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Juan Lorenzo Barragán Miller

© 2006, Juan Lorenzo Barragán


San Ignacio 1001, Quito, Ecuador
Diseño: Azuca. www.azucaingenio.com
Coordinación editorial:Carolina Mosquera
Impreso por Ediecuatorial
Derechos reservados, prohibida la
reproducción del contenido de este libro.
ISBN: 9978-45-462-4
7 prólogo
11 introducción
13 pasado
47 danzantes sur
(cotopaxi, tungurahua, chimborazo)

índice
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danzantes norte
(pichincha e imbabura)
trópicos
153 sin color
171 teatro
181 años viejos
199 urbanas
207 curiosas
217 info
prólogo
7

U
no entra a la vía de las más- ramiento y transformación radical de
caras de distintas maneras, la identidad más concreta, la física–
generalmente iniciándose inyecta un carácter móvil y enigmáti-
en el uso de ellas mediante el juego co en las relaciones que normalmen-
de niños o en la fiesta ritual como un te establecemos con el común de los
espectador de espectros danzantes. mortales.
Independientemente de la posición El museo de Juan Lorenzo está
de actor u observador que se asuma, impulsado por un interés etnográfi-
la máscara –instrumento de desfigu- co que toma al cambio como parte
inherente a la tradición. Antes que sensación de productividad y cordu-
convertirse en una antropología del ra en aquellos días que queremos ser
pasado, la colección incluida en este considerados en serio. La mascarada
libro atestigua la vitalidad y las múl- cotidiana.
tiples formas de sobrevivencia que De hecho, el éxito de la máscara
ha guardado la cultura material hasta radica precisamente en desfigurar la
un momento dado, el Ecuador de ini- parte clave del cuerpo social: su ros-
cios del siglo XXI. Así, aquí están las tro, el mío, el vuestro. En la edad de
máscaras usadas por distintas comu- las modificaciones quirúrgicas para
nidades para diferentes propósitos ri- grabar corporalmente nociones estan-
tuales así como aquellas de usos na- darizadas de “belleza”, estos artefac-
cidos en el comentario directamente tos reclaman lo absurdo de los propó-
8 político del fin de año. Estas páginas sitos masificadores. Al fin y al cabo,
dan un vistazo fotográfico a la emula- una carantamaula por única o serial
ción de los iconos mediáticos, docu- que sea, deja una impronta particu-
mentan la resistencia y la capacidad lar a su usuario, una memoria aunque
de innovación de las tradiciones, y – sea momentánea de haber sido otro
para todo lector y potencial usuario personaje. Por supuesto, aquellos que
de ellas– sugieren la libertad y el mis- hacen usos ritualizados de las mismas
terio que cataliza un objeto tan sim- guardan historias y encarnan perso-
ple, un artefacto que revela las ruinas najes previamente codificados a lo
que constituyen el presente y las ilu- largo de los siglos, inventando nuevas
siones que encierran las imágenes pú- tradiciones materiales con la inclu-
blicas, las caras performadas, los ros- sión de logotipos comerciales u otros
tros que ponemos para mantener la ornamentos, y poniendo al nuevo ob-
jeto al servicio de una cambiante fies- lamente en la capacidad lúdica que
ta (y de la industria turística paralela despiertan mediante su uso en uno u
que las cosifica y colecciona). La pro- otro contexto, sino en las múltiples
ducción constante de nuevas másca- capas de historia que movilizan. Y en
ras es, para ellos, una alternativa a la los diferentes sentidos de comunidad
apropiación estetizante de la institu- que se afirman mediante espectácu-
ción museal. Y para aquellos quienes los encarnados, concepto éste que
nos quedamos sin muchos rituales al cada vez queda más lejos al obser-
entramparnos en la obsesión mimé- vador mestizo pero que le es nueva-
tica con los colonizadores, la másca- mente impuesto mediante la candi-
ra todavía nos permite de cuando en dez de la mirada de un oso, la sonrisa
cuando jugar y subvertir. En mi pro- de un perro, la languidez de un jaguar,
pio museo, por ejemplo, están los ac- los ojos bordados de un diabluma, y 9
tos vandálicos con máscaras de cau- el mostacho o el acné nada román-
cho pegadas a las caras de ilustres ticos de uno u otro personaje polí-
monumentos de piedra, así como las tico. Mascaradas y mascaradas, por
fiestas temáticas que posibilitaban una vez la verdadera belleza está en
ocultarse y transgredir nociones esta- la superficie de las cosas. Juan Loren-
blecidas de género y normas de buen zo presenta esto y deja así librar a los
comportamiento. enigmas una nueva batalla en las me-
Este libro presenta un catálogo morias íntimas y colectivas del obser-
que preserva la riqueza de las másca- vador de estas imágenes.
ras en Ecuador. Y, sobretodo, el ex-
ceso que constituye el alma de estos X. Andrade, Guayaquil,
objetos. Un exceso que no radica so- agosto 31 de 2006.
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intro
ducción
L
levo más de treinta años es- ciones culinarias, musicales, pictóri- 11
cuchando y leyendo distintas cas, arquitectónicas, gráficas y socia-
opiniones sobre nuestra iden- les que forman parte de una extensa e
tidad como ecuatorianos. La mayoría innegable expresión popular que, en
de ellas niegan la misma o la limi- un territorio más bien pequeño, con-
tan a la selección nacional de fútbol viven para formar parte de este abs-
–no se si es por la simple gana de ser tracto que se llama cultura nacional.
pesimistas o tal vez por el gusto de Este libro pretende ser una pe-
contradecir lo evidente–. Evidente, queña muestra de una extensa expre-
opino (y creo que este libro es prueba sión cultural y visual que data segura-
de ello), porque nuestra identidad es mente desde que el ser humano llegó
un complejo compendio de una gran a este territorio que, hoy por hoy, se
variedad de lenguas, razas, manifesta- conoce como el Ecuador.
Las máscaras y caretas se elaboran boración de las siguientes personas
y usan con fines distintos. Las hay e instituciones: Iván Cruz, Marcela
como simples objetos para adoptar García, Patricio Montaleza, Marcela
una personalidad extraña en una fies- Blomberg, Ma. Teresa Ponce, Bruno
ta, hasta las rituales precolombinas Suárez, Jaime Zapata, Ma. Consuelo
que tienen una carga simbólica y reli- Tohme, Sergio Maldonado, Avelina
giosa que les agrega un valor intangi- Crespo, Oswaldo Viteri, Ruth Engel,
ble. En esta recopilación contamos Nicolás Svistonooff y Sara Sánchez,
con doscientas máscaras de teatro, Gonzalo Vargas, Christoph Hirtz,
precolombinas, coloniales, de año Paco Salazar, Margara Anhalzer,
viejo, artesanales, ‘bailadas’, dibujadas Cristóbal Corral, Xavier Andrade, Paúl
y producidas por niños. Fueron reco- Navarrete, Arísitides Vargas de Mala
12 piladas de colecciones privadas, públi- Yerba, Katalina Sosa de Sinchi Sacha,
cas y de archivos de varios fotógrafos Álvaro Ávila, Esthelina Quinatoa y al
ecuatorianos, durante varios meses. Banco Central del Ecuador.
Esperamos que la acogida de Un especial agradecimiento por
este catálogo nos permita en un la acogida a este proyecto editorial y
futuro no muy lejano producir el la gestión de venta a Manolo Ponce y
segundo ejemplar y que se con- Carmen de Garzón de Ediecuatorial.
vierta en una serie, en el mismo Finalmente, gracias a todos los
formato, que recoja otra expresión artesanos anónimos autores de estas
tan rica como la de las máscaras: el fabulosas máscaras. ¡Disfrútenlas!
diseño gráfico popular.
La edición de este libro fue posi- Juan Lorenzo Barragán, Quito,
ble gracias a la desinteresada cola- octubre de 2006.
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