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Los fines de la educación y las instituciones sociales

Juan Pablo Peñaranda Franco

Corporación Universitaria Uniminuto

Modelos Educativos

2019
Introducción
El ensayo es un instrumento para poder abrir la discusión en base a la propia opinión. SI
en el esquema clásico se relacionaba la opinión con una forma despreciable de conocimiento, por
su falta de cientificidad, hoy en día, se valida la misma, no en base a la cuestión de la posesión
de la verdad y la objetividad, sino construyéndonos nuevos criterios de pensar en esta verdad y
en esta objetividad; siempre tan polémicas.

El presente ensayo se formula como un instrumento para la reflexión en la asignatura


modelos pedagógicos de la Maestría de Educación de la Corporación Universitaria Uniminuto.
EL mismo tiene se estructura en base al siguiente esquema:

1. Se da una definición intuitiva de educación en base a algunos prejuicios asociados a la


misma.

2. Esta definición mostrará las sombras conceptuales que el ejercicio y la reflexión


educativa traen al ambiente de reflexión pedagógica. Estas sombras intentan enunciarse en un
proceso que tendrá en cuenta incluso los contextos donde se inscribe el proceso educativo.

3. Luego de afrontar los vacíos de reflexión, el desenlace llega en el momento de


descubrir que en el seno del proceso educativo, por su naturaleza, se definen una serie de
funciones de tipo social que emergen.

4. Siendo una institución social, la educación, junto al resto de instituciones de esta


misma naturaleza, persiguen un fin común. Por tanto en el seno de los procesos culturales se
debe considerar necesario empezar a pensar en un motor multidimensional que logra ordenar los
esfuerzos humanos por ser en sociedad.
Hacia una reflexión de fines sociales

Cuando se piensa en la educación se concibe intuitivamente en un proceso ubicado en la


escuela que le permite a los individuos la adquisición de ciertos saberes que se supone, se han
institucionalizado; es decir, se han escogido para ser transmisibles. En este primer concepto hay
varios problemas que cabe mencionar. En primer momento encontramos que la educación es
algo más que trasmitir conocimiento. Vivas (2012) insinúa que hoy en día los recursos que se
dessarrollan en la escuela están centrados en una dimensión eminentemente transmisional. En
este esquema, se constata que el hombre para la educación es un mero instrumento. En este
ambiente, el hombre es un productor de conocimiento y ello nos lleva a situar la pregunta ¿es la
educación para el hombre? O ¿es el hombre quien sirve a los propósitos del sistema educativo?
(p. 232).

Como segunda medida podemos ver que se sitúa que la educación se gesta en un lugar
específico: la escuela. Sin embargo, Rus ofrece un aporte al considerar que “la transmisión y
adquisición del conocimiento se da en cuatro contextos: la calle, la escuela, la familia y los
medios de comunicación e iformáticos” (2009, p. 416). Situar la complejidad de lo educacional a
un único contexto es en esencia reducir los ámbitos de expresión de la adquisición de
aprendizajes. Frente al cuarto contexto que aporta Rus; por ejemplo, Moreno reconoce una
estrecha relación entre el escaso papel que la familia juega a la hora de formar a los chicos en
secundaria, con su fracaso como estudiantes. Las familias “actúan solo como espextadores o
clientes de la escuela” (2010, p. 241).

El tercer momento problemáticos de esta reflexión considera que el esquema tradicional


sitúa la producción de saber en manos de los hombres de ciencia. Si la educación es un mero
transmisor ¿cómo valida ella misma la veracidad de los contenidos que va a abordar? ¿cuál es la
clase de saber que la escuela transmite? ¿cómo se jerarquizan los saberes para dar prioridad a los
que son “más significativos”? Pareciera que la reflexión en torno a estos componentes
epistemológicos tiene una gran deuda. Sobre todo en medio de una sociedad que tiene en su seno
un nuevo modelo de vida denominado sociedad de la información. Manuel Castells señala:

(…) ha surgido una nueva era: la era de la información, en la cual ha tenido gran auge el
“sector servicios”, que incluye actividades tan dispares y disímiles tales como el
transporte, la comunicación, las redes de distribución comercial, el almacenamiento, las
finanzas y créditos, asesorías, publicidad, diseño de software, informática y telemática,
medios masivos de comunicación, industrias del entretenimiento, turismo, e incluso,
venta informal (Citado en Forero, 2009, p. 41).

Delors, aporta luces respecto a los problemas que la educación de nuestros días debe
poder asumir. Con la incursión de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, se
puede ver una relación en la cual el contacto con el conocimiento es cada vez más fácil y
necesario. El volumen informacional crece exponencialmente cada segundo y por tanto, la
educación de nuestros días debe ser capaz de asumir este volumen informacional aumentado con
todo criterio. Igualmente debe considerar aquellas informaciones que tienen la susceptibilidad de
ser pasajeras (1994, p. 91). El estudiante de hoy, más que la memorización, debe estar en
capacidad de saberse adaptar a la hipertextualidad y de discernir la información que sirve a los
propósitos de formación.

Asociado a este tercer problema está el rol de la escuela frente al mismo conocimiento.
¿Es la escuela transmisora o productora de saberes? Se asume por ejemplo, como rol del
maestro, la necesidad de saber para mostrar. Este típico prejuicio va en contravía de lo que debe
ser docente en nuestros días. El estudiante de hoy ya no es una tabla rasa, insípida de
conocimientos, por los diversos contextos el estudiante llega al aula cargado de expectativas, de
pasiones, de inclinaciones personales; sin embargo, pareciera que la labor del aula no es
coherente con estas inclinaciones individuales sino que da la impresión de que es la educación,
en su intención de homogeneizar las conductas, corta las alas a estos propósitos. ¿Cómo sería
una escuela que tenga en cuenta, realmente, las intenciones del estudiante?

Estas consideraciones iniciales nos hacen ver que es imperativo considerar que el
ejercicio pedagógico es algo más que una actuación en un lugar, bajo unos condicionantes
relacionados ya no a las dinámicas surgidas en un ambiente concreto, sino por ejemplo a los
contenidos que son transaccionados en el proceso. La educación tiene fines que miran más allá
del saber, se educa para ser en una comunidad, se educa para la sociedad porque la educación
nace de un ambiente social y ayuda a su vez a replicarla y a construirla. Esto, con todas sus luces
y sus aciertos. Si la educación es depositaria de progreso, también lo es de desigualdad.

La educación ha perdido su ‘esencia’, en cuanto las instituciones educativas se limitan a


producir hombres heterónomos que, según Gintis y Browles (citados por Zuleta, 1995),
poseen determinados conocimientos, habilidades, capacidades y actitudes que permiten el
mantenimiento y la reproducción de la estructura de clases [CITATION Tab14 \p 110 \l
9226 ].

Si la escuela se erige como un lugar, entre otros, en los cuales se da la apropiación no


solo de conocimientos, sino incluso, de experiencias, de vivencias de lo humano; podría pensarse
que la educación es una “institución social que está orientada a la formación, transmisión y
comunicación del conocimiento, de las habilidades y valores de la sociedad” [ CITATION
Con17 \l 9226 ]. Allí, precisamente radica su fuerza como institución social, en el hecho de
favorecer la vida en esa sociedad, de los individuos que pretende formar.

La denuncia que hace Paulo Freire de la educación bancaria se hace sentir al respecto y
demuestra la contingencia de la reflexión docente frente a las condiciones materiales e
inmateriales que pretende transmitir (la cultura). La educación emerge también como un
instrumento al servicio del orden social establecido. Se educa, no para formar, sino para
perpetuar los esquemas de dominación. Como quien dice: al estado le conviene una población
educada, contrario a lo que suele pensarse en el común de la población.

Y es que la educación es una institución social, que está al servicio, por tanto de las
demás instituciones sociales (economía, la religión, la política, la cultura, la familia) en una
relación de complementariedad.
Conclusiones

- Los propósitos que la educación ha perseguido tradicionalmente, debido alos cmabios de

contexto, deben revaluarse. Esto debido a una serie de factores problemáticos que el

mismo ejercicio y reflexión han evidenciado.

- Con la necesidad de establecer nuevos fines, se hace evidente también que la formación

docente comporta desafíos interesantes ya que no se forma solamente un replicador de

saberes adquiridos sino un hombre capaz de incentivar en su aula a los estudiantes de

modo que los mismos encuentren en sus motivaciones personales el primer paso para

producir los propios saberes de modo que se pueda articular el saber teórico con el

práctico coherentemente.

- Los fines de la educación se vinculan fuertemente a la necesidad de establecer un

esquema no solo para saber, sino incluso para ser en una sociedad concreta. Esta

representación de la educación con la sociedad apremia a la reflexión pedagógica a

asegurar la disquisición del rol del docente como socializador con las demás instituciones

sociales de una cultura determinada.

- Se debe hacer una articulación entre todas las esferas de la vida social de una comunidad

para dirigir los nuevos proyectos de vida en contextos surgidos de la sociedad de la

información. Las instituciones sociales no deben ser ajenas a estos propósitos si

pretenden una formación integral de los individuos.


Bibliografía

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