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Mónica

McCarty Ariete

Àriel x

Mónica McCarty Ariete


Àriel x

LA GUARDIA DE LOS HIGHLANDERS:

ARIETE

8º libro de la Entrega: La Guardia de los Highlanders

Traducción: Àriel x.

Àriel ll Journals

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

ÍNDICE

 Sinopsis 5

 Prefacio 7

 Prólogo 8

 Capítulo 1 23

 Capítulo 2 32

 Capítulo 3 42

 Capítulo 4 49

 Capítulo 5 60

 Capítulo 6 70

 Capítulo 7 81

 Capítulo 8 91
 Capítulo 9 102

 Capítulo 10 112

 Capítulo 11 120

 Capítulo 12 128

 Capítulo 13 133

 Capítulo 14 144

 Capítulo 15 154

 Capítulo 16 162

 Capítulo 17 167

 Capítulo 18 177

 Capítulo 19 187

 Capítulo 20 195

 Capítulo 21 204

 Capítulo 22 213

 Capítulo 23 227

 Capítulo 24 237

 Capítulo 25 250

 Capítulo 26 256

 Capítulo 27 261

 Epílogo 271

Mónica McCarty Ariete


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SINOPSIS

Sus ojos se encontraron. Algo pasó entre ellos. Algo que detuvo su respiración,
su corazón, e hizo que el suelo se moviera bajo sus pies. Estaba caliente, duro y
colgado al borde de un precipicio, luchando por mantenerse firme.

Luchando por no tocarla. Pero esta podría ser una batalla que no podría ganar. El
corazón le latía con fuerza, la contención hacía que sus músculos se flexionaran.
Era inevitable, y eso le pesaba. Le pesaba tanto que dudaba que pudiera
aguantarlo. La quería tan intensamente que podía probarla con su lengua.

Sus ojos fueron a parar a su boca. Sus labios se separaron. Ella inclinó más
cerca.

La sutil invitación era demasiado para resistirse. Perdió aquella batalla. Su boca
cayó sobre la suya con un profundo gemido. Por un momento fue como la
primera vez que la besaba. Sintió la misma –inesperada- oleada de sorpresa por
lo bien que sabía.

Qué suaves eran sus labios. Cómo el inocente temblor de su boca bajo la suya,
le dolía saber que era él quien le enseñaba esa pasión.

Pero luego algo cambió, porque esa vez no se retiró. Esa vez no luchó contra el
impulso de profundizar el beso. Esta vez deslizó su brazo alrededor de su
cintura, la arrastró contra él y se dejó hundir en la suavidad de su boca para
saborearla completamente.

Esta vez captó el temblor de sus labios con los suyos y le mostró cómo podía
abrirse a él, cómo tomar su lengua en su boca y dejar que la acariciara.

Sí, él la acarició. Con largos y lentos movimientos de su lengua hasta que fue
ella quien le acarició. El primer chasquido de su lengua contra el suyo le hizo
gemir. Sus rodillas casi se doblaron.
Eso fue increíble.

Se fundieron en uno.

La sangre se le calentó.

Se dejó llevar. Sin control.

Mónica McCarty Ariete

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La Guardia de los Highlanders
1. Tor MacLeod, Jefe: líder de las huestes y experto en combate con espada.

2. Erik MacSorley, Halcón: navegante y nadador.

3. Lachlan MacRuairi, Víbora: sigilo, infiltración y rescate.

4. Arthur Campbell, Guardián: exploración y reconocimiento del terreno.

5. Magnus MacKay, Santo: experto en supervivencia y forja de armas.

6. Kenneth Sutherland, Hielo: Explosivos and versatilidad.

7. Ewen Lamont, Cazador: rastreo y seguimiento de hombres.

7.5. James Douglas, Negro.

8. Robert Boyd, Ariete: fuerza física y combate sin armas.

9. Gregor MacGregor, Flecha: tirador y arquero.

10. Eoin MacLean, Asalto: estratega en lides de piratería.

11. Thomas McGowan. Herrero, Roca.

11.5. Sir Thomas Randolph, Pícaro.

12. Alex Seton, Dragón: dagas y combate cuerpo a cuerpo.

También:

Helen MacKay, (de soltera, Sutherland), Ángel: sanadora.

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PREFACIO
Año de nuestro señor 1312.

Desde que Robert Bruce hizo su oferta por la corona hacía seis años, ha
derrotado no sólo a los ingleses sino también a los nobles escoceses poderosos
que se oponían a él.

Después de un necesario descanso de la guerra para Bruce y sus hombres, a


finales del verano de 1310, los ingleses marcharon hacia el norte para invadir
Escocia, esta vez bajo el liderazgo de Eduardo II.

Pero el Eduardo II no era nada comparable a su padre "Martillo de los


escoceses", y la campaña del inglés fue un desastre. Bruce se negó a tomar el
campo en la batalla campal.

En cambio, con la ayuda de los guerreros de élite de la legendaria Guardia de los


Highlanders, Bruce emprendió una "guerra secreta", utilizando las tácticas de
piratas que había perfeccionado, hostigando a los ingleses con ataques sorpresa y
peleas, causando estragos en la moral de los soldados.

Después de intentar sin éxito localizar a Bruce, Eduardo y su ejército se retiraron


a las fronteras inglesas para esperar la llegada del invierno en Berwick-upon-
Tweed antes de marchar sobre los rebeldes de nuevo. Pero la segunda campaña
del rey inglés se retrasó cuando en el verano de 1311, después de diez meses en
Escocia y las fronteras, los problemas con sus barones lo obligaron a volver a
Londres.

Bruce se aprovechó inmediatamente de la retirada de Eduardo y fue a la


ofensiva, por primera vez llevando su guerra a las profundidades en el campo
inglés. Como los vikingos ante ellos, los fieros invasores escoceses golpearon el
terror en el corazón de sus enemigos.

Los nombres de sus líderes pasaron a la historia. Hombres como Thomas


Randolph, James "El Negro" Douglas, Eduardo de Bruce y Robbie Boyd
ganaron fama y fortuna, comenzando la feroz campaña que finalmente traerá
consigo el final de la guerra.

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PRÓLOGO

Dios Robert Boyd, digno individuo erais

(Buen Robert Boyd, qué digno sabio y fuerte)

-Blind Harry, El Wallace

Castillo de Kildrummy, Tierras Altas de Escocia, octubre de 1306

¿Muerto? Rosalin casi se atragantó con un poco de carne.

-¿Estáis bien? -preguntó su hermano, inclinándose para darle una palmada en la


espalda.

Después de una ráfaga de tos, tomó un sorbo de vino endulzado y asintió con la
cabeza.

-Estoy bien -viendo su preocupación, logró sacar una sonrisa-. De Verdad. Lo


siento por la molestia. ¿Estabais diciendo algo sobre los prisioneros?

Su intento de despreocuparle no consiguió el efecto que quería. Él frunció el


ceño.

Había estado hablando en voz baja a su guardián, Sir Humphrey, a su otro lado,
y la conversación, obviamente, no pudo escucharla bien. Ella parpadeó
inocentemente, pero Robert, el primer barón de Clifford, no se había convertido
en uno de los comandantes más importantes de la guerra contra los escoceses
rebeldes por su rango y su hermoso rostro, aunque sin duda poseía a ambos. No,
se había elevado tan alto en la estima del Rey Eduardo porque era inteligente,
leal y decidido. También era uno de los caballeros más grandes de Inglaterra, y
estaba muy orgullosa de él.

Incluso si era demasiado perspicaz.

-Un desafortunado accidente, eso es todo. Parte del muro se derrumbó cuando
los prisioneros lo estaban desmontando. Dos de los rebeldes fueron aplastados
por la piedra y murieron.

Su corazón saltó a su garganta y un pequeño grito de angustia escapó antes de


que pudiera evitarlo. Oh Dios, ¡por favor no dejéis que sea él! Consciente de la
mirada atenta de su hermano, trató de cubrir su reacción demasiado preocupada
con una doncella:

-¡Eso es horrible!

La estudió un poco más y luego le dio una palmadita en la mano:- No dejéis que
os aflija.

Pero estaba angustiada. Profundamente angustiada. Aunque, la verdad era, que


no podía decirle a su hermano por qué. Si se enteraba de su fascinación por uno
de los prisioneros rebeldes, la enviaría a Londres en el primer barco, como la
había amenazado cuando llegó inesperadamente hace una semana con su nuevo
guardián, Sir Humphrey de

Bohun, Conde de Hereford.

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¡Cruz de Cristo, Rosalin! Este es el último lugar en la cristiandad adecuado


para una niña.

Pero la oportunidad de ver a Cliff había sido demasiado tentadora como para
resistirse.

Con ella en Londres y su hermano luchando contra los rebeldes escoceses en el


Norte, habían pasado casi dos años desde que lo había visto por última vez, y lo
extrañaba desesperadamente. Él, Maud (la esposa de Cliff -de veintiocho años-),
y los niños eran toda la familia que le quedaba, y si tuviera que aventurarse en el
Infierno para verlos, lo haría. Maud habría hecho el viaje con Rosalin y la fiesta
del conde, pero acababa de descubrir que estaba de nuevo embarazada.

-No entiendo por qué la pared está siendo desmantelada en primer lugar -dijo
Rosalin-.

¿Pensé que ganamos la guerra?

Su distracción funcionó. A Cliff le encantaba hablar de la gran victoria de


Inglaterra. La oferta de Robert de Bruce por la corona había fracasado. El rey
forajido se había visto obligado a huir de Escocia, y los ingleses ocupaban ahora
la mayor parte de los castillos importantes de Escocia, incluyendo este, el
antiguo bastión de los condes escoceses de Mar.

-Lo hicimos. La rebelión –corta- de Robert de Bruce ha terminado. Podría haber


escapado de la soga establecida para él en el castillo Dunaverty, pero no
encontrará refugio en las islas occidentales por mucho tiempo. Nuestra flota lo
encontrará -se encogió de hombros-. Incluso si no lo hacen, sólo tiene un puñado
de hombres bajo su mando.

Rosalin bajó la voz a un susurro:- ¿Pero no son Highlanders?

Su hermano se rio, y arrugó su nariz. A pesar de que con dieciséis, -casi


diecisiete años-, era demasiado mayor para cambiarla, no le importaba. Sabía lo
afortunada que era de tener un hermano que la cuidara tan profundamente. No
muchos muchachos de catorce años se habrían preocupado por una hermana de
cuatro años debido la muerte de sus padres, pero Cliff siempre la había cuidado.
Incluso cuando ambos estuvieron bajo la protección del rey, siempre se
aseguraba de que no estuviera sola. Si a veces actuaba más como un padre
sobreprotector que como un hermano, no le importaba. Para ella, era ambos.

-No son fantasmas, pequeña. O superhombres, no importa lo que puedas


escuchar en la corte. Pueden luchar como bárbaros, pero cuando se encuentran
con el acero de la espada de un caballero inglés, su sangre corre tan roja como
cualquier otra.

Como se suponía que no debía estar vigilando a los prisioneros, se abstuvo de


preguntar por qué se les encadenaban tan fuertemente, entonces. Su hermano se
volvió hacia Sir Humphrey y Rosalin le pidió tiempo, esperando que terminara
la larga comida del mediodía antes de correr hacia su cámara en la Torre de la
Nieve.

Por lo general, retrasaba el regreso a su cámara el mayor tiempo posible. Cliff le


había permitido quedarse en Escocia en Kildrummy sólo bajo la condición de
que se quedara en su cuarto excepto durante las comidas y la capilla (no quería
que hubiera ninguna

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posibilidad de que entrara en contacto con ninguno de ellos). La Pequeña cámara


había comenzado a sentirse como una prisión. (Cuando protestó que no era justo,
y que las otras damas de la fiesta de sir Humphrey no estaban siendo confinadas,
él contestó que las otras señoras no eran su hermana, ¡de dieciséis años!). Pero
en este momento todo lo que ella podía pensar era en la ventana que daba al
patio y el muro protector en forma de escudo. El mismo muro protector que se
había derrumbado y matado a dos

prisioneros.

Su corazón aceleró tan rápido como sus pies mientras subía los escalones. ¡De
siete en siete!- volando por las escaleras hasta la planta superior de la torre de
lujo. Los escoceses podían ser "bárbaros rebeldes", pero ciertamente sabían
cómo construir castillos, una de las razones por las que el rey Eduardo estaba tan
ansioso de destruir a Kildrummy. El "Martillo de los Escoceses", como era
conocido el Rey Eduardo, se estaba asegurando de que ningún otro rebelde
pudiera usar la fortaleza formidable como refugio en el futuro.

La luminosa luz del sol llenó la habitación cuando abrió la pesada puerta de la
cámara del señor y pasó junto a la enorme cama de madera, los baúles medio
desembolsados que llevaban sus pertenencias y la pequeña mesa que contenía
una jarra y un lavabo para lavar. Con el corazón ahora en su garganta, se
arrodilló en el banco debajo de la ventana, se inclinó en el travesaño de piedra
grueso, y miró a través de la ventana acristalada fina al patio abajo.

Sabía que estaba mal, y su hermano estaría furioso al descubrir su fascinación


por el prisionero rebelde, pero no pudo evitarlo. Había algo en él que destacaba.
Y no era sólo su tamaño formidable o su hermoso rostro, aunque tenía que
admitir que eso era lo que la había atraído inicialmente. No, él era... amable. Y
noble. Incluso si era un rebelde.

¿Cuántas veces le había visto echarse las culpas (y por lo tanto el castigo) por
uno de los hombres más débiles?

No podía ser...

Se negó a terminar aquel pensamiento y escaneó el patio adoquinado y el área de


la pared entre la torre suroriental y la puerta de entrada recién construida donde
los presos estaban trabajando.

Entre la multitud de hombres cerca del muro no había más que un puñado de
rebeldes, pero estaban siendo custodiados por al menos una veintena de hombres
bajo el mando de su hermano. Dado el número de los prisioneros, parecía tomar
demasiada prudencia.

Tal vez cuando el castillo fue tomado por primera vez hace un mes, tal
demostración de fuerza podría haber sido justificada, pero tras estar despojados
de sus escudos de cuero y armas, luego de semanas de prisión, con apenas
suficiente comida y agua para mantenerlos vivos, y siendo obligados al trabajado
casi hasta la muerte todo el día, los prisioneros de apariencia lamentable parecía
estar mal equipados para montar una gran resistencia.

Excepto por uno.

Rosalin buscó y buscó, el pánico iba aumentando en su pecho. ¿Dónde estaba el?

¿Había sido uno de los hombres aplastados? Las lágrimas le ardían en los ojos y
se

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decía que estaba siendo ridícula. Era un prisionero. Un escocés. Uno de los
rebeldes de Robert de Bruce.

Pero también era...

Su corazón se estremeció, y dejó escapar un pequeño grito de alivio, cuando el


guerrero poderosamente construido salió de detrás de la pared. ¡Gracias a Dios!
Estaba bien. Más que nada, en realidad... estaba espectacular.

Suspiró aliviada, exhalando como nunca lo había hecho en casi diecisiete años.
Las mujeres de la corte se burlaban sin piedad de su ingenuidad e inocencia. Sois
una niña, Rosa-lin, decían con un movimiento de ojos cuando se atrevía a
aventurarse en sus conversaciones (el apodo sonaba mucho más agradable
procedente de su hermano que de ellas).
Bueno, ciertamente ya no se sentía como una niña. Por primera vez en su vida,
se sentía como una mujer completamente encantada por un hombre. ¡Y qué
hombre! Era el

protagonista de leyendas y de los cuentos de bardo. Alto y de hombros anchos,


su cabello oscuro colgado en largas y enmarañadas olas enmarcado en un rostro

brutalmente atractivo, era uno de los guerreros más fuertes, y de apariencia más
imponente que había visto.

Para probar su punto, se inclinó y cogió una enorme piedra. Su aliento se detuvo
y su corazón comenzó a revolotear salvajemente en su pecho. A pesar de la
frescura en la habitación, su piel se calentó de los nervios. La camisa de lino
húmedo se extendía a través de su ancho pecho por el esfuerzo, marcando sus
músculos bien definidos y flexionados. Incluso debilitado por el
encarcelamiento, se veía lo suficientemente fuerte como para acabar con una
guarnición de soldados con sus propias manos.

Corrigió su opinión anterior: Quizás el gran número de soldados que vigilaban


era prudente después de todo.

Sólo cuando desapareció por el otro lado de la pared pudo respirar de nuevo.
Unos minutos más tarde, reapareció y empezó de nuevo. De vez en cuando,
intercambiaba una o dos palabras con uno de los prisioneros, antes de que uno de
los guardias lo interrumpieran, por lo general con el chasquido de un látigo.

Hablaba lo más a menudo posible a un hombre alto, de pelo rubio, aunque él no


era tan amistoso como él con el tercer hombre pelirrojo. También era alto, pero
era allí donde terminaban las similitudes. Más que cualquiera de los demás
prisioneros, el pelirrojo mostraba los efectos del duro trabajo. Estaba flaco y
pálido, y cada día parecía más encorvado.

El escocés –así era como se refería a él- hizo lo que pudo para ayudarle cuando
los guardias no miraban, ayudándole con algunas de sus rocas o tomando su
lugar en la línea para manejar el martillo. Incluso había visto al escocés pasar al
otro hombre los pocos cucharones de agua que se les permitía durante sus breves
descansos. Pero el hombre se estaba desvaneciendo ante sus ojos.

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Se apartó de la ventana. Tenía que parar. No podía hacer esto. La hacía sentir tan
desamparada. Sabía que eran rebeldes y merecían ser castigados, pero el hombre
iba a morir. Y, probablemente, sería ejecutado de todos modos cuando el trabajo
terminase, no importaba. Nadie debería sufrir así.

Recogió su costura, pero la dejó caer unos minutos más tarde y volvió su mirada
hacia la ventana. No podía apartar la vista. Tenía que hacer algo. ¿Pero el qué?
Su hermano la había advertido de no interferir.

Lo supo a la mañana siguiente después de la iglesia. Al salir de las oraciones de


la mañana, vio a una sirvienta que llevaba un tazón grande y unos pedazos de
pan hacia la prisión, una cantidad insignificante para tantos hombres.

¡Eso era! Les dejaría comida extra.

Le tomó unos días para llegar a un plan, pero al final estuvo dispuesta a ponerlo
en marcha.

Esconder trozos extra de carne fue la parte fácil. Los envolvió en el paño que
guardaba en su regazo mientras comía, y luego metió el paquete en el bolso de
su cintura antes de que ir. Conseguir entregar la comida a los prisioneros, sin
embargo, era lo difícil.

Había observado a los prisioneros lo suficiente como para saber su rutina. Todas
las mañanas los guardias los llevaban a través del pequeño patio entre la capilla
y el Gran Salón dañado hasta el patio principal. Estaban alineados y les daban
instrucciones antes de que se les permitiera recoger los carros, que estaban
almacenados en el lado de la casa de hornear. Los carros era lo que Rosalin
buscaba.

Esa noche, cuando el castillo estuviera en silencio, se pondría una capa oscura y
saldría de la torre. Manteniéndose a la sombra, se dirigió por el patio, con
cuidado de evitar a los guardias que pudieran estar patrullando. Pero estaba muy
silencioso. Con las fuerzas rebeldes aplastadas, había poca amenaza de un
ataque. Rápidamente depositó su paquete en uno de los carros y volvió a su
cámara.

A la mañana siguiente observó desde su ventana, cuando uno de los hombres


regresó con el carro, se dirigió inmediatamente al escocés, y le pasó
subrepticiamente el paquete. El escocés miró a su alrededor, como si sospechara
que fuera una trampa, pero cuando uno de los guardias le gritó una orden,
presumiblemente para ir a trabajar, vio una débil sonrisa.

Esa sonrisa era todo el estímulo que necesitaba. Sus excursiones nocturnas
continuaron durante una semana, y juró que el hombre de pelo rojo oscuro se
volvía mucho más fuerte. Muchos de los hombres parecían caminar un poco más
alto.

Sabía que su hermano estaría furioso si descubriera lo que estaba haciendo -y


odiaba la idea de tener secreto entre ellos- pero se dijo a sí misma que no era
más que un pequeño gesto y no haría daño alguno.

Pero estaba equivocada. Terriblemente equivocada.

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Rosalin bostezó cuando una de las sirvientas que la acompañó desde Londres
terminó de hacerle sus largas trenzas bajo el velo y el aro.

-Parecéis cansada, mi lady -dijo la mujer mayor, con una mirada preocupada en
sus ojos-. ¿No os estáis sintiendo bien?

Después de ocho noches, la pérdida de sueño hizo mella en ella, pero Rosalin
logró sonreír:- Bueno, Lenore. Nada que unas cuantas horas extras de sueño no
pueda curar.

Me temo que me he quedado con mi hermano y el conde...

Un grito desde el patio de abajo le hizo detener lo que había estado a punto de
decir.

-Me pregunto de qué va todo eso -dijo Lenore.

Pero Rosalin ya había saltado de la silla y corrido hacia la ventana. Su corazón


se detuvo, un grito estrangulado escapando de entre sus labios antes de que
pudiera sofocarlo con su mano. El pelirrojo rebelde estaba arrodillado en la
tierra, sosteniendo su espalda donde uno de los soldados debió de golpearlo. La
tela y los trozos de carne y pan que ella les había traído de contrabando la noche
anterior estaban sembrados en el suelo delante de él. El soldado le estaba
gritando, gesticulando de sobremanera para puntualizar sus palabras.

No era difícil adivinar lo que estaba preguntando.

El hombre pelirrojo sacudió la cabeza y el soldado volvió a golpearlo. Esta vez


con tanta fuerza, que su cabeza retrocedió y la sangre roció alrededor de él como
una burbuja que había salido.

Se hizo un ovillo en el suelo.

Ella gritó horrorizada, y Lenore trató de alejarla.

-Venid, milady. Esas viles bestias no son aptas para vuestros ojos. Forajidos y
bárbaros, eso es lo que son. ¡Espero que vuestro hermano salga y castigue a cada
uno de ellos!

Rosalin apenas oyó sus palabras. Ella la sacudió, gritando de nuevo al sentir que
sabía lo que haría el escocés. Rugió hacia adelante, arrojando a los dos soldados
que lo habían sostenido como si fueran cabritos. Su puño se estrelló contra la
mandíbula del soldado que había golpeado a su amigo. El soldado apenas había
tocado el suelo cuando el escocés estaba sobre él, empujando su potente puño
contra él una y otra vez como un ariete hasta que el soldado permaneció inmóvil
en el suelo.

Parecía que había una pausa aturdida antes de que el patio entrara en erupción en
el caos. Lenore jadeó horrorizada detrás de ella.

-¡Los prisioneros están atacando!

-No. Oh Dios, no -Rosalin gruñó suavemente mientras se producía la pelea.


¿Qué he hecho?

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El escocés luchó como si estuviera poseído, como uno de esos berserker de


leyendas nórdicas. Usando sólo sus manos, se defendió de media docena de
hombres de su hermano. Cada vez que uno de ellos trataba de apoderarse de él,
hacía una especie de maniobra rápida y se retorcía de la mano del hombre. Por lo
general, los soldados terminaban a sus espaldas. El prisionero de cabellos rubios
había logrado agarrar uno de los martillos que solían derribar la pared y había
tomado una posición en el flanco del escocés. Juntos formaban todo un ejército
de dos hombres.

Uno por uno los otros prisioneros fueron sometidos, pero esos dos hombres…
parecía como si nunca pudieran detenerlos.

Pero, por supuesto, eso no pasó. Sin armadura y armamento adecuado, todo lo
que necesitaba era una espada bien colocada en el costado del guerrero de
cabello rubio, y un poderoso golpe del martillo en las costillas del escocés, y los
ingleses habían recuperado la ventaja.

Su corazón palpitaba. Las lágrimas brotaban de sus ojos mientras los soldados de
su hermano rodeaban a los dos hombres.

¡Dios, van a matarlos!

Sin pensar en lo que estaba haciendo, sólo sabía que tenía que poner fin a la
lucha, corrió por las escaleras, sin prestar atención a los gritos preocupados de
Lenore detrás de ella. Llegó al patio momentos después de su hermano y de sus
hombres, dos de los cuales le impidieron ir más allá de la puerta de la torre.

-No deberíais estar aquí, mi señora -dijo uno de los hombres-. Volved a la torre.
Todo esto terminará pronto.

Eso era exactamente lo que temía.

-Necesito ver a mi hermano -trató de mirar alrededor de los hombres, pero con la
multitud de gente que había inundado el patio, no podía ver nada.

Oyó la voz de su hermano más adelante:- ¿Por qué se ha producido este


altercado?

Una serie de voces inglesas respondieron palabras sueltas como: "robaron


comida",
"interrogadles" y "los escoceses atacaron".

-Vuestro soldado estaba golpeando a un hombre a muerte por algo que no sabía.
Lo habría matado si yo no lo hubiera detenido.

El sonido de la voz profunda y poderosa reverberó a través de ella como una


corriente eléctrica, sacudiéndola. Era el escocés; lo sabía.

Su hermano dijo algo que no pudo oír y unas cuantas voces más inglesas fueron
y vinieron. Entonces su hermano habló de nuevo:

-Llevadle a la fosa, donde no incitará de nuevo un maldito motín.

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-¿Esta es vuestra justicia inglesa, Clifford? –su voz era ronca y profunda- ¿Matar
a un hombre por defender a alguien que no podía defenderse? Podría haberme
llevado a una docena de sus hombres conmigo, la próxima vez, quizás lo haga.

Rosalin trató de empujar de nuevo, pero uno de los hombres -un caballero que
ella creía que se llamaba Thomas- forzó su empuje.

-A vuestro hermano no le gustará que estéis aquí, mi señora. Tenéis que volver a
la torre.

-Pero ¿qué les pasará?

Le dirigió una mirada burlona:- Pues, serán ejecutados, por supuesto.

Palideció. Debía de parecer que iba a desmayarse, porque llamó a otro de los
soldados y juntos la condujeron de vuelta a la torre. Rosalin esperó lo que
pareció ser horas para que su hermano volviera a su solar. Sus manos se
retorcieron ansiosamente en su regazo.

Temía la conversación que tenía por delante, pero sabía que no podía evitarlo.
No podía dejar que esos hombres fueran asesinados por lo que había hecho.
Estaba oscuro cuando su hermano finalmente entró en la habitación. Parecía
sorprendido de verla.
-¿Qué estáis haciendo aquí, Rosie-lin? Pensé que os estaríais preparando para la
cena? -

frunció el ceño, viendo la angustia en su rostro-. ¿Ocurre algo?

Parpadeó hacia él, sintiendo que se le formaba un nudo en su garganta y las


lágrimas se acumulaban detrás de sus ojos.

-¡Todo es culpa mía! -incapaz de contener, las lágrimas se derramaron sobre su


rostro-.

Yo fui quien les di la comida. No pensé que pasaría nada malo, y parecían tan
hambrientos. Sólo estaba tratando de ayudar -agarró su brazo, las lágrimas
corrían por sus mejillas-. No podéis castigarlos.

La confusa confesión le tomó un momento para procesarlo, pero cuando lo hizo,


su rostro se oscureció. No era frecuente que su hermano estuviera enfadado con
ella, y lo odiaba.

-¡Maldita sea, Rosalin, os dije que os mantuvierais alejada de ellos! ¿Tenéis idea
de lo peligrosos que son esos hombres?

-Lo sé. Juro que no fui a ninguna parte cerca de ellos -explicó cómo llevaba los
pedazos de la comida al carro en la noche. Pareció relajarse un poco, y su
expresión no era tan atronadora-. Sólo quería aliviar su sufrimiento. No quería
que esto sucediera.

Él le dirigió una larga y firme mirada.

-Nunca quisiste qué cosas así sucedieran, y es exactamente por eso por lo que no
pertenecéis aquí. Vuestro corazón es demasiado blando para la guerra. Estos
hombres no son una de vuestras sirvientas de cocina con las manos llenas de
ampollas o una

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sirvienta que necesita pasar más tiempo con su bebé enfermo en lugar de atender
sus deberes.
-Pero las manos de Katie estaban tan agrietadas que estaban sangrando, y no era
justo que Meggie perdiera una semana de sueldo porque le faltaran unas cuantas
horas...

Su hermano levantó la mano, deteniéndola:- Eso es lo que estoy tratando de


decir. Estos hombres son asesinos; no son dignos de vuestra bondad.

Ella inclinó la cabeza, incapaz de mirarle a los ojos:- Tenía que hacer algo.

Rosalin lo oyó suspirar y un momento después, él envolvió su brazo alrededor de


ella y la atrajo a su lado. El alivio de que la hubiera perdonado sólo la hizo
sollozar más fuerte.

-Lo siento mucho.

Murmuró palabras tranquilizadoras y la atrajo más fuerte hasta que se calmó. Le


recordaba la noche en que su padre murió, y la noche, menos de un año después,
cuando su madre lo había seguido.

-No podéis quedaros aquí, pequeña. Debería haberos mandado a casa de


inmediato, pero fui egoísta. Os he echado de menos y vi que vuestro rostro era
como un soplo de aire primaveral en este pozo.

Ella lo miró, con los ojos ardiendo:- ¿Me estáis echando? Por favor, no. Todo
menos eso.

Asintió solemnemente.

-Sí, pero sólo por un tiempo. Iré a veros a Londres tan pronto como termine aquí.
El rey deseará un informe, y yo puedo dárselo personalmente. Traeré a Maud y a
los niños. Os gustaría eso, ¿no es cierto? –Rosalin asintió; Él sabía que lo haría.
Sonrió burlonamente-Además, quiero ver a todos estos pretendientes de los que
Hereford me ha hablado.

El calor se deslizó por sus mejillas. Esa era una de las razones por las que había
venido.

La atención en la corte se había vuelto insoportable y ninguno de los hombres la


había interesado. Ningún hombre la había interesado hasta...
-¿Eso significa que los perdonaréis?

Le tomó un momento seguir su salto en la conversación. Su boca se tensó, ya


fuera por la ira o por lo desagradable del tema.

-Vuestra caridad equivocada no cambia nada.

-Pero no es justo...

La interrumpió con una voz que no daba paso a ninguna discusión.

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-Esto es la guerra, Rosalin. La misericordia no entra en ella. Casi mataron a tres


de mis hombres. Cualquiera que sea la causa, no se puede permitir que los
prisioneros combatan. Nunca. Especialmente estos prisioneros. No merecen
vuestras lágrimas.

-Pero...

Él la cortó de nuevo, su rostro consiguió ser implacable, hemos-acabado-esta-

conversación.

-No escucharé más sobre el tema. A estos hombres se les ha dado sólo un respiro
temporal del hacha del verdugo. Pero han demostrado ser demasiado peligrosos
incluso para eso. Son bandidos que luchan sin caballerosidad y honor. Su líder es
un flagelo vicioso que cortaría tu lindo cuello sin pensárselo dos veces. ¿Lo
entendéis?

Rosalin abrió los ojos. Su hermano habló con tanta convicción, pero sus palabras
no cuadraban con el hombre que había visto las últimas dos semanas. Sabiendo
que a Cliff no podía negarse, todo lo que podía hacer era asentir.

Él sonrió:- Bien, entonces no oiremos más de esto. ¿Qué es lo que escuché


acerca de vos tomando el nombre de nuestros ilustres antepasados?

Rosalin se ruborizó ante la suave burla de su embarazoso apodo. Su infame


tatarabuela Rosemund Clifford había capturado el corazón del rey Enrique II y
había pasado a la historia como "La hermosa Rosemund". Al parecer, los
hombres de la corte se habían decidido llamarla "La hermosa Rosalin".

Trató de jugar con las bromas de su hermano, pero no podía olvidar el horrible
destino que les esperaban los hombres de la prisión, especialmente el que
languidecía en la cárcel, que se había visto obligado a defender a su amigo a
causa de ella. Durante toda la cena y las largas horas de la noche, se quedó con
ella. No podía pensar en otra cosa.

Estaba mal. La palabra resonaba una y otra vez en su cabeza, sin importar lo que
tratara de hacer. Al final, la voz se hizo demasiado fuerte para ignorarla. En
algún momento de la madrugada, se levantó de la cama, se puso un par de
zapatillas y una capa oscura con capucha y salió de su habitación. No sabía si
podía hacer algo, pero sabía que tenía que intentarlo. Esto fue parcialmente culpa
suya, y con razón o sin ella, si no hacía algo, se sentiría responsable de la muerte
de esos hombres por el resto de su vida.

Pero era la muerte de un hombre la que la perseguía. El hombre que había visto
durante más de dos semanas, el hombre que se había sacrificado, que había dado

desinteresadamente su comida y cargaba con más carga por su amigo, no


merecía morir.

Lo sabía profundamente en su alma con una certeza que no podía ser ignorada.
Guerra o no, estaba mal, y tenía que tratar de hacerlo bien, incluso si... incluso si
eso significaba dejarlo libre.

Una vez dicho ese… pensamiento que conllevaría la traición, se sentía como si
se hubiera quitado un gran peso de sus hombros. Sabía lo que tenía que hacer, o
trataría de hacerlo, si era posible.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Saliendo de la Torre de las Nieves, se detuvo en las sombras para ponerse de


puntillas.

No tenía un plan. Todo lo que sabía era que el escocés había sido trasladado a la
cárcel, que estaba situada debajo de la vieja torre junto al gran salón quemado.
Había pasado por ella todas las noches al hacer sus entregas, rápidamente, ya
que el imponente y antiguo edificio de piedra no había sido usado en algún
tiempo y parecía muy oscuro.

Pero allí ahora había una antorcha, ardiendo de su percha de hierro junto a la
puerta. Se acercó un poco más, se mantuvo firme en las sombras de la pared y
observó.

Dios mío, ¿qué estaba haciendo? No podía evitar sentir la imposibilidad de su


situación.

¿Cómo iba una niña de dieciséis años a sacar a alguien fuera de una prisión sin
ayuda?

¿Sin un plan? No podía entrar allí, abrir la puerta y sacarlo de allí.

¿Podría?

¿Y los guardias? A pesar de que no podía ver a nadie en este momento, y la


cárcel de la fosa ofrecía escasas posibilidades de escapar, tenía que haber al
menos uno.

Lo había. Un soldado apareció desde la dirección de la torre del alcaide, donde


los prisioneros estaban siendo detenidos, caminaba hacia delante y hacia atrás
unas cuantas veces delante de la entrada a la vieja fortaleza, y luego desapareció.
Unos cinco minutos más tarde lo hizo de nuevo. Después de dos veces más,
esperaba que fuera un patrón. La próxima vez que se fue, esperó hasta que verlo
a la vuelta de la esquina y luego se lanzó a la entrada de la torre. Se estaba
oscuro y frío. Muy frío. Un escalofrío recorrió su columna vertebral de frío. No
hay tal cosa como fantasmas... no hay tal cosa como fantasmas.

Pero si los muertos estuvieran siempre inclinados a caminar por la tierra, este
sería el lugar perfecto para hacerlo. Después de mirar unos instantes para
adaptarse a la oscuridad, se movió por la habitación, buscando la entrada de la
cárcel, encontrándola en una pequeña antecámara de piedra de la entrada
principal. La habitación no tenía más de tres o cuatro pies de ancho, con una
pequeña puerta de madera que cubría una esquina del suelo de piedra. Ella lanzó
un suspiro de alivio, viendo que la puerta tenía un simple cerrojo en lugar de una
cerradura.
¿Cuántos minutos habían pasado? ¿Dos, quizás tres? Con mucho cuidado deslizó
la pestaña de hierro, su corazón se detuvo más de unos cuantos golpes cuando
chilló en voz alta. Ella se congeló, pero cuando nadie entró corriendo con una
espada

desenvainada, deslizó el pestillo completamente fuera del camino y agarró el


borde de la puerta de madera para levantarla.

Era más pesado de lo que parecía, y ella luchó, pero finalmente logró abrirlo.
Una oleada de aire frío y húmedo la empujó por un momento, pero finalmente se
arrodilló por el agujero y miró hacia la oscuridad. Todo estaba en silencio. Al
principio no vio nada, pero entonces vio el inconfundible resplandor de los ojos
blancos que la miraban.

Ella se sobresaltó.

-¿Ya es mañana? -se burló-. Me estaba poniendo cómodo.

¡Dios, esa voz! Profunda y poderosa, parecía reverberar a través de sus huesos.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-Shhh –susurró-. El guardia volverá -aunque sabía que era imposible, juró que
pudo verlo tenso de sorpresa.

-¿Quién sois vos?

-Shhh -suplicó de nuevo-. Por favor. El guardia os escuchará.

Dejó la puerta abierta, salió corriendo de la pequeña antecámara y la colocó de


nuevo en la pared junto a la entrada. Contuvo la respiración lo que le pareció una
eternidad, esperó a que el guardia se acercara. Con cada paso su corazón se
detuvo, empezando sólo cuando oyó lo siguiente. Cuando los pasos se alejaron
finalmente, corrió hacia la habitación.

-Tenemos que darnos prisa –susurró-. Volverá dentro de unos minutos.

El escocés no perdió el tiempo interrogándola, tomando el control de una manera


fríamente eficiente de un hombre acostumbrado al papel.

-Me bajaron con una cuerda atada a un pestillo en la pared. A ver si todavía está
allí.

Su voz estaba más cerca ahora, y se dio cuenta de que debía estar de pie justo
debajo de ella. Probablemente sólo unos pocos metros los separaban. Se
estremeció o creyó estremecerse, no sabía el qué, pero se dio la vuelta para hacer
su voluntad. Encontró la clavija de hierro en el muro de piedra y, seguramente,
un cordón viejo y deshilachado estaba atado a su alrededor. Recogiendo el final,
se volvió a la abertura.

Al ver que su sombra regresaba, preguntó:- ¿Lo habéis encontrado?

-Sí.

-Tíralo hacia abajo –Rosalin vaciló. De repente la plena carga de lo que estaba
haciendo la golpeó. Después de una larga pausa habló. Su voz era más dura,
¿con decepción, quizás?- ¿Cambiasteis de opinión?

¿Lo había hecho? No. No estaba equivocada acerca de él. Pero aún así, una cosa
era mirar a un hombre desde una ventana y admirarlo y otro para tenerlo justo al
lado de sí misma.

-Si os ayudo, tenéis que prometerme que os iréis sin herir a nadie.

-No dejaré a mis amigos aquí para morir.

Lo había anticipado. Era una de las razones por las que estaba aquí: un noble
líder no dejaría a sus hombres.

-¿Pero me daréis vuestra palabra de que no haréis daño a ninguno de los


guardias?

Hizo un sonido agudo que podría haber sido una risa:- ¿Mi palabra es suficiente
para vos?

-Lo es.

Mónica McCarty Ariete


Àriel x

Hizo una pausa, como si su respuesta lo sorprendiera:- Muy bien, tenéis mi


palabra de que haré todo lo posible para que nadie muera.

Habló las palabras con la solemnidad de una promesa. No tenía ninguna razón
para confiar en él, y sin embargo, lo hizo. Suficiente para dejar caer la cuerda.

Ella retrocedió, y en unos instantes, escandalosamente breves estuvo de pie


frente a ella.

Apareciendo delante de ella, en realidad. Su enorme y musculoso cuerpo parecía


llenar toda la habitación. ¡Jesus, él era aún más alto y más formidablemente
construido de lo que se había dado cuenta! Instintivamente, retrocedió, cada una
de las advertencias de su hermano repentinamente corriendo por su mente.

Cortar su garganta... Vértigo bárbaro... Vicioso bruto...

Se quedó quieto:- No tenéis nada que temer, muchacha. No os haré daño. Os


debo mi vida.

Parte de su miedo se disipó. Podría tener constitución como un bruto, pero en el


interior era noble de corazón. Solo deseaba que no estuviera tan oscuro aquí.
Quería ver su cara de cerca, pero no podía distinguir mucho más que sombras.
Sin embargo, sus otros sentidos funcionaban perfectamente y, mezclados con el
aire húmedo del pozo, captó el borde almizclado de un cuerpo bien trabajado que
no era tan desagradable como hubiera esperado.

-¿Quién sois vos? -preguntó.

Ella sacudió su cabeza:- No es importante.

-¿Por qué estáis haciendo esto?

No estaba segura de conocerse a sí misma, pero de pie aquí con él, sabía que
estaba bien.

-Fue mi culpa. No quería que alguien saliera lastimado, sólo estaba tratando de
ayudar.
-Vos trajisteis la comida -lo dijo como si la última pieza de un rompecabezas
acabara de encajar en su lugar, y todavía no tuviera sentido. Ella asintió.

-¿Qué edad tenéis, muchacha?

Algo en su voz le hizo levantar su barbilla y enderezar su espina dorsal:-


Dieciocho -

mintió ella.

Casi pudo oírle sonreír. No tendría ser más que un puñado de años más que ella,
pero la hacía sentir tan joven... Incluso en la oscuridad parecía como si pudiera
ver a través de ella. Como si conociera su razón para ayudarlo. Probablemente
estaba acostumbrado a las mujeres que lo admiraban. Acostumbraba a las
"chicas jóvenes" de ojos estrellados que hacían tonterías por él.

Pero no era así. Estaba corrigiendo un error. Principalmente.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-No importa cuál sea vuestra edad, lo que hacéis es una bondad, y os lo
agradezco. Lo que sucedió no es vuestra culpa, aunque no diré que lamento
vuestro pensamiento, pues de lo contrario estaría en ese pozo.

Se detuvo, oyendo algo.

Oh Dios, ¡el guardia! Había estado tan distraída por él que se había olvidado de
la guardia. El soldado debió haber oído algo y estaba viniendo a investigar.
Antes de darse cuenta de lo que estaba sucediendo, el escocés la agarró, la atrajo
hacia él y le puso la mano sobre la boca.

Ella jadeó silenciosamente, primero con sorpresa y luego con un miedo helado.
Se sentía como si estuviera envuelta en acero. Cada centímetro de él era duro e
inflexible, desde el pecho duro contra su espalda hasta el brazo como una roca
debajo de sus pechos. Rosalin trató de retorcerse libremente, pero él apretó su
agarre de oso, deteniéndola. Cuando él envolvió su mano grande, callosa,
alrededor de su boca, un extraño calor la envolvió. Sin darse cuenta de lo que
estaba tratando de hacer, se sorprendió, al menos pensó que el estremecimiento
que la atravesaba era un sobresalto.

Capturando sus dedos, dobló suavemente cuatro dedos y luego tres.

De repente, comprendió. Señaló con un dedo. Un guardia. Él asintió y


lentamente soltó su mano alrededor de su boca. Se dio cuenta de que él la había
agarrado sólo para evitar que hiciera ningún sonido de sobresaltado.

Su mente podría saber eso, pero su corazón seguía golpeando contra su pecho
con los efectos secundarios. Sin embargo, sabía que no era la única razón. De
pronto se dio cuenta de él. Consciente de que estaba siendo sostenida por un
hombre por primera vez.

Podría ser de acero, pero estaba tibio. Muy cálido. Y ningún hombre la había
abrazado tan íntimamente. Tenía la sensación de estar metida en él, cada parte de
sus cuerpos encajaba ajustada y apretadamente. Estaba segura de que era muy
impropio, y se sorprendería más tarde, pero en este momento todo lo que podía
pensar era lo increíble que se sentía. Como si estuviera caliente y segura y nada
la pudiera hacer daño.

Él los empujó contra la pared, volviéndose hacia ella para protegerla con su
cuerpo.

Podía sentir los músculos de su cuerpo tensos mientras la antorcha inundaba la


cámara principal de la torre. La luz se acercaba cada vez más. ¡El guardia venía
por aquí!

No podía respirar. Ambos por miedo y por estar presionado contra un muro de
piedra con un acero detrás de ella.

-¿Qué demonios?

El soldado había visto el hoyo abierto. Entró en la habitación y sostuvo la


antorcha sobre el pozo. El escocés saltó a la acción. Se movió tan rápido, el
soldado nunca tuvo una oportunidad. Un fuerte golpe en la garganta del soldado
y un golpe en el estómago lo empujaron hacia atrás. Logró un grito de sorpresa
antes de caer en el agujero. La antorcha se puso negra y un momento después, la
puerta se cerró de golpe.

El escocés la hizo girar para mirarlo.


-Tengo que irme. Vendrán a buscarlo.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Ella asintió sin decir palabra, todavía sorprendida por lo rápido que había
sucedido.

-¿Estaréis bien? –preguntó-. Haré lo que pueda para que parezca que no
teníamos ayuda.

-Estaré bien -hizo una pausa, queriendo decir algo pero sin saber qué decir-. Por
favor, es mejor que vayáis rápido.

Pero no quería que se fuera. Ella deseó... deseó tener una ocasión de conocer a
este hombre que había capturado su corazón.

Tal vez la había oído vacilar y adivinado la razón de ello. Se volvió para hacer lo
que ella había pedido, pero también él, vaciló. Antes de que se diera cuenta de lo
que iba a hacer, agarró su barbilla en su gran mano, inclinó su cabeza hacia atrás
y tocó sus labios con los suyos. Tenía la fugaz sensación de calidez y
sorprendente suavidad antes de que desapareciera.

-Gracias, muchacha. Un día espero que nos volvamos a encontrar, para que yo
pueda pagaros por completo.

Rosalin observó con el corazón en la garganta mientras desapareció en la


oscuridad.

Ella llevó su mano a su boca como si pudiera mantener el momento allí para
siempre.

Había sido un beso de gratitud. El más pequeño susurro de las bocas, sin
intención de pasión. Incluso fraternal, por lo menos de su parte. Pero en ese
instante, sintió una chispa de algo grande, poderoso y mágico. Algo
extraordinario. Algo maravilloso.

Podía haberse quedado así hasta la mañana, pero un ruido de la prisión de la


cárcel la despertó de su estado de ensueño.
Rosalin salió corriendo de la torre y subió las escaleras hasta su cámara,
sabiendo que podría vivir con las repercusiones de esta noche para siempre, pero
nunca se

arrepentiría.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Capítulo 1

Hannibal ad portas (Hannibal está a las puertas)

Cranshaws, Marchas Escocesas, febrero 1312.

Los ingleses pagarían.

Robbie Boyd, la autoridad del rey Robert Bruce en las fronteras, miró fijamente
la concha ennegrecida del granero y juró venganza.

Su boca cayó en una línea sombría, el sabor amargo de la memoria tan acre
como el humo que le quemaba la garganta. Nunca sería capaz de ver un granero
arrasado sin pensar en el que había servido como la pira funeraria de su padre.
Había sido la primera lección de Robbie, a los diecisiete años, sobre la traición y
la injusticia inglesa. Habían pasado quince años. Desde entonces, había tenido
muchos más.

Pero acabaría. Por todo lo sagrado, se aseguraría de ello. No importaba lo que se


necesitara, vería a Escocia liberada de sus "señores" ingleses. No más hijos
verían el cuerpo quemado de su padre colgando de las vigas, ningún hermano
vería a su hermana violada y su hermano ejecutado, y no más agricultores verían
su granja arrasada y al ganado robado.

No le importaba que tuviera que luchar por otros quince años abandonados por
Dios, no descansaría hasta que todos los ocupantes ingleses huyeran de Escocia
y el León -el símbolo de la monarquía de Escocia- rugiera libre.

La libertad era lo único que le importaba. Nada más había importado desde el
primer día en que había levantado su espada para pelear junto a su amigo de la
infancia, William Wallace.

Recordando la manera de la muerte de su amigo, la mandíbula de Robbie se


endureció con la determinación acerada nacida del odio. Se volvió de vuelta las
maderas encendidas -el último ejemplo de la "justicia" inglesa- para enfrentarse
a los aldeanos que habían comenzado cautelosamente a acercarse a la casa
solariega.

-¿Quién hizo esto? -preguntó, la uniformidad de su tono no enmascarando

completamente la amenazadora advertencia que se ocultaba debajo.

Pero ya sabía la respuesta. Sólo un hombre se atrevería a desafiarlo. Sólo un


hombre se había negado a renovar la tregua. Sólo un hombre había enviado la
misiva de Robbie pidiendo un respaldo en ascuas.

Algunos de los aldeanos miraron a su alrededor antes de que un granjero, con el


nombre de Murdock, se acercara cautelosamente. La inquietud entre los aldeanos
no era inusual.

Como uno de los hombres más temidos en las fronteras -el infierno, en toda la
cristiandad- Robbie estaba acostumbrado a ello. Aunque su notoriedad sirviera a
su propósito de provocar miedo en el enemigo, no resultaba sin complicaciones.
Seguro que había conseguido mantener su identidad en secreto como uno de los
miembros de la

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Guardia de los Highlanders de Bruce y había sido todo un desafío. Con el tiempo
supo que alguien iba a reconocerlo, incluso con sus rasgos ocultos. Se había
vuelto demasiado conocido.

-Los hombres de Clifford, mi señor -explicó Murdock-. Lo tomaron todo. El


ganado, el grano, incluso la semilla, antes de incendiar el granero.

Clifford. ¡Por el amor de Dios, lo sabía! Los puños de las manos de Robbie
apretados a su lado, la rabia surgiendo a través de él en una carrera de gran
alcance. No era frecuente que perdiera la paciencia. Como su tamaño y su
reputación solo hacían que los guerreros endurecidos sacudieran sus botas, no
servía para nada.

Pero había dos cosas que podían hacer que perdiera el control: uno era el
caballero inglés que estaba detrás de él, Alex Seton, el Dragón, su improbable
compañero en la Guardia de los Highlanders, y el otro era el caballero inglés que
lo había encarcelado hacía seis años Y parecía estar frustrándolo desde entonces,
Sir Robert Clifford, el nuevo guardián de Escocia del rey Eduardo, en otras
palabras, el último señorío rebelde de Escocia.

Que el diablo tomara a las putas inglesas, Clifford pagaría por esto y por viejas
cuentas aún sin resolver. Era una cuenta atrasada. Durante seis años, el bastardo
le había eludido, y ahora el desafío de Clifford -su negativa a saber cuándo había
sido golpeado-estaba amenazando con arruinarlo todo.

Cuidado, Ariete –le había dicho el rey.

Robbie tenía un trabajo que hacer, maldita sea. Bruce lo había puesto a cargo de
hacer cumplir la paz en las fronteras sin ley y devastadas por la guerra. Su
nombre de guerra

"Ariete" atestiguó su experiencia en el área. El rey contaba con él para llevar a


los barones ingleses al límite, y nadie iba a interponerse en su camino.

Cuando el rey Eduardo abandonó el Castillo de Berwick el verano pasado, se vio


forzado a abandonar su guerra contra los escoceses para atender problemas de
poderío con sus barones, Bruce había tomado la ofensiva, dirigiendo una serie de
incursiones bien ejecutadas en el norte de Inglaterra. Por primera vez, los
ingleses habían saboreado la devastadora guerra que los escoceses habían
experimentado durante años. Las redadas no sólo habían desplazado la guerra
del campo escocés a Inglaterra, sino que también habían servido para reponer las
arcas reales drenadas exigiendo el pago de los barones ingleses del norte a
cambio de una tregua.

Los otros barones habían renovado sus treguas, pero Clifford, el nuevo
gobernador del castillo de Berwick, rechazó su "oferta", y seguía resistiéndose.
Su resistencia podría animar a otros a hacer lo mismo, y Robbie estaba seguro
como el infierno que no iba a dejar que eso sucediera.

Bruce tendría su tregua y la cooperación de Clifford; Robbie se haría con ello.


James Douglas, uno de los otros tres guerreros que habían acompañado a Robbie
y Seton en esta misión "sencilla y directa" (como si tal cosa existiera) para
recolectar las cuotas feudales que debía al rey, murmuró una maldición,
haciéndose eco de sus pensamientos un poco más crudamente.

Si alguien odiaba al nuevo "Guardián" del rey Eduardo más que a Robbie, era
Douglas.

Clifford se había construido su nombre y fortuna por la guerra en Escocia en


parte debido a reclamar las tierras de Douglas.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-¿No queda nada? -preguntó Douglas al granjero, su rostro se oscureció de rabia.

El Douglas Negro no había ganado su epitafio sólo por el color de su pelo, sino
también por su temible reputación. Desconfiado de la fuente de su rabia, las
manos de Murdock temblaron mientras trataba de explicar.

-No, mi señor. Lo tomaron todo. Reivindicó que era el precio por tratar con "los
rebeldes." Habrían quemado la aldea entera si lo rechazamos. No tuvimos más
remedio que dárselo a ellos. Es lo mismo en todas partes. Los hombres de
Clifford asaltaron toda la Marcha Oriental de aquí a Berwick. El alguacil en
Duns envió una advertencia esta mañana, pero llegó demasiado tarde.

Robbie juró. ¡Maldito sea el bastardo!

-¿Ha herido alguien? -preguntó Seton.

El granjero sacudió la cabeza:- No, alabado sea Dios. Sólo destruyeron el


granero, esta vez. Pero el fuego era una advertencia. Porque sabían que
estábamos tratando con Bruce.

-Bruce es vuestro rey -le recordó Robbie. En esta parte de Escocia, tan cerca de
la frontera inglesa, la gente a menudo necesitaba recordarlo. Aunque Bruce
había establecido su reinado al norte de Tay, había muchos en el sur que, a
regañadientes, llamaban a Bruce rey y cuyas simpatías aún estaban con los
ingleses.
Hablando de escoceses que actuaban como ingleses, Seton, cuyas tierras en
Escocia estaban cerca de aquí, saltó a la defensa del granjero.

-Estoy seguro de que Murdock no quería ofender al rey. Sólo señalaba la


dificultad para aquellos que viven rodeados de guarniciones inglesas sin nadie
que los defienda.

Boyd lo miró con brusquedad, sin perder la crítica implícita. Seton a menudo se
lamentaba de la situación de los condenados, tanto si lo hacen, como si no, de la
gente que vivía tan cerca de Inglaterra. Pero todo el mundo tenía que hacer una
elección: para Inglaterra o para Escocia; No había términos medios. Seton
todavía no entendía que no podía vivir en ambos mundos.

-Maldición -Douglas juraba frustrado-. El rey cuenta con el grano y el ganado.


¿Qué demonios se supone que debe alimentar a sus hombres ahora?

El Bruce y una buena parte de su ejército (y la Guardia de los Highlanders


cuando no estaban en otras misiones) habían estado acechando el Castillo de
Dundee durante los últimos tres meses. Con Eduardo en Londres y la amenaza
de la guerra disminuida, el foco de Bruce había cambiado a limpiar las
guarniciones inglesas atrincheradas de los castillos de Escocia.

Era la única forma en que la guerra podía ganarse verdaderamente. Todas las
victorias y el impulso de los últimos años no significarían una mierda si los
ingleses seguían ocupando sus castillos.

Y estaban progresando. Linlithgow había caído después de las redadas el año


pasado, y Dundee estaba cerca. Pero todo esto pronto llegaría a un final rápido si
Robbie no hacia su trabajo. El rey estaba sin fondos, y con los necesarios cien
días de servicio feudal libre de muchos de los soldados casi a la altura, si el
asedio debía continuar, tenían que encontrar moneda para pagar a los hombres y
comida para alimentarlos.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

No era demasiado exagerado decir que el futuro de la guerra descansaba sobre


los hombros de Robbie. Y si el camino hacia la victoria dependía de asegurar
treguas protectoras de los barones ingleses que habían asaltado Escocia durante
años, estaba condenadamente feliz de hacerlo.

-El rey tendrá su comida -replicó Robbie-. Y su maldita tregua con Clifford.

Douglas supo lo que quería decir, una lenta sonrisa se extendía por su rostro
oscuro.

Seton también lo hizo, pero su reacción fue apretar la mandíbula como si


quisiera discutir, pero sabía que no serviría de nada. Tal vez había aprendido
algo los últimos siete años después de todo. Clifford había echado el guante, y
Robbie seguro que no iba a dejarlo ir sin respuesta.

Murdock, sin embargo, no entendió:- ¿Pero cómo? No queda nada y sólo


vendrán una vez más. Tenéis que hacer algo.

Robbie miró fijamente al granjero:- Intento hacerlo.

-¿El qué? -preguntó el granjero.

Lucharía contra el fuego, si fuera necesario, y atacaría en un lugar que su


enemigo no podía ignorar. Algo raro apareció en su rostro cuando las comisuras
de su boca se alzaron en una sonrisa.

-Tomarlo de nuevo.

***

Castillo de Berwick, Marcas inglesas, una semana más tarde.

-No es justo, tía Rosie-lin.

Rosalin bajó la vista hacia el rostro pequeño y, ante los rasgos retorcidos de
dolor, decepción e incredulidad, y sintió que sus entrañas se derretían.

La hija de Cliff, de siete años de edad, Margaret, había conseguido –casi- a


explotar el solar de Rosalin casi llorando hacía unos momentos. Rosalin trató de
no mostrarse sorprendida por el atuendo de su sobrina. La pobre estaba luchando
tanto para no llorar, no quería empujarla al borde. Sentada en el borde de la
cama, dio una palmada en el espacio a su lado.
-Venid a sentaros, Margaret, y decidme qué ha pasado.

Sintiendo que había encontrado un par de oídos comprensivos, Margaret hizo lo


que pidió, saltando y acomodándose en el colchón de plumas mullidas a su lado.

-Es Meg –le corrigió, arrugando la nariz con disgusto-. Nadie más que papá me
llama Margaret.

La boca de Rosalin se torció, tratando de no sonreír. En cambio, asintió


solemnemente.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-Perdonadme, Meg.

La niña la recompensó con una sonrisa trémula, y Rosalin se derritió un poco


más.

-Así está bien -le aseguró Meg, acariciándole la mano como si sus edades
estuvieran invertidas-. Sólo habéis llegado aquí hace pocos días, y no me habéis
visto desde que era pequeña.

Rosalin fingió toser. Las diminutas y delicadamente arqueadas cejas de Meg se


juntaron sobre una nariz igualmente diminuta.

-¿Estáis enferma?

Rosalin no pudo esconder esa sonrisa:- No, Meg. Estoy perfectamente sana -la
niña la estudió.

-Bueno. Andrew siempre está tosiendo, y no se le permite jugar fuera. Él no es


divertido.

Rosalin sintió una punzada aguda en el pecho, pero trató de no mostrar su miedo.

Andrew, el hijo de tres años de Cliff, siempre había sido frágil. Aunque nadie
hablara de ello, no esperaban que viera más allá de su infancia. Contento de que
la niña ya no estuviera a punto de llorar, aunque no pudiera decir lo mismo de
ella, Rosalin preguntó:

-¿Por qué no me dices por qué llevas pantalones y un sobretodo de muchacho?

Meg miró hacia abajo como si hubiera olvidado.

-John dijo que me interpondría.

Rosalin no la entendió:- ¿En qué?

Meg le dirigió una mirada llena de impaciencia, como si no hubiera prestado la


debida atención.

-Las lecciones de equitación. Padre le dio a John un caballo para el día de su


santo la semana pasada, y hoy comienza su entrenamiento con Roger y Simon.
No es justo. John es dos años más joven que yo. Quiero entrenar como un
caballero, también. Apenas puede agarrar la espada de madera que le dio Padre.
¿Cómo se supone que matará a los escoceses si no puede levantar una espada? -
Rosalin tosió de nuevo y se apuntó decirle a Cliff que tuviera cuidado respecto a
su lenguaje delante de Meg.

-No debería habérselo dicho a mi padre cuando lo tomé prestado. A nadie le


gusta un chivato.

Rosalin tenía dificultades para mantenerse al día, así que asintió. El rostro de la
niña se arrugó.

-Roger no me dejó quedarme, incluso cuando podéis ver que mis faldas no se

interponen en el camino. No quiero coser con Idonia y Madre. ¿Por qué no me


dejan entrenar con ellos?

Porque sois una chica. Pero como no parecía el momento adecuado para
explicar la dura verdad de los sexos, Rosalin atrajo a la niña que sollozaba en sus
brazos y suspiró.

Ella comprendía su dolor. También había querido estar con su hermano,


probablemente más aún, ya que él era todo lo que tenía. Saber que ella no podía
simplemente porque era una niña había sido un duro trago.
Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Montar, practicar el juego de espadas y correr por el exterior había parecido


mucho mejor que sentarse dentro con una aguja y un laúd. Por supuesto, esa era
una visión demasiado simplista de sus respectivos papeles, pero a la edad de
Meg, ella lo había visto de la misma manera.

Después de un momento, la niña la miró, sus pestañas largas y oscuras


enmarcando grandes y azules ojos húmedos de lágrimas. Podría parecerse a su
linda madre de pelo oscuro, pero Rosalin vio la terquedad de Cliff en la firmeza
de su barbilla.

-¿Queréis hablar con él?

-¿Hablar con quién?

-Padre. Él os escuchará. Todo el mundo dice que nunca os ha negado nada.

Rosalin se echó a reír:- Os aseguro que me ha negado mucho. Yo quería montar


y practicar con una espada, también.

Los ojos de Margaret se agrandaron en proporciones casi cómicas.

-¿De verdad?

-Sí. Y pensé que era tan injusto como vos cuando me dijo que no.

La sonrisa que se extendía por el rostro de la niña era casi cegadora.

-¿De verdad? ¿Él lo hizo?

Rosalin asintió con la cabeza, luego se detuvo un momento para pensar.

-¿Qué diríais si os llevara de viaje mañana y os dejara practicar con las riendas?

Claramente no era lo que Meg esperaba oír, pero después de un momento de


decepción, decidió tomar lo que podía obtener y negociar mejores términos. Tal
vez la niña era como su tía en ese sentido.
-¿Por cuánto tiempo? -preguntó Meg.

-Tanto como queráis.

-¿Dónde podemos ir?

Rosalin hizo una pausa, considerando. No quería aventurarse demasiado lejos:-


Vuestra madre dijo que mañana había una feria en Norham. ¿Os gustaría ir a
eso?

Meg asintió con entusiasmo y un momento después, salió corriendo de la


habitación, deseosa de dominar su próxima aventura sobre sus hermanos.

Rosalin la llamó de vuelta. -¡Meg! -la niña se volvió.

-Poneos una bata -dijo Rosalin con una sonrisa.

Meg estalló en una amplia sonrisa, asintió y se alejó.

Unas horas más tarde, Rosalin localizó a su hermano muy ocupado para
informarle de su plan. Se paró frente a la puerta del solar mientras él terminaba
con sus hombres.

Como el recién nombrado gobernador del Castillo de Berwick, Cliff se había


apoderado de los apartamentos reales y estaba usando una de las salas de
recepción como una cámara del consejo.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Estaba tan orgullosa de él. No sólo le había dejado el rey a cargo de la guerra,
haciéndolo guardián de Escocia, sino que lo había nombrado gobernador de uno
de los castillos más importantes de las fronteras. Los castillos de Berwick en el
este, Carlisle en el oeste y Roxburgh en el medio formaron una banda defensiva
dominante a través de la frontera para evitar que los escoceses invadieran
Inglaterra.

Se mordió el labio. Al menos los castillos lo habían hecho hasta el verano


pasado. Las incursiones de Robert de Bruce en Cumbria y Northumberland
habían devastado el campo, aterrizando el terror en los corazones de los ingleses,
de los cuales todavía se estaban recuperando claramente. El miedo se sentía en el
aire, y los nombres de sus fieros invasores se agitaban en susurros aterrorizados,
como si decir en voz alta evocara al mismo diablo.

Douglas. Randolph. Boyd.

Una sensación enfermiza nadó sobre ella. No pienses en ello...

-¿Dos mil libras? -exclamó Cliff, claramente furioso-. Debe de estar loco. Envía
al hombre. No escucharé más de sus demandas.

Rosalin esperó hasta que los hombres salieron y luego entró.

Al ver quién era, Cliff levantó la vista y sonrió, borrando parte del cansancio de
su rostro.

-Ah, Rosee, siento haberos hecho esperar.

-¿Está todo bien? -claramente, no lo estaba. Su hermano había cambiado mucho


desde que lo había visto por última vez. La guerra le había costado eso. Todavía
era guapo, pero parecía más viejo que sus treinta y dos años. Y más duro.

Él rechazó su preocupación.

-Nada que no pueda manejar -le indicó que se sentara-. ¿Y qué es lo que
necesitáis?

Ella podía verlo intentando no sonreír cuando ella explicó. Al final, estaba
sacudiendo la cabeza.

-Sé que le dijisteis que era demasiado joven para montar, pero realmente, Cliff,
tiene siete años. No veo ninguna buena razón por la que una niña de siete años
sea demasiado joven y un niño de cinco años no.

Apoyándose en su silla, Cliff la observó por encima de la gran mesa de madera


que utilizaba como escritorio.

-¿Lleváis aquí dos días, y ya ha encontrado a su paladín? Me preguntaba cuánto


tiempo le llevaría encontrar a su alma gemela.
Rosalin frunció el ceño sin comprender:- ¿Alma gemela?

-¿No lo veis? -se rio-. Por el amor de Dios, ella es como vos, Rosie-lin, siempre
corriendo a la defensa de alguien, siempre tratando de corregir algún error.

Frunció el ceño, sorprendida:- Yo no hago eso.

Eso sólo lo hizo reír más fuerte:- Dios, es bueno teneros aquí. Os he echado de
menos.

Lamento no haber podido visitaros más en Londres.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-Habéis estado ocupado -era un eufemismo. En los últimos cinco años, desde
que Robert Bruce había regresado de la tumba para levantarse como un ave fénix
de las cenizas de la derrota, su hermano apenas había tenido un momento libre.
Sólo lo había visto dos veces en los seis años transcurridos desde aquel viaje
fatídico a Escocia.

-No estaba seguro de que Sir Humphrey os diera permiso para visitarme -dijo

secamente. Ella tampoco estaba segura. El conde había insistido en que era
demasiado peligroso, y... el calor le subió por las mejillas.

:-Creo que estaba esperando para... que… me decidiera.

La expresión de Cliff cambió:- ¿Y habéis decidido con quién queréis casaros?


No quiero que Hereford os obligue. No me importa si tenéis la vejez madura de
treinta años... No os atare a un hombre que no os importe.

-Tener veintidós no es tanto –rio-. No, no debéis preocuparos de que Sir


Humphrey me haya obligado a hacer nada. Ha sido muy paciente. Aunque entre
tú y yo, creo que tanto él como el rey se desesperaron por no haber elegido a
alguien.

-¿Y estáis segura de que Sir Henry es el único?


Algo en su voz llamó su atención. Ella estudió su rostro, pero su hermano ocultó
bien sus pensamientos.:- ¿No os cae bien, Cliff?

-La cuestión no es si me gusta a mí, sino a vos, pequeña.

-Me gusta -dijo con una sonrisa suave-. Mucho.

Aunque había conocido a sir Henry de Spenser durante sólo unos meses, la había
embelesado con su galantería y su encanto. Si el alabado caballero inglés
también era alto, moreno y musculoso, estaba segura de que el parecido con
cierto rebelde escocés era una coincidencia.

-Entonces eso es todo lo que importa -dijo con firmeza. Rosalin frunció el ceño y
le habría preguntado más, pero añadió-. Debo admitir que estoy contento de
veros, me siento aliviado de que volváis con Maud y los niños a Brougham al
final del mes para prepararos la boda.

Su formidable cuñada había insistido en que regresaran a la fortaleza de Clifford


en Cumbria (donde Rosalin había nacido y lo más cercano a casa para ella), que
estaba más al sur y por lo tanto más seguro de los "bárbaros". A poca distancia
de Berwick, por lo que Cliff podría visitar ocasionalmente.

-¿Se ha vuelto tan malo? -Preguntó.

Dudó, pero aparentemente decidió decirle la verdad. -"Sí. Los escoceses se han
vuelto audaces con Eduardo, y alguien necesita detenerlos o...

Se detuvo, con la mandíbula apretada.

-¿O qué? -preguntó ella.

-O no lo harán.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Sus ojos se abrieron sobre los suyos. Parecía inconcebible que los rebeldes
pudieran ganar. Se mordió el labio. Su hermano intentó mantenerla aislada de la
guerra y la política, pero algo la hizo comenzar a preguntar.
-¿Alguna vez os habéis preguntado si...?

Avergonzada por lo que había estado a punto de decir, no terminó la pregunta.

Pero Cliff lo adivinó:- No me lo pregunto, Rosalin. Mi trabajo es seguir órdenes


y cumplir con mi deber para con el rey.

Sintiéndose repentinamente desleal, sintió un furioso orgullo en su hermano. Era


obediente y leal, uno de los mejores caballeros de Inglaterra, y lo amaba. Por
supuesto que estaba haciendo lo correcto.

-Id en tu carruaje a la feria, Rosalin, y llevad contigo a la pequeña. Roger está


cabalgando con algunos de mis caballeros. Podéis ir con ellos. Creo que estará
orgulloso de mostrar a su tía las habilidades de su nuevo escudero. Norham es
tan seguro como Berwick. Ni siquiera los fantasmas de Bruce se atreverían a
acercarse a uno de los castillos más fuertemente guarnecidos en plena luz del
día.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Capítulo 2

A pesar de la advertencia de su hermano, Rosalin nunca pensó que sería tan


malo.

Sólo tres millas separaban Berwick-upon-Tweed de Norham, pero en el


momento en que salieron de las afueras del gran burgo, también podrían haber
entrado en un mundo diferente.

La campiña bucólica que recordaba cuando había pasado por Berwick en su


viaje al sur del castillo de Kildrummy estaba casi irreconocible. Cada árbol, cada
hoja de hierba, cada edificio llevaba la cicatriz quemada por las cenizas. Pero no
era sólo la tierra había sido devastada, sino también el pueblo. Podía ver el
miedo en los rostros sombríos y desamparados de los campesinos mientras
miraban hacia arriba desde su trabajo para ver pasar a la gran cantidad de
caballeros, damas y hombres de armas.

Le rompió el corazón:- Dios mío, ¿quién hizo esto?


No se dio cuenta de que había hablado sus pensamientos en voz alta hasta que su
sobrino de trece años, Roger, quien estaba a su lado, respondió.

-El mismo rey capucha. El usurpador llevó a sus hombres por aquí en septiembre
pasado. Comenzó con las tierras del Conde de Dunbar, luego llegó por las
colinas de Cheviot a Northumberland, atacando y acosando hasta Harbottle y
Holystone durante casi dos semanas entre la fiesta de la Natividad de María y el
Día de Santa Cisa, antes de regresar a su rebaño de su bandoleros.

Rosalin había oído hablar de las incursiones de Robert de Bruce mientras estaba
en la corte en Whitehall el verano pasado poco después de que el rey Eduardo
regresara a Londres. Cumberland había sufrido un destino similar el mes
anterior, recordó. Pero nunca se había imaginado... esto.

Cliff había estado a salvo en Brougham en ese momento con Lady Maud, por lo
que Rosalin no había buscado todos los detalles como solía hacerlo. No quería
arriesgarse a oír su nombre.

-Esa gente pobre -dijo-. ¿No había nadie que los defendiera?

La boca de Roger se endureció y su corazón se apretó. Parecía tan parecido a


Cliff cuando tenía esa edad: alto y de cabellos dorados, la juventud delgada que
ya insinuaba al formidable caballero que llegaría a ser. También como Cliff,
Roger era obstinado, decidido y ferozmente orgulloso, con una fuerte dosis de
confianza. Tenía ese aire de invencibilidad visto en la mayoría de los hombres
jóvenes que estaban entrenando para la caballería, pero que, aún no habían visto
batalla.

-La mayor parte de la guarnición de Berwick y Norham se había marchado con


el rey Eduardo el mes anterior. Nadie esperaba que Bruce invadiera... o lo hiciera
tan rápido.

Padre todavía no había sido nombrado gobernador del castillo.

Roger era demasiado político para criticar al predecesor de Cliff, Sir John Spark,
pero Meg no lo era.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x
-No os preocupéis, tía -dijo Meg, volviéndose para mirarla-. Los malditos
rebeldes no mostrarán sus viles caras por aquí de nuevo. No con Padre al mando.

Roger y Rosalin intercambiaron una mirada, tratando de no reír. Obviamente no


era el único que había heredado el orgullo de Cliff.

Roger se inclinó y le acarició el pelo a su hermana.

-Tenéis todo la razón, mocosa. Padre tiene el área bien defendida. Bruce no se
atrevería a atacar. Demonios, apuesto que incluso el Douglas Negro y el Diablo
Boyd se darían la vuelta y huirían antes de enfrentarse a los hombres de Padre.

El corazón de Rosalin golpeó contra sus costillas ante la mención de su nombre.


No era una ocurrencia poco frecuente, ya que el nombre del impotente ejecutor
de Bruce parecía ser mencionado casi tan a menudo como Robert de Bruce, los
fantasmas de Bruce, o el Douglas Negro.

Todo el mundo había oído hablar de Robbie Boyd. Era uno de los hombres más

odiados, maltratados y temidos en Inglaterra.

La culpa se elevó dentro de ella, torciendo su estómago en nudos. No había


sabido... no se había dado cuenta de que el hombre que estaba soltando era
Robbie Boyd. Incluso en ese momento, él ya se había construido un nombre,
habiendo luchado junto a William Wallace en los primeros días de la guerra. Se
decía que Wallace confiaba en él tan implícitamente, que dejó a Boyd a cargo de
su ejército en su lugar, a pesar de que Boyd todavía no tenía veinte años en ese
momento.

Poner uno de los comandantes claves de Wallace en libertad era bastante malo,
pero en los seis años transcurridos se había vuelto mucho peor. Mientras luchaba
por Bruce, la reputación de Boyd había crecido hasta proporciones prodigiosas.
Incluso lejos de la guerra de Londres, hablaban de él con una extraña mezcla de
terror, asombro y repugnancia.

Sin saberlo, había ayudado a liberar a uno de los rebeldes más famosos de
Escocia.

Cada historia que oía -y eran muchas- pesaba sobre ella, haciéndola preguntar si
lo que había hecho estaba bien.
Al principio, no se lo había imaginado. El hombre que había visto durante
semanas no podía ser tan negro de corazón como decían. Había algo bueno en él:
tenía un corazón noble; estaba segura de ello. Pero a lo largo de los años, a
medida que las historias tomaban un elenco más siniestro, su certeza vacilaba.
¿Le había cegado su atracción por la verdad?

¿Acaso la mirada llena de estrellas de una jovencita, en medio de su primer

enamoramiento, le hizo ver cosas que no eran?

No quería pensar así, pero la certeza que una vez conoció había desaparecido
desde hacía tiempo.

Su único consuelo era que su hermano nunca sospechó de su papel en la fuga


infame del prisionero. Boyd había cumplido su palabra... en ambos aspectos.
Hizo parecer que sus hombres habían dominado a los soldados y luego lo habían
liberado, y no había matado a ninguno de los hombres de su hermano.
Irónicamente, eso se había convertido en la parte que más preocupaba a su
hermano: ¿por qué uno de los guerreros más feroz y despiadado de Escocia no
había matado a hombres cuando tuvo la oportunidad?

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Especialmente después de que la paciencia de Boyd en matar no había sido

recompensada antes. A su hermano no le gustaban las incoherencias o los


misterios, y durante años había vivido temiendo que descubriera su parte en la
fuga.

Cazar a Boyd se había vuelto algo personal para Cliff. Que una vez hubiera
retenido a uno de los bandidos más feroces de Bruce y lo dejara escapar entre
sus dedos fue la única mancha en una carrera militar sin mancha alguna.

Cliff estaría furioso si alguna vez supiera la verdad. Y peor aún, estaría
decepcionado, algo que no podía soportar contemplar. Su hermano era el único
constante en su vida, y su aprobación -su amor- significaba todo para ella. Nunca
podría saber lo que había hecho.
-Espero que lo intenten -dijo Meg-. Entonces Padre los matará y tomará sus
cabezas y los clavara en la puerta, y todos los verán mientras pasan al castillo y
sabrán que Padre es el mayor caballero en Inglaterra. -No -respondió ella,
volviéndose para que Rosalin pudiera ver su rostro feroz- en la cristiandad.

Roger se echó a reír y volvió a acariciarle el pelo antes de montar a su lado para
unirse a sus amigos. Rosalin esperaba que eso fuera el final, pero
desafortunadamente los hombres procedieron a contar algunas de las historias y
hechos más horrendos

atribuidos al Douglas Negro y Robbie Boyd. La historia de lo que se había


conocido como la despensa de Douglas era la peor. Todos esos hombres muertos,
arrojados en la torre, y luego quemados. Ella se estremeció.

¿Cómo podría un hombre con el apodo infantil de Robbie hacer cosas tan
horribles? No podía ser cierto.

Al final, tuvo que pedirle a Roger que se detuviera, estaba molestando a su


hermana, pero en realidad era ella a la que le molestaba. Meg, que había estado
devorando cada palabra, protestó, pero Rosalin la distrajo dejándola agarrar las
riendas por un rato y enseñándole a hacer los pequeños movimientos de sus
manos para guiar al caballo.

Tardaron menos de media hora en llegar al pueblo. Mientras Rosalin y Meg y los
dos asistentes que los acompañaban se quedaron para explorar los muchos
puestos de la feria alineados a lo largo de la calle principal del pueblo, Roger y el
resto de los hombres de su hermano subieron la colina al castillo para reunirse
con el comandante de la guarnición, presumiblemente para discutir lo que
siempre discutían: la guerra y Robert de Bruce.

Era una mañana fría y, a medida que el día avanzaba, hacía aún más frío cuando
los cielos grises descendían a su alrededor. Aunque ella y Meg llevaban sus
capas encapuchadas, Rosalin decidió comprar un par de telas extra de lana para
regresar a Berwick.

Conscientes del tiempo que se acercaba para encontrarse con Roger y los otros
soldados, rápidamente escogió dos tejidos en azules blandos, verdes y grises.
Acababa de terminar de agrupar a los dos cuando escuchó un extraño grito.

Normalmente, ella no se habría extrañado ya que sabía que las fiestas eran a
menudo ruidosos y bulliciosos - pero algo sobre ese grito envió un escalofrío
helado que corría desde abajo de su espina dorsal.

Meg también debe haber sentido algo inusual:- ¿Qué fue eso?

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Estaban de pie en el extremo de la calle principal, cerca de donde se suponía que


iban a encontrarse con Roger, y era difícil ver a través de las multitudes y
puestos al otro extremo del pueblo de donde había salido el sonido.

-No lo sé, cariño. Probablemente nada.

Pero no era nada. Casi terminando la frase, se oyeron más gritos. En un instante,
la ya caótica y atestada feria irrumpió en un enorme pandemonio.

Agarró el brazo de una mujer que pasaba junto a ella.

-¿Qué está pasando? -preguntó.

El rostro de la mujer estaba blanco de miedo:- Un ataque, milady. ¡Los rebeldes


están atacando la feria!

Sorprendida, Rosalin soltó de inmediato su brazo y la mujer desapareció en el


mar de gente que había inundado la calle y se dirigían hacia ellos. No podía ser
un ataque. No al mediodía. No en Norham. Ni siquiera los escoceses se
atreverían a burlar la autoridad de su hermano de esa manera.

Pero lo... estaban haciendo. Oh Dios, ¿qué iba a hacer?

Ella se congeló, nunca había estado tan asustada en su vida. Un grito de "fuego!"
Sólo añadió más miedo. De repente, sintió un fuerte tirón en su mano.

-¿Tía Rosalin?

Mirando hacia abajo en la pequeña mano, tratando de no parecer asustada, pero


obviamente, su sobrina estaba aterrorizada, la cabeza de Rosalin
instantáneamente se aclaró. Intentó tranquilizarse, sin mostrar el miedo que
sentía en su interior. Meg la necesitaba.

-No hay nada de qué preocuparse, cariño, los hombres malos no nos harán daño-
Ella paró. Tenía la boca boquiabierta. Dios mío en el cielo. Detrás del mar de
gente conmovedora, captó su primer vislumbre de los invasores y todo lo que
había estado a punto de decir, todo lo que pensaba que sabía de guerreros,
caballeros y soldados, se desvaneció como una antorcha mojada en agua.

Ella habría hecho el signo de la cruz si pensaba que eso la protegería. Pero nada
podía protegerla de estos hombres.

Villanos. Piratas Bárbaros. Había pensado que los nombres de los guerreros
escoceses eran exageraciones. Pero no lo eran. Los asaltantes no parecían nada
parecido a los caballeros ingleses, con sus coloridos sobrecupitos y banderas.
Llevaban unos yelmos oscuros y unos impermeables de cuero negro, algunos
remachados con pedazos de acero. Algunos llevaban cofias de acero, pero
también estaban ennegrecidas. Pero lo más aterrador de todas eran las armas que
parecían atadas a cada centímetro de sus enormes cuerpos. Nunca había visto
tantas poleas, espadas, martillos y lanzas en su vida.

Si los caballeros eran figuras de cuentos de hadas, los escoceses eran criaturas de
pesadillas. Parecían ásperos, violentos y completamente mortales. No era de
extrañar que los invasores de Escocia hubieran sido comparados de vikingos. El
terror que sus

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

antepasados debieron de haber sentido viendo las lanchas acercarse a sus costas
debia ser el mismo que sus compatriotas sentían ahora viendo a los salvajes
escoceses cruzar la frontera.

Sólo podía ver a un puñado de ellos, pero era suficiente. Todo pensamiento
recaía en salir del camino u ocultarse.

-Tenemos que llegar al castillo -dijo a Meg y a los aterrorizados sirvientes-.


Detrás de las murallas del castillo estarían protegidos. El castillo de Norham era
una de las fortalezas más impenetrables en las fronteras, casi tan impenetrable
como el castillo de Berwick.
-Estaremos a salvo allí -le aseguró a la niña de ojos abiertos-. -Con Roger y el
resto de los hombres.

Por desgracia, Roger no estaba en el castillo.

Tan pronto como Rosalin agarró la mano de Meg y se sumergió en la


muchedumbre, los dos asistentes siguieron, y ella oyó el crujiente golpeteo de
cascos delante de ella.

Dios mío, no, por favor, no dejéis...

Pero su oración no fue contestada. En la mancha de caballeros y hombres de


armas que pasaban junto a ellos, vio a su sobrino cerca de la parte trasera de la
fiesta. Debían haberse acercado ya para encontrarse con ella y Meg cuando se
dieron cuenta de lo que estaba sucediendo.

¿Cuántos hombres de Cliff los habían acompañado? No los había contado antes.

¿Veinte? ¿Tal vez un poco más? ¿Contra cuántos enemigos? Ella no lo sabía.
Ella sólo oró para que fueran suficiente.

El choque del acero sobre el acero era ensordecedor y mucho más cerca de lo
que ella había previsto. Unas pocas mujeres de la multitud lanzaron gritos
aterrorizados. Una de las sirvientes empezó a llorar detrás de ella. El humo se
espesaba, convirtiendo el cielo en noche.

Rosalin miró por la calle y no a cuarenta pies de distancia, los hombres de su


hermano estaban intercambiando golpes de sus espadas con los atacantes. Ella
lanzó un suspiro de alivio, viendo que los escoceses eran superados en número
por cerca de dos a uno. Y

afortunadamente, Roger, en la parte trasera, estaba lejos de la lucha.

Pero su alivio no duró mucho. En un instante, dos de los caballeros de su


hermano cayeron bajo las espadas de los enemigos. Ella gritó horrorizada.
Algunos de los campeones más feroces de su hermano acababan de ser cortados
como mantequilla.

Ella apartó la mirada. Aunque deseaba desesperadamente mirar y asegurarse de


que Roger estuviera bien, tenía que poner a Meg a salvo.
Rosalin trató de forjar entre la multitud que se había desacelerado cuando la
gente se volvió para mirar -como ella- la batalla que se desarrollaba a corta
distancia. Unas pocas voces resonaron a su alrededor, ofreciendo palabras
alentadoras, aunque un poco coloridas, a los soldados ingleses. Ella se obligó a
no mirar mientras se concentraba en conseguir que Meg estuviera a salvo.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Meg, sin embargo, seguía observando. Acababan de llegar al lugar donde el


camino entraba en el pueblo y se dirigían a la colina hacia el castillo cuando
soltó un grito y trató de alejarse.

Rosalin se volvió:- ¿Qué ocurre, Meg? ¿Qué pasa?

La niña apuntó hacia el pueblo:- El bandido tiene a Roger.

El corazón de Rosalin cayó como una piedra. A través del enjambre de personas
que todavía intentaban salir de la aldea, a través del polvo de la batalla, y del
humo negro y las llamas que ahora engullían el pueblo, pudo ver lo que Meg
decía. Roger había sido desmontado, y estaba siendo sujetado por el cuello,
como si fuera un cachorro, por uno de los rebeldes.

Ojo por ojo. Clifford iba a perder la cabeza.

Robbie sonrió por detrás del frío acero de su oscuro timón mientras observaba
cómo uno de los pueblos más importantes del norte de Inglaterra se incendiaba.
No sentía nada más que satisfacción por un trabajo bien hecho. Hacía tiempo que
no sentía piedad alguna.

Tal vez había sido la violación de su hermana, o la ejecución de su hermano, o


los kilómetros y kilómetros de tierra escocesa quemada que había visto tiempo
atrás por un ejército inglés, los cuerpos de personas que se habían atrevido a
discrepar con sus señores ingleses, desgarrado por los caballos, las cabezas de
sus amigos en las puertas, o cualquiera de las otras innumerables atrocidades que
había presenciado desde el principio, cuando había visto el cuerpo quemado de
su padre colgando de las vigas.

Pero en algún lugar de los últimos quince años, su odio por todas las cosas
inglesas era completo.

Y nadie más que a Robert Clifford. Sir Robert Clifford, corrigió. Clifford era
sólo un bastardo más inglés en una larga fila que llevaba su caballería como un
manto de hipocresía, como si pudiera ocultar la injusticia de la tiranía detrás de
un escudo de caballerosidad.

No fue sólo el intento oportunista de conquistar sus tierras y usurpar el trono de


una nación soberana, aunque eso fue suficiente. Nunca lejos de la mente de
Robbie estaba el amigo que había perdido la vida bajo el mando de Clifford.
Thomas Keith, su pariente y amigo de la infancia, había escapado de la prisión
de Kildrummy para morir sólo dos días después. Para Tomás, su rescate había
llegado demasiado tarde. Los golpes que había sufrido a manos del soldado de
Clifford habían resultado demasiado.

Robbie frunció el ceño cuando otro recuerdo se produjo. Supuso que había una

excepción a su odio a todo lo inglés. Todavía podía recordar su conmoción al


levantar la vista de aquel pozo infernal en el que había pensado pasar su última
noche y darse cuenta de que no sólo su salvador era una mujer, sino que también
era inglés. Había asumido su ángel de la guarda (lo que sus hombres habían
llevado a llamar a la persona que les traía comida) era una de las escocesas
sirviendo a las muchachas que habían permanecido en el castillo cuando fue
tomada.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Otra memoria siguió. Este era uno de los labios más dulces y suaves que había
probado.

Labios que habían estado completamente equivocados para que él probara en


primer lugar. Gracias a la capa y a la oscuridad, sólo había visto su rostro en las
sombras, pero si la muchacha tenía dieciocho años, bebería el barro que los
ingleses llamaban aguardiente durante una semana.

Incluso después de seis años, todavía no podía decir por qué lo había hecho. Tal
vez porque era tan joven e inocente, y había estado viviendo en el infierno por
tanto tiempo.
Tal vez porque se había dado cuenta de por qué lo había ayudado y había sido

inesperadamente tocado. No era la primera vez que una joven se había creído

enamorada, pero seguro que había sido lo más oportuno. Quería darle las
gracias.

Todavía lo hacía. Pero después de tantos años de intentar averiguar quién era,
casi se preguntó si la habría imaginado.

Extraño que él todavía pensara en ella en absoluto, especialmente cuando el


recuerdo invocaba pensamientos de lo que había sido algunos de los días más
oscuros de su vida.

Gracias a Clifford.

Pero Robbie traería al barón inglés al límite al final, de eso estaba


condenadamente seguro. El bastardo arrogante no iba a ser capaz de ignorar esto.
Un ataque tan audaz en el corazón de su "reino" era una afrenta directa a la
autoridad de Clifford y le demostraría que se atrevería a todo. Lo llevaría a la
mesa. Firmaría la maldita tregua y pagaría las dos mil libras como todos los
demás.

Llevar a cabo un ataque de tal magnitud a la sombra de una de las mayores


guarniciones inglesas en las fronteras era una proposición atrevida, incluso para
uno de los miembros de élite de la Guardia de los Highlanders. Pero Robbie
había planeado todo hasta el más mínimo detalle. Siempre lo hacía. Por eso-en
parte- la guerra de Bruce había tenido tanto éxito. Habían aprendido de los éxitos
de Wallace y no sólo se basaron en ellos sino que los mejoraron. Los terroríficos,
salvajes "piratas" de los cuales los ingleses los acusaban se habían convertido en
extremadamente disciplinados y bien organizados ataques profesionales.

Y hasta ahora todo estaba en marcha exactamente como había planeado. Bueno,
excepto los soldados. Pero sus hombres se enfrentaban a la inesperada
resistencia. Muy rápidamente, se encontraron a dos contra uno.

Él sonrió otra vez. Tal vez no fuera una misión suficientemente peligrosa para la
Guardia de los Highlandesr, pero los hombres que Robbie había traído consigo
eran suyos, y los había enseñado bien.
A pesar de la tentación de unirse a la diversión el mismo, estaba a cargo y tuvo
que retirarse y asegurarse de que nada salió mal.

Con un solo ojo en la batalla que se desarrollaba por la calle, observó mientras
dos de sus hombres cargaban el grano, las mercancías y la moneda que
financiarían el ejército del rey durante los próximos meses a los caballos de
carga que habían traído para ese propósito. Con la excepción de unos cuantos
pollos, no se molestaron con el ganado.

Sólo los ralentizaría y, a diferencia de sus típicas incursiones conducidas lejos de


cualquier castillo, para ello tendrían que desaparecer rápidamente.

Se puso rígido cuando Seton, que había estado vigilando a los hombres poniendo
los fuegos, se acercó. Solo por su forma de caminar, Robbie adivinó lo que iba a
decir.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-Creí que dijisteis que nadie sería lastimado.

Robbie apretó la mandíbula:- He dado las mismas órdenes que el rey: nadie sería
herido si no se resistiera. Es misericordia, señalaré, no muy a menudo devuelta
por tus compatriotas ingleses. Pero como podéis ver -señaló a los soldados-, se
resisten.

El rostro de Seton estaba escondido detrás de su timón, pero Robbie vio sus ojos
estrecharse ante la palabra paisanos. Aunque fue criado en Escocia, Seton había
nacido en Inglaterra, donde la mayoría de las tierras de su familia estaban, y
Robbie nunca dejaría que lo olvidara.

Pero habían sido compañeros demasiado tiempo para que Seton se cebara tan

fácilmente.

-Os dije que era una mala idea. Es muy peligroso. Pero Clifford dañó vuestro
orgullo, así que ahora tenéis que dañar el suyo. Incluso si todos terminamos
balanceándonos en la horca.
La mandíbula de Robbie se apretó aún más. Era muy consciente de los
sentimientos de Seton al respecto. Lo que había comenzado como una malograda
asociación entre ellos en la Guardia de los Highlanders nunca se había
materializado en otra cosa, a pesar de las intenciones de su líder Tor MacLeod, el
jefe. Habían aprendido a tolerarse el uno al otro, a trabajar juntos y confiar unos
en otros cuando tenían que hacerlo, pero nunca se verían a simple vista.

En todo caso, la tensión entre ellos había empeorado desde su desafortunado

apareamiento en los primeros días de la guerra. La insatisfacción de Seton con


cómo ganaban esta guerra había estado creciendo durante algún tiempo. Pero si
hubieran jugado a caballeros del modo que Seton quería, seguirían siendo
proscritos "perdidos"

en las malditas islas.

-No se trata de orgullo -dijo Robbie, molesto a pesar de su voto de no dejar que
Seton se acercara-. Estoy haciendo mi trabajo. Bruce necesita la comida y la
tregua. Si tenéis algún problema con ello, comunícadselo al rey.

-Eso pretendo.

Los dos hombres se desafiaron con la mirada, como había ocurrido infinidades
de veces.

Finalmente, Seton dio un paso atrás, como también había pasado demasiadas
veces para contar. Seton podría haber nacido en Inglaterra, pero ser educado en
Escocia le había dado algún sentido. Sabía que era mejor no desafiar a Robbie.
Su reputación era bien merecida.

Seton sacudió la cabeza, contemplando toda la destrucción que lo rodeaba.

-¿Dónde diablos está la justicia en esto?

La pregunta no había sido dirigida a él, pero él respondió de todos modos.

-Ojo por ojo, esa es la única justicia que los ingleses entienden. Buscar algo más
sólo os hace ingenuo.

-Mejor ingenuo que muerto -Seton sostuvo la mirada de Robbie-. O tan bueno
como muerto.

Robbie entrecerró los ojos. ¿Qué demonios quería decir con eso?

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Antes de que pudiera preguntar, Seton dijo:

-Tenemos lo que necesitamos. Deberíamos irnos en caso de que se presenten más


hombres de Clifford.

Robbie tardó un momento en darse cuenta de lo que Seton quería decir, pero
cuando miró por la calle a los soldados contra los que sus hombres luchaban,
reconoció lo que no había notado antes: algunos de los caballeros de Clifford.
Refuerzos.

Por el amor de Dios, ¡esto era incluso mejor de lo que podría haber esperado!
¿Una incursión justo en el corazón del dominio de Clifford y derrotando a una
fuerza de sus hombres?

Él sonrió:- No os preocupéis. Nos iremos pronto. Los hombres ya casi han


terminado.

Ordenó a los dos hombres que cargaran los caballos terminar, ayudando a sujetar
los últimos sacos.

Seton se había ido a reunir al resto de los hombres, cuando uno de los hombres
de Robbie llegó corriendo hacia él. A pesar del timón, Robbie lo reconoció al
instante de su ligera construcción. Malcolm Stewart, pariente lejano suyo, podía
tener sólo diecisiete años, y la mitad del tamaño de la mayoría de los hombres
que lo rodeaban, pero luchaba con el corazón de un león.

-Capitán -dijo con ansiedad-. Tenemos un problema.

-¿Qué tipo de problema?

-Sir Alexander tiene al hijo de Clifford.


Robbie se quedó quieto. En el estruendo de la batalla que se desarrollaba a su
alrededor, pensó que no lo había oído bien:- ¿Qué dijisteis?

-Lord Fraser tiene al hijo de Clifford.

Robbie murmuró una maldición como si fuera una oración. No podía creerlo.
¿Era posible? ¿Podría tener tanta suerte?

-¿Dónde demonios está el problema? Cogedlo.

Tener al hijo de Clifford como rehén dejaría al comandante inglés sin opción.
Clifford tendría que acceder a sus demandas. Robbie no podía haber planeado
nada más

perfecto.

-Ese no es el problema. El problema es una dama, capitán. No dejará ir al


muchacho y Sir Alexander no quiere hacerle daño.

Por mucho que le gustase el joven hermano de MacLeod por el matrimonio,


Alexander Fraser era un caballero y como sus homólogos ingleses, caballeroso
ante todo, más una dama.

Robbie escaneó la batalla. Al no verlos, se dio cuenta de que debían estar lejos
de la parte principal del ejército.

-Llevadme con ellos.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Pero habían tomado sólo unos pasos antes de que Robbie oyera un sonido que le
decía que su fortuna acababa de cambiar.

-¡La puerta! -gritó Seton en señal de advertencia.

Robbie perjuró:- ya lo veo.

La guarnición inglesa aparentemente había decidido dejar la comodidad y


protección de sus muros de piedra y venir a la ayuda de sus compatriotas,
probablemente por culpa del muchacho.

Robbie y sus hombres habían dejado de recibir su bienvenida. Pero no tenía


ninguna intención de dejar al niño. Podía verlo ahora... y el problema de la
dama. La mujer la tenía de espaldas, pero ella se aferraba al muchacho, tratando
de alejarlo de un Fraser obviamente incómodo, que estaba haciendo todo lo
posible para intentar separarla del muchacho sin ser demasiado áspero e
igualmente obviamente teniendo un momento difícil para mismo.

La mujer era tenaz; Robbie le daría exactamente eso. Ella no lo soltaría. Había
recordado algunos de esos tipos en los Juegos de las Highlands.

Maldijo de nuevo, mirando la colina. Los soldados del castillo se acercaban

rápidamente. Su boca cayó en una línea dura. No tenían tiempo para esto. Él
mismo se encargaría del problema.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Capítulo 3

Rosalin tenía que hacer algo, como claramente, nadie más lo podía hacer. El
único caballero que estaba lo suficientemente cerca como para venir a ayudar a
Roger estaba sumergido profundamente en una lucha por su vida. Los hombres
de su hermano,

caballeros endurecidos por la batalla y hombres de armas, estaban siendo


derribados como si fueran escuderos novatos. Roger era un escudero novato. No
duraría más de lo que le costaba al guerrero balancear su enorme espada de dos
manos.

Se arrodilló y tomó a Meg por los hombros:- Voy a buscar a Roger.

-Quiero ir-

Anticipando los instintos de la niña, probablemente porque eran iguales a los


suyos, Rosalin la interrumpió.
-Necesito vuestra ayuda. Necesito que corráis tan rápido como podáis por esa
colina y le digáis que deben enviar soldados. Decidles que el hijo de lord
Clifford está en peligro.

¿Podéis hacer eso?

Meg asintió con incertidumbre.

Rosalin no estaba dispuesta a confiar en que la niña pudiera cumplir su promesa,


y la vio a salvo con las dos asistentas, con la severa advertencia de no que no la
dejarían ir hasta que estuvieran a salvo con la puerta cerrada.

Rosalin no creía que hubiera corrido tan rápido. Oró cada segundo que le llevó a
abrirse camino entre la multitud y cruzar la distancia a su sobrino. No me dejéis
llegar tarde...

-¡Mi padre os matará por esto! ¡Pondrá todas vuestras cabezas rebeldes en picos!

Ella casi suspiró aliviada, escuchando la voz de Roger, incluso si deseaba que el
indeleble orgullo de Clifford mostrara más discreción al emitir amenazas a
grandes y amenazantes bárbaros con espadas afiladas. Su sobrino era demasiado
confiado, con trece años de edad, al pretender ser un temible caballero, iba a
matarse.

Realizando su camino más allá de los últimos habitantes que huían, fue
finalmente capaz de verlo. El escocés todavía lo sostenía por el cuello, con la
espada de Roger a sus pies, después de haberlo desarmado en vez de matarlo.
¡Gracias a Dios!

-¡Dejadme ir, maldita sea! -Roger se agitó, tirando de la mano del hombre que lo
sostenía.

-¡Dejadlo ir! -gritó Rosalin, haciendo eco de las exigencias de su sobrino.


Corriendo hacia adelante, se lanzó entre ellos.

No sabía cuál de ellos parecía más sorprendido. Debajo de los timones de acero,
pudo ver que ambos pares de ojos azules se ensanchaban.

El rebelde se recuperó primero:- Volved, mi señora -dijo, en el mismo


sorprendentemente refinado francés normando que instintivamente usaba. A
pesar de que era fluido en el Inglés más utilizado por las personas en el Norte y
las Fronteras, francés era el idioma de los nobles y la corte-. No quiero haceros
daño.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-¡Entonces dejad que se vaya! -le dijo con ferocidad, agarrándose a su sobrino y
tratando de liberarlo del asimiento del guerrero.

Su aspecto incitó a un frenesí renovado en el esfuerzo de su sobrino para


liberarse.

Juntos lucharon contra el guerrero mucho más grande y lucharon por liberar a
Roger de su apretón de tornillo.

Casi lo lograron. Roger vio, al igual que ella, que el guerrero no iba a utilizar su
arma, no con ella allí (aparentemente había algún vestigio de caballería incluso
en bárbaros), y lo utilizaron a su favor.

Siguió un violento juego vikingo de tirones, con Rosalin tratando de insertarse


entre Roger y el guerrero. Si sus maldiciones frustradas era cualquier indicación
-al menos Rosalin asumió que estaba jurando de su tono, como cuando hablaba
en gaélico- sus esfuerzos estaban tomando ventaja.

Finalmente, liberó la mercería de Roger del agarre del guerrero (había estado
sosteniendo la camisa del cotón y no el cuello de Roger como había pensado) y
estaba a punto de liberarlo cuando oyó a un caballo galopar detrás de ella.

Se dio la vuelta y captó el destello de una enorme sombra que se extendía sobre
su derecha antes de que la oscuridad la ahogara. Instintivamente gritó y levantó
las manos para agarrar la cosa que cubría su cabeza. Era áspero y rasposo y olía
a hierba. No, grano, se dio cuenta. Cebada.

¡La vil bestia le había puesto un saco sobre la cabeza!

Ella luchó para arrancarlo, dándose cuenta de su error demasiado tarde. Había
soltado a Roger. Sólo por un instante, pero fue suficiente. La aterradora sombra
ladró una especie de orden en gaélico, presumiblemente para el guerrero que
llevaba a Roger, y un brazo rodeó su cintura. Al menos pensó que era un brazo,
aunque se sentía más como un gancho de acero.

Ella jadeó, demasiado sorprendida como para gritar, y en un movimiento suave,


la levantó del suelo y -no demasiado suavemente- la arrojó sobre su regazo.

Sus costillas y su estómago se encontraron con los músculos rocosos de sus


muslos con suficiente fuerza para sacar el aire de sus pulmones en una dura
exhalación.

De repente, la realidad la golpeó. Estaba siendo secuestrada. El miedo corría a


través de sus venas, desencadenando cada instinto primitivo dentro de ella.
Pelear. Huir. Vivir.

Ella gritó y se tambaleó salvajemente en su regazo, tratando de liberarse, sin


importarle que estuvieran montando más rápido de lo que había montado en su
vida. Se arriesgaría a golpearse contra el suelo. Sería más indulgente.

Su captor juró, el crudo juramento reconocible en cualquier idioma, y una mano


grande cubrió su parte inferior para mantenerla más firme contra él.

El choque de la mano de un hombre en una parte tan íntima de su cuerpo hizo


que todos los músculos de su cuerpo permanecieran inmóviles.

Se olvidó de respirar.

Podía sentir el tamaño de su palma, sentir la longitud de cada dedo, mientras su


mano acariciaba la suave carne. Su agarre era firme, no áspero ni amenazador en
modo alguno, pero su sangre se enfrió del terror.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-No os mováis -le advirtió en voz baja, con la grava del gaélico dando un

estremecimiento a su inglés-. No le serviréis mucho al muchacho si vuestra


cabeza está salpicada en las rocas.
¡Roger! Dios mío, tenía razón. Tan desesperadamente como quería escapar, no
podía hacerlo sin Roger.

Pero no fueron sólo las palabras del bárbaro las que terminaron su lucha. Era
también su súbita conciencia de la parte de él acuñada contra su estómago. La
parte muy grande y muy dura de él que le recordaba que para una mujer había
destinos mucho peores que el secuestro.

Cada historia espantosa que había oído hablar de los escoceses escogió ese
momento -el peor momento- para volver a ella. La violación, la tortura y Dios
sabía que cualquier otra forma horrible de muerte que pudieran inventar le
llenaba la cabeza de imágenes horribles y la obligaba a hacer lo que ordenaba.
Por ahora.

¿Qué diablos le pasaba? Evidentemente, Robbie había descuidado ciertas áreas

últimamente con el revoltijo frenético de una mujer -y una inglesa en eso- era
suficiente para conseguir un aumento de él.

Era vergonzoso. Se estremeció al pensar en la mierda que escucharía de


MacSorley si alguna vez se enteraba. Erik MacSorley, el Halcón, siempre se
podía contar con él para aligerar el estado de ánimo durante las tensas y
peligrosas misiones de la Guardia de los Highlanders, pero Robbie prefería
cuando no estaba a su costa. Y Robbie, que odiaba todas las cosas inglesas,
endurecerse como una muchacha inglesa, seguramente lo aprobaría.

Con tantas mujeres escocesas dispuestas a arrojarse en su camino, nunca había


considerado mirar hacia el sur de la frontera. Su reputación como el hombre más
fuerte en Escocia fomentado en los Juegos de las Highlands a través de los años
no pasó sin beneficios, -con la excepción de Gregor MacGregor, cuyo nombre de
guerra Arquero atestiguó su habilidad con un arco en lugar de su reputación
como el hombre más guapo en Escocia-, Robbie tenía más admiradoras
femeninas que nadie. Además, si alguna vez había visto a una atractiva inglesa
(y en este momento no podía recordar una), tan pronto como abriera la boca,
cualquier chispa de lujuria seguramente moriría de una muerte fría y rápida.

Demonios, la mujer esparcida sobre su regazo probablemente tenía edad


suficiente para ser su madre si, como inicialmente sospechaba por la sencilla tela
escocesa, que era una de las criadas de Clifford.
Su mirada cayó sobre la mano que todavía agarraba el sorprendentemente
curvilíneo y firme fondo cubierto con el plaid, asomándose por debajo del borde
del saco de arpillera que había requisado de algunos de sus botines para caer
sobre su cabeza. Frunció el ceño, reconsiderándolo. Tal vez no era tan vieja
después de todo.

Adivinando lo que había impedido que se retorciera, le quitó la mano de encima.


Estaba tentado de decirle que sus temores eran infundados. No toleraba la
violación de las mujeres, y que Dios ayudara al hombre en su mando que
pensase lo contrario. Pero dudaba que ella lo creyera. Y como él había aprendido
a luchar esta guerra, el miedo podía ser un arma potente. Si la mantenía inmóvil
hasta que pudiera deshacerse de ella, valdría la pena.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Y planeaba hacer exactamente eso, deshacerse de ella, tan pronto como estuviera
a salvo. Echando un vistazo detrás de él, vio que los soldados ingleses que les
perseguían desde la aldea en llamas no estaban demasiado atrás. Pero eso no
duraría.

Con la mujer segura, instó a su montura más rápido a través del valle plano y
fértil del río Tweed. No pasó mucho tiempo antes de que la tierra empezara a
subir y entraran en el terreno completamente diferente de las colinas de
Lammermuir. Las colinas y los bosques de las Fronteras -como los de las Tierras
Altas- eran territorio de Bruce. Los ingleses podían controlar los castillos, pero
los escoceses controlaban el campo. Los caballos ligeros, ágiles y robustos que
Robbie y sus hombres usaban habían sido criados para este tipo de terreno, y no
pasó mucho tiempo antes de que sus perseguidores ingleses se desvanecieran en
la distancia detrás de ellos.

Redujo la velocidad, pero no fue sino hasta que pasó otra hora, y estaban
profundamente en las colinas boscosas, que finalmente señaló a sus hombres que
era seguro detenerse.

Necesitaban dar de beber a los caballos y, a pesar de que no se había movido ni


un centímetro desde su advertencia, estaba condenadamente incómodo y ansioso
por librarse del feroz protección de la muchacha. Fraser podía tomar a la mujer
por un tiempo, ya que era él quien había descuidado tratar con ella correctamente
en el primer lugar. No era que Robbie le hubiera ido mucho mejor, tenía que
admitirlo. Por mucho que desdeñase a toda la caballería, nunca había golpeado a
una mujer. Supuso que podía haberla dejado ahí de pie cuando finalmente se
desprendió del muchacho, pero parecía más conveniente sólo tomarla. Diablos,
si ella estaba tan apegada al niño, podría incluso ser de alguna utilidad.

Si el ojo de Robbie se había extraviado unas cuantas veces hasta ese torso

sorprendentemente tenso y plano, se dijo a sí mismo que sólo era por la


privación.

Privación que sería tratada tan pronto como regresara al campamento. Había
descuidado a Deirdre últimamente, pero se lo compensaría. Dios sabía que tenía
razones para celebrar.

El hijo de Clifford... No, no sólo su hijo. Por su tamaño y edad, el muchacho


tenía que ser su heredero. Todavía no podía creer que los medios de traer a
Clifford de rodillas se hubieran caído en su regazo.

Su mirada volvió a caer al torso. Bueno, al menos algo había caído en su regazo.

Desmontando, Robbie la habría dejado atrás, pero Seton lo agarró por el brazo y
lo hizo girar para mirarlo.

-¿Qué demonios creéis que estáis haciendo? ¿Ahora hacemos la guerra a mujeres
y niños?

Robbie le lanzó una mirada de advertencia, no sólo por la mano en su brazo (que
quitó rápidamente), sino también por hablar en inglés.

-No aquí -respondió en gaélico. Señaló a Malcolm, que había subido junto a
ellos-. -

Mirad a la mujer y al chico.

Se dirigió hacia el lago, apretando los puños. Debería haber sabido que su
compañero se opondría. Pero si Seton quería pelea, Robbie estaría
condenadamente feliz de dársela.

Mónica McCarty Ariete


Àriel x

Después de haber saltado alrededor de un caballo por lo que parecía ser horas,
mientras intentaba al mismo tiempo evitar que su cuerpo golpeara contra su
captor (que era tan indulgente como un muro de piedra), Rosalin podría haber
llorado de alivio cuando el bruto finalmente llamó lo que ella asumió que era una
"pausa" en gaélico.

Cada hueso de su cuerpo le dolía, incluso sus dientes, que seguían chirriando por
el constante chasquido. Sus costillas habían tomado el peor de los abusos, y si no
se rompían, ciertamente les gustaba. Y su estómago pobre parecía haber sido
puesto permanentemente al revés. Se alegró de no haber comido nada en la feria,
o el saco sobre su cabeza podría haber sido mucho peor. Se estaba ahogando lo
suficiente sin compartirlo con el contenido de su estómago. Sacándola de su
regazo con toda la consideración de un saco de harina, su captor desmontó.

Rosalin quería ofrecer algún tipo de protesta. Nunca había sido tratada tan
ignóbilmente en su vida. Pero era brutalmente consciente de que mucho peor aún
podría estar por venir. Así que ella mantuvo sus protestas para sí misma y se
quedó quieta, esperando.

¿Qué haría con ella... con ellos?

El temor y la aprensión tensaron sus extremidades ya golpeadas y maltratadas.


Pero en vez de más maltrato, oyó la voz furiosa de un hombre que hablaba en
inglés limpio, claro y crujiente y parecía estar desafiando la decisión de su captor
de tomarlos. No necesitaba entender la dura respuesta para saber que el reto no
era bien recibido.

Algo le palpó la nuca, y no era un hilo de cáñamo del saco. Sin el sonido
amortiguador del viento y el golpeteo de los cascos, fue capaz de escuchar la voz
de su captor claramente por primera vez. Había algo en los tonos profundos y
ásperos que le hacían picar las orejas y la espina dorsal. Algo que hizo sonar una
pequeña campana de advertencia dentro de su cabeza. Algo que hacía cosquillas
en las franjas de un recuerdo.

Pero entonces se había ido, y se dio cuenta de que era probablemente sólo un
sentido innato de la auto-preservación. El instinto primitivo de una liebre que
oye por primera vez el ala del halcón y percibe el peligro. Y no había duda de
que un hombre con una voz como esa era peligroso.
Se puso rígida cuando las manos la agarraron de nuevo. Pero estaba claro que no
eran las manos del mismo hombre que la había tomado. El agarre era mucho
menos firme y confiado, y el hombre pareció luchar con su peso cuando él
medio se levantó, medio la deslizó del caballo.

El saco debió de haber quedado atrapado en parte de la silla de montar, porque


no vino con ella. Tan pronto como sus pies tocaron la bendita solidez de la tierra
firme, ella sintió la acogida de aire fresco en sus pulmones. Parpadeó cuando la
oscuridad del saco cedió a la luz del día, o al menos lo que quedó de ella. Los
cortos días de invierno no fueron ayudados por la pesada niebla gris, y aunque
probablemente fue sólo unas horas después del mediodía, la luz se había
atenuado a un misterioso crepúsculo.

Sin dejar de mirar al caballo, las piernas de Rosalin casi desaparecieron cuando
el hombre la soltó.

-Lo siento, mi señora -dijo, cogiéndole el brazo para estabilizarla-.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Se giró ante el sonido sorprendente de su voz y se encontró mirando el rostro de


un joven de no más de dieciocho años. Comparada con las brujas aterradoras que
había visto antes, su cara amable, juvenilmente guapo y su estructura delgada y
no

amenazante acallaron algunos de sus temores inmediatos de violación, muerte y


desmembramiento.

Debajo de su gorra de acero, sus ojos se abrieron en shock, y dio un paso atrás.

Le llevó un momento comprender por qué. Rosalin nunca había maldecido su


rostro, pero lo hizo ahora. Apresuradamente, se puso la capucha que debió de
deslizarse en la lucha con el saco y se hundió en sus oscuros pliegues de lana.

Pero el muchacho todavía miraba fijamente su cara sombreada, con la mandíbula


floja.

-Malcolm, ¿qué diablos os pasa, muchacho? El capitán os dijo que cuidaráis a


los rehenes.

Rosalin miró al recién llegado, bajo la seguridad de su capucha. Pero ella apenas
había tomado el guerrero de aspecto feroz antes de empujar a su sobrino hacia
adelante y toda su atención se desplazó hacia el niño.

-¡Roger! -exclamó, precipitándose hacia él para atraparlo en sus brazos-.


¡Gracias a Dios! ¿Estáis bien?

Después de un apretón aliviado, ella lo sostuvo para mirarlo, teniendo que


inclinar su cabeza hacia atrás para encontrarse con su mirada. Aunque sólo tenía
trece años, ya era más alto que ella. Ella bebió en cada centímetro de su rostro
sucio y cabello dorado arrugado. Había perdido su timón y su sobretodo estaba
desgarrado y lleno de barro, pero parecía ileso.

-Estoy bien -le aseguró-. ¿Y vos?

Rosalin asintió con la cabeza, las lágrimas de alivio le apretaron la garganta con
emoción. Afortunadamente, la guerrera se había mudado durante su reunión,
pero ella era consciente de la juventud que los miraba. Su boca estaba ahora
cerrada, pero él todavía la miraba con una expresión ligeramente aturdida en su
rostro.

En otras circunstancias podría haber sido bastante dulce, pero en este momento
todo lo que podía pensar era si ésta era la reacción del niño, ¿qué harían los
hombres cuando la vieran? Ruffianes. Proscritos. Los hombres que vivían más
allá de la ley no dudaría en...

Ella se estremeció. ¡Querido Dios en el cielo, tenía que hacer algo!

Mirando alrededor, vio que estaban de pie en un pequeño claro cerca de un


arroyo a unas docenas de metros de cualquiera de los otros guerreros. A su
profunda y

agradecida conmoción, ninguno de los rufianes les hacía caso alguno mientras
cuidaban sus caballos. Obviamente, nadie los consideraba una amenaza. Estaba
segura de que Roger se sentía muy ofendido, pero estaba encantada con su buena
suerte.

Sabiendo que no podían tener otra oportunidad como esta, y que cuanto antes
escaparan mejor (los hombres de su hermano no podían estar tan lejos), no
perdió tiempo.

-Cogedme -murmuró ella a su sobrino. Empezó a balancearse dramáticamente-.


¡Oh! -

jadeó ella-. No me siento...

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Dejó caer sus palabras y rápidamente se desmayó, arrugándose como un puñado


de harapos. Su sorprendido sobrino apenas la atrapó antes de caer al suelo.

El joven guerrero se precipitó hacia delante.

-¿Qué le ocurrió? -dijo con ansiedad.

-No lo sé -contestó Roger-. Creo que se desmayó.

Rosalin gimió dramáticamente y aleteó los ojos:- Agua -gruñó lamentablemente,


mirando directamente a la preocupada mirada del joven guerrero-. Por favor.

-Aquí, toma un poco de whisky -dijo, tendiéndole la piel que había arrancado de
sus hombros.

El estremecimiento que dio no fue fingido. Olía horrible, como turba amarga.
Sacudió la cabeza y le agarró el brazo.

-Por favor.

Sintiéndose ridícula, pestañeó unas cuantas veces. Funcionó.

-Ya vuelvo -dijo el joven guerrero, corriendo hacia el borde del arroyo apenas
visible a través de los árboles.

Rosalin tomó a su sobrino de la mano y rápidamente se puso de pie.

-Vámonos.
Sin mirar hacia atrás, se precipitaron a través de los árboles en la dirección
opuesta y corrieron como si el diablo estuviera sobre sus talones. Así era.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Capítulo 4

Robbie se alejó lo suficiente para asegurarse de que no les escucharan, antes de


detenerse por el borde de la valla para hacer frente a su compañero furioso.
Seton se había quitado su timón, y Robbie hizo lo mismo, arrojándolo al suelo
para quitarse así el sudor y la pegajosidad de su rostro.

Sin preocuparse de que su compañero -con rostro rojo- parecía que estaba
aferrado a los últimos fragmentos de su control por una cuerda muy delgada, y
que probablemente sólo aumentaría su irritación, Robbie se arrodilló junto a la
corriente. Con ambas manos, tomó el agua helada, salpicándolo en la cara y
sobre su cabeza unas cuantas veces. Maldición, eso se sentía bien. Odiaba los
timones asfixiantes y llenos de cara que usaba en las misiones regulares,
prefiriendo mucho los timos nasales que usaba con la Guardia de los
Highlanders. Pero el estilo se había asociado con los "fantasmas de Bruce", y no
iba a jugar esa suerte.

Sacudiendo el agua de su cabello, se puso de pie y se enfrentó a Seton, cuya


expresión sólo se había vuelto más oscura ante la aparente indiferencia de
Robbie.

Cruzando los brazos, miró fijamente a Seton:- ¿Tenéis algo que decir?

La mirada de Seton se estrechó y su boca se endureció. Siete años de guerra de


las Highlands podrían haber endurecido al joven caballero, pero todavía le
costaba mantener la calma, o al menos no mostrarlo.

-Maldita sea, claro que tengo algo que decir. Seguro que no me inscribí para
hacer la guerra a mujeres y niños.

Robbie se abstuvo de preguntarle por qué se había inscrito, aparte del hecho de
que su hermano héroe había sido el compañero más cercano de Bruce.
-"Ese" muchacho es el heredero de Clifford, y un escudero lo suficientemente
viejo como para manejar una hoja en Fraser. La mujer se interpuso en el camino
y será devuelta tan pronto como sea factible. En cuanto a por qué, creo que es
bastante obvio.

La toma de rehenes es bastante común en ambos lados -hizo una pausa, incapaz
de resistirse a añadir-. Incluso para los caballeros ingleses.

Era la verdad. La toma de rehenes, particularmente de los herederos servían


como fianzas, había sido una práctica establecida emprendida en toda la
cristiandad durante siglos. Ambas partes lo hicieron. Ni siquiera Seton podría
discutir con eso.

-Los rehenes son entregados, no tomados -dijo Seton con obstinación.

-Como no me apetecía esperar a preguntar a alguien, diría que la distinción


carece de sentido. Pero sentíos libre de regresar a Norham y esperar a Clifford
para que podáis negociar. Aunque pienso por experiencia previa que tal vez no
os guste la forma en que esas negociaciones resultan.

Seton sabía que era mejor no entrar en ese pozo. La manera de su captura en

Kildrummy seguía siendo un punto doloroso incluso después de todos estos


años. Sus dientes apretados hasta que el músculo en su mandíbula se movió.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-No me gusta.

-No os tiene que gustar -respondió Boyd sin rodeos-. El rey quiere la tregua de
Clifford y el muchacho asegurará que esta vez Clifford negocie de buena fe.

Su compañero no dijo nada, aunque estaba claro que quería hacerlo.

De repente, Robbie comprendió lo que era, y a pesar de la tensión actual entre


ellos, lleno de una picadura sorprendente.

-Demonios, Dragón, después de todo lo que hemos pasado, ¿no podéis pensar
que heriría al muchacho?

Seton clavó su mirada en la suya, con la boca fruncida en una línea dura:- No
quiero pensarlo, pero sé cuánto odiáis a su padre.

Robbie apretó los puños a su lado.

-Sí, quiero venganza, pero contra Clifford, no un escudero novato. A pesar de mi


reputación de lo contrario, no mato a inocentes ni hago la guerra a los más
débiles que yo.

Su compañero debía saberlo. Quizás Seton también se dio cuenta.

-Todo el mundo es más débil que vos -dijo secamente.

Robbie dirigió una pequeña sonrisa a la broma, y lo que sospechaba que era una
disculpa.

-Ya sabes lo que quería decir -No podía soportar a los matones. Quizás por su
fuerza, era aún más consciente de la lucha contra oponentes dignos.

Seton se agachó, cogió su timón y se lo entregó.

-¿Vais a dejar ir a la mujer?

Robbie agarró el casco bajo el brazo:- No la habría tomado en primer lugar, pero
se había aferrado al muchacho y Fraser estaba teniendo dificultades para
separarlos. Pensé que el muchacho opondría menos resistencia si la tomaba.

-¿Quién es ella?

Robbie se encogió de hombros:- No lo sé. Probablemente una sirvienta, o una


niñera, tal vez.

-No es ninguna niñera -dijo Fraser acercándose a ellos desde los árboles donde
habían dejado los caballos. El joven hermano de MacLeod por el matrimonio, sir
Alexander Fraser se había convertido en uno de sus compañeros habituales en la
guerra a lo largo de las fronteras.

Robbie frunció el ceño:- ¿Cómo lo sabéis?


-Le eché un vistazo -sacudió la cabeza-. Si yo hubiera tenido una niñera así,
nunca hubiera dejado la guardería.

Así que el cuerpo bien formado no era una aberración. Sin embargo, Robbie
estaba seguro de que Fraser exageraba.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-No sabía que la belleza impidiera la servidumbre, pero voy a llevar a una criada
escocesa a servir a una rosa inglesa cualquier día -dijo Robbie.

-Mi compañero aquí está convencido de que nada merece la pena -agregó Seton.

-Sí, bueno, preparaos para cambiar de opinión -dijo Fraser.

De repente, curioso, Robbie miró a través de los árboles hacia donde había
dejado a los rehenes. Los densos árboles y la espesa niebla le impidieron ver
nada. Escudriñó la zona que le rodeaba, frunciendo el ceño al ver a Malcolm
arrodillado junto al arroyo, al parecer llenando un cuenco de agua. El joven
guerrero se levantó y volvió a subir la colina.

-¿Quién está mirando al niño ya la mujer? -preguntó a Fraser.

-Creí que se lo habíais dicho a Malcolm. Dejé al hijo de Clifford con él antes de
ir a buscaros.

Robbie juró.

-¿Qué pasa? -preguntó Seton.

Pero Robbie ya estaba caminando hacia los caballos. Llegó a la claridad


momentos después de que Malcolm, que estaba de pie allí aturdido, mirando a su
alrededor.

-¿Dónde están? -preguntó Robbie.

El rostro de Malcolm palideció.

-La señora se desmayó. Fui a buscarle un poco de agua. Sólo estuve unos
minutos.

Robbie volvió a jurar. Realmente estaba empezando a lamentar no ser el tipo de


hombre que golpeaba a una mujer.

El joven guerrero se apartó de su ira en aumento. Robbie no necesitaba decirle


que había cometido un error enorme. Y sería reprendido, pero más tarde. En este
momento, todo lo que Robbie estaba concentrado era en recuperar a los rehenes.

Rápidamente organizó a sus hombres en una orden de búsqueda. Con una voz
baja que no contemplaba ningún otro resultado, ordenó:

-Encontradlos.

***

Rosalin agarró la mano de Roger y lo empujó hacia el río detrás de ella:- Están
viniendo.

El agua helada salpicó sus rodillas mientras corrían hacia el árbol talado. Estaba
demasiado asustada para notar lo fría que estaba... casi. Con el corazón
palpitando, cada pocos pasos miraba a su alrededor, esperando ver a las bestias
yendo tras sus talones.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Sabiendo que no iban a ser capaces de superar a una docena de guerreros a


caballo, Rosalin había ignorado el instinto de correr y en su lugar usó los
preciosos pocos minutos de tiempo de espera que tuvieron que buscar un lugar
para esconderse. No era una tarea fácil en el estéril campo invernal, pero como
los escondites oportunos iban, el árbol talado era mejor de lo que ella habría
atrevido la esperanza.

Apoyado en un extremo por una roca, el árbol debía haber estado allí durante
algún tiempo, ya que el interior estaba parcialmente hueco. El musgo y los
helechos habían crecido sobre el tronco casi como una manta, creando un
espacio debajo que era lo suficientemente grande para que ella se arrastrara bajo.
Roger no necesitaba que le dijeran qué hacer. Prácticamente se zambulló en el
árbol ahuecado mientras hacía lo mismo debajo de la cortina musgosa.

Justo a tiempo. Tan pronto como se pusieron en posición, oyó el sonido de las
voces.

-No pueden haber ido muy lejos.

Su corazón se detuvo, reconociendo la voz profunda de su captor. Temblando, y


no sólo por el frío, esperó a que se acercaran.

-Maldita sea, me gustaría tener a Cazador con nosotros -dijo otro hombre. No
podía estar segura, pero pensó que podría ser el hombre que se había opuesto a
su secuestro.

-La tierra es demasiado dura, y hay demasiadas pistas -dijo la voz más
profunda-. -No puedo decir cuáles son las suyas.

Esa voz... un escalofrío recorrió su espina dorsal. Había algo familiar en él.

Rápidamente apartó el pensamiento. No podría ser. La voz de su captor era


profunda, pero dura y sin humor, con una cadencia recortada y autoritaria. El
prisionero, Boyd, había sido más suave. Más dulce. Había sonado como un
hombre que sabía sonreír, no un bruto duro e implacable.

-¿Creéis que cruzaron el río? -preguntó el segundo hombre.

-No lo creo -dijo su captor-. Veríamos un poco de humedad en el suelo donde


salieron.

A menos que decidieran nadar más lejos río abajo.

-Si lo hicieron, no habrán llegado muy lejos, no si no quieren morir congelados.


Tomad a unos hombres e id al otro lado del río. Voy a tratar de buscar en esta
zona.

-¡Capitán, aquí! -oyó un grito, posiblemente del joven guerrero a quien había
engañado.

¡Pistas!
-Id -dijo su captor-. Veré lo que Malcolm ha encontrado.

Se alejó de la escucha por un rato, y todo lo que Rosalin pudo oír fue su corazón
latiendo y el parloteo de los dientes de Roger.

-¿Creéis que se han ido? -susurró él.

-Aún no -respondió ella. Ella percibió que su captor con la voz dura e
intransigente no habría renunciado tan rápido.

Unos minutos después, oyó pasos y se congeló. Bueno, como en realidad estaba

congelada, simplemente dejó de respirar.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-¿Veis algo?

Ahora su corazón se detuvo. Era el joven guerrero, y por el sonido de él, él


estaba de pie justo por el árbol talado.

-Seguid mirando -gritó su captor desde más lejos-. Están aquí, maldita sea.
Puedo sentirlo.

La ira y la frustración en su voz le dieron un inesperado estallido de esperanza.


¡Dulce cielo, esto podría funcionar!

Rosalin observó a través de la manta de musgo mientras uno de los bárbaros


caminaba junto al árbol en el lado opuesto del hueco. Afortunadamente, no se
detuvo,

probablemente asumiendo que nadie podía esconderse dentro.

-No veo nada. Todavía deben estar corriendo -era el joven guerrero. Malcolm, su
captor lo había llamado.

Su captor juró, y aunque era una palabra rara vez pronunciada en su presencia,
estaba encantada de oírlo, ya que sólo impulsó sus esperanzas más allá.
-Volvamos a los caballos -respondió su captor más cerca que antes-.
Retrocederemos y veremos si podemos encontrar otro conjunto de pistas. No
pueden haber desaparecido sin más.

¡Lo habían hecho! No podía creer que lo hubieran hecho.

Un sonido frenético que corría desde arriba, seguido de un "ouch" agudo de


Roger, puso fin a su celebración. Un momento después, Roger salió disparado
del árbol y fue seguido rápidamente por una criatura parda del tamaño de un gato
con una cola espesa.

Al parecer, su tronco ya estaba ocupado.

Salió de debajo del tronco después de Roger, rezando para que los hombres que
los persiguieran no hubieran oído nada. Pero una mirada sobre el registro anuló
esa fantasía particular.

-¡Aquí! -gritó el joven guerrero a unos cuarenta metros de distancia-. Allí están.

El pánico se disparó a través de ella. Agarrando la mano de Roger, se dirigió


hacia el bosque que había delante.

-Corred.

Corriendo por el terreno accidentado, tuvo que soltar la mano de su sobrino para
que no lo llevara a la ladera con ella si se resbalaba. También estaba claro que
ella lo estaba frenando.

Las huellas detrás de ellos se acercaban. Cualquier oportunidad que hubieran


tenido de escapar había desaparecido con el animal enfadado, pero al menos
tenía que intentarlo.

-Las rocas -jadeó, ya respirando pesadamente-. Deprisa.

Roger disparó. En vez de seguirlo, se detuvo, con la esperanza de frenar a sus


perseguidores lo suficiente como para darle tiempo a su sobrino para esconderse.
No había anticipado al hombre justo sobre sus talones. Se lanzó hacia ella,
catapultándolos de nuevo a la tierra y al barro.

Mónica McCarty Ariete


Àriel x

Ella gritó por la fuerza de la tierra golpeando contra su espalda, y luego, un


instante después, de la gran y sólida placa de granito que vestía de cuero y se
posó encima de ella, la gran y muy sólida plancha de granito.

El aire fue sacado de sus pulmones con una fuerte sacudida. No podía respirar.
Pero en ese momento aturdido su mirada se fijó en la de su captor, y ella sintió
un tipo completamente diferente de sacudida. Uno de reconocimiento.

Ella jadeó con todo el aire que había dejado en sus pulmones. ¡Dios mío, era él!
Robbie Boyd. El escocés que había liberado de la prisión hacía tantos años. El
joven y guapo rebelde que había capturado su joven corazón. Estaba segura de
ello. Incluso desde la ventana de la torre, las fuertes líneas de su rostro habían
sido quemadas indeleblemente en su conciencia. Su cabello oscuro era más
corto, y sus ojos eran azules, no marrones como había asumido de su color
oscuro, pero Dios en el cielo, era él.

Su corazón saltó. En ese instante de reconocimiento, todas las fantasías juveniles


llegaron corriendo hacia ella en una romántica ola romántica. Si en secreto
hubiera soñado con volver a reunirse con él, parecía que sus sueños se habían
hecho realidad. -

Eres tú -susurró ella.

Las palabras suavemente pronunciadas parecían romper el extraño hechizo que

momentáneamente les había fascinado a ambos. El reconocimiento era


claramente unilateral. Su mirada se endureció y su boca entró en una línea
apretada, enojada. De repente, el velo de sus recuerdos se aclaró, revelando no al
joven guerrero de sus recuerdos, sino el frío, despiadado hombre ante ella ahora.

La ola romántica se estrelló, llevando su corazón al suelo con él.

Si alguna vez había dudado de las historias que había oído de Robbie Boyd, una
mirada le dijo que eran todas verdaderas. Parecía cada centímetro el implacable
ejecutor. Cada centímetro de uno de los hombres más temidos en Inglaterra.
Cada centímetro del diablo de corazón negro que había extendido el azote a
través de las fronteras.
Había cambiado. No lo habría creído posible, pero parecía aún más imponente.
La altura distintiva y la estructura muscular eran las mismas, pero seis años de
guerra lo habían afilado hasta un filo afilado, borrando cualquier vestigio de
juventud. Había una dureza, una solidez, una impermeabilidad para él que no
había estado allí antes. Parecía un hombre que no hacía más que luchar.

Sus facciones eran las mismas, aunque ya no lo llamaría guapo. Era una palabra
demasiado amable y civilizada. Y no había nada gentil o civilizado en el
terrorífico bárbaro mirando hacia ella. Desde la escalofriante mirada helada hasta
la línea de oscuro rastrojo que sombreaba su mandíbula contundente, exudó una
salvaje e indómita amenaza. Ferozmente guapo, tal vez eso era más apropiado.

Era más viejo de lo que había pensado inicialmente, probablemente cerca de los
treinta y dos de Cliff, y llevaba años de batalla en cada línea y cicatriz en su
rostro. Y en la ferocidad de su expresión. Era como si todo el buen humor
hubiera sido eliminado de él.

Sus ojos se deslizaron hacia la boca que estaba a sólo unos centímetros por
encima de la suya. Parecía imposible creer que los anchos labios sensuales que
tan brevemente

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

habían tocado los suyos en su primer beso pudieran haberse fijado en una línea
tan fría y dura.

Pero ella lo recordaba, y a pesar de las circunstancias, un rubor de conciencia la


atravesó. Un rubor que se convirtió en un estremecimiento de pleno derecho
cuando se dio cuenta de la intimidad de su abrazo, especialmente la parte de él
que estaba acuñada entre sus piernas.

Durante los años de la batalla, Robbie había sido golpeado en la cabeza unas
cuantas veces por un martillo de guerra. El sentimiento aturdido, confuso, era
casi el mismo que cuando vio por primera vez la cara de la mujer debajo de él.

"Hermoso" parecía una palabra demasiado simple para la perfección magistral


de sus rasgos delicados. Grandes ojos verdes oscuros enmarcados por pestañas
largas y voluminosas, piel blanca como porcelana tan impecable y pulcra como
la nieve recién caída, los altos pómulos teñían un delicado tono de rosa, una
nariz ligera y recta, una barbilla ligeramente puntiaguda y unos labios tan rojo
cereza y dulce, que hizo todo lo que lo que podía para no probarlo.

Los largos y ondulados cabellos de seda suavemente hilada se extendían en un


halo de oro detrás de su cabeza. Nunca había hecho una alusión poética en su
vida, pero esta mujer podría inspirar incluso a los hombres más prosaicos a
pensar en ángeles y diosas que descienden del cielo. Cuando sus ojos se
encontraron, se sorprendió. La fuerza de la conexión fue brutal.

Había algo en la forma en que lo miraba que le hacía sentir como si lo conociera.
Pero el suyo era un rostro que habría recordado, incluso en las multitudes de
mujeres que se apiñaban a su alrededor en los Juegos de las Highlands.

Entonces habló, y aquello le recordó por qué no la conocía: era inglesa.

Su cabeza se aclaró lo suficiente como para ser consciente de otras cosas. Tales
como la cálida suavidad de su cuerpo debajo de él, la plenitud de los pechos
aplastados contra su pecho, y lo más significativo, la colocación oportuna de su
polla acurrucada en esa coyuntura dulce entre sus piernas.

Ah infierno. Ahora que estaba pensando, no podía dejar de pensar en ello. Qué
bien se sentía. Qué bien se sentía bajo él. Había pasado más de una semana
desde que había tenido una mujer.

La ola de deseo que lo golpeó fue tan caliente, tan poderosa, tan intensa que le
sorprendió. Se precipitó entre sus piernas, alargando una parte de él que era
demasiado grande para esconderse.

Al parecer, su reacción anterior a la muchacha no había sido una aberración.

Maldición, Fraser tenía razón. Esta chica le hizo reconsiderar algunas de sus
ideas preconcebidas acerca de ser atraído por una inglesa. Se corrigió. Se puso
muy duro y recto.

Ella emitió un jadeo de shock que le recordó las circunstancias menos que
apropiadas para que él se estuviera endureciendo como un muchacho con su
primera criada. No quería aterrorizar a la joven. Y la súbita palidez de su piel y
la ampliación de sus ojos le
Mónica McCarty Ariete

Àriel x

dijeron que estaba aterrorizada. Pero podría haber jurado que también había

vislumbrado un parpadeo de conciencia que reflejaba la suya.

Antes de que él pudiera desentrañarse y asegurarle que no corría ningún peligro -

especialmente ese tipo de peligro de él- sintió un duro empujón en su espalda


que se deslizó hacia un lado.

-¡Quitaos de mi tía, maldito bárbaro! -Dios mío, se dio cuenta, con la cabeza
despejada.

Eso no fue un golpe, fue la puñalada de una daga! Robbie apenas logró retorcer
su cuerpo fuera del camino antes de que el chico pudiera golpear de nuevo-. Os
mataré si la tocáis.

Robbie se puso en pie de un salto justo cuando Malcolm estaba sacando al


muchacho.

-Lo siento -dijo el joven guerrero-. -Os atacó antes de que pudiera detenerlo.

Robbie no estaba a punto de castigar a Malcolm por su propio error. Un error


que podría haberle costado la vida. Por suerte, Robbie llevaba puesto su grueso
cotón de cuero y el muchacho no era más hábil con una daga. ¡Cristo, el hombre
más fuerte de Escocia podría haber sido asesinado por un escudero! Si Halcón se
enterase de esto, nunca acabaría.

Pero había estado tan conmocionada por la muchacha…, un ejército podría haber
venido galopando detrás de él y no lo habría oído. Viendo a Seton y a sus
hombres a pocos metros de distancia, se dio cuenta de que prácticamente lo
habían hecho. La muchacha.

De repente, la verdad lele golpeó como si fuera una jarra fría. Tía.

Infierno sangriento. Cualquier destello de deseo que pudiera haber


experimentado se desvaneció rápidamente cuando se dio cuenta de que no sólo
había tomado el heredero de Clifford, también había tomado a su hermana.

Su boca se apretó mientras miraba a la mujer lentamente poniéndose de pie y

sacudiendo la tierra y las hojas de sus faldas.

-¿Tía? -preguntó, como si de alguna manera lo hubiese engañado.

-¿Lady Rosalin? -preguntó Seton, con una voz un poco aturdida, que le dijo a
Robbie que había visto su rostro y había sido afectado de manera similar.

Ignorando la pregunta de Robbie, miró a Seton y asintió.

Por supuesto. Robbie debería haberlo adivinado. La belleza de la hermana de


Clifford era bien conocida. Los ingleses la llamaban la Bella Rosalin, aludiendo
a la ilustre antepasada de Clifford.

Por una vez, Robbie se vio obligado a reconocer que las historias inglesas que
había asumido que eran exageraciones eran verdad, quizás incluso una
subestimación. La muchacha era una de las criaturas más hermosas que había
visto. La Rose inglesa por excelencia. Su mandíbula se tensó. Pero había
suficiente semejanza con Clifford para recordarle exactamente quién era: la
hermana del hombre empeñado en destruirlos, que conquistó su tierra y los vio
subyugados.

¡La hermana de Clifford, diablos! Sintió que su rostro se oscurecía mientras la


sangre le subía por las venas. De alguna manera, su atracción por la muchacha lo
empeoró. Se sentía como una maldita traición. En este caso, el suyo.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Dios sabía que ella era probablemente tan arrogante y condescendiente como su
hermano. Sí, sin duda era una mocosa malcriada y malhumorada que nunca
había

sufrido un momento de dificultad o lucha en su vida.

Hermosa o no, ¿cómo habría podido olvidar -aun por un instante- que era
inglesa? Podía parecer dulce por fuera, pero sin duda era tan fea como su
hermano por dentro. La belleza, en este caso, seguramente era engañosa.

Él la miró con frialdad, calculando, forzándose a ver no la perfección de sus


rasgos, sino la semejanza con su enemigo y el beneficio adicional que le traería.
Su incursión había cosechado una recompensa mucho mayor de lo que jamás
habría soñado.

-Parece que la fortuna nos ha tocado dos veces hoy -dijo, tanto para su beneficio
como el de sus hombres que se habían reunido alrededor de ellos-. No sólo
hemos capturado al heredero de Clifford, sino también a su amada hermana -el
afecto de Clifford por su única hermana era bien conocido.

Al parecer, el bastardo tenía una debilidad por las mujeres en su vida. En un


momento, Robbie también. Pero a diferencia de la hermana de Clifford, la suya
no había escapado de la brutalidad de la guerra. Su boca cayó en una línea dura,
implacable mientras la ira familiar se movía dentro.

-Apuesto que tenemos el doble de medios para asegurar una tregua, ¿verdad,

muchachos?

Recibió claros síes por parte de todos sus hombres, excepto Seton, que logró
sacudirse de su trance aturdido durante el tiempo suficiente para darle la vuelta.

-Pensé...

-La situación ha cambiado -dijo Robbie, cortándolo con una mirada de


advertencia. Si Seton iba a insistir en expresar sus objeciones -no es que eso
marcaría la diferencia- no iba a ser ahora. No iba a renunciar a una bendición
como la hermana de Clifford sin pensarlo. Sin considerarlo

-¿Qué vais a hacer con nosotros? -preguntó. Su voz tembló, aunque no pudo ver
la forma en que se inclinó frente al muchacho como para protegerlo.

Algo en esa voz lo molestaba. No era sólo que tener una mujer -aunque fuera la
hermana de Clifford- le asustaba y no sentarse bien, era algo más. Algo en lo que
no caía, le hacía sentir como si una voz fantasmal susurraba una advertencia en
su oído, pero no sabía el qué.
Apartó el extraño sentimiento y respondió a su pregunta.

-Vos y el muchacho seréis llevados a algún lugar seguro a esperar mientras


enviamos un mensajero a vuestro hermano -se encogió de hombros-. Lo que
suceda después de eso, depende de él.

Sus ojos se abrieron de par en par y, a pesar de su obvio miedo, se las arregló:-
¡No podéis hacer eso!

Admiraría su coraje más adelante, pero en este momento todo lo que podía ver
era el ligero endurecimiento de la columna vertebral y la barbilla erguida que le
recordaba demasiado a su condescendiente hermano. Se inclinó hacia ella
amenazadoramente.

Estaba tratando de enfatizar su punto. No era porque oliera bien. Aunque eso fue
lo que

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

le golpeó los sentidos, envolviéndolo en su olor floral suave. Rosas, por


supuesto. Un ramo grande, embriagador, que florece de ellos. Se las arregló para
no inhalarlo.

-Le aseguro, mi señora, que puedo. La autoridad de vuestro hermano no vale


aquí. Si fuera vos, lo recordaría -sus ojos se abrieron aún más y tuvo que
obligarse a mantenerse firme. La hermana de Clifford... Él anuló cualquier
impulso tonto que saltaba dentro de él.

Pero demonios, deseaba que dejara de mirarlo así.

-Consideraos afortunada de no estar siendo castigada por intentar escapar.

Sus ojos le escudriñaron el rostro con una intensidad que le hizo sentirse
incómodo.

Casi se acercaba a las lágrimas:- ¿Qué os ha pasado?

Su frente se arrugó. Era un extraño comentario, pero nunca había entendido el


inglés.

-Guerra -dijo simplemente, volviéndose. Lo había demorado bastante tiempo-.


Atad al chico y separadlos -le dijo a Malcolm, quien todavía sostenía al hijo de
Clifford.

Eso debería evitar cualquier otro problema.

-¡No! -gritó, agarrándolo del brazo y volviéndolo hacia ella. Ignoró el golpe en
su pecho y el aumento en su temperatura causado por su tacto. Su piel se tensó.
En realidad, todos se tensaron. Olvidando el miedo, sus ojos brillaron
furiosamente:- No podéis hacer eso.

Sólo es un niño. No dejaré que le hagáis daño.

La ferocidad de su voz le hizo sonreír. Esto era más como él. Le gustaba más así.
Era más fácil, le recordaba a su hermano.

La fuente de su apasionada defensa, sin embargo, no parecía satisfecha. El


muchacho era demasiado viejo para tener una mujer que lo defendiese, y el rojo
en sus mejillas le sugirió que lo sabía.

-Que me amarren, tía Rosalin. No me importa. No me harán daño. Padre los


matará si se atreven a hacernos daño a cualquiera de nosotros.

No un niño, después de todo. Después de verlo empuñar esa espada en Fraser


antes y el intento que había desperdiciado con una mala zancada de su daga,
Robbie se lo había preguntado. Pero no tenía más paciencia con la bravura del
muchacho que con la de la tía.

-Vuestro padre quiere matarnos de todos modos. Os aseguro que no es la


amenaza de Clifford lo que os mantendrá a salvo.

-Entonces, ¿qué será? -preguntó.

Girándose, volvió a mirarla. No es que ayudara. Todos los músculos de su


cuerpo seguían apretados. ¿Qué diablos le pasaba? No era como si nunca hubiera
visto una mujer hermosa. Sus ojos se sumergieron. Y notó un conjunto
espectacular de... Él forzó su mirada hacia arriba y ocultó aquella lujuria. Esta
falta de concentración no iba con él.
-Mi buen humor –respondió-. Así que os sugiero que no volváis a intentarlo -su
mano cayó y él sintió que su pulso volvía a la normalidad-. Pero ni una palabra
más sobre volver a intentar escapar. Las incursiones de vuestro hermano no le
han hecho querer a la gente de estas partes, y quizás no os guste que os
encuentren. Pero mientras estéis bajo mi protección, nadie os hará daño.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-¿Se supone que eso debe aliviar mi mente?

Sarcasmo. A él también le gustaba eso. Ahora estaba viendo a Clifford:- No me


importa si os alivia o no.

-No tenéis nada que temer -intervino Seton galante-. Vos y el niño estaréis a
salvo durante el tiempo que estéis aquí. Me encargo personalmente.

Seton podría haber dado un paso entre ellos y haber levantado su escudo
brillante; el efecto era el mismo. Acababa de declararse como su héroe e hizo de
Robbie el enemigo.

Era un papel al que había sido echado antes, así que no había razón para que le
molestase. No había razón para que quisiera arrancar ese escudo brillante de la
mano de su compañero y sujetarlo por sí mismo. No había razón por que se
preocupara si miraba a Seton con gratitud.

Excepto que no era Seton al que estaba mirando, era a él... con la más extraña
expresión en su rostro.

-Por favor -dijo suavemente-. No hagáis esto. Os estoy pidiendo que nos liberéis.

Aquella mirada le hizo sentirse incómodo. Era esa sensación de que lo conocía
de antes.

Que estaba buscando algo en su rostro, pero no estaba allí. Ella estaba esperando
algo.

-¿Por qué diablos iba a hacer eso?


Sus ojos nunca dejaron los suyos:- Porque me lo debéis.

Trató de reír, pero no alivió la tensión que se arremolinaba dentro de él. La


sensación de que algo estaba muy mal, y que fuera lo que fuese, no le iba a
gustar.

-¿Qué le debo a la hermana de Clifford?

Bajó la voz, pero oyó la única palabra que cambió todo:- Kildrummy.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Capítulo 5

Robbie palideció. Kildrummy. Lo recordó. Su corazón empezó a acelerarse.

No, no era posible.

No podía ser...

Pero sintió cómo el estómago se le encogía. El conocimiento de lo que esa voz


fantasmal había estado tratando de decirle. Por qué lo miraba como si lo
conociera y esperaba que él también la reconociera.

Él juró y cerró la distancia entre ellos en un paso largo. Él inclinó su cara hacia
adelante y hacia atrás en el brumoso crepúsculo.

Ella no se apartó de su toque o trató de alejarse, sosteniendo sus rasgos


finamente tallados hasta su escrutinio, casi desafiándolo a negar la verdad.

El temor se agitaba como un presagio de fatalidad en su estómago. Pero lo sabía.


Las líneas sombrías de su barbilla y su nariz no dejaban lugar a dudas: era la
joven que ayudó a liberarlo de la cárcel hacía tantos años. La muchacha que por
detrás de su capote encapuchado había supuesto ser una sirvienta. La muchacha
a quien había intentado encontrar durante años para poder pagarle. A pesar de
que parecía

inconcebible, la dulce y joven muchacha, cuyos labios aterciopelados temblaban


bajo los de él con un casto beso, había sido la hermana de Clifford.

La verdad lo golpeó como un martillo en su pecho, lo suficientemente poderoso


como para hacer caer hasta el hombre más fuerte de Escocia.

De repente, todo encajó. Recordó haber oído a algunos de los guardias hablando
de la llegada inesperada de la muchacha con la fiesta de Hereford y de cómo
había estado encerrada en una de las torres como una princesa sangrienta que se
ensuciaría al respirar el mismo aire que los viles escoceses.

Nunca había pensado que su ángel guardián pudiera ser la preciosa hermana de
Clifford.

No era de extrañar que las investigaciones de Robbie no hubiesen aparecido.


Había preguntado por la media docena de jóvenes sirvientes en la fiesta del
conde, no por las damas.

Sus ojos se encontraron:- Dijisteis que me pagaríais si nos volvíamos a ver -dijo
ella.

Seton, siendo el único lo suficientemente cerca como para oírlo, y el único que
entendía lo que hablaba, pronunció una maldición en voz baja.

Por una vez, él y su compañero estaban de acuerdo en algo. Robbie dejó caer su
mano de su cara y dio un paso atrás, sin confiar en sí mismo. Algo se estaba
construyendo dentro de él que no reconocía. Un tipo diferente de ira. Un
torbellino salvaje, frenético, aprovechado por el más pequeño de los cordones.

¡No estaba bien, maldita sea! ¿Por qué tenía que ser ella? El único buen recuerdo
que tenía de aquel tiempo olvidado por Dios era ahora destruido por el
conocimiento de que su ángel de la misericordia, la dulce niña que lo había
liberado de ese infierno, era hermana del hombre que lo había puesto allí.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-Soltadnos -suplicó ella, su suave voz tirando de una parte de él olvidado hace
tiempo.
Su conciencia, maldita sea.

¡Maldita sea por hacerle esto! Por arruinarlo todo. Por hacerle endeudarse a un
Clifford sangriento. Su boca cayó en una línea dura, con los puños apretados
contra la tormenta de emociones surgiendo dentro de él.

Necesitaba pensar. Pero no podía hacerlo parado aquí con ella mirándolo.
Apartándose de esa mirada expectante, volvió a su caballo.

-Llevadlos a los caballos -dijo a Seton-. Necesitaremos viajar duro si queremos


llegar al lugar de reunión a tiempo.

Norham no fue la única incursión de este día. Douglas y Randolph los esperaban
cerca de Channelkirk. No necesitaba mirarla. Su áspero jadeo de incredulidad lo
dijo todo.

Seton estaba igual asombrado, pero no tan contenido:- Querréis decir que no vais
a soltar...

Robbie lo detuvo con un resplandor que probablemente era tan negro como se
sentía dentro. Sólo una vez deseó que su compañero no tuviera que cuestionar
todo lo que hacía, o no hacía.

-Maldita sea, ahora no. Los hombres de Clifford probablemente estaban en lo


cierto. Si no salimos de aquí ahora, seremos los que necesitemos liberarnos.

-¿Cómo pude haber estado tan equivocada?

Rosalin lo observó alejarse y sintió el último parpadeo de incertidumbre en su


salida.

Todas las dudas fomentadas por años de historias y rumores habían resultado ser
ciertas.

La fría expresión de su rostro cuando se dio cuenta de quién era, y su negativa a


liberarlos, no le dejaron duda de que cualquier bien que había imaginado en
Robbie Boyd había desaparecido hacía tiempo.

Era su peor miedo hecho realidad. Había cometido un error al liberarlo, y su


vergüenza no tenía fin. No podía soportar pensar en cuántos de sus compatriotas
podrían haber muerto por su extraña compasión. Porque había pensado que
estaba corrigiendo un terrible error y no podía apartar la vista. El noble rebelde
que había creado en su mente no era más que un bandido despiadado sin ninguna
apreciación de honor.

Después de lo que había hecho por él y todo lo que había arriesgado, le había
dado la espalda, literalmente.

Los vestigios que quedaban en el corazón de su juventud, se desmoronaron.


¿Había pensado realmente que la conexión forjada por un acto imprudente de
alguna manera los ataba? ¿Realmente esperaba que los soltara debido a alguna
deuda que probablemente nunca pensó que iba a tener que pagar?

Sí. Nunca había creído que el hombre que había visto pudiera ser tan
despiadado.

-¿Qué decíais a esa rebelde, tía Rosalin? Casi parecía que lo conocíais.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Malcolm había soltado a Roger, y él se acercó a su lado mientras el guerrero de


pelo rubio arreglaba a sus compañeros de montar. Rosalin odiaba mentirle, pero
no podía explicarlo.

¿Cómo lo reconocería?

-Simplemente le pedí que nos soltara.

-Pero ¿no sabéis quién es? Ese es el ejecutor de Diablo, Robbie Boyd. Uno de
los hombres más despiadados de Escocia, y el más fuerte. Padre lo había
encarcelado en una ocasión, y habría sido ejecutado si no hubiera podido
escapar. Él y padre se odian.

El Ejecutor del Diablo no nos liberará sin exigir el pago de Padre.

-Lo veo ahora -dijo en voz baja-. Pero tenía que intentarlo.

No tuvieron la oportunidad de hablar más, ya que los bandidos habían decidido


sus arreglos de equitación y estaban separados. Las manos de Roger estaban
atadas y se vio obligado a montar con el guerrero que lo había capturado en
Norham. Fraser, pensó que alguien lo había llamado. Si formaba parte de esa
gran familia patriótica, sabía que no encontraría ninguna simpatía por parte de él.
Fue colocada a cargo de un guerrero más viejo y de barba rojiza, aparentemente
llamado Callum, aunque no le había hablado una palabra, tenía una gran
semejanza con el joven Malcolm. Si era su padre, como sospechaba, al parecer
tomó su trampa contra Malcolm personalmente.

Dentro de unos minutos, estaba sentada en la silla delante de él, y estaban en


camino. A donde, sólo podía adivinarlo. Deseaba haber prestado más atención al
viaje hacia el sur desde Kildrummy con Sir Humphrey. Su cabeza se había
llenado de fantasías

románticas (que parecían especialmente crueles a la luz de lo que acababa de


suceder), y no había tomado nota de muchos hitos. Había visto tantas iglesias y
castillos, todos empezaron a difuminarse. Conocía la ubicación general de los
principales barrios y ciudades, pero dudaba de que los rebeldes se acercaran a
ellos. Por su mejor estimación, estaban al noroeste de Norham y Berwick en las
colinas y bosques, se dirigían al oeste hacia más de lo mismo.

Sabía que Bruce y sus hombres controlaban el campo y operaban desde su base
en el bosque Ettrick...

Se le cayó el corazón. Dios mío, ¿ese era su destino? Rosalin no creía en los
fantasmas, pero las historias de los fantasmas de Bruce, que supuestamente
tenían su guarida en el vasto Bosque Real, la hicieron maravillarse. Los hombres
de su hermano tendrían dificultades para seguirlos hasta llegar a un territorio tan
hostil y peligroso.

Lo que hizo que la necesidad de escapar tan pronto como fuera posible estuviera
en aumento. Pero como no podía hacerlo sin Roger, tendría que esperar su
tiempo. No podían viajar a mitad de camino a través de las fronteras a Ettrick sin
descansar.

Lo esperaba. Pero estos hombres parecían duros y ásperos, y acostumbrados a


recorrer las distancias sobre sus huesos. Probablemente recogerían los caballos y
los cargarían cuando se cansaran.

A pesar de que estaba mucho más cómoda de lo que había estado cuando estaba
cubierta por un saco por el regazo de Boyd, a medida que el día se desvanecía y
quedaba engullida por la niebla, sufría cada vez más los efectos de su paseo por
el río.

Sus zapatillas húmedas se habían convertido en hielo, y sus pies junto con ellos.
Pronto, sus temblores se volvieron incontrolables.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

No es que nadie se hubiese dado cuenta. El viejo y gruñón guerrero detrás de ella
apenas parecía reconocer su presencia. Con los ojos rígidos, los ojos fijos en
línea recta, la ignoró por completo. Los otros guerreros también lo hicieron.

Boyd y el guapo guerrero de pelo rubio, que también le parecía familiar, se


habían quedado atrás inicialmente (presumiblemente para buscar a los soldados
que pudieran perseguirlos) y acababan de reaparecer.

No es que esperara simpatía de él. No había mirado en su dirección ni una sola


una vez.

Un tanto para la conexión especial. Si necesitaba pruebas de lo unilateral que era


esa conexión, lo tenía. ¿Qué había esperado... una mirada y que, de alguna
manera la reconociera?

¿Que caería de rodillas y prometiera su eterna devoción por lo que había hecho?

No la había mirado, ¿cómo podía reconocerla? Y no era un caballero en un


cuento de hadas. Era un rebelde. Un bandido. Un azote. Un hombre que luchaba
sin reglas ni honor.

Y era una tonta.

Rosalin envolvió el plaid alrededor de ella más fuerte y trató de no pensar en lo


cansada que estaba, o lo fría que estaba, o lo miserable que era.

Sin éxito. Su garganta se tensó y un brillo caliente de lágrimas ardía detrás de


sus ojos.
Pero no lloraría. No lo haría. No importaba lo mucho que quisiera. No importaba
que hubiera sido secuestrada, maltratada, cazada, casi aplastada hasta la muerte,
y hubiera descubierto que un hombre que creía un héroe no era más que un
bandido despiadado, y probablemente estaba siendo llevado a lo que sin duda era
el lugar más aterrador de la cristiandad. Tenía que mantenerse fuerte por Roger.

Tal vez sentían un poco de simpatía. El guerrero de cabello rubio miró en su


dirección, pero tuvo cuidado de no mirarla directamente. De su tensa
conversación, se preguntó si podría tratarse de ella. De lo que estuvieran
hablando los dos hombres, estaba claro que no estaban de acuerdo.

Tenía tanto frío, estaba a punto de derrumbarse y pedirle al guerrero recalcitrante


algo cálido que le rodeara los pies, cuando Boyd dio la vuelta a su montura y
miró furioso en su dirección. Apartó la tela de sus hombros y la tiró hacia ellos.

-Maldita sea, Callum, envolvedla en esto. Traerá a todo el ejército inglés sobre
nosotros con todo ese parloteo.

Callum cogió la tela escocesa y la cubrió con ella, colocándola debajo de sus
pies, que estaban tirados a un lado. Rosalin se hundió en el calor con un suspiro.

Al parecer, Boyd no quería ni esperaba su agradecimiento, porque ya se había


dado la vuelta.

Considerablemente más cómoda, se dijo a sí misma que no leería nada en el


gesto menos que gentilmente hecho. Pero había una extraña intimidad de estar
envuelta en su plaid. Las gruesas fibras de lana seguían sosteniendo el calor de
su cuerpo, y si inhalaba un poco, captaba el débil olor a pino y el brezo y algo
distintamente masculino. Parecía que la rodeaba y le era difícil no pensar en
cosas tontas.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Intentó pensar en Sir Henry. Pronto llegaría a Berwick. Se estremeció al pensar


en lo que haría cuando se enterara de su secuestro. Esperaba que no hiciera algo
precipitado.

Su nariz se arrugó. Era extraño que aunque no lo conociera tan bien, ese fuera su
primer pensamiento.

El cielo estaba tan negro como la situación, por el tiempo, finalmente se


detuvieron. A pesar de que habían pasado algunas horas, con el terreno
accidentado, las cargas pesadas y la velocidad de los caballos sobre las colinas,
supuso que no habían pasado más de diez o quince millas.

Callum desmontó y la ayudó a bajar sin mirarla.

A pesar de su expresión poco cordial, preguntó:- ¿Dónde estamos?

-Preguntadle al capitán -respondió, ya caminando.

Tenía la intención de hacerlo. Justo después de ver a Roger. Pero viendo a su


sobrino de pie con "el capitán" a pocos metros de distancia, se dirigió hacia
ellos. Después de un rápido vistazo para asegurarse de que Roger estaba bien, se
volvió hacia Boyd. No sin reticencia, desenvolvió el plaid de sus hombros y se lo
entregó.

-Gracias -dijo ella.

-Quedáoslo -dijo con indiferencia-. Lo necesitaréis esta noche.

-¿No tendréis frío?

Él le dedicó una larga mirada:- No voy a ir a nadar a ningún río.

No había estado nadando, pero dado que el tema era su intento de escape,
decidió no discutir semántica. Miró alrededor en la oscuridad iluminada por las
antorchas, viendo lo que parecía ser una pequeña colina protegida en el bosque
con un arroyo que corría entre las dos colinas cubiertas de niebla. Sería muy
bello si no tuviera tanto frío, estuviera secuestrada y sospechara que serviría de
dormitorio para la noche.

-¿Dónde estamos?

Esperó un largo latido antes de responder. -Las Colinas de San Cuthbert.

-Nunca antes lo había escuchado.


La forma en que se encogió de hombros sugirió que estaba muy al tanto de eso,
y probablemente era por eso que se lo había dicho. Probablemente era una forma
local de referirse al lugar que no tendría sentido para nadie que no fuera de la
zona.

-¿Está cerca de Edimburgo?

Sus penetrantes ojos azules se estrecharon. Todavía no podía acostumbrarse al


agudo contraste de sus ojos claros con el pelo oscuro, y sintió algo como una
carrera de escalofríos sobre su piel. Era inquietante. Estaba inquieto.

-Si estáis pensando en intentar otra fuga, yo no os lo aconsejaría. Estas colinas


son peligrosas, mi señora. Nunca se sabe con quién os podéis encontrar.

Como para puntuar sus palabras, un grupo de jinetes se acercó desde la otra
dirección.

-Ah, aquí están -dijo Boyd.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Aparentemente los recién llegados que esperaban.

Unos momentos más tarde, un hombre saltó de su caballo, se quitó el casco y


caminó hacia ellos. Era un hombre grande. Tal vez incluso una pulgada más alto
que Boyd, aunque no tan fuertemente musculoso. Dudaba que pocos hombres
fueran tan

musculosos como Boyd. No es que Boyd fuera voluminoso. Sino que tenía un
aspecto fuerte. No es que ella lo estuviera mirando fijamente. Era una mujer de
veintitantos años, y no una impresionable joven de dieciséis que se dejaba llevar
por un físico impresionante. Incluso si era el físico más impresionante que había
visto. Tenía que tener grasa en alguna parte, aunque ciertamente no podía verlo.

Rosalin volvió -no, forzó- su mirada hacia el otro hombre. Llevaba el mismo
abrigo de cuero negro y zapatos que los otros hombres, pero estaba tan bien
como cualquier cosa que Cliff podría usar. Poco afeitado y libre de polvo y
suciedad, parecía mucho más civilizado que Boyd y su banda de bandidos de
aspecto áspero.

-Llegáis tarde -dijo Boyd-. ¿Algún problema? -el recién llegado de oscuridad
sacudió la cabeza.

-Nada que no pudiera ser manejado -notándola, él apenas cubrió su sorpresa. Él


levantó lentamente una ceja y se volvió hacia Boyd.

-¿Que pasa con vos? Vuestro incidente parece mucho más interesante que el
mío.

¿Habéis decidido finalmente tomar una esposa? Vuestros métodos pueden estar
un poco pasados de moda, pero los resultados parecen haber valido la pena.
Soltó un silbido bajo. Tenéis la suerte de que soy un hombre felizmente casado,
pero no dejéis que Randolph la vea, ya sabéis lo parcial que es para las rubias.

-Vamos, sir James. La muchacha es un rehén, como el muchacho.

¿"Sir"? ¡Gracias a dios! Por fin, ¡un caballero! Tal vez encontraría a alguien para
defender su causa de liberación. Aunque algo sobre la forma en que Boyd había
enfatizado "sir" le hizo pensar que había más.

-Esto suena aún más interesante -dijo Sir James-. ¿Quiénes son?

-La hermana y el heredero de Clifford.

La expresión de sir James cambió tan rápidamente, que fue como si una oscura
tormenta hubiera golpeado a todos. Dio un paso hacia atrás, sintiendo el calor de
la amenaza dirigida hacia ellos.

-Lady Rosalin. Joven Roger -dijo Boyd con fingida formalidad-. Les presento a
sir James Douglas. ¿Quizás habéis oído hablar de él? Es el propietario legítimo
de la tierra que Clifford ha intentado ocupar durante casi quince años.

Rosalin jadeó. Su sangre se convirtió en hielo, y su corazón se estrelló contra el


suelo mientras el miedo se deslizaba por cada centímetro de su piel.
Instintivamente, ella tomó la mano de Roger y lo empujó hacia ella y Boyd, a
quien instintivamente había buscado. Sólo momentos atrás había parecido su
peor pesadilla. Pero ahora sabían lo contrario. Su peor pesadilla estaba justo
delante de ellos. El Douglas Negro. El peor enemigo de su hermano, y el hombre
que lo odiaba más que nadie.

Con una sola mirada, Robbie le dijo a Douglas que retrocediera. Había
experimentado un extraño golpe en el pecho cuando inconscientemente se acercó
a él para protegerse, y tuvo que luchar contra una inesperada e inoportuna
urgencia de rodearla. Cuando Seton

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

le lanzó una mirada extraña, sin embargo, Robbie se preguntó si había


combatido el impulso tan bien como él pensaba que lo había hecho.

Si era el desvanecimiento del choque o su mirada de advertencia, no lo sabía,


pero la expresión de Douglas cambió. Una curva astuta se deslizó por su boca.

-Por Dios, esto es perfecto. ¡Qué bendición! Finalmente tenemos los medios para
llevar a ese bastardo inglés a sus malditas rodillas. Con su hermana y heredero
en nuestra posesión, bailará una maldita cuadriga encima de los parapetos del
Castillo de Berwick si queremos que lo haga.

Era la misma reacción que Robbie había tenido, pero por alguna razón, de parte
Douglas parecía diferente. Quizás fue por el efecto que las palabras tuvieron en
la muchacha y el muchacho. Ambos visiblemente palidecieron y se amontonaron
unos centímetros más cerca de él. Ese extraño golpe se expandió en su pecho.

Se volvió hacia Seton y, con una mirada, le dijo lo que quería que hiciera.

-Vamos, mi señora -dijo Seton, alejándola-. Debéis estar hambrienta. Vamos a


encontrar algo para que podáis comer, vos y el muchacho.

La mirada de gratitud que Rosain le dio a su compañero hizo que Robbie casi
deseara que hubiera expresado su orden. Frunció el ceño ante la extraña
reacción. Caballero errante era el papel de Seton, no el suyo. Pero la muchacha
parecía estar provocando todo tipo de extrañas reacciones en él. Cuando volvió
de su exploración antes, había sentido como si estuviera arrastrándose de su
maldita piel cada vez que la veía estremecerse.

-Seton -gritó él. Su compañero se volvió interrogante-. Que Malcolm prenda el


fuego.

Seton no dijo nada, pero Robbie leyó la especulación en su mirada y


rápidamente la detuvo con una dura mirada. No fue una petición tan rara,
maldita sea. Era una noche fría y brumosa. Incluso si estuvieran un poco
expuestos a un incendio, los ingleses no los rastrearían en las colinas y los
bosques por la noche -o en el día, por cierto-. Estaba cerca de aldeas y castillos
ingleses guarnecidos donde tenían que tener cuidado.

-Lo que mandéis, capitán.

Boyd no perdió el sarcasmo en el tono de Seton. Su compañero seguía dolido


por el hecho de que Bruce hubiera puesto a Robbie a cargo. Esta era su misión y,
por lo tanto -

como le había dicho a su compañero muchas veces en las últimas horas- no tenía
que escuchar la opinión de Seton sobre lo que debían hacer.

No estaba de humor para oír sobre el maldito código de honor de Seton, y cómo

"tenían" que liberarla y al muchacho. ¿Cómo era sólo "correcto" después de lo


que había hecho por ellos?

La única cosa "correcta" era ganar esta maldita guerra. Eso era todo lo que
Robbie debería pensar. Su único enfoque debería ser hacer lo que fuera necesario
para asegurar el acuerdo de Clifford y luego recoger el dinero. Si la muchacha y
el muchacho le ayudaban en ese sentido, nada más debería importar. El honor no
iba a ganar la maldita guerra.

Pero no importaba cuántas veces se dijera aquello, no podía dejar de oír su voz .
Me lo debéis. Lo hacía, maldita sea.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

El honor -o lo que le quedaba de él- combatía con el deber. Le debía una deuda,
pero no podía entregarle los medios para llevar a Clifford a la zaga.

Él la vio alejarse con Seton, tratando de no preguntarse de qué estaban hablando.


O por qué se había vuelto de pronto y le había dado a Seton una sonrisa
tentativa.

¡Infierno sangriento! Apretó los puños. ¿Tenía que parecer así? Si alguna vez
había visto a una mujer más hermosa, no podía pensar en una. Lady Rosalin
Clifford era impresionante. Increíblemente impresionante. Por todos los
derechos, la hermana de Clifford debía tener una lengua bífida, cuernos, y toda
la clase de otra manera de diablillo. O tal vez verrugas y lunares, como un trol o
una bruja.

En realidad, tenía un lunar. Uno muy pequeña que parecía una peca. Y su
colocación en el borde de un labio superior muy sensualmente curvado no le
hacía pensar en brujas o trolis, sino en algo completamente distinto. Un
inoportuno calor y pesadez le arrastró la ingle. Le gustaba que su polla
engordase tanto como cualquier otro hombre, lo que significaba un montón de
cosas, pero nunca se le había hecho difícil pensarlo.

La hermana de Clifford. Todavía no lo podía creer. No podía reconciliar a la


dulce muchacha que lo había salvado con la cortesana y mimada belleza inglesa
que tenía que ser. Estaba seguro de que una vez que algo de su miedo se
disipase, y ella se diese cuenta de que quería decir lo que él dijo acerca de que no
llegarían a dañarlos, comenzaría a hacer demandas y a emitir órdenes. Su
expresión cambiaba de mirar como si acabara de arrancar las páginas a su cuento
de hadas favorito y las quemase ante sus ojos a altivo y condescendiente. Miraría
hacia abajo esa adorable pequeña nariz de ella, no con decepción y desilusión,
sino con odio frío.

No podía ser tan dulce como parecía. No con un hermano así.

Frunció el ceño mientras Seton sacaba su plaid para cubrir una roca baja para
que se sentara. Dragón y su maldita sensibilidad caballeresca. Incluso después de
siete años de lucha como un "pirata", todavía pensaba que era Lancelot. Era
cómo había ganado su nombre de guerra. El dragón era una broma, refiriéndose
al Wyvern en los brazos de Seton que él tenía tan obstinadamente sostenido a
usar en los primeros días de su entrenamiento - antes de que fuera forzado a
admitir cuán ridículo era usar el cotón y un sobretodo que hacía el tipo de
Combates que estarían haciendo.

-¿Qué demonios os pasa?


Robbie tardó un minuto en darse cuenta de que Douglas estaba hablando con él.

Demonios, ¿cuánto tiempo había estado mirando? Demasiado, si la mirada


estrecha del hombre era cualquier indicación.

-Habría pensado que estaríais más emocionado -añadió Douglas-. Tenemos a


Clifford por los huevos.

-Lo estoy -le aseguró, forzando el ceño oscuro de su rostro-. ¿Recibisteis el


dinero del buen obispo? -Douglas había ido al castillo Bewley para reunirse con
el obispo de Cumbria.

Pero Douglas no sería tan fácilmente de eludir.

-Parecíais casi el protector de la muchacha. Admito que es una belleza, pero no


habría pensado que seríais tan fácilmente engañado. La perra inglesa es la
hermana de Clifford, por el amor de Dios.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Robbie tenía que estar más cansado de lo que se había dado cuenta, porque
sentía algunas de las sensibilidades caballerescas de Seton en este momento, así
como la súbita necesidad de golpear el puño en los dientes de su amigo. ¿Por
qué? ¿Porque la había llamado perra? No era algo que Robbie no había dicho
muchas veces antes acerca de su enemigo: perro inglés, perra inglesa-era tan
común como decir que parece que podría llover o que los cielos están hoy en día.

Lo cual no explicaba por qué sus dientes estaban moliendo.

-No necesito que me recordéis quién es -no podía pensar en otra cosa, maldita
sea- pero la muchacha está bajo mi protección y lo estará hasta que sea liberada.

-¿Por qué diablos la ibais a soltar? El rey Eduardo todavía tiene a la esposa, la
hija y la hermana de Bruce. ¿Por qué no deberíamos hacer lo mismo con sus
familias?
Robbie estaba tan interesado en escuchar la opinión de Douglas sobre el tema
como las opiniones de Seton. Tampoco se iba a explicar.

Miró a Seton y a la señora en cuestión justo a tiempo para oír el tintineo suave
de su risa. Cada músculo de su cuerpo se tensó. El chico, Roger, también se
estaba riendo.

Ambos estaban estirando los pies por el fuego chisporroteo, pareciendo bastante
acogedor.

-Demonios, si quieres un reguardo-, ¿por qué no la guardáis para vos mismo?


Piensa en lo furioso que estaría Clifford al enterarse de que su preciosa hermana
está en la cama de Robbie Boyd.

La imagen era más aguda de lo que Robbie hubiera deseado, e incluía miembros
sucios y desnudos retorcidos en sábanas bien arrugadas. Apretó la mandíbula
hasta que el músculo empezó a hacerle tic.

-No la quiero, y seguro que no quiero una esposa.

Douglas sonrió astutamente:- No pensaba en ella como vuestra esposa. No


podéis casaros con una inglesa -se estremeció dramáticamente-. Haced de ella
vuestra puta.

-¡Dije que no la quiero, maldita sea!

-Sí, lo veo -dijo Douglas con una carcajada, el bastardo-. Es por eso que seguís
mirando a Seton como si quisieráis matarlo, incluso más de lo habitual. Eso es. -
Alzó una ceja-.

¡Oh, mira quién acaba de aparecer! No tardó mucho en encontrarla. Os dije que
tenía debilidad por las rubias.

Robbie miró a tiempo para ver a sir Thomas Randolph, sobrino de Bruce y casi
tanto dolor en su culo como Seton, inclinándose sobre su mano como un valiente
cortesano y no el guerrero despiadado que era, que todos eran.

-Mi mujer me dijo que las mujeres lo encuentran atractivo. Yo no lo veo -dijo
Douglas con disgusto.
Obviamente, Joanna Douglas estaba manteniendo a su notoriamente competitivo
marido en sus dedos por burlarse de él acerca de su rival. A Robbie empezaba a
gustarle la novia de su amigo. Era más dura de lo que parecía.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-Quizá no seáis vos quien la lleve a la cama después de todo -añadió Douglas-.

Robbie pensó que su cabeza podría explotar:- Nadie la llevará a la cama, maldita
sea.

No va a estar aquí lo suficiente.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Capítulo 6

Rosalin tardó un rato en darse cuenta. Una vez que lo hizo, tuvo que esperar a
que sir Thomas se involucrase con Roger en la conversación para que no lo
oyese.

Había conocido a Sir Thomas, el sobrino de Robert de Bruce, varias veces en la


corte cuando cambiaba temporalmente de lado hacía unos años. El caballero
galante y guapo no había cambiado en lo absoluto; seguía siendo un encantador
pícaro. Su amistosa presencia había aliviado parte de la tensión de encontrarse
con el Douglas Negro.

Pero no era Sir Thomas con quien quería hablar en privado.

-Vos también estabais allí -dijo suavemente al guerrero rubio que los había
defendido antes.

No se había dado cuenta de ello sólo porque había cambiado tanto. La altura,
esbelta y juvenil, con el cabello blanqueado por el sol, le había añadido
suficiente volumen y dureza a su estructura casi irreconocible. Ya no era un
joven, sino un hombre maduro, bastante impresionante, agregó. Con su mirada
de ojos azules y cabellos dorados, parecía como la fantasía de todas las niñas de
un caballero de brillante armadura.

Excepto que era un bandido.

Parecía sorprendido, pero asintió:- Sí, yo estaba allí.

Le entregó otro cuenco de avena fresco de la plancha de hierro o "faja", como él


lo llamó, cocido sobre la fogata. Aunque ella estaba hambrienta y no había
comido nada, el aroma simple era sorprendentemente sabroso. Sospechaba que
la avena la habían mezclado con algo de la grasa de las tiras de cerdo que
también le ofrecieron.

-Os recuerdo -De hecho, si no hubiera visto a Boyd en primer lugar,


probablemente se habría encontrado observándolo-. Solía veros a ti y a Boyd
hablando todo el tiempo.

Erais amigos incluso entonces -su boca se apretó un poco como si pudiera estar
en desacuerdo-. También había otro hombre. Tenía el pelo rojo.

-Thomas -dijo-. Un amigo de la infancia de Boyd.

-¿Qué fue de él?

La miró con tristeza:- Murió dos días después de que escapamos.

Rosalin apretó el corazón, más afectado por su respuesta de lo que hubiera


creído.

Aprendiendo que sus esfuerzos por salvarlo no habían sido suficientes, hizo que
lo que había hecho parecía mucho peor.

-Lo siento.

Él asintió:- Era un buen hombre.

No lo dudaba:- ¿Puedo saber vuestro nombre?

-Sir Alexander -Alex- Seton, mi señora.

Mónica McCarty Ariete


Àriel x

¿Era un caballero? Rosalin debió haber mostrado su sorpresa. Un lado de su


boca se alzó en una sonrisa irónica que contenía un toque de tristeza.

-Sé que no parece ser así, pero no todos somos bandidos.

Había más de un poco de amargura en su tono, que le pareció mejor no explorar.


Al menos, no todavía. Pero estaba claro que si esperaba encontrar un amigo
entre los rebeldes, este hombre sería su mejor opción.

De repente, se dio cuenta de lo que había dicho. Ella abrió los ojos.

-¿Seton? ¿Estabais relacionado con sir Christopher?

Bajó la mirada hacia el fuego, lo empujó con un palo:- Era mi hermano.

Él lo dijo con toda naturalidad, pero sintió la profunda emoción que subyacía en
las palabras simples.

Su sorpresa fue completa. Como Wallace, sir Christopher Seton había sido uno
de los grandes héroes escoceses en los primeros días de la guerra. Perder al
hermano de Sir Christopher habría sido un golpe casi tan grande para Cliff como
perder a Robbie Boyd.

-¿No lo sabía mi hermano?

Sir Alex sacudió la cabeza:- Las circunstancias... Bueno, basta con decir que
tenía razones para no decir mi nombre en ese momento. En el caos y la
confusión de la rendición, nadie hizo la conexión. Tuve suerte. Otros no.

La sensación de malestar en su estómago creció junto con su culpa. Ahora no


sólo tenía la liberación de Robbie Boyd en su lista de traiciones dolorosas de su
hermano y país, sino también el hermano de sir Christopher Seton.

Debió haber adivinado sus pensamientos.

-Gracias por lo que hiciste por nosotros, mi señora. Os debo mi vida. Todos lo
hacemos.
Su agradecimiento fue tan graciosamente dado, que no podía rechazarlo. Rosalin
inclinó la cabeza. La mirada se deslizó hacia Boyd, que todavía estaba encerrado
en una conversación con el Douglas Negro, y se estremeció reflexivamente.

-Ojalá todos se sintieran como vos.

Se volvió hacia Sir Alex a tiempo para ver cómo se endurecía la boca.

-Lo he intentado, señora. Si hubiera sido mi orden, vos y el muchacho nunca


habrían sido llevados. -Hizo una pausa, con un tinte de resentimiento escapando.
-Pero no tengo el mando.

-Gracias por intentarlo. ¿No hay nada más que podáis...?

Ella se detuvo, , mientras una sombra oscura cayó sobre ella. Bueno, ¿cómo
había llegado tan rápido? No necesitaba mirar para saber quién era. El extraño
zumbido a lo largo de su piel y el picor en su pulso lo identificaron. Resistió el
impulso de mirar hacia arriba y confirmarlo, adivinando que su desinterés le
molestaría.

Si la agudeza de su voz era un indicio, lo hizo.

-Es hora de ir a la cama, señora.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

No había nada sugestivo en su tono, pero su estómago se revolvió un poco, de


todos modos. Ella ahogó una respiración fuerte, pero no pudo detener su rostro
al palidecer.

Rosalin lo miró y supo por el resplandor en sus ojos que él había adivinado sus
pensamientos y se estaba divirtiendo desconcertándola.

¿Por qué estaba tan enfadado con ella? La mirada oscura que dirigió a Sir Alex
le hizo preguntarse si tenía algo que ver con él.

-Todavía no estoy cansada -no podían ser más de las siete. Estiró los pies cerca
del fuego-. Y mis zapatos no están secos.
-Si queréis volver a ver a vuestro hermano por la mañana, os vais a la cama
ahora.

Se sorprendió:- ¿Qué? -fue ahogado por la media docena de hombres o más que
venían hacia ellos. No sabía quién estaba más aturdido: ella, Sir Alex o el
Douglas Negro.

-¿Nos estáis liberando? -preguntó incrédula.

-No. A vos.

El Douglas Negro estalló:- ¡No podéis liberarla! Clifford daría su brazo


izquierdo por la mocosa.

La mirada de Rosalin se deslizó inmediatamente hacia su sobrino por el

pronunciamiento de Boyd. Aunque Roger estaba intentando valerosamente no


mostrar su miedo entre los guerreros enemigos, vio su rostro pálido. Su corazón
se aceleró. A pesar de la altura y la armadura, todavía era sólo un niño. Tan
aterrorizado como estaba, no lo abandonaría.

-¡No! -no se dio cuenta de lo alto que había hablado hasta que todos los hombres
se volvieron en su dirección. Con tantos ojos en ella, el calor le subió a las
mejillas-. No iré -dijo en un tono más moderado-. No sin Roger.

Robbie luchó por controlar su temperamento. Algo parecía estar haciendo un


poco con Lady Rosalin Clifford. La muchacha podía igualarse a Seton.

Aunque había oído sólo las últimas palabras, no era difícil darse cuenta de lo que
estaban hablando. Podría quedar impresionado por la rapidez con que había
identificado un oído comprensivo si no estuviera tan furioso al respecto. Lo
último que él y Seton necesitaban era más discordia entre ellos; Era aún más
razón para que la muchacha estuviera fuera de su camino.

Debería haber adivinado la forma en que se había negado a dejar ir al chico de


Norham que sería difícil sobre esto. Su protección hacia el muchacho era
encomiable, pero el aliento de Dios, ¿tenía alguna idea de la concesión que
estaba haciendo al dejarla ir sin nada a cambio? Douglas no sería el único que
estaría furioso, el rey también tendría algunas preguntas. Preguntas que Robbie
tendría dificultades para contestar sin revelar lo que había hecho por él. Algo que
él sospechaba que podría no querer que se supiese.

Pero la muchacha tenía razón. Él se lo debía. Y Robbie Boyd siempre pagaba sus
deudas. Esa era una cosa con la que todos los ingleses podrían contar. Seguiría
teniendo al muchacho. Clifford pagaría con o sin la muchacha.

Él apaciguó la necesidad de decirle que el asunto no estaba abierto para debate y


en cambio se volvió hacia Seton.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-Llevad al muchacho a la cueva y preparadlo para la noche. Quiero a dos


hombres en la entrada en todo momento en turnos de cuatro horas.

Robbie vio el intercambio de miradas asustado entre la muchacha y el muchacho


y no era tan inmune a su miedo injustificado como él quería ser.

-Pero...

No la dejó terminar:- Vuestra tía volverá pronto -le dijo al muchacho, aliviando a
los dos-. Lady Rosalin y yo tenemos algo que discutir -miró a Douglas y a
Randolph-.

Solos.

El chico la miró, y ella asintió:- Id. Estaré bien. El capitán nos ha dado su
palabra de que no nos hará ningún daño.

Robbie sospechaba que lo había dicho tanto para el beneficio de su amigo como
para el suyo. Con obvia reticencia, el muchacho hizo lo que le ordenaba,
lanzando miradas preocupadas por encima del hombro hasta que desapareció en
la oscuridad.

Randolph y Douglas le siguieron casi pegados a sus talones.

-Vos y yo hablaremos más tarde -dijo éste con una voz que prometía una
discusión.
Había quizá un puñado de hombres en este mundo que no serían intimidados por
una amenaza del Douglas Negro; Robbie era uno de ellos. Se encontró con la
mirada de su amigo sin fisuras. A Douglas quizás no le gustara, pero eso no iba a
impedir que dejara ir a la muchacha.

El intercambio, sin embargo, tuvo un efecto diferente sobre Lady Rosalin. El


miedo que había estado haciendo un esfuerzo por contener regresó con toda su
fuerza. Observó cómo Douglas se alejaba como si fuera una serpiente enroscada
y lista para atacar. En cuanto se marchó, se volvió hacia Robbie.

-¿Qué quiere hacer con nosotros?

Se sentó frente a ella en el muñón que Seton había desocupado:- Nada. Estáis
bajo mi protección. No tenéis nada que temer de Douglas.

Ella hizo un sonido agudo que estaba a medio camino entre una risa y un

estrangulamiento.

-¿Lo sabe?

Robbie casi sonrió antes de que se sorprendiera:- No os preocupéis por Douglas.


Yo me encargaré de él.

Ella lo miró con cautela, claramente no estaba segura de si creerle.

Tuvo que luchar contra el impulso de tranquilizarla, lo cual era seguro que nunca
se hubiera sentido obligado a hacer con un rehén antes. Por supuesto, nunca
había tenido una mujer como rehén antes. Una mujer que era tan hermosa que
era difícil de mirarla sin que su sangre se incendiase. ¿Qué diablos le pasaba?
Era inglesa, maldita sea. La hermana de Clifford. El enemigo.

Su boca se tensó:- Idos a casa, lady Rosalin. Os he dado lo que pedisteis. Os


sugiero que lo toméis.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-Os pedí que nos liberaseis a los dos. No dejaré a Roger aquí solo - con vos, ella
no necesitó agregar. Su mirada se volvió implorante-. Por favor, ¿no nos dejaréis
ir?

No podía, aunque quisiera. Esto era demasiado importante. Le habían dado una
manera de poner a Clifford a la altura, y seguro que no iba a echarlo de vuelta,
no todo, al menos. El rey contaba con él.

-Habéis oído a Douglas. Deberíais consideraros afortunada de haber decidido


dejaros ir.

Vuestro hermano está causando problemas. Con vuestro sobrino nos aseguramos
de que se detenga.

-Entonces, quedaos conmigo y dejadlo ir.

-No.

-¿Por qué no?

-El muchacho es más valioso. Tal vez seáis su hermana, pero Roger es su
heredero.

-A la mayoría de los hombres, tal vez, pero no a mi hermano. Me ama. Hará


cualquier cosa...

Rosalin se detuvo, probablemente dándose cuenta de que no debería estar


diciendo eso.

-El muchacho se queda.

Lo miró, sus grandes ojos verdes luminosos en la brumosa luz de la luna:- ¿No
tendréis piedad? Sólo es un niño. Cumplió trece el mes pasado.

Se apoyó contra el brillo de las lágrimas en sus ojos. Un ataque al que nunca
había enfrentado en la batalla, y uno que resultó ser más efectivo que cualquier
espada. ¡El aliento de Dios! Apretó los puños.

-"Ese" muchacho habría puesto una hoja a través de mi espalda o matado a


cualquiera de mis hombres si se le hubiera presentado oportunidad. Os recordaré
que no fui yo quien lo puso en la batalla -era duro como el infierno estar frío y
de hecho con ella mirándolo así. Él cedió, sólo un poco-. Vuestra devoción a
vuestro sobrino y el intento de protegerlo es admirable. Vuestros temores por el
muchacho son infundados. No os necesita aquí para defenderlo. Estará
perfectamente a salvo.

-¿Y debo creer eso de vos? -sus ojos se encontraron con los suyos-. Vuestra
reputación es bien conocida, mi lord.

Había en su tono tanta arrogancia inglesa como para poner su temperamento en


el borde:- Quizá deberíais haberlo pensado antes.

Le tomó un momento darse cuenta de lo que se estaba refiriendo. Cuando se


estremeció, casi deseó poder recuperarla.

-No sabía quién erais -sus ojos buscaron los suyos con una intensidad que
bordeaba la desesperación lo que le hizo desear mirar lejos. Ella quería algo de
él como si alguna vez hubiera estado allí… había desaparecido hacía tiempo-. En
ese momento, pensé que había algo que valía la pena proteger. Algo noble y
honorable. Aparentemente, estaba equivocada. Un hombre que usa a una mujer y
un niño para su ventaja -como un arma en la guerra- no tiene honor. Un caballero
nunca...

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-¡Infierno sangriento! ¡Ustedes, ingleses y sus malditos caballeros! -por un


momento, mirando a los ojos verdes insondables, había estado en peligro de
olvidar quién era-. No necesitáis decirme lo que haría un caballero. Sé todo
sobre la caballería inglesa. Si creéis que vuestros compatriotas son como héroes
en la historia de algún trovador, estáis equivocada. Vuestro rey me puso una
espada en la mano cuando yo no era mucho mayor que su sobrino, y él invitó a
mi padre y a algunos otros jefes locales a un parlamento -bajo una tregua-y luego
los mató traicioneramente a todos.

Sus ojos se abrieron y parpadearon, lentamente.

-Lo que haya hecho -continuó-, os aseguro que vuestros compatriotas lo han
hecho mucho peor.
> ¿Debo recordarles a las dos mujeres que estuvieron colgadas en jaulas de
castillos ingleses durante más de dos años? ¿Dónde diablos está la caballería en
eso? La reina, las hermanas y la hija de Bruce siguen encarceladas por vuestro
rey. Los ingleses han hecho todo lo posible para destruirnos y empobrecernos:
arrasando nuestro campo, tomando nuestros castillos, violando a nuestras
mujeres y matando a nuestro pueblo durante más de quince años. Así que si
ganar esta guerra y ver a mi país libre de la ocupación y subyugaciones inglesas
significa que tengo que usar un escudero para hacerlo, puede estar
condenadamente seguro de que lo haré. Hay muy poco que no haría para ganar,
así que tal vez lo recordéis antes de empezar a hablar sobre reglas y códigos de
los que no sabéis nada.

Ella retrocedió ante el ataque pero no se encogió:- Dios mío, no sois más que lo
que dicen: el Impulsor del Diablo. El músculo contratado de Bruce. Un bandido
y un matón.

Había sido llamado un infierno de mucho peor, pero de alguna manera sus
palabras lanzaron como piedras - más profundas y más agudas de lo que habría
pensado posible.

Furioso, se levantó y la levantó a su lado. Fue un error. Permanecer junto a ella


era como estar atrapado en una feroz resaca. Sus sentidos se encendieron como
un incendio a través de su sangre. Sus ojos se sostuvieron. Él juró que podía ver
el diminuto movimiento de su pulso en su cuello y tuvo que luchar contra el
impulso de no acercarse y acariciarlo con su pulgar.

No podía decir si estaba asustada o excitada.

Ella aspiró el aliento y la conciencia entre ellos. La suave separación de sus


labios respondió a su pregunta: excitada. Caliente con ella. Suave con él.
Maduro con ella. Sus ojos fijos en su boca. Un deseo tan fuerte e intenso se
elevó dentro de él, cada músculo de su cuerpo se puso rígido. Estaba a punto de
bajar la boca sobre la de ella.

¿Qué diablos estaba haciendo?

Él la soltó y dio un paso atrás:- Si yo fuera vos, estaría esperando estar


equivocada en vuestra estimación de mi carácter. Un hombre menos honrado
podría pensar en aceptar su invitación.
Sus ojos se abrieron, las esmeraldas vivas chispeando de indignación. Lady
Rosalin Clifford podía parecer dulce y dócil por fuera, pero como lo había visto
con la defensa de su joven sobrino, el pequeño gatito tenía las garras de un tigre
cuando se agitaba. Por lo general, prefería a las mujeres más experimentadas que
sabían lo que querían. Había supuesto que dulce significaba aburrido. Era un
error que no volvería a cometer. Su

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

combinación de dulce y feroz era curiosamente excitante. Condenadamente


excitante hasta decir basta...

-¿Una invitación? ¡Por Dios, debéis estar loco! No sé lo que creéis que viste,
pero os aseguro que ya no soy una doncella ingenua, de ojos estrellados,
susceptible a una generosa exhibición de músculos flexibles. -Sonrió
dulcemente, su mirada recorrió algunos de esos músculos flexibles-. Yo superé a
los grandes bárbaros cuando cumplí diecisiete años.

Garras y una lengua afilada para ir junto con ella. Parte de él admiraba su
espíritu, mientras otra parte de él se preguntaba si decía la verdad. ¿Se lo había
imaginado?

Sus ojos se estrecharon ante otra cosa. Diecisiete. Cristo, ¿Demonios, había sido
tan joven? El beso que ninguno de los dos quería mencionar colgaba entre ellos.

-No teníais dieciocho años -dijo él en tono llano-.

Su pequeña sonrisa tenía un brillo diabólico distinto, como si supiera cuánto le


molestaría la respuesta. -No, sólo dieciséis.

Hizo una mueca y juró. Lo que significaba que sólo tenía veintidós años. En

comparación con sus treinta y dos años, era una niña. Dios sabía, que en aquellos
diez años había visto toda una vida de dolor y sufrimiento. De repente, a los ojos
de esta bella muchacha rebosante de juventud inocente y radiante, se sintió muy
cansado, y muy viejo.

-Tenéis hasta la mañana para reconsiderarlo. Pero si fuera vos, Lady Rosalin,
aceptaría la oferta. No es probable que volváis a recibirla. No creo que
encontréis las dificultades de la guerra a vuestro gusto.

Se quedó callada. No es que alguna vez hubiera habido una pregunta de su parte.

Rosalin no dejaría que Roger se enfrentara a los brutos y a los bandidos por su
cuenta.

Estaban juntos en esto, y juntos lo superarían. Preferiblemente sin tener que


pasar otra noche miserable durmiendo en una cueva sucia-cubierta con poco más
que un plaid como cubierta. Boyd tenía razón. No le gustaban las "dificultades"
de la guerra, sobre todo viviendo como un proscrito sin siquiera la más básica de
las necesidades. Había pensado que los viajes antes eran difíciles, pero luego los
largos tramos de caballo habían sido rotos por paradas en los castillos -o en el
peor de los casos una posada- con su propia ropa de cama y un montón de
sirvientes para atenderla a cada necesidad.

Aquí, ni siquiera tenía una jarra para lavar su rostro o un peine para su cabello.

Supuso que debería estar agradecida de que no estuviera durmiendo afuera


rodeada por un grupo de bárbaros bestiales, sino que estaba en una cueva solo
con Roger. Pero era difícil estar agradecida por las pequeñas misericordias
cuando se imponían con tanta dureza.

La frialdad de Boyd hacia ella le dolía. Rosalin no sabía qué esperaba, pero no
era este bruto horrible e insensible. Se había endurecido hasta convertirse en
piedra, igual que su musculoso cuerpo. Parecía quedar sólo una pizca del hombre
que había sido una vez, consumido por la venganza y la intención de vencer al
enemigo a toda costa.

Descubriendo que era la hermana de Cliff, aparentemente había borrado


cualquier buen favor que pudiera haber tenido para liberarlos. No le sorprendía
que odiara a su hermano o a los ingleses; Sólo se sorprendió por la profundidad
de ese odio que la incluía.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

¡Cómo se atrevía a actuar así después de lo que había hecho! Al infierno con él.
Supuso que una cosa buena había salido de todo esto: ciertamente la había
curado de cualquier fantasía romántica. Se casaría con Sir Henry cuando
terminara esta prueba y nunca miraría hacia atrás.

Como estaba claro que no tenía intención de liberar a Roger, sus pensamientos se
volvieron hacia la fuga. Aunque a ella y a Roger se les había permitido estar
juntos en la cueva, en el momento en que se despertaron y trataron de bajar a la
corriente para lavarse, estuvieron separados. Roger fue llevado con el resto del
grupo, mientras que se a ella se le permitió unos momentos -unos pocos
momentos- de privacidad para atender sus necesidades, lavarse la cara, y los
dientes en el agua helada y pasarse los dedos por el pelo antes de trenzarlo con la
cinta desgastada que había dejado. Pensándolo bien, dejó el cabello suelto y
metió la cinta en su bolso, que colgaba del delgado cinto de cuero que le rodeaba
la cintura. Tuvo una idea.

Sin embargo, la mejor parte de la mañana fue cuando la llevaron al campamento


y se enteraron de que más de la mitad de los hombres se habían marchado,
incluyendo -para ella y el gran alivio de Roger- el Douglas Negro. Al parecer,
estaban llevando todo el saqueo mal adquirido en las redadas "piratas" a Robert
de Bruce en el Norte. Ella y Roger estaban siendo llevados a otra parte. Su
captor era mucho menos cercano al respecto, pero desde la dirección suroeste
que habían estado montando, el desalentador Ettrick Forest todavía parecía un
destino probable).

El segundo mejor momento de la mañana había sido aprender que los caballos
habían sido arreglados para ella y Roger, por lo que no se vería obligada a
montar en tándem con el estoico y taciturno Callum. También le dio la
oportunidad de comenzar a implementar su plan.

Trabajando cuidadosamente, para asegurarse de que nadie pudiera ver lo que


estaba haciendo, Rosalin sacó la cinta rosa de su bolso y empezó a soltar los
hilos, dejándolos caer cada estadio o algo así. Si su hermano y sus hombres los
seguían, los hilos dejarían un rastro para que los siguieran. Pero sin los caballos
sumpter y las mercancías adicionales, viajaban en un paso mucho más rápido.
Tendría que tratar de encontrar una manera de detenerlos.

Su primer intento tuvo el beneficio inesperado de irritar a su captor.

-¿De nuevo? -preguntó, mirándola como si fuera una niña-. Ya fuisteis antes de
que nos fuéramos hace treinta minutos.

El rubor que manchaba sus mejillas no fue fingido. ¡Cómo le gustaba ser lo
bastante desagradable como para interrogarla! Levantó la barbilla.

-Debo haber bebido demasiado cerveza.

Rechazando todo el tiempo, pidió una parada. Después de que Sir Alex la
ayudase a bajar, se tomó su tiempo para encontrar un poco de privacidad en la
que pretendía aliviarse. Cuando regresó, la irritación de Boyd se había
convertido en impaciencia. No dijo nada, sólo la miró. Ella sonrió dulcemente.

-Gracias.

Él murmuró algo ininteligible sobre las "muchachas", y volvieron a salir. Se


preguntó cuántas veces sería capaz de salirse con la suya antes de que se pusiera
en duda y pusiera fin a ella. Si pudiera superar la vergüenza, la próxima vez que
la interrogara,

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

planeaba abogar por la maldición de la mujer. Seguramente eso lo mortificaría


adecuadamente. ¿Tal vez lo superaría pidiéndole que buscara trapos para
usarlos?

Ella sonrió, pensando que la vergüenza casi valdría la pena ver el formidable
semblante pálido de horror masculino.

Por todos los derechos debería estar aterrorizada por el hombre, sin duda no
pensaba en maneras de irritarlo, aunque fuera por una buena causa, ralentizarlos.
Pero por alguna razón, a pesar de su reputación, su dureza hacia ella y su
intimidante físico, sintió que no la haría daño.

Sus intentos de conversación con los otros hombres fueron bruscamente cortados
por todos excepto por Sir Alex. Él no estaba más cerca que Boyd, pero al menos
le acortó las preguntas con una sonrisa.

Pasó la mayor parte de su tiempo vigilando a Roger, y cuando surgió la


oportunidad, tratando de mantener su ánimo.

-Pensad en las historias que tendrás que contar cuando todo esto haya terminado
–dijo-.

Estoy seguro de que los otros escuderos estarán ansiosos por saber cada detalle.

Su sobrino pareció considerar esto, y después de un momento sus hombros


caídos se levantaron un poco.

-No había pensado en eso. ¿Creéis que estarán impresionados?

Rosalin intentó no sonreír, sabiendo lo importante que era para los chicos de su
edad impresionar a sus compañeros, muchachos de cualquier edad, agregó.
Debería pensarlo.

No muchos escuderos ingleses se han enfrentado cara a cara con el Douglas


Negro y el Ejecutor del Demonio. Por no mencionar su hundiendo de su daga en
su espalda y dibujar su espada contra un caballero de la talla de Sir Alexander
Fraser.

-Sí, tendréis muchas historias que contar. Me atrevo a decir que también tendréis
a las muchachas jóvenes interesadas en el castillo -le dirigió una mirada de
soslayo-.

¿Aunque probablemente no os interesen las muchachas?

Su rostro rojo le decía algo diferente. Vaciló, mirando como si su abrigo


estuviera atado demasiado fuerte.

-En realidad, hay una chica en Norham en quien podría estar interesado.

Ella alzó una ceja:- Pensé que podría haberla. Cliff no era mucho mayor vos
cuando conoció a vuestra madre.

Roger la miró sorprendido:- ¿De verdad?

Ella asintió:- Recuerdo haber pensado que fue tan romántico -luego agregó para
beneficio de Boyd, ya que sospechaba que estaba escuchando cada palabra-. Por
supuesto que era joven y propensa a fantasías románticas tontas del momento.
Vuestro padre y madre tuvieron mucha suerte. La mayoría de los romances
juveniles sólo conducen a la decepción -vio a Boyd endurecerse y sabía que su
pulla había golpeado.

De repente, recordando con quién estaba hablando, se volvió hacia su sobrino


con una sonrisa-. Pero tendréis mucho tiempo para eso, y a menos que haya
perdido mi marca, os parecéis mucho a mi hermano de otra manera. Parecía que
cada joven de las Marcas estaba enamorada de él.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Roger se sonrojó y la oportunidad de seguir conversando se perdió cuando Boyd


-no por casualidad, sospechó- aceleró su paso. De vez en cuando, Boyd o uno de
sus hombres se desprendían para ir a buscar por delante o atrás para asegurarse
de que no estaban siendo rastreados.

Rosalin hacía más esfuerzo por recordar identificar puntos de referencia para su
próxima oportunidad de escapar, pero como parecían adherirse a los bosques y
colinas y evitar cualquier pueblo de cierto tamaño, sólo la ocasional iglesia o
casa en la distancia proporcionaba cualquier ruptura en la monotonía De laderas
cubiertas de brezos oxidados y bosques gris fantasmal. En la primavera, sin
duda, sería hermoso, pero en este momento sólo parecía frío y prohibitivo.

Dios en el cielo, ¡quería irse a casa!

Estaba a punto de exigir otra parada para atender sus necesidades cuando
dislumbró negras oleadas de humo en los árboles al este unos cuantos estadios
en la distancia.

-Esperad -dijo ella, tirando de sus riendas.

Boyd, que estaba montado justo enfrente de ella en ese momento, hizo girar a su
caballo y la miró:- No sé cuál es vuestro juego, señora, pero si éste es otro de
vuestros descansos, tendréis que esperar.

A pesar de que él la miraba de nuevo con furia, y ella estaba tan enfadada con él,
algo quedó atrapado en su pecho cuando lo miró. Podía haber intentado culparla,
pero o no, había estado a punto de besarla la noche anterior, y cada vez que sus
ojos se habían encontrado desde entonces, no podía olvidarlo. No había un hueso
bonito en él, pero era lo suficientemente magnífico como para hacer que su
estómago se contrajese. Su atractivo masculino era innegable. Mirarle hizo que
su corazón revoloteara tan frenéticamente como cuando tenía dieciséis años. Al
parecer, todavía estaba atraída por los bárbaros de gran tamaño.

Por lo general, prefería a los hombres afeitados, pero algo estaba empezando a
crecer en ella. Había algo en la sombra de las barbas que oscurecían su ya
formidable mandíbula que la hacía sentirse encogida y un poco perversa.

Al darse cuenta de que estaba esperando a que respondiese, tuvo que sacudirse
del aturdimiento.

-No tengo que parar de nuevo. Es sólo que vi humo –señaló-. Por ahí.

Ni siquiera echó un vistazo:- Yo lo vi.

-¿Y no vais a investigar? -preguntó incrédula-. Parece que un edificio podría


estar ardiendo.

Su expresión se oscureció.

-Probablemente más de uno. No hay necesidad de investigar. Dada la


proximidad a la guarnición en Thirlestane, diría que eran más ingleses que
quieren engordar sus almacenes asaltando a aldeanoslocales."

Ella palideció, comprendiendo ahora por qué su pregunta lo había enfurecido.


Pero ella no dejó que eso la disuadiera.

-¿No deberíamos ir a ver si necesitan ayuda?"

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-Es demasiado tarde para eso. Dado el color y el grosor del humo, los ingleses ya
han desaparecido.

-Tal vez así, pero la lucha contra el inglés no es la única razón para detener -
todavía pueden necesitar nuestra ayuda. No podemos simplemente pasar y no
hacer nada.

Él le dio una larga mirada:- ¿Por qué os importa? No es vuestro pueblo.


Demonios, la orden de la incursión probablemente vino de tu hermano.

Ella se ruborizó indignada.

-Lo más seguro es que no lo fuese -eso esperaba-. Y tal vez no sean «mi gente»
como decís, pero son personas y, por lo tanto, merecedoras de compasión -bajó
la voz y miró a su mirada, desafiándolo a negarla-. No daría la espalda a nadie
que lo necesite, incluso a los prisioneros rebeldes que mueren de hambre.

No se atrevió a…:- Muy bien, pero no me culpéis si no os gusta lo que


encontráis.

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Capítulo 7

A Rosalin no le gustó lo que vio. Era horrible, tan devastador como lo que había
presenciado en Norham. ¿Cómo podría la gente hacer esto los unos a los otros?
Pero la guerra y los horrores cometidos en su nombre eran algo que nunca había
entendido. Su hermano tenía razón. Su corazón era demasiado blando para esto.

Tal vez hubiera sido diferente si no se hubiera marchado tan lejos. En Londres,
no tenía incursiones, devastaciones o sufrimientos con los que lidiar. El tipo de
odio que Boyd poseía era extraño para ella, pero tal vez también justificado si lo
que había dicho era cierto.

¿Había matado a su padre de manera tan traicionera? Aunque Cliff había tratado
de mantenerla aislada de la guerra, recordó haber escuchado una historia sobre
los graneros de Ayr, que sonaba muy parecido a lo que Robbie describió.
También recordó la brutal represalia de Wallace y los escoceses.

Pero había sido su recordatorio del destino de la condesa de Buchan y de Mary


de Bruce, que habían sido encarcelados y colgadas en jaulas de los castillos de
Berwick y de Roxburgh, que le hicieron descubrir cuál era su visión ingenua de
la caballería. Los bárbaros habían sido hechos por ambos bandos, caballero o
bandido.

Desde la cima de la colina que miraba el pequeño valle abajo, podía ver las
paredes quemadas de dos casas de piedra, con un tercera todavía ardiendo.
Cuatro dependencias de madera se habían reducido a un esqueleto negro de
postes carbonizados y vigas caídas. Una quinta estaba ardiendo, con dos más en
peligro de incendio. Al menos tres docenas de personas, en su mayoría mujeres y
niños, corrían de un lado a otro del río, llenando frenéticamente baldes para
apagar las llamas rugientes en lo que parecía ser una tarea de proporciones
hercúleas.

Boyd ya estaba gritando órdenes en gaélico mientras cargaban por la ladera. Por
lo que pudo discernir, la mitad de los hombres fueron puestos a la tarea de
ayudar a los aldeanos a apagar los fuegos, mientras él y la otra media docena de
hombres fueron a trabajar despejando las hierbas y arbustos muertos alrededor
del puñado de edificios, presumiblemente para detener que las llamas se
propagaran más lejos.

Ella y Roger no habían sido olvidados. En inglés, que sospechaba que era para
su beneficio, Boyd ordenó a Malcolm que los llevara por el río donde estarían
seguros y estarían a la vista. A diferencia de su padre, Malcolm no parecía
albergar sentimientos negativos hacia ella. Se había disculpado por aprovecharse
de su galantería, que parecía sorprenderle tanto como avergonzarlo.

Por lo que parecían horas, pero probablemente sólo una fracción de eso,
observaron desde una distancia segura pero frustrante, mientras los hombres
trabajaban incansable y eficientemente para apagar el fuego y detenerlo en su
camino. Era una vista

impresionante para contemplar. La misma intensidad que había notado en la


lucha de los escoceses se desplegó en su plan coordinado ataque estratégico
contra las llamas.

Sin darse cuenta, su ojo seguía vagando hacia el capitán de este grupo de
improbables héroes. Estaba claro que la determinación que había notado antes
para ganar la guerra a cualquier costo ayudó a convertirlo en un líder
excepcional. Estaba concentrado,

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Àriel x

decidido y confiado. Mirándolo así, casi podía creer que no había cambiado
tanto como había pensado. Que todavía había vestigios del noble guerrero por
quien había arriesgado tanto. Que tal vez no se había equivocado completamente
con él.

Los escoceses parecían estar bien camino de ganar la batalla cuando ocurrió el
desastre.

El viento, que hasta ese momento había sido una ligera brisa, se movió y
comenzó a reventar, azotando las llamas con renovado frenesí.

Un puñado de aldeanos gritó cuando una de las paredes de lo que parecía ser un
granero comenzó a caer sobre ellos. Sólo se salvaron cuando algunos de los
hombres de Boyd se apresuraron a sostenerla el tiempo suficiente para que se
apartaran del camino.

-Debemos hacer algo para ayudar -dijo Rosalin.

-El capitán dijo que os quedarais aquí -respondió Malcolm obedientemente,


aunque estaba claro que estaba de acuerdo con ella y preferiría estar con los
otros hombres que estar custodiándolos, aparentemente, era su castigo por
permitirles escapar.

El sonido de otro choque, éste mucho más cerca, hizo que Rosalin saltara.

-¿Qué fue eso? -preguntó Roger.

Malcolm señaló la casa de piedra quemada más cercana a ellos. Como era el más
grande de los edificios de lejos, probablemente pertenecía al alguacil, el hombre
más importante de la pequeña aldea.

-El último pedazo de techo se ha derrumbado. Una de las vigas debe haber caído.

Estaba a punto de alejarse, cuando oyó algo:- ¿Escucháis eso?

-¿El qué? -preguntó Malcolm.

Se quedaron en silencio por un momento, pero con el viento, el rugido del fuego
y los gritos de los aldeanos y los hombres que luchaban contra las llamas, era
difícil escuchar algo.

Malcolm frunció el ceño:- Si este es otro de vuestros trucos...

-¡Allí! -dijo ella-. ¿Lo escuchasteis? Alguien está pidiendo ayuda.

-No he oído nada -pero Rosalin ya corría hacia la casa quemada donde el techo
acababa de caer-. ¡Esperad, mi señora! No podéis entrar. El capitán dijo que
esperarais aquí.

-¡Deprisa! -dijo ella, sin escuchar-. Parece que alguien está herido.

Sin esperar a ver si estaban detrás de ella, Rosalin entró corriendo en el edificio.
Lo que parecía ser una pared hueca de piedra desde el exterior era un laberinto
oscuro, ardiendo de vigas, postes, vigas de techo, paja y muebles en el interior.
Tenía que cubrirse la boca con la lana de su tela para evitar que el humo la
ahogara.

-¿Hola? -gritó ella.

-¡Aquí! -respondió una débil voz.

Siguió la dirección del sonido y en el rincón más alejado del edificio llegó a una
pila de madera enmarañada frente a un muro de piedra parcialmente
derrumbado. Enredado en lo que parecía ser un espacio en esa pared había un
hombre que estaba encerrado en

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rocas y aún quemaba madera. Era difícil ver a través de todo el humo en la
oscuridad, pero él parecía estar apenas vivo bajo todos los escombros.

-¡Aquí! -gritó de nuevo a Malcolm y a Roger, a quienes podía oír llamándola-.


Está aquí.

Los dos se dirigieron hacia ella, su tos cada vez más fuerte a medida que se
acercaban.
Ambos la miraban como si estuviera una loca:- Necesita nuestra ayuda. Está
atrapado.

-¿Qué estaba haciendo aquí, en primer lugar? -preguntó Roger.

Era una buena pregunta, una que podría preguntarle cuando lo sacaran.

-No lo sé -dijo ella-Aquí, ayudadme con este poste... -gritó de dolor mientras sus
manos tocaban la madera caliente.

-Lo haremos -dijo Roger-. No tenéis guantes. Tratad de sacar algunas rocas del
camino.

Rosalin asintió y se puso a trabajar en algunas de las rocas más pequeñas.


Recordando a un hombre que había levantado las rocas con mucha más
facilidad, no podía dejar de desear que Boyd estuviera aquí para ayudarles. Haría
un trabajo rápido...

Oyó un fuerte chirrido cuando los muchachos sacaron de su camino una de las
piezas más grandes de bastidores carbonizados. Ella levantó la vista, justo
cuando lo que quedaba del techo se derrumbaba sobre ellos, junto con la viga
principal que formaba su columna vertebral.

Gritó una advertencia, pero ya era demasiado tarde. Malcolm no fue capaz de
salir del camino a tiempo y el haz se estrelló frente a él.

-¡Malcolm! -trató de lanzarse hacia él, pero fue impedido por una pared virtual
de material de construcción que había aterrizado entre ellos. Ya no podía ver al
primer hombre. Temiendo lo peor, se sintió aliviada cuando la ceniza y el polvo
se

establecieron lo suficiente para poder ver a Malcolm moverse.

-¿Estáis bien?

-Creo que sí -dijo él, aturdido-. Ayudadme a quitarme esto de encima.

Protegiendo sus manos lo mejor que pudo con la lana de su tela escocesa, ella y
Roger trataron de levantar la enorme viga, pero no se movió. Probablemente
había tomado una media docena de hombres para ponerla en posición cuando el
edificio fue construido.

-No sirve de nada -le dijo a Roger-. Tendremos que buscar ayuda.

Sus ojos se encontraron. Podía ver lo que estaba pensando, probablemente


porque el pensamiento también había pasado por su mente. Ella sacudió su
cabeza. Puede que no tuvieran otra oportunidad de escapar, pero no dejaría a
Malcolm y a la aldea así.

Roger asintió con la cabeza:- Vuelvo enseguida.

Por el rabillo del ojo, vio algo que hizo que su pulso se alzara y cada terminación
nerviosa en su cuerpo se encendió de pánico. Las vigas y el techo que habían
caído habían agitado las brasas y encendido el fuego.

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-¡Roger! -gritó ella. Se volvió. Miró en dirección a las llamas, que no quedaban
más de seis metros- ¡deprisa!

Los pulmones de Robbie ardían. Estaba caliente y cansado, y cada centímetro de


su piel se sentía arenoso con el hollín y el humo, pero se enfrentó al fuego con la
misma determinación de todos los costos con que se enfrentó a los ingleses. Se
sorprendió de lo bien que se sentía estar haciendo algo para ayudar a que no
estuviera peleando. Había pasado mucho tiempo desde que había levantado
cualquier cosa menos su espada en la defensa de sus compatriotas. Pero los
ingleses no iban a destruir este pueblo hoy. No si podía hacer algo al respecto.

Con la línea de descanso en el pincel establecido, estaba a punto de empezar a


ayudar a Seton a llevar agua cuando miró hacia abajo por el río y se calmó.

Malcolm, Roger y Lady Rosalin habían desaparecido. Dejando escapar una serie
de juramentos, corrió. Si hubiese vuelto a engañar al muchacho y hubiera
intentado escapar, la iba a atar por el resto del viaje y volvería a meterla en el
saco.

Estaba a mitad de camino cuando vio a Roger Clifford emerger de las paredes
quemadas de un edificio de estilo longhouse. Los ojos del muchacho sobresalían
como dos discos blancos en su cara de hollín, y su cabello dorado, tan parecido
al de su tía, estaba enmarañado en su cabeza. Él estaba respirando pesadamente
mientras que tropezó hacia él.

-¡Deprisa! -se las arregló con una voz agrietada-. N..necesitamos ayuda.

Robbie lo agarró por el brazo, más para sostenerlo que por la ira.

-¿Qué pasó? ¿Dónde están vuestra tía y Malcolm? ¿Están ahí?

El muchacho asintió con la cabeza y Robbie se lanzó al edificio en llamas, una


ráfaga de insultos disparando en su cabeza. Sus orejas estaban golpeando con un
sonido que no reconocía. Le llevó un momento comprender que era su corazón.

¿Qué diablos podría haber tenido ella para entrar en ese edificio? Estaba furioso.
Más que furioso. Fuera de su mente furiosa. Pero sobre todo estaba asustado
hasta la muerte.

Lo suficiente como para admitirlo.

Se agachó a través de la puerta hacia la caverna ahumada. Cubriendo su boca


con su brazo, parpadeó a través de la neblina negra, sus ojos inmediatamente
rasgando.

-¡Rosalin! ¡Malcolm! -se ahogó, tratando de ver a través del laberinto de ardiente
destrucción. Parecía como si una de las explosiones de polvo negro de
Sutherland hubiera salido aquí.

-¡Aquí! -respondió una voz muy femenina-. Estamos aquí.

Avanzando a través de las pilas de vigas y postes como si fueran ramitas, se


dirigió hacia ellos. No fue difícil. Todo lo que tenía que hacer era seguir la línea
de llamas que parecía dirigirse a ellos.

Por tan duro como su corazón estaba bombeando, su voz salió notablemente
tranquila cuando miró hacia abajo en su cara manchada de manchas de hollín.

-¿Qué pasó?

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Àriel x

Su voz no sonaba como la suya. No había sabido que era posible que hablara
tan...

tiernamente. Su barbilla minúscula tembló y, para un instante desgarrador, pensó


que podría desmoronarse. Si lo hubiera hecho, sabía que la habría empujado a
sus brazos.

No habría podido detenerse.

Pero respiró profundamente y sostuvo sus emociones bajo control.

-Oí a un hombre gritar pidiendo ayuda, y cuando entramos a ayudarlo, Malcolm


se quedó atrapado cuando una viga cayó sobre nosotros.

Era extraño que un corazón que palpitaba tan deprisa pudiera llegar de repente a
una parada muerta. Esperó un momento o dos para que empezara de nuevo. No
pensaría en ella tendida bajo esa viga aplastada. No lo haría. Pero de todos
modos empezó a tener una sensación enferma y torcida en su tripa. Sintió algo
que nunca había sentido antes: sus rodillas flojear.

-¿Capitán? ¿Sois vos?

La voz de Malcolm lo trajo de vuelta:- Sí, muchacho. Os dejaré libre en un


minuto.

Ella miró a sus espaldas:- ¿Nadie os acompañó? -su voz se elevó en pánico-. No
vamos a ser capaces de moverlo a tiempo.

Obviamente, ella había estado tratando de hacer eso.

-Retroceded -rápidamente hizo un balance de la situación y se dio cuenta de que


necesitaba tener cuidado. Un movimiento equivocado y todo el montón de rocas
y vigas caerían sobre Malcolm, aplastándolo instantáneamente.

Volviendo la espalda a la viga, agarró el borde cuadrado y usando sus piernas,


comenzó a levantar. Pero maldición, la cosa era pesada, incluso para él.

-Mira si podéis salir por debajo -dijo entre dientes apretados, cada músculo
tenso.

-Casi -dijo Malcolm-. Un poco más.

Robbie se apretó con más fuerza y levantó. Sus brazos ardían contra el peso.
Pero Malcolm pudo escapar. Muy cuidadosamente, Robbie volvió a colocar el
poste en su lugar.

Y no un momento demasiado pronto. Las llamas estaban a sólo unos metros de


distancia ahora.

-Venga -dijo-. Salgamos de aquí.

-Pero ¿y el hombre? -preguntó Rosalin-. No podemos dejarlo.

Robbie apretó los puños, luchando contra el enfado y el miedo que le hacían
querer atacar-. ¿Dónde? -dijo con fuerza.

-Detrás de esa pared -señaló un espacio que obviamente había sido construido en
la pared como un escondite. Sospechando por qué, y exactamente por qué el
hombre estaba allí, Robbie estaba tentado a dejarlo por ser tan imprudente. Pero
unos instantes más tarde, él había movido los escombros del camino suficiente
para arrastrarlo hacia fuera. No queriendo decirle que era demasiado tarde,
levantó al hombre muerto sobre su hombro con un brazo, y con el otro envuelto
alrededor de su cintura acurrucándola

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contra él -tratando de no notar lo bien que se sentía- los condujo fuera de la


trampa de quemarse.

Tan pronto como golpearon el aire fresco, Malcolm se derrumbó en el suelo


tosiendo.

Rosalin se quedó de pie, pero se inclinó para hacer lo mismo, mientras Robbie
dejaba que su brazo se deslizaría de su cintura y dejaba caer el cuerpo del
aldeano, luego se agarró al árbol más cercano para que no se derrumbara. Sus
pulmones y brazos estaban en llamas.
Seton, Fraser, Callum y otros dos de sus hombres estaban casi sobre ellos.
Obviamente, el muchacho había logrado advertirles del peligro. Seton se
apresuró inmediatamente a ayudar a lady Rosalin, como lo hizo Callum con
Malcolm.

-¿Qué pasó? -preguntó su compañero.

Por una vez, Robbie no se molestó por su ayuda. La muchacha necesitaba ser
atendida y apenas podía estar de pie.

Tomó algunas respiraciones y comenzaron a intentar contar la historia. Pero


entre Malcolm, Roger y Rosalin, los detalles comenzaron a surgir. Era difícil
creer que ella había corrido para intentar ayudar a alguien que ella no conocía,
pero cuando Lady Rosalin llegó al punto donde Malcolm se quedó atrapado
detrás de los escombros, los hombres se miraron el uno al otro con asombro.

Robbie expresó lo que todos pensaban.

-PodríaIs haberlo dejado allí y haber escapado -se encontró con su mirada.

-Habría muerto -dijo, como si la explicación fuera obvia.

Para ella, lo era. No dejaría a un hombre para morir, ni siquiera un enemigo.


Debería saberlo mejor que nadie. Algo dentro de su pecho se movió. Era como si
una gran roca hubiera sido empujada fuera del camino, revelando una pequeña
abertura.

Callum lo miró como si la tierra fuera redonda.

-Pero ella es inglesa -dijo en gaélico.

-Lo sé -Robbie estaba a punto de pedir una explicación. Tampoco tenía sentido
para él.

Esta pequeña muchacha parecía tener más honor que todo el ejército inglés
juntos.

Sin embargo, cuanto más la observaba, más creía que no era falso. Era tan dulce
y amable como parecía. Había notado cómo había distraído a su sobrino antes
para mantener su ánimo y su natural amistad hacia sus hombres, incluso ante su
brusquedad (en la mayoría de los casos, habría sido grosería absoluta). Cuando
ella había pedido ver lo que se podía hacer en el pueblo, pensó que era un truco.
Pero no fue así. Había sido motivado obviamente por la preocupación honesta.
Por los escoceses. Había entrado en aquel edificio en llamas para ayudar a
alguien que era su enemigo.

Desafiaba la creencia.

Pero fue más que eso. Bajo la dulzura detectó una feroz sensación de bien y de
mal que le recordaba a alguien, aunque no podía poner el dedo en quién. Cuando
llegó a la parte donde llegó, trató de detenerla, pero ella no lo dejó.

-Nunca he visto nada parecido –dijo-. No sé cómo lo habéis levantado vos solo.

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No era la primera vez que oía admiración y asombro en la voz de una mujer,
pero era la primera vez que sentía que su rostro tenía más calor. ¡Diablos, estaba
ruborizado!

-Deberíais verlo en los Juegos de las Highlands, mi señora -ofreció Malcolm-. El


capitán puede lanzar una piedra tres veces más pesada que cualquier otra
persona. Nadie ha estado cerca de vencerlo. ¿Por qué, puede derrotar a diez
ingleses usando sólo sus manos?

-Es suficiente, Malcolm -dijo bruscamente-. La señora no quiere oír hablar de


todo eso.

Parecía que estaba a punto de desacuerdo, cuando miró al hombre que yacía en
el suelo a sus pies. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

-Está muerto, ¿verdad? –Robbie asintió.

Lo miró:- ¿Por qué habría hecho algo tan peligroso?

Robbie se agachó y sacó un bolso de los dedos apretados del hombre.

-Por esto. Lo tenía escondido en un espacio en la pared, junto con algunos


granos y otros bienes. Probablemente lo puso allí cuando los ingleses vinieron y
luego trató de llegar a él una vez que pensó que era seguro.

-¿Todo esto por unas monedas y un poco de grano? -preguntó incrédula.

La mandíbula de Robbie se endureció:- Sí, una tontería, pero probablemente era


lo único que tenía para alimentar a su familia. Esa gente no tenía nada.

La verdad le afectó. No se podía negar la verdadera compasión y tristeza en


aquellos ojos demasiado expresivos de ella.

-Pero salvaste algunos de ellos -dijo-. Los incendios están casi apagados -la
forma en que lo miraba...

Por un minuto, sintió como si se hubiera puesto alguna de las brillantes


armaduras de Seton. Infierno sangriento.

Robbie miró hacia donde el resto de sus hombres y los aldeanos estaban
arrojando los últimos baldes de agua. Pero ella tenía razón. Lo detuvieron.

Algo había cambiado. Rosalin no sabía qué, pero durante la siguiente hora,
mientras Robbie y sus hombres ayudaban a los aldeanos a apagar el último
incendio y ver lo que podía salvarse del resto, ella detectó una diferencia en la
actitud de los hombres hacia ella.

Una vez que habían dejado de mirarla como si de repente le hubiera crecido una
segunda cabeza, le hablaron. Y no sólo en gruñidos y palabras ininteligibles en
gaélico.

Los hombres que no pensaba que sabían una palabra de inglés se dirigían de
repente a ella como "mi señora".

Incluso Callum. Bueno, tal vez solo Callum. Tan personalmente como él había
tomado su engaño de Malcolm, parecía que había visto su rechazo a dejar a su
hijo en el edificio en llamas como el establecimiento de algún tipo de vínculo
entre ellos. No podía decir si estaba contenta o no, pero él había tomado el lugar
de su hijo en la guardia y parecía haberse nominado a sí mismo como su
protector.

Mónica McCarty Ariete


Àriel x

Cuando algunos niños de la aldea se acercaron con cautela y empezaron a tocar


su vestido sucio pero muy fino, los había espantado y les había dicho que no
ensuciaran el vestido de la dama con sus manos sucias. Teniendo en cuenta lo
poco elegante que había sido manejado las últimas veinticuatro horas y lo
asquerosa que estaba ya, tales amonestaciones eran bastante ridículas. Pero
consciente de lo serio que parecía ser, y de su orgullo escocés, ahogó su sonrisa
y le dijo que no le importaba sólo una vez.

Los niños habían estado encantados con ella y habían hecho algunas de las
preguntas más divertidas, en las que había luchado mucho para no reírse. Debían
haberle preguntado diez veces si era verdaderamente inglesa. Que ella no tenía la
cara de una Gorgona, o cuernos y cola del diablo, era aparentemente
incomprensible. Fue cuando habló con los niños, algunos de los cuales lo habían
perdido todo, que había tenido una idea.

Callum vaciló, dándole esa extraña mirada otra vez.

-¿Queréis darles nuestra comida?

-Sí, ¿crees que podrían encontrarse algunos que podrían ser perdonados?

Él la miró durante un largo rato, sus rasgos rojizos, atemporales, inescrutables.

-Le preguntaré al capitán.

Desde su puesto junto al río, Rosalin observó al hombre mayor acercarse a


donde Boyd estaba con algunos de los aldeanos. La cabeza de Boyd giró en su
dirección, e incluso desde la distancia la intensidad de su mirada la hizo
estremecer. Unos momentos más tarde, él asintió con la cabeza, y Callum
caminó hacia los árboles donde habían atado los caballos y comenzó a organizar
las bolsas.

Con Callum ocupado y Roger reclutado para ayudar a los otros hombres con la

limpieza, Rosalin se mantuvo ocupada respondiendo a las preguntas de los niños


mientras intentaba no dejar que sus ojos se perdieran en el hombre que parecía el
centro de atención en el pueblo.
Ella frunció el ceño. Para un pequeño pueblo, ciertamente había un número

desproporcionadamente grande de mujeres jóvenes. Y cada uno de ellas parecía


estar paseando por Robbie Boyd como si fuera algún tipo de héroe.

Para ellas, lo era, se dio cuenta con un arranque. Este hombre, insultado como un
demonio en un lado de la frontera, era alabado como un héroe por el otro. Era
extraño lo que hizo una perspectiva de diferencia. Las mujeres estaban
tropezando entre sí tratando de hacerse notar. Bien, ¿nunca habían visto a un
hombre apuesto? Podía ver las estrellas brillando en sus ojos desde aquí.

¿Por qué le importaba? Había superado a los bárbaros, ¿no? Además, él había
hecho sus sentimientos hacia ella perfectamente claros: eran enemigos. No lo
olvidaría. Escapar era lo que debería estar pensando. No en bestias altas y de
hombros anchos con cuerpos demasiado musculosos.

Desviando la mirada del hombre que comandaba tanta admiración femenina,


centró su atención en los niños. Cuando se alejaron, le preguntó a Callum si
podía lavarse antes de que se fueran. Después de una rápida mirada a donde
Roger estaba con Malcolm y otro joven guerrero (sabía que no trataría de
escapar sin su sobrino), él asintió y le dijo que fuera rápido.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Se apresuró a bajar hacia el río, dirigiéndose a la izquierda, donde se dobló y un


bosquecillo la protegía de la vista y le daba la privacidad que necesitaba.

Ella no había mentido. Ella quería lavarse y empaparse las manos en el agua fría,
pero también necesitaba reponer su suministro de cinta para el rastro que estaba
dejando para Cliff. Las últimas hebras de rosa estaban en su bolso, pero su
camisa estaba decorada en el cuello y en las mangas con pequeños lazos de color
azul claro de cinta de satén. La costosa prenda importada de Francia había
levantado incluso la ceja de su indulgente hermano, pero no pensó que le
importara su destrucción bajo las circunstancias.

De hecho, la mayor parte de su ropa una vez lujosa estaba en desorden. Se quitó
la tela y el manto, sacudiéndolos lo mejor que pudo, los dejó en un tronco y
luego limpió la suciedad y el hollín de su cote dura de lana azul oscuro bordado
en el dobladillo, el escote y los lados cortados con cinta bordada de oro. Pero
temía que ni siquiera un buen cepillado y colgadura salvara la bonita prenda
después de tal abuso.

Ella hizo una mueca, levantando su falda para examinar el resto. El kirtle de lana
azul más ligero debajo estaba en una forma mucho mejor, a excepción de los
bordes

fangosos donde colgaba debajo del la capa resistente. Pero ella no pensó en
quitarse el vestido; Necesitaba cada capa de calor.

La moda para ambos vestidos era estrecha en la manga y el corpiño, y no fue sin
ninguna dificultad que fue capaz de aflojar los cordones de la capa resistente en
la parte delantera y el kirtle en el lado para llegar a la camisa por debajo.

Después de sacar la mayor cantidad de cintas que pudo alcanzar, las guardó en el
bolso que aún estaba en su cintura. Luego, arrodillada junto al río, hundió las
manos en el agua helada y se la llevó a la cara. Estaba fría pero vigorizante. Se
lavó y fregó hasta que el agua volvió clara y no gris con hollín.

Se sentía tan bien para estar limpia que consideró sumergir su cabeza adentro y
lavarse el pelo, pero no quiso arriesgar el frío del pelo mojado mientras que
montaba. Ella, sin embargo, aprovechó la oportunidad para lavar su parte
superior del cuerpo lo mejor que pudo con las prendas sueltas. Estaba tan absorta
en su tarea, que no le oyó acercarse.

-Es hora de ir. Los hombres son...

Su voz bajó. Le tomó un momento darse cuenta de por qué. Se había levantado
cuando la asustó y se volvió sin pensar. Su mirada había caído sobre su pecho y
parecía haber quedado atrapada, junto con su lengua.

Una rápida mirada le dijo por qué. Su camisa estaba empapada por su ropa. Su
muy delgada, muy transparente, muy reveladora camisa, que ahora estaba
moldeada a sus pechos, revelando cada curva, cada contorno, cada punto en
detalle perfecto. Podría haber estado desnuda.

Ella aspiró el aliento, lo cual fue un error, ya que sólo hizo que sus pechos
aumentaran aún más prominencia. Hizo un sonido bajo en su garganta que estaba
casi dolido, pero hizo que cada centímetro de su piel brillara con el calor. Ella
hizo un movimiento para cubrirse, pero él agarró su muñeca.

-No lo hagáis. Dios, por favor no lo hagáis.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

El calor la volvió a golpear. Se derramó en una ola caliente, derretida, haciendo


que sus pezones se apretaran. Él gimió, un gemido profundo, intensamente
masculino que envió una ráfaga de algo caliente y húmedo entre sus piernas. Se
reunió allí, creciendo caliente y dolorosamente.

Su rostro era más duro de lo que lo había visto, más agudo, más peligroso de
alguna manera. Era como si toda la civilidad hubiera sido despojada, dejando
nada más que el macho feroz y primitivo debajo. Se quedó mirando sus pechos
como si nunca hubiera visto algo más deseable. Como si apenas pudiera
retenerse de tocarlos. De arrebatarlos.

Sus ojos se encontraron, y ella sintió el impacto de irradiar como un relámpago


en su espina dorsal. Nadie la había mirado con tan cruda lujuria, posesión y
calor. El aire estaba cargado de algo que no entendía. La ferocidad de las
emociones que crecían entre ellos era demasiado abrumadora.

Los hombres la habían deseado antes, pero nunca así. Esto era diferente. Esto era
salvaje, peligroso e incontrolable. Este era un deseo diferente a todo lo que había
experimentado antes y, por un momento, la asustó.

Él la asustó. Podría haber pensado que lo conocía, pero Robbie Boyd, guerrero
endurecido, no era la noble rebelde que había visto como una niña. Estaba sola
con uno de los hombres más temidos de Escocia. Un hombre que por todas las
cuentas era un azote, un bandolero y un bárbaro. Ella estaba completamente a su
merced, y la precariedad de la situación -y su vulnerabilidad- se deslizó por su
espina dorsal en un escalofrío aterrorizado.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Capítulo 8
Robbie tardó un minuto en darse cuenta de que la estaba asustando.

Antes estaba perdido. Desde el momento en que se había vuelto, con cada
centímetro de ese húmedo lino moldeado sobre su pecho, no había tenido un
pensamiento racional en su cabeza. Con todos los pensamientos lujuriosos
girando alrededor, no había espacio para nada más.

Diablos, no había habido espacio para mucho más desde el momento en que él
primero había puesto los ojos en ella. Incluso sus sueños se habían llenado de
ella. Imágenes que le habían hecho despertar duro e inquieto esa mañana.
Imágenes que habían vuelto a él durante el día, demasiadas veces para contar.
Las imágenes que resultaron no eran en absoluto tan espectaculares como la
realidad.

Esta imagen lo iba a perseguir por el resto de su vida. Cada par de senos que vio
a partir de ahora sufriría la comparación.

Lo curioso era que ni siquiera encajaba en lo que había pensado como su ideal.
Para ser contundente, le gustaban grandes y exuberantes, con pezones dulces y
jugosos. Le gustaba enterrar la cabeza entre los suaves montículos de carne, para
verlos rebotar, moverse y balancearse mientras entraba y salía. Le gustaba que
estuvieran sobre sus manos mientras él se aferraba por detrás (eh, le gustaba
especialmente), para chupar el duro de un pezón en su boca y entre sus dientes y
la lengua.

No es que se opusiera a la variedad. Pero si hubiera tenido un ideal, habría sido


aquello.

Hasta ahora. Los dos montones perfectamente redondeados de carne delante de


él no estaban generosamente proporcionados por ningún medio. Encajarían en
sus manos con una onza de carne derramando encima. Pero la forma era
exquisita, maestra en sus detalles, poniendo a cualquier escultor griego en
vergüenza.

Eran altos, redondos y firmes, y perfectamente proporcionados a su cadera y


cintura delgada. Sus pezones eran pequeños y un oscuro tono de rosa. Cuando se
endurecieron bajo el calor de su mirada, no eran mucho más grandes que dos
perlas. No había mucho que arrancar entre los dientes, pero todavía podía probar
prácticamente los diminutos puntos en su lengua, y se tomó todo lo que no tenía
que estirar y frotar uno bajo su pulgar. Para rodear el borde arrugado y pellizcar
la delicada punta suavemente entre sus dedos y ver si se sentía tan perfecto como
parecía.

Podría ser. Dios, él sabía que lo sería.

Se sentía como un niño que acababa de abrir una puerta y encontró una
habitación llena de caramelos azucarados que esperaban por comerlos. Y Dios,
ella era dulce. Dulce y tan malditamente madura, le quitaba el aliento.

Su piel era como una crema fresca, suave y aterciopelada. En la manera de Dios
de idear la tortura perfecta para un hombre, había emparejado la peca pequeña
traviesa en su labio con uno sobre su pecho izquierdo. No sabía a quién quería
poner la boca primero.

Pero era todo lo que podía pensar.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

La sangre le golpeaba las venas. Le palpitaba con fuerza. Verla así le había
quitado toda pretensión de control. Su atracción por la muchacha iba más allá de
la racionalidad. A su cuerpo no le importaba si era inglesa, si era la hermana de
Clifford, si tocarla sería el mayor error que había cometido en su vida. Todo lo
que su cuerpo quería era suavizar sus manos sobre cada pulgada de su suave piel
hasta que estuviera tan caliente como la suya, hasta que sus mejillas se
ruborizaron y sus labios se separaron con respiraciones tranquilas, hasta que sus
caderas presionaron contra sí en una súplica silenciosa, hasta que la abriese con
sus dedos -y tal vez incluso con su boca- y la pusiera resbaladiza y húmeda para
sí. Y hasta que entrase en ella con un duro empuje y la hiciese suya. No pararía
de empujar hasta que se corriera, hasta que gritase su nombre y cada último
estremecimiento de su liberación hubiese disminuido de su cuerpo gastado.

Nunca había sentido algo así, y la fuerza de él lo dominó, entorpeciendo todo lo


que le rodeaba. Hasta que vio sus ojos se ensanchándose. El efecto de eso fue
como un chorrito de agua helada. Fue traído de vuelta a la realidad con una
fuerte sacudida.

-Cristo, lo siento -dio un paso atrás-. No sé qué... -se detuvo y se aclaró la


garganta, tratando de dejar que la extraña maraña de emociones en él se
tranquilizara antes de decir algo que no debería-. No quise asustaros.

Se dio la vuelta, dándole la oportunidad de arreglar su vestido y tiempo a su


sangre para enfriarse. Sólo entonces se permitió volver a mirarla.

No pudo cubrirse lo suficiente. Se había puesto no sólo su vestido, sino su manto


y tela escocesa, y todavía lo miraba cautelosamente. No la culpaba. ¿Qué diablos
le había ocurrido? Nunca se había perdido por completo. Nunca se había
permitido perder el foco de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Nunca se
había permitido estar tan distraído por una mujer. Nunca. Siempre tenía el
control. Pero algo le había ocurrido, y Rosalin lo había visto.

Pero, maldita sea, no importaba lo que le había ocurrido, nunca obligaría a una
mujer, y necesitaba que ella lo supiera.

-Soy muchas cosas, pero no soy un violador, Rosalin. Creed lo que queráis de lo
que dicen de mí, pero sabed eso. Nunca os obligaría y mataría a cualquier
hombre que lo intentase.

Eso último salió con una ferocidad que lo sorprendió, provocando preguntas que
no quería preguntar. ¿Por qué demonios se sentía tan protector con ella?

Rosalin le miró por un momento, y luego apartó la mirada:- Está bien.

-Lo digo en serio.

Ella volvió a mirarlo, esta vez encontrando su mirada. Podía ver que algo de su
miedo había desaparecido, pero no todo. Su boca se tensó de ira. No en ella, sino
en el tema que estaba a punto de abordar. Odiaba hablar del pasado. Odiaba
pensar en lo que le había sucedido a su hermana. No podía hablar de ello, ni
siquiera a sus hermanos de la Guardia de los Highlanders, que sabían lo que
había sucedido. Pero él elevaría el vil espectro una vez para hacerla entender.

-Mi única hermana fue violada.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Ella jadeó. Sus ojos se clavaron en los suyos, como si supiera que el tono bajo
ocultaba un dolor profundo y abrasador, una herida que nunca sería sanada. Puso
su mano en su brazo, y él la miró fijamente, sintiendo su pecho apretarse.

-Lo siento. Eso debe haber sido horrible. Pero tenía suerte de tener un hermano
que la cuidaba tanto.

Cuidado. Lo decía como una bondad, pero no sabía cuánto dolor causaban sus
palabras.

Había amado a su hermana más que nadie en el mundo. Bonita y vivaz, siempre
con una sonrisa en la cara, no había sido mucho mayor que Rosalin la última vez
que la había visto.

-Era… buena. No estaba allí para protegerla cuando los ingleses guarnecieron el
castillo del Rey Inch en Renfrewshire e invadieron nuestro pueblo. Cuando el
capitán se enteró de que era la hermana de los rebeldes Robbie y Duncan Boyd,
decidió predicar el ejemplo con ella. No la usó una vez, sino una y otra vez. La
hizo su puta y la violó hasta que no pudo soportarlo más y se arrojó de un
acantilado al mar para acabar con su sufrimiento.

Se cubrió la boca con la mano horrorizada:- Oh Dios, Robbie, lo siento mucho.


Pero la culpa es del soldado, no vuestra. Si pudierais haberla ayudado, lo habrías
hecho.

Su confianza en él no hizo nada para aliviar su culpa. Su ayuda había llegado


demasiado tarde para Marian. Pero el soldado había pagado por sus hechos.
Lenta, y dolorosamente y, finalmente, con su vida. Los puños de Robbie se
cerraron con fuerza.

-Os digo esto para no ganar vuestra simpatía o compasión -dijo-, sino para que
entendais que nunca haría daño a una mujer así.

Sus ojos se encontraron con los suyos, esta vez sin ningún rastro de cautela.

-Ahora lo veo. Gracias por decírmelo. No es de extrañar... -su voz se apagó-.


Habéis perdido mucho. Siento lo de vuestro padre y hermana. Y lo de vuestro
amigo.

Su hermano Duncan y su madre, también. Había muerto de pena poco después


de la muerte de su hermana. Él frunció el ceño.
-¿Mi amigo?

-Thomas -debió haber notado su incomodidad y malestar, porque se apresuró a


explicar, jugando con sus manos-. Sir Alex me dijo que murió poco después de
que salierais de Kildrummy. Entiendo por qué me echaríais la culpa de ello... fue
culpa mía que lo golpearan por lo de la comida.

Él la agarró del brazo para detener la ansiosa mano que retorcía.

-No os culpo. Como os dije esa noche, lo que hicisteis fue una amabilidad. La
comida le dio una oportunidad.

Su aliento se enredó en su contacto. No debería tocarla. Los hombres no se


limitaban a ir a tocar a las damas siempre que quisieran. Pero sus impulsos con
ella nunca habían sido normales. Dejó caer su mano, extrañamente inquieto.

-Entonces, ¿por qué estáis haciendo esto? ¿Qué he hecho para merecer vuestro
odio? -él frunció el ceño. No se trataba de ella, sino de su hermano-. No os odio.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

No lo hacía. Eso era parte del problema. La guerra era en blanco y negro para él.
Los ingleses eran el enemigo, y merecían su odio. Pero ella... le hizo ver gris.

-Bueno, ciertamente estáis haciendo un maravilloso trabajo actuando así. Todos


estos años que me preguntaba cómo sería si volvíamos a encontrarnos, nunca
imaginé que sería así.

El sarcasmo provocó algo en él.

-¿Creísteis que sería feliz de saber que mi salvadora era la hermana de mi peor
enemigo? ¿El hombre que desprecio por encima de todos los demás? ¿El hombre
que fue responsable de nuestra captura y de la ejecución de muchos de mis
amigos?

No fue hasta que sus ojos se abrieron y él se dio cuenta de que estaba gritando.
Él juró y se pasó los dedos por el pelo. Sabía que debía soportar su frustración y
su ira por la situación, pero no podía. Algo acerca de esta muchacha lo hacía
querer abrazarla en un momento y azotarla al siguiente.

-Mi hermano estaba cumpliendo con su deber. Él...

Él la detuvo de nuevo, tomándola por el brazo y girándola para enfrentarlo.

-No lo hagáis, Rosalin. No intentéis defender al bastardo de vuestro hermano en


frente de mí. Es un tema sobre el cual nunca estaremos de acuerdo.

En lugar de quedarse con su cólera, pareció divertirse.

-¿Sabéis que él dice lo mismo de vos?

La dejó ir, algo de su cólera se disipó:- Me imagino -Robbie estaba seguro de


que Clifford tenía muchas cosas que decir sobre él. Él la miró
especulativamente.

-¿No sabe lo que hicisteis?

Rosalin negó con su cabeza:- Lo de la comida, sí. Pero no el resto. Si alguna vez
se enterase… -su voz cayó y él pudo ver su angustia-. No podía soportar su
decepción.

Obviamente, la opinión de su hermano significaba mucho para ella. Al parecer,


el conocido afecto de Clifford por su única hermana no era unilateral.

-Nunca oirá hablar de mí -suponía que era lo menos que podía hacer. Pero si la
opinión de Clifford le importaba tanto, ¿por qué habría arriesgado tanto para
ayudarlo? Lo había admirado, lo sabía. Pero ¿había algo más?-. ¿Por qué lo
hiciste?

-Estaba equivocado -dijo simplemente-. Y no pude quedarme mirando como mi

hermano mataba a alguien por algo que no estaba bien.

Robbie rio. No pudo evitarlo:- Clifford nunca ha dejado que algo así como el
bien y el mal se interponga en su camino de matar a los escoceses.

Fue su turno de molestarse, aquella patricia de belleza inglesa que se tornó aguda
y helada.
-¿Estáis acusando a mi hermano de ser un asesino?

Su mirada se volvió dura:- Supongo que depende de vuestra definición. Él opera


bajo el color de la ley, la ley inglesa, que os aseguro que tiene muy poca justicia
para los

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

escoceses -antes de que pudiera intentar defender a su hermano de nuevo, dijo-.


Vamos, nos estarán esperando.

Estuvo callada por un momento mientras caminaban entre los árboles. Cuando

finalmente habló, deseó no haberlo hecho.

-¿Alguna vez pensasteis en mí?

Su voz sonó pequeña y dudosa. Debería haber dicho que no, pero se encontró

contestando honestamente.

-Pensé en el beso -y se encontró añadiendo con una mueca torcida-. Y me


preguntaba cuántos años teníais realmente.

Miró a tiempo para ver un rubor suave extenderse por sus mejillas. Pero
entonces se mordió el labio, y sintió una oleada de calor en su entrepierna y tuvo
que apartar la vista.

-¿Por qué me besasteis?

Robbie se detuvo en seco, pero se recuperó rápidamente y aumentó el ritmo.


Cristo, de todas las preguntas que hacer. Ella corrió a su lado, lanzándole
miradas expectantes.

Suspiró y respondió con exasperación:- No tengo ni idea.

La respuesta pareció complacerla. Una pequeña sonrisa giró su boca y se dio


cuenta de que podía mirar esa sonrisa durante horas. Una sonrisa como esa
podría ser una distracción.
Pero desapareció rápidamente mientras caminaban por el pueblo hasta donde los
hombres estaban esperando, y él devolvió el hola a una de las mujeres.

-¿Estáis casado?

La pregunta lo sorprendió:- Infierno... -se detuvo-. No -dijo con más calma.

-¿Por qué no? No puede ser por la falta de oportunidades -sonó extrañamente
molesta por la observación-. Tenéis que tener más de treinta años.

-Treinta y dos -añadió-. No estoy casado porque no quiero estarlo. No hay lugar
en mi vida para una esposa o hijos.

No lo había querido decir como una advertencia, pero sonó como una.

Estaban a punto de escuchar a los hombres que los esperaban, pero preguntó:

-¿No queréis una familia?

A decir verdad, no pensaba mucho en ello. Aquella parte de su vida nunca había
sido importante para él. Estaba demasiado concentrado en la tarea que tenía en
mente.

Además, mira lo que le pasó a su hermana. Una esposa suya estaría en peligro.
Aparte de la amenaza que era que se supiera de su lugar en la Guardia de
Highlanders, era demasiado conocido.

-Tal vez cuando termine la guerra. Pero hasta entonces, nada más importa -hizo
una pausa y sostuvo su mirada para que no hubiera error. No iba a distraerse con
nadie-.

Nada.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

El tiempo se estaba acabando. El corazón de Rosalin palpitaba ansioso, sabiendo


que cada milla que cabalgaban los acercaba al bosque que ella había pensado
como el lugar de no retorno. Aunque nadie había confirmado todavía su destino,
su dirección suroeste no le dejaba ninguna duda. Ella y Roger tenían que intentar
escapar antes de ser tragados en el impenetrable Bosque Ettrick, la oscura y
aterradora guarida de ladrones y fantasmas.

Después de salir de otro bosque en una pista que casi podría pasar por un camino
por los estándares de Escocia, dejó escapar un pálido arco azul de cinta de sus
dedos y tuvo que resistir el impulso de mirar por encima de su hombro. ¿Cliff los
estaba siguiendo? ¿Era por eso que Boyd los presionaba tanto? Parecía que su
urgencia para llegar a su destino coincidía con la suya para no alcanzarla.

Miró fijamente la espalda poderosamente forjada del hombre que alternaba entre
exploración y cabalgatas a la cabeza de la banda de guerreros. ¿Había estado tan
inquieto como ella por lo que casi había sucedido en el río? Su deseo por ella
había estado tan bien escondido, que nunca había imaginado esa clase de
intensidad. Parecía haberlo sorprendido incluso a él. Claramente él la quería,
pero también estaba claro que la atracción no iba a cambiar nada. Ella era su
rehén, un medio para un fin, eso era todo.

Su propia atracción hacia él era tan confusa. La vislumbre de la noble guerrera


que había visto hoy, y la visión de lo que lo llevó a lo que había revelado acerca
de su hermana, no cambió nada. Tal vez no era el diablo de corazón frío que
había pensado por primera vez, pero estaba concentrado y decidido a ganar la
guerra con la exclusión de todo lo demás. Había dedicado su vida a la lucha por
la libertad. Querido Señor, tenía la misma edad que su hermano, que había
estado casado desde los dieciocho años y tenía seis hijos.

-Nada más importa -había dicho Boyd. Ella le creyó.

Pero no era sólo su inquietud por lo que había ocurrido antes y la comprensión
de que ella seguía estando ridículamente atraída por él lo que alimentaba su
urgencia de escapar. Aunque ella no creía que la perjudicaría innecesariamente,
sabía que no dudaría en usarlos como un arma contra Cliff, y ella no lo
permitiría.

Tampoco se arriesgaba con la vida de su sobrino "innecesariamente". ¡Sólo


miradlo! El pobre Roger parecía dispuesto a caerse de su caballo. Estaba
exhausto después de las fatigas en el pueblo y las horas aparentemente
interminables de montar sobre terreno áspero y brutal. No era solo él; Rosalin
estaba agotada también. No eran guerreros endurecidos. Pero cada vez que
trataba de plantear el tema a Boyd en una de sus paradas infrecuentes, rechazaba
sus súplicas y parecía estar más enfadado.

Habían estado cabalgando durante unas horas cuando vislumbró lo que parecía
ser el parapeto de un castillo y un pueblo circundante antes de que Boyd los
llevara otra vez a los árboles y colinas (que estaba segura que debía cubrir el
noventa por ciento de este campo olvidado por los dioses). ¡Qué no daría por una
carretera inglesa! Su trasero iba a ser golpeado durante semanas después del
abuso. Afortunadamente, el dolor en sus manos se había calmado.

Poco después, cerca del atardecer, Boyd les pidió que se detuvieran. Ella lo vio
irse con uno de los otros guerreros, presumiblemente, por más exploración. Su
diligencia la hizo preguntarse si Cliff estaba cerca.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Después de que Callum la ayudase a bajar, se acercó a Sir Alex donde estaba
hablando con Malcolm y Roger. Aunque los dos chicos eran altos y delgados,
con sólo unos pocos años de diferencia, no podían ser más diferentes. Malcolm
tenía la fuerza bruta y dura de un guerrero. Parecía como si pudiera cabalgar otro
día o dos, mientras que Roger parecía como si sus piernas pudieran colapsar en
cualquier momento, aunque estaba luchando duro para ocultarlo. Su corazón se
aceleró, sabiendo lo mucho que el joven orgulloso odiaría la idea de verse débil
ante el enemigo.

-¿Vamos a acampar aquí por la noche? -preguntó con esperanza.

Sir Alex le dirigió una simpática sonrisa:- Me temo que no. Sólo nos hemos
detenido a dar de beber los caballos.

Rosalin trató de ignorar la decepción en el rostro de Roger, no queriendo llamar


la atención ante los hombres.

-Pero pronto estará oscuro. Seguramente debemos parar para comer algo, ¿no?

-Pero disteis toda nuestra comida -dijo Malcolm con evidente sorpresa.

Rosalin se volvió hacia él:- ¿Yo?


El niño asintió con la cabeza:- Sí, al pueblo.

No se había dado cuenta de que se habían quedado con tan poco después de que
el Douglas Negro hubiera tomado el botín de la incursión. No era de extrañar
que Boyd la hubiera mirado tan extrañamente cuando Callum le había traído su
petición.

-Queríamos viajar a la ligera y no esperábamos la demora en el pueblo -dijo


Alex, tratando galantemente de aliviar su culpa-. Ya habríamos llegado al
campamento.

Pero Rosalin no se arrepintió de sus acciones. Los aldeanos quemados


necesitarían la comida más que ellos. Podría pasar una noche sin comer. Su
vientre retumbó. Incluso si su estómago protestó.

-Si tuviéramos tiempo, podríamos cazar algo -dijo Malcolm amablemente.


Parecía que Sir Alex no era el único bandido propenso a la galantería. A
Malcolm también le preocupaba que no se sintiera culpable.

Ella le dirigió una sonrisa de agradecimiento que hizo que el muchacho se


volviera tan rojo como su cabello, antes de volverse a Sir Alex.

-¿Llegaremos al campamento pronto?

-No por unas pocas horas. Tal vez más en la oscuridad.

No pudo detener el gemido. Roger, también, parecía un cachorro que acababa de


ser pateado.

-Sir Alex, si tenéis un momento, debo hablaros de algo... en privado.

Asintió con la cabeza y envió a Malcolm y Roger a cuidar a los caballos. Le hizo
un gesto para que se sentara en una roca cercana, pero ella negó con la cabeza.
Tan cansada como estaba, la perspectiva de sentarse sobre roca dura no era
atractiva.

-¿Os importa si caminamos un poco? Me gustaría estirar las piernas.

Mónica McCarty Ariete


Àriel x

Se dirigieron hacia la corriente, pero en vez de unirse a los otros hombres, la


condujo en la dirección opuesta. Cuando llegaron a la orilla del agua se
detuvieron. Además de bosques y colinas, había corrientes o s, como los
escoceses las llamaban, en todas partes. Eran bonitas, se dio cuenta. Incluso en
las estériles entrañas del invierno, las oscuras aguas que atravesaban los
pequeños valles de páramos rojizos, flanqueados por laderas cubiertas de
árboles, evocaban una paz en desacuerdo con el campo salvaje y devastado por
la guerra.

-No quería decir nada delante de Malcolm, pero debéis ver lo cansado que está
mi sobrino... aunque moriría antes de admitirlo. No está acostumbrado a viajar
tanto tiempo por este terreno. No sé cuánto tiempo más podrá soportarlo -lo miró
suplicante-. No sé cuánto tiempo más puedo aguantarlo. ¿No hay un lugar
cercano donde podríamos pasar la noche? ¿Una posada, tal vez?

Su boca se convirtió en una fina línea:- Lo siento, mi señora. No os obligaría a


soportar nada de esto. No son condiciones para una dama o para un muchacho -
sonrió, pero sin humor-. Pero habéis visto lo poco que cuenta mi opinión.

La amargura en su tono era innegable. No se había equivocado al identificar a


Sir Alex como un aliado potencial. Sin embargo, había subestimado el nivel de
su desafección.

Cualquiera que fuera el desacuerdo que hubo entre él y Boyd, era más profundo
de lo que se había dado cuenta.

No lo entendía. Por las apariencias, aquellos hombres eran compañeros cercanos


que habían luchado juntos durante años. La mitad del tiempo ni siquiera usaban
palabras para comunicarse, sólo miradas. Entonces, ¿por qué la animosidad y el
resentimiento?

Odiaba aprovecharse de la galantería de Sir Alex de esta manera, pero tenía que
hacer algo para frenarlos. Algo que diera a Cliff la oportunidad de alcanzarlos o
de escapar.

La aldea y el castillo que había visto no estaban tan lejos. Si pudieran parar...

-¿Por favor, Sir Alex? El reflejo en sus ojos no estaba completamente fingido.
Ella realmente estaba agotada. -"¿No hay nada que podáis hacer?

-¡Seton!

La voz profunda de detrás la asustó. Dejó caer su mano del brazo de Alex, sin
darse cuenta de que lo había puesto allí, y se volvió para encontrarse con Boyd
parado justo detrás de ellos.

-¿Cómo lo hacéis? -se quejó culpablemente. Lo cual era ridículo, ya que no tenía
nada por lo que sentirse culpable. Había rechazado sus llamamientos, por lo que
los había llevado a una fuente más comprensiva.

-¿Hacer qué?

-Deslizaros silenciosamente entre la gente.

-Práctica -dijo, algo atravesó sus ojos oscuros que no reconoció-. Volved con
vuestro sobrino. Necesito hablar con Sir Alex.

La forma en que enfatizaba el sir sonaba como una tontería. Ella estaba tentada a
discutir, pero algo sobre su expresión le dio un segundo pensamiento. Miró a sir
Alex con expresión interrogativa y asintió con la cabeza. Por alguna razón, su
atractivo parecía hacer que Boyd se enfureciera más. Por la forma en que sus
ojos se oscurecían y

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sus fosas nasales ardían en Sir Alex, parecía un toro dispuesto a cargar. No
querría estar en los pies del joven caballero ahora mismo.

Esperaba que lo que hubiera provocado su ira hacia el otro hombre no tuviera
nada que ver con ella. Le dirigió a Alex una mirada de disculpa y empezó a
alejarse, pero Boyd la detuvo.

-Lady Rosalin –se paró-. Os dejasteis algo.

Instintivamente, miró al suelo, pero él extendió la mano, tomó la suya, y la giró


hacia arriba. Un momento después, estaba lleno de arcos azules e hilos de satén
rosa. Ella jadeó, sus ojos volaron a los suyos. Pero su expresión era tan dura
como granito y completamente ilegible.

-Tened cuidado cuando dejéis las cosas -dijo con frialdad-. No queremos que
nadie nos siga -tragó saliva lentamente, con la boca seca, y asintió.

Robbie apenas logró esperar el tiempo suficiente para que ella estuviera fuera del
alcance del oído antes de rodear a su compañero. Se inclinó hacia él, sus
músculos se encendieron para la batalla.

-Manteneos lejos de ella, Dragón.

Sabía que estaba exagerando, pero la emoción que estaba surgiendo a través de
su sangre en este momento no era racional ni controlable. Parecía así, cada vez
que veía a lady Rosalin conversando con su compañero. En otras palabras, cada
vez que se giraba.

Pero en realidad se había vuelto loco, casi cegándolo de rabia, cuando volvió de
recoger más de su condenada cinta para ver sus dos cabezas de oro inclinadas y
su mano en el brazo de Seton.

Seton no movió un músculo, sin dar ninguna indicación de que percibiera la


amenaza.

En cambio, le dirigió a Robbie una mirada larga y firme.

-No. No creo que lo haga. Me gusta bastante lady Rosalin.

-¿Qué queréis decir con que os guste? -exclamó Robbie. -¿Os habéis olvidado de
quién es?

Seton se encogió de hombros con indiferencia:- Tenemos mucho en común,


como

siempre estáis señalando. ¿O lo habéis olvidado?

-¿Entonces ahora sois inglés?

-¿No me lo hbéis dicho desde hace siete años? Tal vez he decidido empezar a
escucharos.

-¿Qué diablos se supone que significa eso?

-Significa que he terminado de intentar defender mis lealtades hacia vos. He


terminado de intentar demostrar que la sangre que he derramado durante los
últimos siete años es tan escocesa como la vuestra. Significa que si veo a una
mujer que ha sido arrancada de su familia y todo lo que ha conocido, que tiene
miedo y necesita ayuda, voy a tratar de tranquilizarla, aunque sea inglesa.

Robbie estaba tan aturdido por un minuto que no supo qué decir.

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-¿De qué se trata realmente, Ariete? -Seton hizo una pausa, escudriñando la ira
de Robbie, los hombros y los puños apretados-. ¿Sabéis lo que pienso? Creo que
estáis celoso. Creo que la queréis, y no podéis soportar que me prefiera a mí.

Robbie nunca había golpeado a su compañero antes, aunque Dios sabía que
había sido tentado más de una vez, pero estaba a un pelo de hacerlo. Quería
hundir su puño a través de esa sonrisa que sabía tan desesperadamente que sus
brazos se crisparon.

Principalmente porque sabía que era verdad. Él estaba celoso. Por primera vez
en su vida la fea emoción lo retorcía por dentro, y no pudo detenerlo.

Se sentía atraído por ella.

El infierno, atraído era decirlo suavemente. Todo lo que tenía que hacer era
mirarla y él la estaba imaginando desnuda y debajo de él otra vez. Imaginando
sus mejillas enrojecidas y sus labios separándose mientras la hacía gemir -no,
gritar- con placer. Sí, la bella Rosalin, la perfecta Rosa inglesa, gritando su
nombre mientras la hacía volver una y otra vez era algo que no podía sacar de su
cabeza. Pero se condenaría si lo admitiera ante Seton.

-Termina con esto, dragón. La muchacha, obviamente, os ha identificado como


una marca fácil, y sólo estoy tratando de asegurar de que no hagáis ninguna
tontería.
-Si ser simpático en su situación me hace una marca fácil, entonces supongo que
tenéis razón. La muchacha necesita a alguien que la proteja.

Un nuevo pico de rabia puso sus dientes en el borde.

-No, no lo hace. Ella me tiene a mí. La protegeré.

-Entonces os sugiero que empecéis a hacerlo. ¿Habéis echado un vistazo a ella y


al muchacho? Están tan agotados que apenas pueden mantenerse de pie. Los
habéis

arrastrado por media Escocia en menos de un día y medio con poca comida...

-¿De quién es la culpa? -exclamó Robbie.

Seton le dirigió una mirada que decía que sabía muy bien que Robbie se había
sentido emocionado por su bondad y no se arrepintió de la pérdida de una
comida.

-¿Y si uno de ellos cae enfermo? ¿Qué le diréis a Clifford entonces?

Maldita sea, no estaba ciego. Seton no le decía nada que no pudiera ver por sí
mismo.

La conciencia que infelizmente había encontrado tiraba cada vez que miraba a
uno de ellos.

-No me importa lo que Clifford piensa, pero venía a decirte que Fraser se ha
adelantado con Keith y Barclay a Kirkton Manor para ver cómo organizar una
habitación para pasar la noche.

El viejo laird era de incuestionable lealtad, y el alojamiento estaba perfectamente


situado para asegurar que no estaba tentada a hacer otro intento de escape.
Aunque todavía no estaban en el bosque, estaban lo suficientemente cerca y
firmemente en el territorio de Bruce, a pesar de la guarnición en el Castillo de
Peebles a unas pocas millas atrás.

Seton sonrió:- Es bueno saber que no sois un bastardo completamente insensible.

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Los ojos de Robbie se estrecharon, teniendo la clara sensación de que había sido
maniobrado.

-Sí, bueno, podría haberle informado de mis planes más pronto si no hubiera
sido forzado a retroceder para conseguir la cinta.

La sonrisa de Seton se hizo más profunda:- tenéis que admitirlo, fue bastante
inteligente por su parte.

Una sonrisa irónica alzó una esquina de su boca.

-Sí, bueno, es una buena cosa que Fraser lo haya notado o habría llevado a
Clifford directamente a nosotros. Debería castigarla por ello.

-Pero no lo haréis.

No era una pregunta. Tal vez Seton lo conociera mejor de lo que quería pensar.
Dios sabía que habían sido compañeros durante mucho tiempo. Seton sabía más
de él que nadie. Él frunció el ceño. Incluso más que su hermano Duncan.

-Quizá no -convino él-. Pero la dejaré pensar en ello.

Seton rio:- No creo que funcione. Con todas las miradas oscuras que habéis
estado echando, la muchacha esta extrañamente poco intimidada por vos. ¿Tal
vez ella sabe algo que el resto de nosotros no?

-No lo sé, Dragón. Creo que dejé de intimidaros hace mucho tiempo... o no
serías tan doloroso en mi culo.

Era una especie de reconocimiento. Un reconocimiento de que a pesar del


desequilibrio entre ellos al principio, las escalas habían comenzado a
equilibrarse. Tal vez nunca estuvieran de acuerdo en la guerra y cómo se ganaría,
pero como guerrero y compañero, Seton tenía su respeto.

Seton asintió con la cabeza. Aunque era un pequeño reconocimiento, Robbie


podía ver que significaba algo para él. Después de un momento, su compañero
preguntó:
-¿Queréis decirles las buenas noticias o lo hago yo?

Ambos sabían que había más en la cuestión de la primera aparición. Podría dejar
que Seton continuase en el papel de campeón o...

Robbie sostuvo la mirada de su compañero:- yo lo haré.

No sabía qué tipo de reclamación acababa de hacer, pero sabía que había hecho
una.

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Capítulo 9

La visión de una almohada casi la hizo llorar. El hecho de que una pequeña y
gruesa almohada cubierta de lino pudiera hacerle a llorar era un claro gesto de lo
cansada que estaba y de lo agradecida -y sorprendida- de que Boyd hubiera
accedido a dejarles pasar la noche.

Aunque una vez que vio el lugar, lo comprendió. La vieja torre de madera
convertida en casa de campo fortificada estaba auspiciosamente situada en el
borde de una barranca empinada. Con la única entrada bien guardada, la fuga
sería casi imposible. Casi. Pero estaba decidida a intentarlo. Con su plan de cinta
frustrado, era cosa suya.

Ella y Roger habían devorado el pequeño plato de carne y el pan de hacía un día
que le habían dado el granjero como si fuera ambrosía, antes de ser escoltados
por los dos tramos de escaleras a su cámara de buhardilla por Boyd.

Era como ella había anticipado cuando había visto por primera vez el edificio: se
les dio la habitación en la parte superior de la casa con vistas al barranco. Si la
altura y la posición de la habitación no eran suficientes, como un impedimento
añadido para escapar Boyd estaría durmiendo justo fuera de su puerta.

Su anfitrión había estado sorprendentemente atento, proporcionando no sólo


agua para que se lavaran sino pasta para limpiar sus dientes –cosa que agradeció-
un peine para su cabello. Un pequeño brasero de hierro en la esquina
proporcionaba un agradable calor a la habitación que hacía más fácil ignorar el
olor a tierra de la turba.

Había una pequeña cama escondida debajo de una ventana cerrada en la


habitación, y a través de una puerta contigua unos colchones estaban metidos
debajo de los aleros para los sirvientes.

La cama y la ventana la que le había dado la idea. Después de haberse lavado y


preparado para la cama, se lo dijo a su sobrino.

Roger la miraba con los ojos cada vez más abiertos.

-¿Queréis hacer qué?

Con el hombre del otro lado de la puerta, puso su dedo en su boca para advertirle
que mantuviera su voz baja mientras continuaba explicando su plan.

-Como la reina Matilda -susurró ella-. ¿Recordáis cómo escapó del Castillo de
Oxford?

Si atamos las sábanas para hacer una cuerda, podremos atar un extremo al poste
de la cama -esperaba que fuera lo suficientemente fuerte como para sostenerlos-
y salir por la ventana.

Cuando la Reina Matilda fue secuestrada por el rey Stephen en Oxford, se había
escapado de una manera similar al ser bajada por la pared por sus hombres,
vestida de blanco para mezclarse en los alrededores cubiertos de nieve.

-¿No visteis el barranco? Debe estar a cuarenta pies de aquí hasta el suelo.

Luego de tomar la vela solitaria en la habitación y romper el obturador lo


suficiente como para mirar hacia el exterior, ignorando la fría ráfaga de aire que
parecía recordarle

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el calor y la seguridad de la habitación que planeaba dejar. Mirando hacia abajo


en la oscuridad insondable, intentó, sin éxito, no temblar.
-Mirad, no se ve tan mal. No veo a nadie que lo proteja.

-Por una buena razón -dijo Roger-. ¿Quién, en su sano juicio, saldría por esta
ventana?

Rosalin sabía que tenía razón y estaba tan asustada como él, pero al menos
debían intentarlo. Esta podría ser su única oportunidad. No dejaría que Boyd los
usara contra Cliff.

-No será tan malo. Veréis. Y una vez que estemos abajo, no está tan lejos para
llegar al castillo que pasamos hace rato.

Roger asintió con la cabeza:- Yo también lo vi. Ojalá supiera dónde estamos.
Pero si estáis en lo cierti de que nos llevan al bosque Ettrick, probablemente sea
Melrose, Selkirk, o incluso Peebles, todos los cuales, están en manos de los
ingleses.

Ella asintió:- Vuestro padre probablemente esté corriendo hacia uno de ellos
ahora mismo.

Roger parecía estar considerando la idea.

-Tal vez tengáis razón. Al menos tenemos que intentarlo. Será mucho más difícil
intentar encontrar nuestra salida del bosque. Si hacemos esto, sin embargo, tengo
una condición.

Intentó no sonreír ante su postura autoritaria y asintió.

-Iré primero.

-Absolutamente no -comenzó a objetar, pero la cortó.

-Si algo sale mal, puedo saltar más lejos que vos.

Si algo salía mal, saltar era lo último de lo que necesitaban preocuparse. Quería
negarse, pero podía ver esa mirada obstinada de Cliff en la cara de Roger. Lo
consideró por un momento.

-Muy bien, pero también me haréis una promesa. Si algo sale mal, no os
detendréis por mí, sino que buscaréis ayuda.
Él sostuvo su mirada y asintió. Ninguno de los dos estaba satisfecho con las

condiciones, que supuestamente era la indicación de una buena negociación.

Sacudiendo un mechón de pelo de su frente, le dirigió una tierna sonrisa.

-Duerme un poco. Lo necesitaremos. Os despertaré cuando todo esté tranquilo.

Roger asintió, demasiado cansado para discutir.

-Dormiré allí -señaló la buhardilla-. Tomad vos la cama. -frunció el ceño


inquieto-. O

tal vez debería dormir a los pies de la cama. No me gusta cómo os mira.

Rosalin no estaba segura tampoco, pero la mirada en la cara de Roger era de

preocupación y el instinto de protegerla, le era tan dulce, que su corazón se


apretó.

Sin embargo, era su trabajo protegerlo.

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-No creo que sea necesario -consciente de su orgullo, añadió-. Aunque os


agradezco la oferta. Pero no me haría daño de esa manera.

Después de lo que había aprendido hoy, sabía que la violación era lo único que
no debía temer de Robbie Boyd. O su confianza le había impresionado o Roger
había llegado a una conclusión similar por su cuenta. La miró pensativo.

-¿Os gusta, tía Rosie-lin?

Ella esperaba que su sorpresa por su percepción no se mostrara:- Yo... -se mordió
el labio-. No sé qué pensar -terminó diciendo honestamente.

Roger frunció el ceño como si también estuviera indeciso.

-No es lo que yo esperaba. No actúa como un bandido, al menos, no todo el


tiempo.

Pero Padre odia incluso oír su nombre. Así que estoy seguro de que debe haber
hecho muchas cosas malas.

Rosalin pensó por un momento, reflexionando sobre todo lo que Boyd le había
confiado hoy.

-Estoy segura de que debe haberlo hecho, pero muchas cosas malas se han hecho
en nombre de la guerra, por ambos bandos. Es difícil encontrar decir quién es
bueno o malo. La gente suele estar en algún punto intermedio.

Roger parecía preocupado por lo que había dicho, pero asintió con la cabeza.
Como la mayoría de la gente, quería ver en blanco o negro, no tonos de gris.
Pero Rosalin estaba empezando a ver que Robbie Boyd era muy gris. Detrás de
la despiadada coraza, estaba a algunos de los hombres que recordaba. Tal vez no
era el bandido despiadado y cruel, pero tampoco el noble caballero del blanco
corcel. Probablemente lo mismo podría decirse de Cliff.

Como no se atrevía a cerrar los ojos, Rosalin se mantuvo ocupada durante las
próximas horas preparando las tiras de sábanas que ella y Roger habían hecho
antes de acostarse.

Trabajando gracias a la pequeña franja de luz que salía por la ventana, las
retorció formando trenzas y ató los extremos. Cuando terminó, había construido
una cuerda fuerte de unos cuarenta pies de largo.

Afortunadamente, la cama de madera era robusta. Atando un extremo de la


sábana al grueso poste, dejó caer el otro extremo por la ventana. Podía ser que
tuviera que saltar en el último momento, pero era lo bastante largo.

Cuando los sonidos de abajo se habían apagado por completo, y Rosalin estaba
segura de que todo el mundo estaba durmiendo, despertó a Roger.

Moviéndose alrededor de la habitación como fantasmas, subieron encima de la


cama y cuidadosamente abrieron las contraventanas. Dando a la cuerda un fuerte
tirón, Roger entró en el alféizar y miró hacia abajo. Su rostro palideció, y nuez se
balanceó de arriba a abajo, pero no vaciló. Ellos intercambiaron una mirada, y
comenzó a bajar. Contuvo la respiración, deseando alcanzarle y agarrarlo. Debió
haber sentido su agitación.
-Recordad vuestra promesa -susurró.

Rosalin se tranquilizó:- Vos también.

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Y luego se fue. Durante cinco minutos agonizantes observó la tensión de la


cuerda contra su peso. Unas veces la cama crujió y su corazón cayó al suelo.
Pero se mantuvo.

¡Se mantuvo! Y finalmente, la cuerda se aflojó. Había llegado al suelo.

Ella miró hacia abajo, incapaz de verlo, pero no vaciló. Tirando de la cuerda
como había hecho para probar su fuerza, empezó a subir al alféizar. Pero antes
de que su pie tocara la madera, el desastre vino. El obturador no había estado
abierto hasta el final, y accidentalmente lo golpeó con el codo, haciendo que
chocara contra la pared exterior.

Ella se congeló cuando el sonido pareció reverberar a través de la noche


tranquila como una campana de la iglesia. Tal vez no lo escucharon...

El movimiento y el ruido de la puerta le dijeron otra cosa. Gracias a Dios había


pensado cerrar la puerta.

-Rosalin. abrid la puerta.

Ella miró hacia fuera y su corazón se tambaleó, casi como si estuviera tratando
de decirle que saltara. Para ir tras su sobrino y hacer lo que pudiera para escapar.

Pero tenía que darle a Roger una oportunidad. Desatando rápidamente la cuerda,
la dejó caer y cerró las persianas. Sus manos todavía estaban en el pestillo
cuando la puerta se abrió. Inquieto y al borde, Robbie no se había molestado en
intentar dormir. En lugar de eso, se sentó con la espalda apoyada contra la puerta
e intentó concentrarse en el ardiente whisky de Kirkton en lugar de en la mujer
que disparaba su sangre.

No funcionaba. Estaba tan atento a ella en la cámara detrás de él, su pulso


saltaba cada vez que escuchaba un ruido. Pero este ruido fue diferente. No eran
pisadas o voces susurradas o el sonido de la cama crujiendo mientras rodaba.
Fue un fuerte golpe que estaba fuera de lugar en el medio de la noche. Así que
cuando no respondió de inmediato, no vaciló en soltar el destartalado pestillo
con un duro golpe de su hombro contra la puerta y estalló dentro.

Una ráfaga de aire frío lo golpeó. La ventana estaba abierta. Un hecho


aparentemente confirmado por su posición actual, arrodillado en la cama con las
manos en las contraventanas. Se volvió hacia él con un sobresaltado. Él pensó
que detectó un destello de pánico en sus ojos, pero podría haber sido sólo
sorpresa.

-¿Que estás haciendo aquí?

Cerró la puerta detrás de sí y caminó hacia ella:- Puedo preguntaros lo mismo.

Estaba lo suficientemente cerca como para ver cómo su piel se calentaba y el


pulso de su cuello empezaba a acelerarse. Estaba nerviosa. Pero si era su
presencia en su habitación, el hecho de que él estaba lo suficientemente cerca
como para oler la menta del frotamiento que había usado para limpiar sus
dientes, o algo más, no lo sabía.

-¿Por qué están abiertas las persianas?

Él la estaba observando de cerca, lo bastante cerca para ver el aleteo de ese


acelerado pulso antes de que respondiera.

-La habitación estaba caliente, así que rompí una de las persianas. Debe de
haberse abierto mientras dormía. Siento haberos despertado, pero como podéis
ver, no hay motivo para preocuparos.

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Una rápida y penetrante mirada de la habitación pareció confirmar sus palabras.


El brasero de hierro estaba lleno de turba y ardientes llamas, en la esquina más
lejana de la habitación, y la pequeña mesa salía con los objetos que le había
pedido a Kirkton que la procurara junto a ella, la vela en la mesita de noche, la
cama contra la ventana...
Todo estaba donde debía estar.

Pero algo no estaba bien. Alargó la mano hacia el cierre de las persianas detrás
de ella.

Tomó aliento mientras su mano cruzaba justo enfrente de ella, rozando su pecho.
Se sacudió contra el contacto, cada terminación nerviosa se encogió, pero no la
miró.

Inclinándose, miró hacia afuera. Fue un error. Su suave olor femenino, que hasta
ese momento había sido débil y suavemente provocador, se volvió profundo y
penetrante, envolviendo sus sentidos y haciéndole sentir como si estuviera
ahogándose.

Como alguien podía oler tan bien después de dos días en una silla de montar y
estar atrapado en un edificio en llamas, no lo sabía. Debía ser una magia secreta
de las mujeres para volver locos a los hombres.

Su cuerpo estaba tirado tan apretado como una de las cuerdas de arco de
MacGregor mientras exploraba rápidamente la oscuridad. Aunque no veía nada,
sus instintos le decían que algo andaba mal, y le habían salvado muchas veces
para que él los ignorara.

El chico:- ¿Dónde está Roger?

Aunque estaba oscuro, pudo ver sus ojos parpadear antes de lanzarse hacia el
desván adyacente.

-Dormido.

Empezó a moverse hacia la puerta, pero lo detuvo con la suave presión de su


mano en su brazo. ¡Jesús! Su sangre martilleaba. Estaba demasiado cerca.
Tocándolo.

-Por favor, no lo despertéis. Está muy cansado y necesita descansar.

Sus ojos se encontraron. Algo pasó entre ellos. Algo que detuvo su respiración,
su corazón, e hizo que el suelo se moviera bajo sus pies. Estaba caliente, duro y
colgado al borde de un precipicio, luchando por mantenerse firme. Luchando por
no tocarla. Pero esta podría ser una batalla que no podría ganar.
El corazón le latía con fuerza, la contención hacía que sus músculos se
flexionaran. El peso de la inevitabilidad venía aplastando sobre él, un peso
demasiado pesado para que él mismo pudiera aguantarlo. La quería tan
intensamente que podía probarla en su lengua.

Sus ojos cayeron a su boca. Sus labios se separaron. Se inclinó más cerca.

La sutil invitación era demasiado para resistirse. La batalla se perdió. Su boca


cayó sobre la suya con un profundo gemido. Por un momento fue como la
primera vez que la besó. Sintió la misma inesperada oleada de sorpresa por lo
bien que sabía. Qué suaves eran sus labios. Cómo el inocente temblor de su boca
bajo la de él le hacía doler ser él que le enseñara sobre la pasión.

Pero luego cambió, porque esta vez no se retiró. Esta vez no luchó contra el
impulso de profundizar el beso. Esta vez deslizó su brazo alrededor de su
cintura, la arrastró contra él y se dejó hundir en la suavidad de miel de su boca
para saborearla completamente.

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Esta vez captó el temblor de sus labios con los suyos y le mostró cómo abrirse
para él, cómo tomar su lengua en su boca y dejar que la acariciara.

Sí, él la acarició. Con largos y lentos tirones de su lengua hasta que ella le
acarició de nuevo. El primer chasquido de su lengua contra el suyo lo hizo
gemir. Sus rodillas casi se doblaron.

Eso fue increíble. Se fundieron en uno.

Su sangre se calentó. Y su mente voló.

***

Era lo mejor que había sentido jamás. Y con cada golpe mejorara. Más caliente.
Aún más increíble.

El papel de tutor no era uno de los que Robbie había asumido antes, prefiriendo
a mujeres experimentadas en su cama, pero se encontraba disfrutando con él,
disfrutando de sus suaves gemidos de despertar como si fueran suyos.

Le gustaba saber que esto era nuevo para ella. Que nunca hubiera dejado que un
hombre la besara así antes. Que él sería el que inflamara su pasión por primera
vez. Sintió una inesperada oleada de ternura que le dio la fuerza -incluso cuando
otras partes de su cuerpo insistían en algo diferente- para ir despacio.

Sólo un beso, se dijo. Nada de lo que no había hecho muchas veces antes.

Pero estaba luchando contra nuevas sensaciones propias. Besarla era... diferente.
No era sólo que ella supiese increíble, que sus labios eran la cosa más suave que
jamás había sentido, que el tentativo golpe de su lengua contra la suya le había
puesto tan duro como si hubiera lamido su polla, o que sentía que estaba
ardiendo y ahogándose al mismo tiempo, también era la sensación de paz que le
rodeaba. Una verdadera paz. Por primera vez en mucho tiempo -el infierno, no
recordaba la última vez- la inquietud dentro de él se alivió. En ese momento,
supo estaba exactamente donde se suponía que estaba.

Sentía un placer tan envolvente que parecía ahogar todo lo demás. Todo lo que
podía pensar era en lo suave que estaba su mejilla en su mano, en su olor a agua
de rosas, en lo bien que se sentía presionada contra él y en cómo podía seguir
besándola así para siempre.

Si no estuviera tan caliente. Si sólo su sangre no estuviera rugiendo por sus


venas y su corazón no estuviera martilleando en su pecho. Si tan sólo aquellas
suaves y pequeñas murmullos de placer no se acercaban para agarrarlo por los
codos y darle un tirón. Si sólo sus manos no estuvieran sobre sus hombros, sus
uñas clavándose en los músculos, una marca visceral de su creciente placer. Si
sólo sus pechos no estuvieran aplastados contra su pecho y su polla no palpitaba
fuerte contra su estómago. Y si sólo sus caderas no hubieran empezado a
moverse.

Sí, especialmente eso. La tentativa presión, la dulce rutina, el lento movimiento


de sus caderas contra la parte de él que él estaba haciendo lo más que podía para
ignorar que algo se estaba soltando dentro de él. La débil voz en la parte de atrás
de su cabeza que quería hacerla suya se convirtió en un fuerte rugido. El
conocimiento de que ella lo quería tanto como él rompió cualquier control que
tenía sobre su auto-control.

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Rosalin no había querido que eso sucediera, pero cuando lo hizo, se sintió tan
inevitable, tan destinado, que se preguntó si había tardado tanto. La magia y la
maravilla, el sentimiento de shock aturdido, había sentido la primera vez que sus
labios habían tocado los suyos no era nada para la miríada perfecta de
sensaciones que se estrelló sobre ella cuando la besó, de verdad.

Se sentía envuelta en calor, ahogada por el embriagador sabor del whisky y


poseída por emociones que no entendía por completo. Emociones feroces,
conmovedoras.

Emociones intensas que hacían que su respiración se agarrara, su corazón saltara


y su cuerpo se sintiera como si se derritiera en un charco de calor.

La habían besado desde aquella primera vez, pero nunca así. Nunca tan
completamente, de una manera que le quitaba el aliento. Nunca con una
necesidad tan asfixiante, semejante posesión, semejante seducción y tal ternura.

Esa fue la mayor sorpresa de todas. Que este guerrero feroz, este implacable
ejecutor, aquel hombre que asaltaba y saqueaba su camino a través del campo,
pudiera besar con tanta ternura. Que los suaves golpes de su boca y su lengua
pudieran suplicar y no mandar. Que este hombre de increíble fuerza pudiera ser
tan amable. Ella nunca lo habría creído. Pero aquí estaba medio arrodillada en su
cama, medio acunada contra su pecho, besada como si fuera la cosa más
preciada del mundo.

Su mano le acariciaba la mandíbula, los grandes dedos callosos que podían


agarrar el puño de una espada con un propósito tan mortal acariciaban su mejilla
con suavidad, como una madre a un bebé recién nacido, mientras jugaba con su
lengua.

Hábil y lento,-debilitando sus rodillas- dulcemente. El choque que ella pudo


haber sentido en la invasión íntima fue embotado por la sensación de absoluta
exactitud. No había nada más natural o perfecto que el caliente deslizamiento de
su lengua contra la suya.

Cada golpe parecía calculado para atraerla más profundamente. Para hacerla
temblar y gemir. Para hacerla querer más. No podía soportarlo. Pero claramente
no tenía prisa.
Parecía enloquecido en el control, de poder seguir besándola así durante horas.

Pero algo estaba construyéndose dentro de ella. Algo que no entendía. Algo
caliente, potente y ansioso. Algo que con cada golpe malicioso de su lengua se
hacía más imperativo.

Sus gemidos se hicieron más insistentes. Los círculos tentativos de su lengua se


volvieron más audaces y exigentes. Ella se hundió en él, presionando sus pechos
contra el cálido y duro escudo de su pecho. Y buen señor, era un pecho
impresionante. Podía sentir cada fibra, dura, cada losa de acero, y cada
protuberancia dura. Siempre había admirado su cuerpo, pero había algo muy
diferente en admirar desde lejos y en ser pegado contra toda esa fuerza. Era
grande y poderoso, y tener todos esos músculos envueltos alrededor de ella la
hacía sentir caliente y pesada, y querer acercarse.

Especialmente -el conocimiento se mezclaba entre sus muslos- esa parte larga y
gruesa de él que podía sentirla dura contra su estómago. Ella gimió y se aferró.
Presionado y frotando. Y todavía no era suficiente. Este sentimiento que se había
apoderado de ella no desaparecería. Parecía que sólo se fortalecía. Cuanto más la
tocaba, cuanto más la besaba, más se sentía contra ella, peor era la necesidad.

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Al menos ya no estaba sola. Estaba besándola más fuerte ahora -más


profundamente-sin un control tan suave. El rastrojo de su mandíbula se rascó
contra la tierna piel de su barbilla mientras su boca se movía sobre la suya,
saqueando con intensidad cruda.

Sus gemidos resonaban en sus gemidos. Su respiración era tan dura como la
suya, el martillo de su corazón tan rápido, y su piel tan caliente. Sintió un
estallido de embriagador orgullo femenino y placer, sabiendo que podía hacerle
esto. Que estaba tan afectado como ella.

Su boca cayó a su mandíbula, y luego a su cuello, el calor húmedo de su aliento


la hizo temblar y estremecerse mientras besaba un sendero caliente a lo largo de
su piel febril.

La mano que había sido envuelta alrededor de su cintura se deslizó hasta su


pecho, y el alivio de la presión era tan agudo, todo lo que podía hacer era gemir
y presionarse más profundamente en la mano grande y cálida que parecía
impreso en su cuerpo.

Él la dobló hacia atrás, arqueándola contra él, besándola de nuevo mientras le


aplicaba el pecho con su malvado tacto. Ahuecando y apretando, pellizcando su
pezón

suavemente entre sus dedos hasta que se endureció.

La sensación explotó dentro de ella. Dios mío, ¿cómo estaba haciendo eso?
¿Cómo podría sentirse tan bueno? ¿Cómo podrían las manos tan grandes y
brutales ejercer tal placer exquisitamente forjado?

Pensó que había muerto e ido al cielo. Y entonces ella supo que ella iría cuando
él reemplazó su mano con su boca. De algún modo, había aflojado los cordones
de su vestido lo suficiente como para deslizar su boca bajo el borde del tejido. La
sensación de su cálida lengua que la rodeaba, antes de tomarla suavemente entre
sus dientes y tirando, chupando...

Ella gritó, un calor extraño y palpitante que se mezclaba entre sus piernas.

Su grito pareció hacerle algo. Él juró y los movimientos suaves y sin prisas se
hicieron más insistentes, más decididos. No sabía cómo había ocurrido, si lo
había retrasado o la había presionado, pero de alguna manera estaba recostada
contra las almohadas, y él estaba estirado encima de ella -o la mitad encima de
ella. Para alguien tan grande y presumiblemente pesado, ciertamente se sentía
bien. Le gustaba tener todo ese peso sólido presionándola, le daba una extraña
sensación de seguridad y cercanía.

Abrió los ojos lo suficiente para mirar hacia abajo y ver su cabeza oscura
inclinada hacia su pecho mientras él seguía chupándola profundamente en su
boca. Pero entonces la aguja del placer fue tan intensa que tuvo que cerrar los
ojos de nuevo cuando otro grito escapó de entre sus labios. Estaba diciendo
cosas, murmurando contra su piel en gaélico. No necesitaba entender las
palabras roncas para saber que le estaba contando todas las cosas que él quería
hacerle.

Su cuerpo se estremeció ante la malvada anticipación mientras su boca cubrió la


suya otra vez. Retrocedió una vez, el tiempo suficiente para mirarla a los ojos.
Estaba oscuro, sólo una franja de luz de luna se deslizaba en la habitación desde
las contraventanas, pero ella podía ver la emoción feroz en su mirada. Emoción
que hizo que su corazón se acelerara y su aliento se acelerara. Tenía los ojos
ardientes. Él la quería. Ella podía ver eso. Pero era más que querer. Era una
mirada de posesión, una mirada oscura de intensidad primitiva que la hacía
sentir como si acabara de reclamar su corazón.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Por todos los santos, su expresión debería asustarla. Ella sabía lo que quería
hacer.

Sabía que debería decir algo para detenerlo. Sabía que lo que ella quería ahora
era imposible. Pero la mirada la atraía. No podía apartarse. Incluso cuando sintió
su mano deslizándose bajo su falda y adivinó lo que iba a hacer. Incluso cuando
él la tocó y su cuerpo entero se sentía como si hubiera sido atravesado con un
rayo.

Ella jadeó, tembló, cada terminación nerviosa de pie en el borde como su dedo
ligeramente moviéndose sobre el lugar tierno entre sus piernas.

¡Oh cielo dulce! Una lluvia de calor y humedad parecía reunirse allí. Si hubiera
sido capaz de pensar, podría haber estado avergonzada y se hubiera preguntado
por el extraño latido. Pero luego la tocó de nuevo y todo lo que pudo pensar fue
lo bien que se sentía y lo mucho que quería que la tocara más.

Los movimientos ligeros de su dedo calloso no eran suficientes. Un leve sonido


escapó de entre sus labios, un gemido parcial y una parte de súplica. Su cuerpo
temblaba con una extraña inquietud, como si quisiera moverse pero sin saber
cómo. Él la tocó de nuevo, y finalmente no pudo retenerla. Levantó las caderas
contra su mano,

inconscientemente buscando la presión que su cuerpo deseaba.

Hizo un sonido violento que fue casi un gruñido. Su rostro estaba oscuro y tenso,
su mandíbula apretada, como si los golpes medidos de sus dedos le estuvieran
costando todo el control. Su mirada parecía arder a través de ella, chamuscarla
con su intensidad.
-Dios, eres hermosa -dijo con fuerza-. No puedo esperar a hacer que os corráis.

Rosalin no entendía lo que quería decir, pero no le importaba mientras por fin le
diera lo que quería. La acariciaba con la mano, frotándola, y finalmente -¡Oh,
Dios en el cielo! -

pasando su dedo dentro de ella.

La acarició como había hecho con su lengua, hundiéndose y girando hasta que el
placer la abrumó. Hasta que el deseo no tenía a dónde ir. Hasta que el suave
pulsar se convirtió en un espasmo duro.

-¡Robbie! Oh Dios, ¡por favor! -se arqueó debajo de él, gritando, mientras la
sensación agarraba su cuerpo en una bodega de hierro y finalmente la soltaba,
catapultándola en una onda celestial de placer tan intenso, tan agudo, tan
mágico, Había vislumbrado un pedazo de cielo.

Robbie. Mirar su liberación, oírla gritar su nombre mientras el placer la invadía,


le hizo algo. No era sólo la respuesta primitiva de su cuerpo -que había sido
alimentada y preparada hasta el punto de ruptura- era un sentimiento que se
centró en algún lugar de su pecho y apretó. La sensación de que si no la tenía,
que si no la hacía suya, iba a morir.

Dios sabía que era hermosa, con un cuerpo suave y sensual que haría a cualquier
hombre débil con lujuria. Pero él había sentido deseos antes y este antojo
primitivo, ese anhelo profundo de huesos, esta necesidad que lo abarcaba todo
era como nada de lo que había experimentado. Venía de un lugar tan profundo,
enterrado tan lejos dentro de él, que no había sabido que existía.

El sentimiento ahogó todo lo demás. No le importaba quién era ella ni por qué
estaba aquí. Nada de eso importaba. Todo lo que importaba era que cuando
estaba en sus brazos sentía...

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Sentía algo. Algo fuerte, poderoso y correcto.

Los suaves gritos de su placer seguían resonando en sus oídos mientras


empezaba a trabajar los lazos de sus zapatos y braies. El sudor recobró su frente
mientras se mantenía rígido a un lado, tratando de no aplastarla con todo el peso
de su cuerpo.

Ella estaba debajo de él, suave y dolorosamente dulce, su cuerpo débil y flexible
de su liberación. Muy preparado. Sus dedos todavía estaban húmedos por su
resbaladiza, por la prueba de lo preparada que estaba para él.

Tenía que apretar los dientes contra el impulso de hundirse en su interior cuando
su erección se soltó y la fresca ráfaga de aire nocturno golpeó la piel caliente y
turgente.

No necesitaba ponerse el puño en la mano para probar su disposición - estaba tan


cerca que podría explotar.

Se apoyó sobre ella, acomodándose entre sus muslos. Cada instinto le instó a
echar la cabeza hacia atrás y sumergirse dentro.

Rosalin no lo detendría. Quería esto tanto como él. Podía verlo en sus ojos.

Se quedó quieto. Y allí, a través de los golpes en su corazón, la neblina roja de


lujuria rugiendo a través de su sangre y el deseo palpitante entre sus piernas, oyó
algo. Una voz diminuta que debería haber sido ahogada por el rugido primitivo.
Una voz que se decía ignorar y que le hacía querer gritar de dolor y frustración.
Una voz que le dijo que esto estaba mal. Que no importa cuánto ella quisiera
esto, o él quería esto, él no podría tomar su inocencia.

Pero Dios quería hacerlo. Él lo quería tanto que su cuerpo se sacudió por el
esfuerzo de no hacerla suya. No era suya y nunca podría serlo. Y Robbie
aparentemente tenía más honra dentro de él de lo que se daba cuenta.

La pequeña inclinación interrogativa de la cabeza que ella le dio fue el último


empujón.

Se apartó con una vil maldición y se apartó de ella, como si eso pudiera despejar
su cabeza y permitirle pensar. Pero no estaba pensando. Su cuerpo estaba en un
dolor excesivo. Cada centímetro de él palpitaba de ira y lujuria frustrada. Su
corazón palpitaba tan fuerte que no podía respirar.

-¿Qué ocurre? -preguntó ella-. ¿Hice algo mal?


Ella trató de poner una mano reconfortante en su hombro, pero se alejó, incluso
el pequeño toque era demasiado para resistirse en su estado actual. Sentado en el
borde de la cama, inclinó la cabeza, deseando que el fuego dejara de rugir en su
sangre. Pero no callaría. Estaba pulsando y martillando, necesitaba un lugar
donde ir.

Necesitaba salir de aquí. De pie, volvió a apoderarse de su ropa. No se atrevía a


mirarla recostada en la cama en un desorden casi arrebatado, sabiendo que el
cabello

desordenado, las mejillas enrojecidas y los labios hinchados serían demasiado


para resistirse.

-Lo siento -dijo con brusquedad-. Esto nunca debería haber ocurrido.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Capítulo 10

Eso nunca debería haber ocurrido, Robbie se repitió a sí mismo más de una vez
durante la larga noche. La pregunta más difícil, y una que él no quería
preguntarse a sí mismo, era cómo había sido. No se perdía en hacer el amor de
esa manera. Nunca. Siempre tenía el control. Siempre consciente. Diablos,
podría ser aspirado profundamente en la boca de una muchacha, llegando duro, y
aún estar pensando en su próxima misión. Pero un minuto había estado besando
a Rosalin Clifford, y al siguiente estaba casi dentro de ella. No había estado
pensando en otra cosa.

Robbie...

Se obligó a despejar su mente. Pero nunca olvidaría el sonido de su nombre en


sus labios mientras se separaba. Aquella suave y sensual súplica lo perseguiría
por el resto de su vida.

Maldito infierno, ¿qué le pasaba? ¿Cómo podía haber olvidado quién era? Ella
era su rehén, estaba bajo su protección, y "violador de inocentes" no era un título
con el que estuviera ansioso para agregar a su larga lista de pecados. Aunque
fuera la hermana de Clifford.
Después de despertar a Seton y ordenarle que fuera a sustituir la guardia afuera
de la puerta, Robbie buscó el frío abrazo de una noche de invierno, tanto para
enfriar su sangre como para despejar sus pensamientos. Pasó junto a los dos
hombres que había dejado para vigilar la puerta principal y se dirigió al bosque.

La expresión de Robbie no invitó a la conversación, y no le preguntaron a dónde


iba. Él no lo sabía. Pero la densa y espesa niebla que había descendido entre los
árboles ofrecía una extraña comodidad. La aguda abrazadera del aire frío se
infiltró, penetró y finalmente alivió parte de la tensión que se arremolinaba en su
cuerpo.

La lujuria. Un guerrero pasaba demasiado tiempo lejos de las mujeres para


molestarse en ser tímido cuando surgía la necesidad, por así decirlo. Eran las
otras emociones que corrían a través de él, las emociones igualmente profundas
e intensas, que no serían saciadas si se tocaba.

Su deseo por esta mujer iba más allá de la lujuria. Había sido lo suficientemente
fuerte como para hacerle olvidar quién era... demonios, probablemente se habría
olvidado de su propio nombre, si no lo hubiera gritado, y hubiera perdido
completamente el control.

Había penetrado en la neblina de desprendimiento que generalmente le rodeaba


cuando estaba con una muchacha y le hacía sentir cosas que nunca antes había
sentido.

Pero eso no era lo que realmente le preocupaba.

Podía ser brutal y despiadado en el campo de batalla, pero siempre había sido un
compañero de cama considerado. Sin embargo, incluso en sus más jóvenes
escarceos, antes de que Wallace hubiera levantado su espada y Robbie hubiera
dedicado su vida a la lucha por la libertad de Escocia, no podía recordar cuándo
había sido tan suave o tierno con una muchacha. El sentimiento de reverencia,
cuidado y protección que le había sobrevenido cuando la besó, eso lo asustó
mucho.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

No quería que nadie con quien se acostara fuera diferente o especial. Y, por
supuesto, ninguna inglesa, especialmente, esa inglesa en particular. No tenía
ninguna intención de jugar un papel en alguna tragedia romántica, y eso es todo
lo que podría pasar entre ellos. Una tragedia.

Sin un destino particular en mente y todavía demasiado inquieto para volver a la


mansión y tratar de dormir, Robbie comenzó a subir las colinas de Manor hacia
la Ley del Dólar. Aunque la sombra oscura de la montaña se perdía en la niebla,
se alzaba sobre el valle como un vigilante.

Según los estándares de las tierras altas, las suaves y ondulantes colinas de la
cordillera de las tierras altas del sur que dominaban gran parte de las fronteras
eran escaladas relativamente fáciles. Dólar Ley era uno de los picos más altos de
la zona,

probablemente a menos de 500 metros de Cuillins, donde la Guardia de los


Highlanders había "entrenado" (más acertadamente, sufrido), aunque muy por
debajo del gran Ben Nevis. Sin embargo, cuando llegó a la cima, sintió un ardor
entre sus piernas.

Como la cumbre estaba libre de niebla, se sentó en las piedras del Cairn de la
cumbre y observó la oscuridad de la noche dar paso al amanecer.

Cuando el primer vistazo de la luz del sol apareció a su izquierda, arrojando un


suave resplandor naranja a través del valle debajo de él, Robbie sabía lo que
tenía que hacer.

Rosalin Clifford no podía quedarse. Tal vez deseara no dejar a su sobrino, pero
después de lo que había sucedido -o casi había sucedido- sus deseos ya no
importaban. Tenía que hacer lo que era mejor para su misión, y ahora, alejarla de
él era lo mejor.

Miró hacia el castillo apenas visible más allá de los árboles delante de él. La
llevaría a Peebles tan pronto como despertara, y...

Se detuvo, entrecerrando los ojos a lo lejos. El castillo de Peebles estaba a menos


de diez millas de distancia, y con la niebla baja era difícil de ver, pero había
vislumbrado algún tipo de movimiento. Poco después lo volvió a ver, sólo que
esta vez había visto las banderas y el inconfundible destello de plata que le
decían lo que era.
Volvió corriendo por la colina y atravesó los bosques hasta la mansión. Al ver a
los mismos hombres que había dejado unas horas antes, gritó órdenes para que
prepararan al resto de los hombres.

Al subir las escaleras a la cámara donde había dejado a la muchacha y al


muchacho, vio a Seton posado en el mismo lugar que Robbie había estado antes
de que hubiera oído el ruido que lo había llevado a la habitación.

Su compañero se levantó de inmediato:- ¿Qué sucede?

-Los soldados ingleses se dirigen en esta dirección desde el castillo. Tenemos


que irnos

-Seton juró.

-¿Estáis seguro de que somos nosotros a los que buscan?

-No, pero estoy seguro de que no me quedaré para averiguarlo.

Llamó a la puerta, sorprendido cuando le ordenó que entrara. Aparentemente, no


era el único que no había dormido mucho anoche. Abrió la puerta y la vio
sentada en un pequeño taburete junto al brasero, con las manos cruzadas sobre el
regazo. Ella lo miró y sus ojos se encontraron. Vio la pregunta, el dolor, la
confusión, y sintió una aprehensión inoportuna en su pecho.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Su piel estaba pálida, su expresión serena, su pelo dorado brillaba a la luz de la


mañana.

Parecía tan dolorosamente hermosa, que sabía que la recordaría así para siempre.

Porque debían decirse adiós. No tendría que llevársela al Castillo de Peebles con
los ingleses dirigiéndose así.

-Esperad a vuestro sobrino -dijo-. Tenemos que irnos.

Se quedó perfectamente quieta, apenas reaccionando a su declaración.


-No puedo hacer eso.

Cruzó la habitación, la tomó por el codo y la levantó.

-No fue una petición, mi señora. Hay un grupo de soldados ingleses encabezados
siguiéndonos, y aunque no me opongo a matar a los ingleses, prefiero no teneros
a vos y a Roger en medio de una batalla.

Rosalin no lo miraba. Era tan diferente a ella, que le hacía sentirse incómodo.

La soltó, pasando los dedos por el pelo.

-Lo siento por lo que pasó anoche. Nunca debería haber... -se detuvo. Cristo, se
sentía como si fuera de la edad de Roger, disculpándose por robarle un beso a su
primera chica. Excepto que no había sido sólo un beso que casi había robado-.
No volverá a suceder.

-No puedo despertar a Roger porque Roger no está aquí.

Le tomó un momento darse cuenta de lo que había dicho:- ¿Qué queréis decir
con que no está aquí?

Ella levantó su barbilla, encontrándose con su mirada.

-Hice una cuerda fuera con la ropa de cama, y salió por la ventana.

Robbie se quedó inmóvil. Sus ojos buscaron su rostro. Seguramente, no podía


hablar en serio. Esa altura era de por lo menos 40 pies en una barranca rocosa.
La idea de que el muchacho asumiera tal riesgo era tan ridícula, tan absurda, que
no quería creerlo.

Pero era cierto. Podía verlo en el fresco, inquebrantable reposo de su rostro.

-¿Estáis loca? –explotó-. ¿Tenéis idea de lo peligroso que es eso? El muchacho


podría haber muerto -no fue hasta que el siguiente pensamiento golpeó que se
dio cuenta de que estaba sacudiéndola-. Podríais haber muerto. Maldito infierno.
Eso era, ¿no? Ese fue el ruido que escuché. ¿Salíais por la ventana?

Incluso mientras ella le daba un breve asentimiento, la otra verdad lo golpeaba.


La rabia se estrelló contra él como un martillo caliente y negro con un golpe
aplastante. Sus dedos se apretaron alrededor de su brazo.

-Lo hicisteis a propósito -gruñó entre dientes apretados-. ¡Ah, loca inglesa, os
habéis lanzado a mí para que no descubriera que el muchacho había
desaparecido!

Ella se estremeció, sorprendida por su rabia:- No, eso no es así. Estaba tratando
de deteneros, pero no tenía la intención de que eso sucediera.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-¿No es cierto? ¿Qué más creíais que sucedería cuando dejasteis que un hombre
os besara así? Cuando frotáis vuestro cuerpo contra el de un hombre como una
puta experimentada?

Ella abrió los ojos:- ¿Cómo os atrevéis a decirme algo así? Sabéis que no...

-Sé que extendisteis vuestras piernas ansiosamente, y que estaba a un pelo de


tomar vuestra oferta. Un error de mi parte que tengo la intención de rectificar.

Su rostro palideció, el pulso delicado bajo su cuello revoloteando.

-¡No lo haríais! Jurasteis que no me violaríais.

Una sonrisa oscura y perversa volvió su boca.

-¿Quién dijo algo sobre violaros? Con lo caliente que estuvisteis anoche, dudo
que tenga que persuadiros.

La empujó para que no se sintiera tentado a demostrarlo ahora mismo. Un rubor


manchó sus pálidas mejillas ante la cruda acusación.

-No sois el único que cometió un error. Pero os aseguro que nunca fue mi
intención entregarme a vos para impedir que supierais de la huida de mi sobrino.

Se quedó allí hirviendo, tratando de controlar la rabia que corría por sus venas.
No podía creer que se hubiera dejado engañar por un hermoso rostro y un cuerpo
de sirena.
Esto era lo que conseguía por tratar de ser considerado y no presionar en el

campamento. Por no mantenerlos separados.

Debería haber anticipado la traición: era inglesa, ¿no? Y ahora, a causa de ella,
su arma

-su seguridad- contra Clifford se había deslizado entre sus dedos. Su mirada se
endureció. Tal vez no tuviera el heredero de Clifford, pero todavía tenía a su
hermana.

Ya no podía dejarla ir. Rosalin Clifford iría con él, y después de lo que acababa
de hacer, su hermano tendría suerte si Robbie la devolvía...

Tan horrible como había sido su confrontación con Boyd, y tan incómoda como
estuvo las siguientes horas, mientras corrían por el campo brutal para escapar de
sus perseguidores, Rosalin no podía lamentar lo que había hecho. Roger debió de
llegar al Castillo de Peebles y había podido reunir a los soldados para que los
persiguieran. Tal vez incluso Cliff. Fuera lo que fuese, su sobrino estaba a salvo.
Ella estaba agradecida por eso, aunque temiera por su propia seguridad.

Pero si Boyd intentaba asustarla, estaba funcionando. Nunca lo había visto tan
enfadado. Por eso estaba siendo tan malo y había dicho todas esas cosas odiosas,
¿no?

Realmente no la obligaría a ser su puta. Y eso es lo que sería: la fuerza. A pesar


de su afirmación de lo contrario, ella no se entregaría a él de esa manera. No
después de lo que le había dicho y sabiendo lo que pretendía. No era tan tonta.

Así lo esperaba.

No sabía qué era lo peor, lo rápido que se había rendido a él o cuán


equivocadamente había atribuido sus motivos. Había estado tratando de impedir
que se diera cuenta de lo de Roger, pero no había planeado ofrecerse como una
distracción. Había sucedido de esa manera. Ella había estado tan atrapada en el
momento y sorprendida por lo rápido que las cosas se habían salido de control
como él.

Mónica McCarty Ariete


Àriel x

¿Honestamente pensaba que había tenido la menor idea de que un beso podía ir
tan rápido? Ni siquiera sabía qué era eso. No tenía ni idea de que el tacto de un
hombre pudiera despertar en ella sentimientos tan increíbles. No tenía la menor
idea de que pudiera llegar a ser tan arrastrada por la pasión que se olvidaría de
todo lo demás: su virtud, su posición... bueno, ¡Y el hecho de que estaba
prometida a otro hombre!

Rosalin estaba avergonzada por la rapidez con que había sucumbido y sólo podía
estar agradecida de que se hubiera detenido antes de hacer algo que no se podía
deshacer.

Todavía tenía su virtud, si no su inocencia. Había sido ingenua y tonta, pero


ahora que sabía lo fácil que era ser atrapada en la corriente, no volvería a
acercarse al agua.

No importaba lo "caliente" que pudiera ser. Sus crudas palabras aún le picaban.
¿Cómo podía un hombre que la había tocado tan tiernamente un momento,
tratarla tan fríamente al siguiente? Casi se había convencido de que podría
cuidarla un poco. Que tal vez sentía la misma extraña conexión que ella. Que tal
vez su corazón de dieciséis años no se había equivocado.

Pero sus palabras tan ásperas le habían curado esas ilusiones. Era una "perra
inglesa". El enemigo. Su rehén. Y si se distraía, podía terminar como su puta.

Sin embargo, no podía soportar la idea de que pensara lo peor de ella, y Rosalin
tenía toda la intención de reiterar su inocencia tan pronto como su ira se hubiese
enfriado.

Pero incluso medio día más tarde, después de horas de la más peligrosa
cabalgada que había soportado, por las laderas más escarpadas y estrechas, por el
bosque más denso, más oscuro y más impenetrable, tenía la mandíbula tan dura,
y sus ojos tan estrechados como lo habían estado cuando salió furioso de la
habitación.

No era que su rostro negro se hubiera girado en su dirección. No, no creía que él
la hubiera mirado ni una vez desde que se habían ido.

Ninguno de los hombres lo había hecho. Incluso Malcolm, Callum y Alex


evitaron su mirada. La buena voluntad que había ganado después del incendio en
el pueblo había desaparecido. Los escoceses tomaron la señal de su capitán, y la
ira de Boyd hacia ella no podía ser más clara. Sin embargo había ocurrido, había
superado a su héroe en permitir que su sobrino escapara, y eso no podía ser
perdonado. Era una rehén inglesa.

Una mujer rehén inglesa. El más bajo de los bajos. El orgullo feroz de Escocia
no podía soportar tal golpe.

Pero el silencio era opresivo. Nunca se había sentido tan sola. Cuando los
primeros signos del campamento llegaron a la vista, se sentía tan miserable, por
no hablar de sucio y agotado, que habría acogido una casucha, si eso significaba
que podría bajar de este caballo y escapar de su prohibida indiferencia.

Rosalin no sabía lo que había esperado del campamento rebelde, quizás


madrigueras y tela escocesa sobre el brezo, pero ciertamente no era la fila
ordenada de tiendas de estilo legionario romano que conducían a una gran
madera construida de forma robusta, que salió del bosque espeso a lo largo de un
cauce rocoso como un pintoresco pueblo de cuentos de hadas situado en la
ladera cubierta de árboles. No era exactamente lujoso, pero estaba lejos de la
imagen que tenía de la "capilla" del proscrito Roberto de Bruce había ganado su
apodo de rey Capucha.

El bosque en sí, sin embargo, a la altura de su reputación asustaba. Desde el


momento en que habían entrado en el sombrío toldo de los árboles, había estado
esperando a que

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

uno de los fantasmas de Bruce saltara detrás de un árbol y gritara "boo". Era
fácil ver por qué los ingleses habían cedido el bosque primero a Wallace y más
tarde a los hombres de Bruce. Los rebeldes podían sentarse en una emboscada
desde prácticamente cualquier lugar, y los estrechos caminos que serpenteaban a
través del bosque forzarían a los soldados ingleses a montar en fila única,
dejándolos aún más vulnerables. Los hombres de Ettrick Forest, como las
leyendas del capo fuera de la ley, también eran conocidos por su habilidad con
un arco, una habilidad particularmente mortal en este tipo de ambiente con
tantos árboles para esconderse detrás.
Supuso que debían haber tenido exploradores vigilando porque un puñado de
hombres -

y unas cuantas mujeres- ya estaban de pie afuera para saludar a los guerreros que
regresaban. De los vítores y el tono alegre de sus saludos a gritos, se dio cuenta
de que estaban aplaudiendo la exitosa misión.

Rosalin no había esperado a las mujeres. Pero en cuanto se detuvieron y los


hombres desmontaron, ella comprendió su propósito en el campamento, cuando
las mujeres salieron a saludar a algunos de los hombres de una manera
particularmente amistosa.

Como nadie parecía inclinado a ayudarla a desmontar, Rosalin estaba a punto de


intentar hacerlo por su cuenta, cuando miró a Boyd. Una de las mujeres se había
lanzado en sus brazos y estaba pegada al pecho. Su largo y ondulado cabello
negro oscilaba suelto por su espalda mientras su cabeza se inclinaba hacia atrás
invitándola.

Rosalin debió haber hecho algún tipo de sonido, porque los ojos de Boyd
encontraron los suyos justo antes de aceptar el beso de bienvenida de la mujer.
Su beso de bienvenida.

Rosalin sintió como si un caballo la hubiera pateado en el pecho. ¡No! Quería


gritar. No lo hagáis. No podéis. Pero podía hacerlo. No tenía ningún derecho
sobre él, hecho que estaba dejando perfectamente claro.

Su brazo estaba envuelto alrededor de la cintura de la mujer, como si hubiera


estado allí muchas veces antes. El beso también tenía una perezosa familiaridad
que hablaba de...

¡Oh Dios! El fondo cayó del estómago de Rosalin. Lo sabía. Eran amantes.

Se dio la vuelta, luchando contra las sofocantes punzadas de dolor a través de su


corazón que la hizo querer hacer algo ridículo como llorar. Un nudo se formó en
su garganta y sintió sus ojos arder. Pero no lo permitió, mientras deslizaba su pie
en el estribo e intentaba bajar sin que sus faldas se enredaran alrededor de sus
pies.

Ella habría caído si alguien no la hubiese cogido por la cintura por detrás. No, no
alguien. Se puso rígida ante su contacto, sabiendo exactamente quién era. Sus
grandes manos casi le atravesaban la cintura, cerrándose alrededor de ella como
un tornillo caliente, mientras la levantaba sin esfuerzo. Incluso sin tocar sus
cuerpos, podía sentir el amplio escudo de su pecho detrás y el olor cálido de
cuero y especias que se habían vuelto tan familiares.

-Gracias -dijo ella, sin atreverse a mirarlo por miedo a que él pudiera ver lo
mucho que su exhibición con la mujer la había afectado-. Me sorprende que no
me hayáis dejado caer.

-Como sois nuestra única rehén ahora, eso no era una opción.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Sus ojos se estrecharon, encontrando la mirada azul helada que los clavaba.

-Sí, mi hermano no pagará tal chantaje si me hacéis daño, tal vez debéis recordad
eso.

Su boca se tensó ante la no tan sutil referencia a su amenaza anterior.

-Creo que pagará por recuperaros en cualquier estado en el que os encontréis.


Quizá debáis recordadlo, mi señora –el sarcasmo era muy evidente.

Se erizó:- Estáis equivocado acerca de lo que pasó. Por todo vuestro


conocimiento de mujeres experimentadas, debéis saber la diferencia entre tener
práctica y no tenerla.

Sonrió, y Rosalin inmediatamente se arrepintió de sus groserías. Al señalar a la


mujer que acababa de besarlo, le hizo saber que eso la había molestado.

-Por aquí, princesa -dijo con un gesto burlón-. Vuestro palacio os espera.

Se alejó, y sin más remedio que seguirle, Rosalin ignoró las curiosas miradas
que se le lanzaban en su dirección y se apresuró tras él.

Al principio, pensó que tenía la intención de llevarla a la gran casa de campo,


que suponía que servía de pasillo, pero luego la condujo hasta el edificio donde
había otras cámaras. Un poco más grande que las otras, se dio cuenta de que
éstas probablemente alojaban a los lugartenientes del rey, tal vez incluso al
propio rey cuando estaba presente.

Se detuvo en la primera cámara. Tenía quizás doce pies cuadrados, con la mitad
del techo inclinado por lo menos muy alto. Aunque la lana natural original
hubiera sido de color castaño blanco, una capa protectora de aceite o cera para
mantener fuera el agua la había manchado de color amarillo y, en algunos
lugares, un negro oscuro pardo. Más de una docena de cuerdas de cáñamo
apoyaban el toldo desde el exterior, empujándolo al suelo con grandes clavijas
de madera. Al pasar por las solapas que habían sido atadas, vio los numerosos
postes de madera que le daban a la cámara esa estructura.

A pesar de la luz de la tarde, estaba bastante oscuro en el interior. Pero después


de que Boyd encendiera las altas antorchas que flanqueaban la entrada, podía
distinguir mejor el interior.

César tenía fama de haber viajado con su propio piso de mosaico en secciones, y
se sabía que los reyes ingleses preparaban sus cámaras como si fuesen una
habitación en un palacio con alfombras tejidas, muebles finos y platos
domésticos de plata y oro. Esta tienda no estaba tan bien, pero tampoco era una
tosca cabaña.

Su primera impresión fue de orden bien cuidada. Podría haber sido dividido por
el centro con los dos lados reflejando uno al otro. Tenían camas de cajón con
algún tipo de colchón, probablemente hecho de paja, numerosas mantas de lana
y algunas pieles, dos baúles de madera para el almacenamiento y asientos extra,
dos mesas, dos taburetes y dos pequeños braseros para el calor. El suelo estaba
cubierto de juncos tejidos. Aparte de un escudo callejero con un fondo azul y
una banda de controles rojos y blancos a través de él, unas pocas velas, un
cántaro y un tazón para lavar, no parecía haber ningún objeto personal sobre lo
que podría dar una pista sobre sus ocupantes.

Pero ella lo sabía.

Era una tienda de guerreros, y el interior espartano, sin adornos, nada para
distraer de la guerra cabía perfectamente en Boyd.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x
-Podéis dormir allí -dijo, señalando la cama a la izquierda.

Desde que arrojó su plaid y su timón en la otra cama, supuso que era su cama.
Dios mío,

¿no podía querer dormir en la misma habitación que ella?

-¿No hay otro lugar en el que pueda quedarme?

-No hay. Como podéis haber notado, estamos en el medio del bosque. Me temo
que el alojamiento es limitado.

No era eso lo que quería decir y lo sabía. Simplemente disfrutaba haciendo que
se sintiera una princesa caprichosa y mimada. Eso era lo que la había llamado.
Levantó la barbilla y lo miró desafiante.

-Simplemente, no deseo desplazar a nadie de su cama.

-Si estáis tan preocupada, siempre podéis compartir conmigo.

Se quedó quieto, mirando fijamente a su rostro como si la fachada de granito le


diera una pista sobre si iba en serio.

Su sonrisa era fría y desprovista de humor.

-No lo pensé. No tengáis miedo, a Sir Seton no le importara. Él vive para esa
clase de mierda galante. Ahora, si no hay nada más, tengo pasatiempos más
agradables -su rostro se endureció-. Pero os advierto contra otro intento de
escapar. Aunque merecéis estar en una cárcel por lo que habéis hecho, puedo
encontrar alojamiento mucho menos lujoso para vos. No hay muros de cuarenta
pies de altura, pero incluso si conseguís pasar por delante de los dos hombres
que os protegerán, dos de los parientes de Douglas, por cierto, así que no os
molestéis en tratar de manejar vuestros artificios femeninos en esa dirección: el
bosque no es un lugar donde querréis encontraros sola. A menos que os gusten
los jabalíes -sus ojos encontraron los suyos-. Y fantasmas.

Un escalofrío recorrió su piel. Su advertencia fue bien atendida. Estaba atrapada


y lo sabía. Los hombres de Douglas... Ella tembló. De repente, no quería que se
fuera.
Incluso enfadado y cruel, confiaba en él. Al menos más de lo que confiaba en los
Douglases

-¡Esperad! -lo detuvo antes de que él retirara las solapas-. ¿Adónde vais?

-A celebrar una incursión exitosa. A diferencia de vos, no pude tomar mi


liberación anoche. Así que a menos que queráis chupar mi pene como Deirdre se
ha ofrecido a hacer, os daré las buenas noches.

Rosalin se quedó sin respiración, el choque impregnando cada fibra de su ser.


Incluso sabiendo que era lo que él había pensado no podía impedir que se
abalanzara sobre él.

¿Se hacían tales cosas?

El desafío sabio en sus ojos respondió a su pregunta.

El choque se convirtió en un latido punzante. Quería objetar. Decirle que no se


fuese.

Decirle que si dejaba que esa mujer lo tocara así, terminarían para siempre. Pero
¿cómo podría haber terminado algo que nunca había comenzado?

En vez de eso, bajó la mirada y se apartó de él. El guapo y noble guerrero que
había visto desde su ventana se había ido, y se encontró con que ya no quería
mirar al hombre que estaba en su lugar.

Mónica McCarty Ariete

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Capítulo 11

Los sonidos de la fiesta continuaron hasta bien entrada la noche. ¿Qué estaban
haciendo?

¿Qué estaba haciendo? ¿Estaba la mujer realmente...?

El agujero negro en el pecho de Rosalin parecía crecer más y más. ¿Por qué le
importaba?.Los sonidos burlones llenaron su imaginación y la mantuvieron
despierta hasta que el agotamiento -tanto físico como emocional- finalmente la
arrastraron a dormir.

Boyd nunca regresó.

Rosalin despertó renunciando a tener algún respiro. Lo haría lo mejor que


pudiera hasta que su hermano pagara el rescate que le exigieran. ¿Qué más podía
hacer? Pronto todo esto sería un recuerdo lejano. Un recuerdo distante,
desagradable e hiriente.

Mordisqueó el resto de pan, queso y carne de cordero que le habían traído poco
después de que Boyd se marchara-aparentemente, no la había olvidado por
completo- y empezó a explorar el entorno. Por desgracia, no había agua en la
tienda, así que no podía lavarse. El peine y la barra de jabón que descansaba
cerca, sin embargo, se burlaban de ella.

La mugre era un poderoso motivador, y apenas había reforzado su coraje


suficiente para enfrentar a sus carceleros de Douglas, cuando uno de los hombres
entró con otro plato de comida. Ésta contenía, para su deleite, lo que parecía ser
una manzana.

Con la columna vertebral tan rígida como una pértiga, entró en la habitación y
colocó la bandeja en el camastro de madera de Sir Alex. Probablemente era sólo
unos años mayor que Malcolm, pero su rostro oscuro y su barba le recordaban lo
suficiente a su pariente

"negro".

-¿Hay algo más que necesitéis?

Habló mirando a la pared detrás de ella con la voz más reacia que había
escuchado. Sus mejillas ardían, pero algunas necesidades no podían ser
ignoradas. La idea de usar el pote de la cámara en un área tan pequeña y
decididamente privada no le atrajo.

-Supongo que no tenéis un biombo cerca.

Todavía evitaba sus ojos, pero podía ver que su pregunta lo había incomodado
tanto como a ella.
-Voy a escoltaros para que tengáis la privacidad que necesitéis.

Ella lo necesitaba. Sus pies temblaban. La mañana era fría y brumosa, pero el
aliento de aire fresco era bienvenido mientras la conducía y esperaba a poca
distancia mientras atendía sus necesidades.

El resto de los ocupantes del campamento debían haber estado durmiendo


todavía por la celebración, ya que estaba muy tranquilo y pacífico. Miró a su
alrededor, viendo algunas cosas que ella no había notado antes. Algunos
pequeños edificios exteriores, lo

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

que parecía ser un jardín cerca de uno de ellos, el cloqueo de gallinas, unas
cuantas ovejas en la ladera, herramientas agrícolas y un carro apoyado contra la
larga casa.

Quería quedarse, pero él la llevó de vuelta al interior. Sin embargo, antes de que
pudiera marcharse, le preguntó

-Me gustaría lavarme con un poco de agua, y un baño.

Su boca se tensó como si quisiera negarse:- Veré qué se puede hacer.

Poco después, Rosalin estaba en el cielo. Una gran bañera de madera, forrada
con lino, había sido traída por dos jóvenes guerreros cuyo trabajo debía ser
atender al trabajo más humilde. Estaba llena de agua fría, pero no le importaba.
Tan pronto como los hombres se fueron, se quitó la ropa, buscó el jabón y el
peine, y disfrutó de la sensación de estar limpia otra vez.

Por modestia, se había dejado puesto su camisón, y después de lavarlo como ella
había visto a las criadas hacer, emergió de la sensación del agua refrescada. Pero
con frío.

Temblando y goteando, se dio cuenta demasiado tarde de que había olvidado


pedir un paño para secarse. Alcanzando el baúl de Boyd, que era el más cercano,
lo abrió para encontrar una pila de sábanas bien dobladas. Ella tomó uno que era
obviamente para aquello y lo envolvió alrededor de su cuerpo tembloroso.
Pero con la camisa húmeda y sin nada para cambiar, el paño proporcionaba poco
alivio.

Ella tenía dos opciones. Podía quitarse la camisa y ponerse de nuevo los vestidos
ahumados y manchados de viaje, o podía tomar prestada una de las túnicas
recién lavadas que había notado en su cama. No fue una decisión difícil.

Un poco más tarde, había colgado sus batas y su camisa mojada de unas cuantas
clavijas en los postes que parecían estar para ese propósito y estaba sentada en el
baúl de Sir Alex, peinándose el cabello húmedo, limpio y cómodamente
empaquetado en no sólo una De las túnicas de Boyd, sino también una tela
escocesa que había encontrado escondida debajo. Al principio había pensado que
era negro, pero en realidad eran sombras de azules oscuros y grises. La envolvió
alrededor de ella en una manera romana, atándola en un hombro y guardándola
en su lugar con uno de los fajas de plata que llevaba alrededor de su cintura.

Cuando Sir Alex entró en la tienda unos minutos después, sin embargo, parecía
tan sorprendido al verla en ella, que se preguntó si había hecho algo mal.

Una vez que pasó su sorpresa, sonrió.

-Veo que habéis encontrado ropa limpia.

Rosalin se ruborizó:- Cuando pedí el baño, olvidé que no tenía nada limpio para
cambiarme -tampoco se había quitado su propia ropa por primera vez en años sin
alguna criada, pero no quería menciona eso-. ¿Creéis que le importará?

Sir Alex le dirigió una larga y firme mirada.

-Si lo hace, decidle que os he dicho que podéis usar la mía -por alguna razón, la
idea le dirvetía-. Siento molestaros, sólo he venido a buscar algunas cosas –
sonrió-. Pero estáis sentada en ellas.

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Àriel x

Ella jadeó, saltando de su baúl:- Soy yo quien debería disculparse por


desplazaros de vuestra... um... habitación.
Fingió no notar su vergüenza por dormir en su cama.

-Es un lugar para dormir, nada más. Mientras Douglas no ronque demasiado
cuando regrese, no notaré la diferencia -su expresión cambió a preocupación-.
¿Estáis bien?

-Por lo que se puede esperar.

-Él no... -su voz se apagó un poco, como si estuviera buscando las palabras
correctas-.

¿Os ha herido?

El calor se arrastraba por sus mejillas, adivinando lo que él sospechaba. ¿Era eso
lo que todos sospechaban? ¿Pensaban todos que se había entregado a él para
dejar escapar a su sobrino? No, no podían. Pero Sir Alex debió de percibir algo y
adivinarlo.

-Estoy bien -dijo firmemente-. Vuestro amigo está enfadado porque mi sobrino
fue capaz de escapar, pero no, no me ha hecho daño. De ninguna manera -añadió
con sentido-. Estoy exactamente como cuando llegué -aunque tal vez, un poco
más sabia.

Sir Alex asintió.

-Me alegra oír eso. Vuestra inventiva nos tomó por sorpresa. No estoy seguro de
haber podido salir por esa ventana -negó con la cabeza-. Nunca he visto a Boyd
tan enfadado

–sonrió-. Incluso conmigo. Y aparte de vuestro hermano, dudo que haya alguien
que lo enfade más.

-Pero sois amigos. ¿Por qué estaría enfadado con vos?

-He cometido el pecado imperdonable, la única cosa que nunca se puede


perdonar.

-¿El qué?

-Nací en Inglaterra -dijo secamente.


-Pero ¿no están vuestras tierras en Escocia?

-La mayoría lo están ahora, aunque mi hermano tenía tierras en Cumberland y

Northumberland. He sido criado en Escocia y he luchado por el lado escocés por


cada batalla de la guerra, pero no importa. A los ojos de Boyd, siempre seré
inglés. No creo que Wallace haya odiado a vuestros compatriotas tanto como él.
No sin motivo, tal vez, pero lo ciega. Nunca confiará completamente en un
inglés.

Sostuvo su mirada, y ella supo que la estaba advirtiendo. Ella asintió, diciéndole
que lo entendía. Lo había sentido ella misma.

Debió haber visto algo en su expresión.

-No os preocupéis, muchacha, no será mucho más. Un mensajero ha sido


enviado a vuestro hermano. Dentro de unos días, todo esto será pasado.

Con un esfuerzo considerable, Robbie se arrastró fuera del suelo lleno de


agujeros del Salón, donde finalmente había encontrado sueño en las primeras
horas de la noche, y se aventuró en la mañana (o la media mañana) la luz del día.
La luz del sol se le clavó en el cráneo como un hacha de guerra. Su estómago,
que podía aguantar incluso las peores

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Àriel x

tormentas de la birlinn de Halcón, se lanzó peligrosamente, amenazando con


recordarle que la última copa de whisky probablemente había sido una mala
idea.

En realidad, las cinco últimas copas de whisky probablemente habían sido una
mala idea.

Como cualquier escocés que valía la pena, Robbie disfrutaba de su uisge beatha.
Pero no recordaba haberlo disfrutado tanto. O con tal propósito. Si fuera un
hombre más débil, podría incluso pensar que había estado tratando de ahogar su
culpa en la bebida.
Pero no tenía ninguna razón para sentirse culpable. Rosalin Clifford merecía su
ira. Se merecía mucho más después de lo que había hecho.

¿Así que la había amenazado con hacerla su puta? ¿Así que había sorprendido a
la dama inglesa con la sugerencia cruda de chupar su polla? ¿Y qué?

Robbie rara vez daba el primer golpe, pero si alguien lo golpeaba, estaba seguro
de que el infierno iba a golpear de nuevo. No giraba la otra mejilla. Ojo por ojo,
diente por un diente, esa era su religión. Él estaba haciendo lo único que sabía
hacer: pelear sin piedad cuando estaba agraviado. Los ingleses habían aprendido
eso de la manera más dura.

Como no podía usar sus puños ni su espada con ella, estaba usando la única arma
que le quedaba: sus palabras.

Todavía no podía creer que dejara que una mujer lo hubiera engañado así. No era
presa de las estratagemas femeninas o de las artimañas. Se había considerado
inmune a tales debilidades. Indestructible. Maldita sea, incluso había notado que
algo andaba mal, pero lo único que había tenido que hacer era tocarlo y mirarlo
con esa boca de

arrepentimiento. Había perdido el control.

Por supuesto que ella sabía lo que estaba haciendo...

Pero, ¿y si no lo hubiera hecho? ¿Y si sólo estuviera siendo un asno? Ella había


picado su orgullo, y se preguntó cuánto de su ira era realmente porque había
logrado ayudar a su sobrino a escapar bajo su mando.

Él juró y se pasó los dedos por el pelo, la nariz arrugada como el hedor de las
fiestas de la noche anterior y los días de dura cabalgada fuera de su piel.

Necesitaba un buen remojón en la ensenada. Tal vez borraría algo de la niebla de


su cabeza. La suciedad de su temperamento, sospechaba, no sería tan fácilmente
lavada.

Con un poco más de vigor, dobló la esquina del pasillo en el camino hacia su
tienda y se detuvo de repente.

¡Infierno sangriento! Apretó los puños a los costados. Le había dicho a Seton
que se mantuviera alejado de ella. Pero allí estaba su compañero, bajando por
debajo de las alas de la tienda con una amplia sonrisa en la cara. Silbando, a
menos que Robbie se equivocara, mientras se paseaba hacia la siguiente tienda.

Nubes negras oscurecieron el mal humor de Robbie. Nubes de tormenta negras.


Se dirigió hacia su tienda. Se ocuparía más tarde de Seton, después de enterarse
de lo que estaba pasando. Pero si pensaba que iba a engañar a su compañero
como si pudiera...

Él se detuvo. Los huesos de Dios, ¿era eso lo que estaba haciendo? ¿Era por eso
que Seton parecía tan feliz y relajado?

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Robbie no podía pensar. Apenas podía respirar. Su corazón le estaba


martilleando en la cabeza, haciendo que su mente estuviera fuera de control. Iain
Douglas comenzó a decir algo, pero cerró la boca con fuerza, obviamente
pensándolo mejor.

Robbie pasó junto a los dos guerreros, empujó entre las solapas y se preparó para
encontrar lo que pudiera encontrar.

Su estómago le golpeó cuando la vio. No había nada en su apariencia para


contradecir sus sospechas. De hecho, fue todo lo contrario. Estaba sentada en la
cama de Seton peinándose el pelo largo y húmedo, con las mejillas todavía
enrojecidas por su baño...

¡Cristo, llevaba la tela escocesa que llevaba en las misiones de la Guardia de los
Highlanders y, a menos que se equivocara, una de sus túnicas!

Cuando entró, levantó la vista con un jadeo de sorpresa. Sus ojos la encontraron
cautelosamente. Ignoró la puñalada de conciencia. Y de culpa.

-¿Qué estaba haciendo Seton aquí?

Su voz se hizo más fuerte y furiosa de lo que había pensado, y más acusadora.
Sus ojos se abrieron y luego se estrecharon con un destello de travesura.
-¿Qué creéis que estaba haciendo? -preguntó ella con un movimiento de la
cabeza-.

Necesitaba ayuda con mi baño.

Cruzó la tienda en dos zancadas y la levantó contra él.

-¿Creéis que es una broma, mi lady? Os aseguro que no lo es. ¿Qué hicisteis,
llevar vuestra ‘oferta’ a Seton? ¿Es más amable que yo?

Rosalin se volvió con disgusto:- Sois un tonto. Y celoso. Si queréis saberlo,


estaba aquí para traer algunos artículos, presumiblemente, para bañarse al igual
que yo -arrugó la nariz-. Podríais considerar hacer lo mismo. Lleváis el hedor de
vuestra celebración.

Su fría compostura ronroneaba contra sus nervios ya quemados como alcohol en


una herida abierta. Robbie miró hacia el baño, una idea peligrosa tomando
forma. Dio un paso atrás, una lenta sonrisa curvando su boca.

-¡Qué idea más brillante!

Se quitó la cofia de correo -la única concesión que hizo hacia el correo pesado- y
la tiró sobre su cama. Luego vino el grueso cotun de cuero. Había estado tan
ansioso por salir de allí la noche anterior, que ni siquiera se había tomado el
tiempo de quitarse su armadura. Cuando llegó a la camisa de lino, sus ojos eran
dos lunas llenas.

-¿Qué estáis haciendo?

-Lo que sugeristeis -terminó de tirar de la camisa sobre su cabeza y la arrojó


encima de las otras ropas-. Darme un baño. Sería una vergüenza desperdiciar el
agua.

Ella contuvo la respiración, tomando cada centímetro de su pecho desnudo. Sus


músculos se tensaron por sí mismos, una reacción natural a ser el receptor de
tanto estudio. Mirar fijamente lo estaba poniendo suavemente. Atragantándose
mejor dicho.

Y a pesar de su ira, se sintió caliente bajo tanta apreciación femenina.


¿Estaba jodido? No era una apreciación femenina, era su apreciación. Nunca
había querido flexionarse y pavonearse como un maldito pavo real en su vida.
Sólo cuando

Mónica McCarty Ariete

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empezó con los lazos con sus zapatos, apartó los ojos. El delicado rubor que
había enrojecido sus mejillas se puso pálido.

-¿Conmigo aquí? -se quedó boquiabierta-. No podéis.

-Os aseguro que puedo. Y me vais a ayudar.

-¿Qué queréis decir con ayudar?

-Habría pensado que estarías familiarizado con la tradición de que la señora del
castillo lava a sus invitados importantes.

-Esa es una tradición anticuada. Nadie hace eso ya.

Sus ojos sostuvieron los suyos:- En Escocia estamos un poco atrasados, como
estoy seguro de que vuestro hermano os ha contado.

No protestó más, porque en ese momento estaba en sus partes menores. Y con un
rápido tirón de los lazos, aquellos se habían ido también, estaba desnudo ante
ella.

Se quedó inmóvil. Excepto por sus ojos, que definitivamente se movían. Sí, era
muy consciente del lento movimiento de su mirada bajando. Era casi como si sus
ojos lo estuvieran tocando, acariciándolo, chamuscando un rastro de fuego en su
piel, en su pecho, en cada banda de músculo del estómago, en el estrecho
sendero de cabellos oscuros que...

Sus ojos se abrieron de par en par cuando lo vio. Todo él. Y pasó algún tiempo.

Las impresiones rojas de la palma mancharon sus mejillas, pero no miró lejos.
La sensualidad latente de su mirada, la curiosidad descarada de una virgen, le
llenaron de calor. Empezó a hincharse y engrosarse, pero se hundió en el baño
frío antes de que hubiera llegado a un ascenso completo.

La bañera era lo suficientemente grande para que pudiera sumergir su cabeza. Se


levantó, el cabello recogido hacia atrás, y se sentió mejor. Sentándose de nuevo,
se arrojó los brazos sobre el borde de la bañera como un sultán de Outremer y la
miró.

Parecía estar congelada en su lugar, mirándolo como si no pudiera creer lo que


acababa de hacer y no sabía si debía mirar o alejarse. Miró, y parecía
particularmente fascinada con los riachuelos de agua que fluían por sus brazos y
su pecho.

El agua fría no era suficiente para impedir que se endureciera. Si no estuviera tan
enfadado, podría haber debatido la sabiduría de presionar esto más lejos. Pero
todavía lo estaba, lo suficiente como para jugar con fuego.

Boyd arqueó una ceja:- ¿Bien? ¿Vais a buscar el jabón? Hay un paño para lavar
en el baúl -sus ojos examinaron su ropa. Maldición, tendría que ser más
cuidadoso si no quería que descubriera su papel en la Guardia de los
Highlanders-, lo que ya debes saber.

Ella vaciló, y pudo ver su indecisión.

Nunca había esperado que lo hiciera. Pensó que se negaría y le diría que se fuera
al infierno.

Debería haberlo sabido mejor. Era una Clifford. Tenía un orgullo más terco que
el sentido común, no se retractaría de un desafío. Maldito infierno, ¿cómo las
cosas que odiaba en su hermano, en ella lo admiraba?

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Con los dientes apretados y los ojos entrecerrados con determinación, se acercó
al baúl para ir a buscar el paño, y luego a la mesa donde había dejado el jabón.
Se arrodilló al lado de la bañera, hundió la mano en el agua (demasiado
condenadamente cerca de una parte de él que le dolía por la –ausencia de-
atención) para humedecer el paño, y después de un vigoroso frotamiento del
jabón, procedió a atacar su piel con un vigoroso fregar. Su pecho se sentía
repentinamente como las rocas que la lavandera golpeaba contra la ropa.

Ella empezó a frotar su brazo.

-Estas marcas no saldrán.

-Es un tatuaje -uno que probablemente debería haber intentado esconder.

-De un león desenfrenado, y... -se acercó, examinándolo con los ojos
entrecerrados. -

¿Es una telaraña? ¿Y qué significa Confido?

-Es una referencia a la lealtad de mi clan hacia la causa escocesa. Está grabado
en mi espada también.

-¿Entonces estas son referencias a vuestro clan?

Por así decirlo. La Guardia de los Highlanders eran sus hermanos. El león
desenfrenado y el "torque" de la telaraña alrededor de su brazo eran la marca que
los unía.

Originalmente se pensaba como un medio de identificación para que surgiera la


necesidad (como podría haberlo hecho cuando Arthur "Ranger" Campbell fue
enviado a espiar en el campo inglés), pero el conocimiento de la marca,
lamentablemente, había caído en manos enemigas con la Muerte de William
Gordon. Esperaba que nunca lo mencionaran a sus compañeros. No de nuevo.

-Sí -no queriendo más preguntas, añadió-. Estáis parada.

Dándose cuenta de que estaba mirando, sus mejillas se calentaron, y reanudó su


fregado.

No había nada sensual en su tacto, nada erótico, pero aún así, le afectaba.
Infierno,

"afectado" era decirlo suavemente. Sólo la idea de sus manos sobre él lo estaba
volviendo loco. No era la primera vez que una mujer lo bañaba, pero era la
primera vez que lo había sentido tan dolorosamente.
Pensad en Inglaterra, se dijo. Inclinó la cabeza, cerró los ojos y trató de
concentrarse en todo lo que odiaba por el enemigo por el que había estado
luchando durante casi la mitad de su vida. Sus reyes, su pomposa superioridad,
su hipocresía caballeresca, su traición, sus malditos acentos irritantes...

Pero no estaba ayudando. Cerrando los ojos sólo hizo que sus otros sentidos
trabajaran más. Podía oler su calor, el aroma fresco del jabón de brezo, la menta
en su aliento, la presión de cada uno de sus dedos suaves y delgados en su piel.

Cristo. Casi gimió.

Abrió los ojos. Su dorada cabeza se inclinó hacia delante mientras se ponía la
tela sobre su estómago, peligrosamente cerca de la pesada cabeza de su polla,
que se cernía justo debajo del borde del agua.

Estaba a punto de poner fin a ella, cuando Rosalin levantó su mirada a la suya.
Una mirada más cercana de lo que le hubiera gustado.

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Àriel x

-¿Esto os complace, mi señor? -se burló ella con una sonrisa astuta-. Me temo
que no tengo mucha experiencia en bañar a los hombres. Pero no es muy
diferente de lavar un cerdo antes del mercado.

Robbie estaba jugando un partido peligroso y lo sabía. El calor que brotaba entre
ellos apenas había alcanzado unos pocos grados. Pero el comentario del cerdo
había llegado demasiado cerca y exigió represalias.

-Creo que olvidasteis una parte del brazo.

Sus ojos se sostuvieron. Podía ver el resplandor verde de la genialidad y pensó


que había ganado. Pero entonces su boca frunció, y ella deslizó el paño
nuevamente en el agua con renovada determinación.

Sabía el momento exacto en que había cometido un error. Sus movimientos se

ralentizaron, y su mano suavemente comenzó a deslizar el paño sobre el bulto


del músculo en una suave caricia. Observó cómo su aliento se enganchó y luego
se aceleró.

Cuando sus labios se separaron y la mirada de sus ojos se suavizó con la


excitación.

Sus ojos se encontraron, y toda la ira que había comenzado este peligroso juego
se desvaneció. Un tipo diferente de tensión ahora se rompió entre ellos. Su
corazón hizo un golpe violento en su pecho. Un golpe de conciencia. Un golpe
de pregunta. Un golpe de expectativa.

Con la ira despojada, se sintió desnudo. Más desnudo de lo que se había sentido
cuando se había desnudado frente a ella. No se podía esconder lo mucho que la
deseaba. No ocultando lo mucho que lo afectaba. No esconder que la atracción
entre ellos era tan fuerte ni siquiera él podría luchar contra ella.

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Capítulo 12

Rosalin sabía que estaba en problemas.

Por un tiempo estaba tan furiosa, que era capaz de mantener su mente fuera de
las partes del cuerpo -magníficas partes del cuerpo- que estaba lavando. El
estómago que parecía haber sido forjado de acero como el pectoral de un
centurión, cada banda de músculos estriados martillaba con perfecta precisión;
Los hombros anchos, el pecho sólido, la cintura estrecha, los brazos que se
abultaron gruesos y pesados con el músculo. No había ni una onza de carne de
repuesto sobre él; cada centímetro del cuerpo de su guerrero había sido afinado y
preparado para la batalla.

El hombre más fuerte de Escocia. Sí, ciertamente parecía el papel. Temía que
ningún otro hombre se comparase a él. La había arruinado... si no de hecho,
entonces de todas las maneras que importaban.

Y luego estaba esa otra parte de él. La gruesa y larga columna de su virilidad que
debería haberla hecho girar y correr.

No era el primer hombre desnudo que había visto jamás: había poca privacidad
incluso en los castillos más grandes y lujosos, pero era de lejos el más
impresionante. Y era el único que había querido mirarlo. El único que había
querido explorar con sus manos...

su boca. Un rubor se elevó hasta sus mejillas mientras pensaba en su burla la


noche anterior.

Cuando levantó la cabeza para verlo observándola, todo pareció cambiar. Ambos
lo sabían. Era como si el rugido de la batalla, el estruendo de las espadas, la
tempestad de las voluntades repentinamente se callaran. En su lugar estaba el
crepitar de la conciencia, el magnetismo de la atracción, y el martilleo de la
lujuria se elevó a un crescendo ensordecedor.

No había pretensiones de indiferencia. No la miraba con desconfianza. No


pensaba en ella como el enemigo o como la hermana de Clifford. La miraba
como si la quisiera.

Como si fuera lo único que le importara.

Su mano se había deslizado hasta su estómago sin siquiera ser consciente de ello.
Pero lo era. La línea de músculos en su estómago se cerró. Su respiración era
superficial, casi dolorosa. Sus ojos azules la miraban como uno de sus halcones.

Quería algo de ella, pero no sabía qué. Entonces sus caderas se levantaron
ligeramente, y comprendió. Quería que lo tocara. Sus ojos se sostuvieron. Se
sentía empujada por la indecisión, su corazón se tambaleaba en un precipicio.
Fue un momento de decisión. El punto de no retorno.

Pero no podía seguir adelante sin saberlo.

-¿Ella...os hizo…? -las palabras se le atragantaban. Pero tenía que saber si había
hecho lo que había dicho que iba a hacer con la mujer de pelo oscuro... Deirdre,
la había llamado.

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Àriel x

No dijo nada durante un largo momento. Casi parecía como si quisiera mentir,
como si supiera que lo que dijera sería importante. Si él decía que sí, habría
terminado. Habría encontrado la fuerza para levantarse y alejarse de él. Habría
sabido que no le importaba.

Pero él le dijo la verdad.

-No, Rosalin -dijo en voz baja y suave-. No lo hizo.

Su corazón pareció crecer demasiado grande para su pecho. Sin dudarlo más,
Rosalin bajó la mano.

Los músculos de Robbie se apretaron mientras esperaba el momento del


contacto, por el primer movimiento tentativo de su mano. La anticipación fue
casi tan dulce como-

¡Cristo! Su mano rozó la pesada punta, y casi saltó. Gimió cuando la sensación
explotó de cada terminación nerviosa. ¡Infierno! No había nada tan dulce como
la sensación de su mano tocándolo. Y cuando lo cubrió con la palma de su
mano... dio gracias a todos los dioses de los que había oído hablar, así como oró
a unos pocos sin nombre por su fuerza. Conteniendo el placer, tuvo que luchar
contra el impulso empujarla.

Una pelea que casi perdió cuando comenzó a explorarlo, pasando su mano por su
longitud dura como una roca en una suave caricia, acariciándolo como si fuera
una bestia salvaje. Una analogía que no estaba tan lejos de la marca en este
momento.

Se sentía tan bien que no podía soportarlo. Los tímidos y voraces golpes se
mostraban más excitantes que los más practicados. Su inocente curiosidad
amenazó con

desmancharlo.

-Oh Dios, cariño, me estás matando –‘cariño’ se deslizó de su lengua tan


fácilmente, era difícil de creer que nunca había usado esa palabra antes.

Sus ojos se encontraron, y sonrió tímidamente. Sintió algo atascándose en su


pecho.

Algo grande y poderoso e importante. Algo que debió haberle dado una pausa,
pero en su lugar sólo le hizo sentir...
Mierda, maldijo, reconociendo el sentimiento. Se sentía feliz. Había pasado tanto
tiempo, que casi había olvidado lo que se sentía.

-Dime qué hacer -dijo.

No sabía si podría; Cada músculo de su cuerpo estaba muy apretado. Diablos,


podría haber rebotado piedras en el culo y el estómago.

-Haz círculos con la mano -se las arregló con los dientes apretados, agarrando el
borde de la bañera para agarrarse.

Sus nudillos se pusieron blancos.

Él gimió, saltando en su agarre en la primera presión de sus dedos que se


cerraban alrededor de él. La sangre palpitaba, o no, explotaba a través de sus
venas. Podía haber llorado, la ráfaga de placer era tan intensa que, de haber
estado de pie, lo habría hecho arrodillarse.

-No puedo -dijo ella-. Sois demasiado grande.

Su tono descontento le habría hecho reír si no estuviera tan concentrado en tratar


de no explotar.

Mónica McCarty Ariete

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-Apretad un poco. No voy a romperme.

Aún no... eso esperaba.

Hizo lo que le había ordenado, y casi perdió el control allí mismo, mientras la
sensación le atravesaba la columna vertebral, recogiéndose en la base y
martillando tan fuerte que le dolía simplemente retenerlo.

Esto no iba a durar mucho tiempo.

-Acaríciame, cariño -susurró, cubriendo su mano con la suya para mostrarle


cómo.

Dios, acaríciame.
Y ella lo hizo. Muy efectivamente.

La suave presión de sus dedos suaves y delgados a su alrededor, apretando,


ordeñando, era demasiado perfecta. La presión era demasiado intensa. Unas
cuantas más, y no podría retenerlo más tiempo.

-Eso es todo, amor. Oh Dios, sí, ahí mismo... Voy a...

Debería haber cerrado los ojos y echado la cabeza hacia atrás. Normalmente, eso
era exactamente lo que él habría hecho. Pero quería ver su rostro. No quería
perderse un maldito minuto de su introducción al mundo de la pasión.

Sus ojos se encontraron y se sostuvieron justo en el momento en que ella lo llevó


al pico de placer. Cuando estaba más débil. Cuando no podía luchar contra ella,
aunque quisiera hacerlo.

Un grito de placer se desgarró de sus pulmones. Se puso rígido. No podía


apartarse, ni siquiera cuando los espasmos lo azotaron y empezó a correrse. No,
especialmente no entonces. El placer que apretaba de su cuerpo parecía
intensificado, afilado de algún modo por la conexión. Por una cercanía que
nunca había sentido antes. Por los tiernos sentimientos que le apretaban el pecho.

Por primera vez en su vida cuando Robbie tomó su liberación, no era la suya
sino compartida con otra persona, y la experiencia era diferente a cualquiera. Era
más grande, más potente y más significativo. El momento era demasiado
conmovedor y la mirada intercambiada entre ellos era demasiado significativa.

La dejó entrar, y cuando terminó, y la realidad de lo que había hecho finalmente


lo golpeó, no sabía cómo parar.

Inclinó la cabeza y juró, furioso consigo mismo.

Decidme que no hice eso. Decidme que la hermana de Clifford no me hizo


correrme en la mano.

Pero lo había hecho y, al hacerlo, la había dejado caer bajo su guardia. Le hizo
saber que había enviado a su amante lejos, que no había deseado otra mujer. Solo
a ella. Y

como con la caja de Pandora, temía lo que ese reconocimiento les haría a ambos.
Miró hacia arriba. Se había sentado un poco de la bañera y todavía estaba de
rodillas, mirándolo con incertidumbre.

Él sostuvo su mirada fija y dijo:

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-Supongo que estamos en paz ahora.

Le tomó un momento comprender lo que quería decir. Cuando lo hizo, se


estremeció como si la hubiera abofeteado. La mirada de dolor en su rostro fue
tan aguda que tuvo que alejarse para no ceder a la urgencia de envolverla entre
sus brazos.

Fingiendo no sentir sus ojos en él, se levantó de la bañera, se acercó a su baúl, se


secó y se puso una túnica de lino fresco y pantalones de cuero con una eficiencia
fresca que no sentía. Cuando terminó, había recuperado la compostura suficiente
como para

enfrentarla. Se había vuelto a sentar en el borde de la cama de Seton, pero


todavía lo observaba.

-No merezco esto -dijo en voz baja, la condena en sus hermosos ojos verdes que
no le daban ni un cuarto-. Si queréis que os odie y que piense que sois tan frío e
insensible como parecéis, estáis haciendo un buen trabajo.

Por primera vez en su vida, Robbie tuvo ganas de retorcerse. Ella tenía razón.
No lo había merecido. Se arrastró los dedos por el húmedo pelo con frustración.
Finalmente, se enderezó y la miró de frente.

-Sería mejor para nosotros si lo hicierais.

Ella lo miró con incredulidad:- ¿Lo decís en serio? ¿Creéis que estaré mejor si
decís malas cosas para que os odie? Esa es la cosa más ridícula que he
escuchado. De todos los equivocados... -sus ojos brillaron furiosamente,
mientras ella parpadeaba hacia él.

>- ¡Vos, bestia arrogante! ¿Hacéis esto con todas vuestras mujeres para que no se
enamoren de vos, o soy yo la única que necesita tal protección de vuestros
encantos abrumadores? Bueno, no necesitáis tratar de protegerme de mí misma.
Soy

completamente capaz de disgustarle a todos por mi cuenta.

Ahora, se sentía como un cabrón. Tenía razón, pero sólo parcialmente. No sólo a
ella estaba tratando de proteger.

-¿Qué queréis que haga, Rosalin? Sabéis tan bien como yo que nada bueno
puede venir de esto. Sois mi rehén, seguro de la tregua de tu hermano y de buena
fe.

-Eso no significa que debamos ser enemigos. ¿No podemos ser civiles el uno con
el otro? Erais lo bastante amable con Roger, ¿no podéis tratarme igual?

¿Como un muchacho de trece años? Dios, ella era joven.

-No sé si eso es posible.

-¿Por qué? ¿Tanto me despreciáis?

La mirada de decepción en su rostro le hizo hablar más bruscamente de lo que él


podría haber.

-No, os deseo demasiado.

Su honestidad pareció sorprenderla, y luego -indeñablemente- la agradó. Una


lenta sonrisa curvó sus labios y un suave color rosa se extendió por sus mejillas.
Se veía lo suficientemente dulce como para comérsela. ¡Y Dios, quería
devorarla, lo que sólo probó su maldito punto!

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Ella inclinó la cabeza hacia un lado.

-¿Nunca habéis sido amable con una mujer que deseabais antes?

Nunca había querido a una mujer como a ella, pero pensó que era mejor no
mencionar eso.

-No.

-¿Por qué no?

Se encogió de hombros:- Las mujeres son para... -no terminó, adivinando que
Rosalin no apreciaría lo que estaba a punto de decir.

Sin embargo, su boca se frunció, sugiriendo que lo había adivinado.

-Las mujeres son para el dormitorio, ¿verdad? ¿Pero no vale la pena vuestro
tiempo para otra cosa?

Eso era lo esencial, pero no había sonado tan mal cuando lo pensó.

Hizo un sonido agudo y violento y murmuró algo acerca de unas brujas mimadas
y demasiado guapas para su propio bien que casi le hacían sonreír. Ella caminó
hacia donde estaba junto a su cama y puso sus manos en sus caderas.

-Bueno, si no es demasiado problema, quiero que lo intentéis -la miró y quiso


tirar de ella en sus brazos tanto, que sus músculos le dolían por resistirse-.
¿Podéis hacer eso? -

preguntó.

¿Cuando todo lo que tenía que hacer era aspirar su olor y él quería tirarla en la
cama detrás de ellos?

-No sé si soy lo suficientemente fuerte."

Un rincón de su boca se alzó en una sonrisa irónica:- por lo que he visto, sois
muy fuerte.

Él le dirigió una mirada aguda. Chica traviesa. No era eso lo que quería decir. Y
no iba a ayudar a su moderación.

-No cuando se trata de ti. No podemos... -se detuvo, tratando de pensar en una
manera de decirlo con menos crudeza-. No debí haberos tocado de la manera en
que lo hice o dejaros tocarme como lo hicisteis. Es peligroso. La próxima vez,
no podré parar. No parezco tener mucho control cuando se trata de ti. Tampoco
quiero darle a vuestro hermano una razón para matarme

Ella se estremeció, pero si era por miedo o algo más, no quería adivinarlo.

-¿Eso significa que no lo intentaréis?

Parecía tan desanimada, que no podía negarse:- Lo intentaré -dijo, aunque


sospechaba que aquello lo iba a matar.

La amplia sonrisa que iluminó su rostro le hizo reconsiderarlo. No sospechaba


nada; Ya lo estaba matando.

-Tregua -dijo, extendiendo su mano.

A regañadientes, él apretó su suave mano en la suya:- Tregua -repitió.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Robbie tenía una tregua con un Clifford, aunque se preguntaba cuánto le iba a
costar ésta.

Capítulo 13

Rosalin lo vio poco en los próximos dos días. Aparentemente, la idea de Robbie
de una tregua era tener el tiempo suficiente para coger algo de ropa, murmurar
unas palabras y luego desaparecer. Él durmió en la tienda con ella, pero esperó
hasta después de que estuviera dormida para entrar y despertarse antes de que
estuviera despierta para marchar.

En el medio, trató de mantenerse ocupada y hacer lo que podía (sin mucho éxito)
para no perecer de aburrimiento. Durante las largas horas solas, con sólo sus no
muy amigos guardias de Douglas para el intercambio brusco de palabras que
pasaban como

"conversación" (probablemente pensaron que algo estaba mal con ella, ya que
pedía ir al privado tan a menudo sólo para ir Fuera), Rosalin estaba considerando
seriamente el motín. O, como no estaban en un barco, una rebelión.
El primer día, ella había atendido a su persona y su ropa muy maltratada. Se
había peinado el cabello hasta que estuviera libre de todo nudo y enredos y cayó
alrededor de sus hombros en largas olas trémulas, y golpeó rozando sus batas de
lana hasta que estuvieron libres de la mayor parte de la suciedad. Sin embargo,
todavía olía a humo, así que le preguntó a uno de los guerreros duros de Douglas
(Rosalin había aprendido sus nombres, al menos: Iain y Archie) para que le
trajeran un poco de brezo seco y llenó los vestidos con él. A la mañana siguiente
su camisa estaba completamente seca y sus vestidos olían lo suficientemente
bien como para volverlos a usar.

Nunca había limpiado en su vida, pero al segundo día, había limpiado todas las
superficies, había arreglado todos los muebles y practicado hacer las camas
suficientes veces para rivalizar con cualquiera de las criadas en el Palacio de
Whitehall. Había mezclado incluso en algunos de los brezales secos con los
juncos para aclarar el olor de la turba que parecía permanecer en todo.

Mientras que guardaba la ropa de cama y la tela escocesa que había cogido
prestada, Rosalin decidió echar un vistazo al resto del baúl. Normalmente ella no
sería tan entrometida, ni mostraría ninguna falta de respeto por la privacidad de
alguien, pero en realidad, era culpa de Robbie. Si no iba a contarle sobre sí
mismo, entonces tendría que ver lo que podía averiguar por su cuenta.

Nunca lejos de su mente estaba su admisión que se sentía más como una
confesión: No sé si soy lo suficientemente fuerte.

Sabía que lo había querido decir como una advertencia... y había sido bien
acogida.

Tenía razón: su hermano lo mataría. Pero la idea de que podía debilitarlo la


calentó tanto y envió un poco-bueno, no tan poco-emoción a través de ella.
También provocó un impulso en ella para cavar más profundo, para ver si tal vez
significaba algo más. El destino los había vuelto a juntar, y no pudo evitar pensar
que era por una razón.

No sabía lo que esperaba encontrar, tal vez algunos recuerdos: una ramita de
flores secas o un mechón de pelo de un amor pasado, un broche o un anillo, algo
que daba a entender a su pasado, pero ese no era el tesoro Descubrió cuando
busco a través de la pila de ropa de cama cuidadosamente doblada, ropa y
armadura, hasta el fondo del baúl.
Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Uno por uno, Rosalin sacó unas hojas encuadernadas en cuero después de otros.
Había siete en total, la mayoría conteniendo múltiples obras. Era una pequeña
fortuna en manuscritos que iban desde Sócrates y Platón hasta Agustín y la obra
relativamente nueva del Padre Tomás de Aquino, de quien se hablaba de hacer
un santo. Eran obras eruditas que no pertenecían al cofre de guerra de un...
bárbaro. ¡Bendito Dios, podría rivalizar con su hermano en sus enseñanzas
filosóficas!

También había algunas historias. Ella cogió uno de los volúmenes, titulado
Historia Romana, por alguien llamado Appian de Alejandría. Buscó a través de
los gruesos trozos de pergamino, escudriñando las palabras cuidadosamente
escritas en latín.

Recogiendo otra, se sorprendió al ver que estaba escrito en griego.

¿Robbie realmente leía esto? Si las ataduras bien gastadas eran una indicación,
parecía que lo hacía-con bastante frecuencia.

Estaba tan fascinada por su descubrimiento que no lo oyó entrar hasta que estaba
justo detrás de ella.

-¿Qué estáis haciendo?

Rosalin levantó la vista culpándose de su posición de piernas cruzadas en el


suelo ante su baúl. Era bastante obvio lo que estaba haciendo, y su ceño oscuro
reflejaba ese conocimiento, pero respondió de todos modos.

-Me aburría.

Sus ojos se estrecharon:- ¿Así que decidisteis revisar mis pertenencias?

-Estaba guardando la túnica y la tela escocesa que tomé prestada y los encontré.

Él le dirigió una mirada que sugería que sabía lo contrario. Miró alrededor de la
tienda, notando los cambios que había hecho.
-No sois una sirvienta, Rosalin.

-No, yo soy un rehén -dijo ella con descaro. Al ver su ceño fruncido, añadió

rápidamente-. Era algo que había que hacer.

Ignoró su sugerencia:- Sí, bueno, sólo aseguraos de dejárselo claro a vuestro


hermano cuando volváis con las manos callosas.

Cogió uno de los libros y empezó a voltearlo otra vez.

-¿Por qué querríais ocultar esto? Son maravillosos.

-No estoy escondiendo nada. Me hubiera gustado que me hubierais preguntado


primero.

-Lo que yo habría hecho si hubierais estado aquí. Pero como me habéis evitado
desde hace algún tiempo...

-No os he estado evitando. He estado ocupado.

Ella parpadeó inocentemente:- ¿No es cierto? Hmm. Debéis estar muy ocupado
si no podéis retiraros hasta después de la medianoche y despertar antes del
amanecer -pudo ver su temperamento arder, y decidió cambiar de tema antes de
empezar a reírse. El bromear con él era sorprendentemente divertido.
Sosteniendo el código que había estado hojeando, preguntó:

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-¿De verdad leéis griego?

-Sí, un poco -prácticamente se lo arrebató de su mano-. Tened cuidado con eso.


Es un raro manuscrito parcial de la historia romana de Polibio.

Ella arrugó la nariz:- Nunca he oído hablar de él.

Colocó cuidadosamente el libro en el baúl y comenzó a recoger los demás para


hacer lo mismo.
-Sí, bueno, dudo que muchas muchachas estén bien versadas en la historia
militar.

-Y dudo que muchos guerreros escoceses estén bien versados en la filosofía


griega y antigua.

-Os sorprenderíais -dijo secamente-. No todos somos bárbaros -se apartó para no
verla sonrojarse. ¿Cómo había adivinado que había tenido ese pensamiento
exacto?-. Incluso tenemos escuelas en Escocia, igual que en Inglaterra.

Ignoró el sarcasmo, concentrándose en lo que había dicho y la oportunidad de


aprender más sobre él. Se levantó del suelo, sacudió las faldas y se dejó caer en
el taburete cerca.

-¿Así que fuisteis a la escuela cuando erais más joven?

Había colocado todos los libros y parecía estar buscando algo en su baúl. Pero se
tomó el tiempo para dispararle una mirada que decía que sabía lo que estaba
haciendo.

-Sí. En Dundee.

-¿Está cerca de donde crecisteis?

Él suspiró y se volvió para mirarla.

-No lo está -parecía que era todo lo que tenía la intención de decir sobre el tema,
pero su decepción debió haberse notado en su expresión. Él continuó con todo el
entusiasmo de un niño al que le acababa de salir un diente-. Nací en la baronía
de mi padre de Noddsdale, cerca de Renfrew en Ayr, en la costa oeste de Escocia
y fue criado en las fronteras. Dundee está en el este de Escocia en el lado norte
del Tay. A unos treinta kilómetros al sur de Kildrummy.

-Es una gran distancia para viajar por la escuela.

-Es una escuela bien conocida, a la que asisten jóvenes lairds y jefes de toda
Escocia. El vicario que me enseñó allí, un hombre llamado William Mydford,
entre otras cosas, era un gran estratega militar. La guerra "pirata" de la que
vuestras compatriotas a menudo nos desprecian se remonta a algunos de esos
libros.
Su escepticismo debió notarse.

>-Tanto Appian como Polybius escribieron sobre Hannibal, el general cartaginés


que se considera uno de los más grandes estrategas militares de todos los
tiempos. Él era famoso no sólo por su uso de la emboscada, tierra quemada, y
coger a los romanos de guardia al cruzar los Alpes, sino también por enseñar el
temor de los romanos.

Rosalin había oído algo de Hannibal:- También se le atribuía una crueldad

indescriptible."

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Él sostuvo su mirada:- ¿Por quién? ¿Por los descendientes de los romanos, a


quienes derrotó? Incluso Polybius, griego por nacimiento pero romano por la
afiliación, admitió que como la mayoría de la gente él era probablemente bueno
y malo.

Ella sonrió:- ¿Así que fuisteis a la escuela para aprender a ser un bandido? -le
lanzó una mirada y al ver que se estaba burlando, sacudió la cabeza.

-No, yo nací sabiendo cómo hacerlo.

Escudriñó los brazos y el pecho vestidos de cuero:- Sí, no lo dudo. Parecéis


como si hubierais nacido con una espada en la mano.

-No necesitaba una espada hasta que los ingleses me pusieron una. Nunca fue mi
deseo ser un guerrero. Hubiera estado contento... -se detuvo repentinamente,
mirando a otro lado, como si los recuerdos lo hubieran alcanzado por un
momento, pero había sido capaz de mantenerlos bajo control.

Cuando se volvió hacia ella, las bromas de buen humor que habían compartido
hacía unos minutos estaban contenidas de nuevo con cautela detrás de la
decidida y sin humor de la fachada.

-Es donde aprendí a ser un ‘rebelde’. Es donde aprendí sobre la justicia -la
verdadera justicia, no la versión en inglés- la tiranía de la opresión, y los
principios de libertad que dan a Escocia y a la comunidad del reino la Antiguo
derecho y responsabilidad de ungir su propio rey y no ser gobernado por un
extranjero.

Inconscientemente, el descubrimiento de Rosalin de los libros había levantado el


espectro de todo lo que pasaba entre ellos. Las enseñanzas de estos manuscritos
habían fomentado el feroz patriotismo que le daba la determinación de luchar
por la

independencia de Escocia contra sus compatriotas.

Estaba avergonzada al darse cuenta de que nunca había pensado mucho en el


lado de los escoceses o de que pudieran tener sus cimientos en algo tan... erudito.
De hecho, eran probablemente, los mismos fundamentos filosóficos que sus
compatriotas solían justificar la guerra. Había pensado en los escoceses como
bárbaros despiadados, como bárbaros atrasados. Pero ¿y si... y si tuvieran causa
para pelear? ¿Y si ellos tuvieran justicia por su lado?

Incluso el pensamiento se sentía desleal con su hermano, por no hablar de


traición a su rey. Pero ¿cómo podía ignorar todo lo que Robbie le había contado
de lo que le había ocurrido?

Era desconcertante pensar que el enemigo no eran rebeldes incivilizados que

necesitaban ser llevados a la muerte, sino guerreros educados que luchaban por
la libertad y la justicia.

Pero ella quería saber lo que había estado a punto de decir:- ¿Con qué te
hubieras conformado?

Recuperó el objeto que había estado buscando desde su baúl y lo deslizó en el


esporrán de su cintura. Sólo había captado una rápida mirada, pero parecía una
pieza curvada de metal delgado con un mango corto.

Aunque su pregunta parecía haberle puesto incómodo, respondió.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x
-Mi hermano Duncan tenía el amor de la batalla como mi padre. Yo, me habría

contentado con cultivar nuestra tierra y criar nuestro ganado. Antes de que todo
fuera arrasado. Eso es.

Le tomó un momento procesar lo que había dicho.

-¿Queríais ser granjero? -¿Este hombre que parecía simbolizar la guerra?

Su boca se endureció, como si su incredulidad le hubiera ofendido.

-Sí. Bueno, la decisión fue arrebatada de mis manos cuando mi padre fue
asesinado por vuestros compatriotas. Salí de la escuela a los diecisiete, me uní a
los levantamientos con mi compañero de escuela y amigos de la infancia,
William Wallace, y nunca miré hacia atrás -asintió con la cabeza al baúl-. Esos
libros pertenecían a él, por cierto.

Ella palideció. ¡William Wallace, Dios mío! Muchos ingleses estaban tan
horrorizados por lo que le había sucedido como los escoceses.

-Lo siento.

-¿Por qué? No lo matasteis -lo dijo con toda naturalidad, pero ella sintió la
profunda emoción que subyacía en las palabras descuidadas.

-Tal vez no, pero lo siento por todo lo que perdisteis. La vida que describís...
Suena bien. No debería haber dicho esas cosas antes, llamándoos un matón y un
bandido. No me di cuenta... -se detuvo y lo miró-. Sé muy poco sobre la guerra o
la historia entre nuestros dos países, pero con lo que me habéis dicho, creo que
ahora comprendo por qué peleáis. ¿Tenéis un hermano?

-Sí. Duncan fue capturado después de la batalla de Methven, no mucho antes de


que fuera capturado en Kildrummy. Desafortunadamente, él no tenía un ángel de
la guarda para que lo rescatara y fue ejecutado antes de que yo pudiera
alcanzarlo.

Ella puso su mano en su brazo, su corazón se rompió por él. Su padre, su


hermana, su hermano, sus amigos más cercanos, su hogar y su futuro. No se
atrevió a preguntar por su madre.
-Lo siento mucho.

Él le miró la mano, como si nadie lo hubiera tocado con compasión como esa
antes y no sabía qué hacer con ella. Finalmente, se encogió de hombros.

-Fue hace mucho tiempo, Rosalin. Ahora, si me disculpáis, tengo un lugar donde
estar.

Ella se levantó de un salto:- ¡Esperad! -no podía dejarlo ir sin intentarlo-. Tengo
algo que preguntaros. Una rebelión propia, por así decirlo.

La miró inexpresivamente.

Se mordió el labio:- ¿Hay...se me podría permitir… -respiró hondo, exasperado y


simplemente lo dejó escapar-. Me estoy muriendo de aburrimiento aquí sin nada
que hacer. ¿Puedo permitirme alguna libertad para moverme? Dejasteis
perfectamente claro el peligro de intentar escapar.

Él le dio una larga mirada-. ¿Me daréis vuestra palabra de que no intentaréis
escapar?

¿Estaba recordando la condición similar que había hecho una vez? Repitió las
palabras que le había dicho desde la cárcel.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-¿Mi palabra es suficiente para ti?

-Lo es.

Ella sonrió:- Entonces la tenéis. Juro que no intentaré escapar mientras esté aquí.

Boyd asintió:- No os alejéis del campamento sin mí ni con uno de mis hombres.
Puede ser peligroso. Y no esperéis mucho de los que están en el campamento,
como he dicho, vuestro hermano no es un hombre popular en estas partes. No
encontraréis muchas caras amistosas.

Rosalin estaba tan emocionada por la perspectiva del aire fresco, que no le
importaba.

-¿Retiraréis a vuestros perros guardianes? He tenido suficiente de los duros


hermanos Douglas. No me gusta cómo me miran.

Dio un paso hacia ella, los músculos de sus hombros se flexionaron.

-¿Han hecho algo para ofenderos? Si os han herido...

-No, no. Nada como eso. Han asistido a su deber admirablemente según las

circunstancias. No podéis culparlos por fruncir el ceño todo el tiempo, dado que
es por mi hermano.

Se relajó, ya no parecía el Dios de la Guerra empeñado en la destrucción.

-Bueno. Mataría a cualquier hombre que intentara haceros daño.

La vehemencia de sus palabras la sobresaltó, al igual que el instinto. El instinto


primitivo de un hombre para proteger a una mujer. No, no sólo una mujer, su
mujer.

-Lo sé -dijo ella. Y ella lo hizo. Robbie Boyd la protegería con su vida. Estaba a
salvo con él.

¿Pero estaba a salvo de él? ¿Podría él protegerla de sí mismo? Cuanto más


tiempo permaneciera aquí, y cuanto más lo conocía y lo comprendía, más difícil
iba a ser salir.

Él lo consideró por un momento.

-Muy bien. Quitaré a los guardias -se alegró ante la inesperada concesión.

-Gracias.

Sus ojos se detuvieron por un breve instante, pero fue suficiente para llenar su
pecho con un extraño calor. Él le dio un breve asentimiento y se fue.

***

Robbie se estremeció cuando la hoja le cortó el cuello.


-Maldición, Malcolm, mira lo que estáis haciendo. Necesito un afeitado, no un
delirio.

El chico hizo una mueca mientras rascaba cuidadosamente la hoja en forma de


media luna a lo largo de la mandíbula de Robbie:- Lo siento, capitán. Mi
hermano es el peluquero.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Robbie pasó la mano por el área afeitada, algunos dedos volvieron con sangre.

-Sí, bueno, es bueno que sea sólo un afeitado y no una flecha en mi brazo.

El muchacho frunció el ceño:- Podríais haber esperado a que Angus regresara


con Douglas. No sé por qué estáis tan apurado, deberían estar de vuelta cualquier
día. Ya habéis tenido barba.
-Como ya os he dicho, pica -repuso Robbie, demasiado a la defensiva hasta para
sus propios oídos.

¿Qué estaba haciendo, por todos los Infiernos? El muchacho tenía razón. Estaba
acostumbrado a ser rastrojo. A él le gustaba el rastrojo. Pero no descuidado, y
cada vez que miraba a Rosalin, se sentía como el maldito bárbaro que parecía.

Ella no pertenecía aquí. Él lo sabía, y todos a su alrededor, también. Cada vez


que salía de la tienda, era como si un silencio descendiera sobre el campamento.
Todos se detenían y se volvían hacia ella, observándola como si fuera una
especie de criatura etérea de otro mundo.

Con su ropa fina, aunque ligeramente manchada, sus refinados modales ingleses
y su coloración prístina y helada, parecía que debía bailar bajo los candelabros
del palacio de Whitehall, y no limpiar su tienda de campaña en medio del bosque
Ettrick. Y después de meses de vivir con los servicios "rústicos" de su cuartel
general en el brezo, Robbie y sus hombres parecían que debían ser arrojados a la
Torre de Londres por solo atreverse a mirarla.

Sus hombres podían verla con diversos grados de animosidad, pero no se podía
negar su belleza, nobleza e inocencia. Bueno, tal vez no era tan inocente, pero
seguro que no debería pensar en eso. Sin embargo, parecía que todo lo que podía
hacer era pensar en eso. Robbie...

¡Ah infierno!

Debió haber jurado en voz alta.

-¿Hay algo mal?

-No, sólo daos prisa, muchacho.

Debería estar diciéndose lo mismo. Robbie sabía que estaba jugando con fuego.
Cuanto antes se hubiera ido la "Bella Rosalin", mejor. Ella lo tenía todo retorcido
en nudos.

Tenía miedo de dormir en su propia tienda, estaba irritable y malhumorado por la


falta de sueño, se estaba afeitando en medio del día, se había encontrado
gritando a Iain y Archie Douglas por fruncir el ceño, y él accedió a dejar que un
rehén -sus medios de llevar a Clifford al límite- tuviera libertad de moverse del
campamento.

También había aceptado tratar de ser amable. Cristo, ¿en qué diablos se había
metido?

Ya le gustaba demasiado.

Si su conversación anterior en la tienda era cualquier indicación, sabría toda su


historia antes de que saliera de aquí. ¿Su educación? ¿Wallace? ¿Un granjero?
Por un momento se había imaginado a sí mismo con una esposa y un caballero
corriendo a su alrededor.

Pronto estaría confiando en ella cómo había hecho al unirse a la Guardia.

Pero fue su reacción donde estaba el problema. La compasión, la comprensión y


un profundo sentido de la justicia eran las últimas cosas que esperaba encontrar
de una

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

inglesa, y mucho menos el modelo de la hermana de la injusticia. Pero Rosalin


seguía siendo la misma niña dulce que hacía seis años arriesgó todo para corregir
un error percibido. Envuelto en un paquete más sofisticado, tal vez, pero en
todos los aspectos que importaban, sin cambios.

Deseaba poder decir lo mismo. Pero seis años de guerra lo endurecieron. Lo


enfocaron.

No dejando espacio para nada más. Por lo que respecta a ambos, cuanto antes su
hermano accediera a la tregua, mejor.

Malcolm terminó y le entregó a Robbie un paño húmedo para secar cualquier


pelo perdido.

-Esa es una cuchilla inusual -dijo el muchacho, devolviéndole la mano-. ¿Dónde


lo obtuviste?
Robbie la tomó y la deslizó de nuevo en su sporran:- Un amigo mío lo hizo para
mí.

Magnus MacKay, conocido por el nombre de guerra de Santo en la Guardia de


los Highlanders, no era sólo el bastardo más duro que Boyd conocía, con más
conocimiento del terreno peligroso de las Highlands que cualquier otro hombre,
también era experto en forjar armas inusuales y en ocasiones, mejorando otras
herramientas cotidianas como la maquinilla de afeitar.

Irónicamente, también estaba de pie frente a él unos minutos más tarde, junto
con Kenneth Sutherland, el nuevo miembro de la Guardia, Ewen Lamont, Eoin
MacLean, Arthur Campbell y Gregor MacGregor. Los seis miembros de la
Guardia de las

Highlands habían llegado con Douglas desde Dundee. Douglas era uno de los
pocos consejeros más cercanos del rey que conocían la banda secreta de
guerreros y sus identidades.

De inmediato, Robbie sabía dos cosas: Bruce tenía una misión para ellos, y debía
ser importante si requería casi toda la élite de su Guardia. Sólo Tor MacLeod,
Erik MacSorley y Lachlan MacRuairi estaban ausentes.

Estaban en el límite del campamento en el claro que usaban para la práctica,


donde Robbie los había saludado cuando los exploradores del campamento les
informaron de su llegada.

-¿Cuál es el motivo? -MacKay dijo echando un ojo a la mandíbula de Robbie,

intercambiando agarres del antebrazo como saludo-. No recuerdo la última vez


que os vi afeitado.

Robbie juraba hacia adentro, maldiciendo el impulso que daría a sus hermanos
incluso un olor a un olor a seguir. Eran tenaces, cada uno de ellos. Si conectaban
su afeitado con la presencia de Rosalin, nunca pararían.

-Fue en vuestra boda, Santo -le ofreció amablemente MacGregor.

Robbie le lanzó una mirada:- La única razón por la que sabéis que fue ese día es
porque todavía estáis enfadado por la chica. Sé que es difícil para vos de creer,
pero no todas las mujeres prefieren una cara bonita.
Incluso después de siete años, MacGregor odiaba ser recordado de su dudosa
distinción de ser conocido como el hombre más guapo de Escocia. Para un
guerrero tan hábil con un arco como él lo era, era especialmente irritante ser
conocido por algo tan embarazoso y desgarrador.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

MacGregor le lanzó una mirada fulminante:- Callad, Ariete.

Seton parecía como si pudiera decir algo, pero lo reconsideró después de que
Robbie le dirigiera una mirada que prometía una deuda si lo hacía.

Douglas no era tan circunspecto.

-¿Espero que esto no tenga nada que ver con nuestros rehenes? El rey se turbó
por la toma de la muchacha. Le dije que no había sido intencional y que teníais
intención de dejarla ir. Pero os ha hecho personalmente responsable de los dos.

-Qué mal, también -agregó MacGregor-. Me hubiera gustado ver a la Bella


Rosalin. Si incluso Douglas reconoció su belleza, la muchacha debe de ser
sensacional.

¿Por qué diablos Robbie de repente sintió el impulso de hacer que su cara no
fuera tan bonita? Enmascarando la molestia que sentía en MacGregor, se volvió
hacia Douglas.

-Sí, bueno, ha habido un cambio de planes.

El rostro de Douglas se oscureció:- ¿Qué tipo de cambio de planes?

-El muchacho se escapó.

Hubo un momento de silencio absoluto mientras los hombres lo miraban


fijamente.

Robbie Boyd no cometia errores como ese.

-¿Dejasteis escapar al hijo de Clifford? -Douglas escupió, dando voz a lo que


todos pensaban.

-No le dejé hacer nada. El muchacho trepó por una cuerda de cuarenta pies de
largo desde la desvencijada mansión de Kirkton en medio de la noche y llegó al
castillo de Peebles antes de darnos cuenta de que se había ido.

Douglas estaba furioso:- ¿Nadie vigilaba? ¿Cómo diablos dejasteis que esto
sucediera?

¡Es el heredero de Clifford, por el amor de Dios!"

Robbie no estaba acostumbrado a ser llevado a la tarea como un escudero


adolescente-detrás de los oídos -incluso si en este caso, se lo merecía-: Yo estaba
de guardia, y si tenéis un problema con mis habilidades podemos ponerlas a
prueba en el patio de prácticas.

Douglas no aceptó el desafío y retrocedió:- Pero ¿todavía tenéis a la muchacha?

-Sí.

Douglas lo miraba como si supiera que había más, pero sintió que había
empujado a Robbie lo más lejos que pudo. Dejándose a sí mismo, Douglas se fue
a ver a sus hombres, que habían ido al Gran Salón para encontrar comida y
bebida después del largo viaje.

Tan pronto como se hubo ido, Robbie se volvió hacia MacKay:- ¿Supongo que
estáis aquí por una razón?

El gran Highlander asintió.

-Sí. Vos y Dragon necesitáis recoger vuestras cosas. Tendremos que marcharnos
lo antes posible si queremos llegar al anochecer.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-¿Adónde vamos?

-Lochmaben. Hemos recibido noticias de un cargamento de plata de Carlisle,


rumbo al norte, para pagar la guarnición en Stirling. La moneda estará
fuertemente custodiada, los ingleses no se arriesgan a que no llegue.

-¿Vuestra información es de confianza?

-Extremamente -interrumpió Lamont. La nueva esposa de Cazador, la ex Janet


de Mar, había trabajado con una fuente dentro del castillo de Roxburgh que
nunca se había equivocado, y Robbie asumió de la confianza de Lamont que era
de donde la

información había venido. Habían decidido llamar a su informante el Fantasma.

-Los ingleses han tomado algunas de nuestras lecciones en serio -añadió


Sutherland-. y han montado un cargamento de diversiones que va a
Caerlaverloch. El jefe, Halcón y Víbora están vigilando la costa, por si acaso,
pero tenemos la intención de interceptarlos antes de que lleguen a Lochmaben
por la noche.

-¿Cuántos? -preguntó Seton.

-No estamos seguros -dijo Lamont.

-Probablemente hasta cincuenta -dijo MacLean encogiéndose de hombros.

Robbie alzó una ceja, anticipándose a la batalla que ya se le escapaba por las
venas.

-¿Qué van a hacer los demás?

Incluso consiguió sacar una risita de Arthur Campbell por eso. El famoso
explorador era uno de los miembros más silenciosos de la Guardia.

Robbie estaba a punto de enviar a sus hermanos al Salón para conseguir algo de
comida mientras él y Seton se dirigían a la tienda de Douglas (donde había
quitado de las miradas indiscretas la armadura distintiva que usaba en las
misiones de La Guardia de los Highlanders), cuando MacGregor soltó un bajo
silbar.

-Cristo todopoderoso, si es vuestra rehén, creo que voy a empezar a unirme a vos
en vuestras redadas.
Robbie siguió la dirección de su mirada, viendo a Rosalin salir corriendo del
salón, mirando como si el diablo estuviera sobre sus talones. Debió de haber
visto a Douglas.

Si el bastardo la había asustado, se detuvo, pensando en otro bastardo.

-Manteneos lejos de ella, Flecha –podía haber gruñido.

MacGregor no era el único que lo miraba. Los otros guardias lo miraron con
diversos grados de cejas levantadas y comprensión.

-¿Esa es la forma de hacerlo? -preguntó MacGregor lentamente, pensando en él.


-¿La hermana de Clifford? De todas las mujeres en el mundo para que,
finalmente, ¡os llame la atención! No puedo esperar a que Halcón se entere de
esto.

Robbie silenciosamente juraba todas las malas palabras en las que podía pensar.
¿Desde cuándo se había vuelto tan transparente? Apretó la mandíbula. Desde el
momento en que Rosalin Clifford había terminado tirada sobre su regazo.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-La muchacha es mi rehén, nada más. Mi temporal rehén. Pero vuestra cara no es
una que la mayoría de las muchachas olvidan. Creo que probablemente
preferirías que su hermano no se enterara de vuestra presencia en el
campamento.

Era una buena excusa, pero ninguno de ellos la creía.

MacKay se quedó mientras los otros se alejaban. Le dio a Robbie una mirada de
compasión.

-Sé lo que se siente –dijo-. Y así, también, la mayoría de los demás. Creo que
sólo Jefe y Halcón escaparon de la maldición.

-¿Qué maldición?

La boca de MacKay se endureció:- La maldición de esa maldita cara. Maldita


sea, mi esposa amenazó con que Flecha la vigilara si yo no lo hacía cuando venía
en nuestras misiones.

Robbie dio un estremecimiento involuntario. Ningún hombre querría a su esposa


en ese tipo de proximidad con MacGregor.

-Es una maravilla que no lo matarais.

MacKay sonrió:- Le hice pagar en el patio de prácticas, y disfruté de cada


minuto.

-Podríais haber hecho algo con su cara.

MacKay sacudió la cabeza:- Lo intenté, maldita sea, lo intenté. Pero creo que la
madre de flecha lo sumergió en el mismo agua que usó la madre de Aquiles. Él
se cura sin un rasguño.

Robbie se echó a reír y fue a buscar sus cosas. Una misión era exactamente lo
que necesitaba para recordarle lo que era importante. Rosalin Clifford podía
haberlo distraído, pero no iba interponerse en lo que tenía que hacer.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Capítulo 14

Rosalin tenía su libertad, pero estaba demasiado asustada para usarla. Después
de encontrarse cara a cara con el Douglas Negro, se había escabullido de regreso
a su tienda como un ratón asustado. Después de tres horas de espera, sin que
Robbie apareciera para tranquilizarla, decidió que estaba siendo ridícula. Robbie
le había dicho que Douglas no le haría daño. Ella lo creería. También tenía
hambre. La eliminación de sus guardias significaba que tendría que traer su
propia comida.

Reuniendo su coraje, se envolvió la tela alrededor de los hombros y salió de la


tienda hacia la fresca niebla del atardecer. De su experiencia hasta ahora en
Escocia parecía haber poco más: niebla de la mañana, niebla del mediodía y
niebla de la tarde. Hoy en día, la oscuridad era más pesada que de costumbre,
casi sin fisuras cambiar de ida y vuelta entre una llovizna lluvia, lúgubre.
Recordando la reacción que había causado antes su llegada a la sala -y la
incomodidad de ser mirada por tantas personas-, Rosalin decidió buscar un
número menor de miradas de curiosidad y se dirigió hacia las cocinas de los
campamentos que habían sido instaladas contra la pared trasera del salón. Un
techo de madera protegía las ollas y los fuegos de la lluvia y la nieve, pero las
paredes que encerraban la zona eran sólo de tres lados y no subían todo,
ofreciendo poco aislamiento del frío y el viento.

Era una configuración cruda pero eficiente. Además de las ollas que colgaban en
los fuegos, había unas pocas mesas para preparar las comidas y un horno de pan
grande construido de piedra.

Al parecer, las mujeres en el campamento no estaban aquí sólo para ser las
compañeras de los hombres. También estaban sirviendo como sirvientas para las
comidas. Una mujer levantó la vista mientras se acercaba y le susurró algo a la
mujer de cabello oscuro que estaba a su lado.

El pie de Rosalin parecía temblar a medio paso, y casi tropezó. Era la mujer que
había besado a Robbie. Deirdre.

Un abismo de pavor se hundió hasta el fondo de su estómago, y su coraje vaciló.


Lo último que quería hacer era enfrentarse a una amante enfadada. Después de
años en la corte, Rosalin no se hacía ilusiones sobre las mujeres. Podían ser tan
crueles y despiadados como los hombres. Tal vez más.

Pero forzó los pies hacia adelante y levantó la barbilla. Ella era Lady Rosalin
Clifford, hermana de uno de los barones más importantes de Inglaterra. Ella no
se encogía y huía.

Generalmente. Pero era dolorosamente consciente de que nada de eso importaba


aquí.

Su rango permitiría su poca protección con estas mujeres. A ellos no les


importaba quién era, sólo sabían lo que era: inglesa, un rehén y la hermana del
hombre que probablemente era el más odiado en Escocia.

Una tercera mujer se había unido a las dos primeros cuando Rosalin se acercó lo
suficiente para oírlas. Por supuesto que estaban hablando en gaélico, por lo que
no
Mónica McCarty Ariete

Àriel x

podía entender una palabra. De la manera en que las otras dos mujeres se
aferraron a Deirdre, Rosalin adivinó que debía estar a cargo.

Era más vieja de lo que había aparecido a primera vista. Por lo menos un buen
puñado de años más que Rosalin y las otras dos chicas, que parecían más
cercanas a sus veintidós. Ella era más bonita también, de lo que se había dado
cuenta, poseía la clase de audaz sensualidad que Rosalin jamás podría esperar
emular. Con el cabello oscuro y los ojos, los pómulos altos y la boca ancha, las
facciones de Deirdre eran agudas, casi exóticas, haciendo que Rosalin de repente
se sintiera monótona y sin interés por comparación.

Y luego estaba su figura. Rosalin envolvió su plaid entorno a su pecho


conscientemente.

Ella nunca podría esperar compararse en esa área. Busto y curvas sensuales.

Las dos mujeres más jóvenes también eran de cabello castaño, aunque más
claras en la tez y el color de los ojos, pero no tan justo de cara. Había un aspecto
sombrío, oprimido a ellos que hablaba de dificultad. Deirdre lo tenía también,
pero la suya estaba mejor escondida detrás del borde afilado de la madurez.
Había poco que esta mujer no hubiera visto, y Rosalin no sabía si compadecerla
o envidiarla por ello.

Las tres mujeres debían limpiar los platos, ya que una pila de bandejas usadas,
zanjadoras, copas y jarras habían sido depositadas en una de las mesas de
trabajo. Dos grandes tinas de agua que estaban junto a ella sugerían que estaban
a punto de comenzar a lavarlas.

Rosalin se detuvo ante la mesa frente a ellas. Miró los platos sucios, una sonrisa
torcida apareció en su boca:- Parece que me he perdido la comida.

Supuso que hablarían inglés, pero las expresiones en blanco y el incómodo


silencio que siguió hicieron que se maravillara.

Finalmente, Deirdre respondió:- Llevadle a la señora algo que comer, Mor -le
dijo a una de las chicas a su lado. Luego, a Rosalin, le dijo-. La cocinera acaba
de tomar unas cuantas bandejas. Si queréis, haré que Mor os lo lleve allí.

Su tono era más natural que amistoso o deferente, pero libre de la malicia o el
resentimiento que Rosalin había temido.

Rosalin sacudió la cabeza. -Si no es demasiado problema, creo que lo llevaré de


vuelta a mi tienda -un fuerte rugido emitía desde el vestíbulo detrás de ellos-. No
quiero ser una molestia en la celebración.

-No van a celebrar, como cualquier otra noche, cuando la cerveza y el whisky
son abundantes -estudió el rostro de Rosalin con un escrutinio que le hizo desear
poder leer mentes-. Pero probablemente tengáis razón. No son los más
razonables en este estado -

Rosalin tomó eso como que su inglés no sería apreciado, o mejor dicho, sería
menos apreciado de lo normal. Deirdre la miró de reojo-. ¿Iain ya no va a buscar
vuestras comidas?

Rosalin sacudió la cabeza:- Robb... -se sonrojó y rápidamente corrigió-. El


capitán me ha dado permiso para moverme por el campamento.

Deirdre levantó una ceja:- ¿Os lo ha dado? Hmm.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Rosalin no sabía lo que significaba ese "hmm", pero no parecía como si


estuviera de acuerdo con la decisión de Robbie.

Rosalin trató de explicar.

-Amenazaba con morirme de aburrimiento, lo que me haría inútil como rehén.

La débil señal de una sonrisa alzó una esquina de la boca de la otra mujer:- No
es necesario que me lo defendáis, mi lady; El capitán toma sus propias
decisiones. No me atrevería a cuestionarlas.

Rosalin era consciente de una sutil corriente subterránea y se dio cuenta de que
Deirdre probablemente se refería a otras decisiones, como la que lo había sacado
de su cama.

Sintiendo un apretón en su corazón, Rosalin de repente estaba ansiosa por


marcharse. A pesar de la inesperada ecuanimidad de la mujer, era dolorosamente
consciente del hombre que estaba entre ellos. El hombre que Deirdre había
tenido, pero que Rosalin...

nunca tendría.

La verdad la golpeó. Comprendió lo que Deirdre debió saber desde el principio.


Deirdre no la molestaba porque no la temía. No soy una amenaza para ella.
Rosalin podría haberlo distraído temporalmente, pero eventualmente se iría, y
cuando lo hiciese....

Rosalin vio sus pensamientos reflejados en los ojos de la mujer. Cuando lo


hiciera, volvería a la cama de Deirdre.

Su estómago se revolvió, y le tomó todo lo que tenía para contener la fuerte


presión de las lágrimas que saltaban a sus ojos. Había tenido que ir a la amante
de Robbie para ver lo que era tan obvio. Nunca podría haber algo significativo
entre ellos. Ella era temporal. Un medio para un fin. Cuando le hubiera exigido
el pago de su hermano, sería enviada de vuelta y, sin duda, nunca lo volvería a
ver.

Afortunadamente, la chica -Mor- eligió ese momento para regresar con una
pequeña bandeja de comida. Rosalin se la quitó y recuperó la compostura
suficiente para agradecerle.

-Devolveré la bandeja cuando haya terminado.

-Por la mañana será lo suficientemente pronto -dijo Deirdre distraídamente,


volviendo su atención a la pila de platos que tenía enfrente.

Rosalin empezó a alejarse con su bandeja, pero luego se volvió:- Me gustaría


ayudar mientras estoy aquí. Si pensáis en algo que pueda hacer.

La muchacha que había estado en silencio mientras Rosalin hablaba con Deirdre
dijo algo a las otras mujeres en gaélico. Por su tono, Rosalin adivinó que no era
muy agradable. Mor cubrió su sonrisa con su mano, pero Deirdre dijo algo
bruscamente hacia atrás haciendo que las chicas se volvieran sordas.
Una vez más, Rosalin era consciente de ser escrutada y evaluada.

-Supongo que sois buena con la aguja.

Rosalin asintió con la cabeza. La mayoría de las damas nobles contaban con
aquella habilidad.

-Bueno, no son tabardos ni tapices, pero siempre hay una pila de sábanas que
hay que reparar.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Rosalin sonrió por primera vez desde que abandonó su tienda:- Eso suena
perfecto.

Gracias."

Si era su sonrisa o su gratitud, algo parecía hacer que Deirdre se sintiera


incómoda.

Rechazó su agradecimiento.

-Sí, bueno, el capitán tendrá que aceptarlo cuando regrese.

La sonrisa cayó del rostro de Rosalin; se calló:- ¿El capitán se ha ido?

Su angustia era tan evidente que incluso Deirdre debió darle pena, pues había
lástima en sus ojos.

-Sí, salió hace unas horas.

-¿Cuándo va a estar de regreso? ¿Adónde fue?

La otra mujer se encogió de hombros:- No lo sé. Deberían de ser un día o dos.

-¿Está Sir Alex aquí?

-No, se fue también.


El pánico empezó a arrastrarse dentro de ella. La copa de la bandeja empezó a
sonar. No la habría dejado sola con...

-Entonces, ¿quién está a cargo?-preguntó, torciendo el estómago mientras


anticipaba la respuesta.

-Douglas.

La sangre ya no estaba goteando por el brazo de Robbie, pero cada caída dura de
los cascos de su caballo le sacudía las costillas y enviaba una explosión de dolor
a través de su costado, sirviendo como un recordatorio visceral de los peligros de
la distracción.

Pues nada más podía explicar los errores poco característicos que había hecho
que habían permitido al enemigo entrar en dos golpes limpios: el primero, una
hoja a través del hombro que había golpeado con la fuerza suficiente para cortar
a través de su cuello de cuero con tachuelas de acero a la piel. Y el segundo, el
aplastante golpe de una maza a través de su costado que le había roto más de una
costilla.

Le gustaría decir que fue porque la misión había sido más difícil de lo que
esperaban.

Los cincuenta hombres a los que habían enfrentado habían sido una combinación
altamente calificada de soldados ingleses y mercenarios endurecidos que no
habían renunciado fácilmente a su plata, pero sabía que esa no era la razón.

Era Rosalin. Ella era la distracción. No podía sacudir la sensación de que algo
andaba mal. Se dijo a sí mismo que no había nada de qué preocuparse. Había
dejado a Douglas al mando y dejó claro que si le pasaba algo –algún daño-,
incluso si se quejaba de un temblor, lo haría responsable. Estaba bastante seguro
de haber amenazado a Douglas con suficiente daño corporal para negarle a su
esposa nuevos placeres en la cama matrimonial, quitando ciertas partes
necesarias con una cuchara apagada, pero Robbie no podía recordar sus palabras
exactas.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x
Rosalin estaría bien, se dijo. Había desaparecido sólo medio día.

Lo cual no explicaba por qué él y Seton galopaban por el bosque en medio de la


noche y no celebraban su exitosa misión con el resto de la Guardia durmiendo y
atendiendo sus heridas en una cueva no lejos de donde ganaron su dura victoria.

Debería haberle dicho que me iba. No sabía por qué no lo había hecho, excepto
que había estado tratando de convencerse a sí mismo después de la incómoda
conversación con sus hermanos de que no significaba nada para él. Que no le
debía nada.

Seton juró detrás de él. Robbie oyó el sonido de una rama que se encogía cuando
se volvió con la antorcha.

-Cristo, eso casi me deja sin cabeza -dijo Seton-. O frenáis o me entregáis la
maldita antorcha.

-O podríais intentar ir al día.

Seton le lanzó una mirada.

-Está oscuro aquí, espeso con niebla, y bien pasado la medianoche. Después de
casi doce horas de equitación, con sólo unas pocas horas de descanso para luchar
contra una maldita batalla, mi caballo está un poco cansado. Diablos, yo estoy
cansado. ¿Vais a decirme por qué nos matamos para volver al campamento esta
noche en lugar de

disfrutar de un merecido descanso con los demás?

Robbie puso su boca en una línea dura:- Quiero volver.

-Eso es muy obvio; La pregunta es por qué. ¿Estáis preocupado por la


muchacha?

-Douglas no dejará que le pase nada -lo dijo casi tanto para sí como para con
Seton.

Robbie confiaba en Douglas con su vida, y lo había hecho más de una vez. Pero
la responsabilidad de Robbie era velar por la seguridad de Rosalin, y no le
gustaba delegarla en nadie más. Incluso a un amigo de confianza.
-¿Pero?

Seton lo conocía demasiado bien:- Pero infiernos si lo sé. Algo simplemente no


se siente bien.

Era un testimonio de su larga asociación, que la explicación no sólo le satisfacía,


sino que también parecía hacer a Seton estar casi tan ansioso por volver como él.

Robbie no era como Campbell. No tenía sentimientos sobre las cosas. La


confianza implícita de la reacción de Seton, lo sorprendió. Probablemente no
debería haberlo hecho, pero lo hizo.

Cuanto más se acercaban al campamento, peor se sentía. Cuando pasaron el


primer centinela eran, probablemente, las dos o tres de la mañana, y Robbie
estaba tenso hasta el punto de la ruptura. Cada crujido de hojas, cada ráfaga de
viento, cada pitido de un búho o sonido de vida nocturna rallada contra los
nervios que ya estaban ardiendo y en el borde.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-Todo se ve bien -dijo Seton en voz baja.

Parecía. Los centinelas estaban en sus puestos. El campamento estaba oscuro y


silencioso. El débil aroma de la turba de los fuegos flotaba por el aire.

Entonces, ¿por qué demonios se sentía como si estuviera a punto de saltar de su


maldita piel? ¿Por qué tenía que luchar contra el impulso de correr por el campo
como un loco y abrir las alas de la tienda para asegurarse de que estaba bien?

Cuando doblaron la esquina alrededor de la Gran Sala y la segunda hilera de


carpas entró en vista, estaba a punto de lanzar un suspiro de alivio cuando
capturó el parpadeo de algo en los árboles.

-¿Qué es eso? -dijo Seton.

Robbie no se tomó el tiempo para contestar. Él rompió las riendas y pateó su


montura hacia adelante, sumiéndose en la oscuridad hacia la luz. Un momento
después oyó el sonido de un suave grito que envió un torrente de hielo corriendo
por sus venas.

El hombre salió de la nada.

Después de horas de lanzar y girar, diciéndose a sí misma que no había razón


para asustarse, y ciertamente no había razón para contener su aliento como un
niño aterrorizado cada vez que alguien pasaba por la tienda, Rosalin finalmente
encontró el sueño sólo para despertarse unas horas más tarde con una urgente
necesidad que no podía ser ignorada.

Todo el mundo está tranquilo. No hay razón para preocuparse. Nadie os hará
daño.

Pero sabiendo que Robbie no estaba aquí, le prestaba una nueva vulnerabilidad a
su situación. No se había dado cuenta de lo mucho que su presencia la
tranquilizaba. Cómo instintivamente sabía que la protegería. Sin él, sentía como
si estuviera sentada en un foso de leones hambrientos sin una espada y escudo.

Después de atender a su negocio en cuestión de un par de minutos muy


aliviados, estaba haciendo su camino de regreso a la tienda cuando un hombre
salió de detrás de un árbol para bloquear su camino.

Su corazón saltó, y dejó escapar un grito sobresaltado que estranguló su


garganta. La vela cayó sobre sus pies.

Se asomó sobre ella, una sombra oscura y peligrosa. No era excepcionalmente


alto, pero era grueso y pesadamente construido. El penetrante olor a bebida la
abordó mientras se agachaba y cogía la vela.

-¿Qué es lo que tenemos aquí -susurró, sujetándola a la cara-, ¿una puta nueva? -
su acento era tan profundo, que le llevó un momento comprender que hablaba
inglés, el inglés del norte común en las fronteras.

Su sangre se convirtió en hielo. Abrió la boca para protestar, pero él ya había


deslizado su brazo alrededor de su cintura y la había empujado contra él.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x
-Dejadme ir -dijo ella, tratando de apartarse.

-¿Qué demonios? -la empujó contra un árbol y colocó su antebrazo contra su


garganta-.

Sois una jodida inglés.

Sosteniendo la vela cerca de su rostro, le dirigió la primera mirada clara y los


ojos fríos y negros que la miraban asesinadamente. Era el rostro de las
pesadillas. Una gruesa cicatriz atravesaba su pesada frente a través de una nariz
aplastada y desaparecía bajo el borde de una gruesa barba. El legado de una
espada o de una cuchilla de hacha de batalla, daba un aspecto amenazador a una
apariencia ya brutal. Cuando abrió la boca y se burló, sus grandes dientes
amarillos le recordaron los colmillos de un jabalí. Ese era su aspecto: un jabalí
grande y feo, de cabellos gruesos y gruesos y una nariz aplastada.

Pero eran sus ojos pesadamente cubiertos y la forma en que él la miraba que
envió escalofríos corriendo por todos los rincones de su cuerpo. Ella luchó para
liberarse, pero sólo lo hizo inclinarse más fuerte, presionando el antebrazo
extendido sobre su cuello y cortando su aliento.

Su rostro estaba tan cerca, que podía oler el aroma ácido de whisky en su aliento.

-¿Quién sois vos?

-Rehén -se las arregló para salir en una respiración corta y a voz baja-. Boyd.

No estaba segura de si sus palabras habían penetrado en la bruma borracha. Lo


habían hecho, pero no de la manera que ella había esperado. Su boca se curvó en
una fea mueca.

-¿Una perra inglesa como rehén? Una puta, más bien -su mano cubrió su pecho y
trató de gritar mientras el miedo se instalaba en cada centímetro de su cuerpo-.
Espero que el capitán os haya enseñado algo. Veamos si vale la pena.

Podía ver la intención en sus ojos y renovar sus luchas. Se agarró del brazo por
el cuello.

-Él os matará -se las arregló para decir.


Le cogió las manos y las sujetó por encima de su cabeza, la suave piel de sus
muñecas clavando en la corteza. Pero no era nada comparado con el dolor y el
horror de tener su cuerpo presionado contra el suyo. Ella se retorcía contra él,
tratando de liberarse, deseando vomitar casi tanto como quería respirar.

-¿Boyd? –se rio-. Odia a los ingleses tanto como yo...

Un ruido detrás de él lo hizo girar. Una figura oscura salió de las sombras desde
un caballo. Mientras saltaba, su capa voló como las alas de un demonio detrás de
él, Rosalin vislumbró su rostro y casi se desmayó. Debajo del oscuro timón nasal
parecía que sólo había vacuidad.

Su grito fue estrangulado aunque el brazo del hombre ya no estaba en su


garganta. Se había girado para defenderse, pero apenas pudo levantar las manos
antes de que el ariete de un puñal de acero se le chocara contra la mandíbula con
la fuerza suficiente para enviarlo volando por el aire unos cuantos metros antes
de aterrizar con un ruido sordo su espalda.

La figura oscura y encapuchada estaba de pie sobre él un momento después,

golpeándolo contra el suelo con un poderoso golpe tras un fuerte golpe.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Había visto algo parecido antes:- ¡Robbie!

La palabra escapó de entre sus labios como si respondiera a una oración.

Hizo una pausa lo suficiente para mirarla. Bajo la sombra de la máscara podía
distinguir sus rasgos familiares. Pero su expresión era una que nunca había visto
antes. Era feroz y amenazador, sin una pizca de misericordia. Era el rostro de un
guerrero en plena batalla, el rostro de uno de los hombres más temidos de
Escocia.

Se volvió para terminar lo que había empezado. ¡Lo iba a matar! A pesar de lo
que el hombre había estado a punto de hacer, Rosalin no quería cargar con la
muerte del bruto en su alma -o en la de Robbie-.
Sabía que debía tratar de detenerlo, pero alguien más lo hizo por ella. Otra figura
encubierta emergió de la oscuridad a caballo. Sin embargo, como no llevaba un
timón, el cabello rubio lo identificaba.

Sir Alex saltó y juró. Cruzando la distancia hacia los hombres, sacó a Robbie.

-Cristo, Ariete, lo mataréis. Es uno de los nuestros.

Sir Alex tenía los brazos de Robbie atrapados. Robbie se retorció, tratando de
liberarse con un rápido movimiento de su brazo que podría haber tenido a sir
Alex en su espalda, también, si no hubiera logrado bloquearlo.

Robbie le dijo algo a sir Alex en gaélico, pero Rosalin no necesitó traducir esa
maldición en particular.

-Se lo merece -dijo, respirando con dificultad-. Iba a hacerle daño.

Sir Alex la miró y cuando sus ojos se encontraron, supo que no tenía necesidad
de preguntar cómo el hombre iba a hacerle daño. La gravedad de la expresión de
Sir Alex le hizo pensar que también sabía de la hermana de Robbie.

La conmoción había alertado a los ocupantes de la siguiente carpa, y Rosalin no


necesitaba ver su cara para saber que el Douglas Negro era uno de ellos.

-¿Qué está pasando aquí? –dijo Douglas, dos de sus hombres subían detrás de él
con una antorcha.

Si Sir Alex no lo hubiera retenido todavía, Rosalin sabía que Robbie se hubiera
lanzado a su amigo-. ¿Es así como la cuidáis? Sois un maldito bastardo, debería
mataros por dejar que esto sucediera.

El hombre con el corazón más negro de Escocia pareció sorprendido por la


vehemencia de la ira de Robbie. Su mirada se desplazó hacia ella, aún agachada
contra el árbol, indudablemente pálida y aterrada- y luego al hombre que yacía
en el suelo detrás de Robbie. Su expresión cambió a una de sombría
comprensión.

El Douglas Negro juró, repitiendo una de las palabras que Robbie acababa de
usar, y se pasó la mano por el cabello desaliñado por el sueño-. Uilleam acaba de
llegar con una misiva de mi esposa. No pensé en contarle sobre la muchacha. No
sabía quién era -se volvió para dirigirse a ella-. Lo siento, mi señora. Eso nunca
debería haber sucedido. Si habéis sido herida es mi culpa, y yo asumiré toda la
responsabilidad del error.

Estaba tan sorprendida que el Douglas Negro se disculpaba que le tomó un


momento responder. Sacudió su cabeza.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-No me lastimó -su voz salió áspera, y frotó su garganta contusionada

inconscientemente.

Robbie gruñó como un lobo feroz y avanzó con tanta brutalidad y fuerza que Sir
Alex no pudo retenerlo.

Instintivamente el Douglas Negro cuadró para enfrentar el ataque, pero para


entonces Rosalin se había acercado lo suficiente para intervenir. Se apresuró a
interceptar a Robbie, poniendo una delicada mano en su brazo.

Tragó saliva por el dolor para aclararse la garganta.

-Realmente, estoy bien -la miró, y la profunda emoción que ardía en su mirada
hizo que su corazón volteara alto en su pecho-. Por favor -susurró ella-. Fue un
error.

A pesar de que su hermano, sin duda, no quería nada más que estos dos hombres
se golpearan entre sí hasta matarse, Rosalin sólo quería que terminara. Quería

acurrucarse contra SU pecho vestido de cuero, enterrar la cabeza contra su


hombro, y sentirse a salvo nuevamente.

No supo quién se movió primero, pero un minuto estaba apoyada contra él y al

siguiente, él la había empujado en sus brazos y empezó a llevarla de regreso a la


tienda.

-Vos y yo vamos a hablar mañana -le dijo a Douglas mientras pasaban.


-El hombre grande asintió sombríamente:- Voy a ver a Uilleam... y a vuestro
caballo.

La conversación sonó muy lejos. Rosalin ya había hundido la cabeza contra él,
cerró los ojos y dejó que el alivio de estar a salvo en sus brazos la alcanzara.

Robbie no quería dejarla ir. Nunca. La envolvió en sus brazos, su suave cuerpo
cálido contra su pecho, era diferente a todo lo que había imaginado. La ola de
emoción que se elevó dentro de él, se estrelló sobre él, y amenazó con arrastrarlo
bajo una ternura semejante, pero era más grande y mucho más poderosa.

Esto fue culpa suya. Nunca debería haberla traído aquí. Era su trabajo protegerla,
y si hubiera sido herida, nunca se lo hubiera perdonado.

Dios, cuando pensó en lo que podría haber sucedido, hizo que se le revolviera el
estómago. La bilis trepó por la parte posterior de su garganta. El rostro de su
hermana pasó ante sus ojos. Apretó a Rosalin más cerca, el dolor de sus costillas
rotas nada comparado con el dolor ardiente en su pecho. Dios, ella olía bien.
Apretó la boca contra la suavidad sedosa de su cabello, inhalando el débil olor a
lavanda.

No estaba listo para renunciar a ella, entró en la tienda y la llevó a su cama.


Sentado de espaldas contra la pared, la abrazó para que su cabeza descansara
contra su pecho como una almohada. Se quitó el yelmo y lo tiró al pie de la
cama.

El movimiento hizo que sus ojos se abrieran. Él la observó fruncir el ceño


mientras ella tomaba su cara.

-Habéis estado luchando -dijo, extendiendo la mano para acariciar un corte en su


mejilla. Su cuerpo reaccionó al tacto suave, tenso. Trató de borrar las manchas
de su rostro-. ¿Cómo conseguisteis todo este hollín en la cara? Cuando os vi por
primera vez, pensé que erais un fantasma -miró el timón y se estremeció-. O un
demonio.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Sabiendo que estaba demasiado cerca de las aguas peligrosas, tomó sus dedos
helados en su mano y los llevó a su boca.

-Id a dormir, Rosalin. Ha sido un largo día. Hablaremos por la mañana.

Sus ojos se encontraron con los de él con una mirada que le atravesó el pecho.

-¿No me dejaréis?

Sacudió la cabeza. La palabra "nunca" se elevó a sus labios, pero la empujó


hacia atrás.

Esa era una promesa que no podía hacer-. No esta noche. Ahora dormid, cariño.

Ella hizo lo que le pidió, quedándose dormida con una sonrisa contenta en su
rostro que lo hizo sentir como el hombre más fuerte pero el más afortunado de
Escocia.

Lentamente, calentó la frialdad que había ardido dentro de él desde el momento


en que la había visto presionada contra ese árbol, hasta que también durmió.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Capítulo 15

Rosalin pasó la aguja por la última vez, hizo su nudo y utilizó las tijeras que
había pedido a Deirdre para cortar el hilo. Sosteniendo la túnica hasta la luz del
sol (que había empezado a perder la esperanza de volver a ver) corriendo por la
ventana de salón, admiraba su obra. Aunque no era tan buena como si fuera
nueva, ya no había una gran y abierta lágrima en la manga superior. De la
mancha de color óxido que rodeaba la lágrima que quedaba después del lavado,
sospechaba que había salido de una hoja de espada.

-Es un buen trabajo -dijo la mujer sentada a su lado.

Rosalin sonrió satisfecha por el cumplido:- Gracias, Jean. La luz de aquí es una
gran mejora para la tienda.

Irónicamente, a pesar de la cercanía que había compartido con Robbie hacía


unas noches cuando se había quedado dormida en sus brazos, había hecho
mayores

incursiones con las mujeres de campo que con su líder. Robbie ya se había ido
cuando despertó a la mañana siguiente, y sus conversaciones desde entonces
habían sido breves y sobre todo de paso. Las mujeres, sin embargo, comenzaban
lentamente a incluirla en sus conversaciones.

Los arreglos habían ayudado. El primer paquete de ropa que había llegado de
Deirdre había intentado arreglarlo en la tienda. Pero después de un largo día a la
luz de las velas, había buscado luz natural al día siguiente y compañía.

Rosalin había entrado en el vestíbulo hacía tres días, había levantado un banco
en un rincón cerca de una ventana, y en silencio se puso a trabajar en la cesta de
reparación.

Las mujeres la ignoraron el primer día, pero en el segundo, la curiosidad sacó lo


mejor de algunas. Al tercer día, había empezado a aprender algo de ellas
también. Aunque no las llamara amigas, eran en su mayor parte corteses, y una o
dos de ellas incluso se habían sentado a su lado mientras trabajaba, como Jean.

La niña no podía ser mayor de dieciocho años, pero su belleza natural rubia
oscura ya había comenzado a embotar bajo el peso devastador de la lucha y la
guerra. Al igual que Rosalin, la mayoría de estas mujeres habían perdido a sus
padres a una edad temprana.

A diferencia de ella, sin embargo, no habían tenido la fortuna de un guardián


generoso para cuidar de ellos. Con los hombres en su vida ya fuera a la guerra o
asesinados por la destrucción alrededor de ella, habían sido dejadas para
defenderse por su cuenta.

Como las mujeres caídas no eran exactamente un sujeto de conversación cortés,


Rosalin nunca había pensado mucho en cómo o por qué alguien elegiría una vida
de pecado. Fue profundamente angustiante saber que para muchas de ellas, la
elección no formaba parte de ella. Cuando los hombres de tu familia habían sido
asesinados, tu aldea había sido arrasada, y había poco trabajo por encontrar (y
aún menos si eras una mujer), hacías lo que debías para sobrevivir. Peor aún eran
las niñas como Jean, que habían sido obligadas a la vida por la violación.

En verdad sus historias eran desgarradoras. Lo más doloroso no era la forma en


que se lo contaron, como si la injusticia no sólo era esperado, sino aceptado. No
importaba lo que la iglesia pudiera decir, Rosalin no podía encontrar en su
corazón la condena. De

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hecho, no podía dejar de sentirse agradecida de que el destino no la hubiera


forzado a tener que hacer una "elección" similar. Nacimiento, rango y un
hermano cuidadoso le habían brindado la protección que estas mujeres no tenían.
Era humillante pensar que tan fácilmente su destino podría haber sido el suyo.

Era una vida dura. Por lo que Rosalin podía ver, las mujeres trabajaban todo el
día manteniendo el campamento funcionando sin problemas y se quedaban
despiertas toda la noche agradando a los hombres. Diferentes hombres. Algunas
de las afortunadas como Deirdre y Mor habían sido "reclamadas" por uno de los
líderes, pero las otras mujeres como Jean se movían de cama en cama cada
noche.

-No sé qué haremos cuando os vayáis, mi señora -dijo Jean con una tímida
sonrisa-. Nos habéis ahorrado unas dos semanas de reparación en pocos días.

Rosalin sintió un extraño dolor en el pecho al pensar en irse, pero sabía que
podía ser cualquier día. Había transcurrido más de una semana desde que habían
llegado al bosque, y el enviado que había sido enviado a su hermano para
negociar su liberación podía volver en cualquier momento.

-He estado feliz de hacerlo -dijo Rosalin-. Me ha dado una manera de pasar el
tiempo.

-Sí, bueno, sospecho que cuando se extienda la noticia de vuestro buen trabajo,
tendréis mucho por lo que manteneros ocupada mientras estéis aquí.

De repente, la sonrisa cayó de la cara de la niña y una mirada preocupada la


cruzó.

Rosalin se volvió para ver qué había causado la reacción y notó que dos de las
otras mujeres habían entrado en el vestíbulo para comenzar a prepararse para la
comida del mediodía.
Agnes era una de las más viejas y más experimentadas de las mujeres, y de lo
que Rosalin podía decir, la más cercana a Deirdre. La segunda mujer, Mary, tenía
una triste mirada de ojos vacíos y bebió suficiente cerveza y whisky para poner a
un hombre del tamaño de Robbie en su espalda, pero nunca parecía ebria.
Excepto para Agnes, las otras mujeres en el campamento parecían evitarla. Si
hubiera un rango entre las mujeres, Rosalin pondría a María en el fondo del
montón.

Fue sólo cuando se volvió en su dirección que Rosalin se dio cuenta de lo que
había causado la reacción de Jean. Un moretón grande y feo cubría el pómulo
derecho de Mary.

Sospechando lo que pudo haber sido la causa de la lesión, Rosalin sintió la


chispa de la indignación dentro de ella. Se volvió hacia Jean.

-¿Quién le hizo eso a ella? ¿Acaso un hombre la golpeó?

Jean sacudió la cabeza y se llevó el dedo a la boca para callarla.

-Por favor, señora, no digáis nada, sólo conseguiréis más problemas para ella. Es
culpa de Mary. Intentamos advertirla. Fergal se pone un poco áspero cuando está
borracho, pero no quiso escuchar y se fue con él de todos modos. Es el único que
la tomará ahora.

-¿Qué queréis decir?

La boca de Jean se endureció con disgusto:- La última vez que fuimos a la aldea
de Corehead para suministros, llamó la atención de uno de los soldados en la
guarnición cercana. Se enamoró del inglés. Hasta que se hizo con un niño y la
expulsó de su cama.

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Rosalin jadeó, sus ojos se ensancharon con alarma.

-¿Está embarazada?

Jean sacudió la cabeza:- No, ella perdió al niño poco después. No lo adivinaríais
mirándola ahora, pero solía ser una de las favoritas entre los hombres -se
encogió de hombros-. Pero nadie quiere una puta inglesa -se sonrojó-. Sin
faltarle el respeto, mi lady.

A Rosalin no le importaba eso:- Eso no es excusa para que alguien la golpee.

Jean la miró como si fuera la persona más ingenua del mundo o la más estúpida.

-Fergal no está tan mal, mi señora. No cuando esté sobrio, por lo menos. Estoy
segura de que la compensará, por eso agradecerá que no interfirais.

A regañadientes, Rosalin tomó el consejo de Jean y regresó a su reparación.

Comprendía la precariedad de la posición de María y no quería hacer nada para


empeorarla, pero la injusticia la concomía. La mujer había perdido a un niño.
¿Debía ella ahora soportar una paliza en silencio? ¿Cuánto tiempo debía servir
penitencia por el error de enamorarse del hombre equivocado?

Si la pregunta resonaba un poco demasiado, Rosalin no quería oírla.

Rosalin seguía murmurando una hora más tarde, cuando llevaba la pila de ropa
de cama a su tienda para prepararse para la comida del mediodía. Era un error
golpear a una mujer, a cualquier mujer, y Mary necesitaba a alguien que la
defendiera, aunque no lo hiciera ella.

El bruto debía ser castigado, y se oponía a la naturaleza de Rosalin a permanecer


a un lado y no hacer nada-decir nada- cuando veía a alguien tratado de manera
tan injusta.

Sin prestar atención a su entorno, se sobresaltó ante el sonido de un fuerte rugido


que provenía del otro lado del edificio donde los hombres practicaban. Curiosa,
retrocedió un poco, siguiendo el sonido de los rugidos y gritos. Una vez que
había doblado la esquina, vio una gran reunión de hombres -lo que parecía ser
casi la cuarentena de hombres en el campamento- en un pequeño claro. Estaban
de pie en un círculo suelto observando algo.

Escudriñó el área buscando Robbie, pero no lo vio. Repentinamente adivinando


la sabiduría de su búsqueda actual, empezó a darse la vuelta cuando vio a dos de
los hombres de lo que los tenían tan remachados.
Ella se congeló. Todo se congeló: su corazón, su aliento, su paso. De hecho,
estaba arraigada en el suelo con... ¿shock? No estaba segura, pero fuera lo que
fuese, no podía apartar los ojos de la pantalla frente a ella. No era sólo que
Robbie estuviera desnudo hasta la cintura -aunque sólo eso hubiera sido
suficiente-, también estaba siendo atacado por media docena de hombres que
empuñaban espadas, llegando desde diferentes

direcciones. Y él estaba ganando sin un arma o incluso un escudo para


defenderse, sólo sus manos.

Debía de haber caminado hacia adelante, porque se encontró bordeando entre


dos de los hombres para tener una visión más cercana.

¡Dulce cielo, nunca había visto nada parecido! Lucha de las tierras altas de la
que había oído hablar, pero esto era diferente. No sabía cómo describirlo,
excepto que estaba

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arrojando a todos los guerreros adulterados a los hombres, como si fueran


mosquitos molestos. No podían acercarse a él. Tan pronto como hacían su
movimiento, él los evadía con un giro de su cuerpo, un bloque de su mano, un
golpe de su rodilla, incluso una patada de su pie. Terminaban repletos de dolor o
de espaldas.

No fue hasta que los hombres cantaron por "Seton" que alguien le dio un
concurso.

Obviamente, Sir Alex había sido entrenado en el mismo estilo de pelea, porque
igualaba los extraños movimientos con casi la misma precisión. Era brutal, pero
extrañamente fascinante de ver, casi como una danza amenazadora y violenta.

Rosalin sentía como si su corazón estuviera en su garganta, como si estuviera a


punto de levantar la voz para decirles que se detuvieran mientras intercambiaban
golpes y golpes, golpes y giros, patadas y más patadas. Parecía como si pudiera
continuar para siempre, a pesar de que los dos hombres eran obviamente
agotadores. Finalmente, Sir Alex se dirigió rápidamente hacia Robbie, tratando
de darle un golpe en el costado de Robbie.
Ella jadeó cuando comprendió por qué: una gran parte del lado izquierdo de
Robbie estaba negra y llena de moretones.

Pero Robbie había anticipado el movimiento. Se retorció, tomó el golpe con su


lado derecho, golpeó con fuerza a Sir Alex bajo el mentón con el codo, y cortó
detrás de sus pies para aterrizar en su espalda.

La multitud estalló en un rugido.

Robbie sonrió y extendió la mano para ayudar a su amigo.

Sir Alex se quedó mirándolo un momento, maldijo prodigiosamente, pero


finalmente lo tomó. Su interacción era tan parecida a la de los hermanos que casi
se rio.

-Sois demasiado impaciente -dijo Robbie de una manera que hizo pensar a
Rosalin que no había sido la primera vez-. Y predecible. Sabía que las costillas
serían demasiado para que os resistierais.

-Es vuestro único maldito punto débil -murmuró sir Alex con frustración.

Robbie sólo sonrió. Pero mirando a ese pecho ancho y cincelado, Rosalin tuvo
que estar en desacuerdo. Incluso con el moretón, no había un punto débil en él.

Casi como si pudiera leer sus pensamientos, se volvió y la vio allí de pie. Parecía
que todos los demás la veían de pie allí también, porque la risa escandalosa de
repente se detuvo con toda la intensidad de un aplauso de trueno.

Un rubor se elevó hasta sus mejillas. Robbie frunció el ceño, pero se acercó a
ella.

-¿Necesitáis algo?

Ser enfrentado por más de seis pies de medio hombre desnudo pareció atar su
lengua.

Después de un momento nervioso de mirar su pecho, que parecía cubrir la mayor


parte de su campo de visión, forzó su mirada a sus ojos. Pero no antes de notar el
corte en su brazo.
-¡Estás herido

-No es nada.

De repente, consciente de que todo el mundo los estaba mirando -y escuchando-,


dijo:

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-Tengo que hablar contigo.

Él frunció el ceño:- ¿Pasó algo?

Ella miró a su alrededor conscientemente, cambiando la pila de ropa en sus


brazos.

-Por favor, es importante.

Sostuvo su mirada por un momento antes de volverse hacia sus hombres:-


Volveremos después de la comida del mediodía -miró a algunos de los hombres,
que tenían manchas de barro en sus ropajes-. Algunos de vosotros parecen como
si necesitarais lavaros.

Los hombres se rieron y comenzaron a lanzar insultos el uno al otro mientras se


dispersaban. Cogiendo su camisa y cotun de una roca cercana, Robbie se puso el
primero y colocó el último sobre su brazo. Por mucho que Rosalin se resistiera a
ver aquel pecho espectacular y resplandeciente cubierto, aquello despejó su
cabeza.

Se ofreció a llevar su paquete también. Lo pensó antes de entregárselo:- Vos


podríais también. Creo que el primero también os pertenece.

Ignoró la señalada referencia a la lesión que no le había contado y echó un


rápido vistazo a su trabajo. Una ceja se alzó mientras examinaba los puntos.

-Cristo, ¿cómo hicisteis eso? Parece como se hubiera sido tejido en el telar.
Apenas puedo ver las puntadas, son muy pequeñas.
Recordando lo que una vez le había dicho cuando le había preguntado por su
habilidad para acercarse furtivamente a ella, dijo:

-Práctica -un lado de su boca se alzó, pero luego cayó cuando añadió-. Yo
también soy bastante hábil para curar heridas y hacer cataplasmas.

Le lanzó una mirada:- No es nada, Rosalin. Un rasguño.

Ella tocó su mandíbula:- Eso no es un rasguño –por el amor de Dios, ¿eran todos
tan obstinados? Su hermano era igual cuando estava herido-. Incluso un
‘rasguño’ puede volverse pútrido y causar la muerte si no se cuida.

-No le daría a Clifford ese placer tan fácilmente.

Casi habían llegado a la tienda, pero Rosalin se detuvo en seco y se volvió hacia
él.

-Eso no es gracioso.

La idea de que su hermano lo matara, o de ver a su hermano muerto, la hacía


enfermar.

-No lo era. Simplemente señalé que mi muerte sería un placer para Clifford –y
vuestros paisanos-.

Sabía lo que estaba tratando de hacer, recordarle las circunstancias al forzar un


muro entre ellas, pero no iba a dejarlo.

-Para mí no.

Ella sostuvo su mirada desafiante, desafiándole a negar la conexión que corría


entre ellos. Una conexión que ni la guerra ni su hermano podían cortar.

Suspiró y sacudió la cabeza:- Las heridas han sido atendidas.

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-¿Por quién? -Boyd le dirigió una mirada que le hizo desear que no lo hubiera
preguntado-. Oh -dijo, con la boca cerrada. Deirdre.
Sostuvo la solapa mientras entraba en la tienda y subía tras ella. Colocando la
pila de ropa en el baúl de Sir Alex, se dirigió a la suya y sacó un paño y un jabón
de secado.

Obviamente, él también quería lavarse antes de la comida del mediodía.

-¿De qué queríais hablarme?

-¿Habéis golpeado alguna vez a una mujer?

-Maldito infierno, ¡por supuesto que no! ¿Por qué preguntáis tal cosa? -se veía
claramente ofendido.

-No es raro.

Él frunció el ceño:- Tal vez no lo sea, pero sólo los hombres débiles hieren a los
que son incapaces de defenderse. No soy débil.

Rosalin no discutiría eso:- ¿Qué hay de los que están bajo vuestro mando?

Sus ojos se estrecharon, volviéndose oscuros -no muy diferente al que había
visto la noche que él luchó contra Uilleam-. ¿A qué viene esto, Rosalin?
¿Alguien os hizo daño?

Negó con su cabeza:- A mí no.

Su ira se disipó y la comprensión llegó:- ¿A algunas de las otras mujeres?

Asintió con la cabeza, toda su frustración estalló:- No está bien. La embriaguez


no es una excusa para la brutalidad. Me enseñaron que los hombres deben
proteger a las damas, no lastimarlas.

La sostuvo con la mirada fija:- ¿Os dais cuenta de por qué estas mujeres están en
el campamento, Rosalin? No son damas.

Levantó la barbilla. ¿La consideraba inocente?

-Sí, pero un pecado no justifica a otro. Lo que hacen las mujeres no hace
aceptable pasar por ellas. ¿O creéis que una mujer que os lleváis a la cama por
placer no es digna de consideración?
Levantó la mano como para desquitarse de culpas.

-No pienso de esa manera; Es sólo que me sorprende que vos lo hagáis. Las
putas suelen estar por debajo de la consideración de la mayoría de las nobles.

-Bueno, para mí no.

La estudió atentamente, haciéndola desear que supiera lo que estaba pensando:-


Ya me he dado cuenta.

-¿Así que perdonáis a los hombres bajo vuestro mando que golpeen a las
mujeres?

-No. ¿Quién fue?

Se mordió el labio:- No puedo decíroslo.

-¿Por qué no?

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-La mujer se verá perjudicada si es castigada -parecía tan confundido que


añadió-. Su lugar aquí es... un poco turbio.

-¡Ah, la puta del inglés...! -se detuvo, viendo su expresión.

-¡No la llaméis así! No es su culpa que se haya enamorado del hombre


equivocado. El corazón no conoce de reglas.

Boyd sostuvo su mirada por un momento, casi como si él también quisiera evitar
pensar en el tema con demasiada atención.

-Tal vez no, pero tampoco podéis culpar a los hombres por no querer acostarse
con ella.

¿Debería ordenar que lo hicieran?

Frunció el ceño:- Por supuesto que no.


-Entonces, ¿qué queréis que haga?

-No lo sé, pero no está bien. Perdió a su hijo, ¿no es eso suficiente castigo? ¿Y
ahora se ve obligada a someterse al temperamento de un borracho y no poder
levantar la voz para quejarse por miedo a perder su lugar en el campamento?

-La vida no es justa, Rosalin. Os lo dice alguien que lo sabe.

La miró, sus grandes y luminosos ojos verdes brillantes de indignación y


frustración, y Robbie sintió que algo en su pecho se volvía y luego tiraba. Duro,
y con demasiada persistencia para ignorar.

Estaba en problemas, y cada día que pasaba era peor. La deseaba tan
intensamente, lo único que tenía que hacer era captar el menor indicio de su olor
y se ponía rígido como un muchacho a punto de atacar a su primera sirvienta.

Su proximidad lo estaba volviendo loco. Todo en ella lo volvía loco. No se


atrevía a mirar sus manos, porque si lo hacía, recordaría aquellos suaves dedos
blancos envueltos alrededor de su...

Maldito infierno, unos minutos de placer habían resultado ser una tortura.

No es que lo lamentara. ¿Cómo podía lamentar lo que había sido uno de los
momentos más eróticos, sensuales e íntimos de su vida? Parecía ser la única en
el campamento que desconocía su tormento. Douglas lo miraba como si
estuviera loco, Fraser con

diversión, Deirdre con acusación, y Seton con advertencia. Había amenazado


con deslizar la daga entre las costillas de Robbie si la tocaba.

Su compañero lo decía también, y aunque Robbie no se intimidaba (tener que


coger diez lanzas dirigidas a su cabeza durante el entrenamiento de MacLeod
llamado

"Perdición"), había visto la habilidad de Seton con una daga las suficientes veces
para no descartar sumariamente la amenaza.

Al principio, el lugar de Seton en el equipo pudo haber sido un gesto gratuito


debido a la amistad de Bruce con el hermano de Alex, Christopher, pero Boyd
tuvo que admitir que la habilidad de su compañero le había hecho ganar un lugar
hoy. Podía manejar una daga con una exactitud y una rapidez mortales que era
incomparable entre cualquiera de la Guardia. Demonios, entre los guerreros que
Robbie había visto.

Frunció el ceño, pensando en su lucha de antes. Seton también se había vuelto


mucho más hábil en el combate cuerpo a cuerpo de lo que Robbie hubiera creído
posible. No

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era tan fuerte como Robbie, pero era más rápido. Y más joven. Si alguna vez
aprendió a controlar su paciencia, en realidad podría dar a Robbie un verdadero
desafío.

Pero la amenaza de Seton no le preocupaba ahora. Era este otro sentimiento.


Este sentimiento más grande que parecía estar creciendo en su pecho y
superando todo lo demás. La sensación que le hizo querer matar a cada dragón
para que no tuviera que ver esta mirada en su rostro de nuevo.

Rosalin Clifford se sentía demasiado agitada. Ese era su problema. Y sólo le


traería decepción y frustración. Debería saberlo. Un día, aprendería la dura
verdad de que no podía corregir todos los errores del mundo. Estaba casi
contento de no estar cerca para verlo. Casi.

Pero eso no significaba que no estuviera afectado por su indignación en nombre


de la muchacha. Y no podía evitar pensar en su hermana. Si alguien como
Rosalin hubiese estado allí para defender a Marian, tal vez no hubiera sentido
que no había otro camino que no fuera el que salía de un acantilado.

-Lo siento -dijo, poniendo una mano en su brazo. Se obligó a no mirarlo-. No


quise que recordarais... Por supuesto que sabéis lo que digo.

Echó la cabeza hacia atrás para mirarlo. El suave aroma de lavanda impregnaba
sus sentidos. Estaba tan cerca, todo lo que tenía que hacer era doblar la cabeza y
sus labios tocarían los suyos.

El fuego rugía en su sangre en anticipación. Sus ojos parpadeaban sobre los


rasgos demasiado hermosos, los amplios ojos verdes, las pestañas oscuras y
largas, los labios rojos y la piel suave y aterciopelada, y todo lo que podía pensar
era observar esos labios, esas pestañas revolotear por encima de los ojos. Esas
mejillas cremosas se ruborizaron cuando él la llevó al pico del placer con sus
manos y su boca.

Dios, quería probarla. Quiso deslizar su lengua entre sus piernas y violarla hasta
que se arquease. Hasta que se rompiese y se metiese en la boca con una punta
caliente. Casi la saboreaba en los labios. Sentía cálida seda de su miel deslizando
contra su lengua.

Casi gimió. El deseo recorrió todas las venas de su cuerpo, reverberando como
un tambor. Y lo oyó. Lo sentía. Sus ojos se nublaron. Su boca se abrió en un
suave jadeo de anticipación. Él se inclinó hacia ella, sintiendo el suave temblor
que la atravesaba como si fuera el suyo. Su corazón latía con fuerza. Sus
músculos se tensaron. Apretó los puños contra la tentación. La tentación que
tuvo que resistir.

Con una maldición murmurada, retrocedió:- Necesito bañarme antes de la


comida -no esperó a que respondiera antes de salir de la tienda.

No estaba huyendo, maldita sea. Era el instinto.

Pero no sabía cuánto más podía soportar. No podía ser mucho más, se dijo. El
enviado a Clifford volvería en cualquier momento, Clifford estaría de acuerdo
con la tregua... ¿qué más podría hacer? -Rosalin se iría, y Robbie estaría un paso
más cerca de lograr lo único que importaba: ganar la guerra y liberarse de las
leyes inglesas.

La libertad de los hombres como su hermano.

Su mandíbula se endureció. Unas cuantos chapuzones más fríos en la ensenada


lo harían pasar por esto. Si tan sólo los recuerdos fueran tan fáciles de lavar de
su cuerpo como la lujuria.

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Capítulo 16
Robbie entró en el vestíbulo un rato más tarde, limpio, si no más relajado, y se
sorprendió al ver a Rosalin sentada en un extremo de la mesa de caballetes junto
a Seton. Douglas, no era sorprendente, estaba en el extremo opuesto.

Sabía que todavía estaba inquieta por Douglas, a pesar de que su amigo había
dejado de mirarla como si fuera la desove de Satanás (o en este caso, su
hermana). Se sentó al otro lado de Seton para actuar como otra barrera. No era
porque no pensaba que podía sentarse junto a ella durante un par de horas. No
podía ser tan débil.

Infiernos.

Pasó la mayor parte de la comida conversando con Fraser y tratando de ignorar


la fácil conversación entre su compañero y la mujer que lo conducía a la
distracción. ¿De qué diablos estaban hablando? ¿Por qué estaban susurrando?
¿Por qué se reía tanto? ¿Y por qué le importaba?

Porque Seton tenía razón. Estaba celoso. Profunda, e irracionalmente celoso. Tal
vez no pudiera ser suya, pero no podía soportar la idea de que alguien más la
tuviera, y seguro que no seríaa el compañero que había sido una espina en su
culo.

Se salvó de hacer algo vergonzoso -como gritarles para que dejasen de hacer
tanto ruido- ante la aparición ante él de una de las sirvientas. Cuando la
muchacha se inclinó para llenar su jarro de cerveza, vio su mejilla.

Una oleada reflexiva de rabia se precipitó a través de él a la vista de la contusión


grande, y fea. Al instante comprendió la indignación de Rosalin.

La muchacha había derramado un par de gotas que corrían por el borde de la


mesa en su regazo, y echando un vistazo a su expresión, entendió mal la fuente
de su ira. Parecía aterrorizada.

-Lo siento, mi lord. Voy a traer un paño para limpiarlo.

Él le agarró de su muñeca antes de que pudiera alejarse. Estaba bien huesuda


como Rosalin, y la fragilidad sólo le hacía estar más furioso. Sin embargo,
sentirla temblar de miedo forzó una dulzura en su tono.

-No es nada. Mi preocupación es por vuestra lesión. ¿Quién os hizo esto,


muchacha?

Aunque no estaba hablando en voz alta, algunos de los ocupantes de la


habitación habían tomado nota de la conversación, incluido el hombre que
sospechaba que la había golpeado. Fergal Halliday era un laird menor de cerca, y
bueno con una espada, pero también tenía un carácter vicioso cuando estaba
borracho.

Sus sospechas se confirmaron cuando su mirada se lanzó nerviosa e


inconscientemente al hombre en cuestión al otro lado del Salón.

-Nadie, mi señor. Fui yo. Yo... -parecía tratar de pensar en algo que explicara el
moretón que, era claramente, causado por una mano-. Fui muy tonta dijo con una
risa forzada-. Me tropecé hace unas noches con el palé y me golpeé con el borde
de la mesa.

Miró a Rosalin. Era una mala excusa. Y si no fuera por la advertencia de Rosalin
y la propia mirada suplicante de la muchacha, habría exigido la verdad. Pero
Rosalin tenía

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razón: había sido lo suficientemente castigada. No se haría cargo de ella. Fergal


sería tratado, también. El Capitán Robbie podría hacer su vida un infierno para la
próxima semana o así.

Él soltó su brazo:- Un desafortunado accidente -dijo lentamente-. Espero que no


vuelva a suceder. Vendréis a mí si sucede. -Le sostuvo la mirada para que no
hubiera duda de lo que hablaba-. Ninguna mujer debe sufrir tal abuso, y podéis
estar segura de que no será tolerado. Sois bienvenida aquí, muchacha, y espero
que nadie os haga pensar de otra manera.

Sus ojos se abrieron de sorpresa. Estaba claro que estaba tan poco acostumbrada
a la bondad, que no sabía cómo reaccionar. Lentamente los bordes de su boca
comenzaron a curvarse, y para cuando la sonrisa llegó a sus ojos, brillaban con
gratitud.

-Sí, mi señor. Gracias, mi Señor.


Se apresuró a alejarse, obviamente incómoda por la atención.

Robbie miró a Rosalin. Fue un error. Había tenido muchas miradas admiradoras
de las mujeres -su reputación y su popularidad en los Juegos le habían ganado
más que su parte- pero ninguno se había sentido así. Nadie había hecho que el
aire de sus pulmones se expandiera y su pecho se hinchara. Nadie le había hecho
sentir como el hombre más importante de la habitación. Y nadie seguro como el
infierno le había hecho querer mantener esa mirada brillante en sus ojos para
siempre.

Un hombre podría acostumbrarse a esa mirada. Un hombre podría aprender a


anhelar esa mirada.

Un hombre podría hacer algo estúpido por esa mirada.

Pero maldita sea, Bruce necesitaba el acuerdo de Clifford, y Robbie no podía


hacer nada para ponerlo en peligro. Y lo que él quería de Rosalin Clifford lo
pondría en peligro.

En este momento tenían impulso, y la resistencia de Clifford podría cambiar


fácilmente eso. No sólo podría animar a otros a seguir, sino que detendría el
progreso que Bruce estaba haciendo al retomar sus castillos. Robbie apartó la
mirada. La sangre de Dios,

¿dónde estaba ese mensajero? Debería estar aquí ahora.

Tragándose la cerveza restante en su taza, se puso de pie. Tenía que salir de aquí.

Antes de que pudiera empezar a bajar por el pasillo hacia la puerta, se encontró
con que fue el mismo hombre que había querido ver se acercaba a él. El hombre
que pensó que había querido ver. Pero la piedra de terror que se hundió en su
pecho cuando reconoció al enviado le dijo lo contrario. El acuerdo de Clifford
con la tregua había llegado. La mirada de Robbie se deslizó hacia Rosalin, y el
peso en su pecho comenzó a arder.

Tendría que devolverla.

La sala había sido despejada mientras Robbie, Sir Alex, el Douglas Negro y un
puñado de otros hombres hablaban con el enviado. Rosalin caminaba
nerviosamente fuera de la puerta para enterarse de su destino.
No tenía ninguna duda de que su hermano haría lo que fuera necesario para
liberarla, pero, ¿cuándo se vería obligada a marcharse?

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Se detuvo en seco. La sangre se le escurría de la cara. ¿Forzada? ¿Era eso lo que


se había convertido? ¿Realmente quería quedarse con los rebeldes, viviendo en
una tienda de campaña en los desolados bosques de la campiña más inhóspita
que había visto, con uno de los hombres más odiados de Inglaterra? ¿Un hombre
cuyo nombre evocaba

susurros de demonios? ¿El hombre cuya cabeza su hermano anhelaba ver en una
pica sobre las puertas de su castillo?

Era tan inconcebible, tan imposible, que no podía ser cierto. Por supuesto que
quería volver a Inglaterra. A sus bonitos y limpios vestidos, a sus lujosos
castillos, a su cómoda vida con la familia que la amaba.

La familia de su hermano. No de ella. Aunque los amaba con todo su corazón,


nunca serían suyos. Ella tendría una vida con...

La realización la golpeó con tanta fuerza que casi la derribó. Sir Henry. Dios en
el cielo,

¿cómo pudo haber olvidado al hombre con el que se suponía que iba a casarse?
Pero lo había olvidado. Absoluta y completamente. Su estómago empezó a
lanzarse tan violentamente, que tuvo que sentarse en las escaleras. Envolviendo
sus brazos alrededor de su cintura, trató de calmar el repentino vórtice que
rabiaba dentro de ella.

¿Qué iba a hacer?

La puerta tras de ella se abrió de golpe y los hombres comenzaron a alejarse.


Miró hacia arriba y vio a Robbie en la puerta. De su mandíbula apretada, boca
apretada y mirada oscura, supo que algo andaba mal.

Se puso de pie ansiosamente. -¿Qué pasa?


-¡Vuestro hermano es un maldito bastardo!

Su corazón comenzó a golpear, y sus dientes atraparon su labio inferior


nerviosamente.

- ¿Qué dice el mensaje?

Unos ojos azules y helados se clavaron en los de ella, como si de alguna manera
fuera su culpa.

-Está jugando. Juegos por los que hemos pasado antes. Nunca pensé que los
haría con su preciosa hermana -sus ojos se estrecharon-. ¿O hay algo que no me
estáis diciendo?

¿Acaso no sois tan cercana como me habéis hecho creer?

Su frente se arrugó:- Somos muy cercanos. ¿Qué queréis decir con juegos? ¿Y
qué ha hecho antes?

Su mandíbula se apretó aún más. Estaba claro que quería decírselo, pero algo lo
estaba reteniendo. El impulso de decírselo, aparentemente, ganó.

-Cuando nos tomaron en Kildrummy estábamos bajo una tregua. Vuestro


hermano

había dado su palabra de que estaríamos negociando una rendición. No estaba de


acuerdo, pero Nigel Bruce y Seton insistieron en confiar en vuestro hermano. En
cuanto levantamos la puerta y salimos a su encuentro, los ingleses atacaron. Nos
arrestaron, Nigel Bruce fue llevado a Berwick y ejecutado, y el resto de nosotros
fuimos echados como esclavos. Sabéis el resto.

-Debéis estar equivocado. Mi hermano nunca haría algo tan deshonroso.

-¿Estáis realmente segura de eso? Es la guerra, y estoy seguro de que lo justificó


con eso. Nuestro error fue confiar en la palabra de un inglés, cualquier inglés.

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La expresión de sus ojos le dio un escalofrío. Era una advertencia. Cualquiera
que fuera la respuesta de Cliff, le había recordado quién era y todo lo que había
entre ellos.

Rosalin enderezó su espina dorsal y le levantó la barbilla.

-Si lo que decís es cierto, mi hermano no sabía nada al respecto.

-Él dijo lo mismo –perjuró-. Tanto, que me abstuve de matar a sus hombres
cuando tuve la oportunidad, creyéndole cuando dijo que seríamos tratados
justamente. Visteis los resultados de eso. Vuestro hermano no merece vuestra
firme defensa.

-No lo conocéis como yo.

Su mirada la sostuvo firmemente:- Podría deciros lo mismo.

Rosalin tuvo que apartar la mirada, la turbulencia en su estómago volvía. Estaba


en lo correcto. No sabía que Cliff era un enemigo, pero se negaba a creer que
hubiera estado envuelto en algo tan deshonroso. Su hermano era un caballero, y
se enorgullecía del código de caballería. Tenía que haber una explicación.

Ella le devolvió la mirada. El sol había caído, pasando detrás del vestíbulo y
proyectando sus rasgos en sombras angulosas. Parecía duro e inflexible, a cada
centímetro del formidable guerrero.

-¿Qué más dijo el mensajero? ¿Acaso mi hermano estuvo de acuerdo con la


tregua?

Boyd apretó la mandíbula:- Sí y no. Estará de acuerdo, pero sólo si yo hablo con
él en persona.

Rosalin palideció. Por segunda vez en aquella corta tarde, el latido de su corazón
dio un salto ansioso.

-¡No! No podéis hacer eso. Es muy peligroso.

-Creí que confiabais en vuestro hermano. Seguramente un caballero tan


renombrado no haría algo tan traicionero como ponerme una trampa.
Sus mejillas se ruborizaron con rabia ante su desafío.

-No me preocupa mi hermano. Habrá otros hombres alrededor. Podrían


capturaros cuando marchéis. O seguiros.

Alzó una ceja:- Si no lo supiese mejor, pensaría que estáis preocupada por mí.

Sintió el más extraño impulso de tocar su dedo contra ese pecho acerado y
quizás darle un buen empujón.

-Por supuesto que estoy preocupado por vos, aunque ahora mismo me pregunto
por qué.

Hacéis tan difícil que… -se detuvo repentinamente.

Levantó la barbilla para mirarla a los ojos:- ¿El qué, Rosalin? -preguntó con voz
ronca.

Ella escaneó las profundidades de su mirada, buscando algo.

-Preocuparme por vos.

Lo sintió endurecer. La miró tan atentamente, que por un momento pensó que se
estaba ahogando dentro de sí mismo, girando en un remolino de emociones.

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Àriel x

Pensó que la atraería a sus brazos.

En su lugar, soltó la mano de su rostro:- Sería una tontería hacerlo.

La decepción la atravesó como una astilla de cristal dentado. ¿Qué esperaba?


¿Una declaración de amor? ¿Alguna indicación de que él también sentía algo?

Todo lo que le importaba era la guerra y derrotar a los ingleses. No había lugar
para nada, ni para nadie en su vida. Lo consumía una sola cosa: ver a los ingleses
pagar por lo que le habían quitado.

Y ella lo había escuchado, al principio. Pero algo había cambiado. Algo le había
hecho pensar que podría haber espacio para algo más en su corazón. Pata ella.
Ahora no estaba tan segura.

-¿Cuándo marcháis? -preguntó ella, notando un nudo en su garganta.

-Inmediatamente. Quiero esto lo antes posible.

Se estremeció, las palabras se hundieron entre sus costillas como una daga.
Tomó todo lo que tenía para no dejarle ver cuánto dolor le había causado. Una
saludable dosis de ese orgullo de Clifford la mantuvo erguida.

-Entonces, a la velocidad de Dios. Esperaré ansiosamente vuestro regreso.

-Rosalin, diablos, eso no es lo que quise decir.

Trató de alcanzarla, pero se apartó de él, sosteniendo su espina dorsal para


ocultar el temblor en sus hombros, y se alejó tan regiamente como la princesa
que una vez la acusó de ser.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Capítulo 17

Robbie había estado esperando este momento durante seis años. Pero el largo
pasillo de Melrose Abbey no era el campo de batalla que había tenido en mente
para enfrentarse a su enemigo.

Clifford estaba esperando con tres de sus hombres cerca de la madera tallada y el
altar, más allá del cual sólo se permitían monjes. Robbie comenzó a bajar el
pasillo sur con tres de sus propios hombres flanqueándole. Había traído a una
docena de hombres, pero sólo Fraser, Barclay y Keith lo habían acompañado
dentro de la abadía. Unos cuantos más esperaban afuera, mientras el resto se
extendía por la aldea vigilando cualquier señal de una trampa, y preparándose
para escapar si fuera necesario.

Robbie no esperaba nada, pero con el inglés había aprendido a ser cauteloso.

De acuerdo, ambas partes habían dejado sus armas en la puerta. Aunque utilizar
espadas en el lugar sagrado sería un sacrilegio, Clifford había insistido, con una
referencia no tan sutil a la muerte de Bruce del Comyn Rojo seis años atrás, en
una iglesia. El acto

"bárbaro" había comenzado la licitación de Bruce para el trono y también había


servido para conseguir que le excomulgaran.

Robbie no se oponía. Él no era el que necesitaría un arma si su parlamento


tomaba un mal giro. Además, mientras Robbie tuviera a Rosalin, tenía todo lo
que necesitaba para ganar esta batalla en particular.

Las cartas habían sido giradas. Robbie ya no era un prisionero bajo el yugo de la
licitación de su carcelero o un rebelde que apoyaba a un rey en la batalla. Esta
vez Robbie tenía todo el poder, y ambos lo sabían.

Había soñado con el día en que tendría al bastardo pomposo bajo sus pies. ¡Los
ingleses y su mierda de superioridad! Durante demasiados años habían tratado a
los escoceses como siervos en su propio reino, como sujetos recalcitrantes y
rebeldes embrutecidos.

Ver algo de humildad en la cara de algún señor inglés -especialmente la de


Clifford- era algo que Robbie había estado esperando durante mucho tiempo.

Un día pronto el rey inglés se vería obligado a reconocer a Escocia como una
nación independiente, pero por ahora la aquiescencia de Clifford lo satisfaría.

El ruido de sus pisadas en el suelo resonaban en una de las abadías más grandes
de Escocia. Construida en forma de cruz de San Juan, los gruesos pilares y
murallas de piedra de la abadía se alzaron a más de cuarenta pies sobre él,
amurallados y decorados con pinturas de colores vivos que complementaban los
miles de pequeños trozos de vidrio manchados y meticulosamente cortados y
colocados en plomo Llenan las

enormes ventanas arqueadas, de las cuales debeían haber unas cincuenta.

Era impresionante. Impresionante. Una maravilla moderna de la arquitectura. El


tipo de lugar en el que querías mover tu cuello hacia atrás y mirar alrededor,
escogiendo los diferentes santos y escenas de la Biblia.

Pero la mirada de Robbie estaba fija justo delante de él. En un solo hombre.
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Lord Robert Clifford, no había cambiado mucho desde la última vez que se
habían encontrado cara a cara. Su cabello rubio se había oscurecido, había
algunas cicatrices más en su rostro y tenía unos kilos más de músculo, pero los
rasgos patricios, los ojos fríos y el macizo de la cadena y el tabardo sin manchas
con la franja roja, Los controles amarillos de los brazos de Clifford eran todos
iguales.

Una cosa era diferente. Esta vez Robbie notó el parecido con su hermana.

Cuando sus ojos se encontraron, Robbie sintió como si alguien le hubiera dado
un puño en el estómago. Cristo, eran del mismo color. Podría haber estado
mirando a los ojos de Rosalin.

¡Mierda! Tenía que apartar la vista. Con la boca cerrada, se detuvo a pocos
metros de distancia.

Los dos hombres se enfrentaron en silencio. Este momento había tardado mucho
en llegar. Habían cambiado muchas cosas, y tenían seis años de pelea entre ellos,
pero ambos eran muy conscientes de lo que había sucedido la última vez que se
habían encontrado. Robbie todavía podía oír las palabras condenatorias.
Llevadlo al foso.

Había estado tan malditamente sorprendido. Tal vez eso era lo que más le había
enfadado. En realidad, había creído a Clifford. Podría haber matado a los
hombres de Clifford mientras defendía a su amigo, pero no lo había hecho.
Había esperado la justicia, o por lo menos, la pretensión.

La sangre se precipitó a través de él en los recuerdos, y el calor de la cólera se


extendió por sus venas. La ira, pero no el odio que generalmente rugía a través
de él en la mención de Clifford. El odio que se había convertido en compañero
de Robbie como la armadura que llevaba.

Por todo lo que era sagrado, él querría aplastar su puño a través de ese conjunto
de dientes perfectamente rectos y envolver sus manos alrededor de la garganta
del bastardo hasta que tomara su último aliento. La traición de Clifford había
causado la muerte de muchos de los compañeros de Robbie, incluyendo a
Thomas, y había estado a sólo horas de tomar el resto de ellos. Clifford había
sido una espina en el bando de Robbie, un símbolo de su odio hacia los ingleses,
durante mucho tiempo.

Pero ahora, no sentía tal necesidad. ¿Qué diablos le pasaba?

Sin embargo, no se daban la mano, y la tensión en el aire era palpable.

Boyd se dio cuenta de que estaba siendo sometido a un escrutinio minucioso,


pero los ojos fríos -los fríos ojos verdes, maldita sea- no dieron ninguna pista a
los pensamientos de Clifford. Era una cosa que no compartía con su hermana,
aunque en este caso, Robbie deseaba que lo hiciera. Los expresivos ojos de
Rosalin dejaron de lado sus pensamientos.

Maldición, tenía que dejar de pensar en ella. Pero parecía que eso era todo lo que
podía hacer. Preocuparme por vos. Cristo, ¿por qué diablos había dicho eso? No
quería que se preocupara por él, y al oír las palabras lo obligó a reconocer algo
que quería ignorar.

Había reaccionado mal y se había arrepentido de sus duras palabras. Pero ella lo
había pillado desprevenido. ¿Qué demonios se suponía que debía hacer?
Conocía las

circunstancias tan bien como él. Había pocas cosas menos insuperables que la
hermana de un barón inglés -un señor inglés, no menos- y un "rebelde" escocés,
luchando por

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Bruce. Infierno, subir el pico más alto de los poderosos Cuillins en el invierno
con las manos atadas a la espalda podría ser más fácil.

Lo mejor para ambos sería acabar con esto lo más rápido posible.

Con ese fin, rompió el estancamiento:- Clifford -dijo con un movimiento de


cabeza-.

Como insististeis en esta reunión, supongo que tenéis algo que decir.
La fría actitud de Clifford se agrietó.

-Maldita sea si tengo algo que decir. Como si quemar a la gente fuera de sus
casas y robar sus bienes no era suficiente, ¿secuestráis a mi hijo y a mi hermana?
¿Qué clase de bárbaro sois?

Robbie sintió un escalofrío por la –familiar- rabia.

-El tipo que tiene a vuestra hermana, así que si yo fuera vos, sería cauteloso con
mis palabras. ¿Necesito recordarles las jaulas donde la condesa de Buchan y una
niña de catorce años pasaron un par de años de su vida gracias a vuestro rey? Si
queréis hablar con los bárbaros, quizás deberíais mirar más cerca de casa.

El rubor del caballero le dijo que su pulla había sido bien dirigida.

>- Vuestra hermana e hijo fueron mis rehenes, y han sido tratados con todas las
consideraciones. Demasiada consideración, al parecer, ya que permitió a vuestro
hijo escapar. En cuanto a las incursiones, tenéis solamente que miraros a vos
mismo. Mi enviado vino a vos con términos que rechazasteis.

-Dos mil libras no son términos. Es un robo.

-Llamadlo como queráis, pero es lo que cuesta de la paz... y que, recuperéis a


vuestra hermana. Dos mil libras es una miseria en comparación con la riqueza
que los ingleses han saqueado, robado y espoliado de mi país.

La boca de Clifford cayó en una línea dura. Robbie podía ver la ira que se estaba
forzando a contener, la frustración, y finalmente, el reconocimiento de que
Robbie había estado esperando para ver durante mucho tiempo. No tenía más
remedio que someterse.

-Tendréis vuestra tregua -dijo Clifford, cada palabra fue atravesada por los
dientes apretados.

Aunque el resultado había sido una conclusión inevitable, escuchar las palabras
le sentaba bien. Por lo menos debería, pero por alguna razón Robbie no sentía la
satisfacción o el sentido de la victoria que quería. Debajo de la ira de Clifford,
bajo su frustración, bajo su reconocimiento, Robbie también vio algo más: su
impotencia.
Desamparo, por del amor que sentía por su hermana y del miedo que no podía
ocultar.

Robbie se sintió incómodo. Inquieto. Y para nada satisfecho.

También sabía lo que significaba, y ese pensamiento -el conocimiento que tenía
que darle de vuelta- le hizo sentir algo que temía estar peligrosamente cerca de
lo que Clifford sentía.

La mirada que encontró con la suya no era fría en absoluto, sino dolida.

-¿Rosalin está a salvo? ¿Ha sufrido algún daño?

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Robbie debería torturar al bastardo y dejarle pensar lo peor. Dios lo sabía, se lo


merecía. Pero se encontró diciéndole la verdad.

-Será devuelta a vos exactamente como la encontré, sin ni siquiera un moretón.


Os doy mi palabra.

-Roger dijo lo mismo, pero, maldita sea, es una dama gentilmente educada, que
no está acostumbrada a esas condiciones tan duras –a Robbie no le gustaba
pensar en ello más que Clifford-. ¿Cuándo?

-Tan pronto como…

Pero las palabras de Robbie fueron cortadas cuando otro hombre -un caballero,
por su apariencia- apareció:- ¿Vuestra palabra? ¿Qué clase de seguridad es ésa? -
miró a Robbie con una expresión de condescendencia y desdén-. ¿Por qué
debemos creer la palabra de un hombre que no es mejor que un bandido? ¿Cómo
sabemos que no habéis puesto

vuestras viles manos sobre ella?

Clifford parecía más molesto por la interrupción del hombre que Robbie.

-Os dije que me ocuparía de esto.


El caballero insistió:- Debo tener garantías...

-Sir Henry -dijo Clifford-. Callaos.

Robbie miró fijamente al hombre que Clifford había identificado como sir Henry
con un cálculo frío. Aunque las palabras y la actitud del caballero lo habían
enfurecido, Robbie los había oído muchas veces antes para dejarlo mostrar. Pero
había algo en ese hombre que le hacía enfadar. Era igual de alto Robbie y sólo
un poco más delgado en la construcción, aunque era por lo menos un puñado de
años más joven. Le recordó a alguien. Pero con su cabello oscuro y ojos claros,
podría ser la mitad de los miembros de la Guardia de las Highlands, incluido él
mismo. La idea debió haberlo divertido, pero por alguna razón sólo le hizo
fruncir el ceño.

-¿Nos conocemos? -preguntó Robbie con una indiferencia que sabía que
renegaría.

Lo hizo. El caballero se ruborizó:- Si lo hubiéramos hecho, no estaríais de pie


aquí, pero podríais estar en una tumba en alguna parte.

Robbie arqueó una ceja:- Las palabras se las lleva el viento. ¿Queréis
demostrarlo?

Sir Henry se acercó a él.

-Sí, en cualquier momento. Tan pronto como devolváis a mi prometida.

Tomó un momento para que lo entendiera, y cuando lo hizo, nada pudo haber
ocultado el shock de Robbie. Probablemente llevaba la apariencia de un hombre
que había recibido un disparo en la espalda con una flecha. Podría haber sido así.

Le dio al otro la ventaja, la ventaja momentánea. Se burló a sabiendas.

-No me sorprende que no os lo haya dicho. Probablemente pensó que intentaríais


también cobrar vuestros pagos. Debemos casarnos al final del mes, y tendré
garantías de que no la habéis tocado.

Robbie ya no contenía su ira. Lo estaba atravesando peligrosamente, listo para


explotar.
Le había mentido. ¿Prometida? Qué mierda. Mientras ella estaba acostada en sus

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Àriel x

brazos, dejándolo poner sus manos sobre ella -poniéndole las manos encima- se
iba a casar con otro hombre. Me importáis. Dios, se sentía como un tonto.

Estaba tentado de decirle a Sir Henry exactamente lo que habían hecho, y


exactamente donde habían estado sus manos.

-¿Y si he puesto mis manos en ella? -Robbie no pudo resistirse a burlarse-. ¿Qué
haréis entonces?

Los ojos del otro se llenaron de rabia:- Bastardo, os mataré.

Se habría lanzado a Robbie, pero Clifford sabiamente lo retuvo.

-Estos hombres están aquí bajo una tregua, de Spenser. No lo romperéis.

-¿Cuál es la diferencia esta vez, Clifford? -preguntó Robbie-. ¿La edad os ha


dado sentido de honor?

El ligero rubor en el rostro del otro era la única señal de que la estela de lo que
había sucedido en Kildrummy había encontrado su punto.

-He aceptado vuestros términos. Vuestra palabra de que Rosalin no está dañada
es suficiente. Robert de Bruce tendrá su tregua y sus dos mil libras.

-Y en cuanto lo tenga, tendréis a vuestra hermana.

El rostro de Clifford se puso blanco:- Pero eso podría tomar semanas. Necesitaré
tiempo para juntar toda esa moneda. Dijisteis que en cuanto estuviera de
acuerdo...

-Eso fue antes de insistir en esta pequeña reunión -dijo Robbie-. Ahora creo que
necesitaré más garantías para asegurarme de que mantendréis los términos de
nuestro trato.

Clifford se dirigió hacia él, pero se detuvo ante la más delgada de las
restricciones:- Sé por qué estáis haciendo esto, y si la lastimáis, ¡por Dios que os
mataré!

-Lo habéis intentado una vez antes. ¿Qué os hace pensar que tendréis éxito esta
vez?

El rostro de Clifford se puso rojo, Robbie pensó que iba a explotar. Pero el
caballero tenía más control de lo que Robbie probablemente habría tenido en las
circunstancias y contuvo lo que quería decir.

-Idos. Tendréis vuestra tregua y dinero tan pronto como se pueda arreglar. Me
habéis dado vuestra palabra. Os la tomo.

-Eso no es suficiente -dijo sir Henry de Spenser-. Exijo garantías de que no le ha


obligado.

Clifford se volvió hacia el joven caballero.

-Una palabra más y no necesitaréis garantías para nada.

Lo que Spenser vio en los ojos de Clifford le hizo morderse la lengua.

Clifford se volvió hacia Robbie:- ¿Dais vuestra palabra?

-La doy.

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No obligaría a Rosalin. Él podría prometer aquello. Pero con el tumulto de las


emociones que rabiaba en su interior en ese momento, eso era todo lo que podía
hacer.

***

Rosalin se sentó sobre una roca, saboreando el simple placer del cálido sol sobre
su cabello y rostro. Los pájaros gorjeaban en las distancias y los aromas frescos
del jardín flotaban por su nariz con la suave brisa. En el aire se oía un destello,
una débil señal de primavera. Por primera vez desde que había llegado al norte,
estaba lo suficientemente caliente como para estar afuera sin dos capas de lana, y
sólo llevaba su vestido azul claro ligeramente menos manchado sobre su camisa.

Se inclinó hacia una de las plantas a sus pies -una col rizada de buen aspecto- y
despejó unas cuantas hojas de la tierra meticulosamente cultivada que la
rodeaba. Además de las coles, había cebollas, chirivías, nabos, zanahorias, y un
puñado de hierbas que habían logrado soportar el frío invierno.

El huerto había sido una sorpresa. Había tropezado con él el día después de
Robbie se fue, yendo a devolver el montón de ropa a Deirdre. Era un pequeño
trozo de terreno, no más de quince m2, escondido detrás de la última tienda en
las afueras del campamento.

Se había erigido una cerca de aljibes sorprendentemente sofisticada para evitar


que las liebres, gatos salvajes, jabalíes, lobos y otros animales que habitaban el
bosque lo perturbaran. Bien cuidado, ordenado y tranquilo, este lugar parecía un
pequeño oasis en el campo salvaje, antipático alrededor de ella. Le encantaba
sentarse aquí, rodearse de él.

Ella sabía de inmediato a quién pertenecía el lugar. Robbie Boyd no había


olvidado tanto de su pasado como quería creer, y para Rosalin, este pequeño
jardín tallado en las trincheras parecía una prueba de que aún había una batalla
que ganar dentro de él.

¿Un granjero? ¿Quién habría pensado que el hombre más fuerte de Escocia y
uno de los guerreros más temidos y violentos de la cristiandad no sólo era un
erudito sino también un posible agricultor? Tal vez no debería haberse
sorprendido. El físico, al aire libre, conseguir trabajo con sus manos, encajaban
en él.

Aunque era un laird con una baronía en Noddsdale y otras tierras en Renfrew y
Ayr, el manejo de tierras y arrendatarios no era como lo veía. Si la guerra no
hubiera llegado, habría cumplido con su deber de laird, por supuesto, pero ella lo
representaba en actividades menos señoriales, vagando por el campo a pie,
mangas de camisa enrolladas alrededor de esos brazos enormes y musculosos,
dándole una mano a su Inquilinos, ya sea con un arado o un martillo. Tal vez con
un hijo o dos a su lado, él uniría la colina a la granja fortificada después de un
largo día de trabajo para saludar a su esposa y al resto de sus hijos con una
sonrisa y un beso.
¿Y si ella fuera esa esposa?

La imagen la atrapó con una dura punzada de anhelo. Para alguien que nunca
había tenido un hogar propio y que había marcado el paso del tiempo por las
pocas

oportunidades que había tenido para ver a su hermano, el simple placer de esa
vida parecía un cuento de hadas.

Mónica McCarty Ariete

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Era un cuento de hadas. La guerra había llegado, y no había vuelta atrás. No


había un

"qué pasaría". Sólo había futuro. Sin embargo, este jardín -como su bondad para
con María ese día en el salón- daba esperanza de que algo de esto se hiciera
realidad.

Quería amarlo. Temía que ya lo hiciera. La pregunta era si él podía volver a


amarla.

-Pensé que podría encontraros aquí.

La voz la sorprendió y ella saltó. Siguió el reconocimiento, y ella se volvió con


una sonrisa al ver a Sir Alex de pie en la puerta.

-Me temo que me habéis pillado soñando.

Sonrió:- Sólo quería asegurarme de que no os perdierais la comida del mediodía


al quedaros dormida aquí de nuevo -su sonrisa cayó, su boca se torció
ligeramente-. Con el temperamento que Boyd ha tenido últimamente, temo que
si perdéis peso,

probablemente me acusará de abandono del deber y de dejaros morir de hambre.

Rosalin se levantó de su asiento y cruzó el jardín hasta la puerta abierta. Quería


aclarar lo que había dicho, pero había una amargura en el tono de Sir Alex que
no podía ignorar.
Puso su mano en su brazo y le miró a los ojos. Había sido muy amable con ella,
y realmente le gustaba que el joven caballero se volviera rebelde. En muchos
sentidos, habría sido mucho más fácil si hubiera sido el que le llamara la
atención. Eran muy parecidos.

-¿Están las cosas realmente mal entre ustedes?

La pregunta pareció sorprenderle. Pareció contemplarla durante un minuto y


luego se encogió de hombros.

-No todo el tiempo. En una misión o en el calor de la batalla no parece importar


tanto.

Pero una vez que la batalla está hecha nuestras diferencias no son tan fáciles de
esconder. No me respeta como guerrero, ni como compatriota, amigo… y nunca
lo hará.

Le tomó la mano, acariciándola galantemente en la curva de su codo como si


estuviera en la corte, y comenzó a conducirla hacia el Salón.

-Esa no es la forma en que yo lo veo -dijo con una mirada de soslayo-. Confía en
vos, más de lo que se da cuenta. Los vi luchar juntos en Kildrummy, e incluso
entonces, lo vi. Ahora es incluso más. En realidad, parecéis hermanos. ¿No hay
manera de que podáis poner vuestras diferencias a un lado?

Sir Alex pareció considerar seriamente sus palabras. Finalmente, sacudió la


cabeza.

-Es demasiado tarde para eso. Solía molestarme, pero ahora me doy cuenta de
que no importa lo que haga, nunca cambiará. Ha ido demasiado lejos. Lo único
que le importa es que los ingleses paguen por lo que han hecho y por él. Estoy en
medio de eso.

-¿Porque nacisteis en Inglaterra?

-Es más que eso. Es por lo que represento. Le recuerdo cosas que quiere olvidar.
Una sonrisa torcida giró su boca-. En momentos que no convienen.

-¿Qué quieres decir?


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-No haré la vista gorda a las incursiones, a los saqueos y a la guerra de terror que
se libra a lo largo de la frontera por ambos lados. Supongo que todo se reduce a
que tenemos diferentes formas de actuar. Está dispuesto a hacer lo que sea
necesario, y yo no. Boyd nunca respetará a alguien que no está dispuesto a dar
todo a la lucha por la independencia. Piensa que soy ingenuo y ve mis maneras
"caballerescas" como una reliquia del pasado en el mejor de los casos y como
hipocresía, en el peor. Tal vez sea para algunos, pero no es así para mí. Necesito
poder mirarme en el espejo cuando todo esto haya terminado. Esto solía ser
sobre lo que era correcto, pero Boyd ha perdido de vista eso. Ahora se trata tanto
de castigar al enemigo y de exigir retribución por todo lo que le han quitado.

-No lo creo. Sé que está impulsado...

-¿Impulsado? -Sir Alex no pudo retener una sonora risa-. Esa es una manera de
decirlo.

Es lo único que le importa. La única cosa.

Rosalin no quería oírlo si lo hacía para su beneficio:- Eso no es cierto. Creo que
muchas cosas le importan. Vos, la gente de aquí, y yo apostaría que los otros
fantasmas, también. Uno de ellos, yo, si él lo admitiera…

El rostro de sir Alex se quedó inmóvil. Se detuvo y tomó su codo.

-¿Qué dijisteis?

Se mordió el labio, mirándolo con incertidumbre:- Robbie es parte de los


fantasmas de Bruce.

Su voz era muy baja y deliberada:- ¿Os dijo eso?

Negó con la cabeza y se encogió de hombros. Tenía el perfecto sentido. Si


seleccionaba a los hombres para formar una banda de guerreros extraordinarios,
seguramente incluiría al hombre que sería el más fuerte.

-No fue muy difícil de averiguar después de la noche en el bosque cuando


apareció de la oscuridad con ese horrible timón y la cara ennegrecida para
salvarme del soldado de Douglas. Sospecho que vos también sois uno de ellos -
lo miró para confirmarlo, pero el rostro pedregoso no reveló nada. -¿Y también
el Douglas Negro?

Sir Alex la miró atentamente.

-¿Le habéis contado a alguien más de vuestras sospechas?

-¡Por supuesto que no!

-Entonces prometedme que no volveréis a decirle a nadie, ni siquiera a Boyd.

Especialmente Boyd.

Sus dedos se habían tensado y su rostro se había vuelto tan oscuro que casi no lo
reconocía. Ella asintió, un poco asustada:- ¿Por qué?

-Porque es peligroso.

Rosalin abrió mucho los ojos. Continuaron caminando. Estaba muy perturbada
por los comentarios de Sir Alex. No sobre los fantasmas, sino sobre la
determinación de Robbie de ganar a toda costa. Sir Alex tenía razón: era difícil
reconciliar al Ejecutor del Diablo con el noble guerrero que recordaba.

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Pero tal vez no estaban tan separados. Aunque amaba a su hermano y entendía
que estaba cumpliendo con su deber, había llegado a simpatizar con la causa de
Robbie, si no con sus métodos. En la búsqueda de ganar a toda costa, había
perdido de vista por lo que estaba luchando. Pero recientemente pensó que
podría haberle ayudado a recordar.

Tal vez no fuera el caballero de una brillante armadura montada en un corcel


blanco que había creado en su mente, pero se negaba a creer que sólo buscaba
venganza, como Sir Alex sugería.

Justo cuando estaban a punto de entrar en el salón, se volvió hacia él.


-Estáis equivocado, Sir Alex. Creo que todavía está muy afectado por lo correcto
y lo incorrecto. Creo que por eso pelea tan duro. Podría actuar sin piedad y
duramente cuando tuviera que hacerlo, pero no haría nada verdaderamente
deshonroso.

Alex mantuvo la mirada fija. Su apasionada defensa tal vez había revelado más
de lo que ella quería.

-No os hagáis falsas esperanzas, mi señora.

-¿Qué queréis decir?

-Conozco a Robbie Boyd desde hace mucho tiempo, y no dejará que nada se
interponga en el camino de ganar esta guerra. Nada. Cuando llegue el momento,
os enviará de vuelta. Necesita la cooperación de Clifford, y esta es la única
forma en que lo conseguirá. ¿Creéis que vuestro hermano estaría de acuerdo con
una tregua y con el pago de dos mil libras si Boyd no lo tuviera agarrado por su
cabeza?

No lo haría, aunque no había querido pensar en ello. Su hermano era tan


obstinado como Robbie. Si no fuera por ella, nunca estaría de acuerdo.

Si ella hubiera estado albergando una secreta esperanza de que cuando llegara el
momento Robbie no sería capaz de enviarla de vuelta, que él dejaría de verla
como un arma para usar contra Cliff, que querría aferrarse a ella, como quería
aferrarse a él, sabía que se estaba engañando a sí misma.

Él la enviaría de vuelta, ¿y entonces qué? ¿Se olvidaría de ella? ¿Lucharía por


ella? O

peor, ¿no haría nada?

Rosalin no tuvo tiempo de reflexionar sobre la cuestión, pues apenas se sentaron


a comer, la puerta se cerró de golpe, y Robbie y los hombres que habían ido a
encontrarse con su hermano irrumpieron en el vestíbulo.

Tenía que agarrar el borde de la mesa de madera para evitar saltar de su asiento.
Pero el momento de alivio que sentía al verlo regresar con seguridad volvió a
morir cuando sus ojos se encontraron. El suyo quemó con una rabia profana que
giró la sangre que corría en sus venas al hielo.
Inconscientemente, se inclinó hacia Sir Alex, que estaba sentado a su lado. En
todo caso, el movimiento sólo servía para que los ojos de Robbie ardieran aún
más oscuros.

Cruzó la distancia de la habitación en pocos pasos.

-Estáis de vuelta -dijo suavemente.

Su corazón se cerró cuando sus ojos se clavaron en los suyos. Algo andaba mal.
Muy mal.

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-Venid conmigo -exigió.

Nunca lo había visto así:- No he terminado mi comida.

-¿De qué se trata todo esto, Boyd? -dijo Sir Alex, levantándose protector a su
lado.

No era lo correcto. Robbie parecía que podría nivelar a su amigo con su puño en
lugar de sólo su mirada. En cambio, se acercó a la mesa y arrancó a Rosalin de
su asiento.

Estaba tan sorprendida que lo único que pudo hacer era quedarse boquiabierta
mientras la sacaba del repentino y silencioso Hall.

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Capítulo 18

Lo había convertido en el sangriento bárbaro que algunos le acusaban de serlo,


pero Robbie no se molestó. Había controlado su furia por el largo viaje de
regreso al bosque, pero en el momento en que la había visto sentada con Seton,
con un aspecto tan bello, hizo que su pecho se apretara.

Su mandíbula se cerró y la sangre rugió a través de sus venas mientras salía


furioso del Pasillo a través del bosque hasta su tienda. Tenía cuidado de no
mirarla. Su olor suave era suficiente tortura. Como la forma en que envolvía sus
manos alrededor de su cuello y parecía hundirse contra su pecho, acurrucando su
mejilla contra su hombro.

Ella no dijo nada. Sólo fue con él con calma. Maldita sea, ¿no veía lo furioso que
estaba con ella? ¿No podía decir que estaba al final de su maldita cuerda? ¿No
debería estar temblando de terror y suplicando saber lo que estaba mal?

Obviamente confiaba demasiado en él. La tonta pensaba que no le haría daño.


Maldita sea por conocerme tan bien.

Empujándola contra él, se agachó a través de la tienda y se quedó en la entrada,


dejando que sus ojos se ajustaran a la luz del sol.

-¿Vais a decirme de qué se trata esto? -preguntó suavemente.

Miró hacia abajo por primera vez, viendo esa hermosa cara que lo miraba
fijamente. El dolor en su pecho casi cortó su aliento. Parecía tan, tan inocente,
pero le había estado mintiendo desde el principio.

Su mandíbula se apretó, él la dejó y la apartó firmemente de él.

-¿De qué se trata? ¿Y el hecho de que me mentisteis?

Su ceño se frunció por la confusión:- Nunca os he mentido. ¿Tiene algo que ver
con mi hermano? ¿Os ha negado la tregua?

-No. Clifford estuvo de acuerdo con todo.

Su cara cayó. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué demonios se veía decepcionada?

Ella se apartó de él:- Entonces, ¿por qué estáis enfadado? Tenéis todo lo que
queríais.

Podéis enviarme de vuelta y seguir adelante con vuestra guerra.

Eso era exactamente lo que debía hacer, maldita sea. Pero por primera vez en
mucho tiempo, pensaba en algo más que en la guerra. Cuando había pedido a
Clifford que se quedaría con ella hasta que recibiera el dinero, había estado
pensando en una cosa y una sola cosa.

-Vuestro hermano estuvo de acuerdo, pero vuestro prometido -dijo mientras daba
un paso hacia ella-, vuestro prometido necesitaba algunas garantías.

Tuvo la satisfacción de ver cómo palidecía. La culpa congeló las no más largas
facciones:- ¿Sir Henry estaba allí?

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

No sabía si fue la rabia o la ira que le hizo agarrarle el codo y levantarla con
fuerza contra él.

-Sí, lo estaba -dijo con una voz no lejos de la amenaza-. Y no parecía muy feliz
de saber que su enamorada podría haber estado pasando tiempo en mi cama.

Sus ojos se abrieron, pero no dijo nada. Ninguna protesta. Ningún ‘¿cómo
podría decirle tal cosa?’. Nada.

-¿Por qué me mentisteis, Rosalin? ¿Por qué no me dijisteis que ibais a casaros?

Algo se quebró en su voz. Algo que iba más allá de la ira. Una especie de
emoción que no quería reconocer.

Fuera lo que fuese, lo notó. Sus ojos se suavizaron, y su voz era calmada. El tipo
de voz que su madre había usado cuando se había caído de la cama cuando era
un niño.

-No os he mentido. Tampoco quise ocultároslo -un rubor rosado manchó sus
mejillas-.

Simplemente no pensé en ello... ni en sir Henry.

Robbie no era tonto. Tal vez no fuera un experto en tales asuntos, pero apostaría
que sir Henry le daría a MacGregor competencia... y no con el arco. Sir Henry
podría ser un cabrón, pero no era el tipo de hombre que una muchacha olvidara.

Ella inclinó la cabeza, estudiándolo:- Es muy guapo, sí, pero en realidad no es


más que un pálido sustituto de otro.

La chispa de la rabia a la mención de "guapo" murió como la verdad le golpeó.


Cristo.

No era de extrañar que el caballero le molestara tanto. Le recordaba a alguien, de


acuerdo, a sí mismo. Una versión más joven, más guapo de sí mismo, es decir.

Rosalin se acercó a él:- ¿No lo visteis?

No dijo nada, pero simplemente la observó como un ciervo que observaba el


arco del cazador. Ella se acercaba, empuñando un arma mucho más peligrosa
que una flecha: el deseo. Boyd la quería con cada fibra de su ser, y su cercanía -
su suavidad- estaba empujando cada instinto primitivo en su cuerpo.

-Me da vergüenza admitirlo -dijo, poniendo su palma plana sobre su pecho e


inclinando su cabeza hacia atrás para mirarlo. Se quemó, el lugar bajo su mano,
su pecho, todo-.

Pero no pensé en él en absoluto.

Se deslizaba bajo sus defensas, cavando bajo su piel. De alguna manera


necesitaba encontrar la fuerza para apartarla.

-¡Maldita sea, Rosalin, es el hombre con el que os vais a casar!

Un diminuto surco apareció entre sus cejas delicadamente arqueadas, y luego


sacudió la cabeza.

-Ya no puedo casarme con Sir Henry.

La amargura lo inundó:- No le dije nada, Rosalin. Vuestro caballero no tendrá


motivo para romper el compromiso. Os hice conocer la pasión, pero no tomé
vuestra virginidad.

Parecía no notar su lenguaje intencionalmente crudo.

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-No es porque creo que vaya a romper los esponsales. No me casaré con Sir
Henry porque estoy enamorada de otra persona.

Robbie se puso rojo:- ¿Quién? -preguntó, tomándola por el brazo para arrastrarla
contra él una vez más-. Maldita sea, ¿quién?

Pero no necesitaba preguntar. Lo único que necesitaba hacer era mirarla a los
ojos y lo supo Yo. Ella me quiere.

El deseo se elevó dentro de él con una ferocidad de la que no se habría creído


capaz.

Quería creerlo, quería tomar lo que le ofrecía, arrastrarla entre sus brazos y
hacerle el amor, susurrándole promesas que no podía mantener.

¡Pero era imposible, maldita sea! ¿Por qué no podía ver eso? ¿Por qué tenía que
hacer esto tan difícil? Estaba equivocada acerca de lo que sentía, cometiendo el
error de confundir la lujuria con la emoción.

La apoyó contra la gruesa viga de soporte con un golpe que sacudió la tienda,
sujetándola con su cuerpo. Apretó las piernas entre las suyas, dejándola sentir la
prueba de sus palabras.

-No se trata del amor, Rosalin. Se trata de lujuria -rodeó sus caderas,
rechinándose contra ella crudamente pero con vigor. Un bulto de lujuria.

Ella jadeó, pero no con shock -con algo más que hizo que cada pulgada de su
piel ya caliente y pulsante se apretara y la llama aún más caliente-.

Dios, ella lo quería. Le quería.

Envolviendo sus brazos alrededor de su cuello, se estiró contra él y llevó su boca


a la suya, mientras se inclinaba para tomar sus labios en un voraz beso.

Gimió ante el contacto. Sintió que su cuerpo rugía de placer mientras le abría la
boca.

Su lengua entró sin pretensiones, sin precaución, acariciándola con fuerza en su


boca, y presionando su cuerpo contra el suyo mientras le permitía sentir la fuerza
de su deseo golpeando entre ellos.
Y ella lo estaba besando. De una manera que hizo zumbar su cabeza y su sangre,
que le hacía querer detenerse lentamente en cada dulce caricia. Tomaos vuestro
tiempo y mostradle...

Amor, oyó su voz insultándolo.

¡Maldita sea, no! Gruñó. Alzando una de sus piernas para envolverla alrededor
de su cadera, se metió en posición.

-¿Podéis sentir lo que quiero haceros, Rosalin? -se movió de nuevo, rodeando las
caderas con fuerza y tratando de no pensar en lo bien que se sentía. Cómo la
pesada punta de su erección estaba en su hendidura. Cómo la presión se
enrollaba en la base de su espina dorsal. Como sólo unas pocas capas de tela lo
separaban de hacerla suya.

No es mía, maldita sea.

Él la miró a los ojos:- Quiero follaros tanto que no puedo ver con claridad, pero
eso es todo lo que quiero. Lo que tenemos es lujuria, no lo confundáis con nada
más.

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Rosalin sabía lo que estaba haciendo, pero eso no disminuía el daño. Sus crudas
palabras que le había dicho cara-cara la herían, la herían mucho.

Casi le creyó.

-¿Está bien? -lo miró a los ojos y vio el calor, no sólo de lujuria, sino de algo
más. Una emoción lenta que no nombraría, pero que sabía que estaba allí. Podía
sentirlo en cada golpe de su cuerpo, en cada barrido de su lengua, en cada
doloroso tacto y caricia. Él la cuidaba.

-Entonces muéstramela -apretó la pierna envuelta alrededor de su cintura y los


acercó, devolviendo el círculo íntimo-. Mostradme que eso es todo lo que
queréis. Que esto es solo... ¿cómo lo llamasteis, fo...?

La cortó con un fuerte apretón, el tono de su voz era bajo y peligroso:- No lo


digáis.

Ella arqueó una ceja:- ¿Por qué? ¿Estáis tratando de convencerme a mí o a vos? -
Muy despacio, susurró la palabra prohibida.

Su rostro se oscureció como un trueno mientras la presionaba más fuerte. La


plenitud, el peso de él, hizo que su estómago hiciera un pequeño chasquido
divertido y su pulso se aceleró. Recordó cómo se sentía en su mano y quería
sentirlo... dentro de ella. No sólo para demostrar un punto. Quería la conexión.
La cercanía. La intimidad de unir su cuerpo con el suyo.

-Maldita sea, no sabéis lo que estáis diciendo.

-Sé exactamente lo que estoy diciendo. Si todo lo que queréis es mi cuerpo,


tomadlo. Os la ofrezco. Sin condiciones adjuntas. Alejaos cuando todo haya
terminado.

Sus ojos se estrecharon como si esto fuera una especie de truco, pero Rosalin
podía ver las llamas del deseo romperse salvajemente.

-No sabéis de qué diablos estáis hablando. Vuestro hermano me mataría.

-Sé exactamente de lo que estoy hablando. Siento esto... lujuria, también. Mi


hermano no tiene nada que ver con eso. Además, ¿desde cuándo el Ejecutor del
Diablo empezó a preocuparse por la ira de un inglés?

La tensión se rompió entre ellos como un incendio forestal. Podía sentir los
fuertes latidos de su corazón y la flexión tensa de un músculo apenas frenado
mientras sus manos rozaban las duras protuberancias de su pecho y sus brazos.
Nunca se cansaría de tocarlo. De sentir la fuerza dura e inflexible
chisporroteando bajo sus palmas. Porque incluso bajo el cuero y el lino, el calor
irradiaba.

-Mostrádmelo, Robbie -estaba tan quieto, Rosalin sabía que ella lo tenía en el
punto de ruptura-. ¿O tal vez no sería tan fácil dejarme ir después de todo?
¿Sabéis lo que pienso?

Creo que os preocupáis por mí. Vuestro tacto suave no miente.

Rosalin debería haber sabido que Robbie Boyd no era un hombre que se
retractara de un desafío. Lucharía hasta el amargo final. Con las manos. ¡Y dulce
cielo, qué manos!

-"¿Suave? -se rio sin ganas-. Lo que siento por vos está lejos de ser gentil. Es
áspero, primitivo y perverso... muy, muy perverso.

Rosalin jadeó cuando alcanzó el borde de su falda y la levantó. Un momento


después su mano estaba entre sus piernas, apretándola posesivamente. El calor la
inundó mientras

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un dedo se deslizaba dentro. Ella gritó ante la inesperada inundación del placer,
mientras la calidez y la humedad se acumulaban en su toque.

Luego hizo algo que la impactó. Algo muy malvado. La hizo girar, juntando sus
manos sobre su cabeza para que descansaran en el poste de madera. Sacudiendo
sus faldas, se apretó entre sus piernas por detrás y deslizó su mano derecha
alrededor para sumergir sus dedos entre sus piernas otra vez.

Un pensamiento le brilló en la cabeza. ¿Era posible...?

Un rubor caliente le inundó las mejillas. Sus caderas se movían contra las suyas
de una manera que no dejaba ninguna duda sobre lo que era posible.

La presión -la fricción- era increíble. Ella se tensó contra su mano, contra el
bulto grueso deslizándose contra ella, y contra la feroz sensación dentro de ella.

Se inclinó hacia abajo, su voz grave y ronca respirando cerca de su oído,


mientras continuaba con sus hábiles trazos.

-¿Qué tal si me meto en vos, así, por detrás, mi hermosa Rosalin? ¿Os gustaría
eso?

Si la irregularidad de su respiración y la pulsación frenética entre sus piernas


eran cualquier indicación, temía que lo hiciera:- Bastante.

Gimió cuando su placer se comunicó con él de una manera muy cálida y sedosa.
-¿Es esto gentil? -dijo. Sintió otro dedo roto deslizarse dentro de ella,
estirándola. Luego otro-. ¿Qué tal esto?

Soltó su mano de las suyas y la mano izquierda empezó a explorar su cuerpo. La


sensación de una de sus grandes manos acariciando su pecho, apretándola,
pellizcando su pezón entre sus dedos, incluso cuando otros se sumergían dentro
y fuera de su cuerpo era demasiado.

Ella gimió, arqueándose contra él, presionando sus caderas hacia atrás para
cumplir con sus puñaladas fingidas.

-Sí -susurró entre respiraciones entrecortadas. Sorprendentemente, lo fue. No


importa lo duro y áspero que quisiera hacerlo, había una ternura inherente a su
toque que no podía ocultar.

Él juró airadamente, como si también supiera la verdad. Sus movimientos se

ralentizaron, se hicieron más suaves y más distendidos, ya que él también


sucumbió al placer del toque íntimo.

-Dios, os sentís tan bien -gruñó él, frotando algo de su humedad con suaves

movimientos circulares de su pulgar-. Tan cálida y húmeda para mí. Pero voy a
poneros aún más caliente... y más húmeda.

Cualquier vergüenza que pudiera haber sentido se perdió en la cacofonía de otras


emociones que se arremolinaban dentro de ella. Su aliento, sus roncos gemidos,
se aceleraron a un paso frenético, de acuerdo con el hundimiento de sus dedos.
Sintió que su cuerpo se elevaba en expectación mientras la pasión se apoderaba
de ella. Como su deseo y amor por este hombre entrelazado en el torbellino
perfecto de la sensación.

Su mano la tomó cada vez más alto. Una fiebre se extendía por su piel.

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-Oh Dios, Robbie -le suplicó impotente. La abrazó allí. Justo en ese lugar
perfecto, hasta que no podía soportarlo más y se rompió.
-Eso es todo, mo ghrá. Dejadme sentir tu placer.

Los espasmos la sacudían, pulsando a través de su cuerpo en agudas onda tras


onda. Su mano aún la sostenía cuando los últimos flujos habían fluido de su
cuerpo.

Miró por encima de su hombro y levantó su nebulosa mirada a la suya. Sus ojos
azules eran calientes y penetrantes, su rostro era una máscara dura.

-¿Qué significa mo ghrá?

La abrazaba tan de cerca, juró que podía sentir que su corazón se paraba. Por un
momento pensó que en realidad parecía enfermo, pero luego sus facciones una
vez más entrenadas se volvieron a una impasibilidad dura.

-Significa "mi hermosa".

Para su sorpresa, él la soltó. Para su sorpresa aún mayor, se pudo mantener de


pie.

-¿Qué pasa con...? ¿No estáis...? -sus mejillas se sonrojaron.

Su rostro estaba tan apretado, que casi parecía estar sufriendo.

-Lo que queréis es imposible, Rosalin. No tomaré vuestra virginidad para


demostrarlo.

Queríais placer; Os lo di. No hagáis nada más.

Rosalin lo miró, aturdida y más herida de lo que hubiera creído posible. Por un
momento, sintió un parpadeo de duda. ¿Era la lujuria realmente todo esto lo que
era para él? ¿Estaba imaginando cosas que no estaban allí? ¿O sólo estaba siendo
obstinado y cruel, intencionalmente, para alejarla?

Tal vez debería dejarlo. Dios sabía que sería más fácil. No se engañó a sí misma.
Un futuro para ellos parecía improbable, aunque ambos lo quisieran. Pero ella no
lo dejaría ir sin una pelea. No esta vez.

-Ya veo -dijo suavemente-. Gracias por aclarármelo. Ahora sabré la diferencia.
Sus manos se apretaron:- ¿Qué diferencia?

-Para comparar. Cuando regrese a casa -el pulso bajo su mejilla saltó. Estaba
furioso, pero decidido a no mostrarlo. Ella sonrió, como si se hubiera dado
cuenta-. ¿Cuándo me voy?

-Tan pronto como vuestro hermano entregue el dinero. Una semana, tal vez dos.

Rosalin fingió preocupación, un pequeño ceño apareció en su frente:- Y si


deseara este deseo de nuevo antes de ir, entonces, ¿qué?

-¿Qué diablos queréis decir con «qué»?

Rosalin sabía que en realidad no debía tomar tanto placer en enfurecerlo, pero de
nuevo, la había herido:- ¿Debería buscaros a vos o a alguien más?

Se puso rígido. Su oscura mirada se posó sobre ella durante una larga y furiosa
pausa antes de parpadear hacia la cama. Rosalin sospechaba que estaba a punto
de ser arrojada sobre aquella cama y ser completamente violentada.

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Una dama adecuada, inocente, y pura, realmente, no debería sentir una emoción
tan malvada ante la perspectiva. Pero cuando su mirada aterrizó otra vez en la
suya, se estrechó con comprensión.

-No funcionará, Rosalin. No me haréis cambiar de opinión.

Se dio la vuelta y salió de la tienda antes de que pudiera responder.

Ya lo veremos, pensó Rosalin con aire de suficiencia. Tenía la intención de


incitarlo mucho. Parecía que ella también podía ser muy despiadada cuando
luchaba por la causa correcta.

Robbie se alejó mientras aún podía. Antes de que hiciera algo precipitado como
arrojarla sobre esa cama y darle exactamente lo que ella había pedido. La
muchacha confió en su honor más de lo que debería. No era uno de sus malditos
caballeros.
Alguien más. ¡Infierno! Las incitantes palabras seguían poniendo fuego
primitivo a través de su sangre.

Empujó una rama del camino, rompiéndola, mientras se abría pasó a través del
bosque hacia lo que se estaba convirtiendo rápidamente en su nuevo refugio
favorito: la ensenada helada que corría detrás del campamento. Necesitaba
refrescarse. Una parte de él en particular.

Estaba furioso, no con ella, sino consigo mismo. En su esfuerzo por probar que
no significaba nada, que todo lo que él sentía era lujuria, sólo había servido para
probar su punto. No podía hacerlo, maldita sea. Ni siquiera podía fingirlo. Había
intentado ser grosero y áspero, pero en el momento en que la tocaba algo le
ocurría. Un sentimiento poderoso que drogaba sus sentidos y lo arrastraba a una
especie de bruma sensual, donde todo lo que podía pensar era traer su placer.

Sus respuestas no habían servido de nada. Maldita sea, era una inocente dama
inglesa.

Se suponía que se sorprendía por su actuación desde atrás. Asombrado como

horrorizado, que no sorprendido, y con curiosidad.

Se suponía que no debía derretirse contra él, arqueándose en su mano,


presionando su pequeño trasero dulce contra su polla gravemente maltratada y
haciendo gemidos suaves y húmedos de placer para probarlo. No se suponía que
fuera tan caliente. Había sido un meneo de esas nalgas bien formadas que lejos
de amedrentarse a sí mismo casi le hizo correrse junto con ella.

Jóvenes, inocentes e inglesas no parecían ser mansas y fáciles de maniobrar.


Tampoco parecían impedir el disfrute en los placeres más bajos. Alguien debería
haberlo advertido. Todo lo había dejado en la inusual posición de sentirse
claramente superado.

Como si hubiera aparecido en la batalla con un lucio para descubrir que estaba
frente a una máquina de asedio.

Había esperado que ella aceptara su palabra: no presionar. Seguro que no había
esperado un contraataque perfectamente ejecutado que hubiera hecho que Asalto
estuviera orgulloso. La muchacha había desarrollado una extraña habilidad para
identificar y aprovechar sus debilidades. Todo lo cual parecía estar relacionado
con ella.

¿No se suponía que ella era la inexperta? Sin embargo, parecía ser el único que
se alejaba en la oscuridad, mal equipado para navegar por las complejidades de
la mente

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de una dama. A decir verdad, nunca había llegado tan lejos. Había tenido muchas
relaciones con mujeres, pero nunca una relación.

Se detuvo repentinamente, como si se hubiera topado con una pared. ¿Era eso lo
que era? ¿Cómo diablos había sucedido eso? No lo sabía, pero lo había hecho.
Se había insinuado en su tienda, en sus pensamientos, vida, y de alguna manera a
lo largo del camino, había empezado a importarle.

No, se dio cuenta. Siempre le había importado. Había estado condenado desde el
momento en que había abierto la puerta de la cárcel. No es que cambie una
maldita cosa. Como estaba a sólo unos metros de distancia del río, rápidamente
se despojó de su armadura y ropa y se zambulló.

Trató de no gritar como una muchacha de cinco años cuando el agua fría se cerró
a su alrededor, introduciendo agujas de hielo en su piel. Robbie podría ser de la
costa oeste de Escocia, pero no parecía poseer la capacidad inhumana de
aclimatarse al agua fría que sus hermanos de las islas hicieron. MacSorley,
MacRuairi y MacLeod podían nadar en esta mierda durante horas. Robbie hizo
lo que era necesario y luego salió.

Después de haber enfriado eficazmente la lujuria no gastada de su cuerpo, se


lavó rápidamente y subió por los bancos rocosos.

Con el rugido en sus oídos calmado, pudo finalmente oír la otra voz -la más
lejana-susurrando en su oído. El que le dijo que había actuado mal. Que no había
merecido ser tratada como una puta. Tampoco había merecido las duras palabras
pronunciadas en un intento de alejarla.

Le había dicho que lo amaba, por el amor de Dios. Tal vez no hubiera querido
oírlo, pero debería haber mostrado cierta consideración por sus sentimientos. Las
mujeres eran criaturas frágiles y emocionales. No los bastardos fríos, insensibles
como él.

Le debía una disculpa.

Acababa de terminar de atar el baldric que llevaba sobre su hombro en su espada


cuando oyó un sonido. Se tensó, instantáneamente preparado para la batalla.
Pero entonces, al reconocer los pasos, apartó la mano de la empuñadura de su
espada.

-Se supone que debéis silbar -dijo Robbie con irritación cuando su compañero
apareció a la vista-. Podría haberos quitado la maldita cabeza.

Seton se encogió de hombros:- Sabíais que era yo. Además, quería asegurarme
de que estuvierais solo -le dirigió una mirada aguda-. ¿Qué diablos fue ese
espectáculo en el Hall? Fraser dijo que Clifford aceptó la tregua.

-Así es.

-Entonces, ¿por qué os enfadasteis tanto con lady Rosalin? -Robbie no dijo
nada-.

¿Tiene alguna relación con Sir Henry de Spenser?

Robbie le lanzó una mirada de advertencia:- Dejadlo, Dragón.

Pero el joven caballero nunca había prestado atención. Eso era parte del
problema.

-No esta vez. No dejaré que hagáis daño a esa pobre muchacha. Lo que le estás
haciendo no está bien. Es joven y cree estar enamorada de vos, y la estáis
confundiendo con vuestro... da igual. Cuando la despidáis, vais a romperle el
corazón. Así que dejadla en paz.

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Robbie quería estar enfadado. Quería decirle a Seton que se fuera, pero no podía.
Su compañero no decía nada de lo que ya supiera. Su pecho estaba apretando tan
fuertemente que sus pulmones ardían. Apenas podía sacar las palabras.

-¿Y si me preocupo por ella?

Seton sostuvo su mirada, y por una vez sentía que sus posiciones estaban
invertidas. No fue, sin compasión, que su compañero le dio la fría,
inquebrantable verdad.

-Si te preocupas por ella, la dejaréis. ¿A menos que estéis dispuesto a desechar
vuestra oportunidad de una tregua y las dos mil libras del rey?

La boca de Robbie se cerró en respuesta:- Nunca.

-Incluso si lo hiciérais, ¿estáis preparado para lo que vendría después? Si creéis


que Clifford quiere vuestra cabeza ahora, ¿cómo creéis que sería si intentáis
llevaros a su amada hermana? Nunca os dejará tenerla. Cristo, Ariete, debéis
saber mejor que yo que lo que queréis es imposible.

Lo hacía, por lo que nunca se permitió considerarlo.

Incluso si pudiera dejar de lado el hecho de que era inglesa y la hermana de


Clifford -

que no estaba seguro de que fuera posible- una relación con él sería demasiado
peligrosa. Cualquier persona cercana a él era un objetivo. Diablos, mira lo que le
pasó a su hermana. No la pondría en ese tipo de peligro.

-Si significa algo, lo siento -dijo Seton.

Sorprendentemente, lo hacía. Robbie asintió con la cabeza en reconocimiento.

-¿Estáis seguro de que es prudente mantenerla aquí hasta que Clifford arregla el
pago?

¿Prudente? No, pero no podía dejarla ir. Aún no.

-No confío en Clifford. ¿Qué le impedirá renegar de nuestro trato tan pronto
como la devolvamos? -Robbie detuvo a su compañero antes de que pudiera
hablar-. Y no digas
'honor', ambos sabemos lo lejos que eso va con Clifford.

Seton no discutió. Él había hecho todos sus años de discusión antes, y había
resultado en ser tomado.

Empezaron a caminar hacia atrás, y acababan de llegar a la tienda más lejana


cuando vieron a Malcolm corriendo hacia ellos. Inmediatamente la mirada de
Robbie se dirigió a su tienda, pero parecía imperturbable.

-¿Qué pasa, muchacho? -preguntó.

-El Douglas dijo que viniera rápidamente. Hay algo mal con uno de los caballos.

No comprendiendo la urgencia, Robbie y Seton, sin embargo, se apresuraron al


viejo lado del campamento que servía de granero para sus pocos caballos y
ganado.

Apenas entraron en el antiguo edificio de piedra y césped, Douglas se volvió


hacia él.

Estaba arrodillado en el suelo cerca del caballo de Fraser, que parecía estar en
peligro. –

¿Habéis alimentado a los caballos con avena cuando estabais en Melrose?

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Robbie frunció el ceño:- Por supuesto que no -dijo. Apenas tenían suficiente
grano para alimentar a su gente, por no hablar de los caballos. Sus monturas se
alimentaban con hierbas secas en su mayor parte.

-Bueno, alguien lo hizo -dijo Douglas, señalando una pila de estiércol.

Robbie dio un paso más y vio que tenía razón. Mezclado en el estiércol normal,
pudo ver la aspersión reveladora del grano ligero de color canela sobre el tamaño
y la forma de un gusano. No había muchos... sólo unos cuantos... pero...

Ah infierno. Suficiente para rastrear.


Algunos caballos, a menudo más viejos que los de Fraser, tenían problemas para
digerir avena entera. En este caso, fueron afortunados o no habrían descubierto
el engaño.

Juró y se encontró con la mirada de Douglas:- Preparad a los hombres.

-¿Dónde vais? -le gritó Douglas.

Robbie no se tomó el tiempo para responder. Un minuto más tarde, cuando


estaba de pie en su tienda vacía, su corazón, que había estado cerca de su
garganta, cayó

profundamente al suelo.

Rosalin había desaparecido.

Mónica McCarty Ariete

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Capítulo 19

Rosalin apenas ahogó el grito que se elevó hasta su garganta cuando el caballero
armado apareció frente a ella.

No mucho después de que Robbie se fuera, había ido al jardín a pensar. Tenía
que haber alguna manera de hacer que esto funcionara, suponiendo que pudiera
hacer que Robbie admitiera que había un "esto". Asumiendo también que
pudiera aceptar que fuera inglesa. Y la hermana de su mayor enemigo.

Y luego estaba su hermano y el rey. Eduardo la quería, pero no encendería ni un


fósforo entre la muchacha y Robbie Boyd, no mucho menos la hermana de uno
de sus barones principales. No había esperanza. Robbie tendría que casarse por
la fuerza con ella. Por lo menos, esa sería la historia.

Pero, ¿podría convencer a Cliff? Sí, no sería fácil, pero sabía que la amaba más
de lo que odiaba a Boyd.

Sólo tendría que asegurarse de que Robbie no le diera ningún motivo para lo
contrario.
La incursión y la guerra personal entre ellos tendrían que parar. No llegaría ser
amiga de los enemigos, pero seguramente podrían llegar a algún tipo de acuerdo
con ella sirviendo como fianza, ¿no?

Cuando la guerra terminara, algo más podría ser posible, pero en este momento
una frágil paz era todo lo que podía esperar. Tal vez más de lo que podía esperar.

En medio de esta planificación -o, probablemente, con más exactitud,


fantaseando-apareció el soldado. Se deslizó silenciosamente de detrás del follaje
para aparecer frente a ella, su cotón brillando en la luz tenue que había detrás de
él. Afortunadamente, había levantado su yelmo, y su rostro (y un momento
después los brazos de control rojo y blanco que llevaba en su tabardo) lo
identificaron, impidiéndole alertar al resto del campamento de la presencia de Sir
Henry de Caballero de la casa principal de Spenser.

-¡Sir Stephen! ¿Qué estáis haciendo aquí?

Era una pregunta tonta. Podía adivinar exactamente lo que estaba haciendo aquí,
pero la conmoción aún no la había abandonado, y era todo lo que podía manejar
bajo las circunstancias.

-Hemos venido a rescataros, mi señora.

¿Hemos? Ella miró a su alrededor.

-Sir Henry y el resto del ejército no se han quedado atrás. Me enviaron a


buscarla, pero cuando os vi... -su voz cayó como si no pudiera creer su buena
fortuna. ¡No puedo creer que los rebeldes os hayan dejado sola!

Su boca se secó. ¡Dios mío, no podía dejar que esto sucediera! Los hombres
morirían.

Hombres como Sir Stephen.

Sir Stephen de Vrain era uno de los amigos más cercanos de sir Henry, y su
favorito entre sus hombres. Era un puñado de años mayor que ella -más cerca de
la edad de Sir Henry de veintiséis años- y aunque no era el clásico guapo, tenía
un rostro agradable con el pelo marrón arenoso, ojos vivos color avellana y una
sonrisa fácil. Era la sonrisa la que la había encantado.
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Robbie lo mataría si lo encontraba aquí. No podía dejar que eso sucediera.

-Debéis iros. Si os encuentran aquí, os matarán.

Miró a su alrededor, incómodo:- Sí, tenéis razón. Vayámonos.

-Pero yo... -su voz se cayó. No quería irse-. No puedo marcharme todavía -la
miró como si estuviera medio loca, justo como se sentía-. Di mi palabra de no
escapar cuando me permitieron vagar libremente por campamento.

El caballero sonrió entonces:- Es admirable, mi señora. Pero no hay deshonra en


romper una promesa a un rebelde.

Rosalin se encogió. La declaración estaba tan de acuerdo con lo que Robbie le


había dicho, que estaba avergonzada por sus compatriotas.

El sonido de las voces levantadas puso final rápido a su conversación.

-Vamos, señora - dijo, cogiéndola por el brazo-. Tenemos que irnos.

Trató de apartar el brazo:- ¡Esperad! No quiero ir.

Pero Sir Stephen no estaba escuchando sus protestas. El ruido de pasos que se
acercaban lo empujó a la acción. La arrastró contra él y se metieron entre los
árboles.

Rosalin trató de pararle, y apartarse, pero no sirvió. No era tan alto ni musculoso
como Robbie; pocos hombres lo eran, pero era fuerte. Se esforzó tanto como
pudo sin gritar, sabiendo que al hacerlo estaría sentenciando a muerte al
caballero. Tan pronto como estaban fuera de peligro inmediato, estaba segura de
que podía convencerlo de que la dejara ir.

No había contado con el caballo que esperaba a unos metros de distancia.

Le estaba dejando.

Robbie no estaba pensando en perder a su rehén -y en los medios para llevar a


Clifford a la zaga- o al hecho de que los ingleses hubieran logrado burlarlo y
descubrir su campo, o que Dios supiera cómo muchos hombres probablemente
estaban tratando de rodearlo ahora mismo. Todo lo que podía pensar era que la
mujer –que hacía dos horas le dijo que lo amaba, estaba dejándolo. Al alejarse -
se burlaba de él- como si lo que hubiera sucedido entre ellos no significara nada.

Era lo que quería. Simplemente no esperaba que se sintiera como si una garra de
hierro le estuviera abriendo un enorme agujero en el pecho. Como si sus entrañas
fueran arrancadas y retorcidas en un estante. Como si el último parpadeo de luz
acabara de salir dentro de él.

Su mandíbula se apretó. De la traición que no tenía derecho a sentir. Pero, por la


sangre de Dios, si pensaba que podía escapar de él tan fácilmente, aprendería
una lección.

Sus hombres ya habían sido alertados y se preparaban para la batalla. Llamó a un


caballo y, un minuto después, se zambulló entre los árboles y los arbustos. El
caballero tenía una ventaja, pero Robbie tenía la ventaja mucho mayor: conocía
el terreno.

En su prisa por escapar, el inglés había dado un giro equivocado que terminó en
un barranco y tuvo que retroceder, permitiendo a Robbie ponerse al día con él.
Se detuvo junto a ellos al galope.

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Una rabia fresca se apoderó de él cuando vio cuánto Rosalin estaba luchando por
mantener su asiento detrás del caballero. Si se caía a esa velocidad...

Maldición.

La mirada que se encontró contra él estaba llena de terror, pero también algo
más. Una súplica desesperada que hizo eco de las palabras que le gritó por
encima del estruendo de los truenos.

-¡No le hiráis... por favor!

Era demasiado tarde para la misericordia, si alguna vez había tenido alguna.
Levantó la espada.

El caballero se concentraba en intentar escapar, pero debió de haber captado el


destello de la hoja por el rabillo del ojo. Se volvió. Bajo el timón, sus ojos se
abrieron de miedo.

El caballero alcanzó su propia espada, casi derribando a Rosalin, pero ya era


demasiado tarde.

Robbie empezó a bajar la mano y habría partido al bastardo en dos si Rosalin no


hubiera hecho algo que le costó diez años de vida. Como mínimo.

Su hoja apenas había comenzado su descenso cuando ella gritó:- ¡No! -y se


lanzó hacia él.

Tuvo que tomar una decisión de una fracción de segundo: matar al caballero o
dejarla caer y ser pisoteada por debajo de los cascos que golpeaban. No vaciló.
Su espada cayó al suelo cuando él la atrapó alrededor de la cintura y la atrajo
hacia la seguridad delante de él.

Se abrazó a él, rodeando sus hombros con sus brazos y enterrando su cara en su
pecho vestido de cuero. Por el temblor de su espalda, supo que estaba llorando.
De terror o alivio, no lo sabía. Probablemente, las dos. Demonios, no la culpaba.

Su mano fue hacia su espalda. Le frotó y murmuró palabras tranquilizadoras


mientras hacía detener a su caballo, y el soldado se alejaba galopando. Se vio
obligado a dejarlo ir. Por ahora. La atrajo contra él, él la inhaló, tomándola y
tratando de asegurarle a su corazón que seguía atronando, que estaba bien.

No pasó mucho tiempo, sin embargo, antes de que el recuerdo de que ella se
alejara se entrometía. El martilleo en su pecho se detuvo bruscamente. Él la
apartó de su pecho y tiró de ella para mirarla. Ojos hinchados y manchados de
lágrimas lo miraban fijamente, y sintió que sus pulmones se apretaban. Sí, sus
pulmones, maldita sea. Pero forzó la sensación lejos, endureciendo su expresión
así como cualquier otra cosa que él había estado apretando.

-¿Estabais tan ansiosa por escapar que os mataríais por hacerlo?

Sus ojos se ensancharon un poco en su tono.


-No estaba tratando de escaparme. No quería que le hicierais daño.

Su agarre se tensó en ella, su ira creció. ¿A quién estaba protegiendo?

-La sangre de Dios, ¿era de Spenser?

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Rosalin negó con su cabeza:- No, uno de los caballeros de su casa. Sir Stephen
siempre ha sido amable conmigo...

-Suficiente -la cortó, balanceando el caballo para recuperar su espada-. Vos me


disteis vuestra palabra, aunque no me sorprendería que Clifford no la guardara,
no sé. No tengo tiempo para esto. Estoy seguro de que Sir Stephen no vino solo.

Se mordió el labio y asintió con la cabeza:- Dijo que los otros no estaban muy
atrás.

Eso puso fin rápido a la conversación. Volvió corriendo al campamento a una


velocidad ligeramente más lenta que la que había dejado. El campamento estaba
en un estado de agitación pero organizado. Douglas, Seton y Fraser ya habían
tomado el mando, reuniendo qué provisiones y pertenencias tenía y viendo a los
hombres y al puñado de mujeres.

Robbie inmediatamente fue a trabajar junto a ellos, el deber y la experiencia


temporalmente calmaron la tempestad de las emociones divergentes dentro de él.

Enfado. Dolor. Traición. Se concentró en la ira. Era más fácil de entender.

Fraser se encargaría de la seguridad de las mujeres, mientras que Douglas y


Robbie dirigírian el ataque contra los ingleses. Seton se encargaría de Rosalin.
Robbie dio instrucciones en gaélico para evitar cualquier protesta de Rosalin,
que lo observaba con ojos grandes y acusadores que le hacían sentirse culpable.
Sorprendentemente, su compañero no discutió, pero sólo dio un gesto sombrío
en respuesta.

Dejó a Rosalin bajo la vigilancia de Seton, mientras regresaba a su tienda para


recuperar lo que podía. Las tiendas no podían salvarse, no había tiempo
suficiente, pero él empaquetó sus libros y tantas prendas como podía de su
maletín en bolsas de cuero.

Serian escondidos cerca y recuperadas más tarde. Seton ya había reunido todo lo
que pudiera conectarlo con la Guardia de las Highlands, incluida su armadura.
No más de cinco minutos después de que llegaron, Robbie estaba listo para irse.

Ya no podía evitar esos ojos heridos.

-Seton te mantendrá a salvo.

El color se desvaneció del rostro de Rosalin:- ¿Me estáis dejando?

-Irónico, ¿no?

Ella frunció el ceño. Le tomó un segundo comprenderlo:- Os dije que no estaba


tratando de irme...

-No os preocupéis -su boca se curvó en lo que parecía ser una sonrisa-. No creo
que esto tarde mucho.

Rosalin lo miró, la aprensión hizo que su cara parecía pálida y asustada. Se


obligó a ser inmune. Ya se había burlado de ella lo suficiente.

-¿Qué vais a hacer?

-Darles la batalla por la que vinieron.

El miedo saltó a sus ojos:- ¡No! No debéis...

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-Lleváoslo -le dijo a Seton, parando sus súplicas para que sus compatriotas
cayeran en oídos sordos. O tal vez no tan sordos. Habían reabierto la batalla
entre ellos. ¿Cómo podía haber olvidado de qué lado estaba?

No miró hacia atrás mientras se alejaban. Toda su atención volvió a concentrarse


donde debía estar: sobre la guerra y matando a cualquier inglés que se
interpusiera en su camino.
Rosalin guardó silencio durante la mayor parte del viaje. La velocidad a la que
viajaban no dejaba muchas oportunidades para hacer preguntas. Además de sir
Alex, Callum, Malcolm, y uno de sus antiguos carceleros, Archie (hermano de
Douglas, Douglas número dos), formó el grupo de hombres que habían sido
encargados de la tarea de poner a su rehén a salvo.

Lo mejor que pudo ver por la posición del sol poniente es que se dirigían hacia el
este durante las primeras millas, cruzando una profunda zona llena de árboles y
arbustos que parecían intransitables hasta que se reveló un sendero estrecho y
luego se dirigieron hacia el norte durante horas en la oscuridad.

Por una vez, agradeció la velocidad de pelirrojo, el malestar estomacal y al


agotamiento del viaje, ya que le impedía recordar durante toda la noche aquel
rostro que había dejado atrás.

La forma en que la había mirado, el cambio en su expresión, el cambio en él


había sido dramático. Frío, sin piedad, impenetrable. Era un vislumbre del
implacable ejecutor, del despiadado incursor, del hombre que había lanzado el
azote a través de las fronteras. El hombre que se había convencido que ya no
existía.

Sus súplicas, sus intentos de alcanzarlo, lo habían deslizado como agua sobre
acero. La conexión y las emociones cada vez más profundas en las que había
puesto tanta memoria habían sido incapaces de penetrar en el escudo que había
subido a su

alrededor. Había estado furioso. Se había negado a creer que no se había ido

voluntariamente. Dado lo que había parecido, tal vez podía entenderlo. Había
intentado explicarse, pero era evidente que no estaba de humor para escucharla.

Lo que la molestaba era la rapidez con que había asumido su culpabilidad y lo


incapaz que la consideraba de honor. ¿No debería haber confiado un poco en ella
? ¿Por lo menos no para descartar inmediatamente su explicación?

La advertencia de Sir Alex de que nunca confiaría en un inglés -o en una mujer-


volvió a ella. Había esperado que Robbie la considerara diferente. Acababa de
decirle que lo amaba, ¿cómo podía pensar que lo dejaría tan fácilmente?
Obviamente no lo había creído tampoco.
¿Qué más pruebas podía darle?

La maraña de dolor y decepción fue exacerbada por el miedo. Estaba


aterrorizada de lo que estaba sucediendo, de la batalla que estaban librando los
hombres que habían dejado atrás en el bosque de Ettrick.

No importaba cómo apareciera, Robbie no era invencible. Tan herida como


estaba por su frialdad antes de que se fuera, la idea de que fuera herido o -Dios
no lo permitiera-muerto la hacía sentir como si estuviera montando con una
garra helada envuelta alrededor de su pecho que de vez en cuando le apretaba.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Pero por mucho que temiera por él, la mayor parte de su temor era para los
hombres que debían luchar contra él. Aunque tenía la intención de romper el
compromiso con Sir Henry cuando regresara, no quería verle a él ni a ninguno
de sus hombres muertos. Y el rostro de Robbie, mientras se había alejado, no
había dejado dudas sobre sus

intenciones.

Su estómago se retorció de miedo y ansiedad durante la larga noche. Debió de


haberse revelado en su rostro, porque poco después del amanecer, Sir Alex se
acercó a ella.

-Tratad de no pensar en ello, señora. Averiguaremos lo que pasó dentro de poco.

Asintió, un nudo creciendo en su garganta mientras las emociones que había


guardado embotelladas dentro durante toda la noche amenazaban con estallar en
su demostración de la compasión.

-No estoy segura de querer saberlo. Pase lo que pase, temo el resultado.

Su mirada la sostuvo con comprensión:- A menudo así es como me siento. No es


fácil tener amigos en ambos lados y estar constantemente atrapados entre los
dos. Con mis tierras tan cerca de la frontera, es una posición a la que me he
enfrentado muchas veces.
-¿Cómo lo afrontáis?

-No lo hago. Al menos, no muy bien.

-No puedo soportar la idea de que alguien salga herido. ¿Qué creéis que pasará?

Él le dirigió una mirada triste, como si supiera lo que quería oír pero no le
mentiría:- Si Boyd los alcanza, los hombres de vuestro hermano están muertos.

Rosalin palideció, sintiéndose enferma, sabiendo que tenía razón. Y si Robbie


los mataba, sería mucho más difícil convencer a Cliff con un acuerdo entre ellos.

Pero sir Alex se equivocaba en una cosa:- Esos no eran los de mi hermano, eran
de sir Henry.

-Pensé que sólo habíais visto uno. ¿Cómo podéis estar tan segura de que Clifford
no formaba parte de esto?

Ella no lo sabía, pero lo estaba.

-Cliff no haría algo tan arriesgado -algo que me pusiera en un peligro así-.

Sir Alex la estudió durante una larga pausa:- Espero que tengáis razón, mi
señora. Si Boyd cree que vuestro hermano ha roto la tregua... -dejó caer su voz.

Un ominoso escalofrío la invadió, haciendo que se le pusieran los vellos de


punta. No quería preguntar.

-¿Qué?

La boca de sir Alex cayó en una línea dura. Por un momento, parecía tan
sombrío y temible como Robbie antes de marcharse. En ese instante no vio al
Caballero Dorado, sino al borde duro que había hecho a Sir Alex parte de la
banda de rebeldes.

-No lo sé. Pero utilizará cualquier arma que tenga a su disposición para
asegurarse de que no vuelva a suceder.

Yo. Me tiene a mí. Rosalin sacudió la cabeza.

Mónica McCarty Ariete


Àriel x

-No me haría daño.

-No, no físicamente, pero me temo... -se detuvo-. Tened cuidado, señora. Eso es
todo lo que estoy diciendo. Si os pones en medio de esta batalla, no vais a poder
ganar.

Hablaba como un hombre que sabía de lo que estaba hablando.

Rosalin se sorprendió de que hubiera adivinado la dirección de sus pensamientos


tan fácilmente: ¿sus esperanzas para el futuro eran tan transparentes? Si la
mirada simpática que Sir Alex le estaba dando era una indicación, debía de serlo.

Avergonzada, y un poco desanimada, se alegró cuando uno de los hombres que

cabalgaban hacia adelante se volvió y dijo algo a sir Alex en gaélico, señalando
en dirección a un pequeño pueblo que acababa de aparecer en la distancia.

A la suave luz de la madrugada, con los remolinos de niebla disipando


suavemente como el humo de una pipa, el pueblo en el campo de hierba debajo
de ellos parecía casi encantado, como algo de un cuento místico de bardo.

A caballo entre ambos lados de un río ancho y sinuoso, las cabañas de piedra y
de paja parecían muy tranquilas y pacíficas. El techo de pizarra de una iglesia de
tamaño considerable con una torre torreada en el centro de la ciudad se alzaba
por encima de todo lo demás. Examinó de nuevo los edificios. Para un pueblo de
este tamaño, debía haber un castillo. Ella sintió su primer susurro de
premonición cuando su mirada se enganchó en un gran área vacía no lejos de la
iglesia a orillas del río. Pero no estaba vacía, se dio cuenta. Desde lejos, podía
distinguir grandes montones de piedras diseminadas de forma casual.

-¿Dónde estamos? -preguntó.

Sir Alex se volvió hacia ella, con una expresión extrañamente inexpresiva:- Casi
hemos llegado.

-¿Adónde?

El hizo una pausa:- Douglas.


Sus ojos se abrieron de horror, mientras su estómago se zambullía. Podría haber
dicho el infierno. Para un Clifford, la aldea de Douglas era equivalente a la
misma cosa. Su hermano había intentado durante años mantener esta tierra y su
castillo haciendo muchos enemigos en el camino.

El castillo peligroso había sido llamado por las guarniciones enviadas por Cliff
para sostener la fortaleza de Douglas, y por buenas razones. Tres veces el
Douglas Negro había atacado y quemado su propio castillo, incluido el infame
episodio de la "Despensa de Douglas" en la que sabía que Robbie había estado
involucrado. La última, había ocurrido hacía un año y el castillo había sido
destruido por el mismo Douglas. ¿Cómo podía Robbie enviarla aquí, al corazón
y al dominio del mayor enemigo de su familia?

-No tenéis nada que temer, mi señora -dijo sir Alex, tratando de aliviar su
creciente pánico-. Estaréis a salvo aquí.

-¿A salvo? ¿Rodeado de gente que probablemente no quiera nada más que
clavarme una daga en la espalda? -se rio histéricamente-. No intenté escapar,
pero parece que Robbie se está asegurando de ello. ¿Voy a ser arrojada a una
cárcel después de todo?

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-Seréis tratada con todas las consideraciones. Sé que parece difícil de creer, pero
confiad en mí, no tenéis nada que temer. Joanna Douglas no es como su marido.

Poco tiempo después, cuando Rosalin fue recibida en el Castillo de Park como
un pariente perdido desde hacía mucho tiempo (repleta de jadeos de horror por
lo que había pasado y por las palmadas de sus manos) por una mujer tan
hermosa y dulce al contrario que su marido, oscuro y aterrador, Rosalin se vio
obligado a admitir que Sir Alex tenía razón: Joanna Douglas no era nada como
su marido. En verdad, parecía más el querubín que se parecía que el consorte del
diablo. ¿Quizá la había raptado?

Sin embargo, cuando accidentalmente dejó escapar sus sospechas, Joanna se


había reído y le había dado una palmadita en la hinchazón de su estómago
embarazado,
asegurándole que aunque su cortejo había sido difícil, no había llegado a eso.
James no era tan aterrador, había insistido. Cuando Rosalin tuviera un poco de
tiempo para conocerlo mejor, lo vería.

Rosalin no podía pensar en qué decir que no fuera grosero, así que no respondió.

Como un pollito, Rosalin se dejaba llevar por el ala de su anfitriona, le daban un


baño, ropa fresca, una comida caliente y un cálido dormitorio en el que
descansar. De hecho, si no fuera por la colocación de esa habitación en la parte
más alta de la torre y el guardia estacionado en la parte inferior de la escalera,
Rosalin podría haber sido una invitada espacial.

A pesar de su agotamiento, sin embargo, se encontró que no podía descansar.


Tenía que ver a Robbie. Dejando un mensaje con lady Joanna de que era
importante que lo viera lo antes posible, Rosalin observó su llegada desde la
ventana de su cámara de la torre.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Capítulo 20

Era más de mediodía cuando Robbie y sus hombres cabalgaron ya en el patio del
Castillo de Park. Después de horas de montar con el estómago vacío –y con el
trasero dolorido ya-, estaba de mal humor. El calor de la batalla estaba reprimido
dentro de él, ansioso por una salida.

Los bastardos ingleses se habían dado la vuelta y huyeron. Con el elemento de


sorpresa desaparecido, aparentemente habían decidido no arriesgarse a un
ataque. Como liebres asustadas, habían vuelto a la guarnición de Peebles, con
Robbie y sus hombres persiguiéndoles.

Cualquier idea de que Clifford no hubiera sido parte de ella fue erradicada
cuando la puerta se abrió. Incluso desde la distancia, pudo reconocer las rayas
rojas y los colores azules y amarillos de uno de los soldados en el patio.

Furioso al negarle la batalla que le había prometido, Robbie había debatido en la


espera de que los ingleses emergieran. Pero no tenía hombres ni provisiones.
Una vez que reunió a ambos, expondría su retribución en Clifford por romper la
tregua que acababa de acordar.

Robbie había previsto un truco, y había conseguido uno. Clifford lo había traído
a Melrose y había manipulado la alimentación de sus caballos para seguirlo de
vuelta al campamento e intentar un rescate de Rosalin. Robbie tenía que admitir
que había sido un plan astuto, pero también era imprudente. Si fallaba -como
había ocurrido- Clifford estaba poniendo a su hermana en peligro. A no ser
que…

La mandíbula de Robbie se apretó. A menos que Clifford pensara que no había


riesgo.

A menos que estuviera seguro de que Robbie no le haría daño.

Parte de su ira se volvió hacia dentro. ¿Era eso? ¿Clifford había visto
demasiado? ¿O el muchacho, se lo informó a su padre? De cualquier manera,
Robbie sabía que el

conocimiento de sus sentimientos por Rosalin debilitaba su posición.

Si se le negaba su presa y, posiblemente, le había dado ventaja a Clifford, Robbie


había tenido que escuchar los pensamientos de Douglas sobre el asunto durante
gran parte del viaje.

-Clifford no va a ganar con esto. Sabía que nada bueno vendría con tener a esa
muchacha en el campamento. Deberíais haberme dejado enviarla a Douglas de

inmediato como yo quería.

Robbie trató de controlar su temperamento. Douglas podía ser tan malo como
Seton, aunque discutieran desde lados opuestos.

-¿Y qué habría cambiado eso? Aun así, habrían encontrado nuestro campamento
cuando regresamos de Melrose.

Su amigo le dirigió una mirada dura:- Sí, pero no habrían encontrado a la


muchacha.

Por el amor de Dios, Boyd, casi la tenían, y podrían haber escapado sin
problemas.
Perder al muchacho fue bastante malo, pero, ¿dar la libertad a la muchacha para

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

moverse por el campamento sin vigilancia? ¿Qué diablos hizo ella para
convenceros de eso? Chupar vuestra…

Robbie se acercó y lo agarró por el cuello, casi levantando el poderoso caballero


de su caballo con una mano. La neblina de rabia pura se arremolinó ante sus
ojos.

-Decidlo y romperé vuestros malditos dientes -los caballos se habían detenido.


Douglas pudo haber intentado liberarse, pero parecía demasiado concentrado en
mirar a Robbie-.

Podéis criticarme todo lo que queráis, algo de lo que se merece, pero no


menosprecies a la muchacha. A pesar de sus desafortunados parientes, es
inocente en todo esto... y es una dama.

Al darse cuenta de que los otros hombres habían dejado de mirarlos, Robbie dejó
ir a su amigo.

-Así que es eso -dijo Douglas, su voz aturdida-. Maldito infierno, casi siento
lástima por vos.

Robbie le dirigió una mirada feroz:- No sabéis una mierda.

-Sé que habéis cambiado. Hace un par de semanas hubierais saltado con la
oportunidad de tomar represalias contra Clifford, y no hubierais tratado de
pensar en razones para no hacerlo.

Los dedos de Robbie cerraron las riendas con tanta fuerza que sus nudillos se
tornaron blancos.

-¿Qué diablos estáis sugiriendo, Douglas? ¿Estáis cuestionando mi compromiso


con la causa?

-No, estoy cuestionando vuestro compromiso con la muchacha.


-La deseo. Pero puedo controlar mi maldita polla.

-¿Estáis tan seguro de eso? Creo que esto es más que asuntos de cama.

No estaba seguro en absoluto, pero el infierno si se lo dijera a Douglas eso:- Es


inglesa.

No creo que necesite explicarle eso. Demonios, ¿y si Joanna hubiera sido


inglesa?

Douglas tardó mucho tiempo en responder, y cuando lo hizo no fue la respuesta


que Robbie esperaba:- No habría causado una maldita diferencia.

Teniendo en cuenta la fuente de admisión, eso fue sorprendente, por decirlo de


alguna manera. Era similar a la herejía, y Robbie no sabía qué diablos tenía que
ver. Al darse cuenta de que esta conversación había durado lo suficiente, instó a
su montura hacia adelante con un movimiento de las riendas y un golpe de sus
pies.

Pero Douglas no lo dejó ir:- sean cuales sean vuestros sentimiento por la
muchacha, no se puede confiar en ella. No podéis dejar pasar esto sin represalias.

Robbie no necesitaba recordar la promesa rota de Rosalin. Ella se había ido de


buena gana... ¿no?

Frunció el ceño:- No pienso hacerlo. La muchacha y Clifford serán tratados.


Pero cómo lo haga, eso depende de mí. El rey me puso a cargo a mí.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Douglas le dirigió una mirada dura.

-Sí, no es necesario que me lo recordéis. Sólo aseguraos de no dejar que vuestros


sentimientos por la muchacha interfieran. No necesito deciros cuánto cuesta esto.

Robbie cerró la boca con fuerza. No, no lo necesitaba. Robbie sabía muy bien
que el rey necesitaba no sólo la tregua de Clifford, sino también la moneda que
le permitiría desalojar a los ingleses de los castillos de Escocia y acercarse al
trono.

Valga decir que la vista del Castillo de Park fue un respiro de alivio del pasado
largo, frustrante, después de montar casi veinticuatro horas. Después de
desmontar y seguir a Douglas hasta la colina y entrar en la casa de la torre
antigua, Robbie estaba esperando una comida caliente, una cerveza, un baño y
un lugar preferiblemente tranquilo y oscuro donde podría obtener al menos unas
horas de dormir antes de salir de nuevo.

Joanna Douglas arregló los tres primeros en poco tiempo, pero el cuarto tendría
que esperar. Como la petición de Rosalin. Joanna aseguró que Rosalin había sido
bien tratada y cuidada, se dirigió al Hall para informar a Seton y los demás sobre
lo que había sucedido, así como hacer planes para un ataque de represalia.

Sin embargo, después de horas de escuchar a los de ida y vuelta, Seton instó a la
prudencia y Douglas exigió una destrucción generalizada que habría dejado a
Bruce como el "Acosador de Buchan" hacía unos años, y era vergonzoso. El
estado de ánimo de Robbie estaba incluso más difuso que cuando llegó. ¡Maldito
Clifford del infierno!

Era una maldición que había deseado al bastardo durante años, pero esta vez
había un fervor añadido por lo que le había hecho a su hermana. Instintivamente,
Robbie sabía cuánto le dolería a Rosalin cuando hiciera lo que tenía que hacer.

Quizás fue con eso en mente por lo que rechazó la petición de atenderla. Lo
último que quería oír era una apasionada defensa del lord Robert Clifford, no en
su presente estado de ánimo.

Rosalin vio a Robbie montar con los demás, pero su suspiro de alivio se mezcló
con temor a lo que eso podría significar para Sir Henry y sus hombres.

Ella esperó -y esperó- paseando ansiosamente por la habitación, mientras el haz


de luz del sol retrocedía poco a poco desde el otro lado del piso hacia atrás a
través de la ventana hasta que desapareció.

La sirvienta que había traído su bandeja de comida le dijo que los hombres se
encontraban en el salón. Lady Joanna no la había confinado en su habitación,
pero Rosalin sabía que no sería bienvenida.

Horas después, finalmente, oyó la profunda y familiar voz, acompañada de


fuertes pisadas cuando Robbie subió las escaleras de la torre. Se escuchó una voz
femenina que reconoció como la de su anfitriona.

Ella esperó, con las manos retorciéndose en sus faldas, a que la puerta se abriera.
En vez de eso, las voces cayeron, y unos minutos después una puerta se cerró
por debajo de ella. Podía distinguir los suaves pasos que descendían por las
escaleras. Lady Joanna debía de estar llevándole a su habitación, no a la de ella.

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Rosalin contuvo el aliento, con el pecho en tensión. Al parecer, ni siquiera le


haría la cortesía de responder a su petición de verlo. Sabía que debía de estar
agotado –ella ambién lo estaba -, pero ¿no le debía unos minutos de su tiempo?

Antes de que pudiera pensar mejor, salió corriendo de su cámara y bajó por las
escaleras. Deteniéndose ante la puerta, ella llamó. Escuchó la voz que venía de
adentro

-Dije que no necesito...

Se detuvo cuando abrió la puerta. Pensó que él soltó una maldición, pero estaba
demasiado distraída para notarlo. Estaba obviamente en el proceso de
desnudarse, desnudo hasta la cintura, descalzo, y sus manos estaban en los lazos
de sus zapatos de cuero.

Tragó saliva. Qué duro. Un rubor caliente consumió su cuerpo. Obligando a


apartar los ojos de la amplia extensión de su torso, dio un momento a su lengua
para desatarla.

Afortunadamente, el choque pareció ser mutuo.

-No deberíais estar aquí -dijo, recuperándose primero.

Se rio agudamente, dándose cuenta de lo que quería decir:- Creo que es bastante
tarde para empezar a preocuparse por la privacidad, cuando he compartido
vuestra tienda de campaña durante dos semanas. Necesitaba veros.

Sus manos fueron a trabajar rehaciendo los lazos que había estado aflojando
momentos antes. Los pantalones colgaban sueltos en sus caderas, y no podía
evitar seguir el rastro de pelo oscuro que desaparecía bajo el borde del cuero en
su cintura. Su estómago era tan plano y duro como el resto de él, con duros y
marcados abdominales.

-Joanna me informó de vuestra petición.

Su voz la golpeó de su estupor temporal. Sus ojos se encontraron con él

acusadoramente:- ¿Y no podríais gastar un poco de vuestro tiempo en mí?

Su boca se tensó, y ahora podía ver las duras líneas grabadas en su rostro que
ella había no había visto antes. Parecía cansado y agitado, nervioso como nunca
antes lo había visto.

-No, decidí practicar un poco de discreción por una vez. No soy la mejor
compañía para una dama en este momento, Rosalin, y en lugar de decir algo
malhumorado, pensé que era mejor esperar hasta que ese temperamento se
hubiera enfriado.

Ella sintió un escalofrío de temor por el énfasis en la palabra dama,


comprendiendo qué clase de mujer podría ser apta. Aunque todo lo que le
rodeaba era prohibitivo e inatacable, dio un paso hacia él.

-Estaba preocupada por vos.

Su preocupación apenas se registró:- Como podéis ver, no había causa. Los


hombres de vuestro hermano se negaron a tomar el campo contra nosotros.

-Gracias a Dios -no se molestó en ocultar su alivio-. Pero no eran los hombres de
Cliff, eran de mi prome... -se detuvo, viendo su expresión oscura-. Eran de Sir
Henry.

Su boca se tensó, sus ojos ardientes en los suyos-. No quiero hablar de esto con
vos, Rosalin, pero basta con decir que tu hermano estaba involucrado... ¿a menos
que haya

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Àriel x
otro barón vestido de colores rojos y brazaletes azules y amarillos? Yo mismo vi
a uno de sus hombres cuando perseguimos a vuestro prometido de regreso a
Peebles.

Los ojos de Rosalin se ensancharon un poco ante su afirmación, pero apartó la


punzada de incertidumbre. Sacudió su cabeza.

-Cliff podría haber estado allí, pero no tiene nada que ver con esto. No me
pondría en ese tipo de peligro.

-¿Pero vuestro prometido lo haría?

Rosalin sintió el calor subir a sus mejillas. Se sentía desleal con Sir Henry, pero
tenía que hacerle entender:- Sir Henry es un gran caballero, pero es joven,
orgulloso, y creo que a veces demasiado atrevido -lo que sonaba mejor que
imprudente-. Supongo que actuó por preocupación y no pensó en las
consecuencias -pareció considerar sus palabras y continuó-. No he roto mi
palabra, Robbie. No estaba tratando de irme.

-Entonces, ¿por qué os alejabais con él?

-Yo no me iba. Me estaba arrastrando. ¿No veis la diferencia?

Su ceño le dijo que estaba recordando:- Si os estaban forzando, ¿por qué no


gritasteis por ayuda?

-Porque no quería verlo muerto. Esperaba poder convencerlo de que me dejara ir


tan pronto como estuviéramos a corta distancia. No conté con el caballo. El
hombre era mi amigo. ¿No puedes ver el dilema que enfrenté? ¿Os habríais
detenido a hacerle preguntas antes de levantar la espada contra él?

Su silencio fue suficiente respuesta.

No estaba bien que se viera obligada a defenderse así, y algo de su ira empezó a
romper.

-Acababa de confesaros mis sentimientos. Puede que no significara nada para


vos, pero significa algo para mí.

-Sois joven, Rosalin. Todo esto os parecerá muy diferente cuando volváis a
Inglaterra.

No podía creer que estuviera tratando de convencerla de cómo se sentía.

-Soy lo suficientemente mayor para saber cómo me siento, y si necesitáis


pruebas tengo seis años de eso. Nunca os olvidé, y nos tratamos sólo durante
unos minutos. ¿Cómo os imaginas que lo haré ahora? Os amo, Robert Boyd, y si
se cumpliera mi deseo, nunca nos separaríamos.

Por un momento creyó que sus palabras habían penetrado en él, y que podría
alcanzarlo.

Pero sostenía sus manos rígidas a los costados, fuertemente apretadas.

-Podéis conseguir vuestro deseo -gruñó-. Por un tiempo al menos.

-¿Qué queréis decir con eso?

-Quiero decir que vuestro hermano rompió la tregua, y no tengo la intención de


dejar pasar eso sin una respuesta.

Su actitud calmada y racional cayó al borde del camino. Ella corrió hacia él y le
puso la mano en el brazo:- ¡No! ¡No podéis hacer eso! ¿No habéis oído lo que os
dije? Cliff no

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hizo esto, y si atacáis con una incursión o alguna clase de venganza contra él, no
habrá ninguna posibilidad.

Él la miró, las líneas hermosas de su cara se tensaron. La agarró por los


hombros, como para retenerla.

-¿No hay oportunidad para qué?

Las lágrimas enmascararon sus ojos; Su garganta ardía. Apenas sacó las
palabras:- Para nosotros.

Sus rostros estaban a sólo unos centímetros de distancia, su mirada hacia abajo,
la suya inclinada hacia atrás. Se había afeitado, pero la sombra de una barba ya
oscurecía su mandíbula. Su pecho parecía irradiar calor y el leve indicio de jabón
perfumado de pino.

Su deseo por él la alcanzó.

No fue la única afectada. Robbie parecía tan tenso como una cuerda de arco, los
músculos acerados de su cuerpo flexionados y tensos.

-No hay un 'nosotros'.

Ella arqueó una ceja hacia él. ¿No podía sentir lo cerca que la estaba abrazando?
Sus pechos estaban aplastados contra su pecho y sus caderas estaban firmemente
encajadas contra las suyas.

-Entonces, ¿qué es esto, Robbie? Dime por qué estáis tan enfadado si esto no
significa nada. Dime por qué vuestro corazón corre tan deprisa como el mío.
Dime por qué estáis luchando tanto por mantener el control.

-Ya sabéis por qué, maldita sea.

-Sí, queréis..., ¿cómo lo dijisteis, tan elocuentemente? Sí. Follarme tanto que no
podéis ver con claridad. Por lo que recuerdo, os lo ofrecí también, y os negasteis.

Su voz cayó a un gruñido bajo, que ignoró:- Porque estaba tratando de


protegeros, maldita sea.

Arqueó las cejas de nuevo.

-Qué noble por vuestra parte. Estoy seguro de que mi futuro esposo estará muy
contento.

Sus manos se tensaron:- Rosalin...

Pero no prestó atención a la advertencia.

-Creo que os estabais protegiendo a vos mismo. Creo que no me hicisteis el


amor porque sabéis que sería diferente. Lo sentiríais aquí - golpeó con el dedo
contra su pecho-, y entonces no sería tan fácil para vos dejarme ir.
Por fin, el control pareció romperse:- ¿Fácil? ¿Cómo podéis pensar que esto es
fácil? No he pensado en nada más que en lo difícil que iba a ser veros ir desde,
prácticamente, el primer momento que os llevé. No tenéis idea de cuánto
desearía que las circunstancias fueran diferentes, pero no lo son, y yo vivo en el
mundo real, Rosalin. No es una maldita fantasía donde la guerra es un mero
inconveniente o el odio que vuestro hermano y yo llevamos el uno al otro es
superado por un apretón de manos. Y no dejaré que mis sentimientos por vos
interfieran con lo que tengo que hacer.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

A pesar de su ira, Rosalin sintió un ridículo gorgoteo de felicidad. ¡Lo sabía!


Había admitido que tenía sentimientos por ella. Los sentimientos que sospechaba
corrieron mucho más profundamente de lo que se dio cuenta. Eso la hacía aún
más segura de que tenía que impedir que hiciera algo que su hermano no
ignoraría. ¿Pero cómo iba a llegar hasta él?

-Todo lo que estoy pidiendo es que no actuéis precipitadamente. Aseguraos de


que mi hermano rompió la tregua antes de tomar represalias -colocó la palma de
su mano en su pecho, saboreando los fuertes golpes de su corazón-. Por favor,
Robbie, sólo son unos días.

Robbie se mantuvo perfectamente quieto, pero la emoción fue desatada y


saltaron chispas dentro de él como una violenta tormenta eléctrica. ¡La sangre de
Dios, no sabía lo que estaba pidiendo! No comprometería su deber y por lo que
había luchado por más de la mitad de su vida por cualquier persona. La muerte
de su familia tenía que significar algo.

Todos los instintos gritaban que atacase a Clifford. Golpear con fuerza hacia
atrás, de la única manera que entendió el inglés. ¿Y qué ofrecía a cambio? ¿Un
sueño? ¿Una esperanza? ¿Una maldita historia de hadas? Nunca había pedido
esto. Pero por un momento quiso lo que ofreció con una intensidad que lo
sorprendió.

-Por favor -dijo, acercándose más. El sueño sonaba en la tentación de miel de su


boca.

Besadla. Tomadla. Hacedla vuestra.


Él la agarró por los hombros, sobre todo para mantenerla a una distancia segura,
pero también porque no podía ir ni un minuto más sin tocarla. Desde el momento
en que entró en la habitación -del infierno, desde el momento en que la había
lanzado sobre su regazo- todo lo que podía pensar era poner sus manos sobre
ella.

Pero eso no era lo que ella pedía. Ellos. Un futuro.

No podía dárselo. Él la soltó y dio un paso atrás:- He tomado mi decisión.

-Pero...

Él la cortó:- No lo hagáis. No tratéis de poneros entre mí deber y yo.

Sus ojos brillaron furiosamente:- Esto no es sobre vuestro deber. Sé honesto por
lo menos. Vuestro deber es asegurar la tregua, una tregua que ya tenéis, pero que
estará en peligro si atacáis sin causa. Si tenéis un deber aquí, es aseguraros de
que tenéis razón.

Esto es acerca de la venganza y la batalla personal que tenéis con mi hermano, el


camino directo al infierno que ambos parecéis estar decididos a viajar. Él golpea,
vos golpeáis detrás, él golpea detrás más duramente. Bien, mal, todo lo demás no
importa.

Apretó los puños. ¿Qué diablos sabía de esto? No esperaba que lo entendiera.
Era inglesa.

-Lo intentamos a vuestra manera durante años, y mira dónde nos ha llevado. Un
títere inglés en el trono, señores ingleses en nuestros castillos, e inocentes
escoceses colgados en los graneros. Los ingleses ignoraron nuestros gritos de
justicia durante años -se inclinó más cerca-. ¿Pero sabéis qué, Rosalin? Ahora
nos están escuchando.

Sus ojos le escudriñaron la cara. Debió de darse cuenta de que no iba a cambiar
de opinión, porque sacó la última arma de su arsenal... y era poderosa.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x
Las lágrimas brillaron en sus ojos y ella agarró su brazo como si fuera la última
cuerda de salvamento de un barco hundido.

-Por favor, Robbie, os ruego que lo reconsideréis. Sólo son unos pocos días. ¿No
haríais esto por mí, por nosotros?

La suave presión de sus pechos contra su brazo, el embriagador perfume de rosa


del jabón que impregnaba el aire a su alrededor, los labios suavemente
entreabiertos que se alzaban en dulce invitación eran un completo asalto a su
resolución. Las paredes se cerraban. La cama surgía por el rabillo del ojo.

No debería haber venido aquí así, maldita sea. La había advertido. Estaba
caliente e inquieto y necesitaba desesperadamente el alivio que tan
inocentemente ofrecía.

¿O no era inocente?

Se puso rígido, recordando la vez en que su sobrino había escapado.

-Esta vez no va a funcionar, Rosalin -una arruga confusa apareció entre sus
cejas-.

¿Primero os ofrecéis para salvar a vuestro sobrino y ahora a vuestro hermano?


¿Esa es la trampa? -ella soltó un grito agudo de indignación, sus ojos disparando
a los suyos.

Pero aún no había terminado. Movió sus caderas contra las suyas de manera
sugestiva-.

¿Debería tomarlo todo esta vez?

Ella lo miró como si fuera el pedazo más bajo de escoria, y en ese momento lo
sintió.

Instintivamente se tensó, esperando la bofetada que sin duda merecía.

Pero no lo dejaría marchar tan fácilmente. Con frialdad, helada, ella se alejó de
él.

-Lo que ofrecí, lo ofrecí libremente y sin condiciones. Estáis demasiado ciego
para verlo. Id y tened vuestra guerra, Robbie. Si eso es todo lo que queréis, lo
tendréis. Ya he terminado de luchar con vos. He terminado de luchar por vos.

Lo decía en serio. Podía verlo en sus ojos.

Dejarla ir.

Su corazón le martilleaba en los oídos. Músculos que ni siquiera sabía que había
tensado contra el impulso de alcanzarla.

Esperó lo que pareció una eternidad, sus ojos en su rostro, a la espera de algún
tipo de señal.

Si eso es todo lo que queréis...

El músculo de su mandíbula se le marcó. La sangre rugía a través de sus venas,


latiendo fuertemente. Pero se quedó inmóvil ante la tormenta.

Se giró.

Al diablo con eso. No era todo lo que quería en absoluto. La agarró de la muñeca
antes de que pudiera marchar. La giró. Sus ojos se encontraron:- Maldita sea,
Rosalin, os quiero -no sabía exactamente qué significaba eso, excepto que
significaba algo.

Levantó la barbilla y arrojó el guante derecho a sus pies:- Entonces, tomadme...

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

No podía dejar que se sentara allí. No esta vez. Cada hombre tenía su punto de
ruptura, y la hermosa mujer que lo miraba con el corazón en los ojos y se atrevía
a rechazar lo que ofrecía era la suya. Robbie no rompió ni perdió el control;
Simplemente lanzó las riendas en el aire y las dejó caer donde pudieran. Ya
había tenido suficiente. Él la tendría y sería condenada.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x
Capítulo 21

Robbie la atrajo hacia sus brazos e hizo lo que había estado deseando desde el
momento en que había entrado en la habitación. Su boca cayó sobre la suya con
un profundo gemido. Era como si una presa se hubiera roto y toda la pasión,
emoción, y deseo que se había embotellado en su interior se hubiera liberado en
el instante en que sus labios tocaron los suyos.

Dios, eran suaves. Y tan condenadamente dulces que no sabía cómo podía haber

resistido durante tanto tiempo. ¿Por qué lo había hecho? Si había voces en su
cabeza tratando de recordárselo, ya no las escuchaba.

Estaba demasiado ocupado besándola. Saboreándola. Deslizó la lengua


profundamente en su boca con largos y lentos movimientos que ella siguió.

Eso fue increíble. La muchacha era una aprendiz rápido que Dios lo ayudara.

Podría seguir besándola así para siempre. Pero, mientras más y más
profundamente la besaba, más feroz era su respuesta y más su sangre disparaba.
El calor irradiaba de él. Y

entonces había otro golpeteo, el de su estómago cada vez más fuerte en cada
golpe.

Podía saborear su necesidad, su hambre, sentir el edificio de urgencia, y envió


llamas lamiendo por todos los rincones de su cuerpo. Los gemidos, los pequeños
gemidos resonaban en sus oídos, desgarrando el control que había dejado en
pedazos. Estaba agarrando sus brazos, sus hombros, tratando de acercarlo más,
pero sus cuerpos ya estaban pegados tan cerca como podían estar sin...

Soltó una maldición en su boca. Una vez que la imagen estaba allí, no sería
desalojada.

Piel con piel. Desnudos. Sábanas sudorosas. Él se hundió dentro de ella. La


máxima cercanía. Ella quería eso. Y Dios, él también lo quería.

La levantó en brazos y la llevó a la cama. Rompió el beso sólo el tiempo


suficiente para dejarla caer y deslizarse junto a ella. No iba a dar a ninguno de
ellos tiempo para pensar.
Tal vez ella tenía el mismo pensamiento, porque en el momento en que su cabeza
tocó la almohada, ella lo estaba volviendo a alcanzar. Acariciando con sus manos
su cuello para, y poner su boca sobre la suya. Tirándolo abajo encima de ella. Él
la dejó sentir su peso mientras saboreaba la increíble sensación de ese suave y
curvilíneo cuerpo bajo el suyo.

Pero no era suficiente. Ahora no. No con la imagen resonando en su cabeza.


Ahora estaba moviéndose más rápido. Sus labios se deslizaron hasta su
mandíbula, su cuello, hasta el lugar blando debajo de su oreja que la hizo
temblar, a su garganta, y finalmente, a sus pechos.

El rápido latido de su corazón y la captura irregular de su aliento martilleaban en


sus oídos, haciéndolo cada vez más rápido. Demasiado rápido. Pero no parecía
importarle.

Estaba allí con él.

Tenía las manos en el pelo mientras trabajaba los cordones de su vestido y luego
su turno, ninguna de las cuales había visto antes. Sólo la idea de tener que
explicarle a Joanna cómo se habían desgarrado le impidió arrancarse de ella.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-Aprisa –dijo en un suspiro, su impaciencia se igualaba la suya.

Murmuró una expletiva. Cristo, lo estaba matando. Sus dedos normalmente


hábiles se sentían dos veces más grandes y prácticamente temblaban. Demonios,
estaban

temblando. Aunque tuviera mucha experiencia. Cuando se trataba de Rosalin


todo era nuevo.

Ninguna piel jamás se había sentido tan suave, ningunos labios había sido jamás
tan dulces, nadie había olido nunca tan bien, y ninguna mujer lo había puesto tan
caliente.

Pero era más que eso, y él lo sabía. Incluso si no quería pensar en ello. Por
primera vez en su vida, estaba haciendo el amor con una mujer con más que su
polla.

Finalmente, tenía el vestido y la camisa por debajo lo suficientemente sueltos


como para tomar sus hermosos senos en su boca. Él la tomó, apretando
suavemente mientras sus labios se cerraban sobre un pezón tenso. La chupó
suavemente, rodeándola con la lengua y desplumándola entre los dientes. Ella
lanzó un grito suave y se arqueó en su boca, sus dedos agarraron su cabello.
Todo su cuero cabelludo tintineó mientras el placer lo invadía en una ola
caliente, arrastrándolo por debajo. Quería desnudarla y adorar cada pulgada de
esa piel blanca y cremosa. Pero no iba a durar ni cinco minutos.

Así no. Aunque al menos tenía que intentarlo.

-Oh Dios, Robbie...

La súplica suave tomó sus intenciones de ir despacio por tierra. Le dio lo que
quería y la chupó con fuerza en su boca. Era tan hermosa, tan condenadamente
sensible, que lo volvía loco. No podía tener suficiente de ella. Él le violó los
pechos con sus labios y lengua. Burlándose, lamiéndolos, chupándolos hasta que
sintió su cuerpo temblar con la promesa de placer.

No iba a hacerla esperar.

Rosalin sabía lo que estaba haciendo –esperaba que fuera la mayor apuesta de su
vida-.

Pero la recompensa...

La recompensa sería una vida de felicidad.

La amaba. Ella estaba segura de eso. Estaba allí mismo en su beso. Lo había
empujado con mucha más confianza de la que había sentido. Nunca lo había
visto tan cerca del extremo de su cuerda. Sin embargo, cuando la besó, en lugar
de áspero y castigador, sus labios habían sido dulces y suaves. ¿Se daba cuenta
de cómo la acunaba contra él?

¿Cómo sus grandes manos endurecidas por la batalla acariciaron su piel como si
fuera una delicada pieza de porcelana?

Tenía que hacerle ver la verdad antes de que fuera demasiado tarde. Ella ya le
había ofrecido su corazón, así que había jugado con lo único que le quedaba: su
cuerpo.

En cierto nivel sabía que era una apuesta tonta, que debía valorar su virtud más
altamente, y que si realmente la cuidaba, no tendría que probar su amor. Pero,
por otra parte, nada había parecido nunca más natural... o correcto. Y con cierto
descaro, admitió que quería la experiencia para sí misma. Que no importa el
resultado, ella quería saber lo que se sentía al estar unida con el hombre que
amaba.

Y desde el momento en que su boca cayó sobre la suya, con hambre y con
propósito, supo que no habría vuelta atrás. El conocimiento era un poco
abrumador, incluso aterrador. Era virgen, y aunque sabía lo básico (había visto a
más de una pareja

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

acurrucándose bajo una manta en un pasillo lleno y oscuro), también sabía que
habría dolor. Pero Robbie tendría cuidado de su inocencia. Confiaba en él sin
reservas.

Lo haría bien por ella. Y esperaba que lo hiciera bien para él. Quería
desesperadamente complacerlo.

Pero como había descuidado aprovechar las potenciales tutoras que tenía a su

disposición en el campamento, tenía poco conocimiento de cómo hacerlo. Todo


lo que tenía era instinto. Se entregó al deseo, sin retener nada, y devolvió su beso
con toda la pasión que había despertado dentro de ella.

Pasó las manos por los brazos y los hombros y por la espalda, como había
soñado tantas veces. Él gruñó ante su contacto, los músculos flexionando bajo
las yemas de sus dedos.

Su cuerpo era una cosa de belleza. Pura perfección masculina. La piel lisa
estirada sobre el músculo duro, esbelto y cincelado. No había ni una pulgada de
carne extra sobre él, sólo los perfectos abdominales. Sus brazos estaban
abultados de fuerza, su estómago plano y su cintura estrecha. Fue tan duro. Tan
sólido. Y tan caliente. Su piel estaba prácticamente ardiendo bajo las yemas de
los dedos. Y el calor contagió a ambos.

Ella percibió el cambio que le ocurrió cuando la levantó hacia la cama. Su beso
se volvió más áspero y carnal, dejándole sin duda sus intenciones.

Sus grandes manos cubrían su cuerpo, sus pechos. Y luego su boca... su boca
estaba chupando, y Rosalin pensó que había muerto e ido al cielo. Minúsculas
agujas de placer le dispararon a los pies y el calor se precipitó entre sus piernas.
Sintió la misma inquietud caliente que había sentido la última vez, justo antes de
que él la hubiera tocado con los dedos.

Deseó desesperadamente que hiciera eso otra vez, así que ella se arqueó contra
su boca en su pecho, levantando sus caderas suavemente.

Hizo algún tipo de sonido torturado. Podría haber sido un juramento, pero estaba
demasiado perdida en la neblina del placer de notar. Un aire fresco le recorrió la
piel de sus piernas mientras le quitaba las faldas. Su boca le acariciaba los
pechos, el rasguño de su barba ardía... marcando... un rastro en su sensible piel.

Levantó la cabeza de su pecho. Cuando hundió el dedo dentro de ella, gritó. La


húmeda piel de -su pecho se agitó en el aire fresco.

-Dios, os sentís tan bien.

Sus ojos entrecerrados se agitaban. Pero luego la acarició de nuevo, y cualquier


respuesta que pudiera haber hecho se perdió en la ola de sensación que se
estrelló sobre ella.

Su voz estaba ronca y tensa.

-Maldición -gruñó con ferocidad-. No puedo esperar mucho más.

Tampoco ella. Se arqueó en su mano con un grito mientras la acariciaba de


nuevo. Y

otra vez.

Entonces de repente su mano se fue y la estaba sosteniendo por las caderas. Si


hubiera tenido alguna idea de lo que pretendía hacer, estaba segura de que se
hubiera opuesto.

Ella habría cerrado los muslos con fuerza y rechazado el malvado beso. Ella
habría sido

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

debidamente conmocionada y traumatizada durante al menos un minuto


completo. Al menos.

Ciertamente más de los dos segundos de aturdida rigidez que había logrado antes
de disolverse como un completo y absoluto desengaño contra su boca. Su
gloriosa boca.

Ahí. Entre sus piernas. Besándola. Con sus cálidos y suaves labios y su lengua.
Sí, con su lengua. Su lengua increíble y talentosa que la hizo arquearse y gemir,
y luego temblar y gritar en pura delicia pecaminosa. Se apoderó de ella en ola
tras ola, inundando su cuerpo con calor.

Cuando terminó, era un charco de sensación, cálido, suave y listo. Abrió los ojos
cuando se colocó sobre ella. Su hermoso rostro estaba apretado y dibujado con
algo parecido al dolor. Un tenue brillo de sudor se había acumulado en su frente.

Ella miró hacia abajo. De alguna manera había logrado aflojar sus zapatos y
pantalones, y su virilidad se balanceaba entre ellos. Su muy grande virilidad. Un
poco de rubor en sus mejillas palideció.

-No quiero heriros -dijo con los dientes apretados.

Rosalin levantó su mirada de nuevo a la suya:- Lo sé.

La confianza en sus ojos casi lo derribó. Robbie quería merecer esa confianza,
pero si el tamaño de la erección que golpeaba contra su estómago era cualquier
indicación, estaba seriamente perdido. La forma en que se sentía ahora: que su
piel era de dos tallas demasiado pequeña y que todo su cuerpo estaba a punto de
estallar, que lo único que había querido hacer cuando estaba destrozando su boca
era hundirse en ella y unirse, que ella era la cosa más hermosa que había visto en
su maldita vida, si no se metía dentro de ella en unos dos segundos iba a hacer
algo que nunca había hecho antes.

Nunca. Incluso cuando él era un muchacho.

-No estoy seguro... -no pudo terminar.

Su rostro se puso serio:- No hay promesas, Robbie, lo sé.

Frunció el ceño.

-Eso no es lo que quería decir -si esto era una buena idea ya no importaba-. Es
que os quiero demasiado, y puede ser doloroso la primera vez para una chica.

Una adorable sonrisa curvó su boca y el suave rubor rosado se arrastró por sus
mejillas.
Ella le dirigió una mirada tímida de debajo de sus pestañas que lo golpeó en
algún lugar cerca de sus costillas. Por encima de sus costillas, en realidad. Y tal
vez un poco a la izquierda.

-Bueno, entonces, tal vez deberíamos seguir con esto y llegar a la segunda vez -y
luego hizo algo que puso fin a hablar -y a casi todo lo demás también-.

Ella deslizó su mano por la parte frontal de su pecho, arrastrando sus dedos
sobre los músculos flexionados de su estómago, y lo tocó. Ella lo tomó en su
pequeña mano dulce, y envolvió sus dedos suaves alrededor de él, y le dio un
apretón perfecto que le hizo aspirar su aliento mientras el placer le disparaba
desde la base de su espina dorsal.

Hizo un sonido dolorido, apretando los dientes contra la sensación feroz y la


necesidad casi abrumadora de soltarlo.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Pero no lo hizo. Dios lo ayudara, de alguna manera logró mantener su cuerpo


bajo control. Pero, ¿por cuánto tiempo, con ella tocándolo así? Recordaba muy
bien cómo le había enseñado a acariciarle. Recordó cómo apretar y sacar su
leche con bombas largas y duras que iban de la base a la punta.

Tenía que hacer que se detuviera. No quería que se detuviera.

Su corazón martilleaba. Los músculos de sus brazos casi se doblaron mientras


luchaba por mantenerse apoyado sobre ella mientras lo torturaba con su dulce
caricia. Se sentía tan bien, sólo quería...

Se sintió impulsado y supo que no podía dejarlo pasar. La primera vez no era el
momento de probar los límites de su control.

-Ahora, cariño -dijo con fuerza-. Necesito estar dentro de ti.

Sus ojos se encontraron. Ella desenvolvió su mano alrededor de él y lo dejó


guiarse en posición. Él separó sus piernas, dejando la suave piel de sus muslos
descansar contra la suya. Ambos estaban todavía medio vestidos, y sus faldas
estaban agrupadas alrededor de su cintura. Estaba tentado a arrancársela de
nuevo, pero no pensó que pudiera aguantar más.

La próxima vez, juró. La próxima vez se tomaría su tiempo y lo haría lento y


fácil. Pero ahora mismo, todo lo que podía pensar era estar dentro de ella.

Ella aspiró el aliento cuando la punta de la erección se encontró con la carne


sedosa. O

tal vez ese sonido era suyo, ya que su cuerpo entero parecía ser golpeado con un
rayo en ese primer contacto increíble. Tomó todo lo que no tenía que hundirse en
ella. Para dejar que la sensación rodara sobre él en ola después de estremecerse.

Sus ojos se encontraron, y Robbie pudo ver la punzada de miedo arrastrarse


detrás de la neblina saciada. Una nueva oleada de ternura se alzó en su pecho. Se
inclinó y la besó.

Suavemente, y con toda la emoción brotando desde lo más profundo de su


interior. De un lugar que no sabía que existía. Murmuró palabras suaves contra
su piel. Le dijo que estaría bien. Le dijo que él la cuidaría. Le dijo que confiara
en él. Lo haría bien.

Incluso si el intento bien lo mataba, se dijo en gaélico.

Movió sus caderas contra ella lentamente, dejándola acostumbrarse a la


sensación de él entre sus muslos. Dejando que la gruesa punta rodase y
acariciase hasta que ella comenzó a retorcerse contra él. Hasta que estaba suave
y húmeda y respirando con dificultad y sus caderas comenzaron a levantarse,
buscando más fricción.

Cada segundo era una exquisita tortura. De alguna manera encontró la fuerza
para contener cuando cada instinto en su cuerpo clamaba para hundirse en ese
apretado guante de seda.

En vez de eso, cambió el balanceo a un lento empujón.

Apretada. Oh Dios, estaba tan apretada. Ese fue su primer pensamiento. El


segundo era que estaba tibia y húmeda. El tercero era que su cabeza iba a
explotar, estaba tan fuera de su mente por el placer. Que nunca había sentido
algo tan bueno en su vida. Que cada centímetro, cada jadeo, cada minuto en que
sus ojos se quedaron juntos, estaba volando más cerca del cielo.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Hizo una pausa sólo una vez. Miró los grandes y hermosos ojos verdes que se
clavaban en los suyos. Un último vestigio de conciencia logró infiltrarse, y le
dirigió una mirada en silenciosa pregunta. Habría encontrado la fuerza para
retroceder si ella le hubiera pedido. Pero no lo hizo.

-Por favor, Robbie -susurró ella en voz baja.

No vaciló de nuevo. Con un empujón fuerte, la tomó.

Mía. El conocimiento era feroz, primitivo y demasiado abrumador para negarlo.


Un relámpago de placer le subió por la columna vertebral, agarrándolo de la
cabeza a los pies.

Su grito de dolor rompió su placer como un cuchillo dentado. Él la tranquilizó lo


mejor que pudo, salpicando suaves besos en su cara y labios y manteniéndose
completamente quieto - que podría haber sido lo más difícil que había hecho-
hasta que por sorpresa, se calmó.

Ella lo miró fijamente, intentando parar las lágrimas.

-Lo siento, mo ghrá -dijo, besando la salada húmeda de sus ojos y pestañas-.
Haría mío vuestro dolor si pudiera.

En el mejor de los casos, su sonrisa era trémula:- No está tan mal -dijo con tanta
valentía, que casi se echó a reír.

-Apenas es un indicio de mis habilidades de hacer el amor, pero prometo que va


a mejorar.

-¿Pronto? -Ella chilló, su voz aguda.

Apartó un sedoso mechón de pelo dorado que se había enredado en sus pestañas.

-Sí -dijo él con voz ronca, justo antes de que su boca cubriera la suya. Aunque lo
matase, le traería placer.

Nunca había tenido que seducir a una mujer antes, pero lo hizo ahora. Besó el
placer de nuevo en su cuerpo con largos y suaves golpes de lengua y boca. Se
burlaba, atraía y le decía sin palabras exactamente cómo la amaría con su
cuerpo.

Poco a poco, podía sentir su tensión aliviar. Sus dedos ya no agarraban las
sábanas a su lado, sino que se envolvían alrededor de sus hombros. Y entonces
lo estaba agarrando.

Suavemente al principio, y luego con más insistencia. Le encantaba sentir sus


dedos delicados cavando en sus brazos. La sensación visceral de su placer
aumentó la suya.

Intentó no pensar en lo bien que se sentía. Qué bien se sentía. Cómo su cuerpo lo
agarró como un guante apretado, caliente. O qué increíble iba a sentir cuando
pudiera moverse.

Cuando pudiera entrar y salir, duro y profundo.

Pero lo estaba haciendo difícil. Su cuerpo era tan suave, dulce y cálido. Y
acogedor. Sí, podía sentir su apertura para él. Sentir que la abrazadera apretada
de sus músculos comenzaban a suavizarse y humedecerse a su alrededor.

Cuando empezó a apretar las caderas contra las suyas, supo que tenía que
moverse.

Lentamente al principio, y luego más rápido cuando ella respondió, levantando


sus caderas para cumplir con sus empujes. El beso comenzó a desmoronarse
cuando sus

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

sonidos y gemidos aumentaron en urgencia, ya que su respiración se volvió más


errática y se llevó el segundo lugar a la necesidad mucho mayor de construir en
sus entrañas.
Pero no era sólo sus entrañas. No, la necesidad de ella era elemental. Lo
impregnaba de carne, hueso y alma. No había parte de él que hubiera dejado sin
reclamar. La quería con todo lo que tenía... e incluso con cosas que no tenía.

Sus empujones se alargaron, profundizaron y se aceleraron, haciéndose eco de


los suspiros de sorpresa que estaba haciendo cada vez que sus cuerpos se
estrellaban íntimamente. A pesar de la imagen erótica que presentaba, no podía
apartar los ojos de su rostro.

Era la cosa más hermosa que había visto en su vida. Sus mejillas estaban rosadas
de excitación, los labios suavemente separados y los ojos suaves con una
dolorosa ternura que los unía de una manera que nunca había imaginado. De
manera que no creía capaz de hacerlo.

Había tenido un montón de buenas experiencias antes. Demonios, incluso un


montón de buen sexo. Pero él nunca había tenido un tono perfecto. Y eso es lo
que era: perfecto.

Era la forma en que se movía con él. La forma en que se movían juntos. Era un
ritmo sensual a diferencia de cualquier otro. Pero sabía que era más que eso.
Nunca se había sentido tan conectado con una mujer. Jamás su placer había sido
suyo. Podía sentirlo creciendo en ella. Sentir como el calor y la sensación
comenzó a reunirse y girar. Sentir la presión arrollando y sabía exactamente
cuando estaba a punto de relajarse.

Él se hundió profundamente dentro de ella y se calmó.

Sus ojos se abrieron en sensual descarga un momento antes de que los suaves
gritos de placer se desgarrara de sus pulmones y su cuerpo comenzara a
estremecerse bajo él. Y

luego, a través de él, su placer se hizo suyo.

Pero Rosalin susurró algo que lo llevó al borde:- Os amo.

Su pecho se apretó y luego se expandió. Con un grito salvaje entre los dientes
apretados, agarró las suaves curvas de su trasero, sosteniéndose profundamente
mientras rodeaba sus caderas, moliendo cada pulso, cada espasmo, cada
sacudida de placer que se estrellaba sobre él en oculto ola tras ola con una
cegadora sensación de rompimiento.
Su mente se puso negra. Si él no sabía que era imposible, podría haberlo pensado
que se había desmayado por un minuto, tan intensa fue la explosión de sensación
que lo alcanzó. El rugido en su cabeza era tan fuerte que cuando finalmente se
calmó -cuando la última gota de placer había sido arrancada de su cuerpo- la
habitación parecía antinaturalmente inmóvil.

Todo lo que podía oír eran los pesados sonidos de los latidos del corazón y la
desigual caída de las respiraciones. Dándose cuenta de que se había derrumbado
encima de ella, y probablemente estaba aplastándola, rodó a un lado y la metió
bajo un brazo. Ella apoyó su mejilla en su pecho, con su pequeña palma
presionada justo encima de su corazón, mientras él dejaba su mejilla descansar
encima de su cabeza sedosa.

Ninguno de los dos dijo nada. ¿Qué más quedaba por decir?

Ni siquiera estaba seguro de saber qué diablos había sucedido. Cataclísmico.


Cambio de vida. Impresionante. Eran demasiado mundanos para describir la
experiencia.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Había sido mucho más de lo que había imaginado... y lo que había imaginado
había sido bastante espectacular. Instintivamente había sabido que estaría bien
entre ellos -su atractivo había sido demasiado intenso desde el principio para que
no lo fuera-, simplemente no había previsto el resto. Los sentimientos de ternura
que lo habían apoderado. Los sentimientos que no habían venido de cualquier
lugar cerca de su ingle.

Habían sido mucho más profundos y mucho más poderosos. Habían venido de
una parte de él que él no había estado seguro que existía.

Pero no sabía lo que significaba. O, más importante, qué diablos iba a hacer al
respecto.

Cuando Rosalin era una niña, no mucho después de que sus padres hubieran
muerto, había ido a perseguir a Cliff y a algunos de sus amigos en un viaje de
caza. Ella corrió tras ellos por millas, sobre colinas y valles, tan rápido como sus
pequeñas piernas la llevaban.
Cuando los había alcanzado, estaba agotado. Cada miembro, cada hueso, cada
músculo de su cuerpo se sentía como si hubiera sido tensado y estirado hasta el
punto de ruptura.

Cliff se había enfurecido por haberlo seguido, y había estado dolorida durante
semanas, pero la sensación de logro había hecho que todo valiera la pena.

Había estado tan agotada físicamente. Hasta ahora. Pero como entonces, había
valido la pena. Cada minuto.

Bueno, tal vez no un minuto en particular.

Mientras yacía tendida sobre su pecho, tratando de encontrar la energía para


respirar, y mucho menos pensar, Rosalin hizo una mueca de dolor ante el
recuerdo. Ese minuto le había dolido mucho. Pero la punzada aguda se había
desvanecido rápidamente -gracias-y había sido reemplazada por un dolor sordo y
una maravillosa sensación de estar llena.

Poseída. Reclamada. Palabras primitivas, tal vez, pero no las hizo menos
significativas o importantes. Lo que acababan de hacer los había unido de una
manera que nunca hubiera imaginado. De una manera que no se podía deshacer.

Si hubiera pensado que ella lo amaba antes, lo sabía ahora con certeza con cada
fibra de su muy dolorido, exhausto y doloroso ser. No necesitaba preocuparse de
que fuera perfecto. Fue perfecto.

Ella le pertenecía no porque hubiera tomado su virginidad sino por la conexión


que habían forjado juntos. Nunca olvidaría la mirada en sus ojos cuando él se
había sostenido profundamente dentro de ella y se soltó. La fuerte conexión del
momento se quemaría en su corazón para siempre. Un hombre no se parecía a
eso por una mujer a la que no le importaba.

Una mujer a quien no amaba.

Por un momento, la máscara dura se había caído y había revelado al hombre


vulnerable por debajo. El hombre que quería amar pero no sabía cómo hacerlo.
El hombre que había tomado tanto de él que se había dicho que ya no lo
necesitaba. El hombre que la necesitaba, aunque no se diera cuenta todavía.

Perdida en sus pensamientos y atrapada en el sentido de euforia que la había


alcanzado, tardó unos minutos en que Rosalin se diera cuenta de lo tranquilo que
era. Lo tranquilo que estaba. Una punzada de inquietud intentó abrirse paso a
través de su felicidad, pero

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Àriel x

ella no lo dejó. Nada iba a interferir con este momento. Probablemente estaba
tan emocionado por lo que había pasado como ella. Y probablemente igual de
cansado.

Con ese pensamiento, Rosalin se acurrucó más cerca del cálido pecho desnudo,
dejó que su olor masculino y picante la cubriera, cerró los ojos y sucumbió al
cansancio.

Mucho tiempo después de que Rosalin se durmiera, Robbie permaneció


despierto en la oscuridad. Una parte de él quería saborear cada minuto que tenía
de sostenerla en sus brazos. La otra parte necesitaba tiempo para pensar. No fue
sino hasta que decidió qué hacer que se permitió descansar.

Justo antes del amanecer, se deslizó cuidadosamente de la cama, se vistió y bajó


las escaleras para poner en marcha su plan. Cuando terminó, volvió a la
habitación para esperar a que se despertara para poder decirle lo que había
hecho.

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Àriel x

Capítulo 22

Rosalin todavía dormía. En lugar de estar a su lado, había tomado una de las
almohadas y la estaba abrazando. Parecía tan dulce y contenta como un niño, su
hermoso rostro suave estaba en reposo, su pequeño puño descansaba cerca de
sus labios rojos, y su cabello rubio dorado que salía tras ella en un desorden
ondulado y caído. Robbie la había cubierto la última noche mientras dormía,
pero sabía que la piel semidesnuda debajo de la colcha era tan aterciopelada y
suave como la de un bebé.
Incapaz de resistirse -y, sin duda, sintiéndose un poco molesto sobre una maldita
almohada- se quitó las botas, el pantalón y la camisa, y se arrastró de nuevo a la
cama a su lado. Extrajo con cuidado la almohada de su asimiento, sintió una
hinchazón satisfecha en su pecho cuando, después de un maullido de disgusto de
gatito, se deslizó de nuevo en sus brazos con un suspiro contento.

Dios, podría acostumbrarse a esto. Era tan cálida y suave, y olía como una cama
de rosas, una cama de rosas bien castigadas. Su pecho dolía por el simple placer
de abrazarla. No se había sentido en paz durante años. Quizás, nunca.

Acariciando su cabello, observó el suave ascenso y caída de su pecho sobre él


durante todo el tiempo que pudo, hasta que los primeros rayos de sol capturaron
las mechas de oro en su brillante luz. Entonces, supo que no podía esperar más.

Él le tocó suavemente:- Rosalin.

Sus largas pestañas se abrieron. Aún aturdida por el sueño, su mirada encontró la
suya.

Lentamente, la confusión desapareció, y una amplia sonrisa curvó sus sensuales


labios magullados.

-Buenos días.

Su pecho se encogió. Se veía tan feliz. Haría cualquier cosa para mantenerla así.
Pero temía que "apenas" pudiera no ser suficiente.

La muchacha era demasiado perspicaz. Antes de que pudiera responder, su


sonrisa cayó.

Se apoyó un poco en el pecho.

-¿Hay algo mal?

-Tenéis que volver a vuestra habitación.

Respiró profundamente, sus ojos se abrieron como si sus palabras la hubieran


dañado:-

¿Me estáis echando?


Había algo pequeño y vulnerable en su voz que le hizo fruncir el ceño. Sin
quererlo, había golpeado un punto sensible. Se había marchado antes, se dio
cuenta. Si el dolor en sus ojos era cualquier indicación, tal vez bastante. Sabía
poco de su infancia, aparte de lo que había sido capaz de reconstruir. Había sido
huérfana y enviada a vivir con el conde de Hereford. Clifford era el único
hermano que conocía. Debido a su rango y riqueza, la estima de su guardián, y la
posición de su hermano, Robbie había asumido que su vida había sido fácil. Pero
el privilegio y el favor, al parecer, no reemplazaron a una familia.

Mónica McCarty Ariete

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Más que la guerra. Pero era la única forma en que lo sabía, la única forma en que
podía hacer que las muertes de las personas a las que había amado significaba
algo.

La apretó con más fuerza.

-No -dijo, deseando aliviar sus miedos lo antes posible con un beso en la
cabeza-. O al menos, sólo temporalmente. Es casi de mañana, y a menos que
queráis que todo el castillo sepa lo que hemos estado haciendo, debéis volver a
vuestra propia cama antes de que alguien os revise.

Su alivio era visceral. Podía sentirlo en la relajación de sus músculos mientras su


pulgar acariciaba suavemente su espalda mientras él la sostenía.

Ella recostó su mejilla sobre su pecho:- No me importa.

-Bueno, a mí sí -Levantó la barbilla para mirarla a los ojos-. No quiero que seáis
humillada ni sujeta a insultos por lo que he hecho.

-Por lo que hemos hecho -corrigió ella-. -Sabía muy bien las consecuencias,
Robbie. No necesitáis protegerme de ellas. No me avergüenzo de lo que hicimos.
Sin promesas,

¿recordáis?

Su boca se endureció. Sí, lo hacía. Pero eso no aliviaba la frustración por no


poder hacerlas... o calmar su culpa por tomar su inocencia. La culpa de que para
un hombre que pretendía no preocuparse por el honor pesaba
sorprendentemente. ¡Qué maldito desastre!

Se dijo que al menos no había puesto la tregua en peligro. Técnicamente, había


cumplido su palabra. No la había forzado. Aunque dudaba que Clifford apreciara
la distinción. Tampoco lo haría si sus papeles se invirtieran.

¿Por qué diablos le importaba? Clifford había querido matarlo antes. Si Clifford
mantuvo su parte del trato, Robbie mantendría la suya: Rosalin sería devuelta a
su hermano ilesa. Nada había cambiado. Todo lo que había hecho era hacer su
separación más difícil.

De repente, su expresión cambió. Ella se sentó, sus ojos rápidamente lanzándose


de sus zapatos a la ropa que había descartado en la silla en su prisa para subir de
nuevo a la cama con ella.

-Os habíais despertado.

No era una pregunta, pero asintió de todos modos:- Sí.

Ella esperó, observándolo en silencio, pero sabía lo que estaba preguntando.

-Envié a Seton y a Douglas con un mensaje para ver a vuestro hermano y exigir
una explicación.

Dados sus intereses divergentes, al enviarlos a ambos, esperaba obtener una


respuesta precisa. También significaba que ninguno de los dos adivinaría lo que
había sucedido, y estaría libre de su juicio durante unos días. Seton se
enfurecería. ¿Por qué temía que su compañero se enterara tanto? ¿Desde cuándo
era importante la opinión de Seton? Nunca llegaron a un acuerdo sobre nada.
Pero quizás, esta vez, era justificado.

Mónica McCarty Ariete

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Sus ojos se abrieron a proporciones bastante insultantes.

-¿Lo hicisteis?
Un lado de su boca se curvó. Suponía se merecía su conmoción.

-Sí, tendréis vuestros pocos días.

Ella lo miró como si acabara de entregarle el cielo:- ¿Habéis hecho esto por mí?
¿Por nosotros? Esto significa…

Robbie no sabía lo que significaba. Lo había hecho en parte por ella, y en parte
por aliviar su culpa. Demonios, lo que le había hecho a ella la noche anterior
podría considerarse una represalia suficiente.

Pero sabía lo que estaba preguntando, y no le daría falsas esperanzas.

Ya estaba tendida contra él, pero él la atrajo con fuerza y la ajustó. Sus ojos se
encontraron.

-Significa que tenemos unos días hasta que regresen, eso es todo. Pero más allá
de eso...

-a miró atentamente-. Tengo que hacer mi trabajo, Rosalin. No importa lo que


eso implique.

Ella asintió:- Entiendo.

¿De verdad? No estaba seguro de que lo hiciera. Demasiado estaba descansando


en esto.

Su deber siempre sería lo primero. Y no tenía ni idea de cómo podía reconciliar


los sentimientos que sentía por ella con la determinación de ganar la libertad de
Escocia y castigar a los opresores que lo habían empujado durante años. Durante
tanto tiempo nada había importado en su vida sino la guerra. Todavía no estaba
seguro de que hubiera espacio para otra cosa. ¿Cómo podría una inglesa, incluso
una simpática a su causa, encajar con todo eso?

-No sé si puedo daros lo que queréis.

Ella parpadeó hacia él:- Pero os preocupáis por mí.

No lo negaría. Pero cuidar no era lo que ella quería. Quería un futuro.


-Entonces, ¿esto es por mi hermano? ¿Sobre mí por ser inglesa?

-Sí. No -se pasó los dedos por el pelo-. Cristo, ¿no es suficiente?

-No tiene que serlo. Esto puede funcionar, Robbie. Yo sé que sí. Sólo dadle una
oportunidad -cuando ella lo miraba así, casi podía convertirlo en creyente.

-Lo intentaré.

Le sonrió, y él sintió algo caliente y apretado en su garganta. Su pecho se


hinchaba tan fuerte que parecía que iba a explotar. Había pasado tanto tiempo
desde que sentía algo como esto, le llevó un momento comprender que era
felicidad. Felicidad tan grande y poderosa que casi se sentía amenazante.

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Lo único que podía hacer era besarla, lo cual, como ya estaba a mitad de su
pecho, simplemente requería un ligero levantamiento de sus brazos para
arrastrarla por la otra mitad.

Él gimió ante el gusto cálido y dispuesto de ella y ante la sensación de tenerla


estirada sobre él.

Sí, le gustaba eso. Le gustaba mucho, maldita sea.

Su mano se deslizó por su espalda, descansando en la suave hinchazón de sus


nalgas. La sujetó contra él, dejándola sentir que se espesaba y se alargaba
mientras su lengua lamía cada vez más profundamente en su boca. Ella era como
la ambrosía más dulce y no podía obtener suficiente.

Pero cuando ella gimió y empezó a retorcerse, tuvo que alejarse.

-Cristo, cariño, no hay tiempo.

Ella le dedicó una sonrisa traviesa, pero fue el brillo en su ojo lo que lo alarmó.
El brillo que era demasiado perverso para una muchacha que acababa de perder
su virginidad.
-¿Estáis seguro? -todavía estaba encima de él, y juró que la pequeña bruja rodeó
sus caderas contra él intencionadamente-.Esperaba que me recompensarais.

Sus ojos se estrecharon:- ¿Qué queréis decir con "compensarme"?

Ella se encogió de hombros descuidadamente.

-Sabéis, dijisteis que la segunda vez era mejor que la primero.

La giró sobre su espalda y bajó sobre ella para sujetarla con su cuerpo tan rápido,
que todo lo que pudo hacer fue jadear en estado de shock.

-¿Cómo lo hicisteis? -preguntó, medio indignada y medio asombrada.

Él sonrió lentamente:- Práctica -sus habilidades de combate se estaban poniendo


a un uso inesperado. Él la miró a los ojos-. ¿Qué queréis decir con "mejor"? No
estoy seguro de lo que esperabais, pero eso fue espectacular.

Tenía la impudicia de parecer sorprendida:- ¿Lo fue? ¿Cómo puedo saber si no


tengo nada con que compararlo? Pero si no estáis preparado para el desafío, lo
entiendo.

Empezó a intentar salir de debajo de él, pero no estaba dispuesto a dejarla ir a


ninguna parte. Ningún escocés que se precie se quedaría impune ante una injuria.
Tomándola de las muñecas, las colocó encima de su cabeza y procedió a besar,
lamer y morder con los dientes suavemente contra su cuello hasta que empezó a
ronronear y temblar.

-Oh, estoy dispuesto a hacerlo -susurró con voz ronca al oído. Se levantó y bajó
entre sus piernas hasta que no sólo temblaba y se encogía, sino que se
estremecía-. Tal vez tengamos tiempo para una lección después de todo.

-Muy bien, pero no tardéis mucho.

Su mirada se encontró con un brillo maligno.

-Sí, bueno, en ese caso sospecho que os sentiréis decepcionada.

Tenía la intención de castigarla con la tortura de la anticipación.


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Sólo cuando vio la diversión brillando en sus ojos se dio cuenta de que había
sido manipulado. Pero en ese punto ya estaba dando vueltas alrededor de un
pezón muy rosado y muy apretado con su pulgar, ella estaba haciendo esos
respiros entrecortados, y ya no le importaba nada.

Rosalin estaba cerca. La sensación de él, grande y profundo dentro de ella,


llenándola, como lo montaba como un semental, era diferente a todo lo que
había imaginado. Era salvaje, liberador y extrañamente poderoso, sabiendo que
estaba bajo el control del poderoso guerrero debajo de ella.

Le sostuvo las caderas, guiándola mientras montaba el grueso tronco de su


erección hacia arriba y hacia abajo, llevándolo a lo profundo y duro, encontrando
el ritmo perfecto para su placer.

Había empezado lentamente. Lenta y suavemente como ella quería saborear cada

sensación, cada grueso centímetro de su cuerpo estirando y llenando la suya.


Pero entonces se había acelerado, hasta que ella se movía sobre él en un galope
frenético.

Cuando su ritmo alcanzó el punto de ruptura, arqueó la espalda y gritó mientras


su cuerpo empezaba a volar. Estaba temblando y destrozada, cantando su
nombre en un suave gemido mientras la inundación del calor se liberaba.

Pensó que la sensación no podría ser más dulce, pero debería haberlo sabido
mejor. Las manos que le agarraban las caderas la empujaban con fuerza sobre él.
La sostuvo allí, moliéndola contra él hasta que rompió otra vez. Era más
profundo esta vez, y aún más poderoso.

-¡Sí, oh Dios, sí, ¡Robbie...! -estaba enloquecida de la pasión, consumida por el


placer que la alcanzaba.

Él también lo estaba. Podía sentir que él se tensaba debajo de ella, el cuerpo


grande luchando por el control.

-Eso es todo, mo ghrá. Cristo, puedo sentir cómo me estáis apretando...


Se detuvo, tensándose justo antes de soltar un rugido y su placer se disparó

profundamente dentro de ella en espasmos calientes y pulsantes. Se derrumbó


encima de su pecho desnudo, caliente y ligeramente húmedo en un montón sin
hueso y

almibarado. No podría haber encontrado fuerzas para moverse, aunque el propio


Hannibal estuviera llamando a la puerta. Ella sonrió, pensando que Robbie
apreciaría su analogía.

Se quedó allí, en completa satisfacción, saboreando el simple placer de la pesada


elevación y caída de su pecho bajo su mejilla.

Los dos últimos días habían sido algunos de los más felices de su vida, pero éste
era su favorito de todos. Era lo que ella recordaría para siempre. Estando
enroscada encima de él, cada centímetro de su cuerpo cansado y saciado de su
amor, su brazo de acero envuelto alrededor de ella como si nunca la dejaría ir,
con el latido pesado de su corazón reverberando como un tambor a través de
ella. Se sentía completamente conectada y completamente contenta.

-¿Y bien? -la voz profunda y poderosa contenía una nota de expectación, y algo
más que ella apreciaba por el regalo que era: burlas.

Mónica McCarty Ariete

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Ella enseñó sus rasgos en reposo vacío y logró encontrar la fuerza para inclinar
su cara para encontrarse con su mirada.

-Rectifico. Era posible -cuando la puso en su regazo y le dijo lo que podía hacer,
no estaba tan segura.

-¿Y?

Ella asintió, pareciendo considerarlo:- Sí, definitivamente es mejor.

Él arqueó una ceja, desafiando su evaluación. Su estómago se revolvió. Dios, era


guapo.
Miró cada centímetro al bandido con su cabello arrugado por la cama, ojos
azules penetrantes, rastrojos oscuros y mejilla derecha magullada, conseguida en
una especie de escaramuza cuando había salido a caballo ayer. Había un pequeño
corte, también, y sospechaba que él había golpeado sus costillas aún heridas, así,
pero él se había negado a dejar que ella "se burlara" de él. Bruto obstinado.

Él le contó poco de lo que había hecho los últimos dos días que habían estado en
el castillo. Salía todos los días, asumía que buscaba y hacía lo que fuera para
hacer cumplir la autoridad del rey en las fronteras. En las tardes, él y sus
hombres practicaban en el patio. Sólo por la noche se acercaba a ella.

Ella fingió ambivalencia:- ¿Cuántas veces hicimos eso? ¿Tres? ¿Cuatro?


¿Cinco?

Sus ojos se estrecharon, pero ella vio el brillo de la diversión:- Supongo que
depende de cómo queráis verlo. Por mi último recuento, ocho.

Rosalin no pudo evitar que el calor le subiera por las mejillas. ¡Qué pícaro!
¡Cuántas veces la había hecho despedazar!

Le miro indignada y frunció la boca con primicia:- Ah, sí, bueno, tal vez para el
momento en que lleguéis a diez será, ¿cómo lo habéis llamado... agradable?

-Espectacular, mocosa -le dio un golpe juguetón en su trasero-. Hacéis


maravillas por la confianza de un hombre.

Su boca se retorció para contener una sonrisa:- No sabía que necesitabais una
mejora en esa área. Por lo que veo desde la ventana cuando estáis practicando,
tienes mucha confianza en ir más allá.

Frunció el ceño hasta que se dio cuenta de lo que se estaba refiriendo, y luego
una amplia sonrisa curvó su boca. La sonrisa infantil se estrelló contra su
corazón. Si alguna vez necesitaba pruebas de cuánto la necesitaba, estaba allí.
Por un momento, casi pudo ver lo que pudo haber sido si la guerra no lo hubiera
robado todo. Feliz, relajado, bromeando.

-Estáis celosa -dijo él, muy satisfecho de sí mismo.

-No seáis ridículo.


Ella trató de sacudir la nariz en el aire, pero él cogió su barbilla. La diversión se
había ido de su expresión.

-No tenéis ninguna razón para estarlo, Rosalin.

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Era cierto que había prestado poca atención a la constante multitud de mujeres
que parecían encontrar algún tipo de deberes para atender en el patio cuando el
infame Robbie Boyd entrenaba con sus hombres. Pero todavía era difícil para
ella cuando las otras mujeres estaban allí afuera, y una vez más lo estaba
observando desde una ventana. Sólo por la noche le pertenecía.

-Lo sé -dijo ella-. ¿Pero podéis culparme? Están libres de vigilancia, mientras
yo... -se encogió de hombros-. Me siento como si estuviera en Kildrummy de
nuevo.

Podía decir que no le gustaba la comparación.

-Estoy tratando de protegeros. Es más seguro para vos el estar aquí cuando no
puedo estar con vos.

-Eso es exactamente lo que Cliff solía decir -definitivamente no le gustaba esa


comparación.

Pero él la sorprendió con su respuesta. En realidad, la conmocionó y la dejó sin


palabras:- Bueno, probablemente tenía razón. No teníais nada que hacer en
Escocia en ese momento. ¿En qué pensaba cuando os dejo venir?

Debía estar nevando en el infierno: Robbie Boyd estaba de acuerdo con Lord
Robert Clifford. Sería motivo de celebración si el sujeto de ese acuerdo no la
encerrara en una torre. La miraba, aparentemente esperando a que ella
respondiera. Ella frunció la boca.

-No estuvo de acuerdo en dejarme visitarle.

Tenía una manera extremadamente desagradable de permanecer


desalentadoramente inexpresivo, pero aún así transmitía peligro.
-¿Qué queréis decir?

Mi guardián, el conde de Hereford, fue ordenado a Escocia por el rey, y lo


convencí para que me acompañara.

-¿En medio de una guerra? - rugió, su expresión ya no era tan inexpresiva.

-La guerra había terminado en ese momento, si os acordáis. O al menos, se


pensaba que había terminado. Los hombres de Bruce estaban dispersos. Bruce
mismo había huido de Escocia.

-Sí, me parece recordar el período -dijo secamente.

Se mordió el labio, avergonzada. Por supuesto que sí.

-La condesa y otras señoras iban. No veía razón alguna para no unirme a ellas.
No había visto a Cliff en casi dos años, y lo extrañaba desesperadamente. Sabía
que él me mantendría a salvo... y lo hizo. Como sé que vos me mantendréis a
salvo.

Él sostuvo su mirada, y ella sabía que él estaba pensando en lo que había


sucedido -o casi sucedió- esa noche en el campamento con Uilleam. Y sin duda,
en su hermana.

-No siempre -su voz era extrañamente espesa.

-No, no siempre. Pero nadie está a salvo siempre. Incluso encerrada en una torre
-añadió con una sonrisa irónica-. Y esa no es una manera de vivir.

Mónica McCarty Ariete

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No dijo nada durante un minuto, y luego cambió el tema:- ¿Qué edad teníais
cuando murieron vuestros padres?

Apoyó la barbilla en su amplio pecho y lo miró fijamente. Parecía una pregunta


inocua, pero tenía la sensación de que era cualquier cosa menos eso.

-Yo tenía cuatro años cuando mi padre murió. Mi madre lo siguió hasta el
sepulcro antes de que terminara el año.

Parecía sorprendido y preocupado. -"No me di cuenta que erais tan joven.


¿Estabais sólo vos y vuestro hermano?

Ella asintió:- Había otros bebés, pero todos menos uno estaban perdidos en el
útero o en la infancia. Tenía un hermano que era un año mayor que yo, pero
murió un año antes que mi padre. Cada muerte tomó un poco del corazón de mi
madre, y después de que mi padre murió, creo que acabó de perder la voluntad
de seguir –sonrió-. La extrañé -o tal vez la idea de ella- durante mucho tiempo.
Pero en verdad, Cliff era más una madre para mí. Madre, padre, y hermanos
todos enrollados en uno. Lo seguí por todas partes. No sé cómo lo toleró.

-¿Pero fuisteis separados?

Ella asintió, su rostro sombreando el recuerdo.

-Tuvieron que arrastrarme llorando y gritando de sus brazos cuando fui enviada a
vivir con el conde. No entendía por qué no podía estar con Cliff mientras él iba
de escudero.

Yo era demasiado joven para entender acerca de los derechos de la guarda y el


matrimonio. Pero los de Bohuns fueron amables conmigo, y Cliff me visitó o me
mandó llamar cuando podía.

Distraído, se retorció un mechón de pelo alrededor de su dedo.

-Sin embargo, estabais sola.

Ella frunció el ceño, ligeramente sorprendida por la observación. Pero luego se


encogió de hombros.

-Tal vez un poco. Más después volví de una visita, especialmente después de que
se casara con Maud y tuviera a los niños. Pero con Cliff en el norte y yo en
Londres, había pasado algún tiempo desde que había visto a alguno de ellos.
Sólo se me permitía viajar a causa del matrimonio...

Ella se detuvo, sintiendo los músculos tensos, y atrapó su labio inferior con los
dientes, maldiciendo el recordatorio inadvertido.
-¿Por vuestra boda? -terminó él, sorprendentemente calmado.

Ella asintió, y miró a sus ojos con atención:- Me refería a lo que dije, Robbie. No
me casaré con él. No importa lo que pase.

Sus ojos se sostuvieron. Era uno de los raros momentos en los últimos dos días
en que se había referido a la incertidumbre de su futuro, o si incluso tenían uno.
Por un acuerdo tácito habían evitado cualquier discusión sobre lo que sucedería
cuando el Douglas Negro y Sir Alex regresaran. Era como si ninguno de ellos
quisiera perturbar la frágil paz que habían construido a su alrededor con hablar
de represalias, treguas, su hermano o la guerra.

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¿Quería un futuro con ella? Él le había mostrado de innumerables maneras con


su ternura y dulzura que la amaba. Pero nunca había dicho las palabras. Tampoco
era dolorosamente consciente de haber mencionado el matrimonio.

Cualesquiera que fueran sus intenciones, Rosalin no quería empujarlo. Sabía que
necesitaba darle tiempo. Tal vez no se daba cuenta de lo que quería. Lo que
había intentado hacer los últimos días era mostrarle lo maravilloso que podía ser,
regarlo con amor y hacerle ver todo lo que había estado desaparecido. Cómo
había más en la vida que en la guerra. Cómo podía seguir cumpliendo con su
deber, luchar por la

independencia de Escocia y sacar algo de felicidad para sí mismo. Y cómo


podría ser una parte de eso.

Había más para él que la brutal máquina de guerra inclinada hacia la venganza,
golpeando sin pensar. El alivio que le había dado demostró que el hombre que

recordaba todavía existía. Pero ella era dolorosamente consciente de que el

aplazamiento era sólo temporal. Los hombres podían regresar en cualquier


momento.

¿La enviaría de vuelta o la amaría lo suficiente como para luchar por mantenerla,
aunque fuera inglesa y la hermana de Robert Clifford? Su miedo más profundo
era que él nunca sería capaz de reconciliar a los dos. Y peor aún, que tal vez no
la mantenía en esta torre sólo para protegerla, sino también porque se
avergonzaba de ella. Que una relación con una inglesa de alguna manera
disminuyó su reputación como el luchador por la libertad que despreciaba todo
lo inglés.

Trató de ignorar la punzada de decepción cuando no respondió a su voto de no


casarse con Sir Henry. En su lugar, empezó a rodar fuera de la cama.

-Tengo que volver a mi habitación -después de la primera noche, había venido a


verla cada día.

-¿Ya? -preguntó ella, tratando de ocultar su decepción con una sonrisa.

De todos modos, él lo vio:- Voy a caballo al amanecer. Además, no quiero dar a


Lady Joanna ninguna razón para sospechar que no estoy disfrutando de la buena
cama en la cámara de su suegra.

Rosalin sospechaba que era demasiado tarde para eso. Suponía que lady Joanna
sabía exactamente de la cama que estaba disfrutando.

Ella lo vio vestirse en silencio, deseando que sus mundos no se sintieran tan
separados.

El que compartió aquí con ella y el que compartió allí con todos los demás que
requirió cintas de armadura y espadas. Sus ojos se movieron de las magulladuras
de sus costillas a la de su rostro.

-Espero que no regreséis con más 'arañazos'.

Una esquina de su boca se alzó:- No hoy, a menos que sean manejados por
implementos agrícolas.

Ella lo miró interrogativamente.

Robbie hizo una mueca:- Uno de mis deberes para el rey es escuchar las disputas
del pueblo cuando él no puede, lo que significa una mañana larga escuchando un
manojo de peleas entre los granjeros vecinos.

-¿El Ejecutor del Diablo está impartiendo la justicia?


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Su incredulidad parecía divertirlo más que ofenderlo:- Sí, bueno, es sólo uno de
mis deberes, una parte muy pequeña. Mi reputación no corre peligro.

Se había sentado en la cama para mirarlo, y se dio cuenta de que su mirada había
caído sobre su camisa muy delgada. A pesar de que no parecía tener un hueso
modesto en su cuerpo (por cierto con razón) y llegó a su cama completamente
desnudo (no es que ella se quejaba), sintiendo su modestia, él no la había
presionado para quitarse su camisa.

Pero si su mirada caliente en sus pechos apenas cubiertos era cualquier


indicación, ella sospechó que la paciencia estaba casi en un extremo.

-¿Habéis oído hablar del término legal quid pro quo?

Ella tradujo el latín en su cabeza: esto por eso. Ella arrugó la nariz.

-No.

Él sonrió. Tal vez si no hubiera estado tan emocionada por sus próximas
palabras, se habría dado cuenta de lo astutamente.

-¿Os gustaría ir en una caminata corta más tarde?

Salió prácticamente de la cama:- ¿De verdad?

Esa sonrisa se profundizó:- Estaos lista a eso de las tres -asintió emocionada.

-Lo estaré.

Empezó a salir por la puerta, pero en el último momento se volvió.

-Y Rosalin -sus ojos se encontraron con los suyos-. Aseguraos de no usar nada
con demasiados lazos.

Le dejó reflexionar sobre eso durante el resto del día.

Rosalin le dirigió una mirada furiosa, con los ojos brillantes y las manos en las
caderas.

-Deberíais avergonzaros de vos mismo, Robert Boyd. Me engañasteis y me


trajisteis aquí bajo falsos pretextos.

Robbie trató de no reír, pero se veía tan adorable e indignada que no era fácil.
Hizo un gesto hacia el valle.

-Os prometí una caminata corta y una hermosa vista. ¿No os he entregado las
dos?

Si las miradas pudieran matar, estaría muerto ahora mismo.

-Es impresionante. Pero sabéis muy bien que no es la vista. Es el pago que
habéis exigido a cambio lo que es el problema.

Él sacudió la cabeza:- No usaría el término 'pago'; Suena demasiado...

-¿Obligado? ¿Forzado? ¿Poco escrupuloso?

Él sonrió:- Iba a decir formal. Yo prefiero quid pro quo. Os doy algo de esto, me
dais algo de eso. Todo el mundo está feliz.

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-Difícilmente diría que quedarme desnuda en medio del día fuera donde
cualquiera puede pasar cerca de nosotros es 'algo pequeño'.

-Estamos en lo alto de una colina, rodeados de árboles, sin nadie a lo largo de


kilómetros -una ligera exageración, pero escucharía a cualquiera que tratara de
escabullirse en ellos-. Pensé que sería divertido.

-¿Divertido? -exclamó, prácticamente chisporroteando-. Divertido para vos,


queréis decir.

Tenía que sonreír ante eso. Maldita sea, sería divertido para él. Incluso el
pensamiento de toda esa piel desnuda ante sus ojos a la luz del sol lo ponía duro.
Se encogió de hombros como si no importara.
-Está bien. Pensé que erais más aventurera, pero si estáis demasiado avergonzada
por lo que sea que estáis intentando mantener escondido bajo ese camisa,
podemos regresar al castillo.

Sí, y estaría muerto por dos dagas en el pecho:- Sois un hombre horrible que
merece cada parte de tu despiadada reputación.

Él sonrió más fuerte. Cuando se trataba de tenerla desnuda, probablemente tenía


razón.

Esperó con sorprendente paciencia, cuando lo único que quería hacer era
desgarrarle esa ropa y probar cada centímetro de esa piel desnuda. Fue
recompensado. Un momento después empezó a trabajar furiosamente los lazos
de su vestido. Ella le estaba llamando todo tipo de nombres en voz baja, pero a él
no le importaba. Su pulso se había detenido y su aliento parecía alojado en sus
pulmones cuando pieza tras pieza de ropa cayó a sus pies.

Estaba asombrado. Estaba en éxtasis. Él estaba en…

Oh diablos, estaba en problemas. Los últimos días habían sido como un sueño.
Se sintió atrapado en la mágica red que había girado a su alrededor y no sabía
cómo iba a salir.

No sabía si quería salir. Aunque sabía que no debía animar su fantasía de un


futuro entre ellos, como Ícaro al sol, era impotente para mantenerse alejado.

Hizo una pausa cuando llegó a su turno. Sus ojos se encontraron. El enojo con
que había contado para hacerle olvidar su vergüenza se había desvanecido. Ella
lo miró con incertidumbre. Pero estaba demasiado lejos -y demasiado excitado-
para tener piedad.

-Quitáoslo, cariño. Quiero ver cada centímetro de vos -su voz era ronca, oscura y
llena de sensual promesa.

-¿Qué pasa con vos?

Estaba estancada, pero como su ser desnudo trabajaba con su plan, él la dejó
escapar con ella. Primero quitó sus armas, luego su armadura de cuero y sus
botas, y finalmente su camisa y pantalones. Como siempre, era consciente de sus
ojos en él cuando se desnudó, lo que sólo añadió a su excitación. En el momento
en que estaba desnudo frente a ella, su pene estaba tan duro que estaba
prácticamente golpeando un agujero en sus costillas.

Podría haber sido virgen hacía unos días, pero el calor en su mirada mientras sus
ojos recorrían su cuerpo desnudo no era nada inocente. Cuando llegó a su
virilidad y se detuvo, e inconscientemente se lamió el labio inferior, tuvo que
apretar los dientes contra la oleada de lujuria que pulsaba a través de él.

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Si alguna vez se daría cuenta del poder sensual que ejercía sobre él, temía que
pudiera tenerla siguiéndola como un cachorro ansioso con un delicado dedo
blanco.

-¿Así mejor? -desafió.

Sus ojos patinaron sobre él otra vez, obteniendo esa mirada suave y pesada de
excitación que había llegado a anhelar. Ella asintió con la cabeza y con una
profunda respiración, levantó la camisa de lino sobre su cabeza y la dejó caer en
una piscina a sus pies.

Él contuvo la respiración, sus ojos lentamente escaneando las delicadas curvas


femeninas de la belleza alumbra ante él. Cristo, ella era aún más hermosa de lo
que había imaginado de los pocos vistazos juntos que había logrado. Sus piernas
eran largas, su cintura delgada, sus pechos firmes y perfectamente redondos. Y
su piel... Era increíble. Tan suave e impecable como la crema batida
recientemente. Conocía la suavidad del bebé, la sensación aterciopelada, y
cuando se atrevió a recorrer la parte de atrás de su dedo sobre su pecho, gimió.

Al darse cuenta de que sus mejillas estaban rosadas y sus ojos se habían
desviado a sus pies, él asió su barbilla y forzó su mirada a la suya.

-Sois perfecta, mo ghrá. No hay motivo para que os avergoncéis.

Pero lo estaba. Y tan nerviosa como una potra antes de una tormenta. No era una
mala analogía con lo que vendría.

-Hacedme el amor, Robbie -susurró.


Era la más dulce súplica que había escuchado, y uno seguro que no iba a
negarse.

-Sí, mi señora. Tengo la intención de hacerlo -en un movimiento suave, la tomó


en brazos, acunándola como un niño. Aunque la sensación provocada por el
contacto de su piel desnuda con él le dejaba sin duda su feminidad.

Ella se rio por la sorpresa y lo miró con tanta emoción en sus ojos que le dolió el
pecho.

Se agachó para recoger la tela escocesa que llevaba sobre los hombros y la llevó
hacia el gran árbol.

Ella cruzó los brazos alrededor de su cuello:- Os lastimaréis las costillas si me


lleváis así.

-Mis costillas están bien. Y el día en que no pueda llevar el peso de una
muchacha como vos es el día en que renuncio a mi título en los Juegos para
siempre.

Ella sonrió:- Supongo que hay algunos beneficios para ese título tuyo, aparte de
los más obvios.

No tenía ni idea de lo que estaba hablando. Sus cejas se unieron en cuestión.

Ella puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza:- No recibiréis más cumplidos
de mi parte. Estoy segura de que sois muy consciente de cómo las damas ven
vuestro

impresionante físico.

Él sonrió maliciosamente:- Ah, eso.

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Àriel x

-Sí, eso, desgraciado -le dio de golpe, pero cuando decidió en ese momento
colocarla en el plaid que había extendido sobre un lecho de hojas, se perdió.
Él le sonrió abiertamente:- Golpeáis como una muchacha.

-Soy una «muchacha», por si no lo habíais notado.

Él le dio una mirada larga y caliente hacia arriba y hacia abajo:- Oh, ya me he
dado cuenta.

Se inclinó sobre una rodilla y se inclinó sobre ella. Se veía tan hermosa que le
quitaba el aliento. Desnuda, en un lecho de hojas, el cabello desparramado fuera
de ella, parecía una ninfa de madera en una especie de sueño erótico. Excepto
que no era un sueño. Esto era real.

El momento de juguetón había desaparecido.

-Sólo hay una señora cuya opinión me importa -dijo con sinceridad, llevando su
mano a sus labios.

Ella sonrió, el gesto de caballero obviamente la sorprendió tanto como a él. La


besó entonces. Suavemente. Tiernamente, dando rienda suelta no sólo a la
pasión, sino también a los poderosos sentimientos que parecían darle mucha más
fuerza.

Él adoró su cuerpo con su boca y lengua, sin dejar ninguna pulgada de ella no
reclamada. Su piel era como la crema más dulce, y la bebió como un hombre que
se muere de sed. Como un hombre agonizante. Eso era lo que era: ambrosía por
su alma.

Él se regocijó en ella, enterrando su cara entre sus muslos aterciopelados y


lamiendo su suavidad cremosa. Él lamió y mordisqueo, chasqueó y chupó hasta
que sus pechos hermosos arquearon en el sol y sus muslos apretaron alrededor
de su cuello. Él la sujetó a su boca mientras se rompía, gritando su nombre.

Cuando pudo abrir los ojos, le dirigió una sonrisa perversa:- Os dije que sería
divertido.

Ella le dirigió una mirada que le hizo sentir que era un chico incorregible de
unos cinco años. Pero entonces un resplandor decididamente perverso apareció.

-Seguro que va a serlo -sus ojos se encontraron-. Debería advertiros que también
puedo ser muy despiadada.
Él sonrió, genuinamente divertido:- ¿Podéis?

Ella asintió y empezó a perezosamente a correr sus suaves puntas de los dedos
sobre las musculosas bandas de su estómago, su muñeca pasando peligrosamente
cerca de la poderosa cabeza de su erección. Ella lo estaba burlando, y no creía
que le gustara. O

más bien, le gustaba demasiado.

Lo empujó sobre su espalda con un suave empujón y rodó sobre él, a horcajadas
sobre él. Al principio pensó que se volvería a empalar en él de nuevo, pero en su
lugar, ella comenzó a arrastrar suaves besitos en su pecho. Por su pecho y por las
mismas bandas de músculos que acababa de bromear.

Se le cayó el estómago. ¿Podría ella pretender...

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-¿Recordáis lo que me dijisteis aquella primera noche en el campamento? -juró.


Su corazón comenzó a golpear con algo parecido al miedo.

-No.

La mirada que ella le disparó de su estómago, su boca dolorosamente cerca de su


polla, lo llamó un mentiroso.

-Me dijisteis que podríais chupar vuestra… -se sonrojó, incapaz de sacar la
palabra.

Oh, Cristo. Cada músculo de su cuerpo saltó. Diablos, su piel saltó... o saltó de
ella.

Tuvo que luchar para evitar agarrarla. Todo lo que pudo hacer fue sotar un
gemido.

-Creo que me gustaría -susurró ella.

Y entonces ella lo besó. Ella movió sus suaves y rosados labios sobre la cabeza
grande y gorda de su polla y lentamente bajó la boca.

Entonces salió de su piel. Cada gramo de sangre golpeaba su cuerpo. Nunca


había estado tan excitado en su vida. No se habría movido si todo el ejército
inglés subiera por aquella colina.

Él oró por la fuerza. Pero Dios no le estaba dando nada. Y ella era tan
despiadada como ella había prometido. Ella lo llevó a sus malditas rodillas.

-Enseñadme -susurró ella, sosteniéndolo en su mano.

Y él hizo. Levantó la cabeza sobre él y le dijo cómo prepararlo. Cómo lamerlo


con su lengua y llevarlo profundamente en su garganta y como bombear la
longitud que no encajaría con su mano. Observó cómo ella lo tomaba en su
cálida y húmeda boca, observando cómo aquellos hermosos labios rosados se
extendían a su alrededor, hasta que sintió el primer impulso atravesarlo. Y
entonces él la tomó con su cuerpo, haciéndole el amor debajo de los árboles
como si pudiera sostener este día para siempre.

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Capítulo 23

Para siempre había terminado demasiado condenadamente pronto. Cuando


regresaron al castillo al atardecer, Robbie fue informado por uno de los guardias
que Seton y Douglas estaban esperando en el Hall.

Probablemente debería haber enviado a Rosalin arriba, pero corrió delante de él


con tanta excitación, que no tenía el corazón para llamarla de vuelta.

Él estaba a sólo un paso o dos detrás de ella cuando irrumpió en el Salón y se


precipitó hacia Seton.

-¿Fue como dije, Sir Alex? ¿Explicó mi hermano que no tenía nada que ver con
el ataque en el bosque?

Robbie ya sabía la respuesta. Una mirada al rostro negro de Douglas se le dijo.


-Sí, mi señora -contestó Seton-. Fue como dijisteis -se volvió hacia Robbie-.
Lord Clifford no sabía nada acerca de los planes de Spenser de atacar el
campamento. De hecho, estaba furioso. Antes de que llegáramos, sir Henry
había sido reprendido, mandado de regreso a Inglaterra y, -miró a Rosalin-, el
compromiso se disolvió.

Rosalin le disparó una mirada muy contenta de "os lo dije".

Seton frunció el ceño, su mirada se deslizó de un lado a otro entre Rosalin y


Robbie.

Robbie juró por dentro; Su compañero era demasiado condenadamente


perspicaz. Un rasgo que resultaba muy útil en misiones, pero no en este
momento.

Robbie se volvió hacia Douglas:- ¿Estáis seguro?

-¿Seguro de Clifford? Nunca. No confío en el bastardo -su mirada se disparó

incómodamente a Rosalin, y su boca se adelgazó cuando las siguientes palabras


parecieron salir de su boca-. Pero parecía serio. Está preocupado por su hermana.
La quiere de vuelta. Me dijo que os recordara vuestra promesa.

Él maldijo, con la mandíbula apretada. No se dio cuenta hasta que Seton


entrecerró los ojos de nuevo. Afortunadamente, Joanna Douglas, que había
estado visitando a su familia esa tarde (una de las razones por las que había
decidido escapar con Rosalin), eligió el momento oportuno para llegar.

-¡Estáis de vuelta! -corrió hacia los brazos de su esposo. La hizo girar (cuidando
su estómago redondo), la besó y sonrió, lo cual hizo que los ojos de Rosalin se
abrieran por la sorpresa.

-¿Me echasteis de menos, mo ghrá? -preguntó Douglas.

Joanna se rio:- Tal vez un poco. ¿Cómo fue vuestro viaje a Peebles?

Douglas restauró su rostro oscuro con el ceño fruncido. "Mal. Seton sólo estaba
informando a Boyd y el... "

-Lady Rosalin -dijo Joanna con amabilidad, enviando a Rosalin una sonrisa de
disculpa por la rudeza de su marido.

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Pero Rosalin estaba tan feliz, que no parecía darse cuenta.

-Hay más buenas noticias -dijo Seton con una mirada dura a Boyd-. Clifford
tendrá la plata al final de la semana -su mirada se volvió hacia Rosalin-.
Volveréis pronto a casa, mi señora.

Robbie esperaba que fuera el único que notara la desesperación que apagaba el
brillo emocionado de sus ojos-. Eso es una buena noticia -logró sonreír y Robbie
supo que estaba luchando por no mirarlo. Se alegró de que no lo hiciera, ya que
no tenía respuesta para la pregunta tácita en sus ojos.

Después de que Lady Joanna se marchara a mirar la cena, Rosalin se excusó para
volver a su habitación. Robbie quería seguirla, pero necesitaba tiempo para
pensar. La observó salir de la habitación, pero cuando miró hacia atrás, vio Seton
mirándolo. La observación se hizo cada vez más oscura a medida que avanzaba
la velada.

Robbie trató de ignorarlo, pero sabía que tarde o temprano iba a haber un
incendio que pagar.

Llegó antes. La comida apenas estaba en marcha cuando Seton acorraló a


Robbie en su camino de vuelta del escudero. Había salido en vez de usar el
guardarropa del tercer piso, decisión que ahora lamentaba.

Más distraído por sus pensamientos de lo que se dio cuenta, a la luz de las
antorchas, Robbie pensó que el hombre que salía delante de él era uno de los
guardias de patrulla.

Cuando fue golpeado contra la pared de piedra del castillo con un antebrazo a
través de su garganta, sin embargo, se dio cuenta de su error.

-Decidme que no hicisteis lo que creo que hicisteis -Seton apretó su brazo con
más fuerza para enfatizar-. Decídmelo.
La boca de Seton fue sacada en un gruñido feroz y sus ojos se clavaron en
Robbie con una furia desmadrada. Robbie lo había visto enojado más veces de lo
que podía contar: el infierno, la mitad de las veces le había incitado
intencionadamente a la ira, pero nunca así. Lo que podría explicar la reacción
más lenta de lo habitual de Robbie, y el hecho de que no le rompiera el brazo
cuando lo empujó contra él y se giró hacia un lado para liberarse.

Aunque tenía que admitir que no habría sido tan fácil. Se frotó la garganta,
mirando al otro hombre en la oscuridad oscura. Seton no había usado su
armadura desde los primeros días de entrenamiento, pero su brazo se había
sentido como si estuviera cubierto. Demonios, hecho de él. Seton podría no ser
tan poderoso como Robbie, pero era más grande y más fuerte que la mayoría,
con años de duro músculo de batalla en él.

Robbie se había dado cuenta, pero no con tanta fuerza.

Molesto, miró furiosamente a su compañero:- Podéis pensar lo que quieras, pero


no tengo que deciros una maldita cosa.

-Tenéis razón. No tenéis que hacerlo. Ya sé la verdad. Simplemente no quería


creerlo.

No pensé que pudierais ser tan deshonroso como para manchar a una inocente.
¡Pero me habéis demostrado que estaba equivocado, maldito bastardo!

Robbie estaba listo para él esta vez. Pero acorralado como estaba entre la
escalera y el río con el castillo a su espalda y Seton en su frente, no había
suficiente espacio para

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maniobrar y evadir completamente el poderoso puño que venía golpeando hacia


sus dientes, o el que siguió con un rápido derechazo a su mandíbula de la
izquierda. Robbie replicó con un fuerte golpe en el intestino y una rodilla al lado
de Seton que lo empujó lo suficientemente lejos para Robbie para ponerse en
mejor posición.

Uno de los guardias llegó corriendo, pero Robbie les gritó, a todos ellos, que
volvieran al trabajo.

La distracción le dio a su sangre un momento para calmarse.

-No queréis hacer esto -le advirtió Robbie a Seton-. No ganaréis.

-El infierno que no. Alguien tiene que luchar por el honor de esa chica. No os
dejaré escapar por esto. Podréis ser el hombre más fuerte de Escocia, pero eso no
os hace correcto, ni invencible.

Robbie estaba acostumbrado a la mierda de caballería brillante de Seton, pero


algo de ella esta vez lo enfureció, tal vez porque era merecido.

-Siempre tenéis que ser el caballero santurrón, ¿verdad, Seton? Incluso cuando
no tiene nada que ver con vos.

-Tiene que ver conmigo. Nos habéis avergonzado por todo lo que habéis hecho.
Nos habéis convertido en los bandidos y bárbaros que nos acusan de ser. Ella era
nuestro rehén, no un medio de retribución. ¿Odiais a Clifford tanto que tenéis
que arruinar a su hermana? -Seton estaba hirviendo ahora, los puños apretando a
los costados, dando vueltas y esperando una abertura-. ¿La misma hermana que
nos salvó la vida? ¿Qué demonios os pasa?

Robbie no era tan inmune a las bromas de su compañero como quería. Toda la
culpa que había estado tratando de enterrar los últimos días burbujeó hasta la
superficie, o sea, rugió a la superficie. Su pecho se contrajo incómodo.

-Esto no tiene nada que ver con Clifford.

-"El infierno que no. Siempre se trata de Clifford o de los ingleses.

La certeza de Seton plantó una semilla de duda en su propia mente. Pero no,
maldita sea, no había sido una venganza.

-Os dije que me preocupaba por ella.

-Si realmente os preocupáis por ella, habríais mantenido lejos vuestras malditas
manos de ella y la hubierais devuelto como una doncella. Sabíais que nada
bueno podría venir de esto, pero aún así tomasteis su inocencia. Eso no es cuidar,
eso es egoísmo. Quizás si fuera lujuria podría entenderlo. Pero os conozco muy
bien, y nunca habéis sido consumido por otra cosa que por venganza. Lo único
que os importa, es destruir a los ingleses. No creía que usaríais a una chica
inocente para hacerlo. ¿Tenéis una maldita conciencia?

La pregunta pareció colgarse incómodamente en el aire, aunque estaba claro que


Seton no esperaba una respuesta. En cambio, atacó, dando vueltas y azotando la
pierna con una patada que habría llevado a Robbie a la tierra si no hubiera sido
él quien le enseñara el movimiento. Lo hizo, sin embargo, lo golpeó el equilibrio
suficiente para que Seton terminara en la tierra con un duro golpe al lado de su
cabeza. Un golpe que le arrancó la cabeza a Robbie y le echó sangre por la oreja.
Un golpe que no dejaba dudas de la

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intención de Seton. No se trataba de un entrenamiento, ni de peleas ni de riñas


entre compañeros. Esta era una guerra total.

La oleada de batalla se apoderó de él. La siguiente vez que Seton atacó, Robbie
estaba listo. Bloqueó el golpe que le llegaba a la cabeza con el brazo, se volvió y
usando el impulso de Seton lo tiró al suelo. Él infligió algunos golpes más
mientras trataba de conseguir una rodilla en el pecho de Seton. Pero Robbie
había enseñado bien a su compañero. Seton pudo apartar su cuerpo lo suficiente
para evitar un contacto sólido, mientras al mismo tiempo enganchaba el pie
alrededor de la pierna de Robbie para golpearlo a un lado.

Robbie lo convirtió en un rollo y saltó de nuevo a sus pies. Seton había hecho lo
mismo y se acercó de nuevo a él. Intercambiaron puñetazos, golpes y patadas
duras de la rodilla hasta que ambos respiraron con dificultad, sangrientos y
magullados.

Era la pelea más larga que Robbie había tenido en años. Trató de terminar con la
apertura de su lado lesionado, pero Seton se negó a tomar el cebo. Utilizaba sus
fuerzas

-su rapidez y su juventud- contra Robbie, y por una vez, mostrando paciencia.
Seton estaba demostrando ser un oponente formidable, y bajo diferentes
circunstancias Robbie podría haber estado orgulloso de ello. Pero en este
momento todo lo que quería hacer era callarlo.
Los golpes verbales que Seton estaba haciendo entre los de sus puños estaban

aterrizando con la misma fuerza.

-¿Qué diablos hizo ella para merecer esto? ¿Nos ayudó, y así es como se lo
pagáis? -

Seton siguió la pregunta con un golpe en las costillas de Robbie, que habría roto
unos cuantos huesos si no se hubiese separado del camino.

Enganchando los pies de Seton, trató de envolver su brazo detrás de su espalda,


pero Seton se dejó caer, se volvió y sacudió el brazo con un codo primero contra
su estómago y luego sobre su ojo. En respuesta, Robbie levantó la rodilla hasta
la cara de Seton, escuchando un inconfundible crujido.

-¿Vale la pena, Raider? -se burló Seton, la sangre derramando de su nariz ahora
roto. -

¿Vuestra venganza contra una mujer era parte de vuestro plan?

Los músculos de Robbie se encendieron, adivinando lo que iba a decir:- No lo


digáis.

A pesar de su rostro maltrecho, nariz rota y boca sangrienta, Seton sonrió.

-¿Qué? La verdad es fea, ¿no? ¿Mancillar a esta chica compensó lo que le


hicieron a vuestra hermana?

Robbie se quebró, la rabia se convirtió en furia loca en un instante. Pasó de


querer callar a Seton a querer matarlo.

Perdió el control y fue tras Seton con todo lo que tenía, perdiendo toda paciencia
en el esfuerzo de destruir a su oponente. Era la misma lección que había
impartido a Seton cientos de veces que no debía hacer, pero que ignoró, confiado
en que su fuerza física ganaría al final como siempre.

Nadie podía vencerlo. Nadie. Lo estaba demostrando, también, golpeando a


Seton con golpe y golpe de todas las direcciones, martillándolo con una pulpa
sangrienta.
Pero aún así su compañero no admitía la derrota.

Mónica McCarty Ariete

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Finalmente, azotando su pierna en un duro golpe, envió a Seton al suelo sobre


sus rodillas. Robbie lo envolvió en un estrangulamiento con el cayado de su
brazo derecho por detrás. Movió su mano izquierda en posición en la parte
posterior de su cabeza.

Unos segundos de empujar y apretar y Seton perdería la conciencia.

Fue uno de los movimientos más abrumadores de Robbie. Nadie podía


defenderse de ello. Era demasiado fuerte. Una vez que sus brazos quedaron
bloqueados y la otra mano entró en posición, no había nada que un oponente
pudiera hacer.

O eso pensó él. Tenía su mano izquierda en posición en la parte posterior de la


cabeza de Seton y estaba a punto de empezar a presionar hacia adelante, cuando
Seton levantó la mano, agarró los dos dedos más pequeños de Robbie y los soltó
con fuerza. Lo suficientemente duro para romperlos. Robbie dejó escapar un
gruñido de dolor; había una razón por la que uno de los medios de tortura más
dolorosos y eficaces se hacía con los dedos. Soltó su brazo izquierdo lo
suficiente para que Seton levantara ese brazo.

Con la presión añadida de su otra mano, Seton usó el impulso para darle vuelta a
Robbie por completo en el suelo con un gancho en la pierna. Apretó la espalda
de Robbie con la rodilla, tirando de su brazo hacia atrás con suficiente fuerza
para casi sacarlo de la articulación. El dolor era indescriptible. Sujeto, el brazo
de Robbie estaba

completamente extendido, y Seton había apalancado su cuerpo para que todo su


peso se trabara contra él. Si Robbie se movía, su brazo se rompería.

-Rendíos.

Robbie apretó los dientes hasta que las lágrimas estaban en sus ojos. La rabia y
la incredulidad convergieron en rechazo obstinado. Seton extendió las piernas
para estirar el brazo infinitesimalmente, pero lo suficiente para hacer que Robbie
gimiera.

-No me hagáis rompéroslo.

Siete años de Robbie tratando de molerlo en la tierra había dado a las palabras de
Seton un borde mordaz. Robbie no dudaba que lo haría.

Sin embargo, él resistió hasta que manchas negras aparecieron en sus ojos, el
sudor se derramó por su cara, y sus dientes parecían que iban a romperse de
apretar. Pero finalmente pronunció las palabras en las que no había hablado en
más de quince años.

Desde que el hombre que le había enseñado todo lo que sabía acerca de la lucha,
el ex secuaz de su padre, Cormal, lo había superado.

-Lo admito.

Seton lo dejó ir y Robbie sintió que el aire regresaba a los pulmones. Él rodó a
su lado, acunando su hombro y brazo hasta que el dolor retrocedió a un latido
soportable.

Oyó a Seton ponerse de pie, pero el estado igualmente maltrecho de su


compañero no hizo que Robbie se sintiera mejor. La rabia que le había dado a
Seton la apertura seguía estallando en su interior peligrosamente. Había perdido.
Contra Seton. No podía creerlo.

Por todos los derechos, Seton debería regodearse, pero todo lo que Robbie pudo
ver cuando se paró frente a él fue una fría condenación.

-Estoy cansado de responder por vos. Ya no puedo hacer esto. Encontrad otro

compañero.

Mónica McCarty Ariete

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Durante siete años Robbie había anhelado escuchar esas palabras. Su


emparejamiento en la Guardia de los Highlanders había sido fatal desde el
principio. Sin embargo, se sorprendió de lo mucho que las palabras le afectaron.
-Cometí un error. ¿Es eso lo que queréis que diga? Me casaré con ella, si eso
alivia vuestra sensibilidad caballeresca. Dios sabe que eso sí sería una venganza
para Clifford.

Rosalin ahogó un grito cuando vio a los dos hombres ensangrentados, que
murióen su garganta y luego en su corazón.

Se quedó inmóvil cuando las palabras de Robbie la cubrieron con un velo helado
de dolor e incredulidad. No sabía lo que era peor: oír las palabras de matrimonio
que tanto había deseado oír pronunciadas, pero tan toscamente, o escuchar ese
matrimonio ligado a la venganza de su hermano.

No lo decía en serio, se dijo. No podía decir eso.

-¿Cómo pensáis hacer eso? -dijo Seton-. Es una rehén, ¿recordáis? Clifford
nunca os dejará tenerla, y si intentáis mantenerla, vendrá a vos con todo lo que
tiene, lo cual podría hacer de todos modos si descubre lo que habéis hecho.
¿Creéis que mantendrá la tregua si se entera de que habéis violado a su hermana?
Sabéis lo importante que es esta misión. Se supone que debéis mantener las
Fronteras bajo control, y en lugar de eso vais a desencadenar una tormenta de
fuego. Justo cuando el rey esté tomando ventaja en el Tayside, va a tener que
limpiar vuestro maldito desastre.

-Él no me violó -Rosalin habló en un susurro, pero ambos hombres se volvieron


hacia ella como si hubiera anunciado su presencia con el auge de un latigazo-. Y
como le dije a Robbie antes, no tengo intención de decirle nada a mi hermano.
Vuestra tregua está perfectamente segura.

Levantó la barbilla, tratando de controlar el temblor que amenazaba con


consumir sus extremidades, y bajó las escaleras tan regiamente como una...
princesa. Ambos hombres la observaron acercarse con diferentes niveles de
incomodidad: Sir Alex con vergüenza y Robbie con dos cosas que nunca había
pensado ver en su rostro: la vergüenza y el miedo. Debería estar sintiendo tanto
por lo que acababa de decir.

-Decidí venir a cenar -miró a Robbie y, a pesar de su dolor, sintió que su corazón
latía al ver su rostro-. Cuando no os vi dentro, cambié de opinión. En mi camino
de regreso arriba, oí a alguien gritar -miró a ambos, tomando cada parte de su
piel, sangrienta y magullada. Parecían horribles. Al notar la posición antinatural
de los dedos de Robbie en su mano izquierda, tuvo que forzar sus pies a no
moverse hacia él.

-No necesito preguntaros por lo que estabais peleando. Lo he escuchado.

Sir Alex se recuperó primero y dio un paso adelante:- Lamento que hayáis tenido
que ver esto, mi señora. Lo siento por todo esto. Nunca deberíais haber estado
aquí en primer lugar. Si quieres regresar a Inglaterra ahora mismo, yo os llevaré.

A Rosalin eso le pilló de sorpresa. Miró a Robbie, esperando que discutiera, pero
tenía la boca cerrada. No parecía querer mirarla. ¿Qué significaba? ¿Qué había
sucedido aquí? ¿Por qué no estaba tratando de tranquilizarla? ¿Y por qué se veía
tan culpable?

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Él se preocupaba por ella -la quería-, esto no podía ser una venganza para su
hermano.

No lo había dicho en serio. Un par de horas atrás, él la estaba molestando y


estaban haciendo el amor bajo el sol.

Se volvió hacia Alex y sacudió la cabeza.

-Gracias, Sir Alex, pero eso no es necesario. No quiero volver a Inglaterra -por
el rabillo del ojo vio a Robbie relajarse. El alivio en su rostro le decía que tenía
razón: le importaba. La pregunta era cuánto. Una pregunta que no podía ser
contestada con Sir Alex de pie mirándolos-. ¿Podríais darnos unos momentos,
por favor? -le preguntó-.

Creo que hay algunas cosas que Robbie y yo debemos discutir.

Sir Alex pareció estar en desacuerdo, pero después de una larga mirada a
Robbie, se dirigió hacia el río, presumiblemente, para limpiar su cuerpo.

Tan pronto como se fue, Rosalin no pudo esperar más. Cruzó la distancia hasta
Robbie en unos pocos pasos y puso su mano sobre su maltrecho rostro.

-¿Estáis bien?
Se apartó, en realidad:- Estoy bien, Rosalin. No soy un niño, no necesitáis

reconfortarme.

Ella se estremeció. ¿Sus palabras no eran suficientes, ahora necesitaba rechazar


su preocupación? Juraba y arrastraba sus dedos -los que no estaban heridos en su
mano derecha- a través de su cabello.

-Maldición. Lo siento. No es culpa vuestra. Nada de esto es vuestra culpa. Es


míaa. No estoy seguro de cuánto viste y oíste. Nos peleamos. Perdí y dije
algunas cosas que no quería decir.

¿Qué no quería decir, que iba a casarse con ella, o la razón? De repente su boca
se abrió, dándose cuenta de lo que había dicho.

-¿Perdisteis?

Deseó recuperar las palabras de nuevo cuando su cara se oscureció. Decirlo que
tenía que ser un golpe a su orgullo era un eufemismo, y el daño a su orgullo era
obviamente tan crudo y golpeado como su cuerpo. Sus hombros se tensaron.

-Sí. Dijo algunas cosas para hacerme enfadar, perdí el control, y se aprovechó de
mi error, pero eso no es excusa. El me venció. Maldita sea, me golpeó.

-¿Seguramente, habéis perdido antes?

-¿En ese tipo de batalla? No en mucho tiempo.

Rosalin estuvo callada por un momento, observando las emociones de la guerra


en su rostro.

-¿Qué es lo que realmente os molesta, el hecho de que os hayan golpeado o que


Sir Alex haya sido el que lo haya hecho? -Él le dirigió una dura mirada que le
dijo que la pregunta le había tocado un nervio-. De cualquier manera, no creo
que si hubiera sido el Douglas Negro estaríais tan enfadado.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x
Su mandíbula se endureció hasta que el músculo en su mandíbula se contrajo, y
ella lo tomó como estar de acuerdo. Ella dio un paso más cerca de él y puso una
mano en su brazo, aliviada cuando esta vez no la alejó.

-Escuché lo que dijo sobre no ser vuestro compañero más.

Con retraso, recordó que no debía saber acerca de su papel en los fantasmas de
Bruce, pero no pareció darse cuenta.

-Es lo mejor.

-Me siento culpable. Sé que sir Alex estaba tratando de defender mi honor, pero
nunca quise interponerse entre vosotros.

-No lo hicisteis. Esto no tiene nada que ver con vos, no realmente. Los
problemas con Seton han estado durante mucho tiempo.

-Pero es vuestro amigo. Sé lo difícil...

-Él no es mi amigo -la miró como si estuviera loca-. Es un maldito Ing...

Se detuvo tan de repente, el silencio que siguió pareció tan fuerte como un
trueno.

-Inglés -terminó suavemente.

Él juró e inclinó su barbilla para encontrarse con su mirada otra vez.

-No me refería a eso, Rosalin. Sólo estoy enfadado. Digo muchas cosas que no
quiero decir cuando estoy enfadado.

-¿Como casaros conmigo para vengar a mi hermano?

Hizo una mueca que, debido a las heridas en su rostro, debió causarle cierto
dolor:- Sí.

No quise decir eso.

-¿Qué parte? ¿Casaros conmigo o hacerlo por venganza?

Todo le afectaba: la brisa fresca en el aire nocturno, el parpadeo de la luz de las


antorchas que iluminaba su rostro, el sonido de su respiración, incluso el temblor
de sus latidos cardíacos. Sus ojos escudriñaron su expresión pedregosa,
buscando algún tipo de grieta, algún tipo de ablandamiento. Estaba haciendo
exactamente lo que esperaba que no tuviera que hacer, pero con Cliff a punto de
cumplir su parte de la tregua, el tiempo se estaba acabando.

Le agarró la cara con su mano buena -la que sólo estaba ensangrentada por los
nudillos-y la miró a los ojos. Su expresión se suavizó entonces, y sintió que la
esperanza se hinchaba en su pecho.

-Dios sabe que no tengo derecho, y sería una tontería por muchas razones, pero
sí, si fuera posible, me casaría con vos. La idea de enviaros lejos... -su voz se
hizo tan fuerte, que se quebró-. Me está matando. No me gustaría nada más que
decirle a vuestro hermano que se vaya al diablo, pero demasiado está durando en
esta maldita tregua.

Estamos cerca, Rosalin. Puedo sentirlo. No puedo hacer nada que comprometa
eso. Es demasiado importante -hizo una pausa-. No puedo permitir que sus
muertes sean por nada; No puedo decepcionarlos.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Por supuesto que no podía. Ella comprendió, probablemente más de lo que se


daba cuenta. Pero era lo que más había dicho que hacía que la felicidad se
hinchara dentro de ella como una gran bola de sol. Una amplia sonrisa curvó sus
labios.

-¿Lo decís en serio?

Con mucha cautela volvió a su mirada:- Esperad, cariño, no os dejéis llevar.

¿Escuchasteis lo que dije? Sólo si fuera posible.

-He oído lo que dijisteis -quería casarse con ella. Él la amaba. Necesitaba estar
en sus brazos, enterró la cabeza contra su pecho vestido de cuero y esperó a que
sus brazos se envolvieran alrededor de ella. Lo hicieron. Incluso sucio y con el
hedor de la batalla sobre él, ella saboreó el calor y la fuerza masculina. Pero al
darse cuenta de que probablemente estaba confundido, se echó hacia atrás.
-Es posible, ¿no lo veis? Escribiré a mi hermano.

Por segunda vez en menos de cinco minutos, la miró como si estuviera


enloquecida:-

¿Así como vos, creéis que me va a dar la bienvenida la familia? -rio sin ningún
humor-.

Sería un día frío en el infierno antes de que Clifford sancionara el matrimonio de


su hermana con un escocés rebelde.

Ella negó con la cabeza:- Estáis equivocado. Mi hermano me ama y haría


cualquier cosa para que fuera feliz.

-Pero él me desprecia. Nunca aceptará un matrimonio entre nosotros. Sólo puedo


pensar en una persona en la cristiandad que tenga menos probabilidades de
desposar a su amada hermana, y Douglas ya está casado. No lo entendéis,
Rosalin... no habéis sido parte de esto.

-Sois vos quien no entiende. No niego la verdad de lo que habéis dicho. Se


enfadará al principio, se negará, y probablemente probará todo lo que pueda
pensar para

convencerme de ello.

Pero una vez que él entienda que os amo, y que vos... um… os preocupáis por
mí, estará de acuerdo.

Si él notó su desliz de la lengua, no lo demostró.

-¿Cómo podéis estar tan segura?

-Porque sé una cosa: el amor que tiene por mí es más fuerte que el odio que tiene
por vos.

-Yo no estaría tan seguro de eso.

Su corazón se restregó. Ella lo miró fijamente, y por un momento sintió un


parpadeo de duda. El amor era más fuerte que el odio. Si la amaba, lo sabría,
¿no? Ella lo miró y dijo solemnemente.
-Pero estoy seguro de ello. Dejadme escribir a Cliff, y lo veréis.

Robbie estudió su rostro, y ella pudo sentir cómo se retorcía.

-¿Qué daño habría? -preguntó ella-. Lo peor que puede decir es no. No hará nada
mientras me tengáis.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

No parecía muy convencido. Su pulgar corría hacia adelante y hacia atrás sobre
su labio inferior.

-No quiero que os decepcionéis.

Ella se iluminó, sintiendo la victoria.

-No lo haré. Puede que tenga que ir a él cuando la tregua se haya resuelto y
persuadirlo, pero estará de acuerdo.

Por el modo en que sus brazos se apretaron, podía decir que no le gustaba esa
idea. Bajó la boca a la de ella en una breve caricia que siguió el rastro de su
pulgar. Ella sospechaba que sólo los cortes y magulladuras le impedían
profundizarlo.

Cuando levantó la cabeza, sus ojos se encontraron con los suyos.

-Escribid vuestra carta, Rosalin, y veremos lo que vuestro hermano tiene que
decir.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Capítulo 24

La espera de la respuesta de Cliff parecía interminable.

Rosalin sabía que era en parte porque Robbie no había estado en su cámara
desde la noche de la horrible pelea con Sir Alex. Había dormido en sus brazos
después de haberse lavado y hacer que alguien cuidara sus heridas, pero no
habían hecho el amor.

Había supuesto que se debía a sus heridas, pero ahora, dos días después,
sospechaba que tenía más que ver con Sir Alex y su no tan sutil condena.

Quisiera admitirlo o no, lo que había sucedido en el patio esa noche lo había
mantenido alejado de su cama. Él culpó a su separación de la torre por algunos
problemas con sus hombres, y más tarde en el regreso de la anciana Lady
Douglas (madrastra de James) y la hermana de Douglas, Elizabeth, pero Rosalin
sabía que era más que eso. Las realidades que había sido capaz de ignorar
mientras Sir Alex y Douglas estaban ausentes ahora lo miraban con toda su
fuerza. Ninguno de los dos hombres ocultó sus sentimientos sobre el asunto.

Rosalin comprendió que la desaprobación de sus amigos pesaba sobre él, y eso
sólo la hacía más ansiosa por la respuesta de su hermano. A pesar de que Robbie
pasaba tanto tiempo con ella como podía cuando no estaba ocupado con sus
deberes, ella perdió la cercanía y la tranquilidad de dormir en sus brazos.

El único consuelo era que parecía tan miserable sobre el arreglo como ella. El
anhelo en sus ojos cuando la miraba casi logró acallar las dudas que habían
surgido de sus duras palabras a Sir Alex. Casi.

Con el regreso de las damas Douglas, el confinamiento de Rosalin a la torre no


era tan solitario. Elizabeth Douglas era encantadora, hermosa y refinada como
cualquier señora que Rosalin que conociera en Inglaterra; en otras palabras, no
podía ser más diferente de su aterrador hermano. A los veinte años, Elizabeth era
sofisticada para sus años, y Rosalin no se sorprendió al saber que había pasado
gran parte de la última década en Francia.

En cierto modo la hacía tan extraña como Rosalin. Elizabeth había sido
desarraigada de sus amigos -incluyendo a Joanna- a una edad temprana y regresó
a Escocia siendo una extraña. Mientras Rosalin ansiaba la vida tranquila y
sencilla del campo, podía darse cuenta de que Elizabeth extrañaba la emoción de
su vida en la corte francesa.

Pero Rosalin se preguntó si había algo que la perturbara. Elizabeth pasó una
cantidad excesiva de tiempo mirando por la ventana como si esperara que
alguien viniera en el patio.
La señora mayor Douglas era educada, pero parecía compartir los sentimientos
de su hijo -si no su animosidad- hacia Clifford. Como había pasado la mayor
parte del tiempo en la cama recuperándose de una enfermedad que había sufrido
mientras viajaba, sin embargo, su hijastra estaba libre para pasar tanto tiempo
como le gustaba con su

"rehén". Joanna había reservado tiempo para unirse a ellas después de la comida
del mediodía para coser por una hora o dos antes de que tuviera que volver a sus
deberes.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Hoy estuvieron con Joanna en la cámara que compartida con su esposo en el


segundo piso por encima del Salón. Era la cámara más espaciosa, con una
enorme cama con dosel, una gran chimenea, dos grandes sillas acolchadas, un
escritorio, un banco y dos pequeñas ventanas que daban al patio. Como en las
otras cámaras, los muebles eran sorprendentemente finos y cómodos para el
castillo de la familia de un hombre que supuestamente era un proscrito.

Desde que Castillo de Douglas se destruyó había sido enviada a casa el año
anterior, no había intentado volver a llenarla. Las guarniciones inglesas en las
áreas circundantes hicieron barridos periódicos de Douglas, pero Elizabeth le
dijo que eran más para el espectáculo que cualquier otra cosa. Los rebeldes se
marchaban cuando eran advertidos y regresaban tan pronto como los soldados
ingleses se iban. Cliff y el rey Eduardo podrían no estar de acuerdo, pero la tierra
había sido concedida efectivamente a los escoceses.

Elizabeth estaba preguntando por el viaje previo de Rosalin a Escocia cuando la


puerta se abrió repentinamente y el Douglas Negro irrumpió en la habitación. Al
igual que Robbie, tenía una manera de hacer que una habitación grande de
repente se sienta pequeña. A diferencia de Robbie, sin embargo, hizo que la piel
de Rosalin hormigueara de miedo, no de excitación.

Hizo todo lo posible para hundirse en su silla y desaparecer. Pero no era


necesario, sir James Douglas sólo tenía ojos para su esposa. Se acercó y se
inclinó para besarle la mejilla.

-Siento molestar en vuestro descanso, pero quería haceros saber que estaré fuera
durante unas horas.

De la manera en que dijo descanso, Rosalin pudo decir que estaba disgustado al
encontrar a su esposa fuera de la cama. Ver el tierno cariño del Douglas Negro
hacia su esposa aún le costaba acostumbrarse. Alrededor de Joanna, parecía casi
humano.

Joanna apartó la reprimenda con un movimiento de ojos:- ¿Hay algo mal?

Rosalin no perdió el paso de su mirada en su dirección:- No, sólo un breve viaje


de exploración. Volveré antes del anochecer.

Joanna frunció el ceño, como si quisiera preguntarle más. Pero debió de percibir
que no iba a decir más con Rosalin en la habitación y dejó caer el asunto.

-No debéis estar de pie por mucho tiempo hoy, mo ghrá -dijo Douglas
severamente, pero con algo en su voz que anunciaba preocupación real-. No
debéis agotaros.

Necesitáis descansar.

Joanna levantó la mano y puso una mano en el rostro de su marido.

-Estoy bien, James. El bebé está bien.

Sus ojos se detuvieron, y algo tan fuerte y poderoso pasó entre ellos que Rosalin
tuvo que alejarse, sintiendo como si la estuviera invadiendo. Un momento
después, el aterrador guerrero salió de la habitación y Rosalin pudo respirar de
nuevo.

Joanna debió haber notado su reacción. Ella sonrió.

-No tenéis nada que temer de mi marido, ¿sabéis? Nunca os haría daño. Nunca
haría daño a ninguna mujer.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Aunque sentía que Joanna decía la verdad, Rosalin había oído demasiadas
historias aterradoras y era demasiado consciente de su odio hacia su hermano
para estar completamente relajada en la presencia de sir James Douglas. Lo
mismo podría decirse de Robbie, se dio cuenta, pero él era diferente. Había visto
el lado noble de él antes de que hubiera escuchado las historias.

-Jamie siempre ha tenido un estilo caballeresco -dijo Elizabeth-. Recordais


cuando fuimos atrapados al otro lado de la hoguera cerca de Boradleeholm, y el
oleaje lo hizo demasiado difícil para cruzar, y él y Thommy decidieron
llevarnos...

Ella se detuvo tan de repente que Rosalin levantó la vista de su trabajo de


costura. El hermoso rostro de princesa de Elizabeth parecía estar hecho de hielo
y estaba a punto de romperse.

Joanna cubrió la incómoda pausa:- Sí, nos llevaron a través. Lo recuerdo.

Elizabeth se recuperó y logró una pequeña sonrisa:- Fue hace mucho tiempo.
Éramos niños -parecía estar diciéndose a sí misma esto.

-Sí, pero las cosas importantes no cambian -dijo Joanna suavemente.

Elizabeth se encontró con la mirada de su cuñada por un instante, y luego se


volvió como si no quisiera oír lo que ella intentaba decir. Se volvió hacia
Rosalin-. Jo tiene razón. No tenéis nada que temer de mi hermano, a pesar de la
reputación -sonrió descaradamente.

-Además, con la forma en que Boyd os mira, sospecho que mataría a James por

frunciros el ceño.

Rosalin trató de no sonrojarse, pero no pudo evitar estar contenta de que


Elizabeth se hubiera dado cuenta. Elizabeth estaba de pie junto a la ventana que
miraba hacia el patio.

-Vuestro Boyd es bastante guapo, de una manera feroz e imponente. Cada vez
que llega con James, causa bastante revuelo. Todas las mujeres jóvenes de la
aldea arden,

¿sabéis? Se ha hablado mucho.


-Gracias, ¿queréis decir? -dijo Joanna severamente-. No debéis escuchar a las
sirvientas, Lizzie.

Rosalin se moría de ganas de preguntarle lo que decían, pero se las arregló para
abstenerse. Elizabeth se alejó de la ventana, y Rosalin tuvo que resistir el
impulso de saltar y cambiar de lugar con ella, dándose cuenta de que Robbie
probablemente estaba afuera.

-¿Cómo podría aprender algo? -Elizabeth sonrió.

Hablaron de otros asuntos por un tiempo, pero eventualmente Rosalin logró


encontrar una manera de preguntarle a Joanna algo que había despertado su
curiosidad la primera vez que había oído a James Douglas saludar a su esposa, y
de nuevo hoy.

-Joanna, ¿qué significa mo ghrá?

Joanna sonrió:- Es un término de afecto, de cariño. Significa "mi amor".

Rosalin sintió que su corazón se alzaba en su pecho y le cerraba la garganta,


cortando el aliento. Mi amor. No mi hermosa. ¡El diablo disimulado! ¡Le había
mentido! ¡Mintió!

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Y nunca había sido más feliz en su vida. Él la amaba. Su inquietud por sus
razones para casarse se desvaneció, y todo lo que quedó fue felicidad y emoción.
No podía esperar a que llegara la respuesta de Cliff.

Robbie sintió como si su alma estuviera atrapada a medio camino entre el cielo y
el infierno, y el diablo y Dios estaban luchando por su destino. La espera por la
respuesta de Clifford era agonizante. La separación de Rosalin era insoportable.
Literalmente.

Como si no pudiera aguantar más.

¡Al diablo con Seton! ¡Al infierno con Douglas! No iba a perder más tiempo del
tiempo que él y Rosalin habían dejado juntos. Si Dios quisiera, sería más de un
día o dos.

Por mucho que Robbie se dijera que debía de estar medio enloquecido por
dejarse arrastrar por la futilidad de escribir a Clifford, no pudo evitar sentirse
movido por su certeza y absoluta creencia en su hermano. Robbie quería creerla.
Quería creer que era posible. Tanto que se había opuesto a sus instintos y había
hecho algo que nunca había pensado hacer en esta vida: confiar en un inglés, o
mejor, en una mujer.

¿Casado? Cristo, todavía no podía creerlo. Hacía tres semanas, el pensamiento


nunca habría pasado por su mente. Incluso después de lo que había sucedido
entre ellos, nunca había pensado que fuera posible. Pero Seton tenía razón.
Había actuado egoístamente.

Había querido hacerla suya, cuando sabía muy bien que no podía serlo. Al
menos tenía que intentar hacerlo bien. Solo esperaba que no estuviera
cometiendo un gran error.

Seton había tenido razón en muchas cosas, resultó. Y ahora el futuro de Robbie
dependía de las buenas gracias de sir Robert Clifford. El mundo entero parecía
haberse vuelto al revés.

Con un plan en su lugar para la forma en que podría al menos conseguir hacer lo
correcto, Robbie esperó su oportunidad. Conseguirla sola no fue fácil con
Elizabeth Douglas aparentemente atada a su cadera, pero en el momento en que
Joanna y

Elizabeth aparecieron en el vestíbulo para prepararse para la cena, subió las


escaleras a la cámara de Rosalin. Rara vez se aventuró en el Hall a menos que
estuviera segura de que él estaría allí.

Se alejó de la puerta, mirando por la ventana, cuando ella le ordenó que entrara.

-Poned la bandeja sobre la mesa -dijo-.

En cambio, deslizó su brazo alrededor de su cintura y bajó la boca para


susurrarle al oído:- ¿Estáis buscando a alguien?

Ella gritó y giró alrededor.


-¡Me habéis asustado! -Él sonrió, y ella puso sus manos en sus caderas-. De
hecho, estaba buscando a alguien. Oí de Lady Joanna que se esperaba que sir
Thomas llegara en los próximos días.

Estaba empezando a entender por qué Douglas se ponía tan espinoso cada vez
que Joanna mencionaba el nombre de Randolph. Tendría que mantenerla lejos de

MacGregor. Él la levantó con fuerza contra él y dijo sombríamente.

-Eso no es gracioso, Rosalin.

Su tono de advertencia no tuvo efecto en su sonrisa y sus ojos brillaban con


malicia.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-Estoy en desacuerdo. Lo encuentro bastante gracioso. ¿Qué pasa con de Sir


Thomas que hace que todos los demás se conviertan como osos espinosos? ¿Su
hermoso rostro?

¿Esos maravillosos ojos azules? El caballero...

La detuvo con un beso. Un beso largo y abrasador que los dejó ambos
enrojecidos y respirando pesadamente.

-Dios, os extrañé -él gimió, deslizando su boca alrededor para devorar su cuello.

Él tomó sus pechos y comenzó a trabajar los lazos de su vestido.

-Esperad -dijo, mirándolo-. ¿La respuesta de mi hermano llegó? ¿Es por eso que
estáis aquí?

Él negó con la cabeza, lamentando decepcionarla:- No. Estoy aquí porque ya no


podía permanecer lejos -la sensación de su cuerpo presionado contra él lo estaba
volviendo loco.

Pero ella lo empujó hacia atrás:- ¿Por qué os habéis alejado?

Él la había herido, se acababa de dar cuenta... involuntariamente.


-Yo estaba tratando de hacer lo correcto.

-¿Por Sir Alex?

Se puso rígido:- No.

Ella no le creyó:- Tenéis que hablar con él.

Cerró la mandíbula con fuerza:- No hay nada de qué hablar.

Pero ella tenía razón. La brecha entre él y Seton nunca había sido tan amplia; La
tensión entre ellos era tan espesa que parecía a punto de estallar. Sabía que
probablemente le debía una especie de disculpa, pero seguía esperando a que la
ira de Seton muriera como siempre. Excepto que esta vez no lo hizo. Sin
embargo, lo que realmente le confundía era por qué Seton no le había dicho a
nadie que lo había vencido. Robbie habría pensado que lo gritaría desde los
malditos parapetos. Dios sabía que tenía todo el derecho. Robbie había sido duro
con él a lo largo de los años. Tal vez demasiado duro, lo reconoció
sombríamente.

-¡Por todos los Santos, sois tan testarudo!

Parecía tan apagada que tuvo que sonreír:- Sí. Es una de mis cualidades más

entrañables.

Dejó escapar una risa aguda y sacudió la cabeza:- ¿Está bien? Odiaría verlas
menos cariñosos."

La empujó contra el muro de piedra, apretándole las manos a los lados de la


cabeza.

-¿Queréis seguir hablando de todas mis buenas cualidades o debo mostraros


algunas?

Sus ojos brillaban con el calor:- ¿Qué teníais en mente?

Movió sus caderas contra las suyas, dejándola sentir exactamente lo que tenía en
mente.
-Esto, por un lado.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

El calor se derramó a través de su cuerpo y él gimió. Había sido demasiado


tiempo.

Hizo el más dulce grito ahogado, y estaba a punto de inclinarse y besar su cuello
de nuevo cuando oyó un sonido que le hizo mirar por la ventana a su derecha.

Él frunció el ceño.

-¿Qué es?

-Seton y Douglas. Maldita sea, pensé que tendríamos más tiempo. Debían
haberse demorado un par de horas más.

Miró más a fondo mientras se acercaban y se tensó. Estaban montando


demasiado rápido. Algo andaba mal. Se volvió hacia ella, la decepción
probablemente tan aguda en su rostro como en la suya. Inclinándose una vez
más, le dio un rápido beso.

-Tendremos que reanudar esto más tarde.

Ella asintió. Estaba casi en la puerta cuando dijo:- ¡Esperad! ¿Creéis que podría
ser algo de mi hermano?

Se detuvo, volviéndose para mirarla:- Quizás.

Unos minutos después, cuando se encontró con Seton y Douglas mientras se


dirigían al patio, se enteró de que era una respuesta de Clifford, no sólo la que él
había imaginado.

Robbie apretó los puños, apretando el dolor de sus dedos rotos en pura rabia
animal.

¡Por Dios, Clifford pagaría por esto!

Robbie había oído el tipo de historia relatada por el muchacho tantas veces que
ya no debía afectarle. El día ordinario. Los aldeanos felices y desprevenidos se
ocupan de sus asuntos. El primer alboroto de alarma cuando los soldados son
avistados. Y el puro terror y caos que sigue cuando la primera espada comienza a
caer. Pero el horror de ella siempre lo golpeaba de nuevo. Y esta vez fue peor.
Mucho peor. Esta vez era culpable.

El muchacho que hablaba de la edad de Malcolm y estaba luchando para


contener las lágrimas al describir lo que había visto.

-Estaban matando a todo el mundo, mi señor. Mujeres, niños, no parecía


importarles.

Nos culparon por ayudaros. Dijeron que éramos todos rebeldes por mantener
vuestro campamento provisto en el bosque. Alguien les habló de las, uh...
vuestras mujeres. Los hombres los estaban sacando a la calle cuando mi mamá
me puso en el caballo y me dijo que viajara e intentara encontrar al Douglas. No
quería mirar atrás.

-¿Pero lo hicisteis?

El niño asintió y apartó la vista. Ya les había dicho lo que había visto, y las
imágenes seguían ardiendo intensamente en la mente de Robbie. Deirdre y las
otras mujeres del campamento...

Su estómago se volvió cuando la bilis se elevó hasta la parte posterior de su


garganta.

Violada y probablemente asesinada por él. ¿Cómo pudo haber dejado que esto

sucediera? ¿Cómo pudo ser tan estúpido?

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-Fue entonces cuando vi a los otros soldados montados hacia mí y pensé que
nunca me escaparía. Había cientos de ellos, enjambres por todas partes. Nunca
he visto tantas armas.

-Los hombres de Clifford -contestó Douglas, aunque Robbie lo había oído antes.
La descripción del muchacho de sus brazos no había dejado ningún error. Como
la

descripción de Sir Henry y sus hombres. Aparentemente, el prometido de


Rosalin no había sido enviada de vuelta a Inglaterra después de todo.

Pero iba a desear que lo hubiera hecho.

-¿Esto pasó ayer? -preguntó Robbie al muchacho. Asintió.

Probablemente justo después de recibir la carta de Rosalin. Había tenido razón.


La primera reacción de Clifford fue la ira. Y mira lo que les había costado. El
muchacho, obviamente, había llegado al límite. Había pasado por el infierno y lo
había mirado.

Pero él les había dicho todo lo que necesitaban saber. Robbie agradeció al
muchacho y lo envió a buscar algo de comida y descanso.

-He llegado aquí tan pronto como pude, mi señor -dijo el muchacho-. Vos
creéis…

Robbie quería mentir, pero el muchacho se merecía la verdad. Había dejado a su


madre y a sus hermanos menores para pedir ayuda. Robbie sacudió la cabeza.
No había posibilidad de salvarlos. Los aldeanos estaban muertos y Corehead sin
duda fue quemado en el suelo.

Las lágrimas estaban cayendo desapercibidas ahora.

-Pero haréis algo, ¿verdad? -preguntó el chico.

-Sí, muchacho, lo haré -golpearía hacia atrás y golpearía duro con fuerza en un
lugar que dolería.

Él intercambió miradas con Douglas, y el otro hombre asintió. Habían pasado


por esto tantas veces antes, sabía exactamente qué hacer. Douglas salió del salón
para comenzar a preparar a los hombres. Robbie estaba a punto de seguir cuando
Seton lo detuvo. Era la primera vez que el otro hombre le hablaba directamente
desde su pelea.

-¿Qué vais a hacer?


Robbie no sabía cómo su socio, el ex-socio, logró transmitir la desaprobación en
un tono plano. Pero lo hizo.

-¿Qué diablos creéis que voy a hacer? Oísteis lo que hicieron.

-Pero no tiene sentido. ¿Por qué haría Clifford algo así?

La mandíbula de Robbie estaba cerrada. Porque Robbie había creído a Rosalin


cuando dijo que su hermano haría cualquier cosa por ella y que le escribiera.
Tenía una razón.

-¿Qué diablos hicisteis?

La acusación rompió el último hilo del temperamento de Robbie.

-¡Os escuché, eso es lo que hice! Traté de hacerlo bien, y mirad lo que pasó. Le
dejé escribir a Clifford y abrir discusiones, ¿no es eso lo que siempre queréis
hacer? Bueno,

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

esto es lo que se obtiene de las negociaciones con los ingleses. Así que si tenéis
algo más que decir, decidlo, o salid de mi camino.

-Os diría que no hagáis nada precipitado, pero estaría perdiendo el aliento. ¿Qué
pueblo inglés sentirá la espada de vuestro castigo esta vez?

Robbie la miró fijamente, adivinando cuál sería la reacción.

-Brougham.

Seton se estremeció, sorprendido:- Por Dios, pensé que os preocupabáis por ella.
Esa es su casa.

Robbie apretó los dientes:- No es la casa de Rosalin, es su casa. Esto no tiene


nada que ver con ella.

-Todo tiene que ver con ella. Podría haber pasado la mayor parte de su vida en
Londres, pero ahí es donde nació. Nunca os perdonará. Espero que sepáis lo que
estáis haciendo.

-Lo hago. Nos vamos dentro de una hora... preparaos.

Seton negó con la cabeza:- Os dije que ya terminé. No voy a ser parte de esto -el
guante había sido lanzado.

-Podría ordenaros que vayáis.

-Podríais, y me negaría.

Se miraron el uno al otro, como si lo hubieran hecho tantas veces antes. Pero
Robbie sabía que esta vez era diferente. Esta vez Seton no iba a retroceder.
Robbie debería arrojarlo a la maldita prisión.

-Perfecto. Podéis quedaros aquí y vigilar a Rosalin.

-Os referís a recoger las piezas del corazón que estáis a punto de romper.

Los ojos de Robbie se estrecharon, negándose a ser incitados.

-Habrá mucho tiempo para que lo vuelva a unir.

-¿Qué queréis decir?

-Significa que obtendrá su deseo. No volverá. Me casaré con ella en cuanto


regrese.

Veamos cuánto le gusta a Clifford eso.

Por segunda vez, Rosalin interrumpió la conversación que deseaba no haber


escuchado.

Elizabeth se había acercado y le había dicho que los hombres se iban. Rosalin
había corrido abajo con ella y tropezó con esta... pesadilla. No volverá... casarse
con ella tan pronto como regrese. Palabras que había esperado oír, pero no así.
No lo entendía. ¿Que podría haber ocurrido?

Robbie miró y las vio allí. Su rostro era una máscara de rabia negra, y sus ojos
cuando aterrizaban sobre ella fueron tan duros como ónix. Parecía frío e
inflexible, y tan remoto que podría haber estado de pie en una isla lejana.
-¿Os vais? -preguntó.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Sus ojos la miraron con... ¿ira? ¿Culpa? ¿Resentimiento? Dios, no, debía estar
imaginándoselo.

-Me voy.

Dio un paso hacia él:- ¿Pero por qué?

Él no dijo nada, pero siguió de pie allí con esa horrible mirada en su rostro. Su
mirada se deslizó hacia Sir Alex. Parecía tan enfurecido.

-Decídselo, Boyd. Le debéis eso, al menos -le tendió la mano a Elizabeth-.


Vamos, lady Elizabeth. Lady Rosalin querrá oír esto en privado.

Dejados solos -al menos tan solos como podían estar en el rincón del caótico
Hall-Rosalin se le acercó cautelosamente.

-Decidme qué ha ocurrido.

-¿Qué ha ocurrido? -repitió. Podía ver los músculos en sus hombros y sabía que
estaba luchando por mantener el control-. ¿Qué demonios le escribisteis a
vuestro hermano?

Se apartó por la explosión de ira:- Exactamente lo que hablamos. Que quería


quedarme en Escocia. Que yo era feliz aquí. Que me había enamorado y le pedí
que aceptara una reunión en persona bajo la tregua.

-Sí, bueno, se negó.

Ella frunció el ceño:- Os dije que lo haría. Pero podré convencerlo.

-Es demasiado tarde para eso. Dios, no puedo creer que os dejé convencerme
sobre esto.

Estiró la mano y le puso una mano en el brazo, pero era impermeable a su


contacto:- Por favor, ¿no me diréis qué pasó?
Y luego lo hizo. En un frío y brutal detalle hasta que la sangre se escurrió de su
cara, su estómago cayó y sus rodillas se convirtieron en gelatina.

-No -susurró ella. Era demasiado horrible para contemplar. Había llegado a
pensar en algunas de esas mujeres como amigas. ¡Oh Dios, pobre Jean!

No podía ser cierto... ¿no? Por un momento sintió un poco de incertidumbre.


Conocía a su hermano, pero no al comandante militar, al hombre que
despreciaba a Robbie Boyd y se había propuesto capturarlo. Cliff se habría
enfadado, ¿pero hacer algo así? No. Se negaba a creerlo. Rosalin no se hacía
ilusiones sobre la crueldad de su hermano en la guerra, pero no sancionaría a
asesinato a niños y la violación de mujeres. No importa lo enfadado que
estuviese. Y sobre todo, estaba absolutamente segura de que no haría algo que
pudiera hacerle daño. Tenía que haber una explicación. -"Debe haber algún error.

Cliff no lo haría...

-¡No lo digáis! -apartó el brazo-. No quiero oír otra maldita palabra sobre lo que
vuestro hermano santo haría o no. Si hubiera escuchado mi instinto, nada de esto
hubiera pasado. Yo lo sabía. No puedo creer que os dejara hablarme de esto. Os
dije que nunca funcionaría. No podéis razonar con perros ingleses.

Rosalin trató de controlar sus frenéticos latidos. Trató de decirse a sí misma que
estaba enfadado y no quería decir aquello. Pero cada vez era más difícil buscar
excusas para él.

Más difícil y más difícil de entenderlo ante su fría desconfianza.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-Tiene que haber alguna explicación. Enviad a alguien a...

-¡No! -su voz cayó al instante-. Sin explicaciones, sin mensajeros, sin mensajes,
mierda.

Vuestro hermano tendrá mi respuesta. La única respuesta que comprenderá.

Rosalin nunca lo había visto así y no sabía qué hacer. Cómo romperlo. Cómo
llegar a él.

-Por favor, Robbie, no hagáis nada precipitado. No hagáis nada con ira que no
pueda deshacerse. Reprender así... es incorrecto.

-Cristo, sonáis exactamente como Seton. No necesito que ninguno de vosotros


sea mi maldita conciencia.

Como Seton. Rosalin se alejó de la verdad. ¿Por qué nunca lo había visto antes?
Era como Sir Alex y así, Robbie siempre la vería. Como una inglesa. Como
alguien incapaz en quien confiar. Robbie y Sir Alex habían luchado durante siete
años juntos y todavía se negaba a verlo como un amigo. ¿En siete años seguiría
esperando que se diera cuenta de que la amaba?

¿Y si nunca lo hacía?

Una sensación de hundimiento se asentó en su vientre. Sintió el feliz futuro que


había imaginado alejarse de ella como la nebulosa fantasía de un sueño.

Tenía que llegar hasta él. ¿No era cierto? ¿Incluso se detenía a preguntar si
estaba bien o mal? O tal vez ya no importaba.

-Tal vez es sólo acerca de quién puede infligir el mayor dolor. ¿Qué pasó con
todos los principios de esos libros que amáis?

Su boca se tensó:- No voy a defenderme ante vos.

-Entonces, defendeos de vos mismo.

Su silencio fue suficiente respuesta. Rosalin escudriñó su rostro, buscando una


grieta.

En busca de algo que le dijera que no se había equivocado. ¿Dónde estaba el


hombre que leía la filosofía, que mantenía un huerto porque le recordaba un
tiempo más sencillo y pacífico, que ayudaba a salvar una aldea del fuego y que
se ponía de pie por una mujer que la mayoría de los hombres pensaría bajo su
consideración? Se había convencido de que, a pesar de la despiadada máscara,
en su núcleo, seguía siendo un hombre de honor, todavía un hombre capaz de
conocer el bien del mal. Pero estaba equivocada. Lo único que importaba era la
venganza y la determinación decidida de ganar a toda costa, justificada o no.
-¿Así que vais a ir con una incursión a Inglaterra? ¿Mataréis a los niños y
violaréis a las mujeres también?

La boca que la había besado no hacía una hora era dura y amenazadora. La tomó
por el codo y la acercó contra él.

-No me presionéis, Rosalin. Hoy me han empujado hasta donde puedo. A


diferencia de vuestros compatriotas no mato a inocentes, pero vuestro hermano
sentirá el dolor cerca de casa. No tengáis dudas de eso.

Le tomó un momento comprender lo que quería decir. Pero lo conocía


demasiado bien, sabía cómo pensaba, y su estómago se apoderó de horror. Ella
lo miró con incredulidad.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-No Brougham. Dios mío, por favor, dime que no vais a atacar el único lugar en
este mundo que siempre fue un hogar para mí. ¿Cómo podéis hacerme esto?

La soltó y retrocedió:- Esto no tiene nada que ver con vos.

Cada palabra parecía una traición. Era una traición. ¡Dios, qué tonta había sido!
Había pensado que si lo amaba lo suficiente, podía sacarlo del abismo negro en
el que había estado hundiéndose. Se había convencido de que había algo más
para él que el

despiadado invasor. Pero, ¿y si no? ¿Y si era él?

-Esto tiene que ver conmigo, y si no veis eso ahora, nunca lo haréis. Cuando le
hacéis daño, me lo hacéis a mí. Sé que queréis hacer pagar a alguien por vuestros
amigos y por la gente de la aldea, pero este no es el camino. Esto está mal. Os
estoy suplicando que no lo hagáis. Dadle a Cliff la oportunidad de explicaros.

Nada. Sin reacción. No suavizaba su mirada. Sin arrepentimiento. Sus palabras


ni siquiera abollaban la máscara de acero. Le estaba rompiendo el corazón y ni
siquiera le importaba.

-No me vais a empujar, Rosalin. No esta vez.


-¿Queréis decir que significó tan poco para vos, entonces? Dios, pensé que me
amabais

-su voz se quebró, la emoción apretando como una bola caliente en su garganta.
Mo grhá-. Me llamasteis "mi amor".

Parecía sorprendido, y tal vez incluso un poco avergonzado por su


descubrimiento. Pero si esperaba una declaración, estaría decepcionada.
Brutalmente decepcionada.

-Mis sentimientos por vos son irrelevantes.

Irrelevante. Qué poco le importaba. Podría haber arrojado su corazón al suelo y


haber caminado por encima de él.

>-Dejad de intentar obligarme a elegir entre vuestro hermano o vos. Si queréis


alguna oportunidad para que esto funcione, os dije que no os pusierais en medio.

Lágrimas de frustración invadieron sus ojos:- Estoy en el medio, ¿no veis eso? -
al igual que Sir Alex, estaba atrapada entre los dos lados-. Siempre estaré en el
medio.

-Estáis equivocada. Cuando estemos casados, vuestra lealtad me pertenecerá...


sólo a mí.

-Entonces, ¿qué pensáis hacer conmigo, tallar vuestro nombre en mi corazón?


¿Qué renuncie a mi país, rey y familia? Nada de eso cambiará el hecho de que
siempre seré inglesa y siempre seré una Clifford.

-No me lo recordéis.

No tenía ni idea de lo mucho que le dolía su comentario desconsiderado. Cómo


parecía resumir la futilidad misma de un futuro entre ellos.

-Sabía lo difícil que iba a ser hacer que esto funcionara, pero pensé que los
desafíos valdrían la pena. A pesar de lo que podáis pensar, no soy un tonta
romántica que vive en un mundo de fantasía. Sabía lo que os estaba pidiendo.
Sabía lo difícil que sería para vos ver más allá que fuera inglesa y la hermana de
Robert Clifford. ¿Alguna vez cruzó en vuestra mente pensar en lo que estaba
dejando para estar con vos? ¿Creéis que quiero dejar a mis amigos, a mi familia,
al hombre que me ha cuidado y protegido durante toda

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

mi vida y a la vida que tuve en Inglaterra para vivir en una tierra hostil e
implacable -un país en guerra- donde ¿No conozco a nadie? ¿Dónde, debo estar
encerrada en una torre para mi propia protección? ¿Dónde, en el momento en
que abro la boca, me miran con odio y sospecha, incluso por el hombre por el
que renuncio a todo para estar con él? -

hizo una pausa, tan sorprendida por su estallido como él. Al darse cuenta de que
estaba gritando, bajó la voz:- ¿Y nuestros hijos, Robbie? ¿Qué les diréis?
¿Queréis darle la espalda a vuestro tío?

Obviamente, el pensamiento nunca se le había ocurrido, y parecía estar teniendo


dificultades para resolverlo en su propia mente.

-Nuestros hijos serán escoceses.

-Y mitad ingleses.

Su mandíbula se apretó como si la pura fuerza de su voluntad pudiera hacerla


falsa.

-No hablaré de esto con vos ahora.

-Si no es ahora, entonces será demasiado tarde -se acercó a él, dándole una
última oportunidad para hacerlo bien-. Por favor, Robbie, no os estoy pidiendo
que confiéis en mi hermano, os estoy pidiendo que confiéis en mí.

Él le dio una larga mirada. Sin embargo, algunas de sus palabras debieron haber
llegado, porque por un momento pareció vacilar. Pero luego su expresión volvió
a cerrarse. Sacudió la cabeza.

-Lo hice, y mirad lo que pasó.

Rosalin lo miró con incredulidad:- ¿Entonces es culpa mía? -la ira se elevó
dentro de ella. Ira e indignación.
>- Me he dicho que tenía que ser paciente porque sé por lo que habéis pasado.
Entiendo por qué podéis ver a mis compatriotas con tal odio y desconfianza -
Dios sabe que tiene una buena razón-, pero estoy cansada de intentar
demostraros que soy digna de vuestra confianza. Nunca os he dado una razón
para no confiar en mí, pero cada vez que pienso que finalmente he conseguido
llegar a través de vos, algo sucede y asumís lo peor. Ya sea que se supone que
estoy engañándoos para que liberéis a Roger, que supuestamente, os mentí sobre
estar prometida, o rompiendo mi palabra de escapar con los hombres de sir
Henry. Bueno, ya no lo haré. O confiáis en mí o no. Mi hermano no hizo esto. Os
estoy pidiendo que esperéis para saber de él antes de buscar su venganza.

Se volvió, frío e implacable:- Pedís demasiado.

Él condujo el clavo al final en su corazón. Este no era el hombre al que amaba.


Se preguntó si ese hombre había existido alguna vez.

-No, sois vos quien pide demasiado. ¿Esperáis que me siente y mire mientras
destruís mi casa, mi familia? No lo haré. Sir Alex trató de advertirme que sólo
una cosa os importaba, tratasteis de advertirme vos mismo, pero no quise
escuchar. Me convencí de que me necesitabais. Me dije que me amabais. Que
podría haceros feliz.

-Lo habéis hecho casi como una concesión.

Respiró hondo:- Pero no me haréis feliz. No sois el hombre para mí. Cuando
tenía dieciséis años, me enamoré de un joven guerrero noble que observé hacer
todo lo posible para salvar a sus amigos en las peores condiciones. Me convencí
de que aún

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

estaba allí. Pero teníais razón. Ya no existe. La guerra os cambió. Habéis visto
demasiado. Nunca regresaréis. Estáis demasiado cegado por el odio para tomar
el regalo que se os está ofreciendo, y he terminado de tratar de haceros ver. Idos.
Tened vuestra venganza, Robbie. Pero sé que estáis matando cualquier
posibilidad de un futuro entre nosotros.

-Creí que lo habíais oído. No vais a volver, Rosalin. Estaremos casados en


cuanto vuelva.

-No me casaré con vos. No así. No seré un arma para ser usada contra mi
hermano cuando haga algo que no os guste.

Sus ojos se estrecharon. Sin darse cuenta de ello, la tomó por el brazo y la
levantó contra él.

-No acepto amenazas, Rosalin, ni ultimátums. Os casaréis conmigo, maldita sea.

Ella lo miró, viendo la furia fría impresa en los rasgos guapos.

-¿Pensé que no forzabais a las mujeres?

Su expresión helada se agrietó. De repente parecía darse cuenta de lo que estaba


haciendo. Él dejó caer su brazo.

-Estás sobrecogida -dijo, intentando, quizá, convencerse a sí mismo-. Algún día


entenderéis que hice lo que tenía que hacer.

Al igual que él vería que había hecho lo que tenía que hacer. Le dio la espalda,
no queriendo verlo alejarse de ella.

-Adiós, Robbie.

Su corazón apretó como si retorcía la última gota de su amor para aterrizar en


una piscina a sus pies. Él dudó. Quería creer que se peleaba consigo mismo.
Quería pensar que finalmente entendió la verdad de lo que había estado tratando
de decirle. Pero su voluntad, su odio, era demasiado fuerte.

Se alejó y, junto a él, tomó las últimas brasas de esperanza. Se sentía como si
estuviera cortando su miembro aparte de la extremidad. El dolor, el dolor de
corazón, era insoportable. Ella permaneció allí hasta que el sonido de los cascos
desaparecieron en la distancia.

Tal vez había sido ingenua, y era demasiado esperar que el amor pudiera curar
heridas tan profundas como las suyas. Robbie tenía razones para su odio y
desconfianza. Pero los dejó consumir hasta el punto de que lo golpeó de nuevo
sin cuestionar, y con una crueldad que le permitió no importarle a quien hería en
el proceso. Incluso ella.
Rosalin ya había tenido suficiente. Suficiente de Escocia. Bastante de guerra.
Bastante de amar a un hombre que no tenía la capacidad de amarla a ella. Ya era
hora de que ella lo dejara ir. Fue a buscar a Sir Alex.

Mónica McCarty Ariete

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Capítulo 25

Robbie y una fuerza de casi cincuenta guerreros, incluyendo Douglas y veinte de


sus mejores hombres, cruzaron Inglaterra cerca de Gretna. Rodearon la fortaleza

fuertemente defendida de Carlisle hacia el oeste, cubriéndose en el campo


boscoso, y pasando la antigua muralla romana en Burgh by Sands, cerca del
Solway Firth, el lugar donde el rey Eduardo I había cumplido su puntualidad
cinco años antes. Les había llevado casi un día de duro montar a caballo para
llegar hasta aquí, y aún quedaban otros treinta kilómetros para Brougham

Una incursión tan al sur de la frontera habría sido una jugada de tonto hace unos
años.

Pero la marea había cambiado, y el año pasado los grupos de asalto de Bruce
habían viajado a través de mucho distancia de este mismo campo. Sin embargo,
la incursión no fue sin riesgo sustancial. Pero Robbie tenía horas para considerar
cada detalle y planificar cualquier contingencia.

Estaba listo.

O al menos debería estarlo. Pero cada hora que le llevaba de Douglas aumentaba
su inquietud y el creciente sentimiento de fatalidad que le cubría. No podía ver el
rostro afligido de Rosalin fuera de su mente ni el sonido de su voz en la cabeza.

Está mal... No sois el hombre para mí... estáis cualquier posibilidad de un futuro
entre nosotros.

Se había dicho que había hablado con cólera y desesperación para apartarle de su
camino. Que no lo decía en serio. Pero cuanto más se alejaban de Douglas, más
temía que significara exactamente cada palabra. Era como un peso presionando
sobre su pecho, haciendo difícil respirar.
Maldita sea por hacerle esto a él. ¡Maldita sea por hacerle cuestionar su
resolución! No podía permitir que un ataque tan vicioso quedara sin respuesta.
Clifford tenía que pagar.

Ojo por ojo…

Pero había estado tan segura, maldita sea. Robbie revivía la historia del
muchacho una y otra vez en su mente, viéndola desde todos los ángulos. El
muchacho había identificado los brazos de los soldados, los hombres de Clifford
estaban allí-no podía haber duda de eso- pero otros detalles habían sido menos
explícitos. El muchacho estaba aterrorizado.

Había sido caótico. Había escapado en los primeros minutos. Suficiente para ver
lo que estaba sucediendo, pero ¿había conseguido el cuadro completo?

Robbie hizo una mueca de enojo. ¿Qué diablos estaba haciendo? ¿Estaba
buscando cualquier excusa para abandonar su incursión? Estaba haciéndolo
débil, haciéndolo perder el foco. Si iba a ser su esposa, necesitaba aprender que
no podía interferir. Y se casaría con él.

¿No?

Mi casa... ¿Cómo podéis hacerme esto…? Pensé que me amabais.

Mónica McCarty Ariete

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¿Amor? ¿Qué demonios sabía sobre el amor? Pero algo le estaba haciendo
pensar en sí mismo. Si lo hacía, sabía que la perdería. Y la idea estaba haciendo
que su carrera de pulso con algo parecido al pánico.

Infiernos.

No se dio cuenta de que había hablado en voz alta hasta que Douglas se volvió
hacia él.

Si había alguien cuya cara era más negra que la de Robbie ahora era Douglas.
Robbie no se había perdido la discusión que había tenido con Joanna mientras se
preparaban para salir corriendo y adivinó que no estaba de acuerdo con el rumbo
que habían fijado.

-¿Qué ocurre? -preguntó Douglas, mirando a su alrededor. Se habían detenido


bien al sur de la pared para dar de beber a los caballos en uno de los muchos
lagos -o charcas, como los ingleses los llamaban- en la zona. Estaba oscuro y
planeaban dormir un poco antes de reanudar su viaje por la mañana. El ataque
vendría por la tarde, dándoles cobertura de oscuridad en la que escaparse. Al
menos ese había sido el plan.

-Tenemos que volver -dijo Robbie.

Douglas estaba incrédulo:- ¿Estáis cancelando el ataque? ¡Maldición, Boyd!


¿Qué demonios os pasa? ¿Qué os dijo ella?

-No voy a cancelar el ataque -dijo Robbie-. Al menos, no todavía. Pero necesito
asegurarme de que el chico tenía razón sobre lo que pasó. Tenemos que ir al
pueblo y ver la verdad por nosotros mismos.

Douglas lo miró con escepticismo:- Esto es por la muchacha, ¿no?

No lo negaría. Pero era sólo parte de ello:- Bruce cuenta con esta tregua con
Clifford, y si hay alguna posibilidad de aferrarse a ella, es mi deber hacerlo. No
importa cuánto odiemos personalmente al bastardo.

-¿Y si descubrís que Clifford fue el responsable?

-Volveremos.

Hubo algunos quejidos. Los hombres no estaban contentos de que se les negara
la oportunidad de exigir retribución por lo que se había hecho a las mujeres y los
aldeanos, pero Robbie era su comandante, y confiaban en que no lo haría sin una
buena razón.

Esperaba que él tuviera una.

Unas horas después de la oscuridad del día siguiente, se acercaron a Corehead, el


pequeño pueblo escondido en el corazón de las colinas y bosques de Ettrick,
desde donde Wallace había reunido hombres para lanzar su primer ataque contra
los ingleses casi dieciséis años antes. Mientras ascendían la colina, Robbie
obtuvo su primera mirada de la devastación. Esperaba ver el pueblo arrasado en
el suelo, con nada más que brasas y la espantosa evidencia de la matanza que
había ocurrido.

Eso no era lo que veía.

Douglas juró, y ellos intercambiaron una mirada. Desde esta perspectiva, nada
parecía estar mal. No había conchas quemadas ennegrecidas de edificios ni
cuerpos

amontonados a lo largo de la calle. De hecho, aunque estaba más tranquilo que


de costumbre, podía ver que había unas pocas personas en movimiento.

El corazón de Robbie comenzó a martillar.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

A medida que se acercaban, podía ver algunas señales de un ataque. Persianas


rotas, cercas desplomadas, unos cuantos ollas destrozadas y jardines pisoteados,
pero parecía que la devastación a toda la escala que parecía segura por parte del
niño no había ocurrido.

La noticia de su llegada se había extendido rápidamente, y los aldeanos


comenzaron a reunirse a lo largo de la calle principal a medida que se acercaban.
Para su conmoción y alivio, vio a Deirdre y a las otras mujeres que salían de uno
de los edificios.

-No lo entiendo -dijo Douglas.

-Yo tampoco -respondió Robbie sombríamente, pero tuvo la primera idea de que
casi había cometido un gran error.

De Deirdre y el aldeano se enteraron de lo horrible que fue. El muchacho tenía


razón en lo que había visto; Simplemente no lo había contado correctamente. El
primer grupo de soldados -de Spenser y sus hombres- había llegado delante de
los soldados de Clifford. Sir Henry y sus soldados habían derribado a casi una
veintena de aldeanos y sacaron a Deirdre y a las otras mujeres de la cabaña
donde se habían refugiado para atarlas y violarlas por su delito de prostitución
con los rebeldes. Habrían sido asesinados y la aldea encendida, sin duda, dijo
Deirdre, pero Clifford y sus hombres llegaron y pusieron fin a la carnicería. Al
principio todos ellos asumieron que él estaba allí para atacar también. Algunos
aldeanos intentaron resistirse antes de que entendieran que Clifford estaba
realmente allí para salvarlos. Clifford arrestó a Spenser y a sus hombres y los
llevó de regreso a Berwick para castigarlos.

Robbie escuchó los relatos del ataque con una creciente sensación de vergüenza,
dándose cuenta de la magnitud del error que casi había cometido y de lo que
podría haberle costado.

¿Había destruido realmente el único lugar que había sido el hogar de Rosalin?
¿Arrasar un pueblo entero sin causa? Cristo, se sentía enfermo. Nunca le habría
perdonado. Por buena razón. ¿Qué diablos había estado pensando? Gracias a
Dios se había dado cuenta de la verdad antes de que fuera demasiado tarde.
Antes de que él hubiera hecho algo que no podía ser deshecho.

De repente, estaba ansioso por volver. Más que ansioso. Había una voz en la
parte de atrás de su cabeza gritando "daos prisa". Necesitaba regresar y pedirle
disculpas a ella, y sí, probablemente a Seton, también. Parecía que necesitaba
una conciencia. Porque hoy le había mostrado hasta qué punto se había alejado
del joven guerrero que había levantado su espada junto a William Wallace para
luchar contra la injusticia.

En la tercera noche, después de salir del castillo de Park, Rosalin y sir Alex se
detuvieron en la orilla sur del río Tweed, mirando al otro lado del puente de
madera hasta la empinada pared blanca de la orilla opuesta y las llamadas
"Escaleras rompientes" hasta la colina del Castillo de Berwick.

Se volvió para mirar al hombre que había arriesgado tanto para traerla aquí.
Había demostrado ser más amigo de lo que jamás habría imaginado, guiándola
con seguridad por el desgarrador campo desgarrado por la guerra.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-¿Estáis seguro de esto? –preguntó-. Todavía podéis dejarme aquí y volver.

La mandíbula de Sir Alex estaba encerrada en una determinación sombría, como


lo había sido desde el momento en que ella había venido a él pidiendo que le
llevaran de vuelta a su hermano. Había estado tratando de convencerlo de lo que
pretendía desde la primera noche, cuando se habían detenido a dormir unas horas
y ella lo había visto con horror mientras tomaba un cuchillo al brazo. El brazo
donde tenía (o solía tener) una marca muy parecida a la que tenía Robbie. Ahora
el tatuaje desenfrenado del león había sido borrado por las cuentas profundas y
las barras a través de su carne.

Como ella sospechaba, Alex había sido parte de los fantasmas de Bruce. Las
marcas lo identificaban como tal, y él sabía lo que los ingleses le torturarían para
que identificara a los otros miembros de la banda secreta de guerreros.

Ella sospechaba que extraer las marcas de su carne sería mucho más fácil que
sacar a sus amigos de sus recuerdos. Sabía lo difícil que era esto para él. Podía
verlo en su expresión cada vez más oscura con cada milla que pasaban. Estaba
resuelto, y en muchos aspectos tan obstinado como Robbie. Ella sólo oró a Sir
Alex que no llegara a lamentar lo que estaba a punto de hacer. No habría vuelta
atrás. Para cualquiera de ellos.

Sacudió la cabeza:- He tomado mi decisión. Ya he tenido suficiente de la guerra


secreta y las incursiones de piratas. Dios sabe que lo he intentado, pero ya no
tengo el estómago. La mitad del tiempo me sentía como si estuviera luchando
contra mi propio lado de todos modos. Tal vez de esta manera hará algo bueno.

-¿Qué queréis decir? -¿Cómo podía volverse contra sus amigos para hacerles
algo bueno?

-Tal vez pueda ayudar a terminar esta guerra trabajando desde la otra dirección.
En vez de luchar contra los ingleses, puedo luchar desde dentro, a través de la
razón y la negociación.

Era un objetivo elevado y duro para Rosalin argumentar en contra, ya que se iba
por razones similares. Pero aunque podía entender la decisión de Alex, sabía que
Robbie y los demás no. Cualquiera que fuera la razón, Robbie vería la deserción
de Sir Alex como una traición personal. Y encima de su partida, sospechaba que
iba a ser un duro golpe para tragar –tanto como si lo admitía o no.

¿Por qué seguía preocupada por los sentimientos de Robbie cuando él la había
tratado con tan poca consideración? A pesar de que sabía que estaba haciendo lo
que era correcto, no hacía que el desamor fuera más fácil. Si sólo su amor
pudiera ser tan fácilmente cortado de su corazón como un tatuaje. Ella tomaría
con gusto el dolor físico temporal sobre la desolación en curso de la
desesperación. Heridas de un cuchillo de la que se recuperaría. Pero sabía que
nunca se recuperaría completamente de esto, y las cicatrices, temían que fueran
duraderas y profundas.

-¿Estáis segura de que queréis hacer esto? -preguntó Sir Alex suavemente.

No estaba segura. Pero tenía que hacerlo. Rosalin miró al otro lado del río negro,
ante la tenue luz de las antorchas del otro lado. Respiró hondo, sintiendo que el
calor de la emoción se apretaba en su pecho. Dios, ¿por qué tenía que doler
tanto? Ella asintió, y sin más vacilación, cruzaron el puente.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Era la mañana cuando Robbie irrumpió en el patio del Castillo Park Castle.
Había montado como si el diablo estuviera siguiéndole a sus pies, incapaz de
calmar la voz dentro de él. ¡Aprisa!

Pero en el momento en que miró hacia la ventana de la torre, supo que era
demasiado tarde. Su corazón se hundió como una piedra en un pozo sin fondo.
La oscuridad se estrelló contra él. No lo miraba desde la ventana. No estaba allí.

Un miedo que se confirmó momentos después cuando Joanna Douglas los


encontró en el Hall.

-¿Dónde está Rosalin? -preguntó, temiendo ya cortar su voz con un borde


áspero.

-Mirad, Boyd -dijo Douglas-. Sé que estáis enfadado, pero no lo descarguéis


contra mi esposa.

Pero Joanna no huyó de su cólera:- No necesito que me defendáis de brutos


arrogantes, James. Estoy bastante acostumbrada a ellos y a las muestras de mal
humor.

Robbie hizo una mueca de dolor. ¿Realmente la había considerado demasiado


dulce?
Joanna se volvió para contestarle:- Supongo que en el Castillo de Berwick. Ella
y Sir Alex salieron a caballo poco después de que os fuerais.

Aunque parte de él lo había sabido, la noticia todavía lo sacudía. ¿Cómo se había


ido, maldita sea? Tenía que explicarse. Tenía que disculparse. Tenía que decirle
lo equivocado que estaba.

La alejasteis.

Douglas juró:- ¿Y los dejasteis marchar?

Los dulces ojos azules de Joanna se volvieron glaciales mientras miraba a su


marido:-

Sí.

Por su tono, parecía querer decir algo más.

Douglas apretó la boca. Aparentemente, después del error que habían evitado,
había decidido cortar sus pérdidas con su esposa. Joanna tenía razón. Rosalin y
Seton tenían razón. Y todos lo sabían.

Robbie apretó los puños, la cruda emoción azotando en su interior como un


látigo.

Enfado. Incredulidad. Desesperación. Necesitaba un lugar donde ir, y se lanzó


contra la única persona a la que podía culpar aparte de sí mismo. ¿Cómo podía el
hombre que había sido su compañero durante siete años traicionarlo así?

-Voy a matarlo.

Joanna alzó una ceja delicada:- ¿A Sir Alex? –ella negó con la cabeza-. Me temo
que podría ser difícil.

-¿Qué queréis decir?

-Os dejó algo -señaló a la pequeño cámara fuera del Salón donde Douglas solía
llevar a cabo negocios de propiedad-. Está ahí dentro.

Mónica McCarty Ariete


Àriel x

Robbie cerró la puerta detrás de él cuando entró en la habitación, agradecido un


momento después por la intimidad cuando abrió el sencillo saco de arpillera para
ver el sombrío timón nasal y la tela escocesa.

Él se estremeció. Por segunda vez en el espacio de unos minutos, sintió el duro


golpe de sorpresa. Y lo afectó... amargamente.

Seton finalmente lo había hecho. Había dejado a la Guardia y había desertado


con los ingleses. Robbie no sabía por qué estaba sorprendido. ¿No esperó que
Seton los traicionara durante años? Era un maldito inglés ensangrentado. ¿Cómo
podía Robbie confiar en él, incluso un poco?

Ah, infierno. Apenas antes de que terminara el pensamiento, la verdad le golpeó


con fuerza. Eso era exactamente lo que la había alejado. Le dijo que siempre la
vería como una inglesa -como la hermana de Clifford- y nunca podría confiar
plenamente en ella.

Lo había acusado de estar cegado por la venganza. Ella tenía razón. Su


incapacidad para ver a la dulce y cariñosa mujer que le ofrecía su corazón le
había hecho perder lo mejor que le había pasado.

Pensé que me necesitabais.

Él la necesitaba. No se había dado cuenta de cuánto hasta ahora. Había visto algo
en él que casi había olvidado que estaba allí. Pensó que su feroz sentido de la
justicia le había recordado a alguien una vez, y ahora se dio cuenta de quién era:
él. Una vez que había luchado por las razones adecuadas. Una vez se detuvo para
preguntar si algo estaba bien o mal. Ganar no tenía que venir a expensas del
honor, y de alguna manera a lo largo del camino, se había olvidado de eso. Pero
ella se lo había recordado.

Por supuesto que se había ido. No le había dado ninguna razón para quedarse.
Cuando pensó en cuántas veces le había ofrecido su corazón y él no le había
ofrecido nada a cambio, quería vaciar su estómago. Había estado dispuesta a
renunciar a todo por él, y lo único que le había pedido a cambio -su confianza-
no estaba dispuesto a dársela.

Ella lo amaba, y...


Se dejó caer en un banco cuando la enfermiza verdad cayó sobre él.

La amaba. Por supuesto que sí. Lo había sabido y no había querido aceptarlo.
Había estado demasiado asustado de lo que podía significar y demasiado
asustado de tener que devolverla. Y al negarse a admitirlo, había logrado lo
mismo que había temido: la había perdido.

Nunca la habría devuelto. Si su hermano no estuviera de acuerdo, habría


encontrado otro camino. Ahora lo sabía. Pero no lo hizo. Y había perdido la
oportunidad de decírselo. Seton le había acusado una vez de estar muerto por
dentro. Deseaba que fuera verdad, así no tenía que sentir el vacío negro que se
abría dentro de él. Se puso la cabeza en las manos y trató de pensar, trató de
aferrarse al borde del acantilado para evitar caer en el abismo de la oscuridad
que era su futuro.

¿Cómo diablos iba a recuperarla?

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Capítulo 26

La aparición repentina de Sir Alex y Rosalin en la puerta del castillo habían


causado algo de alboroto, por decirlo suavemente. Había sido aplastada por el
abrazo de su hermano, que estaba dormido, mientras Sir Alex estaba rodeado de
soldados y casi le habían arrojado a la cárcel hasta que ella había amenazado con
saltar allí con él. En cambio, lo habían llevado a la guardia. Después de días de
preguntas, le habían ordenado a Londres que presentara su caso al rey en
persona.

Diciéndole adiós, y luego verle cabalgar con un pequeño ejército de hombres de


su hermano, fue lo más duro que había hecho desde que dejó Douglas. Sir Alex
era su último enlace con Robbie, y al verlo se sentía como el último descanso.
La sensación de pérdida era profunda, aunque Dios lo supiera, Robbie no
merecía su angustia ni sus lágrimas. Debería odiarlo por lo que había hecho.
Cada mañana esperaba que su hermano la llamara, para darle las horribles
noticias que lo asegurarían.

Pero pasaron dos días y luego tres. Mucho tiempo para que un mensajero llegara
de Brougham, trayendo noticias del ataque. No fue hasta el quinto día, cuando el
soldado que su hermano envió después de que ella le había dicho del ataque
regresó, que hbo llamado a Cliff para escuchar la horrible verdad.

Su hermano estaba de espaldas a la puerta y miraba fijamente la pequeña


chimenea al entrar. Parecía estar sumido en sus pensamientos.

Se preparó, esperando lo peor.

Se volvió, con las manos entrelazadas en la espalda:- No ha habido ningún


ataque.

Podría haberla derribado al suelo. Ella se tambaleó, se estremeció, o hizo alguna


extraña combinación de los dos.

-¿Qué?

Cliff encontró su mirada, y ella pudo ver la preocupación en los ojos verdes que
eran tan semejantes a los suyos. Desde que regresó, su hermano la había tratado
como algo parecido a una muñeca de porcelana, evitando asiduamente cualquier
mención de temas que pudieran causarle angustia, como su secuestro, Robbie
Boyd o la carta que le había escrito. Sabía que algo estaba terriblemente mal
pero esperaba que se lo explicara.

-Brougham no ha sido atacado. Boyd debió haber descubierto lo que realmente


ocurrió en el pueblo a tiempo.

Cliff le había explicado todo sobre el ataque, validando su confianza en él. No


importaba. ¿O lo hacía? ¿Por qué Robbie había cambiado de opinión? ¿Qué le
había alejado de su curso? Y lo más importante, ¿qué significaba?

Debió de palidecer o parecía que iba a desmayarse, porque Cliff cruzó la


habitación, la tomó por el codo y la ayudó a sentarse en uno de los bancos
amortiguados ante el fuego.

Ella no podía pensar:- ¿Estáis seguro? -asintió.

-¿Pero por qué?

Mónica McCarty Ariete


Àriel x

Su hermano le lanzó una larga mirada:- Sospecho que podéis responder a esa
pregunta mejor que yo.

Antes de llevar a Sir Henry y a los demás prisioneros a Berwick, Cliff había
enviado un mensaje a Robbie explicando lo que había ocurrido en la aldea y
acordado reunirse en una semana (para discutir el contenido de su misiva y el
intercambio de moneda), pero había llegado después de que ambos se fueran.

-No estoy seguro de que pueda. Robbie estaba tan decidido. Lo intenté -
supliqué- para que se apartarse de su curso, pero se negó -las lágrimas nadaron
ante sus ojos mientras miraba fijamente la cara sombría de su hermano-. Fue
horrible.

Él juró y se sentó a su lado, acurrucándola bajo su brazo mientras sollozaba,


como solía hacerlo cuando era niña.

-El bastardo no merece vuestras lágrimas, pequeña. Y seguro que no os merece -


eso sólo la hizo sollozar más fuerte-. Decidme lo que pasó.

Y ella lo hizo. Bueno, la mayor parte al menos, dejando de lado los detalles más
íntimos, aunque sospechaba que Cliff rellenaba las lagunas suficientemente.
Cuando terminó, su boca fue tirada en una línea dura, enfadada.

-Lo mataré.

-¡No! Por favor. Sólo quiero olvidar que esto pasó.

Tomó el pliegue de lino que él le entregó y se limpió la nariz y los ojos. La


expresión de Cliff no fue menos violenta, pero su voz se suavizó.

-¿Estáis segura de eso, Rosie-lin? -se detuvo-. He luchado contra Boyd durante
mucho tiempo, y nunca ha vacilado. Pero algo le hizo retroceder, y sospecho que
ese algo erais vos.

Rosalin bufó y respiró hondo. Ella sacudió su cabeza.

-Incluso si cambió de opinión sobre el ataque, no importa. Nunca funcionaría.


Soy la que siempre estará en medio. No puedo estar con un hombre que no
confía en mí, y no me ama.

La apretó con más fuerza y suspiró, como si le hubieran quitado un gran peso.

-Odio veros con dolor, pero no voy a decir que siento oír eso. No podéis verlo
ahora, pero esto era lo mejor. Cualquier cosa entre vosotros hubiera sido todo
menos imposible.

Rosalin parpadeó:- ¿Pero no imposible?

Desvió la mirada y frunció la boca como si hubiera probado algo desagradable.


Era la misma mirada que Robbie tenía cuando se mencionaba el nombre de su
hermano.

-Quiero que seáis feliz, pero entregar a mi hermana a ese bárbaro sería pedir
mucho. Y

nunca lo habría hecho si no estuviera seguro de que pudiera haceros feliz. El


bandido habría tenido dificultades para demostrármelo -la apretó una vez más y
le besó la parte superior de la cabeza-. Olvidaos de él, Rosie-lin. No os merece.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-Lo intentaré -le prometió-. ¿Y Cliff? -la miró-. Gracias por no tratar de hacerme
odiarlo.

Su boca se alzó:- Demonios, si yo pensara que funcionaría, lo habría hecho. Pero


sospecho que la batalla se había perdido hacía años.

-¿Qué queréis decir?- Él arqueó una ceja y la sostuvo. La sangre se desvaneció


lentamente de su rostro cuando la verdad amaneció-. ¿Lo sabíais?

Se encogió de hombros.

-No de inmediato. Fueron los guardias quienes lo entregaron. Sabía que tenía
que haber una razón por la que Boyd no los mató. Dios lo sabía, tenía todas las
razones para hacerlo, así que sospeché que alguien lo había ayudado. Por la
forma en que vuestra respiración se detenía y la sangre huía de vuestro rostro
cada vez que se mencionaba el asunto, no tardé mucho en darme cuenta de quién
podría haber sido.

-¿Por qué nunca dijiste nada? Debisteis estar tan enfadado conmigo por
traicionaros.

-En verdad, me sentí un poco aliviado -su mandíbula se endureció como si fuera
algo desagradable-. Se igualó la puntuación.

Rosalin se sorprendió cuando se dio cuenta de lo que decía:- ¿Los engañasteis


para que se rindieran, Cliff? Me negué a creerlo de vos.

-Yo no, al menos, no intencionalmente. El rey no me dijo lo que había planeado.


Dije que la reunión se celebraría bajo tregua sin saber que serían arrestados. No
habrían sido capaces de aguantar mucho más tiempo y el resultado habría sido el
mismo, pero no me gustó que se hubiera hecho a expensas de mi honor. Me
avergonzaba de lo que se había hecho, pero tenía que cumplir con mi deber -
sonrió torpemente-. Me habéis salvado de tener que tomar una decisión que no
quise tomar.

Rosalin estaba aturdida:- No puedo creer que lo supierais durante todos estos
años y nunca dijerais nada.

-Sospeché por qué lo hicisteis y esperaba que lo olvidaríais -sonrió tristemente-.

Supongo que no funcionó muy bien, ¿verdad?

Ella sacudió la cabeza, la emoción se balanceó en su garganta de nuevo:- ¿Qué


voy a hacer, Cliff?

-No lo sé, pequeña, pero lo averiguaremos. Todo va a estar bien.

Si sólo pudiera creerle.

Cuando las dos mil libras llegaron de Clifford una semana después de que
Rosalin y Seton se fueran, Robbie se preguntó si su desesperado plan podría
tener alguna posibilidad de funcionar. Clifford podría haber renunciado a la
tregua, pero no lo había hecho. Que la carta de acuerdo a reunirse había llegado
un día demasiado tarde tenía que significar algo.
Robbie viajó hacia el norte a Dundee con Fraser y un puñado de otros hombres
para llevar a Bruce la moneda tan necesaria, pero también para hablar con
MacLeod. Si su plan iba a funcionar, iba a necesitar la ayuda de sus hermanos.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

No informó al rey de sus intenciones, sospechando que Bruce no estaría de


acuerdo.

Pero las misiones no autorizadas con esposas (o con Dios, futuras esposas) eran
poco comunes para los guardias. El propio MacLeod había ordenado que uno
rescatara a su esposa al comienzo de la guerra, así que Robbie esperaba una
oreja comprensiva.

Sin embargo, le había llevado unos días convencer al jefe de la Guardia de los
Highlanders de que estuviera de acuerdo. Pero una semana después de su llegada
a Dundee, Robbie y los otros nueve guardias estaban de pie en el bosque, cerca
del Castillo de Berwick, repasando los últimos detalles de su plan. En realidad,
estaba repasando los detalles, y estaban haciendo todo lo posible para
convencerlo de que no lo hiciera.

-Es un suicidio, Ariete -dijo Lachlan MacRuairi -sólo porque hemos logrado
salir de allí antes no significa que podramos hacerlo de nuevo. Me tomó más de
dos años liberar a mi esposa de ese infierno... con un fracaso que casi nos
capturó. Si sois encarcelado no hay garantía de un rescate. He estado en esa
cárcel, y creedme, no querréis pasar mucho tiempo allí.

Robbie recordaba, y si había alguien en la Guardia que supiera entrar y salir de


lugares peligrosos, era MacRuairi.

-No va a llegar a eso.

Eso espero.

Eoin MacLean, el estratega del grupo, lo miró fijamente:- Así que este es vuestro
plan: entrar en el Castillo de Berwick, pedir ver a Clifford, decirle que queréis
casarte con su hermana, y, ¿esperar que no os lance a la cárcel u os cuelgue con
la cuerda más cercana?
-Suena bien.

-Debéis estar malditamente loco -dijo MacLean con disgusto.

-Eso ya lo habéis dicho antes -dijo Robbie-. Todos vosotros. Pero sé lo que estoy
haciendo.

Estaba haciendo lo único que podía para intentar recuperar a Rosalin. Iba a
demostrarle que confiaba en ella.

Mi hermano me ama y hará cualquier cosa para ver mi felicidad.

Robbie esperaba que no hubiera estado exagerando, porque sospechaba que esto
iba a poner "cualquier cosa" a prueba. Por segunda vez, su vida iba a estar en las
manos de Clifford. Aunque esta vez se estaba poniendo allí el mismo.

Diablos, tal vez estaba enloquecido.

Erik MacSorley, que lo había estado aguijoneando durante la mayor parte de la


semana, sonrió.

-No os tomé por ese tipo de gran gesto, Ariete. Pero si esto no funciona, os
llevaré a Londres. He oído que el rey Eduardo tiene un par de hermanas, y con
vuestra

inclinación por las inglesas...

Robbie le dijo lo que podía hacer con su barco, y el gran jefe de la Isla
Occidental -que parecía más vikingo que escocés- rio. Pero por una vez, Robbie
no se molestó en ser la

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

culata de sus bromas. La alegre broma de MacSorley alivió algo de la pesadez


que pesaba sobre todos ellos en la traición de Seton.

A diferencia de Robbie, los otros Guardias se habían quedado atónitos.


Demonios, él también estaba aturdido, pero no quería admitirlo. Todos sabían
que Seton luchaba a veces con la guerra secreta y los aspectos menos
caballerescos de esta guerra. También sabían que él y Robbie nunca se habían
llevado bien, pero nadie se había dado cuenta de lo mal que se había convertido.

Todos habían tomado el golpe personalmente. La pérdida de William Gordon


seguía siendo una herida abierta. Aunque las circunstancias eran muy diferentes
(Gordon había muerto en una explosión mientras estaba en una misión), la
sensación de pérdida era la misma. Las circunstancias los habían hecho tan
cercanos como hermanos... más

cercanos... y todos sentían la ausencia de uno de los suyos.

Nadie había dicho nada, pero Robbie intuyó que algunos de los otros -
Sutherland, MacKay, MacLean y Lamont, que estaban más cerca de Seton- le
echaron la culpa.

Probablemente, con razón. Pero no cambió el hecho de que Seton los había
traicionado.

-¿Y si no está allí? -preguntó Sutherland.

Robbie no quería pensar en eso. Era uno (de muchos) de los puntos débiles de su
plan.

Era muy probable que Clifford la hubiera puesto en el primer barco rumbo a
Londres.

-Lo estará -dijo Robbie con más certidumbre de lo que sentía-. Y si no, espero
que tengáis mucha pólvora.

Aunque no era tan experimentado como Gordon había practicado con el polvo
negro, Sutherland había llegado a ser lo suficientemente experimentado como
para

proporcionar distracciones cuando la Guardia las necesitaba.

El más nuevo miembro de la Guardia de los Highlanders le dirigió una mirada

penetrante.
-Sí, aunque preferiría no tener que usarlo.

-Yo también -dijo Robbie secamente-. Es hora de irse.

-Os daremos veinticuatro horas, Ariete -dijo MacLeod-. Si no venís mañana por
la noche, iremos a buscarte."

Robbie asintió con la cabeza. Había intentado convencerlos de un rescate, pero


era la condición en que MacLeod había accedido.

MacRuairi, que había tenido casi tantos problemas con Seton como Robbie, le
dirigió una mirada dura.

-Si veis a Seton le dices que vaya al infierno, antes de meter una de sus malditas
puñaladas en su espalda como nos hizo el…

Robbie no sabía qué haría si se enfrentara cara a cara con su ex compañero, pero
no sería bonita:- Voy a transmitir el mensaje.

Dejó el bosque a pie y sin su armadura y sus armas, esperando que los necesitara
para pelear fuera de aquí más tarde. Treinta minutos más tarde, después de dar su
nombre al guardia de la puerta, la confianza de Robbie en Rosalin fue puesta a
prueba.

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Capítulo 27

La ironía funcionó de maneras misteriosas. Dos días después de su conversación


con Cliff en su cámara, Rosalin había decidido mantenerse ocupada ayudando a
las monjas en el hospital en el Priorato de Santa María. En el primer día, no
conocía a ninguna dos mujeres jóvenes que estaban ocupándose de los niños.
Una había sido abandonada por el hombre que pensaba que tenía la intención de
casarse con ella, la otra había sido violada cuando los rebeldes atacaron su aldea.

Rosalin discutió con la abadesa la posibilidad de establecer un hogar especial


para las mujeres que se encontraban en tales circunstancias. La abadesa fue
inmediatamente favorable a la idea. La necesidad era grande, pero el hospital
estaba equipado para los viajeros y los enfermos, no como un santuario para las
mujeres con niños. Con el patrocinio de Rosalin y el apoyo financiero de su
hermano, el priorato tendría un lugar para enviarlos.

La ironía surgió unos días después, cuando Rosalin se dio cuenta de que había
perdido su menstruación por primera vez en los ocho años desde que la había
iniciado. Si no fuera por su hermano, tal vez necesitara una de esas camas. No es
que le gustara informar a Cliff de su condición. Ya no habría ninguna pregunta -
si hubiera tenido- de lo que había sucedido entre ella y Robbie.

Una vez que ella superó el shock inmediato y el temor de lo que significaba-
sería desgraciada y una ramera a los ojos de la Iglesia- ella sintió un pequeño
rayo de felicidad encendiendo en la oscuridad de su desesperación por perder a
Robbie. Un bebé Su niño. Después de todo, le había dado una familia. Alguien
que la necesitaba por amor y protección. Tal vez no fuera la familia con la que
había soñado, pero sabía mejor que nadie que podían hacerlo. Ella iba a amar a
este bebé con todo su corazón y sería feliz.

Casi dos semanas después de que ella llegó a Berwick, Rosalin estaba en el
hospital, ultimando los detalles con la abadesa y tratando de averiguar cómo iba
a contarle a Cliff sobre su situación sin tener que enviar un ejército para matar a
Robbie, cuando ella escuchó el primer susurro.

Capturado.

No le hizo caso hasta que una hora más tarde, oyó otro . "Ejecutor del
Demonio", dijo una de las enfermeras.

Rosalin se quedó inmóvil. Tratando de conservar la mayor dignidad posible -


aunque claramente había estado escuchando a escondidas-, le preguntó a la
mujer:

-¿Habéis dicho algo sobre el Ejecutor del Diablo?

-¿No habéis oído, mi lady? -preguntó a la joven principiante-. Han capturado a


Robbie Boyd -su corazón se detuvo y se hundió al mismo tiempo.

-¿Quién lo ha capturado?

La muchacha le dirigió una extraña mirada:- Pues, vuestro hermano, mi señora.


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Rosalin apenas oyó la última palabra. Ya estaba por la puerta de regreso al


castillo. En el momento en que irrumpió en la cámara de su hermano, estaba sin
aliento, sonrojada, y su frente humedecida por la transpiración.

-Decidme que no es verdad.

Cliff alzó la cabeza del documento que estaba estudiando y suspiró.

-Supongo que lo habéis oído.

-¿Es cierto? ¿Lo habéis capturado?

-No exactamente.

-¿Qué queréis decir con no exactamente? ¿Está aquí o no?

-Está aquí, pero yo no lo capturé. El bast... hombre -corrigió- entró aquí por su
propia voluntad.

-¿Él hizo qué? -gritó incrédula.

Su hermano sacudió la cabeza:- Entró aquí pidiendo verme.

-¿Y qué dijo?

-No lo sé. Pensé en darle algún tiempo para pensarlo un rato.

Rosalin entrecerró los ojos:- ¿Y dónde está haciendo eso, precisamente?

Como si no lo supiera. Cliff podía ser tan despiadado como los "bandidos" de los
que se quejaba.

-En la cárcel.

-¡Cárcel! ¿Cómo pudisteis?

Su boca se endureció:- Tiene suerte de que no lo hayan atado por los cojones por
lo que os hizo. Una noche en la cárcel no lo matará. Desafortunadamente.

-Quiero verlo -viendo su expresión, agregó-. Y no penséis en negaros.

-No soñaría con eso -dijo con sarcasmo-. ¿Por qué no querría a mi hermanita
lejos del alcance de uno de los hombres más peligrosos de Escocia? -lo miró
fijamente hasta que cedió-. Muy bien, lo haré traer a la sala de guardia. Pero os
lo advierto, Rosalin, no estoy haciendo promesas. He esperado demasiado
tiempo para este día.

¿Qué hora era?

Robbie parpadeó en la oscuridad negra, preguntándose por la sabiduría de su


plan.

Había anticipado la posibilidad de pasar algún tiempo en la cárcel de Berwick.


Sólo esperaba hablar con Clifford antes de ser tirado sin ceremonias en un
agujero.

Mientras estaba solo, suponía que significaba que Seton los había convencido de
su seriedad. Su boca se endureció, sin querer pensar en su ex compañero.

¿Cuánto tiempo le quedaba? No tenía manera de saberlo sin la ayuda de la luz


del día, pero sólo sospechaba una o dos horas como máximo. Si la curiosidad de
Clifford no le

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salía nada mejor pronto, los hermanos de Robbie en la Guardia de los


Highlanders estarían aquí para sacarlo antes de que él tuviera la oportunidad de
defender su caso.

Suponiendo que pudieran sacarlo.

Al menos sabrían dónde encontrarlo, pensó irónicamente. MacRuairi estaba

íntimamente familiarizado con el lugar, habiendo pasado algún tiempo aquí unos
años atrás después de ayudar a liberar a su ahora esposa del cautiverio.
Robbie estaba más aliviado de lo que quería admitir cuando oyó a alguien abrir
el pestillo. Unos momentos más tarde, la puerta fue echada hacia atrás y una
cuerda bajó.

Con sus heridas, le tomó más tiempo de lo que debería tener que levantarse hasta
los diez pies o más hasta la cima.

Las esposas encadenadas fueron golpeadas alrededor de su muñeca por dos


soldados siniestra pero silenciosa en el momento en que se encontraba fuera de
la abertura. Sin explicación, fue arrastrado fuera de la pequeña antesala, a través
de otra habitación, y empujó a través de una entrada arqueada hacia lo que
parecía ser la guardia de la puerta principal.

Oyó un jadeo familiar en el momento en que tropezó y sacudió la cabeza con


sorpresa.

¡Rosalin! Sus ojos se encontraron y todo el miedo, todo el anhelo, todo el amor
que tenía por ella lo golpeó con la fuerza de un rayo.

Un momento después, cuando miró a su derecha con un ceño fruncido, la


expresión de Robbie se endureció al darse cuenta de la otra persona en la
habitación.

-¿Qué le hicisteis? -preguntó a su hermano.

Clifford -el bastardo- se encogió de hombros con una sonrisa que no se molestó
en ocultar.

-Algunos de mis hombres fueron un poco exagerados cuando se identificó en la


puerta anoche. Después de lo que ha hecho, debería considerarse afortunado.

-Idos al infierno, Clifford.

-Si alguien va allí pronto, no seré yo. No soy el que tiene grilletes.

Rosalin frunció el ceño:- Quitadle eso, Cliff. Os dije que no me haría daño.

Clifford encontró su mirada. Ambos sabían que las cadenas no eran para su
protección.
-No lo creo -dijo el otro-. Vamos a escuchar lo que tiene que decir primero.

Rosalin dio un paso hacia él. Parecía tan bella que le quitaba el aliento. Pero
había una fragilidad para ella en la palidez de sus mejillas y sombras oscuras
debajo de sus ojos que no habían estado allí antes, y cualquier castigo que
Clifford pudiera haber tenido no podía compararse con la culpa que sentía
sabiendo que había sido el responsable de ponerlo allí.

Medio esperaba que ella se precipitara en sus brazos y le dijera que lo había
extrañado.

Pero no lo hizo, y no tenía derecho a esperarlo. No después de su última


separación. Por una vez, los ojos expresivos que siempre habían parecido una
ventana a sus

pensamientos se le cerraron.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

No podía haberla perdido. No lo toleraría. Le había dado su corazón, y no iba a


dejar que se lo devolviera.

-¿Qué queréis, Robbie? -preguntó ella.

-A vos.

Clifford hizo un gruñido bajo y dio un paso amenazador hacia él, pero Rosalin lo
atrapó por el brazo.

-Por favor, Cliff. Quiero escuchar lo que tiene que decir.

Clifford le dio una larga mirada antes de retroceder.

-Será mejor que sea bueno.

Robbie lo ignoró y miró a Rosalin. Habría preferido decir esto sin audiencia,
pero suponía que debería estar contento de que pudiera hablar con ella. Había
esperado tener que presentar su caso ante Clifford.
-Lo siento. Debería haber confiado en vos. Cometí un error, y estoy aquí para
tratar de hacerlo bien.

Se volvió hacia Clifford y apretó la mandíbula:- Quiero casarme con vuestra


hermana.

-No.

Robbie apretó los dientes. El bastardo estaba disfrutando de esto.

-Rosalin dijo que haríais cualquier cosa para hacerla feliz. Me pidió que confiar
en ella.

Lo estoy haciendo. Es por eso que estoy aquí -hizo un sonido, y se volvió para
ver que sus ojos se ensancharon con sorpresa, y luego lentamente comenzó a
brillar con lo que él esperaba que fuera el primer vislumbre de perdón. Se volvió
hacia Clifford-. ¿Estaba equivocada?"

Clifford se volvió hacia Rosalin:- La cruz de Cristo, Rosie-lin, ¿por qué le


dijisteis eso?

-Nunca pensé que haría algo tan temerario.

-O romántico -dijo Robbie. No estaba seguro de si lo oyó.

-Le di mi palabra -le dijo a su hermano.

Clifford hizo una mueca y luego miró a Robbie:- No estaba equivocada.


Simplemente no creo que podáis hacerla feliz.

Cruzó los brazos y le dedicó a Robbie una sonrisa de complacencia, como si le


desafiara a convencerlo. Robbie apretó los puños. Sintió las esposas tensas
alrededor de sus muñecas y pensó que probablemente era inteligente que
Clifford lo hubiera mantenido encadenado. Pero una mirada a Rosalin le quitó
las ganas de pelea. Si iban a tener alguna posibilidad, él y su hermano tendrían
que encontrar alguna manera de poner años y años de odio detrás de ellos.

Él respiró profundamente:- No sé si puedo, pero la amo, y os juro que pasaré


cada minuto de mi vida tratando de hacerlo... aunque eso signifique dejar a un
lado nuestra enemistad. Ella os ama, y no haré nada para impedirlo. La
protegisteis y cuidasteis cuando otros en vuestra posición no lo hubieran hecho,
y por eso merecéis crédito.

Su mirada se encontró con la de Rosalin.

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>- Quiero que seáis mi esposa porque os amo, no tiene nada que ver con él ni
con la venganza. Nunca lo hizo. Yo estaba demasiado ciego para verlo. Si
queréis pasar los cincuenta años siguientes cantando sus malditas alabanzas, lo
escucharé. Puede que no esté de acuerdo, pero escucharé. Nuestros hijos lo
llamarán tío.

-Oh, Robbie -algo agudo y tierno brilló en sus ojos, y al instante siguiente estaba
en sus brazos, o al menos en sus brazos como podía con las cadenas. La
sensación de su suave y cálida presión contra su pecho liberó algo dentro de él.
Se sentía como si una presa se hubiera roto, y todo el miedo, todo el anhelo, todo
el amor que tenía por ella salió corriendo.

Se metió la cabeza satinada bajo la barbilla, se apretó los labios en el pelo y dejó
que el cálido perfume de las rosas lo cubriera.

Había tanto que quería decir, pero la emoción era demasiado gruesa en su
garganta.

Clifford emitió un agudo sonido burlón:- Todavía no estoy del todo convencido.

Rosalin se desprendió de su pecho para encender a su hermano:- Cliff, ¿qué más


queréis de él? Puso su vida en vuestras manos porque confió en mí, y yo no
tendré...

Clifford levantó la mano, cortándola:- Tengo algunas condiciones.

Rosalin entrecerró los ojos con desconfianza:- ¿Qué clase de condiciones?

La mirada de Clifford se suavizó. Y en ese momento Robbie supo que había


ganado.
Tenía razón: su hermano la amaba más que odiaba a Robbie. Él quería su
felicidad, aunque fuera con el hombre que había estado tratando de capturar
durante años.

-Que prometa llevaros a Inglaterra tan a menudo como queráis. Quiero que mis
hijos conozcan a su tía, y necesito ver por mí mismo que cumple su promesa -
Rosalin se volvió hacia Robbie.

-Estoy de acuerdo. Siempre que se pueda hacerlo sin poner a Rosalin en peligro -

Clifford asintió con la cabeza-. ¿Qué más? -preguntó Robbie.

-Nombraréis a vuestro primogénito Clifford.

Robbie se quedó inmóvil. Miró al otro hombre como si estuviera loco. Rosalin
rio y le dio un codazo en las costillas.

-Está bromeando contigo, Robbie -cristo, probablemente había dañado su


corazón permanentemente, se había detenido por tanto tiempo.

Clifford sonrió:- Como parece que voy a tener que sufrir la humillación de
dejaros escaparte de nuevo, vuestra reputación va a sufrir también. Sea cual sea
la historia que se me ocurra decirle a Eduardo, no vais a disputarlo.

-¿Sospecho que voy a jugar al villano cobarde en esta historia? -el otro hombre
sonrió.

-Por supuesto.

Robbie juró:- De acuerdo. Dudo que mi reputación pueda volverse más oscura.

-No apostaría por ello.

Rosalin frunció el ceño a su hermano:- El secuestro de la novia debería ser


suficiente, Cliff. No lo embellezcáis.

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Él hizo una mueca, pero no discutió.


-¿Supongo que podéis encontrar la salida? -Robbie asintió con la cabeza.
Debería tener pronto ayuda-. Sí.

-Entonces, aprovechad el tiempo que os voy a dar -se volvió hacia Rosalin-.
Dadme un abrazo, cariño.

Rosalin fue en sus brazos, y Robbie sintió que su pecho se apretaba mientras los
miraba.

El vínculo entre los dos hermanos era fuerte, y juró que haría todo lo posible por
no volver a interferir con eso.

Por mucho que lo matara.

Después de un largo momento, Clifford la dejó ir. Le dio a Robbie una mirada
más.

-La herís otra vez y ni siquiera los fantasmas de Bruce podrán protegeros.

A pesar de la ironía de esa amenaza particular, Robbie lo creyó. Un momento


después la puerta se cerró detrás de él.

Rosalin se había apoderado de la emoción desde el primer momento en que


había sido empujado a la habitación. Había tomado todo lo que ella no tenía para
correr hacia él, especialmente cuando había visto el daño infligido por los
soldados de su hermano.

Entonces, dándose cuenta de que se había rendido para demostrar su confianza


por ella... era demasiado. Pero el punto de ruptura, el momento en que ella sabía
que realmente la amaba, era cuando él había jurado dejarla hablar de Cliff,
incluso aludiendo a los niños que no sabía que iban a tener.

Cruzó la habitación y le puso la mano en la mejilla:- Vuestro pobre rostro.

Él sonrió:- Voy a dejar que te preocupe por mí todo lo que quieras, una vez que
estamos fuera de aquí. Pero primero…

Él deslizó sus manos sobre sus caderas y la trajo contra él. Al momento siguiente
su boca estaba sobre la suya y la besaba con pasión que bordeaba la
desesperación. Ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello y aplastó su
cuerpo contra el suyo, necesitando sentir su calor y fuerza.

Él gimió, besándola más profundamente, barriendo su lengua en su boca con


largas y voraces empujones. Su cuerpo se encendía con el calor, su piel se
dibujaba apretada y espinosa, sus pezones se endurecían y la humedad se
acumulaba entre sus piernas en un charco de necesidad fundida. Él tomó su
trasero, sosteniéndola contra su dureza. El deseo se volvió abrumador. Su cuerpo
comenzó a moverse contra el suyo, buscando el alivio dulce de la fricción.

Se desgarró con un juramento:- Dios, me estáis matando. Pero tenemos que estar
listos, y dudo que vuestro hermano nos haya dejado aquí para poder llevaros a su
guardia con estos -levantó las muñecas encadenadas y esposadas.

-¿Listos para qué?

-Lo sabrás cuando lo escuchéis. ¿Qué hora es?

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Ella lo miró con curiosidad:- No lo sé. Era cerca del atardecer cuando entré.
Ellos estarán llamando para vísperas pronto, me imagino. Me olvidé de las
esposas. ¿Cómo vamos a salir de aquí con las manos encadenadas?

Sonrió, pisó la cadena con los pies y se detuvo hasta que sus músculos parecían
tensos hasta el punto de romperse, pero fue el hierro el que se rompió. Había
roto la cadena en dos. Se rio de su expresión.

-Es un pequeño truco que aprendí para impresionar a las muchachas -Rosalin ni
siquiera iba a comentar sobre eso-. Pero tendremos ayuda.

-¿Los otros fantasmas?

Su expresión quedó completamente inmóvil. Él sólo la miró fijamente.

-¿No creíais que me daría cuenta? -negó con la cabeza-. Realmente, Robbie, no
soy ciega. Os he visto pelear. He visto las marcas y el timón demoníaco. Escuché
a Sir Alex llamaros Ariete una vez. Pensé que era vuestro nombre de guerra. Por
cierto, muy apropiado.
Todavía estaba aturdido:- ¿Cuánto tiempo hace que lo sabéis?

-Un rato. Sir Alex me dijo que no debería deciros que lo sabía.

Su expresión se oscureció:- El traidor bastardo probablemente esperaba que le


dijerais a vuestro hermano. Dios sabe que no será un secreto mucho más."

Por su expresión, pudo darse cuenta de que había tomado la deserción de Sir
Alex aún más de lo que había previsto.

-No os traicionó, Robbie. Simplemente dejó de creer en las mismas cosas.


Guardará vuestros secretos, tal como yo los guardaré.

-Hay otras maneras…

-¿Os referís al tatuaje? No hay que temer el descubrimiento de esa marca. Lo


sacó... o lo borró, de veras.

La información no tenía el efecto que ella esperaba. En lugar de apaciguar sus


temores de traición, sólo parecía hacer la traición peor. Como si las marcas
fueran una especie de enlace sagrado con el que Alex acababa de cortar un
cuchillo.

-Está en Londres -dijo, sabiendo que sería demasiado orgulloso como para
preguntar.

La amargura estaba demasiado cruda en este momento, pero esperaba que a lo


largo de los años lo ayudara a comprender y aceptar lo que Sir Alex había hecho.
Años…

-¿Qué queríais decir, Robbie?

-¿Qué parte, mo ghrá? -deslizó sus manos alrededor de su cintura de nuevo y la


atrajo fuertemente. Su voz se hizo ronca-. ¿Que os amo? Sí, lo decía en serio. Y
tengo la intención de hacer todo lo posible para demostrároslo hasta que no
tengái que preguntar de nuevo. Teníais razón, os necesito. No me di cuenta de
cuánto hasta que llegué a ese pueblo y sabía lo cerca que había llegado a cometer
un error horrible y me di cuenta de lo lejos que me había alejado del hombre que
solía ser. Voy a ser ese hombre de nuevo, Rosalin. Y si lo olvido, vos estaréis allí
para recordármelo.
Mónica McCarty Ariete

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Ella sonrió, lágrimas de felicidad llenando sus ojos:- Os creo. Debéis amarme si
aceptaste cantar las alabanzas de Cliff. Puedo ser muy pesada, sabéis.

Él se estremeció, obteniendo esa mirada amarga-desagradable en su boca:- Y


cuando lo felicitabáis, no lo dudaba. ¡Infiernos!

Ella rio:- Ojalá pudierais haber visto vuestra cara cuando dijo que tendríais que
nombrar a nuestro hijo Cliff. Aunque tiene un buen fondo.

Rodó los ojos con un gemido:- Cristo, Rosalin, ni siquiera os burléis de ello.
Todavía no me he recuperado.

Ella tomó su mano y la puso en su estómago.

-Supongo que tenemos cerca de nueve meses para decidirlo.

Robbie era un hombre excepcionalmente inteligente, pero le tomó un minuto


darse cuenta de lo que quería decir. Su cara perdió cada gota de color. Él la miró
con algo parecido a horror en sus ojos. Entonces su cara se arrugó. Si alguna vez
había dudado de su capacidad para sentir emoción, nunca volvería a hacerlo.
Parecía un hombre que había sido destrozado. Él la abrazó fuertemente, y ella
podía sentir su pecho tembloroso.

-Lo siento. Oh Cristo, lo siento. Nunca pensé... debería haberlo pensado.


Habríais pagado el precio, y podría haberos perdido a los dos.

Sabía cómo funcionaba su mente, y probablemente lo estaba torciendo de alguna


manera para pensar en su hermana. Puso los dedos en su boca para evitar que
dijera nada más.

-Os amo, Robbie. No es lo mismo. Y vinisteis a tiempo. De manera bastante


dramática, podría añadir -saltó cuando oyó un sonido como un trueno.

-Esa es nuestra señal -dijo, tomando su mano-. Hora de irse.

Cliff había cuidado de los soldados en la puerta. El humo estaba por todas partes
y la gente corría por toda la patio. Era increíblemente fácil deslizarse por los
edificios sin ser notado en el caos. Cerca de la cárcel, Robbie soltó un silbido
agudo, y dos hombres aparecieron un momento después.

Aunque había visto a Robbie con su traje de fantasma antes, la visión de dos
guerreros gigantes en esas máscaras nasales de aspecto sin rostro la sobresaltó.

-Está bien, mo ghrá. Ellos son amigos.

-Veo que vuestro maldito plan funcionó -dijo uno de los hombres con sequedad,
y luego se inclinó ante ella-. Mi señora.

Robbie la abrazó de manera posesiva:- Sí, jefe.

Rosalin le dirigió una sonrisa secreta:- Pensé que fue bastante romántico.

-Chica inteligente, dijo Robbie con una sonrisa.

-Será mejor que vayamos -dijo el segundo guerrero-. Esta no es la primera vez
que usamos esta distracción en particular, y no queremos retrasar nuestra
bienvenida. Es mejor que no me hagáis entrar en ese maldito agujero de nuevo.

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Robbie hizo una mueca de dolor. -"Sí, bueno, tuve la oportunidad de probar los
mejores alojamientos de Berwick durante la mayor parte de las últimas
veinticuatro horas. Puedo ver por qué no estás ansioso por volver. Necesitaré
ayuda con éstos" -dijo, levantando las manos-.

El segundo hombre sacó algo del sporran que llevaba en la cintura, y en


segundos las manillas de hierro cayeron al suelo.

Se dirigieron a la puerta de atrás, donde los esperaban otros cuatro fantasmas.


Los hombres intercambiaron algunos gestos y Robbie sacudió la cabeza. Unos
minutos más tarde, Rosalin comprendió por qué, cuando los dos hombres que se
habían quedado para vigilar la puerta fueron golpeados por golpes duros en sus
yelmos con la empuñadura de una espada en lugar de matarlos. Unos momentos
después, la llevaron a un birlinn que esperaba.
Le ayudó otro hombre que llevaba un arco sobre su hombro.

-Así que esta es vuestra inglesa -dijo con un silbido de agradecimiento.

Robbie arrancó los dedos con fuerza de la mano del otro hombre.

-Manteneos lejos de ella, Arquero. Lo digo en serio. Esa cara vuestra no se verá
tan bonita cuando haya terminado.

Rosalin se sorprendió cuando el otro respondió entre dientes:- Tendré mucha


suerte -se sentaron en uno de los cofres de madera cerca de la parte trasera del
barco.

En total, incluyendo a Robbie, hacían diez figuras sombrías. Cada uno eran
grandes, musculosos y amenazadores. De hecho, si Robbie no le sujetara
firmemente a su cintura, estaría aterrorizada.

El hombre que sostenía las cuerdas que controlaban la vela miró a Robbie. Él
sonrió, sus dientes relucientes a la luz de la luna.

-Me alegro de que podáis acompañarnos, sir Robert.

-Cállate, Halcón y navegad. Sacadnos de aquí -dijo Robbie, pero había algo en
su voz que parecía vergüenza.

Ella lo miró con las cejas juntas:- ¿Sir Robert?

Sí, se veía incómodo. Extrañamente incómodo, al igual que Roger cuanto tuvo
que hablar de la chica de Norham.

-No es nada -esperó pacientemente.

-Fue una idea estúpida.

Ella siguió esperando. Como sospechaba que tenían un largo paseo en bote por
delante de ellos, tenía toda la noche. Él suspiró. Estaba tratando de pensar en
maneras de demostrarte lo que sentía. Sus ojos se encontraron en la oscuridad.

-El rey se ha ofrecido nombrarme caballero durante años. Finalmente acepté.

Por ella. Había hecho eso por ella. Sabía lo que sentía por los códigos
caballerescos y la caballería, pero quería mostrarle que seguía siendo el joven
guerrero que recordaba. No necesitaba las espuelas de un caballero para
demostrarlo, pero se movió, no obstante.

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-Oh Robbie, eso es muy dulce.

Le agarró la barbilla, echó la cabeza hacia atrás y colocó un beso tierno y casi
reverente en sus labios. A pesar del aire fresco del mar, una oleada de calor se
elevó dentro de ella. Pero al parecer, había hablado demasiado alto.

-Oh -dijo el capitán detrás de ellos-. Eso es muy dulce, Ariete -Robbie juró.

-¿Qué pasa? -preguntó.

-Nunca dejará pasar esto.

-¿Eso es tan malo?

-No tenéis ni idea -negó con la cabeza-. Pero vale la pena. Lo valéis, Si puedo
hacer las paces con vuestro hermano, puedo soportar el asno por unas horas. No
hay nada que yo no haría por vos. Cualquier cosa.

Rosalin no pudo resistirse a burlarse de él una vez más.

-Clifford Boyd. Suena bastante bien, ¿no creéis?

Él se estremeció, y luego la besó directamente en su boca.

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Epílogo

Kilmarnock, Ayrshire, Dean Castle, Día de Todos los Santos, 1 de noviembre de


1312
Rosalin había jurado que no gritaría, pero el dolor apuñalador le tomó por
sorpresa.

¿Cómo podía algo tan maravilloso doler tanto?

El sonido se desgarró de sus pulmones, y no había nada que pudiera hacer para
detenerla.

Estaba sucediendo mucho más rápido de lo que ella esperaba. Demasiado rápido.
Ella quería desesperadamente que Robbie estuviera aquí. Pero estaba fuera en
una misión, y

"Cliffy", como llamaba a su hijo que estaba por nacer, había decidido hacer su
aparición algunas semanas antes. Un mensajero había sido enviado a Douglas
cuando sus

primeros calambres habían comenzado anoche, pero Rosalin no sabía si llegaría


su marido a tiempo.

Los últimos meses de matrimonio le habían traído más alegría de lo que ella
podría haber imaginado. El rey le había dado a Robbie un terreno y una antigua
casa de torre en Kilmarnock para su fiel servicio, y se quedaron allí tanto como
podían cuando no estaban en uno de los castillos reales con Bruce y los otros
fantasmas. Todavía los llamaba así, aunque sabía que se referían a sí mismos
como la Guardia de los

Highlanders.

Se había acercado a las otras esposas. Había algo sobre el secreto y el peligro de
las misiones que sus maridos emprendieron, que crearon un vínculo especial
entre ellos.

Ellas estaban unidas en el miedo cuando se iban, y en alivio cuando regresaban.

Pero la mujer a la que se había acercado era Helen MacKay, antes Sutherland.
Cuando

"Ángel" no acompañaba a los fantasmas en una misión, pasaba la mayor parte de


su tiempo en la abadía cercana en Ayrshire con Rosalin, ayudando a establecer el
refugio que había establecido para las mujeres solteras que estaban con niños. La
habilidad de Helen como curandero les hacía ser un equipo natural.

Era Helen quien la cuidaba ahora. Y Helen a quien ella expresó sus temores.

-¿Lo hará a tiempo?

La otra mujer le apretó la mano:- El bebé estará aquí cuando esté listo. No sé si
su padre llegará a tiempo o no. Pero todo irá bien; solo sigue respirando.

Las lágrimas brotaron a sus ojos.

-Lo quiero aquí -parecía una niña petulante, pero no podía evitarlo.
Egoístamente, lo necesitaba. Necesitaba su fuerza para hacerla pasar por esto. La
parte más difícil de casarse con un guerrero era el tiempo que pasaba lejos. No
que lo cambiara por el mundo. Estaba tan orgullosa de Robbie. Era todavía más
bandido que caballero, pero el odio y la venganza ya no lo empujaban.

-Yo sé que queréis. Estará aquí si es humanamente posible, o supra


humanamente posible, si lo conozco bien. Pero me dejó aquí para cuidaros -
Helen sonrió-. Aunque cuidaros probablemente no sea la palabra correcta.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

-¿Os lo ordeno? -Rosalin se las arregló entre respiraciones doloridas.

-Sí, eso está mejor.

El rostro de Rosalin se ensombreció de preocupación:- DeberíaIs estar allí con


ellos.

¿Qué pasaría si algo le sucediera a uno de los guardias y Helen no estaba allí?
Rosalin nunca se LO perdonaría a sí misma.

Helen alzó una ceja. -¿Creéis que vuestro esposo les sería de utilidad si no
estuviera con vos? Los mataría a todos, y por eso insistieron en que me quedara
aquí con vos.

Además, tengo un secreto -sonrió conspiratoriamente-. No voy a ir en muchas


misiones durante los próximos nueve meses más o menos.

Rosalin abrió mucho los ojos:- Oh Helen, ¿un niño? ¡Eso es maravilloso! -logró
abrazar a su amiga por un momento antes de que otro dolor se apoderara.
Todavía respiraba con dificultad cuando preguntó-. ¿Así que Magnus finalmente
os convenció?

Helen sonrió:- Ha sido paciente. Más paciente que la mayoría de los hombres
habrían sido. Hemos estado casados por más de tres años. Pero, no, no fue
Magnus. Estaba viendo a todos los niños en Dunstaffnage durante Beltane -se
encogió de hombros-. Me di cuenta de que estaba lista. Amo mi trabajo, pero
quiero ser madre, también. Espero poder hacer ambas cosas. Si esperaba a que
terminara la guerra, podría ser una anciana.

Bruce estaba aumentando lentamente su dominio del trono, pero aún estaban
esperando la batalla decisiva.

-Por supuesto que podéis hacer las dos cosas -dijo Rosalin-. Estoy tan feliz por
vos -

Pero entonces otro dolor la estrelló y su cara se contorsionó en una mueca.


Cuando finalmente había pasado, añadió-. Aunque después de ver esto tantas
veces, es difícil creer que alguna vez me pondría a través de ello.

-Las recompensa valen la pena. Dicen que la mujer no grita como una banshee
con el sudor rodando por su cara -Helen se echó a reír-. Y todavía os la arregláis
para parecer hermosa.

Rosalin ni siquiera se dignó responder. Durante la siguiente hora, los dolores se


agarraron de su estómago y se sostuvieron. Se hicieron más largos y más
frecuentes en duración. Estaba agotada, pero emocionada, sabiendo que después
de la larga espera su bebé estaba casi aquí.

-Tenéis que empezar a empujar -dijo Helen.

-No, por favor, todavía no. Robbie quiere estar aquí.

-Confiad en mí, es mejor que no lo esté. Los hombres no sirven para nada en la
cámara de parto.
De repente, oyeron un sonido afuera. Helen corrió hacia la ventana de la torre y
sonrió.

-Parece que obtendréis vuestro deseo después de todo.

Rosalin devolvió su sonrisa hasta que otro dolor se apoderó, y gritó.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Un momento después, su marido irrumpió en la habitación. Parecía horrible y

maravilloso al mismo tiempo. Estaba cubierto de tierra, su cotón salpicado de


dios sabe, sus ojos eran salvajes y su rostro estaba tenso por el miedo. Pero
nunca había estado tan feliz de verlo en su vida.

Se precipitó a su lado, arrodillándose al borde de la cama.

-Dios, Rosalin, ¿estáis bien?

-Voy a tener a nuestro bebé.

Algo del miedo se deslizó de su cara, y él logró una pequeña sonrisa.

-Sí, mo ghrá, puedo ver eso. O escucharlo, más bien.

-Duele -miró a Helen.

-Está bien -le aseguró la otra mujer-. Ahora que estáis aquí...

Pero ella no tuvo la oportunidad de terminar. Robbie echó una mirada al suelo a
la pila de ropa de cama que se había quitado después de que rompiera aguas, y
blanqueó.

Empezó a balancearse, y Rosalin le agarró del brazo.

-Si os desmayáis, Robbie Boyd, os juro que se lo diré a Halcón, y nunca tendréis
un momento de paz. Y luego se lo diré a mi hermano. ¿Cómo creéis que sonará
en
Inglaterra si se sabe que el hombre más fuerte de Escocia se desmaya al ver un
poco de sangre?

-Vuestra sangre. Es vuestra sangre -pero la amenaza había funcionado. Parecía


más sólido y algo del color volvía a su rostro-. Y no iba a desmayarme.

Rosalin y Helen se miraron y se rieron.

-Os dije que eran inútiles en la sala de partos -dijo Helen, y luego miró a
Robbie-. Si tengo que preparar una cama para vos, no voy a estar contenta.

Robbie frunció el ceño:- Puedo hacer esto. Por favor, quiero estar con ella.

Sostuvo la mano de Rosalin cuando el siguiente dolor la agarró, y la siguiente.


De alguna forma, tenerlo allí ayudó. Todavía dolía como el Infierno, pero el
borde no parecía tan fuerte.

Cuando llegó el momento de empujar, Helen le dijo que se hiciera útil, y apoyó a
Rosalin por detrás mientras se abalanzaba. Perdió la noción del tiempo. Parecía
que duraría para siempre. No creía que se hubiera sentido tan aliviada cuando
Helen dijo:

-Casi allí. Un empujón más.

Rosalin apretó los dientes, su marido le susurró palabras alentadoras en el oído,


y pidió cada onza de fuerza para entregar a su hijo en los brazos de su amiga. El
grito enojado un momento después fue el sonido más hermoso que Rosalin había
escuchado. Las lágrimas brotaron a sus ojos.

También había lágrimas en los ojos de Helen:- Es un muchacho y está perfecto.

Mónica McCarty Ariete

Àriel x

Rosalin sintió el alivio en el cuerpo de su marido y en el suyo. Se miraron sin


decir palabra, con una pérdida absoluta. Después de separar al bebé de la
placenta y atar el cordón, Helen lo envolvió en una suave tela de lana y entregó a
Rosalin el niño rojo que gritaba.
Tenía un penacho de cabello oscuro, pero eso no era lo que la provocaba a decir:

-Parece que es vos -miró a su marido, que miraba al niño como si nunca hubiera
visto algo tan magnífico-. Ciertamente tiene vuestro temperamento.

Robbie le acarició la pequeña cabeza del bebé con la parte posterior de su dedo.
Su voz era espesa cuando dijo:- ¿Cómo lo llamaremos?

Ella sonrió:- Pensé... -le dirigió una mirada que decía "no lo digáis". Pero ella
siempre había sabido exactamente cómo lo llamarían-. Pensé que Thomas.

Robbie sostuvo su mirada, y la emoción que pasó entre ellos fue aguda y
conmovedora con los recuerdos. Su hijo llevaría el nombre del amigo que los
había unido sin saberlo.

Cada vez que miraban a su hijo, él les recordaba el amor que había sido tan duro
luchado y ganado. Cueste lo que cueste.

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