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CUÉNTAME UN CUENTO

1
El cuento popular francés de
Caperucita.

La versión de Caperucita roja que hoy os presento proviene de la


recopilación de cuentos, “Le conte populaire français” de Paul Delarue y
Marie Louise Tenèze, (París, 1976). Es un cuento popular francés del siglo
XVIII, perteneciente a la tradición oral campesina, destinado a ser narrado
en las largas veladas de invierno, al calor de la lumbre. El texto se ha
extraído del libro “La gran matanza de los gatos y otros episodios en la
historia de la cultura francesa” de Robert Darnton.
Es la primera versión oral conocida de Caperucita, una leyenda
cruenta para asustar a niños y… divertir a adultos; sin caperuzas, ni
moralejas, ni leñadores salvadores, distinta a la que actualmente contamos a
nuestros hijos y de la que se nutrirán otras versiones posteriores… pero eso
es ya otra historia…

“Había una vez


una niñita a la
que su madre le
dijo que llevara
pan y leche a su
abuela. Mientras
la niña caminaba
por el bosque,
un lobo se le
acercó y le
preguntó adonde
se dirigía.
– A la casa de mi
abuela, le
contestó.

–¿Qué camino vas a tomar, el camino de las agujas o el de los


alfileres?

– El camino de las agujas.

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El lobo tomó el camino de los alfileres y llegó primero a la casa.
Mató a la abuela, puso su sangre en una botella y partió su carne en
rebanadas sobre un platón. Después se vistió con el camisón de la
abuela y esperó acostado en la cama. La niña tocó a la puerta.

– Entra, hijita.

– ¿Cómo estás, abuelita? Te traje pan y leche.

– Come tú también, hijita. Hay carne y vino en la alacena.

La pequeña niña comió así lo que se le ofrecía; mientras lo


hacía, un gatito dijo:

– ¡Cochina! ¡Has comido la carne y has bebido la sangre de tu


abuela!

Después el lobo le dijo:

– Desvístete y métete en la cama conmigo.

– ¿Dónde pongo mi delantal?

– Tíralo al fuego; nunca más lo necesitarás.

Cada vez que se quitaba una prenda (el corpiño, la falda, las
enaguas y las medias), la niña hacía la misma pregunta; y cada vez el
lobo le contestaba:

– Tírala al fuego; nunca más la necesitarás.

Cuando la niña se metió en la cama, preguntó:

– Abuela, ¿por qué estás tan peluda?

– Para calentarme mejor, hijita.

– Abuela, ¿por qué tienes esos hombros tan grandes?

– Para poder cargar mejor la leña, hijita.

– Abuela, ¿por qué tienes esas uñas tan grandes?

– Para rascarme mejor, hijita.

– Abuela, ¿por qué tienes esos dientes tan grandes?

- Para comerte mejor, hijita. Y el lobo se la comió.”

© Robert Darnton. “La gran matanza de gatos y otros episodios de la


historia de la cultura francesa”.
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El "chaperoncito rojo" de
Charles Perrault.
La primera versión escrita y publicada de Caperucita
roja data de 1697, y es el más breve de los ocho relatos que en
Cuentos de la Madre Oca: (historias o cuentos del pasado)
Charles Perrault (París 1628-1703) – con 69 años de edad y
bajo el seudónimo de su hijo Pierre Perrault D´Armancour –
dedicara a una princesa de la corte de Luis XIV: Charlotte D
´Orleans (abuela paterna de María Antonieta). En dicho libro,
cuyo título evoca a un antiguo romance en el que la Mamá Oca
convoca a su hijitos para relatarles historias aleccionadoras, se
incluyen, además, otros siete cuentos considerados actualmente verdaderos mitos
de la literatura infantil: Barba Azul, El Gato con Botas, Cenicienta, Riquet el del
copete, Pulgarcito, La bella durmiente y Piel de Asno .

Perrault, cansado de la vida burguesa parisina, se


adentró en los pueblos más pobres y alejados de la
capital francesa y recopiló en su libro los relatos del
folclore popular que eran transmitidos de manera oral.
Para ello suprimió cuanto tenían de vulgar, integró los
elementos populares del cuento a una trama romántica,
los acomodó a la sociedad de su tiempo (las damas de
la corte), y les añadió algunos rasgos de humor. En el
caso de Caperucita parece ser que el cuento se lo
escuchó a la niñera de su hijo.

En esta versión de “Le petit Chaperon rouge”, literalmente “El pequeño


chaperón rojo” o “El Chaperoncito rojo” Perrault suprime escenas de la leyenda
original poco apropiadas para la corte de Versalles, como cuando el lobo disfrazado
invita a la niña a comer algo que ella no sabe que son los restos de su querida
abuelita. El canibalismo y lo escatológico desaparecen, por tanto, del texto de
Perrault, pero no la crueldad, pues el lobo devora tranquilamente – de nuevo- a
la chiquita. Es el único de sus cuentos que acaba mal. Y termina así para que sirva

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de lección a las niñas de encuentros con desconocidos, tal y como leeremos en la
moraleja final.

Caperucita Roja
(Cuento Completo)

“Había una vez una niñita en


un pueblo, la más bonita que jamás
se hubiera visto; su madre estaba
enloquecida con ella y su abuela
mucho más todavía. Esta buena
mujer le había mandado hacer una
caperucita roja y le sentaba tanto
que todos la llamaban Caperucita
Roja.
Un día su madre, habiendo
cocinado unas tortas, le dijo.

-Anda a ver cómo está tu abuela,


pues me dicen que ha estado
enferma; llévale una torta y este
tarrito de mantequilla.

Caperucita Roja partió en


seguida a ver a su abuela que vivía
en otro pueblo. Al pasar por un
bosque, se encontró con el
compadre lobo, que tuvo muchas ganas de comérsela, pero no se
atrevió porque unos leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó
a dónde iba. La pobre niña, que no sabía que era peligroso detenerse
a hablar con un lobo, le dijo:

-Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla


que mi madre le envía.

-¿Vive muy lejos? -le dijo el lobo.

-¡Oh, sí! -dijo Caperucita Roja-, más allá del molino que se ve allá
lejos, en la primera casita del pueblo.

-Pues bien -dijo el lobo-, yo también quiero ir a verla; yo iré por este
camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero.
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El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era
más corto y la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger
avellanas, en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las
florecillas que encontraba. Poco tardó el lobo en llegar a casa de la
abuela; golpea: Toc, toc.
-¿Quién es?

-Es su nieta, Caperucita Roja -dijo el lobo, disfrazando la voz-, le


traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía


bien, le gritó:

-Tira la aldaba y el cerrojo caerá.

El lobo tiró la aldaba, y la puerta se


abrió. Se abalanzó sobre la buena mujer y la
devoró en un santiamén, pues hacía más de
tres días que no comía. En seguida cerró la
puerta y fue a acostarse en el lecho de la
abuela, esperando a Caperucita Roja quien,
un rato después, llegó a golpear la puerta:
Toc, toc.

-¿Quién es?

Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó,


pero creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó:

-Es su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito de


mantequilla que mi madre le envía.

El lobo le gritó, suavizando un poco la voz:

-Tira la aldaba y el cerrojo caerá.

Caperucita Roja tiró la aldaba y la


puerta se abrió. Viéndola entrar, el
lobo le dijo, mientras se escondía en
la cama bajo la frazada:

-Deja la torta y el tarrito de


mantequilla en la repisa y ven a
acostarte conmigo.

Caperucita Roja se desviste y se


mete a la cama y quedó muy
asombrada al ver la forma de su
abuela en camisa de dormir. Ella le
dijo:
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-Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!

-Es para abrazarte mejor, hija mía.

-Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene!

-Es para correr mejor, hija mía.

-Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene!

-Es para oírte mejor, hija mía.

-Abuela, ¡qué ojos tan grandes tiene!

-Es para verte mejor, hija mía.

-Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene!

-¡Para comerte!

Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre


Caperucita Roja y se la comió.

MORALEJA

“Vemos aquí que los adolescentes


y más las jovencitas
elegantes, bien hechas y bonitas,
hacen mal en oír a ciertas gentes,
y que no hay que extrañarse de la broma
de que a tantas el lobo se las coma.
Digo el lobo, porque estos animales
no todos son iguales:
los hay con un carácter excelente
y humor afable, dulce y complaciente,
que sin ruido, sin hiel ni irritación
persiguen a las jóvenes doncellas,
llegando detrás de ellas
a la casa y hasta la habitación.
¿Quién ignora que lobos tan melosos
son los más peligrosos?”.
Charles Perrault

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Caperucita Roja según los
Hermanos Grimm.

Continuamos con el viaje de Caperucita. Después de casi un siglo de éxito


incontestable (e inesperado) en Francia de la primera versión publicada por Charles
Perrault Caperucita Roja emprendió un curioso viaje a finales del siglo XVII de la
mano de los hugonotes exiliados, que llevaban consigo el repertorio de cuentos
galos. Estos protestantes franceses tuvieron que huir a causa de las Guerras de
Religión, recalando en países no católicos como Inglaterra, Suiza, Países Bajos,
Norteamérica y Alemania.
En 1729 Robert Samber traduce de manera bastante fiel el cuento de
Caperucita Roja de Perrault al inglés, aunque introduce alguna pequeña variación
como darle a nuestra Caperucita nombre de bautizo (Biddy) o vestir con un
camisón al lobo en el momento de compartir lecho con la protagonista. Samber
suprime la moraleja final, como harán más tarde los Grimm. Algunos años después
el cuento llega a América (1796) sin grandes variaciones con respecto a la edición
inglesa, salvo que el relato ya es dirigido de forma prioritaria a los niños. En
Alemania se traduce el cuento por primera vez en 1790, directamente de la
versión de Perrault.

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Particularmente en este último país, los cuentos de Perrault se fundieron
con el sustrato local popular, lo que propició que, a principios del siglo XIX los
hermanos Jacob Grimm y Wilhelm Grimm recogieran, junto a otros cuentos, la
versión popular alemana de “Caperucita Roja”, que hasta la actualidad es la
más conocida y leída universalmente. Lo hicieron en su mítico primer volumen de
los Cuentos de niños y del hogar , publicado en 1812. Jacob Grimm era filólogo y
folclorista, su hermano Guillermo era poeta.
En un principio los cuentos de los Grimm no estaban
destinados a los niños, ya que la literatura infantil y el concepto de
niñez tal y como lo entendemos en la actualidad no existía. La
primera edición de Cuentos de niños y del hogar, publicada en
dos volúmenes entre 1812 y
1815, profusamente anotada y
sin ilustraciones de ningún tipo,
distaba mucho de ser una
lectura fácil.
P e r o r e t o m a n
para la elaboración del cuento los hermanos
Grimm partieron de tres fuentes: la primera,
el cuento de Perrault de 1697 que conocían
sobradamente como ávidos lectores que eran y
conocedores de más de quince idiomas y
dialectos; la segunda, una versión oral
procedente de los hugotones de una amiga y
vecina, Marie Hassenpflug, que había tenido
acceso a una buena educación, y que, por tanto,
es probable que conociera el escrito de
Perrault; y la tercera, una adaptación teatral llevada a cabo en 1800 por el autor
romántico alemán Ludwig Tieck, titulada “Vida y muerte de la joven Caperucia Roja:
Una Tragedia”
Caperucita Roja de los Hermanos Grimm debió componerse entre 1806 y
1811 e introduce ya grandes modificaciones con respecto a la versión de Perrault
de 1697

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Veamos ahora la versión del cuento de Caperucita de los hermanos Grimm.

abía una vez una niña


muy bonita. Su madre le
había hecho una capa
roja y la muchachita la
llevaba tan a menudo porque le gustaba
tanto, que todo el mundo en el pueblo la
llamaba Caperucita Roja.Un día, su madre
le pidió que llevase unos pasteles a su
abuela que vivía al otro lado del bosque,
recomendándole que no se entretuviese
por el camino, pues cruzar el bosque era
muy peligroso, ya que siempre andaba
acechando por allí un lobo malvado.

Caperucita Roja recogió la cesta con los pasteles y se puso en


camino. La niña tenía que atravesar el bosque para llegar a casa de la
Abuelita, pero no le daba miedo porque allí siempre se encontraba con
muchos amigos: los pájaros, las ardillas, los ciervos...

De repente vio al lobo, que era enorme, delante de ella.


- ¿A dónde vas, niña?- le preguntó el lobo con su voz ronca.

- A casa de mi Abuelita- le dijo Caperucita.

- No está lejos- pensó el lobo para sí, dándose media vuelta.

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Caperucita puso su cesta en la hierba y se entretuvo cogiendo flores: 
- El lobo se ha ido -pensó-, no tengo nada que temer. La abuela se pondrá
muy contenta cuando le lleve un hermoso ramo de flores además de los
pasteles.

Mientras tanto, el lobo se fue a casa de la Abuelita,


llamó suavemente a la puerta y la anciana le abrió pensando
que era Caperucita. Un cazador que pasaba por allí había
observado la llegada del lobo.

El lobo devoró a la Abuelita y se puso el gorro rosa de la


desdichada, se metió en la cama y cerró los ojos. No tuvo que esperar mucho,
pues Caperucita Roja llegó enseguida, toda contenta.

La niña se acercó a la cama y vio que su abuela estaba muy cambiada.


- Abuelita, abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes!

- Son para verte mejor- dijo el lobo tratando de imitar la voz


de la abuela.

- Abuelita, abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes!

- Son para oírte mejor- siguió diciendo el lobo.

- Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes!

- Son para...¡comerte mejoooor!- y diciendo esto, el lobo malvado se


abalanzó sobre la niñita y la devoró, lo mismo que había hecho con la
abuelita.
Mientras tanto, el cazador se había quedado preocupado y creyendo
adivinar las malas intenciones del lobo, decidió echar un vistazo a ver si todo
iba bien en la casa de la Abuelita. Pidió ayuda a un segador y los dos juntos
llegaron al lugar. Vieron la puerta de la casa abierta y al lobo tumbado en la
cama, dormido de tan harto que estaba.

El cazador sacó su cuchillo y rajó el vientre del


lobo. La Abuelita y Caperucita estaban allí, ¡vivas!.

Para castigar al lobo malo, el cazador le llenó el


vientre de piedras y luego lo volvió a cerrar. Cuando
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el lobo despertó de su pesado sueño, sintió muchísima sed y se dirigió a un
estanque próximo para beber. Como las piedras pesaban mucho, cayó en el
E
estanque de cabeza y se ahogó.      n cuanto a Caperucita y su abuela, no
sufrieron más que un gran susto, pero Caperucita Roja había aprendido la
lección. Prometió a su Abuelita no hablar con ningún desconocido que se
encontrara en el camino. De ahora en adelante, seguiría las juiciosas
recomendaciones de su Abuelita y de su Mamá.

Hermanos Grimm

Caperucita Roja políticamente correcta.

James Finn Garner escribió en 1994 un libro titulado “Cuentos infantiles


políticamente correctos (Ed. Circe), en donde rescata algunos relatos de siempre
(“Blancanieves”, “La Cenicienta”, “Los tres cerditos”, y por supuesto, “Caperucita
Roja”) adaptándolos a la modernidad de nuestra sociedad, y estableciendo, con un
delicioso sentido del humor, valores de respeto al prójimo: tolerancia, defensa de
los derechos laborales y demás causas que hoy tanto se cuidan en la escuela y en la
edición de libros infantiles.

En vista de que cuentos como Caperucita Roja (salta a la vista su escaso


respeto por los ancianos) o “El enano Saltarín“(explotación laboral de la mujer y
menosprecio de las personas bajitas) podían herir la sensibilidad de los lectores de
hoy en día, Garner los ha vuelto a (re)escribir con un lenguaje “políticamente
correcto”.
Cuentos Infantiles políticamente correctos es un librito de apenas 150
páginas, para una lectura a ratos, fácil, divertida y amena. Tras el éxito de esta
recopilación en 1996 publicó “Más cuentos infantiles políticamente correctos“.
Un año después, en 1997, se editaría “Cuentos navideños políticamente
correctos“.

Ahora que lo políticamente


correcto parece casi una obligación,
¿te has preguntado como quedaría el
cuento de Caperucita Roja adaptado
a los nuevos tiempos? Pues verás:

Caperucita Roja
(políticamente correcta)

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“Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que
vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que
llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no
porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello
representa un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de
comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de
completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma
como persona adulta y madura que era.
Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del
bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y
peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el
contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para
evitar verse intimidada por una imaginación tan obviamente freudiana.
De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un
lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta.

- Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es


perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que
es -respondió.

- No sé si sabes, querida -dijo el lobo-, que es peligroso para una niña pequeña
recorrer sola estos bosques.

Respondió Caperucita:

- Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso


omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la
perspectiva existencial -en tu caso propia y globalmente válida- que la
angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si
me perdonas, debo continuar mi camino.
Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por
su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento
lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa
de la abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando
con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro.
A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y
lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.

Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:

- Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en


calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de
sabia y generosa matriarca.

- Acércate más, criatura, para que pueda verte -dijo


suavemente el lobo desde el lecho.

- ¡Oh! -repuso Caperucita-. Había olvidado que


visualmente eres tan limitada como un topo. Pero,
abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!
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- Han visto mucho y han perdonado mucho, querida.

- Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!... relativamente hablando, claro está, y
a su modo indudablemente atractiva.

- Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida.

- Y... ¡abuela, qué dientes tan grandes tienes!

Respondió el lobo:

- Soy feliz de ser quien soy y lo que soy -y, saltando de la cama, aferró a
Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla.

Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo


hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su
espacio personal.
Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o
técnicos en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que
pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir.
Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja
se detuvieron simultáneamente.

- ¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? -inquirió
Caperucita.

El operario maderero parpadeó e intentó


responder, pero las palabras no acudían a sus
labios.

- ¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como


un Neandhertalense cualquiera y delegar su
capacidad de reflexión en el arma que lleva
consigo! -prosiguió Caperucita-. ¡Sexista!
¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que
las mujeres y los lobos no son capaces de
resolver sus propias diferencias sin la ayuda
de un hombre?
Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo,
arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza. Concluida la odisea,
Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos,
decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y
el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre .”

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Caperucita Roja. Versión del Lobo.
¿Has pensado alguna vez qué opinaba el lobo feroz de su relación con
Caperucita y de cómo se había contado su historia a lo largo de los años? Pues bien,
si quieres saberlo, lee atentamente el siguiente cuento.

“El bosque era mi hogar. Yo vivía allí y me


gustaba mucho. Siempre trataba de mantenerlo
ordenado y limpio. Un día soleado, mientras estaba
recogiendo las basuras dejadas por unos turistas
sentí unos pasos. Me escondí detrás de un árbol y vi
llegar a una niña vestida de
una forma muy divertida:
toda de rojo y su cabeza
cubierta, como si no
quisieran que la viesen.
Caminaba feliz y comenzó

a cortar las flores


de nuestro bosque,
sin pedir permiso a
nadie, quizás ni se
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le ocurrió que estas flores no le pertenecían.
Naturalmente, me puse a investigar. Le pregunté
quién era, de dónde venía, a dónde iba, a lo que ella
me contestó, cantando y bailando, que iba a casa
de su abuelita con una canasta para el almuerzo.
Me pareció una persona honesta, pero estaba en mi
bosque cortando flores. De repente, sin ningún
remordimiento, mató a un mosquito que volaba
libremente, pues el bosque también era para él. Así
que decidí darle una lección y enseñarle lo serio que
es meterse en el bosque sin anunciarse antes y
comenzar a maltratar a sus habitantes.
La dejé seguir su camino y corrí a la casa de la
abuelita. Cuando llegué me abrió la puerta una
simpática viejecita. Le expliqué la situación y ella
estuvo de acuerdo en que su nieta merecía una
lección. La abuelita aceptó permanecer fuera de la
vista hasta que yo la llamara y se escondió debajo
de la cama.
Cuando llegó la niña la invité a entrar al
dormitorio donde yo estaba acostado vestido con la
ropa de la abuelita. La niña llegó sonrojada, y me
dijo algo desagradable acerca de mis grandes
orejas. He sido insultado antes, así que traté de ser
amable y le dije que mis grandes orejas eran para
oírla mejor.
Ahora bien, la niña me agradaba y traté de
prestarle atención, pero ella hizo otra observación
insultante acerca de mis ojos saltones.
Comprenderán que empecé a sentirme enojado. La
niña mostraba una apariencia tierna y agradable,
pero comenzaba a caerme antipática. Sin embargo
pensé que debía poner la otra mejilla y le dije que
mis ojos me ayudaban a verla mejor. Pero su
siguiente insulto sí me encolerizó. Siempre he
tenido problemas con mis grandes y feos dientes y
esa niña hizo un comentario realmente grosero.

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Reconozco que debí haberme controlado, pero
salté de la cama y le gruñí, enseñándole toda mi
dentadura y gritándole que era así de grande para
comérmela mejor. Ahora, piensen Uds: ningún lobo
puede comerse a una niña. Todo el mundo lo sabe.
Pero esa niña empezó a correr por toda la
habitación gritando mientras yo corría detrás suya
tratando de calmarla. Como tenía puesta la ropa de
la abuelita y me molestaba para correr me la quité,
pero fue mucho peor. La niña gritó aun más. De
repente la puerta se abrió y apareció un leñador con
un hacha enorme y afilada. Yo lo miré y comprendí
que corría peligro, así que salté por la ventana y
escapé corriendo.
Me gustaría decirles que éste es el final del
cuento, pero desgraciadamente no es así. La
abuelita jamás contó mi parte de la historia y no
pasó mucho tiempo sin que se corriera la voz de
que yo era un lobo malo y peligroso. Todo el mundo
comenzó a evitarme y a odiarme.
Desconozco que le sucedió a esa niña tan
antipática y vestida de forma tan rara, pero si les
puedo decir que yo nunca pude contar mi versión.
Ahora ya la conocen…”
Adaptación corregida de un texto de © Lief Fearn titulado “El Lobo
calumniado” aparecida en el Educatio Projet de la Sección Británica de A.I.

Caperucita Roja. Versión


del lobo enamorado.

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La adaptación del cuento de Caperucita Roja que os presento a continuación
se ha extraído del libro Caperucita roja y otras historias perversas del escritor
colombiano Triunfo Arciniegas. Es un relato romántico de un lobo enamorado de
una niña perversa… con caperuza roja… No os podéis perder esta otra visión
(amorosa) del lobo (feroz).

Caperucita Roja de Triunfo Arciniegas.

“Ese día encontré en el bosque la flor más linda de mi vida. Yo, que siempre
he sido de buenos sentimientos y terrible admirador de la belleza, no me creí digno
de ella y busqué a alguien para ofrecérsela. Fui por aquí, fui por allá, hasta que
tropecé con la niña que le decían Caperucita Roja. La conocía pero nunca había
tenido la ocasión de acercarme. La había visto pasar hacia la escuela con sus
compañeros desde finales de abril. Tan locos, tan traviesos, siempre en una nube
de polvo, nunca se detuvieron a conversar conmigo, ni siquiera me hicieron un
adiós con la mano. Qué niña más graciosa. Se dejaba caer las medias a los tobillos y
una mariposa ataba su cola de caballo. Me quedaba oyendo su risa entre los
árboles. Le escribí una carta y la encontré sin abrir días después, cubierta de polvo,
en el mismo árbol y atravesada por el mismo alfiler. Una vez vi que le tiraba la cola
a un perro para divertirse. En otra ocasión apedreaba los murciélagos del
campanario. La última vez llevaba de la oreja un conejo gris que nadie volvió a ver.
Detuve la bicicleta y desmonté. La saludé con respeto y alegría. Ella hizo con
el chicle un globo tan grande como el mundo, lo estalló con la uña y se lo comió
todo. Me rasqué detrás de la oreja, pateé una piedrecita, respiré profundo, siempre
con la flor escondida. Caperucita me miró de arriba abajo y respondió a mi saludo
sin dejar de masticar.
– ¿Qué se te ofrece? ¿Eres el lobo feroz?
Me quedé mudo. Sí era el lobo pero no feroz. Y sólo pretendía regalarle una
flor recién cortada. Se la mostré de súbito, como por arte de magia. No esperaba
que me aplaudiera como a los magos que sacan conejos del sombrero, pero
tampoco ese gesto de fastidio. Titubeando, le dije:
–Quiero regalarte una flor, niña linda.
–¿Esa flor? No veo por qué.
–Está llena de belleza –dije, lleno de emoción.
–No veo la belleza –dijo Caperucita–. Es una flor como cualquier otra.
Sacó el chicle y lo estiró. Luego lo volvió una pelotita y lo regresó a la boca.
Se fue sin despedirse. Me sentí herido, profundamente herido por su desprecio.
Tanto, que se me soltaron las lágrimas. Subí a la bicicleta y le di alcance.
–Mira mi reguero de lágrimas.
–¿Te caíste? –dijo–. Corre a un hospital.
–No me caí.
–Así parece porque no te veo las heridas.
–Las heridas están en mi corazón -dije.
–Eres un imbécil.

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Escupió el chicle con la violencia de una bala.
Volvió a alejarse sin despedirse.
Sentí que el polvo era mi pecho, traspasado por la bala de chicle, y el río de
la sangre se estiraba hasta alcanzar una niña que ya no se veía por ninguna parte.
No tuve valor para subir a la bicicleta. Me quedé toda la tarde sentado en la pena.
Sin darme cuenta, uno tras otro, le arranqué los pétalos a la flor. Me arrimé al
campanario abandonado pero no encontré consuelo entre los murciélagos, que se
alejaron al anochecer. Atrapé una pulga en mi barriga, la destripé con rabia y
esparcí al viento los pedazos. Empujando la bicicleta, con el peso del desprecio en
los huesos y el corazón más desmigajado que una hoja seca pisoteada por cien
caballos, fui hasta el pueblo y me tomé unas cervezas. “Bonito disfraz”, me dijeron
unos borrachos, y quisieron probárselo. Esa noche había fuegos artificiales. Todos
estaban de fiesta. Vi a Caperucita con sus padres debajo del samán del parque. Se
comía un inmenso helado de chocolate y era descaradamente feliz. Me alejé como
alma que lleva el diablo.
Volví a ver a Caperucita unos días después en el camino del bosque.
–¿Vas a la escuela? –le pregunté, y en seguida me di cuenta de que nadie asiste a
clases con sandalias plateadas, blusa ombliguera y faldita de juguete.
–Estoy de vacaciones –dijo–. ¿O te parece que éste es el uniforme?
El viento vino de lejos y se anidó en su ombligo.
–¿Y qué llevas en el canasto?
–Un rico pastel para mi abuelita. ¿Quieres probar?
Casi me desmayo de la emoción. Caperucita me ofrecía su pastel. ¿Qué
debía hacer? ¿Aceptar o decirle que acababa de almorzar? Si aceptaba pasaría por
ansioso y maleducado: era un pastel para la abuela. Pero si rechazaba la invitación,
heriría a Caperucita y jamás volvería a dirigirme la palabra. Me parecía tan amable,
tan bella. Dije que sí.
–Corta un pedazo.
Me prestó su navaja y con gran cuidado aparté una tajada. La comí con
delicadeza, con educación. Quería hacerle ver que tenía maneras refinadas, que no
era un lobo cualquiera. El pastel no estaba muy sabroso, pero no se lo dije para no
ofenderla. Tan pronto terminé sentí algo raro en el estómago, como una punzada
que subía y se transformaba en ardor en el corazón.
–Es un experimento –dijo Caperucita–. Lo llevaba para probarlo con mi abuelita pero
tú apareciste primero. Avísame si te mueres.
Y me dejó tirado en el camino, quejándome.
Así era ella, Caperucita Roja, tan bella y tan perversa. Casi no le perdono su
travesura. Demoré mucho para perdonarla: tres días. Volví al camino del bosque y
juro que se alegró de verme.
–La receta funciona –dijo–. Voy a venderla.
Y con toda generosidad me contó el secreto: polvo de huesos de murciélago
y picos de golondrina. Y algunas hierbas cuyo nombre desconocía. Lo demás todo el
mundo lo sabe: mantequilla, harina, huevos y azúcar en las debidas proporciones.
Dijo también que la acompañara a casa de
su abuelita porque necesitaba de mí un
favor muy especial. Batí la cola todo el
camino. El corazón me sonaba como una
locomotora. Ante la extrañeza de
Caperucita, expliqué que estaba en
tratamiento para que me instalaran un
silenciador. Corrimos. El sudor inundó su
ombligo, redondito y profundo, la perfección
del universo. Tan pronto llegamos a la casa
y pulsó el timbre, me dijo:
–Cómete a la abuela.
Abrí tamaños ojos.
–Vamos, hazlo ahora que tienes la
oportunidad.
No podía creerlo. Le pregunté por qué.
–Es una abuela rica –explicó–. Yengo afán de
heredar.

19
No tuve otra salida. Todo el mundo sabe eso. Pero quiero que se sepa que lo
hice por amor. Caperucita dijo que fue por hambre. La policía se lo creyó y anda
detrás de mí para abrirme la barriga, sacarme a la abuela, llenarme de piedras y
arrojarme al río, y que nunca se vuelva a saber de mí.
Quiero aclarar otros asuntos ahora que tengo su atención, señores.
Caperucita dijo
que me pusiera las
ropas de su abuela y
lo hice sin pensar. No
veía muy bien con
esos anteojos. La niña
me llevó de la mano al
bosque para jugar y
allí se me escapó y
empezó a pedir
auxilio. Por eso me
vieron vestido de
abuela. No quería
comerme a
Caperucita, como ella
gritaba. Tampoco me
gusta vestirme de
mujer, mis debilidades
no llegan hasta allá. Siempre estoy vestido de lobo.
Es su palabra contra la mía. ¿Y quién no le cree a Caperucita? Sólo soy el
lobo de la historia.
Aparte de la policía, señores, nadie quiere saber de mí.
Ni siquiera Caperucita Roja. Ahora más que nunca soy el lobo del bosque,
solitario y perdido, envenenado por la flor del desprecio. Nunca le conté a
Caperucita la indigestión de una semana que me produjo su abuela. Nunca tendré
otra oportunidad. Ahora es una niña muy rica, siempre va en moto o en auto, y es
difícil alcanzarla en mi destartalada bicicleta. Es difícil, inútil y peligroso. El otro día
dijo que si la seguía molestando haría conmigo un abrigo de piel de lobo y me
enseñó el resplandor de la navaja. Me da miedo. La creo muy capaz de cumplir su
promesa.”

© Caperucita Roja y otras historias perversas de Arciniegas, Triunfo. ©


Panamericana. Editorial Ltda.

20
Como ya sabéis, los cuentos permanecen a lo largo de los años
transmitiéndose de generación en generación primero, oralmente, después,
por escrito. Un mismo cuento puede conocer y, normalmente conoce,
diferentes versiones, diferentes variaciones. Ninguno se libra de este
constante ejercicio de recreación.
En las actividades que vamos a realizar a continuación tomaremos un
cuento muy conocido por todos vosotros “Caperucita Roja”. Descubriremos
cosas interesantes sobre este cuento y leeremos diferentes versiones del
mismo.
Las tareas a realizar son las siguientes:

Lectura conjunta del cuento tradicional de “Caperucita Roja”.

 Todos los grupos rellenan el cuadro de análisis de este primer cuento.

Cada grupo se encargará de la lectura de una versión diferente de


Caperucita, realizando a continuación las siguientes actividades:

1-Comprensión de la historia. Se preguntarán las dudas que


pueda haber de vocabulario, etc.

2-Rellenar dos cuadros de análisis:

 Uno del cuento que le ha tocado al grupo.


 Otro, comparando la versión leída con el original popular.

21
3-Una vez rellenados los dos cuadros, cada grupo contará al
resto de los grupos :

 La información que aparecía en la introducción de cada


cuento si es que la había.
 El cuento que le haya tocado.
 El resultado de la comparación con el original.

En estas actividades del punto número 3, deben participar


oralmente todos los miembros del grupo.

A continuación tenéis las plantillas para analizar los cuentos

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CUENTO POPULAR DE “CAPERUCITA ROJA”

PERSONAJES PERSONAJES ACTITUD DE ACTITUD DEL LOBO DESENLACE FINAL


PROTAGONISTAS ANTAGONISTAS CAPERUCITA



23
COMPARACIÓN CUENTO POPULAR Y EL
CUENTO DEL GRUPO

 CUENTO POPULAR CUENTO DEL GRUPO

PERSONAJES
PROTAGONISTAS

PERSONAJES
ANTAGONISTAS

ACTITUD DE
CAPERUCITA

ACTITUD DEL
LOBO

DESENLACE
FINAL

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