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Monica McCarty El Cazador

Àriel x

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Monica McCarty El Cazador
Àriel x

LA GUARDIA DE LOS HIGHLANDERS:


EL CAZADOR
7º Libro de la entrega: La Guardia de los Highlanders

Traducción: Àriel x.

Àriel ll Journals

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ÍNDICE

 Sipnosis 4
 Prefacio 6
 Prólogo 7
 Capítulo 1 14
 Capítulo 2 23
 Capítulo 3 33
 Capítulo 4 43
 Capítulo 5 51
 Capítulo 6 59
 Capítulo 7 69
 Capítulo 8 80
 Capítulo 9 90
 Capítulo 10 100
 Capítulo 11 112
 Capítulo 12 123
 Capítulo 13 135
 Capítulo 14 146
 Capítulo 15 155
 Capítulo 16 162
 Capítulo 17 174
 Capítulo 18 183
 Capítulo 19 190
 Capítulo 20 200
 Capítulo 21 210
 Capítulo 22 222
 Capítulo 23 231
 Capítulo 24 242
 Capítulo 25 252
 Capítulo 26 259
 Epílogo 267

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SIPNOSIS

Distancia. Se quedó sin respiración. Sólo entonces se dio cuenta de lo que había hecho.
Sus manos estaban agarradas a sus brazos y su cuerpo estaba presionando contra el de
él. Íntimamente. Pecho contra pecho y caderas contra caderas. Ella podía sentirá cada
parte fuerte de su pecho y piernas. Podía sentir algo más también. Algo que hizo que su
boca se secara, el corazón se le encogiera, y que su estómago revolotease, todo al
mismo tiempo.
Oh, Dios.
La conmoción le sorprendió. Fue como si cada terminación nerviosa de su cuerpo
hubiera sido golpeada por un rayo de luz en la conciencia. Ella abrió la boca para jadear,
pero solo salió un sonido estrangulado de su garganta cuando sus ojos se encontraron.
¡Que dios le ayudara! A pesar del frío y la lluvia, su cuerpo estaba ardiendo. Si no había
sentido la prueba de su deseo, ella podía verlo ahora en sus ojos. Él la deseaba, y la
fuerza parecía irradiarse bajo la yema de sus dedos, haciéndola temblar con sensaciones
desconocidas. Su corazón iba demasiado deprisa, su respiración era demasiado corta y
desigual, además de que sus extremidades parecían más pesadas de lo que ya eran.
No parecía capaz de moverse. Estaba atrapada en algo que no entendía, pero no podía
resistirse. No quería resistirse.

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La Guardia de los Highlanders

Tor MacLeod, Jefe: líder de las huestes y experto en combate con espada.
Erik MacSorley, Halcón: navegante y nadador.
Lachlan MacRuairi, Víbora: sigilo, infiltración y rescate.
Arthur Campbell, Guardián: exploración y reconocimiento del terreno.
Gregor MacGregor, Flecha: tirador y arquero.
Magnus MacKay, Santo: experto en supervivencia y forja de armas.
Kenneth Sutherland, Hielo: Explosivos and versatilidad.
Eoin MacLean, Asalto: estratega en lides de piratería.
Ewen Lamont, Cazador: rastreo y seguimiento de hombres.
Robert Boyd, Ariete: fuerza física y combate sin armas.
Alex Seton, Dragón: dagas y combate cuerpo a cuerpo.

También:

Helen MacKay, (de soltera, Sutherland), Ángel: sanadora.

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PREFACIO

Año de nuestro Señor 1310.


Hace cuatro años, la oferta de Robert de Bruce para el trono de Escocia parecía
condenada al fracaso, cuando se vio obligado a huir de su reinado como un proscrito.
Pero con la ayuda de su banda secreta de guerreros de élite, también conocida como La
Guardia de los Highlanders, Bruce ha emprendido un resurgimiento milagroso
derrotando a los compatriotas que se opusieron contra él para retomar su reinado en el
norte de Tay.
Con las fronteras y los principales baluartes aún ocupados por el ejército Inglés, la
guerra sólo está medio ganada. El mayor desafío a la incipiente realeza de Bruce –y el
poder del mayor ejército de la Cristiandad- está por llegar.
Después del breve descanso de la guerra, la tregua con Inglaterra llega a su fin cuando
Eduardo II marcha a por los rebeldes escoceses. Desde su cuartel general en el brezo,
Bruce pone en marcha su nueva guerra ‘pirata’, hostigando a los ingleses con ataques
sorpresa y peleas sin importancia pero negándose a reunirse con ellos y combatir en el
campo de batalla, enviando a Eduardo y sus hombres devuelta a las fronteras para el
invierno. Retrasando, no decidiendo, la batalla final que está por venir.
Pero no hay paz en la traición. Y esta vez, no serán los guerreros de la Guardia de los
Highlanders quienes vendrán en su ayuda, sino otro poderoso aliado que ha estado del
lado de Bruce desde el comienzo: la Iglesia. El apoyo de hombres como William
Lamberton, obispo de St. Andrews se ha mostrado inestimable, con su red de espías y
‘mensajeros de tela’, proporcionando inteligencia necesaria –inteligencia que puede
terminar salvando la vida de Bruce-.

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PRÓLOGO

Castillo Dundonald, Ayrshire, Escocia, finales de junio 1297


Fynlay Lamont estaba bebido otra vez. Ewen Lamont se sentó en la esquina trasera del
gran salón del Castilllo Dundonald con otros jóvenes guerreros e intentó ignorar a su
padre. Pero con cada risotada y jactancia deliberada que se dejaba escuchar a través de
la mesa de Fynlay, cerca de él, hacía que Ewen quisiera deslizarse más y más hacia su
banco.
-¿Ese es tu padre? –preguntó uno de los escuderos del conde de Menteith- no me
extraña que no hables mucho. Él lo hace lo suficiente por los dos.
Los otros jóvenes guerreros que estaban alrededor de él se rieron. Ewen quiso enterrar
su cabeza de la vergüenza, pero se obligó a sí mismo a sonreír por la broma y actuar
como si no le molestara. Él era un hombre ahora –casi diecisiete años- no era un niño.
No podía huir de la manera en la que él lo hubiera hecho cuando era un niño cada vez
que su padre bebía demasiado o hacía algo fuera de lugar. Pero la falta de control de su
padre –la falta de disciplina- iba a arruinarlo todo. Era como si esta reunión fuera un
lecho de hojas secas junto a un fuego que sólo esperaba que se encendiera la chispa.
Aunque los grandes Señores reunidos en secreto aquí hoy eran parientes, todos
descendientes de Walter Stewart, el tercer regente de Escocia, no siempre estaban de
acuerdo. Habían llegado a dejar sus diferencias a un lado para luchar contra los ingleses
y no unos contra otros. Añadiendo a un Wild Fynlay a la mezcla volátil de hombres de
aquella habitación era como sostener los fuelles de un herrero con aire caliente –muy
caliente-.
Pero como Ewen, Fynlay Lamont de Ardlamont era el hombre de Sir James Stewart, y
como uno de los jefes de la batalla de Stewart, su padre tenía derecho a estar aquí.Si
había una cosa que Wild Fynlay sabía hacer era pelear. El mantener la lucha contenida
al campo de batalla era el problema.
El epitafio de Fynlay había sido bien merecido. Se apresuró a pelear, a discutir, y tomar
ofensas. Las reglas, o leyes no podían pararle. Él hacía lo que él quería, cuándo, y dónde
él quería. Había visto a la madre de Ewen hacía treinta años en una fiesta local, decidió
que la quería y la había tomado. No importaba que estuviera comprometida con su
primo y jefe, Malcolm Lamont. No importaba si esas elecciones casi le costaran a él, y a
su clan, todo.
Su padre no había cambiado nada desde que lo había visto por última vez –hace un año,
excepto por el dedo que le faltaba. Mientras Ewen había estado en las fronteras al
servicio de Sir James Stewart, el quinto regente de Escocia, su padre se había
emborrachado tanto que había apostado con uno de sus parientes que podía apartar su
mano de la mesa más rápido que el otro hombre sacara su cuchillo. La articulación
superior del dedo corazón en la mano derecha demostró que Fynlay estaba equivocado.
El padre imprudente, más salvaje que civilizado de Ewen siempre estaban problemas. Él
hablaba con su espada y puños –por lo general inducido por el whisky-. La lucha y la
bebida fueron deportes de los cuales él nunca se cansó. Y las apuestas. Fynlay nunca

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había encontrado un desafío demasiado peligroso o loco para él. La última vez que él
estuvo en casa su padre había apostado que él podría luchar con una manada de lobos
con las manos desnudas. Él lo hizo y ganó. Aunque él había sufrido una herida grave en
la pierna cuando un lobo se las arregló para ponerle los dientes encima.
En lugar de ir al Castillo de Rothesay para su entrenamiento como se suponía que debía
hacer para ese invierno, Ewen se había quedado en Ardlamont para actuar como jefe de
su clan mientras su padre se recuperaba. Habían pasado seis meses antes de que Ewen
pudiera regresar a la casa de sir James. Había echado de menos cada minuto de ello.
Pero si había algo que había aprendido de sir James, era la importancia de hacer su
deber.
Tan seguro como Hades de que no lo había aprendido de su padre. El deber y la
responsabilidad eran una maldición para Fynlay Lamont. Él dejó que todos los demás
limpiaran su desorden. Primero Sir James, y ahora, consiguió a quien quería, Ewen.
Pero Ewen no iría de vuelta a ArdLamont. No le importaba lo que su padre quisiese. Él
iba a ganar un lugar en el séquito de Stewart y con esperanza esperaba que los hombres
de esta sala pudieran ser persuadidos de unirse a las revueltas iniciadas el mes pasado
por un hombre llamado William Wallace.
El rey Eduardo de Inglaterra había ordenado a los Lords Escoceses aparecer en Irvine el
7 de julio. La cuestión era si iban a marchar los cinco kilómetros a Irvine para someterse
a los ingleses o marchar para pelear con ellos.
Sir William Douglas, Señor de Douglas, ya se había unido a Wallace y estaba tratando
de reclutar a sus parientes, Stewart, Menteith y Robert Bruce, el joven conde de Carrick
para hacer lo mismo. Sir James se inclinó a unirse a la pelea; eran los otros los que
necesitaban convencerse a seguir la rebelión de un hombre que ni siquiera era un
caballero, contra el rey más poderoso de la cristiandad, tenía sentido.
Con un poco de suerte, Ewen estaría marchando a su primera batalla en unos días. No
podía esperar. Como cualquier otro joven guerrero alrededor de la mesa, soñaban con la
grandeza, viéndose a sí mismo en el campo de batalla. Entonces, tal vez, todo el mundo
dejaría de hablar de su padre "salvaje" y los lobos con los que había luchado, las naves
que casi había encallado en alguna raya en mitad de alrededor de las islas, o la novia
que había robado a su propio jefe.
La voz de su padre lo detuvo en frío.
-Cuando esté lista, mi castillo será la fortaleza más grande en todos los malditos Cowal.
No lo toméis como una ofensa, Stewart.
Dios, no. El castillo no. Esta vez, Ewen no pudo evitar que el calor le subiera hasta su
rostro.
-¿Dónde vais a encontrar el oro? –uno de los hombres se rio- ¿Debajo de vuestra
almohada?
Era bien sabido que Fynlay no podía mantener una moneda cerca más de lo que tardaba
en apostar con ella. También era bien sabido que su infame castillo había estado medio
construido durante dieciséis años, desde el día en que la madre de Ewen había muerto
en el cumpleaños del muchacho, Ewen apenas tenía un año de edad. Ewen ya había
tenido suficiente. Ya no podía escuchar a su padre. Se apartó de la mesa de caballeros y
se levantó.

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-¿Adónde vais? –preguntó uno de sus amigos- la fiesta acaba de comenzar. Ellos
vendrán pronto con el whisky especial de Sir James.
-No os molestéis, Robby -dijo otro de los muchachos-. Conocéis a Lamont, él no cree
en la diversión. Es muy probable que fuera a pulir la armadura de Sir James o afilar su
espada o mirar la tierra buscando pistas por unas horas.
Él estaba en lo cierto. Pero Ewen estaba acostumbrado a sus bromas acerca de cómo de
serio se tomaba sus deberes, así que no le molestó.
-Podríais intentar mirar la tierra un poco más, Thom -dijo Robby-. Por lo que oí de vos
no podíais encontrar un pez en un barril.
Los otros se rieron y Ewen aprovechó la oportunidad para escapar.
Una ráfaga de aire fresco y húmedo le golpeó en el momento en que salió de la sala.
Había estado lloviendo la mayor parte del día, y aunque solo era la mitad de la tarde, el
cielo estaba muy oscuro. Apoyado en la nueva y magnífica torre de piedra erguida en lo
alto del castillo motte. Al igual que en el castillo de Stewart de Rothesay en la isla de
Bute en Cowal, su castillo de Dundonald en Ayrshire era una de las fortalezas más
impresionantes en Escocia, reflejando la importancia de los Stewart a la corona.
Caminando colina abajo al Castillo Bailey, Ewen se detuvo primero en el arsenal a
revisar la armadura y las armas de sir James, y luego, fue a los establos a asegurarse de
que su montura favorita se había ejercido. Lo había hecho, así que sentó, como Thom
había dicho, a mirar la tierra.
Era un juego que había estado haciendo desde que era un niño cada vez que necesitaba
escapar, para ver la cantidad de pistas que podía encontrar o los detalles que podía
memorizar. En el establo le gustaba ver si podía igualar las pistas con los caballos.
-¿Qué veis?
Se volvió, sorprendido de ver a sir James en la puerta. El cielo estaba oscuro detrás de
él. Alto y delgado, su cabello rojo oscuro, aunque empezaba a tornar al gris. El heredero
de Escocia exudaba nobleza y autoridad. Era un caballero, y como Todos los caballeros
era bueno con LA espada, pero el verdadero brillo de Stewart era ser un líder. Un
hombre al que los otros le seguirían voluntariamente a la guerra y, si fuera necesario, a
la muerte.
Inmediatamente, Ewen se puso de pie de un salto. ¿Cuánto tiempo llevaba aquí?
-Lo siento, mi Señor. ¿Me estabais buscando? ¿Ha acabado la reunión? ¿Qué se ha
decidido?
El hombre mayor sacudió la cabeza y se sentó en la hierba, haciéndole señas para que se
sentara a su lado.
-Nada, me temo. Me cansé de las peleas y decidí que necesitaba un poco de aire fresco.
¿Supongo que necesitabais lo mismo?
Ewen inclinó su cabeza y se concentró en un trozo de hierba seca, sin querer que viera
la vergüenza que estaba pasando.
-¿Estáis mirando la senda? -preguntó sir James.

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Ewen asintió, señalando las huellas de los huevos en la tierra:- Estoy tratando de
distinguir las marcas.
-He oído que superaste a todos mis caballeros en un desafío de rastreo ayer. Buen
trabajo, muchacho. Sigue así, y serás el mejor rastreador de las Tierras Altas.
La alabanza de sir James significaba todo para él, y Ewen estaba bastante seguro de que
se lo mostraba. Se hinchó del orgullo, sin saber qué decir. A diferencia de Fynlay, las
palabras no le venían fácilmente.
El silencio se extendió sobre ellos durante unos minutos.
-Vos no sois como vuestro padre, hijo –dijo Sir James.
Hijo. ¡Si solo fuera verda! Sir James era todo lo que Fynlay no era: honorable,
disciplinado, controlado y reflexivo.
-Lo odio -dijo Ewen con ferocidad, instantáneamente avergonzado del sentimiento
infantil y, sin embargo, incapaz de retractarse.
Una de las mejores cosas de sir James fue que no era condescendiente con ninguno de sus
hombres, No importaba cuán joven era. Él consideró lo que Ewen había dicho.
-Ojalá hubierais podido conocerlo cuando él era joven. Entonces, era diferente. Antes de
que vuestra madre muriera y la bebida se hiciera cargo de él.
Ewen apretó la mandíbula beligerantemente:- ¿Queréis decir cuando secuestró a la mujer
de su jefe –mi madre-?
Sir James frunció su ceño:- ¿Cómo sabéis eso?
Se encogió de hombros:- Mi padre, todo el mundo… es bien sabido.
-Sea cual sea el pecado de vuestro padre, no pongáis uno a sus pies. Vuestra madre fue
con él de buena gana.
Ewen miró fijamente al otro hombre en estado de shock, pero si había alguien que supiera
aquello, era Sir James. La madre de Ewen había sido su prima favorita, y él era el hombre
al que habían ido para pedirle ayuda cuando la represalia por las acciones precipitadas de
su padre había venido por parte de Malcolm Lamont.
-Por eso los ayudaste –dijo Ewen. De repente, todo tenía sentido. Ewen nunca había
comprendido por qué sir James había venido al rescate de su padre y prevenido su ruina
después de que él hubiera comenzado una guerra robando a la novia de su jefe.
-Entre otras razones -dijo Sir James -La espada de tu padre, por ejemplo. Él era-todavía
lo es-, uno de los mejores guerreros de las Tierras Altas. Creo que seréis como él en ese
aspecto. Pero, sí, yo quería que tu madre fuera feliz.
El secuestro de su madre, no era tal vez el pecado que debería poner a sus pies, pero
Fynlay tenía otros muchos más. Eso no cambiaba el acto tan imprudente y desleal que lo
había alejado de su clan y había supuesto casi la destrucción de los Lamonts de
ArdLamont. Tampoco cambió todo lo de después.
-No deberíais haber permitido que viniera –dijo Ewen- no con Malcolm aquí.

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Malcolm Lamont ya no era su jefe. Las acciones de su padre habían hecho que los
Lamonts de Ardlamont rompieran con su jefe. Ahora lo eran los hombres de Stewart.
-No tenía elección. Malcolm es el hombre de mi primo Menteith, al igual que vuestro
padre es mi hombre. Vuestro padre me ha dado su palabra de que no romperá la tregua,
no importa cuanto lo presione Malcolm. Dios sabe que ya hay bastante desacuerdo entre
mis parientes sin la vieja enemistad entre vuestro padre y Malcolm obstaculizando el
camino.
Era extremadamente difícil para Ewen cuestionar a su Señor, pero él le preguntó de todas
formas.
-¿Y confiáis en él? –Sir James asintió con la cabeza.
-Lo hago –se puso de pie- Ven, deberíamos regresar. La fiesta debería estar acabando a
estas alturas.
Estaba acabando, sí, pero no por la razón que ellos habían anticipado. Salieron a la lluvia,
y oyeron un ruido fuerte que provenía desde el otro lado del barmkin. Era el sonido de
los aplausos, seguido de un jadeo y luego un misterioso silencio.
-Me pregunto de qué va todo esto –pensó Sir James en voz alta.
De repente todos los hombres comenzaron a ir al barmkin, corriendo hacia la torre. Él
podría ver en sus expresiones que algo iba mal.
-¿Qué es? –Sir James preguntó al primer hombre que vio acercarse- ¿Qué ha ocurrido?
Ewen reconoció al hombre como uno de los de Carrick.
-El jefe Lamont afirmó que nadie podría subir los acantilados bajo la lluvia. Wild Fynlay
le apostó veinte libras a que él podía. Subió hasta la parte superior, pero se deslizó en el
camino hacia abajo y cayó sobre a las rocas.
Ewen se quedó inmóvil.
Sir James maldijo. Su padre había mantenido su palabra de no pelear, pero el desafío
había servido al mismo propósito. El temple estaba obligado a ponerse en caliente cuando
los hombres tomaban partido.
-¿Está muerto?
-Todavía no –respondió el hombre.
Pocos segundos después, los guardias de Fynlay entraron en el barmkin, llevando el
cuerpo de su jefe. Al principio, Ewen se negó a creer que esto era diferente de los cientos
de otras veces que su padre había sido herido. Pero en el momento en que los hombres de
su padre lo tendieron sobre una mesa detrás de un tabique de madera en el Gran Salón,
Ewen sabía que éste era el final.
El temerario deseo de su padre por la muerte había llegado a su fin. Ewen se paró en la
esquina de la habitación como los primeros hombres de Fynlay, y luego Sir James dijo
adiós. Podía sentir sus ojos calientes y se odiaba por la debilidad, frotando la parte de
atrás de su mano a través de ellos con enfado. Fynlay no merecía su emoción ni su lealtad.
Pero Fynlay era su padre. No importaba lo salvaje, irresponsable y descarado que él fuera,
era su padre.

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La culpa por las palabras anteriormente dichas hizo que el pecho le ardiera. No había
querido decir que lo odiaba. No realmente. Sólo quería que él fuera diferente. Se habría
quedado en la esquina, pero sir James lo llamó.
-Vuestro padre quiere deciros algo.
Lentamente, Ewen se acercó a la mesa. El guerrero gigante cuya cara se asemejaba a la
suya parecía como si hubiera sido aplastado entre dos rocas. Su cuerpo estaba mutilado,
roto y aplastado. La sangre estaba por todas partes. Ewen no podía creer que todavía
siguiera vivo.
Él sintió el nudo que se estaba formando en su garganta, la ira y la frustración abriéndose
un camino a través de él.
-Seréis un buen jefe, muchacho -dijo su padre suavemente, la profunda y enérgica voz
ahora solo rasposo y débil -Dios lo sabe mejor que yo.
Ewen no dijo nada. ¿Qué podía decir? Era la verdad, maldita sea el hombre. Se pasó las
manos por los ojos, quitando las lágrimas que no se dejaban ver, todavía más enfadado.
-Sir James ve grandes cosas en ti. Él te ayudará. Buscadlo para que os guíe y nunca
olvidéis lo que ha hecho por nosotros.
Como si pudiera. Él y su padre no estaban de acuerdo en casi nada, pero sobre el tema de
Sir James, sí: se lo debían todo. La voz de Fynlay se debilitaba cada vez más, y aún así
Ewen no podía hablar. Incluso sabiendo que el tiempo se agotaba, no podía encontrar las
palabras correctas. Nunca había sabido cómo dar voz a sus sentimientos.
-Lo mejor que hice fue secuestrar a tu madre.
-¿Por qué dices eso? -respondió Ewen, la emoción estalló de repente -¿Por qué decir que
te la llevaste cuando no lo hiciste? Ella se fue contigo de buena gana.
Fynlay intentó sonreír, pero sólo logró levantar un lado de su boca, el otro lado de su cara
había sido golpeado por las rocas.
-No sé qué vio en mí -ni Ewen tampoco-. Pienso que la única cosa irresponsable que hizo
en su vida fue enamorarse de un bárbaro -tosió incontrolablemente, emitiendo un sonido
claramente de un enfermo y húmedo mientras sus pulmones se llenaban de sangre- Ella
habría estado orgulloso de ti. Podríais haber parecido un bruto como yo, pero os parecéis
mucho a ella. La destrozó desobedecer a su padre.
Ewen sabía muy poco de su madre. Su padre raramente hablaba de ella. Ahora, de repente,
cuando el tiempo se había acabado, él quería saberlo todo. Pero era demasiado tarde. Su
padre casi se había ido. La luz parpadeó en los ojos de Fynlay. Una mirada salvaje se
apoderó de él, y en un estallido final de la vida, agarró el brazo de Ewen.
-Prométeme que lo terminarás por ella, muchacho -Ewen se puso rígido. Quería fingir
que no lo entendía, pero no podía ocultar la verdad delante de la muerte- Prométeme -
repitió su padre.
Ewen debería haberse negado. Cada vez que volvía a casa y veía esa pila semi-rocas,
quería morirse de vergüenza. Era un recordatorio de todo lo que su padre había hecho
mal. Era un recordatorio de todo lo que Ewen no quería ser. Pero de alguna manera se
encontró asintiendo. El deber y la lealtad significaban algo para él, aunque nunca tuvieran
a su padre.

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Un momento después, Wild Fynlay Lamont respiró su último aliento.
Con la muerte de su padre, el tiempo de Ewen en el servicio de sir James llegó a su fin.
En lugar de marchar a Irvine para unirse a Wallace y luchar contra los ingleses, Ewen
regresó a Ardlamont para enterrar a su padre y asumir sus funciones como jefe. Sir James
le dijo que tuviera paciencia. Practicar las habilidades de un guerrero y prepararse.
Cuando llegara el momento, lo llamarían.
Ocho años más tarde, cuando Robert de Bruce hizo su oferta para el trono y seleccionó a
un equipo de guerreros de élite para su ejército secreto, Ewen Lamont fue el mejor
seguidor en las Tierras Altas. Y estaba listo para responder a la llamada.

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Capítulo 1

Priorato de Coldingham, cerca de Berwick-upon-Tweed, Marchas Ides del inglés de


abril, 1310
Ewen no controló su lengua, cosa que pasaba con demasiada frecuencia, y le causaba
problemas.
-¿Habéis enviado a una mujer? ¿Por qué diablos haríais eso?
William Lamberton, obispo de St. Andrews, se erizó, con el rostro lleno de ira. No era a
causa de la blasfemia, eso lo sabía Ewen, sino la crítica no tan sutilmente implícita. Erik
MacSorley, el cacique de las Tierras Altas del Oeste y el mayor marinero al sur de la
tierra de sus antepasados vikingos, le lanzó a Ewen una mirada impaciente.
-Lo que Lamont quiso decir -dijo MacSorley, intentando apaciguar al importante
cardenal- es que los ingleses han forjado más su vigilancia en las iglesias locales, y eso
podría ser peligroso para la muchacha.
MacSorley no sólo podía navegar a través de un torbellino de mierda, también podía
hablar de su salida y oler como una rosa. No podrían haber sido más diferentes con
respecto a eso. Ewen parecía meterse hasta el fondo por dondequiera que caminase. No
le importaba. Era un guerrero. Estaba acostumbrado a revolcarse en la mugre.
Lamberton le echó un vistazo para sugerir que la mugre estaba exactamente donde
pensaba, en Ewen, preferiblemente bajo su talón. El religioso se dirigió a MacSorley,
ignorando a Ewen con absoluta totalidad.
-La hermana Genna es más que capaz de cuidar de sí misma.
Era una mujer y una monja. ¿Cómo en el infierno Lamberton pensó que una inocente
dulce y dócil monja podía defenderse de los caballeros ingleses empeñados en descubrir
a los "mensajeros de la tela" pro-escoceses?
La iglesia había proporcionado una red de comunicación clave para los escoceses a
través de la primera fase de la guerra, como Bruce había luchado para retomar su
reinado. Con la guerra en el horizonte nuevamente, los ingleses estaban haciendo todo
lo posible para cerrar las rutas de comunicación. Cualquier persona del sacerdote de
tela, fraile o monja cruzando las fronteras en Escocia había sido objeto de un mayor
escrutinio por las patrullas inglesas. Incluso los peregrinos estaban siendo acosados.
Tal vez percibiendo la dirección de sus pensamientos, Lachlan MacRuairi se interpuso
ante Ewen antes de que pudiera abrir su boca y empeorarlo todo con Lamberton.
-¿Pensé que sabías que estábamos llegando?
El obispo delgado, discreto, podía parecer débil, especialmente en comparación con los
cuatro imponentes guerreros que estaban ocupando gran parte de la pequeña sacristía
del convento, pero para Lamberton no había mayor desafió que poner a Bruce como al
rey de la cristiandad aRobert Bruce en el trono. Había que otorgarle la considerable
fuerza y coraje. Se enderezó hasta llegar su altura –casi- del guerrero más bajo entre los
cuatro (Eoin MacLean).

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Y miró por su nariz larga y delgada a uno de los hombres más temidos de Escocia, el
nombre de guerra de MacRuairi, víbora, lo atestiguó.
-Me dijeron que os buscara en la luna nueva. Eso fue hace más de una semana.
-Nos retrasamos -dijo MacRuairi sin más explicaciones.
El obispo no preguntó, probablemente asumiendo -correctamente- que tenía que ver con
una misión secreta de la Guardia de las Highlanders, el grupo de élite de guerreros
escogido por Bruce para la mayor fuerza de combate jamás vista, cada guerrero era lo
mejor de lo mejor en su disciplina de guerra.
-No podía esperar más. Es indispensable que el rey reciba este mensaje tan pronto como
sea posible.
Aunque estaban en Inglaterra, no era Eduarod Plantagenet, el rey inglés, de quien
hablaba Lamberton, sino el escocés Robert Bruce. Para los esfuerzos de Lamberton en
ayudar a Bruce a ese trono, el obispo había sido encarcelado en Inglaterra durante dos
años, y luego liberado y confinado a la diócesis de Durham por dos más. Aunque
recientemente se le había permitido al obispo viajar a Escocia, regresó a Inglaterra bajo
la autoridad inglesa. Era donde Bruce lo necesitaba. El obispo fue la fuente central de la
mayoría de la información serpenteando su camino a Escocia a través de la carretera
compleja de las iglesias, monasterios y conventos.
-¿Adónde fue? -preguntó MacLean, hablando por primera vez.
-Melrose Abbey pasando por Kelso. Se fue hace una semana, uniéndose a un pequeño
grupo de peregrinos que buscaban los poderes curativos de Whithorn Abbey. Incluso si
los ingleses los detuvieran, la dejarían por su propio pie una vez que oyesen su acento.
¿Por qué tendrían que sospechar de una monja italiana? Probablemente ya esté de
camino.
Los cuatro miembros de la Guardia de las Highlands intercambiaron miradas. Si el
mensaje era tan importante como el obispo dijo, lo mejor sería asegurarse.
MacSorley, que estaba al mando del pequeño equipo para esta misión, sostuvo la mirada
de Ewen:- Encuéntrala.
Ewen asintió, no sorprendido por que la tarea le hubiera caído a él. Era el mejor en esto.
Puede que no fuera capaz de navegar o salir de un torbellino como MacSorley, pero
podría seguir su pista a través de un camino trazado por él. Podía cazar casi cualquier
cosa o persona. A MacSorley le gustaba decir que Ewen podía encontrar un fantasma en
una tormenta de nieve. Una monja no debería darle demasiados problemas.
La hermana Genna estaba acostumbrada a encontrarse en situaciones problemáticas, así
que no se alarmó cuando cuatro soldados ingleses los detuvieron en las afueras de la
ciudad. No era la primera vez que una de las patrullas inglesas que recorrían las
fronteras de uno de los castillos que ocupaban, la interrogaban. Pero ella confiaba en su
capacidad para salir de cualquier dificultad.
Pero ella no había tenido en cuenta a su compañera. ¿Por qué, por qué, había dejado que
la Hermana Marguerite fuera con ella? Sabía que era mejor no involucrar a nadie. ¿No
había aprendido la lección hacía cuatro años?

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Pero la joven monja con una predisposición enfermiza y los ojos grandes y oscuros tan
llenos de soledad al estar tan lejos de casa había mermado en la resolución de Genna de
evitar los apegos. Durante los últimos nueve días en el viaje de Berwick-upon-Tweed a
Melrose, Genna había estado cuidando a la chica que acababa de tomar sus votos,
asegurándose de que tenía suficiente para comer y que el caminar no la cansaba
demasiado. La muchacha –con solo apenas diez y ocho años- Genna no podía pensar en
otra cosa- ya había sufrido una acometida falta de respiración desde que dejó Berwick.
La hermana Marguerite sufría de lo que los griegos llamaban "asma". La afección
pulmonar la había llevado de su casa en Calais a una peregrinación para buscar los
poderes curativos del santuario de San Ninian en Whithorn Abbey.
Pero el viaje de Genna había llegado a su fin en Melrose, y cuando llegó el momento de
separarse esa mañana, se había dado cuenta –tarde- del nudo que se estaba formando en
su garganta.
Marguerite la había mirado con esos ojos marrones conmovedores y le rogó que la
dejase caminar junto a ella hasta llegar al camino. Y que Dios la perdonara, Genna
había cedido. Solo hasta Gallows Brae le había dicho ella, refiriéndose a la pequeña
colina que no pasaba más allá de la cruz del mercado donde la iglesia solía colgar a sus
criminales. ¿Qué daño podría le podría hacer a la muchacha, a mediodía, a un tiro de
piedra de la abadía?
Mucho, al parecer.
Marguerite lanzó un grito sobresaltado mientras los soldados las rodeaban, y Genna le
lanzó una mirada tranquilizadora. Todo iba a estar bien, le dijo en silencio, déjame
manejarlo.
Genna se volvió hacia el gran soldado que tenía de color rojizo la barba, a quien tomó
por el líder. Sentado en su caballo con el sol detrás de él, se encontró entrecerrando los
ojos por el brillo de su cota de malla. Lo poco que podía ver de su rostro bajo el timón
de acero y cofia de la cota de malla parecía contundente, tosco y nada amistoso.
Habló primero en italiano, y estaba más que claro que él no lo entendía, y luego en el
francés fuertemente acentuado que había utilizado antes con la hermana Marguerite y
que era más comúnmente entendido en la zona. Lo miró directamente a los ojos y
dándole su más reverente sonrisa, le dijo la verdad.
-No llevamos mensajes. Solo somos visitantes de su país. ¿Cómo se dice ... p-p -fingió,
buscando la palabra correcta.
La miró fijamente. ¡Dios, el hombre era desmesurado, incluso para ser un soldado! En
los últimos años ella había tropezado con su contribución. Al darse por vencida, señaló
el bastón de su peregrino y la insignia de cobre de concha de St James que llevaba en su
capa.
-¿Peregrinos? –él la ayudo amablemente.
-¡Sí, peregrinos! -le sonrió como si fuera el hombre más brillante del mundo.
El hombre podría ser desmesurado pero no era fácil disuadirlo. Su mirada se afiló
primero sobre ella y luego sobre Marguerite. Genna se tensó, no le gustaba la forma en
que su mirada se volvía hacia su compañera, como si la estuviera evaluando.

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-¿Por qué no habláis, hermana? ¿Qué hacéis aquí sola en el camino? -preguntó a
Marguerite.
Genna intentó responder por ella, pero él la interrumpió.
-Yo mismo me enteraré de esto. ¿Cómo puedo asegurarme de que sois extranjeras como
vos decís?
Le dijo algo en inglés a uno de sus compañeros, y Genna tuvo cuidado de no reaccionar.
No quería que se diera cuenta de que entendía el inglés. Ni siquiera Marguertite lo
sabía.
-Mira esas tetas -dijo, señalando a Marguerite -Apuesto a que son la mitad de su peso.
Marguerite le lanzó una mirada aterrorizada, pero Genna asintió con la cabeza,
alentándola y estando satisfecha por la ignorancia de Marguerite sobre aquellas
palabras. Sin embargo, los latidos del corazón de Genna no hicieron más que acelerarse.
-Nos estábamos despidiendo, señor -dijo Marguerite en su francés nativo.
Sus ojos chispearon:- ¿Adiós? ¿Pensé que estaban juntas en la peregrinación?
Temiendo lo que Marguerite pudiera revelar involuntariamente, Genna interrumpió de
nuevo:- Mi destino es Melrose. La hermana Marguerite busca los poderes curativos de
Whithorn Abbey.
Sus ojos se estrecharon en la monja joven, fijándose en su rostro delgado y tez pálida.
Por una vez, Genna estaba agradecida de que el frágil estado de salud de Marguerite se
reflejara en su delicada apariencia.
-¿Así es? -preguntó lentamente. -No sabía que Melrose Abbey era un destino popular de
peregrinación.
-Quizá no sea tan popular como Whithorn o Iona, pero es lo bastante popular para los
que veneran a nuestra Señora -dijo, cruzándose reverentemente los brazos, y con el ceño
fruncido-. Melrose, como todas las abadías cistercienses, están dedicadas a la Virgen
María.
-¿Y vos viajáis sola? Eso es bastante inusual.
Genna había tenido una vez un perro como él. Cuando se apoderaba de un hueso, no lo
dejaba ir. Sólo necesitaba encontrar una manera de que lo dejara caer. Pero primero
tenía que asegurarse de que Marguerite estaba a salvo.
-En mi país, no. Sólo una persona poseída por el diablo perjudicaría a una sierva del
Señor -hizo una pausa inocente, dejándole contemplar eso. Su rostro se oscureció, y ella
continuó-. Hay un grupo de peregrinos que deben estar de camino a la abadía de
Dryburgh -que estaba a sólo unos kilómetros de distancia-. Espero unirme a ellos para el
resto del viaje. ¿Tal vez seríais vos tan amable de mostrarme el camino? -sin esperar a
que conteste, tiró a Marguerite en un abrazo. Con un poco de suerte, Marguerite se iría
antes de darse cuenta de lo que había hecho. -Adiós, hermana. Tened un buen viaje -dijo
en voz alta, luego le susurró al oído para que sólo ella pudiera oír:- vete. Rápido, por
favor.
La muchacha abrió la boca para discutir, pero las manos de Genna se apretaron sobre
sus hombros para evitar sus protestas. Marguerite le dirigió una larga mirada de

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ansiedad, pero hizo lo que le pidió y empezó a alejarse. Trató de pasar por un hueco
entre dos de los caballos, pero el líder del grupo la detuvo.
-Esperad, hermana. Todavía no hemos terminado nuestras preguntas. Las tenemos,
¿verdad, hombres?
La manera en que los hombres se miraban hizo que el pulso de Genna fuera a toda
velocidad. Estaban disfrutando de esto, y estaba claro que no era la primera vez que se
encontraban en esta posición. ¿Podrían estos soldados tener algo que ver con el grupo
de monjas que desaparecieron el año pasado?
Buscó ayuda. En realidad, era mediodía. Seguramente alguien pasaría pronto por ese
camino. Sin embargo, aunque el pueblo estaba justo detrás de ellos, los espesos árboles
que envolvían el camino como un túnel frondoso impedían que alguien los viera. E
incluso si se les veía, ¿alguien interferiría? Se necesitaría un alma valiente para
enfrentarse a cuatro soldados ingleses vestidos con cota de malla.
No, le tocaba a ella sacarlas de esto. Había intentado apelar a la vanidad del líder y eso
no había funcionado. Tampoco había apelado a su honor, que parecía carecer
claramente de ello. El hombre era un matón, a quien le gustaba tener de presa a los
débiles y vulnerables, lo cual, afortunadamente, ella no era. Pero había mostrado
incomodidad cuando le recordó su estado sagrado, así que se concentraría en eso.
Una rápida mirada a Marguerite hizo que su corazón se encogería del miedo. ¡Dios los
ayudara, el miedo estaba provocando uno de los ataques de Marguerite! Aunque había
ocurrido sólo una vez antes, Genna reconoció la respiración rápida y la ansiedad que
conllevaba. Genna no tenía mucho tiempo. Habiendo perdido la paciencia con el juego
del soldado, se precipitó hacia la muchacha y la atrajo bajo su brazo de manera
protectora. Ella murmuró palabras tranquilizadoras, tratando de calmarla, mientras
miraba al capitán.
-Mira lo que habéis hecho. La habéis molestado. Ella está teniendo un ataque.
Pero las palabras parecieron no tener ningún efecto en el hombre.
-Esto no nos llevará mucho tiempo –dijo- Cogedlas -le dijo a sus hombres en inglés,
presumiblemente para que no le entendieran.
Antes de que Genna pudiera reaccionar, ella y Marguerite estaban siendo arrastradas
más profundamente en el bosque, dejando a las hojas secas que estaban a sus pies
detrás. Marguerite la agarró frenéticamente y soltó un grito desesperado cuando
finalmente los soldados lograron separarlas.
Genna trató de parecer tranquila aunque su corazón sentía los latidos de su corazón
desenfrenados.
-No te preocupes, hermana -dijo con confianza-. Todo esto se arreglará rápido. Estoy
segura de que estos buenos hombres cristianos no nos harán ningún daño.
Era un pecado mentir, pero en algunos casos, estaba segura de que sería excusado.
Genna no necesitaba entender las palabras de los soldados para adivinar lo que ellos
planeaban. Pero, desafortunadamente, comprendía a cada uno de ellos, así que oyó los
escalofriantes detalles.

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-La vieja es más guapa -dijo el capitán, volviendo al inglés para hablar con sus
hombres-, pero será mejor que comencemos con la enferma en caso de que no dure.
Quiero ver esas tetas.
Genna se obligó a no mostrar ninguna reacción a sus palabras, pero la ira, y tal vez, una
punzada de miedo surgió a través de ella, al oírlos hablar tan sinceramente sobre la
violación y la muerte de su amiga. No tenía ninguna intención de permitir que eso
sucediera. ¡Y tener veintisiete años era estar en una edad madura, no ser vieja!
La situación estaba empeorando, pero Genna había estado en muchas situaciones
peligrosas y asquerosas antes.
Esto podría ser más sucias que la mayoría, pero aún no había terminado.
Los soldados no se molestaron en llevarlas muy lejos, casi como si supieran que nadie
se atrevería a interferir. Bruce podría controlar el norte de Escocia, pero el reino del
terror inglés seguía en plena vigencia sobre las Marcas Escocesas. Los ingleses
operaban con impunidad, a excepción del ocasional ataque o alguna emboscada de los
hombres de Bruce. Los ingleses no eran más que bandoleros con autoridad, pensó
Genna. Pero pronto Bruce los enviaría corriendo de regreso a Inglaterra. Ella se había
puesto en esta posición para asegurarse a que eso sucediera.
Entraron en un pequeño claro en los árboles, y los hombres las soltaron con un fuerte
empujón. Ambas mujeres tropezaron hacia adelante, Genna apenas pudo sostenerse
antes de caer de rodillas. Marguerite no fue tan afortunada, y Genna observó con horror
mientras su jadeo se intensificaba. Parecía que no podía ponerse en pie, como si el
esfuerzo fuera demasiado para ella.
-Veo que está lista para nosotros -uno de los soldados rio.
Genna inclinó la cabeza, murmurando una oración en latín para que los hombres no
vieran el calor subir a sus mejillas de pura ira. Podía ser inocente, pero había estado en
suficientes establos con bestias para entender el significado de aquello. Al parecer, los
hombres no eran diferentes.
El capitán miraba las faldas levantadas de Marguerite. Cuando su mano alcanzó debajo
de su camisa por la costura para aflojar los lazos en su cintura, Genna supo que tenía
que actuar ápidamente.
Ella se interpuso entre ellos, tratando de alejarlo de su mala intención, o al menos, de
que le diera la espalda a ella.
-Mi hermana está enferma, Señor. Tal vez si me decís lo que buscáis podría aclarar este
malentendido, y todos podríamos cumplir con nuestros deberes. La nuestra es Dios -le
recordó- y la vuestra, vuestro Rey.
Estaba claro que él había olvidado el propósito original por el que los había detenido.
-Mensajes -dijo, con la mirada fija en Marguerite detrás de ella- son llevados al norte
por los clérigos, y mujeres a los rebeldes -agregó.- Pero la traición no se esconderá más
bajo las santas vestiduras. Hemos conseguido informes de que muchos de estos
mensajes han pasado por la abadía de Melrose. El rey Eduardo tiene intención de
ponerles fin.

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-Ah -dijo ella, como si estuviera comprendiéndolo ahora- entiendo la razón de su
sospecha, Señor. Vos teníais suficiente justificación para deteneos, pero como le dije, ni
la Hermana Marguerite ni yo llevamos ninguno de estos mensajes.
Le tendió la bolsa de cuero que llevaba con sus pertenencias para que él la
inspeccionara. Inclinándose, ella cogió el pequeño bolso de Marguerite, tratando de
ignorar el jadeo frenético de la respiración de su amiga. El confort tendría que esperar.
Desatándolo, ella lo sostuvo. Apenas miró dentro antes de arrojarlo.
-¿Veis? -dijo ella-. Nada que esconder. Ahora que os hemos probado nuestra inocencia,
no tenéis motivos para detenernos.
Estaba enfadado, ella podía ver eso. Pero cuanto más lo demoraba, más tiempo tenía
para pensar en sus acciones: sus acciones injustificadas. Parecía dudar cuando uno de
los hombres sugirió:- ¿Y si está escondido en otro lugar, capitán?
Ella fingió no entenderlo, pero un escalofrío recorrió su espina dorsal mientras una
sonrisa lenta se extendía por la boca del capitán. Él se inclinó y le quitó el velo. Gritó
cuando los alfileres se desgarraron y su cabello cayó por su espalda en una pesada masa
de seda. Sus manos fueron inmediatamente a su cabeza, pero no había manera de
esconderlo.
Maldijo ante la reacción que provocó, oyendo las exclamaciones y blasfemias. Las
largas trenzas de oro eran su única vanidad: su única conexión con su pasado. Con su
identidad. Janet de Mar estaba muerta, era de tontos decir lo contrario. Pero no podía
soportar cortarse el pelo como la mayoría de las monjas. Y ahora esa vanidad podría
costarle la vida.
El capitán dejó escapar un silbido largo y lento.
-Mirad eso, muchachos -dijo en inglés- nos hemos encontramos con una real belleza. ¿Y
qué más se esconde la muchacha bajo esas túnicas?
Ninguna clase de entrenamiento podía impedir que ella vacilara ante las palabras que no
debía entender, sabiendo lo que él quería hacer. Afortunadamente, estaba demasiado
aprisionado para notar su reacción. La puso de pie, las manos alrededor de su cuello y
arrancó la gruesa tela de lana de su escápula y su hábito hasta la cintura.
Marguerite gritó.
Genna también podría haberlo hecho. Luchó, pero era demasiado fuerte. Le arrancó la
capa del cuello y tiró del vestido –ya roto- por encima de sus hombros. Todo lo que le
impedía estar por completo desnudo era una camisa delgada que era demasiado fina
para una monja, otra indulgencia más, pero no se dio cuenta. Y después de unas
lágrimas más, eso también se había ido. La lana y el lino se habían reducido a tiras de
tela colgando de sus hombros. Trató de cubrirse, pero apartó los brazos.
Los ojos del capitán se oscurecieron de lujuria mientras su mirada se fijaba en sus
pechos desnudos.
Su corazón se congeló por el terror. Por un momento su confianza vaciló.
-¿Qué tiene en su espalda, capitán? -dijo uno de los hombres detrás de ella. Genna
quería darle las gracias. Sus palabras, más bien recordatorio, golpearon el miedo de

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corazón, reemplazándolo por una ardiente determinación. Esas marcas las sacarían de
esto.
Ella giró sobre él, sin molestarse en cubrirse:- son las marcas de mi devoción. ¿Nunca
habéis visto la marca de látigos y una camisa de pelo?
Los hombres se sobresaltaron. Genna sabía lo que veían: las horribles líneas de carne
rosada y arrugada que marcaban su espalda pálida. Pero para ella no era así. Las
cicatrices eran un recordatorio, un distintivo que llevaba para recordarle un día que
nunca olvidaría. De un hombre que había sido como un padre para ella y que, cuya
muerte estaba en su alma. Las cicatrices la habían hecho más fuerte. Le habían dado un
propósito.
-Nunca había visto cicatrices como esas en una mujer.
-No soy una mujer -le espetó al hombre que había hablado Era más joven y no tan
seguro de sí mismo como los demás del curso que su capitán había puesto en aquella
misión.- Soy una monja. Una sierva del Señor.
Esperaba que esta fuera otra de esas veces en que una mentira no sería considerada un
pecado. Ella sacó los trozos de tela que sobraron, girando lentamente para que cada
hombre los pudiera ver.
-Si nos tocáis, sufrirán el infierno eterno. Dios los castigará por vuestros pecados.
El hombre más joven se puso blanco.
Miró de nuevo al capitán, con los ojos brillando de furia y con determinación, que se
atreviera a acercarse a ella.
-Nuestra inocencia es para Dios. Tómala y sufrirás -el capitán empezó a alejarse y
Genna supo que había ganado. Ella caminó hacia él, implacable y descontrolada-
Vuestro cuerpo arderá con el fuego de tu pecado. Vuestra hombría se marchitará, el
tamaño de vuestros huevos se reducirán a pasas, y nunca conoceréis a otra mujer. Seréis
condenado durante toda la eternidad.
Ewen y MacLean se acercaron a la abadía desde Eildon Hill a través de Old Wood,
cuando oyeron a una mujer gritar. Sin saber lo que iban a encontrarse, se acercaron con
cuidado, a pie, utilizando los árboles para cubrirse. Ewen oyó su voz primero y lanzó
una mirada a su compañero. MacLean también lo había oído. Su boca se convirtió en
una línea fina y dura. Puede que las palabras fueran en francés, pero el acento era
italiano-romano, a menos que hubiera perdido su marca.
Parecía que acababan de encontrar a su monja. Miró a través de los árboles para
confirmarlo y se detuvo, al ver lo que tenía frente a sus ojos, momentáneamente
aturdido. ¡Santo infierno! Su boca se secó y el calor se asentó en su entrepierna mientras
contemplaba a la mujer desnuda, con su melena –suelta- salvaje de color del oro, la luz
se vio reflejada en su cabello brillante que caía en cascada. Pero fue la piel desnuda la
que hizo que se sacudiera con lujuria. Es cierto que aún no había visto un par de pechos
que no le gustaran, pero estos…
No creía que lo hubiera visto bien. No eran demasiado grandes, pero era muy agradable
a la vista porque se cernía a la perfección con su cintura delgada y estómago plano. Sus
pechos eran suaves, redondos, y firmes, de una muchacha joven. Y su piel era tan
blanca y perfecta que no necesitaba tocarla para saber que sería como el terciopelo.

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Pero quería tocarla. Él quería pasar sus manos sobre esos montículos suaves y enterrar
su cara en la hendidura profunda entre ellos. Quería acariciar con sus pulgares sobre sus
pezones rosados hasta ponerlos duros, y luego rodearlos con su lengua, llevar su boca
hasta ellos, y chuparlos.
¡Jesús!
Frunció sus cejas cuando notó las extrañas marcas, -cortes de cicatrices- en su espalda.
Se preguntó a sí mismo por ellos, pero su atención estaba demasiado enfocada en la
perfección de sus pechos.
MacLean, preguntándose qué había llamado su atención, se inclinó hacia adelante para
echar un vistazo. Su blasfemia sacudió a Ewen de su estupor momentáneo. ¡Era una
monja, por el amor de Dios!
Algo que los soldados ingleses parecían haber olvidado. No era sólo por su vestido
hecho trizas y su camisón demasiado fino para una monja -ewen se había dado cuenta
de eso- si no por las expresiones lujuriosas de los soldados que dejaban claro lo que
querían. Ewen sintió la oleada de ira que corría a través de él. Violar a una monja era
llegar a un nivel de maldad extremo.
Le dio un codazo a MacLean, quien parecía tan aturdido como él, y los dos hombres se
prepararon para atacar. Normalmente, Ewen prefería un lucio -el arma del soldado de
infantería-, pero como habían ido cabalgando, fue una espada lo que sacó de la vaina
que tenía a espalda.
Estaba a punto de dar la señal cuando la muchacha se puso al ataque. Él se detuvo. Fue
magnífico. Una de las cosas más valientes que había visto. Quería bajar la espada y
animarla. Podría ser una monja, pero tenía el corazón de una valquiria. Cada palabra
que salía de su boca sonaba con autoridad y convicción mientras defendía su castidad.
Su santa castidad.
Se estremeció, debido al recordatorio de lo que ella era, una monja. Pero cualquier
lujuria que pudiera haber quedado fue apisonado con dureza por sus palabras exaltando
la letanía de horrores que les sucederían por tocarla. ¿Marchitar? ¿Pasas? Se estremeció.
Para una mujer que había jurado sus votos, no le faltaba imaginación. Pero para él, era
una especie de pecado dar unos pechos así a una monja.
Ewen dio la señal.
Con el feroz grito de guerra de la Guardia de las Highlanders, Airson y Leòmhann, él y
MacLean fueron directos contra el claro.

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Capítulo 2

Janet, o mejor dicho, Genna, sabía que había ganado cuando la mirada del capitán inglés
cambió. Ya no estaba mirándole los pechos con algo parecido a la lujuria. En realidad,
parecía estar haciendo cualquier cosa para evitar mirarla en absoluto.
Pero apenas había saboreado su victoria cuando dos hombres salieron de los árboles y
aseguraron de ello.
Al principio, el sonido de su grito de guerra envió un escalofrío corriendo por toda su
espina dorsal. Aunque había pasado mucho tiempo desde que había utilizado su lengua
materna por última vez, tradujo las palabras gaélicas con suficiente rápidez: Por el
León. El grito no le era familiar, y no podu relacionarlo con ningún clan. Pero eran
highlanders, eso era lo que ella entendía y, por lo tanto, amigos.
Se mordió el labio. Al menos esperaba que fueran amigos.
La fría eficiencia con la que se hicieron cargo de los soldados le hizo detenerse un
momento. No le gustaba tener que salir de otra situación peligrosa tan pronto. Y todo
sobre aquellos hombres la hacía peligrosa.
Esos hombres emanaban peligro por todas las partes de su cuerpo.
El poco contacto durante los últimos años con los hombres donde ella se había criado,
hizo que olvidara lo grandes e intimidantes que eran. Altos, de hombros anchos y
musculosos. Los highlanders eran duros, toscos e indomables como el salvaje y
prohibido campo que los engendró. También eran guerreros excepcionales y sin tabúes.
Sue estilo provenía de un legado de los invasores nórdicos que se habían asentado en
sus orillas hace generaciones.
La muchacha se estremeció. Estos dos no eran diferentes, excepto quizás que eran más
hábil para matar que la mayoría. Se encogió y se alejó cuando uno de los hombres clavó
su espada en la garganta del joven soldado inglés. Odiaba ver el derramamiento de
sangre, incluso cuando estaba justificado.
Apenas tuvo tiempo de recoger su capa, tirarla alrededor de sus hombros para cubrir su
desnudez, y ayudar a Marguerite a ponerse de pie antes de que terminaran los combates.
Los cuatro abrigos de los ingleses yacían en montones de sangre en el páramo cubierto
de hierba.
La amenaza había terminado. Aunque cuando notó que uno de los hombres caminaba
hacia ellas, como ella hizo. Intentaba calmar a una sollozante Marguerite. Un extraño
hormigueo se extendió sobre su piel cuando la mirada del guerrero se encontró con la
suya. Ella jadeó y su corazón se sobresaltó, como si se hubiera parado de repente y
ahora fuera a toda velocidad.
Podía ver más bien poco de su rostro que estaba bajo el casco de acero. Dios mío, ¿los
highlanders todavía llevaban esas cosas? Su mandíbula estaba cubierta de barro, pero
parecía tan amenazante como el resto de él.

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De hecho, todo acerca de su aspecto exterior era amenazante, desde el casco de cuero
negro salpicado de sangre, a la gran hilera de armas atadas a su cintura musculosa –era
la segunda vez que reparaba en ella-. Sin embargo, observando el color azul acero de
sus ojos, supo que no era ninguna amenaza.
Para ella, al menos. Los soldados muertos a sus espaldas podrían estar en desacuerdo
con respecto a eso. Dejó escapar un suspiro que no se había dado cuenta de que había
estado reteniéndolo.
Era un guerrero regular de las Highlands. Tal vez con un poco más de aspecto físico y
dominante que la mayoría, pero nada que no pudiera manejar. Se había cruzado con
cientos de guerreros a lo largo de su vida, y nunca le habían dado problemas.
Sin embargo, algo en él la hacía sentir incómoda. Tal vez fue la manera en que la que le
sostuvo la mirada durante todo el tiempo que anduvo hacia ella con una expresión
inescrutable en su rostro. Ella era buena midiendo las expresiones de la gente, sin
embargo no dio con nada de él.
¿Cuánto había visto? Por la manera en la que miró su capa cuando se detuvo frente a
ella, sospechaba que lo suficiente. Un rubor inoportuno manchó sus mejillas. Sintiendo
como si de repente la ventaja con la que contaba, decidió que cuanto más rápido
terminara con esto, mejor.
Soltó a Marguerite y se dejó caer de rodillas, agarrando su mano y sacudiendo una
rápida sucesión de agradecimiento en francés intercalados con oraciones en italiano.
Con suerte, como los highlanders más comunes -y nada en su apariencia sugería lo
contrario- no hablaría italiano o francés, y esto sería una conversación rápida que
surtiría efecto.
Si hubiera podido, habría derramado una lágrima o dos, pero eso pasaba más allá de sus
dotes de interpretación. La mirada de reverente gratitud que había adoptado podría
haber funcionado, pero cuando él miró su pelo y frunció el ceño, ella recordó que ella
no estaba usando su velo. Sin él, se sentía… expuesta. Había pasado mucho tiempo
desde que se había sentido como una mujer a los ojos de un hombre, y eso la hacía
sentir extrañamente vulnerable. Había estado fingiendo ser monja durante tanto tiempo,
que casi había olvidado que no lo era. Aún no, al menos.
Sin dejar que le diera una sola palabra, se levantó y le dio las gracias otra vez antes de
dejar caer su mano. Ella recogió su velo del suelo para cubrir su pelo, posicionándolo
por encima de su cabeza,
Depositó el brazo de la hermana Marguerite en el suyo, y comenzó a alejarse. Ella la
devolvería a la Abadía, asegurándose de que la joven monja estuviera bien, y luego se
iría tan pronto como fuera posible.
Pero parecía que su inclinación por encontrar problemas no había terminado.
-Hermana Genna -dijo el highlander con un francés perfectamente acentuado-. No
hemos acabado.
Ella ahogó una maldición, dándose cuenta de que aquello no iba a terminar tan rápido
como ella lo había esperado.
¿Y cómo era que sabía su nombre?

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¿Qué infiernos acababa de suceder? ¿La muchacha que acababa de balbucear era la
misma que, con valentía, había formado una valquiria, defendiéndose a sí misma y a su
amiga de cuatro soldados ingleses?
Ewen estaba teniendo dificultades para reconocer a ambas muchachas, cuando se dio
cuenta de que estaban yéndose. Lejos. Cuando la detuvo, podría haber jurado que la oyó
murmurar una maldición antes de que se diera la vuelta.
-¿Habláis francés? -aunque lo dijo con una sonrisa en el rostro, sospechó que no estaba
nada contenta. Asintió, sin molestarse en responder a la pregunta obvia- ¿sabéis mi
nombre?
Una vez más, no vio ninguna razón para responder. Echó un vistazo a la joven que
estaba a su lado, los sollozos provenientes de ella se habían calmado y ahora parecía
casi demasiada tranquilo.
-La muchacha -dijo con brusquedad-. ¿Está enferma?
- La hermana Marguerite sufre de una dolencia pulmonar -dijo la hermana Genna en la
postura misericordioso que había adoptado.
Ewen se percató de la forma sutil o no tan sutil, en que había puesto a la joven mujer
detrás de ella, poniéndose entre su cuerpo y cualquier amenaza quepresente. Admiraba
el impulso, por ridículo que fuera.
La monja más joven se recuperó lo suficiente como para explicarlo ella misma:- Asma -
dijo ella con voz vacilante- me siento mucho mejor ahora. Si la hermana Genna no los
hubiera detenido… -su voz se apagó y sus ojos se llenaron una vez más de lágrimas.
El feroz highlander protector le lanzó una mirada de reproche, mostrando un destello del
espíritu que había enmascarado detrás de toda esa mentira. Se alegró de que se hubiera
cubierto el cabello con el velo, pero incluso el mero recuerdo de lo que había debajo le
distraía.
-La estáis molestando. Como podéis ver, no se encuentra bien, y necesita volver a
Abadía de inmediato. Así que os estoy agradeciendo vuestra ayuda, pero estoy segura
de que no deseáis retrasarnos por más tiempo. Imagino que tampoco querréis estar aquí
cuando encuentren estos hombres. Seguramente otro grupo de soldados se estén
acercando ya.
Estaba claro que la muchacha intentaba deshacerse de él, y no pensaba en el bienestar
que la había motivado anteriormente. ¿Pensó que podía espantarlos como con los
ingleses? Él casi se echó a reír.
-Lo tendré en cuenta -dijo secamente-. Pero no iréis a ninguna parte.
MacLean había terminado de deshacerse de los cuerpos lo mejor que pudo y se acercó a
él.
-Cristo, Cazador -dijo en voz baja en gaélico-. Puede que si lo intentaras explicar en vez
de dar órdenes.
Dado que MacLean era sólo ligeramente menos contundente que él y que solo poseía
pocas dotes de comunicación, la crítica fue algo irónica.
-Mi nombre es Eoin MacLean, y este es Ewen Lamont -MacLean dijo en francés roto.

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A diferencia de Ewen, MacLean no era tan rápido con los idiomas. Normalmente
usaban sus nombres de guerra para las misiones de la Guardia, pero como esta misión
no era secreta y las monjas eran capaces de ver sus rostros para identificarlos,
decidieron que era más seguro usar sus nombres de clan.
-Fuimos enviados a buscarte –agregó.
Ewen no se perdió la mirada de cautela que disparó la muchacha en su dirección cuando
mencionó a su clan. Un aspecto, al que desafortunadamente estaba acostumbrado de los
seguidores de Bruce. Los nombres de MacDougalls, Comyns y MacDowells, y también
el de Lamont no eran de confianza.
La larga disputa entre las dos ramas de Lamont no había terminado con la muerte de
Fynlay en Dundonald. El primo de Ewen, John, era el actual jefe de Lamont y había
elegido luchar con el clan de parte de su madre, los MacDougalls, contra Bruce. Cuando
los MacDougalls habían sido perseguidos por Escocia después de la batalla de Brander,
su primo se había exiliado con los MacDougalls, y el gran señorío de Mac Laomian mor
Chomhail uilethe, El Gran Lamont todos los de Cowal, había sido confiscado por la
corona, incluyendo los bastiones importantes del clan de Dunoon y Carrick.
Distanciarse de la rebelión de su primo y del legado "salvaje" que le había dejado su
padre fue una batalla constante. Pero lo que le sorprendió fue que una monja italiana
estuviera al tanto de la política del clan.
-¿Quién os… -se detuvo, obviamente recordando al hombre. Lentamente, ella asintió-
ya veo.
Se había dado cuenta de que debía haber sido Lamberton quien los había llevado a ella.
-Con una misión tan importante como tu eh… peregrinación -agregó MacLean- vuestros
superiores estaban preocupados para que nada saliera mal y quisieron asegurarse de que
llegabais segura. Como habéis podido comprobar, hay muchos enemigos en las iglesias
estos días.
Ewen no se había dado cuenta de que MacLean fuera tan hábil para hablar con doble
sentido, sobre todo en un idioma que no era su lengua materna y le costaba hablarlo con
fluidez, pero estaba claro que la hermana Genna entendía lo que estaba tratando de
decir: estaban aquí para asegurarse de que el mensaje a Bruce no se extraviara.
Él la estaba estudiando mientras MacLean hablaba y no se perdió el flash de lo que
podría considerarse como molestia en sus ojos. Se dio cuenta de que eran azules
marinos. Con unas bonitas sombras de verde azulado. ¿Y qué clase de monja tenía las
pestañas tan largas?
Cualquiera animadversión que hubiera detectado en sus ojos fue rápidamente sofocada
por su mirada piadosa.
-Lamento que vuestro viaje era innecesario. Llegué a mi destino hace dos días sin
ningún problema. De hecho, iba de regreso a Berwick esta mañana. La hermana
Marguerite simplemente me acompañaba a la colina para decir despedirme.
-¿Estabais planeando viajar sola? -preguntó Ewen.
No se había molestado en ocultar la incredulidad de su voz, y la cara que se volvió hacia
él parecía lo suficientemente serena, pero podía jurar que sus ojos estaban disparando

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dardos azul verdoso contra él. ¡Maldición, ella era demasiado guapa! Ni demasiado
vieja y ni tampoco joven. Suponía que tenía poco más de veinticinco años. La otra
también era bonita, de una manera frágil e impotente, que la hermana Genna estaba
tratando de adoptar, pero no parecía mucho mayor que una niña.
-Esperaba alcanzar a otro grupo de peregrinos en la Abadía de Dryburgh, a pocos
kilómetros de distancia. Los que estamos al servicio de Dios estamos acostumbrados a
caminar largas distancias. Es más, camino mucho más lejos para vender los bordados en
el mercado. La mayoría de las personas que me encuentro en el camino no son así.
-Pero algunos lo son -señaló.
Ella se encogió de hombros con mucha menos preocupación de la que debería tener.
Incluso después de lo que acababa de ocurrir, parecía ajena al peligro que corría. Lo que
sólo reforzaba la creencia de Ewen de que las mujeres no debían formar parte de la
guerra, ni siquiera las monjas que actuaban como mensajeros. Las mujeres eran
demasiado frágiles.
Demasiado confiadas. Demasiado inocentes del lado feo del mundo. ¿Cómo podía
esperar defenderse de un caballero armado?
Aunque admiraba la valentía y el espíritu que acababa de presenciar, el siguiente grupo
de soldados con los que se toparía no sería tan fácil de persuadir por sus amenazas.
¿Qué diablos estaba pensando Lamberton? El gran obispo estaba enviando su precioso
cordero a la matanza sin darse cuenta del peligro que corría. Y sin protección, maldita
fuera.
Debería estar contento de oír que había dejado la misiva en el lugar correcto.
Acompañar a monjas demasiado bonitas las cuales no sabían lo suficiente como para
darse cuenta de que estaban fuera de su zona de confort, no era por lo que se había
unido a la Guardia de los Highlanders.
Era el único Lamont que no estaba en el exilio, quería devolver el buen nombre a su
clan y reclamar las tierras del clan perdidas por su primo, asegurando que uno de los
más grandes señoríos en las Highlands no se desvaneciera en la niebla como las de los
MacDougalls y Comyns.
Todo lo que tenía que hacer era mantener la cabeza baja, hacer su trabajo, y no hacer
nada para enfadar a Bruce. Cuando terminara la guerra, sería recompensado con tierras
y dinero.
Era una simple ecuación. Él estaba seguro como el infierno que no necesitaba ninguna
distracción de ningún desconocido –o desconocida- como bonitas monjas italianas. Por
mucho que le gustara el hermano de Arthur, el Guardían, Neil, no quería ver más tierras
de Lamont a manos de los Campbell.
Pero no podía dejarla marchar y que se defendiera sola. No después de lo que había
visto.
La hermana Genna intentó explicarse. -Algunos, tal vez. Aunque estos hombres habían
comprendiendo su error -al darse cuenta de que tal vez pudiera parecer ingrata, añadió,
-Aunque, por supuesto, estamos agradecidas por su ayuda. ¡Fueron magníficos! Sus
habilidades de espada han sido de los más impresionantes. Me aseguraré de elogiarles
delante de mis superiores.

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Aunque lo dijo con una sinceridad y adulación perfecta, era nada menos que una
actuación. Ewen había pasado el suficiente tiempo junto a MacSorley como para saber
que solo le estaba complaciendo por una causa.
Quizá, detectando su escepticismo, agregó:- La verdad es que no sé qué nos hubiera
pasado si no llegáis a aparecer en el momento adecuado.
Si no lo hubiera visto antes, la dócil e ‘indefensa’ actuación podría haberlo engañado.
Entrecerró los ojos. ¿Por qué estaba mintiendo? ¿A qué estaba jugando?
Les dirigió una sonrisa solemne, como si los estuviera bendiciendo. Pero Ewen se
distrajo con un pequeño lunar en forma de corazón que tenía encima de los labios. ¡Por
el amor de Dios, un lunar como ese sólo debía pertenecer a una mujerzuela!
-Tenéis nuestra más profunda gratitud. La hermana Marguerite y yo rezaremos por vos.
Adiós.
¡Jesús! Ewen frunció el ceño y se detuvo bruscamente. ¿Cómo diablos había hecho eso?
Había estado caminando detrás de ella, la había seguido sin darse cuenta. Estaban casi
de vuelta en su camino.
Se sentía como el maldito Odiseo con las sirenas.
-No tan rápido, hermana -no tenía intención de dejarla marchar sola. MacLean podía
llevar la misiva a Bruce, y vería a su mensajero de vuelta a Lamberton. Y cuando
hubieran terminado, él y el obispo iban a tener una agradable y larga charla sobre
utilizar a las monjas como mensajeras- podéis despediros tanto como queráis, pero
vendréis junto a mí.
Genna trató de no mostrar su desconcierto, pero había pasado mucho tiempo desde que
un hombre había intentado ordenarle algo. No había pasado desde… Duncan. Su pecho
se apretó al pensar en su hermano. Todavía le era difícil pensar que se había ido. Su
grande, fuerte, aparentemente indestructible hermano había sido asesinado por el
MacDowells en Loch Ryan no mucho después de su desaparición.
Se volvió, con calma y se encontró con su mirada hipnotizadora, y que no parecí darse
cuenta de lo que provocaba. MacLean le había presentado como Lamont. Era muy
extraño, ya que pensaba que ese clan estaba junto con los MacDougalls contra Bruce y
habían sido exiliado a Irlanda. El clan Lamont se encontraba en Cowal, recordó Janet –o
Genna-, cerca de Argyll, en las Tierras Altas Occidentales. Su nombre se debía a
"Logmaor" nórdico, o del Lawman. Lo que era especialmente irónico dado que ese
hombre parecía tener las habilidades de comunicación de una roca.
No estaba respondiendo como esperaba, y era un poco desconcertante. También tenía
una manera desarmante de mirarla. Dura. Intensa. Como si pudiera ver a través de ella y
ver todos sus secretos.
Pensando en sus cicatrices, se dio cuenta de que él había visto al menos algunas de
ellas. Pero tenía mucho más que esconder que eso.
Cuanto antes se librara de este desconcertante hombre, mejor.
Mostrando una paciencia que, en realidad, no sentía, le dio una de sus sonrisas más
desvergonzadas. Con calma, serenidad, y comprensión. Con esa aura de misterio y
santificación con las que se identificaban a las monjas. ¡Cómo se reiría Mary al verla tan

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afectada por una mirada! Su pecho se apretó por segunda vez e hizo que sus
pensamientos vagaran fuera de ella. Su hermana gemela estaba más segura sin ella.
Pero odiaba no poder verla y decirle que todo estaba bien. Esperaba que pronto pudiera.
La guerra no podría durar siempre... ¿verdad?
-No entiendo. Creo que os expliqué que no había motivo para que vinierais.
Ella ya entregó la misiva. ¿Por qué el obispo los enviaba después de ella? Lamberton
nunca había mostrado tal falta de fe en ella antes. No necesitaba una escolta; Solo haría
que interfiriera en sus planes. -¿Había algo más?
La sonrisa no tuvo efecto en él. Su cara era tan impenetrable como el acero que ocultaba
sus cejas y nariz. Ella frunció el ceño. Tenía que admitir que tenía curiosidad por ver la
totalidad de su cara. Tenía una boca y mandíbula agradable.
Ella se detuvo sorprendida, preguntándose qué en la perdición estaba pensando.
-Te llevaré devuelta a Berwick. No tienes que preocuparte por tu amiga. MacLean lo
hará, estará a salvo de regreso a la abadía. Se asegurará de que todo –y todos- llegue a
su destino.
El hombre no era experto en significados ocultos como su amigo, pero Genna lo
comprendía lo suficientemente bien. Aparentemente, MacLean tomaría la misiva que le
había dejado a su contacto en la Abadía y se la daría directamente a Bruce.
-Sois muy amable. Aunque aprecio vuestra valiente oferta, no es necesario. Por qué no
vamos todos de regreso a la abadía, así tú y tu amigo podéis ver que todo llega sin
problemas.
Ella se volvió para irse, pero él la detuvo con esa voz profunda y lenta que a pesar de la
brusquedad de sus palabras parecía filtrarse a través de ella como un cálido caramelo.
-No era una oferta, hermana.
El hombre era como una roca. ¡Totalmente inamovible! Sintió como su mal humor salía
a la luz pero lo aprisionó hacia abajo. Su sonrisa esta vez era un poco forzada:- No es
necesario...
-Sí, lo es -Hizo un gesto con la cabeza hacia su amigo, y MacLean se acercó a ella:-
Lleva a la niña a la abadía y luego asegúrate que nuestro amigo recibe el mensaje –
añadió en Gaélico:- Yo me ocuparé de nuestra pequeña guerrera santa.
Lo bueno es que tenía mucha experiencia fingiendo que no entendía. Pero aun así su
comentario logró crisparla. ¡Pequeña guerrera santa! Él la hizo sonar como un bairn que
solo estaba jugando.
-Hermana -MacLean dijo, extendiendo su mano a Marguerite.
La muchacha miró hacia atrás y hacia adelante entre Genna y MacLean. Genna se
apretó contra su brazo, no queriendo alejarse de ella. Pero sabía que Marguerite
necesitaba volver a atender sus pulmones, y como estaba claro que iba a tomar un poco
más de tiempo para razonar con este hombre enfurecido, tuvo que dejar que se
marchara.
-Está bien –dijo- id con él. Yo iré pronto.
-Despídete, hermana -le ordenó Lamont detrás de ella.

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Genna le lanzó una mirada fulminante, y luego se volvió hacia Marguerite para darle
ánimos.
-Tened cuidado, pequeña.
La hermana Marguerite miró a Lamont con incertidumbre y luego de nuevo a ella.
-¿Estáis segura? No quiero dejaros sola…
-Perfectamente segura. Este hombre no me hará ningún daño -Esperaba que no fuera su
tercera mentira-. No te preocupes por mí, sólo prométeme que descansareis antes de
continuar tu viaje.
La muchacha asintió.
Genna se mordió el labio:- Lo más seguro es que no digáis nada de lo que pasó aquí. No
querría tener que poner en peligro a estos hombres que nos ayudaron.
Marguerite asintió de nuevo y, después de un último abrazo, Genna la soltó. Miró cómo
MacLean la conducía a través de los árboles. Estaban casi fuera de la vista cuando
Lamont gritó algo a su amigo en gaélico. Era algo así como Ariete, Bàs roimh Gèill.
Ella lo tradujo como morir antes que la rendición. Per, ¿qué significa ‘Ariete’?
MacLean asintió y repitió la frase, añadiendo algo que comprendía: Cazador. Qué
extraño…
-¿Qué le dijisteis?
-Nada importante.
-Y, sin embargo, lo dijiste en un lenguaje que no puedo entender.
Lamont sacudió su cabeza. Ella pensó que era bastante extraordinario que él tuviera la
misma mirada exasperada en su rostro que solían tener su hermano y que les había
llevado años perfeccionar.
Él lo había conseguido en cuestión de minutos.
-Sí -el hombre también había perfeccionado la falta de respuesta.
-Tu amigo -dijo ella-¿no será peligroso para él?
Él se encogiéndose de hombros, sin rastro de preocupación. -Tendrá cuidado. Él sabe
cómo pasar desapercibido.
Genna no podía imaginar cómo sería posible. Ellos destacaban por sí solos. Por un lado
eran tan grandes… De pie junto a él no podía dejar de notar lo grande que era. Le
sacaba más de una cabeza. Los hombros eran casi dos veces más anchos. Sin contar con
todas las armas y armaduras, era un hombre bastante voluminoso. No tenía grasa, pero
con demasiados músculos para su gusto. Era un hombre hecho para recordar a las
mujeres su vulnerabilidad, algo en lo que trató de no pensar. Pero ella no podía
ignorarlo, lo que la hacía estar más ansiosa por deshacerse de él.
Genna había notado que a él le gustaba acercarse demasiado. Así que ella decidió
tomarlo por sí misma. -¿Por qué insistís en acompañarme de regreso a Berwick? ¿Mi
superior te instruyó para que lo hicierais?

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-¿Entonces por qué?


-Eso es más que obvio: no es seguro.
-¿Y creéis que estaré más segura con vos? Estáis equivocado. Los ingleses son mucho
más propensos a detener a un guerrero en la carretera que a un grupo de peregrinos.
Estaré mucho más segura con ellos.
-Entonces será mucho mejor que no viajemos por el camino.
-¿Os habéis propuesto volar a Berwick? -las palabras sarcásticas salieron de su boca
antes de que pudiera controlarlas.
Él sonrió, y algo de esa irritación que sentía se estrechó extrañamente en su pecho. Se
dio cuenta de que era bastante guapo. Verdaderamente guapo. No necesitaba ver el resto
de su cara para saberlo. Estaba justo ahí en esa sonrisa torcida. Un extraño
estremecimiento la atravesó, y la piel le hormigueara.
-No exactamente -dijo-. Pasaremos a través de los árboles y nos mantendremos fuera de
los caminos principales.
Dio un paso más cerca de ella. Genna percibió un ligero olor a cuero y pino que ella
querría poder decir que era desagradable. En cambio, sintió el impulso casi irresistible
de inhalar por su nariz.
Ella se sacudió, preguntándose por qué estaba actuando así. Nunca había sido el tipo de
chica que caía rendida por un hombre, ni siquiera cuando era joven. De hecho, siempre
había sido al contrario.
Tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás sólo para mirarlo:- ¿Y si nos perdemos?
El sonido áspero que salió de su boca fue casi una risa:- No nos perderemos.
Miró hacia abajo y sus ojos se encontraron. Algo se encerró en su pecho. Su aliento.
Parecía que se había quedado atascado. Algo extraño pasó entre ellos.Algo caliente e
intenso. Algo que hacía picar la piel debajo de su manto. Fue muy consciente de su piel
desnuda bajo la lana. Casi como si supiera lo que estaba pensando, su mirada se posó en
sus pechos. Un extraño rubor se extendió sobre ella, y jadeó. El pequeño sonido fue
suficiente para romper la conexión. Apartó la mirada, con una mirada oscura cruzándole
la cara.
Dio un paso atrás y trató de cubrir el momento de torpeza, pero su voz sonó aguda.
-Me temo que es imposible. Puedes acompañarme a Dryburgh si insistís, pero no me
conviene viajar sola con un hombre –por el amor de Dios. ¡Tendrían que pasar al menos
una noche juntos!
Su boca se torció:- No hay nada impropio; Sois una monja. Vuestra castidad está segura
conmigo.
Había algo en esa pequeña sonrisa y la forma en que lo dijo que hizo que no se sintiera
bien con ella. ¿Había malinterpretado lo que acababa de suceder? ¿Le estaba diciendo
que no se sentía atraído por ella? Aunque eso era exactamente lo que ella quería, tenía
suficiente vanidad para saber que le molestaba.

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Necesitaba ponerse una camisa nueva y poner su velo en orden. Entonces estaba segura
de que se sentiría como ella otra vez. Después de que se deshiciera de él.
-No quise impugnar vuestro honor. Sois un hombre de honor, ¿verdad?
-Normalmente.
Ella frunció el ceño. No era exactamente la respuesta que esperaba, pero tendría que
hacerlo.
-¿Y como hombre honorable no obligarías a una mujer poco dispuesta?
Para un caballero sólo habría una respuesta. Él, por supuesto, le dio otra.
-Bueno, supongo que dependiendo de las circunstancias, porque tengo la intención de
forzarte si no hacéis lo que digo. Así que si termináis de tratar de hablar en círculos a mi
alrededor hasta que haga lo que queréis, podéis cambiar mientras encuentro mi caballo,
y entonces podemos estar en nuestro camino.
Y sin esperar a que ella respondiera, giró sobre sus talones y la dejó allí, jadeando.
Había pasado mucho tiempo desde que había perdido una guerra de palabras.
Parecía que no iba a deshacerse de él tan fácilmente como ella había esperado. En
realidad, parecía que no iba a deshacerse de él en absoluto.

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Capítulo 3

Cuando se alejó, algo en la expresión de la muchacha hizo que Ewen quisiera reír.
Apostaba que la pequeña monja había escuchado muy pocas veces la palabra no. La
diversión estaba disminuyendo ahora. Para ser una mujer de Dios, tenía cierta facilidad
para despertar el diablo dentro de él.
La miró desde lo alto de su caballo con la mano extendida:- Dije que me dierais vuestra
mano.
Ella sacudió la cabeza, el horrible velo negro de nuevo puesto en su lugar, ocultaba
completamente la manta dorada que yacía debajo. Pero sabía que estaba allí, y si lo
miraba con la suficiente, podía ver los sedosos y finos rizos de oro que se escapaban.
Toda esa suavidad terminaba donde empezaba su boca.
-Te agradezco tu amable oferta, pero preferiría caminar.
Era la tercera vez que le preguntaba, maldita fuera, con la segunda ya bastaba. Apretó su
mandíbula, pero eso no ayudó a que se tranquilizara.
-No era una oferta y mucho menos amable. No me importa una mierda lo que queráis.
Os sentaréis sobre el caballo vos misma u os pondré yo ahí, pero tened la seguridad de
que de un modo u otro viajaréis junto a mí.
Sus ojos se abrieron un poco, pero su mirada no vaciló.
-¿Algo más que decir?
-¿Es esta la mujer que había amenazado a un hombre con su virilidad y reducir sus
huevos a unas pasas?
-Así es.
Ewen nunca había sido muy bueno conversando con las damas. Era demasiado duro.
Demonios, era demasiado áspero por todas partes. MacSorley tenía suficiente encanto
por todos juntos. Cosa que estaba bien para él. Ewen era un guerrero, no un trovador.
No tenía ni el tiempo ni las ganas para cortejar. Su lenguaje claro podría ser
desagradable, y tal vez incluso áspero a veces, pero era eficaz. En la batalla y en las
otras situaciones de vida o muerte que enfrentaban la Guardia de las HighLands, era lo
que importaba. El ser claro y conciso. No había lugar para la sutileza. Además, el tipo
de comunicación que disfrutaba con las mujeres no requería mucha conversación.
Inmediatamente su mente se deslizó a lugares a los que no debía ir. Su mirada se dejó
caer por un instante a los pechos bien cubiertos de la muchacha antes de que pudiera
impedirlo.
¡Jesús, necesitaba dejar de hacer eso! Era una monja, se recordó a sí mismo. Pertenecía
a Dios. Pero sospechaba que iba a pasar mucho tiempo antes de que olvidara la vista de
la perfecta y suave carne femenina escondida bajo el hábito.
Apretó la mandíbula:- Bueno, ¿qué pasa, hermana?

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Después de una larga pausa, se resignó y puso su mano en la suya. Aparentemente, la
hermana Genna había decidido no provocarle. Había sido una decisión sabia.
Aprendería muy pronto que no él no hacía amenazas en vano; Haría lo que hubiera
dicho.
Él la levantó sin esfuerzo en el asiento que tenía ante sí -pesaba como un pluma- y
empezaron. Según su estimación, deberían llegar a Berwick al día siguiente. Era sólo
una distancia de unos cuarenta kilómetros, pero con dos a caballo y haciendo el esfuerzo
para mantenerse en el campo y evitar los caminos sería difícil, les llevaría el doble de
tiempo.
Ewen estaba muy familiarizado con el paisaje, ya que había entrado y salido de las
fronteras más de lo que quería recordar durante los últimos dos años en las misiones de
la Guardia de los Highlanders para causar el mayor daño posible a las tropas inglesas
que tenían los castillos. Conocía todos los bosques, todas las parcelas de árboles, cada
contorno de cada ladera, cada máscara que la naturaleza proporcionaba para entrar y
salir sin ser visto.
La intuición –y no porque pudiera ser una amenaza- hizo lo que pudiera para evitar
dejar huellas. Pero con la reciente llegada de la primavera y sus tormentas eléctricas, el
suelo blando hizo que fuera imposible. Sin embargo, la lluvia escondería lo que él no
pudiera.
En el tiempo que le había tomado recuperar su caballo y persuadir a la Hermana Genna
para montar con él, las nubes oscuras se habían arremolinado a través del cielo, el
viento había comenzado a revolotear las hojas, y la temperatura había caído unos pocos
de grados.
Pero no fue la tormenta lo que le hizo temer los kilómetros que tenían por delante.
Cuando la acomodó bien en el asiento delante de él, y hubo deslizado sus brazos
alrededor de su fina cintura, se dio cuenta que se había precipitado en cuanto a negarle
caminar. El tener su cuerpo caliente contra el suyo, le hacía difícil recordar que era una
monja.
Ahora bien, es cierto que no tenía mucha experiencia sosteniendo a una monja en sus
brazos, pero él no podía recordar nunca haber visto a una monja que oliese como las
campanillas azules que cubrían la cerca de su casa en Ardlamont. La fragancia floral
suave infundió sus sentidos, burlándose de él y haciendo que la acercase, se inclinara
sobre ella e inhalase.
Maldita sea, necesitaba hacer algo. Tal vez decir una oración. ‘No nos dejes caer en
tentación y liberarnos del mal’ parecía muy apropiado.
Ahogó un gemido. La oración quedó olvidada en el segundo que su cuerpo se estrelló
contra el suyo de nuevo.
Dios, esto se sentía bien. Ella sentía bien. Y su cuerpo parecía darse cuenta.
Trató de mantener una cierta distancia entre ellos, pero el movimiento del caballo sobre
el terreno difícil y desigual hizo que fuera imposible. Parecía como si con cada uno de
los cascos, su trasero se deslizara hacia atrás en dirección a su ingle, su espalda en su
pecho, y el suave peso de esos pechos que no podía olvidar rebotaran contra sus brazos.

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No importaba cuántas veces pronunciara oraciones, ni que se repitiera a sí mismo
"monja" una y otra vez. No podía evitar que su cuerpo respondiera al contacto tan
íntimo. Estaba duro como una roca, aunque afortunadamente, debido al grueso cuero de
su armadura, no creía que ella fuera consciente de su gran miembro contra ella.
Pero Dios sabía, estaba seguro como el infierno, que cada vez que esa piel suave se
deslizaba contra él, Ewen pensaba únicamente en frotarse. Pensó en ello hasta que casi
podía imaginar lo que sería envolver sus manos alrededor de sus caderas y hundirse
dentro y fuera de ella. El ritmo sensual lo conduciría a la lujuria. Estaba caliente,
molesto y tan distraído que casi había perdido de vista la esquina que había estado
buscando.
Maldijo, furioso consigo mismo. El control y la disciplina rara vez suponían un
problema para él, especialmente en lo que se refería a las mujeres que estaban fuera de
los límites. Últimamente, parecía que todos los demás miembros de la Highland Guard
se casaban con mujeres hermosas, y ninguna vez su apreciación por su belleza se había
convertido en un destello inapropiado de lujuria.
Demonios, Christina MacLeod era una de las mujeres más hermosas que había visto,
con el tipo de cuerpo exuberante y bien curtido que le gustaba, la monja estaba un poco
delgada, pero nunca había tenido un pensamiento impuro sobre ella. Por supuesto, tener
al mayor espadachín en la cristiandad viendo a cada hombre que se encontraba a menos
de cien metros de ella sirvió como un elemento de disuasión bastante eficaz. Pero si
hubiera alguien que pudiera atormentar en el corazón más que el jefe de la Guardia de
los Highlanders, era Dios.
Sintió que se movía contra él mientras volvía la cabeza para mirar hacia atrás.
-¿Pasa algo malo?
Aparte de la lenta y torturosa parte de su trasero presionando contra su polla turgente.
Apretó los dientes. -No, ¿por qué lo preguntáis?
-Soltasteis una maldición -sus ojos se estrecharon.
-Pensaba que no entendías nuestra lengua.
-No lo hago. Pero no necesitaba entender el gaélico para saber que era una palabra que
no querría escuchar.
Su boca se retorció con diversión. Supuso que eso era cierto.
-No pasa nada malo.
-A lo mejor estáis confundidos acerca de qué camino tomar. ¿Estáis seguro que sabéis
adónde vamos? -Esta vez no pudo resistirse a la sonrisa completa, aunque no tenía ni
idea de lo divertido que era
La pregunta fue lanzada para el mejor rastreador en las Tierras Altas; Él no se perdió.
Había construido su reputación centrándose en cada detalle de su entorno. Una
reputación que había hecho que Bruce lo seleccionara para su equipo de guerreros de
élite.
-No os preocupéis, sé adónde voy. No nos vamos a perder.

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Un pequeño surco apareció entre sus cejas. Sin duda había sentido su diversión, pero no
entendía la fuente. -Parecéis bastante seguro.
-Lo estoy.
-Es sólo que parece que va a llover, y con la niebla…
-Estaremos bien.
Ella inclinó la cabeza un poco hacia atrás para estudiarlo un momento. Sus rostros
estaban tan cerca, que le era difícil resistirse a hacer lo mismo.
Realmente era muy bonita, para una mujer de Dios, se recordó. Las líneas de su rostro
estaban dibujadas de forma simple pero clásica. Grandes ojos en forma de almendra
enmarcados por cejas delicadamente arqueadas. Pómulos altos, una nariz pequeña y
recta y una barbilla puntiaguda. Las únicas extravagancias eran aquellas pestañas
ridículamente largas, el brillante azul marino de sus ojos y esa boca sensualmente
curvada. Sus labios eran demasiado rosados, demasiado exuberantes y demasiado
condenados, especialmente con esa peca rara que lo distraía.
Cambió su mirada hacia el camino delante de ellos, donde estaba a salvo. Se sintió
aliviado cuando hizo lo mismo. Hasta que se estremeció un poco y se acomodó en su
contra. Casi gimió y su voz sonó un poco más que de costumbre.
-¿Tenéis frío?
-Un poco.
Con una mano sosteniendo las riendas, se acercó y desató un cuadrito del rollo de la
silla.
-Podéis usar esto -dijo, entregándosela-.
La sonrisa que le daba era casi infantil en su delicia y tan fuera de consonancia con la
monja serena, su corazón se movió un par de segundos.
-Gracias -Ella la envolvió alrededor de ella y suspiró contenta, hundiéndose de nuevo
contra él de nuevo.
Al menos uno de ellos estaba cómodo. Ewen tenía la sensación de que las próximas
veinticuatro horas iban a ser las más incómodas de su vida.
La manta olía como él, acogedor y cálido con un débil indicio del aire libre, y los suaves
colores azules y grises le recordaban sus ojos. Azul de acero, los llamaría con énfasis,
de sus ojos, a su temperamento intratable, al sólido escudo de su pecho detrás de ella ya
la dura fuerza de los brazos que habían levantado
Ella desde el suelo donde estaba tumbada, nunca había sentido brazos así en su vida.
Había extendido los brazos y se sorprendió de cómo él la había levantado, y ella había
podido agarrarle muy bien. Un extraño estremecimiento la había robado, y su estómago
había tomado un extraño chapuzón.
En realidad, su estómago parecía estar haciendo mucho a su alrededor. Y ella se sentía
extraña. Esperaba que no estuviera enferma. Pero para ser un hombre tan duro, tenía que
admitir que era sorprendentemente cómodo montar con él. Era agradable. Muy bien, se
dio cuenta. ¿Quizás había estado preocupada por nada? Era mucho más cómodo montar
con el calor y la protección de su gran cuerpo detrás, especialmente cuando el clima

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había cambiado. El viento era frío, y él emanaba tanta calor… Se estremeció, tapándose
fuertemente bajo la manta cuando una fuerte ráfaga de viento hizo que los árboles
sonasen.
Ella pensó que hizo ruido, pero cuando miró por encima del hombro a Ewen, éste
miraba hacia delante con esa mandíbula cuadrada masculina puesta en el mismo sitio.
Pocas veces no lo hacía a su manera, pero Genna podía bien aceptar la derrota.
Particularmente cuando parecía ser en su beneficio. Ella sólo tendría que asegurarse de
que no interfiriera en sus planes. Cuando llegara el momento encontraría una manera de
hacer una rápida parada en Roxburgh, la cual no debería ser demasiado difícil, ya que
iban en esa dirección de todas formas. Hasta entonces, no había razón para no disfrutar
e intentar pasar el mejor tiempo posible. Al menos lo más mejor posible hasta que
empezó a llover.
Ella lo miró con curiosidad. No estaba segura de quién de él, pero no era como los
demás. Su primera impresión no había cambiado mucho en el corto tiempo que habían
estado juntos. Era difícil de leer, lo cual la intrigaba extrañamente.
-No hablas mucho, ¿verdad?
Él le dirigió una mirada de soslayo desde que parecía aterradora,
Se retiró y dijo secamente:- no pensé que lo notarías –Janet se rio.
-¿Estás sugiriendo que hablo demasiado?
-Te estoy sugiriendo que hables hasta que escuches lo que quieres escuchar.
Alzó una ceja sorprendida. El comentario fue perspicaz. Ella nunca había aceptado muy
bien el escuchar un "no". Mary solía decir que ella era como una gran roca rodando por
la colina, y que el cielo cuidaría a quienquiera que estuviera en su camino cuando ella
quisiese algo.
Al parecer, él era un muro lo suficientemente grande como para interponerse en su
camino. Ella devolvió una sonrisa.
-Como puedes ver, no siempre funciona –dijo irónicamente.
Eso provocó que él sonriera. Bueno, por lo menos que una esquina de su boca se
levantara, supuso que era suficiente para ser caracterizado como una sonrisa. -¿La
mayor parte del tiempo?
Ella se encogió de hombros sin comprometerse.
-Digamos que ha sido útil en más de una ocasión.
Su rostro se oscureció:- Entonces, has tenido mucha suerte.
Ella sospechaba que no le iba a gustar lo que tenía que decir, pero se sintió obligada a
preguntar,
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que lo que estás haciendo es peligroso, y has tenido la suerte de haber
evitado los problemas, pero créeme, hermana, no todos los hombres son susceptibles a
dejarse manipular. Las mujeres no pertenecen a la guerra, incluso como mensajeros. Un

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hecho que tengo la intención de compartir a la primera oportunidad que tenga con
obispo.
Tal vez había sido una mala idea hacerle hablar. Genna estaba tan indignada, que le
llevó un momento para saber por dónde empezar. No manipulaba a nadie; Ella
solamente defendía el punto. Y ¡Cómo se atreve a intentar decirle lo que podía o no
podía hacer! Ella podía haber usurpado otra identidad, pero ella seguía siendo la hija de
un conde. Su hermana había sido la primera esposa de Bruce. Tenía más derecho que
nadie a ayudar a su causa. Y tenía más razones propias que no podía cuestionar.
Se enorgullecía de lo que hacía. A ella le gustaba. ¡Y ella era buena en eso, fuera mujer
o no!
-Yo sirvo el Rey, como tú. Necesita que todos hombres y mujeres ayuden, si él va a
tener la oportunidad de derrotar a Edward quiere decir que lo que haces es peligroso,
¿no?
Él no dijo nada en respuesta. Una tendencia que había aprendido que le sacaba de
quicio.
Janet tomó su silencio como una afirmación:- Sin embargo, vos decidís luchar por lo
que creéis. ¿Por qué no debería yo ser capaz de hacer la misma elección?
-No es lugar para una mujer.
¿Eso había sido una respuesta? Genna trató de controlar su temperamento, pero las
llamas estaban ardiendo.
-¿Y dónde está exactamente el lugar de una mujer?
-En algún lugar seguro, manejando la casa y vigilando a los niños.
Genna se puso rígida:- Un lugar que no me conviene, señor -hizo una pausa-. ¿Y vuestra
mujer? ¿Está contenta de quedarse en casa y ver cómo marcháis a la batalla?
-No estoy casado.
-¡Qué sorpresa! -murmuró ella en voz baja, pero por el modo en que sus ojos se
estrecharon, sabía que la había oído. No le importaba. Sabía que la mayoría de los
hombres veían bien el papel tradicional de la mujer -probablemente por aquella razón
tenía la intención de tomar el velo-. Quizás sería
Habría sido diferente si cualquiera de sus dos posibles matrimonios hubiera terminado
como correspondía. Pero ahora que había experimentado la libertad, no podía volver a
ser manejada como si tuviera un guisante por un cerebro y ser tratados como un objeto.
Porque eso es lo que el matrimonio hacía con las mujeres. Dios, ¿no había visto lo
suficiente cuando estaba creciendo?
Levantó la barbilla y se encontró con su mirada.
-No todas las mujeres desean ser cuidadas y protegidas. Algunas podemos cuidar muy
bien de nosotras mismas.
-Una lengua viperina no es rival para una espada.

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Ella se sonrojó, y antes de que pudiera pensarlo mejor, se agachó, deslizó entre sus
faldas, su cuchillo escondido, de la vaina cerca de la parte superior de su bota, y lo había
presionado contra dentro de su muslo donde se encontraba con sus caderas.
-Entonces es bueno que yo sea bueno con ambos.
La expresión de su rostro era de Janet –Genna-, se recordó a sí misma.
La muchacha se movió tan rápido, que Ewen no tuvo ni idea de lo que pretendía hasta
que la hoja presionó contra el suave cuero de su muslo. Como la mayoría de los
miembros de la Guardia, tampoco usaba la correa para proteger sus piernas-o la parte
superior de su cuerpo, para el caso -era demasiado pesado-.
Y posicionó el cuchillo justo en el lugar donde un corte suficientemente profundo lo
mataría. No creía que fuera una coincidencia. La muchacha conocía uno de los pocos
lugares vulnerables.
¡Jesús! Si lo presionaba un poco, él ya estaría muerto... o castrado. Ninguna de las
opciones resultaban muy atractivas. Debía prestar toda su atención y concentrarse en ese
cuchillo. Sin embargo, era dolorosamente consciente de la colocación de la otra mano.
Para atacar lo mejor posible, ella había puesto su mano izquierda sobre su muslo
derecho. En lo alto de su muslo derecho. Y demasiado condenadamente cerca de la
parte de él que se había medio enloquecido durante el paseo a Caballo.
Así que, incluso mientras miraba la mano derecha con el cuchillo, no podía dejar de
pensar en la izquierda, y lo bien que se sentiría si se movía unos pocos centímetros y lo
tomase en su mano. No habría pensado que era posible excitarse con un cuchillo a unos
cuantos centímetros de su polla.
Ahora lo sabía.
Lentamente, muy lentamente, para que no se moviera bruscamente, atrajo al caballo.
Por fuera parecía mantener la calma, pero su corazón palpitaba. Mantuvo los ojos
clavados en los suyos, Pero no se estremeció. Estaba tan tranquila como cualquiera de
sus compañeros de la Guardia, y sabía sin lugar a dudas que usaría el cuchillo si fuera
necesario.
¿Qué clase de monja era ella, de todas formas? Se detuvo cuando presionó un poco más
el cuchillo, la hoja afilada estaba más profunda en el cuero. Una sanguinaria, al parecer,
que sabía manejar una daga.
-Habéis demostrado vuestro punto –le dijo.
Ella arqueó una ceja bien formada. Como sus pestañas, sus cejas eran gruesas y oscuras,
enmarcando sus ojos azules a la perfección y proporcionando un contraste llamativo a
su pelo rubio y piel
Se detuvo, furioso. Allí estaba, haciéndolo de nuevo. La observación de los detalles era
parte de su trabajo, pero no debería estar notando ese tipo de detalles en ella.
El cuchillo, se recordó.
-¿Sí? -dijo ella- de alguna manera creo que no. Los hombres como vos sólo respetáis a
los demás por lo que veis en vos mismo. En vuestro caso, la fuerza física –lo miró de

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una manera que podría haberlo puesto cachondo si no hubiera añadido-. De lo que
parecéis tener una sobreabundancia.
Le dedicó una sonrisa burlona, cavando un poco más el cuchillo:- pero como podéis ver,
la fuerza física no siempre es suficiente.
Allí estaba otra vez. Ewen tenía un don para los idiomas, y de vez en cuando había algo
raro en su acento. A veces no parecía tan marcado. Como ahora, que ella estaba
enfadada. Dadas las circunstancias actuales, supuso que era seguro decir que habría sido
su pretensión de ser mansa y serena.
Con la mirada fija, se agachó y rodeó la muñeca sosteniendo el cuchillo con la mano.
Ewen sintió una descarga de choque a través de él al tocarlo. La suavidad de su piel y
delicadeza lo sorprendieron, pero sintió la determinación en la firmeza de su agarre.
Lentamente, él movió su mano y el cuchillo hacia un lado para poder respirar de nuevo.
Pero no la dejó ir. Ella estaba prácticamente vuelta alrededor de la silla ahora, frente a
él, parpadeó y su pecho ardió con la furia de la confrontación. ¡Maldición! Él realmente
no debía pensar en su pecho, porque a pesar de la lana negra que casi la cubría de la
cabeza a los pies, podía recordar cada pulgada deliciosa de su piel desnuda, y una parte
de él muy pecaminoso y tocarlo con sus manos.
Y luego estaba la posición de la otra mano. Tal vez debería haberlo movido, porque
ahora que el cuchillo estaba a una distancia segura, todo lo que podía pensar era en la
suave presión tan cerca del lugar que realmente quería.
Casi como si pudiera leer su mente, su rostro se sonrojó, y ella quitó la mano de su
muslo, mientras que seguía apretando el cuchillo defensivamente.
Conocía a muchos guerreros que llevasen un cuchillo escondido -por lo general bajo el
brazo-. ¿Pero una mujer? Ella había sido la primera.
Hombres como él, recordó sus palabras. ¿Tenía razón en las similitudes? No quería
pensar en ello, pero entonces de nuevo, había conseguido sorprenderlo. La había
subestimado porque era una mujer, por no hablar de ser una monja.
No podía recordar la última vez que alguien había conseguido poner un cuchillo lo
suficientemente cerca de él, como para hacer un daño real. Probablemente había sido
Víbora. Lachlan MacRuairi se había ganado su nombre de guerra por su silenciosa y
mortal ataque. Se había acercado a Ewen una vez en el entrenamiento y logró poner el
cuchillo en su cuello.
Obviamente, ella también había sido entrenada. Pero a menos que los templarios
recientemente disueltos abrieron sus filas para incluir monjas, la muchacha no había
estado en un convento.
-¿Dónde demonios habéis aprendido a hacer eso?
Ella le devolvió la mirada:- Mi cuñada.
Sus cejas se juntaron; no era la respuesta que esperaba. ¿Otra mujer?
-Tenéis una extraña familia. ¿O es que os enseñan habilidades de cuchillo a todas las
muchachas en Italia a la vez que la costura?

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La observaba atentamente y vio algo parpadeante en su mirada. Parecía sacudir algún
pensamiento, luego su boca se curvó en una sonrisa.
-¿Eso fue una broma, mi Señor?
Para su sorpresa, se dio cuenta de que lo era. Era el tipo de broma irónica que haría con
MacLean o MacKay. Pero no hacía ese tipo de bromas con las mujeres. En realidad, no
podía recordar la última vez que había tenido una larga conversación con una mujer.
Demonios, esta fue la conversación más larga que había tenido con alguien en mucho
tiempo. Él la miraba fijamente, tratando de encontrar algún sentido a esto, cuando
sacudió su cabeza en dirección a su mano.
-Si me soltáis la muñeca, quitaré el cuchillo.
La soltó con toda la sutileza de estar manejando un hierro caliente. Pero él la observó
cuidadosamente mientras devolvía lentamente la daga a su bota. Él echó un rápido
vistazo de la inscripción que había en el mango y la detuvo.
-¿Puedo ver eso?
La vacilación fue breve, pero fue obvia Ella se lo entregó. Miró el dibujo en la manija
del cuerno, sabiendo que él había visto algo similar antes. Aunque el diseño en la
empuñadura fuera noruego, sospechaba que la hoja era de Alemania y muy fina.
Probablemente había sido un gran cuchillo para un hombre importante, pero para una
mujer…
-¿De dónde habéis sacado esto?
-Mi hermana por su matrimonio. -Ella extendió su mano, y él se la devolvió. Vio que
sus hombros se relajaron después de resbalar el cuchillo de nuevo en la vaina por
encima de su bota, que debe haber sido hecho para ella. Su familia era noruega.
Eso lo explicaba, pero algo todavía le molestaba. Sabía que lo había visto antes.
-¿Cuál es su nombre?
Ella rio:- No creo que la conocierais. ¿Conocéis a muchas damas italianas? -hizo una
pausa expectante, y cuando no respondió agregó-. Su familia vino a mi pueblo hace
muchos años. El cuchillo fue pasado de su abuelo a su padre.
-¿Y te lo dio?
-Sí.
-Debéis haber sido muy importante para ella. Es un cuchillo excepcional.
Una sombra de tristeza cruzó su rostro:- Yo lo fui. Y ella para mí.
-¿La echáis de menos?
-Sí.
-¿Pero volveréis a casa pronto?
Aunque había estado tratando de hacer que se sintiera mejor, sintió que sus palabras
tenían el efecto contrario en ella. La joven se encogió de hombros como indiferente,
pero sabía que no lo era.

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-Quizás cuando la guerra acabe.
-Pero no es vuestra guerra. ¿Por qué os involucráis en los problemas de un país que no
es el vuestro?
-Tengo mis razones -se volvió para mirar hacia adelante. -Deberíamos serguir, si
queremos llegar a Roxburgh antes de que llueva.
Él tomó su señal y cogió las riendas, instando al caballo hacia adelante. Tenía razón:
estaban progresaban lentamente. Pero estaba equivocada acerca de su dirección. No
estamos yendo a Roxburgh
-Nos quedaremos al norte del Tweed en el camino a Berwick, será más seguro –la
hermana sacudió la cabeza rápidamente.
-¡No! No podemos. ¡Tenemos que ir a Roxburgh!

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Capítulo 4

Ewen Lamont estaba teniendo una mala influencia sobre ella. Al parecer, las habilidades
oratorianas de Janet la abandonaban, y ella estaba dejando escapar todo lo que estaba en
su cabeza por él. Primero había mencionado a su cuñada sin pensar, luego tuvo lugar el
desastre del cuchillo y ahora mostraba una falta de delicadeza al manejar la noticia de su
plan de cruzar el río.
Podía distinguir por el modo en que esos ojos azules de acero estaban fijos en los suyos
que él tenía preguntas. Ella no debía haber sacado el cuchillo, pero el hombre había
picado su orgullo, y había querido probar que podía protegerse. En vez de eso, le había
hecho sospechar. Las monjas no manejaban las armas así. Ni la mayoría de las mujeres.
Pero tanto su hermana -por matrimonio- como ella, no eran como la mayoría de las
mujeres.
Christina MacRuairi, la Señora de las Islas, fue la heredera de una de las partes más
grandes oeste de Escocia y una fuerza a tener en cuenta, con gran frustración de su
hermano. Christina había aprendido a defenderse de su flagelo pirata de un hermano, el
maldito Lachlan MacRuairi. Christina había pasado esas habilidades a Janet cuando uno
de los hombres de Duncan en un borracho estupor había intentado forzarla. Podría
haberlo logrado si Christina no hubiera venido a su rescate. El corte que su cuñada le
había dado en la parte trasera de su pierna le había marcado de por vida, pero no era
nada para el castigo que su hermano Duncan había exigido. Ella tembló, recordando la
flagelación brutal que Janet había sido obligada a presenciar, como era su deber.
De muchas maneras, Duncan habría hecho un mejor jefe para el clan que su hermano
mayor, Gartnait. Duncan, como Ewen Lamont, poseía la firme autoridad y la inflexible
actitud que era necesaria para un líder que su hermano mayor, amante de la diversión,
no tenía. Pero ahora ambos hermanos se habían ido, y el condado descansaba sobre los
hombros jóvenes de sus ochenta años, su viejo sobrino Donald, quien estaba bajo la
autoridad del rey Edward. La guerra la había despojado de la mayor parte de su familia.
Había aprendido de la muerte de Duncan en Loch Ryan sólo cuando regresó a Inglaterra
el año pasado. De la poderosa familia de Mar, todo lo que quedaba eran ella, María y
Donald. Lo último que quería hacer era confiar a Lamont de su verdadera identidad.
No sólo su habilidad para hacer su trabajo sería comprometida si se supiera que Janet de
Mar estaba viva, pero su seguridad también estaría en cuestión. Edward de Inglaterra ya
tenía a su hermana gemela a su merced, sería demasiado feliz de tenerla también.
No, era mejor que Janet de Mar permaneciera muerta, exactamente como lo habría sido
si el pescador y su hijo no la hubieran encontrado después de su desastroso intento de
secreto. Su hermana estuvo fuera de Inglaterra desde entonces -hace tres años y medio-.
¿De verdad había pensado que podía simplemente ir a Inglaterra y escabullir a Mary
bajo el dominio de Edward? Ese era el problema: había pensado que podía hacerlo. Ella
no había querido escuchar la advertencia de Duncan de que sólo empeoraría las cosas.
Ella no había querido esperar una oportunidad mejor. No había querido escuchar un no.
Así que había ido a ver a su cuñada Christina, convencida de que le dejaría pedir
prestado algunos de sus hombres, y fue tras su hermana por su cuenta. Pero algo había

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salido mal. O mejor dicho, todo había salido mal. Los hombres de Christina habían sido
descubiertos, y Mary, su hijo David, Janet y su fiel servidor Cailin habían sido
atrapados en la batalla subsiguiente. Janet nunca olvidaría ver a Cailin derribado por esa
flecha en el puente. Había intentado ayudarlo, pero de repente el mundo había explotado
en truenos y relámpagos, lo más terrible que jamás había oído.
Janet recordó poco de lo que sucedió después de que el puente estallara en llamas.
Había despertado un día después en un convento rodeado por un mar de monjas,
pensando que había muerto y había ido al cielo. Había estado bastante aliviada en ese
momento, en realidad, la alternativa había sido amenazada por su padre y hermano con
suficiente frecuencia.
Ella estaba confundida al principio, golpeada e incapaz de recordar algo, así que cuando
las monjas asumieron que era una de ellas (lo cual no era sorprendente dada su atuendo
en ese momento), ella no había protestado. Después de un día o más volvió sus
recuerdos, pero para entonces la abadesa del convento donde los pescadores la habían
llevado había conectado a su "hermana" encontrada con la señora escocesa que los
ingleses buscaban.
Más tarde supo que Cailin, el hombre que había sido más un padre para ella que el suyo,
había perdido la vida, junto con muchos de los hombres de Christina; Mary apenas
había escapado del encarcelamiento, y David había sido quitado de ella otra vez.
Todo por su culpa.
La abadesa había tomado un gran riesgo en la protección de Janet y su contrabando de
Inglaterra a Italia con un grupo de peregrinos donde ella podría recuperarse en la
seguridad. Pero tal vez era comprensible, ya que el marido de la abadesa antes de tomar
el paño había sido uno de los miles asesinados por el primer Eduardo de Inglaterra en el
saqueo de Berwick diez años antes.
Cuando Janet se marchó a Italia, el plan para que ella actuara como mensajero de los
escoceses ya había nacido y nació la "Hermana Genna". Sólo tres personas sabían de su
verdadera identidad: la abadesa, el obispo de St. Andrews, y más tarde -cuando
Lamberton pudo decirle personalmente- Robert Bruce. Ni siquiera su hermana gemela,
Mary, sabía que estaba viva.
Era más seguro para todos ellos de esa manera. Había herido a su hermana lo suficiente
por lo que había hecho. No pondría a Mary en más peligro si se descubriera que Janet de
Mar estaba viva y fuera conocida como una «traidora» de Inglaterra.
Las cicatrices de aquella horrible noche no tenían vergüenza para ella, aunque deseaba
poder decir lo mismo por las acciones que les habían llevado. Pero ella no era la misma
chica impetuosa que pensaba que sabía lo que era mejor para todos a su alrededor.
Quién no aceptó el no como respuesta.
Se mordió el labio. Bueno, tal vez no había cambiado en ese sentido, pero al menos no
envolvía a otros en su problema. Generalmente. Lo que la hizo pasar antes con la
hermana Marguerite mucho peor. Janet sabía que estaba mejor sola. La fortuna parecía
desfavorecer a los que estaban cerca de ella. Lo que era una de las razones por las que
había decidido convertirse en monja.
Aunque Ewen Lamont parecía un hombre en quien se podía confiar, no podía
arriesgarse a revelarle su identidad. Lo que estaba haciendo era demasiado importante.

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Aunque era cierto, no parecía compartir su creencia. Sus sentimientos por el lugar de
una mujer todavía le asombraban. ¡Si alguna vez conoció a un hombre que pensaba que
era igual, podría tener que dejar de lado sus planes para tomar el velo y casarse con él!
Pero ella también podría orar para que las alas volaran. Ni siquiera su formidable
cuñada había logrado esa tarea. Todavía podía oír las terribles filas que Christina y
Duncan tendrían antes de desaparecer juntos en su cámara durante horas.
No, Janet estaba feliz con el camino que había elegido. El matrimonio significaba lucha
o servidumbre, y se alegraba de escapar de esas cadenas particulares.
¿Por qué pensaba en eso? Su preocupación inmediata era Roxburgh. Los imperiosos
Highlanders habían interferido bastante en sus planes. Él la estaba estudiando en su
desconcertante y silenciosa actitud con aquellos ojos de acero demasiado intencionados.
Sabía que su arrebato había hablado por sí mismo. Ella trató de explicar con calma esta
vez.
-Los ingleses están observando los puentes. No será seguro intentar cruzar -no pudo
reprimir el pequeño estremecimiento que la atravesó. No era sólo una excusa. Desde
aquella noche con su hermana, odiaba los puentes.
-No vamos a cruzar por uno de los puentes principales. Conozco un lugar donde
podremos cruzar y los ingleses no estarán mirando -sus ojos sostuvieron los suyo -otra
costumbre nerviosa suya. -¿Por qué estáis tan ansiosa por ir a Roxburgh?
Janet maldijo su arrebato de nuevo. Había pensado persuadirlo con suavidad, cuando el
tiempo les obligara que a hacer una rápida parada en Roxburgh. Pero no había
anticipado que tuviera que cambiar de rumbo. Habiendo oído su opinión sobre su
trabajo, sabía que era mejor no mencionarlo. En su lugar, fingió vergüenza.
-Hay un mercader en el pueblo que deseo ver.
-¿Con qué propósito?
Desató las hebillas de la gran bolsa de cuero que todavía llevaba sobre su hombro y
recuperó un pequeño paquete.
-Para esto -La sostuvo hasta su nariz para que pudiera oler las especias.
-¿Qué es?
-Castañas asadas en miel y especias. Son mis favoritas, y prometí traer algunos de
vuelta conmigo para las otras monjas -trató de no esquivar la intensidad de su mirada,
pero parecía ver a través de ella.
-¿Estáis segura de que no es otra tarea para el obispo?
Esperaba que el calor de sus mejillas no se reflejara en su rostro.
-¿Alguien os ha dicho alguna vez que desconfiáis demasiado?
-¿Alguien os ha dicho que se supone que las monjas no mienten?
Levantó la barbilla:- no es una mentira. Las nueces son mis favoritas.
-Bueno, podéis pedirle al obispo que los recoja cuando haga su propio encargo. No
vamos a Roxburgh. El área estará rastreando por los ingléses. En caso de que no lo
hayáis notado, estamos en medio de una guerra.

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Ella se encogió ante su sarcasmo condescendiente, pero el tema de su participación no
era un tema que ella quisiese reabrir. Ya era bastante sospechoso, y sólo Dios sabía lo
que iba a decir si la volvía a enfadar.
Así que se mordió la lengua y le pidió tiempo. Pero ella no había renunciado. El obispo
tenía que recibir la noticia de una fuente importante en el castillo y le había pedido a
Janet que hiciera el contacto.
No confiaba en nadie más. Ella sólo tendría que encontrar una manera de convencer a la
obstinado Highlander (una redundancia, en su experiencia) para que lo reconsiderase.
Pero sabía que sería mejor que lo hiciera antes de encontrar ese cruce.
Algo estaba mal, pensó Ewen. La muchacha estaba demasiado callada. Se había rendido
con demasiada facilidad. Apostaba la mitad de sus ganancias del mes que estaba
planeando algo. Demonios, lo apostaría todo, si jugase a las apuestas. Pero él no era su
padre, y necesitaba cualquier moneda que ganara para terminar ese condenado castillo.
Sólo esperaba que no tuviera más puñales ocultos. Ahora que la lluvia había
comenzado, necesitaba mantener toda su atención en el camino que les precedía a través
del bosque. El barro resbaladizo y el suelo irregular eran bastante malos, pero la espesa
niebla que había descendido alrededor de ellos era desorientadora. Tampoco ayudaba a
su concentración que cuanto más difícil era la lluvia, más profundamente parecía
enterrarse en su pecho. Sus huevos estaban probablemente azules después de tener su
parte inferior encajada contra él durante sabe Dios cuántas horas las horas.
La muchacha temblaba. No la culpaba. Para un día de abril, se sentía tan frío como el
oscuro de invierno.
-Por favor, ¿no podemos encontrar un lugar para detenernos para esperar la tormenta?
Sintió una punzada de culpa. Habían estado montando durante horas. Además de la
humedad y el frío, probablemente estaría cansada también.
-Cuando cruzemos el río.
-¿Y cuándo será eso?
-Pronto.
Ella le devolvió la mirada por encima del hombro. Ella había envuelto la manta
alrededor de su cabeza, pero el agua todavía fluía por su pálido rostro. Sus pestañas
estaban húmedas y agitadas como si hubiera estado llorando. La culpa lo volvió a picar.
Ella era sólo una muchacha. Las mujeres eran criaturas delicadas, un hecho que tenía
que recordar en su caso. ¿Qué la haría querer ponerse en tal peligro?
-Pensé que sabías -Él la cortó.
-Sé exactamente dónde estamos.
Deberían llegar pronto al vado en el río. No habían ido demasiado lejos. Era sólo la
lluvia lo que la hacía parecer tan desconocido el sitio. No estaba perdido.
-Sólo pensé que con la niebla podría ser difícil...
-No estamos perdidos, maldita sea.
Ella jadeó, retrocediendo un poco ante su temperamento.

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-No quise menospreciar tus habilidades de rastreador. Por supuesto, no estamos
perdidos. -Se sintió un momento de satisfacción hasta que habló otra vez- Si decís que
es así.
Se olvidó de la culpa, se enfureció mientras miraba a su alrededor buscando cualquier
señal de que el camino que había tomado fuera el correcto. No se suponía que las
mujeres de la tela fueran tan malditamente irritantes. ¿Qué pasó con lo de ser mansas y
serenas?
Luchó entre los árboles y cabalgaron otros veinte minutos más o menos. La lluvia
estaba siendo más fuerte y el viento... el viento parecía estallar directamente del Mar del
Norte. Y se le estaban enfriando los huesos.
Finalmente lo vio, la brecha que había estado buscando.
-Ahí está -dijo, como si nunca hubiera tenido dudas.
Dirigió el caballo hacia la orilla, pero la vista que le esperaba no era lo que esperaba.
Cualquier rastro de sangre que Janet hubiera dejado, que no estaba congelada por el frío,
se le subió a la cara.
-¡No puedes querer que crucemos aquí!
No necesitaba fingir horror; Era bastante real. Miró los tramos de veinte pies de ancho
del río Tweed y sintió que su estómago se removía. Las aguas, normalmente lentas del
río, se precipitaban en una furia torrencial, hinchada por el escurrimiento del invierno y
la reciente ola de tormentas.
¡Las olas! ¡Olas! - casi coronaban los tres árboles grandes que habían sido colocados a
través de las orillas para formar un puente improvisado. ¿Cuánto tiempo permanecerían
esos árboles en su lugar contra la poderosa fuerza del río?
Ella negó con la cabeza, el miedo golpeando alrededor en su pecho.
-No puedo.
Le habló suavemente, con más suavidad de lo que había hecho antes:- Se mantendrá.
Desmontó y levantó la mano para ayudarla a bajar. Ella deslizó su mano en la suya, y
cuando se inclinó hacia adelante, la agarró por la cintura y la bajó suavemente al suelo.
No era nada que debería haberle quitado el aliento. Le habían ayudado a bajar de un
caballo incontables veces antes. Pero nunca se había dado cuenta de las manos de un
hombre alrededor de su cintura, de la suave presión de sus pulgares contra su caja
torácica, o de la fuerza de los brazos que ella hizo para mantenerse firme.
Y nunca había querido inhalar tan profundamente. Olía a piel, lluvia y bosque, pero
también de algo cálido e innegablemente masculino.
Sus ojos se detuvieron por un largo latido del corazón, y ella supo que él también lo
sentía. Él cambió su mirada y la soltó tan rápidamente que sus piernas vacilaron.
Confundida por su reacción y más que un poco avergonzada, Janet evitó su mirada
mientras ataba el caballo a un árbol cercano mientras inspeccionaba el "puente".
Observó cómo empujaba algunos de los árboles para asegurarse de que fueran sólidos.
Como de costumbre, era imposible leer algo de su expresión. Había un gesto sombrío en
su boca, pero no podía decir que fuera más sombrío que de costumbre.

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Regresó a donde esperaba bajo el refugio de un árbol grande para recoger el caballo.
-Parece estar bien. Llevaré el caballo primero y volveré por ti.
El aire parecía estar expandiéndose en su pecho y su corazón latía frenéticamente. Ella
lo miró y sacudió la cabeza. -No puedo. No me gustan los puentes. Por favor, ¿no
podemos ir de una manera diferente?
Él le dio una sonrisa alentadora que rompió su momento de pánico.
-Parece mucho peor de lo que es. No tienes que preocuparte, no dejaré que te pase nada.
Le creyó suficiente para seguirlo hasta la orilla del río. Pero con lo que vio después,
nada la habría convencido para cruzar. Un gran aumento de la corriente hizo que el agua
se rompiera sobre los árboles. La fuerza era tan poderosa, toda la estructura parecía
sonar.
Empezó a guiar al caballo (que parecía tan ansioso como ella) hacia adelante, pero ella
lo detuvo.
-Por favor, debéis reconsiderarlo. La corriente es demasiado fuerte. Los árboles son
gruesos con musgo y resbaladizos. Es demasiado fácil caer, y no sé nadar. ¿No hay
algún lugar donde podamos estar cerca hasta mañana? ¿Quizás para entonces la lluvia
se detendrá y el agua se habrá calmado?
Como si quisiera puntuar sus palabras otra oleada se estrelló sobre el puente, haciendo
que un chorro de agua estallara en el aire.
Se volvió hacia él a punto de llorar:- Por favor -le rogó, mirándole a los ojos.
Su mirada cayó sobre la suya:- ¿Realmente tienes miedo?
Había una extraña nota en su voz. Un ligero ruido que penetró a través de la neblina de
pánico y envió una punzada de conciencia acalorada corriendo a través de ella.
Ella asintió con la cabeza inclinada.
Se sentía lejos. Su respiración quedó atrapada. Sólo entonces se dio cuenta de lo que
había hecho. Sus manos estaban sujetas a sus brazos y su cuerpo estaba presionado
contra el suyo. Íntimamente. Pecho a pecho y cadera a cadera. Podía sentir cada pulgada
de su pecho y piernas. También podía sentir algo más. Algo que hizo que su boca se
secara, su corazón saltase y su estómago se removiese todo al mismo tiempo.
Oh Dios.
La conmoción la sorprendió. Era como si cada extremo nervioso de su cuerpo hubiera
sido golpeado por un relámpago de conciencia. Abrió la boca para jadear, pero el sonido
se estranguló en su garganta cuando sus ojos se encontraron.
¡Que Dios le ayudara! A pesar de la lluvia y el frío, su cuerpo se llenó de calor.
Si ella no hubiera sentido la prueba de su deseo, podía verlo ahora en sus ojos. Él la
deseaba, y la fuerza de ella parecía irradiarse bajo las yemas de sus dedos, haciéndola
temblar con sensaciones desconocidas. Su corazón parecía estar acelerándose
demasiado rápido, su aliento pasó a ser corto y desigual, y sus extremidades demasiado
pesadas.

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No parecía ser capaz de moverse. Ella estaba atrapada en algo que no entendía, pero que
no pudo resistirse. No quería resistirse.
Cuando su mirada se posó en su boca, supo lo que iba a hacer. Y se lo habría permitido
si él no hubiera encontrado el suficiente sentido común para los dos.
Apretó su mandíbula y apartó la mirada.
Dejó caer sus manos y retrocedió un paso, como si fuera una bestia que acababa de ser
sorprendida por la cocinera con la mano en una tarta y trataba de distanciarse de la
escena del crimen.
No sabía lo que había sucedido. Ella nunca había tocado a un hombre tan libremente
antes, y mucho menos trató de persuadir a alguien de tal manera.
Su voz sonaba más cortante de lo normal.
-Hay una posada no muy lejos en Trows que debería ser seguro para detenerse por la
noche.
Janet no pudo ocultar su alivio:- Gracias.
¡Dios! De repente se dio cuenta de lo que eso significaba. No sólo había evitado el
puente, sino que también había logrado encontrar un camino -inconscientemente, como
sucedió- para llegar a Roxburgh. Trows estaba a poca distancia.
Él la miró duramente, y no por primera vez, se preguntó si él sabía lo que estaba
pensando.
-No podemos ir así, como estamos. Una monja y un guerrero que viajan solos da mucho
de qué hablar.
Como estaba de acuerdo por una vez, se abstuvo de señalar que le había dicho lo mismo
cuando insistía en acompañarla.
-¿Qué sugerís?
-Quitaré parte de mi armadura y tendréis que quitaros el velo y el blanco escapulario.
Sus ojos se abrieron de par en par cuando se dio cuenta de lo que pretendía.
-¿Queréis aparentar que estamos casados?
¿Por qué la idea le asustaba más que pretender el ser monja? Si ella analizara sus
pecados, esta última era infinitamente sería más condenado.
-¿Tenéis alguna otra sugerencia?
-¿No hay otros lugares donde podamos refugiarnos? ¿Una cueva? ¿Una choza?
-Sí, al otro lado de ese río -Señaló el puente justo cuando otra oleada del agua se
derramaba sobre él- vos decidís.
La elección era obvia. No había ninguna razón por la que debiera haber vacilado, pero
lo hizo.
¿Por qué la idea de pretender ser su esposa la aterrorizaba casi tanto como el puente?
-La posada.

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Él le dio un breve asentimiento.
-Te dejaré un minuto para atender tus necesidades y quitarte el hábito -señaló la cruz de
madera que llevaba puesta desde la noche en que intentó liberar a su hermana -Esconde
eso también.
Ella estaba agradecida por el momento de privacidad. Ella tendía a su necesidad más
apremiante, y luego se quitó rápidamente el velo y el escapulario, lo que no era fácil en
la lluvia con todo mojado. Trató de no pensar que en ese momento, si no hubiera
insistido en acompañarla, estaría caliente y seca en la abadía. Cuando terminó, volvió a
envolver la tela escocesa alrededor de ella y se puso la ropa en su bolso. Sin la
protección de su hábito se sentía... vulnerable.
¿Pero a qué?
Acababa de terminar de doblar la cruz bajo el sencillo vestido negro que todavía
llevaba, cuando volvió y supo exactamente qué.
Oh Dios.
Su estómago cayó. Había quitado la horrible capucha y por primera vez pudo ver su
rostro por completo.
Ella estaba equivocada. No era sólo guapo, era brutalmente guapo. Hermoso en el tipo
de cabello oscuro, de ojos azules, que hizo cada instinto femenino primitivo en ella se
despertara y tomara en un aviso. Su boca... esa mandíbula... esos ojos.
Suspiró de una manera que nunca hizo cuando era niña. ¡Qué buena hora para empezar
a actuar como uno!
El cabello le caía sobre su frente, y la barba estaba ya demasiado larga. La lluvia caía
por su rostro, pero sólo parecía añadir un borde áspero a su atractivo. Ella sintió algo
agarrar su pecho y apretar.
El horror al darse cuenta de lo que le pasaba la golpeó. Ella sabía por qué estaba
actuando así y por qué la hacía sentirse tan incómoda desde el principio.
Jesús, ¡me siento atraído por él!
Instintivamente, como la liebre que ve al cazador por primera vez, Janet sintió el
impulso de correr. Ella pudo convencerlo de que hiciera lo que le pedía, pero parte de
ella se preguntó si cruzar el puente era menos peligroso que pasar la noche con él.

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Capítulo 5

No fue hasta que la de la posada abrió la puerta de la habitación que Ewen se dio cuenta
exactamente cuán grande había sido su error de dejar que la muchacha le persuadiera.
Sus ojos examinaron la recámara del segundo piso, en lo que no tardó mucho, ya que no
tenía mucho más que la cama grande que estaba posicionada al fondo de la cama.
Aparte de una pequeña mesa y taburete de madera, no había nada más en la habitación.
No es que hubiera espacio para cualquier cosa más.
Abrió sus ojos cuando se dio cuenta. No había manera de que pudieran quedarse aquí.
¡Jesús, estarían uno encima del otro!
Estaba a punto de pedir otra habitación, una mucho más grande, cuando la Señora
regordeta, de aspecto matronal se volvió hacia él con una sonrisa orgullosa.
-Es nuestra recámara más grande, y creo que la mejor. Se puede ver directamente el
patio desde esa ventana -dijo ella alegremente, señalando el postigo sobre la cama- El
techo es apretado y os mantendrá agradable y seco. Por supuesto, no podemos tener un
fuego aquí con el techo de paja, pero hay un cálido y acogedor fuego en el vestíbulo de
abajo, y si me dais vuestras cosas húmedas, las colgaré junto al fuego abajo, deberían
estar secas por la mañana.
Ni él ni la hermana Genna parecían saber qué decir. Para él eso no era raro, pero
sospechaba que era una rara ocurrencia para la monja de lengua viperina.
La vieja maternal dejó la pila de sábanas que llevaba y las colocó en la cama. Luego se
volvió hacia la hermana Genna y dijo con un guiño y una mirada significativa hacia la
cama.
-Si necesitáis otra manta, avísame. Pero vuestro marido es un gran hombre, él debería
poder manteneros caliente.
La hermana Genna parecía volverse aún más pálida y sus ojos se abrieron tanto que
Ewen se habría reído si no se sintiera exactamente de la misma manera. La aprensión
era un eufemismo. Esta habitación estaba empezando a parecerse a su propia recámara
de tortura personal.
Estaba tentado a agradecer a la posadera por sus problemas y bajar de inmediato por las
escaleras, pero eso podía provocar exactamente el tipo de atención que estaba tratando
de evitar. Hasta ahora todo había ido bien, y no parecían atraer ninguna atención
indebida. No quería hacer nada para poner en peligro eso.
Además, parte de él sabía que la Hermana Genna tenía razón: habría sido peligroso
intentar cruzar el puente con la tormenta. Ambos estaban fríos y empapados hasta los
huesos. Podría haber sido capaz de construir un refugio improvisado, pero sería una
larga y tortuosa noche fuera con el frío y la lluvia. Aquí estaría para él una noche larga y
tortuosa, pero al menos estarían calientes y secos. No podía soportar verla temblar más;
le hacía sentir... extraño. Haría cualquier cosa para hacerla parar.

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Àriel x
Con sombría aceptación se apiadó de su "esposa" horrorizada, que no pudo encontrar su
lengua por una vez y respondió por ella.
-La habitación está bien -dijo con su habitual brevedad-.
Hablaba en inglés, la lengua hablada por la gente común en las ciudades fronterizas. Se
sorprendió al descubrir que la hermana Genna hablaba muy bien, aunque con un fuerte
acento, algo que había olvidado decir hasta ahora. La muchacha estaba llena de
sorpresas.
Se dio cuenta de que había dicho algo malo cuando la cara de la mujer mayor cayó. Pero
la hermana Genna inmediatamente se adelantó para corregirlo.
-Es el refugio perfecto para la tormenta -le dijo a la posadera con una sonrisa
agradecida- Estoy segura de que estaremos bastante cómodos. Ella lanzó un gritito- ¿La
almohada es de plumas?
La mujer se sonrojó. -En efecto, señora.
-¡Qué maravilloso! Estaré dormida tan pronto como mi cabeza golpee esas plumas.
Sospecho que mi… -esperaba que Ewen fuera el único que notara su ligera vacilación-
mi esposo tendrá problemas para sacarme de la cama por la mañana. Pero tenemos un
largo viaje por delante.
Muy apaciguada, la posadera dio una palmadita en el brazo de la hermana como si fuera
una niña. -¿A dónde dijisteis que ibais a viajar?
-No lo hicimos -dijo Ewen.
La hermana Genna le lanzó una mirada y le echó a la posadera una mirada para
disculparse por sus pobres modales.
-Mi madre está muy enferma -dijo en voz baja-. Sólo espero que lleguemos a Londres a
tiempo.
-Pobrecita -dijo, dándole palmaditas de nuevo-. -¿Y todo el camino hasta Londres?
Ustedes son..
-Flamencos, señora -continuó Genna. Habían decidido tener cuidado en caso de que
alguien estuviera buscando una monja italiana. -Mi padre es un comerciante.
Él tenía que admitir que era buena en esto. Para una monja, sin duda mentía bien. Casi
se lo estaba creyendo.
-¿Cómo os conocisteis vos y vuestro esposo?
Ewen se vio obligado a permanecer en la puerta durante otros diez minutos mientras
Genna regalaba a la mujer la historia de su reunión fortuita en un mercado en Berwick
antes de que Bruce causara todo este problema al querer tomar el trono. Él pensó que no
parecía el tipo de dejar flores silvestres en la puerta de su casa por quince días, pero la
posadera se quedó encantada con su ‘‘romance’’, y se encontró ruborizándose como un
tonto. Sin duda era la intención de la pequeña mendiga.
La hermana Genna se veía natural, se dio cuenta Ewen. Estaba decidida a desviar las
sospechas que le podrían surgir. Finalmente, después de las promesas de enviarles algo
de comida, la mujer los dejó solos.

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Àriel x
En el momento en que la puerta se cerró detrás de ella, toda su inquietud regresó con
fuerza. La habitación parecía cada vez más grande. El repentino silencio hizo que Ewen
se preguntara si la hermana Genna había estado manteniendo a la otra mujer allí para
retrasar este mismo momento.
Tratando de romper el incómodo momento, dio los dos pasos a la mesa y dejó la bolsa
de cuero que mantenía atada a su silla de montar. Después de quitarse la tela escocesa
que llevaba alrededor de los hombros, se volvió para mirarla. Había avanzado
lentamente hasta el pie de la cama, en el lado opuesto de la habitación, lo más lejos
posible de él.
Él maldijo en silencio, viendo la cautela en su pálido rostro. Ella lo miraba como si
fuera un lobo y ella era un pequeño cordero. Peor aún, sabía que no era injustificado.
Debió darse cuenta de lo cerca que estuvo antes de besarla.
¿En qué estaba pensando? ¡Era una monja, por el amor de Dios! No se consideraba un
hombre especialmente devoto, pero la iglesia era parte de su vida, como lo era para todo
hombre y mujer en la cristiandad. Su lujuria por una mujer -que le habían enseñado
desde la infancia a reverenciar como santa y sacrosanta- era vergonzosa.
Si el destino de su alma inmortal no lo era por sí sola lo suficiente, el posible daño que
podría hacer a la causa de Bruce -y, por lo tanto, la suya- si la tocara, debería ser todo el
recordatorio que necesitaba. Bruce necesitaba el apoyo de la iglesia para ganar su
guerra, y Ewen necesitaba de Bruce si quería que su clan sobreviviese. Sólo podía
imaginar la reacción de Lamberton si se supiera que había despojado a uno de sus
ungidos.
Pero ella estaba segura de que no se lo estaba poniendo fácil. No actuaba como las
monjas que había conocido, o cualquier mujer, por cierto. Y podría haber sido más fácil
ignorar sus sentimientos si no estaba muy seguro de que ella también los estaba
sintiendo.
Su boca cayó en una lúgubre línea cuando la vio estremecerse. Había bajado la capucha
de su cabeza y su cabello comenzado a secarse. Maldita sea, ¡no el pelo de nuevo!
Sintió un tirón en la ingle y susurró otra maldición.
-Deberíais hacer lo que dijo y salir de esa ropa antes de que os enfriéis -cuando la
posadera se fue, él volvió a hablar francés.
Con los ojos muy abiertos, sacudió la cabeza:- Estaré bien. Hace calor aquí. Se secarán
pronto.
-No seáis ridículo. Os daré la espalda mientras os cambiáis, vuestra modestia estará
protegida.
La muchacha se sonrojó, tomando un color rosáceo en sus mejillas.
-No es mi modestia lo que me preocupa. Sólo traje dos batas conmigo, y si os acordáis,
el soldado destruyó la otra.
Ewen desató la correa de su bolso y sacó unos ropajes extra: podéis usar esto -
anticipando su negativa dada la transparencia de la tela, agregó- envuelve la tela
escocesa que trajo para la cama alrededor de ti.

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Àriel x
Ella debatió durante un minuto o dos antes de que la comodidad ganara:- Muy bien.
Pero no os giréis atrás hasta que os lo diga.
-Mientras prometáis lo mismo. Yo también me estaré cambiando.
Él la vio luchar contra la sonrisa que intentaba ocultar, y que finalmente, resplandeció.
-Podrías haber usado algo de ese encanto con la posadera. Si los ingleses vienen a
buscarnos, ella habría estado encantada de decirles de ambos ya que no-nos-gusta-la-
recámara, ¿y no decirle nuestro destino? Sólo harás sospechar a la gente al negarse a
responder a sus preguntas.
¿Encanto? Nunca se había asociado con eso antes. Pero hablar con la hermana Genna
era diferente, más fácil. Era casi como hablar con uno de los guardias. Su brusquedad y
sus ásperas respuestas no parecían molestarla.
-¿Es igual para ti, hermana? ¿Puedo confiar en que no miraréis?
Ella se sonrojó:- Por supuesto.
Él sostuvo su mirada fija. Ella no retrocedió del desafío en su mirada, pero él sabía que
ella estaba ocultando algo. Algo en ella no estaba bien, y tenía la intención de averiguar
qué era.
-Adelante -dijo bruscamente, dándose la vuelta.
Se había quitado la ropa en la misma habitación que una mujer incontables veces antes,
pero nunca había sido tan dolorosamente consciente de ello. A pesar de estar a más de
cinco pies de distancia, juró que podía sentir cada uno de sus movimientos. Hizo un
rápido trabajo de su propia ropa húmeda, intercambiándolos por una túnica limpia y
calzones.
Y luego esperó. Parecía estar tomando una cantidad infinitamente larga de tiempo. Él
Comenzó a girar la cabeza...
-¿Estás mirando?
Su cabeza retrocedió:- ¿Ya terminasteis?
Casi.
Unos minutos más tarde, pensando que debía haber terminado, echó un vistazo por
encima del hombro, capturó su delgada espalda justo antes de la leine cayera sobre ella.
Él ahogó un gemido. La lujuria le golpeó y el doloroso dolor volvió. Y ahora era su
maldita culpa. Esto fue lo que consiguió por mirar.
Ahora tenía la imagen de una espalda lisa, fina y piel cremosa para ir junto con los
senos lisos, bien formados y cremosos. Las paredes de la sala de tortura parecían estar
cada vez más tensas.
Pero no todo había sido suave. Frunció el ceño, recordando las cicatrices que había
notado, en primer lugar. ¿Una camisa y un látigo del pelo? No lo creía. Parecían una
especie de marcas de quemaduras.
La muchacha iba a empezar a contestar algunas de sus preguntas.
-Podéis daros la vuelta -dijo ella.

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El ceño todavía estaba en su rostro.
-¿Cómo conseguisteis las cicatrices en la espalda?
Janet se tensó instintivamente. No era vergüenza sino la naturalidad defensiva sobre un
tema tan delicado. Aunque se habían desvanecido, sabía que las cicatrices eran feas.
Pero de alguna manera eso parecía apropiado. Ella quería el recordatorio. No quería
perder de vista su propósito. Tal vez no pudiera cambiar lo que ocurrió ese día -o traer
de vuelta a Cailin- pero podía asegurarse que algo bueno provenía de ello.
Ella debía estar acostumbrándose a la manera contundente que tenía Ewen de hablar,
porque ni su pregunta, ni su espantosa falta de modales al plantear un tema tan personal
la sorprendieron. Tuvo la suerte de que ella no fuera tímida.
De repente, se detuvo. Sus ojos se estrecharon. ¿Qué le había hecho pensar en las
cicatrices?
-¡Mirasteis!
Se encogió de hombros sin disculparse:- No fue intencional. Estabais tardando
demasiado tiempo.
-¿Se supone que eso es una excusa?
-Si quieres que lo sea -Janet se enfureció.
-No tenéis por qué preocuparos -dijo él- no tenéis nada que no haya visto cientos de
veces.
Si intentaba hacerla sentir mejor, había fracasado. Sus ojos se abrieron con indignación.
-¿Cientos de veces? -se encogió de hombros, y por alguna razón esa indiferencia la
enfureció aún más.
No debía preocuparse por el número de mujeres con las que había estado o si pensaba
que ella no valía para las comparaciones, pero aun así, la irritó.
-Qué agradable saber que tienes una amplio margen para comparar.
-No respondisteis a mi pregunta. ¿Cómo conseguiste las cicatrices? Y antes de que
penséis en decirme lo que dijisteis a los soldados hoy, sé que no son de un látigo y una
camisa de pelo.
-¿También tenéis cientos de comparaciones de cicatrices?
Él sonrió. Obviamente su irritación le divertía:- Muchas más.
-¿Has estado luchando la guerra durante algunos años, entonces?
-Sí. Ahora cuéntame las cicatrices.
Janet frunció la boca. Era como Duncan. Tampoco podía distraerle. Había sido
positivamente insoluble cuando había llegado a preguntarle sobre algún problema o
alguna sospecha. Si, sólo Ewen Lamont le recordaba a su hermano de otras maneras.
Pero los sentimientos que Ewen despertaba en ella eran, definitivamente, poco fraternos.
Como parecía que no se apartaría de su curso sin una respuesta, decidió decirle la
verdad. Bueno, parte de ella, de todos modos.

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-Yo estaba en un puente cuando fue golpeada por un relámpago. No recuerdo
exactamente lo que pasó, pero hubo un incendio, y parte de la madera se rompió y
terminó en mi espalda. Las hermanas hicieron todo lo posible por quitarlas, pero
algunas fueron enterradas profundamente.
Él sostuvo su mirada como si supiera que había algo más que ella no estaba diciendo.
Pero eso era todo lo que pretendía decirle. Cómo terminó en el puente no era asunto
suyo.
-Así que por eso no querías cruzar. ¿Cuándo pasó esto?
Fue su turno de encogerse de hombros- hace algún tiempo -con la esperanza de poner
fin al tema. Añadió:- No me gusta hablar de ello.
-Las cicatrices no son motivo de vergüenza. Son una marca de vuestra fuerza.
Sobrevivisteis.
A ella se le erizó la piel:- Lo sé. No son las cicatrices las que me causan dolor, sino los
recuerdos que conllevan.
Esta vez, tomó la pista y cambió el tema, aunque lamentablemente éste no era mejor que
el anterior.
-Tenéis un acento inusual. ¿De dónde sois?
Esperaba no haber visto el ligero endurecimiento de sus hombros, pero ya había
aprendido que poca cosa se le escapaba.
-Mi padre era un comerciante -dijo, permaneciendo con la misma historia que le contó a
la posadera-. Nos mudamos bastante.
-¿Y por eso habláis tantos idiomas?
-Sí. Pero no ha sido fácil. Yo era sido horrible con los idiomas -decidiendo que habían
hablado de ella lo suficiente, preguntó- ¿Y vos? No he conocido a muchos Highlanders
que hablen tan bien francés y que no sean nobles... -se detuvo, sonrojándose-.
-¿Y os habéis dado cuenta de que no califico?
-No era mi intención ofenderos.
-No lo hiciste. Fui criado por un noble local y tuve algunos tutores. Los idiomas son
fáciles para mí -Ella arrugó el entrecejo, y él se rio- ¿Supongo que no es lo mismo para
ti?
Ella sacudió su cabeza:- El latín fue lo peor.
Las palabras salieron antes de que pudiera devolverlas. Esperaba que no lo notara, pero,
por supuesto, lo hizo.
-Había pensado que el italiano estaría estrechamente relacionado, y que te habría sido
fácil.
-Para la mayoría de la gente lo es -dijo. Ella fingió un bostezo- Si no te importa, creo
que me gustaría ir a la cama. Estoy muy cansada.
Y hablar con él era peligroso. Era fácil olvidarse de sí misma, en más de una forma. Por
unos instantes, había olvidado que era una monja -o pensaba hacerlo pronto- que debían

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permanecer extraños, y que estaban solos en esta habitación. Durante unos minutos, se
sentía tan cómoda con él como si fueran verdaderamente marido y mujer. Durante unos
minutos, la intimidad le había parecido tan... natural.
Pero de repente estar solo con él se sentía incómodo de nuevo. Ella era profundamente
consciente de él como un hombre. Y tanto como ella quería fingir que era una monja, su
cuerpo parecía querer ser de otra manera. Estar sola con un guerrero demasiado alto,
demasiado guapo y demasiado viril la hacía sentir muy femenina y ser muy consciente
de esa feminidad de una manera que nunca había sentido.
Se puso la tela alrededor de los hombros con más fuerza, aunque la habitación de
repente se sentía demasiado caliente. Era la habitación, ¿no? Pero eso no explicaba el
calor en lugares que nunca había sentido antes. Los faros de advertencia parecían
estallar a su alrededor. Necesitaba alejarse de él.
Debe de haber recogido la carga en la atmósfera también, porque de repente parecía
muy ansioso por salir.
-Si me dais vuestra ropa, la llevaré a la posadera para que la cuelgue junto al fuego. No
necesitáis dejar la vela encendida para mí; Podré encontrar el suelo cuando vuelva.
Ella se mordió el labio, queriendo preguntar cuánto tiempo iba a ser pero no quería
hacerle sospechar. Porque no tenía intención de estar aquí cuando despertara.
Con la inclinación de su padre por la bebida, Ewen no se inclinaba mucho por el
whisky, pero a veces podía apreciar los efectos apagados de la fermentación ardiente.
La última vez que había bebido demasiado fue después de que uno de sus amigos y
compañeros de la Guardia de las Tierras Altas, William Gordon, muriera en una
explosión en Galloway. Antes de eso, había sido cuando él y MacLean finalmente
habían salido a salvo después de sobrevivir a la matanza que había sucedido a los
hombres de Bruce en Loch Ryan a manos de los MacDowells. Dieciocho galeras, y sólo
dos habían sobrevivido.
Pero esta noche, no era el dolor de perder a los amigos lo que lo había llevado a beber,
sino otro tipo de dolor: el tipo lujurioso. Sabiendo que estaría despierto toda la noche
duro como una roca si no hacía algo, pasó una buena hora drenando una jarra de whisky
muy turbia, tratando de enfriar su sangre caliente. Se sintió tentado cuando un método
alternativo de amortiguar su lujuria se presentó en forma de una camarera amable, pero
el whisky debía ya haber tenido un efecto, ya que sus coqueterías y audaces miradas no
conseguían el más mínimo efecto en él.
Cuando regresó a la habitación, estaba bien y relajado, y la fuente de su problema estaba
rápidamente dormido y empaquetado con seguridad fuera de su vista debajo de las
mantas. Lanzó su tartán al suelo, apenas dándose cuenta de lo difícil que le estaba
resultando antes de desmayarse.
Pero la bebida no penetró en su sueño. Soñaba con ella. Sueños calientes e inquietos de
senos altos y redondos y un fondo curvilíneo. Imaginaba tocarla, acariciarla, pasar las
manos sobre cada pulgada desnuda de carne suave. Su cuerpo estaba caliente, su sangre
corriendo, su nariz llena de su olor suave. Las sensaciones eran tan fuertes que lo
arrancaron de su sueño.
O por lo menos pensaba que sí. Pero cuando abrió los ojos, su mano estaba envuelta
alrededor de su muñeca y ella estaba asomándose sobre él, sus ojos abiertos de sorpresa.

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Entonces supo que tenía que estar soñando porque podía sentir el suave golpe de sus
manos sobre su cabello y oír los suaves y tranquilizadores tonos de su voz mientras
llenaba sus sueños con los sonidos lúgubres de la canción. Sintió que su cuerpo se
relajaba. Sintió la tensión que había estado rebosando a través de sus miembros, bajo los
suaves y calmantes golpes. Fue agradable. Nunca había tenido una madre que lo
acostara cuando era joven, pero sospechaba que habría sido algo así. Lo último que
recordó antes de marcharse fue el suave tacto de sus labios en la mejilla.
Se despertó en una habitación fría con los primeros rayos de la aurora que fluían a
través de las grietas en las ventanas. Aunque débil, la luz del sol envió fragmentos de
dolor penetrando a través de su cabeza engrosada de bebida como dagas. Cerró los ojos,
escuchando en cambio los silenciosos sonidos de... silencio.
Silencio absoluto.
Sus ojos se abrieron de nuevo. Ignorando el dolor, su mirada se dirigió a la mujer que
dormía en la cama. O la mujer que debería estar durmiendo en la cama. Pero incluso
antes de que se pusiera en pie de un salto y le arrancara la tela a cuadros, lo sabía.
No había sido un sueño. Su maldita "esposa" había desaparecido.

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Capítulo 6

janet no creía que su corazón empezaría a latir otra vez hasta que estuviera a medio
camino de Roxburgh.
Después de arreglárselas para que volviera a dormir, había recogido sus pertenencias del
hogar de la planta baja y pasó junto a los ocupantes dormidos de la posada para escapar
a la fría mañana de la oscuridad con pocos problemas. Pero su corazón había saltado
directamente a través de su garganta antes, cuando ella había intentado darle un paso
para llegar a la puerta y él abrió sus ojos y la agarró por la muñeca.
Si había estado despierto o medio dormido, no lo sabía, pero por un largo latido del
corazón ella había pensado que él quería tirarla encima suya. El saber cuánto lo quería,
la hacía entrar en pánico. Necesitaba hacer algo.
Sin pensar, alargó la mano y lo tocó, tratando de calmarlo de nuevo a dormir como lo
hizo con su hermana Mary después de una pesadilla cuando eran jóvenes. Pero tocarlo
no era como tocar a su hermana.
Incluso mientras Janet corría a lo largo de la carretera a través del bosque que unía
Trows a Roxburgh, todavía podía sentir el grueso sedoso de su pelo corriendo entre sus
dedos. Seguramente un hombre -sobre todo un soldado que parecía haber nacido en el
campo de batalla-, no podía tener el pelo tan suave. Pero las oscuras y brillantes puntas
se deslizaban por sus dedos como la más fina seda. Todavía podía sentir el grueso
espesor de su espalda y los músculos del brazo como ella había tratado de calmar la
tensión de sus extremidades e intentar hacerlo de dormir. Pero, sobre todo, todavía
podía sentir el su barba contra su boca cuando había rozado sus labios sobre su
mandíbula rústica.
¿Qué en las puertas del cielo podría haberla poseído para besarlo? Todavía no lo podía
creer. Pero había pasado tantas veces por su cabeza esa posibilidad y su mejilla había
sido tan estrecha e irresistible.
Había olido a whisky y pino, y su piel sabía tan... bien. Oscuro y dulce, con un leve
rastro de especias. Una oleada de extrañas sensaciones la invadió. Su pulso se aceleró,
su piel se sintió enrojecida y espinosa, sus miembros se sentían pesados y sus pechos
hinchados. Sus pezones se apretaron, y de repente sintió el impulso inquieto de frotar su
cuerpo contra el suyo.
Por un momento traicionero, allí en la oscuridad, había querido arrastrarse a su lado.
Había querido que él la tomara en sus brazos y mostrarle lo que un hombre le hacía a
una mujer. No ignoraba el acto, pero hasta ese momento no había sido capaz de
experimentarlo.
Ningún hombre la había hecho sentir así. Confundida, medio enloquecida y asustada a
la vez.
Sus pies se aceleraron cuando ella aceleró su paso, corriendo tan lejos de él como estaba
hacia Roxburgh y el futuro que ella había planeado. Un futuro que no incluía

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pensamientos lujuriosos o el distraerse por un hombre. ¡Ella iba a ser monja, por el
amor de Dios!
Era lo que quería, ¿no? Sintió un pequeño apretón en el pecho. Por supuesto, así era.
Tomar el velo tenía sentido. ¿De qué otra manera podía continuar con lo que estaba
haciendo? Como monja, tenía libertad. A propósito. Le gustaba trabajar para Lamberton
y estaba orgullosa de todo lo que había hecho para ayudar a Robert de Bruce.
¿Qué otras opciones tenía? Para una mujer noble había dos: el matrimonio o el velo, y
ella sabía que el matrimonio no era para ella. Ella había estado comprometida dos veces
antes, y ambas veces el compromiso había terminado con la muerte de su prometido. La
guerra había matado a muchos jóvenes nobles de Escocia, pero para Janet su muerte
había parecido un presagio de que el matrimonio no era para ella.
Además, ella era feliz, y en su experiencia la felicidad y el matrimonio no iban juntos.
Su padre había tratado a su madre como una esclava, el amor juvenil de su hermana
Mary por el conde de Atholl se había convertido en miseria, y Duncan y Christina
habían pasado la mayor parte de su tiempo discutiendo.
¿Por qué pensaba en eso? Incluso si ella decidiera que quería casarse, nunca sería para
un soldado ordinario, aunque no parecía ordinario. Ella frunció el ceño. Era una hija de
Mar, la antigua cuñada de un rey y una tía de su único heredero. Su elección de marido
no sería suya en absoluto. Sería un partido político negociado por Robert.
Por más razones que una, el brusco Highlander con el cabello sedoso e irresistible
mandíbula, no era para ella.
Ella estaba prácticamente corriendo ahora, respirando con dificultad a pesar del frío de
la mañana
Una niebla, un brillo de sudor apareció en su frente. Parecía que no podía salir lo
suficientemente rápido. Pensó que tenía por lo menos una hora de ventaja sobre él, que
incluso si intentaba seguirla le daría tiempo suficiente para llegar a Roxburgh a pie, a
sólo una milla o más de distancia. Pero sólo para asegurarse de que se alejó de la
carretera, se acercó a la ciudad y tomó una rotonda camino al castillo a través del
bosque.
Había pensado en huir con el caballo pero no había querido arriesgarse a despertar a los
muchachos del establo. En retrospectiva, tal vez era un riesgo que ella debería haber
tomado. Demasiado tarde, oyó el sonido de los cascos. Miró a su alrededor como una
liebre sorprendida, buscando frenéticamente un lugar donde esconderse. Pero él estaba
delante de ella antes de que pudiera dar con algún agujero donde esconderse.
Su corazón latía como un tambor, pero esperaba arreglárselas para parecer fresca y
serena cuando se volvió hacia él.
-¿Cómo me encontrasteis?
No se molestó en contestar a su pregunta. Su rostro, medio escondido por la capucha de
nuevo, era una máscara de furia helada. Saltó del caballo y la agarró bruscamente por el
brazo.
-Pequeña tonta, ¿estáis tratando de mataros?

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Podría haber sentido el impulso de acobardarse, tener delante a un hombre –enfadísimo-
de más de seis pies, músculo sólido gritándola, la intimidaba hasta la muerte.
-Si alguien está actuando como un tonto, sois vos por perseguirme. Ya os lo dije, no
necesito ni quiero una escolta. No os pedí que me acompañaseis, y no necesito vuestro
permiso para irme sin vos.
-Y una mierda que no.
Tenía que admitirlo, sentía un escalofrío de miedo cuando él gruñía y tiraba de ella
incluso con más fuerza –si fuera posible- contra él. Pero entonces se preguntó si se
trataba de algo más cuando su corazón saltó y el calor la atravesó. Una reacción que ya
estaba acostumbrada a ella cuando él se preocupaba.
Dios mío, le encantaba el olor, la mezcla del viento en su cabello, el pino del bosque en
su piel y el cuero de su ropa.
Su rostro se inclinó hacia el de ella, y ella respiró profundamente, deseando que la
capucha que le cubría los ojos acerados de color azul-gris, le destellasen con tanto
peligro como la espada que había atado a su espalda una vez más.
-¿No pensasteis que la desaparición repentina de mi 'esposa' antes del amanecer podría
ser un poco sospechosa?
Janet se mordió el labio, luchando contra el rubor. No había caído en eso. Lo único en
lo que había estado pensando era en salir de allí.
-Estoy segura de que pensasteis en algo para apaciguarla.
-No todo el mundo es tan inteligente en mentir como vos.
Esta vez no se pudo detener la irritación. El hombre noo sabía ni la mitad. Ella levantó
su barbilla obstinadamente.
-Incluso si la posadera fuera curiosa, estoy segura de que no pasaría nada.
¿Eso creéis, eh? No estoy seguro de que la fiesta de los soldados ingleses que vi
acercarse a la posada cuando me iba estarán de acuerdo con vos. Pero esperemos que la
excusa sea suficiente.
¿Soldados ingleses? Las primeras punzadas de culpa comenzaron a formarse.
-¿Qué le dijisteis?
-Que habíais ido a la iglesia local para orar por la recuperación de vuestra madre antes
de empezar nuestro viaje.
Exhaló el aire de sus pulmones, y ella asintió:- Es una buena excusa -estaba sorprendida
de que se lo hubiera inventado.
Sus ojos se estrecharon como si pudiera leer su mente.
-La posadera me ha creído, pero los ingleses no lo harán si deciden seguirnos en la
iglesia.
-Si realmente nos buscan, y si hacen la conexión, tal vez. Pero tampoco hay razón para
sospechar. Probablemente estaban en una fiesta de exploración inglesa del castillo.

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Ella arrancó su brazo de su agarre y dio un paso atrás. Todo era culpa suya. Si no
hubiera insistido en acompañarla, no se sentiría tan... confundida, y no habría sentido la
necesidad de huir.
-Lo siento por dejaros con una explicación que darle a la posadera, pero hay algo que
tengo que hacer en Roxburgh, y no me vais a detener.
Janet vio el destello en sus ojos y supo que había cometido un error. No sabía si había
sido el desafío de sus palabras o algo más. Pero antes de que pudiera tomar otra
respiración, él se había sacado de su capucha, la había empujado a los brazos, y la había
ajustado firmemente a su cuerpo, sin ninguna duda de su intención.
Esta vez la emoción que se estremeció a través de ella era inconfundible. Era como si
una ola de calor fundido se hubiera derramado sobre cada miembro. No podía moverse.
No podía apartarlo.
No quería alejarlo.
-Diablos -dijo, justo antes de que su boca cubriera la suya.
Así que esto era lo que se sentía cuando se perdía el control. Ewen no sabía qué le
poseía para tomarla en sus brazos, pero en el momento en que sus labios tocaron los
suyos ya no le importaba.
Sus labios eran tan sedosos, suaves y dulces, que gimió ante el primer sabor de ella. La
sangre y la cólera que rugían a través de él le urgían a ir rápido y duro, a tomar y
saquear, a perderse en el calor dulce y envolvente. Pero algo más fuerte calmó el
impulso primitivo y lo hizo frenar.
Inocencia. Ella era tan condenadamente inocente, y de repente eso era todo lo que
importaba. Por mucho que quisiera violarla sin sentido, no quería asustarla. Así que
aflojó el agarre que tenía a su alrededor, alivió la presión de sus labios y la besó
suavemente. Tiernamente
Reverentemente.
No recordaba haber cortejado a una muchacha con su boca, pero lo hizo ahora. Con
cada caricia le mostraba -enseñándole- lo que quería de ella.
Poco a poco, pudo sentir el choque y su cuerpo empezó a relajarse. Quería rugir con
satisfacción masculina, pero se conformó con un suave gruñido. Pero luego se acurrucó
más contra él con un sonido que se dirigió directamente a su polla y casi borró todas sus
buenas intenciones. Tómalo con calma, se dijo. Puedes hacerlo. No es nada que no
hayas hecho cientos de veces antes. Casi se echó a reír ante la exageración, recordando
su reacción, extrañamente, se había parecido más a los celos que a la condenación
religiosa, pero no se rio cuando se dio cuenta de que esto no era como cualquier cosa
que había hecho antes. Besarla era una experiencia totalmente diferente, y no le gustó.
Excepto porque le gustó. Demasiado, maldita sea.
Lento.
Pero ella no lo hacía fácil, la forma en que sus dedos se clavaban en sus hombros
mientras ella lo aferraba con más fuerza y más duro, y él sintió que su placer estaba
creciendo.

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Àriel x
Él acunó su rostro en su mano, acariciando su pulgar sobre la suave curva de su mejilla,
Sintiendo su pecho cada vez más apretado con cada caricia. Sus labios eran como
terciopelo, su aliento como miel, y ella olía... Dios, ella olía como un puñado de
campanillas azules que habían estado sentadas al sol. Quería hundirse en ella y permitir
que ese olor lo tragara.
Sus dedos se deslizaron alrededor de su cuello, sumergiéndose en las suaves olas de su
cabello. Llevaba una capa encapuchada, pero la capucha se había deslizado hacia atrás
para revelar la magnífica melena dorada, suelta, sin duda, por la prisa de su partida.
No quería pensar en eso ahora... pero era una buena cosa seguirla de una manera tan
terriblemente fácil. Todo lo que quería pensar era lo increíble que sus labios se sentían
en los suyos, lo bien que sentía tener sus pechos aplastados contra su pecho y sus
caderas acurrucadas en su entrepierna, lo sedoso que estaba su cabello en sus dedos
mientras agarraba la espalda de su cabeza y su boca a la suya, y cuánto tiempo más
podría soportar tomarlo con calma cuando cada fibra, cada instinto, cada gota de sangre
y hueso en su cuerpo quería deslizar su lengua en su boca y probarla más
profundamente.
Él gimió, anticipando la sensación de que su lengua rodeara la suya. Iba a sentirse tan
bien…
Su cabeza, su corazón, cada parte de su cuerpo estaba golpeando. No podía esperar más.
Él rozó su boca sobre la suya otra vez y separó sus labios. Entonces llenó su boca con la
suya, tragando su jadeo de sorpresa cuando su lengua lamió en la caverna dulce de miel.
Oh Dios, ¡eso fue bueno! Incluso mejor de lo que había previsto. Más caliente. Más
dulce. Más oscuro y más erótico.
Él la atrajo más cerca, necesitando sentir la fricción de su cuerpo contra el suyo
mientras su lengua se hundió más y más en su boca. Él se inclinó hacia él, sintiéndose
ahogado, sintiendo que su cuerpo era arrastrado a un torbellino de placer tan agudo que
no iba a ser capaz de salir.
Podía sentir su corazón martilleando contra el suyo, sentir su conmoción, y entonces su
descubrimiento como su cuerpo despertó a la pasión que se encendió entre ellos -
caliente, devastador e incontrolable. Nunca había sentido nada parecido. Pero no era
nada las sensaciones que explotaron dentro de él cuando sintió el primer círculo de su
lengua contra la suya. Envió una ola de calor a su ingle tan fuerte que casi hizo que sus
rodillas se doblaran.
Ella podía ser inocente, pero no había nada inocente en su respuesta o en las sensaciones
que incitó. El ir lento quedó en el olvido mientras la empujaba contra un árbol, envolvía
su pierna alrededor de su cintura, y descendió en la locura de la pasión, sus lenguas
deslizándose entre ellas.
Su pene palpitaba, situado en la dulce coyuntura entre sus piernas. No pudo resistirse.
Empezó a mecerse, necesitando la fricción de su cuerpo moviéndose contra el suyo.
Él no estaba pensando ahora, ¿alguna vez lo había hecho? El instinto se había instalado.
Estaba besándola más duro, arrastrando sus manos sobre su cuerpo con una posesividad
que decía que estaban destinados a estar allí. Él ahuecó sus pechos increíbles, y luego su
parte inferior como él la levantó más firmemente contra él.

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Oh Dios, ahí mismo. Eso fue todo. Se apretó, con las nalgas apretadas contra la presión.
Se sentía tan bien, tenía que luchar contra el impulso de correrse.
No podía esperar a estar dentro de ella.
Él arrastró su boca de sus labios a su cuello, cubriendo el pulso frenético bajo su
mandíbula con su boca y chupando hasta que se retorció y gimió contra él.
Caliente. Estaba tan malditamente caliente que no podía respirar.
Podía oír la rapidez de su aliento, y los suaves y pequeños jadeos que sonaba lo estaban
volviendo loco. Sintió que su cuerpo se estremecía al rendirse y sabía que era suya. Mía.
El conocimiento golpeó a través de él como el martillo de un tambor. Apartó la boca y
la miró. Tenía el rostro enrojecido, los labios hinchados y los ojos entreabiertos de
pasión. No creía que hubiera visto algo más hermoso.
Algo extraño se movió en su pecho. Un sentimiento -una emoción- que nunca había
sentido antes. Era más que lujuria y más de posesividad, era más suave... más dulce...
más significativo.
Pero entonces su mirada cayó y todo el deseo, toda la pasión, todas las emociones
extrañas que sentía se arrancaron de él en un suspiro horrorizado. La cruz de madera
cruzaba el pecho que acababa de sostener en su mano.
La vergüenza se elevó dentro de él, tan amarga y nauseabunda como la bilis.
¿Qué diablos estaba haciendo? ¡Era una monja, por el amor de Dios! La inmensidad de
su pecado lo sorprendió. La soltó tan de repente, se tambaleó, y tuvo que tender la mano
para atraparla antes de caer al suelo.
En un momento, Janet subía por las puertas del cielo hacia un hermoso mar de luz, y la
siguiente estaba chocando en la oscuridad, tratando de protegerse de caer sobre el frío y
duro suelo de la realidad.
La rápida reducción de las sensaciones más increíbles que había experimentado la dejó
ansiosa, dolorida y confusa. Cuando los brazos que la habían sostenido tan firmemente.
De repente se cerró de nuevo alrededor de ella, ella jadeó de alivio y lo agarró como una
cuerda de salvamento.
No pares, quería decir. Por favor, no pares. Se siente tan bien.
Pero entonces ella lo miró a los ojos y la frialdad -el disgusto- fue como una lluvia de
agua helada, que la chocó de nuevo contra la realidad.
Se apartó bruscamente de él, pero no pudo apartar la mirada de él. ¿Por qué la miraba
así? ¿Qué había hecho ella?
Y entonces ella recordó. La mirada no estaba dirigida a ella.
Se miraron el uno al otro en un momento de mudo horror. La suya por lo fácil que sería
sucumbir, y el suyo con la vergüenza y la culpa de lo que había hecho. O más bien, lo
que pensaba que había hecho.
Si fuera realmente una monja, besarla sería un pecado grave, y de la mirada enferma en
su rostro, la realización lo golpeaba con fuerza. Viendo la profundidad de su tormento,
Janet sintió que algo en su pecho crecía apretado y caliente.

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Quería decirle la verdad, y por un momento casi lo hizo, pero entonces la cordura
volvió. Ahora mismo, su hábito era lo único que los mantenía separados. Si la hubiese
quitado, en sentido figurado, podría muy bien llevarla a quitarla literalmente.
Después de ese beso, ella no confiaba en sí misma.
Nunca se había imaginado...
Nunca pensó…
Nunca se dio cuenta de que podría ser así.
Nunca había pensado que pudiera ser capaz de semejante locura. Porque seguramente
era una locura cuando la sensación de su boca se movía sobre la suya, la sensación
maliciosa de su lengua que chocaba contra la suya, el calor de sus manos sobre su
cuerpo. ¿Podía borrar todo pensamiento racional y hacerle olvidar todo lo que era
importante para ella?
Ella no quería que nada interferiera con su trabajo para Bruce y Lamberton, e
instintivamente se dio cuenta de que ese hombre podía resultar ser una amenaza.
Su mirada se deslizó hacia su boca. Para los labios que a menudo se adelgazaban y se
tiraban de una manera bastante sombría
Eran sin duda suaves y suaves como la miel como él quería que fueran. De hecho, nunca
hubiera esperado que un guerrero tan áspero y tosco se besara con tal destreza y ternura.
Obviamente, esos "centenares" habían resultado efecto.
¿Por qué esa comprensión hizo que le doliera el pecho?
No era que le importara con quién se había metido, se decía, sólo que no le gustaban las
sorpresas. Especialmente aquellos que eran tan devastadores. Y ese beso estaba
ciertamente calificado.
¡Madre Mary, casi se lo permitió tomar su inocencia! De hecho, prácticamente se lo
había entregado sin más inducción que un beso hábil y unas cuantas caricias calientes.
Sus mejillas ardían. Bueno, tal vez más de unos pocos. Tenía que esforzarse para no
dejar caer su mirada más allá, recordando la increíble sensación de la gruesa columna de
su virilidad que cabalgaba contra ella. Lo había querido aún más cerca. Ella lo había
querido-con sus mejillas quemadas- dentro de ella. Lo quiso tan intensamente que
habría tirado todo: su virtud, su moral, su honor. Había sido educada como una dama,
nunca le había permitido a ninguno de sus novios ni un casto beso, pero con una sola
presión de sus labios la había convertido en una despreocupada.
El silencio cargado se estiró hasta que finalmente él lo rompió.
-Eso nunca debería haber ocurrido -por una vez estuvieron de acuerdo. Su mirada se
había cerrado, y una vez más se encontró mirando al duro e implacable guerrero- Espero
que aceptes mi disculpa, pero -habría dejado de hacerlo- me enfadaste.
Janet estaba horrorizada.
-Así que esto es culpa mía por no seguirlo mansamente y obedecer sus ¿ofertas?
Sus ojos se estrecharon ante su sarcasmo.

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-Meek y biddable podrían ayudarme a recordar que sois una monja. Y piadoso y sereno,
para esa materia. No actuáis como cualquier mujer de la tela que haya conocido.
-¿Y habéis tenido «centenares» de ellos con los que me comparáis también?
Se detuvo, su mirada se volvió tan dura y penetrante como una daga de acero.
-¿Qué le pasó a vuestro acento?
Janet esperaba que no se hubiera puesto tan pálida como se sentía:- ¿De qué estáis
hablando?
Ella respondió en su francés acentuado italiano, con cuidado de no exagerar.
Pero era como un cazador que acababa de atrapar una liebre y no estaba a punto de
soltarla. Él la tomó por el codo.
-¿Qué estáis escondiendo, hermana? ¿Quién diablos sois vos?
El miedo se elevó en su interior mientras los penetrantes ojos azules de acero se
clavaban en los suyos. Se sentía expuesta y quería correr, pero no tenía dónde
esconderse. Su corazón se agitó salvajemente en su pecho mientras el velo que había
erigido entre ellos amenazaba con disolverse. Sólo quería que él la dejara ir.
-Soy una criada inocente al servicio del obispo de St. Andrews, a quien casi seducís-
Eso es todo lo que necesitáis saber, y todo lo que importa. No intentéis absolver vuestra
culpa viendo cosas que no están ahí e inventando excusas para vuestras propias
acciones.
Su daga había hecho sangre. Dejó caer su brazo y dio un paso atrás.
-Tenéis razón.
Janet sintió una torcedura de culpa en su pecho, viendo la vergüenza una vez más en su
rostro, y quiso tocarlo. Pero mantuvo la mano firmemente plantada a su lado. Es mejor
así, se dijo.
-No hay excusa, y no intentaré inventar una. Tenéis todo el derecho de culparme por lo
que pasó. Podéis estar seguro de que confesaré mis pecados en la próxima oportunidad
que tenga.
Su boca cayó en esa línea sombría que estaba empezando a encontrar extrañamente
atractiva. Él le lanzó una mirada suplicante, que sospechaba que era rara y que no
parecía estar cómodamente en su rostro.
Se acercó la mano a la cabeza como si quisiera pasarse los dedos por el pelo, pero luego
lo dejó caer.
-Mira, no podemos simplemente intentar olvidar esto y fingir que nunca sucedió. No
quiero que haya dificultades cuando lleguemos a Berwick.
No le gustaría nada más. Pero Janet sospechaba que olvidarlo y fingir que nunca había
sucedido iba a ser imposible. Incluso ahora, sólo mirándolo, su piel se ruborizó con una
nueva conciencia. Pasión, deseo... lujuria. Al igual que Pandora, había abierto la caja y
ahora tenía la tarea de encontrar una forma de reponer todos esos sentimientos otra vez.
Pero una vez liberados, ¿volverían alguna vez?

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Tenía que intentarlo.
Dificultades, había dicho. Obviamente le preocupaba que le contara a Lamberton lo que
había sucedido. Janet estaba a punto de asegurarle que preferiría tragar unas uñas que
hablar de lo que había ocurrido aquí, cuando se detuvo, considerando lo que había
dicho: Berwick. Odiaba usar su tormento contra él, pero en este caso, se dijo a sí misma
que estaba justificado. Tenía un trabajo que hacer.
Ella asintió:- La confesión aliviará mi mente mucho. Hay una pequeña iglesia en
Roxburgh, donde podéis ir mientras asisto a mis asuntos en el castillo.
-No vamos a Roxburgh. Berwick queda muy cerca-
-No para mí. Además, si regreso a Berwick después de no haber conseguido traer esas
nueces azucaradas, el obispo podría preguntarse por qué, y tendré que darle una
explicación -Ambos sabían que ella no estaba hablando de nueces- No está a más de
media milla de distancia. Por favor, tendré cuidado, y no hay razón para pensar que
habrá peligro. Lo he hecho cientos de veces.
Su tímida burla e intento de aliviar la tensión entre ellos provocó un parpadeo de una
sonrisa. Ewen no estaba de humor para bromear. Sabía lo que estaba tratando de hacer,
usar su culpa en su contra, pero estaba demasiado condenado y enfadado consigo
mismo y destrozado de vergüenza para encontrar las fuerzas para pelear. O tal vez
simplemente no confiaba en tener otra discusión con ella. Todavía estaba tambaleándose
después de lo que acababa de suceder. Por cuán completo había perdido el control, y
con qué rapidez un beso se había disuelto en mucho más.
¿Cómo podía haberse olvidado así? Su padre era el que tomaba lo que quería. Ewen
tenía mucha más disciplina que eso, por lo general.
Había sido fácil, se dio cuenta. Había respondido con una franqueza y un afán que
hacían fácil olvidar que era intocable.
No era el único que había pecado. Tal vez no quisiera admitirlo, y era lo
suficientemente galante como para no señalarlo, pero lo había deseado tanto como él la
había deseado.
-Por favor -repitió- No tomará más de una hora, y entonces podemos estar en nuestro
camino.
Ewen miró fijamente la pálida cara, los amplios ojos azul-verde, los labios rosados
todavía hinchados de su beso, y los rasgos delicados clásicos dispuestos, y sintió algo
cambiar en su pecho.
Iba a rendirse, maldita sea. Irían a Roxburgh. Era su culpa, se dijo. No era que le diera
lo que quisiera cuando lo mirara así.
-Creo que os equivocasteis en vuestro camino, hermana.
Ella parpadeó hacia él en confusión, sus largas y plumosas pestañas revoloteaban como
un ala de cuervo. Tuvo que luchar contra el súbito apretón en su pecho, pero era tan
bella que dolía.
-¿Qué queréis decir?
-Deberíais haber sido delincuente.

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Observó como la comprensión de que había ganado amaneció en sus rasgos, y pensó
que ninguna mañana, ningún destello del sol sobre la tierra, podría haber sido tan
hermoso.
-Gracias.
Ewen sostuvo su mirada por un momento, pero luego se obligó a alejarse con un
gruñido de asentimiento.
La culpa podría haberle dado lo que ella quería esta vez, pero él no iba a dejar que ella
le manipulase de nuevo. Necesitaba terminar esto y regresar al negocio de ganar esta
guerra y ver el futuro de su clan. Hacerse lo más lejos posible de la Hermana Genna se
había convertido en su primera prioridad. Para la mente de Ewen, no podían llegar a
Berwick lo antes posible.

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Capítulo 7

Janet tenía razón. El rápido desvío hacia Roxburgh había sido fácil. Nada de gritos,
nadie los había notado; De hecho, todo había pasado sin riesgo para cualquiera de ellos.
Había estado dentro y fuera del castillo, poniéndose en contacto con su fuente de
información, y regresó con Ewen en la iglesia en menos de una hora. La importancia de
este contacto no podía ser subestimada, y Janet estaría justo en medio de ella.
Sin embargo, era difícil estar emocionado. Ella podía haber ganado la batalla en
conseguir que él estuviera de acuerdo en ir, pero la victoria estaba tornando a fría y
solitaria.
Montaron en silencio el resto del camino de Roxburgh a Berwick-upon-Tweed.
La facilidad de conversación que habían compartido había desaparecido. Sus respuestas
cortas y contundentes volvieron diez veces más, haciéndole parecer casi hablador en
comparación con antes. Ewen cabalgaba tan rígido detrás de ella, lo que hacía que no
pudiera relajarse. Después de horas de montar juntos, su cuerpo dolía con el esfuerzo de
mantener la distancia entre ellos. Acurrucarse contra el cómodo escudo de su pecho era
un recuerdo lejano.
Durante sus breves paradas para comer o regar el caballo, apenas la miró.
Algo había cambiado entre ellos, y Janet sabía que era su culpa. Se sentía culpable por
lo que había hecho, pero no sabía qué decir. Peor aún, sabía que era mejor así.
Tenía un trabajo que hacer y él también. Pedir disculpas, decirle la verdad, sólo haría las
cosas más complicadas.
Pero cada vez que miraba, tenía una mirada tan fría que algo dentro de ella gritaba.
Quería tocarlo, traerlo del remoto lugar al que se había retirado. Pero, ¿para qué
serviría?
Aunque se decía una y otra vez que estaba haciendo lo correcto, eso no ayudó a calmar
la inquietud y la ansiedad que rezumaban dentro de ella. Sin embargo, no fue hasta que
estuvieron fuera de las puertas del Priorato de Coldingham, que Janet sintió los
primeros momentos del pánico.
-Estamos aquí para ver al obispo -dijo Ewen al monje que contestó la campana- Dile
que somos la hermana Genna y su escolta.
Desmontó y la ayudó a bajar mientras esperaban a que el hombre regresara.
Todavía no estaba bastante oscuro, dejando mucha luz para que ella pudiera ver el
rígido conjunto de su mandíbula. Se mordió el labio inferior, sus manos se retorcieron
en los pliegues de su vestido, mientras contemplaba qué decir.
-Ewen, yo…
Volvió su rostro hacia el de ella, su expresión una máscara de indiferencia:- ¿Sí?
Su corazón se agitó salvajemente mientras buscaba las palabras. ¿Cuáles?

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-Gracias.
Por qué le estaba dando las gracias, no lo sabía. Ella no había querido su protección, de
hecho había luchado contra ella. Pero él lo había dado, y eso exigía algo, ¿no?
Él asintió, y durante un minuto vio algo de la calidez en sus ojos que ella no había
notado hasta justo antes de que desapareciera. Sin embargo, lo que quiso decir, se
perdió cuando el monje regresó y abrió la puerta para llevarlos al obispo.
Fueron conducidos a través del patio y en la pequeña casa que fue unida al priorato.
Como estaba oscuro en el interior, el monje encendió unas cuantas velas antes de
dejarlos solos de nuevo.
Mientras esperaban a que apareciera el obispo, Janet de repente se encontró
preguntándose qué podría decir Ewen. Tan feliz como Lamberton estaría por el contacto
que había hecho en Berwick,
No creía que le gustara saber lo que había pasado con los soldados ingleses cerca de
Melrose. Sabía que era mejor no pensar que Ewen aceptaría no decírselo, pero no sabía
cómo lo haría sonar si ella le permitiera ser él quien lo relatara.
-Os agradecería que me dejarais explicarle al obispo lo que pasó en el bosque.
Notó cómo de fácil había adivinado sus pensamientos.
-Estoy seguro de que lo haríais.
Apretó los dientes. Lo que había cambiado entre ellos, todavía se las arreglaba para
irritar su temperamento con bastante facilidad. -¿Le diréis todo, entonces?
Sus ojos de color azul gris se endurecieron.
-Creo que ya habéis utilizado esa baza, hermana.
Janet sintió que sus mejillas se calentaban, sabiendo que tenía razón.
-No sé por qué tenéis que ser tan difícil. No es como si fuera a decírselo.
-Sí, pero es el cómo se lo diréis, lo que me preocupa. Sospecho que podríais hacer que
el Armagedón suene como un día en una fiesta.
Janet frunció la boca. –No me dais ninguna oportunidad. Os aseguro que el obispo
comprenderá el peligro.
-¿Sí, de verdad? –Sostuvo su mirada- prometedme que dejaréis la guerra a los hombres
y os mantendréis fuera de ella, y os dejaré explicar al buen obispo como queráis.
Con un poco de esfuerzo, Janet se mordió la lengua. Pero estaba ardiendo por dentro de
la rabia. Las confusas emociones que había sentido antes desaparecieron. Deja la guerra
a los hombres.
Ewen Lamont veía a las mujeres como nada más que criaturas indefensas y tontas que
necesitaban un hombre grande y fuerte para protegerlas. Aunque él ciertamente calificó,
ella no quería nada con un hombre que pensase así. La atracción física, no importa cuán
poderosa fuera, no era suficiente.
Ella debería agradecerle por recordarle ese aspecto.

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-Será mejor que decidáis pronto -dijo- El obispo viene.
Ella no oyó nada. Pero frunció el ceño unos momentos después cuando oyó el sonido
inconfundible de pasos que se acercan.
-Muy bien, estoy de acuerdo -dijo ella, sin sentirse tan culpable por la mentira. A pesar
de que técnicamente, no era una mentira. Dejaría que los hombres hicieran la guerra,
pero eso no significaba que ella no continuaría haciendo exactamente lo que había
estado haciendo.
Sus ojos se estrecharon como si él no la creyera, pero ella fue salvada de la
investigación adicional por la llegada del obispo.
Lamberton le dirigió una sonrisa de saludo, que desapareció cuando vio a Ewen. Janet
no necesitaba tener mucha perspicacia para ver que al obispo no le gustaba.
-Te esperaban antes -le dijo a Ewen - vuestros amigos os han estado buscando.
Janet percibió la alerta inmediata de Ewen. Era como si cada músculo de su cuerpo se
volviera a la vida. Trató de no recordar todos esos músculos, o lo bien que se sentían,
Se detuvo antes de que pudiera terminar el pensamiento. ¡Que el cielo la ayudara, la
había convertido en una libertina!
-¿Cuándo? -preguntó.
-Inmediatamente -Lamberton le entregó una misiva, que Ewen rápidamente desplegó y
leyó.
Ella frunció el ceño. Además de la fluidez en varios idiomas, parecía que su soldado
ordinario también podía leer. Pero no tendría la oportunidad de interrogarlo. Se volvió
hacia ella con un ligero arqueamiento de la cabeza.
-Mi señora.
Dios mío, esto era todo. Se estaba yendo. Probablemente nunca lo volvería a ver. Era lo
que ella quería, ¿no? Entonces, ¿por qué se sentía como si alguien estuviera
arrancándole el corazón?
-Monsieur -contestó ella en un susurro, devolviéndole la cabeza.
Vaciló como si quisiera decir algo, pero como ella, luchó por las palabras correctas.
Encontró los equivocados.
-Recordad vuestra promesa.
Cuando la puerta se cerró detrás de él con un golpe, Janet se dijo que era buena salida.
Una especie de hombre obstinado, condescendiente, de pensamiento mujer-es-la-más-
débil no, no era para ella. Había tenido suficiente de esa actitud de su padre y hermanos
para toda una vida. En los últimos años lo había comprobado lo que ella ya había sabía:
estaba mejor sola.
Ewen no la creyó por un instante. Aunque no tenía ninguna intención de decirle a
Lamberton lo que había sucedido, tenía la intención de darle a Bruce una buena ola de
su opinión sobre dejar que las monjas participaran como mensajeras.

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Pero tendría que esperar. La misiva que había recibido era de Halcón. Aparentemente,
Sutherland estaba en problemas, y necesitaban sacarlo a él ya su esposa de Inglaterra
cuanto antes. Ewen corrió a la costa al norte del castillo de Berwick y se encontró con
sus compañeros de la Guardia mientras cabalgaban a Huntlywood, donde Mary de Mar,
la esposa de Sutherland, residía, con la esperanza de ejecutar un rescate. Como resultó,
Sutherland no los necesitaba. Su nuevo recluta se había demostrado digno de su puesto
en la Guardia de las Highlanders, arreglando un puente con polvo negro para asegurar la
seguridad de su esposa, y luego derrotando a una veintena de ingleses para asegurar la
suya.
Pero el viaje de regreso al castillo de Dunstaffnage en la birlinn de Halcón había sido
veinticuatro horas de puro infierno. La mujer de Sutherland se había dedicado al trabajo
de parto poco antes de que ella llegara a la nave, y los ruidos de sus gritos de dolor no
eran algo que Ewen olvidara pronto.
Maldito infierno, había una razón por la que los hombres no podían ir a ninguna parte
cerca donde se produjera el parto. Oír a una muchacha en el dolor y no ser capaz de
hacer nada al respecto estaba en contra de todos los huesos primitivos en el cuerpo
masculino. Aparentemente tenía muchos de ellos.
Sutherland, que había sido conocido por su temperamento caliente, los sorprendió a
todos por ser el hombre más tranquilo a bordo. Si la mujer dando a luz fuera su esposa,
Ewen podría haber saltado por la borda.
Cuando una imagen de la cara de la Hermana Genna surgió a la mente, él la apartó.
Ewen sabía que tendría que casarse algún día, pero era la primera vez que pensaba en
"su mujer".
No dejó pasar la ironía de que una monja fuese la fuente de su inspiración.
Afortunadamente, el heredero de Sutherland había esperado para hacer su aparición
hasta que llegaron con seguridad a Dunstaffnage y Ángel, la hermana de Sutherland;
Helen, la curandera de la Guardia de las Highlands, podría asistir al parto. A pesar de
todo, tanto la madre como el niño lo estaban haciendo bien, pero incluso dos días
después Sutherland -o Hielo, como había sido apodado después de aquel viaje infernal-
tenía la mirada aturdida de un hombre que había pasado por una larga y salvaje batalla
Y de alguna manera salió vivo.
No obstante, Sutherland no se limitó a la agitación de un niño nuevo que había traído al
castillo; Él también había logrado descubrir alguna información importante sobre los
planes de batalla de Eduardo cuando la tregua expiró al final del mes. Una vez más la
guerra con Inglaterra apareció en el horizonte y todos los miembros de la Guardia de las
Highlands estaban ansiosos por volver a trabajar en la consolidación del reinado de
Bruce y derrotar a los ingleses, esta vez para siempre.
Pero Ewen no se había olvidado de la hermana Genna (diablos, si él sabía el porqué), o
su intención de hablar con Bruce sobre los peligros cada vez mayores que afrontaban
sus mensajeras. Monjas.
Por lo general, Ewen hizo todo lo posible para permanecer en segundo plano, pero para
él esto era un excepción.

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Pocos días después de su llegada, entró en el Gran Salón, que ya estaba floreciendo con
la actividad mientras la comida del mediodía estaba bien encaminada, y se acercó al
estrado, con la intención de solicitar una reunión privada con el rey en su solar.
Se abría paso alrededor de las apretadas mesas de caballete en el lado este del vestíbulo,
esquivando a las muchachas que servían con platos llenos de comida, cuando miró hacia
la mesa principal y vio a una mujer sentada al lado del rey.
Se detuvo, un zumbido extraño irradiando por su espina dorsal y extendiéndose sobre su
piel. Su cabeza estaba inclinada hacia el rey, pero había algo en el rubio dorado y
profundo de su pelo que le recordaba a otro. Era la manera en que la luz atrapaba las
hebras de colores diferentes, desde el rubio plateado hasta el dorado, hasta el rico cobre.
Nunca había visto nada así ... hasta que conoció a la hermana Genna.
Una rápida mirada al hombre de su otro lado, e hizo que la identificara como María de
Mar, la novia de Sutherland, que estaba haciendo su primera aparición después del
nacimiento del niño. Era también la primera vez que la miraba a la luz, se dio cuenta
Ewen. Dios sabía que se había quedado lo más lejos posible de ella en el birlinn.
Su corazón latía extrañamente mientras caminaba más cerca, casi como si sintiera que
algo trascendental estaba a punto de suceder.
Estaba a unos tres metros de distancia cuando levantó la vista y se detuvo en seco, como
si se hubiera topado con un muro de piedra.
¡Cristo! El color se deslizó de su cara. Era ella. Hermana Genna. ¿Era la esposa de
Sutherland? Sintió un dolor desconocido en su pecho, como si una daga caliente hubiera
sido sumergida en su interior y retorcida. No. El choque se aclaró de su cabeza, y se dio
cuenta de que no podía ser la misma mujer.
La esposa de Sutherland había estado embarazada hace unos días, y la hermana Genna
no. Debería saberlo, pensó con una fuerte cerradura de la mandíbula; Él había tenido sus
manos sobre ella.
Un estudio más detallado del rostro sonriente de la mujer al responder a algo que Bruce
dijo, reveló más diferencias. El rostro de Mary de Mar era más lleno, las líneas
alrededor de su boca y sus ojos estaban grabadas un poco más, y su pelo era unos
centímetros más largo. Tenía los mismos ojos inusuales de color verde azulado de la
Hermana Genna, pero Mary se inclinaba hacia el azul mientras que la Hermana Genna
favorecía el verde.
Sin embargo, tenían la misma piel pálida, aunque la hermana Genna tenía algunas pecas
más, incluida la estratégicamente colocada por encima de su nariz esbelta, sus pómulos
altos, sus pestañas oscuras y suaves, y sus labios rosados. Demonios, hasta el delicado
arco de sus cejas era el mismo.
¿Cómo podría haber dos...?
La verdad fue como una bofetada. María de Mar tenía una hermana gemela. Todos
habían oído la historia de cómo la muchacha había desaparecido hace unos años
después de un intento mal aconsejado y fallido de rescatar a su hermana de las garras de
Eduardo I. Se la daba por muerta. Una presunción que aparentemente estaba
equivocada.

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¡El puente! Por supuesto. La muchacha había desaparecido cuando un puente se había
derrumbado. Hermana Genna se lo había contado, pero no había relacionado las dos
cosas.
Su boca se convirtió en una línea dura al darse cuenta de la importancia de esto. La
pequeña monja le había mentido. La hermana Genna no era italiana; Ella era Janet de
Mar, la hermana perdida de Mary, y, se dio cuenta, la antigua cuñada de Robert de
Bruce. La primera esposa de Bruce, Isabella, había sido su hermana. Ewen apretó los
puños mientras el enfado subía por todas las venas de su cuerpo.
De repente, algunas de las inconsistencias que había notado tenían sentido. El acento
que se había desvanecido cuando estaba furiosa. La camisa demasiado fina que había
vislumbrado durante el ataque.
La daga.
¡Maldito infierno, ahora recordaba dónde había visto algo similar! Víbora tenía una
daga que era casi idéntica.
Obviamente, la cuñada de la que Janet había estado hablando era Cristina de las islas,
una de las mujeres más poderosas de las Tierras Altas, y la media hermana de Lachlan
MacRuairi. Christina había estado casada con Duncan de Mar. El hermano Janet; Ewen
lo había considerado un amigo. Había luchado junto al guerrero feroz y presenciado su
decapitación a manos de los MacDowells en Loch Ryan.
¿Sabía Bruce que Janet estaba viva? Ewen tenía la intención de averiguarlo. Cerró la
distancia hasta el estrado en pocos pasos. Aunque su atención estaba en el rey, él
capturó el ceño fruncido en el miembro más nuevo de la cara de la Guardia de Highland
y sospechó que Sutherland había notado su reacción a su esposa. Pero él se ocuparía de
él más tarde.
El rey alzó la vista mientras se acercaba, con las cejas fruncidas mientras contemplaba
la expresión oscura de Ewen.
-¿Ocurre algo?
-Tengo que hablar con vos -soltó Ewen. Luego, recordando a quién estaba hablando,
añadió: -Señor.
-No he terminado mi comida.
-Es importante -respondió Ewen con rigidez, aunque debió ser obvio. Ewen podía
contar con una mano las veces que le había pedido algo al rey. Bajó la cabeza, hizo su
trabajo e intentó evitar el conflicto. Irónico para un soldado tal vez, pero hacer
problemas había sido el camino de su padre, no de él. Otra razón para evitar a la
Hermana Genna, pensó. No era más que un conflicto. Y no el camino para distanciarse
de su padre salvaje y primo rebelde.
Bruce le lanzó una mirada oscura.
-Será mejor que lo sea.
Tor MacLeod, el líder de la Guardia de las Highlands, debía estar observando desde el
otro extremo de la mesa. Cuando el rey se levantó, lo hizo también.
-Solos -dijo Ewen.

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Bruce no ocultó su molestia, pero alejó al jefe de las Highlands.
Ewen siguió al rey a su recámara –la del Laird-, la pequeña habitación situada justo al
lado del vestíbulo, y esperó a que el rey tomara su asiento en la silla del trono. El jefe de
MacDougall había perdido su silla y su castillo a Bruce después de su pérdida en la
batalla dominante del paso de Brander hacía dos veranos.
-Bueno, ¿qué es lo que no podía esperar, Cazador?
El rey prefería dirigirse a él por su nombre de guerra, incluso cuando no había peligro
de que se descubriera su identidad. El nombre de Lamont era casi tan vil como el de
Comyn, MacDougall o MacDowell, y era casi como si Bruce no quisiera recordar la
conexión.
Ewen no perdió tiempo.
-¿Sabe María de Mar que su hermana está viva y trabaja como mensajera de
Lamberton?
La falta de reacción del rey respondió a la primera pregunta de Ewen: Bruce lo sabía.
-Lady Janet ha estado desaparecida por más de tres años. ¿Cómo podéis estar tan seguro
de que está viva?
Ewen puso las palmas sobre la mesa y se inclinó hacia el rey.
-Porque pasé dos días acompañándola a Berwick después de que escapara por poco de
ser violada a manos de unos soldados ingleses cerca de Melrose Abbey.
La expresión del rey se agrietó ante la palabra violación, pero Robert de Bruce era tan
feroz como su grupo de guerreros élite, y no se había atrevido a arrancar una corona de
las manos de Eduardo de Inglaterra mostrando alguna emoción. Sólo alguien que lo
conociera tan bien como Ewen habría detectado la reacción. Rápidamente aprendió la
preocupación de sus rasgos y tamborileó sus dedos sobre la mesa.
-¿Cómo podéis estar seguro de que era Janet? ¿Se identificó como tal?
Porque Ewen todavía podía ver su maldita cara en sus sueños. Todavía siento la curva
de la suave mejilla que había sostenido en su mano. Todavía saborear la sensual boca
que se había movido bajo la de él.
Estaba lo suficientemente enfadado como para decirle a Bruce exactamente cómo lo
sabía, pero por una vez refrenó su lengua-aunque no completamente.
-Sabéis muy bien que la Hermana 'Genna' está ocultando su identidad y fingiendo ser
italiana. ¿Qué diablos estáis pensando, permitiendo que vuestra excuñada se pusiera en
tal peligro?
Los ojos de Bruce se volvieron negros.
-Tenga cuidado, Cazador. Estoy acostumbrada a cómo habláis, pero yo soy vuestro rey.
No me importa lo buen rastreador que seáis, o cómo Stewart creía en ti; Controlaréis
vuestro enfado cuando me habléis o encontraréis otro ejército con el que correr el
riesgo.
Ewen se puso serio ante el agudo recordatorio -y en cuánto se había olvidado. Enfadar
al rey probablemente no era la mejor manera de ir si quería a los Lamonts restaurar a su

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antigua gloria. La discreción intervino, y aunque no fue sin algún esfuerzo, Ewen logró
apoderarse de su ira.
-Perdone, señor.
Bruce lo miró atentamente, sus ojos oscuros duros como onyx mientras sus dedos
seguían tamborileando ominosamente sobre la mesa. Otro hombre podría haber
empezado a cambiar de puesto, pero Ewen permaneció inmóvil mientras el rey decidía
si aceptaba sus disculpas y, al parecer, pesaba qué decirle.
-Si habéis conocido a mi antigua cuñada, probablemente podéis suponer que no fui
consultado. Se le ocurrió la idea por su cuenta. Sólo me enteré de su supervivencia y de
la parte que estaba jugando con Lamberton hace un año cuando regresó de Italia, donde
se había refugiado después del intento de rescatar a su hermana fracasara.
Eso explicaba el italiano.
Bruce sacudió la cabeza.
-Tenéis que admirar a la muchacha; no le falta coraje al ir tras su hermana en ese
momento. Estábamos siendo cazados como perros. No había lugar donde esconderse. El
reinado de terror de Eduardo estaba en plena fuerza; Tenía ojos y oídos en todas partes.
Ni siquiera Atholl se atrevió a intentar llegar a su esposa antes de huir hacia el norte,
pero Janet tomó posesión de algunos de los miembros de la familia de su cuñada
Christina MacRuairi y navegó a mitad de camino por Escocia, cabalgando en Inglaterra
audaz como latón, para rescatar a su hermana -un rincón de la boca se alzó con ironía -
Casi funcionó, también.
Eso sonaba bien. Pero la historia que inculcó admiración en el Rey. Hizo Ewen estar
más furioso. Entonces, como ahora, la muchacha no parecía tener ningún concepto de
peligro.
Dijo lo mismo al rey, no estaba de acuerdo.
-Dime qué pasó -dijo Bruce.
Ewen le dio un breve pero conciso informe de cómo él y MacLean habían llegado para
descubrir a las dos monjas rodeadas de soldados, y cómo "la Hermana Genna" había
protegido a su joven cargo y alejado a los soldados con sus amenazas. Describió cómo
MacLean había ido después de la nota para asegurarse de que llegó a Bruce (lo que
tenía) y cómo Ewen había insistido en escoltar a Janet de vuelta a Lamberton.
La expresión del rey, que había sido muy grave, como Ewen describió el ataque, se
iluminó con una sonrisa irónica al final. Estoy segura de que no estaba contenta por eso.
Janet era obstinada incluso cuando era una niña y nunca le gustó seguir las órdenes.
Sospecho que la racha de independencia sólo ha empeorado en los años intermedios. Me
sorprende que no haya tratado de convencerte de que no fueras con ella.
-Ella lo hizo.
El rey alzó una ceja:- ¿Y no os enamorasteis de su lengua? -Él se echó a reír. –ojalá la
hubiera visto. Después de que su padre muriera, la muchacha vivió con Isabella y
conmigo por un tiempo. No puedo decirte cuántas veces traté de castigarla por alguna
travesura en la que se había metido y terminé enviándola sintiéndome como si fuera el
que merecía ser enviado al sacerdote más cercano para arrepentirse.

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Ewen no tenía interés en rehacer viejos recuerdos de las locuras juveniles de Janet;
Estaba más interesado en sus recientes.
-Los ingleses están apretando su soga a través de las fronteras en un intento de romper
nuestras rutas de comunicación a través de la iglesia. Se ha vuelto cada vez más
peligroso para todas nuestras mensajeras, pero las mujeres son particularmente
vulnerables.
Recordando su anterior gafe, Ewen se cuidó de no implicar ninguna crítica, pero Bruce
oyó lo mismo.
-No podemos ganar la guerra sin el apoyo de la iglesia, tanto los hombres de la tela
como las mujeres saben el riesgo cuando aceptan emprender su misión, y no los
adivino. Tampoco rechazaré la ayuda simplemente porque viene de una mujer. Janet es
la única persona en la que puedo confiar.
Ewen apretó la boca para evitar discutir. Pero no vio lo que podría ser tan importante
como para poner en peligro su vida.
-¿Habéis olvidado lo que Bella hizo por mí? -preguntó Bruce, refiriéndose a la esposa
de MacRuairi, la antigua condesa de Buchan, que había sufrido años de prisión inglesa
por su parte en coronar al rey, parte de ella en una jaula. -¿O cómo mi esposa, mi hija y
mis hermanas aún sufren por mi causa?
-Ese es exactamente mi punto -dijo Ewen- Las mujeres no pertenecen a la cárcel o a las
jaulas. Es nuestro deber –
Se detuvo antes de decir las palabras ofensivas, pero ya era demasiado tarde.
-Es nuestro deber protegerlos -terminó el rey.
Ewen se estremeció. ¡Maldita sea, había entrado de nuevo en él! El rey estaba acosado
por lo que le sucedió a sus mujeres y se culpó por el destino que les había sucedido. No
necesitaba que Ewen le recordara.
-No siempre es posible -dijo suavemente el rey. Se detuvo un momento antes de
despejar sula garganta y continuando con una voz más dura- vuestros temores sobre mi
antigua cuñada no son injustificados, pero no dejéis que os preocupe. Ya he empezado a
hacer los preparativos para su regreso, tan pronto como pueda arreglar una alternativa,
que no será fácil…
Ewen no se molestó en ocultar su alivio.
-Me alegro de oírlo, señor.
-Sutherland lo estaba haciendo difícil con sus investigaciones en nombre de su esposa,
renovando interés en la muchacha, y con lo que has dicho... -Se encogió de hombros-
Janet tendrá que entender.
No parecía más convencido que Ewen.
-¿Lady Mary no sabe que está viva?
Bruce sacudió la cabeza. "Pensamos que era más seguro para todos los involucrados
mantenerlo en secreto. Hasta recientemente, no estaba seguro de en qué dirección estaba
la lealtad de Mary. Estuvo en Inglaterra durante muchos años.

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-Estoy seguro de que se sentirá aliviada.
-Estará furiosa -Bruce bromeó con sequedad. Él rio- Pero espero apaciguarla con planes
de Boda.
Ewen frunció el ceño:- ¿Planes de boda? Pero yo pensaba que Sutherland y Mary ya
estaban casados.
-Lo están. Hablo de la boda de su hermana.
-Pero Janet es… -Incluso antes de que Ewen pudiera decir la palabra, se dio cuenta de
la verdad. Miró a Bruce, sintiéndose como si le hubieran dado una patada en el pecho. O
tal vez un poco más bajo.
Bruce sonrió:- No ha hecho ningún voto.
Una presa estalló cuando la ira se elevó peligrosamente dentro de él. Sentía como si
todo su maldito cuerpo temblara.
-¿Está fingiendo ser una monja?
Iba a matarla o besarla hasta que ganara los pecados por los que había estado pagando y
le rogó perdón por la tortura que le había impuesto -no sabía cuál. Pero de una manera u
otra, su muy poca tentadora monja iba a pagar.
Bruce lo miró con el ceño fruncido, pero Ewen estaba demasiado enojado para ocultar
su reacción. "Comenzó como un error inocente", explicó el rey, "pero terminó siendo la
mejor manera de protegerla. ¿Quién pensaría que Janet de Mar era una monja italiana?
Ewen se enfureció, sintiendo como si su cabeza estuviera a punto de explotar. ¿Cuánto
tiempo tardaría en llegar a Berwick? Estaba contando las horas. "Hermana Genna" no
iba a hablar de su salida de este.
"Lamberton dijo que la muchacha tiene algunas ideas para tomar el velo en verdad, pero
cuando ella oye al marido que he elegido para ella, estoy seguro que ella cambiará de
opinión."
Ewen pensó que el conocimiento de cómo ella le había mentido, lo dejó revolcarse en su
culpa por besarla y luego usarla contra él era bastante malo. Él estaba equivocado.
¿Casada? Cada instinto de su cuerpo retrocedía ante la idea.
-¿Con quién? -preguntó en voz baja.
El rey lo miró extrañamente. -El joven Walter.
El golpe lo había partido en dos:- ¿Stewart?
El rey asintió con la cabeza.
El señor de Ewen y el hijo del hombre al que le debía todo. La puerta que se había
abierto por un momento se cerró de golpe. Si Ewen había pensado en algo más con
Janet de Mar, incluso por un instante, el saber que estaba destinada a Walter Stewart
erigió en su mente una pared que era mucho más poderosa que cualquier velo.
Todo lo que Ewen le debía a James Stewart, su hogar, su tierra, su educación, su lugar
en la guardia de Bruce, y ahora esa lealtad le pertenecía a su hijo. Además, cualquier

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esperanza que tenía de restaurar el buen nombre de su clan descansaba no sólo con
Bruce, sino también con los Stewarts.
Perseguir la futura mujer de su señor ya no era probable. No iba a poner en peligro todo
lo que había estado luchando por una mujer, especialmente uno que lo enfurecía la
mitad del tiempo. Más de la mitad del tiempo.
No importaba lo caliente que lo pusiera.
No importaba que fuera la primera mujer con la que había hablado nunca, que no le
hacía sentir como si cada palabra fuera de su boca estuviera equivocada.
No importaba que cada vez que cerraba los ojos, viera su rostro.
Un pensamiento ridículo pasó por su mente: ¿Y si Stewart se echaba hacia un lado?
Demonios, se podría decir incluso que Ewen le estaba haciendo un favor. Janet era
probablemente le sacaba unos seis años a Walter, quien tenía dieciocho años, e
infinitamente ella era más sabia. La muchacha se comería al pobre muchacho.
Pero Ewen se dio cuenta de que eso era imposible. ¿Quién diablos era él?
Ella era la antigua cuñada de un rey. La hija, la hermana y la tía de un conde. Era un
cacique de las Highlands con un dedo de tierra en Cowal, una explotación que era una
miseria comparada con la de Stewart, o incluso su primo antes de que las tierras de
Lamont fueran desposeídas.
Incluso si él la quería -que seguro que no estaba diciendo que lo hiciera- Janet de Mar
no era para él.
O eso se diría a sí mismo durante los largos meses venideros.

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Capítulo 8

Roxburgh, Marchas Escocesas, Otoño 1310


Un espeluznante escalofrío recorrió su espina dorsal. Janet se volvió ansiosa,
escudriñando el área detrás de ella, pero nada parecía estar mal. A nadie le importaba ya.
Tenía que ser el tiempo.
Era un caluroso día de otoño y el sol palpitaba sin piedad sobre la pesada lana negra de
su hábito mientras esperaba que el grupo de damas del castillo apareciesen entre la
multitud que había descendido en la calle para el día del mercado. Las damas llegaron
tarde, pero como habían sido demoradas antes, no le dio importancia.
Pasó el tiempo intercambiando breves conversaciones con la gente que se detuvo a
preguntar sobre sus productos (una ventaja al hablar ‘sólo’ italiano y francés) y las otras
monjas y frailes que trajeron sus productos al mercado, así como escuchar la charla de
los aldeanos a su alrededor, mientras fingía que no entendía.
Como de costumbre, la conversación trataba sobre guerra. Desde que el Rey Eduardo
había marchado a sus tropas al norte de Escocia a fines de la primavera pasada, la
conversación había sido eso y poco más.
-Otro tren con suministros desapareció -dijo uno de los comerciantes en un puesto detrás
de ella.
Tenía las orejas rojas.
-¿Los fantasmas de Bruce de nuevo? -replicó otro en un susurro casi reverente.
-Sí -respondió el primero- Como fantasmas aparecieron en la niebla para matarlos a todos,
con sus espadas forjadas en los fuegos de Valhalla, para luego desvanecerse nuevamente
en la oscuridad. Son el diablo –susurró- ¿Cómo pueden saber dónde están los hombres
del rey Eduardo?
Las historias sobre la misteriosa banda de guerreros - "los fantasmas de Bruce" - se
extendió a través de las fronteras como un reguero de pólvora. Eran demonios o héroes,
dependiendo de qué lado estuvieras. Pero incluso entre sus enemigos, había cierto temor
y admiración al hablar de sus hazañas. Como todas las buenas leyendas, las historias iban
mejorando con cada nuevo relato. Si los guerreros hubieran logrado incluso una cuarta
parte de las hazañas que se les atribuyeran, habría sido impresionante.
La gente común podría pensar que eran fantasmas, pero los comandantes del rey Eduardo
eran conscientes de que no eran más que hombres, quizás excepcionales, pero hombres
igualmente.
Las recompensas ofrecidas por "el ejército secreto de Bruce" eran asombrosas. Pero era
difícil captar hombres cuyas identidades se mantenían en secreto.
Excepto por uno. Janet todavía no podía creer que -el hijo de mala muerte- hermano de
su cuñada, Lachlan MacRuairi, fuera uno de los escogidos pocos de Robert. Janet había
conocido al bandolero sólo una vez -en la boda de Duncan, antes de que Lachlan fuera
acusado de asesinar a su esposa- pero eso era todo. El guerrero grande, de apariencia

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mala, con un temperamento tan negro como el cabello, la había aterrorizado. Desde que
John MacDougall, Lord of Lorn, lo había desenmascarado, Lachlan tenía un precio en la
cabeza casi tan alto como el de Bruce.
Janet disfrutaba de las historias tanto como cualquier otra persona, pero tenía curiosidad
por los verdaderos hombres que habían detrás de aquellas historias.
-¿Cuántos eran? -preguntó el otro comerciante. No quería mirar, pero supuso por aquella
voz que era sólo un muchacho.
-Cuatro, contra casi una veintena de soldados ingleses -casi podía oír a los mayores
comerciantes sacudir sus cabeza. "¿Cómo puede el Rey Eduardo esperar competir con
esa magia negra?
Janet quiso sonreír. No era magia, eran sus mensajes -o al menos los que ella pasaba de
un lado a otro. Pero apenas podía decirles eso. Durante los últimos meses, se había
convertido en la intermediaria del informante más importante y secreto de Robert en el
campamento enemigo. Sólo un puñado de gente sabía de la identidad de sus informantes.
De hecho, Robert era tan protector de su origen que Janet no creía que hubiera aceptado
arriesgarse a usarla si no estuviera disponible para actuar como intermediaria. Tenía que
ser una mujer -para disminuir la posibilidad de descubrimiento para su informante- y
alguien en quien pudiera confiar. Como una antigua cuñada.

El primer sábado de cada mes, la hermana Genna trajo bordados de las hermanas del Mont
Carmel Nunnery fuera de Berwick para vender en el mercado aquí en Roxburgh, uno de
los principales puestos de mando de Eduardo en las fronteras. Las piezas finamente
cosidas eran las favoritas de las damas del castillo, y siempre estaban emocionadas de ver
a la monja italiana.
Si Janet de vez en cuando encontraba un pedazo de pergamino doblado en uno de los
bolsillos que examinaban (o dejaba uno para ser encontrado como lo hacía hoy), sabía
que no pasaría mucho tiempo antes de que hubiera otro avistamiento de "los fantasmas
de Bruce".
-No está bien -dijo el viejo comerciante-. Bruce es un caballero, pero se esconde en los
bosques y campos como un ratón maligno mientras envía a sus bandidos fantasmas para
hostigar a nuestros valientes y caballerosos soldados. Eduardo se verá forzado a regresar
a Inglaterra durante el invierno, sin haber tomado nunca el campo del traidor.
Janet no discutiría con la analogía del ratón, con Eduardo jugando el papel del gato, pero
Robert Bruce no era un cobarde. Sin embargo, comprendió lo que no hacían estos
hombres: la batalla podía ser ganada por la evasión con la misma facilidad que podía al
tomar las armas, con mucho menos riesgo. ¿Por qué Robert debía tomar el campo? No
tenía nada que ganar reuniendo a Eduardo en el campo de batalla ahora mismo. Los
rápidos y sorpresivos ataques del brezo que estaban destinados a hostigar y desalentar al
enemigo podrían no ser "caballerescos", pero le estaban dando todas las victorias que
necesitaba. Cuando estuviera listo, Robert tomaría el campo contra el poderoso ejército
inglés, con sus caballeros, sus correos y sus mensajeras.
Pero hasta entonces, la guerra continuaría.

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Janet suspiró, la tristeza y la resolución rodando sobre ella en una ola de melancolía. Si
hubiera tenido una esperanza secreta de que la guerra terminaría pronto, sabía que no era
así. Escocia, su hermana, y lo que quedaba de su familia tendría que esperar un poco más.
La conversación a su alrededor continuó, pero el interés de Janet disminuyó a medida que
la mañana avanzaba y el sol subía más alto en el cielo. Los Templos de Jerusalén, ¡era
como el verano en una ola de calor! Se pasó un paño húmedo en la frente, no por primera
vez deseando que pudiera quitarse el velo y el vestido.
La vehemencia de su reacción la sorprendió. Parecía que cada vez más, Janet se sentía
incómoda con las prendas que la habían protegido y mantenían escondidas durante tanto
tiempo.
Ella frunció la boca, sabiendo exactamente quién tenía la culpa de su descontento.
Antes de que Ewen Lamont hubiera entrado en su vida y hubiera arruinado todo con su
confusión de beso, apenas había notado la ropa que llevaba. Pero ahora, cada mañana
después de lavarse, se vestía con una sensación de malestar. Se sentía mal por fingir ser
una monja cuando sus pensamientos -sus sueños- estaban llenos de tal maldad. Y su
intención de ser una monja ... eso también se sentía mal. Nunca había sido un llamamiento
a ella, no de la manera que debería, pero había parecido la solución práctica que le
permitía seguir haciendo lo que disfrutaba.
Era ridículo. Todos estos meses, y ella seguía pensando en un hombre que probablemente
nunca más volvería a ver, quien, probablemente, había olvidado todo sobre ella. Quien
era para ella. Quien veía un solo lugar para las mujeres en este mundo moderno, y que
estaba detrás de los muros del castillo.
¿Por qué no podía dejar de pensar en él? ¿Por qué el poco tiempo que habían pasado
juntos jugaba en su mente incluso tras todo este tiempo? ¿Y por qué se sentía tan culpable
por mentirle?
Las mentiras en la guerra eran necesarias. Si necesitaba alguna prueba de que había hecho
lo correcto, todo lo que tenía que hacer era pensar en el hoy. Su papel en la red de Robert
se había vuelto más importante de lo que había soñado. Robert la necesitaba.
Era lo mejor. Por supuesto que lo era. Se alegró de que Ewen nunca hubiera regresado.
Verdaderamente.
Ya la había confundido lo suficiente.
Por segunda vez aquella mañana, Janet sintió una punzada en la nuca y se volvió.
Escudriñó a la multitud de aldeanos, mirando de cerca al soldado que estaba en medio de
ellos, pero nadie parecía prestarle atención.
La larga espera la estaba poniendo nerviosa. Afortunadamente, cuando volvió a mirar la
colina hacia el castillo, pudo ver que su espera había terminado. Un grupo de unas diez
damas se dirigían hacia la aldea. Fácilmente escogían por los colores brillantes y finas de
sus batas y joyas. Brillaban como diamantes en un mar de gris oscuro.
Janet no pudo suprimir la punzada de ansia que le atravesó el pecho. Hacía un tiempo, se
parecía a ellas. Cuando era niña, había llevado a su padre a la locura por gastar una fortuna
en las últimas modas de Francia y de Inglaterra.
Pero ahora…

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Miró hacia abajo el cálido y negro vestido casero que llevaba, que no tenía más que la
forma de un saco. Se le encogía el corazón. ¿Era malo querer volver a ser bonita?
Ella frunció la boca, decidiéndose a dejar de ser tan tonta. Pero ella sabía exactamente
quién era el culpable de los pensamientos errantes.
Las damas del castillo estaban a sólo dos puestos de distancia cuando sintió a alguien a
su lado.
-No os deis la vuelta –le susurró en francés un hombre- Os están vigilando.
Janet hizo todo lo posible para no reaccionar, pero el calor que tenía, y que, se había
extendido sobre su piel por el sol se convirtió en hielo. Echó un vistazo de soslayo al
hombre que había expresado la advertencia, reconociendo a uno de los frailes del
convento de San Pedro, situado justo al otro lado del río desde el castillo.
Se habían cruzado muchas veces antes en el mercado, y él había sido el encargado de
arreglar su puesto entre las ofrendas de otras casas religiosas, pero ella nunca había
pagado a la joven e indolente la caballería mental.
Tal vez ese era el punto. Era fácil pasar por alto. Friar Thom era de estatura y construcción
promedia, tenía el cabello color castaño. No era ni guapo ni feo, con ojos marrones y
rasgos no destacados. Nada destacaba. Lo que probablemente lo convirtió en el perfecto
espía o mensajero -esperaba, para Bruce.
Se alejó tan rápidamente como se había acercado. Si alguien la estuviera observando de
hecho, habría parecido como si hubiera pasado justo después de una rápida mirada a su
mesa.
Pero el breve contacto había hecho que el corazón se le acelerase. Si era amigo o enemigo,
ella no podía tomar la oportunidad de encontrar su fuente con él cerca.
Su pulso tomó otro pico ansioso cuando miró y vio a las damas del castillo en el puesto
siguiente. Trató de hacer contacto visual, pero una de las señoras estaba bloqueando a la
persona que era buscando. Si alguien la observaba, tal vez no fuera lo mejor que pudiera
hacer.
Necesitaba distracción, algo para mantener a las mujeres alejadas.
De repente, tuvo una idea. -¡Mais non! -exclamó ella desesperada. Comenzó a desgarrar
los objetos que había tendido sobre la mesa.
-¿Qué pasa, hermana Genna? -preguntó una de las monjas de la mesa siguiente,
continuando en francés.
-La bolsa de limosna hecha por la Reverenda Madre -dijo, retorciéndose las manos- No
lo encuentro. Alguien debió de haberlo robado de la mesa cuando no estaba mirando.
Había hablado en voz alta para que los que la rodeaban la oyeran, y el uso de la palabra
"robado" tuvo el efecto deseado en crear una perturbación. Varios de los eclesiásticos y
mujeres de la zona se acercaron para ayudarla.
-¿Qué aspecto tiene? -preguntó la primera monja, la hermana Winifred.
-Era una imagen de Nuestra Señora bordada en hilo de oro -respondió Janet.

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-¿Cuándo notaste que faltaba? -preguntó otra de las monjas en inglés, ésta que no
reconocía.
Janet fingió no entender, y la hermana Winifred, que sabía que era italiana (o al menos lo
que pretendía ser), lo tradujo para ella en francés.
Janet sacudió la cabeza, esperando que sus ojos parecían llenarse de lágrimas:- No lo sé.
-Alguien debería mandar llamar al alguacil -dijo uno de los frailes, indignado.
Janet echó un vistazo a las damas y casi suspiró aliviada al verlas ser expulsadas por su
contacto, que evidentemente había pensado que algo debía estar equivocado.
Ella negó con la cabeza al fraile que había hablado.
-No merece la pena. No vi quién lo tomó. Estoy seguro de que el ladrón ha desaparecido
hace tiempo.
-¿Cuál parece ser el problema?
Incluso antes de que Janet se volviera, sintió un escalofrío en la nuca y supo sin lugar a
dudas que era la persona que la había estado observando. Llevaba las túnicas de un
sacerdote, incluyendo una capa finamente bordada que hablaba de su importancia, pero
no había nada sobre este hombre que era santo. Parecía exudar el peligro y la animosidad.
Por un momento, se sintió como uno de los templarios perseguidos bajo la mirada del
inquisidor.
Como había hablado en francés, no podía fingir ignorancia.
-Una bolsa, padre. Parece alguien la ha robado.
-¿Eso es? -dijo él con cuidado, con los ojos entrecerrados-. -¿Y cómo es que este ladrón
salió con tu bolso y nadie se dio cuenta?
Los ojos de Janet se abrieron inocentemente. -Qué sugerencia tan maravillosa, padre. Tal
vez debería preguntar por ahí. ¿Habéis visto algo, por casualidad?
-Por supuesto, yo no vi nada.
-Sólo pensé que ya que me estabais mirando…
-¿De qué estáis hablando? ¡No os estaba mirando!
Ella parpadeó un par de veces confundida, esperando que ella no estuviera exagerando. -
¿No lo hicisteis ? Pero pensé verte allí mirando en esta dirección -señaló el área donde
ella había sentido a alguien mirándola.
-Os has equivocado.
-Eso es muy malo. Esperaba que hubierais visto algo.
-Eso no es posible, ya que no había nada que ver -ella inclinó la cabeza-. Pero pensé que
no estabais mirando.
Su cara se ruborizó:- no lo estaba.
-¡Oh! ¡Perdóname! Debo haberlo entendido mal -ella se encogió de hombros-. Mi francés
no es perfecto.

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-¿De dónde sois?
-La hermana Genna es de Italia, padre Simon. -La hermana Winifred intercedió en su
nombre. -Pero ella vino a nosotros desde el Priorato de las Hermanas de Santa María en
Coldstream.
Sus ojos se iluminaron. -Eso está en Berwick-upon-Tweed, ¿no? -dijo en perfecto
italiano.
Janet asintió con una maldición silenciosa. Su corazón se aceleró aún más. Se había vuelto
fluida en el idioma, pero rezó para que no cometiera ningún error. -Lo es, padre. Pero
pronto regresaré a Italia.
Muy pronto, sospechó. "La hermana Genna" probablemente había cumplido su última
misión. No quería arriesgarse a llevar a este hombre a Berwick. Tendría que cambiar de
identidad de nuevo.
-La Reverenda Madre va a estar muy disgustada conmigo. El monedero tenía mucho
dinero -retorció las manos con desesperación.
La hermana Winifred se movió para consolarla.
Janet esperaba que eso fuera el final, pero las siguientes palabras del hombre convirtieron
su sangre en hielo.
-¿Puedo ver la carta que sacaste de la bolsa de la cintura y te metías en el borde del
escapulario?

Castillo de Dunstaffnage, Escocia, finales de otoño, 1310


-¿Qué diablos queréis decir con que no sabéis dónde está?
Sutherland le dirigió una mirada a Ewen, interrumpiéndolo ante el rey, a quien el
comentario había sido dirigido, podía responder, y sin duda salvar a Ewen de un mordaz
descalzo.
-Janet no ha sido vista desde una semana después de Michaelmas. Se fue para una misión
en Roxburgh y nunca regresó.
Pero si Sutherland quería calmarlo, su comentario sólo enfureció más a Ewen.
-¿Octubre? Diablos, eso fue hace semanas. ¿Por qué alguien no la persiguió enseguida?
Ewen aparentemente había olvidado que se suponía que no enfadarí al rey.
-Eso es exactamente lo que me gustaría saber -añadió Mary, poniéndose junto a él en
frente de la mesa frente al rey. Si había alguien en la habitación más indignado que él, era
el gemelo de Janet. Desde el momento en que María de Mar se enteró de la supervivencia
de su hermana (no mucho después de que Ewen descubriera la verdad), había perseguido
al rey incesantemente para traer de vuelta a su hermana- ¿Creía que dijisteis que Janet
estaba manejando algunas cosas más, y luego volvería a casa?
Si Roberto de Bruce tenía una debilidad, eran las mujeres de su vida. Su afición por su
antigua cuñada era evidente por la mirada contrita en su rostro y por el esfuerzo que tomó
para apaciguar a la mujer obviamente perturbada. Podría castigar a Ewen por hablar fuera

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de turno, pero la ex condesa de Atholl y la futura condesa de Sutherland disfrutarían de
mucha más libertad.
-No nos preocupamos hasta hace poco -hizo una pausa-. No es raro que Janet se retrase o
se tome un par de semanas más de lo esperado.
Ewen sabía que estaba ocultando algo.
-Pero ¿no encontraría alguna forma de haceros saber? -preguntó Mary.
Bruce parecía decididamente incómodo. Puede que incluso se removiera en su silla.
-No podemos revisar a todas las personas que tenemos trabajando para nosotros. No es
posible.

-¿Quieres decir que la dejaste sola sin protección? -Mary acusó, con lágrimas brillando
en sus ojos.- Y Janet no es 'gente', es nuestra hermana.
Bruce pareció estremecerse. Como Mary estaba haciendo un trabajo tan bueno, Ewen no
vio ninguna razón para intervenir. Simplemente se paró a un lado con los brazos cruzados
sobre el pecho y vio cómo el rey se retorcía.
Sutherland había tomado a su esposa bajo su brazo y estaba intentando consolarla.
-Por supuesto que lo es, amor -murmuró suavemente.
No hace mucho la exhibición de afecto habría hecho que Ewen se retorciera un poco, pero
en las últimas semanas desde que él y Sutherland habían regresado a Dunstaffnage
después de la retirada de Eduardo a Inglaterra para el invierno, se había acostumbrado a
tales exhibiciones. Se había acercado sorprendentemente a la novia de Sutherland. La
inusual facilidad que sentía alrededor de Janet aparentemente se extendía a su hermana.
En realidad, estar cerca de Lady Mary era más fácil. A pesar de su semejanza en la
apariencia, la esposa de Sutherland no puso cada uno de sus terminaciones nerviosas en
el borde, calentar su sangre, o hacerlo endurecer como un muchacho en una orgía romana.
Una vez que Mary se enteró de que había pasado tiempo con su hermana, le había hecho
cientos de preguntas sobre lo que podía recordar. Estaba seguro de que era por eso que
cada detalle de Janet de Mar era tan fresco en su mente, incluso después de todos estos
meses. Su hermana la había mantenido así.
-Estoy seguro de que no hay nada malo -dijo el rey, pero sonaba como si estuviera
tratando de convencerse así mismo tanto como a ellos. -Pero no tienes que preocuparte,
Mary. Voy a enviar a mi mejor hombre después de ella. Cazador la encontrará.
Aunque se había intentado mantener a las esposas ignorantes de las tierras altas había
resultado imposible. De los hombres que estaban casados, sólo la esposa de MacLean no
estaba al tanto del papel de su esposo en el ejército secreto del rey. Pero como su esposa
era un MacDowell no era sorprendente. Para el conocimiento de Ewen, MacLean no había
visto a su esposa en años. Si no la había desobedecido formalmente, lo había hecho, de
hecho.
Ewen estaba tentado a negarse. Si fuera inteligente, probablemente lo haría. Pero no podía
hacer eso con Mary mirándolo. Por un momento se parecía tanto a su hermana, le dolía
el pecho.

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-¿Podríais?
El asintió:- Me iré tan pronto como se pueda arreglar.
-Maravilloso. Voy con vos -dijo Mary.
Los cuatro ocupantes masculinos de la sala se quedaron en silencio, mostrando diversos
grados de alarma.
Bruce tenía un "oh no" en su cara, Sutherland un "sobre mi cadáver", y Jefe un "es mejor
que hagáis algo respecto a esto" y una mirada dirigida a Sutherland. Ewen suponía que el
suyo era una combinación de los tres.
Fue Sutherland el que hizo el primer intento de conseguir que su esposa razonase.
-No, Mary, sabéis lo peligroso que sería iros a Inglaterra. Estoy seguro de que el rey se
verá en forma para permitirme acompañar a Cazador...
-Nada de no. Es tan peligroso para vos ir a Inglaterra como lo es para mí. Aún más con
Felton recuperado y buscando sangre, su sangre. Además, un hombre y una mujer que
viajan juntos tendrán menos ojos sobre ellos que vosotros dos.
La mandíbula de Sutherland estaba tan apretada, que Ewen se sorprendía de que todavía
pudiera hablar.
-Si creéis que voy a permitiros viajar con Cazador solos…
Mary agitó la mano con desdén. -Entonces, venid si tenéis que hacerlo.
Al parecer, la muchacha tenía más de su hermana en ella de lo que Ewen se había dado
cuenta. Ella pudo haber engañado a su esposo en conceder el punto, pero Ewen no se
dejaría.
-Voy a viajar mucho más rápido solo, mi señora. Si venís, sólo haréis que mi trabajo sea
más difícil.
La evaluación contundente, de hecho de hecho (en lugar de preocuparse por sus
sentimientos de ternura) funcionó. El comportamiento de María cambió de decidido a
resignado.
-No pensé en eso. No quiero ser una carga.
-Entonces dejadme hacer mi trabajo. Podéis confiar en mí... no dejaré que le pase nada a
vuestra hermana.
Mary asintió con la cabeza. Sutherland y Bruce lo miraron como si acabara de hacer algún
tipo de milagro.
Al final, se decidió que Sutherland y MacKay acompañarían a Ewen y MacLean en caso
de que se toparan con patrullas inglesas. La guerra podría haberse detenido mientras
Eduardo se retiraba a la comodidad de Berwick para el invierno, pero la búsqueda de los
"rebeldes" -los fantasmas de Bruce en particular- no había disminuido. En todo caso, su
reputación sólo había crecido después de los últimos meses de lucha. Los ataques sorpresa
para los que se habían hecho conocidos habían adquirido una ventaja prescriptiva. No
importaba lo que hicieran los ingleses, la Guardia de las Highlands "mágicamente" sabía
dónde encontrarlos.

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Por supuesto que no era mágico; Era una inteligencia excepcional. Cualquiera que sea el
nuevo informante de Bruce (el rey se había negado a decir), no se había equivocado
todavía. Algunos de los otros miembros de la Guardia estaban especulando que debía ser
alguien alto en el comando de Eduardo. La mejor suposición era Ralph de Monthermer,
que estaba casado con una hermana de las esposas del rey y de Halcón. A Ewen no le
importaba quién fuera, mientras la información continuara.
Pero durante los siguientes meses, mientras Eduardo descansaba y trataba de reforzar los
espíritus de su tropas desmoralizadas, los combates estarían reservados para las
escaramuzas locales en las fronteras.
Había conversaciones de paz -incluso ahora, Bruce estaba negociando un parley en
Selkirk antes de Navidad- pero las fronteras habían sido y eran todavía una zona de
guerra, y aventurarse en las marchas inglesas cerca de cualquiera de las fortalezas inglesas
se había vuelto cada vez más peligroso para los muy buscados "fantasmas".
La Guardia de las Tierras Altas podía ser la mejor, pero no eran invencibles, o invisibles,
aunque Ewen se esforzó por hacerlos así. Esta misión no estaría sin sus riesgos, y Ewen
se alegraría de los brazos de espada adicionales en caso de que atrajeron cualquier
atención no deseada.
Se decidió que marcharían a los primeros rayos de luz. Sutherland sacó a su mujer de la
recámara, pero no antes de intercambiar una mirada con Ewen. Asintió con la cabeza en
reconocimiento de la silenciosa comunicación. Ewen lo llenaría con el resto más tarde,
cuando Mary no estuviera cerca para oírlo. Al igual que Ewen, Sutherland había sentido
que había algo más en marcha.
-¿Qué no nos estáis diciendo? -preguntó Ewen en cuanto la puerta se cerró detrás de ellos.
La expresión del rey se volvió sombría, enviando un parpadeo de inquietud corriendo por
la columna vertebral de Ewen. Diablos, no era un parpadeo, era más bien un diluvio. Si
Ewen no lo sabía mejor, pensaría que el sentimiento de angustia que se retorcía en su
pecho era el miedo.
-Uno de nuestros mensajeros -un fraile- fue hallado muerto hace unas semanas.
Su pecho se apretó como un puño. Maldito infierno, era el miedo.
-¿Qué relación tenía con Janet? -respondió Ewen.
-Muy poco, pero él era nuestro contacto principal en Roxburgh cuando el trabajo de Janet,
uh, la llevó ahí.
Ewen esperaba que su molestia no se mostrara. El rey sabía lo que pensaba de Janet
"Trabajo". Una muchacha no tenía parte en nada de esto.
-¿Por qué estaba en Roxburgh?
Bruce parecía estar debatiéndose en cuánto decirle:- Vendiendo bordados e
intercambiando mensajes con alguien en el castillo. El fraile ayudó a facilitar su lugar en
el mercado.
-¿Hay alguna posibilidad de que la hayan descubierto?
-Probablemente, pero nuestra persona está a salvo.
-¿Puede que la haya traicionado?

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Bruce le dirigió una mirada extraña y sacudió la cabeza.
-No.
-¿Cómo podéis estar tan seguro?
-Lo estoy; es todo lo que necesitáis saber.
-Pero la muerte del fraile os molesta.
Bruce asintió con la cabeza. –Demasiada coincidencia.
Ewen estuvo de acuerdo. Pero no se permitía pensar que algo le había pasado. Tenía que
mantener su mente clara para la búsqueda que tenía por delante.
-Encontradla -dijo Bruce-, y tráela a casa.
Ewen asintió:- Lo haré.
El rey le dirigió una mirada larga y mesurada.
-¿Confío en que esta misión no será un problema para vos?
Se puso rígido:- ¿Por qué?
"Mis cuñadas anteriores siempre han sido cosas preciosas, como sospecho que habéis
notado. Pero os recordaré que aunque no sea una monja, está destinada a otro.
La boca de Ewen se endureció.
-Soy consciente de eso, señor. Y seguro que no necesito el recordatorio -pero,
obviamente, Bruce había sentido algo antes y le estaba dejando saber en términos
inciertos que se alejase de ella. Ewen no lo necesitaba.
El rey inclinó la cabeza, despidiéndolo. Ewen giró sobre sus talones para marcharse, pero
Bruce lo detuvo con una risa aguda.
-Aunque cuando la encuentres, tal vez no quieras decirle que tengo un marido esperando
por ella, porque es probable que vuelva a pensar en desaparecer de nuevo.
El recuerdo de su matrimonio fijó los dientes de Ewen en el borde. Pero logró sonreír,
como parecía esperarse de él.
Encontraría a Janet y la traería de vuelta a su prometido. Pero no estaba deseando que
llegara el momento.

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Capítulo 9
Priorato de Rutherford, Marzo escocés, 1 de diciembre de 1310
El exilio de Janet había empezado a irritarse. Un exceso de precaución no le sentaba
bien, especialmente cuando alguien tendría dificultades para conectar a la italiana
"Hermana Genna" con "Novia Eleanor", la viuda inglesa de Cumberland. Tal vez no
pudiera cambiar su rostro, pero había hecho todo lo posible para cambiar todo lo demás:
su nombre, su nacionalidad, incluso el color de su velo.
No mucho más, se dijo. Friar Thom vendría a por ella cuando estuviera a salvo, él se lo
había dicho.
¿Pero qué le llevaba tanto tiempo?
Las hojas habían estado gruesas sobre los árboles y la hierba todavía verde cuando la
había entregado a las monjas en el priorato de Rutherford, el pequeño convento de
monjas cistercienses situado a pocos kilómetros al oeste de Roxburgh, después de su
desafortunada confrontación con el padre Simon.
Tenía que admitir que su corazón había estado golpeando rápidamente allí por un
minuto. Sabiendo que no podía negar la misiva que evidentemente había visto el cura,
había sacado el pedazo de pergamino doblado del borde de su escapulario.
-¿Esto? -ella sonrió-. No es una misiva, es una lista.
Los ojos del sacerdote se habían reducido a cuentas duras. -¿Qué clase de lista?
Había sido idea suya usar un inventario como una especie de código al pasar mensajes
sobre tropas y suministros, y nunca se había alegrado tanto de ello. El sacerdote ya
había desdoblado el papel y lo había escaneado cuando ella respondió:
-Como podéis ver, es una lista de artículos para mi próximo viaje.
Esperaba que su corazón no palpitara tan fuerte como sonaba en sus oídos y rezó para
que no le preguntara dónde, ya que no tenía ni idea del contenido específico de la carta.
-¿Por qué una monja de Berwick viajaría a Carlisle? Pensé que estabais volviendo a
Italia.
Lanzó un silencioso suspiro de alivio. ¡Carlisle!
-Volveré. Después del mercado del próximo mes en Carlisle. En cuanto a por qué,
nuestro bordado es muy buscado, y seguramente a pocos kilómetros no está demasiado
lejos en el nombre de la obra del Señor.
No se molestó en contestarla:- Surcotes, bolsas-¿por qué sólo se escriben dos artículos
esta lista?
Hombres y caballos. Esos eran los números que el rey pedía para los ingleses en
Carlisle, si la información pudiera ser obtenida.
Janet se encogió de hombros como si estuviera desconcertada por su pregunta.
-Esas son las únicas cosas de las que soy capaz de hacer. Su rostro cayó y obligó a llorar
a sus ojos-. Lo que hace la pérdida de la bolsa de limosna mucho peor. La Reverenda

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Madre tardó casi seis meses en hacerlo. El nivel de detalle era exquisito. Habría
obtenido una buena suma que hubiera ayudado a alimentar a los desafortunados...
-¿No os acordáis de dos cosas? -preguntó, cortando su desvío verbal.
-Soy muy olvidadiza, padre. Es un pecado terrible -inclinó la cabeza por un momento
avergonzada-. Pero las hermanas me están ayudando a trabajar en ello. Ayudan con las
listas.
-¿Hay algo mal, padre Simon? ¿Por qué le preguntas a la hermana Genna de ese modo?
Ella no ha hecho nada malo. Es la víctima de un crimen.
Janet nunca había notado cuán formidable podía ser la hermana Winifred, pero se daba
cuenta ahora.
El padre Simon olfateó como si algo fuera desagradable. Estaba claro que él y la monja
más vieja no se gustaban.
-Estaba actuando extraña.
-¿Al poseer un pedazo de papel doblado? - Se rio, y el rostro del sacerdote se ruborizó.
Se veía tonto y lo sabía.
Afortunadamente alguien había ido a por el agente, y él eligió ese minuto para llegar.
Janet tendió la mano al padre Simón. A regañadientes, le devolvió la nota.
Sabía que el sacerdote estaba sospechando pero no podía pensar en ninguna razón para
interrogarla más. Ninguna razón legítima, por lo menos.
Afortunadamente, ese fue el final del desafortunado incidente. Había estado cerca. Más
cercana que la mayoría, pero Janet había escapado indemne, o relativamente indemne.
Inicialmente, se había resistido a la sugerencia del padre Thom de que se apartara de
Roxburgh por un tiempo. Pero a su instinto, había decidido tomar precauciones.
Friar Thom había visto lo que había sucedido y había interceptado a Janet en cuanto
salió del mercado. Le había dicho que se pensaba que el padre Simón, el sacerdote que
la había interrogado, estaba tratando de ganarse un obispado al desenterrar a los
presuntos rebeldes del clero de Edward. El sacerdote de la iglesia del castillo de St.
John's era muy odiado y temido en Roxburgh.
Con la ayuda de fray Thom-y la de un puñado de monjas que había proporcionado una
distracción en caso de que todavía estaba siendo observado-Janet se escabulló del
mercado y no regresó al Priorato de Roxburgh, donde se había quedado en el convento.
En cambio, cambió su velo de negro a blanco y se dirigió a Rutherford. Allí la Hermana
Genna había desaparecido y la Novicia Eleanor había surgido. Había dado al fraile un
mensaje para Lamberton, explicando su cambio de identidad y dónde encontrarla, y
Janet siguió el largo y tedioso proceso de esperar su tiempo y esperar su regreso.
Ella utilizó su tiempo para leer, orar (sobre todo por paciencia), complacerse con el
contenido de su corazón en disfrutar de sus nueces favoritas (que las monjas tenían la
amabilidad de comprar para ella cuando iban a la ciudad), y tratar de pensar en una
manera de conseguir un mensaje a su fuente en el castillo que no implicaba ir al
mercado y potencialmente Volviendo a encontrarse cara a cara con el padre Simon.
Después de cuatro semanas el fraile todavía no había regresado, pero Janet tenía una
manera de hacer contacto,

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Que resultó mucho más fácil de lo que ella había previsto.
Su informante se había acercado a ella.
La siguiente vez que las Hermanas se fueron a atender a los enfermos y necesitados en
el cercano Hospital de Santa Magdalena, "Eleanor" los acompañó. El importante
hospital a lo largo de la Abbey Road, que une las cuatro grandes abadías de la zona, no
sólo sirvió de estancia a los viajeros y de lugar para los pobres y enfermos, sino también
de caridad para muchas damas del castillo.
Cuando llegó el día del santo siguiente, Janet sabía que llegarían a dar limosnas a los
enfermos ya los pobres que se habían refugiado allí.
Todos los días durante las dos semanas siguientes, Janet acompañaba a las monjas al
hospital. Sorprendentemente, se dedicó al trabajo de enfermería. Cuando algunas de las
otras Hermanas huyeron de la casa del lazar, las cabañas separadas que albergaban a los
leprosos, Janet se encargó de traerles su pan diario y, tres veces a la semana, su sal.
Finalmente, el día de San Andrés, que también fue el primer domingo de Adviento, los
esfuerzos de Janet fueron recompensados. El informante se había sorprendido pero
estaba muy aliviado al verla. En el momento en que habían tenido que intercambiar una
palabra privada, su fuente le dijo que algo importante se estaba gestando, y esperaban
tener más información por el día de San Drostán, en aproximadamente dos semanas
después.
A la mañana siguiente, parecía primavera, todavía una emocionada Janet caminaba
hacia su destino para llevarles pan a los leprosos. Cuando salió de la última casa para
regresar al hospital en aquella mañana fría de diciembre, se sintió tan complacida, que
no notó la sombra que se movía detrás de ella hasta que era demasiado tarde.
El miedo saltó a su garganta, cortando el grito que podría haber sonado antes de que le
hubieran tapado la su mano mientras el tipo la arrastró detrás de una de las cabañas. Una
manga verde. ¡Su secuestrador llevaba el manto de un leproso!
La retuvo con fuerza contra él, sujetándola con los brazos de modo que cuando ella
intentó azotar para liberarse, no pudo moverse. Su agarre era como un tornillo de acero,
frío e inflexible. Sin embargo, mientras su cuerpo era sólido como una pared de roca,
estaba cálidamente caliente y olía a pino y cuero. Cuando bajó la boca para susurrarle al
oído, su corazón no corría con miedo, sino con algo más.
Su captor no era leproso. Era Ewen. ¡Había vuelto!
-Parecía haberse olvidado de su promesa de mantenerse al margen de los problemas,
lady Janet.
Estaba tan feliz de darse cuenta de que era él que le llevó un momento darse cuenta de
lo que había dicho, y en gaélico, nada menos. Su corazón comenzó a golpear de nuevo,
esta vez con temor.
Él sabía su nombre. Su verdadero nombre.
Y no la había llamado hermana.
¿Cuidando a los leprosos? ¡Cristo! La muchacha no podía evitar el peligro; Sólo saltó
de un fuego a otro. Hablando de fuego, su cuerpo se estaba poniendo demasiado caliente
sólo por tenerla presionada contra él.

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Ewen la soltó tan pronto como estaban a salvo de la vista detrás de la cabaña más lejana,
girándola para mirarla.
El fondo se le cayó del estómago. Se había olvidado de lo bonita que era. Pensándolo
bienes no había preparado para cuando volviera a verla cara a cara. Con sus brillantes
ojos y mejillas rosadas por el frío, Lady Janet de Mar era la imagen de la vivacidad y la
salud del país. Su boca se endureció. Mucho más saludable que alguien que le había
causado tantos malditos... problemas (¡no miedo, maldición!) Tenía derecho a mirar.
Esta misión había estado gafada desde el principio. Tan pronto como él y sus tres
compañeros de la Guardia de las Highlands abandonaron el barco en la costa de Ayr, se
encontraron con una patrulla inglesa en Douglasdale. Normalmente, una sola patrulla de
una docena de hombres no sería de mucha preocupación para cuatro miembros de la
Guardia de las Highlands, pero después de meses de combatir al ejército de Eduardo,
todos estaban un poco golpeados y heridos. Ewen no fue la excepción. Había sufrido
una herida de flecha en la pierna mientras estaba en una misión para localizar a algunos
de los hombres de Bruce que habían sido llevados en una escaramuza cerca del castillo
de Rutherford, e incluso con la ayuda de Ángel, todavía le quedaba tiempo para sanar
completamente.
Las heridas de flecha, los cortes de espadas, los huesos rotos de martillos y mazas de
guerra y las puñaladas de picas no eran nada a lo que no estaban acostumbrados, pero
las diversas lesiones los habían obstaculizado en sus esfuerzos contra los pequeños
ejércitos. No había otra explicación de cómo uno de los ingleses había podido escapar y
encontrar seguridad detrás de las paredes del Castillo de Douglas antes de que Ewen,
MacLean, Sutherland y MacKay pudieran alcanzarlo.
El desafortunado resultado fue que los informes de los fantasmas de Bruce en el área se
habían extendido, y su presencia ya no era un secreto. Dios-sabía-cómo-muchos
soldados estaban en busca de ellos, tendrían que ser muy cuidadosos.
Entonces, como si los ingleses que los cazaban no fueran suficientes, habían llegado a
Roxburgh para los últimos pasos de Lady Janet y escucharon a uno de sus fieles clérigos
hablar sobre la confrontación en el mercado con el sacerdote. Peor aún, nadie la había
visto desde entonces. La muchacha había desaparecido sin dejar rastro al mismo tiempo
que el fraile muerto.
Ewen no olvidaría pronto el dolor desgarrador que había experimentado cuando el rastro
parecía haber llegado a un callejón sin salida. Durante días habían recorrido todos los
caminos que salían de Roxburgh, con la esperanza de encontrar algo, cualquier cosa,
excepto por lo único que no consideraría: un cuerpo.
Maldita sea, ¿por qué no lo había escuchado? No tenía por qué estar haciendo esto.
Bruce debería haberla traído antes. Ewen debería haber hecho más para convencerlo.
Pero no había querido provocar problemas.
Sabía lo que podía pasar con las mujeres que se creía que estaban ayudando a Bruce. No
pasó un día que no veía en su mente las caras de los aldeanos asesinados cerca del
Castillo de Lochmaben. Todas esas mujeres y niños. Su estómago se retorcía de
pensarlo. Probablemente debería haber hecho más, también. Pero había sido justo
después de que Bruce había regresado a Escocia, y Ewen todavía se estaba recuperando
del desastre que les había sucedido en Loch Ryan.

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No se habían dado cuenta del peligro que corrían los aldeanos cuando habían buscado
su ayuda. Pero semanas después, cuando algún miembro de la Guardia de las Highlands
había regresado, habían aprendido la horrible verdad. El pueblo entero había sido
diezmado por los ingleses para ayudarlos. La única sobreviviente había sido una niña
que había sido arrojada a la cárcel y olvidada. Flecha la llamó después de que se
compadeciese de la pobre muchacha huérfana, que obviamente lo adoraba (lo que no era
raro para las muchachas con MacGregor) y la llevó de regreso a su casa.
¿Había ocurrido lo mismo con Janet? Había perdido la esperanza de seguirla -el sendero
estaba demasiado frío- cuando tuvo una idea. Gracias a Dios por su amor por esos
malditos frutos secos.
Había tardado un rato en localizar al mercader, y luego para localizar a cada monja que
había comprado allí en las últimas semanas, pero finalmente su caza los condujo al
priorato en Rutherford.
Nunca olvidaría el alivio que sintió ayer cuando la había visto salir del convento con
una sonrisa de que-el-diablo-tenga-cuidado en su cara. Sólo más tarde, mientras
esperaba la oportunidad adecuada para interceptarla, esa ira se instaló. ¿Cómo se atrevía
a parecer tan feliz y despreocupada cuando su desaparición había causado tanta
agitación?
Él percibió el destello de alarma en sus ojos al darse cuenta de lo que había dicho, pero
no tardó mucho en recuperarse.
Ella le dio una larga mirada, tomando la capa verde y la capucha.
-Vos vais a perder la lata con vuestra limosna y campana para que así le pueda oír
llegar.
Su boca se volvió a una delgada línea:- No había tiempo.
-¿Para robarles?
-Para pedirlo prestado -corrigió, volviendo el escrutinio. Mientras que estaban hablando
disfraces, por el contrario, el traje de la monja había sido más creíble- ¿No sois un poco
mayor para ser una novata?
Ella jadeó, sus ojos brillando de indignación:- ¡No soy vieja! Y soy viuda.
Levantó la frente. -¿Quién es el desafortunado novio?
Sus ojos se estrecharon como si estuviera tratando de averiguar si había querido decir
ese desafortunado por estar muerto o casado con ella.
No había decidido aún.
-Un inglés. Era un soldado que murió en la guerra. ¿Y nadie os ha dicho que es grosero
comentar acerca de la edad de una mujer? Tengo veintisiete años, soy más joven que
vos.
Janet se mordió el labio con incertidumbre, y Ewen estuvo a punto de maldecir ante la
oleada de calor que provocó en su entrepierna.
-¿Cuántos años tenéis?
Él frunció el ceño:- Treinta y uno -acababa de celebrar su día santo la semana pasada.

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Asintió con la cabeza, contenta de haber conseguido su punto.
-¿Qué deseáis? ¿Tenéis un mensaje para mí?
Ewen luchó para mantener su temperamento bajo control, pero después de casi una
semana de mirar debajo de cada roca entre Roxburgh y Berwick por la muchacha, le
estaba resultando muy difícil.
-¡Mierdas si tengo un mensaje! ¿Dónde demonios habéis estado? Nadie os ha visto ni
oído desde hace más de un mes.
No sabía lo que había esperado, pero maldita sea, tal vez para encontrarla en una
situación un poco más peligrosa, ¿quizá? Y un poco más de gratitud por su parte por
verlo, más que por el sentimiento de que de algún modo la estaba interrumpiendo.
Ignorando la voz que le advirtió de no tocarla, la tomó por el brazo de nuevo y la
empujó contra él. La pared que había erigido en su mente estaba resultando un poco
delgada. En lugar de pensar que pertenecía a Walter Stewart, no podía evitar pensar en
lo bien que se sentía en su contra.
Janet de Mar, maldita sea.
-¿Se os ocurrió la mísera idea de que la gente podría estar preocupada? –puede que
hubiera gruñido esto último.
Ella abrió los ojos:- Por supuesto que no. No hizo falta.
Tenía la mandíbula cerrada.
-Ya lo veo. Pero podría haber sido agradable que nos lo dijerais al resto de nosotros.
-¿Nadie recibió mi mensaje? Envié la noticia de mi cambio de planes a nuestro amigo
en Berwick.
Ewen hizo una mueca, adivinando cómo había enviado su mensaje. -¿Con un fraile
local?
Asintió, y él juró, dejándola ir. Parte de su ira se disipó. No fue culpa suya. Los
mensajes que no llegaban a su destino eran frecuentes en la guerra.
Una parte de él esperaba que no lo pidiera, pero era demasiado inteligente para no
haberlo descubierto.
-¿Qué ocurrió? ¿Le pasó algo al fraile?
No intentó suavizar el golpe. Tal vez esto le haría entender los riesgos que corría.
-Fue asesinado. Torturado, por su aspecto, y su cuerpo fue arrojado al camino de
Berwick hace un mes.
Ella retrocedió ante el shock.
-¡No! -sus ojos se llenaron de lágrimas, y tuvo que esforzarse para no... ¿qué?
¿Reconfortarla? ¡Diablos! Estaba furioso con ella; ¿Qué infiernos le ocurría? Él asintió,
dándole un momento para ponerse de acuerdo con lo que le había dicho.
-Nadie sabía lo que os había pasado.

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Ella lo miró, con las lágrimas humedeciendo sus pestañas. Sus ojos brillaban como un
mar iluminado por el sol. Ewen tenía el pecho tan apretado que tuvo que apartar la
mirada. Hubo un largo período de silencio, pero finalmente ella dijo:
-Gracias por venir a buscarme. Siento haberos causado tantos problemas, pero como
podéis ver, estoy perfectamente a salvo.
¿A salvo? La muchacha no estaría a salvo hasta que estuviera encerrada en una torre...
Bute. La única torre a la que iría pertenecería a Walter Stewart.
No era su problema. Pero el saberlo no parecía calmarlo. Él mantuvo su temperamento a
raya.
-Creo que vos y yo tenemos una definición muy diferente de "a salvo". Oí que casi fue
descubierta en Roxburgh por uno de los sacerdotes de Eduardo.
-En absoluto. Me hizo algunas preguntas, eso fue todo -Ewen apretó los puños para no
volver a agarrarla, frunciendo el ceño-. De todas formas, ¿cómo me encontrasteis?
Tuvimos mucho cuidado.
Seguro como la mierda que no iba a decirle lo difícil que había sido.
-Hubo una cosa que dijisteis y que no era mentira.
Ella palideció y lo miró cautelosamente, como si este fuera el momento que había
estado esperando y se estaba preparando para ello. Y por dios si quería. Quería
mostrarle exactamente lo enfadado que estaba.
Pero no iba a hacerlo. Era mejor fingir que nunca había sucedido y que nunca importó.
Era mejor fingir que no le importaba. Porque algo le decía que si volvía a tocarla, si
liberaba el peligroso torbellino de emociones que se retorcían dentro de él, terminaría en
sus brazos una vez más con esa boca demasiado suave, demasiado sensual y demasiado
tentadora que se derretía debajo de la suya.
No debería pensar en lo bueno que había sido. No debería recordarlo en absoluto
después de tanto tiempo. No le afectaría. No dejaría que ocurriese.
-Las nueces -dijo, dando un paso atrás para sacudir su cabeza-. -Son vuestras favoritas.
Ella parpadeó, obviamente sorprendida de que era todo lo que tenía que decir. ¿Acaso
esperaba que él se molestara por mentirle sobre su identidad y dejarle creer que cometió
un pecado terrible? ¿Esperaba que se enojara por no haber cumplido su promesa de
permanecer fuera del peligro? Bien, debería.
Janet tenía una expresión de perplejidad en su rostro, como si estuviera tratando de
entenderlo.
-¿Me habéis encontrado por el mercader?
La había encontrado; Ahora solo quería deshacerse de ella. Cuanto antes mejor, dado el
calor que se extendía por su cuerpo. Se encogió de hombros con una indiferencia que no
sentía.
-Deberíamos irnos.
-¿Ir a dónde?

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-Os llevaré de vuelta a las tierras altas.
Ella negó con la cabeza como si tuviera algo que decir sobre el asunto:- No he
terminado aún. Hay algo importante…
-No he preguntado, mi señora –Janet se puso rígida de nuevo, y esa mirada cautelosa
regresó. Suponía que tenía algo de satisfacción en eso. Mantenerla bajo control,
esperando que el hacha cayera, le dio una ventaja.
-No podéis ordenarme…
-Yo no soy quien hace las órdenes. Es el Rey.
-¿Por qué me pide que regrese?
-Sólo estoy siguiendo órdenes. Tendréis que preguntarle –Seguro como el infierno que
él no iba a decirlo. Lo último que quería hacer era involucrarse en esa batalla.
Janet e mordió el labio.
¡Diablos, deje de hacer eso!
Sólo cuando ella frunció el ceño se dio cuenta de que había hablado en voz alta.
-¿De hacer qué?
Unos pocos minutos en su presencia y él ya estaba perdiendo la cabeza... y otras partes
de él estaban teniendo un pequeño problema, también, con su cercanía.
-Tenemos que irnos.
Ella sacudió su cabeza:- Dile a Robert que volveré tan pronto como pueda, pero hay
algo importante que tengo que hacer primero.
-Podéis decírselo vos misma.
-No entendéis, esto es muy importante. Tengo que estar aquí cuando... -Se interrumpió,
como si no estuviera seguro de cuánto decir. Levantó la barbilla desafiante-. Robert lo
entenderá.
Podría haber adivinado que iba a ser difícil sobre esto.
-Si estáis tan seguro de eso, dígaselo vos. Pensé que eráis buena explicando las cosas.
Sabía que no sería capaz de resistirse a eso. Sus ojos se estrecharon, y sospechó que
había adivinado su intención.
-Lo soy. Pero tardará demasiado. Os dije que hay algo que debo hacer -puso su mano en
su brazo, y él se congeló. Estaba tan cerca que prácticamente podía sentir la presión de
su cuerpo contra el suyo. El calor le enviaba a través de él en una onda caliente y
pulsante-. No veo por qué una semana o dos marcarán la diferencia. Por favor, ¿no
podéis simplemente decirle que volveré tan pronto como pueda?
Ewen sintió algo en su interior. La suave mirada implorante golpeó contra la pared que
había erigido en su mente como un ariete. Se inclinó un momento, inhalando su dulzura.
Volvió a la realidad con un idiota. –No -no sabía si hablaba con ella o con él. Ahora nos
vamos.

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Podía verla tratando de controlar su temperamento. Tenía los labios apretados.
-Sé que estáis tratando de cumplir con vuestro deber, pero estoy seguro de que si
regresáis...
-No os molestéis con uno de vuestros intentos. No funcionará.
-¿Por qué tenéis que ser tan irracional?
Parecía tan enfurecida, casi se echó a reír. Temiendo una rebelión de pleno derecho y
queriendo evitar tener que arrastrarla de regreso, dijo:
-Tenemos un barco en la costa en Ayr. Si el rey acepta dejaros volver, estaréis de vuelta
dentro de diez días.
Janet parecía insegura:- ¿Diez días? ¿Estáis seguro? Tengo que estar de vuelta el día de
St. Drostan.
Se encogió de hombros. Era factible. No que pensara que estaría en condiciones de
averiguarlo, pero seguro que no iba a decirle eso. Si quería pensar que se le permitiría
volver a Roxburgh, estaba bien por él. Tan pronto como él la devolviera a Dunstaffnage,
era el problema de Bruce. Y el de Stewart, se recordó, sus dientes rechinaban tan
fuertemente que le dolía la mandíbula.
-Vos decidís. Mantened la cabeza baja, haced vuestro trabajo, no hagáis nada para
enojar al rey.
Eso era todo lo que tenía que hacer. Sencillo. No podía dejar que lo complicara. Sus
ojos se estrecharon.
-¿Qué me estáis diciendo?
Apretó los dientes:- Mira, mi señora, mi trabajo es devolveros. Un trabajo que tengo
intención de cumplir. Pero el cómo lo haga depende de vos. Podemos hacer esto por las
buenas o por las malas, como queráis. El rey ha dado una orden directa para salir de las
fronteras y aparecer ante él en Dunstaffnage. Rechace eso y no me estará desafiando a
mí, sino al Rey.
-¡Eleanor!
Su cabeza giró hacia el sonido del grito, y luego de nuevo a Ewen.
-Me están buscando.
Se habría movido hacia la voz, pero él la sostuvo:- Entonces, ¿qué será, Eleanor?
Frunció su boca con irritación.
-¿Qué opción me ha dejado? Iré, pero no puedo desaparecer sin decir nada. Dadme una
hora y luego ven a buscarme al priorato. Diré que sois mi hermano que viene a
buscarme a casa para una emergencia.
El asintió. De todos modos, no podían salir hasta que estuviera oscuro.
-¡Estoy aquí, hermana! -gritó ella, comenzando alrededor del edificio.

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-Janet -se volvió, sus grandes ojos verdes del color del mar lo miraron expectantes. -No
me hagáis venir detrás de vos -lo había querido decir como una advertencia, pero su voz
sonaba extrañamente áspera.
Sus ojos se detuvieron por un largo momento, casi como si estuviera esperando que
dijera algo más. Pero no podía.
Finalmente, ella le dio un breve asentimiento y luego se fue.

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Capítulo 10

Janet estaba furiosa. El dejarlo ahora era un error. ¿Y si tardaba demasiado? ¿Y si su


informante llegaba y ella no estuviera aquí?
Si Ewen solo la escuchara. ¡Pero el hombre era totalmente impasible a la hora de
razonar! Podría haber intentado doblar el hierro o la piedra dentada. Tenía que ser el
hombre más exasperante que había conocido.
Todos estos meses. Todo el tiempo que había perdido preguntándose qué sería de él.
Pensando en él. Una tonta.
En sus recuerdos -en realidad, en sus fantasías-, Janet había olvidado lo irrazonable que
Ewen Lamont podía ser. ¿Cómo podía haber pensado que alguna vez podría haber algo
entre ellos? El hombre era perfectamente inamovible. Totalmente recalcitrante. Rígido e
intransigente.
¿A quién le importaba si podía quitarle el aliento con su beso y era tan
impresionantemente guapo que verlo de nuevo después de todo este tiempo hacía que
sus rodillas se convirtieran en gelatina? Nunca podía preocuparse por alguien tan
totalmente irracional e indiferente a sus deseos.
Hablar con él era un ejercicio de frustración. Pero también estimulante.
El corazón de Janet seguía latiendo con fuerza mientras avanzaba por la colina hacia el
priorato con las otras monjas.
Por supuesto, no estaba aquí porque tuviera sentimientos por ella. ¿Cómo podía haber
sido tan tonta como para dejarse decepcionar incluso por un momento? La única razón
por la que estaba aquí era porque el rey le había ordenado que viniera a buscarla.
Probablemente se había olvidado del beso. Ni siquiera parecía importarle que le hubiera
mentido acerca de su identidad. Había pensado que estaría furioso al descubrir que no
era una monja.
Las puertas del cielo, de todo el tiempo para empezar a actuar como una chica
enamorada. No era el hombre para ella. No había un hombre para ella. Iba a ser monja,
¿no? Por supuesto que sí.
¿Cómo podía haberle permitido que perdiera de vista sus planes por un minuto?
-¿Hay algo mal, Eleanor?
Jane tardó un momento en darse cuenta de que Beth estaba hablando con ella.
Sonrió al joven principiante, cuyos grandes ojos oscuros le recordaban tanto a la
hermana Marguerite.
-No, ¿por qué lo preguntas?
La chica parecía perpleja:- Estabais murmurando -se sonrojó- Pensé que te escuché
decir "tonto obstinado".
Era el turno de Janet para las mejillas calientes.

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-Estaba pensando en mi hermano. Él estará aquí pronto. He tenido algunas noticias
angustiosas de casa y tengo que regresar a Cumberland por unos días. Mi madre está
enferma.
Beth pareció tan angustiada, que casi alargó la mano para ofrecerle consuelo. La
mentira era parte del trabajo, y ella era buena en ello, pero recientemente había
comenzado a irritarse.
-¡Qué horrible! -dijo la muchacha- ¿Hay algo que pueda hacer?
Janet empezó a sacudir la cabeza, pero luego pensó en algo:- Si alguien me pide en el
hospital, ¿les diréis que volveré pronto?
Beth asintió solemnemente.
-Los pacientes te echarán de menos. Como yo.
Janet sintió un suave tirón en su pecho. Como con la hermana Marguerite, era difícil
mantenerse lejos de la joven novicia. Pero como la hermana Marguerite había
demostrado, una relación con ella podría ser peligrosa. Janet casi se arrepintió de
hacerle la simple petición a Beth, pero por si acaso tardaba más de lo esperado, quería
que sus informantes supieran que volvería.
La abadesa aceptó sin comentar la historia de su necesidad de salir. Fray Thom -el
horror de su muerte pesaba aún sobre Janet- le había dicho que la abadesa era una buena
amiga.
No sabía cuánto sabía, porque no preguntó, pero sospechaba que la monja más vieja
había adivinado la mayor parte.
Cuando Ewen llegó a recogerla en la puerta a la hora señalada, afortunadamente, iba
vestido con la ropa sencilla de un granjero en lugar de la capa y la capucha de su
leproso, estaba lista para marcharse. Él gruñó una especie de saludo, tomó su bolso, y la
llevó (o mejor dicho, se alejó y ella se apresuró tras él) por el camino hacia donde había
atado los caballos. Estuvo contenta de ver dos. Lo último que quería hacer era volver a
montar con él.
No era como si el recuerdo de sus brazos alrededor de ella, la pared grande y dura de su
pecho detrás de ella, o el suave calor y la sensación de satisfacción fuera algo con lo que
soñaba.
Tampoco la idea de pasar unos días con él, algo que debía hacer. Notó que él hizo un
escaneo subrepticio del campo alrededor del convento antes de dar vuelta y ayudó a
levantarla sobre el caballo. Pero aparte de unas monjas trabajando en el jardín, y un
muchacho joven que pescaba junto al río, no había nadie más. Janet suponía que sólo
estaba siendo cauteloso, pero sí percibía una inusual vigilancia sobre él.
Sin duda, cualquier guerrero del ejército de Bruce se sentiría un poco ansioso por llegar
a las fronteras, pero el convento estaba en una parte tranquila del pueblo, por lo menos a
un cuarto de milla de cualquier otra morada. No tenía motivos para preocuparse.
Podría habérselo dicho, pero en el momento en que sus manos se envolvieron alrededor
de su cintura para levantarla, ella se sacudió. No había otra manera de describir la
explosión de sensaciones que la atravesaban en el momento del contacto. Podía sentir la
huella de cada uno de esos grandes dedos extendidos sobre sus costillas.

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Dios mío, había olvidado lo fuerte que era. La levantó como si no pesara más que un
niño. Ella se estiró para estabilizarse agarrando el sólido músculo de sus brazos, y la
sacudida fue seguida por una fuerte ráfaga de calor. El calor que se derramaba a través
de su cuerpo en ondas profundas y fundidas.
Oh Dios, era como ella recordaba. Se había preguntado si lo habría imaginado, y
exagerado en su mente. Pero no lo había hecho. Un breve toque y ella se derretía en
pedazos.
Sin embargo, una mirada a su expresión pétrea y sintió una punzada. Obviamente no se
le veía igualmente afectado. Llevaba esa misma mirada sombría en su rostro que
recordaba tan bien, excepto que su boca era incluso un poco más apretada que antes.
Líneas blancas se grabaron alrededor de sus labios y el músculo debajo de su mandíbula
pareció hacer tic unas cuantas veces.
La dejó tan duramente en la silla de montar, que soltó un jadeo.
-¡Ay! –dijo, frotando su trasero afectado-. Eso dolió -Ewen no se molestó en ofrecer una
disculpa, pero la miró como si fuera su culpa. Ella alzó una ceja-. Puedo ver que habéis
estado perfeccionando vuestras habilidades de galantería desde la última vez que nos
vimos.
Sus ojos brillaban y sus entrañas se agitaban un poco con su intensa mirada. Él le hizo
una mueca de reverencia.
-Perdonadme, señora. Había olvidado a quién estaba sirviendo.
Janet se mordió el labio, lamentando el sarcasmo que le había recordado su pequeño
engaño.
Al parecer, no era tan indiferente como quería aparentar. Casi esperaba que empezara a
gritarle, pero en cambio, se volvió bruscamente y montó en su propio caballo.
Janet no era la mejor juez de la carne de caballo, pero incluso ella podía ver que los
caballos eran más adecuados para arar animales y ciertamente no iban a ser capaces de
llevarlos lejos de Roxburgh. Montaron unos minutos antes de preguntarle:
-¿Tomasteis prestado los caballos en el mismo lugar que esa ropa?
Le lanzó una mirada fulminante:- No me dejasteis mucho tiempo para planear algo más
grandioso, mi señora. Pensé que el granjero sería mejor que el leproso o que mi
armadura para recogeros.
Tenía una manera de decir "mi señora" que la hacía querer encogerse.
-Deje de llamarme así -su mirada se clavó en ella y ella se estremeció, viendo cómo la
ira se cernía allí. Pero su voz era engañosamente uniforme.
-¿Cómo preferís? ¿Hermana? Genna? ¿Eleanor?
-Janet. Sabéis que ese es mi nombre. Dejad de fingir que lo habéis olvidado.
-Oh, no lo he olvidado.
Con esa ominosa advertencia hizo que su estómago se sintiera como si una roca
estuviera rebotando dentro y fuera.

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Cabalgaron en silencio durante un rato, volviéndose cada vez más incómoda la
situación. ¿Por qué no terminaba con todo esto? Esperar a que el hacha cayera la estaba
poniendo de los nervios.
Ewen también estaba tenso, aunque no por la misma razón. La vigilancia sobre ellos que
había notado sólo había aumentado cuanto más recorrían el sur.
-¿Por qué vamos en esta dirección? ¿No deberíamos alejarnos de Inglaterra?
Ignoró su sarcasmo:- Me estoy asegurando de que nadie nos siga.
-¿Por qué lo estarían haciendo?
No se sorprendió cuando no le contestó, ya que parecía que tenía cincuenta
posibilidades de que eso ocurriera. Sin embargo, si intentaba disuadirla de las preguntas,
no iba a funcionar.
Parecía estar haciendo un esfuerzo para cubrir sus huellas. Al menos eso era lo que
suponía que estaba haciendo, cuando ocasionalmente los condujo fuera del camino
hacia el suelo rocoso, montando de un lado a otro varias veces y variando la velocidad
y, por tanto, el paso de sus caballos.
-¿Alguien nos sigue? -preguntó.
-No lo creo, pero iremos unos cuantos kilómetros más antes de dar la vuelta para dar
con los demás.
-¿Los demás?
-¿No creíais que vendría solo, no? Tu antiguo cuñado envió a cuatro de sus mejores
hombres para que te encontraran, incluido tu nuevo cuñado.
-¿El marido de Mary?
Había oído de Lamberton sobre la deserción de Sutherland de los ingleses y sabía que
su hermana regresó con seguridad a Escocia. Si había algo bueno en ser arrastrado de
nuevo a Escocia, era que finalmente podría ver a su hermana.
Pero bajo la excitación también estaba el nerviosismo. ¿Sentiría Mary lo mismo? Janet
le había causado tanto dolor. Había hecho un lío de todo, y Mary había sido la que había
sufrido por ello. Apenas había escapado del encarcelamiento y a su hijo, Davey, se lo
habían quitado de nuevo. Mary tenía todo el derecho de culparla. ¿Verdad?
Dios lo sabía, y Janet también. Debido a ella, el hombre que la había recogido y se había
enjugado las lágrimas cuando se había pelado la rodilla, que le había enseñado a montar
a caballo, que le había contado historias en su rodilla, estaba muerto. La vieja sirvienta
la había amado como a un padre, mejor que a un padre y mucho mejor que su verdadero
padre. ¿Y qué había conseguido? Una flecha en la espalda.
Ewen debió haber estado observando su rostro. Cuando habló, lo hizo mucho más suave
que antes.
-Sí. Kenneth Sutherland, heredero del conde de Sutherland.
Janet asintió, habiendo sabido gracias al obispo:- ¿Es… feliz?
Asintió, y por un momento vio un brillo suave en sus ojos que ella podía recordar.

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-Sí, muchacha. Muy feliz.
Janet sonrió:- Me alegro. Nadie lo merece más.
Parecía como si Ewen quisiera decir algo. Pero, en cambio, cuando se volvió, Janet se
dijo a sí misma que no se tenía porqué sentir decepcionada. No funcionó.
Siguieron el camino hacia el sur por unas pocas millas más, sin encontrar a nadie, antes
de apartarse del sendero cerca de un pequeño lago, donde se detuvieron para regar los
caballos. No habiendo montado un caballo durante algún tiempo, Janet estaba
agradecida por la breve pausa para estirar las piernas.
Atendió a sus necesidades, y luego caminó hasta el borde del agua. Era un pequeño
lago, no más grande que una milla de diámetro, aun así bonito, con los árboles
envolviéndolo en tonos de verde y marrón.
La luz empezaba a desvanecerse, y suponía que debían de ser unas horas después del
mediodía.
Con el invierno acercándose, los días eran cada vez más cortos. Sería oscuro pronto.
Apenas volverían a donde habían comenzado, cuando sería el momento de detenerse
por la noche.
Ewen se acercó a ella, aparentemente leyendo sus pensamientos.
-Viajaremos de noche.
-¿No será peligroso?
Su mirada se endureció:- Sí. Pero eso no debería molestarte.
Janet no podía soportarlo más. Sus agallas no tan sutiles la estaban volviendo loca.
-Sé que estáis enfadado por lo que pasó antes. ¿Por qué no decís lo que tenéis que decir
y acabamos con esto ya? -entonces tal vez dejaría de actuar como un extraño. Como si
nada hubiera pasado entre ellos. Y entonces tal vez podrían... ¿qué? Janet no lo sabía,
pero seguro que como esto, no.
No ceder a su ira era mucho más difícil de lo que Ewen esperaba. Cada vez que pensaba
en lo que había estado haciendo -de lo que había hecho- se volvía un poco más loco
-¿Enfadado? –repitió- ¿Por qué debería estar enfadado? Porque me dejasteis besaros, y
luego me dejasteis creer que había cometido un pecado terrible, o porque me disteis
vuestra palabra de que os quedarías fuera de esto?
Se puso rígida, frunciendo la boca como lo hizo cuando encontraba algo desagradable.
En otras palabras, cuando alguien señalaba algo que ella no quería oír.
-No dije eso. Dije que dejaría la pelea a los hombres... lo cual he hecho.
Se tomó tiempo para no poner sus manos sobre ella. Ninguna mujer nunca le había
molestado tanto como para dejar salir su temperamento. Diablos, ni siquiera sabía que
tenía un temperamento. Los músculos de sus brazos se flexionaron a su lado, temblando
con el esfuerzo de no tocarla. No tomarla por los brazos y arrastrarla contra él, donde
estaba condenadamente seguro de que tendría que escucharlo.
-No intentéis esa mierda conmigo, Janet. ¡Sabéis bien lo que quise decir!

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Sin prestar atención a la advertencia de su craso lenguaje, se encogió de hombros
descuidadamente y le lanzó una inocente mirada de grandes ojos azul marino. -¿Yo?
No era consciente de que se había movido hasta que se quedó sin aliento y dio un paso
atrás, dándose contra un árbol. Él se acercó, una oleada de emociones peligrosas se
disparaban dentro de él. Enfado, frustración, y algo que era mucho más profundo. Algo
extremo e incontrolable.
Algo salvaje. Algo que despertaba cada instinto primitivo y básico de sus antepasados
bárbaros. Algo que le hacía querer empujarla contra ese árbol, arrancarle la ropa,
envolver una de sus piernas alrededor de sus caderas -¿qué diablos pasaba con que una
mujer envolviera sus piernas alrededor de él?- y violarla hasta que ella jurase que nunca
se pondría de nuevo en peligro. Casi podía sentir que se estremecía contra él. Sentía la
suavidad de sus pechos aplastados contra su pecho. Sentía el calor que emanaba. El
sabor.
Dios, él la quería, y la contención le dolía. Estaba caliente y duro, y palpitando de
necesidad. ¿Cómo le hizo esto a él? ¿Cómo podía desnudarla en cuestión de minutos?
Le hacía sentir tan fuera de control como… como su padre.
Un súbito escalofrío penetró en el calor.
En lugar de intimidarse -como cualquier chica en su sano juicio-, la muchacha sólo
parecía más indignada. Estirándose a toda su altura, con un pie más bajo que él, se puso
de puntillas y le puso un pequeño dedo en el pecho para enfatizar sus palabras.
-No tenéis derecho a ordenarme que haga nada. Lo que haga no es asunto vuestro.
No lo sabía si eran sus palabras o el pensamiento de su padre. Pero tan pronto como la
cólera se había inflamado dentro de él, se había empapado. Ewen no era nada como su
padre. Nada.
Su padre había sido imprudente e indisciplinado, salvaje e irresponsable. No tenía
concepicón del deber y lealtad.
Ewen sabía exactamente dónde quedaba su deber, y no concernía el acostarse con ella.
Retrocedió un paso:- Tenéis razón.
Debería darle las gracias por recordarle. No iba a tener esta conversación porque no
importaba. No importaba. Janet de Mar no era para él.
No importaba que ninguna otra mujer lo hubiera afectado de esa manera. No importaba
que la mirara y sintiera cada pulgada, cada hueso, cada onza de sangre en su cuerpo,
calor con un deseo tan feroz y crudo que le quitaba el aliento. No importaba que ella lo
hiciera enojar. No importaba que fuera la primera mujer con la que pudiera hablar sin
tener que preocuparse por si había dicho algo malo.
Demonios, ni siquiera importaba que le gustara. ¿Y qué? El matrimonio no se basaba en
gustos y disgustos. Estaba basado en el deber, y la gente hacía su deber e ignoraba sus
deseos personales todos los días.
Hombres civilizados, hombres responsables, no tomaban simplemente a una mujer
porque la querían. Su padre pudo haberlo hecho, pero no era su maldito padre. Él no se
ponía así por cualquier cosa, maldita sea. Y seguro que no como una mujer.

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Excepto ella.
Él juró. Sólo eran unos pocos días. Podía manejar unos días de casi cualquier cosa,
incluyendo el ser excitado hasta el punto de dolor. Su malestar físico era casi digno de
la expresión en su cara. Su repentina retirada la había confundido.
Ella parpadeó:- ¿La tengo?
-Sí. No es asunto mío. Pero deberíais pensar después de lo que pasó con vuestra
hermana en el puente. Debéis ser más cautelosa -se estremeció y Ewen sintió que su púa
había golpeado más de lo que había pensado. Pero tal vez le haría pensar-. Ahora, si
estáis lista, debemos ir -y con eso, giró sobre sus talones y se fue antes de que el dolor
en sus ojos le hiciera hacer algo estúpido.
Picada por el recuerdo de su hermana, Janet lo observó marcharse. Lo que acababa de
suceder… En un momento la miraba como si no supiera si debía estrangularla o besarla
(esperaba que lo último), y al siguiente se alejaba como si no le importara nada.
Tal vez fuera así. Sintió una punzada de dolor. ¿Por qué estaba actuando así, tan frío e
indiferente? Bueno cielos, había parecido más atraído hacia ella cuando pensaba que era
una monja.
Algo había cambiado entre ellos, y no era sólo un velo. Ella había pensado… ¿Qué?
¿Que sentía algo por ella? Que había habido algún tipo de especial conexión entre ellos?
¿Sus propios sentimientos la habían hecho ver algo que no estaba allí?
No era frecuente que Janet se sintiera insegura de sí misma, pero se estaba convirtiendo
en una ocurrencia muy frecuente en torno a Ewen Lamont. Cómo un soldado áspero,
grosero con limitadas habilidades de comunicación (que sonaban mejor que "palabras
de repuesto pero no sentimientos") abismales modales podrían dejarla tan
desequilibrada y confundida, desafiando la comprensión. Había conocido mil hombres
como él (aunque no muchos que fueron construidos como un muro de piedra y lo
suficientemente guapo como para hacer sus rodillas débil).
No sabía lo que quería de él. No estaba bien para ella, lo sabía. Era demasiado
obcecado, demasiado rígido, demasiado parecido a sus "hijas-no-puede-hacer-eso"
comentarios paternalistas que había recibido. Pero no podía negar que verlo de nuevo
hizo que su corazón revoloteara como si fuera una muchacha de trece años que acababa
de conocer a su primer caballero guapo. Se sentía tonta y aturdida y se ruborizaba todo
al mismo tiempo.
Por el amor de Dios, ¡ni siquiera podía respirar bien! Todo lo que tenía que hacer era
estar a su lado y el salvaje aleteo de su corazón se apoderó de sus pulmones, haciendo
que su aliento se acelerara en breves golpes cortos.
Y que Dios no lo permita. Si la tocaba, se convertiría en un horrible desastre. Todo
caliente, e incapaz de pensar y razonar.
Era demasiado mayor para actuar así. Seguramente este tipo de sentimientos eran la
causa de las chicas jóvenes enamoradas, y no una mujer de veintisiete años que era
básicamente, ¿una monja?
Excepto que no había "básicamente" cuando se trataba de ser monja. Le había hecho
recordar que era una mujer. Una mujer que ya no era joven, pero que sabía exactamente
lo que iba a hacer, hasta que él llegó y la confundió con su no-absurdo, decir lo que-

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está-en-su mente y no se-se-ganó. Su rostro robusto y hermoso, ese pecho ancho y su
distracción de músculos y, sobre todo, el feroz sabor de la pasión que le había
demostrado lo lejos que estaba de ser una monja.
En lugar de tratar de recordar todas las facetas de un beso que nunca debería haber
sucedido, ella debe centrarse en su trabajo. Y en lugar de sentirse entusiasmada ante la
perspectiva de pasar tiempo con él durante los próximos días en el viaje hacia el norte,
debería estar enfadada con él por insistir en que abandone las fronteras e interfiriera con
su misión una vez más.
El invierno podría haber traído una calma temporal en la lucha, pero la guerra no había
terminado.
Su trabajo aún no había terminado. Tenía que estar de vuelta por el día de San Drostan.
Janet confiaba en que una vez que le explicara todo a Robert, y pudiera ver que estaba
perfectamente a salvo, regresaría a su puesto en Roxburgh. El rey la necesitaba. Este
informante era demasiado importante para arriesgarse con alguien más. A diferencia de
Ewen, Robert atendería a razones.
Pero aun así, odiaba la idea de irse así. Podría haberse negado a ir si no hubiera estado
bastante segura de que el bruto de cabeza le lanzaría sobre su hombro como un bárbaro
vikingo y la llevaría lejos.
Cuando se trataba de cumplir su deber como soldado, Janet sospechaba que no había
nada que pudiera interponerse en su camino. Sí, Ewen era el soldado perfecto. No se
molestaba, hacía su trabajo, seguía las órdenes, no hacía preguntas, ni toleraba, pensó
enfadada. Discutir con él era como tratar de discutir con un muro de piedra.
Lo que no entendía era por qué le importaba. A ella le gustaría pensar que era porque
estaba interfiriendo con su deber, pero sabía que eso no era lo que estaba haciendo que
su corazón se apretara cuando se alejó como si ella no le importara en absoluto. Como si
el aire no hubiera estado crepitándose entre ellos.
¡Y lo estropease por educar a su hermana! No entendía nada. No sabía si estaba más
molesta con él o consigo misma. Decidió con certeza mientras observaba cómo su
espalda se hacía más pequeña. No se dio la vuelta, ni una sola vez. Ni siquiera para ver
si le estaba siguiendo.
Su mirada se estrechó, su ceño se profundizó cuando notó algo y se dirigió hacia donde
estaba con los caballos.
-¿Qué le pasa a tu pierna?
La ligera tensión en sus hombros fue apenas perceptible, pero estuvo allí.
-Nada.
Sin advertencia, rodeó sus manos alrededor de su cintura, la levantó y sin ceremonias la
arrojó sobre su caballo. Sucedió tan rápido que si hubiera parpadeado, tal vez la hubiera
perdido. Se sentía un poco como una olla de hierro tomada directamente del horno.
Apretó los dientes, negándose a dejarse llevar. Ya había tenido suficiente de correr
contra los muros de piedra. Iba a encontrar una manera de romperlo, de una forma u
otra.
-Estabais forzando tu pierna izquierda subiendo por las rocas.

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Lo había notado mientras se abría camino por las rocas que rodeaban el borde del lago.
En lugar de moverse con paso natural, se detuvo entre cada paso para apoyar con su pie
derecho.
Como para demostrar que se equivocaba, subió a su caballo desde el lado opuesto al que
solía hacer, deslizando su pie izquierdo en el estribo primero. Sus movimientos eran
suaves y no había ninguna indicación de que le hubiera causado dolor, pero sospechaba
que sí.
Se volvió hacia ella:- Como he dicho, no es nada.
La molestia se volvió hacia algo más cuando las ramificaciones la golpearon. Sus ojos
se abrieron con alarma.
-¡Estáis herido!
Apartó su caballo, como si sintiera que podría alcanzarlo.
-Me llevé una flecha en la pierna hace unas semanas -sentía como si todo el color se
hubiera extraído de ella en un solo apretón.
-¿Fueron heridos en la guerra?
De todas las cosas que había pensado durante los últimos meses, su dolor de espalda no
era uno de ellos. Él se parecía tan grande en su mente, parecía tan grande e
indestructible, que ella nunca había considerado...
¡Las paredes de piedra no se lastiman!
Oh Dios, ¿y si...?
Leyendo su expresión, suavizada, dijo:- Una pequeña lesión, por supuesto.
Pero ella no le creyó. Una flecha podría dejar un camino de destrucción mucho más
ancho que su cabeza puntiaguda si fuera profunda. Si la persona que lo sacó no tenía
habilidad. Si la herida no sanara. Si se putrificó. Si había tenido fiebre.
Ella miró su pierna. ¿Era su imaginación o era un gran círculo oscuro en el cuero a lo
largo del lado de su muslo?
Su tripa lo verificó:- ¿Sigue sangrando todavía?
-No -mintió.
Antes de que pudiera preguntarle más, sacudió las riendas y comenzó a avanzar. El
miedo, olvidado y furioso una vez más, se acercó a su lado.
-Alguien debería mirarlo.
No se molestó en mirarla, pero su mandíbula se apretó:- La muchacha lo hizo. La
volverá a ver cuando regresemos.
¿Muchacha?
-Puedo mirarlo yo, si queréis -durante los últimos años de fingir ser una monja, había
hecho algo -un poco- de enfermería. La miró.
-Eso no será necesario.

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-Pero yo he cuidado...
-Helen no es enfermera. Es una de las mejores sanadoras que he visto. Podría ser
médica, si quisiera.
Si fuera cierto, sería un logro extraordinario. Nunca había oído hablar de una médica.
Janet sintió un duro aguijón en el pecho. La admiración en su voz cuando hablaba de la
habilidad de la mujer no podía ser ignorada -y tampoco su falta de respeto por la suya.
Había pensado que era un hombre como su padre y su hermano que no podía aprobar a
una mujer en una posición que no fuera esposa y madre, pero aparentemente estaba
equivocada. Era sólo de ella a quien no estaba de acuerdo.
Pero había algo más acerca de cómo decía el nombre de la mujer. Una familiaridad.
Afecto.
-Debe ser muy vieja para ser tan experimentada
La miró extrañamente, conforme a la pregunta:-Helen no es vieja. Es más joven que
vos.
Esta picadura era más como una puñalada. ¿Realmente había encontrado su encanto y
su franca manera de hablar encantadora? ¿La consideraba tan vieja? Había pasado el
primer rubor de la juventud, ciertamente, pero le gustaba la forma en que su cara había
madurado. ¿Estaba viendo algo que no era?
-¿Cómo podéis saberlo debajo de todas las verrugas y lunares?
La miró como si fuera tonta, exactamente como se sentía.
-No tenéis verrugas y lunares.
-No yo -dijo, frustrada dentro de ella y amenazando con derramarse en un diluvio de
lágrimas embarazosas-. La curandera. Los sanadores son siempre viejos y arrugados,
con muchas verrugas y lunares.
Echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír. La vista era tan rara y maravillosa que por un
momento robó su aliento. Tenía el pecho apretado.
Oh Dios. Oh no.
Parecía tan diferente. Tan feliz y despreocupado. No estaba rígido e intransigente en
absoluto. Parecía... Parecía un hombre que podía robarle el corazón sin ni siquiera
intentarlo.
Luego habló y lo arruinó.
-Helen es una de las mujeres más hermosas que he visto. Pero me aseguraré de decirle
eso.
Se rio un poco más y Janet deseó poder hundirse en su silla y desaparecer. Se sentía
como una tonta, y peor aún, una tonta celosa. Lo único bueno era que no parecía tener ni
idea de la razón de sus preguntas tontas.
Cayeron en un raro silencio mientras Janet trataba de resolver sus enredadas emociones.
No sólo obviamente respetaba a esta Helen por sus habilidades, también la consideraba
hermosa.

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Y en ese momento, con el corazón apretado y las lágrimas ardiendo en sus ojos, Janet
sabía que quería que él se sintiera así por ella. Por alguna razón, su respeto era
importante para Janet.
No podía ser tan indiferente hacia ella. ¡El hombre enfurecido había perturbado sus
pensamientos durante meses! No había sido sólo ella, y tenía la intención de
demostrarlo. ¿Pero cómo?
Tenía mucho tiempo para considerar sus opciones mientras viajaban hacia el norte
durante kilómetros, no recorriendo su camino por donde debían, sino dando vueltas a
través de las colinas y bosques. Era el atardecer cuando finalmente se detuvo en un
denso parche de árboles cerca de un río, que ella asumió era el Tweed, que habían
tratado de cruzar en el camino a Berwick antes. Buscó un puente o un vado, pero no vio
nada.
Desmontó y luego se movió para ayudarla a hacer lo mismo.
-Descansaremos hasta que oscurezca.
-¿Pensé que íbamos a reunirnos con los otros?
Un lado de su boca se curvó:- Exacto. Están aquí.
Silbó, y un instante después tres figuras salieron de las sombras como fantasmas.
Grandes fantasmas temibles vestidos de la cabeza a los pies de negro. Incluso sus
yelmos estaban ennegrecidos.
Habían estado a sólo unos metros de ella, y no los había visto. Parecían mezclarse con
la noche.
Dio un paso atrás, inconscientemente buscando su protección. Su mano se deslizó
alrededor de su cintura para estabilizarla, como si perteneciera allí. Ella se hundió
contra él, dejando que la dureza de su cuerpo la rodeara y la envolviera en su calor.
El miedo se disipó y ella se sintió relajada.
Luego sonrió. No era porque reconociera a MacLean. Se alegró de ver al guerrero que
había visto por última vez escoltar a Marguerite de vuelta a la abadía de Melrose, pero
eso no era la causa de su felicidad. No, la causa de su felicidad estaba presionando
fuerte contra su trasero.
Cualquier cosa que quisiera que pensara, Ewen Lamont no era indiferente. Y él sólo
acababa de demostrárselo.

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Capítulo 11

Ewen había pasado años de entrenamiento, aprendiendo a escuchar y seguir sus


instintos, pero en este caso lo habían traicionado. Fue el instinto lo que le hizo
sostenerla cuando se dio cuenta de que estaba asustada, pero al tener delante lo que
podía recordar -cada curva y contorno- presionando contra él estaba escuchando otros
instintos. Poderosos y primitivos instintos.
Pensó que había domesticado a la bestia salvaje dentro de él, pero volvía a rugir. La
sangre le subía a través de él, caliente y palpitante, concentrándose en un área
particularmente dolorosa. Diablos, no necesitaba un martillo de guerra, tenía uno
golpeando contra su estómago.
Esperaba que pensara que un arma era exactamente lo que estaba sintiendo, pero la lana
de la ropa del campesino no ocultó la reacción de su cuerpo casi tan bien como el cuero
de su armadura.
Dejó que su mano se resbalara de su cintura y se alejara, rompiendo su frustración con
sus amigos. -¡Infiernos, salid de ahí! La estáis asustando.
MacLean lo hizo primero, y luego salió de las sombras hacia la luz oscura. Él le dio una
pequeña reverencia.
-Mi señora.
Janet se recuperó rápidamente. Las maneras, la gracia y la elegancia que correspondían
a la hija de un conde surgieron sin esfuerzo, Ewen se preguntó cómo no lo había
reconocido de inmediato.
-Janet -le corrigió ella- por favor. Aunque temo que no fuimos presentados
correctamente.
MacLean sonrió, una hazaña rara para su oscura fachada:- Bajo las circunstancias, fue
comprensible, lady Janet.
Ewen no perdió la sonrisa de gratitud que lanzó en la dirección de MacLean para su
comprensión de su engaño.
Las otras presentaciones se hicieron, MacKay primero y después Sutherland, y Ewen
sintió su calor templado con cada palabra bien dicha. Los guerreros despiadados, más
guerreros que caballeros con los que había luchado a lo largo de meses, sonaban como
cortesanos sanguinarios de un cuento de bardo.
Habilidades galantería, recordó su jibe. ¿Qué uso tenía para ellos un guerrero de las
Highlands? Ninguna. Pero nunca había sentido la falta de ellos tan agudamente.
Sutherland la miraba fijamente, como si no pudiera creer lo que veía. Por alguna razón,
Ewen quiso lanzar su puño y romperle los dientes. Las dos mujeres eran completamente
diferentes, ¿no podía ver eso?
Janet parecía divertida por la reacción de su cuñado. O tal vez es que estuviera
acostumbrada.

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-¿Nos parecemos tanto?
-Me disculpo -dijo Sutherland con una sonrisa- sí. El parecido es asombroso- le echó
una mirada a Ewen como si lo estuviera advirtiendo.
-Son gemelas -le recordó Ewen. ¿Qué demonios esperaba?
-En realidad, no nos parecíamos mucho la última vez que vi a mi hermana -dijo Janet-.
Su expresión se nubló, como si el mero recuerdo le causara dolor.
Sutherland sacudió la cabeza:- Bueno, ahora ya lo sabes.
La forma en que su compañero de la Guardia parecía no poder dejar de mirarla
empezaba a irritar a Ewen.
-No se parecen tanto. A la luz veréis que los ojos de Janet son más verdes. Su cabello es
más corto y no es tan rubio. También tiene una peca por encima de sus labios que Mary
no tiene. La cara de Mary es más redonda, y no es tan delgada como Janet.
Ewen se dio cuenta de que había dicho demasiado cuando las cuatro caras se volvieron
hacia él: Janet con el ceño fruncido y los tres amigos con diferentes niveles de sorpresa
y especulación. No tenía un hueso cobarde en su cuerpo, pero sintió la súbita necesidad
de arrastrarse bajo una roca y esconderse.
Sutherland levantó una ceja.
-¿Eso es cierto?
Ewen sabía lo que estaba pensando, pero estaba equivocado:- Es mi trabajo fijarme en
los detalles -recordó.
Ninguno de los hombres le creyó, pero al menos Janet no pareció entender. Lo estaba
mirando, sacudiendo la cabeza.
-Será mejor que no dejéis que mi hermana os oiga decir eso. No creo que le guste ser
llamada "redonda".
Frunció el ceño, perplejo. ¿Qué había de malo en ser redonda?
Explicó Sutherland:- Las mujeres que acaban de tener bebés pueden ser sensibles
respecto a su peso.
-No sólo tuvo un bebé. William ya tiene siete meses.
Hubo un gemido colectivo, los cuatro dándole miradas de compasión, aparentemente
dejaron las explicaciones.
-Cambiaos -dijo MacKay-. Tan pronto como oscurezca, quiero llegar tan lejos de aquí
como sea posible. El gran Highlander escudriñó los árboles con la misma cautela que
Ewen lo hacía. Algo parecía no ir bien.
Así que no era sólo él. Se había preguntado si era con Janet que estaba empujando sus
límites. Así era, pero también había algo más.
Asintió y se volvió hacia ella.
-Tendréis que cambiaros también. Ese velo blanco destaca demasiado.

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-En realidad -Sutherland interrumpió- vuestra hermana pensó que esto podría ser más
cómodo y llamar menos la atención -tendió un paquete que contenía ropa- por lo menos
hasta llegar a las Tierras Altas.
Janet sonrió mientras lo tomaba:- Eso fue muy considerado por su parte, aunque no
estoy sorprendida.
Mary siempre pensaba lo mejor. Sutherland le dirigió una mirada de disculpa que Ewen
que no entendió en ese momento.
-La ropa pertenece a mi escudero.
Janet parecía tan sorprendida como él por la sugerencia de que se vistiera como un
muchacho.
-MacRuairi lo sugirió -dijo Sutherland antes de que pudiera objetar- dijo que ayudó
cuando sacó a su esposa de Inglaterra.
Lachlan MacRuairi había conseguido sacar a Bella MacDuff a través de las defensas
inglesas dos veces.
-¿Uno de los parientes de Christina? -preguntó Janet.
-Su hermano -respondió Ewen.
Por la forma en que abrió sus ojos, Ewen supuso que había conocido a Víbora antes.
-También hay un vestido para más tarde -dijo Sutherland- Mary dijo que no os gustaría
llegar a la corte vestida como un muchacho.
Janet se echó a reír.
-Mi hermana me recuerda muy bien -Ewen sospechaba que fue el único que había visto
el temor mezclado con la nostalgia que se cruzaban en su rostro. ¿Por qué estaba tan
angustiada? ¿Por volver a ver a su hermana? Con todo lo que había arriesgado por
Mary, había supuesto que eran cercanas. Pero entonces recordó su reacción. ¿Había sido
su culpa? ¿Era eso lo que le pasaba?
-¿Hay algún lugar donde pueda cambiarme? -preguntó.
-Hay un viejo bote de un pescador en los árboles que hay junto al río -dijo MacLean,
apuntando a través de los árboles- os escoltaré.
¡Qué diablos! Ewen le confiaría a su compañero su vida, pero no confiaba en que él
tuviera más autocontrol que Ewen había tenido en la misma situación.
-Yo lo haré", dijo en un tono de voz que no dejaba paso a ninguna discusión. De todos
modos, tengo que recuperar mi armadura.
Había escondido sus pertenencias en una amplia brecha entre un par de rocas cercanas.
No era lo suficientemente grande como para servir como cueva, pero había sido un
lugar perfecto para esconder las armas y armaduras mientras iba a buscar a Janet.
Se alejó antes de que nadie pudiera discutir, y se relajó sólo cuando la oyó andar detrás
de él. A pesar de que le dolía como el diablo, Ewen no rompió su paso, apoyando su
peso completo en la pierna derecha. No se había dado cuenta de que había estado
favoreciendo a la izquierda hasta que ella lo señaló. El calor de la sangre en su muslo le

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dijo que la herida se había abierto de nuevo, pero Helen se encargaría de ello cuando
regresaran. Lo último que quería era que Janet se molestara con él. Y que Dios no lo
permitiera, le tocase. Sonrió, pensando en la extraña conversación que había tenido con
Janet acerca de la esposa de MacKay.
¿Vieja, con verrugas y lunares? ¿Dónde había estado metida?
Se detuvo cuando llegó al bote del viejo pescador. Era una simple estructura de piedra,
las piedras planas habían sido juntas -se inclinaba un poco a un lado, pero parecía
bastante robusto-. La mayor parte de su techo de césped original había desaparecido. No
la protegería de los elementos, pero le proporcionaría toda la privacidad que necesitaba
para cambiarse.
-¿Me necesitáis para encender una antorcha?
Miró al cielo y sacudió la cabeza:- Queda suficiente luz para que yo me cambie. No
tardaré mucho –se estremeció-. Hace mucho frío para quedarse. Se siente como si
pudiera nevar.
Sospechaba que tenía razón; Los próximos días no serían cómodos por cualquier
medida. Pero al menos el frío ayudaría a controlar su otra incomodidad constante.
Él le dio un corto asentimiento de cabeza y comenzó a alejarse, cuando ella lo detuvo.
-¡Esperad! -se dio la vuelta lentamente, a regañadientes.
Se mordió el labio, pareciendo avergonzada. Había suficiente luz para ver el rubor alto
en sus mejillas bonitas.
-Yo-yo… -tartamudeó-. Necesito a alguien que me ayude a aflojar mi kirtle.
Ewen se tensó en cada músculo de su cuerpo. Había pensado en desnudarla también
muchas veces para que la imagen no saltara inmediatamente a la vanguardia de su
mente, donde no sería desalojado. Imaginó que el vestido se deslizaba por sus hombros,
y apareciese la piel pálida y aterciopelada. Podía ver la redondez alta y sedosa de sus
pechos, la delgada espalda, y la curva de su parte inferior. Apretó los puños. ¡La sangre
de Dios, eran sus fantasías sangrientas que se hacían realidad!
Lo que era exactamente porqué él no podría hacerlo:- No soy una maldita criada.
Levantó una ceja delicadamente.
-Si pensáis que no podréis manejarlo, les preguntaré a los otros -se mordió el labio, al
parecer considerándolo-. Es difícil imaginar cuál es el que tendría más experiencia con
los vestidos de damas -le dedicó una sonrisa descarada- todos son bastante guapos, ¿no
creéis?
No pensaba nada de eso. El músculo de su mandíbula saltó. Sus venas se hincharon
mientras el fuego se elevaba a través de su sangre. Si alguien iba a tocarla, sería él. Sus
tres compañeros estaban casados -dos de ellos contentos-, pero condenados si lanzaban
esa clase de tentación en su camino. La muchacha tenía un cuerpo que podía hacer a un
hombre débil. Demonios, les estaba haciendo un favor. Era un purísimo ejemplo de
desinterés. Se acercó, tratando de controlar la súbita explosión de ira.
-Lo haré.
Lo miró con esa inocente expresión en su rostro:- ¿Podéis manejarlo?

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Sus ojos se estrecharon. Incluso a través del velo de la ira, se dio cuenta de que la
muchacha estaba tratando de provocarlo Se encontró con su mirada desafiante.
-Si recordáis, no es nada que no haya hecho cientos de veces antes.
Vio cómo frunció sus labios en una fina línea. Ahora no era el único enfadado.
-Lo recuerdo.
No se molestó en esperar que abriera la puerta y entrara. Él la siguió. Un olor frío y
húmedo llenaba el aire. Era realmente sólo la humedad deledificio, con pocas
pertenencias personales dejadas en el interior. Pero encontró una mesa con una de sus
piernas rota, cepilló la mayor parte de la suciedad y el polvo de la parte superior, y lo
apoyó para que ella tuviera algo para poner la pila de ropa.
A pesar de la húmeda de sus alrededores, Ewen era dolorosamente consciente de la
intimidad de la situación. Estaban solos en un pequeño y oscuro edificio, no más de diez
metros cuadrados, solos en la oscuridad. Podía oír la suavidad de su aliento y oler el
débil aroma de campanillas azules.
Necesitaba salir de aquí:- ¿Qué necesitáis que haga?
No prestó atención a su obvia impaciencia.
-Pensaba que después de tantas veces ya lo sabríais.
La muchacha lo estaba provocando, pero ¿por qué? No dijo nada, pero la mirada que él
dio era una advertencia. Haciendo caso omiso de él, empezó a sacar los alfileres de su
velo. Su corazón comenzó a latir más deprisa, mientras esperaba, con algo de temor por
el momento que se avecinaba. Pensó que no estaba respirando cuando finalmente
terminó. Sacó el último trozo de tela de su pelo, sacudió la cabeza e hizo un sonido de
tal placer, que envió una oleada de calor corriendo hacia su polla que ninguna cantidad
de lealtad y deber podía retener.
-¡Cielos, eso se siente bien! -suspiró.
Se sentía más como el infierno. Su cuerpo entero estaba temblando mientras luchaba
contra el impulso de hundir sus manos a través de la salvaje melena de rizos de oro que
bordeaba su espalda en un velo de seda. El aroma de las campanillas se intensificó, y él
quiso doblar la cabeza y hundir su nariz en el sedoso calor.
No se dio cuenta de que había hecho un sonido hasta que se volvió hacia él.
-¿Ocurre algo?
Aparte de eso, la deseaba tanto, que no confiaba en sí mismo.
-No podéis llevar el cabello de esa manera.
-¿Por qué no?
-Es el color equivocado.
Sus ojos se abrieron y él se dio cuenta de que sus pronunciadas palabras la habían
herido:-¿Hay algo mal con el rubio?
No era el rubio, era ese color miel con manchas de plata, cobre y oro. Era una orona
apta para una reina. Era hermoso. Pero no podía decirle eso.

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-Reflejará la luz de la luna tanto como tu velo.
Ella sonrió:- Creo que haber visto un sombrero. Puedo ponérmelo.
Luego se quitó el manto. Se quedó inmóvil, mirando la pared, diciéndose a sí mismo
que no se vería afectado. No funcionó. Dejó caer la lana negra al suelo en un charco a
sus pies. Y se estremeció.
Estaba demasiado cerca de sus fantasías. ¿Estaba tratando de torturarlo? ¿Tenía alguna
idea de lo que le estaba haciendo?
A pesar de la expresión inocente, sospechaba que sí. ¿A qué demonios estaba jugando?
El escapulario vino después. Atado en la cintura, todo lo que tenía que hacer era desatar
el cordón y levantar el trozo rectangular de lana natural blanca sobre su cabeza.
Finalmente, cuando todos los músculos de su cuerpo se tensaron con moderación, con el
esfuerzo que tomó para no extender la mano y tocarla, se volvió con la espalda hacia él.
Mirándolo desde encima de su hombro, mucho más seductor que cualquier inocente
doncella debería, dijo:
-Si pudierais aflojar los cordones superiores, yo seré capaz de hacer el resto por mi
cuenta.
No sabía si podía hacerlo. Quería tocarla tan desesperadamente, que no sabía si podía
detenerse sólo en los lazos. Su boca se tensó. Apretó la mandíbula. Deber. Lealtad.
Disciplina. Vos decidíss. Su clan dependía de él.
Ewen trató de imaginar la cara de Walter Stewart, pero todo lo que podía ver era el
suyo. Los grandes ojos azul verdoso, la nariz y la barbilla diminutas, los rasgos
graciosamente esculpidos, la boca cálida y sensual...
Sus manos temblaron cuando él las levantó a su espalda. Era un guerrero de élite,
maldita sea. Podía hacer esto. Había sobrevivido contra las peores probabilidades y las
circunstancias más peligrosas. Sólo se centraría. Concéntrese en los cordones.
Ya había hecho esto antes. Tal vez no cientos de veces como él había reclamado, pero lo
suficiente para que sus dedos no se sintieran tan grandes y torpes. Pero no parecían
moverse bien. Incluso en las cumbres nevadas de los Cuillins durante el entrenamiento,
nunca se habían sentido tan congelados.
Se quedó mirando los cordones, sus manos se detuvieron repentinamente. Su pelo
estaba cubriendo el lugar donde comenzaron. Podría simplemente moverlo hacia un
lado...
De ninguna manera.
-Vuestro cabello está en el camino -se las arregló para decir aquello.
-Oh, lo siento -inclinó su cabeza, recogiendo la masa salvaje para caer a un lado,
revelando la parte superior de la bata y la nuca de color blanco lechoso de su cuello. La
invitación era inconfundible. Sería tan fácil bajar la boca y presionar sus labios contra la
suave y cálida piel…
¡Concentración, maldita sea!

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Tiró uno de los extremos del arco en la parte superior y deslizó su dedo detrás de los
cordones para aflojarlos. Metódicamente, siguió su camino por la espalda, tratando de
no pensar en lo que estaba haciendo. Pero nunca había sido más consciente de lo que
estaba haciendo en su vida.
Era ridículo. No había nada particularmente erótico en desatar un vestido. El cambio de
lino que llevaba debajo del kirtle natural de lana le impedía ver la piel desnuda, pero
estaba más excitado por esos cordones sueltos que por una mujer desnuda. Excepto por
ella, pero seguro que no iba a pensar en ella desnuda en este momento.
Incorrecto.
Dio un paso atrás, intentando despejar la imagen de su mente. ¿Tenía que recordar cada
detalle de sus pechos? ¿De su delgada espalda y estómago? ¿De la curva en forma de
corazón de su trasero?
-Eso debería ser suficiente -dijo, con voz ronca de deseo.
-Gracias –sonrió- Ninguna de las monjas del priorato podría haber hecho un trabajo
mejor.
Por alguna razón, no le gustaba ser comparado con una de las monjas. Su mirada se
clavó en la suya.
-Todo eso… ¿lo recordáis?
Janet lo recordaba, de acuerdo. Lo que hizo que su decidida resistencia fuera aún más
frustrante. Sabía que estaba sintiendo lo mismo que ella: caliente, inquieto, y sin aliento
con anticipación, como si cada uno de sus sentidos se hubiera elevado hasta el límite.
La conciencia reverberaba entre ellos como el crujido del rayo.
No estaba sola en su deseo. Podía sentirlo... había sentido que era difícil luchar contra
ello.
Janet nunca había salido de su camino para atraer a un hombre, pero algo de él la llevó a
la desobediencia. Al igual que los tres años de ocultar su feminidad. Una parte de ella se
preguntaba si aún era deseable. Pensó que su pequeña petición para ayudarla con el
vestido sería suficiente para romper su resistencia y demostrar que no le era indiferente.
Esta podría ser su única oportunidad de experimentar pasión. El destino lo había
devuelto a su vida; ¿Fue por alguna razón? Pero parecía decidido a alejarse, a ignorar lo
que fuera entre ellos.
¿Por qué? ¿Le enfurecía lo que había hecho? Decidió afilar algo de su brusquedad.
-¿Por qué estáis actuando así?
-¿Así cómo?
-Como si nada hubiera sucedido entre nosotros.
-Tal vez porque lo que pasó entre nosotros me hizo pensar que estaría ardiendo en fuego
eterno del infierno
Janet se mordió el labio, sintiéndose tan culpable como debería:- Lo siento por
mentiros. Quizás yo debería haberos dicho que no era monja, pero tenía miedo.

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Pareció honestamente perplejo.
-¿Miedo de qué?
Ella alzó la barbilla, desafiando su mirada:- De que sin un velo entre nosotros no había
nada que impidiera... que vos.. y yo…
Ella luchó con la forma de decirle que estaba asustada de que pudiera haber perdido su
inocencia. Pero él comprendió.
-Nunca habría ido tan lejos.
Inclinó la cabeza y lo miró. Tal vez no tenga mucha experiencia en ello, pero no le
había parecido así.
-¿Estáis tan seguro de eso?
Él la miró con la mandíbula cerrada. Su corazón se apretó. En la penumbra, los ángulos
de su rostro parecían aún más agudos.
La miró más duro. Más rudo. Aún más remoto. Pero tan guapo que hizo que sus rodillas
fueran débiles. No discutió con ella, por lo que supuso que estaba bastante de acuerdo.
Janet se acercó. Se puso rígido, pero no dejó que le impidiera poner una mano en el
frente de su pecho. Sus ojos se cerraron.
-¿No me perdonaréis?
Podía sentir la fuerte palpitación de su corazón bajo su palma. No era muy diferente la
sensación de tener su mano en la tapa de una olla que estaba a punto de hervir. Podía
ver en la intensidad de su mirada que la deseaba. Podía sentir la tensión en sus
músculos. La quería, pero algo lo retenía. Estaba librando una batalla dentro de él.
Ella perdió. Tomó su muñeca y la quitó de su pecho.
-No hay nada que perdonar. Teníais razón. Nos impidió cometer un error que no podía
corregirse. Porque eso es lo que sería, Janet, un error. Lo siento si el beso os confundió,
pero no significó nada. Sería mejor que olvidaseis que alguna vez ocurrió -la miró
directamente a los ojos.
-Lo tengo -aspiró su aliento ante el duro golpe, sorprendido por lo mucho que sus
palabras francas le resquemasen en lo más hondo.
Antes de que pudiera recuperarse de la ráfaga abrasadora de dolor de su pecho y
garganta para poder responder, él se había marchado.
Cuando Janet había terminado de ponerse la ropa del escudero, estaba tan malhumorada
que ni siquiera notó el frío. Sin embargo, había cambiado tan rápidamente como podía
recordar.
¿Un error? Ella cerró la puerta detrás de ella. ¿Cómo podía definirlo de aquella manera?
Marchó a poca distancia de donde esperaban los hombres. Ahora estaba oscuro, pero la
luz de la luna era bastante fuerte a través de las nubes de niebla descendente para poder
guiarla a través de los árboles.

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¿Lo había olvidado? Bueno, ella le haría ver. La había arrastrado lejos de Roxburgh;
tenía dos, posiblemente tres días para probarlo, y tenía la intención de usar algunas
técnicas.
Cómo lo haría, no lo sabía, pero estaba segura de que algo se le ocurriría.
Janet no creía que hubiera tardado mucho tiempo, pero los cuatro hombres la esperaban
cuando rompió el círculo de árboles y salió al pequeño claro donde se habían reunido.
Habían recogido sus caballos dondequiera que estuvieran ocultos, incluyendo el
intercambio de los dos caballos que ella y Ewen habían estado montando antes para un
par de sementales finos y robustos.
A pesar de que los cuatro hombres estaban vestidos de una manera sorprendentemente
similar (y aterradora), Ewen intercambió el traje de su agricultor por el algodón negro,
zapatos, tela escocesa y el timón nasal ennegrecido que ella le había visto por primera
vez... y todos eran extraordinariamente altos. Y anchos, con músculos, cosa que
identificó de inmediato.
Nadie dijo nada mientras se acercaba. De hecho, todos parecían estar más quietos. Su
mano fue a su gorro de lana. Aunque se había trenzado el pelo antes de que lo metiera
dentro, empujó unos cuantos zarcillos errantes en las sienes de nuevo por debajo para
una buena medida.
Pero no parecía ser su pelo el que había llamado su atención.
¿Era su ropa? Ella frunció el ceño, echando una rápida mirada una vez más a los
pantalones de cuero negro y doblete. Revisó dos veces para asegurarse de que la camisa
de lino estaba completamente metida, pero todo parecía estar bien. En realidad, pensaba
que el conjunto encajaba bastante bien. Los pantalones eran quizá una cortina ajustada,
pero el abrigo corto podría haberse hecho justamente para ella.
Miró a los hombres, pero todos menos Ewen se habían alejado y parecían estar muy
ocupados jugando con sus caballos.
Ignorando a Ewen y su mirada negra que en algún momento pudo haberla intimidado -
Dios sólo sabía lo que había hecho una vez- encontró su bolso, que había sido apoyado
contra un árbol, y se inclinó para colocar su hábito y la hermosa bata que Mary había
enviado.
Pensó que Ewen había hecho un sonido estrangulado en su garganta, pero cuando ella se
volvió él también estaba ocupado con su caballo.
Se sorprendió de lo cómoda que estaba llevando pantalones, y lo extrañamente liberada
que se sentía sin todas esas faldas pesadas. Sin embargo, tenía frío. El único manto que
había traído con ella era el con capucha que había usado antes. Como no parecía
demasiado femenino, se deslizó sobre el conjunto de su escudero. No estaba forrado, sin
embargo, y deseaba haber pensado en traer un cuadrito extra.
Los hombres llevaban la misma tela oscura que Ewen había usado la primera vez que se
habían conocido. Parecía negra de noche, pero a la luz del día había notado los sutiles
matices de grises oscuros y azules mezclados con el negro. Arrugó la nariz, pensando
que era extraño. ¿Era algún tipo de uniforme, entonces?

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Terminando eso, cogió la bolsa, que se sentía considerablemente más pesada con la ropa
extra, y se acercó a lo que supuso que era su caballo. Sabía que Ewen estaba observando
su lucha, pero no hizo ningún esfuerzo por ayudarla, a pesar de que él estaba más cerca
de ella.
Si así iban a ser las cosas, que así fuera. No era el único que podía fingir "eso" nunca
había sucedido. Una racha de demonios que habían sido enterrados durante mucho
tiempo, escogió ese momento para reaparecer Parecía tener la habilidad de hacerla
sentir muy desnuda. De muchas maneras diferentes.
Janet se volvió hacia MacLean, que estaba a pocos metros de distancia con su caballo.
-Ewen, ¿podríaid ser tan amable de ayudarme?
Podía ver a Ewen endurecerse por el rabillo del ojo y no necesitaba la luz del día para
ver que sus acerados ojos azules se endurecían hasta convertirse en gris pálido.
MacLean se echó a reír, al menos pensó que el sonido era una carcajada, pero no podía
estar segura de que provenía de una fachada tan sombría. Él y Ewen se parecían mucho
en ese aspecto, pero la manera sombría de Ewen parecía haberse originado de seriedad,
mientras que Eoin tenía una inclinación más oscura y más enfadada.
-Sería muy feliz de poder hacerlo, lady Janet. Pero yo no soy Lamont.
Ella fingió sorpresa, esperando que Ewen pudiera ver el rubor que le había obligado a
subir por las mejillas.
-Disculpadme, pero todos vosotros os parecéis tanto que no puedo distinguirlos. Con
esos ropajes oscuros, bien podrían ser los fantasmas de Bruce.
Ella se rio, pero nadie más se unió a ella. De hecho, parecía que se habían sumergido en
un extraño silencio. Le recordaba las veces que había entrado en el solar de su padre
cuando hablaba con sus hombres y él acababa de decir algo que no había querido que
ella oyera.
Por el rabillo del ojo pudo ver a Ewen acercarse a ella, pero antes de que pudiera
volverse para ayudarla, se volvió bruscamente para darle la espalda y le tendió la mano
para MacLean.
El gran guerrero parecía divertido, pero se adelantó para tomarlo. Como Ewen,
MacLean envolvió sus manos alrededor de su cintura y la levantó sin esfuerzo en la
silla. Era igual fuerte y mucho más suave. Pero a diferencia de Ewen, cuando la tocó y
ella puso sus manos en sus brazos musculosos para prepararse, su pulso no corría
aceleradamente, su piel no se ruborizaba, y su estómago no revoloteaba.
Desafortunadamente al contrario.
Sintiendo el peso de la mirada de Ewen sobre ellos, Janet forzó un jadeo en sus labios.
Había pasado mucho tiempo desde que había coqueteado con un hombre, pero volvió a
ella muy naturalmente, tal vez como si nunca hubiera desaparecido. Siempre había sido
la más coqueta de las hermanas, pero era más su natural amabilidad que el auténtico
flirteo, y nunca lo había tomado en serio. Hasta ahora.
Miró a los ojos de MacLean, un sorprendente azul oscuro. Se dio cuenta que debajo de
aquel exterior duro y grisáceo, era muy guapo. Y agudo; podía verlo en sus ojos.

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Coquetear con él no sería difícil en absoluto.
-Cielos -dejó que los hombres contemplasen lo que podría ser esa exclamación- Gracias,
Eoin. Debéis tener a todas las mujeres en la corte peleándose por vuestra ayuda. No
todos los hombres son tan suaves- su mirada recayó en Ewen por un instante-. Os
sorprendería la falta de galantería en algunos.
Sus palabras tuvieron el efecto que quiso. Pudo ver los puños de Ewen cerrarse a sus
lados. Estaba furioso. Demasiado furioso por "un error". Demasiado furioso para
alguien que había olvidado. ¿Tal vez había encontrado el modo de provocarle? Ver lo
indiferente que estaba cuando "se olvidó", y volvía su interés hacia otra dirección.
-No todas las damas son tan fáciles de levantar como vos, mi señora. MacLean hizo una
pausa, como si fuera la broma coqueta entre un hombre y una mujer había estado latente
durante mucho tiempo para él también- O tan agradables -dijo con una sonrisa perversa
que sospechaba que en algún momento había derribado el corazón de muchas sirvientas
antes de que la ira se apoderasea de él.
-Si la señora ya está bastante cómoda -interrumpió Ewen-, hemos perdido bastante
tiempo. Quiero estar al este de Selkirk antes del amanecer.
Si MacLean notó la irritación de Ewen, no lo mostró. Se volvió hacia ella:- ¿Mi señora?
Le lanzó un guiño conspirativo.
-Cómoda por ahora, pero si decido que necesito una ayuda, os lo haré saber -dejó caer
su mirada sobre su ancho pecho y brazos anchos y fuertes. Eoin sonrió, y ella bajó su
voz a un susurro que era lo suficientemente fuerte como para asegurarse de que Ewen lo
oyera perfectamente.
-¿Está siempre tan malhumorado?
MacLean lanzó una mirada subrepticia al hombre en cuestión, que los estaba mirando
tan furiosamente se sorprendió de que el humo no saliera de su nariz.
-Lo siento por eso, mi señora.
Le devolvió la sonrisa, pensando que, dadas las circunstancias, estaba disfrutando.

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Capítulo 12

La misión tenía que venir primero, maldita sea. Tan enojado como estaba -y Ewen no
recordaba la última vez que había estado tan enfadado-, sabía el peligro que tenía
delante. Diablos, no sólo por delante de él, sino por todas partes a su alrededor. Las
fronteras estaban llenas de peligro.
No estarían a salvo hasta que embarcasen en el birlinn esperando justo a la orilla de
ellos en Ayr, Halcón y Víbora no habían sido despedidos en otra misión. Así que
enterró su ira bajo el llamado del deber, recordándose a sí mismo todo lo que tenía que
hacer. Pero estaba allí, hirviendo, acercándose al punto de ruptura con cada milla que
cabalgaban sobre las suaves colinas del Tweedsdale.
Aunque preferiría viajar por el lado norte de la Tweed, los puentes estaban muy
monitoreados. Esta parte de las Marcas Escocesas era un laberinto de ríos y afluentes.
En algún momento tendrían que cruzar el agua, pero era más seguro esperar hasta que
estuvieran al oeste de Selkirk, donde había muchos lugares para cruzar que no requerían
un puente. Podrían haber intentado cruzar el lugar que había llevado a Janet a todos
aquellos meses atrás, pero así fue como él y los otros guardias llegaron, y siempre trató
de usar una ruta diferente para salir en caso de que alguien los hubiera rastreado la
primera vez.
Con los ingleses controlando los pueblos fronterizos, supuso que no había diferencia: en
todas partes era peligroso. Pero incluso viajando de noche con sólo una antorcha para
iluminar su camino, se sintió expuesto. Las colinas bajas y el fértil valle del Tweedsdale
proporcionaban poca cobertura natural. No fue hasta que se acercaron a Selkirk que las
colinas se elevaban y los bosques se espesaban. Irónicamente, regresaría a Selkirk en
dos semanas con Bruce para las conversaciones de paz.
Esperaba llegar hasta Ettrick, en lo profundo de aquellas colinas y bosques, a unas doce
millas al suroeste de Selkirk, antes de amanecer. Había una cueva en la zona donde
podían descansar hasta el anochecer.
Pero tenían horas de peligroso y difíciles delante de ellos. Ewen pasó las primeras horas
dando vueltas por detrás para esconder sus huellas lo mejor que podía y asegurarse de
que nadie las seguía. La nieve parecía estar conteniendo, lo cual era bueno. Ocultar las
huellas en la nieve recién caída era difícil, a menos que cayera rápidamente y
pesadamente.
Ewen había sido elegido por Bruce para la Guardia de los Highlanders por sus
extraordinarias habilidades de rastreo. El hombre o la bestia, si había un rastro, lo
encontraría. Era por lo que le había dado el nombre de guerra de Cazador. Pero el otro
lado del rastreo era saber ocultar tus propias huellas. Y como los fantasmas que algunos
pensaban "los fantasmas de Bruce", era responsabilidad de Ewen hacer desaparecer a
los guardias.
Todavía no podía creer lo cerca que Janet había llegado a la verdad con su broma. Pero
afortunadamente, eso era todo lo que había sido: una broma.

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Àriel x
No es que estuviera de humor para bromear. Parecía como si cada vez que se reunía con
el grupo o se detuvieran para un breve descanso, tanto para Janet como para los
caballos, se reía con uno de sus, prácticamente, hermanos.
Pero especialmente con MacLean. Su compañero la estaba persiguiendo como un
cachorro hambriento. ¿Quién demonios sabía que Ariete podía sonreír? En todos los
años que Ewen lo conocía, nunca había visto a MacLean así. No sólo en lo de sonreír y
bromear, sino también hablar. Demonios, no creía que Ariete fuera capaz de mantener
una conversación que no fuera sobre la guerra o la estrategia de batalla.
Pero la extraña facilidad que Ewen había encontrado con Janet parecía aplicarse a su
compañero también. Y algo de eso lo llevó al borde, al límite.
La ropa del muchacho tampoco ayudaba. MacRuairi debería haberlo advertido. Las
mujeres, por cierto, no debían llevar pantalones, sobre todo los de cuero. Moldeavan las
curvas femeninas de sus caderas y el trasero a la perfección, además de enfatizar las
delgadas líneas de sus sorprendentemente largas piernas. Eran una distracción. Maldita
distracción. Y él no había sido el único que se dio cuenta. MacKay y Sutherland
parecían avergonzados, pero MacLean... parecía un poco demasiado agradecido.
Era más de medianoche cuando se detuvieron por segunda vez. Ewen había vuelto para
ocultar algunos de los cascos, e intercalar algunos signos que esperaba confundir o
retrasar a cualquiera en su camino, cuando oyó una suave risa femenina procedente de
la dirección del río.
Los músculos de su cuello y hombros se agruparon. ¡Concéntrate, maldita sea! Sabía
que debía ignorarlo. Pero el sonido resonaba contra cada terminación nerviosa en su
cuerpo. No podía soportarlo más.
Tan pronto como llegó al alza, pudo verla. Janet estaba sentada en una roca, y MacLean
estaba a su lado. Le estaba entregando algo.
-Gracias -dijo Janet, tomando lo que parecía ser un trozo de carne-. Tengo más hambre
de lo que esperaba.
MacLean murmuró algo que Ewen no oyó, y luego dijo:
-¿No tenéis frío, no?
Ewen caminaba hacia ellos, pero el sonido que hizo le detuvo a medio paso. Apretando
la tela a cuadros alrededor de sus hombros, dio un suspiro de placer que se dirigió
directamente a su ingle.
-Estoy maravillosamente caliente –dijo-. Gracias por dejármelo prestado. Fue muy
considerado de vuestra parte.
¿Considerado? ¿MacLean? Ewen nunca lo había visto tan atento a una mujer. Cualquier
mujer. Y ella era la mujer equivocada. MacLean se encogió de hombros. Si Ewen no lo
conociese mejor, pensaría que su compañero quería parecer modesto.
-Creí verte tiritar en nuestra última parada.
Ewen había visto lo mismo. Había estado a punto de ofrecerle su propio plaid -Dios
sabía que ayudaría a cubrirla más- cuando MacLean se acercó a ella y le entregó la
suya.

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Ewen había tenido que luchar contra el impulso de arrancarlo de ella. Debería ser mío,
maldita sea. Janet echó un vistazo cuando se acercó, pero en lugar de reconocerlo, se
volvió hacia MacLean con un movimiento de ojos en su dirección.
Aunque Ewen sabía que su compañero lo había oído antes, fue sólo entonces que
MacLean miró en su dirección. Él arqueó la frente.
-¿Hay algo mal?
Ewen mantuvo su temperamento por los hilos más pequeños.
-¿Aparte del hecho de que probablemente pueden oíros desde Londres? A menos que
queráis que los ingléses nos sigan, mantened las voces bajas. Y parad toda esa risa.
Si Ewen no hubiera sabido lo ridículo que sonaba, sus expresiones se lo habrían dicho.
Pero nada era peor que su rápido intercambio de miradas, y Janet susurrando "qué
gruñón" bajo su aliento, mientras trataba de no reír.
-¿Qué dijisteis?
Janet sacudió la cabeza, la alegría brillando en sus ojos:- Nada -MacLean intentó
cambiar de tema. -¿Visteis algo?
Ewen miró a Janet con furia hasta que finalmente se puso seria. Sólo entonces
respondió.
-No.
Ella lo estudió, evaluando su mirada:- Estáis siendo muy cuidadoso. ¿Tenéis motivos
para creer que alguien nos está siguiendo o siempre sois así de vigilante?
-Si no os habéis dado cuenta, señora, las tierras están ocupadas por tropas inglesas. No
hay nada demasiado cuidadoso o demasiado vigilante cuando se trata de la guerra. El
hecho de que no lo entendáis es exactamente el por qué no deberíais estar aquí.
Se puso rígida y le dedicó una mirada larga y mordaz que le hizo desear huir.
Sin decir una palabra, se volvió bruscamente y le dijo a MacLean: -Gracias de nuevo.
Os veré junto a los caballos.
Ambos la observaron alejarse, Ewen maldijo sus pronunciadas palabras. MacLean dio
un silbido bajo, sacudiendo la cabeza.
-Habéis sido un poco duro con la muchacha, ¿no creéis?
Ewen intentó no sonar tan a la defensiva como se sentía:- Es la verdad, y cualquiera que
esté involucrado necesita oírlo. Esto no es un juego.
-¿Y creéis que ella cree que sí?
-Creo que no tiene idea del peligro en el que está -los ojos de Ewen se estrecharon-. Los
hombres de Eduardo no la trataran bien si descubren lo que está haciendo. El hecho de
que sea una mujer no marcará la diferencia -no necesitaba recordar a MacLean lo que
había sucedido en Lochmaben; Él había estado allí-. No puedo creer que la estéis
defendiendo. ¿Permitiríais a vuestra esposa hacer lo que está haciendo?

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Una sombra oscura cruzó la cara de MacLean. No era frecuente que alguno de ellos
sacara a relucir el tema de su esposa. Pero tal vez era hora de que recordase que tenía
una.
La boca de MacLean cayó en una línea dura y enojada.
-Sí, podría hacerlo. Si eso significaría que yo me desharía de ella antes -hizo una pausa,
dándole a Ewen una mirada de aprecio- aunque interesante comparación.
A Ewen no le gustaba la manera en que su compañero –más bien hermano- lo miraba,
como si supiera algo.
-Sólo pensé en recordaros la vuestra, ya que parecéis haberos olvidado.
Se encogió de hombros:- Me gusta Lady Janet. Es fácil hablar con ella.
Maldita sea, lo sabía. Ewen apretó los puños:- No es para ti.
MacLean le dirigió una sonrisa burlona.
-No me di cuenta de que la habíais reclamado.
Ewen dio un paso hacia él. Habían sido compañeros durante cinco años y habían pasado
juntos por el infierno. Nunca había pensado que se sentiría tan cerca de querer
golpearlo.
-No lo he hecho. Sabéis muy bien que la muchacha está destinada a otra persona.
La voz de Ewen debió haber revelado más de lo que pretendía. MacLean retrocedió
inmediatamente, la sonrisa burlona reemplazada por su habitual expresión oscura.
-Sí, pero la muchacha no lo sabe. Está haciendo esto por vos, ya sabéis. Está tratando de
poneros celoso -Ewen lo miró aturdido. ¿Era eso cierto? Sus ojos se estrecharon en el
hombre que él pensaba que era su mejor amigo.
-¿Y vos le seguisteis el juego?
MacLean se encogió de hombros sin remordimientos:- Como he dicho, me gusta y es
fácil hablar con ella, pero quería ver si le funcionaba -le dedicó una larga mirada de
lástima. -Por lo que pude ver en vuestro rostro las últimas horas, diría que sí.
Para su disgusto, Ewen comprendió que MacLean tenía razón. Le tenía donde quería.
-¿Qué vais a hacer? -preguntó MacLean sombríamente.
¿Que podía hacer?:- Mi deber.
-¿Tal vez deberíais hablar y darle a la muchacha una opción?
-Las mujeres de su categoría no tienen elección -Y él tampoco.
-Yo la tuve -Ewen quedó atónito una vez más. Por la forma en que MacLean actuaba,
Ewen nunca pensaría que hubiera querido casarse con su esposa MacDowell.
-¿De verdad?
Algo oscuro, sombrío y lleno de odio cruzó la cara de MacLean que casi hizo que Ewen
diera un paso atrás.

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-Elegía la opción equivocada porque pensé... -apretó su mandíbula- Tal vez tengáis
razón. Entregad a la muchacha a Bruce y no miréis hacia atrás. Os ahorraréis un montón
de problemas.
Su amigo se alejó, y Ewen se preguntó si estaba hablando de él o de sí mismo. Tal vez
no importaba, porque MacLean tenía razón: Janet de Mar significaba un montón de
problemas. El tipo de problema que podría costarle todo, si no tuviera cuidado.
¿Por qué Janet estaba haciendo tanto esfuerzo por un hombre que hablaba con ella como
si tuviera cinco años? No tenía ni idea.
El intransigente Highlander había dejado perfectamente claro que no creía que tuviera
ningún lugar en la guerra. Multa. Pero sabía de otra manera, y su opinión no iba a
cambiar nada. Tenía la intención de terminar lo que había empezado. Mientras el rey la
necesitara, mientras pudiera servirla, se pondría en peligro tanto como quisiera. No tenía
derecho a decirle lo contrario. Podía mirar con furia y castigar hasta que se pusiera azul
esa cara desagradablemente bonita, pero no tenía que prestarle atención. No era su padre
ni su marido.
Gracias a Dios.
¿Era tan difícil entender que lo que ella hacía era importante para ella? Durante los
últimos años había tenido un propósito. Algo que ella no sólo disfrutaba y era bueno,
pero que también la hacía sentir como si importase. No tenía a nadie mirando por
encima del hombro diciéndole que no podía hacer algo. Había sido capaz de transformar
lo que su padre había pensado como un defecto de carácter en una mujer -la propensión
a hacer ver a un hombre que estaba equivocado- en una habilidad útil.
Y cuanto más ayudaba, menos pensaba en el pasado, y la joven sin intención que había
intentado ser un héroe, pero sólo había acabado causando problemas. Le debía eso a
Mary, pero sobre todo a Cailin. Aunque nunca se perdonaría a sí misma por su muerte,
al menos se encargaría de que significara algo. Pero Ewen quería quitarle eso.
Nunca pensaría en pedirle que dejara de ser un soldado. Fue lo que hizo.
Presumiblemente, y por lo que había visto, era bueno en ello.
No es que alguna vez hubiera visto la comparación. Para él, las mujeres eran bonitos
accesorios. Una esposa era alguien para dar a luz a sus hijos, cuidar sus castillos, y
nunca levantar su voz en protesta.
Bueno, esa no era ella. Y Janet había visto lo que pasaba cuando una mujer que tenía
sus propias opiniones se casaba con un hombre torpe y sobreprotector que suponía saber
lo que era mejor. Janet no tenía ningún interés en seguir el ejemplo de Duncan y
Christina. O de su madre, para el caso. La lucha o servidumbre, tampoco era atractiva.
Ninguno de los cuales explicó por qué su corazón se estrechó cuando Ewen salió de la
cueva poco después de que terminaron de comer su segunda comida de carne seca,
cerveza y avena.
MacKay, que había intercambiado algunas palabras con Ewen antes de irse, se acercó a
donde estaba acurrucada en la parte posterior de la pequeña cueva rocosa. Apenas había
lugar para que los cinco se acostaran, pero sin un fuego, sospechaba que se alegraría del
calor proporcionado por su cercanía.

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-Deberíais descansar un poco, muchacha. Nos espera todavía otra larga noche de
cabalgar delante, y el terreno no será tan amistoso como lo fue hoy.
-¿Adónde se fue Ewen?
- Al lago. Su pierna estaba cubierta de sangre, y le dije que la lavara o que Helen haría
rodar nuestras cabezas.
Se encogió ante la mención del curandero más joven que tú. -¿Helen?
El escocés Highlander sonrió.
-Sí, mi esposa. Ella es curandera. Le dijo a Lamont que si él abría la herida una vez más,
no iba a arreglarlo de nuevo -se rio-. Pero lo hará. No puede evitarlo. Es lo que hace.
¿Su esposa? Janet fue doblemente golpeada. No sólo porque había estado celosa de la
esposa de este hombre, sino también porque estaba claramente orgulloso de ella.
-¿Vuestra esposa es curandera?
-Sí, una muy buena.
No había error en el orgullo de su voz. Dios mío, ¿un marido que estaba orgulloso de
una esposa que trabajaba? Los milagros sucedieron. Lástima que su amigo no se sintiera
de la misma manera. ¿Pero podría? No era probable. Sin embargo, la posibilidad la
intrigaba más de lo que quería admitir.
-Quizá debería ver si Ewen necesita ayuda. He hecho algo de enfermería.
MacKay la miró atentamente, frotándose la mano sobre la barba de una semana en la
mandíbula. Pensó que podría negárselo, pero al final asintió con la cabeza. -Dejadme
daros algo primero.
Janet hizo su camino por la costa rocosa con el paño y el ungüento que Magnus había
proporcionado. El amanecer estaba todavía a media hora de distancia, pero el sol ya
hacía notar su presencia, proyectando un suave resplandor sobre el cielo brumoso. La
promesa de nieve colgaba en el aire helado.
Sin viento, el tiempo era soportable.
Lavarse en el agua helada del río, sin embargo, era otro asunto. Sus manos todavía eran
azules de sus esfuerzos anteriores. Así que lo último que esperaba era ver a Ewen
emergerse medio desnudo en el río como una especie de dios del mar de los antiguos
nórdicos. Se detuvo en seco, con la boca seca. Debía alejarse. En serio, debería. Pero no
podía. De acuerdo, con toda honestidad… no quería.
Había visto hombres sin camisa. Incluso había visto hombres musculosos sin camisas.
Pero nunca había visto a alguien que la hiciera querer retroceder y mirar con
admiración.
Estaba segura de que había un montón de buenos usos para los hombros anchos, brazos
que sobresalían de fuerza, y un estómago recubierto de abdominales, pero en este
momento todo lo que podía pensar era que era hermoso. Que era una vergüenza cubrir
tal magnificencia incluso con cuero y acero. Que daría casi cualquier cosa para poner
sus manos sobre él.

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Otros detalles se arrastraron a través de su cerebro congelado. La fina línea de pelo
oscuro que se estrechaba hasta formar un fino sendero bajo sus… ¡Cielos! que le
llegaban hasta la cintura y se aferraban a muslos gruesos y musculosos.
Ella cambió su mirada rápidamente de otra gran protuberancia a la que se aferró. Era
audaz. Sólo tenía un minuto antes de que él la notara, pero cada segundo contaba.
Le lanzó una mirada fulminante y buscó un paño secarse, frotando furiosamente todas
las gotas de agua que se aferraban a su pecho.
¡Por el amor de Dios, ella estaba actuando como una enferma de trece años!
Con retraso, apartó los ojos.
-¿Qué queréis? -gruñó unos momentos después.
Para su decepción cuando miró hacia atrás, se había puesto una camisa de lino y había
puesto unos calzones. Irónicamente, ahora que estaba vestido, se sonrojó.
-No me di cuenta... -se mordió el labio-. Lo siento interrumpiros, pero Magnus me dio
un poco de ungüento para atenderos la pierna.
-No necesito...
-Sé que no lo necesitáis, pero me dijo que os recordara que Helen lo culparía si vos
cogíais una fiebre para luego morir, por lo que sería mejor que os lo echase. Helen -
señaló el nombre de la mujer-, la esposa de Magnus.
Él le dirigió una mirada de perplejidad:- Ya sé quién es Helen.
Debería estar agradecida de que no tuviera idea de lo celosa que la había puesto, pero
por alguna razón su absoluta falta de comprensión la molestaba.
Le tendió la mano:- Dádmelo. Yo me encargaré de ello -Janet frunció los labios- sé que
pensáis que soy incapaz de pensar racionalmente, pero sí sé lo que estoy haciendo.
Él frunció el ceño:- No lo creo.
Ella hizo un sonido agudo.
-Es por eso que cada palabra que sale de vuestra boca es acerca de lo estúpida y tonta
que soy.
Él extendió la mano y la tomó por el brazo:- Nunca dije que fuerais estúpida o tonta.
Dije que no entendíais el peligro que corréis.
-Pero ¡sí lo entiendo! De la misma manera que vos lo entendéis, y aún así elegís hacer
lo que hacéis.
Su ceño se profundizó:- No es lo mismo.
De repente, Janet se sintió cansada. Demasiado cansado para tratar de hacerle entender.
Demasiado cansada de golpear su cabeza contra un muro de piedra, sin importar cuán
impresionante fuera.
Lo miró fijamente. Todavía tenía la mano en su brazo, pero la dejó caer.
-¿Vais a dejarme ayudar o no? –Ewen vaciló- ¿qué sucede?

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Su mirada se movió incómoda:- No es… -sus mejillas se oscurecieron-. No sería
apropiado.
Janet se quedó boquiabierta. ¡Dios mío, se sonrojaba!
-¿Estáis siendo modesto? -un destello de disgusto eliminó el rubor.
-Por supuesto no. Sólo estaba pensando en vos.
Trató de no reír, pero temió que la sonrisa se le apareciera tras sus fruncidos labios. He
estado fingiendo ser enfermera por un buen rato. Creo que no me desmayaré por esto.
Ella lo hizo. Pero apenas. Una cosa era atender a hombres y mujeres ancianos, y otro a
unos centímetros de distancia de un hombre que hizo que su corazón saltase, incluso
cuando él no estaba deslizando sus calzones -y luego sus braies mojados- por su cadera.
Se las arregló para mantenerse cubierto excepto por la parte superior de su muslo
exterior, pero sin embargo, sintió que estaba saliendo de su piel. ¿Cómo iba a tocarle tan
íntimamente y no pensar en... Su mirada voló al bulto grande (donde a su horror ella
había estado mirando), y el calor flameó sus mejillas. Sólo la visión de la herida le
impidió meter la pomada en el bolso, balbuceando alguna excusa y corriendo hacia la
cueva.
Pero la furiosa masa de carne desgarrada la devolvió a la realidad. Ella jadeó medio
horrorizada y medio indignada. Aunque la inmersión en el lago helado había lavado la
mayor parte de la sangre, todavía era un lío rojo. La carne negra, donde se había
quemado la herida original, se había abierto de nuevo, destruida en realidad, y la sangre
se filtraba.
En lugar del pequeño agujero que había esperado ver, la herida era de casi dos pulgadas
de largo y dentellada en forma, como si alguien hubiera sacado la flecha sin pensar ni
preocuparse.
Sus ojos se encontraron con sus acusaciones.
-¿Cómo pudisteis dejarlo así y no decir nada?
-No es tan malo -dijo defensivamente.
Ella le dirigió una mirada deslumbrante, sin molestarse en dársela con una respuesta, y
se puso a trabajar. Pero incluso su ira no podía enmascarar completamente los efectos
de tocarlo, y sus manos temblaron cuando empezó a aplicar el ungüento.
Pensando en mantener su mente en su tarea, ella preguntó:- ¿Quién sacó la flecha?
Supongo que no fue Helen.
Él intentó tragarse una risa áspera:- Apenas. Estaba furiosa porque no la esperé.
Debería haberlo sabido.
-Deberíais haberlo hecho. Esto es un lío.
Se encogió de hombros sin disculparse. No había tiempo. Yo estaba en medio de una
batalla y se estaba poniendo en mi camino. Era más profundo de lo que pensaba. Golpeó
el hueso y se detuvo.
-Podríais haberos desangrado hasta la muerte.

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Un lado de su boca se alzó:- No fue tan malo. Parece mucho peor ahora, ya que se ha
abierto un par de veces más.
-¿Alguna vez pensasteis en dejarlo curar? -se encogió de hombros y comenzó a decir
algo, pero lo detuvo- dejadme adivinar: no hubo tiempo, y estabais peleando.
Él sonrió y eso hizo detener su corazón por un instante.
-Chica inteligente.
Ignorando el martilleo en su corazón provocado por la rara exhibición de la infancia,
apartó los ojos y reanudó su tarea. Después de terminar con el ungüento, comenzó a
envolver el paño limpio alrededor de su pierna, pero tan pronto como su mano se
sumergió hacia el interior de su pierna, agarró su muñeca.
-Yo lo haré.
Sus ojos se encontraron y el martilleo comenzó de nuevo-más difícil esta vez y más
insistente. No podía escapar de ello. Estaba en su pecho, en sus oídos, en su garganta.
Le robaba el aliento.
Ella necesitaba… quería…
Sus ojos la atrajeron. ¿O tal vez era su mano todavía sosteniendo su muñeca? No lo
sabía, pero un minuto estaba mirando a sus ojos y la siguiente estaba en su regazo, su
otra mano estaba en su hombro, sus labios estaban en los suyos, y Janet estaba caliente
otra vez. Tal vez más caliente de lo que había estado en su vida.
Se sentía muy bien. Él sentía muy bien. El calor de su boca sobre la suya. La suavidad
aterciopelada de sus labios. Sabía a menta, y su aroma era fresco del agua que todavía se
aferraba a su piel y cabello.
Hizo un suave sonido de meneo, inconscientemente abriendo la boca, hundiéndose más
en el beso.
Soltó un gruñido bajo, abriendo su boca sobre la suya, y por un momento pensó que
quería profundizar el beso. Su pulso saltó y el calor se extendió a través de ella mientras
anticipaba el profundo empuje de su lengua reclamándola, y la fuerza de sus brazos
envolviéndola.
Besarlo no era comparable a nada que hubiera imaginado. Podía perderse en la
perfección de las sensaciones que la asaltaban. Era como si estuviera flotando. Velaba
lejos en un mar de la sensación. Subiendo la escalera al cielo. Y siendo transportada a
una tierra mágica llena de posibilidades nuevas y maravillosas.
Era nuevo. Emocionante. Perfecto.
Y luego se acabó. Un sonido áspero y estrangulado salió desde su garganta, casi como si
le doliera, y la empujó con fuerza.
Por un momento, Ewen se olvidó de sí mismo. En un instante, su cercanía y la
sensación de sus manos sobre él resultó demasiado para resistir. Podía verlo en sus ojos,
sentirlo en el revoloteo de su pulso bajo su mano mientras sostenía su muñeca, y
prácticamente lo sabía por sus labios.
Janet lo quería, y nada en la tierra de Escocia o todo el deber y la lealtad en el mundo
que les debía a los Stewarts y su clan podrían impedirle darle la espalda. Así que cuando

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su boca se movió hacia la suya, no hizo nada para detenerlo. La dejó caer, dejó que se
deslizara sobre su regazo y dejó que sus labios se unieran una vez más.
Simplemente no había previsto el golpe en el pecho que parecía un anhelo, el deseo
abrumador que se estrelló sobre él, el placer de entumecer la mente, o el impulso feroz y
casi irresistible de tomarla en sus brazos y hacerla suya.
¿Cómo podía un beso hacerle afectarle de ese modo? ¿Cómo podía el simple contacto
de sus labios en sus mejillas volverle tan débil? ¿Eso lo despojaba de casi todo lo que
creía?
Porque se sentía bien. Realmente bien. No parecía nada de lo que había experimentado
antes. Se sentía grande y poderoso y significativo. Parecía que nada más importaba
excepto ellos dos. Y por ese momento precioso en el tiempo, también sentía algo más.
Parecía perfecto.
Habría sido perfecto. Sabía sin lugar a dudas que hacer el amor con Janet estaría tan
cerca del cielo como esperaría llegar a este lado de las puertas. Pero sólo tenía suficiente
pensamiento consciente, sólo la fuerza suficiente, para ponerle fin. Porque no importa
cuán desesperadamente quisiera unos minutos del cielo con ella, se quedaría con una
vida de infierno y recriminaciones.
No era su padre. No podía ignorar su deber y sus responsabilidades. Incluso con ella.
Pero la mirada en su rostro destrozó su determinación. Parecía aturdida, y demasiado
excitada para cualquier inocente doncella.
Diablos, Janet casi deseaba volver a fingir ser una monja. Al menos así intentaría
ocultar su deseo. Pero ya no más. Ewen estaba allí, desnudo, mirándolo, desafiándolo a
tomar lo que le ofrecía.
Apretó los puños para que no la alcanzara de nuevo, y luego se apartó.
Recordando el estado de su ropa, terminó de envolver el paño limpio alrededor de la
herida y levantó sus calzones. Pero las delgadas capas de tela no eran suficientes.
Necesitaría un traje de los ingleses para armarse contra ella... y eso probablemente no
sería suficiente.
Todavía estaba allí, observándolo, cuando terminó. Deseó no haberla mirado. La mirada
aturdida se había convertido en algo más: dolor. Y le golpeó en el pecho como una
cuchilla destrozada.
-¿He… hecho algo mal?
Se apretó contra el impulso de consolarla. Para ofrecerle tranquilidad. Para decirle que
era demasiado maldita perfecta, ese era el problema.
No pudo mirarle a los ojos cuando dijo:- No debisteis haberme besado.
-Yo no… -calló cuando la miró. Era casi el amanecer, y había la suficiente luz solar
para ver las manchas de color rosa oscuro en sus mejillas-. Parecía que no os importaba
mucho la última vez.
Detectó el desafiante brillo en sus ojos y supo que era mejor poner fin a esto.
-Como os dije antes, ya no me interesa.
El destello se convirtió en una chispa completa.

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-¿Qué ha cambiado? Aparte del hecho de que ahora no pensáis que soy una monja
ignoró el sarcasmo.
-El hecho de que no seáis una monja no marca ninguna diferencia. Sois la cuñada del
Rey, y es mi deber devolveros a él.
Dunstaffnage, eso era todo.
-¿Así que no significaba nada para vos? ¿El hecho de que estés aquí no significa nada?
-Soy un guerrero, Janet; Hago lo que me ordenan y voy adonde me dicen. Estoy aquí
por una razón y una sola razón: hacer mi trabajo. No esperéis nada más.
Ahogó su respiración, sus ojos se ensancharon. Nunca había golpeado a una mujer en su
vida, pero de alguna manera parecía como si acabara de hacerlo. La ola de
remordimiento lo golpeó fuertemente. No quería lastimarla, maldita sea.
Ni siquiera quería tener esta conversación. No debería tener que explicárselo. Era obvio.
No era así como debía ser. No eran libres de seguir sus sentimientos. No tenían libertad
para casarse. Y seguramente no podía hacer nada más. Ella debería saberlo.
Pero si Ewen esperaba que huyera, debería haberlo pensado mejor. Ella era Janet de
Mar. La cuñada de un rey, e hija de un conde. No era dulce y dócil pero sí que audaz y
confiada. No se encogía ante el peligro ni huía de él, lo encaraba de frente.
¿Cómo podía haber pensado que la consideraba estúpida? La acusación lo sorprendió.
Cristo, en todo caso, la muchacha era demasiado inteligente y demasiado obstinada y
testaruda, por lo demás. Audaz, confiada, y tenía voz y voto, -ninguna de las cosas que
una mujer debería ser. Lo que por cierto no explicaba por qué le gustaba tanto.
Estaba tratando de protegerla de las cosas horribles que había visto, pero había tomado
su preocupación como crítica, como falta de inteligencia, como condescendencia. Se
encogió interiormente, dándose cuenta por su perspectiva de que probablemente lo era.
Pero no lo había dicho así, maldita sea. ¿Qué esperaba, que él se sentara y la dejara ser
capturada por los ingleses? ¿Torturada? Era casi como si quisiera que se aferrara a su
juicio. Eso fue una locura, ¿no?
Stewart iba a tener un infierno de tiempo deteniéndola.
¿Y si no podía?
La muchacha era demasiado propensa a meterse en problemas, como su siguiente paso-
hacia él- lo había demostrado.
-No os creo -apretó los puños. Quería llevarla de vuelta a sus brazos.
Maldita sea. ¿No podía ver que esto era imposible?
Juró, dando un paso atrás (¡no en retirada, maldita sea!), Y se pasó los dedos por el pelo.
No era bueno en esto. No le gustaba el conflicto. Sólo intentó mantener la cabeza baja y
hacer su trabajo. Pero ella no lo dejaba.
-¿Qué diablos queréis de mí, Janet?
Ella parpadeó sorprendida, mirándolo fijamente:- Yo…

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No lo sabía. Estaba actuando por impulso y sentimiento, no por pensamiento. Debió
haber disfrutado del momento, pero en su lugar se sintió triste.
Insoportablemente triste. Era imposible, y cuando Janet pensase en ello, se daría cuenta
también.
-Eso pensaba -dijo Ewen suavemente, antes de volverse y marcharse.
Esperaba que por última vez.

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Capítulo 13

No era frecuente que Janet se quedara callada sin saber qué decir, pero la pregunta de
Ewen la había forzado a hacerse una pregunta en la que no había querido pensar: ¿qué
quería de él?
La verdad era que no lo sabía.
El matrimonio no era una opción. Suponiendo que Robert pudiera ser persuadido a que
se casase con un guerrero habitual -incluso uno a quien parecía valorar-. Sin embargo, la
verdad era que no quería eso. ¿Entonces qué?
En lugar de dormir como debía haber hecho, se quedó mirando la oscura pared de piedra
de la cueva durante la mayor parte del día, reflexionando sobre esa pregunta. Janet
pensó que había planeado toda su vida. Había pensado que estaba destinada a estar sola.
Después de la muerte de sus dos prometidos, de la pérdida de su familia y de lo que
había sucedido con Cailin y su hermana Mary, parecía prudente evitar enredos.
Francamente, nunca había querido casarse y estaba contenta con la creencia de que Dios
debía estar de acuerdo con ella. Se convertiría en una monja y continuaría como había
estado haciendo: ayudando al rey durante todo el tiempo que la necesitara.
Ciertamente era preferible ser tratado como un siervo o un niño. No se tomaban en serio
a las mujeres. Mimadas y "protegidas" hasta que no podían respirar. Robert haría todo
lo posible para protegerla, pero siempre había un riesgo.
Pero Ewen la confundió y la hizo preguntarse si había algo más que el futuro que había
planeado. Una monja no debía pensar en - soñar sobre - un hombre y su beso durante
meses. Y una monja sin duda no debería encontrar su corazón acelerado y estar sin
aliento solo por pensarlo.
Tal vez fue eso. Tal vez ella simplemente quisiera más… No tenía ningún interés en el
matrimonio, pero estaba claro -al menos con él- que quizá se lo hubiera planteado.
Había pensado que la había empujado hacia él, pero quizás acababa de caer en su
regazo. Había algo diferente en Ewen. Algo que la hacía actuar con una audacia inusual,
incluso para ella.
Si ella quería "más", sospechaba que iba a tomar mucha más audacia de su parte para
derribar ese muro de piedra. Su boca se curvó. Como hija de un conde, y una mujer que
estaba lista para pasar el resto de su vida como monja, realmente no debería estar tan
ansiosa.
Parecía como si acabara de cerrar los ojos cuando estaba siendo despertada por su
cuñado mirándola fijamente. Era muy guapo, de una manera casi deslumbrante, que le
dañaba los ojos. Tal vez incluso más que el primer marido de Mary, y se decía que el
conde de Atholl era uno de los hombres más hermosos del reino. Esperaba que Kenneth
Sutherland fuera un mejor marido.
Pero Mary siempre había sido más pragmática que Janet. Ella nunca había establecido
expectativas poco realistas, y aceptó su destino con más gracia de lo que Janet podría
manejar.

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-Está casi oscuro, mi señora -Al ver que estaba a punto de corregirlo. Enmendó su
discurso- Janet. Tenemos que volver a la carretera.
Se obligó a no gemir. La perspectiva de otra larga noche a caballo, después de unas
cortas e incómodas horas de sueño, no sonaba muy prometedor. Pero sabiendo que no
tenía otra opción, se arrastró fuera de su cama improvisada, que consistía en el plaid
prestado de Eoin y la bolsa de cuero que sostenía su ropa como una almohada,
agradecido una vez más por la ropa del muchacho. Realmente era mucho más cómodo y
más fácil moverse sin capas de faldas engorrosas en su camino. Tal vez un día las
mujeres serían capaces de llevar esa ropa sin comentarios. Antes, los cerdos volarían.
Miró alrededor de la cueva:- ¿Dónde está Ewen? -le preguntó a su cuñado.
La última vez que lo había visto fue después de que volvió del lago e intercambiaró
algunas palabras con Magnus. Había supuesto que había regresado mientras dormía.
-Asegurándose de que no nos persiguen.
-¿Durante todo el día?
Sir Kenneth se encogió de hombros.
-A él y MacLean le tocaron vigilancia. No tenéis por qué preocuparos. Estoy seguro de
que consiguió dormir unas cuantas horas.
Sus mejillas se calentaron. -No estaba preocupada, yo...
Una conmoción fuera de la cueva le impidió terminar su pensamiento. Ewen estaba de
vuelta, y por cómo habló, y por el intercambio de miradas con Magnus, sospechaba que
algo estaba mal.
-¿Qué pasa?
Su cuñado negó con la cabeza. -No lo sé, pero preparaos.
Fue a unirse a los otros que estaban reunidos en la boca de la cueva, mientras que Janet
juntó apresuradamente sus pertenencias y metió las trenzas bajo su gorra. Deseaba
correr hasta el río y lavarse, pero en su lugar hizo lo mejor que pudo con el agua que
tenía en una bolsa, lavándose la cara y usando un paño y una mezcla de vino, sal y
menta para limpiar sus dientes.
Los hombres seguían hablando en voz baja cuando se acercó unos minutos más tarde.
Echó un vistazo más allá de ellos hacia la oscura y cubierta de árboles. Los primeros
copos de la esperada nieve acababan de comenzar a caer.
Inconscientemente, su mirada buscó la de Ewen. Como si sintiera su peso, miró hacia
arriba. Se le cayó el corazón. Ella lo supo antes de preguntar.
-¿Qué ocurre? –dijo con pesar.
Apreció su manera directa de hablar cuando no trató de suavizar u ocultar la verdad.
-Nos persiguen.
Lo sorprendió. Ewen esperaba lágrimas o pánico, o al menos algún otro signo femenino
de alarma, pero la expresión de Janet apenas cambió; Su único signo de preocupación

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Àriel x
era un ligero ensanchamiento de los ojos de que alguien que la había estado observando
muy de cerca -como Ewen lo había estado haciendo- se habría levantado.
Tal vez no le gustara la idea de las mujeres en la guerra, pero tenía que admitir que su
reacción bajo presión era tan impresionante como cualquier guerrero endurecido por la
batalla.
No perdió tiempo con preguntas sobre su certeza.
-¿Qué tan cerca están?
-A unos tres kilómetros al este, en dirección a este camino. Los vi desde lo alto de la
montaña -señaló el cerro-, así que con la distancia y los obstáculos no puedo estar
seguro, pero supongo que hay por lo menos cuarenta hombres.
Una ligera palidez de sus mejillas le decía que comprendía perfectamente el peligro.
-¿Cómo es que nos están siguiendo?
-Debieron haber tenido suerte -Si eran los mismos hombres que antes o nuevos, no lo
sabía. Y seguro que no iba a preguntarles. Eran el enemigo; eso era todo lo que
importaba.
Ewen había cubierto sus huellas lo mejor que pudo, pero los caballos, la velocidad a la
que viajaban, la oscuridad y el suelo húmedo hicieron imposible ocultar todos los
rastros. Un buen rastreador -un muy buen rastreador- que sabía lo que estaba buscando,
y adivinaba su dirección general, podía encontrarlos. A la luz del día, eso es.
-La oscuridad debería ralentizarlos.
Miró la suave nieve caída que cubría el suelo en una fina capa de blanco. En lugar de la
belleza, todo lo que podía ver era un desastre. ¿Por qué diablos no podía haber nevado
mientras dormían?
No se dio cuenta de que había fruncido el ceño hasta que preguntó.
-¿Pero…?
-Al no haber nevado mucho, nuestras huellas serán fáciles de ver.
Una vez más, no parpadeó, y su estima en ella subió otro peldaño.
-¿Cuál es el plan?
-Estábamos hablando de eso -intercedió Magnus.
Por la forma en que miró hacia atrás y hacia delante entre los hombres, parecía haber
adivinado que había algún desacuerdo. De hecho, así era. MacLean quería dirigirse más
alto a las colinas y atraerles a una trampa, mientras que Ewen y Sutherland no querían
pelear una batalla con Janet en cualquier lugar cercano. Aunque estaban noventa y
nueve por ciento seguros de que iban a ganar, siempre había un por ciento de
posibilidades de que algo pudiera salir mal.
Afortunadamente, MacKay estaba de acuerdo con ellos, hasta cierto punto.
-Nos dirigiremos hacia las colinas e intentaremos perderlos -dijo.

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A los ingleses no les gustaba aventurarse en la naturaleza, por buenas razones. Bruce
había tomado el control del campo, usando las colinas y los bosques en su ventaja para
su nuevo estilo de la guerra del pirata.
-¿Y si no lo hacemos? –Janet preguntó.
-Nos libraremos de ellos de otra manera -MacKay contestó. Intentarían conservar la
primera opción, pero si no les quedaba otra, lucharían. Eso estaba claro.
Sutherland sonrió:- N temáis. De una forma u otra os llevaremos de vuelta a Escocia
con vuestra hermana.
Janet le dirigió una sonrisa, pero sus ojos estaban fijos en Ewen:- No lo dudo.
La misión. Sabía que estaría hecho. La exhibición de la fe debe sentirse como un elogio,
pero en su lugar se sentía como un desafío: ¿Eso era todo esto?
Maldita sea, eso es todo lo que podría ser.
Sus ojos se detuvieron por un instante demasiado tenso, pero luego volvió a la
normalidad, tenía la necesidad de salir lo más rápido posible.
-Aseguraos de no dejar nada atrás -él le advirtió. Los hombres no necesitaban ser
informados, pero probablemente no estaba acostumbrada a tomar tales precauciones. No
quería dejar ningún rastro de su presencia ni facilitarle a nadie que los rastrearan.
Unos minutos más tarde, estaban montados y corriendo tan rápido como la tormenta y la
oscuridad les permitiría, más alto en las colinas al oeste de Ettrick. No se atrevieron a
intentar usar una antorcha; Sería como un faro que parpadea por la ladera de la montaña.
El movimiento era más fácil de detectar en las laderas como lo era, y mantenerse de ser
visto iba a ser un reto suficiente. Afortunadamente, su progreso no tiene que ser
obstaculizado por los esfuerzos para ocultar sus huellas. Con la nieve, Ewen no se
molestó; No estaba bajando lo suficiente para cubrirlos o cualquier esfuerzo para
barrerlos a un lado en el tiempo.
Fue lento. Los caballos, aunque buenos, y multiusos, no eran los caballos rápidos,
ágiles, y de la manía preferidos por Bruce para la guerra llamada del "pirata" de la
guardia de Highland. Pero estaban obligados por lo que la carne de caballo fresca estaba
disponible para ellos.
En las colinas, en la nieve y en la oscuridad, era una batalla constante para mantener a
los caballos a un ritmo acelerado.
Pero los caballos no eran el único problema. Aunque era una jinete capaz, Janet no tenía
la experiencia y la resistencia de un guerrero. MacKay, que había sido sólo un jinete
pasable cuando habían comenzado, a través de años de experiencia y que el grano y la
determinación estocada de las Highlands habían forzado una aptitud que la naturaleza
no había querido. Pero Janet no había tenido ese tipo de experiencia, y estaba claro que
la larga noche de cabalgar el día anterior había cobrado su precio.
A medida que avanzaba la noche, su lucha por mantenerse en su asiento y controlar del
caballo aumentó. Un caballo necesitaba un jinete fuerte y confiado en un momento
como este, y Janet estaba vacilando a cada milla.
Pero no se quejó. Incluso cuando su montura tomó un paso en falso que casi la derribó
de su silla de montar.

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Ewen vio lo que sucedía en lo que parecía ser la mitad del ritmo normal del tiempo.
Estaba observando la subida y bajada constante de su sombra, cuando de repente el
ritmo se rompió. Ella se tambaleó a un lado, su corazón haciendo lo mismo, y gritó. La
vio deslizarse, vio la distancia hasta el suelo y se dio cuenta de lo duro que sería
doloroso. Un par de centímetros de nieve no amortiguarían sus huesos.
Se lanzó hacia adelante para intentar atraparla, tirando de su pierna en el proceso. Si no
hubiera estado tan pendiente de ella, el ardiente dolor en su pierna le hubiera
preocupado.
De alguna manera logró permanecer sentada.
Agarró las riendas, deteniéndola:- ¿Estáis bien? -sucedió tan rápidamente, no tuvo
tiempo de controlar la emoción de su voz. Lo había asustado, maldita sea. Más de lo que
quería pensar.
Su rostro estaba perdido en las sombras y la oscuridad, pero él podía ver el movimiento
de su asentimiento.
-Creo que sí -su voz tembló un poco, y tuvo que luchar para no atraerla entre sus brazos.
No es tuya-. Lo siento, intentaré ser más cuidadosa.
Podía verla reajustar la tela escocesa que llevaba sobre su cabeza como una capucha,
que se había caído cuando casi se cayó.
Su boca se endureció:- No es vuestra culpa. Estas son condiciones para cabalgar son
traicioneras para todo el mundo.
MacKay no había visto lo que había sucedido, ya que había estado montando a caballo
con Sutherland, pero debió haberlo adivinado.
-Os presionamos demasiado.
-No, realmente, puedo hacer esto. Prestaré más atención.
MacKay y Ewen intercambiaron miradas. A pesar de su protesta, ambos sabían que esto
no estaba funcionando.
Cuando habían salido de la cueva, estaban a unos setenta kilómetros más o menos para
llegar a la birlinn de Ayr. No estaban usando los caminos habituales, no es que no
existieran a través de las colinas y bosques del suroeste de Escocia. En las últimas
horas, yendo tan rápido como podían –y se atrevían-, probablemente no llegaron a
cubrir más de diez millas. Incluso si pudieran superar a los ingleses por la noche, los
alcanzarían en unas pocas horas de luz del día.
Si los ingleses todavía los seguían, claro. Y cada instinto en su cuerpo le decía que así
era. Ewen no podía verlos, pero podía sentirlo, mucho más que la gran fuerza que la
oscuridad nevada les rodeaba. La última vez que se sintió así fue hace cinco años,
cuando él y el resto de la Guardia huían hacia el oeste con Bruce a través de las Tierras
Altas y el rey se había visto obligado a buscar refugio en las islas. Entonces, como
ahora, se sentía como si estuvieran siendo cazados. Acostumbrado a ser el acosador y no
la presa, era una extraña sensación para él, y no una de la que disfrutaba.
No tenían elección. No iba a arriesgarse con ella. El primero, y, su único objetivo, era
mantenerla a salvo.

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-Debemos separarnos.
El corazón de Janet cayó:- ¿Separarnos? No podemos separarnos -¿Y si los ingleses los
alcanzaban? Las probabilidades eran horribles.
Es por mi culpa. Janet odiaba saber que los estaba frenando. No era frecuente que se
viera obligada a confrontar sus debilidades tan abiertamente, pero no se escondió de
ellas.
Podría no tener la fuerza física o la resistencia al igual que estos hombres, pero estaba
tan determinada y no tenía intención de renunciar.
-Por favor -miró hacia atrás y hacia delante entre las cuatro sombras, deseando poder
ver sus rostros-. Puedo hacer esto.
Por la voz de Ewen de antes, pensó que él podría haber estado preocupado por ella, pero
no había una indirecta de preocupación ahora cuando estalló,
-No, no podéis. No sois un jinete lo suficientemente fuerte.
Janet se estremeció. Confió en Ewen para no amortiguar el golpe. La peor parte, por
supuesto, fue que tenía razón.
Sir Kenneth intentó aliviar la tensión después de las palabras de Ewen.
-Lo que Lamont quiere decir... -le cortó.
-Está bien. Tiene razón. No soy lo suficientemente fuerte. Pero no veo cómo eso
cambiará si nos separamos.
-No os seguirán -dijo Ewen con su típica falta de explicación. El soldado hecho a la
obra había tomado el relevo. Se volvió hacia Magnus-. Tomad los caballos y dirigíos al
norte hacia la ley amplia. Con toda suerte Boyd y Seton seguirán allí con Douglas, y
podrán dar a nuestros perseguidores ingleses una agradable sorpresa. Me dirigiré al
oeste con la muchacha y me cubriré en el bosque. En cuanto esté a salvo, encontraré
algunos caballos y los alcanzaré en Ayr.
Al menos quería ir con ella. No sabía lo que habría hecho si hubiera intentado enviarla
con otra persona.
-Voy contigo -dijo sir Kenneth-. Ewen parecía a punto de discutir, cuando su cuñado
añadió: -Si esto no funciona, necesitaréis mi espada. -Hizo una pausa-. Es mi hermana.
La demostración de lealtad familiar la tocó, pero todavía no comprendía nada.
-Pero, ¿cómo podéis estar seguro de que no seguirán nuestras huellas?
Casi podía oír a Ewen sonriendo:- No podemos.
Supo lo que quería decir unos minutos después cuando se encontró atravesando el agua
helada de una pequeña ría. Habían llevado a los caballos al agua, haciéndolo parecer
como que se habían detenido para descansar, y luego con Ewen a la cabeza y sir
Kenneth detrás de ella, los tres habían salido a pie por el agua, sin dejar pistas en la
nieve recién caída (que afortunadamente había disminuido), mientras que Magnus y
Eoin habían montado con los cinco caballos.

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Estaba tan fría, que casi echaba de menos a los caballos. Casi. Sus pies podían estar
helándose, pero sus músculos doloridos dieron la bienvenida al preciado cambio,
especialmente cuando parecían estar dirigiéndose cuesta abajo.
Ewen tenía razón; Los ingleses nunca podrían seguir su camino ahora. Pero cuando ella
lo dijo en voz alta, la corrigió.
-Las pistas se pueden seguir en aguas poco profundas. ¿Puedes sentir las piedras
cambiando bajo tus pies? Un buen rastreador vería las señales. No es fácil, pero si sabes
qué buscar, es posible. Por supuesto, nuestros perseguidores no sabrán cómo buscarlo.
Janet tomó nota de la sombra que sobresalía de los pocos centímetros de agua y la
rodeó, desdibujando con fuerza y asegurándose de que el fondo se mantuviera alejado
del agua.
Ella había enrollado los bordes de sus calzones de cuero, tratando de contener el
malestar a los pies mojados.
No preguntaría cuánto tiempo faltaba. No lo haría. Aunque la matase. No importa
cuanto frío pasara y cómo de miserable se sintiera, no iba a quejarse. Tal vez no fuera
capaz de montar tanto a caballo, pero seguramente podría caminar por largas distancias.
Como mensajera, había caminado kilómetros. Aunque nunca tan rápido, y nunca a
través del agua fría en diciembre. Sospechaba que si no fuera por ella estarían corriendo,
incluso cargados de armas y llevando todas las bolsas, incluyendo las suyas. Estaba
decidida a impresionar a Ewen, aunque la matara.
-¿Cómo sabes tanto sobre el rastreo? -preguntó.
-Es lo que hago.
¿Por qué sentía que era un eufemismo? Janet sospechaba que era bueno, muy bueno.
-Realmente eres uno de los fantasmas de Robert, ¿no? Os movéis como un fantasma.
Lo dijo como una broma, pero ambos hombres cayeron en un extraño silencio tranquilo.
Su cuñado se recuperó primero,
Riendo entre dientes:- ¿Qué piensas, Lamont? ¿Queréis ser un fantasma? Tal vez
deberíamos preguntar al rey si necesita nuevos reclutas cuando regresemos.
-He oído que se llevarían a casi cualquier persona hoy en día -respondió Ewen de un
modo que hizo que Janet sintiera que le faltaba algo.
-Debo admitir que me sorprendió oír que el hermano de Christina tiene fama de ser uno
de los ilustres fantasmas –dijo-. Recuerdo a Lachlan MacRuairi como un malvado
bandolero de mal temperamento. Debe haber cambiado.
Ninguno de los dos respondió. Ewen se detuvo para ayudarla en una rama que había
caído en el arroyo. Aunque sostenía su mano sólo por un momento, era suficiente para
acelerar su corazón.
Lo dejó caer en el momento en que estaba claro.
-¿Alguno de vosotros lo conocéis? -preguntó, con un poco de falta de aliento.
Estaba acostumbrada a las pausas muertas.
Ewen finalmente respondió:- Un poco.

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¿Ha cambiado?
Otra pausa:- No. Será mejor que os mantengáis alejado de él.
Janet dio otro paso en el agua fría, tratando de ignorar el agua encharcada en sus botas,
y frunció el ceño.
-No estaré allí el tiempo suficiente para ver a alguien más allá de mi hermana. Debo
estar de vuelta en Roxburgh lo antes posible. Necesito volver a tiempo para St. Drostan.
Sir Kenneth empezó a decir algo, pero Ewen lo cortó bruscamente.
-Suponiendo que podáis convencer al rey de que os deje volver.
Estaba siendo demasiado complaciente; Janet sabía lo que él sentía acerca de ella en
esto.
-¿Hay algo que no me estáis diciendo?
-Pensé que estabais segura de que una vez que le hubierais explicado al rey, estaría de
acuerdo.
Se le erizó la piel, sabiendo que la estaba desafiando, pero incapaz de resistirse:- Lo
estoy.
-Entonces no tenéis de qué preocuparos -Janet frunció la boca, pensando que no lo
dejaría estar tan fácilmente. Estaba a punto de preguntarle más, cuando dijo-. No me
hagáis entrar en esto. No es mi pelea. Es entre Bruce y tú.
Tenía razón, pero tampoco es que le gustara que le recordara cuánto no le interesaba. -
¿Cuánto tiempo creéis que nos vamos a demorar?
No podía llegar tarde. Algo importante se estaba cociendo; ¿Qué pasaba si la echaban
de menos?
Se encogió de hombros:- Una vez que esté seguro de que han picado y seguido MacKay
y MacLean, iremos a por algunos caballos. Espero que por la mañana, por lo que no
debería ser más de medio día.
Ella soltó un suspiro de alivio.
Caminaron durante horas, llegando finalmente al extremo de la corriente cerca de un
pequeño pueblo. En ese momento, sus pies ya no estaban fríos; Estaban demasiado
entumecidos para sentir nada.
Ewen estaba hablando con sir Kenneth:- Hay una antigua vía romana que atraviesa el
pueblo. Podemos tomar eso hasta que cogemos otro río...
Se detuvo de repente, vislumbrando sus temblores y murmuró un juramento que oyó
claramente. -¿Por qué diablos no dijisteis que teníais frío?
Después de zambullirse en el agua y la nieve durante horas a un ritmo que consideraba
más correr que caminar, Janet no estaba de humor para su actitud masculina
sobreprotectora. A pesar de lo que pensaba, no iba a romperse como una marioneta
hecha de porcelana. Tampoco se sentiría culpable porque sus dientes castañeasen. ¡Por
el amor de Dios! Cualquier persona normal estaría igual.

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-Por supuesto que tengo frío -replicó ella-. He estado caminando por un río helado.
Cualquiera sentiría un poco frío, pero no es algo que no pueda manejar o que no haya
hecho incontables veces antes.
El cielo se había despejado y había suficiente luz de luna para distinguir la expresión
ligeramente sorprendida de Ewen.
Su cuñado soltó una risa aguda. -Supongo que también tengo frío, mi señora. A pesar de
todas las apariencias, Lamont era bastante humano, y me imagino que lo es también,
aunque sospecho que preferiría comerse las uñas que admitirlo -le dirigió un guiño
pícaro- Mary me dijo que podías soportar cualquier tipo de cosas y no eráis intimidada
fácilmente. Puedo ver que tenía razón.
 Mi amigo de allí no es exactamente conocido por su tacto, especialmente en
torno a las delicadas sensibilidades de las damas.
-Ya me he dado cuenta -dijo Janet secamente.
-¿Delicado? -Ewen se burló en voz baja- La muchacha no sabe el significado de esa
palabra.
Sabía que no lo había querido decir como un cumplido, pero lo tomó como uno.
-Gracias.
Él le frunció el ceño para mirarla como su hermano Duncan solía hacerlo.
-Vuestra hermana estará encantada de teneros de vuelta -dijo Sir Kenneth- Os ha
extrañado terriblemente.
Janet palideció, le empezaba a entrar ansiedad:- También yo la eché de menos.
-Nunca dejó de buscaros. Creo que debe haber visitado todas las iglesias y Hospitales
habidos y por haber entre Berwick y Newcastle.
Janet lo miró, sorprendida:- ¿De verdad?
Kenneth asintió. "Sí, siempre intuyó que todavía estabais viva. Dijo que lo sabría si no
fuera así.
De repente, la emoción se apoderó de su garganta. ¿Era cierto? ¿Le había perdonado
María? ¿No la había culpado de lo que había sucedido?
Janet sólo pudo asentir con la cabeza.
Miró a Ewen. Ya no estaba frunciendo el ceño, sino mirándola con una expresión de
perplejidad en su rostro. Temiendo que había revelado más de lo que había pensado,
levantó la barbilla y dijo: -¿Vamos a seguir avanzando?
Janet pensó que sonreía, pero sin duda no era más que una sombra. Sonreía, pero
irónicamente.
-Como queráis, mi señora. No dejéis que os ralentice.
No podía creerlo: se estaba burlando de ella. Un suave resplandor se extendió dentro de
sí, calentando algo del frío de sus huesos:- No lo haré -replicó, pasando por delante de él
en lo que esperaba que fuera la dirección correcta.

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No pasó mucho tiempo antes de que se toparan con el viejo camino que había
mencionado. Era extraño imaginar a los legionarios romanos marchando aquí hacía
cientos de años. A pesar de que habían evitado la mayoría de las carreteras hasta ahora,
con el número de viajeros que usaban el mismo camino, incluso en la nieve, Ewen dijo
que sería difícil para cualquiera que los siguiera identificar sus propias pisadas.
A pesar de sus anteriores protestas, cuando se alejaron de la carretera y navegaron por
un bosque muy oscuro hasta una pequeña motte sobre la que asentaban las ruinas de un
viejo fuerte, Janet estaba agotada y, como le decía el gruñido de su estómago, tenía
hambre. Ella no discutió cuando Ewen dijo que descansarían aquí durante un tiempo.
Tomando refugio en lo que quedaba de los cimientos de piedra del fuerte, se sentaron en
el suelo rocoso con sus espaldas contra la pared y comieron una comida fría y bastante
apagada de carne de venado y de avena secas, regadas con una selección de whisky o
ale- Janet escogió la última.
Sus pies estaban congelados mientras se quitaba las botas para calentarlos por el
pequeño fuego que Ewen había hecho. Se sentía como el cielo, y poco a poco el frío
abandonó sus huesos.
Ewen no se sentó más de cinco minutos antes de levantarse.
Sacudiendo la cabeza, Janet observó cómo su forma grande y sólida desaparecía en la
oscuridad.
-¿Alguna vez descansa? –preguntó a su cuñado.
Sir Kenneth se echó a reír:- No mucho cuando está en una misión. Pero no os
preocupes, está acostumbrado. Todos lo estamos. Descansará cuando estemos a salvo.
-¿Nosotros?
Algo parpadeó en su mirada:- El ejército de Bruce -dijo rápidamente, pero tenía la
sensación de que se refería a otra cosa.
Permanecieron en silencio por un momento, los sonidos de la noche los envolvieron. Se
estaba muy tranquilo. Casi asquerosamente. -¿Creéis que estamos a salvo?
-Sí, muchacha. Lamont es el mejor. Sería más que suerte que los ingleses nos
encontraran ahora."
-¿Y Magnus y Eoin?
Él rio:- No os preocupéis por ellos. Pueden cuidar de sí mismos. MacLean
probablemente ya ha elegido el lugar perfecto para un ataque sorpresa. Los ingleses no
tienen ninguna posibilidad.
-¿Pero cuarenta contra dos?
-Espero que hayan alcanzado a Douglas-Sir James -aclaró. Pero no es necesario.
El Douglas negro era bien conocido a lo largo de las fronteras:- Pero incluso si no lo
hicieron, cuarenta ingleses no son suficientes para dos Highlanders.
Janet descartó su jactancia como hipérbole típico de los Highlanders. Tenía que ser una
exageración, ¿no? Entonces, ¿por qué parecía realmente despreocupado?

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Ewen regresó unos minutos después, y lanzó un suspiro de alivio.
-Creo que ya se llevaron el cebo –dijo-. Podemos descansar aquí durante unas horas.
Por la mañana, veré cómo encontrar algunos caballos en el pueblo.
Ella asintió y apoyó la cabeza contra la pared, cerrando los ojos. La dificultad de los
últimos días pareció alcanzarla a la vez. No notó el suelo duro, la almohada de piedra o
el frío, y ni siquiera se molestó en acostarse, todo lo que podía pensar era dormir.
Sintiendo el peso de su mirada en ella, sus ojos se abrieron rápidamente justo antes de
que estuviera a punto de dormirse. Algo feroz y conmovedor pasó entre ellos. Algo
innegable.
Algo que la hacía sentirse segura. -Duerme –le dijo.
Y por una vez en su vida, Janet obedeció sin discusión.
Se despertó con un sobresalto. Con una premonición. Con una sensación de temor. Era
casi el amanecer, y una rápida mirada le dijo que una vez más, Ewen se había ido. Sir
Kenneth estaba dormido en ese momento, pero se despertó con su movimiento.
-¿Qué es?
Janet sacudió la cabeza:- No lo sé -se apretó a su abrigo con fuerza, como si fuera a
protegerla en su ausencia. Pero entonces oyó un sonido. Un lejano y agudo aullido.
-¿Qué es eso? ¿Un lobo?
Como un fantasma convocado por su voz, Ewen apareció:- No es un lobo, Es un
sabueso. Necesitamos movernos... ahora.

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Capítulo 14

¡Perros, maldita sea! ¿Cómo demonios habían captado su olor?


Ewen no tuvo tiempo de pensar en ello. Necesitaban perderse en los bosques y las
colinas de Lowther antes de que los ingleses los alcanzaran. Si podía oír a los perros,
tenían que estar cerca.
La Guardia de las Highlands usó el campo como un arma. Cuanto más denso era el
bosque, más abrupto y más hostil era el terreno, más podían quitarles la ventaja inglesa,
tanto en número como en su armamento superior. La armadura pesada inglesa y los
caballos eran una responsabilidad en estado salvaje, y Bruce había aprendido a usar eso
en su beneficio.
Ewen no perdió tiempo tratando de cubrir los signos de su presencia, rompiendo el
campamento tan pronto como pudieron reunir sus pertenencias. La vieja motte y el
fuerte habían proporcionado refugio, pero proporcionaría poca defensa. Peor aún, Janet
estaría justo en medio de ella.
Le hacía sentirse vulnerable de una manera que nunca había sentido antes. Bàs roimh
Gèill. Muerte antes de rendirse, el lema de la Guardia de las Tierras Altas. Nunca había
pensado que cuestionaría eso. Pero se rendiría mil veces antes de dejar que le sucediera
algo.
No sabía lo que eso significaba, pero sabía que era significativo. En medio del peligro,
ante un ataque, no pensaba en Bruce, Stewart, en un castillo inacabado o en su
responsabilidad con su clan, pensaba en ella, su seguridad era lo único que importaba, T
sólo por la misión.
Preparándose mentalmente, se volvió hacia ella. Pero nada pudo haberlo preparado para
el puño que envolvió su corazón y tiró cuando sus ojos se encontraron. Podía ver el
miedo, pero también la confianza de que, por más desesperado que parecía, la
protegería. Lo removió por dentro. Lo humilló. Casi lo puso de rodillas con la fuerza de
una emoción que nunca había sentido antes. Dios, él no terminó de pensarlo.
Pero nada podía impedirle acercarse a su rostro. Ella acarició su mejilla con la mano,
sintió el cuero de su guante contra su piel, ese gesto le inundó el corazón.
-Tenemos que huir -dijo, su voz irreconociblemente tierna.
Ella asintió:- Puedo hacer esto.
Él la creyó. Era fuerte y decidida. Y por primera vez, se dio cuenta de que no lo querría
de otra manera. Nunca había pensado en una mujer como algo más que una compañera
de cama o la encargada de la casa y el hogar. Era una criatura delicada y frágil a la que
debía proteger. Una necesidad, pero nunca alguien para estar a su lado, para hablar y
discutir con - por no hablar de volverle loco-. Pero Janet le hizo querer todas esas cosas.
Le pasó el pulgar por la boca con ternura:- No os detengáis, no importa lo que
escuchéis. Os encontraré.
La pequeña sonrisa que curvó su boca le robó su aliento.

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-Lo sé.
Y así corrieron. Corrió tan rápido como pudo empujarla hacia los páramos cubiertos de
nieve y las cumbres empinadas que se alzaban en la distancia. El ejército de Bruce se
había refugiado en ellos muchas veces antes, pero sería demasiado esperar encontrar a
alguien tan cerca de la aldea. Le tocaba a él y a Sutherland sacarlos de esto. No podrían
superar a sus perseguidores, no a pie, con perros y caballos persiguiéndolos.
No tenían tanto tiempo como él había esperado. La sombra del fuerte que había detrás
de él en el alba rompiente no había desaparecido cuando vio la primera mirada de
caballos.
-¡El río! -gritó por encima de su hombro a Janet-. A unos centenares de metros por
delante de los árboles. Siga hasta llegar al borde de la línea de árboles y luego a las
colinas-. Recordad lo que os dije. No os detengáis. No importa lo que oigáis.
Su rostro estaba enrojecido por el esfuerzo de correr, pero pensó que palideció. -Ewen,
yo...
No la dejó terminar:- ¡Id!
No podía oírlo. Ahora no. Esperó hasta que desapareció en el bosque antes de volverse
hacia Sutherland. Pero el miembro más nuevo de la Guardia de las Highlands ya lo
había anticipado:- ¿Tenemos el pase?
Ewen asintió. El valle profundo y estrecho de la cañada ralentizaría los caballos y le
daría a él y a Sutherland tiempo para ponerse en posición.
Pero no había tiempo. El enemigo ya estaba respirando en su cuello. Se volvió y sacó la
espada a la derecha cuando la primera arma enviada llegó y estuvo a dos palmos de él.
Bloqueó el golpe de la espada con un rápido giro de su espada que le tiró el arma del
inglés en sus propias manos. Un momento después, la espada de Ewen golpeó
duramente la pierna del soldado, casi cortándola.
Oyó el grito asustado del hombre antes de caer al suelo, la sangre derramándose por
todas partes, seguido de un cuerpo sin vida. Una rápida mirada le supuso a Ewen lo que
necesitaba saber: una docena de hombres de armas, un caballero, los brazos de
Beaumont, dos perros ladrando salvajemente.
Tan pronto como supo de la situación, el siguiente jinete estaba sobre él. Sintió un
rugido de energía surgir a través de su sangre mientras la ráfaga de batalla se estrellaba
sobre él. Se sujetó la espada en dos manos sobre su cabeza y la derribó contra la hoja
del otro hombre con suficiente fuerza para golpearlo de su silla de montar.
Uno a uno, él y Sutherland derribaron al enemigo, trabajando en tándem mientras
movían a los ingleses atacantes en posición en el estrecho paso.
Así, la batalla cambió. Los caballos no podían maniobrar. En lugar de los agresores, el
caballero inglés y sus hombres se convirtieron en arenques atrapados en un barril. Con
Ewen en un lado y Sutherland en el otro, no había donde ir. Fueron obligados a
abandonar sus caballos o morir.
Murieron de todos modos.

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El fuerte choque de batalla comenzó a apagarse cuando los ingleses cayeron bajo sus
espadas. Los ladridos se habían detenido. Uno de los perros parecía haber sido
pisoteado por la huella de los caballos, y el otro...
Ewen juraba, sacudiendo algo del sudor que se había acumulado debajo de su máscara
para despejar su visión. ¿Dónde estaba el otro perro?
Mientras se defendía de los golpes, exploró el área que les rodeaba, pastando sobre los
cuerpos de los hombres y los caballos que habían caído a su lado. Ni rastro del segundo
perro.
Un escalofrío recorrió su sangre cuando se dio cuenta de que había un hombre
desaparecido también.
Aún quedaban cuatro soldados. Tres de ellos habían convergido en Sutherland, con la
esperanza de dominarlo, mientras que el otro trató de evitar que Ewen lo ayudara.
Sutherland no necesitaba ayuda. Y Ewen tampoco. Intercambió golpes con el hombre de
armas, un bruto de pecho grueso, que logró lanzar un golpe sólido de su espada en el
hombro de Ewen antes de que el borde de la hoja pudiera encontrarse con su cuello.
Sutherland se había dado cuenta de lo que había sucedido
-¡Id! -gritó entre oscilaciones de su espada-. Yo acabaré con ellos.
Ewen no dudó. Saltando sobre uno de los caballos restantes, se desgarró en la dirección
que le había dicho a Janet.
Se inclinó sobre el cuello del corcel para evitar las ramas y los miembros que se
extendían en todas las direcciones del bosque que rodeaba la base de las colinas, y oró.
Rezó para que la alcanzara a tiempo.
Pero un momento después, Ewen oyó un sonido penetrante que lo perseguiría por el
resto de su vida. Un grito agudo y lleno de terror se abrió paso a través del aire brumoso
del amanecer, deteniendo su corazón y catapultándolo hacia el oscuro y desconocido
abismo de miedo.
Janet tenía toda la intención de seguir sus órdenes. Pero cuando el golpe penetrante de
metal contra metal se rompió a través del aire, su cabeza instintivamente giró en
dirección al sonido.
Se detuvo a mirar sólo un minuto, pero la vista que había visto en sus ojos no era la que
pronto olvidaría. Era una batalla, en todo su esplendor y horrible caos. Dos veces antes
había visto la violencia de la guerra -la noche en el puente cuando había intentado
rescatar a su hermana y el día en el bosque con Marguerite cuando conoció a Ewen-,
pero la brutalidad, la sobresaltó de nuevo. La visión de las espadas que se
arremolinaban, la suciedad que volaba, la sangre que chorreaba en masas, la asustó. Al
igual que los sonidos. La mismísima intensidad. El violento clamor del acero y la
muerte.
Como una plaga de langostas revestida de acero, los ingleses invadieron a los dos
Highlanders. Por todos los derechos debería haber sido una masacre. No podía respirar,
temiendo que Ewen estuviera muerto con el primer golpe. Pero había olvidado, o se
había dicho a sí misma que debía haber exagerado, su habilidad en su mente. La fuerza
extraordinaria y la intención mortal. El propósito brutalmente frío por el que se dedicó a
su tarea. Sir Kenneth luchó de la misma manera, no como un caballero, sino como un

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bárbaro. No era demasiado difícil imaginarlos aterrizando el terror a través de los mares
en un longiking de Vikingos.
Los dos Highlanders podrían ser superados en número, pero eran muy superiores en
habilidad.
En el primer parpadeo sombrío de la luz del día, en medio de ese caos y horror, los
uniformes ennegrecidos y los cuadros de color oscuro quemando como trajes
fantasmales, parecían seres inmortales y amenazadores de otro mundo.
Parecían... fantasmas.
La realización la dejó atónita por un momento, pero luego, recordando la advertencia de
Ewen, se volvió y corrió. Corrió hasta que le dolieron las piernas y sus pulmones se
sintieron como si explotaran, a través de los árboles y los matorrales, a lo largo de la
ribera rocosa que serpenteaba a través del bosque.
No había pasado más de una milla cuando oyó ladridos detrás de ella. El miedo apretó
su pecho ya agotador. Ella miró por encima del hombro, vio al perro que corría detrás
suya y contra todos los instintos de su cuerpo que gritaban correr peligro. Ella se obligó
a frenar.
El perro fue entrenado para cazar. Perseguir. No se detendría, y no podía escapar. Janet
no sería su presa. Con la mano en la empuñadura de su espada, se volvió para mirarlo.
Esperó que saltara sobre ella, se sorprendió cuando se detuvo a unos tres metros de
distancia.
Se miraron cara a cara silenciosamente. Bestia y hombre. O en este caso, mujer. A los
animales siempre les había gustado. Trató de recordar eso, mientras permanecía
inmóvil, a excepción de la elevación pesada de su pecho aspirando aire.
El sabueso era grande, su cabeza gris quedaba alrededor del nivel de su cintura. Su boca
estaba retraída, dejándola ver cada uno de sus dientes impresionantemente largos, pero
sus ojos negros eran más curiosos que otra cosa. ¿Podría un perro ser curioso?
Su piel peluda estaba sucia y enmarañada, y parecía que necesitaba un buen baño, pero
era un animal de aspecto agradable, con las largas y delgadas líneas de un cazador, si tal
vez en el lado flaco.
Con la mano que no sostenía la empuñadura de su hoja, metió la mano en el bolso que
tenía atado en su cintura y rebuscó hasta encontrar un trozo de carne seca.
Cautelosamente, lo sostuvo, murmurando sonidos tranquilizantes mientras el perro la
miraba especulativamente. Su corazón martilleó mientras el perro avanzaba lentamente
hacia ella. No queriendo tentar al destino, puso la carne en el suelo.
El perro se abalanzó sobre él. Devorándola en cuestión de segundos, volvió a mirarla,
dándole un poco de estímulo. A pesar de las circunstancias, se rio. Era un diablillo
lindo, más allá del tamaño y los dientes.
Tentativamente, extendió la mano, dejando que el perro la olisqueara, murmurando sus
disculpas.
-Lo siento, eso es todo lo que tengo -ladró de nuevo, y luego jadeó expectante,
sentándose a sus pies. Cuando ella extendió la mano para acariciar su cabeza, canturreó.
Janet se echó a reír. –Pero si no sois tan aterrador...

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De repente, un caballo y un jinete rompieron a través de los árboles. Un jadeo
asombrado se clavó en su garganta, sabiendo que se trataba del enemigo. El hombre la
alcanzó, obviamente con la intención de empujarla sobre su caballo, cuando de repente
el perro saltó, con los dientes clavándose en su brazo, tratando de arrastrarlo. De alguna
manera el perro y la bestia se enredaron bajo los cascos traseros del caballo, haciendo
que el caballo se echara adelante.
Oyó un chasquido horrible y el doloroso aullido del perro. Se dio la vuelta rápidamente,
pero al instante se dio cuenta de lo que había sucedido: el perro había sido aplastado
bajo el caballo, el caballo se había roto la pierna y el jinete... el jinete había sido
sacudido pero se estaba poniendo lentamente en pie. Malhumorado, sacó su espada y la
tiró hacia abajo sobre el enredado desorden de perro y caballo.
Ella gritó y se volvió.
-Maldito estúpido -gruñó. Con un golpe, el doloroso llanto del perro se detuvo. Lo
siguió con un segundo, y el angustioso crujido del caballo al intentar ponerse de pie lo
detuvo.
Sabiendo que vendría después a por ella, trató de correr, gritando de nuevo, cuando su
mano de acero agarró su brazo. La hizo girar, su espada se elevó por encima de su
cabeza.
-¿Dónde creéis que vais, estúpida perra rebelde?
Janet no pensó, ella reaccionó. Tuvo la suerte de haberla agarrado por su brazo
izquierdo, Porque con el derecho podía sacudir la hoja de su vaina y empujar con todas
sus fuerzas entre sus piernas, con la esperanza de herirlo fuertemente.
Justo cuando su cuchillo se hundió, oyó un espantoso golpe. Sus ojos se ensancharon.
Su mano se apretó en su brazo, y luego se soltó cuando cayó sobre sus pies, con una
lanza pegada a su cuello.
Ewen nunca había experimentado esa clase de rabia. La visión de Janet, casi
estrangulada por la áspera y rígida mano del caballero, le removió por dentro. Parecía
una flor a punto de ser aplastada por un tornillo de acero, sus delicados huesos no
coincidían con la fuerza del gran guerrero vestido de uniforme y la espada que, en
cualquier momento, podía cortar su cabeza.
Una furia negra se apoderó de él. Sed de sangre. La necesidad de matar. Su visión se
estrechó como si estuviera mirando a través de un túnel oscuro con un objetivo a la
vista. Él ajustó la lanza en su mano. No se dejó pensar que, si fallaba, ella moriría. No
tenía tiempo.
Cuarenta, treinta, veinte metros de distancia… él la lanzó con todas sus fuerzas.
La lanza arrancó el aire de un chirrido. Ewen cayó al suelo en el mismo momento que
el soldado. Janet se volvió, lo vio, y con un suave grito que le atravesó el corazón,
corrió hacia sus brazos.
Él la abrazó mientras ella enterraba su cabeza contra su pecho, saboreando cada
sensación que lo invadió. Está a salvo, se dijo a sí mismo una y otra vez. Segura. Pero
su maldito corazón no dejaba de latir desenfrenadamente.

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Las emociones que clamaban dentro de él no se podía comparar a nada de lo que había
experimentado ya antes, y le tomó un tiempo conseguir que estuvieran bajo el suficiente
control para hablar.
-¿Estáis bien?
Asintió contra su pecho, pero necesitaba verlo por sí mismo. Cuidadosamente, inclinó
su mentón hacia atrás y miró hacia los ojos anchos y llenos de lágrimas. La suave piel
bajo las yemas de sus dedos era tan pálida que parecía casi translúcida.
-Estaba tan asustada. El perro… -lo miró descolocada-. Fue horrible.
Una oleada de ternura se elevó dentro de él con una intensidad aplastante.
-Se acabó, cariño. Se acabó.
Ella asintió obedientemente -dudaba que lo hubiera hecho desde que era una niña, y
probablemente ni siquiera por aquel entonces- pero el horror del ataque estaba
obviamente todavía en su mente. Tembló contra él, sus delgados hombros temblaban, y
una feroz oleada de protección se apoderó de él. Pensó en poner su boca contra la de
ella, y besarla hasta que ambos olvidaran lo ocurrido.
Pero no lo hizo. El peligro había pasado, y con su ausencia vino el recordatorio de su
deber.
Lentamente, a regañadientes, la dejó ir.
Janet parpadeó hacia él, al principio sorprendida, y luego con una mirada herida que le
llegó a las entrañas.
Maldijo la injusticia. Los deberes, las lealtades, las responsabilidades, y los imposibles.
De repente, ella jadeó, su mirada volando a su brazo.
-¡Estáis herido!
Miró hacia abajo, dándose cuenta de que la espada del inglés había cortado su una
pequeña parte de sus ropajes y la sangre se filtraba. A decir verdad, él no lo sentía.
Aunque no podía decir lo mismo acerca de su pierna, que palpitaba y quemaba como si
alguien le hubiese echado whisky y luego la encendiera.
-Estoy bien. Es sólo un rasguño.
Sus labios se convirtieron en una fina línea, molesta. ¿Quién podría pensar que al estar
enfadada podía parecer tan dulce?
-Vuestro brazo podía estar colgando de una cuerda y diríais que estáis bien -un rincón
de su boca se alzó en una media sonrisa. Probablemente tenía razón-. Todos los
guerreros sois iguales... -se detuvo y miró a su alrededor con ansiedad-. ¿Dónde está Sir
Kenneth?
-No os preocupéis. Estaba acabando cuando fui a buscaros. Aparecerá en cualquier
momento.
-No puedo creerlo; no lo habría creído si no lo hubiera visto por mí misma. Dos
hombres contra tantos -su voz contenía la inconfundible reverencia del temor. Pero no
pudo disfrutarlo. De algún modo lo supo incluso antes de que sus ojos se fijaran en los
suyos- tú eres parte de eso, ¿no? ¿Eres uno de los fantasmas de Bruce?

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¡La sangre de Dios, la muchacha se metía en problemas aun queriéndolos y sin querer!
Había visto demasiado, y ahora estaba haciendo conjeturas, conjeturas peligrosas que
podía ponerla en peligro. ¿No era lo suficientemente peligroso? El conocimiento,
incluso las sospechas, tendría la mitad del ejército inglés detrás de ella. Identificar y
capturar a los miembros del ejército secreto de Bruce se convertían en los primeros de la
lista del comando inglés.
Su expresión no dio ninguna pista de la tormenta de emociones que su pregunta se había
desatado dentro de él. Él fingió una distraerse despreocupadamente.
-¿Vuestros padres no os dijeron que no existe tal cosa como los fantasmas?
Levantó la barbilla:- ¿Negáis ser parte del ejército secreto que ha causado estragos en
las tropas inglesas?
La cortó con un juramento, tomándola por el brazo.
-Tenemos que irnos.
-No contestasteis a mi pregunta.
Pero apenas las palabras salieron de su boca cuando ella también lo oyó. El aullido de
un perro, y no muy lejos detrás, el sonido de los caballos. Sus ojos se abrieron y ella
hundió los talones en el suelo, impidiéndole que la tirara hacia el caballo.
-¿Y qué hay de Sir Kenneth? ¿No tenemos que esperarlo?
Su boca cayó en una lúgubre línea.
-Nos encontrará.
Él esperó. Pero el sonido de los jinetes que se acercaban no era un buen presagio.
Maldijo de nuevo en silencio, sin querer añadir a su preocupación. Pero la misión que
había empezado mal sólo parecía estar empeorando.
Estaba a punto de ayudarla a subir al caballo, cuando se alejó de nuevo.
-¡Esperad! Olvidé mi daga.
Dándose cuenta de que debía haberlo usado para intentar defenderse, él la detuvo para
que no la siguiera.
-Yo os lo traeré.
Se acercó al cuerpo del caballero muerto. No tardó mucho en localizar el cuchillo.
Bueno, estaba condenado. Si su lanza no hubiera terminado con su vida, éste cuchillo,
que estaba acuñado profundamente en su pierna, lo habría hecho.
Sintió una inconfundible oleada de orgullo. La muchacha era una luchadora. Su primera
impresión meses atrás de La Valquiria no había estado lejos.
Limpió la sangre de la hoja con sus zapatos, que ya estaban salpicados de todo tipo
suciedad, se la devolvió.
Ella lo miró vacilante.
-¿Lo hice…?

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Sabía lo que estaba preguntando. -Os defendisteis bien, muchacha. Le hubierais matado
-mintió.
Ella suspiró, visiblemente aliviada:- No estaba segura.
Ewen tenía el alma suficientemente oscura para los dos. Podría protegerla de eso al
menos.
Otro aullido -discerniblemente más cercano- puso fin al breve retraso.
Ayudándole a subir al caballo, montó detrás de ella y se fueron, con dirección a lo largo
de la orilla del río hacia las colinas. Cabalgarían todo el tiempo que pudieran, esperaba
que lo suficiente para romper con el olor y hacerles más difícil seguirlos. Una de las
mejores maneras de hacer eso era con otro animal. El agua también ayudaría. Siempre
que era lo suficientemente superficial como para hacerlo, dirigían los caballos hacia el
río.
Continuaron a ese ritmo frenético durante unos pocos kilómetros, hasta que los sonidos
de sus perseguidores, se volvieron cada vez más débiles, desapareciendo por completo.
Lanzó un suspiro de alivio. Los habían perdido por ahora, y no demasiado pronto. Se
vio obligado a retrasar considerablemente su paso a medida que el suelo comenzaba a
elevarse y el bosque y el valle del río daban paso a laderas cubiertas de brezos que le
llamaban como la primera vista de tierra después de días en el mar. Casa. Refugio. La
seguridad.
Aunque el amanecer había desaparecido hacía algún tiempo, una gruesa manta de niebla
invernal apareció escondida las cimas de las montañas desde la vista. No sólo parecían
ominosas e inquietantes, sino que también proporcionaban un montón de cobertura para
que desaparecieran. Incluso si los ingleses recogían su rastro de nuevo, pensarían dos
veces en seguirlos hacia un terreno tan peligroso.
Pero no iba a arriesgarse. El tener un caballo les impedía, desde este punto, cuando
llegaron a un pequeño puente sobre el río, le dijo a Janet que esperara mientras lo
recorría. Desmontando, golpeó el caballo en la grupa y lo miró galopar por el estrecho
sendero. Con un poco de suerte lo haría durante algún tiempo. Con cuidado de esconder
sus huellas, retrocedió sus pasos hacia donde Janet lo observaba.
Miró fijamente al oscuro río con una nariz arrugada.
-Supongo que mis pies se van a mojar de nuevo.
Él sonrió ante su expresión.
-Me temo que sí.
Enseñándola a pisar piedras o tierra más dura cada vez que podía, él la ayudó a bajar la
orilla del río y al agua. Desafortunadamente, a diferencia del último río, los bancos eran
empinados, y el agua se arremolinaba casi hasta sus rodillas.
Siguieron el río hasta la colina hasta que el terreno creció, siendo demasiado empinado
y el agua se convertía en cascadas. Subiendo por el banco, señaló una gran roca.
-Podemos descansar un rato.
No necesitaba más estímulo, se derrumbó. Encogiéndose de las bolsas que llevaba, usó
uno de ellos como un asiento y se unió a ella. Afortunadamente, junto con las bolsas de

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sus pertenencias, él también llevaba la comida. Trató de no pensar en Sutherland,
diciéndose a sí mismo que su nuevo recluta podría cuidar de sí mismo. Pero el ataque no
debería haber ocurrido. Era tarea de Ewen asegurarse de que no lo hiciera. Si se sentía
responsable, era porque él era responsable. Había fallado, maldita sea, y el fracaso no le
iba bien.
¿Qué había salido mal? ¿Cómo diablos los perros habían recogido su olor?
Aparentemente sus pensamientos corrían en la misma dirección que la suya.
-¿Creéis que los hemos perdido?
-Por ahora -dijo-. Con los caballos y el río, los perros tendrán problemas para seguir el
olor.
-¿Cómo lo recogieron en primer lugar?
-No lo sé. Me aseguré de que no dejamos nada...
Se detuvo, con la mirada fija en un resplandor de pelo dorado que se había deslizado de
su trenza. Incluso en la bruma, su dorada cabeza brillaba. Su cabeza dorada y desnuda.
Su boca cayó en una línea dura, dándose cuenta de lo que había ocurrido. Perjuró. -
¿Dónde está vuestra gorra?

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Capítulo 15

La mano de Janet se dirigió a su cabeza reflexivamente. Se sorprendió al encontrarse


con nadie.
-Oh, no me di cuenta -ella pensó de nuevo-. Debió habérseme caído anoche, cuando me
bajé del caballo.
Maldijo otra vez, lo que era redundante en su opinión, ya que la expresión de su rostro
lo decía todo. Estaba furioso. Más allá de furioso, en realidad. Airado. Tormentoso.
Cuarenta días y cuarenta noches de tormenta.
-Eso explicaría el cómo es que nos están siguiendo.
-Lo siento, no me di cuenta… -se levantó y la levantó. Ella estaba medio sorprendida de
que no la tomara por el pelo y la arrastrase por el suelo.
-Maldita sea, os dije que necesitábamos tener cuidado. No es de extrañar que pudieran
seguirnos tan rápido. Vos los trajisteis con nosotros.
No necesitaba decirlo; Janet sabía lo que estaba pensando. Esta era la razón por la cual
una mujer no pertenecía aquí. Una mujer no tiene lugar en la guerra. <Vuelve a tu
bonita caja y no te metas>.
Había deseado tanto poder impresionarlo, para mostrarle que podría ayudar en todo lo
que podía, de una manera diferente, pero de una manera que también fuese valiosa. En
vez de eso, había demostrado justo lo contrario. ¿Cómo podía esperar que él la viera de
cierta manera si cometía esos errores tan tontos?
Janet quería discutir con él. Su instinto era defenderse, tratar de hablar de su manera de
salir de ella. Pero por una vez no tenía una excusa ni una explicación. No estaba siendo
injusto, sólo decía la verdad, aunque la mayoría de la gente no lo hubiera dicho tan
claramente.
Pero evitar los sentimientos heridos no era el punto fuerte de Ewen. No, él era honesto y
directo. Por lo general, no le importaba. Pero estaba asustada y cansada, habiendo
dormido sólo unas pocas horas en los últimos días, y sintiéndose inusualmente
vulnerable después de lo que había sucedido antes.
Habían compartido algo en el bosque: una honestidad de emoción que ella no iba a dejar
que él negara. Había estado tan segura de que iba a besarla. Tan segura de que había
dejado de lado cualquier reserva que tuviera. Pero él se había alejado de ella de nuevo.
Y ahora…
Sus manos se retorcieron, una sensación de malestar creciendo en su estómago.
-Fue un error inocente –susurró.
-Un error que podría habernos matado. A todos -se estremeció tanto por la dureza de su
mirada como por las palabras que le acompañaba.
-He dicho que lo siento; No sé qué más puedo hacer.

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-Nada. Pero la próxima vez que os diga algo, intentad seguir las órdenes.
Janet había alcanzado los límites de su aceptación pasiva de culpabilidad.
-No soy uno de vuestros hombros, como para que estéis ordenándome.
-Eso está más que claro. Mis hombres tienen mucha más disciplina.
Ahora no era el único que había perdido la paciencia; Janet acababa de perderla,
también.
Jugando con sus manos, dijo:- Las mujeres no tienen lugar en el campo de batalla, ¿es
eso lo que queréis que diga?
Sus ojos brillaron. Se inclinó más cerca de ella y gruñó:- Es un buen comienzo.
Janet quería pisarle el pie con fuerza. Pero como eso sin duda le daría todavía más la
razón, para tratarla como una niña, sacudió su cabeza con un ruido fuerte. Era el hombre
más exasperante, paternalista, brutal y descaradamente irracional que había conocido.
Y, sin embargo, mientras él se pasaba de aquí para allá con la faena, desgraciadamente,
una parte tonta de ella todavía esperaba que él la tomara en sus brazos y le dijera que
todo estaba bien. Consolándola, como había hecho antes. Para un hombre tan
formidablemente construido, había sido sorprendentemente suave.
Pero la comodidad era la última cosa en su mente.
-Tendréis que quitaros la ropa.
Ella retrocedió:- ¿Mi ropa?
-Sí, toda. Y entrar en el río. Apestais a campanillas azules; fregad cada pedazo de ella,
vuestro pelo, y piel. Tenemos que asegurarnos de que habéis perdido el olor.
-Pero… -miró la pequeña piscina debajo de las cataratas. Incluso desde aquí parecía
helada.
Y no apestaba a campanillas azules. Ewen apretó la mandíbula como si luchara por
mantener su paciencia a raya.
-Maldita sea, ¿puedes seguir instrucciones? ¿Por una vez?
Sus ojos se cerraron en una silenciosa batalla de voluntades. Ella había tenido
suficiente de sus malos –y bruscos- modos.. Una sonrisa secreta se deslizó por sus
labios, mientras el diablo dentro de ella levantaba su fea cabeza. Puedo seguir
instrucciones, de acuerdo.
-Como deseéis.
Dejó caer la tela escocesa de sus hombros, ésta cayó en un charco oscuro a sus pies.
Él parpadeó.
Levantando una ceja muy desafiante, desabrochó su camisón, que se unió al montón
despilfarrado, a sus pies. Se las arregló para encontrar su voz en el momento en que se
había quitado las botas y comenzó a deslizar los calzones de cuero sobre sus caderas.
-¿Qué estáis haciendo? -preguntó, en lugar de decirlo… en su opinión. Ella sonrió,
quitándose la manga.

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-Seguir las órdenes -lo miró inocentemente-. ¿Necesitáis un poco de agua?
-¿Agua? ¿No, por qué?
-Vuestra garganta suena un poco seca.
Y con eso, levantó la camisa sobre su cabeza. Debe haber sido la batalla. O tal vez el
agotamiento físico de los últimos días. Pero Ewen se quedó allí, mirándola, sus
miembros se congelaron. No podía moverse. Él no tenía la fuerza para detenerla.
Dios mío, paradla.
Pero antes de que alguna forma de autopreservación pudiera tomarse, su camisa aterrizó
en el suelo. El mundo se detuvo. Su corazón se olvidó de latir. Tenía la boca seca.
Terriblemente seca. Su garganta estaba tan seca como los desiertos de Outremer, y sabía
que no había suficiente agua en los océanos de la cristiandad para saciar la sed que tenía
por ella.
Janet era perfecta. Alta, delgada y con curvas en los sitios donde debía. Con una piel
cremosa y perfecta. Aquellos pechos redondos, eran más increíbles de lo que recordaba,
los pezones rosados y pequeños, por no hablar de su monte de Venus, entre aquellas
piernas…
¡Dulce Jesús! Él gimió. El deseo se instaló en su ingle, caliente y dolorido, tirando y
apretando con necesidad. Su voz lo trajo de vuelta.
-¿Es esto lo que queríais?
El desafío ronco de su voz envió unas ondas de lujuria corriendo por su espina dorsal.
La miró a los ojos. ¡Maldita sea! La muchacha no tenía un hueso débil o vulnerable en
su cuerpo. Incluso desnuda como el día que Dios la trajo al mundo, ella era audaz,
desafiante y fuerte.
Lo suficientemente fuerte como para romperlo.
En menos de cinco segundos, la tenía en sus brazos, su piel aterciopelada pegada contra
la suya. Jadeó ante la brusquedad de su movimiento, pero no se resistió. No, Janet había
pedido esto, y juraba por Dios que, lo tendría. Durante una fracción de un segundo,
Janet sintió un parpadeo de miedo y se preguntó si lo había empujado demasiado lejos.
Pero entonces estaba en sus brazos, y ella sabía que nunca la haría daño.
Incluso fuera de control, Ewen la sostuvo con una dulzura que fue desmentida para las
proporciones desmedidas de su cuerpo fuerte y duro contra ella.
El cuero y el acero de su armadura contra su carne desnuda fue un shock, aunque no fue
desagradable. Había algo extrañamente sensual en tener todo ese cuero caliente,
metálico, y frío presionando contra ella. O tal vez era sólo que había estado tan fría
antes, que el calor que irradiaba de su cuerpo hizo que cualquier incomodidad pareciera
pequeña.
Inclinó la cabeza hacia atrás, mirándolo a los ojos. La ferocidad de su expresión envió
una emoción a través de sus venas.
-Joder -dijo con enfado, su último suspiro de protesta antes de rendirse.
Todos los pensamientos de dulzura fueron olvidados mientras su boca cubrió la suya.
La besó ásperamente, sus labios que se movían sobre los suyos con una posesividad

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feroz que la hicieron jadear. Y gemir. Más de una vez. Especialmente cuando empezó a
usar su lengua. Los golpes profundos y penetrantes definitivamente provocaron muchos
gemidos por su parte. Gritos bajos y urgentes que parecían comenzar en algún lugar
profundo, justo en el lugar en que podía sentirlo duro contra ella.
Janet se estremeció, su cuerpo respondió a la evidencia primitiva de su deseo. Era
dolorosamente consciente de cada pulgada gruesa de esa evidencia. Ewen la acercó más,
doblándola hacia atrás, yendo más y más profundo. Tenía que luchar para mantener su
control, su inocencia no era rival para el crudo ataque de la pasión.
Sabía que él la estaba castigando por obligarle a esto, tratando de asustarla con la
intensidad de su deseo. Pero Janet se encontró con él de frente. Podía ser una doncella
inocente, pero los instintos que despertaba en ella eran los de una desvergonzada.
Ella quería esto. Todo lo que hacía, y la cruda sensualidad de su pasión sólo hacía
aumentar la suya. Sí, estaba caliente, su piel casi febril. Parecía derretirse, disolviéndose
en un charco de calor fundido. Se había quitado los guantes y la sensación de sus
grandes manos callosas vagando por su piel desnuda acariciando, , apretando, sin dejar
ninguna pulgada intacta, sólo aumentó ese calor y provocó muchos más gemidos.
-Dios, te sientes tan bien. Vuestra piel es tan suave -su aliento le hizo cosquillas en la
oreja, pero fueron sus palabras las que la hicieron estremecer-. Quiero tocaros por todas
partes. Cada centímetro, mo chroí.
<Mi amor> la tierna palabra hizo que su pecho se apretara. Janet no podía creer que que
Ewen le estuviera hablando así. Las palabras amables y suaves no podían estar más en
desacuerdo con el brusco guerrero que hablaba sin pensar ni cuidar las gracias sociales.
Era una combinación embriagadora, la pasión feroz y áspera mezclada con las palabras
suaves y sensuales.
Sus manos la poseían, deslizándose por su espalda, sobre su trasero, levantándola un
poco más contra él, balanceándose... ¡Madre de Dios! Ella podría haber saltado, todo su
cuerpo chispeando con una energía que no se diferenciaba de los relámpagos
embotellados. Se olvidó de respirar, inmutada y esperando.
¿Para qué?
-Dios, me estás matando.
Normalmente, ella no pensaría que eso era algo tan bueno, pero la forma en que lo dijo
le hizo pensar que podría serlo. Su boca se movió hacia abajo y sobre su cuello con
hambre, poniendo su piel en llamas en su camino.
Su corazón palpitaba. Sus rodillas estaban tambaleándose. Y el lugar entre sus piernas...
Una nueva oleada de calor se elevó hasta sus mejillas. Ni siquiera quería pensar en lo
que estaba sucediendo allí. Ella estaba caliente y dolorida y... mojada, con extraños
pequeños parpadeos-.¡Oh! Se balanceó contra ella de nuevo y esos extraños pequeños
parpadeos empezaron a sonar. Lo quería allí. Justo ahí. La gruesa columna de acero se
encajó alta y apretadamente, contra ella.
-Dulce Jesús, me estáis volviendo loco -su voz era áspera y apretada con moderación.
Janet conocía el sentimiento-. Quiero estar dentro de ti -le susurró al oído.

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Casi gritó con decepción cuando soltó su agarre y la dulce presión se fue. Pero su
desilusión duró sólo un momento. Su mano deslizó sobre su estómago para cubrir un
pecho.
-Tan suave -él gimió, apretando, acariciándola suavemente en su mano. Tus pechos son
increíbles. He soñado con hacer esto desde el primer momento que te vi.
¿Él lo hizo? Janet se alegró de que no parecía esperar una respuesta, ya que estaba
teniendo poco tiempo para respirar. Las sensaciones que le daban las manos en el
cuerpo le daban toda la atención. Instintivamente se arqueó en su mano, habiendo
descubierto con bastante rapidez que la presión aumentaba las sensaciones.
Pero ella no había anticipado la sensación de sus dedos rozando su pezón. La rudeza de
su pulgar sobre el sensible y palpitante pezón casi la hizo saltar de su piel de nuevo,
cuando otro de esos toques envió un destello de energía disparando a través de lo que
parecía ser cada terminación nerviosa en su cuerpo.
Hizo un sonido áspero antes de que su boca cubriera la suya otra vez. Sintió que había
llegado casi al final. Su beso ya no era castigador, pero era determinado. Cada golpe de
su lengua, cada toque de sus manos en su cuerpo, parecía calculado para aumentar su
pasión, para acercarla más y más a algo que flotó justo fuera de su alcance.
Tembló de la anticipación. Ewen levantó su cabeza.
-¿Tenéis frío?
Ella sacudió su cabeza, negando. Dejó escapar un suspiro.
-Bien. -Sus ojos se oscurecieron-. Estás a punto de estar aún más caliente.
Se estremeció otra vez, oyendo la promesa sensual con su voz ronca. Era tan bueno
como decía. Un momento después, cuando su boca encontró su pecho, pensó que había
caído en las entrañas ardientes del infierno, porque seguramente debía ser un pecado
sentirse así. Ella gritó mientras su lengua rodeaba su pezón y comenzó a chupar.
Suavemente al principio, y luego un poco más rudo, mientras se arqueaba más
profundamente hacia su boca.
El calor. El contraste de su barba contra su piel. Piel con piel. Era demasiado. Y a la vez
no era suficiente. Janet comenzó a retorcerse de frustración, y finalmente le dio el alivio
que buscaba sin saberlo. Su lengua lamió y chocó contra su pezón al mismo tiempo que
sus dedos rozaron entre la juntura de sus muslos.
Ella se calmó, sabía lo que estaba a punto de hacer. Ella tuvo un momento de pánico.
Veintisiete años de virginidad, de aferrarse a su castidad como una reliquia sagrada, no
iba a renunciar a ella sin una punzada de incertidumbre. ¿Estaba esto mal?
Casi como si hubiera oído su tácita pregunta, levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron,
y cualquier incertidumbre que hubiera tenido, se había desvanecido con la emoción que
vio reflejada en su mirada.
Y entonces él la tocó. Ahí. En el lugar que ella sin saberlo había reservado para él en
este momento. El placer le llegó justo en el momento en el que él sostenía su mirada y
la acariciaba. Fue mágico. Hermoso. Y lo más natural del mundo. ¿Cómo podría estar
mal?

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Las sensaciones estaban creciendo más rápido ahora, corriendo a un ritmo frenético
hacia un fin muy próximo. Y momentos más tarde, cuando ella lo miró a los ojos,
mientras la acariciaba hasta el apogeo de la pasión, cuando su aliento se atrapó, su
cuerpo se apretó y el calor se extendió por cada centímetro de ella, rompiendo en una
luz cegadora, Janet sabía otra cosa: estaba muy contenta de que no fuera monja.
Ewen se perdió en el momento en que la miró a los ojos. Al verla separarse, viendo la
pasión extenderse por su rostro en una euforia descomunal y sensual, sus labios,
hinchados, se separaron, las mejillas enrojecidas y los ojos suaves de placer, desató algo
dentro de él que no podía retener.
La lujuria surgió a través de él, como nunca la había experimentado. Era más poderoso.
Más intenso. Más adentro. No sólo llenaba su pene -que estaba tan duro como un pilar
de mármol-, sino sus huesos, su sangre, cada centímetro de su cuerpo, incluyendo una
parte de él que no deseaba: su corazón.
Su necesidad por ella era elemental. Como el agua, la comida, y el aire que respiraba,
tenía que hacerla suya. El último reflujo de su liberación aún no había desaparecido
antes de que la tuviera en el suelo, la tela escocesa debajo de ella.
Buscó con sus zurrones. La próxima vez, juró. La próxima vez lo haría perfecto. Esta
vez tendría suerte si durase unos minutos. Estaba fuera de control, más allá del punto de
la razón, su cuerpo se movía solo. Ewen no quería pensar en ese momento. La sangre
latía a través de su cuerpo, en su cabeza. El sudor se reunía en su frente. Nunca había
deseado algo tan intenso en su vida.
Un aire dichoso y frío golpeó su piel caliente mientras se liberaba de las dolorosas
ataduras. Se colocó en posición, apretando su cuerpo sobre el suyo, sintió alivio. Era
duro y palpitante. Dolores palpitantes. Una gota escapó en una anticipación perversa.
Sus dientes apretados. Unos segundos más... No podía esperar ese primer momento
exquisito de contacto, cuando la punta caliente y sensible, encontraría esa humedad
cálida y femenina. Casi podía sentirla apretada y caliente alrededor de él, un guante
apretado aterciopelado, apretando... apretando... Sus nalgas se apretaron.
Sus ojos se abrieron grandes. La sonrisa que se extendía por su cara le apretaba el pecho
y le dejaba sin respiración.
-Tan hermosa…
-Eso fue maravilloso. Nunca imaginé que... -Le miró- ¿Hay más? -chica codiciosa Él
sonrió.
-Sí, esto es sólo el comienzo. Voy a haceros mía.
Se quedó quieto. La palabra sacudiendo algo dentro de él, despertando su conciencia al
mundo real.
-¿Hacerme qué? -Janet miró hacia abajo, sus ojos se abrieron cuando cayeron sobre él.
-¡Oh, Dios!
Sus ojos se volvieron hacia él con incertidumbre, y con más que un poco de miedo. No
fue sin un porqué. Fue construido para el placer de una mujer. Pero ella no era una
mujer, era una sirvienta. Una criada, corrigió.

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Cada músculo de su cuerpo se flexionó con moderación. Sería tan fácil dejarse llevar.
Ewen inclinó la cabeza, su cuerpo temblaba, luchando por el control como la necesidad
de su cuerpo de luchar contra su mente. Una mente que quería apagar.
<Solo termina. Puedes hacer que sea bueno para ella. Ella quería esto. Es demasiado
tarde, maldita sea.>
Pero no era demasiado tarde. Aún no.
<Ella no es tuya. Pero puede serlo. Unas cuantas pulgadas más, y puedes hacerlo así.>
¿Pero a qué precio? ¿Por todo lo que había estado luchando por lograr? Al fin y al cabo,
era como su padre. Maldijo, sin darse cuenta de que había pronunciado el vil juramento
en voz alta hasta que ella jadeó.
-¿Qué sucede? -levantó la mano y tocó su tensa cara.
Se encogió de hombros y se alejó, cada instinto en su cuerpo rugiendo en protesta.
-No puedo hacer esto.
-¿Por qué no?
Ya estaba de pie, alejándose. No podía mirarla; La voz rota de Janet le estaba
reconcomiendo por dentro. Necesitaba un minuto, más de un minuto, para controlarse.
-Hay algo de jabón y ropa extra en mi bolsa. Lava las malditas flores Tan pronto como
hayáis terminado, podemos irnos.
Alejarse era lo más duro que Ewen había hecho. Maldijo cada paso que tomó lejos de
ella. Su honor y lealtad habían sido empujados hasta el punto de ruptura. Ahora sin
saber qué hacer.

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Capítulo 16

Janet no entendía lo que acababa de suceder. En un minuto estaba allí con ella, y
estaban tan cerca como dos personas podrían estarlo; al siguiente estaba en otro lugar.
En un lugar que Janet no podía alcanzar. La ferocidad de su expresión la alarmó.
Parecía roto, torturado.
Lo llamó mientras se alejaba, pero él actuó como si no la hubiera oído y continuó dando
pasos. Literalmente, de espaldas. Si no estuviera tan confundida, podría haberse echado
a llorar. ¡Cómo se atrevía a dejarla así! Había estado preparada y deseosa de
experimentarlo todo.
Se había entregado a él, y él la había rechazado.
Sola, y sin el calor de su cuerpo, se estremeció. El frío de la brumosa mañana volvió a
filtrarse en sus huesos. Pero no era nada comparado con lo que vendría. Sin más
remedio que hacer lo que dijo, pasó dos, quizá tres, de los minutos más desagradables
de su vida, bañándose en la helada piscina de agua bajo las cataratas.
Forzar sus pies fuera de la cornisa rocosa no era una proeza. Sólo sabiendo que ella era
la culpable de que los ingleses la siguieran la obligaron a avanzar. Ella saltó. Decir que
el agua era un choque era una subestimación de proporciones prodigiosas. Se
estremeció en cada pedacito de sus huesos, tomando su letargo y cualquier memoria
persistente de qué había sucedido justa con ella. Pero nunca lo olvidaría. Le había
enseñado a ver el cielo, y nada ni nadie podía quitárselo. No él. Ni el agua. Nada.
Saliendo a la superficie, se frotó el cabello y los miembros con la mecha de jabón llano,
tratando no sólo de borrar el "olor" de campanillas, sino también para mantener la
sangre en movimiento para no congelarse hasta la muerte.
Salir no proporcionó mucho alivio. Sus dientes seguían chocando minutos después
cuando regresó. No tenía que preguntar dónde había estado. De su cabello húmedo, se
dio cuenta de que él también se había bañado, aunque más abajo en el río.
Su mirada la recorrió. Si le complacía ver que había hecho lo que le había dicho, no
podía decirlo. Toda la evidencia de la expresión torturada se había ido de su rostro, sus
rasgos una vez más educados en una máscara en blanco.
La falta de emoción la irritaba. ¿Cómo podía estar tan intacto, cuando ella estaba tan
afectada? Frunció sus labios, la ira rompiendo con algo de la confusión.
-¿Necesitáis ayuda?
Al parecer, había notado la dificultad que estaba teniendo para vestirse. Aunque había
logrado ponerse una de sus camisas y un par de pantalones de lana, la camisa ya estaba
a medio disimular de su cabello mojado y sus dedos no cooperaban mientras trataba de
tirar de las mangas.
Ella sacudió su cabeza. Como una ofrenda de paz -si eso es lo que era- no era suficiente.
La había rechazado, dejándola así, y no iba a dejar que fingiera que nunca había
sucedido. ¡Como si ponerse su ropa pudiera borrar esos recuerdos!

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Estaba a punto de envolverse otra vez en el plaid, cuando él la detuvo.
-No podéis usar nada de lo que teníais antes. Lo dejaremos con las otras cosas.
-Pero pertenece a Eoin, y es cálido.
Pensó que su boca se apretaba un poco más.
-MacLean lo entenderá -Ewen despegó su propio plaid y se lo entregó-. Podéis llevar el
mío.
Sus ojos se detuvieron por un largo latido del corazón, como si hubiera algún tipo de
significado más allá del calor que ofrecería, pero luego apartó la mirada y el momento
había desaparecido.
Tomó el plaid y rápidamente lo envolvió alrededor de sí misma, incapaz de retener el
suspiro de placer mientras el calor envolvía sus miembros congelados. El calor de su
cuerpo parecía capturado en el intrincado tejido de los hilos de lana. Si inhalaba (lo que
hacía), sólo podía percibir un débil olor del familiar pino y cuero.
Después de unos minutos estaba lo suficientemente caliente como para terminar de
vestirse. Ella recogió los mechones de su pelo en una trenza apretada en la nuca y se
sujetó las botas. Al menos no había insistido en que fuera a descalzo.
Extendió un pedazo de cuerda, que ella miró inexpresivamente.
-Para los calzones -explicó- los lazos no parecen estar funcionando muy bien.
De hecho, tenía que arrancar constantemente los pantalones de montar sobre sus
caderas. Todavía, eran mejores que sus otras opciones: su hábito o el buen vestido que
Mary había enviado para que ella apareciera en la corte.
Se metió la camisa de lino en los pantalones y se la puso alrededor de la cintura, usando
la cuerda como cinturón. Al darse cuenta de la forma en que sus ojos cayeron sobre sus
caderas, persistiendo con un hambre casi palpable por un momento hasta que él forzó su
mirada lejos, ella se aseguró de tomar su tiempo. Pequeña venganza tal vez, pero resultó
sorprendentemente satisfactorio.
El cinturón añadido ayudó, y unos momentos después, después de haber atado sus viejas
ropas prestadas alrededor de un montón de rocas y arrojarlas al río, recogió sus
pertenencias para marchar.
Pero Janet no estaba lista para irse. No sin una explicación. Le cogió el brazo antes de
que pudiera marcharse.
-¿Por qué lo dejaste así? ¿Hice algo mal?
Su mandíbula se apretó, su mirada azul acero encontró la suya:- No ahora, Janet.
Necesitamos moverse más alto hacia las colinas. No habrán parado la cacería.
-Quizás no, pero a menos que creas que están detrás de nosotros, seguramente me
puedes ahorrar unos minutos. ¿No me merezco alguna explicación?
Su expresión se volvió dolorida:- No hiciste nada mal. Fue mi culpa. Nunca debería
haber pasado.
-¿Por qué no?

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Sus ojos se encendieron. -Porque no está bien. Tu inocencia pertenece a tu marido,
maldición.
Janet se puso rígida, tratando de no reaccionar exageradamente o de estar decepcionada.
Su reacción fue comprensible, eso era lo que la mayoría de los hombres pensaban. Pero
no quería que pensara como la mayoría de los hombres. Quería que él la viera por sí
misma y no como una posesión o un accesorio. ¿Era demasiado pedir?
A veces casi podía convencerse de que era diferente. Que su lado irracional fuera sólo el
resultado de la inexperiencia. Que no sabía nada mejor, pero que una vez que llegara a
conocerla, la vería como... ¿qué? Capaz. Ciertamente no una virgen para ser cambiada y
vendida como una preciada vaca.
-Mi inocencia me pertenece a mí -dijo con firmeza-. Es mi decisión perderla o no.
-Quisiera que fuera verdad. Pero no es tan sencillo, Janet. Eres la hija de un conde y la
cuñada del rey. Vuestro marido esperará...
-¿Qué marido? No estoy casada, ni tengo la intención de estarlo.
Su vehemencia lo sorprendió:- Parecéis muy segura.
Levantó la barbilla:- Lo estoy.
-No podéis seriamente estar considerando ser monja, ¿verdad?
Después de lo que acababa de suceder, sonaba tan inverosímil para ella. Pero ella haría
lo que debía.
-Si esa es mi única alternativa al matrimonio.
Hacéis que el matrimonio suene como una sentencia de muerte. ¿Sería realmente tan
horrible?
Pensó en su familia. Sí, lo sería. ¿Cómo podría explicarlo? ¿Cómo podía hacerle
entender lo que para él, para la mayoría de los hombres, debía parecer antinatural?
-Me perdería a mí misma.
Su frente se arrugó:- ¿Cómo?
-Ya no tendría la capacidad para controlar mis propias acciones. Todo, -incluso la
decisión más pequeña-sería controlada por mi marido. Mi voluntad ya no sería mía. No
tengo ningún deseo de ser tratada como un mueble.
Ewen frunció el ceño:- No siempre es así.
Ella alzó una ceja:- ¿Así que conocéis a muchos hombres que tratan a sus esposas como
iguales?
Su ceño se profundizó:- Unos pocos.
Su corazón se adelantó. ¿Eso le incluye así mismo?
-¿Y permitiríais a vuestra esposa el poder de tomar sus propias decisiones aunque no
estuvieran de acuerdo con la vuestra?
-No estamos hablando de mí.

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-No, no lo estamos -dijo en voz baja, su corazón apretando con inesperada decepción.
No podría haber pensado en él como un marido, ¿no? -Pero quisiste conocer mis
razones, y vos sois un ejemplo perfecto. Vos habéis dado vuestra opinión sobre lo que
estoy haciendo, y muy claro. ¿Con qué derecho podía esperar que otro hombre se
sintiera diferente? ¿Podéis imaginar a un marido que me permita continuar mi trabajo?
Su boca se apretó silenciosamente:- Vuestro trabajo es peligroso.
-Así que necesito estar protegido de mí misma, ¿no es así? –no le sorprendió que no
respondiera. Decidió devolverle la pregunta- ¿Por qué estáis tan seguro de que no
debería estar haciendo esto? ¿Por qué tenéis tan poca consideración por las mujeres, o
sólo soy yo?
Parecía sorprendido.
-Jesús, Janet, sólo porque no creo que sea seguro para vos vagar por toda Escocia sola
en medio de una guerra, haciendo algo que os pueda matar si os descubren, no significa
que piense menos acerca de vos. Diablos, os habéis hecho valer después de lo de hoy.
Habéis soportado tan bien como cualquier hombre -su pecho se alzó ante sus palabras.
No tenía idea de lo mucho que significaban para ella-. Pero ser mujer os hace vulnerable
de diferentes maneras. Cuando pienso en lo que podría pasaros... -su rostro se oscureció,
y sus ojos tomaron un esmalte embrujado. -Maldita sea, ¿tenéis alguna idea de lo que
los ingleses os harían si supieran lo que hacíais?
Había algo más en el trabajo aquí que simplemente su opinión sobre los roles
tradicionales para hombres y mujeres. Obviamente, él estaba hablando por experiencia
personal.
-Decidme lo que pasaría.
Su mandíbula se apretó tan fuerte que pudo ver el músculo por debajo de él comenzar a
temblar.
-Fue hace unos cuantos años atrás... no mucho después de aterrizar en Escocia después
de hubiéramos sido forzados a refugiarnos en las islas durante unos meses -tragó saliva-
Fue cuando vuestro hermano Duncan había sido asesinado.
> Nos estaban cazados, la marea aún no se había calmado, y un puñado de aldeanos-en
su mayoría mujeres y niños- nos ayudaron a ocultarnos en las colinas. Los ingleses se
enteraron, y cuando volvimos a darles las gracias -sus ojos se encontraron con los de
ella- no quedó nadie a quien agradecer. Las mujeres habían sido violadas y golpeadas
antes de que les cortaran su garganta. Sólo una muchacha sobrevivió.
Janet jadeó. Aunque había hablado con su franqueza habitual, podía oír la emoción en
su voz y se dio cuenta de lo horrible que debió de ser.
-No fue vuestra culpa.
"Por supuesto que lo fue -dijo bruscamente- les pedimos ayuda, nunca imaginamos el
riesgo que les pedíamos que tomaran.
-Pero de todos modos lo habrían hecho -dijo suavemente- Aun sabiéndolo, os habrían
ayudado.
-¿Cómo podéis saber eso?

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-Porque yo habría hecho lo mismo.
La miró fijamente, sin decir nada por un momento.
-¿Por qué es tan importante para vos ser una mensajera?
-El por qué no debería importar. El hecho de que lo sea debería ser suficiente -¿Era
demasiado esperar que un hombre pudiera entender eso?- No os pregunto por qué hacéis
lo que hacéis. El hecho de que no lleve armadura ni una espada no hace menos
importante lo que hago -Ella hizo una pausa-. Esta guerra no será ganada solo por la
espada, Ewen. ¿Cómo creéis que los fantasmas de Bruce conocen el lugar adecuado
para atacar? -la observaba atentamente- Buena inteligencia pasó por mensajeros.
Ella lo dejó en eso, no queriendo decir más.
Parecía considerar lo que había dicho, pero si le daba algo de peso, no lo sabía. -¿Todo
esto es por vuestra hermana?
Ella se puso rígida:- ¿De qué estáis hablando?
-Vos no tenéis que probar o expiar lo que pasó en el puente. Mary no os culpa. Si
supierais lo desesperada que ha estado por encontraros, y lo ansiosa que está por teneros
de vuelta.
El corazón de Janet devoraba cada palabra. ¿Era cierto? Quería creerle y anhelaba
interrogarlo, pero eso significaría reconocer para sí misma que sus palabras tenían algo
de verdad.
-Mi hermana no tiene nada que ver con esto. ¿No es suficiente querer ayudar? ¿Debe
haber siempre una razón de más? ¿Y vos, por qué estáis aquí, Ewen? ¿Qué os hizo
decidiros a ser uno de los fantasmas de Bruce?
Le lanzó una mirada fulminante pero no tomó el cebo:- Me uní al ejército de Bruce
porque mi señor, y un hombre que yo respetaba por encima de todos los demás, me
pidieron que lo hiciera. Me he quedado para evitar que mi clan se extinga.
Sus ojos se agrandaron ante la franca honestidad. No hay fiebre patriótica o hablar de
libertad y tiranía de él, sólo ambición y recompensa.
-¿Vuestro padre? -preguntó ella.
Le tomó un momento comprender lo que quería decir. Cuando lo hizo, se rio.
-Apenas. Mi padre no era un hombre que inspirara mucha devoción. No, hablo del ex
mayordomo, sir James Stewart.
Janet no pudo ocultar su sorpresa. ¿Había hablado del señor de quien lo había criado?
Los Stewart Lords de Bute fueron uno de los clanes más importantes del país. ¿Estáis
conectado con los Stewarts?
Una sonrisa torcida giró su boca, como si adivinara la dirección de sus pensamientos.
-No de cerca.
Mi madre era la prima de sir James, su favorita -Al ver su confusión, suspiró como si se
resignara a tener que decir más-. Mi madre estaba prometida al jefe de Lamont cuando
conoció a mi padre -uno de sus jefes- y decidió casarse con él. Decir que el jefe de

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Lamont no estaba contento. Fue a la guerra contra mi padre y lo habría destruido sin la
ayuda de sir James -Sacudió la cabeza- Irónicamente, mi padre fue cortado del resto del
clan, lo que me dio la capacidad de salvarlo.
-¿Qué queréis decir?
-Como los MacDougalls, los MacDowells y los Comyn, mi primo -el actual jefe- y sus
hombres de clan se enfrentaron a Bruce y han sido exiliados y han desposeído las tierras
del clan, a excepción de mis tierras en Ardlamont. Si no fuera por mi conexión con los
Stewarts, y por lo tanto con Bruce, estaría con ellos. Tal como está, soy el último
Lamont en Cowal. Mi clan vive o muere con la habilidad de mi espada, por así decirlo.
Janet estaba aturdida. No era de extrañar que parecía tan obstinado y soltero en cada
misión. El futuro del gran clan se apoyaba en sus amplios hombros. Pero otra cosa que
había dicho le dio un susurro de posibilidad.
-¿Sois el jefe?
Él sostuvo su mirada.
-No se deje impresionar, señora. Es una retención menor solamente medio castillo.
Frunció sus cejas, sin entender el sarcasmo:- Hasta que el rey os recompense por
vuestro servicio.
Se encogió de hombros:- Si esa es su voluntad.
Ella lo miró especulativamente. Aunque lo había dicho con indiferencia, sintió lo
mucho que le importaba. Esto fue lo que lo llevó. Recompensa y una posición para su
clan bajo una realeza de Bruce.
También proporcionaba otra explicación de por qué había dejado de hacerlo. Despojar a
la cuñada del rey era muy poco probable que lo congraciara con Robert.
Pero no había ninguna razón por la que Robert pudiera averiguarlo. No es que ella
creyera que era probable influir en Ewen. Estaba demostrando que tenía una raya de
honor inconvenientemente acerada en él.
Se mordió el labio, preguntándose si había otra forma. A pesar de su continuo rechazo y
comportamiento atroz al alejarse de ella en medio de hacer el amor, ella todavía lo
quería y no iba a rendirse.
Por qué era tan importante para ella, no lo sabía. O ella era un glotón para el castigo o
había algo verdaderamente especial entre ellos que valía la pena los golpes continuos a
su orgullo. Y luego estaba la pasión. La atracción innegable que surgió entre ellos como
un reguero de pólvora. No podía descartar eso.
En cualquier caso, "no puedo hacer esto" no era una respuesta que ella pretendía
aceptar. También sonaba mucho como no. Si la voz de Mary susurraba una advertencia,
Janet la apartó. Ella sabía lo que estaba haciendo. Además, no había nadie más por ahí
para lastimarse.
Escudriñó el área detrás de ella.
-Ya hemos descansado lo suficiente.

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Ella alzó una ceja en cuestión. "Descansar" no era como describiría lo que habían estado
haciendo. Si no estaba segura de que era imposible que se ruborizara, las mejillas se
oscurecieron cuando comprendió su significado.
-Sí, bueno, podréis dormir una vez que esté seguro de que los hemos perdido.
-Creo que preferiría hacer algo más que descansar.
Le lanzó una mirada de reproche:- Janet...
Podría haber estado regañando a un cachorro travieso. Ella parpadeó inocentemente.
-¿Qué?
-No va a suceder. Os dije que era un error. Se acabó.
Ella sonrió, sabiendo que ninguno de los dos lo creía. No había terminado; acababa de
empezar. Ewen los empujó sin piedad, tanto para poner distancia entre ellos y los
ingleses como para mantenerla demasiado ocupada para trazar su caída.
La muchacha tenía un problema.
Y testarudo.
Y demasiado atrevido.
También era inteligente.
Y dolorosamente dulce.
Y mucho más fuerte de lo que había esperado.
No podía creer que estuviera todavía de pie. Hasta ahora, había sido cazada por perros,
atacada por un caballero inglés, mató a dicho caballero con una daga bien colocada a la
pierna, caminaba por kilómetros a la altura de la rodilla en un río helado, se bañaba en
ese agua helada y caminaba por kilómetros por las colinas heladas y cubiertas de niebla.
Como si eso no fuera suficiente, ella también se había metido en la ruina de un cabello.
Un orgasmo no podría compensar todo eso. Aunque había sido un infierno de un
orgasmo. No creía que alguna vez hubiera olvidado la expresión de éxtasis y sorpresa en
su rostro cuando su cuerpo se había roto debajo de él. La ráfaga de color en sus mejillas,
los ojos entrecerrados con pasión, los labios suavemente entreabiertos se hincharon por
el beso.
Jesús. El calor le llegó a su ingle. La liberación que había tomado en su mano después
de dejarla apenas le había satisfecho. ¿Cómo iba a mantener sus manos lejos de ella
hasta que llegaran a la costa, cuando todo lo que podía pensar era terminar lo que habían
comenzado?
La muchacha había invadido sus sentidos, penetrado sus defensas, y se deslizó bajo su
piel. La quería con cada fibra de su ser. Incluso agotado, con la pierna en llamas, frío y
hambriento, no podía mirarla sin pensar en arrojarla al suelo, envolviéndola en la
cintura con sus largas y delgadas piernas y dándole exactamente lo que pedía.
Así que hizo lo que cualquier guerrero sin miedo haría: no la miró.
Pero no sabía cuánto más podía soportar. Más descanso... ¡maldito infierno! ¿Estaba
tratando de matarlo? Dios sabía por qué, pero la muchacha se había metido en su cabeza

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para darle su inocencia. ¿Tenía alguna idea de lo difícil que era para él rechazar esa
clase de oferta?
Por supuesto, no lo hizo, y después de escuchar sus opiniones sobre el matrimonio,
seguro que no iba a iluminarla. No tenía ninguna duda de que tendría que arrastrarla
dando patadas y gritando todo el camino hasta Dunstaffnage. Bruce iba a tener un
infierno de una batalla en sus manos cuando se enteró de sus planes.
Lo peor era que no estaba seguro de que la culpara. Nunca había considerado el
matrimonio desde la perspectiva de una mujer antes, pero tenía que admitir que sus
preocupaciones no carecían de mérito. Siempre había dado por sentado el papel de
autoridad absoluta de un hombre. Para una mujer como Janet, acostumbrada a tomar sus
propias decisiones, sería sofocante. Ella se irritaba contra esas ataduras a cada paso.
¿Pero cuál era la alternativa? Ewen no era como MacKay, no podía dejar que su esposa
siguiera en la batalla. Él frunció el ceño. A pesar de que había estado agradecido más de
una vez por tener un curandero experto a la mano.
Helen era diferente, se dijo así mismo.
¿Pero no lo era Janet?

Subieron a una pequeña meseta en la ladera, y se detuvo. Aunque sólo eran pocas horas
después del mediodía, la luz del día ya se estaba desvaneciendo.

-Esperad aquí -dijo, señalando un afloramiento rocoso.

Como lo había hecho cada pocos kilómetros, la dejó atrapar el aliento mientras volvía a
cerrarse para intentar ocultar sus huellas. La nieve en el suelo se había endurecido a
medida que la temperatura bajaba cuanto más alto subían en la montaña, haciendo más
fácil hacerlo. Pero donde el suelo era demasiado blando, en lugar de esconderse, se puso
a confundir a sus perseguidores caminando hacia atrás, rompiendo en otras direcciones
por un tiempo, o haciendo un número de huellas en un área.

Cuando regresó unos minutos después, estaba sentada en una de las rocas,
observándolo.

-¿Hay alguien siguiéndonos? -sacudió la cabeza. Pero algo la hacía curiosa-. ¿Por qué se
detuvo a mirar el helecho allá?

Se sentó a su lado y sacó su piel. Después de tomar un largo trago, se lo entregó.

-Algunos de los tallos se rompieron donde pasamos.

Ella frunció el ceño:- Pensé que estabais ocultando nuestras huellas.

-Estoy escondiendo nuestras huellas.

-¿No es lo mismo?

Sacudió la cabeza:- Estoy buscando cualquier perturbación en el paisaje, no sólo pasos.


Cualquier señal de que alguien pudo haber pasado.

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-Y lo podéis saber de unas cuantas ramitas rotas que alguien ha pasado.

Se encogió de hombros:- Es una señal.

Janet le dirigió una larga mirada:- ¿Cómo es que sois tan bueno en esto?

-El secuaz de mi padre era un rastreador. Solía llevarme con él cuando era
joven, y más tarde cuando regresé de fomentar, notó que tenía un recuerdo inusual para
los detalles y me enseñó cómo usar esa habilidad para rastrear. Pero sobre todo es la
experiencia. Años y años de aprender qué buscar.

-¿Qué tipo de detalles?

-Mira detrás de mí -esperó unos momentos- ahora cerrad los ojos y decidme lo que
visteis.

Lo miró de nuevo. -¿Eso es un truco? Sólo hay un área llana de páramo cubierto de
nieve, con unas pocas rocas esparcidas.

-Mira de nuevo –Ewen no se volvió, pero llamó a la imagen de memoria-. Las rocas
diseminadas alrededor de los páramos son de piedra arenisca grisácea, pero a unos
veinte pasos detrás de mí hay unas cuantas rocas de granito apiladas en lo que
probablemente es el comienzo de una cumbre. Justo a la izquierda, se puede ver los
contornos de un estrecho sendero desde el norte, donde la hierba ha sido atravesada-
probablemente por las liebres de montaña, y la nieve es ligeramente inferior. Cerca de
los remiendos de pasto púrpura que se pegan a través de la nieve en el lado oeste de la
colina están las huellas de un pequeño grupo de traseros de ciervos rojos. Directamente
sobre mi hombro izquierdo a unos cinco pasos detrás de mí hay un pequeño bulto en la
nieve. Si miráis de cerca, podéis ver algunas plumas de color marrón que sobresalen.
Sospecho que es el cadáver de algún pájaro traído por un halcón.

Ella se quedó boquiabierta:- Ni siquiera habéis mirado.

-Lo hice antes. Os lo dije, tengo una memoria inusual.

-Y yo os lo diré. Un muy buen ojo para el detalle –Janet sonrió encantada. -¿Qué más
buscáiss?

No estaba acostumbrado a una audiencia tan entusiasta, pero como el tema la interesaba
claramente, y sabiendo que ayudaría a pasar el tiempo, explicó algunos principios
básicos, tales como cómo minimizar su huella en el paisaje y asegurarse de que no había
señales dejando atrás tácticas de engaño a sus perseguidores, como caminar hacia atrás,
dando vueltas, saltos de piedras y caminar con los pies; cómo moverse con el viento
para ocultar su olor, cómo evitar cambiar las direcciones en lugares obvios, y cómo
romper un rastro de olor como lo habían hecho con los perros.

Le escuchaba con atención, claramente fascinada.

-Cada vez que deis un paso –dijo- buscad piedras, tierra dura, parches de hielo, caminos
o senderos existentes, musgos resistentes, cosas así. Sus pistas serán menos visibles.

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-Así que lo pensáis bien –dijo.

Esa fue una manera de decirlo, pero trató de no pensar en lo "difícil", dado sus
problemas en un área determinada.

Janet lo miró:- Parece tan obvio ahora que vos lo señalasteis, pero nunca me di cuenta.

-La mayoría de lo que hago es sentido común. Sólo tienes que pensar en ello.

-Estás siendo modesto -inclinó su cabeza para mirarlo. -No me extraña que Robert te
quisiera por su ejército secreto. Me imagino que una habilidad como la tuya es útil para
los hombres que quieren parecer como fantasmas.

Podía sentir sus ojos en él, así que tuvo cuidado de no reaccionar. Maldita sea, la
muchacha era implacable. Debería estar sorprendido de que lo hubiera descubierto, pero
no lo estaba. Podía encontrar problemas sin siquiera buscarlos.

-¿No vais a decir nada?

Se volvió para mirarla, sus ojos aburridos en los suyos:- ¿Debería decirte cuánto peligro
podrías ponernos los dos al mencionar el tema, sin importar si es verdad?

Su mirada nunca vaciló:- Pero es verdad. Sé que lo es.


Claramente, no iba a disuadirla. Sabía que debía intentarlo. Había hecho un juramento,
y no sólo su propia vida estaba en juego, pero no quería mentirle. Así que hizo lo
siguiente:

-Vamos. El tiempo de descanso ha terminado.


Ella gimió:- Pero nos acabamos de sentar. Estáis intentando evitar mis preguntas -no lo
negó-. El inglés no nos perseguirá por siempre, Ewen. Uno de estos días no podréis
evitar responder.

No lo sabía; era muy bueno para evitar las cosas. Excepto con ella, que era parte del
problema. No respondió, simplemente le tendió la mano. La ayudó a ponerse de pie -
con otro gemido dramático por su parte- y se fueron.
Aunque estaba bastante seguro de que había perdido a sus perseguidores, quería llegar a
la siguiente descanso al anochecer. Había una vieja piedra en donde podían refugiarse.
Era demasiado peligroso vagar por estas montañas en la oscuridad, especialmente en la
niebla. Por la mañana, vería cómo encontrar caballos para llevarlos a Ayr, donde
seguramente esperaba que MacKay, MacLean y Sutherland los alcanzaran.
Enseñarle sobre el seguimiento demostró ser una manera eficaz de pasar el tiempo, y
distracción para los dos - él de pensar en el dolor en su pierna y el destino de sus amigos
y ella de hacer más preguntas que él no podía responder sobre la Guardia de los
Highlanders.
Ella era una alumna ansiosa, sorprendiéndolo con su interés, así como con lo rápido que
parecía que aprendía.

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Fueron capaces de moverse a un ritmo mucho más rápido desde que se había vuelto más
consciente de los signos que estaba dejando atrás a medida que subían, y por lo tanto no
necesitaba pasar tanto tiempo retrocediendo para cubrirlos.
Debería haberla instruido antes. ¿Por qué no lo hizo? Fue una de las primeras cosas que
hizo con hombres bajo su mando. ¿Había pensado que los principios eran demasiado
difíciles de comprender, o sólo los hombres?
Tenía razón, se dio cuenta. Él asumió que por no usar armadura y llevar armas, estaba
mal equipada para la guerra. Pero Janet de Mar parecía estar convirtiendo muchas de
sus ideas preconcebidas sobre las mujeres en la cabeza.
No era frágil ni estaba indefensa. Era fuerte y capaz. Demasiadamente sanguinario
capaz, en su mente.
Aunque podría estar dispuesto a admitir que había subestimado sus habilidades, no
estaba mal sobre el peligro. Podría haberse defendido contra el caballero de hoy, pero
sin el elemento de sorpresa -o si hubiera habido más de un hombre- estaría tan muerta
como aquellas mujeres en Lochmaben. Incluso si ella fuera el mejor maldito mensajero
de Escocia, no anulaba su instinto de protegerla.
¿Pero necesitaba protección?
Recordó su conversación sobre las mujeres de Lochmaben. Él nunca creyó que una
mujer podía entender el peligro y seguir queriendo participar. Al igual que él, ella había
señalado. Eso fue ridículo, ¿no?
Cuando la sombra del shieling apareció en el horizonte, Ewen había logrado uno de sus
objetivos: la muchacha estaba agotada. Demasiado agotada para hacer algo más que
subir a los pliegues de la tela escocesa, él se había fijado en ella como una manta,
después de limpiar los escombros de los antiguos ocupantes de los animales y dormir.
Su virtud y su honor estaban a salvo.
Por ahora.
Pero cuando subió a la cabaña de piedra a su lado unas horas más tarde, y ella
instintivamente se volvió hacia él, hundiéndose en sus brazos, algo duro y pesado se
alojó en su pecho. ¿El peso de la inevitabilidad? ¿La certeza pedregosa del destino?
Porque nada se había sentido nunca más perfecto. Solo en una montaña, refugiándose en
una cabaña de piedra destinada a las ovejas mientras era cazado por los ingleses, nunca
se había sentido más contento.
Colocó su brazo bajo su pecho, acurrucó su pequeño fondo en su entrepierna, enterró la
nariz en la sedosa suavidad de su cabello, y saboreó cada minuto de sostener a la mujer
que no era suya, pero que seguro como el infierno lo sentía así.

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Capítulo 17

Janet se despertó con un sobresalto. Le tomó unos latidos de corazón aterrorizados


recordar dónde estaba, pero al final ella empezó a respirar uniformemente de nuevo. La
piedra shieling en la montaña. Con Ewen.
Frunció el ceño. Ewen, quien no se encontraba en ninguna parte. No necesitaba mirar
alrededor de la pequeña cabaña de piedra para ver que se había ido; ella podía decir por
el escalofrío vacío a su espalda.
Había dormido a su lado. Instintivamente, ella lo sabía. No es que pudiera recordarlo, lo
sabía. Lo último que recordaba era estar metida bajo sus brazos. Había estado tan
cansada, se había quedado dormida en el momento en que sus ojos se habían cerrado.
Probablemente había contado con eso, el maldito. La había marchado por estas colinas
hasta que estaba demasiado cansada y fría para hacer nada más que un colapso.
Todo lo que podía recordar era una sensación de calidez y satisfacción. De estar
perfectamente relajada y acurrucada en su cama, ya aliviada por los acontecimientos del
día.
La había abrazado, se había dado cuenta.
Janet sacudió la cabeza con un leve disgusto. La única vez que la había tomado en sus
brazos y la había abrazado, ¡y no había estado despierta para disfrutarlo! Si no estaba
tan segura de que hubiera algo especial entre ellos, sus intentos por evitarla podrían
haber sido desmoralizadores.
Acababa de terminar de enrollar el cuaderno cuando el loco en cuestión se agachó a
través de la puerta baja del shieling. Tenía que agacharse ligeramente para ponerse de
pie, ya que el techo cúpula de césped tenía sólo unos seis pies de altura en el centro.
-¿Estáis despierta? No pensé que lo estarías hasta el mediodía.
Al principio pensó que la estaba criticando, pero luego se dio cuenta de que estaba
bromeando. Ella le dirigió una mirada de conocimiento.
-Tenía frío sin vos a mi lado.
Su rostro quedó en blanco, demasiado vacío:- Estuve afuera la mayor parte de la noche,
vigilando -le entregó unas pieles antes de que pudiera discutir. "Puedes usar esto hasta
que llegamos a la quemadura.
Tomó la bolsa de agua con gratitud. Sus ojos y dientes tenían una sensación muy
arenosa. Todo lo que necesitaba era un peine, que debía estar en una de las bolsas, y tal
vez se sintiera de nuevo humana. Pensó en insistirle en sus arreglos para dormir, pero
decidió dejarlo... por ahora. En su lugar, preguntó:
-¿Qué quemaduras?
-Cerca de la aldea de Cuingealach. Necesitamos un caballo. Los ingleses parecen haber
abandonado la persecución, pero quiero poner tanta distancia entre nosotros como sea
posible.

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Un plan sabio. Pero algo la estaba molestando.
-¿Por qué creéis que nos estaban persiguiendo en primer lugar?
Dudó, aparentemente, cuidando sus palabras:- Estamos teniendo algunos problemas en
el camino para encontrarte en Roxburgh.
-¿Entonces os estaban buscando?
-Probablemente.
Saberlo alivió su conciencia un poco. No había sido culpa suya. Además, como ella
esperaba que iba a ser difícil convencer a Robert de dejarla regresar a Roxburgh después
de lo que había sucedido, el hecho de que los soldados hubieran estado detrás de Ewen
y los otros y no por ella, ayudaría. Por supuesto, no había cuestión de que Ewen la
escoltara. Era demasiado peligroso para él. Pero no sería para Novice Eleanor.
-¿Es posible que no nos demoremos mucho? Debo estar de vuelta en Roxburgh dentro
de dos semanas.
Una mirada extraña cruzó su rostro. Apartó la mirada casi incómodo.
-Tendréis tiempo de sobra. Pero debemos irnos.
-¿Qué hay de Sir Kenneth? ¿Cómo sabrá cómo encontrarnos?
-No os preocupéis por Sutherland. Nos alcanzará si puede.
Si. Ella percibió algo en su expresión que había estado demasiado asustada y molesta
para notar antes. Un ligero oscurecimiento de los ojos y apretar alrededor de la boca.
Janet se calmó, mientras el horror lentamente se alumbraba:- ¿Crees que le ha pasado
algo al marido de mi hermana? -como si Mary ya no tuviera motivos para odiarla.
Debía de parecer tan atribulada como ella sonaba porque él perjuró, pasando sus dedos
por su cabello. "Maldición, eso no es lo que quise decir. Estoy seguro de que está bien.
-¿Y si no lo está?
Él tomó su barbilla e inclinó su rostro hacia el suyo:- Si no lo está, no tiene nada que ver
con vos. Esto es lo que hace, y a veces, la mayoría de las veces, es peligroso. Mary lo
sabe.
Janet asintió, pero en su corazón no podía aceptarlo. Si algo le pasaba al marido de su
hermana, Janet nunca se perdonaría a sí misma.
¡Un casquillo destrozado! No podría haber muerto por algo tan insignificante...
¿verdad?
Las lágrimas le llenaron los ojos. El pulgar de Ewen le acarició la mejilla, como si los
hubiese limpiado antes de que pudieran caerse. La dulzura atrapó en su corazón y no lo
soltó.
Podría amarlo.
Con la menor cantidad de estímulo, ella podría amarlo. La comprensión de lo fácil que
sería levantarse y la agarró por la garganta, fue tan impresionante y aterrador. Lo
cambiaría todo.

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Parecía como si fuera a decir algo más, pero en su lugar dejó caer la mano de su cara y
se alejó.
-Preparaos y comed algo mientras echo otro vistazo. La niebla no es tan espesa esta
mañana, y quiero que estemos fuera de estas montañas antes de que amanezca.
Estaba a punto de atravesar la entrada cuando gritó:- ¡Ewen!
Se volvió y la miró por encima del hombro. Su corazón apretó. Con su cabello oscuro,
sus ojos azules acerados, sus rasgos ásperos y su mandíbula sombreada, parecía tan
robusto que le dolía.
¿Por qué él? Después de todos estos años, ¿por qué este hombre finalmente había
amenazado su corazón?
-Gracias.
-¿Por qué?
Ella se ruborizó. Por estar aquí con ella. Por mantenerla segura y caliente. Por tenerla en
sus brazos. Por traerle el agua para lavar esta mañana. Por no culparla, y tratando de
hacerla sentirse mejor.
-Por todo -dijo suavemente.
Confundido, frunció ligeramente las cejas, pero asintió.
Poco después subían más colinas, continuando su camino hacia el este. A pesar de estar
descansada, sus piernas estaban todavía doloridas desde el día anterior, y se alegró de
que se había aliviado en el ritmo un poco.
Ella frunció el ceño, preguntándose si su pierna lo estaba molestando. Pero después de
observarlo por un tiempo, no detectó ningún signo de la lesión o el dolor y concluyó que
el ungüento debió haber funcionado.
Estaba en lo cierto sobre la niebla. No se demoró, levantándose a media mañana, casi
igual que cuando alcanzaron la quemadura de la que había hablado. El arroyo tenía unos
tres pies de ancho, fluyendo a través de un profundo barranco. Era hermoso, en el
paisaje de musgo, roca, y un polvo ligero de nieve-parches de nieve, con más precisión,
ya que el cálido sol ya estaba derritiendo el helado invierno.
Se tomó su tiempo, lavándose la cara y las manos y disfrutando el momento de la paz.
Debería haber sabido que no duraría.
Ewen apretó los dientes para la batalla por delante. Debería haber sabido que no le iba a
gustar su plan. Dios, ¿tenían todas las mujeres tantas opiniones? Pensando en las
mujeres de sus compañeros de los guardias, sospechaba que sí.
Maldito infierno, ¿qué le estaba pasando? Había sido mucho más fácil cuando no
pensaba en lo que una muchacha pensaba o quería.
Una mirada silenciosa se deslizó sobre él, que seguro como el infierno no lo volvería
caliente, pero su polla no estaba por la labor.
-Un cambio de ropa no esconde lo que sois, Ewen. Cualquiera que os mire verá que sois
un guerrero -la observación le agradó mucho más de lo que debería. Igual que la forma
en que sus ojos se demoraban apreciativamente en sus hombros y brazos- Dejadme ir
con vos, puedo ayudar. Serás menos obvio con una esposa a vuestro lado.

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Recordando lo bien que había ido la primera vez, se negó.
-Voy a comprar un caballo, Janet. He hecho esto cientos de veces antes. No hay nada de
qué preocuparse. Volveré antes de que os deis cuenta que me he ido.
Ella sacudió su cabeza:- Pero ¿y si hay soldados?
-No los habrá. Como podéis ver -señaló hacia el valle a la docena de explotaciones y
pequeña iglesia enclavada en la ladera-, es un pequeño pueblo. Que no haya castillo
alguno significa que ingleses tampoco.
-Puedo ayudaros. ¿Recordáis lo que pasó en la posada? Soy buena hablando con la
gente.
Él no. Pero podría malditamente negociar un caballo. Sabiendo que ellos seguirían
permaneciendo aquí para siempre si no hacía algo, Ewen intentó una táctica diferente.
Una que contenía más verdad de la que quería admitir. "No es por eso que no quiero que
vayáis. Sé que podríais ayudar, pero teneros conmigo nos pondría a ambos en peligro.
-¿Por qué?
-Me preocuparía por vos. Me centraría en vos. Me hacéis…
No sabía cómo explicarlo. Débil. Vulnerable. Palabras que él nunca había usado para
describirse así mismo antes. ¡Cristo!
Si se daba cuenta de su incomodidad, no le impidió preguntar:
-¿Os hago qué?
-Distraerme.
Su respuesta no parecía satisfacerla. Ella arrugó su delicada nariz:- Me mantendré fuera
del camino; ni siquiera sabréis que estoy allí.
Como si fuera posible:- Siempre sé que estáis allí.
-¿Por qué?
-¿Por qué? -repitió, sin prever la pregunta.
-Sí, ¿por qué siempre sabéis que estoy allí? ¿Por qué soy tan diferente?
Su mandíbula se endureció:- Sabéis el porqué.
Levantó la barbilla de una manera que le dijo que tenía la intención de ser difícil acerca
de esto.
-No, me temo que no.
Sabía lo que estaba tratando de hacer, maldita sea. Pero si eso significaba mantenerla a
salvo, diría lo que quisiera.
-Porque me preocupo por vos. Porque la idea de que algo os suceda me hace perder mi
maldita mente. Por eso no quiero que vengáis conmigo.
Sonrió, y juró que era como si el sol acabara de salir:- Todo bien.
La aquiescencia había llegado tan fácilmente, que no creía haberla oído bien.
-¿Todo bien?
Ella asintió:- Y para que lo sepáis, también me distraéis -le dirigió una pequeña sonrisa-
No sabía que fuerais tan romántico.

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¿Romántico? ¿Él? ¡Infiernos, no! Estaba yendo demasiado lejos con esto.
-Janet, no entendéis…
Ella le hizo un gesto con la mano para que lo alejara. No creía que nadie hubiera hecho
eso desde que el cocinero lo había echado de la cocina -y las tartas recién horneadas-
cuando era un muchacho.
-Comprendo muy bien. Será mejor que os marchéis ahora, antes de reconsiderarlo,
mientras todavía estoy sobre la poesía de "perder mi maldita mente".
Su boca se retorció. Se burlaba de él. Aún le resultaba difícil creer cómo de natural
parecía. Debería corregirla y asegurarse de que entendía que esto no cambiaba nada,
pero tenía razón: no quería darle la oportunidad de cambiar de opinión. Tendría que
esperar.
-Sí, bueno, no os acostumbréis. Me temo que tengo un número limitado de palabras
poéticas. No puedo pensar en nada que rime con 'sangriento'.
Janet rió, y el dulce sonido reverberó en su pecho.
-¿Qué tal 'estudiar'? ¿O tal vez "fangoso"?*
Ewen dejó escapar una risa aguda. Debería haber sabido que pensaría en algo:- Voy a
trabajar en ello -se puso serio, y la sonrisa torcida se deslizó de su rostro-. No tardaré
mucho. Manteneos fuera de la vista. Si cualquiera se acerca, podéis esconderos detrás
de esas rocas.
No era una cueva, pero el espacio entre las grandes rocas era lo suficientemente grande
como para deslizarse en él. Deseaba no tener que dejarla sola, pero no podía evitarlo. Si
iban a llegar a la costa pronto, necesitaban un caballo. Hubiera preferido dos, pero eso
sería mucho más difícil de explicar.
Su primera prioridad -su única prioridad- era conseguir que Janet saliera a salvo lo antes
posible. Pero él también concedería una punzada de incertidumbre sobre su pierna. Algo
no se sentía bien. Toda la escalada de ayer debe haberla agravado. Por desgracia, no
había pensado en tomar el ungüento de MacKay antes de que se separaran. Nada parecía
equivocado cuando lo había visto antes mientras se bañaba; de hecho, si algo parecía
haber disminuido la hemorragia, pero había dolido como el infierno cada vez que daba
un paso. El dolor era agudo y profundo. Y estaba cansado. Más de lo que debería ser.
Cuanto antes Helen lo pudiera ver, mejor.
-Estaré bien -le aseguró ella-. Si algo sale mal, tengo mi daga.
Aunque sabía mejor que ella lo bien que podía usarlo, no le aliviaba la mente pensar en
ella necesitando hacerlo.
Asintió:- Volveré antes de que os deis cuenta.
Sus ojos se encontraron. Sus pies no querían moverse. Se veía tan dulce y confiada. Así,
hermosa y fuerte. Quería abrazarla con cada fibra de su ser, como si fuera la cosa más
natural de hacer. Pero no lo hizo. Obligó a sus pies a alejarse.
-Ewen -se volvió- Yo… -Él podía ver algún tipo de agitación en su rostro, y una
emoción que no podía nombrar-. Tened cuidado.
Asintió, preguntándose qué habría estado a punto de decir. De hecho, parecía estar
pensando en ello todo el camino por la colina hasta el pueblo. Había estado a punto de
decirle algo.

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Algo que sospechaba que no quería oír, pero anhelaba oírlo al mismo tiempo. Su pecho
ardía. Sabiendo que sólo se volvería loco pensando en cosas que no podían ser, forzó su
mente a la tarea que tenía a mano. Concentración.
Su plan era simple: ofrecería dinero suficiente para evitar cualquier pregunta.
Normalmente cuando el Highland Guard necesitaba caballos en las fronteras, hicieron
uso de la red de seguidores de Bruce en la zona. Desafortunadamente, las lealtades de
este pueblo escondido en las colinas de Galloway eran desconocidas. Tenían partidarios
en Douglas, Lanarkshire, a unos quince kilómetros de distancia, pero como eso también
era donde se habían metido en problemas antes, quería evitar el área.
Como el pueblo no tenía una posada, él comenzó con la explotación más cercana y a
través de ello, cada vez más frustrado con cada parada.
No parecía haber un solo caballo para la venta en todo el pueblo, y mucho menos uno
que era adecuado. Infierno, en este punto él daría la bienvenida a un viejo del campo.
Después de media docena de paradas, su frustración estaba dejándose ver. Pero cuando
se acercó al siguiente croft, vio algo que vagaba en el campo que lo hacía desaparecer:
un hermoso, robusto y ágil corredor.
Por desgracia, el propietario estaba resultando difícil.
-¿De dónde dijiste que sois? -preguntó.
Ewen miró al viejo agricultor, cuya cara golpeada por el tiempo ocultaba una mente ágil
y astuta.
-Roxburgh -respondió secamente- ¿Estáis dispuesto a vender el caballo? Os ofreceré
diez libras.
Incluso para el animal fino era una oferta generosa. El viejo debió haberlo saltado. En
vez de eso, acarició su barba larga y gris.
-Realmente debéis necesitarlo.
La paciencia de Ewen se estaba agotando. El granjero, obviamente, sospechaba algo, y
Ewen no le gustaba la forma en que lo estaba poniendo con preguntas, pero él quería ese
caballo maldito. Él lo miró duramente.
-¿Me venderéis el caballo o no?
-No está a la venta.
Ewen apretó los dientes y contó hasta cinco:- ¿Por qué no?
-No es mío. Estoy cuidando de él. Yo era un amo de establo en el ejército del rey John.
¡Ah, infierno, Balliol! Definitivamente no es un amigo de Bruce, entonces-. Todavía
cuido a los caballos enfermos cuando puedo.
Éste pertenece al capitán del guardia de Sanquhar. Esto sólo seguía mejorando.
Sanquhar era uno de los castillos de James Douglas ahora guarnecidos por los ingleses.
Los ojos del anciano brillaban tortuosamente.
-¿Quizá pueda presentarle su petición?
Ewen no necesitaba preguntarle qué quería decir. Podía oír el ruido de acercarse
caballos ahora. Miró por encima del hombro, capturando el destello del correo a la luz
del sol cuando media docena de soldados ingleses entraron en las afueras de la aldea
desde el paso hacia el oeste.

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Aunque todavía estaban a una buena distancia, estaban cerrando rápidamente.
No podría huir sin ser visto. Cuando no se vio afectado por una lesión, corrió rápido,
pero no más rápido que un caballo. En estas colinas abiertas, sin niebla para ocultar su
dirección, no podía estar seguro de que pudiera encontrar la cobertura lo
suficientemente rápido para perderlas.
Y luego estaba Janet. ¿Y si en la caza de él, la encontraban a ella? No podía arriesgarse.
Él juró una y otra vez en su mente, pero sólo había una cosa que podía hacer: llegar con
una buena historia o mejor seis caballeros montados, enviados con no más que su daga.
Como no tenía la lengua fácil de Janet, sospechaba que iba a ser el último, e incluso
para uno de los guerreros de élite de la Guardia de las Highlands que no era una proeza.
La sangre de Dios, ¿podría empeorar esto?
Unos minutos más tarde, cuando el sonido de una voz que gritaba su nombre, que envió
una ráfaga de hielo a través de sus venas para enfriar cada último hueso de su cuerpo,
tuvo su respuesta: Sí, esto podría ser mucho peor.
-¡Ewen! -Janet no dejó que su mirada de muerte la detuviera. Había sabido que él estaría
furioso, pero en el momento en que había visto la bandera volar en la distancia de su
percha ladera, ella no iba a dejar que nada le impidiera tratar de advertirle. Por
desgracia, había tardado mucho tiempo en encontrarlo, y ahora era demasiado tarde.
Ella se acercó al croft al mismo tiempo que los soldados- ¡Ahí estáis! Había empezado a
pensar que os habías olvidado de mí.
Vio que sus ojos se abrieron cuando él tomó su apariencia. Con una mano en la cadera,
como si apoyándole la espalda por el cansancio, dio una palmadita en su vientre
suavemente redondeado con la otra.
-¿Habéis encontrado un caballo para que podamos montar?
Su rostro estaba tan oscuro y nuboso como una nube de tormenta, pero después de un
momento de pausa, se dio cuenta de su parte y se acercó para ayudarla. Sus ojos se
aburrían en los suyos, prometiendo una explicación más tarde, mientras deslizaba su
brazo alrededor de su cintura de manera protectora.
-Pensé que os había dicho que me esperarais -dijo él, añadiendo después de una pausa
que esperaba que no sonara incómoda-, mo chroí.
Ella se echó a reír, como si estuviera acostumbrada a su fulgor masculino, que
sorprendentemente lo estaba. Él sin duda gritaría y rugiría como un león enojado cuando
esto terminara, pero a ella no le importaba. Necesitaba su ayuda, quisiera o no admitirlo.
Estaba prácticamente desarmado. Ella no iba a verlo siendo arrastrado lejos de aquí.
Levantándose de puntillas, le dio un suave beso en la mejilla, como si lo calmase con
una bálsamo placentario El agarre alrededor de su cintura se tensó instintivamente. Ella
sintió un escalofrío mientras sus cuerpos se unían.
-Me cansé de esperar -dijo, un poco agitada por el contacto.- Tanto el bebé como yo
estamos inquietos.
La parte del padre amoroso, pronto-a-ser, aparentemente no era una con la que estaba
familiarizado. Le tomó un momento fingir preocupación. Puso su mano sobre su vientre
redondeado, o en este caso, la almohada de ropa que había rellenado bajo la cota que
Mary la había enviado a ponerse.

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La túnica era todavía demasiado fina para lo que él pretendía ser, pero la lana marrón
era mejor que la capa de seda bordada de oro que la superaba.
-¿El bebé está bien? -Preguntó.
Consciente de la audiencia interesada, reflejó su preocupación en sus propios ojos y
suspiró con cansancio que ella no necesitó fingir.
-Eso espero. No me di cuenta de lo agotador que sería. Estoy tan cansada. Me alegraré
cuando haya terminado nuestro viaje.
-¿Qué está pasando aquí? -exclamó una voz autoritaria. Uno de los soldados -el jefe,
sospechaba- se había adelantado, poniéndose entre Ewen y el anciano, que estaba junto
a la puerta de su casa de piedra rectangular con su techo de césped.
-Estoy buscando un caballo para mi, uh, esposa -explicó Ewen-. Está cansada y no
puede caminar más.
-No me dijisteis que era para una muchacha -dijo el anciano con un ceño fruncido en su
rostro-.
Desde su posición contra su cuerpo, era fácil para Janet mirar hacia arriba y dar a Ewen
una sacudida de cabeza con reproche. Luego miró al anciano con otro suspiro cansado.
A veces pienso que olvida que tiene una esposa. No quería que viniera, pero insistí, y
ahora me temo que he causado todo tipo de problemas.
El anciano saltó galantemente a su defensa. -Una niña pequeña y bonita como tú, ¿qué
clase de problemas podríais causar?
-Os sorprenderíais -dijo Ewen en voz baja, pero lo suficientemente alto para que
pudieran oírlo.
Janet lo golpeó en el costado con su codo y le lanzó una mirada.
-Os dije que lo sentía -se volvió hacia el anciano para pedir ayuda- él me culpa.
-¿Por qué? -interrumpió el soldado.
-Por perder nuestro caballo en primer lugar -torció las manos ansiosamente-. Todo fue
mi culpa. No amarré suficientemente las riendas, y se alejó en la tormenta. Ahora
debemos usar la moneda que habíamos planeado dar a la abadía para comprar otra -
cuando los hombres la miraron confundida, agregó:- ¿No les dijo que estamos en
camino a Whithorn para orar por el nacimiento del niño?
El viejo sacudió la cabeza.
Por alguna razón las lágrimas no eran difíciles de producir. La idea de llevar el niño de
Ewen la llenó de todo tipo de extrañas emociones. Emociones profundas. Emociones
tiernas.
-Hemos perdido tantos -dijo suavemente-. Sólo quiero darle un hijo.
Ewen parecía atrapada en la emoción también. La colocó de nuevo bajo su brazo y la
tranquilizó con suaves golpes de cabeza:- No os preocupéis, cariño, todo estará bien.
Janet apoyó la mejilla en la sólida pared de su pecho y respiró hondo. Dios mío, se
sentía bien. Con la fuerza de sus brazos alrededor de ella, era fácil creerle.
-Este caballo no está a la venta -añadió Ewen-, pero encontraremos otro. Ven, amor.
Empezó a alejarla, pero una voz los detuvo. Una voz irritada y nasalmente inglesa.

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-Esperad. Alguien me explicará lo que está pasando aquí, ahora.
Janet murmuró una de las palabras favoritas de Ewen en su aliento y miró al gran inglés
que se acercaba a ellos en la silla. Sorprendentemente, no era la pesada armadura y
numerosas armas brillantes bajo la luz del sol que la preocupaban, sino la agudeza de su
mirada. Bajo el timón de acero, pudo darse cuenta de que el capitán de ojos azules, con
el pelo oscuro y la barba bien arreglada, no era tonto.
Y estaba muy claro que no iba a dejar que se fueran.

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Capítulo 18

La manera en que el soldado miraba a Ewen le envió escalofríos corriendo arriba y


abajo de su columna vertebral.
Y Ewen no estaba haciendo ningún esfuerzo para desviar la sospecha. Estaba actuando
como un feroz y formidable guerrero, usando su cuerpo musculoso para protegerla.
¡Los templos de Jerusalén! Podría haber gritado su ocupación. Parecía un hombre que
nació con una espada en la mano y lucharía hasta la muerte para proteger lo que era
suyo. En este caso, ella.
Sería bastante dulce, si no iba a acabar con ellos.
-Mi esposa y yo estamos haciendo nuestro camino a Whithorn Abbey para orar por el
niño –dijo con brusquedad, la autoridad de un jefe de las Highlands en pleno auge en su
voz. Bien, ¿no podría por lo menos intentar falsificar la deferencia?- Perdimos nuestro
caballo, y yo estaba tratando de comprar este del agricultor -señaló al caballo en el
patio-. No sabía que no le pertenecía. Si estuviera interesado en vender-
-No lo estoy -interrumpió el capitán-. ¿Es eso cierto? preguntó al granjero.
El anciano asintió con la cabeza. -Sí, me ofreció diez libras por el animal.
Desde detrás del hombro ancho de Ewen -que era impresionante, tenía que admitirlo- a
Janet no le gustaba la forma en que los ojos del soldado se estrechaban. Tomó la
apariencia sencilla de Ewen.
-¿Qué tipo de campesino anda con esa moneda?
Janet prácticamente podía oír a Ewen rechinándose los dientes. Él realmente era
horrible en esto. La modestia y políticamente correcto no parecía estar en su naturaleza.
Era bueno que fuera un buen guerrero; no duraría dos días como mensajero.
-La clase que va a una abadía a orar por un niño que va a nacer -le espetó.
Janet gimió ante el inconfundible sarcasmo de su voz. ¿Por qué no sacaba su espada, de
paso? El efecto sería el mismo.
Ya era suficiente. Estaba claro que necesitaba hacer algo, y rápido. Apartar la atención
del soldado de Ewen, para empezar.
Esperaba que esto funcionara. Había estado fingiendo ser monja durante tanto tiempo,
estaba un poco fuera de práctica. Afortunadamente, sin nada mejor que hacer mientras
ella había estado esperando antes, había tomado algunos dolores con su apariencia. Con
un movimiento de su cabello recién peinado sobre su hombro, tiró del vestido un poco
sobre su pecho y salió de detrás de su "marido".
Ella sonrió dulcemente al iracundo soldado -el tono de Ewen obviamente no pasó
desapercibido-.
-Mi marido no es un campesino, mi lord -dijo, caminando hacia él. Pensó que Ewen
gruñía algo, pero ignoró su advertencia-. Es un maestro constructor. Durante los dos

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últimos años, ha estado trabajando en las mejoras del castillo de Roxburgh -eso
explicaría el físico fuertemente musculoso, así como los callos en sus manos, si el
capitán lo mirara.
Le gustaban tanto esos callos...
Su piel hormigueó, y tuvo que forzar su mente lejos del por qué.
Antes de que el inglés pudiera hacer más preguntas, lanzó un suspiro cansado, sin
perder la forma en que su mirada cayó sobre el ajustado corpiño de su vestido. Ella lo
miró con lágrimas, dándole su mejor mirada de desamparo y de angustia. Tomó un poco
de esfuerzo.
-Mi esposo... está preocupado por mí y por el niño -dijo con disculpa por los modales de
Ewen-. Ha sido un viaje difícil -su voz fue aumentando más y más con su creciente
angustia.
-La tormenta llegó, y luego perdí el caballo, y vos podéis ver que está tan enfadado...
con razón, estoy segura de que estaréis de acuerdo.
El soldado miró a Ewen como si no estuviera de acuerdo. Janet lamentó tener que
echarlo en el papel de matón, pero era necesario sacar a la luz la naturaleza caballeresca
del soldado.
-Tenía que seguir deteniéndome cada milla, y luego dije que no podía seguir, no hasta
que encontramos otro caballo. Estoy segura de que es horrible por mi parte, pero la idea
de dar un paso más a través de esas montañas... Soy demasiado pesado para llevar
ahora, ya veis. Y entonces me llamó -Los hombres jadearon en comprensión. Una sola
lágrima se deslizó por su mejilla-. Simplemente no podía hacerlo más -parpadeó hacia
él, contento de ver que él parecía haber olvidado todo sobre Ewen.
>Estoy tan... –Janet se balanceó dramáticamente, como si pudiera desmayarse- cansada.
Apenas salió la palabra de su boca que el soldado había saltado para tomar su brazo y
estabilizarla. -No te aflijas, querida señora -le lanzó una mirada al viejo campesino.
-¿Por qué estáis ahí parado? Rápido, traed a la señora algo de beber -la condujo a un
taburete que estaba junto a la puerta- Descansad aquí; no debéis permanecer de pie
durante tanto tiempo en vuestra condición.
Janet sonrió mientras miraba a la preocupada mirada del soldado, sabiendo que ella lo
tenía en la palma de su mano.
Ewen no sabía si debía estrangularla o ponerse de pie y aplaudir. Cuando salieron del
pueblo unas horas más tarde, no sólo tenían un caballo, sino también el vientre
completo.
Observarla había sido una revelación. Ningún actor en el escenario pudo haber tenido
mejor desempeño. Hizo girar su historia con tanta facilidad y confianza, incluso había
empezado a creerlo. En realidad se había encontrado diciéndole al viejo ya que su niño
se llamaría James si era un muchacho, por el hombre que le había enseñado todo lo que
sabía.
James Stewart le había enseñado todo. Por supuesto, el granjero no se dio cuenta de que
Ewen no estaba hablando de la construcción, sino de ser un guerrero y un jefe.

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Sí, se había portado bien, pero nunca pudo olvidar el momento de detener el corazón
cuando la había visto. Había sido un shock. No sólo que ella lo había desobedecido y se
había puesto en peligro, sino también cómo había mirado. No parecía ni una monja ni
un muchacho. Vestida como una dama por primera vez desde que la conoció, había sido
atrapada por la pura sensualidad femenina de su largo cabello dorado que caía sobre sus
hombros en rizos sueltos y la dulzura de las curvas reveladas por su vestido ajustado.
Sus pechos eran espectaculares.
El vestido parecía haber sido construido para hacer que un hombre pensara que le
estaban presentando sólo a él, como una especie de ofrenda generosa a los dioses.
¡Jesús, él había querido tirar su tela escocesa alrededor de sus hombros y enterrar su
cabeza en ellos al mismo tiempo!
Por supuesto, una gran curva había sido más bien una sorpresa. Embarazada. Se sentía
como si una roca se hubiera estrellado contra su pecho. Se apretó. Apretado. Quemado
con una emoción que nunca había sentido antes. Una especie de posesividad feroz le
sobrevino que empequeñecía cualquier cosa que había venido antes.
Él no era tan hábil como Ariete o Santo en el combate cuerpo a cuerpo, pero él habría
tomado a cada uno de esos soldados desnudo para protegerla. Demonios, los habría
llevado desnudos, como su padre había hecho con los lobos, para protegerla.
Había estado casi fuera de control debido a la ira -y probablemente celos, maldita sea-
cuando había empezado deliberadamente a coquetear con el capitán inglés con los
encantos femeninos que aún no había terminado de admirar.
Sólo el saber que estaba trabajando había mantenido su temperamento. Pero había
tomado cada pizca de autocontrol que tenía (y que no le quedaba) para no ir allí y
aplastar su puño a través de la mirada apreciativa del bastardo. El hecho de que el
capitán supiera exactamente lo enfadado que estaba Ewen sólo parecía encajar en el
papel que le había asignado como el marido duro, sobreprotector y templado.
¿Quién diablos podría confundirlo por eso?
Así que se enfureció en silencio, si no invisiblemente, mientras Janet iba disipando las
suspicacias del soldado, pidiendo la ayuda del granjero para encontrar un aldeano que
pudiera tener un caballo para la venta, encantando a la esposa severa del granjero en
cocinarles una comida caliente, y de alguna manera conseguirlos fuera de allí sin una
lámina dibujada. No era tan tonto como para desear de otra manera, pero ahora mismo,
con la forma en que su cuerpo estaba lleno de energía inquieta, habría dado la
bienvenida a la pelea.
Una vez que estuvo seguro de que no estaban siendo seguidos, volvió a recoger su
armadura y sus armas desde donde los había dejado por la quemadura. El desvío era
lamentable, pero incluso con el peso de dos en el caballo, deberían ser capaces de llegar
a Sundrum a las afueras de Ayr al caer la noche. Allí había una casa segura para pasar la
noche, donde esperaba que los demás los alcanzaran.
Aunque él la sostenía con seguridad alrededor de la cintura delante de él, y su cuerpo
estaba dolorosamente consciente de ello, no había dicho una palabra desde que
abandonaron el pueblo. Con todas las extrañas emociones que se retorcían dentro de él,
no estaba seguro de poder confiar en sí mismo.
Habían estado cabalgando durante una hora cuando finalmente, Janet rompió el silencio.

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-Adelante. Sé que estáis enfadado. Sólo terminad con eso. Pero antes de que empecéis a
gritar, quiero que sepáis que solo dejé la quemadura porque vi las pancartas y estaba
tratando de advertiros -Él abrió su boca para responder, pero lo cortó. -También quiero
que sepáis que no estabais haciendo exactamente amigos en el pueblo -esta vez su boca
ni siquiera se abrió antes de cortarlo de nuevo-. Sólo teníais un puñal. Sé que eres un
guerrero excepcionalmente hábil, pero tendrías que haber sido un fantasma real para
luchar y salir sano y salvo de aquello.
Él arqueó una ceja. Así que pensaba que era un guerrero excepcional, ¿no? Le gustaba
más oírla decir eso.
-¿Puedo hablar ahora o tenéis algo más que decir?
Levantó su barbilla, encontrándose con su mirada.
-He terminado. Por ahora.
Parecía un penitente esperando el látigo. Lamentaba decepcionarla.
-Lo hiciste bien, muchacha. Gracias.
Aparentemente había hecho lo imposible: dejarla sin palabras. Podía coger moscas con
la boca abierta así.
-¿Gracias?
Se encogió de hombros:- Lo del bebé fue muy inteligente.
-¿Inteligente? -repitió ella, tonta.
-Veo por qué habéis sido un buen mensajero. No puedo decidir si te perdiste tu
vocación como ley o como intérprete en el escenario.
-¿Queréis decir que no estáis enfadado?
Él le dio una mirada de soslayo mientras que dirigía el caballo a través de un claro
estrecho camino.
-No he dicho eso. Robasteis cinco años de mi vida cuando os vi descender esa colina...
y otros cinco cuando empezasteis a coquetear con el capitán.
-No estaba coqueteando, estaba distrayéndole.
Ewen protestó:- En otras palabras. Es peligroso jugar con un hombre como ese, pero
tengo que admitir que lo clasificasteis bien. Tenía en él una pesada raya de caballería
inglesa. No es que no estuviera dispuesto a arrancarle la cabeza por miraros así.
Ella parpadeó hacia él en la luz del sol, pareciendo tan hermosa que se habría cortado un
miembro para poder besarla de nuevo. Se aclaró la garganta y se obligó a mirar hacia
otro lado.
Estaba tan callada por un momento, que casi podía oírla pensar.
-¿De verdad creéis que soy buena en lo que hago?
La felicidad en su voz hizo que su pecho se apretara. Y la forma en la que le estaba
mirando. Era como si hubiera arrancado el sol del cielo y se lo hubieran entregado.
Podría acostumbrarse a esa mirada.

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-Después de lo que acaba de pasar, no puedo negarlo.
Ella negó con la cabeza, perpleja:- No puedo creer que no vayáis a gritarme.
-Sí, bueno, espero que esto no se convierta en un hábito. Lo de hacer algo así. No todos
los hombres son tan honorables como Sir Ranulf -un poco de su ira volvió-. Algunos
podrían ver las pestañas ondulantes y una sana exhibición de escote como una
invitación.
Ella le dirigió una mirada astuta por encima del hombro.
-Estabais celoso.
-¿Celoso? -gritó, indignado. No estaba celoso.
-Es muy comprensible... Sir Ranulf es un hombre muy guapo.
Si hubiera podido ver directamente, podría haber notado el brillo perverso en su ojo.
Pero estaba demasiado furioso.
-¿Hermoso? Me pregunto cuánto tiempo pasó mirándose al espejo para recortar su
barba. ¡No había un pelo malditamente fuera de lugar!
Sólo cuando se echó a reír la niebla se despejó los ojos. Sus ojos se estrecharon,
dándose cuenta de que ella le había molestado en revelar mucho más de lo que
pretendía. Parpadeó y se inclinó hacia adelante, dándole una vista de pájaro de su
espectacular visión.
-¿Y vos, Ewen? ¿Sois el tipo de hombre que lo ve como una invitación?
Por un estúpido momento se dejó ver. Dejó que sus ojos hundieran las profundidades
malvadas entre sus pechos. Se regodeó en la plenitud, la redondez, la suavidad sedosa
de la piel blanca y cremosa. Casi podía probarla...
Él aspiró su aliento ante la fuerza del calor que lo agarraba. Al filo de la lujuria que
rugía a través de su sangre. Como si adivinara su dolor, deslizó su parte inferior hacia
atrás en la silla de montar contra él. Empujones
Tomó todo lo que él no tuvo que agarrar sus caderas y frotar más duro contra él. Sólo el
fresco desafío en sus ojos se mantuvo en sus manos.
-No es una invitación que esté libre de tomar, maldita sea. Y sabéis muy bien por qué.
¿Cómo creéis que el rey reaccionaría -o Stewart- al descubrir que he tomado vuestra
inocencia?
Ella frunció el ceño:- ¿Stewart? ¿Os referís al joven Walter Stewart? ¿Por qué debería
importarle?
¡Ah, infierno! Ewen apretó la boca, dándose cuenta de su error.
-Es mi señor. Mi lealtad le pertenece a su padre, por ende, a él también.
Apareció castigada, su explicación parecía satisfacerla.
-¿Así que es la preocupación de Robert lo que os preocupa? ¿Creéis que os castigaría
por estar conmigo?

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¿Creer? Ewen la miró fijamente:- Sé que lo haría. Y él tendría todo el derecho de
hacerlo. Vos sois su cuñada, por el amor de Dios. Soy el jefe de un clan desfavorecido
con un solo dedo de tierra dejado por una vez gran señorío. Mi clan está colgado de un
hilo, Janet. Cualquier esperanza que tengo de recuperar esa tierra descansa en el rey.
Janet podía ver las emociones contradictorias en en su rostro y casi se sentía mal por
presionarlo. Casi.
Comprendió la fuente de su dilema; ella simplemente no lo veía como un problema
insuperable. No después de lo que había dicho.
Todavía no lo podía creer: no sólo le había agradecido, sino que también había admitido
que era buena en lo que hacía. Había visto lo que podía hacer y reconoció cómo podía
ser útil.
La admiración de su voz casi la había hecho llorar.
Después de días de preguntarse si todo lo que estaba haciendo era golpear su cabeza
contra un muro de piedra, ella finalmente había llegado a través de él. No era como su
padre, Duncan o la mayoría de los otros hombres que había conocido. Él era diferente.
Tenía razón: su aparente falta de consideración por las mujeres había sido consecuencia
de la ignorancia y la inexperiencia más que de la verdadera creencia. No la veía como
un accesorio indefenso o como un siervo, sino como alguien capaz, valorado y digno de
respeto, como la esposa de Magnus, Helen, la curandera que había mencionado.
Era lo que siempre había deseado de un hombre, pero nunca soñó con encontrarlo. Ella
estaba más que segura de que esto era lo correcto. ¿Cómo podía sostenerla en sus brazos
así, con sus cuerpos apretados íntimamente, y negarlo? Quería que la tocara. Para hacer
el amor con ella. Quería sentir su cuerpo conectado con el suyo y saber lo que era
experimentar esa pasión.
El problema era convencerlo.
Era desalentador pensar que se había sujetado tan fuertemente a algo durante veintisiete
años, y cuando finalmente estaba lista para dejarlo ir, tenía que persuadir a un hombre
para que lo tomara.
-Esto es entre tú y yo, Ewen. No veo ninguna razón para que Robert se involucre en
absoluto. Si me queréis y yo os quiero, ¿por qué debería importar algo más?
Se rio ásperamente, desprovista incluso de la ilusión de la diversión:- No podéis ser tan
ingenua. Sabéis que no es así. Compartir una cama no es tan simple.
Levantó la barbilla, no le gustaba ese tono:- Debería serlo.
-Tal vez, pero hasta ese día, una mujer noble no es libre de dar su inocencia dondequiera
que ella desee.
Janet sabía que decía la verdad, pero eso no significaba que tuviera que estar de acuerdo
con ella, ni respetarla.
-No hay ninguna razón que Robert necesite saber.
Se puso rígido:- Me gustaría saberla. No te deshonraría así.
Janet lo miró sentado detrás de ella, viendo la expresión de acero en su rostro.

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Esa nobleza infernal estaba volviendo a ser problemática:- ¿Porque no estamos casados?
La mirada que le dio era intensa, y abrasadora. Su mandíbula se apretó aún más.
-Porque no podemos casarnos.
Su vehemencia la sorprendió. Ella permaneció en silencio por un momento, absorbiendo
las implicaciones. Debe haber tomado sus protestas contra el matrimonio a pecho. ¿O
era otra cosa?
No puede… ¿Tal vez estaba aludiendo a sus diferencias en la estación?
Pero de alguna manera parecía como si acabara de tirar el guante. Y a pesar de su
reciente epifanía, no estaba segura de querer recogerla. Compartir una cama, como él lo
había dicho, era una cosa, pero confiar en un hombre para poner su suerte en sus manos
era otra. ¿Quería casarse con él?

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Capítulo 19

Después de días de ser cazado, el paseo de Cuingealach, el pequeño pueblo en las


colinas, a Ayrshire resultó desconcertantemente sin incidentes.
Cruzaron las colinas entre Douglas y Sanquhar, y continuaron hacia el oeste a través del
Airds Moss. Por la tarde, se acercaron a su destino. Aunque la presencia inglesa todavía
era muy sentida, éste era el país de William Wallace, y muchos de los seguidores del
patriota martirizado habían venido a Bruce. Varios de los parientes de Wallace vivían en
Sundrum, incluido un primo que la Guardia de las Highlands usaba para ocasiones
como ésta.
Ewen debería estar aliviado. Su misión estaba casi completa, o lo estaría en la mañana,
cuando se encontraran a Halcón y Jefe en Ayr con el birlinn. Él devolvería a Janet a su
familia, y entonces, volvería a sus deberes con la Guardia, siguiendo al próximo
enemigo o aliado desaparecido.
Bruce estaría agradecido, y Ewen estaría un paso más cerca de restaurar el nombre de
Lamont, y esperaba también las tierras. Era exactamente lo que quería. Exactamente por
lo que había estado luchando.
Entonces, ¿por qué estaba tratando de alargar cada minuto en este caballo? ¿Por qué se
sentía como que en cuanto la soltara, ¿todo esto habría terminado?
Pero no había un "esto". Nunca había existido. No podía ser suya. Lo había dejado
claro. Le había dicho que no podía casarse con ella, y desde su silencio desde entonces,
parecía que finalmente lo había entendido. Era lo que quería.
Entonces, ¿por qué estaba decepcionado de que no hubiera protestado? ¿Por qué una
pequeña parte de él esperaba que la idea de casarse con él no fuera tan inconcebible?
Se detuvo en una pequeña quemadura en la Madera Ancha para dar de beber al caballo
por última vez antes de llegar a Sundrum. Su pierna se había mejorado mucho desde
que adquirió la montura, pero creció sin movimiento, y se sintió bien moverse.
No se demoraba.
Janet volvió de atender sus necesidades y se sentó en una roca junto al arroyo,
mordisqueando una pedazo de ternera seca, mientras que él sostenía al caballo.
-Háblame de Helen.
Él la miró sorprendido. No era exactamente la conversación que esperaba después de la
última. Se puso rígido ligeramente, preguntándose si había notado algo en su pierna.
Tenía cuidado de no favorecer al otro, pero la muchacha era demasiado inteligente.
-¿Qué quieres saber?
Se encogió de hombros:- ¿Ella es buena en lo que hace?
-Es una de las mejores.
-¿Dijisteis que podía ser médica? ¿Cómo es posible? Ella es una mujer.

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-Es raro, pero no imposible. El hermano de tu cuñado, el Conde de Sutherland, está
casado con una mujer que se entrenó en Edimburgo durante un tiempo en uno de los
gremios hasta que ella se casó. Helen también podría hacerlo.
-¿Pero entonces está casada con Magnus?
Ewen no estaba segura de adónde iba con esto. -Sí, pero Helen nunca quiso estar en
gremios. Es feliz haciendo lo que está haciendo.
-¿Y qué es exactamente eso?
Ewen terminó de dejar que el caballo bebiera y luego lo llevó de la quemadura, atando
las riendas alrededor de un árbol. Cruzó los brazos y la miró, sabiendo que estaba
pisando terreno peligroso.
Ella estaba sin duda tratando de engañarlo para que revelara algo sobre la Guardia o
confirmar su lugar en ella.
-Atiende a los enfermos; ¿qué más haría?
-¿Va a pelear con ustedes?
-No.
-¿Pero está cerca?
-¿Por qué estás tan interesada en esto?
Se encogió de hombros:- Sólo lo estoy. No es usual, debéis admitirlo, que una dama de
bien asuma ese papel.
-Helen es inusual.
-Como su marido. Es un hombre raro que permite a su esposa ponerse en tal peligro.
Ewen rio. MacKay odia cada minuto de ello.
Ella parecía genuinamente perpleja. -Entonces, ¿por qué va con él?
-Porque sabe que la necesitamos. Y -se detuvo así mismo.
-¿Y?
Se encogió de hombros incómodo:- Y porque la quiere.
-Oh -obviamente no era la respuesta que ella esperaba.
Su boca se torció en una sonrisa. -¿Seguro que lo habéis oído?
Sus ojos se encontraron, y una conexión electrizante pasó entre ellos.
Ella se sonrojó, bajando la mirada.:- Sí, no en el matrimonio.
El tono irónico no ocultó la tristeza de abajo:- ¿Tus padres no tuvieron un matrimonio
feliz?
Ella hizo un sonido agudo.
-Mi padre le dio a mi madre la misma consideración que le hubiera dado a un siervo. La
mayor parte del tiempo se olvidó que estaba allí. Cuando encontró el coraje de hablar, la

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cortó tan cruelmente, que al final empezó a creer que era tan estúpida como la hizo
sentir -se estremeció, habiendo visto más de su parte de matrimonios similares.
-No todos los matrimonios son así, muchacha.
Su boca se retorció con cinismo. -Sí, algunos, como mi hermana Mary, están llenos de
miseria, de angustia y de infidelidad, y otros, como el de mi hermano Duncan, son
campos de batalla constantes de lucha y discordia. Él y Christina peleaban durante
horas. Él la estaba arrastrando constantemente a su habitación para hacer lo que Dios
sabe, a la pobre mujer.
Al darse cuenta de que estaba hablando en serio, Ewen se echó a reír.
Janet no veía la gracia por ninguna parte:- No le veo la gracia.
Al ver el dolor en su rostro, se puso serio.
-Lo siento, muchacha. No puedo hablar sobre el primer matrimonio de vuestra hermana.
Conocí al conde de Atholl, y aunque él era un guerrero duro, yo no le presté mucha
atención a sus relaciones con mujeres que no eran su esposa. Por otra parte, conozco a
Sutherland desde hace un tiempo y, a mi entender, él ha sido fiel a su hermana desde
que él la miró por primera vez. El dejó fuera lo divertido que habían estado todos por
ella, dado que Mary lo había rechazado como pretendiente. Fue vuestro comentario
sobre Duncan lo que me hizo reír. Su pasión por su esposa era bien conocida, tanto
dentro como fuera del dormitorio. Sospecho que lo hicieron tan apasionadamente como
sus discusiones.
Los ojos de Janet se abrieron, sus mejillas enrojecieron cuando comprendió su
significado. Sus cejas se juntaron.
-¿Cómo sabéis tanto de mi hermano?
Maldita sea. Éste no era precisamente el tema que quería discutir con ella. Luché con él
durante un tiempo.
Ella parecía aturdida:- ¿Lo hicisteis? ¿Por qué no me lo dijisteis antes? -Parecía darse
cuenta de algo incluso cuando las palabras salieron de su boca-. Estabais con él en Loch
Ryan, ¿verdad?
Ewen asintió. Dejó escapar un suspiro lento. La forma en que se ató dolorosamente hizo
que su pecho se apretara. Él quería abrazarla, pero forzó sus manos a su lado.
Janet estuvo callada por un momento, como si estuviera calmando sus emociones.
-¿Cómo murió?
Ewen vio la hoja brillando a la luz del sol antes de que cayera sobre el cuello de Duncan
y obligó a la horrible imagen a alejarse. No necesitaba saber los detalles.
-Muy valiente, muchacha. Como el guerrero feroz de las Highlands que era. Yo estoy
orgulloso de haber luchado junto a él.
Sabía que no le contaba todo, pero por una vez no lo hizo.
-Debió haber sido horrible –dijo-. Todos esos hombres que murieron -ella se
estremeció- Tuvisteis la suerte de salir vivo.

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-Sí.
Había sido un baño de sangre. Los MacDowells habían sido informados de su llegada y
habían estado esperándolos. Ewen había estado en uno de los dos únicos birlinns que
habían logrado escapar.
Quien los había traicionado les había costado casi 700 hombres. Un día esa persona
pagaría. Janet vio las oscuras emociones cruzar su rostro y lamentó invocar los
dolorosos recuerdos. Pero de alguna manera la hizo sentirse mejor al saber que Ewen
estaba con Duncan cuando murió.
Aunque la pérdida de su hermano siempre sería un agujero doloroso en su corazón,
Ewen había conseguido calmar el dolor. Al menos un poco.
¿Era verdad lo que había dicho sobre Duncan y Christina? ¿Había interpretado tan mal
los sentimientos entre ellos? ¿Qué pasaba detrás de esas puertas cerradas?
Aparentemente más de lo que se había dado cuenta.
De repente, todas aquellas largas horas en el dormitorio tomaron un significado muy
diferente: uno sensual más que siniestro. Su hermano siempre había parecido tan
sometido después. Lo había tomado por pesar, pero ¿qué pasaría si había algo más?
Era desconcertante darse cuenta de lo poco que sabía de algo que había sucedido justo
antes de ella. Ella arqueó una ceja, observando cómo Ewen jugueteaba con una bolsa
atada al caballo, jugando con la piel. ¿Cómo sabía tanto?
Después de tomar un largo trago, se sentó a su lado. Era agradable, esto, sentado aquí
con él sin una nube de peligro colgando sobre ellos. Al parecer, sin prisa por continuar
su viaje, decidió preguntarle.
-¿Tus padres se amaban?
Se tensó casi imperceptiblemente. Ella intuyó enseguida que la pregunta no era bien
recibido. Pero respondió a su pregunta.
-Sí, aunque no deberían hacerlo.
-¿Qué quereis decir?
"Cuando mi padre secuestró a mi madre -con su aprobación- lejos del jefe de Lamont,
eso casi destruyó a mi padre y a nuestro clan. Si no hubiera sido por James Stewart, lo
habría hecho.
-Sin embargo, hay algo innegablemente romántico al respecto. Tu padre debe de haberla
amado de verdad para estar dispuesta a arriesgar tanto.
El rostro de Ewen se endureció.
-Mi padre era un rufián irresponsable que hizo lo que él quería, sin ningún sentido de las
consecuencias. Luchó duro, bebió fuerte, y al parecer amó duro. El deber y la lealtad no
significaban nada para él. Robó la novia de su jefe, por el amor de Cristo, sabiendo
perfectamente que explotaría una guerra.
Oírlo hablar de su padre explicó mucho. Parecía que Ewen había hecho todo lo posible
para distanciarse del tipo de hombre que su padre había sido. Su disciplina, su sentido
del honor y la responsabilidad, eran lo contrario de su padre. Donde su padre había sido

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salvaje e irresponsable, Ewen era el soldado modelo, haciendo exactamente lo que se
esperaba de él.
-¿Qué hay de tu madre? -sus dedos apretados en la piel que todavía tenía en su mano. Su
irresponsabilidad la mató. Ella jadeó- ¿Qué pasó?
Él no podía mantener sus malditas manos fuera de ella. Apenas me había dado a luz
antes de que la volviera a embarazar. Murió en la habitación de parto diez meses
después del día de mi santo. El bebé, una niña, había nacido muerta.
La forma en que dijo "niña" hizo algo en su corazón.
-Oh Ewen, lo siento.
Eso es horrible. Crecer sin madre... No podría haber sido fácil.
Se encogió de hombros.
-No lo sabía de otra manera. Afortunadamente, los Stewarts me llevaron a fomentar o
podría haber terminado en todo tan salvaje y de mala reputación como mi padre.
Cuando no estaba peleando o bebiendo, estaba tratando de matarse con un desafío tonto.
Así es como murió. El jefe de Lamont finalmente tuvo su venganza, desafiando a mi
padre a escalar un acantilado cerca del castillo de Dundonald bajo la lluvia.
Debe haber sido devastado después de la muerte de tu madre.
-Le estaba construyendo un castillo cuando murió. Durante años, sólo hablaba de
terminar ese castillo. Pero, por supuesto, nunca lo hizo. De niña, llegó a odiar incluso la
visión sangrienta de esas paredes medio construidas.
Su corazón apretó. Debe haber sido un doloroso recordatorio de los fracasos de su
padre. Sacudió la cabeza.
-Pero ¿sabes cuál es la peor parte? De alguna manera consiguió que yo lo hiciera por él.
Así que ahora, además de intentar recuperar algunas de las tierras de Lamont, también
necesito ganar suficiente moneda para terminar la construcción.
La emoción se alojó en su pecho y por primera vez admitió lo que era: lo amaba. Con
cada fibra de su ser, ella lo amaba. Qué extraño después de tantos años de haber perdido
finalmente su corazón.
Estaba mirando a lo lejos, perdido en sus recuerdos, las fuertes líneas de su hermosa
cara echada en llamas por los tonos naranja de la luz del sol que se desvanece. No,
perderlo estaba mal.
Lo había encontrado. Su corazón siempre le había pertenecido.
-Eres un buen hombre, Ewen Lamont -dijo suavemente.
Se volvió para mirarla y algo extraño le brilló en los ojos. Parecía casi culpa. Pero
entonces sonrió melancólicamente.
-Soy un tonto sentimental, y creo que habéis pasado demasiadas noches en este terreno
duro -se levantó y le tendió la mano-. Venid. Tenéis un baño, comida caliente y una
cama cómoda esperándote.
Suspiró soñadora, deslizando su mano en la suya y permitiéndole ayudarla a levantarse.

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-Eso suena divino. Pero Ewen ... -los ojos azules de acero se encontraron con los de
ella.- Nada de eso cambiará mi mente.
Ewen sostuvo su mirada para una pausa larga. Y luego dijo algo que ella no entendió,
pero que tenía el vago sentido de una advertencia.
-Espero que sintáis lo mismo en unos días.
La vista de las paredes lavadas con cal de la granja de acampar y abigarrada, situada
sobre una pequeña colina a orillas de Lochend Loch, debería haber sido motivo de
celebración. Era la primera parada al final de su viaje. Estarían a salvo aquí.
Pero para Ewen representaba un amargo retorno a la realidad. Libre de la visión
estrecha de peligro, donde conseguir Janet a la seguridad y permanecer un paso por
delante de los ingleses que los acechaba era lo único que importaba, podía ver
claramente lo que la culpa, que había estado construyendo desde que se había dado
cuenta de lo importante que era su lugar en la red del rey para ella, había estado tratando
de decirle.
Iba a odiarlo por no decirle la verdad. Por permitirle creer que ella en realidad podría
regresar a Roxburgh en unos días. Por no decirle sobre el matrimonio venidero.
Lo que había parecido prudente y no-su-lugar al principio, ahora sentía como una
traición. Era una traición. No podía pretender lo contrario. Su relación había cambiado.
La atracción pecaminosa que había sentido por "la hermana Genna" se había
transformado en algo más profundo, algo más intenso, a medida que crecía y se
preocupaba por Janet. En algún lugar allí, lo correcto había cambiado, y si alguna vez
había tenido la oportunidad de corregir el error, lo había extrañado.
Acabar esta misión iba a costarle algo personal que nunca había imaginado. Sabía que
estaría enfadada; simplemente no se había dado cuenta de lo mucho que le importaba.
Una parte de él quería decirle la verdad, pero sabía que probablemente sería mejor esto.
¿Tal vez si lo odiaba no sería tan difícil para él marcharse? Tal vez.
¿Dejaría de pensar en cosas que no podrían ser? ¿Tal vez haría menos difícil verla
casarse con otra persona? Su pecho ardía. El mismo pensamiento de él le reconcomía
sus tripas.
Su mano apretó las riendas, e inconscientemente su brazo se tensó alrededor de su
cintura.
¿Qué demonios había elegido? El rey no iba a dejar muy bien de lado el matrimonio con
Stewart para dejarla casarse con uno de sus guardias -sin mencionar a un Lamont-
aunque Ewen pudiera convencerla, cosa que no estaba seguro de poder hacer. La única
opción abierta a él era una que él no consideraría. No era su maldito padre. Él no
"secuestraría" a la novia de su señor. No arriesgaría todo por una mujer. No importa
cuánto la quisiera.
¡Y Dios, cómo la quería! Después de tantas horas con ella en sus brazos, cada
centímetro de su cuerpo ardía de necesidad. El olor de su cabello, la delgadez de su
cintura, la pesadez de sus pechos, la curva de su trasero, habían infundido sus sentidos,
impresos en su conciencia, invadieron su alma.
No quería dejarla ir.

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Se volvió para mirarlo:- ¿Hay algo mal? -se sobresaltó.
-No, ¿por qué?
-¿No vais a bajar? Suponía que este era nuestro destino.
Él maldijo en voz baja, tratando de cubrir su vergüenza. ¿Cuánto tiempo habían estado
allí?
Levantó el brazo de su cintura y saltó. Después de ayudarla a desmontar, ató las riendas
a un puesto.
-Esperad aquí, mientras me aseguro que somos bienvenidos -Janet asintió, pero luego
pensó en otra cosa-. Es importante que solo me llaméis por mi nombre de pila.
Ella frunció el ceño:- ¿Por qué?
-Lamont no es exactamente un nombre bienvenido en estas partes. Hay algunos que
todavía creen que mis parientes echaron una mano para matar al padre de William
Wallace. Sin mencionar que su primo, el exilado jefe de Lamont, era un vasallo del
conde de Menteith, el hombre que fue responsable de convertir a Wallace a los ingleses.
Normalmente, simplemente usaría su nombre de guerra de Cazador. Pero con Janet aquí
no era una opción. Ya sabía demasiado.
Afortunadamente, la respuesta pareció satisfacerla:- Muy bien. ¿Y quién soy yo?
Sabía lo que estaba haciendo, pero no había forma en el infierno en que él iba a volver
a casarse con ella. No podía soportar otra noche durmiendo a su lado.
-Janet. Eso es todo lo que necesitan saber. No los haría sentir incómodos al saber que
sirven a la cuñada del rey en su humilde morada.
-No haría que nadie se sintiera incómodo, pero han pasado muchos años desde que he
estado servido por cualquier persona. No lo espero, ni lo deseo. Te aseguro que esta
humilde morada parecerá un castillo en comparación con algunos de los lugares en los
que me he quedado.
No perdió el suave reproche. Si ella también estaba tratando de decirle que su diferencia
en la estación no le importaba, fingía no entender. Puede que no le importara, pero lo
haría al rey. De eso estaba condenadamente seguro.
Con una última mirada que se sentía sospechosamente como un adiós, Ewen fue a
buscar al granjero. Una vez que Janet se dio cuenta de la verdad de sus sentimientos por
Ewen, todo parecía caer en su lugar. Si tenía alguna duda sobre lo que quería, pronto
llegó a la pequeña granja.
Estaba sentada ante la mesa, ante el suave fuego de la turba, disfrutando del calor que la
envolvía. No era sólo el calor de las llamas o la satisfacción de una buena comida, sino
también la compañía. Los Wallace eran anfitriones amables, y su felicidad era
contagiosa.
Ewen tenía razón; no todos los matrimonios eran horribles. Los Wallaces eran la prueba
de eso. Sus bromas, sus sutiles miradas amorosas y sus toques inconscientes hablaban
de posibilidad.

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Àriel x
Robert Wallace era un primo lejano de William Wallace. Había luchado junto a su
ilustre pariente hasta seis años antes, cuando Robert perdió una mano en una
escaramuza en Earnside.
Margaret era considerablemente más joven que su marido, y mucho más bonita. La
muchacha delicada y de cabellos oscuros, con sus rasgos finos y su delgado cuerpo,
parecía estar completamente equivocada al lado del guerrero gris de unos cuarenta años,
que tenía la altísima altura de su famoso pariente y la imponente masa de un herrero.
Pero de alguna manera se unieron perfectamente. Su risa brillante y su naturaleza
abierta y soleada complementaban la disposición brusca y taciturna de su marido.
Estaba claro que estaba enamorado de su joven esposa. Su joven esposa embarazada.
La angustia extraña que Janet había sentido en su pecho cuando se había dado cuenta de
que Margaret estaba con el niño se había vuelto más identificable a medida que pasaba
la velada. Era anhelo. Un deseo agudo y dolorido.
En los talones de su propio "embarazo", Janet nunca había sentido la ausencia de niños
en su vida tan agudamente. Por supuesto, había veces en los años en que había pensado
en un niño -de lo que estaría renunciando al tomar el velo-, pero dado que un niño
necesitaba un marido y, considerando la importancia del trabajo que estaba haciendo,
parecía un pequeño precio a pagar.
En abstracto, tal vez lo fuera. Pero no se sentía tan pequeño en este momento, sentada
con una mujer embarazada en un lado y el hombre que acababa de darse cuenta de que
amaba en el otro.
Se sentía como algo que ella quería. Con él. Niños. Acogedoras noches ante el fuego.
Miradas cariñosas y toques tiernos. Quería lo que los Wallaces tenían. Ella sabía lo que
eso significaba. Matrimonio.
Esperó unos segundos para reaccionar a la palabra, pero el mal gusto usual no se elevó
hasta la parte posterior de su boca. Debe ser amor, pensó con una sonrisa irónica. Con
Ewen, un matrimonio feliz parecía posible.
Sabía que habría complicaciones. El rey por uno, su trabajo por otro. Robert era
probablemente el más fácil de los dos. Si Ewen estaba realmente en su guardia secreta
como sospechaba, eso ayudaría. A Ewen no le gustaba la idea de que continuara su
trabajo, pero comprendió lo importante que era para ella. No era como su padre y su
hermano, él no trataría de meterla en alguna caja. La valoraba, él se lo había contado. Si
él la amaba, encontrarían una manera de hacerlo funcionar como Magnus y Helen.
Finalmente había conocido a un hombre que era lo suficientemente fuerte para dejarla
ser ella misma. Su fuerza de voluntad podría ser mucho más tranquilo que el de ella,
pero era igual de fuerte. Habría batallas entre ellos, sí, pero ella estaba esperando a
ellos.
Por supuesto, ella no era la única que necesitaba estar convencida de que era una buena
idea. Él la quería, de eso ella no tenía ninguna duda, y la cuidaba –lo había admitido.
Pero ¿quería casarse con ella? Había dicho que era imposible, pero ¿y si no lo era?
Su mirada se deslizó hacia el hombre en cuestión. Estaba encerrado en una conversación
tranquila con Robert Wallace acerca de la guerra, mientras Janet y Margaret terminaban
de comer, estos últimos fingiendo no escuchar la discusión de los hombres.

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-¿Estamos hablando lo suficientemente alto para vos, esposa? No quisiera que faltarais a
ninguno de nuestras conversaciones privada -dijo Robert, levantando la vista. Su
expresión era castigadora, pero sus ojos eran suaves al caer sobre su esposa.
Margaret no perdió el ritmo:- Eso es muy considerado por vuestra parte, Robert. Estoy
segura de que está todo más allá de mi comprensión, pero si pudierais hablar un poco
más alto quizá pueda ayudar.
Sus ojos bailaron mientras se inclinaba y le susurraba a Janet: -Aunque yo apenas
califiqué el intercambio de unas cuantas palabras y el gruñido ocasional una
conversación. No sé cuál de ellos es peor.
Janet se echó a reír.
Los ojos de Robert se estrecharon en su esposa:- ¿Qué tiene de divertido?
Margaret sonrió y le dio un guiño a Janet mientras se levantaba de la mesa.
-Me temo que es privado.
Robert negó con la cabeza, pero Janet no perdió la pequeña sonrisa mientras se volvía
hacia su conversación con Ewen. Margaret comenzó a limpiar los platos de su comida.
Cuando Janet se levantó para ayudarla, ordenó que volviera a su asiento.
-Vos sois una invitada -dijo, y luego en un susurro-. Además, debéis decirme si dicen
algo interesante.
Janet sonrió conspiratoriamente.
-Lo haré lo mejor que pueda. Pero "interesante" es probablemente más de lo que
podemos esperar.
Margaret rio entre dientes:- Probablemente tengáis razón. Qué tal esto: tratad de no
dormiros.
-No os prometo nada -dijo Janet-. No puedo recordar la última vez que me sentí tan
cómodo. Tenéis una casa preciosa, Margaret.
Podía ver lo mucho que el comentario le agradaba a la otra mujer:- Creo que habéis
visto la tarta de manzana.
Janet se echó a reír.
-Quizás.
Margaret se movió al otro lado de la larga habitación, mientras Janet se relajaba. Ella
miró a los dos hombres al final de la mesa subrepticiamente. No debía ser tan hábil
como la de Margaret, porque sabía muy poco de lo que se decía. Aunque estaba
acostumbrada a la escasa conversación de Ewen, incluso para él, parecía inusualmente
moderada esta noche.
Algo andaba mal.
¿Estaba más preocupado de lo que había dicho que sus amigos no habían llegado? Él
confiaba en que llegarían pronto. ¿O le molestaba algo más?
Ella frunció el ceño mientras volvía a llenar su copa. Parecía estar bebiendo más de lo
habitual esta noche. Su rostro parecía un poco ruborizado.
Esperó un momento en la conversación de los hombres. -¿Se siente bien la pierna,
Ewen?

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Él la miró:- Se siente bien. ¿Por qué lo preguntáis?
Se sonrojó, sin querer admitir que había estado observando su ingesta de cerveza.
-No lo habías mencionado por un tiempo, y me preguntaba cómo iba la curación.
-Está bien.
-¿Estáis herido? -preguntó Margaret acercándose a la mesa.
-Hace algún tiempo -respondió él.
-Pero no se ha curado adecuadamente -intervino Janet.
Ewen le lanzó una mirada. Ella sonrió.
Margaret frunció el ceño:- Tengo ungüento...
-De verdad -dijo Ewen-. Está bien.
-Deja al chico solo, Margaret -dijo Robert-. Tiene edad suficiente para decidir por sí
mismo si necesita ayuda.
Margaret y Janet se miraron la una a la otra hablando con los ojos. No había edad
suficiente para que los hombres admitan que necesitaban ayuda.
-Pero estoy bastante cansado -dijo Ewen, apartándose de la mesa. Creo que he
terminado por hoy.
-¿Ya? -Janet dijo, sin ocultar su decepción. -¿Y la tarta?
No estaba lista para que terminara la noche, o para que el viaje terminara. Ella sabía
muy bien que Ewen podía ser llamado para otra misión tan pronto como regresara, y
ella tendría que irse casi de inmediato también, para regresar a Roxburgh a tiempo para
el día de St. Drostan.
Las complicaciones con el inglés que habían enfrentado en su viaje iban a hacer que
persuadir a Robert fuera más difícil, pero dada la importancia de su contacto, la
información y el hecho de que Ewen y los otros fantasmas no estarían con ella para
llamar la atención de los ingleses, estaba segura de que vería la necesidad.
Y luego estaba el otro asunto. Ellos importaban.
Ewen miró a Margaret.
-Esperaré una rebanada por la mañana -su mirada finalmente cayó sobre ella-. Deberías
descansar un poco también. Saldremos temprano y tendremos un largo día por delante.
Janet asintió y lo dejó ir. Por ahora. Ella descansaría, pero sólo después de decir lo que
quería decir. Necesitaba saber cómo se sentía. Como lo que ella tenía que decir
necesitaba ser dicho en privado, sin embargo, ella esperaría su tiempo. Pero antes de
que terminara esta noche, Ewen sabría lo que había en su corazón.

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Capítulo 20

Ewen se sentó en un taburete ante el brasero de hierro que Margaret había pensado para
su calor en el granero, dibujando el borde de su espada sobre la piedra de aceite con
largos, lentos y deliberados golpes. Fue algo que hizo antes de la batalla, para calmarse
y mantener su mente fuera de lo que estaba por delante. Un ritual, suponía. Todos los
tenían. La mayoría de los guardias tendían sus armas, pero a MacSorley le gustaba
nadar un poco y Ariete leía un pequeño folio encuadernado en cuero que llevaba
consigo como un talismán. Siempre había unas cuantas oraciones y unas cuantas copas
de whisky.
Pero esta noche, como la cerveza y el baño en el lago que había venido antes, el ritual
no estaba ayudando. Nadar ayudaba a mantener su mente alejada de Janet y lo que le
esperaba. Y seguro que el infierno no ayudaba a aliviar la incesante energía que
rezumaba dentro de él. Se sentía tan enredado como esta maldita espada.
Deseaba poder decir que era sólo lujuria. Dios lo sabía, había sido empujado mucho
más allá del límite que cualquier hombre de sangre caliente debía soportar. La quería
tan intensamente que sus dientes le dolían al mirarla. Pero aunque una polla dura era
parte de ella -una parte grande y dolorosa- no era todo.
La lujuria no era lo que hacía que su pecho se quemara cada vez que sus ojos se habían
encontrado esta noche. No había perdido su reacción ante la condición de Margaret y el
anhelo en su rostro, así como no había perdido la forma en que lo había mirado después.
No fue posible, maldita sea. ¿Por qué lo atormentaba con cosas que no podían ser?
Porque ella no sabía que no podían serlo.
Un día más. Un día más y todo esto habría terminado. Podría estar condenadamente
seguro de que después de mañana no lo miraría así y lo que él quería ya no marcaría la
diferencia. Pero podía encontrar poca alegría al saber que lo odiaría, aunque fuera lo
mejor.
Hacer lo correcto no debería ser tan difícil, maldita sea.
Él juró cuando su mano se deslizó y su pulgar se encontró con el borde de la hoja. Una
línea de sangre brotó de la punta de su dedo, unas cuantas gotas cayeron sobre la piedra
de afilar antes de que pudiera sacarla.
¡Infiernos! Lo bueno es que no puso mucha importancia en los augurios. Si lo hacía, eso
era malo.
La puerta se abrió de par en par cuando se puso de pie. Incluso en las sombras la
reconoció.
-¿Qué pasó, están todos -Janet se detuvo, sus ojos se ensancharon mientras ella tomaba
su dedo ensangrentado- ¡Vuestra mano!
Dio un paso al establo, pero él la detuvo.

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-No es nada -cogió un pedazo de la venda que quedaba de envolviendo su pierna, y la
envolvió alrededor de su pulgar-. Me pellizque en la hoja. Sucede todo el tiempo -
mintió, aunque era cierto que el corte era simplemente una molestia.
A diferencia de su pierna. Eso dolía como las llamas, lo cual era extraño ya que no
parecía ser peor.
La poca sangre que había allí parecía en realidad delgada, pero era alarmante.
Después de ir a nadar con hielo en el lago más temprano, había envuelto la herida con
un lino fresco, y se sentía un poco mejor. Pero tenía que admitir que estaba preocupado.
Sin embargo, no estaba lo suficientemente preocupado como para que ella lo tocara. Si
era por eso que estaba aquí, aunque no veía en sus manos ningún ungüento o ropa de
cama. Cualquiera que fuera la razón de su apariencia, no era una buena idea.
-¿Qué haces aquí, Janet? Debe de ser después de medianoche. Vos deberíais estar
durmiendo. Regresad a la casa.
Janet lo ignoró.
-Tenemos que hablar -cerrando la puerta suavemente, caminó hacia él. Cuando se
acercó, salió a la luz.
¡La sangre de Dios! Sentía como si alguien acabara de aterrizar un puño en su tripa. Un
puño de tentación. Era una fantasía ambulante. Una sirena enviada para llevarlo
directamente al Hades. Parecía que acababa de rodar de la cama. Su cabello dorado cayó
alrededor de sus hombros en una masa de ondas ligeramente sensuales que capturó la
luz de una vela parpadeante en un halo plateado. Su tela estaba envuelta alrededor de
sus hombros y se apretaba en la parte delantera, pero todavía podía distinguir la fina
camisa de lino que llevaba debajo. Todo lo que llevaba debajo. Por debajo del borde
podía ver un toque de pierna y pies desnudos.
Se detuvo a unos metros de él y trató de respirar, pero el aire de sus pulmones parecía
haberse vuelto sólido.
Por primera vez en su vida, el cazador experimentó lo que era ser atrapado. Como un
ciervo en la mirada del arquero, no podía moverse.
Observó cómo su mirada volvía hacia los puestos oscurecidos, donde estaban alojados
su caballo y algunos otros animales, y luego al pequeño rincón donde había colocado
una paleta de aspecto cómodo para su uso. Además del brasero y el taburete, había una
pequeña mesa con una lámpara de aceite. El olor era terroso de la turba en lugar de
picante, y el aire era sofocante y cálido.
Junto con la forma en que parecía, le hizo pensar en...
Demonios, todo lo relacionado con ella le hizo pensar en eso. Estaba equilibrado en el
filo de una espada. Apretó los puños, una mano rodeando el vendaje.
-Tenéis que marcharos, Janet, ahora. Lo que tengáis que decir puede esperar hasta
mañana. Esto no es correcto. No deberíais estar aquí sola conmigo así. ¿Qué pasa si los
Wallaces despiertan y notan que os habéis ido?
La ferocidad de su tono no parecía causarle ninguna impresión. Levantó la barbilla para
encontrarse con su mirada.

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-Hemos estado solos por casi dos días. Los Wallace están profundamente dormidos, y
aunque se despierten, sospecho que sabrán exactamente adónde me he ido,
especialmente Margaret.
Ella dio otro paso hacia él y tuvo que obligarse a no retroceder. Pero su piel se apretó
sobre sus huesos. Su sangre latía a través de sus venas, y su corazón martilleaba como
un tambor. Lo que tengo que decir es importante y no puedo esperar.
Frunció el ceño, una punzada de preocupación atravesando su ira por su invasión y la
urgencia de sacarla de aquí.
-¿Hay algo mal?
Ella sacudió su cabeza.
-¿Entonces qué es?
Se mordió el labio, como si no supiera qué decir. Dado que siempre sabía qué decir, su
preocupación creció.
-He cambiado de opinion.
-¿Sobre qué?
-No quiero ser una monja.
Un poco de su ira volvió:- ¿Y esto es tan importante que os escabullís de vuestra cama
en medio de la noche para venir a buscarme?
Ella le lanzó una mirada, con la boca fruncida.
-Significa que en las circunstancias adecuadas, yo podría considerar el matrimonio.
Se quedó quieto. El aire parecía haber salido de sus pulmones. En realidad, el aire, la
sangre, los huesos y casi todo lo demás parecían haberle dejado también.
¿Estaba tratando de decir que consideraría casarse con él? Por la forma en que bajaba la
mirada y el rubor rosa suave en sus mejillas, sospechaba que eso era exactamente lo que
quería decir. ¡Jesús! Aunque llevaba sólo una túnica y un delgado pantalón de lana,
sintió un brillo de sudor recolectando en su frente. ¿Qué demonios iba a decir?
-Janet, sabes que las circunstancias correctas serán decididas por el rey. Si vuestro deseo
es casaros, Bruce será el que encuentre un marido para vos, un marido adecuado.
Su boca se apretó desagradablemente:- Robert no es así. Considerará mis deseos.
Ewen juraba en voz baja. ¿Cómo podía decirle que "Robert" ya había encontrado un
marido sin considerar sus deseos en absoluto? Sin mencionar que el rey había advertido
a Ewen que se mantuviera alejado de ella.
Se arrastró incómodo, sintiéndose repentinamente como si estuviera caminando por un
jardín de pólvora de Sutherland, con chispas en sus botas.
-Os encontrará un marido que tiene más de un dedo de tierra y un castillo medio
construido.
En lugar de desanimarla, sus palabras parecían envalentonarla. -Pero, ¿y si pudiera ser
persuadido? No lo penséis, yo podría ayudaros. Si os casarais conmigo, mejoraría
vuestra posición con Robert. Seguro que os devolvería parte de vuestra tierra y...

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-Parad -Él la tomó por los hombros y la sacudió, sin darse cuenta de lo que estaba
haciendo-. Lo que decís es imposible. Maldita sea, ¿alguna vez oís la palabra "no"? No
va a suceder.
Ella respiró hondo, mirándolo con un centenar de preguntas en los ojos.
-¿Por qué… no? Pensé que... -sus ojos se volvieron hacia los suyos, rasgándole-. Pensé
que os preocupabais por mí. ¿No me queréis?
¡Infiernos! La soltó tan de repente como él la había agarrado, sin confiar en sí mismo. Él
la quería con cada fibra de su ser. Él la deseaba tan desesperadamente, que necesitaba
todo lo que él no tenía para tirar de ella en sus brazos en este momento.
-No es tan sencillo, Janet.
-¿Por qué no?
El dolor en su voz casi lo quebró. Sabía que habría lágrimas en sus ojos si la miraba, así
que en su lugar se pasó los dedos por el pelo y caminó unos pasos antes del brasero de
hierro.
-Simplemente no lo es.
-Pero yo os quiero.
Sus pies se detuvieron. Su corazón se detuvo. Todo pareció detenerse. Tardó unos
instantes en que las palabras se hundieran. Por un instante sintió una explosión de algo
parecido a la pura felicidad, la felicidad como nunca había experimentado antes. Pero
entonces fue sofocada bajo el amargo peso del deber y la lealtad. La gente contaba con
él, maldita sea. Ella pertenecía a otro hombre.
No iba a ser como su padre, aunque eso acabara con él. Él no haría esto.
Disciplina.
Se giró y se obligó a mirarla, cada músculo de su cuerpo estirado como un arco. Tenía
la mandíbula apretada, los puños apretados y el dolor en el pecho sumergía todo lo que
sentía en su pierna.
Ella lo miró con ojos redondos, más vulnerable que nunca.
-¿No vais a decir nada?
-¿Qué queréis que os diga? -no había querido que sonara tan duro como lo hizo, pero
nunca había sido bueno con las palabras. Nunca había sido bueno con nada de esto.
Como el desastre que acababa de hacer.
Ella se estremeció, sus dedos se volvieron blancos mientras apretaba el cuadrito más
fuerte.
-Pensé… -se detuvo, ahogándose en un sollozo silencioso-. Pensé que podríais sentir lo
mismo. Pero puedo ver que estaba equivocada -las primeras lágrimas se deslizaron de
sus ojos, cada una con una lanza de dolor en su corazón-. No debería haberos
molestado. Lo siento.
Apenas podía oír la última palabra a través del pequeño sollozo. Podía ver sus hombros
temblando mientras se volvía para marcharse.
No podía hacer esto. No podía dejar que se marchara así:- Janet, espera.
Y ahí es cuando cometió su error. Él la abrazó.

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Janet estaba demasiado herida para ser humillada, aunque estaba segura de que vendría
más tarde.
Heaven's Gates, ¡prácticamente le había pedido que se casara con ella! Ella le había
dado su corazón, y él no lo había deseado. Sentía el pecho como si hubiera sido
aplastado por una enorme roca o por un suelo bajo una pesada bota.
No podía respirar -no se atrevía a respirar- por temor a que el calor de la emoción que le
apretaba la garganta y el pecho se derramara en una inundación de sollozos torrenciales.
¿Alguna vez escuchaste la palabra 'no'?
Sí, lo había oído. Ruidosamente. Dios mío, ¿cómo pudo haber estado tan equivocada?
¿Era esto sólo otro ejemplo de su barrido por la montaña como una piedra rodante?
¿Había imaginado algo que no estaba allí?
Su labio inferior tembló. Sus hombros se estremecieron. Las lágrimas comenzaron a
fluir. ¡Oh Dios, tenía que salir de allí!
Ella oyó que él la llamaba y lo habría ignorado si él no la hubiera cogido del brazo.
-Dejadme ir -trató de encogerse de hombros, no queriendo que él la viera llorar. No
queriendo que viera cuánto la había herido. ¿No podía dejarle un solo fragmento de
orgullo?
Aparentemente no. No la dejaría marchar; la mano de su gran guerrero se cerró
alrededor de su parte superior brazo como un manacle de acero. La hizo girar para que
ella estuviera frente a él, pero no miró hacia arriba. Mantuvo la mirada clavada en el
cuello bordado de su túnica de lino. Pero incluso eso duele.
Se ató al cuello, y se encontró mirando fijamente la mancha oscura de la piel por debajo.
Piel que todavía quería tocar.
El calor de su cuerpo la envolvió. Con crueldad. Burlonamente, con recuerdos de cosas
que no serían.
-No quiero haceros daño.
Ella dio una risa aguda que salió como más de un sollozo roto. Era bastante tarde para
eso.
-Entonces, ¿qué queréis, Ewen? -lo miró a los ojos, un destello de ira temeraria
restaurando parte de su audacia-. Oh espera. Sé lo que queréis -apoyó su cuerpo en el
suyo, sus terminaciones nerviosas chisporroteando en el contacto. Pero el deseo no era
amor. -¿Cómo podría haber confundido esto con cualquier otra cosa?
Hizo un gruñido áspero, retorciendo su brazo para estrecharla aún más contra él, aunque
no creía que fuera consciente de lo que había hecho.
-Parad, Janet. Eso no es cierto.
Su rostro era una máscara oscura y torturada. Su boca era una línea dura, con los ojos
picados de acero, la mandíbula apretada.
Su corazón se apoderó de ella. Lo odiaba por hacer que lo quisiera tanto. Por cada uno
de los músculos duros presionados contra ella que hacían su calor corporal, incluso
ahora. Por ser tan guapo, le dolía el corazón mirarlo. Por hacerla perder de vista su plan
y creer incluso por un momento en cuentos de hadas. Y sobre todo por no amarla de
vuelta.

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-¿Qué es lo que no es cierto? -se burló-. ¿Que no me queréis? –Janet apretó sus caderas
contra él-. Yo diría que vuestro cuerpo no está de acuerdo -sus ojos se aburrían en los de
él. Estaba temblando de rabia, frustración y dolor. Ella quería atacar. Ella quería hacerle
daño tan mal como él la había hecho daño. -¿Pero sabéis qué, Ewen? Eso ya no es
suficiente para mí. Ya no os quiero. ¡Así que dejadme ir!
El pánico se elevó fuerte y caliente dentro de él. Lo decía en serio. Ewen pudo verlo en
sus ojos. Ya no lo quería. La había rechazado muchas veces. Era lo que quería, ¿no? Lo
había pensado. Pero mientras estaban de pie allí, juntados, chispas de ira y deseo que
chocaban entre ellos en una feroz batalla de voluntades, él sabía que no podía dejarla ir.
Si la dejaba marcharse ahora, sería demasiado tarde. La perdería. Ella nunca volvería.
Habría terminado.
Podía luchar contra el deseo -podría incluso haber sido capaz de ganar- pero no podía
luchar contra el miedo forjado por los pensamientos de un futuro sin ella. Había
derribado sus defensas hasta que ya no podía seguir luchando.
Al diablo con eso. Su boca cubrió la suya con un beso caliente y posesivo, lleno de
intenciones. Iba a hacerle pertenecer a él, de la única manera que podía.
Por primera vez, Ewen no aguantó nada, dejando libre su deseo. Él la probó con sus
labios y lengua, suplicando -nada, exigiendo-con cada uno trazo, hasta que ella estaba
devolviendo su beso con tanto calor y pasión como quemado dentro de él. Ella lo
quería.
La tela escocesa que estaba sosteniendo -su tela escocesa- cayó a sus pies mientras sus
brazos rodeaban su cuello. Su diminuto cuerpo se extendió contra el suyo y él se hundió
en ella, respirándola con pesados dibujos.
Eso fue increíble. Su calor. Su suavidad. El olor embriagador de su cabello. Él cavó más
profundo, encajando su cuerpo en el suyo, cavando su mano a través de los sedosos
hilos de oro para acariciar su cabeza, y hundiendo su lengua más y más profundamente
en la dulce y cálida caverna de su boca.
No podía obtener suficiente. Su boca era voraz para su gusto, sus manos ansiosas por
recorrer cada centímetro de ella, y su cuerpo dolía por más presión.
Ella gimió y se estremeció, sus diminutos dedos agarrando-cavando-en sus hombros,
prueba visceral de lo mucho que lo deseaba.
Un rayo de calor le golpeó en la ingle, llenándolo. Haciéndolo hincharse. Palpitar..
No iba a durar.
La tomó en brazos y la llevó a la cama. Rompió el beso sólo el tiempo suficiente para
ponerla y arrancarle la camisa antes de bajar a su lado.
Sus ojos se agrandaron, recorriendo los tramos de la piel desnuda. No, gozarlo, era
quizás más preciso. No estaba desacostumbrado a las mujeres que admiraban los efectos
de la guerra en su cuerpo, pero con ella era diferente. Con ella, importaba.
-Dios mío, eres hermoso -dijo ella.
Él sonrió:- Los guerreros no son hermosos, muchacha. ¿Pensé que erais buena con las
palabras?
Se sonrojó, aunque sabía que él se estaba burlando de ella.

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-Muy bien, «perfecto» -sus ojos se dirigieron al corte que había sufrido en la batalla con
los ingleses la mañana anterior.- ¿La herida no duele? -Él negó con la cabeza. Como le
había dicho, no era más que un rasguño.
-¿Qué es esto? -preguntó ella, contorneando la marca que unía a la Guardia de las
Highlands en su otro brazo con el dedo.
Ah infierno:- Nada.
Janet lo ignoró:- Es el Lion Rampant con algún tipo de banda e inscripción -entrecerró
los ojos a la luz de las velas-. O inventiam viam. "Encontraré un camino"-tradujo-. Sólo
para un rastreador. Suena como la inscripción para una espada.
-Lo es –dijo. Tenía la misma marca en la espada. El tatuaje Lion Rampant, rodeado con
la banda de par de torsión de una tela de araña, fue la marca utilizada para identificar a
cada miembro de la Guardia de las Highlands. Pero muchos de los guerreros la habían
personalizado con armas o lemas.
Ewen había hecho ambas cosas. Tenía dos picas cruzadas detrás del león y la
inscripción en su espada abajo.
Su brazo se flexionó bajo las yemas de sus dedos y, afortunadamente, siguió adelante.
Estiró la mano y extendió las manos sobre su pecho y sus brazos.
-Parece que sois de acero -alzó la mirada hacia él con timidez- sabéis, nunca me
gustaron los músculos antes, pero creo que ahora los tengo en bastante estima -su palma
se extendió sobre la protuberancia de músculo en su brazo y la apretó.
-Sí -dijo, con voz cada vez más ronca-. Estoy muy agradecida.
Otra ráfaga de calor se apoderó de él. Ewen maldijo y la besó de nuevo antes de que sus
palabras pudieran volverle todavía más loco. Tenía la intención de tomarlo con calma.
Saborear cada minuto de lo que podría ser el único tiempo-
Él se detuvo. No pienses en ello.
En cambio, se concentró en lo bien que se sentía, escondida bajo él. La sostuvo acunada
contra su costado, medio apoyada sobre ella, para no aplastarla con su peso. También
dejó su mano libre para explorar, y se hizo condenadamente seguro de no dejar ninguna
parte de ella intacta. Se cubrió el pecho con la fina tela de la camisa, rozando su pulgar
sobre el pico tenso, antes de deslizar su mano sobre su cintura y caderas, y luego su
parte inferior, levantándola contra él hasta que su pierna se envolvió alrededor de su
cadera.
Sus gemidos y jadeos se difuminaron cuando empezó a rozar suavemente contra ella.
Lentamente aumentó el ritmo, imitando el ritmo con su lengua, mientras los círculos
lentos y suaves se convertían en una ráfaga rápida y dura. La dejó acostumbrarse a su
tamaño. Déjala sentir cada centímetro de su longitud mientras movía su cuerpo sobre el
de ella.
Pero el juego separado por unas cuantas capas de lino y lana no era suficiente para
ninguno de los dos. La frenética racha de sus latidos cardíacos y respiración acelerada,
entre cada vez más urgentes jadeos y gemidos, igualaba la suya propia.
La tensión golpeó su cuerpo. Estaba tan caliente. Su cuerpo era un infierno de
necesidad. El sudor recobró su frente mientras luchaba contra los instintos que

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presionaban dentro de él. Cada uno de sus músculos se flexionaron fuertemente,
temblando con el esfuerzo de encontrar la restricción. Para encontrar el control.
Para que durase.
Pero no iba a durar. No esta vez. Se sentía demasiado bien, y la quería demasiado.
Intensamente. Desde el primer momento en que la había visto en el bosque, medio
desnuda y fiera como una valquiria, había estado esperando este momento. No había
querido reconocerlo ni siquiera para sí mismo, pero la verdad había llegado finalmente a
él. O tal vez el destino lo había alcanzado.
Sabía que era demasiado apresurado. Demasiado apurado. Pero tenía que estar dentro de
ella. Ahora.
Con una mano, desató los lazos de sus pantalones y los deslizó sobre sus caderas. La
fresca ráfaga de aire sobre la piel turgente le hizo gemir de alivio.
La delicadeza estaba más allá de él. Su mano se sentía grande y torpe cuando él alcanzó
el dobladillo de su camisón, facilitándolo lo suficiente para darle acceso. Se obligó a a
exasperarla. Dejó descansar su mano sobre su muslo un momento antes de tocarla. Pero
ella no lo dejaba. Empezó a retorcerse, a gemir, a levantar las caderas para encontrarse
con él.
Así que le dio lo que ambos querían, pasando los dedos por su humedad, antes de
deslizarse en el apretado calor femenino. Él gimió. Tan mojado. Tan malditamente
caliente.
Un afilado apretón de deseo se instauró en la base de su espina dorsal. Quería estar
dentro de ella con tanta desesperación, que le tomó todo lo que no tenía para levantar su
cuerpo sobre el suyo y empujar hacia dentro. El conocimiento de lo bien que se sentiría
se estrelló sobre él en una ola caliente, casi arrastrándolo debajo.
Pero tenía que prepararla para tomarlo. Ella era pura, maldita sea, y él iba a hacer esto
bien para ella, aunque lo matara.
Y bien podría sangrar.
Levantando la cabeza, rompió el beso para observar su rostro mientras él le complacía.
Sintió algo apretarse fuerte en su pecho. Ella era tan hermosa. Cerrada en la agonía de la
pasión, sus mejillas enrojecidas de placer, su cabello dorado extendido detrás de su
cabeza en un desorden salvaje, con los ojos entrecerrados y sus labios hinchados beso
suavemente se separó, parecía una especie de diosa sensual. Saber que estaba haciendo
esto a ella lo humilló. Era su beso que le había hinchado los labios, la semana de barba
que le había enrojecido la piel sensible alrededor de su barbilla, y su toque que la estaba
volviendo loca.
Pero no lo bastantemente salvaje.
Janet sintió como si estuviera atrapada en un torbellino. Un torbellino caliente, frenético
y devastador.
Había pasado de absoluta desesperación al éxtasis en cuestión de minutos.
Lo que le había estado reteniendo había desaparecido. Cuando la besó, supo que había
tomado su decisión: la había elegido. Su pecho se hinchaba de felicidad. No se había
equivocado al darle su corazón.

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Àriel x
Arrastrada por el calor de su abrazo, se entregó a la pasión. Se entregó a él. La entrega
nunca se había sentido tan bien. La sensación de sus dedos dentro de ella-acariciándola,
trayéndola hasta el pico del placer...
Oh Dios, ¡ella no podía soportarlo! Ella gimió, se retorció, sintió la abrumadora
necesidad de apretar sus caderas contra su mano. Un eco del recuerdo de lo que le había
hecho a ella insultada, cuando la sensación parpadeó apenas fuera de su alcance.
-Todavía no, mo chroí -le susurró al oído con una risa maliciosa. Quiero probaros
primero.
Janet no quiso intentar decirle qué hacer, pero prefirió aquellos besos. Ella dio un
pequeño gruñido de protesta cuando él frenó su golpe, e intentó no irritarse cuando se
rio entre dientes-. Os prometo que os gustará esto, muchacha.
Ella sintió su primer parpadeo de premonición cuando se deslizó hacia abajo, no hacia
arriba. Dios mío, su rostro estaba justo entre su...
Una repentina inundación de vergüenza enfrió algo del calor. El instinto le trajo las
piernas juntas duramente.
-¡No! ¡No! No podéis.
Él la miró, un brillo perverso en sus ojos azules. Un grueso trozo de pelo oscuro se
deslizó sobre su frente, dándole un borde claramente pícaro. Enterró la boca justo en el
ápice de sus piernas cerradas, el calor de su aliento la hizo jadear. Él sonrió.
-Os lo aseguro -la acarició de nuevo, empujando suavemente sus piernas-. -Os va a
gustar esto, amor. Sólo déjame tener un pequeño momento.
¡Oh Dios! Ella se estremeció -y no con mortificación- cuando volvió a acariciarla, esta
vez dándole un chasquido de su lengua que envió una ondulación tras la ondulación de
la sensación hasta los dedos de los pies. Sus piernas se relajaron aún más, abriéndose un
poco más cuando la vergüenza rápidamente dio paso a los malos antojos de su cuerpo.
Cuando él la besó allí, presionando sus labios cálidos y firmes hacia la parte más íntima
de ella, ella gritó en estado de shock y placer tan agudo que puso cada terminación
nerviosa en el borde. O más bien, volvía cada terminación nerviosa de adentro hacia
afuera. Era una bola de terminaciones nerviosas crujientes. Caliente, sensible y
equilibrado para su toque.
Se burló de ella con movimientos suaves de la lengua y suaves besos hasta que no podía
soportarlo más. Ella comenzó a levantar sus caderas contra él, deseando más presión.
-¿Te gusta, amor?
¿Gustar? Dios mío, nunca había imaginado que le gustara tanto. Esperaba que no
esperara que hablara; todo lo que pudo hacer fue un jadeo.
Se olvidó de sentirse avergonzada y no ofreció una sola protesta cuando se sentó
firmemente entre sus piernas, se pasó las piernas por encima del hombro y tomó su
parte inferior para levantarla más completamente a su boca inicua y maravillosa.
El primer golpe amoroso de su lengua envió a cada una de esas terminaciones nerviosas
de dentro hacia afuera a hormigueo. Pero era la presión de su boca y la rejilla de su
quijada barbilla contra la tierna piel entre sus muslos que la hacía perder toda
vergüenza.

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Àriel x
Empezó a temblar. Empezó a arquear su espalda y levantar sus caderas más duro y duro
contra sus labios y lengua. Ella le dijo que no se detuviera. Le rogó que lo detuviera.
Más rápido.
Más adentro. Más fuerte.
Oh Dios, ¡sí... sí! Una oleada de calor surgió entre sus piernas y la cálida succión de su
boca. Él la sostuvo allí, bebiéndola, mientras ella catapultó a un reino diferente,
mientras su cuerpo se deshizo en olas tras olas de placer caliente y ondulante.
A través de la niebla, ella lo oyó perjurar.
-No puedo esperar más... tengo que estar dentro de vos... lo siento -su voz sonó casi
estrangulada.
¿Por qué se disculpaba?
No tardó mucho en averiguarlo.

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Capítulo 21

Ewen había llegado al final de su contención. Cualquier control que pensara que tenía
habí a desaparecido tras su liberación. Había querido volverla loca y prepararla para él;
simplemente no había previsto lo que le haría.
Fue la experiencia más erótica de su vida. Nunca había probado una mujer con tanta
plenitud. Nunca había puesto su boca sobre ella mientras se separaba. Nunca se sintió
tan conectada como los espasmos de placer que reverberó a través de su cuerpo. Se
entregó tan libre y completamente.
No podía esperar un minuto más.
Susurrando algún tipo de disculpa, él apalancó su cuerpo sobre el suyo. Los músculos
de sus brazos y hombros se flexionaron con fuerza en anticipación mientras luchaba por
mantenerse firme. Para ir despacio.
Sus ojos se alzaron hacia los suyos. Sintió un chasquido. Era como si algo se moviera
en su pecho y quedara en su lugar.
Sus ojos parpadearon y se ensancharon. Siguió la línea de su mirada y vio lo que hizo:
una erección de tamaño muy intimidante. Quería darle una especie de tranquilidad,
decirle que iba a estar bien, pero a decir verdad, aunque pudiera gruñir algunas palabras
en este momento, no estaba seguro de cuánto iba a doler esto. Incluso suave y húmeda
por su liberación, seguía siendo pequeña y apretada, y él era grande y duro. Muy grande
y muy duro.
Sólo pensar en ello le hizo pulsar. Luchó contra el impulso de echar la cabeza hacia
atrás.
Pero fue una batalla que perdió. Su polla era demasiado dura, su entrada lisa y cálida era
demasiado atractiva, y cualquier control que hubiera huido en el momento en que frotó
su sensible cabeza contra su sedosa humedad. Con la mirada fija, empezó a presionar,
pulgada a pulgada, pero la intimidad era demasiado intensa, las emociones eran
demasiado poderosas. Fue demasiado. El suave empujón se convirtió en una rápida
zambullida mientras la poseía completamente, atándola a él de una manera que no podía
deshacerse.
Soltó un gemido de satisfacción pura y primitiva, abrumado por una sensación de alivio
y algo más. La única manera de describirlo era la rectitud absoluta. Como si estuviera
donde pertenecía. Como si hubiera encontrado su destino.
Su suave grito de dolor rompió a través de su neblina. Pero era demasiado tarde.
Demasiado tarde para recriminaciones. Demasiado tarde para cambiar de opinión.
Demasiado tarde para recuperarlo, había ido demasiado lejos, no podía retroceder ahora
aunque quisiera. Ella era suya.
Al menos por el momento.
Apretó los dientes, sosteniéndose la piedra todavía, deseando darle tiempo para
adaptarse a la sensación de él. Pero se sentía demasiado bien. Estaba apretada y caliente,
agarrándolo como un maldito guante, y cada instinto en su cuerpo gritó para moverse.

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Le lanzó una mirada hacia ella, sorprendida al ver que sus ojos no se cerraban con
fuerza, pero mirándolo con la emoción que ella le había obligado a reconocer.
Amor. Su pecho se apretó. Una oleada de ternura cayó sobre él. Se inclinó y le dio un
suave beso.
-Lo siento.
Ella sonrió:- ¿por qué? -Por tantas cosas.
-Te hice daño.
-No está tan mal... ahora.
Como para probar sus palabras, ella se movió, enviando un oleaje caliente de placer
subiendo hasta la punta de él. Él gimió, incapaz de resistir el instinto primitivo de
responder con un movimiento propio. Un apretado y rápido codazo.
Ella se estremeció.
Él maldijo:- Maldición. Lo siento. Estoy tratando de no moverme, pero te sientes tan
bien. Esto está matándome.
Dado el dolor que estaba sintiendo en el momento, la sonrisa que se extendió a través de
su cara no fue exactamente muy apreciado.
-¿Lo estoy?
Él le dirigió una mirada penetrante, con los dientes apretados:- No necesitáis estar tan
contenta con eso.
Su sonrisa se hizo aún más amplia.
Se inclinó para besarla otra vez, el movimiento haciéndolo hundirse más profundo.
Ella jadeó, pero esta vez no con dolor. Sus ojos se encontraron.
-¡Oh! Eso se sentía… -Sabía cómo se sentía. Se sentía increíble. Se movió de nuevo,
extrayendo un poco y hundiéndose de nuevo. Sus ojos se abrieron-. Oh ... -Otra vez.
Cuando rodeó sus brazos alrededor de su cuello para agarrarse más fuerte, era toda la
invitación que necesitaba. Con la mirada fija, empujó de nuevo, y otra vez. Observando
cualquier signo de dolor. Pero no fue el dolor lo que le produjo un suave color rosa en
las mejillas.
Cuando sus caderas se levantaron para encontrarse con él, no pudo contenerse. Sus
caricias se alargaron. Profundizado.
Se fue más rápido y más difícil, sus gemidos jadeantes instándole. El placer era intenso.
Abrumador. Como nada de lo que hubiera imaginado. Ella lo era todo. Y más.
Muy apretado. Mucho calor. El sudor le salpicaba, los frenéticos empujones cobraron su
precio. Presión construida en la base de su columna vertebral, más fuerte y más
poderosa que cualquier cosa que había sentido antes.
Su cuerpo lo agarró, le ordeñó, lo atrajo hacia el borde.
Y él la tomó con él. Sosteniendo sus caderas, él empujó en duro y profundo, rechinando
hacia fuera su placer en círculos lentos, duros como su propio rugido en sus oídos.

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Llegó con una intensidad candente que lo sacudió hasta el fondo. Por un momento, el
placer era tan agudo que su mente se volvió negra. Una y otra vez los espasmos lo
azotaron.
Agarre. Exprimir. Estrujándolo seco.
-Te amo tanto -sus palabras resonaron una y otra vez en su cabeza, en su corazón.
Cuando el último reflujo se había desvanecido de sus lomos, se derrumbó, gastado y
agotado, en la cama a su lado, disfrutando de las sensaciones y sentimientos extraños
que corrían a través de él. Todavía sentía que estaba volando. Se sentía mareado, su
mente un poco blanda y borrosa. Casi como si hubiera tenido más de ese whisky de lo
que se había dado cuenta. ¡Jesús! Nunca se había dado cuenta de que podía ser como...
eso.
Increíble. Asombroso. Como nada de lo que había experimentado antes. Ellos... habían
conectado. No sólo unido, sino conectado. Nunca se había sentido más cerca de nadie
en su vida como lo había hecho en el momento en que estaba dentro de ella, mirándola a
los ojos. Cuando encontraron la liberación juntos, no sólo su cuerpo estaba saciado, sino
su alma. Y la euforia no había terminado con la liberación. Sentía -el sentimiento era tan
extraño para él, le tomó un momento ponerle un nombre- feliz. Como si pudiera estar
acostado con ella para siempre.
Ella era tan dulce. ¿Y ella lo amaba? ¿Cómo había tenido tanta suerte?
Estaba a punto de acercarse y meterla bajo su brazo, cuando ella habló.
-Si esto es lo que el matrimonio tiene para ofrecer, creo que estaré muy contenta.
Podría haberle echado un cubo de agua fría, el impacto de sus palabras fue el mismo. La
borrosidad desapareció. La euforia y la felicidad se convirtieron en un helado escalofrío
cuando la realidad de lo que había hecho le golpeó rápido y duro.
Mierda.
El juramento estaba bien colocado. Eso era exactamente lo que había hecho, literal y
figuradamente. No sólo ella, sino también a sí mismo.
En lugar de ajustarla contra él, se quedó mirando el tejado de madera del establo,
atónito, incrédulo, mientras las ramificaciones lo golpeaban implacablemente.
Por el amor de Dios, ¿qué diablos había hecho?
Al tomar su inocencia, había violado la confianza de su rey y su señor, y puso en peligro
su futuro, así como el de su clan. ¿Un dedo de tierra? Diablos, él no tendría un puño de
suciedad a su nombre cuando Bruce se enterara. El castillo a medio terminar -un
monumento a la temeridad de su padre- sería una plaga en el paisaje para siempre. Pero
nada de eso importaría, porque Ewen estaría muerto. El rey iba a matarlo.
Ewen había estado tratando de mantener el control, hacer su trabajo, distanciarse de su
padre "salvaje" y primo rebelde, y no llamar la atención sobre sí mismo. Bueno, Bruce
estaba seguro de que iba a notar esto. Estaba casi contento de que sir James estuviera
muerto, así que no tendría que ver esto.
Destinado a suceder. Justicia. Destino. ¿Había usado realmente excusas tan fantásticas
para justificar la inexcusable y perder de vista su honor? ¿Por olvidar lo que importaba?

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¿Qué pasa con el deber, la lealtad y la disciplina? Eso era lo que se suponía que debía
pensar. Quería echarle la culpa al whisky, pero sabía que no era eso. Había tenido miedo
de perderla y había reaccionado sin pensarlo. Dejaba que la emoción lo controlara.
Maldita sea. Esto no debía sucederle.
¡Era tan malo como su maldito padre! Toda su vida había estado luchando para
asegurarse de que no terminara como Wild Fynlay, y en cuestión de minutos, lo había
deshecho todo.
Los Lamonts en Cowal estaban acabados. Dependen de vos. Dios, se sentía enfermo.
Al principio, Janet no se dio cuenta de que algo andaba mal. Todavía hormigueo y débil
con placer, todavía sintiendo como si estuviera subiendo a través de las nubes, estaba
tan atrapada en la maravilla de lo que acababa de suceder que ella asumió que Ewen
estaba sintiendo lo mismo.
Ni siquiera se preocupó cuando no respondió a su broma. Probablemente estaba igual de
abrumado que ella.
Fue sólo cuando se sentó, se balanceó las piernas sobre el borde de la plataforma
(dándole una buena vista de su ancha y bien musculosa espalda), y puso su cabeza en
sus manos que se dio cuenta de algo estaba mal.
Se dio cuenta de lo equivocada que estaba cuando murmuró un vil juramento que nunca
había oído de él. Su pecho se apretó, pero trató de no reaccionar exageradamente.
Entonces, ¿qué si esto no era exactamente cómo ella había imaginado el momento? No
importaba que él no la hubiera empujado en sus brazos, acariciado su cabello, y le
hubiera dicho lo maravilloso que era. Cuánto la amaba. Realmente no lo hizo.
Se encogió. No era una virgen de dieciocho años. Era una mujer adulta. No necesitaba
tales garantías, aunque hubieran sido agradables. Se obligó a sí misma a no derramar las
lágrimas que querían precipitarse sobre sus ojos. Ignorando la tonta y desdichada niñez
que se hinchaba en su pecho, trató de pensar racionalmente. Su reacción era
comprensible. Por supuesto que lo era. Conocía a Ewen, y sin duda él vería tomar a su
virginidad como una especie de violación del código de su hombre.
Podría pensar que era ridículo, pero no lo hizo.
Se sentó detrás de él, extendió la mano y apoyándola en su hombro. Sus músculos se
tensaron bajo su palma. Otra astilla de dolor trató de abrirse camino a través de la
felicidad que había envuelto alrededor de sí misma como una tela escocesa, pero ella no
lo dejó.
-Por favor, no os enfadeis. Verdaderamente, no hay nada de qué preocuparse. No hemos
hecho nada malo –sonrió-. O nada que no pueda ser corregido pronto. Voy a ir a Robert
tan pronto como lleguemos y le explicaré... bueno, tal vez no todo -Robert podría ser tan
caballeroso acerca de este tipo de cosas como Ewen-. Pero lo comprenderá. Se alegrará
de verme finalmente casarse, y que os caséis conmigo ayudará a vuestro clan... ya lo
veréis.
Nada podía haber impedido el golpe de dolor cuando él se apartó de su contacto.
-No entendéis una maldita cosa, ¡el Rey va a estar furioso!

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Janet parpadeó hacia él en estado de shock, aturdida por la fuerza de su vehemencia. No
pensaba que poseía sentimientos tiernos, pero había logrado encontrar algo con sus
palabras típicamente contundentes y afiladas.
-Tal vez no seáis un partido ideal, pero estoy segura de que Robert puede ser persuadido
-
La agarró del brazo y la obligó a mirarlo.
-¡Maldita sea, Janet! No todo se puede manejar con una lengua hábil y algunas sonrisas
bonitas. ¿Cuándo diablos vais a aprender eso? No tenéis ni idea de lo que acabo de
hacer.
Janet dejó de decirse a sí misma que obviara su reacción. Fuera lo que fuese lo que le
hacía actuar así, era grave.
Dejó caer su mano y volvió a poner la cabeza en sus manos.
Repentinamente fría, recogió la tela escocesa dejada por Margaret del suelo, la envolvió
alrededor de sus hombros y se colocó a su lado.
-Entonces, ¿por qué no me lo decís?
Pensó que iba a ignorar su petición. Pero después de unos minutos de lucha, parecía
llegar a algún tipo de decisión.
-El rey ya ha organizado un compromiso para vos.
Ella respiró hondo, mirándolo con absoluto horror e incredulidad. Parecía haber
olvidado cómo respirar. Su mente estaba ocupada corriendo en miles de direcciones. Era
lo último que había esperado. Robert nunca había dado ninguna indicación de que
planificara...
La traición la atravesó, desgarrando ese plaid de la felicidad en pequeños fragmentos.
Pero no era sólo de Robert. Miró a Ewen, buscando al hombre que creía conocer.
Que pensaba que conocía.
Él me mintió.
-¿Quién? -preguntó ella, aturdida.
-Walter Stewart -el golpe tomó cada último pedacito de aire de su pecho. ¡Por supuesto!
Ewen había dejado escapar su nombre una vez. Ahora entendía el significado. Quería
reír, pero temía llorar. Walter Stewart apenas tenía edad suficiente para ganarse las
espuelas- Mi señor, y el hijo del hombre a quien le debo todo -agregó.
Podía haber intentado comprender su culpa, las profundidades de la deshonra que debía
sentir por su deslealtad y su falta de confianza, pero estaba demasiado envuelta en su
propio dolor y en su fracasada confianza. Ella se quedó mirando su rostro, buscando
algo para aferrarse a él. Algo que cambiara la inevitable conclusión mirándola
fijamente.
Janet apartó la mirada, volviendo su mirada hacia sus dedos desnudos. En algún
momento debió de quitarse las botas. Una punzada afilada atravesó su corazón. ¿Fue
sólo hace unos minutos que pensó que él era el único para ella?
-No me lo dijisteis.
No era una pregunta. No le importaban sus razones, pero él se lo dijo de todos modos.

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-El rey sospechó que no seríais tan... uh, capaz, de regresar si lo hubierais sabido.
La conmoción empezaba a desvanecerse y la ira aumentaba dentro de ella. Lo miró de
nuevo, su boca se retorció en un desprecio.
-Qué bien me conoce. Y vos lo seguisteis, por supuesto. Probablemente fue muy fácil
para vos. No es vuestra batalla, ¿no es eso lo que dijisteis? ¿Por qué debéis
involucraros?
Su boca en una fina línea, ante el sarcasmo.
-Hace tiempo me di cuenta de que estaba involucrado, y era demasiado tarde. Sabía que
os enfadaríais, y sé que no es excusa, pero en ese momento estaba más preocupado por
mantenernos a los dos vivos.
El admitir que estaba involucrado también era llegaba demasiado tarde.
-Podríais habérmelo dicho esta noche. Deberíais habérmelo dicho esta noche.
-Sí, bueno, no pretendía exactamente que esto sucediera. Pensé que sería más fácil si el
Rey os lo explicara. Pensé que haría que nuestra separación fuera menos... complicada.
-¿Si os odiaba?
Él la miró sin pestañear.
¡Querido Dios! El color se lavó de su cara; eso era exactamente lo que pensaba. Él
simplemente la habría entregado a otro hombre y no miraría hacia atrás. Su corazón se
rompió como el vidrio arrojado sobre el suelo. Podría haber pasado.
De repente, otra verdad la golpeó. Otra traición.
-Esta no va a ser una estancia temporal en Escocia. El rey no tiene intención de dejarme
volver a Roxburgh, ¿verdad?
Él no se apartó de la fría acusación en su mirada:- no.
-Pero me dejasteis pensar que podría persuadirlo. ¡Sabíais lo importante que era para
mí, y todavía me dejasteis creer que volvería!
Ella lo vio estremecerse, pero su culpa no era suficiente. Se encogió de hombros. Sus
hombros desnudos que incluso ahora la burlaban por los recuerdos. Podía ver las
pequeñas huellas de sus uñas. Prueba de su estupidez.
-Parecía más fácil en ese momento. Pensé que podríais negaros a ir, y no quería ir detrás
de vos de nuevo. Lo que estabais haciendo era peligroso…
-Y, por supuesto, no podría ser tan importante como lo que estáis haciendo.
Pensó que no podía herirla más de lo que le había echado. Ella estaba equivocada.
Él nunca creyó en mí en absoluto.
Podría haber intentado entender su intento de evitar los conflictos, pero no la falta de
respeto a ella. Había sabido cuánto significaba para ella lo que estaba haciendo, y al
convencerla, al permitirle creer que su misión sólo se demoraba, había demostrado lo
poco que la valoraba. Qué poco pensaba de ella. Nunca le daría lo que quería de un
marido.
Se levantó para marcharse, pero la cogió del brazo, deteniéndola.

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-Sólo porque simplemente con hablar a su manera pueda salir de una situación no
significa que debáis. Sois demasiado confiada, hasta el punto de imprudencia. Con lo
que pasó con el sacerdote en Roxburgh... Fue sólo cuestión de tiempo antes de que
fuerais descubierta. No voy a disculparme por no querer veros en peligro.
-¿Y qué sobre mentirme? -¿Y hacerme amaros?
Sus ojos se suavizaron. Pero se sentía extrañamente indiferente a ello. Hace una hora,
podría haberlo visto como una señal de que sentía algo por ella. Ahora, lo sabía.
-Lo siento mucho por eso. Sólo estaba tratando de hacer mi trabajo
Un fuerte sonido burlón surgió de su herido pecho.
-Y la misión siempre es primero, ¿no es así? –Ewen no dijo nada. Miró su hermoso
rostro, viendo la súplica silenciosa para que lo entendería. Una parte de ella quería
dárselo. Una parte de ella quería pensar que todavía había alguna manera de que esto no
terminara tan horriblemente-. ¿Y ahora qué, Ewen? ¿Qué le pasa a tu misión ahora?
Seguramente no podía haber estado tan equivocada. Él no merecía una oportunidad,
pero iba a dársela.
Ewen había fallado tanto. Cuál era exactamente la razón por la que había querido
evitarlo. No podía soportar el modo en que lo miraba. Al ver la confusión quebrada en
sus ojos. La traición. El corazón roto.
Lo desgarró.
No quería perderla. ¿Pero qué diablos podía hacer? Haría todo lo posible por
enderezarse, para salvar lo que pudiera de su honor y su lugar en el ejército de Bruce,
pero no se hacía ilusiones.
-Le explicaré todo a Bruce en cuanto volvamos. Si está de acuerdo, estaremos casados
tan pronto como se lean los votos.
Ella lo miró, obligando a su mirada a encontrarse con la suya.
-¿No creéis que podáis convencerlo?
No creía que hubiera una oportunidad en el infierno. Su mandíbula se apretó.
-Pensé que estabais segura de que podríais persuadirlo.
-Eso fue antes de que me enteraran de los esponsales. Robert no os recompensará por
interferir con sus planes.
-Le diré que no hay otra opción. Es demasiado tarde. He tomado vuestra inocencia,
maldita sea.
-Entonces debéis prepararos para defenderos con vuestra espada, porque él querrá
mataros. Robert no mirará con buenos ojos el valor de su premio.
-No habléis de esa manera -dijo bruscamente-. No es así como me siento.
-¿Cómo os sientes, Ewen?
¿Como si estuviera tratando de encontrar tracción en una colina de hielo? ¿Confuso?
¿Rasgado? Como un hombre que acaba de perder todo y no precisamente un clan
entero.
-¿Cómo podéis preguntar eso después de lo que acaba de suceder? Seguro que os habéis
dado cuenta de lo mucho que significáis para mí.

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Monica McCarty El Cazador
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Él podía decir por el destello de decepción que cruzó su rostro que no era la declaración
que quería oír. Pero debió haber sido suficiente. Ella puso su mano en su brazo,
volviendo esos grandes ojos verdes marinos a su implorante.
-Entonces huye conmigo. Encontraremos un sacerdote en algún lugar para casarnos.
Sabéis que es la única manera. Robert nunca nos dará permiso para casarnos.
Cada músculo en su cuerpo se volvió tan rígido como el acero. ¿El destino le estaba
jugando una especie de horrible broma, obligándolo a enfrentar la misma decisión que
su padre? Bueno, seguro que no iba a cometer el mismo error.
-No voy a huir.
Ella lo observó, sus ojos tomando nota de sus puños cerrados y músculos flexionados.
-Amarme no os va a hacer vuestro padre, Ewen.
Ella lo miró con tal compasión y comprensión que por un momento, él vaciló. Quería
abrazarla y decirle que todo saldría bien. Pero no lo haría. Sus sentimientos por ella no
iban a costarle esto.
-¿No? Tal vez tengáis razón. No me haría mi padre. Mi padre hizo que Stewart lo
ayudara a recoger las piezas; No tendré a nadie.
-Me tendréis a mí.
Como si pudiera ser así de simple:- ¿Qué tipo de vida viviríamos? Sin el rey y el apoyo
de Stewart, no tengo nada que ofreceros. Sin dinero. Sin castillo. Solo doscientas
personas dependiendo de mí para proveerse. ¿Nos uniríamos a mi primo y a mis
parientes en Irlanda con los otros rebeldes?
Levantó la barbilla con terquedad y frunció la boca.
-Mary ayudaría. Y Christina también.
-¿Les pediríais eso? Las pondrías en desacuerdo con Bruce -con eso, logró
tranquilizarla-. Correr no es romántico, Janet, es irresponsable y tonto. No resolverá
nuestro problema; lo hará peor. No, no hay otra manera. Tomaremos esta oportunidad
con Bruce.
Se forzó a no ver la decepción brillando en sus ojos.
-Entonces habéis hecho vuestra elección.
-Sí.
-¿Incluso si eso significa que no podremos estar juntos? ¿Incluso si eso significa que
deberé casarme con otro hombre?
Él la tomó por el brazo, arrastrando su rostro hacia el suyo:- ¡Sí, maldita sea, sí!
Era como si hubiera apagado una vela; la luz en sus ojos simplemente murió. Sentía la
rapidez movimientos de pánico en su pecho. Instintivamente, él la abrazó, pero ella se
apartó bruscamente.
Sus ojos vacíos le miraron, lo suficientemente afilados como para matarle.
-No volváis a tocarme. Vos habéis tomado vuestra decisión; ahora yo he hecho la mía.
No me casaré con vos ni con Walter Stewart. No me casaré con nadie. Tomaré el velo
antes de que alguien trate de obligarme a llegar al Altar.

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Su pulso saltó, el pánico ya no sólo se agitaba en su pecho, sino que saltó -nada,
rebotando- por todas partes.
-No sabéis lo que decís.
Ella no dijo nada. Ni siquiera lo miró. Su mirada estaba clavada en la puerta detrás de
él.
-Al contrario de lo que piensas, Ewen, soy capaz de tomar mis propias decisiones.
Él juró, sabiendo que ella se estaba escapando de él pero sin saber cómo detenerla. Se
puso de pie, balanceándose por el dolor en su pierna. Pero no era nada para la tormenta
de emociones que ardían en su pecho. Odiaba sentirse así. Fuera de control. Enfadado.
En pánico Indefenso. Lo estaba destrozando.
Él azotó ciegamente, como una bestia acorralada.
-¿Qué diablos queréis de mí, Janet? ¿Os das cuenta de lo que esto -sacudió su cabeza
hacia la cama arrugada detrás de ellos- me ha costado? Todo por lo que he estado
luchando. ¿No es suficiente, o debo arrancarme el corazón por vos?
Ella parecía afligida; su cara vacía de color o emoción. Su voz temblaba.
-No me di cuenta de que había un precio en algo que pagar. Quería complaceros; Lo
siento si no fue suficiente. Pero no tenéis que preocuparos. No tiene que costaros nada.
Como no me voy a casar con nadie, mi inocencia -o la falta de ella- no es importante.
Vos ofreciste matrimonio y yo me negué. Cumplisteis con vuestro deber; si hubo algún
daño a su honor, podéis estar aliviado. No hay razón para decir nada a Robert en
absoluto. Su posición en su ejército sólo tiene que estar en peligro si decidís hacerlo así.
Tan pronto como la cólera se había levantado, estaba empapada. Apenas oyó sus
palabras, dándole una salida; todo lo que podía ver era el daño que sus imprudentes
palabras habían infligido. No debería culparla. No fue culpa suya. Y seguro que no
había querido hacer lo que había sucedido entre ellos se sienten como una especie de
transacción.
-Maldita sea, lo siento. No quise decir eso. Nunca quise que esto sucediera. Sólo estaba
tratando de hacer mi trabajo.
-Y me metí en el camino. Erais un simple soldado tratando de cumplir con vuestro
deber, y yo... ¿cómo lo dijisteis? Una complicación -frunció el ceño-. No era eso lo que
quería decir, ¿verdad?
Ella era mucho más que eso.
>Lo siento por hacer las cosas difíciles para vos, Ewen. Si me hubierais dicho la verdad,
tal vez no hubiera sucedido de la forma en que pasó. Pero como os encargasteis de
tomar esas decisiones por nosotros, me temo que ahora debéis vivir con ello. Sois un
luchador; Estoy segura de que encontraréis una manera de ganar todo lo que deseáis.
Hubiera sido más fácil, más sencillo, si nunca nos hubiéramos conocido. Y si es un
consuelo, ahora mismo desearía nunca haberlo hecho.
¡Jesús! ¿Qué había hecho?:- No queréis decir eso.
La mirada que ella le dio le dijo otra cosa. Su piel, que se había sentido inusualmente
caliente, de repente se sentía cubierto de una capa de hielo.
-Es exactamente lo que estoy diciendo. Una vez me dijisteis lo que querías en una
esposa. Debería haberte escuchado. Tal vez esto sea mi culpa. Quería convertiros e algo

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que no sois. No sois Magnus, y yo no soy Helen. Espero que un día encontréis a una
mujer que se contente con dejarle en casa y protegerla, y pensar por ella. Pero esa no
soy yo.
Se puso de pie y empezó a caminar hacia la puerta.
Le gustaba más cuando estaba enfadada con él. Este frío, tranquilo, indiferente extraño
le asustó el infierno. La estoy perdiendo. ¿Qué puedo hacer?
Sentía como si estuviera cayendo sobre una montaña sin cuerda. La colina estaba
más empinado, el hielo más duro y más resbaladizo, y no podía cavar en sus talones
para evitar deslizarse.
-Esperad.
Janet se volvió.
-No podéis iros.
Por un tonto latido del corazón, Janet pensó que tenía la intención de llamarla porque
había cambiado de opinión. Que lucharía por ellos, tan fuerte como estaba segura de que
lucharía por el rey o su clan. Pero estaba equivocada de nuevo.
>No puedo arriesgarme a que intentéis huir -dijo.
Sobre la pila de decepciones que había acumulado sobre sus pies, una piedra más no
debería marcar la diferencia. Pero lo hizo. La misión. Por supuesto, estaba pensando en
la misión. No en ella.
Aunque tal vez la entendiera un poco después de todo. Para ella no tenía intención de
volver con él a Dunstaffnage. Nunca debería haberle dejado llevarla lejos de Roxburgh
en primer lugar. Tenía que regresar. Ella no correría el riesgo de perder algo importante.
Se ocuparía de su antiguo cuñado y de sus "planes" para ella cuando terminara.
Janet enderezó la espalda. Aunque se alzaba sobre ella, incluso a unos cuantos metros
de distancia, todavía se las arreglaba para darle una mirada larga y real por la nariz.
-¿Así que voy a ser tratada como una prisionera? -le tendió las manos, cruzó las
muñecas- ¿Me ataréis con cadenas, o será suficiente una cuerda?
Ewen juró. Lo vio moverse y estremecerse mientras ponía peso en su pierna. Era
obviamente más doloroso de lo que había dicho, pero ella reprimió las palabras de
preocupación que saltaron a su lengua. No había querido su ayuda cuando ella se la
había ofrecido. No había querido nada de ella. Pero como siempre, no había querido
oírlo. No había querido oír "no". Pensaba que sabía lo que era mejor.
Al menos esta vez, ella fue la única herida. Es decir, suponiendo que no se lo dijera a
Robert. Esperaba que no fuera tan tonto como para hacerlo ahora. No había razón. No
necesitaba perder todo por tomar lo que había dado libremente. Deseaba poder decir lo
mismo. Durante siete y veinte años no sabía que faltaba nada. Ahora sí.
-Jesús, Janet. No es así. No quiero que hagáis nada... imprudente.
Sólo seguía tirando piedra tras piedra. Tontamente, ella esperaba que dejaran de doler.
-Qué suerte tengo de que me cuideis.
-Maldición. No quise decir eso. ¿Me daréis vuestra palabra de que no intentaréis huir?
-Sí.

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Hizo una pausa, mirándola fijamente:-Lo haréis en cuanto os de la espalda.
Levantó la barbilla, sin negarla:- ¿Entonces soy vuestra prisionera?
Su boca se tensó:- Sois la mujer cuya seguridad me han confiado. No voy a dejaros ir -
un escalofrío la recorrió con sus palabras, pero sabía que era tonto atribuir cualquier
significado para ellos. Soltarlo era exactamente lo que le estaba haciendo-. Lucharé por
nosotros, Janet. Solo, confiad en mí.
Había hecho eso, y miraba donde la había traído. Estaba haciéndolo perfectamente claro
lo que pensaba de ella: era una misión, un deber, nada más. Su voz tembló.
-No voy a dormir aquí con vos.
Su boca se tensó:- Sí, lo haréis.
-Vas a tener que arrastrarme a Dunstaffnage, porque no iré contigo de buena gana.
El músculo debajo de su mandíbula marcaba un omino. -Si eso es lo que se requiere
para manteneros a salvo.
-Os odiaré por ello.
Tenía los ojos en los suyos, y si no la había curado de ilusiones o espantos, podría haber
creído ver en ellos una verdadera emoción.
-Espero que no lo hagas.
Janet sabía que la batalla estaba perdida por ahora. No sería disuadido. Era intratable, un
muro de piedra que bloqueaba su camino. De repente la fuerza la abandonó. Era como si
los acontecimientos del día la alcanzaran a la vez. Golpeada hasta el fondo de su alma,
todo lo que quería hacer era enrollarse en una bola y llorar para sí misma hasta que se
durmiera. Pero ni siquiera se lo daría.
Ella miró a la cama, una punzada de dolor la atravesó. Todavía podía sentirlo entre sus
piernas, el dolor sordo un doloroso recordatorio de lo que habían compartido.
-¿No pretenderéis que comparta una cama con vos?
Meneó la cabeza, más triste que nunca.
-Podéis dormir en la cama. No creo que vaya a dormir mucho.
-El coste de la guardia.
Él no respondió pero se frotó la pierna inconscientemente, como si tratando de
conseguir un nudo, y se estremeció, se volvió para no sentirse tentada de preguntarle.
-Lo siento, Janet. Nunca quise haceros daño.
Pero lo había hecho. Irreparablemente.
De camino a la cama, cogió su camisa y se la echó. El pecho desnudo que hace sólo
unos minutos le había dado tanto placer, ahora le dolía verlo. Se la puso sin
comentarios.
Se acostó en la cama y se sentó ante el fuego, con la espalda apoyada contra la pared y
las piernas extendidas ante él. Janet no tenía intención de dormir. Se arrastró bajo el
plaid y lo miró desde sus ojos entrecerrados.
Se había recuperado antes de sentarse, y por el largo trago que tomó, sospechó que era
whisky.

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Con un poco de suerte, se consumiría en el olvido.

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Capítulo 22

Janet se despertó y se estremeció. ¡Dios mío, estaba helando aquí! Aquí. Ella parpadeó
en la oscuridad, reconociendo las rústicas paredes de madera del granero. De repente
todo lo que había sucedido le volvió en una ola de dolor y decepción.
¿Cómo pudo haber hecho esto?
Ella maldijo en voz baja. Se suponía que no debía dormirse. Gracias a Dios por el frío.
El brasero debió de haber salido. De repente, la comprensión de lo que eso significaba
la golpeó. Sus ojos se dirigieron hacia donde Ewen se había colocado contra la pared.
Se sentó con la cabeza desplomada como un trapo. No necesitaba ver su rostro por
detrás del sedoso velo de pelo grueso y oscuro para saber que estaba dormido. O más
bien, pasó-fuera-inconsciente dormido, si el descartado whisky a su lado era una
indicación.
No podía creerlo. El soldado perfecto se había quedado dormido de servicio. Parecía así
completamente fuera de carácter, le dio una pausa. Tal vez alguien había estado
escuchando sus oraciones después de todo. Pero rápidamente se dijo a sí misma no
contar sus bendiciones.
Cuidadosamente, muy cuidadosamente, se levantó de la cama improvisada. Su corazón
latía con fuerza todo el tiempo, observándolo por cualquier signo de movimiento, pero
no hizo tic tac ni un solo músculo.
Ella respiró profundamente, desigual. Con menos cuidado, para ponerlo a prueba, se
puso de pie. Cada pequeño sonido que hacía reverberaba en sus oídos como una
campana, pero todavía no se movía.
Las puertas del cielo, ¿cuánto había bebido? ¿Estaba todo ri-. Se detuvo a sí misma,
recordándose no tentar a la suerte.
Ella lo miró. Miró sus botas. Miró la bolsa a su lado, una bolsa que sabía que tenía otros
vestidos, dinero y lo que quedaba de su comida. Miró al caballo en el establo de la parte
trasera del granero.
¿Podría ella hacer esto?
Su corazón dio un vuelco, pero luego siguió golpeando. Sí. Sí, podría. Al menos, valía
la pena intentarlo. No podía quedarse con él.
No sabía cuánto tiempo tenía, pero esperaba que todavía tuviera unas horas antes del
amanecer. Cabalgar el caballo la haría más fácil de rastrear -y no tenía dudas de que él
la estaría siguiendo- pero le daría velocidad que no tendría a pie. Y ella había aprendido
algunas cosas de él que podrían ayudar.
Tragó saliva, pensando en el viaje que tenía por delante. Sería largo y peligroso, pero
nada que ella no había hecho incontables veces antes. Entonces, ¿por qué le dio una
punzada de miedo ahora? ¿Por qué la idea de dejarlo de repente la hizo sentir
incómoda?

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Porque en los últimos días se había acostumbrado a tenerlo a su lado. Tal vez no hubiera
deseado su protección, pero había llegado a apreciarlo, y si no dependiera de ella, al
menos para consolarla.
Su corazón se apretó. ¿Por qué esto tenía que doler tanto? ¿Cómo podía haberle mentido
así? No sólo sobre los esponsales sino sobre su regreso a Roxburgh. Sabía lo importante
que era para ella. Sin embargo, incluso con su traición, ella podría haber tratado de
entender -puede haber intentado perdonarlo- si la amaba.
Pero no lo hizo, o no lo quiso. Preferiría verla casada con otro hombre que arriesgarse a
ser comparado con su padre. Lo peor era que lo entendía. Ni siquiera lo culpaba.
Realmente no. Pero también sabía que no era lo suficientemente bueno para ella.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas. ¡Maldito sea por hacerle esto! Hasta que estalló
en su vida como un motor de asedio, había sido feliz por su cuenta. Contenta con la vida
que había planeado.
Se enjugó las lágrimas con un tirón enojado, decidido a serlo de nuevo. Su trabajo era lo
único que importaba ahora. Era lo único que le quedaba.
Estaba mejor sola. ¿No lo sabía desde… siempre?
Dejando a un lado sus reservas, Janet tomó su decisión. Le tomó sólo unos minutos
reunir lo que necesitaba. Mientras conducía el caballo desde el puesto, tomó una última
mirada. Las lágrimas borrosas de sus ojos, se fue sin una mirada hacia atrás.
Alguien le gritaba. La cabeza de Ewen se inclinó hacia la izquierda y hacia la derecha.
Dejad de sacudirme.
-¡Ewen! ¡Despierta, muchacho!
Abrió los ojos. Le tomó un momento reconocer al hombre ante él. Grande. Cabello gris.
La cara marcada por el clima y la batalla. Robert Wallace.
Su mente se sentía como un pantano, sus pensamientos lentos. Y Dios, estaba caliente.
Él gimió y se habría vuelto a dormir si Robert no lo hubiera sacudido de nuevo.
-La muchacha, ¿dónde está?
Eso lo hizo espabilarse rápidamente. Una parte de la niebla desapareció de su mente.
Janet. Su mirada se dirigió a la cama. Vacía. Ewen perjuró, dándose cuenta de lo que
había sucedido. Se había quedado dormido y había huido.
¿Cómo diablos podría haber pasado esto? ¡Estaba de servicio, maldita sea! No cometía
errores como este. Trató de ponerse de pie, pero algo no estaba bien. No parecía capaz
de coordinar sus extremidades. Maldito infierno, estaba tan débil como un potro recién
nacido.
-¿Qué os pasa, muchacho? -preguntó Robert, dándole una mano-. Estáis ardiendo como
como el fuego del infierno, y aquí hace frío.
-No lo sé- -las palabras de Ewen murieron en una punzada de dolor mientras trataba de
poner peso en su pierna lesionada.
-Es la pierna. Debe ser peor de lo que decís -Robert se detuvo para gritar por su esposa-
Sentaos -ordenó. Margaret le echará un vistazo.
Ewen lo sacudió, buscando las cosas como un hombre sin vista. -No puedo. Tengo que
ir tras ella.

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-¿Por qué se marchó? -preguntó Robert.
Porque era un tonto ciego:- Para alejarse de mí.
Si le pasaba algo, nunca se lo perdonaría.
Alcanzó su espada y casi cayó. ¡Dios, se sentía horrible! No necesitaba que Helen le
dijera que algo le pasaba muy mal en la pierna. ¿Cómo podrían las cosas ponerse tan
malas tan rápidamente? Había pensado que se veía mejor, pero estaba peor. Mucho
peor.
Se preparó para el dolor y la fiebre. Se las arregló para conseguir la mayor parte de su
armadura antes de que apareciera Margaret. Su suave grito le dijo que debía parecer
peor de lo que sentía.
-¡Estáis enfermo! -dijo ella.
No discutió. Pero una mirada rápida a través de la bolsa restante le dijo que iba a
necesitar algunas cosas.
-Necesitaré algo de comida y bebida, y cualquier moneda que podáis ahorrar.
Janet lo había tomado todo. Él juró otra vez. ¿Cómo podía haber estado tan
abandonado? Sabía que iba a huir. Debería haber tomado mejores precauciones. Debería
haberla atado, maldita sea. Debería haber hecho todo lo necesario para mantenerla a
salvo. Debería haber hecho lo que fuera necesario para mantenerla con él. ¡Ah, infierno!
Él juró otra vez. Ni siquiera la fiebre podía impedirle ver la verdad.
-No podéis ir a ninguna parte así -dijo Margaret.
-Tengo que hacerlo -dijo Ewen con los dientes apretados, luchando contra la poderosa
fuerza que parecía estar tratando de frenarlo. A él le correspondía. El sol de la mañana
ya estaba en plena vigencia-. Podría haberse ido hace unas horas -no podía perder las
pistas mientras estaban frescas.
Cogió la bolsa y se dirigió hacia el fondo del granero. Su pierna se abrochó, y él se
habría caído al suelo si Robert no lo hubiera cogido bajo un brazo.
-Tranquilo, muchacho.
-El caballo -dijo Ewen, mordiendo la ola de náusea que se elevaba dentro de él-. Sólo
ayúdame al caballo.
-Se lo ha llevado -dijo Robert.
La magnitud de su fracaso fue humillante. Mientras se suponía que debía estar en
guardia, había arrojado un maldito caballo a su lado.
-Tendré que ir a pie.
-No llegaríais al pueblo siguiente en vuestra condición -dijo Margaret.
Ni siquiera lo hizo salir del establo. La oscuridad se elevó como la boca de un dragón
ardiente y lo tragó todo.
Janet no dejó de mirar por encima del hombro, esperando que Ewen se acercara por el
camino detrás de ella como un demonio del infierno. O quizás, más exactamente, un
fantasma.
Recordó cómo era la primera vez que lo había visto. La armadura de cuero oscuro
salpicada de remaches de acero, la manta extrañamente moldeada envuelta alrededor de

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él, el timón nasal ennegrecido y el arsenal de armamento atado a su pecho amplio y bien
musculoso.
Su corazón apretó. Había estado asustada por una buena razón, resultó ser así. Debería
haberse vuelto y correr el primer momento que lo había visto.
Pero o bien él no venía detrás de ella o ella era mejor en ocultar sus huellas como había
pensado. Recordaba sus consejos: suelo duro, agua o ríos cuando era posible, rodeaba
hacia atrás, confundía y ofuscaba. Se mantuvo en el camino, mezclándose y
escondiendo sus huellas lo mejor que pudo. Pero sabía que su mejor arma era la
velocidad, así que no tardaba tanto tiempo en esconderlas como podía.
¿Tal vez la mala dirección había funcionado? Recordando lo que Ewen había hecho al
tomarla por primera vez desde Rutherford, Janet no volvió sobre sus pasos hacia el este,
sino que se dirigió al norte hacia Glasgow, con la esperanza de perder sus huellas en el
gran burgo antes de girar hacia el este en la carretera principal.
Pero desafortunadamente, Ewen tenía la ventaja de conocer su destino. Incluso si ella
lograba escapar de él en el camino, la encontraría pronto en Roxburgh. A menos que
pudiera pensar en una forma de establecer contacto con su fuente en el castillo sin
volver a Rutherford.
A pesar de lo que le había dicho a Ewen, la idea de volver a ponerse el hábito no sonaba
muy bien. Habiendo llegado al establo sólo con una camisa, pensó que todavía estaba en
la casa. Janet se había visto obligada a elegir entre la extravagante surcote destinada a
repasarla o el kirtle de lana marrón oscuro de Novice Eleanor.
Aunque había escogido la última, una mujer con un vestido tan fino, que viajaba sola,
sería mucho más difícil de explicar. No podía soportar ponerse el escapulario y el velo
blancos.
En vez de eso, se había envuelto el cuadrito alrededor de sí misma como una capa
encapuchada -la que Margaret había dejado, no la de Ewen- e hizo todo lo posible por
evitar a otros viajeros en el camino.
En esta época del año, en los días fríos y oscuros que se acercaban a la Natividad, no
había muchos.
Aquellos con los que se topó tenían alguna curiosidad aplacada por su pretensión de ser
partera, viajando para asistir al nacimiento del primer hijo de su hermana en cualquier
aldea que se encontrara por delante.
Unas cuantas veces, se unió a otra fiesta de viaje durante un tiempo -incluyendo un
granjero y su esposa que tomaban las aves en el mercado en Glasgow y un anciano que
viaja a Lanark para visitar a su hijo -buscando la seguridad y la comodidad de los
números. Pero cuando las preguntas se volvieron demasiado personales, se vio obligada
a separarse.
Más a menudo, ella estaba sola con sus pensamientos, que tanto como ella intentó evitar
que regresaran a Ewen. No siempre sería tan horrible, se dijo.
Pero por primera vez, pudo comprender la miseria que su hermana había sufrido en su
primer matrimonio Cómo se sentía amar a alguien y no hacer que la persona devolviera
esos sentimientos. Cómo se sentía ser traicionado por el hombre a quien le había dado
su corazón.

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Fue un viaje largo y difícil. Más difícil de lo que debería haber sido, especialmente
comparado con el que había tenido antes. Además de no tener a los ingleses
persiguiéndola, la ventaja de permanecer en la carretera principal era que evitaba las
colinas que ella y Ewen habían sido forzadas a atravesar. La desventaja, por supuesto,
era la posibilidad de encontrar una patrulla inglesa.
Durante dos largos días, a través de Rutherglen, donde había pasado su primera noche, y
en Peebles, donde pasó la segunda, Janet logró evitar ese peligro. En el tercero, sin
embargo, cuando ella y un comerciante y su esposa con los que había viajado desde
Innerleithen se acercaron a las afueras de Melrose, donde había conocido a Ewen, el
destino intervino una vez más. Una docena de soldados aparecieron en el camino
delante de ella.
Su sangre se enfrió. Todo instinto la obligaba a huir, aunque sabía que era ridículo. No
había razón para que ella huyera. No había hecho nada malo.
Forzó el aire a sus pulmones en respiraciones lentas. ¿Cuántas veces había hecho esto
antes? Demasiados para contar. Con tanto tiempo como había pasado en las carreteras
como un mensajero, corriendo hacia los soldados ingleses no era infrecuente. ¿Por qué
estaba tan nerviosa?
Tomando una señal del comerciante y su esposa, fingió no notar nada fuera de lo común
y continuó en el camino por delante. Si la pareja notó su ligera vacilación, no la
comentaron. Sin embargo, el comerciante, un hombre lo bastante mayor para ser su
padre, dejó que su mirada permaneciera en su rostro un momento más que de
costumbre. ¿Había visto su piel pálida bajo el capó improvisado de su plaid? Su mirada
se posó en sus manos. Al darse cuenta de que estaba apretando las riendas, forzó los
dedos a aflojarse. Pero eso, definitivamente lo había notado.
Cuando la distancia se cerró entre ellos, el comerciante movió su carro a un lado del
camino para dejar pasar a los soldados. Janet siguió a la pareja, aprovechando la
oportunidad de montar su propia montura detrás de la suya, donde esperaba que no
fuera tan visible.
El ruido de su corazón en sus oídos se hizo más fuerte cuando los poderosos caballos de
guerra se acercaron. El suelo empezó a temblar, ella esperaba ocultar su propia
sacudida.
El mercader levantó la mano para saludar al pasar el primer caballo. El golpeteo en su
corazón se calmó. Sigue adelante, ella oró. No paréis.
Uno... dos... tres... pasaron. Su corazón empezó de nuevo. Todo iba a salir bien. Pero
entonces el golpeteo se detuvo, no su corazón, sino los cascos.
-Alto -dijo una voz inglesa-. Vos ¿Cuál es vuestro nombre? ¿Qué negocio tenéis en el
camino?
No había motivo para entrar en pánico, se dijo. Nada fuera de lo común.
-Walter Hende, mi señor. Soy un comerciante en mi camino a Roxburgh, donde mi
esposa y yo esperamos abrir una tienda.
-¿Qué tipo de tienda?
El mercader hizo señas a su carro:- De telas, mi señor. Tengo el paño de lana más fino
en Edimburgo. Echad un vistazo si queréis.

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Janet aventuró una mirada al soldado. Se le cayó el corazón. No era un soldado, era un
caballero, aunque no reconoció los brazos de seis martlets separados por una curva
gruesa del oro. Era un hombre de aspecto imponente, y no sólo por su pesada armadura
y por su espada. Era grande, alto y de hombros anchos, con una mandíbula dura y
cuadrada y ojos oscuros y encapuchados apenas visibles bajo el timón de acero.
Señaló a un hombre más joven a su lado, quien asumió que debía ser su escudero. El
muchacho saltó y se acercó al carro. Levantando la tapa de cuero aceitado, asintió.
-Sí, sir Thomas. Está lleno de tela.
Fue entonces cuando ocurrió el desastre. El escudero miró en su dirección. Debido a que
había llegado a la carreta, tenía una clara ventaja de su rostro.
Jadeó:- ¡Lady Mary! ¿Qué estáis haciendo aquí?
La sangre dejó su cara. Dios mío, esto no podría estar sucediendo. El chico pensó que
era su hermana.
-¿Conocéis a esta mujer, John? -Sir Thomas preguntó-. El chico frunció el ceño,
mirándola fijamente. Debe haber visto algo que le hizo cuestionar su primera impresión.
-Soy yo, Lady Mary. John Redmayne. Era amigo de vuestro hijo en la corte. Recordad,
nos conocimos en el Castillo de Bamburgh el año pasado. Vine con lord Clifford.
Sir Robert Clifford fue uno de los principales comandantes de Eduardo en la batalla
contra los escoceses. El miedo cuajaba como leche agria en su estómago.
Después de un momento, Janet finalmente encontró su voz:- Me temo que me estáis
confundido con alguien más.
El ceño del muchacho se torció.
-Moveos hacia donde pueda veros -ordenó el caballero-. Si no sois la mujer que dice mi
escudero, entonces, ¿quién sois vos?
-Kate, milord -dijo en voz baja, usando el nombre que le había dado al comerciante. El
caballero entrecerró los ojos-. Retirad vuestra capucha.
Hizo lo que pidió, esperó sin mostrar tanta renuencia como ella. En el momento en que
la tela escocesa retrocedió, un silencio colectivo cayó sobre el caballero y sus hombres.
La miraron con asombro e inconfundible admiración masculina.
Excepto por el escudero. Sonrió ampliamente.
-Es ella. Lady Mary, la condesa de Atholl.
Evidentemente, el muchacho no había oído hablar de la deserción y el segundo
matrimonio de su hermana. Pero el caballero, sí, lo había hecho. La forma en que sus
oscuros ojos brillaban mientras su boca se curvaba en una lenta sonrisa la helaron hasta
la sangre.
-¿Y qué está haciendo la rebelde Lady Mary en Melrose?
Janet forzó una sonrisa tímida a su cara.
-Me temo que el chico se equivoca, mi lord. -Levantó las pestañas hacia él con lo que
esperaba que fuera la inocencia correcta. Pero algo le dijo que este hombre no iba a ser
fácil de engañar-. Yo soy
-Nuestra hija, mi señor.

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Janet se sobresaltó y esperó que no pareciera tan sorprendida como se sentía, cuando el
comerciante se acercó a ella y la reclamó por el brazo.
Ewen luchó contra la fuerza de la oscuridad, que intentó arrastrarlo. No podéis
dormiros. Trató de abrir los ojos, pero los párpados eran demasiado pesados. Alguien
había puesto un peso en ellos.
Tratar. Tienes algo que hacer. No sabía qué era lo que tenía que hacer, pero sabía que
era importante. Muy importante. Lo más importante del mundo.
Levántate. Tienes que ir tras ella.
-¡Dios mío, Janet!
Se deslizó ciegamente en la oscuridad, tratando de sentarse. Pero algo luchó contra él.
Poderosas y fuertes manos sujetaron sus muñecas y tobillos, sujetándolo a la cama.
Gritó, retorciéndose de dolor y frustración mientras trataba de librarse. Pero las manos
de acero parecían multiplicarse como una especie de espantosa araña.
-Tengo que levantarme. Hay peligro. Ella me necesita. Oh, Dios, Janet... lo siento.
-Mantenedlo abajo -Una voz suave penetró los bordes de su conciencia. La voz de una
mujer. La voz de un ángel-. Si empeora… su pierna…
-¡No! –Ewen atacó, luchando con todo lo que tenía hasta que el dolor lo abrumó y la
oscuridad lo arrastró por debajo. Ewen estaba soñando de nuevo, corriendo a través de
la oscuridad buscando algo o a alguien.
Tengo que encontrarla...
Se sobresaltó y abrió los ojos, volviéndolos a cerrar rápidamente cuando la luz los
apuñaló como una daga. Gimió, volviéndose, sorprendido de sentir sus brazos
moviéndose libremente a su lado.
-Está despierto -dijo una voz familiar.
¡Dios mío, Janet!
Volvió a abrir los ojos, parpadeando en la cara que había embrujado sus sueños.
Levantó la mano y le acunó la mejilla.
-Estáis aquí -dijo, su voz grave y débil. Estaba a salvo. Janet estaba a salvo. -Dios, lo
siento.
Ella sonrió, y sintió el primer indicio de que algo no estaba bien: un aguijón difuso
empujando los bordes deshilachados de su conciencia.
-¿Cómo os sentís? -preguntó.
Otra cara apareció junto a la suya, también familiar pero frunciendo el ceño. A pesar de
la forma en que el hombre lo miraba, Ewen sabía que debía sentirse aliviado al verlo por
alguna razón.
-Sé que casi morís -dijo el hombre-. Pero moriréis de verdad si no quitáis las malditas
manos de mi esposa.
Sutherland, se dio cuenta Ewen. Está vivo.
Soltó la mano de la cara de la mujer. Era el rostro de Mary, no el de Janet.

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Mary le dio a su marido un ceño fruncido:- Ha estado inconsciente durante casi cuatro
días... ¿podríais dejar de lado vuestra primitiva posesividad masculina sólo por unos
minutos?
¿Cuatro días?
Sutherland se encogió de hombros sin arrepentirse.
-No si os va a mirar así. Infiernos, pensé que iba a arrastraros por encima de él. Le estoy
ahorrando un golpe.
Ewen no estaba demasiado aturdido para burlarse:- Eso será cuando el infierno se
congele, Hielo.
Mary interrumpió:- Obviamente, él pensó que yo era mi hermana.
-¿Dónde está? -dijo Ewen, inmediatamente alerta-. ¿Dónde está Janet?
Sutherland se puso serio:- Esperábamos que nos lo dijeras.
-¿Quieres decir que no está aquí? -Miró a su alrededor, dándose cuenta repentinamente
de que no sabía dónde demonios estaba.
Mary pareció comprender su confusión.
-Dunstaffnage. Sede de Bruce en Argyll, ganó del rebelde John MacDougall, Señor de
Lorn, hace un par de años.
-Nos dimos cuenta no mucho después de que os derrumbarais en el Wallaces -dijo
Sutherland-. Lo siento por dejaros solos por ahí, pero no pudisteis ser ayudados. Cuando
los ingleses atacaron por segunda vez, no quería arriesgarme y llevarlos a ustedes. Me
encontré con MacKay y MacLean, que había encontrado a Douglas. Habríamos estado
aquí antes, pero Douglas tenía algunos problemas que necesitábamos atender -Ewen
supuso que eran problemas con los ingleses. La expresión de Sutherland se volvió
sombría-. Estabais mal. No pensamos que ibais a hacerlo. Santo y Halcón os llevaron
ante Ángel justo a tiempo.
Ángel. Eso era lo que lo había cuidado cuando despertó delirante, Ewen se quedó
paralizad, horrorizado, mientras regresaba el resto del recuerdo. Estaba casi asustado de
mirar.
Demonios, tenía miedo de mirar. Respirando hondo, bajó la mirada hacia la manta sobre
él, soltándola sólo cuando vio el bulto de sus piernas, los dos bultos de sus piernas.
-¿Recordáis? -preguntó Mary.
Él asintió.
-Tuvisteis suerte en la ubicación de la herida -dijo Sutherland-. Ángel decidió que sería
más peligroso tomar vuestra pierna porque de donde estaba la lesión te permitía pelear
contra el endurecimiento del hueso.
Pero no era el hecho de que casi había perdido la pierna que había vuelto la sangre fría.
-¿Por qué nadie fue por ella?
-Ariete y yo lo hicimos -dijo Sutherland-. Volvimos anoche. Pensamos que recogimos
su camino hacia el norte en el camino a Glasgow, pero luego lo perdimos.
¿Glasgow? ¿Por qué diablos iba a ir allí? Él lo sabía antes de que hubiera terminado la
pregunta. ¡Infierno sangriento! Había tomado sus lecciones en serio.

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Se sentó y habría vomitado el contenido de su estómago si hubiera habido algo dentro.
Se tambaleó mientras la náusea y el mareo luchaban para llevarlo de regreso.
-¡Esperad! -Mary lloró, tratando de empujarlo hacia abajo-. ¿Qué estáis haciendo? No
podéis levantaros.
Ewen apretó los dientes:- Tengo que encontrarla. Todo es mi culpa.
La puerta se abrió y tres personas entraron en la habitación.
-Escuchamos voces… -Helen dejó escapar un jadeo, pero se recuperó rápidamente. Sus
ojos se estrecharon-. Veo que fue un error desataros -disparó contra su marido, que
había llegado a su lado, una mirada de te-lo-dije.
Pero fue la tercera persona la que entró en la habitación lo que hizo que el corazón de
Ewen se hundiera y un brillo de sudor enfermizo se acumulara en su frente.
Robert de Bruce, Rey de Escocia, fijó su oscura y afilada mirada en él.
-¿Dónde está Janet, y por qué es vuestra culpa?

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Capítulo 23

Priorato de Rutherford, Marzo, Escocia, 14 de diciembre de 1310


-¡Dadme una buena razón por la que no debo arrojaros a la cárcel ahora mismo! -El rey
había exigido.
-Porque me necesitais para encontrar a Janet y asegurarme de que está a salvo -contestó
Ewen.
Pero ni siquiera logró hacerlo. ¡Cinco días sangrientos! Durante cinco días había estado
buscando, volteando cada roca-cada hoja-sin la vista de ella. Janet había probado ser
mejor alumna de lo que podría haber imaginado, usando las habilidades que le había
enseñado contra él.
Éste era su último plomo-infierno, era su única ventaja. Con el acercamiento de San
Drostán, en el priorato en Rutherford, con la esperanza de que cualquier razón que había
tenido por querer regresar, a esta hora la traería de vuelta.
Pero desde su posición en los árboles, a unas docenas de metros de la entrada del
priorato, apenas podía distinguir las caras de las monjas que pasaban. Apretó los puños
luchando por la paciencia que se había agotado hace días.
-No puedo ver una maldita cosa. Voy a ir.
MacLean se acercó a él:- No le harás ningún bien si os pillan. Recordad lo que dijo el
rey: manteneos fuera de la vista, observa y no interfiera a menos que sea necesario. No
creo que desgarrar a todas las iglesias entre los recuentos de Roxburgh y Berwick sea
necesario.
-O aterrorizar a los comerciantes lo bastante desafortunados para vender nueces
azucaradas -dijo Sutherland secamente de su posición detrás de él.
Ewen hizo una mueca. Eso había sido un error. Pero el comerciante había sido un
bastardo, y Ewen había estado harto de sus respuestas inteligentes. Antes de que él se
hubiera dado cuenta, su mano había sido envuelto alrededor del cuello del hombre y lo
tenía pegado contra la pared de madera de la tienda. No es sorprendente que el hombre
hubiera sido mucho más próximo en sus respuestas a las preguntas de Ewen. No era
elegante quizás, pero sí eficaz.
-Esta es mi última pista -dijo con los dientes apretados. No voy a arriesgarme a perderla.
Sal de mi camino.
-Utilizad la cabeza, Cazador -dijo MacLean.
Pero Ewen estaba fuera de razón. Dio un paseo por MacLean-en lugar de empujarlo a
un lado como fue tentado, pero otro de sus hermanos, o más bien sus antiguos
hermanos, lo bloqueó.
-No vais a entrar ahí -dijo MacKay.
"Estoy seguro de ello -dijo Ewen, los músculos ardiendo con la preparación para la
lucha MacKay va a conseguir si no se mueve fuera de su camino. Sobre el hombro del

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otro hombre notó que otro puñado de monjas emergían del priorato. Pero ninguna de
ellas era la monja que quería.
-¿Qué diablos planeáis hacer? -Desafió Mackay.-. ¿Aparecer así? Las monjas
sospecharán un vistazo y correrán gritando. Os veis salvaje como un lobo -sacudió la
cabeza-. Es posible que desee para tratar de conseguir un par de horas de sueño o comer
algo que no viene de una piel. Su pierna está lejos de ser curada, y no va a hacer ningún
bien a la muchacha si os desplomáis aquí y morís. Estoy empezando a pensar que Helen
tenía razón. Nosotros deberíamos haberlo atado.
Aun a sabiendas de que decía la verdad, Ewen no le importaba un comino. Se había
pasado toda su vida tratando de evitar ser comparado con su padre, y menos ahora que
estaba tan loco y desquiciado como Fynlay Salvaje.
-A menos que queráis ponerme en una túnica y llamarme 'Madre', mis hábitos de sueño
y alimentación no son su preocupación. ¡No tengo tiempo para esta mierda!
MacLean suponía que se refería al próximo viaje del rey a Selkirk para parlamentar la
paz.
-Sólo nos habremos ido unos días. Las negociaciones no durarán mucho tiempo. Bruce
demandará ser reconocido como rey, si los lacayos de Eduardo se niegan, y estaremos
en nuestro camino de nuevo. Si la muchacha no ha regresado para entonces, podemos
intentarlo de nuevo.
Aunque el parlamento se llevó a cabo bajo la bandera sagrada de tregua, Jefe quería que
ellos sirvieran como parte de la escolta. Se suponía que iban a salir mañana para ponerse
al día con los demás antes de llegar a Selkirk.
La boca de Ewen cayó en una línea delgada, pero no dijo nada. No explicó que él no iba
a Selkirk, y que ya no era una parte de la Guardia de los Highlanders. Sutherland había
llegado para estar al lado de su cuñado. Miró a Ewen.
-Mira. ¿Por qué tengo la sensación de que hay algo que no nos estáis diciendo? ¿Qué es
exactamente lo que vos y el rey discutisteis?
La conversación con el rey había ido exactamente cómo Ewen lo había esperado. Una
vez que todos habían salido de la habitación, y había explicado lo que había sucedido.
Bruce le habría atravesado con la espada en el estómago, -o tal vez un área ligeramente
inferior- si Ewen no habría estado desarmado y débil por la fiebre.
En cambio, sus peores temores se habían hecho realidad. El rey le había quitado su
tierra, -su recompensa-, y su lugar en la Guardia, y él habría tomado su libertad, si Ewen
no le hubiera convencido para que encontrar Janet y asegurar que no estaba en peligro.
Y que había tomado un cierto convencimiento. El rey se había inclinado a someterse a
Janet a unjuicio: si ella pensó que era importante, que no quería hacer nada para poner
en peligro la información de su contacto podría transmitir. No importó cuánto Ewen lo
presionó, el rey no reveló la identidad del informante, excepto para decir que era alguien
en Roxburgh altamente conectado a tenientes de Eduardo. Quien creía que Ewen les
había traído toda la inteligencia reciente, lo que permitió a la Guardia de los
Highlanders saber exactamente donde atacar.
Ewen había estado aturdido. ¿Janet era responsable de eso? La había subestimado, otra
vez, y lo sabía. Le debía una disculpa-uno de los muchos-si alguna vez le escuchaba de
de nuevo.

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Pero aprender cómo en el grueso de la misma Janet sólo estaba aumentando su
preocupación. Diablos, no preocupación, era una tortura, miedo escalofriante. Las
apuestas serían incluso mayor si el Inglés descubriera su papel.
Tenía tanta fe en ella como lo hizo Bruce, pero la fe de Ewen estuvo cegada por algo, el
rey no lo estaba. No fue hasta que Ewen lo había perdido todo lo que podía ver
claramente. El deber y la lealtad le habían impedido reconocerlo. La emoción le
quemaba el pecho y desgarrando sus entrañas separados sólo podía ser una cosa.
Ninguna otra cosa podría atacar este tipo de miedo y la miseria en él.
La amaba. Y él había tomado su amor y arrojado de nuevo en su cara.
Me tendréis a mí.
Sus palabras le reconcomían. ¿Cómo podía haber pensado que no sería suficiente? Ella
lo era todo. Sin ella, nada más importaba. Por primera vez en su vida, Ewen podía ver a
su padre no con la vergüenza o ira, sino con admiración. Por lo que había hecho no tenía
lo que Ewen: el valor de arriesgarlo todo y luchar por la mujer que amaba.
Y ahora la mujer que Ewen amaba, en Dios sabe dónde, haciendo Dios sabe qué, porque
había sido demasiado de un tonto para hacer lo que tenía que hacer para aferrarse a ella.
Cuando pensaba en cómo se había marchado después de hacer el amor con ella, la
forma en que le había dicho que iba tomar su espalda y la mano a otro hombre...
No es de extrañar que ella había corrido. Pasaría el resto de su vida tras ella, si ella le
dejaba. Pero ¿y si no tuvo la oportunidad de explicar? ¿Y si algo le pasó a ella, y no
podía decirle lo mucho que la amaba?
Tenía que encontrarla, maldición. Había estado en cada convento a ambos lados de la
frontera. El peligro causado por fin había hecho que Bruce cediera, pero sólo hasta
cierto punto. Por lo tanto, el papel de Ewen se basaba como un observador. En cuanto al
resto, la Guardia encontraría a otro muy pronto.
-Eso es entre Bruce y yo -le dijo Sutherland.
-Janet es mi hermana ahora -dijo Sutherland, su temperamento notoriamente caliente
chispando entre sus ojos.
-Si hicisteis algo que pudiera haberla deshonrado…
La boca de Ewen se apretó. Sutherland tendría que estar en línea:- Lo asumiría, toda la
razón. Pero estoy tratando de hacer lo correcto -se detuvo, distraído, cuando otra monja
salió del priorato. Pero incluso desde esta distancia pudo ver la acumulación no estaba
bien.
Necesitaba menos distancia. Estar más cerca. Se volvió a Sutherland con impaciencia.
No voy a tener esta conversación ahora. Tan pronto como nos encontramos con ella,
voy a responder a cualquier pregunta que malditamente queráis. Ahora, a menos que se
vayáis a tratar de detenerme, largaos de mi camino.
Los tres de los hombres que bloqueaban su camino, se miraron el uno al otro y debieron
haber reconocido la determinación en su mirada, o tal vez fue el medio natural,
frenético, justo-a-la-filo de la locura mirada lo que los convenció.
MacLean sacudió la cabeza y suspiró, haciéndose a un lado primero:- Será mejor que
sepáis lo que estáis haciendo.

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Ewen no lo sabía, pero tenía que hacer algo. No podía estar aquí y esperar otro minuto
más. Sus ojos recorrieron la zona en frente de él mientras se movía a través de los
árboles.
-La entrada se encuentra hacia el lado este del priorato. A partir de ahí tendréis una
visión más cercana del patio.
Podría dejar su armadura atrás y pretender ser un pescador. De repente, se detuvo. Su
mirada parpadeaba de nuevo a algo que había notado antes.
-¿Qué pasa? -Susurró MacLean, que venía detrás de él.
-El muchacho -dijo Ewen-. Sentado en las rocas por el río.
-¿Qué pasa con él? -preguntó MacKay.
-Lo he visto antes -algo se erizó en la nuca-. La primera vez que estuvo aquí, y fue hace
unos días.
Sutherland frunció el ceño:- ¿Por qué es sospechoso un niño que va de pesca?
-Nada -respondió Ewen-. Si eso es lo que está haciendo. Pero mirad, la línea no está en
el agua que está en el borde de la orilla, y él no está mirando a los peces.
Estaba observando la puerta del priorato, exactamente como lo estaría haciendo Ewen,
aunque mucho menos evidente.
-¿Qué pensáis vos que está haciendo? -preguntó MacLean.
-No sé, pero tengo la intención de averiguarlo.
Ewen vigiló en la puerta y al muchacho por el resto de la tarde. Cada vez que una monja
aparecía, el muchacho parecía estudiar su cara casi tan intensamente como lo hizo
Ewen. Ni una vez el muchacho comprobó la línea de pesca junto a él. O bien el
muchacho era el peor pescador que jamás había conocido o él estaba vigilando a
alguien. Pero, ¿para quién?
Si se trataba de una coincidencia, fue una que hizo que hizo a Ewen estar incómodo.
Condenadamente incómodo. Y no pensaba que era una coincidencia. Sus sospechas se
confirmaron poco después, cuando la puerta del convento se cerró por la noche y el
muchacho abandonó su puesto. Después de él fue fácil, pero a cada paso, el corazón de
Ewen corría un poco más rápido.
El muchacho no se dirigía a una casa cercana, se dirigía a Roxburgh. Más
específicamente, se dirigía al castillo. Ewen no necesitó seguir el muchacho a través de
la puerta del castillo. Desde su mirador encima de una colina cercana, pudo ver con
claridad directamente el patio. Incluso antes de que el chico se acercara al edificio,
Ewen había adivinado adónde se dirigía. Ah infierno, ¡la capilla!
Su sangre se congeló, recordando la confrontación de Janet con el cura del castillo en el
mercado. Si el cura tenía que ver a alguien sería en el priorato, Ewen sabía lo que eso
significaba. Los monjes encontrados en el camino hacia Berwick habían hablado antes
de matarlos. La identidad de Janet se había visto comprometida. Así fue como el Inglés
les había seguido tan fácilmente desde priorato hace un par de semanas atrás.
También significaba que Ewen no fue el único que la estaba cazando, y si no la
encontró en primer lugar, el peligro que había temido se convertiría en demasiado real.
Gracias al comerciante y su esposa, Janet tenía una manera de hacer contacto con su
fuente sin volver a Rutherford, un lugar para alojarse, y una nueva identidad.

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El velo y escapular permanecieron ocultos en su bolso. En su lugar, ella se puso una
tapa de lino y se convirtió en un miembro de la creciente número de comerciantes y que
acudían a los municipios escoceses. En la sociedad feudal muy estructurada, los
comerciantes estaban en algún lugar por debajo de la nobleza y por encima del resto, no
a diferencia de los clérigos. Como hija de una comerciante, disfrutó de la misma clase
de libertad que tenía como monja que caminar alrededor -en gran medida- y pasar
inadvertida.
Janet no sabía lo que había provocado el comerciante por reclamar como su hija, pero la
había salvado de lo que podría haber sido un muy difícil y probablemente la vida
terrorífica situación. De la que a lo mejor no hubiera logrado salir.
Incluso con la afirmación del comerciante, Sir Thomas aún sospechaba. No fue hasta
que la esposa del comerciante, Alice, se había pronunciado para regañarla por los ojos
que había puesto ante el apuesto caballero cuando estaba casi prometida a otro, y Janet
se había roto a llorar, sollozando que ella no quería casarse con un hombre que podría
ser su padre, que el escudero admitió que podía estar equivocado, y Sir Thomas les
permitió seguir adelante. De hecho, parecía querer escapar del drama familiar y del
‘recate’ de Janet lo más rápido posible.
Pero su corazón no había dejado de golpear durante días, incluso mucho más después de
que habían llegado con seguridad en Roxburgh. Ella había dado las gracias a los Hendes
por lo que habían hecho y que había sido aliviado cuando no habían hecho preguntas,
sino que simplemente le había ofrecido un lugar para pasar el tiempo que ella
necesitaba.
Janet pagó su amabilidad con trabajo duro, ayudándoles a establecer su tienda en el baja
planta de un edificio en la calle principal, que también alojaba una mercería, viticultor,
y orfebrería. En retrospectiva, el encuentro con los soldados cerca de Melrose habían
demostrado ser una gran ayuda inesperada. Eso le había dado exactamente lo que
necesitaba: una manera de entrar en contacto con su informante en el castillo que le
permitió evitar los lugares que había estado antes. Que había tomado lecciones de
Ewen; no quería ninguna manera de conectar principiante o hermana Eleanor Genna a
Kate, la hija del comerciante.
El primer sábado de su regreso, cuando las damas del castillo abrieron paso a través de
las cabinas de mercado, Janet estaba listo. Un bache “accidental” rápido, una disculpa, y
una significativa mirada había sido toda la explicación necesaria. Janet había hecho un
punto de caminar lentamente volver a la tienda Hendes, donde ella estaba segura de que
su informante podía verla entrar.
La culpa de Janet como cualquier peligro potencial que podría haber puesto a los
Hendes por quedarse con ellos, fue aliviada un poco por el éxito inmediato que la pareja
obtuvo, después de una serie de hombres y mujeres nobles del castillo entraron en su
tienda y declararon su lana como la “mejor en Roxburgh “. Los Hendes pronto tuvieron
que defenderse de más pedidos de los que podrían llenar, incluyendo uno de la policía
de Roxburgh Castillo. A sí mismo, Sir Henry de Beaumont.
En una de estas visitas, Janet consiguió una breve conversación con su informante,
mientras mostraba su una franja de tela fina de color rubí.
-¿Hay algo en lo que os pueda ayudar, señora? -Le había pedido, con cuidado de
mantener sus palabras inocuas, en caso de que pudieran oírles.

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La mujer negó con la cabeza:- No por ahora, me temo. Pero como hay muchas e
importantes celebraciones próximas, estoy segura que voy a pensar en alguna razón para
esta hermosa lana pronto.
Ella sonrió:- Hay mucho entusiasmo en torno al castillo a causa de la Navidad.
Janet tradujo el mensaje con bastante facilidad: nada todavía, pero algo grande fue
definitivamente sobre la fabricación de cerveza.
-Sí, señora. Incluso en el pueblo, la emoción está en el aire. Yo asistiré mañana por
primera fiesta de San Drostan. Me han dicho que está bastante bien.
-Sí, habrá una fiesta en el castillo, así -dijo la dama.
Otra señora se había acercado en ese punto y los interrumpió. El grupo salió poco
después, pero no antes de que su informante había prometido que la vería en el próximo
sábado de mercado, dentro de unos días, por lo tanto.
Decepcionada porque todavía había nada que informar y que su estancia en Roxburgh
se extendería durante al menos unos días más, Janet hizo todo lo posible para
mantenerse ocupada.
El duro trabajo mantenido su mente fuera de su angustia y la conversación difícil que
tendría que tener con Robert cuando finalmente regresara a las tierras altas. Por más que
la perspectiva ponerse un hábito nuevo, esta vez, de verdad, no recurrió a ella. Ni
mucho menos un matrimonio de conveniencia.
Por el amor de dios, ¿Walter Stewart? Sangre noble o no, no se casaría con un
muchacho con apenas edad suficiente para tener pelos en la barba. No podía soportar la
idea de estar con él... íntimamente.
En su mayor parte, Janet logró mantener su mente lejos de la pasión Ewen había
mostrado con ella en el establo aquella noche, la forma en que la había hecho sentir, lo
increíble que había sentido tenerle en su cuerpo, la emoción abrumadora que se había
apoderado de ella, pero fue allí ahora.
Ella nunca compartiría eso con otro hombre. Ella lo sabía, con cada fibra de su ser y
desde el fondo de su corazón, éste roto. Aparentemente, sin embargo, Janet no era tan
hábil para ocultar su dolor como lo había pensado.
-La fiesta va a hacerle sentirse bien -Alice Hende insistió después de regresar del St.
Drostan de la masa de la mañana. Miró a sabiendas de Janet-. Quien quiera que sea, no
merece la pena.
Conociendo la astucia de Alice, Janet no trató de negarlo. Pero tampoco quería hablar al
respecto. Estaba demasiado reciente. Aún.
-Sois muy amable, pero creo que es mejor si me quedo detrás. Vos y el maestro Walter,
id, y disfrutad. Luego me podréis contar todo sobre él.
Alice puso sus manos en sus caderas anchas:- No.
Janet parpadeó:- ¿No?
-Sí, no. Iréis a la fiesta, y tendréis diversión.
Corpulenta y delgada de cara, esposa del comerciante, se parecía a una niñera llena de
espinas que Janet que jamás había tenido. Alice había dado a luz cinco hijas, todos los
cuales fueron liquidadas, y no había una excusa o explicación que ella no había oído.

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Janet sabía que podía persuadir o suplicar hasta que el sol se pusiera de nuevo, pero
Alice Hende no se dejaría influir.
Una oleada de emoción llenó su pecho. ¿Qué había en lo obstinado y dominante que
tenía vuelto tan entrañable para ella? Conteniendo las lágrimas, Janet asintió. Ella sabía
cómo la superaba.
Y en verdad, más tarde esa noche, ella estaba agradecido por la insistencia de Alice
Hende. Por primera vez, en días –o semanas-, Janet reía y bailaba.
La calle principal estaba en llamas con buen humor y la luz del fuego. Una etapa había
sido establecida, grandes mesas de caballete estaban llenos de comida y bebida, y los
músicos habían sido organizados para proporcionar el baile.
Alice había insistido en que Janet desgaste la multa que María le había dado, y la mujer
más vieja le había arreglado el pelo, haciéndole un recogido en una pequeña bolsa
bordada que dejó una cascada de rizos de oro cayendo por su espalda.
Janet no carecía de socios, y girando en torno a la luz del fuego, con las mejillas
calientes y pulmones con dificultades al respirar, se sentía como una niña otra vez.
Bonita y viva y, por un momento, despreocupada.
No se dio cuenta cuánto tiempo de aviso que estaba atrayendo.
Se había escabullido por un momento en la taberna para usar el retrete, que ya no
existía, un agujero en la pared con un asiento de madera sobre el pozo negro-cuando una
figura encapuchada entró en su camino mientras salía del edificio.
Su corazón se detuvo. Pero le tomó sólo unos segundos en reconocer la esbelta,
envuelta figura en la luz de las antorchas. ¡Santo cielo, era su informante!
Janet miró inmediatamente alrededor, buscando un lugar para escapar de la multitud, y
se lanzó en el estrecho wynd que corría a lo largo de la taberna. Estaba más oscuro allí,
y habría menos posibilidades de que nadie los vería.
Su corazón latía con fuerza, sabiendo que debe ser algo importante para traerla
informante aquí de esta manera.
-Me temía que no iba a ser capaz de encontraros -dijo la señora-. Pero entonces os vi en
el baile.
La luz de las antorchas no acababa de extender en el wynd, y su cara estaba oculta en el
sombra oscura de la capa con capucha, pero Janet podría decir de su voz que estaba
sonriendo.
-Confieso que no os había reconocido en un principio. La hija bonita, sonriente del
comerciante –hubo un tiempo en el que era una monja italiana.
Janet estaba contento de la otra mujer no podía ver su rubor.
-Habéis tomado un gran riesgo al venir aquí.
-Tenía que hacerlo. Esto no puede esperar –le dio un pedazo de pergamino doblado a
Janet, que deslizó rápidamente en la bolsa en su cintura-. Debéis llevarlo cuanto antes.
Ya podría ser demasiado tarde. Las conversaciones se establecen para el día después de
la próxima. Debe encontrarlo antes de que Selkirk llega mañana.
Janet era sólo un mensajero. Ella no era por lo general tanto de la información, por lo
que sabía que debía serlo.

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-¿Selkirk?
-Sí, por las negociaciones de paz -la mujer tomó el brazo de Janet y la atrajo hacia sí.
Janet podía ver el pánico brillando en sus ojos grandes:- Es una trampa. El Inglés
quieren tomar a Bruce.
Ella no estaba aquí. Maldita sea, había estado tan segura de que iba a estarlo.
-Tengo que estar de vuelta para el Día de San Drostan -había dicho.
Entonces, ¿dónde diablos estaba? No en el priorato. Tampoco en el hospital para el
caso. Ewen había dejado a Sutherland vigilando el priorato y siguió al grupo de monjas
que había entrado al hospital después de las oraciones de la mañana. Órdenes o mejor
dicho, su papel como observador había terminado la última la noche, el momento en
que se dio cuenta de que el sacerdote estaba teniendo lo observó. Haciéndose pasar por
un viajero en al camino, se examinó cada persona en ese hospital: leproso, monja,
viajero, los enfermos -incluso el grupo de damas del castillo que había llegado a dar
limosna en el día del santo.
Pero ella no estaba allí.
Se le acababa las ideas. Te estas quedando sin ideas. Nunca se había sentido tan
condenadamente indefenso, nunca había estado tan perdido. La única vez que realmente
necesitba encontrar a alguien, sus habilidades le habían fallado.
Peor aún, no podía evitar la sensación de que de alguna manera debería haberlo sabido.
¿Cómo no podía haberse dado cuenta de que alguien estaba vigilando? Tendría que
haberse dado cuenta de que los soldados de Douglas no podrían haberles rastreado ellos
tan rápido. La había culpado por descuido, cuando había perdido él mismo las señales.
Era de noche cuando abandonó el hospital para reunirse con Sutherland en el priorato.
MacLean y MacKay había dejado la noche anterior, después de asistir a algunos
negocios en el bosque, y no sin cierta discusión.
-Al rey no le va a gustar -MacLean había dicho-. Ordenó que todos estuviéramos de
vuelta mañana. Ni siquiera sabeis que ella está aquí. Usted puede estar de vuelta mañana
por la noche si lo creéis oportuno.
La boca de Ewen se apretó. Deseaba que no estuviera aquí, que estuviera a salvo en
algún lugar, y muy lejos de aquí. Pero conocía a Janet. Si pensó que era importante, no
se mantendría lejos.
-Ella está aquí -dijo rotundamente-. No me importa una mierda acerca de los pedidos.
Su compañero levantó una ceja ante eso, pero no le hizo caso-. Ustedes tres vayan y
vuelvan cuando puedan. No voy a irme.
MacKay parecía escéptico:- ¿Estáis seguro de que sabéis lo que estáis haciendo? Si os
equivocáis, el rey no estará feliz.
El rey no estaba feliz ahora. Y Ewen no estaba equivocado.
-¿Dejaríais a vuestra esposa? -MacKay no dijo nada.
-En un segundo -MacLean dijo rotundamente.
Ewen le lanzó una mirada de disgusto:- Bueno, yo no voy a dejarla.
Ninguno de los hombres afirmó lo obvio: que no era su esposa, y era muy poco
probable que lo fuera.

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Al final, fue MacKay y MacLean que había viajado lejos para unirse a los demás, para
informar al rey de lo que había ocurrido. Sutherland había insistido en quedarse con
Ewen.
-Si yo me voy y le pasa algo, mi mujer nunca me perdonará. Creo que voy a correr el
riesgo con Bruce.
Conociendo a Mary, probablemente era la decisión acertada. Pero Ewen estaba contento
por la espada, adicional, y el par de ojos extra. Silbó para que Sutherland supiera que se
acercaba. El nuevo miembro de la Guardia, un hombre que podría llenar en casi
cualquier lugar y había tomado el trabajo peligroso de trabajar con polvo negro después
de la muerte de uno de sus hermanos, respondió antes de saltar abajo de un árbol delante
de él.
-¿Hubo algo? -Preguntó Ewen.
-No. La priora se cerró hace una hora. Asumiré por vuestro tono que no hubo mucha
suerte, tampoco.
Ewen sacudió la cabeza con gravedad.
-¿El muchacho mostró su cara?
Un destello blanco apareció en la luz de la luna acompañada con una sonrisa
Sutherland.
-¿Después de la noche? No pensaba que fuera a pasar a una milla de este lugar, incluso
si no se quedaba a una distancia moderada –se rio-. No me di cuenta que teníamos
tantos admiradores en las filas de los ingleses.
-El muchacho no sabía qué demonios estaba haciendo.
Ayer por la noche, antes de MacKay y MacLean se hubieran ido, había esperado para
que el muchacho saliera del castillo, lo siguió y rodeó el bosque. Hubo momentos en
que su reputación de ‘fantasma’ llegó en buen puerto. El muchacho, probablemente de
dieciséis o diecisiete años, había sido aterrorizado inicialmente. Había dejado escapar lo
que estaba haciendo por el cura casi antes de que hubiéramos terminado haciendo la
pregunta. Durante más de un mes, había ganado un centavo por día para ver la nueva
monja, el priorato e informar al cura de inmediato si se iba a ninguna parte, pero no hizo
nada.
El muchacho no había entendido por qué todavía estaba observando el lugar que la
monja había dejado con un hombre quince días antes, pero estaba contento recoger el
dinero durante el tiempo que el cura quería pagarle.
Había estado sorprendió al enterarse de que estaba espiando para el Inglés.
-No soy un traidor -le había insistido-. Soy un escocés.
El muchacho había estado tan ofendido, tan avergonzado, que Sutherland tenía razón,
probablemente Ewen no tenía que preocuparse por él. Pero pensó que era lo mejor para
asegurarse de que el muchacho no tenía dudas.
Le habían dado instrucciones de permanecer lejos del priorato, pero seguiría informando
al cura cada noche como antes. Después, iría a su encuentro, y le pagarían un chelín más
que su familia probablemente ganaría en toda una semana.
Una vez que estaba claro que no significaba ningún daño, el muchacho había actuado
como si estuviera en presencia de semidioses, salpicando con preguntas hasta que se

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había visto obligada a enviarle lejos. ¿Podéis realmente aparecer entre la niebla? ¿Sus
espadas realmente provienen del Valhalla? ¿Tiene la cabeza bajo las máscaras o hace
sus ojos brillan de demonio vacío? ¿Dónde van cuando desaparecéis?
-Tal vez hemos encontrado un nuevo recluta? -dijo Sutherland.
Ewen se habría reído si no estuviera pensando que iban a necesitar uno pronto.
-Nunca se sabe.
-¿Y ahora qué?
-Volvemos a Roxburgh y a esperar a que el muchacho nos informe.
-¿Y entonces?
Ewen deseaba malditamente saberlo. Estaba sin pistas. No se dio cuenta de lo mucho
que había puesto sus esperanzas en esto último. Pero una cosa era cierta: que no iba a
renunciar hasta que la encontrara.
Janet miró a su informante en incredulidad. ¿Los ingleses estaban determinados a
capturar Robert en Selkirk bajo los auspicios de una negociación de paz? Desafiaba a
toda noción de honor. Era un código entre los soldados en la guerra por larga tradición,
parlamentos eran sagrados bajo la cobertura de una tregua.
-¿Estáis segura?
-Yo no me arriesgaría a esto si no lo fuera. Es todo lo que hay -dijo su informante, en
referencia al pergamino- sólo tuve suerte de encontrarme con esto hace un rato. El día
de la fiesta y celebración me permitió escaparse del castillo. Pero tengo que volver antes
de que nadie se da cuenta de que me he ido. ¿Podéis conseguirlo a tiempo?
La mente de Janet ya estaba corriendo con todo lo que tenía que hacer. Se prepararía
para salir de inmediato, permaneciendo sólo el tiempo suficiente para decir adiós a los
Hendes, recoger su pertenencias, y con un poco de suerte procurarse un caballo. La
fiesta podría ayudar en ese sentido.
-Puedo.
Las palabras apenas habían salido de su boca antes de escuchar pasos y el sonido de
voces.
-¿Dónde fuisteis? -dijo un hombre enojado.
Janet sintió un destello de alarma, pero se dijo que no era nada. Era probable que su
próximo pareja de baile estuviera buscándola.
Los dos ojos de las mujeres se reunieron en la oscuridad.
-Id -dijo Janet-. Alguien viene.
La mujer asintió. “Buena suerte,” susurró ella, y para sorpresa de Janet, se inclinó para
darle un rápido abrazo antes de volver a irse. Pero la mujer apenas había dado unos
pasos cuando ocurrió el desastre.
-¡No! –gritó un hombre- no dejéis que se marche.
Un hombre vino corriendo hacia ellos, un hombre grande. Janet no tenía tiempo para
pensar. Actuó con el instinto, y lo primero era proteger a la otra mujer. Justo como el
hombre empezó a correr tras ella, dio un paso en su camino.

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Su intención era hacerle tropezar y dejar de lado fuera del camino, pero no funciona de
la manera ella había planeado. Su falda se enredó a sus pies, y él fue capaz de agarrarla.
El golpe sacudió el aire de sus pulmones, pero se recuperó rápidamente y de inmediato
se revolvió a sus pies. Por desgracia, la gran OAF hizo así. Incluso más alto que Ewen,
aunque no olía tan agradable. Este hombre olía como si él trabajó con los cerdos durante
todo el día.
Ella habría retorcido de distancia, pero sus manos eran como grandes esposas y
carnosos:- ¿Qué significa esto? Quitadme las manos de encima.
Sorprendentemente, lo hizo. La autoridad de su tono debió haberle sorprendido. El
hombre era grande y voluminoso, con la cara de un campesino plana, características
romos y un cuello que parecía crujía en sus hombros. Si era posible mirar gruesa de
cabeza, que hizo un buen trabajo de ella.
Janet se relajó un poco. Hablando de su manera de salir de esto no debería ser
demasiado difícil.
-¡Como os atrevéis a atacarme así! Mirad lo que habéis hecho -levantó su falda-. Me
habéis arrancado mi vestido. ¿Se da cuenta de cuánto cuesta? Puede estar seguro de que
os mandaré lo que cueste la reparación.
Retrocedió un par de pasos, y trató de no reírse:- No quise…-
Ella no le dejó terminar, manteniéndolo a la defensiva:- ¿Hacéis vuestro negocio para
abordar a mujeres inocentes en callejones oscuros?
“No, me dijeron... Le dijeron a mí…
Miró hacia la calle, y Janet miró al hombre que se acercaba. Él era el que había emitido
la orden. Tenía unos veinte pies de distancia y le miraba directamente a los ojos.
-Es ella –dijo-. Eso pensé, pero no estaba seguro. Es un largo camino desde Italia,
hermana Genna.
La sangre se escapó de su cara. Oh Dios, ¡el sacerdote del mercado! Ella no iba a salir
de esta con palabrerías después de todo. Pero había una cosa que podía hacer. Antes de
que la gran OAF se diera cuenta y la alcanzara de nuevo, echó a correr.

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Capítulo 24

-¡Tras ella! -gritó el sacerdote-. ¡Guardias! No la dejes escapar.


Janet derribó al wynd tan rápido como sus piernas pudieron.
Una mirada por encima del hombro le hizo saltar el pulso. Las cifras se ocultaban en la
boca del wynd detrás de ella. Una media docena de soldados, tal vez más. Habían estado
más cerca de lo que se había dado cuenta.
Se consoló con el conocimiento de que su fuente probablemente se había alejado, pero
eso se vio afectada por la comprensión de lo que estaba en juego. Si no salía de aquí, si
no llegaba a Bruce a tiempo, todo acabaría.
Sabiendo que sólo tenía unos minutos para salir de la aldea antes de bloquear las
carreteras, se volvió a la primera esquina y se sumergió en otro oscuro wynd.
Podía oírlos persiguiendo su espalda, pero no lo pensó. Sus pulmones estaban estallando
y sus piernas se estaban debilitando, pero no se retrasó. Mantuvo su mente concentrada
en salir de la aldea. Si podía llegar al bosque, tenía una oportunidad.
Pero se abanicaban detrás de ella. Encerrándola.
Necesitaba un caballo. Pero eso tendría que esperar. Si pudiera llegar a Rutherford, sería
capaz de encontrar algo.
Y tal vez…
Su corazón apretó, y no fue por la falta de aire en sus pulmones. No tenía ninguna razón
para pensar que él estaría allí, pero si Ewen había venido tras ella, Rutherford sería su
mejor oportunidad de encontrarlo. Os encontraré. Sus palabras de cuando ellos estaban
siendo cazados volvieron a ella.
-¡Se dirige al bosque!
Se le cayó el estómago al oír al caballo y al jinete detrás de ella. Pero estaba casi allí.
Un momento después, se sumergió en la oscuridad. Eso la tragó como una tumba. Una
figurativa, esperaba.
Experimentó una nueva ráfaga de energía con el conocimiento de que los árboles
retrasarían a los caballos y correrían a través del cepillo y de los helechos, empujando
los miembros fuera del camino cuando pudiera verlos, sin notar los arañazos que se
rasgaban su piel cuando podía.
Los sonidos detrás de ella comenzaron a desvanecerse. Siguió dirigiéndose en la misma
dirección, rezando para que fuera la correcta, pero la oscuridad y los árboles le habían
quitado el sentido de la dirección.
Después de un puñado de minutos, tuvo que parar. Inclinándose, tragó saliva como una
persona hambrienta. Podría caminar durante días, pero correr a toda velocidad durante
veinte minutos la había arruinado de toda su energía.
Sin embargo, tenía que seguir adelante.

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Más lenta ahora, pero aún corriendo, se abrió paso entre los árboles. Por favor, que sea
la dirección correcta.
Por muchas razones, deseaba tener a Ewen con ella. No se iba a perder, lo que era más
de lo que podía decir por sí misma. Con las nubes, ni siquiera había estrellas para
guiarla.
Estaba en el instinto ahora, buscando cualquier señal de algo familiar. Estaba a menos
de cinco millas entre Roxburgh y Rutherford, con bosque entre ellos la mayor parte del
camino.
El camino estaba al norte de donde ella esperaba que estuviera.
Los sonidos se habían ido ahora. Pero ella no se relajó, sabiendo que el bosque podía
absorber el sonido tan eficientemente como lo hizo con la luz.
Por eso no lo escuchó hasta que fue demasiado tarde.
Un hombre la agarró por detrás, apretándole los brazos a su lado con su gran brazo de
acero. Un guantelete de cuero golpeó su boca antes de que ella pudiera gritar. Sus pies
pateaban salvajemente pero inútilmente en el aire.
-¡La tengo! –gritó.

Algo no estaba bien. El malestar de Ewen había comenzado a crecer hacía una hora. El
chico estaba atrasado.
-Ahora debería estar aquí -dijo.
-¿Tal vez se demoró en las fiestas? -sugirió Sutherland- o al menos, eso es lo que parece
con esos fuegos artificiales.
Desde su posición en la colina, podían ver la puerta principal y entrar en el patio del
castillo. El castillo de Roxburgh se encontraba en la punta de una pequeña península de
la tierra en la coyuntura de los ríos Tweed y Teviot. El pueblo estaba detrás y estaba
casi bloqueado de la vista, pero podían ver el rugido de los fuegos.
A estas horas de la noche, la puerta del castillo normalmente estaría cerrada, pero
debido a la fiesta, la gente seguía fluyendo libremente dentro y fuera.
-Voy a entrar -dijo Ewen.
-¿Estáis loco? El castillo de Roxburgh es uno de los castillos más defendidos del
Fronteras. En la actualidad hay al menos quinientos soldados ingleses en la guarnición,
a la espera de reanudar la guerra, donde uno de sus mayores objetivos es matar a los
miembros del famoso ejército secreto de Bruce. ¿Y simplemente vais a entrar sin un
plan y espero que no os noten?
Ewen apretó los dientes.
-Sí. Estoy seguro de que no se va a quedar parada aquí. Con la fiesta, esta podría ser mi
mejor oportunidad para entrar. Y tengo un plan. Voy a robar a uno de los hombres de
armas que celebra en el pueblo de su atuendo.
-¿Eso es un plan? Es un suicidio sangriento, eso es lo que es.
-Si su contacto está en el castillo, Janet podría estar allí ahora mismo. La fiesta es una
oportunidad perfecta.

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-Es demasiado arriesgado.
-Esa es la única posibilidad que tengo. A menos que tengáis una idea mejor –desafió
furiosamente.
La mandíbula de Sutherland se puso en una línea dura. Lo miró fijamente durante un
largo rato.
-Iré con vos.
Ewen sacudió la cabeza:- Os necesito aquí. Si algo sale mal, necesito que uséis ese
polvo vuestro para distraerles.
Sutherland juró. -Estoy segura de que Víbora estaba aquí.
Ewen no podía estar en desacuerdo. Lachlan MacRuairi tenía una habilidad única para
entrar y salir de casi en cualquier lugar. Pero ahora mismo, Ewen estaría agradecido por
cualquiera de sus hermanos, o ex hermanos. Si algo pasaba, dos espadas contra
quinientas no eran exactamente alentadoras.
Maldición, era difícil creer que ya no iba a ser parte de esto. Luchar en este equipo
había sido lo mejor que había hecho. Y estos hombres... Eran los amigos más cercanos
que había tenido. Eran como hermanos para él. Dejar todo esto atrás iba a ser más difícil
de lo que él quería pensar.
Él y Sutherland acababan de terminar los detalles -no había muchos- de su plan cuando
Sutherland captó un movimiento que subía por el lado de la colina.
-Mucho para ser circunspecto -dijo Sutherland con ironía-. -El muchacho no intenta
ocultar su ansia de llegar hasta aquí.
El pulso de Ewen aumentó cuando el muchacho se acercó lo suficiente para que él
pudiera distinguir su expresión.
-No es sólo afán, algo está mal.
El chico tenía los ojos muy abiertos mientras se deslizaba por el borde de la colina.
-Lo siento... tarde... la señora... -el jadeó, buscando aire para sus pulmones.
Ewen lo agarró por los hombros y lo obligó a levantarse ante la mención de "la dama".
-¿Y la señora? ¿La visteis?
Los ojos del chico se abrieron de par en par, Ewen pensó que se iban a salir. Estaba
pronunciando palabras, pero no sonaban los sonidos.
-Calmaos -dijo Sutherland al lado de Ewen-. Lo estáis asustando.
Ah infierno. Ewen lo dejó ir, y trató de moderar su tono cuando se sentía como a rugir
en la parte superior de sus pulmones.
-¿Qué pasó?
El muchacho lo miró cautelosamente, todavía tratando de recuperar el aliento.
Finalmente, pronunció las palabras que enviaron cada gota de sangre corriendo del
cuerpo de Ewen.
-El s-sacerdote ... encontró a la dama.

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Janet luchó con todo lo que tenía, pero el soldado parecía apenas notarlo cuando la
arrastró por el bosque. El camino estaba más cerca de lo que se había dado cuenta.
Después de unos cincuenta metros, rompieron los árboles y él la empujó con suficiente
fuerza para ponerla sobre sus rodillas. Miró hacia arriba y se encontró rodeada de
hombres a caballo. Además del sacerdote y el oaf que la habían cogido antes, contó una
media docena de soldados.
Pero ninguno parecía más peligroso que el sacerdote. No había nada de iglesia en la
mirada amenazadora fijada en ella.
-¿Habéis corrido bien, querida?
Janet sintió un destello de pánico pero lo obligó a un lado. Tenía que pensar. No iba a
rendirse sin luchar. Un puñado de diferentes explicaciones filtró su mente, pero no tuvo
tiempo de pesarlas todas. Ella fue con lo primero que vino a la mente: fingir que no
sabía quién era. -¿Sois un sacerdote? -dijo, poniéndose de pie-. ¡Gracias a dios! Pensé
que estabais con este hombre que me estaba abordando -señaló al oaf.
El sacerdote sacudió la cabeza con un ruido.
-Podéis dejar el drama, querida. Sé quién sois. Su amigo, el monje, era el más cercano,
pero con cierta persuasión.., por supuesto -la sonrisa pequeña envió escalofríos
corriendo arriba y abajo de su espina dorsal. Pobre Thom-. Sé de tu transformación de la
monja italiana a la novicia Eleanor. Sospeché que ayudasteis al rey usurpador a pasar
mensajes, pero imaginad mi sorpresa y placer cuando nos condujisteis directamente a su
ejército secreto. Estoy muy interesado en conocer los nombres de los hombres con los
que viajabais.
-No sé de qué estáis hablando -insistió ella-. Debéis confundirme con otra persona.
Sus ojos se estrecharon. Los soldados movieron sus caballos más apretados alrededor de
ella, y tuvo que luchar contra el impulso abrumador de no intentar dardos entre ellos y
correr. El instinto de huir ante el peligro era primordial.
-¿Creéis que quitaros un velo y poneros un bonito vestido me engañará? -El sacerdote se
burló-. Me tomó sólo un momento cuando os vi bailando, pero no olvido una cara.
Especialmente una tan bonita como la vuestra. Es una pena. Tanta belleza que se va a
perder.
A Janet no le gustaba el sonido de eso. No sabía qué decir. Su lengua parecía estar
enredada en su boca. No era el caballero y ni el escudero, y no tenía al mercader y a su
esposa para ayudarla. No tenía a nadie que la ayudara. Dios, lo que haría por tener a
Ewen y sus amigos en este momento.
Todo lo que tenía era su ingenio -que parecía que le estaba fallando ahora mismo- y su
puñal. Tendría que esperar el momento adecuado para intentar escapar, lo que, con
todos estos hombres que la rodeaban, claramente no sería ahora mismo.
Ella intentó su suerte con los soldados.
-Parece que hay algún malentendido -le dijo a uno de ellos-. -Quizá sería mejor que
regresáramos a la ciudad...
El sacerdote no la dejó terminar:- No hay ningún malentendido. ¿Qué estabais haciendo
con la mujer en el callejón? ¿Y quién es ella?
-¿Mujer? -Repitió Janet, como si estuviera confundida. -Oh, ¿os refieres a la mendiga?

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-¿Vos soléis abrazar a las mendigas? -preguntó el sacerdote, con un brillo astuto en los
ojos.
Janet maldijo su error; había olvidado el abrazo.
-Me sorprendió a mí misma, padre. Pero estaba muy agradecida por la moneda que le di.
-No lo creo, Genna o Eleanor, o cualquier nombre que tengáis ahora. Pero no es su
identidad lo que me preocupa -Obviamente, el fraile muerto no había estado al tanto de
su verdadero nombre, o sospechaba que el sacerdote estaría muy interesado-. Hemos
sospechado que alguien ha estado filtrando información del castillo, y nos vais a decir
quién es. Pero lo primero es lo primero –a Janet no le gustó la pequeña sonrisa en su
rostro cuando se volvió hacia el soldado que la había capturado. -Registradla.
Sus palabras enviaron un escalofrío corriendo por su espina dorsal. Sabía que no
tardaría mucho en encontrar el pergamino en el bolso de su cintura. Y si lo hicieran...
No quería pensar en ello. No era sólo estaba su vida en juego, sino también la de su
informante, la del rey y el futuro de la propia Escocia. Si Bruce fuera capturado ahora,
la causa se perdería. ¿Quién más sería lo suficientemente valiente como para enfrentarse
al reino más poderoso de la cristiandad? El rey Eduardo pondría otro títere en el trono o
lo tomaría por sí mismo.
No podía permitir que lo encontraran; tenía que escapar.
El tiempo para hablar había terminado. Ella alcanzó su daga, pero no fue lo
suficientemente rápida.
El soldado la agarró de los brazos y la hizo girar para hacerle frente.
-¡Quitadme las manos de encima! -se las arregló para liberar una de sus manos y le
azotó la cara. Una de sus uñas le atrapó la mejilla, pero eso sólo lo enfureció más.
A la luz de las antorchas, ella lo miró por primera vez, y casi deseó la oscuridad. Él no
era excepcionalmente alto como el hombre que la había atrapado en el callejón, pero lo
que le faltaba en altura compensaba en anchura y volumen. Era ancho como un roble,
grueso y fuerte.
Bajo el borde de su yelmo, todo lo que podía ver era una nariz torcida y torcida que
parecía haber sanado en la misma posición en que había sido perforada, una barba
gruesa y oscura que cubría la mitad inferior de su cara y una buena porción de su cuello
también, y penetrantes ojos oscuros que la miraban con rabia.
-¡Perra! -cogió su muñeca y apretó tan fuertemente, ella pensó que podía romper su
hueso. La soltó el tiempo suficiente para golpear su puño contra su mandíbula.
La cabeza le dio un respingo, y ella gritó de dolor por el choque de ser golpeada. La
golpeó de nuevo, esta vez golpeándola contra la mejilla. La sangre se derramó por su
cara mientras las lágrimas brotaban a sus ojos. Pero aún así ella se defendió. Ella atacó
violentamente -instintivamente- pero él la atrapó con facilidad. Él la golpeó una y otra
vez, hasta la sumisión. Su mandíbula... su mejilla... el lado de sus costillas. La cabeza le
daba vueltas; el dolor era abrumador. Tomó todo lo que tenía para mantenerse de pie.
-Es suficiente -dijo uno de los otros soldados, se distinguía el disgusto en su voz. Al
parecer, no todos los soldados disfrutaban golpeando a las mujeres-. Veamos si tiene
algo primero.

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El brutal soldado la volvió a girar otra vez, sosteniendo sus dos muñecas en una mano
como un tornillo, mientras la otra le daba palmaditas a su cuerpo con evidente
satisfacción.
-El monedero -dijo el sacerdote con impaciencia-. Dadme el bolso.
Ella gritó e hizo un último esfuerzo frenético para proteger la misiva, pero él sacó el
cinturón de cuero de su cintura y lo arrojó al sacerdote.
A través de la visión manchada de lágrimas y sangre, vio como el sacerdote sacaba el
pergamino de la bolsa de cuero. Un brillo de victoria apareció en su mirada mientras
uno de los hombres sostenía una antorcha sobre su cabeza, y la leyó.
Volvió a doblar la evidencia y la deslizó en sus vestiduras.
-Veo que tenía razón acerca de vos y de la dama. Debo pensar acerca de esto, Lord de
Beaumont debería ser capaz de identificar la fuente de esta información. A pesar de que
no será la mitad de la diversión que sería para Randolph aquí para recuperar la
información de vos. Es un talento particular el suyo.
Janet, con todo el dolor que sentía, su cuerpo magullado y maltratado todavía logró
enfriarse. ¡Tortura! Oh Dios, dame fuerzas. A pesar de que había conocido el peligro
desde el principio -y había sabido que algo así podría suceder-, había esperado no
enfrentarlo nunca.
El sacerdote debió haber leído el miedo en sus ojos porque sonrió.
-Odio privarlo de su diversión -Miró a Randolph-. Intentad averiguar lo que podáis. Si
no os lo dice, matadla.
El corazón de Janet saltó a su garganta.
-Esperad. No podéis hacer esto. Sois un hombre de Dios.
-Y vos un traidora. El hombre al que llamáis rey, es un asesino y excomulgado por el
Papa. Dios no tiene piedad sobre los rebeldes.
Janet se volvió hacia el soldado que había hablado por ella antes.
-Por favor.
Pero se apartó fríamente, ignorando su lamentable súplica. La caballerosidad había
terminado con el descubrimiento de la misiva. Un momento después, el sacerdote, su
odioso subalterno y los otros soldados se alejaban, dejándola con su torturador y
verdugo.
-No toméis demasiado tiempo -dijo el sacerdote sobre su hombro justo antes de que
desaparecieran de su vista.
El brutal soldado empezó a arrastrarla de vuelta a los árboles. El corazón de Janet se
estrellaba contra sus costillas, sus costillas probablemente rotas, y cada instinto instó a
usar la fuerza restante que tenía para defenderse. Pero tenía que ser paciente y esperar la
oportunidad perfecta. Sólo tendría una oportunidad de tomarlo por sorpresa. Así que
obligó a que sus músculos lucharan, convirtiéndose en tan floja como unos harapos.
Cuando llegaron a un pequeño claro, la arrojó sin ceremonias al suelo. Levantó la
mirada hacia él y se acercó a ella, trató de empujar el pánico que se le subía por la
garganta.
Su estómago se revolvió.

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Alargó la mano bajo sus pantalones y comenzó a desatar los cordones.
-No os mováis, perra estúpida. Nunca he follado a alguien para que me diga lo que
quiero oír, pero de nuevo, nunca he interrogado a alguien tan guapo como vos. O tan
bonita como solíais ser. Vuestra cara no se ve muy bien en este momento -se rio.
Janet intentó ignorar sus palabras. Trató de no escuchar lo que estaba diciendo estando
concentrada en alcanzar lentamente su bota. Sólo un poco más... Ella jadeó cuando se
posicionó sobre ella. Le habría aplastado las piernas con el pie si no hubiera
reaccionado separándolas. Pero sin saberlo, abriendo las piernas, él la ayudó.
Su mano encontró su objetivo.
Agarró la empuñadura de su daga en la mano mientras se arrodillaba en el suelo ante
ella. Todo lo que podía ver a la luz de la luna era el frío resplandor de su sonrisa.
-¿No vais a pelear conmigo? Es mucho más divertido de esa manera.
Su corazón estaba en su garganta. Contuvo la respiración, esperando el momento
perfecto. Levantó la alforja. Sus ojos se dirigieron a la masa de carne que sobresalía, y
ella se estremeció con repulsión.
Vio su reacción.
-Sí, es impresionante, ¿verdad? -Bajó la mirada y envolvió su mano alrededor de sí
mismo, dándole una larga pasada.
Fue entonces cuando lo golpeó. Deslizó la hoja de la vaina y la sumergió en su pierna.
Él gritó en estado de shock y dolor. Sus ojos se abrieron y luego sus manos rodearon su
cuello, apretando...
Ella gritó hasta que se quedó sin aire.

Ewen tomó lo que el muchacho le había dicho que el sacerdote había visto a la señora
de la aldea y había enviado al castillo para que los soldados la arrestaran, pero la señora
se había escapado antes de que pudiera atraparla y pudo observar sus huellas en el lugar
donde los caballos la habían perseguido en el bosque.
Dejando al muchacho para vigilar la carretera, él y Sutherland siguieron las huellas
hasta bosque. Cuando estaba oscuro, no tenía más remedio que usar una antorcha.
Llegó al lugar donde apareció otro trazado de la carretera, y un frío húmedo corrió a
través de su sangre. Unos cuantos metros más tarde sus temores fueron confirmados:
quienquiera que la hubiera seguido la había atrapado. Acababa de empezar a seguir las
huellas donde el hombre la había arrastrado, cuando oyó un sonido que le detuvo el
corazón: un grito de mujer.
No vaciló. Incluso después de que Sutherland le advirtiera para que tuviera cuidado, él
se sumergió en los árboles. El sonido había estado cerca. Malditamente cerca. Oró tan
fuerte como siempre había orado en su vida. Por favor, déjame llegar a tiempo. No
dejes que sea demasiado tarde. Sólo unos segundos más...
Él irrumpió en el claro, con la espada levantada. Cuando vio que la pequeña figura se
ponía de pie desde debajo del cuerpo de un hombre tendido, todo en su interior pareció
detenerse repentinamente.
Su mano cayó:- ¿Janet?

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Ella lo miró, y Ewen hizo jadeó por la emoción. Las emociones eran tan feroces e
intensas, que se tambaleó. Le dolía el estómago. Había sentido algo así sólo una vez
antes, después de su primera batalla, donde la visión de toda la sangre lo había
enfermado. Pero no era nada para la vista de la mujer que amaba, maltratada y
sangrando.
-¿Ewen? -dijo suavemente-. Me encontrasteis.
Ella se tambaleó, y él se lanzó hacia adelante, atrapándola contra él. Su corazón
palpitaba tan fuerte que no podía respirar. La acunó como un pájaro roto. La idea de lo
cerca que había estado de perderla le hacía polvo.
-Oh Dios, ¿estáis bien? ¿Qué pasó?
Ella enterró la cabeza en su pecho y lo agarró, agarrándolo como un gatito asustado.
Pero una mirada al cuerpo del hombre a sus pies le dijo que su gatito tenía el corazón de
un león. Había sido golpeada, pero eso no había podido con ella, y, a través de las
emociones desgarradoras que lo envolvieron, sintió una oleada de orgullo.
Él besó su cabeza, saboreando la textura sedosa de su cabello y el aroma de campanillas
azules que le recordaban su hogar. Ella era su casa. ¿Cómo no pudo saberlo?
-Está bien ahora -murmuró él con dulzura-. Os tengo. Todo va a ir bien. Lo prometo.
Sutherland se acercó a ellos y juró, con la luz de las antorchas que le permitía ver su
rostro. Parecía romper el trance que los había envuelto. Ella lo miró, su cara llena de
golpes y sangre, y repentinamente se dio cuenta.
-Tenéis que cogerlos antes de que lleguen al castillo.
-¿Quién? -preguntó.
Antes de que pudiera responder, el sonido de un fuerte silbido atravesó la noche. Él y
Sutherland intercambiaron una mirada. Sutherland respondió, y unos momentos
después, tuvieron compañía.
Janet estaba en estado de shock. Todavía podía sentir las manos del hombre apretando
su cuello. Había pensado que iba a matarla. Lo habría hecho, si su hoja no hubiera
encontrado el lugar perfecto. Antes de que pudiera acabar con ella, se derrumbó encima
de ella, la sangre de su vida aún corriendo por su cuerpo.
De esta pesadilla, Ewen había aparecido como una imagen de un sueño. Le había
llevado un momento comprender que era real. La había encontrado. Él la estaba
abrazando, y ella nunca quiso que la dejara otra vez.
Pero entonces recordó al sacerdote. Tenían que encontrarlo antes de llegar al castillo. La
vida de su informante estaba en juego. Su explicación, sin embargo, fue interrumpida
por la llegada de otros tres fantasmas Bajo circunstancias normales ella podría haber
sentido un parpadeo de aprensión, incluso sabiendo que eran amigos, pero Ewen la
estaba sosteniendo.
-Escuchamos el grito-dijo uno de los hombres a modo de explicación. Magnus, se dio
cuenta, reconociendo su voz.
Cuando se volvió de su posición presionada contra el pecho de Ewen para mirarlo, el
Highlander perjuró.
Se mordió el labio, probando la sangre, y se dio cuenta de que su rostro debía parecer
tan malo como se sentía.

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-¿Qué pasó, muchacha? -preguntó con una voz más suave de lo que ella había oído
normalmente.
Debía estar muy mal.
-No tengo tiempo para explicaros. Hay un grupo de cinco soldados, un sacerdote, y otro
hombre que regresaron al castillo. Tenéis que cogerlos antes de que lleguen. Tienen una
misiva para Bruce. Una nota que podría significar una orden de muerte para alguien
dentro del castillo.
Notó el movimiento de uno de los hombres que estaba al lado de Magnus e
instintivamente se retiró a la seguridad del pecho de Ewen. Incluso bajo el timón nasal
oscurecido, parecía más malo que el resto.
-Retroceded, Víbora -dijo Ewen detrás de ella-. ¿Qué diablos os pasa?
El guerrero lo ignoró, con los ojos clavados en ella, los ojos más atroces que había visto.
-¿Cuándo se fueron?
-Hace unos minutos -Janet pensó de nuevo-. ¿Quizás cinco?
-Iré -dijo el hombre que Ewen llamó Víbora.
Janet se volvió hacia Ewen:- Tenéis que ir, también. Debéis aseguraros de que los
encuentren y nadie escape.
Ewen apretó su mandíbula cerrada, pareciendo tan flexible como un muro de piedra.
-No voy a dejaros.
-Por favor -dijo ella-. Tenéis que hacer esto por mí. Os lo ruego.
Sus ojos buscaron los suyos:- No me lo pidáis. Estáis herida. Jesús, Janet, estás cubierta
de sangre, y vuestro rostro... –se le apagó la voz. La luz de la luna casi hacía que sus
ojos brillaran con lágrimas.
Janet logró sacar una sonrisa vacilante, aunque le doliese.
-Mi rostro sanará y la sangre no es mía -Al menos, la mayoría no lo era-. Pero necesito
encontrar a Robert tan pronto como sea posible, y no puedo hacerlo a menos que sepa
que la persona en el castillo está a salvo.
-Víbora se ocupará de ello -dijo Ewen. Pero debió haber leído algo en su rostro. -¿Esto
es importante para vos?
Ella asintió:- El parley en Selkirk es una trampa. Los ingleses planean romper la tregua.
Más de uno de los hombres maldijo sus noticias.
-¿Estáis segura? -preguntó Ewen- la ruptura de la paz en una tregua está más allá
incluso del curso normal de la traición inglesa.
Ella asintió:- Estoy segura. La prueba está en esa misiva.
El de aspecto medio con el nombre apropiado de Víbora interrumpió.
-Tenemos que ir si esperamos capturarlos antes de que lleguen. No está lejos del
castillo.
Sin embargo, Ewen vaciló. No quería dejarla.

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Su corazón apretó:- Estaré bien -dijo suavemente. Mi cuñado me mantendrá a salvo.
¿No es así, sir Kenneth?
El marido de Mary sonrió y dio un paso adelante.
-Por mi propia esposa, mi señora.
Sir Kenneth extendió la mano y, a regañadientes, Ewen la soltó.
-Os tomo la palabra, Hielo -dijo con ferocidad.
Ewen, Víbora, y un hombre que ella reconoció como MacLean comenzaron a moverse,
pero Magnus los detuvo.
-Bàs roimh Gèill -La muerte antes de la rendición, ella tradujo-. Y Cazador, -Ewen se
volvió para mirarlo-. Daos prisa en volver. Creo que hay algo que os olvidasteis de
decirnos.
La expresión de Ewen se volvió sombría -¡Dios, cómo había echado de menos eso! - y
asintió. Con una última mirada que hablaba de cosas que no habían dicho, los tres
hombres se fueron.
Egoístamente, Janet quería llamarle de vuelta. Quería estar envuelta en sus brazos.
Quería enterrar la cabeza en su pecho, enrollarse en una bola, y dejar que todo se fuera.
Pero ambos tenían un trabajo que hacer.
Cuando terminaran...
Por primera vez desde que lo había dejado aquella noche en el establo, Janet tenía
esperanza.

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Capítulo 25

Castillo de Dunstaffnage, Lorn, Tierras Altas de Escocia, Nochebuena 1310

Janet se sentó en el baúl al pie de su cama. La sirvienta acababa de arreglar su cabello


con un anillo de oro cuando alguien llamó a la puerta.
Ella ordenó entrar, y su hermana gemela, Mary, entró en la habitación. Sus ojos se
encontraron. Mary sacudió la cabeza en respuesta a su pregunta tácita, y los hombros de
Janet se desplomaron. La extraña comunicación sin palabras que ella y su hermana
habían compartido cuando eran niñas había regresado a las pocas horas de su reunión.
Estar con su hermana de nuevo...
La emoción se hinchó en su pecho. Janet no se había dado cuenta de lo mucho que había
extrañado a su gemela, hasta que Mary se había metido en la habitación donde había
sido traída a la llegada para ser atendida por Lady Helen, la esposa de Magnus. Se
habían mirado y se echaron a llorar. Había pasado bastante tiempo antes de que Helen
pudiera reanudar sus cuidados con el rostro de Janet, las costillas y el hueso roto de su
muñeca.
Janet todavía no podía creer que su hermana la había perdonado. En realidad, Mary
nunca la había culpado. No se había dado cuenta de lo mucho que el perdón de su
hermana significaba para ella. Sentía como si se hubiera quitado un gran peso. Para
sorpresa de Janet, hablar de lo que había sucedido aquella noche -la explosión, las
muertes de Cailin y MacRuairi, la desaparición de Janet- había sido extrañamente
catártico. Lloraría y lamentaría las muertes de esa noche por el resto de su vida, pero
estaba dispuesta a ponerlas en una pausa.
A pesar de su alegría al ver a su hermana, sin embargo, la sacudida de la cabeza de
Mary le hizo apretar el pecho con decepción.
-¿Aún no hay rastro de él?
Era menos más una súplica que una pregunta. No mucho después de que Janet hubiese
interceptado con éxito al rey sólo unos cuantos kilómetros antes de llegar a Selkirk,
advirtiéndole de la traición que le esperaba, Víbora -ahora sabía -era su nombre de
guererro, era en realidad, Lachlan MacRuairi- y Eoin MacLean los había alcanzado. Su
misión había sido un éxito. Habían recuperado la misiva para el rey y asegurado la
seguridad de su informante.
Ewen, sin embargo, los había dejado en Roxburgh, con destino a un lugar que no dijo.
Les había dado un mensaje de que volvvería lo antes posible, pero después de más de
una semana, Janet empezaba a perder la esperanza.
No lo entendía. Pensó que cuando la había encontrado en el bosque, cuando la había
abrazado, y la miró a los ojos con una emoción tan tierna y conmovedora, había
cambiado de opinión. Que se dio cuenta de que se preocupaba por ella, quería cuidarla,
e intentaría luchar por ellos.
Pero, ¿dónde estaba? ¿Por qué no había venido a por ella? ¿Había ocurrido algo?

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Saber lo de su pierna y lo cerca que había estado de la muerte, la atormentaban. Ella no
podía creer que había confundido su fiebre por la embriaguez y lo había dejado cuando
estuvo tan enfermo.
Mary sacudió la cabeza de nuevo:- Kenneth le habló al rey, pero nadie sabe dónde está.
Ni siquiera Robert.
Janet hizo una mueca y se estremeció, habiendo olvidado sus heridas. Aunque Helen
dijo que ella se curaría con poco, aun podía recordar su calvario. Además de que
algunas pequeñas cicatrices, los cortes y magulladuras aún estaban sanando.
Pero Robert…, el sujeto que había provocado su reacción, necesitaba hablar con él. Ella
no había hablado con él desde que ella y los demás habían transmitido la noticia de la
traición de los ingleses. Había estado agradecido y furioso por lo que le había pasado,
pero aún no habían hablado de Ewen ni de su futuro.
-No puedo creer que lo dejaran salir cuando todavía estaba recuperándose -dijo Janet,
retorciendo sus manos- ¿Y si está tirado en alguna parte?
-Los hombres dijeron que estaba bien -le aseguró Mary-. Y Bella tampoco estaba muy
contenta con Lachlan cuando se enteró. Pero Lachlan señaló que él no era una "niña
sanguinaria" y Ewen había insistido.
-¿Ewen no le dijo a nadie que el rey lo había echado de la Guardia? -preguntó.
Mary le había contado lo del ejército secreto de Bruce, o los fantasmas, como los
llamaba, eran conocidos como la Guardia de los Highlanders, entre los hombres.
Aunque Janet no estaba al corriente de las identidades de todos los guerreros, ella tenía
sus sospechas. Si el rey Eduardo era inteligente, comenzaría a mirar cada Highlander de
más de seis pies de alto, construido como una roca, con un rostro extraordinariamente
guapo.
-No -respondió María-, pero en cuanto se enteraron, los hombres convencieron al rey
para que reconsiderara el asunto.
Sabiendo lo obstinado que era Robert, Janet preguntó:- ¿Cómo hicieron eso?
Mary se encogió de hombros.
-No lo sé, pero sea lo que sea, le persuadieron.
-Esto es ridículo -Janet alzó las manos y se puso de pie. Se dirigió hacia la puerta. Mary
levantó la vista desde donde se había sentado en el borde de su cama-. ¿Adónde vais?
-Para ver que Robert lo considere correctamente.
Incluso si Ewen no la quería, no iba a perder todo por culpa de ella.

***

Los años habían sido duros para Robert Bruce. Había cambiado mucho desde que era un
apuesto joven caballero que había capturado el corazón de la hermana mayor de Janet,
Isabella. Todavía era guapo, pero parecía más viejo que sus treinta y seis años. La
guerra, la dificultad que había enfrentado después de la catastrófica derrota en la batalla
de Methven, y su cercana destrucción después, habían tomado su peaje en las profundas
líneas grabadas en su rostro. Pero era su expresión la que había cambiado más. El

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caballero gregario, alegre y caballeroso, se había ido para siempre, reemplazado por el
serio y temible guerrero endurecido por la guerra.
Sentado frente a él en su solar privado, sus hombres saliendo a su petición, Janet sintió
una punzada de inesperada aprensión. Podría pensar en él como Robert, pero el hombre
ante ella era innegablemente un rey. Sin embargo, la preocupación que encontró en sus
ojos oscuros, le dio valor.
-¿Os sentís mejor? ¿Helen ha atendido a todas vuestras necesidades? Le dije que debíais
tener lo que quisierais.
Quería mantener ese ritmo.
-Me siento mucho mejor, señor. Helen se ha preocupado por mí como si yo fuera su
propia hermana. Pero hay algo que quiero pediros.
Él sonrió, pareciendo aliviado.
-Lo que sea, lo tendréis. Estoy en deuda con vos, Janet. Sé lo que pasasteis al recibir ese
mensaje para mí, y oí cómo protegisteis a nuestra informante en el castillo saltando
delante del hombre en el callejón.
Sus ojos se encontraron, y Janet pudo ver lo agradecido que estaba. El informante era
importante para él; era por eso que había confiado en ella en primer lugar. Pero se
preguntó cómo había oído los detalles de lo que había sucedido en Berwick. Alguien
debió haber hablado con su informante.
-Todavía no puedo creer que los ingles planearon una traición en una negociación de
paz –continuó-. Tanto Gloucester como Cornwall me dieron su palabra. Lo esperaría de
Gaveston, pero no de un hijo de Monthermer.
El conde de Cornwall, Piers Gaveston, era el favorito de Eduardo. El conde de
Gloucester, Gilbert de Clare, era un fuerte partidario del rey, pero también era el hijastro
de uno de los ex amigos cercanos de Robert, Ralph de Monthermer.
>Sin embargo, después de Methven, ya no me sorprendería -el rostro de Robert se
oscureció, dando a Janet un vistazo de su ira y rabia-. De lo que leí en esa misiva,
podrían haber tenido éxito. Planearon rodearnos con toda la guarnición de Roxburgh
mientras dormíamos -Hizo una pausa por un momento, recogiéndose antes de mirar
hacia atrás-. ¿Qué queréis de mí, Janet? Si está en mi poder, será vuestro.
Janet sostuvo su mirada y no vaciló:- Quiero a Ewen.
Los ojos de Robert brillaron:- No volveréis esto en mi contra. No esta vez, Janet. Ya le
di mi respuesta a Lamont, cuando vino a mí con su petición.
Janet no dejó que su enfado la disuadiera.
-Le estoy pidiendo que lo reconsidere a la luz de los nuevos acontecimientos. Nunca os
he pedido nada antes, Robert, pero ahora os lo ruego.
Se sentó de nuevo en su trono-como silla, la consideraba con ojos duros, intención.
-¿Qué es exactamente lo que estáis pidiendo?
-No quiero que Ewen sea castigado por lo que sucedió. Devolvedle sus tierras y dadle
su lugar de vuelta en la Guardia, y... -sus mejillas se calentaron.
-¿Y? -preguntó Robert.
-Y si todavía quiere casarse conmigo, dadnos vuestro permiso.

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-¿No queréis que lo ordene?
Janet sacudió la cabeza:- No le obligaría a estar en un matrimonio que no fuera de su
elección, al igual que no quiero que me obliguen a mí misma.
El rey frunció el ceño, no habiendo perdido su audaz reproche.
-Tomó vuestra inocencia. No lo recompensaré por eso.
-No me conocéis en absoluto si pensáis que él tomó cualquier cosa que no di por propia
voluntad.
-Se aprovechó de vuestra inocencia -dijo Robert, incómodo. Obviamente, no encontró
agradable tocar tales asuntos íntimos con una mujer que consideraba como una
hermana.
-No soy una niña, Robert. Soy una mujer de veintisiete años que ha estado esperando
toda la vida por esto, por él. Le amo.
-El amor no es una razón para el matrimonio. No tiene tierras que ofrecer, ni títulos, ni
fortuna.
-Entonces podréis darle más -dijo Janet- Si lo que he hecho no merece una recompensa,
entonces ¿qué pasa con ello? -lo dejó considerar eso por un momento. -En cuanto al
amor, ¿qué hay de vuestros matrimonios, Robert? Seguramente una persona no puede
aspirar más alto que tomar a su rey como modelo a seguir.
La expresión de Robert no dio indicios de que sus palabras hubieran penetrado, pero
sabía que sí. Era bien sabido que Robert se había casado con sus dos esposas por amor.
Un momento después negó con la cabeza, dándole esa mirada exasperada que recordaba
desde el tiempo que pasó viviendo con él e Isabella.
-Deberías haber sido un hombre de la ley, Janet. Lástima que no hubieras nacido
hombre. Podría usaros en mi consejo privado.
Janet sonrió, recordando las palabras similares de Ewen cuando lo conoció. Ella
también recordaría algo más. Lamont, hombre de la ley.
-Quizá lo sea, señor.
Sus cejas se juntaron pensativamente. El núcleo de otra idea acababa de arraigar cuando
fueron interrumpidos por un fuerte golpe en la puerta. Un momento después, el feroz
jefe de las tierras altas de Occidente, que rara vez dejaba el lado de Robert, entró en la
habitación.
Imponente. Formidable. Intimidatorio. Autoritario. Daba miedo. Ninguno de ellos se
acercaba a tal punto para describir a Tor MacLeod. El líder de la Guardia de las
Highlands. Incluso en presencia de alguien tan majestuoso como Robert Bruce.
-Supongo que si estáis interrumpiendo, ¿es algo importante? -preguntó Robert.
-Sí -dijo Tor-. Hay alguien aquí que quiere veros.
-Decidle que espere.
Tor la miró, con una media sonrisa asomando en su boca.
-Creo que querréis verlo.
Miró hacia la puerta y llamó a alguien. Janet jadeó, su corazón saltando a su garganta
cuando Ewen caminó a través de la puerta.

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-¡Habéis vuelto! -gritó ella, y habría corrido a sus brazos si no hubiera notado al hombre
que había subido detrás de él.
Su corazón, que había estado subiendo sólo un momento antes, cayó al suelo. Ella se
congeló, su boca se abrió en estado de shock. Aunque parecía mucho más viejo que la
última vez que lo había visto, Janet no tuvo problemas para reconocer al nuevo Steward
de Escocia, Walter Stewart.
Su mirada se dirigió a Ewen en mudo horror, buscando tranquilidad. ¿Por qué lo había
traído aquí?

Ewen quería ir a Janet en el momento en que entró en la habitación, pero estaba muy
consciente del hombre sentado en la silla del trono detrás de la mesa. Ewen se había
equivocado con el rey antes; tenía que hacerlo bien esta vez.
El alivio al verla tan sana lo golpeó fuertemente en el pecho. Él había dicho lo mismo
una y otra vez, Helen se preocuparía por ella, que estaría en el mejor de las manos; pero
ella no estaba en sus manos, y no fue hasta que él la vio cara a cara que él podría
comenzar a relajarse.
Él tomó un vistazo de sus heridas, de la envoltura alrededor de su muñeca, la
voluminosidad de envolturas alrededor de sus costillas debajo de su vestido, y la línea
pequeña de puntadas en su mejilla. La hinchazón en la mandíbula y la nariz se había
retirado, dejando el color amarillento, negro y azul restos de sus moretones. Las dos
medias lunas negras debajo de sus ojos sugerían que su nariz se había roto, aunque
parecía tan recta como antes.
Sus ojos se encontraron con los suyos, y la mirada de incertidumbre rompió sus buenas
intenciones en el infierno. ¡Al diablo con Bruce! Se acercó y le tendió la mano. Deslizó
su diminuta palma en la suya, como si perteneciera allí, lo cual hizo muy bien, y la
ayudó a ponerse en pie.
Él no soltó su mano, manteniéndola envuelta en la suya. Con el otro, inclinó la cabeza
hacia atrás para examinar mejor su rostro, inclinándolo en una dirección y luego en la
otra.
-¿Estáis bien?
Ella asintió con la cabeza, y se permitió observar el mentón antes de soltarla y se volvió
hacia su rey. No confiaba en no besarla, y con la forma en que el rey lo miraba ahora
mismo, ya estaba cerca de salir de aquí corriendo.
-Pensé que os ordené que volvierais el Día de San Drostán con los demás -dijo Bruce,
mirándolo con enfado.
Ewen decidió no señalar que en realidad le había ordenado apartarse de su vista.
-Tuve que hacer algo importante.
La mirada de Bruce se volvió hacia Walter antes de volver a él:- Parece que tenéis
problemas para atacar las órdenes.
Ewen no estaba en desacuerdo.
El rey sostuvo su mirada por un momento más y luego se volvió hacia Walter.
>Supongo que os ha traído aquí por una razón.

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-Lo ha hecho, señor -dijo Walter, dando un paso adelante-. Lamont vino a mí con una
noticia bastante inesperada. Me pidió permiso para casarse con mi prometida.
Oyó la respiración de Janet y sintió sus ojos en él, pero estaba observando a Bruce. El
rey se sentó en su silla, sin decir nada por su expresión.
-Así que lo hizo, ¿no? ¿Mencionó que yo había rechazado una petición similar?
-Sí -dijo Walter- islo mencionó.
-¿Y qué le dijiste? -preguntó Bruce.
La mirada de Walter parpadeó disculpándose ante Janet antes de responder-. Le dije que
le daría mi apoyo y rompería el compromisi, si así lo deseaba la dama.
-¡Así es! –Janet se había adelantado, asegurándoselo, pero Bruce la sujetó con un gesto
de la mano.
Ewen dijo una silenciosa oración de agradecimiento. Hasta ese momento, no había
estado cien por ciento seguro de que no había estado discutiendo con Walter Stewart
(quien a pesar de su juventud había demostrado ser un oponente formidable) en los
últimos días por nada. Ewen había tenido la suerte de salir del castillo de Rothesay sin
tener que prometerle su primogénito.
-¿Supongo que os contó todo? -preguntó Bruce.
Stewart, que obviamente estaba muy consciente de la presencia de Janet, se sonrojó.
-Lo hizo.
El rey no dijo nada durante un minuto, pero luego se volvió hacia Janet.
-MacLeod, llevadla de vuelta a su habitación. Lady Anna ha preparado una fiesta esta
noche en la víspera de la Natividad. Hablaremos más tarde.
Janet comenzó a protestar:- Pero-
Ewen la cortó, tomando sus manos en las de él y dándoles un apretón suave.
-Id ahora. Os encontraré -Siempre os encontraré, le dijo en silencio-. ¿Recordáis? –
asintió-. Confiad en mí -dijo suavemente, sosteniendo su mirada-. No os defraudaré -No
de nuevo.
Arrugó su nariz maltratada:- No siempre estaré tan a favor.
Él sonrió:- Me estremezco al pensar en ello.
Se llevó una de sus manos a la boca para darle un beso antes de liberarla, pero juró sería
la última vez.
Se dirigió hacia la puerta. Mirando hacia atrás por encima del hombro, le entregó unas
palabras de despedida a Bruce.
-Recordad vuestra promesa, Robert.
-No hice promesa alguna -protestó el rey.
-Sí, pero sé que estabais a punto de hacerlo -le dirigió una sonrisa pícara, que pareció
causarle dolor.
Ambos, Ewen y el rey se movieron hacia ella con preocupación.
-¿Estái bien? -preguntaron al unísono.

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La sonrisa de Janet se profundizó:- lo estaré.
¡La pequeña mierda! Esa mueca había sido un recordatorio. Y no era el único que se
daba cuenta. Cuando salió de la habitación, Ewen y el rey intercambiaron una mirada.
Ewen sospechaba que llevaría un aspecto exasperado y ligeramente derrotado como el
que estaba en la cara del rey durante mucho tiempo.
Felizmente.

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Capítulo 26

Janet había esperado lo suficiente. Ewen había dejado el solar del rey hace una hora.
La señora Anna Campbell, la esposa de Arthur Campbell, que era el guardián de
Dunstaffnage para el rey (y también, si su hermoso rostro y su físico musculoso eran
una indicación, uno de los guardias), había tenido la amabilidad de informarle de eso,
así como donde Janet podía encontrarlo.
Ella lo tomó como una buena señal que le hubieran dado una cámara en el castillo, en
lugar de debajo de él, en la cárcel. Entonces, ¿por qué no había venido a buscarla?
El castillo estaba lleno de entusiasmo por la celebración de la noche. Janet pasó un gran
número de sirvientes en su camino de su cámara del tercer piso a la de Ewen en el
primero.
Ella frunció el ceño, sin embargo, cuando notó que una muchacha joven y bastante
bonita se dirigía a la misma puerta que ella con un gran cubo de agua en sus manos.
La niña estaba a punto de abrir la puerta cuando Janet la detuvo:- yo llevaré eso.
La sirvienta pareció horrorizada. Ella sacudió su cabeza.
-No estaría bien, mi señora. El Laird va a… -sus mejillas se calentaron- tomar su baño.
-¿Él está aquí? -Janet esperaba que no hubiera sonado tan malhumorada. Exactamente
como se sentía.
La muchacha asintió.
-Lady Helen insistió en que se mojara la pierna por lo menos una vez al día. Janet sintió
una punzada de culpa por sus celos, pero los celos se revivieron instantáneamente
cuando la muchacha agregó:- Voy a ayudarlo con lo que necesite mientras Lady Helen
atiende al pequeño William.
Janet había conocido a su adorable sobrino hacía unos días. El niño era un muñeco, que
acababa de empezar a gatear.
-¿Hay algo mal?
-El chiquitín chocó con la cabeza en el poste de la cama, pero lady Helen dice que estará
bien. Ni siquiera tiene un moretón.
Janet asintió, sin ocultar su alivio.
-Yo llevaré el cubo al laird. Nosotros vamos a casarnos -Al menos, esperaba que así
fueran-. Pero si no os importa, hay algo que me gustaría que hicierais primero.
Cuando Ewen contestó el golpe en la puerta, fue la sirvienta quien respondió.
-Vuestra agua, mi señor.
Pero fue Janet quien entró en la habitación. Cerró la puerta detrás de ella y caminó hacia
el hombre estirado desnudo en la bañera con la espalda hacia ella. Estaba lo bastante

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molesta como para mirarlo sin vergüenza, tomando cada pulgada de piel dura y
bronceada.
-¿Queréis que os lave la espalda, mi lord? -dijo ella con una suave voz de canto,
completamente distinta a la suya.
-Si queréis -dijo con indiferencia.
¡El maldito! ¡Debería lavarse por sí mismo! Con bastante satisfacción, Janet echó todo
el cubo de agua sobre su cabeza. Agua fría, acababa de notar.
-¡Qué demonios! -saltó de la bañera y se volvió hacia ella en shock y enfado. Al ver
quien era, la ira desapareció. Él frunció el ceño.-. ¿Qué demonios estáis haciendo aquí,
Janet?
Ella frunció la boca, cruzó los brazos, y examinó ese cuerpo increíble, lentamente,
ligeramente apaciguado cuando una parte bastante grande de él comenzó a agrandarse y
levantarse bajo su mirada fija.
Él perjuró, agarró un paño seco que estaba acostado en la cama, y lo envolvió alrededor
de su cintura. Pero si pensaba cubrirse, había calculado mal. El paño húmedo se
aferraba a cada músculo y moldeó cada pulgada de su cuerpo. Dios, era tan agradable la
vista.
-Dejad de mirarme así, maldita sea -sus ojos se encontraron con los suyos.
-¿Preferirías llamar a la sirvienta?
Le tomó un momento, pero finalmente algo hizo clic. Él sonrió. En general, parecía tan
guapo, que se le encogió el corazón:- Estáis celosa.
Ella no lo negó:- Podéis lavaros por vos mismo de ahora en adelante.
Sonrió, cruzando los brazos, probablemente para distraerla. Funcionó. Ella contuvo el
aliento, por la impresionante exhibición de sus músculos. Bien, ella agradecía el
entrenamiento que había causado la guerra.
-¿Y si necesito ayuda?
-Yo os ayudaré -dijo ella con los dientes apretados, sabiendo que estaba siendo ridícula.
-Creo que me gustaría ver eso. Dócil y servil en un día. Podré hacer de vos una esposa
adecuada, todavía.
Sus ojos se dirigieron a los suyos. Los celos, las bromas, la admiración de los músculos
se desvanecieron. Sólo una cosa importaba. Nada había importado nunca más.
-¿El rey está de acuerdo?
-Sí -dijo con voz ronca. En su mirada pudo ver toda la emoción que se hinchaba en su
corazón.
-Pero tenía una condición.
Janet se sintió repentinamente desconfiada:- ¿Qué clase de condición?
-Debéis estar acuerdo.
Las lágrimas se le hincharon en los ojos cuando se arrodilló a sus pies. Le tomó la mano
y la miró a los ojos.

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-Lo siento por mentiros. Debería haberos dicho la verdad. Lo siento por no sosteneros
en mis brazos después hacer el amor y deciros lo mucho que os amaba.
Siento no haber tenido la suficiente valentía para luchar por nosotros, por no hacer lo
necesario para que fuerais mi esposa. Pensé que lo había perdido todo, pero nada de eso
importaba sin vos. Sé que no puedo cambiar las cosas o compensaros, pero prometo que
lo intentaré por el resto de mi vida si aceptáis ser mi esposa.
Janet permaneció allí, atónita, en silencio. Al parecer, sus papeles se habían invertido.
El hombre que siempre decía lo incorrecto se había expresado maravillosamente, y la
mujer que siempre sabía qué decir no podía encontrar su lengua.
Empezó a preocuparse un poco, mirándola con incertidumbre.
-¿Janet?
Había una cosa que tenía que saber:- ¿Y si deseo continuar mi trabajo?
Él hizo una pausa. -¿Aún lo haríais después de lo que pasó?
-¿Y si lo hiciera?
-Trataría de convenceros de que no lo hagáis. El sacerdote puede que esté muerto, pero
hay otros que no.
-¿Y si no podéis convencerme?
Parecía que preferiría masticar clavos.
-Lo aceptaría –suspiró- a regañadientes. Y probablemente me volvería tan desagradable
como MacKay cuando Helen insiste en acompañarnos.
Una amplia sonrisa se extendió por sus rasgos. Si alguna vez necesitaba pruebas de su
amor, acababa de oírlo.
-¿Vos, desagradable? Desafiáis a la creencia.
Él la golpeó en el fondo, y ella se rio.
Pero luego se puso seria:- Me gustaría seguir ayudando a Robert, pero creo que mis días
como mensajera han terminado. Teníais razón; Estaba demasiada confiada acerca de
mis habilidades y, tal vez –admitió-, incluso un poco ingenua sobre lo que podría
suceder. Debería haber ejercido más discreción. Después de dos intentos, creo que he
sobrepasado mi tiempo en las fronteras, por no mencionar la falta de identidades.
-¿Dos? –gritó.
¡Vaya!:- ¿Supongo que me olvidé de mencionar cómo llegué a trabajar en una
mercería?
-Sí, diría que sí.
Janet dio un rápido recuento, ignorando el oscurecimiento de su expresión cuando
mencionó al escudero y al caballero, y terminó con la forma en que se vio obligada a
marcharse sin despedirse de los Hendes.
-¿Creéis que podría haber alguna manera de hablarles, y ver si están a salvo?
-Consideradlo hecho -dijo.
-Gracias -dijo, sin darse cuenta de lo mucho que eso le aliviaba.
-No voy a decir que no esté contento de que no insistáis en poneros de nuevo el hábito.

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Janet sonrió:- No esperaba que lo hicierais. Además, sería bastante inapropiado dadas
las circunstancias.
-¿Qué circunstancias?
No estaba lista para decirle eso todavía. Pero había sido su golpe de gracia si Robert
hubiera sido irrazonable.
-No creo que haya terminado. Sin embargo, tengo otro plan en marcha.
Él gimió:- ni siquiera quiero preguntar.
-No os preocupéis, no es nada demasiado escandaloso.
Él hizo una cara de dolor.
-Qué alivio -dijo secamente-. -Janet, a menos que no os hayáis dado cuenta, todavía
estoy de rodillas -hizo una mueca incómoda a la vez que graciosa. Para ella.
Sus ojos saltaron a su pierna.
-Oh Dios, me olvidé de tu pierna -lo arrastró a sus pies-. ¿Duele horriblemente, verdad?
Siento mucho haberos dejado así. No me di cuenta que estabais enfermo la noche que
me fui. Pensé que estabais borracho.
Se alisó el pelo de la cara de la cara.
-Rara vez me emborracho.
Ella lo miró:- ¿Por vuestro padre? -asintió.
-Debería haberlo sabido.
Ewen sacudió la cabeza:- No quería que lo supierais. Diablos, no me di cuenta de lo mal
que estaba en realidad.
-Gracias a Dios por Helen -dijo ella.
Él devolvió el sentimiento y tomó su barbilla, levantando su mirada hasta encontrarse
conla suya.
-No habéis respondió a mi pregunta.
Ella sonrió:- ¡Sí, sí!
-Gracias a Dios -gruñó, atrayéndola entre sus brazos. El tierno beso destinado a sellar la
promesa de su futuro, sin embargo, rápidamente se convirtió en algo más. Algo caliente
y exigente. Ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello, atrayéndolo más cerca,
colocando su cuerpo en el suyo.
El cálido golpe de su lengua en su boca la hizo estremecerse. El calor ablandó sus
huesos, extendiéndose sobre ella en fuertes oleadas. Dios, le encantaba besarlo. Los
movimientos de su lengua se volvieron más profundos y cálidos, más rápidos y más
carnales. Su cuerpo se volvió más duro, rígido con la fuerza de su deseo.
Ella gimió, y él se apartó.
-Ah infierno -su dedo se deslizó sobre el corte en su mejilla y las magulladuras en su
barbilla.
Ella sacudió su cabeza.

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-Ojalá no lo hubieras matado -dijo. Ella lo miró sorprendida. Pero su rostro era tan feroz
como nunca había visto-. Le hubiera hecho mucho más daño que vos por lastimaros así.
Se puso de puntillas y le dio un beso en los labios.
-Es pasado ya. Y ahora mismo estoy más preocupado por el futuro. Nuestro futuro.
No tan distraída, dejó caer su mano entre ellos, dibujando pequeños círculos sobre su
estómago con las yemas de los dedos. Su piel era tan cálida y suave, y cuanto más cerca
bailaba la prominente protuberancia bajo el paño seco, más oscuros sus ojos crecían y
más fuertes los músculos de su estómago se apretaban.
Él la habría agarrado de la muñeca para detenerla, pero era lo suficientemente
inteligente como para usar su mano lesionada.
-Janet… -le advirtió con voz ronca-. Seguid tocándome así, y olvidaré mis honrosas
intenciones y vuestras heridas.
Ella sonrió y miró a sus ojos:- Bueno. Estoy bien, realmente lo estoy. Por favor, quiero
esto. Os quiero.
Así que no habría discusión, ella dejó caer su mano un poco más abajo, pasando su
mano por la punta.
Él contuvo la respiración.
-Jesús, Janet, no peleáis justo.
Una sonrisa perversa volvió a su boca:- podéis ser gentil, ¿verdad?
La levantó y la llevó a la cama. -Espero que así sea.
Con su muñeca lesionada, necesitaba ayuda para quitarse la ropa, un deber que estaba
más feliz de ayudar.
-Pensé que no erais una maldita criada -dijo ella mientras se desabrochaba el vestido,
recordándole una petición similar que había hecho en la cabaña de los pescadores no
hace mucho.
Él dio una risa aguda:- Creo que he cambiado de opinión. Si queréis ayudarme con mis
baños, lo menos que puedo hacer es ayudaros con vuestra ropa.
-Tu iluminación sobre la paridad en el matrimonio es verdaderamente increíble -dijo
secamente.
Ewen se rio entre dientes:- Por no hablar de egoísmo.
Cuando se quitó la última prenda, se retiró y la miró durante tanto tiempo que empezó a
tratar de cubrirse con las manos. Pero él los apartó suavemente.
-No -dijo, su voz áspera de emoción-. Sois tan hermosa -comenzó a rozar sus dedos
sobre su piel desnuda-. Quiero tocar cada centímetro de vos.
Parecía como si lo hiciera. El aliento de Janet ya estaba llegando rápido cuando
finalmente se inclinó y deslizó la lengua por su pezón. Su sedoso cabello oscuro cayó a
un lado, rozando su piel desnuda. Ella deslizó sus dedos a través de él, sosteniéndolo
cerca de ella. Tomó su pecho en la palma de la mano, apretándolo entre sus manos
mientras la tomaba cada vez más profundo en su boca.
Olvidándose de sus costillas lesionadas, empezó a arquear la espalda, gimiendo cuando
las sensaciones comenzaron a construirse.

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Levantó la cabeza:- estáis haciendo que sea duro al ir tan lento –se quejó.
-¿Y quién tiene la culpa?
Él sonrió, y eso hizo que su corazón fuera a toda velocidad.
-Me encanta veros sonriendo -dijo suavemente-. No lo hacéis lo suficiente.
No he tenido muchas razones. Pero sospecho que eso cambiará.
Sabía que lo haría, sobre todo cuando se in- inclinó y la besó, y lo que ella había estado
a punto de decirle se perdió en la neblina sensual que se estrelló sobre ella con toda la
sutileza de una ola gigante.
Su calor, su aroma, la sensación de su piel frotándose contra la suya la infundían,
perdiéndose todo menos las poderosas sensaciones que se acumulan en el interior.
Él sujetó su pecho sobre ella, con cuidado de no presionar contra sus costillas heridas,
pero ella lo tiró abajo, deseando sentir el contacto. El calor de su pecho desnudo contra
el suyo, y el pesado y sólido peso de su cuerpo encima de ella.
Se había quitado el paño seco de la cintura, y ella podía sentir la longitud igualmente
sólida de su erección caliente y palpitante contra su vientre. Ella presionó y rodeó sus
caderas, tratando de traerlo más cerca. Él gimió, profundizando el beso y los largos
golpes de su lengua hasta que no pudo soportarlo más. Lo quería dentro de ella. Quería
sentir cómo la llenaba.
Su corazón latía con fuerza, su respiración se aceleraba, y el lugar entre sus piernas
temblaba de necesidad.
-Por favor -gimió.
Levantó la cabeza y la miró a los ojos. Podía sentirlo colocándose entre sus piernas.
-Decidme si os duele -dijo con fuerza, con los músculos tensos.
Él la presionó. Lento y suave. Extendiéndose. Llenándola. Ella jadeó, gimiendo en torno
a él. No dolía. No dolió en absoluto. Se sentía increíble. Se sentía llena. Poseída. Le
encantó.
Tenía los ojos oscuros y calientes:- Os sentís muy bien.
-Y vos también -dijo con voz ronca.
-Os amo, mo chroí.
Ella sonrió, lágrimas de felicidad llenando sus ojos:- os amo, también.
Poco a poco, su cuerpo empezó a moverse entre los suyos con movimientos largos y
suaves. Era abrumador, la cosa más hermosa que había experimentado. Él reclamó su
cuerpo mientras sus ojos reclamaban su corazón. El placer era tan intenso como la
última vez, pero más profundo. No era simplemente compartir dos cuerpos, sino
compartir dos almas. Él le hizo el amor.
A cada parte de ella. Lenta, suave y completamente. Él era parte de ella, y nunca lo
dejaría ir.
Finalmente, ella no pudo aguantar más. Sus suaves gemidos se hicieron más urgentes.
Él oyó su silenciosa súplica y respondió. Sus golpes comenzaron a alargarse.
Profundizándose. Acelerándolo. Se volvieron más difíciles. Podía sentir su cuerpo tenso

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bajo las yemas de sus dedos, incluso cuando la suya empezó a romperse. Tenía que
separarse. No había ningún otro sitio adonde ir.
Ella gritó, el placer rompiéndose sobre ella en una onda lenta y pulsante.
-Oh, Dios -gruñó él, dejándose llevar.
Él entró en ella en un apuro caliente que se fundía con el suyo propio. Parecía que
duraría para siempre. Los espasmos reverberaban a través de cada centímetro de ella,
sin soltarse.
Era como aquella vez, excepto que esta vez, cuando finalmente terminó, rodó hacia un
lado, la acurrucó contra él y la abrazó como si nunca tuviera intención alguna de
soltarla.
Pasó un largo rato cuando Ewen encontró la energía y las palabras para hablar.
Estaba humillado y un poco asombrado por lo que acababa de suceder. Nunca había
sabido que podría ser así. Nunca se había sentido más cerca de nadie en su vida. Había
seducido a muchas mujeres, pero sólo había hecho el amor con una mujer: la mujer que
sería su esposa. Todavía no lo podía creer.
Como si leyera su mente, preguntó:- ¿Cómo hiciste para que Robert estuviera de
acuerdo?
Estaba acurrucada contra él con la mejilla apoyada en el pecho, jugando con la fina capa
de vello de su pecho, pero para hacerle la pregunta, había apoyado su barbilla en la parte
de atrás de su mano para mirarlo fijamente.
-Ya habíais hecho la mayor parte del trabajo -dijo, pasando los dedos por la piel
desnuda de su brazo-. Y lo mismo hicieron mis hermanos.
Ewen todavía no podía creer que se hubieran negado a ir a ninguna misión a menos que
lo trajeran de vuelta. MacLeod le había recordado a Bruce que estaba de acuerdo y que
le había dado plena autoridad al equipo. La Guardia de los Highlanders luchaban por
Bruce, pero eran hombres de MacLeod.
-¿Cómo conseguiste que Walter viniera a Dunstaffnage para ayudaros a defender
vuestro caso?
-No fue fácil. Pero le hice ver que yo era más valioso como hombre que alguno de los
suyos. También podría haberle dado la idea de una novia alternativa.
Walter Stewart podría ser joven, pero era tan ambicioso como su pariente James
Douglas, y su pariente Robert de Bruce, para el caso.
Alzó una ceja, intrigada:- ¿Una más impresionante que una hija de Mar?
Se rio de su afrenta. Pero en este caso, sí.
-Pensé que queríais deshaceros del compromiso, por lo que pensé que era mejor no
discutir sobre sus partes más finas -le apretó el trasero-, de las cuales hay muchas.
Janet hizo una mueca y luego arruinó el efecto riéndose.
La besó en la cabeza y luego la acercó.
-¿Qué le dijiste al rey? Preguntó él.
Se encogió de hombros:- Le recordé todo lo que habíamos hecho estando a su servicio.
-¿Y?

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-Y le recordó sus propios matrimonios.
-¿Eso fue todo?
Se encogió de hombros de nuevo:- Fue suficiente. Pero estuve bien preparada para
alegar mi caso y estaba segura de que entraría en razón. Aunque yo no estaba obligado a
usarlo, tenía un argumento que me aseguraría que vería las cosas como son.
La miró con escepticismo:- Pensé que habíais terminado de tener tanta confianza. El rey
estaba tan furioso…
-Ah, pero un buena delincuente siempre guarda el mejor argumento para lo último.
-¿Y qué argumento es ese?
Sus ojos se encontraron con los suyos, y sintió que algo dentro de él cambió antes de
hablara. Ella puso su mano sobre su estómago.
-No… me viene la menstruación.
Se quedó quieto. Su cuerpo había sentido la importancia de sus palabras, pero le tomó la
mente un momento para ponerse al día.
-¿Un bebé?
Ella asintió, las lágrimas brillaban en sus ojos:- Creo que sí. ¿Está... todo bien?
Jesús, ¿cómo podría preguntar algo así? Una ola caliente de emoción se estrelló sobre
él. Se apretaba en su pecho y garganta. No sabía qué decir. Él nunca lo supo. Pero la
diferencia con Janet era que no importaba. Lo entendía de todos modos.
Pero por si acaso, lo dijo de nuevo. Esta vez con su cuerpo.
Mejor que bien. Ella le había dado todo. Todo. El cazador se había encontrado lo que
ni siquiera sabía que había estado buscando, y él nunca la dejaría ir de nuevo.

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Epílogo

Ardlamont, Cowal, Escocia, diciembre 1315.

Janet iba a tener palabras fuertes con ese pequeño diablo de ojos azules.
-¡James! James Fynlay Lamont, ¡ven aquí ahora mismo! -corrió de habitación en
habitación, deteniéndose cuando entró en la guardería y vio a su marido. Se hallaba a
unos cuantos pasos de ella, con dos bebés bajo los brazos y dos piernas delgadas que se
asomaban por detrás de él.
Incluso después de cinco años de matrimonio, su corazón todavía se paralizaba al verlo,
como si parte de ella todavía no pudiera creer que era suyo. A pesar de sus sentimientos,
sin embargo, había aprendido hace tiempo que no podía dejar que la distrajera. Cruzó
los brazos sobre el pecho y lo miró fijamente.
-No sirve de nada intentar ocultarlo. Os puedo ver, James -una pequeña cabeza rubia
asomó por detrás de las piernas de Ewen. No surgió el efecto la mirada inocente en su
cara por un momento-. Déjalo, Jamie.
-¿Qué pasa, madre?
-La carta que tomaste de mi escritorio -se inclinó hacia el nivel del niño, tratando de
mantener su severa expresión en la cara de un labio inferior muy vacilante-. -Es una
carta muy importante, Jamie. La necesito para el rey.
Hizo una mueca, metió la mano en su bota y sacó el pedazo ahora arrugado de
pergamino.
-No me importa el estúpido rey. No quiero que trabajéis más hoy. Quiero que vengáis a
jugar conmigo.
Hizo un puchero, la mirada descontenta en su cara era tan parecida a la de su padre,
tuvo que mirar a Ewen. Él se encogió de hombros.
-No me miréis.
Janet suspiró y atrajo a su hijo de cuatro años a su regazo. ¿Sería así más fácil? Trató de
equilibrar el trabajo que hizo con el rey como su "asesor" y su función, no era
exactamente reconocido públicamente, como ‘hombre de la ley’, pero había días -como
hoy- cuando inevitablemente ese equilibrio se inclinaba a su balanza.
Ahora que la guerra había sido ganada con Inglaterra, Robert estaba ansioso de que
Escocia fuera aceptada como un reino independiente, y había estado trabajando duro
preparando su argumentos a favor de las cartas cuidadosamente redactadas que se
enviarían al rey y al papa francés, a quienes también apelaban a que se extirpase la
excomunión que se había puesto sobre Robert desde que apuñaló a John "El Comyn
Rojo" en la Iglesia Greyfriar hace cuatro años.
El latín de que alguna vez había recurrido desesperadamente, había sido útil.

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Monica McCarty El Cazador
Àriel x
-¿Pensé que ibais a jugar a la pelota con Da hoy? -dijo suavemente, acariciando su
cabeza.
-Lo hicimos. Pero entonces se metieron en el camino. Siempre se interponen en el
camino.
Janet trató de no sonreír y miró a las chicas de dos años retorciéndose bajo los brazos de
su padre. A diferencia de Jamie, tenían el pelo oscuro como el de Ewen.
-¿Qué hicieron esta vez? -preguntó a su hijo.
-Mary lanzó la pelota en el lago, y luego Issy comenzó a llorar. Odio cuando llora.
Yo también, pensó Janet, y ella lo hace muchísimo. Miró a Ewen en busca de ayuda.
-Lo estoy intentando –dijo-. Pero como podéis ver, tengo mis manos llenas. Se me fue
de las manos.
-Recuerdo a alguien diciendo que esto sería fácil.
-Esperaba una, no dos –dijo-. Creo que es hora de volver a la guerra.
La guerra se acabó.
-No me lo recordéis -dijo poniendo los ojos en blanco-. Creo que escuché a Stewart
llamarme.
-Walter puede esperar - dijo Janet-. Además, tiene que pensar en una nueva novia.
Todavía no podía creer que la noble mujer que le había apaciguado la mano era la de su
sobrina, Marjory Bruce-Robert y la hija de Isabella. Marjory había estado detenida en
Inglaterra durante casi ocho años, pero había sido liberado el año pasado después de la
batalla de Bannockburn.
-Cada hombre recoge lo que siembra -le recordó a su marido.
Él sonrió maliciosamente:- La siembra fue divertida, es sólo la cosecha de la que no
estoy tan seguro".
Sin embargo, desmentió sus palabras al cosquillear y besar a los dos pequeños
querubines en sus brazos hasta que estallaron a risas.
-Íbamos a buscaros -dijo Ewen cuando las chicas finalmente se derrumbaron en la cama
con agotamiento-. Si tenéis un minuto, hay algo que quiero mostraros.
Ella lo miró a él. Después de casi cinco años de matrimonio, estaba en sintonía con cada
nota en su voz, y había oído la emoción espesa.
-¿Está acabado?
Sus ojos se encontraron, y él asintió.
Sin decir palabra, ella le dejó tomar su mano mientras él la llevaba a ella ya sus tres
hijos fuera de la vieja casa de la torre.
-No miréis todavía -dijo, cuando ella trató de mirar hacia arriba a la colina cercana.
Finalmente, se detuvo:- Está bien, daos la vuelta.
Janet contuvo el aliento. El brillante sol de la tarde brillaba sobre la piedra recién
tallada, haciendo que el castillo brillara como una joya recién acuñada. Tenía cuatro
torres, una en cada esquina, rodeada por una pared formidable. Era una impresionante
fortaleza por cualquier estándar, pero eso no era lo que lo hacía importante.

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Ella deslizó su mano en la del hombre que había convertido su aventurera vida como
mensajera en otra clase de aventura. Una vida llena de risa, alegría y amor.
-Es hermoso -dijo-.A ella le hubiera encantado.
Él la miró y asintió con la cabeza. Demasiada emoción para que hablase ahora mismo.
Había terminado el castillo de su madre y, con él, podía por fin estar en paz con su
pasado. Para las generaciones venideras, los Lamonts de Ardlamont llenarían este
castillo de amor y risa, dándole a su madre y padre el legado que merecían.
De la mano, con sus hijos a su alrededor, Ewen la llevó a la fortaleza y a su futuro.

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