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Politica Integral de Apuntes 2020 facultad de ciencias sociales

Teoria Politica 2 (Moderna)

Tinkunaco La Bisagra

Tinkunaco.labisagra
UNIVERSIDAD NACIONAL DE CÓRDOBA
FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES
Ciclo común: Ciencia Política y Sociología
Teoría Política II

Dictado: segundo año, primer semestre.


Carga horaria: 96hs.
Docentes:
Prof. Adjunto Sebastián Torres.
Prof. Asistente Guillermo Vázquez.

PRESENTACIÓN

La asignatura Teoría política II comprende el amplio y diverso desarrollo del pensamiento


político moderno, que se despliega entre los siglos XVI y XIX. Una presentación y análisis de este
período obliga a una selección de obras y escritos en los cuales se instituye un lenguaje político y
social que, en gran media, se encuentra presente hasta nuestros días. Su alcance, sentidos y
tensiones se encuentra determinado por significativos acontecimientos: el resquebrajamiento de
las formas tradicionales de gobierno y dominación, las guerras religiosas y la secularización de las
instituciones políticas, la revolución francesa y las independencias americanas, el surgimiento de
la sociedad civil, el colonialismo y el imperialismo, la revolución industrial y comercial, las
guerras en la constitución del estado-nación, donde sujetos e instituciones son el lugar de
vertiginosos cambios que van transformando las relaciones sociales y política.
No pretendemos presentar un imposible -y no necesariamente productivo- compendio histórico
del pensamiento político moderno, que reproduzca una historia lineal y progresiva de las ideas
políticas, sino invitar a una lectura atenta, a partir de la cual podamos interrogar nuestros problemas
y horizontes políticos, argentinos y latinoamericanos, de acuerdo a una compleja temporalidad,
donde temas y conceptos son desplazados y repuestos según los diagnósticos que han dominado
el campo político contemporáneo. Los rastros de nuestro lenguaje político y el acervo presente en
las diversas apuestas teóricas que constituyen la experiencia moderna, recuperadas desde una
perspectiva crítica, nos permiten ampliar el horizonte de las preguntas y las posibles vías a partir
de las cuales interrogar nuestro presente.
Nuestra propuesta no se funda solo en las posibilidades siempre abiertas de la interpretación de
los textos “clásicos” y de las renovadas querellas de las interpretaciones, que nos muestras el
carácter para nada estático de estas piezas del pasado. También se apoya en las maneras en que la
modernidad latinoamericana, con sus temporalidades múltiples y superpuestas, así como por sus
particulares coyunturas, nos permite abordar “lo moderno” desde otras perspectivas, sin reproducir
un tiempo lineal, homogéneo y acumulativo (a partir del cual se han medido los “avances” y
“retardos” de nuestro sur-continente).

1
Por estos motivos, en la metodología de trabajo hemos optado por una lectura selectiva de las
fuentes, que permita acceder a las formas retóricas y argumentativas de los textos históricos, así
como a las diferencias conceptuales de un nuevo lenguaje para pensar la política. En el contacto
con los textos de otras épocas, además de las ideas que definirán la centralidad de algunos autores,
podremos reconocer una serie de transformaciones que involucran los diferentes modos de
escritura y la constitución de un nuevo público de lectores, en donde se pone en juego y
complejizan los diferentes modos de entender la teoría y los actores políticos. Así como también,
reconocer, problematizar y potenciar nuestro lugar de lectores, según nuestros interrogantes y
nuestros criterios, para actualizar o distanciarnos de las categorías, matrices y perspectivas de la
modernidad histórica.

OBJETIVOS

- Introducirnos en el lenguaje y los conceptos de la modernidad política, a partir de su vinculación


con el marco histórico y los acontecimientos de la época.
- Promover un abordaje comprensivo y crítico de la teoría política, atendiendo a los modos en que
se plantean los problemas, los recursos que se utilizan, los vínculos con la práctica política y los
horizontes políticos que proponen.
- Reconocer en estos desarrollos teóricos los conceptos y problemas desde las actuales discusiones
de la política contemporánea, en especial, latinoamericana, e incentivar una apropiación crítica e
imaginativa de la modernidad política.
- Desarrolla las habilidades de lecto-comprensión y escritura, tanto individual como grupal, a partir
de diferentes estrategias de trabajo con los contenidos de la asignatura.

UNIDADES Y BIBLIOGRAFÍA POR UNIDAD (*)

Unidad I: Introducción.
El fin de la comunidad clásica y cristiana. Nicolás Maquiavelo (1469-1527): la aparición del
concepto de poder.
Las categorías de la modernidad política y social: Individuo, sociedad, Estado. Derecho natural,
legalidad y legitimidad. Libertad, igualdad, propiedad. Voluntad, contrato y obligación. Razón,
pasión, interés. Nación, clase, raza, género. Guerra, paz y comercio. Orden y Revolución. Religión
y secularización. Ciudadanía, pueblo y soberanía. Saber y Poder. Naturaleza e historia.

Unidad II: Iusnaturalismo y contractualismo en las tradiciones política.


El nacimiento de una ciencia política. Una nueva antropología. Estado de naturaleza y contrato.
La soberanía y sus límites. Estado y sociedad. Las configuraciones de las “tradiciones” políticas:
absolutismo, liberalismo, republicanismo y democracia. Thomas Hobbes (1588-1679):
absolutismo y liberalismo. John Locke (1632-1704): liberalismo y republicanismo. J-J. Rousseau
(1712-1778): republicanismo y absolutismo. Spinoza (1632-1677) y la anomalía democrática
moderna.
2
* -Leviatán, Fondo de Cultura Económica, México, 1992[Introducción, caps. XIII; XIV; XVI;
XVII y XVIII].
* Locke, Segundo tratado sobre el gobierno civil, Universidad Nacional de Quilmes, Buenos
Aires, 2005 [caps. 1 a 5 y 12 a 19].
* Rousseau, El contrato social, Altaya, Barcelona, 1997 [Libro I; Libro II, cap. 1 a 3; Libro IV,
cap. 1].
* Spinoza, Tratado político, Madrid, Alianza, 1986 [caps. I a V].

Unidad III: El tiempo de la revolución.


Libertad, Igualdad, Fraternidad. Legitimación y limitación de la soberanía. Soberanía popular y
representación.
- Lenguaje, fundamento y teoría en las Declaraciones de los Derechos del hombre y el ciudadano.
Individuo, pueblo y Estado en las declaraciones de 1789 y 1793.
* Declaraciones: Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano de 1789 y 1793; Bill of
Rigths de 1791 [varias ediciones on-line].
- Actores y espectadores: Condorcet (1743-1794), Robespierre (1758-1794), Kant (1724-1804).
*Condorcet, “Sobre el sentido de la palabra revolucionario”, El ojo mocho, Buenos Aires, 2006.
* Robespierre, “Caracteres y legitimidad de un gobierno revolucionario”, en Robespierre. La
razón del pueblo, Eudeba, BsAs., 2003.
*Kant, I., “Si el género humano se halla en progreso constante hacia mejor”, en Filosofía de la
historia, F.C.E., México, 1979.

III.1: La revolución en la revolución.


¿Quién es el sujeto de los derechos? Los bordes internos y externos de la igualdad. El
universalismo desbordado y la clausura revolucionaria.
La Declaraciones de los derechos de la mujer y la ciudadana (1791) de Olympe de Gouges (1748-
1793) y la igualdad extendida. La Vindicación de los derechos de la mujer (1792) de Mary
Wollstonecraft (1759-1797) y las libertades extendidas. La revolución haitiana: F.D. Toussaint-
Louverture (1743-1803), los derechos de los negros y el problema del colonialismo.
* Olympe de Gouges, Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana de [varias ediciones
on-line].
* Mary Wollstonecraft, Vindicación de los derechos de la mujer [varias ediciones on-line;
selección].
* Toussaint-Louverture, La revolución haitiana, editado por J-B Aristide, Akal, Madrid, 2013
[selección].

Unidad IV: La revolución después de la revolución


El pensamiento pos-revolucionario: freno, orden, acontecimiento y expansión. Sociedad civil, libre
comercio y Estado. La matriz política en el origen de las ciencias sociales. Formas de la filosofía
de la historia.

3
- Benjamin Constant (1767-1830): individuo, ciudadano, burgués. Libertad política y libre
comercio. La paz y el progreso. Filosofía de la historia I.
- G.W.F. Hegel (1770-1831): De las contradicciones de la sociedad civil a la teoría del Estado.
Libertad en sí y para sí. Moralidad y eticidad. Mediación y universalidad. Filosofía de la historia
II.
- Alexis de Tocqueville (1805-1859): Individualismo y nueva tiranía. Igualdad democrática,
sociedad civil y federalismo. Filosofía de la historia III.
- Carl Marx (1818-1883): Revolución política y revolución social. De la democracia al
comunismo. Dialéctica y lucha de clases. Filosofía de la historia IV.
* Constant, B., “De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos”, en Escritos
políticos, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1989 [pp. 257-285].
* -Hegel, G.W.F. Principios de la filosofía del derecho, Sudamericana, Buenos Aires 2004
[Introducción §1, 2, 3; Tercera parte, II: La sociedad civil §182, 183, 187, 188, 189, 198, 243, 244,
245, 246, 256; III: El Estado §257, 258, 259, 260, 279, 299, 323, 324]
* Tocqueville, A., La democracia en América, Fondo de Cultura Económica, México, 2005
[Introducción; Vol. II, Primera Parte, cap. II, IV, V; Tercera Parte, cap. XXI; Cuarta Parte, cap.
VI].
* Marx, K., “La cuestión judía” y “Manifiesto del Partido Comunista”, en La cuestión judía y otros
escritos, Planeta-Agostini, Barcelona 1994 [primera parte de ambos textos].

Bibliografía ampliatoria (resumida)


- Abdo Ferez, C. Crimen y sí mismo. La conformación del individuo en la temprana modernidad
occidental. Buenos Aires: Gorla, 2013.
-Aron, R., “Alexis de Tocqueville y Carl Marx”, en Ensayo sobre las libertades, Alianza, México,
1991.
-Binoche, B., Críticas de los derechos del hombre, Ediciones del Signo, Buenos Aires, 2009.
-Bobbio, N., Thomas Hobbes, Fondo de Cultura Económica, México, 1991.
-Bourgeois, B., Filosofía y derechos del hombre: desde Kant hasta Marx, Siglo del Hombre
Editores, Bogota, 2003.
-Chaui, M., Politica en Spinoza, Gorla, Buenos Aires, 2004.
- Fernández Peychaux, D. La resistencia, formas de libertad en John Locke. Buenos Aires: Prom
eteo, 2015
-Furet, F., Marx y la Revolución francesa, Fondo de Cultura Económica, México 1992.
-Hirschman, A. O. Las pasiones y los intereses: Argumentos políticos en favor del capitalismo
antes de su triunfo. México: FCE, 1978.
- Koselleck, R. Futuro Pasado. Para una semántica de los tiempos históricos. Barcelona: Paidós,
1997.
- Koselleck, R.: Crítica y crisis del mundo burgués. Madrid: Rialp, 1965.
-Madanes, L., El árbitro arbitrario. Hobbes, Spinoza y la libertad de expresión, Eudeba, Buenos
Aires, 2001.
- Manent, P. Historia del pensamiento liberal. Buenos Aires: Emecé, 1990.
- Meinecke, F., La idea de la Razón de Estado en la edad moderna, Instituto de Estudios político,
Madrid, 1959.

4
- Maguire, J. Marx y su teoría de la política. México: Fondo de Cultura Económica, 1984
- Rinesi, E. Política y tragedia: Hamlet, entre Maquiavelo y Hobbes. Buenos Aires: Colihue, reed
ición en 2011.
-Sanchez-Mejia, M. L., Benjamin Constant y la construcción del liberalismo postrevolucionario,
Alianza, Madrid, 1992.
-Skinner, Q., Maquiavelo, Alianza, Madrid, 1984.
- Skinner, Q. Hobbes y la libertad republicana. Trad. Juliana Udi. Buenos Aires: Prometeo, 2010.
- Skinner, Q. El nacimiento del Estado, Gorla, Buenos Aire, 2003
- Starobinsky, J. Jean-Jacques Rousseau: la transparencia y el obstáculo. Madrid: Taurus, 1983.
- Strauss, L. Derecho natural e historia. Buenos Aires: Prometeo, 2014. Cap. sobre Hobbes.
- Tatián, D. La cautela del salvaje: Pasiones y política en Spinoza. Buenos Aires: Adriana Hidalgo,
2001.
-Trevor-Roper, H. La crisis del siglo XVII. Religión, reforma y cambio social. Buenos Aires: Katz
Editores, 2009.
- Weil, Eric. Hegel y el Estado. Córdoba: Nagelkop,1970.
-Wellmer, A., Finales de partida: la modernidad irreconciliable, Universidad de Valencia, 1996.

LINEAMIENTOS METODOLÓGICOS

1) Los días de cursado semanal se dividirán en dos clases teóricas y una clase de prácticos, y
serán orientadas por la bibliografía escogida para cada encuentro según lo establecido en el
programa. Las clases teóricas constarán de instancias de exposición, análisis crítico de los textos
y su estructura argumentativa, así como de la discusión sobre sus tópicos más relevantes. En las
clases prácticas se trabajará con los textos obligatorios y se ofrecerán recursos metodológicos de
lectura, sistematización y análisis. Se procurará la articulación entre los contenidos teóricos
expuestos por los docentes, las lecturas obligatorias y las actividades prácticas, y el sentido que
cada texto tiene en la unidad del programa a la que pertenece. Se coordinará la lectura crítica, la
discusión y el debate colectivo, y el ejercicio de la escritura basadas en materiales de registro
diverso, en ejemplos históricos concretos y en la exposición de las ideas entre los compañeros de
grupo.
En el transcurso de la asignatura, en los días de clases de prácticos no evaluables, se prevé la
realización de actividades con materiales anexos (films, literatura, imágenes, etc.) que posibiliten
la integración de los contenidos de las unidades y ofrezcan espacios de debate.
Se prevé la incorporación de un horario extra a convenir al inicio de las clases para que,
conjuntamente con los docentes de la cátedra, los ayudantes y adscriptos, colaboren en la
realización de talleres de lectura, tutorías y horarios de consulta.
El aula virtual funcionará como canal de información y consulta de los y las estudiantes,
contendrá el programa y el cronograma previsto, así como las posibles modificaciones que puedan
darse en el transcurso de cursado. También servirá para que los alumnos dispongan virtualmente
de la bibliografía obligatoria (y secundaria, según la disposición del material en PDF).

EVALUACIÓN y CONDICIÓN

5
Las diferentes instancias evaluativas durante el dictado de la asignatura, parciales y prácticos,
comparten el objetivo general de relevar el nivel de comprensión de los temas desarrollados,
contribuir a afianzar la lecto-comprensión y la escritura, y desarrollar herramientas individuales y
grupales de trabajo.
La condición de los alumnos será de regularidad, promoción y libre. La materia se aprueba con
un coloquio final, exceptuando la condición de promoción directa cuya calificación final será el
promedio de las notas de los dos parciales. La materia realizará dos evaluaciones parciales y tres
trabajos prácticos evaluados. Se podrá recuperar una evaluación parcial y un trabajo práctico,
incorporándose las fechas especiales para inscriptos en el régimen de estudiantes trabajadores y
con familiares a cargo.
La condición de los alumnos será alcanzada según los siguientes requisitos:
- Regulares: aprobación de por lo menos un Trabajos Prácticos Evaluables con calificación de
4 (cuatro) y aprobación de los dos Exámenes Parciales con nota mínima de 4 (cuatro). La materia
se aprueba en coloquio oral o escrito en los turnos de examen.
- Promoción: aprobación de por lo menos un Trabajos Prácticos Evaluables con calificación de
7 (siete) y aprobación de ambos Exámenes Parciales con nota promedio de 7 (siete) no pudiendo
obtener uno nota menor a 6 (seis). La materia se aprueba con una breve monografía final con nota
mínima de 7 (siete).
- Promoción directa: aprobación de por lo menos un Trabajos Prácticos Evaluables con
calificación de 8 (ocho) y aprobación de Exámenes Parciales con nota mínima de 8 (ocho). La nota
final será el promedio de las notas obtenidas en los parciales.

CRONOGRAMA (tentativo)
Mes 1 (marzo-abril): Unidades I y II
Mes 2 (mayo): Unidad III
Mes 3 (junio): Unidad IV.

6
UNIDAD
1

13
Sección: Clásicos Spinoza:
Tratado político

Traducción, introducción, índice analítico


y notas de Atilano Domínguez

El Libro de Bolsillo
Alianza Editorial
Madrid
76 Tratado político Capítulo I [Del método] 4

especie de introducción a dicha obra; el segundo trata


del derecho natural; el tercero, del derecho de las su-
premas potestades; el cuarto, determina qué asuntos polí-
ticos dependen del gobierno de las potestades supremas;
el quinto, cuál es el fin que la sociedad puede considerar
como último y supremo, y el sexto, de qué forma debe
ser organizado el Estado monárquico para que n o se des-
lice hacia la tiranía. Actualmente, estoy dedicado al ca-
pítulo séptimo, en el que demuestro de forma metódica
todos los miembros del precedente capítulo sexto, relati-
vos al orden de una monarquía bien organizada. Después
pasaré al Estado aristocrático y al popular y, por fin, a
las leyes y a otras cuestiones particulares concernientes
a la política. Y sin más, que siga usted bien, etc.

Está claro cuál era el plan del autor; pero, impedido


por la enfermedad y arrebatado por la muerte, tan sólo
pudo ejecutarlo hasta el final de la aristocracia, como
comprobará el mismo lector. § 1. Los filósofos conciben los afectos 5, cuyos con-
flictos soportamos, como vicios en los que caen los hom-
bres por su culpa. Por eso suelen reírse o quejarse de
4
En este capítulo introductorio y metodológico, Spinoza se
sitúa, explícitamente, a medio camino entre la utopía de Moro
y las trampas de Maquiavelo. Y más lejos, creemos nosotros, del
racionalismo de Hobbes (Leviatán, núm. 182, p. 117 y cap. XX,
pp. 298-9) que del realismo pragmático de Aristóteles (Et. Nic.,
I, 3); cfr. pp. 273/26-274/2.

identifica afecto con pasión, sino que divide el primero (affectus:


E, III, def. 3) en acción y pasión (Ib. y def. 2; prop. 1, cor.;
prop. 3: actiones-passiones). Por otra parte, el afecto básico, el
deseo o cupiditas (E, III, 9, esc. ap., def. af. 1), del cual derivan
todos los demás, acciones y pasiones, es esencialmente activo: «cu-
piditas est ipsa uniuscuiusque essentia seu natura, quatenus ex
data quacumque eius constitutione determinata concipitur ad ali-
quid agendum» (E, III, prop. 56, dem.; cfr. 56-9 y V, 4, esc.).
En el presente tratado, Spinoza emplea 34 veces el término
affectus y sólo una passiones. Creemos, pues, que se debe man-
tener la ambigüedad del término afecto. Tanto más cuanto que,
de los 78 u 80 sentimientos que describe la Etica (lista en
núm. 6, pp. 1563-6), se mencionan aquí unos 44 y algunos indu-
77
78 Capítulo I Del método 79

ellos, criticarlos o (quienes q u i e r e n aparecer m á s santos) § 2. L o s políticos, p o r el c o n t r a r i o , se cree q u e se


detestarlos. Y así, creen hacer u n a o b r a divina y alcan- dedican a t e n d e r t r a m p a s a los h o m b r e s , m á s q u e a ayu-
zar la c u m b r e de la s a b i d u r í a , c u a n d o h a n a p r e n d i d o a darles, y se juzga q u e son m á s bien hábiles q u e sabios.
alabar, de diversas f o r m a s , u n a n a t u r a l e z a h u m a n a q u e E f e c t i v a m e n t e , la experiencia les ha e n s e ñ a d o q u e h a b r á
n o existe en p a r t e alguna y a v i t u p e r a r con sus dichos
vicios m i e n t r a s haya h o m b r e s 9 . Se e s f u e r z a n , p u e s , en
la q u e r e a l m e n t e existe 6 . E n e f e c t o , conciben a los h o m -
prevenir la malicia h u m a n a m e d i a n t e recursos, cuya efi-
bres n o c o m o son, sino c o m o ellos quisieren q u e f u e r a n .
cacia ha d e m o s t r a d o u n a larga experiencia y q u e los h o m -
D e ahí q u e , las más de las veces, h a y a n escrito u n a sátira,
bres s u e l e n e m p l e a r , c u a n d o son guiados p o r el m i e d o
en vez de u n a ética y q u e n o h a y a n i d e a d o j a m á s u n a
política q u e p u e d a llevarse a la práctica, sino o t r a , q u e más q u e p o r la razón. C o n ello, sin e m b a r g o , parecen
o debería ser considerada c o m o u n a q u i m e r a o sólo po- o p o n e r s e a la religión y, s o b r e t o d o , a los teólogos, ya
dría ser i n s t a u r a d a en el país de U t o p í a o en el siglo q u e éstos creen q u e las s u p r e m a s p o t e s t a d e s 10 d e b e n
d o r a d o de los p o e t a s , es decir, allí d o n d e n o hacía f a l t a a d m i n i s t r a r los a s u n t o s públicos según las m i s m a s reglas
alguna 7 . E n consecuencia, c o m o se cree q u e , e n t r e t o d a s de la p i e d a d 11, q u e los p a r t i c u l a r e s d e b e n o b s e r v a r . P e s e
las ciencias q u e se d e s t i n a n al u s o , la teoría política es a ello, n o c a b e d u d a q u e esos políticos h a n escrito sobre
la más alejada de su práctica, se considera q u e n a d i e es los t e m a s políticos con m u c h o más acierto q u e los filó-
m e n o s i d ó n e o p a r a g o b e r n a r el E s t a d o 8 q u e los teóricos s o f o s ; ya q u e , c o m o t o m a r o n la experiencia p o r m a e s t r a ,
o filósofos. no e n s e ñ a r o n nada q u e se a p a r t a r a de la práctica.

dablemente activos. He aquí la lista: aemulatio, ambitio, amor,


audatia, avaritia, aversio, benevolentia, commiseratio, consterna- Agustín: De civitate Dei, XIX, 21, también le da el sen-
tio, contemptus, crudelitas, cupiditas, desiderium, dolor, ebrietas, lulo de Estado organizado (TP, VIII, 3, p. 324); cfr. Rousseau,
favor, fortitudo, gaudium, gloria, honestas, honor, humilitas, in- Contrat social (núm. 188), I, 6, p. 523a; II, 6, p. 530b y nota.
dignatio, invidia, ira, laetitia, laus, libido, luxuria, metus, mise- 9
Texto tomado de Tácito, Historias, IV, 80, 2; cfr. Ep. 29
ricordia, odium, pietas, securitas, spes, superbia, timor, tristitia, (de H. Oldenburg), pp. 165/13 ss.
vindicta y vituperium. En otro sentido: P. F. Moreau (núm. 11), 10
Al igual que en T. teológico-politico (ver Indice analítico
p. 187. de nuestra traducción en núm. 177), Spinoza se refiere, también
6
Con varias de estas expresiones (vicio, culpa, santos...), Spi- nquí, al poder estatal o poder supremo con la expresión «sum-
noza parece aludir y criticar la idea cristiana de que el desorden mae potestates» o «summa potestas»; ver nota 1.
de las pasiones es consecuencia del pecado original: cfr. II, 6 v 11
18-21; S. Agustín, Be civitate Dei, XIV, 2 ss. y 10; Sto. Tomás, Tanto Gebhardt (núm. 9) y Moreau (núm. 11), como Francés
Theologiae, I, 95, 2c. (núm. 6), a quien suele seguir Tierno Galván (núm. 3), y Appuhn
7
Spinoza alude claramente a la obra de T. Moro, que tenía (núm. 5), de quien traduce M. Calés (núm. 4), vierten la expre-
en su biblioteca, pese a que J. Freudenthal (núm. 180), pp. 279/ sión «pietatis regulae» sustituyendo el término piedad por mora-
60) sólo- cree descubrir cierto resplandor de sus ideas en el lidad. Ello se debe, según, argumenta M. Francés (núm. 6, p. 1450/
Tratado teológico-politico. Sobre «el siglo dorado de los poetas», 602, 2), a que éste sería su sentido en Etica, IV, 37, esc. Y,
cfr. I, 5, pp. 275/24 ss.; Platón, República, II, 12-3 y 17; efectivamente, todos ellos traducen así dicho pasaje; y también
Político, 270-4; Leyes, III, 678-9; IV, 713b-14a, etc. Machado (núm. 4), vol. 3 y V. Peña (núm. 186). No obstante,
8
La expresión «regendae reipublicae» podría traducirse tam- tanto en la Etica (IV, 51, esc.; ap., caps. 22 y 24; V, 41) como
bién por «administrar los asuntos públicos». Pero «regere» pa- en el T. teológico-politico (ver Indice analítico en núm. 177),
rece apuntar a una función más personal y menos material. Por el término pietas va asociado a religión, en el sentido de obe-
lo demás, aunque Spinoza defina el término en ese sentido, eti- diencia o culto interno a Dios, y lleva consigo, como en el latín
mológico (III, 1, pp. 284/20 ss.), que se remonta a Cicerón: clásico, una carga de afecto y reverencia (hacia los padres, hacia
De re publica, I, 32, 48: «rem publicam, id est rem populi»; la patria), que no recoge en absoluto el término moralidad.
81 81
Capítulo I Del método

§ 3. P o r mi parte, estoy plenamente convencido de derlas. Y por eso he contemplado los afectos humanos,
que la experiencia ha revelado todas las formas de regí- como son el amor, el odio, la ira, la envidia, la gloria,
menes 12 que se pueden concebir para que los hombres la misericordia y las demás afecciones del alma, n o como
vivan en concordia, así como los medios por los que la vicios de la naturaleza humana, sino como propiedades
multitud debe ser dirigida o mantenida dentro de ciertos que le pertenecen como el calor, el frío, la tempestad,
límites. Hasta el punto que yo n o creo que podamos el trueno y otras cosas por el estilo a la naturaleza del
excogitar algo sobre este tema, que sea compatible con aire. Pues, aunque todas estas cosas son incómodas, tam-
la experiencia o la práctica y que, sin embargo, no haya bién son necesarias y tienen causas bien determinadas,
sido ensayado y experimentado. Los hombres, en efecto, mediante las cuales intentamos comprender su naturale-
son de tal índole que les resulta imposible vivir fuera za, y el alma goza con su conocimiento verdadero lo
de todo derecho común. P o r otra parte, los derechos co- mismo que lo hace con el conocimiento de aquellas que
munes y los negocios públicos han sido organizados y son gratas a los sentidos 14.
administrados por hombres de agudísimo ingenio, astutos
o sagaces I3 . P o r eso, casi no se puede creer que podamos § 5. P o r q u e es cierto, tal como lo hemos demostrado
concebir algo, que pueda resultar útil a la sociedad en en nuestra Ética, que los hombres están necesariamente
general y que n o haya surgido alguna vez por casualidad sometidos a los afectos. Y así, por su propia constitu-
o que no lo hayan descubierto los hombres que se ocu- ción, compadecen a quienes les va mal y envidian a
pan de los asuntos públicos y velan por su propia segu- quienes les va bien; están más inclinados a la venganza
ridad. que a la misericordia; y, además, todo el m u n d o desea
que los demás vivan según su propio criterio, y que
§ 4. Así, pues, cuando me puse a estudiar la política, aprueben lo que uno aprueba y repudien lo que u n o re-
no me propuse exponer algo nuevo o inaudito, sino de- pudia. D e donde resulta que, como todos desean ser los
mostrar de forma segura e indubitable o deducir de la primeros, llegan a enfrentarse y se esfuerzan cuanto pue-
misma condición de la naturaleza humana sólo aquellas den por oprimirse unos a otros; y el que sale victorioso,
cosas que están perfectamente acordes con la práctica. se gloría más de haber perjudicado a otro que de haberse
Y, a fin de investigar todo lo relativo a esta ciencia con beneficiado él mismo 15. Y aunque todos están persuadi-
la misma libertad de espíritu con que solemos tratar los dos de que, frente a esa actitud, la religión enseña que
temas matemáticos, me he esmerado en no ridiculizar ni cada u n o ame al prójimo como a sí mismo, es decir, que
lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en enten- defienda el derecho del o t r o como el suyo propio, noso-
tros hemos demostrado que esta enseñanza ejerce escaso
12
La expresión latina «omnia civitatum genera» es traducida poder sobre los afectos. Triunfa sin duda en el artículo
por Calés (siguiendo a Appuhn) por «todas las clases de ciu-
dades»; Tierno, en cambio, se aleja aquí de Francés, pues tra-
duce por «formas de organizar una República», y no «formes 14
Sobre la asociación, en Spinoza, de la experiencia con el rigor
concevables d'organisation en nation». Sobre nuestra traducción matemático en el estudio de las pasiones: PPC, I, pp. 127 ss. = Me-
de «civitas», véase nota 54. yer; pp. 132 ss., 151 ss., 226 ss.; Etica, I, apéndice; I I I , prefacio;
13
Esta clara alusióíi al «acutissimus Machiavellus» (cfr. I, 3, IV, 35, esc.; Ep. 30, pp. 166/9 ss.
pp. 274/18 ss.; V, 7, p.p 296/32 ss.; X, 1, pp. 353/8 ss.), del 15
Spinoza resume aquí la dinámica de los sentimientos, des-
que Spinoza poseía las obras, apunta la idea de que el realismo crita en la Etica (III, 1-32 y IV, 2 ss.), y que va de la envidia
político se orienta a la seguridad. Pero hay varias formas de y la ambición a la guerra de todos contra todos (cfr. E, I I I , 31,
realismo (ver nota 4). esc.; TTP, pp. 74 ss., 189 ss.; TP, II, 14.
83 83
Capítulo I Del método

de muerte, cuando la enfermedad ha vencido incluso § 7. Finalmente, puesto que todos los hombres, sean
a los afectos y el hombre yace inerme; o en los templos, bárbaros o cultos, se unen en todas partes por costum-
donde los hombres no se relacionan unos con otros; pero bres y forman algún estado político 19, las causas y los
no en el Palacio de Justicia o en la Corte Real, donde lundamentos naturales del Estado no habrá que extraer-
sería sumamente necesaria 16. H e m o s demostrado, además, los de las enseñanzas de la razón, sino que deben ser
que la razón tiene gran poder para someter y moderar deducidos de la naturaleza o condición común de los
los afectos; pero hemos visto, a la vez, que el camino liombres. Es lo que he decidido llevar a cabo en el ca-
que enseña la razón, es extremadamente arduo 17. D e ahí pítulo siguiente.
que quienes se imaginan que se puede inducir a la mul-
titud o a aquellos que están absortos por los asuntos
públicos, a que vivan según el exclusivo mandato de la
razón, sueñan con el siglo dorado de los poetas o con
una fábula.

§ 6. Por consiguiente, un Estado 18 cuya salvación de-


pende de la buena fe de alguien y cuyos negocios sólo
son bien administrados, si quienes los dirigen, quieren
hacerlo con honradez, no será en absoluto estable. P o r
el contrario, para que pueda mantenerse, sus asuntos pú-
blicos deben estar organizados de tal modo que quienes
los administran, tanto si se guían por la razón como por
la pasión, no puedan sentirse inducidos a ser desleales
o a actuar de mala fe. Pues para la seguridad del Estado
no importa qué impulsa a los hombres a administrar bien
las cosas, con tal que sean bien administradas. E n efecto,
la libertad de espíritu o fortaleza es una virtud privada,
mientras que la virtud del Estado es la seguridad.

16
Sobre la impotencia de la religión sobre las pasiones, cfr. Eti-
ca, IV, 36-7, 73, esc.; V, 41, esc.
17
Cfr. Etica, V, 4, esc.: «si non absolute, ex parte saltem»;
42, esc.: «via... perardua».
18
Como bien indica M. Francés (núm. 6, pp. 1491/921, 1), mente, en español por estado civil; tampoco por Estado, ya que
imperium designa en esta obra (al igual que en el T. teológico- es un aspecto de éste (ver III, 1). Appuhn (núm. 5), a quien
político) el Estado como sociedad organizada y como poder nigue siempre Calés (núm. 4), traduce «statut civil»; M. Fran-
supremo. Parece comportar tres elementos: la estructura política cés (núm. 6) «société organisée», que Tierno (núm. 3) simplifica
o constitución = status civilis (ver notas 19 y 54), el conjunto en «sociedad civil», y lo mismo hace, por norma, Moreau
de individuos asociados o ciudadanos = cives y civitas (ver no- (núm. 11, p. 188). Se trata de matices. Pero creemos que el
tas 12 y 54) y los asuntos públicos = res publicae o respublica «status civilis» añade a la civitas el carácter de firmeza o segu-
(ver notas 8 y 54). Sobre todo esto véase I I I , 1. ndad estructural, es decir, la constitución política (ver nota 54).
Cap. II [Del derecho natural] Del derecho natural 85

esencia ideal es la misma después que comenzaron a exis-


tir que antes. Por consiguiente, así como de su esencia
no se puede derivar el comienzo de su existencia, tam-
poco se puede derivar la perseverancia en la misma, sino
que el mismo poder que necesitan para comenzar a exis-
tir, lo necesitan también para continuar existiendo. De
donde se sigue que el poder por el que existen y, por
tanto, actúan las cosas naturales, no es distinto del mismo
poder eterno de Dios. Pues, si fuera algún otro poder
creado, n o podría conservarse a sí mismo ni tampoco,
por tanto, a las cosas naturales,, sino que el mismo poder
que necesitaría para ser creado él mismo, lo necesitaría
también para continuar existiendo 22.

§ 3. A partir del hecho de que el poder por el que


existen y actúan las cosas naturales, es el mismísimo po-
der de Dios, comprendemos, pues, con facilidad qué es
el derecho natural. Pues, como Dios tiene derecho a t
y el derecho de Dios n o es otra cosa que su mismo po-
§ 1. E n nuestro Tratado teológico-politico hemos tra- der, considerado en cuanto absolutamente libre, se sigue
tado del derecho natural y civil, y en nuestra Etica he- que cada cosa natural tiene por naturaleza tanto derecho
mos explicado qué es el pecado, el mérito, la justicia, la como poder para existir y para actuar. Ya que el poder
injusticia y, en fin, la libertad humana 20. Pero para que por el q u e existe y actúa cada cosa natural, no es sino
quienes lean este tratado, no tengan que buscar en otros el mismo poder de Dios, el cual es absolutamente libre 23.
cuanto es imprescindible para su comprensión, he decidido § 4. Así pues, por derecho natural entiendo las mis-
explicar de nuevo aquí esos conceptos y demostrarlos mas leyes o reglas de la naturaleza conforme a las cuales
apodícticamente 21. se hacen todas las cosas, es decir, el mismo poder de la
naturaleza. D e ahí que el derecho natural de toda la na-
§ 2. Cualquier cosa natural puede ser concebida ade- turaleza y, por lo mismo, de cada individuo se extiende
cuadamente, tanto si exis,te como si no existe. D e ahí hasta donde llega su poder. Por consiguiente, todo cuanto
que, así como n o se puede deducir de la definición de hace cada hombre en virtud de las leyes de su natura-
las cosas naturales que comiencen a existir, tampoco se leza, lo hace con el máximo derecho de la naturaleza y
puede deducir que continúen existiendo, puesto que su posee tanto derecho sobre la naturaleza como goza de
20
poder 24.
Cfr. TTP, XVI, pp. 189-90; Etica, IV, 37, esc. 2; y (32).
21
En contra de lo que algunos propugnan, Spinoza tiene con- 22
Cfr. PPC, I, ax. 6 y 10; prop. 12; CM, I, 3, pp. 241 ss.;
ciencia de que las ideas de su T. político no rompen con la II,23 10, pp. 269/20 ss.; 11, pp. 274/14 ss.; E, I, prop. 24-26, etc.
doctrina de la Etica y del T. teológico-politico, sino que la com- Cfr. TTP, XVI, pp. 189/22-30; IV, pp. 57-8; VI, pp. 82/
pletan. Esto no sólo es válido, según creemos, para el estado 26 ss.
natural, sino también para el estado político. 24
Cfr. TTP, XVI, pp. 189/30 ss.
84
88 Capítulo II Del derecho natural
89

¿Es que no se esforzaba, cuanto podía, p o r conservarse podemos afirmar que p u e d e n o usar de la razón y elegir
a sí mismo, que tenía una mente sana, y su p r o p i o ser? lo malo en vez de lo b u e n o . Y p o r eso mismo t a m b i é n ,
¿Quién pudo, por otra parte, conseguir q u e el mismo Dios, que existe, entiende y o b r a con absoluta libertad,
primer hombre, que era cuerdo y dueño de su voluntad, es necesario que exista, entienda y obre por necesidad
fuera seducido y se dejara embaucar? P u e s , si t u v o la de su naturaleza. Pues n o cabe duda que Dios o b r a con
potestad de usar rectamente su razón, n o p u d o ser en- la misma libertad con que existe; y, por tanto, a
gañado, porque necesariamente se esforzó c u a n t o p u d o existe en virtud de la necesidad de su naturaleza, también
en conservar su ser y su alma sana. A h o r a b i e n , se da obra en virtud de esa misma necesidad, es decir, que
por supuesto que tuvo tal potestad. P o r t a n t o , f u e ne- obra con absoluta libertad 32.
cesario que conservara su mente sana, y no p u d o ser en-
gañado. Pero consta por su misma historia q u e esto es
§ 8. Concluimos, pues, que no está en p o t e s t a d de
falso. Por consiguiente, hay que confesar q u e el primer
cualquier h o m b r e usar siempre de la razón ni hallarse
hombre no tuvo la potestad de usar r e c t a m e n t e de la
en la cumbre de la libertad h u m a n a , y que, no obstante,
razón, sino que estuvo, como nosotros, s o m e t i d o a las
cada uno se esfuerza siempre cuanto puede en conservar
pasiones 31.
su ser. Y como cada u n o goza de tanto der
poder posee, cuanto intenta hacer y hace uno cualquiera,
§ 7. Q u e el hombre, como los demás i n d i v i d u o s , se sea sabio o ignorante, lo intenta y lo hace con el má-
esfuerce cuanto puede en conservar su ser, n a d i e lo pue- ximo derecho de la naturaleza. De donde se sigue que
de negar. Pues, si alguna diferencia cupiera concebir aquí, d derecho y la n o r m a natural, bajo la cual t o d o s los
debería derivarse de que el h o m b r e posee u n a voluntad hombres nacen y viven la mayor parte de su vida, no
libre. Ahora bien, cuanto más libre concibiéramos al hom- prohibe sino lo que nadie desea y nadie puede; no se
bre, más forzados nos veríamos a afirmar q u e es necesa- opone a las riñas, ni a los odios, ni a la ira, ni al engaño,
rio que se conserve y que sea cuerdo, como concederá ni absolutamente a nada de cuanto aconseje el apetito.
sin dificultad todo aquel que n o c o n f u n d a la libertad Nada extraño, dado que la naturaleza no está encerrada
con la contingencia. Efectivamente, la libertad es una dentro de las leyes de la razón humana, que t a n sólo
virtud o perfección; y, por tanto, cuanto s u p o n e impo- buscan la verdadera utilidad y la conservación d e los
tencia en el hombre, no puede ser atribuido a la liber- hombres, sino que se rige por infinitas otras, q u e se
tad. De ahí que n o cabe decir que el h o m b r e es libre, orientan al orden eterno de toda la naturaleza, de la que
porque puede no existir o porque p u e d e n o u s a r de la el h o m b r e es una partícula, y cuya necesidad es lo único
razón, sino tan sólo en cuanto tiene potestad d e existir que determina todos los individuos a existir y a obrar
y de obrar según las leyes de la naturaleza h u m a n a . de una f o r m a fija. P o r consiguiente, cuanto nos parece
Cuanto más libre consideramos, pues, al h o m b r e , menos ridículo, absurdo o malo en la naturaleza, se debe a que
sólo conocemos parcialmente las cosas y a que ignoramos
31 casi por completo el orden y .la coherencia de toda la
Sobre el tema de las pasiones en el cristianismo: cfr. nota 6;
sobre la interpretación que hace Spinoza de la historia del pe- naturaleza y a que queremos que todo sea dirigido tal
cado de Adán: TTP (núm. 177), pp. 37/19 ss., 61/26 ss., como ordena nuestra razón. La realidad, sin embargo,
63/12 ss., 66/1 ss. Este tema provocó la discusión con Blijen-
bergh: Ep. 18, pp. 83/2 ss., 84/12 ss. (Bl.); Ep. 19, pp. 88/5-
93/16 (Sp.), etc. Sobre el tema del «mens sana in corpore sano» 32
Sobre el concepto spinoziano de libertad divina y humana;
(II, 6, pp. 278/2 ss.; 7, pp. 278/23 ss.), cfr. E. V., 39, esc. cfr. E, I, 17, esc. y 32-33, esc. 1-2; II, 48-9; supra, notas 22 y 28.
90 91
Capítulo II Del derecho natural

es que aquello que la razón dictamina que es malo, no § 1 1 . T a m b i é n la facultad de juzgar p u e d e p e r t e n e c e r


es tal respecto al orden y a las leyes de toda la natura- jurídicamente a o t r o , en la justa m e d i d a en q u e el alma
leza, sino tan sólo de la nuestra 33. puede ser engañada p o r o t r o ; de d o n d e se sigue q u e el
alma es p l e n a m e n t e a u t ó n o m a en t a n t o en c u a n t o p u e d e
§ 9. Se sigue, además, q u e cada individuo depende usar rectamente de la razón. Más a ú n , d a d o q u e el poder
jurídicamente de otro en t a n t o en c u a n t o está bajo la humano debe ser valorado, n o t a n t o por la r o b u s t e z del
potestad de éste, y que es jurídicamente a u t ó n o m o en cuerpo cuanto p o r la fortaleza del alma, se sigue que
tanto en cuanto p u e d e repeler, según su propio criterio, son autónomos en s u m o grado quienes poseen el grado
toda fuerza y vengar todo d a ñ o a él inferido, y en cuan- máximo de inteligencia y más se guían p o r ella. P o r eso
to, en general, p u e d e vivir según su propio ingenio 34. mismo llamo libre, sin restricción alguna, al h o m b r e en
m a n t o se guía p o r la razón; p o r q u e , en c u a n t o así lo
§ 10. Tiene a otro bajo su potestad, quien lo tiene hace, es d e t e r m i n a d o a obrar por causas que p u e d e n ser
preso o quien le quitó las armas y los medios de defen- adecuadamente c o m p r e n d i d a s por su sola naturaleza, aun-
derse o de escaparse, o quien le i n f u n d i ó miedo o lo que éstas le d e t e r m i n e n necesariamente a o b r a r . P u e s la
vinculó a él mediante favores, de tal suerte que prefiere libertad (como hemos mostrado en el § 7 de este capí-
complacerle a él más que a sí mismo y vivir según su tulo) no suprime, sino que p r e s u p o n e la necesidad de
criterio más que según el suyo propio. Q u i e n tiene a actuar 36.
o t r o bajo su potestad de la primera o la segunda forma,
sólo posee su cuerpo, pero no su alma; en cambio, quien § 12. La promesa hecha a alguien, p o r la q u e u n o se
lo tiene de la tercera o la cuarta f o r m a , ha hecho suyos comprometió tan sólo de palabra a hacer esto o aquello
t a n t o su alma como su cuerpo, aunque sólo mientras per- que, con t o d o derecho, podía o m i t i r o al revés, sólo man-
sista el miedo o la esperanza; pues, tan p r o n t o desapa- liene su valor m i e n t r a s no cambie la v o l u n t a d d e quien
rezca ésta o aquél, el otro sigue siendo jurídicamente hizo la promesa. P u e s quien tiene la p o t e s t a d de r o m p e r
autónomo 35. la promesa, n o h a cedido realmente su derecho, sino que
sólo ha dado su palabra 37 . Así p u e s , si quien, p o r dere-
33 Cfr. TTP, XVI, pp. 190/30 ss. Sobre el mal; cfr. CM, I, 6,
cho natural, es su p r o p i o juez, llega a considerar, correc-
pp. 247/24 ss.; E, I, ap., pp. 81/25 ss.; y correspondencia con ta o falsamente (pues equivocarse es h u m a n o ) , q u e de
Blijenbergh (notas 26 y 31). la promesa hecha se le siguen más perjuicios q u e ven-
34
Las expresiones del derecho romano, «alterius juris» y «sui tajas, se convence de que debe r o m p e r la p r o m e s a y por
juris» traducen, en términos jurídicos, la idea griega de «hete-
ronomía» y «autonomía». Tierno (núm. 3), siguiendo a M. Fran- derecho natural (por el § 9 de este capítulo) la rom-
cés (núm. 6), traduce el segundo término por «independiente»; perá 38 .
en cambio, Calés (núm. 4) desvirtúa el sentido, al traducir el
36
«releve de lui-méme» de Appuhn (núm. 5) por «depende de sí Sobre esta idea de libertad como poder de guiarse por u
mismo», menos expresivo en español que en francés. obedecer a la razón, cfr. TTP, I I I , pp. 62/19 ss.; XVI, pp. 194/
35
Así como Platón concebía la vida humana individual, según 26 ss.
37
el modelo de las clases sociales (Rep., II, 369de; IV, 440e-la), El texto dice: «verba tantum dedit»; Tierno (num. 3) tra-
y Aristóteles concebía las formas de gobierno según el modelo duce literalmente a M. Francés (núm. 6): «no ha comprometido
de las relaciones familiares (Et. Nicómaco, V I I I , 10, 4-5), Spi- más que palabras»; Calés (núm. 4) dice: «sólo da su palabra»,
noza se sirve del modelo alma/cuerpo para hablar de la rela- donde Appuhn (núm. 5) decía, en pasado: «a seulement donné
ción del poder estatal con el cuerpo social (III, 1; 2; 5; IX des38 paroles».
14; X, 1 y 9). La misma idea sobre la fidelidad a las promesas: TTP, XVI,
96 Capítulo II Del derecho natural 89

forma de hablar, si la libertad h u m a n a consistiera en dar en los dictámenes de la razón que se refieren a la reli-
rienda suelta a los deseos, y la esclavitud, en el dominio gión; pensemos, además, que éstos nos son revelados por
de la razón. P e r o , c o m o la libertad humana es tanto ma- Dios, como si hablara en nuestro interior, o que f u e r o n
yor, cuanto más capaz es el h o m b r e de guiarse por la ra- revelados a los profetas a m o d o de preceptos jurídicos.
zón y de moderar sus deseos, sólo con gran imprecisión Si así lo hacemos, podemos decir, expresándonos en tér-
podemos calificar d e obediencia la vida racional y de pe- minos humanos, que obedece a Dios el hombre que le
cado lo que es, en realidad, impotencia del alma, n o li- ama con ánimo sincero, y que, por el contrario, peca el
cencia contra ella misma, y por lo que el hombre se pue- que se deja llevar por el deseo ciego. D e momento, sin
de llamar esclavo más bien que libre (véanse los §§ 7 embargo, debemos recordar que estamos en poder de
y 11 de este capítulo) 48. Dios, como el barro en manos del alfarero, el cual, de la
misma masa, hace unas vasijas para honor y otras para
§ 21. Sin embargo, como la razón enseña a practicar deshonor 5 0 ; y que, por lo mismo, el hombre puede hacer
la piedad y a m a n t e n e r el ánimo sereno y benevolente, algo contra estos decretos de Dios, en cuanto fueron gra-
lo cual no puede suceder más que en el Estado; como, bados como derechos en nuestra mente o en la de los
además, no se p u e d e conseguir que la multitud se rija profetas, pero no en contra del decreto eterno de Dios
como por una sola m e n t e , cual debe suceder en el Estado, que está inscrito en t o d a la naturaleza y que se refiere
a menos que goce de derechos establecidos por el dicta- al orden general de la naturaleza 51 .
men de la razón; no resulta tan inadecuado que los hom-
bres que están habituados a vivir en el Estado, llamen pe-
§ 2 3 . Y , lo mismo q u e el pecado y la obediencia en
cado a lo que contradice al dictamen de la razón, puesto
sentido estricto, también la justicia y la injusticia sólo
que los derechos del mejor Estado (véase el § 18 de este
son concebibles en el E s t a d o . Pues en la naturaleza no
capítulo) deben estar f u n d a d o s en ese dictamen. E n cuan-
existe nada que se p u e d a decir, con derecho, que es de
to a saber por qué he dicho (§18 de este capítulo) que
éste y no del otro, ya q u e todas las cosas son de todos y
el hombre en el estado natural peca contra sí mismo, si
todos tienen potestad para reclamarlas para sí. E n el Es-
en algo peca, véase el capítulo IV, §§4 y 5, pues allí
tado, en cambio, como el derecho común determina qué
se explica en qué sentido podemos decir que quien de-
es de éste y qué del otro, se dice justo aquel que tiene una
tente el poder estatal y goza del derecho natural, está
voluntad constante de dar a cada uno lo suyo, e injusto,
sometido a las leyes y puede pecar 49.
por el contrario, aquel q u e se esfuerza en hacer suyo lo
que es de otro 52.
§ 22. P o r lo que concierne a la religión, también es
cierto que el h o m b r e es tanto más libre y más obediente
50
a sí mismo, cuanto más ama a Dios y lo venera con áni- Cfr. Jeremías, 18, 6; Romanos, 9, 20 ss.; CM, II, 8,
m o más sincero. P e r o prescindamos del orden natural, pp. 265/7 ss.; TTP, XVI, pp. 198, 34n; Ep. 75, pp. 312/15 ss.
51
ya que lo desconocemos, y fijemos toda nuestra atención Sobre la relación entre ley o decreto de Dios y amor del
hombre a Dios puede verse: TTP, IV, pp. 57-61, etc.
52
Esta idea o definición clásica de justicia se halla ya en
48 Santo Tomás, S. Th., II-II, 58, le, el cual remite expresamen-
Sobre la idea de esclavitud, en relación a la de hijo y de te a Digesto, I, 1, ley 10 y a Inst. I, tít. 1; cfr. Platón, Rep.,
subdito, cfr. TTP, XVI, pp. 194 ss.; Aristóteles, Política, I, 4 I, 6, etc.; Hobbes, Leviatán, I, 15, p. 241. Contra Hobbes y
y 12; Santo Tomás, S. Th., I, 96, 4c.; Locke, E. gob. civil, XV. Spinoza: Locke, E. gob. civil, V, §§ 26-7 ss.: la propiedad es
Sobre la idea de pecado, cfr. nota 45; E, IV, 37, esc. 1. fruto del trabajo personal.
Capítulo II Cap. III [Del derecho político]
§ 24. Por lo demás, en nuestra Etica hemos explicado
ya que la alabanza y el vituperio son afectos de alegría
y tristeza, que van acompañados, como causa suya, de la
idea de virtud o de impotencia humana 53.

§ 1. La constitución de cualquier Estado se llama po-


lítica (status civilis); el cuerpo íntegro del Estado se de-
nomina sociedad (civitas); y los asuntos comunes del Es-
tado, cuya administración depende de quien detenta el
poder estatal, reciben el nombre de asuntos públicos (res-
publica). P o r otra parte, los hombres, en cuanto gozan,
en virtud del derecho civil, de todas las ventajas de la
sociedad, se llaman ciudadanos; súbditos, en cambio, en
cuanto están obligados a obedecer los estatutos o leyes
ile dicha sociedad. Finalmente, ya hemos dicho en el § 17
del capítulo precedente que existen tres tipos de estado
político: democrático, aristocrático y monárquico. Ahora
bien, antes de iniciar el análisis de cada uno de éstos por
separado, demostraré primero cuanto se refiere al estado
político en general. Y lo primero de todo es examinar el
supremo derecho de la sociedad o de las supremas potes-
tades 54.

54
53
En este párrafo se definen y relacionan entre sí los con-
Cfr. E, I I I , 29, esc. ceptos fundamentales del Estado spinoziano: constitución o es-
99
100 Capítulo III Del derecho político 101

§ 2. Por el § 15 del capítulo precedente consta que dito posee t a n t o menos d e r e c h o , cuanto la propia socie-
el derecho del Estado o supremas potestades no es sino dad es más poderosa que él (véase el § 16 del capítulo
el mismo derecho natural, el cual viene determinado por (interior). E n consecuencia, cada ciudadano ni hace ni tie-
el poder, no de cada uno, sino de la multitud que se com- ne nada por derecho, fuera de aquello que puede defender
porta como guiada por una sola mente. Es decir, que, lo en virtud de u n decreto general de la sociedad 55.
mismo que cada individuo en el estado natural, también
el cuerpo y el alma de todo el Estado posee tanto derecho § 3. Si la sociedad concede a alguien el derecho y,
como tiene poder. Y por lo mismo, cada ciudadano o súb- por tanto, la potestad (pues, de lo contrario, por el § 12
del capítulo precedente, sólo le habría dado palabras) de
tado político (status politicus: ver nota 19), Estado (imperium: vivir según su propio sentir, cede ipso fado algo de sus
nota 18), asuntos públicos (res publicae o respublica: nota 8),
súbditos (notas 47 y 48) y, en fin, el concepto clave de civitas derechos y lo transfiere a q u i e n dio tal potestad. P e r o , si
y cives, que nosotros hemos decidido, tras muchas dudas, tra- concedió a dos o más tal p o t e s t a d de vivir cada uno según
ducir por sociedad y ciudadanos. La dificultad de coordinar los su propio sentir, dividió automáticamente el Estado. Y
distintos elementos aquí asociados se ve por las diversas traduc- si, finalmente, concedió esa misma potestad a cada uno
ciones adoptadas por grandes especialistas para estos cuatro tér-
minos capitales: 1.°) imperium, 2°) civitas, 3.°) status civilis, de los ciudadanos, se destruyó a sí misma y ya no subsis-
4.°) respublica, a saber: te sociedad alguna, sino que t o d o retorna al estado natu-
ral. T o d o ello resulta clarísimo por cuanto precede 56.
Gebhardt: Appuhn: Francés: Moreau:
P o r consiguiente, no hay razón alguna que nos permita
1.° pol. Verband Etat état de société Etat siquiera pensar que, en v i r t u d de la constitución políti-
2° Staat Cité nation corps politique ca, esté permitido a cada ciudadano vivir según su pro-
3.° Staatsverfassung statut civil régime politique société civile pio sentir; por tanto, este derecho natural, según el cual
4.° Gemeinwesen chose publique communauté république cada u n o es su propio juez, cesa necesariamente en el es-
publique
lado político. Digo expresamente en virtud de la consti-
Las divergencias saltan a la vista y, especialmente, respecto al tución política, porque, el derecho natural de cada uno
término civitas. Digamos que, mientras que Calés (núm. 4) sigue (si lo pensamos bien) no cesa en el estado político. Efec-
literalmente a Appuhn (núm. 5), traduciendo cité por ciudad,
Tierno Galván (núm. 3) quiso evitar la extrapolación histórica tivamente, tanto en el estado natural como en el político,
de M. Francés (núm. 6: véase nota 328), traduciendo nation por el h o m b r e actúa según las leyes de su naturaleza y vela
república, aunque ello implique obvias dificultades. por su utilidad. E l h o m b r e , insisto, en ambos estados
Nuestra opción por sociedad se funda en dos motivos decisivos: es guiado por la esperanza o el miedo a la hora de hacer
1.° El término latino «civitas» traduce los términos griegos «polis»
o «politiké»: Aristóteles, Pol. I, 1; Et. Nic. V I I I , 9, 4; Cicerón, u omitir esto o aquello. P e r o la diferencia principal en-
De república, I, 32, 49: «quid est enim civitas nisi iuris socie- tre u n o y o t r o consiste en que en el estado político todos
tas?»; Santo Tomás, Th., I II, 90, 3, ad 3; 91, le; 96, le; temen las mismas cosas y todos cuentan con una y la
Suárez, De legibus, I I I , 2, 6; Rousseau, Contrat social, I, 6
(núm. 188), p. 523a, nota: «que les maisons font la ville, mais
que les citoyens font la cité». 2.° Para Spinoza, «civitas» en el 55
Véanse notas 35 (alma/cuerpo), 39 (suma y no transferen-
T. político sustituye a «societas» del T. teológico-politico, don- ria de poder) y 46 (ley y derecho naturales).
de alterna fácilmente con «imperium» y «respublica»: TTP, IV, 56
En el T. teológico-político se considera esencial la trans-
p. 64; V, p. 73; XVI, pp. 189, 192, 193, 195, 196; cfr. infra, ferencia de poder de los individuos al Estado; aquí, supuesta la
VIII, 3, pp. 324/32 ss. y VII, 3, fin. anión de los individuos en una sociedad (civitas), se rechaza
El uso frecuente de este término y de «multitudo» bastaría que ésta ceda o devuelva a cada uno su autonomía natural
para demostrar las preferencias democráticas de esta obra. (cfr. V I I I , 1 y 17).
102 Capítulo III Del derecho político 103

misma garantía de seguridad y una misma razón de vivir. d a d o q u e la razón no enseña nada contrario a la natura-
Lo cual, por cierto, no suprime la facultad que cada uno leza, la sana razón no p u e d e decretar que cada individuo
tiene de juzgar; pues quien decidió obedecer a todas las siga siendo a u t ó n o m o , m i e n t r a s los hombres están some-
normas de la sociedad, ya sea p o r q u e teme su poder o tidos a las pasiones ( p o r el § 15 del capítulo precedente);
porque ama la tranquilidad, vela sin duda, según su pro- es decir (por el § 5 del capítulo I), que la razón niega
pio entender, p o r su seguridad y su utilidad. que eso p u e d a suceder. A ñ á d a s e a ello que la razón ense-
ña p a l a d i n a m e n t e a buscar la paz, la cual no se p u e d e
§ 4. P o r otra parte, tampoco podemos concebir que alcanzar sin que se m a n t e n g a n ilesos los comunes dere-
esté permitido a cada ciudadano interpretar los decretos chos de la sociedad; p o r lo cual, cuanto más se guía el
o derechos de la sociedad. Pues, si le estuviera permiti- h o m b r e p o r la razón, es decir (por el § 11 del capítulo
do, cada u n o sería ipso facto su propio juez, ya que no le anterior), c u a n t o más libre es, con más tesón observará
sería nada difícil excusar o revestir de apariencia jurídica los d e r e c h o s de la sociedad y cumplirá los preceptos de
sus actos. Organizaría, pues, su vida según su propio sen- la s u p r e m a p o t e s t a d , de la que es subdito. Más todavía,
tir, lo cual (por el § precedente) es absurdo. el e s t a d o político, p o r su propia naturaleza, se instaura
para q u i t a r el miedo general y para alejar las comunes
§ 5. Vemos, pues, que cada ciudadano no es autóno- miserias; y por eso busca, ante todo, aquello que inten-
mo, sino que depende jurídicamente de la sociedad, cuyos taría conseguir, a u n q u e en vano, en el estado natural,
preceptos tiene que cumplir en su totalidad, y no tiene todo aquel q u e se guía p o r la razón (por el § 15 del capí-
derecho a decidir qué es justo o inicuo, piadoso o im- tulo precedente).
pío. Antes al contrario, como el cuerpo del Estado se P o r consiguiente, si u n h o m b r e que se guía por la ra-
debe regir como por una sola m e n t e y, en consecuencia, zón, t u v i e r a u n día que hacer, por orden de la sociedad,
la voluntad de la sociedad debe ser considerada como la algo q u e , a su juicio, contradice a la razón, ese perjuicio
voluntad de todos, hay que pensar que cuanto la socie- q u e d a a m p l i a m e n t e compensado por el bien que surge del
dad considera justo y bueno, ha sido decretado por cada mismo estado político. P u e s también es una ley de la ra-
uno en particular. Por eso, a u n q u e un subdito estime zón q u e , d e dos males, se elija el menor. Podemos con-
que las decisiones de la sociedad son inicuas, está obliga- cluir, p u e s , que nadie hace nada contra el dictamen de la
do a cumplirlas 57. razón, siempre que o b r a tal como lo ordena el derecho
de la sociedad. T o d o el m u n d o nos concederá esto con
§ 6. Cabe, sin embargo, cuestionar si no es contra más facilidad, u n a vez que hayamos explicado hasta dón-
el dictamen de la razón someterse plenamente al juicio de se e x t i e n d e el poder y, por lo mismo, el derecho de la
de otro y, en consecuencia, si el estado político no con- sociedad 58 .
tradice a la razón. Pues de ahí se seguiría que el estado
político es irracional y que no podría ser creado sino § 7 . P o r q u e hay que considerar, en primer lugar, que,
por hombres desprovistos de razón, pero no, en m o d o así c o m o en el estado natural (por el § 11 del capítulo
alguno, por quienes se guían por la razón. Ahora bien, anterior) el h o m b r e más poderoso es aquel que se guía
57
por la razón, así también es más poderosa y más autóno-
Cfr. nota 42. Adviértase que Spinoza pasa fácilmente de
«una mente» a «voluntad de todos», que Rousseau (Contrat so- 58
La sumisión del individuo al Estado es natural y, por tanto,
cial, I, 6 (núm. 188), p. 522b) traducirá por la «volonté gé- racional y, por tanto, libre; cfr. TTP, XVI, pp. 193-4; XVII,
nérale». pp. 201-2.
104 Capítulo III Del derecho político 101

ma aquella sociedad que es fundada y regida por la ra- piensa? Igualmente, ¿con qué premios o amenazas puede
zón. Pues el derecho de la sociedad se determina por el ser inducido el h o m b r e a que ame a quien odia o que
poder de la multitud que se rige como por una sola odie a quien ama? Y otro t a n t o cabe decir de aquellas
mente 59. Ahora bien, esta unión mental no podría ser acciones que la naturaleza humana abomina, hasta el pun-
concebida, por motivo alguno, sino porque la sociedad to de tenerlas por peores que mal alguno, como testifi-
busca, ante todo, aquello que la sana razón enseña ser car contra sí mismo, torturarse, matar a sus padres, no
útil a todos los hombres 60. esforzarse por evitar su propia muerte y cosas análogas,
a las que nadie puede ser inducido mediante premios ni
§ 8. Hay que considerar, en segundo lugar, que los amenazas.
súbditos no son autónomos, sino que dependen jurídica- Si, a pesar de todo, queremos decir que la sociedad tie-
mente de la sociedad, en la medida en que temen su po- ne el derecho o la potestad de prescribir tales acciones,
der o sus amenazas o en que aman el estado político no podremos concebirlo, sino en el sentido en que se
(por el § 10 del capítulo precedente). D e donde se sigue diría que el hombre puede, con derecho, enloquecer y de-
que no pertenece a los derechos de la sociedad todo aque- lirar. Pues ¿qué sería, sino u n delirio, aquel derecho al
llo a cuya ejecución nadie puede ser inducido con pre- que nadie puede ser constreñido? En efecto, yo aquí
mios o amenazas 61. Así, por ejemplo, nadie puede renun- hablo expresamente de aquellas cosas que no pertenecen
ciar a la facultad de juzgar. Pues ¿con qué premios o al derecho de la sociedad y que la naturaleza humana sue-
amenazas puede ser inducido el hombre a creer que el le abominar 63. Pues no, porque un necio o un loco no
todo no es mayor que su parte, o que Dios no existe, puedan ser inducidos con premios o amenazas a cumplir
o que un cuerpo, que él ve finito, es un ser infinito 62, los preceptos, ni porque éste o aquél, adicto a tal o cual
y a admitir, en general, algo contrario a lo que siente y religión, juzgue que los derechos del Estado son peores
que ningún mal 64, quedan sin valor los derechos de la
39
Adviértase cómo el término «multitudo» suele ir asociado sociedad, cuando la mayor parte de los ciudadanos caen
a «una mente» o algo similar: I, 5; II, 17 y 21; III, 2; V, 6 bajo su dominio. En la medida, pues, en que quienes
y VIII, 19 (227). Es curioso observar que, mientras S. Agustín
recuerda que, según Cicerón, la multitud no es pueblo (De civi- nada temen ni esperan, son autónomos (por el § 10 del
tate Dei, XIX, 21), Sto. Tomás atribuye el poder estatal, in- capítulo precedente), son también (por el § 14 del capí-
distintamente, a la «multitudo» y a su representante, es decir, tulo anterior) enemigos del Estado y con derecho se los
a la «persona pública» (S. Th., I II, 90, 3c y ad. 2; 96, le). puede detener.
El término «multitudo» responde, en Aristóteles, a «polloi»
(muchoí, mayoría, multitud) y a «plézos» (masa, vulgo) (cfr. Et. 63
Spinoza no hace, como Hobbes (Leviatán, I, 16-8), del Es-
Nte., X, 9, 5; VIII, 10, 3, etc.). lado un gran monstruo o leviatán (Isaías, 21, 1; Job, 3, 4-8, etc.),
60
Acerca de la utilidad como móvil de la asociación política, que representa, como actor o persona, a todos los ciudadanos,
cfr. TTP, XVI, 192 y 194 (núm. 177 = notas 336 y 340); Aris- pero sin asumir responsabilidad alguna, ni siquiera la de sus pro-
tóteles, Et Nte., VIII, 9, 4 ss. pios actos. Dado que la sociedad (civitas) no es sino el con-
61
Los límites del poder estatal vienen del sujeto o potestad junto de ciudadanos, tiene la misma naturaleza humana y la
suprema y del objeto a realizar por los súbditos (cfr. TTP, X V I I , misma seguridad que éstos.
pp. 201 ss.; XX, pp. 239 ss.; infra, IV, 4, pp. 293/7 ss.). 64
Según M. Francés (núm. 6, pp. 1493/938, 2), Spinoza se
62
Ejemplos similares en IE, pp. 374-5 (mosca infinita, alma refiere al carácter anarquista de la secta anabaptista, que tomó,
cuadrada, etc.); Ep., 56, p. 260 (todo/partes); TTP, IV, pp. 59- en los Países Bajos, el nombre de menonitas, entre cuyos
60 (existencia de Dios). Gebhardt señala, con acierto (núm. 9), miembros se contaban varios amigos de Spinoza, como J. Jelles,
que Spinoza puede aludir con el «cuerpo finito/infinito», al S. J. de Vries, P. Balling; cfr. Meinsma (núm. 185), pp. 531
culto a la hostia; cfr. Ep., 76 (a A. Burgh), pp. 319/14 ss. y 535, etc.
106 107
Capítulo I I I Del derecho político

§ 9. H a y que considerar, en tercero y último lugar, a favorecer la concordia, no dudaremos que ha cumplido
que cuanto provoca la indignación en la mayoría de los efectivamente su deber, quien presta a cada uno tanta ayu-
ciudadanos, es menos propio del derecho de la sociedad. da cuanta le permiten los derechos, es decir, la concordia
N o cabe duda, en efecto, que los hombres tienden p o r y la tranquilidad de la sociedad.
naturaleza a conspirar contra algo, cuando les impulsa Por lo que respecta al culto externo 66, es cierto que
un mismo miedo o el anhelo de vengar un mismo daño. ni ayuda ni perjudica al verdadero conocimiento de Dios
Y como el derecho 'de la sociedad se define por el poder y al amor que de ahí se sigue. N o hay que darle, pues,
conjunto de la multitud, está claro que el poder y el de- tal importancia que por él se lleguen a perturbar la paz y
recho de la sociedad disminuye en cuanto ella misma da la tranquilidad pública. N o cabe duda, por lo demás, que
motivos para que muchos conspiren lo mismo. Es induda- por derecho natural, es decir (por el § 3 del capítulo ante-
ble que la sociedad tiene mucho que temer; y, así como rior), por divino decreto, yo no soy defensor de la reli-
cada ciudadano o cada hombre en el estado natural, así gión. N o tengo, en efecto, como tuvieron en otro tiempo
también la sociedad es tanto menos autónoma cuanto ma- los discípulos de Cristo, ningún poder de expulsar los es-
yor motivo tiene de temer 65. píritus inmundos y de hace* milagros. Ahora bien, ese
Lo anterior se refiere al derecho de las supremas potes- poder es tan necesario para propagar la religión en los
tades sobre los súbditos. Antes de tratar de su derecho lugares d o n d e está prohibida, que sin él no sólo se pier-
sobre otros, me parece que debo resolver una cuestión de, como se dice, el aceite y el trabajo, sino que se pro-
que se suele plantear acerca de la religión. vocan, además, muchísimas molestias. Todos los siglos
han visto de ello los más funestos ejemplos.
§ 10. Efectivamente, se nos puede objetar que quizá Por consiguiente, todo el m u n d o puede, donde quiera
el estado político y la obediencia de los súbditos, tal como
que se halle, rendir culto a Dios con verdadera religiosi-
la exige, según nosotros, el estado político, suprima la reli-
dad y velar por su propio bien, que es lo que incumbe a
gión que nos obliga a rendir culto a Dios. Pero, si exami-
un hombre privado. En cambio, la tarea de propagar la
namos directamente el asunto, no hallaremos nada q u e
religión debe ser confiada a Dios o a las supremas potes-
pueda suscitar escrúpulos. Porque el alma, en cuanto usa
tades, que son las únicas a las que incumbe el cuidado de
de la razón, no depende de las supremas potestades, sino
los asuntos públicos. Pero vuelvo a mi tema.
que es autónoma (por el § 11 del capítulo precedente).
De ahí que el verdadero conocimiento y amor de Dios
no puede estar sometido al dominio de nadie, como tam- § 11. Una vez explicado el derecho de las supremas
poco la caridad hacia el prójimo (por el § 8 de este capí- potestades y el deber de los súbditos, nos resta examinar
tulo). Y, si consideramos, además, que el ejercicio supre- su derecho sobre las demás cosas, lo cual se colige fácil-
m o de la caridad es el que se orienta a defender la paz y mente por lo ya dicho. Dado, en efecto, que el derecho
de la potestad suprema (por el § 2 de este capítulo) no
65 es sino el mismo derecho natural, se sigue que dos Es-
Mientras que el T. teólógico-político, centrado en el tema
de la libertad religiosa* y política, ponía el acento en el rechazo tados se relacionan entre sí como dos hombres en el es-
de todo cisma o sedición (véase Indice analítico de nuestra tra-
ducción: núm. 177), y apenas si dejaba entrever la posibilidad 66
de una rebelión popular (IV, p. 74; XVII, pp. 219 ss.; XX, Sobre las relaciones entre la religión (culto interno y ex-
pp. 244 ss.), aquí se la aduce como una justa amenaza contra terno) y la política, cfr. TTP, XVI, pp. 198 ss.; XVIII,
el mal gobernante. Sobre «anhelo» (desiderium)-. E, I I I , 39, esc. pp. 225 ss.; XIX, pp. 228 ss.
108 Capítulo III Del derecho político 109

t a d o natural 67. C o n esta salvedad, q u e una sociedad pue- § 14. Esta alianza se mantiene firme, mientras sub-
de evitar ser sojuzgada por otra, cosa que n o puede ha- siste la causa que le dio origen, es decir, el miedo a u n
cer un h o m b r e en el estado natural, ya que tiene que so- daño o la esperanza de u n beneficio. Pero, tan pronto
p o r t a r el sueño diario, frecuentes enfermedades del cuer- una de las dos sociedades pierde esta esperanza o este
p o o del alma y, finalmente, la vejez, aparte d e otras in- miedo, recupera su autonomía (por el § 10 del capítulo
comodidades de las que se p u e d e librar la sociedad. precedente), y se disuelve automáticamente el vínculo con
que esas sociedades estaban ligadas. Cada sociedad tiene,
§ 12. Una sociedad es, pues, autónoma en tanto en pues, pleno derecho a romper, en el momento que lo de-
cuanto puede prevenir y evitar ser sojuzgada por otra see, una alianza. Y no se puede decir que obra con enga-
(por los §§ 9 y 15 del capítulo precedente), y depende ño o perfidia, porque rompe su promesa tan pronto ha
jurídicamente de o t r a (por los §§ 10 y 15 del capítulo desaparecido para ella la causa del miedo o de la esperan-
anterior) en t a n t o en cuanto teme el poder de otra, o es za. Esta situación, en efecto, era la misma para ambas
impedida por ella d e hacer lo que quiere, o necesita de su partes: que la primera que se viera libre del miedo, recu-
ayuda para conservarse o acrecentarse. Pues n o podemos peraría su autonomía y haría uso de ella según su crite-
siquiera dudar q u e , si' dos sociedades quieren prestarse rio. Por otra parte, nadie adquiere un compromiso para
m u t u a ayuda, tienen más poder y, por tanto, más dere- el f u t u r o sin estas condiciones previas; y, cuando éstas
cho las dos u n i d a s , que cada una por sí sola (véase el cambian, desaparece también la razón de ser de tal si-
§ 13 del capítulo anterior). tuación. P o r este motivo, cada una de las sociedades alia-
§ 13. T o d o esto se puede comprender con más cla- das conserva el derecho de buscar su bien y, de hecho,
ridad, si consideramos que dos sociedades son enemigas cada una de ellas se esfuerza cuanto puede por sustraerse
por naturaleza. Efectivamente, los hombres (por el § 14 al miedo y recuperar su autonomía y por impedir que la
del capítulo precedente) en el estado natural son enemi- otra se haga más poderosa. D e ahí que, si una sociedad
gos; y, por lo m i s m o , quienes mantienen el derecho na- se queja de haber sido engañada, n o tiene por qué acu-
tural fuera de la sociedad, son enemigos. P o r tanto, si sar de mala fe a la otra sociedad aliada, sino sólo a sí
una sociedad quiere hacer la guerra a la otra y emplear misma de ignorancia, por haber confiado su salvación a
los medios más drásticos para someterla a su dominio, otro, que es autónomo y para el que la suprema ley es
tiene derecho a intentarlo, ya que, para hacer la guerra, le la salvación de su Estado 69.
basta tener la v o l u n t a d de hacerla. Sobre la paz, en cam-
bio, nada puede decidir sin el asentimiento de la voluntad § 15. Las sociedades que han firmado un tratado de
de la otra sociedad. De donde se sigue que el derecho de paz, tienen el derecho de dirimir las cuestiones que pue-
guerra es propio d e cada una de las sociedades, mientras
que el derecho de paz n o es propio de una sola sociedad, nales, que la propia decisión, fundada sobre la propia utilidad
del Estado (cfr. TTP, XVI, pp. 196 ss.). En este sentido, sus
sino de dos, al menos, que, precisamente por eso, se lla- antecesores (Feo. Suárez, De legibus, II, 19; H. Grocio, De iure
man aliadas 6 8 . belli ac pacis, II, 1, 2) parecen más pacifistas. Véase, no obs-
tante, VII, 28.
67 69
Spinoza toma las relaciones «naturales» entre individuos co- La idea de que «imperii salus summa lex est» (VII, 5,
mo modelo para estudiar las relaciones entre Estados (cfr. nota 35; pp. 310/16) ya estaba formulada en el TTP, XVI, 194/35 s.¡
TTP, XVI, pp. 196-7). XIX, pp. 232/20 s.) y se apoya en la ley suprema de todo ser;
68
Spinoza no parece poner ninguna otra cortapisa al derecho su tendencia a conservarse (TTP, XVI, PP- 189/25; 191/34 ss.;
de guerra, incluso ofensiva, y a la ruptura de pactos internacio- E, I I I , 7; V, 25; TP, II, 7-8; infra, III, 18).
110 111
Capítulo III Del derecho político

dan surgir sobre las condiciones de la paz o sobre las le- tir de la tendencia universal de todos los hombres a con-
yes por las que se prometieron mutua fidelidad. Porque servar su ser. Como esa tendencia existe en todos los
el derecho sobre la paz no pertenece a una sola sociedad, hombres, sean ignorantes o sabios, la realidad será la mis-
sino a todas las que firmaron dicho tratado (por el § 13 ma, comoquiera que se considere a los hombres, es de-
de este capítulo). Y, si no logran ponerse de acuerdo so- cir, como guiados por la pasión o por la razón. Pues,
bre ellas, retornan sin más al estado de guerra. como hemos dicho, la demostración es universal 70.

§ 16. Cuantas más sociedades firman un tratado de


paz, tanto menos temible resulta cada una de ellas a las
demás. E n otros términos, menos poder tiene cada una
de hacer la guerra y más obligada se siente a observar
las condiciones de la paz. Es decir (por el §13 de este
capítulo), menos autónoma es y más forzada se ve a aca-
tar la común voluntad de las sociedades aliadas.

§ 17. Por lo demás, tampoco se suprime con ello la


fidelidad, que la sana razón y la religión enseñan a guar-
dar. Pues ni la razón ni la Escritura enseñan que siempre
haya que ser fieles a la promesa hecha. Y así, si he pro-
metido a alguien que le custodiaría el dinero que me dio
en secreto a guardar, no tengo por qué mantener mi pa-
labra tan pronto llego a saber o a creer que el dinero a
mi confiado es robado. Al contrario, obraré mejor, si
pongo los medios para que sea devuelto a sus dueños.
Y así también, si la potestad suprema prometió a otro
hacer algo que, posteriormente, el paso del tiempo o la
razón le muestra o le parece mostrar que constituye un
obstáculo para la común salvación de los subditos, no
cabe duda que tiene que romper dicha promesa. Dado,
pues, que la Escritura sólo enseña, de forma general,
que se guarden las promesas y deja al juicio de cada cual
los casos particulares, que constituyan una excepción, no
enseña nada que contradiga cuanto acabamos de decir.

§ 18. Mas, a fin de no tener que interrumpir a cada


paso el hilo del discurso y resolver, en lo sucesivo, obje-
ciones similares, quiero advertir que yo he demostrado
todo esto a partir de la necesidad de la naturaleza huma-
na, de cualquier forma que se la considere, es decir, a par- ción que rige la vida humana cfr. nota 69.
Cap. IV [Del ámbito del poder político] Del ámbito del poder político 113

nes de paz o de aceptar las ofrecidas (véase los §§ 12 y


13 del capítulo anterior).

§ 2. Todas estas funciones, así como los medios ne-


cesarios para llevarlas a cabo, son asuntos que conciernen
a la totalidad del cuerpo del Estado, es decir, a la cosa
pública. P o r consiguiente, los asuntos estatales 72 depen-
den exclusivamente de la gestión de quien detenta la po-
testad suprema. Sólo, pues, la suprema potestad tiene
derecho a juzgar sobre las acciones individuales, a pedir
cuentas a cualquiera de sus actos, a imponer multas a los
culpables y a dirimir los litigios entre los ciudadanos o
a nombrar expertos en leyes que velen, en su nombre,
por su cumplimiento. Sólo ella tiene, además, el derecho
de emplear y programar todos los medios orientados a la
guerra y a la paz, a saber, f u n d a r y fortificar las ciudades,
concentrar las tropas, conferir los cargos militares y man-
dar hacer cuanto quiera, de enviar y recibir a embajado-
res en orden a la paz y, en fin, de exigir los recursos ne-
§ 1. E n el capítulo precedente hemos estudiado el cesarios para llevar a cabo t o d o esto.
derecho de las supremas potestades, el cual viene de-
t e r m i n a d o por su poder, y hemos visto que consiste § 3. D a d o , pues, que sólo a la suprema potestad in-
principalmente en que es como el alma (mens) del Estado, cumbe el derecho de administrar los asuntos públicos o
p o r la que todos deben ser guiados 71. De donde se si- de elegir a los funcionarios que los administren en su
gue que sólo ellas tienen el derecho de decidir qué es nombre, se sigue que atenta contra el Estado aquel que,
b u e n o y qué malo, qué equitativo y qué inicuo, es decir, por su cuenta y sin conocimiento del Consejo supremo,
q u é deben hacer u omitir los subditos, individual o co- emprende una tarea pública, aun cuando creyera que lo
lectivamente. P o r eso hemos visto también que sólo a que se proponía realizar, sería muy beneficioso para la
las supremas potestades compete el derecho de dictar le- sociedad 73 .
yes y, cuando surge alguna duda, de interpretarlas en
cualquier caso particular y decidir si el caso planteado § 4. Es frecuente, no obstante, preguntar si la supre-
está o no acorde con el derecho (véanse los §§ 3, 4, 5 del ma potestad está sujeta a las leyes y si, en consecuencia,
capítulo anterior); y que les compete, además, el derecho puede pecar. Ahora bien, como los términos ley y pecado
de declarar la guerra o establecer y ofrecer las condicio-
72
Tanto a «cosa pública» como a «asuntos estatales» responde
71
Tierno Galván (núm. 3) sigue aquí, como antes en II, 16, en el original «respublica». Tierno Galván evita, con acierto, la
a M. Francés (núm. 6), traduciendo la expresión, a nuestro pa- «communauté publique» de M. Franés (núm. 6), traduciendo aquí
recer vigorosa, «una mente» por «personalidad espiritual», dos «bien público» y antes (III, 1) «cosa pública» (Véanse notas 8
términos totalmente extraños para Spinoza, pese a X, 2, pp. 354/ y 54).
25 ss. Cfr. TTP, XVI, pp. 197/15 ss.
112
114 Capítulo IV Del ámbito del poder político 115

suelen referirse, no sólo a los derechos de la sociedad, P o r consiguiente, para que la sociedad sea autónoma,
sino también de todas las cosas naturales y, ante todo, tiene que mantener los motivos del miedo y del respeto;
a las normas comunes de la razón, no podemos decir sin de lo contrario, deja de existir la sociedad. Pues, para
más que la sociedad no está sujeta a ley alguna o que no aquellos o aquel que detenta el poder del Estado, es tan
puede pecar. Pues, si la sociedad no estuviera sujeta a nin- imposible correr borracho o desnudo con prostitutas por
gún tipo de leyes o normas, sin las cuales la sociedad no las plazas, hacer el payaso, violar o despreciar abierta-
sería tal, habría que concebir la sociedad como una qui- mente las leyes por él dictadas y, al mismo tiempo, man-
mera y no como una cosa natural. La sociedad peca, por tener la majestad estatal, como lo es ser y, a la vez, no
consiguiente, siempre que hace o deja hacer algo que pue- ser. Asesinar a los súbditos, espoliarlos, raptar a las vír-
de provocar su ruina. E n cuyo caso, decimos que peca, en genes y cosas análogas transforman el miedo en indigna-
el mismo sentido en que los filósofos o los médicos di- ción y, por tanto, el estado político en estado de hosti-
cen que peca la naturaleza. En este sentido, podemos de- lidad 76.
cir que la sociedad peca, cuando hace algo contrario al
dictamen de la razón. Efectivamente, la sociedad es au- § 5. Vemos, pues, en qué sentido podemos decir que
tónoma en sumo grado, cuando obra por mandato de la la sociedad está sujeta a las leyes y puede pecar. Pero,
razón (por el § 7 del capítulo precedente). Y, por lo mis- si por ley entendemos el derecho civil, que puede ser
mo, en cuanto obra contra la razón, es infiel a sí mis- exigido por el mismo derecho civil, y si entendemos por
ma o peca 74. pecado aquello que el derecho civil prohibe hacer; es
Se comprenderá mejor todo esto, si advertimos que, decir, si tomamos estos términos en sentido estricto, no
cuando decimos que todo el m u n d o puede disponer a su podemos decir, en modo alguno, que la sociedad está su-
antojo de una cosa que le pertenece, esa facultad debe ser jeta a las leyes o que puede pecar 77.
definida, no sólo por el poder del agente, sino también Las reglas, en efecto, y las causas del miedo y del
por la capacidad del paciente. Si digo, por ejemplo, que respeto que, por su propio bien, la sociedad tiene que
tengo derecho a hacer lo que quiera de esta mesa, sin mantener, no se refieren a los derechos civiles, sino al
duda que no entiendo que tenga derecho a hacer que derecho natural. Porque (por el § anterior) no pueden
esta mesa coma hierba. Y así también, aunque decimos ser castigadas por el derecho civil, sino por el de-
que los hombres no son autónomos, sino que dependen recho de guerra; y la sociedad no está sujeta a ellas, sino
de la sociedad, no entendemos con ello que pierdan su por lo mismo que lo está el hombre en el estado natural,
naturaleza humana y que adquieran otra 75. Tampoco en- el cual, para poder ser autónomo o para no ser su pro-
tendemos con ello que los hombres vuelen o, cosa igual- pio enemigo, tiene que guardarse de no darse muerte a
mente imposible, que miren con respeto aquello que pro- sí mismo 78 . Y , evidentemente, esta cautela no es obe-
voca la risa o la náusea. Entendemos más bien que hay diencia, sino la libertad de la naturaleza humana. Ahora
ciertas circunstancias, en las cuales los súbditos sienten bien, los derechos civiles tan sólo dependen del decreto
respeto y miedo a la sociedad, y sin las cuales desapare- de la sociedad, y ésta no tiene que complacer a nadie,
ce el miedo y el respeto y, con ellos, la misma sociedad. sino sólo a sí misma, para mantenerse libre, ni tiene que
74
Como se ve, Spinoza no se desprende fácilmente de la no-
76
ción moral de pecado: supra, nota 45, y V, 1. Cfr. supra-. nota 65.
75 77
Cfr. nota 61 y I I I , 3; Hobbes, Leviatán (182), I, 14, Cfr. TTP, XVI, p. 196 (idea de derecho civil).
78
pp. 230 ss., 237. Cfr. supra: I I I , 8 y notas 62-63.
116 117
Capítulo IV Del ámbito del poder político

admitir ningún bien o mal, aparte del que ella estima tal. la fortaleza de la sociedad, es decir, sin que el miedo d e
P o r consiguiente, la sociedad no sólo tiene derecho a de- la mayor parte de los ciudadanos se transforme en indig-
fenderse, dar leyes e interpretarlas, sino también a abro- nación, la sociedad se disuelve automáticamente y cadu-
garlas y a indultar a cualquier reo con la plenitud de su ca el contrato. Este no se defiende, pues, por el derecho
poder. civil, sino por el derecho de guerra. Por consiguiente,
quien detenta el poder, está obligado a cumplir las con-
§ 6. N o cabe duda que los contratos o leyes, por los diciones de dicho contrato, por lo mismo que el h o m b r e
que la multitud transfiere su derecho a un Consejo o a un en el estado natural tiene que guardarse, para no ser su
hombre 79, deben ser violados, cuando el bien común así propio enemigo, de darse muerte a sí mismo, tal como
lo exige. P e r o emitir un juicio al respecto, es decir, sobre hemos dicho en el § anterior.
si el bien común aconseja o no violarlos, no es un dere-
cho que incumba a ningún particular, sino sólo a quien
detenta el poder supremo (por el § 3 de este capítulo).
Así, pues, según el derecho civil, sólo quien detenta tal
poder, es el intérprete de esas leyes. A ello se añade que
ningún particular puede, con derecho, castigar su infrac-
ción 80; por tanto, tampoco obligan realmente a quien de-
tenta el poder. Pero, si esas leyes son de tal índole, que
no puedan ser infringidas 81, sin que con ello se debilite

79
M. Francés (núm 6) hace una larga disquisición sobre el
significado de este parágrafo, sobre la base de que «le passage
est fort obscur dans le texte latín littéral» (pp. 1493/948, 1).
Pero, al fin, sólo llega a sugerir, a título de hipótesis, sustituir
«contractus seu leges» (/13) por «contractus conditiones» (/27)
o por «pactum» (TTP). Por otra parte, su interpretación
(pp. 1493-5) viene a coincidir con la que revela nuestra traduc-
ción, sin variar para nada el texto latino. Sobre las diversas
formas de contratos en el TP, cfr. nota 43 (consensus, una
mente, pax); nota 68 (foedus y contrahere = relación entre Es-
tados). Aquí contractus et leges = contractus conditiones no hacen,
pues, sino perfilar las condiciones del «consensus».
80
La traducción de Tierno Galván resulta extraña: «ni tam-
poco las leyes pueden ser constreñidas por la persona investida
de la autoridad soberana»; sin duda por traducir (en este caso,
mal) de M. Francés: «ees lois ne sont point... contraignantes
pour la personne investie de l'autorité» (sóuveraine) (el subraya-
do señala el fallo). El texto latino no ofrecía duda alguna «(le-
ges)... eum, qui imperium tenet, revera non obligant». Se diría
que no fue Tierno quien hizo «su» traducción.
81
Gebhardt rechaza en sus dos ediciones (núms. 2 y 9) el
cambio, sugerido por Hartenstein, de «violari» por «observari», «violari». Una ley cuya mínima infracción supusiera una rebe-
señalando, con razón, que la fuerza del texto está en mantener lión popular, sería intolerable.
Cap. V [Del fin último de la sociedad] Del fin último de la sociedad 119

Así pues, tras haber tratado del derecho de cualquier


sociedad en general, ya es t i e m p o de que tratemos de la
constitución mejor de cualquier Estado.

§ 2. Cuál sea la mejor constitución de u n Estado


cualquiera, se deduce fácilmente del fin del estado políti-
co, que no es otro que la paz y la seguridad de la vida.
Aquel Estado es, por tanto, el mejor, en el q u e los hom-
bres viven en concordia y en el que los derechos comu-
nes se mantienen ilesos. Ya que no cabe d u d a que las
sediciones, las guerras y el desprecio o infracción de las
leyes no deben ser imputados t a n t o a la malicia de los súb-
ditos cuanto a la mala constitución del Estado. Los hom-
bres, en efecto, no nacen civilizados, sino q u e se hacen.
Además, los afectos naturales de los hombres son los
mismos por doquier. D e ahí que, si en una sociedad
impera más la malicia y se cometen más pecados que en
otra, no cabe duda que ello proviene de que dicha socie-
Si. En el § 11 del capítulo II hemos demostrado
dad no ha velado debidamente por la concordia ni ha
que el hombre alcanza el más alto grado de autonomía,
cuando se guía al máximo por la razón. Y de ahí hemos instituido con prudencia suficiente sus derechos. Por eso,
concluido (véase el § 7 del capítulo I I I ) que aquella socie- justamente, no ha alcanzado todo el derecho que le co-
dad es más poderosa y más autónoma, que se funda y rresponde. Efectivamente, u n estado político que no ha
gobierna por la razón. Ahora bien, como la mejor regla eliminado los motivos de sedición y en el que la guerra
de vida que uno puede adoptar para conservarse lo me- es una amenaza continua y las leyes, en fin, son con fre-
jor posible, es aquella que se f u n d a en el dictamen de cuencia violadas, no difiere mucho del mismo estado na-
la razón, se sigue que lo mejor es siempre aquello que tural, en el que cada uno vive según su propio sentir y
el hombre o la sociedad hacen con plena autonomía. Yo con gran peligro de su vida 83.
no afirmo, en efecto, que toda acción conforme a dere-
cho sea la mejor posible. Pues una cosa es cultivar un § 3. Pero, así como los vicios de los súbditos y su
campo con derecho y otra cultivarlo muy bien; una cosa, excesiva licencia y contumacia deben ser imputados a
digo, es defenderse, conservarse, emitir juicio, etc. con la sociedad, así, a la inversa, su virtud y constante ob-
derecho y otra defenderse, conservarse y emitir juicio servancia de las leyes deben ser atribuidas, ante todo, a
lo mejor posible. Por consiguiente, una cosa es gobernar la virtud y al derecho absoluto de la sociedad, como
y administrar la cosa pública con derecho y otra distinta consta por el § 15 del capítulo II. Con justicia, pues,
gobernar y administrarla muy bien 82. se considera como una excelente virtud de Aníbal el que
82
Una vez más, la doble dimensión, moral y jurídica, de las
acciones humanas, incluso de las estatales: cfr. notas 45 y 74. 83
Cfr. I, 6 y notas 18-19.
118
120 Capítulo V Del fin último de la sociedad 121

nunca se haya producido en su ejército ninguna sedi- mera es libre. Por consiguiente, el fin del Estado adqui-
ción rido por derecho de guerra es dominar y tener esclavos
inás bien que súbditos. Es cierto que, si tan sólo consi-
§ 4. De una sociedad cuyos súbditos no empuñan las deramos sus derechos respectivos, no existe ninguna di-
armas, porque son presa del terror, no cabe decir que ferencia esencial entre el Estado que es creado por una
goce de paz, sino más bien que n o está en guerra. La multitud libre y aquel que es conquistado por derecho
paz, en efecto, no es la privación de guerra, sino una de guerra. Sus fines, sin embargo, son, como ya hemos
virtud que brota de la fortaleza del alma, ya que la obe- probado, radicalmente diversos, y también los medios por
diencia (por el § 19 del capítulo I I ) es la voluntad cons- los que cada uno de ellos debe ser conservado 86.
tante de ejecutar aquello que, por decreto general d e la
sociedad, es obligatorio hacer. Por lo demás, aquella so- § 7. Maquiavelo ha mostrado, con gran sutileza y de-
ciedad, cuya paz depende de la inercia de unos súbditos talle, de qué medios debe servirse un príncipe al que
que se comportan como ganado, porque sólo saben ac- sólo mueve la ambición de dominar, a fin de consolidar
tuar como esclavos, merece más bien el nombre de sole- y conservar un Estado. Con qué fin, sin embargo, no
dad que de sociedad 85. parece estar muy claro. Pero, si buscaba algún bien, como
es de esperar de un hombre sabio, parece haber sido el
§ 5. Cuando decimos, pues, que el mejor Estado es probar cuán imprudentemente intentan muchos quitar
aquel en que los hombres llevan una vida pacífica, en- de en medio a un tirano, cuando no se pueden suprimir
tiendo por vida humana aquella que se define, no p o r la las causas por las que el príncipe es tirano, sino que,
sola circulación de la sangre y otras funciones comunes por el contrario, se acrecentan en la medida en que se
a todos los animales, sino, por encima de todo, por la le dan mayores motivos de temor. Ahora bien, esto es
razón, verdadera virtud y vida del alma. lo que acontece, cuando la masa llega a dar lecciones al
príncipe y se gloría del parricidio como de una buena
§ 6. Hay que señalar, sin embargo, que, cuando digo acción. Quizá haya querido probar, además, con qué cui-
que el Estado está constitucionalmente orientado al fin dado debe guardarse la multitud de confiar su salvación
indicado, me refiero al instaurado p o r una multitud libre a uno solo. Ya que, si éste no es ingenuo, como para creer
y no al adquirido por derecho de guerra sobre esa mul- que puede agradar a todos, debe temer continuas ase-
titud. Porque una multitud libre se guía más por la es- chanzas; de ahí que se verá forzado a protegerse más
peranza que por el miedo, mientras que la sojuzgada se bien a sí mismo y a tender asechanzas a la multitud, en
guía más por el miedo que por la esperanza. Aquélla, en vez de velar por ella. M e induce a admitir más bien esto
efecto, procura cultivar la vida, ésta, en cambio, evitar último el hecho de que este prudentísimo varón era fa-
simplemente la muerte; aquélla, repito, procura vivir vorable a la libertad e incluso dio atinadísimos consejos
para sí, mientras que ésta es, por fuerza, del vencedor. para defenderla 87.
Por eso decimos que la segunda es esclava y que la pri-
86
Lo mismo que en el TTP, la verdadera seguridad y la paz
84
La alusión a Aníbal en: T. Livio, Historia de Roma, 28, van parejas con la libertad. Spinoza subraya aquí esta doctrina
12, 2-4. mediante fuertes oposiciones: paz-guerra, sociedad-soledad, vida-
85
La idea de paz y la de obediencia llevan consigo, lo mismo muerte, libertad-esclavitud; cfr. Locke, E. gob. civil, XVI, § 178.
87
que la de justicia (cfr. notas 47 y 52), la virtud de la fortaleza Esta ingeniosa y, en su tiempo, novedosa interpretación de
de alma (E, I I I , 59, esc.; IV, 73; TP, II, 11 y XI, 1). Maquiavelo es recogida por Rousseau, Contrat social, III, 6
UNIDAD
2

103
Instrumentos Internacionales de Derechos Humanos

DECLARACIÓN DE LOS DERECHOS


DEL HOMBRE Y DEL CIUDADANO, 1789*
Los representantes del pueblo francés, constituidos en Asamblea Nacional,
considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del hombre
son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de los gobiernos,
han decidido exponer, en una declaración solemne, los derechos naturales,
inalienables y sagrados del hombre, con el fin de que esta declaración,
constantemente presente para todos los miembros del cuerpo social, le recuerde
permanentemente sus derechos y sus deberes; con el fin de que los actos del Poder
Legislativo y los del Poder Ejecutivo, al poder ser comparados a cada instante con
la meta de toda institución política, sean más respetados; con el fin de que las
reclamaciones de los ciudadanos, fundadas desde ahora en principios simples e
incontestables se dirijan siempre al mantenimiento de la Constitución y a la felicidad
de todos

En consecuencia, la Asamblea Nacional, reconoce y declara, en presencia y bajo


los auspicios del Ser Supremo, los siguientes derechos del hombre y del ciudadano.

Artículo 1o.- Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las
distinciones sociales sólo pueden fundarse en la utilidad común.

Artículo 2o.- La meta de toda asociación política es la conservación de los


derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Estos derechos son: la libertad,
la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión.

Artículo 3o.- El origen de toda soberanía reside esencialmente en la Nación.


Ningún órgano, ni ningún individuo pueden ejercer autoridad que no emane
expresamente de ella.

Artículo 4o.- La libertad consiste en poder hacer todo lo que no daña a los demás.
Así, el ejercicio de los derechos naturales de cada hombre no tiene más límites que
los que aseguran a los demás miembros de la sociedad el goce de estos mismos
derechos. Estos límites sólo pueden ser determinados por la ley.

* Aprobada por la Asamblea Nacional Francesa, el 26 de agosto de 1789.

111
CODHEM

Artículo 5o.- La ley no puede prohibir más que las acciones dañosas para la
sociedad, todo lo que no es prohibido por la ley no puede ser impedido, y nadie
puede ser obligado a hacer lo que ésta no ordena.

Artículo 6o.- La ley es la expresión de la voluntad general. Todos los ciudadanos


tienen el derecho de participar personalmente o por medio de sus representantes
en su formación. Debe ser la misma para todos, tanto si protege como si castiga.
Todos los ciudadanos, al ser iguales ante ella, son igualmente admisibles a todas
las dignidades, puestos y empleos públicos, según su capacidad y sin otra distinción
que la de sus virtudes y la de sus talentos.

Artículo 7o.- Ninguna persona puede ser acusada, detenida ni encarcelada sino
en los casos determinados por la ley según las formas prescritas en ella. Los que
solicitan, facilitan, ejecutan o hacen ejecutar órdenes arbitrarias deben ser
castigados; pero todo ciudadano llamado o requerido en virtud de lo establecido en
la ley debe obedecer inmediatamente: se hace culpable por la resistencia.

Artículo 8o.- La ley no debe de establecer más que penas estrictas y


evidentemente necesarias, y nadie puede ser castigado sino en virtud de una ley
establecida y promulgada con anterioridad al delito y legalmente aplicada.

Artículo 9o.- Toda persona, siendo presumida inocente hasta que sea declarada
culpable, si se juzga indispensable su detención, la ley debe de reprimir
severamente todo rigor que no sea necesario para el aseguramiento de su persona.

Artículo 10o.- Nadie debe ser inquietado por sus opiniones, incluso religiosas, en
tanto que su manifestación no altere el orden público establecido por la ley.

Artículo 11o.- La libre comunicación de los pensamientos y de las opiniones es


uno de los derechos más preciados del hombre; todo ciudadano puede, por tanto,
hablar, escribir e imprimir libremente, salvo la responsabilidad que el abuso de esta
libertad produzca en los casos determinados por la ley.

Artículo 12o.- La garantía de los derechos del hombre y del ciudadano necesita
una fuerza pública. Esta fuerza se instituye, por tanto, para beneficio de todos y no
para la utilidad particular de aquellos que la tienen a su cargo.

Artículo 13o.- Para el mantenimiento de la fuerza pública y para los gastos de


administración es indispensable una contribución común: debe ser igualmente
repartida entre todos los ciudadanos en razón a sus posibilidades.

112
Instrumentos Internacionales de Derechos Humanos

Artículo 14o.- Todos los ciudadanos tienen el derecho de verificar por sí mismos
o por sus representantes la necesidad de la contribución pública, de aceptarla
libremente, de vigilar su empleo y de determinar la cuota, la base, la recaudación
y la duración.

Artículo 15o.-La sociedad tiene el derecho de pedir cuentas a todo agente público
sobre su administración.

Artículo 16o.- Toda la sociedad en la cual la garantía de los derechos no está


asegurada ni la separación de poderes establecida, no tiene Constitución.

Artículo 17o.- Siendo la propiedad un derecho inviolable y sagrado, nadie puede


ser privado de ella sino cuando la necesidad pública, legalmente constatada, lo
exige claramente y con la condición de una indemnización justa y previa.

113
Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793
Votada por la Convención Nacional el 23 de junio de
1793, e incorporada como preámbulo a la Constitución de 24 de junio de 1793.

El pueblo francés, convencido de que el olvido y el menosprecio de los derechos


naturales del hombre son la sola causa de los problemas del mundo, ha resuelto
exponer, en una declaración solemne, estos derechos sagrados e inalienables, para que
todos los ciudadanos puedan comparar los actos del gobierno y el funcionamiento de
toda institución social y no se deje jamás oprimir y abatir por la tiranía; con la finalidad
de que el pueblo tenga siempre delante de sus ojos las bases de su libertad y de su
bienestar; el magistrado, las reglas de sus deberes; el legislador, el objeto de su misión.

En consecuencia, proclama, en presencia del ser supremo, la declaración siguiente


de los derechos del hombre y del ciudadano.

Artículo 1 Finalidad de la sociedad: el bienestar común.

La finalidad de la sociedad es el bienestar común. El gobierno es instituido para


garantizar al hombre la vigencia de sus derechos naturales e imprescriptibles.

Artículo 2 Igualdad, libertad, seguridad y propiedad.

Estos derechos son la igualdad, la libertad, la seguridad, la propiedad.

Artículo 3 Igualdad.

Todos los hombres son iguales por naturaleza y ante la ley.

Artículo 4 Definición de la ley como voluntad general, límites.

La ley es la expresión libre y solemne de la voluntad general; es la misma para todos,


sea para proteger o para castigar; no puede ordenar más que lo que es justo y útil para la
sociedad; no puede prohibir más que lo que es nocivo.

Artículo 5 Principios de mérito y capacidad en acceso a Función Pública

Todos los ciudadanos tienen igualdad de acceso a la Función Pública. Los pueblos
libres no conocen otro motivo de preferencia, en sus elecciones, que las virtudes y los
conocimientos.

Artículo 6 Definición de la libertad, y límites morales: No hagas a los demás lo


que no quieres que te hagan a ti”

La libertad es el poder que tiene el hombre de hacer todo aquello que no cause perjuicio
a los derechos de los demás; tiene por principio la naturaleza; por regla, la justicia; por
salvaguarda, la ley; su límite moral viene dado por la máxima “no hagas a los demás lo
que no quieras que te hagan a tí”.

Artículo 7 Principio de libertad de expresión, de prensa y reunión


El derecho a manifestar sus ideas y opiniones, sea a través de la prensa, sea a través de
cualquier otro medio; el derecho a reunirse pacíficamente, el libre ejercicio de los
cultos, no pueden ser prohibidos. La necesidad de enunciar estos derechos supone, o
bien la presencia, o bien el recuerdo reciente del despotismo.

Artículo 8 Definición de “seguridad”

La seguridad consiste en la protección acordada por la sociedad a cada uno de sus


miembros para la conservación de su persona, de sus derechos y de sus propiedades.

Artículo 9 Definición de libertad pública e individual

La ley debe proteger la libertad pública e individual contra la opresión de los que la
administran.

Artículo 10 Detención, y obediencia en caso de detención.

Nadie puede ser acusado, arrestado y mantenido en confinamiento, excepto en los casos
determinados por la ley, y de acuerdo con las formas por ésta prescritas. Todo
ciudadano requerido o aprehendido por virtud de la ley debe obedecer inmediatamente,
y se hace culpable si ofrece resistencia.

Artículo 11 Legítima defensa.

Todo acto ejercido contra un hombre fuera de los casos y de las formas previstos por la
ley, es arbitrario y tiránico; todo aquél al que se le quisiere imponer violentamente, tiene
el derecho de rechazarlo por la fuerza.

Artículo 12 Prohibición de la arbitrariedad.

Todo aquel que promueva, solicite, ejecute o haga que sean ejecutadas órdenes
arbitrarias, es culpable y debe ser castigado.

Artículo 13 Presunción de inocencia.

Todo hombre es considerado inocente hasta que sea declarado culpable. Por lo tanto,
siempre que su detención se haga indispensable, la ley ha de reprimir firmemente todo
rigor mayor del necesario para asegurar su persona.

Artículo 14 Principio de tutela judicial efectiva, al juicio justo, y audiencia.

Nadie puede ser juzgado ni condenado sin haber sido previamente escuchado y
enjuiciado, y, en virtud de una ley promulgada con anterioridad al delito. Toda ley que
castigue los delitos cometidos antes de su existencia no es sino una tiranía; el efecto
retroactivo otorgado a la ley constituiría un crimen.

Artículo 15 Principio de proporcionalidad (legalidad punitiva)

La ley no debe imponer otras penas que aquéllas que son estricta y evidentemente
necesarias; las penas deben ser proporcionales a los delitos y últiles a la sociedad.
Artículo 16 Principio de propiedad privada, frutos del trabajo e industria.

El derecho de propiedad es el que pertenece a todo ciudadano para disfrutar y disponer a


su gusto de sus bienes, de sus ingresos, del fruto de su trabajo y de sus industrias.

Artículo 17 Principio de no prohibición

Ningún género de trabajo, de cultura, de comercio, puede prohibirse a la iniciativa de


los ciudadanos.

Artículo 18 Principio prohibición de la esclavitud, servilismo, etc.

Todo hombre puede comprometer sus servicios, su tiempo; pero no puede venderse, ni
ser vendido; su persona no es una propiedad alienable. La ley no reconoce la
domesticación; no puede existir más que un compromiso de respeto y reconocimiento
entre quien trabaja y su empleador.

Artículo 19 Principio de propiedad: Expropiación por causa legal y con


indemnización.

Nadie puede ser privado de ninguna parte de su propiedad, sin su consentimiento,


excepto en los casos de necesidad pública evidente, legalmente comprobada, y bajo la
condición de una justa y objetiva indemnización

Artículo 20 Principio contribución general

Ninguna contribución puede ser establecida por utilidad general. Todos los ciudadanos
tienen derecho a participar en el establecimiento de las contribuciones, de velar por el
uso de las mismas y de que les sean rendidas las cuentas.

Artículo 21 Principios de Asistencia y seguridad social

La asistencia social es una deuda sagrada. La sociedad debe asegurar la subsistencia de


los ciudadanos desprotegidos, ya sea procurándoles un trabajo, ya sea asegurando los
medios de existencia a los que no estén en condiciones de trabajar.

Artículo 22 Principios de necesidad de la educación

La educación es necesidad de todos. La sociedad debe esforzarse al máximo para


favorecer el progreso de la razón pública, y poner la educación pública al alcance de
todos los ciudadanos.

Artículo 23 Principio de la soberanía nacional

La garantía social consiste en la acción de todos para asegurar a cada uno el disfrute y la
conservación de sus derechos; esta garantía reposa sobre la soberanía nacional.
Artículo 24 Principio de los límites y responsabilidad pública
No puede existir si los límites de la función pública no son claramente determinados por
la ley, y, si la responsabilidad de todos los funcionarios no está asegurada.

Artículo 25 Principio de la soberanía popular

La soberanía reside en el pueblo; es una e indivisible, imprescriptible e inalienable.

Artículo 26 No representación directa

Ninguna parte del pueblo puede ejercer la representación del pueblo entero, pero cada
sección del pueblo reunido en forma soberana, tiene derecho a expresar su voluntad con
entera libertad.

Artículo 27 Pena de muerte por delitos de lessa mayestate

Todo individuo que usurpe la soberanía habría de recibir muerte inmediata a manos de
los hombres libres.

Artículo 28 Revisión de la Constitución: Libertad entre generaciones.

El pueblo tiene siempre el derecho a revisar, reformar y cambiar la Constitución. Una


generación no puede comprometer con sus leyes a generaciones futuras.

Artículo 29 Participación ciudadana, derecho de voto.

Cada ciudadano tiene derecho, en condiciones de igualdad, a participar en la


elaboración de la ley y en el nombramiento de sus mandatarios o agentes.

Artículo 30 Temporalidad de la función pública.

Las funciones públicas son de carácter temporal; no pueden ser consideradas como un
privilegio ni como una recompensa, sí en cambio como un deber.

Artículo 31 Delitos de mandatarios del pueblo

Los delitos de los mandatarios del pueblo y de sus agentes no deben quedar jamás
impunes. Nadie tiene derecho a considerarse más inviolable que el resto de los
ciudadanos.

Artículo 32 Principio o derecho de petición

El derecho de presentar peticiones a los depositarios de la autoridad pública no puede,


en ningún caso, ser prohibido, suspendido o limitado.

Artículo 33 Principio de la Resistencia

La resistencia a la opresión es la consecuencia de los otros derechos del hombre.


Artículo 34 Principio de Opresión contra uno es opresión contra todos

Existe opresión contra el cuerpo social cuando uno solo de sus miembros es oprimido.
Hay opresión contra cada miembro cuando el cuerpo social es oprimido.

Artículo 35 Principio de Insurrección

Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo la insurrección es para el pueblo, y
para cada porción del pueblo, el más sagrado de sus derechos y el más indispensable de
sus deberes.
Manuel A. Torremocha Jiménez I.E.S. Las Musas

Declaración de Derechos ( Bill of Rigths ) de los


Estados Unidos de América.
3 de noviembre de 1791

Bill of Rights o Declaración de Derechos norteamericano.


Es conocido con este nombre las primeras 10 enmiendas a la
Constitución de EE.UU. de 17 de septiembre 1787 que fueron
adoptadas el 3 de noviembre de 1791 y garantizan la libertad
de expresión, de religión, de prensa, el derecho de reunión, el
derecho de presentar demandas al gobierno y varios derechos
individuales sobre aspectos procesales y de procedimientos
criminales. Las propuso el Congreso y la ratificaron los distintos
estados, en cumplimiento con el artículo quinto de la
Constitución original (La Constitución norteamericana se puede
enmendar por una votación de dos tercios de cada cámara del
Congreso o por una convención nacional especial convocada al
efecto, y ratificada después por el voto de tres cuartos de la
cámara legislativa de los estados o las convenciones estatales)
Hay que diferenciar del The Bill of Rights inglés de 13 de
febrero de 1689.

Estas diez primeras enmiendas (Bill of Rights) fueron


ratificadas efectivamente el 15 de diciembre de 1791.

ENMIENDA I
El Congreso no hará ley alguna por la que adopte una religión como oficial del
Estado o se prohíba practicarla libremente, o que coarte la libertad de palabra o
de imprenta, el derecho del pueblo para reunirse pacíficamente y para pedir al
gobierno la reparación de agravios.

ENMIENDA II
Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado
Libre, no se violará el derecho del pueblo de poseer y portar armas.

ENMIENDA III
En tiempo de paz a ningún militar se le alojará en casa alguna sin el
consentimiento del propietario; ni en tiempo de guerra, como no sea en la
forma que prescriba la ley.

ENMIENDA IV
El derecho de los habitantes de que sus personas, domicilios, papeles y
efectos se hallen a salvo de pesquisas y aprehensiones arbitrarias, será
inviolable, y no se expedirán al efecto mandamientos que no se apoyen en un
Manuel A. Torremocha Jiménez I.E.S. Las Musas

motivo verosímil , estén corroborados mediante juramento o protesta y


describan con particularidad el lugar que deba ser registrado y las personas o
cosas que han de ser detenidas o embargadas.

ENMIENDA V
Nadie estará obligado a responder de un delito castigado con la pena capital o
con otra infamante si un gran jurado no lo denuncia o acusa, a excepción de los
casos que se presenten en las fuerzas de mar o tierra o en la milicia nacional
cuando se encuentre en servicio efectivo en tiempo de guerra o peligro público;
tampoco se pondrá a persona alguna dos veces en peligro de perder la vida o
algún miembro con motivo del mismo delito; ni se le obligará a declarar contra
sí mismo en ningún juicio criminal; ni se le privará de la vida, la libertad o la
propiedad sin el debido proceso legal; ni se ocupará la propiedad privada para
uso público sin una justa indemnización.

ENMIENDA VI
En toda causa criminal, el acusado gozará del derecho de ser juzgado
rápidamente y en público por un jurado imparcial del distrito y Estado en que el
delito se haya cometido, Distrito que deberá haber sido determinado
previamente po r la ley; así como de que se le haga saber la naturaleza y
causa de la acusación, de que se le caree con los testigos que depongan en su
contra, de que se obligue a comparecer a los testigos que le favorezcan y de
contar con la ayuda de un aboga do que le defienda.

ENMIENDA VII
El derecho a que se ventilen ante un jurado los juicios sujetos al "Common
Law" ( derecho consuetudinario ) en que el valor que se controvierta exceda de
20 dólares, será garantizado, y ningún hecho de que haya conocido un jurado
será objeto de nuevo examen en tribunal alguno de los Estados Unidos, como
no sea con arreglo a las normas del "Common Law".

ENMIENDA VIII
No se exigirán fianzas excesivas, ni se impondrán multas excesivas, ni se
infligirán penas crueles y desusadas.

ENMIENDA IX
No por el hecho de que la Constitución enumera ciertos derechos ha de
entenderse que niega o menosprecia otros que retiene el pueblo.

ENMIENDA X

Los poderes que la Constitución no delega a los Estados Unidos ni prohíbe a


los Estados, quedan reservados a los Estados respectivamente o al pueblo.
Sob re el sentido de la palabra revolucionario 1

Condorcet

De re volución hemos derivad o revolucionario, palabra que, en su


se nt ido general, expresa todo lo que concierne a una r evolución .
Pero ha s ido concebida para la nuestra, p ara esa que, a partir de
uno de los Estad os sometid os durante mucho tiempo al d espotismo, ha
creado en p ocos año s la únic a república e n la cual la libertad tiene p or
base una completa igua ldad de d erechos, co mo nunca ant es la había
tenid o. De manera que, la palabra revolucionario no se ap lica m ás q ue a
las re volu cione s q ue tie nen por objeto la libertad.
Decimos que un hombre es revolu cionar io cuand o est á
comprometido con los p rincip ios d e la revolució n, actúa por ella, est á
dispuesto a sacrific ars e para so ste ner la.
Un espíritu revoluc ionario e s u n espíritu apto para produ cir y par a
dirigir una re vo lució n hecha en fa vor de la libertad.
Una le y revo lu cionar ia es una le y que tiene p or ob jeto mantene r
esa revo lució n, y acelerar o regu lar su marcha.
Una medida revo lucio nar ia e s aquella que puede asegurar su éxito .
Se e nt iend e entonces que esa s le yes, e sa s medidas, no s e cuent a n
entre la s qu e convienen a u na so cied ad en paz; más bien e l c aráct er que
las distingue es el he cho de ser apropiadas sólo para un tiempo de
revo lu ción, aunq ue inútiles o injustas en otro.
Por ejemplo, pod ría llamarse revo lu cionar ia una le y q ue, en
Franc ia, p ro scrib ier a lo s nomb res de fa milia de manera que cada uno
tuviera un no mbre p erso nal a l que agregar ía, en lo s actos, el de su p adre,
a fin d e evit ar una co nfus ión contrar ia al buen orden. En efecto, en un
país ilustrado ( éclairé), donde los princip io s de la igualdad natura l
estuviera n co nsa grado s por el hábito, serí a ab surdo temer la p erpetu idad
de lo s nombres, y p or tanto habría u na le ve inju st icia en defen der la.
Pero en Fra nc ia, dond e los prejuicios de la de sigualdad est án má s
bien conte nidos que destruidos, dond e el od io que inspira n es aún
demas iado vio lento co mo para estar so metido s a todo el desprecio que
merece n; en Francia, una le y como esa podría ser útil: suprimiría
cualquier espera nza d e resurgim iento , tanto de la noblez a como d e las
distincio nes p or nac imiento.
En Roma, donde la desigu aldad est aba co nsa grada por la
const ituc ión y po r casi todas las ins titucione s soc iales, se disp onía
sist emát icame nte la perpetuid ad de los nombres de familia. Se llevaba e l
del tronco, luego el de la rama, y luego algu nas vec es el de u na segu nda
ramificació n. Pero en los p aí se s en los qu e se gozaba d e u na libertad
igua litar ia o en aquello s en los que se p adecía bajo la igua ldad de la
ser vidumbre, tanto en la repúb lica de Atenas como en Pers ia, los
nombres de fam ilia eran desco nocid os. En Grec ia, desde los t iempo s más
remo tos, era habitua l u sar el no mbre del p adre. Es así que, en Ho mero,

1
Apare ci d o o ri gi n al ment e en el Jo urna l d’In st ru ct i on so ci a l e , 1º de j un i o d e 1 79 3 .
Par a l a present e t radu cci ón s e h a t omad o el t ext o d e O eu vr es d e Co nd o rcet , vol . X II,
Fi r mi n Di dot Frér es, P ari s, 1 84 7.
se d ist inguen los do s Ayax; y no encont raremos ningu na hue lla d e que
ha ya s ido necesaria algu na otra distinc ión.
Sería eq uivocado , en camb io, llamar revolucionaria a la le y que
admit iera que lo s niños nac idos fuera del matr imonio se an compartid os
con igualdad por la mad re y p or el pad re que lo s ha reco nocido. No se
trata de q ue esta le y no ha ya s ido mu y útil para la r evolució n, pero esta
misma le y es exigida imperiosame nt e por los primero s princip ios de la
justic ia natu ra l y no se la debe dist ingu ir de otras le ye s just as y s ab ias
que conviene n para todo s los países y p ar a tod os lo s tiempos.
Mu y a menudo se ha abusado de la palabra revolucionario. Por
ejemplo, se dice en ge nera l: Es n ece sa rio ha cer una ley revo lu cionaria,
es necesario to mar medidas revolu ciona rias . ¿S ignifica le ye s y m edidas
útiles p ara la re voluc ión? No s e dice nada. ¿S ignifica medidas que no
convienen más qu e a est a época? Se d ice a lgo falso, pues si una med ida
fuera b uena a la vez para un estado de calma y p ara u n es tado de
revo lu ción, no sería otra cosa qu e mejor.
¿S ignifica una medida violenta, extraordinaria, contr ar ia a la s
reglas del orden común, a los princip io s ge nerales de la ju st icia ? No es
una razón suficiente p ara ad optarla; es necesar io además probar que es
útil y que las circu nsta ncias la exigen y la just ifican.
Tal vez s ea bueno remo ntar se al orige n de e ste abu so d e la palabr a
revolu ciona rio .
Cuando hubo que estab lecer la libertad sobre las ruina s de l
despo tismo y la igualdad sobre las de la aristocracia, fue mu y sabio no ir
a b uscar nuestros derechos e n la s cap it ulares de Car lomagno o e n la
le ye s Ripu aires; se los fundó en las et ernas re glas de la razón y la
natu raleza.
Pero apenas la r es iste ncia de los partis anos de la realez a y su s
abu so s obligó a tomar medidas rigurosas que las c ir cunstanc ias hicier o n
necesar ias, lo s ant i-revolu cionar ios cre yeron enredar a sus ad versar ios
ale gando los mismo s princ ip ios de justic ia natural con los cuále s s e los
hab ía venc ido con frecue nc ia; se escuchaba tod o el t iempo invocar la
declarac ión d e los derechos a los mismo s que la habían considerado
absurda y pe ligrosa.
Como a veces no era po sible re spo nderle s más q ue co n una ló gica
demas iado fina, y pu esto que no siempre se e staba se guro del é xito, se
inve ntó la expres ió n ley d e ci rcun stancia , que, por hab erse vuelto
ridícula en s eguida, fue reemplazad a por la expresión ley revolucionaria .
Las ant igu as le yes d e cas i todos lo s pueblos no so n más qu e una
colecc ión de ate ntado s de la fuerza contra la just icia, y vio lacio ne s de
los derec hos de todos en favor de los int erese s de algu nos. La política de
todos los gobier nos muestra sólo u na secuencia de perfidia s y vio lenc ias ;
los filóso fo s se co ntent aban cas i s iemp re con combatir e se s istema de
injust icia y de opres ión est able ciendo los princip ios de la mora l
universa l, que emp leab an e n su ge neralid ad metafí s ica. Se ocupaban
tanto menos de las e xcepc iones, cua nto veía n a lo s opresores just ifica r
todo el tiempo los abu sos y los críme ne s, p resent ándolos como
excep cione s e xigida s p or una imperiosa neces idad.
De e sta ma ner a, en la d ificu ltad de dist ingu ir lo q ue las
cir cu nsta ncias vo lvían legítimo, se consideró más simple obtener de allí
una e xcu sa vaga, y abras ar calurosament e como si fuera nec es ar io algo
cu ya just icia no se s abía mu y bien cómo probar.
Tal vez ho y sea tiempo de su stituir la s reglas más fijas de est a
costumbre, có mod a pero peligrosa.
Cuando un país recubre su libertad, cuando la re voluc ión est á
decidida pero no termin ada , existe nec esar iam ente un gr an nú mero de
hombres que procuran p roducir una re vo lución en se nt id o contrar io, una
con tra-revolución ; homb res qu e, confund ido s en la masa de c iudadanos,
se volvería n peligroso s s i se le s p ermit iera actuar concert ad ame nte,
su mar a todo s los que, co mpartie ndo sus sentim ientos, se cont ie nen po r
miedo o po r p ereza. Este es u n p eligro co ntra el cual e s justo defenderse;
de modo qu e toda acción, inclu so ind ifere nte, qu e aumente est e peligro,
puede ser objeto de u na le y repres iva, y toda acc ión qu e tiende a
preve nir lo puede ser le gít imamente exigid a a los ciudadanos.
El p acto social tie ne po r objeto el disfrute co mpleto e igualitario
de lo s derechos que pertenece n a l homb re, y s e fu nd a en la mutua
gara ntía de esos d erec hos. Pero esta garantía no se ext ie nde a los
individ uos qu e procu ran disolver lo. Así, cuando co nsta que ello su cede
en una soc iedad, se t iene e l derecho de emplear los med ios de
conocerlos; y cua ndo se los co noce, sólo se est á restr ingid o respecto a
ellos p or los lím ites de l derecho d e d efensa natural. Igualment e, s i u n
derecho más prec ioso se halla ame nazad o, y s i para conser varlo es
preciso s acr ificar el ejerc icio de otro derecho meno s impo rtante, exigir
ese sacrificio no equiva le a violar este últ imo d erecho -puesto que deja
de exist ir debido a que en quie n lo rec lamara ya no sería má s que la
libertad de violar en otro un derecho más p recioso.
En un ince ndio de Londres, en 1766, no se e xt ingue e l fu ego
porqu e la le y p ro hibe vu lnerar las casas; se deja arder los muebles y las
cosas de q uienes está n ausentes porque la le y prohib e forzar la s puertas.
No imit emos ese ejemplo .
Pero en Ingla terra, cuando se quiere violar la le y, cuando se quiere
que el re y pueda ejercer lib reme nte a ctos de tira nía, s e sup one una
consp iración. Es lo que hemos visto repetirs e en dos oportunidades
durante los últ imos años de Carlos II; co sa de la qu e tampoco Jorge I
prescind ió en absoluto y que Jorge III imit a tan gloriosame nte en este
mismo mo mento. Se deb e evitar de igual modo este e jemplo en s ent ido
contrar io.
Mientra s más la le y revolucio naria se ap arta d e los princ ipio s
rigurosos de la ju st icia co mún, más debe s er cont e nida dentro de los
límit es de la sever idad nece sariame nte ex igida po r la segurid ad pública.
En Inglaterra, la sola ac ción de decir la mis a s e considera u n crimen
capital. Esta le y jam ás fu e ejecu tada, só lo ha servido pa ra legaliza r
rigores arbitrar ios.
En u n buen sist ema de legislació n, las le ye s ordinaria s co nser va n
su fuerza, en la medida e n que no sean r evo cad as; p ero al co ntrar io, las
le ye s revolucio nar ias deb en exp licitar el término de su duració n y dejar
de estar e n vigo r s i, en e se momento, no so n reno vadas. E n u n t iemp o en
el q ue cualq uier papista pod ía ser cons iderad o co mo u n enem igo, la
nac ión ingle sa p udo legí timamente p rohibir la p ortación d e arma s; pero
la le y sub sist ió mu cho t iempo después d el mo mento en e l que, convert ida
en ab surda y t iránica, no era más q ue un med io de viles de lacio nes y
exacc ione s ver gonzosas.
Las le ye s, la s medidas revo lucio nar ias, están, pu es, como las
demás, so met idas a las severas re glas de la ju st icia; son le yes de
se guridad y no d e viole ncia. Así, la libertad de cambiar de lu gar, inc luso
sin u n motivo útil, la de emigració n, la de disponer cad a uno a su antojo
las cosas q ue se han recogid o o comp rado, aunque estén fundadas en e l
derecho natu ral, no pueden opo nerse a nuestra s le yes sobre los
pasap ortes, los emigrados, los alim ent o s, si la co ns er vac ión de la
so cied ad las ha vuelto necesar ias; pues es preciso e xam inarlas e n s í
misma s.
¿Aca so no es cierto que en los razona mientos so bre los que se
apo ya el princ ipio mu y verdad ero de la ju st icia y la ve nt aja de u na
libertad ilim it ada p ara el comercio de los alimento s, no se ha examinado
nunca la hipótes is segú n la cu al las mercaderías s erían valuadas por una
moneda cu yas cir cunstancias volverían decrec iente el va lor real, de
ma nera q ue p ueda e xistir un be neficio e n guardar una mercadería,
inclu so cuand o la abu nda ncia hiciera dis minuir el precio real? No se ha
examinado la hip ótes is se gún la cual la masa de ad quisic iones, pa gad as
por el t esoro público, lle garía a ser d ema siado gra nde como para alejar a
los compradores particu lares, forzados a u na ma yor eco nomía; ni s e ha
comparado el peligro de fijar u n maximum a quie n se ve increment ar sus
adquisic iones, y fortalecer así una gra n nació n po r su gobier no. Si e l
temor quimérico al mono polio d e mercaderías acop iadas ha sido
completame nt e refutado , no ha podido serlo la hipó tesis según la cua l
muchos grandes pod eres, reunid os contra u na sola nació n por el hecho de
que quiere ser libre, lle varía n ade lante el pro yecto d e someterla a l
hambre para ve ncer la; la hipó tesis segú n la cual esos po deres p odrían
tener e xpectativas d e ha llar cómplices en la nac ió n misma, y esos
cómplices p odrían, con igual é xito, tanto valerse de manio bras
comercia les como supo ner las para increme ntar el terror y e l saqu eo; en
fin, la hipó tes is según la cu al, por primera ve z, un pacto de ha mbre sería
posible d e una manera dist inta que a través d e le yes prohibit iva s.
¿E l p oder de la le y en un país que car ece de una const itució n
consa grada por alguno s añ os de hábito, puede ser acaso comp arada con
el de un p aí s donde el re speto a la le y e stablec ida -hast a que una
auto ridad legít ima la reforme- s e ha convertido en una de las virtudes
princip ales del ciudadano?
No creamos que es posible justificar todos los exceso s
rechazá ndo los

En la neces idad se as ienta la excusa d e los tira nos.

Pero cuidémonos tambié n de calum niar a lo s amigos de la libertad ,


juzgand o la s le yes que ellos ha ce n adop tar y las m edidas qu e propo nen,
se gún regla s que no son verdaderas en todo su alcance más q ue par a
tiemp os tranquilos.
Si el celo , incluso p or la causa más justa, se vu elve cu lp able
algu nas veces, pensemos tamb ién q ue la moderación no siemp re es
sabiduría.
Hagamos le ye s r evo lucionaria s, pero p ara ac elerar e l momento en
el q ue dejaremos d e t e ner nece sid ad de hac er las. Adoptemos medidas
revolu ciona rias, no para prolo ngar o ensa ngrentar la re vo lució n, sino
para completarla y precip itar su término.
La alteració n del sent ido de las p alab ras ind ica u na q ue se da e n
las cosas mismas.
Aristocracia s ignifica gob ierno de los sabios. Los anciano s
gob ernab an, por la autoridad qu e les confería la e xperie ncia, poblaciones
pob res y poco numerosas. Un peq ueño número de ricos go bernaro n co n
orgullo esas poblacio nes transformadas en villas opu lenta s y populosas;
desde e ntonces, la ar isto crac ia se ha convertido justamente e n sinónimo
de tiranía.
Los anc iano s prese ntaba n a lo s d io ses las voces de sus familia s; u n
sacerd ote (prêtre), s igu ie ndo la et imología de est a p alab ra, era un
anc iano. Le jos d e ello, ha y ge nte qu e vende profecías, inve nt a mila gros,
roba lo s bie nes de la t ierra prometiend o el cie lo, y ases ina a los hombres
en nomb re de Dios.

Traducción de Diego Tatián


M A X I M I L I E N ROBESPIERRE

POR LA FELICIDAD
Y POR LA LIBERTAD
Discursos

Selección y presentación de
Yannick Bosc, Florence Gauthier y Sophie Wahnich

EL VIEJO TOPO
SOBRE LOS PRINCIPIOS DE MORAL POLÍTICA QUE
DEBEN GUIAR A LA CONVENCIÓN NACIONAL EN LA
ADMINISTRACIÓN INTERIOR DE LA REPÚBLICA

"EL TERROR NO ES OTRA COSA QUE LA JUSTICL\ PRONTA,


SEVERA, INFLEXIBLE"
18 pluvioso del año 11—5 de febrero de 1794, en la Convención

Cuando Robespiere pronuncia este discurso en nombre del Comité de


salud pública tiene la sensación de encontrarse en una situación de tre-
gua, la cual le autoriza a pensar en elfinal de la Revolución y a abordar
los principios y las formas de la República venidera. El fin de la Repú-
blica es "el disfrute sosegado de la libertad y de la igualdad, el reino de la.
justicia eterna". Para alcanzarlo, Robespierre propone un nuevo orden de
cosas construido sobre el principio de la virtud, "que no es otra cosa que
el amor a la patria y a sus leyes" y el principio de igualdad. Estos princi-
pios deben servir de brújula para la acción del gobierno revolucionario
que prepara el advenimiento de la República. La virtud republicana
debe ser la energía tanto del pueblo como del gobierno, pero es el pueblo
quien actúa como guardián último de la misma. Si éste fuese corrupti-
ble, entonces la libertad estaría perdida. Por ello mismo, Robespierre se
apoya sobre un pueblo naturalmente virtuoso, puesto que ha reconquis-
tado su libertad y al que "para amar la justicia y la igualdad le es sufi-
ciente con amarse a si mismo". En consecuencia, la virtud debe actuar
como una fuerza coactiva sobre el gobierno para que éste haga el bien.
Sin embargo, durante la Revolución, la virtud sin el terror es impotente.
Y se trata todavía aquí de explicar el terror. Este no es "otra cosa que
la justicia pronta, severa, injlexible". Hay que proseguir el trabajo poli-
tico que consiste en distinguir a los ciudadanos republicanos de los
enemigos de la patria. Las ¡acciones son las que se encuentran en el nú-
cleo del dispositivo contrarrevolucionario. En contra de los moderados,
Robespierre explica ijiir rstr trabajo es un trabajo delicado: es preciso

243
/
sufrir por el pueblo, pero no tener piedad alguna hacia sus enemigos,
pues "perdonar a los opresores de la humanidad es barbarie". En con-
tra de los "ultrarrevolucionarios", él expresa que sus manifiestos contra^
la libertad de cultos y sus "extravagancias estudiadas" desfiguran el
gobierno revolucionario. Por esta razón, los unos y los otros son aliados
de hecho de la coalición contrarrevolucionaria y de los "aristócratas".
Proclamar los principios de la moral política y luchar contra las fac-
ciones es proteger la virtud de la representación nacional.

Ciudadanos representantes del pueblo


Expusimos, ya hace cierto tiempo, los principios de nuestra po-
lítica exterior: hoy vamos a desarrollar los principios de nuestra
política interior
Tras haber vagado durante largo tiempo al azar, y como arrastrados
por el movimiento de facciones contrarias, los representantes del
pueblo francés por fin han mostrado un carácter y un gobierno. Un
súbito cambio en la fortuna de la nación anunció a Europa la rege-
neración que se estaba produciendo en la representación nacional.
Pero, hasta el presente momento en el que hablo, hay que convenir
que hemos sido guiados más bien, en estas circunstancias tan tem-
pestuosas, por amor al bien y por la intuición de las necesidades de la
patria, más que por una teoría exacta y por reglas precisas de conduc-
ta, que no habíamos tenido siquiera el tiempo suficiente para trazar.
Es hora de determinar con nitidez cuál es el fin de la revolución,
y el plazo en el que nosotros queremos alcanzarlo; es hora de que
nos demos cuenta de los obstáculos que atin nos alejan de él, y de
los medios que debemos adoptar para alcanzarlo: idea simple e
importante, que parece no haber sido advertida jamás. Pero, claro,
¿cómo hubiera podido osar realizarla un gobierno cobarde y corrup-
to? Un rey, un senado, un César, un Cromwell deben ante todo re-
cubrir sus proyectos con un velo religioso, transigir con todos los vi-
cios, halagar a todos los partidos, aplastar al de las gentes de bien,
oprimir o engañar al pueblo para alcanzar el fin perseguido por su
pérfida ambición. Si no hubiésemos tenido una tarea más impor-
tante que realizar, si tan sólo se hubiese tratado aquí de los intereses
de una facción o de una nueva aristocracia, habríamos podido creer.

244
al igual que ciertos escritores aún más ignorantes que perversos, que
el plan .de la revolución francesa estaba ya escrito con todas las letras
en los libros de Tácito y de Maquiavelo, y que había que buscar en
consecuencia los deberes propios de los representantes del pueblo en
la historia de Augusto, de Tiberio o de Vespasiano, o incluso en la de
ciertos legisladores franceses; puesto que, con la diferencia de ciertos
matices mayores o menores, de perfidia o de crueldad, todos los tira-
nos se asemejan.
En cuanto a nosotros, venimos hoy para poner al mundo entero en
conocimiento de vuestros secretos políticos, a fin de que todos los
amigos de la patria puedan unirse a la voz de la nación y del interés
público; a fin de que la nación francesa y sus representantes sean res-
petados en todos los países del orbe terrestre donde pueda alcanzar el
conocimiento de sus verdaderos principios; a fin de que los intrigan-
tes que no buscan siempre sino reemplazar a otros intrigantes, sean
juzgados de acuerdo con reglas seguras y fáciles.
Es preciso tomar precauciones por anticipado, con el fin de poner
el destino de la libertad en manos de la verdad que es eterna, mejor
que encuentre la muerte tan sólo con pensar el crimen.
¡Feliz el pueblo que puede alcanzar ese punto! Pues, cualquiera
que sean los nuevos ultrajes que se le deparen, ¡qué fuente de recur-
sos no le ofrece un orden de cosas en el que la razón pública es la
garantía de la libertad!
¿Cuál es el fin hacia el que nos dirigimos? El disfrute sosegado de
la libertad y de la igualdad; el reino de esta justicia eterna, cuyas
leyes han sido grabadas, no sobre mármol o sobre piedra, sino en
los corazones de todos los hombres, incluso en el del esclavo que las
olvida, y en el del tirano que las niega.
Queremos un orden de cosas en el que todas las pasiones bajas y
crueles sean encadenadas, todas las pasiones bienhechoras y gene-
rosas sean avivadas por la ley; en el que la ambición consista en el
deseo de merecer la gloria y de servir a la patria; en el que las distin-
ciones no nazcan sino de la igualdad misma; en el que el ciudadano
esté sometido al magistrado, el magistrado al pueblo, y el pueblo a la
justicia; en el que la patria asegure el bienestar a todo individuo, y en
el que cada individuo disfrute con orgullo de la prosperidad y de la

245
gloria de la patria; en el que todos los espíritus se engrandezcan
mediante la continua comunicación de los sentimientos republica-
nos, Y mediante la necesidad de merecer la estima de un gran pueblo;
en el que las artes sean el adorno de la libertad que las ennoblece, el
comercio la fuente de la riqueza pública y no sólo de la opulencia
monstruosa de algunas casas.
Queremos que en nuestro país la moral sustituya al egoísmo, la
integridad en el obrar al honor, los principios a los usos, los debe-
res a la conveniencias, el imperio de la razón a la tiranía de la mo-
da, el desprecio del vicio al desprecio de la desgracia, el orgullo a la
insolencia, la grandeza de ánimo a la vanidad, el amor a la gloria al
amor al dinero, las buenas personas a la buena sociedad, el mérito
a la intriga, el talento a la agudeza, la verdad al relumbrón, el en-
canto de la felicidad al aburrimiento de la voluptuosidad, la gran-
deza del hombre a la pequenez de los grandes, un pueblo magná-
nimo, poderoso, feliz, a un pueblo amable, frivolo y miserable; es
decir, todas las virtudes y todos los milagros de la República a todos
los vicios y a todas las ridiculeces de la monarquía.
Queremos, en una palabra, satisfacer los íntimos deseos de la natu-
raleza, realizar los destinos de la humanidad, cumplir la promesas de
la filosofía, absolver a la providencia del largo reinado del crimen y de
la tiranía. Que Francia, antaño, ilustre entre los países esclavos, eclip-
sando la gloria de todos los pueblos libres que han existido se con-
vierta en modelo de las naciones, espanto de los opresores, consuelo
de los oprimidos, adorno del universo mundo, y que, al sellar nuestra
obra con nuestra sangre, podamos al menos ver brillar la aurora de la
felicidad universal. Esta es nuestra ambición, éste es nuestro fin.
¿Qué clase de gobierno puede realizar estos prodigios? Únicamen-
te el gobierno democrático o republicano. Estas dos palabras son
sinónimas, a pesar de los abusos del lenguaje vulgar; pues la aristo-
cracia no es más republicana que la monarquía. La democracia no
es un estado en el que el pueblo, continuamente congregado regu-
le por sí mismo todos los asuntos públicos, aún menos aquél en el
que cien mil fracciones del pueblo, mediante medidas aisladas, pre-
cipitadas y contradictorias, decidieran la suerte de la sociedad ente-
ra: un gobierno tal no ha existido jamás, y no podría existir sino

246
para volver a llevar al pueblo el despotismo.
La democracia es un estado en el que el pueblo soberano, guiado
por leyes que son obra suya, hace por sí mismo todo lo que puede
hacer, y mediante delegados todo lo que no puede hacer por sí
mismo.
Por tanto, debéis buscar las reglas de vuestra conducta política en
los principios del gobierno democrático.
Pero, para fundar y consolidar entre nosotros la democracia, para
llegar al reinado apacible de las leyes constitucionales, es preciso
terminar la guerra de la libertad contra la tiranía y atravesar feliz-
mente las tormentas de la revolución: tal es el fin del sistema revo-
lucionario que habéis regularizado. Por tanto, todavía debéis ajus-
tar vuestra conducta a las circunstancias tempestuosas en las que se
encuentra la república; y el plan de vuestra administración debe ser
el resultado del espíritu del gobierno revolucionario, combinado
con los principios generales de la democracia.
Ahora, bien, ¿cuál es el principio fundamental del gobierno de-
mocrático o popular, es decir, la energía esencial que lo sostiene y
lo hace moverse? Es la virtud; hablo de la virtud pública que pro-
dujo tantos prodigios en Grecia y Roma, y que debe producirlos
aún mucho más sorprendentes en la Francia republicana; de esa vir-
tud que no es otra cosa que el amor a la patria y a sus leyes.
Pero como la esencia de la república o de la democracia es la
igualdad, se concluye de ello que el amor a la patria abarca necesa-
riamente el amor a la igualdad. Es verdad también que este senti-
miento sublime supone la prioridad del interés público sobre todos
los intereses particulares; de lo que resulta que el amor a la patria
supone también o produce todas las virtudes: pues ¿acaso son ellas
otra cosa que la fuerza de ánimo que otorga la capacidad de hacer
estos sacrificios? ¿Cómo iba a poder, por ejemplo, el esclavo de la
avaricia o de la ambición, sacrificar su ídolo por la patria?
No sólo la virtud es el alma de la democracia, sino que tan sólo
puede existir bajo este gobierno. En la monarquía, yo no conozco
más que a un individuo que pueda amar a la patria, y que, por ello
mismo, no tiene incluso necesidad de virtud; es el monarca. La razón
estriba en que, de todos los habitantes de sus estados, el monarca es

247
el único que tiene una patria. ¿Acaso no es el soberano, como míni-
mo, de hecho? ¿No ocupa él el lugar del pueblo? ¿Y qué otra cosa
puede ser la patria sino es el país en que se es ciudadano y miembro
del soberano?
Como consecuencia del mismo principio, en los estados aristo-
cráticos la palabra patria no posee algún significado más que para
las familias patricias que se han apoderado de la soberanía.
Tan sólo en la democracia el estado es verdaderamente la patria
de todos los individuos que la componen, y puede contar con tan-
tos defensores interesados por su causa como ciudadanos contiene
ella en su seno. Esta es la fuente de la superioridad de los pueblos
libres sobre todos los demás. Si Atenas y Esparta triunfaron sobre
los tiranos de Asia, y los suizos sobre los tiranos de España y de Aus-
tria, no hay que buscarle a ello ninguna otra causa.
Pero los franceses son el primer pueblo del mundo que ha ins-
taurado la verdadera democracia, al convocar a todos los hombres
a la igualdad y a la plenitud de los derechos de ciudadanía; y esta
es, en mi opinión, la verdadera razón por la cual todos los tiranos
coaligados contra la república serán vencidos.
Hay que extraer desde este momento grandes consecuencias de
los principios que acabamos de exponer.
Puesto que el alma de la República es la virtud, la igualdad, y
vuestro fin es fundar, consolidar la república, de ello se sigue que la
primera regla de vuestra conducta política debe consistir en dirigir
todas vuestras operaciones al mantenimiento de la igualdad y al
desarrollo de la virtud; pues el primer desvelo del legislador debe
consistir en fortalecer el principio en que se fundamenta el gobiii
no. Así, todo lo que tiende a avivar el amor a la patria, a purificai
las costumbres, a elevar los espíritus, a encauzar las pasiones del co
razón humano en pro del interés público, debe ser adoptado o ins
taurado por vosotros. Todo lo que tiende a concentrarlas en la abycc
ción del yo personal, a despertar el encaprichamiento por las cosas
pequeñas y el desprecio de las grandes, debe ser rechazado o repri-
mido por vosotros. En el sistema de la Revolución francesa, lo que es
inmoral resulta contrario a la política, lo que es corruptor resulta con-
trarrevolucionario. La debilidad, los vicios, los prejuicios son el canii-

248
no hacia la monarquía. Arrastrados demasiado a menudo, quizá, por
el peso de nuestras antiguas costumbres, al igual que por la imper-
ceptible pendiente de la debilidad humana, hacia las ideas falsas y
hacia los sentimientos pusilánimes, tenemos que defendernos me-
nos del exceso de energía que del exceso de debilidad. Quizá el ma-
yor escollo que debamos evitar no es el fervor del celo, sino más
bien el cansancio del bien y el miedo a nuestro propio valor. Rea-
vivad sin cesar la sagrada energía del gobierno republicano, en lugar
de dejarla decaer. No necesito decir que yo no quiero justificar con
esto ningún exceso. Si se abusa de los principios más sagrados, le
corresponde a la sabiduría del gobierno el saber consultar las cir-
cunstancias, aprovechar la situación, elegir los medios; pues la ma-
nera como se preparan las grandes cosas es una parte consustancial
al talento de hacerlas, al igual que la sabiduría es en sí misma una
parte de la virtud.
No pretendemos fraguar la república francesa en el molde de la
de Esparta; no queremos darle ni la austeridad ni la corrupción de
los claustros. Acabamos de presentaros, en toda su pureza, el fun-
damento moral y político del gobierno popular. Disponéis en con-
secuencia de una brújula que puede orientaros en medio de las tem-
pestades de todas las pasiones, y del torbellino de intrigas que os
rodean. Tenéis la piedra de toque con la que podéis poner a prue-
ba todas vuestras leyes, todas las propuestas que se os hacen. Al
compararlas constantemente con este principio, podéis, en adelan-
te, evitar el escollo ordinario de las grandes asambleas, el peligro de
las sorpresas y de las medidas precipitadas, incoherentes y contra-
dictorias. Podéis dotar a todas vuestras operaciones de la organici-
dad, la unidad, la sabiduría, la dignidad que deben ser el signo de
los representantes del primer pueblo del mundo.
No son las consecuencias fáciles del principio de la democracia las
que hay que detallar, es el mismo principio simple y fecundo el que
debe ser desarrollado.
La virtud republicana puede ser considerada con relación al pue-
blo y con relación al gobierno; resulta necesaria en uno y otro caso.
Cuando tan sólo el gobierno carece de ella, queda aún la posibili-
dad de recurrir al pueblo; pero cuando hasta el pueblo mismo se ha

249
corrompido, la libertad está ya perdida. :;ÍÍ,U¡.' f >
Felizmente, la virtud es connatural al pueblo, a despecho de los
prejuicios aristocráticos. Un nación está verdaderamente corrompi-
da cuando, tras haber perdido gradualmente su carácter y su liber-
tad, pasa de la democracia a la aristocracia o a la monarquía; sobre-
viene entonces la muerte del cuerpo político por decrepitud. ¡Cuan-
do tras cuatrocientos años de gloria, la avaricia logra desterrar de
Esparta las buenas costumbres junto con las leyes de Licurgo, Agis
muere en vano intentando restaurarlas! Por más que Demóstenes
clama contra Filipo, Filipo encuentra en los vicios de la Atenas de-
generada abogados más elocuentes que Demóstenes. Todavía hay
en Atenas una población tan numerosa como en los tiempos de
Milcíades y de Arístides; pero ya no hay atenienses. ¿Qué importa
que Bruto haya dado muerte al tirano? La tiranía sobrevive en los
corazones, y Roma ya sólo existe en Bruto.
Pero cuando, como consecuencia de esfuerzos prodigiosos de valor
y de razón, un pueblo rompe las cadenas del despotismo para ofre-
cérselas como trofeos a la libertad; cuando, mediante la fuerza de su
temperamento moral, se libra, en cierta manera, de los brazos de la
muerte para recobrar todo el vigor de la juventud; cuando, alternati-
vamente sensible y orgulloso, intrépido y dócil no puede ser deteni-
do ni por las murallas inexpugnables, ni por ejércitos innumerables
de los tiranos armados en contra suyo, y cuando se refrena a sí mismo
ante la imagen de la ley, si no se eleva rápidamente a la altura de sus
destinos, no será sino por culpa de quienes le gobiernan.
Por otra parte se puede decir, en cierto sentido, que para amar la
justicia y la igualdad el pueblo no necesita de una gran virtud; le
basta con amarse a sí mismo.
Pero el magistrado está obligado a sacrificar su interés al interés
del pueblo, el orgullo del poder a la igualdad. Es necesario que la
ley hable sobre todo con imperio a quien es su ejecutor. Es necesa-
rio que el gobierno haga fuerza sobre sí mismo para mantener todas
sus partes en armonía con aquélla. Si existe un cuerpo representati-
vo, una autoridad central constituida por el pueblo, le corresponde
a ella vigilar y reprimir constantemente a todos los funcionarios
públicos. Pero, quién la reprimirá a ella misma sino su propia vir-

250
tud? Cuanto más alta es esta fuente de donde mana el orden públi-
co, más pura debe ser; es necesario por lo tanto que el cuerpo re-
presentativo comience por someter en sí mismo todas las pasiones
privadas a la pasión general del bien público. ¡Dichosos los repre-
sentantes, cuando su gloria y su mismo interés los ligan, tanto co-
mo sus deberes, a la causa de la libertad!
De todo lo dicho deducimos una gran verdad; y es que la carac-
terística de un gobierno popular es ser confiado con el pueblo y
severo consigo mismo.
A esto se limitaría todo el desarrollo de nuestra teoría, si vosotros
sólo tuvieseis que gobernar el navio de la República en la calma:
pero la tempestad ruge: y el estadio de la Revolución en el que os
encontráis os impone otra tarea.
Esa gran pureza de los fundamentos de la revolución, la sublimidad
misma de su objetivo es precisamente lo que constituye nuestra fuer-
za y nuestra debilidad: nuestra fuerza, porque nos da la superioridad
de la verdad sobre la impostura, y los derechos del interés público
sobre los intereses privados; nuestra debilidad porque reúne contra
nosotros a todos los hombres viciosos, a todos los que, en sus cora-
zones, meditaban cómo despojar al pueblo, y a los que han rechaza-
do la libertad como si fuera una calamidad personal, y a los que han
abrazado la revolución como un oficio y la República como una
presa: de ahí la defección de tantos hombres ambiciosos o ávidos que,
desde el comienzo, nos han ido abandonando sobre la marcha, por-
que ellos no habían comenzado el viaje para alcanzar el mismo fin.
Diríase que los dos genios contrarios que suelen representarse dispu-
tándose el dominio de la naturaleza, combaten en esta gran época de
la historia humana para fijar sin que haya posible vuelta atrás, los des-
tinos de la humanidad, y que Francia es el teatro de esta lucha temi-
ble. En el exterior, todos los tiranos os rodean; en el interior, todos
los amigos de la tiranía conspiran. Van a conspirar hasta que la es-
peranza le haya sido arrebatada al crimen. Es necesario ahogar a los
enemigos exteriores e intcriorev ác la República, o perecer con ella;
por ello, en tal situación, la primera máxima de vuestra política
debe ser que se guíe al pueblo mediante la razón y a los enemigos
de pueblo mediante el terror.

251
Si la energía del gobierno popular en la paz es la virtud, la ener-
gía del gobierno popular en revolución es a la vez la virtud y el
terror: la virtud, sin la cual el terror es funesto; el terror, sin el cual
la virtud es impotente. El terror no es otra cosa que la justicia pron-
ta, severa, inflexible; es pues una emanación de la virtud; es mucho
menos un principio particular que una consecuencia del principio
general de la democracia, aplicado a las más acuciantes necesidades
de la patria.
Se ha dicho que el terror era la energía del gobierno despótico. ¿El
vuestro se parece al despotismo? Sí, como la espada que brilla en las
manos de los héroes de la libertad se asemeja a aquella con la que
están armados los satélites de la tiranía. Que el déspota gobierne por
el terror a sus subditos embrutecidos; como déspota, él tiene razón:
domad mediante el terror a los enemigos de la libertad, y en tanto
que fundadores de la República, vosotros tendréis razón. El gobierno
de la revolución es el despotismo de la libertad contra la tiranía ¿O es
que la fuerza existe tan sólo para proteger el crimen? ¿Acaso el rayo
no está destinado a golpear las cabezas orgullosas?
La naturaleza impone a todo ser físico y moral la ley de velar por su
conservación; el crimen degüella a la inocencia para reinar, y la ino-
cencia se debate con todas sus fuerzas entre las manos del crimen.
Que la tiranía reine un solo día, al día siguiente no quedará ni un
patriota. ¿Hasta cuándo el furor de los déspotas será denominado jus-
ticia, y la justicia del pueblo barbarie o rebelión? ¡Cuánta ternura para
los opresores y cuánta inexorabilidad para con los oprimidos! Nada
más natural: quien no odie el crimen no puede amar la virtud.
Sin embargo es preciso que sucumba uno u otro. Indulgencia pa-
ra los realistas, exclaman ciertas gentes. ¡Gracia para los infames!
¡No. Gracia para la inocencia, gracia para los débiles, gracia para los
desdichados, gracia para la humanidad!
La protección social sólo les es debida a los ciudadanos pacíficos; no
hay otros ciudadanos en la República que los republicanos. Los rea-
listas, los conspiradores no son para ella más que extranjeros, o más
bien enemigos. Esta guerra terrible que sostiene la libertad contra la
tiranía ¿acaso no es indivisible? ¿Acaso los enemigos de dentro no son
los aliados de los enemigos de fuera? Los asesinos que desgarran la

252
patria en el interior; los intrigantes que compran las conciencias de
los mandatarios del pueblo; los traidores que la venden; los libelistas
mercenarios sobornados para deshonrar la causa del pueblo, para
matar la virtud pública, para atizar el fuego de las discordias civiles, y
para preparar la contrarrevolución política mediante la contrarrevo-
lución moral, todas esas gentes ¿son menos culpables o menos peli-
grosos que los tiranos a los que sirven? Todos aquéllos que interpo-
nen su dulzura parricida entre los infames y la espada vengadora de
la justicia nacional se asemejan a quienes se interpusieran entre los sa-
télites de los tiranos y las bayonetas de nuestros soldados; todos los
rebatos de su falsa sensibilidad no me parecen más que suspiros que
se les escapan involuntariamente hacia Inglaterra y hacia Austria.
¿Y por quién iban a enternecerse ellos? ¿Acaso por los doscientos
mil héroes, lo más selecto de la nación, segados por el hierro del ene-
migo de la libertad o bajo los puñales de los asesinos realistas o fede-
ralistas? No, esos no eran más que simples plebeyos, no eran más que
simples patriotas; para tener derecho a su tierno interés es necesario
ser, como mínimo, la viuda de un general que ha traicionado veinte
veces a la patria; para obtener su indulgencia, es preciso demostrar
que se ha hecho sacrificar a diez mil Franceses, al igual que un gene-
ral romano, para obtener el triunfo, debía haber matado, según creo,
a diez mil enemigos. Oyen con sangre fría el relato de los horrores
cometidos por los tiranos contra los defensores de la libertad; nues-
tras mujeres horriblemente mutiladas, nuestros hijos degollados en el
seno materno; nuestros prisioneros, sometidos a horribles tormentos
en expiación de su heroísmo conmovedor y sublime: y denominan
terrible carnicería al castigo demasiado lento de algunos monstruos
que se han cebado en la más pura sangre de la patria.
Sufren, con resignación, la miseria de los ciudadanos generosos
que han sacrificado a la más bella de las causas sus hermanos, sus
hijos, sus esposas: pero prodigan las más generosas consolaciones a las
mujeres de los conspiradores; resulta aceptable que ellas puedan sedu-
cir a la justicia impunemente, defender en contra de la libertad la
causa de sus allegados y de sus cómplices; se ha hecho de ellas casi una
corporación privilegiada, acreedora y pensionada del pueblo.
¡Con qué credulidad aún nos dejamos engañar ingenuamente por

253
las palabras! ¡Hasta qué punto la aristocracia y el moderantismo nos
gobiernan aún mediante las máximas asesinas que nos han dado!
La aristocracia se sabe defender mejor con sus intrigas que el pa-
triotismo con sus servicios. Pretenden gobernar las revoluciones me-
diante argucias palaciegas; se trata a las conspiraciones contra la
República como si fueran causas sumariales abiertas contra particula-
res. La tiranía mata, y la libertad pleitea; y el código hecho por los
mismos conspiradores es la ley por la cual se los juzga.
Se trata de la salvación de la patria, pero el testimonio del uni-
verso entero no puede sustituir a la prueba testimonial, ni la misma
evidencia a la prueba literal.
La lentitud de los juicios equivale a la impunidad; la incertidum-
bre de la pena envalentona a los culpables; y todavía hay quien se
lamenta de la severidad de la justicia; hay quien se lamenta de la
detención de los enemigos de la República. Eligen sus ejemplos en
la historia de los tiranos, porque no quieren buscarlos en la de los
pueblos, ni sacarlos del genio de la libertad amenazada. En Roma,
cuando el cónsul descubrió la conjura, y la sofocó al instante con la
muerte de los cómplices de Catilina, ¿por quién fue acusado él de
haber violado las formas? Por el ambicioso César, que quería engro-
sar su partido con la horda de los conjurados, por los Pisón, los
Clodio, y todos los malos ciudadanos que temían la virtud de un
verdadero Romano y la severidad de las leyes.
Castigar a los opresores de la humanidad, es clemencia; perdo-
narlos es barbarie. El rigor de los tiranos no tiene otro fundamen-
to que el rigor mismo; el rigor republicano se fundamenta en la
beneficencia.
Por ello, ¡maldito sea quien ose dirigir contra el pueblo el terror
que no debe dirigir más que contra sus enemigos! ¡Maldito sea todo
aquel que, confundiendo los inevitables errores del civismo con los
errores calculados de la perfidia, o con los atentados de los conspira-
dores, deja de lado al intrigante peligroso para perseguir al apacible
ciudadano! ¡Perezca el alevoso malvado que se atreva a abusar del
sagrado nombre de la libertad, o de las armas temibles que ella le ha
confiado, para llevar el duelo o la muerte a los corazones de los pa-
triotas! Este abuso se ha cometido, no podemos ponerlo en duda. Y

254
ello ha sido exagerado, sin duda, por la aristocracia: pero aunque tan
sólo existiera en toda la república un solo hombre virtuoso persegui-
do por los enemigos de la libertad, el deber del gobierno sería el de
buscarlo con inquietud y vengarlo con notoriedad.
Pero ¿es necesario concluir como consecuencia de esas persecu-
ciones promovidas contra los patriotas por el celo hipócrita de los
contrarrevolucionarios, que es preciso devolver la libertad a los con-
trarrevolucionarios y renunciar a la severidad? Precisamente estos
nuevos crímenes de la aristocracia no hacen sino demostrar su nece-
sidad. ¿Qué prueba la audacia de nuestros enemigos sino la tibieza
con la que se les ha perseguido? Esto es debido, en gran parte, a la
relajada doctrina que se ha predicado durante los últimos tiempos
para tranquilizarlos. Si vosotros hicieseis caso de esos consejos,
vuestros enemigos lograrían alcanzar sus fines y recibirían de vues-
tras propias manos el premio a la última de sus fechorías.
¡Con cuánta frivolidad se juzga cuando se ve en algunas victorias
alcanzadas por el patriotismo el final de todos los peligros! Echad-
le un vistazo a nuestra verdadera situación: os apercibiréis de que la
vigilancia y la energía os resultan más necesarias que nunca. Una
sorda malevolencia se opone por todas partes a las medidas del
gobierno: la fatal influencia de las cortes extranjeras, no por ser más
oculta es menos activa ni menos funesta. Se percibe que el crimen
intimidado no hace sino encubrir su andadura con mayor destreza.
Los enemigos interiores del pueblo francés se han dividido en dos
facciones, a modo de dos cuerpos de ejército. Marchan bajo ban-
deras de diferente color, y por caminos distintos: pero marchan con
un mismo fin, el fin es la desorganización del gobierno popular, la
ruina de la Convención, es decir, el triunfo de la tiranía. Una de es-
tas facciones nos empuja a la debilidad, la otra al exceso. Una quie-
re convertir la libertad en una bacante, la otra, en una prostituta.
Algunos intrigantes subalternos, a menudo incluso buenos ciuda-
danos engañados, se alinean en uno u otro partido: pero los cabe-
cillas pertenecen a la causa de los reyes o de la aristocracia y se unen
siempre en contra de los patriotas. Los bribones, aún cuando se ha-
cen la guerra entre ellos, se aborrecen mucho menos de lo que de-
testan a la gente honesta. La patria es su presa; se pelean entre ellos

255
para repartírsela: pero se coaligan contra quienes la defienden.
A los unos se les ha dado el nombre de moderados; seguramente
tiene más de agudeza que de exactitud la denominación de ultrarre-
volucionarios con la que se ha venido a designar a los otros. Esta de-
nominación, que no puede aplicarse en ningún caso a hombres de
buena fe a los que el celo y la ignorancia pueden arrastrar más allá de
la sana política de la revolución, no caracteriza con exactitud a los
hombres pérfidos que la tiranía soborna para comprometer, median-
te su aplicación falsa y funesta, los principios sagrados de la revolu-
ción.
El falso revolucionario suele estar, aún mucho más a menudo, de
este lado de la revolución, que más allá de la revolución: es modera-
do o un fanático del patriotismo, según las circunstancias. Se decide
en los comités prusianos, ingleses, austríacos, e incluso en los mosco-
vitas lo que pensará él mañana. Se opone a las medidas enérgicas, y
las exagera cuando no ha podido impedirlas; severo con la inocencia,
pero indulgente con el crimen, es acusador incluso de los culpables
que no son lo bastante ricos como para comprar su silencio, ni lo bas-
tante importantes como para merecer su celo, pero se encuentra a
buen resguardo siempre de comprometerse jamás hasta el punto de
defender la virtud calumniada; es descubridor a veces de complots
ya descubiertos, desenmascarador de traidores ya desenmascarados
e incluso ya decapitados, pero se deshace en elogios hacia los trai
dores vivos y aún acreditados; afanado siempre en halagar la opi-
nión del momento, y no menos solícito a no esclarecerla jamás, y
sobre todo a nunca contrariarla; siempre está presto a adoptar me-
didas audaces con tal de que estas tengan muchos inconvenientes;
es calumniador de aquellas que no ofrecen sino ventajas, o bien les
añade todas las enmiendas que pueden convertirlas en perjudicia-
les; dice la verdad con economía y justo lo preciso para adquirir el
derecho de mentir impunemente, destila el bien gota a gota y de-
rrama el mal a chorro vivo; inflamado de ardor en pro de las gran-
des resoluciones que nada significan, se muestra más que indife-
rente por las que pueden honrar la causa del pueblo y salvar la
patria; muy afanado en las formalidades patrióticas; muy apegado,
al igual que los devotos de quienes él se declara enemigo, a las prác-

256
ticas externas, mejor preferiría poder usar cien gorros frigios que
hacer una buena acción.
¿Qué diferencias encontráis entre esas gentes y vuestros modera-
dos? Son sirvientes empleados por el mismo amo, o si preferís,
cómplices que fingen estar en discordia entre ellos para ocultar me-
jor sus crímenes. Juzgadlos no por la diversidad de sus lenguajes,
sino por la identidad de sus resultados. Quien ataca a la Conven-
ción nacional con discursos insensatos y quien la confunde para
comprometerla, ¿acaso no están de acuerdo? Aquel que, con su se-
veridad injusta, fuerza al patriotismo a temer por sí mismo, invoca
la amnistía en favor de la aristocracia y de la traición. Aquel que
convocaba a Francia a la conquista del mundo, no tenía otro fin
sino el de convocar a los tiranos a la conquista de Francia'. Aquel
extranjero hipócrita que, desde hace cinco años, proclama a París la
capital del globo, no hacía sino traducir a otra jerga los anatemas de
los viles federalistas que condenaban París a la destrucción^. Predi-
car el ateísmo no es sino una manera de absolver la superstición y
de acusar a la filosofía; y la guerra declarada contra la divinidad no
es otra cosa que una diversión en favor de la monarquía.
¿Qué recurso les queda para combatir la libertad? ¿Alabarán, al
modo de los primeros campeones de la aristocracia, las dulzuras de
la servidumbre y las beneficencias de la monarquía, el genio sobre-
natural y las virtudes incomparables de los reyes?
¿Proclamarán la vanidad de los derechos del hombre y de los prin-
cipios de la justicia eterna?
¿Tratarán de exhumar a la nobleza y el clero, o reclamarán los de-
rechos imprescriptibles de la alta burguesía a la doble herencia?
No. Es mucho más cómodo adoptar la máscara del patriotismo para

1. Se trata de los brisotinos, que hicieron campaña, durante 1791-1792 a favor de


una guerra de anexión que comenzó a ser emprendida bajo la Convención girondi-
na. Ver los discursos de Robespierre contra la guerra de conquista el 2 de enero de
1792, el 3 de abril de 1793 y su proyecto de Declaración de derechos del 24 de abril
de 1793.
2. Anacharsis Cloots, que reclamaba con sus pronunciamientos una guerra ofen-
siva de los ejércitos franceses para liberar a los pueblos oprimidos y hacer de París la
capital del mundo. Ver el discurso de 2 de enero de 1792.

257
desfigurar, mediante insolentes parodias, el drama sublime de la revo-
lución, con el fin de comprometer la causa de la libertad mediante
una moderación hipócrita o mediante extravagancias estudiadas.
También la aristocracia se constituye en sociedades populares; el
orgullo contrarrevolucionario oculta bajo harapos sus complots y sus
puñales; el fanatismo destruye sus propios altares; el realismo canta
las victorias de la República; la nobleza, agobiada por los recuerdos,
abraza tiernamente la igualdad para ahogarla; la tiranía, teñida con l;i
sangre de los defensores de la libertad, esparce flores sobre la tumba
de aquéllos. ¡Si todos los corazones no han cambiado, cuántos rostros
se han enmascarado! ¿Cuántos traidores se inmiscuyen en nuestros
asuntos para arruinarlos!
¿Queréis ponerlos a prueba? Pedidles, en lugar de juramentos y
declamaciones, servicios reales.
¿Hay que actuar.'' Ellos discursean. ¿Hay que deliberar? Quieren
comenzar por la acción. ¿Los tiempos son pacíficos? Se opondrán a
todo cambio útil. ¿Son tempestuosos? Hablarán de reformarlo to-
do, para trastornarlo todo. ¿Queréis contener a los sediciosos? Ellos
os recuerdan la clemencia de César. ¿Queréis arrancar a los patrio-
tas de la persecución? Os ponen por modelo la firmeza de Bruto.
Revelan que tal individuo ha sido noble cuando él sirve a la Repú-
büca; no recuerdan en cambio quién la ha traicionado. ¿Es útil la
paz? Ellos os muestran las palmas de la victoria. ¿La guerra es nece-
saria? Alaban las dulzuras de la paz. Es necesario defender el terri-
torio? Pretenden castigar a los tiranos más allá de los montes y dr
los mares. ¿Es necesario recuperar nuestras fortalezas? Quieren to-
mar por asalto las iglesias y escalar el cielo. Olvidan a los austríacos
para hacerle la guerra a los devotos. ¿Hay que sostener nuestra caus.i
con la fidelidad de nuestros aliados? Clamarán en contra de todos
los gobiernos del mundo y os propondrán acusar, incluso, al Gran
Mogol mismo. ¿El pueblo acude al Capitolio a dar gracias a los dio-
ses por sus victorias? Entonan cánticos lúgubres sobre nuestros
reveses pasados. ¿Se trata de obtener nuevas victorias? Siembran
entre nosotros el odio, las divisiones, las persecuciones y el desáni-
mo. ¿Hay que hacer real la soberanía del pueblo y concentrar su
fuerza en un gobierno fuerte y respetado? Consideran que los priii-

258
cipios del gobierno lesionan la soberanía del pueblo. ¿Hay que re-
clamar los derechos del pueblo oprimido por el gobierno? No
hablan de otra cosa que del respeto por las leyes y de la obediencia
debida a las autoridades constituidas.
Han encontrado un admirable expediente para secundar los es-
fuerzos del gobierno republicano: desorganizarlo, degradarlo com-
pletamente, hacer la guerra a los patriotas que han contribuido a
nuestro éxito.
¿Buscáis los medios para abastecer a vuestros ejércitos? ¿Os ocu-
páis en arrebatar a la avaricia y al miedo las subsistencias que ellos
tienen encerradas? Gimen patrióticamente sobre la miseria pública
y anuncian el hambre. El deseo de prevenir el mal es siempre para
ellos un motivo para aumentarlo. En el norte se ha matado a las
gallinas y se nos ha privado de huevos so pretexto de que las galli-
nas se comían el grano. En el sur se ha hablado de destruir las more-
ras y los naranjos, so pretexto de que la seda es un artículo de lujo,
y los naranjos algo superfluo.
No podríais llegar a imaginar jamás ciertos excesos cometidos por
contrarrevolucionarios hipócritas para infamar la causa de la Revo-
lución. ¿-Podríais creer que en el país donde la superstición ha ejer-
cido mayor imperio, no contentos con sobrecargar las actividades
relativas al culto con todas las formas que podían hacerlas odiosas,
han propagado el terror entre el pueblo, difundiendo el rumor de
que se iba a matar a todos los niños menores de diez años y a todos
los viejos mayores de setenta? ¿Y que este rumor ha sido difundido
particularmente en la antigua Bretaña, y en los departamentos del
Rin y del Mosela? Este es uno de los crímenes imputados al anti-
guo acusador público del tribunal criminal de Estrasburgo. Las lo-
curas tiránicas de este hombre hacen verosímil todo lo que se cuen-
ta de Calígula y de Heliogábalo; pero no podemos darles crédito ni
siquiera con las pruebas a la vista. Él llevaba su delirio incluso hasta
el punto de requisar a las mujeres para su uso personal: se asegura
incluso que ha empleado este expediente para casarse.
¿De dónde ha salido, de repente, ese enjambre de extranjeros, de
curas, de nobles, de intrigantes de toda laya, que simultáneamente
se ha esparcido sobre la superficie de la república, para ejecutar, en

259
nombre de la filosofía, un plan de contrarrevolución que sólo ha
podido ser detenido por la fuerza de la razón pública? ¡Execrable
concepción, digna del genio de las cortes extranjeras coaligadas
contra la libertad, y de la corrupción de todos los enemigos inte-
riores de la República!
Y así, a los milagros continuos obrados por la virtud de un gran
pueblo, la intriga mezcla siempre la bajeza de sus tramas crimina-
les, la bajeza ordenada por los tiranos, que la convierten a conti-
nuación en materia de sus ridículos manifiestos, para sujetar a los
pueblos ignorantes con el fango del oprobio y con las cadenas de la
esclavitud.
Bueno, pero, ¿qué daño le pueden hacer a la libertad los crímenes
de sus enemigos? ¿Acaso el sol, aún cuando está tapado por un nu-
barrón pasajero, deja de ser el astro que anima la naturaleza? ¿La
espuma impura que el Océano arroja sobre sus orillas lo hace acaso
menos imponente?
En manos pérfidas todos los remedios a nuestros males se con-
vierten en venenos; todo lo que podáis hacer, todo lo que podáis
decir, lo volverán ellos contra vosotros, incluso las verdades que aca-
bamos de desarrollar.
Así, por ejemplo, tras haber sembrado por todas partes los gérme-
nes de la guerra civil con el ataque violento contra los prejuicios reli-
giosos, intentarán armar al fanatismo y a la aristocracia con las mis-
mas medidas que la sana política os ha aconsejado prescribir a favor
de la libertad de cultos. Si hubierais dejado libre el curso a la cons-
piración ésta habría desencadenado, tarde o temprano, una reacción
terrible y universal. Si la detenéis, tratarán de sacar partido todavía,
tratando de propalar que protegéis a los curas y a los moderados. No
debéis maravillaros si los autores de este sistema son precisamente los
mismos curas que más osadamente han confesado su charlatanería.
Si los patriotas arrebatados por un celo puro pero irreflexivo, han
sido en algún lugar víctimas de sus intrigas, ellos arrojarán toda su
reprobación sobre los patriotas; pues el primer punto de su doctri-
na maquiavélica es perder a la República perdiendo a los republica-
nos, del mismo modo que se somete a un país destruyendo al ejcr
cito que lo defiende. Podemos concluir de aquí uno de sus princi-

260
pios favoritos, y es que hay que valorar a los hombres como si no
fuesen nada; máxima de origen monárquico, que quiere decir que
les deben ser entregados a ellos todos los amigos de la libertad.
Hay que destacar que el destino de los hombres que sólo buscan
el bien público es convertirse en víctimas de quienes buscan su pro-
pio bien, y esto tiene dos causas; la primera, que los intrigantes ata-
can con los vicios del antiguo régimen; la segunda, que los patrio-
tas no se defienden más que con las virtudes del nuevo.
Una situación interior tal debe pareceros digna de toda vuestra
atención, sobre todo si reflexionáis que debéis combatir al mismo
tiempo a los tiranos de Europa, que debéis mantener sobre las
armas a un millón doscientos mil soldados, y que el gobierno está
obligado a reparar continuamente, a fuerza de energía y vigilancia,
todos los males que la innumerable multitud de nuestros enemigos
nos ha infligido durante el curso de cinco años.
¿Cuál es el remedio de todos estos males.'' No conocemos ningún
otro que no sea el desarrollo de la energía general de la República,
la virtud.
La democracia perece como consecuencia de dos excesos, la aris-
tocracia de los que gobiernan o el desprecio del pueblo por las auto-
ridades que él mismo ha establecido, desprecio que hace que cada
camarilla, que cada individuo atraiga para sí el poder público, y
conduzca al pueblo, mediante los excesos del desorden, a la aniqui-
lación o al poder de uno sólo.
La doble tarea de los moderados y de los falsos revolucionarios
consiste en hacer que demos vueltas perpetuamente entre estos dos
escollos.
Pero los representantes del pueblo pueden evitar ambos escollos;
pues el gobierno siempre es dueño de ser justo y sabio; y cuando
posee esta característica, está seguro de la confianza del pueblo.
Es bien cierto que el fin de todos nuestros enemigos es disolver la
Convención; es verdad que el tirano de Gran Bretaña y sus aliados pro-
meten a sus parlamentos y a sus subditos arrebataros vuestra energía y
la confianza pública de la que ella os ha hecho merecedores; y esta es la
primera de las instrucciones que ha dado a todos sus comisarios.
Pero hay una verdad que debe ser tenida por trivial en política, y

261
esta es que un gran cuerpo investido de la confianza de un gran pue-
blo no puede perderse más que por sí mismo; vuestros enemigos no
lo ignoran, así que no dudéis de que ellos se dedican sobre todo a des-
pertar entre vosotros todas las pasiones que pueden secundar sus
siniestros planes.
¿Qué pueden ellos contra la representación nacional, si no logran
sorprenderla en actos políticamente inapropiados que puedan su-
ministrar pretextos a sus criminales protestas? Ellos deben desear tener
necesariamente dos tipos de agentes, unos que traten de degradarla
mediante sus discursos, otros que, en su seno mismo, se esfiiercen por
engañarla, por comprometer su gloria y los intereses de la República.
Para atacarla con éxito, sería útil comenzar la guerra civil contra aqué-
llos representantes vuestros en los departamentos que habían merecido
vuestra confianza, y contra el Comité de salud pública; también ellos
han sido atacados por hombres que parecían combatir entre sí.
¿Qué mejor cosa podían tratar de hacer que paralizar el gobierno de
la Convención, y quebrantar todas sus energías, justo en el momento
en que se debe decidir la suerte de la República y de los riranos?
¡Lejos de nosotros la idea de que existe aún entre nosotros un solo
hombre suficientemente vil como para querer servir a la causa de los
tiranos! ¡Pero más lejos aún el crimen, que no nos será perdonado, de
engañar a la Convención nacional, y de traicionar al pueblo francés
con un culpable silencio! Pues si existe algo feliz para un pueblo libre,
esto es la verdad, azote de los déspotas, que es siempre su fijerza y su
salvación. Ahora bien, es cierto que aún existe un peligro para nuestra
libertad, quizá el único peligro serio que le queda por correr: este peli-
gro es el plan que ha existido verdaderamente de unir a todos los ene-
migos de la República resucitando el espíritu de partido; de perseguir
a los patriotas, de desmoralizar, de perder a los agentes fieles al
gobierno republicano, de hacer que falten las partes más esenciales
del servicio público. Se ha querido engañar a la Convención con
respecto a los hombres y con respecto a las cosas; se ha querido
darle el pego respecto de las causas de los abusos que se han exagc
rado, con el fin de hacerlos irremediables, se ha estudiado cómo lle-
narla de falsos temores, para extraviarla o para paralizarla; se buscí
dividirla, se ha buscado sobre todo dividir a los representantes en

262
viados a los departamentos y al Comité de salud pública; se ha que-
rido inducir a los primeros a contrariar las medidas de la autoridad
central, para crear el desorden y la confusión; se ha querido irritarlos
a su regreso, para convertirlos, sin que lo supieran, en instrumentos de
una conspiración. Los extranjeros utilizan en su provecho todas las pa-
siones particulares, e incluso al patriotismo engañado. Habían toma-
do, al principio, la determinación de ir por derecho al objetivo, calum-
niando al Comité de salud pública; se regalaban los oídos, entonces,
diciendo abiertamente que aquél sucumbiría bajo el peso de sus peno-
sas funciones. La victoria y la fortuna del pueblo francés lo impidie-
ron. Tras esta época tomaron la decisión de alabarlo, mientras lo
paralizaban y destruían los frutos de sus trabajos. Todas esas vagas
protestas contra los agentes fijos del Comité, todos los proyectos de
desorganización, disfrazados bajo el nombre de reformas, ya recha-
zados por la Convención, y reproducidos hoy con una extraña afec-
tación; ese apresuramiento en ensalzar a algunos intrigantes que el
Comité de salud pública debió alejar; ese terror inspirado a los bue-
nos ciudadanos; esa indulgencia con la que se acaricia a los conspi-
radores, todo ese sistema de impostura y de intriga, cuyo autor
principal es un hombre al que habéis expulsado de vuestro seno^,
está dirigido en contra de la Convención nacional, y tiende a hacer
realidad los propósitos de todos los enemigos de Francia.
Desde el momento en que ese sistema fue anunciado en los libe-
los, y puesto en práctica mediante actos públicos, la aristocracia y
el realismo comenzaron a levantar una insolente cabeza, el patrio-
tismo fue nuevamente perseguido en una parte de la República, la
autoridad nacional percibió una resistencia que ya había comenza-
do a resultar inusual entre los intrigantes. Por lo demás, aunque
esos ataques indirectos no hubiesen ocasionado otro inconveniente
que el de dividir la atención y la energía de los que tienen que so-
brellevar el inmenso peso con el que vosotros los habéis cargado, y
distraerlos demasiado a menudo de las grandes medidas de salud
pública, para ocuparse en desbaratar intrigas peligrosas, podrían

3. Fabre d'Énglantine, implicado en el asunto de la Compañía de Indias, fue dete-


nido el 12 de enero de 1794.

263
todavía ser considerados como una diversión útil a nuestros enemi-
gos.
Pero tranquilicémonos; aquí está el santuario de la verdad; aquí
residen los fundadores de la República, los vengadores de la huma-
nidad y los destructores de los tiranos.
Aquí, para destruir un abuso, basta con indicarlo. Y en cuanto a
ciertos consejos inspirados por el amor propio o por la debilidad de
los individuos, nos basta con llamarlos, en nombre de la patria, a la
virtud y a la gloria de la Convención nacional. Hemos decidido abrir
en la Convención una discusión solemne sobre todos los motivos de
su inquietud y sobre todo lo que puede influir en la marcha de la
revolución; la conjuramos a no permitir que ningún interés particu-
lar y oculto pueda usurpar aquí el ascendiente de la voluntad general
de la Asamblea y el poder indestructible de la razón.
Nos limitaremos hoy a proponeros que consagréis mediante vues-
tra aprobación formal las verdades morales y políticas sobre las que
debe basarse vuestra administración interna y la estabilidad de la
República, al igual que consagrasteis ya los principios de vuestra
conducta respecto de los pueblos extranjeros: mediante esto con-
gregaréis a todos los buenos ciudadanos, despojaréis de la esperan-
za a los conspiradores; aseguraréis vuestro camino y confundiréis las
intrigas y las calumnias de los reyes; honraréis vuestra causa y vues-
tro carácter a los ojos de todos los pueblos.
Dadle al pueblo francés esta nueva prueba de vuestro celo en pro-
teger el patriotismo, de vuestra justicia inflexible para los culpables
y de vuestra adhesión a la causa del pueblo. Ordenad que los prin-
cipios de moral política que acabamos de desarrollar sean procla-
mados, en vuestro nombre, dentro y fuera de la República.

264
UNIDAD
3

177
Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadanía, 1791

Olympe de Gouges

I - La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos. Las distinciones


sociales sólo pueden estar fundadas en la utilidad común.

II - El objetivo de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales


e imprescriptibles de la Mujer y del Hombre; estos derechos son la libertad, la
propiedad, la seguridad y, sobre todo, la resistencia a la opresión.

III - El principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación que no es más


que la reunión de la Mujer y el Hombre: ningún cuerpo, ningún individuo, puede ejercer
autoridad que no emane de ellos.

IV - La libertad y la justicia consisten en devolver todo lo que pertenece a los otros; así,
el ejercicio de los derechos naturales de la mujer sólo tiene por límites la tiranía
perpetua que el hombre le opone; estos límites deben ser corregidos por las leyes de
la naturaleza y de la razón.

V - Las leyes de la naturaleza y de la razón prohíben todas las acciones perjudiciales


para la Sociedad: todo lo que no esté prohibido por estas leyes, prudentes y divinas,
no puede ser impedido y nadie puede ser obligado a hacer lo que ellas no ordenan.

VI - La ley debe ser la expresión de la voluntad general; todas las Ciudadanas y


Ciudadanos deben participar en su formación personalmente o por medio de sus
representantes. Debe ser la misma para todos; todas las ciudadanas y todos los
ciudadanos, por ser iguales a sus ojos, deben ser igualmente admisibles a todas las
dignidades, puestos y empleos públicos, según sus capacidades y sin más distinción
que la de sus virtudes y sus talentos.

VII - Ninguna mujer se halla eximida de ser acusada, detenida y encarcelada en los
casos determinados por la Ley. Las mujeres obedecen como los hombres a esta Ley
rigurosa.

VIII - La Ley sólo debe establecer penas estrictas y evidentemente necesarias y nadie
puede ser castigado más que en virtud de una Ley establecida y promulgada
anteriormente al delito y legalmente aplicada a las mujeres.

1
IX - Sobre toda mujer que haya sido declarada culpable caerá todo el rigor de la Ley.

X - Nadie debe ser molestado por sus opiniones incluso fundamentales; si la mujer
tiene el derecho de subir al cadalso, debe tener también igualmente el de subir a la
Tribuna con tal que sus manifestaciones no alteren el orden público establecido por la
Ley.

XI - La libre comunicación de los pensamientos y de las opiniones es uno de los


derechos más preciosos de la mujer, puesto que esta libertad asegura la legitimidad
de los padres con relación a los hijos. Toda ciudadana puede, pues, decir libremente,
soy madre de un hijo que os pertenece, sin que un prejuicio bárbaro la fuerce a
disimular la verdad; con la salvedad de responder por el abuso de esta libertad en los
casos determinados por la Ley.

XII - La garantía de los derechos de la mujer y de la ciudadana implica una utilidad


mayor; esta garantía debe ser instituida para ventaja de todos y no para utilidad
particular de aquellas a quienes es confiada.

XIII - Para el mantenimiento de la fuerza pública y para los gastos de administración,


las contribuciones de la mujer y del hombre son las mismas; ella participa en todas las
prestaciones personales, en todas las tareas penosas, por lo tanto, debe participar en
la distribución de los puestos, empleos, cargos, dignidades y otras actividades.

XIV - Las Ciudadanas y Ciudadanos tienen el derecho de comprobar, por sí mismos o


por medio de sus representantes, la necesidad de la contribución pública. Las
Ciudadanas únicamente pueden aprobarla si se admite un reparto igual, no sólo en la
fortuna sino también en la administración pública, y si determinan la cuota, la base
tributaria, la recaudación y la duración del impuesto.

XV - La masa de las mujeres, agrupada con la de los hombres para la contribución,


tiene el derecho de pedir cuentas de su administración a todo agente público.

XVI - Toda sociedad en la que la garantía de los derechos no esté asegurada, ni la


separación de los poderes determinada, no tiene constitución; la constitución es nula si
la mayoría de los individuos que componen la Nación no ha cooperado en su
redacción.

Vindicación de los Derechos de la


Mujer

Por

Mary Wollstonecraft


Introducción de la autora

Tras considerar el devenir histórico y contemplar el mundo viviente con


anhelosa solicitud, las emociones más melancólicas de indignación
desconsolada han oprimido mi espíritu y lamento verme obligada a confesar
tanto que la Naturaleza ha establecido una gran diferencia entre un hombre y
otro como que la civilización que hasta ahora ha habido en el mundo ha sido
muy parcial. He repasado varios libros sobre educación y he observado
pacientemente la conducta de los padres y la administración de las escuelas.
¿Cuál ha sido el resultado? La profunda convicción de que la educación
descuidada de mis semejantes es la gran fuente de la calamidad que deploro y
de que a las mujeres, en particular, se las hace débiles y despreciables por una
variedad de causas concurrentes, originadas en una conclusión precipitada. La
conducta y los modales de las mujeres, de hecho, prueban con claridad que sus
mentes no se encuentran en un estado saludable, porque al igual que las flores
plantadas en una tierra demasiado rica, la fortaleza y provecho se sacrifican a
la belleza, y las hojas suntuosas, tras haber resultado placenteras a una mirada
exigente, se marchitan y abandonan en el tallo mucho antes del tiempo en que
tendrían que llegar a su sazón. Atribuyo una de las causas de este
florecimiento estéril a un sistema de educación falso, organizado mediante los
libros que sobre el tema han escrito hombres que, al considerar a las mujeres
más como tales que como criaturas humanas, se han mostrado más dispuestos
a hacer de ellas damas seductoras que esposas afectuosas y madres racionales;
y este homenaje engañoso ha distorsionado tanto la comprensión del sexo, que
las mujeres civilizadas de nuestro siglo, con unas pocas excepciones, solo
desean fervientemente inspirar amor, cuando debieran abrigar una ambición
más noble y exigir respeto por su capacidad y sus virtudes.
Por consiguiente, en un tratado sobre los derechos y modales de la mujer,
no deben pasarse por alto las obras que se han escrito expresamente para su
perfeccionamiento, en especial cuando se afirma con términos directos que las
mentes femeninas se encuentran debilitadas por un refinamiento falso; que los
libros de instrucción escritos por hombres de talento han presentado la misma
tendencia que las producciones más frívolas, y que, en estricto estilo
mahometano, se las trata como si fueran seres subordinados y no como parte
de la especie humana, cuando se acepta como razón perfectible la distinción
solemne que eleva al hombre sobre la creación animal y pone un cetro natural
en una mano débil.
Sin embargo, el hecho de que yo sea mujer no debe llevar a mis lectores a
suponer que pretendo agitar con violencia el debatido tema de la calidad o
inferioridad del sexo, pero, como lo encuentro en mi camino y no puedo
pasarlo por alto sin exponer a malinterpretación la línea principal de mi
razonamiento, me detendré un momento para expresar mi opinión en pocas
palabras. En el gobierno del mundo físico se puede observar que la mujer, en
cuanto a fuerza, es, en general, inferior al hombre. Es ley de la Naturaleza y no
parece que vaya a suspenderse o revocarse en favor de la mujer. Así pues, no
puede negarse cierto grado de superioridad física, lo cual constituye una
prerrogativa noble. Pero no contentos con esta preeminencia natural, los
hombres se empeñan en hundirnos aún más para convertirnos simplemente en
objetos atractivos para un rato; y las mujeres, embriagadas por la adoración
que bajo la influencia de sus sentidos les profesan los hombres, no tratan de
obtener un interés duradero en sus corazones o convertirse en las amigas de
los semejantes que buscan diversión en su compañía.
Tengo en cuenta una inferencia obvia. He oído exclamaciones contra las
mujeres masculinas provenientes de todas partes, pero ¿en qué deben basarse?
Si con esta denominación los hombres quieren vituperar su pasión por la caza,
el tiro y el juego, me uniré con la mayor cordialidad al clamor; pero si va
contra la imitación de las virtudes masculinas o, hablando con mayor
propiedad, de la consecución de aquellos talentos y virtudes cuyo ejercicio
ennoblece el carácter humano, y eleva a las mujeres en la escala de los seres
animales, donde se las incluye en la humanidad, debo pensar que todos
aquellos que las juzguen con talante filosófico tienen que desear conmigo que
se vuelvan cada día más y más masculinas.
Esta exposición divide el tema de modo natural. Primero consideraré a las
mujeres como criaturas humanas que, en común con los hombres, se hallan en
la tierra para desarrollar sus facultades; después señalaré de forma más
particular sus características.
También deseo evitar un error en el que han caído muchos escritores
respetables, porque la instrucción que hasta ahora se ha dirigido a las mujeres
más bien ha sido aplicable a las señoras, si se exceptúa el parecer pequeño e
indirecto que se vierte a través de Sandford and Merton; pero al dirigirme a mi
sexo en un tono más firme, dedico una atención especial a las de la clase
media porque parecen hallarse en el estado más natural. Quizá las semillas del
falso refinamiento, la inmoralidad y la vanidad siempre han sido sembradas
por los nobles. Seres débiles y artificiales, situados sobre los deseos y afectos
comunes de su raza de modo prematuro e innatural, minan los cimientos
mismos de la virtud y desparraman corrupción por la sociedad en su conjunto.
Como clase de la humanidad, tienen el mayor derecho a la piedad; la
educación de los ricos tiende a volverlos vanos y desvalidos, y el desarrollo de
la mente no se fortalece mediante la práctica de aquellos deberes que
dignifican el carácter humano. Solo viven para divertirse, y por la misma ley
que produce invariablemente en la Naturaleza ciertos efectos, pronto solo
abordan diversiones estériles.
Pero como pretendo dar una visión separada de los diferentes estratos de la
sociedad y del carácter moral de las mujeres en cada uno de ellos, por el
momento esta alusión es suficiente. Y solo me he ocupado del tema porque me
parece que la esencia misma de una introducción es proporcionar un recuento
sumario de los contenidos de la obra a la que introduce.
Espero que mi propio sexo me excuse si trato a las mujeres como criaturas
racionales en vez de hacer gala de sus gracias fascinantes y considerarlas
como si se encontraran en un estado de infancia perpetua, incapaces de valerse
por sí solas. Deseo de veras señalar en qué consiste la verdadera dignidad y la
felicidad humana. Quiero persuadir a las mujeres para que traten de conseguir
fortaleza, tanto de mente como de cuerpo, y convencerlas de que las frases
suaves, el corazón impresionable, la delicadeza de sentimientos y el gusto
refinado son casi sinónimos de epítetos de la debilidad, y que aquellos seres
que son solo objetos de piedad y de esa clase de amor que se ha calificado
como su gemela pronto se convertirán en objetos de desprecio.
Luego al desechar esas preciosas frases femeninas que los hombres usan
con condescendencia para suavizar nuestra dependencia servil y al desdeñar
esa mente elegante y débil, esa sensibilidad exquisita y los modales suaves y
dóciles que supuestamente constituyen las características sexuales del
recipiente más frágil, deseo mostrar que la elegancia es inferior a la virtud, que
el primer objetivo de una ambición laudable es obtener el carácter de un ser
humano, sin tener en cuenta la distinción de sexo, y que las consideraciones
secundarias deben conducir a esta simple piedra de toque.
Esto es el esbozo aproximado de mi plan, y si expreso mi convicción con
las enérgicas emociones que siento cuando pienso sobre el tema, algunos de
mis lectores experimentarán el dictado de la experiencia y la reflexión.
Animada por este importante objetivo, desdeñaré escoger las frases o pulir mi
estilo. Pretendo ser útil y la sinceridad me hará natural, ya que al desear
persuadir por la fuerza de mis argumentos en vez de deslumbrar por la
elegancia de mi lenguaje, no perderé el tiempo con circunloquios o en fabricar
expresiones rimbombantes sobre sentimientos artificiales que proceden de la
cabeza y nunca llegan al corazón. Me emplearé en las cosas y no en las
palabras, y deseosa de convertir a mi sexo en miembros más respetables de la
sociedad, trataré de evitar esa dicción florida que se ha deslizado de los
ensayos a las novelas y de ellas a las cartas familiares y a la conversación.
Esos pulcros superlativos, cuando se escapan de la lengua sin reflexión,
vician el gusto y crean una especie de delicadeza enfermiza que rechaza la
verdad simple y sin adornos; y un diluvio de falsas sensaciones y sentimientos
desmesurados, al ahogar las emociones naturales del corazón, convierten en
insípidos los placeres domésticos que deben suavizar el ejercicio de aquellos
severos deberes que educan al ser racional e inmortal para un campo de acción
más noble.
La educación de las mujeres últimamente se ha atendido más que en
tiempos anteriores. Aun así, todavía se las considera un sexo frívolo y los
escritores que tratan de que mejoren mediante la sátira o la instrucción las
ridiculizan o se apiadan de ellas. Se sabe que dedican muchos de los primeros
años de sus vidas a adquirir una noción superficial de algunas dotes; mientras
tanto, se sacrifica el fortalecimiento de cuerpo y alma a las nociones libertinas
de belleza, al deseo de establecerse mediante el matrimonio —único modo en
que las mujeres pueden ascender en el mundo. Y como este deseo las hace
meros animales, cuando se casan actúan como se espera que lo hagan los
niños: se visten, se pintan y se las moteja de criaturas de Dios. ¡Ciertamente
estos frágiles seres solo sirven para un serrallo! ¿Puede esperarse que
gobiernen una familia con fundamento o que cuiden de los pobres infantes que
traen al mundo?
Luego, si puede deducirse con exactitud de la conducta presente del sexo,
de la inclinación generalizada hacia el placer que ocupa el lugar de la
ambición y de aquellas pasiones más nobles que abren y ensanchan el alma
que la instrucción que han recibido las mujeres hasta ahora solo ha tendido,
con la implantación de la sociedad cortés, a convertirlas en objetos
insignificantes del deseo —¡meras propagadoras de necios!—, si puede
probarse que al pretender adiestrarlas sin cultivar sus entendimientos se las
saca de la esfera de sus deberes y se las hace ridículas e inútiles cuando pasa el
breve florecimiento de la belleza, doy por sentado que los hombres racionales
me excusarán por intentar persuadirlas para que se vuelvan más masculinas y
respetables.
Realmente la palabra masculinas es solo un metemiedos; hay poca razón
para temer que las mujeres adquieran demasiado valor o fuerza, ya que su
patente inferioridad con respecto a la fortaleza corporal debe hacerlas en cierto
grado dependientes de los hombres en las diferentes relaciones de la vida;
pero, ¿por qué debe incrementarse esta dependencia por prejuicios que ponen
sexo a la virtud y confunden las verdades llanas con ensueños sensuales?
De hecho, las mujeres se encuentran tan degradadas por la mala
interpretación de las nociones sobre la excelencia femenina, que no creo
añadir una paradoja cuando afirmo que esta debilidad artificial produce una
propensión a tiranizar y da cabida a la astucia, oponente natural de la fortaleza,
que las lleva a completar el juego con esos despreciables ademanes infantiles
que minan la estima aunque exciten el deseo. Que los hombres se vuelvan más
castos y modestos, y si las mujeres no se hacen más sensatas en la misma
proporción, quedará claro que poseen entendimientos más débiles. Parece
poco necesario decir que hablo del sexo en general. Muchas mujeres tienen
más sentido que sus allegados masculinos; y como nada pesa más donde hay
una lucha constante por el equilibrio sin que tenga naturalmente mayor
gravedad, algunas mujeres gobiernan a sus maridos sin degradarse, porque el
intelecto siempre gobernará.

A M. Talleyrand-Périgod, antiguo obispo de Autun


Señor, habiendo leído con gran placer un escrito que ha publicado


últimamente, le dedico este volumen —la primera dedicatoria que he escrito
en mi vida— para inducirle a leerlo con atención, y porque pienso que me
entenderá, lo que no supongo que harán muchos de los que se creen agudos e
ingeniosos, que quizás ridiculicen los argumentos que no son capaces de
rebatir. Pero, señor, llevo mi respeto hacia su entendimiento aún más lejos,
porque confío en que no dejará de lado mi obra y concluirá a la ligera que
estoy en el error porque usted no consideró el asunto a la misma luz que yo. Y,
perdón por mi franqueza, pero debo observar que usted lo trató de modo
demasiado superficial, satisfecho con considerarlo como lo había sido en otro
tiempo, cuando los derechos del hombre, por no aludir a los de la mujer, eran
pisoteados como quiméricos. Así pues, le emplazo ahora para sopesar lo que
he avanzado respecto a los derechos de la mujer y la educación nacional; y lo
hago con el tono firme de la humanidad, porque mis argumentos, señor, están
dictados por un espíritu desinteresado: abogo por mi sexo y no por mí misma.
Desde hace tiempo he considerado la independencia como la gran bendición
de la vida, la base de toda virtud; y siempre la alcanzaré reduciendo mis
necesidades, aunque tenga que vivir de una tierra estéril.
Así, es el afecto por el conjunto de la raza humana lo que hace a mi pluma
correr rápidamente para apoyar lo que creo que constituye la causa de la
virtud; y el mismo motivo me lleva a desear honradamente ver a la mujer
colocada en una posición desde la que adelantaría, en lugar de retrasar, el
progreso de aquellos gloriosos principios que dan sustancia a la moralidad. En
efecto, mi opinión sobre los derechos y obligaciones de las mujeres parece
brotar de modo tan natural de esos principios fundamentales, que pienso,
aunque no sea muy probable, que algunas de las mentes preclaras que dieron
forma a vuestra admirable constitución coincidirían conmigo.
En Francia, sin duda, existe una difusión más general del conocimiento que
en cualquier otra parte del mundo europeo, y lo atribuyo, en gran medida, al
intercambio social que durante mucho tiempo ha pervivido entre los sexos. Es
cierto —expreso mis sentimientos con libertad— que allí se ha extraído la
Toussaint L’Ouverture

La Revolución haitiana
Introducción a cargo de
Jean-Bertrand Aristide

Edición de
Nick Nesbitt

Traducción de
Alfredo Brotons Muñoz

Rev haitiana.indb 3 04/12/12 15:15


3
Carta de Biassou, Jean-François
y Toussaint L’Ouverture a la Asamblea General
Julio de 1792

Este extraordinario documento, firmado por Toussaint con el nom-


bre de su sobrino de catorce años de edad Belair, lo escribieron los
líderes de la revuelta de esclavos a la asamblea colonial de Saint-
Domingue y al comisario nacional Roume. Tras el fracaso de las ne-
gociaciones seis meses antes, la carta constituye un testimonio de una
temprana y rápida radicalización de la revolución a fin de incluir
el llamamiento a la libertad general basado en la lógica de los indi-
visibles derechos humanos universales.

Caballeros:

Quienes tienen el honor de presentaros estas memorias son


una clase de hombres que hasta el presente habéis rehusado a
reconocer como vuestros semejantes y que habéis cubierto de
oprobio arrojando sobre ellos la ignominia ligada a su infortu-
nada suerte. Estos son hombres que no saben emplear grandes
palabras, pero que van a mostraros a vosotros y a todo el mundo
la justicia de su causa; finalmente, son aquellos a los que llamáis

Rev haitiana.indb 55 04/12/12 15:15


56 La Revolución haitiana

vuestros esclavos y que reclaman los derechos a los que todos los
hombres pueden aspirar.
Durante demasiado tiempo, caballeros, con abusos de cuya
comisión nunca se acusará bastante a nuestra falta de compren-
sión y nuestra ignorancia –durante mucho tiempo, digo–, he-
mos sido víctimas de vuestra codicia y vuestra avaricia. Bajo los
verdugazos de vuestro bárbaro látigo hemos acumulado para
vosotros los tesoros de que disfrutáis en esta colonia; la raza
humana ha sufrido viendo con qué barbarie habéis tratado a
hombres como vosotros –sí, hombres– sobre los que no tenéis
otro derecho excepto que sois más fuertes y más bárbaros que
nosotros; os habéis dedicado al tráfico [de esclavos], habéis ven-
dido hombres a cambio de caballos, e incluso esa es la más pe-
queña de vuestras faltas a ojos de la humanidad; nuestras vidas
dependen de vuestro capricho, y cuando se trata de divertiros,
la carga recae sobre hombres como nosotros, que la mayor parte
de las veces no somos culpables de otro delito que el de estar a
vuestras órdenes.
Somos negros, es cierto, pero decidnos, caballeros, vosotros
que sois tan juiciosos, ¿qué ley dice que el hombre negro debe
pertenecer al hombre blanco y ser propiedad suya? Desde luego
no podréis hacernos ver dónde existe, si no es en vuestras ima-
ginaciones, siempre dispuestas a formar nuevos [fantasmas] con
tal que os sean ventajosas. Sí, caballeros, somos libres como vo-
sotros, y es solamente vuestra avaricia y nuestra ignorancia las
que hacen que hoy en día persista la esclavitud, y no podemos
ni ver ni encontrar el derecho que afirmáis tener sobre nosotros,
ni nada que pudiera probárnoslo a nosotros, habitantes de la
tierra como vosotros, todos hijos del mismo padre y creados a su
misma imagen. Somos vuestros iguales, pues, por derecho natu-
ral, y si la naturaleza se complace en diversificar los colores dentro
de la raza humana, ni es un delito nacer negro ni una ventaja ser
blanco. Si los abusos en la colonia han continuado durante va-
rios años, eso fue antes de la afortunada revolución que ha teni-
do lugar en la patria, la cual nos ha abierto la senda por la que

Rev haitiana.indb 56 04/12/12 15:15


Carta de Biassou, Jean-François y Toussaint L’Ouverture… 57

nuestro coraje y nuestro trabajo nos permitirán ascender, para


llegar al templo de la libertad, lo mismo que esos valientes fran-
ceses que son nuestros modelos y a los que todo el universo está
contemplando.
Durante demasiado tiempo hemos arrastrado vuestras cade-
nas sin pensar en quitárnoslas, pero a toda autoridad que no se
base en la virtud y la humanidad, y que sólo tienda a someter a
otro hombre a la esclavitud, debe ponérsele fin, y eso es lo que
va a suceder con vosotros. Vosotros, caballeros, que pretendéis
someternos a la esclavitud, ¿no habéis jurado respetar la Consti-
tución francesa? ¿Qué dice esta respetable Constitución? ¿Cuál
es la ley fundamental? ¿Habéis olvidado que os habéis compro-
metido con la Declaración de los Derechos del Hombre, que dice
que los hombres han nacido libres, iguales en derechos; que sus
derechos naturales incluyen la libertad, la propiedad, la seguri-
dad y la resistencia a la opresión? Así pues, como vosotros no
podéis negar lo que habéis jurado, nosotros estamos en nuestro
derecho y vosotros debéis reconoceros a vosotros mismos como
perjuros; con vuestros decretos reconocéis que todos los hombres
son libres, pero queréis mantener la servidumbre de 480.000
individuos que os permiten disfrutar de todo lo que poseéis. A
través de vuestros enviados ofrecéis la libertad sólo a nuestros
patronos; sigue siendo una de vuestras máximas políticas decir
que deberíamos entregaros a quienes han realizado una parte
igual en nuestro trabajo para que sean vuestras víctimas. No,
preferimos mil muertes a actuar de ese modo con los nuestros.
Si queréis concedernos los beneficios que nos son debidos, to-
dos nuestros hermanos deben compartirlos…
Caballeros, en muy pocas palabras habéis visto nuestro modo
de pensar: es unánime, y después de consultar todos aquellos con
los que estamos conectados en la misma causa os presentamos
nuestras demandas, que son las siguientes.
Primera: libertad general para todos los hombres sometidos
a esclavitud.
Segunda: amnistía general por el pasado.

Rev haitiana.indb 57 04/12/12 15:15


58 La Revolución haitiana

Tercera: garantías del cumplimiento de estos artículos por


parte del gobierno español.
Cuarta: los tres artículos anteriores constituyen la base y el
único medio de lograr una paz respetada por las dos partes, y
sólo tras ser aprobadas en nombre de la colonia y de M. el te-
niente general, y cuando los comisarios civiles nacionales hayan
acordado presentar esta aprobación al rey y a la Asamblea Na-
cional.
Si, como nosotros, deseáis que estos artículos sean acepta-
dos, nos comprometemos a lo siguiente: primero, deponer las
armas; segundo, que cada uno de nosotros volverá a la planta-
ción a la que pertenece a reanudar su trabajo a cambio de un
salario que se establecerá anualmente para cada cultivador que
comience a trabajar por un plazo fijo.
Esta es, caballeros, la solicitud de hombres que son como
vosotros, y esta es su resolución final: están resueltos a vivir li-
bres o morir.
Tenemos el honor se ser, caballeros, vuestros muy humildes
y obedientes servidores.

Biassou,
Jean-François, Belair

Rev haitiana.indb 58 04/12/12 15:15


11
Discurso a los soldados para la destrucción universal
de la esclavitud
18 de mayo de 1797

Que la llama sagrada de la libertad que hemos conquistado


guíe todos nuestros actos. […] Sigamos plantando el árbol de la
libertad, rompiendo las cadenas de aquellos hermanos nuestros
que aún permanecen en cautividad bajo el vergonzoso yugo de
la esclavitud. Pongámoslos bajo el amparo de nuestros derechos,
los imprescriptibles e inalienables derechos de los hombres li-
bres. [Superemos] las barreras que separan a las naciones, y una-
mos a la especie humana en una única fraternidad. Tratemos
únicamente de procurar a los hombres la libertad que [Dios] les
ha dado, y que otros hombres les han quitado sólo transgredien-
do Su inmutable voluntad.

Bulletin officiel de Saint-Domingue, 18 de mayo de 1797.

Rev haitiana.indb 81 04/12/12 15:15


13
Carta al Directorio francés
Noviembre de 1797

Esta carta, junto con su proclamación de 1793 el escrito más famoso


jamás redactado por Toussaint, es el documento culminante de su fi-
losofía política republicana y su más firme defensa de los derechos
humanos universales. Fue escrita en respuesta al creciente conserva-
durismo del Directorio francés y, en particular, a los ataques contra
Toussaint por parte del archirracista y proesclavista representante
Vaublanc1.

Toussaint L’Ouverture al Directorio francés:

Cuando el pueblo de Saint-Domingue saboreó por vez prime-


ra el fruto de la libertad que deben a la equidad de Francia; cuan-
do a los violentos levantamientos de la revolución que la anuncia-
ba sucedieron los placeres de la tranquilidad; cuando, finalmente,
el imperio de la ley sustituyó a la anarquía durante demasiado

1
  Para un comentario aún no superado sobre la importancia de esta carta para
la historia mundial, véase C. L. R. James, The Black Jacobins [1963], Nueva
York, Vintage, 1989 pp. 194-198.

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88 La Revolución haitiana

tiempo sufrida por la infortunada colonia, ¿qué fatalidad puede


haber llevado al mayor enemigo de su prosperidad y de nuestra
felicidad a seguir atreviéndose a amenazarnos con el retorno de la
esclavitud? El impolítico e incendiario discurso de Vaublanc no
ha amenazado tanto a los negros como a la certeza de los planes
sobre los que meditan por propietarios de Saint-Domingue. Tan
insidiosas declaraciones no deberían tener efecto sobre los pru-
dentes legisladores que han decretado la libertad para la humani-
dad. Los ataques que los colonos proponen contra esta libertad
deben temerse tanto más en la medida en que ocultan sus detes-
tables proyectos bajo el velo del patriotismo. Sabemos que se os
han hecho descripciones ilusorias y especiosas de la renovación de
la terrible violencia. Pérfidos emisarios se han infiltrado ya entre
nosotros para fomentar la destrucción a manos de los liberticidas.
No triunfarán, eso lo juro por todo cuanto de más sagrado con-
tiene la libertad. Mi apego a Francia, la gratitud que todos los
negros conservan hacia ella, me impone el deber de no ocultaros
ni los planes fomentados ni el juramento que renovamos de ente-
rrarnos bajo las ruinas de un país revivido por la libertad antes
que sufrir el retorno de la esclavitud.
A vosotros corresponde, ciudadanos del Directorio, apartar
de encima de nuestras cabezas la tormenta que los enemigos
eternos de nuestra libertad están preparando en las sombras del
silencio. A vosotros corresponde ilustrar a la Asamblea Legisla-
tiva, a vosotros corresponde evitar que los enemigos del sistema
actual se propaguen por nuestras infortunadas costas para man-
charlas con nuevos crímenes. No permitáis que nuestros herma-
nos, nuestros amigos, sean sacrificados a hombres que desean
reinar sobre las ruinas de la especie humana. Pero no, vuestra
prudencia nos permitirá evitar las peligrosas trampas que os
tienden nuestros enemigos comunes […].
Os envío junto con esta carta una declaración que os informa-
rá de la unidad que existe entre los propietarios de Saint-Domin-
gue que están en Francia, los que hay en los Estados Unidos y los
que sirven bajo el estandarte inglés. Veréis ahí una resolución,

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Carta al Directorio francés 89

inequívoca y minuciosamente construida, a la restauración de la


esclavitud; veréis ahí que su determinación al éxito los ha llevado
a envolverse en el manto de la libertad a fin de asestarle golpes
más mortales. Veréis que dan por descontada mi disposición a
respaldar opiniones pérfidas por el temor a lo que les pueda ocu-
rrir a mis hijos. No es sorprendente que estos hombres que sacri-
fican su país a sus intereses sean incapaces de comprender cuántos
sacrificios puede soportar un verdadero amor al país en un padre
mejor que ellos, pues la felicidad de mis hijos yo la baso sin vaci-
lación en la de mi país, que ellos y sólo ellos desean destruir.
Nunca vacilaré al escoger entre la seguridad de Saint-Do-
mingue y mi felicidad personal, pero no tengo nada que temer.
Es a la solicitud del gobierno francés a la que he confiado a mis
hijos […]. Temblaría horrorizado si fuese en manos de los colo-
nos en las que los he puesto como rehenes; pero aunque así
fuera, hacedles saber que castigándolos a ellos por la fidelidad de
su padre no harían sino añadir un grado más a su barbarie, sin
esperanza alguna de hacerme desistir de mi deber […].
Ciegos como están, no pueden ver cómo esta odiosa conducta
por su parte puede convertirse en la señal de nuevos desastres e
irreparables desgracias y que, lejos de ayudarles a recuperar lo que
a sus ojos les ha hecho perder la libertad para todos, se exponen a
sí mismos a la ruina total y a la colonia a su inevitable destrucción.
¿Podrían hombres que han gozado una vez de los beneficios de la
libertad mantener la calma mientras esta se les arrebata? Soporta-
ron sus cadenas cuando no conocían ninguna condición de vida
mejor que la de la esclavitud. Pero ahora que la han abandonado,
mil vidas que tuvieran las sacrificarían antes que verse de nuevo
sometidos a la esclavitud. Pero no, la mano que ha roto nuestras
cadenas no nos someterá de nuevo a ellas. Francia no renuncia-
rá a sus principios. No permitirá la perversión de su sublime
moralidad y la destrucción de los principios que más la honran,
ni la degradación de su más hermoso cumplimiento rescindien-
do el decreto del 16 de Pluvioso [4 de febrero de 1794, que abolía
la esclavitud en las colonias francesas] que asimismo honra a toda

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90 La Revolución haitiana

la humanidad. Pero si, a fin de restablecer la servidumbre en Saint-


Domingue, hubiera de hacerse esto, os declaro que sería intentar
lo imposible. Hemos sabido cómo afrontar el peligro para obte-
ner nuestra libertad y sabremos cómo afrontar la muerte para
conservarla. Esta, ciudadanos y miembros del Directorio, es la
moralidad del pueblo de Saint-Domingue, estos son los princi-
pios que en su nombre os transmito.
Permitidme renovaros el juramento que he hecho: dejar de
existir antes de que la gratitud desaparezca de mi corazón y
mantenerme fiel a Francia, a mi deber, y antes de que la tierra
de la libertad sea profanada y mancillada por los liberticidas,
antes de que estos puedan arrancar de mis manos esta espada,
estas armas que Francia me ha confiado para la defensa de sus
derechos, de los de la humanidad y del triunfo de la libertad y
la igualdad.
Saludos y respeto,

Toussaint l’Ouverture

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UNIDAD
4

225
,,,
1
64 BENJAMIN CONSTANT

zQuien no podrla aplaudir este lenguaje? El tra-


tado no tardaria en ser concertado entre naciones que DE LA LIBERTAD
s6Io querrian ser libres y aquella a Ia que el universo DE LOS ANTIGUOS COMPARADA
no combatiria mas que para obligar!a a serjusta. La
ver!anios con alegrla abjurar por fin su larga paden- CON LA DE LOS MODERNOS*
cia, reparar sus prolongados errores, ejercer para su
rehabilitaci6n un valor empleado antafio de una ma- Discurso pronunciado
nera barto deplorable. Se repondrfa brillante de glo- en el Ateneo de Parfs
ria, entre los pueblos civi!izados, y el sistema de las
conquistas, este fragmento de un estado de cosas que
ya no existe, este elemento desorganizador de todo
lo que existe, serfa de nuevo desterrado de la tierra
y marcado por esta ultima experiencia con una eter-
na reprobaci6n.
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. : :"· ·'

* Traduddo por Mar-ci~l Antonio LOpez: VersiOn actualizada:

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I -

SENORES,

•''I
Me propongo hoy someter a vuestro examen a!-,
gunas distinciones bastante nuevas todavia entre dos
generos de libertad, cuyas diferencias no han sido ad-
vertidas hasta el dia, o a! menos se ha dicho muy poco
sabre elias. La una es !a libertad, cuyo ejercicio era
tan amado de los antiguos pue bios;. Ia otra, aquella
cuyo goce es particularmente predoso a las nacio-
I
i nes modernas. Esta indagaci6n sera interesante, si no
:':' me engafto bajo dos aspectos; -
''
< :~- ' Primeramente, la confusion de estas dos especies
de libertad ha sido entre nos'otros, durante las epo-
cas mas celebres de nuestra revoluci6n, la causa de
--,I muchos males. Se ha visto a Francia fatigarse en en-
sayos imitiles, cuyos autores, irritados por su. poco
exito, han intentado obligarla a gozar del bien que
no quer!a, y le han disputado el que queria. En se-
•I gundo lugar, llamados por nuestra revo1uci6n a go-
zar de los benefidos de un gobierno representative,
I es curiosa y uti! el indagar por que este gobierno, el
I unlco a cuyo abrigo podemos encontrar alguna liber-
·:·., ..
i
I
'
66 BENJAMIN CONSTANT DE LA LIBERTAD DE LOS ANTIGUOS 67

tad y tranquilidad. ha sido casi enteramente desco- rectamente una gran parte de los derechos politicos:
nocido a las naciones libres de Ia antigiiedad. Yo se se reunla para votar las !eyes, y para juzgar a los pa-
~· ... i bien que se ha pretendido seguir de alguna manera tricios procesados: no habfa, sin embargo, en Roma
las huellas de ciertos pueblos de Ia antiguedad, co- sino debiles vestigios del sistema representative.
mo de Ia republica de ~acedemonia, por ejemplo, Y Este sistema es un descubrimiento de los moder-
de nuestros antepasados los galos, pero con muy poca nos; y vosotros vereis, seflores, que ei estado de la
exactitud. · especie hurnana en la antigiiedad no permitia que una
El gobierno de Lacedemonia era una aristocracia institucion de esta naturaleza se introdujera y se es-
monaca! y de ningun modo un gobierno represen- tableciese. Los antiguos pueblos no podian conocer
tative L~ autoridad de los reyes estaba limitada, pero sus necesidades ni sus ventajas: su organizaci6n so-
lo est~ba por los eforos, y no por hombres investi- cial los conducia a desear una libertad del todo dire-
dos de una mision semejante a aquella que Ia elec- rente de aquella que nos asegura este sistema: punto
cion confiere en este tiempo a los defensores de nues- que demostrare con toda Ia exactitud que me sea po-
tras libertades. Aquellos magistrados, no hay duda, sible.
despues de haber sido instituidos por los reye~, fue- · Preguntemos desde luego lo que en este tiempo en-
ron nombrados por ei pueblo; pero no eran mas que· tienden un ingles, un franc~s o u.n habitante de los
cinco en: mlmero. Suautoridad.era-reiigiosa del mis- Estados Unidos de America porIa palabra tibertad.
mo modo que politica; tenfan parte aun en Ia admi- Ella no es para cada uno de estos otra cosa que el
nistraci6n del gobierno, es decir, en el poder ejecuti- derecho de no estar. sometido sino a las !eyes, no po-
vo; y en este hecho su prerrogativa, como !~ de casi der ser detenido, ni preso, ni muerto, ni maltratado
todos los magistrados populares en lasantiguasr~­ de man era alguna potelefecto cltflavoluntacl arbi-
publicas, lejos-de ser simpiemente una barrera ~an­ traria de uno o de muchos individuos: es el derecho
tra Ia tirania, llegaba a ser algunas veces"ella m1sma de decir su opinion, de escoger su industria, de. ejer-
una tiranfa insoportab!e. cerla, y de disponer de su propiedad, y aun de abu-
. ··.
El regimen de los galos, que se parecia bastante sar si se quiere, de ir y venir a cualquier parte sin ne-
~: ... : . i I a aquel que queria darnos cierto partido, era teocni- cesidad de obtener permiso, ni de dar cuenta a nadie
tico y guerrero al mismo ti:mpo; los sacer.d.otes go- . o sus pasos: es e1' aerec_
de sus motiVos ' ho de reumrse
.
... ·-·· . zaban de un poder sin lfmltes; Ia clase m1htar Y 1~ con otros individuos, sea para deliberar sobre sus in-
nobleza posefan privilegios muy insolentes Yopresl- tereses, sea para llenar los dias o las horas de Ia ma-
vos; y el pueblo estaba sin derec~os ni garantias. E?-
Roma los tribunos tenlan hasta c1erto pun to una mi-
sion representativa; eran los organos de aque~los ple-
l nera mas ·conforme a sus inclinaciones y caprichos:
es, en fin, para todos el derecho de influir o en Ia
beyos que Ia oligarqufa (que en todos los s1glos es
Ja misma} habfa sometido, a! der~ocar a .los reye~,
I administraci6n del gobierno, o err el nombramiento
de algunos o de todos los funcionarios, sea por re-
presentaciones, por peticiones o por consu!tas, que
a una dura esclavitud. El pueblo e)ercfa sJempre d1- !a autoridad esta mas o menos obligada a tomar en
68 BENJAMIN CONSTANT I
DE LA LIBERTAD DE LOS ANTJGUOS 69
I
?ecidi~ ~e Ia paz, y de Ia guerra; como particular es-
consideraci6n. Comparad entre tanto esta libertad
con la de los antiguos.
I l-aba hm1tado, ooservado y reprimido en todos sus
''I movi!llientos; como porci6n del cuerpo colectivo
Esta consistia en ejercer colectiva pero directiunente
muchas partes de la soberania entera; en deliberar cuest10naba, destituia, condenaba, despojaba des-
en Ia plaza publica sobre !a guerra y la paz; en con- terra~a y decidia !a vida de los magistrados o sus de
cluir con los extranjeros tratados de alianza; en vo- supenores; pero como sometido al cuerpo colectivo
tar las leyes, pronunciar las sentencias, examinar las podia l!egar tambien Ia ocasi6n de ser privado de su
cuentas, los actos, las gestionesde los magistrados, ' es~ad?, despojado de sus dignidades, arrojado del te-
hacerlos comparecer ante todo el pueblo, acusarlos, mtono de Ia republica, y condenado a muerte por
J
y condenarlos o absolver los. Pero, a! mismo tiempo Ia voluntad discrecional del todo de que formaba par-
que era todo esto lo que los antiguos llamaban liber- te. Entre los modernos a! contrario, el individuo, in-
tad, ellos admitfan como compatible con esta liber- dependiente en su vida privada, noes soberano mas
tad colectiva la sujeci6n completa del individuo a Ia que en apariencia aun en los Estados mas libres: su
autoridad de Ia multitud reunida. No encontrareis en so~erania esta restringida y casi siempre suspensa:
· el!os casi ninguno de los beneficios y goces que he- Y s1 en algunas epocas fijas, pero raras, llega a ejer·
mas hecho ver que formaban parte de la libertad en cer esta .soberanla, io hace rodeado de mil trabas y
los pueblos modernos. -Todas-las acciones privadas ' precaucu:mes, y nunca sino para abdicar de elia.
I
estaban sometidas a una severa vigilancia: nada se I Mas debo aquf detenerme un instante para preve-
nir una objeci6n que podria hacerseme. «En Ia anti-
concedla a Ia independencia individual ni bajo el con-
cepto de opiniones, ni del de industria, ni de los otros
I giledad -se ~e dira- exlstia una republica en la cual
bienes que hemos indicado. Enlas cosas quenos pa-
recen mas utiles, la autoridad del cuerpo social se in-
J
I
,no habfa, como acaba de pintarse, Ia esclavitud de
la ejdstendaindividlialdel cuerpo colectivo: esta re-
terponia, y mortificaba Ia voluntad de los particula- publica es la mas celebre de todas, a saber, Ia de Ate-
res. Terpandro no pudo entre los espattanos afiadir
una cuerda a su lira sin que los eforos se diesen por
j n::t~ \\
~--~... ..
PetA oY.Hlo.:!
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Qtri.,:..l£~-nt~ ~vn.li~a .. .;;. 1... ,..., .... n
........... ~.. ..., ...u ...,. vn..yJLu,.. Q.<."'

dO, como convengo, en !a verdad del heche. Alli ve-


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\..VH.Vllllefl-•

ofendidos. Aun en las relaciones domesticas mas l remos por que, de todos los Est ados antiguos, el de

I
I
ocultas tambien intervenia Ia autoridad: un joven !a-
cedemonio no podia visitar libremente a su nueva es-
posa: en Roma los censores escudriilaban hasta e! in-
terior de las familias: las !eyes regulaban las costum-
bres; y, como estas tienen conexi6n con todo, nada
I
I
j
I
Atenas es el que mas se parece a los modernos. Por
!odas partes Ia jurisdicci6n social estaba alii limita-
da. Los antiguos, coq1o dice Condorcet no tenian
noci6n alguna de los derechos individuale;. Los hom-
bres no eran, por exp!icarme asi, sino maouinas cu-
habia que aquel!as no pretendiesen arreglar. yos resortes y ruedas regulaba y dirigfa la ley. La ~is­

I
Asi, entre los antiguos el individuo, soberano casi rna sujeci6n caracterizaba a los buenos tiempos de
habitualmente <:n los negocios publicos, era esclavo !a republica roman~: el individuo estaba de alguna
en todas sus relaciones privadas. Como ciudadano manera como perd1do en Ia naci6n, y el ciudadano
·70 BENJAMIN CONSTANT DE LA LIBERTAD DE.LOS ANTIGUOS 71
~">Lo. f;..t:-J
'
, •...· . . en Ia ciudad. Pero vamos ahora a remontarnos al ori- Esta es bastante fuerte para no tener nada que te- t.:Ov,:,, 9, .
. · · '1.,...l~.r.;o,.mL·
.;". , , · I1 rr,J'.J-1_}<. "'-w,
r,: .?>}_'- :::.·.-;:~-.:~
.
gen ct e esta ..t·r· · · ·
yJ erencta esenc1a1 entre ' ant'1guos y
10S mer de las hordas barbaras, y bastante ilustrada pa·o.p~.~ c,·
· ·•·\'''· •' ... • ,,., · "' nosotros ra que la guerra pese sobre ella, porque su tendencia:ki p..ocl.,.
-~&;:{~~tr."" )a),- rodas.las republicas de los primeros tiempos es-
.. uniforme es hacia l:i paz. ?.-... ,: ,, ~'" '·
9:~:'"-!; '\"·· · , ".vY- • tal:ian reducidas a limites estrechos. La mas pobla- Esta diferencia me conduce a otra. La guerra es \iu.,"'' d
o:: V)J,·c,'"q~.:~~.ffc.lo.u:n . da, Ia mas poderosa, Ia mas considerable entre elias anterior al comercio; porque una y otro no son sino 8J>. V'··.kf·•
I:>,Ji,,uilcfGi*f'-'''"' w que no era igual en extension al mas pequeno de los Es- medios diferentes de conseguir el mismo objeto, ques 1:c.;-, 'i'» "
~ ,t;IM~M:Ii~$1)~ ~ • , _tados moderno~. Por una ~~nsecuencia ineyit~ble de es el de poseer aquello que se desea. El comercio nov;, e~ o.\p c
~J. l,(/}u-,,.ri\iJ;Ifi'.:f'' ,IJ '"~': su poca extens16n, el espmtu de esta republica era es sino un homenajehecho ala fuerza del poseedor ,,
,,.);,t ~,f"'f '"' ')"' "'oo'f:'belicoso: cada pueblo estaba continuamente rozan- por el que aspira ala posesi6n: es una tentativa para
,",;.((;r..,,-,j,t;tJl}lf!*'"'·"P·"'~··c
n :~-:-:---->::.+:::-~-~--+ dO 0 incomodand0 _
aSUS VCcinOS ' 0 Cfa incomodado. obtener de buena voluntad aque!lo que no se espera
("n'"'i~&;:<;J .. '-VJJ),t•/JJ,por ellos. Constituidos as! por la necesidad, es de- conquistar por Ia violencia. Un hombre que fuese
:~ .:~{~vtLTI':'f"" cir, los unos contr~ los otros, estaban combatien,do siempre el mas fuerte nunca tendrla Ia idea de co-
~~~ ~~-,~ j .\ .. "- umr-o amenaz~ndose sm cesar. _Aque~los que no quenan merciar. La experiencia es que probandole que Ia gue-
" \AAJ..Ci·"c'f::':•,:! ·.:f» · ser conqmstadores n:o podtan deJar las armas de Ia- rra, es decir, el empleo de su fuerza·contra !a fuerza
. 'J ·,,,o,;,,.,;u ',,,fV.XI.\Co; Q.u • d . . ' d. ,.' d b
''",'\Y'c:C~~ ·· do so p~na e se; conqmsta .os. o ?s co~pra an de otro, le expone a diversas resistencias y a diver-
,.V, 1:1"-'<:~~d'::c J • _. su. segundad, su mdependenc1a, su existenc!a entera sos cheques, le inclinaa recurrir al comercio o lo que
'Z?'i~~¥'\j(~~~ ~" ~}'111 precio d~ Ia gue;ra. ~ste era el interes co~stante, es lo mismo, a un medio mas agradable y seguro de
e_.w:J.x:<'.:i!b;;&--e<\0'> fl'v.'-"9 Ia ocupact6n cast habttual en los Estados hbres de empefiar el interes de otro a consentir en lo que con-
s\Yx!i.;O~ r~ii>,<>JQ.UJJ~J d,_ Ia antigiiedad. Asi era que por un resultado igual- viene a! suyo propio. La guerra es e! impulso, y el
c$.'~:::\CfJtrh , ,_,_,.,
u,%,1llente necesario _de_esta manerade exist~r,todos es-. comercio el calculo; pero por esta razon debe llegar ..
>•IOJJ• ·~''t 1 "'K · ·: .. ··- .. \. tos Estados tenlan esclavos· y las profestones meca- una epoca en que este reemplace a aquella, yes a Ia
,,,. r.· ) .·, :. '
,....·-·oJ..c:-•~· rtlJjf.t"v. ~ ..MiJ'_,Ju. .' , -,
nicas, y aun en algunas naciOnes, las mdustnales, es- que nosotros hemos llegado.
&:~ciJ:,Sw?l;ko\r""vs"' taban confiadas a las manos cargadas de cadenas. No quiero decir co~ esto qlie no haya habido puew
· .: :i ~~~' El mundo moderno nos ofrece un espectaculo com- blos comerciantes entre los antiguos; pero estos pue-
JJ~:~~U!l~r:. / ,, "'~,JJJ\e pleta~ente opuesto. Los menores ~stados de nues- blos hacian de a!gun modo una excepci6n a la regia
'""'J"':- '~r tros dms son mcomparablemente mas vastos que Es- general. Los limites de este discurso no me permiten
,cic~'·:.c~·f·{''.O. \''!':;;, _, _parta o que Roma durante cinco slg!os. La division indicar todos los obstaculos que se oponian enton-
J.<!)'~y('i qiJ~OS: 'OJ vh:o. misma de Europa en muchos es, gracias a los pro- ces a los progresos del comercio; pero referire uno
D' '~j:~'t'Xf~) ck. w. DAM1P,gresos de las luces, mas b!en aparente que real. Mien- solo: Ia igriorancia de Ia brujula obligaba a los mari-
·. 0JJ)ll¢'";·<l'·' , 1
IJ tras que cad a pueblo anttguamente formaba una fa- nes de Ia antigiiedad a no perder de vista las costas
. ftt. p¥;tA<t" \il.lm..iJ-'"'""-;.milia aislada, enemiga nata de otras familias, existe sino lo menos posible. Atravesar las columnas de Her-
.,yJo(0,'"'%'J~-'~ r·~'J:':':) J:'h?Y entre nosotros una ~ran.masa de hombresbajo cules, es decir, pasar el estecho de Gibraltar; se con-
f!tn~~;~?'F~,, ~~"'" d~fer:ntes n~mbres y baJo d1~ersosmodos de orga- sideraba como Ia empresa mas atrevida que podia ha-
N(:HJ<"f:?l·~· ; ·~ · mzac16n social, pero homogenea en su natura!eza. cerse. Los fenicios y cartagineses, que eran los mas
·~:~A0~$~~ e!'k 1M>I'•J;,oA((_0 . '
M·\c;~~ .. ,.,)o.,·!J:"' r'"eJe.~4o:;vdclu'J.JMV.W.~N'r<" ~v.eJ cwh¥cW 1
'!'At. ~DCtJ;o qw+c;. \w..w,P )Ur~ 4 si i?{Jift!A6 ~ ,J,,,~c\A.<Y'
• \V..ttr~C. ."
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'
72 BENJAMIN CONSTANT DE LA LlBERTAD DE LOS ANTIGUOS 73
I
habiles en Ia naveg!lci6n, no se atrevieron a hacer!o nocer. La extensi6n de un. pais disminuye tanto en
sino muy rara vez, y su ejemplo qued6 por mucho importancia po!itica que da muy poca consideracion
tlempo sin ser imitado. En Atenas, de Ia que habla- a !a porcion de cada individuo por grande que sea.
remos luego, el inten\s marftimo era de cerca del se- El republicano mas mdo de Roma o de Esparta era
senta por ciento, al paso que el interes ordinaria no una autoridad. No sucede lo.misrrio con el simple ciu-
era mas que del doce. jTanto influia !a idea de una dadano de Gran Bretafia o de los Esiados Unidos:
navegaci6n latga en Ia d.el peligro! su influencia personal es un elemento imperceptible
.Ademas, si yo pudiera emregarme a una digresi6n de la voluntad social cuandoimprime a! gobierno su
que habia de ser larga por necesidad, os manifesta- direccion.
rla por el aspecto particular de las costumbres, de En segundo Iugar, Ia abolicion de la esclavitud qui-
lo& habitos, del modo de traficar de los pueblos an- ta a Ia porcion libre todo el margen que le resultaria
tiguos comerciantes con los otros pueblos, que has- de que los esclavos estuviesen encargados de la ma-
ta su comercio se haliaba impregnado, por decirlo yor parte de los trabajos. Sin Ia pobladon esclava
asi, del espfritu de Ia epoca, de Ia atmosfera de Ia de Atenas veinte mil atenienses no hubieran podido
guerra y de la hostilidad que les rodeaba. E! comer- ir a deiiberar todos los dias a Ia plaza publica.
cio entonces era un acddente dichoso; hoy es el es-
tado ordinario, el objeto unico, la tendencia univer-
En tercer lugar, el comercio no deja como !a gue-
rra en los hombres sino intervalos de inactividad. El I
.saly!a verdaderavida de las naciones, que apetecen
unicamente el descanso, con ella comodidad, y co-
mo origen de esta Ia industria. La guerra es un me-
dio cada dia mas ineficaz de ilenar estos deseos. Sus
ejerdcio perpetii6 aeros derechos politicos' !a dis- .
cusion diaria de los negocios del Estado, las disen-
siones, los concilh\bulos, todo el sequito y movimien- I
I
to de las facciones, ylas agitadones necesarias (ocu-
cambios no ofrecen ya a los individuos ni a las na- pad6n precisa, si es que puedo hablar en estos ter- ··
ciones beneficios que igualen a los resultados de un minos, en Ia vida de los pueblos libres de Ia antigfie-
trabajo pac!fico, y de unas mudanzas regulares. En- dad, que sin este recurso hubieran caido bajo el peso
tre los antiguos una guerra victoriosa aumentaba los de una inaccion perjudicial), no hubiesen ofreddo

I
esclavos, los tributos y las tierras a la riqueza publi- sino confusion y fatiga a las naciones modernas, en
ca y particular. Entre los modernos la guerra mas las que cada uno entregado a sus especulaciones, a
afortunada cuesta infaliblemente mas que vale. En sus empresas, o a los goces que obtiene o espera, no
fin, gracias al comercio, a la religion y a los progre- quiere ser apartado de. todo esto sino momentanea-
sos intelectuales y morales de la especie humana ya mente y lo menos posible.
no hay esclavos entre las naciones europeas. Los hom- En fin, el comercio inspira a los hombres un vivo
bres lib res son los que deben ejercitar todas las pro- amor por Ia independencia individual, socorre sus ne-
fesiones, y proveer a todas las necesidades de !a so- cesidades y satisface·sus deseos sin intervenci6n de
ciedad. la autoridad. Esta intervenci6n es casi siempre, y no
E! resu!tado de estas diferencias es mas facil de co- se por que digo casi y no solo siempre, un trastomo
.. -:

74 BENJAMIN CONSTANT DE LA LIBERTAD DE LOS ANTIGUOS 75

de el mismo y una mortificacion; porque, cuando el estableciendo una oficina o una fabrica. En fin ·se
poder colectivo qui ere mezclarse en ias especulacio- admirani cualquiera de su excesivo amor por la'in-
nes particulares incomoda a los especuladores; y dependencia individual. En Lacedemonia, dice un fi-
cuando los gobiernos pretenden hacer nuestros ne- 16sofo, los ciudadanos corrian a auxiliar a! magis-
mas
- gocios, nos causan masmal y dispendios sin com- trade cuando este los llamaba; pero un ateniense se
habria desesperado si se !e hubiese creido dependiente
kt''-'-"'·u'. _,,.,_,.,,,,co~":''paraci6n que nosotros mismos.
· '' He dicho antes que volveria a hablar de Atenas, del magistrado. ·
· cuyo ejemplo podfa oponerse a alguna de mis aser- · Sin embargo, como existfan en Atenas otras mu-
! •
<?J>.iJ:0'Jii'M ~"" clones, para hacer ver que este, por e! contrario, va chas circunstancias que deciden del caracter de las
oO})•:wc,o:.JJ~i'o00 ·~ co.N"'': r1:'a afirmarlastodas. Atenas era, como insinue, de to- naciones antiguas; como habia una poblaci6n escla-
. '·. "~- das las republicas griegas Ia mas comerciante; podo va y un territorio muy !imitado, no podfan menos
t4H~~rio''Yi J\'"""'v"'-'~·'· mismo concedla a sus ciudadanos infinitamente mas de tener vestigios de la !ibertad propia de las nacio-
;j\
i&;;.<;\(kifi<i,cb\C!Jcr··.' libertad individual que Roma y Esparta. Si yo pu- · nes antiguas. El pueblo hacfa las !eyes, examinaba
,JX\l'>0o·~~J-'Y?.f' diese entrar en los pormenores hist6ricos, haria ver Ia conducta de los magistrados, obligaba a Pericles
h;j;S~~": \1,ose:u:~"·u.•iP--' que el comercio habfa hecho desaparecer de entre los a dar cuenta de su adrninistraci6n, y condenaba a
· ;ifl;atenienses muchas de las diferencias que distinguen muerte a los generales, como sucedi6 con los que ha-
'6W("'-Il-•i.0'll.!osantfguos dek>s-modernos.··El espiritu delosco- bian mandado en Ia batailacklas-ruginusas:-Al fuis~ ··
merciantes de Atenas era igual al de los de nuestros mo tiempo el ostracismo, arbitrariedad legal alaba-
tiempos. Jenofonte nos dice que durante Ia guerra da por todos los legisladores de aquel!a epoca; el os-
del Peloponeso salian sus capitales del continente del tracismo; que nos parece y debe parecernos una ini-
a
Atica, y los envia]Jan las islasde! Archipielago, El quidadrevolucionaria, prueba muy bien que elindi-
viduo estaba mucho mas esclavizado a Ia supremacia
comercio hab!a creado en eilos Ia circulaci6n; y lee-
mas en !socrates ciertas especies sabre el usa de le- del cuerpo social de Atenas que lo esta en nuestros
tras de cambio: de lo cualse infiere que·sus costum- tiempos en un Estado libre -de Europa.
bres se parecfan a las nuestras. En sus relaciones con · De lo que acabo de decir resulta que nosotros no
las mujeres vereis, como dice el mismo Jenofonte, podemos gozar de la libertad de los antiguos, Ia cual
vivir los esposos satisfechos, cuando la paz y una se campania de la participaci6n activa y constante
amistad decente reinaban en el interior de !a ·fami- del poder colectivo. Nuestra libertad debe componer-
lia; mirar con indulgencia alguna fragilidad que pu- se del goce pacifica y de la independencia privada.
. . .
diera ser efecto de la tiran!a de Ia naturaleza; cerrar La parte que en Ia antigiiedad toniaba cada uno en
. .· .; .
los ojos sabre el irresistible poder de las pasiones, la soberanfa nacional no era, como entre nosotros,
perdonar la primera debilidad y olvidar la segunda. una suposici6n abstracta: Ia voluntad de cada uno
En sus relaciones con los extranjeros se les vela tam- tenia una influencia real; y el ejercicio de esta mis-
bien prodigar los derechos de ciudadano a cualquie- ma voluntad era un. placer vivo y repetido: por con-
ra que se trasladaba con su familia a vivir entre ellos, secuencia, los antiguos estaban dispuestos a hacer
76 BENJAMIN CONSTANT DE LA LIBERTAD DE LOS ANTIGUOS 77
muchos sacrificios por Ia conservaci6n de sus dere- yo los cargue con arnargas incentivas; su mismo error
chos politicos, y de Ia parte que tenian en !a admi- era excusable. No pueden leerse las mas bellas pagi-
nistraci6n del Estado; pues, conociendo cada uno con nas de Ia antigiiedad, donde se expresan las acciones
orgullo cminto valia su sufragio, encontraba en este de los grandes hombres, sin experimentar no se que
mismo. conocimiento de su importancia personal un emoci6ri de genio particular, que no tiene nada de
'",l~Jscuctic·:l'" UDoc:l?,·e· amplisimo resarcimiento. moderno. Los viejos elementos de una naturaleza an-
. ')''" ,y,,"" Pero este resarcimiento no existe hoy para noso- terior a Ia nuestra, por decirlo asl, parecen excitarse
r·•·;v .:VJ.z,,v:;"" ''"'-''l·'·,{y, tros: perdido en Ia multitud el individuo, casino ad- en nosotros a! tocar estos aspectos. Es muy diffdl
t'''"""'"'·,,,\ :" '''" Qy);- vierte Ia influencia que ejerce; jam as se conoce el in- no echar de menos, y desear aquellos tiempos en que .
·"' \''v"'J;, ]:u:xv.JJ-';•:\o flujo que tiene su voluntad sobre el todo, y nada hay
v.-uJ1~>''"Y4' \.ul)_, "''roJ:que acredite a sus propios ojos su cooperaci6n. El las facultades del hombre se desenrollaban en una
direcci6n trazada anticipadamente, pero que produ-
-;;/':•.·· ~~:,(':·'• ·'e:t\.co"'c·eJ· ercicio de los derechos politicos no nos •oftece; pues,
,., '_.,,_,"'""' ').<.Q '·'{)JJ •...
-~..r-"-
cia el valor de los individuos, un convencimiento de
~':"U''t ''. .o\'.' ,, . 'Sino una parte de los goces que los ant1guos encon- !a superiori(:!ad de sus propias fuerzas, y un sentimien-
:;1_~::;;(;.{ ;:;;~:-;:;~"ti:a~an: y a! mism~ tiempo l?s progresos de Ia civili- to inconcebible de energfa y de dignidad; por lo cual,
~·,-,; "'~"A;:\;> iJ')C2-' zac16n, la tendenc1a comercial de la epoca! !~ comu- ·si uno se entrega a semejantes emociones, es imposi-
;:;!r;0~ ,$,.)JuS:,,, ;j_;;,])nicaci6n de los pueblos entre si han mult1phcado y ble no querer imitar aquello mismo. Esta impresi6n
~;~:~::i\~-;~}\:;: v~~~!!_do al infinito los medios de _la _f:.licida~_~arti- era profunda, sobre todo.cuando vivlamos.con.unos.
ji\;~(~1~;~~X:,;jj)w~vJ)~-~~. cular. , .. . , gobiernos abusivos, que sin ser fuertes eran opreso-
-.·.:r,;_·~.'_<~-'·.·.·.'.··.·.·
._,.
·;~---~r-''&i"-~ l~ 0~
, . 1_1-= ·
,.-.. l, 1 c.~ De aqm se s1gue que nosotros debemos ser mas res, absurdos en principios, y miserables en su ac-
"'.,(~~0~.iiJ;,J;· . adictos que los antiguos a nuestra independ~~cia in- ci6n; gobiernos que tenian por recurso la arbitrarie-
. ·Ut)x1,,:,, ,;;; '1\¥!-"'-:.-~ividual; porque las n:'~iones, cuando sacnf1caban dad, por objeto el menoscabo de laespecie_humana,
. _•> :;;; •: "'''cc)0F,esta a los derechos pol!t!cos, daban menos por obte- a
y que 'eierios hombres: pesar de todo, se atrev~n
1,;':~. ·,;~zii~~ t~A;\y,'mer ~~~· mientras que nos?tros, haciendo el mismo hoy a elogiar, como si jamashubi<\semos sido testi-
>i_.u>d>io :>.Jo;i''j;;,r e\. \kVV.-sacnf!C!O, nos desprendenamOS de mas por Jograr ul.-.th~., ..... t)n~...C..,... A.:.
rr " 'U
60" ] c- ,-I.,. "'
.:3U nb<>tt <'n i..-.,....... ,..wo ...........;n
~- bJ::.~~-/.G _-·\j(.,2)V:~1~\UC· .0<FD)menOS.
T 4"-'!.Uua.:::J u .... v <:H.UlU.""•vu, U\.. ilU UU}-'VI-VU\,...lQ,
: _, l -
y de su destrucci6n. El objeto de nuestros reforma-
-~:;,v.i(,'10usk~) v,,\~uJ.J,f) El objeto de los antiguos era dividir el poder so- dores fue sin duda noble y generoso. LY quien de en-
.•. ,._, v.Ju.w:ux. cia! entre todos los ciudadanos de una misma patria:
tre nosotros no ha advertido que palpitaba su cora-
' ·"yo esto era lo que ellos llamaban libertad. Ei objeto de zan de esperanza al entrar en el camino que parece
los modernos es Ia seguridad de sus goces privados; que iban a abrir? Nadie, y es imposible que tenga bue-
y eilos Haman libertad a las garantias concedidas por nos sentimientos aquel que no advier~a Ia necesidad
las instituciones de estos mismos gocen. He dicho al de declarar que reconocer algunos errores de los co-
principia que por no haber advertido estas diferen- metidos por ros que nos guiaron al principia no es
cias unos hombres, bien intencionados por otra par- en manera alguna ni perjudicar su memoria, ni de-
te, habian causado infinitos males durante nuestra saprobar las opiniones que los amigos de Ia humani-
larga y tempestuosa revoluci6n. No permita Dios que dad han profesado de tiempo en tiempo.
_r]., >qW\!X'"": '(.).1"'\'\:f,~\~ .'',JJl\ ~~J--:~rn_~--\YH

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ni{~/');)iJ:i):Qlo J.:.IIJJJJJ)~ ~~ \J.._; •
,:. ' : ...:•cy;.,.; :. · ·•. ,,. 1 78 BENJAMIN CONSTANT DE LA LIBERTAD DE LOS ANTIGUOS 79
'f\~lf~~J~:·:y_~. t.CIJ)\,.,\''~ vY
A/~ \..:l-~i:_;·:&o' , · d.A ,-k Lo. ·· -·-
:.£ \ "" ':_} p, __ • _ :. Pero estos hombres habfa~ sacado muchas de sus
'I\ ''i~x~'e'f:"y-' · ·~"·AA.u teorias dl) las obras de los fll6sofos, que habfan ya
y todos los medios le parec)an buenos para extender
la occi6n de esta autoridad sobre aquella parte re-
tf:'~;; gi. ,i h:o con.fesado que sus do~tri~as necesitab.an las modifi-.
1
calcitrante de Ia existencia humana, cuya indepen-
to:"'"''"'"'~ -,iS'·' -,c,~co~ -~_'Cac10n~s que Ia expenen-c1a de dos mil alios habian dencia deseaba tanto; El sentimiento que manifiesta
Y\ ~-~--'0;".~'!/w~~;c[uenseiiado ~I genero human~. Quiza examin~r.e algu- en todas sus obras es de que Ia ley no pueda exten'
"
- ';l'•:H:":~J':(f·· ·
,\
e~rerY:fJt·.i. Ro,cc(· na vez el S!St~ma del mas !lustre de est?S filo~ofos,
que es Juan Jacobo Rousseau, y mamfestare que,
derse sino a las acciones: el habria querid.o que hu'
biese .comprendido basta los pensamientos y accio-
voct?•) .·::.:) 1 ·?..· ,_,. transportando a nuestros tiempos modernos una ex- nes mas pasajeras, y que hubiese perseguido a1 hom-
ie 'iW"%::?f:f"f "' ''~ "''tensi6n de poder social y de soberanfa colectiva, que bre sin interrupci6n alguna y sin dejarle siquiera un
"'Wr~"~?j9_"~ w;"''! pe~tenece a otros siglos, este geni~ sublime, a quiert asilo en don de pudiese escapar de su poder. A pen as
:Lo ~!':S'·'·'" "'~ ,v-P_cu.n,~~ ammaba e! arnot mas puro de !a libertad, ha dado, advierte que en este uotro pueblo, sea elque quiera,
~i~~~d(./· .. I no obstante esto, pretextos muy funestos para esta- hay una medida opresiva, cuando ya cree haber he-
·•·•j;_.·• : , i " _ blecer un genero mas de tiranfa. A pesar de esto, me cho un descubrimiento, y lo pro pone como modelo:
. ";Jkc-~jq:j,l, YvY-ce Lo; contentare con censurar unicamente aquelloq4e es detesta la libertad individual como se detesta a un
j' ,;,; ;i;;>. ;i;Q, ,."A ,,,J;.wLindisoensable. v sere circunsoectci en mi refutaci6n. enemigo personal; y cuando en la his to ria encuentra
''"'11liT.c:Tf,~i,,;_,_::l~J.z, evitando as! aumentar el nuinero de los detractores una naci6n enteramente privada de ella, y en !a que
· -U.C"ff±l'i}};;i/. · · · de este gi:an hombre · ·- · · · no hay niriguna !ibertad poHtica, no puede menos de
~~g,j~%-'~tl.I~C0·~· No obstante, el int~res de Ia verdad debe prevale- admirarla. Se extasfa cuando habla de los egipcios,
-~-1,-\:_·:_.,i_",-"-'-~-·-··•_\ . , cer sobreJas consideraciones que hacen sumamente porqueentre ellos todo, como el dice, .estaba arre,
.: J '""':}?f-'P..a w.a;;;c-- poderosos el brmo de un talento prodigioso y Ia auto- glado por la ley: hasta sus desahogos, basta sus ne-
-ot: 10 ?fit~~"'"' ,l9Dl<n.Jd ridad deun renombre sin Hmites. Por otra parte, no. cesidades, todo se hallaba bajo el imperio dellegis-
Lm 'ttviili8:£,, 1:! M ;.e. es a Rousseau, como se vera, a quien principalrrien- lador; en cada uno de los momentos del dia estaban
J,e ~.Ji, ;.;;,~~ 1QJ.f~ te debe achacarse el error que voy a combatir; perte- ocupados por alguna obligaci6n; el amor mismo se
~~J~~(~d~~J~~\?f~:, rtece mas bien a uno ~e sus suce.sores, que, aunque hailaba sujeto a esta iniervenci6n respeiada, y ia iey
L,··i":::'/::•:• •.,-;;L . . . menos elocuente que el, noes, sm embargo, menos era la que abria o. cerraba las puertas de Ia camara
0 1
-M.&o--
·: • __•r;"'''~' ~ exagera do: este,
::•··: .! _ 0IM> a us t ero, y s1' m1'I veces m"s ' que es nupcial.
:.vlo"-\:i Ui:J?,ber/d u»''-"' el abate Mably. ouede ser mirado como el reoresentante Esparta, que reunia las formas republicanas para
~"f,Jb&,.; de un sistema ·que, conforme a las maxim'as de Ia li- esclavizar a sus individuos, excitaba en el espiritu de

l~~~;; 1~~~:1~~11::~~~F,;:t~~::r:€~;;;
este· fil6sofo un entusiasmo mas vivo todavla. Aquel
territorio, que ·propiamente podia llamarse un vasto
convento, le parecia la mejor idea de una republica
J..(ic:i(:\:h;;:J:~::Q-JJt/'(\)Jf\.l,v.r perfecta. Por Atenas sentla el mayor desprecio; y,
ci}h:,;JJ;%:ic«:O.o-o ,j,_ El abate de Mably, como Rousseau y otros mu- segun creo, hubiera dicho, de esta naci6n, Ia prime-
,k:;i;;;'JJ}~·'\Jilcb:>.J. chos, habla tornado del mismo modo que los anti- ra de Grecia, lo que un academico gran sefior decfa
, •:.'"'\"'''/;~'-''' guos Ia autoridad del cuerpo social por !a libertad· de Ia Academia francesa: «iQue espantoso despotis-
>Vv;~~ :'::}Fi~JJ.o · _fX-'O, . - 1

j~~~~~~f-~~d" \l'vo.v- ~ 0.refJi\O) ck.l ~~J).)ull.W.


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1-'
80 BENJAMIN CONSTANT DE LA LIBER. TAD DE LOS ANTIG UOS 8!

mo! Tod? el mundo hace aquf lo que quiere»; yes que he hablado. La metaffsica de Rousseau, en me-
d~ advertlr que este gran senor hablaba de Ia Acade- dio._de la cual aparedan como rehimpagos ciertas ver-
mta tal como estaba hace treinta afios. · dades sublimes y los pasajes de una elocuencia en-
Montesquieu, dotado de un espiritu mas conser- cantadora; la austeridad de Mably, su intolerancia,
vad?r, porque tenia una cabeza menos acalorada, no su odio contra todas las pasiomis humanas, su ansia
cayo del todo en los mismos errores. Se admiraba por esclavizarlas todas, sus principios exagerados so-
de la~ ,diferencias que acabo de contar, pero no con- bre la competencia de Ia ley; sus declamaciones con- .
. f';!nd10 su .verdade~a causa. Los pol!ticos griegos, que tra las riquezas y aun contra Ia propiedad, todas es-
v1v!an baJo el gob1erno popular, no reconocian, di- tas cosas debian entusiasmar a los hombres ya aca-
ce el, otra fu~rza que Ia de Ia virtud. Los de hoy no !orados por una vietoriareciente, y' como conquis-
nos hablan. smo de m;mufacturas, de comercio, de tadores del poder iegal, deseaban extenderlo sobre
rent~s, de nqu.ez~s y aun de lujo. Atribuye esta dife- todos los objetos. As!, era para ellos umi autoridad
r~ncla a Ia republica y a Ia monarquia; pero esto con- preciosa el que dos escritores desinteresados en la
stste en el espi~itu opuesto de los tiempos antiguos cuesti6n, pronunciando anatemas contra el. despo-
~ m~d~rnos. Cmd~danos de las repl)blicas y subdi- tismo de los hombres, hubiesen reducido a axioma
ros oe 1as ?lonarqutas, todos quieren gozar de cierta el texto de Ia ley. Quisieron, por consiguiente, ejer-
... ~lase de b1enes y co~odidades, y ninguno "uede de- citar la fuerza publica de la misma forma que, se-
jar tie qu-er-erlol(e!i elestado actual de Ia; socieda- glin sus.maestros,.. se habia ejerddo en los puebl()s
~es. El pueblo mas adicto en nuestros tiempos a su libres. Creyeron que todo debia ceder en presencia
!i~,ertad, antes que Francia obtuviera Ia suya, era tam~ de la voluntad colectiva, y que todas las restriccio-
bten el pueblo mas adicto a todos lo$ goces de Ia vi- .nes individuales serian ampliamente compensadas por
d.a; YIa razon principal de amar la libertad era prin- .. Ia participaci6n en el po der social. .
Clpalmente porque vela las garantias de aquellos mis- que
Publico es a todos lo de esfo ha fesultado: las
mos go~es.que el tanto,queria. Antiguainente, en don- instituciontis libres apoyadas sabre el conocimtento
de habta hbertad podtan soportarse las privaciones; ~el espiritu del siglc hubieran podido subsistir; pe~
pero hoy, donde se encuentran estas es necesaria la ro, a pesar de todo, el edificio renovado de los anti-
esclavitud para resignarse. Hoy seria mas factible ha- guos ha caido, no obstante los esfuerzos y muchos
cer de un pueblo de esclavos uno de espartanos, que aetas heroicos que tienen derecho a ser admirados;
formar a los espartanos para Ia libertad. y esto consisti6 en que el poder social herla en todo
.Los hombres que por la diversidad de aconteci- sentido Ia independencia individual sin destruir las,
mlentos se encontraban a la cabeza de nuestra revo- necesidades. La naci6n no encontraba que la parte
luci6n estaban imbuidos, por una consecuencia ne- ideal de una soberania abstracta valiese los sacrifi-
cesaria, ~e la edu~:a~i6n que hablan recibido y, con cios que se le exiglan. "En varia se le repetla con Rous-
ella,, de ctertas opm10nes antiguas e ideas falsas que seau que <<las !eyes de la libertad son mil veces mas
habum presentado con otro can\cter los fil6sofos de austeras que el duro yugode los tiranos»' porque esta

I
.
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'•

CENJAMIN CONSTANT DE LA LmERTAD DE LOS ANTIGUOS 83

no querfa semejante austeridad; y, redudda al can- ridades llenas de temor procuraban dirigir con rna-
sancio, cre!a algunas veces que serla preferib!e aquel no timida las elecciories a su antojo, un peri6dico,
mismo yugo. Pero Ia experiencia ha venido a desen- que no es tachado de 'republicanismo, procun\ ha-
gajlarle, porque ha visto que Ia arbitrariedad de los cer revivir la censura romana para alejar a los can-
hombres era peor todavia que las malas !eyes, pues didates peligrosos. Creo no empefiarme en una di-
estas, siquiera, tienen algun lfmite. gresi6n inutil si en apoyo de mi aserci6n digo algo
Si he llegado a convencer sobre Ia diversidad de de estas dos instituciones de que tanto se ha habla-
!a libertad de los modernos y de .los antiguos por n;re- · do.
dio de los hechos que acabo de referir, no podni me- El ostracismo en Atenas se fundabl;l en Ia hip6te-
nos de reconocerse conmigo Ia verdad de los princi- sis, de que Ia sociedad tiene una autoridad absoluta.
pios siguientes. «La independencia individual es Ia sobre sus miembros. Segun esta hip6tesis, podfa ser
prim era necesidad de los modernos; por consiguien- justificado de alguna manera,.en un pequefio Esta-
te, no se puede pedir el sacrificio de ella para esta- do, el que Ia influencia de un individuo de mucho.
blecer Ia libertad polltica,)> De esto tambien se sigue credito, de su·clientelayde·su gloria inclinara mu-
que «ninguna de las muchas instituciones tan decan- chas veces el poder de toda la masa. En tal caso, el
tadas que en las republicas antiguas oprim!im de al- ostracism a podfa tener aiguna aparienda de utilidad.
gun mod9Ia libertad individual, es admisible en los Pero entre nosotros los individuos tienen ciertos de-
tiempos modernos». Me parece superfluo establecer rech6s que Ia autoridad,debe respetar; y la influen-
esta verdad: muchos gobiernos en nuestros tiempos cia individual se pierde de tal modo, como ya tengo
no parecian inclinados a imitar a las republicas de observado en otra parte, en unamultitud de influeri-
Ia antlgiiedad: sin embargo, por muy poco afecto que cias iguales o superiores, que toda vejaci6n motiva-
hayan tenido a las instituciones republicanas, hay da sobre Ia necesidad de disminuir esta influencia es
ciertas costumbres de esta clase hacia las cuales han inutil y, por consiguiente, injusta. Ninguno tiene de-
experimentado, sin poderlo remediar, cierta especie recho a desterrar a un ciudadano si no esta conde-
de gusto, y es muy doioroso que sea precisamente nado legalmente por un tribunal regular en virtud de .
por aquel!as que permiten el destierro, el despojo, una ley formal que designe Ia pena de destierro a Ia
etc. Me acuerdo que en '1810 se propuso en unaley, acci6n de que el se ha hecho culpable. Ninguno tie-
que trataba de los tribunales especia!es, unartfculo ne derecho a ari'ancar al ciudadano de su patria, al
que introducfa en Francia el ostracismo griego; y son propietario de sus bienes, ai. negociante de su comer-
muy notables los discursos de una multitud de elo- cia, al esposo de su esposa, a! padre de sus hijos, al
cuentes oradores que para hacer admitir este articu- escritor de sus meditaciones estudiosas, y al viejo de
lo, lo cual no consiguieron, nos hablaron de la liber- sus habitos o costumbres. Todo destierro es un aten-
tad de Atenas y de todos los sacrificios que los indi- tado polltico, todo destie:rro pronunciado por una
viduos debian hacer para conservarla. PorIa misma
raz6n, en una epoca bien reciente, y ·cuando las auto-
asamblea por pretendidos motivos de salud publica
es un crimen de esta asamblea contra !a misma sa-
I
\\\
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\.J l!f-'\".IAMlN CONSTANT DE LA LIBERTAD DE LOS ANTJGUOS 85

lud pt'ihlica, que .no co_nsistesinO. en elrespeto de las cion entera reclamaria contra esta decisi6n, y no ra-
!eye>, 011 Ia observanc1a de las formulas, yen soste- tificaria de modo alguno las decisiones de la au tori-
ner las garantias. · . dad.
La censura romana suponla contra el ostrac1smo Lo que acabo de decir de la transposici6n de la cen- ·
un poder discrecional. Eri una republica, en la que sura a los tiempos modernos se aplica a otras mu-
todos los ciudadanos, mantenidos por Ia pobreza en . chas partes de Ia organizaci6n social, sobre las cua-
una sencillez extrema de costumbres, habitaban en les se cita a Ia autoridad mas frecuentemente y con
ia misma ciudad, no ejerdan profesi6n alguna que mucho mas enfasis. Tai es Ia educaci6n, por ejern-
desviase su atenci6n de los negocios del Estado, Yeran plo. 1,Que nose nos dice de !a necesidad de permitir
continuamente espectadores y jueces del uso del po- que el gobierno se apodere de las naciones nacientes
der publico; la censura podria, ?or l!na parte, tener para formarlas a su modo? ... 1,Cuantas notas erudi-
mas influencia y, poi'-otra, !a arb1tranedad de los ceo- tas no se traeri para apoyar esta teoria? ... Los per-
sores estaba contenida por una especie de inspecci6n · sas, los egipcios, los galos, Grecia e Italia se nos po-
y vigilancia moral que se ejercia haciaellos; peri> en nen como ejemplo que debemos irnitar; pero en ver-
el momenta en que Ia extensi6n de Ia republica, !a dad que no somos ni persas sometidos a un despota,
compiicaci6n de las re!aciones sOciales ~ e~ _refi~a­ ni egipcios subyugados por sus sacerdotes, ni galos
rriiento de !a civilizaci6n quitaron a esta mst1tuc16n para poder ser sacrificados por sus druidas, ni en fin
aquello que. le servia de base y limite a un rnismo tiem- griegos niromanos, a quiene:s !a parte de la atitori~
po, Ia censura degener6 aun en Roma; porque no er.a dad social consolaba de la esclavitud privada. No-
esta Ia que habla creado las buenas costumbres, si- sotros somos modernos que queremos gozar respec-
no que'lo que constituia su· poder y eficacia era la tivarnente de nuestros derechOs; desenvolver cada uno
rnisrna sencillez de las costumbres. nuestras facultades comomejor nos parezca, sinha"
En una naci6n como Ia nuestra, una instituci6n tan cer dai'io a otro; velar sobre e! desarrollo de estas fa~
arbitraria, cual es Ia censura, se~la, al mismo tiem- cultades en los hijos que Ia naturaleza confia a nues-
. po que ineficaz, intolerable. En ei estado preser:te de tro am or, ta1;1to mas ilustrado cuanto que es mas vi-
!a sociedad las costumbres se componen de c1ertos vo, el cual, p0 r lo mismo, no tiene necesidad de Ia
matices muy finos y flexibles, que se ~esn~t~ralizan autoridad sino para·obtener los medias generales de
de mil maneras si 0e intenta dar!es !a mas m1mma pre- instrucci6n que puede reunir; ala rnanera que los via-
cision: s6lo a Ia opinion !e es Hcito llegar a ellas; Y jeres aceptan de ella los grandes caminos, sin que se
esta sola es Ia que puede juzgar!as, porque es de Ia atengan tan materialmente a ellos, que no vayan
misma naturaleza; y se s'ublevaria sin duda alguna cuando quieren poi otras send as particulares ...
contra toda autoridad positiva que quisiese refrenarla Desconfiemos, pues, de la admiraci6n que natu-
de algun modo. Si el gobierno de un pueblo ~o~er­ ralmente tenemos por ciertos recuerdos antiguos; y,
no quisiese como los censores de Roma, per]ud1car puesto q:ue vivimos en los modernos, debernos que-
a un ciudactano por una decision discrecional, Ia na- rer !a libertad conveniente a el!os: ademas, estando
~ 6!1 wll}.)VUJ,~'li· c,~>J,, -~U'C.Q'l 0G\ ?~!;Co. Wi .
-~~.~~ • · h'\,ylo~:..'i;l..QU.QJI_ .\D'J h..a.u\"lr~

~~~~ ~: Q~:~:\~6
0
• BENJAMIN CONSTANT DE LA LIBERTAD DE LOS ANTIGUOS 87

~r?(~'~t~~c J:"r~b~jo un regimen momirqu!co, se )lace pr~ciso not~­ cho de abrogarse un poder que no eslegftimo: la di-
,VJ:'~.~<."l-:.•:.!"''': , . .m!!f de !as republicas antiguas los med1os de opn- versidad que hay es que los que parten de un origen
c~~t~;,;>i:D'/~' _~. ,":"" mirnos. La libertad individual, repito, he aquf Ia ver- que lo es tienen menos que antiguamente el derecho
Jc;:' Etr·~!'['~ <c.'C•OJ dad era libertad modema: Ia libertad polltica es !a ga- de ejercer sobre los individuos una supremacfa arbi-
l wif}r.~ "~"~ ·len \"e-rantfa·y, por consiguiente, es indispensable. Pero pre- traria. Hoy nosottds poseemos todavia los que en to-
Cfl, ~-"'1P~ud~ ' -" tender de los pueblos en nuestros tiempos que sacri- do tiempo se han tenido, a saber, los eternos de co~­
,\UM~~jifA, C' 1 fiquen, como los antiguos,Ia totalidad de sulibertad sentir en las !eyes; de deliberar sobre nuestros inte-
· I individual a Ia polftica, es el medio mas seguro de reses, y de formar una parte del cuerpo social de !a
apartarlos de una para quitarles bien pronto Ia otra. que somos mientbros, Pero los gobiernos tienen nue-
He aquf c6mo mis observaciones no se dirigen de mo- vas deberes; los progresos de !a civilizaci6n y las mu-
do alguno a disminuir el precio de la libertad polfti- danzas que han producido los siglos prescriben ala
ca. No deduzco de los hechos que he puesto a vues- autoridad mas respeto por las costumbres, par aque-
tra consideraci6n las consecuencias que algunos hom- llo que mas amamos y par la independencia de los
bres, a saber, «que habiendo sido libres los antiguos, individuos; por cuya raz6n debe mirar todos estos
--.. 1 y no pudiendo nosotros serlo como ellos; estamos des- objetos con mucha mas prudenda y detenci6n.
tinados a ser esclavos>>. Ellos quieren constituir el Esta reserva de Ia autoridad, que se contiene en
_ nuevo Estado social con un peq.uefio nfunero. de ele~ •-
mentos, que dicen son los unicosque pueden apro-·
los deberescestrictos, esta·igualmenre·en lo!fiilfefeses · !
j

bien entendidos; porque, si !a libertad que conviene


piarse a la situaci6n del mundo actual, los cuales son a los gobiernos actuales es diferente de aquella que
las oreocupaciones pani. intimidar a los hombres; el convenia a los antiguos, eldespotismo que era posi-
egoismo para corromperlos; Ia frivolidad para adpr- ble entre estosno lo es en aquellos. De estar noso-
mecerlos; los placeres-groseros para degradarlos, y·. tros muchasveces mas distraldos de lo que podfan·
el despotism a para conducirlos; pero serfa la cosa mas estar los antiguos acerca de Ia libertad polftica, y me-
disoaratada si fuese tal el resultado de cuarenta si- . nos apasionados por eila, puede seguirse ei que al-
glos, durante los cuales !a especiehumana no ha he- guna vez despreciemos equivocadamente las garan-
cho otra cosa que conquistar los medias morales y tfas que ella nos asegura. Pero al mism6 tiempo, co-
flsicos de perfeccionarse; por lo cual estoy muy le- mo estamos mas Ugados que los antiguos a la liber-
jos de convenir en semejante absurdo, concediendo . tad individual, tambien la defenderemos, si llega a
tinicamente e1 que de las diferencias que !'lOs distin- ser atacada, con mucha mas destreza e insistencia,
guen de Ia antigiiedad pueden sacarse consecuencias teniendo infinltamente mas medias para esto que los
del todo opuestas. As!, no necesitamos debilitar Ia antiguos. ·
garantia, sino extender los goces; no se necesita re-. El comercio, por otra parte, hace mas opresiva que
nunciar a Ia libertad politica, sino que debe estable- antiguamente Ia acci6n de Ia arbitrariedad sobre nues-
cerse !a civil con otras formas en !a pol!tica. Los go- tra existencia, porque, siendo mas variadas nuestras
biernos no carecen menos que otras veces del dere- especulaciones, deben tambien multiplicarse !as me-
dtrV< '\j''"'l~tc:'­

88 . BENJAMIN CONSTANT DE LA LIBERTAD DE LOS ANTJOUOS 89 v~~ ~.v~d'f


Lv/01\7- ~
didas arbitrarias para observarlas; pero ai mismo comercio ha aproximado a las naciones entre si dan-~' ~,; \-~
· tiempo presta el comercio muchos mas medios para doles habitos y costumbres casi del todo semejantes; 1'<f''~h~ "
e!udir esta arbitrariedad, porque cambia Ia natura- de Jo que se sigue que ios jefes pueden ser enemigos L> .-I?IUf;::x ~"
leza de Ia propiedad, la cual, en virtud de esta one- entre sf, pero los pueblos son siempre compatriotas. c!, i'UQ21%· r'
racion, viene a hacerse impen:eptible yexenta de ser Resignese, pues, el poder: lo que nosotros necesi- ~' l·,.:;nkv!.<:
tamos es !a libertad, la cual conseguiremos indefec-.iiauk
· o,
materialmente tom ada ·por nadie. Otra cualidad nue-
va que da a la propiedad el comercio es la circula- tiblemente; pero coino Ia que precisamos es diferen-
cion, porque sin ella la propiedad no es mas aue un ie de la de ios antiguos, es necesario que se de a aque-
usufructo, sobre el cual puede siempre influir hi auto- lla una organizaci6n diferente, y la que podria con-
ridad, porque puede pfivar de su goce; pero Ia cir- venir ala libertad antigua; en esta, el'hombre, cuan-
culaci6n pone un obstaculo insuperable e invisible a to mas consagraba el tiempo y su fuerza para el
esta accion del poder social. ejercicio de los derechos politicos, mas libre se crela:
Todavla se extienden mas los efectos del comer- por el contrario, enla especie de libertad de que no-
do, porque no solamente da libertad a los individuos, sotros somos susceptibles, cuanto mastiempo nos de-
sino que, creando el credito, hace a Ia autoridad de- je para nuestros intereses privados el ejercicio de los
pendlente en cierta ma.'1era, !<Bl dinero, dice un autor derechos politicos; mas preciosa sera para nosotros
es
fran~es, el arm a mas peligrosa de! despotism a; pero la misma libertad.
... al illiSltro tiempo es sumas poderoso freii!E elcrecti- · · fkaqui-viene la necesidad del sistema representa-
to esta sometido ala opini6n; !a fuerza es inutil· el tivo, elcual noes otra cosa que una organizaci6n con
dinero se oculta o se pierde; todas las operacio~es cuyo auxilio una naci6n se descarga sabre algunos .
del Estado quedan entonces eri suspenso.» No tenia individuos de aquello que no quiere o no puede ha-
t~nta influencia entre los antiguos e! credito: sus go- cer. porsL misma. Los individuos pobres hac en por · ...
bternos eran mas fuertes que los particulares, al pa- si mismos sus negocios; los ricos nombran apodera-
·"i so que estos lo son mas ahora que los poderes politi- dos: esta es·la historia de. las naciones antiguas y de
cos de nuestros dias; Ia riqueza es un podermas dis- ias modernas. Ei sistema representative es una pro-
ponible en todos los instantes, mas aplicable a todos curaci6n dada a un cierto numero de hombres por
":!
· los intereses y, por consiguiente, mucho mas real, y Ia masa del pueblo que quiere que sus intereses sean
mejor obedecida: el puder amenaza; !a riqueza re- defendidos, y que, sin embargo, no tiene siempre el
compensa: es facil escapar del primero enganando- tiempo ni !a posibilidad de defenderlos por si mis-
lo; pero para obtener los favores deJa segunda es ne- mo. Pero·los ·hombres rices, que nombran a sus apo-
cesario servirla. derados, si no son unos insensatos, examinan con
Por una consecuencia de estas mismas causas, la atenci6ri y severidad si estos hacen su deber y si son
. existencia individual esta menos embebida en Ia po- negligentes, corruptib!es o capaces; y, P!lra juzgar de
lltica. Los individuos trasladan lejos sus tesoros, y !a gesti6n de estos mandatarios, los comitentes que
!levan consigo todos los goces de !a vida privada; el tienen prudencia examinan interiormente los nego-

1---~----------:-----J.------· ...... ---- ---·--··----..·-· L


90 BENJAMIN CONSTANT DELA L!BERTADDE'i'OSANTIGUOS 91
cios cuya administ~aci6n han confiado. Del mismo jante a Ia de un hombre que bajo el pretexto de no
modo, los pueblos, que con el objeto de gozar la li-· habitar sino un primer piso, pretendiese edificar so-
be:rtad que les conviene recurren al sistema represen- bre la arena un edificio sin cimientos.
tativo, deben ejercer una vigilancia activay constante Por otra parte, ;,es tan verdadero el que un gene-
sabre sus representantes para ver si cumplen exacta- ro s6lo de felicidad; sea este el que qui era, pueda ser
. : , -: ,. mente con su encargo y si defraudan a sus votos y el objeto linico de la especie humana? En tal caso
J::' £ .:\,\% f\oUAV;I(LQf '' deseos. nuestra carrera serla muy estrecha, y poco sublime
tituM'.M, :\A:?lJ'"' "-0, Pero en el hecho de diferenciarse I~ libertad anti- nuestro destino. No hayciertamente uno de noso-
0;;:;0~i <i·\A)J.v.\-<-,0 • gua de Ia moderna se halla esta tambten amenazada tros que quisiese bajar tanto, restringir sus faculta-
~~;i,J,c~~,;} <kb~ "'c~,(,- de u~ J?elibro de diferente especie. El de Ia antigua · des morales, rebajar sus deseos y abjurar de Ia acti-
;r.\: ;\(li0kJcJ ~d:i'vA<, \.o" conststla en que los hombres, atentos solamente a ase- vidad, Ia gloria y las emociones generosas y profun-
~· t';:;-~ / ·· ·
·-l§i.lHG!'''········1
gurar Ia divisi6n del poder social, hiciesen m.uy buen das. No, yo certifico Ia existencia de !a parte mejor
·. · •: :r·.;:;:·~;j)WJl-- l).W:\,) uso de 1os d erechos y goces m . d'tvt'd uaIes; pero el pe-
de nuestra naturaleza; .de esta noble inquietud. que
)}iD1''05 f''~: ligro de Ia libertad modern a pUede consistir en que, · nos persigue y nos atormenta; de este ardor de ex-
,,;~o~'#·-c:··•:: absorbiendonos demasiado en el goce de nuestra in- tender nuestras luces y desarrollar nuestras faculta-
dependencia privaday en procurarnuestros intere- des; todo nos dice que no es a un punto de felicidad
ses particulares, no rt:ml!.nci~eJTI_os C_()l! mucha facili- · s6lo a lo que se dirigen, sino a Ia perfecci6n a que
derecho.
dad al de- to mar parte en et gobierno politi- nuestro destine nos llama; y Ia libertad polltica cier-
co. Los depositaries de Ia autoridad no dejaran de . tamente es el mas poderoso y e11ergi(!o modo de per·
exhortarnos a que dejemos que suceda asf,.porque fecci6n que d Cielo nos ha dado entre los dones te-
estan siempre dispuestos a altorrarnos toda especie .. rrenos. Ella, sometiendo a todos los ciudadanos sin
de trabajo, excepto el de obedecet )'pagar; ellos nos excepci6n el examen y estudio de sus mas sagrados
diran: «i,Cual es el objeto de vuestros esfuerzos, el intereses, agranda su· espfritu, ennoblece sus pensa- ·
motivo de vuestros trabajos y el termino de vuestras mientos y establece entre todos elios una especie de
esperanzas? 1,No es Ia felicidad? Pues dejadnos a no- igualdad intelectual, que hace la gloria y el poder de
sotros este cuidado, que nosotros os la daremos.» Pe- un pueblo. . ·. · ·. .
ro no, no dejemos que obren de este modo: poi' gran- Asi, observad como una naci6n se engrandece con
de que sea el interes que tomen por nosotros, supli- !a primera instituci6ri que Je concede el e"jercicio re-
quemosles que se contengan en sus limites, yque es- gular de Ia libertad politica. Ved a nuestros conciu-
tos sean los de ser justos: nosotros nos encargare- dadanos de todas clases y de todas las profesiones
mos de hacernos dichosos a nosotros mismos. ;..Y au e. saliendo de Ia esfera de sus trabajos habituates
podrfamos serio por medio de los goces si estes es-
tuviesen separados de las garantias? 1. Y d6nde en-
yd~ su industria privada, se encuentran de repente
en el nivel de las funciones importantes que Ia cons-
contrarfamos est as garantfas ·si renunciasemos a Ia tituci6n les confia; que hacen las elecciones con dis-
libertad politica? !Ahl Esto seria una locura, seme- · cernimiento; que resisten con energia; que descon-
-

'
.• _-_··.
1~-(
,q~_,----
I-
92 BENJAMIN CONSTANT DE LA LIBERTAD DE LOS ANTJGUOS 93

dertan las intrigii~; se burlan de las amenazas, y re- nifestaci6n de sus opiniones y, formando.Jes de este
sisten noblemente a Ia seducci6ri. Ved el patriotis- modo por Ia practica a estas funciones elevadas, dar-
mo puro; profunda y sincero triunfante en nuestros les a un misrho tiempo ei deseo y la facultad de po-
pueblps, y que vivifica hasta nuestras chozas, que der desempeii.arlas.
- ' . ' . , · ; I \i .' , . i ...
atraviesa nuestros talleres, reanima nuestros campos,· ((}l.u bvn or cw..c bo/) };ot\u._A}-) ck (;_.~~d J!4_!,_L{'Q.v.;_..ot.lJ.,, q_li2 0/.~J 1<'\~~ l-o. '-'':'

y penetra del sentimiento de nuestros derechos 'I de ,j

!a necesidad de las garantfas al espfritu justa y recto


del cultivador util y dei negociante industrioso; los
cuales, instruidos en Ia historia de los males que han
sufrido, y no menos ilustrados sabre los remedios que
exigen estos males, abrazan con una sola mirada
Francia enter a; y, dispensadores del reconocimiento
nacional, recompensan con sus sufragios, despues de
treinta afios, Ia fidelidad a los principios en las per-
sonas de los mas ilustres defensores de la libertad.
Lejos de nosotros~ pues, el renunciar a ninguna de ·
las dos especies de libertad de que he hablado. Es ne-
cesario, como he demostrado, aprender a combinar
la una con Ia otra. «Las instituciones, como dice el
celebre autor de la Historia de las reptib7ii::as de Ia ·
Edad Media, deben cumplir los destinos de Ia espl!-
cie hum ana; y alcanzan. tanto .mejor su objetivo,
cuanto que elevan el mayor numero posible de con-
ciudadanos a la mas alta dignidad moral.))
La obra dellegislador no es comp!eta cuando ha ·
dado solamente tranquilidad a un pueblo: aun estan-
do este Contento, falta todavfa mucho por hacer. Es
necesario que las instituciones acaben la. educaci6n
moral de los ciudadanos. Respetando sus derechos
individuales, manteniendo su independencia, no tur-
bando sus ocupaciones, debe, sin embargo, procu-
rarse que consagren su influencia hacia las cosas pu-
blicas; llamarles a que concurran con sus determi-
naciones y sufragios a! ejercicio del poder; garanti-
zarles un dere'cho de vigilancia por medio de Ia rna-
GEORG W. F. HEGEL

RASGOS FUNDAMENTALES
DE LA FILOSOFÍA
DEL DERECHO
o compendio de derecho natural y ciencia
del estado

Traducción directa del alemán: Eduardo Vásquez

BIBLIOTECA NUEVA
Prefacio
El motivo inmediato para la publicación de este compen-
dio es la necesidad de poner en la mano de mis oyentes un
hilo conductor para las Lecciones que oficialmente he dicta-
do sobre Filosofía del derecho. Este manual es una amplia-
ción, particularmente más sistemática de los mismos con-
ceptos fundamentales que sobre esta parte de la filosofía ya
están contenidos en la Enciclopedia de las ciencias filosófi-
cas (Heidelberg, 1817), destinados antaño por mí a mis
cursos.
Pero para que este manual apareciera impreso y de ese
modo llegara también al gran público, hubo que tener en
cuenta a las Observaciones. Originalmente, éstas debían
aclarar en breve mención a las representaciones análogas o
divergentes y a las consecuencias ulteriores, todo lo cual re-
cibía en las Lecciones la correspondiente aclaración. Pero
aquí hubo a veces que desarrollarlas más ampliamente con el
objeto de aclarar el contenido más abstracto del texto y to-
mar en consideración más prolija representaciones familia-
res que se encuentran en la época actual. Así han surgido
una cantidad de observaciones más extensas que la que sue-
len traer consigo la finalidad y el estilo de un compendio. Sin
embargo, un verdadero compendio tiene como objeto el cír-
culo de una ciencia considerado ya acabado y lo propio de él
es tal vez haber sacado una pequeña adición aquí y allá, es-
pecialmente la composición y el orden de los momentos
esenciales de un contenido dado y conocido hace tiempo, en
cuanto aquella forma tiene sus reglas constituidas hace tiem-
po y sus procedimientos. De un compendio filosófico ya no
se espera por eso esa hechura, por cuanto uno se imaginaría

[63]
entonces que lo que la filosofía se propone sería así una obra
trasnochada que, como la tela de Penélope, es recomenzada
cada día desde el principio. Desde luego, este compendio di-
verge del resumen habitual, en primer lugar, por el método,
el cual constituye por eso la guía. Pero está presupuesto aquí
que el género filosófico de progreso de una materia a otra y
la prueba científica, modos del conocimiento filosófico en
general, se distinguen esencialmente de otra manera de co-
nocer. La compenetración en la necesidad de tal diferencia
puede ser lo único capaz de arrancar a la filosofía de la ver-
gonzosa caída en que se ha hundido en nuestra época. Bien
se ha reconocido la insuficiencia de las formas y reglas de la
antigua lógica, de la definición, de la clasificación y de la
conclusión, las cuales contienen las reglas del conocimiento
del entendimiento, para la ciencia especulativa, o más bien,
se ha sentido antes que reconocido, y entonces se ha des-
echado a estas reglas como cadenas, para hablar arbitraria-
mente desde el corazón, la fantasía, la intuición contingente.
Sin embargo, como tienen que entrar reflexión y relaciones
de pensamiento, se utiliza inconscientemente el despreciado
método de consecuencia y razonamiento completamente ha-
bitual.
He desarrollado extensamente la naturaleza del saber es-
peculativo en mi Ciencia de la lógica. Por eso, en este com-
pendio, sólo ha sido añadida aquí y allá alguna aclaración so-
bre el proceso y el método. Por la naturaleza concreta del
objeto, y en sí (in sich) tan diversa, ha sido abandonado pre-
cisamente poner de manifiesto y destacar la progresión lógi-
ca en toda y cada individualidad. En parte, esto podría ser te-
nido por superfluo, por la presupuesta familiaridad con el
método científico, pero en parte, caerá por sí mismo que tan-
to la totalidad como el desarrollo de sus miembros descan-
san en el espíritu lógico. Quisiera particularmente que este
manual fuera concebido y juzgado desde ese aspecto. Pues
de lo que se trata en él es de la ciencia y en la ciencia el con-
tenido está atado esencialmente a la forma.
Precisamente de aquellos que parecen requerir lo más
profundo puede oírse que la forma sería algo externo e indi-
ferente para la cosa, que sólo ello importa. Puede decirse to-
davía que la ocupación del escritor, y especialmente del es-
critor filosófico, consiste en descubrir verdades, en decir

[64]
verdades, en difundir verdades y conceptos correctos. Si se
piensa ahora en cómo tal ocupación llega a cumplirse real-
mente se ve, por una parte, que se trata del mismo viejo co-
cido que siempre es recalentado y expendido en todos los
rincones y de una ocupación que desde luego tendría su mé-
rito para la cultura y la excitación del ánimo, aunque podría
ser considerada más bien como una industriosa redundan-
cia, pues: «A Moisés y a los profetas tienen: óiganlos»1.
Especialmente, se tiene múltiple ocasión para asombrarse
por el tono y la pretensión con el que se dan a conocer, como
si hubieran faltado al mundo, estos fervientes propagadores
de verdades y como si el viejo caldo recalentado trajera nue-
vas e inauditas verdades y hubiera que tomarlas a pecho
siempre especialmente «en nuestra época». Pero, por otra
parte, se ve que tales verdades que son emitidas por un lado
vienen a ser desalojadas y arrastradas justamente por otras
verdades iguales suministradas por otro lado. De este cúmu-
lo de verdades, lo que no sea ni antiguo ni nuevo, sino per-
manente, ¿cómo debe destacarse de estas consideraciones
informes traídas de aquí para allá? ¿De qué otra manera se
diferencian y acreditan, sino mediante la ciencia?
Además, respecto al derecho, la eticidad (Sittlichkeit) y el
Estado, la verdad es tan antigua como su presentación y su
reconocimiento en las leyes, la moral pública y la religión.
En cuanto el espíritu pensante no se satisface con poseerla
en esta forma inmediata, no puede experimentar respecto a
esa verdad otra necesidad que concebirla y encontrar una
forma racional para un contenido que ya lo es en sí (an sich)
mismo y, por consiguiente ¿parecerá éste justificado para el
pensamiento libre, el cual, en vez de permanecer en lo que es
dado, sea que esto dado esté apoyado por la autoridad posi-
tiva del Estado, por el acuerdo entre los hombres, o por la
autoridad del sentimiento interno del corazón o del testimo-
nio inmediato de aprobación del espíritu, sólo parte de sí
mismo y exige por ello mismo saberse íntimamente unido a
la verdad?
El comportamiento sencillo del ánimo ingenuo consiste
en atenerse a la verdad públicamente reconocida, con con-

1
Lucas, 16, 29.

[65]
fiada convicción, y construir sobre esta base firme sus mane-
ras de proceder y sus firmes posiciones en la vida. A este sen-
cillo comportamiento ya se opone la presunta dificultad que
resultaría de cómo se podría distinguir y desentrañar lo que
habría de umversalmente reconocido y valioso entre las infi-
nitamente diversas opiniones y esta dificultad puede tomar-
se fácilmente como correcta y verdaderamente grave respec-
to al asunto. Pero, en realidad, aquellos que toman como
buena esta dificultad, están en el caso de no ver el bosque a
causa de los árboles y sólo está presente en el obstáculo y la
dificultad que ellos mismos preparan. Este obstáculo y esta
dificultad son más bien la prueba de que quieren, como sus-
tancia del derecho, algo distinto de lo que es universalmente
reconocido y vigente. Pues si verdaderamente se trata de
esto, y no de la vanidad y de la particularidad del opinar y
del ser, se atendrían al derecho sustancial, esto es, a los man-
damientos de la eticidad y del Estado, y regirían sus vidas se-
gún ellos. Pero la dificultad ulterior proviene de que el hom-
bre piensa y en el pensar busca su libertad y el fundamento
de la eticidad. Este derecho tan alto, tan divino, se transfor-
ma en injusticia si sólo vale para el pensar y sólo se siente li-
bre el pensar en cuanto discrepa de lo universalmente reco-
nocido y valioso y se ha sabido encontrar algo particular.
En relación al Estado, y particularmente respecto a ese
punto, parece haber arraigado muy firmemente en nuestros
tiempos la representación de que una filosofía sobre el Es-
tado tendría esencialmente la tarea de encontrar y exponer
también una teoría y, precisamente, nueva y particular, como
si la libertad del pensar y del espíritu se probara sólo me-
diante la discrepancia, incluso la hostilidad, contra lo públi-
camente reconocido.
Cuando se ve esta representación y su correspondiente
animación, podría creerse que aún no ha habido Estado ni
Constitución política en el mundo, ni tampoco los hay ac-
tualmente, sino que sería ahora —y este ahora dura siem-
pre— cuando empezaría todo desde el principio y el mundo
ético sólo habría esperado un tal ahora, el cual discurre, des-
entraña y fundamenta. Respecto a la naturaleza, se admite
que la filosofía ha de conocerla como ella es, que la piedra fi-
losofal se encuentra oculta en algún lugar, aunque en la na-
turaleza misma, que ella en sí (in sich) sería racional, y que

[66]
el saber tiene que investigar y aprender concibiendo a esta
naturaleza en su actual y real razón, y no a las configuracio-
nes y contingencias que se muestran en lo superficial, sino su
eterna armonía, pero como su ley y esencia inmanente. El
mundo ético, en cambio, el Estado, ellos, la razón, como es-
tán realizados en el elemento de la autoconsciencia, no debe
gozar de esa felicidad, es decir, que es la razón la que se ele-
va al poder y a la fuerza en este elemento y en él se afirma y
vive2. El universo espiritual, por lo contrario, debe ser aban-

2
Hay dos tipos de leyes: leyes de la naturaleza y leyes del derecho. Las de la na-
turaleza son sencillas y valen tales como son: no adolecen de ningún desmedro, aun
cuando se puede contravenirlas en casos individuales. Para saber lo que es la ley de
la naturaleza, tenemos que aprender a conocer a ésta, pues estas leyes son exactas:
sólo nuestra representación de ella puede ser falsa. La regla de estas leyes está fue-
ra de nosotros y nuestro conocimiento nada hace respecto a ellas, no las promueve:
nuestro conocimiento sobre ellas únicamente puede aumentar. El conocimiento del
derecho es por una parte así y por otra no. Nosotros aprendemos a conocer las le-
yes como ellas sencillamente están allí: así las tiene más o menos el burgués y el ju-
rista positivo no permanece menos cabe a lo que está dado. Pero la diferencia está
en que en las leyes del derecho se levanta el espíritu de meditación y ya en la diver-
sidad de las leyes se hace observable que ellas no son absolutas. Las leyes del dere-
cho son leyes que provienen del hombre. La voz interna puede necesariamente en-
trar en colisión con esto, o adherirse a ello. El hombre no permanece en lo existente
sino que afirma tener en él la medida de lo que es el derecho: él puede ser arrojado
a la necesidad y a la violencia de la autoridad externa, pero nunca como a la nece-
sidad de la naturaleza, pues le dice siempre su interior, como ello debería ser y él
encuentra en sí (in sich) mismo la aprobación de lo que vale. En la naturaleza, la
verdad suprema es la de que una ley es general: en las leyes del derecho la cosa no
vale porque ella es, sino que cada uno exige que ella debe corresponder a su propio
criterio. Hay aquí, por tanto, un conflicto posible entre aquello que es y lo que debe
ser, entre el derecho existente en sí (an sich) y para sí, el cual permanece inaltera-
do, y la arbitrariedad de la determinación respecto a aquello que debe valer como
derecho. Tal separación y tal lucha se encuentra sólo en el campo de espíritu y por-
que la prerrogativa del espíritu parece conducir de ese modo a la discordia y a la
malaventuranza, se remitirá frecuentemente lo arbitrario de la vida a la meditación
de la naturaleza y debe tomarse un modelo en esta misma. Pero precisamente en es-
las oposiciones del derecho existente en sí (an sich) y para sí y de aquello que la ar-
bitrariedad hace vigente como derecho se encuentra la necesidad de aprender a co-
nocer lo fundamental del derecho. Su razón tiene que salirle al encuentro al hombre
en el derecho; por tanto, él tiene que meditar la racionalidad del derecho y éste es
el asunto de nuestra ciencia, en oposición a la jurisprudencia positiva, la cual fre-
cuentemente tiene que hacer sólo con contradicciones. De allí que el mundo actual
liene todavía una apremiante necesidad, pues en tiempos pretéritos todavía había
aprecio y respeto ante la ley subsistente: pero ahora la cultura de la época ha toma-
do otro giro y el pensamiento se ha colocado en la cima de todo aquello que debe
valer. Erigir teorías frente a lo existente y querer que aparezcan como correctas y
necesarias en sí (an sich) y para sí. Después se hizo necesidad más especial conocer
y concebir el pensamiento del derecho. Aquí se ha erigido el pensamiento en forma
esencial y se tiene así que tratar de aprehender al derecho como pensamiento. Pa-
rece que hay que hacerse la vista gorda sobre opiniones accidentales, si el pensa-

[67]
donado de Dios, de modo que según este ateísmo del mun-
do ético lo verdadero se encuentra fuera de este mundo, y al
mismo tiempo, sin embargo, ya que también debe estar la ra-
zón en él, lo verdadero sólo sería un problema. Allí se en-
cuentra la autorización, e incluso la obligación, para cada
pensar, de levantar su vuelo, pero no para buscar la piedra fi-
losofal, pues mediante el filosofar de nuestro tiempo se evita
a búsqueda y cada uno está seguro de tener sin esfuerzo esa
piedra en su poder. Y entonces ocurre ciertamente que los
que viven la realidad del Estado y allí encuentran satisfecho
su saber y su voluntad —y éstos son muchos, incluso más
que los que opinan y saben, pues en el fondo son todos—
que, por consiguiente, al menos aquellos que con conciencia
tienen su satisfacción en el Estado, se burlan de aquellos
arranques y aseveraciones, y pronto los toman por un juego
vacío, muy divertido o muy serio, muy gracioso o muy peli-
groso. Aquel inquieto impulso de la reflexión y de la vani-
dad, así como la acogida y el encuentro que experimentan,
sería sólo una cosa para sí, la cual se desarrolla en sí (in sich)
a su manera. Pero se trata de la filosofía en general, la cual
por estos impulsos, se ha expuesto a mucho desprecio y des-
crédito. El peor de los desprecios consiste en lo siguiente:
como dije anteriormente, cada uno está convencido de estar
en condiciones, en lo que respecta a la filosofía, de estar en-
terado y de impugnar como bien le parece. Ninguna otra arte
ni ciencia ha manifestado este supremo desprecio de que
cada uno cree poseerla infusa.
En efecto, lo que hemos visto originarse de la filosofía
contemporánea, con la mayor pretensión, es que cualquiera,
autorizado por esta convicción y con ganas de formar parte

miento debe llegar sobre el derecho, pero el verdadero pensamiento no es ninguna


opinión sobre la cosa, sino el concepto de la cosa misma. El concepto de la cosa
no nos viene de la naturaleza. Cada hombre tiene dedos y puede tener pincel y co-
lores, pero no por eso es un pintor. Asimismo es con el pensar. El pensamiento del
derecho no es algo que todo nombre tiene de primera mano, sino que el pensar co-
rrecto es el conocimiento de la cosa y, por eso, nuestro conocimiento debe ser
científico.
[El texto de la observación no pertenece al Prefacio de Hegel, sino a la intro-
ducción de una Lección sobre Derecho natural y ciencia del Estado del semestre de
invierno de 1822-23. Gans lo ha sacado de la Postdata de H. G. Hotho, Filosofía
del derecho. Según la exposición del señor Prof. Hegel. La Postdata se encuentra en
poder de la Biblioteca del Estado Prusiano de Berlín].

168]
del coro, podría hacer precisamente tal cosa por sí mismo y
así se daría la prueba de estar en posesión de la filosofía.
Comoquiera que sea, la que se autodenomina filosofía ha
declarado expresamente que lo verdadero mismo no podría
ser conocido, sino que lo verdadero sería lo que cada uno
deja surgir desde su corazón, su ánimo y su entusiasmo res-
pecto al objeto moral, y especialmente, respecto al Estado, el
gobierno y la constitución. ¿Qué no se ha dicho respecto a
eso para agradar particularmente a la juventud? La juventud
se lo ha dejado decir con gusto. El señor da a los suyos mien-
tras duermen, ha llegado a ser aplicado a la ciencia y así cada
durmiente se ha contado entre los suyos: el concepto que él
recibe en el sueño, sería pues ciertamente verdadero según
esto. Un jefe máximo de esta superficialidad que se autode-
nomina filosofía, el señor Fríes , no se ha sonrojado, en la
oportunidad de un discurso público y solemne, que ha llega-
do a ser tristemente célebre, sobre el objeto del Estado y de
la Constitución del Estado, al exponer la representación: «En
el pueblo, en el que predomina un espíritu común verdade-
ro, correspondería a cada negocio de los asuntos públicos la
vida de abajo desde el pueblo; a cada obra individual de cul-
tura del pueblo y de servicio popular se consagrarían socie-
dades vivientes unidas inquebrantablemente por la sagrada
cadena de la amistad», y así continúa. Éste es el sentido
principal de la superficialidad: colocar a la ciencia, no sobre
el desarrollo del pensamiento y del concepto, sino sobre la
percepción inmediata y la imaginación contingente. Asimis-
mo, la rica articulación de la moral en sí (in sich) que es el
Estado, la arquitectónica de su racionalidad, la cual, por la
diferenciación determinada de las esferas de la vida pública
y sus justificaciones y por el rigor de la medida en la cual se
mantiene cada columna, cada arco y cada viga, haciendo sur-
gir la fuerza del todo de la armonía de sus miembros, a esta
estructura constituida se la deja disolver en la papilla del
«corazón, de la amistad y del entusiasmo». Como ocurre con
el mundo en general, según Epicuro, no ciertamente así,
aunque así debería ocurrir, el mundo ético, según tal repre-

1
Jacobo Federico Fríes (1773-1843), antecesor de Hegel, en Heidelberg como
profesor de filosofía y matemáticas. De la superficialidad de su ciencia ya he dado
lestimonio. Ver Ciencia de la lógica (Nuremberg, 1812). Introducción, pág. XVII.

[69]
sentación, debería ser entregado a la contingencia subjetiva
del opinar y a la arbitrariedad. Con el sencillo remedio casero
de colocar en el sentimiento lo que es el trabajo precisamente
milenario de la razón y de su entendimiento, se ahorra cierta-
mente todo el esfuerzo de la razón y del conocimiento dirigido
por el concepto pensante. Mefistófeles en Goethe —una buena
autoridad— dice respecto a esto aproximadamente, lo cual
también he citado antes:

Desprecia al entendimiento y a la ciencia


Que son del hombre los supremos dones
se ha entregado a brazos del demonio
y tiene necesariamente que perecer 4 .

Inmediatamente se insinúa que tal punto te vista adquie-


re también la figura de la piedad, pues ¡con qué no ha trata-
do de autorizarse este impulso! Pero con la beatitud y la Bi-
blia se han figurado dar la suprema justificación para
despreciar el ordenamiento ético y la objetividad de la ley.
Pues desde luego, es también la piedad la que reduce a la
verdad explicitada en el mundo en un reino orgánico, a la
más sencilla intuición del sentimiento. Pero en caso de que
ella sea de especie correcta, abandona la forma de esta re-
gión tan pronto como va desde lo interno a la luz de la ma-
nifestación y del reino revelado de la idea, trayendo consigo
de su culto interno la veneración por la verdad y las leyes que
son en sí (an sich) y para sí, encumbradas sobre la forma
subjetiva del sentimiento.
Puede hacerse observable aquí la forma particular de la
mala conciencia, la cual se hace notoria en la especie de elo-
cuencia con la que le surte aquella superficialidad, y en pri-
mer lugar, precisamente allí donde es más vacía de espíritu
es cuando más habla de espíritu, donde su habla es más
muerta y más coriácea introduce la palabra vida y vivifica-
dor, cuando hace notoria la mayor egolatría de la soberbia
vacía, más maneja en la boca la palabra pueblo. Pero el dis-
tintivo peculiar que ella lleva en la frente es el odio a la ley.
El derecho y la eticidad y el mundo del derecho real y de lo

4
Fenomenología del espíritu, pág. 214, edición de F. C. E., México, 1966.

[70]
ético se aprehende mediante el pensamiento; mediante el
pensamiento se da la forma de la racionalidad, es decir, uni-
versalidad y determinidad y ésta, la ley, es aquello que el sen-
timiento que se reserva el beneplácito y la conciencia que
pone el derecho en la convicción subjetiva, miran con fun-
damento como lo más hostil. La forma del derecho como de-
ber y como ley es sentida por él como letra muerta y fría y
como una cadena, pues no conoce en él a sí mismo, no se re-
conoce libre en él, porque la ley es la razón de la cosa y ésta
no permite al sentimiento exaltarse en la propia particulari-
dad. Por eso, la ley, como se observa repetidamente en el
curso de este manual, es el Schiboleth5 por el cual se separan
los falsos hermanos y amigos del así llamado pueblo.
Como los picapleitos del libre arbitrio se han apoderado
del nombre de la filosofía y han podido trasladar a un gran
público la opinión de que semejante ajetreo es filosofía, ha
llegado a ser casi un deshonor hablar filosóficamente de la
naturaleza del Estado y no hay que tomar a mal a las perso-
nas correctas si incurren en impaciencia en cuanto oyen ha-
blar de ciencia filosófica del Estado. Menos aún hay que
asombrarse si finalmente los gobiernos han dirigido la aten-
ción a tal filosofar, ya que la filosofía no es ejercida entre no-
sotros como entre los griegos, como una actividad privada,
sino que ella tiene una existencia ostensible, que concierne al
público, particularmente, o exclusivamente, al servicio del
Estado. Si los gobiernos han manifestado confianza en sus
profesores dedicados a esa especialidad, apoyándose total-
mente en ellos para el perfeccionamiento y la consistencia de
la filosofía, aunque aquí y allá, si se quiere, no haya sido tan-
to por confianza como por indiferencia respecto a la ciencia
misma y el magisterio de la misma ha sido mantenido sólo
por tradición —como se ha abandonado en Francia, hasta
donde tengo conocimiento, por lo menos la cátedra de meta-
física— aquella confianza ha sido mal correspondida de mu-
chas maneras a esos gobiernos, o donde en el otro caso se
quiera ver indiferencia se podría considerar su consecuencia,
la degradación del conocimiento fundamental, como la ex-
piación de esa indiferencia. A primera vista, la superficiali-

5
Santo y seña.

[71]
dad parece ser quizá perfectamente compatible con el orden
y la tranquilidad externos porque ella no llega a conmover la
sustancia de la cosa, ni tampoco a afectarla. Así, a primera
vista, nada tendría contra sí, por lo menos policialmente, si
el Estado no contuviera en sí (in sich) la necesidad de la cul-
tura y de la inteligencia más profundas y no exigiera la satis-
facción de ellas por la ciencia. Pero la superficialidad respec-
to a lo ético, al derecho y al deber en general, conduce por sí
misma a aquellas proposiciones, que constituyen en esta es-
fera lo insulso, a los principios de los sofistas, a los cuales
aprendimos a conocer definitivamente desde Platón, prin-
cipios que colocan al derecho en finalidades y opiniones
subjetivas, en el sentimiento subjetivo y en la convicción
particular; principios de los cuales se sigue, asimismo, la
destrucción de la eticidad interna y de la conciencia íntegra,
del amor y del derecho entre las personas privadas, como la
destrucción del orden público y de las leyes del Estado. La sig-
nificación que tales fenómenos tienen que cobrar para los go-
biernos no se dejará desviar por el título —el cual se apoya en
la misma confianza concedida y en la autoridad del funciona-
rio—, para exigir al Estado que tolerara y permitiera lo que co-
rrompe a los principios generales, fuente sustancial de los he-
chos, como si ello le correspondiera. «A quien Dios da una
función también le da entendimiento», es una antigua chanza
a la cual, en nuestra época, nadie quisiera tomar en serio.
En la importancia del tipo y del estilo de la filosofía, la
cual ha sido renovada por las circunstancias en los gobier-
nos, no hay que desconocer el momento de patrocinio y de
ayuda, de los cuales parece estar hoy necesitado el estudio de
la filosofía por muchos otros aspectos. Pues en muchas pro-
ducciones de la especialidad de las ciencias positivas, e igual-
mente de carácter edificativo religioso y de otra literatura in-
determinada, se lee como se manifiesta en ellos no sólo el
antes aludido desprecio por la filosofía —y los tales prueban
enseguida que están completamente atrasados en la cultura
del pensamiento y que la filosofía les es totalmente ajena,
tratándola como algo liquidado—, sino como la emprenden
expresamente contra la filosofía y declaran su contenido, el
conocimiento conceptuante de Dios y de la naturaleza física
y espiritual, el conocimiento de la verdad, como una preten-
sión insensata e incluso pecaminosa, como la razón y de nue-

[72]
vo la razón y en infinita repetición la razón es acusada, des-
acreditada y condenada, o como por lo menos, es dado a co-
nocer cuán incómodas caen las ineludibles reivindicaciones
del concepto entre una gran parte del movimiento que debe-
ría ser científico. Si uno tiene ante sí semejantes manifesta-
ciones, digo yo, casi podría dar cabida al pensamiento de
que, por esta parte, la tradición no sería respetable ni sufi-
ciente para asegurar al estudio filosófico la tolerancia y la
existencia pública6.
Las declaraciones y arrogancias contra la filosofía, co-
rrientes en nuestros tiempos, presentan el extraño espectáculo
de que, por una parte, tienen razón por aquella superficiali-
dad a la que esa ciencia ha sido degradada y, por otra parte,
tienen sus raíces en ese elemento contra el cual están ellas de-
sagradecidamente dirigidas. Pues habiendo declarado aquello
que a sí mismo se llama filosofar que el conocimiento de la
verdad sería una búsqueda insensata, ha igualado virtud y
vicio, honor y deshonor, conocimiento e ignorancia, ha nive-
lado todos los pensamientos y las materias, como hizo con
nobles y esclavos el despotismo del César de Roma, de modo
que el concepto de lo verdadero, las leyes de lo ético, no son
más que opiniones y convicciones subjetivas y los más crimi-
nales principios son colocados en igual dignidad que aque-
llas leyes y asimismo los objetos más vacíos y particulares y
las materias más insulsas son colocados en igual dignidad
que aquello que constituye el interés de todo hombre pen-
sante y el nexo del mundo ético.
Por esto, hay que estimar como una suerte para la ciencia
—ello es, como he observado, la necesidad de la cosa— que
aquel filosofar que en sí (in sich) se quisiera tramar como un
doctrinarismo, se haya colocado en más cercana relación con
la realidad, en la cual hay seriedad respecto a los fundamen-

6
Tales pareceres se me ocurrieron con ocasión de una carta de Joh. V. Müller
(Obras: Parte VIII, pág. 56) en la que se habla, entre otras cosas, de la situación de
Roma en el año 1803, cuando esa ciudad se encontraba bajo dominación francesa;
interrogado respecto a la situación de los establecimientos docentes públicos, un
profesor respondió: «Se les tolera como a los burdeles.» Uno puede oír todavía re-
comendar a la así llamada teoría de la razón, esto es, la Lógica, más o menos con
la convicción de que o bien ya nadie se ocupará en una ciencia seca e infructuosa,
o bien si esto ocurre aquí y allá sólo se conseguirán fórmulas sin contenidos, las
cuales, por consiguiente, nada dan ni causan estragos, de manera que la recomen-
dación en ningún caso daña ni en nada será útil.
tos del derecho y del deber y la cual vive en la luz de la con-
ciencia de los mismos, y de ese modo ha llegado a la ruptura
pública. Se trata, precisamente, de esta situación de la filo-
sofía respecto de la realidad, la cual afecta al malentendido,
y con ello vuelvo a lo que ya he observado antes, que la filo-
sofía, por cuanto es el desentrañar de lo racional, es precisa-
mente por ello el comprender de lo presente y real y no el es-
tatuir de un más allá, el cual Dios sabe donde debería estar,
o mejor, uno sabe decir donde se encuentra, a saber: en el
error de un razonar unilateral y vacío. En el curso del si-
guiente manual he observado que incluso la república plató-
nica, la cual vale como el adagio de un ideal vacío, no ha
concebido esencialmente nada más que la naturaleza de la
eticidad griega. Tuvo además conciencia del principio más
profundo que irrumpía en ella, principio que en ella inme-
diatamente sólo podía aparecer como un anhelo aún insatis-
fecho y con ello sólo como corrupción. Precisamente Platón
tuvo que buscar auxilio contra el anhelo, pero ello tenía que
venir de lo alto, sólo podía buscarlo primeramente en una
particular forma externa a aquella eticidad, mediante la cual
pensaba sojuzgar aquella corrupción y de ese modo hirió su
profundo impulso, la personalidad libre infinita, precisamen-
te en lo más profundo. Pero de ese modo él se manifestó como
un gran espíritu, ya que precisamente el principio a cuyo alre-
dedor gira lo decisivo de su idea es el gozne a cuyo alrededor
ha girado la entonces eminente revolución mundial.

Lo que es racional es real


y lo que es real es racional

En esta convicción se encuentra cada conciencia ingenua,


así como la filosofía, y asimismo esta parte de allí en la con-
sideración tanto del universo espiritual como del universo
natural. Si la reflexión, el sentimiento o cualquier figura, tie-
nen la conciencia subjetiva de considerar al presente como
algo vano, de estar por encima de él y saberse mejor, enton-
ces se encuentran en lo vano; y comoquiera que ellos tienen
realidad sólo en el presente, entonces ellos mismos son sólo
vanidad. Si se invierte la idea para que valga sólo como una
idea, una representación en un opinar, la filosofía le brinda
en cambio el punto de vista de que nada es real, sino la idea.

[74]
Se trata de reconocer en el aparecer de lo temporal y transi-
torio la sustancia que es inmanente y lo eterno que es pre-
sente. Pues lo racional, que es sinónimo con la idea al entrar
en su realidad y a la vez en su existencia extensa, surge en un
infinito reino de formas, fenómenos y configuraciones y en-
vuelve su núcleo con la corteza polícroma, en la que la con-
ciencia se aloja primeramente, a la que el concepto penetra
primero para encontrar el pulso interno y sentirlo palpitar
aun en las configuraciones externas. Pero las infinitas y múl-
tiples relaciones que se constituyen en esta exterioridad, por
el aparecer de la esencia en ella, este infinito material y su re-
gulación, no son objeto de la filosofía. Ella se mezclaría con
ello en cosas que no le conciernen. Ella puede ahorrarse dis-
pensar buenos consejos respecto a ello. Platón podía evitar
recomendar a las nodrizas que nunca permanecieran tran-
quilas con los niños, que siempre los mecieran en sus brazos.
Asimismo, Fichte podía evitar el perfeccionamiento de la po-
licía de pasaporte hasta el punto, como se denominaba, de
construir que a los sospechosos no sólo se les pusiera las se-
ñas en el pasaporte, sino que su retrato debía ser pintado en
él. En semejantes elaboraciones ya no se ve ninguna huella
de filosofía y ella puede abandonar semejante ultrasabiduría,
tanto más cuanto precisamente más liberal debe mostrarse
respecto a esa cantidad de objetos. Con ello la ciencia se
mostrará lo más distante del odio, al cual suscita la vanidad
del pedante en una cantidad de circunstancias y situaciones,
un odio en el cual cae frecuentemente la mezquindad porque
sólo así logra una autosatisfacción.
Así pues, este manual, en cuanto contiene la ciencia del
Estado, no debe ser nada más que una tentativa para conce-
bir y exponer al Estado como algo racional en sí (in sich).
Como escrito filosófico tiene que estar lo más alejado de de-
ber construir un Estado como éste debe ser. La enseñanza
que puede encontrarse en él no puede dirigirse a enseñar al
Estado como éste debe ser, sino más bien como él, el univer-
so ético, debe ser conocido.

Hic Rhodus, hic saltus7.

7
De la fábula de Esopo (seis siglos a.C.), El fanfarrón y el pentatlonista fan-
farrón.

[75]
Concebir lo que es, es la tarea de la filosofía, pues lo que
es, es la razón. En lo que concierne al individuo cada uno es
hijo de su tiempo y también la filosofía concibe su tiempo en
pensamiento. Es tan insensato figurarse que una filosofía
cualquiera sobrepasará su mundo actual como figurarse que
un individuo saltará por encima de su tiempo, brincará el
Ródano. Si su teoría en efecto lo sobrepasa, si se construye
un mundo como éste debe ser, ese mundo existe, pero sólo
en su opinar, un elemento inconsistente que permite imagi-
nar lo que se quiera.
Con poca alteración aquella locución sonaría así:

Aquí está la rosa, aquí hay que saltar.

Lo que se encuentra entre la razón como espíritu auto-


consciente y la razón como realidad existente, lo que separa
a aquella razón de ésta y no le permite encontrar satisfacción
en ella, es la cadena de un abstracto cualquiera, el cual no
está liberado respecto al concepto. Reconocer la razón como
la rosa en la cruz del presente y gozarse de ello, esta inteli-
gencia racional es la reconciliación con la realidad, la cual
proporciona la filosofía a aquellos en quienes ha salido una
vez la exigencia interna de concebir lo que es sustancial y asi-
mismo conservar en ello la libertad subjetiva, así como no
colocar la libertad subjetiva en algo particular y accidental,
sino en lo que es en sí (an sich) y para sí.
Esto es también lo que constituye el sentido más concre-
to de lo que ha sido caracterizado arriba más abstractamen-
te como unidad de la forma y del contenido, pues la forma
en su significación más concreta es la razón como conocer
concipiente, y el contenido la razón como esencia sustancial
tanto de la realidad ética como de la realidad natural, la iden-
tidad consciente de ambos es la idea filosófica. Es una gran
terquedad, terquedad que hace honor al hombre, el no que-
rer conocer nada en el ánimo que no esté justificado por el
pensamiento y esta terquedad es la característica de los tiem-
pos modernos y también el principio peculiar del protestan-
tismo. Lo que Lutero comenzó a aprehender como fe en el
sentimiento y en el testimonio del espíritu es lo mismo que el
posterior espíritu madurado comenzó a aprehender en el
concepto y así comenzó a liberarse en el presente y de ese

[76]
modo se ha esforzado por encontrarse en él. Así como ha lle-
gado a ser famoso el dicho de que una semifilosofía aleja de
Dios (y esta mitad es la que pone al conocer en una aproxi-
mación a la verdad), pero que la verdadera filosofía condu-
ce a Dios8, así también ocurre con el Estado. Así como la ra-
zón no se satisface con la aproximación, la cual por no estar
ni fría ni caliente será vomitada 9 , asimismo menos se satisfa-
ce con la fría desesperación que admite que en esta tempo-
ralidad todo anda mal o supremamente mediocre, pero que
precisamente en ella no hay nada mejor y por eso sólo hay
que estar en paz con la realidad: es una paz más ardiente con
la realidad la que proporciona el conocimiento.
Para decir aún una palabra sobre el enseñar cómo debe
ser el mundo, la filosofía siempre llega demasiado tarde para
ello. En cuanto pensamiento del mundo ella sólo aparece en
el tiempo después que la realidad ha perfeccionado y termi-
nado su proceso de formación. Esto, que el concepto enseña,
lo muestra asimismo necesariamente la historia: sólo en la
madurez de la realidad aparece lo ideal frente a lo real y
aquél se concibe al mismo tiempo en su sustancia edificán-
dolo en la configuración de un reino intelectual. Cuando la
filosofía pinta su gris sobre el gris entonces ha envejecido
una configuración de la vida y no se deja rejuvenecer con
gris sobre gris, sino sólo conocer. Sólo cuando irrumpe el
ocaso inicia su vuelo el búho de Minerva.
Pero ya es tiempo de terminar este Prefacio. Como Prefa-
cio sólo le correspondía hablar externa y subjetivamente del
punto de vista del texto al cual precede. Si debe hablarse fi-
losóficamente de un contenido, entonces solamente corres-
ponde un tratamiento científico y objetivo, y por consiguien-
te una réplica al autor diferente de un tratamiento científico
de la cosa misma, tiene que valer para él sólo como epílogo
subjetivo y aseveración arbitraria y tiene que serle indife-
rente.

Berlín, 25 de junio de 1820.

8
Francis Bacon (1560-1626), De augment. scient., 1, 1,5.
9
Apocalipsis, III, 16.

[77]
Introducción

§ 1
La ciencia filosófica del derecho tiene por objeto la idea
del derecho, el concepto del derecho y su realización.
Observación. La filosofía trata de ideas y por eso no tiene que
hacer con aquello que se suele llamar meros conceptos; antes bien,
ella muestra su unilateralidad y falsedad, así como también que el
concepto (no aquello que frecuentemente se acostumbra llamar
así, pero que sólo es una determinación abstracta del entendimien-
to) es lo único que tiene realidad y precisamente porque él mismo
se la da. Todo lo que no es esta realidad puesta por el concepto
mismo es existencia empírica transitoria, contingencia externa,
opinión, apariencia inesencial, falsedad, ilusión, etcétera. La confi-
guración que se da el concepto en su realización constituye, para el
conocimiento del concepto mismo, lo otro de la forma de ser sólo
como concepto: distintos y esenciales momentos de la idea.
Adición. El concepto y su existencia son dos lados, separados y acor-
des, como alma y cuerpo. El cuerpo es la vida misma, como el alma, y no
obstante ambos pueden ser nombrados como si estuvieran separados.
Un alma sin cuerpo no sería nada viviente y, asimismo, a la inversa. Así,
la existencia del concepto es su cuerpo, así como éste obedece al alma, el
cual lo produce. Las semillas tienen en sí (in sich) al árbol, aunque ellas
todavía no son él mismo. El árbol corresponde totalmente a la sencilla
imagen de la semilla. Si el cuerpo no corresponde al alma, ello es justa-
mente algo deplorable. La unidad de existencia y del concepto, del cuer-
po y del alma, es la idea. Ella no es solamente armonía, sino penetración
perfecta. No vive nada que de algún modo no sea idea. La idea del dere-
cho es la libertad y para ser verdaderamente aprehendida tiene que ser
conocida en su concepto y en su existencia.

[79]
§ 2

La ciencia del derecho es una parte de la filosofía. Por


tanto, ella tiene que desarrollar desde el concepto la idea,
como lo que es la razón de un objeto o, lo que es lo mismo,
observar el desarrollo propio e inmanente de la cosa misma.
Como parte, ella tiene un punto de partida determinado, el
cual es el resultado y la verdad de lo que antecede y consti-
tuye de ello la así llamada prueba. El concepto del derecho,
por tanto, según su devenir, cae fuera de la ciencia del dere-
cho; su deducción está aquí presupuesta y hay que admitirla
como dada.

Adición. La filosofía constituye un círculo: ella posee algo primero,


inmediato, y allí tiene que comenzar y es algo no demostrado y no es re-
sultado alguno. Pero con lo que comienza la filosofía es inmediatamente
relativo teniendo que aparecer en otro punto final como resultado. Ella
es una consecuencia que no cuelga en el aire, no es algo que comienza
inmediatamente, sino que ella se redondea a sí misma.
Según el método formal, no filosófico, de las ciencias, se busca y se
exige primero la definición, al menos para la forma científica externa.
Por lo demás, a la ciencia positiva del derecho no puede importarle mu-
cho esto, ya que ella tiende especialmente a indicar lo que es de derecho,
esto es, cuáles son las determinaciones particulares legales, por lo cual se
decía por advertencia: omnis definido in jure civili peliculosa. Y en efec-
to, cuanto más inconexas y contradictorias son en sí (in sich) las determi-
naciones de un derecho, tanto menos son posibles en él definiciones,
pues éstas deben contener más bien determinaciones generales y éstas
hacen inmediatamente visible en su desnudez lo contradictorio, en este
caso, lo injusto. Así, por ejemplo, para el derecho romano no sería posi-
ble ninguna definición del hombre, pues el esclavo no se deja subsumlr
bajo ella y en su situación, aquel concepto es más bien violado; asimis-
mo, para muchas relaciones sería peligroso que apareciera la definición
de propiedad y propietario. Pero la deducción de la definición es desa-
rrollada quizás de la etimología y generalmente de este modo: se hace
abstracción de los casos particulares y con ello se pone como fundamen-
to el sentimiento y la representación de los hombres. La exactitud de la
definición es puesta entonces en concordancia con las representaciones
existentes. Con este método se pone de lado aquello que sólo es esencial
científicamente, en atención al contenido, la necesidad de la cosa en y
para sí (an sich) misma (aquí la del derecho), y en atención a la forma, la
naturaleza del concepto, Antes bien, en el conocimiento filosófico la ne-
cesidad de un concepto es lo principal, y el curso como resultado que ha
llegado a ser, su prueba y su deducción. Así, siendo su contenido necesa-
rio para sí, entonces lo segundo es buscar lo que corresponde al mismo
en la representación y en el idioma. Pero como es para sí este concepto

[80]
en su verdad y como es en la representación no sólo pueden ser distintos
entre sí, sino que tienen que serlo también según la forma y según la fi-
gura. No obstante, cuando la representación tampoco es falsa según su
contenido, bien puede el concepto, en su contener y según su esencia, ser
mostrado como existente en ella, es decir, que sea elevada la representa-
ción a forma del concepto. Pero en modo alguno es la representación me-
dida y criterio del concepto necesario y verdadero para sí mismo; antes
bien ella tiene que tomar su verdad de él, corregirse y conocerse por él.
Pero si aquella manera de conocer con sus formalidades de definiciones,
conclusiones, demostraciones y otras cosas por el estilo, por una parte
más o menos ha desaparecido, hay en cambio un sustituto peor, al cual
ella mediante otra manera ha recibido, a saber, tomar inmediatamente
las ideas en general y afirmarlas, incluso las del derecho y sus determi-
naciones ulteriores, como hechos de la conciencia, convirtiendo en fuen-
te del derecho el sentimiento natural o exagerado, el propio ánimo y el
entusiasmo. Si este método es entre todos elmás cómodo, es también el
mas afilosófico —por no mencionar aquí otros aspectos de tal opinión—
la cual no sólo tiene relación con el conocer, sino inmediatamente con la
acción. Si el primer método, ciertamente formal, todavía exige, sin em-
bargo, la forma del concepto en la definición y en la prueba la forma de
una necesidad del conocer, la manera de la conciencia inmediata y del
sentimiento convierte en principio a la subjetividad, a la accidentalidad
y a la arbitrariedad del saber. En qué consiste el procedimiento científi-
co de la filosofía, está presupuesto aquí por la lógica filosófica.

§ 3

El derecho es positivo en general: a) por la forma, el tener


validez en un Estado, y esta autoridad legal es el principio
para el conocimiento del mismo, la ciencia positiva del dere-
cho; b) según el contenido, recibe el derecho un elemento
positivo: a) por el particular carácter nacional de un pueblo,
el grado de su desarrollo histórico y la conexión de todas las
relaciones, las cuales corresponden a la necesidad natural; p)
por la necesidad de que un sistema de derecho legal tiene
que contener la aplicación del concepto universal a la parti-
cular consistencia de los objetos y casos que se dan desde
afuera, una aplicación que ya no es pensar especulativo y de-
sarrollo del concepto, sino subsunción del entendimiento; y)
por las determinaciones últimas requeridas por la decisión
en la realidad.
Observación. Si al derecho positivo y a las leyes se contrapo-
nen el sentimiento del corazón, la inclinación y lo arbitrario, al me-
nos no puede ser la filosofía la qué reconozca tales autoridades.

[81]
Que la violencia y la tiranía pueden ser un elemento del derecho
positivo, es contingente para éste y no le afecta. Se señalará más
adelante, en los parágrafos 211-214, el sitio en que el derecho tie-
ne que ser positivo. Aquí sólo han sido consignadas las determina-
ciones que se darán allá, a fin de señalar los limites del derecho fi-
losófico y descartar seguidamente la representación eventual o
incluso la exigencia, como si por su desarrollo sistemático pudiera
resultar un código positivo, es decir, tal como lo necesita el Estado
real. Porque el derecho natural o el derecho filosófico es distinto
del derecho positivo, sería un grave malentendido trastrocar esto
convirtiéndolos en opuestos y antagónicos entre sí; antes bien,
aquél se encuentra en relación a éste como las Instituciones respec-
to a las Pandectas. En lo concerniente al elemento histórico men-
cionado al comienzo del parágrafo, Montesquieu ha expresado el
criterio histórico verdadero, el punto de vista filosófico correcto de
no considerar aislada y abstractamente a la legislación en general y
sus determinaciones particulares, sino más bien como momento que
depende de una totalidad en conexión con todas las determinaciones
restantes, las cuales constituyen el carácter de una nación y de una
época; en esta conexión adquieren ellas su verdadera significación,
así como su justificación. Considerar lo que surge fenoménicamente
en el tiempo y el desarrollo de determinaciones jurídicas —este es-
fuerzo puramente histórico— así como el conocimiento de sus con-
secuencias intelectuales, las cuales se originan de su comparación
con relaciones jurídicas ya existentes, tiene en su propia esfera su
mérito y su dignidad, y permanece fuera de relación con la conside-
ración filosófica, ya que el desarrollo desde bases históricas no se
confunde con el desarrollo desde el concepto y la explicación y legi-
timación históricas no se extienden a la significación de una justifi-
cación válida en sí (an sich) y para sí. Esta diferencia, la cual es muy
importante y que hay que mantener firmemente, es al mismo tiem-
po muy evidente: una determinación jurídica puede manifestarse
desde las circunstancias y las instituciones jurídicas existentes, como
perfectamente fundada y consecuente y no obstante ser en sí (an
sich) y para sí injusta e irracional, como una cantidad de determi-
naciones del derecho privado romano las cuales emanaban de ma-
nera completamente consecuente de instituciones tales como la pa-
tria potestad y el derecho conyugal romanos. Pero aunque las
determinaciones jurídicas parecieran justas y racionales, es algo
muy distinto demostrarlo desde ellas —lo cual sólo puede ocurrir
verdaderamente mediante el concepto— y presentar lo histórico de
su surgimiento, las circunstancias, los casos, las necesidades y los
acontecimientos que han acarreado su institución.
Tal demostrar y reconocer (pragmático) de las causas históricas
más próximas o lejanas se denomina frecuentemente explicar o in-

[82]
cluso preferentemente concebir, como si se opinara que mediante
este demostrar de lo histórico todo, o más bien lo esencial, tal
como ocurre, es lo único que importa para concebir la ley o la ins-
titución jurídica, mientras que más bien lo verdaderamente esen-
cial, el concepto de la cosa, en modo alguno ha sido abordado. Se
suele así hablar también de los conceptos jurídicos romanos, de los
germanos, de conceptos jurídicos como ellos son determinados en
este o aquel códigos, pero nada hay allí de conceptos, sino que sólo
se presentan determinaciones jurídicas generales, principios del
entendimiento, principios fundamentales, leyes y demás cosas por
el estilo. Mediante la posposición de aquella diferencia se logra al-
terar el punto de vista y la cuestión de la verdadera justificación del
derecho se convierte en una justificación del derecho por las cir-
cunstancias, por la consecuencia de presuposiciones, las cuales
para sí sirven muy poco para ello y en general se pone lo relativo
en el lugar de lo absoluto, la apariencia externa en el lugar de la na-
turaleza de la cosa. A la justificación histórica, cuando confunde el
surgimiento externo con el surgimiento desde el concepto, le ocu-
rre que ella hace inconscientemente lo contrario de aquello que se
propone. Cuando el surgimiento de una institución, bajo sus cir-
cunstancias determinadas, se demuestra perfectamente adecuada y
necesaria y se cumple así lo que exige el punto de vista histórico,
se conduye, si esto debe valer por una justificación universal de la
cosa misma, más bien lo contrario, esto es, por cuanto tales insti-
tuciones ya no existen más, con ello la institución antes bien ha
perdido su sentido y su derecho. Así, cuando por ejemplo para la
conservación de los claustros se ha hecho valer sus méritos para el
cultivo y la población de los terrenos áridos, para la conservación
de la erudición mediante la enseñanza y la transcripción, etc., y es-
tos méritos han sido considerados como fundamento y determina-
ción para su continuación, de ello se sigue más bien que ellos, bajo
circunstancias completamente cambiadas, han llegado a ser, al me-
nos en la medida de ese cambio, superfluos e inadecuados.
Estando ahora la significación histórica, la mostración histórica
y el hacer inteligible de la génesis y asimismo la visión filosófica de
la génesis y del concepto de la cosa, en distintas esferas, pueden
mantener recíprocamente, por consiguiente, una posición indife-
rente. Pero no manteniéndose siempre esta tranquila posición en
lo científico, consigno aún algo concerniente a este respecto como
aparece en el Manual de Historia del derecho romano del señor
Hugo1, de donde puede surgir al mismo tiempo una más amplia

1
G. R. von Hugo, romanista, 1764-1844.

[83]
ilustración de aquelaprocedimiento de la oposición. El señor Hugo
alega en su libro (5. ed., parág. 53) «que Cicerón alaba las XII Ta-
blas con una mirada de reojo a los filósofos», pero «que el filósofo
Favorino las trata exactamente del mismo modo como desde en-
tonces más de un gran filósofo ha tratado el derecho positivo». El
señor Hugo expresa allí mismo de una vez para siempre la respues-
ta para tal tratamiento basándose en lo siguiente: «porque Favori-
no* comprende el derecho positivo tan poco como los filósofos».
En lo que concierne a la reprimenda al filósofo Favorino por el
jurista4 Sexto Cecilio3 en el libro de Aulio Gelio Las noches áticas,
XX, l , se expresa principalmente el permanente y verdadero prin-
cipio de la justificación de lo meramente positivo según su conte-
nido. «Sabes muy bien —dice muy correctamente Cecilio a Favori-
no— que los recursos y los remedios de las leyes, si ellos deben ser
eficaces, se tienen que transformar y cambiar continuamente, se-
gún las costumbres del tiempo y los tipos de concepciones del Es-
tado así como según las exigencias de la circunstancia actual y las
insuficiencias que tienen que ser corregidas, y que ellas no pueden
perseverar en una situación sin ser arrojadas a la modificación por
las tormentas de los sucesos y azares respectivos, como la figura y
el aspecto del cielo y del mar. ¿Qué podía ser más saludable que
aquella proposición de la ley de Stolo, etc.? ¿Qué más útil que el
plebiscito de Voconio, etc.? ¿Qué se considera tan necesario como
la ley de Licinio, etc.? Y, sin embargo, todos han caído en el olvi-
do y están eclipsados por el extraordinario bienestar de la ciudad,
etc.». (XX, 1, párrafos 22-23).
Estas leyes son positivas en cuanto tienen en general su signifi-
cación y oportunidad en las circunstancias y sólo poseen un valor
histórico, por lo cual son también de naturaleza transitoria. La sa-
biduría de los legisladores y gobernantes, en lo que han hecho para
las circunstancias existentes y han establecido para situaciones
temporales, es una cosa para sí y pertenece a la valoración de la
historia, por lo cual será tanto más reconocida cuanto más una va-
loración tal sea sostenida por un punto de vista filosófico. Pero res-
pecto a las posteriores justificaciciones de las XII Tablas contra Fa-
vorino quiero aducir un ejemplo, por cuanto Cecilio presenta en él

2
Favorino (un siglo después de Cristo). Retórico y escéptico filósofo, autor de
numerosas obras de contenido popular filosófico e histórico.
3
Sexto Cecilio Africano (dos siglos después de Cristo). Autor de las Cuestiones
(nueve libros), discute en Aulio Gelio (Las noches áticas) con el retórico Favorino
sobre la ley de las doce tablas.
4
Las noches áticas de Aulio Gelio (dos siglos después de Cristo) son una reco-
pilación literario-histórica de los distintos dominios del saber. Aparecieron ciento
setenta y cinco años después de Cristo.

[84]
la perpetua impostura del método del entendimiento y de su argu-
mentar, esto es, dar una buena razón para una mala causa y opi-
nar haberla justificado de esta manera. Para la espantosa ley que,
después de vencido el plazo, daba derecho al acreedor de matar al
deudor, de venderlo como esclavo, e incluso, si los acreedores eran
varios, de cortarlo en pedazos y repartirlo entre sí, y ello de modo
que si uno de ellos había cortado demasiado o muy poco, esto no
debía proporcionarle ninguna indemnización jurídica (una cláusu-
la de la que el Shylock de Shakespeare, en El Mercader de Venecia,
se habría aprovechado y habría sido aceptado por él agradecida-
mente) alega Cecilio la buena causa de que la confianza y la fe son
aseguradas cuanto más que por la atrocidad de la ley nunca se ha
tenido que llegar a su aplicación. Su carencia de pensamiento no
sólo no llega a la reflexión de que precisamente por esta determi-
nación aquel propósito de asegurar la confianza y la fe es negado,
sino que él mismo aduce inmediatamente después de eso un ejem-
plo del efecto malogrado de la ley sobre los falsos testimonios por
sus castigos desproporcionados. Pero no hay que prescindir de lo
que quiere el señor Hugo con esto, y es que Favorino no ha enten-
dido la ley; cualquier escolar es muy capaz de entenderla y el men-
cionado Shylock mejor habría entendido la cláusula alegada tan
ventajosa para él. Por entender el señor Hugo tuvo que compren-
der sólo aquella cultura del entendimiento que se tranquiliza res-
pecto a una tal ley mediante una buena razón. Hay otro sitio en el
ciue Cecilio reprocha a Favorino no haber entendido, lo cual pue-
de admitir también un filósofo sin sonrojarse, esto es, según la ley
se debe facilitar a un enfermo para llevarlo como testigo al tribu-
nal sólo un jumentum, y no una arcera, y «jumentum» debe haber
significado no sólo un caballo, sino también un coche o carro. Ce-
cilio podía extraer de esta determinación legal una prueba más am-
plia de la excelencia y de la exactitud de las antiguas leyes por
cuanto ellas, para la comparición de un testigo enfermo ante el tri-
bunal, entraban en la determinación no sólo de la diferencia entre
un caballo y un carro, sino entre carro y carro, entre uno cubierto
y guarnecido y uno no tan confortable, como explica Cecilio. Así,
se tendría la elección entre la severidad de aquella ley o entre la in-
significancia de tales determinaciones; pero expresar la insignifi-
cancia de tales cosas, y sobre todo, de las explicaciones eruditas de
las mismas, sería una de las mayores faltas contra esta y otras sabi-
durías.
Pero en el citado manual el señor Hugo llega también a hablar
de racionalidad, con ocasión del derecho romano, y con respecto a
esto me ha llamado la atención lo siguiente: después que él mismo
ha dicho en el capítulo sobre El período de surgimiento del Estado
hasta las Doce Tablas, párrafos 38 y 39, «que en Roma se tenían

[85]
muchas necesidades y se estaba obligado a trabajar, por lo que se
utilizaban como auxiliares animales de tiro y de carga —como ocu-
rre entre nosotros—, que el terreno era una sucesión de colinas y va-
lles y la ciudad se encontraba sobre una colina, etc. (Alegaciones
mediante las cuales, quizás el sentido de Montesquieu ha debido ser
satisfecho, pero en las cuales difícilmente será encontrado su espíri-
tu), y así él, precisamente en el párrafo 30, aduce ahora que la situa-
ción jurídica aún se encontraba muy distante de satisfacer las supre-
mas exigencias de la razón». (Completamente exacto: el derecho
romano de familia, la esclavitud, etc., no satisfacen siquiera modes-
tamente a las exigencias de la razón), pero en las siguientes épocas,
el señor Hugo olvida indicar en cuál época, o si en alguna de ellas, el
derecho romano ha satisfecho las supremas exigencias de la razón.
No obstante, en el párrafo 289, se dice de los juristas clásicos, en la
época de la suprema cultura del derecho romano como ciencia «que
ya se ha observado desde hace mucho tiempo que los juristas clási-
cos fueron formados por la filosofía», pero «pocos saben (por las
muchas ediciones del manual del señor Hugo lo saben ahora mu-
chos más) que no hay clases de escritores que merezcan tanto como
los juristas romanos ser colocados al lado de los matemáticos, debi-
do a las consecuentes conclusiones desde los principios, y al lado de
los creadores de la metafísica moderna, debido a la completa y rara
peculiaridad del desarrollo de los conceptos; esto último lo com-
prueba la notable circunstancia de que nunca se presentan tantas tri-
cotomías como en los juristas clásicos y en Kant». Aquel ser conse-
cuente, elogiado por Leibniz, es ciertamente una propiedad esencial
de la ciencia del derecho como de las matemáticas y de cualquier
otra ciencia intelectual, pero nada tiene que ver este ser consecuen-
te del entendimiento con la satisfacción de las exigencias de la razón
ni con la ciencia filosófica. Pero, aparte de esto, hay que apreciar
más bien la inconsecuencia de los juristas romanos y de los pretores
como una de sus mayores virtudes, como aquella por la que se apar-
taron de instituciones injustas y horribles, pero se vieron obligados a
imaginar callide* distinciones verbales vacías (como llamar bono-
rum possesio a lo que era no obstante una herencia) e incluso ima-
ginar un subterfugio tonto (una tontería es igualmente una inconse-
cuencia) para salvar la letra de las XII Tablas, tal como mediante la
ficción o ὑπόκρισις una filia patroni sería un filius (Heineccius, An-
tigüedades romanas, libro 1, título II, párrafo 24). Pero es ridícu-
lo parangonar a los juristas clásicos con Kant, a causa de algunas
clasificaciones tricotómicas (según los ejemplos dados en la Ob-
servación 5) y llamar a esto el desarrollo de los conceptos.

* Hábilmente, sagazmente.

[86]
SEGUNDA SECCIÓN

LA SOCIEDAD CIVIL

§ 182
La persona concreta, la cual, en cuanto particular, es a sí
misma finalidad, como una totalidad de necesidades vitales y
una mezcla de necesidad natural y de arbitrio, es el principio
primero de la sociedad civil. Pero la persona particular en
cuanto está esencialmente en relación con otra particulari-
dad semejante, de suerte que cada una se hace valer y se sa-
tisface por la otra y a la vez simplemente sólo mediante la
forma de la universalidad, el otro principio, se mediatiza.

Adición. La sociedad civil es la diferencia que se coloca entre la fa-


milia y el Estado, aunque el perfeccionamiento de ella se sigue más tar-
de que el del Estado, ya que la diferencia presupone al Estado al cual
ella, para subsistir, tiene que tener ante sí como autónomo. La creación
de la sociedad civil pertenece por lo demás al mundo moderno, el cual
sólo deja que hagan su derecho a todas las determinaciones de la idea. Si
el Estado es representado como una unidad de distintas personas, como
una unidad, que es sólo comunidad, sólo de ese modo es comprendida la
determinación de la sociedad civil. Muchos de los modernos teóricos del
Estado no han podido ofrecer ninguna otra opinión del Estado. En la so-
ciedad civil cada uno se es finalidad; toda otra cosa es nada para él. Pero
sin la referencia al otro, él no puede alcanzar la esfera de su finalidad: es-
tos otros son por eso medios para la finalidad del particular. Pero la fina-
lidad particular, mediante la referencia al otro, conforma la universali-
dad, y se satisface satisfaciendo a la vez al bienestar del otro. Estando
vinculada la particularidad a la condición de la universalidad, la totali-
dad es el terreno de la mediación donde se hacen libres todas las singu-
laridades, todas las virtualidades y accidentalidades del nacimiento y de

[251]
la felicidad, donde surgen las olas de todas las pasiones, las cuales son
gobernadas sólo por la razón que aparece dentro. La particularidad, li-
mitada por la universalidad, es únicamente la medida, por donde cada
particularidad promueve su bienestar.

§ 183

La finalidad egoísta, en su realización, condicionada así


por la universalidad funda un sistema de dependencia uni-
versal de manera que la subsistencia y el bienestar del singu-
lar y su existencia empírica jurídica están entretejidos con la
subsistencia, el bienestar y el derecho de todos, está fundado
en ello, y sólo en esta conexión es real y está asegurada. Se
puede considerar a este sistema primeramente como el Esta-
do externo, como Estado de la menesterosidad y del enten-
dimiento.

§ 184

En esta escisión suya, la idea concede a los momentos


existencia empírica propia, concede a la particularidad el de-
recho de desarrollarse y explayarse en todos los sentidos, y a
la universalidad el derecho de manifestarse como fundamen-
to y forma necesaria de la particularidad, así como el de ma-
nifestarse sobre ella y como su finalidad última. Es el sistema
de la eticidad perdido en sus extremos, lo cual constituye el
momento abstracto de la realidad de la idea, la cual aquí en
este fenómeno externo es únicamente como totalidad relati-
va y necesidad interna.
Adición. Lo ético está perdido aquí en sus extremos y la unidad in-
mediata de la familia está desintegrada en una multiplicidad. La realidad
es aquí exterioridad, disolución del concepto, independencia de los mo-
mentos existentes empíricamente que han llegado a ser libres. Habiendo
caído separadamente particularidad y universalidad en la sociedad civil,
ambas están sin embargo vinculadas y condicionadas recíprocamente.
Cada uno parece hacer precisamente lo opuesto al otro y se figura poder
ser en cuanto mantiene al otro distante de sí y, sin embargo, cada uno tie-
ne al otro como su condición. Así, vemos a la mayoría considerar como
una violación a su particularidad, por ejemplo, los pagos de impuestos,
como algo hostil a ellos, lo cual va en desmedro de su finalidad: pero así,
esto verdaderamente parece, pues la particularidad de la finalidad no es
satisfecha sin lo universal, y un país en el que no se paga impuesto algu-

[252]
Estado y la que hace considerar habitualmente a la misma como
un delirio del pensamiento abstracto, como lo que se suele llamar
un ideal. El principio de la personalidad autónoma infinita del en
sí (in sich) singular de la libertad subjetiva, el cual surgió interna-
mente en la religión cristiana, y externamente por eso vinculado a
la universalidad abstracta en el mundo romano, no llega a su dere-
cho en aquella forma solamente sustancial del espíritu real. Este
principio es, históricamente, más tardío que el mundo griego y, asi-
mismo, la reflexión filosófica que ahonda en esa profundidad, es
más tardía que la idea sustancial de la filosofía griega.
Adición. La particularidad para sí es lo desenfrenado y desmesura-
do, y las formas de este desenfreno mismo son desmesuradas. El hombre
aumenta sus deseos por sus representaciones y reflexiones, los cuales no
son ningún círculo cerrado como el instinto del animal, y lo llevan al mal
infinito. Pero, asimismo, por otra parte, la carencia y la necesidad son
una desmesura y la complejidad de esta situación sólo puede llegar a su
armonía mediante un Estado que las sojuzgue. Si el Estado platónico
quiso excluir la particularidad no es para favorecerla de ese modo, pues
tal ayuda contradiría el derecho infinito de la idea de dejar libre a la par-
ticularidad. En la religión cristiana ha surgido especialmente el derecho
de la subjetividad como la infinitud del ser-para-sí y allí la totalidad tie-
ne que contener el vigor de poner a la particularidad en armonía con la
unidad ética.

§ 186
Pero el principio de la particularidad, precisamente por-
que se desarrolla para sí hasta la totalidad, se cambia en la
universalidad, y sólo en ésta tiene su verdad y el derecho de
su realidad positiva. Esta unidad, la cual, a causa de la auto-
nomía de ambos principios desde ese punto de vista de la es-
cisión (párrafo 184), no es la identidad ética, y precisamen-
te por eso no es como libertad, sino como necesidad de que
lo particular se eleve a la forma de la universalidad y en esta
forma busque y tenga su subsistir.

§ 187
Como ciudadanos de este Estado, los individuos son per-
sonas privadas, las cuales tienen como finalidad suya a su
propio interés. Comoquiera que éste es mediado por lo uni-
versal, éste se les aparece así como medio, y así él puede ser

[254]
alcanzado por ellos sólo en cuanto ellos mismos determinan
de modo universal su voluntad, su querer y su hacer, y se
convierten en un eslabón de la cadena de esta conexión. El
interés de la idea aquí, el cual no reside en la conciencia de
estos socios de la sociedad civil como tal, es el proceso de
elevar a la singularidad y naturalidad de ellos mediante la ne-
cesidad natural así como mediante el arbitrio de la necesidad
vital, a la libertad formal y a la universalidad formal del sa-
ber y del querer, es el proceso de constituir a la subjetividad
en su particularidad.

Observación. Se vincula, por una parte, con las representacio-


nes de la inocencia del estado de naturaleza, de la sencillez de cos-
tumbres de los pueblos incultos y, por otra parte, con el modo de
pensar que considera a las necesidades vitales y a su satisfacción, a
los goces y comodidades de la vida particular, etc., como fines ab-
solutos, el considerar a la cultura en el primer caso como algo so-
lamente externo, perteneciente a la corrupción y, en el segundo,
como simple medio para aquellos fines. Tanto la primera como la
segunda visión muestran el desconocimiento de la naturaleza del
espíritu y de la finalidad de la razón. El espíritu tiene su realidad
sólo porque se escinde en sí (in sich) mismo, en las necesidades vi-
tales naturales, y en la conexión de esta necesidad externa se da
este límite y finitud, y precisamente de ese modo es como él se
constituye dentro de ellos, los supera y conquista en ellos su exis-
tencia empírica objetiva. La finalidad de la razón no es, por tanto,
ni aquella simplicidad natural de las costumbres, ni es el goce
como tal en el desarrollo de la particularidad, el cual es obtenido
por la cultura, sino que, en parte, la sencillez natural, es decir, el
pasivo desinterés, y en parte, la rusticidad del saber y de la volun-
tad, es decir, la inmediatez y la singularidad, en las que está sumi-
do el espíritu, sean eliminados, y antes que todo, que esta exterio-
ridad suya alcance la racionalidad de la que es capaz, esto es, la
forma de la universalidad, la intelectualidad (Verstándigkeit). Sólo
de este modo, el espíritu, en esta exterioridad como tal, es domés-
tico y está cabe sí. Su libertad tiene así en la misma una existencia
empírica y él, en este elemento extraño en sí (an sich) a su deter-
minación a la libertad, llega a ser para sí y sólo tiene que hacer con
aquello en que está impreso su sello y es producido por él. Precisa-
mente así, pues, la forma de la universalidad para sí en el pensa-
miento llega a la existencia, esto es, la forma que es el único ele-
mento digno para la existencia de la idea.
Por tanto, la cultura en su determinación absoluta, es la libera-
ción, y el trabajo de la más alta liberación, esto es, el punto de trán-

[255]
sito absoluto hacia la infinita sustancialidad subjetiva de la etici-
dad, no más inmediata, natural, sino espiritual, y elevada asimismo
a la figura de la universalidad.
Esta liberación es en el sujeto el duro trabajo contra la mera
subjetividad del comportamiento, contra la inmediatez del deseo,
así como contra la vanidad subjetiva del sentimiento y la arbitrarie-
dad del capricho. El que ella sea este duro trabajo constituye una
parte del disfavor que recae sobre ella. Pero es por este trabajo de
la cultura que la voluntad subjetiva misma conquista en sí (in sich)
la objetividad, en la que ella, por su parte, únicamente es digna y
capaz de ser la realidad de la idea. Asimismo, esta forma de la uni-
versalidad, en la que se ha elaborado y elevado la particularidad,
constituye la intelectualidad (Verständigkeit), a fin de que la parti-
cularidad se convierta en el verdadero ser-para-sí de la singulari-
dad, y al dar ella a la universalidad del contenido que la colma y su
infinita autodeterminación, ella misma es en la eticidad como sub-
jetividad libre que es infinitamente para sí. Este es el punto de vis-
ta que demuestra a la cultura como momento inmanente de lo ab-
soluto y su infinito valor.
Adición. Entre hombres cultos se puede comprender primeramente
que todos pueden hacer lo que otros hacen y no presumir de su particu-
laridad, mientras que en el ámbito de hombres incultos ésta se muestra
precisamente, puesto que el comportamiento no se rige según las propie-
dades universales del objeto. Asimismo, en la relación con otros hom-
bres, el inculto puede ofenderlos fácilmente, puesto que él se descuida, y
no tiene ninguna reflexión para los sentimientos ajenos. Él no quiere las-
timar a los otros, pero su conducta no está en armonía con su voluntad.
Por tanto, cultura es pulimento de la particularidad, para que ella se con-
duzca según la naturaleza de la cosa. La verdadera originalidad que pro-
duce las cosas exige verdadera cultura, mientras que la falsa originalidad
acepta las majaderías que sólo se les ocurren a los incultos.

§ 188

La sociedad civil contiene los tres momentos siguientes:


A) La mediación de la necesidad vital y la satisfacción del
individuo por su trabajo y por el trabajo y la satisfacción de
la necesidad de todos los demás: es el sistema de las necesi-
dades vitales.
B) La realidad de lo universal de la libertad contenida en
ella, la protección de la propiedad por la administración de
justicia.

[256]
C) La prevención contra la accidentalidad subsistente en
aquellos sistemas y el cuidado de los intereses particulares en
cuanto algo colectivo mediante la administración y la corpo-
ración.

A) El sistema de las necesidades

§ 189

Primeramente la particularidad como lo determinado en


general frente a lo universal de la voluntad (párrafo 60) es
necesidad vital subjetiva que logra su objetividad, su satis-
facción, mediante:
α) Cosas externas, las cuales son precisamente la propie-
dad y el producto de necesidades y voluntad ajenas y
ß) Mediante la actividad y el trabajo como lo que media
entre ambos aspectos. Puesto que su finalidad es la satisfac-
ción de la particularidad subjetiva, pero en la referencia a las
necesidades vitales y a la libre voluntad ajenas, se hace valer
la universalidad, es este aparecer de la racionalidad en esta
esfera de la finitud el entendimiento el aspecto que viene a
consideración y el cual constituye lo conciliante dentro de
esta esfera.
Observación. La economía política es la ciencia que tiene su
punto de partida en ese punto de vista, pero luego tiene que expo-
ner el movimiento de las masas en su determinidad y complicacio-
nes cualitativas y cuantitativas. Es ésta una de las ciencias que han
surgido en los tiempos modernos como terreno suyo. Su desarro-
llo muestra el modo interesante como el pensamiento (ver Smith,
Say, Ricardo)* desentraña desde la infinita copiosidad de singula-
ridades que se encuentra primeramente ante él, los sencillos princi-
pios de la cosa y el entendimiento activo en ella y que la gobierna.
Por una parte, como lo reconciliador es reconocer, en la esfera
de las necesidades vitales, esto que se encuentra en la cosa y que
activa el aparecer de la racionalidad, así a la inversa, éste es el cam-

* Adam Smith (1723-1790), An Inquiry into the Nature and Causes of the
Wealth ofNations. Londres, 1776; Jean-Baptiste Say (1767-1832), Traité d'écono-
mie politique, París, 1803; David Ricardo (1772-1823), On the Principies of Poli-
tical Economy, andTaxation. Londres, 1817.

[257]
po donde el entendimiento de los fines subjetivos y las opiniones
morales manifiestan su descontento y su amargura moral.
Adición. Hay ciertamente necesidades vitales universales como co-
mer, beber, vestirse, etc., y ciertamente depende de circunstancias acci-
dentales como son satisfechas. La tierra es aquí y allá más o menos fér-
til, los años son distintos en fecundidad, un hombre es activo, el otro
perezoso, pero este hormigueo de arbitrio produce desde sí determina-
ciones universales, y esta aparente dispersión y ausencia de pensamiento
es conservada por una necesidad, la cual se cumple por sí misma. Desen-
trañar esta necesidad es objeto de la economía política, una ciencia que
hace honor al pensamiento porque encuentra la ley para una masa de
contingencias. Es un interesante espectáculo ver cómo todas las conexio-
nes son aquí interactuantes, cómo se agrupan las esferas particulares y
tienen influencia en las otras y experimentan por ellas su promoción o su
impedimento. Este pasar uno dentro del otro, en lo cual primeramente
no se cree, porque todo parece remitir a lo arbitrario de lo singular, es
ante todo notable y tiene una analogía con el sistema planetario, el cual
siempre muestra a la vista sólo movimientos irregulares, pero cuyas le-
yes, sin embargo, pueden ser conocidas.

a) La modalidad de la necesidad vital


y de la satisfacción

§ 190

El animal tiene un círculo limitado de medios y de m o d o s


de satisfacción de sus necesidades vitales, igualmente limita-
das. El hombre, también en esta dependencia, manifiesta a la
vez su superar a la m i s m a y su universalidad, p r i m e r a m e n t e
p o r la multiplicación de las necesidades vitales y de los me-
dios, y luego por descomposición y diferencia de la necesitad
vital concreta en partes singulares y aspectos, los cuales se
convierten en necesidades vitales particularizadas y, p o r tan-
to, más abstractas.

Observación. En el derecho, el objeto es la persona; en el pun-


to de vista moral, es el sujeto; en la familia, el miembro de la fa-
milia; en la sociedad civil en general, es el ciudadano (Bürger)
(como bourgeois)*; aquí, en el punto de vista de las necesidades
(confrontar párrafo 123, Observación) es el concreto de la repre-

* En francés en el original. [N. del T.]

[258]
(mito que puede ser llamado diestro el trabajador que produce la cosa
como ella debe ser y quien no encuentra ninguna aspereza en su hacer
subjetivo frente a la finalidad.

§ 198
Pero lo universal y objetivo en el trabajo se encuentra en
la abstracción, la cual efectúa la especificación de los me-
dios y de la necesitad vital, y por eso igualmente especifica
la producción y origina la división del trabajo. El trabajo
del individuo se hace más sencillo medíate la división y, a
través de ello, mayor la destreza en su trabajo abstracto y
mayor la cantidad de su producción. Al mismo tiempo, esta
abstracción de la destreza y del medio completa la depen-
dencia y el intercambio de los hombres para la satisfacción
de las restantes necesidades vitales respecto a la necesidad
total. La abstracción del producir hace al trabajo cada vez
más mecánico, y por eso finalmente, capaz de que el hom-
bre sea retirado de él y en su lugar pueda ingresar la má-
quina.

c) La riqueza y las clases

§ 199
En esta dependencia y reciprocidad del trabajo y de la sa-
tisfacción de las necesidades vitales, el egoísmo objetivo se
transforma en la contribución a la satisfacción de las necesi-
dades vitales de todos los otros, en la mediación de lo parti-
cular por lo universal como movimiento dialéctico, de tal
modo que adquiriendo, produciendo y gozando cada uno
para sí, de ese modo precisamente produce y adquiere para
el goce de los otros. Esta necesidad que se encuentra en el
enlace omnilateral de la dependencia de todos, es en lo suce-
sivo para cada uno la riqueza universal y permanente (ver
párrafo 170), la cual contiene para ellos la posibilidad de
participar en ella mediante su cultura y su destreza, para te-
ner asegurada su subsistencia, así como lo adquirido, me-
diatizado por su trabajo, conserva y aumenta la riqueza
universal.

[263]
§ 242
Lo subjetivo de la pobreza y, en general, de la penuria de
toda clase, a la que ya está expuesto todo individuo en su cír-
culo natural exige también una ayuda subjetiva tanto con
respecto a las situaciones particulares como del ánimo y del
amor. Aquí es el sitio, por encima de toda institución univer-
sal, donde la moralidad encuentra bastante que hacer. Pero
comoquiera que esta ayuda para sí y sus efectos dependen de
la contingencia, el esfuerzo de la sociedad llega a desentra-
ñar y a disponer, en la penuria y en el remedio de ésta, lo uni-
versal, y a hacer inútil aquella ayuda.

Observación. Lo contingente de la limosna, de las fundaciones,


así como las lámparas ante las imágenes sagradas, etc., es comple-
tado por asilos públicos, hospitales, alumbrado público, etc. A la
caridad le queda todavía bastante que hacer para sí, y es un punto
de vista falso si ella quiere reservar únicamente esa ayuda a la ne-
cesidad a la particularidad del ánimo y a la contingencia de su dis-
posición y conocimiento y se siente ofendida y limitada por las or-
denanzas y preceptos universales y obligatorios. Por el contrario,
hay que considerar a la situación pública tanto más perfecta cuan-
to menos quede por hacer al individuo para sí, según su opinión
particular, en comparación con lo que está instituido de manera
universal.

§ 243

Si la sociedad civil se encuentra en actividad sin trabas,


ella es concebida dentro de sí misma en población e indus-
tria progresivas. Por la universalización de la conexión de los
hombres mediante sus necesidades vitales y los modos de
preparar los medios para ellas, se acrecienta la acumulación
de las riquezas, por una parte, pues de esta doble universali-
dad se extrae la mayor ganancia, como, por otra parte, la in-
dividualización y limitación del trabajo particular, y de ese
modo la dependencia y penuria de la clase ligada a ese traba-
jo, a lo que se vincula la incapacidad de la sensación y del
goce de los demás privilegios, y particularmente de las ven-
tajas espirituales, de la sociedad civil.

[293]
§ 244
El hundimiento de una gran masa por debajo de la medi-
da de un modo de subsistencia cierto, que se regula por sí
misma como la necesaria para un miembro de la sociedad
—y así a la pérdida del sentimiento del derecho, de la juridi-
cidad y del honor de subsistir por actividad y trabajo pro-
pios— produce el engendramiento de la plebe, el cual a la
vez acarrea de nuevo la mayor facilidad para concentrar ri-
quezas desproporcionadas en pocas manos.
Adición. El modo más bajo de subsistencia, el de los pobres, se hace
por sí mismo; sin embargo, este mínimo es diferente en diferentes pue-
blos. En Inglaterra, el más pobre cree también tener su derecho: éste es
algo diferente que lo que satisface a los pobres en otros países. La pobre-
za en sí (an sich) no convierte a ninguno en plebe: ésta sólo está determi-
nada por el ánimo que se vincula con la pobreza, por la rebelión interna
contra la riqueza, contra la sociedad, el gobierno, etc. Además, a ello
está vinculado el que el hombre, el cual no puede prescindir de la con-
tingencia, llega a ser despreocupado y gandul, como por ejemplo, los
Lazzaronis de Nápoles. Por tanto, en la plebe surge el mal porque no tie-
ne el honor de hallar su subsistencia mediante su trabajo y, sin embargo,
pide como derecho suyo hallar su subsistencia. Frente a la naturaleza
ningún hombre puede sustentar un derecho, pero en situación de socie-
dad la carencia cobra en seguida la forma de una injusticia, que se hace
a esta o a aquella clase. La importante cuestión de cómo sería remedia-
da la pobreza es una cuestión relevante que agita y martiriza a la socie-
dad moderna.

§ 245

Si a las clases ricas se les impusiera la carga directa, o si


existieran en otra propiedad pública los medios directos (ri-
cos hospitales, fundaciones, conventos) de mantener en la si-
tuación de su modo ordinario de vida a las masas que caen
en la miseria, estaría asegurada la subsistencia de los indi-
gentes, sin ser mediada por el trabajo, lo que estaría en con-
tra del principio de la sociedad civil y del sentimiento de sus
individuos de su independencia y honor, o si ella fuese me-
diada por trabajo (por la oportunidad de éste), aumentaría la
cantidad de producciones, en cuya profusión y en la falta de
consumidores adecuados, ellos mismos productores, consis-

[294]
te precisamente el mal, el cual se acrecienta sólo de ambas
maneras. Aquí se hace patente que la sociedad civil en me-
dio del exceso de riqueza no es suficientemente rica, es decir,
en su propia fortuna no posee suficiente para gobernar el ex-
ceso de miseria y el surgimiento de la plebe.
Observación. Estos fenómenos se pueden estudiar ampliamen-
te en el ejemplo de Inglaterra, así como las consecuencias que han
tenido las tasas de los pobres, las innumerables fundaciones e
igualmente la ilimitada beneficencia privada, y ante todo la supre-
sión de las corporaciones. Como medio más directo allá (especial-
mente en Escocia) tanto contra la pobreza como particularmente
contra la desaparición de la vergüenza y del honor, bases subjetivas
de la sociedad, y contra la pereza y el derroche, etc., que engendra
la plebe, se ha probado abandonar a los pobres a su destino y en-
tregarlos a la mendicidad pública.

§ 246

Por esta dialéctica suya la sociedad civil es empujada más


allá de sí misma, sobre todo esta determinada sociedad, para
buscar fuera de ella, en otros pueblos —los cuales le van a la
zaga en los medios, que ella posee en exceso, o en general en
industria—, consumidores y así los medios necesarios de
subsistencia.

§ 247
Como para el principio de la vida de familia es condición
la tierra como fundamento y suelo estables, así para la indus-
tria el elemento natural que la anima hacia el exterior es el
mar. En la búsqueda de la ganancia por cuanto ella la expo-
ne al peligro, se eleva ella por encima de éste y cambia el es-
tar arraigado firmemente en el terruño y en el limitado círcu-
lo de la vida civil, sus placeres y deseos, por el elemento de
la fluidez, el peligro y el naufragio. Además, por éste el ma-
yor medio de unión, ella trae a países remotos en la relación
del comercio, en una relación jurídica que introduce el con-
trato, y en este tráfico se encuentra a la vez el mayor medio
de cultura y el comercio adquiere su significación histórica
universal.

[295]
dad, liberándola particularmente de la opinión propia y de la
contingencia, del propio peligro así como del peligro para los
demás y la reconoce y asegura y es elevada a la vez a activi-
dad consciente para una finalidad común.

§ 255

Con la familia la corporación constituye la segunda raíz éti-


ca del Estado, la cual está fundada en la sociedad civil. La pri-
mera contiene los momentos de la particularidad subjetiva y de
la universalidad objetiva en universalidad sustancial, pero la
segunda une de manera interna estos momentos, los cuales es-
tán primeramente escindidos en la sociedad civil en particula-
ridad de la necesidad vital y del goce reflejada en sí (in sich) y
en universalidad jurídica abstracta, de manera que, en esta
unión, el bienestar particular está realizado como derecho.
Observación. La santidad del matrimonio y el honor en la cor-
poración son los dos momentos que revierten la desorganización
de la sociedad civil.
Adición. Cuando en los tiempos modernos se han suprimido las cor-
poraciones, ello tiene el sentido de que el individuo debe cuidar de sí.
Pero si esto también puede admitirse, no será transformada mediante la
corporación la obligación del individuo de producir su ganancia. En
nuestros Estados modernos los ciudadanos sólo tienen ventaja limitada
en los asuntos universales del Estado, pero es necesario proporcionar al
hombre ético una actividad universal hiera de su finalidad privada. Esto
universal, el cual no siempre lo extiende el Estado moderno, lo encuen-
tra en la corporación. Nosotros veíamos antaño al individuo cuidándose
de sí en la sociedad civil y traficando con los otros. Pero esta necesidad
inconsciente no es suficiente: sólo en la corporación se convertirá en una
eticidad consciente y pensante. Ciertamente, tiene que haber sobre ésta
la suprema vigilancia del Estado, porque de lo contrario ella se osifica-
ría, se enclaustraría y naufragaría en un régimen gremial miserable. Pero
en sí (an sich) y para sí la corporación no es ningún gremio cerrado; an-
tes bien, ella es la etización de la ganancia individual permanente y su in-
corporación a un círculo, en el que adquiere fuerza y honor.

§ 256
La finalidad de la corporación, en cuanto limitada y fini-
ta, tiene su verdad —y asimismo la separación existente en el
ordenamiento externo administrativo y su identidad relati-

[300]
va— en la finalidad universal en sí (an sich) y en su realidad
absoluta; la esfera de la sociedad civil trasciende, por tanto,
en el Estado.
Observación. La ciudad y el campo, aquélla, sede de la indus-
tria ciudadana, de la reflexión que se absorbe en sí (in sich) y se
aisla; éste, la sede de la eticidad que descansa en la naturaleza,
donde los individuos median su autoconservación en relación con
otras personas jurídicas, y la familia, constituyen los dos momen-
tos todavía ideales en general, de los cuales surge el Estado como
su verdadero fundamento.
Esta evolución de la eticidad inmediata, por la escisión de la so-
ciedad civil, hacia el Estado, el cual se manifiesta como su verda-
dero fundamento, es la única prueba científica del concepto de Es-
tado. Por cuanto en la marcha del concepto científico el Estado
aparece como resultado, produciéndose como verdadero funda-
mento, se superan aquella mediación y aquella apariencia justa-
mente en la inmediatez. Por tanto, en la realidad el Estado es más
bien lo primero, dentro del cual la familia se elabora en sociedad
civil, y es la idea del Estado mismo la que se deshace en esos dos
momentos. En el desarrollo de la sociedad civil la sustancia ética
adquiere su forma infinita, la cual contiene en sí (in sich) estos dos
momentos:
1) La diferenciación infinita hasta el ser en sí (in sich) de la au-
toconciencia que es para sí.
2) La forma de la universalidad, la cual en la forma de la cul-
tura es la forma del pensamiento por la cual el espíritu se es real y
objetivo en leyes e instituciones, en su voluntad pensada, en cuan-
to totalidad orgánica.

[301]
TERCERA SECCIÓN

EL ESTADO

§ 257

El Estado es la realidad de la idea ética; es el espíritu éti-


co en cuanto voluntad manifiesta, ostensible a sí misma, sus-
tancial, la cual se piensa y sabe, y la cual lleva a cabo lo que
sabe y en cuanto lo sabe. En lo ético tiene el Estado su exis-
tencia inmediata, y en la autoconciencia del individuo, en su
saber y actividad, su existencia mediata, así como éste, por
su disposición en él, en cuanto su esencia y finalidad, y pro-
ducto de su actividad, tiene su libertad sustancial
Observación. Los penates son los dioses internos, inferiores; el
espíritu del pueblo (Atenea), lo divino que se sabe y que quiere; la
piedad, el sentimiento y eticidad que se comporta en sentimiento;
la virtud política, el querer de la finalidad pensada que es en sí (an
sich) y para sí.

§ 258

El Estado, como la realidad de la voluntad sustancial, a la


cual posee en la autoconciencia particular elevada a su uni-
versalidad, es lo racional en sí (an sich) y para sí. Esta uni-
dad sustancial es autofinalidad absoluta e inmóvil, en la que
la libertad llega a su derecho supremo, así como ese fin últi-
mo tiene el derecho supremo frente a los individuos cuyo su-
premo deber es el de ser miembros del Estado.

[302]
Observación. Si se confunde al Estado con la sociedad civil y se
coloca su determinación en la seguridad y la protección de la pro-
piedad y de la libertad personales, entonces el interés de los indivi-
duos como tales es el fin último, para el cual están unidos, y se si-
gue de ello, asimismo, que es algo discrecional ser miembro del
Estado. Pero el Estado tiene una relación completamente distinta
con el individuo: siendo el Estado espíritu objetivo, el individuo
mismo sólo tiene objetividad, verdad y eticidad en cuanto él es un
miembro del Estado. La unión en cuanto tal es ella misma el con-
tenido y la finalidad verdaderos, y la determinación de los indivi-
duos es llevar una vida universal; su satisfacción, actividad y ma-
nera de comportarse posteriores y particulares tienen a esto
sustancial y de validez universal como su punto de partida y su re-
sultado. Considerada abstractamente, la racionalidad consiste en
general en la unidad de la universalidad y de la individualidad que
se compenetran; y aquí concretamente, según el contenido, en la
unidad de la libertad objetiva, esto es, de la voluntad sustancial
universal, y de la libertad subjetiva en cuanto saber y voluntad in-
dividuales que buscan su finalidad particular; y, por lo tanto, según
la forma, en un actuar que se determina de acuerdo con leyes y
principios pensados, es decir, universales. Esta idea es el ser del es-
píritu eterno y necesario en sí (an sich) y para sí.
Ahora bien, cuál sería o habría sido el origen histórico del Es-
tado en general, o más bien de cada Estado particular, de su dere-
cho y determinaciones, si primeramente ha surgido de relaciones
patriarcales, del temor o de la confianza, de la corporación, etc., y
cómo se han concebido y consolidado en la conciencia aquello en
que se fundan tales derechos como derecho divino, positivo, o
como contrato o costumbre, etc., no concierne a la idea misma del
Estado, sino que, con respecto al conocimiento científico, del cual
únicamente se habla aquí, en cuanto fenómeno, es un asunto his-
tórico, y con respecto a la autoridad de un Estado real, en cuanto
ella se interna en las causas, éstas son tomadas de las formas del
derecho vigente en él.
La meditación filosófica sólo tiene que hacer con lo interno de
todo esto, con el concepto pensado. Con respecto a la indagación
de ese concepto, Rousseau ha tenido el mérito de haber formula-
do, como principio del Estado, un principio, el cual no sólo según
su forma (como acaso el instinto de sociabilidad, la autoridad divi-
na), sino según el contenido, es pensamiento y precisamente es el
pensar mismo, esto es, la voluntad. Pero al concebir a la voluntad
sólo en la forma de la voluntad individual (como posteriormente
también Fichte), y a la voluntad universal, no como lo racional de
la voluntad en sí (an sich) y para sí, sino sólo como lo colectivo que
surge de esta voluntad individual como consciente, la unión de los

[303]
individuos en el Estado viene a ser un contrato, el cual de ese
modo tiene como base su arbitrio, su opinión y su consentimiento
discrecional y expreso, y de ello se desprenden consecuencias ulte-
riores meramente propias del entendimiento que destruyen lo divi-
no en sí (an sich) y para sí y su autoridad y majestad absolutas. Ha-
biendo llegado al poder, estas abstracciones han producido, por
una parte, el primer y más exorbitante espectáculo desde que tene-
mos conocimiento del género humano: empezar completamente
desde el principio y por el pensamiento la constitución de un gran
Estado real subvirtiendo todo lo existente y dado y querer darle
como base simplemente lo racional imaginado; por otra parte, por
cuanto no son más que abstracciones sin ideas, ellas han hecho de
esa tentativa el acontecimiento más atroz y más cruel.
Contra el principio de la voluntad individual hay que recordar
el concepto fundamental de que la voluntad objetiva es lo racional
en sí (an sich) en su concepto, sea ello conocido o no por el indi-
viduo y querido o no por su capricho; y que lo opuesto, el saber y
el querer, la subjetividad de la libertad, la cual únicamente está fi-
jada en aquel principio, sólo contiene un momento, unilateral por
consiguiente, de la idea de voluntad racional, la cual sólo lo es
porque ella es igualmente en sí (an sich) como ella es para sí.
El otro contrario del pensamiento de concebir al Estado en el
conocimiento como algo racional para sí, consiste en tomar a la ex-
terioridad del fenómeno, esto es, la contingencia de la penuria, la
necesidad de protección, la fuerza, la riqueza, etc., no como mo-
mentos del desarrollo histórico, sino como la sustancia del Estado.
Asimismo, la singularidad del individuo es la que constituye el
principio del conocimiento, pero no, sin embargo, el pensamiento
de esa individualidad, sino que, por el contrario, las individualida-
des empíricas según sus propiedades contingentes, su fuerza y su
debilidad, su riqueza y pobreza, etc. Semejante ocurrencia de omi-
tir lo infinito y racional en sí (an sich) y para sí en el Estado y de
expulsar al pensamiento de la comprensión de su naturaleza inter-
na, nunca se ha manifestado tan puramente como en la Restaura-
ción de la ciencia del Estado del señor von Haller*. Digo tan pu-

* Carl Ludwig von Haller (1768-1854). Restauración de la ciencia del Estado


o Teoría del estado natural-social contrapuesto a la quimera del estado artificial-ci-
vil. El libro mencionado es de tipo original gracias al carácter señalado. La indigna-
ción del autor podría tener para sí algo noble, puesto que él mismo se ha indigna-
do ante las falsas teorías mencionadas anteriormente, provenientes particularmente
de Rousseau, y principalmente, ante sus intentos de realización. Pero el señor Ha-
ller, para salvarse, se ha arrojado a algo contrario, lo cual es una ausencia total de
pensamiento y en el ámbito de ello no puede hablarse de contenido, esto es, se ha
arrojado en el odio más amargo contra toda ley, contra toda legislación, contra
todo derecho formal y legalmente determinado. El odio a la ley, al derecho determi-

[304]
ramente porque en toda tentativa por aprehender la esencia del Es-
tado, aunque los principios sean todavía muy unilaterales y super-
ficiales, ese propósito mismo de concebir al Estado lleva consigo
pensamientos, determinaciones universales; pero aquí, no sólo se
ha renunciado conscientemente al contenido racional, el cual es el
Estado, y a la forma del pensamiento, sino que se arremete contra
lo uno y lo otro con apasionado ardor. Como lo asegura el señor
Haller, esta Restauración debe una parte de la extensa eficacia de

nado legalmente es el santo y sena (Schiboleth) por el cual el fanatismo, la imbeci-


lidad y Ta hipocresía de las intenciones manifiestan y dan a conocer infaliblemente
lo que ellos son, cualquiera sea el traje con que se recubran. Una originalidad como
la de Haller es siempre un fenómeno asombroso y, para aquellos lectores míos que
aun no conocen el libro, quiero consignar algunas muestras. Conforme el señor Ha-
ller fórmula su proposición básica principal (tomo I, pág. 342): «Lo mismo que en
lo inanimado lo más grande desplaza a lo más pequeño, lo poderoso a lo débil,
etc., así también entre los animales, y luego entre los hombres, la misma ley se re-
pite bajo figuras más nobles» (¿y a menudo también bajo figuras innobles?), y «esto
sería, por tanto, el ordenamiento eterno e inmutable de Dios: que el más poderoso
domine; tiene que dominar y dominará siempre», se ve ya aquí y en lo que sigue, en
qué sentido se estima la fuerza: no es la fuerza de lo justo y de lo moral, sino la fuer-
za natural contingente. Posteriormente apoya esto en ésta y otras razones (pág. 365),
que la naturaleza ha dispuesto con admirable sabiduría que justamente el senti-
miento de la propia superioridad ennoblece irresistiblemente el carácter y favorece
precisamente el desarrollo de aquellas virtudes que son las más necesarias para los
subalternos. Pregunta, con despliegue de retórica escolar, «si, en el reino de las
ciencias, son los fuertes o los débiles los que abusan más de la autoridad y de la con-
fianza para abyectas finalidades interesadas y para la perdición de los hombres cré-
dulos, si entre los juristas, los maestros en la ciencia, son los leguleyos y charlata-
nes, los que burlan la esperanza de los clientes crédulos, los que hacen negro a lo
blanco y blanco a lo negro, que abusan de las leyes convirtiéndolas en vehículo de
la injusticia, reducen a la mendicidad a los necesitados de protección y como bui-
tres hambrientos devoran al cordero inocente», etc. Aquí el señor Haller olvida que
él despliega tal retórica justamente en apoyo de la proposición de que sería ordena-
miento eterno de Dios el dominio de los más poderosos, ordenamiento según el
cual el buitre devora al inocente cordero, que, por tanto, los más poderosos por el
conocimiento de la ley proceden muy correctamente al expoliar a los crédulos ne-
cesitados de protección como a los débiles. Pero sería demasiado exigir que concor-
daran dos pensamientos, donde no se encuentra uno. El que el señor Haller sea un
enemigo de los códigos, se comprende por sí mismo; las leyes civiles, según él, por
una parte, son completamente «inútiles, puesto que ellas se comprenden por sí mis-
mas a partir de las leyes naturales» (desde que hay Estados se habrían ahorrado
muchos esfuerzos que fueron aplicados a la legislación y a los códigos y todavía se
emplean en eso y en el estudio del derecho legal, si se hubiesen conformado con el
pensamiento fundamental de que todo se comprende por sí mismo), y por otra par-
te, las leyes propiamente dichas no se dan a las personas privadas, sino que son da-
das como instrucciones a los jueces subordinados para hacer que conozcan la vo-
luntad del amo de la justicia. De todos modos, la jurisdicción (tomo 1, pág. 297 y en
toda la obra) no es un deber del Estado, sino un beneficio, es decir, un auxilio de
los más poderosos y meramente supletorio; entre los medios de afianzar el dere-
cho, ella no es la más perfecta, antes bien es insegura, e incierta y es el único me-
dio que nos dejan los juristas modernos, arrebatándonos los otros tres, precisa-
mente aquellos que conducen a la meta más rápida y seguramente y los cuales, ex-

[305]
sus proposiciones a la circunstancia de que en la exposición supo
suprimir todo pensamiento y supo mantener sin pensamiento a la
totalidad, pues de este modo se desvanecen la confusión y el des-
orden, los cuales debilitan el efecto de una exposición en la cual lo
contingente se mezcla con la alusión a lo sustancial, lo empírico y
externo, con un recuerdo de lo universal y racional, y así, en la es-
fera de lo indigente y carente de contenido, se recuerda a lo supre-

cepto aquél, la naturaleza amistosa se los ha dado al hombre para el afianzamien-


to de su libertad jurídica, y estos tres medios son (¿qué quiere decir eso?):
«1.°) Acatamiento propio e inculcamiento de la ley natural.
2 ° ) Resistencia a la injusticia.
3.°) Huida, donde no se encuentra auxilio alguno.»
(¡Cuán inclementes son los juristas en comparación con la amistosa naturaleza!)
«Pero la ley natural divina, la cual ha dado a cada uno la buenísima naturaleza
(tomo I, pág. 292), consiste en: honra en cada uno a tu semejante (según el princi-
pio del autor ella tendría que significar: honra a quien no es tu semejante, sino a
quien es más poderoso); no ofendas a quien no te ofende; no exijas lo que no se te
debe (¿pero ae qué es él deudor?), e incluso todavía: ama a tus prójimos y sírveles
cuando puedas.»
La implantación de esta ley debe ser lo que hace superfluas a la legislación y a
la constitución. Sería curioso ver al señor Haller hacer comprensible el hecho de
que a pesar de esta implantación ha habido, sin embargo, legislación y constitución
en el mundo.
En el tomo III, pág. 362, el autor llega a las «llamadas libertades nacionales»,
es decir, «a las leyes del derecho y de la constitución de las naciones», cada de-
recho determinado legalmente significa en ese sentido amplio una libertad. En-
tre otras cosas, dice de esas leyes que «su contenido suele ser muy insignifican-
te, aunque se quiera conceder en los libros un gran valor a semejantes libertades
documentales». Si luego se ve que de lo que habla el autor es de las liberta-
des nacionales de los Stände alemanes del reino, de la nación inglesa, la Carta
Magna, la cual sin embargo es poco leída y, a causa de expresiones anticuadas,
aún menos entendida, el Bill of Rights, etc., de la nación húngara, etc., uno se
asombra de llegar a saber de que estos logros considerados antes como tan im-
portantes, son algo insignificante, y que en esas naciones, a sus leyes, que han
concurrido a cada trozo de vestido que traen, a cada pedazo de pan que comen
y concurran cada día y cada instante en todo, se les ha dado un valor meramen-
te en los libros.
Respecto al Código prusiano universal, para continuar citando esto, el señor
Haller se expresa particularmente mal (tomo I, págs. 185 y sigs.), por cuanto los
errores afilosóficos1 (por lo menos no todavía la filosofía kantiana, contra la cual
el señor Haller está irritadísimo) han manifestado allí su increíble influencia, y par-
ticularmente entre otras, porque allí se trata del Estado, de las facultades del Esta-
do, de la finalidad del Estado, del jefe del Estado, de los deberes del jefe del Estado,
de los servidores del Estado, etcétera.
Para el señor Haller lo peor es «el derecho de gravar con impuestos el patrimo-
nio privado de las personas, su ganancia, su producción, o consumo, para sufragar
las necesidades del Estado; porque así el rey mismo, ya que el patrimonio del Esta-
do es calificado, no como patrimonio del príncipe, sino como patrimonio del Esta-
do, ya no tiene nada propio, lo mismo que los ciudadanos prusianos que ya no po-

' En el texto de Haller: «filosóficos modernos».

[306]
mo, a lo infinito. Por tanto es, asimismo, consecuente esta exposi-
ción, pues habiendo tomado como esencia del Estado la esfera de
lo contingente en lugar de lo sustancial, la consecuencia consiste
entonces precisamente en tal contenido en la total inconsecuencia
de una ausencia de pensamiento, la cual se permite avanzar sin mi-
rada retrospectiva y se encuentra muy bien en lo contrario de aque-
llo que justamente aprobaba.
Adición. El Estado en sí (an sich) y para sí es el todo ético, la reali-
zación de la libertad, y es finalidad absoluta de la razón el que la liber-
tad sea real. El Estado es el espíritu, el cual está en el mundo y se reali-
za en éste con conciencia, en tanto que él se realiza en la naturaleza
como lo otro de sí, como espíritu que reposa. Sólo en cuanto existente en
la conciencia, que se sabe a sí mismo como objeto existente, es él el Es-
tado. En el ámbito de la libertad se tiene que partir, no de la singulari-
dad, de la autoconciencia singular, sino sólo de la esencia de la autocon-
ciencia, pues el hombre podría saber o no que esta esencia se realiza
como poder autónomo, en el que los individuos singulares sólo son mo-
mentos. La marcha de Dios en el mundo es lo que es el Estado: su causa
es el poder de la razón que se realiza como voluntad. En relación a la
idea del Estado, no hay que tener presente a Estados particulares ni ins-
tituciones particulares; antes bien hay que considerar para sí a la idea,
este dios real. Cada Estado que podría ser considerado escuetamente, se-
gún las proposiciones fundamentales que se tengan, se podrían conocer
estas o aquellas deficiencias de ellas, tiene en él siempre, si pertenece es-
pecialmente a nuestra época cultivada, los momentos esenciales de su
existencia. Pero por cuanto es más fácil encontrar deficiencias que con-
cebir lo afirmativo, se cae fácilmente en la falta, respecto a aspectos sin-
gulares, de olvidar al organismo interno del Estado. El Estado no es nin-
guna obra de arte, él está en el mundo y, por tanto, en la esfera de la
arbitrariedad, de la contingencia y del error, y el mal proceder puede

seen ni sus cuerpos ni sus bienes, y todos los súbditos serían siervos legales, pues
ellos no tienen derecho a eludir el servicio del Estado.
Después de toda esta increíble crudeza, podría encontrarse sumamente grotes-
co el inefable deleite con el que el señor Haller describe su descubrimiento (tomo I,
Prefacio): «Una alegría como sólo puede sentirla el amigo de la verdad cuando, des-
pués de una honrada investigación, alcanza la certeza en cierto modo (¡desde lue-
go, en cierto modo!) de haber hallado el decreto de la naturaleza, la palabra de
Dios mismo» (Antes bien, la palabra de Dios distingue sus revelaciones muy expre-
samente de los decretos de la naturaleza y del hombre natural) y «como ante la más
recia admiración habría podido desfallecer, brotó de sus ojos un raudal de gozosas
lágrimas y surgió en él desde entonces la religiosidad viviente». Por religiosidad el
señor Haller habría debido más bien lamentar esto como el más duro castigo de
Dios, pues es el castigo más duro que le puede ocurrir al hombre el haber abando-
nado el pensar y la racionalidad, el respeto a la ley y al conocimiento ya que en
cuanto infinitamente importante, es lo divino, de modo que los deberes del Estado
y los derechos del ciudadano, así como los derechos del Estado y los deberes del
ciudadano, están determinados legalmente, hasta tal extremo que abandonándolos
se suplanta la palabra de Dios por lo absurdo.

[307]
desfigurarlo según muchos aspectos. Pero el hombre más deforme, el de-
lincuente, un enfermo y manco, sigue siendo un hombre vivo: lo afirma-
tivo, la vida, subsiste no obstante la carencia: de esto afirmativo es de lo
que se trata aquí.

§ 259

La idea del Estado tiene:


a) Realidad inmediata, y es el Estado individual en cuan-
to se refiere a sí c o m o organismo; es la constitución o dere-
cho interno del Estado;
b) Ella pasa a la relación del Estado individual con otros
Estados; es el derecho externo del Estado;
c) Ella es la idea universal en cuanto género y poder ab-
soluto f r e n t e a los Estados individuales, el espíritu, que se da
su realidad en el proceso de la historia universal.
Adición. El Estado como real es esencialmente Estado individual e in-
cluso Estado particular. Hay que distinguir la individualidad de la parti-
cularidad: ella es momento del Estado mismo, mientras que la particulari-
dad pertenece a la historia. Los Estados como tales son independientes
unos de otros y la relación entre ellos sólo puede ser externa, de manera
que tiene que haber por encima de ellos un nexo tercero. Esto tercero es el
espíritu el cual se da realidad en la historia universal y constituye por en-
cima de ellos el juez absoluto. Ciertamente, podrían formarse varios Esta-
dos como unión, por así decirlo, un tribunal por encima de otros, podrían
aparecer ligas de Estados, como por ejemplo, la Santa Alianza, pero éstas
son siempre sólo relativas y limitadas, como la paz eterna. El juez único
absoluto, el cual se hace vigente siempre y contra lo particular, es el Espí-
ritu que es en sí (an sich) y para sí, el cual se expone siempre como lo uni-
versal y como el género que actúa en la historia universal.

A) El derecho interno del Estado

§ 260

El Estado es la realidad de la libertad concreta; pero la libertad


concreta consiste en que la individualidad personal y sus intereses
particulares tienen tanto su perfecto desarrollo y el reconocimien-
to de su derecho para sí (en el sistema de la familia y de la socie-
dad civil), cuanto, por una parte, trascienden por sí mismos en el
interés universal y, por otra parte, lo reconocen con saber y volun-
tad como su propio espíritu sustancial y actúan para él como su fi-

[308]
nalidad última, de manera que ni lo universal tiene violencia y se
consuma sin el interés particular, el saber y el querer, ni los indivi-
duos viven meramente para el interés supremo como personas pri-
vadas, sin que a la vez quieran en lo universal y para lo universal y
tengan una actividad consciente de esta finalidad. El principio de
los Estados modernos tiene ese poder inmenso y la profundidad de
dejar perfeccionarse hasta el extremo autónomo de la particulari-
dad personal y a la vez retrotraerlo a la unidad sustancial y así con-
servar en él mismo a esa unidad.
Adición. La idea del Estado en los tiempos modernos tiene la pro-
piedad de que el Estado es la realización de la libertad, no según el ca-
pricho subjetivo, sino según el concepto de la voluntad, es decir, según
su universalidad y divinidad. Los Estados incompletos son aquellos en
los cuales la idea del Estado todavía está embozada y donde sus deter-
minaciones particulares no han llegado a la autonomía libre. Por su-
puesto, en los Estados de la antigüedad clásica ya estaba presente la uni-
versalidad, pero todavía la particularidad no estaba suelta y emancipada,
y retrotraída para la universalidad, es decir, para la finalidad universal
del todo. La esencia del Estado mismo moderno es que lo universal esté
ligado a la libertad completa de la particularidad y al bienestar de los in-
dividuos, que, por tanto, el interés de la familia y la sociedad civil tiene
que juntarse en el Estado, pero que la universalidad de la finalidad no
puede progresar sin el propio saber y querer de la particularidad, la cual
tiene que conservar su derecho. Por tanto, lo universal tiene que ser ac-
tivado, pero, por otra parte, la subjetividad es desarrollada completa y vi-
talmente. Sólo por el hecho de que ambos momentos subsisten en su
fuerza, es que hay que considerar al Estado como un Estado articulado y
verdaderamente organizado.

§ 261

Frente a las esferas del derecho privado y del bienestar


privado, de la familia y de la sociedad civil, el Estado es, p o r
u n a parte, u n a necesidad externa y su poder superior, a cuya
naturaleza están subordinados sus leyes así como sus intere-
ses y son dependientes de ella, pero, p o r otra parte, él es su
finalidad inmanente y tiene su fuerza en la unidad de su fi-
nalidad última universal y de los intereses particulares de los
individuos, en la cual en cuanto tienen deberes respecto a él
a la vez tienen derechos (párrafo 1 5 5 ) .

Observación. Que el pensamiento de la dependencia, y particu-


larmente también el de la ley jurídica privada respecto al carácter
determinado del Estado, y la opinión filosófica de considerar a la

[309]
§ 279

2) La soberanía, primeramente sólo el pensamiento uni-


versal de esta idealidad, existe sólo como la subjetividad
cierta de sí misma y como la autodeterminación abstracta de
la voluntad, en cuanto carente de fundamento, en la cual
yace lo último de la decisión. Es esto lo individual del Esta-
do en cuanto tal, el cual sólo es en uno. Pero la subjetividad
en su verdad es sólo como sujeto, la personalidad sólo como
persona, y en la Constitución desarrollada hasta la racionali-
dad real, cada uno de los tres momentos del concepto posee
su configuración separada real para sí. Este momento abso-
lutamente decisivo del todo no es, por tanto la individuali-
dad en general, sino un individuo, el monarca.
Observación. El desarrollo inmanente de una ciencia, la deri-
vación de su contenido total a partir del simple concepto (de lo
contrario, una ciencia no merece, por lo menos, el nombre de una
ciencia filosófica) manifiesta la peculiaridad de que uno y el mismo
concepto, aquí la voluntad, el cual al comienzo, porque él es el co-
mienzo, es abstracto, se mantiene, pero consolida sus determina-
ciones y precisamente sólo por sí mismo y de este modo adquiere
un contenido concreto. Así, es el momento fundamental de la per-
sonalidad primeramente abstracta en el derecho inmediato el que
se ha perfeccionado mediante sus distintas formas de subjetividad
y aquí, en el derecho absoluto, en el Estado, la objetividad perfec-
tamente concreta de la voluntad, es la personalidad del Estado, su
certeza de sí mismo. Esto último, que supera toda particularidad
en el simple sí mismo, ajusta el balanceo de las causas y contra-
causas entre las cuales siempre permanece indeciso, y los decide
por el yo quiero e inicia toda acción y realidad.
Pero además, la personalidad y la subjetividad en general,
como infinita referencia de sí a sí misma, sólo tienen verdad y a sa-
ber, su más próxima verdad inmediata, en cuanto persona, en
cuanto sujeto que es para sí, y lo que es para sí es, asimismo, pu-
ramente uno. La personalidad del Estado sólo como una persona,
el monarca, es real.
Personalidad expresa el concepto como tal; la persona contiene
a la vez la realidad del concepto y sólo con esta determinación el
concepto es idea, verdad. Una así llamada persona moral sociedad,
comunidad, familia, por concreta que ella sea en sí (in sich), posee
la personalidad en ella sólo como momento, abstractamente; ella

[338]
no ha llegado en ella a la verdad de su existencia. Pero el Estado es
precisamente esta totalidad en la que los momentos del concepto
alcanzan la realidad conforme a su verdad propia.
Todas estas determinaciones ya han sido discutidas para sí y en
sus configuraciones en el curso total de este tratado, pero aquí son re-
petidas porque ciertamente se las admite fácilmente en sus configu-
raciones particulares, pero precisamente no se las reconoce ni conci-
be, donde se presentan en su verdadera posición, no aisladas, sino
según su verdad como momentos de la idea. Por esta razón, el con-
cepto del monarca es el concepto más difícil para el raciocinio, es de-
cir, para la consideración del entendimiento reflexivo, porque se que-
da en las determinaciones aisladas, y también por eso sólo conoce
causas, puntos de vista finitos y el deducir desde causas. Representa
entonces así a la dignidad del monarca como algo deducido no sólo
según la forma, sino según su determinación; antes bien, su concep-
to no es deducido, sino lo que comienza puramente a partir de sí. Por
consiguiente, hay que considerar más acertada la representación del
derecho del monarca como fundada en la autoridad divina, pues en
ello está contenido lo incondicionado de ese derecho. Pero es sabido
cuántos malentendidos se han anudado aquí, y la tarea de la consi-
deración filosófica consiste precisamente en concebir esto divino.
Puede hablarse de soberanía del pueblo en el sentido de que un
pueblo en general sería autónomo respecto a lo externo y constitu-
ye un Estado propio, como el pueblo de Gran Bretaña. Pero el pue-
blo de Inglaterra, o el de Escocia, Irlanda, o el de Venecia, Géno-
va, Ceilán, etc., ya no serían pueblos soberanos, desde que han
cesado de tener príncipes propios o un gobierno supremo. Tam-
bién se puede decir de la soberanía respecto a lo interno que ella
reside en el pueblo cuando se habla sólo en general del todo, como
justamente se ha mostrado antes (ver párrafos 277-278), de que la
soberanía corresponde al Estado. Pero soberanía del pueblo como
tomada en oposición contra la soberanía existente en el monarca
es el sentido usual en que se ha empezado a hablar en los tiempos
modernos de soberanía del pueblo. En esta oposición, la soberanía
del pueblo pertenece a los pensamientos enrevesados a los cuales
subyace como fundamento la confusa representación del pueblo.
El pueblo, tomado sin su monarca y sin la articulación del todo
que se conexiona, precisamente por ello, necesaria e inmediata-
mente, es la masa informe, que ya no es ningún Estado y a la cual
no le corresponde ninguna de las determinaciones que sólo están
presentes en el todo formado en sí (in sich): soberanía, gobierno,
justicia, superioridad, clases, etc. En cuanto surgen en un pueblo
tales momentos que se refieren a una organización, a la vida del
Estado, cesa de ser este abstracto indeterminado que significa pue-
blo en la mera representación universal.

[339]
Si se entiende por soberanía del pueblo la forma de la repúbli-
ca y, más determinadamente, la de la democracia (pues por repú-
blica se conciben otras múltiples mezclas empíricas que no perte-
necen a una consideración filosófica), en parte ya está dicho lo
necesario arriba (en el párrafo 273, en la Observación), y en parte,
frente a la idea desarrollada, ya no se trata de semejante represen-
tación. En un pueblo, el cual no es representado como una estirpe
patriarcal, ni en la situación no desarrollada, en la cual son posi-
bles las formas de la democracia o de la aristocracia (ver Observa-
ción, párrafo 273), ni de otro modo en una situación arbitraria e
inorgánica, sino en un pueblo que es pensado como una totalidad
desarrollada en sí (in sich) verdaderamente orgánica, la soberanía
es como la personalidad del todo, y ésta, en la realidad conforme a
su concepto, es como la persona del monarca.
En el grado señalado antes, en el que ha sido hecha la división
de las constituciones en democracia, aristocracia y monarquía,
para el punto de vista de la unidad sustancial que todavía perma-
nece en sí (in sich) y la cual aún no ha llegado a su infinita dife-
renciación y profundización en sí (in sich), el momento de la últi-
ma decisión de la voluntad que se autodetermina no surge como
momento orgánico inmanente del Estado para sí en realidad pro-
pia. Ciertamente, también en aquellas configuraciones rudimenta-
rias del Estado siempre tiene que existir una cima individual, sea
que exista para sí como en las monarquías que les corresponde o,
como en las aristocracias, pero especialmente en las democracias,
que se encumbre en los hombres de Estado, en los generales, según
la contingencia y la necesidad especial de las circunstancias; pues
toda acción y realidad tienen su comienzo y su cumplimiento en la
unidad decisiva de un caudillo. Pero encerrada en la unión de los
poderes que permanece íntegra, tal subjetividad del decidir, según
su surgimiento y su manifestación, tiene que ser, por una parte,
contingente, y por otra parte, subordinada. Por consiguiente, el de-
cidir sin mezcla y puro, un fatum que determina exteriormente, no
podría hallarse en otro sitio que más allá de tales cimas condicio-
nadas. Como momento de la idea, aquel decidir tenía que entrar en
la existencia, pero arraigado fuera de la libertad humana y de su
círculo, al cual concibe el Estado.
Aquí yace el origen de la necesidad de buscar la decisión última
respecto a los grandes asuntos y para los momentos importantes
del Estado, en los oráculos, en el demonio (en Sócrates), en las vis-
ceras de los animales, en el comer y el vuelo de los pájaros, etc.,
una decisión a la cual los hombres, no habiendo aprehendido aún
la profundidad de la autoconciencia y no habiendo llegado aún
desde la integridad de la unidad sustancial a este ser-para-sí, toda-
vía no tenían la fuerza para verla dentro del ser humano.

[340]
En el demonio de Sócrates (ver arriba párrafo 158) podemos ver
el comienzo del hecho de que la voluntad que se trasponía antes sólo
más allá de sí misma se trasladaba en ella misma y se conocía dentro
de ella misma. Es el comienzo de la libertad que se sabe y, por tan-
to, de la verdadera libertad. Esta real libertad de la idea, puesto que
es ella la que da a cada uno de los momentos de la racionalidad su
realidad autoconsciente propia y actual, es la que atribuye, por tan-
to, a la función de una conciencia la certeza última que se determi-
na a sí misma, la cual constituye la cima en el concepto de la volun-
tad. Pero esta última autodeterminación sólo puede recaer en la
esfera de la libertad humana en cuanto ella tiene la posición de la
cima separada para sí elevada por encima de toda particularización
y condición, pues sólo así es real según su concepto.
Adición. En la organización del Estado, lo cual quiere decir aquí en
la monarquía constitucional, no se tiene que tener nada ante sí más que
la necesidad de la idea en sí (in sich). Cualquier otro punto de vista tie-
ne que desaparecer. El Estado tiene que ser considerado como un gran
edificio arquitectónico, como un jeroglífico de la razón que se expone en
la realidad. Por tanto, hay que excluir del tratamiento filosófico todo lo
que se refiere meramente a utilidad, exterioridad, etc. La representación
concibe fácilmente que el Estado es la voluntad soberana que se deter-
mina y perfecciona a sí misma, el decidirse último. Lo más difícil es que
este yo quiero sea concebido como persona. Así, no debe decirse que el
monarca debe actuar arbitrariamente; antes bien él está ligado al conte-
nido concreto de las consultas, y cuando la Constitución es estable, a me-
nudo no tiene más que hacer que suscribir su nombre. Pero este nombre
es importante: es la cima que no se puede rebasar. Podría decirse que en
la bella democracia de Atenas ya habría existido una articulación orgá-
nica, pero enseguida vemos que los griegos han tomado la última deci-
sión de fenómenos completamente externos, de oráculos, de visceras de
animales sacrificados, del vuelo de los pájaros, y que se comportaron res-
pecto a la naturaleza como respecto a una fuerza que anuncia y expresa
lo que sería bueno para los hombres. En esa época, la autoconciencia
aún no ha llegado a la abstracción de la subjetividad, no ha llegado aún
a lo que tiene que ser expresado por los hombres mismos respecto a lo
decisivo: un yo quiero. Este yo quiero constituye la gran diferencia entre
el mundo antiguo y el moderno, y tiene que tener su existencia propia en
el gran edificio del Estado. Pero, infortunadamente, esta determinación
es considerada solamente como externa y discrecional.

§ 280

3) Este último sí mismo (Selbst) de la voluntad del Esta-


do, en esta sencilla abstracción suya, es simple y, p o r consi-
guiente, singularidad inmediata; en su concepto m i s m o yace

[341]
§ 297

Los miembros del gobierno y los funcionarios del Estado


constituyen la parte principal de la clase media, en la que re-
cae la inteligencia cultivada y la conciencia jurídica de la
masa de un pueblo. El que no tomen la posición aislada de
una aristocracia y que la cultura y las capacidades no se con-
viertan en medios de arbitrariedad y dominio, es efectuado
por las instituciones de la soberanía desde arriba y por el de-
recho de las corporaciones desde abajo.

Observación. Así, antaño, la jurisdicción, cuyo objeto es el inte-


rés peculiar de todos los individuos, se había transformado en un ins-
trumento de ganancia y dominio, ya que el conocimiento del derecho
se recubría de erudición y de un lenguaje extraño y el conocimiento
del procedimiento jurídico se recubría de un formalismo complicado.
Adición. En la clase media, a la que pertenecen los funcionarios del
Estado, está la conciencia del Estado y la cultura más resaltante. Por esta
razón, ella constituye la columna fundamental del mismo en relación a
la honestidad y la inteligencia. El Estado en el que no existe ninguna cla-
se media, no se encuentra por eso en ningún grado alto. Por ejemplo, Ru-
sia, que tiene una gran masa, que sirve, y otra, que gobierna. Que esta
clase media sea cultivada es un interés principal del Estado, pero esto
sólo puede ocurrir en una organización que sea como la que hemos vis-
to, es decir, por la autorización de círculos particulares que sean relati-
vamente independientes y por un mundo de funcionarios cuya arbitra-
riedad se quebranta en tales círculos autorizados. El actuar conforme al
derecho universal y la costumbre de este actuar es una consecuencia de
la oposición, a la cual forman los círculos autónomos para sí.

c) El poder legislativo

§ 298

Al poder legislativo conciernen las leyes como tales en


cuanto requieren una determinación más amplia y los asuntos
internos conforme a su contenido totalmente universal. Este
poder constituye incluso una parte de la Constitución, la cual
le está presupuesta y, por tanto, se encuentran en sí (an sich)
y para sí fuera de su determinación directa, pero recibe su des-
arrollo posterior en el perfeccionamiento de las leyes y en el
carácter progresivo de los asuntos generales del gobierno.

[354]
desarrollo interno posterior alguno. Por esa razón, pertenece a este
fenómeno originario el que se encuentre un individuo en su cima:
patriarca, jefe de una estirpe, etc.

§ 323

En la existencia empírica aparece esta relación negativa


del Estado consigo mismo, como relación de un otro con un
otro y como si lo negativo fuera un algo externo. La existen-
cia de esta relación negativa tiene, por tanto, la figura de un
acontecer y del entretejimiento con acontecimientos acci-
dentales que vienen de afuera. Pero ella es su momento pro-
pio supremo, su infinitud real como la idealidad de todo fi-
nito en él; el aspecto en el cual la sustancia en cuanto fuerza
absoluta frente a todo singular y particular, frente a la vida,
la propiedad y sus derechos, así como frente a los demás cír-
culos, trae la nulidad de ellos a existencia empírica y a la con-
ciencia.

§ 324

Esta determinación, con la cual el interés y el derecho del


singular es puesto como un momento evanescente, es a la
vez lo positivo, a saber, su individualidad no accidental y
modificable, sino su individualidad en sí (an sich) y para sí.
Esta relación y el reconocimiento de ella es, por tanto, su de-
ber sustancial; el deber de conservar, por el peligro y el sa-
crifico de su propiedad y de su vida, incluyendo su opinar y
todo aquello que por sí mismo es concebido en el ámbito de
la vida, esta individualidad sustancial: la independencia y so-
beranía del Estado.
Observación. Hay un cálculo muy avieso cuando, en la exigen-
cia de este sacrificio, el Estado es considerado únicamente como
sociedad civil, y como finalidad última suya, únicamente la garan-
tía de la vida y la propiedad de los individuos, pues esta seguridad
no es obtenida por el sacrificio de aquello que debe ser asegurado;
por el contrario. En lo aducido se encuentra el momento ético de
la guerra, a la que no hay que considerar como mal absoluto y
como una mera contingencia externa, la cual tiene su fundamento

[376]
contingente y estaría en lo que se quiera: en las pasiones de los que
detentan el poder o en los pueblos, en las injusticias, etc., en gene-
ral en algo que no debe ser. A lo que es de la naturaleza de lo con-
tingente, se opone lo contingente y precisamente ese destino es la
necesidad, así como en general el concepto y la filosofía hacen des-
aparecer el punto de vista de la mera accidentalidad y en él reco-
nocen, como la apariencia, su esencia, la necesidad. Es necesario
que lo finito, la posesión y la vida, sea puesto como contingente,
porque éste es el concepto de lo finito. Por una parte, esta necesi-
dad tiene la figura de una fuerza natural y todo finito es perecede-
ro y transitorio. Pero en la esencia ética, en el Estado, esta fuerza
es sustraída a la naturaleza, y la necesidad es elevada a obra de la
libertad, a lo ético. Aquella transitoriedad llega a ser un transcurrir
querido, y la necesidad que subyace como fundamento llega a ser
individualidad propia sustancial de la esencia ética.
La guerra, como situación en la cual la vanidad de los bienes y
cosas temporales, que de lo contrario suele ser una retórica edifi-
cante, llega a ser algo serio, es aquí el momento en que la idealidad
de lo particular alcanza su derecho y se convierte en realidad, tie-
ne la significación suprema de que mediante ella, como lo he ex-
presado en otro lugar*, «la salud ética de los pueblos es conserva-
da en su indiferencia respecto a la firmeza de las determinidades
finitas, como el movimiento de los vientos preserva al mar de la
putrefacción, en la que sumiría una tranquilidad durable, como a
los pueblos una paz duradera o incluso una paz perpetua».
Por lo demás, que ésta sea sólo una idea filosófica, o como sue-
le expresarse de otra manera, una justificación de la providencia, y
que las guerras efectivas requieren aún otra justificación, da lugar
a lo que sigue. El que la idealidad, que en la guerra se encuentra
como en una relación contingente hacia el exterior, llega a la apa-
riencia, y la idealidad, según la cual los poderes internos del Esta-
do son momentos orgánicos del todo, ambas son idénticas, ocurre
en el fenómeno histórico, entre otros, en la figura de que las gue-
rras afortunadas impiden disturbios internos y han consolidado el
poder interno del Estado. El hecho de que los pueblos que no quie-
ren soportar o temen la soberanía hacia lo interno, son avasallados
por otros, y con tanto menos resultado y honor se han esforzado
por su independencia cuanto menos pudieron llegar hacia lo inter-
no a una primera organización del Estado (su libertad ha muerto
en el temor a morir); que el Estado cuya garantía de autonomía no
tiene en su fuerza armada, sino en otras consideraciones (como,

* En el artículo: «Sobre el tratamiento científico del derecho natural», en Krit.


Journal der Philosophie (1802-1803), pág. 62 (Obras, tomo I, pág. 373).

[377]
por ejemplo, Estados desproporcionadamente pequeños respecto a
sus vecinos), puedan subsistir cabe una constitución interna la cual
para sí no garantizaba tranquilidad ni hacia lo interno ni hacia lo
externo, etc., son fenómenos que precisamente pertenecen a ello.
Adición. En la paz se amplía más la vida civil, cada esfera se en-
claustra en sí, y a la larga es un encenagamiento de los hombres; sus par-
ticularidades se harán rígidas y se osificarán. Pero para la salud se re-
quiere la unidad del cuerpo, y si las partes se endurecen en sí (in sich), la
muerte está allí. A menudo, se exige la paz eterna como un ideal al que
tiene que dirigirse la humanidad. Kant propuso una liga de monarcas
que debía arbitrar
de ser aproximadamente tal institución. Únicamente el Estado es indivi-
dualidad y en la individualidad está contenida esencialmente la nega-
ción. Por consiguiente, si también un número de Estados se convierten
en una familia, esta unidad como individualidad tiene que crearse una
oposición y engendrar un enemigo. De las guerras, los pueblos no sólo
resultan endurecidos, sino que naciones que son inconciliables en sí (in
sich) adquieren por la guerra hacia lo externo, tranquilidad en lo inter-
no. Desde luego, por la guerra se produce inseguridad en la propiedad,
pero esta inseguridad real es nada más que el movimiento el cual es ne-
cesario. Se oye hablar bastante en el púlpito de la inseguridad, la vani-
dad y la inconstancia de las cosas temporales, pero con ello cada uno
piensa, aunque ello lo conmueva: sin embargo, yo conservaré lo mío.
Pero ahora esta inseguridad se presenta realmente a la escena ahora en
forma de húsares con relucientes sables y así es seriedad, pues se vuelve
aquel conmovido discurso edificante, que predecía todo, en anatema so-
bre los conquistadores. Pero, no obstante, las guerras ocurren como ellas
se encuentran en la naturaleza de las cosas; las semillas retoñan y el dis-
curso enmudece ante el más solemne ciclo de la historia.

§ 325

Siendo el sacrificio p a r a la individualidad del Estado la re-


lación sustancial de t o d o s y, p o r tanto, deber universal, al
m i s m o tiempo, c o m o un aspecto de la idealidad f r e n t e a la
realidad del subsistir particular, se convierte en u n a relación
particular y le es dedicada u n a clase propia: la clase de la va-
lentía.

§ 326

Las discordias de los E s t a d o s entre sí p u e d e n tener como


objeto algún aspecto particular de sus relaciones; p a r a estas
discordias, la parte particular, dedicada a la defensa del Es-

[378]
Alexis de Tocqueville

LA DEMOCRACIA EN AMÉRICA

Edición especial preparada para Teoría Política II por la


Agrupación universitaria FUP, de la UNSAM, 2011 (Textos extraídos de
http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/politica/tocqueville/caratula.html )
Alexis de Tocqueville divisiones en algunos capítulos con el objeto de hacerla
manejable, estando plenamente conscientes de que de
La democracia en América ninguna manera es lo mismo una edición en papel que una
virtual. Igualmente señalamos que para este ensayo Toc-
queville insertó tanto notas como comentarios; las prime-
Presentación ras se encuentran señaladas numéricamente, y los segun-
dos, alfabéticamente.
La democracia en América, del politólogo francés
Alexis de Tocqueville (1805-1859), es considerada, por Chantal López y Omar Cortés
propios y extraños, como una obra cumbre del pensamien-
to político ya que concretiza una excelente y profética
imagen de los Estados Unidos de Norteamérica. Para po- INTRODUCCIÓN
der elaborarla, Tocqueville realizó un viaje a los Estados
Unidos, en compañía de Gustave de Beaumont en 1831, Entre las cosas nuevas que durante mi permanencia en
con el objeto de analizar el sistema penitenciario nortea- los Estados Unidos, han llamado mi atención, ninguna me
mericano. Su estancia duró como nueve meses, tiempo sorprendió más que la igualdad de condiciones. Descubrí
más que suficiente para que Alexis y Gustave lograsen su sin dificultad la influencia prodigiosa que ejerce este pri-
objetivo y, además, para que Tocqueville tomase un consi- mer hecho sobre la marcha de la sociedad. Da al espíritu
derable número de apuntes y recaudase datos suficientes público cierta dirección, determinado giro a las leyes; a los
para su realización. La obra fue editada en 1835 alcanzan- gobernantes máximas nuevas, y costumbres particulares a
do una resonancia de tal magnitud que en muy poco tiem- los gobernados.
po se hicieron muchas ediciones, lo que en sí le abriría el Pronto reconocí que ese mismo hecho lleva su influen-
camino para escribir un segundo tomo, mismo que termi- cia mucho más allá de las costumbres políticas y de las
naría en 1840. leyes, y que no predomina menos sobre la sociedad civil
Sobresalen varias interpretaciones que alcanzarían el que sobre el gobierno: crea opiniones, hace nacer senti-
grado de profecías, como es el caso de lo que Tocqueville mientos, sugiere usos y modifica todo lo que no es produc-
llamaba el inminente conflicto entre los Estados Unidos de tivo.
Norteamérica y México; su advertencia de que el problema Así, pues, a medida que estudiaba la sociedad nortea-
de la esclavitud inexorablemente conduciría a un conflicto mericana, veía cada vez más, en la igualdad de condicio-
interno de grandes proporciones; su alerta sobre la manera nes, el hecho generador del que cada hecho particular
en como la población norteamericana estaba colonizando parecía derivarse, y lo volvía a hallar constantemente ante
de manera harto apresurada y sin encontrar ningún obstá- mí como un punto de atracción hacia donde todas mis
culo, el territorio de Texas, en aquel entonces bajo la sobe- observaciones convergían.
ranía mexicana, deduciendo de ello que, de mantenerse tal Entonces, transporté mi pensamiento hacia nuestro
panorama, más temprano que tarde, los Estados Unidos de hemisferio, y me pareció percibir algo análogo al espectá-
Norteamérica terminarían por apoderarse de Texas. culo que me ofrecía el Nuevo Mundo. Vi la igualdad de
Pero, a nuestro parecer, este trabajo de Tocqueville deja condiciones que, sin haber alcanzado como en los Estados
preguntas en el tintero como por ejemplo: ¿por qué habla Unidos sus límites extremos, se acercaba a ellos cada día
de las dos confederaciones?, llegando a confundir la con- más de prisa; y la misma democracia, que gobernaba las
federación propiamente dicha manifiesta en el conjunto sociedades norteamericanas, me pareció avanzar rápida-
normativo conocido con el nombre de Artículos de confe- mente hacia el poder en Europa.
deración (*), con el sistema federal plamado en la Consti- Desde ese momento concebí la idea de este libro.
tución de los Estados Unidos de Norteamérica. Según Una gran revolución democrática se palpa entre noso-
deducimos no ve distinción de fondo entre los regímenes tros. Todos la ven; pero no todos la juzgan de la misma
confederal y federal, de ahí que el insista en diferenciarlos manera. Unos la consideran como una cosa nueva y,
solamente como la primera y la segunda confederación, lo tomándola por un accidente, creen poder detenerla todavía;
que no deja de sorprender. mientras otros la juzgan indestructible, porque les parece
Como comentario al margen, para quienes vivimos al el hecho más continuo, el más antiguo y el más permanen-
sur de los United States of America, nos resulta bastante te que se conoce en la historia.
difícil entender muchas de las apreciaciones de Tocquevi- Me remonto por un momento a lo que era Francia hace
lle en referencia a ese Estado hacia el cual existe, querá- setecientos años. La veo repartida entre un pequeño núme-
moslo o no admitir, una comprensible y notoria repulsa en ro de familias que poseen la tierra y gobiernan a los habi-
muchos de los pobladores de América Latina. Casi se nos tantes. El derecho de mandar pasa de generación en gene-
figura un cuento de hadas el relato de Tocqueville sobre ración con la herencia. Los hombres no tienen más que un
los inicios del desarrollo de los Estados Unidos, pues hoy solo medio de dominar unos a los otros: la fuerza. No se
por hoy parécenos que queda muy poco o nada de ese reconoce otro origen del poder que la propiedad inmobilia-
glorioso y epopéyico pasado que es ensalsado en La de- ria. Pero he aquí el poder político del clero que acaba de
mocracia en América, pero a pesar de ello, es y seguira fundarse y que muy pronto va a extenderse. El clero abre
siendo una referencia obligatoria para quienes se interesen sus filas a todos, al pobre y al rico, al labriego y al señor;
en la historia política de la U.S.A. la igualdad comienza a penetrar por la Iglesia en el seno
Respecto a esta edición virtual, debemos precisar que al del gobierno, y aquel que hubiera vegetado como un siervo
ser el texto bastante largo, tuvimos que efectuar varias en eterna esclavitud, se acomoda como sacerdote entre los
nobles, y a menudo se sitúa por encima, de los reyes.
* Al volverse con el tiempo más civilizada y más estable
Véase, Artículos de confederación, en López, Chantal y Cortés, Omar
La confederación en los Estados Unidos de Norteamérica, cuarta edición la sociedad, las diferentes relaciones entre los hombres se
cibernética, enero del 2003, Biblioteca Virtual Antorcha.
Alexis de Tocqueville. La Democracia en América

hacen más complicadas y numerosas. La necesidad de las traran en poder de sus adversarios, sirvieron a la causa
leyes civiles se hace sentir vivamente. Entonces nacen los poniendo de relieve la grandeza natural del hombre. Sus
legislas. Salen del oscuro recinto de los tribunales y del conquistas se agrandaron con las de la civilización y las de
reducto polvoriento de los archivos, y van a sentarse a la las luces, y la literatura fue un arsenal abierto a todos, a
corte del príncipe, al lado de los barones feudales cubiertos donde los débiles y los pobres acudían cada día en busca
de armiño y de hierro. de armas.
Los reyes se arruinan en las grandes empresas. Los Cuando se recorren las páginas de nuestra historia, no
nobles se agotan en las guerras privadas. Los labriegos se se encuentran, por decirlo así, grandes acontecimientos
enriquecen con el comercio. La influencia del dinero co- que desde hace setecientos años no se hayan orientado en
mienza a sentirse en los asuntos del Estado. El negocio es provecho de la igualdad.
una fuente nueva que se abre a los poderosos, y los finan- Las cruzadas y las guerras de los ingleses diezman a los
cieros se convierten en un poder político que se desprecia nobles y dividen sus tierras; la institución de las comunas
y adula al propio tiempo. introduce la libertad democrática en el seno de la monar-
Poco a poco, las luces se difunden. Se despierta la afi- quía feudal; el descubrimiento de las armas de fuego igua-
ción a la literatura y a las artes. Las cosas del espíritu lle- la al villano con el noble en el campo de batalla; la impren-
gan a ser elementos de éxito. La ciencia es un método de ta ofrece iguales recursos a su inteligencia; el correo lleva
gobierno. La inteligencia una fuerza social y los letrados la luz, tanto al umbral de la cabaña del pobre, como a la
tienen acceso a los negocios. puerta de los palacios; el protestantismo sostiene que todos
Sin embargo, a medida que se descubren nuevos cami- los hombres gozan de las mismas prerrogativas para en-
nos para llegar al poder, oscila el valor del nacimiento. En contrar el camino del cielo. La América, descubierta, tiene
el siglo XI, la nobleza era de un valor inestimable; se com- mil nuevos caminos abiertos para la fortuna, y entrega al
pra en el siglo XIII; el primer ennoblecimiento tiene lugar oscuro aventurero las riquezas y el poder.
en 1270, y la igualdad llega por fin al gobierno por medio Si, a partir del siglo XI, examinamos lo que pasa en
de la aristocracia misma. Francia de cincuenta en cincuenta años, al cabo de cada
Durante los setecientos años que acaban de transcurrir, uno de esos periodos, no dejaremos de percibir que una
a veces, para luchar contra la autoridad regia o para arreba- doble revolución se ha operado en el estado de la sociedad.
tar el poder a sus rivales, los nobles dieron preponderancia El noble habrá bajado en la escala social y el labriego
política al pueblo. ascendido. Uno desciende y el otro sube. Casi medio siglo
Más a menudo aún, se vio cómo los reyes daban parti- los acerca, y pronto van a tocarse.
cipación en el gobierno a las clases inferiores del Estado, a Y esto no sólo sucede en Francia. En cualquier parte
fin de rebajar a la aristocracia. hacia donde dirijamos la mirada, notaremos la misma
En Francia, los reyes se mostraron los más activos y revolución que continúa a través de todo el universo cris-
constantes niveladores. Cuando se sintieron ambiciosos y tiano. Por doquiera se ha visto que los más diversos inci-
fuertes, trabajaron para elevar al pueblo al nivel de los dentes de la vida de los pueblos se inclinan en favor de la
nobles; y cuando fueron moderados y débiles, tuvieron que democracia. Todos los hombres la han ayudado con su
permitir que el pueblo se colocase por encima de ellos esfuerzo: los que tenían el proyecto de colaborar para su
mismos. Unos ayudaron a la democracia con su talento, advenimiento y los que no pensaban servirla; los que com-
otros con sus vicios. Luís XI y Luís XIV tuvieron buen batían por ella, y aun aquellos que se declaraban sus ene-
cuidado de igualarlo todo por debajo del trono, y Luís XV migos; todos fueron empujados confusamente hacia la
descendió él mismo con su corte hasta el último peldaño. misma vía, y todos trabajaron en común, algunos a pesar
Desde que los ciudadanos comenzaron a poseer la tierra suyo y otros sin advertirlo, como ciegos instrumentos en
por medios distintos al sistema feudal y en cuanto fue las manos de Dios.
conocida la riqueza mobiliaria, que pudieron a su vez crear El desarrollo gradual de la igualdad de condiciones es,
la influencia y dar el poder, no se hicieron descubrimientos pues, un hecho providencial, y tiene las siguientes carac-
en las artes, ni hubo adelantos en el comercio y en la in- terísticas: es universal, durable, escapa a la potestad huma-
dustria que no crearan otros tantos elementos nuevos de na y todos los acontecimientos, como todos los hombres,
igualdad entre los hombres. A partir de ese momento, sirven para su desarrollo.
todos los procedimientos que se descubren, todas las nece- ¿Es sensato creer que un movimiento social que viene
sidades que nacen y todos los deseos que se satisfacen, son de tan lejos, puede ser detenido por los esfuerzos de una
otros tantos avances hacia la nivelación universal. El afán generación? ¿Puede pensarse que después de haber des-
de lujo, el amor a la guerra, el imperio de la moda, todas truido el feudalismo y vencido a los reyes, la democracia
las pasiones superficiales del corazón humano, así como retrocederá ante los burgueses y los ricos? ¿Se detendrá
las más profundas, parecen actuar de consuno en empobre- ahora que se ha vuelto tan fuerte y sus adversarios tan
cer a los ricos y enriquecer a los pobres. débiles?
En cuanto los trabajos de la inteligencia llegaron a ser ¿A dónde vamos? Nadie podría decirlo; los términos de
fuentes de fuerza y de riqueza, se consideró cada desarro- comparación nos faltan; las condiciones son más iguales
llo de la ciencia, cada conocimiento nuevo y cada idea en nuestros días entre los cristianos, de lo que han sido
nueva, como un germen de poder puesto al alcance del nunca en ningún tiempo ni en ningún país del mundo; así,
pueblo. La poesía, la elocuencia, la memoria, los destellos la grandeza de lo que ya está hecho impide prever lo que
de ingenio, las luces de la imaginación, la profundidad del se puede hacer todavía.
pensamiento, todos esos dones que el Cielo concede al El libro que estamos por leer ha sido escrito bajo la
azar, beneficiaron a la democracia y, aun cuando se encon- impresión de una especie de terror religioso producido en

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el alma del autor al vislumbrar esta revolución irresistible Así resultó que la revolución democrática se hizo en el
que camina desde hace tantos siglos, a través de todos los cuerpo de la sociedad, sin que se consiguiese en las leyes,
obstáculos, y que se ve aún hoy avanzar en medio de las en las ideas, las costumbres y los hábitos, que era el cam-
ruinas que ha causado. bio necesario para hacer esa revolución útil. Por tanto
No es necesario que Dios nos hable para que descubra- tenemos la democracia, sin aquello que atenúa sus vicios y
mos los signos ciertos de su voluntad. Basta examinar cuál hace resaltar sus' ventajas naturales; y vemos ya los males
es la marcha habitual de la naturaleza y la tendencia conti- que acarrea, cuando todavía ignoramos los bienes que
nua de los acontecimientos. Yo sé, sin que el Creador puede darnos.
eleve la voz, que los astros siguen en el espacio las curvas Cuando el poder regio, apoyado sobre la aristocracia,
que su dedo ha trazado. gobernaba apaciblemente a los pueblos de Europa, la so-
Si largas observaciones y meditaciones sinceras condu- ciedad, en medio de sus miserias, gozaba de varias formas
cen a los hombres de nuestros días a reconocer que el de dicha, que difícilmente se pueden concebir y apreciar en
desarrollo gradual y progresivo de la igualdad es, a la vez, nuestros días.
el pasado y el porvenir de su historia, el solo descubri- El poder de algunos súbditos oponía barreras insupera-
miento dará a su desarrollo el carácter sagrado de la volun- bles a la tiranía del príncipe; y los reyes, sintiéndose reves-
tad del supremo Maestro. Querer detener la democracia tidos a los ojos de la multitud de un carácter casi divino,
parecerá entonces luchar contra Dios mismo. Entonces no tomaban, del respeto mismo que inspiraban, la resolución
queda a las naciones más solución que acomodarse al de no abusar de su poder.
estado social que les impone la Providencia. Colocados a gran distancia del pueblo, los nobles toma-
Los pueblos cristianos me parecen presentar en nuestros ban parte en la suerte del pueblo con el mismo interés
días un espectáculo aterrador. El movimiento que los benévolo y tranquilo que el pastor tiene por su rebaño; y,
arrastra es ya bastante fuerte para poder suspenderlo, y no sin acertar a ver en el pobre a su igual, velaban por sU
es aún lo suficiente rápido para perder la esperanza de suerte, como si la Providencia lo hubiera confiado en sus
dirigirlo: su suerte está en sus manos; pero bien pronto se manos.
les escapa. No habiendo concebido más idea del estado social que
Instruir a la democracia, reanimar si se puede sus cre- el suyo, no imaginando que pudiera jamás igualarse a sus
encias, purificar sus costumbres, reglamentar sus movi- jefes, el pueblo recibía sus beneficios, y no discutía sUs
mientos, sustituir poco a poco con la ciencia de los nego- derechos. Los quería cuando eran clementes y justos, y se
cios públicos su inexperiencia y por el conocimiento de sometía sin trabajo y sin bajeza a sus rigores, como males
sus verdaderos intereses a los ciegos instintos; adaptar su inevitables enviados por el brazo de Dios. El uso y las
gobierno a los tiempos y lugares; modificado según las costumbres establecieron los límites de la tiranía, fundando
circunstancias y los hombres: tal es el primero de los debe- una clase de derecho entre la misma fuerza.
res impuestos en nuestros días a aquellos que dirigen la Si el noble no tenia la sospecha de que quisieran arran-
sociedad. carle privilegios que estimaba legítimos, y el siervo miraba
Es necesaria una ciencia política nueva a un mundo su inferioridad como un efecto del orden inmutable de la
enteramente nuevo. naturaleza, se concibe el establecimiento de una benevo-
Pero en esto no pensamos casi: colocados en medio de lencia recíproca entre las dos clases tan diferentemente
un río rápido, fijamos obstinadamente la mirada en algu- dotadas por la suerte. Se veían en la sociedad, miserias y
nos restos que se perciben todavía en la orilla, en tanto que desigualdad, pero las almas no estaban degradadas.
la corriente nos arrastra y nos empuja retrocediendo hacia No es el uso del poder o el hábito de la obediencia lo
el abismo. que deprava a los hombres, sino el desempeño de un poder
No hay pueblos en Europa, entre los cuales la gran que se considera ilegítimo, y la obediencia al mismo si se
revolución social que acabo de describir haya hecho más estima usurpado u opresor.
rápidos progresos que el nuestro. Pero aquí siempre ha A un lado estaban los bienes, la fuerza, el ocio y con
caminado al azar. ellos las pretensiones del lujo, los refinamientos del gusto,
Los jefes de Estado jamás le han hecho ningún prepara- los placeres del espíritu y el culto de las artes. Al otro el
tivo de antemano; a pesar de ellos mismos, ha surgido a trabajo, la grosería y la ignorancia.
sus espaldas. Las clases más poderosas, más inteligentes y Pero en el seno de esa muchedumbre ignorante y grose-
más morales de la nación no han intentado apoderarse de ra, se encontraban también pasiones enérgicas, sentimien-
ella, a fin de dirigirla. La democracia ha estado, pues, tos generosos, creencias arraigadas y salvajes virtudes.
abandonada a sus instintos salvajes; ha crecido como esos El cuerpo social, así organizado, podía tener estabili-
niños privados de los cuidados paternales, que se crían por dad, poderío y sobre todo, gloria.
sí mismos en las calles de las ciudades y que no conocen Pero he aquí que las clases se confunden; las barreras
de la sociedad más que sus vicios y miserias. Todavía se levantadas entre los hombres se abaten; se divide el domi-
pretendió ignorar su presencia, cuando se apoderó de im- nio, el poder es compartido, las luces se esparcen y las
proviso del poder. Cada uno se sometió con servilismo a inteligencias se igualan. El estado social entonces vuélvese
sus menores deseos; se la ha adorado como a la imagen de democrático, y el imperio de la democracia se afirma en
la fuerza; cuando en seguida se debilitó por sus propios fin pacíficamente tanto en las instituciones como en las
excesos, los legisladores concibieron el proyecto de ins- conciencias.
truida y corregirla y, sin querer enseñarla a gobernar, no Concibo una sociedad en la que todos, contemplando la
pensaron más que en rechazarla del gobierno. ley como obra suya, la amen y se sometan a ella sin es-
fuerzo; en la que la autoridad del gobierno, sea respetada

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como necesaria y no como divina; mientras el respeto que idea de los derechos no existe, y la fuerza les parece, a
se tributa al jefe del Estado no es hijo de la pasión, sino de ambos, la única razón del presente y la única garantía para
un sentimiento razonado y tranquilo. Gozando cada uno de el porvenir.
sus derechos, y estando seguro de conservarlos, así es El pobre ha conservado la mayor parte de los prejuicios
como se establece entre todas las clases sociales una viril de sus padres, sin sus creencias; su ignorancia, sin sus
confianza y un sentimiento de condescendencia recíproca, virtudes; admitió como regla de sus actos, la doctrina del
tan distante del orgullo como de la bajeza. interés, sin conocer sus secretos y su egoísmo se halla tan
Conocedor de sus verdaderos intereses, el pueblo com- desprovisto de luces como lo estaba antes su abnegación.
prenderá que, para aprovechar los bienes de la sociedad, es La sociedad está tranquila, no porque tenga conciencia
necesario someterse a sus cargas. La asociación libre de de su fuerza y de su bienestar, sino, al contrario, porque se
los ciudadanos podría reemplazar entonces al poder indi- considera débil e inválida; teme a la muerte, ante el menor
vidual de los nobles, y el Estado se hallaría a cubierto esfuerzo; todos sienten el mal, pero nadie tiene el valor y
contra la tiranía y contra el libertinaje. la energía necesarios para buscar la mejoría; se tienen
Entiendo que en un Estado democrático, constituido de deseos, pesares, penas y alegrías que no producen nada
esta manera, la sociedad no permanecerá inmóvil; pero los visible, ni durable, como las pasiones de senectud que no
movimientos del cuerpo social podrán ser reglamentados y conducen más que a la impotencia.
progresivos. Si tiene menos brillo que en el seno de una Así abandonamos lo que el Estado antiguo podía tener
aristocracia, tendrá también menos miserias. Los goces de bueno, sin comprender lo que el Estado actual nos pue-
serán menos extremados, y el bienestar más general. La de ofrecer de útil. Hemos destruido una sociedad aristocrá-
ciencia menos profunda, si cabe; pero la ignorancia más tica y, deteniéndonos complacientemente ante los restos
rara. Los sentimientos menos enérgicos, y las costumbres del antiguo edificio, parecemos quedar extasiados frente a
más morigeradas. En fin, se observarán más vicios y me- ellos para siempre.
nos crímenes. Lo que acontece en el mundo intelectual no es menos
A falta del entusiasmo y del ardor de las creencias, las deplorable.
luces y la experiencia conseguirán alguna vez de los ciu- Estorbada en su marcha o abandonada sin apoyo a sus
dadanos grandes sacrificios. Cada hombre siendo análo- pasiones desordenadas, la democracia de Francia derribó
gamente débil sentirá igual necesidad de sus semejantes; y todo lo que se encontraba a su paso, sacudiendo aquello
sabiendo que no puede obtener su apoyo sino a condición que no destruía. No se la ha visto captando poco a poco a
de prestar su concurso, comprenderá sin esfuerzo que para la sociedad, a fin de establecer sobre ella apaciblemente su
él el interés particular se confunde con el interés general. imperio; no ha dejado de marchar en médio de desórdenes
La nación en sí será menos brillante si cabe, o menos y de la agitación del combate. Animado por el calor de la
gloriosa, y menos fuerte tal vez; pero la mayoría de los lucha, empujado más allá de los limites naturales de su
ciudadanos gozará de más prosperidad, y el pueblo se propia opinión, en vista de las opiniones y de los excesos
sentirá apacible, no porque desespere de hallarse mejor, de sus adversarios, cada ciudadano pierde de vista el obje-
sino porque sabe que está bien. tivo mismo de sus tendencias, y mantiene un lenguaje que
Si todo no fuera bueno y útil en semejante estado de no concuerda con sus verdaderos sentimientos ni con sus
cosas, la sociedad al menos se habría apropiado de todo lo secretas aficiones.
que puede resultar útil y bueno, y los hombres, al abando- Así nace la extraña confusión de la que somos testigos.
nar para siempre las ventajas sociales que puede propor- Busco en vano en mis recuerdos y no encuentro nada
cionar la aristocracia, habrían tomado de la democracia que merezca provocar más dolor y compasión que lo que
todos los dones que ésta puede ofrecerles. pasa ante mis ojos. Al parecer se ha roto en nuestros días
Pero nosotros, al abandonar el estado social de nuestros el lazo natural que une las opiniones a los gustos y los
abuelos, dejando en confusión, a nuestras espaldas sus actos a las creencias. La simpatía que se observaba entre
instituciones, sus ideas y costumbres, ¿qué hemos coloca- los sentimientos y las ideas de los hombres ha sido des-
do en su lugar? truida, y se podría decir que todas las leyes de analogía
El prestigio del poder regio se ha desvanecido, sin moral están abolidas.
haber sido reemplazado por la majestad de las leyes. En Se encuentran aún entre nosotros cristianos llenos de
nuestros días, el pueblo menosprecia la autoridad; pero la celo, cuya alma religiosa quiere alimentarse de las verda-
teme, y el miedo logra de él más de lo que proporcionaban des de la otra vida. Son los que lucharán sin duda en favor
antaño el respeto y el amor. de la libertad humana, fuente de toda grandeza moral. El
Me doy cuenta de que hemos destruido las existencias cristianismo que reconoce a todos los hombres iguales
individuales que pudieran luchar separadamente contra la delante de Dios, no se opondrá a ver a todos los hombres
tiranía; pero veo el gobierno que él solo hereda todas las iguales ante la ley. Pero, por el concurso de extraños acon-
prerrogativas arrancadas a familias, a corporaciones o a tecimientos, la religión se encuentra momentáneamente
hombres. La fuerza, a veces opresora, pero más frecuen- comprometida en medio de poderes que la democracia
temente conservadora, de un pequeño número de ciudada- derriba, y le sucede a menudo que rechaza la igualdad que
nos ha sido relevada por la debilidad de todos. tanto ama, y maldice la libertad como si se tratara de un
La división de las fortunas ha disminuido la distancia adversario, mientras que, si se la sabe llevar de la mano,
que separaba al pobre del rico; pero, al acercarse, parecen podrá llegar a santificar sus esfuerzos.
haber encontrado razones nuevas para odiarse, y lanzando Al lado de esos hombres religiosos, descubro otros
uno sobre otro miradas llenas de terror y envidia, se repe- cuyas miradas están dirigidas hacia la tierra más bien que
len mutuamente en el poder. Para el uno y para el otro, la hacia el cielo; partidarios de la libertad, no solamente por-

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que ven en ella el origen de las más nobles virtudes, sino creer en ellos porque no puedo penetrarlos, y más preferir-
sobre todo porque la consideran como la fuente de los ía dudar de mis propias luces que de su justicia.
mayores bienes, desean sinceramente asegurar su imperio Hay un país en el mundo donde la gran revolución
y hacer disfrutar a los hombres de sus beneficios. Com- social de que hablo parece haber alcanzado casi sus límites
prendo que ésos van a apresurarse a llamar a la religión en naturales. Se realizó allí de una manera sencilla y fácil o,
su ayuda, porque deben saber que no se puede establecer el mejor, se puede decir que ese país alcanza los resultados
imperio de la libertad sin el de las costumbres, ni consoli- de la revolución democrática que se produce entre noso-
dar las costumbres sin las creencias; pero han visto la reli- tros, sin haber conocido la revolución misma.
gión en las filas de sus adversarios, y eso ha bastado para Los emigrantes que vinieron a establecerse en América
ello; unos la atacan y los otros no se atreven a defenderla. a principios del siglo XVII, trajeron de alguna manera el
Los pasados siglos han contemplado cómo las almas principio de la democracia contra el que se luchaba en el
bajas y venales preconizaban la esclavitud, mientras los seno de las viejas sociedades de Europa, trasplantándolo al
espíritus independientes y los corazones' generosos lucha- Nuevo Mundo. Allí, pudo crecer la libertad y, adentrándo-
ban sin esperanza por salvar la libertad humana. Pera se se en las costumbres, desarrollarse apaciblemente en las
encuentran a menudo en nuestros días hombres natural- leyes.
mente nobles y altivos, cuyas opiniones están en oposición Me parece fuera de duda que, tarde o temprano, llega-
con sus gustos, que elogian el servilismo y la ramplonería remos, como los norteamericanos, a la igualdad casi com-
que nunca conocieron por sí mismos. Hay otros, al contra- pleta de condiciones. No deduzco de eso que estemos
rio, que hablan de la libertad como si sintiesen lo que hay llamados un día a obtener necesariamente, de semejante
de noble y grande en ella, que reclaman ruidosamente en estado social, las consecuencias políticas que los nortea-
favor de la humanidad derechos que ellos siempre despre- mericanos han obtenido. Estoy muy lejos de creer que
ciaron. ellos hayan encontrado la única forma de gobierno que
Descubro también a unos hombres virtuosos y apaci- puede darse la democracia; pero basta que en ambos países
bles, a los que sus costumbres puras, sus hábitos tranqui- la causa generadora de las leyes y de las costumbres sea la
los, su bienestar económico y sus luces intelectuales colo- misma, para que tengamos gran interés en conocer lo que
can naturalmente a la cabeza de las masas que los rodean. ha producido en cada uno de ellos.
Llenos de amor sincero por la patria, están prontos a hacer No solamente para satisfacer una curiosidad, por otra
por ella grandes sacrificios: sin embargo, la civilización parte muy legítima, he examinado la América; quise en-
encuentra a menudo en ellos adversarios decididos; con- contrar en ella enseñanzas que pudiésemos aprovechar. Se
funden sus abusos con sus beneficios, y en su espíritu la engañarán quienes piensen que pretendí escribir un panegí-
idea del mal está indisolublemente unida a la de cualquier rico; quienquiera que lea este libro quedará convencido de
novedad. que no fue ése mi propósito. Mi propósito no ha sido tam-
Muy cerca veo a otros que, en nombre del progreso y poco preconizar tal forma de gobierno en general, porque
esforzándose en materializar al hombre, quieren encontrar pertenezco al grupo de los que creen que no hay casi nunca
lo útil sin preocuparse de lo justo, la ciencia lejos de las bondad absoluta en las leyes. No pretendí siquiera juzgar si
creencias, y el bienestar separado de la virtud. Se llaman a la revolución social, cuya marcha me parece inevitable, era
sí mismos los campeones de la civilización moderna, y se ventajosa o funesta para la humanidad. Admito esa revolu-
ponen insolentemente a la cabeza, usurpando un lugar que ción como un hecho realizado o a punto de realizarse y,
se les presta y del que los rechaza su indignidad. entre los pueblos que la han visto desenvolverse en su
¿En dónde nos encontramos? seno, busqué aquél donde alcanzó el desarrollo más com-
Los hombres religiosos combaten la libertad, y los pleto y pacífico, a fin de obtener las consecuencias natura-
amigos de la libertad atacan a las religiones. Espíritus les y conocer, si se puede, los medios de hacerla aprove-
nobles y generosos elogian la esclavitud, y almas torpes y chable para todos los hombres. Confieso que en Norteamé-
serviles preconizan la independencia. Ciudadanos decentes rica he visto algo más que Norteamérica; busqué en ella
e ilustrados son enemigos de todos los progresos, en tanto una imagen de la democracia misma, de sus tendencias, de
que hombres sin patriotismo y sin convicciones se procla- su carácter, de sus prejuicios y de sus pasiones; he querido
man apóstoles de la civilización y de las luces. conocerla, aunque no fuera más que para saber al menos lo
¿Es que todos los siglos se han parecido al nuestro? ¿El que debíamos esperar o temer de ella.
hombre ha tenido siempre ante los ojos como en nuestros En la primera parte de esta obra, intenté mostrar la
días, un mundo donde nada se enlaza, donde la virtud dirección que la democracia, entregada en América a sus
carece de genio, y el genio no tiene honor; donde el amor tendencias y abandonada casi sin freno a sus instintos,
al orden se confunde con la devoción a los tiranos y el daba naturalmente a las leyes, la marcha que imprimía al
culto sagrado de la libertad con el desprecio a las leyes; en gobierno y en general el poder que adquiría sobre los ne-
que la conciencia no presta más que una luz dudosa sobre gocios de Estado. He querido saber cuáles eran los bienes
las acciones humanas; en que nada parece ya prohibido, ni y los males producidos por ella. He investigado qué pre-
permitido, ni honrado, ni vergonzoso, ni verdadero, ni cauciones utilizaron los norteamericanos para dirigirla, qué
falso? otras habían omitido, y emprendí la tarea de conocer las
¿Pensaré acaso que el Creador hizo al hombre para causas que les permiten gobernar a la sociedad.
dejarlo debatirse constantemente en medio de las miserias Mi objetivo era dibujar en la segunda parte la influencia
intelectuales que nos rodean. No podría creerlo: Dios dis- que ejercen en América la igualdad de condiciones y el
pone para las sociedades europeas un porvenir más firme y gobierno democrático, sobre la sociedad civil, sobre los
más tranquilo; ignoro sus designios, pero no dejaré de hábitos, las ideas y las costumbres; pero comienzo a sen-

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tirme con menos ardor para la realización de tal designio. hechos que cito, una idea separada al compendio de estas
Antes de que yo pueda acabar la tarea que me había pro- ideas, lo podrá lograr sin esfuerzo. Quisiera tan sólo que se
puesto, mi trabajo se habrá vuelto casi inútil. Algún otro me haga el favor de leerme con el mismo espíritu que ha
deberá mostrar pronto a los lectores los principales rasgos presidido mi trabajo, y que se juzgue el libro por la impre-
del carácter norteamericano y, ocultando bajo un ligero sión general que deje, como me he decidido yo también,
velo la gravedad de los cuadros, prestar a la verdad encan- no por tal o cual razón, sino por la mayoría de las razones.
tos con los que yo no habría podido adornarla1. No hay que olvidar tampoco que el autor que quiere
No sé si logré dar a conocer lo que he visto en los Esta- hacerse comprender está obligado a llevar cada una de sus
dos Unidos de América, pero estoy seguro de haber tenido ideas a todas sus consecuencias teóricas, y a menudo hasta
un sincero deseo de hacerlo, y de no haber cedido más que los límites de lo falso y de lo impracticable; puesto que, si
sin darme cuenta a la necesidad de adaptar los hechos a las es a veces necesario apartarse de las reglas de la lógica en
ideas, en lugar de someter las ideas a los hechos. las acciones, no podría hacerse lo mismo en los relatos, y
Cuando un punto podía ser restablecido con ayuda de el hombre encuentra casi las mismas dificultades para ser
documentos escritos, tuve cuidado de recurrir a los textos inconsecuente en sus palabras, como las encuentra de
originales y a las obras más auténticas y más estimadas2. ordinario para ser consecuente en sus actos.
He indicado mis fuentes en notas, y cada uno podrá verifi- Concluyo señalando yo mismo lo que un gran número
carlas. Cuando se ha tratado de opiniones, de usos políti- de lectores considerará como el defecto capital de la obra.
cos, de observaciones de costumbres, he buscado el con- Este libro no se pone al servicio de nadie. Al escribirlo, no
sultar a los hombres más ilustrados. Si acontecía que la pretendí servir ni combatir a ningún partido. No quise ver,
cosa fuera importante o dudosa, no me contentaba con un desde un ángulo distinto del de los partidos sino más allá
testigo, sino que no me determinaba más que sobre el de lo que ellos ven; y mientras ellos se ocupan del mañana,
conjunto de los testimonios. yo he querido pensar en el porvenir.
Aquí es preciso pedir al lector que me crea bajo mi
palabra. Yo he podido a menudo citar en apoyo de lo que Alexis de Tocqueville
afirmo la autoridad de muchos nombres que le son conoci-
dos, o que al menos son dignos de ello; pero me guardé de
hacerlo. El extranjero conoce a menudo dentro del hogar ADVERTENCIA DE LA DUODÉCIMA EDICIÓN
de su huésped importantes verdades, que éste confía tal
vez a la amistad. Se siente aliviado con él por un silencio Por grandes y súbitos que sean los acontecimientos que
obligado. No se teme su indiscreción, porque está de paso. acaban de tener lugar en un momento ante nuestros ojos, el
Cada una de esas confidencias era registrada por mí apenas autor de esta obra tiene el derecho de decir que no le han
la recibía, pero no saldrán jamás de mi cartera. Prefiero sorprendido. Este libro fue escrito hace quince años, bajo
perjudicar el éxito de mis relatos, antes que añadir mi una preocupación constante y un solo pensamiento: el
nombre a la lista de viajeros que devuelven penas y moles- advenimiento irresistible y universal de la Democracia en
tias en pago a la generosa hospitalidad que recibieron. el mundo. Quien lo lea encontrará en él, en cada página,
Sé que, a pesar de mi cuidado, nada será más fácil que una advertencia solemne que recuerde a los hombres que
criticar mi libro, si alguien piensa alguna vez criticarlo. la sociedad cambia de formas, la humanidad de condición,
Los que quieran mirarlo de cerca encontrarán, me figu- y que se acercan grandes destinos.
ro, en la obra entera, un pensamiento fundamental que
enlaza, por decirlo así, todas sus partes. Pero la diversidad En su portada estaban trazadas estas palabras:
de asuntos que he tenido que tratar es muy grande, y quien
pretenda oponer un hecho aislado al conjunto de los El desarrollo gradual de la igualdad es un hecho provi-
dencial. Tiene características principales: es universal, es
1 durable, escapa cada día al poder humano y todos los
En la época en que publiqué la primera edición de esta obra, M. Gustave
de Beaumont, mi compañero de viaje por Norteamérica, trabajaba aún en acontecimientos como todos los hombres han servido a su
su libro intitulado María, o la esclavitud en los Estados Unidos, que desarrollo. ¿Sería sensato creer que un movimiento social
apareció después. El fin principal de M. de Beaumont ha sido poner de que viene de tan lejos pueda ser suspendido por una gene-
relieve y dar a conocer la situación de los negros en medio de la sociedad ración? ¿Se piensa acaso que después de haber destruido
angloamericana. Su obra arrojará una viva y nueva luz sobre el problema
de la esclavitud, de vital importancia para las Repúblicas. No sé si me el feudalismo y vencido a los reyes, la Democracia retro-
engaño; pero me parece que el libro de M. de Beaumont, después de cederá delante de los burgueses y los ricos? ¿Se detendrá
haber interesado vivamente a quienes deseen buscar en él emociones y ahora que se ha vuelto tan fuerte y sus adversarios tan
cuadros, debe obtener un éxito más sólido y durable entre los lectores débiles?
que, ante todo, desean encontrar puntos de vista sinceros y verdades
profundas.
2 El hombre que en presencia de una monarquía, afirma-
Los documentos legislativos y administrativos me han sido proporcio-
nados con benevolencia cuyo recuerdo provocará siempre mi gratitud. da más bien que quebrantada por la revolución de julio, ha
Entre los funcionarios norteamericanos que favorecieron así mis investi- trazado estas líneas, que los eventos volvieron proféticas,
gaciones, citaré, sobre todo, a Mr. Edward Livingston, entonces Secreta-
rio de Estado y ahora ministro plenipotenciario en París. Durante mi puede ahora sin temor llamar de nuevo la atención del
permanencia en el seno del Congreso, Mr. Livington quiso lograr que me público sobre su obra.
fueran entregados la mayor parte de los documentos que poseo en rela- Debe permitírsele igualmente añadir que las circunstan-
ción con el gobierno federal. Mr. Livingston es uno de los pocos hombres cias actuales dan a su libro el interés del momento y una
a quienes se quiere al leer sus escritos y se admira y honra aun antes de
conocerlos y por los que se siente uno afortunado del deber del reconoci- utilidad práctica que no tenían cuando apareció por prime-
miento al contar con su amistad. ra vez.

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Alexis de Tocqueville. La Democracia en América

La realeza existía entonces. Hoy día está destruida. Las


instituciones de Norteamérica, que no eran sino un tema de LIBRO PRIMERO
curiosidad para la Francia monárquica, deben ser un tema
de estudio para la Francia republicana. Primera parte
No es solamente la fuerza la que afianza un gobierno
nuevo; son sus leyes buenas. Después del combatiente, el Capítulo primero
legislador: a cada uno su obra. No se trata ya, es verdad, de
saber si tendremos en Francia la realeza o la República; Configuración exterior de la América del Norte
pero nos queda por saber si tendremos una República agi-
tada o una República tranquila, una República regular o La América del Norte dividida en dos vastas regiones, una
una República irregular, una República pacífica o una que desciende hacia el polo, otra hacia el ecuador - Valle
República belicosa, una República liberal o una República del Misisipi - Huellas que en él se encuentran de las revo-
opresiva, una República que amenace los derechos sagra- luciones del globo - Orillas del Océano Atlántico, en que
dos de la propiedad y de la familia o una República que los se fundaron las colonias inglesas - Diferente aspecto que
reconozca y los consagre. Terrible problema, cuya solu- presentaban la América del Sur y la América del Norte en
ción no importa solamente a Francia, sino a todo el univer- la época del descubrimiento - Selvas de la América del
so civilizado. Si nosotros nos salvamos a nosotros mismos, Norte - Praderas - Tribus errantes de indígenas. Su exte-
salvamos al mismo tiempo a todos los pueblos que nos rior, sus costumbres, sus lenguas - Huellas de un pueblo
rodean. Si nos perdemos, los perdemos a todos con noso- desconocido.
tros. Según que tengamos la libertad democrática o la
tiranía democrática, el destino del mundo será diferente, y
puede decirse que depende actualmente de nosotros el que
la República acabe por ser establecida en todas partes o
abolida en todas partes. La América del Norte presenta, en su configuración
Ahora bien, este problema que apenas acabamos de exterior, rasgos generales que es fácil discernir al primer
plantear, Norteamérica lo resolvió hace más de sesenta golpe de vista.
años. Desde hace sesenta años el principio de la soberanía Una especie de ordenación metódica presidió allí la
del pueblo que hemos introducido entre nosotros ayer, separación de las tierras y de las aguas, de las montañas y
reina allá sin disputa. Púsose en práctica de la manera más de los valles. Un arreglo tácito y majestuoso se nos revela
directa, más ilimitada y más absoluta. Desde hace sesenta entre la confusión de los objetos que nos van a servir de
años, el pueblo que hizo de ella la fuente común de todas estudio y la extremada variedad de cuadros.
sus leyes, crece sin cesar en población, en territorio y en Dos vastas regiones la dividen de una manera casi
riqueza; y, observadlo bien, ha seguido siendo durante este igual.
periodo no solamente el más próspero, sino el más estable Una tiene por límite, al Septentrión, el polo ártico; al Este
de todos los pueblos de la tierra. En tanto que todas las y al Oeste, los dos grandes océanos. Se adelanta en seguida
naciones de Europa eran destrozadas por la guerra o desga- hacia el Sur, y forma un triángulo cuyos lados irregular-
rradas por las discordias civiles, el pueblo norteamericano mente trazados se encuentran más abajo de los grandes
permanecía pacífico. Casi toda Europa estaba desquiciada lagos del Canadá.
por las revoluciones; Norteamérica no tenía ni siquiera La segunda comienza donde acaba la primera, y se
revueltas: la República no era allí perturbadora, sino con- extiende por todo el resto del continente.
servadora de todos los derechos; la propiedad individual Una está ligeramente inclinada hacia el polo, la otra hacia
tenía allí más garantías que en ningún país del mundo; la el ecuador.
anarquía era allí tan desconocida como el despotismo. Las tierras comprendidas en la primera región descien-
¿Dónde fuera de allí podríamos encontrar mayores den al Norte por una pendiente tan insensible, que se podr-
esperanzas y más grandes lecciones? Volvamos, pues, ía casi decir que forman una planicie. En el interior de este
nuestras miradas hacia Norteamérica, no para copiar ser- inmenso terraplén, no se encuentran ni altas montañas ni
vilmente las instituciones que ella se ha dado, sino para profundos valles.
comprender mejor las que nos convienen; menos para Las aguas serpentean allí como al azar; los ríos se en-
beber en ellas ejemplos que enseñanzas y para tomar los tremezclan, se juntan, se separan, se vuelven a reunir de
principios más bien que los detalles de sus leyes. Las leyes nuevo, se pierden en mil pantanos, se extravían a cada
de la República francesa pueden y deben, en muchos ca- instante en medio del laberinto húmedo que formaron, y no
sos, ser diferentes de las que rigen a los Estados Unidos; ganan en fin, los mares polares sino después de innumera-
pero los principios sobre los cuales las constituciones nor- bles circuitos. Los grandes lagos que lamen esta primera
teamericanas descansan, esos principios de orden, ponde- región no están encauzados, como la mayor parte de los
ración de los poderes, libertad verdadera, de respeto since- del antiguo mundo, entre colinas y rocas; sus riberas son
ro y profundo del derecho, son indispensables a todas las planas y no se elevan más que unos pies sobre el nivel del
Repúblicas; deben ser comunes a todas, y se puede decir agua. Cada uno de ellos forma como una enorme vasija
de antemano que donde no se encuentren, la República llena hasta los bordes y los más ligeros cambios en la es-
dejará bien pronto de existir. tructura del globo precipitarían sus ondas hacia el lado del
polo o hacia el mar de los trópicos.
Alexis de Tocqueville La segunda región es más accidentada y mejor prepara-
da para llegar a ser morada permanente del hombre. Dos

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eso depende de dos circunstancias que, desde luego, procu- Creo que los hombres que vivan en las sociedades nue-
raré hacer comprender bien. vas harán frecuentemente uso de su razón individual; pero
La religión es la que ha dado origen a las sociedades estoy muy lejos de pensar que abusen de ella a menudo.
angloamericanas, de lo cual es preciso no hacer abstrac- Esto depende de una causa más generalmente aplicable
ción. En los Estados Unidos, la religión se mezcla en todos a todos los países democráticos, y que al fin debe retener
los usos nacionales y con todos los sentimientos que hace dentro de límites fijos, algunas veces estrechos, la inde-
nacer la patria, y esto le da una fuerza particular. A esta pendencia individual del pensamiento.
razón poderosa se añade otra, que no lo es menos. En Nor- Voy a explicarla en el capítulo siguiente.
teamérica, la religión se ha puesto, por decirlo así, ella
misma sus límites; el orden religioso es enteramente distin-
to del orden político, de suerte que han podido cambiarse LIBRO SEGUNDO
las leyes antiguas sin alterar las antiguas creencias.
El cristianismo ha conservado, pues, un grande imperio Primera parte
en el espíritu de los norteamericanos, y debe observarse
sobre todo que no reina como una filosofía que se adopta Capítulo segundo
después de examinarla, sino como una religión que se cree
sin discutirla. La fuente principal de las creencias de los pueblos de-
En los Estados Unidos, las sectas cristianas varían sin mocráticos
término y se modifican constantemente; pero el cristianis-
mo es un hecho establecido e irresistible que nadie preten- Las creencias dogmáticas son más o menos numerosas,
diÓ allí atacar ni defender. según los tiempos. Nacen de modos diferentes y acaso
Los norteamericanos, habiendo admitido sin examen cambian de forma y objeto, mas no se puede impedir que
los principales dogmas de la religión cristiana, se ven obli- haya creencias dogmáticas; es decir, opiniones que los
gados a recibir del mismo modo un gran número de verda- hombres reciben confiadamente y sin discutirlas. Si cada
des que dependen y nacen de éstos; lo cual encierra en uno pretendiera formar por sí mismo todas sus opiniones y
límites estrechos el análisis individual y le sustrae muchas buscar aisladamente la verdad en el camino abierto por él
de las más importantes opiniones humanas. solo, no es probable que un gran número de hombres tu-
La otra circunstancia de que he hablado es ésta: los vieran creencias comunes.
norteamericanos tienen un Estado social y una constitución Es fácil comprender, pues, que no puede haber sociedad
democrática; pero no han tenido revolución democrática, que prospere sin creencias iguales o mejor, que no hay
sino que han llegado casi como hoy se hallan al suelo que ninguna que de esta manera subsista, porque sin ideas
ocupan, y esto merece atención. comunes no hay acción común, y sin acción común no
No hay revolución que no conmueva las antiguas cre- puede haber individuos, pero no un cuerpo social, pues
encias, debilite la autoridad y oscurezca las ideas comunes. para que haya sociedad y, más todavía, para que prospere,
Toda revolución tiende a entregar a los hombres a sí mis- hay necesidad de que todos los ánimos se hallen siempre
mos y abrir ante el espíritu de cada uno un espacio vacío y unidos mediante algunas ideas principales, y esto no puede
sin límites. suceder sin que cada uno de ellos deduzca sus opiniones de
Cuando las condiciones llegan a igualarse, después de un mismo principio y convenga en recibir un determinado
una larga lucha entre las diversas clases de que se formaba número de creencias preparadas de antemano.
la antigua sociedad, la envidia, el odio y el desprecio de Considerando ahora al hombre aparte de los demás,
los otros, y el orgullo y la confianza extremada en si mis- encuentro que las creencias dogmáticas no le son menos
mo invaden, por decirlo así, el corazón humano, y fijan en indispensables para vivir solo que para obrar en común
él por algún tiempo su dominio. Esto, independientemente con sus semejantes.
de la igualdad. contribuye poderosamente a dividir a los Si el hombre tuviera la necesidad de probarse a sí mis-
hombres a hacer que desconfíen los unos de los otros y a mo todas las verdades de que se sirve diariamente, no
que no busquen la razón sino en sí mismos. acabaría nunca por cierto; se entretendría en demostracio-
Cada uno trata entonces de bastarse a sí propio, y hace nes previas, sin adelantar un paso. Como no tiene tiempo,
depender su orgullo de formarse sobre todas las cosas dada la brevedad de la vida, ni facultades, a causa de los
creencias que le sean peculiares. Los hombres se relacio- límites de su inteligencia, para obrar de este modo se ve
nan por intereses, mas no por ideas y podría decirse que las obligado a considerar como ciertos mil hechos y opiniones
opiniones humanas se agitan por todos lados, sin fijarse ni que no ha tenido ni el tiempo ni el poder de examinar por
reunirse. sí mismo, pero que otros más capacitados hallaron o han
Así, la independencia de espíritu que la igualdad supo- adoptado la multitud.
ne, no es nunca tan grande ni parece tan excesiva, como en Sobre esta primera base levanta el hombre el edificio de
el momento en que ésta empieza a establecerse, y mientras sus ideas propias. Pero no es llevado por su voluntad a
dura el penoso trabajo que la funda. Debe distinguirse con obrar así, sino por la inflexible ley de su condición.
cuidado, pues, la clase de libertad intelectual que la igual- No hay filósofo tan grande en el mundo que no funde
dad produce, de la anarquía que la revolución trae Consi- un millón de creencias en la fe de otro, y que no suponga
go. Considérense aparte cada una de estas dos cosas, para muchas verdades más de las que hay establecidas. Esto no
no concebir ni esperanzas, ni temores exagerados del por- sólo es necesario, sino conveniente. Un hombre que
venir. emprendiese la tarea de examinarlo todo por sí mismo, no
podría prestar bastante atención a cada cosa. Este trabajo

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tendría su espíritu en una agitación perpetua, impidiéndole en particular, lo entrega aislado y sin defensa a la acción
penetrar profundamente alguna verdad y fijarse con soli- del mayor número.
dez en ella. Su inteligencia sería a la vez independiente y El público ejerce en los pueblos democráticos un poder
débil. Es necesario, pues, que entre los diversos objetos de singular, del que las naciones aristocráticas ni siquiera
las opiniones humanas, elija y adopte muchas creencias sin tienen idea. No persuade con sus creencias; las impone y
discutirlas, a fin de profundizar mejor el pequeño número las hace penetrar en los ánimos, como por una suerte de
cuyo examen se reserve. Es verdad que todo hombre que presión inmensa del espíritu de todos, sobre la inteligencia
recibe una opinión que otro ha emitido esclaviza su inteli- de cada uno.
gencia; pero ésta es una esclavitud útil, que permite hacer En los Estados Unidos, la mayoría se encarga de sumi-
buen uso de la libertad. nistrar a los individuos muchas opiniones ya formadas, y
Es, pues, indispensable que la autoridad se encuentre en los aligera de la obligación de formarlas por sí. Existe un
algún lado en el mundo intelectual y moral; su puesto gran número de teorías en materia filosófica, de moral o de
varía, pero no desaparece. Así, la cuestión no es saber si política, que cada uno adopta, sin examen, sobre la fe del
existe una autoridad intelectual en los siglos democráticos, público; y si se mira de cerca, se encontrará con que la
sino solamente dónde se halla y hasta dónde se extiende. religión misma impera allí menos como doctrina revelada
Ya he mostrado en el capítulo precedente que la igual- que como opinión común.
dad de condiciones hacía concebir a los hombres una espe- Yo sé que entre los norteamericanos las leyes políticas
cie de incredulidad por lo sobrenatural, y una idea muy son tales que la mayoría rige soberanamente la sociedad;
alta y frecuentemente exagerada sobre la razón humana. lo cual aumenta demasiado el imperio que ejerce sobre la
Los hombres que viven en estos tiempos de igualdad, inteligencia, porque nada hay más común en el hombre
son difícilmente conducidos a colocar el poder intelectual que reconocer una ciencia superior en el que lo oprime.
a que se someten, ni encima, ni fuera de la humanidad. Así Esta omnipotencia política de la mayoría en los Estados
es que siempre buscan en sí mismos o en sus semejantes el Unidos aumenta, en efecto, la influencia que las opiniones
origen de la verdad. Esto basta para probar que no podía del público obtendrían sin ella en el juicio de cada ciuda-
establecerse en esos siglos una religión nueva, y que todas dano; pero no la funda. Hay que buscar en la igualdad
las tentativas para hacerla nacer, no sólo serán impías, sino misma el origen de esta influencia, y no en las institucio-
ridículas e irracionales. Puede preverse desde luego que nes más o menos populares que hombres iguales pueden
los pueblos democráticos no creerán fácilmente en las darse. Debiera creerse que el imperio intelectual del mayor
misiones divinas, se burlarán con gusto de los nuevos número será menos absoluto en un pueblo democrático
profetas y querrán encontrar en los límites de la humani- sometido a un rey que en el seno de una democracia pura;
dad y no más allá, el árbitro principal de sus creencias. pero lo cierto es que será siempre absoluto y, cualesquiera
Cuando las condiciones son desiguales y los hombres que sean las leyes políticas que rijan a los hombres en los
diferentes, hay algunos individuos muy ilustrados y pode- siglos de igualdad, se puede prever que la fe en la opinión
rosos por su inteligencia, y una multitud muy ignorante y común vendrá a ser una especie de religión, de la cual es
harto limitada. Los que viven en tiempos de aristocracia profeta la mayoría.
son conducidos naturalmente a tomar por guía de sus opi- Así, la autoridad intelectual será diferente, pero no será
niones la razón superior de un hombre o de una clase, menor; y, lejos de creer que deba desaparecer, yo conjetu-
encontrándose poco dispuestos a reconocer la infalibilidad ro que fácilmente llegaría a ser muy grande, y que podría
de la masa. suceder que encerrase la acción del juicio individual en
En los siglos de igualdad sucede lo contrario, porque a límites más estrechos de los que conviene a la grandeza y a
medida que los ciudadanos se hacen más iguales, disminu- la felicidad de la especie humana. Veo claramente en la
ye la inclinación de cada uno a creer ciegamente a un cier- igualdad dos tendencias: una que conduce al ánimo de
to hombre o en determinada clase. La disposición a creer cada hombre hacia nuevas ideas, y otra que lo vería con
en la masa se aumenta, y viene a ser la opinión que condu- gusto reducido a no pensar. Y concibo cómo bajo el impe-
ce al mundo. rio de ciertas leyes, la democracia extinguiría la libertad
La opinión común no sólo es el único guía que queda a intelectual que el estado social democrático favorece, de
la razón individual en los pueblos democráticos, sino que tal suerte que después de haber roto todas las trabas que en
tiene en ellos una influencia infinitamente mayor que en tiempos pasados le imponían las clases o los hombres, el
ninguna otra parte. En los tiempos de igualdad, los hom- espíritu humano se encadenaría estrechamente a la volun-
bres no tienen ninguna fe los unos en los otros a causa de tad general del mayor número.
su semejanza; pero esta misma semejanza les hace confiar Si a todos los poderes diversos que sujetan y retardan
de un modo casi ilimitado en el juicio del público, porque sin término el vuelo de la razón individual, sustituyesen los
no pueden concebir que, teniendo todos luces iguales, no pueblos democráticos el poder absoluto de una mayoría, el
se encuentre la verdad al lado del mayor número. mal no haría sino cambiar de carácter. Los hombres no
Cuando el hombre que vive en los países democráticos habrían encontrado los medios de vivir independientes;
se compara individualmente a todos los que le rodean, solamente habrían descubierto, cosa difícil, una nueva
conoce con orgullo que es igual a cada uno de ellos; pero fisonomía de la esclavitud. Sobre esto se debe hacer re-
cuando contempla la reunión de sus semejantes y viene a flexionar profundamente a aquellos que ven en la libertad
colocarse al lado de este gran cuerpo, pronto se abruma de la inteligencia una cosa santa, y que no sólo odian al
bajo su insignificancia y su flaqueza. La misma igualdad déspota, sino al despotismo. En cuanto a mí, cuando siento
que lo hace independiente de cada uno de los ciudadanos que la mano del poder pesa sobre mi frente, poco me im-
porta saber quién me oprime; y por cierto que no me hallo

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más dispuesto a poner mi frente bajo el yugo, porque me lo contraste parece aún más patente cuando se fija la vista en
presenten un millón de brazos. Europa y se comparan entre sí los dos pueblos más ilustra-
dos que la habitan. Se dirá que entre los ingleses el espíritu
humano no se aparta sino con pesar y con dolor de la con-
LIBRO SEGUNDO templación de los hechos particulares para remontarse de
allí a las causas, y que no generaliza sino a despecho de sí
Primera parte mismo.
Parece, al contrario que entre nosotros los franceses, el
Capítulo tercero gusto por las ideas generales ha llegado a ser una pasión
desenfrenada, que es necesario satisfacer a cadá paso. Yo
Por qué los norteamericanos muestran más aptitud y veo que todos los días se descubren leyes generales y eter-
gusto para las ideas generales que sus padres los ingle- nas de que antes jamás se ha oído hablar. No hay escritor,
ses por mediano que sea, al cual baste para su ensayo descu-
brir verdades aplicables a un gran reino, y que no quede
Dios no se ocupa, en general, de la especie humana. Él descontento de sí mismo si no ha podido encerrar a todo el
ve de una sola mirada y separadamente a todos los seres de género humano en el objeto de su discurso.
que se compone la humanidad, y descubre en cada uno de Semejante diferencia entre estos dos pueblos ilustrados
ellos las semejanzas que lo unen a los demás y las diferen- me asombra. Si vuelvo, en fin, la vista hacia Inglaterra, y
cias que lo aíslan. observo lo que pasa en su seno de cuarenta años a esta
Dios no tiene, pues, necesidad de ideas generales; es parte, creo poder afirmar que el gusto por las ideas genera-
decir, que no necesita unir bajo la misma forma un gran les se desenvuelve a medida que la antigua constitución
número de objetos análogos para pensar con facilidad. del país pierde su rigor.
No sucede así al hombre. Si el entendimiento humano El estado más o menos avanzado de cultura no basta
emprendiese la tarea de examinar y juzgar individualmente por sí solo para explicar qué es lo que sugiere al espíritu
todos los casos particulares que llaman su atención, se humano el amor a las ideas generales y lo que derive de
perdería al momento entre la inmensidad de detalles y no ellas. Cuando las condiciones son muy desiguales, y las
vería nada. En tal situación ha tenido que recurrir a un desigualdades son permanentes, los individuos se hacen
método imperfecto, pero necesario, que prueba su debili- poco a poco tan diferentes, que se diría que hay tantas
dad y que lo ayuda. humanidades distintas como clases; nunca se descubre a la
Después de haber considerado superficialmente un vez sino una sola, y perdiendo de vista el lazo general que
número de objetos y observado su semejanza, les da a las une a todas en el vasto seno del género humano, no se
todos un mismo nombre, los separa y prosigue su ruta. Las alcanza a ver más que a ciertos hombres, y no al hombre.
ideas generales no demuestran, pues, la fuerza de la inteli- Aquellos que viven en estas sociedades aristocráticas
gencia humana, sino más bien su incapacidad, porque no jamás conciben ideas muy generales relativas a sí mismos,
existen seres exactamente iguales en la naturaleza, hechos y esto basta para darles una desconfianza habitual y una
idénticos, ni reglas aplicables indistintamente y del mismo repugnancia instintiva hacia ellas.
modo a muchos objetos a la vez. El hombre que habita en países democráticos no en-
Lo que tienen de admirable las ideas generales, es que cuentra cerca de él más que seres poco más o menos seme-
permiten al intelecto humano juzgar rápidamente sobre un jantes; no puede ocuparse de una parte cualquiera de la
gran número de objetos a la vez; pero, por otro lado, no le especie humana sin que su pensamiento se extienda hasta
suministran sino nociones incompletas, haciéndole perder abrazar el conjunto. Todas las verdades son aplicables
siempre en exactitud lo que le proporcionan en extensión. igualmente y del propio modo a cada uno de sus conciuda-
A medida que las sociedades envejecen, adquieren el danos y semejantes. Habiendo contraído el hábito de las
conocimiento de hechos nuevos, y casi sin sentirlo se ideas generales en el estudio que más le ocupa e interesa,
apropian diariamente de algunas verdades particulares. lo sigue en todos los demás, y así es como la necesidad de
A medida que el hombre adquiere más ideas de esta descubrir reglas comunes en todas las cosas, de encerrar un
especie, se dispone naturalmente a concebir un mayor gran número de objetos bajo una misma forma y de expli-
número de ideas generales. No es posible ver múltiples car un conjunto de hechos mediante una sola causa, llega a
hechos particulares separadamente, sin descubrir al fin el ser una pasión ardiente y frecuentemente ciega del género
lazo común que los une. Muchos individuos hacen que se humano.
conozca la especie; muchas especies conducen por necesi- Nada muestra mejor la verdad de lo que precede que las
dad a la idea del género. El hábito y el sabor de las ideas opiniones de la Antigüedad con respecto a los esclavos.
generales serán tanto mayores en un pueblo, cuanto más Los ingenios más profundos y vastos de Roma y de Grecia
antigua y más intensa sea su cultura. no pudieron llegar jamás a la idea, tan general y al mismo
Pero hay otras razones todavía que incitan al hombre a tiempo tan sencilla, de la semejanza de los hombres y del
generalizar sus ideas o a alejarle de ellas. Los norteameri- derecho igual que al nacer tiene cada uno a la libertad; y
canos hacen uso más frecuentemente de las ideas generales aun se esforzaron en probar que la esclavitud estaba en la
que los ingleses, y también se complacen más en ellas, lo naturaleza y que existiría siempre. Diré más: que todo
cual parece muy singular a primera vista, si se considera indica que aun los antiguos que de las clases de esclavos
que estos dos pueblos tienen un mismo origen, que han pasaron a ser libres, muchos de los cuales nos han dejado
vivido durante muchos siglos bajo las mismas leyes y que excelentes escritos, consideraban la esclavitud desde este
se comunican sin cesar sus opiniones y sus costumbres. El mismo punto de vista.

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Todos los grandes escritores de la Antigüedad forma- o se diferencian, se apresuran a arreglarlas todos bajo la
ban parte de la aristocracia de los maestros o, al menos, la misma forma a fin de pasar adelante.
veían establecida sin hacer reparo alguno. Su espíritu, Uno de los caracteres distintivos de los siglos democrá-
después de extenderse por muchos lados, se encontró limi- ticos es el agrado que experimentan todos los hombres con
tado en éste, y fue preciso que Jesucristo viniese al mundo las cosas fáciles y los goces presentes. Esto se advierte en
para hacer comprender que todos los miembros de la espe- las carreras intelectuales y en todas las demás. La mayor
cie humana eran naturalmente iguales y semejantes. parte de los que viven en los tiempos de igualdad están
En los siglos de igualdad todos los hombres son inde- llenos de una ambición a la vez viva y blanda; quieren
pendientes unos de otros, aislados y débiles. No se ve a obtener grandes ventajas, pero no a costa de grandes es-
ninguno cuya voluntad dirija de una manera permanente fuerzos. Estos instintos contrarios los conducen directa-
los movimientos de la multitud. En tales tiempos la huma- mente al estudio de las ideas generales, con cuyo auxilio se
nidad parece que marcha casi siempre por sí sola. Para lisonjean de trazar vastos planes a costa de bien poco y de
explicar lo que pasa en el mundo es preciso recurrir a al- atraer sin trabajo las miradas del público.
gunas grandes causas que, obrando de igual modo sobre No sé si hacen mal en pensar así, porque sus lectores abo-
cada uno de sus semejantes, los conduce así a seguir todos rrecen tanto como ellos el profundizar, y no buscan de
una misma senda. Esto lleva naturalmente al espíritu ordinario en los trabajos del entendimiento sino placeres
humano a concebir ideas generales y a encontrarles gusto. fáciles e instrucción sin fatiga.
He demostrado que la igualdad de condiciones lleva a Si las naciones aristocráticas no hacen bastante uso de
cada uno a buscar la verdad por sí mismo. Es fácil conocer las ideas generales, o más bien las miran con un desprecio
que un método semejante guía insensiblemente el espíritu inconsiderado, los pueblos democráticos se hallan, por el
humano hacia las ideas generales. Cuando yo dejo a un contrario, dispuestos siempre a abusar de esta clase de
lado las tradiciones de clase, de profesión y de familia, y ideas y a entusiasmarse indiscretamente con ellas.
abandono el imperio del ejemplo para buscar por el solo
esfuerzo de mi razón la vía que deba seguir, me inclino a
sacar la causa de mis opiniones de la naturaleza misma del LIBRO SEGUNDO
hombre; lo cual conduce necesariamente y casi sin notarlo,
hacia un gran número de nociones muy generales. Primera parte
Todo lo que precede acaba de explicar por qué los in-
gleses muestran menos aptitud y gusto por la generación Capítulo cuarto
de las ideas que sus hijos los norteamericanos, y sobre
todo, que sus vecinos los franceses, y por qué los ingleses Por qué los norteamericanos no han sido jamás tan
de nuestros días muestran esto más que lo manifestaron apasionados como los franceses por las ideas generales
sus padres. en materias políticas
Los ingleses han sido, por largo tiempo, un pueblo
ilustrado y a la par aristocrático; sus luces les daban sin He dicho anteriormente que los norteamericanos mues-
cesar una tendencia hacia las ideas muy generales, y sus tran por las ideas generales un gusto menos vivo que los
hábitos aristocráticos los retenían en las ideas muy particu- franceses, y esto es cierto sobre todo respecto a las ideas
lares. De aquí nace esta filosofía a la vez tímida, amplia y generales en política.
estrecha, que ha dominado hasta ahora en Inglaterra, y que Aunque los norteamericanos hagan penetrar en su legis-
conserva aún tantos espíritus oprimidos e inmóviles. lación infinitamente más ideas generales que los ingleses y
Independientemente de las causas que he señalado arriba, se ocupen más que éstos en acomodar las prácticas a la
se encuentran otras todavía menos aparentes, pero no me- teoría en los negocios humanos, nunca se han visto en los
nos eficaces, que producen en casi todos los pueblos de- Estados Unidos cuerpos políticos tan decididos por las
mocráticos el gusto y aun la pasión por las ideas generales. ideas generales como lo fueron entre nosotros la Asamblea
Es necesario distinguir entre estas clases de ideas. Hay Constituyente y la Convención; nunca se ha apasionado la
unas que son el resultado de un trabajo lento y minucioso nación norteamericana entera por estas ideas, del modo
de la inteligencia, y éstas ensanchan la esfera de los cono- que lo hizo el pueblo francés del siglo XVIII, ni ha mos-
cimientos humanos. Otras, que nacen fácilmente de un trado jamás aquella fe tan ciega en la exactitud y verdad de
primero y rápido esfuerzo del espíritu, y no dan sino no- teoría alguna.
ciones muy superficiales e inciertas. Esta diferencia entre nosotros y los norteamericanos
Los hombres que viven en los siglos democráticos son proviene de varias causas y principalmente de las que
muy curiosos, pero tienen poco descanso. Su vida es tan ahora voy a expresar: los norteamericanos forman un pue-
laboriosa, tan agitada, tan activa y complicada, que les deja blo democrático que ha dirigido siempre por sí mismo los
poco tiempo para pensar. Aman las ideas generales, porque negocios públicos, y nosotros un pueblo democrático que
les dispensan el estudio de los casos particulares, conte- por mucho tiempo no ha podido hacer otra cosa que pensar
niendo, si puedo explicarme así, muchas cosas bajo un en la mejor manera de conducirlos. Nuestro estado social
pequeño volumen, y ofreciendo en poco tiempo un gran nos hacia ya concebir ideas muy generales en materia de
producto. Cuando después de un examen poco atento y gobierno, cuando nuestra constitución política nos impedía
breve, creen descubrir una relación común entre ciertos aún rectificar estas ideas por la práctica y descubrir poco a
objetos no llevan más lejos su investigación, y sin exami- poco su insuficiencia, mientras que entre los norteamerica-
nar detalladamente cómo estos diversos objetos se parecen nos estas dos cosas se equilibran y corrigen naturalmente.

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A primera vista parece que se opone a lo que he dicho ciadamente es en la que con más dificultad puede uno,
anteriormente de que los pueblos democráticos adquirían entregado a sí mismo y por sólo el esfuerzo de su razón,
en las agitaciones mismas de su vida práctica el efecto que llegar a fijarlas. Sólo los espíritus exentos de las preocupa-
muestran hacia las teorías. Un examen detenido prueba ciones ordinarias de la vida, penetrantes, sutiles y muy
que no hay tal contradicción. ejercitados, pueden, a fuerza de tiempo y de trabajo, pro-
Los hombres que viven en los países democráticos se fundizar hasta estas verdades tan importantes.
sienten ávidos de ideas generales, porque tienen poco Sin embargo, vemos que esos mismos filósofos se
tiempo desocupado y estas ideas les evitan perderlo en hallan casi siempre rodeados de incertidumbres; que a cada
examinar casos particulares. Esto es verdad, pero debe paso la luz natural que los guía se oscurece y amenaza
entenderse sólo en las materias que no son el objeto habi- apagarse y que, a pesar de todos sus esfuerzos, no han
tual y necesario de sus pensamientos. podido descubrir sino un pequeño número de nociones
Los comerciantes acogerán pronto y sin gran examen contradictorias, en medio de las cuales el espíritu humano
todas las ideas generales que se les presenten relativas a la fluctúa constantemente desde hace muchos miles de años,
filosofía, a la política, a las ciencias y a las artes; pero no sin poder descubrir la verdad, ni aún siquiera encontrar
recibirán sino después de un examen detenido, ni admi- nuevos errores. Semejantes estudios están fuera de los
tirán sin precaución, las relativas del comercio. alcances de la inteligencia media de los hombres; y aunque
Lo mismo sucede a los hombres de Estado, cuando se la mayor parte fueran capaces de entregarse a ellos, es
trata de ideas generales concernientes a la política. evidente que no dispondrían del tiempo necesario.
Cuando hay un objeto sobre el cual resulta particular- La práctica diaria de la vida necesita indispensablemen-
mente peligroso que los pueblos se entreguen ciegamente y te de ideas fijas acerca de Dios y de la naturaleza humana,
fuera de medida a las ideas generales, el mejor correctivo y esa misma práctica impide a los hombres el poderlas
que puede emplearse es hacer que se ocupen todos los días adquirir.
de un modo práctico de ese mismo objeto. Para ello, nece- He aquí una cosa extraña. Entre las ciencias hay algu-
sariamente, han de entrar en los detalles, y los detalles les nas útiles a la multitud y que están a su alcance; otras, lo
harán conocer los defectos de la teoría. están sólo al de pocas personas, y no se cultivan por la
El remedio es comúnmente doloroso, pero su efecto es mayoría, que no tiene necesidad sino de sus aplicaciones
seguro. más remotas; pero la práctica diaria de éstas es indispensa-
Así es como las instituciones democráticas obligan a ble a todos, aunque su estudio sea inaccesible a la mayor
cada ciudadano a ocuparse prácticamente del gobierno y parte.
moderan el afán excesivo por las teorías generales que Las ideas generales relativas a Dios y a la naturaleza
sugieren la igualdad en materias políticas. humana son, pues, entre todas, las que más conviene sus-
traer a la acción continua del juicio individual, y en las que
puede ganarse mucho y perderse poco reconociendo una
LIBRO SEGUNDO autoridad.
El primer objeto, y una de las principales ventajas de la
Primera parte religión, es dar a cada una de estas cuestiones primordiales
una solución clara, precisa e intangible para la multitud y
Capítulo quinto muy durable.
Hay religiones falsas y muy absurdas. Sin embargo,
Cómo sabe servirse la religión en los Estados Unidos, puede decirse que toda religión que permanece en el círcu-
de los sentimientos democráticos lo que acabo de indicar, sin pretender salir de él, como
muchas lo han intentado, para detener el vuelo del espíritu
He establecido en uno de los capítulos precedentes que humano, impone un yugo saludable a la inteligencia; y es
los hombres no pueden estar sin creencias dogmáticas y preciso reconocer, que si no salva a los hombres en el otro
que debe desearse mucho que las tengan. Añado aquí que mundo, al menos es muy util para su felicidad y su grande-
las creencias dogmáticas en materia de religión son las que za en éste; lo cual es principalmente cierto en cuanto a los
nos convienen, lo cual se deduce fácilmente, aun en la hombres que viven en países libres.
hipótesis de que no se quiera fijar la atención sino en los Cuando la religión se destruye en un pueblo, la duda se
intereses de este mundo. apodera de las regiones más altas de la inteligencia y me-
No hay casi ninguna acción humana, por particular que dio paraliza todas las demás. Cada uno se habitúa a tener
se la suponga, que no nazca de una idea general que los nociones variables y confusas sobre las materias que más
hombres han concebido de Dios, de sus relaciones con el interesan a sus semejantes y a sí mismo; defiende mal sus
género humano, de la naturaleza de su alma y de sus debe- opiniones o las abandona; y, como se siente incapaz de
res para con sus semejantes. Estas ideas no pueden dejar resolver por sí solo los mayores problemas que el destino
de ser la fuente común de donde emanan todas las demás. humano presenta, se reduce cobardemente a no pensar en
Los hombres tienen un gran interés en formarse ideas ellos.
fijas acerca de Dios, del alma y de los deberes generales Semejante estado no puede menos que debilitar las
para con su Creador y sus semejantes, pues la duda sobre almas, aflojar los resortes de la voluntad y preparar a los
estos puntos principales abandonaría a la ventura todas sus ciudadanos para la esclavitud.
acciones y las condenaría, en cierto modo, al desorden y a No sólo ocurre entonces que ellos se dejan usurpar su
la impotencia. Es, pues, importantísimo que sobre esta libertad, sino que aún, con frecuencia, la abandonan.
materia cada uno de nosotros tenga ideas fijas; y desgra-

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Cuando no existe ninguna autoridad en materia de reli- cracia, mientras que la segunda está destinada a reinar en
gión ni en materia política, los hombres se asustan pronto estos siglos como en cualesquiera otros.
ante el aspecto de una independencia sin límites. La perpe- Si llevo más adelante esta misma investigación, hallo
tua agitación en todas las cosas, los inquieta y fatiga. Co- que para que las religiones puedan, humanamente hablan-
mo todo se conmueve en el mundo de las inteligencias, do, mantenerse en los siglos democráticos, no basta que se
quieren al menos que todo sea firme y estable en el orden encierren cuidadosamente en el círculo de las materias
material, y no pudiendo recuperar sus antiguas creencias, religiosas, sino que su poder depende más bien de la natu-
establecen una autoridad. raleza de las creencias que profesan, de las formas exterio-
Yo dudo que el hombre pueda alguna vez soportar a un res que adopten y de las obligaciones que impongan.
mismo tiempo una completa independencia religiosa y una Lo que he dicho antes de que la igualdad conduce a los
entera libertad política; y me inclino a pensar que si no hombres a ideas muy generales y vastas, debe entenderse
tiene fe, es preciso que sirva, y si es libre, que crea. principalmente en materias de religión. Los hombres seme-
No sé, sin embargo, si esta gran utilidad de las religio- jantes e iguales conciben con facilidad la idea de un solo
nes no es más visible todavía entre los pueblos donde las Dios imponiendo a cada uno de ellos las mismas reglas y
condiciones son iguales, que entre todos los demás. concediéndoles la felicidad futura al mismo precio. La
Es preciso reconocer que la igualdad que trae tantos unidad del género humano los conduce incesantemente a la
bienes al mundo, sugiere también, como mostraré después, idea de la unidad del Creador, mientras que los hombres
ideas muy peligrosas, pues tiende a separar a los hombres muy separados unos de otros y muy diferentes, conciben
unos de otros, de modo que no se ocupe cada uno sino de tantas divinidades como pueblos, razas, clases y familias
sí mismo, y abre en su alma un vasto campo al deseo des- hay, y trazan mil caminos particulares para ir al cielo.
medido de los goces materiales. No puede negarse que aun el cristianismo ha sufrido, en
La mayor ventaja de las religiones es la de inspirar cierto modo, esta influencia que ejerce el estado social y
deseos contrarios. No hay religión que no coloque el obje- político en las creencias religiosas.
to de los deseos del hombre más allá de los bienes terres- Al aparecer la religión cristiana sobre la Tierra, la Pro-
tres, y que no eleve naturalmente su alma a regiones supe- videncia, que sin duda preparaba al mundo para su llegada,
riores a las de los sentidos. No la hay tampoco que no había reunido una gran parte de la especie humana, como
imponga a cada uno deberes, cualesquiera que sean, hacia un inmenso rebaño, bajo el cetro de los Césares. Los hom-
la especie humana o comunes a ella, y que no le saque así, bres que componían este conglomerado diferían mucho
de tiempo en tiempo, de la contemplación de sí mismo. unos de otros; pero estaban de acuerdo en un punto princi-
Esto se ve aun en las religiones más falsas y peligrosas. pal, como era el de obedecer las mismas leyes, y cada uno
Los pueblos religiosos son, pues, precisamente fuertes de ellos era tan débil y tan pequeño, en relación con la
en el punto en que los pueblos democráticos son débiles, lo grandeza del príncipe, que parecían todos iguales cuando
cual hace ver cuán importante es que los hombres conser- se le comparaban.
ven su religión al hacerse iguales. Es preciso reconocer que este estado nuevo y particular
Yo no tengo ni el derecho ni la voluntad de examinar de la humanidad debió disponer a los hombres para recibir
los medios sobrenaturales de que Dios se sirve para esta- las verdades generales que el cristianismo enseña, y sirve
blecer una creencia religiosa en el corazón del hombre. No para explicar el modo rápido y fácil con que penetró en-
considero en este momento a las religiones sino desde un tonces en el espíritu humano.
punto de vista puramente humano; sólo indago de qué La segunda prueba se hizo después de la destrucción
manera pueden ellas conservar más fácilmente su imperio del imperio. Habiéndose deshecho en mil pedazos, el
en los siglos democráticos en que ahora entramos. mundo romano, volvió cada nación a su individualidad
He hecho ver que en los tiempos de luces y de igualdad, primitiva. Bien pronto, en el interior de estas naciones
el espíritu humano no consentía, sino con pesar, en recibir mismas, las clases se escalonaron hasta el infinito; se seña-
creencias dogmáticas, y que si sentía vivamente la necesi- laron las razas y las castas dividieron a cada nación en
dad de ellas era sólo en materia de religión. Esto indica, muchos pueblos. En medio de este esfuerzo común, que
desde luego, que en tales siglos las religiones deben conte- parecía conducir a las sociedades humanas a subdividirse
nerse con circunspección dentro de los límites que le son en tantos fragmentos como era posible concebir, el cristia-
propios y no tratar de salir de ellos; porque, queriendo nismo no perdió de vista las principales ideas generales
extender su poder más allá de las materias religiosas, se que había sacado a la luz; pero pareció prestarse, sin em-
exponen a no ser creídas en ningún punto. Deben, pues, bargo, tanto como de él dependía, a las nuevas tendencias
trazar con cuidado el círculo en que pretenden contener el que las fracciones de la especie humana hacían nacer. Los
espíritu humano y fuera de él dejado enteramente libre, y hombres continuaron adorando a un solo Dios creador y
abandonado a sí mismo. conservador de todas las cosas; pero cada pueblo, cada
Mahoma hizo bajar del cielo y colocó en el Corán, no ciudad y, por decirlo así, cada hombre creyó tener algún
solamente doctrinas religiosas, sino máximas políticas, privilegio aparte y crearse protectores particulares cerca de
leyes civiles y criminales y teorías científicas. El Evange- su soberano y dueño. No pudiendo dividir la divinidad,
lio, al contrario, no habla sino de relaciones generales de acrecieron por lo menos y multiplicaron sin término sus
los hombres con Dios y entre sí; fuera de esto nada enseña agentes; el homenaje debido a los ángeles y a los santos,
y nada obliga a creer. Entré otras muchas razones basta vino a ser para los cristianos un culto casi idólatra, y aún
ésta para probar que la primera de las dos religiones no se pudo temer por un momento que la religión cristiana
puede dominar largo tiempo en días de luces y de demo- retrocediese hacia las otras que había vencido.

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Es evidente que, a medida que desaparecen las barreras Ya veremos que, entre todas las pasiones que la igual-
que separan a las naciones en el seno de la humanidad y a dad hace nacer o favorece, hay una particularmente viva
los ciudadanos en el interior de los pueblos, el espíritu que deposita en el corazón de todos los hombres: ésta es el
humano se dirige por sí mismo hacia la idea de un Ser amor al bienestar.
único y Todopoderoso que gobierna igualmente y con las El placer del bienestar es como el carácter distintivo e
mismas leyes a todos los hombres. Por esto conviene, indeleble de los tiempos democráticos.
particularmente en las épocas de democracia, distinguir el Es de creer que una religión que tratase de destruir esta
homenaje que se rinde a los agentes secundarios del culto pasión sería al fin destruida por ella; si quisiese separar del
debido al Creador. todo a los hombres de la contemplación de los bienes de
Otra verdad me parece también evidente, y es que, en este mundo, para reducirlos a pensar únicamente en los del
los tiempos democráticos, las religiones deben sujetarse otro, se puede prever que las almas huirían de sus manos
menos que en los demás a las prácticas exteriores. para encenegarse sólo en los goces materiales y presentes.
Hice ver, al hablar del método filosófico de los nortea- El principal fin de las religiones es purificar, reglamen-
mericanos, que nada choca tanto al espíritu humano en tar y restringir el deseo ardiente y demasiado exclusivo del
épocas de igualdad como la idea de someterse a fórmulas. bienestar que sienten los hombres en los siglos de igual-
Los hombres de tales tiempos soportan con impaciencia las dad; pero creo que harían mal en tratar de sujetarlo ente-
imágenes; los símbolos les parecen artificios pueriles de ramente y destruirlo. Nunca conseguirán separar a los
que se valen para encubrir o disfrazar a sus ojos las verda- hombres del amor a la riqueza; pero bien pueden persua-
des que sería más natural presentar al mundo con sencillez dirles a no enriquecerse sino por medios decorosos y hon-
y claridad; miran con indiferencia la práctica de las cere- rados.
monias, y propenden naturalmente a dar una importancia Esto me lleva hacia una última consideración, que, en
secundaria a los detalles del culto. cierto modo, comprende todas las otras. A medida que los
Los que se hallan encargados de arreglar la forma exte- hombres se hacen más semejantes e iguales, conviene que
rior de las religiones en las épocas democráticas, deben las religiones, desviándose cuidadosamente del movimien-
fijar su atención en estos instintos naturales de la inteli- to diario de los negocios, no choquen sin necesidad con las
gencia humana, para no luchar contra ellos sin necesidad. ideas generalmente admitidas y los intereses permanentes
Creo firmemente en la necesidad de las formas; sé que que imperan en las masas; porque la opinión común apare-
extasían el espíritu humano en la contemplación de las ce siempre como el primero y más irresistible de los pode-
verdades abstractas, y ayudándolo a comprenderlas bien res, y no hay fuera de éstos tan fuerte apoyo que permita
las abraza con ardor. No me figuro que se pueda mantener resistir largo tiempo a sus golpes; principio tan aplicable a
una religión sin prácticas exteriores; pero, por otra parte, un pueblo democrático sometido a un déspota como a una
pienso que en los siglos a que nosotros nos dirigimos sería República. En los siglos de igualdad los reyes hacen a
muy arriesgado multiplicarlas sin medida; que conviene veces obedecer, pero siempre es la mayoría la que hace
más bien disminuirlas, y que sólo se debe conservar lo que creer; a la mayoría es, pues, a quien se ha de tratar de
es absolutamente indispensable para la perpetuidad del complacer en todo lo que no sea contrario a la fe.
dogma mismo, substancia de las religiones302, cuyo culto En mi primera obra manifesté que los sacerdotes nor-
no es sino la forma. Una religión más minuciosa, más teamericanos se alejan de los negocios públicos. Éste es el
inflexible y más llena de observancias, al mismo tiempo ejemplo más brillante, pero no el único, de su moderación.
que los hombres van haciéndose más iguales, no tardaría En Norteamérica la religión es un mundo aparte, en donde
en verse reducida a un tropel de celadores apasionados en el clérigo reina, pero de donde tiene buen cuidado de no
medio de una multitud incrédula. salir nunca; dentro de sus límites conduce la inteligencia;
Se me dirá que las religiones, teniendo todas por objeto fuera de ellos, deja a los hombres entregados a sí mismos,
verdades generales y eternas, no pueden doblegarse así a y los abandona a la independencia y a la inconstancia pro-
las tendencias mudables de los tiempos, y responderé de pias de su naturaleza y de la época. No he visto país en
nuevo a esto que es preciso distinguir cuidadosamente las donde el cristianismo esté menos rodeado de fórmulas, de
opiniones principales que constituyen una creencia y que prácticas y de imágenes que en los Estados Unidos, ni
forman lo que los teólogos llaman artículos de fe, de las tampoco donde presente ideas más puras, simples y gene-
nociones accesorias que las acompañan. Las religiones rales al espíritu humano.
deben mantener firmes las primeras, cualquiera que sea el Aunque los cristianos de Norteamérica se dividan en
genio particular del siglo; pero no unirse del mismo modo una gran cantidad de sectas, todos consideran su religión
a las segundas en los tiempos en que todo cambia conti- desde este mismo punto de vista; pudiendo esto explicarse
nuamente de lugar y cuando el espíritu, acostumbrado al en el catolicismo, igualmente que en las otras creencias.
espectáculo variable de las cosas humanas, apenas puede No hay clérigos católicos que manifiesten menos simpatías
sufrir que se le sujete. La inmovilidad en las cosas exterio- por las pequeñas observancias individuales, y por los
res y secundarias no me parece un hecho estable, sino métodos particulares y extraordinarios de conseguir la
cuando la misma sociedad civil es inmóvil. Fuera de este salvación, ni que se adhieran más al espíritu de la ley y
caso, creo que es muy peligrosa. menos a su letra, que los de los Estados Unidos; en ningu-
na parte se enseña con más claridad ni se sigue mejor la
302
doctrina de la Iglesia que prohíbe dar a los santos el culto
En todas las religiones hay ceremonias que son inherentes a la subs- que debe reservarse sólo a Dios. A pesar de todo eso, los
tancia misma de la creencia, en las cuales es preciso no cambiar nada.
Esto se ve particularmente en el catolicismo, donde la forma y el fondo católicos de Norteamérica son muy sumisos y sinceros.
están tan unidos frecuentemente que no hacen más que uno solo.

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Otra observancia es aplicable al clero de todas las co- siglo están poco dispuestos a creer; pero desde que tienen
muniones. Los clérigos norteamericanos no pretenden una religión, encuentran en sí mismos un instinto oculto
atraer ni fijar toda la atención del hombre hacia la vida que, sin saberlo, los impele hacia el catolicismo.
futura, sino que abandonan voluntariamente una parte de Muchas de las doctrinas y usos de la Iglesia romana les
su corazón a los cuidados de la presente, y se diría que causan extrañeza, pero admiran en secreto su gobierno y
consideran los bienes del mundo como objetos importan- los atrae su grande unidad.
tes, aunque secundarios. Si no se asocian a la industria, se Si el catolicismo consiguiese sustraerse a los odios
interesan al menos en su progreso y lo aplauden, y mos- políticos que hace nacer, no dudo que el mismo espíritu
trando constantemente a los fieles la fidelidad al otro mun- del siglo que le parece tan contrario vendría a serle muy
do como el gran objetivo de sus temores y esperanzas, favorable, y aun haría de repente grandes conquistas.
nunca les prohíben que busquen honradamente el bienestar Una de las debilidades más familiares a la inteligencia
en éste. Lejos de hacer ver que estas dos cosas se dividen y humana es la de querer conciliar principios contrarios y
son contrarias, se aplican más bien a encontrar el punto comprar la paz a expensas de la lógica. Ha habido y habrá
donde se tocan y enlazan. siempre hombres que, después de haber sometido a una
Todos los sacerdotes norteamericanos conocen el impe- autoridad algunas de sus creencias religiosas, querrán
rio intelectual que ejerce la mayoría, y lo respetan, no sustraerle otras muchas, y dejarán fluctuar su espíritu, a la
sosteniendo jamás con ella sino luchas necesarias. No se ventura, entre la obediencia y la libertad. Pero yo pienso
mezcla en las contiendas de los partidos, sino que adoptan que el número de éstos será menor en los periodos de-
gustosos las opiniones generales de su país y de su tiempo mocráticos que en los otros, y que nuestros nietos se incli-
y siguen sin dificultad la corriente de sentimientos y de narán cada vez más a no dividirse sino en dos partidos;
ideas que arrastran en pos de sí todas las cosas: se esfuer- unos, saliendo enteramente del cristianismo, y los otros,
zan por corregir a sus contemporáneos, pero no se separan entrando en el seno de la Iglesia romana.
de ellos. Jamás la opinión pública es su enemiga; ella los
sostiene más bien y los protege, y sus creencias reinan a la
vez por las fuerzas que le son propias y por las que les LIBRO SEGUNDO
presta la mayoría.
De este modo, la religión, respetando todos los instintos Primera parte
democráticos que no le son contrarios y auxiliada por
muchos de ellos, viene a luchar con ventaja contra el espí- Capítulo séptimo
ritu de independencia individual, que es el más peligroso
para ella. Lo que inclina el espíritu de los pueblos democráticos
hacia el panteísmo

LIBRO SEGUNDO Haré ver más tarde de qué manera el gusto predominan-
te en los pueblos democráticos hacia las ideas muy genera-
Primera parte les, se encuentra también en la política; pero desde ahora
quiero indicar su efecto principal en la filosofía.
Capítulo sexto No se puede negar que el panteísmo ha hecho grandes
progresos en nuestros días, y los escritos de una parte de
El progreso del catolicismo en los Estados Unidos Europa llevan visiblemente esta marca. Los alemanes lo
introducen en la filosofía y los franceses en la literatura.
Norteamérica es el país más democrático de la Tierra y, La mayor parte de las obras de imaginación que se publi-
al mismo tiempo, aquel en donde, según las relaciones más can en Francia encierran algunas opiniones o algunas pin-
fidedignas, hace la religión católica más progresos, lo cual turas tomadas de las doctrinas panteístas, o dejan por lo
no deja de sorprender a primera vista. menos percibir en sus autores una especie de tendencia
Es necesario distinguir dos cosas: la igualdad dispone a hacia esta misma doctrina. No creo que proceda sólo de un
los hombres a querer juzgar por sí mismos; pero, por otro accidente, sino más bien de una causa durable.
lado, les da la idea y el deseo de someterse a un poder A medida que, haciéndose las condiciones más iguales,
social único, sencillo o igual para todos. Los hombres que cada hombre en particular llega a ser más parecido a los
viven en los tiempos democráticos están, por esta razón, otros, más débil y más pequeño, se toma la costumbre de
muy inclinados a substraerse a toda autoridad religiosa. no pensar en los ciudadanos, para considerar sólo al pue-
Pero si consienten en someterse a alguna, quieren, al me- blo, y se olvida a los individuos para no ocuparse sino de
nos, que sea única y uniforme: los poderes religiosos que la especie.
no vayan todos a parar a un mismo centro, chocan natu- En tales tiempos, el espíritu humano quiere abrazar a la
ralmente con su inteligencia, y entonces tan fácil les es vez una multitud de objetos diversos, y aspira constante-
concebir que no hay ninguna religión, como que haya mente a poder deducir muchas consecuencias de una sola
muchas. causa. La idea de la unidad lo obsesiona; la busca por
Ahora más que nunca vemos católicos que se hacen todas partes, y cuando cree haberla encontrado, se ensan-
incrédulos y protestantes que se hacen católicos. Si se cha y se tranquiliza, no contentándose con descubrir en el
considera interiormente el catolicismo, parece que pierde, mundo una sola creación y un creador. Esta primera divi-
y si miramos fuera de él, se observa, por el contrario, que sión de las cosas lo incomoda todavía, y trata de engrande-
gana. Todo esto puede explicarse. Los hombres en este

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un campo cubierto de maleza y lo cultiva. Todo lo que contener y dirigir, es el que se compone de solicitantes.
pide al Estado es que no se le perturbe en sus labores y se Por muchos esfuerzos que hagan los jefes, no pueden
le asegure su fruto. jamás satisfacerlos y debe temerse siempre que echen por
En la mayor parte de los pueblos europeos, cuando un tierra la constitución del país y logren conmover al Estado
hombre empieza a conocer sus fuerzas y a extender sus sólo con el fin de que haya empleos vacantes.
deseos, la primera idea que se le presenta es la de obtener Los príncipes de nuestro siglo, que se esfuerzan en
un empleo público. Estos diferentes efectos, producidos contentar y en atraer hacia ellos solos todos los nuevos
por una misma causa, merecen que nos detengamos a con- deseos que suscita la igualdad, acabarán, si no me equivo-
siderarlos. co, por arrepentirse de semejante empresa: descubrirán un
Cuando los empleos públicos son pocos, mal dotados e día que han aventurado su poder al quererlo hacer tan
inestables, y por otra parte las carreras industriales son necesario, y que hubiera sido más razonable y seguro en-
numerosas y productivas, hacia la industria y no hacia la señar a cada uno de sus súbditos el arte de satisfacerse por
administración se dirigen los nuevos e impacientes deseos sí mismo.
que hace nacer a cada instante la igualdad.
Pero, al mismo tiempo que las clases se igualan, si las
luces continúan siendo incompletas, o los espíritus tími- LIBRO SEGUNDO
dos, o el comercio y la industria están detenidos en su
vuelo, no ofrecen sino medios difíciles y lentos de hacer Tercera parte
fortuna. Es entonces cuando los ciudadanos, desesperando
de mejorar por sí mismos su suerte, corren en tropel hacia Capítulo vigésimo primero
el jefe del Estado, a pedirle protección. Gozar más como-
didad a costa del tesoro público les parece, si no la única Por qué llegan a hacerse raras las grandes revoluciones
vía, al menos la más fácil de todas para salir de esa condi-
ción que no les satisface, y los empleos son la industria Un pueblo que por algunos siglos ha vivido bajo el
más concurrida. régimen de castas y de clases, no llega a un estado social
Así debe suceder, sobre todo, en las grandes monarqu- democrático, sino atravesando una larga serie de transfor-
ías centralizadas, donde el número de las funciones retri- maciones más o menos penosas, con violentos esfuerzos y
buidas es inmenso, y la existencia de los funcionarios se después de numerosas vicisitudes, durante las cuales los
halla bien asegurada. Entonces nadie desespera de tener un bienes, las pasiones y el poder cambian rápidamente de
destino y gozar pacíficamente de él como de un patrimo- lugar.
nio. Aun después de concluida esta revolución, subsisten
No diré que este deseo universal e inmoderado de las por largo tiempo los hábitos revolucionarios creados por
funciones públicas, es un gran mal social, que destruye en ella, y también se suceden profundas agitaciones.
cada nación el espíritu de independencia y derrama en todo Como todo esto tiene lugar en el momento en que igua-
el cuerpo social un humor servil y venal y que sofoca en él lan las condiciones, se concluye que existe una relación
las virtudes varoniles. No señalaré tampoco que una indus- oculta y un lazo secreto entre la igualdad misma y las
tria de esta clase, no crea más que una actividad improduc- revoluciones; de manera que la una no puede existir sin
tiva y agita al país sin fecundarlo, pues todo esto se conci- que nazcan las otras. Sobre este punto, el razonamiento
be fácilmente. parece de acuerdo con la experiencia.
Quiero, sí, hacer ver que el gobierno que favorece una En un pueblo en que las clases son poco más o menos
tendencia semejante, arriesga su tranquilidad y pone en iguales, ningún lazo aparente une a los hombres, ni los
gran peligro su existencia. Sé que en un tiempo como el mantiene firmes en su puesto; ninguno disfruta del derecho
nuestro, en el que se ve extinguirse gradualmente el amor permanente ni del poder de mandar, y nadie tiene por con-
y el respeto que en otra época se tenía al poder, puede dición obedecer; mas, encontrándose cada uno provisto de
parecer necesario a los gobernantes encadenar más estric- algunas luces y de algunos recursos, puede escoger su
tamente a cada hombre por su interés; y servirse de sus camino y marchar separado de todos sus semejantes.
mismas pasiones para conservarlo en el orden y en el si- La misma causa que hace independientes a los ciudada-
lencio; mas esto no puede durar largo tiempo, y lo que nos unos de otros, los excita cada día hacia nuevos e in-
parece en cierto periodo un elemento de fuerza, se trans- quietos deseos y los estimula sin cesar.
forma con el tiempo en una causa poderosa de trastorno y Parece, pues, natural, creer que en una sociedad de-
de debilidad. mocrática, las ideas, las cosas y los hombres, deben cam-
En los pueblos democráticos, como en todos los demás, biar eternamente de formas y de puestos, y que los siglos
el número de empleados públicos acaba por tener un lími- democráticos serán tiempos de transformaciones rápidas e
te; pero el de los ambiciosos no lo tiene y crece sin cesar incesantes.
por un movimiento gradual e irresistible, a medida que las ¿Es así en efecto? ¿La igualdad de condiciones conduce
condiciones se igualan, y no se limita sino cuando faltan a los hombres de un modo habitual y permanente hacia las
los hombres. revoluciones? ¿Contiene algún principio perturbador que
Cuando la ambición no tiene más punto de vista que los impida a la sociedad tranquilizarse, disponiendo a los
empleos, el gobierno encuentra una oposición permanente, ciudadanos a renovar sin cesar sus leyes, sus doctrinas y
porque se ve reducido a satisfacer, con medios limitados, sus costumbres? No lo creo, y como el asunto es de im-
deseos que no tienen límite. Es preciso convencerse de portancia, imploro la atención del lector.
que, entre todos los pueblos del mundo, ei más difícil de

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Casi todas las revoluciones que han cambiado la faz de valor inmenso. Como no se hallan todavía muy lejos de la
los pueblos, han sido hechas para consagrar la desigualdad pobreza, ven inmediatamente sus rigores y los temen; entre
o para destruirla. Si se separan las causas secundarias que esta y ellos no hay sino un pequeño patrimonio en el que
han producido las grandes agitaciones de los hombres, se fijan sus temores y sus esperanzas. Cada día se interesan
encontrará casi siempre la desigualdad; los pobres son los más en él por las constantes inquietudes que les causa y
que han querido arrebatar los bienes a los ricos, o éstos han por los esfuerzos continuos que realizan para aumentarlo.
pretendido encadenar a los pobres. Si se pudiera constituir Así es que la idea de ceder una pequeñísima parte les re-
un estado social en el que cada uno tuviese algo que con- sulta insoportable, y la pérdida entera la miran como la
servar y poco que adquirir, se habría hecho mucho por la mayor parte de sus desgracias, siendo el número de estos
paz del mundo. pequeños propietarios, ardientes e inquietos, el que la
No ignoro que en un gran pueblo democrático se en- igualdad de condiciones aumenta sin cesar.
cuentran siempre ciudadanos muy pobres y otros muy Por eso, en las sociedades democráticas, la mayoría de
ricos; pero, en lugar de formar los pobres la inmensa ma- los ciudadanos no ve claramente lo que puede ganar en una
yoría de la nación, como sucede siempre en las sociedades revolución, y sabe muy bien lo que puede perder.
aristocráticas, no son sino un corto numero, y la ley no los Dije en otro lugar de esta obra, de qué manera la igual-
liga entre sí con los lazos de una miseria irremediable y dad de condiciones impelía naturalmente a los hombres
hereditaria. hacia la industria y el comercio y cómo ella acrecentaba y
Los ricos, por su parte, son pocos e impotentes; no diversificaba los bienes raíces; hice ver igualmente por qué
tienen privilegios que atraigan las miradas; su riqueza inspiraba a cada hombre un deseo constante y vehemente
misma, no estando incorporada a la tierra y representada de aumentar su bienestar. Nada hay más contrario a las
por ella, es como invisible y no resulta fácil de usurpar. pasiones revolucionarias que todas estas cosas.
Así como no hay razas de pobres, no las hay tampoco de Por último, una revolución puede servir a la industria y
ricos; éstos salen todos los días de la misma multitud, y a al comercio; pero su primer efecto será siempre arruinar a
cada paso vuelven a confundirse con ella; no forman, pues, los industriales y a los comerciantes, porque en sus co-
una clase aparte que pueda ser definida y despojada, y mienzos no puede dejar de cambiar el estado general del
como dependen por mil lazos secretos de la masa de sus consumo, trastornando momentáneamente la proporción
conciudadanos, el pueblo no puede tocarlos sin herirse a sí que existe entre la producción y las necesidades.
mismos. Entre esos dos extremos de las sociedades de- Tampoco encuentro nada más opuesto a las costumbres
mocráticas, se encuentra una gran cantidad de hombres revolucionarias, que las costumbres comerciales. El co-
casi semejantes, que sin ser precisamente ricos ni pobres, mercio es naturalmente enemigo de todas las pasiones
poseen bastantes bienes para desear el orden, sin tener los violentas; ama la templanza; se complace en los compro-
suficientes para excitar la envidia. misos y huye de la cólera; es sufrido, dócil, insinuante y no
Éstos son naturalmente enemigos de los movimientos; recurre a los extremos, sino cuando lo obliga la más impe-
su inmovilidad mantiene en reposo todo lo que se encuen- riosa necesidad. El comercio hace a los hombres indepen-
tra más elevado o más bajo que ellos, y asegura al cuerpo dientes, les da una alta idea de su valor individual, los
social en su base; no porque se hallen satisfechos con su conduce a realizar sus propios negocios y les enseña a
fortuna presente, ni porque sientan un horror natural hacia lograr buenos resultados; los dispone para la libertad y los
una revolución de cuyos despojos participarían sin expe- aleja de las revoluciones.
rimentar sus males, pues desean, al contrario, con un ardor Los poseedores de bienes muebles, tienen más que
singular, enriquecerse; pero el obstáculo consiste en no temer en una revolución que todos los demás, porque de
saber a quién despojar. El mismo estado social que les un lado su propiedad es por lo común más fácil de usurpar,
sugiere constantemente deseos, encierra a éstOs en límites y por el otro, a cada instante puede desaparecer totalmente;
precisos; y aunque dé a los hombres más libertad para los propietarios de bienes raíces no tienen que temerla,
cambiar, los interesa menos en el cambio. pues si pierden la renta de sus tierras, esperan al menos
Los hombres de las democracias no sólo no desean conservar, a través de todas las revoluciones, la tierra
naturalmente las revoluciones, sino que las temen. No hay misma. Así se ve que a los unos afligen menos que a los
revolución que no amenace a la propiedad privada. La otros los movimientos revolucionarios.
mayor parte de los que habitan los países democráticos son A medida que los bienes muebles varían y se multipli-
propietarios, y viven en la condición en la que los hombres can, y que crece el número de los que los poseen, los pue-
dan más valor a su riqueza. blos se hallan menos dispuestos a hacer revoluciones.
Si se consideran con atención todas las clases que compo- Cualquiera que sea, por otra parte, la profesión que los
nen la sociedad, se observará que en ninguna provoca la hombres abracen y la especie de bienes que gocen, un
propiedad pasiones más tenaces y severas que en la clase rasgo les es común a todos. Ninguno se halla plenamente
media. satisfecho con su fortuna presente y todos se esfuerzan por
Por lo común los pobres no se fijan en lo que poseen, mil medios diversos para aumentarla. Considérese a cada
pues sufren mucho más por lo que les falta de lo que gozan uno de ellos en una época cualquiera de su vida, y se le
con lo poco que tienen. Los ricos, fuera de las riquezas, verá ocupado en algunos planes nuevos que tienden a
tienen muchas pasiones que satisfacer y, además, el largo y acrecentar su comodidad. No se le hable de intereses y
penoso uso de una gran fortuna acaba algunas veces por derechos del género humano, pues sus negocios domésti-
hacerlos como insensibles a sus satisfacciones. cos absorben por el momento todos sus pensamientos y le
Pero los que viven con una comodidad distante igual- hacen desear que no haya agitaciones públicas.
mente de la opulencia y de la miseria, dan a sus bienes un

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Esto les impide, no solamente hacer revoluciones, sino No temo decir que la mayor parte de las máximas que
hasta desearlas. Las violentas pasiones políticas obran muy por costumbres se llaman democráticas en Francia, serían
débilmente en hombres que han dedicado su alma entera a proscritas por la democracia de los Estados Unidos, y esto
buscar el bienestar. El ardor que ponen en los negocios se comprende fácilmente. En Norteamérica tienen ideas y
pequeños los calma en los grandes. pasiones democráticas; en Europa tenemos ideas y pasio-
Es cierto que se levantan de tiempo en tiempo en las nes revolucionarias.
sociedades democráticas algunos temerarios ambiciosos, Si Norteamérica sufriese alguna vez grandes revolucio-
cuyos inmensos deseos no pueden satisfacer siguiendo la nes, las acarrearían los negros; es decir, que no sería la
ruta común. Éstos quieren las revoluciones y las provocan; igualdad de condiciones, sino, al contrario, la desigualdad
pero les es difícil hacerlas estallar, si algunos aconteci- la que las haría nacer.
mientos extraordinarios no vienen a ayudarlos. Cuando las condiciones son iguales, cada uno se encie-
Naturalmente, es desventajosa la lucha contra el espíri- rra en sí mismo y olvida al público. Si los legisladores de
tu del siglo y del país, y un hombre, por poderoso que se le los pueblos democráticos no tratasen de corregir esta fu-
suponga, difícilmente sugiere a sus contemporáneos ideas nesta tendencia o la favorecieren con la idea de que aparta
y sentimientos que el conjunto de sus principios y de sus a los ciudadanos de las revoluciones, quizá acabarían ellos
deseos rechazan. No se crea, pues, que cuando la igualdad mismos por hacer el mal que quieren evitar, y llegaría un
de condiciones, llegando a ser un hecho antiguo y cierto, momento en que las pasiones desordenadas de algunos
ha dado a las costumbres su carácter, los hombres se dejan hombres, ayudándose del egoísmo torpe y de la pusilani-
fácilmente precipitar en los azares que les presenta un jefe midad del mayor número, acabarían por obligar al cuerpo
imprudente o un innovador atrevido; no porque ellos se social a sufrir extrañas vicisitudes.
resistan abiertamente, con el auxilio de sabias combinacio- En las sociedades democráticas, sólo las minorías dese-
nes, ni porque hayan premeditado un proyecto de resisten- an las revoluciones; mas estas minorías pueden algunas
cia. Al contrario, lo combaten con poca energía, a veces lo veces hacerlas.
aplauden, pero nunca lo siguen. A su ardor oponen en No quiero decir que las naciones democráticas estén
secreto su inercia; a sus instintos revolucionarios, oponen libres de revoluciones, sino que su estado social no las
intereses conservadores; a sus pasiones aventuradas, los favorece; más bien las aleja. Abandonados a sí mismos los
gustos perezosos; el buen juicio, a los desvíos de su genio, pueblos democráticos, no se comprometen fácilmente en
y a su poesía, oponen la prosa. Consigue sublevarlos por grandes aventuras, y si son arrastrados hacia las revolucio-
un momento con mil esfuerzos, mas pronto se le escapan y nes es sin saberlo, pues las sufren algunas veces, pero
se sosiegan como arrastrados por su propio peso; se es- nunca las hacen. Y añado que, cuando se les ha permitido
fuerza en animar a esta multitud indiferente y distraída, adquirir luces y experiencia, tampoco las dejan hacer. Sé
pero al fin se ve reducido a la impotencia, no porque esté que en esta materia pueden mucho las instituciones públi-
vencido, sino porque le dejan solo. cas por sí mismas, pues favorecen o reprimen los senti-
No digo que los hombres que viven en las sociedades mientos que nacen del estado social. Repito que no sosten-
democráticas sean naturalmente inmóviles, pues, al contra- go que un pueblo esté al abrigo de trastornos, sólo porque
rio, pienso que en su seno reina un movimiento eterno, y en su seno sean iguales las condiciones; pero creo que
que nadie conoce el reposo; mas creo que se agitan dentro cualesquiera que sean las instituciones de un pueblo seme-
de límites que jamás traspasan. Varían, alteran o renuevan jante, las grandes revoluciones serán siempre infinitamente
cada día las cosas secundarias, pero tienen un gran cuidado menos violentas y raras de lo que se supone, y aun llego a
de no tocar las principales, y si quieren las mudanzas, describir cierto estado político que, combinándose con la
también temen a las revoluciones. igualdad, haría la sociedad más estacionaria que nunca lo
Aunque los norteamericanos modifiquen o abroguen sin ha sido en nuestro Occidente.
cesar algunas de sus leyes, están bien lejos de mostrar Dos cosas admiran en los Estados Unidos, la gran mo-
pasiones revolucionarias. Es fácil descubrir por la pronti- vilidad de la mayor parte de las acciones humanas y la
tud con que se detienen y se calman, cuando la agitación fijeza singular de ciertos principios. Los hombres se mue-
pública se hace amenazante y en el momento mismo en ven sin cesar y el espíritu humano parece casi inmóvil.
que parecen más excitadas las pasiones. Temen a una revo- Una vez que se extiende y arraiga una opinión en el
lución como a la mayor de las desgracias y cada uno de suelo norteamericano, se diría que ningún poder es capaz
ellos se resuelve interiormente a hacer grandes sacrificios de extirparla. Las doctrinas generales en materia de reli-
para evitarla. No hay país en el mundo en donde el senti- gión, de filosofía y hasta de política, no varían absoluta-
miento de la propiedad se manifieste más activo e inquieto mente en los Estados Unidos, o al menos no se modifican
que en los Estados Unidos, ni donde la mayoría muestre sino después de un trabajo oculto y muchas veces insensi-
menos inclinación hacia las doctrinas que amenazan alte- ble. Las más torpes preocupaciones no se borran sino con
rar, de cualquier manera que sea, la situación de los bienes. una lentitud inconcebible, en medio de ese continuo roce
He observado muchas veces que las teorías que son de las cosas y de los hombres.
revolucionarias por su naturaleza, por no poderse realizar Oigo decir que las democracias, por su naturaleza y por
sino con una mudanza completa y algunas veces súbita del sus hábitos, cambian a cada instante de sentimientos y de
estado de propiedad y de las personas, son infinitamente ideas. Esto puede ser cierto respecto a pequeñas naciones
menos favorecidas en los Estados Unidos que en las gran- democráticas como las de la Antigüedad, que se reunían
des monarquías de Europa. Si algunos hombres las profe- enteras en una plaza pública y se agitaban en seguida a
san, la masa las rechaza con horror como por instinto. merced de un orador; pero yo no he visto nada semejante
en el seno del gran pueblo democrático que ocupa las ribe-

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ras opuestas de nuestro Océano. Lo que me ha llamado la A medida que los hombres se asemejan, el dogma de la
atención en los Estados Unidos, es la dificultad que existe igualdad de las inteligencias se insinúa en sus creencias y
en desarraigar a la mayoría de una idea que ha concebido y se hace más difícil a un innovador cualquiera adquirir y
desapasionar a un hombre que la adopte. No bastan para ejercer gran poder sobre el espíritu del pueblo. En tales
esto los escritos ni los discursos; la experiencia sola puede sociedades, las súbitas revoluciones intelectuales son raras;
conseguirlo, y algunas veces es preciso que ésta se repita. mas si se recorre la historia del mundo, se ve que la autori-
Si esto extraña a primera vista, un examen más deteni- dad de un hombre más que la fuerza de un razonamiento
do lo explica. No creo tan fácil como se imagina desarrai- ha producido las grandes y rápidas mudanzas de las opi-
gar las preocupaciones de un pueblo democrático, cambiar niones humanas.
sus creencias, sustituir por nuevos principios religiosos, Observamos, por otra parte que, como los hombres que
filosóficos, políticos y morales, a los que se hallan estable- viven en las sociedades democráticas no están ligados
cidos, en una palabra, hacer grandes y frecuentes revolu- absolutamente los unos a los otros, es necesario convencer
ciones en las inteligencias; no porque el espíritu humano a cada uno de ellos, mientras que en las sociedades aris-
esté ocioso, pues se agita sin cesar; pero se ejercita más tocráticas, basta poder obrar sobre el espíritu de algunos,
bien en variar hasta el infinito las consecuencias de los para que lo sigan todos los demás. Si Lutero hubiera vivi-
principios conocidos y en descubrir otros, que en buscar do en un siglo de igualdad y no hubiera tenido por oyentes
nuevos principios; vuelve con ligereza sobre sí mismo, a señores y príncipes, acaso habría encontrado más dificul-
más bien que se lanza hacia adelante por un esfuerzo rápi- tad en cambiar la faz de Europa.
do y directo; extiende poco a poco su esfera con pequeños Esto no depende de que los hombres de las democracias
movimientos continuos y precipitados y no la cambia de estén naturalmente convencidos de la certeza de sus opi-
repente. niones y se hallen muy firmes en sus creencias, pues tienen
Hombres iguales en derechos, en educación, en fortuna frecuentemente dudas que a sus ojos nadie puede resolver.
y, en una palabra, de condición semejante, tienen precisa- En una época semejante, el espíritu humano cambiaría
mente necesidades, hábitos y gustos casi análogos. Como gustoso de sitio; pero como nada lo impele ni lo dirige,
miran los objetos bajo el mismo aspecto, su espíritu se oscila sobre sí mismo sin conmoverse314.
inclina naturalmente hacia las mismas ideas, y aunque Aun después de haber adquirido la confianza de un
cada uno pudiera separarse de sus contemporáneos y for- pueblo democrático, es todavía muy difícil atraer su aten-
mar creencias particulares, acaban por encontrarse todos, ción.
sin saberlo y sin querer, en cierto número de opiniones Es casi imposible hacer escuchar a los hombres que
comunes. viven en las democracias, cuando no se les habla de ellos
Cuanto más atentamente considero los efectos de la mismos. Y no oyen lo que se les dice, porque están siem-
igualdad sobre la inteligencia, más me persuado de que la pre fijos en las cosas que hacen.
anarquía intelectual que presenciamos no es, como muchos Se ven, en efecto, pocos ociosos en las naciones de-
suponen, el estado natural de los pueblos democráticos. mocráticas: la vida pasa allí en medio del movimiento y
Creo que se debe considerar más bien como un accidente del ruido y los hombres se ocupan tanto en obrar, que
peculiar de su juventud, y que no se manifiesta sino en esa apenas les queda tiempo para pensar. Lo más notable es
época pasajera en que, habiendo roto los hombres los lazos que no solamente viven ocupados sino que se apasionan en
antiguos que los unían, difieren todavía mucho por su sus ocupaciones, pues estando perpetuamente en actividad,
origen, educación y costumbres de tal suerte que, conser- cada una de sus asociaciones absorbe su alma. Parece que
vando ideas, instintos y gustos muy diversos, nada les su exaltación en los negocios les impide acalorarse por las
impide producirlos. Las principales opiniones de los hom- ideas.
bres se hacen semejantes a medida que las condiciones se Creo que es muy difícil excitar el entusiasmo de un
igualan. Tal me parece ser el hecho general y permanente; pueblo democrático por una teoría cualquiera que no tenga
lo demás es fortuito y pasajero. relación visible, directa e inmediata con la práctica de su
Creo que sucederá raramente que en el seno de una
sociedad democrática, un hombre llegue a concebir de un
314
solo golpe un sistema de ideas muy distinto del que han Si busco el estado social más favorable a las grandes revoluciones de
adoptado sus contemporáneos, y si semejante innovador se la inteligencia, lo encuentro entre la igualdad completa de todos los
ciudadanos y la separación absoluta de las clases.
presentarse, me figuro que tendría mucha dificultad en Bajo el régimen de castas, las generaciones se suceden sin que los hom-
hacerse escuchar y todavía más en hacerse creer. bres cambien de puesto; los unos no esperan nada más, los otros nada
Cuando las condiciones son casi semejantes, un hombre mejor. La imaginación se adormece en medio de este silencio y de esta
no se deja fácilmente persuadir por otro. Como todos se inmovilidad universal, y la idea misma del movimiento no se presenta al
espíritu humano.
ven tan de cerca, aprenden las mismas cosas y llevan la Cuando las clases han sido abolidas y las condiciones se hacen casi
misma vida, ninguno se halla, naturalmente, dispuesto a iguales, todos los hombres se agitan sin cesar, pero cada uno de ellos es
tomar a otro por guía, ni a seguirlo ciegamente; con difi- independiente, aislado y débil. Este último estado difiere mucho del
cultad se cree por su palabra a su igual o a su semejante. primero; pero es análogo en un punto. Las grandes revoluciones del
espíritu humano son allí muy raras.
No solamente disminuye la confianza en las luces de Mas entre los dos extremos de la historia de los pueblos, se encuentra una
ciertos individuos en las naciones democráticas, sino que, edad intermedia, época gloriosa y agitada en que las condiciones no son
como lo dije en otra parte, la idea general de la superiori- bastante fijas para que la inteligencia repose, pero sí bastante desiguales
dad intelectual que un hombre puede adquirir sobre todos para que ciertos hombres ejerzan un gran poder sóbre el espíritu de los
demás, y puedan algunos modificar las creencias de todos. Entonces es
los demás, no tarda en oscurecerse. cuando los poderes reformadores se elevan y las ideas nuevas cambian de
repente la faz del mundo.

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vida. Un pueblo semejante no abandona tan fácilmente sus Algunas veces sucede que el tiempo, los acontecimien-
antiguas creencias, porque el entusiasmo es el que desvía tos o el esfuerzo individual o aislado de las inteligencias,
el espíritu humano de la senda conocida y hace las grandes acaban por conmover o destruir poco a poco una creencia,
revoluciones intelectuales y las políticas. sin que se descubra nada en lo exterior. No se la combate
Así, los pueblos democráticos no tratan de buscar nue- ciertamente, ni se reúne nadie para hacerle la guerra. Sus
vas opiniones y aun cuando llegan a dudar de las que po- sectarios empiezan a dejarla uno a uno sin ruido; pero cada
seen las conservan no obstante, porque necesitarían largo día la abandonan algunos, hasta que al fin no la sigue más
tiempo y un examen detenido para cambiarlas. Las guar- que un corto número, y en ese estado reina todavía.
dan no como ciertas, sino como establecidas. Como sus enemigos continúan en silencio, o si se co-
Hay otras razones más poderosas todavía, que impiden munican es en secreto, se hallan por mucho tiempo sin
se haga fácilmente una gran mudanza en las doctrinas de saber que se efectúa una revolución, y en esta duda perma-
un pueblo democrático, y las he indicado al principio de necen inmóviles, observan y callan. La mayoría no cree,
esta obra. pero finge creer, y ese vano fantasma de la opinión pública
Si en el seno de un pueblo semejante las influencias basta para imponerse a los innovadores y hacerles guardar
individuales son débiles y casi nulas, el poder que ejerce la silencio y respeto.
masa sobre el espíritu es muy grande. Quiero decir, que no Vivimos en una época que ha presenciado las más rápidas
hay razón para creer que esto depende únicamente de la variaciones en el espíritu de los hombres. Sin embargo,
forma de gobierno, y que la mayoría debe perder su impe- puede ser que bien pronto las principales opiniones huma-
rio intelectual con su poder político. nas sean más estables de lo que lo han sido en los siglos
Los hombres de la aristocracia poseen frecuentemente precedentes de nuestra historia; ese tiempo no ha llegado
una grandeza y un poder que les son peculiares. Cuando todavía, pero tal vez se aproxima.
no se encuentran de acuerdo con el mayor número de sus A medida que examino más de cerca las necesidades y
semejantes, se encierran en sí mismos, se ayudan y se los sentimientos naturales de los pueblos democráticos,
consuelan. No sucede así en los pueblos democráticos; la más me persuado de que si la igualdad se estableciese de
estimación pública se considera tan necesaria como el aire una manera general y permanente en el mundo, las grandes
que se respira, y se cree, por decirlo así, que no se vive revoluciones intelectuales y políticas se harían más raras y
cuando no se está de acuerdo con la masa. difíciles de lo que se supone.
Ésta no tiene necesidad de emplear leyes para reducir a Como los hombres de las democracias parecen siempre
los que no piensan como ella, pues le basta negarles su conmovidos, inseguros, alterados, dispuestos a cambiar de
aprobación; su aislamiento y su impotencia los abruman y voluntad y de lugar, se imaginan algunos que van a abolir
desesperan. de repente sus leyes, a adoptar nuevas creencias y a tomar
Siempre que se igualan las condiciones, la opinión nuevas costumbres. No se piensa que si la igualdad condu-
general adquiere una inmensa influencia en el espíritu de ce a los hombres al cambio, les sugiere gustos y les pro-
cada individuo; lo dirige y lo oprime. Esto depende más de porciona intereses que necesitan estabilidad para satisfa-
la constitución misma de la sociedad, que de sus leyes cerse; los impele y al mismo tiempo los detiene, los esti-
políticas. A medida que los hombres se asemejan, cada mula y los atrae hacia la tierra, inflama sus deseos y limita
uno se siente más débil delante de todos los demás; no sus fuerzas.
descubriendo nada que lo eleve sobre ellos ni que lo dis- Esto es lo que no se descubre a primera vista; las pasio-
tinga, desconfía de sí mismo en cuanto lo combaten; no nes que separan a los ciudadanos unos de otros en una
solamente duda de sus fuerzas, sino hasta de su derecho, y democracia, se manifiestan por sí mismas; pero no se ve a
se apresura a reconocer que no tiene razón cuando el ma- la primera ojeada la fuerza oculta que los retiene y los
yor número lo afirma. La mayoría no tiene necesidad de reúne.
violentarlo, pues lo convence. ¿Me atreveré yo a indicarla en medio de las ruinas que
De cualquier manera que se organicen los poderes de me rodean? Lo que más temo para las generaciones futuras
una sociedad democrática y se establezcan, es siempre no son las revoluciones. Si los ciudadanos siguen recon-
muy difícil creer lo que la masa no aprueba. y profesar lo centrándose más y más estrechamente en el círculo de los
que ella condena: esto favorece maravillosamente la esta- pequeños intereses domésticos y agitándose sin descanso,
bilidad de las creencias. se puede temer que acaben por hacerse inaccesibles a esas
Cuando una opinión se desenvuelve en un pueblo de- grandes y poderosas conmociones públicas que trastornan
mocrático y se establece en el espíritu del mayor número, los pueblos, pero que los desarrollan y renuevan. Al hacer-
subsiste en seguida por sí misma y se perpetúa sin esfuer- se móvil la propiedad y el amor hacia ella tan inquieto y
zos, porque nadie la ataca. ardiente, no puedo menos de temer que los hombres lle-
Desde luego, los que la habían rechazado como falsa, guen a mirar toda nueva teoría como un peligro, toda in-
acaban por recibirla como general, y los que en el fondo de novación como un trastorno, todo progreso social como el
su corazón continúan combatiéndola no lo dejan ver, pues primer paso hacia una revolución, y rehusen enteramente
tienen buen cuidado de no comprometerse en una lucha moverse por miedo a que se les arrastre.
peligrosa e inútil. Es cierto que cuando la mayoría de un Temo que se dejen poseer por el miserable amor de los
pueblo cambia de opinión, puede ocasionar extrañas y goces presentes, que el interés de su suerte futura y el de
súbitas revoluciones en el mundo de las inteligencias; pero sus descendientes desaparezcan y prefieran seguir descan-
es muy difícil que su opinión cambie, y casi igualmente sadamente el curso de su destino, a hacer, en caso de nece-
difícil hacerlo ver. sidad, un pronto y enérgico esfuerzo para corregirlo.

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Se cree que las nuevas sociedades cambian diariamente batallón, el otro una compañía: cuando llegan a estos pun-
de faz, y yo temo que acaben por fijarse invariablemente tos extremos de sus esperanzas, se detienen por sí mismos,
en las mismas leyes, preocupaciones y costumbres, de quedando satisfechos de su suerte.
modo que el género humano se detenga y se limite; que el Hay todavía una causa poderosa que en las aristocracias
espíritu se encierre eternamente en sí mismo, sin producir amortigua en el oficial los deseos de ascender.
ideas nuevas; que se consuma el hombre en pequeños En los pueblos aristocráticos, el oficial, independiente-
movimientos aislados y estériles, y que la humanidad no mente de su puesto en el ejército, ocupa otro muy elevado
adelante nada a pesar del continuo movimiento. en la sociedad; el primero no es considerado por él sino
como accesorio del segundo, y el noble, al abrazar la carre-
ra de las armas, obedece menos a la ambición que a una
LIBRO SEGUNDO especie de deber que le impone su nacimiento. Entra en el
ejército por emplear honrosamente los años ociosos de su
Tercera parte juventud y recordar en su hogar y entre sus iguales algunos
honrosos recuerdos de su vida militar; pero su objeto prin-
Capítulo vigésimo segundo cipal no es el de adquirir bienes, consideración o poder,
pues posee estas ventajas por sí mismo, y goza de ellas sin
Por qué los pueblos democráticos desean naturalmente salir de su país.
la paz, y los ejércitos democráticos la guerra En los ejércitos democráticos todos los soldados pueden
llegar a ser oficiales, lo cual generaliza el deseo de ascen-
Los mismos intereses, temores y pasiones que apartan a der y extiende hasta lo infinito los límites de la ambición
los pueblos democráticos de las revoluciones, los alejan de militar.
la guerra; así, el espíritu militar, como el revolucionario, se De otro modo, el oficial no ve nada que lo detenga
debilitan a un mismo tiempo y por las mismas causas. natural y forzosamente en un grado más que en otro, y
El número siempre creciente de propietarios amigos de cada uno tiene un valor inmenso a sus ojos, porque su
la paz; el desarrollo de la riqueza de bienes muebles que la puesto en la sociedad depende casi siempre de su grado en
guerra consume con tanta rapidez; esa apacibilidad y dul- el ejército.
zura de costumbres; la molicie del corazón; esa tendencia a Muchas veces sucede en los pueblos democráticos que
la conmiseración que inspira la igualdad; la tibieza de el oficial no tiene otra cosa que su paga, y no puede espe-
espíritu que lo hace poco sensible a las conmociones poé- rar consideración sino por sus honores militares; así, siem-
ticas y violentas que nacen entre las armas, todas estas pre que cambia de destino cambia de fortuna, y en cierto
causas se unen para extinguir el espíritu militar. modo llega a ser otro hombre. Lo que en los ejércitos aris-
Creo que se puede admitir, como regla general y cons- tocráticos era lo accesorio, ha llegado a ser aquí lo princi-
tante, que en los pueblos civilizados las pasiones guerreras pal, el todo, la existencia misma. En la antigua monarquía
se hacen más raras y menos vivas, a medida que las condi- francesa, no se daba a los oficiales sino el título de noble-
ciones se igualan. za: hoy no se les da sino un título militar. Esta pequeña
Sin embargo, la guerra es un accidente al que están mudanza en las formas del lenguaje, basta para indicar que
sujetos todos los pueblos. Por mucho que amen la paz, es se ha efectuado una gran revolución en la constitución de
preciso que las naciones estén preparadas a rechazar la la sociedad y en la del ejército.
guerra o, en otros términos, que tengan un ejército. El deseo de ascender en los ejércitos democráticos es
La fortuna, que ha querido favorecer con tanta particu- ardiente, tenaz, continuo y casi universal; crece con los
laridad a los Estados Unidos, los ha colocado en medio de demás deseos y no se extingue sino con la vida. Mas es
un desierto, donde, por decirlo así, no tienen vecinos, y fácil conocer que de todos los ejércitos del mundo, los
algunos miles de soldados les bastan; mas esto es nortea- democráticos son aquellos donde los progresos deben ser
mericano y no democrático. más lentos en tiempo de paz. Siendo, naturalmente, limita-
La igualdad de condiciones y las costumbres, así como do el número de grados, los competidores casi innumera-
las instituciones que se derivan de ellas, no sustraen a un bles, y pesando sobre todos la ley inflexible de la igualdad,
pueblo democrático de la obligación de mantener ejércitos, ninguno puede hacer adelantos rápidos y muchos ni siquie-
y éstos ejercerán siempre una influencia muy grande sobre ra moverse de su puesto. Así, pues, la necesidad de adelan-
su suerte. Es, pues, importante averiguar los instintos natu- tar es mayor y la facilidad de conseguirlo, menor que en
rales de los que los componen. otra parte.
En los pueblos aristocráticos, y principalmente en los Todos los ambiciosos que contiene un ejército de-
que sólo el nacimiento regula las clases, la desigualdad se mocrático, desean con ardor la guerra, porque ésta desocu-
encuentra en el ejército como en la nación; el oficial es pa puestos y permite, al fin, violar ese derecho de la Anti-
noble, el soldado es siervo; el uno es llamado necesaria- güedad, único privilegio natural de la democracia.
mente a mandar y el otro a obedecer. En los ejércitos aris- Llegamos, pues, a esta consecuencia singular: que de
tocráticos la ambición del soldado tiene límites muy estre- todos los ejércitos, los que desean más ardientemente la
chos. Tampoco es ilimitada la de los oficiales. guerra son los democráticos y que entre los pueblos, los
Un cuerpo aristocrático, no solamente forma parte de que aman más la paz son los democráticos, siendo lo más
una jerarquía, sino que siempre contiene una jerarquía en extraño que la igualdad produzca a la vez estos efectos
su seno, y los miembros que la componen están colocados contrarios.
unos bajo el imperio de los otros, de una manera invaria- Siendo iguales los ciudadanos, conciben cada día el
ble. El uno está llamado por su nacimiento a mandar un deseo y descubren la posibilidad de cambiar su condición

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De aquí han salido las dos tendencias contrarias de que las partes de un gran imperio, ni lo hay tampoco que haya
he hablado anteriormente. Cuando la revolución democrá- intentado sujetar a todos sus súbditos a una regla uniforme,
tica estaba en todo su vigor, los hombres, ocupados en ni descendido al lado de cada uno de ellos para regirlo y
destruir los antiguos poderes aristocráticos que combatían conducirlo.
contra ella, se mostraban animados de un gran espíritu de La idea de una empresa semejante no se había presen-
independencia, y a medida que la victoria de la igualdad se tado jamás al espíritu humano, y si algún hombre hubiese
hacia más completa, se abandonaban a los instintos natura- llegado a concebirla, la insuficiencia de luces, la imperfec-
les que esta misma igualdad hace nacer, y reforzaban y ción de los procedimientos administrativos y, sobre todo,
concentraban el poder social. Habían querido ser libres los obstáculos naturales de la desigualdad de condiciones,
para hacerse iguales, y a medida que la igualdad se esta- lo habrían detenido bien pronto en la ejecución de tan
blecía, con la ayuda de la libertad, les hacia menos asequi- vasto designio.
ble esta última. Se ve que en el tiempo del mayor poder de los Césares,
Estos dos estados no han sido siempre sucesivos. Nues- los diversos pueblos que habitaban el mundo romano,
tros padres han hecho ver de qué manera podía un pueblo conservaban costumbres y usos diferentes; aunque sujetas
organizar en su seno una inmensa tiranía, en el momento al mismo monarca, la mayor parte de las provincias eran
mismo en que salía de la autoridad de los nobles y despre- administradas separadamente; abundaban en municipios
ciaba el poder de todos los reyes, enseñando a la vez al poderosos y activos, y aunque todo el gobierno del Imperio
mundo el modo de conquistar su independencia, y de per- estuviese concentrado en las solas manos del soberano, y
derla. quedase siempre de árbitro en todas las cosas, los porme-
Los hombres de nuestro siglo descubren que los anti- nores de la vida social y de la existencia individual estaban
guos poderes se hunden por todas partes: ven desaparecer libres de su intervención.
todas las antiguas influencias y caer las antiguas barreras, Es cierto que los emperadores poseían un poder inmen-
y esto confunde el juicio de los más hábiles; no se fijan so y sin restricción, que les permitía entregarse libremente
sino en la revolución prodigiosa que tiene lugar a su vista, a sus más extravagantes inclinaciones y emplear en satis-
y creen que el género humano va a caer para siempre en la facerlas toda la fuerza del Estado: abusaban con frecuencia
anarquía. de este poder para arrancar arbitrariamente a los ciudada-
Si pensasen en las últimas consecuencias de esta revo- nos sus bienes o su vida; su tiranía pesaba con exceso
lución, concebirían quizá otros temores. Por mi parte, sobre algunos, pero no se extendía a un gran número y
confieso que no me fío del espíritu de libertad que parece aplicándose a ciertos objetos principales, descuidaba el
animar a mis contemporáneos; bien veo que las naciones resto, siendo a un mismo tiempo violenta y limitada.
de nuestros días son turbulentas, pero no descubro clara- Creo que si el despotismo llegase a establecerse en las
mente que sean liberales, y aun temo que al salir de estas naciones democráticas de nuestros días, tendría diverso
agitaciones que hacen vacilar todos los tronos, los sobera- carácter; se extendería más, sería más benigno y desagra-
nos son más poderosos de lo que nunca lo fueron. daría a los hombres sin atormentarlos.
No dudo que en los siglos de luces y de igualdad como
los nuestros, los soberanos llegarían más fácilmente a
LIBRO SEGUNDO reunir todos los poderes públicos con sus manos y a pene-
trar en el círculo de intereses privados más profundamente
Cuarta parte de lo que nunca pudo hacerlo nadie en la Antigüedad. Pero
esta misma igualdad que facilita el despotismo, lo atempe-
Capítulo sexto ra. Ya hemos visto que a medida que los hombres se hacen
más semejantes e iguales, las costumbres son más huma-
Qué clase de despotismo deben temer las naciones de- nas e iguales también, y cuando no hay ningún ciudadano
mocráticas poderoso, la tiranía carece en cierto modo de ocasión y de
escenario. Siendo medianas todas las fortunas, las pasiones
Durante mi permanencia en los Estados Unidos, ob- se contienen naturalmente, la imaginación es limitada y los
servé que un estado social democrático tal como el de los placeres sencillos. Esta moderación universal suaviza al
norteamericanos, ofrecía una facilidad singular para el soberano mismo y contiene dentro de ciertos límites el
establecimiento del despotismo, y a mi regreso a Europa, ímpetu desordenado de sus deseos.
vi que la mayor parte de nuestros príncipes se había servi- Independientemente de estas razones sacadas de la
do ya de las ideas, sentimientos y necesidades que creaba naturaleza misma del estado social, podría añadir otras
este mismo estado social, para extender el círculo de su muchas, tomadas fuera de mi estudio; mas quiero perma-
poder. necer dentro de los límites que me he fijado.
Esto me indujo a creer que las naciones cristianas aca- Los gobiernos democráticos pueden hacerse violentos y
barían quizá por sufrir alguna opresión semejante a la de aun crueles en momentos de efervescencia y de grandes
muchos otros pueblos de la Antigüedad. Un examen más riesgos, pero estas crisis serán siempre raras y pasajeras.
detallado del asunto, y cinco años de nuevas meditaciones, Cuando considero la mezquindad de las pasiones de los
no han disminuido mis recelos, pero han cambiado su hombres de nuestros días, la molicie de sus costumbres,
objeto. sus luces, la pureza de su religión, la dulzura de su moral,
Jamás se ha visto en los siglos pasados, soberano tan sus hábitos arreglados y laboriosos y su moderación casi
absoluto ni tan poderoso, que haya pretendido administrar general, tanto en el vicio como en la virtud, no temo que
por sí solo y sin la ayuda de los poderes secundarios, todas

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hallen tiranos en sus jefes, sino más bien tutoresH. Creo, debilita y reduce, en fin a cada nación a un rebaño de ani-
pues, que la opresión de que están amenazados los pueblos males tímidos e industriosos, cuyo pastor es el gobernante.
democráticos no se parece a nada de lo que ha precedido Siempre he creído que esa especie de servidumbre
en el mundo y que nuestros contemporáneos ni siquiera arreglada, dulce y apacible, cuyo cuadro acabo de presen-
recordarán su imagen. tar, podría combinarse mejor de lo que se imagina con
En vano busco en mí mismo una expresión que repro- alguna de las formas exteriores de la libertad, y que no le
duzca y encierre exactamente la idea que me he formado sería imposible establecerse a la sombra misma de la sobe-
de ella: las voces antiguas de despotismo y tiranía no le ranía del pueblo.
convienen. Esto es nuevo, y es preciso tratar de definirlo, En nuestros contemporáneos actúan incesantemente dos
puesto que no puedo darle nombre. pasiones contrarias; sienten la necesidad de ser conducidos
Quiero imaginar bajo qué rasgos nuevos el despotismo y el deseo de permanecer libres. No pudiendo destruir
podría darse a conocer en el mundo; veo una multitud ninguno de estos dos instintos contrarios, se esfuerzan en
innumerable de hombres iguales y semejantes, que giran satisfacerlos ambos a la vez: imaginan un poder único
sin cesar sobre sí mismos para procurarse placeres ruines y tutelar, poderoso, pero elegido por los ciudadanos, y com-
vulgares, con los que llenan su alma. binan la centralización con la soberanía del pueblo, dándo-
Retirado cada uno aparte, vive como extraño al destino les esto algún descanso. Se conforman con tener tutor,
de todos los demás, y sus hijos Y sus amigos particulares pensando que ellos mismos lo han elegido. Cada individuo
forman para él toda la especie humana: se halla al lado de sufre porque se le sujeta, porque ve que no es un hombre
sus conciudadanos, pero no los ve; los toca y no los siente; ni una clase, sino el pueblo mismo, quien tiene el extremo
no existe sino en sí mismo y para él sólo, y si bien le queda de la cadena. En tal sistema, los ciudadanos salen un mo-
una familia, puede decirse que no tiene patria. mento de la dependencia, para nombrar un jefe y vuelven a
Sobre éstos se eleva un poder inmenso y tutelar que se entrar en ella.
encarga sólo de asegurar sus goces y vigilar su suerte. Hoy día hay muchas personas que se acomodan fácil-
Absoluto, minucioso, regular, advertido y benigno, se mente con esta especie de compromiso entre el despotismo
asemejaría al poder paterno, si como él tuviese por objeto administrativo y la soberanía del pueblo, que piensan
preparar a los hombres para la edad viril; pero, al contra- haber garantizado bastante la libertad de los individuos,
rio, no trata sino de fijarlos irrevocablemente en la infancia cuando la abandonan al poder nacional. Pero esto no basta,
y quiere que los ciudadanos gocen, con tal de que no pien- la naturaleza del jefe no es la que importa, sino la obedien-
sen sino en gozar. Trabaja en su felicidad, mas pretende cia.
ser el único agente y el único árbitro de ella; provee a su No negaré, sin embargo, que una constitución semejan-
seguridad y a sus necesidades, facilita sus placeres, condu- te no sea infinitamente preferible a la que, después de
ce sus principales negocios, dirige su industria, arregla sus haber concentrado todos los poderes, los depositara en
sucesiones, divide sus herencias y se lamenta de no poder manos de un hombre o de un cuerpo irresponsable. De
evitarles el trabajo de pensar y la pena de vivir. todas las formas que el despotismo democrático puede
De este modo, hace cada día menos útil y más raro el tomar, indudablemente ésta sería la peor.
uso del libre albedrío, encierra la acción de la libertad en Cuando el soberano es electivo o está vigilado de cerca
un espacio más estrecho, y quita poco a poco a cada ciuda- por una legislatura realmente electiva e independiente, la
dano hasta el uso de sí mismo. La igualdad prepara a los opresión que hace sufrir a los individuos es algunas veces
hombres para todas estas cosas, los dispone a sufrirlas y más grande, pero siempre es menos degradante, porque
aun frecuentemente a mirarlas como un beneficio. cada ciudadano, después de que se le sujeta y reduce a la
Después de haber tomado así alternativamente entre sus impotencia, puede todavía figurarse que al obedecer no se
poderosas manos a cada individuo y de haberlo formado a somete sino a sí mismo y que a cada una de sus voluntades
su antojo, el soberano extiende sus brazos sobre la socie- sacrifica todas las demás.
dad entera y cubre su superficie de un enjambre de leyes Comprendo igualmente que, cuando el soberano repre-
complicadas, minuciosas y uniformes, a través de las cua- senta a la nación y depende de ella, las fuerzas y los dere-
les los espíritus más raros y las almas más vigorosas no chos que se arrancan a cada ciudadano, no sirven solamen-
pueden abrirse paso y adelantarse a la muchedumbre: no te al jefe del Estado, sino que aprovechan al Estado mismo
destruye las voluntades, pero las ablanda, las somete y y que los particulares obtienen algún fruto del sacrificio
dirige; obliga raras veces a obrar, pero se opone incesan- que han hecho al público de su independencia.
temente a que se obre; no destruye, pero impide crear; no Crear una representación nacional en un país muy cen-
tiraniza, pero oprime; mortifica, embrutece, extingue, tralizado, es disminuir el mal que la extrema centralización
puede producir, pero no es destruirlo.
H Bien veo que de este modo se conserva la intervención
A menudo me he preguntado lo que sucedería si, a causa de las costum-
bres democráticas y del carácter inquieto del ejército, se fundase en individual en los negocios más importantes; pero se anula
algunas naciones de nuestros días un gobierno militar. en los pequeños y en los particulares. Se olvida que en los
Creo que ese mismo gobierno no se alejaría del cuadro que he trazado en detalles es donde es más peligroso esclavizar a los hom-
el capítulo a que se refiere esta nota, y no reproduciría los rasgos salvajes
de la oligarquía militar. bres. Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es
Estoy convencido de que en este caso se confundirían, en cierto modo, los menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas,
hábitos del empleado y los del soldado: la administración tomaría algo sin pensar que se puede asegurar la una sin poseer la otra.
del espíritu militar, y el militar algunos usos de la administración civil. La sujeción en los pequeños negocios se manifiesta
El resultado sería un mando regular, claro, neto y absoluto; el pueblo
presentaría la imagen del ejército y la sociedad estaría gobernada como todos los días y se hace sentir indistintamente en todos los
un cuartel. ciudadanos.

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Apuntes Teoría Política II, UNSAM Digitalizado por fup.unsam@gmail.com
Alexis de Tocqueville. La Democracia en América

No los desespera, pero los embaraza sin cesar y los


conduce a renunciar al uso de su voluntad; extingue así Creo que es más fácil establecer un gobierno absoluto y
poco a poco su espíritu y enerva su alma, mientras que la despótico en un pueblo donde las condiciones son iguales,
obediencia debida en pequeño número de circunstancias que en cualquier otro, y pienso que si tal gobierno se esta-
muy graves, pero muy raras, no deja ver la servidumbre bleciese una vez en un pueblo semejante, no solamente
sino de tiempo en tiempo, y no la hace pesar sino sobre oprimiría a los hombres, sino que con el tiempo arrebataría
ciertos hombres. En vano se encargaría a estos mismos a cada uno de ellos muchos de los principales atributos de
ciudadanos tan dependientes del poder central, de elegir la humanidad.
alguna vez a los representantes de este poder; un uso tan El despotismo me parece particularmente temible en las
importante, pero tan corto de su libre albedrío. no impedir- edades democráticas.
ía que ellos perdiesen poco a poco. la facultad de pensar, Me figuro que yo habría amado la libertad en todos los
de sentir y de obrar por sí mismos, y que no descendiesen tiempos, pero en los que nos hallamos me inclino a adorar-
así gradualmente del nivel de la humanidad. la.
Añado, además, que vendrían a ser bien pronto incapa- Estoy, además, convencido de que todos los que en
ces de ejercer el grande y único privilegio que les queda. nuestro siglo intenten apoyar la libertad en el privilegio y
Los pueblos democráticos, que han introducido la libertad en la aristocracia, tendrán poco éxito. Lo mismo aconte-
en la esfera política, al mismo tiempo que aumentaban el cerá a los que quieran atraer y retener la autoridad en el
despotismo en la esfera administrativa, han sido conduci- seno de una sola clase. No hay en nuestros días soberano
dos a singularidades bien extrañas. Si se trata de dirigir los bastante hábil y fuerte para fundar el despotismo, restable-
pequeños negocios en que sólo el buen sentido puede bas- ciendo distinciones permanentes entre sus súbditos; ni
tar, juzgan que los ciudadanos son incapaces de ello; si es existe tampoco legislador tan sabio y poderoso que sea
preciso conducir el gobierno de todo el Estado, confían a capaz de mantener instituciones libres, si no toma la igual-
estos ciudadanos inmensas prerrogativas, haciéndose alter- dad por primer principio y por símbolo. Es preciso, pues,
nativamente los juguetes del soberano y de sus señores; que todos nuestros contemporáneos que quieran crear o
más que reyes y menos que hombres. Después de haber asegurar la independencia y la dignidad de sus semejantes,
agotado todos los diferentes sistemas de elección, sin se muestren amigos de la igualdad. De esto depende el
hallar uno que les convenga, se aturden y buscan todavía, éxito de su santa empresa.
como si el mal que tratan de remediar no dependiera de la Así, no se trata de reconstruir una sociedad aristocráti-
constitución del país, más bien que de la del cuerpo electo- ca, sino de hacer salir la libertad del seno de la sociedad
ral. democrática en que Dios nos ha colocado.
Es difícil, en efecto, concebir de qué manera hombres Estas dos primeras verdades me parecen sencillas, cla-
que han renunciado enteramente al hábito de dirigirse a sí ras y fecundas y me inclinan naturalmente a considerar qué
mismos, pudieran dirigir bien a los que deben conducir, y especie de gobierno libre puede establecerse en un pueblo
no se creerá nunca que un gobierno liberal, enérgico y donde los ciudadanos son iguales.
prudente, pueda salir de los sufragios de un pueblo de Resulta de la constitución misma de las naciones de-
esclavos. mocráticas y de sus necesidades, que en ellas el poder del
Una constitución republicana, por un lado, y por otro soberano debe ser más uniforme, más centralizado, más
ultramonárquica, me ha parecido siempre un monstruo extenso y más poderoso que en cualquiera otra parte.
efímero. Los vicios de los gobernantes y la imbecilidad de La sociedad es naturalmente más activa y más fuerte, el
los gobernados, no tardarían en producir su ruina. y el individuo más subordinado y más débil; la una hace más;
pueblo, cansado de sus representantes y de sí mismo crear- el otro menos: esto es forzoso.
ía instituciones más libres o volvería pronto a doblar la No debemos esperar que, en los países democráticos, el
cerviz ante un solo jefe325. círculo de la independencia individual, se extienda jamás
tanto como en los aristocráticos. Tampoco debemos dese-
arlo, pues en las naciones aristocráticas la sociedad es
LIBRO SEGUNDO muchas veces sacrificada al individuo y la prosperidad del
mayor número a la grandeza de algunos.
Cuarta parte Es a la vez necesario y conveniente que el poder central
que dirige un pueblo democrático, sea activo y poderoso;
Capítulo séptimo no para hacerlo hábil e indolente, sino sólo para impedir
que abuse de su agilidad y de su fuerza.
Continuación de los capítulos precedentes Lo que más contribuía a asegurar la independencia del
individuo en los siglos aristocráticos al gobernar y admi-
325 nistrar a la sociedad era sacrificada muchas veces al go-
No se puede decir de una manera absoluta y general, que el mayor
peligro de nuestros días sea la licencia o la tiranía, la anarquía o el despo- bernar y administrar a los ciudadanos: el individuo se
tismo. Lo uno y lo otro es igualmente de temer y puede provenir de una hallaba obligado a dejar en parte este cuidado a los miem-
misma causa, que es la apatía general, fruto del individualismo. Esta
misma apatía hace que cuando el poder ejecutivo reúne algunas fuerzas, bros de la aristocracia; de suerte que, encontrándose siem-
se halla en estado de oprimir. Ni el uno ni el otro pueden fundar nada pre dividido el poder social, no obraba nunca por entero y
duradero, pues lo que los hace obtener fácilmente algún éxito, impide que del mismo modo sobre cada hombre.
éste se prolongue por mucho tiempo. Se elevan porque nada se les opone, No solamente el soberano no lo hacía todo por sí, sino
y caen porque nada los sostiene.
Es mucho más importante combatir la apatía que la anarquía o el despo- que la mayor parte de los funcionarios que obraban en su
tismo, pues aquélla puede crear indiferentemente lo uno o lo otro. lugar, obteniendo su poder del hecho de su nacimiento y

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Bruno Bauer
Karl Marx

LA CUESTIÓN JUDÍA

Estudio introductorio de Reyes Mate

UNIVERSIDAD AUTONOMA METROPOLITANA


Casa abierta al tiempo UNIDAD IZTAPALAPA División de Ciencias Sociales y Humanidades

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SOBRE LA CUESTIÓN JUDÍA*

Karl Marx

Los judíos alemanes aspiran a la emancipación. ¿A qué


emancipación aspiran? A la emancipación civil, a la emanci-
pación política.
Bruno Bauer les contesta:

En Alemania nadie está políticamente emancipado. Nosotros


mismos carecemos de libertad. ¿Cómo hemos de emancipa-
ros a vosotros? Vosotros los judíos sois egoístas si exigís una
emancipación especial para vosotros en tanto judíos. Debie-
rais como alemanes trabajar por la emancipación política de
Alemania y como hombres por la emancipación humana, y
no sentir el tipo especial de vuestra opresión y de vuestra ig-
nominia como excepción a la regla sino más bien como su
confirmación.

¿O exigen los judíos que se les equipare a los súbditos cris-


tianos?
De ese modo reconocen la legitimidad del Estado cristia-
no, reconocen su régimen de sojuzgamiento general. ¿Por qué
les desagrada su yugo particular si les agrada el yugo gene-

* Publicado en los Deutsch-Französische Jahrbücher (Anales franco-ale-


manes), editados por Marx y A. Ruge en París en febrero de 1844.
© de la traducción y de las notas: Rubén Jaramillo. Aparecido en Karl
Marx, Escritos de Juventud sobre el Derecho. Textos 1837-1847, Rubén Jara-
millo (ed.), Barcelona, Anthropos, 2008, pp. 169-204.

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ral? ¿Por qué debe interesarse el alemán por la liberación del
judío si el judío no se interesa por la del alemán?
El Estado cristiano sólo conoce privilegios. El judío posee
en él el privilegio de ser judío. Tiene, como judío, derechos
que no tienen los cristianos. ¿Por qué aspira a derechos que
no tiene y que los cristianos disfrutan?
Cuando el judío pretende que se le emancipe del Estado
cristiano exige que el Estado cristiano abandone su prejuicio
religioso. ¿Acaso él, el judío, abandona el suyo? ¿Tiene, enton-
ces, derecho a exigir de otros que abdiquen de su religión?
El Estado cristiano no puede, por su naturaleza y condición,
emancipar a los judíos; pero además —añade Bauer—, el judío
no puede por su condición y naturaleza ser emancipado. Mien-
tras el Estado siga siendo cristiano y el judío judío serán ambos
igualmente incapaces tanto de otorgar la emancipación como
de recibirla.
El Estado cristiano sólo puede comportarse con relación
al judío a la manera del Estado cristiano, es decir, a la mane-
ra del privilegio, consintiendo la segregación del judío frente
a los demás súbditos, pero haciendo que sienta la presión de
las otras esferas separadas y que la sienta más intensamente
cuanto mayor es el antagonismo religioso del judío frente a la
religión dominante. Pero también el judío, de su parte, sólo
puede comportarse respecto al Estado más que a la manera
judía, es decir, como un extraño al Estado, oponiendo a la
nacionalidad real su nacionalidad quimérica y a la ley real su
ley ilusoria, creyéndose con derecho a mantenerse separado
de la humanidad, no participando, por principio, del movi-
miento histórico, aferrándose a un futuro que nada tiene en
común con el futuro general del hombre, considerándose un
miembro del pueblo judío y considerando al pueblo judío
como el pueblo elegido.
¿A título de qué aspiráis, pues, los judíos a la emancipa-
ción? ¿En virtud de vuestra religión? Ella es la enemiga mor-
tal de la religión del Estado. ¿En cuanto ciudadanos? En Ale-
mania no hay ciudadanos. ¿En cuanto hombres? No sois hom-
bres, tan poco como aquellos a quienes apeláis.
Bauer ha planteado de nuevo la cuestión de la emancipa-
ción de los judíos, después de ofrecer una crítica de los plan-

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teamientos y soluciones dadas hasta ahora. ¿De qué modo está
constituido, se pregunta, el judío a quien se trata de emancipar
y el Estado cristiano que ha de emanciparlo? Y contesta con
una crítica de la religión judía, analiza la antítesis religiosa en-
tre el judaísmo y el cristianismo y aclara la esencia del Estado
cristiano, todo ello con audacia, agudeza, espíritu y profundi-
dad, y con un estilo tan preciso como denso y enérgico.
¿Cómo resuelve, pues, Bauer la cuestión judía? ¿Cuál es el
resultado? La formulación de una cuestión es su solución. La
crítica de la cuestión judía es la respuesta a la cuestión judía.
Y el resultado, resumido, es el siguiente: tenemos que eman-
ciparnos a nosotros mismos antes de poder emancipar a otros.
La forma más rígida de la antítesis entre el judío y el cris-
tiano es la antítesis religiosa. ¿Cómo se resuelve una antíte-
sis? Haciéndola imposible. ¿Cómo se hace imposible una
antítesis religiosa? Aboliendo la religión. Tan pronto como el
judío y el cristiano reconozcan que sus respectivas y antagó-
nicas religiones no son más que diferentes fases del desarrollo
del espíritu humano, diferentes pieles de serpiente que ha cam-
biado la historia, y en el hombre la serpiente que muda en
ellas de piel, se encuentra ya no en un plano religioso sino
solamente en un plano crítico, científico, en un plano huma-
no. La ciencia es, entonces, su unidad. Pero las antítesis en el
plano de la ciencia se resuelven por la ciencia misma.
El judío alemán se enfrenta a la falta de emancipación
política en general y a la acusada cristiandad del Estado. Para
Bauer la cuestión judía tiene, sin embargo, una significación
general, independiente de las específicas circunstancias ale-
manas. Ella es la cuestión de la relación de la religión hacia el
Estado, de la contradicción entre las ataduras religiosas y la
emancipación política. La emancipación de la religión se plan-
tea como condición, tanto para el judío que quiere emanci-
parse políticamente como para el Estado que ha de eman-
cipar y que al mismo tiempo ha de ser emancipado.

Bien, se dice, y lo dice el mismo judío, el judío debe ser eman-


cipado, pero no como judío, no porque es judío, no porque
profese un principio general humano tan excelente de mora-
lidad; el judío, más bien, se ubicará en un segundo plano de-

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trás del ciudadano, y será ciudadano a pesar de ser judío y de
continuar siéndolo; es decir, es y seguirá siendo judío a pesar
de ser ciudadano y vivir dentro de relaciones generales hu-
manas; su naturaleza judía y limitada triunfa siempre y en
último término sobre sus deberes humanos y políticos. Se
mantiene el prejuicio, a pesar de dominar sobre él los princi-
pios generales. Pero si él se mantiene dominará, más bien, a
todo lo demás. «Sólo sofísticamente, en apariencia, podría el
judío seguir siendo judío en la vida del Estado; por tanto, si
quisiera seguir siendo judío, la mera apariencia sería lo esen-
cial y lo que triunfaría; es decir, su vida en el Estado sería una
mera apariencia o una excepción momentánea frente a la
esencia y la regla» [«La capacidad de los judíos y cristianos
de hoy para ser libres», Veintiún pliegos, p. 57].

Veamos, de otra parte, cómo plantea Bauer la función del


Estado:

Francia [dice] nos ha ofrecido recientemente (debates sosteni-


dos en la Cámara de Diputados del 26 de diciembre de 1840)
con relación a la cuestión judía —como de continuo en todas
las demás cuestiones políticas desde la revolución de julio— el
espectáculo de una vida que es libre pero que revoca su liber-
tad en la ley, es decir, la declara una apariencia y, de otra parte,
refuta su ley libre con los hechos [«Cuestión judía», p. 64].
En Francia, libertad general no es todavía ley, la cuestión ju-
día aún no ha sido resuelta tampoco, porque la libertad legal
—el que todos los ciudadanos son iguales— se ve coartada en
la realidad, todavía dominada y escindida por los privilegios
religiosos, y esta falta de libertad de la vida repercute sobre la
ley y la obliga a sancionar la división de los ciudadanos, en sí
libres, en oprimidos y opresores [p. 65].

¿Cuándo, entonces, se resolvería para Francia la cuestión


judía?

El judío, por ejemplo, debería necesariamente dejar de ser


judío si su ley no le impidiera cumplir con sus deberes para
con el Estado y sus conciudadanos, ir, por ejemplo, en sábado
a la Cámara de Diputados y participar en las deliberaciones
públicas. Tendría que abolirse todo privilegio religioso en ge-
neral, también, por lo tanto, el monopolio de una iglesia pri-

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vilegiada, y cuando algunos o varios o incluso la gran mayoría
se creyeran obligados a cumplir con sus deberes religiosos, este
cumplimiento de estos deberes debería dejárselo a su propio
arbitrio como asunto puramente privado [p. 65]. No hay nin-
guna religión ya, cuando no hay ninguna religión privilegia-
da. Quitad a la religión su fuerza excluyente, y ya no existirá
[p. 66]. Del mismo modo que el señor Martín du Nord veía en
la propuesta encaminada a suprimir la mención del domingo
en la ley una noción dirigida a declarar que el cristianismo ha
dejado de existir, con el mismo derecho (y este derecho está
perfectamente fundamentado) la declaración de que la ley
del sabbath ya no tiene fuerza obligatoria para el judío equi-
valdría a proclamar la abolición del judaísmo [p. 71].

Bauer exige pues, de una parte, que el judío abandone el


judaísmo y que el hombre en general abandone la religión,
para ser emancipado como ciudadano. De otra parte, conse-
cuentemente vale para él la abolición política de la religión
como la abolición de la religión en general. El Estado que pre-
supone la religión no es todavía un verdadero Estado, un Esta-
do real. «Cierto que la creencia religiosa ofrece garantías al
Estado. Pero, ¿a qué Estado? ¿A qué tipo de Estado?» (p. 97).
En este punto se pone de manifiesto la formulación unila-
teral de la cuestión judía.
No bastaría de ninguna manera con investigar quién ha
de emancipar y quién ha de ser emancipado. La crítica debe-
ría preguntarse, además, otra cosa, a saber: de qué clase de
emancipación se trata y qué condiciones son inherentes a la
naturaleza de la emancipación a que se aspira. La crítica de
la emancipación política misma era, en primer lugar, la críti-
ca final de la cuestión judía y su verdadera disolución en la
cuestión general de la época.
Por no situar el problema a este nivel Bauer incurre en
contradicciones. Pone condiciones que no están fundamen-
tadas en la esencia de la emancipación política misma. For-
mula preguntas ajenas a su tarea y resuelve tareas que dejan
su pregunta sin contestar. Cuando Bauer dice de los adversa-
rios de la emancipación de los judíos: «Su error consistía so-
lamente en presuponer que el Estado cristiano es el único
verdadero y en no someterlo a la misma crítica con que enfo-

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caban el judaísmo» (p. 3), encontramos que el error de Bauer
reside en que somete a la crítica solamente al «Estado cristia-
no» y no al «Estado en general», en que no investiga la rela-
ción entre la emancipación política y la emancipación huma-
na, y por ello pone condiciones que sólo pueden explicarse
por la confusión crítica de la emancipación política con la
emancipación humana general. Si Bauer pregunta a los ju-
díos: ¿tenéis, desde vuestro punto de vista, el derecho a aspi-
rar a la emancipación política?, nosotros preguntamos, a la
inversa: ¿tiene el punto de vista de la emancipación política el
derecho a exigir del judío la abolición del judaísmo y del hom-
bre en general la abolición de la religión?
La cuestión judía muestra una fisonomía diferente según
el Estado en que se encuentra el judío. En Alemania, en don-
de no existe un Estado político, un Estado como Estado, la
cuestión judía es una cuestión puramente teológica. El judío
se encuentra en contraposición religiosa con el Estado, que
reconoce como su fundamento el cristianismo. Este Estado
es un teólogo ex profeso. La crítica es aquí crítica de la teolo-
gía, una crítica de doble filo, crítica de la teología cristiana y
de la teología judía. Pero de este modo seguimos moviéndo-
nos dentro de la teología, por mucho que queramos mover-
nos críticamente dentro de ella.
En Francia, en el Estado constitucional, la cuestión judía
es la cuestión del constitucionalismo, la cuestión de la eman-
cipación política a medias. Puesto que aquí se conserva la
apariencia de una religión de Estado aunque sea bajo una
fórmula que nada dice y es contradictoria consigo misma,
en la fórmula de una religión de la mayoría, la relación de los
judíos ante el Estado conserva la apariencia de una contra-
posición religiosa, teológica.
Sólo en los estados libres de Norteamérica —por lo me-
nos, en una parte de ellos— pierde la cuestión judía su signi-
ficación teológica para convertirse en una verdadera cuestión
secular. Sólo donde existe el Estado político plenamente de-
sarrollado puede manifestarse en su plenitud, en su pureza,
la relación del judío, y en general del hombre religioso, hacia
el Estado político, es decir, la relación de la religión hacia el
Estado. La crítica de esta actitud deja de ser una crítica teoló-

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gica tan pronto como el Estado deja de comportarse de un
modo teológico hacia la religión, tan pronto se comporta ha-
cia la religión como Estado, es decir, políticamente. La crítica
se convierte entonces en crítica del Estado político. En este
punto, allí donde la cuestión deja de ser teológica, la crítica
de Bauer deja de ser crítica. «Il n’existe aux États-Unis ni reli-
gion de l’État, ni religion déclarée celle de la majorité, ni préemi-
nence d’un culte sur un autre. L’État est étranger á tous les cul-
tes»1 (Marie ou l’esclavage aux États-Unis, etc., G. de Beau-
mont, París, 1835, p. 214). Más aún, existen algunos estados
norteamericanos en los que «la constitution n’impose pas les
croyances religieuses et la practique d’un cultre comme condi-
tion des privileges politiques»2 (op. cit., p. 225). Sin embargo,
«on ne croit pas aux États-Unis qu’un homme sans religion
puisse être un honnête homme»3 (op. cit., p. 224). Norteaméri-
ca es, sin embargo, el país de la religiosidad, como unánime-
mente aseguran Beaumont, Tocqueville y el inglés Hamilton.
Los estados norteamericanos nos sirven, a pesar de esto, so-
lamente de ejemplo. La cuestión es: ¿cómo se comporta la
plena emancipación política en relación con la religión? Si
hasta en el país de la emancipación política plena nos encon-
tramos no sólo con la existencia de la religión sino con su
existencia lozana y vital, se presenta en ello la prueba de que
la existencia de la religión no contradice la plenitud del Esta-
do. Pero como la existencia de la religión es la existencia de
un defecto, no podemos seguir buscando la fuente de este
defecto sólo en la esencia del Estado mismo. La religión no
vale ya para nosotros como el fundamento sino tan sólo como
el fenómeno de la limitación secular. Nos explicamos por ello
las ataduras religiosas de los ciudadanos libres a partir de sus
ataduras seculares. No afirmamos que deban acabar con su
limitación religiosa para poder acabar sus barreras secula-

1. En los Estados Unidos no existe religión del Estado, ni religión decla-


rada como la de la mayoría, ni preeminencia de un culto sobre otro. El
Estado es ajeno a todos los cultos. [N. del E.]
2. La Constitución no impone las creencias religiosas ni la práctica de
un culto como condición de los privilegios políticos. [N. del E.]
3. En los Estados Unidos no se cree que un hombre sin religión pueda
ser un hombre honesto. [N. del E.]

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res. Afirmamos que ellos acaban con su limitación religiosa
tan pronto como acaban con sus barreras temporales. No
convertimos las cuestiones seculares en cuestiones teológi-
cas. Convertimos las cuestiones teológicas en seculares. Des-
pués de que la historia se ha visto disuelta durante suficiente
tiempo en la superstición, disolvemos la superstición en la
historia. El problema de la relación de la emancipación políti-
ca con la religión se convierte, para nosotros, en el problema
de la relación de la emancipación política con la emancipación
humana. Criticamos la debilidad religiosa del Estado político
al criticar el Estado político, sin considerar las debilidades
religiosas en su estructura secular. Humanizamos la contra-
dicción del Estado con una determinada religión, por ejemplo
con el judaísmo, viendo en ella la contradicción del Estado
con determinados elementos seculares, la contradicción del
Estado con la religión en general, la contradicción del Estado
con sus premisas en general.
La emancipación política del judío, del cristiano y del hom-
bre religioso en general, es la emancipación del Estado del ju-
daísmo, del cristianismo y, en general, de la religión. En su
forma, a la manera peculiar a su esencia, como Estado, el
Estado se emancipa de la religión al emanciparse de la reli-
gión de Estado, es decir, cuando el Estado como tal Estado no
reconoce ninguna religión, cuando el Estado se reconoce más
bien como tal Estado. La emancipación política de la religión
no es la emancipación de la religión llevada a fondo y exenta
de contradicciones, porque la emancipación política no es la
emancipación humana plenamente realizada y exenta de con-
tradicciones.
El límite de la emancipación política se manifiesta inme-
diatamente en el hecho de que el Estado se puede liberar de un
límite sin que el hombre se libere realmente de él, en que el
Estado pueda ser un Estado libre sin que el hombre sea un hom-
bre libre. El mismo Bauer concede tácitamente esto cuando es-
tablece la siguiente condición de la emancipación política:

Todo privilegio religioso en general, por tanto también el mo-


nopolio de una iglesia privilegiada, debería abolirse, y si al-
gunos o muchos o incluso la gran mayoría se creyeran obliga-

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dos a cumplir con deberes religiosos, el cumplimiento de estos
deberes debería dejarse a su propio arbitrio como asunto
puramente privado.

Por tanto, el Estado puede haberse emancipado de la reli-


gión incluso aun cuando la gran mayoría siga siendo religio-
sa. Y la gran mayoría no dejará de ser religiosa por el hecho
de que su religiosidad sea algo puramente privado.
Pero el comportamiento del Estado hacia la religión, a
saber del Estado libre, sólo es el comportamiento de los hom-
bres que forman el Estado hacia la religión. De lo que se si-
gue que el hombre se libera por medio del Estado, se libera
políticamente de una barrera, poniéndose en contradicción
consigo mismo, al sobreponerse a esta barrera de una mane-
ra abstracta y limitada, de una manera parcial. Se sigue, ade-
más, de aquí que el hombre al liberarse políticamente se li-
bera dando un rodeo, a través de un medio, así sea un medio
necesario. Y se sigue, finalmente, que el hombre, aun cuando
se proclame ateo por mediación del Estado, es decir, cuan-
do proclama el Estado ateo, sigue sujeto a las ataduras reli-
giosas, precisamente porque sólo se reconoce a sí mismo me-
diante un rodeo, a través de un medio. La religión es, justa-
mente, el reconocimiento del hombre a través de un rodeo, a
través de un mediador. El Estado es el mediador entre el hom-
bre y la libertad del hombre. Así como Cristo es el mediador
sobre quien el hombre descarga toda su divinidad, toda su
servidumbre religiosa, así también es el Estado el mediador
en el que ubica toda su no-divinidad, toda su no-servidumbre
humana.
La elevación política del hombre por encima de la religión
participa de todas las deficiencias y todas las ventajas de la
elevación política en general. El Estado como Estado anula,
por ejemplo, la propiedad privada, el hombre declara de ma-
nera política la propiedad privada como abolida cuando su-
prime el censo de fortuna para el derecho de elegir y ser elegi-
do, como ha sucedido ya en muchos estados norteamerica-
nos. Hamilton interpreta con toda exactitud este hecho, desde
el punto de vista político, cuando dice:

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La gran masa ha triunfado sobre los propietarios y la riqueza
del dinero. ¿Acaso no se suprime idealmente la propiedad
privada cuando el desposeído se convierte en legislador de
los que poseen? El censo de fortuna es la última forma política
de reconocimiento de la propiedad privada.

Sin embargo, con la anulación política de la propiedad


privada no sólo no se la destruye sino que incluso se la presu-
pone. El Estado anula a su modo las diferencias de nacimien-
to, de estado social, de cultura y de ocupación al declarar el
nacimiento, el estamento, la cultura y la ocupación como di-
ferencias no políticas, al proclamar a todo miembro del pue-
blo, sin atender a estas diferencias, como copartícipe por igual
de la soberanía popular, al tratar a todos los elementos de la
vida real del pueblo desde el punto de vista del Estado. No
obstante, el Estado deja que la propiedad privada, la cultura
y la ocupación actúen a su modo, es decir, como propiedad
privada, como cultura y como ocupación, y hagan valer su
naturaleza especial. Muy lejos de acabar con estas diferencias
de hecho, el Estado sólo existe bajo estas premisas, sólo se
siente como Estado político y sólo hace valer su generalidad
en contraposición a estos elementos suyos. Por eso Hegel de-
termina muy correctamente la relación del Estado político
hacia la religión cuando dice:

Para que el Estado cobre existencia como la realidad ética del


espíritu que se sabe a sí misma, es necesario que se distinga de
la forma de la autoridad y de la fe; y esta distinción sólo se
manifiesta en la medida en que el lado eclesiástico llega a
separarse en sí mismo; sólo así, por encima de las Iglesias espe-
ciales, ha conquistado y lleva a la existencia el Estado la gene-
ralidad del pensamiento, el principio de su forma [Hegel,
Filosofía del Derecho, 1.ª edición, p. 346].

En efecto, sólo así, por encima de los elementos especiales,


se constituye el Estado como generalidad.
El Estado político acabado es por su esencia la vida gené-
rica del hombre por oposición a su vida material. Todas las
premisas de esta vida egoísta permanecen al margen de la
esfera del Estado en la sociedad burguesa, pero como propie-

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dades de ésta. Allí donde el Estado político ha alcanzado su
verdadero desarrollo el hombre lleva, no sólo en el pensa-
miento, en la conciencia, sino en la realidad, en la vida, una
doble vida, celestial y terrenal; la vida en la comunidad políti-
ca, en la que se considera como ser comunitario, y la vida en
la sociedad burguesa, en la que actúa como particular, consi-
dera a los otros hombres como medios, se degrada a sí mis-
mo como medio y se convierte en juguete de poderes extra-
ños. El Estado político se comporta con respecto a la socie-
dad burguesa de un modo tan espiritualista como el cielo con
respecto a la tierra. Se encuentra con respecto a ella en la
misma contraposición y la supera del mismo modo que la
religión supera a la limitación del mundo profano, es decir,
reconociéndola también de nuevo, restaurándola y dejándo-
se necesariamente dominar por ella. El hombre en su inme-
diata realidad, en la sociedad civil, es un ser profano. Aquí,
donde vale ante sí mismo y ante los otros como individuo
real, es él una manifestación no verdadera.
Por el contrario, en el Estado, donde el hombre vale como
un ser genérico, es el miembro imaginario de una soberanía
imaginaria, se le ha despojado de su vida individual real y se
le ha dotado de una generalidad irreal.
El conflicto en que se encuentra el hombre como creyen-
te de una religión especial y su ciudadanía, y los demás hom-
bres en cuanto miembros de la comunidad, se reduce al di-
vorcio secular entre el Estado político y la sociedad burgue-
sa. Para el hombre, en tanto bourgeois, «la vida dentro del
Estado es sólo apariencia o una excepción momentánea
contra la esencia y la regla». Cierto que el bourgeois, como
el judío, sólo se mantiene sofísticamente dentro de la vida
del Estado, del mismo modo que el citoyen sólo sofística-
mente sigue siendo judío o bourgeois; pero esta sofística no
es personal. Es la sofística del Estado político mismo. La di-
ferencia entre el hombre religioso y el ciudadano es la dife-
rencia entre el comerciante y el ciudadano, entre el jornale-
ro y el ciudadano, entre el terrateniente y el ciudadano, en-
tre el individuo viviente y el ciudadano. La contradicción en
que se encuentra el hombre religioso con el hombre político
es la misma contradicción en que se encuentra el bourgeois

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de la diferencia. Se ha convertido en la expresión de la separa-
ción del hombre de su comunidad, de sí mismo y de los otros
hombres, lo que originariamente era. No es más que la confe-
sión abstracta de la especial inversión, del capricho privado,
de la arbitrariedad. La dispersión infinita de la religión en
Norteamérica, por ejemplo, le da ya exteriormente la forma
de un asunto puramente individual. Ella se ha degradado al
número de los intereses privados y ha sido desterrada de la
comunidad como comunidad. Pero no nos engañemos acer-
ca de los límites de la emancipación política. La escisión del
hombre en el hombre público y el hombre privado, la disloca-
ción de la religión con respecto al Estado, para desplazarla a
la sociedad burguesa, no constituye una fase sino la plenitud
de la emancipación política, la cual, por lo tanto, ni suprime
ni aspira a suprimir la religiosidad real del hombre.
La desintegración del hombre en el judío y en el ciudada-
no, en el protestante y en el ciudadano, en el hombre reli-
gioso y en el ciudadano, esta desintegración no es ninguna
mentira contra la ciudadanía, no es una evasión de la eman-
cipación política sino que es la emancipación política mis-
ma, es la forma política de emanciparse de la religión. Es
cierto que en las épocas en que el Estado político surge vio-
lentamente como Estado político del seno de la sociedad
burguesa, en que la autoliberación humana aspira a reali-
zarse bajo la forma de autoliberación política, puede y debe
avanzar el Estado hacia la supresión de la religión, hasta la
destrucción de la religión, pero sólo como avanza hacia la
abolición de la propiedad privada, hacia el precio máximo,
hacia la confiscación, hacia el impuesto progresivo, hacia la
abolición de la vida, hacia la guillotina. En los momentos de
su amor particular propio la vida política trata de aplastar
su premisa, la sociedad burguesa y sus elementos, y a cons-
tituirse en la vida genérica real y no contradictoria del hom-
bre. No lo logra sino a través de la violenta contradicción
con sus propias condiciones de vida, sólo declarando la re-
volución como permanente y el drama político termina, por
tanto, no menos necesariamente con la restauración de la
religión, de la propiedad privada, de todos los elementos de
la sociedad burguesa, así como la guerra termina con la paz.

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No es, en efecto, el así llamado Estado cristiano, que reco-
noce el cristianismo como su fundamento, como religión de
Estado y se comporta, por tanto, en forma excluyente hacia
otras religiones, el Estado cristiano acabado, sino más bien
el Estado ateo, el Estado democrático, el Estado que relega a
la religión entre los restantes elementos de la sociedad bur-
guesa. Al Estado que todavía es teólogo, que mantiene toda-
vía de un modo oficial la profesión de fe del cristianismo, que
todavía no se atreve a proclamarse como Estado, no le ha
sido posible todavía expresar en forma secular, humana, en
su realidad como Estado, el fundamento humano cuya expre-
sión superabundante es el cristianismo. El llamado Estado
cristiano sólo es, sencillamente, el no-Estado, porque no es
posible realizar en creaciones verdaderamente humanas el
cristianismo como religión, sino sólo el fondo humano de la
religión cristiana.
El así llamado Estado cristiano es la negación cristiana
del Estado, pero de ningún modo la realización estatal del
cristianismo. El Estado que sigue reconociendo el cristianis-
mo en forma de religión no lo reconoce en forma de Estado,
pues él se comporta todavía religiosamente ante la religión,
es decir, no es la ejecución real del fundamento humano de la
religión porque apela todavía a la irrealidad, a la forma imagi-
naria de este meollo humano. El así llamado Estado cristia-
no es el Estado imperfecto y la religión cristiana le sirve de
complemento y para santificación de su imperfección. La re-
ligión se convierte para él, por tanto, necesariamente en un
medio, y él es el Estado de la hipocresía. Hay una gran dife-
rencia entre que el Estado acabado cuente la religión entre
sus premisas por razón de la deficiencia implícita en la esen-
cia general del Estado o que el Estado imperfecto declare la
religión como su fundamento por razón de la deficiencia implí-
cita en su existencia especial como Estado deficiente. En el
último caso la religión se convierte en política imperfecta.
En el primer caso se muestra en la religión la imperfección
misma de la política acabada. El así llamado Estado cristiano
necesita de la religión cristiana para perfeccionarse como Es-
tado. El Estado democrático, el Estado real, no necesita de la
religión para su plenitud. Él puede abstraerse de la religión

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ya que en él el fundamento humano de la religión se realiza
de un modo secular. El así llamado Estado cristiano, en cam-
bio, se comporta políticamente hacia la religión y religiosa-
mente hacia la política. Si degrada a mera apariencia la for-
ma del Estado, degrada igualmente la religión a apariencia.
Para aclarar esta antítesis examinemos la construcción de
Bauer del Estado cristiano, que ha surgido de la contempla-
ción del Estado cristiano-germánico.

Últimamente —dice Bauer— suele remitirse, para demostrar


la imposibilidad o la inexistencia de un Estado cristiano, a aque-
llas sentencias de los Evangelios que el Estado actual no sólo
no acata sino que ni siquiera tampoco puede acatar si no quiere
disolverse totalmente como Estado. «Pero la cosa no se resuelve
tan fácilmente. ¿Qué exigen, pues, aquellas sentencias evangé-
licas? La negación sobrenatural de sí mismo, la sumisión a la
autoridad de la revelación, la repulsa del Estado, la supresión
de las relaciones seculares. Pues bien, todo esto es lo que exige
y lleva a cabo el Estado cristiano. Él se ha apropiado del espíri-
tu del Evangelio y si no lo predica con las mismas palabras con
que el Evangelio lo expresa, esto proviene sencillamente de
que manifiesta este espíritu en formas estatales, es decir, lo
manifiesta en formas que, aunque ciertamente están tomadas
de la naturaleza del Estado y de este mundo, son reducidas a la
apariencia en el renacimiento religioso que tiene que experi-
mentar. Es la repulsa del Estado, que se cumple empleando las
formas del Estado» [p. 55].

A continuación desarrolla Bauer cómo el pueblo del Esta-


do cristiano no es más que un no-pueblo, no tiene ya voluntad
propia, pero posee su verdadera existencia en la cabeza a que
se halla sometido, la cual, sin embargo, le es ajena por su ori-
gen y naturaleza, es decir, que le ha sido dada por Dios y se la
ha puesto al frente de él sin su intervención, del mismo modo
que las leyes de este pueblo no son su obra sino revelaciones
positivas, que su jefe requiere de mediadores privilegiados para
entenderse con el verdadero pueblo propiamente tal, así como
esta misma masa se desintegra en una multitud de sectores es-
peciales que forma y determina el azar, que se diferencian en-
tre sí por sus intereses, sus pasiones y prejuicios especiales,
como privilegio el excluirse los unos de los otros, etc. (p. 56).

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Pero el mismo Bauer dice:

La política, cuando no quiere ser nada más que religión, no


puede ser política, tan poco como podemos considerar asun-
to doméstico el lavar las ollas si se lo considera un rito religio-
so [p. 108]. Pero en el Estado cristiano-germánico la religión
es «asunto doméstico», así como los «asuntos domésticos»
son religión. En el Estado cristiano-germánico el poder de la
religión es la religión del poder.

La separación del «espíritu del Evangelio» de la «letra del


Evangelio» es un acto irreligioso. El Estado que hace hablar
al Evangelio en la letra de la política, en otra letra que la del
Espíritu Santo, comete un sacrilegio, si no a los ojos huma-
nos sí a los ojos de su propia religión. Al Estado que profesa
el cristianismo como su norma suprema y reconoce la Biblia
como su Carta Constitucional se le deben oponer las palabras
de la Sagrada Escritura, pues la Escritura es sagrada hasta
en la letra. Este Estado, tanto como la basura humana sobre
la cual descansa, incurre en una dolorosa contradicción, in-
superable desde el punto de vista de la conciencia religiosa,
cuando se le remite a aquellas sentencias del Evangelio que
«no sólo no acata sino que tampoco puede acatar si no quiere
disolverse totalmente como Estado». ¿Y por qué no quiere di-
solverse totalmente? Él mismo no puede ni contestarse ni
contestar a otros a este respecto. Ante su propia conciencia, el
Estado cristiano oficial es un deber ser, cuya realización re-
sulta inalcanzable, que sólo acierta a completar la realidad de
su existencia mintiéndose a sí mismo y que, por tanto, sigue
siendo constantemente ante sí mismo un objeto problemáti-
co en el que no se puede confiar. Por eso la crítica está en su
pleno derecho al obligar a reconocer lo torcido de su con-
ciencia al Estado que apela a la Biblia cuando ni él mismo ya
sabe si es una imaginación o una realidad, desde el momento
en que la infamia de sus fines seculares, a los que la religión
sirve solamente de disfraz, se hallan en insoluble contradic-
ción con la honorabilidad de su conciencia religiosa, que ve
en la religión el final del mundo. Este Estado sólo puede redi-
mirse de su tormento interior convirtiéndose en esbirro de la
Iglesia católica. Frente a ella, una Iglesia que considera al

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poder secular como un cuerpo a su servicio, el Estado es im-
potente, impotente el poder secular que pretende ser el impe-
rio del espíritu religioso.
En el así llamado Estado cristiano vale, ciertamente, la
enajenación, pero no el hombre. El único hombre que aquí
vale, el rey, es un ser específicamente distinto de los demás
hombres, y es, además, un ser de por sí religioso, en relación
directa con el cielo, con Dios. Las relaciones dominantes aquí
siguen siendo relaciones creyentes. Por tanto, el espíritu reli-
gioso no se ha secularizado todavía realmente.
Pero el espíritu religioso no puede tampoco llegar a secu-
larizarse realmente, pues, ¿qué es él mismo sino la forma no
secular de un grado del desarrollo del espíritu humano? El
espíritu religioso sólo puede llegar a realizarse en la medida
en que el grado de desarrollo del espíritu humano, del que es
expresión religiosa, se destaca y se constituye en su forma
secular. Esto sucede en el Estado democrático. El fundamen-
to de este Estado no es el cristianismo sino el fundamento
humano del cristianismo. La religión sigue siendo la concien-
cia ideal, no secular, de sus miembros, porque es la forma del
grado humano de desarrollo que en él se realiza.
Los miembros del Estado político son religiosos por el dua-
lismo entre la vida individual y la vida genérica, entre la vida
de la sociedad burguesa y la vida política: son religiosos en
cuanto que el hombre se comporta hacia la vida del Estado,
que se halla en el más allá de su individualidad real, como
hacia su vida verdadera; religiosos en cuanto la religión es
aquí el espíritu de la sociedad burguesa, la expresión del di-
vorcio y el distanciamiento del hombre respecto del hombre.
La democracia política es cristiana en cuanto en ella el
hombre, no sólo un hombre sino todo hombre, vale como ser
soberano y supremo, pero el hombre en su manifestación no
cultivada y no social, el hombre en su existencia casual, el
hombre tal y como anda y se yergue, el hombre tal y como se
ha corrompido por toda la organización de nuestra sociedad,
se ha perdido a sí mismo, se ha enajenado, se ha entregado al
imperio de relaciones y elementos inhumanos; en una pala-
bra, el hombre que aún no es un ser genérico real. La imagen
fantástica, el sueño, el postulado del cristianismo, la sobera-

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nía del hombre, pero como de un ser extraño, diferente del
hombre real, es en la democracia realidad sensible, presente,
máxima secular.
La misma conciencia religiosa y teológica se considera en
la democracia plena tanto más religiosa, tanto más teológica,
cuanto al parecer no tiene significación política y objetivos
terrenales, cuanto más es, al parecer, asunto del espíritu re-
traído del mundo, expresión de la limitación del entendimien-
to, producto de la arbitrariedad y de la fantasía, cuanto más
es realmente vida del más allá. El cristianismo alcanza aquí
la expresión práctica de su significación religiosa-universal,
agrupando unas junto a otras las más dispares concepciones
del mundo en la forma del cristianismo, y más aún por el
hecho de que no plantea a otros ni siquiera la exigencia del
cristianismo sino tan sólo la de la religión en general, de cual-
quier religión (cfr. la citada obra de Beaumont). La concien-
cia religiosa se regala en la riqueza de la antítesis religiosa y
de la pluralidad religiosa.
Hemos mostrado, pues, que la emancipación política con
respecto a la religión deja en pie la religión, aunque no una
religión privilegiada. La contradicción en que el creyente de
una religión particular se encuentra con su ciudadanía no
es más que una parte de la general contradicción secular en-
tre el Estado político y la sociedad burguesa. La plenitud del
Estado cristiano es el Estado que se reconoce como Estado
y se abstrae de la religión de sus miembros. La emancipa-
ción del Estado con respecto a la religión no es la emanci-
pación del hombre real con respecto a ella.
Por ello no decimos, con Bauer, a los judíos: no podéis
emanciparos políticamente sin emanciparos radicalmente del
judaísmo. Más bien les decimos: porque podéis emanciparos
políticamente sin desprenderos radical y absolutamente del
judaísmo, por ello la emancipación política no es la emanci-
pación humana. Si vosotros, judíos, queréis emanciparos po-
líticamente sin emanciparos humanamente a vosotros mis-
mos, la solución a medias y la contradicción no radica en
vosotros sino en la esencia y en la categoría de la emancipa-
ción política. Si estáis presos en esta categoría participáis de
una situación general de encadenamiento. Así como el Esta-

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do evangeliza cuando, a pesar de ser ya Estado, se comporta
cristianamente hacia los judíos, así también el judío politiza
cuando, a pesar de ser judío, reclama derechos de ciudada-
nía del Estado.
Pero si el hombre, aunque sea judío, puede emanciparse
políticamente y adquirir derechos de ciudadanía del Estado,
¿puede reclamar y obtener los así llamados derechos huma-
nos? Bauer niega esto.

El problema está en saber si el judío en tanto tal, es decir, el


judío que confiesa él mismo sentirse obligado por su verdade-
ra esencia a vivir eternamente aislado de otros, sea capaz de
obtener y conceder a otros los derechos generales del hombre.
La idea de los derechos humanos fue descubierta para el
mundo cristiano apenas en el siglo pasado. No es una idea
innata al hombre, más bien éste la conquista en lucha contra
las tradiciones históricas en las que el hombre fue educado
hasta ahora. Los derechos humanos no son, pues, un don
de la naturaleza, un regalo de la historia anterior, sino el fru-
to de la lucha contra el azar del nacimiento y contra los privi-
legios que la historia hasta ahora venía transmitiendo heredi-
tariamente de generación en generación. Son el resultado de
la cultura y sólo puede poseerlos quien haya sabido adquirir-
los y merecerlos.
¿Puede, pues, realmente el judío llegar a poseerlos? Mien-
tras siga siendo judío, la esencia limitada que hace de él un
judío tiene necesariamente que triunfar sobre la esencia hu-
mana que, en cuanto hombre, debe vincularlo a los demás
hombres y separarlo de los que no son judíos. Él declara a
través de esta separación que la esencia especial que hace de
él un judío es su verdadera suprema esencia, ante la que tiene
que retroceder la esencia humana.
Y del mismo modo, no puede el cristiano, en cuanto cristia-
no, conceder ninguna clase de derechos humanos [pp. 19-20].

Según Bauer, el hombre tiene que sacrificar el privilegio de


la fe para poder recibir los derechos generales del hombre.
Observemos un momento los así llamados derechos huma-
nos, por cierto, los derechos humanos bajo su forma auténti-
ca, bajo la forma que les dieron sus descubridores, los norte-
americanos y los franceses. Estos derechos humanos son, en

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parte, derechos políticos, derechos que sólo pueden ejercerse
en comunidad con otros hombres. Su contenido lo constitu-
ye la participación en la comunidad, y concretamente en la
comunidad política, en el Estado. Ellos entran en la categoría
de la libertad política, en la categoría de los derechos civiles,
que no presuponen, ni mucho menos, como hemos visto, la
abolición positiva y libre de contradicciones de la religión;
así pues, también, por tanto, la del judaísmo. Queda por con-
siderar la otra parte de los derechos humanos, los droits de
l’homme,5 en cuanto se distinguen de los droits du citoyen.6
Entre ellos se encuentra la libertad de conciencia, el dere-
cho de practicar cualquier culto. El privilegio de la fe es reco-
nocido expresamente bien como un derecho humano, bien
como consecuencia de un derecho humano, de la libertad.
Déclaration des droits de l’homme et du citoyen,7 1791, art. 10:
«Nul ne droit être inquieté pour ses opinions même religieu-
ses».8 Y en el título I de la Constitución de 1791 se garantiza
como derecho del hombre: «La liberté a tout homme d’exercer
le culte religieux auquel it est attaché».9
La Déclaration des droits de l’homme, etc., 1793, incluye
entre los derechos humanos, art. 7: «Le libre exercise des cul-
tes».10 Más aún, en lo que atañe al derecho de publicar sus
pensamientos y opiniones, reunirse, ejercer un culto, se dice
incluso: «la necessité d’énoncer ces droits suppose ou la pré-
sence ou le souvenir récent du despotisme».11 Compárese la
Constitución de 1795, título XIV, art. 354.
Constitución de Pensilvania, art. 9 § 3:

Todos los hombres han recibido de la naturaleza el derecho


imprescriptible de adorar al Todopoderoso con arreglo a las
inspiraciones de su conciencia y nadie puede, legalmente, ser
obligado a practicar, instituir o sostener en contra de su volun-

5. Derechos del Hombre.


6. Derechos del Ciudadano.
7. Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
8. No debe perseguirse a nadie por sus opiniones, incluso las religiosas.
9. A todos la libertad de practicar el culto religioso a que se halle adscrito.
10. El libre ejercicio de los cultos.
11. La necesidad de enunciar estos derechos presupone o la presencia o
el recuerdo reciente del despotismo.

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tad ningún culto o ministerio religioso, ni fiscalizar las poten-
cias del alma.

Constitución de New Hampshire, arts. 5 y 6:

Entre los derechos naturales, algunos son inalienables por


naturaleza, ya que no pueden ser sustituidos por otros. Y en-
tre ellos figuran los derechos de conciencia [Beaumont, op.
cit., pp. 213-214].

Tan ajena es al concepto de los derechos humanos la in-


compatibilidad con la religión que, lejos de ello, se incluye
expresamente entre los derechos humanos el derecho a ser
religioso, a serlo de cualquier modo y a practicar el culto de
su particular religión. El privilegio de la fe es un derecho hu-
mano general.
Los droits de l’homme, los derechos humanos, se distin-
guen como tales de los droits du citoyen, de los derechos civi-
les. ¿Cuál es el homme a quien aquí se distingue del citoyen?
Ningún otro sino el miembro de la sociedad burguesa. ¿Por
qué es llamado el miembro de la sociedad burguesa «hom-
bre», llanamente hombre, hombre por naturaleza, y se nom-
bran sus derechos derechos del hombre? ¿A partir de qué ex-
plicamos este hecho? De las relaciones entre el Estado políti-
co y la sociedad burguesa, de la esencia de la emancipación
política.
Constatemos ante todo el hecho de que los llamados dere-
chos del hombre, los droits de l’homme, a diferencia de los
droits du citoyen, no son otra cosa que los derechos del miem-
bro de la sociedad burguesa, es decir, del hombre egoísta, del
hombre separado del hombre y de la comunidad. La más ra-
dical de las constituciones, la Constitución de 1793, puede
proclamar:

Déclaration des droits de l’homme et du citoyen


Art. 2: Ces droits, etc. (les droits naturels et imprescriptibles),
sont: l’égalité, la liberté, la sureté, la proprieté.12

12. Estos derechos, etc. (los derechos naturales e imprescindibles), son:


la igualdad, la libertad, la seguridad y la propiedad.

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¿En qué consiste la liberté?
Art. 6: «La liberté est le pouvoir qui appartient a l’homme
de faire tout ce qui ne nuit pas aux droits d’autrui»13 o, se-
gún la Declaración de los Derechos del Hombre de 1791:
«La liberté consiste à pouvoir faire tout ce qui ne nuit pas à
autrui».14
La libertad es, por tanto, el derecho de hacer y emprender
todo lo que no dañe a otro. El límite dentro del cual puede
moverse todo hombre sin perjudicar al otro lo determina la
ley, así como la cerca señala la divisoria entre dos tierras. Se
trata de la libertad del hombre como mónada aislada, reple-
gada sobre sí misma. ¿Por qué es el judío incapaz, según Bauer,
de recibir los derechos humanos? «Mientras siga siendo ju-
dío, la esencia limitada que hace de él un judío tiene necesa-
riamente que triunfar sobre la esencia humana que, en cuan-
to hombre, debe vincularle a los demás hombres y separarlo
de los no judíos». Pero el derecho humano de la libertad no
se basa en el vínculo del hombre con el hombre sino, más
bien, en la separación del hombre con respecto al hombre.
Es el derecho a esta separación, el derecho del individuo deli-
mitado, limitado a sí mismo.
La aplicación práctica del derecho humano de la libertad
es el derecho humano de la propiedad privada.
¿En qué consiste el derecho humano de la propiedad pri-
vada? Art. 16 (Constitución de 1793):

Le droit de proprieté est celui qui appartient a tout citoyen de


jouir et de disposer a son gré de ses biens, de ses revenus, du
fruit de son travail et de son industrie.15

El derecho humano de la propiedad privada es, pues, el


derecho a disfrutar de su patrimonio y a disponer de él arbitra-
riamente (a son gré), sin atender a los demás hombres, inde-

13. La libertad es el poder propio del hombre de hacer todo lo que no


lesione los derechos de otro.
14. La libertad consiste en poder hacer todo lo que no perjudique a otro.
15. El derecho de propiedad es el derecho de todo ciudadano de gozar y
disponer a su antojo de sus bienes, de sus rentas, de los frutos de su trabajo
y de su industria.

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pendientemente de la sociedad, el derecho del interés perso-
nal. Aquella libertad individual, así como esta aplicación de la
misma, constituyen el fundamento de la sociedad burguesa,
que hace que todo hombre encuentre en otros hombres no la
realización sino, más bien, la limitación de su libertad. Y procla-
ma por encima de todo el derecho humano «de jouir et de
disposer a son gré de ses biens, de ses revenus, du fruit de son
travail et de son industrie».
Quedan todavía los otros derechos humanos, la égalité y
la sureté.
La égalité, considerada aquí en su sentido no político, no
es nada más que la igualdad de la liberté descrita más arriba,
a saber: que todo hombre es considerado por igual como una
mónada que descansa en sí misma. La Constitución de 1795
determina del siguiente modo el concepto de esta igualdad,
de acuerdo con su significación:

Art. 3 (Constitution de 1795): «L’égalité consiste en ce que


la loi est la même por tous, soit qu’elle protege, soit qu’elle
punisse».16

¿Y la sureté?

Art. 8 (Constitution de 1795): «La sureté consiste dans la


protection accordé par la societé a chacun de ses membres
pour la conservation de sa personne, de ses droits et de ses
proprietés».17

La seguridad es el más alto concepto social de la sociedad


burguesa, el concepto de la policía, que toda la sociedad exis-
te sólo para garantizar a cada uno de sus miembros la conser-
vación de su persona, de sus derechos y de su propiedad. Es
en este sentido que Hegel llama a la sociedad burguesa «el
Estado de necesidad y de entendimiento».

16. La igualdad consiste en la aplicación de la misma ley a todos, tanto


cuando protege como cuando castiga.
17. La seguridad consiste en la protección acordada por la sociedad a
cada uno de sus miembros para la conservación de su persona, sus dere-
chos y sus propiedades.

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Por el concepto de la seguridad la sociedad burguesa no
se eleva sobre su egoísmo. La seguridad es, más bien, el ase-
guramiento del egoísmo.
Ninguno de los así llamados derechos humanos va, por
tanto, más allá del hombre egoísta, del hombre tal y como
es miembro de la sociedad burguesa, es decir, del indivi-
duo replegado en sí mismo, en su interés privado y en su
arbitrariedad privada, y separado de la comunidad. Lejos
de que se conciba en ellos al hombre como ser genérico,
aparece en ellos la vida genérica misma, la sociedad, más
bien como un marco externo a los individuos, como limi-
tación de su independencia originaria. El único vínculo que
los cohesiona es la necesidad natural, la necesidad y el in-
terés privado, la conservación de su propiedad y de su per-
sona egoísta.
Ya es enigmático el que un pueblo que comienza preci-
samente a liberarse, que comienza a derribar todas las ba-
rreras entre los distintos miembros que lo componen y a
fundar una comunidad política, que un pueblo tal procla-
me solemnemente la legitimidad del hombre egoísta, se-
parado de sus semejantes y de la comunidad (Déclaration
de 1791); y más aún que reitere esta misma proclamación
en un momento en que sólo la más heroica abnegación
puede salvar a la nación y se la exige, por tanto, imperio-
samente, en un momento en que se pone a la orden del
día el sacrificio de todos los intereses de la sociedad bur-
guesa y en que el egoísmo debe ser castigado como un
crimen (Declaration des droits de l’homme, etc., de 1795).
Pero este hecho resulta todavía más enigmático cuando
vemos que los emancipadores políticos rebajan incluso la
ciudadanía, la comunidad política, a la condición de sim-
ple medio para la conservación de estos así llamados de-
rechos humanos, que, por tanto, se declara al citoyen ser-
vidor del hombre egoísta, se degrada la esfera en que el
hombre se comporta como comunidad por debajo de la
esfera en que se comporta como un ser parcial; finalmen-
te, que no se considere cono verdadero y auténtico hombre
al hombre en cuanto ciudadano, sino al hombre en cuan-
to burgués.

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«Le but de toute association politique est la conservation des
droits naturels et imprescriptibles de l’homme»18 (Declaration
des droits, etc., de 1791, art. 2). «Le gouvernement est institué
pour garantir à l’homme la jouissance de ses droits naturels et
imprescriptibles»19 (Declaration, etc., de 1793, art. 1). Por tanto,
incluso en los momentos de su entusiasmo todavía juvenil, exal-
tada por la fuerza de las circunstancias, la vida política se de-
clara como un simple medio cuyo fin es la vida de la sociedad
burguesa. Cierto que su práctica revolucionaria se halla en fla-
grante contradicción con su teoría. Mientras se proclama la
seguridad como un derecho humano se pone públicamente a
la orden del día la violación del secreto de la correspondencia,
mientras se garantiza la «liberté indéfinie de la presse»20 (Cons-
titution de 1793, art. 122) como consecuencia del derecho hu-
mano, de la libertad individual, se anula totalmente la libertad
de prensa, pues «la liberté de la presse ne doit pas être permise
lorsqu’elle compromet la liberté politique»21 (Robespierre el
joven, Histoire parlamentaire de la Révolution francaise, Buchez
et Roux, t. 28, p. 159). Es decir, que el derecho humano de la
libertad deja de ser un derecho en cuanto entra en colisión con
la vida política. Mientras que, según la teoría, la vida política
sólo es la garantía de los derechos humanos, de los derechos
del hombre individual, se les debe por lo tanto abandonar tan
pronto como contradicen a su objetivo, estos derechos huma-
nos. Pero la práctica es sólo la excepción y la teoría la regla.
Pero incluso si nos empeñáramos en considerar la práctica re-
volucionaria misma como el planteamiento certero de la rela-
ción queda por resolver el misterio de por qué en la conciencia
de los emancipadores políticos se invierten los términos de la
relación y aparece el fin como medio y el medio como fin. Esta
ilusión óptica de su conciencia sería el mismo misterio, si bien
entonces sería un misterio psicológico, teorético.

18. El fin de toda asociación política es la conservación de los derechos


naturales e imprescriptibles del hombre.
19. El gobierno ha sido instituido para garantizar al hombre el disfrute
de sus derechos naturales e imprescriptibles.
20. Libertad indefinida de la prensa.
21. La libertad de prensa no debe permitirse cuando compromete la
libertad política.

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El enigma se resuelve de un modo sencillo.
La emancipación política es, al mismo tiempo, la disolu-
ción de la vieja sociedad sobre la que descansa el Estado ena-
jenado respecto del pueblo, el poder señorial. La revolución
política es la revolución de la sociedad burguesa. ¿Cuál era el
carácter de la vieja sociedad? Una palabra la caracteriza. El
feudalismo. La vieja sociedad burguesa tenía inmediatamente
un carácter político, es decir, los elementos de la vida burgue-
sa como, por ejemplo, la posesión o la familia o el tipo y el
modo del trabajo, se habían elevado al plano de elementos de
la vida estatal, bajo la forma de la propiedad territorial, del
estamento y de la corporación. Ellos determinaban en esta
forma la relación del individuo hacia el conjunto del Estado,
es decir, su relación política o, lo que es lo mismo, su relación
de separación y exclusión respecto de las otras partes inte-
grantes de la sociedad: pues aquella organización de la vida
del pueblo no elevaba la propiedad, la posesión o el trabajo a
la condición de elementos sociales sino que, más bien, lleva-
ba a término su separación del conjunto del Estado y los cons-
tituía en sociedades especiales en la sociedad. No obstante,
las funciones y condiciones de vida de la sociedad burguesa
seguían siendo políticas, aunque políticas en el sentido del feu-
dalismo; es decir, excluían al individuo del conjunto del Esta-
do y convertían la relación especial de su corporación hacia el
conjunto del Estado en su propia relación general hacia la
vida del pueblo, así como convertían su determinada activi-
dad y situación burguesa en su actividad y situación general.
Como consecuencia de esta organización, la unidad del Esta-
do aparece necesariamente como la conciencia, la voluntad y
la actividad de la unidad del Estado, el poder general del Es-
tado igualmente como incumbencia especial de un señor se-
parado del pueblo y de sus servidores.
La revolución política, que derrocó este poder señorial y
elevó los asuntos del Estado a asuntos del pueblo y constitu-
yó el Estado político como asunto de incumbencia general, es
decir, como Estado real, destruyó necesariamente todos los
estamentos, corporaciones, gremios, privilegios, que eran tam-
bién otras tantas expresiones de la separación del pueblo res-
pecto de su comunidad. La revolución política suprimió, con

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ello, el carácter político de la sociedad burguesa. Rompió la
sociedad burguesa en sus partes integrantes más simples, de
una parte en los individuos y de otra en los elementos mate-
riales y espirituales que conforman el contenido de vida, la
situación civil de estos individuos. Desencadenó el espíritu
político, que se hallaba como escindido, dividido y estancado
en los diversos callejones de la sociedad feudal; lo aglutinó
sacándolo de esta dispersión, lo liberó de su confusión con la
vida civil y lo constituyó como la esfera de la comunidad, de
la incumbencia general del pueblo en la independencia ideal
con respecto a aquellos elementos especiales de la vida civil.
La determinada actividad de vida y la situación de vida deter-
minada descendieron hasta una significación puramente in-
dividual. Dejaron de conformar la relación general del indivi-
duo hacia el conjunto del Estado. La incumbencia pública
como tal se convirtió ahora en incumbencia general de cada
individuo y la función política en su función general.
Sólo que la plenitud del idealismo del Estado era al mis-
mo tiempo la plenitud del materialismo de la sociedad bur-
guesa. Al sacudirse el yugo político se sacudieron al mismo
tiempo los vínculos que mantenían el espíritu egoísta de la
sociedad burguesa. La emancipación política fue al mismo
tiempo la emancipación de la sociedad burguesa con respec-
to a la política, su emancipación de la apariencia misma de
un contenido general.
La sociedad feudal se había disuelto en su fundamento,
en el hombre. Pero en el hombre tal y como realmente era su
fundamento, en el hombre egoísta.
Este hombre, el miembro de la sociedad burguesa, es aho-
ra la base, la premisa del Estado político. Y como tal es reco-
nocido por él en los derechos humanos.
Pero la libertad del hombre egoísta y el reconocimiento
de esta libertad es más bien el reconocimiento del movimien-
to desenfrenado de los elementos espirituales y materiales que
forman el contenido de su vida.
Por ello, el hombre no fue liberado de la religión sino
que obtuvo la libertad religiosa. No se le liberó de la propie-
dad, obtuvo la libertad de propiedad. No fue liberado del egoís-
mo del oficio sino que obtuvo la libertad de industria.

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La constitución del Estado político y la disolución de la socie-
dad burguesa en los individuos independientes —cuya relación
es el Derecho, así como la relación entre los hombres de los
estamentos y los gremios era el privilegio— se lleva a cabo en
uno y el mismo acto. Pero el hombre en cuanto miembro de la
sociedad burguesa es el hombre no político, aparece necesaria-
mente como el hombre natural. Los droits de l’homme aparecen
como droits naturels, pues la actividad autoconsciente se con-
centra en el acto político. El hombre egoísta es el resultado pasi-
vo, meramente encontrado, de la sociedad disuelta, objeto de la
certeza inmediata y, por tanto, objeto natural. La revolución polí-
tica disuelve la vida burguesa en sus partes integrantes, sin re-
volucionar estas partes mismas ni someterlas a la crítica. Se
comporta hacia la sociedad burguesa, hacia el mundo de las
necesidades, del trabajo, de los intereses privados, del derecho
privado, como hacia el fundamento de su existencia, como ha-
cia una premisa que ya no está fundamentada y, por tanto, como
ante su base natural. Finalmente, el hombre, en cuanto miem-
bro de la sociedad burguesa, es considerado como el hombre
propiamente tal, como el homme a diferencia del citoyen, por
ser el hombre en su inmediata existencia sensible e individual,
mientras que el hombre político sólo es el hombre abstraído,
artificial, el hombre como una persona alegórica, moral. El hom-
bre real sólo es reconocido en la forma del individuo egoísta, el
verdadero hombre sólo bajo la forma del citoyen abstracto.
Rousseau describe acertadamente la abstracción del hom-
bre político, cuando dice:

Celui qui ose entreprende d’instituer un peuple doit se sentir


en état de changer pour ainsi dire la nature humaine, de trans-
former chaque individu, qui par lui-même est un tout parfait et
solitaire, en partie d’un plus grand tout dont cet individu reçoive
en quelque sorte sa vie et son être, de substituer une existence
partielle et morale à l’existence physique et indépendante. Il faut
qu’il ôte à l’homme ses forces propres pour lui en donner qui lui
soient étrangères et dont il ne puisee faire usage sans le se-
cours d’autri [Contrat social, lib. II, Londres, 1782, p. 67].22

22. Quien ose acometer la empresa de instituir un pueblo debe sentirse


capaz de cambiar, por decirlo así, la naturaleza humana, de transformar a

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Toda emancipación es la recuperación del mundo huma-
no, de las relaciones, al hombre mismo.
La emancipación política es la reducción del hombre, de
una parte, a miembro de la sociedad burguesa, al individuo
egoísta independiente y, de otra, al ciudadano del Estado, a la
persona moral.
Sólo cuando el hombre individual real recupera en sí al ciu-
dadano abstracto y se convierte como hombre individual en
ser genérico, en su trabajo individual y en sus relaciones indi-
viduales, sólo cuando el hombre ha reconocido y organizado
sus forces propres23 como fuerzas sociales y cuando, por tanto,
no separa ya de sí la fuerza social en la forma de fuerza política,
sólo entonces se lleva a cabo la emancipación humana.

[Bruno Bauer, Die Judenfrage, Braunschweig, 1843.]

II
CAPACIDAD DE LOS ACTUALES JUDÍOS
Y CRISTIANOS PARA SER LIBRES*

Bajo esta forma trata Bauer la relación de la religión judía


y la cristiana, así como la relación de las mismas ante la críti-
ca. Su relación ante la crítica es su relación hacia «la capaci-
dad para llegar a ser libres».
De donde se desprende:

El cristiano sólo necesita superar una fase, a saber, su reli-


gión, para superar en general la religión, es decir, para llegar
a ser libre; el judío, por el contrario, no sólo tiene que romper
con su esencia judaica sino también con el desarrollo, con el

cada individuo, que es por sí mismo un todo perfecto y solitario, en parte


de un todo mayor del que este individuo reciba, hasta cierto punto, su vida
y su ser, de sustituir la existencia física e independiente por una existencia
parcial y moral. Debe despojar al hombre de sus fuerzas propias para en-
tregarlo a otras que le sean extrañas y de las que sólo pueda hacer uso con
la ayuda de otros.
23. Fuerzas propias.
* Este epígrafe se corresponde con el de la traducción del texto de Bauer,
véase supra p. 109.

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