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r LOS AÑOS DE LA REGENCIA Militarismo frente a civilismo

La cuestión religiosa La crisis del Pacto de El Pardo

8 El catalanismo Jl : La crisis de los partidos


6161 El plano inclinado a la
' El problema militar LL dictadura (1918-1923)

JlÍL La cuestión social 24 LA DICTADURA

i 3 LA ETAPA CONSTITUCIONAL 2 El rey durante la dictadura

"I O Las perspectivas políticas al 2 -\J La crisis de la Monarquía


.;i. comienzo del reinado

En portada,
Alfonso XIII
(por Elias Salaverría).
Izquierda, el Rey,
en 1914

LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII / 3


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María Cristina,
^Í£áSáí3ÍÉ& i la reina regente,
con Alfonso XIII
U <3 (por F. Godoy,
Museo Marítimo, Barcelona)
4 / LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII
Los años de la Regencia
Manuel Espadas Burgos
Director del Departamento de Historia Contemporánea. CSIC

La prematura aunque anunciada muerte de Alfonso XII sin un heredero varón


abrió una incógnita y un tiempo de inseguridad en el sistema de la Restauración
que parecían ofrecer cercanas oportunidades tanto al republicanismo como a los
proyectos carlistas. El buen sentido político de los hombres claves del régimen con­
juró ambos temores. El llamado Pacto de El Pardo entre Cánovas y Sagasta,
cuando el rey acababa de expirar, garantizó la continuidad del sistema. Se contó
pai'a ello con la excepcional colaboración de doña María Cristina, que, con arre­
glo a los artículos 67 y 72 de la Constitución, asumió la Regencia con un tino, una
dignidad y una prudencia que permitieron mantener en pie y aun hacer impor­
tantes reformas —desde la implantación del sufragio universal a la nueva redac­
ción del Código Civil— en aquel edificio hecho de eclecticismo, compromiso, flexi­
bilidad y equilibrio. Un gran respiro vino a reforzar sus cimientos cuando el 17 de
mayo de 1886 nacía un varón, Alfonso XIII.
i

A lfonso XIII gozó del raro privile- No son únicamente las Memorias de
gio de haber nacido rey. Fue una su hermana Eulalia las que nos dan esa i
X JLcircunstancia lo bastante singu­ otra cara de la infanta Isabel, cercana
lar para que no la olvidase nunca y al pueblo, pero que, como su madre,
para, que incidiese, hasta el final de Isabel II, había aprendido muy poco en
sus años, sobre su personalidad. el exilio y se mostraba rígidamente cor­
Fue un niño rey educado bajo el tesana, atada al concepto absolutista
peso de esa insoslayable condición de de Fernando VII y tratando de incul­
monarca ab origine. Las dos figuras fe­ carle a su sobrino la idea funesta de que
meninas que atienden con desvelo y un rey no se equivoca nunca.
amor entrañable los primeros años de El medio en que vivió Alfonso XIII
su vida son su madre, la reina María niño fue una Corte triste en unos años
Cristina, y su tía la infanta Isabel. Mo­ tristes. Un ambiente severo y encogi­
delo la primera para sus contemporá­ do, reglado al extremo por un rígido y
neos de todo género de virtudes públi­ rutinario protocolo, fuertemente cleri-
cas y privadas, dedicada a cuidar no calizado y poco permeable a los aires
sólo del tesoro de un hijo, sino de un del exterior, no era, por cierto, el mejor
hijo rey, con la sombra de la enferme­ para la formación de un niño que, po­
dad y de la temprana muerte de su pa­ cos años después, debía ceñir la corona
dre, quizá reflejadas en una naturale­ de un pueblo.
za que se mostraba débil en los Tuvo el rey un selecto grupo de pro­
primeros años; consciente a cada mi­ fesores, designados tras diversas con­
nuto de su papel de reina regente, sultas por la reina María Cristina, que
atenta a defender el trono de su hijo y a partir de 1896 formaron su Cuarto
a fortalecer su cuerpo y su espíritu de Estudios. Figuraban entre ellos el
para asumir el alto destino que la pro­ general José Sanchiz, como primer jefe
videncia le había deparado. de Estudios, y don Patricio Aguirre de
La infanta Isabel, que pasaría a la Tejada, como segundo jefe; las Mate­
memoria popular como un prototipo de máticas y los estudios generales estu­
la campechanía y el buen humor de los vieron confiados a don Juan Loriga,
Borbones —quizá en la secuela popula­ conde de Grove, y a don Miguel Gonzá­
chera y cínica de Fernando VII—, era, lez Castejón; la Historia, a don Fer­
como escribiría de ella su hermana la nando Brieva; el francés, a don Luis
infanta Eulalia, una mentalidad típica Gayán; el inglés, a don Alfonso Merry
del viejo régimen fernandino, con sus del Val; el alemán y la música, a doña
virtudes y sus defectos. Paula Czerny.

LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII / 5


crisis finiseculares habían golpeado en del libro del sacerdote catalán Juan
todos los hogares españoles incluido el Sardá y Salvany El liberalismo es pe­
propio Palacio Real. cado, publicado en 1884, que reforzó el
Algunos de aquellos problemas —la integrismo en la mayoría de las pro­
cuestión religiosa, la cuestión social, el vincias españolas y recibiría no pocas
catalanismo, la cuestión militar —se bendiciones de algunos sectores de la
mantendrían vivos y punzantes du­ Curia romana.
rante su reinado. Otro, el más grave Unos días antes del nacimiento del
de los que afectaron sus años de in­ rey, un atentado conmovió la vida de
fancia, liquidó un largo y fecundo ca­ Madrid. El obispo monseñor Martínez
pítulo del pasado español con mutila­ Izquierdo, el primero que ocupó la silla
ciones territoriales irrecuperables, de la recién creada diócesis, fue asesi­
pero los efectos de ese trauma del 98 nado a las puertas de la catedral de
también incidieron sobre los proble­ San Isidro. La agresión, que al princi­
mas enumerados: sin ello se hacen pio se pudo tener por obra de un anar­
poco comprensibles al traspasar la quista, fue cometida por un clérigo de­
frontera del siglo actual. sequilibrado, don Cayetano Galeote.
Como sucesor, ocuparía la sede el obis­
po de Avila, don Ciriaco María Sancha,
La cuestión religiosa que llegaría a ser arzobispo de Toledo
y cardenal, además de hombre muy
Los funerales de Alfonso XII reunie­ cercano como consejero a la reina Ma­
ron en Madrid a 24 miembros del epis­ ría Cristina y, más tarde, a Alfonso
copado español que, aprovechando ese XIII, al tiempo que gozaba de la plena
encuentro, se pronunciaron, quizá por confianza de Roma.
primera vez y muy en consonancia con Sancha sería uno de los obispos es­
la reciente encíclica de León XIII, con­ pañoles más abiertos dentro de un
tra las actitudes de intransigencia, de­ episcopado muy conservador pero in­
clarando que si bien la política debe dudablemente contrapunto de los
basarse sobre la religión..., la religión y muchos obispos integristas. Su in­
la política son, sin embargo, cosas muy fluencia en la Corte fue, sin duda, be­
distintas y que jamás deben confundir­ neficiosa, así como su impulso a los
se. congresos católicos nacionales, que si
os vivía entonces con profunda in­ entre sus objetivos tenían los de de­
tensidad la llamada cuestión religiosa, fender la religión, los derechos de la
que, propiamente, era una cuestión Iglesia y el Pontificado, lo hicieron
clerical, pues como diría un hombre de sin perder la orientación aperturista
conciliación, distante de todo maxima- dada por el propio León XIII y ayuda­
lismo, como don José Canalejas, no ron a que las posiciones maximalistas
existe un problema religioso en Espa­
ña..., lo que hay es un problema cleri­
cal, un problema de absorción de la
vida del Estado, de la vida laica, so­
cial, por los elementos clericales. El ré­
V' A
gimen de la Restauración, que tam­
bién en ese aspecto del difícil
entendimiento entre la Iglesia y el Es­
tado nacido de la revolución liberal ha­
bía logrado un precario equilibrio, visi­
ble desde los ecos del manifiesto de
Sandhurst al debatido artículo 11 de la
Constitución, encontró en este proble­
ma uno de los mayores escollos.
Vivió el período de la Regencia la
consolidación del partido integrista y
de otras facciones confesionales, como
los carlistas del marqués de Cerralbo,
los conservadores de Pidal o los tradi-
cionalistas independientes, entre los
que se alineaba el citado padre Monta­
ña. Presenció el aplauso y la difusión
LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII / 7
de los católicos españoles se fueran Cataluña, significan el reverdecimien-
suavizando. to de la lucha promovida por algunos
sectores burgueses para garantizar el
proteccionismo, temerosos de un sesgo
El catalanismo librecambista de la política económica,
como lo hacían presumir los tratados
Vivió también la Regencia el período comerciales con Alemania, Francia y
más característico del llamado catoli­ Gran Bretaña.
cismo social, a través de la acción pa­ Tales temores serían disipados
ternalista de los círculos católicos y de pronto. Un signo de ello fue la visita de
la obra de hombres como el padre An­ la reina María Cristina con Alfonso
tonio Vicent o el obispo de Córdoba, XIII, de dos años, para inaugurar la
fray Ceferino González, que intenta­ Exposición Universal de Barcelona en
ban una difícil armonía de las clases, mayo de 1888; viaje, el primero que
acercando a obreros y patronos, en una hizo el rey, en que también visitaron
búsqueda de soluciones en que la cari­ Zaragoza, Valencia y Gerona. Fue un
dad y la justicia se tenían como las indudable triunfo del proteccionismo
grandes fuerzas que equilibrasen la so­ que dejó altamente satisfecha a la bur­
ciedad y el mundo del trabajo, para el guesía catalana.
que con frecuencia se añoraban las re­ Esa política fue dejando paulatina­
laciones gremiales de la Edad Media. mente la oposición catalana en manos
No es preciso recordar el papel que de republicanos federales y de na­
en el proceso de advenimiento y conso­ cionalistas en un proceso ideológico y
lidación del régimen de la Restaura­ en un camino de reivindicaciones que
ción jugó la burguesía catalana, asegu­ tendrían su exponente y, en cierto
rando así la protección a los productos modo, su síntesis en el Compendi de la
de su industria tras la experiencia li­ doctrina nacionalista de Enric Prat de
brecambista impuesta por los gobier­ la Riba (1894) y en las Bases de Man-
nos del Sexenio democrático. Como di­ resa, nacidas de la primera reunión en
ría Durán y Bas a Cánovas, una aquella ciudad de la Unió Catalanista,
manifestación de soberanía tan esen­ en que junto a representantes de la
cial como poner las banderas en la burguesía industrial y mercantil, ha­
frontera nacional es la de levantar ba­ bía también una importante partici­
rreras aduaneras. pación del mundo rural.
Ese indispensable proteccionismo El renacimiento de la insurrección
económico, clave para entender el com­ cubana en 1895, que abría el último
portamiento político catalán, pasaba tramo de la liquidación colonial, con­
también por la política colonial de los siguió con más fuerza en Cataluña el
gobiernos de la Restauración y espe­ apoyo a las soluciones del Gobierno
cialmente por Cuba, por la seguridad de Madrid y a los primeros triunfos
que ofrecía de un mercado protegido militares en aquellos lejanos escena­
que daba salida tanto a los cereales de rios.
Castilla como a los textiles catalanes. Los recibimientos triunfales que re­
Políticamente el pacto canovista ha­ cibieron en Barcelona los generales Po-
bía dejado fuera de juego en Cataluña lavieja y Weyler son testimonio de
al federalismo y al foralismo carlista, aquella sintonía. Pero, en la misma
ligado a sectores católicos tradiciona- medida, la derrota del 98 provocó aira­
listas. Ambas realidades de la vida ca­ das reacciones y un movimiento de in­
talana harían simbólicamente su rea­ solidaridad con los responsables, mili­
parición durante los años de la tares o civiles, de aquel resonante
Regencia por medio de la publicación fracaso. Hubo incluso sectores de la
de dos obras: Lo catalanisme, del repu­ burguesía que hubiesen preferido una
blicano federal Valentí Almirall, publi­ cesión directa de aquellas islas al Go­
cada en 1886, y La tradició catalana, bierno de los Estados Unidos, con tal
del sacerdote Josep Torras y Bagés, de haber mantenido, a cambio, aque­
aparecida en 1892. llos mercados seguros.
La creación en 1882 del Centre Ca- Las secuelas del 98 originaron un
talá y, sobre todo, la presentación en cambio de fuerzas políticas y de rela­
1885 del Memorial de greuges, como ciones con Madrid. En esa coyuntura
un manifiesto de agravios en defensa nace la Lliga Regionalista de Catalun­
de los intereses morales y materiales de ya que, tras su primera victoria electo-
8 / LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII
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Cánovas, Sagasta, Castelar, Pi y Margall Restauración había contribuido a ese


y otros políticos de la Restauración proceso de profesionalización que se va
en la publicidad de un cava de 1888 consolidando precisamente en los años
de la Regencia, donde es excepcional el
viejo recurso militar al pronuncia­
miento. El protagonizado por el briga­
ral, en mayo de 1901, sería el principal dier Villacampa en 1886, detrás del
interlocutor del catalanismo con los cual se encontraba la conspiración re­
Gobiernos de Madrid durante el reina­ publicana urdida desde Francia por el
do de Alfonso XIII. incansable Ruiz Zorrilla, fue un fraca­
so completo.
Quizá por esos años la tentación en
El problema militar el Ejército no fuera tanto la del pro­
nunciamiento como la del caudillaje,
En un debate parlamentario sobre el sobre todo si tenemos en cuenta el
proyecto de ley de reforma del Ejército, obligado alejamiento de muchas de sus
precisaba don José Canalejas, el 1 de figuras más prestigiosas en los escena­
marzo de 1888, las deficiencias más se­ rios coloniales de Cuba, Puerto Rico o
ñaladas que sufría el Ejército: mate­ Filipinas, dirigiendo las operaciones de
rial escaso y anticuado, deficiente esta­ una guerra cruel y gobernando, distan­
do de la organización militar y bajo tes del Gobierno de Madrid, en esas
nivel cultural. No eran todos, aunque circunstancias. La tentación rondó a
eran los más importantes. Estaba tam­ Martínez Campos, cuyo nombre apare­
bién, por ejemplo, la mala situación ció en varias publicaciones seguido del
económica de los profesionales del calificativo de primer caudillo de nues­
Ejército. Tiempo hace —escribía Gal- tro Ejército, tras sus éxitos en Cuba, o
dós— que una de las cuestiones que a Jovellar, o a Polavieja, capitán gene­
más preocupa y más puede influir en ral de Filipinas en 1896.
la moral del Ejército es la grave situa­ El caso de Polavieja, el general
ción económica en la que han caído cristiano, fue paradigmático. Su re­
gran número de oficiales, presas de la greso a España del mando en Filipi­
usura y de los prestamistas menos es­ nas estuvo rodeado de manifestacio­
crupulosos. nes que le aclamaban como el
El cambio de mentalidad en el Ejér­ salvador de la patria y de la raza. El
cito había sido apreciable. La política periódico El movimiento católico titu­
militar de los primeros Gobiernos de la laba El es hoy la esperanza de Espa-
LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII / 9
La cuestión social Izquierda, centro
y derecha:
generales Weyler, 1
¿ÜSÉ».
Un país de predominio rural, con
una incipiente industrialización’__ con- Polavieja y
centrada en dos regiones con caracte­ Cassola, tres de
res específicos —Cataluña y el País los militares más
Vasco— y muy heterogéneamente dis­ influyentes de la
persa y poco representativa en el resto época (grabados
del territorio nacional; con un escaso de La Ilustración V\
espíritu capitalista, en el sentido mo- Española y
derno, y una conciencia obrera no mu­ Americana) \
cho más desarrollada, más proclive LIS
siempre a las soluciones utópicas e in­ mi
mediatas del pensamiento ácrata que
a la acción sindical o a la labor de par­
tido.
La gran transformación, tanto de la
mentalidad capitalista como de la acti­
vidad sindical y de la acción obrerista,
vendría con la incidencia de la Prime­
m
ra Guerra Mundial en España, al me­
nos cuantitativamente. Pero ya los
años de la Regencia presenciaron hitos í#
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sustanciales. V

Despierta en los niveles oficiales la .


conciencia de que existía una cuestión
social, la creación de la Comisión de ni
Reformas Sociales en 1883 fue uno de
aquellos hitos. Un año después la
Agrupación Socialista madrileña pre­ m ¡ii'/
sentaba a la Comisión el informe re­
dactado por Jaime Vera, en uno de cu­
yos capítulos se decía: Nos hemos
*
retrasado en la evolución económica;
entramos tarde y mal armados en la í
guerra civil de la competencia y sólo
llevamos como remedio contra los de­
sastres que nos amenazan la deficien­
cia y los vicios de nuestra educación
técnica y social, la incapacidad noforia
de nuestra burguesía y la supina igno­
rancia de nuestros gobernantes, más o
menos habilidosos en la intriga políti-
ca. 4

En los próximos años, esa conciencia


y esa militancia obrera se extienden
por España. En 1888 se crea, a escala
nacional, el Partido Socialista, cuyo
germen había estado en 1879 en aquel correspondería al priríier tercio del si­
grupo madrileño que en una taberna glo XX. Entonces el protagonismo de la
de la calle de Tetuán fundara el Parti­ lucha obrera correspondía aún a las
do Democrático Socialista Obrero Es­ soluciones ácratas, especialmente a
pañol. Ese mismo año 1888 nace la aquellas que tenían en el uso de la vio­
central sindical socialista, la Unión lencia el remedio más seguro para aca­
General de Trabajadores. Dos años an­ bar con aquella sociedad corrompida y
tes había aparecido el periódico .57 So­ llegar al ideal de un mundo de hom­
cialista, muy en la línea del socialismo bres libres, sin Dios, sin patria y sin
guesdista francés. patrón.
Pero serían fechas de un fenómeno Los años de la Regencia sufrieron el
social y político cuya mayor presencia frecuente uso de esa violencia purifica-
LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII /11
si el presidente McKinley es amigo mío, pronto a qué intereses o presiones res­
debería estar dispuesto a hacer algo pondía.
por su parte. Consumado el desastre, sus conse­
La sibilina respuesta del embajador cuencias salpicarían a todos los res­
no dejaría muchas esperanzas. La re­ ponsables y a todas las instituciones
tórica amistad del presidente se supo de la vida nacional.

La etapa constitucional
Carlos Seco Serrano
De la Real Academia de la Historia

A 1 despuntar el año 1902, el rey blema en el encapotado horizonte del


ZA niño Alfonso XIII escribió, en la país se hace presente a la conciencia
JL JLprimera página del cuaderno del rey: la postración generalizada traí­
diario que acababan de regalarle sus da por la derrota de Ultramar; el pro­
hermanas, la siguiente reflexión —es­ blema social; el mal estado de las fuer­
bozo de programa de lo que podría ser zas armadas y, en especial, de la
su reinado, ya inminente: escuadra; los incipientes chispazos de
En este año me encargaré de las un regionalismo secesionista —la ban­
riendas del Estado, acto de suma tras­ dera ultrajada—; la corrupción de la
cendencia tal y como están las cosas, Administración local.
porque de mí depende si ha de quedar En superar este cuadro de tensiones
en España la Monarquía borbónica o o de definiciones consiste la tarea de
la República. Porque yo me encuentro un monarca que se llene de gloria rege­
al país quebrantado por pasadas gue­ nerando la patria: su fracaso será la
rras, que anhela por un alguien que le alternativa —la oportunidad— de la
saque de esta situación: la reforma so­ República; ya desde ahora, Alfonso
cial en favor de las clases necesitadas: XIII pone por encima de la Monarquía
el Ejército con una organización atra­ la suerte del país. Pero quizá sea lo
sada a los adelantos modernos; la Ma­ más significativo de todo el texto la fe
rina sin barcos; la bandera ultrajada; que denota en su propio entusiasmo,
los gobernadores y alcaldes que no cuyo reverso es una esencial descon­
cumplen las leyes, etc. En fin, todos los fianza hacia la clase política: la de la
servicios desorganizados y mal atendi­ oligarquía y el caciquismo denuncia­
dos. Yo puedo ser un Rey que se llene dos por Costa.
de gloria regenerando la patria, cuyo
nombre pase a la Historia como recuer­
do imperecedero de su reinado: pero Las perspectivas políticas al
también puedo ser un Rey que no go­ comienzo del reinado
bierne, que sea gobernado por sus mi­
nistros, y, por fin, puesto en la frontera La proclamación de la mayoría de
(...) Yo espero reinar en España como edad de Alfonso XIII tuvo efecto en los
rey justo. Espero al mismo tiempo po­ momentos en que estaba sobre el tape­
der regenerar a la patria, y hacerla, si te, en la política nacional, el cambio de
no poderosa, al menos buscada, o sea, jefatura en los partidos del turno. Cá­
que la busquen como aliada. Si Dios novas había muerto asesinado, en vís­
quiere, para bien de España... peras del desastre (1897). Sagasta mo­
Impresiona en este texto el claro pro­ riría en el mismo año 1902.
nóstico de don Alfonso: la perduración La sustitución de los dos grandes je­
de la Monarquía dependerá de la capa­ fes debía atenerse a la realidad señala­
cidad del régimen para llevar a cabo la da por Jesús Pabón en su análisis de
necesaria regeneración de la patria. las consecuencias del 98: El intento de
Todo cuanto se manifiesta como pro­ gobernar ya sólo será posible para los
LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII /13
muerte de Sagasta (1902) abrió una
pugna entre los que fueran hasta en­
tonces sus lugartenientes inmediatos:
Moret y Montero Ríos. Ya viejos, uno y
otro habían quedado marcados por el
98: Moret fracaso en sus reformas de
Ultramar; Montero Ríos fue —fatali­
dad que no pudo eludir— el negociador
de la Paz de París.
En la convención liberal, que tuvo
efecto para decidir la nueva jefatura
del partido, ninguno de los dos obtuvo
mayoría absoluta. En el horizonte se
diseñaba ya, como futuro líder, José
Canalejas. Pero por lo pronto, éste
hubo de aguardar a que los dos pro­
hombres, ya muy desacreditados, aca­
basen de desgastarse en el poder.
Entretanto, si Maura había trazado
el cauce regenerador de la derecha
conservadora —conservadora, pero
eminentemente liberal—, Canalejas,
por su parte, acertó a definir las posi­
bilidades —y las condiciones— de la
Monarquía democrática, única posible
en el siglo recién inaugurado: De lo
que se trata —escribió— es de naciona­
lizar la Monarquía, esto es, de lograr
que fuera de la Monarquía no quede
ninguna energía útil. La afirmación de
Procedente del partido liberal —a que el Rey ha de ser demócrata es una
través del regeneracionismo avant la consecuencia inmediata del principio
lettre de Gamazo—. Maura se distan­ de la nacionalización de la Monar­
ciaba esencialmente de esta raíz políti­ quía... Casi todas las Monarquías de
ca en dos aspectos de su programa. Ca­ Europa se fundan en la revolución, y
tólico convencido, entendía como nunca estuvieron más seguras.
superado el problema de las relaciones Más aún: Canalejas acertó a subra­
Iglesia-Estado, una de las obsesiones yar la necesidad de integrar en la Res­
del conglomerado ideológico sagastino. tauración las nuevas corrientes ideoló­
Mallorquín de nacimiento —proceden­ gicas procedentes del socialismo: El
te de la periferia peninsular—, consi­ socialismo fio es sólo una doctrina, un
deraba imprescindible una reforma sistema, un procedimiento, sino todo
descentralizadora, puesto que centra­ eso y mucho más; es una civilización.
lismo y corrupción caciquil se identifi­ Sustraerse a ella y no ir preparando
caban en su pensamiento. jurídicamente las soluciones necesa­
De hecho, tanto su concepción del rias, sería traer el rayo de la revolución
Estado como su visión política, y la social que en una forma u otra, o por la
exigencia ética de sus ideas —el empe­ fuerza o por el derecho, ha de consu­
ño de autenticidad—, le aproximaban marse.
al programa, al criterio y a las convic­ Pero ese Estado fundamentado en la
ciones de Silvela; de aquí que en los co­ democracia debía, por lo demás, afir­
mienzos del reinado de Alfonso XIII la mar su esfera propia frente a las per-
coincidencia se trocase en identifica­ vivencias del viejo ultramontanismo.
ción. Cuando Silvela formó su segundo Definir, en plena dignidad para am­
Gobierno, Maura ocupó en él la cartera bos, los ámbitos de la Iglesia y del Es­
de Gobernación. Y cuando Silvela deci­ tado, fue siempre preocupación esen­
dió abandonar la vida pública (1904), cial de Canalelas.
señaló como su sucesor, al frente del Siendo éste el instrumental político
partido conservador, al advenedizo con que el viejo tumismo se aprestaba,
Maura. hacia 1902, a un remozamiento desde
En el otro partido del turno, la sus cauces, mediante la renovación de
LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII /15
jefaturas y programas, cabe seguir el verde de nuevo...) responde a esta dia­
despliegue del reinado de Alfonso XIII léctica interna del partido y no —como
a través de dos ensayos regeneracio- se dijo con malicia aludiendo a las crisis
nistas: el primero se intenta —fun­ orientales— a la perturbadora interfe­
damentalmente— mediante la expe­ rencia, animada por un ansia de poder
/ riencia maurista y la experiencia del joven Alfonso XIII.
canalejista, desde la ortodoxia del sis­ En cualquier caso, de la pugna Sil-
tema Cánovas; el segundo tiene lugar vela-Villaverde se derivaría no sólo la
dentro de la continuidad monárquica, derrota del segundo sino el aparta­
pero ya al margen de aquél, a través miento del primero, ganado por el de­
de la dictadura de Primo de Rivera. sánimo y por un indudable declinar vi­
Los veintiún años que separan la tal —moriría muy poco después—. De
mayoría de edad de Alfonso XIII (17 de aquí su afán —verdadero testamento
mayo de 1902) del golpe de Estado del político— de promocional' a Antonio l
marqués de Estella (11 de septiembre Maura, convertido por su propia
de 1923) pueden seguirse a través de voluntad en su sucesor al frente del
cuatro tramos, de duración muy apro­ partido conservador, pese a tener éste
ximada —entre cinco y seis años cada un delfín unánimemente aceptado:
uno—, y que, a su vez, quedan enmar­ Eduardo Dato —quien, por lo demás,
cados por las cuatro crisis que, sucesi­ se esforzó magnánimemente en secun­
vamente, contribuyeron a liquidar las dar los deseos de su jefe y amigo, Sil-
líneas maestras del edificio canovista: vela, facilitando la consagración de
desde la afirmación de la supremacía Maura—.
civil hasta el consenso político en el Sin embargo, la mayoría parlamen­
Pacto de El Pardo. taria seguía muy dividida: en su pri­
En esas etapas, y en esas crisis, la mer Gobierno (1904). Maura sólo tuvo
actuación del rey responde siempre a tiempo de proponer y explanar su gran
la preocupación de evitar un retomo a programa de la revolución desde el po­
las confrontaciones internas, que, a lo der, que habría de aguardar a otro tur­
largo del siglo anterior, habían sido no conservador —a otras Cortes más
causa esencial del estancamiento y re­ compactas— para intentar abrirse ca­
troceso del país en el concierto de las mino.
potencias europeas. El turno liberal (1905-1907), inicia­
do por Montero Ríos, presenció la pri­
mera de las grandes crisis a que antes
Militarismo frente a civilismo aludíamos: una peligrosa iniciativa del
estamento militar para responder al
La primera etapa, que corre de 1902 reto de las provocaciones catalanistas,
a 1907, contempla un turno conserva­ culminantes en las páginas de los pe­
dor (1902-1905) y un turno liberal riódicos La Veu y Cu-cut.
(1905-1907). A lo largo de esa osci­ El Ejército que emerge del desastre
lación política —según la pauta marca­ ultramarino vive, en estos comienzos
da por el Pacto de El Pardo— se define de siglo, una doble desazón interna: la
el problema ya aludido, de las jefatu­
ras de uno y otro partido.
que en sus elementos conscientes y
responsables suscita la realidad de sus
1
En el conservador, dividido en prin­ grandes defectos de estructura —la i
cipio entre los criterios contrapuestos desproporción entre los mandos y las
de Silvela y de Fernández Villaverde tropas a sus órdenes, la redención a
—empeñado el primero en un progra­ metálico, las deficiencias técnicas y de
ma regeneracionista de gran alcance, equipamiento—, sus presuntos fallos
como el fracasado, en parte, de su pri­ en la acción; la guerra de Cuba no ha­
mer Gobierno, y atenido el segundo a bía sido una guerra perdida en tierra;
una preocupación única y obsesiva por el Desastre fue consecuencia del enor­
el equilibrio presupuestario, esto es, me desnivel entre la escuadra españo­
por la salvación de su obra hacendísti­ la y la norteamericana. A esta zozobra
ca—, acabaría por quedar en minoría interior se sumó el espectáculo de las
Fernández Villaverde frente a Francis­ campañas regionalistas —con estri­
co Silvela, reforzado ahora con la ad­ dencias que apuntaban a una secesión
hesión de Antonio Maura. efectiva— y que trasladaban al suelo
La sucesión de Gobiernos conserva­ peninsular el problema vivido en Ul­
dores (Silvela, Villaverde, Maura, Villa- tramar.
16 / LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII
tribunales militares —y del Código Mi­
litar— los delitos contra el Ejército y
contra la Patria.
Montero Ríos no se avino a llevar su
debilidad inicial hasta el acomodo a tal
exigencia; Moret le sustituyó en el po­
der, para ratificar una ley que, en últi­
mo término, condicionaba la democra­
cia teórica reinstaurada por Sagasta
en 1890, y suponía un primer retroceso
del poder civil frente al poder militar.
Por lo demás, la réplica de la sociedad
catalana se tradujo en una integración
de diversos frentes políticos margina­
les al turno pacífico, pero importantes
i
en Cataluña, en la llamada Solidari­
dad Catalana, cuya clave vertebradora
fue la Lliga Regionalista, primera ex­
presión política del catalanismo, cuyos
líderes eran Prat de la Riba —su pre­
sidente— y Francisco Cambó, su líder
en crecida, que pronto haría acto de
presencia en el Parlamento nacional.

La crisis del Pacto de El Pardo


El segundo tramo —de los cuatro a
que antes aludíamos— lo cubre, du­
rante cinco años, la alternativa conser­
vadora-liberal en sus nuevos jefes in­
discutibles: Maura (1907-1909) y
Canalejas (1910-1912, tras un inter­
medio a cargo de Moret).
El llamado Gobierno largo o gran
Gobierno de Maura —casi un trienio,
de enero de 1907 a finales de octubre
de 1909— despliega el agotador es­
fuerzo del político mallorquín para ha­
cer efectivo su famoso programa de la
revolución desde arriba mediante la
discusión —tan prolongada que no lle­
Alfonso XHI gó a teminarse en tres legislaturas—
con uniforme de húsar (por Sorolla) de la Ley de Bases de Régimen Local,
concebida como una minuciosa descen­
tralización administrativa, y denomi­
La ruptura de la disciplina por par­ nada por el propio Maura ley de des­
te de los oficiales de la guarnición de cuaje del caciquismo.
Barcelona, que se tomaron por su Aunque en realidad distaba mucho
cuenta el castigo de las campañas de de un esquema autonomista (no inci­
prensa de que se sentían víctimas, pro­ día de hecho en la descentralización
cediendo corporativamente a la des­ política), sirvió de plataforma de en­
trucción de las imprentas en que se cuentro y entendimiento entre Maura
imprimían La Veu y el Cu-cut implicó y Cambó, llegado a las Cortes con los
un grave deterioro del civilismo, que votos obtenidos por Solidaridad Cata­
era una de las claves de la Restaura­ lana, y que se aplicó a mejorar las ofer­
ción, sobre todo cuando el estamento tas del maurismo desde una perspecti­
militar, de forma generalizada y ha­ va más ambiciosa.
ciéndose eco de lo ocurrido en Barcelo­ El entendimiento Maura-Cambó re­
na, reclamó una Ley de Jurisdicciones, fleja la vinculación de uno y otro al ci­
que implica poner bajo el control de los clo revolucionario liberal-burgués
LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII /17
to reside en el hecho de que, ejerciendo La iniciativa de Canalejas se hizo
la presidencia del Gobierno, no tuvo notar también a escala internacional
nunca una mayoría clara dentro del con su decidida interposición a las pre­
conglomerado liberal, ya dividido en tensiones francesas de ocupar unilate­
torno al problema de la jefatura del ralmente Marruecos. Pero la fijación
partido; pero se afirmó como su líder del Protectorado —a dos vertientes,
indiscutible a través de una labor de francesa y española— sólo sería ratifi­
estadista que apunta a la democratiza­ cada tras la muerte de Canalejas: un
ción política y a una afirmación de las ácrata solitario asesinó al gran políti­
prerrogativas del Estado en el equili­ co, en la Puerta del Sol madrileña, en
brio de los distintos sectores sociales. noviembre de 1912.
La cuestión batallona durante el
bienio canalejista fue la de las relacio­
nes con la Iglesia —la necesidad de su­
jetar las Ordenes y asociaciones reli­
giosas a la legislación civil; la de
afirmar la presencia del Estado en la
administración eclesiástica—. La fa­
mosa ley del candado vetó el estableci­
miento de nuevas casas religiosas en
España hasta tanto no se aprobase
una ley de asociaciones o una solución
concordada que cubriese los flancos
mal definidos por el Concordato de
1851.
Pero si este tema creó verdaderas
tensiones entre conservadores (tradi-
cionalistas) y liberales demócratas, en
otros aspectos Canalejas se esforzó por
restaurar el Pacto de El Pardo y la ar­
monía del turno pacífico. Recogió de la
ley de bases de Maura el articulado
que posibilitaba la creación de manco­
munidades, como cauce de una cierta
descentralización administrativa a es­
cala regional; procuró limar las aspe­
rezas que dejó tras de sí la ferrerada,
en el debate parlamentario sobre la re­
presión durante la Semana Trágica, y
tendió al mismo tiempo una mano a
las organizaciones obreras, estable­
ciendo decididamente el arbitraje del
Estado en los conflictos sociales, y su­ La crisis de los partidos
primiendo —en la estructura del Ejér­
cito— el sistema de liberación a metá­ El quinquenio siguiente (1913-1918)
lico: el servicio militar se democratizó, presenció la crisis de los partidos di­
con una reserva relativa (el llamado násticos. Maura había sido el proscrito
soldado de cuota, que gozaba de cier­ de 1909; muerto Canalejas —y muy
tas ventajas, pero que no dejaba de ser poco después Moret— se volvió a plan­
soldado, y debía acudir a la guerra en tear el problema de la jefatura liberal
el caso de que ésta se plantease). en un forcejeo entre García Prieto y
En cambio, Canalejas no logró nun­ Romanones, del que saldría la división
ca contar con el apoyo o la benevolen­ del partido en dos facciones.
cia del PSOE —por primera vez pre­ En cuanto a los conservadores, la
sente en las Cortes de 1910, en la exigencia de Maura ante el rey —que
persona de Pablo Iglesias—, y hubo de éste replantease la política seguida
enfrentarse con el rebasaraiento de las desde 1909 mediante la organización
huelgas de alcance político, promovi­ de un liberalismo idóneo para alternar
das por la recién fundada CNT (Confe­ en el poder con los conservadores se­
deración Nacional del Trabajo), de sig- gún el roto Pacto de El Pardo— daría
I nificación anarquista. lugar a una escisión interna del parti-
LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII /19
i
i >:

Retrato ecuestre de Alfonso XIII, 1915 donaría de agosto. Esta gran conmo­
(por Francisco Pons Arnau) ción sodal tuvo salpicaduras peligro­
sas en Cataluña y en el País Vasco;
apenas pasó de un conato en Madrid.
subversión, a través de la llamada Pero algo quedó muy claro durante el
asamblea de parlamentarios, que, reu­ proceso huelguístico: el desplazamien­
nida sediciosamente en Barcelona, re­ to del poder efectivo desde el ámbito
clamó una reunión de Cortes Constitu­ civil del Gobierno a las salas de bande­
yentes. ras.
Superados relativamente ambos Su forzada claudicación ante las
conflictos —el militar y el político— Juntas Militares había permitido a
por el segundo Gobierno Dato, hubo de Dato contar con el Ejército para cortar
enfrentarse éste con el más grave, que de raíz el movimiento revolucionario de
desencadenaron socialistas y sindica­ socialistas y ácratas, a partir de ese
listas —bajo el estímulo republicano— momento, el verdadero árbitro de la
a través de la huelga general revolu- situación iba a ser el estamento armado
LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII / 21
nual y sobre todo, el famoso expediente tabilidad creada por las tensiones polí­
Picasso —que trataba de fijar las res- tico-sociales apelando a Maura y Cam­
ponsabilidades contraídas en aquel bó —que se hicieron a un lado— en el
sangriento revés. momento decisivo de 1922. Y aceptó —
Cuando el Bloque de Izquierdas — pero no urdió— la dictadura militar,
presidido por García Prieto, pero inspi­ haciéndose eco de un clamor generali­
rado sobre todo por Melquíades Alvarez zado, cuando parecía definitivamente
y por Santiago Alba— alcanzó el poder obstruido el libre juego de los partidos
en 1922, sus medidas claudicantes con —reducidos a banderías— y evidentes
respecto a Abd-el Krim y el clima de las insuficiencias de una Constitución
indisciplina que no supo eludir en los doctrinaria, en pugna con la democra­
cuarteles fueron el último empuje para cia teórica de 1890.
que los que no dejaban gobernar diesen Alfonso XIII, un regeneracionista en el
el paso decisivo en un camino iniciado trono, creyó siempre que el bien posible
en 1906 (Ley de Jurisdicciones) y cul­ del país estaba por encima de la Consti-
minante desde 1917 (Juntas de
Defensa). El 11 de septiembre de 1923,
el capitán general de Barcelona, Miguel
Primo de Rivera, marqués de Estella,
respaldado por el gobernador militar de
Zaragoza, Sanjurjo, daba el golpe mili­
tar que iba a poner punto final a la tra­
dición parlamentaria canovista.
A lo largo de todo ese complejo pro­
ceso político-social, ¿qué carácter tuvo
el ejercicio del poder moderador por
Alfonso XIII? En otro lugar subrayé su
empeño constante en cubrir las distan­
cias, cada vez mayores, entre la evolu­
ción interna de la sociedad española y
las soluciones políticas previstas por el
llamado sistema Cánovas.
Salvó, mediante la difícil solución de
dos crisis —la de 1905, que dio paso al
Gobierno Moret tras el tropiezo de
Montero Ríos en torno al problema
catalán, y la de 1909, que liquidó el
Gobierno Maura—, una repetida ame­
naza de escisión social que en el primer
caso estuvo a punto de desembocar en
una dictadura militar, y en el segundo
hubiera obligado a Maura a gobernar tución de 1876 tanto como por encima de
dictatorialmente frente a media España la propia Corona; y de esta convicción
y más de media Europa. Sostuvo hasta daría prueba decisiva escogiendo noble­
el final, por encima de todas las desa­ mente el exilio en 1931, cuando la reali­
sistencias, al político de más talla de dad social se expresó inequívoca en
todo el reinado: el demócrata Canale­ unas elecciones que rompían por pri­
jas. mera vez el juego de ficciones denun­
Frente a la intransigencia de Maura, ciado por Costa treinta años atrás.
hubo de aceptar la solución Dato —polí­ Erró, sin duda, en alguna de las de­
tico que compensaba con su sensibili­ cisiones trascendentales de su reinado
dad para los problemas sociales la y, sobre todo, en haber sostenido de­
ausencia de teatral brillantez—. Con­ masiado tiempo al dictador. Un rey
trarrestando —en los límites impuestos puede equivocarse —declararía en su
por el orden constitucional— la frag­ manifiesto de abril de 1931— y sin
mentación de los partidos dinásticos, duda erré yo alguna vez; pero sé bien
abrió puede decirse que impuso, un que nuestra patria se mostró en todo
cauce de solidaridad constructiva a tra­ tiempo generosa ante las culpas sin
vés del Gobierno de concentración de malicia. ¿Ha llegado la hora de que
193.8. esa convicción del monarca sea, histó­
Trató de salvar desde arriba la ines- ricamente, una realidad?
LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII / 23
La dictadura
Genoveva García y Queipo de Llano
Pi'ofesora de Historia Contemporánea. UNED

V ^ n el juicio histórico que se emita marión política del país en la persona


W sobre Alfonso XIII siempre habrá del monarca.
JL-J de jugar un papel decisivo la in­
terpretación que se haga acerca de la f
actitud del monarca durante la dicta­ El rey y el golpe de Estado
dura de Primo de Rivera.
Fue el régimen inaugurado el 13 de Gran parte de las consecuencias que
septiembre de 1923 el que sustituyó la para Alfonso XIII tuvo el régimen dic­
monarquía liberal, tradicional en la tatorial se remontaría al momento
Restauración, por un sistema autorita­ mismo del golpe de Estado en contra
rio peculiar, que nunca fue fascista y del Gobierno de concentración liberal.
siempre mantuvo un tono regeneracio- En la fase final de la Monarquía le fue
nista. Pero, sobre todo, el régimen de reprochado al rey el haber procurado
Primo de Rivera tuvo como consecuen­ animar un golpe de Estado dictatorial,
cia que una parte muy considerable de el intentarlo él mismo o el no enfren­
la clase política de los partidos del tur­ tarse a él.
no mostrara un desvío con respecto a Desaparecida la dictadura, sus con­
la persona del monarca. secuencias peores no fueron para los
Hasta entonces los políticos solían propios partidarios de la misma que
mostrar sus reticencias con respecto a evolucionaron hacia fórmulas autorita­
la persona del rey, pero no por ello rias, que resultaban más relevantes
amenazaban con pasarse a las filas de para los que las practicaban en lo que
la República. Más bien sucedió hasta tenían de oposición al liberalismo que
1923 todo lo contrario porque, en vez en lo que tenían de monárquicas. El
de crecer los republicanos, tendieron a rey, en cambio, que no siguió una evo­
estancarse incluso en una situación de lución en este mismo sentido, sufrió
retroceso. En cambio, la dictadura de ante la opinión pública severas críticas
Primo de Rivera creó un abismo entre por haberse identificado supuestamen­
la clase política de los partidos del tur­ te con el régimen dictatorial, facilitan­
no y el rey; por supuesto, la mayoría do su advenimiento. Todavía hay his­
de aquélla no optó por el republicanis­ toriadores que defienden esta tesis,
mo, pero proliferaron las actitudes de que, sin embargo, en modo alguno está
crítica profunda al monarca, colocán­ probada y de la que puede decirse que
dose en una especie de actitud inter­ hay muchos argumentos convincentes
media entre el monarquismo y el repu­ en su contra.
s blicanismo, que dejaron luego inerme El primero de ellos estriba en que la
al sistema político vigente en 1930 y acusación en contra del rey por su su­
1931. puesta colaboración en el advenimien­
La opinión pública urbana evolucio­ to del régimen dictatorial resulta rigu­
nó también en un sentido manifiesta­ rosamente anacrónica. Tal acusación
mente contrario al rey. Finalmente, nació en los círculos de la oposición du­
siendo los intelectuales la expresión rante el régimen primorriverista pero
más significativa de la oposición políti­ aun así, ni siquiera pretendió ser pro­
ca en contra del régimen, Alfonso XIII bada fehacientemente. Unamuno no
hubo de convertirse en destinatario de pudo (ni intentó) probar que el rey hu­
sus odios. Por supuesto, no había sido biera hecho todo lo posible por liquidar
así hasta este momento: baste con re­ el sistema liberal: simplemente se li­
cordar que en 1922 Unamuno había vi­ mitó a condenar al monarca, mezclan­
sitado al rey en una ocasión que resul­ do su figura con el clericalismo y el mi­
tó de enorme repercusión; por su litarismo.
parte, Ortega y Gasset, más de una El único argumento a favor de una
vez puso sus esperanzas de transfor- supuesta actitud conspiratoria del rey
24 / LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII
Alfonso XIII
en uniforme de gala
de almirante (por Sotomayor,
Museo Naval de Madrid)

parte o bien de la presunción de


que el rey debía colaborar o del
documento publicado por Ga­
briel Maura en el que se da una
respuesta a una cierta actitud
del monarca tendente a un gol­
pe de Estado. Ahora bien, este
mismo documento apareció im­
preso en 1930. La acusación
contra el rey no tuvo lugar en el
momento mismo de producirse
el golpe de Estado. Precisamen­
te lo que aconteció fue todo lo
contrario: el rey se apresuró a
declarar que él no había tenido
nada que ver con el golpe de Es­
tado en un momento en que éste
era enormemente popular.
En los diarios aparecían de­
claraciones de la mayor parte de
los dirigentes políticos del siste­
ma del tumo y se mostraban fa­
vorables a un golpe de Estado
que lo que había hecho era mar­
ginarlos del poder, pero, aun
así, el monarca no se identificó
con el origen del golpe. No hay
que pensar, tampoco, en que sus
declaraciones públicas no tuvie­
ran nada que ver con las priva­
das: sucede exactamente lo con­
trario, porque a los embajadores
de las principales potencias el
rey los llamó para declararles
que él no tema nada que ver con
lo acontecido. Mientras tanto,
Primo de Rivera declaraba a
quienes querían oírle que bien
sabía él que el golpe de Estado
había procedido de su propio y
radical impulso y no de la perso­
na del monarca.
¿Qué había sucedido en reali­
dad? Es cierto que el rey se ha­
bía expresado en 1921 en un
sentido claramente contrario a
la situación política existente,
criticando la inestabilidad gu­
bernamental y la carencia de só­
lidos propósitos nacionales en la
clase política. Sin embargo,
debe tenerse en cuenta que esto
era habitualmente admitido en
la época.
Llama la atención que la de-

LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII / 25


claración del rey no sólo no fuera
acompañada de protestas, sino que in­
cluso movió a algunos de los dirigentes
políticos a proclamar su identidad con
el punto de vista del monarca; uno de
ellos fue, precisamente, Antonio Mau­
ra, que en 1923 desaconsejaría una
forma dictatorial al monarca.
Este, en los últimos momentos del
régimen liberal, estaba lógicamente
muy preocupado por la evolución de la
política nacional. Es evidente que in­
tervenía en la política nacional infini­
tamente más de lo que sería pensable
en un monarca democrático, pero, si El rey en los días de la dictadura:
era así, la razón reside en que, en rea­ arriba, despachando con
lidad, la Constitución española se lo Miguel Primo de Rivera y, derecha, pasando
permitía, porque en ella el poder legis­ revista a las tropas, seguido de dos generales
lativo residía en las Cortes con el rey,
pero sobre todo en el hecho de que la
debilidad del sistema liberal en Espa­ ésta evolucionó luego en un sentido
ña era enorme, viciado como estaba más duradero y con una cierta insti-
por el caciquismo y toda suerte de tucionalización.
adulteraciones de la voluntad popular. Pero, además, el hecho de que el mo­
Al parecer, lo que el rey hizo en es­ narca pensara en esta fórmula (con lo
tos meses inmediatamente preceden­ que por supuesto, era todo menos ori­
tes al golpe fue, sobre todo, tratar de ginal, puesto que muchos otros tam­
mantener la cohesión en el equipo de bién lo hacían) no quiere decir que ésa
la concentración liberal, en el que las fuera la idea que se llevara a la prácti­
crisis eran frecuentísimas. No siempre ca, ni menos aún, que él fuera quien lo
lo logró y, con el paso del tiempo, fue hiciera.
centrando su preocupación en su con­ Antonio Maura se enteró de los pro­
dición de monarca militar. pósitos del monarca gracias a una con­
Durante toda la Restauración, el versación ocasional de éste con uno de
monarca reinante jugó un papel im­ sus hijos, quien, al mismo tiempo, le
portantísimo en lo que respecta a la informó de que los propósitos del
relación entre el mundo político oficial monarca tampoco parecían tan firmes
y el militar. El rey, en este sentido, se ni decididos. En alguno pudo influir,
convirtió en una especie de portavoz de también, la postura opuesta del político
las quejas del estamento militar, que conservador. En definitiva no existe la
se irritaba (y no sin razón) por las menor prueba de que verdaderamente
constantes dudas de los políticos res­ el rey prosiguiera la preparación de un
pecto a Marruecos, mientras no se le tipo de golpe como el que había pen­
proporcionaban los elementos milita­ sado. Lo que parece es que a partir de
res suficientes, para actuar. un determinado momento, como por
La combinación de estos dos factores otra parte resultaba inevitable dado el
tuvo como consecuencia que por la hecho de que la conspiración tenía
mente del rey rondara la eventualidad lugar prácticamente a plena luz, hubo
de asumir poderes extraordinarios. elementos que participaban en ella que
Fue esto lo que motivó la consulta es­ dieron cuenta de su posición al
crita de Antonio Maura. Lo que pensó monarca.
Alfonso XIII fue un régimen de dura­ Esto no aumenta la supuesta culpa­
ción temporal muy limitada, en que él bilidad de Alfonso XIII, sino que testi­
ejercería el poder con los altos cargos monia que él, precisamente, no era el
militares y que luego quedaría someti­ inspirador del golpe.
do a un juicio electoral. El momento decisivo del golpe de
En realidad, se trataba, por tanto, Estado fue cuando éste no había triun­
de un prototipo de dictadura regenera- fado y el movimiento ya se había ini­
cionista y liberal como la que muchos ciado. Los militares pedían a Alfonso
intelectuales creyeron ver en el golpe XIII que reconociera la que ya conside­
de Estado de Primo de Rivera, aunque raban como su absoluta victoria.
26 / LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII
En cuanto a la actitud del Gobierno no puede dudarse que acertó, al me­
de la concentración liberal, era exac­ nos en lo que respecta a la concordan­
tamente la contraria. No hubo la me­ cia con la opinión pública. No podía
nor reacción efectiva que permitiera ocultársele que se jugaba mucho en su
el restablecimiento del poder civil, decisión, pero al optar por Primo de
pese a algún gesto en este sentido. In­ Rivera fue, inicialmente, sostenido por
cluso el ministro de mayor peso en el la opinión pública en un grado mucho
seno del Gabinete, Santiago Alba, di­ mayor que en alguna otra ocasión,
mitió y lo hizo no ante el presidente como, por ejemplo, la muy controverti­
del Consejo, sino ante el rey, posición da de 1909, cuando Maura se enfren­
esta que, en estrictos términos, era taba con una campaña de opinión,
anticonstitucional. El resto del Gabi­ pero tenía, al menos, a su favor a la
nete pretendió apoyarse en el rey
para conseguir la sumisión de los su­
blevados.
Para Alfonso XIII, este tipo de situa­
ción era algo ya conocido de manera
suficiente. No era la primera, ni sería
la última ocasión, en que fuerzas con­
trapuestas le exigían que reconociera
su predominio mientras que no estaba
claro a cuál de ellas le correspondía la
fuerza efectiva. En el fondo, las polé­
micas entre los partidos del turno se
reducían a ello. Lo grave del caso es
que, más que en ninguna situación an­
terior, era imposible saber hasta qué
punto tenían no la razón pero sí fuerza
los militares o los civiles. mayor parte de la España autoritaria
Como no le había quedado más re­ y católica.
medio que hacer en ocasiones anterio­
res, Alfonso XIII debió tantear, por
procedimientos que dependían mucho El rey durante la dictadura
más de su instinto que de factores ob­
jetivos, quién era el triunfador de he­ Alfonso XIII inició, en el momento
cho al que él había de reconocer como de reconocer como vencedor a Primo de
tal. No le resultó difícil comprobar que Rivera, una experiencia que era nueva
los mandos militares eran en su casi para él. Hasta entonces había influido
absoluta totalidad partidarios de Pri­ en la política española, porque así se lo
mo de Rivera, y que la actitud del Go­ permitía la Constitución y porque,
bierno consistía, sobre todo, en espe­ además, a ello le empujaba la debili­
rarlo todo de si mismo o componer un dad del sistema político vigente; había
gesto de supuesta resistencia. campos como era el de la política exte­
Pero debió jugar también un papel rior o el de la política militar, en los
decisivo en su toma de postura el he­ que consideraba que debía ser espe­
cho de que a partir de un determina­ cialmente consultado.
do momento, en vista de la irresolu­ Lo hacía, sin embargo, en un marco
ción en que se encontraba su caso, el de pluralidad de grupos políticos a
general Primo de Rivera anunciase quienes les correspondía la responsa­
que estaba dispuesto no sólo a en­ bilidad principal de las decisiones.
frentarse con los gobernantes libera­ Ahora, la situación era nueva porque
les, sino también contra el rey, en el en una dictadura el resto de los grupos
caso de que éste se opusiera al golpe. políticos era excluido del poder y por­
De ello no cabe la menor duda por­ que podía parecer que la actitud del
que, recientemente, se ha encontrado monarca se identificaba con la del dic­
testimonio documental de ello. De ahí tador. Este, además, tenía un poder
la decisión real: no hizo sino recono­ extraordinario que podía incluso llegar
cer a un vencedor que ya había, de a enfrentarse con el del monarca, en el
hecho, logrado el triunfo de sus pro­ peor de los casos, con las lógicas conse­
pósitos. cuencias para la política del país. En
Al adoptar esta actitud el monarca, última instancia, la crisis de la Monar-
LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII / 27
quía fue consecuencia de la peculiari­ de la Restauración se basaba en la
dad de esta situación. desmovilización política, de tal manera
Da la sensación de que el rey y Pri­ que, para los dirigentes de los partidos
mo de Rivera se conocieron el uno al del turno, el recurso a ella resultaba
otro en sus defectos y en sus virtudes. casi revolucionario. En cuanto a los
El examen de la correspondencia di­ militares, debe tenerse en cuenta que
plomática demuestra, sin lugar a du­ no era lo mismo dar un golpe de Esta­
das, que la política exterior la llevaron do incruento contra un régimen liberal
a cabo ambos en colaboración estrecha. en plena descomposición como el que
No puede decirse que difirieran en había en España en 1923, que hacerlo
nada fundamental respecto a ella, sino contra otros militares que estaban ro­
muy circunstancialmente. deados del prestigio de la popularidad,
Sin embargo, las diferencias mayo­ que no habían perdido, y que, además,
res entre ambos se produjeron en el te­ obtenían éxitos apreciables.
rreno de la política interior. En ella, el Hasta 1926 lo cierto es que la dicta­
monarca, que conocía el patriotismo dura no tuvo apenas oposición. Si aca­
pero también la incertidumbre de Pri­ so, ésta ha de situarse más que en los
mo de Rivera, sabía que arriesgaba políticos de la anterior situación o en
mucho, sobre todo en lo que respecta a los militares, en los intelectuales. Lo
la fidelidad hacia su persona y hacia el que es preciso recalcar es que este tipo
sistema político de la Restauración de de oposición no se revolvió solo contra
las antiguas clases políticas del mis­ la dictadura, sino especialmente en
mo. Por su parte, hay pruebas de que contra del rey, desde una fecha muy
Primo de Rivera pensó repetidamente temprana.
que el rey intervenía en exceso en la Unamuno, desde el exilio, se convir­
política interna. tió en un opositor casi personal del rey
En realidad, por tanto, los proble­ y de Primo de Rivera, pero a este últi­
mas entre el dictador y el rey no se mo lo veía como una especie de mario­
plantearon hasta el momento en que el neta del primero. Blasco Ibáñez redac­
primero decidió llegar a una cierta ins­ tó un panfleto contra el monarca que si
titucionalización del régimen. Hasta la deterioró su imagen más allá de los Pi­
altura de 1925 esta posibilidad no se rineos, también lo hizo en la Penínsu­
planteó, por el simple hecho de que la, puesto que aquí Primo de Rivera
Primo de Rivera estaba demasiado organizó un desagravio que inevitable­
preocupado por la situación en Ma­ mente ligó la figura del rey y el régi­
rruecos. Además, la propia actitud de men dictatorial. A medida que fue pa­
los partidos políticos del turno tampo­ sando el tiempo las filas de la
co era tan taxativa en contra del pro­ oposición fueron nutriéndose de inte­
pio monarca: en este sentido, la visita lectuales más contrarios al monarca
de Romanones y de Melquíades Alva- que al dictador.
rez para pedir al rey la reapertura de De todas las maneras, la oposición
las Cortes, tan sólo unos meses des­ fue virtualmente inexistente, al menos
pués del golpe, debe interpretarse, so­ en cuanto a su real efectividad, hasta
bre todo, como un gesto. 1926. Esta fecha es decisiva, porque a
Hasta 1927 no se produjo una rup­ partir de ella Primo de Rivera intentó
tura calificable de definitiva entre la la institucionalización de su régimen,
clase política y el monarca. La primera cuestión en la que fracasó rotunda­
se limitaba a multiplicar sus gestos de mente, alcanzando este fracaso a la
oposición al régimen, como por ejemplo propia persona del monarca.
homenajeando a los representantes de Se atribuye a Primo de Rivera la
la tradición liberal con ocasión o sin frase de que a él no lo borboneaba
ella o procurando empujar a los milita­ nadie, es decir, que él no era uno de
res hacia una intervención en la políti­ esos personajillos de la política del
ca en sentido contrario a Primo de Ri­ turno del que el rey fuera capaz de
vera. Sin embargo, la efectividad de librarse con facilidad. Entendido así, el
esta acción política estaba condenada juicio del dictador tenía fundamento.
a ser mínima. La opinión pública, en la En un sistema dictatorial, al rey le
medida en que existiera, continuaba cabía tomar iniciativas parciales en
siendo totalmente contraria a la vieja terrenos concretos pero era mucho
política, que además no podía recurrir menos pensable que las tuviera res­
a ella por otro motivo: la vida política pecto a la propia supervivencia del
28 / LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII
régimen y sobre todo en relación con el militares para que le ratificaran sus
mismo régimen dictatorial. poderes. Ya en esta decisión se demos­
La verdad es que a Primo de Rivera traba su estado de tensión con el
no lo borboneó nadie a no ser que se monarca, que se enteró de su consulta a
entienda que se borboneó a sí mismo. las autoridades militares a posteriori.
No fue el rey sino su propia indecisión y
su carencia de capacidad para imaginar
una salida al régimen dictatorial las La crisis de la Monarquía
que explican que abandonara el poder.
En este sentido es muy ilustrativo lo La caída de la dictadura abrió un
sucedido con su proyecto constitucional. período crítico en la historia española
Este, elaborado por un conjunto de per­ cuya dificultad nacía, precisamente, de
sonas muy diferentes en cuanto a proce­ lo problemático de un tránsito en paz
dencia y en cuanto a pensamiento acabó desde un régimen dictatorial a otro de
por ser algo muy distinto de lo que el constitucionalismo liberal. Para Alfon­
dictador había imaginado: establecía so XIII la situación era especialmente
una especie de autoritarismo real (en grave porque a estas alturas no podía
cuya configuración no parece, sin dudar de que se estuviera jugando el
embargo, que influyera el monarca) que trono. Por supuesto, no cabe excluir
difería de los propósitos dictatoriales, que cometiera errores, pero su actua­
en el caso de que estos realmente exis­ ción, para ser entendida, debe ser en­
tieran y tuvieran alguna firmeza. marcada en el conjunto de circunstan­

Inauguración de la Exposición Iberoamericana cias que el país vivía por entonces,


de Sevilla, 1929. Aparte de la familia real especialmente graves desde el punto
son reconocibles los generales Primo de Rivera, de vista político y a las que no cabía
a la izquierda, en el primer escalón, dar fácil solución.
y Dámaso Berenguer, Como siempre, resulta muy sencillo
tras el sillón del rey (Alfonso Grosso, culpar a una actuación personal de las
Colección Marquesa de Nervión) tensiones de una sociedad en trance de
modernización. Hay que tener en
cuenta que el momento vivido por el rey
Rechazado este proyecto por el dicta­ era especialmente grave desde el punto
dor mismo, el rey no hizo en los meses de vista personal: había muerto su
finales de la dictadura sino cerrar el madre, buena consejera en el pasado, y
paso a determinadas actitudes que se había hecho patente el problema de
resultaban especialmente incongruen­ su sucesión por la inviabilidad de sus
tes. Pero no hubo de empujar, en abso­ dos primeros hijos, debido a la enferme­
luto, a Primo de Rivera para que aban­ dad. Es muy posible que el monarca
donara el poder. Fue el mismo Primo de hubiera pensado, a estas alturas, en la
Rivera el que se autodescalificó como abdicación, de resultar ésta viable.
dictador al apelar a los altos cargos Pero no lo era y, en consecuencia, debió
LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII / 29
intentar la reconstrucción del sistema tros que eran profesionales de la polí­
político de la Restauración. tica de la etapa anterior y que carecían
En parte, tal reconstrucción era un de capacidad para enfrentarse con una
problema de reanudación de relaciones remodelación a fondo de la política
personales interrumpidas o deteriora­ nacional. Una parte considerable de la
das como consecuencia del régimen labor del Gobierno Berenguer consistió,
dictatorial. En la Restauración la rela­ simplemente, en el desmantelamiento
ción personal jugaba un papel decisivo de lo hecho por la dictadura: el grave
en la política, desde la más pequeña inconveniente político de hacerlo era
entidad de población hasta la cúspide que deterioraba la imagen pública del
del sistema político. período político anterior sin que, al
Los vínculos entre el monarca y los mismo tiempo, permitiera apreciar un
miembros de los partidos conservador programa por parte del Gabinete
y liberal no se habían roto de forma Berenguer.
absoluta, como se demuestra por el he­ A esa incertidumbre programática
cho de que apenas habían aparecido del Gobierno de Berenguer hay que
nuevos republicanos a la altura de añadir, sobre todo, la estrictamente
1930. Se puede decir que Alfonso XIII política. Berenguer tenía una idea muy
hizo todo lo posible por restablecer esa simple del proceso de retorno del sis­
relación personal, no escatimando es­ tema constitucional, consistente en la
fuerzos para lograrla. Sin embargo, en convocatoria de elecciones previa la
el momento era necesario no sólo res­ recuperación de las libertades. Ahora
tablecer estos vínculos personales, sino bien, no tenía en cuenta que la situa­
también imaginar una modificación ción precedente al golpe de Estado de
profunda de la vida política nacional, septiembre de 1923 no era únicamente
ya sentida como irremediable, aunque de libertades, sino también de caci­
fuera para los políticos escasamente quismo. En consecuencia, apoyado en
apremiante. los elementos más conservadores de la
El rey, que no escatimó esfuerzos política del turno, Berenguer restable­
para conseguir reintroducir en la polí­ ció las libertades, pero dio también la
tica constitucional y liberal a quienes se sensación de encaminar al país a una
habían marginado de ella como conse­ situación idéntica a aquella que había
cuencia de la dictadura, no era el encar­ provocado precisamente el golpe de
gado de tomar la iniciativa en este otro Estado de Primo de Rivera.
terreno. La tragedia para la Monarquía Si esos fueron los defectos de la tarea
fue que quienes estuvieron dispuestos a emprendida por Berenguer, respecto al
desempeñar las posiciones políticas cla­ almirante Aznar ni siquiera cabe seña­
ves en este momento dentro del régi­ lar sus errores por el simple hecho de
men constitucional no supieron darse que no le dio tiempo a demostrar que
cuenta de esta realidad: hubo, ademas, tenía, verdaderamente, un programa
otros que no pudieron o no quisieron político. La afirmación de que procedía
asumir esta responsabilidad. geográficamente de Cartagena pero
Entre quienes no supieron darse políticamente de la luna parece correcta.
cuenta de la necesidad de una trans­ No era más que un recurso para cubrir
formación en profundidad de la políti­ la presidencia de un Gobierno en el que
ca interna española figura, en primer existía una heterogeneidad considerable
lugar, el general Berenguer. Era, indu­ y en el que se necesitaba una personali­
dablemente, un liberal y había estado dad neutra a su frente.
en contra del régimen dictatorial desde El rey fue el único autor de la deci­
el mismo momento de su iniciación. sión de nombrar a Berenguer, pero, pro­
Pero era también un palatino, y el mis­ bablemente, no tuvo nada que ver en el
mo hecho de que ocupara tan impor­ nombramiento de Aznar. La solución
tante puesto como presidente del Con­ Berenguer era obligada en el momento
sejo de Ministros constituía la de la caída de la dictadura. Cabe, sin
demostración de las dificultades con embargo, preguntarse si el monarca,
las que se encontraba el régimen en su inmediatamente después de iniciado el
fase final. tránsito hacia la normalidad, no
Lo peor fue, sin embargo que su con­ hubiera podido apoyarse para él en
dición de militar le alejaba de plantea­ otros políticos diferentes de los que
mientos políticos en sentido estricto y estuvieron presentes en el Gobierno. La
que se rodeó de un conjunto de minis- respuesta es positiva, pero esos políticos
30 / LA ESPAÑA DE ALFONSO XIII
Exilio y muerte Alfonso XIH en Marsella
el 19 de abril de 1931
El exilio de Alfonso XIII estaría
definido en todo momento por cir­
cunstancias de carácter negativo,
tanto en el plano familiar como en
el económico. El ex monarca recha­
zará durante diez años la idea de
renunciar a sus derechos dinásticos.
Y hasta 1936 mantendrá viva la es­
peranza de restaurar en España la
monarquía oligárquica y no demo­
crática que él había personificado.
Durante la República apoyará a
la conservadora y católica CEDA,
por considerarla afín a sus plantea­ esperanzas se verán frustradas al
mientos ideológicos. Pero con ello se comprobar la voluntad de Franco de
ganará la inquina de los sectores conservar en su mano el poder. En
monárquicos más reaccionarios, que enero de 1941, considerando el en­
acabarán encontrando en la figura frentamiento abierto entre militares
del infante don Juan —entonces y falangistas, decide renunciar al
marcadamente antiliberal— el can­ trono para facilitar el retomo de la
didato idóneo para efectuar la res­ monarquía a España. Pero nada se
tauración. resolvería según lo esperado, y el ex
Ante la guerra civil Alfonso XIII rey muere poco tiempo después —el
se mostrará abiertamente partida­ 28 de febrero— en su residencia de
rio del bando sublevado, pero sus un hotel de Roma.

fueron los que no pudieron —Cambó— puede pedir a un monarca de una épo­
o no quisieron —Santiago Alba y Sán­ ca democrática.
chez Guerra— hacerse cargo de las La caída de la Monarquía, en última
riendas del poder en estos momentos. instancia, no fue producto de que su
Alfonso XIII, al final de la dictadu­ actuación fuera más o menos correcta,
ra, no cerró el paso a ninguna de estas sino sobre todo de un procedimiento de
soluciones. Por supuesto, cometió erro­ modernización del país que la identifi­
res y algunos graves. No puede, sin có (quizá más por culpa de sus políti­
embargo, hacerse un juicio de su per­ cos que de él mismo) con la resistencia
sona fundamentado en criterios ana­ al cambio. Pero esto no dependía pri­
crónicos que exigirían de él lo que se mordialmente del rey.

vertebrada, Madrid, Espasa-Calpe, 1980. Tu-


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