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Julio Cortázar: biografía y obra

“Nací en Bruselas en agosto de 1914. Signo astrológico, Virgo; por consiguiente, asténico,
tendencias intelectuales, mi planeta es Mercurio y mi color el gris (aunque en realidad me gusta el
verde) (…) Crecí en Banfield, pueblo suburbano de Buenos Aires, en una casa con un gran jardín
lleno de gatos, perros, tortugas y cotorras: el paraíso. Pero en ese paraíso yo era ya Adán, en el
sentido de que no guardo un recuerdo feliz de mi infancia; demasiadas servidumbres, una
sensibilidad excesiva, una tristeza frecuente, asma, brazos rotos, primeros amores desesperados”,
señala Julio Cortázar en la conocida carta escrita a Graciela de Sola en 1963 (Julio Cortázar y el
hombre nuevo. Editorial Sudamericana, 1968). Escritor argentino, no obstante, nacido en Bélgica y
muerto en París. El trabajo de su padre, Julio Cortázar Aria, situó su nacimiento en tierras
extranjeras. Asimismo, el estallido de la guerra trasladó sus primeros años de vida a la ciudad de
Zúrich, en una época preñada de transformaciones sociales, que pronto llenarían también el
campo artístico. En el mismo tiempo en que la familia Cortázar llega a esta ciudad, un grupo de
jóvenes –también recién llegados– funda el legendario Cabaret Voltaire, insertándose así, como
los protagonistas de las vanguardias europeas.

En 1917 la familia deja Suiza, tras la muerte del abuelo materno en un naufragio, y llegan a
Barcelona. El 10 de julio de ese mismo año viajan a Buenos Aires y, al poco tiempo, el padre
abandona a la familia. El autor crecería con su madre, María Herminia Descotte, y su abuela; con
ciertas dificultades económicas que impidieron que recibiera una educación universitaria. Su
madre decide enviar al joven a una escuela de magisterio. Allí recibe su título de maestro normal y
publica sus primeras traducciones y otros textos para la revista Addenda.

Desde 1937 hasta 1939 trabajó en una escuela normal, dictando clases de Historia y Geografía. En
este periodo publica su primer libro: Presencia, poemario bajo el seudónimo de Julio Denis. La
llegada de los años ’40 en Argentina estuvo marcada por (el) peronismo, que configuró un
movimiento de masas importante en la historia del país. Cortázar, (sacar la coma) se opone a este
en aquel entonces, participando en luchas antiperonistas. En 1944, llega a Mendoza para dar
cursos de Literatura Inglesa y Francesa en la Universidad de Cuyo, pero al poco tiempo renuncia a
su cargo, en vista de que Perón ganó las elecciones presidenciales. Enmarcado en este conflicto,
en 1950 escribe la novela El examen, cuya publicación es rechazada y solo sale a la luz tras su
muerte. Al año siguiente sí publica y, por primera vez, firma con su nombre. Se trata de su primer
libro de cuentos, Bestiario. A finales de 1951 –después de más de treinta años viviendo en
Argentina– llega a París, lugar en que reside hasta su muerte.

Su obra, al igual que él, excede un territorio definido, asimismo, excede algún programa
generacional. Mas, dentro de la literatura argentina, él mismo sitúa un primer periodo influido por
Borges, “en la línea hiperintelectual”, como señaló en una extensa entrevista a Evelyn Picon
Garfield, y agrega: “Lo que creo que Borges me enseñó a mí y a toda nuestra generación fue la
severidad, ser implacable con uno mismo, no publicar nada que no estuviera muy bien cumplido
literariamente” (Cortázar por Cortázar. Editorial Universidad Veracruzana, 1981). Al parecer, esto
se proyectó solo en los márgenes de su escritura, pues luego confiesa: “Yo creo que no he escrito
nada intelectual (…) no he nacido para lo teórico”. Lo que explica que, en una segunda etapa,
reconozca la influencia –en el polo opuesto– de Roberto Arlt. Etapa que se inicia en el cuento “El
perseguido”, que él mismo identifica como resultado de una fase de desconfianza hacia el
lenguaje: “Empecé a descubrir que la palabra corresponde por definición al pasado, es una cosa ya
hecha que nosotros tenemos que utilizar para contar cosas y vivir cosas que todavía no están
hechas, que se están haciendo. Entonces, el lenguaje no siempre es adecuado. Desde luego eso es
un poco la definición del escritor, en todo caso, del buen escritor. El buen escritor es el hombre
que modifica parcialmente un lenguaje”. Su entrevistadora alude a una tercera etapa con
Historias de cronopios y de famas y Rayuela, en que sugiere a Cortázar una especie de “tentativa
de cambiar la realidad”, que él rechaza como intención, aclarando que: “Rayuela es un libro
escrito antes de mi toma de conciencia política e ideológica, antes de mi primer viaje a Cuba. Yo
me di cuenta mucho años después que Oliveira es un poco como Lenin (…) en el sentido de que los
dos son optimistas, cada uno a su manera. Lenin no habría luchado todo lo que luchó si no hubiera
creído en el hombre (…) Y Oliveira a su manera mediocre y pequeña también lo es”.

En la misma entrevista, delata el complejo proceso de la escritura, entre lo consciente e


inconsciente: “Soy el primer sorprendido por el final de casi todos mis cuentos porque yo no lo sé
cuando estoy escribiendo (…) en el plano de lo que tú llamas efectos de los cuentos fantásticos, yo
soy la primera víctima de mis efectos”. Al punto, incluso, de poner en duda su propia autoría,
indica: “Yo prácticamente no soy el autor de mis cuentos en el plano consciente (…) Tengo
suficiente sentido crítico para darme cuenta de que una cosa está realizada o no y entonces la
modifico. Pero el núcleo, el sentido profundo del cuento, sigue siendo desconocido para mí. Yo no
sé por qué los escribo, vienen así”.