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Nicolás Rodríguez S.

200824169
Narradoras Inglesas del siglo XIX
“El peligro de no ser normal”

Según George Eliot la vida humana no es agradable, no tiene brillo alguno e incluso
se apaga aún más frente a la calamidad. Existir no es grato, afirma ella, y lo ejemplifica con
lujo de detalles en los dos protagonistas de su novela, los hermanos Tulliver. No se trata
tanto de la existencia del ser humano, sino de las condiciones de su existencia. Maggie y
Tom Tulliver nacen en el seno de una familia que “no se guía por principios sublimes, por
visiones románticas ni por una fe activa y sacrificada” (pág. 174), en una sociedad vulgar y
mundana que no logra ver más allá de la superficie de todo aquello que observan. Es un
mundo vano y vacío que tiene espacio para una única clase de personas, para seres
normales regidos por máximas que se obedecen sin cuestionamientos; hay espacio para
comunidades, no para individuos. Al contrario que Tom, el cual haya sitio en la comunidad,
Maggie Tulliver representa al individuo que no haya lugar en el mundo, representa la
pasión oprimida y los deseos marchitos de lo excepcional, el peligro de no ser normal.
Desde el principio de la novela se evidencia la diferencia abrupta entre los dos
hermanos. Maggie es notablemente más inteligente que Tom y es la raíz de todas sus
desdichas, no se habla de su inteligencia como una cualidad sino como una maldición. Su
inteligencia le otorga una vista amplia de la vida y la trascendencia de su existencia, la cual
la tortura haciéndola ver lo que debería ser y no solo lo que es. Ella misma lo entiende
cuando nota que “debía cargar con mayores ambiciones que los demás, que tenía que
soportar un ansia imposible de algo, fuera esto lo que fuere, un deseo de lo mayor y mejor
que ofrecía la tierra” y esto la lleva a querer “ser como Bob, con su ignorancia fácilmente
satisfecha, o como Tom, que podía concentrarse en sus quehaceres con una firmeza que le
permitía olvidar todo lo demás” (pág 184). Porque Tom no se siente parte de nada, no se
considera relevante y no cree poder llegar a serlo, contiene su mirada en los límites de lo
externo sin buscar nada más. Mientras “Tom sentía una especie de repugnancia
supersticiosa por todo lo excepcional” (pág 217), Maggie siente atracción.
Eliot contradice a Novalis afirmando que “la tragedia de nuestras vidas no se crea
todo en el interior” (pág. 256) y propone el experimento de observar cómo afecta la
“sensación de estrechez opresiva” de la sociedad a los dos jóvenes hermanos. Empieza con
la diferencia básica de que Maggie es la oprimida y su hermano mayor la principal fuerza
de opresión. Tom hace parte del mundo en el que nace, Maggie es una forastera, una gitana.
Desde pequeño se muestra cómo Tom tiene la capacidad (y la necesidad) de adaptarse, de
hacer lo que su familia considera correcto para no meterse en problemas, muy a diferencia
de su hermana. La pasión de Maggie parece incontrolable y la lleva a hacer siempre lo que
ella considera pertinente, aún si sus acciones llevan la contraria a todo lo que se le ha
instruido y es ésta su perdición. Parece haber incluso un feminismo tácito. Eliot no es
estrictamente feminista, parece nunca enaltecer las capacidades femeninas o quejarse de la
tiranía del sexo masculino, pero nos muestra las cosas tal como son: la situación de Maggie
es grave más allá de su personalidad por culpa de su género. Un hombre inteligente llega a
ser abogado, alguien que “puede hacer algo por el mundo” (pág. 222), mientras que una
mujer inteligente resulta siendo solo un estorbo. Además, Eliot atribuye a su género ciertas
características que no son bien vistas como “cierta repulsión intolerante propia de las
mujeres hacia lo mundano y la búsqueda de los placeres sensuales” (pág. 211),
características que además posee Philip Wikham, un hombre desfigurado y desagradable a
los ojos de la sociedad.
En este mundo no parece haber nada más aterrador que estar fuera de lugar. Tom
hereda rápidamente este miedo y aprende a mezclarse bien como tantos otros lo hacen: los
Dodson con sus ínfulas de grandeza, Stelling imponiéndose virtudes poco auténticas,
Stephen reprimiendo su amor por Maggie. Es obligación ser normal, pero Maggie no haya
la forma de hacerlo. Su huida con los gitanos y el sueño de ser amada por ellos venía
acompañado de un deseo de encontrar igualdad. Este evento demuestra que, mientras Tom
había encontrado la clave para ser igual en aparentar ser uno más, Maggie, frente a la
imposibilidad de poder imitar a los otros, la busca en hacerlos a todos como ella y no lo
consigue. Entonces, ¿cómo pasar desapercibido? ¿cómo contener la pasión que lleva a
querer sobresalir?
Maggie parece hallar respuesta en un ascetismo estricto. La joven renuncia a sus
deseos y pasiones para “ocuparse menos de sí misma y contemplar su vida como una parte
insignificante de un conjunto guiado por una mano divina” (pág. 186). Aunque logra
contenerse de esta forma por un largo tiempo, es notable lo dañina que esta estrategia, sobre
todo porque Maggie puede reprimir sus deseos pero no desaparecerlos, lo que resulta en un
aturdimiento obstinado en el que no hay un cambio real. La religión parece entonces ser
solo una forma más de opresión, disfrazada de redención y conversión. También lo es la
riqueza. Los lujos que degusta Maggie en la casa de su prima le nublan el razonamiento.
Gracias a “Esta nueva sensación de ociosidad y de placer sin límite” Maggie logra “sentirse
menos acosada por los tristes recuerdos y pronósticos” (pág. 256) y es que con tanta
cantidad de lujos no hay espacio de ocio para reflexionar.
Un efecto contrario tiene el arte. A Maggie le apasiona la música y los libros la
hacen “enamorarse de este mundo; hacían que deseara ver y conocer muchas cosas, hacían
que deseara una vida plena” (pág. 196). Tal vez Eliot sugiere en el arte una fuente de
resistencia para enfrentar el avasallamiento de la colectividad fatua y hueca. También la
sugiere en el amor. La posibilidad de una existencia pacífica pasa rauda por la mente de
Maggie cuando se entrega en un principio a su enamorado Stephen y se siente aceptada por
fin, se siente admirada. Eliot parece hacer el bosquejo de una revolución cuando escribe:
“Esta necesidad de amor, este anhelo del corazón actúa como un déspota excelente, con una
autoridad similar a esa otra hambre mediante la cual la Naturaleza nos obliga a someternos
al yugo y cambiar el rostro del mundo” (pág. 26). Después de todo, Maggie, aunque no
triunfante, es nuestra heroína que lucha, aún cuando no quiere, contra la presión del mundo
que quiere borrarle todo aquello que la hace especial.
La autora habla de evolución, de “la tendencia al progreso de las cosas humanas”
(pág. 175) que elaboran individuos de ciertas generaciones en contra de todo lo que se les
enseña. Con Maggie hay rastros de este progreso. Aunque despreciada en un principio,
Maggie sale a relucir más tarde cuando vive con Lucy. La rareza que antes había sido
maldita se vuelve objeto de atracción. La naturaleza de Maggie (que nunca había sido
domada incluso con tanto esfuerzo) es notada por fin en las fiestas llevadas a cabo en la
casa de su prima, lo que es evidente con el cambio de papeles entre Maggie y Lucy. Lucy
había sido por mucho tiempo el centro de atención y el modelo a seguir, pero esto termina
abruptamente cuando Stephen la deja por amor a Maggie. Aún en contra de su deseo de
mantenerse normal y apreciar su compromiso “precisamente porque Lucy no le parecía una
rareza” (pág. 237) no logra controlarse y va detrás de Maggie. Así, él y muchos otros
caballeros, la convierten en el ejemplo que muchas jóvenes son tentadas a seguir.
No obstante, el resultado no es el esperado. Maggie había sido una heroína, pero una
heroína débil. Había intentado obedecer a los demás cuando debía mantenerse firme en su
persona. Al reprimir sus sueños y su arrebato, Maggie disminuye su fuerza y al final no
consigue nada. Stephen la acusa precisamente en su última carta de “aquella pervertida
noción del bien que la había llevado a aplastar todas sus esperanzas por una simple idea,
pero no por un bien concreto” (pág. 326), esa noción normal del bien. Maggie se había
impuesto “una acalorada lucha entre sus pasiones y las de otros” (pág. 222) y habían
perdido las suyas. Pero Eliot no esclarece un ganador. Tom, representante del común, no
sale victorioso tampoco. Como todo ser humano, Tom deseaba ardientemente placeres,
pero se los niega por seguir el ideal corriente de trabajar arduamente lo suficiente para
hacerse un nombre y nada más, pero su fortaleza para hacerlo es una ilusión, es “fuerte
gracias a lo que niega.” (pág. 198), resiste porque deja a un lado lo que verdaderamente
importante.
Maggie y Tom, aunque polos opuestos, mueren de la misma forma e igualmente
desgraciados por reprimir sus deseos y obedecer a una ley sin base. “En aquella época, la
ignorancia era mucho más cómoda que ahora” (pág. 78) escribe Eliot. Pero, ¿qué tan cierto
es esto? El mundo de hoy sigue siendo un espacio más para las comunidades que para los
individuos, Maggie seguiría sin encontrar su lugar en este tiempo. La vida parece seguir
con “la monotonía propia de un molino” y muchas mentes “continúan moviéndose con un
pulso lento y apagado en un medio de ideas poco interesantes o ininteligibles” (pág. 121).
Todavía sigue viva, aunque quizá más débil, aquella máxima de que “lo que importa es ser
normal” (pág. 217) y quizá George Eliot lo preveía y dejaba en su novela fuerza para la
siguiente generación y la advertencia mortal para todos aquellos que consideraran ser tan
débiles como Maggie.

Bibliografía
Eliot, George. «El Molino del Floss.» s.f.