nombre y de las
manos de Sus sirvientes?
Cerró los ojos, rezando por una manera de hacerlo ver.
—El Señor se mueve de forma misteriosa. Nos da libre elección de servir a Su
voluntad o a la de Lucifer. No todo el que jura en Su nombre sigue Sus dictámenes. —
Arina alzó la mano y apartó una hebra del cabello de la frente de Daemon—. Todos
nosotros caminamos por diferentes caminos y no sé porqué se os ha dado el vuestro,
pero sí sé que el Señor es real y que Él está lejos de ser insensible y despreocupado.
Daemon la tomó de los brazos, su toque sorprendentemente gentil.
—Perdonadme, milady, pero no puedo creer en lo que decís. Si acepto vuestra
creencia, entonces debo aceptar lo que los curas han dicho acerca de mí, y me rehúso a
creer que Lucifer sea mi padre.
La soltó y se dirigió a los establos.
Arina lo observó retirarse, su corazón golpeando salvajemente contra su pecho. No
solamente se había aislado de todos a su alrededor, sino incluso de Dios en sí mismo.
Apenas podía concebir la soledad, el dolor y la desesperación que tal asilamiento debía
causar.
Parecería que en toda su vida, Daemon había caminado solo. Completamente solo.
Se estremeció ante aquel pensamiento. El alma humana no había sido creada para tal
travesía. Era una maravilla que Daemon hubiera sobrevivido tanto tiempo.
—¿Milady?
Se volteó para ver a Wace apostado a la entrada.
—¿Sí?
—La gente está ansiosa. El administrador desea que vos regreséis para así ellos
puedan ser calmados —Arina avanzó hacia él. Estudió la juventud de su rostro
pensativo y tenso.
—Decidme, Wace. ¿Cuánto tiempo habéis viajado con Lord Daemon?

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Un fruncimiento junto sus cejas.
—Casi cuatro años ahora, milady. ¿Por qué?
Suspiró y miró hacia los establos al tiempo que Daemon lo dejaba a horcajadas de
su caballo.
Sin mirar en su dirección, galopó a través de las murallas y salió por la entrada.
Una añoranza de él crecía en su corazón y anheló poder reclamarlo como suyo, para
calmar el dolor que años de sufrimiento y burlas incrustaron en su alma
—¿Siempre ha sido como es ahora?
Su fruncimiento se profundizó.
—No sé a lo que milady se refiere.
Ella suspiró y volvió su mirada a Wace.
—¿Siempre ha evitado estar con la gente?
—Sí, milady —dijo, asintiendo con su cabeza—. A decir verdad, esta es una de las
pocas veces en que nos hemos quedado en una mansión por más de un día o dos.
Normalmente viajamos de batalla en batalla, rara vez durmiendo bajo techo.
Su garganta se cerró ante la angustia que golpeaba dentro de ella. ¿Encontraría
alguna vez la manera de alcanzar a su esposo guerrero?
—¿Ha hablado con vos acerca de por qué elige vivir de tal manera?
—No, milady. Rara vez habla conmigo salvo para darme mis deberes.
Su corazón se dolió. Arina se movió para regresar dentro, pero Wace tocó su
brazo, haciéndola detenerse.
—No lo juzguéis duramente, milady. Sé la clase de cosas que los sirvientes y los
hombres susurran acerca de él, pero os juro sobre mi propia alma que son mentiras.
Lord Daemon puede no ser piadoso, pero está lejos de ser un demonio. En todo el
tiempo en que lo he servido, nunca me ha elevado la voz, o me ha golpeado. Pero
muchas veces mi anterior amo me ha llevado a misa mientras las contusiones oscurecían
mi carne por los golpes que me había dado. Lord Daemon es un buen hombre, no
merece tal crítica.
Ella palmeó su brazo.
—Es honorable la manera en que apoyáis a vuestro señor, pero no tengáis miedo.
No necesitáis defenderlo ante mí. Como vos, sé que no es el monstruo que otros
piensan. Podéis descansar tranquilo acerca de ese asunto.
Wace asintió y regresó dentro.
Sosteniendo la puerta, Arina miró fijamente en la dirección en que Daemon se
había ido cabalgando. ¿Podría alguna vez penetrar la armadura que escudaba su

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corazón? ¿Qué haría falta para que alcanzara su interior y lo hiciera darse cuenta de la
destructividad de sus modos? ¿Hacerlo darse cuenta de que ella estaría a su lado y
nunca lo juzgaría por sus defectos, o le daría importancia a los rumores no inició?
Arina aferró la puerta, la madera mordía ferozmente su palma. Debía encontrar el
remache suelto y quitar la armadura antes de que fuera demasiado tarde. Y algo dentro
le decía que su tiempo casi había expirado.

CAPÍTULO 7
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Un viento frío subió por la columna de Arina mientras estaba de pie en la


almena, mirando hacia el oscuro valle. El centinela pasó tras ella pero no dijo nada.
Sabía lo que debía estar pensando, que estaba loca por la manera en la que permanecía
allí desde que terminó la cena. Sin embargo no le preocupaba. Era la ausencia de su
marido lo que continuamente asolaba la mayoría de sus pensamientos.
Aunque apenas podía ver más allá de algunos metros y su cuerpo temblaba por el
frío, no podía abandonar el puesto. Necesitaba vigilar por él. Algo dentro de ella le
hacía tener los pies quietos, con su mirada clavada en el bosque fantasmagórico. Si
escuchaba con atención, el viento susurrante se aquietaría y podría escuchar a Daemon
cabalgando por el campo, buscando la comodidad que necesitaba.
—¿Milady?
Arina se volvió, esperando ver al centinela; en su lugar, estaba el mayor de los
nobles sajones. Frunció el ceño. ¿Qué podía querer de ella?
—Saludos, milord. ¿Qué os ha hecho alejaros del fuego?
—Como vos, no podía dormir. Pensé que un paseo podría calmar mis agitados
pensamientos —su mirada giró hacia el centinela, que se encontraba a algunos metros
de distancia y susurró—, es muy difícil descansar en el hogar de mis enemigos.
Como no había humildad en sus ojos, sospechó de sus intenciones. Pero cuando lo
miró, vio a un hombre cauto, no a uno cuyo único objetivo era provocar problemas.
—No somos vuestros enemigos.
Sus ojos se ensombrecieron con un matiz profundo e indescifrable.
—No, milady, vos no lo sois, pero vuestro marido definitivamente lo es.
Abrió la boca para hablar, pero levantó la mano para acallarla.
—No, milady, no pretendo ofenderos. La verdad es que me recordáis mucho a mi
dulce Wenda como para querer ofenderos.
Detectó la suavidad con la que pronunció el nombre de la mujer.
—¿Wenda es vuestra esposa? —preguntó.
—Lo era —la corrigió con voz tensa y ojos tristes, como si la pena estuviera aún
reciente en su corazón—. Murió hace dos años mientras daba a luz a nuestro primer
hijo.
La conmiseración la embargó y alargó la mano para tocar su brazo.
—Mis condolencias.

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Él asintió, apartando la vista de ella.
—Fue duro al principio, pero hace tiempo que asumí su marcha.
Frotándose los brazos para entrar en calor, Arina notó la congoja en su voz. Era
idéntica a la que notó en la voz de Daemon cuando había dicho las mismas palabras esa
misma noche. ¿Todos los hombres negaban las penas que tenían en sus almas?
¿Negarlas les ayudaba? No especialmente, decidió. Los hombres parecían estar siempre
en contra de lo que necesitaban, de lo que más añoraban.
El sajón la cogió del brazo y la alejó del centinela.
—Milady, hay un tema personal que me gustaría comentaros.
Con sospecha, lo miró.
—¿Queréis hablar conmigo de un tema personal cuando ni siquiera conozco
vuestro nombre?
Él sonrió, tratando de despejar sus temores.
—Perdonad mi descuido, mi nombre es Norbert.
—Yo soy Arina.
—Sí, milady. Pregunté vuestro nombre hace algunas horas.
Su columna se enderezó por la aprehensión. ¿Qué razón tenía para preguntar antes
por ella? ¿Por qué?
—Yo… —su voz se apagó y él apartó la vista. Tras algunos minutos, tomó aliento
profundamente—. En primer lugar, pensé que vos erais normanda, por la forma en la
que habláis su lengua, pero hace poco vuestro hermano me explicó lo que había pasado.
Como el normando le había entregado vuestra mano.
Pudo imaginarse muy bien las historias que su hermano podía haber contado.
—¿Y qué os dijo mi hermano?
—Que el normando os exigió que os casaseis con él. Que no os dio elección.
La furia emborronó sus pensamientos.
—¡Eso es mentira!
Arrugó el ceño y se apartó de ella, con la mirada cautelosa.
—¿Qué?
—Sí, como oís —dijo, sus manos temblando de ira por la falsedad de Belial—.
Lord Daemon, al contrario que mi hermano, me preguntó si estaba de acuerdo o no con
la unión. Acepté a Daemon por mi propia voluntad.
Aún el escepticismo brillaba en los ojos de Norbert, que río amargamente.

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—¿Alguno de nosotros tenía elección cuando nuestras vidas se han visto
afectadas? Desde que Harold cayó, dudo que ninguno de nosotros pueda elegir sin el
consentimiento del normando.
La furia hostil en su voz la sorprendió.
—Oigo rebelión en vuestro tono.
La miró con inminente alarma.
—No, milady, he aceptado la derrota de mi país.
—Entonces, ¿por qué no os vais a casa?
Se encogió de hombros y apoyó los brazos en la barandilla de madera de la
almena, clavando su mirada en la oscura distancia.
—Estamos viajando a través del país, para ver si nuestra hermana ha sobrevivido a
la invasión. Los rumores enfermizos de su humillación nos han llegado y deseamos ver
nosotros mismos lo que ha sido de ella.
Su enfado disminuyó y Arina asintió.
—Entonces rezaré por su seguridad.
—Gracias. Entonces rezaré por la vuestra.
—¿Mi seguridad? —Preguntó con una pequeña risa—. ¿Por qué? No estoy en
peligro.
Sacudió la cabeza pero no la miró. Cuando habló, su tono era grave.
—Pienso que estáis en el mayor peligro que jamás hayáis conocido.
Belial empujó a la bruja, su ira hirviendo profundamente en su interior. Las hojas
quebradizas crujían debajo de sus pies mientras daba vueltas por el claro, sus
pensamientos revolviéndose con su revelación.
—¿Cómo pudisteis hacer algo tan tonto?
Levantándose del montón donde había aterrizado, la bruja se limpió la sangre de
su labio y estrechó los ojos.
—Hice el trabajo, os lo aseguro.
—Pero ¿por qué? —Insistió con los dientes apretados, su caliente y enfadado
aliento formando una nube—. ¿Por qué hicisteis que el sajón se derritiera por ella
cuando no nos servía para ningún otro propósito que hacer que Daemon se apartara de
ella?
—¡No, esto puede elevar sus celos!
Belial la cogió de nuevo y le tiró de su brazo. Antes de abofetearla, se contuvo. No
necesitaba abusar más de ella. El daño estaba hecho. Todo lo que tenía que hacer ahora

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era tratar de rescatar todo lo que pudiera. Se restregó la mano por la barbilla, tratando
desesperadamente de pensar en algo. Pero estaba cansado, demasiado cansado para
pensar claramente. Daemon rehusaba estar con Arina el tiempo suficiente para
consumar su unión. ¡Maldición! Cómo odiaba su autocontrol.
—Sólo tenéis que esperar —la vieja empezó de nuevo—. Cuando Lord Daemon
vea a su amada en brazos de otro…
—¿En brazos de otro? —Belial escupió— Arina nunca permitirá eso. Y aunque
ella lo hiciera, Daemon no dudaría en irse. Vería al sajón como un sustituto de sí
mismo, de lejos el mejor sustituto.
Belial suspiró, forzándose a sí mismo a calmarse para poder así aclarar sus
pensamientos.
—No, tiene que ser premeditado. Debemos mostrarle que ningún otro hombre
puede hacerlo con Arina. Que la necesita demasiado para dejarla ir.
Daemon se paró ante las murallas del castillo. La oscuridad cubría las piedras y las
medio derruidas paredes, convirtiendo sus formas en bestias diabólicas y espantosas que
podían aterrorizar hasta al más duro de los corazones. Sí, esto era lo que la gente
pensaba cuando miraban su retrato, cuando estaba a plena luz del día.
Contra su voluntad, las palabras de Arina se deslizaron en su mente y se
estremeció con la verdad. Quizás, había provocado algunos de esos miedos. Pero de ese
modo siempre era más fácil permitir a la gente que creyera esto que intentar cambiar la
forma de ver su deformidad y lo que había dentro de su alma.
Cuando era pequeño, había querido acercarse a sus hermanos y estos le habían
rechazado con horror. Cuando era escudero, su lord se había asustado de él, sólo se
aproximaba temeroso y con desgana. De hecho, si no fuera por la determinación de
William, ningún lord lo hubiera aceptado como su escudero.
Incluso ahora, podía oír a los hombres de sus hermanos discutiendo sobre quién se
lo llevaría y la voz de William resonó en una orden para que Leon aceptase su petición.
Leon rápidamente se aseguró que Daemon supiera que lo mejor era no aproximarse a él
bajo ningún concepto. Y cuando Leon empezó a entrenarlo para la guerra, las lecciones
Daemon fueron duras, incluso brutales.
Desde que Daemon era caballero, William le había instado a tomar tierras y
esposa. Y cada vez, había rechazado las ofertas de William. Podía imaginar bien la
felicidad en la cara de William cuando recibiera las noticias de su matrimonio, pero
Daemon sabía que nunca podría tener el feliz matrimonio que tenía William con Maude.
No, no importaba lo mucho que le doliera el corazón, debía irse. Una vez más, la
esperanza lo llenó, justo como hace varios años, cuando no era más que un joven y tonto
chiquillo. Daemon se maldijo y el anhelo que sentía recorrió sus venas como unas
nauseas.

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Parte de él desearía creer que Arina, William, Willna y los niños podían no ser los
únicos que lo aceptaran, los únicos a los que podía acercarse. Seguramente, otros podían
mirarlo más allá de su deformidad.
Daemon sacudió la cabeza, con la amargura atragantándose en su garganta.
Aceptación, eso era sólo un sueño. Un fantasma vago y elusivo que se enraizaba en su
corazón y sus pensamientos, un fantasma que nunca podría sobrevivir a la luz del sol de
la realidad.
Un poco de amabilidad no podía reparar o impedir toda una vida de pena
provocada por un constante rechazo.
William era el rey y nadie osaba burlarse de él, pero Arina y los niños podrían
seguir el destino de Willna. Serían insultados y atormentados por su amabilidad y no
deseaba verlos heridos. No cuando podía prevenirlo.
A pesar de la negativa de su alma, Daemon sabía lo que debía hacer. En algunas
horas, cuando amaneciera, convocaría a Wace y emprendería camino a Londres. Una
vez allí, tenía la seguridad de que William le daría su libertad. Entonces, podría retornar
a la batalla, a la única cosa que él conocía, al único lugar donde podía confiar en sí
mismo.
Dando la vuelta a su caballo, Daemon se dirigió a la mansión.
Surgido de la nada, algo cruzó ante su caballo. Ganille se encabritó, pateando con
miedo y corcoveando hasta que Daemon tiró de las riendas para evitar el objeto
desconocido. Luchó con su montura, pero su caballo no obedecía sus órdenes.
Una fetidez poco familiar cubrió las fosas nasales de Daemon, asfixiándolo con su
vil intensidad. Ganille se alzó sobre sus patas y de nuevo la cosa se cruzó.
—¡So! —Daemon gritó, tirando de las riendas.
Relinchando, el caballo se encabritó contra la pared a medio construir,
inmovilizando a Daemon contra la húmeda piedra. Maldijo cuando la rugosa
mampostería le desgarró a través su túnica. El dolor lo asaltó pero aún así se mantuvo
en la silla.
De repente, las riendas se rompieron y Daemon se encontró a sí mismo en el suelo
bajo los cascos del caballo. Instintivamente, levantó el brazo y se protegió la cara. Los
cascos punzantes rompieron los huesos de su antebrazo, entumeciendo todo su brazo
hasta que apenas pudo levantarlo.
Bajando la cabeza, Daemon trató de escapar pero Ganille lo seguía, corcoveando y
pateando. Cientos de dolores cruzaban su cuerpo con todos y cada uno de los golpes de
los cascos. Apenas capaz de respirar, finalmente tuvo éxito en ponerse a salvo del
asustado caballo. Daemon yacía a un lado de la pared, su cuerpo doliéndole como nunca
antes le había dolido.

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La humedad cubrió su sien y mejilla derechas. Sin comprobarlo, sabía que era por
la sangre. Sí, el salado sabor invadió su boca, atragantándole con su espesor. Debía
regresar a la mansión antes de caer inconsciente. Tratando de alzarse, tembló y cayó
sobre sus rodillas.
Daemon soltó una ronca respiración dolorida. Nunca podría volver en ese estado.
Por el rabillo del ojo, vio como un lobo blanco se aproximaba. Con su cuerpo ardiendo
por la agonía, se enderezó y tropezando, se dirigió hacia su caballo. Daemon trató de
blandir su espada pero Ganille se desbocó cuando se acercó.
Demasiado cansado para resistir, cayó al suelo y esperó pacientemente que el lobo
terminase con su inútil vida. Al menos Arina no tendría que soportar su presencia y las
burlas de su gente. Quizás, fuera mejor que él muriera de esa forma.
Belial chasqueó ante la caída victima ¡Qué suerte encontrar a Daemon cabalgando
cuando viajaba en su forma demoníaca!
—¡Gracias, Lucifer! —dijo, pero su voz salió como el ladrido fiero de un lobo.
Aún así, notó la falta de miedo en los ojos de Daemon, la blanda aceptación de su
destino.
Belial se aproximó, gruñendo y chasqueando los dientes.
Con una maldición, Daemon le tiró una piedra pero falló por un largo margen. El
guerrero se derrumbó contra la pared, con la respiración trabajosa.
Belial se acercó hasta que estuvo a un brazo de distancia de Daemon y, aún así, la
bravura brillaba en los ojos del hombre. Retrocediendo, Belial lo miró con admiración.
¿Qué podría quebrar el alma humana de este hombre?
Nunca había encontrado nada parecido en un oponente. De hecho, se sentía
culpable por perseguir a un hombre tan noble. Pero entonces, él habría sentido culpa.
No, el normando era su precio para salir del Infierno. Una vez que entregase a Arina a
su maestro, su alma volvería ser suya y nada, especialmente una insignificante emoción
como el respeto, le iba a evitar disfrutar de ese precioso momento.
Por la mañana, la dulce Arina descubriría a su marido y, por una vez, Daemon no
podría escapar. Ahora estaría forzado a recibir sus atenciones y toda la fuerza de su
lujuria.
Belial aulló encantado. Si Lucifer quería, su servidumbre iba a acabar pronto.
Arina se despertó sobresaltada. Su cuerpo temblaba y se agitaba sin que apenas
pudiera respirar. Un angustiado aullido sonaba en sus oídos producido por alguna lejana
bestia que rondaba en la noche. Una bestia que temía que rondaba en sus sueños. Su
corazón latía fuertemente en su pecho. Una imagen repentina apareció en su mente y
retrocedió con horror. Incluso ahora, podía sentir el dolor de Daemon, oír su corta y
rasposa respiración cuando luchaba por no perder la consciencia. Estaba herido, lo

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sabía. No sabía cómo, pero no podía negar la parte de ella que podía oírlo llamarla por
su nombre, la parte de ella que quería acercarse como un alma desesperada.
Arrojando las mantas, salió disparada de la cama. En segundos, se puso sus ropas
y se apuró por el salón buscando a Wace que dormía contra la pared más alejada.
—Wace —susurró mientras lo sacudía con delicadeza para despertarlo.
Bostezó ampliamente antes de abrir los ojos para mirarla con disgusto.
—¿Milady?
—Sí —dijo, quitándole la manta. Echó una ojeada a los otros que dormían cerca y
se recordó mantener el tono bajo—. Debemos darnos prisa.
—¿Prisa?
—Sí —repitió, tratando de sofocar la agitación en su voz—. ¡Tu lord te necesita!
Miró a través del salón como un borracho miraría a su cerveza.
—¿Está aquí?
—No —dijo, acercándole su túnica y sus calzas. A pesar de que una parte de ella
deseaba sacudirlo por sus preguntas y retrasos, se forzó a tener paciencia—. Vamos,
tiene que ayudarme a llegar hasta él.
Frunciendo el ceño, volvió a bostezar mientras se ponía la túnica sobre la arrugada
bajo—túnica.
—¿Qué quiere decir llegar hasta él?
Enojada ante su renuencia, Arina recogió sus botas del suelo y lo urgió a
ponérselos.
—Está herido y debemos encontrarlo antes de que pueda sufrir más daño.
—¿Está herido? —Wace preguntó, inmediatamente alerta mientras ataba sus
calzas. Cogió sus botas y se las puso—. ¿Dónde está?
—En las murallas del castillo —dijo instantáneamente, entonces frunció el ceño y
sus ojos se abrieron.
¿Cómo podía saber eso? Y aún así, tenía la certeza que lo encontraría ahí.
Wace paró de tironear de las botas de cuero y levantó la mirada hacia ella como si
dudara de su cordura.
—¿Qué significa que él…?
—Suficientes preguntas. Debemos darnos prisa.
Aunque apenas podía ver su cara entre las sombras, Arina sintió el marcado
sentimiento que tenía él de discutir más, pero se mordió la lengua y pronto estuvieron

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cruzando el campo y entrando en el establo. Sin cruzar palabra, comenzó a ensillar los
caballos.
Cuando terminó, Arina comenzó a montar pero él le cogió el brazo y la detuvo —
Esto no es seguro, milady. Muchos bandidos y rebeldes viajan por la noche. Creo que
debería despertar a…
—No, Wace. Estaremos bien. Lo sé.
Él se mordió el labio, y por un momento, temió que se negara a su petición.
—Está bien, milady, pero si sufrís daño, Lord Daemon dará de comer a los perros
mi piel —le ayudó a montar
—Lord Daemon estará muy agradecido por tu ayuda como para ser demasiado
severo.
Sacudió la cabeza y ella vio la duda en su cara. Aún así, montó en su propio
caballo, murmurando, y salieron.
Arina se pegaba a su montura y trataba de ignorar el frío viento que chocaba
contra sus mejillas y se metía en sus huesos, congelándola hasta su alma.
Daemon tenía que estar bien; no podía resistirse al pensamiento de encontrarlo de
otra forma. No, tenía que estar bien. Las imágenes de lobos eran juegos diabólicos en su
mente. Y aún así, podía sentir el caliente aliento de un lobo en su nuca, oler su pútrida
esencia como si estuviera a su lado.
Su estómago se retorció de miedo. Debía ser una imagen creada por su mente
asustada, no la realidad de lo que le sucedía a Daemon. Estaría a salvo. ¡Debía estarlo!
Parecía que había pasado una eternidad antes de que llegaran a la colina donde
estaban las murallas medio construidas del castillo. Ansiosa y asustada, Arina escudriñó
la zona en busca de alguna evidencia de su marido pero sólo las piedras vacías y
solitarias saludaron su mirada ansiosa.
—No hay nadie aquí, milady —dijo Wace, acercando su caballo al suyo.
—No, sé… —Arina se detuvo, escuchando con atención.
Una vez más escuchó un gruñido bajo.
—¡Por allí! —dijo, azuzando su montura y cabalgando hacia el sonido. Cuando
volvió a la pared de piedra, dudó.
Calor y frío batallaron en su estómago cuando vio a su marido. Su cabeza ardió
por el pánico y se mordió el labio para evitar las lágrimas que luchaban por caer.
Entonces, corrió hacia él.
Daemon yacía de costado, de cara a la madera. Aún en la oscuridad, pudo ver la
sangre que empapaba su ropa, sentir su dolor como si éste recorriera su propio cuerpo.
Arina ahogó un sollozo.

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—¿Daemon? —chilló, arrodillándose a su lado. Pero él no hizo ningún
movimiento, ningún sonido. ¿Era demasiado tarde? Su corazón se desbocó por el miedo
y lo colocó en su regazo. Sus ojos estaban entreabiertos y su pecho, demasiado quieto.
Aterrorizada, le limpió la sangre de sus mejillas heladas—. ¡Milord, por favor! —
suplicó, con la garganta tan cerrada que apenas podía respirar.
—¿Arina? —susurró en un tono tan bajo que ella apenas pudo escucharlo.
El alivio la embargó. Respiró profundamente y, agradecida porque estuviera vivo,
soltó una risa nerviosa.
—Sí, milord, estoy aquí.
Wace se arrodilló a su lado, con cara seria.
—Necesitamos una litera o un carro para moverlo.
Arina asintió, con el estómago revuelto por la preocupación. Ella sabía que
Daemon estaba herido pero nunca consideró que su fiero e intocable guerrero pudiera
necesitar asistencia para volver.
—Esperaré aquí mientras vais a buscar ayuda.
—Pero milady…
—Estaré bien hasta que volváis —insistió. Cuando Wace abrió la boca, Arina
movió la cabeza para silenciarlo—. Por favor, no más discusiones. Debéis daros prisa.
No sé cuánto más podrá aguantar.
La negación brillaba en el fondo de sus ojos pero Wace no dijo nada más.
Cuando él montó y se alejó, ella rasgó trozos de su vestido, con sus manos
temblando de miedo e incertidumbre.
Arina restañó la sangre lo mejor que pudo pero se temió que sus esfuerzos no
fueran suficientes. Con cada desesperado latido de su corazón, parecía que su aliento era
cada vez más débil.
—Deberíais iros —Daemon susurró.
El dolor cruzó su pecho ante su estrangulada voz.
—No debéis hablar —dijo, apartando gentilmente el pelo de su mejilla—. Debéis
reservar vuestras fuerzas.
Alzó su mano y cogió la de ella, con un apretón tan débil que hizo que se le
saltaran las lágrimas. Puso su mano en su corazón y sintió su suave latido contra su
puño. La sangre caliente y pegajosa empapó su piel, pero ella rehusó apartar la mano a
pesar del pánico en su interior que le urgía a correr, a huir del dolor y del sufrimiento,
sufrimiento que penetraba en su cuerpo y lo sentía como propio.

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No, ella debía de ser fuerte por él. No importaba lo grande que fuera su miedo, le
tenía que dar su propia fuerza.
Tragó y apretó su mano como si una oleada de dolor lo azotara ¿Cómo podía no
gritar de dolor con la cantidad de heridas que tenía? No podía entenderlo. De hecho,
quería llorar por él, pero sabía que no serían bienvenidas sus lágrimas y sólo esto le
mantuvo los ojos secos.
Quería saber desesperadamente qué había ocurrido, pero sabía que era mejor no
preguntar. Él necesitaba descansar más de lo que ella necesitaba sus respuestas.
—¿Podríais cantar para mí, milady?
Un doloroso nudo cerró su garganta con su silenciosa petición. Sabiendo que no
podía negarse, buscó en su mente una canción relajante. Finalmente la tonada vino a
ella, una de esas leyendas que no sabía como se llamaban pero cuya melodía parecía
estar en ella desde hacía mucho tiempo. Cogiendo aire, acarició su mano y comenzó:
Yo festejo la felicidad y la juventud,
La felicidad y la juventud que me sacia,
Porque mi amor es mi fuente de alegría
Y porque eso me es placentero y alegre.
Con su mano libre, acarició su pálida y fría mejilla y la barba de tres días que
cubría su mandíbula.
Y cuando me sinceré con él,
Hice lo correcto, porque él sentía lo mismo que yo.
Por eso nunca renunciaré a mi amor,
Y no podré soportar que se vaya.
Él se puso tenso con sus palabras pero no dijo nada y ella continuó.
Estoy encantada de que él sea el más valiente.
Quiero que me haga suya,
Y rezo a Dios por él
Para que me lo traiga bien
Porque Él no puede permitir que nadie esté enfermo
Porque él es un gran luchador.
—¿Milady?
Lo miró a su cara pálida.
—¿Sí, milord?

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—Por favor, no cantéis más.
Arina casi río por el tono subyacente, pero el dolor en su mirada le quitó las ganas.
Daemon cerró los ojos y el pánico atenazó su corazón.
—¿Milord?—preguntó, con la voz temblorosa.
Abrió los ojos y la miró.
Arina respiró profundamente.
—Pensé que…
—Sobreviviré a esto, milady —murmuró, dándole un suave apretón en la mano—.
Las heridas no son tan graves como la cantidad de sangre parece indicar.
Le devolvió el apretón, rezando para que estuviera en lo cierto.
—Espero que así sea porque, si me mentís, nunca podré perdonaros.
La intensa mirada que le lazó la hizo temblar.
¡Debía ver como moría!
Arina se estremeció ante la voz enfadada y rasposa. Los escalofríos cruzaron su
cuerpo y trató de desenterrar en su memoria fugaz. Aún así, esta se desvaneció en las
profundidades de su mente como un niño que se escapa de la vigilancia de sus padres.
¡Tenía que recordar! Pero por su vida, que no podía.
—¿Arina?
Sus pensamientos se acallaron ante su llamada suave.
—¿Sí?
—No sé que… —su voz se quebró en una mueca de dolor. Se aclaró la garganta y
agarró su mano—. No sé por qué estáis aquí, pero me alegro de que hayáis venido.
Acercándosele más, sonrió con la garganta cerrada por la felicidad y el miedo.
Cuando iba a responderle, escuchó a Wace aproximarse.
Una gran carreta bajaba la colina con varios hombres empujándola. Pudo
reconocer que eran normandos y por tanto, los hombres de Daemon no estaban muy
preocupados por la salud de su señor. De hecho, sus caras no mostraban nada excepto
una profunda irritación.
Con renuencia, Arina soltó las manos de Daemon y los miró con nerviosa
ansiedad como ellos lo subían a la carreta, donde ella rápidamente lo acompañó. Tan
pronto como se sentó, el conductor azuzó a los caballos y la carreta se movió en
dirección a la mansión.
Trató de amortiguar las heridas de Daemon con el heno sobrante que cubría el
suelo de la carreta y la recompensó con un pequeña sonrisa, una sonrisa que significaba

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más para ella que montones de oro. Aún cuando el alivio se asentaba en su corazón y
empezaba a creer que sobreviviría a esto, los escalofríos le recorrían la columna.
Por primera vez desde que se había encontrado con él, una parte de ella le urgía a
huir de él. No sabía de dónde le venía la premonición, aunque esta no parecía
desvanecerse.
Muy profundamente en su corazón, ella escuchaba una voz débil que le ordenaba
huir lo más lejos posible de Daemon.
—Debo estar loca —murmuró, agradecida de que Daemon no pudiera escuchar
sus palabras—. Le pertenezco.
Pero cuando sus palabras se confundieron con el ruido de las ruedas, una parte de
ella no pudo dejar de llamarse mentirosa.

CAPÍTULO 8

Daemon flotó a través de niebla, sofocándolo con su calor húmedo y opresivo.


Presionó contra la espesura, pero unas manos frías le agarraron, impidiéndole escapar del
empalagoso espesor. Unas voces susurraban a su alrededor palabras que no podía entender.

—Shh, mi señor —una suave voz resonó mientras alguien levantaba su cabeza de la
almohada y ofrecía una fría copa a sus labios—. Bebed esto.
Su borrosa visión recorría la oscura sombra que le hablaba, pero no importaba lo
mucho que lo intentara, no podía enfocar a la persona. Bebió la sidra caliente.
—Tráeme el caldo.
Su visión se aclaró lo suficiente para ver a Arina sosteniéndole la cabeza con el ceño
fruncido. Cuando volvió a mirarle, se le alisó el ceño y le brindó una tierna sonrisa.
De repente, todo se volvió negro y las feroces voces que oía Daemon se fueron
desvaneciéndose, dejándolo en paz.

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Durante días, permaneció parcialmente consciente, su mente a la deriva entre los
sueños de su brutal pasado, sueños que se desvanecían cuando oía una voz suave que le
hablaba o cantaba. Sueños que se dispersaban tan pronto Arina le tocaba.
No importaba cuándo se despertara, siempre la encontraba cerca. Nunca en toda su
vida se había preocupado nadie por él, ni había permanecido a su lado.

—¿Daemon?
Unas amables manos le acariciaron la mejilla con una cálida suavidad que apenas
podía comprender. Abriendo los ojos, Daemon contempló la tierna mirada azul de su
esposa. Tragó saliva con ese pensamiento. Su esposa, repetía su mente y, por primera vez,
ese título no le atemorizaba. No, era más como una caricia, un refugio que estaba deseando
probar.
Una lenta sonrisa cruzo a través de los labios de ella y sus ojos se suavizaron aún
mas, trayendo un fuego ardiente a su vientre. A pesar del millar de dolores que golpeaban
su cuerpo, ni siquiera estos podían menoscabar la necesidad que su proximidad provocaba.
—Buenas noches, mi señor —susurró, levantándose de la cama con una gracia
suave que intensificó el dolor en sus entrañas.
Daemon alcanzó su brazo. No quería que se fuera. No después de las infernales
pesadillas que le habían atormentado. Pesadillas que sabía que iban a continuar en caso de
que decidiera abandonarle la única persona que se preocupaba realmente por él. El vacío le
consumía, llenándole de dolor de tal manera que casi le cegó.
Sin ella, no tenía nada, no era nada. Sólo ella le daba vida, y en su contacto
encontraba la razón para esperar el mañana. Arina era suya, y malditos fueran todos antes
que separarla de su lado.
Unas arrugas le cubrieron la frente mientras ponía su mano sobre la de él.

—Daemon, por favor, me aprietas demasiado.


Lamentando causarle dolor, le soltó el brazo. Abrió la boca para hablar, pero sólo un
ronco graznido salió de la sequedad de su garganta.
Le sirvió una copa de vino y se la llevó. Él miro sus elegantes movimientos y, a pesar
de los golpes de agonía que atravesaban su cuerpo, quería reclamar todos sus derechos
maritales.
Una breve imagen de gente burlándose de ella le llegó a su mente, pero la desterró.
Nunca más iba a permitir al miedo gobernar su mente y su vida. Rompería los huesos de la
primera persona que jamás le trajera el rubor de la vergüenza a sus mejillas. Y si tenía que
matar a cada persona del valle de Brunneswald para mantenerla a salvo, por el infierno que
lo haría gustoso.

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Ella le ayudó a levantarse e inclinó el vaso hacia sus labios. Daemon bebió el
caliente vino especiado pero, aunque sació su sed, no hizo nada para apaciguar el hambre
de sus entrañas.
Apenas le quitó la copa de los labios, la agarró y atrajo hacia sí. Probó el dulce néctar
de sus labios y aspiró el rico y embriagador olor del aceite de rosa de su baño. Ella se
irguió durante un momento antes de entregarse a su abrazo. El placer se disparó a través de
él. Ella nunca le rechazaba. No su preciosa Arina.
Después de un momento, ella se apartó y se echo a reír.
—Mi señor, debéis tener cuidado de no tirar de los puntos de vuestro costado.
Daemon le siguió la mirada hacia sus costillas desnudas de su lado izquierdo, viendo
los pulcros puntos de sutura que cerraban la herida. El pensamiento de Eva siendo creada a
partir de la costilla de Adán vino a su mente, e hizo una mueca. A pesar de estar tan
maldito como Adán, sólo podía esperar que su pareja nunca fuera obligada a soportar el
peso de su pecado.
Quién sabe si debería dejarla después de todo. Pero tan pronto como la miró,
dispersó esos pensamientos. No, nunca más. Apartó tales distraídas reflexiones.
—¿Cuánto tiempo he dormido? —preguntó, su voz aún lejos de su tono habitual.
—Una semana.
Él frunció el ceño.
—¿Una semana?
—Sí —le respondió, trayendo una bandeja de madera con alimentos para él—.
Has sido arrasado por la fiebre desde que regresamos.
Y se había quedado con él todo el tiempo. De eso estaba seguro. De hecho, su falda
arrugada, el pelo desordenado y los profundos círculos bajo los ojos le dijeron lo poco que
había dejado su lado. Aún así, era la mujer más hermosa que jamás hubiera visto; sus ropas
arrugadas más regias para él que todos los atavíos de la Reina.
Su corazón se calentó con el pensamiento, Daemon tomó un trozo de queso de la
bandeja y con cuidado ingirió el cheddar. Golpearon su cabeza agujas de dolor que
oscurecieron su vista y, mientras se limpiaba la frente mojada, notó la curación de las
heridas allí emplazadas.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Arina, rellenándole el vaso.
Tomó la copa de sus manos y la miró, maravillándose de su belleza y del hecho de
que había llegado a su vida cuando más la necesitaba.
—Como si mi caballo me hubiera atropellado.

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Su dulce risa resonó en sus oídos.
—Creo que la manera correcta de montar es sobre el lomo del caballo, no bajo su
vientre.
Sus ojos brillaban cuando se sentó junto a él. Una vez más, una espiral de deseo
atravesó su estómago, exigiéndole que prestara atención a otra necesidad que sólo ella
podía dar respuesta. Pero aún cuando esa idea surgió, su dolorido cuerpo se negaba a
cooperar. Por ahora sólo estar con ella era suficiente.
—¿Tendrías la amabilidad de decirme que pasó? —le preguntó.
Daemon tragó su comida, su mente centrada en la pasada noche. Recordó el azote y
el lobo, pero todo lo demás era confuso.
—Algo asustó a mi montura y me tiró.
Ella arqueó una fina ceja.
—¿Os tiró, mi señor?
Su voz burlona iluminó su corazón y frotó su mano por el brazo de ella, deleitándose
en la sensación del suave vestido, un vestido que ocultaba una piel incluso más suave y la
cual anhelaba probar con sus labios.
—Sí, mi señora. Y estoy muy avergonzado de admitir que no ha sido la primera
vez que he caído de la silla.
Ella inclinó la cabeza, la recatada sonrisa encendiendo brasas en su vientre.
—¿Pero sin duda fue la primera vez desde su infancia?
El luminoso estado de ánimo de ella era contagioso y acarició su mejilla con el dedo.
—Sin duda.
Se rió y tocó su mano, enviando una ola de calor a través de él. Arina miró al frente y
su sonrisa desapareció.
—¿Mi señora? —le preguntó, preocupado por la repentina ausencia de alegría.
Una sonrisa volvió a sus labios, pero tan vacía que no hizo nada para aliviar su
preocupación. Ella sacudió la cabeza y tiró de la mano en su mejilla.
—No es nada, mi señor. Sólo un pensamiento.
Él dejó de lado la comida y cogió la temblorosa y fría mano entre las suyas.
—Y, ¿cuál es ese pensamiento?
Se alejó de él y retorció las manos en su cintura. De pie, ante la ventana abierta,
miró hacia el patio oscuro. La confusión y el dolor del rostro de ella atrajeron sufrimiento a

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su propio pecho. Daemon anheló una forma de calmarla, pero no estaba seguro de qué
hacer.
El silencio resonó en sus oídos, acallando su corazón hasta que estuvo seguro que
ella no respondería. ¿Había sido ya objeto de burlas de su pueblo? ¿Se lamentaba de haber
firmado el acuerdo de su unión? Un centenar de tales pensamientos se vertieron a través
suyo y esperó pacientemente una respuesta.
Al fin, respiró profundamente, aunque se negó a enfrentarse a él.
—Antes de que os despertarais, hablasteis de demonios y… —hizo una pausa y su
ceño se oscureció. Sacudiendo la cabeza, hizo otra honda respiración—. Bueno, es una
tontería.
—¿Qué tontería? —pregunto, con su sueño aún fresco en su mente.
Arina se giró para encararlo, sus luminosos ojos apenados y tristes. Dio un paso
adelante y se puso a los pies de su cama.
—Anoche, cuando os encontré, oí una voz que susurraba que debo veros morir.
Un escalofrió se deslizó a lo largo de su espina dorsal, llevando un ceño a su cara.
— ¿Verme morir? —preguntó, lleno de incredulidad.
Arina se mordió el labio y de nuevo se retorció las manos. Su angustia le llegó junto
el anhelo de calmar su miedo.
—Bien, quizá no a vos —dijo, su voz apenas en un susurro—. Pero dijo “le verás
morir”. La voz sonaba tan maligna y tan fría, que me preguntaba si no sería el mismo
diablo susurrándome.
Daemon le tendió la mano, con su pecho comprimido. Le entibiaba que ella temiera
por su seguridad, pero era difícil creer sus palabras.
—Mi señora, venid a mí.
Ella avanzó y tomó su mano, la suya propia como si tuviera hielo en su palma. Él
sostuvo sus temblorosos dedos y suavizó su mirada.
—Eso no es nada más que vuestro temor hablando. No hay demonios que acechen
en la tierra a la búsqueda de víctimas. Nuestro mayor enemigo somos nosotros mismos.
Vos lo habéis dicho antes mientras cantabais vuestra canción. La gente a menudo elige
la vara que les golpea.
La mirada de ella se iluminó y una sonrisa curvó sus labios.
—Os dije que era una tontería.

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—No hay nada tonto con vos —le dijo, atrayéndola a sus brazos y manteniéndola
contra su pecho. Le acarició el cabello y se deleitó con cada hebra de seda que
acariciaba con la mano—. Estabais preocupada. Es más que comprensible y apreciado.
Arina asintió con la cabeza, pero por dentro le costaba creerle. No importaba
cuántas veces se había dicho a sí misma que esas palabras no significaban nada, un
pequeña voz en su corazón se las recordaba y le decía que había escuchado bien. La
misma voz que le instaba a correr, pero por su vida, ella no podía.
Quería quedarse con su señor, tener sus hijos y envejecer a su lado, permitiéndole
sostenerla en las largas noches frías como esta. Su cálido aliento cayó contra sus mejillas,
su musculoso pecho fuerte contra su lado. Sí, eso era lo que quería, todo lo que siempre
quiso. Y debería irse, sabía que nunca se sentiría de nuevo a salvo o feliz.
Incluso ahora, nada le daría mayor gozo que la tomara en sus brazos y la reclamara
como suya. Si él consumaba su unión, entonces sus temores se aliviarían. O si pronunciaba
una palabra de compromiso de que tenía intención de permanecer a su lado y vivir con ella
como marido y mujer.
¿Era mucho pedir?
Él apoyó la cabeza en las almohadas y se tensó como si otra ola de dolor cortara a
través de él. Sintiéndose culpable de aferrarse a él cuando necesitaba descansar, Arina se
levantó y recogió la bandeja del suelo. La colocó en la mesa, sintiendo su mirada sobre ella
como un toque de ternura que acariciaba su corazón.
Se giró para ver sus amables ojos y la adoración que mostraba en su mirada única.
En ese momento, se preguntó cómo podría nunca temer que no la quisiera, y entonces sus
palabras sobre abandonarla resonaron en su mente como un silencioso ladrón enviado a
robar su seguridad y su felicidad. Le ofreció una sonrisa, pero no podía sacudirse sus
temores.
—¿Arina? —preguntó, la voz atrayéndola hacia él en oposición a la voz de su
interior que le advertía mantener una buena distancia entre ellos.
Pero era su esposo y ella nunca podría renegar de él. Y el dolor en su pecho que se
enfrentaba con el incesante susurro de advertencia le dijo que no quería renegar de él. No,
siempre haría lo que le pidiera.
Arina cruzó la habitación para estar junto a él. La atrajo hacia la cama y de vuelta a
sus brazos. La bandeja cayó contra el suelo con un fuerte ruido. Ignorándolo, sonrió,
mientras una ola de felicidad la recorría.
Daemon podría no haber dicho que la quería, pero sus acciones hablaban lo
suficientemente alto. Apoyó la cabeza en su pecho, cuidando de no tirar de ninguno de los

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puntos, y cerró los ojos. El corazón latía debajo de su mejilla, deleitándola con su
saludable canción.
Mientras yacía en el relajante silencio, se sorprendió que él no intentara salir y coger
su cama en cualquier otro lugar como había hecho desde su matrimonio. A pesar de que
sus heridas seguramente le atormentaban, no eran tan graves para que no pudiera irse de
decidir hacerlo. De hecho, sus heridas actuales eran leves comparadas con las horribles y
profundas cicatrices que cubrían su espalda y sus muñecas. Cicatrices que le habían robado
el aliento cuando las había visto por primera vez la noche anterior.
—¿Mi señor? —susurró.
—¿Sí? —preguntó, tensando el estomago bajo la barbilla de ella.
—¿Dónde fuisteis anoche?
Le acarició el pelo, deteniendo su mano en su mejilla durante un momento mientras
jugaba con los hilos sueltos que hormigueaban contra su cara.
—Necesitaba tiempo para pensar, para planear.
Ella notó su tristeza, casi tanto como si golpeara en su propio corazón.
—¿Y qué planeabais?
Cuando no respondió, le miró. Por la tristeza que rondaba sus ojos, ella sabía
exactamente lo que había estado planeando. Y ese pensamiento la travesó con ondas de
resonante dolor que golpearon contra su corazón hasta que temió que se le desgarrara en
pedazos.
Vacía, intentó imaginar su vida sin él, pero todo lo que pudo ver fueron años de
miseria extenderse ante ella. Años anhelando a una persona que se negó a quedarse con
ella, su esposa.
—¿Cuándo os vais?
Se puso rígido, y antes de que pudiera contestar, llamaron a la puerta. Con el pecho
oprimido y los miembros pesados con derrotada tristeza, Arina se movió para responder a
la llamada.
Wace sujetaba un pequeño cuenco de agua hirviendo, sus luminosos ojos notando la
mejora de la condición de su señor. Pero al entrar en la habitación, un presentimiento
reemplazó la felicidad en su mirada. Arina le ofreció una sonrisa alentadora, pero aún lucía
un profundo miedo en sus ojos castaños.
—Traigo agua fresca para atender las heridas de mi señor —dijo Wace, colocando
el recipiente junto a la bandeja antes de quemarse.

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Se acercó a la cama con una reticencia que llevó un dolor al pecho de Arina. Le
dio un rápido apretón en el hombro derecho para darle coraje, y asintió con la cabeza
para que hablara.
A pesar de que Wace mantuvo su columna vertebral recta, ella pudo sentir el temblor
que le sacudió. Si hubiera sabido anoche el terror que le causaría al pobre Wace, nunca
habría buscado su ayuda.
El joven se aclaró la garganta y levantó valientemente la barbilla como si se fuera a
enfrentar a los peores horrores imaginables.
—Yo no quería dejar a mi señora desatendida las ultimas vísperas, mi señor —dijo
suavemente, con los ojos bajos.
Aunque la cara de Daemon estaba seria, ella vio el brillo en sus ojos.
—Sí, podía haber sido lastimada —dijo Daemon.
Wace tragó saliva y asintió.
—Lo sé, mi señor.
Daemon encontró la mirada de ella, y recibió la reprimenda en su corazón. Fue por
su culpa, lo sabía. Sólo esperaba que Daemon continuara dándole un regaño suave con su
mirada en lugar de algo más siniestro.
Volvió a mirar a su escudero.
—Pero entonces es prácticamente imposible razonar en contra de mi señora.
Tengo la sensación de que no volviste cuando ella lo pidió, nos pidió a los tres, tres de
nosotros que todavía estaríamos en lo alto de ese cerro intentando decidir quién debía ir
y quién debía quedarse.
Una sonrisa cruzó los labios de Wace.
—Entonces, ¿no estáis enfadado?
Daemon sacudió la cabeza.
—No, te debo mi vida. ¿Cómo podría criticar tan nobles acciones?
La alegría en los ojos de Wace trajo dolor al pecho de ella.
—Pero —dijo Daemon, e inmediatamente la cara de Wace se puso seria—, en el
futuro me gustaría que solicitaras ayuda a los demás cuando se trate de peticiones de mi
señora. A pesar de que siempre debas obedecerle, no quisiera que se hiciera daño, sin
importar qué argumento pueda esgrimir. Te confío su seguridad, y lamentaría mucho
que esos lazos de confianza se rompieran.
—Sí, mi señor —susurró Wace, y la culpa carcomió a Arina por ser la causante de
su castigo.

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Quería decir algo para aliviar el aguijón de las palabras de Daemon, pero cualquier
argumento que ella diera podría socavar su autoridad. Apretando los labios, se obligó a
guardar silencio.
—¿Podría irme, mi señor? —preguntó Wace.
Daemon asintió.
Inclinándose ante ellos, Wace hizo su salida, y mientras se iba, ella notó la ligereza
de sus pasos. Arina sacudió la cabeza y sonrió. Bueno, tal vez el castigo no había sido tan
terriblemente malo después de todo. De hecho, a menudo el temor del encuentro era peor
que la experiencia real.
Se volvió hacia Daemon, y vio la palidez de sus mejillas. Un momentáneo temor
susurró a través de su cuerpo, pero lo aplastó. No estaba nada más que cansado, y
necesitaba descansar. La voz que había oído la noche anterior no significaba nada. Sus
heridas no le causarían la muerte. Estaba a salvo y en poco tiempo iba a sanar.
Si, se iba a curar, se repetía, el dolor tensaba su pecho. Y una vez curado seguiría su
camino.
Desesperada, Arina deseaba repetir su pregunta de cuándo la iba a abandonar, pero
no quería imponerse a la fuerza. No, el necesitaba dormir. Muy pronto, sabría cuándo
pretendía abandonar esas tierras y su presencia.
Por ahora, tenía a su marido en casa, y aunque deseaba pasar la eternidad con él,
debía tomar el tiempo que tenían y estar agradecida por ello.
Cuando ella se movió para recuperar el plato del suelo, levantó la vista y la mirada de
él quemó profundamente su alma.
—Me gustaría que os unierais a mí— dijo él, su voz tan desigual como la herida
del corazón de ella, diciendo que también temía por su limitado tiempo.
Arina asintió, su cuello demasiado apretado para que hablara. Dejando la bandeja
contra la pared, apagó la vela, se quitó la túnica y se unió a él en la cama.
Envolvió sus fuertes brazos alrededor de ella, acercándola a su cuerpo cálido y febril.
Tembló por la extraña sensación de su calor contra la piel desnuda. Desde la noche en la
que había tomado su inocencia, no la había abrazado de esa manera, y encontró que la
realidad era mucho mejor que el débil recuerdo.
De hecho, se quemó en el deseo que su toque forjaba. Deseaba rodar sobre su
espalda y conducir su cuerpo al de ella, aliviando el dolor palpitante de su interior. Su
estomago se inclinó y tensó con el peso del deseo de él, pero se recordó que debía
permanecer quieta. Sus heridas eran demasiado recientes para que llevara a cabo sus más
preciados deseos.

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Es decir, si él quería hacerlo.
El corazón le pesaba con el pensamiento. ¿Qué pasaba si ella no le importaba? ¿Era
por eso que la había ignorado estos últimos días? Demasiado a menudo los hombres caían
en sus deseos sólo para arrepentirse de sus acciones a plena luz del día. Y sin embargo, ella
no podría creerlo.
Daemon no había sido nada salvo amable desde el momento en que se habían
reunido, desde el momento en que habían firmado el acta de matrimonio que les unía.
—¿Mi señora?
Ella se tensó ante la voz que cruzó sus pensamientos.
—¿Si?
—¿Por qué lloráis?
Arina se lamió los labios, saboreando la sal que manchaba su cara. Se secó los ojos,
asombrada por la humedad. ¿Cuándo habían empezado las lágrimas?
En el momento en que se había dado cuenta de la intención de Daemon de dejarla.
En el momento en que se había dado cuenta de que todos sus sueños no eran más que
fantasías que nunca podrían pertenecerle.
—Sólo estoy feliz de que mi señor este bien —susurró, no dispuesta a decirle la
verdad.
No, no le pediría que se quedara. Su vida había sido bastante difícil sin la suma de
cualquier sentimiento de culpa o dolor.
El la giró sobre su espalda y la besó alejando la humedad.
—Nunca quisiera que mi señora derramara una sola lágrima por mi culpa —
susurró, su voz trayendo una oleada de agridulce júbilo a su pecho—. Nunca quisiera
causaros dolor.
Sus labios cubrieron los de ella y se deleitó con el sabor del guerrero y el sabor del
vino en su lengua. Unos escalofríos se dispararon a lo largo de su cuerpo y rezó por una
parte de él antes de su marcha. Si pudiera tener un deseo, sería tener su semilla en su
cuerpo y llevar a su hijo. Le daría a su precioso hijo todo el amor que le había sido negado.
Él deslizó el cuerpo contra el suyo y ella gimió de placer. Parecía que había pasado
una eternidad desde que la había sostenido. Se pasó la mano por el pelo suelto, arrastrando
las sedosas hebras con sus dedos en un malvado ritmo.
Él arañó su cuello con los dientes y se retiró con un gemido.
—Ojalá mi cuerpo me perteneciera esta noche —dijo con un suspiro nostálgico.
Ella sonrió ante sus palabras, pero todavía le golpeaba el dolor en su corazón.

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—Siempre habrá un mañana, mi señor —le dijo, esperando por su propio bien
tener razón.

CAPÍTULO 9

Pasó una quincena y Arina se maravillaba de la rápida recuperación de Daemon.


Pero cada día era una mezcla de tristeza y alegría, porque cada día que él se recuperaba
significaba que se acercaba el día en el que ella se iría. Pensar en su ausencia le desgarraba
una parte de su alegría. Si se fuera, quizás la voz de dentro de su corazón que le advertía
sobre su muerte cesaría.
Belial también estaba ausente y extrañamente silencioso. Por fortuna, raras veces
estaba cerca de ella. Ahora, estaba sentada fuera, en el pequeño jardín, dejando una
lágrima en una de las túnicas de Daemon. Todavía pensaba que prefería estar con su
marido y escuchar su voz cálida más que el sonido de las crujientes hojas que la rodeaba,
aunque sentía un poco de felicidad con el hecho de que estuviera sanando tan rápidamente.
Y, después de todo, le había dado algunos días de mimos. Sólo dos días atrás él empezó a
pedirle que le permitiera incorporarse, y que considerara que estaba lo suficientemente
recuperado, siempre que no se cansase mucho.

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—Sí, eso suena como un presagio.


Arina frunció el ceño ante la voz del hermano Edred, que le llegaba a través de los
arbustos. Ella iba a llamarlo y hacerle notar su presencia cuando las siguientes palabras la
congelaron.

—El normando es el propio demonio sin duda alguna. Desde la primera vez que lo
vi, me he preguntado por su largo cabello de color extraño. Nunca antes había conocido a
un normando que tuviera ese pelo largo. Me pregunto qué serán esas señales que trata de
ocultar.

—La marca de la bestia, me apuesto lo que sea —dijo Norbert despectivamente, con
una hostilidad venenosa que hizo que sintiera como la recorría una ola de furia.
Sus voces se apagaron durante un momento. Entonces el fraile habló una vez más.

—También he tenido visiones del infierno donde muchos demonios se inclinaban


ante él.

—¿Qué hay de la dama?


Ella se tensó ante la pregunta de Norbert.

—Como Santa María Magdalena, su corazón es puro, pero ella sigue el sendero
pecaminoso de la carne. Me temo que su bondad la hace ciega a su verdadera naturaleza. O
quizás, ha hechizado su alma pura. Ella no puede ver la maldad de su marido.
¡Maldad, decía! Arina apartó la túnica, con la furia hirviendo en su garganta. ¿Qué
podría ser más malvado que esa lengua chismosa, especialmente cuando esa lengua
pertenecía a uno que debía hacer caso a las palabras del Señor de no levantar falso
testimonio? Cerrando sus puños, se preparó para echarle un sermón al hermano Edred que
no iba a olvidar pronto.

—¡Arina!
Antes de que pudiera dar otro paso, Daemon dobló la esquina del porche y se dirigió
hacia ella. Su rabia fundía la diversión en sus ojos. El rubor teñía sus mejillas y resoplaba
mientras se acercaba.

—¡Milord! —dijo, tratando de sonar severa, pero falló. Por mucho que quisiera
reñirle, su obvia felicidad le impidió decir nada que pudiera hundir su humor —. No
deberíais abusar de vuestras fuerzas.
Él llegó a su lado y le cogió de las manos, llevándoselas a los labios, besando
primero la derecha y luego la izquierda. Un escalofrío recorrió su cuerpo con la gentileza y
el calor de su toque en su piel.

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Él le ofreció una sonrisa dubitativa y toda su intención de regañarlo se desvaneció.
—Sí, sé que os lo prometí, pero no podía esperar a que volvieseis.
Ella elevó juguetonamente las cejas pero no pudo evitar que una esquina de su boca
se elevara con humor.

—Bien parecíais lo suficientemente deseoso de que me fuera esta mañana.


Su mirada se volvió seria y apretó sus manos.

—Me disculpo por eso, pero tenía negocios muy importantes.


Su humor se apagó con el cambio de él y una inquietud se instaló en su pecho ¿Qué
negocios eran tan importantes para echarla de su lado tan temprano? ¿Planeaba irse tan
pronto? Su corazón se derrumbó con ese pensamiento. ¿Estaría haciendo planes con los
masones antes de su partida?
Ella tragó para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta ¿Era este el
adiós que ella temía desde hace tiempo?

—¿Negocios importantes? —preguntó con voz estrangulada por el peso del miedo y
la pena.

—Sí —sus ojos se volvieron de nuevo brillantes y alegres —. Cuando estabais


cuidándome anoche, me di cuenta de que olvidé ocuparme de una cosa.
Ella frunció el ceño con confusión ¿Había retornado su fiebre y sus alucinaciones?

—¿Qué es?
Le dio una pequeña caja de madera que sacó de la faldiquera que tenía colgada de su
cinturón. Arina miró fijamente, con asombro, la caja con incrustaciones plateadas. Debía
de haber viajado hasta el pueblo, unas ocho leguas, para comprarlo. Pero ¿por qué había
hecho el viaje?

—Abridla — le urgió.
Rompió el sello con el pulgar y abrió la caja. Un grito sorprendido salió de sus labios
y la felicidad la sacudió por dentro. Acostado en una cama de seda descansaba un anillo de
oro incrustado con esmeraldas pequeñas y destellantes.
Las lágrimas escaparon de sus ojos mientras miraba su pequeño tesoro, para ella de
lo más grande.

—¿Un anillo de compromiso? —preguntó con voz ronca.


Él asintió, su mirada amorosa y cálida.

—Me di cuenta la última vez de que no podíais estar sin uno para que nadie tuviera
dudas de que sois mía.

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Arina apretó sus labios temblorosos y se puso el anillo en su sitio. Las joyas le
parpadeaban como si ellas supieran alguna broma que a ella se le escapaba. Nunca había
esperado un regalo y se estremeció con excitada anticipación. ¿Podría ser, después de todo,
que Daemon y ella pudieran tener una vida en común? ¿Se atrevería a tener esperanzas?
Entonces ¿por qué sino le había dado ese regalo?
Daemon cogió el anillo de sus dedos temblorosos, lo besó y se lo puso en su pulgar
derecho. Levantó la vista, con una pequeña y tímida sonrisa en sus labios.

—Como tu presencia en mi vida, se ajusta perfectamente.


Cerró los ojos, saboreando sus palabras que le trajeron una sonrisa a sus labios y
felicidad a su corazón. Pero todavía la duda persistía bajo su bienestar, sofocándola hasta
que no podía resistirlo más.
A pesar de la parte de ella que suplicaba que se mantuviera en silencio, abrió los
ojos y le preguntó lo que más necesitaba saber

—¿Esto significa que queréis quedaros?


Él apartó la vista y ella se tensó, temerosa de escuchar su respuesta. Por algunos
terroríficos minutos, él miró fijamente la pequeña cancela rodeada de vides. Las emociones
cruzaron sus rasgos y ella luchaba por nombrarlas, pero éstas pasaron y no se atrevió a
intentarlo. Su abrazo se estrechó y suspiró.

—Sí, miladi, pretendo quedarme.


Gritando de alivio, ella arrojó los brazos sobre sus hombros y lo apretó contra sí
fuertemente. La fuerza de su pecho contra el de ella le robó el aliento y provocó que su
corazón comenzara a latir fuertemente. La envolvió en sus brazos, acercándola, y ella rezó
una pequeña plegaria de agradecimiento porque al final ella había ganado su guerra.
De repente, sus labios reclamaron los de ella.
Arina abrió la boca, dejando que él la saboreara profundamente. Su rica y masculina
esencia se coló en su cabeza y tembló. Sí, esto era lo que ella quería. Todo lo que siempre
había deseado.
Su cuerpo se encendió con su toque y ella acarició su espalda, disfrutando de los
valles y curvas de sus músculos. Él entrelazó su mano en su cabello y ahuecó la nariz en su
nuca, causando un hormigueo en su cuero cabelludo. Quejándose contra sus labios, ella
vibró contra él.
Antes de que pudiera reaccionar, Daemon la cogió en sus brazos y se la llevó a la
casa, hasta sus habitaciones. Con una gentileza que ella apenas comprendía, la tendió en la

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cama. Arina temblaba con la fuerza de su deseo. Al final, ella iba a conseguir su más
profundo deseo.
Daemon la miró fijamente como un hombre hambriento ante el festín de un rey. El
hambre cruda en sus ojos enviaba olas de vibrante calor a través de ella. Quería que la
devorara y probar largamente los salados y tensos músculos hasta que estuviera ahíta. Pero
una parte de su corazón le decía que ella nunca iba a estar saciada de él. No, siempre lo
querría, siempre añoraría sus caricias.
Lamiéndose los labios, le ofreció una sonrisa dubitativa.

—Vamos, Milord Normando —le susurró, estirando sus brazos—. Os he estado


esperando.
Daemon cerró los ojos ante esas palabras, saboreando todas y cada una de las sílabas.
Posiblemente, arruinaría la vida de los dos con una eternidad de rumores y hostilidad, pero
por su vida, no podía parar de disfrutar de este instante, de esta mujer única. La necesitaba,
y la única manera de dejarla marchar era sacando su propio corazón de su pecho.
No, no podía irse. Si había un Dios ahí arriba, entonces esta era su forma de reparar
todo el daño que había sufrido. Y si esa era su recompensa, Daemon decidió que valía la
pena cada tormento que pudiera tener, y se sentía alegremente aliviado de todo por este
instante en toda su vida.
Ella le envolvió en sus brazos y él se estremeció con su ternura. Tendido cerca de
ella, probó sus labios sedosos, su cuello donde inhaló su divina esencia de rosas. Sus labios
cosquillearon a través de su piel sabrosa y la absorbió profundamente. Este era el único
alimento que necesitaba, el alimento por el que había pasado hambre toda su vida.
Un ardiente fuego reemplazó la frialdad en su corazón. Cada color y olor le parecían
amplificados y más brillantes, como si hubiera abierto por primera vez los ojos, como si
hubiera vuelto a nacer.
Sus caricias dubitativas hacían eco en su alma, rompiendo cada barrera que él
hubiera construido y yacía allí asustado y tembloroso como una criatura desnuda en el
borde de un acantilado. Justo como un niño, quería gritar su miedo y su desesperación.
Nunca se había sentido tan expuesto, tan vulnerable y, es más, sabía que una palabra de
rechazo de ella podría destruirlo.
Ella le quitó la túnica, sus manos exploraron ansiosamente cada rincón de su piel.
Daemon cerró los ojos, con el cuerpo ardiendo.

—¿Os siguen doliendo vuestras heridas? —susurró, recorriendo con sus dedos los
puntos de su costado.

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Daemon sacudió la cabeza, con la garganta cerrada. En realidad, todas sus heridas
presentes y pasadas estaban completamente curadas y por primera vez en su vida, no podía
entender la paz que invadía su corazón.

—Todo lo que siento es a vos, miladi, y nunca podríais causarme daño.


El aliento de Arina tembló ante sus palabras. Sonrió, con el cuerpo encendido por la
necesidad de él. Ningún hombre había significado tanto, era parte de sí misma. Su cabeza
daba vueltas con su olor masculino, con la gentil presión de sus fuertes manos acariciando
su piel. Cualquier lugar donde tocase, calientes corrientes la recorrían de pies a cabeza.
Arina acarició con sus labios la barba incipiente del cuello de Daemon, disfrutando de su
salado sabor. Su ronco gemido reverberó sobre los labios de Arina y le parecieron los
gemidos más gloriosos del mundo.

—Te necesito —le suspiró contra su mejilla.


Arina lo abrazó más fuerte.

—Siempre estaré aquí contigo.


Se estremeció cuando le quitó la túnica y el calor cubrió sus mejillas. Incluso aunque
pensó que ya se había dado a él, la vergüenza llenaba su corazón. La vez anterior, estaba
oscuro, pero a plena luz del sol, ella yacía completamente desnuda, completamente
vulnerable ante su mirada, su caricia.
Los ojos le ardían con una intensidad que le robaba el aliento cuando se movió de
nuevo y tocó sus labios. Daemon saboreó el cálido sabor de su piel, la bienvenida de su
boca. Le mordisqueó parte de su garganta, su tierna carne. Punzantes y pulsantes fuegos
ardían dentro de él. Parecía como si hubiera estado esperando este momento toda su vida,
como si fuera la primera vez que nunca tuvo con ella.
Como un inexperto muchacho, aún se encontraba temblando por la expectación,
nervioso más allá de toda resistencia.
Sus labios recorrieron la tierna carne de detrás de su oreja y tembló por el
efervescente deseo que pugnaba dentro de él.

—Venid a mí, milord —susurró, su voz ronca urgiéndole más.


Separó sus piernas.
Arina se encogió ante la expectación de sentir la sensación de él sobre todo su
cuerpo. Contuvo el aliento, temerosa de que cambiara de opinión y se retirase. O peor, que
decidiera marcharse. No, nunca le dejaría marcharse. No podía. Daemon era su vida, su
aliento.

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Su cuerpo ardía y elevó sus caderas. Con un gruñido, enterró su cara en la garganta y
se deslizó dentro en ella.
Repentinamente, un horrible dolor desgarrador nació en su interior. Parecía como si
se hubiera partido en dos. Su estómago se sacudió y ardió y Arina gritó de agonía.

—¿Arina? —Daemon preguntó, su voz sonando tan lejana que ella quería
preguntarle dónde se había ido.
Todavía su cabeza daba vueltas como si hubiera caído dentro de un pozo o un
agujero profundo. Insólitas imágenes y espirales la rodeaban, quitándole el aliento. Cientos
de extrañas voces hablaban a la vez, algunas acusadoras, otros con pena. Desde algún
lugar, escuchaba lamentaciones y lloros. Su pecho se encogió, intentando ordenar sus
pensamientos pero como una persona desmayada, no encontraba nada sólido a lo que
agarrarse.
De repente, las imágenes se detuvieron. Un dolor brutal explotó dentro de su cuerpo,
sacudiendo sus miembros, acallando su corazón. Desde ningún sitio, sus recuerdos
regresaron con gran claridad punzante.

—¡Por todos los santos! —lloró, empujando contra Daemon.


Con mirada confundida, la abrazó.

—Milady, ¿qué ocurre?


Milady. La palabra se cernía en su mente como una pesadilla, un increíble terror que
la paralizaba de miedo.

—Nada —lloró, alejándose de él para cubrirse con las mantas de piel. Se encogió en
el borde de la cama, demasiado horrorizada para pensar

—¿Qué he hecho?
Daemon la miró como si ella fuera a golpearlo, y se movió lentamente de la cama y
recuperó sus calzas. El dolor en sus ojos le indicó que había pensado que su rechazo era
por él.
Dejando salir sus lágrimas, Arina tragó a través del doloroso nudo que tenía en su
garganta y se enderezó contra la terrible e increíble verdad que debía pronunciar.

—No sois vos, Milord —susurró


Le echó un vistazo pero no pudo quitar el sufrimiento que ardía en sus ojos. Arina
miró fijamente hacia su manta, apretándola entre sus puños. ¿Por qué?, quería gritar, ¿por
qué había sucedido esto? Pero la respuesta no vino, sólo más dolor, más culpa, más pesar

—Yo… yo nos he dañado a ambos.

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Un ceño arrugaba sus cejas cuando se movió alrededor de la cama, la tocó y, aunque
parecía calmado, ella pudo sentir el irritante enojo dentro de él

—¿Cómo?
Arina cerró sus ojos en un esfuerzo por desvanecer el calor de su mano contra su
hombro desnudo, el confort que le ofrecía. Confort que quería rehuir. Y rechazar a
Daemon era lo último que quería hacer. ¡No, lo necesitaba y esa necesidad era la que podía
causar su condenación!
¿Cómo se lo podría decir? Nunca la creería. La verdad, encontraba esto imposible de
creer y lo sabía realmente.
Belial había jugado bien con ella. Sí, el demonio seguro que había ganado su lugar
en el infierno por su traición.

—Milady, ¿qué es lo que ha causado tanta aflicción?


Su corazón latía desaforadamente contra su pecho. Arina consideró varias formas de
abordar el asunto con él, pero nada le parecía correcto. ¿Cómo podría decirle la verdad?
Que ambos no eran nada más que los peones del diablo en un juego en el que no
participaba al principio.

—Pensareis que estoy loca.


Le aparto el pelo detrás de su hombro.

—Nunca pensaría eso de vos.


Sacudió la cabeza, rechazando su intento de tranquilizarla. Ella debería mantener las
distancias entre los dos. Daemon la cogió de los hombros y la forzó a mirarlo.

—Contádmelo.
Arina se mordió el labio. La furia se consumía en su mirada, abrasándola con su
intensidad. Quería encogerse en él, correr y nunca dejar que él conociera la verdad. Pero
¿cómo podría? Le debía una explicación.
Su mandíbula se movió nerviosamente.

—¿Qué os irrita, milady?


En sus ojos pudo ver el temor de que lo rechazara y su enfado no parecía demasiado
importante para ella. Ese enojo era apenas una tapadera para evitar que conociera lo mucho
que podría herirle su rechazo. El dolor se enroscó dentro de ella y sabía que no podía
permitir que él pensara eso, permitir que creyera que iba a desdeñarlo cuando él era toda su
vida. Antes de que pudiera pensarlo, la verdad escapó de sus labios.

—Soy un ángel.

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Daemon entrecerró los ojos. De todos los horrores pavorosos que habían cruzado sus
pensamientos, ninguno podía compararse con su declaración. Se llenó de incredulidad.

—¿Sois un ángel, milady?


Ella suspiró e intentó tocarlo pero su mano se detuvo a pulgadas de su mejilla. Bajó
su brazo hasta su costado y clavó su mirada en el suelo.

—Sé que no me creéis, pero os prometo que es la verdad. Nací en el cielo y ahora
estoy atada al infierno.
Daemon apartó la mirada. Su corazón estaba extrañamente silencioso. Era como si su
cuerpo no supiera cómo reaccionar ante las palabras de ella y así decidía no sentir nada.
Estaba loca. La verdad de esto retumbaba en su alma. De todas las mujeres del mundo,
había encontrado finalmente una que caldeaba su vida, que llenaba el vacío de su corazón
y una que estaba obviamente demente.

—No estoy loca —declaró—. Sé que no me creéis pero, ¡debéis hacerlo!


Sólo la miró fijamente. No podía ceder al impulso de maldecirla. Quizás ya estaba
muerto. Seguramente era lo único que podía explicar la extraña serena derrota que
resonaba por todo su cuerpo, susurrando a través de su alma. Podía luchar con cualquier
demonio, salvar esto. Contra la mente de ella, nada se podía hacer.
Arina se pasó la lengua por los labios y paseó su mirada por la habitación. Cecile
salió de un salto de debajo de la cama, y Daemon movió su pie para permitirle acercarse a
su comida. Arina siguió el errático recorrido de Cecile con sus ojos, entonces lo miró de
nuevo.

—Puedo probar mis palabras.


—¿Probarlas? —preguntó, con la garganta cerrada y áspera —. ¿Podéis hacer que os
broten alas o halo? —el enojo brillaba en sus ojos, ardiendo en su interior. ¿Cuál era la
causa de sus delirios? Enfurecido con el destino, atacó contra lo único que podía, ella—.
Pensaba que los ángeles nunca sentían furia, miladi. Los hermanos siempre juraban que los
ángeles tenían una paciencia infinita —ella se enderezó y elevó su barbilla como si se
enfrentara a un ejercito—. En mi verdadera forma, lo soy. Sin embargo, he vivido
demasiado tiempo como una mortal, por lo que parece que las emociones humanas me han
corrompido.
La furia se marchitó en sus ojos y frotó su hombro izquierdo con su mano derecha,
sus labios temblorosos.

—Nada de esto importa —susurró, el dolor de su voz le alcanzó, haciéndole el más


ruin de todas las criaturas. Estaba deseando aliviarla pero, ¿podría darse cuenta de su
consuelo en su estado trastornado?

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—Estoy segura que estoy maldita por lo que he hecho —murmuró, sus palabras
abrasándolo.
Un cortante gruñido frunció sus labios y toda su pena explotó. Aquí estaba, su peor
miedo se expresó en alto. Los rumores y burlas finalmente le habían privado de la única
cosa que había pensado que siempre sería totalmente suya, el corazón de Arina.
La rabia lo cegó y deseó arrancar las lenguas de todas las cabezas del valle de
Brunneswald.
Así sería.

—Sí —gruñó—. Estáis maldita. Habéis yacido con el bastardo del diablo. ¿No es
cierto, milady?
Arina lo miró fijamente, aterrada.

—No, he yacido con un hombre, ni más, ni menos. Y eso solo es suficiente para
hacer peligrar mi alma.
Lanzó una risa amarga, su enfado y su furia crepitaban profundamente en su interior.

—Entonces os suplico vuestro perdón por corromperos, miladi.


La inocencia brillaba en los ojos de ella y, por un momento, casi pudo creer su
fantástica afirmación. Pero se lo pensó mejor. Dios no existía y sin Dios, no podían existir
los ángeles.

—Vos no me habéis corrompido —Arina trataba de acercarse a Cecile, pero la gatita


rechazaba sus caricias. Daemon la cogió del brazo y la volvió hasta tenerla cara a cara una
vez más. Intentaba que entrase en razón. Si podía forzarla a pensar en su afirmación, tal
vez su mente volviera en sí. Sí, era mujer inteligente. Seguro que podría ver la verdad si se
la mostraba.

—Habladme de vuestro hermano, miladi, ¿también es un ángel?


El horror emanó de su rostro como si ella hubiera olvidado a su hermano. Su mirada
se amplió y el miedo oscureció sus ojos. ¿Qué causaba este temor? El hecho de que
hubiera encontrado un error en su lógica o la posibilidad de que, en su locura, ella pensara
que su hermano había nacido en el cielo como ella.

—No es mi hermano —dijo finalmente y Daemon tuvo que hacer un gran esfuerzo
para no sacudirla. Debía ser paciente.

—¿Entonces qué es él?


Abrió la boca para hablar y la volvió a cerrar.

—Decídmelo, milady —insistió.

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—No vais a creerme.


Encontró esto fácil de aceptar. Pero después de sus primeras palabras ¿cómo se
atrevía decirle eso?

—¿Puede ser algo más absurdo que el que vos seáis un ángel?
Tragó con los ojos encendidos por la indignación.

—Sí, para vuestro entendimiento lo es.


—¿Para mi entendimiento?
¿Ahora se atrevía a cuestionar su capacidad de razonamiento? Al menos sabía
distinguir la realidad de la ficción.
La furia calentaba su mirada.

—Sí, milord.
Daemon apretó los dientes, todo su cuerpo temblaba con el peso de su furia. Hacía
mucho, mucho tiempo que nadie se había atrevido a cuestionar su mente y encontraba su
insulto difícil de tragar.

—Muchos dicen que soy un hombre inteligente ¿Por qué al menos no probais mis
humildes habilidades? ¿Quién es vuestro hermano?
Se apartó de él y una vez más luchó contra el deseo de sacudirla. ¿Por qué estaba
haciendo esto? ¿Eran sus caricias tan aborrecibles que ella tenía que montarse estos
cuentos para salvarse a sí misma de tener que aguantarlo?
Bien, ciertamente no tenía intención de estar con una mujer a la que no podía tocar.
No, había sido rechazado antes. Daba por sentado que esto no era muy elaborado, pero
sabía cuando alguien no lo quería y rechazaba humillarse demasiado.

—Muy bien, milady. Podéis estar aquí con su hermano y no preocuparse más por
mis atenciones. Yo, en mis terrenales y bastardas maneras nunca me atrevería a tentar mi
suerte de nuevo con vos. Podeis estar tranquila.
Frunció el ceño y le miró cortante.
¿Qué queréis decir?
Entrecerró los ojos y recuperó su túnica y sus zapatos. Con rápidos y furiosos
movimientos, se vistió.

—No la voy a molestar más. Vos y vuestro hermano celestial podeis quedarse en mis
tierras. No voy a condenaros por hacerlo.

—¿Os vais? —preguntó, alcanzando su brazo.

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Su toque ardió sobre él como si le hubiesen lanzado una capa de material ardiente
que separaba su carne de la de ella. El diablo le ayudara, aún la quería, y se odiaba a sí
mismo por su debilidad. ¿Cuándo aprendería a dejar de desear cosas que no podía tener?

—Queréis que me vaya, ¿no es verdad, milady? ¿Por qué si no me habéis contado
vuestro ridículo cuento?
Sacudió la cabeza y el dolor de sus ojos lo atravesó, pero se endureció contra eso. No
podía ser su victima de nuevo.

—No es ridículo —insistió— soy un ángel.


—¿Y vuestro hermano?
Tragó, su agarre se hizo más estrecho en su brazo antes de hablar.

—No es un hombre, no es mi hermano. Es el demonio, Belial.

CAPÍTULO 10

Arina se preparó para oírle reír. A pesar que no llego a sonreír, se podría decir
que Daemon luchaba para no reírse de lo que sin duda consideraba una idea absurda. Se
llenó de inquietud. Más aún, ¿debía habérselo dicho? Quién sabe si no sería mejor que
no la creyera. Si Belial descubría que Daemon sabía la verdad, ¿qué haría? Sintió un
escalofrío ante la multitud de posibilidades, alcanzó la túnica y se la puso.
El silencio quedo colgado entre ellos como un manto espeso, asfixiando el aliento
de los pulmones. Daemon se apartó dejando caer los hombros en amarga derrota. Pensar

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que había estado tan preocupada por su marcha, como si la distancia física y emocional
fueran las peores cosas que podrían separarles.
La angustia le oprimió el corazón. Lo que les separaba era mucho más que el
brutal pasado, mucho más de lo que podría ser aliviado con unas pocas palabras tiernas.
Eran dos seres diferentes, de dos mundos diferentes. Nada podría cruzar el abismo entre
ellos.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero se negó a llorar. Los ángeles no lloran.
Sólo los seres humanos.
Sin embargo, a pesar de su condición divina, sufría por tocar a Daemon y calmar
un poco su dolor. Pero la rigidez de la columna vertebral le hacía parecer inalcanzable,
formidable. Durante varios minutos se quedó mirando las persianas cerradas,
sintiéndose tan sola, tan asustada por lo que fuera a ser de ambos.
Demasiado asustada para hablar, Arina le miró.
De repente la enfrentó, y una vez más la ira le oscurecía la mirada.
¿Entonces que soy, mi señora?, ¿también soy un demonio?
Ella agitó la cabeza, el corazón le latía fuertemente.
No, como ya os dije sois un hombre.
Sí, un hombre susurró aproximándose, tan cerca que podía oler su dolor.
Una profunda amargura brillaba en los ojos de ese hombre, obligándola a apartar
la mirada.
Tal como vos sois una mujer, y vuestro hermano es humano.
Por alguna razón ella necesitaba que le creyera, para demostrar que podía creer en
lo irrazonable. Si pudiera, tal vez había alguna forma de superar esa imposible situación.
¿Por qué os negáis a creer mis palabras?
Porque son las de una loca.
Ella se acercó a Cecile de nuevo, esta vez determinada a hacerle creer.
Entonces permitidme mostraros.
Sí dijo, tomándola por el brazo y apartándola del gato. Vamos a encontrar
la verdad. Seguramente vuestro hermano sabe lo que es. Preguntémosle por ello.
Un temblor de miedo descendió por la columna vertebral de Arina. ¿Qué diría
Belial? Tan retorcida como era su mente, no podía empezar a pensar los horrores que
podría elucubrar.

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¿Se arriesgarían a darle más poder? Si Daemon supiera lo que realmente era, su
temor podría alimentar la fuerza de Belial. Hiciera lo que hiciera, debía evitar que eso
sucediera.
Antes de que pudiera protestar por su intención, Daemon la sacó fuera de la
cámara, hacia el vestíbulo.
¡No, mi señor!
Le imploró, pero él ignoró sus palabras. En cambio la arrastró a través del patio,
hacia el establo. Continúo luchando, aunque a él no le importó.
Encontraron a Belial recostado en una oscura esquina, sobre un fardo de heno.
Los caballos habían resuelto vagar por el corral, pero aun así ella podía oír su desagrado
al estar tan cerca del hedor del infierno. Arrugando la nariz con aversión, se pregunto
cómo podrían los seres humanos ser tan insensibles al olor acre.
Belial se dio la vuelta. El rostro pálido y contraído. Aun sin saber cómo había
llegado a tal condición, Arina inmediatamente se dio cuenta que había excedido sus
poderes. Ninguna enfermedad le acosaba, más bien era la debilidad del demonio.
Les miró acercarse, pero no hizo ningún intento por levantarse.
Daemon la atrajo a su lado, y juntos hicieron frente al demonio.
Saludos, Belial dijo, enfatizando el nombre.
Una repentina luz de reconocimiento brilló en la mirada fija de Belial, y Arina
supo que había deducido lo sucedido entre ella y Daemon. El corazón le latía con
miedo. Quien sabía que maldades planearía ahora.
Una vez más, deseaba no haber confiado nunca en Daemon, y sin embargo no
podía olvidar la parte de su ser que necesitaba que la creyera, la diminuta voz que le
daba esperanza.
Algo de tensión abandonó la cara de Belial.
¿Que trae a mi querida hermana y cuñado a buscarme en este día?
Daemon la miró con la mirada extrañamente en blanco.
¿Qué queréis hacer?
Ella apretó los dientes ante la nueva oleada de cólera por la terquedad de Daemon.
Si tan solo hubiera podido impedirle buscar a Belial. Pero era demasiado tarde. Ahora el
demonio sabía la verdad, y no tenía dudas de que pronto iba a recuperar las fuerzas. Así
era cómo el cielo y los santos les ayudaban.
No importa. Sólo mentirá. La deshonestidad es su naturaleza, le alimenta.
Arina reprendió Belial, tus palabras me hieren profundamente. Nunca he
sido deshonesto contigo.

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No contestó, con el labio contraído. El amargo sabor del odio le quemó la
garganta, y aunque nunca lo había sentido, no pudo contener la maligna emoción que
contaminaba su sangre. Has dejado bien claro lo que querías desde el principio. Y
ahora habiéndome corrompido, ¿qué piensas hacer?
Él frunció el ceño, con una mirada creíble de confusión en la cara.
Ya nos hemos ocupado de eso, ¿no? Te casé con tu marido.
Daemon se volvió hacia Belial, quien les observaba con un brillo divertido en los
ojos.
Mi señora tiene la idea de que es un ángel, y vos un demonio dijo Daemon.
Un, ¿qué? preguntó Belial, rompiendo a reír ¿Parezco un demonio?,
¿tengo las orejas puntiagudas?, ¿han brotado alas de mi espalda? Levantándose con
cuidado de la cama, se giró y enseño la espalda para su inspección ¿Veis una cola
bífida? Chasqueó la lengua y se volvió hacia Daemon con una sonrisa sarcástica
Sólo mis peores enemigos me han llamado demonio. Y respecto a que ella sea un ángel,
¿no dirías por su rostro lo fácil que le resultaría? Su cara es tan bella que cualquier ángel
lloraría de envidia.
Daemon la miró. Arina se tensó por la acusación y la agonía que veía en esos ojos.
Empezó a contradecir a Belial, pero se mordió la lengua. La pequeña voz de su mente la
prevenía de hablar.
¿Entonces lo negáis? Preguntó Daemon a Belial.
Belial agitó la cabeza, como regañando a un niño travieso.
Querida Arina, por favor, dime que no has sucumbido a la locura. Pensaba que
tu mente estaría cuerda.
No hay nada malo en mi mente contestó en un susurro furioso.
El negó con la cabeza y suspiró, como si estuviera demasiado cansado para hablar
con ella.
Después de un momento le arrastro un dedo frío por la mejilla. En la comisura de
su boca apareció una burla malvada, produciéndola un escalofrío por la espalda.
Pero seguramente no te creerás celestial, ¿verdad?
La agonía y la furia la atravesaron. Se lanzó sobre Belial, pero Daemon la agarró
por la cintura atrayéndola a su lado.
¡Mentiroso! Gritó, luchando contra el agarre de hierro de Daemon No,
celestial nunca más. Tú y tu cómplice os encargasteis de eso.
¿Yo y mi qué? Preguntó con tan fingido desconcierto que incluso ella
dudó ¿De qué maldades me acusas?

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Lo sabes muy bien.


Daemon le rodeó la cintura con los brazos.
Tranquila exclamó, con el aliento calentándole la mejilla.
La cólera de Arina se marchitó y la dejo vulnerable a la sensación del cuerpo de
Daemon contra el suyo. Toda voluntad de luchar contra Belial desapareció, deteniendo
los forcejeos antes de reabrir las heridas de Daemon.
Parecería que Belial nada sabe de vuestras afirmaciones, mi señora afirmó
apretándola con los brazos durante un instante.
Belial suspiró.
Sí, pero lo hago.
Daemon la soltó, y Arina se tensó a la espera de las mentiras, o medias verdades,
que podría contar Belial.
Nuestra madre sufrió de tales ilusiones. Una vez llegó a afirmar ser la Virgen en
persona. Como Arina, empezó sin más. Sus recuerdos se desvanecían, para luego hacer
afirmaciones escandalosas.
Así que optó por el camino de las mentiras. Arina frunció el ceño deseando poder
leer la mente de Belial, pero ese poder no pertenecía ni a ángeles ni a demonios. Podían
sentir estados de ánimo, y a veces tantear los corazones de quienes les rodearan, pero la
mente pertenecía al individuo hasta que vendía ese derecho.
Belial se aproximó, tomándola de la barbilla con la mano helada. Le dio a
Daemon una mirada triste.
Me temo que todo lo que podemos hacer es encerrarla.
Daemon se tensó visiblemente con las palabras. La ira le oscilaba dentro de los
ojos al apartar la mano de Belial, y Arina pronunció una pequeña oración de gratitud al
ver que Daemon todavía la defendía.
No, no habrá encierro. Mi señora no es una amenaza para nadie.
Belial fingió una mirada de sorpresa que hizo que Arina casi aplaudiera por su
capacidad de actuar.
Pero, ¿qué hay de los peligros que puede sufrir ella misma? Nuestra madre se
suicidó en uno de sus ataques.
Arina sacudió la cabeza.
En caso de que mi muerte llegara sería por tu mano, no por la mía.
Querida susurró en tono paternalista, sabes que no puedo hacerte daño.

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No, tienes prohibido tomar una vida. Pero fácilmente puedes utilizar tu astucia
y engañar a otros para seguir tus órdenes.
Volvió a mirar a Daemon.
Ya veis como está. Pronto se volverá contra vos, y seréis el demonio que quiere
verla muerta.
¡No! Grito Arina, temiendo que Daemon creyera las mentiras. Se aferró a su
túnica, los músculos contrayéndose bajo los puños apretados No le creáis. Está
jugando con vuestros temores para volveros contra mí.
Daemon abrió la boca para hablar, pero un mozo de cuadra le llamó desde la
entrada del establo.
Mi señor, ha llegado un mensajero. Necesita hablar con vos.
Belial asintió con la cabeza.
Id. Cuidaré de mi hermana hasta vuestro regreso.
A pesar de desear tener cerca a Daemon, ella le soltó.
Con un suspiro a regañadientes, él les dejó solos.
Vacilante, Arina se volvió hacia Belial, la ira y miedo tronando en sus venas.
Eres realmente malvado.
Sonrió con un gesto burlón malvado, que haría enorgullecerse al mismo Lucifer.
Por supuesto que sí. ¿Qué más podría ser?
Ella sacudió la cabeza, recordando un tiempo en que había sido algo más. Hubo
un tiempo en que Belial había sido el más virtuoso de todos los ángeles. Arina abrió la
boca para apelar a esa parte de él, pero pronto se detuvo. Esos días habían pasado hacía
tiempo. Se había aliado con los poderes de la oscuridad, y se necesitaría mucho más que
ella, o sus argumentos, para convertirle.
¿Por qué no decirle a Daemon la verdad? Preguntó al fin. Si era cuidadosa e
inteligente, podría ser capaz de descubrir los planes de Belial.
A pesar de ser más inteligente que la mayoría, Belial adoraba alardear y jugar.
Siempre buscaba una nueva oportunidad, y a menudo podía dejarse llevar por trampas
que le traicionaban. De hecho, fue esa parte de su personalidad la que había causado la
caída.
¿Qué ventaja consigues continuando la farsa que has empezado?
Se rió.
¿Qué ventaja tendría la verdad? Serás mortal hasta tu fallecimiento. Si
realmente se entera de lo que eres, te apartará. ¿Dónde irás entonces?

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Ella arqueó una ceja. ¿Qué planeaba?
¿Qué te importa?
Se encogió de hombros, y si ella no le conociera mejor, creería esa indiferencia.
Aquí o allá, todavía eres mía, pero, ¿por qué no disfrutar un poco antes de
abandonarle? Después de todo, ya estás condenada.
Una repentina compresión apareció en su mente, Arina aspiró con fuerza el aliento
entre los dientes. Belial y su cómplice buscaban más que sólo la muerte de Daemon.
¡También planeas tomar su alma!
No habló, pero la mirada en esos ojos confirmó su sospecha.
No ha hecho nada malo.
Belial se rió, el malvado sonido raspándole los oídos, como los zarpazos de
bestias salvajes contra huesos profanados.
Ha hecho más para ganarse la condena que yo exclamó, el eco de su voz
resonó a su alrededor. Ante todo ha maldecido a Dios, y antes de que termine aquí,
hará mucho más que eso.
¡No! Gritó. Cualquier cosa que hiciera, debía proteger a Daemon. Su alma no
tenía importancia comparada con la de él Lo impediré.
Los ojos del demonio se llenaron de un vibrante rojo.
Interfiere conmigo, y volveré a robar tus pensamientos.
Él tropezó con la pared del establo y algunos de sus temores se desvanecieron,
poniéndose rígida para enfrentarle.
Estás demasiado débil. De hecho, tus poderes se han desvanecido hasta el punto
de que puedo herir tu carne de demonio.
La ira llameó en esos ojos.
Recuerda quien será tu señor cuando abandones este mundo, ángel.
Podrás reclamar mi alma, pero mi corazón estará donde no puedas tocarlo.
Se apoyo en la pared acercándose hacia ella. Al pararse a su lado el hedor la
abrumó.
Puedes resistirte a mí, incluso en el infierno. ¿Pero qué será de tu marido?
Recuerda, le gobernaré durante toda la eternidad.

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Daemon estrechó la mirada y escudriñó la carta de William. Sosteniéndola


fuertemente leyó de nuevo la dispensa de William sobre las tierras de Brunneswald, y
sus títulos.
¿Por qué le habría mandado el último mensaje a William, informándole de su
deseo de quedarse? ¿En qué estaba pensando?
Una imagen de Arina apareció en su mente, con los brazos abiertos y los labios
fruncidos en una cálida sonrisa acogedora. Había puesto todas las esperanzas a sus pies,
sin cuidado lanzó el inútil corazón a sus manos, y ahora había más que pagado el precio
de semejante estupidez.
Sí, le había preguntado por las tierras para poder envejecer al lado de Arina.
Daemon sacudió la cabeza disgustado por el mero pensamiento. Debía haber caído en la
cuenta de que considerarlo era una utopía.
Maldiciéndose por su debilidad, arrugó el pergamino en el puño. ¿Por qué no se
había escuchado a sí mismo y abandonado Inglaterra? Si le quedaba algo de sensatez, se
iría con las primeras luces.
Tu esposa te necesita.
Daemon se estremeció al oír la voz en su cabeza. ¿Qué haría? Estaba loca, y él era
un tonto.
Demente. La palabra le persiguió a través de los pensamientos, como un
silencioso y temible fantasma buscando sangre. El terror le alcanzó profundamente,
haciéndole detenerse. Había tenido mucha experiencia tratando con locos. La última
cosa que buscaba ahora era volver a su juventud.
La locura de Arina solo crecería hasta convertirla en un extraño. No la señora que
había ganado su corazón, sino alguien que no reconocería nunca, alguien que no podría
aliviar su dolor de la manera que hacía cuando su mente le pertenecía.
¿Y qué sería de ella una vez que perdiera la razón?, ¿sería violenta, o una de esas
pobres almas que se acurrucan como un pequeño gatito asustado de moverse?
¿Y entonces qué?, ¿la entregaría a Belial y a Edred para exorcizarla, o algo peor?
Daemon cerró los ojos ante el dolor de su pecho. Quería irse, y sin embargo no
podía obligarse a renunciar a ella. De todas las cosas de su vida, sólo ella tenía valor,
merecía la pena proteger. No, nunca podría abandonarla.
Con un nudo en la garganta Daemon miró de nuevo al establo, a tiempo para ver
salir a Arina.
¿Mi señora? llamó.
Ella continúo su camino hacia la casa.

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Daemon comenzó a alejarse, pero se detuvo después de dos pasos. ¿Había perdido
el juicio finalmente? Las palabras de Belial sobre su madre le resonaron en la cabeza.
¿Podría realmente hacerse daño a sí misma?
El miedo le llenó ferozmente, y corrió tras ella.
Cuando se le acercaba, volvió la cabeza hacia él. El pánico brillaba en su mirada
un momento antes de que levantara el borde de su vestido y se lanzara al interior.
Daemon corrió tras ella, y la agarró cuando entró en sus cámaras.
¿No oísteis mi llamada?
Le miró con una cristalina mirada llena de inteligencia y claridad, no de locura. La
mirada vacía que estaba acostumbrado a la hora de afrontar la demencia.
Sí, mi señor, os oí. Pero tenía que llegar aquí antes de que me detuvierais.
¿Para qué?
Ella se apartó y se movió para recuperar a Cecile de debajo de la repisa de la
ventana.
No dijo al llegar a ella. Me detuvisteis antes, pero esta vez me permitiréis
terminar.
Antes de que él se pudiera mover, cubrió los ojos de Cecile con la mano. La gata
se retorcía y silbaba.
Daemon intento liberar al enojado gatito, pero Arina se mantuvo firme. Él se
alejó, con miedo a luchar y herir al gatito. De repente, la cara de Arina cambió, y se
apartó de él.
Arina respiró hondo para calmar los nervios, mientras la culpa le roía fieramente
las entrañas. Debía hacer creer a Daemon que le había mentido. Mientras Daemon la
aceptara como humana, tal vez podría ayudarle. Se dio cuenta de que nunca antes le
había hablado de su verdadera forma. Pero Daemon había sido muy inflexible cuando le
dijo porqué se había apartado, y las mentiras no estaban en su naturaleza.
Sin embargo, Belial le había enseñado una importante lección en el establo. No
debía permitir que Daemon conociera la verdad. Si revelaba a Daemon su forma
verdadera, o la de Belial, y éste realmente la creía, el demonio sería libre en su forma
humana, capaz de usar sus plenos poderes todo el tiempo.
Mientras Daemon creyera que Belial y ella eran mortales, Belial podría continuar
su farsa, una farsa que le costaba cara en fuerza y poder.
No importaba cómo, pero debía mantener a Belial en su forma humana. Al menos,
hasta que pudiera encontrar alguna forma de contener sus poderes, o recuperar los
suyos.

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Liberó a Cecile y suspiró. El gato saltó al suelo golpeándola el pecho, y
lanzándose bajo la cama.
Teníais razón, mi señor dijo con los hombros caídos. No soy ningún ángel.
Daemon la observaba, más confuso de lo que había estado cuando ella hizo la
primera declaración.
¿Qué juego es este?
No juego. Solo estoy de acuerdo con vuestra sabiduría.
Inseguro de si podría confiar en lo que oía, Daemon sacudió la cabeza. Debía estar
loca. No había otra explicación para sus actos, sus vacilaciones.
¿Y sobre vuestro hermano?
Ella tragó saliva apartando la mirada.
Como habéis dicho, es un hombre.
Se fijó en cómo le temblaban las manos, y cómo las mantenía unidas. Mentía. Lo
sabía por la forma en que se negaba a mirarle, o la forma en que agitaba nerviosa las
mangas. Por alguna razón creía que era un ángel, y su hermano un demonio.
Fue una confusión momentánea añadió mirándole, sus ojos traicionando la
agitación.
¿Una qué?
Arina se apartó de él, incapaz de afrontarle mientras le mentía.
Estaba equivocada sobre mi identidad susurró, la mentira le ardía en la
garganta.
Entonces, ¿por qué lo afirmasteis, mi señora? Preguntó con voz
entrecortada ¿Fue mi toque tan abominable que tuvisteis que inventar toda esta
historia para mantenerme alejado?
¡No! Gritó, ahuecándole la mejilla con la mano Nunca podría
perjudicaros.
Tan pronto como esas palabras abandonaron sus labios, su mente repitió la
declaración hostil de la bruja.
Veréis a vuestro amante mortal morir. Le sostendréis en los brazos mientras su
vida le abandona.
Dejó caer la mano de su rostro, mientras los ojos se oscurecían de terror. ¿Cómo
había olvidado esa parte de la maldición? ¿Por qué no lo había recordado al principio?

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El temor por las maldiciones debía haber eclipsado completamente esa parte de
sus recuerdos. Arina se aparto lejos de él con el cuerpo tembloroso. Verle morir, la frase
resonaba en su mente, rompiéndose en su alma.
Daemon iba a morir por su culpa. Arina cerró los ojos contra la pesadilla. Su
precioso caballero seria sacrificado por la venganza de una mujer, por un acto que no
podía deshacer.
Debo irme.
Daemon apretó los dientes con esas palabras susurradas. Ella pasaba del fuego al
hielo tan rápidamente, como un cernícalo saltando sobre una diminuta liebre. Al
momento le calentaba con su toque, al siguiente hablaba de dejarle.
¿Estaría loca de verdad? Y aún así no podría aceptarlo. Por mucho que su lógica
alegaba razones contra su cordura, en lo más profundo de su corazón sabía que no
estaba loca.
Suspirando, deseando una respuesta. ¿Que debía hacer con ella? Si abandonaba
Brunneswald, Belial haría como un buen hermano y la encerraría, o la exorcizaría.
Habiendo visto ese tipo de tratamiento de primera mano, se negó a permitirlo. No,
se había casado con ella y la protegería, no importaba cómo.
Además, William le había concedido las tierras, y no podía decepcionar a su
hermano. No confiaba en ninguno de sus hombres para cuidar sus tierras durante su
ausencia. Arina había sido la única persona en la que había confiado, pero con sus
actuales estados de ánimo, no se atrevía a dejarla al cargo.
Estaba atado a la tierra y su esposa más firmemente de lo que nunca creyó posible.
Más de lo que nunca quiso.
Aquí, mi señora dijo, colocando el brazo en su cintura y dirigiéndola a la
cama. Descansad.
Le observaba con ojos tan tristes que le hirieron profundamente.
Estáis en vuestro derecho a creerme demente, mi señor. Pero os prometo que
estoy cuerda.
Asintió con la cabeza, un nudo de incertidumbre le cerraba la garganta.
Lo sé.
Arina le clavó los ojos, memorizando los extraños colores de esos ojos, el calor de
su toque en la cintura. La idea de experimentar una vida mortal sin él le partía el
corazón, dejándolo vacío. Ciertamente, se preguntaba cómo había sobrevivido sin él.
Como había sobrevivido a lo largo de los siglos sin su gentil toque.

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Por primera vez en su existencia quiso ser humana, quiso experimentar las
pruebas de sus vidas. ¿Cómo sería sujetar un hijo en sus brazos, un niño nacido de su
cuerpo y de la simiente de Daemon?
Arina cerró los ojos, saboreando la imagen.
Pero un lamento se arrastró en su pecho. Nunca conocería el placer, o algún tipo
de amor. Estaba maldita, traída a este mundo para el placer retorcido del diablo.
Cualquier cosa que hiciera, debía mantener a Daemon alejado. Sin embargo,
¿cómo? Si le convencía honestamente de su estado, ¿podría ahuyentarle? ¿Osaría
arriesgarse?
Arina suspiró con el corazón aún más pesado. ¿Qué bien podría hacerle? Nunca
volvería a creerla. Además, el conocimiento de su verdadera identidad le pondría
incluso en un peligro mayor. Belial, sin duda, solo esperaba una oportunidad así.
No, debía pensar otra manera de alejarle. Mirando por la ventana recordó algo que
su hermano había mencionado hacía unos días.
¿No deseáis viajar a Londres?
El respingó ante su pregunta, como si sus pensamientos estuviesen a mil leguas de
distancia.
No sé de qué me habláis, mi señora.
Hablasteis de ello mientras teníais fiebre. Dijisteis que queríais hablar con
vuestro hermano.
Actualmente no hay ninguna razón para ello.
Arina suspiró, escuchaba su intención de quedarse tan claramente como si los
pensamientos le llenaran su propia mente. ¿Qué haría?
Abandónalo. Parecía tan fácil, tan sencillo, y sólo el mero pensamiento le trajo un
dolor en el pecho que le azotó a través de las venas.
Pero, ¿qué otra cosa podría hacer? Si se quedaba moriría, y eso nunca podría
permitirlo. No, al llegar la noche abandonaría este sitio antes de hacerle daño.

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CAPÍTULO 11

Belial yacía contra el espinoso y dulce heno, el cuerpo retorcido con estremecida y
caliente agonía. En este momento, incluso no tenía suficiente fuerza para cambiar a su
verdadera forma y abandonar este desolado mundo. Pero no importaba.
El plan le había costado mucho, pero había valido la pena pagar el precio. Era cierto
que había gastado gran parte de los poderes manteniéndose en forma humana durante tanto
tiempo, sin embargo con mucho gusto lo haría de nuevo.
Le recorrió una oleada superficial y se echó a reír a carcajadas. El normando y el
ángel finalmente se habían rendido a la lujuria. Ahora todo lo que tenía que hacer era
planear la muerte de Daemon. Con la maldición cumplida, podría reclamar a Arina.
La sonrisa se amplió. Que simple. Dejémosles asarse a ambos en la corte de Lucifer.
¿Qué le importaba?
Y sin embargo, un aleteo extraño llenaba su corazón y durante un instante casi se
arrepintió de lo que había hecho.
—Loco cobarde —exclamó, disgustado por la mera idea de arrepentirse. ¿Por qué
siquiera le ocurría tan pequeña emoción? Reflexionando la respuesta, frunció el ceño.

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Nunca desde su condenación había tenido un temblor de piedad o el arrepentimiento había
sacudido su resolución. ¿Y por qué habría de hacerlo? La gente era débil, nada en los
humanos era incorruptible, con el incentivo adecuado.
En cuanto a los ángeles celestiales, bien, tenían incluso menos utilidad. Se tenían por
encima de él y algo más. No tenía amor en su corazón para ellos, especialmente en los que
habían estado juntos y juzgado su alma.
Sin duda debían ser los poderes de Arina que le hacían vacilar. ¡Sí, eso es!
Entrecerrando los ojos, se comprometió a tener cuidado en el futuro. No debía caer en las
artimañas del ángel. Aunque los poderes no eran rival para él, fueron suficientes para
afectar su voluntad. Debía protegerse contra ella.
—Aquí estáiss.
Belial miró al Hermano Edred, quien estaba en la entrada del establo, apoyado contra
un poste de madera. La preocupación llenaba los grises ojos del anciano, y por un instante,
temió que fuera capaz de detectar su verdadera identidad.
—Saludos fraile. ¿Qué os trae al establo?
—Tengo un asunto que discutir con vos.
Una vez más el miedo se apoderó de Belial. ¿Se había traicionado? O peor aún,
¿Eran sus poderes tan débiles que incluso un fraile corrupto podría oler el azufre que
impregnaba la carne, ver el color rojo de las pupilas?
El sudor corría por el rostro de Belial, picando en las mejillas.
—Hermano Edred —dijo rápidamente, deteniendo al fraile antes de que se acercara
demasiado— Os ruego retrocedáis antes de que mi enfermedad os contamine también.
El fraile regresó a la entrada del establo, y lanzó una mirada sobre el cuerpo de
Belial.
—¿Acaso estáis enfermo?
—Sí —le respondió, con la voz temblorosa por la tensión. —Parece que los malos
humores han infectado mi sangre.
La mirada del fraile se oscureció, el rostro era un espejo de seriedad.
—Tal vez sea la maldad que reside en esta sala la que os contamina.
—¿Qué es eso? —preguntó Belial, su atención fue captada inmediatamente.
Edred acarició la cruz de madera que le colgaba del cuello y paseó la mirada como
buscando algo o alguien.

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—¿No podéis sentirlo? Es como una serpiente arrastrándose en las entrañas de la
tierra bajo nuestros pies, esperando el momento justo antes de abrirse camino y morder
nuestros tobillos cuando menos lo esperamos. Desde la primera vez que vine, he sentido la
presencia de Lucifer.
Con el corazón palpitando fuertemente con temor, Belial arqueó una ceja.
—¿La presencia de Lucifer dijisteis?
—Sí, y Lord Daemon es su sirviente.
Belial se mordió la lengua para ahogar la risa provocada por el repentino alivio. Era
muy simple. Sin embargo, no pudo resistirse a una víctima tan fácil, una estratagema tan
fácil.
—Sí, Lord Daemon está seguramente condenado y sin duda puede beneficiarse de
vuestra gracia. ¿Qué pensáis hacer?
—Primero debo hacer que vuestra señora hermana entienda con la bestia que se ha
casado. Quién sabe si no es demasiado tarde para salvar su preciosa alma.
Si sólo supiera. El hombre calvo llegaba demasiado tarde incluso para salvar su
propia infortunada alma. Belial lucho contra las ganas de sonreír. Debía ir con cuidado no
fuera el fraile a descubrir quién era el verdadero sirviente de Lucifer.
—Ah, pero será difícil de convencer —dijo Belial.—Cree que su marido es inocente
y puro.
El fraile bajó la cruz y se movió un paso más cerca para susurrar:
—¿Me ayudaríais?
—¿Ayudaros cómo?
—Si pudiera exponer la vileza de su interior, entonces ella no tendría otra opción que
creernos.
Belial arqueó una ceja.
—¿Y cómo lo expondréis?
El fraile sacó un vial. Su buen humor huyó, más sudor corrió por la mejilla de Belial
cuando reconoció el acre olor del agua bendita.
—Una gota o dos de esto sobre la piel y todos sabrán su verdadero origen.
Tragando, Belial miró el vial con terror. Una o dos gotas de eso en él y conocería
más dolor incluso que en los fuegos de la más negra chimenea de Lucifer.

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Se resistió a la necesidad de apretar la espalda contra la pared, y plantó una última
semilla de terror para cosechar en el fraile.
—Pero, ¿Y si sus poderes son tan fuertes que incluso el agua de Dios no le delate?
Las cejas de Edred se levantaron por la sorpresa y se santiguó.
—¿Podría ser tan poderoso?
—Sí.
El fraile tragó, las pesadas mejillas palidecieron considerablemente a medida que se
guardaba el agua.
—Entonces, ¿Qué haremos?
Al final Belial esbozó una sonrisa que tiró de las comisuras de sus labios.
—Vamos a encontrar un modo.
Arina miró por la ventana, la mirada siguió a Daemon por el patio. Cerró los ojos,
saboreando la imagen de su porte altivo, hermoso, el pelo suelto y cayendo suavemente
sobre los hombros mientras una vacilante sonrisa jugaba en los bordes de los labios tan
poco dados a ello. Su corazón martilleaba y su cuerpo ardía, lo imaginaba de nuevo de pie
en el borde del acantilado, consolándola.
Apretó los dientes y maldijo su débil cuerpo humano. ¿Por qué le pasaba esto?
Incluso ahora la necesidad por él golpeó en su interior, haciendo eco a través de su cuerpo
con un ritmo constante que le robó todo sentido.
Quería a su marido, dolida por pasar toda una vida con él, y ahora sabía lo imposible
que era su sueño.
Abrió los ojos y miró a las vigas de madera sobre la cabeza. Nunca antes había
necesitado abrigo contra la intemperie o dureza. Esos agentes dañinos eran desconocidos
en su mundo. Y aunque siempre había sido feliz, nunca había conocido ese tipo de alegría
que inundaba su pecho cuando pensaba en Daemon.
¿Por qué no podría ser humana? Si le otorgaran un deseo, sería tener una vida
humana, pero eso nunca pasaría.
Una lágrima solitaria bajo por su mejilla. ¿Podría encontrar alguna manera de
protegerlo? ¿Evitar el alcance de Belial?
Llamaron a la puerta.
Arina se limpió las lágrimas de las mejillas y se aclaró la garganta.
—Entrad —exclamó, esperando que fuera Wace.

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En cambio, entró la arpía.
Un breve parpadeo de odio quemó el seno de Arina, pero tan pronto como apareció,
se murió. No podía odiar a la mujer por lo que había hecho. Ahora, después de estar en su
mundo y probar la cruda vitalidad de las emociones, especialmente del amor humano, bien
podía entender las motivaciones de la mujer.
La vieja avanzó con una bandeja de platos tapados.
—Mi señor me mandó a poner la mesa para los dos aquí mismo para la cena —dijo,
colocando la bandeja en la pequeña mesa redonda frente al fuego.
Arina vio los lentos y cuidadosos movimientos con los que ponía los platos en la
mesa y preparaba la comida.
La mujer parecía serena y completamente a gusto con su traición. Por su alma, Arina
no podría entender la tranquilidad.
—¿Cómo pudisteis? —Preguntó, necesitando una respuesta al porqué de la traición.
La vieja se detuvo y la miró.
—¿Traeros la comida, mi señora?
—No. ¿Cómo pudisteis condenar a un hombre inocente?
Las líneas alrededor de los viejos ojos se arrugaron aún más, lanzó una malévola risa
y continuó quitando las tapas de la comida.
—¿Hombre inocente? —Escupió la vieja finalmente, señalándola con una tapa.—
Osáis convencer a la buena gente sajona a vuestro alrededor de su inocencia. Él y los de su
clase nos han robado nuestras tierras y nuestra dignidad.
Arina negó con la cabeza y dio un paso hacia ella, determinada a hacerla entrar en
razón.
—Él no ha cometido más crímenes que cualquier otro en su posición.
Bufando una negación, la bruja levantó la bandeja vacía ante ella como un escudo y
retrocedió. La mirada ardiente por el odio recorrió despectiva a Arina.
—Un normando más condenado, ¿Qué me preocupa? Condenados ellos y todos los
hombres.
Un escalofrío recorrió su cuerpo. ¿Cómo puede alguien ser tan cruel?
—¿Incluso vuestro hijo?
Los ojos cambiaron. Una profunda y oscura tristeza nadaba en la anciana mirada de
la arpía y una oleada de compasión y empatía llenaron el corazón de Arina.

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—No—dijo la vieja con la voz quebrada—. Mi hijo era el más puro de cualquier
nacido. A diferencias de los otros crueles tontos de este mundo, sólo Dios estaba en su
seno. —El fuego regresó a los ojos—. ¡Y os lo llevasteis!
La acusación la aguijoneó. Arina no había entendido a la mujer cuando se
conocieron, pero ahora sabía muy bien el amor que sentía. Sin embargo, no podía
perdonarla por condenar a Daemon también.
—Simplemente hice lo que me dijeron.
—¡No! —dijo la vieja, sacudiendo la bandeja en su furioso agarre—. Estaba
curándose. ¡Justo cuando estaba a punto de curarlo, vos vinisteis y lo robasteis! ¡Vos lo
matasteis!
Horrorizada, Arina miró a la mujer. ¿Cómo podría la arpía creerlo?
—No tuve ninguna parte en su muerte. Fue vuestra cura la que lo mató.
La mujer se puso rígida, el rostro reflejando conmoción. Unió las cejas en un gesto
feroz.
—¿Mi cura?
—Si —dijo Arina, suavizando la voz para facilitar el aguijón de la verdad—. Fue la
parte del diablo la que lo envenenó.
—¡No! —Gritó, dejando caer la bandeja y tapándose los oídos.— Mentís.
—Me conocéis mejor que eso. —Le tendió una reconfortante mano, pero la arpía se
escabulló—. Digo la verdad. Me habéis condenado por algo en lo que no podía ayudar.
Pero no importa que le matara. Era su hora de dejaros y nada podría haberlo salvado.
—No, yo —dijo golpeándose el pecho con el puño para enfatizar las palabras—, era
su única esperanza. Podría haberle salvado si no lo hubieseis robado, alejándole.
Arina sacudió la cabeza.
—Solo Dios tiene poder sobre vida y muerte. Ninguno de nosotros podría haber
hecho alguna cosa para salvarle o matarle. El tiempo de vuestro hijo había finalizado, pero
puedo asegurar que es feliz donde está.
Los ancianos labios temblaron y las lágrimas llenaron sus vacíos ojos.
—Era feliz aquí conmigo. Si hubiese tenido elección, se habría quedado.
—Pero no tuvo elección —dijo Arina, tocando el brazo de la anciana—. Mas que yo,
o vos, para el caso.
—Sí, pero tengo una opción —espetó, cruzando la habitación donde miró a Arina
como una bestia salvaje—. Tendré vuestra alma condenada por lo que hicisteis.

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Arina levantó el mentón y respiró hondo, con la esperanza de hacer ver a la mujer lo
erróneo de sus acciones. Antes de que fuera demasiado tarde.
—No olvidéis que vuestra propia alma también se ha perdido a través de esto. La
vendisteis para una inútil maldición contra dos seres inocentes. ¿Valió la pena?
La mujer frunció los labios.
Arina se acercó más, pero la mujer huyó de la habitación.
La puerta se cerró y Arina exhaló un suspiro de sincero disgusto. ¿Por qué había
hecho ésta última afirmación? Había sido mezquino y cruel. Nunca desde su creación
había dicho algo tan malo.
¿Qué le estaba pasando? Arina se mordió el labio. Cuando empezó a recuperar la
memoria, había poseído alguno de sus poderes, pero con cada hora que pasaba, iba
perdiendo más y más de ellos.
Ya no podía oír ruidos lejanos, leer a las personas con la misma claridad. Todo lo
que le quedaba de su forma angelical eran los recuerdos. Sólo estos atestiguaban que
alguna vez había sido algo más que mortal, más que la esposa de Daemon.
Pero, ¿Eso donde la dejaba? Un dolor en espiral le rodeó el corazón. Una vez que la
maldición había sido puesta en marcha, nada podía quitarla, salvo su cumplimiento. Pero,
¿Podría impedirlo? Si abandonaba a Daemon y se aislaba a sí misma lejos del resto de los
mortales, tal vez podría poner fin a la maldición.
Arina sacudió la cabeza. Cuan simple había sido su vida cuando no conocía los
pensamientos humanos, corrupciones humanas. Amor humano.
—¿Arina?
Respingó ante la voz detrás de ella. Entonces giró, y su corazón se detuvo. Allí,
delante de ella estaba el ángel de alto rango, Kaziel. Aunque siempre había sido guapo,
nunca le había parecido más bello que en ese instante, de pie en un rayo de sol, con las alas
de alabastro brillando. Los ojos dorados la observaban, mientras una triste sonrisa se cernía
sobre los labios benditos.
—¿Kaziel?
—Sí, querida hermana. Sentí tu confusión y me di cuenta que necesitabas fuerzas.
Arina cruzó la habitación. La alegría y el alivio recorrieron su cuerpo y le dio una
pequeña risa.
—No pensé que ninguno de vosotros pudiera sentirme.

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Kaziel la apretó con fuerza, se apartó y la miró a los ojos con una mirada seria que le
robo la felicidad.
—Sabemos tu dilema. Pero no hay nada que podamos hacer. Incluso ahora siento
disgusto viniendo a ti.
—¿Disgusto? —Repitió, necesitando entender qué se esperaba de ella.
—Sí. —Con un suspiro, guardó las alas y movió la cabeza, con el rostro sombrío—.
Sabes que no podemos interferir en el curso de los acontecimientos humanos, no sin la
aprobación del Señor.
—¿Qué voy a hacer?
Él apartó la vista, y aunque no podía leer los pensamientos, vio el pesar que
atenazaba los rasgos en un ceño.
—Debes cumplir tu destino.
Las lágrimas llenaron sus ojos.
—¿No hay otra manera?
El sacudió la cabeza y la garganta de ella se estrecho. Cuando volvió a encontrar su
mirada, vio preocupación por ella.
—A pesar de que fuisteis engañados, te has acostado con un hombre. Gabriel y
Pedro no saben qué hacer.
Arina cruzó los brazos sobre el pecho y se frotó el escalofrío que corrió a lo largo de
los brazos. El miedo le golpeó el corazón y temió a la siguiente pregunta que debía hacer.
—¿Estoy condenada por lo que hice?
—Sabes que no puedo responder a esa pregunta. Es Pedro quien decide, no yo.
Arina asintió. El nudo de la garganta se apretó pensando en su marido.
—¿Y qué hay de Daemon?
La tristeza en los ojos de Kaziel le robó el aliento.
—¿Realmente necesitas mi respuesta?
Arina tragó, el corazón le colgaba pesadamente en el pecho. Quería gritar una
negación, abogar en la causa de Daemon, pero sería inútil. Pedro y los otros sabían las
circunstancias de la vida de Daemon. Sin embargo, ni siquiera esos acontecimientos, en
todo el horror, serían suficientes para salvar su alma o su vida.
—Entonces no hay esperanza.
Una luz apareció en los ojos de Kaziel.

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—Mi hermana, siempre hay esperanza.
—Pero…
La puerta se abrió y Kaziel se disperso en miles de fragmentos brillantes.
—¿Arina?
Ella parpadeó, el corazón palpitante, los parpados tan pesados como si acabara de
despertar de un profundo sueño.
¿Ha venido Kaziel de verdad?
Daemon la miró con un ceño confuso.
—Estáis pálida —le dijo, tomándola por el brazo. La movió para sentarla en la cama.
— ¿No estáis bien?
—Sí —susurró—Sólo fue un momentáneo vértigo.
La sospecha se cernía en los ojos de él como si dudara de la respuesta.
—Entonces me alegro de haber decidido tomar nuestra comida solos esta noche.
Arina sonrió tristemente.
—Eso me gustaría mucho —le dijo, agradecida de que la hubiera incluido en su
solitaria comida, pero temiendo el tiempo que compartirían. Un tiempo que no serviría a
ningún propósito, salvo causarle mayor dolor.
La agonía la consumía, pero sabía que no había otra manera. Al llegar las tardías
horas nocturnas, debía abandonarlo. Era la única manera que conocía para salvarle la vida.
Saborearía esas últimas pocas horas con él y estaría agradecida por ello. Sí, tal vez
sería suficiente para aliviar el dolor de una vida humana sola.
Un nuevo y repentino terror se instaló en su corazón ante la idea. ¿Y si no era
mortal? ¿Si retenía aún la inmortalidad de ángel y la muerte nunca llegaría para ella?
¿Podría pasar la eternidad escondida en el mundo mortal temiendo amar a otro?
Pero aún cuando esa idea apareció, sabía que era una locura. Nunca habría otro
hombre que significara tanto como Daemon. No, ningún hombre sería capaz de hacerla
sentir como él.
Miró como se quitaba la cota de malla y se lavaba la suciedad y el sudor de la cara y
pecho. Una miríada de cicatrices le atravesaban la espalda, atestiguando la brutalidad de su
vida. Mirando a otro lado, anhelaba una manera de quitar cada brutal y profunda marca,
borrar los recuerdos que, sin duda, llevaba desde el momento en que las había recibido.

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Incluso ahora, no quería nada más que el valor para salvar la distancia entre ellos y
tocar los ondulantes músculos de la espalda, deslizar los dedos por los duros planos de su
estómago. Sus nervios bailaron con deseo, y un latido caliente golpeó su sangre, exigiendo
ceder a la llamada.
¿Cómo lo iba a dejar? Lo necesitaba y aunque le dolía admitirlo, sabía que
necesitaba su sonrisa, su tacto. Casi valía la pena el precio de su alma para quedarse con él
y pasar la mayor parte del tiempo que tenían juntos.
Pero eso tenía un precio aún más alto: su vida.
Se estremeció. No, ese precio era demasiado alto.
Levantándose de la cama, cogió una túnica del arca cercana a la ventana. Se limpió
las manos con una toalla y los rasgos se suavizaron cuando cogió la túnica de sus manos.
—Mil gracias —le dijo.
Arina le ofreció una sonrisa, esperando que no pudiera leer sus pensamientos. Se
puso la túnica y ella apretó los dedos en un puño para mantenerlos alejados de él.
Si le dejaba, podría tener tiempo suficiente en su vida para hacer penitencia por sus
pecados. Pero si se quedaba y él moría, entonces sería tan culpable por su condena como
Belial. Nunca podría hacerle eso.
No, tenía que abandonarle sin importar cuanto le doliera hacerlo.
Daemon le apartó una silla.
—Venid, mi señora.
Arina tomó asiento, deleitándose con la proximidad de su cuerpo mientras le
acomodaba la silla. El caliente y rico olor invadió su cabeza y aspiró profundamente.
Echaría de menos eso más que nada.
Eso y la sensación de los brazos envolviéndola.
Daemon llenó las copas, los dedos rozando los de ella mientras colocaba la copa
cercana a su trinchante.
—Gracias, mi señor —susurró, pero la rigidez de la garganta hacía a las palabras
dolorosas de pronunciar.
Daemon tomó asiento y por primera vez, se permitió mirarle completamente el
rostro. En lugar de la ternura acostumbrada en la mirada, observó la tensión, una barrera
que protegía sus emociones de ella.
Frunció el ceño con confusión y cogió un cuchillo.
—¿Algo os enfada, mi señor?

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Él cortó la carne de venado asado y colocó una gran porción en el trinchante de ella.
Lanzándole una mirada, sacudió la cabeza.
—No, ¿Por qué?
El ceño se profundizó ante el leve sarcasmo bajo las palabras. Por un momento se
preguntó si lo imaginaba, pero mientras trataba de llenar su trinchante con lamprea y
albaricoques, vio la rigidez de las manos, la tensión de la mandíbula.
¿Había hecho algo mal? Un nuevo temor invadió su corazón.
—¿Hemos hecho mi hermano o yo algo para ofenderos?
Alzando una ceja, se echó atrás en la silla y la estudió con una mirada ilegible que le
hizo temblar las manos.
—¿Por qué mi señora pensaría eso?
Ella sacudió la cabeza y volvió a mirar la comida. Algo estaba mal, pero Daemon
hizo evidente que no tenía deseo alguno de hablar de ello. Arina dio un tembloroso respiro
y se concentró en la cena.
Comieron en silencio.
Daemon constantemente vaciaba la copa de vino sólo para rellenarla. Frunció el ceño
mientras él volvía a llenar la copa con el rico líquido burdeos.
No actuaba atontado, pero el cielo sabía que él había consumido vino suficiente para
intoxicar a tres o cuatro hombres normales.
Haciendo lo mejor para pagarle el extraño estado de ánimo con caso omiso, comió
lentamente, pero no saboreó nada de la comida. De hecho, todo lo que intentó saborear le
sabía a avena seca.
Por fin, la miró con una expresión grave que le hizo desear que volviera a ignorar su
presencia.
—Decidme, mi señora, ¿Por qué os casasteis conmigo?
Que pregunta más rara. Pero la intensa mirada en los ojos le advirtió de su seriedad.
Arina tragó el bocado de comida y consideró porqué se lo había preguntado.
¿Estaba pensando en confinarla como Belial había sugerido? ¿O meramente quería
reconfortarse, saber que se preocupaba por él y no se arrepentía de haber celebrado el
matrimonio? Se detuvo en ese pensamiento. ¿Tenía remordimientos?
Arina se limpió la boca, con las manos temblorosas por el miedo y la ansiedad de
cómo ofrecerle la mejor respuesta. La única pena que yacía en su corazón provenía de las
diferencias. Si fuera una mujer mortal, ¿Habría algún remordimiento por la unión?

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Y sin vacilación la respuesta entró en su mente. No. De haber nacido humana,
hubiera tenido mucho gusto de tomarlo por marido.
Arina cortó otro pedazo del venado y sonrió. Se merecía una respuesta sincera.
—Quería hacerlo.
Él tragó la comida y tomó otro trago de vino.
—¿Por qué? ¿Por qué os ataríais a un odiado extraño, un hombre que no es de
vuestro tipo?
Las palabras la sorprendieron hasta que se dio cuenta de que era normando y la
suponía sajona. Bajando el cuchillo, niveló la mirada con la suya.
—Sois un hombre noble, mi señor. Seguís vuestra conciencia.
Daemon resopló.
—¿Qué conciencia es esa? ¿La misma que tomó vuestra virtud?
Se inclinó por encima de la mesa, la mirada clavada en ella, observándola
intensamente.
—Pero entonces no dudé en tomar vuestra virtud esa primera noche, ¿Verdad, mi
señora?
Se le detuvo el corazón ante la implicación. Un estremecimiento de aprensión se
precipitó por la columna y aumento el agarre sobre el cuchillo.
—¿Qué queréis decir?
—He pensado mucho en ese día. Cosas que habían escapado de mi atención han
encontrado el camino a mi mente y al fin sé que llamaros.
Arina se tensó ante la seriedad de la voz, el vacío de los ojos.
—¿Y qué es eso, mi señor?
—Ángel.

CAPÍTULO 12

La conmoción se vertió sobre Arina ante la inesperada declaración.

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—Ya hemos hablado sobre esto —dijo con cuidado, volviendo a dirigir la
atención hacia la carne asada de venado y lejos de la mirada abrasadora de Daemon.
—Sí, y me gustaría saber por qué mentisteis sobre ser humana.
Apartando el cuchillo a un lado, Arina se tragó el miedo y la incertidumbre. ¿Qué
podía decir?
Incómoda con la vuelta al tema de conversación y aterrorizada ante preguntas más
difíciles, Arina se movió para dejar la mesa, pero él la agarró el brazo. Con un fuerte
apretón sobre el antebrazo, Daemon la volvió a sentar en la silla.
—Os he hecho una pregunta y estoy totalmente a la espera de una respuesta —dijo
con los dientes apretados.
El calor y la angustia en sus ojos y en su toque, la calentaron. Ella sufría por su
dolor, sentía muchas ganas de saber las palabras o el hechizo para deshacer la maldición
y mantenerle a salvo para toda la eternidad. Si hubiera alguna manera…
—No mentí, milord.
—¿Cuándo? ¿Cuando hablasteis de ser un ángel o cuando lo negasteis?
Tragó saliva y deseó que no fuera tan astuto. Cualquier otro hombre hubiera
escuchado lo que hubiese querido y no se hubiese dado cuenta de su ambigüedad. Pero,
¿qué más podía decirle? ¿Cómo podría evitar responder a su pregunta?
Arina apretó los puños y la angustia la inundó. Por todos los santos queridos, ¿por
qué se le había ocurrido mencionar su verdadera forma? ¿Por qué no había tenido la
precaución de cerrar la bocaza? Trató de inventarse una historia para explicar las
palabras anteriores, pero no se le ocurrió nada.
Siendo honesta, tenía poca experiencia con las mentiras. Esa maestría pertenecía a
Belial y su especie.
De pronto, una idea saltó en su mente. Sí, utilizaría la propia lógica de Daemon en
su contra.
Arina trató de aflojar el apretón del brazo, pero la sostuvo más fuerte, como si
tuviera miedo de que le abandonara.
—Entonces, ¿qué pasa con mi hermano, milord? Si soy un ángel, ¿en qué os
convierte eso?
La certidumbre en su mirada vaciló, pero entonces sus ojos echaron fuego.
—Él es un demonio, ¿verdad?
Arina se negó a contestar. ¿Por qué había hecho una pregunta tan directa? ¿Una
que no podía responder sin mentir?
—¿No lo es? —exigió Daemon.

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Apretó un poco más el agarre y a ella se le revolvió el estómago. Arina se mordió
el labio tratando de decidir qué decir. ¿Qué debería contarle?
Dile la verdad, Arina se estremeció al oír la voz, esta sonaba muy parecida a la de
Kaziel. ¿Podía confiar en ella? ¿Tenía otra opción?
¿Y si le dijera que sí? ¿Cuál sería su reacción?
La soltó el brazo y el fuego de los ojos desapareció. Apartando la silla de la mesa,
lentamente se puso de pie.
—Quiero la verdad.
Un nudo le apretaba la garganta mientras lo observaba recorrer la zona
comprendida entre la mesa y la cama. Cada paso le hacía eco en la cabeza en el
corazón, y anheló poder abrazarle y mitigar el dolor en sus ojos.
Si tan sólo pudiera pensar en alguna historia creíble, pero no podía dejar que
saliera ninguna mentira por sus labios. No, era un ángel y debía responderle con
honestidad.
—La verdad es que soy un ángel. Belial es un demonio y está aquí para reclamar
nuestras dos almas.
Ella esperó otro reproche, pero en cambio, él simplemente asintió y miró a lo
lejos, como indignado.
—¿Por qué tratasteis de hacerme creer otra cosa?
—Porque —dijo Arina—, mientras él piense que desconoceis la verdad,
permanecerá con el aspecto de hombre. Le cuesta mucho poder y concentración
mantener esa forma presente. Si admitis que sabeis que es un demonio, será libre de
sacar fuerzas de las entrañas del infierno.
Hizo una pausa y echó un vistazo hacia él, pero no pudo percibir su estado de
ánimo.
—Desde que he tomado forma humana, he perdido mis poderes —prosiguió—.
No puedo contenerle.
Él se pasó una mano temblorosa por el pelo y liberó un aliento largo y cansado.
—Y pensar que esperaba estar confundido, que mis conclusiones eran erróneas.
Que estabais en verdad loca.
Ella se envaró ante el particular tono.
—¿Por qué?
Nunca antes había contemplado tal maldad, tal frialdad. Él se movió hasta quedar
a su lado, su furia sujetándola al asiento.

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—Decidme, milady, ¿no tenía tu Dios ninguna manera mejor de divertirse que
enviaros para atormentar mi miserable vida?
Jadeó ante la pregunta, la conmocionó la conclusión a la que había llegado.
—No, no es así.
—Entonces explícadme por qué está aquí.
Antes de que pudiera pensar, la verdad salió de sus labios.
—Fui maldecida por acompañar el alma de un niño al cielo. Su madre me echó la
culpa de su muerte y decidió castigarme.
Él apartó la mirada ante la angustia que sombreaba sus ojos.
—Entonces ¿qué eres ahora? ¿Eres humana o ángel?
Arina abrió la boca para hablar, luego la cerró. ¿Cómo podría contestar, cuando no
estaba realmente segura de lo que era? Incluso bajó la mirada para verse el cuerpo y
sintió como se le aceleraba el corazón, el temblor de sus entrañas. Sabía la verdad.
—Soy humana, milord —susurró con un tono ronco.
—Pero no humana —gruñó él.
Dio un paso hacia ella. La rabia oscurecía sus ojos y ella tuvo la clara sensación de
que quería golpearla. Tragó con miedo y se presionó contra el respaldo de la silla.
Con una maldición que trajo calor a sus mejillas, él se giró y se dirigió hacia la
puerta.
—¿Daemon?
Daemon se paró, pero no se dio la vuelta. La furia y la angustia le traspasaban,
todo lo que quería era salir. Apretó los puños a los costados e intentó refrenar el
frenético latido del corazón mientras aceptaba la innegable verdad.
Los rumores que había escuchado toda su vida habían sido verdad. Dios existía y
lo había maldecido. Incluso ahora se burlaba de él.
—Dime por qué, milady.
—¿Por qué, qué?
—Por qué vuestro Dios me castigó —dijo, dándose la vuelta una vez más para
afrontarla, una criatura a la que había querido, una criatura que nunca podría tener—.
¿Es verdad que soy el hijo de Lucifer?
Ella sacudió la cabeza, los ojos llenos de lágrimas.
—¿Qué crees tú?
Daemon tragó, su mente demasiado cansada para pensar.

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—No sé que creer.
—Entonces, sigue a tu corazón —susurró, con un apacible tono que acaricia los
oídos—. Nunca te engañará.
Abrió la boca para negarlo, pero su dulce y preciosa voz le paralizó.
—No, no digáis que no tenéis ningún corazón, milord. Puedo verlo, incluso ahora,
en tus ojos.
Daemon movió la cabeza, negando su consuelo a pesar de que no quería nada más
que atraerla a sus brazos y volver a sentir su corazón latiendo contra el pecho. De
alguna manera, le haría parecer humano, hacerle olvidar que no había ninguna
esperanza de que ellos pudieran compartir nunca una vida juntos.
Crispó los labios por la cólera hacia la insensible entidad que los había separado.
—Si ves algo en mis ojos, milady, es porque tu mente lo colocó allí, no porque
realmente exista —gruñó.
Dándose la vuelta, Daemon salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí.
El dolor le revolvió el estómago, salió del señorío y atravesó el patio. La cabeza le
palpitaba y con cada paso que daba, la furia aumentaba.
¿Cómo podía el destino ser tan cruel? Hacía mucho que había aceptado su destino,
morir sin ser amado y sin ser tocado por la bondad. Entonces, de la nada, Arina había
irrumpido en su vida y le había mostrado lo maravillosa que podía ser la vida. Lo que
hubiera sido si él hubiera nacido normal. Y justo cuando había comenzado a confiar en
aquella realidad, el destino se había apoderado de ella con un puño cruel y se la había
arrebatado.
Pero ¿ahora qué? No importaba cuántas ganas tuviera de marcharse, sabía que no
podría. Sólo él estaba entre Arina y Belial. A pesar de que su propia alma no significaba
nada para él, sabía que no podía permitir que ella sufriera por algo que no podía evitar.
Ella había dicho que Belial había salido para reclamar sus almas. Sin duda, tenía el
alma condenada desde el momento en que nació, pero ella no. Más aún, su alma había
sido creada con lo más puro de lo puro, y se negaba a verla dañada por algo que ella no
podía remediar.
Maldiciendo, Daemon hizo una pausa ante la puerta del establo y levantó la vista
hacia el cielo nublado. Sería un largo y riguroso invierno. Un invierno con él entre el
cielo y el infierno.
Pero debía andar con cuidado. Si Arina tenía razón acerca de Belial, entonces no
podía permitir que el demonio supiera que había descubierto la verdad.
Daemon se detuvo en la puerta del box. El estómago se le sacudió con
repugnancia. Su primera noche juntos no había sido nada más que una ilusión. No era

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asombroso que le hubiera parecido irreal a la mañana siguiente, porque el recuerdo de
aquella noche había sido tan vago.
Belial había jugado bien. Pero ahora que conocía la melodía, juró que cambiaría el
compás hacia algo que hiciera bailar al demonio a su ritmo.
Arina esperó hasta que estuvo segura de que todos se habían dormido.
Deslizándose sigilosamente por el pasillo, presionó los labios, con miedo a que cada
aliento tembloroso que le repiqueteaba en el pecho pudiera despertar a un durmiente
cercano.
Era la única posibilidad de salvar a Daemon. Debía olvidarle, no importaba cuánto
le doliera el corazón, no importaba cuánto se moría de ganas por permanecer a su lado.
Un hombre habló en sueños.
Arina se congeló, el corazón le martilleaba en los oídos. Él se giro de lado y
comenzó un ronquido estable. Liberó un suspiro de alivio y volvió al caminar sigiloso.
¡Cómo deseaba que Daemon hubiera ido a los aposentos para dormir!, pero
después de horas de espera, había abandonado la esperanza. Todo lo que Arina podía
hacer ahora era rezar para que no durmiera en el establo.
Con las piernas y las manos temblorosas por la agitación, Arina abrió empujando
la puerta del señorío, estremeciéndose cuando un leve chirrido hizo eco, un chirrido que
sonó más fuerte que el trueno a sus ansiosos oídos. Un durmiente próximo se dio la
vuelta, pero nadie se percató como para hacerla preguntas. Inspirando para coger coraje,
salió como una cuña por la puerta.
Vientos helados le azotaron las mejillas, insensibilizándola antes de que hubiera
dado más que unos pocos pasos. La nieve temprana, ligera, le caía en la cara y el pelo.
Arina se arrebujó con fuerza en la capa, tratando de alejar el frío del cuerpo. Con suerte,
la nieve cubriría las huellas y Daemon nunca la encontraría.
El dolor aumentó dentro del pecho, pero se forzó a no pensar en ello. Debía hacer
esto. Por el bien de las almas de ambos.
Arina entró en el establo, y luego se paró. Daemon se hallaba dentro del primer
box, su apacible ronquido se extendió hacía ella y la calentó por todas partes. A pesar de
saber que tenía que coger un caballo y salir, se acercó a él.
A través de una grieta del entablado, brillaba una vela de junco, iluminándole el
rostro. Arina miró, fascinada por la forma en que jugaba la luz parpadeante sobre sus
rasgos afilados.
Sí, era un hombre apuesto. Mucho más atractivo que cualquier otro que jamás
hubiera visto. Y en el sueño parecía tan vulnerable, tan amable.
Le ardió el cuerpo por él, por un último toque de su cuerpo contra el suyo, pero
nunca podría ser. Cerró los ojos, saboreando el recuerdo de su beso.

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Si pudiera quedarse con él, ser su esposa, con gusto pagaría el precio con el alma.
Pero ¿cuánto tiempo hasta que la maldición se cumpliera? ¿Un día, una semana? Cada
momento que pasara cerca de él, ella ponía en peligro su vida.
Sosteniendo ese pensamiento en el corazón, se obligó a distanciarse de él y se
trasladó hacia un caballo. Una yegua dócil a la que hablaba mientras se acercaba al
último box.
—No me harás daño, ¿verdad? —susurró.
La yegua marrón la miró fijamente con ojos apacibles.
Arina sonrió antes de alcanzar una de las bridas.
—Tendrás que ayudarme —dijo, colocando el bocado entre los dientes del animal
como había visto hacer a Wace y a su novio—. No estoy segura de cómo debe hacerse.
La yegua lo tomó en la boca.
Arina acarició el morro de la yegua, agradecida porque la había entendido, y
colocó las bridas de cuero en la posición correcta alrededor de la cabeza del animal.
Con un suspiro de ilusión, Arina echó un vistazo a las sillas, pero decidió no
hacerlo. Dudaba de que pudiera coger alguna, y aunque pudiera, no tenía ni idea de
cómo colocarla.
Tomó una manta del poste de madera, cubrió el lomo de la yegua y condujo al
animal hacia fuera, a la fría y solitaria noche. Aunque ansiaba volver a mirar hacia
Daemon, sabía que era mejor no intentarlo. Un vistazo más a la única persona que le
aceleraba el corazón y su determinación sería destruida.
Montando el caballo, le incitó a galopar. Arina esperaba que los centinelas la
detuvieran en la puerta pero, por el contrario, la dejaron pasar.
Pocos metros después, frunció el ceño ante el injustificable beneplácito hasta que
una frialdad familiar le recorrió la espina dorsal y contuvo la respiración con
expectativa. La yegua resopló, y Arina se percató que el caballo deseaba marcharse.
Calmándola con un toque, Arina esperó lo que iba a venir.
—¿Saliendo tan pronto?
Reconoció el hedor a demonio y se esforzó por no vomitar.
—Vuelve a casa —dijo ella.
Belial rió, luego se materializó detrás de ella.
—¿Por qué te escucharía? —preguntó él.
—Porque estar aquí fuera te debilita.
—Claro, pero a esta hora de la noche soy más fuerte. Deberías saberlo.
Ella levantó la barbilla y se rió con una ligereza que no sentía.

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—Eso no significa que tengas todos tus poderes.
La tocó la mejilla, los dedos más fríos incluso que el viento de invierno.
—¿Qué le dijiste al mortal?
—Que estaba loca
—¿Te creyó?
Arina se esforzó con la mentira y la pronunció sin vacilación.
—Desde luego que lo hizo. Sabes que la gente es ciega ante nuestras verdaderas
naturalezas.
—Sí, pero él no es como los demás.
Arina tragó, sabiendo que debía ir con cuidado si quería proteger a Daemon de
Belial. Sólo rezaba para que las siguientes palabras no vacilaran en la garganta y que
Belial en su arrogancia aceptará la juicio de Daemon sin dudar.
—Él niega a Dios. Si creyese en nosotros, entonces tendría que creer en Dios. Y si
acepta eso, entonces deduciría que Él lo ha abandonado. Tú, seguramente, sabes que él
nunca aceptará o creerá eso.
Belial se rió.
—Con ello cuento. Así, cuando él muera blasfemando el nombre de Dios, tendré
dos almas —su aliento le quemó la mejilla—. ¡Lo que significa que no puedes salir!
Tan pronto como las palabras salieron de sus labios, la yegua se desbocó.
Arina luchó con la aterrorizada montura, sosteniendo con fuerzas las riendas.
Manteniendo la cabeza gacha, rezó. Las ramas y los arbustos le azotaban el pelo y el
cuerpo, golpeándola hasta que palpitó de dolor.
Los animales de la noche se dispersaron bajo los precipitados cascos. Viajaban a
través de la oscuridad y Arina trató de ver los obstáculos que se interponían en el
camino, pero la yegua siguió su furiosa carrera a un ritmo que le impedía ver alguna
cosa. Arina se afianzó.
De la nada, apareció una gran sombra, el chasquido de unos dientes de demonio.
La yegua relinchó, luego se encabritó.
Arina cayó por detrás de la yegua y aterrizó en la nieve. Sintió un feroz dolor en la
cabeza, y después, todo fue oscuridad.

Unas manos agitaban a Daemon para despertarle. Maldiciendo, él alcanzó el


cuello del culpable, enfadado porque alguien le despertara de esa manera.

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—¡Suéltame! —gruñó Belial.
Un temblor frío traspasó todo el cuerpo de Daemon. Pero aún en la oscuridad, vio
la forma humana de Belial y se relajó un poco.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó, plenamente despierto.
—Arina se ha ido.
La cólera fue evaporada por una ola de feroz miedo, y Daemon inmediatamente
sospechó de la traición de Belial.
—¿Qué quieres decir con que se ha ido?
El rostro de Belial parecía inocente, pero Daemon lo sabía. El demonio había
tenido alguna participación en esto, no tenía ninguna duda, y si había resultado herida a
causa de Belial, entonces el demonio conocería el verdadero infierno.
—Fui a ver a mi hermana —dijo Belial en voz baja, encendiendo una pequeña luz.
Daemon se protegió los ojos ante el repentino resplandor.
Belial la colgó de un gancho y dio a Daemon su informe.
—Desde su reciente brote de locura, he estado preocupado por ella. Quise ver si
todavía se creía un ángel y, cuando entré en sus aposentos, ella se había ido.
El pánico inundó a Daemon y sacudió los hombros bajo la cota, el esófago se le
contrajo por la aprehensión. ¿Dónde podría haber ido y por qué?
Poniéndose de pie, echó un vistazo al establo. Aunque los caballos estaban un
poco inquietos, no tuvo problemas para localizar el que faltaba.
—¡Maldita sea! —gruñó. ¿Por qué le dejó y abandonó la seguridad del señorío?
Porque eres demasiado repugnante para ella como para quedarse. ¿Sería cierto?
¿Podría ser el motivo por el que se aventurara a salir y se enfrentara a un mundo que
apenas entendía?
—¡Debemos encontrarla! —insistió Belial.
Daemon crispó el labio, con el corazón palpitando ante la amarga traición y la
rabia.
—¿Por qué? Al parecer se marchó por propia voluntad.
Belial sacudió la cabeza, y una vez más, Daemon tuvo la clara impresión de que
de alguna manera el demonio era responsable de su ausencia.
—Pero ¿y si otra vez se ha vuelto loca? Incluso ahora podría estar cerca de morir
bajo la tormenta.
—¿Tormenta? ¿Qué tormenta? —preguntó Daemon, floreciendo en él un nuevo
terror.

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Belial abrió con un golpe la puerta del establo.
Daemon tragó ante los copos de nieve que caían en cascada arremolinándose tan
densamente que el aire parecía sólido. Los vientos aulladores azotaban los grandes
copos en una brutal danza hasta que apenas podía ver más allá de siete centímetros por
delante. El horror le dominó recorriéndole el cuerpo y el corazón.
Arina nunca sería capaz de sobrevivir a una tormenta. Era celestial y no estaba
acostumbrada a la dureza del mundo. No importaba lo que pensara de él, debía
encontrarla antes de que sucumbiera a los peligros que suponía la noche, aguardando a
alguien como ella.

CAPÍTULO 13

Mientras Daemon ensillaba su caballo, Belial había juntado las provisiones de


alimento.
—Despertaré a los demás —prometió Belial, pero tan pronto las palabras salieron
de sus labios, Daemon dudó de ellas.
No es que importara. Sus hombres no se adentrarían en esta tormenta. Y prefería
buscar a Arina él mismo que ser retenido por sus poco dispuestos hombres.
Montó a caballo y la silla se inclinó ligeramente mientras se ajustaba a ella. Se
colocó la capucha sobre la cabeza y bajó la vista hacia Belial, quien lo miraba como un
caballero observa a un escudero que lleva a cabo una orden. Incluso en la distancia, no
pudo pasar por alto el destello maligno en los ojos del demonio. ¿Qué había colocado
esa chispa allí?
Los escalofríos se propagaron a través de él. Si el demonio había dañado a Arina
por su causa, Daemon juró rasgar su insidiosa forma en pedacitos. ¡Infiernos, era mejor
que encontrara a Arina entera y bien!
Incitando a Ganille a galopar, se apresuró a través del patio y de la puerta.
Daemon maldijo al tiempo que forzaba a Ganille a reducir la marcha a un trote. Los

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cascos del semental se deslizaban por el suelo congelado hasta que temió que ambos
caerían. Peor que el hielo, eran los copos girando que obstaculizaban la visión.
Las mejillas ardían por el frío y Daemon rechinó los dientes con irritación. ¿Cómo
de lejos podría haber llegado Arina?
Belial le había dado una dirección, el sur. Aunque dudaba que el demonio fuera
alguna vez honesto, decidió que esta vez Belial le había dicho la verdad. No sabía el por
qué le creyó, pero así lo hizo.
Cada hora que transcurría, Daemon se ponía más frenético. ¿Podría ella sobrevivir
al frío? ¿Llevaba la ropa adecuada? No sabía lo que los ángeles conocían de su mundo.
Sólo esperaba que Arina supiera lo suficiente para no poner en peligro su seguridad.
Pocas personas poseían las habilidades suficientes para subsistir en una noche
como esta. ¿Pensaría incluso en buscar refugio?
Pero de todas las preguntas que le atormentaban, una ocupaba principalmente su
mente. ¿Por qué se había marchado?
Una y otra vez, las imágenes jugaban en su cabeza: Arina riendo con los niños,
Arina acercándosele con un brillo de deseo en la profundidad de los ojos. Su cuerpo
estalló en llamas ante el recuerdo.
Ninguna otra mujer lo había querido alguna vez, nunca le había dado la
bienvenida del modo en que ella lo había hecho. Había parecido tan feliz de estar con él.
¿Por qué entonces se había escapado durante una noche así?
Por favor, pidió silenciosamente, déjame encontrarla viva.
Daemon no podía imaginarse una vida sin ella, una vida de vuelta al aislamiento
que conocía desde que nació. Aún así, ¿tenía opción? ¿Qué tipo de vida podrían
compartir cuando eran dos seres completamente diferentes? ¿O no?
Apretando los dientes con rabia, juró que no se daría por vencido tan fácilmente.
Arina era humana, por ahora, y eso era suficiente para él. Mientras conservara el cuerpo
humano era su esposa y no tenía ninguna intención de perderla.
Por fin, vio a la yegua marrón. Las riendas estaban atrapadas en una zarza y el
pequeño caballo relinchaba y tiraba de los arneses. El cuerpo se le entumeció y se
preguntó si la sensación era debida a los vientos que le azotaban o al sinsabor terrible de
la garganta.
Después de desmontar, Daemon se acercó a la yegua con precaución. El viento
frío le mordía la carne y tenía las articulaciones rígidas de montar a caballo.
—Tranquila —dijo, su aliento formaba un pequeño halo alrededor de la cabeza.
La tocó el cuello, acariciándola con cuidado el morro para que se calmara.

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Moviéndose despacio para no alarmar a la yegua de nuevo, desenredó las riendas.
Tenía el cuerpo lleno de arañazos y frotó con la mano enguantada los húmedos flancos.
Arina había hecho trabajar duro al caballo.
—¡Arina! —la llamó, esperando que estuviera cerca.
Sólo el sonido del viento contestó a su llamada.
Atando las riendas de la yegua a su caballo, Daemon inspeccionó el área a pie,
llamando a su esposa, con el corazón alojado dolorosamente en la ronca garganta.
¿Dónde podría estar? ¿La habría tirado la yegua? Tuvo un escalofrío al recordar
cuando Ganille le tiró, volvió a montar otra vez y se dirigió al bosque.
¿Podría Arina sobrevivir a tal prueba? Daemon cerró los ojos, esperando que
estuviera bien, con demasiado miedo de pensar en otra cosa.
Cuando estaba a punto de girar para buscar ayuda en la búsqueda, la encontró
tendida cerca de un árbol grande.
—¿Arina? —jadeó, desmontando y corriendo a su lado.
Se arrodilló a su costado y la recogió. Su rostro era de un blanco espectral y tenía
una gran contusión en la mejilla derecha. El terror le dominó.
Estaba demasiado quieta, demasiado inmóvil.
—¿Milady? —preguntó, con la voz temblorosa por el peso de las emociones
mientras con delicadeza retiraba los mechones de su mejilla.
Sus ojos parpadearon para abrirse.
—¿Daemon?
El alivio le inundó. El corazón le martilleaba de gratitud, se levantó con ella en los
brazos y la acercó al pecho.
—No hableis, debo encontrar dónde refugiarnos.
Asintiendo, ella le pasó un delgado brazo por los hombros y acurrucó la cabeza
contra su cuello. El deseo y la ternura explotaron dentro de él. No, no podía dejar que le
abandonara, no mientras el aire le llenara los pulmones.
Daemon tiró de la capa para envolverla y regresó hacia los caballos, pero con cada
paso que daba, la sentía estremecerse por el dolor. Tragando el nudo de miedo en la
garganta, sabía que debía encontrar algún sitio cerca para revisar sus heridas.
La sostuvo con cuidado en el regazo mientras montaba de regreso por donde había
venido. Otra ráfaga de viento y nieve les golpeó, haciendo que el caballo corcoveara.
Ganille resopló, encabritándose.
—¡So, muchacho! —ordenó, pero el caballo apenas colocó las patas. Cuando el
viento aulló más, Ganille, aterrorizado, atravesó corriendo el bosque.

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Daemon luchaba por controlar al caballo y mantener el tenue agarre sobre Arina.
Durante varios minutos, no pudo hacer nada más que permanecer en la silla mientras
atravesaban la nieve y el follaje.
De pronto, la nieve disminuyó y allí, delante de ellos, apareció una pequeña
granja. Ganille sacudió la cabeza y se calmó, patinando suavemente en la nieve.
Daemon parpadeó en la oscuridad, ante una pequeña choza. Inseguro de creer lo
que veía, giró a Ganille hacia allí y lo guió hasta parar ante la puerta.
Lanzó una pierna sobre la silla y, sosteniendo con fuerza a Arina, se deslizó al
suelo. Cautelosamente, se acercó a la pequeña choza, esperando encontrarse a un sajón
enfadado saliendo precipitadamente para atacarle. Cuando no irrumpió ninguna luz o
sonido, se preguntó si la casa estaría abandonada.
Sujetando con un brazo a Arina contra el pecho, llamó a la puerta. Esta se abrió de
golpe, sus goznes de cuero chirriaron cuando una ráfaga de viento la alcanzó y la envió
de golpe contra la pared interior.
Daemon entró, luego se detuvo para mirar detenidamente el interior. Quienquiera
que hubiera poseído la pequeña casita de campo debía haberla abandonado años antes.
Las telarañas colgaban como mantos sobre los restos de unos sencillos muebles de
madera y un hedor mohoso saturaba el aire. Torciendo los labios, se dirigió a la pequeña
cama que se asentaba contra la pared del fondo.
Con la punta de la bota comprobó las correas de cuero que se entrecruzaban en el
antiguo marco. Parecía en bastante buena condición, pero no podía estar seguro.
Todavía no totalmente convencido de ello, sostuvo su ligero peso y con cuidado bajó a
Arina hasta la cama.
Cuando esta no se derrumbó bajo su peso, suspiró de alivio y la tocó la mejilla.
Ella alzó la vista, su mirada reflejaba el dolor, el miedo y el agotamiento.
—Descansad aquí mientras atiendo a los caballos.
Ella asintió, cerró los ojos y colocó la mano sobre su guante.
—Gracias por venir a por mí.
El pecho se le contrajo. ¿Creía que alguna vez podría abandonarla al peligro?
—¿Dudais de mí?
—No —susurró—. Pero una parte de mí esperaba que no me encontrarais.
La aflicción le arañaba el corazón. ¿Por qué esperaba una cosa así? Daemon abrió
la boca para hacerla la pregunta, pero se puso rígida como si una ola de dolor se
disparara a través de ella. Decidiendo esperar hasta que tuviera tiempo de descansar, se
quitó la gruesa capa y la puso sobre ella.

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Se quedó quieta, con el pelo húmedo extendido como un abanico alrededor de ella.
Él tuvo muchas ganas de pasar la mano por la masa sedosa, pero sus palabras le pesaban
en el corazón como un ancla de piedra. Le dolía su declaración, pero no era el momento
de presionar sobre el tema. Apretando los dientes, se dio la vuelta alejándose.
Daemon volvió con los caballos para desensillar a Ganille. Aunque el granero
hubiera visto mejores días, todavía permanecía bastante intacto como para ofrecer
refugio a los animales. Se echó las alforjas al hombro y recogió un hacha vieja y
oxidada de la pared del establo.
Le llevó un tiempo hallar madera lo suficientemente seca como para usarla y para
localizar un pequeño pedazo de silex entre el carbón que había alimentado el último
fuego que la choza en ruinas había visto. Mientras hacía el fuego en el centro de la
habitación, sintió la mirada de Arina sobre él. Mirando por encima del hombro, vio
como sus ojos azules le seguían los movimientos.
Incapaz de discernir las emociones que parpadeaban en su mirada, siguió
golpeando el silex hasta que hubo encendido un fuego decente. Los vientos aullaban
fuera, golpeando la cabaña con una fuerza que le hacía preguntarse como aguantaba de
pie sin derrumbarse.
Una vez acabada la tareas, se giró hacia ella.
—¿Cómo os sentís, milady?
—Con frío —dijo, castañeando los dientes.
Daemon cruzó el cuarto hasta erguirse sobre ella. A pesar de la compasión que
sentía, su cólera remontó por su insensatez.
—Normal. ¿Qué queríais demostrar saliendo durante una noche como esta?
Ella agarrotó la mandíbula y apartó la mirada.
Suspirando con frustración, Daemon la recogió y la llevó más cerca del fuego.
Aunque ella no dijo nada, notó la rigidez de su cuerpo, como si quisiera estar lejos de él.
Cuidando de mantener la capa entre ella y el sucio suelo, la puso al lado de las alforjas.
Cuando comenzó a levantarla el ruedo de la falda, le agarró de la mano.
—¿Qué estás haciendo?
El miedo de su tono le atravesó, y supo por qué se había marchado. La última cosa
que querría un ángel era el toque de un demonio bastardo.
Con un nudo en la garganta, Daemon se sentó y se quitó los guantes. Sin contestar
a su pregunta, tocó su muslo izquierdo. Ella jadeó con dolor y todo su cuerpo se
sacudió.
—Tengo que comprobar vuestras heridas, milady. Sentí como os estremecíais os
sujetaba, y siempre que vuestra cadera rozaba mi cuerpo temblabais.

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—Ah —susurró. Alzó la vista, y él vio la batalla interior que mantenía ella.
La amargura le quemó la garganta. Prefería soportar el dolor que aguantar que la
tocara un momento. ¿Por qué se molestaba con ella? Debería abandonarla en esta
pequeña granja y dejarla al cuidado de su Señor.
—¿Daemon? ¿Qué pasa?
Hizo una mueca cuando su nombre salió de sus labios. ¿Lo utilizaba sólo para
profundizar la herida que ya le había infringido?
—No es nada —dijo, comenzando a incorporarse.
Le cogió del brazo y lo atrajo.
—¿No vais a comprobar mi pierna?
La miró fijamente con incredulidad.
—Por la expresión en vuestra cara; asumí que preferíais que no os atendiese,
milady.
Una sonrisa curvó sus labios, y él frunció el ceño desconcertado ante su humor.
—Mi reacción no fue por vuestro toque, más bien fue por el frío —se apretó la
capa por los hombros—. Vos, milord, deberíais dejar de juzgar las acciones de la gente
con tanta facilidad. La mayoría de las veces, sacais conclusiones incorrectas sobre sus
motivaciones.
Él resopló. ¿Quién era ella para reprenderle?
—Simplemente me baso en mis experiencias, que me han enseñado bien sobre el
por qué la gente se estremece ante mi acercamiento.
—¿Alguna vez me he estremecido?
Daemon tragó el nudo amargo de la garganta.
—No, milady. Pero os arriesgaste a este temporal por abandonarme. ¿Os
importaría decirme el por qué?
Ella miró a lo lejos, sus ojos extrañamente opacos. Se pasó las manos por los
brazos como si ahuyentara el frío.
—El tiempo no era tan malo cuando comencé mi viaje.
—Estáis evitando mi pregunta.
Arina retorció el borde de la capa de lana con los dedos, tratando de pensar en
alguna respuesta que aceptara. Qué cansada estaba de inventar historias para Belial y
Daemon, tratando de mantener a ambos lejos de la verdad. Le palpitaba la cabeza y
añoraba la paz.
—¿No vais a contestar?

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Arina suspiró profundamente y buscó su penetrante mirada.
—No tenía elección.
—¿No teníais elección? —Preguntó con un profundo ceño—. Siempre hay
elección, milady. Escapasteis esta noche como si alguien te alejara. ¿Fue Belial?
—No, milord. Me alejé yo sola.
Su ceño se profundizó y el dolor destelló en su mirada.
—¿Por qué?
Su alma le pedía a gritos que permaneciera callada. Si le dijera la verdad, nunca
permitiría que le protegiera. Era un guerrero, acostumbrado a defenderse a sí mismo.
Nunca consentiría que una simple mujer lo protegiera.
Pero él no entendía los poderes a los que se enfrentaban, la verdadera falta de
esperanzas de su situación.
—¿Por qué debéis seguir guardándome secretos? —preguntó, paseando ante ella
—. Pensé que los ángeles siempre daban respuestas honestas.
Ella levantó la barbilla, la implicación la había herido el orgullo.
—Sólo procuro protegeros.
—¿Protegerme? —preguntó, con el rostro horrorizado—. ¿Por qué?
Una vez más, apartó la mirada, temiendo que de alguna manera pudiera leerle los
pensamientos.
Él se arrodilló a su lado y ahuecó su barbilla con una cálida mano. Contra su
voluntad, la forzó a alzar la vista.
—¿Qué es lo que no me habéis dicho, milady? ¿Qué secreto guardáis dentro del
pecho que os aterroriza, hasta el punto de haceros huir de vuestro hogar durante una
espantosa noche invernal?
Se humedeció los labios, su toque y su conmovedora mirada estaban debilitando
su resolución. Parte de ella quería decirle la verdad, para poder tener ayuda para tratar
con Belial y la maldición. Sin embargo, ¿se atrevería?
¿Le ayudaría el conocimiento, o le perjudicaría más? Cerrando los ojos, rezó por
una solución.
Daemon la soltó y se alejó.
—Muy bien, milady, guardaos vuestros secretos.
Alzó la mirada para ver el sufrimiento reflejado en sus ojos. Sin duda, él pensaba
que lo rechazaba. Se le hizo un nudo en el estómago. No, no podía permitirle que
creyese eso. Demasiadas personas lo habían apartado, y preferiría morir que dejar que

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pensara que ella no era mejor que los demás, que no albergaba ningún amor por él en el
corazón.
Inspirando profundamente y temblando, dijo:
—Os abandoné, milord, porque estáis destinado a morir en mis brazos.
El impacto se reflejó en su mirada un momento antes de ser reemplazado por el
regocijo.
—No hay ningún otro lugar donde preferiría morir.
Se quedó boquiabierta e inmóvil, aturdida por sus palabras, hasta que la cólera le
recorrió las venas.
—¿Cómo podéis ser tan simple? No es ninguna broma.
—Nunca he estado más serio.
Y aunque ella tuvo muchas ganas de contradecirle, la sinceridad de su mirada le
dijo que hablaba convencido de ello.
—No me tomo vuestra vida tan ligeramente, y lamento que no presteis atención a
mi advertencia.
Él negó con la cabeza y se sentó a su lado. La luz jugaba con su pelo, provocando
sombras en las facciones de su rostro.
Arina deseaba levantar la mano y recorrer las sombras que revoloteaban, pero no
se atrevió. No, no tenía tiempo para esto. Debía hacerle prestar atención a la
advertencia.
—No puedo creer que escaparais porque temíais que yo muriera —una esquina de
su boca se levantó en una sardónica sonrisa—. Milady, todos los hombres están
destinados a morir tarde o temprano.
—Sí —dijo, con un peso en el corazón—. Conozco la mortalidad de los hombres
mucho mejor que vos. He pasado la eternidad recogiendo almas y escoltándolas hasta la
Puerta de Pedro.
Esta vez, cedió a la necesidad de tocarle. Extendió la mano y apartó un mechón de
pelo de su helada y enrojecida mejilla.
—Pero vos, milord, deberíais tener una vida completa para vivir. No deberías
morir tan joven sólo por una maldición con la que no tenéis nada que ver.
El fuego ardía en sus ojos. Esto la chamuscó por su intensidad, derritiendo su
voluntad.
—Las maldiciones me han perseguido toda mi vida. ¿Qué me importa una más?

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Ella enterró la mano por debajo de la coleta sujeta a la nuca y lo aproximó. Él pasó
sus fuertes brazos a su alrededor y ella se deleitó con su delicioso toque. Temblando
ante el peso del miedo y del amor, ella enterró la cara en su cuello.
—Las otras maldiciones no traían la muerte —dijo ella.
Le acarició la espalda, su toque la calentaba mucho más que el fuego.
—Sí, milady, las otras maldiciones me condenaron a la muerte eterna. ¿Qué me
importa si camino por esta vida poco tiempo?
—A mí me importa.
Dejó de acariciarla y la cogió estrechamente por la cintura.
—¿Cómo ángel o como mi esposa?
—¡Como vuestra esposa! —exclamó, preguntándose cómo podía dudar de los
sentimientos que sentía hacia él.
Él se mofó y se apartó.
—¿Pero queréis ser mi esposa? ¿Podéis acatar los votos humanos?
¿Podía? La duda le estrujó el corazón, exprimiéndolo hasta que quiso gritar.
—No lo sé, milord. Pero siento como un humano, me preocupo como un humano.
Su penetrante mirada se oscureció y la repentina sospecha en sus ojos la hirió.
—¿Cómo sabéis que sentís como un humano?
—Porque nunca me había sentido así antes. En el pasado, mis sentimientos
estaban embotados.
Sólo ahora veo los colores de verdad, percibo los aromas.
—¿Y qué sentis?
—Yo… —Arina hizo una pausa. No, no podía decirlo en voz alta.
Ella se aclaró el doloroso nudo que tenía en la garganta.
—¿Qué sentís vos, milord?
Daemon negó con la cabeza y se incorporó. Las emociones estaban tan enredadas
que no sabía cómo contestar a una pregunta tan simple. Una parte de él moriría por ella,
y otra parte quería maldecir su existencia y todo lo que ella significaba.
—No hay ningún motivo para que nosotros tengamos algo en común, milady. Vos
perteneceis a la luz y a Dios, y yo soy terrenal y maldito.
Ella le miró con una ternura que le hizo temblar.
—No estáis maldito. No sois más que un hombre.
—Maldito por los hombres.

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—Pero no por mí.

CAPÍTULO 14

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Daemon la miró con incredulidad.


—Pero vos ni maldecís ni juzgáis a nadie. Esa no es vuestra naturaleza.
—Ya no puedo decir cuál es mi verdadera naturaleza —dijo, bajando la cabeza. Él
la miró mientras seguía con el dedo el bordado de su manto, y unos escalofríos
recorrieron su carne como si le tocara—. Ya no sé qué o quién soy.
Levantó la mirada, sus rasgos nostálgicos y dolidos.
—Recuerdo volar, el aire revoloteando contra mis mejillas, pero ese aire nunca lo
sentí como lo hago ahora.
Sacudiendo la cabeza, exhaló un profundo suspiro.
—¿Soy ángel o soy humana? Hay veces que me siento enloquecer por el esfuerzo
de tratar de decidirlo.
La luz del fuego parpadeaba reflejada en su carne y, por un momento, Daemon
podría jurar que vio un resplandor suave que abarcaba su cuerpo. Ella levantó su pierna
derecha y la rodeó con sus brazos. Con la mejilla apoyada en su rodilla, lo miró con una
mirada inocente y necesitada que le atravesó desgarrándole.
Frotándose la mandíbula, quiso aliviar el dolor en sus ojos, pero por su vida, no podía
pensar en ninguna forma de responder a su pregunta.
—Pero aunque seáis humana por ahora, ¿qué hay del mañana? ¿Sabéis cuándo
volveréis a tomar vuestra forma celestial?
—No —exhaló Arina, deseando saberlo. Sin embargo, la vieja nunca le había
hablado de esa parte. ¿Sería transformada tan pronto como él muriera o viviría una vida
humana normal?—. No sé cuánto tiempo me quedaré como estoy.
—Entonces, sois más humana de lo que pensabais.
Ella frunció el ceño, confundida por sus palabras.
—¿Qué queréis decir?
Daemon volvió a sentarse junto a ella, pero no la miró. En cambio, estudió el
fuego.
—Ninguno de nosotros sabe lo largo o corto que será el tiempo que tengamos —
dijo—. Pasamos toda nuestra breve vida temiendo la muerte. Es el verdadero demonio
que acecha a todos los hombres.
La tristeza revistió su cara y ella deseó alguna manera de consolarlo. Él tiró un
trozo perdido de madera en el fuego y suspiró.

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—Por lo menos tenéis una ventaja sobre nosotros, sabéis con certeza lo que os
espera tras la muerte.
Ella sacudió la cabeza.
—No, al igual que todos los mortales, mi muerte será como la humana. Porque no
tengo la certeza de dónde voy a terminar más que cualquier otro. No lo sabré hasta que
esté frente a Pedro y su libro.
—Así que Dios es tan implacable como pensaba.
Arina se puso rígida ante sus palabras y se quedó atónita por su conclusión.
—¿Qué queréis decir?
Se volvió hacia ella, con la cara llena de odio.
—¿Qué pecado habéis cometido, milady? ¿Qué podríais haber hecho para causar
vuestra maldición? Sois más pura de corazón que cualquier criatura jamás nacida. Sólo
el más miserable y más ruin podría condenaros.
—No, no digáis tales cosas —dijo.
—¿Por qué no? Él me ha castigado por cosas en las que no podía ayudar y os ha
condenado por hechos que no pudisteis evitar.
—Dios no me ha condenado —insistió—. Si muero condenada, entonces me lo he
hecho yo misma. No podemos controlar los obstáculos que nos ponen delante, o lo que
otros piensan o pueden hacer. Pero todos somos dueños de nuestro propio fin, de las
decisiones que tomamos.
Daemon resopló.
—Me parece recordar una historia que el hermano Jerónimo solía contarme del
faraón que había nacido para ser condenado. ¿Alguno de nosotros realmente tenemos
elección?
Ella asintió.
—Si el faraón hubiera liberado a los hebreos, incluso él se habría salvado. Fue su
terquedad la que lo maldijo, su obstinación la que le costó la vida.
Una extraña mirada le cruzó por la cara y ella luchó por nombrarla.
—¿Qué? —preguntó ella.
Desvió la vista, su cuerpo estaba más rígido que la espada atada a su cadera.
Arina extendió la mano y le tocó el hombro. Los músculos bajo sus dedos se tensaron
fuertemente.
—Por favor, ¿me diréis lo que ronda vuestros ojos? —dijo.
Su mandíbula se crispó.

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—No es nada más que un viejo recuerdo que me atormenta.
—¿No lo compartiréis? —preguntó ella.
Daemon la miró, y el dolor en su rostro llegó muy dentro de ella y le tocó el
corazón.
—Se dice que mi padre, después de verme por primera vez, fue afectado por una
necesidad de ir de peregrinación y hacer penitencia por mi nacimiento —susurró, su voz
era amarga y forzada—. Aunque muchos trataron de convencerle de lo contrario,
insistió, afirmando que se lo debía a Dios por ayudar a traer a un niño tan malvado a
este mundo.
A ella se le llenaron de lágrimas los ojos y se mordió los labios para no gritar ante
la injusticia. ¿Cómo puede alguien creer tal cosa?
Daemon frunció los labios mientras estrechaba la mirada.
—Mi padre nunca regresó, porque fue emboscado y asesinado por los sarracenos
en las afueras de Jerusalén. Se rumorea que los sarracenos llevaron a cabo el castigo de
Dios. Y mientras los hermanos me culpaban por la muerte de mi padre, yo le culpé a su
obstinación.
Tanto dolor, tanta tristeza. Arina anhelaba encontrar alguna manera de aliviar el
tormento que se enconaba en su corazón.
—Entonces, ¿vos creéis que controlamos nuestro destino?
Él sacudió la cabeza.
—¿Cómo podría?
Arina trazó la línea de su mandíbula, su barba le raspaba la punta del dedo,
enviándole remolinos de placer a través de su cuerpo. Se sentó tan cerca que podía
sentir su calor aún más fuerte que el del fuego.
—Ojalá pudiera haceros creer —susurró.
Cuando la miró, su respiración se tambaleó ante la ternura de sus ojos.
—Cuando estoy cerca de vos, casi puedo creer cualquier cosa —susurró, sus
palabras le entibiaban el pecho.
Antes de que ella pudiera moverse, se inclinó hacia adelante y capturó sus labios.
Arina gimió de placer, muy poco acostumbrada a la sensación de su boca reclamando la
de ella. Le pasó las manos por la espalda, el deseo asediando su corazón y su sangre.
Aunque sabía que tenía que apartarlo, no podía decidirse a hacerlo. No, esta vez,
se quedaría con él.
Daemon le mordió los labios, tirando de ellos con sus dientes y raspándolos
suavemente. Ella se estremeció, su cuerpo explotando en latidos calientes.

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Él le apoyó la espalda contra el suelo y ella se dejó ir voluntariamente, deleitándose en
la sensación de su peso sujetándola hacia abajo. Arina cerró los ojos, saboreando la
cruda y terrenal vitalidad de su tacto, su cuerpo.
Nunca había imaginado un sentimiento tan maravilloso. Ni siquiera la libertad de volar
podía compararse a la embriagadoramente cálida sensación de su beso.
Él abandonó su boca enterrando los labios en su cuello. Arina se arqueó contra él y su
cuerpo chisporroteó en respuesta a su contacto. Le quería. El cielo la ayudara porque no
podía encontrar en su interior nada para alejarlo. Aunque ella no pertenecía realmente a
su mundo, era su esposa. Y una esposa pertenecía a su marido.
No, nunca le haría daño, nunca renegaría de él. Esta noche se quedaría con él
como ser humano y trataría de no pensar en lo que podría ocurrir al día siguiente. Por
ahora, ella necesitaba su toque tanto como él el de ella.
Daemon inhaló su rico aroma, la cabeza le giraba como si estuviera intoxicado. Sabía
que debía dejarla. Si tuviera un mínimo de decencia en su interior, debería levantarse de
su cuerpo y dormir al aire libre con los caballos.
Nadie le había aceptado o le dio la bienvenida como ella hacía. Y nada se había sentido
mejor que las deliciosas curvas que moldeó contra sí, presionando contra su pecho, sus
caderas. Su cuerpo ardía por ella. Sin embargo, no podía permitirse deshonrarla más.
No, la había corrompido una vez, no podía perjudicarla más.
Obligando a sus músculos cansados a cooperar, se apartó.
Ella le rodeó los hombros con sus brazos. Daemon la miró a los ojos y su
respiración desfalleció ante la gentil necesidad que flotaba en las ricas profundidades
azules.
—No, milord —susurró, y su voz retumbó a través de él—. Durante esta noche,
quiero teneros como marido.
Arina vio las emociones cruzar su rostro, incredulidad, añoranza y, finalmente,
felicidad. Él regresó a sus labios, a su aliento más dulce que cualquier vino. Ella tiró de
su túnica, queriendo sentir la fuerza de su pecho contra las palmas de sus manos.
El fuego jugaba con su rostro, mostrándole el hambre cruda de sus ojos. Ella se
estremeció, incapaz de creer que la deseara tanto. Alcanzándole, ella le tomó la trenza y
la soltó lentamente hasta que su pelo cayó en cascada sobre ella. Las puntas le hicieron
cosquillas en el cuello y la cara. Como había anhelado hacer tantas veces, le pasó las
manos a través de las sedosas hebras.
Daemon cerró los ojos y volvió el rostro para mordisquearle suavemente el brazo. Arina
aspiró el aire entre los dientes mientras el pecho le hormigueaba. Ningún hombre se
podría comparar a su guerrero. Sólo él era el más honrado, más noble, y ella se
comprometió a no dejar que ningún daño le aconteciera.
Él tomó el dobladillo de su túnica. Por un brevísimo instante, casi le detuvo. Pero, ¿qué
importaba? O ya estaba condenada por yacer con él, o no lo estaba. ¿Una vez más haría
la diferencia? No, no para Pedro. Pero para Daemon podría serlo.

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Se estremeció cuando el aire frío contactó con su piel desnuda y los pechos se tensaron
en respuesta. El calor le subió a las mejillas y trató de cubrirse de su mirada.
—No, milady —murmuró, pasando el dedo por el centro de su pecho desnudo—.
Vos no tenéis nada de qué avergonzaros.
Arina tragó, todavía incómoda. Pero a medida que él bajaba la cabeza contra su
pecho y lo tomaba en su boca, se olvidó de su desnudez. Todo en lo que podía pensar
era la pasión rizándose en su estómago, un placer que todo lo consumía y le corría a lo
largo del cuerpo. Su pelo se derramaba por sus pechos y su estómago, haciéndole
cosquillas, inflamando sus sentidos.
Acunó su cabeza mientras el chupaba, su lengua enviaba un millar de temblores a
su vientre. Sus manos recorrían su carne, pero cuando le tocó el muslo izquierdo, se
quedó sin aliento cuando el dolor interrumpió su placer.
Daemon se apartó con el ceño fruncido. ¿Cómo podía haber olvidado sus lesiones? Le
pasó la mano por encima de su muslo e hizo una mueca ante su herida. Toda la longitud
de su muslo y cadera estaban rojos y amoratados.
Tan suavemente como pudo, sondeó el hematoma. Finalmente, dedujo que ningún
hueso se había roto.
—Deberíais habérmelo recordado —susurró con la voz ronca por la culpa de
haber sido tan negligente.
Le tocó la barbilla, volviéndole la cara hasta que encontró su mirada.
—No me dolió hasta que lo tocasteis —dijo con una sonrisa.
Él encontró su sentido del humor terriblemente fuera de lugar.
—¿Y ahora?
—El único dolor que siento es el vacío en mis brazos. Venid, Lord Normando, os
necesito para desterrar ese vacío.
Daemon contempló con incredulidad sus palabras. Antes de que pudiera detenerse,
la apretó contra él. Las manos de ella bailaban sobre su pecho desnudo, explorándolo.
Cerró los ojos, saboreando cada delicioso toque.
Acostado sobre la espalda, la puso sobre sí.
Arina jadeó ante su posición. Los pantalones de cuero se sentían extraños debajo
de sus nalgas desnudas y un latido exigente golpeó. Él subió las manos, por su pecho,
ahuecando los senos. Con la cabeza llena de placer, ella se arqueó contra él.
¿Todos los seres humanos se sienten así cuando se unen? Por alguna razón, ella lo
dudaba. No, lo que existía entre ellos era algo más que lujuria, algo más especial.
Daemon extendió la mano y la hundió en su pelo, tirando de ella hacia delante hasta que
sus labios se tocaron. Se quedó sin aliento cuando sus senos rozaron su pecho y se
estremeció.

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Su cálida fuerza la rodeaba, espantando toda la frialdad producida en el interior de
la vieja cabaña.
Arina cerró los ojos, deseando poder estar con él así durante toda la eternidad. Oh,
si sólo pudiera permanecer como humana y lograran romper la maldición. Nunca
pediría más que el amor de Daemon, su tacto.
De repente, Daemon los giró. Arina se mordió los labios mientras él forcejeaba
con los pantalones. La expectativa inundaba su corazón y la dejó palpitando mientras el
calor le subía hasta el rostro.
Él se quitó los pantalones y ella se deleitó con la visión de su cuerpo desnudo.
Nunca había visto nada tan glorioso, tan hermoso.
Vacilante y un poco asustada, se estiró para tocarlo. Trazó el camino de rizos que
bajaba por su vientre. Él dio una entrecortada inspiración, y ella sonrió ante su poder
sobre él.
Daemon cerró los ojos, saboreando su contacto. Nunca antes una mujer había sido
tan atrevida, estado tan ansiosa por él. ¿Qué pasaba con su ángel, qué le hacía tocarle
cuando otros se negaban?
Pero, ¿le abandonaría?
El temor le desgarró por la mitad y juró que nunca la dejaría ir. Y qué si él moría
por la mañana. Por lo menos iba a morir conociendo la felicidad, la aceptación. Y si
tenía que morir, entonces nada le complacería más que exhalar su último aliento
mientras miraba a los ojos a su ángel.
La mano de ella le ahuecó y le dejó sin aliento. Incapaz de aguantar más, le retiró
la mano. Lo miró a los ojos y él se estremeció ante la inocencia y el amor que brillaban
tan intensamente en ellos. ¿Tendría todavía esa mirada cuando el sol les interrumpiera
apartándolos? ¿O lloraría arrepintiéndose?
Como si sintiera sus pensamientos, ella le pasó la mano por debajo de su pelo y
tocó su cuero cabelludo. Ella notó su marca y frunció el ceño.
Él se tensó previendo su pregunta.
—Es una cruz —dijo antes de que tuviera la oportunidad de preguntarle.
Su ceño se profundizó.
—¿Una cruz?
Él se inclinó hacia adelante y se apartó el pelo.
Arina jadeó ante la marca. Tocó las cicatrices con el corazón latiendo con fuerza.
Haciendo una mueca, apenas podía imaginar el dolor que tal herida debía haberle
causado. Y sin preguntar, sabía cómo y por qué la había recibido.
Ella le peinó el pelo hacia atrás sobre la cicatriz y tiró de su barbilla hasta que se

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encontró con su mirada. La miseria nadaba en sus ojos verdes y marrones, pero debajo
de ella vio su miedo.
—Los que hicieron eso están sin duda condenados por sus actos.
Él resopló y miró hacia otro lado.
—¿De verdad? Yo había pensado que fueron recompensados por exorcizar el
demonio de mí.
Ella respiró profundamente y sacudió la cabeza.
—Os puedo asegurar que el Señor no permite que nadie inflija tanto dolor en su
nombre.
Tomando su mano, él se la llevó a los labios y le mordisqueó los dedos. El fuego
bailó en su vientre.
—Por vuestro gentil toque, milady, con mucho gusto lo sufriría todo de nuevo –
susurró con voz entrecortada.
El calor inundó su cuerpo y tiró de él contra su pecho. Le apretó fuertemente,
deseando poder haber detenido las torturas que había recibido. Una imagen de un niño
gritando vagó a la deriva por su mente, y se preguntó cómo alguien podía ser tan cruel.
Pero como Daemon le acariciaba la espalda, la imagen se evaporó. La cubrió con
su cuerpo dispersando sus pensamientos. Arina temblaba contra el fuego que le corría
por las venas.
Daemon la besó apasionadamente, separándole las piernas con las rodillas. Su
cabeza giró vertiginosamente por la presión de sus labios, el sabor de su boca, y ella le
aferró para tenerlo cerca. Él apoyó los brazos a cada lado de ella, sosteniéndole la
cabeza en sus manos. El calor la inundó ante la ternura de su toque.
Y entonces se deslizó dentro de ella. Arina se tensó ante la súbita plenitud. Con las
caderas descansando contra las suyas, Daemon empezó a mordisquear la carne detrás de
las orejas.
Un increíble placer se propagó a través de su tenso estómago y su vientre. Ella
echó la cabeza hacia atrás con un gemido ronco. Nunca había sentido nada como el
tembloroso placer que pulsó a través de ella. Se agarró a sus hombros levantando las
caderas para llevarlo más profundamente en su interior.
Ante su invitación, comenzó a mecer lentamente las caderas. Arina se mordió el labio
ante el extraño baile. Con cada suave golpe, su cuerpo ardía más.
Daemon cerró los ojos ante el rebosante júbilo en su interior. Ni siquiera sus sueños
podían compararse con la realidad de lo que experimentó. Sus pechos hinchados se
frotaban contra él, urgiéndole a ir más rápido. Ella le pasó las manos por la espalda y las
nalgas, y él tembló por la magia de su toque.
Arina se estremeció cuando él hundió el rostro en su cuello. Su respiración se hizo eco

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en sus oídos y sus suaves gemidos le encantaron. Este era su marido y se comprometió a
luchar por él.
Mientras él se movía contra sus labios, un extraño pulso caliente creció. Ella
arqueó sus labios, tirando de él más profundamente, maravillada por el placer agridulce.
Él se movió más rápido, y los latidos crecieron hasta que ella temió morir por eso.
Entonces, justo cuando no podía aguantar más, su cuerpo estalló.
Arina gimió, con todo su cuerpo temblando. Nunca, nunca había experimentado nada
similar. Su corazón latía con fuerza mientras se preguntaba si había muerto.
Seguramente, sólo eso podría explicar la sensación de caída.
Pero entonces los brazos de Daemon se apretaron sobre ella y él también
convulsionó. Gimió suavemente, luego se desplomó contra ella, sosteniéndola con tanta
fuerza que casi gritó de dolor.
—¿Todavía estoy viva? —susurró.
Su abrazo se aflojó, se inclinó y la besó suavemente en los labios.
—Sí, milady.
—¿Es siempre así? —preguntó ella.
Daemon sacudió la cabeza.
—No, milady. Nunca fue tan dulce como esta noche.
El calor se propagó a través de ella y le apartó el cabello sobre su hombro. Con los
brazos apoyados en ambos lados de ella, la observó con una intensa mirada que le robó
el aliento y la dejó aún más débil. Trazó la incipiente barba de su mandíbula y le ofreció
una sonrisa.
—Me alegro de haberos dado lo que ninguna otra antes.
Y así, cuando las palabras salieron de sus labios, ella supo que repetiría sus actos
con mucho gusto, sin importar lo que el destino y Belial interpusieran en su camino.
Daemon se quedó tendido en calmada tranquilidad, escuchando el aullido del
viento y el crepitar del fuego. El pelo de Arina se extendió sobre su pecho mientras se
tendía a su lado. Él daría cualquier cosa para permanecer así durante toda la eternidad.
Pero, ¿y mañana? Su propia muerte no le importaba, pero a ella sí.
—¿Milord?
Respingó cuando su dulce voz se entrometió en sus pensamientos.
—Pensé que estabais dormida.
—Tuve un sueño maravilloso —susurró, girando en sus brazos hasta que ella
quedó mirando a sus ojos. El brillo de su mirada le calentaba—. Vos y yo íbamos a la
deriva en un glorioso rayo de la luz tan brillante que no podíamos vernos, pero podía
sentiros. Vuestra respiración era mi respiración, vuestros pulmones eran mis pulmones.

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—¿Mi corazón vuestro corazón?
Ella le sonrió.
—Sí.
—¿Pero qué sucede cuando llega la noche y termina la luz del sol?
Ella frunció el ceño y le golpeó en el hombro.
—Siempre dudando, ¿no?
Daemon suspiró, con el corazón pesado mientras le peinaba el cabello apartándolo
de su cara.
—La vida me ha enseñado a ser cauteloso, milady.
Ella asintió, y la tristeza sustituyó el brillo feliz de sus ojos.
Una punzada de culpa retorció su conciencia, pero él no podía compartir su
optimismo.
Mientras ella estudiaba las llamas, dio un cansado suspiro que coincidía con el suyo.
—¿Cómo me encontrasteis? —inquirió.
Daemon se preguntó qué le había hecho hacer esa pregunta.
—Belial me envió por vos.
—¿Belial? —preguntó ella, tensándose en sus brazos.
—Sí.
Ella entrecerró los ojos.
—Por su culpa me caí del caballo. Me pregunto qué maldad planea.
Daemon se puso rígido, un escalofrío de aprensión corrió a través de él. El pelo en
la parte posterior de su cuello se erizó. ¿Cuánto poder poseía realmente el demonio?
—¿Está con nosotros?
Arina sacudió la cabeza y se acomodó en sus brazos.
—No, os puedo decir cuándo se acerca.
Daemon la abrazó con el corazón latiéndole fuertemente.
—¿Conocéis sus limitaciones?
Ella le pasó la mano por las costillas, dibujando pequeños círculos en una caricia
tierna que le quemó. Su respiración cayó sobre su pecho, aumentando los escalofríos.
—Cuando está en forma humana, está muy limitado. Sólo puede seducir y tentar.
Es su forma demoníaca la que es peligrosa. Entonces puede infiltrarse en la mente o
poseer un cuerpo.
Una vez más un presentimiento se apoderó de él.

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—¿Infiltrarse en la mente?
—Sí. Puede manipular los recuerdos, o robarlos como hizo conmigo. Él es
también un maestro de los sueños, usándolos para debilitar la determinación de su
víctima.
—Tal como hizo cuando pensé que había tomado vuestra inocencia.
Arina se sentó, con el rostro severo.
—Creo que quiere mi alma más de lo que alguna vez haya querido nada. No sé lo
que hará para lograrlo. Os lo ruego, milord, tened cuidado. No me habéis sacrificado.
Daemon le tocó la mejilla. No estaba seguro de cómo acabarían las cosas entre ellos,
pero estaba aterrorizado de poder perderla. Ella no pertenecía a su mundo, y sería sólo
cuestión de tiempo antes de que lo dejara.
—No os veré perjudicada. Belial tendrá que deshacerse de mí primero.
El horror llenó su mirada.
—Y ese, milord, es mi peor temor.
Llegó la mañana, pero no trajo la alegría al corazón de Arina. A pesar de que
estaba agradecida a Daemon por haberla salvado y lo que habían compartido esa noche,
se temía lo que vendría después.
La voz dentro de su corazón la apremiaba a huir, pero ¿dónde iría?
Daemon entró en la cabaña, su rostro rosado por el ejercicio.
—He ensillado a Ganille –dijo quitándose de los guantes. Extendió sus manos ante
el fuego y ella admiró la fuerza y la belleza de ellas.
—Decidme, señora –dijo, apartando su atención lejos de sus manos, unas manos
que recordó buscando sus partes más íntimas y emocionándola—. ¿Dónde está vuestra
silla?
El calor le subió hasta las mejillas tanto por su pregunta como por sus descarados
pensamientos.
—No tomé ninguna.
Él arqueó una ceja. Bajando las manos, se volvió hacia ella.
—¿Tampoco alforjas?
Ella negó con la cabeza.
—¿Cómo planeabais sobrevivir a vuestro viaje?
Arina se frotó los escalofríos de sus brazos y suspiró.
—Perdonadme, milord, pero nunca he tenido que planificar tales cosas antes. Es
sólo recientemente que me tengo que preocupar por tener hambre y necesidad de
vivienda.

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Él cruzó los brazos sobre el pecho y le dirigió una mirada penetrante.
—Entonces os sugiero que nunca más tratéis de iros.
Aunque sus palabras deberían haberla hecho enfadar, no lo hicieron. En su lugar le
oprimieron el pecho y el corazón le pesaba ante la idea de abandonarle. ¿Realmente
tenía elección?
Si Daemon notó su repentina tristeza, no dio ninguna pista.
—Vamos, milady, debemos hacer nuestro camino de regreso, mientras que el
tiempo sea agradable.
Arina se levantó, pero el dolor le desgarró la pierna y fue incapaz de erguirse.
Daemon se lanzó hacia ella, un ceño fruncido en su rostro.
—¿Estáis bien?
—No –dijo, los músculos de sus piernas le pulsaban—. Es el hematoma. Me temo
que no me permite caminar.
Él asintió con la cabeza, a continuación la cogió en sus brazos y la llevó a los
caballos. Arina saboreó la sensación de sus brazos, asustada de su alegría, pero incapaz
de detenerla. Estaba condenada por la maldición. Seguramente debía haber algún modo
de poder deshacerla o evitarla.
Daemon montó en su caballo, acomodándose tras ella. La atrajo contra su pecho, y
le rodeó con sus brazos la cintura. Apretando la cabeza debajo de su barbilla, ella
escuchó el latido profundo de su corazón, agradecida por su saludable y firme ritmo. Él
le tocó la mejilla, su abrazo era tenso.
Ella esperaba que dijera algo, pero él tomó las riendas de su caballo y lo echó a
andar hacia delante. Arina cerró los ojos y trató de enfocarse sólo en el momento, no en
el futuro y en lo que podría traer.
Alrededor del mediodía, se detuvieron para un breve almuerzo. Daemon extendió
su capa sobre el suelo y la colocó sobre ella. Sacó las alforjas de Ganille y se dispuso a
preparar una comida ligera, pero antes de que pudiera terminar, Belial y un grupo de los
hombres de Daemon se unieron a ellos.
Arina encontró la divertida mirada de Belial. No cabía duda de que había adivinado lo
que había ocurrido entre ellos la noche anterior, probablemente incluso lo había
planeado. Así fuera. Mientras permaneciera en forma humana, era la esposa de Daemon
y no tenía ninguna intención de negar a su marido el consuelo que pudiera ofrecerle.
Pero ¿qué hay acerca de la vida de él?
Ella se estremeció al oír la voz de Belial dentro de su cabeza. Así que había
recuperado algo de su fuerza. Tendría que recordarlo y tomar más precauciones.
—¡Arina! –gritó Belial—. Estoy muy agradecido de encontrarte a salvo. Me tenías
terriblemente preocupado.

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Ella intercambió una mirada con Daemon, advirtiéndole con los ojos que le
siguiera la corriente.
—Te pido perdón. No quise causarte preocupación.
Belial dirigió su caballo hacia ella.
—¿Confío en que no fuisteis heridos?
Tenía que estirar el cuello para mirarle, y le dio la clara impresión de que
disfrutaba haciéndola esforzarse.
—No físicamente.
Se apeó, se arrodilló a su lado y susurró sólo para sus oídos.
—Os sugiero que no intentéis escapar de nuevo.
—No me amenacéis, demonio –dijo ella, asegurándose de que ni Daemon ni sus
hombres podían oírlo—. Sé el alcance de tu poder.
Su sonrisa envió un escalofrío sobre ella.
—Espero por vuestro bien que sea cierto, pero ¿y si estáis equivocada?
—¿Arina?
Se volvió ante la llamada de Daemon, agradecida de que él la hubiera sacudido de
su miedo. Sí, las palabras de Belial estaban destinadas a sacudir su confianza.
Daemon se acercó a ellos, y aunque se mantenía rígido, ninguna parte de él traicionaba
que sabía la verdad acerca de Belial. El orgullo creció dentro de ella, y con él la
esperanza. Quién sabe si podrían encontrar una manera de frustrar los planes de Belial.
—¿Esta vuestro hermano castigándoos? –preguntó Daemon.
Belial sacudió la cabeza.
—No, nunca podía ser duro con mi dulce hermana.
—Entonces venid –dijo Daemon, guiando al nervioso caballo de Belial hacia él—.
Vamos a volver.
Aunque el viaje de regreso transcurrió sin incidentes, acabó con los nervios de
ella. Aun sin hablar, podía sentir la intención malévola de Belial, su traicionera mirada
buscándola y observando la forma en que su marido la agarraba.
Si sólo poseyera la facultad de ver dentro de la mente de Belial. Arina suspiró,
deseando poder ver el futuro también.
En poco tiempo, entraron a caballo en el patio de Brunneswald Hall. Los niños
detuvieron su juego y corrieron a saludarlos, sus mejillas rosadas y sonrisas brillantes.
Su corazón se calentó ante la vista y Arina les saludó.
Edith se detuvo junto a Ganille y sonrió.
—Hemos hecho ángeles en la nieve, milady. ¿Queréis verlos?

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Arina le devolvió la sonrisa, pero antes de que pudiera responder, Daemon habló.
—Milady está herida, buena Edith. Puede pasar un tiempo antes de que pueda ver
vuestros ángeles.
La arrugada cara de Edith cambió a un gesto de preocupación.
—¿Estáis bien, milady?
—Sí –respondió Arina—. No es nada grave.
—¡Vamos, Edith! –un niño pequeño gritó—. Tenemos a Creswyn inmovilizado.
Arina ahogó la risa mientras Edith entusiasmada corrió a reunirse con los otros niños.
Daemon desmontó, y luego la ayudó a bajar, sus brazos como una cuna ideal para su
cuerpo. Arina le pasó los brazos a su alrededor, observando el oscurecimiento de sus
ojos mientras le miraba los labios.
Sonriendo, ella deseó que estuvieran solos para poder rendirse a la parte de ella
que deseaba sus besos.
Él apretó su abrazo y la llevó a través de la sala a sus cámaras y la colocó en su
cama. Tiró la capa de sus hombros y la dobló.
Una extraña mirada cruzó su rostro mientras la observaba.
—Al menos no debo preocuparme por vos corriendo. No hasta que la pierna sane.
Arina tragó y desvió la mirada.
—Tal vez seáis vos quien debería huir.
Puso su capa de vuelta al pequeño cofre, luego se volvió hacia ella.
—Me niego a correr, milady. Vos lo sabéis.
—Sí –dijo, las lágrimas obstruyéndole la garganta—. Lo sé.
Ella lo vio salir de la habitación, con un peso en el corazón por las lágrimas
encerradas. Debía haber alguna manera de salvarle.

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CAPÍTULO 15

Las semanas pesaban como si cada día se aposentara sobre los hombros de un
hombre viejo. Arina recibía cada amanecer con miedo y ansiedad. ¿Sería este el día de
la muerte de Daemon? Y cada día, intentaba un nuevo método de romper la maldición,
pero nada parecía funcionar.
Para colmo, cayó más nieve, cubriendo la tierra con una capa de blanco puro, que
la hacía preguntarse cómo el mal podía agazaparse tan cómodamente alrededor de ellos
y no ser al menos tocado por la inocencia de este mundo.

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Sentada miraba al exterior a los niños que hacían ángeles de nieve mientras bebía
a sorbos una taza de sidra caliente. Escuchó el sonido de sus risas y la hicieron sonreír.
Había disfrutado de las últimas tres quincenas. Daemon siempre se encontraba
cerca, listo para atenderla. Le había enseñado a jugar al ajedrez, y él la había enseñado
mucho sobre los sentimientos humanos y el deseo. Pero su tiempo juntos sólo la hacía
ansiar su presencia, anhelar el pasar una vida a su lado. ¿Independientemente de lo que
ella tuviera que hacer?
—¿Mi ama?
Se dio la vuelta hacia la voz áspera por la edad y afrontó a la bruja.
—Pido perdón por molestaros —dijo la anciana, acercándose.
Arina la miró fijamente. Aunque debería odiar a la anciana, sólo la compadecía.
—¿Qué necesitais?
—Yo… —La bruja desvió la mirada—. Sé que no tengo ningún derecho a pedirlo,
pero busco su compasión.
Arina la miró con el ceño fruncido ante sus palabras, preguntándose que tipo de
compasión buscaba la bruja.
—¿Mi compasión?
—Sí, mi ama. Necesito que me perdoneis por lo que he hecho.
La petición de la arpía la impresionó. ¿Cómo podía solicitar tal cosa?
—Por favor —requirió la bruja—. Estos últimos días, la he visto y he lamentado
todo lo que he hecho. Fue mi pena y mi dolor lo que me llevó a buscar venganza. Y
yo… yo vi a mi muchacho anoche —miró a la distancia, con preocupación en sus viejos
ojos.
—¿Vuestro hijo? —preguntó Arina, un temblor de miedo la cubrió el corazón.
¿Belial había estado jugando con los sueños de la anciana?
—Sí —dijo, su vieja voz temblorosa—. Vino a verme y me dijo lo glorioso que es
su nuevo hogar, tal como usted dijo. Mi muchacho me mandó buscar el perdón para que
yo pudiera unirme algún día allí con él. Me quiere a su lado para toda la eternidad.
El pecho de Arina se contrajo. El dolor y el pesar se mezclaban en los ancianos
ojos, ojos que hablaban de demasiada dureza y pena.
¿Cómo podía negar a esta mujer lo que solicitaba? En verdad, su perdón parecía
una pequeña petición.
—¿Cómo se llama?
—Raida, mi ama.
Arina sonrió

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—Raida, os perdono.
E incluso cuando dijo las palabras, supo que era verdad. Entendía muy bien las
emociones humanas y el porqué la pérdida del hijo de Raida provocaría la ira de la
mujer y el que tomara tales acciones.
El temor brilló en los ojos de la mujer y se abrazó a sí misma.
—¿Es demasiado tarde para salvar mi alma?
Arina echó un vistazo al patio, buscando a Belial. Si él se enteraba de esto, no
podría decir que mal podría infringirlas a ambas. Podía protegerse a sí misma, pero la
fragilidad de la anciana la hacía una víctima fácil.
Inclinándose, susurró:
—Sí, pero es un asunto peligroso si os atrapara Belial.
Raida tragó, los ojos muy abiertos y temerosos.
—¿Qué debo hacer?
Arina meditó sobre el asunto. Había varios modos de reclamar el alma de un
trueque, siempre que el pacto no se hubiera rubricado.
Ningún poder podría romper un acuerdo firmado.
—¿Cómo se realizó el pacto?
—Renuncié al Señor y me comprometí a servir a Belial y al diablo.
—¿Has realizado el pacto por escrito?
—No, mi ama. No sé escribir, así que hice un juramento verbal de que Lucifer
podría reclamar mi alma a mi muerte.
Arina asintió con alivio. Sería un poco difícil, pero no imposible. Si sólo la
maldición fuera tan fácil de deshacer.
—¿Especificó Lucifer cuando se produciría tu muerte?
—Cuando se cumpliera la maldición.
Arina exhaló entre los dientes. Parecía como si todo dependiera de la muerte de
Daemon. Pero si ella pudiera convertir a Raida, tal vez, podría evitar la maldición, o al
menos sería más fácil de romper.
—Debes hacer penitencia por tus pecados y rezar al Señor por su perdón.
—¿Me perdonará Él? —preguntó, la voz frágil.
Arina la sonrió. Siempre hay esperanza. Las palabras de Kaziel la resonaron en la
cabeza y optó por creer en ellas.

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—Si imploras al Señor con honestidad y te arrepientes verdaderamente, sí, te
perdonará.
Los ojos de Raida brillaron con alivio y comenzó a alejarse.
Arina la agarró del brazo y tiró.
—Una cosa más, Raida, tu penitencia debe ser pública. Debes mostrar al Señor tu
sacrificio.
—¡Gracias, mi ama! —exclamó Raida, cayendo sobre de rodillas y besando el
ruedo de la saya de Arina. Amarrándolo firmemente, Raida la sacudía toda.
—Pero —dijo Arina, haciendo una pausa hasta que Raida la miró—, hay que tener
cuidado. Lucifer y Belial no serán benevolentes ante tu pérdida. A tu muerte, tratarán de
reclamar tu alma. Cuando aparezcan, debes invocar el nombre de Azriel. Él vendrá en
vuestra ayuda y desterrará a los demonios de vuelta al infierno.
—Azriel, no lo olvidaré.
Arina sonrió, deseando que Azriel y su ejército pudieran ayudarla.
Tocó la mano de Raida y los ojos de la anciana se endulzaron.
—Yo nunca debería haberos culpado, mi ama. Sois realmente amable.
Una brisa hizo llegar un aroma hasta Arina y se puso rígida, reconociendo el hedor
del infierno. Obligó a Raida a incorporarse sobre los pies.
—Ahora id y rezad.
Nada más dejarla Raida, Belial apareció, caminando por el lateral del señorío
como si estuviera dando un paseo por la muralla. Una sonrisa curvaba sus labios
mientras acortaba la distancia entre ellos.
Una vez más, un escalofrío la subió por la espalda, y levantó la barbilla para
enfrentarle.
No le muestres ningún miedo, se repetía silenciosamente. Pero cuanto más tiempo
permanecía humana, más difícil se le hacía combatir sus emociones. Belial se detuvo a
su lado, mirando hacia abajo con una chispa de reprimenda.
—¿Crees que es así de fácil?
—Nada es fácil —dijo Arina con una pequeña sonrisa, sabiendo que Raida tendría
momentos duros para salvarse—. Harías bien en recordártelo a ti mismo.
El rió, el desagradable sonido la chirrió en los oídos.
—Así que intentas recuperar su espíritu.
Ella entrecerró los ojos ante la ambigüedad, pero se mordió la lengua. Apartando
la mirada de él, observó las travesuras de los niños. Esperaba que cogiera la indirecta y
se fuera.

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—¿Crees que podrás romper la maldición?
Sus palabras la hicieron volver a prestarle atención.
—¿Puedo? —preguntó, tratando de parecer despreocupada, pero por dentro el
corazón se paró, con los sentidos a la expectativa de sus siguientes palabras.
La sonrisa de Belial se ensanchó. Cruzó los brazos sobre el pecho, y la evaluó con
una mirada calculadora.
—Si buscas que te dé información, tendrás que ofrecerme una golosina.
Esta vez, Arina sonrió, su corazón de pronto se iluminó. Quería reír, pero aplastó
el deseo. No había necesidad de aumentar su ira y forzarle a una confrontación directa.
—Gracias, demonio. Ya has contestado a mi pregunta. Si eres capaz de negociar,
entonces hay un modo de romperla.
Su penetrante mirada se volvió fría. Belial descruzó los brazos y la agarró,
arrancándola del asiento.
El miedo la recorrió la espalda, e hizo todo lo que pudo para no encogerse de
miedo.
—No juegues a este juego, ángel —gruñó, su tono la atravesó. Sus ojos brillaban
en rojo y sus dientes se alargaron hasta formar colmillos—. No conoces las reglas.
Una sombra grande se cernió sobre ellos. Arina miró casi esperando que fuera
Kaziel, sin embargo se encontró con el ceño disgustado de Daemon.
Él barrió a Belial con una mirada mordaz. —Te advertí antes sobre que la tocaras
con ira.
Belial cerró los ojos y se puso tenso. Ella sabía que estaba luchando por recuperar
el control de su aspecto. Levantando la barbilla, él abrió los ojos y la liberó. Una vez
más sus ojos eran azules, sus dientes normales.
Con una sonrisa satisfecha sobre los labios, se dio la vuelta para enfrentar a
Daemon.
—Lo hiciste Daemon FierceBlood —dijo pausadamente con la voz cansina,
dándole con la mano en la espalda. Levantó las cejas—. Lo hiciste.
Los dos hombres se miraban fijamente. Arina retuvo el aliento ante la tensión que
se generó entre ellos, tensión que afloró ardiente y la quemó con intensidad.
—Adelante —dijo Belial indicándola con la mirada—. Cógela. Te has ganado el
derecho.
Y no había manera de confundir el matiz malicioso en su voz.
Belial los echó a cada uno una última mirada divertida antes de regresar hacia el
pasillo.

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—¿Estás bien? —preguntó Daemon.
A pesar del miedo, Arina le ofreció una sonrisa. La esperanza floreció dentro de
ella. Había una manera de romper la maldición y debía encontrarla.
—¡Nunca me sentí mejor!

Arina estaba arrodillada en la pequeña capilla que había justo fuera de la sala.
Durante horas había rezado, esperando recibir alguna pista de cómo frustrar a Belial y la
maldición de Raida. Pero todo lo que había ganado hasta ahora eran unas hinchadas y
palpitantes rodillas.
El arrastre sigiloso de unos pies llegó hasta ella, echó un vistazo sobre el hombro
para ver cómo el hermano Edred se acercaba. Él cruzó por delante del altar y luego se
arrodilló a su lado.
—¿Busca milady el perdón de algún pecado? —preguntó, su voz escasamente un
susurró.
Arina le echó un vistazo.
—No, Hermano. No tengo ninguna confesión pública que necesite hacer.
Él frunció el ceño, y la recorrió el cuerpo con la mirada como si buscara algo.
—¿Entonces, qué ha mantenido a milady aquí durante todas estas horas?
Levantó una ceja, asombrada por la revelación de que la había estado observando.
En principio iba a reprenderle, pero de repente una idea la vino a la mente. Sí, incluso
con sus pecados, el hermano Edred podría ser un buen aliado.
—Hay un demonio en nuestro entorno.
—Ah, el muchacho —dijo acariciándola las manos apretadas—. Por fin os habéis
dado cuenta de la verdadera naturaleza de vuestro esposo.
Arina quitó las manos de su agarre y negó con la cabeza.
—No es mi esposo, Hermano, pero si otro hombre.
Un ceño arrugó su frente mientras la incredulidad llenaba sus ojos.
—¿Y que os hace pensar que es alguien más?
—Hubo señales —dijo, inclinándose más cerca como si le susurrase un secreto
horrible.
Arina siempre había despreciado las supersticiones de la humanidad, pero por una
vez decidió que servirían para su objetivo.
—De noche oigo llantos y cuando sopla la brisa, huelo el azufre del diablo.

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Sus ojos se ensancharon.
—¿Y estáis segura que no es el acercamiento de vuestro esposo?
—Sí —dijo seriamente—. Estoy convencida. Lo oigo sólo cuando él esta lejos.
El hermano Edred extrajo un pequeño vial de sus vestiduras.
—Cojed esto milady —la dijo, presionándoselo en las manos—. Esta agua es del
Señor. Si el mal se acerca a usted, esto lo alejará.
—Gracias, amable hermano.
La bendijo antes de alejarse. Arina le vio marcharse, esperando que él iniciara la
búsqueda del demonio en otra parte.
Con un poco de suerte, descubriría a Belial por su propia cuenta. Pero si ella
acusaba a Belial y alguien descubría lo que era, podían juzgarla por herejía y de estar en
trato con los demonios.
Pero una vez que descubrieran a Belial y comprendieran que Daemon no tenía
ninguna asociación con él, tal vez entonces algunos de los temores que albergaban hacia
Daemon se reducirían.

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CAPÍTULO 16

Belial se cernía en las sombras del establo, su cuerpo translúcido flotaba


alrededor de las vigas. Por fin podía convertirse a su forma de demonio. Echó la cabeza
hacia atrás y rió, deleitándose con el creciente poder. Sólo unos pocos días más y
volvería a ser él mismo.
Un destello de color marrón le llamó la atención. Se desvió a la parte superior del
establo para poder mirar más detenidamente a través de las grietas de la madera, vio a
Edred cruzar el patio. El pequeño fraile gordo echaba un vistazo furtivo alrededor como
si buscara a alguien, o tal vez evitaba a alguien.
Belial frunció el ceño, una molestia punzante se asentó en el vientre. Algo estaba
mal. Bajó hasta el suelo y despreocupadamente salió.
—¡Lord Belial! —exclamó el fraile.
Con una calurosa sonrisa, Belial fingió sorpresa y se acercó a él.
—Saludos, Hermano. ¿Qué deberes tiene éste día?
El fraile le agarró del brazo y rápidamente lo llevó hasta un pequeño jardín en el
lateral de la residencia. Exploró el jardín como un ratón temeroso que buscaba un gato.
Belial tenía muchas ganas de soltarse del apretón en el codo, pero lo toleró,
sabiendo que tarde o temprano averiguaría qué tenía al hombrecito tan alterado.
—He hablado con su hermana —dijo el hermano Edred en un tono bajo.
Belial alzó las cejas en expectativa. ¿Podría el pequeño ratón gordo haber tomado
el pedazo de queso incorrecto?
—¿Ahora?
—Sí —dijo, los ojos grandes y redondos de miedo—. ¡Y dijo que había demonios
entre nosotros!
Belial le otorgó una sonrisa paciente, sermoneando.
—Desde luego que hay un demonio entre nosotros. Lord Daemon…
—No, dijo que era otro.
—¿Otro? —preguntó, asegurándose de parecer asustado mientras se inclinaba más
cerca—. ¿Nombró a la bestia?
Edred negó con la cabeza, la mirada melancólica. Retorcía las manos rechonchas.

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—Se lo daría si hubiera alguno, pero por desgracia dijo que no sabía quién era.
Sólo que había percibido señales y que la bestia se movía cerca.
—Es una mala señal —dijo Belial, sacudiendo la cabeza.
Así que Arina había sembrado la duda en la mente del fraile Edred y le había
enviado a buscarle. Era una cosa buena que tuviera al fraile como aliado, o ella podía
haber tenido éxito.
Sin embargo tenía que sofocar una sonrisa ante sus recursos. Angelito inteligente.
Tenía que vigilarla más estrechamente. Arina estaba aprendiendo su trabajo y los
métodos un poco más rápido de lo que debía. Una ola de calor le cubrió el cuerpo.
Admiraba a un aprendiz rápido. Pero, aún así, no podía pensar como él, y su pequeña
estratagema con el fraile sin duda, la volvería en su contra.
—Al parecer, Lord Daemon está reuniendo a sus vasallos.
El fraile se santiguó, todo su cuerpo temblaba. Belial aspiró el dulce aroma del
miedo, alimentando su alma hambrienta de ello.
—¿Cree realmente que el demonio está aquí, entre nosotros?
—Sí —dijo Belial con gravedad—. Debemos desenmascarar a Daemon.
Llamaremos a Lord Norbert. Juntos incluso podremos ser más astutos que el diablo.

Daemon salió de la sala, pero antes de que diera tres pasos en el exterior. El
hermano Edred corrió hacia él y le echó agua en la cara. Daemon maldijo, limpiándose
las gotas que le caían por la barbilla. Mirando al hombrecito airadamente, luchó con el
impulso de golpearle.
—¿Qué le ocurre?
—Perdóneme, milord —dijo el hermano Edred, con las manos temblorosas—. No
vi que se acercaba. Le pido humildemente que me perdone.
Daemon entrecerró los ojos. Por lo que había visto, eso no había sido ningún
accidente. En verdad, lo percibió como muy deliberado. La furia se agazapó en el
pecho, Daemon apartó al hombre con una advertencia:
—Le pido que tenga más cuidado por donde anda. Podría hacer daño a alguien, tal
vez incluso a sí mismo —refunfuñó, comenzando a caminar hacia el establo.

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Belial derribó a Norbert tras del gran arbusto mientras Daemon pasaba
caminando con ojos enfurecidos. Cabeceó hacia Norbert.
—Es como dije.
Norbert apretó los dientes. Sí, Belial había tenido razón. Daemon poseía tal poder,
que ni aún el agua bendita que el fraile le había lanzado había dañado su carne.
El odio rezumó a través de sus venas. Si Harold sólo hubiera sobrevivido,
entonces, esa bestia no se daría un festín con la buena gente de Sajonia.
El hermano Edred se unió a ellos, con preocupación en sus sabios ojos.
—¿Qué vamos a hacer ahora?
Norbert ignoró la pregunta y se excusó. Podía no ser capaz de derrotar al diablo,
pero tal vez podía salvar a Arina. Sí, la bestia Normanda podía haberla retenido contra
su voluntad, pero con un poco de suerte podía ser capaz de frustrar ese mal y liberarla.

E
— ntre —contestó Arina a la llamada. Levantó la vista de la costura para ver a
Norbert entrar en sus aposentos. Frunciendo el ceño ante su presencia, ya que no podía
imaginarse lo que quería de ella. Nunca desde la noche en las almenas la había buscado
—. Mi señor ¿Qué os trae por aquí?
Él se aproximó, luego hizo una pausa cuando vio a Cecile. Norbert observó sus
andares mientras atravesaba el piso. Una mirada extraña cruzó por su expresión, y si
Arina no estaba equivocada, juraría que el pequeño gatito lo había asustado. Su
mandíbula se tensaba como si tuviera muchas ganas de decir algo.
Esperó varios segundos. Cuando parecía que iba a continuar con su silencio, Arina
le ofreció una sonrisa tranquilizadora.
—¿Hay algún asunto que os inquiete, mi señor?
Cuando volvió a mirarla, luchó por captar sus emociones pero éstas la eludieron.
—Mi señora, quería deciros que mis hermanos y yo tenemos la intención de
marcharnos dentro de una hora.
Ella bajó la mirada hacia la costura y dio una cuidadosa puntada.
—Entonces tened cuidado e id con Dios.
Se arrodilló ante ella y tomó la aguja de sus manos. Mirándole a los ojos, le
recordó a un penitente buscando la ayuda Divina.
—Mi señora, si lo deseais, podemos llevaros con nosotros.

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Arina se sobresaltó ante sus palabras. ¿Por qué iba a hacer semejante cosa?
—¿Qué queréis decir?
Con un suspiro puso la mano sobre su rodilla.
—Sé que os escapasteis y que el normando os trajo de vuelta. Si todavía deseáis
huir, podemos ayudaos. Os aseguro que ésta vez él nunca os encontrará.
Arina le miró fijamente, una parte deseaba aceptar y otra parte no podía. Si se
fuera, Daemon estaría a salvo, pero la negación clamaba en su corazón.
¿Cómo podía abandonarle?
Miró la túnica de Daemon que tenía en el regazo. Trazando con el dedo el fino
lino, casi podía sentir sus músculos bajo ella. El dolor insoportable la atravesó, y aunque
sabía que debía irse, no podía aceptar la oferta de Norbert.
De hecho, no había ningún contratiempo en todas esas semanas. Tal vez algunos
de sus rezos habían surtido efecto. O la penitencia de Raida. Debía creer que todo
estaría bien.
—No puedo dejarle —susurró.
Norbert la cogió de las manos colocándoselas entre las suyas. Sorprendida por su
contacto, Arina se tensó.
—Por favor, mi señora. Dejadme ayudaros.
Mientras abría la boca para responder, sonó un fuerte ruido en el exterior. Con el
aliento atascado en la garganta, arrojó a un lado la túnica y corrió a ver qué había
sucedido.
Al entrar en el salón, se detuvo, el corazón se la aceleró. Daemon estaba en el
centro de la sala, el gran hachero3 destrozado a su alrededor.
Wace se aproximaba a él, mirando al techo.
El grupo de funcionarios que se encontraba cerca, inmóvil. Era como si tuvieran
miedo de respirar.
Arina corrió hacia su marido, gritando de miedo:
—Milord, ¿estáis bien?
—Casi le aplasta —dijo Wace, antes de que Daemon pudiera responder a la
pregunta—. Nunca he visto algo así.
Arina observaba la madera astillada y los hierros retorcidos que cubrían los
alrededores de Daemon.

3
Hachero: Lámparas antiguas de hierro y madera que mediante una cuerda bajaban y subían
para colocar velas sobre el armazón y así iluminar amplios espacios. (N.T.)

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—Perdón, mi señor —dijo uno de los funcionarios, frotándose las manos con
nerviosismo cuando finalmente se acercó—. Pero la cuerda se deslizó de las pobres
manos de Aldred, mientras estábamos tratando de reemplazar las velas. ¡Fue un
accidente, lo juro!
Daemon se adelantó y se sacudió los restos de la túnica. Por un momento, la
sospecha le oscureció los ojos, pero al mirar al viejo que tenía delante y a los hombres
más jóvenes que se apretujaban contra la pared, su mirada se aclaró.
—No temas, no ha ocurrido nada malo.
—¿Nada malo? —jadeó Arina—. Podías haber muerto.
Tan pronto como dijo las palabras, se dio cuenta de lo que había ocurrido… la
maldición.
Había sido una tontería pensar que se podía haber roto. Un frío la recorrió el
cuerpo y se la nubló la vista.
Se apartó de él, las familiares palabras llenas de odio de Raida la resonaron en la
cabeza.
«Lo verá morir». El terror la cegó, se giró y salió corriendo de la sala.
Volviendo a los aposentos, Arina exploró su entorno con el cuerpo tembloroso por
el miedo. Le ardía el pecho y respiraba con breves jadeos. Sintió como si fuera a
desmayarse o a morirse.
—No —susurró.
No podía morir. No por su culpa. ¿Por qué, por qué se había quedado? ¿Cómo
podía pensar por un momento que podía romper la maldición y liberarlos a ambos?
—¿Milady?
Se dio la vuelta hacia la voz de Daemon. La tomó entre sus brazos, y ella tembló
de miedo.
—Eso no fue más que un accidente —dijo, con ternura en la voz.
—No, fue la maldición —susurró, deleitándose con su toque y con miedo de que
al siguiente momento pudieran arrebatarle la fuerza de sus brazos, el aliento de sus
pulmones.
Una imagen del joven muchacho sajón arrastrándose a la muerte le vino a la mente
y se puso rígida. Las lágrimas la anegaron los ojos. No quería ver a Daemon así. Ver
cómo se le escapaba la vida, cómo sus ojos se volvían opacos.
Daemon negó con la cabeza.
—Si hubiera sido la maldición, estaría muerto —dijo, dando un paso para alejarse
de ella—. ¿Te parezco un fantasma?

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Ella negó con la cabeza, las lágrimas le caían por las mejillas.
—Te digo que esto es por la maldición.
Daemon la limpió las lágrimas del rostro, su cálida mano sólo provocaba que se le
acrecentara el miedo. La miraba fijamente con asombro y ella vio el dolor que se
reflejaba en sus profundidades.
—Nada de lágrimas, milady. Todavía estoy aquí.
Arina asintió y él la atrajo a sus brazos. La retuvo durante varios minutos. Cada
uno de ellos parecía suspendido en el tiempo, y ella saboreó cada latido de su corazón
contra el pecho. Y con cada golpe, sabía lo que tenía que hacer.
Que el cielo la ayudara, tenía que dejarle.
Sonó un golpe sobre la puerta un instante antes de que Wace la abriera.
—Perdonadme, mi señor, mi señora —dijo, con un rubor cubriéndole las mejillas
—. Yo estaba…
—Lo sé, Wace —dijo Daemon, interrumpiéndole—. Atiende a los caballos.
Wace asintió y los dejó solos.
Daemon la frotó los brazos con las manos.
—No más preocupaciones, milady. Todo se arreglará.
Ella asintió, con la garganta demasiado agarrotada para hablar. Con el corazón
pesado, le miró ajustarse la espada a las caderas.
Arina lo siguió por el salón, hacia el exterior del patio. Él se montó a caballo y ella
admiró la gallarda figura que presentaba.
Nunca le volvería a ver otra vez. El pensamiento destrozó su corazón, su alma.
Arina le miró fijamente, grabando cada línea de su cuerpo y rostro en la memoria.
Aquel recuerdo sería su único consuelo en los años venideros. Vacuos, años vacíos que
pasaría deseando a un hombre que sabía que nunca podría tener.
Sacudiendo las riendas, Daemon le ofreció una última y tierna mirada.
Arina le despidió.
La cálida mirada en sus ojos le robó el aliento. Daemon azuzó con las piernas al
caballo y salió por la puerta. Ella cerró la mano en un puño y la bajó al costado.
—Ten cuidado, mi hermoso normando —susurró.
Cerrando los ojos, Arina lamentó que el hachero no le hubiese caído encima. Al
menos entonces su desgracia se habría acabado. Con el corazón pesado y con un nudo
en la garganta, se giró y vio a Norbert de pie con sus hermanos.
Se acercó a ellos.

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—¿Habéis cambiado de idea, mi lady?
—Sí —dijo con la voz temblorosa.
No le abandones, la advertencia sonó en su mente, pero esa vez no le hizo caso.
—Iré con vos.

CAPÍTULO 17

Daemon entró en el salón y suspiró cansado. Después de pasar toda la tarde en


las murallas escuchando al maestro Dennis instruyéndole sobre la cantidad de hombres
que deberían traer en primavera, enumerarle todas las distintas provisiones que tendrían
que conseguir para entonces, y discutir sobre el cambio de planes, Daemon sólo quería
encontrar a su esposa y disfrutar de una tranquila tarde en soledad.

Empujó la puerta de los aposentos para abrirla y se congeló. La túnica que Arina
había estado confeccionando estaba doblada sobre la cama, pero ningún otro signo de su
presencia. Cecile salió corriendo de debajo del lecho, chocó contra sus piernas y luego
hizo un giro alrededor de sus pies.

Daemon colocó el casco y los guantes sobre la mesa cercana al tálamo y se inclinó
para acariciar suavemente la cabeza del gatito.

—¿Dónde está la señora? —preguntó, pero la única respuesta vino como un


maullido suave.

¿Dónde podría haber ido Arina? Frunció el ceño, dejó la habitación y fue en su
búsqueda.

Después de una exploración rápida de la sala y del señorío no encontró nada. Al


entrar en el establo, una voz incorpórea le detuvo.

—Si buscas a mi hermana, entonces temo que no estas de suerte. Otra vez la has
permitido escapar.

Se dio la vuelta hacia la voz.

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—¿Qué dices?

Belial salió de las sombras, con el rostro sombrío, los ojos hundidos. Daemon se
regocijó ante la clara impresión de que la ira del demonio había llegado a su punto de
rotura.

El demonio sacudió la cabeza, un parpadeo de incredulidad iluminaba su mirada.

—Montó a caballo y se fue con Norbert y sus hermanos. Ella me dijo que iba a
reunirse contigo, ahora comprendo que me mintió —miró a la distancia con cierta
preocupación—. Una acción realmente increíble —susurró Belial—. Nunca pensé que
sería capaz de tal cosa.

La sangre de Daemon se heló. ¿Se había marchado con Norbert?

—¿Sabes en que dirección partieron a caballo?

—Montaron hacia el norte cuando se marcharon de aquí, pero pueden haber


cambiado de dirección.

Apretando los dientes con furia y dolor, Daemon cogió un caballo fresco y lo
ensilló. Con la facilidad de la experiencia, colocó las cinchas de cuero alrededor del
vientre del caballo. ¿Se la había llevado Norbert, o se había ido por propia voluntad?

Pero ¿por qué le había dejado voluntariamente? Y en cuanto la pregunta se


materializó en su mente, Daemon lo supo. Debido a la maldición.

¿Por qué se había marchado sin aliviar sus temores un poco más? Debería haber
sabido que ella haría algo tan estúpido. Daemon apretó la cincha con un último tirón,
luego se balanceó para subir al caballo.

—¿No quieres provisiones? —preguntó Belial, con un brillo extraño en los ojos.

—No —dijo, con una opresión en el pecho—. Pero quiero saber realmente cuanto
tiempo hace que se han ido.

—Se marcharon no mucho después que tú.

Prácticamente todo un día. La ira se enrolló en el vientre ante su insensatez y su


abandono. La parte racional le rogaba que desistiera y la dejara marchar, pero el corazón
le gritaba una negación, recordándole lo que sería su vida sin su maravilloso toque, su
tierna sonrisa. No, no podía dejarla marchar, no sin luchar.

Pero, ¿tendría tiempo para encontrarlos? Si cabalgaba toda la noche, podría


alcanzarlos. Siempre y cuando se detuvieran a descansar. Seguramente no podrían viajar
sin parar.

—Gracias —dijo Daemon, a continuación giró al caballo y lo espoleó a un galope.

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Arina miraba las llamas del fuego, mientras rememoraba la tormenta de nieve y
la noche en que había hecho el amor con Daemon. El fuego la calentaba las mejillas,
pero no hacía nada con la frialdad interior, una frialdad que requería el tacto de su
marido.

Arina cerró los ojos debido a la agonía que la estrangulaba la garganta. San Pedro
la ayudaría, lo único que quería era volver con él. Pero ¿cómo hacerlo? ¡Iba a morir y
sería culpa de ella!

—¿Mi señora?

Alzó la vista hacia Norbert, su cara estaba ensombrecida por la oscuridad. Le


tendía un tazón de gachas de avena.

—Pensé que podríais tener hambre.

—Gracias —dijo ella, tomándolo de sus manos, aunque debido al nudo de dolor el
estómago se la rebeló.

Norbert se agachó a su lado y echó más ramas al fuego. Después de unos minutos
de silencio, el volvió la mirada hacia ella.

—No os encontrará. Ahora estais a salvo.

Seguridad. ¿Se atrevería a esperar tal cosa? Pero no era su seguridad la que
anhelaba, o la preocupaba. Era la seguridad de Daemon la que buscaba.

¿Entendería lo que ella había hecho y el porqué? ¿O sería tan grande su dolor que
no entendería las motivaciones? El corazón se estrujó con tanto dolor que la dejo sin
aliento.

—¿Mi señora? —preguntó Norbert, su tono preocupado no hizo nada por aliviar el
pesar dentro de ella.

La cogió del brazo y tuvo que echar mano de todo el control para no estremecerse
o huir. Había sido tan amable desde que se habían iniciado la marcha. Pero él no era
Daemon, y no quería que ningún otro hombre la tocara de cualquier manera.

—Estoy bien, mi señor —dijo y cató un poco las gachas.

Norbert asintió con la cabeza, pero se acercó dudosamente a ella y percibió que
quería decirla algo más.

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El más joven de sus hermanos, Arturo, recordaba el nombre perfectamente, se
adelantó con una manta. Norbert se levantó y la cogió, a continuación, la abrigó
cubriéndola con ella.

—Deberíais descansar e intentar no preocuparos excesivamente —la dijo,


acariciándola los brazos—. No permitiré que el normando os haga daño. Lo juro.

Arina dejó las gachas de avena a un lado y se instaló frente al fuego. Levantando
la manta hasta la barbilla, suspiró cansadamente, agradecida a Norbert, pero con el
deseo de nunca la hubieran forzado a huir.

Norbert y sus hermanos habían hecho un hueco en la tierra apartando la nieve,


pero de todos modos la fría humedad se la filtró hasta el cuerpo. Mirando las vacilantes
llamas, permitió que la mente fuera a la deriva.

Por un momento recordó su divino hogar, los amigos que la esperaban allí. Y
aunque el recuerdo la llenó de felicidad, no podía compararse con la calida emoción que
se disparó a través de ella cuando sus pensamientos volvían a Daemon.

—¿Arina?

Abrió los ojos con el corazón martilleando. ¡Era la voz de Belial! Explorando el
campamento, intentó por todos los medios encontrar el rastro de la bestia, pero su
intranquila mirada nerviosa sólo encontró a Norbert y sus hermanos cerca del fuego.

El frío la provocó temblores en las manos y percibió el aroma a demonio.

—Aquí estás —dijo la voz incorpórea.

Se dio la vuelta para ver una sombra alada a su lado.

—Arriesgas mucho apareciendo tan cerca de la gente —susurró.

Él se rió, el sonido reverberó a través de los árboles, sabía que era de una alta
frecuencia que el oído humano no podía percibir. Pero los animales nocturnos
protestaron y gimieron por el sonido insidioso; y Norbert y sus hermanos desenvainaron
las espadas y miraron el contorno del bosque.

—Mi señora —dijo Norbert, volviendo a su lado—. Harald va a comprobar que


provocó ese ruido.

Asintió con la cabeza. Su hermano la palmeó la espalda antes de dirigirse hacia el


bosque.

—Bestias patéticas —dijo Belial con una sonrisa—. ¿Crees que debería dar un
festín a los lobos con su piel?

—¡No! —jadeó.

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Norbert la miró con el ceño fruncido.

—¿No quereis que vaya?

Arina dedicó una mirada furibunda a Belial, y luego volvió la vista hacia Norbert,
su temperamento cuidadosamente resguardado.

—No me refería a la partida de vuestro hermano, mi señor, sino más bien al


repentino frío que he sentido en el cuerpo.

Norbert la ofreció una sonrisa de complicidad.

—Voy a conseguiros otra manta.

Belial la rozó con una fría mano la mejilla.

—Que mentirosa te has vuelto. Estoy impresionado por tus capacidades.

Arina con una feroz sacudida del brazo le apartó la mano de un manotazo.

—Vamos ángel, eres más lista que eso. Ahora no puedes dañarme.

Arina tembló. Él se hacía cada vez más fuerte. Pronto no sería rival para ese poder
y tendría toda la fuerza para infringirla todo el daño que quisiera.

¿Qué haría entonces?

Norbert regresó con la manta prometida. La ofreció una tímida sonrisa mientras se
la colocaba encima.

—Descansad tranquila, mi señora. Estoy seguro de que el sonido no era nada


serio.

—Gracias —contestó, devolviéndole la sonrisa.

Cuando la dejó sola una vez más, se volvió hacia Belial.

—¿Por qué estás aquí?

—Quería encontrarte.

Un escalofrío la provocó temblores en las manos, y esta vez no tenía nada que ver
con las heladas del invierno.

—¿Por qué?

Antes de que Belial pudiera contestar, escuchó como un caballo se acercaba. El


miedo se dio un banquete con el corazón.

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—No —susurró, sabiendo quien era el jinete incluso antes de verle. El pánico la
consumió.

Daemon entró en el claro con su caballo haciendo cabriolas. Saliendo de su


estupor Arina se abalanzó sobre él con el corazón martilleando.

—No ¡bastardo del diablo! —gritó Norbert hacia Daemon mientras desenvainaba
la espada—. Nunca la tendréis.

Con el cuerpo helado Arina miró hacia su marido.

Daemon se había detenido. Con la espalda rígida miraba a Norbert. Una repentina
ráfaga de viento le apartó hacia atrás la trenza rubia que llevaba sobre el hombro
derecho, haciendo ondear por detrás su capa.

Incluso a esa distancia, pudo ver la maldad brillar en sus ojos.

—No me obligues a matarte, sajón. Es a mi esposa a quien has cogido. Date la


vuelta y puedes ir en paz.

Ella contuvo la respiración mientras Norbert cargaba hacia delante. El caballo de


Daemon se encabritó, alejándose de la espada de Norbert.

—¡Prefiero mandarte al infierno primero!

Daemon controló la montura, luego se deslizó de la silla y desenvainando la


espada. Las lágrimas la brotaron de los ojos y temió desmayarse. ¡No podían luchar! No
por la maldición y no con su presencia para atestiguar el acontecimiento. ¡Sería la
muerte de Daemon!

Norbert y Daemon se quitaron las capas.

—¡No! —gritó, corriendo para colocarse entre ellos antes de que pudieran
comenzar la lucha de espadas.

Agarró fuerte la túnica marrón de lana de Daemon.

—Milord, por favor, no lo hagas por mí.

La mirada de sus ojos marrones la atravesó. Deseó poder aliviar la agonía que la
dejó sin aliento, pero no podía, no a costa de su vida.

Él pasó un brazo alrededor de ella y la sostuvo cerca del corazón palpitante.

—Vuelve conmigo.

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—No puedo —dijo, ahogándose con los sollozos, sintiendo las palpitaciones con
los dedos. No podía soportar pensar tocarle el pecho y no volver a percibir el latido
estable de su corazón—. No hay ninguna posibilidad para nosotros.

Su mandíbula se tensó y la miró airadamente.

—¡No digas eso! No es así.

—Pero sí es así, milord —sollozó—. Te ruego que me dejes todavía que puedes.
Tienes que vivir por mí.

Él abrió la boca para responder, pero antes de poder, Norbert la agarró y la empujó
a los brazos de su hermano.

—Sujétala, Arthur.

—¡No! —gritó ella otra vez, tratando de liberarse, pero el asimiento de Arthur no
se soltó.

—Esto es entre nosotros, normando. Es tiempo de que pagues por las almas que
has arrebatado, las vidas que has destruido. —Cruzaron las espadas—. ¡Dale a tu amo
infernal mis saludos!

El sonido de metal contra metal, la abrasaba el alma, la conciencia.

—¡Por favor, Dios, no! —exclamó, las palabras la ardieron en la garganta. El


dolor se hizo eco en su cuerpo y lloró, incapaz de soportar la visión de los dos hombres
que trataban de matarse el uno al otro.

Todos sus sentidos se embotaron, menos la audición. Con una claridad cristalina,
oía como las espadas golpeaban, cada gruñido de Daemon, y contuvo la respiración,
asustada de escuchar el gemido de un golpe mortal.

De repente, una luz se abrió paso en sus cabezas.

Arina miró a través de las lágrimas y jadeó. Invisible a los hombres, Kaziel
descendió y se unió a la lucha. Conteniendo el aliento jadeante ella vio a Kaziel agarrar
la espada de Norbert y lanzarla lejos.

Así que Kaziel era el guardián de Daemon. Arina miró hacia el cielo y dijo una
plegaria silenciosa dando las gracias.

Belial se abalanzó hacia delante con un gruñido y separó al ángel de los hombres.

—¡No! ¡No puedes interferir!

Kaziel giró en los brazos de Belial.

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—Esta noche no se cumple el tiempo de Daemon, demonio. ¡Harías bien en
recordar que no debemos interferir!

Arina se sintió aliviada. «Esta noche no se cumple el tiempo de Daemon». La frase


la iluminó el corazón mientras la repetía una y otra vez, deleitándose con su dulce
sonido.

Pero aun así, Norbert se precipitó hacia Daemon y le agarró de la cintura. Daemon
soltó a un lado su propia espada y los dos lucharon con los puños.

Belial voló hasta su lado, los dedos de un frío cortante la cogieron de la barbilla y
la obligaron a mirarle.

—Puede que esta noche esté a salvo, ángel. Pero será mío. No te regocijes tan
pronto.

Tragó saliva, el miedo reclamaba una vez más hacer posesión de ella. El
significado de las palabras de Belial. Sólo esperaba poder impedir que se hicieran
realidad.

La lucha continuó durante unos minutos más hasta que Daemon sujetó a Norbert
al suelo. Recuperando la espada, la sostuvo contra el cuello de Norbert.

—Abandona la lucha, sajón —dijo con la respiración entrecortada.

Norbert se incorporó sobre los codos, alzó la vista hacia Daemon, la mirada dura y
condenatoria.

Su espada nunca tembló, Daemon la miró.

—Arina —la llamó—. Ven aquí.

Arthur la liberó mientras Harald irrumpía en el claro. La indecisión brilló en sus


ojos, pero Daemon presionó la punta de la espada en el cuello de Norbert.

—No lo hagáis. —les advirtió con un tono mortal.

Harald dejó caer la espada y se colocó al lado de Arthur.

Todavía aprensiva e insegura de si lo que hacía estaba bien, Arina se acercó a su


marido.

Daemon la abrigó con un brazo protector y la dio un apretón tan fuerte que casi la
rompió las costillas.

Liberándola, la obligó a permanecer detrás de él. Quitó la espada del cuello de


Norbert y la envainó.

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—Sugiero que sigáis vuestro camino. Ni vos ni vuestros hermanos son bienvenidos
en mis tierras.

Daemon la ayudó a subir al caballo, luego montó detrás de ella. Norbert no se


movió del suelo, pero su ira era tal, que casi esperó que se incorporara y volviera a
atacar a Daemon.

Azuzando al caballo con los pies, Daemon la abrazó y dejaron los campos sajones.
A pesar de que él no dijo nada, Arina sintió el dolor de su interior y deseó calmarlo.

Los kilómetros volaron antes de que Arina encontrara el coraje para hablar.

—Tuve que marcharme.

—Lo sé —dijo con un tono de amargura.

—¿Entonces por qué vinisteis a por mí?

La cólera se mezcló con la ternura en sus ojos y sus brazos la apretaron por la
cintura.

—Siempre iré a por vos, milady.

Aunque sus palabras le mandaron una oleada caliente al corazón. La frustración y


la necesidad de hacerle entrar en razón gritaban dentro de ella. Pero se mordió la lengua.
Daemon nunca estaría de acuerdo con ella sobre este asunto.

Belial hizo una mueca. Un vez más la fuerza interior le estrujaba las tripas.

—Demonios —maldijo, incapaz de ignorar la insistencia. Tanto si quería como si


no, tenía que prestar atención a la llamada.

Cerró los ojos y abrió el camino. La luz se proyectó a su alrededor cuando cayó a
través de las dimensiones del tiempo y el espacio. El dolorido cuerpo de pronto se
encontró en el infierno, el acre olor le ahogaba.

Tal y como había previsto, aterrizó en la sala principal del trono. Luces naranjas
bailaban por las paredes haciendo billar el azufre. Escuchó los ecos de los gritos a su
alrededor, y miró a la silla de su amo.

Mefistófeles estaba sentado en el trono de oro de Lucifer, mirándole fijamente,


como si tuviera muchas ganas de destrozar la carne del demonio. Acariciaba al jabalí
negro que estaba encadenado al brazo del trono y posó una mirada hostil sobre Belial.

Aunque Belial nunca se había fijado en Mefistófeles cuando habían sido


verdaderos ángeles, admiró a Dios por la hermosa apariencia que había otorgado a
Mefistófeles. Hasta que con cada año pasado, los cuernos de su cabeza crecieron, la piel
se extendió, y los colmillos destacaron.

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—Saludos, hermano Belial —dijo Mefistófeles con la saliva goteando de los
colmillos.

Sorprendido por la presencia de Mefistófeles, Belial se colocó frente a su mayor


rival.

—¿Dónde está Lord Lucifer?

Mefistófeles se encogió de hombros.

—Divirtiéndose con sus maldiciones, sin duda.

—¿Entonces por qué fui convocado?

Una sonrisa curvó los labios de Mefistófeles y un escalofrío de miedo bajo por la
espalda de Belial. Desde el día de su caída, Mefistófeles había codiciado el puesto de
Belial como segundo comandante de Lucifer, y Belial reconocía la familiar envidia y el
odio que ardía en los rojos ojos de Mefistófeles.

—Lucifer quiso que te informara de su descontento.

—¿Su descontento? —preguntó Belial. El miedo se enrolló en el vientre y tragó.


El carácter de Lucifer no era algo que quisiera provocar.

—Si, querido hermano —dijo Mefistófeles, rascando las orejas del jabalí—. Al
parecer has estado perdiendo el tiempo y Lucifer está ansioso por las almas prometidas.
¿Cuánto tendremos que esperar por ellas?

—Estoy haciendo lo que puedo.

Mefistófeles rió, agarró con el puño el pelaje de la bestia. Su mano se congeló y


un brillo ilumino su color rojizo.

—¿Quieres que trasmita ese mensaje a Lucifer?

Un temblor de miedo le atravesó la espina dorsal.

—No. Dígale que las tendrá muy pronto.

Mefistófeles abandonó el trono de Lucifer y se acercó hasta los pies de Belial. Lo


agarró de la pechera y lo atrajo hacia él.

—Por tu bien, más vale que sea así. Sabes cuánto lamenta Lucifer ser
decepcionado. La verdad es que ya ha preparado un hoyo especial para ti si fallas. ¿Te
gustaría verlo?

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El terror cubrió a Belial. Había pasado muchas noches en los pozos de Lucifer
para saber el tipo de dolor que provocaban. Incluso ante el mero recuerdo, el cuerpo se
le contraía violentamente de miedo.

—Lucifer se está cansando de esperar —escupió Mefistófeles, empujándole a los


brazos de un demonio que estaba allí—. Te sugiero que te des prisa.

Un latigazo le fustigó la espalda, Belial se quedó sin aliento por el fuego que se
desató a lo largo de la columna vertebral. Cayó de rodillas, con las piernas demasiado
débiles para sostenerle.

—No falles, Belial.

De repente se encontró de nuevo en el bosque. Se llevó la mano a la espalda


dolorida. Cuando la sacó, vio sangre.

Gimiendo, Belial se mantuvo tendido en el suelo, necesitaba tiempo para recuperar


su fuerza. ¿Qué iba a hacer? No podía arrebatar el alma de Daemon antes de la hora de
su muerte. ¿Qué podía hacer, si Kaziel seguía interfiriendo?

Belial se estremeció, su mente rasgada entre disgustar a Lucifer y cruzar


voluntades con Dios.

Que opción podía coger. ¿La ira de Dios o la de Lucifer?

El miedo agarrotó su pecho. ¿Por qué alguna vez había seguido a Lucifer? Debería
haber sabido lo que acarreaba creer en las mentiras de Lucifer.

Qué maldito idiota había sido.

Belial frunció los labios. Cuanto odiaba que le dieran ordenes. Desde que ellos
habían caído, Lucifer no había hecho nada salvo pisotearle y Belial estaba cansado.

Cuando accedió a unirse a Lucifer, el hijo de puta le había prometido una parte
igualitaria de su reino. Sin embargo, Belial sólo compartía la igualdad con las otras
almas condenadas que Lucifer torturaba. Sí, con mucho gusto daría a Lucifer lo que
Lucifer les daba.

Belial cerró los ojos intentando que la impotente furia desapareciera. Porque al
final, sabía que no tenía ninguna opción.

Independientemente de las leyes de Dios, debía hacer cumplir la maldición y


reclamar a Daemon y Arina.

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CAPÍTULO 18

El viaje de regreso a Brunneswald fue árduo. Arina consiguió dormirse a ratos, pero
el furioso silencio de Daemon la irritaba. Sus intentos de conversación habían terminado
en fracaso.
Hacía poco tiempo que había amanecido, y Arina se maravilló de la belleza del
encaje rosa y azul del cielo. El aire de la mañana era fresco y dulce, la brisa le escocía en
las mejillas con el frío mientras cabalgaba.
Lo que daría por pasar toda una vida viviendo tales momentos en los brazos de
Daemon. Se irguió ante el pensamiento de los brazos mortales de Daemon, unidos a un
cuerpo mortal que estaba destinado a perecer.
Cerró los ojos contra la ola de dolor que atravesó su corazón. Si fuera humana,
podrían tener un futuro que planificar, un futuro lleno de esperanzas y sueños reales, y de
hijos nacidos de su amor. Oh, tener un precioso momento en el que podría sostener un niño
en sus brazos, un niño que la uniría con Daemon para siempre. ¿Por qué era imposible ese
sueño?
Arina ignoró la voz en su corazón que le respondió y, por primera vez desde su
creación, despreció a los ángeles. Despreció todo lo que se interponía entre ella y su
marido.
Por fin, entraron en el patio. Daemon saltó al suelo con ella cogidaa. Avergonzada
por su continuo abrazo, trató de retorcerse en sus brazos, pero él aumentó su apretón.
—Puedo caminar, milord.
—Sí, y correr también.
Dejó de moverse y le miró. Tenía la mirada en blanco y no dijo nada más mientras la
llevaba al interior. La gente se acababa de despertar y se detenían en sus rutinas matutinas
para mirarlos.
Arina desvió la mirada, avergonzada por el brillo especulativo en los pocos pares de
ojos que notó. El calor le subió por las mejillas y, a pesar de desear que Daemon la soltara,
mantuvo su silencio.
Finalmente Daemon entró en su cámara y la depositó en la cama.
—Debería encadenaros —dijo, su voz tan vacía como sus ojos.

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Ella tragó saliva. Nunca se lo haría. Era sólo el dolor lo que le hacía amenazarla, el
daño que le había hecho.
—No quise haceros daño.
—Seguro.
Arina se estremeció ante el sarcasmo subyacente en su tono.
—Si milady hizo tanto daño sin intención, entonces odiaría ver qué podríais hacer si
os aplicarais.
La furia le oscurecía los ojos, y se dio la vuelta como si no pudiera mantener la
mirada más tiempo sobre ella.
Las lágrimas afloraron a sus ojos, pero se negó a dejarlas caer. Tenía derecho a estar
enfadado.
Cuando volvió a hablar, su voz era apenas un susurro en la silenciosa habitación.
—Pensé que después de vuestra última fuga habíais decidido quedaros.
Tenía que hacerle entender que le abandonaba por su bien, no por él en sí.
—Estaba tratando de encontrar la forma de romper la maldición, pero cuando cayó el
hachero, me di cuenta que era tentar al destino permanecer aquí. Sólo quería protegeros.
Daemon sacudió la cabeza y apoyó las manos contra el respaldo de la silla frente a él.
Todavía de cara a la pared, suspiró.
—No quiero vuestra protección. Sólo os quiero a vos.
Arina cerró los ojos contra el calor que sus palabras llevaron a su corazón y el deseo
que las acompañaba le hizo querer quedarse con él para siempre.
No podía sentirse así, no si quería salvarlo.
Cualquier cosa que hiciera, debía mantener su mente despejada de emociones.
—Por favor, Daemon, entended que no puedo permanecer aquí y ser responsable de
vuestra muerte. Simplemente no puedo.
Cruzó la sala y puso la mano es su rígido hombro. Sus músculos se endurecieron
bajo sus dedos, pero no hizo ademán de retirarse.
—Cuando cayó el hachero, me di cuenta que no hay momento o lugar para nosotros.
Vos tenéis vuestro mundo y yo tengo el mío. No somos de la misma carne.
Se dio la vuelta y la sujetó por los brazos. Su furiosa mirada buscó la de ella. Y por
debajo de su rabia, el dolor brilló en las profundidades de dispar color, robándole el aliento
y la voluntad.

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—¿Cómo podéis decir eso? Es vuestra carne lo que siento junto a mí, carne humana.
Ella sacudió la cabeza.
—Es una ilusión temporal.
Aumentó el estrecho dominio que tenía sobre sus brazos, y ella sintió el deseo que él
tenía de sacudirla.
—Como es mi cuerpo, como es el de todos.
—No, es diferente —insistió—. Vos fuisteis creado para vivir como un humano.
—¿Lo fui? — La amargura remplazó su ira—. Nunca he vivido como los demás.
Toda mi vida he vivido solo, sin familia, sin amigos. ¿Esa es la manera de los humanos?
Arina tragó y su pecho se endureció de miedo y aprensión.
—No quiero que vos muráis.
—Y yo no quiero vivir, a menos que os tenga a vos.
Ella cerró los ojos, incapaz de enfrentarse a la sinceridad de su mirada. ¿Por qué
hace esto Daemon? ¿Por qué es tan terco?
—¿Estaríais dispuesto a condenaros por un placer momentáneo?
—Por un dulce momento con vos, sí —dijo él con su voz rica y segura—. Ni una
sola vez en mi vida he esperado envejecer, y prefiero vivir un día en vuestros brazos que el
resto de mi vida en el vacío que ha sido mi destino desde que nací.
Arina se apartó de él, sus palabras la marcaron, emocionándola. Sería tan fácil
quedarse, tan, tan fácil darle su promesa de que se quedaría con él durante el tiempo que el
destino hubiera reservado para ellos. Pero el precio era demasiado alto y no estaba
dispuesta a pagarlo.
Los pensamientos cruzaban su cabeza mientras buscaba algún argumento que le
hiciera comprender su lado del problema. Si sólo pudiera ver las cosas como ella hacía.
Sí, eso es. Debo mostrárselo.
Elevando la barbilla, se dio la vuelta.
—¿Y si la maldición dijera que soy yo la destinada a morir en vuestros brazos,
milord? —preguntó, acercándose a él.
Arina le tocó la mejilla, la barba raspaba suavemente su palma, y ella quiso tiempo
para ganarse su amistad. Pero el tiempo trabajaba en contra de todos los seres mortales.

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—¿Estaríais dispuesto a tomar vuestro placer en el presente si supierais que cualquier
día mi vida podría terminar y que podríais tener que vivir toda vuestra vida sin mí?
¿Podríais estar a mi lado sabiendo cuál es el precio?
Daemon respingó ante sus palabras. En ningún momento había pensado de esa
manera.
Ella asintió.
—Es como yo pensaba. Nunca tomaríais ese riesgo. Sin embargo, vos esperáis que
yo lo haga.
—No es lo mismo —dijo con la garganta apretada.
—Sí, lo es y vos lo sabéis.
Daemon apretó los dientes, el nudo en su estómago le oprimió incluso más. Sí, él lo
sabía, lo sabía y maldecía.
—Entonces, ¿qué nos queda?
—No lo sé —respondió con los ojos apagados—. Solo sé que no puedo poner
vuestra vida en peligro durante más tiempo.
Se alejó de él con los hombros caídos mientras se retorcía las manos. Su evidente
miseria le trajo un dolor ardiente a su garganta.
La indecisión lo atormentó. La vida nunca había sido más que una carga molesta y
con mucho gusto la apartaría a un lado. Sin embargo, no podría permitir que su muerte
rondara a Arina. La culpa la destrozaría.
Pero dejarla le destruiría el corazón. Daemon suspiró, sin saber qué hacer. Apretó los
dientes y se maldijo. Era un bastardo egoísta, pero no tan egoísta como para hacerle daño.
Así fuera. Había tenido su momento con ella. No pediría más. Dado que la muerte
era su condena, se reuniría con ella valientemente. Pero sería lejos de su Arina.
—Muy bien —dijo Daemon al fin—. Os quedareis aquí donde estáis a salvo. Haré
un acuerdo con mi hermano para vuestro bienestar. Estoy seguro que nombrará un
administrador leal a él, pero vos tendréis la última palabra —aclarándose la garganta, se
sacó los guantes de las manos—. Partiré hacia Londres por la mañana.
Arina jadeó. Era lo que quería, así que, ¿por qué le dolía el corazón como si se
estuviera rompiendo?
—Vamos, milady. Ninguno de nosotros ha descansado. Dudo que vaya a morir en
mi sueño, así que vamos a tomar nuestro descanso.

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Arina asintió con la cabeza, su garganta demasiado apretada para hablar. En su
interior su corazón se encogió. Se mordió el labio para evitar que las lágrimas contenidas
cayeran. Debe ser de esta manera.
Y sin embargo maldijo su destino.
Completamente vestida, se dejó caer sobre la cama, su alma gritando para que le
mantuviera cerca. Daemon se sacó la túnica por la cabeza y se unió a ella. Sus fuertes
brazos la rodearon y atrajeron a su caliente y duro pecho.
Se estremeció, no quería nada más que permanecer así para siempre, pero sabía lo
imposible que era ese sueño. Su aliento cayó contra su cuello y se estremeció. ¿De verdad
no hay manera de romper la maldición?
Quizá, en su ausencia ella podría encontrar alguna manera, entonces podría enviar
por él. Sí, eso haría. Sólo era una separación temporal. Tan pronto como él estuviera lejos
y seguro, haría todo lo que debiera para disolver el pacto y entonces estarían juntos.
Aferrándose a esa querida idea, cerró los ojos y se permitió sucumbir al sueño.
Daemon se despertó ante las insistentes sacudidas de Wace.
—Milord, perdonadme —susurró— pero una enfermedad se ha apoderado de
Ganille. El caballerizo me mandó a buscaros.
Con el ceño fruncido, Daemon se irguió, cuidando de no despertar a Arina.
Recuperando su túnica, volvió a fruncir el ceño. ¿Qué habrá pasado con mi caballo?
Se puso la túnica y se disculpó con Wace. Ganille había estado bien esa mañana
cuando habían regresado. ¿Qué dolencia podría haberle llegado al corcel tan de repente?
Entrecerrando los ojos, supo la respuesta. Belial. La bestia probablemente había
envenenado a Ganille para entretenerle en Brunneswald. Con la ira aumentando, Daemon
salió del torreón y se dirigió al establo.
En el momento en que abría la puerta, su ira se disipó. ¿Cómo podría Belial saber
que había planeado irse? Arina había dicho que Belial no podía leer las mentes. Sin
embargo, ¿qué otra cosa podía haber contaminado al semental, sino la maldad de Belial?
El jefe de caballerizas se reunió con él en la casilla de Ganille, con el rostro sombrío.
—Debe haber sido avena en mal estado, mi señor.
El sudor cubría el cuerpo de Ganille y el caballo luchaba por respirar. Daemon
acarició su nariz de terciopelo, deseando poder aliviar algo del evidente dolor del caballo.
—¿Se pondrá bien?

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—Es difícil decirlo —dijo el jefe de cuadras, limpiándose la nariz con una mano
sucia—. No sé exactamente qué enfermedad le aqueja.
Daemon asintió.
—Mantened un ojo en él y hacedlo lo mejor posible.
—Sí, mi señor.
Daemon suspiró. La enfermedad de Ganille no era suficiente para detenerle de su
marcha. De hecho, no era más que una simple molestia. Podía fácilmente usar otro caballo
para llegar a Londres, y una vez allí, comprar otro caballo de guerra. Pero llevaba mucho
con el semental, y odiaba perder a un animal tan bien entrenado.
Con una última caricia a la cabeza del caballo, empezó a abandonar la casilla, pero
algo sólido le golpeó en la parte posterior de la cabeza.
El dolor estalló en su cerebro y cayó al suelo. Sacudiendo la cabeza para aclararla,
intentó levantarse, pero otro fuerte golpe le quitó el aire de los pulmones. ¿Qué estaba
pasando?
Unas ásperas manos le agarraron y le ataron con cuerdas las muñecas. Con la ira
ardiendo a través de él, Daemon luchó contra su atacante. Pero su visión borrosa y la
desorientación le dejaron muy vulnerable.
—¡Apresadle!
Daemon frunció el ceño al oír la voz de Edred y, de repente, se dio cuenta que había
varios hombres rodeándole. Dos grandes y corpulentos sajones tiraron de él hacia la parte
delantera del casillero. Allí le ataron las manos a los postes de madera y le forzaron a
arrodillarse ante el fraile.
Edred se adelantó con un frasco de agua y le mojó la cara y la túnica con ella. Su voz
resonó, las palabras del exorcismo demasiado familiares incluso para los aturdidos sentidos
de Daemon.
—Que el mal se incline ante el bien, y los impíos ante las puertas de los justos.
—¿Qué creéis que estáis haciendo, fraile? —gruñó Daemon con la visión todavía
confusa por los golpes.
—Vigilad la puerta —Edred llamó a uno de los hombres cercanos a Daemon,
ignorando la pregunta—. Podría llamar a uno de sus subordinados para salvarlo.
Edred se volvió hacia él.
—¡Os vi anoche en mis sueños y sé lo que sois! —de nuevo roció de agua la cara de
Daemon.

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El que estaba detrás de Daemon rasgó su túnica y expuso su espalda. La furia hirvió
en las venas de Daemon. Los recuerdos se apoderaron de él y sin que le dijeran nada, sabía
lo que venía a continuación.
Daemon gruñó, tirando contra las cuerdas hasta que sus muñecas ardieron.
—¡Soltadme! —gritó y se lanzó hacia el fraile frente a él.
Edred tropezó fuera de su alcance.
—Amordazadle —instruyó al hombre de detrás de Daemon.
Daemon hizo lo mejor que pudo para evitar que las ordenes fueran llevadas a cabo.
Gritó a Wace, pero antes de que pudiera emitir sonido alguno, la tela cubrió sus labios.
Una vez más, Edred empezó a recitar su llamada a Dios.
—Señor, abre sus ojos para que pueda convertirse de las tinieblas a la luz y del
dominio de Satanás al de Dios, que pueda recibir perdón por sus pecados y su herencia
entre los santificados por la fe —hizo una pausa y asintió con la cabeza a quien estaba
detrás de Daemon.
Una vez más Daemon estiró el cuello para ver a quién hablaba Edred, pero antes de
que pudiera, el dolor le atravesó la espalda y reconoció el familiar golpe del látigo.
Tan fuerte como pudo, tiró de las cuerdas y una vez más, éstas resistieron. Una y otra
vez el látigo cruzó su espalda, el dolor explotó a través de él hasta que la voz de Edred se
extinguió y todo a su alrededor se desvaneció.
Arina se estiró y bostezó. Se acercó a su marido, pero sólo encontró el vacío.
¿Dónde se ha ido?
Bostezando de nuevo, salió de la cama, abrió la ventana y se dio cuenta de que era
tarde. Recorrió el patio y espió a los niños jugando y la gente animada con las tareas y
deberes. No viendo a Daemon entre ellos, abandonó sus cámaras y entró en la sala.
Wace estaba sentado en una esquina limpiando cuidadosamente la armadura de
Daemon con un paño con aceite. Si alguien sabía donde había ido Daemon, ese sería
Wace.
—Buen día —le dijo acercándose.
Wace levantó la vista de su tarea con una sonrisa.
—Buen día, milady. ¿Confío en que dormisteis bien?
Ella asintió, devolviéndole la sonrisa.
—¿Habéis visto a lord Daemon?

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—Yo no lo buscaría si fuera tú.
Ella se irguió ante la voz de Belial. ¿Cómo he fallado en notar su mal olor?
—¿Y por qué no?
Belial se detuvo a su lado con las manos tras su espalda.
—Estaba terriblemente enfadado contigo cuando supo que te habías ido. ¿Verdad,
buen Wace?
—Sí, milord —dijo Wace, sus manos deteniéndose mientras miraba de ella a Belial.
El demonio emitió un suspiro nostálgico.
—Incluso juró golpearte por tus actos.
Arina levantó la barbilla.
—No parecía tan enfadado cuando fuimos a la cama.
Una cruda sonrisa curvó los labios de Belial y recorrió el cuerpo de ella con una
mirada sarcástica.
—Pocos hombres mantienen su furia cuando una hermosa mujer yace en su cama.
Ella apretó los dientes disgustada por su crudeza.
—¿Dónde está?
Belial se encogió de hombros.
—¿Cómo voy a saberlo?
—¿Milady?
Ella enfrentó a Wace.
—Fue al establo hace casi una hora para comprobar a Ganille. No le he visto desde
entonces.
—Gracias, Wace —le dijo.
Dando la vuelta, se encontró que Belial le bloqueaba el paso.
—Disculpa —intentó rodearle para pasar, pero él se lo evitó.
Un temblor de miedo agitó de su cuerpo. ¿Por qué está Belial haciendo esto? Algo
debía ir mal. Una luz de conocimiento iluminaba sus ojos.
—Recuerda, no puede morir si no lo hace en tus brazos —susurró.
¿Cómo podría olvidarlo?

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De repente, ella captó el significado. ¡Daemon estaba en peligro! Arina comenzó a
irse, entonces se detuvo. Si ella le buscaba, ¿podría causarle la muerte?
Y, sin embargo, sentía la apremiante necesidad de encontrarle y tener la certeza de
que nada le había pasado.
Un nuevo temor se apoderó de su pecho. ¿Podría morir Daemon incluso sin estar ella
presente? Un escalofrío la recorrió. ¿Qué pasaba si estaba meramente herido? Por no ir, ¿le
causaría la muerte?
Ve a él.
Ella parpadeó, reconociendo la voz de Kaziel.
—Wace, venid conmigo —dijo, antes de levantar el dobladillo de su sayo y correr
hacia el establo.
Empujó contra las puertas del establo, pero no se movieron. El pánico la recorrió.
Algo iba mal, horrendamente, terriblemente mal.
Wace se unió a ella, e intentó abrir las puertas.
—¿Están cerradas? —preguntó sorprendido.
—¿Hay otra manera de acceder al interior?
—Sí, milady. Hay una pequeña puerta en la parte trasera.
Determinada a encontrarle, corrió alrededor del establo con Wace un paso por detrás.
Wace se adelantó y abrió. La esperó y juntos entraron.
Arina se detuvo. Incapaz de creer la visión que percibía, se entumeció durante un
latido, entonces la ira golpeó a través de ella.
—¡No! —gritó.
—Santa Madre —exhaló Wace— ¡Pediré ayuda!
Arina apenas entendió sus palabras por el horror que la llenaba. Aturdida, corrió
hacia su marido.
El hermano Edred levantó la mirada y la agarró antes de que pudiera llegar al lado de
Daemon.
—Milady, por favor —dijo, manteniéndola a distancia—. No debéis interferir.
Estamos llevando a cabo el trabajo de Dios. Debe hacer penitencia por su maldad si
queremos salvar su alma.
Ella se giró en los brazos de Edred.
—¡Sois vos quien es malvado! —dijo, alcanzando a Daemon.

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Éste descansaba sobre sus rodillas, su cuerpo entero empapado en sangre. Ella
ahuecó su cara en las manos y levantó la cabeza.
Ante el febril ardor de su piel, retrocedió horrorizada. Una sucia mordaza le cubría
los labios.
—¡Milady, no interfiráis! —dijo el hermano Edred.
La puerta principal se abrió de golpe. Ella levantó la mirada para ver a Wace
liderando un grupo de hombres de Daemon. Estos se apoderaron de los tres hombres que
estaban con el hermano Edred.
—Habéis condenado su alma con vuestras acciones.
Ignorando al fraile, Arina tiró de la mordaza de la boca de Daemon. Su aliento llegó
en superficiales y dolorosos jadeos. La agonía y el temor crecieron en su interior.
—Sois vos quien está condenado, fraile. El Señor nunca podría hacer esto.
Wace se adelantó y cortó las cuerdas que sostenían a Daemon. Éste cayó en los
brazos de ella y lo abrazó con todo el cuerpo temblando de miedo por perderlo.
—¡Es hijo de Lucifer! —insistió el hermano Edred—. Puedo probároslo, milady.
Ella levantó la vista hacia él, la rabia embotaba su vista. Quería arrancarle el corazón
por lo que había hecho.
—No podéis probar lo que no es cierto —dijo entre los dientes apretados.
—Sí, es cierto —insistió—. Mirad bajo su pelo y veréis la marca del diablo. ¿Por qué
creéis que lo lleva largo mientras que los demás de su tipo lo llevan corto?
Su ira se duplicó, agarró al fraile por la manga y lo obligó a arrodillarse junto a ella.
Acunando la cabeza de Daemon contra el pecho, tiró del pelo hacia atrás y le mostró a
Edred la marca que escondía.
—Es la marca de nuestro Señor la que porta, hermano, no la del diablo.
La mandíbula del hermano Edred cayó y la sorpresa oscureció sus ojos.
—Es a un hombre inocente al que habéis castigado.
A regañadientes, Arina soltó a Daemon y permitió a sus hombres llevarle fuera del
establo. Poniéndose en pie, se enfrentó al fraile.
—Si yo fuera vos, hermano, me preocuparía de hacer penitencia por mi propia alma.
Le dejó boquiabierto y siguió a Daemon.

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Las horas pasaron rápidas para Arina mientras trataba de detener el flujo de sangre y
preparaba cataplasmas para combatir la infección. Daemon permaneció inconsciente y ella
rezó por su supervivencia. No podía morir, no así.
Mucho después de que la sala se hubiese establecido para dormir, Arina dejó a Wace
velando a Daemon mientras iba a buscar a Belial. Durante la última hora en la que había
atendido a su marido, una nueva manera de romper la maldición le había llegado, una que
nunca había pensado.
Aunque la mera idea la aterrorizó, se dio cuenta que ese precio era uno que podía
permitirse, uno que de buena gana pagaría.
Arina encontró a Belial en el pequeño jardín exterior. Se ciñó la capa más fuerte a su
alrededor, sorprendida de que él pudiera aguantar el frío mientras que a ella el helado
viento le cruzaba el rostro y le quitaba el aliento.
Sin un manto para calentarse, él se sentaba en un banco de madera, mirando al cielo.
—Es una vista adorable, ¿verdad? —preguntó mientras ella se acercaba.
Arina alzó la vista.
—No me preocupan las vistas esta noche.
—No, supongo que no —la miró, sus brillantes y rojos ojos ilegibles—. ¿Cómo está?
Ella se irguió ante su audacia.
—¿Por qué lo preguntas?
Se encogió de hombros y volvió a mirar a las estrellas.
—Daemon es un oponente excepcional.
—¿Toda la gente es eso para ti? —preguntó Arina, casi compadeciéndose de su
horrible existencia.
Él se rió, y echó la cabeza hacia atrás.
—Oh, mira quién me acusa de insensible —sentándose con la espalda recta, la
atravesó con una maliciosa mirada—. Al menos no me deshago de sus miserables almas en
el infierno. Yo no soy a quien se aferran y piden perdón. ¿Cuántas almas has llevado a la
agonía final?
Ella tragó saliva, sus palabras la desgarraron de lado a lado.
—No tengo elección sobre lo que hago.
—Y yo tampoco.
Arina se acercó a él y pese a que parte de ella la urgía a huir, se sentó a su lado.

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—¿Cómo es estar condenado?
—No lo puedes imaginar —la amargura en su voz la tomó por sorpresa.
—¿Por qué no? —susurró, preguntándose qué se sentiría experimentando el reino de
Lucifer.
—Porque no hay nada como eso en este mundo o el tuyo.
Ella asintió con el corazón latiéndole de miedo y remordimiento.
—¿Te arrepientes de lo que has hecho?
Belial la miró, sus rojos ojos inquietantes en su dolor.
—Me arrepiento de cada decisión que alguna vez he tomado —se puso rígido como
si de repente fuera consciente de ella por primera vez, y miró de nuevo hacia arriba—.
¿Qué te trae por aquí fuera?
Arina respiró profundamente buscando valor.
—Tengo algo que pedirte.
—¿A mí? —preguntó incrédulamente—. Encuentro difícil de creer que te dignes a
pedirme un favor.
—Cree lo que quieras, pero aquí estoy.
—Así que estas aquí, ángel —él se mordió el labio y miró en su dirección—. ¿Qué
es lo que quieres?
—Un intercambio —dijo, y entonces se apresuró a decir las palabras ensayadas antes
de perder el coraje de pronunciarlas—. Si te doy mi alma, ¿perdonarías la vida de
Daemon?

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CAPÍTULO 19

Belial se enderezó, su atención finalmente sobre ella.


—Bromeas.
—No —dijo, un escalofrío la recorrió ante la mera idea de sacrificarse, un sacrificio
del que nunca debía permitir a Daemon saber nada.
Los ojos del demonio ardían.
—¿Tanto significa el mortal para ti?
Levantó la barbilla, negándose a responder a la pregunta. Él sabía su respuesta, y
temía que al pronunciarlo, de alguna manera, le diera más fuerza.
Sacudiendo la cabeza, Belial esbozó una pequeña sonrisa.
—Eres una tonta.
Las mejillas se le calentaron con la burla. Sí, era tonta, pero no tenia elección. Se
negaba a ver a Daemon castigado por algo que ella había hecho.

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—¿De acuerdo?
Él asintió con la cabeza.
—Sí.
Arina cerró los ojos, aliviada y con todo, aterrorizada. Pero prefería perder su propia
alma y otorgar la vida a Daemon.
—Gracias —susurró, frotándose el escalofrío de los brazos—. ¿Cuándo me
reclamarás?
Belial abrió la boca, luego la cerró. Una extraña mirada flotaba en sus ojos. Inclinó la
cabeza hacia atrás y emitió un profundo suspiro.
—No puedo hacerlo —susurró en un tono tan bajo que ella ni siquiera estaba segura
de lo que oyó.
Unió su mirada a la de ella.
—Que Lucifer me ayude, pero tengo que contarte la verdad.
Ella frunció el ceño ante la torturada voz, preguntándose qué quería decir.
—¿La verdad?
—Sí, mentí —susurró—. No puedo tomar tu alma y prescindir de la de él. Sabes que
no tengo control sobre su condición actual.
—¡Pero tú puedes romper la maldición! —insistió, asustada de que él se volviera
atrás en el acuerdo. No podía. Seguramente, incluso Belial no podría ser tan depravado—.
Si me llevas ahora, el tendrá una oportunidad de sobrevivir.
Belial resopló. Entonces, antes de que ella se moviera, sacó una daga y le cortó la
garganta. Arina jadeó y se tocó la herida, pero donde la sangre debería estar derramándose,
sólo había suave piel a salvo. Le miró con horror.
—¿Qué es esto?
Él guardó la daga en su cinturón y se encogió de hombros con indiferencia. Mirando
hacia otro lado como si se aburriera, suspiró.
—No puedo reclamar tu alma hasta que mueras, y no puedes morir hasta después
que él lo haga.
—No entiendo —dijo ella, su mente corriendo aceleradamente. Era humana, tenía
que serlo. Y si era humana, entonces debía ser capaz de morir antes que Daemon—. Me he
hecho daño desde que estoy aquí. He…
—Pero nunca has sangrado ni una vez.

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Abrió la boca para protestar, después la cerró atenazadamente. Tenía razón. Cuando
la yegua la había tirado a la nieve, había sido golpeada, pero no había caído sangre.
La agonía y la desesperanza le invadieron el corazón y el alma. ¿Realmente no había
manera? ¿No había esperanza?
—Me dijiste que la maldición podía romperse.
—No, tú lo dijiste. Yo simplemente ofrecí el trueque. Tú sacaste tu propia
conclusión. Casi todas las palabras que salen de mi boca han sido una mentira de algún
tipo y caíste en todas y cada una. Tú, mi ángel, eres demasiado ingenua.
Rígida por el insulto, ella entornó los ojos.
—¿Por qué me dices esto?
Belial suspiró y se miró las manos.
—Soy un malvado bastardo pero incluso yo soy capaz de tener sentimientos. Nunca
me ha importado reclamar humanos como Edred, quienes traen su condena con sus propias
acciones, o incluso aquellos que fueron suficientemente estúpidos para caer en mis
tentaciones, pero tú…
Hizo una pausa y comenzó a alejarse.
—¿Qué pasa conmigo?
Belial se volvió hacia ella. Las emociones se notaban en su rostro y ella deseaba
llamarlas por su nombre, pero su procedencia se le escapaba. Finalmente, él suspiro de
nuevo.
—Eres verdaderamente altruista, y no importa cuánto me gustaría entregarte a
Lucifer, no puedo.
Belial la observó, y su caliente mirada le envió un escalofrío a sus brazos.
—El corazón de Daemon no es el único que has reclamado.
Aturdida, ella no podía hacer nada más que mirar. ¿Cómo podía decir eso? ¿Era
simplemente otra de sus mentiras que utilizaba para manipularla?
—¿Y se supone que debo creerte?
Se encogió de hombres.
—Cree lo que quieras. Sólo déjame en paz.
Arina vaciló. ¿Qué debería creer?
Cuando ella no se movió, Belial la empujó lejos de él.
—Vuelve con tu marido, ángel.

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Por la mirada en sus ojos él podría decir que ella quería discutir, quería llamarle
mentiroso, pero no dijo nada. En su lugar, se dio la vuelta con una dignidad y gracia sin
igual y caminó hacia el vestíbulo.
Sentado, Belial se inclinó y bajó la cabeza a sus manos. Tal vez había sido la pacífica
noche la que lo había debilitado. Arina lo había sorprendido en un estado de ánimo débil y
él se había confesado a ella. ¡Maldito fuera por su estupidez!
—Ya lo eres.
Miró a Mefistófeles.
—No estoy de humor para tratar contigo esta noche.
Mefistófeles arremetió con una mano en garra, apresándole por la mandíbula. Belial
retrocedió por el golpe con la cara ardiendo. Cambió a su forma demoníaca y se abalanzó
contra él, pero no le sirvió de nada.
—Siempre he dicho que eres demasiado blando para tus misiones. Pero Lucifer no
quiso escucharme. No, a él le gustan tus bromas demasiado. Gracias por demostrarle
finalmente cómo eres realmente.
Belial trató de aflojar la presión en su garganta.
—¡Suéltame!
Mefistófeles sacudió la cabeza, su asimiento apretándose aun más.
—He venido con órdenes de Lucifer. Mata al normando y llévale al ángel o serás mi
esclavo.
Mefistófeles le soltó. Belial se atragantó y tosió con la garganta ardiendo.
—Personalmente —dijo Mefistófeles volando por encima de él— no me importa lo
que elijas. De cualquier manera, he ganado la confianza de Lucifer. Fuiste un tonto, Belial.
¡Tenías su favor y lo cambiaste por ellos!
Belial se estiró hacia él, pero Mefistófeles se desvaneció en la noche. Apoyando la
cabeza en el suelo, escuchó los suaves sonidos de la noche, la brisa a la deriva a través de
las hojas. Un tanto por la compasión.
Apretando los dientes, recorrió la lista de sus cómplices. Norbert se había ido, Raida
se había convertido y Edred había fracasado. Todos sus peones habían sido efectivamente
neutralizados. ¿Dónde le dejaban?
Entre el puño y la palma de la mano de Lucifer. Suspiró, sabía que no tenía elección.
—Perdóname, ángel —susurró.

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Durante tres días, Arina permaneció con Daemon mientras duraba su fiebre. Dado
que sus lesiones le cubrían la espalda, habían sido forzados a mantenerle sobre su
estomago, lo cual hacia casi imposible alimentarle. Ella rezaba por su recuperación antes
de que el hambre tomara su vida.
Raida estaba en la mesa, mezclando hierbas y pronunciando sus propias oraciones.
—Aquí, mi señora —dijo, entregándole a Arina una copa—. Esto debería dispersar
la fiebre.
Arina forzó su garganta lo mejor que pudo.
—Oh, Raida, ¿qué vamos a hacer? —preguntó con el corazón dolorido.
Raida sacudió la cabeza y suspiró.
—No lo sé, mi señora. He intentado encontrar alguna manera de romper la
maldición, pero nada ha funcionado.
Un suave golpe las interrumpió.
—Entrad –respondió Arina.
La puerta se abrió y el Hermano Edred entró. Ella arqueó una ceja de sorpresa, y el
amargo sabor del odio escaldó su garganta.
—¿Qué os trae por aquí?
Tragó saliva, su gorda papada se agitó. Aclarándose la garganta, le dio una mirada
torva.
—He venido a hacer las paces. He estado ayunando y rezando y, finalmente, una voz
me dijo que viniera aquí. Cometí un error, mi señora. Acusé falsamente a un hombre
inocente y ahora él puede morir por causa de ello.
Arina abrió la boca para pedirle que saliera de la habitación, pero se detuvo. Por
encima del hombro del hermano Edred, vio a Kaziel. Éste alargó una mano y empujó a
Edred hacia delante.
Edred dio un paso y tragó.
—Por favor perdonad mi error, mi señora.
—Estáis perdonado —dijo ella suavemente, al darse cuenta de que el hermano Edred
debía haber logrado una mayor condonación por su parte.
Asintiendo con la cabeza hacia ella, Kaziel curvó sus labios en una amable sonrisa,
después se desvaneció.

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Una repentina, irregular y profunda respiración atrajo la atención de Arina de nuevo
hacia la cama. Daemon se movió, y lentamente abrió los ojos.
Arina jadeó, corriendo a su lado. Su corazón martilleó, y alargó una mano
temblorosa para tocar la febril mejilla.
—¿Mi señor? —preguntó, el alivio se derramó sobre ella. Nada era más hermoso que
la vista de sus ojos abiertos, su lúcida inteligencia brillando espléndidamente.
Oyó cerrarse la puerta. Levantando la mirada, se dio cuenta que el hermano Edred se
había ido silenciosamente.
Daemon intentó levantarse, pero Arina le detuvo.
—Por favor, mi señor. Os haréis daño.
Él se dejó caer de nuevo al colchón y lanzó un suspiro de cansancio.
Ella se arrodilló a su lado para que no tuviera que esforzarse para mirarla.
—¿Cómo os sentís?
Respondió con una mueca. Arina sonrió, y le apartó un mechón de pelo de los ojos.
—¿Qué pasó con ellos? —preguntó con voz ronca y débil.
La ira se mezcló con el dolor y puso a su corazón a latir con fuerza. No necesitaba
que Daemon le explicara de quienes hablaba.
—Los dos que custodiaban la puerta fueron amonestados. Traté al que manejaba el
látigo igual, y el hermano Edred…
Arina se detuvo, insegura de cómo decírselo.
—Le soltasteis.
Tragando, asintió.
—Pensé que era mejor permitir al Señor y a Pedro manejar su sentencia.
Daemon tendió una mano y tomó las suyas. Su débil agarre le trajo una oleada de
culpabilidad por no haber hecho más. Pero no pudo.
—Está bien, mi señora. Nuestras leyes son tales que no queremos perjudicar al clero,
y mi hermano se habría enojado si hubieseis roto esa ley, incluso por mí.
—¿Entonces no estáis enfadado?
Una luz llegó a sus ojos, y si Arina no lo supiera mejor, juraría que sonreía.
—No estoy enfadado. Al menos no con vos.
Ella sacudió la cabeza con la garganta constreñida.

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—No es el Señor, deberíais…
—Mi señora, por favor —susurró, interrumpiéndola—. Ya estoy familiarizado con
vuestra conferencia de cómo el Señor no es responsable de las acciones de sus seguidores.
—Sin embargo, ¿todavía le culpáis?
Para asombro de Arina, negó con la cabeza.
—No, mi señora. No encontré delito con vuestro culto. Mi ira está reservada
únicamente para el fraile.
Le miró fijamente, incapaz de creer sus palabras. Palabras que debían haberle
causado mucho dolor pronunciar y que le dieron más esperanza de la que había tenido
antes. Si Daemon podía sufrir lo que había sufrido y no arremeter contra el Señor, entonces
todo era posible.
Las semanas pasaron rápidamente y Arina esperaba con temor y esperanza. Raida y
ella habían intentado todo lo posible para romper la maldición. Lo peor era que no tenían
forma de saber con certeza si la maldición se había roto.
Arina había intentado varias veces consultar a Belial, pero éste se negó a hablar más
con ella. Decidió que la maldición todavía estaba en pie, de lo contrario les habría dejado.
La espalda de Daemon se curó rápidamente, pero aún así, no estaba en condiciones
para viajar a Londres. Y aunque ella deseaba apartarse, también disfrutaba de sus días
juntos, agradecida por cada toque y mirada que él le daba.
Ahora Daemon estaba sentado ante ella en una larga tina que los sirvientes habían
traído a sus cámaras y llenado con agua hirviendo.
Tan cuidadosamente como pudo, frotó una esponja contra su espalda. La mayoría de
los cortes se habían curado, pero las cicatrices frescas atestiguaban la brutalidad del ataque.
Arina trazó una de ellas con el dedo, el corazón le dolía por cuantas veces había sido tan
maltratado en su vida. Ella daría mucho por eliminar las crueles cicatrices y los recuerdos
de él.
Pasando la mano por su espalda, se maravilló de sus músculos endurecidos.
Escalofríos surgieron bajo su caricia y sonrió ante su reacción.
—Cuidado, mi señora —dijo Daemon, girando su cabeza para mirarla sobre el
hombro—. Estáis tentándome más allá de mi resistencia.
Su sonrisa se amplió.
—Mi señor, no deberíais hacer tales amenazas vacías.

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—¿Amenazas vacías? —preguntó, con la cara horrorizada—. Milady, os aseguro que
no son vacías.
Ella arqueó una ceja ante su doble sentido y el placer onduló por su estomago. Antes
de que pudiera moverse, el pasó una mano por su cabello y tiró de ella hacia delante hasta
que sus labios la reclamaron.
Arina gimió con placer, deleitándose en la sensación de su suave boca. Abrió los
labios y le tomó dentro. No había probado nada más bueno, jamás se sintió mejor.
Profundizó el beso, tiró de nuevo de ella y antes de que pudiera protestar, la tenía en
su regazo.
Ella se irguió con un lloriqueo de protesta.
—¡Me estáis empapando!
Una comisura de su boca se elevó.
—Pensé que con mucho gusto os lanzaríais a un lago por mis atenciones.
Arina se rió de su recuerdo y pensó en la noche en la que ella había pronunciado esa
declaración. Su sangre se calentó. Él había cambiado mucho desde entonces, al igual que
ella. Pero decidió que le gustaba la diferencia de su personalidad.
—Quizá he cambiado de idea —dijo, intentando ignorar lo agradable que él se sentía
bajo ella.
—¿Lo hacéis ahora? —preguntó él, su voz profunda con el deseo.
Ella abrió la boca para contestarle y una vez más él la besó. Arina le rodeó los
hombros con sus brazos, deslizando sus manos por la espalda. Un millar de llamas
encendían su estomago y su cuerpo vibraba. Le sentía tan bien en sus brazos.
Con un apretado gruñido, Daemon le levantó el dobladillo de la túnica y pasó sus
manos sobre las nalgas desnudas y las caderas. El fuego corría por sus venas. Sus caricias
húmedas enviaban temblores por ella y su cuerpo le demandaba. Arina jadeó y ajustó sus
piernas hasta que le rodearon. El corazón le palpitaba con fuerza en sus oídos cuando la
parte inferior de su cuerpo entró en contacto con su caliente excitación. Daemon inhaló
aire entre los dientes y cerró los ojos.
Arina sonrió ante su reacción, deleitándose en su poder sobre él. Hundió los labios en
su cuello, saboreando el salado sabor de su garganta y se apretó más contra él.
El tiró su túnica fuera y la lanzó al suelo, donde aterrizó con un golpe mojado. Arina
se rió ante el sonido, pero su sentido del humor huyó cuando él tocó su pecho. Inclinó la
cabeza hacia atrás, se mordió el labio mientras la boca de él jugaba con ella, los latidos
aumentaron. Le sostuvo la cabeza con sus manos y gimió de placer.

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De repente, la llenó. Arina se agarró a los lados de la bañera con su cuerpo en llamas.
Con el aliento laborioso, le miró a los ojos y el amor que allí vio brillar envió una nueva
oleada de escalofríos sobre ella.
Él metió las manos bajo el agua y le acarició la parte baja de las caderas.
—Quedaos conmigo, Arina —susurró, inclinándose hacia delante para besarle la
carne justo debajo de la oreja. Su cálido aliento en el cuello envió escalofríos por sus
brazos—. Sé que no tengo derecho a preguntar, pero no puedo dejaros ir.
Arina cerró los ojos contra la agonía que su súplica trajo.
Él movió las caderas contra las suyas, y ella apretó los dientes ante el placer ardiente
que eclipsaba su tristeza. Le quería, anhelaba su presencia.
¿Cómo podía negarse a su petición cuando era su propio deseo más preciado
quedarse a su lado?
No podía. Quizá Pedro olvidara y la protegiera.
—Me quedaré con vos, mi señor. No importa qué ocurra por la mañana, permaneceré
a vuestro lado y no os forzaré a iros.
Daemon se echó hacia atrás con el cuerpo rígido.
—¿Mi señora? —preguntó, parpadeando como si no la hubiera oído correctamente.
Arina le puso la mano contra la mejilla.
—Me habéis oído bien, mi señor.
Moviendo la cabeza, le lanzó una mirada de sospecha.
—¿Es vuestra intención marcharos?
Ella sacudió la cabeza.
—No.
La empujó de vuelta a sus brazos y la aplastó con un abrazo, hasta que se vio
obligada a gritar.
—Mi señor, por favor. ¡Me reduciréis a la mitad!
De repente, se levantó de la tina. Aparentemente ajeno al agua que goteaba de ellos,
la llevó hasta la cama y la tendió sobre ella. Arina le miró fijamente, su corazón latía con
fuerza.
Con el pelo en cascada sobre ella como una capa húmeda, Daemon le puso las
piernas alrededor de su cintura y se deslizó en su interior de nuevo. Arina temblaba,
necesitándole, asustada de que al día siguiente él pudiera morir.

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Pero había dado su palabra y tenía la intención de ajustarse a ella. Le tomó en sus
brazos y lo mantuvo cerca de su corazón. Arqueándose contra él, apretó los brazos.
Todas sus preocupaciones huyeron y se concentró en el olor de su dulce piel, el sabor
de su carne. Se clavó en ella una y otra vez mientras elevaba sus caderas a su encuentro. Su
cuerpo se estremecía y palpitaba y, antes de que pudiera suplicar más, encontró la
liberación.
Gritando, aumentó su agarre sobre sus brazos.
Con dos embestidas más, se unió a ella. Con aliento forzado, colapsó sobre ella.
Arina gemía de satisfacción, su cuerpo todavía palpitante. Pasándole las manos por la
espalda, sonrió.
Daemon le mordisqueó el cuello, los dientes elevaron escalofríos a lo largo de su
cuerpo.
—Os amo, mi señora —susurró, mordiéndole el lóbulo de la oreja a continuación.
El terror se apoderó de ella y Arina se quedó rígida ante sus palabras. Él se retiró y la
miró.
—¿Os desagrada?
Con lágrimas acudiendo a sus ojos, sacudió la cabeza.
—No, mi señor —murmuró, su corazón dividido entre el placer y la agonía.
¿Por qué había pronunciado las palabras? ¿Activarían éstas la maldición? Cerrando
los ojos, rezó por tiempo.
Norbert tiró de las riendas de su caballo ante las murallas, enojado contra la pared
medio acabar ante él. Una pared que le recordaba la peste normanda cebándose entre su
gente.
Y era hora de librarse de las ratas.
Había reunido sajones todo el camino desde la casa de su hermana a Brunneswald.
Bueno, hombres sajones expulsados de sus hogares por la suciedad normanda.
A pesar de su escaso número, de unas pocas decenas, todavía eran suficientemente
numerosos para terminar la tarea que tenían delante.
Norbert escudriñó las adustas caras, y pensó en lo que todos ellos habían vivido.
De repente, una imagen del dulce e inocente rostro de su hermana pasó ante sus ojos.
Su estomago se anudó por el dolor y la rabia. Había muerto por causa de ellos. Los perros
normandos la habían llevado de su casa y asesinado a su marido, luego su líder la había

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forzado a vivir como su concubina. Degradada por su posición, se había cortado las
muñecas.
Norbert apretó la presión sobre sus riendas. No había sido capaz de rescatar a su
hermana, pero se comprometió a salvar a Arina.
¡Al día siguiente, tomaría la cabeza del normando y la usaría para decorar su casa
como sus antepasados habían hecho!

CAPÍTULO 20

Daemon miró entrenar a sus hombres. Había intentado ejercitarse durante un


tiempo, pero su espalda todavía estaba rígida y dolorida. Demasiado doloroso para hacer
más que unos cuantos golpes con la espada.
Capturó un aleteo de color rojo por el rabillo del ojo. Volvió la cabeza y vio a Arina
cruzar el patio. Un grupo de niños corría a su alrededor y se reía con ellos, su rostro más
bello que el de cualquier criatura jamás nacida.

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El calor se precipitó a lo largo del cuerpo, inflamándole las entrañas. Daemon dio un
paso, con la intención de tomarla en sus brazos y transportarla de vuelta a su recámara.
Pero antes de poder cruzar la distancia, un jinete desconocido entró por el portón.
Frunciendo el ceño, miró al siervo a lomos del asno. Recordaba haber visto al chico
labrando un campo con su padre, quien vivía no muy lejos.
Daemon se detuvo, a la vez que el joven se detuvo ante uno de los sirvientes y se
inclinó para hablar. El sirviente gesticuló hacia Daemon, y el chico siguió la línea del
brazo y asintió.
¿Qué podría querer el chico de él? Esperó que se acercara.
El joven pateó la mula hacia delante y se acercó.
—¿Vos sois mi señor Daemon?
—Sí.
—Mi padre me envió a buscaros, mi señor. Hay hombres destruyendo los muros del
castillo sobre la colina y prendiendo fuego a nuestros campos. ¡Mi padre os pide que
vengáis rápido!
Con la vista oscurecida de rabia, llamó a sus hombres.
Corrió hacia el establo, pero antes que pudiera entrar, Arina le atrapó.
—Mi señor, ¿Qué ocurre?
Daemon abrió la boca para hablar, entonces se detuvo.
Enmascarando sus emociones, se dio cuenta que no haría nada excepto preocuparla
al decirle la verdad. Su mente corrió, buscando una mentira rápida. ¿Qué podría decirle
que la mantuviera…?
Tuvo una idea. Con un poco de suerte, no sabría que la construcción del castillo se
había detenido durante el invierno, ni como cosas como los castillos eran construidos en
este mundo. Vale la pena probar al menos.
—El maestro Dennis necesita ayuda con su trabajo. Estoy tomando algunos hombres
para ver si podemos ayudar.
—¿Debería guardar cena para vos? —Preguntó, y la pronta aceptación de la mentira
trajo la culpa a su corazón.
Daemon sacudió la cabeza, recordándose que debía despistarla. Es por su propio
bien.
—No, mi señora, podría ser tarde cuando regrese.

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Ella asintió.
—Entonces tened cuidado, mi señor. Os veré entonces —dijo, alzándose para besar
su mejilla.
Daemon la vio alejarse con un hormigueo en el rostro, de nuevo la deseaba.
Apretando los dientes, forzó la mente a centrarse en la próxima tarea y se prometió que a
su regreso, llevaría a cabo lo que había previsto originalmente.
Después de la comida del mediodía, Arina decidió llevarle a Daemon y sus hombres
un poco de alimento. No sabía qué tipo de provisiones tenían en la colina, pero
probablemente no fueran suficientes para todos los hombres adicionales que Daemon
había llevado.
El cocinero envolvió las provisiones en trozos de tela y Arina las empacó en sus
alforjas mientras el mozo ensillaba su palafrén.
Entregó las alforjas al joven, quien las colocó en la parte trasera de la silla. Con una
sonrisa, se lo agradeció.
Murmurándole a la yegua para que tuviera cuidado y no asustarla, Arina instó al
pequeño caballo a cruzar el patio y salir por el portón. El tiempo era agradable, y decidió
que no podía esperar a ver la próxima primavera y la nueva belleza que traería a la tierra.
Sonriendo, tarareó para sí.
No tardo en llegar a la colina. Extrañada, notó el mal olor del humo negro a la deriva
alrededor de la zona, y se preguntó que habrían quemado.
Una brisa azotaba la capa tras ella y oyó los lamentos y esfuerzos de los hombres
trabajando.
Desmontó y condujo al palafrén ladera arriba. Cruzando el lado del muro, se quedó
inmóvil, el cuerpo entumecido de miedo y pánico. ¡No era trabajo lo que estaban
haciendo! Una feroz batalla rugía a su alrededor.
Aunque la mente le gritaba que corriera, no podía moverse, no podía apartar los ojos
de la horrible vista frente a ella.
—Mi señora, ¿Por qué habéis venido?
Daemon se congeló ante la familiar voz, una voz que no había oído desde que había
encontrado a su ángel. Con el corazón palpitante, se volvió en su silla y vio a Arina
saliendo de una nube de humo de pie sobre la colina mirando hacia ellos. El viento azotaba
la capa y el cabello claro a su alrededor, se mostró tal como se le aparecía todas las veces
cuando le visitaba en sueños.

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Un grupo de sajones se reunieron a su alrededor como si trataran de protegerla. El
estomago se tensó y otra vez se acordó de su sueño.
Giró el caballo, tratando de llegar a ella, pero los hombres en torno a ella lo
impidieron. Una sombra corrió sobre su cuerpo. Se volvió en la silla, esperando la espada
que le cortaría el muslo como siempre había hecho en su sueño. A salvo esta vez, no fue su
muslo. La espada del atacante rebotó en la hoja de Daemon y se introdujo en el pecho.
Daemon jadeó ante el súbito dolor que se filtró a través suyo. La vista se embotó y se
deslizó de la silla.
—¡El normando está muerto!
Arina se estremeció ante el grito que surgió de los sajones los cuales levantaron las
espadas en gesto de victoria. El dolor atormentó su cuerpo, pero tenía que estar segura…
—¡No! —Gritó, sabiendo quien debía haber caído.
Se cogió el dobladillo de la túnica y corrió cruzando el campo. Los hombres se
apartaron de su camino, mirándola como si su presencia les asustara.
—¡Mi señora!
Oyó la llamada de Norbert, pero no le prestó atención mientras continuaba la carrera
a través de cuerpos caídos, buscando la familiar forma de su marido.
Quién sabe si no había caído. Quién sabe si era él…
De repente, le vio, la trenza rubia cubierta de sangre, el yelmo y la espada yacían a su
lado. Gritando en negación, corrió a su lado. La angustia se enroscaba por su cuerpo
mientras se desplomaba en el suelo junto su precioso esposo y tiraba de él a su regazo.
Las lágrimas le llenaron los ojos y se le destrozó el corazón. Esto no puede estar
pasando. No, por favor, solo un día más con él, solo un momento más.
—¿Arina? —Preguntó Daemon con la voz ronca.
—Callad, mi señor —dijo, ahogándose en las palabras y usando una esquina de su
manto para limpiar la roja sangre de los labios, las pálidas mejillas—. Debéis conservar
las fuerzas.
—No, esto es mortal. —Las palabras de aceptación arrancaron su alma en pedazos.
Levantó la mano y le tocó la mejilla. Una lenta sonrisa cruzó su rostro—. Es tan
maravilloso como pensaba.
Frunció el ceño ante la felicidad fuera de lugar en la mirada.
—¿El qué?
—Morir en tus brazos.

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Cerrando los ojos contra la repentina ola de agonía, le aferró, instándole a vivir.
—No podéis dejarme —susurró—. No os lo permitiré.
La sonrisa se amplió y dejó caer la mano.
—Yo… — La luz desapareció de sus ojos.
—¡No! —Grito, incapaz de creer que se había ido, incapaz de aceptar este destino.
A su alrededor, los ángeles aparecieron reclamando almas.
Arina levantó la mirada y la reunió con los tristes ojos de Kaziel, que se cernía sobre
ellos. Agarrando fuertemente a Daemon, quería el alma de vuelta en el cuerpo.
Pero no sirvió de nada. En contra de todas sus oraciones y suplicas, su alma rosada.
Arina sacudió la cabeza, no quería permitir a la maldición terminar de esta manera,
robando la vida y el alma de un hombre inocente.
—¡No! —Gritó de nuevo.
El dolor se propagó a través de ella como fuego.
De repente, el dolor desapareció. Flotó libre de su cuerpo, una vez más sus alas de
ángel revoloteaban contra su espalda.
Miró con asombro. Vio el cuerpo de Daemon, y junto a ella su vestido rojo y su capa.
El vacío la llenó. Así que nunca había sido verdaderamente humana. Sólo una imagen, una
ilusión.
Tragando, volvió a mirar a Kaziel, quien tomaba la mano de Daemon. La ira se
apoderó de ella y juró arreglar el problema.
—No interfieras —advirtió Kaziel.
Arina sacudió la cabeza, su estomago se agitaba cuando lo pensaba.
—Tengo que hacerlo.
Y antes de que Kaziel pudiera detenerla, rompió el dominio sobre Daemon. Le
agarró por ambas muñecas.
—¿Arina? —Preguntó, el asombro iluminaba los ojos ante su apariencia.
Mordiéndose el labio, le tocó el rostro, sólo que esta vez no sentía nada debajo de los
dedos.
—Lo siento, mi señor. Pero es mejor así.
—No, Arina —gritó Kaziel.
Ignorándole, tiró de Daemon de vuelta al suelo.

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—Os amo, Daemon FierceBlood —susurró mientras engatusaba a su alma dentro de
su cuerpo.
—Eso fue una tontería, Arina. Conoces las reglas.
El alivio y el temor atenazaban su garganta y ella asintió con la cabeza.
—Sí, lo sé. —Levanto las manos hacia Kaziel—. Llévame ante Pedro. Estoy lista
para recibir mi destino eterno.
Daemon despertó sobresaltado, el cuerpo dolorido.
—¡Es un milagro! —Gritó Wace, el juvenil rostro radiante—. Pensé que estabais
muerto.
Sacudido y dudoso, Daemon se pasó la mano por el pecho. La malla se rompió
cuando la espada había atravesado su pecho, pero no existía otra marca para probar que
había sido herido. ¿Sólo se había caído del caballo y golpeado la cabeza?
Wace corrió a decirles a los demás que había sobrevivido.
Mirando a su alrededor, Daemon notó que sus hombres habían derrotado a los
sajones. Y a unos pocos metros, vio el cuerpo de Norbert. Sacudió la cabeza y suspiró. A
pesar no tener un gran amor por los sajones, lamentaba el final que había tenido el pobre
hombre.
Los gemidos le llenaban los oídos, y vio como sus hombres buscaban entre los
cadáveres y reunían a los heridos.
Daemon frunció el ceño. ¿Cuánto había estado inconsciente? ¿Había sido Arina otro
sueño?
De repente, la mirada se posó sobre la túnica roja a su lado. Una insoportable agonía
le atravesó, perforando su corazón y quemando su alma. Alcanzándola, se llevó la ropa a la
cara e inhaló el dulce aroma a rosa.
No fue un sueño.
Arina se había ido. Las palabras circularon por su mente como bestias de presa que
trataban de abatirle. Y le abatieron. Crudo y brutal dolor le arrasó. Su precioso ángel se
había ido.
Os amo, Daemon FierceBlood, las suaves palabras susurraban en su mente, cortando
su alma con dolor.
Daemon apretó la túnica, deseando a su cuerpo en su interior. ¡Su matrimonio no
podía terminar, no así!
Miró hacia el cielo con la pena ardiendo profundamente en su corazón.

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—Se que estas ahí, Señor, y que Vos y yo somos desconocidos. Pero por favor, por
favor concededme este único favor.
Daemon unió las manos y se obligó a arrodillarse.
—Ni una sola vez en mi vida os he pedido nada. Pero ahora lo hago. Por favor, no os
la llevéis de mi lado.
Daemon no sabía que esperaba, un rayo de luz, Arina apareciendo de alguna parte.
Sin embargo esperaba con ansiedad, su corazón latía con fuerza.
Solo la brisa que se agitaba y los lamentos de los heridos llenaron su cabeza.
Arina se había ido y no había nada que pudiera hacer.
Apretando los dientes, quiso maldecir el cruel Dios que la había arrancado de su
lado. Pero no podía deshonrarse siendo a quien Arina sirvió, siendo en quien ella había
creído tan fuertemente. Sería como maldecirla a ella.
Tirando la túnica hasta su pecho, permitió que las lágrimas se unieran en sus ojos y
cayeran por las mejillas.
Arina estaba en pie ante Pedro con la cabeza gacha. Por la severa mirada de su
rostro, sabía que había perdido la paciencia hacía tiempo.
—Sabes que no podemos interferir con la vida humana —dijo, dando vueltas a su
alrededor.
—Sí, Señor Pedro.
—Entonces, ¿Por qué pusiste el alma de vuelta en su cuerpo?
Arina tragó. Aunque las emociones estaban apagadas, todavía podía sentir una
punzada de remordimiento por romper las estrictas reglas, pero pensando en Daemon, toda
la culpa se desvaneció. Por él, ¡Lo haría de nuevo!
Mientras los pensamientos se centraban en Daemon, esperó que la familiar emoción
la consumiera, pero nada de eso sucedió. Suspiró.
Las emociones, junto con su precioso Daemon, se habían ido. Y mientras permanecía
ante su juicio celestial, se encontró echando de menos la vitalidad que las emociones
humanas le habían dado, la riqueza de su especial amor por Daemon le había dado.
—¿Arina?
Se sobresalto ante la voz de Pedro.
—No me has respondido.
—No podía dejarle morir por mí, Señor Pedro.

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Pedro suspiró con ojos cansados.
Arina avanzo y bajo de nuevo la cabeza.
—Estoy lista para mi castigo.
—Espera.
Levanto la mirada cuando Gabriel apareció y frunció el ceño ante la severa mirada de
su rostro. Se puso ante Pedro y los dos hablaron en voz baja. ¿Qué discutían? ¿Estaban
planeando algo peor que su envió al infierno? Se estremeció ante la idea.
Después de varios terroríficos momentos, se volvieron.
Gabriel se adelantó y Arina se estremeció, casi esperando que se la llevara. Girando,
exhaló un temeroso y entrecortado aliento. ¿Qué haría Pedro con ella?
—¿Arina?
Parpadeó ante la voz de Kaziel. Éste apareció al lado del Señor Pedro.
Con un guiño de Pedro, la tomó por el brazo y las alas se disolvieron. Arina jadeó, la
garganta forzada de terror.
—¿Estoy desterrada?
—Durante un tiempo, o por toda la eternidad, depende de las decisiones que tomes
—replico Pedro, dándole la espalda.
Arina se mordió los labios para evitar pedir clemencia. Sabía las consecuencias de
sus actos y lo menos que podía hacer era aceptarlas valientemente.
—¿Dónde me llevas? —pregunto a Kaziel, necesitando saberlo pero asustada de su
respuesta.
Kaziel se puso frente a ella con los ojos sombríos.
—Verás.
Daemon estaba sentado en su silla con Cecile en el regazo. Ésta ronroneaba
satisfecha y él deseo poder ser tan fácilmente calmado. Una vez más el dolor le envolvió el
corazón. Una y otra vez vio a su Arina en toda su belleza y bondad llegando a él.
¿Por qué lo había forzado de vuelta a su cuerpo? ¿Por qué no le había dejado morir?
—¿Mi señor?
Se congeló ante el sonido. Cuando no oyó nada más, suspiró.
—Ahora incluso estoy oyendo su voz —dijo con la garganta apretada.
—¿Puedes sentir mi contacto?

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Una mano le rozó la mejilla. Daemon saltó de su asiento y se dio la vuelta con un
jadeo. Cecile dejó escapar un aullido indignado cuando cayó.
Con el corazón palpitando fuertemente, Daemon parpadeó, incapaz de creer a su
vista.
—¿Arina?
Una sonrisa curvó los labios y le alcanzó.
—Sí, mi señor. Soy yo.
Tomándola en sus brazos, la abrazó con fuerza.
—¿Estás realmente aquí?
Ella rió en su oído, el sonido envió olas de alegría a través de él.
—Sí, Pedro ordenó mi regreso.
—Pero, ¿Cómo? ¿Por qué? —Preguntó, echándose para atrás.
Su sonrisa le derritió el corazón.
—Fue vuestra fe, mi señor. Me trajisteis de vuelta. Cuando Gabriel le dijo a Pedro de
tu llamada y fe, Pedro decidió que había actuado noblemente. —le tocó la mejilla y se
maravilló de la tibieza de la carne.
Un repentino dolor reemplazó su alegría.
—Pero, ¿Por cuánto tiempo?
Con un suspiro, se encogió de hombros con el rostro fruncido por los pensamientos.
—Ahora soy humana, mi señor. Como cualquier otro no tengo manera de saber cuan
larga será mi vida. Así que deberéis tolerarme durante mucho tiempo.
—Con mucho gusto, mi señora —le dijo con el corazón iluminado—. ¡Estaría muy
molesto de otra manera!

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EPÍLOGO

Arina estaba de pie ante el altar y presentaba a su hijo al hermano Edred. Su voz
resonaba en la capilla mientras impartía el bautismo. Con el corazón rebosante de
alegría, sonrió.
Por fin, tenía todo lo que había soñado. Alzando la vista, se encontró con la
orgullosa mirada de Daemon.
—Peter, yo te bautizo —dijo el hermano Edred, y marcó el signo de la cruz sobre
la frente de Peter.
El bebé berreó en protesta y Arina lo meció con mimo.
—Tiene los pulmones de su padre. —le susurró a Daemon.

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Daemon sonrió, y ella tuvo muchas ganas de colocar un beso sobre sus labios.
Una vez terminado, el hermano Edred palmeó la espalda de Daemon.
—Quizás, la próxima vez tendrá esa hija que desea.
Arina observó como Edred salía, luego se giró hacia el padre para darle a su hijo.
Atusando el pelo de Peter, ella sonrió.
—Realmente es un milagro —suspiró.
—No —dijo Daemon—. Tú eres el milagro —se colocó a Peter en el hombro—.
Pero es una lástima que no te quede ningún poder angelical.
Ella levantó una ceja, curiosa sobre sus palabras.
—¿Y por qué es eso?
—Tengo la sensación de que nuestro Peter necesitará más de un ángel de la guarda
para velar por él.
Arina sonrió y siguió a Daemon fuera de la capilla.
—Si en algo se parece a su padre, pasará y necesitará un ejército de ángeles para
protegerlo.
Cuando entraron en el salón, Raida se les unió y tomó a Peter de los brazos de
Daemon.
—Me parece que necesita un cambio de pañales.
Mientras Daemon se volvía hacia ella, Arina vio a Cecile que se estaba aseando en
una esquina de la sala.
—¿Milord?
Él levantó una ceja.
—¿Sí?
—¿Por qué no cogéis a Peter, Raida y tú, y lo lleváis a nuestras habitaciones?
Tengo un asunto urgente que atender.
Daemon depositó un delicado beso sobre sus labios. El agradable toque le aceleró
el corazón.
—No tardes mucho.
Arina asintió con la cabeza, luego esperó hasta que se quedó sola. Miró alrededor
para asegurarse de que era así. Con una ráfaga de valentía, agarró a Cecile y puso la
mano sobre los ojos del gato.
El cuerpo de Arina se calentó y la mano brilló.
—Ssh —le calmó Arina.

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Entonces, acariciando al gato entre las orejas, sonrió hacia el animal. Cecile dio un
maullido y sus ojos brillaron sin bizquear.
—Ya puedes ir —dijo Arina. Con una pequeña sonrisa miró hacia el cielo—. Sólo
interferí un poco. Además, esto no es una vida humana.
Escuchó la risa de Kaziel, y aunque ella ya no poseía la mayoría de sus poderes,
sabía que todavía mantenía los suficientes para protegerse ella, al marido y al hijo de
posibles daños. Pero por otra parte, como había dicho Daemon, si Peter se parecía en
algo a él, tendría que extender todos sus poderes sólo para tratar de mantener el ritmo.
Una sonrisa curvó los labios. Era un desafío que aguardaba ansiosamente.

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