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EL GRUMETE
Francisco del Puerto

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Gonzalo Enrique Marí

EL GRUMETE
Francisco del Puerto

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Diseño Gráfico: Matías Timarchi
Corrección General: Lic. Ricardo Romero

© 2003 Gonzalo Enrique Marí


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A mi padre,
quien encendió la llama
de mi irrefenable deseo de aprender.

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No se acuse a España, mi madre patria, de los desvaríos de la moder-
nidad. Ella tan sólo fue el vehículo. Fueron los hombres, quienes en
nombre del progreso y la racionalidad, embistieron a lo largo de los años
contra la humanidad. Pues, ellos y no otros, laceraron los cuerpos, arro-
llaron las culturas, sin comprender que el verdadero progreso estaba del
lado del «Mundo de las Bellas Palabras». Basta leer los periódicos de este
nuevo siglo para comprobar que la ceguera continúa.

G. E. M.

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NOTA DEL AUTOR:
Poco se sabe de Francisco del Puerto, poblador involuntario de nues-
tras costas. El grumete de Solís, fue el único sobreviviente del desembar-
co en tierras Charrúas. Abandonado a su suerte, convivió durante años
con los nativos del Paraná, probablemente en algún lugar próximo a
nuestro Delta. Cuando Caboto remonta el Paraná en busca de las minas
de plata del Rey Blanco, se encuentra con Francisco. Valiéndose de los
conocimientos del ‘‘naufrágo’’, lo emplea como intérprete. Sin embargo,
según los testimonios de los testigos del juicio que le realizaran a Caboto
a su regreso a España, lo dieron por muerto o desaparecido luego del
combate que tuviera lugar en las cercanías del Río Pilcomayo.
Los nombres y relatos de ésta novela se ajustan a la historia de la
época; siendo en gran parte ficción, los referentes a personajes comunes
como Lola, Isaac y Leticia. En el caso de los nativos, cabe destacar que si
bien son personajes de ficción, sus costumbres, lengua, y mitos, respon-
den a investigaciones de distintos autores. Asimismo, los poemas, pro-
vienen de la tradición oral guaraní y fueron recopilados en distintos tra-
bajos de investigación por antropólogos de reconocida trayectoria.

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INTRODUCCIÓN

LAS ESPECIAS ORIENTALES


Pigafetta terminó de garabatear las últimas palabras, levantó la vista
y miró hacia el puerto. El levante tenía el color rojizo pálido de un
amanecer brumoso. Aún se escuchaban las voces y las cantigas desafinadas
de los marineros prolongando el festejo por los efectos del alcohol. La
vuelta a su patria, la fama, la riqueza, los embriagaba aun más que el
vino. Pero para Pigafetta el sabor de la victoria era amargo, mucho más
amargo de lo que alguna vez soñara. Él sabía más que nadie que la historia
la escriben los que la sobreviven, pero la verdadera historia era la de los
héroes muertos. No podía soportar la idea de que el Capitán General
don Fernando de Magallanes quedara reducido a un simple papel
secundario. Juan Sebastián de Elcano había sido un simple tripulante,
incluso había formado parte del motín de la bahía de San Julián, no era
justo glorificarlo como el gran descubridor, era en todo caso oportuno,
pero no justo. Cerró los ojos, suspiró, y al inhalar percibió la brisa marina,
esto lo transportó a aquel día de Agosto de 1519...
Su excitación era inmensa, hacía apenas una hora que navegaba en el
mar y ya se desvanecía la costa en el horizonte. Las pequeñas gotas le
humedecían el rostro dejándole una sensación pegajosa. Aunque algo
incómodo por el rítmico movimiento de la nave no podía dejar de pensar
en la aventura que estaba comenzando. Cinco naves partían a descubrir
nuevos mundos, decenas de hombres corrían, gritaban, y obedecían
órdenes en cada una. Aún retumbaban en su mente las historias narradas
en el puerto. Sobre todo la expedición de Solís. Era la misma ruta, el
mismo objetivo, pero esta vez no fracasarían, ellos encontrarían “el paso”,
tal era su confianza en el Capitán General, tal su idealismo. Transcurrieron
unas horas más y el efecto se hizo sentir. Primero fue un fuerte dolor de
cabeza, luego náuseas, el estómago se reveló forzándolo a correr hacia la
banda de babor, y ocultándose prudentemente del resto, vomitó. El sabor
amargo en su boca fue quizá premonitorio. Ahora era una simple

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indisposición por la falta de costumbre de navegar en aquellas aguas,
años más tarde aquel sabor se repetiría por culpa de la ingratitud de otros
hombres hacia su amado Capitán.
Don Fernando de Magallanes era un hombre parco, callado, gran
navegante. Sus órdenes eran siempre claras y las daba sin titubear. Su
silencio no era simplemente una condición de su carácter sino también
una condición de las circunstancias. La relación con los otros capitanes
no era del todo cordial. Después de todo él era un extranjero al mando
de naves españolas y el único motivo por el que estaba al mando era “su
secreto”, el gran secreto, la nueva ruta hacia las Molucas. La que le
permitiría a España igualar o incluso superar a Portugal en el comercio
de las especias. Tenían demasiado presente la importancia de aquel viaje.
Era peligroso, probablemente muchos no regresarían, pero de hacerlo,
retornarían ricos. Una bolsa de pimienta bastaba para que muchos
navegantes no volviesen a hacerse a la mar.
Cuando los europeos degustaron por primera vez sus alimentos
aderezados con los picantes sabores orientales, nunca más admitieron la
falta de las especias de las Indias en sus cocinas y bodegas. Pues hasta
aquellos años de la Edad Media la cocina europea había sido insopor-
tablemente insulsa y desabrida. Pasaría mucho tiempo hasta que llegaran
a los platos del Viejo Continente la papa, el maíz, y el tomate. Muchos
años, esfuerzos y vidas debieron transcurrir para que finalmente
conocieran el limón para agriar, el azúcar para endulzar, los gustos
delicados del café y del té. El descubrimiento de los tonos culinarios in-
termedios demandó la búsqueda inmediata de nuevos descubrimientos.
Atrapado el paladar por los sabores excitantes de la pimienta y el
extraño encanto de las especias, reclamó una creciente cantidad de aquellos
nuevos estimulantes. Pero no bastaban las especias. Los perfumes de
Arabia, las sedas chinas, las perlas blancas de Ceilán, los diamantes azulinos
de Narzingar, fueron otros obsequios con los que el Oriente sedujera al
Occidente. La propagación de la Fe Católica aportó su cuota al mercado
de productos exóticos. El incienso que inundaba con su aroma las iglesias
del período gótico no provenía de Europa, sino de las lejanas tierras árabes.
Ningún bálsamo o droga era considerada eficaz, si en el pote de porcelana
no estaban escritas las mágicas palabras “arabicum” o “indicum”. Los

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farmacéuticos conocedores de su exigente clientela, eran los principales
consumidores de las afamadas specifica indias, como el opio, el alcanfor,
o la costosa resina de goma. La especieri era la mercadería más solicitada,
pero precisamente por ser tan deseada aumentaba cada vez más su precio.
Tal era su valorización que algunos Estados y ciudades se vieron obligados
a tomar a la pimienta como base de cálculo o incluso como moneda.
Con pimienta podían adquirirse bienes raíces, pagarse dotes, comprarse
derechos de ciudadanía. Muchos príncipes fijaban los derechos de aduana
en peso de pimienta.
En las Molucas una tonelada de dichas especias valían lo que en
Europa una pizca de pimienta. Del otro lado del globo no eran de por sí
una rareza. Dicha diferencia, justificaba el sacrificio que significaba
trasladarlas desde inestimable distancia, a través de belicosos caminos y
venciendo innumerables obstáculos. Las primeras manos que tocaban
las tan estimadas flores frescas y las trasladaban al mercado transformadas
en un atado de corteza, eran las de los esclavos malayos. Estos no recibían
más que los azotes de su amo, quien sacaba provecho al vendérselas a un
mercader mahometano. Durante ocho largos días de viaje eran trans-
portadas en diminutas embarcaciones hasta Malaca, donde el dueño del
puerto, el sultán de Malabar, le cobraba al comerciante un tributo por el
transbordo. Sólo después de haber pagado el impuesto, la mercadería era
cargada en una embarcación mayor, la cual navegaría de un puerto a otro
de la India. Luego de meses de superar tifones y mares tempestuosos, de
luchar contra los piratas, el comerciante daba las gracias a Dios cuando
había pasado, felizmente, por Cambodge y llegado al estrecho de Ormuz,
y con ello a la entrada de Arabia. Pero el nuevo medio del que entonces
había que servirse no era menos peligroso. A través de las antiguas rutas
del desierto, largas hileras de camellos obedientes marchaban con la carga
de pimienta y nuez moscada sobre sus lomos. Sólo sus amos árabes estaban
familiarizados con el ardiente desierto para poder transportar, durante
meses, las mercancías indias. Aquellas rutas transitadas desde los tiempos
de los faraones, eran bien conocidas por los beduinos. Los piratas de
tórridas arenas, podían en un asalto audaz destruir de un solo golpe la
carga, y por consiguiente el fruto de largos meses de fatiga. Sin embargo,
también se verían sometidos a otros intereses: los emires de Hedjaz, los

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sultanes de Egipto y Siria, les exigirían un tributo nada modesto por
cada cargamento. Cien mil ducados, era el importe recaudado anualmente
por el salteador de caminos egipcio en concepto de derechos de tránsito
por el comercio de las especias. Cuando finalmente alcanzaban le
desembocadura del Nilo, cerca de Alejandría, los esperaban la flota de
Venecia, el último y quizá principal interesado del comercio de las especias.
Desde la destrucción de su competidora, la ciudad de Bizancio, la pequeña
república había logrado monopolizar el tráfico hacia Europa,
transformándose en una próspera y floreciente ciudad. Una vez en el
Rialto los propietarios de las fábricas alemanas, flamencas e inglesas,
adquirían la materia prima en remate, para una vez más trasladar, sobre
carros de grandes ruedas, a través del hielo y la nieve de los pasos alpinos,
las flores que años atrás el sol tropical había visto nacer. Por fin, a un
inestimable valor, llegaba la mercadería a manos del tendero, y por último
al consumidor.
Aun cuando eran doce las manos que se repartían la ganancia, y cada
una de ellas extraía bastante jugo dorado, a pesar de todos los riesgos y
peligros, seguía siendo el negocio más provechoso, ya que el menor
volumen de la mercadería iba unido a un mayor beneficio. Aunque se
hubieran perdido cuatro de cada cinco naves con su cargamento, y esto
lo había comprobado la expedición de Magallanes, con tal de que regresase
una nave, una pequeña nave bien cargada de especias, bastaba para
desquitar con creces las pérdidas. Pues una sola bolsa de pimienta valía
más que la vida de varios hombres.
Hacía tiempo que los genoveses, franceses, y españoles miraban con
envidia a Venecia, que más hábil, supo dirigir la corriente dorada hacia el
Canal Grande. Más amargados, volvían sus ojos a Egipto y Siria, donde
el Islam hacía impenetrable una línea entre la India y Europa. Ningún
navío cristiano tenía permiso para surcar el Mar Rojo. Todo el comercio
pasaba con inexorable exclusividad por los moros, turcos, y árabes. No
sólo se encarecía la mercadería a costa del consumidor europeo, no sólo
se le estaba quitando la mayor tajada de ganancia al comercio cristiano,
sino que todo el exceso de metales preciosos estaba amenazado de desviarse
hacia el Oriente, ya que las mercaderías europeas estaban lejos de igualar
el valor de intercambio de las preciosidades indias.

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Las Cruzadas habían fracasado en el intento de arrebatar aquel
comercio de las manos de los infieles, y sólo la gran aventura de Colón
volvería a dar ímpetu y esperanzas para recobrar el tiempo perdido. Pero
una vez más una pequeña nación se había adelantado, Portugal en 1434
demostró que se podía navegar en las latitudes ecuatoriales sin arder como
en el infierno y años más tarde navegaría rumbo a la India rodeando
África a través del cabo de Buena Esperanza. La nación más pobre de
Europa iba camino a convertirse en una potencia marítima. Su gran límite,
el Atlántico, dejó de ser una frontera maldita para convertirse en el puente
hacia la fortuna. El tratado de Tordesillas convalidaría las rutas orientales
para Portugal y las occidentales para España, ahora sí el mundo cristiano
tendría la posibilidad de controlar todo el comercio.
Pero no pasaría demasiado tiempo hasta que se percatasen del error
de Colón. Las tierras por él descubiertas no eran las Indias, por lo tanto
nada de las preciadas especias encontrarían. De este modo, resultaría
imperioso para España encontrar una ruta occidental hacia las Molucas.
La carrera ya estaba en marcha, los astilleros no descansaban ni un minuto,
los carpinteros navales se especializaban cada vez más. Sobraban los
hombres valientes ofreciéndose para emprender un nuevo viaje. Los
inversores no negarían un solo ducado a cualquier expedición con
posibilidades de llegar por mar al Oriente. Pero el continente Americano,
aquel inmenso continente recién descubierto, era infranqueable. Celo-
samente guardaba el secreto, “el paso”. Como una mujer atractiva y
misteriosa les abría sus piernas a los navegantes mostrándoles el fruto
prohibido: el gran mar donde se ponía el sol. Sin embargo, se cobraría
muchas vidas antes de entregar su virtud.
Desde las alturas del pequeño istmo descubierto por don Rodrigo
de Bastidas en 1501, doce años más tarde a Vasco Nuñez de Balboa se le
aguarían los ojos al descubrir en nombre del rey de España el Gran Mar
que América revelaría tras verdes y exuberantes montañas. Desde aquel
momento ningún navegante, ningún cartógrafo, ningún geógrafo, dejaría
ya de pensar en la posibilidad de circunnavegar la esfera terrestre. Pero
aquella disparatada idea quedaría en la fantasía si no se hallaba una vía
navegable a través del “Novus Mundus”.

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Con sus bodegas vacías y la sentina inundada, “La Victoria”
permanecía levemente escorada amarrada al muelle. Las velas hechas
añicos reflejaban el embate de una travesía azarosa. El viaje había sido sin
duda un éxito: la inversión fue completamente recuperada, y el paso
hacia las Molucas aunque distante ya figuraba en los mapas. Poco
importaba que sólo dieciocho de los doscientos quince hombres hubiesen
regresado.
Con voz aflautada y singular, el rudo marino le preguntó: –¿En qué
piensas Antonio? Siempre estás en las nubes.
Dándose media vuelta, Pigafetta masculló: –¿En quién voy pensar?
¡En el noble Capitán y los hombres que hemos dejado atrás!
–¡Deja de amargarte Antonio! Hoy es un día para festejar, estamos
vivos, y hemos vuelto con gloria.
–Nada será con gloria si ese cobarde de Elcano se lleva los méritos de
don Fernando.
–Bueno, bueno. Yo no entiendo mucho de enredos cortesanos. Así
que deja ya de protestar y vamos a tomar unos vinos a la posada.
–¡Qué dices! Como puedes pensar en tomar a esta hora de la mañana.
–Vamos amigo, nunca es demasiado temprano para alegrar el paladar
y el corazón.
Pigafetta movió la cabeza poco convencido de las palabras de su
amigo, pero aceptó el convite. Los dos hombres comenzaron a caminar
lentamente por la calle de piedra humedecida por el rocío. Abrieron la
pesada puerta de madera y entraron. En la posada todavía quedaban
hombres en las mesas. Algunos dormían apoyados en las tablas, otros
seguían conversando con gran alboroto. Buscaron una mesa desocupada
y se sentaron. El cantinero se acercó y con una amplia sonrisa les preguntó:
–¿Qué van a beber estos marinos del Novus Mundus? Tenemos buen
vino y leche de cabra recién ordeñada. No es comparable con lo que
estáis acostumbrados a beber en aquellas islas exóticas servidos por indias
en tetas, pero es lo que tenemos aquí en España.
–Menos palabras Paco, y trae una jarra de leche con galletas para mi
amigo y vino para mí –mirando a Pigafetta, dijo– ¿Has visto? Ya nos
dicen marinos del Novus Mundus. Dime Antonio, ¿qué has pensado
hacer con el dinero que cobraremos por las especias?

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–Tú no sabes mucho de cortes pero yo las conozco bien. No te
ilusiones demasiado, poco nos va a quedar cuando terminen de cobrar
los señores de la Casa de Contratación y los armadores de las naves, larga
debe ser la cola de los acreedores.
–¿Qué ha pasado contigo Antonio? ¿Qué se ha hecho del alegre
Pigafetta? Lo ves todo negro.
–Nada de eso Juan. Se ha perdido mi diario y si no lo escribo
nuevamente ninguna verdad se dirá del viaje, sinceramente, eso es más
importante que los ducados que pueda obtener.
Una voz de otra mesa interrumpió la conversación: –Yo te digo que
haría con ese dinero. Iría corriendo a ofrecerle casamiento a Lola.
Juan con asombro miró al viejo marinero que le hablaba, y preguntó:
–¿Qué Lola?
–La Mora, quien más.
–¿La que solía trabajar en la posada de Palos?
–Por supuesto –replicó el viejo balanceándose por la resaca de la
borrachera.
–¡Pero hombre, si esa mujer debe ser más vieja que tú! ¡Ya no le
deben quedar dientes!
–Puede ser ¿Pero te acuerdas lo hermosa que era? Siempre he soñado
tener una mujer así como esposa.
–Déjate de disparates, que ni vieja como debe estar y aunque tuvieses
las riquezas del Rey, te aceptaría para conversar siquiera un rato.
El viejo borracho no contestó, probablemente tampoco escuchó la
ofensa. Se perdió con la mirada en el fondo de su copa pensando en
Lola, la única mujer con la que se hubiese casado, abandonando por
completo la vida de aventurero y hombre de mil puertos. Juan intentó
reanudar la conversación con Pigafetta pero fue en vano. Estaba claro
que no estaba de humor. Su cara reflexiva y su ceño fruncido lo mostraban
fuera del lugar. No podía dejar de pensar en el diario, ya estaba repasando
día a día y cada momento del viaje, para poder escribir nuevamente los
hechos tal como los vivió.

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PRIMERA PARTE

LOLA LA MORA
La noche era fresca y agradable, el fuerte aroma de los azares an-
ticipaban el verano. Lola abrió la puerta del patio trasero para arrojar el
agua servida de los platos que acababa de lavar. Miró una vez más al
desdichado que estaba tirado en la calle y no le dio demasiada importancia.
Arrojó el agua, se detuvo unos minutos para observar como se escabullía
calle abajo por la canaleta de piedra, y entró. Luego de cerrar la puerta
pensó un instante en aquel hombre. ¿Qué le habría pasado para hallarse
en aquella condición? ¿Tendría hambre? Ya hacía dos noches que lo veía
frente a la posada. Borracho no parecía, pero no entraba ni se iba a ningún
lado. Aunque eran muchos los marineros que andaban por Moguer
buscando empleo, era raro ver a un mendigo. No pensó más sobre el
tema y se preparó para dormir. Subió por la angosta escalera cargando
dos baldes llenos de agua. Se desvistió lentamente para tomar el baño
nocturno. Acomodó con gran pulcritud la ropa de cama. Llenó la tina y
se sumergió lentamente en el agua templada, para relajarse un instante.
Había sido un día de trabajo duro pero su espíritu jovial le hacía ver el
trabajo y su vida de un modo ameno.
Lola la Mora era una mujer alta de largos cabellos negros rizados,
cadera ancha, ojos endrinos y nariz aguileña que la embellecían dándole
una mirada penetrante y seductora a la vez. Trabajaba en la posada del
viejo Isaac desde que tenía uso de razón. Era huérfana y el viejo judío la
había criado como a una hija. Él tampoco tenía familia, había perdido a
su mujer y a su hijo hacía muchos años por la disentería. Lola le devolvía
tanto afecto trabajando a su lado y aunque le pagaba algunos maravedíes
no tenía en qué gastarlos porque rara vez salía de la posada. Sus veinte
años la hacían en edad de casarse pero a pesar de vivir rodeada de hombres
nunca le había llegado el verdadero amor. Era una mujer sumamente
inteligente que conocía bien su oficio sirviendo a los marineros;
acostumbrada a tratarlos, podía controlar una docena de borrachos sin

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ser agresiva. Su piel blanca y perfumada la hacía aun más atractiva; no
había hombre noble, marino o religioso que no hubiese pensado siquiera
una vez en abandonarlo todo para casarse con ella. Pero Lola les devolvía
sus galanterías con apenas una sonrisa cómplice, un leve roce de sus
cabellos y la estela perfumada en el aire que dejaba su presencia.

Días extraños eran aquéllos de 1486, los marineros de la posada no


hablaban de otra cosa que de viajes fantásticos a través de mares
impenetrables, mapas secretos, tierras paradisíacas llenas de oro y mujeres
hermosas. Para la mente racional de Lola no eran más que fantasías de
marineros trasnochados que se habían cansado de transportar mercancías
por el Mediterráneo y soñaban despiertos con aventuras descabelladas.
Todos los días llegaba un extraño pretendiendo vender un mapa de una
ruta desconocida hacia algún lugar insólito. Más de una vez algún distraído
no del todo sobrio perdía su salario por comprar alguno de aquellos
mapas misteriosos que no conducían a ninguna parte. Ante tanto estafador
y tanto estafado el Padre Mateo intentaba desacreditar todo cuanto se
decía sobre rutas imposibles. Los hombres no sólo estaban perdiendo el
salario por culpa de tanta fantasía, estaban perdiendo la fe en el orden
establecido, muchos ya soñaban con ser reyes y dioses de mundos nuevos
y paganos. Lola creía que el Padre Mateo estaba exagerando, ella conocía
bien a sus comensales y sabía que todas las bravuconadas que allí se decían,
quedarían en la nada el día que tuviesen que embarcarse por primera vez
para partir a un destino incierto. Para ella no eran más que niños jugando
un juego de adultos y, como tales, los miraba con ternura. Sin embargo,
no podía abstraerse de tanto comentario y atendía muy seriamente lo
que decían los eruditos cuando alguno de ellos se presentaba en la posada.
Largos y acalorados debates se habían sucedido durante las noches
de los últimos años. Estaban los que defendían enérgicamente la geografía
de Ptolomeo, postura sostenida por las máximas autoridades de todas las
universidades de Europa. Según dicho tratado: “el océano, cuyas olas se
estrellan desde el Oeste en las costas de Portugal y España, es un desierto
de agua infinita e intransitable”. Su mapamundi establecía claramente:
“que la ruta meridional a lo largo de la costa africana es irrealizable, y es
imposible vivir bajo el Ecuador o siquiera en sus inmediaciones; donde,

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bajo su sol verticalmente ardiente no puede subsistir ser vivo alguno ni
aun las plantas”. Declaraba finalmente: “la imposibilidad de navegar
alrededor del desierto africano ya que esta tierra inhospitalaria e inhabitada
se halla unida sin dejar paso en parte alguna con la terra australis”. Pero
estaban los que se oponían por completo, guiándose algunos por oídas, y
otros a ciencia cierta por los informes de descubrimientos y mapas secretos
que llegaban desde Portugal. Según aquellos informes, Enrique de
Portugal había almacenado en su castillo de Cabo Sagrez gran cantidad
de libros y mapas de todas las partes conocidas del mundo. Hablaban de
los conocimientos que había obtenido de los traficantes de esclavos moros,
que más allá de la “Lybia deserta”, y del Sahara arenoso, se encontraba un
“país de riquezas”, Bilat Ghana. Incluso sostenían que había indicios los
cuales venían de los lejanos días de los faraones, dónde una flota fenicia
había atravesado el Mar Rojo y regresado al cabo de dos años,
inesperadamente, pasando por entre las columnas de Hércules 1,
demostrando así, la posibilidad de navegar alrededor de África. De acuerdo
a aquellos informes, afirmaban que Enrique llamó a sabios árabes y judíos,
encargándoles la confección de instrumentos y tablas mejores. Les
consultaba a todos los navegantes y capitanes que regresaban de algún
viaje, almacenando todas sus manifestaciones y conocimientos en un
archivo secreto. Al mismo tiempo se preparaban varias expediciones. Ya
no era un secreto para muchos que en Portugal se fomentaba incan-
sablemente el arte de la construcción naval. En el curso de los últimos
años, se habían convertido las primitivas barcas pesqueras en verdaderas
Naos de cien toneladas capaces de navegar en alta mar con el tiempo más
desfavorable. Al mando de aquellas naves ya no iban simples marinos,
sino expertos timoneles acompañados de maestros de la astronomía y
náuticos que sabían leer el Portulano, determinar las declinaciones, y
registrar los meridianos. Quienes sostenían la teoría de la navegabilidad
más allá del Ecuador, daban un golpe fatal a los defensores de Ptolomeo
cuando afirmaban que una expedición portuguesa al mando de Diego
Cam, ya había desembarcado al sur de éste. Incluso noticias frescas llegadas
desde Lisboa decían que una flota al mando de Bartolomé Dias había
virado un cabo en el extremo sur de África abriendo la ruta hacia el
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Estrecho de Gibraltar.

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levante que conduciría hacia la India. Pero los cosmógrafos tradicionales
no se callaban fácilmente. Normalmente se retiraban de la posada con
amenazas a todos aquéllos que se atreviesen a navegar en la zona mortal, la
Tierra de Satanás. Donde el calor solar hacía hervir las olas del mar, e
incendiaba instantáneamente las maderas y las velas. Donde cualquier
cristiano que osase pisarla se convertiría inmediatamente en negro. Que
prueba más concreta de aquello que los esclavos negros que llegaban desde
Senegal. Por último, estaban los más fantasiosos, que sostenían posturas
radicales basadas en cuentos y habladurías tales como que existía un “mundo
nuevo” hacia el poniente. Éstos basaban sus disparates en informes que
llegaban desde las recién descubiertas islas Azores, dónde se decía que habían
llegado flotando desde el oeste extraños objetos y maderas no conocidas en
Europa. Los más intrépidos, incluso afirmaban que alguien vio dos cadáveres
flotando con el torso desnudo, la piel cobriza, y un exótico taparrabo.
Esa noche Lola volvió a encontrar al extraño hombre de la calle. Lo
miró detenidamente y le preguntó si necesitaba algo.
El hombre con cara cansada y aspecto manso le contestó en voz
baja, casi avergonzado: –¿Puedes darme algo de comer?
Lola pensó un instante en su origen de huérfana y contestó: –Entre
por aquí –como excusándose, prosiguió–, hemos cerrado hace unos
instantes, así que le serviré en la cocina.
Bajando levemente la cabeza, el hombre dijo: –Ése no es problema,
pero debo aclararle que no tengo un solo maravedí con que pagarle.
–No se preocupe, ya me lo imaginaba.
Tenía aspecto de hombre foráneo. Empobrecido por las circuns-
tancias. Sus ropas eran finas, sin embargo estaban sucias y ajadas;
asimismo, el rostro daba la imagen de una vejez precoz a pesar de sus
cuarenta años. Y definitivamente, su modo de hablar delataba que era
extranjero, la forma de pronunciar el español era una mezcla entre
portugués y un idioma incierto.
Lola le sirvió un poco de guiso y una copa de vino mientras terminaba
de acomodar la vajilla y, con algo de desparpajo, le preguntó: –¿Qué es lo
que hace un hombre como tú para llegar a esta condición?
–Mi historia es larga, he venido de Portugal donde trabajaba para el
rey Juan; lamentablemente, mi mujer ha muerto y he tenido que emigrar
–contestó sin perturbarse.

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–Pero eso no explica tu pobreza –replicó Lola.
–Mi pobreza se debe a que nunca he sido hábil con las finanzas y no
me han querido pagar los servicios que le he prestado a la corona.
–¿Y qué clase de servicios son éstos? –insistió la mujer, mientras le
sacaba brillo a una copa con un paño.
–Soy Navegante, le he ofrecido nuevas tierras y reinos al Rey pero se
ha negado a aceptarlos.
–¡Ya sabía yo! ¡Otro loco soñador me ha tocado en suerte para
conversar!
El hombre enrojeció de cólera y casi gritando le contestó: –¡Yo no
soy ningún loco! Soy un gran navegante que ha llegado hasta los límites
del ártico. Allí donde la tierra se hace blanca y dónde los huesos duelen
del frío. He servido a dos reyes, Renato de Nápoles y Juan II de Portugal.
Sin siquiera darse vuelta, Lola, que estaba acostumbrada a tratar con
tanto desquiciado, preguntó: –Muy bien Mashnun, no quiero hablar de
navegantes que ya bastante de eso tuve todo el día. ¿Qué buscas aquí en
Moguer?
El Extranjero, más calmado, dijo: –Trabajo. Necesito dinero para
poder entrevistarme con los Reyes que seguramente querrán darme
empleo.
–Ya veo que el Sr. Mashnun va a trabajar para los Reyes de España,
pero mientras tanto: ¿dónde piensas dormir esta noche sin dinero?
–Dormiré en la calle como las anteriores.
–Ingrata con la vida sería si te dejase dormir en esa condición. Puedes
quedarte en la habitación que está desocupada, y mañana veremos que
hacemos con este navegante que ni una faluca tiene.
–Te lo agradezco, pero mi orgullo no me permite suplicar por un
techo.
–No te he pedido que supliques, lo único que pediré es que te bañes,
te daré ropa limpia y tira esos trapos que llevas puestos. Mientras duermas
aquí, te tendrás que bañar todos los días.
El Extranjero la miró exaltado y exclamó: –¿Qué clase de mujer eres
tú, que te bañas todos los días? ¿Acaso, eres una mujerzuela? Más vale
que me lo digas ahora, porque no voy a dormir bajo el mismo techo que
una mujer impura.

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–Tengo que escuchar palabras tan desagradables cuando soy la única
persona que te ofrece techo. Jamás he sido meretriz, aunque no soy virgen
nunca he vendido mi dignidad. Soy una mujer respetable que siempre
ha obedecido a Alá, y como tal, es mi costumbre estar siempre limpia, no
solamente de alma.
–No sabía que eras mora –contestó apenas el Extranjero.
–Ahora déjate de sandeces y date un buen baño. No tolero tu olor a
cristiano pobre. Bastante tengo que soportar el olor a mula de los clientes
de la posada para que en mi casa tenga a otro sucio –le replicó, mirándolo
con ojos heridos.

NACE UN AMOR

A la mañana siguiente, Lola habló con el viejo Isaac sobre el


Extranjero. Éste aceptó de buen modo que se quedase a trabajar en la
posada por techo y comida. La clientela había aumentado consi-
derablemente desde hacía unos meses, y el viejo y Lola ya no daban
abasto para atender la posada. Lola le comunicó la oferta al Extranjero,
quien no dudó en aceptarla ante su desgraciada situación. No podía
seguir mendigando y en última instancia era un pobre en un país
extraño.
–¡Baja a desayunar, Mashnun! El desayuno está servido –gritó Lola,
un instante más tarde.
Bajó las escaleras algo incómodo por la ropa que le habían dado. Parecía
un paje adolescente y para colmo, perfumado. Pero no estaba en
condiciones de levantar una demanda, necesitaba desesperadamente aquel
trabajo y la posada era el sitio ideal para sus propósitos: realizar contactos
con personas influyentes para acceder a la corte española. Incluso le
convenía que lo llamara Mashnun, aunque no sabía qué significaba, no
deseaba revelar su nombre. No era oportuno divulgar su identidad, quién
sabe qué información podía llegar desde Portugal, no eran pocos sus
enemigos y menos los conspiradores. En tiempos difíciles, lo mejor era
conducirse con prudencia.

26
Cuando entró en el salón una estruendosa carcajada se escuchó desde
todos los rincones...
–¡Parece que tienes un nuevo paje, Isaac! –gritó un marinero.
–¡Está algo avejentado! –exclamó otro.
–¡Y qué perfumado, esto es obra tuya Lola! –vociferó un tercero.
–¡Bueno ya es suficiente! –replicó Lola, poniendo las cosas en orden.
El Extranjero enardecido se mordió los labios y tragó saliva, se sentó
en un rincón mientras la mujer le servía el desayuno.
–No les des demasiada importancia a estos enajenados –le susurró al
oído.
Por una extraña razón, luego de aquella aclaración, se le erizó la piel.
Desde aquel momento comenzó a ver a la noble Mora de otro modo.
Durante toda la mañana no pudo quitarle los ojos de encima. Miraba,
extasiado, como la morena iba y venía entre las mesas con el movimiento
grácil de una bailarina.
Esa noche le pidió permiso a Isaac para retirase más temprano e ir a
buscar las pocas pertenencias que había escondido en un paraje en las
afueras de Moguer. Regresó pasada la medianoche, y despertando a Lola,
le pidió un lugar seguro donde poner el pequeño baúl. Sin darle demasiada
importancia a tanto hermetismo le señaló el cuarto de costura y volvió
entre sueños a su cama. El hombre quedó petrificado ante la belleza de la
joven mujer. Su cuerpo se revelaba a través del fino vestido de seda blanca.
Descalza y levemente desaliñada, su andar se hacía aun más atractivo. El
Extranjero, que se había quedado parado tieso, aun cuando Lola ya se
había retirado, pensativo y a la vez asombrado, reflexionó: «No puedes
pensar en mujeres en este momento. Tienes una misión muy importante
que cumplir». Recomponiéndose, cargó el baúl hasta el cuarto indicado.
Lo escondió puntillosamente entre unas mantas viejas y se fue a dormir.
Hacía ya unas semanas que el Extranjero estaba trabajando en la posada,
y lo hacía con gran eficiencia. Era un hombre sumamente parco y callado,
aunque por el resto no había nada que reprocharle. Las últimas noches la
intriga se había apoderado de la muy femenina Lola. No confiaba
demasiado en los hombres, pero mucho menos en uno que no revelase
sus secretos. Y éste era, por cierto, demasiado reservado. Nunca había
perdido la cabeza por el alcohol, jamás bebía, era excesivamente prolijo y

27
meticuloso en su trabajo, aunque estaba claro que servir no era su oficio.
Todo lo aprendía con notable rapidez. Sin embargo, lo más sospechoso,
eran las largas horas que pasaba en el cuarto de costura revisando los
extraños papeles del misterioso baúl. Durante las noches desde que había
llegado a la posada se quedaba hasta altas horas de la madrugada leyendo
bajo la luz de la vela. Para Lola tanto secreto era inadmisible, por lo que
urdió un plan para abrir su corazón. El plan era simple, pero no por eso
poco efectivo. Noche tras noche, luego de la cena, comenzó a entablar
conversación poniendo en práctica toda su encantadora seducción. No
era que este hombre que le doblaba en edad le atrajese en lo más mínimo,
pero la curiosidad le impedía pensar con claridad. Poco a poco entablaron
una gran amistad, y no pasó mucho tiempo hasta que la seductora se
convirtiese en seducida. La educación y la forma de expresarse del
Extranjero eran sencillamente cautivante. Su elocuencia era notable, y la
forma de narrar sus sueños, embriagadora. Mil y una veces la Mora había
escuchado fantasías de navegantes, pero sus relatos se percibían de otro
modo. No era el qué, era el cómo, lo que desvelaba a la joven mujer. El
hombre estaba borracho de estrellas y la mujer comenzó a emborracharse
junto a él. Todas las noches se reunían en el patio trasero donde el
Extranjero le enseñaba los misterios del cosmos. Le mostraba los secretos
de la navegación nocturna, le hablaba de meridianos, de longitudes, de
fijar una posición en la carta náutica. Secretos que cualquier navegante
de la época hubiese pagado muchos ducados por obtenerlos. A ella poco
le importaba todo aquello, pero la forma como hablaba, el tono, su
vibrante entusiasmo, la complejidad de las palabras, hacían que su corazón
palpitase ante cada descripción.
Una noche, el hombre sacó un extraño artefacto al que llamó
astrolabio, y comenzó a explicarle pausadamente: –Este instrumento es
para determinar la altitud de los objetos celestes, ha llegado a nosotros
tal como lo diseñaron tus antepasados, los astrónomos islámicos. ¡Mira
qué maravilloso objeto! –continuó diciéndole ensimismado, mientras lo
sujetaba por el anillo con la mano izquierda y con su ojo apuntaba hacia
un horizonte aparente–. Su cara posterior está graduada en el borde y
lleva empernada una alidada de observación. Con ella se puede medir en
grados la altitud de una estrella respecto al observador. ¡De esta manera

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puedes determinar tu posición en cualquier parte de la tierra! –exclamó
excitado–. Pero también sirve para saber la hora del día. En la cara anterior
está grabada una proyección de la esfera celeste hasta el trópico de
Capricornio, con los acimut y los almucantar. Alrededor hay una escala
subdividida en horas; sobre este lado se monta la red, en la cual el círculo
excéntrico representa la eclíptica y las diferentes puntas cada una de las
estrellas más luminosas. En el centro de la red se coloca una regla. Una
vez medida la altura sobre el horizonte de una de las estrellas luminosas
comprendidas en la red, se desplaza hasta que el índice de la estrella se
encuentre sobre el almucantar correspondiente a la altitud de la estrella,
después se desplaza la regla sobre el punto de la eclíptica correspondiente
a la posición del sol, y en este punto la regla da la hora precisa en la escala
horaria grabada. ¡Y así puedes navegar a través de la mar Oceána sin
temor a perderte! –concluyó, con la mirada de quien está soñando
despierto.
Lola, que no comprendió una sola palabra de aquella descripción,
advirtió que aquel hombre no era un simple vagabundo sin fronteras.
Sin embargo, se alarmó por sus propios sentimientos, pues la atemorizaba
haberse enamorado de un navegante anónimo, sin nave ni patria. Justo
ella, la más pragmática de las mujeres, se encontraba atolondrada por el
amor a un pobre y loco soñador. Ella, que lo había escuchado todo, fue
la que se enamoró de las palabras, de las fantasías, de los proyectos
delirantes de un don nadie. La relación entre la Mora y el Extranjero fue
creciendo. El torbellino de palabras fue alimentando el vínculo de un
hombre lleno de conocimientos científicos ajenos a su época, con una
mujer inteligente que quería conocer más de lo permitido. La amistad
que entablaron en horas consumidas por la conversación fue llevándolos,
sin proponérselo, a las caricias y los besos. Allí, en la trastienda de una
posada de Moguer, estos dos fantasmas de una España ensombrecida por
las guerras y el odio construyeron un refugio seguro para sus almas. No
existía límite posible a sus sueños, no existió frontera admisible para sus
cuerpos.

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ENTRE LAS ESTRELLAS Y LOS ANTÍPODAS

El chiquillo voceaba a quien quisiera oírlo el espectáculo que estaba


por dar comienzo en la plaza. Era un torneo de ciegos que, armados con
bastón y coraza, se pegaban a muerte por un cerdito colocado en un
pedestal. Un grupo reducido de zíngaras, ofrecían leer las líneas de la
vida y brebajes mágicos a clientes que huían por el aspecto amenazante
de las mujeres. La multitud se agolpaba contra los distintos puestos del
mercado para conseguir la verdura más fresca del puesto. El sol golpeaba
sin clemencia sobre la calle de piedra, los olores corporales se
entremezclaban con los del ajo y las frutas corrompidas por el calor. Un
perro raquítico se quejaba con agudos gemidos mientras un grupo de
niños le pegaba con furia inusual. Entre vendedores pregonando y
empujones, Lola intentaba abrirse paso con su canasta entre la muche-
dumbre. Era una jornada más de compras de provisiones para la posada.
Esta vez la acompañaba el viejo Isaac. El viejo no salía de la posada desde
que una orden regia había obligado a los judíos a ponerse una rueda
amarilla bordada en la manga, el pobre Isaac había caído en una profunda
depresión; él sabía más que nadie que nada bueno se avecinaba en la
Tierra de los Reyes Católicos. La plaza estaba llena de conocidos y
anónimos que se saludaban de un extremo a otro, entre las voces lograron
reconocer la del Padre Mateo, quien les dio un cariñoso saludo mientras
les explicaba su infructuoso intento de conseguir una limosna entre tanto
pecador. Lola, con su generosidad acostumbrada, extrajo unos maravedíes
de su bolsa.
–Niña, si todos los fieles tuviesen la buena voluntad que tú tienes,
otro sería el mundo –le dijo agradecido.
–No es falta de voluntad, es que están asustados por los cambios, ya
nadie confía en el prójimo por más que se hayan criado en el mismo
pueblo.
–Si sólo fuera eso –le contestó apesadumbrado–. Cambiando de tema,
hace mucho que no vienes a visitarme, no se nada de ti, y aunque todavía
no puedo confesarte no pierdo la fe en que algún día te conviertas a la Fe
Católica.
–¡Ay Padre! Confesión no necesito; pero sus consejos más que nunca.

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–Salgamos hija de esta muchedumbre y vayamos a buscar reparo a la
sombra.
Tomados del brazo lograron salir del mercado y se sentaron en un
pequeño muro que estaba a pocas cuadras bajo un añoso árbol. Lola
comenzó diciendo:
–Padre, estoy enamorada.
–En buena hora hija, ¿quién es el afortunado? –le preguntó mirándola
con ojos sorprendidos.
–El extranjero que trabaja en lo de Isaac –le contestó, casi
disculpándose.
–Para serte franco, ese hombre no me gusta nada. Es un caminante
sin hogar y tú sabes que el diablo se disfraza de peregrino. ¿Ya se lo has
contado al viejo Isaac?
–No. No quiero llevarle más preocupaciones. El viejo se lleva bien
con el Extranjero y no deseo que mi situación lo perturbe. Bastantes
problemas y angustias le ocasionan las nuevas ordenes reales.
–Hija, yo sé que el amor no responde a lógica alguna; pero con
tanto hombre importante que te ha cortejado... ¡Cómo pudiste
enamorarte del más pobre de todos!
–No fue el hombre, fueron sus palabras las que me cautivaron –dijo
confundida. Casi sin pensarlo y arrepintiéndose a medida que hablaba,
le contó sobre las estrellas, los mares, y el astrolabio.
–¡Debes alejarte lo antes posible de ese hombre! –le reclamó exaltado–.
¡Ésas son palabras del demonio! –agregó sumamente preocupado mientras
se persignaba –no es bueno escuchar a quien pretende cambiar el orden
natural. Todo lo que me has contado se contradice con los salmos de
David, las manifestaciones de San Juan Crisóstomo, de San Jerónimo,
de San Gregorio, de San Basilio y San Ambrosio. ¿Hay alguien tan
desatinado que crea en la existencia de los antípodas, hombres que están
con sus pies contra los nuestros y caminan con las piernas hacia arriba y
la cabeza colgando? ¿Qué existe un lugar en la tierra donde, invertido el
orden de las cosas, los árboles crecen para abajo y llueve, graniza y nieva
para arriba? El disparate de que la tierra es redonda es el origen de la
absurda fábula de los antípodas que se mantienen con los pies en el aire,
y semejantes personas van de desatino en desatino, derivando del error

31
inicial en otros nuevos. San Agustín declara, hija mía, que la teoría de los
antípodas es incompatible con la verdadera fe. Suponer la existencia de
tierras habitadas en el lado opuesto de la esfera terrestre equivale a negar
que estos pueblos sean hijos de Adán, pues ¿cómo habrían podido atravesar
el mar? Ello equivale a rechazar el dogma bíblico fundamental de que
todos los hombres descienden de una pareja única. Y ¿no dicen los salmos
que el cielo está extendido como una piel? ¿Lo cual significa que es el
techo de una tienda, techo que los antiguos pueblos pastoriles fabricaban
con pieles de animales, por lo que el apóstol San Pablo, en su carta a los
hebreos, llama al cielo tabernáculo extendido por encima de la tierra,
indicando claramente que es liso y plano en toda su extensión? No, hija.
Si no fuera porque sé que ese hombre está totalmente desquiciado como
otros que lo están por buscar riquezas que no les pertenecen, te diría que
es un hereje que viene de la mano de Lucifer.
–Padre, no hable tan fuerte. Éstos no son tiempos para esas
acusaciones –imploró asustada por la tan temperamental reacción del
Padre Mateo.
–Es que me pone mal tanta locura de aventureros –agregó más
calmado.
–Le suplico no hable con nadie sobre esto.
–No te preocupes, tomaré lo dicho como una confesión y me llevaré
el secreto a la tumba.
Al finalizar la conversación se despidieron, siguiendo cada uno su
camino. Lola se quedó meditando sobre las palabras del Padre. Sabía que
no era precisamente el más ilustrado de los hombres de la iglesia; era un
hombre sencillo y algo anticuado en su forma de ver las cosas. En
definitiva, la defensa de la teoría de los antípodas se la había escuchado a
mucha gente con ilustre formación, incluso había miembros de la Iglesia
Católica que reconocían la posibilidad de circunnavegar la tierra. Pero al
mismo tiempo, las palabras del Padre eran sinceras, y como abstraerse de
argumentos tan sólidos... Quizás la opinión del Padre sobre el Extranjero
era un poco apresurada, seguramente estaba cargada de la desconfianza
que se le tenía a las personas ajenas a Moguer, sobre todo si venían con
teorías extravagantes... Pero, ¿acaso ella no se había dejado llevar por la
pasión? ¿No sería el Extranjero uno más entre tantos charlatanes? En

32
definitiva, lo único que se había propuesto era saber quién era el misterioso
navegante. Al fin de cuentas, después de tantas semanas de amistad, sólo
había logrado sonsacarle palabras hermosas y conocimientos absurdos
como el de tantos otros aventureros que habían visitado la posada.
Ninguna de estas reflexiones le ayudaban a resolver la espina que se había
clavado en su corazón. ¿Estaba realmente enamorada del Extranjero, o
simplemente le atraían las locas ideas de navegantes producto del deseo
de cambiar el mundo que la rodeaba? ¿Eran hermosas las palabras, o la
belleza estaba en lo que las palabras significaban? Finalmente, ¿no era
legítimo pensar en la posibilidad de un mundo nuevo, donde la palabra
de una mujer tuviese tanto valor como la de un hombre, donde todos se
amasen y respetasen sin importar sus creencias religiosas, donde las gentes
convivieran compartiendo la riqueza, donde no existieran pudores ni
dogmas? «Donde, donde, donde... Vas demasiado lejos con tus fantasías»,
se dijo a sí misma cuando se dio cuenta de que había llegado a la posada
con la canasta vacía y sin el viejo Isaac.
Había sido una jornada de mucho trabajo para un hombre
acostumbrado a leer cartas náuticas. Nunca pensó que lavar copas y servir
produjera semejante dolor de espalda. La Mora había estado callada todo
el día, cosa poco frecuente en ella. ¿Qué la tendría tan apesadumbrada?
El Extranjero no era por cierto un experto en mujeres pero sí era lo
suficientemente perceptivo para advertir que no había sido un buen día
para la joven. Pensó que sería oportuno relatarle otra historia para
levantarle el ánimo. Cuando terminaron de ordenar las copas y acompañar
hasta la puerta al último comensal, la llamó; con sumo cuidado como si
todavía quedase alguien más, la hizo pasar al cuarto de costura. Mirando
hacia los costados, temeroso de algún observador inoportuno e inexistente,
descolgó de su cuello una fina cadena que sujetaba una pequeña llave.
Sigilosamente abrió el misterioso baúl cargado de libros y planos
enrollados.
Lola lo miró indiferente mientras apartaba un pequeño libro con
hojas amarillas. Finalmente aburrida de tanto misterio le preguntó: –¿Qué
escondes con tanto celo?
–El libro de las Maravillas –le contestó, mientras pasaba las hojas
con movimiento impaciente.

33
–El libro de las Maravillas... –repitió desencantada por las idas y vueltas
de este extraño hombre, que por momentos la seducía hasta los límites
mismos de la pasión, y en otros la exasperaba hasta crisparle los nervios
por tan ridícula insanía.
–Deja de bufar y escucha –la interrumpió, y comenzó a leer:

“Cipango es una gran isla de Oriente, situada a quinientas


millas de distancia de la costa de Mango. Los habitantes son
blancos, muy hermosos, de natural agradable. Adoran ídolos y
son gobernados por un rey propio. Oro tienen en tanta excesiva
abundancia que se le encuentra por doquiera. El palacio del
monarca está revestido de chapas de oro, al igual que los tejados
de nuestras casas e iglesias, de plomo. Salas y aposentos están
artesonados de oro; las ventanas, decoradas con oro. Hay perlas a
montones y piedras preciosas en tal profusión, que basta agacharse
para recogerlas. La ciudad de Quinsay, que debe a su magnificencia
su nombre de Ciudad del Cielo, no tiene par en el mundo. En
ella se encuentran placeres de tal índole, que uno se imagina estar
en el paraíso. Las mujeres por todas las calles son tan seductoras,
que más vale no hablar de ello, y tienen tal experiencia en el arte
de las caricias amorosas, que el que una vez las ha probado, nunca
más puede olvidarlas”.

–¿Qué quieres decirme con todo esto? –protestó celosa por la


descripción de las mujeres orientales.
–¿No has escuchado lo que te he leído? Cipango, Cambaluc,
Ciandu... La tierra del Gran Khan. La tierra de la abundancia, donde el
oro, las perlas, y las finas sedas se pueden recoger en las calles –contestó
extasiado el hombre.
–¿Qué piensas hacer? Ir a esas tierras a desarmarle los techos y ventanas
al tal Gran Khan –dijo enfadada al percibir la ambición del navegante–.Tanto
enseñarme de estrellas y navegación para convertirte en un simple
ladronzuelo de reinos ajenos –agregó, decepcionada ante tanta codicia.
–Piensa Lola, piensa en las hermosas cosas que te podría traer de
esos reinos, seríamos ricos y respetados –prosiguió el hombre sin advertir
lo alterada que estaba la joven Mora.

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–¡Ya calla Mashnun! ¡No necesito nada de eso! Tengo cuanto quiero
en este reino, y procuro tener lo justo en el próximo cuando ya no esté
entre tanto mortal mezquino.
El hombre repentinamente advirtió que Lola tenía los ojos vidriosos
de furia y desilusión. Intentó nerviosamente cambiar la imagen tan
lamentable que había dejado ante la hermosa mujer y movió rápidamente
las páginas del libro buscando un párrafo que lo salvase de la situación en
que se encontraba, finalmente leyó:

“Después que el Gran Khan logró tan señalada victoria sobre su


enemigo, regresó con gran pompa y en son de triunfo a la ciudad
capital de Cambalú. Esto sucedió en el mes de noviembre y allí
continuó residiendo durante los meses de diciembre, enero, febrero
y marzo, en el último de los cuales tuvo lugar nuestra fiesta de Pascua
de Resurrección. Sabiendo que ésta es una de nuestras solemnidades
principales, ordenó a todos los cristianos que la observaran y que
acudieran al palacio trayendo consigo sus libros evangelistas.
Después de hacer perfumar repetidas veces con incienso el
Libro, observando gran ceremonia, lo besó con gran devoción y
ordenó que lo mismo hicieran todos los nobles presentes de su
corte. Tal es su práctica usual en cada una de las festividades
cristianas, tales como Pascua y Navidad, y lo mismo hace en las
festividades de los musulmanes, judíos e idólatras.
Una vez que lo interrogaron sobre los motivos de esta
conducta, contestó como ahora os diré:
–Cuatro son los grandes profetas que han existido y quienes
reverencian y rinden culto las diferentes clases de la humanidad.
Los cristianos consideran a Jesucristo como su divinidad; los
musulmanes, a Mahoma; los judíos a Moisés; y los idólatras, a
Sogomombarkan, como el más eminente de todos sus ídolos. Yo
respeto y rindo honores a los cuatro, e invoco en mi ayuda a
quien, de ellos, sea en verdad el Supremo Ser de los Cielos.”

Lola algo más repuesta, observó: –Hombre inteligente y práctico el


Gran Khan ése. Algo de su forma de ver la vida debieran aprender los
Reyes de España, que ya he escuchado de sus intenciones de perseguir a
moros y judíos.

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–¡Calla mujer! ¡No blasfemes! Estos son tiempos difíciles para todos
–contestó asustadizo el Extranjero.
–Bueno, si no tienes más que agregar a tus tontas historias me voy a
dormir –concluyó, retirándose seria y apesadumbrada.
Esa noche, Lola lloró amargamente en la cama. Una vez más un hombre
la había desilusionado. ¿Era tan difícil comprender su corazón? Sólo pedía
un hombre romántico. Nada de castillos, nada de joyas, nada de promesas
vanas. Sólo un hombre que la acompañase en un mundo de sueños y
poesía. Alguien que quisiese vivir junto a ella en un mundo blando para
poder olvidar tanto mundo duro.
El hombre guardó su libro en el pequeño baúl sin comprender lo
sucedido. Tanto escándalo por leer unos párrafos de los viajes de Marco
Polo. Qué mujer podría abstraerse de tanta maravilla y tanta riqueza. Si él
era capaz de bañar en oro a la mismísima Reina. ¿Acaso nadie entendía
hacia donde estaba el futuro? ¿Cuántos años más tendría que esperar para
que lo dejasen de considerar un loco? Gente desagradecida. Pero al fin y al
cabo, quién comprende a las mujeres.

EL MAESTRO TOSCANELLI

–¡Don Paolo Físico! ¡Qué alegría es tenerlo nuevamente en Moguer!


–exclamó Isaac al ver al viejo, que con cierta dificultad se sentaba en una
mesa–. ¿Cómo está la bella Florencia? –insistió el posadero.
–Próspera y creciendo mucho, en esa ciudad no paran de construir
palacios –contestó el anciano.
–¿Qué lo trae por aquí? –preguntó Isaac mientras giraba su cabeza
en busca de algún sirviente disponible para que atienda al célebre
cosmógrafo.
–He venido, simplemente, a visitar a mis tan queridos amigos.
–Siéntase como en su casa. ¡Lola, llama inmediatamente al Extranjero
para que le sirva algo de comer al gran maestro!
Lola se introdujo en la cocina de un salto y con un gesto ampuloso
le dijo al Extranjero, que se encontraba sentado pelando una papa

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mansamente: –Deja inmediatamente lo que estás haciendo y ve a atender
al gran maestro Toscanelli.
–¡Toscanelli! –dijo sorprendido.
–Sí, sí... Es muy amigo de Isaac, y cada vez que viene a la posada
quiere que esté bien atendido.
–¿Pero mujer, te refieres al geógrafo florentino? –volvió a preguntar
exaltado el Extranjero.
–Por supuesto... Me había olvidado tu interés en los mapas. ¡Claro
que es Toscanelli! ¿Cuántos Toscanelli crees que hay en el mundo que yo
llame gran maestro? Por favor, compórtate como un sirviente y no lo
fastidies con tus locuras.
El Extranjero tomó una bandeja y se acercó a la mesa temblando de
nervios. Sentía un fuego en su estómago que no lograba definir si era por
que se encontraba ante la oportunidad de su vida o por la indignación
que le producía haber sido llamado por Lola “sirviente loco”. Mientras
iba caminando hacia la mesa su mente estaba completamente en blanco.
¿Qué decir? ¿Cómo iniciar una conversación sin quedar como un
completo idiota? ¿Cómo llamar su atención?
–¿Qué desea servirse? –preguntó con voz monocorde mientras una
gota de sudor resbalaba por su sien.
–Tráigame un plato de guiso, una copa de vino, y una buena porción
del pan tan exquisito que prepara “Lola la bella Mora” –dijo el florentino,
con una leve sonrisa cómplice y mirada pícara.
“Lola la bella Mora”, “Lola la bella Mora”... se repetía a sí mismo,
mientras volvía a la cocina casi corriendo y tropezando con cuanta silla y
comensal se interpusiese en su camino. Cerrando la puerta de un portazo,
exclamó: –¡Tú conoces a Toscanelli!
–Desde niña –contestó Lola sin quitar los ojos del plato que estaba
lavando.
–¿Cómo no me lo habías contado?
–¿Por qué habría de hacerlo? Tú nunca me lo habías preguntado...
–¿Quién te lo ha presentado?
–No seas ridículo... nadie me lo ha presentado. Me ha llevado en
andas, he jugado con él... Es un viejo amigo de Isaac –dijo poniendo cara
de persona importante.
–¡Debes presentármelo ahora mismo! –exclamó casi desesperado.

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–Ni lo sueñes. No voy a dejar que lo molestes con tus cosas de
navegante trasnochado. Don Paolo es un hombre muy sencillo y no quiero
que lo atormentes con tus locuras.
–¡Mujer! ¿No te das cuenta de que ésta es la oportunidad de mi vida?
–Ése es “tu” problema... –le respondió indiferente.
–No lo puedo creer. No hay nada peor que una mujer testaruda
haciéndose la interesante –pensó el Extranjero en voz alta.
Entreabrió la puerta y observó al hombre sentado en la mesa. Tenía
aproximadamente ochenta años, sus modales eran refinados, estaba
elegantemente vestido y sin duda tenía la aureola que distingue a los
hombres con gran inteligencia. Allí, a escasos pasos, estaba el cosmógrafo
más importante de la época. Aquél que sostenía lo que nadie se atrevía a
decir. El que afirmaba que era posible llegar a la costa de Cipango
navegando hacia el Poniente. Si este hombre no estaba equivocado, con
escasos veinte días de navegación se podía alcanzar la tierra del oro y las
especias. Sólo veinte días había que navegar, sólo veinte pasos había que
dar, sólo decir las palabras justas para obtener la información necesaria y
convertirse en un hombre inmensamente rico. Pero como podía un
hombre pobre, vestido de paje, llamar la atención y entablar amistad con
uno de los hombres más importante de la época. Con Lola no podía
contar, la relación no estaba pasando por el mejor momento como para
que le facilitara el camino. Al viejo Isaac no se lo podía importunar, y sin
duda no tendría la menor intención de ayudar a un loco soñador en
hacerse rico, bastante que le había dado trabajo. ¿Cuántos marinos y
navegantes de prestigio deben haber intentado lograr la amistad del
astrónomo de reyes? No había terminado de reflexionar sobre que decirle,
cuando Lola le acercó la bandeja con el guiso para don Paolo. La suerte
ya estaba echada, lo que dijese sería definitivo. Acomodando los platos
en la mesa, y asegurándose que nadie más que el viejo Paolo podía
escucharlo, dijo:
–Veinticuatro de Julio de mil cuatrocientos setenta y cuatro...
“Hallaréis en un mapa que desde Lisboa a la famosa ciudad de Quisay,
tomando el camino derecho a poniente, hay veintiséis espacios, cada
uno de ciento cincuenta millas. De la isla Antilla hasta la de Cipango,
doscientas veinticinco leguas. Deseo que mi carta satisfaga a Su Alteza, a

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quién os ruego digáis que estoy pronto y puntual en obedecerle cuando
me mande cualquier cosa”.
Sorprendido don Paolo dijo: –¿Cómo puede un sirviente de Moguer
conocer con tal exactitud una carta secreta que envié hace más de doce
años al rey Alfonso?
–La carta, maestro, la llevo en mi cabeza y en mi alma, lamenta-
blemente el mapa no –le respondió sin pestañear, sabiendo que estaba
jugado y allí mismo podía terminar preso por espía en una cárcel española
o, peor aún, en un patíbulo portugués.
–¡Pero ésa es información confidencial que envié al confesor del Rey!
–exclamó don Paolo sin poder salir de su asombro.
–Lo sé muy bien don Paolo, si me concede unos minutos de su
tiempo puedo aclararle todo –afirmó con determinación.
–Muy bien joven, siéntese y cuénteme su historia mientras como.
Espero que mi amigo Isaac no se ofenda por distraer de su trabajo a un
sirviente. Pero, sinceramente, lo que me ha dicho me ha dejado algo
perturbado.
Desde la otra punta del salón Isaac y Lola miraban extrañados como
el Extranjero se había sentado junto a don Paolo. Hablaba gesticulando
y haciendo pomposos ademanes con sus manos. Era una faceta que
desconocían por completo de aquel anónimo hombre. El hombre parco
y reservado se había convertido repentinamente en elocuente y
extrovertido. don Paolo asentía con su cabeza y sonreía. Era evidente que
se sentía a gusto con lo que el hombre le estaba contando. Pasó más de
una hora hasta que Isaac se acercó y se animó a interrumpirlos.
–Espero que mi sirviente no esté molestándolo –dijo, dirigiéndose a
don Paolo.
–De ninguna manera. Me asombra que tengas por sirviente a un
hombre tan ilustrado –le contestó en forma risueña.
–En realidad no es mi sirviente, simplemente lo he ayudado dándole
empleo –se justificó, atajándose de cualquier reclamo futuro, mientras
levantaba la mesa–. ¿Desea que le traiga algo más, querido amigo? –agre-
gó algo avergonzado por la situación.
–No gracias. Dile a Lola que su guiso estaba exquisito –y dirigiéndose
al Extranjero agregó–: Bueno amigo, creo que es muy importante que

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tengamos esa reunión con el prior fray Juan Pérez y fray Antonio de
Marchena, yo creo que le serán de gran utilidad.
–Le agradezco mucho su ayuda y comprensión, maestro Toscanelli.
Ha sido muy importante haber podido tener esta conversación con usted
–le agradeció, mientras le quitaba la bandeja de las manos a Isaac y se iba
sonriente con los platos sucios.
Isaac se quedó parado perplejo hasta que pudo reaccionar, y aún sin
comprender nada de lo que estaba sucediendo en su posada, atinó a
invitar al maestro a pasar la noche allí. Ya en confianza, comenzó a contarle
al maestro su preocupación por los hechos políticos que estaban
aconteciendo en España. Le explicó lo afligido que se encontraba por la
nueva orden regia y de su temor a que se desatara una persecución contra
los judíos. El hombre estaba aterrado, le desesperaba la posibilidad de
perder la posada. Aunque el maestro intentaba consolarlo, Isaac no podía
dejar de angustiarse. Le contó a su viejo amigo que hacía varias noches
que no dormía pensando en que la caída de Granada podía significar el
fin de la España multiracial. Temía por la seguridad de Lola a la que
quería como a una hija, y sabía lo inquieta e indiscreta que solía ser por
su juventud. Continuó el viejo judío narrando sus penurias, aclarando
que él no temía por su vida porque ya era un anciano, pero ¿qué sería de
aquella chiquilla, si él perdía la posada? ¿De qué viviría? ¿Cómo se las
arreglaría sola en este mundo de hombres? El maestro Toscanelli intentaba
por todos los medios de animarlo, asegurándole que ninguna calamidad
ocurriría si caía Granada. Según la visión del florentino los Reyes Católicos
no se atreverían a enemistarse con los judíos, seguramente necesitarían
de la formación y del dinero de éstos para construir la Nueva España.
Pero si eventualmente alguna desgracia política sucedía, el maestro
recomendó que se mantuviera cerca del Extranjero, porque en el futuro
podía llegar a ser de gran ayuda, tanto para él como para Lola. Aquel
sorpresivo consejo dejó perplejo a Isaac, sin embargo el viejo tenía gran
respeto por el florentino y tomaba muy en serio todo lo que él decía por
más absurdo que aquello pareciese.

El Extranjero pidió permiso a Isaac para ausentarse unos días, debía


viajar para reunirse con los frailes que don Paolo quería presentarle. Isaac

40
accedió más por mantener una buena relación con él que por deseo propio.
Le pagó unos maravedíes para que se comprase ropa nueva en el pueblo
y así estar decentemente vestido para la ocasión. No tenía ninguna
intención de que los frailes se llevasen una mala impresión con alguien
que había trabajado en su posada. Además se lo merecía, era un hombre
que trabajó diligentemente y, por cierto, había sido muy honrado. Nunca
faltó dinero cuando estuvo a cargo de la caja. Aun así, le seguía generando
cierta inquietud. En todo este tiempo no había logrado saber nada sobre
su pasado. La única que había dialogado extensamente con él era Lola, y
por lo que tenía entendido tampoco había logrado sonsacarle mucha
información.
Una vez que el Extranjero partió, Isaac fue a buscar a Lola para
ponerla en aviso de lo sucedido. La muchacha estaba recostada en su
recámara. Isaac entró y dijo: –El Extranjero se ha ido.
–¿Cómo que se ha ido? –preguntó sorprendida.
–Se ha ido con don Paolo para tener esa reunión con los frailes.
–Pero... ¿Cómo puede ser? ¡Sin siquiera despedirse de mí! –dijo con
la voz entrequebrada.
–¡Bueno niña! Supongo que se fue por unos días. ¿Por qué tanto
alboroto? ¿Hay algo que yo deba saber? –preguntó suspicaz.
–No es nada. Simplemente que me llama la atención que no se haya
despedido –le respondió, recomponiéndose del exabrupto.
–Lo que deseaba decirte no era si se iba o se quedaba. Lo importante
es que tendremos que trabajar los dos solos nuevamente. ¡Con todo el
trabajo que hay en la posada! ¡Estos marinos están completamente
alocados con la idea de llegar a las islas de las especias! Estoy pensando
muy seriamente en mudar la posada a Palos de la Frontera, si aquí hay
trabajo no quiero pensar lo que va a ser el puerto en unos años.
–¡Yo preferiría mudar la posada a Toledo! Así no tengo la posibilidad
de encontrarme con ningún marino... –exclamó, misteriosa, la mujer.
–De eso quería hablarte en realidad. ¿Hombre raro el Extranjero?
Aunque don Paolo me dijo que era una persona muy ilustrada y que
hiciese buenas migas con él, yo te recomendaría que te mantengas lo más
alejada posible. Sinceramente no sé lo que tiene entre manos.
–¡Tarde! –pensó Lola.

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–¿Dijiste algo chiquilla? –preguntó, más por el gesto que por el sonido
que salió de sus labios.
–No. Simplemente tendré en cuenta tus palabras... Gracias por
advertirme –le contestó, haciéndose la distraída.

BRUJA Y MUJER
I

La condición de las mujeres humildes no era precisamente la más


propicia. Poco podían esperar de una sociedad donde todo estaba regido por
los deseos y virtudes masculinas. La única posibilidad con que contaban para
salir de la pobreza y de una segura vida desgraciada era el matrimonio. Pero
aun así, en el caso que consiguiesen casarse, debían mudarse a la casa de la
familia del marido donde, normalmente, la que entraba como esposa en
casa ajena se exponía a todo tipo de maltrato y agravios por parte de los
parientes del esposo, a menos que perteneciese a un ámbito social claramente
más elevado. Esto se agravaba por las costumbres y necesidades de los hombres
que solían ausentarse por largos períodos de sus casas. Era muy común que
por causa del comercio, las guerras o por simple gusto, los hombres partiesen
un día sin mayores explicaciones y no volviesen por varios meses. De ahí el
motivo de tener a la mujer encinta todos los años, siendo éste el modo de
asegurarse herederos a pesar de la alta mortalidad infantil y de salvaguardar la
fidelidad conyugal. Era raro ver una mujer casada que no estuviese gorda y
deformada por el embarazo. Para los hombres, mantener el vientre de la
esposa continuamente fecundado, no era sólo una demostración de virilidad,
sino también una forma de alejar cualquier tipo de apetito sexual de su joven
esposa. Convertir a las mujeres en máquinas reproductoras no bastaba para
fugarse de sus casas sin arriesgarse a volver deshonrados por el adulterio; por
lo que delegaban en sus familiares, en particular los de sexo femenino, la
responsabilidad de vigilar estrechamente a la joven, más aún cuando la esposa
tenía quince o veinte años menos que el marido. Los celos podían destruir la
vida y la reputación de una mujer, sobre todo en los pueblos pequeños.

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Cuando la mujer tenía la desgracia de no morir antes que su esposo en
uno de los tantos partos o abortos que padecían, se enfrentaba a un triste
futuro. Como desposarse de nuevo no estaba bien visto, no le quedaba
otro camino que aceptar la hospitalidad de la familia del difunto cónyuge
donde, probablemente, sería tratada como una intrusa; o en su defecto
debían volver a la casa paterna, donde se la consideraría como un peso
desagradable e inútil. Para evitar condicionamientos y críticas para el resto
de sus vidas, muchas viudas solían asociarse, bajo la protección de la Iglesia,
viviendo en casas comunes como beatas. A pesar de todo, esta vida
semimonacal les permitía ciertas libertades y cierto prestigio que de otro
modo se les hubiese negado.
La vida de los niños ilegítimos como la de los viejos sin familia no era
mucho mejor, ya que eran víctimas frecuentes de episodios de marginación
y abandono. Si el hambre o la falta de trabajo golpeaba la puerta de la casa
de una familia numerosa, los ancianos, bocas inútiles que había que
alimentar, se convertían en los primeros responsables de las desgracias de la
familia. El alcohol y la pobreza abrían paso a los abusos y finalmente al
desalojo. Viejos mendigando en las calles eran la inmediata consecuencia
de un año con sequía y escasez, ingratitud de hijos con respecto a sus
padres y madres, engaños o violencias contra los viejos era la moneda con
que se pagaba una vejez pobre y llena de privaciones. Abortos voluntarios,
medios anticonceptivos de diferente tipo, hasta infanticidios mejor o peor
camuflados como accidentes, niños que durmiendo con sus padres son
casualmente asfixiados por sus cuerpos, o muertes de lactantes abandonados
y que no fueron solícitamente acogidos por personas o instituciones
caritativas, tenían tal frecuencia que se había convertido en una verdadera
plaga. La promiscuidad y la cantidad de ocasiones para el contacto sexual,
producían más hijos ilegítimos que los que pudiesen engendrar las acrobacias
del demonio. Por supuesto que el abandono del bebé era siempre una
derrota de la mujer. En el caso de los jóvenes que vivían en ambientes
sociales donde las mujeres estaban muy vigiladas, o para los hombres casados
cuya esposa estaba continuamente deformada por el embarazo, las criadas
y esclavas domésticas eran habituales naves escuela sexuales. Estas jóvenes
debían aceptar los apetitos de los señores de la casa, tiñendo el abuso y la
violación de romance secreto que no perduraba, ya que difícilmente podrían

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hacer reclamo alguno. En caso de que los dudosos y desmañados encantos
de las chicas de servicio no bastaran, existían los baños públicos frecuentados
por las meretrices, éstos eran muy comunes en las ciudades que conocían
las costumbres orientales, donde la higiene corporal les era familiar.
En la base de la pirámide social estaban las brujas. Odiadas y temidas
por algunos y muy necesarias para la mayoría, eran las encargadas de
reemplazar al médico de las clases altas y al barbero o cirujano de los
burgueses. Para la gente menos pudiente, alejada del confort de la corte
e incapacitada para pagar un médico, la curandera o bruja era la única
persona confiable a la que se podía recurrir cuando la enfermedad hacía
temer por una muerte segura. Para aquéllos que contrataban sus servicios,
la enfermedad del cuerpo no estaba separada de la enfermedad del alma.
Sus consejos mezclados con raíces, ungüentos y pócimas curaban casi
todo lo inexplicable. En un mundo donde la ciencia médica se confundía
con la magia, los milagros y la astrología, el conocimiento de la curandera
no estaba visto como algo tan alejado de la realidad. Pero mientras que
en las brujas se veía un costado útil y milagroso no se podía dejar de lado
el costado oscuro y tenebroso que estas poseían. En todo el occidente
europeo la cultura folclórica conservaba la creencia de que ciertas mujeres
podían transformarse por la noche en aves rapaces como el búho o la
lechuza y bajo esa forma chupaban la sangre de los seres humanos. Ellas
eran “brujas” y no “brujos”, por cuanto muchos de los secretos sobre los
que la curandera trabajaba mágica o médicamente, se referían a problemas
femeninos y giraban en torno a temas como el infanticidio o el aborto, la
infidelidad o el amor no correspondido. Durante siglos, la gente estaba
acostumbrada a utilizar curanderas, las cuales articulaban sus prácticas
entre la magia y la fe cristiana. Aquellas curanderas, doctoras, comadronas,
aborteras, eran las guardianas de los “funestos secretos” de la comunidad.
Ya que por lo general estaban solas y a menudo “señaladas”, por la edad,
la fealdad, o por alguna otra característica física. Eran portadoras de un
rol ambiguo. La bruja era débil y vulnerable porque era pobre y estaba
privada del apoyo y la defensa del núcleo familiar, pero en cambio se la
consideraba poseedora de carisma, de “poderes” que por sí mismos no
eran ni buenos ni malos, pero que estaba capacitada para usar. La brujería
nacía de la debilidad, del miedo, del sufrimiento, de la enfermedad, del

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rencor; entrañaba, en definitiva, los más tortuosos sentimientos. La bruja
era una consolatrix afflictorum. Cargaba con los pecados de la comunidad,
asumía la responsabilidad de los niños muertos y de los matrimonios
desafortunados, aliviaba como podía las plagas y los sufrimientos con
una sabiduría hecha de hierbas, de raíces y de rituales. Era una sabiduría
alejada de las afectadas charlatanerías de los médicos con capa de armiño,
y en la práctica más eficaz. La bruja conocía los secretos de la naturaleza
y también de los corazones, en una época en la cual los párrocos aún
estaban muy alejados de las necesidades inmediatas de los feligreses. La
seguridad de estas solitarias mujeres estaba ligada estrechamente al
equilibro emocional de la comunidad; y era como tal, extremadamente
frágil. Bastaba una relación malograda, un cliente insatisfecho o un secreto
quebrado inoportunamente, para que la bruja quedara a merced de sus
ex amigos, ex clientes, y ex cómplices, que entonces buscarían explicación
para sus desgracias o venganza por sus frustraciones.
Hasta aquel momento la Iglesia no se había preocupado demasiado
de las supersticiones referente a la brujería, la consideraban un simple
patrimonio folclórico heredado de la antigüedad, por lo que se había
limitado a estorbar su difusión con medios que consistían, sobre todo,
en impartir penitencias a cuantos declaraban creer en ellas. Pero poco a
poco, las viejas supersticiones unidas a las cada vez más usadas prácticas
de brujería empezaron a alarmar a las autoridades eclesiásticas, porque se
sospechaba que tales creencias podían dar acceso a formas heréticas que
minasen los principios fundamentales de la fe cristiana. Esto, en definitiva,
se traducía en una perdida de fe en la Iglesia, y éste era un poder que no
estaban dispuestos a perder a manos de las desdichadas brujas. Por tal
motivo comenzaron a perseguirlas con métodos e instrumentos
inquisitoriales. Para la Iglesia la esencia herética de la brujería consistiría
en un pacto con el diablo, que daba forma a la demonolatría, dejando de
lado la fe desde el momento en que sólo se le debe adoración al Creador.
Las desgracias colectivas tenían, sin duda, un papel fundamental
imposible de negar en toda aquella cuestión. La mortalidad infantil, el
hambre, el desequilibrio social que diezmaba comunidades enteras
provocando enriquecimientos y ruinas súbitas, compraventas de bienes
inmuebles que forzaban a numerosas personas a desplazarse invo-
luntariamente, hacían que la gente tuviese miedo; de lo que les ocurría o

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podría ocurrirles, buscaban las causas, hablaban de ellas. Generalmente la
búsqueda coincidía con la más débil de la comunidad, aquel solitario
personaje que sabía demasiados secretos y que la Iglesia no tenía ninguna
intención de proteger: la bruja.

II

El 5 de Diciembre de 1484 el papa Inocencio VIII en un de sus


primeros actos como pontífice promulgó la siguiente bula:
“Recientemente ha llegado a nuestros oídos, no sin habernos apenado
mucho, que en ciertas regiones del norte de Alemania, como en las
provincias, ciudades, territorios, distritos y diócesis de Maguncia, Colonia,
Tréveris, Salzburgo y Bremen, muchas personas de uno y otro sexo,
olvidando su salvación y alejándose de la recta fe católica, se han ofrecido
voluntariamente a la pesadilla de los demonios y han sucumbido a ellos:
éstas, por medio de encantamientos, brujerías, conjuros y otras infamias
supersticiosas y procedimientos mágicos reprobables hacen deteriorarse,
sofocar y extinguir la estirpe de los seres humanos, las cosechas de la tierra,
el sarmiento de las vides y los frutos de los árboles; y no sólo, sino también
los hombres mismos, las mujeres, el ganado ya sea grande o pequeño, los
animales de cualquier especie, las viñas, los huertos, los prados, los pastos,
los cereales y las legumbres. Afligen y torturan a los hombres, las mujeres,
los animales domésticos, las manadas, los rebaños, con males y crueles
tormentos tanto internos como externos. Impiden a los hombres fecundar
a las mujeres y a las mujeres concebir; a los esposos de darse el uno al otro
en el legítimo débito conyugal. Y estas personas llegan incluso a renegar,
sacrílegamente, de esa fe que han recibido en el bautismo. Además no
tienen ningún temor de cometer y perpetrar excesos infames, instigadas
por el Enemigo de la humanidad, a costa de poner en peligro sus propias
almas, de ofender a la divina Majestad y de dar escándalo con ejemplos
perniciosos para todos.”
Aunque Lola conocía perfectamente bien la bula, la consideraba
exagerada. Estaba claro para ella que el Papa pretendía que la gente no

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fuese a las curanderas para evitar la gran cantidad de abortos que las
mujeres estaban acostumbradas a practicar. Coincidía plenamente con la
Iglesia en que las muertes de los niños y el aborto estaban fuera de
proporción; ella misma pensaba que si quedaba embarazada criaría, de
todos modos, a su hijo. No le importaba ser madre soltera, no le temía
al hambre o a la pobreza; jamás interrumpiría un embarazo. No obstante,
acusar a las brujas de tener un pacto con el diablo, para una mente
perspicaz como la de la joven mora, era simplemente un insulto a la
razón. En todo caso podían ser consideradas como consejeras, aunque
sus consejos no fuesen del todo prácticos; o curanderas, si bien su cura
no era eficaz. Pero bruja diabólica no era un adjetivo que le cabía a Leticia.
La pobre y desdeñada anciana a duras penas podía caminar. Sus pócimas
más que mágicas eran mal olientes. Y si el diablo celebrara un pacto con
alguien, la vieja Leticia seguramente sería a la última persona a la que
acudiría. El más perfecto plan de Lucifer fracasaría inmediatamente de
quedar en sus manos. La pobre vieja no acertaba ningún conjuro, mucho
menos una adivinación. Ni las probabilidades más remotas jugaban a su
favor, pues simplemente fallaba siempre. Hacía años que nadie la visitaba,
ya no por el temor que inspiraban las brujas, sino más bien por sus
constantes fracasos. Varios hombres y mujeres prósperos de Moguer
fueron supuestos abortos realizados por la senil mujer. Y si alguna
obstinada solicitaba sus servicios para suspender un embarazo, obtendría
a los pocos meses como resultado, un espléndido y saludable bebé.
¡Seguramente esta curandera no estaba comprendida en la advertencia de
Inocencio VIII! Para Lola, Leticia era simplemente una amiga a la que se
le podía confiar el más oscuro secreto, no porque fuera reservada, sino
porque nadie tomaría como cierto algo que ella contase. Siempre
escuchaba sus consejos y compraba sus pócimas por respeto, aunque
jamás creía una sola palabra de lo que le decía y conocía la ineficacia de
sus brebajes. Sabía que de este modo la hacía feliz. Era una amistad
basada en el respeto mutuo en que una escuchaba pacientemente y la
otra hacía sentir útil y querida a una anciana olvidada por todo Moguer.

Esa noche esperó a que la luna se encontrase en el cenit, tal como


debía ser para ir a visitarla y que los conjuros tuviesen eficacia. Previamente,

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envió a un joven mensajero con una nota anunciando su visita. Se puso
una capa negra y partió secretamente, escabulliéndose por las vacías calles
del pueblo. Toda esta representación tenía un poco el sentido de ocultarse
de las miradas indiscretas porque siempre era peligroso ir a ver una bruja; y
otro poco, para que la pobre Leticia sintiese que al menos todavía valía la
pena esconderse para ir a visitarla.
La casa mal construida de piedras y ramas se hallaba ubicada en las
afueras del pueblo; en un camino en el que nadie quería transitar debido al
desastroso estado en el que se encontraba. Lola abrió con esfuerzo la puerta,
que hinchada por la humedad rozaba el piso. Finalmente se trabó dejándole
un pequeño espacio. Pasó primero un brazo, luego la cabeza, contrayendo
el vientre y haciendo un esfuerzo pudo pasar sus abultados pechos junto
con el resto del cuerpo. La vieja se encontraba sentada tras la luz mortecina
de una vela que mal iluminaba la deformación de su rostro maltratado por
la lepra. Ya había preparado la escena, el largo mantel sobre la mesa, los
distintos tipos de cartas, las vasijas con hierbas, el búho tuerto, la escoba, la
suciedad, las telas de arañas. Todo estaba en su sitio como si hubiese estado
allí por años, pero Lola sabía que Leticia había trabajado toda la tarde
preparando aquel ambiente tenebroso, incluso ensuciando la casa y
recolectando telas de araña; conocía la pulcritud de la anciana, que jamás
viviría en un lugar semejante. Por ese motivo se hacía anunciar con un
mensajero con anticipación, no quería quitarle a su amiga la oportunidad
de preparar la casa como la de una verdadera bruja.
–¿Mi joven amiga está más gorda y saludable o sus pechos han crecido
tanto que no pasan por la puerta? –preguntó la anciana.
–No es eso. Tu puerta está tan hinchada que es imposible abrirla –le
respondió Lola
–No busques excusas a tu desarrollo, niña. ¿No será que vienes a
verme por que estás encinta?
–Lamentablemente eso es imposible. Mis períodos siguen
coincidiendo puntualmente con la luna.
–Bueno, ¿por qué has venido a visitarme entonces?
–Es por un amor no correspondido...
–¡No hables más! Siéntate, y deja que yo averigüe el resto –dijo
exaltada por tener la oportunidad de hacer una adivinación.

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Entremezcló las barajas y comenzó a ponerla una a una sobre la mesa.
Mirando atentamente al rey de oro dijo: –Ya veo que es un hombre con
fortuna o que desea tenerla.
Lola pensó: “sin duda eso abarca a todos los hombres que yo conozco”.
–Es algo mayor que tú –continuó diciendo la hechicera.
“Si el doble de mi edad significa ‘algo mayor’, esto es un acierto de la
pobre vieja”, reflexionó Lola en silencio.
–¿Es acaso un marino? –preguntó Leticia.
–Eso creo.
–¡Ya sabía, ya sabía! ¡Eso es lo que dicen las cartas! –dijo eufórica la
pitonisa por haber acertado–. El hombre está muy preocupado por un
gran viaje que va a realizar, esto le tomará mucho tiempo, y ése es el
motivo de su falta de interés en ti. Pero finalmente regresará con mucho
dinero para buscar a la mujer que ama. Querida Lola, si tienes paciencia
éste será el padre de tus hijos –agregó animada, inventando una historia
que podía encajar perfectamente sin temor a errar por mucho.
Lola la miró incrédula, pues la historia encajaba en cualquier marino
de la época y ella no estaba dispuesta a esperar mucho tiempo, era una
mujer joven y bella como para confiar su futuro a una anciana que no
acertaba nunca y a un marino que tenía pocas probabilidades de navegar
más allá del Mediterráneo.
–Pero Leticia, yo necesito una respuesta ahora. Necesito tener la
confirmación que me ama hoy, no al finalizar su viaje –dijo exasperada.
–Muy bien, yo tengo una solución para eso. Puedo prepararte una
pócima que hará que te ame inmediatamente después de tomarla. Aunque
esto encierra un peligro: una vez que la beba no podrá pensar en otra
cosa que en ti, modificando seguramente su futuro. Es muy probable
que no realice su viaje y nunca pueda hacerse rico. Si estas preparada
para vivir toda la vida al lado de un hombre pobre que sólo tenga ojos
para mirarte y boca para alabarte; dímelo, y te prepararé el brebaje
inmediatamente.
A Lola le pareció muy razonable, no tenía ningún interés en esperar
toda su vida a que un marino retornase de un hipotético viaje, prefería
un granjero humilde que estuviese cada día de su vida a su lado
mimándola y cuidando a su familia. Por lo que no dudó un instante y

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dijo: –Prepárame inmediatamente esa pócima y dime cuanto debo
pagarte por tus servicios.
–Es un preparado de hierbas y miel, tú tienes que mezclarlo con agua
hirviendo y hacer que lo beba no bien lo veas –le indicó, mientras introducía
las hierbas en una pequeña bolsa a la vez que escupía en su interior. Pronunció
unas palabras incomprensibles, y finalmente le entregó el contenido junto
con la miel.
Las dos amigas se despidieron cariñosamente. Lola le entregó algo
de dinero y un poco de comida que le había preparado porque sabía que
la anciana comía sólo cada tanto. Su falta de vista y sus cansadas piernas
no le permitían mas que recoger algunos frutos silvestres y ordeñar una
cabra enferma, como único sustento.
–No bien tengas algún resultado ven a visitarme. Quiero conocer todos
los detalles –dijo Leticia, optimista por estar segura que esta vez acertaría.
–Muy bien te veré pronto –le contestó la joven cariñosamente,
dudando de los posibles efectos del brebaje.

III

Varias semanas más tarde, cuando Lola había perdido toda esperanza
de volver a ver al Extranjero, el extraño marino se presentó en la posada.
Su aspecto era radiante, bien vestido, la sonrisa le cubría el rostro. Ya no
se parecía en nada a aquel mendigo que Lola conoció; mucho menos al
hombre callado y taciturno que trabajaba para Isaac. Aquel era un hombre
soberbio, elegante, incluso parecía varios años más joven.
–Buen día, Isaac. ¿Dónde está la bella Mora? –preguntó arrogante,
como si el posadero y su hija adoptiva hubiesen bajado varios escalones
en la escala social en apenas unas semanas o si su ascenso hubiese sido
tan meteórico que ya se codeaba con los reyes.
–En la cocina –contestó el viejo, sorprendido por la actitud del
hombre que hasta hacía poco había sido su empleado.
Abrió la puerta de la cocina de par en par y entró con aires de hombre
noble.

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–¡Lola, la bella Mora! A ti te estaba buscando –exclamó.
–¡Mashnun! –dijo sorprendida la mujer, dudando de estar viendo al
hombre que ella había conocido. –Siéntate que te sirvo algo de beber, y
cuéntame que has estado haciendo en estos días –agregó.
El hombre se arrimó y comenzó a hablar sin escuchar lo que la Mora
le decía, incluso le pidió que le sirviese una copa de vino al mismo tiempo
que ella se lo ofrecía. Casi sin respirar, comenzó a narrarle como conoció al
Prior del convento de La Rábida y como éste lo había hospedado durante
todos estos días en el convento. Continuó diciendo que fray Juan Pérez
había servido en la Tesorería real donde llegó a ser confesor de la Reina, y
aunque se encontraba retirado consagrado a ejercicios devotos y doctos
estudios, aún conservaba estrecho vínculos con Hernando de Talavera, actual
confesor de la Reina. Por lo que le había dado una carta de recomendación
para tener una entrevista con éste. Prosiguió diciendo que no sólo habían
confiado en él sino que el mismo Toscanelli le entregó una copia de su
mapa, con lo que se le allanaba el camino para materializar su tan soñado
viaje. Sólo bastaba una reunión con la Reina en Córdoba; la cual sin duda
iba a otorgarle el dinero suficiente para realizar la travesía a Cipango.
Cuando Lola escuchó las palabras “viaje” y “Cipango”, lo interrumpió
y le dijo que esperase un momento. La joven Mora no dudó un instante
y salió corriendo a buscar las hierbas que le había entregado Leticia unas
semanas antes. Cuando regresó continuó escuchando el relato del
Extranjero mientras indiferente se puso a calentar agua. Desabrochó
algunos botones de su blusa para dejar entrever sus pezones y ayudar en
algo los efectos del preparado. Mientras el hombre hablaba y hablaba,
Lola mezclaba y mezclaba intentando apurar la cocción de las hierbas y
la miel. Un olor nauseabundo salía del extraño brebaje. Pero el hombre
estaba tan ensimismado con su relato que no lo notó. Una vez que estuvo
listo lo sirvió en una jarra y se lo dio. El hombre, que no paraba de
hablar, tomó la jarra y se bebió la poción de un trago. Repentinamente
dejó de hablar. Hubo unos segundos de silencio que parecieron horas. El
hombre se incorporó de un salto. Miró fijamente a la mujer. Lola vio
como los ojos del Extranjero se enrojecían y su rostro empalidecía. Se
quedaron mirando fijamente. Lola no dudó que el hechizo estaba
surtiendo efecto y pensó: aquí viene el beso. El hombre se abalanzó sobre

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ella y de un empujón la apartó hacia un costado. Salió corriendo por el
patio hacia la letrina. Luego de unos minutos de estar encerrado devolvió
el extraño brebaje; los cólicos se hicieron sentir casi inmediatamente, la
diarrea lo tuvo varios minutos más en el retrete. Finalmente, algo más
repuesto volvió a la cocina y dijo: –Disculpa mi indisposición, pero en el
viaje he comido unos embutidos que seguramente estaban en mal estado.
La mujer aún se encontraba parada esperando el ardiente beso que
jamás llegó, su blusa todavía se encontraba levemente abierta.
Recomponiéndose como pudo, dijo: –Querida Leticia, has fallado una
vez más...
–¿Quién es Leticia? –preguntó el hombre.
–No es nadie importante, estaba pensando en voz alta.
–Como te estaba diciendo... debo viajar inmediatamente a Córdoba
para entrevistarme con la Reina. Por lo que he venido a buscar mis
pertenencias. Ésta probablemente sea mi última noche en la posada.
Quiero agradecerte todo lo que has hecho. Sin tu ayuda jamás hubiera
logrado conocer al maestro Toscanelli.

Esta vez a Lola se le escapó una lágrima, no podía evitar estar enamo-
rada de un hombre que difícilmente volviese a ver. Ya era tarde para la-
mentarse, todo lo que estuvo a su alcance lo había realizado. Pero el
sueño de este hombre era mucho más grande que el amor que podía
llegar a sentir por una mujer. Ya nada lo podría retener en los brazos de la
Mora. Esa noche, echando mano al último recurso que le queda a una
mujer enamorada, se entregó por completo. Hicieron el amor hasta que
sus cuerpos se quebraron por el cansancio. A la madrugada se despertó
sola en una cama helada, el Extranjero había partido sin despertarla.
Lola lloró desconsoladamente hasta que sus pulmones le ardieron. Las
convulsiones que le provocaba el llanto la agotaron aún más. Antes de
volver a quedarse dormida se prometió no volver a llorar por un hombre.

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UN LARGO CAMINO

Muchos años habían transcurrido desde aquel día de tormenta en


que el Extranjero contrajo matrimonio con doña Filipa Muñiz de
Perestrello, noble portuguesa de belleza excepcional. Hija del difunto
don Pedro de Perestrello, gobernador de la isla de Porto Santo; isla en la
que vivió algún tiempo y estudió los papeles póstumos de su suegro, los
cuales consistían en apuntes náuticos de toda clase.
Por segunda vez en su vida una mujer le había allanado el camino
hacia la conquista y la riqueza. Por segunda vez se veía obligado a
abandonarla. Los vínculos de doña Filipa con la nobleza portuguesa le
habían permitido trabajar en la corte del rey Juan, de los apuntes de don
Pedro pudo obtener la información necesaria para ilusionarse con la ruta
occidental a Cipango. ¿Pero, qué pudo haber hecho sino abandonarla?
El rey Juan nunca escuchó sus argumentos para brindarle aunque sea
una nave. Años intentó ser escuchado. Todo el dinero familiar se había
esfumado con la compra de información y cartas náuticas, todo su capital
había quedado reducido a un pequeño baúl. Sus acreedores le reclamarían
sus mapas como forma de pago. Esto era algo que no podía permitir que
sucediese, toda una vida dedicada a buscar tan preciada información y,
¿tirar todo por la borda por culpa de unos inescrupulosos prestamistas?
Al menos a doña Filipa no tendrían nada que reclamarle, lamen-
tablemente, la había abandonado en la más oscura pobreza.
Lola, la joven Mora, era otro caso. ¿Quién diría que una joven criada
lo vincularía con el maestro Toscanelli? ¡Nunca lo hubiera imaginado!
Pero, ¿quedarse a formar una familia en Moguer? Era aun más disparatado.
Si ya tenía una familia en Portugal, ¿para qué otra en España? Realmente,
no era el momento para pensar en una mujer, mucho menos en una que
tuviese su misma condición social. ¿Qué vida tendría una joven sirvienta
con un extranjero pobre?
Su presente estaba en el baúl que cargaba en la espalda y su futuro en
la entrevista con la Reina en Córdoba. Le urgía ir a buscar a su hijo a
Huelva, donde lo había dejado en casa de unos parientes. Ahora con algo

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de dinero podría darle una educación digna en el convento de La Rábida.
¿Cuántos años habían transcurrido desde que soñó por primera vez, en
la isla de Porto Santo, con realizar un gran viaje? Años de sufrimiento y
privaciones. Vagó sin tregua de ciudad en ciudad. Frecuentó bodegones
de marineros, acechando las conversaciones de los que volvían y confiando
a los recién enrolados ciertos encargos. Mendigó, suplicó, rezó, se
enamoró. Todo por llegar a ser alguien en la vida, un hombre con nom-
bre. ¿Cuántas veces tuvo que soportar la indiferencia de los príncipes?
¿Cuántas veces tuvo que soportar que los consejeros lo declarasen charlatán
desatinado cuyas fantasías no merecían crédito, para luego ver como
enviaban buques secretamente con sus planos y mapas? Hasta ahora nadie
había logrado conquistar la ruta occidental, pero él sabía que no faltaba
mucho para que un oportunista se le adelantase. Al menos se veía una
luz en el camino, con la carta para Hernando de Talavera era muy probable
que le concediesen audiencia. Su información era más precisa que la que
le había presentado al rey de Portugal, y sin duda los españoles no iban a
perder la oportunidad de ganarle la carrera del mar a sus vecinos.

Sin embargo, los tiempos se mostraron una vez más adversos.


Fernando e Isabel guerreaban contra los moros. Vacías las arcas del Tesoro,
la pareja real se encontraba en situación apurada, por lo que tenían escaso
interés en los utópicos planes de un desconocido. Talavera no disimulaba
su escepticismo; el arzobispo de Toledo, que lo había escuchado
favorablemente, se desinteresó del asunto; el opulento duque de
Medinacheli, que sentía debilidad por los marinos aventureros, fue
precavido y caprichoso. Lo despacharon de un magnate a otro, de antesala
en antesala; siguió a la Corte, y en su intento de ganar a todo el mundo
para su idea, sólo recibió promesas vanas, risas y burlas. Tras reiterados
empeños logró una audiencia con la Reina, gracias a la intersección del
gran cardenal de España, arzobispo de Toledo. El prelado, fanático
creyente, se convenció, después de minuciosas pesquisas, de que el
proyecto no contenía nada que estuviese en contradicción con las Sagradas
Escrituras; por el contrario, invocó, expresa y terminantemente, las
palabras del profeta: “Se juntarán los confines de la tierra, y todos los
pueblos, lenguas y hablas se unirán bajo el estandarte del Salvador”.

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La Reina, cuyas opiniones dependían de los dignatarios eclesiásticos,
escuchó finalmente su demanda, sin comprenderlo bien. Vaciló; pero al
mismo tiempo no pudo escapar a la extraña impresión que le produjo la
inquieta elocuencia, el fuego interior del apasionado navegante. Su
emoción se mezcló con la compasión femenina que el Extranjero
inspiraba. Después de todo era una mujer con una profunda fe. Decidió
convocar a la Junta para que examinara la propuesta y dictaminara sobre
ella, y para remediar su evidente indigencia le otorgó un modesto subsidio
hasta que se resolviese el asunto. Así, con aquello pudo considerarse al
menos empleado de la Corona y negociar legítimamente el pleito.
Luego de una larga espera de varios meses, en la que tuvo que vivir al
límite de sus posibilidades, finalmente la Junta se reunió en el convento
de los dominicos de San Esteban, en Salamanca. Allí sacó a relucir todo
su prestigio y conocimiento, citó poetas, filósofos, astrólogos, profetas
bíblicos; no mencionó al maestro Toscanelli, aunque la ocasión era
excelente para mostrar su veneración al insigne sabio y recurrir al peso de
su autoridad. Prefirió dejarlo en el anonimato y usar sus conocimientos
como propios, no quería que nadie le empañase la gloria en caso de que
su viaje resultase exitoso. Explicó, por lo tanto, que el largo de Asia y
Europa juntas constituía aproximadamente dos tercios del globo
terráqueo, es decir, doscientos treinta grados de latitud, y que la ruta
occidental que atravesando el océano conducía a Cipango, sólo podía
computar ciento treinta grados. Finalmente, prometió sin metáforas el
paraíso, prometió literalmente montes de oro.
La Junta que se había reunido para la ocasión era un grupo bien elegido
de sabios teólogos y prudentes profesores. Contrapusieron las razones de
la ciencia oficial al intrépido navegante, cuya argumentación mezclaba
imprudentemente los geógrafos antiguos condenados por Ptolomeo, con
las páginas bíblicas del profeta Esdras y deducciones realizadas sobre pruebas
tan frágiles como las narraciones de Marco Polo. Las comisiones de
científicos se reunieron y luego de evaluar los disparates del hombre que
sostenía que la distancia entre las Canarias y Quinsai era de cinco mil
millas náuticas, mientras que los cálculos de la comisión, basados en
Ptolomeo, daban como resultado el doble, decidieron desestimar la
propuesta. Según los estudios de los científicos, para llegar efectivamente a

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Asia era preciso navegar con proa a occidente durante cien días, equivalentes
a más de catorce semanas sin ver tierra firme, cosa que era una empresa
absurda e irrealizable para los medios con que se contaba. Por respeto a la
Reina se habían tomado el trabajo de evaluar la propuesta, pero en la
intimidad estaban cansados de escuchar tantos sueños cargados de codicia
de cuanto marino andaba dando vuelta por España.

II

Luego de la partida del Extranjero de Moguer, los acontecimientos se


precipitaron. La sequía estaba haciendo estragos provocando una hambruna
generalizada que ponía en peligro la cordura de muchos de los más conspicuos
habitantes del pueblo. Se decía que en algunos poblados vecinos habían llegado
al límite del canibalismo. Lo cierto era que los ánimos estaban caldeados y lo
que hasta hacía algunos años había sido una armoniosa convivencia entre moros,
judíos y cristianos, había dejado de serlo. Ahora reinaba la intolerancia. La
caída de Granada estaba próxima, el sitio de los Reyes Católicos estaba surtiendo
efecto y difícilmente el rey moro Muley Boabdil soportase mucho tiempo la
presión de los caballeros castellanos. El Moro, en un último esfuerzo por
doblegar las fuerzas cristianas, amenazó destruir el Santo Sepulcro en Jerusalén
y pasar a cuchillo a todos los cristianos de Siria y Palestina si no se retiraban de
Granada. Sin embargo, no hizo más que aumentar la cólera, predisponiendo
el ánimo de los enardecidos cristianos contra los moros que todavía habitaban
en los pueblos. Era común por aquellos días ver turbas de vecinos de Moguer
gritando: ¡Muerte a los Sarracenos!
La Inquisición había alcanzado su más grande poderío, y quien
defendiese una opinión sospechosa de herejía se exponía a sangrientas
persecuciones. Persecución que no sólo abarcaba a las brujas sino también
a los judíos, sobre todo si habían acumulado alguna riqueza producto de
un comercio rentable. Isaac no era la excepción, ya nadie quería entrar
en su posada. En pocos días pasó a ser de un amigo y vecino confiable, a
un avaro judío que merecía el destierro. Hecho que no tardó mucho en
suceder, la reina Isabel promulgó una orden regia en la que obligaba a

56
todos los judíos a convertirse a la Fe Católica so pena de tener que abandonar
todos sus bienes y el suelo español. Para el pobre Isaac abjurar de sus creencias
y su fe era algo imposible. Nunca había sido un hombre muy creyente,
pero renegar de toda su educación y sus principios por una simple
disposición, era algo que definitivamente no iba a hacer.
Tremendo fue el golpe que sufrió Lola el día que vio a su amiga
Leticia pasar atada en una carreta frente a la posada. Corrió inme-
diatamente hacia el interior donde buscó una capa con la cual poder
tapar su rostro y así acompañar a la pobre vieja en su destino final. La
cara de la anciana mostraba los signos de una golpiza, sus ojos reflejaban
terror y resignación. Lola no pudo aceptar lo que estaba sucediendo,
era como si los hechos que estaban aconteciendo fuesen de un país
extraño, de un lugar diabólico; era una pesadilla la cual jamás se hubiese
atrevido a soñar. Caminó cabizbaja y sin hablar junto a la carreta. Leticia
comprendió que acompañarla en silencio era el mejor homenaje que le
podía hacer sin exponerse a sufrir el mismo destino. Cuando llegaron a
la plaza las dos mujeres vieron con horror que la pira ya estaba preparada
para recibir a la bruja. El público era una mezcla de furiosos con curiosos
e indiferentes. Cuando la carreta se detuvo Lola no se pudo contener y
soltando la capa que le cubría el rostro, se abalanzó sobre la anciana,
abrazándola con tal fuerza, que creyeron que se iban a desmayar por
falta de aire. No le importó la mirada inquisidora de los que las
rodeaban, quedar marcada por el afecto que sentía por la anciana valía
el precio de exponerse ella misma, y en ese momento, a la hoguera.
Pero la atención no estaba centrada en la joven mora, ya habría otra
oportunidad para ajusticiar a la infiel. Hoy la atención estaba puesta en
la herética bruja. En esa horrible vieja que habitaba en las afueras del
pueblo.
Un hombre las separó arrojando a la joven contra el piso y bajando a
la anciana de un empellón. Dos hombres tomaron a Leticia de los pelos y
la arrastraron todo el trayecto; mientras todos los que estaban alrededor,
los furiosos, los que hasta ese momento estaban indiferentes, incluso los
curiosos, la escupían y pateaban mientras gritaban: “¡Quemen a la bruja!”.
Lola no se atrevió a levantarse del piso, simplemente se quedó arrodillada,
orando, con los ojos fijos en una piedra, el resto de sus sentidos eran testigos

57
de un macabro acontecimiento. Olió primero el humo de la madera, luego
la carne chamuscada; escuchó los gritos de súplica de su amiga, luego los
gritos de sufrimiento entremezclados con la excitación del público. No se
paró hasta que la última persona se retiró de la plaza. Cuando lo hizo ya
era de noche. Simplemente regresó a la posada, no miró hacia atrás, no
quiso hacerlo.
Abrió la puerta de su cuarto aún aturdida por lo acontecido y vio
que sentado en su cama, con las manos cubriéndole el rostro, se encontraba
el Extranjero. El hombre estaba llorando. Lola se sentó a su lado sin
emitir sonido. Los dos se quedaron un largo rato sin hablar. Cada uno
envuelto en sus propios pensamientos. La imagen de aquel hombre
llorando, derrotado, sin fuerza siquiera para levantar la cabeza, la
enterneció. Pensó que ya no le quedaba casi ningún amigo en quien
confiar, el mundo estaba loco, no eran los antípodas los que tenían la
cabeza para abajo y los pies para arriba, seguramente era España la que
estaba al revés, no podía ser de otro modo, tenía que existir un mundo
mejor, un nuevo mundo. Cuando pudo recobrar el aliento, la Mora le
preguntó:
–¿Qué sucede Mashnun, qué pena te aqueja?
–He fracasado, me han despreciado, se burlaron, me echaron de la
corte sin más.
–¿Pero, cómo puede ser? –preguntó Lola, para ayudarlo a seguir
contando su penuria.
–Dicen que mi viaje es irrealizable, hay que emplear más de cien
días para llegar a Asia.
–¿Y cuál es el problema? Hazlo en cien días.
–Eso es imposible, no hay forma de alimentar durante tanto tiempo
a la tripulación, es imposible almacenar tantos bastimentos y agua dulce
sin que se echen a perder.
–¡Entonces deben estar equivocados! –dijo la mujer con énfasis, para
levantarle el ánimo a su amigo.
–No son ellos los que están equivocados, soy yo. Mis cálculos están
errados, no hay cinco mil millas, hay diez mil.
–Esos hombres siempre están equivocados, su ropa, su dinero, su
educación, les hace creer que tienen razón; pero yo te puedo asegurar

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por lo que he presenciado esta tarde que, ¡están equivocados! –dijo, mientras
se enjugaba una lágrima con la mano.
–Esta vez tienen razón –dijo el Extranjero frustrado.
–No puede ser, tú eres un gran navegante, un gran marino, sabes
todo sobre las estrellas, tu cálculo seguramente es el correcto.
–Lamentablemente te he mentido. No soy un gran navegante. Apenas
he sido un modesto empleado en la corte del rey Juan de Portugal donde
tomé contacto con mapas secretos e informes de navegantes. Tengo algún
conocimiento de cartografía y he leído todo cuanto pude sobre
navegación, pero no tengo ninguna formación para discutir sobre
cosmografía con los eruditos.
Lola, recomponiéndose por lo que acababa de escuchar, y sabiendo
que ya no había tiempo para los argumentos de un hombre derrotado
dijo:
–No importa quién eres sino quién quieres ser. En España no existen
los eruditos, sino aquellos hombres con fuerza de voluntad. Tú la tienes,
tú debes tenerla. Necesitamos un mundo nuevo, un mundo mejor.
Nuestro futuro en esta tierra tiene los días contados. Tú me has prometido
en una noche estrellada el paraíso, ahora lo quiero, lo necesito. ¡Debes ir
y hallar la tierra del Gran Khan! ¡En algún lado debe haber un reino más
justo!
–¿Pero cómo puedo lograrlo? ¿Cómo hacer que me escuchen y me
den las naves?
–Yo conozco unos hermanos marinos del puerto de Palos. Ellos te van
a ayudar, tendrás que compartir la información; sé que el padre ha estudiado
como tú la ruta occidental, de ello se han jactado alguna vez en la posada.
Entre los tres podrán juntar el dinero y persuadir a la Reina. Lo podrás
hacer, tú puedes convencer a cualquier mujer, y al fin, ella es mujer antes
que reina. –dijo la Mora, ya no pensando en el Extranjero, sino en sus
propios intereses. Sabía que una mujer mora no podría sobrevivir demasiado
tiempo en un reino cargado de odio y sed de venganza. El viaje de aquel
soñador era la única puerta de escape para muchos de los renegados de la
Nueva España. Pensaba en Isaac, en Leticia, en los judíos, en los moros, en
los gitanos, en las mujeres solteras; era demasiada gente en una geografía
cada vez más empequeñecida por el rencor.

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–Permíteme dormir esta noche en la posada. Hoy no estoy de humor
para pensar en el viaje, mañana tal vez pueda reflexionar y tomar en
cuenta tu propuesta –contestó el Extranjero, con una mezcla de cansancio
y abatimiento.

Al otro día Lola logró convencerlo de la importancia de tener socios y


aliados para su empresa. Si más personas apoyaban su aventura
probablemente en la corte serían más receptivos, y si estas personas eran
españolas mejor. Después de todo él era un simple extranjero proponiendo
una idea descabellada. No importaba cuan ridícula podía ser su idea, lo
importante era cuántas personas de buen nombre fuesen partidarias de
llevarla a cabo. Y para esto la única alternativa que le quedaba era la de
compartir las ganancias y los méritos de cualquier descubrimiento. Para
el hombre, el consejo tenía sentido. Compartir los réditos estaba bien,
pero el nombre del descubrimiento era demasiado, había luchado toda
su vida para realizar el viaje y aunque éste fuera una quimera, no estaba
dispuesto a compartirlo con nadie. Discutieron largo rato sobre este punto.
La codicia y la arrogancia no le permitían ver lo importante que era para
todos que él emprendiese el viaje. A regañadientes aceptó el consejo,
dudando de ponerlo en práctica llegado el momento. Finalmente Lola le
entregó una carta de recomendación para los hermanos del puerto de
Palos y lo conminó a seguir luchando.

III

La ciudad de Málaga fue conquistada, la gran mezquita fue transformada


en catedral. Debido al amontonamiento de tropas, o a que los muertos eran
sepultados muy a la ligera, estalló la peste en Agosto y la corte se trasladó
apresuradamente a Córdoba; de allí, en invierno, a Zaragoza; en primavera a
Murcia y en otoño a Valladolid. En un estado intolerable de tensión, angustia
y desconcierto, siguió el Extranjero a la Reina, de ciudad en ciudad, de
campamento en campamento, de Valladolid a Medina del Campo y de allí
nuevamente a Córdoba. Redactó memorial tras memorial, trató de conseguir

60
audiencias de duques, obispos, caballeros de las órdenes militares, príncipes
y princesas, y consiguió de vez en cuando favor y apoyo; pero la mayor parte
de las veces lo despidieron con desdén, considerándolo como un personaje
grotesco, como pedigüeño inoportuno, como astrólogo errante y, en más
de un caso, como espía extranjero.
La Reina, pese a la repulsa de la Junta y del Consejo de Estado, no se
resolvía a abandonarlo. A título de subvención le otorgó tres mil
maravedíes, luego tres mil más, y más tarde otros cuatro mil. Esto apenas
alcanzaba para remediar sus penurias. En el sitio de Baza finalmente se
entrevistó con la Reina, y haciendo gala de su seducción, hizo voto de
emplear todos los tesoros que trajese de la India para armar una cruzada
para libertar el Santo Sepulcro. Isabel, que era una gran creyente, quedó
maravillada ante semejante oferta, y para retribuirle aquel gesto de gran
nobleza le entregó una cédula real para que los concejos, justicias,
regidores, caballeros, escuderos y oficiales le den lugar donde dormir y lo
atiendan como mensajero de la reina. Con la cédula en el bolsillo, vagó
errante por España, de posada en posada, de castillo en castillo, intentando
ganar adeptos, hallar seguidores, crear ambiente y allegar capitales para
equipar una flota, tal como se lo había sugerido Lola. Redactó misivas,
dibujó mapas y más mapas, aguardó con ansia las noticias de la guerra,
porque según se le había dado a entender a menudo, victoria o derrota
arrastrarían consigo la victoria o derrota de sus planes.
En el transcurso de aquel vagar sin tregua ni plan, congregó toda
suerte de gente oportunista: maleantes, aventureros, desertores,
descontentos de todos los estados, nobles arruinados, frailes escapados
del convento, parásitos de profesión. Gente que lo adulaba como hombre
elegido y postergado, pero que a sus espaldas se burlaba de él. Estos
personajes estaban muy lejos de ser el tipo de personas del que su joven
amiga le había aconsejado que se rodease. Tal era el entusiasmo por
conseguir adeptos y seguidores, que una vez más se olvidó por completo
de la existencia de Lola y Moguer.
Llegó el día en que sus súplicas comenzaron a surtir efecto, a tal punto,
que llegaron a oídos del rey de Portugal. Intentando aventajar a los Reyes
Españoles le envió una carta secreta donde lo invitaba a Portugal. Para
evitar que el Extranjero pensase que era una trampa de sus acreedores la

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carta decía textualmente: “Porque por ventura tendréis algún recelo de
nuestras justicias en razón de algunas cosas a que sois obligado. Nos por
ésta nuestra carta os damos seguridades de que no seréis preso, acusado,
citado ni demandado por ninguna causa, ora sea civil, ora criminal o de
cualquier calidad.”
El Extranjero desistió de ir, no porque sintiese que le debía fidelidad
a Isabel de Castilla, sino más bien, por la desconfianza que le inspiraba
Juan de Portugal. Conocía perfectamente la hipocresía de las cortes y no
estaba dispuesto a arriesgar el pellejo. A cambio, se encargó de que la
carta llegara a manos de la Reina para acelerar su decisión; motivo por el
cual lo llamó inmediatamente para pedirle paciencia. Granada estaba a
punto de rendirse, los infieles se habían encerrado en la Alhambra, cada
momento podía ser decisivo... Le prometió encargarse personalmente
del asunto el día que cayese Granada.
El hambre forzó al rey moro Boabdil a entregar la ciudad y ciudadela.
Y así quedó España libre de sarracenos ochocientos años después de la
conquista. ¡Inmenso júbilo de los españoles, fiestas, tedéums, la gente
festejaba por las calles! El Extranjero observaba melancólico el regocijo
general, su fuerza vital estaba casi gastada, su cuerpo caduco, su alma se
había helado. Dudaba si había valido la pena, si se justificaba la pérdida
de tantas vidas y tantas persecuciones. Sabía perfectamente que él no era
responsable de los hechos que estaban tomando lugar, pero igualmente
sabía que su viaje podía ser una consecuencia directa de aquellos
acontecimientos. En aquel momento y por única vez en mucho tiempo
pensó en Lola...
Cumpliendo con su palabra, la Reina nombró una comisión para que
ajustara con él un convenio. El presidente de la comisión era Talavera,
quien acaba de ser nombrado arzobispo de Granada. Pretendieron
concederle apenas lo más indispensable, dejando el asunto concluido; y
así, el inoportuno pedigüeño podría demostrar si sus promesas eran algo
más que viento y humo. Pero el Extranjero no tenía el menor deseo de
contentarse con lo que le ofrecía la Reina amigablemente: algunos barcos,
un moderado apoyo pecuniario, su gracioso amparo y protección. Exigió
en cambio, el cargo de virrey y gobernador de las islas y tierra firme que
descubriese y ganase para España, el título de almirante de la mar Oceána;

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la décima parte de todas las riquezas, perlas, piedras preciosas, oro, plata,
especiería y mercaderías de cualquier clase que se comprasen, trocasen,
hallasen, ganasen y hubieran dentro de los límites de dicho almirantazgo;
el derecho de propiedad a la octava parte de las tierras que descubriesen y
ganasen y de los provechos que de ellas se percibiesen, ofreciéndose por su
parte a contribuir con la octava parte de lo que se gastase en armar los
navíos; finalmente, que heredasen estos derechos y prerrogativas sus
descendientes y sucesores por línea primogénita.
Talavera consideró las exigencias del Extranjero desmesuradas, más
todavía, criminales. Le sugirió a la Reina que no tuviera en cuenta a aquel
estéril soñador, pues si su empresa fracasaba cubriría de ridículo a los
soberanos españoles. Ella también consideraba que debían pagar demasiado
caro los posibles provechos. En cambio el Extranjero, olvidando que no
poseía la menor garantía, que era un hombre oscuro, pobre y menospre-
ciado, no quería entrar en razón. Él ya contemplaba las tierras que quería
descubrir, ya sentía la victoria luego de tantos años de lucha, y no estaba
dispuesto a renunciar a nada. El rey Fernando veía la empresa con frialdad,
cuando no con hostilidad, y tras él todo un partido. Los únicos que sostenían
y defendían la aventura eran: el tesorero Santángel, judío converso y hábil
hombre de negocios; Alonso de Quintanilla, arzobispo de Toledo; y la
marquesa de Moya, que la animaba la aventura de un hombre que estaba
acostumbrado a conquistar el corazón de las mujeres.
Santángel se reunió en privado con la Reina y le expuso argumentos
convincentes: ella, que había tenido el valor de arriesgarlo todo en su
lucha contra los sarracenos, ¿cómo se arredraba ante una empresa en que
las pérdidas eran tan insignificantes y las posibles ganancias tan enormes?
Le recordó el aumento de poderío que otros príncipes habían alcanzado
gracias a los descubrimientos. Ella tenía la ocasión de superarlos a todos.
Agregó además, que contribuiría a la gloria de Dios y la propagación de
la Iglesia Católica. Por otra parte, un fracaso no podía tener el menor
descrédito sobre la Corona, puesto que los trabajos y los gastos de la
expedición estaban compensados con la investigación de importantísimos
problemas y la revelación de prodigios hasta entonces ignorados.
La Reina objetaba que las arcas estaban vacías a causa de la guerra y era
imposible librar a cargo del Tesoro un negocio al cual se oponía el Rey.

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Sugirió la posibilidad de aceptar la empresa por cuenta de la corona de
Castilla, y para lograr la suma necesaria empeñaría sus joyas. Santángel
replicó que esto no era necesario, ya que él podía adelantar los fondos
tomándolos de la caja de Aragón. Finalmente, la Reina, impaciente por
terminar con el trato, aceptó del rey Fernando un empréstito de 17.000
florines a un interés muy elevado.
Se notificó al Extranjero que los Reyes aceptaban sus condiciones sin
más discusión, y que cerrarían el convenio. Días más tarde firmaron las
capitulaciones que concluían con las siguientes palabras: “Son otorgados y
despachados en la villa de Santa Fe de la Vega de Granada, a diecisiete de abril
de 1492: Yo el Rey. Yo la Reina”. Dos semanas más tarde le fue expedido el
título de Almirante, Virrey y Gobernador de las islas y tierra firme que
descubriese y, como gracia especial, le fue otorgado el Don.
El Extranjero decidió que el puerto de partida debía ser Palos de la
Frontera porque allí residían los hermanos que le había presentado Lola.
Los hermanos Pinzón le habían prometido una carabela equipada, aquel
sería el octavo con que se había comprometido para contribuir con los
gastos. El otro motivo por el que eligió Palos, era que la Reina intimó a
los vecinos a contribuir con dos carabelas por no haber colaborado con
la Corona durante la guerra contra los moros. Para hacer cumplir la orden,
envió a Juan de Penalosa, empleado de la mariscalía regia, quien, por
cada día que se retrasase la entrega de los barcos, debía percibir de la
ciudad doscientos maravedíes. Como no se pagaba esta suma ni se
armaban los barcos, el Gobierno recurrió a medidas violentas. La carabela
Pinta fue requisada y arrebatada de sus propietarios. Varios comerciantes
y judíos fueron obligados a una contribución adicional. Esto predispuso
de muy mala manera a los vecinos de Palos, por lo que nadie se ofrecía
como marinero a pesar que la paga era buena y se pagaba cuatro meses
por adelantado. Había una suerte de conspiración, en las fondas y posadas
se hacían circular las historias más aterradoras sobre el viaje. Se hablaba
de cetáceos enormes que, con sólo abrir la boca, podían tragar una nave
con toda la tripulación, de olas del tamaño de una catedral que eran
imposibles atravesar, de mares que bullían por las altas temperaturas en
el ecuador, de monstruos inimaginables, del fin del mundo. Para juntar
los oficiales y pilotos no hubo ningún problema, todos estaban interesados

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en hacerse ricos. La Nao Santa María, arrendada para la Reina, llevaba el
pendón almirante y estaría al mando del Extranjero. Alonso Pinzón era
capitán de la Pinta; su hermano Vicente Yañez, de la Niña. Como pilotos,
se contrató a Sancho Ruiz, Pedro Alonso Niño y Bartolomé Roldán;
como escribano real iría Rodrigo de Escobar; como alguacil mayor, Diego
de Arana de Córdoba; como inspector general y delegado regio, Rodrigo
Sánchez de Segovia. El dueño de la Santa María, Juan de la Cosa iría al
servicio de su propio barco; y el dueño de la Pinta, Cristóbal Quintero,
como pasajero en el suyo. Pero la chusma era otra cosa, no había forma
de convencerlos que participasen de la expedición. Cuándo la fecha
programada para la partida se acercaba, los Reyes se vieron obligados a
dictar una orden de conmutación de penas a cambio de que se alistasen
como tripulación de las tres carabelas. A partir de ese momento las gentes
acudieron en tropel: bandoleros, piratas, escapados de la cárcel, candidatos
a la horca, ladrones, asesinos, en definitiva, el hampa de todo el reino.

RUMBO AL PONIENTE

La posada de Isaac fue destruida y quemada por un grupo de exaltados


durante los festejos por la caída de Granada. La noche que tuvieron que
huir, Isaac y Lola salvaron milagrosamente sus vidas y unas pocas
pertenencias. Gracias a la rápida intervención del Padre Mateo muchos
moros y judíos de Moguer lograron escapar de las manos de cristianos
que no se detuvieron a pensar que los perseguidos eran vecinos que habían
crecido junto a ellos. Varios meses, estos desamparados tuvieron que vivir
hacinados en la parroquia. Cuando la escasez de comida y la falta de
higiene tornó la situación insostenible, el Padre, por medio de la Iglesia,
logró un salvo conducto para asilarlos en otros reinos, al menos asilo fue
la palabra mesurada para el destierro. Lola e Isaac prefirieron arriesgarse
y permanecer ocultos en España hasta que los ánimos se apaciguaran. De
Moguer, fueron al puerto de Palos donde residieron ocultos en la casa de
un sobrino de Isaac. Martín Herrero, judío converso, había elegido el
nombre de bautismo, como tantos otros conversos, del propio oficio.

65
Hijo de un hermano de la mujer de Isaac se había instalado hacía muchos
años en las cercanías del puerto. Aprovechando el auge de la industria
naval convirtió el pequeño taller de herrero de mulas y caballos, en uno
especializado en herrería para barcos. Este hombre con gran sentido del
humor y bonachón fue un verdadero visionario. Primero se convirtió al
cristianismo anticipándose a los tiempos que vendrían, ya que consideró
que su condición de judío no lo favorecería en el trabajo; y luego, al ver
el crecimiento que estaba teniendo la construcción naval, cambió el
negocio de herraduras por el de las anclas. Cuando supo que su tío y
criada eran perseguidos, no dudó en arriesgarlo todo albergándolos en
su casa. En aquellos días, Martín se encontraba muy atareado por el
encargo de la familia Quintero, debía fabricar cuatro anclas para La Pinta,
nave que estaban refaccionando en Palos.
Cuando Isaac entró al taller y vio lo que estaba forjando su sobrino, no
pudo menos que exclamar admiración ante anclas de semejante tamaño y
peso. Contaban con una robusta asta de hierro, la “caña”, la cual poseía una
abertura por donde pasaba el anillo al que se fijaba el cabo o cordel para
fondeo. El otro extremo de la caña se prolongaba, a partir de la “cruz”, en
dos brazos arqueados, cuyas terminaciones estaban constituidas por “uñas”.
Por el lado del anillo del ancla estaba fijado el “cepo”, un fuerte trozo de
madera hecho con dos pedazos paralelos unidos con cuerdas.
–¿Qué forjas con tanto empeño? –preguntó Isaac sorprendido.
–Cuatro anclas para una carabela.
–¡Anclas! No puede ser. No existe nave de un tamaño tal que las
pueda contener sin que zozobre.
–Eso es lo que tú crees. Lamentablemente no puedes ir al varadero por
seguridad, pero si echases un vistazo, te darías cuenta que están construyendo
una nave capaz de contenerlas –refutó el herrero con cierta arrogancia.
–¿Para qué quieren un bajel de tal tamaño? Me imagino que no es
para ir de pesca en el Mediterráneo.
–No; es para cruzar la mar Oceána, navegando hacia el poniente.
–¡Pero que locura es esa! –dijo Isaac alarmado.
–Se dice que un loco extranjero logró tentar a la Reina con riquezas
del otro lado del poniente, por lo que la Corona encargó la construcción
de dos naves para tal propósito y arrendó una tercera.

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–Entonces me retracto y pregunto: ¿Qué nave es lo suficientemente
grande para navegar por el océano y qué tripulación está lo suficientemente
demente para acompañar a ese capitán?
–Las naves son las que estamos construyendo y la tripulación, bien
puedes ser tú uno de ellos –dijo Martín sonriendo.
–¡Qué estás insinuando! –exclamó su tío aterrorizado.
–No estoy insinuando nada, te estoy proponiendo que te enroles
como tripulante, creo puede ser el remedio a tu dilema.
–Si quieres deshacerte de mí, desde ya te aclaro que prefiero la horca.
–Querido tío, no te alarmes tanto –dijo con una risotada mientras
golpeaba con una masa un arganeo recién fundido.
–¿Cómo quieres que no me alarme? Tu solución para mis males es
que me embarque y navegue en una mar infestada de cetáceos, y vaya a
saber que otras calamidades. ¡Te olvidas que tengo casi setenta años!
–No me olvido. Pero existen grandes probabilidades que lleguen a
buen puerto, por otro lado, la Reina ofreció a los que se embarquen
condonar sus penas. Es muy probable que regresen ricos, y a ti no te
vendría nada mal el dinero, máxime, ahora que has perdido tu posada.
No tienes nada que temer, yo soy muy amigo de los hermanos Pinzón y
éstos aseguran que el viaje es completamente seguro, ellos son muy buenos
“prácticos” de puerto, y si afirman que es posible, no tengo dudas que así
será.
–Me suena todo a bravuconadas de marinos, pero lo que dices del
dinero es muy interesante. No es que lo necesite, ya estoy demasiado
viejo y cansado para preocuparme por enriquecerme, pero Lola... ese es
otro asunto. La pobre niña, sin dinero ha quedado totalmente desam-
parada, y si lograse enviarle algo de dinero, aunque eso me lleve la vida,
soy capaz de cruzar la mar a nado.
–No creo que haga falta, simplemente hazme saber si te interesa. Yo
me encargo de enrolarte.
–Necesito un día para meditarlo, mañana te respondo –dijo Isaac,
mientras se retiraba del taller pensando en las posibilidades que tenía de
sobrevivir en semejante empresa.
Lola fue al puerto a comprar pescado junto a la esposa de Martín.
Mientras seleccionaban una porción de atún de buen tamaño, se dio

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cuenta que se hallaba inmersa en un revuelo inusual de marinos y mercaderes
que iban y venían. Ante semejante circulación de carretas y mercancías la
Mora preguntó si esta actividad era la acostumbrada en Palos. La mujer le
contestó que el puerto estaba convulsionado desde la llegada de un
extranjero que estaba armando una flota para cruzar la mar. No terminó
de hablar, cuando Lola vio al Extranjero que venía caminando junto a dos
señores y un prelado. El aspecto del Extranjero era sorprendente. Su
vestimenta de color negro con bordados dorado y su semblante, eran los
de un verdadero príncipe; aunque así vestido en medio de marinos y
pescadores, y a esa hora de la mañana reflejaba claramente su condición de
nuevo rico. Cuando pasaron frente a ella, hizo un gesto para saludarlo. Él
la miró fijamente a los ojos, pero cuando vio que la Mora se le acercaba,
retiró la vista y siguió conversando con sus interlocutores. Pasó tan cerca
de la mujer que casi la golpea con su hombro. Lola inmediatamente se dio
cuenta de la situación y con movimiento sutil apartó su cuerpo del camino.
No le guardó rencor ante semejante desplante, era un momento difícil
para saludar a una mora infiel, por otra parte no esperó nada distinto de un
hombre que se estaba codeando con la fama y el éxito. Disfrutó en silencio
parte de esa fama, sabía que era responsable en gran medida de que el
Extranjero se encontrase a punto de realizar su gran anhelo, y al menos podía
disfrutar este sueño como propio. Era todo lo que podía hacer, siendo mujer
y mora.
Isaac tomó la determinación esa misma mañana, se embarcaría en
una de las naves para obtener el perdón real. En su cabeza aún no
terminaba de descifrar el motivo por el que debía ser perdonado. ¿Por
judío? ¿Por haber trabajado honradamente más de cincuenta años? ¿Por
haber criado y protegido a una mora huérfana y encantadora? Estaba
claro para Isaac que los nuevos tiempos que se avecinaban eran
absolutamente imposibles de comprender para un hombre de su edad, y
este sí era un buen motivo para partir, aunque le costase la vida. No tenía
ninguna voluntad de ser testigo forzoso de una España ensangrentada
por el odio y la persecución, aunque la razón que esgrimiesen fuese el
progreso. Por la tarde, ya formaba parte de la tripulación de la Santa
María. Gracias a su vieja amistad con Toscanelli, el Extranjero le otorgó
un lugar de privilegio como tripulante de la nave capitana. Cuando Lola

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supo que Isaac iba a emprender el gran viaje, no logró ni con llantos, ni
con suplicas que su padre adoptivo desistiese de la idea. Fue un golpe
muy duro, el último lazo afectivo que le quedaba estaba pronto a partir.
¿Qué sería de ella de aquí en más? Ya nada de su mundo blando le quedaba:
Isaac, el Extranjero, Leticia, todos de una u otra manera la abandonaban.
El 3 de Agosto de 1492, el Extranjero salió del convento, acompañado
del prior fray Juan Pérez, dirigiéndose al puerto. Caminaron despacio
entre felicitaciones y abrazos. El pueblo entero se agolpaba en la orilla
del río Tinto. Entre la multitud se encontraba una joven mujer que
despedía en forma anónima a sus seres queridos. Sin saberlo, sería la
responsable de una comunión de razas impensable hasta aquel momento.
Sin saberlo, la joven Mora, sería la responsable de una semilla que
germinaría en el Nuevo Mundo. A las ocho, desde la cubierta de la Santa
María, dio el Almirante con poderosa voz, la orden de levar anclas e izar
velas.

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70
SEGUNDA PARTE

EL JOVEN FRANCISCO
El pequeño grupo de jóvenes revoltosos se adentró en el bosque con sus
armas y trampas alistadas. Varias semanas habían demorado en preparar todos
los elementos necesarios para una caza exitosa. Ahora era cuestión de esperar
el momento adecuado. El líder del grupo y organizador de la expedición era
Francisco; ágil, de musculatura fibrosa, aunque algo delgado, era capaz de
correr a gran velocidad esquivando ramas y arbustos. Pero el motivo que lo
convertía en líder entre sus amigos no era la velocidad y destreza para cazar
cuclillos, sino los conocimientos fuera de lo común para un joven que no
poseía ninguna educación formal. Todos los jóvenes del pueblo querían
formar parte del selecto grupo que rodeaba a Francisco. Su carisma, su
permanente sonrisa, sus relatos sobre nave-gantes y su asombrosa habilidad
para predecir una tormenta con sólo mirar el comportamiento de los animales,
lo convertían en una persona digna de toda admiración entre sus pares. Las
hazañas de Francisco habían traspasado de boca en boca, incluso las fronteras
del vecindario. La noche de tormenta que nadó más de doscientos metros
mar adentro atravesando olas enormes, fue una de sus más famosas aventuras.
A tal punto, que cada vez que algún admirador suyo la relataba, agregaba
cien metros más y las olas crecían hasta tamaños increíbles. Entre los niños
más pequeños llegaban a decir que había llegado hasta las islas Azores, por
supuesto que las fantasías no les permitía pensar a la distancia que se
encontraban las islas, pero no por eso disminuía la admiración que le tenían
a un joven que no sólo era capaz de nadar en el mar, sino que también lo
hacía de noche.
El afecto de sus amigos era proporcional a la desconfianza y rechazo
que le tenían los padres, que se negaban sistemáticamente a que sus
vástagos jugasen con el hijo bastardo de una mora soltera. Pero Francisco
no sólo había heredado de su madre la nariz aguileña. Su carácter
desenvuelto y vitalidad le impedían detenerse a pensar, siquiera un minuto,
en las habladurías y difamaciones que decían a sus espaldas. Nunca lo

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atormentaron los insultos ni lo estimularon los excesivos halagos. Él sabía
muy bien que las exageraciones eran tan comunes en el pueblo como las
ratas en el puerto. Todo diálogo estaba impregnado de algún tipo de
calificativo negativo cuando se trataba de hablar de alguna persona que
no estaba presente: “Has escuchado lo que ha dicho el judío de fulano...”
“Ayer vi a la cornuda de mengana, saliendo con...” “Esa mora es una
zorra.” Estas eran las formas más comunes de comenzar un diálogo entre
vecinos, al menos desde que había nacido Francisco, motivo por el cual
jamás se había detenido a pensar si esto era una forma peyorativa o
simplemente un modo natural de expresarse.
Cuando llegó a su casa luego de dos noches de estar ausente, se
encontró con la cara de disgusto de su madre. Aunque ella lo había
autorizado ir a cazar, no era precisamente de su agrado que vuelva un día
más tarde de lo prometido, embarrado y con la camisa hecha hilachas.
Las dificultades económicas que atravesaba Lola desde la muerte de Isaac,
no le permitían fácilmente comprarle una camisa a su hijo; y aunque la
persecución había terminado hacía varios años, su vida como madre soltera
y mesera de una posada le concedía, a duras penas, la renta para pagar la
habitación donde vivían y comer con bastante frecuencia. Francisco
colaboraba trabajando en la herrería del sobrino de Isaac. Pero aún estaba
en una edad que no podía hacer trabajos de envergadura para sostener
una familia; por otra parte, este no era el futuro que su madre había
soñado para él. La palabra Mundus Novus tan común por esos años, era
con la que Lola quería tentarlo, a pesar de que ello deparase una nueva
separación y una herida más en su maltratado corazón. No había nada
que le atrajese del Viejo y hacia mucho que ella misma había quedado
prendada del Nuevo.
–¡Cuantas veces te he dicho que cuides las camisas cuando vas a
cazar! –dijo exasperada.
–No te enfades, permíteme explicarte. Tuve que socorrer al hijo de
la Lucía. Como tú sabes es el menor de todos nosotros. El pobre se quedó
atrapado entre las ramas de un árbol cuando estaba colocando una
trampera. Yo intenté ayudarlo a bajar, pero trastabillamos y nos caímos.
–Siempre tienes una buena excusa para desobedecerme. ¿Se hicieron
daño?

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–Sólo tengo unos magullones.
–Bueno, quítate esa ropa húmeda y sucia para que la lave más tarde,
y prepárate para un baño –le pidió con paciencia.
–¡Un baño! ¡Insistes con los baños! Ningún niño ni hombre del
pueblo se baña. ¡Todos creerán que soy un afeminado!
–¡Ya calla Francisco! ¡Hazle caso a tu madre! Si quieres ser un “gran
mareante” y descubrir nuevos mundos, tendrás que aprender dos cosas:
la primera, a nadar; y la segunda, a ser limpio y ordenado.
–Pero si yo ya sé nadar; y ¿para qué necesito ser limpio y ordenado?
–¡Bueno!... –dijo Lola algo descolocada, que intentaba engañar a su
hijo para que respetase la tradicional higiene musulmana–. Para que
cuando llegues a una nueva civilización te encuentren apuesto y arreglado,
así te respetarán como a un príncipe.
–¡Pamplinas! –contestó el joven Francisco, mientras revoleaba con
su pierna el calzón que recién se había quitado.

Cuando Francisco terminó de asearse, se vistió con la ropa limpia y


perfumada con las esencias que su madre solía comprar en el mercado
del puerto. Lola nunca dejaba de gastar algunos maravedíes en fragancias
o especias medicinales, era un lujo que su pobreza digna no le privaba.
Se peinó como todas las noches, y con el pelo aún mojado, caminó unas
cuadras hasta la posada. Se sentaron en la pequeña mesa de la esquina.
La posada estaba continuamente atestada de marinos que gritaban en
vez de hablar. Todo el ambiente estaba impregnado de humo y olor a
fritanga. Sin duda no se parecía en nada a la posada del viejo Isaac, donde
señores distinguidos se mezclaban con marinos, en un ambiente ordenado
y acogedor que Lola había sabido acondicionar con pulcritud y buen
gusto. Comieron en silencio como todas las noches para pasar lo más
inadvertidos posible. Cuando terminaron el último plato, Lola extrajo
de su bolsa un pequeño cuadernillo de apenas seis páginas y un mapa
mal impreso del alemán Waldeseemüller, donde se leía claramente sobre
una isla de gran tamaño las palabras “Tierra de Américo”. En el año
1514 los impresos sobre el Nuevo Mundo eran muy populares entre los
pocos que sabían leer. Con mayor o menor precisión, estos textos divul-
gaban historias y mapas sobre los nuevos descubrimientos. La mayor

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parte de las veces cargadas de errores y exageraciones, estas publicaciones
cumplían el doble rol de instruir y entretener a los lectores; y por supuesto
hacer ricos a los impresores florentinos, que no malgastaban su tiempo
en correcciones innecesarias. El único objetivo era el de publicar, lo más
rápido posible, la mayor cantidad de ediciones al menor costo. Estos
impresos eran uno de los tantos adelantos y ventajas que vinieron
aparejados con el nuevo siglo y los descubrimientos.

–Mira lo que he comprado –dijo la madre al hijo.


–¿Qué es? –le preguntó interesado.
–Novus Mundus de Américo Vespucio. Es el relato del descubrimiento
de nuevas tierras del otro lado del océano –contestó con mirada intrigante.
–Léeme algo –dijo Francisco, que era un apasionado de cualquier
relato que se refiriese a historias de marinos.
Lola comenzó a leer:

“Por mandato del Rey de Portugal, zarpamos el 14 de mayo


de 1501 con el fin de cruzar el océano, navegando dos meses y
dos días bajo un cielo tan oscuro y borrascoso que no se podía
ver el sol ni la luna...
Gracias a nuestros cálculos, el 7 de agosto de 1501, avistamos
tierra, ¡Tierra de promisión! ¡Tierra de esperanza! Allí no era
preciso trabajar ni afanarse. Los árboles no han de ser cultivados
para que den frutas; límpida y salubre es el agua de los ríos y
manantiales; en el mar hay abundancia de peces; la tierra es muy
fértil y está henchida de frutos sabrosos y completamente
desconocidos; frescas brisas soplan por la tierra ubérrima, y las
espesas selvas hacen agradables los días de mucho sol. Hay allí
mucha variedad de animales, especialmente de aves, de cuya
existencia Ptolomeo no tenía la menor idea. Los habitantes de
aquel país viven todavía en estado de inocencia absoluta; tienen
la piel de color cobrizo, debido a que andan desnudos desde el
nacimiento hasta la muerte, tostados por el sol; no poseen vestidos,
ni joyas, ni propiedad alguna. Todo pertenece a todos en común,
aun las mujeres, cuya sensualidad embriagadora y actitud
complaciente hacen hervir la sangre del hombre más devoto. La
vergüenza y las obligaciones morales son ajenas a aquellas almas

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cándidas; el padre duerme con la hija, el hermano con la
hermana y el hijo con la madre. Pero lo más asombroso de
todo es que suelen alcanzar la edad de ciento cincuenta años,
si no se devoran anteriormente unos a otros, como caníbales.
Si no fuera por esta cualidad tan repugnante, yo diría que el
Brasil es lo más próximo al paraíso terrenal...”

En ese momento interrumpió la lectura y cerró el pequeño libro.


Francisco le suplicó que prosiguiese, pero ella le replicó, diciéndole que
era tarde y no había porqué leerlo todo de una sola vez. Fue en ese
momento que el fraile Las Casas interrumpió la conversación, dicien-
do: –¿Cómo puede ser que le leas a tu hijo ese pasquín cargado de
inexactitudes?
–¿Por qué dice eso, padre? Si es una aventura entretenida y muy bien
narrada.
–¡Aventura entretenida! Debieran prohibirla. Es increíble que ese
mentiroso e indigno de Vespucio afirme que descubrió el Nuevo Mundo.
¡El único y legítimo descubridor de las “Indias Occidentales”, fue el Gran
Almirante! Tú sabes esto mejor que nadie –cuando el padre Las Casas
llamó a las tierras descubiertas “Indias Occidentales”, agregó una cuota
más de confusión a Francisco, que no lograba comprender por que unos
las llamaban “Nuevo Mundo”, otros “tierra de Américo” y ahora “Indias
Occidentales”.
Lola intentó defenderse, pero cuando fray Bartolomé de Las Casas
mencionó al Gran Almirante, no pudo dejar de recordar con melancolía
el día que conoció al Extranjero. –Sin duda, Padre, esas tierras fueron
descubiertas por nuestro amigo. Pero Vespucio tiene una manera de relatar
sus viajes, que lo hacen entretenido para Francisco –dijo, algo acongojada.
–Mejor es que Francisco sepa la verdad. Últimamente he escuchado
que están llamando a esas tierras “América”. Cuándo pregunto ¿por qué?
Me contestan con todo desparpajo: “Por que Américo Vespucio las
descubrió”. ¡Cómo puede Vespucio glorificarse o ser glorificado como
descubridor de este nuevo mundo! –dijo colérico el fraile.
–Supongo que es por lo que algunos dicen: que el Almirante
descubrió las islas Antillas y Vespucio el continente.

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–¡Pero que barbaridad! ¡Te suplico que ni lo repitas! Si Vespucio afirma
tal cosa es un mentiroso. El Almirante y no otro, fue el primero que en
1498, en el segundo viaje, pisó el continente en Paria. ¿Cómo puede
Vespucio usurpar el honor y la gloria que corresponden al Adelantado, y
atribuirse a sí solo el mérito? Si estuvo en el continente antes que el
Almirante, que se aclare dónde, cuándo y con qué expedición.
–Recuerde Padre, que el Mashnun del Almirante nunca quiso
reconocer que las tierras por él descubiertas no eran Cipango, y de alguna
manera don Américo aclaró que eran un Nuevo Mundo –respondió,
intentando apaciguar la ira de Las Casas. Pero cuando dijo la palabra
Mashnun recordó que nunca le había dicho al Extranjero que significaba
“loco”, seguramente porque era la forma cariñosa que tenía de llamarlo.
–Esa es una cuestión menor –dijo el Padre, a punto de abandonar la
disputa–. Lo único que te puedo decir, que en el mejor de los casos,
Vespucio emprendió su primer viaje en 1499, nunca estuvo al mando de
ninguna expedición, y cuándo el ilustre Almirante estaba arriesgando su
vida en los mares, Vespucio estaba cómodamente sentando en un despacho
de Sevilla de la casa de comercio de Juanoto Beraldi, sucursal del Banco
de los Médicis, sus empleadores.
–Padre, yo no quiero pecar de defensora de don Américo, pero
recuerde que el Almirante le tenía gran estima, y siempre hablaba de lo
honrado y recto que era don Américo Vespucio, y además nadie puede
negar que eran amigos –agregó mediando entre los dos personajes, que
si no fuera por las discusiones entre amigos que los recordaban, nadie del
continente europeo le importaba quiénes eran estos hombres, ya muertos
y sin nóbile.
–Muy bien puede ser que estas patrañas las hayan inventado los
impresores con el único fin de vender. Es posible que Vespucio no tuviera
ninguna intensión de quitarle mérito. Pero sucede que la divulgación de
falsedades me sublevan, no soporto ver la memoria de mi amigo mancillada
y su nombre olvidado –al concluir el alegato simplemente bajó la cabeza y
se retiró.
Francisco no salía del asombro, le complacía ver a su madre deba-
tiendo sobre temas que pocos hombres conocían en detalle. El hecho de
que haya tratado personalmente a los más grandes navegantes de España,

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lo llenaba de orgullo. Mientras la miraba con devoción, se distrajo
pensando en islas paradisíacas, en Naos enormes que atravesaban olas
aún más grandes. Fue en ese momento, que su madre lo tomó de la
mano y juntos se marcharon embriagados por el aroma que produce la
cercanía del mar.
Antes de quedarse dormido le pidió una vez más que le contase la
historia de su abuelo y su padre. La mujer tuvo que hacer un enorme
esfuerzo por recordar los detalles de una historia que coincidía con la
verdad sólo parcialmente. Durante todos estos años le había ocultado la
verdadera identidad de su padre. No tenía sentido revelarle que él era el
fruto de una noche de pasión con un joven apuesto y acaudalado de
Huelva, a quien había conocido años más tarde de la partida del
Extranjero. Probablemente el hombre ya habría olvidado el nombre de
aquella mora ardiente; ignorando incluso que la había dejado encinta.
Suficientemente duro fue criar a un niño en un mundo donde no cabían
las madres solteras, para confesarle ahora que ni siquiera recordaba el
rostro de su progenitor. En realidad le hubiese gustado que el padre fuese
el Extranjero, único hombre del que se había enamorado; pero el deseo
no se ajustaba a la verdad, y prefirió no sumar una mentira más a tan
complicada historia. Por otro lado, bastantes padecimientos soportaban
los hijos del ilustre navegante; hasta el momento no habían logrado cobrar
un solo maravedí de lo convenido con los Reyes en las capitulaciones. Ni
siquiera habían logrado que el nombre del Almirante sea reconocido
como el descubridor del Nuevo Mundo, mucho menos heredar los títulos
nobiliarios que los Reyes le habían prometido. Endilgarle un hijo del
cual no era el verdadero padre, sólo contribuiría a enredar más la situación
del ya fallecido amigo perjudicando incluso a Francisco, al forzarlo a
quedarse en España para litigar por un nombre que no le correspondía.
Repasó una vez más en su memoria la historia ya inventada, y dijo: –Tú
abuelo Isaac se embarcó en la Santa María que era la Nao más grande y
bonita que jamás se haya visto en el Puerto de Palos, su objetivo era el de
cruzar la Mar Oceána en busca de oro y especias en las costas de Cipango y
volver con suficiente dinero para comprar una posada nueva. Lamen-
tablemente junto con él se embarcaron todo tipo de delincuentes que serían
perdonados por los Reyes si servían como tripulación en el viaje más

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intrépido que un navegante realizara. Luego de un mes de navegación arribaron
a una isla que por su hermosura, se podía comparar con el paraíso. Los
nativos, gente muy cordial y risueña, los recibieron como a dioses que llegaban
del mar, ofreciéndoles todo cuanto estaba a su alcance. Luego de reconocer
algunas islas vecinas y convivir por un tiempo con los naturales, sobrevino la
tragedia: cuando tenían que regresar, la Santa María encalló en un arrecife de
coral. La nave naufragó. Sin embargo, gracias a la colaboración de los nativos,
se salvó toda la tripulación y gran parte de los bastimentos. El Almirante
regresó a España con las otras dos naves, teniendo que dejar a gran parte de la
tripulación de la Santa María en aquellas tierras extrañas. En tierras extrañas
suceden males extraños –se detuvo un instante, se quedó pensativa, suspiró,
y prosiguió diciendo–: algún tipo de enfermedad afectó el discernimiento
de aquellos hombres abandonados a su suerte; algunos dicen que fue el calor,
otros el agua o la picadura de una abeja tropical; yo simplemente creo que
fue la codicia. Lo cierto es que maltrataron a quienes les habían ofrecido sus
tierras, sus casas, sus mujeres. Los maltrataron de la peor manera que un ser
humano puede maltratar a otro, con violencia, traicionando su confianza,
mintiendo... –en este punto se detuvo nuevamente, recordó los años de
persecución, los vecinos de Moguer, la muerte de Leticia; tragó saliva, y
mientras el gusto amargo se mezclaba en su boca, reanudó la historia–: la
venganza no tardó en llegar, los aborígenes mataron a todos los náufragos,
incluido tu abuelo.
–Pero, ¿mi abuelo cometió todas esas atrocidades? –preguntó
Francisco exaltado.
–¡Por supuesto que no! Tú abuelo era una persona cálida y agradable,
incapaz de hacer daño a nadie; de hecho, fue perseguido sin razón en su
propia patria. Aun así no pudo evitar ser víctima de la venganza y murió
en aquella tierra anónima.
–¿Y con mi padre? ¿Qué sucedió con mi padre?
–Tú padre también fue un gran navegante. Como tú sabes era
portugués...
–¿Portugués? Si me habías dicho que era español –dijo Francisco
extrañado.
–Bueno, de madre española y padre portugués –le contestó Lola
rápidamente, para que su hijo no descubriese la mentira que estaba por

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decirle–. Como te he dicho, era un piloto al servicio del Rey de Portugal,
que le encomendó la misión de descubrir un “paso” hacia las Islas Molucas.
En aquel viaje su nave naufragó y nunca más se supo de él.
–¿Qué “paso” hacia las Molucas? ¿Dónde naufragó? ¿Cuáles son las
islas Molucas?
–¡Niño, ya es hora de dormir! –lo interrumpió la madre–. Otro día
te contaré la historia –dijo, desembarazándose del problema.
Francisco, que era muy curioso, no se quedó conforme con la respuesta.
Se acostó pensando en la ruta a las Molucas. Supuso que se refería a las islas
de las “especias” que tanto había oído nombrar. El paso, ¿qué sería el paso?
Una nueva ruta, ¿pero para qué?, ¿qué lo hacía tan importante? Mientras
buscaba las respuestas comenzó a soñar con islas paradisíacas, con mujeres
hermosas danzando desnudas al son de los timbales, con hombres sudorosos
que gritaban cual fieras desencajadas, decapitaciones, sangre, fuego, llantos,
gritos. Una vez más su volátil mente de adolescente le jugó una mala pasada
haciéndolo dormir apesadumbrado por una nueva pesadilla.

UN SECRETO A VOCES

Aquella mañana, un fuerte dolor de muela interrumpió abruptamente


el sueño profundo de Lola. Imposibilitada de ir a trabajar le pidió a su
hijo que informara en la fonda sobre su dolencia, y de camino le comprase
algún bálsamo. Francisco salió corriendo, como era su costumbre, a
cumplir con los encargos de su madre.
Hombre de pocas pulgas, normalmente malhumorado, de aspecto
desagradable y desaliñado, el dueño de la fonda, no obstante, solía ser
tierno y comprensivo con su empleada y Francisco. Guardaba la secreta
esperanza de conquistar el corazón de la Mora y casarse con ella. La
mujer con años plagados de desengaños amorosos y abandonos, se había
vuelto cada vez más arisca. Solía decirle a Francisco cuanto desconfiaba
de la ternura de su jefe, que sólo quería casarse con ella para no estar obligado
a pagarle el salario. A pesar de las sospechas de su madre, aceptó la invitación

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del posadero para desayunar. Se sentó en una mesa, y mientras comía unas
galletas no pudo evitar escuchar la conversación de la mesa contigua.
–Así que tú eres Diego García de Moguer –dijo el hombre.
–Exactamente, Moguer es dónde nací y Moguer es dónde moriré.
Pero mientras tanto pienso navegar muchas millas.
–¿Y qué te trae a Palos, Diego García de Moguer?
–Fui nombrado, por orden del rey Fernando, maestre de una de las
naves que partirán, en forma secreta, a encontrar el “paso” de la ruta
occidental a las Molucas.
–Ya escuché muchas veces habladurías sobre aquel “paso”, ¿pero que
hay de cierto?
–Como tú sabes, nada bueno hay en las tierras descubiertas por Colón y
Vespucio, ni una pizca de oro, mucho menos de especias. Sólo nativos quejosos
y debiluchos que ni para esclavos sirven. Ni bien se los pone a trabajar mueren
de fatiga. Según me han dicho, cuando se los azota se ponen a llorar como
niñas, y la única forma de tratarlos es pasándolos por la lanza.
–Y de nada valen muertos –dijo el otro hombre, con cierto desparpajo.
–Exactamente. La cuestión es que los portugueses han llegado sin
problemas a “las islas de las especias” por la ruta oriental, y para colmo en
el camino tienen la costa africana que les provee de negros bien fornidos
que venden como esclavos.
–Lo que los está haciendo inmensamente ricos –agregó el hombre,
siguiendo con el tono de la conversación.
–Bien, veo que tienes clara la situación. Parece ser que han descubierto
un inmenso mar del otro lado del Nuevo Mundo, que éste sí, nos llevaría
definitivamente hacia las Molucas, aunque antes hay que descubrir el
“paso” que conecta un océano con otro.
–¿Por qué no utiliza el rey Fernando la ruta oriental?
–Porque no bien Colón descubrió tierras en la ruta occidental,
creyendo haber llegado a las ricas costas de Cipango, los Reyes Católicos
se apresuraron en firmar un tratado con Juan de Portugal en el cual se les
otorgaba la posesión de las tierras descubiertas al oeste de una línea que
pasaba a cien leguas de las islas de Cabo Verde. De esta manera limitarían
cualquier reclamo del rey Juan, y así le ganarían la carrera por la conquista
de todos los territorios del lado occidental.

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–Entiendo, estimaron la ruta occidental como la más corta y cerraron
toda posibilidad de navegar por la oriental, la cual ahora pertenece a Portugal.
–Pero eso no es todo, años más tarde, el astuto rey Juan hizo otro
reclamo, forzando a los Reyes Católicos a abandonar la vieja línea divisoria,
y en Tordesillas trazaron una nueva que se encontraría a trescientas setenta
leguas al oeste de las Azores.
–Lo que le permitió al rey Juan quedarse con las tierras del Brasil.
–Veo que vas comprendiendo todo el asunto –dijo Diego de Moguer
suspicaz.
–Y ahora, al viejo don Fernando le agarró el apuro porque no tiene
ninguna intención de morir pobre.
–Exactamente, para eso encomendó al piloto mayor Juan Díaz de
Solís preparar una expedición secreta y hallar el tan ansiado paso.
–¿Y a qué se debe tanto secreto?
–En primer lugar, tú sabes, nadie quiere regalar nada en cuanto a
descubrimientos y rutas se refiere. Y en segundo lugar, parece ser que el
piloto mayor tiene alguna deuda aún no saldada con los portugueses. El
actual rey de Portugal, don Manuel, es hijo político de nuestro don
Fernando; y se vería muy mal que nuestro Rey mande en misión a un
mareante buscado por las leyes portuguesas.
–En ese caso, por qué no envía a otro capitán. Si España está plagada
de excelentes navegantes.
–Buenos navegantes, sí. Pero el único que tiene la ubicación exacta
del paso es Juan Díaz de Solís.
–Cuéntame en detalle los entuertos de este hombre, que si he de
navegar al mando de un capitán, prefiero estar bien informado...
Gran navegante, tosco, rudo, bravo y leal; Diego de Moguer podía a
ciegas conducir una nave a buen puerto. Muchas eran sus virtudes pero
la discreción no era precisamente una de ellas, y como le gustaba jactarse
de su buena información, pedirle detalles sobre un secreto era como
pedirle misa al Papa. Se reclinó sobre la silla, con su mano derecha se
rascó la mejilla, y mirando hacia los costados para evitar supuestos oídos
indiscretos comenzó diciendo:
–Juan Díaz de Solís, había sido nombrado piloto del Rey de Portugal.
A pesar de los servicios prestados al monarca, la Casa de Guinea, encargada

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de pagarle sus servicios llegó a adeudarle la abultada suma de ochocientos
ducados. Cansado de reclamar los sueldos atrasados, supuso que tanto el
Rey como la Casa se burlaban de él. Creyéndose víctima de un engaño,
decidió aliarse con ciertos corsarios franceses que preparaban un golpe
contra la Casa de Guinea y así cobrar por la fuerza lo que consideraba un
justo reclamo. Así fue, como mareante y corsarios apresaron en alta mar
una carabela portuguesa que regresaba de la Mina con veinte mil doblas
de oro. Le tocó en el reparto más de lo que le adeudaban. A raíz de su
hazaña naturalmente no regresó a Portugal, pues no lo hubieran recibido
con felicidad. Por lo tanto, se refugió en Castilla a prodigar gran parte de
su fortuna mientras encontraba una nueva aplicación a su actividad y sus
conocimientos.
”Indignado, don Juan II hizo responsable a Francia de lo que traidor y
corsarios habían hecho. Y como represalia, incautó la mercancía de dos
buques franceses que estaban anclados en el puerto de Lisboa. Los
mercaderes, armadores y dueños de los navíos, elevaron su queja al Rey de
Francia; quien cortó por lo sano, restituyendo a Portugal la carabela apresada
por sus corsarios. Le reembolsó el equivalente a los valores substraídos, y
le presentó por intermedio de sus ministros las debidas excusas al monarca
portugués.
”Don Juan quedó materialmente indemnizado, pero aún quedaba
una cuenta pendiente con su antiguo servidor. Para lo cual informó a los
Reyes Católicos del acto de piratería cometido por Solís, para que, de
acuerdo con los tratados, se concediera la extradición del súbdito
portugués Joao Dias, piloto de la Casa de Guinea. Simultáneamente,
envió agentes secretos para que averiguasen el paradero del piloto,
intentando de este modo capturarlo con la ayuda de la justicia española.
A pesar del peligro que corría, la cosa no pasó a mayores. Los Reyes
Católicos estaban muy bien informados de lo que cada habitante del
Reino valía, Juan Díaz de Solís no era la excepción; y como piloto y
mareante podía ser de gran utilidad en un futuro inmediato. No sólo no
ejecutaron el compromiso de extraditar al hombre, sino que fueron más
lejos, no reconociendo la nacionalidad portuguesa del piloto esgrimiendo
su origen español. Para no caer en manos de don Juan II, quizá con grave
peligro para su vida, el navegante se amparó en su nacionalidad española;

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sus padres eran oriundos de Santa María de Solís, donde los Solís tenían
casa noble desde el tiempo del rey don Pelayo. Habrían pasado a Portugal
después de que en Lebrija nació Juan Díaz, vasallo natural de los Reyes
Católicos y sujeto únicamente, como tal, a su fuero y justicia. Luego de
largas discusiones diplomáticas y papeleos que no condujeron a nada, el
último escollo terminó por desaparecer, don Juan II dejó de existir en
octubre de ese año 1495.
”Aunque conocieran sus méritos, los Reyes Católicos prefirieron no
servirse inmediatamente del capitán. Sin embargo, don Manuel I sucesor
de don Juan II le ofreció total inmunidad y olvido del pasado con tal que
aceptase un cargo de piloto de la Armada Portuguesa. Como tú sabes
nadie quería quedarse sin un mareante de valor, y don Manuel no perdería
un solo día en la competencia por la conquista de los mares. Sin pudor
alguno y considerando el olvido como perdón, Solís aceptó nuevamente
la paga de su antiguo patrón. Al poco tiempo de hallarse en Portugal, se
enamoró de una doncella de Lisboa; la mujer lo cautivó con sus encantos.
Según dicen las malas lenguas, era tan hermosa y coqueta como infiel y
escurridiza. No tardaron en casarse. Este episodio de su vida fue corto y
dramático. Meses después de sus bodas, el marino recibió la orden de
embarcar como piloto en la carabela Cisne que, con otras cuatro naos
mandadas por el duque Alfonso de Alburquerque como capitán mayor,
formaban parte de la escuadra del almirante Tristán da Cunha. La
escuadrilla fondeada en el Tajo, no siguió a la armada de Tristán da Cunha
que salió en la fecha señalada. Dos días esperó el Duque la llegada de su
piloto Solís. Al tercero zarpó sin él. Más tarde se supo, que el hombre,
loco de celos, con razón o sin ella, creyendo necesario lavar su honra,
asesinó de varias estocadas a su joven y sensual esposa. Y una vez más,
huyó a refugiarse en Castilla.
”Por dos años no se supo nada de él, hasta que en 1508, los oficiales
de la Casa de Contratación de Sevilla reciben, no sin cierta displicencia,
una cédula firmada por don Fernando, en la cual decía que era su deseo
contratar como piloto a Juan Díaz de Solís, con cuarenta mil maravedíes
anuales mientras estuviese en tierra y cuarenta y ocho mil cuando navegara.
El objeto de esta cédula era firmar una capitulación ya convenida con
Solís y con Vicente Yañez, en la cual, los dos marinos se comprometían a

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realizar un importante viaje de descubrimiento en las Indias Occi-
dentales. Partirían de Cádiz en dos carabelas y navegarían hacia el
poniente sin tocar isla o tierra firme que según la demarcación de
Tordesillas perteneciese a Portugal. Las carabelas navegarían sin detenerse
más del tiempo necesario para abastecerse de víveres y agua hasta
encontrar el “paso” que, según Solís, permitiría llegar por occidente a
las Molucas y la región de las especias, sin doblar el cabo de Buena
Esperanza. El asunto es que salieron de Sanlúcar de Barrameda, en junio
de 1508. Nunca se supo más de lo que él y Yañez quisieron contar.
Según ambos decían, pasaron sin accidentes las Canarias, luego llegaron
a la Española, recorrieron las costas de Cuba, y torciendo el rumbo
llegaron a la Boca del Dragón y al golfo de Paria. Finalmente navegaron
hacia el sur donde divisaron un posible paso, que los naturales llamaban
Paraná Guazú, que quiere decir río grande como mar, a diferencia de
otro, que lo llaman Paraná y es muy caudaloso. Según dijeron,
navegaron por allí algunas jornadas, hasta tomar puerto en su territorio;
donde pareciéndole muy bien pusieron muchas cruces, como quien
tomaba posesión en los arenales, que en aquella tierra son muy grandes.
Tuvieron contacto con los naturales, quienes les recibieron de buen
modo, admirándose de ver gente tan nueva y extraña. Al cabo de pocos
días sobrevino una tormenta que, por no haber acertado a tomar puerto
conveniente, tuvieron que salir derrotados al ancho mar, volviéndose
para España. Antes de partir, se llevaron algunos nativos y nativas pero
lamentablemente no sobrevivieron a la travesía y los arrojaron por la
borda. A cambio, trajeron varias muestra de oro bajo y mapas de las
costas recorridas.
”Mapas, que Solís, se encargó muy bien de no mostrar. Por este
motivo, los oficiales de la Casa de Contratación de Sevilla le iniciaron un
sumario. Sospechando de la falsedad del diario de navegación y los mapas
entregados a la Casa, lo arrestaron y apresurada y secretamente informaron
al Rey de sus sospechas. No poca fue la sorpresa y la indignación de estos
señores, cuando su Alteza ordenó liberar al preso y trasladarlo junto con
el sumario a la Corte; porque era su voluntad tratar personalmente el
asunto con exclusión de la Casa de Sevilla. De allí en más, poco se sabe
sobre lo que acordaron Rey y vasallo.

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–Entonces esta nueva expedición, se trata de ir a descubrir un “paso”
que ya fue descubierto –dijo el hombre tratando de seguir la trama que
Diego de Moguer tan puntillosamente había relatado.
–Descubierto ya fue. Pero nada ha quedado asentado en los papeles,
y seguramente el Rey tiene intención de tomar oficialmente posesión de
aquellas tierras antes que se le adelante don Manuel con alguna jugarreta.
–Por lo que tu me cuentas, el viaje es bien sencillo. Tenemos que
navegar por una ruta, aunque secreta, ya conocida; y luego de atravesar
el paso, navegando directamente rumbo al poniente hasta las islas
Molucas.
–Recoger una buena cantidad de pimienta y volver con las bolsas
llenas para vivir una vida de holgazanes ricos –concluyó sonriente Diego
de Moguer.
Fue en ese preciso momento que Francisco recordó que debía ir a
comprar bálsamo para el dolor de su madre. Tan entretenida y
esclarecedora había sido la conversación entre estos dos hombres de mar,
que no se dio cuenta del tiempo transcurrido.
Al llegar a la casa percibió el dolor de la mujer. Abrió el bálsamo y
mientras se lo aplicaba con ternura en el cuello y mejillas, le contó todo
cuanto había escuchado en la fonda. Haciendo hincapié en el paso hallado,
intentó convencerla de la conveniencia de alistarse como marinero en
aquella expedición; de esta manera podría llegar hasta las tierras donde
probablemente su padre habría naufragado, y de estar aún con vida lo
encontraría.
Con gran dolor, Lola intentó persuadirlo de la imposibilidad de hallar
a su padre. Se percató de lo imprudente que había sido al inventar la
historia del naufragio. Pero era tal el entusiasmo de Francisco, que prefirió
callar. Al fin de cuentas, la vida misma le indicaría los pasos que debía
seguir, y ni ella ni nadie podrían evitarlo. La sangre musulmana que
corría por sus venas la hacía una ferviente creyente en el destino, para la
mujer, la vida de las personas estaba predestinada de comienzo a fin.

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UN DOLOR DE MUELA

La habitación era pequeña, sólo entraba la mesa, dos sillas, el baúl, y


el único camastro que debían compartir. El ambiente contiguo servía
apenas para contener una diminuta cocina a leña. El retrete estaba en el
exterior obligándolos a bajar la escalera y atravesar el patio cada vez que
la naturaleza llamaba. El viento gélido del invierno se filtraba, sin piedad,
por la única ventana del ambiente. Abrirla o cerrarla era una tarea que
consumía varios minutos por estar fuera de escuadra e hinchada. Los
vidrios repartidos en pequeños cuadrados, sucios, rayados y apenas
translúcidos, permitían adivinar un compacto caserío de techos rojos.
Cada vecino sumó sin orden una nueva construcción a un puerto cada
vez más desorganizado. Una habitación más acá, un tallersito más allá,
una escalera, un patio, una puerta. Así se gestó un pueblo, donde las
calles además de servir para circular eran verdaderas cloacas abiertas que
aportaban una cuota más de hedor y falta de higiene a la ya hacinada
población.
Como el dolor no cedía a pesar del bálsamo decidieron llamar al
barbero para extraer la muela rebelde. Cuando el hombre de figura
desproporcionada se presentó, madre e hijo se miraron extrañados debido
a que no les inspiraba ninguna confianza. Más ancho que alto, de piernas
cortas y papada prominente, caminaba con marcha torpe y atolondrada.
Sus dedos regordetes y uñas sucias sostenían un maletín de cuero negro
ajado. Sus brazos, tan cortos como sus piernas, hacían que las manos
apenas llegasen a la cintura. Respiraba con dificultad, probablemente a
causa de la gordura. El cabello desaliñado y la barba a medio crecer
completaban la imagen de un hombre completamente desatinado para
la profesión que decía desempeñar. Estaba claro que un barbero no era
un médico, ni siquiera un cirujano, pero al menos debía poder extraer
una muela, guardar cierta presencia, y ser fundamentalmente módico en
el precio de sus servicios.
Luego de discutir un largo rato sobre el valor de los honorarios, se
sentó al lado de Lola que se encontraba tendida en la cama. Con mirada
libidinosa recorrió todo el cuerpo de la mujer. Comenzó palpando con
sus dedos sucios las mejillas y mandíbula, luego bajó sus manos al cuello,

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se detuvo un rato en las axilas para luego pasar a los pechos. Palpó todo el
cuerpo, abdomen, ingle, piernas, deteniéndose a conciencia en los puntos
erógenos. Hasta un lego podía darse cuenta de que el hombre disfrutaba
de un manoseo asqueroso en lugar de buscar ganglios inflamados.
Finalmente le abrió la boca e introdujo su pulgar produ-ciéndole una arcada
a la ya maltratada paciente. Tomándole la nuca con la mano izquierda,
presionó hasta que la muela se partió. La pobre mujer gimió y se retorció
en la cama mientras escupía copiosas cantidades de sangre. Indiferente al
dolor, el hombre hurgó en su maletín buscando una pinza. Sin detenerse
siquiera un instante, la introdujo en la boca y extrajo los pequeños trozos
de molar que aún se encontraban adheridos a la carne. Con un trapo gris,
que en algún momento de su existencia debió haber sido blanco, le retiró
la saliva sanguinolenta de los labios y taponó la herida. Francisco, absorto,
miraba en silencio desde un rincón. Sólo atinó a pagarle y darle las gracias
mientras su madre yacía en la cama, mordiendo un trapo, con los ojos
abiertos como dos huevos.
La mañana siguiente no fue mejor que la anterior, al dolor se agregó la
fiebre. Cuando Lola se levantó estaba empapada de sudor. Lo hizo lo más
sigilosamente posible para no despertar a su hijo, a quien ya había molestado
con sus quejas durante toda la noche. Prefirió permitirle que durmiera
unas horas y arreglárselas por su cuenta, al fin y al cabo toda la vida había
sido autosuficiente como para que un dolor de muelas y un poco de fiebre
la amedrentasen. Decidió vestirse e ir a comprar alguna poción que calmase
sus males, al menos ya había dejado de sangrar. Tomó unos pocos maravedíes
y partió. Con el cabello revuelto, una capa sobre la túnica, unas sandalias,
y una palidez casi verdosa en el rostro, tenía el aspecto de una pordiosera.
Caminó un trecho y la vista comenzó a nublársele. Los muros comenzaron
a curvarse, la fiebre la emborrachaba obligándola a caminar tambaleándose.
Con gran dificultad pudo comprar la poción. Su precio era excesivo pero
el boticario se justificó quejándose por los excesivos derechos aduaneros,
pues todo pasaba por el puerto de Lisboa, y se lamentó por no ser España
la dueña de las rutas comerciales hacia el Oriente. Lola no pudo prestarle
demasiada atención, simplemente le pagó y salió aturdida a la calle. Pensó,
¿por qué no le habría pedido un último favor a Francisco? Y comenzó a
caminar sin rumbo. Desorientada se encontró entre la multitud en la rada

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del puerto. Carros y carretas, estibadores, mercaderes y marineros, se movían
aceleradamente. El ruido era insoportable. Lola se desvaneció.
Unos niños rápidamente hurgaron en sus bolsillos para sacarle los pocos
maravedíes que le quedaban. No lograron robarle la poción porque la
mantenía apretada en su mano cuando se desmayó. Una carreta se detuvo
y el cochero pidió a gritos que retiren a la mujer del paso. Un grupo la
arrastró hacia un costado, mientras el gentío se arremolinaba para ver que
sucedía:
–Dejen espacio para que pueda respirar –dijo un hombre piadoso.
–Para mí que se ha muerto de hambre –dijo otro indiferente.
–¿No será la peste? –preguntó horrorizada una mujer.
–¡Qué va! Si yo la conozco a esta mujerzuela. Es la Mora. ¿Con quién
habrá andado? Se debe haber contagiado una enfermedad vergonzante
en los baños, la muy puta –dijo otra, con aires de moralista.
–Si la conoce, debe saber donde vive –dijo el hombre piadoso.
–Por supuesto, vive con su hijo bastardo cerca de la fonda –contestó
la insidiosa.
–Bien, entonces ayúdenme a cargarla para que la lleve hasta su casa.
–Si Usted quiere molestarse por una cualquiera.

Cuando Francisco la vio llegar inconsciente en una carreta entre


puercos y gallinas, temió lo peor. Ayudó al hombre a bajarla y, cargándola
con sumo cuidado, la subieron por la escalera hasta acostarla en la cama.
El joven agradeció el gesto del hombre cuando partió. Se quedó varias
horas sentado junto ella secándole el sudor y poniéndole paños fríos para
que bajase la fiebre. Finalmente reaccionó y abrió los ojos. Abrió su mano
derecha y mostrándole el pequeño frasquito azul que contenía la poción,
dijo: –No te alarmes. Sírveme un vaso de agua para poder tomar mi
remedio y ya verás, me recuperaré pronto.
Sin creerle demasiado, hizo lo que su madre le pidió. Aunque
angustiado, logró mantenerle alto el espíritu contándole anécdotas
risueñas. A medida que pasaban los días, lejos de mejorar, empeoró.
Gracias a la buena voluntad del dueño de la fonda y, por supuesto, sus
ocultos deseos, nunca les faltó comida en el plato. Muchas veces, él mismo
se encargó de llevarle la comida hasta la casa, e incluso, de darle de comer

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en la boca cuando el cansancio y el dolor inmovilizaban a la pobre mujer.
Ante la situación, decidieron hacer un esfuerzo económico y llamaron a
un cirujano barbero, que en la escala de los sanadores, era algo mejor que
un cura o un simple barbero.
El hombre no dudó en el diagnóstico: infección por la mala extracción
de la muela. El tratamiento que recomendó fue la aplicación de ventosas,
inhalaciones de vapor para mejorar la ya deteriorada respiración, y lavativas
día por medio. Cuando las escaras en la espalda producidas por las ventosas
no le permitieron mantenerse acostada boca arriba, intentaron con la
cataplasma, que era un método menos cruento. A pesar de aplicarla sobre
las úlceras, el tópico caliente formado por raíces y hojas no contribuyó a
disminuir la infección, que a esa altura, ya era generalizada. Las lavativas
agregaron una cuota más de sufrimiento a la deteriorada salud de Lola, a
las pocas semanas, la mujer era piel y huesos. En un último esfuerzo por
evitar un final claro e inminente, Francisco y el dueño de la fonda llamaron
a un médico de la Corte. Como los honorarios eran muy altos para un
joven indigente, el posadero le facilitaría un préstamo que Francisco se
obligaría con los pocos bienes que poseían y trabajando en la fonda.
Sabía exactamente lo que esto significaba, en el mejor de los casos si su
madre se recuperaba trabajarían como sirvientes para el resto de sus días
en un figón maloliente. Si moría, la pobre Mora quedaría libre para toda
la eternidad de tan pesada carga, y él debería trabajar como dos siervos.
Pero éste no era el momento de lamentarse. Su obligación era intentar
todo por salvar a su progenitora que tanto amaba, y de fallar en la empresa,
no cumpliría con la palabra empeñada. Huiría y se uniría con la expedición
de Solís que estaba pronta a partir.
A la larga cadena de sufrimientos se le agregaron las sangrías. Tres
veces por semana venía Pascual Burgos oriundo de Salamanca actual
miembro estable de la corte de don Fernando. Tuvo la responsabilidad
de hacerle placentero el tránsito al otro mundo a doña Isabel de Castilla.
Hizo todo lo posible, según sus propias palabras, por salvarle la vida al
hijo de la Infanta doña Isabel, hija de los reyes católicos, casada con don
Manuel I de Portugal. De haber vivido el niño, hubiera sido el rey que
uniría los reinos de España y Portugal, pero gracias a la diestra mano de
Burgos jamás sería posible. Y según las habladurías sería el responsable de

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la salud mental de la princesa Juana que, a juzgar por la información de
la servidumbre, deliraba cada vez que “el médico” le daba un extraño
brebaje. Pero a pesar de esto, nada se podía decir de la buena reputación
que gozaba Pascual Burgos. Había cursado sus estudios de anatomía,
cirugía, y farmacia en la Universidad de Salamanca, para luego egresar y
hacer una ascendente carrera que lo llevó directamente a la Corte de
España gracias a los buenos oficios de cierto obispo. Ahora se encontraba
en la casa de una vasalla moribunda, que a pesar de su desagrado se veía
obligado a atender, porque, según tenía entendido, era ahijada del ya
fallecido maestro Toscanelli, con quien tenía una deuda de honor que no
había podido pagarle en vida.
Semanalmente el agudo filo cortaba la piel, semanalmente se llenaba
con sangre la pequeña copa, semanalmente se acentuaba la anemia de la
mujer. Lola, simplemente, no soportaba más. Estaba aferrada con el
último aliento a la vida. Pensó que todo lo que quiso decirle a su hijo, ya
se lo había dicho; que todo lo que quería enseñarle, ya se lo había
enseñado. Ya estaba sembrada la semilla que lo llevaría al Nuevo Mundo,
ya le había clavado la espina, no había vuelta atrás. Luego de meditar un
momento, tomó la mano de su hijo, lo miró con ternura, y sonrió.
Cuando Francisco le tomó la mano, algo se transmitió del cuerpo de
la mujer a la mente del hijo. Fue una revelación: supo con absoluta certeza
lo que a su madre le ocurría. No pudo llorar ni gritar. Sintió un terror
absoluto. No podría haberle hecho frente si hubiera sido adulto, y sólo
era un niño.
El 5 de enero de 1515, a los cuarenta y nueve años de edad, Lola la
Bella Mora murió.

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EN BUSCA DEL DESTINO

En febrero de 1512, fallecía el célebre Américo Vespucio dejando


vacante el cargo de Piloto Mayor del Rey. Cargo que, los Señores togados
de la Casa de Contratación de Sevilla, codiciaban para algún miembro
de su estrecho círculo de amistades. Grande fue la sorpresa de los oficiales
cuando don Fernando nombra a Juan Díaz de Solís con el sueldo anual
de cincuenta mil maravedíes; agregando, de este modo, una gota más a
la copa del resentimiento. Primero le correspondió, al mareante, realizar
el viaje secreto con Yañez; luego, el infame, no entregó la información
correspondiente a la Casa de Contratación; y ahora, en vez de ir a parar
con sus huesos al calabozo, se le otorga el cargo más codiciado por todos
los navegantes del reino. Pero el Rey fue aún más lejos al encargarle una
nueva expedición. En los papeles, Solís debía zarpar pasando por el cabo
de Buena Esperanza hasta llegar a la isla de Ceilán, para verificar si ésta se
hallaba en la parte correspondiente a Castilla. En caso afirmativo, debía
tomar solemne posesión, asegurando su dominio. Luego debía pasar a
las Molucas, que caen en la demarcación de Castilla, y finalmente a
Sumatra y Pegú. En definitiva, debía ser una simple expedición para
asentar en los mapas las tierras ya descubiertas, con la correspondiente
autorización y beneplácito portugués. Al acecho de Solís, no sólo estaban
los Señores de Sevilla; don Juan Mendes de Vasconcelos, ministro del rey
don Manuel de Portugal, también tenía una cuenta no saldada con el
ahora Piloto Mayor. No era grato para el reino de Portugal que, el dos
veces traidor, se lo nombrase al mando de una expedición; ni siquiera
una simple expedición demarcatoria de límites. Mucho menos, para el
verdadero motivo, hallar el “paso” que le libere a España la ruta directa a
las “islas de las especias”. Para el rey don Fernando, esto no constituía
limitación alguna; político implacable, sin más norte que la ambición,
hábil hasta la perfidia, no guardaba ningún reparo en faltar a la palabra,
aunque siempre en nombre de altos intereses. Su “eficacia” había quedado
demostrada con la expulsión de los moros y los judíos; sin contar la
fundación de la Santa Hermandad, el poder otorgado a la Inquisición,
eficaz provocadora de confiscaciones que contribuían a enriquecer sus
arcas. Hombre corto en recompensas, solía privar de ellas, pese a los

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servicios prestados, a quienes creía no necesitar en el futuro. Avaro y
mezquino, cuidaba de no gastar los dineros de la Corona sin ningún objeto.
Famoso por la ruindad de su vestimenta, solía comentar lo buena que era
la tela de su viejo jubón, que ya le había cambiado varios pares de mangas
gastadas. Entre Rey y mareante, acordaron llevar tres navíos con sesenta
hombres y sus bastimentos para dos años y medio hasta la latitud de treinta
y cuatro grados sur, dónde se hallaría el tan mentado “paso”. Por supuesto,
todo esto firmado en las capitulaciones a espaldas de la Casa de
Contratación, los portugueses, y los armadores.

Hacía varios meses que había pasado el duro invierno. Francisco lo


recordaría toda su vida, no sólo porque se había llevado las hojas de los
árboles y el verdor de las praderas; le había arrebatado a su madre, de
golpe, como sopla el viento tramontana, y con ella, el único lazo que lo
unía a la Vieja España. Nada quedó en la pequeña casa luego que pasaron
a cobrar los acreedores. Mientras se peleaban por quien se quedaría con
el muchacho, se fugó. Jamás serviría a un posadero, mucho menos a un
usurero, en todo caso a un navegante, incluso a un marinero. Su destino
estaba en el mar, no en la tierra; aunque de servir se tratase. Vagó por
Moguer, por Palos, por Huelva; se ocultó en el campo, mendigó en
Sanlúcar de Barrameda; en una larga caminata remontó el Guadalquivir
hasta dar con sus huesos en el humilde barrio de Triana en Sevilla. Fue
desde allí donde, una luminosa mañana de verano, vio ingresar a puerto
tres imponentes carabelas. Cuando llegó a la rada, logró divisar la figura
de Diego García de Moguer que junto a dos hombres descendían de un
batel a la marina. Los siguió a paso firme intentando llamar su atención
mientras los tres hombres se estrechaban en saludos con los curiosos y se
dirigían a la Casa de Contratación sin prestar la más mínima atención al
mozuelo. Largas horas esperó en la puerta de la Casa. El gentío se agolpaba
afuera confirmando sus sospechas. El hombre junto a Diego García era
el Piloto Mayor Juan Díaz de Solís; el tercero, Francisco de Torres, amigo
y hermano de la actual esposa del piloto. Mientras aguardaba por su
oportunidad, pensó cuantos años había deseado aquel momento. Nadie
impediría que se embarcase. Era menester encontrar un puesto a bordo,
y de no ser posible se escurriría y viajaría como polizón. La competencia

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era mucha, todos los hombres aguardaban expectantes para ser anotados
en el rol. Desde las exitosas travesías de Colón y Vespucio, ya no existía en
el reino, navegante, conquistador, o aventurero que no quisiese embarcar.
Su aspecto no lo favorecía, era muy joven, no tenía ninguna experiencia;
peor aún, tenía la camisa hecha hilachas y sus pies descalzos. Si al menos le
hubiese hecho caso a su madre, cuanta razón tenía cuando le reclamaba
higiene. Pero en la huida no pudo asirse de su ropa, simplemente saltó por
una ventana con lo puesto.
Cuando el maestre Diego García salió de la Casa con el bendito rol
en la mano, la turba se arremolinó alrededor de él. El rol era una simple
planilla donde se asentaban los nombres y cargos de los tripulantes de la
expedición. Una copia quedaba en la Casa de Contratación y la otra se
adjuntaba a la bitácora y demás documentos de a bordo. Aquel que su
nombre y firma quedase estampado en la nómina, podía darse por seguro
que ya formaba parte de la tripulación. La extrema burocracia de los
Señores de la Casa, hacía imposible la vuelta atrás de un rol; era cosa
juzgada, y su obsesión en anotar todo cuanto sucedía en un embarque,
hacía que le den más importancia al documento escrito que a los hechos
mismos. No obstante, Francisco no había siquiera logrado acercarse al
maestre, mucho menos que lo enrole. Enorme fue su decepción cuando
Diego García anunció a viva voz que la lista ya había sido completada.
Para el marino ya estaba resuelto un problema, ahora sólo le quedaba
juntar hombres para sacar “la latina” a varadero y carenarla.
El nombre de la nave no era Latina, sino su arboladura. Contaba
con dos palos en los que se envergaban dos velas latinas que le permitían
ceñir al viento. Por lo tanto tenía la facultad de navegar contra el viento
o en ángulos muy cerrados. Era una nave ágil, liviana y veloz; más frágil
que las otras dos, que estaban aparejadas con dos velas cuadras a proa y
sólo una pequeña latina a popa para darles cierta capacidad de maniobra.
Castillos a popa y proa, cascos negros y botalón enorme, le conferían
una imagen majestuosa a estas naos castellanas.
La embarcación ya estaba dispuesta, la roda rozaba levemente la rampa
de madera. Los cabos y cordeles fueron atados firmemente a los puntos
fijos en la cubierta del barco a la vez que en el otro extremo estaban
sujetos a las cinchas de los bueyes. Estos aparejos contaban con un

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conjunto de poleas para disminuir el esfuerzo al tirar de ellos. A los lados
estaban agrupados los hombres que con gran celo y precisión debían
evitar que el navío se volcase a medida que lo iban subiendo a tierra.
Con cuerdas y puntales, y por cierto, con mucha destreza, evitaban que
se incline para uno u otro lado. El más mínimo error, una leve inclinación,
la más pequeña falta de coordinación, derivaría en catástrofe. A la orden
de jalar, comenzaron el trabajo; unos tiraban de los bueyes, otros
apuntalaban de los costados, y un último grupo colocaba troncos bajo la
quilla a modo de ruedas improvisadas. Todos gritaban: “¡Hala! ¡Hala!”,
para darse ánimo y sincronizar sus movimientos. Francisco, queriendo
demostrar su desempeño en la realización de tareas marineras, tomó un
cordel, e imitando al hombre que estaba a su lado comenzó a gritar. Una
vez colocada la nave en tierra, y debidamente apuntalada; iniciaron el
trabajo los carpinteros. Reparar las tracas, calafatear con sebo y alquitrán
para evitar futuras filtraciones, era una tarea que demandaría varias
semanas. Durante este tiempo varias veces intentó el joven aprendiz de
marinero que Diego García lo inscriba en la nómina. Una y otra vez, el
maestre lo expulsó.
Contra la voluntad de Solís, los Señores de la Casa ordenaron cargar
las bodegas de la nave cuando ésta se encontraba en tierra con el único
objeto de contrariarlo. Hicieron oídos sordos a pesar de los enérgicos
reclamos del Piloto Mayor. Argumentando que de esta manera se ganaba
tiempo, expusieron la embarcación al grave peligro de botarla con más
peso del debido. Cuando ya estuvo todo dispuesto, ensebadas y
enjabonadas las correderas, colocadas las muletas, y listos los cordeles
que regulaban el deslizamiento, Diego García dio la voz de mando para
que cortasen las amarras. Una multitud de curiosos observaba la maniobra.
El barco pareció vacilar antes de ponerse en movimiento, comenzó a
deslizarse lentamente. A medida que bajaba por la rampa comenzó a
acelerar su marcha. La gente miraba en silencio, boquiabierta. Todo iba
bien, hasta que la popa entró bruscamente en el agua levantando una ola
tal, que hizo oscilar la nave y la tumbó. El agua entró en torrentes por las
aberturas de la cubierta, inundó el casco y la echó a pique en una abrir y
cerrar de ojos. Desesperado y furioso, Solís increpaba a quien estuviese a
su lado. No eran menos los alaridos de Diego García ordenando a sus

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marineros que se arrojen al río para rescatar lo que aún flotaba. Fueron
pocos los que con buena voluntad cumplieron la orden. Un reducido grupo
intentó pescar con un bichero lo que podía otros, en cambio, se arrojaban
al agua y no bien rescataban algo huían sin entregarlo. Francisco, una vez
más con la intención de ser útil, se zambulló. El virtuoso nadador que
alguna vez deslumbró a sus amigos de Palos con sus hazañas se sumergió
una y otra vez en procura de rescatar algún objeto. Conteniendo la
respiración hasta límites insoportables, se convirtió en el centro de las
miradas, incluido el Piloto Mayor Solís. La tensión en el muelle fue
creciendo en cada una de las inmersiones del niño. Cuando el público
suponía que no emergería por exceso de tiempo y temía un desenlace
fatal, la pequeña cabeza de Francisco aparecía resoplando, provocando
un gran aplauso. Aquel esfuerzo sobrehumano despertó la simpatía del
maestre García, quien admirado por la valentía del pequeño, decidió
apuntarlo como grumete de la expedición.

UN LUGAR A BORDO

Don Pedro de Alarcón, el contador y escribano, y el apoderado del Rey


don Francisco Marquina, encargados de fiscalizar la expedición y con cuyas
buenas intenciones contaba el Piloto Mayor Solís, atemorizados por el
naufragio de la carabela, se echaron atrás, pidiendo se les reemplazara de
inmediato. Esto no convenía al mareante, que contaba con la amistad y
buena voluntad de los dos funcionarios. Un enemigo o un indiferente,
con las mismas atribuciones, podía hacerle mucho daño paralizando y
entorpeciendo la campaña. El contador debía llevar los libros de cuentas
de todo lo que estuviese a bordo, incluidas las cosas de propiedad del Rey.
Debía fiscalizar los pagos y adelantos que se hiciesen en los puertos y en
tierras “Indias”, las presas que se tomaran en mar y en tierra, y cuidar que
todo fuese entregado al apoderado; podía y debía impedir que Solís y su
gente negociaran directamente con los nativos. Era su obligación, incluso,
que el capitán general se ajustase a la derrota establecida en la capitulación.
Por este motivo don Pedro de Alarcón era otro jefe de expedición, con más

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poder que el jefe visible. Don Francisco Marquina era, en cambio, el
representante directo del Rey y sus intereses. Gente de tierra como eran estos
dos hombres y avezados marinos como eran muchos otros, la catástrofe les
hizo darse cuenta de los peligros de la navegación con más eficacia que los
relatos espeluznantes que habían oído anteriormente. Ya se imaginaban como
el mar se los tragaría de un solo bocado.
En los días siguientes, las deserciones se fueron sumando una tras
otra. Ni la excelente paga, ni la promesa de riquezas convencían a los
hombres aterrorizados, quienes abandonaban la rada del puerto sin
escuchar argumento alguno. Francisco no dejó pasar la oportunidad
cuando vio a Diego García, una vez más, intentando enrolar tripulantes.
Se acercó y le dijo:
–Señor, deseo embarcar.
–¿Quién eres tú, mozuelo? –preguntó el maestre de Moguer.
–Me llamo Francisco, y he estado estos días intentando servir como
tripulante.
–Ahora te recuerdo, tú eres el nadador que colaboró en el rescate del
naufragio ¿Qué es lo que sabes hacer?
–Servir a quien mande.
–Bien, serás grumete de la Portuguesa, te pondré al servicio de Rodrigo
Rodríguez, a quien deberás obedecer todo cuanto te ordene, pero como
todavía tienes mucho que aprender, te embarcarás sólo por ropa y comida.
–Como salario a mí me basta –dijo entusiasmado.
–En este momento necesito hombres con coraje, y tú pareces tenerlo.
¿Cómo te llamas, para asentar tu nombre en la lista? –preguntó
nuevamente el maestre.
–Francisco... –pensó un instante, sin acertar cual podría ser el nombre
más apropiado. Lola le había dado un nombre cristiano para facilitarle la
vida en una España intolerante, pero no recordaba que le hubiese dicho
cual era el nombre que distinguía a la familia de su padre.
–¡Y pequeño! ¡Te han comido la lengua los ratones! –insistió el de
Moguer.
–Francisco... –titubeó nuevamente, hasta que imaginó apropiado
para un marino el apellido del Puerto: –¡Del Puerto, Francisco del Puerto,
señor!

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Diego García sonrió adivinando el engaño del niño y dijo solemne:
–Grumete Francisco del Puerto, de aquí en más, servirás a las órdenes
del capitán más valiente que surcara estos mares: ¡Don Juan Díaz de
Solís!
–Gracias señor, no se arrepentirá.
–Eso espero, manténte cerca del puerto para embarcarte no bien te
dé la orden.

Solís, colérico, estaba dispuesto a partir con una tripulación


restringida y dos naves si era necesario; pero antes debía informar al Rey
de lo sucedido y descargar las culpas sobre la Casa de Contratación. Para
eso envió a su escudero Rodrigo Rodríguez, quien partió sin demora con
una carta del Piloto Mayor para ser entregada a don Fernando en persona.
La respuesta no se hizo esperar, el Rey prohibió al mareante zarpar sin la
flota completa, para lo cual ordenó se dispusiese del dinero necesario
para arrendar otra nave y se cumpliese con todo lo que el marino creyese
imprescindible para que la expedición tuviese éxito. Esto determinó la
suerte del contador Alarcón y el apoderado Marquina, no se animaron a
desobedecer una orden tan explícita del monarca, por lo tanto,
manifestaron su voluntad de embarcarse nuevamente.
El maestre de Moguer volvió a reclutar nuevos hombres, a quienes
incentivó con dinero extra y arengas sobre riquezas futura. Francisco de
Torres, hombre de confianza del Piloto, fue el encargado de encontrar
una nueva embarcación para reemplazar la recientemente hundida. Esta
vez, la suerte estaba del lado de los aventureros; una carabela mejor
equipada se hallaba en el puerto arrumbada sin armadores que la quieran
arrendar, produciendo una tremenda pérdida a sus propietarios al verse
obligados a tenerla que dejarla dormir. Rápidamente acordaron entregarla
por un precio módico. Ahora sí, todo estaba listo para iniciar la travesía,
sólo quedaba levar anclas.
Después de oír misa devotamente en la Catedral, todo el mundo volvió
a bordo para aprontar la maniobra. La marina hormigueaba de sevillanos
que seguían con extraordinario interés todos los movimientos de la
tripulación. Los marineros subían y bajaban por los obenques, un grupo
voceaba haciendo girar el cabestrante para tensar las escotas, otros arrollaban

97
los cabos o corrían por la cubierta en la aparente confusión del momento
de zarpar. Las velas flameaban ansiosas por hincharse al viento,
repentinamente un golpe de timón hizo que Eolo comenzase a portar
dejándolas tiesas y en silencio. Sólo se escuchaba el leve rechinar de las
maderas quejándose del esfuerzo luego de un largo descanso en puerto. El
agua corría bajo la quilla mientras la roda cortaba suavemente la superficie
del Guadalquivir dando comienzo a la aventura.
Francisco se encontraba junto a Rodrigo Rodríguez en la banda de
estribor, su excitación era tal que no le permitía quedarse quieto, daba
pequeños saltitos de alegría mientras saludaba a todos los que los
observaban desde el puerto. De reojo miraba con cierta envidia a los
gavieros que se encontraban parados en las vergas. Imaginaba la vista
desde aquella altura, pero a la vez se le erizaba la piel de pensar en el día
que le llegase la orden de trepar hasta la cofa. Era mejor sin duda estar al
servicio de Rodrigo cuya única tarea era la de atender al Piloto Mayor.
Durante la primera jornada la flota se deslizó por las aguas mansas del
río dejando a su paso los pequeños poblados de Coria del Río y Puebla; al
atardecer llegaron a Sanlúcar, donde fondearon a una legua de la barra,
última escala antes de acometer contra el vasto Mar. El capitán dio la orden
de no desembarcar, no quería deserciones de último momento. Francisco
observaba todo cuanto acontecía, intentando registrar cada detalle. Seguía
a Rodrigo como un perro sin amo, sabía que todo lo que pudiese aprender
en el viaje sería fundamental para el futuro. Memorizaba cada palabra
tratando de familiarizarse con los términos marineros. Castillo de proa,
parte delantera del barco; alcázar de popa, parte trasera; palo de trinquete,
palo que se encuentra adelante y sostiene la vela de trinquete; palo mayor,
se encuentra en el medio y sostiene la vela mayor; palo de mesana, el de
atrás; obenques, sogas laterales que sostienen los palos; cofa, canasto en la
parte más alta del palo donde se para el vigía.
–¡Mira el batel que se ha acoderado a la nave! (Mira el bote que ha
amarrado junto a la nave) ¿Quién es el fraile que viene en él? –le dijo a
Rodrigo con la única intención de sorprenderlo, y de hecho lo hizo.
–Veo que el mozuelo ya está empleando términos marineros –le
contestó socarronamente Rodrigo.
–Eso intento –replicó el joven ruborizado.

98
–Muy bien, es lo que deseo. No quiero tener bajo mi mando un rapaz
que no sepa hablar correctamente. Ayuda a subir al fraile, y acomoda sus
pertenencias en la recámara que se encuentra al lado de la del factor
Marquina.
El fraile subió, no sin cierta dificultad, por la movediza escala. Era
algo panzón, y el hábito blanco de la orden de los Dominicos se le
enredaba entre sus piernas regordetas. Las sandalias que calzaba hacían
aún más vacilante cada paso que daba en el complejo ascenso. Francisco
lo observaba desde arriba poniendo atención en el rasurado cráneo, sólo
un anillo de pelo negro rodeaba su cabeza. Cuando llegó arriba, con
respiración agitada y voz entrecortada, le dijo:
–Buen día, ¿Quién es el joven que tiene la amabilidad de ayudarme?
–Francisco, señor. Estoy para servirle –le contestó, mientras lo tomaba
de un brazo y con gran esfuerzo lo jalaba hacia la cubierta.
–Bien, querido Francisco. ¿Puedes tomar mi pequeño baúl y con
mucho cuidado acomodarlo en mi recámara mientras me presento al
capitán?
–¡A la orden, señor! –exclamó el grumete, con cierto aire marcial.

Descendió por la escotilla cargando con esmero e intentando no golpear


el baúl. Era la primera vez en su vida que se internaba en las entrañas de un
barco. A medida que penetraba en el interior del casco todo parecía más
encerrado y angosto. Lo rodeaban oscuras siluetas desprovistas de cara e
irreales en la penumbra reinante. Los olores vinieron a saludarlo. Carne
salada y alquitrán se mezclaban con el perfume de los hombres sudorosos
y el hedor de la sentina. Era como adentrarse en el intestino de un ser vivo,
iluminado a veces por los mortecinos candiles que proyectaban sombras
sobre los tablones o alumbraban de pronto una cara en medio de un inmenso
claroscuro. Un leve haz de luz exterior le señaló el estrecho y largo paso
que daba a los camarotes bajo el alcázar de popa. Allí se encontraban la
recamara del capitán, la del factor Marquina, la del contador Alarcón, y la
del capellán. Cuando abrió la pequeña puerta y observó el reducido espacio,
pensó que el fraile difícilmente podría acomodarse en aquella celda. Dejó
el baúl y prosiguió su visita de inspección a la nave. Descendiendo por una
escala bajo la primer cubierta se encontraba el sollado, donde se ubicaban

99
los marineros. Supuso que el piso superior era estrecho, falto de luz y
maloliente, simplemente porque no había visto el sollado. El olor era tan
penetrante que dificultaba la respiración, con su cabeza golpeaba los baos
de madera que sostenían el techo obligándolo a caminar agachado, demoró
varios minutos hasta que sus ojos se acostumbraron a semejante oscuridad.
Decididamente dormiría en cubierta bajo la luz de las estrellas antes que
tener que acomodarse en aquella cueva infame. Lo había hecho durante
varias noches heladas de invierno en tierra, no podía ser peor en el mar.

HACIA LA MAR OCÉANA

–¡Todos a cubierta! ¡Gavieros a las vergas! ¡Leven anclas! –las palabras


retumbaron en la madrugada. Las naves iniciaron el lento movimiento
hacia la mar. El viento aunque leve era favorable; la corriente en bajante
colaboraba en empujar la flota, no obstante dificultaba el paso por la
barra ya que la profundidad en aquel punto era escasa. A la hora ya
estaban en la desembocadura del río. El viento les jugó una mala pasada
borneando y poniéndose del través. Poco a poco las naves fueron abatiendo
contra las restingas de piedras de la barra. El calado de la nave no ayudaba.
El capitán pidió a gritos que arrojen la sondaleza para determinar la
profundidad. Otra orden indicó que estén prestos a arrojar el ancla si las
circunstancias lo indicaban. Ya se escuchaba el bramar de las olas
golpeando contra la playa. La tensión a bordo se hizo sentir.
–¡Cazar la escota de mesana! –se escuchó gritar al contramaestre
García.
–Seis brazas, cinco brazas, cuatro brazas –repetía con tono de
preocupación un marinero mientras sumergía una y otra vez el escandallo.
Repentinamente el viento dejó de soplar, las velas en ondulante
movimiento comenzaron a golpear con el característico latigazo que a
ningún marino le gusta escuchar. La marejada se hizo sentir deteniendo
la nave, proa arriba, proa abajo; popa arriba, popa abajo. El sube y baja

100
aumentó la sensación de desasosiego. Los minutos de calma parecieron
horas. Todos miraban al capitán en busca de una señal. Solís erguido
escudriñaba el horizonte en busca de una brisa que no llegaba. Si no
daba la orden de fondear a tiempo la varadura sería inevitable y el
consecuente desastre para la expedición que recién comenzaba. Las naves
seguían lentamente abatiendo contra la costa y el avezado hombre de
mar no movía una ceja. ¿Qué pasaría en ese momento por su mente?
¿Sería tan terco que era capaz de encallar toda la flota con tal de intentar
de hacerse a la mar aquella misma mañana, o sus conocimientos y
experiencia le permitían leer, con tanta claridad, una brisa que estaba por
llegar y nadie percibía?
El contramaestre hizo un gesto mirando al capitán para tirar el fierro
al agua, pero con mirada severa, Solís levantó su mano derecha indicando
que aguarde. Fue en ese exacto momento que las velas gimieron una vez
más y un viento franco las hinchó de golpe.
–¡Timón a estribor! ¡Rumbo al poniente! –la voz del capitán retumbó
dejando en claro quien estaba al mando y por que gozaba de tal mérito.
No pasó un instante más, las naves con leve escora, arremetieron contra
el ancho mar...
Unas horas más tarde la silueta del continente se borró para siempre
del horizonte, el efecto de la nostalgia hizo correr una lágrima por la
mejilla del joven grumete. Por una extraña razón, sintió que nunca
regresaría a España. Sin embargo, esta singular sensación, lejos de afectarlo
le produjo un repentino alivio. Decidió permutar sus oscuros recuerdos
por el lampazo y el balde, y con energía inusual limpió toda la cubierta.
Ensimismado con sus tareas fue sorprendido por una fuerte campanada.
Indicaba la hora de la oración vespertina. –¡Todos a cubierta! El padre
Domingo de Lázaro nos va a dar su bendición –anunció una voz. Luego
de las sencillas palabras del capellán, se persignaron y retornaron a sus
tareas. Francisco simuló el acto de persignarse dibujando un círculo con
su mano derecha en el pecho mientras movía su boca sin emitir sonido.
Este gesto no pasó inadvertido para el siempre atento fraile. Sin
recriminación alguna y con dulces palabras le preguntó:
–Amigo Francisco, acompáñame un momento. –Apartándolo del
resto y pasándole el brazo por el hombro, continuó diciéndole–: he

101
notado que tienes cierta dificultad al persignarte ¿Acaso hay algo que yo
deba saber?
–Le ruego me perdone, nunca fui bautizado.
–Ya veo. ¿Le has dicho a alguien que no eres cristiano?
–No, en absoluto.
–Bien. Ese será nuestro secreto. Lamentablemente, hijo mío, no está
permitido embarcarse a quien no haya sido bautizado.
–¡Padre, le suplico me ayude, mi madre era mora y mi abuelo judío!
–dijo casi gimiendo.
–No te aflijas, utilizaremos la larga travesía para que aprendas el
catecismo, y no bien pisemos tierra en el Nuevo Mundo te bautizaré. Sin
duda, el Señor nos ha enviado esta bendición para acompañarnos en el
viaje.
Francisco sonrió aliviado al confesar el secreto a alguien tan noble
como el Padre Domingo. Un nuevo tutor de tal jerarquía le permitiría
ahuyentar los fantasmas de la soledad. Este sentimiento de desasosiego
lo venía atormentando desde la muerte de su madre. El fraile le
correspondió con una mueca y una palmada en la cabeza, pues el hecho
de tomar a cargo semejante empresa lo llenaba de satisfacción. Ahora no
sólo tendría la misión de quitar de la mente de los marinos la codicia que
tanto mal le había causado a la conquista, sino que podría empezar por
conquistar corazones infieles aquí mismo, a bordo de la nave. Su discípulo
sería la punta de lanza con la que embestiría las almas sin rumbo de los
nativos.
Ya llevaban dos días de viaje donde el buen tiempo, los vientos francos,
y la mar llana, los impulsaban como augurio de una campaña exitosa.
Las ondas del mar acompañaban suavemente el cabeceo de las naves. La
Portuguesa con Solís al mando iba adelante indicando la derrota, las
otras dos naves la seguían en conserva a una distancia de respeto. Durante
las noches se encendía un farol en la popa de la Portuguesa para guiar a
las restantes. Sólo por las mañanas y por las tardes las naves se ponían a
una distancia mínima, borda con borda, de esta manera los tres pilotos
empuñaban las bocinas y daban el parte diario. En las dos singladuras
poco debieron informar, el tiempo era bueno, no requería de mucha
maniobra y la tripulación se encontraba de muy buen humor.

102
Antes de partir Solís había establecido tanto el código de señales
como el de disciplina. Su navío debía preceder siempre a los otros.
Durante la noche, llevaba una antorcha de tea atada a la popa para que
no la perdiesen de vista. Si además del farol encendía una linterna o un
trozo de cuerda de esparto, los otros barcos debían hacer otro tanto, a
fin de asegurarse que le seguían. Cuando encendía dos fuegos sin el
farol, los navíos debían cambiar de dirección, ya para moderar su
marcha, ya por el viento contrario. Si encendía tres fuegos era para
quitar la boneta, vela utilizada únicamente cuando había mar bella,
aprovechando mejor el viento y así acelerar la marcha. No bien hubiese
peligro de tempestad debía ser arriada para no forzar la arboladura. Si
encendía cuatro fuegos era señal de arriar todas las velas; pero si ya
estaban plegadas, las cuatro luces ordenaban desplegarlas. Muchos fuegos
o algunos cañonazos advertirían la cercanía de tierra o bajo fondos, por
lo tanto, debían navegar con mucha precaución. Las guardias se debían
hacer de tres cuartos cada noche: el primero al anochecer; el segundo,
denominado medora, a medianoche, y el tercero a la madrugada. Toda
la tripulación estaba dividida en tres cuartos: el primero, a las órdenes
del capitán; el segundo, a las órdenes del piloto; y el tercero, a las del
contramaestre. No menos previsor fue con los bastimentos: llevaban
cerca de mil reales de cecina o carne secada al sol y salada, eran más de
veinte vacas en sal; otro tanto de habas y garbanzos, ocho mil maravedíes
en pescado seco, diez mil de queso, varias barricadas de miel, tres mil
quintales de aceite y otras cosas necesarias para guisar. En salarios
tampoco se quedó corto: los pilotos cobrarían dos mil maravedíes
mensuales, el alférez un poco menos, los maestres mil, los marineros
novecientos, los grumetes (menos Francisco) seiscientos, y los pajes de
Alarcón y Marquina cuatrocientos; esto sin contar la parte que les
alcanzara a cada uno en caso de obtención de nuevas riquezas. En cuanto
a las armas, llevaban dos pasavolantes en cada nave, dos lombardas más
en la Portuguesa, ocho barriles de pólvora de un quintal cada uno,
varios arcabuces, ballestas, hachas, espadas, además de sesenta coseletes
y sus correspondientes armaduras de cabeza. Semejante armamento
serviría para disuadir a la tribu más belicosa y haría ver a estos sesenta
gladiadores como verdaderos reyes de los mares.

103
Francisco, luego de haber escuchado durante toda su vida tantas historias
funestas sobre el mar, no podía creer lo que estaba viviendo, tanta calma,
tanto silencio; incluso se encontraba algo desilusionado, consideraba que
el océano no le estaba dando una batalla digna de un aventurero. Dos días
más transcurrieron y ya se subía a la cofa con la presteza de un experto
gaviero. Trepaba por el bauprés donde se quedaba aferrado observando
unos extraños peces con aleta y pico que cabalgaban y saltaban en conjunto
con gran agilidad. Estos simpáticos animalitos se mantenían durante un
largo rato indicándole el camino a la nave, para luego acelerar verti-
ginosamente su marcha y desaparecer en las profundidades. No menos
extraños eran los peces voladores, repentinamente emergían de las aguas y
volaban un largo trecho hasta la próxima zambullida. Algunos tentaban su
suerte volando sobre la nave, los menos afortunados se estrellaban contra
las velas cayendo sobre la cubierta, convirtiéndose en víctimas del despensero
Martín García, quien rápidamente los recogía e iban a parar a la sartén.
Luego estaban las aves peces. Volaban manteniendo sus alas extendidas sin
movimiento alguno, en realidad no volaban, simplemente flotaban en el
aire. Al rato se dejaban caer en picada en el agua desapareciendo durante un
largo período hasta emerger, repentinamente, con un pez en el pico.
Igualmente curiosa era la forma de anidar de otro grupo, careciendo éstas
de un árbol o rama donde hacer el nido, las hembras ponían y empollaban
los huevos sobre la espalda del macho que flotaba en el medio del mar. Sin
duda le llamó la atención observar las comedoras de excrementos. Seguían
a sus congéneres con gran tenacidad hasta que expelían al fin sus heces,
sobre las que se arrojaban con gran avidez. Un mundo inaudito se revelaba
ante los ojos del novel grumete: peces que eran aves, aves que eran peces,
peces que cabalgaban... El mundo del mar se transformó raudamente de
un mundo ajeno en un mundo familiar. No menos singular fue el día en
que los marineros pescaron un pez asesino. Entre tres hombres subieron a
cubierta un inmenso devorador de hombres con doble hilera de dientes.
Según los más conocedores esta bestia era capaz de engullir un hombre de
un solo bocado. Lo mataron a garrotazos para luego servirlo en la cena. Su
gusto, sin embargo, era espantoso. La tripulación se quejó, intimando al
despensero a continuar con la dieta de carne salada y garbanzos en los días
siguientes.

104
Al sexto día avistaron el Teide, el pico de Tenerife. Allí en el puerto
natural de Las Palmas, bajarían a tierra para aprovisionarse de agua y
alimentos para el gran cruce. En el desembarcadero de la Gran Canaria
los aguardaba el gobernador de la isla, don Fernando de Trujillo,
lugarteniente del Adelantado don Alfonso de Lugo; el alcalde mayor, los
seis regidores y los dos jurados del Ayuntamiento, junto al párroco de la
Concepción, las demás autoridades y el pueblo entero de la villa. Toda la
tripulación fue hospedada por los vecinos, quienes inmediatamente
organizaron los festejos de bienvenida. La hospitalidad y la algarabía era
la costumbre de los pueblos de las Canarias cada vez que arribaba una
flota española, así como en las islas de Cabo Verde, con los barcos
portugueses.
Aunque más de un hombre hubiese deseado quedarse para siempre
en estas islas de vino y mujeres generosas, la escala no duró más de lo
necesario. El 6 de noviembre, al mes de la salida de Sanlúcar de Barrameda,
el capitán dio la orden de embarcar. Francisco fue el único hombre que
acató la orden inmediatamente, él estaba tan ansioso de partir como
Solís. El primero en el mando y el último, compartían, aunque por
motivos diferentes, el mismo interés en hallar el “paso”. A uno lo motivaba
la fama y la riqueza, al otro el afán de aventura y de encontrar, quizás, a
su padre.

II

Las carabelas tomaron rumbo sudoeste para cruzar el océano haciendo


proa al cabo de San Agustín, que está algo más al sur de Pernambuco. Al
término de algunos días creyeron divisar tierra. Sin embargo, aquella extraña
isla se movía acompañando las ondas de las olas. Para los que no estaban
advertidos sobre la existencia del “Mar de los Sargazos”, grande fue la
sorpresa al ver aquel campo flotante poblado de crustáceos, cruzado por el
vuelo de una variedad de pájaros exóticos, y entre cuyas hierbas se deslizaban
o saltaban como terneros los delfines, viejos conocidos de Francisco. Algunos
marineros encomendaban su alma a Dios, ya que tomaban por diabólica y

105
de funesto agüero esa cosa informe y verde, jamás vista ni oída. Su terror
crecía aún más al ver la dificultad con que navegaban en aquella pradera
engañosa. Para Francisco era otro simple misterio del mar, ya nada le
llamaba la atención, estaba abierto a toda posibilidad, a toda sustancia,
planta o animal que excitase sus sentidos. La Portuguesa, con Solís al
mando, abrió el paso dejando una ancha estela por donde navegaron las
otras dos naves con toda facilidad. Sin embargo, sintieron alivio una vez
finalizado el peligro de sucumbir enredados, y sin viento, en las raíces de
las algas. Para un navegante no hay lugar más seguro que el mar abierto.
Cualquier conocedor sabía de flotas enteras perdidas, que perecieron de
hambre y sed, en aquel punto donde no sopla el viento, los sargazos
enredan los timones y se abrazan a la quilla, mientras las corrientes no
llevan a ninguna parte.
Las singladuras subsiguientes fueron de vientos frescos y francos. Sólo
enfrentaron una noche tormentosa donde el cielo no dejó de centellar y la
tempestad los obligó a navegar a palo seco. En aquella noche, mientras
corrían el temporal barrenando olas a velocidad inaudita para luego clavar
la proa contra la ola siguiente, montando cantidades infernales de agua
salada que arrastraban sin piedad tripulantes y objetos sobre la cubierta,
Francisco descubrió los “Fuegos de San Telmo”. Aterrorizado y golpeado
iba y venía de un lado a otro de la cubierta empujado por torrentes de
agua. Sólo se detenía por un leve lapso cuando lograba sostenerse de un
cabo o cabrestante hasta que la próxima ola lo empujaba hacia el otro
lado. En un intervalo del ir y venir, observó una llama flameando cual
antorcha en la punta del palo mayor. Pensó lo peor, supuso que la nave se
prendería fuego y ardería de un momento a otro; sin embargo, la inocente
llama siguió encendida hasta finalizar la tormenta, para luego desaparecer
proyectando un fogonazo que lo dejó cegado. En aquel preciso instante
el viento cesó retornando la paz a bordo. A pesar de estar preparado para
ver cuanto fenómeno marino se presentase y creer cuanto misterio se
develase, su comprensión no llegó a aceptar del todo cuando le explicaron
que aquel fuego santo era enviado por el Señor para proteger a los navegantes
en las tormentas. Fenómeno natural o causa divina, lo mismo daba, no era
el momento para disquisiciones teológicas, al fin y al cabo seguía con
todos sus huesos en su lugar y con eso bastaba por el momento. Sin duda,

106
el mal trago le brindó una seguridad extra: las notables condiciones
marineras de la Portuguesa y la destreza del piloto para llevar el timón sin
perder el rumbo.
Al cabo de algunos días lograron reconocer los peligrosos arrecifes e
islotes de “Abre el Ojo”. Apelando al astrolabio, Solís tomó la altura para
determinar su posición con exactitud y así, pudo dar el rumbo que los
condujo a la bahía de Río de Janeiro, puerto natural ya conocido por el
capitán, donde fondearon sin mayores contratiempos.
La belleza natural enmudeció a la tripulación al arribar a tan
extraordinario paisaje. Francisco recordó inmediatamente los relatos de
Vespucio que tan vívidamente le leía su madre, sin duda la imaginación
no pudo recrear el esplendor que se desnudaba ante sus ojos: altas riberas
alfombradas de variada y vibrante vegetación, pobladas de árboles
magníficos de diversas esencias, regadas por corrientes de aguas cristalinas,
y esmaltadas de flores de violentos colores. El aroma de frutos dulces
mezclado con fragancias marinas inundaba sus sentidos. El cielo en
movimiento continuo era terso y azul, para repentinamente cambiar a
gris cargado de nubes y vapor que jugando con el sol daban al ambiente
una nueva gama de colores sobrenaturales. Los mosquitos y los tábanos
los recibieron sin cortesía alguna, señalándoles que se hallaban en tierras
inhóspitas y no en el paraíso terrenal. Los insectos fueron los primeros
encargados de iniciar la batalla por la soberanía contra los españoles,
picándolos una y otra vez en sus blancas pieles visigodas. Este
inconveniente, sumado a la vestimenta inapropiada para transitar en las
tierras húmedas y sofocantes del Brasil, los alertaba de cuán intrusos eran
y con que cautela debían moverse en territorio ajeno.
El único objetivo de Solís en aquella tierra encantada, era renovar los
bastimentos de las naves con alimentos frescos. Sólo él conocía el destino
final de la expedición, hallar el paso hacia las islas de las especias y de ser
posible arribar a las Molucas, donde cargarían pimienta y azafrán hasta
llenar las bodegas. Por lo tanto, esta región maravillosa, ya conocida por el
Piloto Mayor, no revestía mayor interés. Su deseo era cargar agua fresca en
las vasijas, reemplazar la cecina y la mojama, el queso y el bizcocho, las
habas y los garbanzos, por frutas deliciosas y carnes gustosas para alimentarse
en las largas singladuras que les quedaban por delante.

107
Con las primeras luces del día algunos nativos se acercaron a la playa.
Con gestos amables, los gentiles les hicieron señas, incitándolos al
desembarco. Avisado Solís, invitó al contador y al factor, a realizar rescates
con los naturales. Sin tomar recaudo alguno, desembarcó con parte de la
tripulación; confiaba sin duda en la capacidad de fuego de su flota, se
sentía de alguna manera superior, y aunque respetaba lo impredecibles
que podían ser los salvajes, la experiencia de su viaje anterior le indicaba
que los nativos eran gente amigable e inocente. Formaban parte de la
comitiva Enrique Montes, el escudero Rodrigo Rodríguez y el grumete
Francisco del Puerto, además de los oficiales reales. Llevaban a cambio
de vituallas, bonetes colorados, espejos de vidrios de colores, sonajas de
latón, cascabeles, y otras chucherías sin valor que sabían agradaban sobre
manera a los hombres del Nuevo Mundo. A pesar de los infructuosos
esfuerzos de comunicarse en alguna lengua común, las baratijas fueron
más elocuentes y eficaces que las dotes lingüísticas y gestuales de los
marinos.
La belleza de aquellos hombres y mujeres color cobre, de mediana
estatura, movedizos y ágiles, enteramente desnudos y con sonrisa
amigable, sorprendieron gratamente a Francisco. Algunos principales
ostentaban en la cintura, como traje de gran gala, un corto taparrabos
tejido con plumas de colores. Sus cuerpos brillantes y fibrosos estaban
cubiertos de pinturas y tatuajes, y notablemente carecían de vello.
Llevaban el pelo cortado prolijamente, a la vez de estar embadurnado
con alguna sustancia rojiza. Algunos desfiguraban su natural belleza
incrustando en sus labios cilindros de piedra, de hueso o de madera. Se
mezclaron sin temor alguno entre los españoles, mostrándose amigables
y a la vez sorprendidos. Tanta curiosidad resultaba, hasta cierto punto,
molesta. Palpaban, sin desenfado, todo cuanto veían. Como niños
inocentes, pretendían mediante el tacto reconocer lo que les era extraño.
Les tocaban el cabello, la barba, los sables, la vestimenta, incluso los
genitales y el trasero, obligando a los rudos hombres de mar a separarlos
con cierta violencia. Era difícil contenerlos, máxime, obedeciendo las
severas órdenes del Capitán General. Antes de desembarcar, había
arengado a la tropa, ordenándoles no hacerles el menor daño, sino en
caso extremo.

108
Hasta ese momento el fray Domingo no había desembarcado, contra
sus propios deseos. Solís deseaba asegurarse que los nativos fueran
totalmente pacíficos antes de bendecir las tierras del Nuevo Mundo. El
fraile se encontraba ansioso por desembarcar y comenzar lo antes posible
con su cruzada evangelizadora, no compartía el celo que Solís había puesto
en su seguridad. Ser mártir en aquellas tierras era una posibilidad y estaba
dispuesto a enfrentarlo con júbilo. Ni bien el Capitán le indicó que el
terreno estaba libre de peligro, el regordete fraile descendió del batel,
distribuyendo bendiciones a diestra y siniestra, mientras sonreía pleno
de gozo. Sin perder tiempo, el fraile comenzó a adoctrinarlos en castellano,
ya que de su lengua no sabía una sola palabra. Francisco observaba desde
cierta distancia la absurda escena del padre catequizando en un idioma
extraño, mientras los indios lo miraban absortos. Sabía lo perseverante
que podía ser el cura cuando se trataba de enseñar el evangelio, él mismo
había sido discípulo forzoso hasta altas horas de la madrugada en alta
mar. Sonreía al imaginar el desconcierto de estos hombres y mujeres, al
ver un caballero extraño de túnica blanca predicando con ademanes
exagerados y exclamaciones estruendosas. Embelesados, no le quitaban
la vista, sólo se distraían un breve instante para hacer comentarios sobre
la prédica del fraile.
Gracias al deseo de los nativos de mostrarse amigos, durante aquel
día y los siguientes fueron llegando a la playa con cestas de maíz, batatas,
cocos, bananas, abundante y sabrosísima fruta silvestre en gran parte,
sino toda, desconocida para los españoles, y algo que les agradó aún más:
muchas aves como gallinas, faisanes, patos, algunas semejantes a la perdiz
europea, venados, y otros cuadrúpedos, porque aquella selva era, sin duda,
una inmensa granja natural que se brindaba al hombre hambriento.
Fray Domingo, finalmente, logró satisfacer su gran deseo de dar misa,
y durante la permanencia en la bahía la dio todas las mañanas, incluso
aprovechando una de ellas para bautizar a Francisco, oficiando el mismísimo
Piloto Mayor Juan Díaz de Solís de padrino. Al fervor religioso se agregó
la emoción del recuerdo de España, de sus familias, de sus amigos, evocados
en aquellas tierras salvajes. Tan sólo eran cuarenta hombres que con Solís y
los oficiales se arrodillaron sobre las arenas cálidas, eran un puñado casi
imperceptible, pero en definitiva representaban un pueblo entero que

109
iniciaba una gesta heroica, así se sentían, con sus pechos inflamados y sus
cabezas ardiendo bajo el sol tropical. Nadie les podía quitar la valentía con
que cruzaron los mares inhóspitos, mucho menos reclamar piedad en la
conquista de tierras gentiles...

MUNDO SALVAJE
A fines de diciembre de 1515, con la despensa llena de alimentos y
agua dulce en las tinajas, la flota puso rumbo al sur. Llenos de entusiasmo
por lo plácido y agradable de la travesía, la tripulación se dispuso a hacer
las tareas cotidianas de abordo. Imaginaron un viaje sin complicaciones,
los indios del Nuevo Mundo eran amables y cordiales servidores, el mar
había sido piadoso, el clima bonachón, sólo tendrían que llegar a las islas
de oro y especias para recoger del suelo lo que por derecho les
correspondía.
Aprovechando el primer contacto de los navegantes con los
indios, fray Domingo decidió comenzar la tarea de adoctrinar a la
tripulación para evitar la barbarie a la que fueron sometidos los nativos
en la Española. No deseaba, bajo ningún pretexto, que las almas
cristianas a su cargo fuesen responsables de algún acto inhumano.
Imitador de su hermano de orden fray Bartolomé de las Casas, era su
mayor objetivo lograr que los españoles de las Indias trataran a los
naturales como hermanos menores y no como bestias salvajes. Conocía
la crueldad de los hombres de su época, sabía lo despiadados que podían
ser entre compatriotas, y el trato inhumano que podrían tener con el
extranjero.
Esperaba convencer a sus aventureros durante la travesía, creía poder
prepararlos para la bondad relatándoles las experiencias de Cuba y la
Española, y el feroz comportamiento de los conquistadores. Conocedor
de las almas díscolas de los marinos, comenzó relatándole en voz alta a
Francisco sobre las riquezas de las islas confundiéndolas, deliberadamente,
con las riquezas de Cipango. Sabía que aquella era la única forma de captar
la atención de la audiencia.

110
No pasó demasiado tiempo después de que mencionase la palabra “oro”,
para que un nutrido grupo de marinos se congregase entorno a él. Una vez
reunido el grupo comenzó a predicar sobre las palabras del evangelio y Cristo
referente al trato con los humildes y el prójimo: –Deben recordar que los
naturales son almas inocentes, las cuales merecen nuestra atención y respeto
–dijo, señalando a los nativos como ejemplo–. Jamás deben dejarse llevar
por la tentación. Pues el verdadero reino está junto a nuestro Señor en el
cielo. Nunca deben maltratar al indio para obtener riquezas. Debemos
aprender de los errores cometidos en La Española y en las minas.
–¿Y cuáles son esos errores, Padre? –preguntó uno, jactándose entre sus
pares de conocer lo sucedido y sin la más mínima pizca de arrepentimiento.
–¡Violaban por simple diversión tanto a casadas como a doncellas!
¡Y en las expediciones, encadenaban a los indios a sus cargas para que no
pudiesen arrojarlas y huyesen al monte! –contestó irritado.
–El hombre de mar necesita en tierra una hembra para llevar a su
lecho. Y por lo que me han contado, aquellas bestias no son más que
unos indios holgazanes –arengó un tercero, mientras era acompañado
por una estruendosa carcajada de sus compañeros.
–¡Pero si asesinaban a los niños! Conocí a un oficial a quien le habían
asignado trescientos indios para el trabajo, y al cabo de pocos meses sólo
le quedaban treinta. Quejándose ante las autoridades por la debilidad de
los naturales, le entregaron otros trescientos, a quienes exterminó en un
abrir y cerrar de ojos. En las marchas, cuando un indio caía por cansancio,
le rompían los dientes con la espada. Muchos preferían quitarse la vida
cuando les llegaba el momento de partir a las minas. Las madres,
desesperadas, ahogaban a sus hijos para que no tuviesen que servir a tales
amos y sufrir tormentos –agregó horrorizado.
–Son indios, Padre. No exagere –agregó otro mientras se retiraba a
dormir.
–¡Cómo pueden hablar así de siervos del Señor! –les reprendió casi sin
fuerzas.
–¿Y no trataron de impedirlo? –preguntó Francisco, algo desilu-sionado
por la fe cristiana que acababa de abrazar.
–Hicimos cuanto pudimos, incluso llegamos a excomulgar a quienes
estaban involucrados. Pero ni la excomunión producía efecto alguno en

111
estas almas hijas de Lucifer. Tales verdugos acababan por hacer odiosa nuestra
religión –le contestó, no sin cierta ingenuidad.
En este punto, Francisco recordó los relatos de su madre sobre lo
acontecido en la Española, donde su abuelo Isaac murió producto de la
venganza de los naturales. Si bien él no era un joven fácilmente impre-
sionable, creía en cada palabra del Padre. En definitiva, era mejor ser
precavido, pues había sido testigo de riñas sin sentido en el sollado y a
espaldas del capitán. Sabía cuan feroces podían ser los marineros por los
efectos del vino y el calor. Por otro lado, y aunque su experiencia había
sido breve, los indios no eran personas para desconfiar.
Poco a poco, muchos de los hombres que se habían congregado
alrededor del Padre se fueron retirando, algunos por displicentes otros
por indiferentes, muchos porque simplemente no les interesaba ningún
relato que no estuviese ligado al oro o riquezas. La mayoría que se
embarcaba en una expedición no tenía ningún interés en los indios. No
los veían en absoluto diferentes a las bestias que debían cazar para comer,
en todo caso suponían que podían serles útiles para obtener la información
necesaria para acceder al oro. En su España natal no estaban acostum-
brados a ser respetuosos de la fauna salvaje, a lo sumo, podían ser
cuidadosos con la fauna de corral o con las mulas, animales útiles en la
economía doméstica. ¿Pero con el animal salvaje? Con el salvaje eran
simplemente salvajes. Los relatos del padre Domingo eran sencillamente
absurdos. ¿Qué importancia podía tener ser respetuoso de la vida o los
sentimientos de un lobo o un ciervo? Ningún hombre que se preciase
debía caer en la sensiblería de cuidar un animal o proteger una flor.
Pretender esto era casi como pretender que fueran condescendientes con
la mujer. Un hombre para ser tal debía tomar por derecho lo que le
correspondía, y aquel que no lo hiciera, no era hombre.
Decepcionado por el súbito abandono de la audiencia, el fraile, que
no era fácil de callar cuando de principios religiosos se trataba, continuó
relatándole los hechos a Francisco, quien por su juventud o por haber
sido criado por Lola, estaba sumamente interesado en aquellos primeros
días de descubrimientos y contacto entre dos mundos.
–¿Y el Rey? ¿Qué hizo para frenar aquella matanza? –Preguntó
indignado el grumete.

112
–Hijo mío, no he querido hablar mal del Rey delante de los hombres,
pero todas estas desgracias fueron, de alguna manera, consentidas e incluso
estimuladas por don Fernando –le contestó bajando la voz. Sabía lo
inconveniente que era hacer una crítica a su Cesárea Majestad, mucho
más, estando a bordo de una de sus naves. Pero casi sin poder contenerse,
prosiguió–: Cuando los informes sobre los acontecimientos en La
Española llegaron a oídos del Rey, destituyó del cargo de gobernador a
Bobadilla. Nombró sucesor a Nicolás de Ovando, comendador de Lares,
caballero de la orden de Alcántara, hombre de cabellos y barba roja,
cortesano servil y devoto, que pasó por hombre listo y versado en la
administración pero que no tenía la más remota idea del estado de las
colonias, como se demostró al poco tiempo. Bajo su gobierno concluyó
lo que Bobadilla había dejado incompleto: la matanza del pueblo indígena.
Si bajo el gobierno anterior se perpetraron contra los indios los más atroces
crímenes, Ovando logró superar a su antecesor cometiendo las mayores
vilezas que jamás un hombre cometiera contra otro.
”El nuevo gobernador llegó a las Indias con una flota de treinta
barcos y una muchedumbre de gente. Unos eran especuladores sin
conciencia ni posesiones personales, pero habían persuadido a otros para
que les confiasen su fortuna, crédulos soñadores que habían gastado su
dinero en armar un buque para que su nombre sonase entre los
conquistadores del Nuevo Mundo. Estaban también quienes simplemente
esperaban pagar a sus acreedores del Viejo Mundo con los robos que
hiciesen o las deudas que contrajesen en el Nuevo.
”El desengaño no se hizo esperar. Como era de prever, los defraudados
emigrantes infestaban los caminos, mendigaban vagando por los poblados
y ciudades recién fundadas, yacían enfermos de calenturas en los
hospitales, asediaban los despachos, solicitando, cuando todavía les
quedaba algún maravedí, enormes concesiones de tierras a cambio de
cantidades irrisorias de dinero. Una vez dueños de una finca podrían hacer
el papel de señores y hasta el de propietarios de esclavos.
”En la provisión dada por el Rey el 20 de Diciembre de 1503 a Ovando,
se lo autorizó a forzar a los indios a trabajar, aunque con la hipócrita reserva
de que no se les tratase como esclavos. Por supuesto, se le estaba otorgando
plena libertad de acción. El gobernador asignó a cada español entre treinta

113
y sesenta indios para el cultivo de la tierra y la explotación de las minas. El
jornal fijado era una fruslería, y el tiempo de trabajo fue primero de seis
meses y luego de ocho.
”Lo que sucedió fue que a los hombres se los alejó a cientos de leguas
de sus familias, y a latigazos se les forzó a las tareas más duras. No se les
proveyó de comida, y mientras los españoles hacían banquetes, los indios,
hambrientos, se deslizaban bajo la mesa aguardando a que se les arrojase
algún hueso. Tal era la miseria y el hambre, que habiendo roído y chupado
aquel ruin alimento, lo machacaban entre dos piedras y mezclaban el
polvillo con su flojo pan de cazabe. Si se fugaban para esquivar aquel
inhumano trato, se les cazaba con sabuesos amaestrados, y después de
capturarlos, se les azotaba cruelmente y se les condenaba a trabajar en
adelante con grillos de hierro. Los más morían antes de terminar su tiempo
de servicio. Era raro que al acabar el plazo se les liberase; nunca faltaba
un pretexto falaz para prolongar su condena. Y los que por fin quedaban
libres estaban tan agotados que les faltaban fuerzas para llegar a su aldea.
Yo mismo me he topado –continuó diciendo el fraile mientras bajaba la
cabeza– con algunos muertos por los caminos, y otros con el dolor de la
muerte dando gemidos y diciendo como podían: ¡Hambre! ¡Hambre! –se
quedó callado unos segundos, e intentando encontrar las palabras en el
recuerdo de tanto dolor y espanto, prosiguió–: los más resistentes,
conseguían, a pesar de todo, regresar a su tierra. En ese caso, hallaban sus
chozas abandonadas, sus plantíos devastados; todo se había evaporado
ante el terror blanco...
Francisco bostezó de cansancio, pero por respeto no quiso
interrumpirlo. Comprendía perfectamente el significado de las palabras
del Padre, y aunque el sueño lo estaba venciendo, prefirió seguir
escuchando.
–Los indios de la provincia de Xaragua –continuó el fraile– eran los
más nobles de toda la isla. Aventajaban a los demás en finura de lengua, en
dulzura de costumbres, así como en belleza exterior. No habían nacido ni
era posible educarlos para el trabajo forzado de las minas. Amaban la
ociosidad, la contemplación; nacidos y criados en un ambiente que satisfacía
sus necesidades, se contentaban con las dádivas de la naturaleza y no
comprendían ni los métodos y ni nuestras leyes de trabajo.

114
”A la muerte de Behechío, cacique Xaragua, le sucedió en el mando su
hermana Anacaona. Al principio, su predilección por los blancos era tan
marcada, que favoreció la boda de su bonita hija con el joven caballero
español Guevara. Sin embargo, en alevosa traición, éste las hizo víctimas
a ella y a su hija, destruyendo así la alta opinión que tenía Anacaona de
los extranjeros, forzándola a transformar la primitiva amistad en odio
inextinguible. Temeroso de la venganza de la mujer, Ovando decidió
inutilizar a la peligrosa Anacaona y a sus partidarios. Lo hizo de una
manera que ha deshonrado para siempre, en el Nuevo Mundo, el nombre
de los cristianos españoles...
”Cierto día le anunció su visita y le mandó decir que iba en son de
paz. Con el objeto de ponerse de acuerdo respecto a los tributos, le encargó
que convocase a los caciques sometidos a ella. La reina le salió a recibir
acompañada de su corte y le acogió con aquella graciosa dignidad que la
hacía tan renombrada. El tropel de los españoles, trescientos de a pie y
sesenta a caballo, debió poner en guardia a Anacaona; sin embargo, los
hospedó varios días y los agasajó generosamente. Para su regocijo organizó
danzas y juegos. No obstante, a Ovando le vino en gana sospechar de
aquella hospitalidad. Y digo que le vino en gana porque no había el
menor motivo para ello y porque necesitaba un pretexto. Era absurdo
suponer que unos miles de indios desnudos, sin más defensa que sus
arcos, se atreviesen a atacar a españoles armados hasta los dientes y
cubiertos de acero.
”Ovando, tejiendo un ardid infame, decidió engañar a sus anfitriones.
Para corresponder a su cortesía los invitó a otra fiesta en sus dominios.
Organizó un juego, aparentemente inofensivo, de lucha con cañas. En
este supuesto torneo caballeresco, los contendientes, en lugar de aco-
meterse con agudas lanzas, se atacaban con cañas de bambú que se
quebraban fácilmente al chocar con los escudos y armaduras. Caballeros y
escuderos habían recibido la orden de llevar ocultas sus espadas, y apenas se
les diese la señal convenida, debían caer sobre la muchedumbre reunida y
pasarla a cuchillo. Lo mismo se les ordenó a los infantes, quienes debían
agolparse como espectadores en las terrazas de la plaza. Para Anacaona y los
caciques mandó erigir en su propia casa cómodos asientos. Apareció con
sus oficiales en la plaza y lanzó el disco con ellos. Luego tomó asiento al

115
lado de la princesa en el balcón de la casa, que había mandado rodear
sigilosamente de gente armada.
”Apenas había comenzado el juego de cañas, entre el júbilo del
público inocente, se adelantó Ovando al antepecho del balcón y se llevó
la mano a la cruz de Alcántara que le colgaba del cuello: era la señal para
la matanza, de la que no se libraron mujeres, niños ni viejos. Los caciques
que estaban en la casa cercada fueron todos presos, colgados de las vigas
con las manos atadas a la espalda y atormentados hasta que confesaron lo
que se quería que confesasen; que habían conspirado contra la vida y el
gobierno de Ovando. Ocioso sería describirte los detalles del tormento –sin
poder contenerse comenzó la descripción–. Tostaron los cuerpos sobre
carbones ardientes que despedazaron con candentes tenazas, derramaron
plomo líquido en sus bocas. ¿Para qué pintar tales abominaciones? Contra
la soberana india se abrió un simulacro de proceso, se la acusó de alta
traición, y “por hacerle honra”, no se la condenó a la hoguera sino al
dogal, en una horca levantada expresamente para ella.
”Nada quedó en aquellas tierras Indias, ni alegría, ni paz, mucho
menos hombres para hacer el trabajo pesado. No sé exactamente en que
punto, ni si fue el horror que tuvo que sobrellevar en sus hombros, pero
el mismísimo fray Bartolomé de Las Casas propuso a la Corte y al Consejo
de Indias introducir por cada colono dos negros y dos negras de África
para aliviar la suerte de los indígenas. ¡Es inadmisible semejante yerro,
aunque esté animado de un espíritu tan fraternal como el del padre Las
Casas! ¡Querer salvar al hombre de piel cobriza y a cambio entregar al de
piel negra sin el menor reparo! He visto cosas en aquellas tierras, que la
razón aún no comprende. Hasta el Almirante Cristóbal Colón me confesó,
ya hace algún tiempo, que “de la Española y de las otras tierras no se
acuerde de ellas ni una sola vez sin que no llore”... –poseído por el relato,
miró a su único interlocutor, y le dijo:
–Tú, querido Francisco, debes seguir la buena doctrina de la Iglesia. Tratarás
a los nativos como si fueran tus hermanos. ¡Así lo espero de ti! –sentenció,
mientras se incorporaba con dificultad y se retiraba a su camarote.
Alarmado por historias tan funestas, el grumete se quedó pensando si
podría cumplir con el pedido del fraile. ¿Podría poner la otra mejilla en
caso de ser atacado? Ciertamente no había dejado España para ser mártir

116
en el Nuevo Mundo. ¿Y si sus camaradas decidiesen acometer contra los
indios como en la Española? ¿Qué actitud debería adoptar? Huir no podía,
ya había huido demasiado, al fin y al cabo él formaba parte de la flota.
¿Cuál sería su destino si el Capitán General se inclinaba por una conquista
a sangre y fuego? No podría dejar de lado todos los principios inculcados
por su madre y el buen padre Domingo. Finalmente decidió encomendar
su alma al destino, nada podría resolver en aquel momento... Acurrucado
contra la escotilla se durmió mientras el suave cabeceo de la nave lo arrullaba.
La brisa marina humedeció sus cabellos. Un manto de estrellas de otro
hemisferio fue su abrigo, el olor de la madera húmeda su almohada, mar y
cielo su nueva morada.

ADELANTADO EN TIERRAS AJENAS

El 25 de Diciembre pasaron frente a un cabo que se encontraba a


treinta leguas de la bahía de Río de Janeiro, al cual Solís llamó Natividad.
A tres singladuras de allí avistaron un puerto natural, formado por la
desembocadura de un pequeño río al que bautizaron de los Santos
Inocentes, por ser el 28 de Diciembre. Prosiguieron con rumbo sur
sudoeste copiando la costa hasta que a las treinta y cinco leguas avistaron
otro cabo al que lo denominaron Cananea. A las veintisiete leguas
descubrieron la isla de la Plata, luego vino la bahía de los Perdidos, y de
ésta, costeando siempre, descubrieron una isla vasta y hermosa que
llamaron Santa Catalina. Doblaron luego el cabo de las Corrientes a
unas veinticinco leguas de Santa Catalina. Las corrientes eran, por cierto,
intensas. Empujaron las naves hacia el sur, aunque por fortuna era el
rumbo deseado. A cada paso fueron divisando accidentes geográficos,
sumados a los reconocidos en el viaje anterior, y esta vez con carácter
oficial, Solís los asentó formalmente para la cartografía del reino de
Castilla. Cada formación, cada demarcación, tenía como fin último poner
límites al poco favorable tratado de Tordesillas y, por supuesto, acotar el
ímpetu expansivo del Rey de Portugal. Nombrar un cabo, isla o aunque
sea un peñasco les confería la seguridad de estar asentando un dominio.

117
Posesión que opondrían ante cualquier reclamo del mundo “civilizado”
ya que los habitantes naturales del mundo “salvaje” no tendrían derecho
a reclamo por el simple hecho de no pertenecer al universo de los seres
humanos y estar ligados, más bien, al mundo animal. En definitiva,
estas costas deshabitadas del Sur no admitían siquiera el rótulo de
conquista de una civilización contra otra. Era, en todo caso, un
descubrimiento, y por lo tanto una simple toma de posesión del
Adelantado, único propietario con derechos, por mandato del Rey y de
Dios.
Poco después doblaron el cabo de Santa María2, dando vista a una
isla plagada de extraños animales marinos. Se acercaron todo cuanto
pudieron sin arriesgar encallar contra las tan traicioneras rocas que
abundaban en aquellos mares. Los singulares animales de aspecto feroz,
habitaban en comunidad formando una colonia cuyo hedor era tan
penetrante que a media legua de distancia el aire se tornaba irrespirable.
Nadaban con destreza aunque en tierra se desplazaban con dificultad
por carecer de patas; su aspecto se asemejaba al de una vaca sin orejas, y
la piel marrón pardusca, estaba formada por un pelo corto que se erizaba
en la cabeza. Los más grandes probablemente pesaban más de mil kilos,
y a medida que la flota se acercaba producían un bramido tan estruendoso,
que si no fuera por la torpeza serían animales de temer tanto en tierra
como en el mar. Sin embargo, eran tan amigables e inocentes como los
salvajes de la tierra del Brasil. Sin duda los animales no estaban acos-
tumbrados a ver seres humanos, porque tanto aves como lobos marinos
–así decidieron llamarlos– se acercaban con total desparpajo, siendo muy
fácil cazarlos.
Toda la tripulación se encontraba en una banda observando como
una familia con su cría nadaba acompañando la nave. Estos pintorescos
animalitos hacían todo tipo de piruetas, incluso movían sus aletas simu-
lando un saludo. Decidieron darle caza al más pequeño, ya que al padre
y a la madre, sería imposible subirlos a bordo. Cuando el más pequeño se
acercó lo suficiente, un certero lanzazo se incrustó en su cabeza. La sangre
comenzó a fluir a borbotones, tiñendo el mar de rojo cruórico.
Inmediatamente el pequeño comenzó a dar saltos espasmódicos mientras
2
Punta del Este, República Oriental del Uruguay.

118
intentaba zafar de la lanza, la cual estaba fuertemente atada a un cordel.
Los padres se alejaron profiriendo bramidos tenebrosos. Finalmente, lo
subieron con un bichero, y lo terminaron de matar a mazazos. Luego de
desollarlo lo guisaron, pero su carne resultó ser incomible debido a que
era muy grasosa.
–La próxima vez, lo utilizaremos para hacer sebo, ya que estos lobos
de mar son incomibles –dijo el despensero García, con cierta desilusión.
–No te quejes. En estas costas hay que probar de todo. Nunca
sabremos cuando va escasear la comida y tendremos que echar mano a lo
que la naturaleza nos brinde –le contestó el alférez Melchor Ramírez.
–Menos diálogo y apréstense para desembarcar. El Capitán dio la
orden para que todos se pongan los coseletes y sus cascos, quiere darle al
desembarco la solemnidad que estas tierras merecen –los interrumpió el
contramaestre.
Cuando todo el mundo estuvo listo, echaron al agua los bateles, en
uno se embarcó Solís junto a Marquina, Alarcón, y fray Domingo;
Francisco de Torres hizo lo propio con el maestre Diego García y demás
oficiales, Juan de Lisboa le siguió con la tripulación de la tercer carabela,
mientras que el despensero Martín García se quedó a bordo porque se
encontraba indispuesto, presumiblemente por una indigestión producto
de la carne de lobo marino, o tal vez por beber del agua almacenada. En
las naos montaban guardia los hombres imprescindibles para la seguridad,
y en la Portuguesa los encargados de las dos lombardas. De los que bajaban
a tierra, amén de las armas habituales, llevaban hachas de abordaje, picos,
azadones, y uno de ellos una gran cruz hecha de madera.
Apenas las proas tocaron la arena de la orilla, saltaron a tierra
formándose alrededor del Capitán. El alférez Melchor Ramírez se puso a
la cabeza de la gente de desembarco, que era casi la totalidad de la
tripulación. La marinería daba el frente al mar, la oficialidad a la tierra.
Todos guardaron un religioso silencio cuando Juan Díaz de Solís desenvainó
la espada y cortó la rama de un árbol. Dio una breve orden, repetida por el
alférez, y los que tenían hachas de abordaje secundaron al capitán en la
acción cortando las ramas de los arbustos que tenían alrededor. Cavaron
una zanja e improvisaron una muralla. Cavaron dos hoyos donde plantaron
el árbol de la horca y el de la cruz.

119
–Es hora de la bendición, padre –dijo Solís con un ademán rebuscado.
Sonaron las trompetas, tronaron las lombardas, puso Juan Díaz de
Solís la rodilla en la tierra, lo imitaron los demás y el dominico, ayudado
por dos marineros, plantó la cruz en el segundo hoyo, bendiciendo la
nueva tierra mientras los conquistadores humillaban la cabeza ante el
símbolo cristiano.
–¡In nomine Patris, et Filii et Spiritus Sanctus!
–¡Amén! –contestó el resto en una sola voz, sonando más a un grito
de guerra que de paz.
Solís se levantó con el estandarte de Castilla en una mano, y
blandiendo con la otra la espada, exclamó al cielo:
–¡Esta tierra por el Rey de España!
Una aclamación vibró en los aires y se irradió en la inmensa soledad.
Mientras estos acontecimientos ocurrían, Francisco, sin darse cuenta,
se separó del grupo. Escudriñando el nuevo territorio caminaba golpeando
con una rama los pajonales. Se adentró más de la cuenta, primero se alejo
de la playa escalando un montículo de piedras, luego cruzó a través de una
pradera plagada de arbustos hasta llegar a una punta de rocas que se alzaba
en medio del campo, desde allí pudo divisar lo que para el joven navegante
eran dos mares. Por el levante un mar azul que rompía con furia contra las
playas desiertas, por el poniente un mar manso y plateado que lamía las
costas casi acariciándolas. Al frente podía divisar la isla de los lobos y algo
más hacia el oeste una pequeña isla con abundante arboleda. Del otro lado
de la bahía donde habían fondeado, se veía claramente otro promontorio
de rocas y árboles. Si comparaba este territorio con el del Brasil, sin duda
su vegetación era escasa, aunque igualmente bello ya que sus lomas se
mezclaban con largas extensiones de llanura donde la vista se perdía en el
horizonte tierra adentro. Pensó que dichas extensiones no podían ser las de
una isla, ni siquiera las de una isla vasta. A sus ojos, esto era más bien un
continente, un inmenso continente que ni Colón ni Vespucio ni ningún
navegante lograba desentrañar. Fue en aquel preciso momento, por primera
vez en toda la travesía, que se sintió como un verdadero aventurero, como
un hombre solo en el nuevo continente, como Marco Polo, el del Libro
de las Maravillas que tantas veces su madre le leyó en los atardeceres de
Palos de la Frontera.

120
Escuchó durante un breve lapso el silencio, interrumpido cada tanto
por el graznido de aves marinas que revoloteaban en la costa. Observó
detenidamente como el sol se ponía tras la línea del mar en un ocaso de
mil colores, plateados, rojizos, azulinos... En aquel instante se percató,
luego de varios días de navegar bordeando la costa y ver como el sol se
ponía por tierra mientras amanecía por el mar, que aquella era la primera
vez que veía mar hacia el poniente. Sin ser un erudito, se dio cuenta que
estaba mirando “el paso”. ¿Sería acaso, el paso hacia el mar de Balboa? ¿El
mar recientemente descubierto que lleva a las Molucas navegando de
Este a Oeste? ¿Sería este el paso donde su padre naufragó? Su alma se
exaltó cuando llegó a la conclusión de que estaba en las tierras a las que
tantas veces había soñado arribar.
Miró nuevamente hacia la playa y observó como el grupo de españoles
oficiaba la ceremonia de descubrimiento con gestos casi teatrales. Se
preguntó, si estos hombres eran conscientes donde se hallaban o si
simplemente estaban ensimismados con quienes eran y a quienes
representaban. Sin duda no habían logrado abandonar su terruño,
pretendiendo sembrar un apéndice de su España natal en tierras ajenas.
En todo caso su objetivo era extraer todo el jugo que se les brindara y, así,
volver para ser reconocidos como señores. Para Francisco la situación era
distinta: ni riqueza ni nombre necesitaba, nunca los había tenido y sin
duda no los añoraba. Para él, comprender, entender, aprehender, eran
riquezas inigualables. Y si estaba en el Nuevo Continente, libre como se
sentía, sin temores, finalmente rico; ¿para qué querría volver al Viejo?
La puesta del sol lo invitó a retornar a la playa. No se animaría a
informarle al Capitán de su descubrimiento del “paso” por si hacía el
ridículo. Se lo comunicaría a Rodrigo Rodríguez y en caso de error sólo
soportaría una chanza. Mientras se dirigía cuesta abajo, saltando y
esquivando matorrales, creyó ver indios escabulléndose agazapados entre
los arbustos. Comenzó a correr con más intensidad, ya con algo de pavura.
Algo se interpuso en su camino y al chocarlo se cayó estrepitosamente
sobre la hierba. Al levantar la vista, parado a sus pies, se hallaba un nativo
mirándolo fijamente a los ojos. Sostenía en una mano una larga lanza y en la
otra un arma formada por unas tiras de cuero con bolas en los extremos. Su
cabello, largo y desaliñado, era de color negro azabache. Su aspecto no era en

121
absoluto amigable como el de los naturales del Brasil. Tapaba su cuerpo
cobrizo con un cuero, manteniendo el pelaje hacia adentro. El nativo
corpulento, lo observó durante un breve instante con sus ojos pardos y
finalmente se retiró sin emitir sonido, como quien abandona una presa por
carecer de valor o por ser extremadamente joven. Francisco se incorporó
temblando y corrió desesperadamente hacia el campamento.
–¿Quién va? –dijo Rodríguez, riéndose del grumete que había llegado
empapado de sudor–. ¿Acaso has visto un fantasma en la pradera? –pre-
guntó con sorna.
–¡No los han visto! ¡Los matorrales están plagados de indios! –contestó
sobresaltado.
–No los hemos visto, pero nos percatamos de su presencia por el
humo de las fogatas. Mejor no te alejes demasiado. Hoy pernoctaremos
en las naves por seguridad y mañana saldremos a darles caza si es necesario.
No tienes nada que temer, si esos salvajes se ponen desatinados los
aplastaremos con unos cuantos bombazos de las lombardas –dijo
omnipotente Rodrigo.
Esa noche durmieron en las naves redoblando el número de
centinelas. Si bien Solís no desconfiaba de los salvajes, no tenía la más
leve intención de darles la espalda. Sabía, por su viaje anterior por estas
costas, que eran extremadamente crédulos e inofensivos. Asimismo, eran
fáciles de doblegar cambiándoles algunas baratijas por alimentos. No
obstante, durmiendo a bordo se garantizaba evitar deserciones de sus
hombres o intercambios expresamente prohibidos en las capitulaciones.
No tenía ningún deseo que una imprudencia, tan común en los marinos,
le arruinase los derechos que el Rey le había otorgado como Adelantado,
y tan trabajosamente se había ganado. Mucho menos, por unos pastizales
en el confín de la tierra, carentes de valor pecuniario. Su objetivo estaba
más allá, incluso quebrando las órdenes emanadas de don Fernando. Sin
embargo, ¿qué podría reprocharle el soberano si volvía victorioso habiendo
circunnavegado la tierra y ensanchado los territorios de la Corona?
Insomne, Francisco le preguntó a Rodrigo en la noche estrellada: –¿Has
notado que el sol se pone en el mar?
–¿Y con eso qué? –contestó desinteresado y algo somnoliento el escudero
de Solís.

122
–¿Y qué aquella punta divide dos mares, uno manso y otro bravo? –agregó
el grumete.
–Mmmsé ¿Dos mares? Es posible...
–¡Dos mares! ¡Uno mira al Este y otro al Oeste! En mi humilde
opinión estamos fondeados en la desembocadura del “paso” al mar de
Balboa.
–¡Con cuidado rapaz! Usted no está calificado para opinar sobre pasos
y mares no descubiertos aún. Y por otro lado, ¿qué sabes de mares y
pasos, de dónde has sacado información tan secreta?
–Tan secreta no ha de ser, si mi madre me lo ha contado no hace
mucho.
–No sé quién es tú madre, pero debería saber que hablar de pasos y
mares no son cosas de mujeres. En todo caso de navegantes, y en el caso
del “paso”, pertenece sólo a aquellos hombres bien informados.
–¡Entonces, mi madre sería una mujer bien informada! –le contestó
ofendido.
–Las mujeres no pueden ni deben estar bien informadas, ni siquiera
informadas –dijo Rodrigo severo.
–Entonces lo habré escuchado por ahí, en alguna posada de Moguer...
–agregó, sin el menor deseo de entablar una discusión sobre el cono-
cimiento femenino.
–Seguramente lo habrás escuchado del bocón de Diego García, el de
Moguer. Siempre se anda jactando de lo que sabe.
–Es probable...
–Ya que tanto sabes, te contaré un secreto que debes proteger, incluso
con tu vida. Hace ya unos años, estuvimos con el Capitán por estas tierras.
Fue un viaje tan secreto, que ni los de la Casa se enteraron, quedó reservado
sólo para los oídos del Rey... Esa punta, en la que has estado observando
el horizonte, como bien lo has notado, divide dos aguas, pero no dos
mares. Aquella punta –con el índice señaló las rocas donde había estado
parado Francisco–, es la “Punta Este” de un ancho río, el más ancho que
tus ojos jamás hayan visto. Nosotros también caímos en el error de creer
haber hallado “el paso” la primera vez. Empero a los pocos días de navegar
con rumbo Noroeste, el agua se fue tornando marrón, y de salada pasó a ser
dulce, lo que nos indicó que no era posible cruzar al mar de Vasco Nuñez de

123
Balboa. Al poco tiempo de navegarlo, regresamos a España; porque en estas
costas se desatan temporales del Sudoeste, y si tomas mal puerto, abates
contra las rocas y destrozas la nave en un abrir y cerrar de ojos. ¡Ay de nosotros
si vemos venir una nube con forma de rollo! ¡Mas vale estar precavido y salir
derrotado al mar!
–Si este no es «el paso», ¿para qué hemos vuelto? –observó Francisco.
–Para tomar posesión de estas tierras. Este viaje es oficial, por lo
tanto el rey don Fernando quiere asentar el dominio sobre ellas antes
que se las arrebate don Manuel. De todos modos, los planes del Capitán
son otros. ¡Y he aquí el secreto! Sin autorización alguna, luego de recorrer
las costas australes, navegaremos al sur, donde el Piloto Mayor cree que
en realidad se encuentra “el paso”.
–Y de los indios, ¿qué hay de los indios? –preguntó el grumete
preocupado.
–De los salvajes no hay nada que temer, niño. Son frágiles e ino-
fensivos. En el anterior viaje, cazamos un puñado para llevarlos como
esclavos, pero no aguantaron ni la travesía ni el encierro. Estas bestias no
son de corral, a los pocos días de tenerlos engrillados se pusieron escuálidos
y luego de gemir día y noche, murieron.
–Pero no temen alguna venganza.
–¿Venganza? Ja, ja, ja... No, hijo; la venganza es cosa de hombres
con alma. Estas son simples bestias, no tienen ni padre ni madre, sólo
cazan para comer y viven sin dios alguno.
–Pero el padre Domingo dijo...
–El padre sabe cosas de Dios, pero nada de salvajes –lo interrumpió
Rodrigo –. Bueno, basta de diálogo y vete a dormir, mañana nos espera
un día duro. Yo iré a ver como está el otro García, su indigestión me
tiene preocupado. Tenemos que hacernos de vituallas para el resto del
viaje y no es cuestión de quedarnos sin despensero justo ahora.
A la madrugada se aprestaron a levar anclas. Antes de partir, Solís
dibujó prolijamente las costas de aquellos parajes en la carta, asentando el
nombre del puerto natural donde se hallaban como Nuestra Señora de la
Candelaria. Bordeando la costa fueron divisando ensenadas contenidas
siempre entre restingas de piedras y montes. Sus playas se veían desiertas,
aunque de tanto en tanto grupos de mujeres les hacían señas amigables,

124
invitándolos al desembarco. El Piloto Mayor prefirió esperar para hacer
contacto con los naturales hasta hallar un puerto seguro ya que las bahías
se encontraban abiertas a los vientos. Al anochecer viraron un cabo
enmarcado por un monte y unas leguas más allá divisaron un río donde
decidieron tomar puerto. Luego de sondar la barra y esperar que la marea
los beneficiara, las naves remontaron una a una el pequeño río. Abrigados,
ahora sí, de las inclemencias del tiempo y del temperamental Mar Dulce,
fondearon.
Aprovechando lo fangoso de sus costas y el sube y baja de las mareas,
Solís dio la orden de varar las naves para carenarlas y calafatearlas. Los
hombres bajaron a tierra a cazar patos; en ese río eran tan abundantes
que decidieron llamarlo Río de los Patos. Estas aves eran tan mansas que
se dejaban cazar con las manos, entreteniendo a la tripulación, ya que
apostaban cuantos patos podía cazar cada uno. No paraban de reír
mientras se abalanzaban contra los inocentes patos desacostumbrados a
semejante caza. Estuvieron reparando las naves más de un mes, además
de juntar víveres. Salaron nuevamente las carnes frescas y los pescados,
porque toda la mojama y la cecina cargada en Sevilla se pudrió al poco
tiempo de arribar al puerto de la Candelaria. Presumiblemente, Martín
García se enfermó debido a esta causa. El pobre hombre, para esa altura, ya
no se podía levantar del camastro. Su semblante era cada vez más pálido. El
Capitán, preocupado, no deseaba perder al despensero en el comienzo de
la travesía. Él era plenamente consciente que tarde o temprano iban a
sufrir bajas, ya por los indios, ya por las enfermedades características de
alta mar. Sin duda, no todos regresarían a España; pero perder hombres en
estas costas del Sur era un precio que el Capitán no deseaba pagar.
Una vez reparadas las naves, decidieron reconocer la margen Este del
gran río marrón. La costa del poniente era imposible de divisar, y
probablemente se encontraba a varios días de navegación. Solís se inclinó
por embarcarse en la nave más pequeña con una tripulación reducida; como
conocedor de estas aguas, sabía lo traicioneros que podían ser los arenales y
piedras del fondo. Aunque el ancho era inigualable a otro río jamás conocido,
la profundidad era escasa, y si no se estaba lo suficientemente alerta, era posible
encallar. A bordo iban el Capitán General, su escudero Rodrigo Rodríguez
junto a su inseparable ayudante Francisco del Puerto, el factor don Francisco

125
Marquina, el contador don Pedro de Alarcón, y como piloto Rodrigo Alvarez,
más doce tripulantes. A último momento decidió embarcarse el padre Domingo
junto al despensero Martín García. El fraile no quería perderse la oportunidad
de tener contacto con los naturales pero, como a la vez oficiaba de médico de
la tripulación, prefirió no separarse del convaleciente despensero. En el Río de
los Patos se quedó el resto de la tripulación al mando de Francisco de Torres y
Diego García.
Navegaban a una legua de la costa, lo que les permitía recorrerla a
resguardo de cualquier ataque de los nativos. Asimismo, a esta distancia,
la profundidad les permitía maniobrar con comodidad. Si bien el Capitán
no esperaba ninguna hostilidad, no deseaba estar al alcance de las flechas.
Hasta el momento no habían logrado ningún contacto cierto, y los
naturales les eran esquivos, por lo que era bueno ser precavido.
A las pocas horas de zarpar, el despensero empeoró. La fiebre aumentó
considerablemente, llevándolo casi al delirio. El buen fraile no se separaba
de su lado, pero nada podía hacer más que rezar. La medicina del Viejo
Mundo era sumamente precaria, y más, en manos del dominico. Intentó
con pócimas de vino caliente y aceite, pero sólo le produjeron vómitos
con la consiguiente deshidratación. Las calenturas no lo abandonaban,
haciendo el final inminente. El padre llamó al Capitán y le dijo: –De un
momento a otro perderemos al bueno de García.
–Es una lástima. ¡Con lo que necesito a cada hombre! Manténgame
informado. No bien suceda lo peor le daremos cristiana sepultura.
–¿Lo arrojaremos al agua, como a un marino?
–No. Deseo enterrarlo como buen cristiano en el primer lugar que
desembarquemos. No estamos en el mar y la costa está cerca.
–Por cierto, ¿cómo llamaremos este mar dulce? Los hombres ya lo
han bautizado como Mar Dulce de Solís.
–Aunque el nombre me honra, he pensado en llamarle Río de Santa
María, en honor de Nuestra Señora, que tan visiblemente nos ha protegido
apartándonos hasta aquí de peligros y dificultades.
–El viaje ha sido milagroso, y aplaudo tan sabia elección –dijo el
fraile.
–Como Usted sabe, por su dulzura y lo marrón de sus aguas es un río,
aunque por sus dimensiones no lo parezca –le contestó Solís.

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–¿Y a dónde nos lleva el ancho río?
–Muy a mi pesar, tierra adentro, como todo río. Ya quisiera estar en
aguas saladas para encontrar el Mar de Balboa.
–¿Acaso el Capitán tiene en mente llegar algún lado que yo deba
saber? –preguntó el fraile, intentando adivinar lo que el Capitán tramaba.
–No puedo dejar de pensar en llegar a las tierras de las especias por el
poniente. ¡Gran golpe le daríamos al rey don Manuel y una alegría
inmensa a don Fernando!
–Sin duda, pero no olvides nuestra obligación como cristianos.
Hemos venido a conquistar corazones; y por lo que yo sé, estas tierras
vastas están rebosantes de gentiles a quienes debemos guiar hacia nuestro
rebaño.
–No me olvido, padre, no me olvido. Pero nada mal le vendría a la
Fe y a nuestra Sagrada Iglesia, si podemos acercar la piedad al oro.
–Lamentablemente, hijo mío, la piedad nunca se junta con el oro,
aunque el Rey sea devoto de ambas...
Los dos hombres se separaron. Solís se fue hacia babor a observar
como el sol se ponía en un horizonte navegable; y así poder soñar que el
río era un mar, para seguir al astro incandescente, singladura tras
singladura, hasta toparse con las Molucas. El fraile se fue a estribor, e
imaginó ver en aquella llanura franca un pueblo tras otro, aclamando la
llegada de la Cruz.
Al anochecer, divisaron una punta a la cual llamaron Santa Bárbara,
enfrentada a esta se veían claramente dos islotes. El Capitán decidió dejarlos
por estribor para evitar golpear contra alguna roca sumergida, y a cierta
distancia fondearon. No fue mucho después de terminar de recoger las
velas, cuando un marinero se acercó al fraile para avisarle que Martín García
estaba en las últimas y clamaba confesión. Corrió el fraile hacia donde se
hallaba el enfermo, confirmando que efectivamente agonizaba. No se apartó
de él hasta darle la extremaunción. Divagando en el delirio el despensero
rindió el último suspiro.
Luego de rezar largas oraciones por el descanso del alma del difunto,
salió a respirar aire fresco en la cubierta. En la noche diáfana, iluminada
por una luna rotunda, se encontraba el Capitán platicando con Marquina
y Alarcón. Intentaba convencerlos de las importantes riquezas que

127
hallarían en estas tierras, sabiendo en su interior que ello difícilmente
ocurriría...
–Como les he dicho, caballeros. Estas tierras nos proveerán las riquezas
que hemos venido a buscar –dijo Solís, desnudando con una mueca una
mentira piadosa–. No pasará mucho tiempo, cuando nos encontremos
asentando el tercio para la Corona.
–Permítame disentir con usted –dijo Marquina–. Pero todavía no
comprendo el objeto de este viaje. Hemos cruzado los mares, reconocido
tierras, para llegar finalmente a un territorio extraño, el cual a mi gusto,
posee apenas unos pajonales y algunas bestias.
–No soy experto en estos temas –agregó el contador Alarcón–. Pero a
las pruebas me remito. Los indios del Brasil se encontraban desnudos como
el Creador los trajo al mundo, y exhibían escasamente algún adorno
pequeño de oro bajo. En estas costas, peor aún, los indios hurtan el cuerpo;
y los caseríos, si podemos llamar así esas tiendas de ramas y cuero, nos
indican el estado de pobreza en el que viven.
–Caballeros, deben ser pacientes. Ninguna riqueza se halla a la vista
del conquistador, pero la presiento en el aire...
–No dudo de su percepción –insistió Marquina–. Aún así, no
comprendo la carga, en Sevilla, de bastimentos para dos años de navegación
cuando tardamos sólo treinta días en cruzar el Océano.
Solís, intuyendo que estaban a punto de descubrir el verdadero objetivo
que tenía en mente, les dijo: –En los bastimentos, más vale ser precavido,
un navegante nunca sabe a donde va a llegar, ni cuando. Y como explorador
y Adelantado, es mi deber supremo anexar todos los territorios posibles a
la Corona. No siendo, los ya descubiertos, suficientemente ricos; es mi
obligación seguir navegando hasta hallar tierras de provecho para su
Majestad.
El factor y el contador se miraron. No se quedaron conformes con la
respuesta. Como hombres de escritorio, no veían con satisfacción seguir
navegando sin rumbo hasta encontrar oro. No les satisfacía en absoluto un
cambio de programa, pretendían cumplir lo expresamente establecido en
las capitulaciones y volver lo antes posible a España.
En ese momento se agregó al grupo el fraile. Acercándose a Solís le
susurró al oído:

128
–El desventurado ha muerto como un justo –aludiendo a Martín
García–, me parece que irá derecho al cielo.
–Era leal vasallo y servidor de Su Alteza –murmuró Solís–. Y, para
honrar su memoria, en la primera tierra que toquemos ha de dársele cristiana
sepultura, y esa tierra llevará de hoy en más su nombre...
Luego de pasar una noche serena y apacible en medio del río, pusieron
proa río arriba. Sin alejarse demasiado de la costa del levante, fueron
acometiendo contra la intensa corriente en bajante. A medida que avanzaban
en lenta marcha, desde la orilla, los saludaban amigablemente los nativos.
Menos esquivos, los invitaban con señas a desembarcar e intercambiar objetos.
Poco a poco, sobre todo mujeres y niños, les dejaban cestas con víveres en la
playa para que los navegantes las recogiesen a su paso.
El Capitán prefirió aguardar para tomar contacto con los naturales.
Tenía como primer objetivo sepultar a García y oficiar el responso lejos
de la mirada indiscreta de los indios. Sabía lo molestos que podían ser,
no respetando la solemnidad que las ceremonias cristianas requerían. Al
poco tiempo de avanzar, divisaron tierra, no ya en la margen Este, sino
también en el Noroeste; indicando, a las claras, que el ancho río marrón
se iba estrangulando cual embudo. Por proa y a babor, divisaron
claramente un gran islote, el cual se hallaba a una distancia segura de la
costa de levante y separado lo suficiente de la costa Noroeste. Parecía
estar deshabitado, y ofrecía una playa lo suficientemente amplia para
desembarcar cómodamente al finado.
Luego de la conmovedora ceremonia, con lágrimas en los ojos de
hombres rudos, abandonaron la isla, llamándola Isla Martín García.
El padre Domingo insistió con su principal objetivo: –Ha llegado el
momento de relacionarnos con los naturales.
–Todo a su debido tiempo. Lo que sobra es tiempo. Primero
debemos encontrar una costa segura donde podamos desembarcar; y una
vez que hayamos realizado el reconocimiento de rigor, podrá dar sus
bendiciones –contestó Solís.
–No es necesario ser tan cauteloso. Estos indios no son para desconfiar,
hace horas que nos saludan amigablemente.
–La precaución no está de más, y como ya le he dicho en Brasil, no
hay apuro para ser mártir.

129
Tal como lo había predicho el Capitán, esperaron encontrar una playa
segura. Un poco más al Norte el río se ceñía, ahora se podían ver las dos
márgenes, aunque sus dimensiones continuaban siendo enormes
comparadas con los ríos de España. Fondearon en el centro del cauce.
No bien el ancla se clavó en el fondo, el cabo se tensó. En un abrir y
cerrar de ojos, la carabela giró sobre si misma forzando la proa a apuntar
hacia el Norte. Supusieron que el fondeo se arrancaría de un momento a
otro debido a la intensidad de la corriente.
–Jamás he visto corriente semejante –dijo el piloto Rodrigo Alvarez–,
espero que el fondeo aguante, no me gustaría verme forzado a maniobrar
con tan pocos hombres a bordo y esas indias mirándome desde la playa.
–¿Tiene miedo al ridículo? –preguntó sonriendo Solís.
–No al ridículo, a la varadura contra la playa.
–No se alarme, por lo que he visto el fondo es fangoso y nada malo
puede pasarle si se vara –agregó el Capitán.
–Tampoco eso me alarma. Me tiene inquieto encallar y quedarme
sin maniobra. Si las indias se ponen temperamentales, no podremos
escabullirnos.
–¿Qué le pasa Alvarez, el viaje lo ha ablandado? ¿Desde cuándo le
tiene miedo a un puñado de indias? –preguntó Solís socarronamente.
–No se apure Capitán, que indias veo muchas, pero ningún indio.
No vaya a ser que sea una trampa.
–Esta gente no tiene cerebro para trampas... –dijo por última vez
Solís mientras abordaba el batel, donde ya lo esperaban Marquina,
Alarcón, Francisco del Puerto, y cuatro remeros.
Mientras remaban, el bote derivaba a gran velocidad río abajo.
Francisco iba sonriente parado en la proa sosteniéndose de un cordel,
observando como las mujeres proferían gritos de algarabía desde la costa
y corrían por la playa acompañando la deriva. Las olas le empapaban el
rostro en cada empujón que los remeros daban al forzar al bote a
remontarlas una y otra vez. De tanto en tanto saltaban peces dorados
acompañando la fiesta del desembarco. El cielo celeste y el sol brillante sin
la más pequeña nube en el horizonte daban el marco ideal a tal
acontecimiento epopéyico. Francisco pensó en la bonanza sin igual del
clima de estas tierras. Día tras día había pasado sin ver una sola nube, y la

130
temperatura, aunque algo elevada, no era en lo más mínimo sofocante,
como en las ardientes tierras del Brasil.
No bien el bote embicó la playa, los hombres saltaron sin ponerse a
resguardo, mezclándose rápidamente con el grupo de mujeres. Solís, algo
más retrasado, le pidió a Francisco que se quedase cuidando el batel.
Desde allí el grumete presenció como una india tomaba al Capitán de la
mano, llevándolo hacia el grupo compacto de indias y españoles. Solís
giró su cabeza y mirando a Francisco le hizo un gesto sonriente indicándole
el desenfado de la nativa. El grumete se volvió hacia la nave y saludó a los
que estaban a bordo para señalarles que todo estaba bien. En tan sólo
unos segundos, los gritos de algarabía se convirtieron en bramidos de
guerra. Cuando Francisco volvió a mirar hacia la playa, decenas de indios
habían salido de vaya a saber dónde, atacando furibundamente a los
azorados españoles. El Capitán no tuvo tiempo de desenvainar su espada,
el resto estaba desarmado. Lanzazo tras lanzazo, fueron matando uno a
uno a los desorientados hombres. El pobre de Marquina intentó correr
hacia el bote cuando una lanza le perforó la espalda y atravesó el pecho.
Francisco atinó a asirse de un remo y cual caballero de cruzada arremetió
contra la multitud. Al mismo tiempo, desde la nave los hombres abrieron
fuego, intentando con los disparos dispersar a los indios. Exhausto por la
carrera cayó de rodillas frente a los cuerpos destrozados de sus amigos.
Repentinamente, un fuerte golpe en la cabeza le hizo perder el
conocimiento. Desde la nave vieron como desnudaban los cadáveres y
mientras unas mujeres saqueaban la ropa de los conquistadores, otras
arrastraban los cuerpos exánimes hacia la espesura del bosque. Minutos
más tarde el silencio sepulcral inundaba la playa de arenas blancas teñidas
por la sangre de un combate desigual.

131
132
TERCERA PARTE

CHARRÚAS
I

Un conjunto de mujeres furiosas lo arrastraron insultándolo en un


idioma indescifrable. Amarrado con una soga al cuello, marchaba por un
estrecho sendero tropezándose con cuanto cardo y rama se hallaba en su
camino. Los niños, riéndose, corrían junto a él arrojándole piedras y
pequeñas flechas sin punta. Unos pasos más adelante cargaban los cuerpos
desnudos y sin vida del Capitán y sus compañeros. Una segunda fila de
indios con rostros severos los escoltaban en silencio. Luego de caminar
aturdido y casi ahogado por el cordel, llegaron a un poblado formado
por chozas mal armadas de ramas y paja. Las viviendas informes rodeaban
una pequeña plaza de tierra apisonada previamente desbastada. El
conjunto no poseía ni murallas ni cerco defensivo. Sin duda, sus habitantes
no eran muy pacíficos. Daba el aspecto, más bien macabro, de una aldea
sin enemigos capaces de acercarse al perímetro de una tribu feroz.
Francisco, asustado y atormentado por el cansancio, esperaba de un
momento a otro el desembarco de sus compañeros acudiendo al rescate.
Conocía el orgullo español, no iban a tolerar la muerte del Capitán sin
vengar tamaña insolencia.
Parado en el centro, temblando de terror, fue rodeado por el grupo
de salvajes. Todos gritaban y lo miraban haciendo gestos amenazantes.
Súbitamente callaron, el silencio lo aterrorizó aun más que el alboroto.
Entre la multitud surgió el cacique, quien mirándolo fijamente a los ojos
le dijo:
–¡Comeremos la carne de tus amigos!
Sin comprender una sola palabra, Francisco lo observaba mientras
rezaba en silencio.
–Comeremos la carne de tus amigos y con ella su espíritu; siendo de este
modo y no de otro, nuestro servidor –insistió el cacique.

133
El grumete, temblando, alcanzó a susurrar: –No comprendo su lengua.
El cacique, irritado, alzó la voz y agregó: –¡Nuestros hijos beberán la
sangre de tus amigos! Convirtiéndose de ese modo y no de otro, en guerreros
más valientes y ya no temerán a ningún enemigo.
Francisco, decidido a entablar conversación, pretendiendo así ganarse
la amistad del cacique y salvar su vida, o al menos ganar tiempo mientras
venía el resto de la tripulación al rescate, le dijo: –Soy un joven grumete,
sin rango ni jerarquía. He venido a su tierra en busca de un mundo
nuevo. No deseo alterar la armonía de sus hogares, les ruego me liberen...
Interrumpiéndolo, el cacique enfurecido gritó: –¡Repite: Ayu iché-be
ené remiúrama! (Yo, vuestra comida, he llegado.)
El grumete se mantuvo en silencio.
–¡Ayu iché-bé ené remiúrama! –reiteró el cacique.
Francisco no se atrevió a abrir la boca por temor a enfurecerlo aún más.
–¡Ayu iché-bé ené remiúrama! –gritó el indio mientras golpeaba con
la palma de la mano el pecho del joven cautivo.
Comprendiendo el deseo del cacique, Francisco balbuceó: –Ayu...
ené... remiura...
Al escuchar las palabras, el resto de la tribu excitada, contestó: –¡Nos
vengaremos por haberse llevado a nuestros parientes!
Todos comenzaron a danzar y cantar alrededor del desconcertado
grumete. Las mujeres eran las más exaltadas; de tanto en tanto, se le
acercaban y lo abofeteaban. La ceremonia siguió durante un largo
rato; mujeres, niños, y hombres danzaban golpeando con sus pies la
tierra levantando una densa polvareda. Poco podía ver en la enrarecida
atmósfera. Al respirar el aire espeso se le secaba la garganta acen-
tuándole la asfixia. Finalmente lo arrojaron en una pequeña jaula sin
techo.
Cuando todo volvió a la calma, supuso que lo peor ya había pasado.
Fuertes ataduras le sostenían sus pies y manos lacerándole muñecas y
tobillos; pequeños hilos de sangre corrían por sus piernas rasgadas por
cardos y espigas; sus pies, descalzos y lastimados, le impedían pararse y
huir. Enormes moscas negras hurgaban sus heridas; sin siquiera poder
espantarlas o rascarse, lo picaban haciendo más penoso el cautiverio. Tenía
ganas de llorar, pero no lloró. Aunque muchos no lo sabían, él ya era un

134
hombre y, como tal, podía soportar el sufrimiento ¿Acaso Marco Polo no
lo había soportado, o el Almirante Colón, o Vespucio?
Se preguntó una y otra vez cuanto tardarían en venir a rescatarlo
¿Habrían decidido volver al río de Los Patos? ¿Tendrían pensado realizar
un ataque con toda la flota? ¿Volverían a salvarlo o lo abandonarían a su
suerte? ¿Sabrían que estaba vivo? De todos modos volverían, se dijo a sí
mismo. No podrían dejar sin vengar la muerte del Capitán. Confiando
que nada malo sucedería, más relajado, apoyó la mejilla en la tierra seca
y se dispuso a observar. Una pequeña hendidura en la tapia de cañas
apretadas le permitió curiosear los acontecimientos en la aldea.
Un hombre desnudo y tambaleante apareció repentinamente
caminando entre los indios ¡Era Alarcón! El grumete tuvo el impulso de
gritarle, pero prefirió callar. Creyó que de este modo no despertaría la ira
de los nativos; la mayoría se encontraba realizando distintas tareas, e
ignoraban al hombre que caminaba por la plaza como un fantasma. El
pobre Alarcón estaba mal herido, suplicaba clemencia, sus ojos buscaban
la atención de alguien, sus manos vacilantes imploraban por ayuda. Dos
mujeres advirtieron la presencia del extraño y, dejando a un lado sus
labores, se levantaron para amarrarlo. Con fuerza sujetaron sus muñecas,
extendiendo sus brazos a cada lado. Parado como Cristo a punto de ser
crucificado, se quedó lloriqueando ante la mirada indiferente del resto
de la tribu. El cacique, al ver a Alarcón firmemente amarrado y aún con
vida, se levantó de inmediato y tomando un bastón adornado con plumas
se dirigió hacia uno de los indios. Con cierta solemnidad, entregó el
bastón al guerrero. El joven guerrero se paró justo frente a Alarcón, quien
para esa altura ya se encontraba casi desvanecido. Las indias tensaron los
cordeles hasta casi arrancar los brazos del prisionero. El indio lo miró
con fiereza y dijo: ‘‘Soy yo quien va a matarte, porque los tuyos se llevaron a
mi familia para devorarlos’’. Alarcón, sin comprender una sola palabra,
volvió a clamar por clemencia sabiendo ya su destino. El indio, blandiendo
con destreza el garrote, dio un golpe seco sobre la cabeza del contador,
quién se desplomó cayendo de bruces en la tierra. Las mujeres, sin el
menor gesto de misericordia, tomaron el cadáver por los pies y lo
arrastraron hasta el conjunto de cuerpos arrumbados en un costado de la
pequeña plaza.

135
Francisco, mientras espiaba la acción, contuvo el grito de dolor y furia,
mordiendo la tierra. ¿A que clase de mundo había llegado? Este no era el
mundo justo anunciado por su madre. Los indios no eran las almas piadosas
descriptas por fray Domingo. Acababa de ver la ejecución de un hombre
indefenso e inocente. ¿Cómo podría ahora justificar la misericordia de los
gentiles? Nada deseaba más, en ese instante, que retornase el resto de la
flota y pasase por la espada a cada uno de los salvajes. La ira no alcanzó a
contener el terror. Los hechos subsiguientes serían los más funestos que la
comprensión pudiese explicar...
Las ancianas de la tribu tomaron los cadáveres y los frotaron con agua
hirviendo, escaldando la piel hasta despellejarla. Con piedras afiladas,
similares a un cuchillo, afeitaron prolijamente la barba, la cabellera y las
cejas de los marinos. Los cuerpos inertes quedaron tan blancos como el
de un cochinillo listo para ser asado. Con certero corte en el cuello vaciaron
la sangre en una gran tinaja. En un costado, el resto de las mujeres
preparaban el fuego reduciendo las llamas a brazas candentes.
Acomodaron sobre éstas unas parrillas confeccionadas con maderos
cruzados apoyados en cuatro patas. Los hombres parlamentaban mientras
tomaban, en ronda, una infusión de agua y hierba colocada en una
calabaza ahuecada. Chupaban la bebida por medio de una pequeña caña,
haciendo gestos de aprobación y ofreciéndola al que estaba a su lado. Las
ancianas, una vez terminado su trabajo, profirieron gemidos y llantos
fingidos sobre los muertos. Llanto fingido, porque estaba más ligado a
un ritual que a la tristeza que sentían por los difuntos. Del grupo de
hombres, se levantó uno, quien blandiendo una piedra muy afilada cortó
una a una las extremidades de los cuerpos; dos ayudantes apoyaron los
brazos y piernas de Solís, Alarcón, Marquina en la parrilla. El crepitar de
la carne asándose forzó a Francisco a revolcarse por no poder taparse los
oídos ante el sonido repugnante. El indio continuó cortando los cuerpos
dando órdenes y demostrando ser el dueño de las víctimas. Esta vez los
cortes fueron a la altura del espinazo, separando el costillar de las entrañas.
Las mujeres más jóvenes y con hijos pequeños tomaron las vísceras y las
asaron en una parrilla separada de la carne. Cuando todo estuvo listo,
invitaron a los pueblos vecinos a compartir el banquete. Comieron todo
con gran fruición; incluso los niños saborearon las entrañas y bebieron la

136
sangre. No hubo alardes ni grandes manifestaciones, simplemente se
alimentaron; tristes y taciturnos como eran, no se jactaron de la ceremonia,
degustaron la carne de sus enemigos sin alegría. Por venganza, por odio,
sin duda no por hambre, mas bien por poseer las virtudes del otro y
reafirmar las propias, para que el ejemplo de su ferocidad estableciera los
límites de sus fronteras difusas. Sólo al final el cacique se levantó y
dirigiéndose al indio encargado de trozar los cuerpos, le dijo:
–Tu mujer e hijo han sido vengados, ya ningún hombre blanco se atreverá
a pisar nuestras tierras y llevarse nuestra familia. Ahora eres un guerrero más
poderoso, y para que los espíritus de tus enemigos no te encuentren y quieran
hacerte mal, te daré un nuevo nombre.
El indio, severo, se permitió llorar de indignación, y para expresar
aún más su dolor, cercenó dos dedos de su mano derecha, uno por cada
miembro de su familia perdido. El cacique, en aquel momento de tan
hondo pesar, lo consoló diciendo:
–El joven prisionero te pertenece y podrás disponer de él hasta que
decidamos la hora de su muerte.
Al atardecer, todos los invitados se retiraron llevándose un trozo de
carne. Francisco, desde el cautiverio, sufrió el horror de toda la acción y
la humillación de su cuerpo incontinente que no pudo soportar retener
ningún fluido ante el espanto. Desanimado, a esa altura, supo que sus
compañeros no lo rescatarían. Vivió la traición con desazón, no porque
esperase que salven la vida de un huérfano sin nombre, sino porque no
podía soportar el abandono del cuerpo del Capitán sin siquiera darle
cristiana sepultura. ¿Cómo podría fray Domingo justificar tal acción?
¿Qué argumentos tendría Diego de Moguer, hombre supuestamente leal,
que le debía a Solís ser piloto de una expedición de tal envergadura?
¿Qué explicación daría al llegar a España Francisco de Torres, por haber
abandonado oficiales de la Corona a manos de un puñado de indios
inermes? Un simple bombazo de las lombardas y la aldea, toda, huiría
espantada. Unos disparos con los arcabuces y las chozas se desvanecerían
ante el paso de los hombres armados con coseletes y ballestas. ¿Para qué
embarcar tanto armamento y provisiones, si no fueron capaces de
utilizarlos contra nativos desnudos? Sabía que su destino estaba sellado,
ahora dependía de sí mismo; como toda la vida desde la muerte de su

137
madre, no podía confiar en nadie. El formar parte de una tripulación
había sido sólo un espejismo. Los hombres actuaron como siempre,
cuidando su propio pellejo. No viendo oro ni riquezas que recoger, se
marcharon.

II

Los Charrúas, los Yaros, los Bohanes, los Minuanes, y los Guenoas,
eran las cinco grandes tribus que conformaban la “Gran Nación Charrúa”,
ubicada en las tierras al oriente del Urugua’y3. Tierras en las cuales el
osado Solís desembarcó por segunda vez y con sólo nombrarlas las anexó
para la Corona de España. Tierras a las que en su primer expedición de
reconocimiento no dudó en arrebatarle sus hijos para llevarlos como
demostración de su hallazgo. Tierras donde infortunadamente Francisco
del Puerto dio con sus huesos en la búsqueda de un hogar y un reino sin
mal. Tierras en las que el Piloto Mayor y sus colaboradores pagaron con
sus vidas el atrevimiento de tomar lo que no les pertenecía. Tierras
habitadas por los Charrúas, hombres y mujeres orgullosos, a los cuales,
de aquí en más, ningún conquistador se atrevería a desafiar sin pagar un
alto costo.
Altos, de piel cobriza y nariz aguileña; los charrúas desconfiaban por
naturaleza de quienes no fueran parte de sus familias o ámbito conocido,
mucho más, de las blancas pieles visigodas. De hábitos nómades y
cazadores como eran, defendían hasta la muerte sus misérrimas
pertenencias, así como sus mujeres e hijos; por este motivo, cuidaban
con extremo celo las extensas praderas y montes, ambiente natural de su
sustento. Escasos de recursos, se veían obligados a emigrar según las
estaciones del año en busca de alimentos. Para facilitar su desplazamiento,
sus viviendas no eran otra cosa que un juego de esteras armadas sobre
postes. Fijaban unas estacas sobre el suelo, donde ataban las esteras hechas
de cierto género de paja larga; unas hacían las veces de paredes y otras de
techo. En verano, sin embargo, reducían la vivienda a una simple mampara
3
Río de caracoles.

138
para protegerse de los vientos. Cada toldo albergaba una familia y los
pequeños poblados no superaban las diez familias, las cuales conformaban
una tribu al mando de un cacique. Acostumbraban a vestirse con un
manto confeccionado con piel de pequeños mamíferos, cuyos cueros
sobaban con cenizas y grasas y luego pintaban con guardas y dibujos
geométricos. Los hombres usaban una pampanilla de cuero de ciervo o
tigre, en cambio las mujeres solían estar desnudas. Gustaban, así mismo,
de los tatuajes, los empleaban tanto en la cara como en el cuerpo, siempre
respondiendo a figuras y bordados. También disfrutaban de pintarse la
cara y el cuerpo con pinturas temporales que los beneficiaban para la
caza o les daba valor en la guerra. Además de collares de plumas y valvas
de moluscos, algunos utensilios simples, el arco, las flechas, la lanza, y las
boleadoras, no contaban con otras riquezas. No por escasas o insuficientes,
eran poco orgullosos de sus posesiones, más bien la carencia los convertía
en aguerridos defensores de lo suyo.

El estómago se quejó con un crujido, ya llevaba varias horas sin probar


bocado, la boca pastosa y seca le indicaba cuan necesitado estaba de un
sorbo de agua. Le dolían las coyunturas por dormir atado, aunque el
insomnio no era su mayor preocupación. Deseaba poder recuperar las
fuerzas para poder escapar, y así, evitar ser devorado por aquellas fieras
salvajes. El sol del amanecer secó rápidamente el rocío nocturno.
Inmediatamente después de cambiar su color rojizo pálido por amarillo
ígneo el calor fue sofocante. Poco a poco la tribu se fue despertando, uno
a uno se reunieron en torno de los restos de la fogata de la noche.
Platicaban amablemente mientras se pasaban una pequeña calabaza con
una infusión de hierba y agua. Francisco no comprendía como podían
verse tan pacíficos cuando el día anterior habían practicado el ritual de
canibalismo más salvaje que jamás hubiera imaginado...
Las mujeres cargaban sus hijos en una bolsa en la espalda, firmemente
sostenida por una lazo en la frente, los llevaban a la costa para asearlos.
Las ancianas recogían las calaveras del banquete y las limpiaban con
prolijidad asombrosa para utilizarlas como recipientes. A no ser por el
espectáculo macabro de los huesos, no se veía el más mínimo rastro del
horror. Una anciana se acercó mansamente a Francisco, y luego de desatarlo

139
lo invitó, con un ademán cordial, a beber algo de agua de una tinaja de
barro cocido. El grumete, atolondrado, bebió con desesperación vertiendo
gran parte del líquido sobre su cuerpo; ella sonrió amigablemente y se
retiró. El gesto no fue de compasión, mucho menos de perdón; más bien,
fue la expresión de alguien apiadándose de un animal al cual no deseaba
ver morir de sed.
Cuando el sol ardiente se hallaba en el cenit, un grupo de hombres
de las aldeas vecinas comenzaron a llegar munidos de arcos, flechas, lanzas
y boleadoras; el grupo se fue nutriendo hasta una cifra cercana a los cien.
Algunos habían traído consigo perros raquíticos, similares a los perros
cimarrones de los campos de Moguer. Se percibía cierta excitación en el
aire, como pocas veces, los hombres expresaban algarabía y hasta cierta
bulla. El más viejo, delgado y algo encorvado, quien daba la impresión
de ser un brujo muy respetado, saltaba y bailoteaba profiriendo un cántico
desafinado. Singularmente, no tenía el aspecto de formar parte de la
tribu, sin duda era un profeta de otras tierras. No vestía de igual modo,
era mucho más pequeño, tenía el cabello prolijamente cortado, y su
mirada era vivaz y jovial. Llevaba en su mano izquierda un sonajero hecho
con una calabaza rellena con semillas, que hacía vibrar con destreza al
ritmo de su canto. En la mano derecha sostenía un palo o bastón
emplumado con plumas de vivos colores. Francisco observó que aquellas
plumas eran las de las aves coloridas del Brasil, ya que las aves de esta
zona eran normalmente parduscas o en todo caso blancas. Su atuendo
no era de cuero sino, una camisa larga tejida y ricamente decorada. En la
frente lucía una vincha, de su cuello colgaban varios collares y,
extrañamente, el labio inferior estaba atravesado por un palillo. Luego
de saltar y canturriar en rededor de la figura de un animal dibujada en el
suelo, comenzó a pintar con rayas negras las mejillas de los hombres.
Una vez pintado, el indio encargado de matar a Alarcón tomó un laso y
lo pasó por el cuello de Francisco. El muchacho, aterrorizado, se negaba
a caminar; sin siquiera mirarlo el indio lo arrastró como a una bestia.
Caminaron todos juntos un largo trecho. Atravesaron montes,
vadearon arroyos, surcaron praderas, hasta llegar a un descampado de
hierbas secas. Un grupo de unos treinta hombres se apartó caminando
hacia la izquierda del campo; otro grupo hizo lo propio hacia la derecha;

140
el tercer conjunto avanzó en línea recta con gran sigilo; mientras tanto el
cuarto se quedó junto a los perros y Francisco. El grupo del centro se
detuvo cuando ya casi no se los podía ver desde la posición del grumete.
Allí comenzaron a construir una gran cerca de ramas y arbustos. Los dos
grupos laterales se separaron y comenzaron a prender fuego en las hierbas,
de tal manera que formaron dos líneas de fuego paralelas cerrando el
gran cuadrado que conformaban los cuatro grupos. Cuando las llamas y
el humo alcanzaron un tamaño importante, los hombres soltaron los
perros impulsándolos a correr hacia el centro del campo. El indio que
tenía cautivo a Francisco lo liberó, obligándolo a seguir la jauría. Francisco
corrió desesperadamente tras los perros mientras el humo y el fuego les
iba estrechando el camino. Cuando el calor y la sofocación lo dejó sin
aire intentó volver sobre sus pasos, pero los indios de la retaguardia lo
forzaron a desistir de la idea por medio de alaridos, pedradas y flechazos.
Sin más alternativa que correr hacia adelante, quedó cegado por el humo.
Se detuvo un instante a recuperar la respiración, pero cuando quiso
reiniciar la marcha, se percató que estaba rodeado por el fuego y ya no
sabía hacia donde dirigirse. De entre las hierbas salieron cientos de
pequeños roedores que corrían alocadamente intentando salvar sus vidas.
Sin pensarlo, el cautivo comenzó a seguirlos en busca de alguna
escapatoria. Luego de correr un largo rato a tontas y locas, al borde de
quemarse vivo, tropezó y se enredó con el cerco de ramas armado por los
indios. Cuando supuso que sucumbiría atrapado por las llamas, una mano
lo tomó del brazo y lo jaló hacia afuera. Unos segundos más tarde se
hallaba sentado, rodeado de indios. Tosiendo y escupiendo carbón de
sus pulmones, con la cara teñida de negro y los pelos chamuscados,
observó como los nativos de alrededor sonreían y lo señalaban mientras
acariciaban sus perros exhaustos, como si todo esto formase parte de una
broma de mal gusto. Al poco tiempo las llamas se apagaron y todo lo que
quedó fue un campo carbonizado. Algunos salvajes herían de muerte a
los animales atrapados en la cerca, otros recogían los cadáveres
chamuscados y los colocaban en una bolsa. Destazaron los animales
quemados y los repartieron entre los presentes, un par le arrojaron a los
perros y un pedazo incomible a Francisco. A esa altura, el joven aventurero
no estaba en condiciones de despreciar ningún alimento, aún se

141
encontraba con vida y, hambriento como estaba, necesitaba masticar,
aunque más no fuera un hueso quemado para no perder las fuerzas e intentar
fugarse. Al cabo de un rato todos se recostaron a dormir una reparadora
siesta; previamente el propietario de Francisco lo amarró cual mastín
cautivo a un árbol. Horas más tarde, venados y ñandúes, atraídos por las
cenizas y descubiertos por la falta de pastizales, vagaban por el campo
desmalezado. Los indios con sigilo se fueron levantando uno a uno mientras
se colocaban disfraces imitando a la presa pronta a ser capturada. Los
rodearon lentamente y a la voz de mando se abalanzaron a la carrera. Con
gran destreza arrojaron las boleadoras en las patas de las aves zancudas, los
que portaban arco y flecha tiraban flechazos certeros sobre los venados.
Los más jóvenes no acertaron en ningún caso, demostrando, al fin y al
cabo, que la caza formaba parte de un oficio y requería entrenamiento. Al
caer el sol, regresaron felices y contentos comentando los acontecimientos
del día. Previamente distribuyeron el alimento entre todos, llevándose las
porciones más grandes aquellos que acertaron con sus flechazos. En el
camino se detuvieron en un monte de árboles achaparrados a recoger el
cogollo de las flores. El brote del Syiñandy4 (fuente de sebo), formaba una
importante base de la dieta, la cual utilizaban para acompañar las carnes
rojas. Con las alforjas llenas de alimentos y frutos silvestres, llegaron a la
aldea donde fueron recibidos con gran algarabía. El día de caza había
concluido...

III

El cautiverio se prolongó más de lo deseado, si bien continuaba con


vida, nunca encontró la ocasión para poder escapar. Presenció la salida
de varias lunas hasta llegar el otoño y sin embargo no logró intimar con
los naturales. Lo alimentaban cual mascota, y la única ventaja que obtuvo
en tanto tiempo fue gozar, apenas, de algo de libertad. Ya no dormía
atado y de cuando en cuando le permitían moverse por la aldea. Pero
esto no significaba que no lo ignorasen, sólo su propietario se le acercaba
4
Ceibo.

142
cada vez que deseaba llevarlo en alguna expedición de caza y, por supuesto,
siempre amarrado con un lazo.
Tantos días sin actividad le permitieron asimilar algo de sus
costumbres. En poco tiempo aprendió algunas palabras en lengua nativa:
hicé (agua), itaj (ombú), gudai (luna). Contaba hasta cuatro: yu o yut,
sam, deti, detity betum. Observó el singular tratamiento al cual sometían
a los enfermos. Solían intentar la cura mágica de chupar el abdomen del
doliente escupiendo el mal que lo aquejaba. Si el paciente moría, los
deudos masculinos ayunaban y se martirizaban clavándose astillas de caña
o madera en los brazos; así mismo expresaban su pena, viviendo por un
período aislado de los demás. El muerto era descarnado por una vieja
encargada de esta tarea, para luego llevar los huesos del difunto y
enterrarlos junto con sus armas. Pero la más singular de las costumbres
era el casamiento. Convocaban a una junta en una parte señalada, y allí
donde se debía casar la novia, el cacique ordenaba que cada uno fuese
con su flecha y arco, y llevase algún pellejo u otra cosa para obsequiarles
a los recién casados. Una vez reunidos, el cacique entraba con la novia en
una choza para gozarla. Su carácter como jefe de tribu le confería el
honor de ser el primero en desflorarla. El resto debía esperar su turno
según jerarquía y edad. A medida que ingresaban, le dejaban un obsequio
como forma de gratitud. El último en ingresar era el novio, quien al
poseerla daba por concluida la ceremonia.
Todos y cada uno de los actos de la vida cotidiana de los salvajes
llamaban la atención de Francisco. A pesar de convivir tantos días con
ellos y sus fallidos intentos por lograr cierto acercamiento, la falta de
afinidad y la forma en que lo ignoraban, incrementaban su temor. Sabía
de una u otra manera, que tarde o temprano terminaría en la parrilla, y si
bien la hora final aún no había llegado, esto se debía a su utilidad como
esclavo. Tenía la impresión que lo dejaban vivir para servirle a su amo.
El tiempo siguió transcurriendo sin mayores novedades: los hombres
se dedicaban a la caza, estableciendo nuevos territorios donde trasladar
la aldea, nunca demasiado lejos de la costa del río Urugua’y. Las mujeres,
en cambio, realizaban las tareas domésticas más pesadas como trasladar
los enseres y todo aquel menester que significase el empleo de la fuerza o
trabajo físico. También solían tener contacto con los naturales de la costa

143
de enfrente. Algo más civilizados a los ojos de Francisco, solían cruzar el
río en largas canoas de troncos ahuecados. Remaban con gran destreza en
grupos de a cinco o incluso veinte y eran los encargados de proveerles
ciertas vestimentas tejidas o redes y cordeles para la pesca a cambio de los
cueros o venados que cazaban en las vastas llanuras orientales. Estos naturales
tenían aspecto amigable, solían sonreír con facilidad y eran muy locuaces y
alegres. Delgados, más pequeños, ágiles y de musculatura fibrosa, tenían
por única vestimenta un pequeño taparrabo. Estaban profusamente tatuados
y pintados, cubrían casi todo su cuerpo con una pintura rojiza, incluso sus
lacios y bien cortados cabellos negros. Sin duda eran parientes cercanos de
los naturales del Brasil o formaban parte de la misma nación.
Habiendo conocido la candidez y simpatía de aquellos, Francisco no
dudó un instante en pensar que su salvación estaba del otro lado del río. Si
estos nativos se comportaran como los de la bahía de Río de Janeiro,
seguramente no serían caníbales y lo aceptarían con beneplácito. De todos
modos no tenía muchas oportunidades, o intentaba cruzar el río y probar
suerte del otro lado o seguramente moriría de éste.
Cierta noche, una joven mujer se introdujo en la choza del grumete.
Completamente desnuda se aferró al muchacho que dormitaba recostado
en una estera. Contorneando el cuerpo, le manifestó su claro deseo de
copular. Francisco jamás había tenido ocasión de relacionarse con una mujer,
y aunque la naturaleza lo incitaba al convite, la expulsó bruscamente. Quizá
por pudor, quizá por temor o simplemente por no saber que hacer se
apartó mientras la observaba atemorizado. La joven insistió con más
vehemencia, esta vez tocándole los genitales. A pesar que la sangre le bullía
recalentándole el cerebro, prefirió repudiarla una vez más. El corazón le
palpitaba confundiendo el temor con el deseo, sin embargo,
desacostumbrado a tal avasallamiento, prefirió rechazarla por última vez.
La joven, ofuscada, se retiró víctima de semejante desaire. Se dirigió
directamente al toldo del cacique, y exaltada por el fastidio dijo: –¡El salvaje
no es hombre!
–No es posible– afirmó el cacique–.Tiene aspecto de hombre y genitales
de hombre.
–No es hombre, no le hace el bien a las mujeres –insistió la joven
muchacha –No quiere juntarse.

144
Mirando al indio dueño de Francisco, el cacique le dijo: –Si el blanco
no se junta no puedo entregarte el hijo.
Colérico el indio replicó: –El vástago me pertenece, ¿quién me servirá
cuando ya no esté?
–Serás el encargado de ejecutarlo, y así tendrás su espíritu para siempre
–dijo el cacique, con la intención de compensar la imposibilidad de
entregarle un descendiente de Francisco.
–No es justo, ellos se llevaron a los míos y ahora no me dejan a nadie. El
extraño es mañoso, no quiere juntarse con una mujer para no darme su hijo
¡Entonces, debe quedarse sirviéndome por más tiempo!
–Ya lo hemos resuelto. El blanco debe morir. No sirve de mucho y no
podemos alimentarlo. Si tuviese un hijo, podríamos enseñarle. Pero es inútil:
no sabe hablar, los perros aprenden más rápido que él a cazar, sólo come y
bebe. ¡No sirve ni para juntarse con una mujer! ¡Debe morir! –El cacique
dio por terminada la discusión. Con respeto, el indio y la joven que tan
gentilmente se había ofrecido para aparearse con el cautivo, se retiraron...

Los mensajeros fueron enviados para invitar a las aldeas vecinas a


formar parte de la fiesta. Las ancianas comenzaron el lento trenzado de
la musurama. Una vez finalizados los complicados nudos, pintaron la
cuerda con un polvo blanco. El ibira pema fue escogido con cuidado. Era
una firme maza de tronco de ombú, la cual decoraron profusamente con
plumas y collares. Nada quedaba librado al azar, mucho menos los ritos
y costumbres heredadas de sus hermanos del Norte. Las jóvenes
preparaban bebidas fermentadas que serían servidas en los cráneos,
debidamente guardados, de víctimas anteriores.
Los invitados acompañados por sus mujeres e hijos comenzaron a
llegar al pueblo danzando y cantando. Francisco estaba de buen humor,
y al ver tal clima festivo, supuso que una gran ceremonia se preparaba en
la aldea. Al menos le tocaban algunos días de algarabía y cierta libertad.
Pocas veces se veían tan animados y este era un buen momento para
confraternizar...
Un grupo de mujeres se le acercaron, y luego de desnudarlo por
completo, le untaron el cuerpo con genepá mientras los afeitaban y lo
acariciaban sonrientes. Sin duda él era el centro de tal agasajo, pero no

145
lograba descubrir el motivo del repentino cambio de humor de los aldeanos.
Durante meses lo habían tratado como a un perro, y ahora, de buenas a
primeras, era venerado como un dios. Prefirió seguirles la corriente y
disfrutar de los festejos. Embadurnado y ennegrecido por la resina, lo
llevaron al centro de la plaza para que danzase junto a ellos. Las mujeres
por su parte y los hombres por la suya se pintaron con cenizas, de tal
manera que salvo Francisco, pintado de negro, el resto de los invitados
estaban teñidos de gris. Todos libaron de la bebida fermentada. Al grumete
se le nubló la vista, ya que tenía cierto efecto alucinógeno. No lograba
parar de reír a carcajadas. Danzaron y cantaron hasta el anochecer, cayendo
rendidos por la borrachera y el cansancio.
Colgaron la maza finamente decorada de un árbol donde un grupo de
ninfas montaba guardia bailando durante toda la noche mientras cantaban
invocaciones para apaciguar el espíritu de la víctima. Al segundo día de festejo,
formaron un círculo con cañas a las que prendieron fuego, y mientras
danzaban alrededor, le permitieron al grumete que les lanzase todo lo que
encontrase. Casi como un juego, Francisco arrojaba pequeñas piedras y palos,
mientras danzaban y esquivaban los proyectiles riendo y haciéndole burlas
por su mala puntería. Volvieron a danzar y beber durante toda la jornada.
Al tercer día organizaron una lucha entre el cautivo y su amo, aunque
no se hicieron daño, ya que consistía en tirar al piso al derrotado, cosa
que le sucedió siempre a Francisco por su silueta pequeña y la borrachera
que le duraba de los días anteriores. Durante la noche, le asignaron una
choza al sur de la aldea para dormir. Cuatro mujeres montaron guardia
mientras cantaban sollozando letanías. Este canto o más bien gemido
atemorizó al grumete. Comenzó a comprender el carácter de la ceremonia.
Sin duda no era una fiesta de consagración. Sospechó que lo que estaba
aconteciendo, eran los preparativos para un banquete. Lamentablemente
sus fuerzas estaban muy disminuidas producto de la bebida y los
agotadores días de danzas. Sin embargo, era una ocasión única para
escapar. Todos estaban suficientemente borrachos y creían que su ánimo
era el mejor. Por lo tanto, simularía estar feliz y contento y a la menor
distracción huiría como pudiese.
A la mañana siguiente la guardia de mujeres se introdujo en el toldo.
Con ternura y algarabía lo acariciaron mientras lo vestían nuevamente

146
con sus ropas. Una de ellas le pasó alrededor del cuello la musurama.
Acompañado por otras mujeres y varios niños, lo llevaron junto al río para
que se bañase y se purificase. Era el amanecer, por lo tanto, el resto de la
tribu aún dormía. Lo soltaron por un instante mientras lo incitaban a
bañarse. Los niños, corrían a su lado, desnudos cual querubines, mojándolo
y jugando. Francisco respondía al juego salpicándolos y zambulléndose
una y otra vez. Las madres, desaprensivas, observaban desde la costa. Nadie
podía escapar de las mortales aguas del Urugua’y, una vez abandonados los
extensos bancos de arenas y playadas, hasta el mejor nadador sería tragado
por las voraces aguas del río de caracoles. Sin embargo, Francisco, inconsciente
del peligro que corría en las aguas, o tal vez demasiado consciente del peligro
en tierra, se fue internando lentamente hasta separarse lo suficiente de las
blancas arenas orientales. Una vez separado suficientemente de los niños y a
una distancia importante de las mujeres, aunque el agua le llegaba todavía a
las rodillas, se echó a correr desesperadamente. Las mujeres y los niños lo
observaron sin inmutarse, mientras el cautivo corría alocadamente hacia el
cauce del río.
En un momento dado un aguijón se clavo en su pierna produciéndole
un fuerte ardor. Un pez con forma de plato revolucionó las aguas, escapando
de la pisada del grumete. Francisco advirtió que la herida punzante le estaba
paralizando su pierna derecha, pero aún rengueando siguió corriendo
alocadamente en las aguas hasta no hacer pie. Intentó nadar como pudo,
pero de inmediato la fuerte corriente se lo tragó. Con enorme esfuerzo
braceaba hacia la superficie para poder absorber una bocanada de aire. Una
y otra vez emergía para luego hundirse; como si alguien lo tomase por los
pies intencionadamente y lo jalase hacia las profundidades.
Desde la costa, las mujeres miraban como el grumete se hundía para
luego salir una vez más en una lucha desigual con el poderoso río marrón.
Una vez más vieron salir la cabeza del joven náufrago hasta que se hundió
por última vez...
–Es mejor que haya muerto ahogado –dijo la mujer que tenía la
musurama en su mano. –Le he tomado cierto cariño al salvaje y no me
hubiese gustado devorarlo.
–Al menos su espíritu nadará libre por el río –se lamentó la que estaba
a su lado.

147
–No es bueno vagar como un esclavo para siempre –agregó la tercera,
mientras se retiraba cabizbaja y triste.

UN MUNDO DE BELLAS PALABRAS

La alborada irradió sus rayos encendiendo el color rojizo de las hojas


otoñales. Los verdes fulgurantes, amarillos y ocres de la densa vegetación,
resplandecían combinándose con el aroma húmedo de la mañana. Los
madrugadores pajaritos comenzaban a cantar, acrecentando la imagen
onírica de esta región surcada por cientos de calles de agua. El intrincado
laberinto de arroyos y ríos caudalosos lamían una tras otra las islas
exuberantes del Paraná. Sólo los lugareños podían navegar sin temor a
perderse por tan vasto delta.
El potente sonido del Turú5 irrumpió en el aire convocando a
reunión. Como todas las mañanas las distintas familias se reunieron para
escuchar las bellas palabras. Nimuendajú era el encargado de los cantos y
oraciones. En definitiva él era el Pajé6 del pueblo, y como tal, era el que
poseía el carisma necesario para pronunciarlas. Ñe’e porä, así llamaban a
las plegarias que les servían para dirigirse a sus dioses. Bello lenguaje,
palabra luminosa, agradable al oído de los dioses que las estiman dignas
de ellos. El rigor de su belleza emanaba de la boca de los sacerdotes
inspirados que las pronunciaban; la embriaguez de su grandeza palpitaba
en el corazón de los hombres y mujeres que las escuchaban. Aquellas
Bellas Palabras, resonaban cada amanecer en lo más secreto de la selva.
Orgullo heroico, elegidos de los dioses, marcados con el sello de lo divino,
se decían a sí mismos los Jeguakava, los adornados; por las plumas de las
coronas que adornaban sus cabezas como el brillante tocado del gran
dios Ñamandú.
Kerana, terminó de cepillarse los dientes con toda premura y salió
corriendo de la Maloca para sentarse junto a sus padres en el Opy. Lo
5
Trompeta de tacuara para llamar a reunión.
6
Hombre con poderes sobrenaturales, capaz de curar y comunicarse con los dioses. De
menor jerarquía que los Karaí o grandes sacerdotes.

148
miraron con disgusto, ya no era un niño, tenía dieciséis años y estaba a
punto de casarse, sin embargo nunca llegaba a tiempo cuando sonaba el
Turú. Nunca había logrado sacarse el hábito de remolonear en la hamaca.
No era extraño que cuando nació, los dioses le anunciasen a su padre que
debía llamarlo Kerana, dormilón en lengua guaraní.
El Opy, templo largo y rectangular, estaba orientado en sentido Este-
Oeste; la puerta de acceso daba al Oeste, mientras que una pequeña
ventana miraba al sol naciente. El mobiliario era muy sencillo: dos bancos
a lo largo de dos paredes desnudas, y en el ángulo la hamaca de
Nimuendajú. Como únicas decoraciones, poseía flechas apoyadas en las
paredes y clavados en la tierra, tres yvyra’i, bastones insignias utilizados
por los hombres para bailar. Es allí donde se desplegaban todas las
actividades religiosas, cantos, danzas, relatos y comentarios de las
tradiciones sagradas. Allí Nimuendajú iba a fumar cuando se le pedía
que descubra el nombre de un niño o cuando debía curar a alguien en
quien se había encarnado el alma mala de tupichua. Era también en el
opy donde al amanecer se decían las ñe’e porä frente al sol naciente.
Una vez que hubo llegado el último, Nimuendajú7 hizo vibrar su
maraca. La calabaza hueca con semillas y mango, era el instrumento
propio de los hombres y solía heredarse de padres a hijos. Su son
acompasado y poderoso ayudaba a la exaltación mística. Primero la hizo
sonar, seria y solemne, presentándose ante la divinidad; luego la hizo
sonar fuerte y salvaje, arrastrando a los presentes hacia el éxtasis;
finalmente, otra vez suave y temblorosa, como implorando arribar a la
Tierra sin Mal. Jasyrendy8, Nahatî9, y Nandi10, junto a sus madres eran
las seis mujeres encargadas, esa mañana, de acompañar el ritmo con el
Takua. El Takua o bastón de ritmo era el instrumento propio de las
mujeres. Estas cañas de tacuara emitían un sonido acompasado cada vez
que se las golpeaba contra la tierra. Simultáneamente con el sonido de la
maraca y los takua, Nimuendajú comenzó a emitir un gemido chillón y
agudo que se fue convirtiendo en una melodía serena y embriagadora, a
la vez que las mujeres comenzaron a cantar a coro, inundando la
7
Nombre propio que significa: Aquel que eterno, áureo, conquistó su lugar.
8
Nombre propio que significa: luz de luna.
9
Nombre propio que significa: libélula.
10
Nombre propio que significa: libre.

149
madrugada con voces armoniosas y de estremecedora belleza. Finalmente,
la melodía del Pajé comenzó a tener letra, dando la sensación, que las
palabras provenían de un orden sobrenatural y se introducían por sí solas
para completar la música:

Nuestro el último, nuestro padre el primero


hace que su propio cuerpo surja
de la noche originaria.

La divina planta de los pies,


la pequeña sede redonda:
en el corazón de la noche originaria,
él las despliega desplegándose a sí mismo.

Divino espejo del saber de las cosas,


unión divina de toda cosa,
divinas las palmas de las manos,
palmas divinas con ramas floridas:
él las despliega al desplegarse a sí mismo, Ñamandú,
en el corazón de la noche originaria.

En lo alto de la cabeza divina


las flores, las plumas que la coronan
son gotas de rocío.
Entre las flores, entre las plumas de la corona divina,
el pájaro originario, Maino, el colibrí,
vuela, revolotea.

Nuestro padre primero,


él despliega su cuerpo divino
en su propio despliegue
en el corazón del viento originario,
la futura morada terrestre,
él no la conoce aún por sí mismo,
la futura estancia celeste, la tierra futura,

150
a aquellos que fueron desde el origen,
él no los conoce todavía por sí mismo:
Maino hace entonces que su boca sea fresca,
Maino, nutricio divino de Ñamandú.

Nuestro primer padre Ñamandú


todavía no ha hecho que se despliegue,
en su propio desplegamiento,
su futura morada celeste:
entonces no ve la noche
mientras tanto el sol no existe.
Pues es en su corazón luminoso que él se despliega,
En su propio desplegamiento;
del divino saber de las cosas.
Ñamandú hace un sol.

Ñamandú verdadero padre primero


mora en el corazón del viento originario;
y allí él reposa,
Urukure’a la lechuza hace que existan las tinieblas.
Ella hace que entonces se presente el espacio tenebroso.

Ñamandú verdadero padre primero


todavía no ha hecho que se despliegue
en su propio desplegamiento,
en su propio desplegamiento,
su futura morada celeste;
todavía no ha hecho que se despliegue,
en su propio desplegamiento,
la primera tierra: él mora en el corazón del viento originario.
El viento originario en el corazón del cual mora nuestro padre
de nuevo se deja alcanzar cada vez que retorna
el tiempo originario,
cada vez que retorna el tiempo originario.
Cumplido el tiempo originario, cuando el árbol tajy florece

151
entonces el viento se convierte al tiempo nuevo,
ya están los vientos nuevos, el tiempo nuevo,
el tiempo nuevo de las cosas inmortales.

Ñamandú era el padre de los primeros dioses, por lo tanto la canción


referida a su aparición no era otra cosa que el momento inaugural de la
historia del mundo. Como los guaraníes se consideraban elegidos de los
dioses, la “aparición de Ñamandú” era un momento trascendental en la
vida religiosa de aquel pueblo.
Una vez que terminaron sus oraciones, cada cual volvió a sus tareas
cotidianas. Jasyrendy, Nahatî y Nandi, eran amigas desde la infancia, sus
respectivos padres eran los ñanderú de cada una de las malocas que
conformaban el pequeño pueblo en el extremo sur del río Paraná, muy
cerca de la confluencia con el Urugua’y. Las malocas eran las casas
comunales donde vivían unas sesenta familias más o menos emparentadas,
cada conjunto de familias formaban un tevy que respondía a un jefe de
familia o ñanderú. Es así como esta pequeña tekoa o villa estaba formada
por apenas tres malocas con sus respectivos jefes. Aunque “jefes” es una
palabra demasiado grave para una comunidad acostumbrada a someter
cualquier decisión importante a la discusión comunitaria, incluyendo la
opinión de las mujeres, que en determinados momentos eran las más
fervientes defensoras de ciertos derechos. En todo caso los tres ñanderú
eran los que le conferían a la aldea cierto orden político y moral, ya que
la mayor parte del tiempo debían actuar como mediadores de los conflictos
de un pueblo que tenía absolutamente todo en comunidad; sólo en
algunos casos, la decisión final estaba a cargo del mburuvicha guazú, el
gran jefe y por cierto el más anciano de la aldea. Zaguacari, tatarabuelo
de Jasyrendy, seguía deslumbrando con su lucidez para dirimir las disputas.
Sus ciento catorce años no le impedían, en absoluto, seguir siendo el más
moderno y libre pensador del tekoa.
Muy pocas eran las pertenencias individuales, alguna ropa o manta,
la maraca, el takua, la hamaca; el resto pertenecía a la comunidad que se
encargaba de repartir generosamente el fruto de los cultivos y la tierra. Es
quizá por este motivo que sus mayores posesiones eran el orgullo como
elegidos de los dioses, el sentido del humor, los valores espirituales, la

152
palabra, la poesía, y cualquier virtud que los hiciese mejores seres humanos
para poder acceder a la Tierra sin Mal.
Jasyrendy, la más bella joven de la aldea, era sin duda la más inteligente
y vivaz de las tres amigas, de mirada profunda acentuada por sus
prominentes cejas, tenía el cabello negro brillante que le llegaba hasta la
cintura atado en una sola trenza. Su cuerpo cobrizo y prolijamente
afeitado, como era la costumbre, era de curvas delicadas y firmes. Como
único atuendo, llevaba una cinta púrpura atada a su delgada cintura de la
cual colgaba una ligera pampanilla y cuatro pequeñas estrellas tatuadas
en la frente que representaban la cruz del sur. Aunque romántica, no
estaba enamorada de nadie en particular, el hombre indicado no le había
tocado aún su corazón. Esto la tenía sin cuidado porque su mayor
aspiración en la vida era conocer el arte de curar, por tal motivo solía
encontrarse a menudo con Nimuendajú el Pajé, su maestro y tutor.
Reflexiva y mística a la vez, solía someter cada observación a un extenso
cuestionario que oscilaba entre lo mágico y lo racional. Nahatî en cambio,
no era una joven de grandes luces ni belleza, pero su principal atractivo
era, sin duda, su alegría y gran sentido del humor. Era difícil estar a su
lado y no estallar en una carcajada por sus ocurrentes comentarios. De
labios carnosos y sonrisa inmensamente blanca, esta joven con aspecto
de mujer, seducía más por sus encantos personales que por su cuerpo
regordete. Ancha de caderas y de pechos prominentes, Nahatî era dulce
hasta empalagar y bondadosa hasta los límites de la ingenuidad. Estaba
enamorada locamente de Kerana, su prometido, con quien la boda ya
estaba acordada por los padres, pero fundamentalmente, por la férrea
voluntad de los novios. Ningún casamiento se llevaba a cabo si los novios
no estaban enamorados, no tenía sentido acordar un casamiento entre
familias si más tarde alguno repudiaba al otro y se separaban. La separación
de un matrimonio estaba perfectamente admitida, ya sea por no cumplir
con las obligaciones como cónyuge, o simplemente por falta de afecto.
Las únicas faltas morales inadmisibles eran el adulterio, agravado si la
mujer llegaba a quedar embarazada de un hombre casado, y cualquier
relación sexual con algún miembro de la familia, particularmente el incesto
entre tía y sobrino. Sin embargo, una mujer soltera podía quedar
embarazada. Si acaso la joven incurría en el error de tomar un baño en el

153
río una noche calma y de plenilunio, la “Luna” con su poder mágico podía
fecundarla y darle un hijo sin padre... Aquella era la razón por la que no
creían conveniente castigar a la madre soltera, después de todo, había sido
un acto involuntario, ya que la “Luna” tenía poderes que el hombre no
podía dominar.
La última y más díscola de las amigas era Nandi; intrigante, rebelde y
provocativa, estaba enamorada de todos los hombres que no podía seducir.
En el arte de conquistar jugaba siempre con el límite de lo tolerable. Su
padre, el más severo de los ñanderú, nunca había logrado domesticar el
alma salvaje y libre de Nandi. De cabellos extrañamente rizados y delgada,
seducía más por sus movimientos que por su belleza física, aunque su cuerpo
atlético no dejaba de intranquilizar hasta el más prudente de los hombres.
Solía usar dos tobilleras con cascabeles y cada vez que un joven escuchaba
el inquietante sonido de sus pasos, comenzaba a tartamudear y a actuar
torpemente, pues sabía que los arrebatos de la seductora Nandi lo podrían
poner fácilmente en ridículo frente a sus amigos.
–Taita11 aceptó que me case con Kerana –dijo Nahatî, mientras se dirigía
con sus amigas a la costa del río.
–No entiendo como te puede gustar Kerana –la interrumpió Nandi.
–¿Qué tiene de malo? ¡Mi príncipe es hermoso!
–Hermoso a tus ojos, pero no puede levantarse cuando toca el turú.
–Sucede que anoche lo dejé muy cansado –agregó Nahatî presumiendo
con sonrisa pícara.
–¡No puede ser! ¿Acaso lo hicieron? –preguntó sorprendida Nandi.
–Hasta que nuestros cuerpos se quebraron.
–Se habrá quebrado él cuando te le arrojaste encima –dijo Nandi, en
tono de broma y con cierta envidia.
–¡Ya cállate, kuñami12! –exclamó exaltada Nahatî, mientras la corría
intentando tirarle de los cabellos.
–¡Mira quien habla! ¡La kuñakarai guasu13! –le contestó riéndose,
mientras esquivaba los zarpazos de su amiga.
–¡Son dos mitâkuñamikuéra! Eso es lo que son, dos niñitas infantiles, se
creen mujeres, y no han madurado –las interrumpió Jasyrendy.
11
Mi padre.
12
Mujerzuela.
13
Mujer buenita o gran señora.

154
–¡Silencio! Habló la kuña pajé14 –exclamó Nandi, burlándose.
–No se dan cuenta, que si llegas a tener un hijo antes de la boda, no van
a creer que fue la Luna. Inmediatamente los castigarán, quizá dejen que tu
hijo se lo coma el jaguareté15 –contestó Jasyrendy preocupada.
–No hay peligro que eso suceda –dijo Nahatî con autoridad.
–¿Qué te hace estar tan segura? –preguntó Jasyrendy, conociendo la
ingenuidad de su amiga.
–Antes de juntarme con Kerana, tomé memby raku ija.
–¡No puedo creerlo! –exclamó Jasyrendy.
–¿Qué es eso? ¿Para qué sirve? –intervino curiosa Nandi.
–Es una pócima para evitar quedar encinta –agregó Nahatî, mientras
Jasyrendy meneaba la cabeza de un lado a otro.
–¡Eso es muy interesante! –insistió Nandi, interesada en un producto que
podía serle de gran utilidad llegado el momento –¿Cómo hay que tomarlo?...
–En primer lugar debes abstenerte de juntarte con tu amado por dos
lunas...
–¡Por dos lunas llenas! –interrumpió Jasyrendy ofuscada.
–¡Es lo mismo! –insistió Nahatî sin prestar demasiada atención en los
detalles.
–¡No es lo mismo! –la corrigió su amiga–. Una cosa son dos noches de
abstinencia y otra muy diferente son varias noches controlando tus deseos...
–No discutan detalles, quiero saber como se debe tomar el brebaje –insistió,
muy atenta Nandi.
–Debes tomarlo después que la sangre fluye entre tus piernas, al caer la
noche una vez; y cuando Ñamandú nos levanta, por segunda vez. Sin olvidarse
que no debes comer ni carne, ni miel, ni sal.
–¿Has tomado la bebida roja o la blanca? –preguntó Jasyrendy.
–La roja –contestó Nahatî, intrigada por el conocimiento de la
aprendiza de Pajé.
–¡Mucho peor! –exclamó, mientras negaba lo sucedido con la cabeza,
sin poder creer el grave error que había cometido su mejor amiga–. ¿Quién
te recomendó semejante pócima? No pudo ser Nimuendajú –agregó, sabiendo
que su admirado maestro jamás cometería tal desatino.
14
Curandera.
15
Jaguar americano.

155
–Nezú, el Curupá ara –contestó algo asustada.
–¡El provocador de visiones! ¡No sabes que es un Pajé Japúva16! –exclamó
alarmada Jasyrendy.
–Él me dijo que bebiendo la pócima evitaría tener un hijo antes de la
boda...
–¡Siempre y cuando te cases pronto! El memby raku ija sirve para las
mujeres que no pueden tener hijos y desean tenerlos. Mucho peor si la bebida
es la de color rojo ¡Su eficacia es mayor!
–¡Nahatî está embarazada! ¡Nahatî está embarazada! –comenzó a
canturriar Nandi, mientras bailoteaba y se reía burlándose de su amiga.
–¡Cállate, pueden escucharte! –gritó la pobre Nahatî, que estaba pálida
por el susto.
–No puedo entender como fuiste a pedirle algo a Nezú –dijo Jasyrendy,
casi pensando en voz alta.
–No tuve alternativa, Nimuendajú me hubiera recomendado no tener
relaciones antes de la boda.
–Ese hubiese sido un buen consejo. ¡Pero mi amiga no podía esperar sin
probar el fruto del amor! –le reprochó Jasyrendy, consciente del problema
en que se había metido su amiga–. Acaso no sabes que el provocador de
visiones le dio de probar caapí17 a Ro’yju18, y el pobre no puede dejar de
beberlo; ya casi no puede caminar erguido.
–Yo sabía que no debía beber caapí, pero si sólo tomaba una vez memby
raku ija no me haría nada y por fin podría estar con Kerana –dijo sollozando
la mujer que, repentinamente, se convirtió en una niña.
–¡Silencio! No llores. Ya estamos llegando a la playa y no quiero que
nuestras madres sospechen nada. Hablaré más tarde con Nimuendajú, algo
se le ocurrirá y no tendrás ningún problema para casarte con Kerana –la
consoló bajando la voz mientras se acercaban a la rivera que estaba colmada
de mujeres bañando a los niños más pequeños...
Las tres jóvenes se introdujeron en el río, y mientras cambiaban de
tema para no levantar sospechas se lavaron los cabellos con pasta de
semillas machacadas de Ñandihrá. Enjabonaron sus cuerpos con grasa de
Yacaré, frotándolos una y otra vez con esponjas vegetales. Con puntilloso
16
Falso Pajé.
17
Yague.
18
Nombre propio que significa: Frío eterno.

156
cuidado cada amiga frotó la espalda de la otra para limpiar toda impureza
de la piel y el cutis. Luego de secarse con paños de algodón, peinaron sus
lacios y brillantes cabellos con peines de palillos. Por último se limpiaron
las uñas de los pies y las manos; y se untaron con crema de Urucú, elemento
indispensable para evitar las picaduras de los mosquitos y prolongar la
salud del cuerpo evitando los perjudiciales rayos solares. El cuidado de la
salud y la belleza física eran rasgos distintivos en las costumbres de la aldea.
Todo hombre, mujer o niño dedicaba gran parte del día al cuidado del
cuerpo, la dieta saludable y el descanso.
–¡Niñas, ya dejen de hablar y apresúrense! Nos queda aún mucho trabajo
por hacer y debemos levantar la cosecha.
–¡Pero mamá! Hoy tengo clases con Nimuendajú –respondió Jasyrendy.
–Nimuendajú puede esperar. Seguramente no se ofenderá si cumples con
tus obligaciones. Si terminamos hoy, podrás tomar tus clases a partir de
mañana.
–¡Le he prometido que acudiría al terminar mi baño! –insistió.
–Creo que debes olvidar la descabellada idea de ser Pajé y venir conmigo
a aprender a hilar –la reprendió severa, la madre.
–Yo no puedo ir. Acabo de terminar de arreglarme las manos –se excusó
Nandi con mirada altiva, creyendo tener la excusa perfecta.
–Te arreglarás las manos nuevamente al finalizar el trabajo –le contestó
sonriendo la madre de Jasyrendy, y agregó–: ya tendrás tiempo mientras
cuidas a tu hermano...
–Hoy no puedo...
–¡Niñas! ¡Ya son mujeres y deben aprender que tenemos responsabilidades!
Deben seguir el ejemplo de Nahatî, no ha dicho una sola palabra. ¡Cómo
mujer comprometida, conoce muy bien sus obligaciones! –agregó ofuscada,
mientras la pobre Nahatî tragaba saliva en silencio y meditaba sobre sus
propios problemas.
Las jóvenes se miraron con mirada cómplice mientras juntaban sus
enseres. Estaban seguras de no haber levantado la más mínima sospecha
distrayendo a la madre de Jasyrendy con nimiedades de chiquilinas. La
mujer, segura de haber dado una lección a niñas todavía inmaduras, se
retiró cargando al pequeño Imborayhu17 a sus espaldas.
19
Nombre propio que significa: Amoroso.

157
UN ENCUENTRO INESPERADO

Sentado en el pequeño asiento redondo, destinado al reposo de los


chamanes y los sabios, Nimuendajú fumaba apaciblemente mientras
meditaba. Con una mano sostenía la pipa y con la otra empujaba
suavemente el humo hacia su cara. Observándolo en silencio, Jasyrendy se
sentó a su lado. No dijo una sola palabra, no emitió sonido alguno. No
deseaba perturbar la concentración de su maestro. Luego de un prolongado
silencio dijo: –Hace varios días que no vienes por aquí.
La casa de Nimuendajú estaba algo apartada de la aldea y no siempre
estaba al tanto de todo lo que sucedía.
–He estado ocupada con la recolección de la cosecha.
–Este año la cosecha fue buena. Ñamandú está feliz...
–¿Por qué fumas? –lo interrumpió con cierta insolencia la niña.
–Para acercarme al saber divino de las cosas.
–¿Fumando? –insistió Jasyrendy
Casi ignorándola el pajé comenzó a canturriar:

Ñamandú padre verdadero, el primero,


de su divinidad que es una,
de su saber divino de las cosas,
saber que despliega las cosas
hace que la llama, hace que la bruma
se engendren...

Interrumpió la canción y se quedó callado un instante. Volviendo


en sí y retomando el diálogo con la pequeña, le dijo: –Tú sabes, que
nuestro padre verdadero fue el creador de las cosas, y entre esas cosas creadas
nos obsequió la llama como calor y luz. La bruma, el humo del tabaco, es el
signo de aquella llama, y como puedes ver se eleva desde mi pipa hacia la
morada de los dioses. El camino que traza el humo me permite elevar mi
espíritu hacia donde habita Ñamandú Gran Corazón y así comunicarme
con él.
–¿Y las palabras? ¿Acaso no nos comunicamos con las palabras? –preguntó
algo confundida Jasyrendy.

158
–Las Bellas Palabras, estar erguidos, son otros obsequios con los que Nuestros
Padres Primeros nos distinguieron de los animales del bosque. Así Ñamandú
nos demostró que somos los elegidos, los adornados, sus amados. Con la palabra
verdadera, podemos comunicarnos; con las Bellas Palabras le decimos que lo
amamos cada amanecer. Sin embargo, solo con el humo del tabaco él puede
transmitirme sus deseos, o revelarme el nombre de un niño al nacer, o
indicarme los secretos para poder curar a los enfermos...
–¿Qué te está diciendo ahora? –preguntó curiosa, como si el diálogo
entre los mortales y los dioses fuese una consecuencia directa del humo.
Sonriendo, por la frescura con que la niña lo trajo a un mundo más
terrenal, con voz grave e impostada, le contestó: –Me dice que Jasyrendy
hace varios días que no colabora con el viejo pajé, y ahora debe ir al río con
mi canoa a recolectar plantas para preparar nuevas medicinas.
Jasyrendy se sonrió al darse cuenta de la burla de su maestro, por no
haber captado el mensaje místico de sus palabras.
Ya en el interior de la pequeña cabaña, el Pajé insistió en la necesidad
de recolectar plantas para preparar nuevos medicamentos. El período
de las grandes epidemias estivales estaba terminando, y estaba algo escaso
de pociones curativas. Si bien Nimuendajú, era el encargado de
comunicarse con los dioses, era apenas un aprendiz de Karaí, su real
oficio era ser el médico de la aldea, arte que desempeñaba con excelencia.
Desde los más alejados rincones de la vasta nación guaraní venían a
consultarlo sobre las distintas técnicas curativas y sus conocimientos
farmacológicos. Nadie más indicado que Nimuendajú para extraer los
secretos de las plantas y lograr un remedio para cada mal. Aunque el
comercio no era un signo distintivo de la forma de vida de estas almas
libres y solidarias, lo practicaban cada tanto gracias a las habilidades del
Pajé. Incluso desde el imperio del Inca bajaban navegando por el Paraná
para intercambiar exquisitas telas bordadas, más valiosas que el oro
para los españoles, por brebajes, cremas, cosméticos y medicamentos
elaborados por Nimuendajú. Allí estaban, en una pequeña choza de
una isla del río Paraná, uno de los tesoros más grandes que cualquier
nación civilizada de la época hubiese soñado. Tesoro que hubiese
reducido a aderezo para comidas a las especias de las indias orientales.
El valor del oro sería el de simples monedas para poder comprarlo.

159
Allí se encontraba la cura para miles de europeos, víctimas constantes
de las pestes que azotaban el viejo continente. En las pequeñas vasijas
de barro se hallaban los elíxires que eliminarían con facilidad la
esterilidad de tantas reinas o princesas que morían sin poder darle un
heredero al rey. Pues aquellas tierras pantanosas plagadas de juncos,
plantas y flores exóticas proveían la materia prima que sabiamente
combinada, permitían prolongar la vida.
Si el cuerpo se calentaba (teterakú) o lo invadían los escalofríos
(ryry’í), no había nada más eficaz que unos gramos de semillas del
Taperyvá maceradas en agua tres veces por día. Pero mejor era prevenir
que curar; para evitar el dengue o las fiebres palúdicas, se untaban con
Urucú o se lavaban con cáscara amarga de Paraihva y los mosquitos ya
no picaban. Si la dieta se imponía, ya sea por exceso de peso o por
circunstancias que obligaban al ayuno, bastaba con comer unos frutos
del Guaraná y el hambre desaparecía. Para calmar los dolores de pecho,
el catarro o el pasmo, unos baños de vapor con corteza del Syiñandy
era lo indicado. Los baños con yerbas o raíces del Apepú, Urukatú,
Pindó, y el Taropé eran remedios infalibles contra el reuma. De la savia
del banano, Nimuendajú extraía el hierro necesario para combatir el
debilitamiento de las anemias, o él flúor para evitar las caries, o el
yodo para combatir la gota. Los trastornos gastrointestinales no tenían
secretos para el Pajé: con el Kaaré combatía las enteritis; los ardores de
estómago los neutralizaba con carbonatos alcalinos que obtenía de moler
las valvas de las ostras fluviales; un buen desinfectante intestinal como
el Yateí-kaá prevenía la apendicitis. Para combatir los parásitos de los
niños utilizaba las semillas de Paico mezclada con miel. En caso de
oftalmía o conjuntivitis aplicaba los lavados oculares con macerado de
Yuriquiti, verdadero tópico irritante capaz de producir efectos nocivos
si era mal empleado, pero de indudable eficacia correctamente usado.
Si un resfrío tenía a mal traer algún paciente le entregaba polvo de
flores de Guavirá ya que era el descongestivo más eficaz. Nada escapaba
a los conocimientos terapéuticos enseñados por los dioses a los antiguos
Pajé. Transmitido de boca en boca, de generación en generación, el
secreto del arte de curar era guardado con cauteloso celo. Sólo los
discípulos tenían acceso a tan preciosa información, y desde luego, no

160
cualquiera calificaba para obtener tal don. No importaba si era hombre
o mujer, pues aquel conocimiento no estaba vedado a las mujeres. Pero
el carisma, el amor al prójimo, y fundamentalmente la inteligencia tan
necesaria para recordar cada una de las fórmulas, eran cualidades
inobjetables a la hora de escoger un Pajé miní. Aunque normalmente
había varios candidatos, sólo algunos pocos eran escogidos como
practicantes. Las condiciones del futuro Pajé eran reveladas por los
dioses al Pajé guazú, quién era el encargado de enseñarle hasta su muerte
tan sabio oficio. A veces, si la vida del maestro no alcanzaba, se veía
obligado a regresar después de muerto con forma de espíritu para seguir
revelándole secretos y fórmulas al iniciado. Luego de varios años de
práctica junto a su maestro, el consejo de ancianos se reunía y en una
ceremonia consagraban finalmente al practicante. Así, con sus
conocimientos a cuesta, podía escoger entre la práctica de la medicina
general o dedicarse a alguna especialidad en caso de tener mayor
habilidad para la cura de algunos síntomas específicos. Ya ningún pueblo
le impediría la entrada, no importaba que formase parte de un pueblo
enemigo, el Pajé gozaba la libertad de transitar por dónde le plazca sin
ser observado ni molestado. Si establecía su residencia en un pueblo,
era común ver como enfermos de aldeas vecinas se acercaban para ser
tratados por el sanador. Cada tanto se reunían todos los Pajé, incluso
los de las regiones más alejadas, para intercambiar fórmulas y
conocimientos; pues en aquel momento los dioses revelarían un nuevo
secreto sobre las propiedades curativas de alguna planta o animal.
Cuando el conocimiento de algún Gran Pajé superaba lo terrenal y
comenzaba a tener poderes sobrenaturales y mágicos, siempre otorgados
por los dioses, era el momento en que se convertía en Karaí. Los Karaí
no solo podían curar y comunicarse con los dioses; podían predecir el
futuro, hacer conjuros, o incluso alterar el orden natural de las cosas.
Eran pocos los que llegaban a tan alto grado, y este caso sí estaba vedado
a las mujeres. Aunque de falsos Pajé y falsos Karaí estaba plagado el
territorio. Todo aquel inescrupuloso que quería influir en las conciencias
de algún grupo, se hacía pasar por Pajé o Karaí. En caso de ser detectado
debía huir y ocultarse en la selva, porque la muerte era el castigo
ejemplar para tal fraude.

161
–Donde se encuentran el Paraná con el Urugua’y encontrarás una gran
cantidad de Ñandipá Guazú, debes traerme una buena cantidad. Me he
quedado sin desinfectante y si llegamos a tener algún accidentado no tengo
como cicatrizar sus heridas –le dijo con tono didáctico, sabiendo que
Jasyrendy reconocería la planta con gran facilidad.
Mientras la niña empujaba la canoa hacia la orilla, no sin cierta
dificultad, el maestro agregó: –De camino corta un poco de corteza de
Syiñandy ¡No hay nada mejor para calmar el dolor que dormir un poco al
herido!
Al salir de la pequeña choza observó el esfuerzo que realizaba la niña
para meter la pesada canoa en el agua. Se aproximó a la embarcación y de
un solo empujón la introdujo en el arroyo salpicando a Jasyrendy. Sin
percatarse de su torpeza le alcanzó el remo e insistió en que se dé prisa, no
deseaba que regresase después de la puesta del sol.
Apoyada sobre una rodilla y tomando el remo con las dos manos, la
bella joven comenzó a remar. Agachándose levemente para esquivar las
ramas de los sauces llorones, se alejó dejando una leve estela en el agua
calma. Verde y cobre eran los colores dominantes; cobrizo brillante el
cuerpo desnudo de la navegante solitaria; cobre rojizo las aguas serpenteantes
de los ríos; verde la abundante vegetación, sólo interrumpida por el contraste
de las flores que atrevidas emergían buscando el sol. Cada tanto se escuchaba
el canto del algún pájaro entremezclándose con los pequeños golpes del
agua mansa contra el casco finamente tallado de Timbó. En dulce compás,
Jasyrendy acompañaba el suave zumbido del viento contra las hojas, con
largas y pausadas brazadas. Ya en el Paraná se dejó llevar por la corriente,
guiándose con el remo condujo la canoa a velocidad vertiginosa hasta la
desembocadura donde la embicó contra un islote. Caminó hasta la orilla
con sus piernas sumergidas entre camalotes prestando atención de no
perturbar el paso de ninguna víbora Jarará, su mordedura era letal y aunque
Nimuendajú conocía el suero salvador, era mejor ser precavida. Comenzó
cortando algo de la corteza de un viejo Syiñandy cuando sorpresivamente
se detuvo al observar una cabellera revuelta e inerte entre los juncos. Se
acercó con precaución suponiendo que era una nutria herida; pues solo
aquel animal tenía pelaje de color castaño claro. Sin embargo los cabellos
largos y revueltos no correspondían a ninguna especie conocida. Al ver una

162
mano inmóvil junto a la cabellera dio un respingo, pues se percató que no
se trataba de un animal flotando entre los juncos, sino de un joven de
extraño color pálido. Sus vestimentas ajadas eran completamente
desconocidas para la niña. Temerosa de tocarlo directamente con las manos,
lo dio vuelta con una rama. En ese preciso instante el joven profirió un
leve gemido asustando a Jasyrendy, quién huyó espantada del lugar. Mientras
corría por el bañado enredándose con las plantas acuáticas, pensaba
confundida, quién podría ser el joven de tan finas facciones. Repasó
mentalmente cada uno de los mitos guaraníes que le habían relatado en su
niñez. El enano Cuarahú-Yara, el duende Curupí... Finalmente concluyó
que podría ser el Yjara, padre de las aguas, de cabellos colorados y tez
blanca el cual solía acercarse a las jóvenes para llevárselas consigo mediante
encantamientos. Sin tener la solución precisa a tal acertijo, se detuvo a
pensar con calma. Aún respirando con gran agitación volvió sobre sus
pasos, no quería abandonar a una persona moribunda, al fin de cuentas
ella era una aprendiz de Pajé y nada habría aprendido si no intentaba salvar
a un ahogado.
–El Yjara no puede ser –se contestó a sí misma–. Tiene una larga barba roja
y por lo que pude ver, a éste casi no le crecen los pelos en la cara –dijo en voz alta
para calmarse.
Arrastró la canoa hasta ponerla al lado del joven, y juntando coraje lo
abrazó para levantarlo con todas sus fuerzas e introducirlo en ella.
Muchas eran las historias de sirenas que había escuchado Francisco,
pero nunca las imaginó morenas y de tal belleza. Recostado en la canoa
observó su delicada espalda, atendiendo como sus estilizados músculos se
tensaban en cada brazada; sus finos cabellos negros le recordaban a su madre,
y los glúteos erguidos que pendían de su delgada cintura le marcaban en
cada movimiento cuan de carne y hueso era la mujer que le había salvado
la vida. No pudo salir de tal ensueño, pues a pesar de tratar volver a la
realidad una y otra vez, el agotamiento y la fiebre le hacían perder la
conciencia. Se incorporó levemente tratando de alcanzarla pero
inmediatamente se desmayó.
–¡Nimuendajú, Nimuendajú! ¡Pajé, venga pronto, por favor!
–¿Qué sucede? ¿Qué te tiene tan exaltada? –preguntó el Pajé con
parsimonia, mientras Jasyrendy corría desde la costa.

163
–¡Venga a ver! –insistió sin más explicación, dándose vuelta y regresando
con premura hacia la canoa.
–¡Un Jasí Jateré! –exclamó el anciano, confundiendo a Francisco con
un duende rubio y de ojos celestes que solía raptar a los niños cuando se
portaban mal.
–Yo pensé que se trataba de Yjara porque lo encontré en el agua –agregó
Jasyrendy intentando dilucidar el misterio.
–No es posible. Yjara tiene barba, es más alto y más viejo. Además, es
imposible que lo hallases ahogado, ya te hubiera llevado con él a las
profundidades. Le gustan particularmente las mujeres jóvenes que se bañan
en la costa, y últimamente no hemos tenido ninguna desaparición misteriosa.
Hace rato que Yjara no anda por aquí –dijo con determinación–. Sin
duda se trata de Jasí Jateré. Llevémoslo adentro así podré atenderlo.
–¿Qué diremos en la aldea? –preguntó Jasyrendy a su maestro.
–No diremos nada hasta no saber exactamente de quién se trata –y
agregó, casi pensando en voz alta–. ¿Qué extraña vestimenta tiene? No está
siquiera adornado. ¿Dónde estará su bastón?...
Le quitaron las ropas mojadas y lo recostaron en una hamaca sobre
un pequeño brasero. El Pajé observó extrañado la ropa del náufrago.
Nunca había visto nada igual. Aunque no era la primera vez que veía
prendas confeccionadas y tejidas, no tenía ningún parecido al Tipoy,
camisola que usaban las mujeres en invierno, ni a los finos tejidos de los
hijos del Inca. Sin duda era vestimenta de otro mundo. Debía ser
cauteloso, no deseaba ser víctima de algún engaño o conjuro a los que
estaban acostumbrados a realizar infinidad de duendes mal intencionados,
o del mismísimo Añá. Pues este dios maligno era capaz de transformarse
convirtiéndose en cualquier forma humana o animal con tal de obtener
algún objetivo maléfico. Durante toda su vida había procurado realizar
buenas acciones para acceder a la Tierra sin Mal, y no era cuestión que al
final de su vida, Añá le tendiese una trampa. Mucho menos que se
apoderase del alma de algún habitante del Tekoa. Aspiraba llegar a ser un
Karaí algún día, por lo tanto debía cuidar no sólo la salud del pueblo
sino la virtud de sus moradores.
–¡Mira su pierna! ¡Está inflamada y amoratada! –le indicó Jasyrendy al
Pajé.

164
–Es una picadura de raya de río. Debemos curarlo inmediatamente –agregó
Nimuendajú, indicándole que ponga agua a hervir.
–Mezcla con el agua estas hojas de ñambí y tangará. Sirven para desinfectar
heridas ponzoñosas. Agrega un poco de ambaih para calmar el dolor –dijo,
aprovechando la ocasión para enseñarle una nueva poción.
La niña, presurosa, repitió cada una de las órdenes del maestro miran-
do de reojo al convaleciente. Si bien desconfiaba de él, le inspiraba cierta
ternura. Era tan joven y apuesto que no podía imaginarlo como un
enviado de Añá. Al fin y al cabo ella era una mujer, y no lograba abstraerse
de la belleza exótica y misteriosa de aquel joven.
–¡Jasyrendy! ¡Deja de mirarlo y acércame el preparado! –la reprendió el
maestro, mientras trataba de limpiar la herida con un paño de algodón–.
Unta su cuerpo con esta pasta de jaborandí –el jaborandí era un poderoso
sudorífico que forzaba la eliminación de las sustancias tóxicas de la
picadura de la raya–. Lo mantendremos recostado y en ayunas unos días y
veremos como evoluciona.
–¿No crees que si fuese Añá ya se hubiera curado a sí mismo?
–Es posible. Por ahora lo trataremos como a un hombre extraño y con el
tiempo se revelará el misterio. Consultaré a la bruma del tabaco para que mañana
al amanecer los dioses me manifiesten durante las Ñe’e porä de quién se trata.

UN SUEÑO EXTRAÑO
Ñamandú, el primer padre, hizo que su propio cuerpo surja de la
noche originaria. Gracias a su divino saber de las cosas, se desplegó a sí
mismo en el corazón de la noche originaria. Maino, el colibrí, lo alimentó
en aquella noche. Él no conocía su futura morada celeste, todavía no
había hecho que se despliegue. Él habitaba en el corazón del viento
originario, mientras Urukure’a, la lechuza, hacía que existan las tinieblas,
el espacio tenebroso.
Cumplido el tiempo originario, hizo que el viento se convierta en
el tiempo nuevo, el tiempo nuevo de las cosas inmortales. Ya estaba
erguido cuando engendró la llama y la bruma. Entonces desplegó el

165
fundamento de la Palabra futura y así creó su propia divinidad.
Desplegada la Palabra futura, hizo surgir la fuente del canto sagrado.
¿Pero quién repetiría el canto sagrado? Con fuerza en su mirada, buscó
en el divino saber de las cosas, e hizo que surja el divino compañero
futuro, Ñamandú Gran Corazón; verdadero padre de los numerosos
hijos que vendrían y Padre verdadero de la Palabra que habitara en sus
numerosos hijos. Prosiguiendo, hizo surgir a Karaí, a Jakaira, y Tupán,
futuros padres verdaderos de numerosos hijos. Hizo que se sepan
divinos. Finalmente la desplegó a ella, la madre futura de los Ñamandú,
la madre futura de los Karaí, la madre futura de los Jakaira, la madre
futura de los Tupán; e hizo que ella se sepa divina y que tenga un lugar
en su corazón.
Ñamandú, el padre primero, deseaba conocer ya su futura morada
terrestre. Por lo tanto hizo que desde el extremo de su bastón-insignia la
tierra se desplegase. Con los dedos de su mano hizo surgir las palmeras
azules: la primera la colocó en el centro de la tierra; con los vientos empujó
la tierra hasta su lugar definitivo, al principio la afirmó sobre tres palmeras,
pero todavía se movía, así que la apoyó sobre la cuarta y así encontró su
lugar y dejó de moverse.
La primera en manchar el lecho de la tierra fue la serpiente originaria.
El que primero cantó sobre el lecho de la tierra del primer padre, fue
Yrypá, la cigarra. Yamaí, el renacuajo, fue el primer señor de las aguas.
Cuando Ñamandú el padre primero hizo la tierra, la selva se extendió
por todas partes: las sabanas no existían. Por eso, para abrir el espacio de
las sabanas, envió a Tukú, la del crujido agudo, la langosta verde. Y por
donde ella pasaba se desplegaban los espacios de hierba. Tukú las celebraba
con agudos crujidos. Cuando las sabanas se dejaron ver, el primero en
hacer oír su canto, el primero en mostrar su contento fue Inambú, la
perdiz colorada.
Antes de penetrar en su morada celeste, Ñamandú, le dijo a Karaí:
“Harás que tu hijo sea el guardián de las llamas destinadas a crecer, para
aquellos que hemos querido adornar”. Prosiguiendo le dijo a Jakaira:
“En cuanto a ti serás el guardián de la bruma donde nacen las Bellas
Palabras, y harás que tu hijo sea el guardián llamándolo Señor de la
bruma de las Bellas Palabras”. Luego se dirigió a Tupán diciéndole: “Tú

166
serás el guardián del Gran Mar en su totalidad. Irguiéndome, haré que
para ti el firmamento sea fresco. A esa cosa que es fuente de frescura, tú
la albergarás sobre el lecho de la tierra, a favor de nuestros hijos e hijas,
los adornados”. Aprestándose a hacer terrestre el bello saber, le dijo a
Jakaira: “Haz desde ahora que la bruma corone la cabeza de mis hijos y
mis hijas. Haz que cada comienzo del tiempo nuevo se derrame la bruma
sobre el lecho de la tierra. Gracias a eso solamente, habrá para nuestros
hijos e hijas el buen vivir”. Prosiguiendo, dijo: “Y tú Karaí, harás que las
bellísimas llamas habiten nuestros hijos favorecidos y nuestras hijas
favorecidas”. “Por eso, tú mi hijo Tupán en cuanto a eso que yo he querido
fuente de frescura, tú harás que habite en el corazón de mis hijos. Así
solamente los numerosos destinados a erguirse sobre el lecho de la tierra,
aunque ellos mismos desearan separarse de lo que los reúne, permanecerán
en lo que los reúne. Gracias sólo a aquello que es fuente de frescura, las
normas futuras de lo que reúne harán que no haya calor excesivo para
nuestros futuros hijos favorecidos, para nuestras futuras hijas favorecidas”.
Así Ñamandú dio su nombre a los padres verdaderos de sus futuros
hijos, y así les dio la Palabra destinada a habitar en sus hijos. Finalmente,
antes de retirarse a su futura morada celeste les dijo: “Ahora que os he
dado vuestro nombre, vosotros, en cuanto a las normas futuras de los
terrestres adornados, en cuanto a las normas futuras de las terrestres
adornadas, a las normas, vosotros, sabedlas”.

Hubo, para todos los de la primera tierra, acceso a lo que no estaba


destinado a lo imperfecto. Los que pronunciaron las bellas plegarias, los
que fueron maestros del saber, aquellos para quienes hubo, bellamente,
plenitud acabada, todos ellos se encaminaban hacia su futura morada.
Ellos mismos hacían que se despliegue su futura morada de tierra eterna.
Sin embargo, aquellos para quienes no hubo dominio del saber, los que
se reunieron en la fuente del mal saber, los que se apartaron de aquellos
que moran por encima de los adornados, todos ellos se encaminaron a
una plenitud diferente. Algunos fueron transformados en pájaros, en
ranas y escarabajos, pues no habían respetado a los padres primeros, los
bienaventurados, los que les habían dejado las normas futuras, y sólo
mediante ellas habría el buen vivir...

167
Cierto día, Karaí Jeupie, el padre primero último, el señor del “mal
amor”, desoyó el mandato de los padres primeros; y desobedeciendo las
normas futuras y el buen saber, se casó con la hermana de su padre. Por
aquel motivo, la tierra comenzó a sacudirse. Por haber faltado el respeto a
las normas, la tierra fue maldita.
Se sacudía desde hacía tiempo, cuando el pájaro Kuchiu, el primero,
escuchó algo y preguntó:
–¡Eh! ¿Han oído lo que yo he oído?
–¡Vamos! Lo que has oído es el ruido de tus propias orejas. ¡Un
zumbido en tu cabeza! –le respondieron el futuro buitre, la futura rana,
el futuro sapo, el futuro chapire.
La tierra continuaba sacudiéndose y Kuchiu no cesaba de
lamentarse, pues él siempre oía el mismo ruido.
–¿Oyen lo que yo oigo? –insistió.
Pero los otros no le creían nada, y le respondían:
–¡Es el zumbido en tu cabeza! ¡Es el zumbido de tus oídos lo que
escuchas!
Ofendido por las burlas de sus amigos, prefirió no volver a
mencionarlo.
Fue entonces cuando se escuchó verdaderamente que la tierra se
sacudía. En ese momento Kuchiu voló, pues el agua llegaba. Los buitres
también volaron. Todos volaron. Ñamandú, indignado por la falta de su
hijo, descargó su ira sobre la primera tierra inundándola con un gran diluvio.
La mujer de Karaí Jeupie, se transformó en rana para poder sobrevivir, hoy
todavía hace ruido cada vez que sacude su bastón de danza. Karaí Jeupie,
en cambio, penetró en medio de las olas. Luego de nadar, ya a punto de
ahogarse, le suplicó a su padre:
–¡Haz que de nuevo surja una palmerita pindó azul! ¡Oh mi Padre,
el primero!
Su padre tuvo piedad de él y no se engañó, pues su hijo tuvo gran
coraje. Afrontó las aguas con gran valor. Por eso surgió en medio de las
aguas un pequeño pindó azul, a fin de que él pudiera sostenerse. Una vez
el pindó en su lugar, su padre le dijo:
–Ahora sí, mi hijo Karaí Jeupie, tú posees el saber de las cosas. ¡Tu
corazón es grande, y está bien así! Si estas cosas se arreglan algún día, tú

168
desde lo alto, enviarás un mensajero para que advierta a mis hijos, los
adornados, que jamás deben abandonar el camino del buen saber; y así
podrán acceder a la morada divina...

Nimuendajú se despertó sobresaltado. Toda la noche había consultado


a la bruma del tabaco en busca de una respuesta convincente. Nada más
perturbador que aquel sueño sobre la fundación de la primera tierra y el
diluvio que la destruyó. Él sabía mejor que nadie el esfuerzo de sus
antepasados en hallar la Tierra sin Mal. Ya nada había sido igual luego de
aquel diluvio. La Tierra Imperfecta quedó separada por el vasto océano
de la Tierra sin Mal. Y aunque generación tras generación trató,
infructuosamente, de encontrar el camino hacia la nueva morada; a pesar
de sus plegarias, a pesar del largo peregrinar, siempre se toparon con el
inmenso Mar. ¿Pero qué quisieron decir los dioses con aquel sueño?
Nimuendajú observó a Francisco que dormía apaciblemente en la hamaca,
y meneó la cabeza. ¿Quién era ese extraño joven? ¿Acaso un enviado de
Karaí Jeupie? ¿Un mensajero? ¿Sería quien les indicaría el camino hacia
el Nuevo Mundo?
De Norte a Sur, de Este a Oeste, generaciones enteras de guaraníes
habían migrado en busca del paso que los condujese a la Tierra sin Mal,
al espacio perfecto, a la morada del descanso eterno. Repitieron las Bellas
Palabras, amanecer tras amanecer. Respetaron estrictamente las normas
de los Padres Primeros, caminaron incansablemente; y, sin embargo,
estaban condenados a la Tierra Imperfecta. Ahora, repentinamente, desde
el agua llega un joven. Y cuando consulta a la bruma del tabaco los Padres
Primeros le revelan el mito del diluvio. ¿Será, entonces, el fin de la segunda
tierra? Decidió no atormentarse más. Aún no tenía una respuesta
definitiva. Tomó su bastón y su maraca y se dirigió al Opy a pronunciar
las Ñe’e porä...

169
ENTRE DOS MUNDOS

Cuando Francisco se despertó estaba amaneciendo. Siguió acostado


un rato, intentando captar el sueño que se le iba, sueño en el que había
estado sumido durante un largo tiempo. Sólo recordaba la figura de su
madre. Aquella larga noche, oscura y tenebrosa, el rostro de Lola había
brillado con luz todavía más intensa. Parecía como si aquella mujer huyera
perseguida, expulsada de la vida por una especie de monstruo, mientras
sus ojos se clavaban en los de su hijo con una expresión indescriptible de
esperanza...
Se levantó y, aún con cierta debilidad, se tambaleó hasta salir de la
choza que lo había albergado durante varios días. El sol inundaba de vida
esplendorosa el agua y la tierra dando a cada rasgo del paisaje una forma
y color extrañamente familiares. No sintió miedo ni desesperanza. Desde
lo alto de aquella cabaña construida sobre pilotes de tronco de palmeras,
se percibía el aroma de la frondosa vegetación, inundando el ambiente
de paz y serenidad. Escabulliéndose dubitativo por la larga pasarela, se
aproximó a la costa del río. Apoyado en el barandal observó como la
nereida que lo había rescatado de las tinieblas emergía del agua. Jasyrendy
se volteó y dirigiéndole una amplia sonrisa blanca le habló en un idioma
misterioso. Las musicales palabras lo despertaron repentinamente del
ensueño, y al ver a la joven completamente desnuda apartó la vista por
pudor. Su reacción lo desconcertó. Ya había estado junto a nativas
desnudas, pero sin duda, nunca había visto a una “mujer” en tal situación
y, por un extraño motivo, no pudo vincular a esta joven hermosa al mundo
de los salvajes.
Su piel tersa y suave le recordaba al de las ordeñadoras españolas,
aquellas eran las únicas mujeres del viejo continente que no tenían el
rostro picado por la viruela. Su cuerpo carente de bello le daba una imagen
sensual y mágica a la vez. Y sus movimientos suaves y delicados le impedían
abstraerse de la sensación de desasosiego que le producía el hecho de verse
atraído por primera vez hacia una mujer.
A Jasyrendy le produjo cierta hilaridad el prurito del grumete, y al
presentir la atracción de Francisco, forzó su femineidad recogiéndose el
cabello mientras erguía solapadamente sus pechos al mismo tiempo que

170
dejaba caer suavemente sus párpados. Levantó el paño al salir del agua y
secándose subió los escalones que la condujeron hasta la pasarela donde se
hallaba Francisco. Sin mayor explicación, lo tomó dulcemente de la mano
y lo condujo hacia la casa de Nimuendajú. El color pálido del galante
caballero la confundía. Dudando si se trataba de su color natural o era por
la fiebre que aún no habían logrado combatir del todo, prefirió invitarlo a
que se recostase en la hamaca nuevamente.
Día tras día, fue testigo y parte de las curaciones mágicas del
Pajé. Sus heridas fueron sanando sin el más mínimo síntoma de
infección. Los extraños brebajes que preparaban el médico brujo y su
aprendiz lo revitalizaban y, más asombroso aún, le calmaban el dolor.
Forzándolo a descansar y a ayunar, la fiebre desapareció por completo.
“¡Ay de mí madre! Si estos salvajes hubiesen sido sus médicos, hoy
estaría llena de vida” reflexionó, al presenciar la pericia con que se
desempeñaban. Nada de sangrías, ninguna cataplasma, todos los
métodos eran incruentos. Un brebaje para dormir, uno para calmar
el dolor, otro para bajar la fiebre, los cuales, sumados a las palabras
mágicas y los baños matinales con hierbas aromáticas salvaron a
Francisco de una muerte segura.
El diálogo de sonrisas y gestos amables fue el lenguaje universal con
el cual se entendieron. Ni el viejo, ni la niña, le inspiraban desconfianza.
Sin duda, su decisión de cruzar el río fue acertada. No estaba todo dicho,
sin embargo, en esta pareja amable y bondadosa tendría dos aliados
incondicionales para extinguir sus temores.
Había logrado entablar una gran amistad con el Pajé y la hermosa
Jasyrendy. Aunque aún lo conservaban oculto en la cabaña de Nimuendajú,
pues los tres deseaban estar seguros en la presentación oficial. No sabían
como reaccionaría el resto de la aldea, y el Pajé carecía de la suficiente
fuerza para influir en el ánimo del Mburuvicha o los Ñanderú. Si estos
adoptaban una decisión adversa al extranjero, él no podría evitarla.
Mientras tanto, Nimuendajú, instruyó a Jasyrendy para que le enseñase la
lengua de los Padres Primeros y se informase de todo cuanto pudiese sobre
este extraño joven que le enviaran los dioses.
–Che reraite Jasyrendy (yo me llamo Luz de Luna) –le dijo a Francisco
cierto día.

171
–¿Che? –preguntó Francisco confundido.
–Che (yo) –le contestó señalándose a sí misma para indicarle que se
trataba del pronombre personal de primera persona del singular.
–Che, tú –insistió Francisco, confundiendo el pronombre personal
de primera persona con el de segunda persona.
–Che (yo) –dijo Jasyrendy.
–Che (tú) –dijo Francisco.
–Che (yo).
–Che (tú).
Repitieron una y otra vez la palabra hasta que, luego de una estrepitosa
carcajada, Francisco logró comprender que se trataba de la primera persona
y no de la segunda. Sin embargo, desde aquel día, cada vez que llamaba
a Jasyrendy, lo hacía con un cariñoso “che” a modo de broma y con el
deseo de tener siempre presente aquel primer diálogo entre dos lenguas
extrañas.
No menos confuso fue, para Jasyrendy, la forma de pronunciar el
nombre de Francisco.
–Che reraite Francisco –dijo el joven náufrago, haciendo gala de su
rápido aprendizaje de la lengua guaraní.
–¿Chiko? –Preguntó, dulcemente la nativa.
–Francisco –repitió el grumete de Solís.
–Chiko –insistió.
–¡Fraaan cisco! –le remarcó Francisco.
–Chiko.
–¡Francisco!
–¡Chiko!
Y aunque el grumete le explicara que chico significaba pequeño;
dándose por vencido, le permitió que lo llamase así. Sin embargo, aquel
no fue el único obstáculo. Dado que Jasyrendy tenía cierta dificultad en
pronunciar el español, acostumbrada a acentuar la última sílaba de cada
palabra, fue deformando con el tiempo la lengua de Francisco,
modificando por ejemplo: “ven aquí” por “vení para acá” o “sostén esto”
por “sostené esto”. Juntos inventaron una nueva lengua, o al menos la
lengua castellana adquirió otra musicalidad en las costas del Paraná. Ya
nada fue igual, desde que estas almas gemelas coincidieron. Dos culturas

172
se encontraron en armonía, anticipando el choque desigual que finalmente
vendría. Quizá Nimuendajú no estaba tan desacertado al interpretar el
mensaje de los dioses como el fin de la segunda tierra. Quizá Francisco,
sin proponérselo, no había hallado un Nuevo Mundo sino que lo estaba
creando junto a Jasyrendy.
A lo largo de los días logró explicarles de donde venía, del cruce del
Mar, de la búsqueda del “paso”, de las especias, del oro. Un poco por falta
de entendimiento otro poco por pertenecer a culturas muy diferentes, al
Pajé nada de esto le parecía pertinente: ¿El oro? ¿Para qué buscaban tan
afanosamente un metal sin valor alguno? ¿Las especias? ¿Qué tenía de
maravilloso unas plantas molidas, él vivía rodeado de ellas y no le inspiraban
una admiración tal que justificase cruzar el océano? Sin duda Francisco lo
estaba engañando. Venía de la Tierra Sin Mal, del otro lado; el mensajero
de los Padres Primeros podría ser esquivo pero seguro tendría algo que
decir.
Al percibir la confusión de la que era objeto el Pajé, Francisco dejó
correr su imaginación. Era oportuno que lo confundiesen con una
divinidad, mientras tuviese algún mensaje místico que dar, sin duda no
formaría parte de ningún banquete, al menos como alimento, en todo
caso como comensal. Hizo un esfuerzo sublime por explicar en media
lengua el catecismo. Nada claro salió de aquel primer relato. Los
conocimientos bíblicos del grumete eran muy limitados, nieto adoptivo
de un cantinero judío, hijo de una mora no muy creyente, y discípulo de
un fraile más afecto al vino que a la oración, poco pudo hacer para esclarecer
los conceptos básicos de la fe cristiana. Sin embargo, al Pajé le quedó claro
que por algún extraño motivo, los dioses enviarían gran cantidad de Karaíes
portando el palo cruzado en un futuro cercano. La confusión entre la cruz
y las palmeras Pindó cruzadas con las que Ñamandú sostuvo la primera
tierra, fue otro de los grandes errores en los que cayeron en aquellos días de
limitaciones lingüísticas y primeros contactos. Para Nimuendajú ya no
quedaban dudas, Francisco era un Karaí mensajero de Karaí Jeupie. La
tierra mítica del otro lado del océano, plagada de castillos y reyes, no podía
ser otra cosa que la Tierra Sin Mal, morada de los Padres Primeros. Lo mejor
era congraciarse con el extranjero, quien seguramente sería un mediador entre
los adornados y los divinos.

173
El silencio y la prudencia serían de aquí en más aliados inseparables de
Francisco. Él sabía que una palabra de más podía dar por tierra las teorías
enhebradas por el médico brujo. Ser divino, era un pasaporte ideal para
sobrevivir en una tierra extraña, ser un impostor era otra cosa. Mientras
tanto no se apartaría demasiado de su intérprete y amiga Jasyrendy. Le
era grato contar con su compañía y le aseguraba lo más importante hasta
aquel momento. ¡Mantenerse con vida!

ENREDOS DE TIPOY

Hacía tiempo que las eludía, no deseaba reflejar en su cara el secreto


que ocultaba. Nahatî intentó varias veces llamar su atención, pero Jasyrendy
siempre la evitaba con palabras esquivas. Nandi simplemente se ofendió,
interpretando el silencio de su amiga como un acto de pedantería por estar
aprendiendo el arte de curar. Con los meses llegó el invierno, y con él, el
tipoy, túnica con la cual se cubrían las mujeres para protegerse del frío.

–¡Ya no puedo disimularlo más! –dijo Nahatî, cortándole el paso.


–¿Qué es lo que no puedes disimular?
–¡Mi gravidez! –exclamó gritando, a riesgo de ser escuchada por oídos
indiscretos.
–¿Estás embarazada?
–¿Tú qué crees? Mis pechos están por estallar, y mis anchas caderas sólo se
disimulan gracias al tipoy.
–¿Cómo ha sucedido?
–¡Jasyrendy! ¿En qué mundo estás? ¿En qué piensas? Ya te he contado...
–¡La pócima de Nezú! ¡La que has tomado por error! –exclamó, al recordar
la gran falta que había cometido su amiga.
–Ya me estabas preocupando. ¿Ahora, dime en dónde te has metido?
Nos has ignorado a mí y a Nandi durante meses. Te has comportado de
manera extraña...

174
–Simplemente estuve muy ocupada preparando nuevas fórmulas con
Nimuendajú –la interrumpió, sin poder evitar sonrojarse por la mentira
que le decía.
–¿Y le has consultado sobre mi problema?
–...
–¡Jasyrendy! ¡Ni siquiera se lo has preguntado! ¡Me habías prometido que
te encargarías de todo! –la increpó enojada ante el silencio de la amiga. Rara
vez se podía ver a Nahatî contrariada, pero el fatal olvido de Jasyrendy la
ponía en una situación muy peligrosa.
–Ya mismo vamos a buscarlo –le dijo para complacerla y reparar aunque
sea en parte el daño que le había ocasionado. Sin embargo, al recordar
que Francisco se encontraba en la casa del Pajé, volvió sobre sus pasos y
le dijo:
–¡No! Mejor, quédate aquí y nos esperas. Yo voy a buscarlo.
–¿Desde cuándo no puedo ir a la casa de Nimuendajú? –preguntó
Nahatî, sospechando que algo raro sucedía.
–Simplemente quédate aquí. Estamos preparando medicinas cuya cocción
no puede ser presenciada por nadie –mintió nuevamente Jasyrendy.

A pesar de los esfuerzos de Jasyrendy, el escándalo no pudo ser evitado.


Toda la aldea supo del embarazo de Nahatî y si bien el nombre del padre
fue ocultado por algún tiempo, cuando la vida del niño estuvo a punto
de correr peligro, las jóvenes prefirieron revelar el misterio. Los más
exaltados pedían entregarle al niño al Jaguareté. Suponían que dar a luz
a un niño fuera del matrimonio era una ofensa grave para los Padres
Primeros, y por lo tanto reaccionarían castigando a toda la aldea. Las
madres se opusieron terminantemente a aquella solución, consideraban
un derecho preservar la vida de sus hijos, y no dudaron en ponerse del
lado de Nahatî, que para ese entonces, ya no salía de la maloca y no
cesaba de llorar. Finalmente sucedió lo inevitable, hombres y mujeres se
trenzaron en una acalorada disputa. El consejo de ancianos decidió llamar
a reunión y así dirimir la cuestión.
Luego de tres largas noches consultando a la bruma del tabaco, primó
la cordura, y se impuso la teoría de Nimuendajú y Zaguacari el Mburuvicha
Guazú: nada debían temer, los dioses no podían manifestar más que alegría.

175
El vástago había sido gestado con amor. ¿Quién podía desconocer el amor
que se tenían Kerana y Nahatî? Definieron realizar la boda con grandes
festejos, de ese momento a tres lunas llenas. Mientras tanto la pareja debía
compartir el mismo techo para habituarse a la vida conyugal y así proteger
a la criatura desde la gestación hasta el parto. El nacimiento se realizaría
según la solemnidad que las Normas Futuras de los Padres Primeros
establecieran para cuando un nuevo niño toma asiento en el Tekoa. Así fue,
como en la maloca donde habitaba Kerana colocaron los palos cruzados y
prendieron el fuego para definir el espacio de la nueva familia, y desde
aquel momento formaron un hogar.
Ignorada por Jasyrendy, quien se encontraba diariamente en forma
secreta con Francisco y apartada de Nahatî, la cual se hallaba sumamente
ocupada con las nuevas obligaciones de esposa y preparando acele-radamente
su boda; Nandi presa de los celos, sola y despreciada como se sentía, se
vinculó al más marginado de todos los jóvenes de la aldea: Ro’yju. Adicto
al yage o caapí, a duras penas podía caminar erguido. Aquella no era sólo
una condición física sino también moral. Pues caminar encorvado significaba
estar ligado al mundo animal, al salvaje; quien arqueaba su espalda, tendería
a pararse en cuatro patas como el jaguareté, y por lo tanto perdería la
rectitud que debía caracterizar a un elegido de los dioses. Si un hombre no
caminaba perfectamente derecho era un claro signo de perdida de identidad
como ser humano y por lo tanto un castigo divino. Aquel era uno de los
motivos por el cual los jóvenes ya no se acercaban a Ro’yju. Sabían que
tarde o temprano quedaría convertido en jaguareté y perdería su condición
de adornado. A Nandi poco le importaba, era rebelde y si no podía llamar
la atención del algún joven, bien valía la pena exponerse y cautivar al
ermitaño Ro’yju. Con cautela y haciendo sonar sus cascabeles se aproximó,
y con voz seductora le preguntó:
–Me han dicho que conoces personalmente a Nezú.
–No. No lo conozco –contestó parco y esquivo.
–Me refiero al Curupá ara, el provocador de visiones.
–Sé a quién te refieres, pero no lo conozco –insistió Ro’yju, ocultando
toda vinculación con el falso Pajé.
–Me han contado que es capaz de predecir el futuro y ver más allá de lo
que el resto puede ver –agregó Nandi, aproximándose con toda intención

176
al muchacho, quien se apartaba temeroso de las artimañas seductoras de la
niña.
–¿A qué se debe tú interés en predecir el futuro? –le preguntó, siguiendo
la conversación, ya atraído por los encantos de la joven. No deseaba que
Nandi perdiera interés en él, hacía mucho que no se le acercaba ninguna
mujer y tenía la oportunidad, misteriosamente, de poder conquistar a una
de las jóvenes más atractiva de la aldea.
–No es el futuro lo que me interesa. Me gustan los hombres con poderes
mágicos, capaces de soñar despiertos. Aquellos que te pueden transportar al
mundo de los dioses, donde todo es placer y alegría –le susurró al oído,
exhalando el aliento cálido en el cuello de su víctima.
–Quizá algo de eso yo conozco... –le contestó, dejándose llevar por el
juego propuesto por Nandi.
–Estoy aburrida de los hombres comunes. Sólo saben pescar y mostrar sus
destrezas con el arco y la flecha. Quiero conocer a alguien que me invite a
experimentar una experiencia mágica y profunda.
–¡Yo podría darte esos poderes mágicos! –le dijo, sabiéndose el hombre
indicado.
–¿Puedes? ¿Puedes darme el poder del encantamiento?
–Puedo eso y mucho más. Puedo lograr que conviertas a las personas en
animales y a los animales en cosas. Puedo lograr que te transportes a la morada
de los Padres Primeros y regreses con sus poderes mágicos –exageró, con la
intención de mostrarse virtuoso y diferente al resto de los jóvenes.
–¡Tú eres mi hombre! –se abalanzó, abrazándolo y besándolo en los
labios.
El delgado y enjuto Ro’yju se sonrojó y apartándola levemente le
dijo:
–Aguárdame esta noche, mientras todos duermen, en la orilla del arroyo.
Allí te llevaré al mundo de los magos, donde muy pocos pueden entrar. Primero
te iniciarás como hechicera y luego tendrás todos los poderes que te he
prometido...
Nandi se fue dando pequeños saltitos de alegría. No sólo su amiga
Jasyrendy tendría secretos y poderes especiales. No sólo Nahatî tendría
esposo. Ella, ahora, podría conquistar el corazón de cualquier hombre, y
aquel que la rechazase... ¡Zazatttt! Lo convertiría en sapo. Si su deseo era

177
amar a un hombre casado, no tendría problemas en convertir a su celosa
esposa en piedra, en escarabajo, en cigarra...
Ro’yju se encontraba sorprendido por su suerte. Rechazado por las
mujeres solteras, aislado por los jóvenes y siempre sometido a burlas y
malos tratos; repentinamente se le acercó la más bella de todas las mujeres,
la cual no sólo veía en él a un hombre, sino que lo seducía, lo conquistaba
y lo besaba. Él sabía que era diferente, él sabía que era mejor que aquellos
hombres chatos sin inquietudes, pero no podía engañarse, era el muchacho
más feo y débil de todo el tekoa. Sin embargo, Nandi descubrió en él
algo que no podía comprender. Estaba dispuesto a hacer todo cuanto la
joven mujer le pidiese. No iba a dejar pasar la oportunidad de recuperar
su dignidad. Quizá le ofreciese matrimonio. Sus padres, ahora podrían
estar orgullosos...

UNA HISTORIA DE GEMELOS

Recostados en la hierba, platicaban amigablemente. Francisco


apoyaba su cabeza sobre su mano derecha, mientras enredaba los dedos
de la izquierda jugueteando con los cabellos de Jasyrendy. La niña yacía
de espalda con las manos en la nuca y la mirada perdida en el cielo azul
inmenso y diáfano.
–Es una historia muy triste –le dijo algo acongojada.
–Todas las historias son tristes –contestó Francisco.
–¿Por qué permitió que crucificasen a su hijo si era Dios?
–Para salvarnos de nuestros pecados.
–Pero él era un hombre bondadoso. ¿Cómo puede salvarnos de
nuestras maldades siendo él la víctima?
–Supongo que ofreciéndonos una lección de amor.
–¡Así y todo es una historia muy triste! ¿Qué sucedió con su madre?
–Otro día te contaré como sigue mi historia. Ahora cuéntame una
historia de tus antepasados –le dijo, intentando salir del paso. No
recordaba ni las cosas más elementales de las Nuevas Escrituras y se veía

178
obligado constantemente a inventar e improvisar sobre la marcha. Prefirió
cambiar de tema y así aprender algo de la cultura de Jasyrendy.
–Muy bien, te contaré la historia de nuestros hermanos Kuarahy y
Jasy, el Futuro Sol y la Futura Luna:

“La futura madre de Kuarahy, nuestro Hermano el Futuro Sol, era la


esposa de Nuestro Padre Primero el Gran Ñamandú. Estando ya encinta,
una tarde se fue a cazar perdices chororo. Sin querer capturó una lechuza
que había quedado atrapada en una de las trampas que había colocado.
Apenada por la situación, decidió quedarse con ella como animal
doméstico. Todas las noches hacía dormir a su animal doméstico junto a
ella. Con su ala, el pájaro golpeaba suavemente la cabeza de la dueña. Y
así, por medio de este encantamiento, fecundó a la desprevenida mujer.
Entonces la lechuza tomó cuerpo; era nuestro Padre Último el Pequeño,
Ñanderú Mbaekuaa. Sorprendida la mujer le preguntó: –¿Qué me has
hecho? ¡Tú no eres la lechuza!
–No he podido abstraerme de tu belleza. Por tal motivo, te he elegido
como madre de mi hijo Jasy, la Futura Luna –le contestó Ñanderú
Mbaekuaa.
–¡Eso es imposible, ya llevo en mi vientre el hijo de Ñamandú!
–Pues ahora deberás cargar con los dos –replicó Nuestro Padre Último
el Pequeño.
Estando así las cosas él quiso abandonar la tierra junto a la Futura
Madre: –¡Vamos a mi morada! –le dijo a la mujer engañada.
–Yo no quiero ir. Tu me has engañado y no deseo acompañarte –le
contestó.
–Aunque sea más tarde tráeme a mi hijo –le suplicó por última vez,
y decepcionado partió.
La esposa de nuestro Padre el Grande tenía ahora dos hijos en su
vientre, y los motivos de discordia no faltaban entre ella y su marido:
Cierto día, Ñamandú había partido rumbo a su plantación. Recorrió
el lugar que había quemado, y sin hacer un gran esfuerzo, el maíz que
había sembrado brotó casi inmediatamente. Cuando regresó a su casa,
tocó el vientre de su esposa para admirar el fruto que en él germinaba. Al
percibir que eran dos sus hijos se alegró, pues los hombres no estaban aún

179
destinados a saber que la mujer es más astuta, por eso ignoraba que
uno de los hijos no era suyo. Mientras la tocaba con la palma de su
mano, le dijo: –¡Ve a la plantación y trae el maíz tierno para que lo
comamos!
–Sólo hace un momento que has partido a trabajar y ahora me dices:
ve a buscar maíz –le contestó la Futura Madre irritada.
–Es tú obligación alimentarme –insistió.
Ofendida ella exclamó: –Sólo uno de los niños que llevo en mi vientre
es tu hijo, pues el otro no es fruto de tu amor. Es Jasy, la Futura Luna,
hijo de Ñanderú Mbaekuaa, el que sabe las cosas.
Ñamandú, desengañado por la confesión de su esposa, se tendió en
su hamaca de fibras de ortiga. Mientras reflexionaba en la manera que la
abandonaría se quedó dormido. A la mañana se levantó y dijo: –¡Me iré
bailando!”

–¿Cómo es posible que la mujer estuviese encinta de dos hijos distintos


a la vez? –le preguntó Francisco y, con cierta ironía, agregó: –¿Acaso puede
una lechuza embarazar a una mujer con su ala?
–Del mismo modo que “tu” Espíritu Santo embarazara a María, “mi”
lechuza hizo lo propio con la esposa de Ñamandú –le contestó risueña
Jasyrendy.
Avergonzado por su intervención tan poco oportuna, Francisco le
pidió que continuara con el relato.

“Ñamandú se levantó bailando. Guardó en su calabaza, los adornos


de plumas del bastón-insignia, las colas de ara, de papagayo, y el marakana,
también desató su hamaca y se la llevó. Finalmente abrió un camino por
el cual se fue bailando hacia su morada definitiva. A la entrada del camino,
plantó la cola de un papagayo para dejar una señal a su hijo en caso que
lo siguiera. Cuando encontró el camino que había seguido Ñanderú
Mbaekuaa, lo cerró con una pluma de ara para que nadie lo tomase. Sin
embargo, había un tercer camino, el más bello y atractivo, el que llevaba a
la morada de los seres originarios, los jaguares...
La mujer se había acostado irritada. Cuando se levantó tomó su
hamaca; pues ella poseía su propia hamaca, en la cual reposaba cuando
no se quería acostar al lado de Ñamandú. Al ver que la habían abandonado

180
partió tras las huellas de su marido. Al cabo de un tiempo llegó a una
plantación, allí encontró una flor de mburukuja. Kuarahy, el hijo de
Ñamandú que aún tenía en su vientre, le pidió que cortara esa flor para él.
Ella cortó todas las flores y llenó su calabaza. Prosiguiendo su marcha
llegó a donde se abrían dos caminos. En uno de ellos estaba la señal de la
cola de papagayo, la que indicaba el camino hacia la morada de Ñamandú.
Como no sabía que camino tomar, le preguntó Kuarahy, el futuro sol:
–¿Por dónde fue tu padre?
–Por allá –señalándole el camino incorrecto por error.
–Entonces, vamos por allí...
Al cabo de un tiempo de marcha llegó a otra plantación abandonada.
Allí también había flores, y nuestro hermano mayor de nuevo las pidió.
En una flor había una avispa, y cuando la mujer la cortó, la avispa la picó
en el dedo. Por eso con la palma de la mano golpeó su vientre de ambos
lados, reprochándole a su hijo mayor por haberla hecho picar por una
avispa. Avanzó otro poco, y una vez más los caminos se bifurcaron. Allí
encontró la señal de la cola de ara, la que indicaba el sendero hacia la
morada de Ñanderú Mbaekuaa. Una vez más interrogó a sus hijos, pero
ninguno de los dos le respondió, estaban completamente silenciosos en
su vientre. Cinco o seis veces les preguntó, pero ellos no querían hablar.
Entonces el mayor que estaba ofendido por haber sido reprendido, le
dijo al menor: –Ahora te toca a ti hablar. Indícale a nuestra madre hacia
dónde nos debe llevar para hallar la morada de mi padre.
Como el menor tampoco contestó, la madre renunció a preguntarles.
Al rato de caminar, vio un hermoso camino, el que llevaba a la morada
de los jaguares, y dijo: –Seguiremos por el bello camino, hijos míos. Ya
que no desean contestarme, iremos por allá.”

–¿Por qué permitieron que su madre tomara el camino incorrecto? –le


preguntó Francisco, sorprendido.
–No te olvides que eran niños. Y como tales eran traviesos e ingenuos
–le respondió Jasyrendy, prosiguiendo con la historia:
“Continuaron avanzando hasta llegar al lugar donde la abuela de los
jaguares estaba encendiendo el fuego. Esta, al ver la mujer encinta,
apiadándose de ella, le dijo: –Tengo muchos nietos. Por eso voy a

181
esconderte, y quizá no adviertan tus huellas –ocultándola en una gran
marmita de tierra cocida. Al atardecer, llegaron los jaguares. El aguara’i
llegó primero y gruñó a su abuela: –¡Esta marmita exhala un fuerte olor a
carne!
–¿Cómo quieres que haya olor a carne, si he permanecido aquí durante
vuestra ausencia? Yo preparaba el fuego con los huesos que quedaron de la
comida anterior. ¿Cómo quieres que en vuestra ausencia yo me procure
alimentos?
Uno tras otro llegaron todos los felinos. El último, el gran jaguar, sin
decir nada a su abuela, dio vuelta la vasija de arcilla y encontró a la mujer.
Con sus dientes rompieron el útero donde se encontraban los niños.
Como era la carne más tierna se los ofrecieron a su abuela.
–Este alimento es para ti, abuela. Nosotros nos la comeremos a ella.
La vieja jaguar puso a hervir los niños en una marmita. Sin embargo,
cuando los tiró en al agua caliente, el agua se enfrió. Luego los arrojó al
fuego y el fuego se apagó. Al no poder comerlos, la abuela jaguar resignada,
los conservó y los adoptó como nietos.”

–Los niños tuvieron suerte para nuestra fortuna y para nuestro propio
destino –observó Jasyrendy–. De esta manera fue que existieron el Futuro
Sol y la Futura Luna. No sabían quién era su madre, pues nunca llegaron
a verla. Sólo conocían a la abuela jaguar. Así es como comenzaron las
cosas. Todo se produjo después que los jaguares se comieron a su madre.
Esas cosas ya no ocurren. Si esas cosas se hubieran producido una vez
más, nosotros no existiríamos. Lo que llamamos mbo’i20, fue para que las
cosas en su totalidad comenzasen. Por ejemplo, la oscuridad, cuya
presencia conocemos bien. Ahora ya no sufrimos por ella, pues tenemos
la luz del Sol. Cuando es de noche y ya no vemos, invocamos a nuestro
hermano menor, la Luna; para que se ocupe de velar nuestro sueño. Para
nosotros es la única manera de despertarnos bien. En caso contrario, nos
despertaríamos un poco enfermos y entonces tendríamos que recurrir a los
remedios que conocemos.
Francisco escuchaba cautivado tan sorprendente historia. Nada se
ajustaba a la realidad que él conocía, ni mística ni concreta. El mundo
20
Mbo’i: Desmenuzar, hacer pedazos; che ángape ombo’i: me destroza el corazón.

182
animal que se entrelazaba con el mundo humano. Las rencillas domésticas
sacudiendo los mismos cimientos de las casas de los dioses. La infidelidad...
–Prosigue el relato –insistió–. Quiero saber qué pasó con los gemelos.
–Bien –dijo Jasyrendy sonriendo, al ver que había captado por
completo la atención de su amigo a pesar de su limitado castellano.

“Ya grande y llegado a la edad de la razón, Kuarahy se puso a buscar


pajaritos para alimentar a la anciana jaguar. Los hermanos habían matado
muchos pájaros cuando Jasy, el menor, vio un papagayo. Le tiró una
flecha pero erró el tiro.
–¡Tírale otra vez! –le dijo Kuarahy.
Jasy intentó una vez más pero volvió a errar.
–Ustedes están alimentando a los devoradores de su madre –les dijo
el papagayo, al salvarse por segunda vez del flechazo.
–¿Por qué dices eso? –le preguntó Kuarahy.
–Vuestra madre, la esposa del Gran Ñamandú, fue devorada por los
jaguares –les advirtió el papagayo.
Al oír esto, nuestro hermano el futuro Sol, apoyándose sobre su arco,
se puso a llorar. Decidió liberar a los numerosos pájaros que había
capturado, y soplando en sus cabezas les fue devolviendo la vida.
Regresaron con sus manos completamente vacías, pues ya no deseaban
alimentar a la abuela jaguar. Sabiendo ahora quienes se habían comido a
su madre, idearon una trampa para vengarse.
Kuarahy la estaba construyendo cuando vino uno de los jaguares y le
preguntó:
–¿Qué haces?
–Fabrico una trampa –contestó el futuro Sol.
–Seguramente no soy yo el que podría morir allá adentro –dijo altivo,
el jaguar.
–Y bien, entra y comprueba si puedes salir –respondió Kuarahy, con
la intención de engañarlo.
Él penetró y murió. Es así como exterminó a quienes se habían
comido a su madre. Uno a uno invitó a los jaguares a que probasen la
trampa, y embaucándolos, exterminó el mal. Después de estos
acontecimientos nuestro hermano mayor hizo el árbol de los frutos

183
azucarados. Quería por el engaño, atraer a las mujeres jaguares. Llevó a
su abuela algunos frutos caídos del árbol, y como ella insistía en comer
más, él le dijo:
–Vamos, pues, adonde está el árbol, ahí comeremos hasta la saciedad...
Es por eso que nuestro hermano mayor hizo un arroyo, sobre el cual
construyó un puente. Luego arrojó al agua cortezas del árbol. De allí
nacieron los habitantes del agua: las serpientes, las grandes nutrias, las
pequeñas nutrias, las víboras, todos los animales destinados a devorar a
los jaguares y a sus mujeres. Le ordenó a Jasy, la futura Luna, que asegurase
el puente del otro lado del arroyo, indicándole el plan que tenía en mente:
–Cuando todas las mujeres jaguares se encuentren en la mitad del puente,
me pellizcaré la nariz, para darte la señal de darlo vuelta.
Ahora bien, antes que todas estuviesen en medio del puente, por
diversión, Kuarahy hizo como si se pellizcara la nariz y su hermano dio
vuelta el puente demasiado pronto. Una de las mujeres, encinta, pudo
saltar, alcanzando sana y salva lo alto de la orilla del río. Horrorizado al
ver que una había logrado sobrevivir, nuestro hermano mayor el Futuro
Sol, proclamó: –¡He ahí un ser espantoso! ¡Huye y húndete en el sueño!
A los cursos de agua, la orilla de los cursos del agua, tú los haces espantosos.
¡Huye y húndete en le sueño!
A pesar de eso, su hijo fue un macho. Por eso cometió incesto con su
madre. Procrearon en abundancia y su raza pobló toda la tierra. Nuestro
hermano mayor se enfureció al ver a la devoradora de su madre erguirse
de nuevo, sana y salva, en la cima de la orilla abrupta del río. Por eso la
transformó en el ser que hace hostiles las orillas de los cursos de agua. Si
no hubiera actuado así, los jaguares no existirían.
Por no haber obrado con prudencia, los dos hermanos tuvieron miedo
y se dijeron: –Vamos a ver a nuestro padre Ñamandú, a fin de que nos
dicte las normas para conducirnos en la vida. Es imposible matar a todos
los jaguares. La hembra encinta se ha escapado. Va a tener hijos, y con
suerte tendrá un macho y los jaguares van a multiplicarse. Vamos, no
importa hacia dónde. Prevengamos a Ñamandú para que nos dé una tierra
donde nos sea posible vivir...
–Me ha contestado que es necesario franquear el gran mar –le dijo
Kuarahy a Jasy.

184
Dado que no pudieron atravesar el gran mar decidieron ir hacia lo
alto. Cuando terminaron de danzar, el Futuro Sol le dijo a su hermano
menor: –Hacia ese cielo que se percibe en lo alto, hacia ahí vamos a lanzar
las flechas. Veamos si rebotan.
Lanzó una flecha al aire. Escuchó lo que pasaba y no oyó nada, la
flecha no había caído.
–¡Tira otra vez, hermano!
Lanzó otra flecha. Prestaron atención: no cayó de nuevo. Él iba
tirando flecha tras flecha. Cuando la columna de flechas llegó a la tierra,
el hermano menor preguntó:
–¿Qué vamos a hacer?
–Aproxímate hermano mío. Arriba, según dicen, se encuentra nuestro
padre el grande y nuestro padre que sabe las cosas. No lo olvidemos. En
la puerta de su morada tú has plantado la flecha, hermano. Esta columna
de flechas es el camino que nos va a conducir a lo alto. En cuanto a
nuestros hermanos los bellamente adornados, que se queden en esta tierra
imperfecta que abandonamos.
Y partieron, subiendo por las flechas hacia lo alto. Al llegar Kuarahy, el
futuro Sol, le dijo Jasy, la futura Luna: –Hermano; pongamos en orden las
cosas. Las cosas son calientes porque están situadas a mí lado, en los linderos
del sol. Que la noche se ilumine con tu luz. He aquí nuestro mensaje: que de
los caminos de la tierra se quiten todas las cosas que pueden ser perjudiciales
para nuestros hijos y hermanos los adornados. Iremos luego a espiar a los que
hemos permitido jugar en la tierra imperfecta. Haz que ellos obren bellamente,
los que saben, los que esperan, todos ellos, todos.”

–Simpática historia la de estos hermanos gemelos –le dijo Francisco


al concluir el relato.
–Sin embargo, debieras conocerla –afirmó Jasyrendy.
–¿Cómo puedo conocerla, viniendo de donde vengo?
–Nimuendajú sospecha que eres el hijo de Karaí Jeupie, quién te ha
enviado desde la Tierra Sin Mal, para anunciarnos el fin de la Segunda Tierra.
–La tierra de donde provengo dista mucho de ser la tierra sin mal. Mis
Reyes no siempre son justos. Y en cuanto a mí, soy un hombre ordinario
que ni a mi padre he conocido.

185
–Nadie puede cruzar el Gran Mar sin traer algún mensaje –insistió la
joven–. En todo caso aún no se te ha revelado tu misión, pero sin duda
debes ser emisario, voluntario o involuntario –argumentó la niña con
sorprendente lógica.
–Soy portador de un mensaje, pero debo aclararte que involuntario
–dijo poniéndose a salvo de cualquier venganza–. Muchas naves vendrán.
Como te he dicho, en ellas vendrán muchos Karaí portando la cruz y la
palabra de Cristo y, lamentablemente, tras ellos vendrán los que portan
la espada y el odio, en busca del oro –agregó, intentando prevenir a la
joven de quien comenzaba a enamorarse. Recordaba vívidamente los
relatos del padre Domingo, y no deseaba ser testigo de una masacre de
nativos como en “La Española”.
Si bien Jasyrendy advirtió el mensaje, seguía sin comprender
claramente que significaba aquello del oro. En cuanto a los Karaí: ¿qué
mal les podrían hacer, si siempre habían observado las normas de los
Padres Primeros? Sin embargo, la misión que le había encomendado
Nimuendajú era develar el misterio que encerraba Francisco. Y aunque
el joven extranjero le explicaba una y otra vez lo que sucedería, el espionaje
no era el fuerte de la niña. Hacía un largo rato que había dejado de
escuchar las palabras de “Chiko”, y sólo observaba extasiada como se
movían sus labios carnosos. Cada vez sentía más fuerte los latidos del
corazón contra su pecho sospechando que, de un momento a otro,
estallaría. Se aproximó tanto que el aliento cálido del locuaz joven le
inundó la cara. Finalmente, sin quitarle la vista de su boca húmeda y sin
poder contenerse, lo besó apasionadamente...

EL PROVOCADOR DE VISIONES

La noche era calma y apacible. El astro lunar inundaba con su luz


las hojas inmóviles de los árboles adormecidos. Se escuchaba un
silencio profundo, sólo interrumpido cada tanto por el canto de
Urukure’a, la lechuza. Bañado por la luz de la luna se deslizó en la
noche inanimada, el cuerpo subrepticio de Nandi. En el arroyo la

186
aguardaba Ro’yju, quien sostenía con fuerza una canoa ansiosa por
partir arrastrada por las aguas.
–Apresúrate, te he estado aguardando hace un largo rato.
–No lograba que mis padres se durmiesen. Intenté escabullirme varias
veces pero siempre me cruzaba con alguien despierto en la aldea.
–Nos debemos apresurar. La ceremonia de iniciación de hechiceros está
por comenzar...
Subieron raudamente a la canoa y, remando primero con sigilo y
luego velozmente, los dos jóvenes se deslizaron por el laberinto de arroyos
y ríos.
Había transcurrido un largo rato desde que dejaron la aldea. La luna
se estaba poniendo en el horizonte de la noche mansa. Sin embargo, la
oscuridad se hizo más penetrante. Nandi sintió cierto temor y arre-
pentimiento. Su decisión de continuar con la aventura había sido muy
osada. ¿Cómo volvería a su hogar si Ro’yju la abandonaba? Ignoraba dónde
se hallaba y no deseaba preguntárselo. Prefirió mostrarse resuelta y segura.
Detuvieron la canoa contra la costa. Descendieron y caminaron otro
rato entre las cortaderas que les laceraban las piernas. Presumiendo
encontrarse en el centro de una de las islas, Nandi observó una choza
que se recortaba en la noche cerrada. Se introdujeron sin decirse palabra
alguna. En el interior se encontraba una fogata encendida, en la cual
reposaba una marmita con un líquido en ebullición. Nandi pudo adivinar
en la oscuridad absoluta que había algunos hombres recostados en distintas
hamacas, mientras que otros se hallaban sentados cabizbajos en los
rincones. No advirtió que era la única mujer.
–¿Me has traído lo que te he pedido? –dijo Nezú desde la penumbra,
escuchándose su voz sin percibirse quien era el locutor.
–Sí. La he traído conmigo –contestó Ro’yju–. Es joven y virgen –le
advirtió al hechicero.
Sin comprender que iba a acontecer en aquella choza pestilente,
Nandi percibió el peligro y le dijo a Ro’yju al oído: –¿De qué se trata todo
esto? Fui yo la que te ha pedido venir. ¿Cómo es posible que Nezú me esté
aguardando?
–No te preocupes. Él es adivino y sabía que vendrías –le susurró
dulcemente.

187
Sin embargo ella insistió irritada: –¿Qué significa virgen y joven?
–¡Ya calla y siéntate a mi lado, no es el momento de discutir! –repen-
tinamente un chispazo iluminó la cara de Ro’yju, ya nada quedaba en su
mirada de aquel joven taciturno e inseguro. En sus ojos inyectados en
sangre y el ceño fruncido se reflejaban el alma de Añá Memby21. Nandi
sin saber como comportarse simplemente se sentó en un extremo de la
choza.
Nezú trituró en un mortero cuatro trozos de la parte inferior del tallo
del caapí con un poco de agua. A través de un tamiz filtró las fibras leñosas.
Colocó en la marmita, en la cual nunca se había cocido nada con sal, los
trozos cortados y desmenuzados. Agregándole agua y cinco o seis hojas de
la misma planta, redujo el contenido a un líquido turbio, viscoso y
nauseabundo. Todos los presentes se encontraban en completo silencio,
pues era una condición importante que aquel brebaje se bebiera en reposo
y en la oscuridad, ya que de aquel modo surgirían los ensueños,
permitiéndoles ver claramente el porvenir.
En un banco colocado en el centro de la choza, el brujo permaneció
sentado por un largo rato; a su derecha, sobre el fuego, bullía la marmita
llena de la bebida alucinógena; en su regazo descansaba una bolsa con
más hojas de caapí, las que agregaba cada tanto a la olla. A su izquierda
tenía otra marmita con un jugo azucarado, e inmediato delante de él,
clavado en la tierra, se hallaba su bastón emplumado. Luego de un largo
rato de espera, en el cual a Nandi se le había escapado un bostezo por el
aburrimiento, se escuchó una voz sacudida y semi ahogada profiriendo
un gemido escalofriante. En la penumbra se adivinaba la silueta del brujo,
quien dio media vuelta sobre el banco y agarró con los pies la olla, dando
la señal de que la ceremonia comenzaba. Después de algunos instantes se
inclinó sobre la bebida y comenzó a dar golpes nerviosos con el bastón-
insignia, tratando de alejar los malos espíritus, o tal vez invocándolos.
Repentinamente, Nezú comenzó a danzar y canturriar en un idioma que
sin duda no eran las “Bellas Palabras”. Ro’yju, quien era el aprendiz de
hechicero, lo asistía. Una vez que terminó de danzar, le colocó en la
cabeza una corona de plumas de lechuza. Enseguida el brujo se colgó,
lenta y ceremoniosamente, collares de piedras de colores, tan numerosos,
21
Hijo del diablo.

188
que lo cubrían desde los hombros hasta las orejas. Aquel ornamento denso
y tupido le impedían girar la cabeza, obligándolo a mover todo el cuerpo
cada vez que deseaba voltearse. Finalmente, Ro’yju le colocó un último
collar con dos hileras de dientes de jaguareté y sobre su espalda una piel de
jaguar macho.
A esa altura Nandi se hallaba aterrorizada. Nada de la ceremonia que
estaba presenciando formaba parte de las tradiciones. Ciertamente era
un rito de Añá, y por lo tanto a los comensales les quedaría vedado para
siempre el acceso a la Tierra sin Mal. ¡Cómo pudo ser tan ingenua! ¡Qué
clase de elíxir le podía dar Ro’yju para acrecentar sus poderes! Al fin y al
cabo, ella era una eterna romántica que aspiraba a tener la poción definitiva
para el amor, pero indudablemente no era allí donde la obtendría.
Terminado el arreglo de su maléfico maestro, Ro’yju tomó el bastón
insignia y lo pasó por encima de las cabezas de los asistentes. A
continuación, introdujo en la marmita un gran cucharón de madera
tallada y bebió de la poción. Casi inmediatamente, entró en un estado
de excitación y embriaguez. El rostro del joven empalideció repen-
tinamente. Luego de los temblores espasmódicos pasó a la transpiración
profusa, para finalmente caer en un delirio furioso. A duras penas se
pudo mantener en pie y, tambaleándose, se aproximó a cada uno de los
presentes para ofrecerles un sorbo con la misma cuchara. Cuando le llegó
el turno a Nandi, bebió con desconfianza. El líquido desagradable,
amargo, se deslizó quemándole la garganta. Experimentó como su cabeza
giraba una y otra vez alrededor de su cuello. La boca se le secó por
completo, produciéndole una sed insoportable. Paulatinamente percibió
como los miembros inferiores de su cuerpo desaparecían. Intentó ponerse
de pie pero le fue imposible. Su pulso se aceleró repentinamente para
luego casi detenerse. Las manos le hormigueaban y comenzó a padecer
un calor insoportable que la hizo sudar hasta empaparla. No había
terminado de soportar todas aquellas reacciones de su cuerpo alarmado,
cuando Ro’yju le ofreció el segundo sorbo...
El brujo tomó a la niña y la sentó en un banco frente a él. La despojó
de todos sus ornamentos y vestimentas hasta dejarla completamente
desnuda; y abriéndole las piernas, la expuso indefensa en el centro de la
reunión. Entonó un nuevo canto, y luego de pasarle el bastón emplumado,

189
comenzó a tocarle el cuerpo con gesto de infinita suavidad. Pasó sus manos
por el cuello, por la espalda, por la entrepierna, hasta que paró de cantar
repentinamente y le acercó más bebida. Después de algunos instantes, la
niña se puso de pie y acercándose a la olla bebió grandes y prolongados
sorbos. Casi insaciable, no lograba dejar de beber la poción maldita. La
intoxicación le produjo una extraordinaria excitación: hablaba, cantaba y
bailaba. De la agitación pasó a la alucinación, sin distinguir entre los
acontecimientos reales y los juegos de su imaginación. Sin poder detenerse
caminó en cuatro patas mientras aullaba como un felino en celo. Los
incontenibles espasmos vaginales le produjeron un irrefrenable apetito
sexual. Hombres jaguares o jaguares transmutados en hombres la montaban
de uno en vez sin que tuviese el más mínimo impulso de expulsarlos. Ya al
borde de perder la razón, profirió un alarido agónico, y salió corriendo de
la choza. Nadie la detuvo. Estaba amaneciendo. Corrió infatigablemente
hasta la costa de un río caudaloso; allí vio como hombres barbados y
enfundados en ropas de brillante metal, blandiendo estandartes y filosas
lanzas, se le aproximaban montados sobre perros gigantes. La ignoraron,
simplemente siguieron su camino. Luego observó una procesión de Karaí
envueltos en túnicas negras, quienes oraban y portaban el palo cruzado.
Pasaron a su lado y la ignoraron, simplemente siguieron su camino.
Atormentada por no poder distinguir entre la ficción y la realidad, llorando,
se quedó dormida.

Un grito estremecedor se escuchó aquella mañana. La madre de Nandi,


desesperada, buscó a su hija, sin comprender cual era el motivo por el que
no se hallaba durmiendo en su hamaca. Inmediatamente se levantaron
todos y acudieron a su maloca para saber lo que sucedía. Entre el llanto y la
congoja la mujer no lograba explicar claramente lo sucedido.
–¡Se ha ido, se la han llevado! –exclamó balbuceando.
–¿Quién se la pudo llevar? –preguntó la madre de Jasyrendy–. explícate
con claridad.
–El Yjara... El Jaguareté... Añá Memby...
–¡Cálmate! No es posible –le dijo otra amiga mientras la abrazaba.
–¡Se la han llevado! Yo sé que se la llevaron. Su hamaca está fría, mi
pobre niña no ha dormido con nosotros.

190
Poco a poco se fueron agolpando todos los habitantes del Tekoa: los niños,
los ancianos, los hombres y las mujeres. Ante tal alboroto, olvidaron las plegarias
de aquella mañana. Cada cual daba su opinión. Formándose pequeños grupos
discutían sobre las posibilidades del suceso. En aquel desorden, nadie atinaba a
dar una clara interpretación de lo acontecido. La desolación se hizo carne en
aquellos inocentes, pues no estaban acostumbrados a perder, sin más, algún
miembro de la comunidad, mucho menos a una niña. La armonía y la paz
habían sido costumbre en aquellos años, y aunque no estaban exentos de algún
accidente o ataque furtivo de un jaguar hambriento, no era sensato que alguien
se esfumase durante la noche de su hamaca. En medio del desconcierto, la voz
dulce y aflautada de un pequeño niño se hizo oír: –Yo la he visto ayer, hablando
con Ro’yju en el bosque.
–¡Estás seguro! –exclamó su padre, mientras lo zarandeaba del brazo
como si el pobre niño fuese el responsable de la desaparición.
–Sí. Estaban sentados muy juntos en aquel recodo del arroyo. ¡Allí, allí!
Dónde se encuentra aquel árbol caído –aseguró, mientras señalaba con
precisión el lugar para demostrar la veracidad de sus dichos.
–¡Llamen a Ro’yju! –suplicó su madre. Pues sabía lo afecto que era su
hijo al caapí. Y aunque jamás había confesado tal secreto ante sus pares,
ora por vergüenza, ora por temor a que sea marginado por la aldea, como
progenitora, no dudaba que su hijo era responsable de algún desaguisado.
La muchedumbre abigarrada se separó y observó en silencio la figura
desgarbada de Ro’yju, quien se aproximó impávido e ignorando por
completo el alboroto. Ajeno a toda incumbencia hizo un gesto hacia su
madre, como si estuviese sorprendido por haber sido despertado sin
motivo aparente. Conociendo fielmente a su hijo, la madre le preguntó
sin vueltas: –¿Qué has hecho con Nandi?
–No la he visto, recién me he levantado –aseguró, disimulando toda
relación, aunque sabía perfectamente que no podría engañar fácilmente
a su madre.
–Te han visto ayer con ella –lo reprendió como si el simple hecho de
haber estado junto a la joven fuese una falta en sí misma.
Un sudor frío le corrió por la frente mientras intentaba elaborar una
respuesta convincente: –Estuvo presumiendo e intentó seducirme. Ustedes
ya saben como es Nandi. Pero la ignoré y probablemente eso la ofendió.

191
–Sabemos, sin duda, que no hay niña alguna que se atreva siquiera a
hablarte. ¿Cómo es posible que Nandi quisiera acaso seducirte? –insistió su
madre, sin temor de ofender el ya alicaído orgullo de su hijo.
Irritado por la ofensa, pues no aceptaba el hecho de ser siempre
observado como un bicho raro incluso por sus padres, vociferó: –¡Desde
pequeño le he agradado a Nandi! ¡Soy yo el que la ha ignorado!
–No te he preguntado si le agradas a Nandi. Te he preguntado dónde se
encuentra, ya que no ha dormido en la maloca –agregó severa la madre.
–¿Y cómo puedo saberlo? ¡Pregúntenle al Aho-Aho, al Cuarajhy Jara o
cualquier duende de lo bosque que ande por allí! –exclamó socarronamente,
burlándose de las supersticiones de los mayores y desentendiéndose de la
situación.
Tomándolo de los hombros, el anciano Mburuvicha Guasu le dijo:
–Eso haremos, mientras tanto, no te alejes demasiado por si te pillan a ti –dán-
dole a entender con la amenaza velada que el caso no estaba cerrado y aún
era el principal sospechoso. Dirigiéndose al resto, con voz calma y pausada
les dijo: –Conservemos la calma. Alguno vaya a avisarle lo sucedido a
Nimuendajú, junto con él organizaremos la búsqueda.

Durante todo el día y toda la noche, la buscaron sin éxito. Pregun-


taron en las aldeas vecinas, consultaron a la bruma del tabaco, imploraron,
cantaron y danzaron; sin embargo, no dio resultado. Ro’yju era
perfectamente consciente de que la pobre Nandi podría estar muerta,
esto lo atemorizaba, pero al mismo tiempo lo convencía, aún más, que
no debía confesar la fiesta macabra que había tenido lugar en la choza de
Nezú. Sería el responsable directo de la desaparición, y la venganza no se
haría esperar. Después de todo desaparecida la víctima no quedaba rastro
alguno del inoportuno encuentro. No tardó mucho tiempo en concluir
que era absolutamente inconveniente que apareciese Nandi con vida.
Nunca se puede medir la reacción de las mujeres, mucho menos la de la
emocional Nandi. Sin duda lo acusaría de ser el responsable de todas sus
desgracias, y una vez más la venganza no tardaría en llegar. Acusarían a
Nezú de falso Pajé, seguramente lo condenarían a muerte y todos sus
esfuerzos por ascender en la escalera de la hechicería se esfumarían.

192
Hacía ya dos días que se encontraba encerrado en la choza de
Nimuendajú. Caminaba de lado a lado como una bestia enjaulada. El
ritmo de los tambores retumbaba a lo lejos, crispándole los nervios.
Aunque Jasyrendy le traía comida y lo ponía al tanto de los últimos
acontecimientos, a Francisco lo impacientaba sobremanera tener que
convivir en una aldea de nativos convulsionados. Este cambio de
situación repentino le traía a su mente sus peores temores y, por
supuesto, los todavía frescos recuerdos de los Charrúas. Las antorchas
ardientes moviéndose nerviosamente en la noche del bosque, las canoas
repletas de naturales portando arcos y flechas que se sucedían una tras
otra durante la mañana, los gritos nerviosos de las mujeres en la letanía
de la selva; ciertamente no era muy tranquilizador para un náufrago o
cautivo más o menos voluntario. Por otro lado, no podía abstraerse de
la tristeza de Jasyrendy quien, angustiada, le contaba cuánto quería a
su amiga Nandi.
Finalmente su temperamento y espíritu aventurero lo traicionaron y
desoyendo el consejo de Nimuendajú, decidió ir en busca de la niña
perdida. Se lo debía al alma caritativa del viejo Pajé que lo había protegido
y albergado hasta ese momento. Sabía el peligro que corría al exponerse
a tal empresa, pero si lograba regresar con vida y con Nandi a salvo,
conquistaría definitivamente el corazón de su amada Jasyrendy.
Cuando se encontró a solas una vez más, se vistió con sus ajadas
ropas de marino, puso algo de comida en una cesta y tomando prestada
la canoa del Pajé, se perdió remando, no sin cierta dificultad, por el
antojadizo arroyo. Conociendo la facilidad con la que podía perderse,
elaboró una búsqueda sistemática, intentando recordar cada paso y
recodo, para poder volver a la aldea si tenía éxito; y si el enjambre
de islas y ríos lo devoraban, continuaría su camino en aquellas tierras
inexploradas...

193
NACE UNA FLOR
Kerana acomodó el brasero bajo la hamaca de Nahatî para abrigar el
cuerpo dolorido de su amada, a quien las contracciones le habían
anunciado durante todo el día el nacimiento prematuro de la criatura.
Intentó mantenerse despierto consolándola, sin embargo, mientras sos-
tenía su mano, el sueño lo fue venciendo. Imágenes fantásticas invadieron
su mente hasta transportarlo al lugar donde se sentía más cómodo, el
mundo onírico:
“La bella mujer guardaba cierto parecido con Nahatî, aunque más
delgada y menos voluptuosa. Apasionada y enamoradiza, solía escaparse
a hurtadillas de la aldea para encontrarse en secreto con un apuesto y
extraño guerrero. Pasión que era plenamente correspondida por el joven
extranjero, quien la esperaba un largo rato escondido en la espesura del
monte. Allí estaba el joven soldado, noche tras noche, erguido e
impertérrito. Enfundado en su traje metálico, encandilaba a la inocente
nativa con el reflejo de la luna en su pechera brillante. Alto, delgado y de
fina barba decolorada, solía desvestirse con rapidez para entregarse de
cuerpo y alma a los encantos de la niña.
Cierto día, Kerana siguió a su hija en una de sus tantas furtivas
caminatas por el bosque. La sorpresa fue mayúscula cuando descubrió
los juegos amorosos de la ardiente joven con el extraño guerrero. Intentó
advertirle del peligro que corría al verse con un hombre que era su
enemigo. La niña, desconsolada, le explicó el profundo amor que se te-
nían; pero Kerana, cegado de cólera, la arrastró hasta la aldea y le prohibió
que se volviesen a ver.
No tardó en llegar el día infausto para los desventurados amantes en
que el padre decidió desposarla con un joven de la aldea vecina, quien la
amaba y la había solicitado en matrimonio, aunque ella siempre lo había
rechazado. Triste y desdichada, le atormentaba la segura reacción de su
padre si los volvía a encontrar amándose; sobre todo ahora, que le había
impuesto un esposo a pesar de su manifiesto repudio. Por temor a
enfrentarlo abiertamente, los encuentros con su amado empezaron a ser
cada vez más espaciados y con mayor sigilo. Como dos ladronzuelos se
debían ocultar en la oscuridad de la noche para tener un encuentro fugaz,
y con el temor permanente de encontrarse con el intolerante padre.

194
Una noche, la niña logró evadirse de la atenta mirada de su padre y
aguardó a su amado en el previamente convenido lugar de encuentro. Lo
esperó durante toda la noche sin resultado alguno. A la noche siguiente
volvió a buscarlo, pero a pesar de sus llamados el joven guerrero no se
presentó. A la mañana siguiente, desolada por no poder encontrar a su
amante y sospechando un desenlace fatal, enfrentó a su padre y le preguntó
abiertamente que había sucedido con el guerrero de pechera brillante.
Kerana la ignoró y le contestó con evasivas. Desesperada por la incer-
tidumbre y ahogada en su propio dolor huyó en busca de su amado,
incluso acercándose peligrosamente al campamento enemigo. Kerana
corrió tras ella intentando evitarle el sufrimiento, pero debido a su vejez
no pudo alcanzar a su joven hija quien corría velozmente. En una playa,
en un recodo del río, se tropezó con el cuerpo sin vida de su amado.
Espantada por el dolor abrazó desconsolada al hombre exánime, cuando
observó que la flecha que atravesaba el cuello de la víctima tenía las plumas
distintivas de su padre. Sin poder contener las lágrimas y aturdida por la
pasión, arrancó la punta de la flecha envenenada y se produjo un fuerte
corte en el pecho. Inmediatamente el veneno le cerró la garganta y calló
muerta junto a su amado.
Cuando llegó Kerana al infortunado sitio, los cuerpos ya se estaban
marchitando. Ante su asombro, brotaron entre los huesos de la infeliz
pareja dos hermosas enredaderas de hojas verdes y lustrosas, cuyos troncos,
entrelazados, sostenían flores amarillas y azules, con frutos anaranjados
de corazón rojo y sabor agridulce...”

Aquella mañana Nahatî se levantó más calmada, las contracciones


habían cedido y estaba de buen humor. Despertó a su futuro esposo y lo
invitó a caminar por el bosque. Kerana, algo aturdido por el sueño que
había tenido, aceptó gustoso suponiendo que era un buen modo de olvidar
aquella pesadilla tan agobiante.
Repentinamente el atribulado Kerana se quedó parado y tieso frente a
una enredadera con flores de hermosos colores. No pudo evitar palidecer
del susto cuando reconoció la planta de su enigmático sueño.
–¿Qué sucede? –Le preguntó risueña Nahatî, mientras cortaba el fruto
de la planta y se lo introducía en la boca–. Acaso no conoces la flor de la

195
pasión –cortando otro fruto se lo ofreció y dijo: –Prueba su fruto agridulce,
todo aquel que lo pruebe será víctima de un amor apasionado. Y como todo
amor sin fronteras, tendrá el sabor amargo y dulce a la vez.
Sin poder darle mayores explicaciones, Kerana apretó los labios y se
negó rotundamente a probar la embriagadora fruta. Sabía perfectamente
que el nombre de los hijos se le revelaba al padre en un sueño
premonitorio, y no quería ni pensar que aquel sería el destino de su hija.
Acongojado tomó la mano de Nahatî y le dijo: –Debemos ir urgente
a ver al Pajé.
Arrastrada y casi corriendo, Nahatî insistió: –¡Ya Vamos! Pero antes
debes probar el fruto del Mburukuja...
Una vez que llegaron a la casa del Pajé, el joven Kerana confesó a
Nimuendajú y a su futura esposa el sueño que había tenido. Sin
sorprenderse, el Pajé determinó que Mburukuja debía ser el nombre de
la niña.
–Hace varios días he tenido el irrefrenable deseo de comer el fruto del
Mburukuja –dijo Nahatî, confirmando que aquel impulso se debía a la
voluntad de la niña que llevaba en su vientre.
–Tú sabes que aquellos adornados que van a tomar asiento le indican a
su madre sus deseos de comer algún fruto o animal del cual extraerán sus
virtudes, como alguna vez lo hicieron los hermanos Kuarahy y Jasy con su
propia madre al indicarle el camino que debía seguir para hallar a su padre
–le aclaró Nimuendajú.
–Pero yo no quiero que mi hija sea víctima de un amor apasionado, ¿y
si se cumple el sueño de Kerana?
–Nada de lo que sucede podemos controlarlo. Sin duda Mburukuja será
apasionada –agregó el Pajé, afirmando el nombre y sexo de la niña que
vendría–. Ustedes deben impedir que la pasión la lastime. Conociendo ya su
futuro, espero que Kerana no cometa el mismo error del sueño. Pues si la
niña se enamora de un guerrero enemigo, deberá ser tolerante. Por cierto,
hablando de ser tolerante, es mi deber recordarles que nuestra costumbre es
ser comprensivos con los niños. Deben hablarle siempre con respeto y dulzura,
es muy importante que los niños desarrollen su orgullo de adornados, de
elegidos. No deben castigarla de ninguna manera, ni reprenderla con palabras
severas, siempre empleen la persuasión para protegerla de los posibles peligros.

196
Tú como madre deberás darle de mamar todo el tiempo que de tus senos
brote leche, permitiéndole dormir cuando la venza el sueño; es muy importante
no despertarla cuando duerme, y mucho menos violentamente. En estos días
la Palabra Habitante, el alma, vendrá a habitar su pequeño cuerpo. Es
menester que cuidemos no equivocarnos, pues la Palabra Habitante y su
nombre definirán su identidad, y gracias a éstos podrá hallar el camino correcto
a la Tierra sin Mal. Tú, Kerana, deberás alejarte de la vida enferma durante
quince lunas subsiguientes al nacimiento. Deberás abstenerte de hacer
múltiples cosas: cortar madera, hacer flechas, pescar. Es conveniente que tu
pensamiento esté sólo dedicado a tú hija; de no ser así, corres el riesgo que la
Palabra a punto de encarnarse pueda perderse. De aquí en más deberás cerrar
con una pluma todos aquellos senderos que se bifurcan, así siempre sabrá
tomar el camino adecuado. Construirás un puente cada vez que cruces un
río; pues es muy importante que el alma-palabra de la niña tenga un solo
camino para seguir. Ahora Nahatî, recuéstate en la hamaca...
Tomó su maraca y comenzó a hacerla vibrar sobre el vientre de la
madre. Luego fumó algo de tabaco, exhalando el humo sobre su cara,
obligándola a fruncir el ceño ante el olor desagradable. Tomó el bastón-
insignia y mientras bailaba alrededor de la hamaca cantó:

“Los que bellamente están adornados


las que bellamente están adornadas
he aquí que para su alegría
alguien se apresta a proveerse de un asiento;
a nuestra tierra enviad pues
una Bella Palabra habitante,
para que ponga el pie en ella”,
dice nuestro padre primero a los padres verdaderos
de la Palabra que habita en sus hijos.
Por eso, a la que a nuestra tierra te preparas a enviar,
la Bella Palabra habitante
destinada a poner allí su pie,
he aquí lo que dirás
y volverás a decirle:

197
“Y bien, vas a partir,
pequeño hijo de Ñamandú:
Que sea grande tu fuerza en la morada terrestre;
y aun si las cosas en su totalidad,
todas desprovistas de semejanzas,
se yerguen espantosas,
¡qué sea grande tu corazón!”

Los hijos nos son enviados:


“Y bien, tienes que ir a la tierra”,
dicen los que moran por encima de nosotros.
“Acuérdate de mí, tú que te yergues
así, haré correr el flujo de las Bellas Palabras,
para ti que te habrás acordado de mí.
Así, de los innumerables hijos excelentes
que reúno,
haré afluir las Bellas Palabras.”
Nadie en la morada terrestre de las cosas imperfectas
tendrá
más que los no pocos numerosos hijos que reúno,
Gran Corazón;
nadie, mejor que ellos, sabrá
arrojar lejos de sí las cosas malas.
Por eso tú, que vas a habitar en la tierra,
acuérdate de mi hermosa morada.

En cuanto a mí, yo haré


afluir a lo alto de tu cabeza
la corriente de las Bellas Palabras,
a fin de que, igual a ti, no haya nadie
en la morada terrestre de las cosas imperfectas.

–Ya pueden marcharse. Es probable que la niña nazca antes de los previsto,
así que deben escoger un lugar adecuado cerca de la costa para el parto. Como
la niña no estará madura, lleven esta vasija e introdúzcanla en ella junto con

198
estos algodones. Mantengan la vasija cerca del fuego para mantener el calor en
su cuerpo. Más tarde la revisaré y les indicaré como deben alimentarla –concluyó
el Paje, mientras se despedía.
No era un secreto para él que el alumbramiento iba a tener lugar de
un momento a otro. Pero se sentía tranquilo por haberles aconsejado lo
primordial, no sería el primer nacimiento prematuro de la aldea, ya había
tenido larga experiencia en el asunto y nunca había fracasado. Unos días
en la vasija bastarían para que la niña se termine de desarrollar y pueda
ser tratada como un nacimiento normal.

La predicción de Nimuendajú se confirmó. Aquella madrugada,


Mburukuja no quiso esperar un minuto más, y comprimiendo el
abdomen de su madre, le indicó que estaba pronta a tomar asiento entre
“los Jeguakava del Tekoa”20. Ante el gemido de Nahatî, Kerana dio un
respingo, y saltando de su hamaca salió corriendo a buscar a Jasyrendy y
su madre, quienes serían las encargadas de colaborar en el parto.
Las cuatro almas se internaron en el monte, en la alborada brumosa,
portando todos los utensilios necesarios para tal acontecimiento: la manta
de algodón finamente tejida, que había adquirido la abuela de Nahatî en
uno de los tantos intercambios con los hijos del Inca; la vasija de barro para
contener a la criatura; los algodones; el cuchillo de caña; un pequeño recipiente
con cenizas; el aceite de Kupay; la loción de hojas de cedro; y por supuesto la
parturienta, quien caminaba erguida y resuelta a pesar del dolor.
Algo dormidos, no lograban hallar el preciso lugar que previamente
habían escogido. Allí debía encontrarse un viejo Ceibo, con una gran
rama que corría paralela al suelo a la altura del pecho de Nahatî. Aunque
recorrían la orilla del arroyo una y otra vez, el Ceibo les había jugado una
mala pasada y se escondía entre la bruma y la noche que no se decidía a
partir. Sin embargo, Mburukuja estaba decidida a llegar, y no estaba muy
dispuesta a esperar que encuentren aquel árbol. Cuando la pobre Nahatî
estuvo a punto de parir parada, encontraron el árbol.
Rápidamente extendieron la manta de algodón bajo la rama hori-
zontal. Nahatî se sacó la pampanilla y tomándose con sus dos manos de

22
Jeguakava: adornados, hijos de los dioses, hombres y mujeres. Tekoa: aldea,
comunidad, modo de vida.

199
aquella noble rama, se agachó levemente. Luego de pujar dos o tres veces,
la niña no se demoró, y afloró sin mayor dificultad, tomando por sorpresa
a la madre de Jasyrendy quién debió, en un gesto ligero, atajarla con una
manta de algodón. ¡Unos segundos más y se hubiese precipitado contra
la tierra! Con gran habilidad cortó el cordón umbilical con el cuchillo de
caña, cubriendo los cortes con cenizas y unas gotas de aceite de Kupay.
La asepsia contra las infecciones era fundamental en estos casos de
prematuros cuya piel no ofrecía la protección necesaria. Esto las mujeres
lo sabían bien, por lo tanto, bañaron a la madre y a la recién nacida con
una cocción hecha a base de la loción de hojas de cedro. Entregaron la
niña al padre, quien con sumo cuidado la introdujo en la vasija de barro
tal como había recomendado el Pajé. Todo el proceso no demoró
demasiado tiempo, pues las mujeres acostumbraban a tener sus hijos,
incluso en medio de un viaje, interrumpiéndolo por breve lapso para
luego continuar la marcha. A nadie le sorprendió el sexo, rara vez se
equivocaban. Si el sueño premonitorio determinaba que era niña, pues
era niña; mucho más si éste era confirmado por Nimuendajú, quien
jamás había fallado en sus predicciones.
Los cuatro volvieron inmediatamente a la aldea. Había llegado el
momento de festejar y dar la buena nueva. La alegría de los padres era
inmensa, sin embargo, Jasyrendy los seguía algo retrasada, apesadumbrada
y cabizbaja. A pesar de estar feliz por su amiga, no podía dejar de pensar
en el hombre del cual se había enamorado. Hacía días que había
desaparecido. No terminaba de comprender porque la habría abandonado.
De hecho creía poco probable que un hombre de las características de
Chiko, sobreviviese mucho tiempo solo en el monte. Y de no ser así,
acaso, ¿alguna vez volvería a buscarla? Mientras Nahatî, Kerana, y su
madre, hablaban elocuentemente, ella no podía emitir palabra, la sola
idea de pensar en Nandi y su horrible muerte en las fauces de un Jaguareté
la descomponía.

200
EL KARAÍ PITAGUÁ

Nunca cometían excesos, ni cuando comían, ni cuando bebían. Jamás


comían fruta alterada o que no estuviera bien madura; mucho menos
alimentos que no fueran debidamente cocidos. Comer y beber, sin necesidad
ni apetito a horas fijas era absolutamente impensable. Ayunaban en
numerosas ocasiones, unas veces místicas, otras medicinales, y otras
eventuales. El Pajé lo hacía antes de intentar una de sus evocaciones, así
como para la preparación de ciertas sustancias medicinales. También
ayunaba el paciente. No daban nunca de comer a los enfermos mientras
ellos no lo pedían aunque pasasen un mes sin alimento. En este caso se
acostaban, envolviéndose con una manta, evitando la luz y hablar.
Permanecían así largas horas sin moverse, como en un letargo que oculta
sus dolores. Otro ayuno ritual era el día de la iniciación a la mayoría de
edad de los adolescentes. Y por supuesto, el nacimiento obligaba al padre
ayunar por quince días o más.
La vida en la tierra implicaba el respeto de reglas precisas, y los hombres
no podían transgredir impunemente el orden establecido; por haberlo
olvidado, Karaí Jeupie provocó el diluvio y el cataclismo que separó la
Tierra sin Mal de la vida imperfecta. La vida enferma era el producto de la
existencia mala. El alma mala o tupichua provenía de la carne cruda y de la
sangre en general. Comer carne cruda y sangre eran vehículos para
desembocar en una vida enferma; el tupichua se encarnaría en la carne y la
sangre humana, provocando un mal mortal al transformar en jaguar a
quien lo hacía. También debían abstenerse rigurosamente de cocer o asar la
carne y luego comerla solos en la selva. En ese caso, el tupichua tomaría la
forma de una hermosa mujer adornada con pinturas atrayentes que harían
perder la razón. Ella incitaría a su víctima a copular, y cuando esto sucediese,
comenzaría a cubrírsele el cuerpo de manchas hasta convertirse en jaguareté.
¡Es el jaguar quien come carne cruda! Asar la carne de caza y comerla en la
selva sin compartirla, también era un comportamiento animal. En ambos
casos eran comportamientos inhumanos, severamente castigados. Aquel
que dejaba triunfar en él la vida enferma en detrimento de la buena acción,
la naturaleza animal por sobre la palabra divina: se dejaba atrapar por la
trampa de las apariencias, al ceder a la seducción engañosa de la mujer

201
jaguar, al confundir la belleza con lo que no era más que una imitación de
ésta.
Por ese motivo, la elección de los alimentos era esencial. De la sangre
y la carne derivaban todas las tendencias malas: el gusto por la violencia,
el egoísmo, el deseo de poseer los bienes del prójimo. En cambio el
pescado, los vegetales, y especialmente el maíz, fomentaban las buenas
acciones, desembarazaban el cuerpo de su imperfección. Por el contrario,
preferir los alimentos cárnicos era hacer el cuerpo más pesado, obsta-
culizando así, el acceso a la Tierra sin Mal.
Sin embargo, existía un tipo de carne que podía ser consumida sin
temor: la carne de cerdo salvaje. El tajasu, el gran cerdo salvaje, formaba
parte de la alimentación de los perfectos. El mismísimo Karaí Ru Ete, lo
consideraba un animal doméstico. De hecho, podía ser consumido sin
sal. Aunque no eran afectos a la sal, y carecían en gran medida de ella, salar
la carne era la mejor medida para neutralizar los efectos del espíritu maligno
de la carne cruda. Por consiguiente, una carne que se consumía sin sal,
como el cerdo, era por sí misma neutra, no peligrosa, y comparable en este
sentido con los vegetales. Por lo tanto era la carne preferida para los grandes
acontecimientos, y el nacimiento de Mburukuja era, por cierto, un gran
acontecimiento.
Por tal motivo, ya habían preparado en el centro de la aldea el gran
pozo que contendría el tajasu. Allí prenderían el fuego sobre el que, una
vez reducido a brazas, colocarían el cerdo con cuero, al que previamente
preparado y aderezado lo taparían con ramas y hojas; formando de esta
manera un horno donde cocerían la carne a fuego lento. No menos
importante eran los dorados, fileteados y ahumados que habían sido
pescados de los ríos en la temporada estival. Dicha forma de conserva les
permitía almacenarlos para ser consumidos cuando la ocasión mandara.
Aunque podían pescar con lanza, o con arco y flecha, incluso con hilo y
anzuelo de madera, las preferencias para estos casos era la pesca con red y
pequeñas represas de cañas y ramas. Cuando llegaba la época que los peces
migraban río arriba, comenzaban a construir un cerco de ramas en el agua,
el cual lo disponían paralela o diagonalmente a la orilla. Por las noches, los
pescadores con redes clausuraban el extremo de arriba del canal. Desde el

202
otro extremo, dos hombres zigzagueaban chapoteando en el agua,
ahuyentando los peces hacia los hombres con redes.
Varias mujeres habían preparado el avatí23 en distintas formas: molido
en mortero para hacer la harina con la que más tarde harían las tortas de
manduví24 y miel que los más pequeños eran tan afectos. O masticándolo
y escupiéndolo en una canoa de cedro, para que luego de un tiempo
fermentase, transformándose en ka’u’y25, bebida que alegraba el alma y
mejoraba el espíritu festivo de los comensales, siempre y cuando la
bebiesen con moderación. O simplemente hervido para acompañar las
carnes de pescado o cerdo salvaje.
Pero la dieta no se agotaba en el manduví o el avatí, también formaban
parte del festín: el yetí (batata), la mandió (mandioca), el poroto (frijol),
cuidadosamente cultivados en las huertas. Dichas huertas se preparaban
mediante la técnica del rozado de la tierra, es decir, desmalezaban y
quemaban los troncos y ramas para poder sembrar. La siembra y el cuidado
de la huerta, así como la cosecha, estaba a cargo de las mujeres, mientras
que el trabajo de rozado lo realizaban los hombres. Sin embargo, era
responsabilidad de toda la comunidad el estado de dichas huertas, pues
al no haber un propietario determinado, toda la aldea dependía de ellas.
Las mesas fueron prolijamente armadas con hojas de palmas, y los
platos de arcilla prolijamente acomodados junto a los vasos hechos de
conos de hojas trabados con un palillo en la parte inferior para que no se
derramase la bebida. Fueron distribuidos los invitados en pequeños grupos
separados, para que la conversación amena acompañase el sabroso
banquete. Los ancianos, en cambio, comerían recostados en sus hamacas
como era la costumbre, pues llevarles los mejores trozos de comida y
servírselos en sus hamacas era una forma de mostrarle el respeto y la
consideración que les tenían. La más pequeña, la recién nacida Mburukuja,
comería dentro de su vasija, miel silvestre diluida en agua tibia, tal como
les recomendara el Pajé oportunamente a sus padres.
La alegría y la euforia se prolongaron durante largas horas en aquella
noche de festejos. Nadie quiso abandonar su sitio en los cantos y las
danzas en honor de la pequeña. Sin embargo no todos estaban de humor.
23
maíz.
24
maní.
25
chicha.

203
Los padres de Nandi aún guardaban luto por la pérdida de su hija. Pues sin
la entusiasta y extrovertida Nandi, ninguna fiesta sería igual. Para la
desconsolada Jasyrendy no era precisamente su mejor noche, pues ella
tenía dos pérdidas que soportar.
Repentinamente el silencio invadió a los comensales. Gracias al
crepitar del fuego que iluminaba de cuando en cuando hasta los límites
mismos de la aldea, la luz reflejó la silueta de un joven quien parado
tieso, cargaba una niña en sus brazos. Nadie se atrevió a levantarse, ni a
moverse de sus lugares, pues la aparición del extraño duende los había
petrificado. Sin embargo, Jasyrendy se levantó impetuosamente y saltando
de alegría, exclamó: –¡Nandi! ¡Chiko!
Casi sin pensarlo, ante la mirada absorta del resto de la aldea, abrazó
a Francisco dándole un apasionado beso que duró más de la cuenta.
Pues, cuando logró despegarse de su amado, recordó que nadie salvo el
Pajé conocía la existencia de Francisco. Peor aún, el mismo Nimuendajú
desconocía los amoríos de la pareja.
Sobresaltados, los padres de Nandi arrebataron la niña de los brazos
del grumete. Como aún yacía inconsciente se la entregaron al Pajé para
que la examinara. La recostaron sobre una de las hamacas, mientras
Francisco con voz baja le explicaba a Jasyrendy cuan difícil había sido
cargarla durante varios días a través de bosques y ríos. Finalmente
Nimuendajú dio su diagnóstico: aunque inconsciente estaba en perfecto
estado de salud, su estado no era otra cosa que un desfallecimiento
voluntario, el cual podría ser fácilmente revertido cuando reposase durante
un tiempo en compañía de voces familiares y amigables; así su alma
recuperaría la calma necesaria para volver en sí.
Una vez dada la sentencia sobre la salud de Nandi, las miradas
volvieron sobre el extraño extranjero. Cierto ánimo de intriga y sospecha
flotaba en el aire. Francisco permanecía inmóvil, temeroso por la reacción
de los nativos. Todavía conservaba frescos los recuerdos de la bienvenida
poco amigable propinada por los Charrúas. El silencio duró más de la
cuenta, hasta que el piadoso Pajé presentó a Francisco en forma de canto
mítico. Hábilmente lo bautizó con el nombre de Karaí Pitaguá24, hijo de
Karaí Jeupie. Cuando terminó su canto, le pidió al joven que prosiguiese
26
Karaí pitaguá: Sacerdote extranjero.

204
el relato sobre la otra tierra del otro lado del Gran Mar. Francisco, con voz
pausada y firme comenzó a narrar, en perfecto guaraní, como había llegado
y los que vendrían en un futuro cercano, advirtiéndoles, como lo había
hecho con Jasyrendy, sobre el peligro que corrían ante la próxima invasión.
Mientras tanto, Nimuendajú observaba con mirada de reproche a la niña.
Sus indicaciones habían sido claras: informarse todo lo posible sobre el
origen del grumete, de ninguna manera le parecía adecuado que se enredase
sentimentalmente con el extraño. Otro que no podía dejar observar
severamente la conducta de su hija era el padre de Jasyrendy, una mezcla de
celos y preocupación corrían por su mente. Sin embargo, demostraba algo
de orgullo ante sus pares, en definitiva su hija estaba de buenas migas con
el hijo de uno de los Padres Primeros, y si esto se confirmaba él quedaría,
seguramente, emparentado con los dioses, facilitándose el acceso a la Tierra
sin Mal para toda su familia. Sin quererlo, Francisco comenzaba a sembrar
diferencias sociales en estas almas inocentes y libres. Pues hasta aquí habían
hecho de la horizontalidad un culto, nadie se sentía superior a otro por un
lazo o parentesco divino; aquella forma primitiva de vincularse entre los
hombres sólo le corres-pondía al viejo continente.
La fiesta se convirtió en una asamblea abierta, la cual duró hasta las
plegarias de la madrugada. Varias fueron las preguntas, muchas las
respuestas. Francisco intentó, sin comprometer demasiado su vida,
explicarles con toda claridad el arribo de los hombres armados. La traición
de sus compatriotas sufrida en las costas del Urugua’y le había dejado un
sabor amargo y ya estaba suficientemente encariñado con Jasyrendy como
para ser liviano en su relato y no advertirles sobre la codicia que imperaba
en los conquistadores. Algunos compartían la preocupación con Francisco,
pues ya había llegado hasta sus oídos historias sobre naves desconocidas
cargadas de hombres extrañamente armados que habían desembarcado y
secuestrado familias enteras tanto de un lado como del otro de las costas
del “río de caracoles”. Otros no podían comprender, cual era el motivo
por el que los dioses les enviaran aquel mensajero hijo de Karaí Jeupie para
advertirles sobre lo que sería un castigo divino y el fin de la Segunda Tierra.
Zaguacari, el mburuvicha guasu, resolvió enviar a Nimuendajú y a Chiko
Karaí Pitaguá, fue así como decidieron llamar a Francisco, en peregrinación
por las aldeas del norte para transmitirles el mensaje de los Padres Primeros;

205
en definitiva no eran ellos los que les correspondía determinar si el extranjero
era el hijo de Karaí Jeupie o un simple embustero. Todos conocían
perfectamente bien que para ser un auténtico Karaí se debía pasar por el
kandire, el acceso a la Tierra sin Mal sin pasar por la prueba de la muerte.
Y Chiko había vivido en la Tierra Perfecta y sobrevivido al Gran Mar
como su padre Karaí Jeupie. En cuanto a la veracidad de sus dichos sobre
la destrucción de la Segunda Tierra, no estaba de más advertirles al resto de
las aldeas. Ya había evidencias sobre desembarcos extraños y el tiempo
legitimaría el informe del Pitaguá. Finalmente, les pareció conveniente
que esperasen la reunión anual de los Karaí y los Pajé, para tener un
salvoconducto por las aldeas hostiles. Mientras tanto celebrarían el
casamiento de Kerana y Nahatî, conjuntamente con la iniciación del
Pitaguá. Pues no le parecía apropiado un Karaí sin el tembetá, pues el
palillo incrustado en el labio inferior le brindaría al joven un elemento
más para disimular su extraña procedencia y así lo escucharían con mayor
determinación. Zaguacari era un hombre práctico, aunque dudaba del origen
divino de Francisco, no le extrañaba la posible invasión extranjera. Conocía
perfectamente la idiosincrasia de su pueblo, y sabía que la mejor manera
de alertarlos era dándole un significado místico a las palabras de Francisco.

206
CUARTA PARTE

UN RÍO DE PLATA
Ya desde niña en la corte dudaban de la cordura de Juana, hija de
los Reyes Católicos. Pero la fortuna rozó a la joven mujer cuando a los
veintidós años sus padres convinieron con el archiduque Maximiliano,
emperador de Alemania, la boda con su hijo Felipe. La belleza del
príncipe de apenas dieciocho años deslumbró inmediatamente a la
princesa. Aun-que la dicha duró poco, pues a los diez años de estar
casados y a los pocos meses de ocupar el trono, su esposo murió;
dejando a la viuda envuelta en delirios y con su pequeño hijo Carlos,
de apenas seis años de edad, como único heredero al trono de España y
Alemania.
Obligado a gobernar, por su corta edad, bajo la regencia del cardenal
Jiménez de Cisneros, fue quizá el principal acierto del joven Carlos apoyar
como Piloto Mayor a don Fernando de Magallanes. Pues había heredado
de su abuelo don Fernando de Aragón la obsesión por conseguir la ruta
Occidental hacia las Molucas. Ya hacía un tiempo que el viejo don Manuel
de Portugal había logrado consolidar el monopolio del comercio de las
especias por la ruta oriental, obteniendo una ganancia anual de doscientos
mil ducados, las cuales colaboraban en engordar las arcas del reino
Lusitano.
Quizá por el temprano éxito obtenido, cuando “La Victoria” tocó
puerto con dieciocho raquíticos hombres al mando de Sebastián Elcano,
completando la circunnavegación iniciada por Magallanes; quizá por la
impetuosidad del carácter del ahora Carlos I de España y Carlos V de
Alemania; el joven Monarca no hesitaba en firmar cuanta capitulación
pudiese para despachar flotas que navegasen a través del recién descubierto
estrecho de Magallanes, y así, llegar a las especias por la ruta occidental.
Estaba dispuesto a ganar el tiempo perdido, y su voracidad no le permitía
detenerse en nimiedades como las condiciones morales y trayectoria de
los nuevos capitanes. Pues le concedería el mando a todo aquel valiente

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marino que se atreviese a circunnavegar el globo y lograse juntar al menos
lo mínimo indispensable para conformar una tripulación exitosa.
“Descubrir las islas y tierras de Tarsis y Ofir y el Catayo oriental y
Cipango, entrando por el estrecho de Magallanes, que llaman de Todos
los Santos; y cargar de oro, plata y piedras preciosas, droguerías y especiería,
sedas, brocados y otras cualesquiera cosas de valor”. Con estas palabras
escritas de puño y letra por su Cesárea Majestad; con su coraje, ambición
y codicia; habiendo seguido meticulosamente los pasos de su antecesor
Solís; el ahora Piloto Mayor, el veneciano Sebastián Caboto, navegaba
por el derrotero señalado por Magallanes rumbo a las Molucas...
El cruce del océano auguraba el éxito de la expedición. La escuadra
formada por cuatro naves y más de doscientos hombres, recaló sin
contratiempos en la factoría portuguesa de Pernambuco. Sólo el
temperamental Piloto Mayor había tensado los ánimos de la tripulación,
quizá sin necesidad.
Obsesionado por las riquezas de Catay; las mismas que habían
entusiasmado al Extranjero impulsándolo a descubrir por accidente el
Nuevo Continente; las que sedujeran a Lola la joven mora en las calurosas
noches de Moguer; condicionaron desde temprana edad a Sebastián
Caboto. Apenas cinco años después de que Colón se topase con la isla de
Santo Domingo, otro genovés, pero éste naturalizado veneciano, firmaba
una capitulación con el rey de Inglaterra Enrique VII, la cual le enco-
mendaba zarpar desde Bristol rumbo al poniente y hallar por el norte un
paso a Catay. El 24 de Junio de 1497, Juan Caboto, junto a su hijo
Sebastián de veinte años, creyó haber llegado al imperio del Gran Khan,
pero se hallaba en realidad en la costa del Labrador. Luego de percatarse
de su error, costearon el nuevo continente por el norte sin divisar la más
mínima señal del tan ansiado paso. Sólo hielo, frío y penurias les deparó
aquel viaje. Al poco tiempo de regresar a Inglaterra, Juan Caboto falleció.
Descubierto el paso por Magallanes, adueñado injustamente de la
gloria Elcano por la simple razón de haberlo sobrevivido, Sebastián Caboto
creía merecer, aunque casi treinta años tarde, parte de aquella gloria, por
haber sido un pionero en la búsqueda de la ruta occidental. Sin duda, la
obtención rápida de riquezas era una forma justa de recuperar el tiempo
perdido en tantas expediciones sin lucro. Ciertamente, sus pilotos y

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tripulantes compartían su interés por hacerse ricos. Pero el extremo celo
del Piloto Mayor lo conducía en reiteradas ocasiones a la intolerancia,
pasando por arrebatos temperamentales y llegando incluso al límite mismo
de la crueldad.
–De la señal que tomaremos puerto en Pernambuco –le indicó
Caboto al capitán Francisco de Rojas, quien con su nave se había acercado
a la capitana para informarse con el último parte.
–¿Cuánto tiempo será nuestra permanencia en territorio Portugués?
–preguntó desde el otro barco.
–Todo el necesario para llenar las bodegas y partir lo antes posible
rumbo al sur –le indicó el Piloto Mayor, agregando–: Advierta a los otros
capitanes sobre la fuerte corriente que tira hacia la costa. No deseo perder
una nave en el comienzo de la expedición.
No bien se separaron las naves, en la capitana se escuchó un fuerte
estruendo y el frenazo violento de la varadura. Aún más fuerte fue el
alarido de Caboto llamando al oficial a cargo del timón.
–¡Méndez, qué fue ese ruido! ¡Qué está sucediendo! ¡No lo puedo
dejar unos minutos al mando de la nave que ya hace cagadas!
–Creo que rozamos un bajío –contestó el oficial Miguel Méndez,
atemorizado por el carácter impredecible del capitán.
–¿Rozamos? ¡Más bien nos encajamos contra una roca! ¡Llame a Rodas!
La nave se encontraba completamente detenida con el velamen
flameando, sólo se escuchaba el rechinar de las maderas incrustándose contra
el escollo, mientras la corriente la empujaba una y otra vez, sentenciando
su muerte. El piloto Miguel de Rodas salió raudamente a cubierta con el
portulano en la mano, casi adivinando las recriminaciones del capitán.
–En el portulano no figura marcado ningún peñasco –se atajó Rodas.
Arrebatándole la carta de la mano, Caboto exclamó: –¡Y yo le pago
como piloto! Aquí advierte claramente sobre las fuertes corrientes que
abaten contra la costa y los bajos que son de temer.
En aquel momento irrumpió Luis Ramírez, quien exaltado dijo:
–¡En el sollado ya tenemos agua hasta la cintura!
–¡Achiquen, pues! ¡Achiquen, inútiles! Yo no puedo estar en todo.
Llamen al carpintero, quiero información sobre la magnitud de los daños
–exclamó colérico Caboto.

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Los marineros se alinearon en una larga fila, y haciendo correr los
cubos, cargaban el agua que ingresaba por la grieta del fondo para arrojarla
por la cubierta. La magnitud de la catástrofe estaría medida por la
velocidad de aquella operación. Si arrojaban más agua que la que se colaba
por la avería, nada debían temer, pues finalmente lograrían zafar de la
roca y navegarían a puerto para reparar la nave. Pero si el ingreso superaba
las manos expertas de los marinos, o si la grieta abierta en el fondo
aumentaba, nada presagiaría un buen final para la capitana. Aunque la
tripulación no le temía al hundimiento, puesto que era una posibilidad
en la vida de un marino, lo que realmente los motivaba a acelerar la carga
y descarga hasta los límites mismos del desgarro muscular era el carácter
inclemente del capitán. Preferían morir ahogados en las aguas cálidas del
Brasil a sentir como la cuerda de la horca les quebraría sus delgados cuellos.
Muchos corrían por la cubierta sin rumbo fijo, otros se colgaban de
los pasamanos de proa intentando adivinar el tamaño de la roca asesina.
Mientras tanto, el carpintero casi debía sumergirse en la sentina
procurando obturar con trapos, estacas y puntales, la herida abierta. A
pesar del incansable esfuerzo del carpintero, aunque los marineros
cargaban cada vez más aprisa los cubos, el rumbo abierto en el casco de la
nave se agrandaba con cada golpe de ola. Cuando ya no hubo más
remedio, el carpintero le indicó al capitán que era momento de abandonar
la nave.
Bajaron los bateles, le hicieron las debidas señas a los otras tres naves
para que colaborasen en la maniobra y, cuando la mayor cantidad de
cargas y elementos útiles fueron rescatados, el último hombre abandonó
la nave. Mientras remaban hacia la costa, no sin cierta tristeza y deses-
peranza, observaron como la nave se iba a pique por popa en aquella
primera tarde en tierra americana.
Apenas un año más tarde que Vasco da Gama retornase a Portugal,
luego de haber doblado el cabo de Buena Esperanza y desembarcado en
Calicut, los portugueses despacharon otra flota al oriente al mando de
Cabral. Con intención o sin ella, Cabral se desvió en exceso hacia el
occidente chocando “involuntariamente” con la tierra del Brasil o de la
legendaria isla Antilla, como solían marcarla en los mapas. Pues del resto
se encargó el confuso tratado de Tordesillas, el cual le otorgó al reino de

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Portugal la conveniente protuberancia de las tierras de Pernambuco, que
insolentes se lanzaban hacia el Este de la línea divisoria, esquivando toda
posibilidad de reclamo español. No pasó demasiado tiempo hasta que
los prósperos y emprendedores portugueses comenzaron a explotar las
bondades de un extraño árbol que allí crecía. Su encendido color rojizo
hacía pensar en una “brasa” candente, por lo que lo llamaron Palo Brasil,
nombre que se generalizó para llamar a todo aquel territorio. Poco tiempo
antes del arribo accidentado de Caboto, ya habían montado una fábrica
en un pequeño poblado rodeado por la gran nación tupí. Allí procesaban
la madera, pues una vez que se conoció en Europa, las damas no cesaban
de gastar sus dineros para poder empolvar sus mejillas con el tan preciado
polvo rojizo, y así poder quitar definitivamente aquel color pálido de sus
rostros mortecinos. También los fabricantes de telas, afectos a las bondades
del palo color de brasa, presurosos, lo aprovecharon para incluir una
variada gama de colores rojos en las tinturas para teñir. Mientras los
portugueses disfrutaban la nueva industria de las tierras recién descu-
biertas, los atribulados españoles se enfrentaban con la impotencia de no
poder obtener lucro y oro de las tan esforzadas expediciones. No obstante,
la reciente caída de Tenochtitlán a manos de Cortés contribuiría a
alimentar el hambre de gloria y riquezas que esperaban América les saciara.
Ya a salvo en puerto, debieron permanecer más tiempo del deseado,
pues se acercaba el invierno y con una nave menos, no era conveniente
acometer contra los mares del sur sin la debida preparación. Sin embargo,
la ansiedad del Piloto Mayor se convirtió en prisa cuando llegó a sus oídos
los rumores sobre el reino del Rey Blanco y sus minas de oro y plata.
–Señores, los he reunido aquí porque hay cambio de planes –les dijo
a los capitanes, en una reunión secreta llevada a cabo a espaldas del
contador y el apoderado del Rey.
–¿Cuáles son esos planes? –preguntó Francisco de Rojas impaciente,
mientras miraba de reojo a los presentes. Conocía muy bien lo
impredecible que podía ser el veneciano, y como fiel vasallo de la Corona,
no deseaba verse envuelto en ninguna aventura que contrariase a su
Majestad.
–Como ustedes saben, ya hace tiempo que en “nuestra tierra” se habla
de El Dorado –dijo Caboto con toda intención, para congraciarse con los

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españoles y mostrarse leal a la Corona–. Me ha llegado a mis oídos un
agradable secreto que espero sepan guardar...
–¡Un momento capitán! –lo interrumpió de Rojas, contrariando a
Caboto–. Usted sabe bien que lo que se dice del príncipe Dorado es sólo
un cuento de borrachines. No hay prueba alguna de la laguna de polvo
de oro, y mucho menos que exista un príncipe que se bañe en ella.
–¡No me interrumpa cuando estoy hablando! –exclamó sonrojado
de ira.
–Sólo digo que aquello de El Dorado es una quimera –se disculpó
de Rojas.
–¡Sí yo pensase que las historias del Nuevo Mundo son quimeras, no
me hubiese molestado en partir de mi Venecia natal para cortarme el
rostro con la brisa del mar por tantas millas navegadas! ¡Sin fantasía ni
ambición, mi padre no hubiese descubierto América! –exageró. Pues estaba
tan irritado que olvidó sus modales, afirmando su condición de veneciano
sin temor a herir el orgullo español, al remarcarles, ahora, que estaban al
mando de un extranjero. El hecho que considerase a su padre, Juan
Caboto, legítimo descubridor del nuevo continente, era algo de lo cual
estaba completamente convencido. Colón, en todo caso, se había topado
con algunas islas, pero nunca con el continente–. De todos modos, no es
de El Dorado que deseo hablarles –aclaró más recompuesto–. La infor-
mación que poseo es sobre la Sierra de la Plata que se encuentra
remontando el Mar Dulce de Solís.
–Ya veo a donde lleva esta conversación –dijo con mirada firme de
Rojas.
–Exactamente lo que está pensando –agregó Caboto–, remontaremos
el ancho río hasta llegar a las tierras del Rey Blanco, e intercambiaremos
el precioso metal por algunas baratijas, o se lo arrebataremos a golpes si
se pone desatinado.
–¡Desapruebo completamente tal aventura! ¡Es una clara violación a
lo capitulado! Jamás traicionaré los deseos de su Majestad –dijo Francisco
de Rojas, de pie y ya dispuesto a retirase.
–¡Usted no aprueba ni desaprueba! ¡Usted está bajo mis órdenes! ¡Y
que quede claro, yo haré aquí lo que se me antoje! –exclamó el Piloto
Mayor, mientras golpeaba con el puño sobre la mesa.

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–A mí me perece una excelente idea. No veo por que el Rey se puede
disgustar si regresamos con las bodegas llenas de oro y plata. ¿No es acaso
lo que hemos venido a buscar? Por otro lado, si estas minas están tan
cerca, para que exponernos a pasar por el paso de Todos los Santos, si
aquí en el Mar de Solís, o el “río de la plata” –agregó el maestre Antón
Grajeda con sonrisa irónica, por el cambio de nombre del río–, podemos
lograr el mismo objetivo y regresar rápidamente a España...

UN CASTIGO EJEMPLAR

Aquella noche se escabulleron entre las sombras proyectadas por los


árboles iluminados por una luna plena. Escaparon de las miradas indiscretas
cuales amantes secretos. A los besos apasionados les siguieron las caricias.
Se recostaron en la hierba fresca humedecida por el rocío. Sus cuerpos
ardientes no percibieron la brisa. Con cierta habilidad Jasyrendy desvistió
a Francisco quien no podía contenerse de besar a su amada. La niña entrelazó
sus piernas en los muslos del grumete, mientras jadeante le indicaba el
curso que debían tomar los acontecimientos. Francisco, algo torpe e
inexperto, simplemente se dejó llevar por las destrezas amatorias de la
joven mujer.
Para la niña, entregar su virtud fue el acto más generoso que podía
brindar a su amado. Para el joven, el contacto carnal con una mujer fue
la experiencia más reveladora que había tenido desde el comienzo de la
aventura en el Nuevo Mundo. A ambos, esta unión apasionada de
juventud los condicionaría para siempre...
Los días subsiguientes transcurrieron apaciblemente. Francisco fue
aceptado como uno más dentro de la aldea. Su nuevo rol de Karaí Pitaguá
le confería cierto prestigio que fue aumentando con el transcurrir del
tiempo. El carácter jovial de Francisco encajó perfectamente con el alma
risueña de los habitantes del Tekoa, quienes lo obligaban constantemente
a narrar alguna hazaña. Francisco se prestaba gustoso a aquel entrete-
nimiento donde dejaba volar la imaginación combinándolo con
humoradas que hacían estallar en carcajadas a su siempre atento auditorio.

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Jasyrendy se encontraba a su lado las más de las veces, y asentía con mirada
de franca devoción cada ocurrencia del grumete. Y cada tanto, cuando la
oportunidad se brindaba, escapaban para entregarse a los juegos del amor.
Pero llegó el día en que Nimuendajú y Zaguacari decidieron iniciar al
extranjero. El Pajé y Francisco debían partir a narrar los hechos futuros por
las aldeas vecinas. El mensaje de Karaí Jeupie debía transmitirse.
Solían iniciar a los niños cuando cumplían doce años, pues allí en
una ceremonia les enseñaban los cantos y las plegarias para los Padres
Primeros. Aunque Francisco ya había superado aquella edad largamente,
era importante iniciarlo porque significaba que la aldea lo aceptaba como
propio. Debieron sostenerlo entre cuatro y darle una importante cantidad
de ka’u’y, pues no le atraía en absoluto la idea que le perforasen el labio
inferior. Sin embargo el tembetá era un elemento distintivo de virilidad
y era inaceptable que un hombre no lo portase junto con su maraca.
Aunque borracho y algo incómodo por el nuevo adorno en su boca, se
sintió satisfecho al ser aceptado por la aldea. En definitiva, era una muestra
más de cariño y afecto. Cuando el pa-dre de Jasyrendy le obsequió una
maraca que había confeccionado especial-mente para él, la emoción le
hizo brotar algunas lágrimas. La bebida fermen-tada lo había sensibilizado,
pero en definitiva, el padre lo aceptaba como a un hijo, y aquella era una
prerrogativa que nunca le había tocado en suerte.
–En poco tiempo más tendrás que partir nuevamente –le dijo
Jasyrendy.
–Ya lo sé, pero mi deber es alertar a tu pueblo sobre el peligro que
corren –se excusó Francisco.
–¿Volverás?
–Eso espero, no tengo intenciones de morir tan joven.
–Debes tener cuidado, no todos son tan pacíficos como nosotros.
–Esa experiencia la he sufrido en carne propia –dijo levantando una
ceja.
Mientras movía una pequeña piedra con su pie, mirando hacia abajo,
la niña insistió: –Debes cuidarte también del Jaguareté.
–Estoy protegido por mis santos, los tuyos y los de mí madre, sin
descartar a los de mí abuelo; además sé cuidarme perfectamente bien.
No cometeré ninguna locura.

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–¿Me amas? –se atrevió a preguntarle, levantando la vista para mirarlo
directamente a los ojos.
–Yo... –comenzó a decir, cuando Kerana los interrumpió y tomándolo
de un brazo le dijo: –¡Ven Chiko! Te hemos preparado una sorpresa para tu
viaje –y mirando a Jasyrendy agregó–, mujer, déjalo en paz un momento,
no te separas de él ni un instante, déjame conversar con mi amigo a solas,
aunque sea antes de su partida.

Las canoas construidas con troncos de Timbó ahuecado medían más


de veinticuatro metros de largo y hasta un metro de ancho, en ellas cabían
hasta dieciséis remeros. En la que llevaban a Francisco y al Pajé estaba
protegida con un pequeño techo tejido en paja brava, adornado con
flores y grandes hojas de palmera. Nimuendajú vestía su atuendo de gala,
con la pequeña corona de plumas de intensos colores, su bastón-insignia,
la maraca y varios collares colgando de su cuello; tenía el aspecto de ser
una persona muy importante y respetada. En cambio Francisco prefirió
seguir vistiendo sus ropas rasgadas, que combinadas con el tembetá, le
conferían una imagen extraña y mística a la vez.
Más de cuarenta canoas constituían la procesión para acompañarlos
hasta el primer poblado, pues de allí en más la comitiva regresaría y un
nuevo séquito formado por el pueblo vecino los acompañaría hasta el
próximo. En cada Tekoa transmitirían el mensaje, en cada uno, serían
recibidos para acompañarlos hasta el próximo y así hasta llegar a la
región del Guairá donde se llevaría a cabo la reunión de los Karaí y los
Pajé.
Todos remaban y cantaban con armoniosa melodía. Las canoas cortaban
con sus proas la potente correntada. Su perfecto diseño, conjugado con la
destreza de los remeros, les permitía avanzar a gran velocidad. Jasyrendy
remaba en la que se encontraba a la derecha de Francisco. No dejaban de
mirarse el uno al otro. Incluso cuando la de Jasyrendy superaba levemente
la de Francisco, la niña giraba su cabeza hacia atrás para no perder ni un
instante la mirada de Francisco. Conocía perfectamente lo largo que sería
el viaje de su amado y no estaba preparada para separarse nuevamente.
¿Habría logrado retener con su cuerpo el amor de Chiko? O simplemente
la consideraba una aventura. ¿Aun amándola, el destino les permitiría volver

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a verse? Un extraño sentimiento de abandono, nunca antes percibido, la
invadió acongojándola.
Cuando llegó el momento de separarse, Jasyrendy atinó a gritarle:
–¡Rohayhu!
–No te escucho –le contestó desde el otro lado.
–¡Rohayhu! ¡Rohayhu! –insistió con todas sus fuerzas. Francisco hizo
un gesto indicándole que no alcanzaba a escucharla, y con su mano
extendida se despidió. Jasyrendy cabizbaja, repitió una vez más, pero ésta
ves en voz baja: –Rohayhu... te amo... te amo... –como afirmando su propio
sentimiento.
Desde otra canoa, el joven Kerana se puso de pie y con una amplia
sonrisa blanca extendió sus brazos con el arco y la flecha en la mano,
indicándole a su amigo Francisco que nada debía temer, pues él se quedaría
a cargo hasta su regreso. Los dos habían desarrollado una entrañable
amistad durante el tiempo que Francisco permaneció en el Tekoa. El
ánimo jovial de Kerana se había nutrido permanentemente de las bromas
y el carácter bonachón del grumete. Kerana admiraba el espíritu
aventurero de su nuevo amigo; a pesar de las opiniones de los mayores,
no dejaba de verlo como un simple mortal que el destino había traído
hasta su tierra.

***

Ante la intransigencia de Caboto, Francisco de Rojas llamó secre-


tamente al oficial Miguel Méndez:
–Méndez, he tomado la decisión de oponerme firmemente a esta
aventura descabellada.
–Estoy de acuerdo, capitán –le contestó, dispuesto a colaborar con
quien seguía leal al mandato de la Corona–, no he venido hasta aquí
para terminar en un calabozo.
–¿Quién cree que puede ser confiable para sumarlo a nuestra causa?
–El piloto Miguel de Rodas, se rumorea que el Piloto Mayor lo quiere
hacer responsable del hundimiento de la nave capitana, y sin duda, no
querrá seguir al hombre que lo condenaría.
–Bien. Llámelo de inmediato.

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–Capitán, yo estoy dispuesto a seguirlo hasta las últimas conse-cuencias,
pero no creo que un motín mejore la situación.
–No tengo en mente un motín, jamás me alzaría contra un superior.
Más bien pienso en una demanda de la oficialidad para hacerlo entrar en
razón. Cuantos más seamos, podremos oponernos; y ante nuestro reclamo
Caboto no llegará a los extremos. Sí planteamos nuestras razones, no se
animará a emprender una aventura contra la voluntad de capitanes,
oficiales, y pilotos.
Quizá porque de Rojas no conocía demasiado a Sebastián Caboto,
quizá porque sólo Miguel de Rodas y el tripulante Martín el Vizcaíno se
plegaron a su causa; no midió debidamente las consecuencias de aquel
acto. Todos, por codicia o temor, respaldaron la idea del Piloto Mayor,
quedando los cuatro desafortunados rápidamente aislados. Caboto
interpretó aquella disidencia como una insubordinación. Gracias a su
apuro por embarcarse hacia las tierras del Rey Blanco, la condena fue
leve. Simplemente les ordenó desembarcarse y regresar a España con la
próxima flota, dejándolos afuera del reparto de ganancias futuras.
Hábilmente el Piloto Mayor no los condenó severamente, sobre todo a
Francisco de Rojas; no deseaba complicarse con su Majestad. Sabía que
una vez de regreso podría demostrar con riquezas su acierto, y dejar mal
parado a de Rojas ante la Corte y la Casa de Contratación. Pero esta si-
tuación lo dejaría aún más obligado al éxito, pues si no lograba demostrar
con hechos su cambio de planes, sería interpretado como una clara
violación a lo capitulado. Como Damocles, ahora pendía sobre su cabeza
una espada desnuda colgada de una fina crin. Así como el rey Dionisio le
hizo comprender al cortesano de Siracusa cuan insegura era la dicha de la
grandeza, del mismo modo el Rey Carlos le haría sentir aquella
inestabilidad por semejante desatino. De aquí en más cualquier
determinación que tomase sería a todo o nada.
–¡Gavieros a las vergas! ¡Leven anclas!
–¡Un momento capitán, se acercan dos hombres más! –dijo Antón de
Grajeda señalando el batel que se aproximaba luchando contra las olas.
–¿Quiénes son los rezagados? –preguntó ofuscado por el nuevo
retraso.
–El Vizcaíno y un acompañante.

217
–¡Pero que impertinente, ese Vizcaíno! Ya lo he sentenciado a quedarse
en tierra. ¡Arrójenle la escala y preparen la horca! Llegó la hora de tener
mano dura –agregó mientras se le dibujaba una sonrisa en la comisura de
los labios.
Los dos hombres saltaron la barandilla de cubierta jadeantes y empa-
pados de sudor, casi tropezando fueron a dar con el Piloto Mayor, mientras
el maestre Grajeda algo retrasado los miraba con tono de reproche y algo
de lástima. No le gustaba perder dos buenos hombres y conocía de
antemano la decisión del Capitán.
–¿Qué hace aquí? No le he ordenado quedarse en tierra –le dijo
Caboto al Vizcaíno, ya disfrutando la respuesta.
–¡Lo siento, mi capitán! ¡Cuánto lo siento! de Rojas y Méndez me
forzaron, yo jamás lo desobedecería. ¡Por favor lléveme con usted! ¡Lo
seguiré hasta el mismísimo infierno!
–De eso no tenga dudas –dijo con regocijo–. ¿Y usted por qué se ha
retasado? –Le preguntó al acompañante, quien temblaba como una hoja
mientras sostenía con las dos manos un bulto escondido tras su camisa.
–Fui a recolectar algunos frutos y no encontré el camino de vuelta
–contestó al mismo tiempo que los pequeños cocos se le escabullían
entre las manos y golpeaban estruendosamente contra la cubierta,
echándose a rodar.
–Acaso no está satisfecho con la comida que le damos a bordo –agregó
irónico.
–No es eso, pensé que serían buenos para la tripulación.
–Hasta donde yo sé, de los bastimentos se encarga Grajeda –aseveró
prolongando el martirio de los marinos mientras buscaba la mirada
cómplice del maestre–. ¿Pues bien, qué haré con estos hombres? –se
preguntó en voz alta haciendo un gesto, como no teniendo la respuesta
correcta.
–Un escarmiento es lo aconsejable señor –dijo Grajeda, intentando
guiar al Capitán hacia unos más benevolentes azotes, contra lo que sabía
sería la voluntad de Caboto.
–¡Eso mismo! ¡Un ejemplo, es lo que necesitan mis hombres! ¡Así
nadie se le pasa por la cabeza desobedecer mis órdenes! –gritó regocijado
para que toda la tripulación lo oiga–. Grajeda, mande a ahorcar a estos

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dos infelices y zarpemos de una vez –concluyó, desentendiéndose del
problema, ora por aburrimiento, ora por terminar con el asunto.
Ya navegaban con rumbo a Santa Catalina cuando colgaron al
primero. Horrorizado el Vizcaíno clamaba clemencia mientras su
ocasional compañero se retorcía en la horca. Cuando le tocó su turno,
mientras suplicaba misericordia, el Capitán exclamó: –¡Acaso, no deseaba
acompañarme hasta el mismísimo infierno, pues ahí es donde lo mando!
El pobre hombre comenzó a zapatear mientras pendía del cordel, tal
era su desesperación y movimiento, que el cordel se cortó y cayó
abruptamente a cubierta.
–¡Cuélguenlo una vez más! –exclamó indignado Caboto.
No muy entusiasmados los hombres repitieron la acción, mientras
el Vizcaíno sollozaba y se agarraba de las camisas de sus verdugos. Por
segunda vez, el cordel se cortó y el pobre hombre volvió a caer sobre la
cubierta. En ese momento un murmullo de estupor se escuchó entre la
tripulación.
–¡Cuélguenlo de nuevo! –insistió el Capitán, cebado por las
circunstancias.
–Capitán, debe perdonarlo –le susurró al oído Grajeda–, es de mal
agüero colgar tres veces al mismo hombre.
–¡No me venga con supercherías de marinos, Grajeda! Si no lo cuelgan
como corresponde lo estrangularé con mis propias manos.
Mientras el sol se ponía sobre el continente inhóspito, allí afuera, en
el mar, arrojaban los cuerpos sin vida de dos inocentes. Un viejo marinero,
que había servido a las órdenes de su padre Juan Caboto, masculló
amargamente: –Mal presagio, nada bueno se avecina. ¡Dios sea con ellos
clemente y misericordioso, y con nosotros todos! Amén.

219
LA REUNIÓN DE LOS KARAÍ

Una embajada del pueblo se dirigió al encuentro de los recién


llegados cantando y bailando. Previamente habían barrido el suelo
pisado por los homenajeados. Un séquito de mujeres iba arrojando
flores a su paso, mientras un grupo de cuatro hombres alzó a
Nimuendajú para que no tocara la tierra en absoluto, reverenciándolo
así, como a un Karaí. Francisco caminaba algo rezagado, extrañado y
halagado a la vez por tal demostración de adoración y hospitalidad. El
mburuvicha Cheraguazú salió a su encuentro, también cargado por
cuatro hombres, demostrando respeto al Pajé e indicando al mismo
tiempo su jerarquía.
Habían arribado a la nación de los Timbú. Tierra dónde los hombres
eran más grandes y fornidos que los guaraníes del bajo Paraná, y se
distinguían por llevar a ambos lados de la nariz una estrellita, hecha de
una piedra blanca y azul, en lugar del característico tembetá en el labio.
A Francisco le asombró la notable fuerza de los hombres y la fealdad de
las mujeres aumentada por las marcas en sus rostros, simulando rasguños
de los Jaguareté. Sin duda la belleza física de las niñas no era homogénea
en aquellos parajes, o acaso la deslumbrante belleza de Jasyrendy le había
comenzado a nublar la razón, sin poder distinguir ahora entre una mujer
aceptablemente bella y una no tan agraciada.
Una vez en el centro del Tekoa, los hombres se sentaron formando
un gran círculo. Cheraguazú ubicó al Pajé a su derecha y a Francisco a la
izquierda. Mientras conversaban sobre los pormenores del viaje y las
posibilidades de buen tiempo para los cultivos y la pesca, las mujeres
corrían de dos en dos parándose detrás de sus esposos o padres confesando
a viva voz sus pecados. Los presentes las observaban con total pasividad;
aunque de tanto en tanto, alguno se exaltaba al escuchar a su esposa
confesar una infidelidad. Pero nada pasaba a mayores, pues era el
momento adecuado para revelar las faltas y manifestar arrepentimiento.
Aquella era la costumbre para homenajear a un Pajé de la envergadura de
Nimuendajú; purgar sus almas era la mayor ofrenda para recibir, libre de
todo mal, al invitado. Nimuendajú las correspondió, prometiéndoles su
seguro acceso a la “Tierra sin Mal”, donde gozarían de la abundancia y la

220
juventud eterna. Francisco suspiró aliviado al pensar que aquel acto de
contrición era hecho en una aldea ajena, pues no estaba preparado para
escuchar a Jasyrendy confesando vínculos con otro hombre. Su espíritu de
andaluz apasionado no lo hubiese tolerado, aunque prefirió borrar
inmediatamente aquel pensamiento de su mente.
Luego de una opulenta comida los albergaron en una choza algo
alejada, construida especialmente a tal efecto. El Pajé prefirió dormir un
rato mientras Francisco recorría la zona sin alejarse demasiado. Aun en
pleno día solían dormir; en realidad Nimuendajú no respetaba demasiado
los horarios solares, consideraba de buena costumbre y saludable dormir
y comer cuando el cuerpo lo indicase. Podía levantarse a altas horas de la
madrugada a comer o realizar cualquier actividad y al mismo tiempo
dormir profundamente en pleno día. Luego de caminar un rato por las
adyacencias de la aldea, Francisco retornó a la cabaña. Allí se encontraba
Nimuendajú, quien vertía agua en pequeñas cantidades en una calabaza
ahuecada, para luego beberla de a sorbos con una pajilla.
–¿Qué bebes? –preguntó el grumete, reconociendo la bebida a la
que eran tan afectos los Charrúas.
Levantando la vista mientras fruncía los labios para succionar la
infusión, el Pajé contestó: –Caá Guazú, la gran yerba.
–¿Es acaso medicinal? –dudó Francisco.
–Podríamos decir que sí. Muchas son sus virtudes: reconcilia el sueño,
al mismo tiempo que lo desvela; calma el hambre tanto como lo estimula
y favorece la digestión, repara las fuerzas, infunde alegría y cura varias
enfermedades...
–¿Pero cómo es posible tener tantas propiedades contrapuestas a la
vez? ¿De qué depende para que reaccione en uno u otro sentido?
–De los deseos del que la bebe –sonrió el Pajé, mostrándose esquivo
a develar los misterios de sus conocimientos–. ¿Quieres un sorbo?
Seguramente estás cansado de tanto caminar, el Caá Guazú repondrá tus
fuerzas.
Francisco bebió un sorbo. El líquido amargo le produjo cierto
rechazo, sin embargo, al intentar el segundo sorbo, el gusto fue más
tolerable. Lo tragó con dificultad y agregó diplomático: –Es sabroso y
refrescante.

221
La expresión de desagrado del grumete, le produjo cierta hilaridad al
Pajé: –No pretendo que lo encuentres sabroso. En todo caso con el tiempo
te acostumbrarás a beberlo.
–¿Cómo lo preparan? –preguntó Francisco, mientras le entregaba el
recipiente con algo de la bebida en el interior.
–Es originario de la región del Mbaracayú, donde crece en forma
natural en los montes húmedos y cenagosos. Debemos recorrer un largo
camino para obtener su hoja verde clara. Luego la tostamos a fuego lento
para triturarla en un mortero hasta hacerla casi polvo –extrajo de una bolsa
un puñado y mostrándole el polvo verdoso agregó–: la colocamos en esta
pequeña calabaza y al humedecerla con el agua se puede beber el líquido.
También puedes masticarla, pero prefiero que no lo hagas –dijo, sonriendo
y mostrando una hilera de dientes blancos teñidos de verde mate.
–He observado que la beben en las aldeas del lado oriental del
Urugua’y.
–Los Charrúas también gustan beberla –cuando el Pajé mencionó a
los Charrúas, Francisco no pudo contenerse y preguntarle sobre las
costumbres caníbales de sus vecinos. Lo estremecía de miedo sólo recordar
los hechos vividos en aquel tiempo, y aunque ya tenía suficiente confianza
con el Pajé, temía provocar alguna reacción adversa en su mentor.
–Aquella es una costumbre feroz de los Charrúas –contestó con desagrado
Nimuendajú, pues era evidente que no compartía tal práctica. Sin embargo,
justificó a sus vecinos narrando el origen de tal crueldad–: Hace mucho tiempo
atrás –comenzó diciendo–, los Tupinambá, nación que se encuentra al norte
sobre las costas del Gran Mar, tenían una larga enemistad con sus vecinos por
disputas de territorio. En aquel pueblo había una mujer anciana que con gran
dificultad había logrado tener un único hijo, al que amaba con pasión. Amor
acrecentado por el hecho de no poder tener más hijos por su avanzada edad.
En una disputa sin sentido su hijo fue asesinado por un aldeano del pueblo
enemigo. Algún tiempo después, el matador de su hijo fue hecho prisionero
y llevado a su presencia. Presa de locura y furia, la madre se arrojó como
una fiera sobre él y a bocados le destrozó la espalda. Tuvo el prisionero la
doble suerte de escapar de manos de la anciana y huir, volviendo con los
suyos. Cuando llegó a su aldea les mostró las huellas de las dentelladas en
su espalda, y les hizo creer, con el objeto de exaltar los ánimos y provocar

222
una venganza, que los enemigos habían querido devorarlo vivo. Para no
ser menos feroces que los otros, decidieron comerse de verdad a los enemigos
que tomaban prisioneros en combate. Los Tupinambá, por supuesto,
hicieron otro tanto. De allí comenzó la costumbre de ciertos pueblos
guerreros de comer a sus vencidos para sembrar terror y evitar futuros
ataques.
–Sí ese era el objeto, debo decir que conmigo lo lograron –agregó el
grumete.
–No debes creer que todos practicamos aquella costumbre. Nuestros
Padres Primeros condenan tales prácticas, y sin duda, quedaran
condenados a no poder acceder a la Tierra sin Mal. Yo creo que el motivo
de no haberla hallado hasta el momento se debe a esa conducta salvaje,
digna de un Jaguareté y no de los hombres. Quizá nunca la hallemos,
por mucho que caminemos –el Pajé se levantó, dando por concluida la
plática, mientras se retiraba cabizbajo y meditabundo. Mientras caminaba
por la orilla del Paraná, reflexionó sobre aquellas conductas. Quizá era
aquel el motivo del fin de la Segunda Tierra. Sin embargo, le llamó la
atención la completa ignorancia de Francisco sobre las costumbres de
beber el Caá y el origen del canibalismo. Decididamente aquello echaba
por tierra la posibilidad de que fuese el hijo del Karaí Jeupie. Y de ser así,
¿quién era entonces aquel extranjero del que se había encariñado tanto?
Sin duda, vino del otro lado del Gran Mar, ¿acaso, estaría allí la Tierra
sin Mal? ¿O simplemente era otro territorio plagado de imperfecciones
de simples mortales sin rumbo?

MEJOR ORO QUE ESPECIAS


Recalaron en la isla de Santa Catalina con una nave menos y doscientos
diez hombres hacinados en las tres restantes. Tomaron los recaudos
necesarios al desembarcar en tierras Tupí. Cuando los bateles rozaron las
blancas arenas de la isla, dos náufragos harapientos se precipitaron desde la
espesa selva hasta la costa. Los hombres fuertemente armados miraban
confundidos como estos hijos de España festejaban con gran algarabía la
llegada de sus compatriotas.

223
–¡Ya te decía, que el rey don Fernando enviaría más naves! –le dijo
Enrique Montes a Melchor Ramírez, mientras empujaba uno de los bateles
hacia la playa.
Grajeda, quien estaba al mando del desembarco, interrumpió el diálogo
entre los dos desdichados: –Hace ya tiempo que don Fernando descansa
junto a doña Isabel en la catedral de Granada.
–Bueno, ya estaba viejo cuando partimos. ¿Quién manda ahora en
nuestra tierra? –preguntó, algo triste, Montes.
–Don Carlos, rey de España y emperador de Alemania, hijo de doña
Juana y nieto de don Fernando.
–Ya se hablaba bien del mozuelo antes de nuestra partida –recordó
Ramírez.
–Buen Rey nos ha tocado en gracia. Heredó de su abuelo la astucia
y el coraje.
–¿Quién es de Triana? –preguntó Ramírez, buscando entre los
confundidos marineros algún vecino de su pueblo. Como nadie contestó,
insistió–: ¿Acaso no hay andaluces entre tanto valiente?
–Yo soy de Córdoba –contestó tímidamente un marinero.
–Al menos uno que nació a la vera del Guadalquivir. No eres natural
de la hermosa Sevilla, pero algo es algo –exclamó sonriente el sevillano.
Ya en la playa, Grajeda, algo intrigado, les preguntó: –¿Cómo dos
cristianos y fieles súbditos de la Corona han dado con sus huesos en estas
tierras?
–Como te he dicho –comenzó a narrar Montes, mientras se sentaba
plácidamente en la arena –zarpamos en tiempos del rey don Fernando, a
las órdenes del piloto mayor Juan Díaz de Solís. Según supimos más
tarde, el desventurado, que Dios lo tenga en la Santa Gloria; tenía ordenes
de hallar el paso hacia las islas de las especias. Digo desventurado porque
no bien entramos en un ancho río que está al sur de esta isla, nuestro
capitán, quien era un gran marino pero algo descuidado en los menesteres
de tierra, fue devorado por los salvajes.
–Acaso no corremos peligro en estas costas –interrumpió Grajeda.
–¡No! ¡Gracias a Dios! Aquí los naturales son mansos y serviciales,
especialmente las hembras –exclamó sonriendo, buscando la mirada
cómplice de su camarada, Melchor Ramírez.

224
–Es que el hombre tiene varias mujeres para aparearse y ya dejó a unas
cuantas preñadas –agregó Ramírez.
–Esa fue la parte buena de la historia. La mala fue que no hallamos
paso alguno, mucho menos riquezas, y peor aún, cuando decidimos
emprender el regreso, nuestra nave naufragó sin que pudiéramos dar
aviso a las otras dos que espero hayan podido retornar seguras.
–Llegaron a buen puerto –les confirmó Grajeda–, pero he sabido
que le hicieron sumario a Francisco de Torres por abandonar al Capitán
y al apoderado del Rey.
–¡No fue cobardía! –exclamó Montes, poniéndose de pie–, no hubo
más remedio que abandonar los cuerpos. Yo fui testigo de aquellos hechos.
No bien desembarcaron nuestros hombres, los salvajes embistieron contra
ellos, y aunque estabamos a bordo de La Latina que era la nave más ágil,
el traicionero río no nos permitió aparejar para el ataque. Sólo al pequeño
grumete se llevaron con vida, pero seguramente sería para comerlo luego
de engordarlo como un pavo. Es que era algo delgado el rapaz –agregó
con simpatía, al recordar al joven Francisco del Puerto–. Cuando
finalmente tuvimos la nave dispuesta, ya se veía el humo de las hogueras
–con lágrimas en los ojos, agregó–: Nada pudimos hacer, el río nos empujó
aguas abajo, como si el destino y la providencia nos marcasen el camino
de regreso.
–¿No planearon al menos vengarse? –lo acusó injustamente Grajeda,
insinuando cobardía en los hombres de Solís.
–¡Ciertamente! –arremetió Montes, defendiéndose–, pero en estas
tierras lo mejor es actuar con precaución. Francisco de Torres, quien para
ese entonces estaba al mando, optó por lo más sensato, retornar a España.
Obligado a preservar las pertenencias del Rey, y no habiendo nada de
valor que rescatar para la Corona, decidió cuidar las naves y sus tripulantes.
Muerto el Piloto Mayor, ya no quedaba nadie a bordo para cumplir con
las órdenes secretas que le confiara don Fernando a Solís.
–Sin embargo, en Pernambuco hemos tenido informes sobre las
minas de oro y plata, que se encuentran navegando aguas arriba del Mar
de Solís –observó Grajeda.
–¡Las minas del Rey Blanco! –exclamó Ramírez–, por aquel entonces,
no teníamos noticia alguna de tales riquezas.

225
–¡Entonces es cierto! –se alegró Grajeda–, sólo es cuestión de remontar
el Río de la Plata.
–¿Río de la Plata? –preguntó Montes.
–Ya hemos rebautizado el Mar de Solís al saber que en sus aguas
descansan las Sierras de la Plata.
–No te apresures y guarda tanto ímpetu para poder hallarlo, que
nada fácil es acceder a las minas del Rey Blanco –lo frenó Montes–. Diez
hombres logramos sobrevivir cuando zozobró la “La Latina”. Aquí, no
sólo los caníbales se devoran a los nobles caballeros, también la selva
hace lo suyo... Ya ves; sólo dos quedan entre tanto gallardo.
–¿Qué fue de los ocho restantes? –preguntó Antón de Grajeda,
impaciente por saber más sobre las riquezas ocultas.
–Entre todos los hombres estaba el más valiente que yo he conocido:
Alejo García.
–El Portugués las tenía bien puestas –lo interrumpió Ramírez.
–Desde el principio entablamos amistad con los nativos, que de no
haber sido por ellos hubiésemos muerto de hambre –prosiguió Montes–.
No pasó mucho tiempo hasta que tuvimos conocimiento de metales
preciosos proveniente de un reino que se encuentra atravesando la selva.
García no dudó un instante y armó una expedición con los otros marineros
y algunos indios como guías. Nosotros preferimos quedarnos, yo ya había
echado raíces con algunas indias –sonrió con picardía–, y Ramírez, como
ves, está algo viejo y cojo como para aventurarse en la selva...
–¡Y bien, hombre! ¿Qué hay de las minas? –insistió Grajeda.
–¿De las minas? Poco. Nunca regresaron con vida. Al cabo de algunos
meses, regresaron un puñado de indios con piezas de oro y plata. Pero
como te he dicho, a nuestros amigos se los devoró la selva.
Sin preocuparse demasiado por la suerte de los ocho infortunados,
Grajeda giró sobre sus talones y dio la orden para que desembarcase el
Capitán junto con el resto de la tripulación. El puerto era seguro, y ya
había obtenido la tan ansiada relación sobre las minas del Rey Blanco.
–Discúlpame el atrevimiento: ¿Quién es el Capitán al mando de
esta flota? –lo interrumpió Montes.
–Un veneciano algo loco, al servicio de su Cesárea Majestad Carlos I
–contestó displicentemente.

226
–Seré impertinente, pero... ¿acaso ya no le interesa a don Carlos hallar
“el paso” hacia las Molucas? ¿Cómo puede estar interesado en estas tierras
desafortunadas e inciertas?
–“El Paso” ya fue descubierto por un tal Elcano, incluso le dio la
vuelta al globo terrestre, al menos es lo que dicen. Poco provecho para
tan largo y desventurado viaje. Sólo regresó una nave de las cuatro que
enviaron, y digo regresar porque aún se mantenía a flote en puerto.
Demasiado fue el costo en vidas para tan poca cosa.
–Y “el paso” ¿Dónde se encuentra? –preguntó, para sacarse la duda
sobre el misterio por el cual había arriesgado su vida.
–Demasiado al sur, próximo a la “Terra Australis”.
–Entiendo... muy larga la travesía para sacarle lucro.
–¿Larga? ¡Tres años tardaron en retornar a Sevilla! ¡Ya la daban por
fracasada, cuando milagrosamente arribaron dieciocho hombres a bordo
de “La Victoria”! Está claro que mi Capitán está algo loco, pero el veneciano
no es tan majadero como para arriesgar tanto valiente por nada. ¡Aquí
hemos llegado, y de aquí extraeremos el jugo blanco para la Corona!

Obligados a permanecer un tiempo bajo la hospitalidad de los Tupí,


Caboto ordenó construir una galera para reemplazar a “la capitana”. Resuelto
a continuar el viaje remontando las aguas del Río de la Plata, tendría más
oportunidad de éxito con cuatro naves. Ya nada lo detendría luego de
apreciar el brillo de los metales que Enrique Montes le mostrara. Inflados
de entusiasmo y con las bodegas repletas de manjares, se hicieron a la vela.
Sin embargo, a la altura del cabo de Santa María27, la desgracia volvió a
acometer sobre la expedición. Una fuerte tormenta arreció hasta tornarse
en tempestad, dispersando la flota. Cuando todo volvió a la calma,
comprobaron con pesar que una de las naos estaba irremediablemente
dañada y otra requería urgente reparación. Forzados a abandonar a la
malhadada “Trinidad” con parte de la tripulación, Caboto dio la orden de
seguir la derrota planeada con el resto; en tanto que la nave averiada les
alcance, más tarde, aguas arriba. No estaba dispuesto a perder un solo día
para llegar al tan ansiado “reino de la plata”. No obstante, aquel no fue el
único percance que debieron soportar en aquellos días. Un extraño mal,
27
Punta del Este, Uruguay.

227
contraído presumiblemente en Santa Catalina, afectó severamente la salud
de los marinos. Tras fuertes calenturas, iban muriendo y debilitándose
uno tras otro; situación que se agravó al comprobar que gran parte de los
alimentos cargados se habían podrido rápidamente, por no salarlos
debidamente en las costas de Brasil.
Diezmados y hambrientos llegaron con gran esfuerzo a las
proximidades del río Urugua’y. Caboto sabía, mejor que nadie, la
importancia de hallar una tribu generosa donde poder recuperar fuerzas
y alimentar debidamente a sus hombres. La sola idea de fracasar por el
hambre y una enfermedad sin nombre, lo sacaba de quicio hasta
encolerizarlo.

¿DESCUBRIMIENTO O CONQUISTA?

Ya de regreso los Ñanderú llamaron a asamblea de mburuvicha. Debían


poner fin a las sospechas que recaían sobre Ro’yju. Ciertamente, Nandi
había sido víctima de algún mal o encantamiento, y debían determinar
cual era la responsabilidad de aquel joven taciturno. Presidida por Zaguacari,
ausentes Francisco y Nimuendajú, les competía a los jefes de familias bregar
por el bienestar de su gente; y la acción de un posible falso Pajé o los actos
del mismísimo Añá era un tema de suma importancia que debía ser
esclarecido a la brevedad.
Una vez recuperada, Nandi no dudó en acusar abiertamente a Ro’yju
como causante de todos sus males. A riesgo de ser castigada por
acompañarlo a la reunión de hechicería que había tenido lugar en la
choza de Nezú, prefirió relatar los hechos tal como sucedieron, aunque
omitió deliberadamente explicar que fue ella la que le insistió al joven
aprendiz de brujo para iniciarse en el arte de los conjuros. Con cierto
coraje, y sin temor a perder su dignidad, narró como la extraña bebida
preparada por el Pajé Japúva28 se le metió en el cuerpo hasta forzarla a
copular con varios de los allí presentes.
28
Falso Pajé.

228
–¡Caapí! –sentenció uno de los jefes, señalando aquella bebida por sus
efectos alucinógenos.
–¡Llevasteis a una de nuestras hijas a beber la maldita pócima! –se
indignó otro.
–¡Ya imaginábamos, que por tu conducta eras afecto a tales males! ¿Pero
forzar a esta inocente pequeña a seguir los pasos de Añá? Tal agravio merece
el mayor de los castigos –sentenció el primero, sin darle oportunidad a
defenderse.
Ro’yju permanecía callado, entendía perfectamente que debía medir
cada palabra que dijera. De todas manera ya estaba condenado. Si
responsabilizaba a Nandi por haberlo incitado a seguir aquel sendero,
nadie le creería. Si descargaba la culpa sobre Nezú, acusándolo de falso
Pajé, terrible sería su destino. Creía fervientemente en el poder del mal, y
hacía tiempo que había elegido aquel camino. Al fin de cuentas, sus
camaradas de hechicería eran su nueva familia, y era el único lugar donde
se sentía a gusto. Finalmente decidió arrojar su ira sobre Nandi, y acusar a
Nezú para ganar tiempo: –¡Ella me suplicó que la llevara! –vociferó ante
los presentes–. ¡Ella bebió de la pócima, a pesar de mis reparos! ¡Fue guiada
por su voluntad cuando nos entregó su cuerpo candente!
–¡Calla tupichua! ¡Ya calla hijo de Añá! –suplicó el padre de la joven.
Consternada, la madre de Ro’yju acudió en defensa de su hijo: –Mi
hijo es bueno. Es el caapí el que lo puso malo. No condenen a mi muchacho,
encontremos a Nezú. Fue ese viejo malvado el que flechó su alma con
veneno.
La voz suave y pausada de Zaguacari se hizo oír: –El alma libre de
Nandi la conduce a peligros, los cuales nosotros la debemos advertir. Es nuestra
obligación indicarle el camino del buen vivir. Es tu obligación como padre
señalarle el camino hacia la Tierra sin Mal y cerrar con una pluma el sendero
del mal, cuando estos se bifurcan.
Mirando a Ro’yju a los ojos le dijo: –En cuanto a ti, Ro’yju, ya no
puedes vivir entre nosotros. Deberás seguir tu propio camino hasta encontrar
la senda que te vuelva a erguir. Será largo tu peregrinar pero en algún punto
encontrarás a Ñamandú Gran Corazón y allí deberás elegir definitivamente
si lo sigues a la Nueva Morada o lo abandonas para siempre, condenado a
vagar eternamente en la Tierra Imperfecta.

229
Finalmente sentenció: –Nezú es a quien debemos encontrar, el alma
mala del tupichua se ha encarnado en su cuerpo. Debemos hallarlo antes de
que se convierta en Jaguareté. Es menester impedir que sus vástagos se
propaguen por nuestra tierra.
La reunión fue interrumpida abruptamente por un joven, quien
jadeante y casi sin aliento alcanzó a decir: –¡Por el Paraná avanzan grandes
canoas jamás vistas por hombre alguno!
–Explícate con claridad –intervino un Ñanderú.
–Como dije: ¡canoas gigantes! Con hombres con raros atuendos –insistió.
–El Karaí Pitaguá nos había advertido –pensó en voz alta Zaguacari,
recordando la advertencia de Francisco.
–¿Acaso portaban los palos cruzados? –preguntó otro Ñanderú.
–¡Sí! ¡Los palos cruzados! –repitió el joven. –Llevan grandes telas
con “palos cruzados” ¡Cómo las telas de los hijos del Inca, pero más grandes!
–señaló, intentando describir las velas de las naves con la cruz pintada en
el centro.
–Entonces el Pitaguá tenía razón, él traía el mensaje de Nuestro Padre
Karaí Jeupie: el fin de la Segunda Tierra –agregó acongojado uno de los
presentes.
–No es momento de lamentarse –indicó Zaguacari–, sigamos las
instrucciones de Chiko. No debemos confrontar nuestro pueblo con hombres
más poderosos. Quememos nuestros sembradíos, abandonemos las malocas,
que las mujeres y los niños se refugien en el bosque. Sólo un pequeño grupo de
hombres recibirá a los extraños.
Kerana, recordando su promesa a Francisco de proteger a Jasyrendy
hasta su regreso, se ofreció a formar parte de aquel grupo. No deseaba
por nada del mundo que aquellos hombres se aproximaran a Nahatî y a
la pequeña Mburukuja.

Fondearon las naves en la confluencia de un pequeño río con el


Paraná. La situación a bordo era desesperante, varios hombres gemían
tirados en cubierta, trastornados por el delirio provocado por la fiebre.
Los que aún se mantenían en pie se arrastraban como almas en pena,
suplicando por un bocado.
–¡Esta tierra está maldita! –exclamó Miguel de Rifos, indignado por
la falta de comida para sus hombres.

230
–El Capitán no debió ejecutar al Vizcaíno, ya decía yo que era de mal
agüero –agregó Luis de León.
Percibiendo el descontento de sus hombres, Caboto ordenó bajar
los bateles para buscar una aldea en la cual aprovisionarse. Él mismo
formó parte de la partida, deseaba con el ejemplo inspirar a sus hombres,
y así modificar el desencanto por el entusiasmo. Tomó todos los recaudos
necesarios, todavía conservaba en su memoria el desenlace fatal de Solís
por haber sido descuidado con los salvajes.
Luego de remar incansablemente sin rumbo fijo hallaron por fortuna
la pequeña aldea. Gran algarabía expresaron los marinos al ver próxima
la posibilidad de alimentarse. Descendieron de los bateles con suma
cautela. Las chozas se veían deshabitadas. El sembradío recién quemado
aún permanecía humeante. Recorrieron el lugar sin hallar rastro de vida...
Los hombres se pusieron en guardia al escuchar el trepidar de las
hojas por los pasos de nativos que se aproximaban. De entre el follaje
cinco naturales pequeños y delgados salieron a su encuentro. Kerana
estaba al frente del grupo. Con mirada adusta y apuntándolos con armas,
los invasores les hicieron claras señas que deseaban comida. Simulando
no comprender demasiado, Kerana les indicó que allí no había alimento
e intentando persuadirlos con poco, extendió su mano exhibiendo un
pescado magro.
Antón de Grajeda, adivinando el engaño, colérico desenvainó su
espada. Por un instante el brillo del afilado metal encandiló al atribulado
Kerana. Sin mediar palabra y de un solo golpe, Grajeda, cortó la mano
del salvaje.
Con los ojos desorbitados de terror, Kerana observó como ríos de
sangre brotaban de su brazo. Sus piernas repentinamente se aflojaron
cayendo pesadamente sobre su espalda. Un frío helado invadió su espina.
Sin embargo, el terror tornó en una inescrutable sensación de placer
cuando el dulce rostro de Nahatî le indicó el camino hacia la morada
eterna de la Tierra sin Mal.
Al unísono los arcabuces descargaron su furia sobre los cuatro nativos
restantes. Todavía no se había disipado el olor de la pólvora y la carne
quemada, cuando Caboto dio la orden de quemar la aldea completa.
Hombres indignados, destrozaron las malocas y todo cuanto tenían a su

231
alrededor. Un grupo ingresó en la choza de Nimuendajú, y entre risotadas
mezcladas con furia, destruyeron las pócimas del Pajé burlándose de la
brujerías que ellas contenían.
Desanimados retornaron a las naves sin el más mínimo alimento.
Mientras tanto en el bosque, ocultos entre los árboles, el resto de los
nativos observaron en silencio la masacre. Nahatî, quebrada por el dolor,
lloraba la muerte de su amado; mientras Jasyrendy la sostenía fuertemente,
intentando consolarla. Dos extrañas sensaciones se mezclaban en su
atormentada alma; por un lado el desasosiego de enfrentarse cara a cara
con un acto de despiadada crueldad; por el otro, una serie de sensaciones
y transformaciones en su cuerpo, le indicaban sin lugar a dudas que estaba
engendrando una vida en su vientre.
–¡Ay Chiko! Cuanto te necesito en éste momento. Mi amado ¿dónde te
encuentras?

HACIA LAS TIERRAS DEL REY BLANCO

Desde la nave, Luis De León preguntó a los hombres que se acercaban


remando pesadamente: –¿Qué ha sucedido? ¿Rescataron alimentos?
–¡Hijos del demonio, eso es lo que son! –exclamó desairado Miguel
de Rifos– ¿Y tú como sigues? ¿Ya puedes caminar? –agregó mirando a su
camarada, que no pudo ser de la partida por la fiebre.
–Ya estoy repuesto, pero el estado de la tripulación es cada vez peor.
Aquí la gran mayoría desean la muerte más que la vida. Ya oí demandar
a Dios a muchos de ellos por no pasar el hambre que pasan –se quejó–.
¿Y los alimentos? ¿Han podido conseguir alimentos?
–Nada –contestó de Rifos, amargado–. Encontramos una aldea al
norte de aquí, con tres grandes chozas y una pequeña algo apartada repleta
de objetos de brujería. No bien desembarcamos, nos percatamos de un
sembradío recién quemado. Allí nos dimos cuenta la mala intención de
los naturales. Todos habían hurtado el cuerpo, no había rastro alguno de

232
vida. Repentinamente, cinco desatinados salieron de atrás del follaje, y
cuando les pedimos comida, el más desvergonzado, haciéndose el
desentendido nos ofreció un pescado macilento cuyo hedor se percibía a
varias leguas.
–¿Y bien? –insistió de León.
–Grajeda, furioso, le cortó el brazo de una estocada. El pobre
desdichado se miró el brazo sin comprender lo sucedido, y los otros
cuatro se quedaron tiesos mientras el plomo se les incrustaba en el pecho.
–¡Al menos se dieron el gusto quemando algo de pólvora! –exclamó
sonriente, y a la vez lamentándose por no haber estado presente.
–Nunca es un gusto matar nativos por nada. Estos gentiles son bestias;
pero hasta a las bestias me dan lástima maltratar, siempre prefiero
domesticarlas.
–No es bueno ser misericordioso en estas tierras, recuerda lo que nos
contó Montes: al blando, el caníbal se lo engulle de un bocado –agregó,
advirtiendo a su amigo–. El escarmiento es la mejor advertencia. Ya verás.
En la próxima aldea, no dudarán en darnos de comer.
Caboto, indignado por no haber cumplido con su cometido, se
introdujo en la recámara junto con el maestre Antón de Grajeda. Una de
las naves todavía hacía agua, la galera construida en la isla de Santa Catalina
no era precisamente una nave de combate, y la tripulación se encontraba
diezmada. Las “Sierras de la Plata” lo obsesionaban cada día más. Era
consciente que optar por la búsqueda del imperio del “Rey Blanco”
constituía una flagrante violación a lo acordado con el Emperador. Si
Francisco de Rojas se le adelantaba en el retorno a España, daría su versión
de los hechos y sólo podría justificar su desobediencia con el éxito.
Finalmente, determinó dividir la expedición para tener más posibilidades
de hallar las minas. Por un lado, partiría Grajeda al mando de dos naves
remontando el río al cual los naturales llaman Urugua’y, mientras él haría
lo propio por el Paraná.

***

Al finalizar la visita de Francisco y Nimuendajú en la aldea de


Cheraguazú, se dirigieron acompañados por la debida procesión a las

233
tierras del mburuvicha Yaguarón, jefe de los guaraníes del alto Paraná.
Recibidos con más pompa, incluso, que la de los Timbues, los aguardaban
doce Karaí y seiscientos hombres llegados de las aldeas vecinas. La fama
de Francisco, como enviado divino y portador de la palabra de Karaí
Jeupie, se había transmitido con gran velocidad hacia las aldeas del norte.
El “Karaí Pitaguá” o “Sacerdote Extranjero”, como solían llamarlo, ya
comenzaba a formar parte de las leyendas de la selva. Por tal motivo,
Yaguarón había dispuesto tres días de celebraciones para homenajear al
“Pitaguá”, a la vez que deseaba conocer de su propia boca los relatos
sobre la tierra de los “reyes” del otro lado del “Gran Mar”.
La ceremonia comenzó con los hombres reunidos en torno de los
Karaí. Los niños se ubicaron en una de las casas comunales, pues no
podían formar parte de aquella danza. Las mujeres se recluyeron en otra,
mientras los hombres se pusieron a cantar, respondiendo al canto que
emergía de la casa de las mujeres. Luego comenzó la danza: muy cerca el
uno del otro, sin darse la mano ni moverse del lugar, así dispuestos en
ronda, danzaban inclinando levemente el cuerpo hacia delante para luego
enderezarlo. Movían sólo la pierna y el pie derecho, apoyando la mano
sobre la nalga derecha; la mano y el brazo izquierdo, contrariamente,
colgaban libremente acompañando el ritmo con una maraca. A causa de
la multitud había tres rondas, y en el medio de cada una cuatro Karaíes,
ricamente adornados con vestidos y pulseras hechos de bellas plumas
naturales. Los sacerdotes avanzaban y saltaban, para luego retroceder. Se
movían constantemente, fumando y dando vueltas soplaban el humo
sobre las cabezas del resto, a la vez que los bendecían diciéndoles: –Ñamandú
Gran Corazón, sólo tú harás afluir la corriente de las palabras sobre aquellos
que has querido portadores de arcos. Tú, el primer existente; tú haces de tus
palabras las normas futuras en la tierra de los adornados. Y en la tierra de los
adornados haces de tus palabras sus normas futuras. Aquí estamos, confiando
en ti. ¡Oh! Ñamandú, verdadero padre primero.
Francisco, invitado a formar parte del selecto grupo de los Karaíes,
se hallaba en el centro de una de las rondas. Dispuesto a imitar a sus
colegas, saltaba y danzaba perdiendo continuamente el paso. Giraba
distraídamente su cabeza intentando observar al resto de los sacerdotes,
para chocar torpemente contra la primera fila de hombres, despertando

234
cierta hilaridad en los presentes a la vez que los forzaba a perder la
concentración. Las sonrisas se tornaban en verdaderas risotadas cuando
le tocaba el turno de fumar y soplar la bruma del tabaco, pues lejos de
bendecir a los adornados, tosía sin poder emitir una sola palabra.
Cuando anochecía terminaron de danzar y se entregaron al gran
festín de cerdo salvaje y los otros manjares acostumbrados. Todos
escuchaban en silencio los relatos del grumete, cuando repentinamente
los interrumpió un mensajero de una aldea vecina. De voz en voz, de sur
a norte, había corrido la noticia del desembarco de Caboto con sus
hombres y el desenlace fatal de la muerte de Kerana y sus acompañantes.
Aquella noche, debatieron largamente sobre la actitud que debían tener
de aquí en más con invasores tan poderosos. Dispusieron ofrecerles los
alimentos que reclamaban y no enfrentarlos abiertamente. Mientras tanto,
aguardarían las palabras de los dioses quienes, en definitiva, determinarían
los acontecimientos futuros.
Al enterarse Francisco que sus compatriotas ascendían por las aguas
del Paraná, decidió aquella misma noche acudir a su encuentro. Robó
unas pocas piezas de oro y plata, sabiendo que los nativos no le daban
mayor importancia, y, sin dar explicaciones, huyó en una canoa aguas abajo.

***

Demoraron algunos días hasta arribar a la desembocadura de un río


llamado por los naturales, Carcarañá. Allí, en la confluencia del Carcarañá
con el Paraná, Caboto decidió armar una fortificación para usarla de
campamento hasta poder arribar a las minas del “Rey Blanco”. Muchas
fueron las penurias que pasaron hasta aquel momento. En el trayecto
lograron obtener algo de alimento de las aldeas. Aparentemente el
escarmiento realizado en la primera había rendido sus frutos, aunque en
ningún caso sobrepasaron el límite de lo esencial. Desembarcaron, y el
Capitán dio la orden de fortificar la plaza. Luego de terminadas las
primeras tareas, aquellas dolientes almas en pena oraron por sus vidas y
nombraron, a aquel primer asentamiento, Sancti Spíritu.
Enterraron a los recién fallecidos y reposaron los convalecientes,
mientras que el resto se dedicó a construir una iglesia y diecinueve casas.

235
Sembraron la tierra con trigo y cebada, semillas traídas especialmente a
tal efecto. Una vez cultivadas, lograrían fabricar pan, harina, que
sumados a los peces de aquellas ricas aguas, lograrían espantar
definitivamente los fantasmas del hambre. Así mismo, Caboto fraccionó
la tierra en distintos solares, los cuales fueron entregados equitativamente
entre los nuevos pobladores. Finalmente, ansioso por continuar con la
expedición, ya repuesta la mayor parte de la tripulación, ordenó
construir un bergantín para acompañar a la galeota, en la búsqueda de
las “Sierras de la Plata”.

–¡Quién vive! –exclamó el centinela, sin advertir claramente quien


era el joven que se acercaba.
–¡Francisco del Puerto! ¡Grumete de la expedición de Solís! –contestó
desde el otro lado.
Algo sorprendido, el centinela abandonó su puesto y corrió a dar
aviso de la nueva a Caboto. El Piloto Mayor y Miguel de Rifos, salieron
inmediatamente a su encuentro:
–¡Ya te dábamos por muerto! –lo saludó Caboto, con sonrisa poco
frecuente. Ensanchada, aun más, al observar los ornamentos de oro y
plata que lucía intencionalmente Francisco.
–Bien pude haber muerto, engullido por los caníbales, pero Dios y
la providencia me permitieron escapar –respondió, intentando hacer
buenas migas con el Capitán.
–¡Entra muchacho! Nada es más agradable que recibir en mi humilde
casa a un expedicionario de tu talla –lo lisonjeó el Piloto Mayor, asu-
miendo que podía extraerle importante información.
Los tres hombres se introdujeron en la precaria vivienda, y cerraron
la puerta. Le convidaron el poco vino disponible, guardado cuida-
dosamente para una ocasión especial, y a juzgar por el Capitán, aquella
era la oportunidad. Deseaba mostrarse cortés con quien, sin duda, había
convivido durante un largo tiempo con los salvajes del lugar. El joven, en
definitiva, le sería de gran provecho.
–Tuvimos la oportunidad de conversar con Enrique Montes y
Melchor Ramírez durante nuestra estancia en la isla de Santa Catalina.
¡Tus camaradas te creían muerto! –le informó de Rifos.

236
–Los recuerdo bien –masculló el grumete, todavía sentido por el vil
abandono del que fuera víctima. Cambiando el tono para disimular su
rencor, preguntó–: ¡Montes y Ramírez! ¿Cómo fueron a dar con sus huesos
en Santa Catalina?
–Zozobraron sin poder dar aviso a las dos naves restantes –respondió,
mientras le servía otra copa de vino.
Luego de beber un trago, Francisco le preguntó al Capitán sobre el
motivo de su expedición, pues dudaba sobre las intenciones de una flota
en tierras poco atractivas para la Corona.
–Nos hemos desviado de nuestra ruta original –comenzó diciendo
Caboto, al adivinar la suspicacia del grumete–, porque obtuvimos
información fidedigna que remontando estas aguas iríamos a dar con los
territorios del Rey Blanco, de los cuales podríamos obtener lucro.
–Es posible, pero peligroso. Muchas son las aldeas hostiles desde
aquí hasta la comarca del Rey Blanco. Yo puedo indicarles el camino, y
como he vivido con los naturales, les podré facilitar cierto salvoconducto
–se jactó Francisco.
–¿Qué sabes de las Sierras de la Plata? –preguntó entusiasmado
Caboto.
–Es un reino de oro y plata, dónde las casas relucen bajo tejados del
precioso metal –exageró– estos ornamentos que luzco provienen de allí.
–Dibújanos un mapa –le solicitó, con toda la intención de sacar
ventaja rápidamente.
–¡Un momento! No es tan fácil llegar, yo debo acompañarlos. Son
pocos los nativos que conocen la ruta exacta, y me necesitan de intérprete.
–¡Quedas contratado! –se adelantó de Rifos.
–Discutamos entonces mi parte del tesoro –agregó, codicioso,
Francisco.
–Te otorgaré tu parte proporcional al tercio correspondiente a la
tripulación –le contestó Caboto.
–¿Mi parte? ¿Y cuál es la tuya? –sonrió
–¡Pero que mozuelo desatinado! –exclamó parándose y dispuesto a
sacar de un golpe al grumete.
Francisco se reclinó sobre la silla y, mirándolo directamente a los ojos,
con cierta altanería le dijo: –Sin mi ayuda no sobrevivirían ni un día en

237
estas tierras hostiles. Mucho menos acceder a riquezas. ¡Reclamo lo que
me corresponde! La mitad de “tu” tercio.
Caboto reflexionó, y más calmado le contestó: –Ahora no puedo
garantizarte semejante fortuna, pero si los resultados son buenos, prometo
que lo tendré en cuenta... –comprendía la importancia de congraciarse
con el único nexo entre el “Rey Blanco” y él. Mentir en aquel momento
no tenía costo alguno. Cuando lograse llegar al Reino de Plata, se
encargaría personalmente del grumete.
Dejando una reducida guarnición en Sancti Spíritu, partieron con
las naves hacia el Norte. En el trayecto no tuvieron mayores dificultades
para proveerse de alimentos, las dotes lingüísticas de Francisco les permitió
llegar sin contratiempos a los dominios del mburuvicha Yaguarón. Aunque
no fueron pocos los abusos que cometieron los tripulantes con las mujeres.
Fueron en vano los intentos de Francisco de calmar el apetito de los
marinos, sobre todo cuando estaban pasados de copas. Por otro lado, no
comprendían el celo que ponía el grumete para proteger a las niñas del
festín. Sus nuevos camaradas le explicaban que a aquellas salvajes en pelotas
no les venía nada mal un poco de diversión.

II

Ya hacía un largo tiempo que Nimuendajú había continuado su


peregrinación. Ni él, ni Yaguarón comprendieron el motivo de la partida
de Francisco sin explicación alguna. Mucho menos el hurto de objetos
sin valor, ¿qué clase de mensajero de los Padres Primeros tendría una
actitud semejante? Cuando Yaguarón lo vio arribar en las naves rodeado
de los hombres descriptos en sus relatos, lo sorprendió sobremanera
forzándolo a ponerse en guardia.
Francisco lo saludó amigablemente, pidiéndole le proveyese hospedaje
y alimentos para los invasores, advirtiéndole no los enfrente tal como lo
habían convenido durante su estada anterior. Mientras tanto, Caboto
los observaba sin comprender lo que decían. Sin embargo, se distendió
al ver la habilidad del grumete de convertir, con pocas palabras, a un

238
cacique hostil en un salvaje servicial y atento. Yaguarón adivinó
inmediatamente el plan delineado por el Karaí Pitaguá, motivo por el
cual los hospedó entre los suyos y les ofreció exquisitos manjares. Allí
probaron por primera vez el avatí, el manduví y variados panecillos
hechos de harina de mandió; degustaron el sabor fermentado del ka’u’y,
bebida que embriagaba más que el vino. Los adornos de oro y plata de
los indios le confirmaron a Caboto que estaba en el camino correcto.
Los buenos oficios de Francisco le estaban rindiendo sus frutos, por lo
que se mostró animado y afable con él. Ya llegaría el momento oportuno
para cortarle el pescuezo de un sablazo.
Luego de permanecer un período reponiendo fuerzas, zarparon
nuevamente; sin antes olvidar de bautizar aquel poblado con el nombre
de Santa Ana, asentándolo en los mapas para la nueva cartografía del
lugar. Para aquel entonces había llegado el verano, el calor era sofocante
y a medida que ascendían por las aguas del Paraná eran atacados por
insectos y alimañas haciéndoles cada vez más penosa la travesía. Cada
tanto se varaban en los engañosos bancos de arena, forzándolos a avanzar
a la sirga. Cuanto más avanzaban, más se cerraba el follaje convirtiéndose
en una selva de abundante vegetación. Veinte pares de hombres jalaban
desde tierra los barcos atascados. El sudor y la vegetación enmarañada
hacían de cada paso un avance penoso, sólo atenuado por la variedad de
pájaros de colores, loros y papagayos que entretenían con sus encantos a
la esforzada tripulación. No menos penosa era la situación de los que
jalaban desde el agua. Si bien el agua hasta la cintura les permitía estar
más frescos que los de tierra, pequeñas pirañas les mordisqueaban sus
pantorrillas lacerándoselas. Las pequeñas heridas abiertas eran decenas de
focos de infección donde las moscas tropicales depositaban sus huevos,
aumentando el escarnio de los fatigados hombres. Cuando arribaron a la
desembocadura del Paragua’y o río de los loros, la fuerte corriente en
contra los detuvo por completo.
–¿Cuántas leguas faltan para llegar a esa tierra maldita? –preguntó
Caboto ofuscado a Francisco, que se encontraba reunido junto a de Rifos
en la recámara de la galeota.
–No podría determinarlo con exactitud. Estamos en la dirección
correcta, pero es imposible predecir cuánto nos falta. Tendremos que

239
arribar previamente a la región de los Payaguá –le contestó Francisco,
dejando al descubierto su completa ignorancia sobre la exacta posición de
los dominios del “Rey Blanco”.
–¡Ya veo! Primero me aseguras conocer la ciudad con tejados de oro
y ahora no puedes determinar con exactitud donde nos encontramos –lo
increpó–. ¡Más te vale encuentres con rapidez las Sierras de la Plata o
juro que no veras ni una pizca del oro que te he prometido! –agregó,
resuelto a no pagarle nada.
–Propongo nos adelantemos sólo con el bergantín y unos hombres,
para luego reunirnos, y así no demorarnos –le sugirió Francisco, con la
intención de dividir la flota y sabiendo que su final estaba próximo.
–No es mala idea –intercedió de Rifos– sobre todo si se confirma
que otras dos naves avanzan desde el sur. No debemos permitir que nadie
se nos adelante. Y si la información de los naturales sobre las naves, es
correcta, tenga por seguro mi Capitán, que el rey Carlos decidió enviar
otra expedición por no tener noticias nuestras –agregó, haciendo referencia
a una expedición que se aproximaba, de la cual habían tenido noticias en
la aldea de Yaguarón.
–Tienes razón, Rifos –contestó reflexivo, y mirando a Francisco le
dijo–: ¡Por tu salud, vuelve rápido con la ruta! ¡Te aseguro que si fallas yo
mismo me encargaré de escarmentarte!
Del otro lado, el tripulante Luis Ramírez junto a otros hombres
intentaban escuchar aquella conversación pegando su oreja a la puerta.
–Parece que los días del mozuelo están contados –secreteó Ramírez
con los otros–. Del Puerto le pidió una buena porción del tesoro al Capitán
y no logra hallar la ruta correcta.
–¡Ya callen, están saliendo! –susurró otro, mientras el grupo se
dispersaba raudamente.

Treinta hombres, al mando de Miguel de Rifos, abordaron el bergan-


tín y remontaron el Paragua’y; al término de dos jornadas llegaron a la
región de los Curé Maguás. Francisco desembarcó primero a parlamentar.
Allí se presentó ante el jefe como el Karaí Pitaguá. El Mburuvicha Maguás
lo reconoció de inmediato, pues ya había sido advertido por un mensajero
de Yaguarón. Francisco le explicó su propósito, indicándole que había

240
logrado dividir la flota. Le solicitó que atacasen a los españoles, ya que
consideraba que era el momento oportuno para asestar un buen golpe a los
conquistadores. El jefe Maguás se disculpó, explicándole la imposibilidad
de atacar aunque la flota era reducida, pues gran parte de sus guerreros
habían partido de caza y no contaba con suficientes fuerzas para derrotarlos.
A cambio, le indicó que prosiguiese su camino aguas arriba a la región
Agaz. Él se comprometería a enviar un mensajero para ponerlos en aviso.
Finalmente se despidieron y le entregó una ración de alimentos para que
pudiese disimular ante los tripulantes que lo esperaban en el bergantín.
–Debemos proseguir treinta y cuatro leguas más. Allí nos aguardan
los Agaces con pescado, carne y mujeres hermosas –le dijo Francisco a de
Rifos, mientras subía a la nave con algo de comida.
–Espero que estos Agaces nos indiquen el camino a las minas, porque
no soporto este clima tórrido. No veo el momento de regresar a España
–se quejó de Rifos.
Luego de seis esforzados días navegando por el caudaloso río,
masticando el polvo colorado de la tierra, encandilados por los verdes
brillantes de la inquietante vegetación, empapados por el vapor, llegaron
a la aldea de los Agaces. Confiado por los buenos oficios del grumete, de
Rifos decidió bajar a tierra con Francisco y un grupo de marineros. Los
veinte hombres restantes se quedaron a bordo custodiando la nave.
Penetraron en la selva acompañados por algunos nativos que los
aguardaban. Al llegar a la aldea, Francisco se adelantó a entrevistarse con
el jefe. Repentinamente centenares de hombres se abalanzaron sobre los
desprevenidos marinos y con furia inusual los ultimaron. Sin tener noticias
de los hombres en tierra, los que estaban a bordo aguardaban en calma.
Sorpresivamente varias canoas infestadas de nativos con arco flecha, los
atacaron. Con gran destreza los Agaces rodearon el bergantín, y mientras
algunos tripulantes intentaban cargar sus arcabuces, otros se esforzaban
por levantar el fondeo y hacerse a la vela. Su pánico aumento cuando
vieron, con asombro, que una simple herida de flecha les provocaba la
muerte casi inmediata. Escaparon milagrosamente mientras las flechas
cimbraban al clavarse en el maderamen.
Con temor a detenerse en las aldeas que habían visitado, regresaron
directamente hasta la posición donde se encontraba Caboto con el resto
de los hombres.

241
–¡Traidor! –vociferó el Capitán–. El grumete nos traicionó –insistió
indignado.
–Señor, no podría afirmar que fue traición –dijo Luis de León, que
había sido de la partida–. Nada supimos de él y los otros. Por la ferocidad
con la cual nos atacaron, supongo que mataron a todos los que estaban
en tierra.
–Es posible que lo liquidaran junto a de Rifos –dijo Luis Ramírez,
entrometiéndose en la conversación–, pero el grumete era un lenguaraz
y estaba demasiado familiarizado con los salvajes. ¿Acaso tú sabes lo que
hablaban en esa lengua del demonio? Ni siquiera nos permitía divertirnos
con las indias.
–Aun así, no veo el motivo para que traicione a sus compatriotas
–insistió Luis de León, apenándose por la segura muerte de Francisco.
–Yo creo que le sobraban los motivos para traicionarnos... –dijo
Ramírez, suspicaz, mirando a Caboto. Había escuchado la disputa por el
reparto del botín con el Capitán, y esos eran sobrados motivos para que
el grumete los traicionase.
Caboto no quiso continuar con la discusión. Lo que menos deseaba
era que sus hombres se amotinasen por hacerlo responsable de las muertes
en tierras Agaz. Si el grumete aún estaba con vida, ya se lo volvería a
encontrar frente a frente. Y si había muerto junto a de Rifos, bien merecido
se lo tenía por osar reclamarle la mitad del botín. Ahora era momento de
regresar a Sancti Spíritu. Ya le habían confirmado que dos naves con el
estandarte del Rey subían por las aguas del Paraná y era momento de
salir a su encuentro. Más tarde retornaría a hacerse cargo de los Agaces y
toda la nación Payaguá.
En el camino de regreso no dejó aldea sin incendiar. Pasó a mejor
vida a cuanto indio se encontró en su camino, pero no fueron muchos.
La mayoría de las aldeas estaban abandonadas, y era difícil encontrarse
con un nativo que les hiciera frente. La cobardía de los salvajes lo irritaba
más que no poder dar con las tierras del “Rey Blanco”. Aquellos fueron
días de agonía para un Capitán que veía con disgusto como se aproximaba
su derrota.

242
UN MUNDO NUEVO

El mito del Karaí Pitaguá fue creciendo a medida que se transmitía de


boca en boca. Ya nadie dudaba que era un enviado de los Padres Primeros,
pues quién mejor que un Pitaguá, un extranjero, para advertirles del peligro
que les deparaban los conquistadores. Quién mejor que un hijo de Karaí
Jeupie, un sobreviviente del “Gran Mar”, para enseñarles a defenderse de
tan poderosos enemigos. El mensaje era claro: del otro lado no se encontraba
la “Tierra sin Mal”. Debían evitar la destrucción de la “Segunda Tierra” y
construir la “Nueva Morada”. Sólo así los dioses estarían felices y les
permitirían abandonar la “Tierra Imperfecta”.
Animados por la certera victoria de los Agaces, varias aldeas decidieron
conjugar esfuerzos para atacar el fuerte de “Sancti Spíritu”, y así, de una
vez por todas, expulsar a los invasores. Los preparativos del ataque
corrieron por toda la región. Las voces de la selva le transmitieron a los
oídos atentos lo que estaba por acontecer. Sin embargo, no todos los
oídos eran leales... Ro’yju vivía aislado, sólo Nezú lo acompañaba. El
falso Pajé era buscado por varias aldeas y su vida corría peligro. La condena
por adorar a Añá era la muerte. Brujo y aprendiz habían compartido un
largo tiempo de soledad como para alimentar suficiente rencor.
Amargados por el dolor y la humillación, advirtieron la oportunidad de
la noticia; viendo en los conquistadores aliados convenientes para vengarse
de sus congéneres.

***

A su regreso a Sancti Spíritu lo aguardaba la flotilla intrusa. Caboto


se encontraba desanimado por los sucesos ocurridos en el Paragua’y, a los
que se le agregaban las bajas por enfermedades y fatiga. Inquieto por el
nuevo contratiempo se apresuró a desembarcar para poder determinar,
cuanto antes, a que se debía tan intrigante visita.
Diego García de Moguer, maestre de la expedición de Solís, luego
de mucho peregrinar, había conseguido que el Rey le concediese la
gobernación en el territorio del Mar Dulce de Solís. Con escasos fondos,
costeada sólo por dos particulares, su flotilla formada por una carabela y

243
un patache había partido de La Coruña. La discusión por los derechos
del territorio los enfrentó desde el inicio. García, al igual que Caboto, se
había encontrado con sus viejos compañeros en Santa Catalina, por lo
que había sido informado de las riquezas del “Rey Blanco”. Ilusionado
por rescatar semejante tesoro, esgrimía derechos anteponiendo la
concesión otorgada por el Rey. El veneciano, con más hombres y recursos,
aunque había desertado de las reales capitulaciones, alegaba ser el legítimo
descubridor del territorio. Finalmente acordaron enviar sendos
representantes a España para que el Rey arbitrara. Caboto, sabiendo que
había violado órdenes explícitas del monarca, creyó ganar tiempo para
obtener el tan preciado tesoro y así poder demostrar el acierto de la
jugada. Hasta tanto unirían barcos y hombres. Sin embargo, con más
poder que García, Caboto sería quien dictara las órdenes. En primer
lugar, se opuso a encargarse de las provisiones de la tripulación de García,
argumentando la escasez de recursos; y en segunda instancia, les prohibió
descender de la nave, justificándose por no tener suficiente espacio
disponible en el fuerte. Creía de aquel modo poder minar aún más las
fuerzas de su ocasional aliado.
En aquellos días, se dedicaron a construir siete bergantines con el objeto
de sortear con éxito las engañosas aguas del Paraná. De aquel modo,
contarían con naves más ágiles y pequeñas para atravesar los innumerables
bancos de arena y al mismo tiempo hacer frente a los hábiles remeros
Payaguá. Mientras tanto, comisionaron al capitán Francisco Cesar al mando
de quince hombres para que se adentrase tierra adentro en busca de las
“minas de plata”. Caboto ya no confiaba en la información de Francisco
del Puerto. Sospechaba que nunca accedería remontando los ríos y no
deseaba dejar ningún cabo suelto.
Ya estaban próximos a partir, cuando en las puertas del fuerte se
presentó Ro’yju junto a su maestro; quienes con fuerte custodia, fueron
enviados ante el Piloto Mayor. No sin cierta dificultad lograron explicarles
que las tribus vecinas estaban planeando una ataque contra Sancti Spíritu.
Caboto, quien se encontraba junto a García le consultó: –¿Crees en las
palabras de este indio y el brujo?
–En nada me fío de estos salvajes –le contestó el de Moguer–, vasta es
mi experiencia para saber lo traicioneros y mentirosos que son.

244
–Más vale ser precavidos –meditó en voz alta Caboto–, reforcemos la
seguridad en el fuerte, y enviemos un grupo de hombres de incursión por
las aldeas vecinas.
–¿Y si es otra treta para distraernos de nuestro principal objetivo?
–conjeturó García.
–Aguardaremos unos días. Si no se produce el ataque mandaremos a
colgar estos dos infelices y nos largamos cuanto antes.
Ro’yju y Nezú, sin comprender lo que decían, vieron aliviados como
los dos capitanes les sonreían. Durante los días de tensa calma los
atendieron con consideración. Creyeron haber logrado una alianza eficaz,
gracias a la cual, les permitiría volver con más poder a su tierra y así
imponer su voluntad.
Finalizada la incursión, donde quemaron varias aldeas, el veneciano y el
de Moguer, satisfechos por haber pacificado la región, se encontraron con la
agradable noticia del regreso de Francisco Cesar. Sólo siete hombres retornaron
junto a él, aunque su cordura era dudosa, los Capitanes se entusiasmaron
con su relación. Les contó de un gran imperio cuya capital era una ciudad
construida en oro, donde incluso sus campos aledaños eran labrados con
arados de oro. Si bien el hombre de tanto en tanto alucinaba, su informe
coincidía con el del grumete de Solís. No pudo explicar con exactitud donde
se encontraba, ni siquiera que él mismo la haya visto; pues todo se refería a
noticias brindadas por los naturales. Pero aquello poco les importó. El mito
fue creciendo a tal grado, que decidieron llamarla la “Ciudad de los Cesares”
en honor al “descubridor”, o al menos el primero en imaginarla.
Dispuestos a partir a la brevedad, ordenaron a Gregorio Caro quedarse
al mando de ochenta soldados y tres bergantines para custodiar el fuerte.
Aguardaron unos días más, esperando el inminente ataque de las tribus.
Confiados en que ya nada sucedería, organizaron una ceremonia donde ora-
ron por los caídos y cuyo acto principal fue la ejecución de Ro’yju y Nezú. Se
embarcaron dejando a sus espaldas los dos cuerpos sin vida colgando del
dogal. En aquel último gesto, Caboto quiso afirmar su autoridad,
demostrando ser capaz de aplicar mano dura con todo aquel que lo traicionase.
Habían pasado unos días de la partida del Capitán, cuando Gregorio
Caro encomendó a una partida de tres hombres para hacer una expedición
de reconocimiento. Lo inquietaba la excesiva calma de la región, motivo

245
por el cual, deseaba obtener un informe preciso sobre la situación
extramuros. En Sancti Spíritu, mientras tanto, los soldados se entretenían
jugando a los naipes, y más que una reyerta por alguna deuda impaga
nada perturbaba la apacible calma. Sin embargo, reforzaron la guardia al
no tener noticias de los tres comisionados. Aquella noche templada,
flechas encendidas comenzaron a cruzar el firmamento cual estrellas
fugaces. El grito de alerta del centinela fue inmediatamente ahogado con
un certero lanzazo en su cuello. Los que dormían se despertaron por los
alaridos estremecedores de cientos de nativos, que sorteaban con gran
facilidad la precaria muralla de troncos mal dispuestos. A duras penas,
unos pocos pudieron asirse de sus armas, mientras veían con horror como
sus compañeros caían expulsando espumarajos por la boca por el efectivo
veneno de las flechas. Un grupo de desconcertados marinos logró
escabullirse entre las hordas de diminutos nativos untados de pies a cabeza
con la pasta de Urucú. Aquella pintura rojiza, combinada con las pinturas
de guerra, les confería un aspecto aterrador. Con gran esfuerzo, se
embarcaron en uno de los bergantines. Sin embargo se vararon al primer
movimiento, provocando una rápida reacción de los atacantes, quienes
desde cientos de canoas los abordaron, aniquilándolos en un abrir y cerrar
de ojos. La diferencia numérica era tan avasalladora y la furia contenida
de los nativos tan bestial, que la mayoría de los españoles prefirieron no
dar batalla y huir como podían. Para el amanecer, ya nada quedaba de
Sancti Spíritu. Las casas ardían, las plantaciones estaban devastadas, la
hacienda y cualquier cosa de valor fueron saqueadas. Sólo unas pocas
piezas de artillería fueron abandonadas en el lugar, pues no despertaban
mayor interés entre los naturales.
Finalizado el combate, Francisco se despidió de Cheraguazú y sus
aliados. Con el rostro aún pintado y las huellas de la feroz batalla en su
cuerpo, tomó una canoa y remó de regreso a la aldea de Jasyrendy. Cuando
arribó, comprobó con desazón que al igual que en el campamento español
nada había quedado en pie. Las malocas estaban destrozadas. En las ruinas
de la choza de Nimuendajú sólo quedaban esparcidas por el piso las
pócimas del Pajé. Aún permanecían intactas las huellas del atraco
perpetrado por Caboto. La mancha negra en la tierra delataba el sitio
donde había perdido la vida su amigo Kerana.

246
Remó por días sin hallar rastros de la mujer, su mujer. Empujó los
remos horadando el agua con furia. Golpe tras golpe, deslizó la canoa
hasta que sus brazos ardieron de dolor. ¡Todo había sido en vano! El
cruce de la Mar Océana, la milagrosa fuga de los dominios Charrúa, el
ataque a Sancti Spíritu, el inconmensurable amor a Jasyrendy... El vívido
recuerdo de su madre volvió a su mente: los atardeceres en Palos de la
Frontera, la posada de Isaac, sus fantasías sobre el “Nuevo Mundo”.
Repentinamente, el rostro inmaculado de Lola la Bella Mora, le renovó
sus fuerzas agotadas. ¡Debía encontrar a su gente! ¡Debía hallar su “tierra
sin mal”, aquella que Ñamandú Gran Corazón tenía reservada para los
adornados!
Cuando estaba dispuesto a abandonarse, lacerado por las heridas y
adormecido por la fatiga, divisó en el horizonte un delgado hilo de humo
que se elevaba hacia el cielo eterno. ¿Sería acaso el Tekoa? Nada más
apropiado, en aquel instante, traducir Tekoa, como aldea y modo de
vida a la vez.
Ingresó al centro de la plaza, enmarcada por cuatro hermosas malocas
recién construidas. Allí, entre la multitud, el cuerpo esbelto de Jasyrendy
se destacaba entre los presentes. Un niño, con el inconfundible rostro de
Francisco, enaltecido por el color bronce de su piel, jugueteaba entre sus
piernas. Casi sin pensarlo, rodeó a su amada con un interminable abrazo.
Alzó a su hijo y juntos los tres, remaron hasta la desembocadura del río.
Allí, en el Paraná Guazú de los guaraníes, en el Mar Dulce de Solís, en el
Río de la Plata, con lágrimas en los ojos pronunció las Bellas Palabras:

Nada más, de entre la totalidad de las cosas, inspira valor a mi corazón.


Nada más me señala las futuras normas de mi existencia.

Y el mar maléfico, el mar maléfico,


tú nos has hecho que yo lo franquee.
Estando así dispuestas las cosas,
heme aquí: me yergo en mi esfuerzo.
En consecuencia, he aquí lo que yo quiero decir:
Y en cuanto a mí,
si mi naturaleza se libra de su acostumbrada imperfección,

247
y si la sangre
se libra de su acostumbrada imperfección de antaño,
entonces, seguramente,
eso no proviene de todas las cosas malas,
sino de que mi sangre de naturaleza imperfecta,
mi carne de naturaleza imperfecta,
se sacuden y arrojan lejos de sí,
su imperfección.

En un horizonte lejano se recortaban tres carabelas. Regresaban


derrotadas al viejo continente. Pues nada de provecho tenían aquellas
tierras. Ni oro, ni plata, sólo vastos arenales plagados de mosquitos y
salvajes sin valor.

FIN

248
ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

Las especias orientales ........................................................................ 13

PRIMERA PARTE

Lola la Mora ..................................................................................... 21


Nace un amor .................................................................................. 26
Entre las estrellas y los antípodas ....................................................... 30
El maestro Toscanelli ........................................................................ 36
Bruja y mujer ................................................................................... 42
Un largo camino ............................................................................... 53
Rumbo al poniente .......................................................................... 65

SEGUNDA PARTE

El joven Francisco ............................................................................. 71


Un secreto a voces ............................................................................. 79
Un dolor de muela ........................................................................... 86
En busca del destino ......................................................................... 91
Un lugar a bordo .............................................................................. 95
Hacia la mar Océana ...................................................................... 100
Mundo salvaje ................................................................................ 110
Adelantado en tierras ajenas ............................................................. 117

249
TERCERA PARTE

Charrúas ........................................................................................ 133


Un mundo de Bellas Palabras .......................................................... 148
Un encuentro inesperado ................................................................ 158
Un sueño extraño ........................................................................... 165
Entre dos mundos .......................................................................... 170
Enredos de tipoy ............................................................................ 174
Una historia de gemelos .................................................................. 178
El provocador de visiones ............................................................... 186
Nace una flor ................................................................................. 194
El Karaí Pitaguá .............................................................................. 201

CUARTA PARTE

Un río de plata ................................................................................ 207


Un castigo ejemplar ......................................................................... 213
La reunión de los Karaí ................................................................... 220
Mejor oro que especias ................................................................... 223
¿Descubrimiento o conquista? ........................................................ 228
Hacia las tierras del Rey Blanco ....................................................... 232
Un Mundo Nuevo ......................................................................... 243

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Este libro se terminó de imprimir en
Primera Clase Impresores, Tacuarí 961, Bs. As.
en el mes de Agosto de 2003.

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