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Cristianos en riesgo

"Un cristiano que no reza, o que reza superficialmente, es un cristiano en peligro". Ésta fue una de
los primeras reflexiones que hizo Jacques Philippe, el pasado fin de semana, en unos ejercicios
espirituales de día y medio, a los que acudimos más de 500 personas. Citaba con estas palabras a
Juan Pablo II, que en la carta apostólica Novo Millenio Ineunte decía: "se equivoca quien piense
que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su
vida. Especialmente ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no sólo serían
cristianos mediocres, sino « cristianos con riesgo »"

Y a raíz de esta observación, nos motivó en lo más profundo del alma a retomar esta vida de
oración, de una forma profunda, pacífica y plena. Comparto aquí algunas de las reflexiones que
hizo, e invito a los lectores que asistieron a este retiro, que también compartan lo que a ellos les
llamó la atención.

Ya desde el principio nos advirtió que lo más importante es que cada uno tenga el deseo de
renovarse en la oración. Y nos manifestó que no hay progreso espiritual, en el amor, sin la vida de
oración. La oración nos hace entrar en la intimidad divina, a través de ella nos convertimos
realmente en amigos de Dios. Es fuente de paz, de felicidad, y nos llena de confianza.

La oración es el secreto de un cristianismo vivo, que no teme el futuro, porque se renueva


continuamente en la fuente divina.

Dijo que la comunidad cristiana, y por tanto también la familia -¡tomemos nota los padres!- debe ser
ante todo Escuela de oración. De este modo fortalecemos nuestra fe y la de nuestros hijos.

Es indispensable, comentó, que encontremos en la oración la vida, la oración, la fuerza. Hay una
llamada muy fuerte del Espíritu Santo para entrar en una vida de oración auténtica.

Y nos dio una serie de observaciones para animar a la vida de oración. No es fácil, y necesitamos
una fuerte motivación. He aquí mis notas:

¿Por qué rezar? La primera razón no es una cuestión de utilitarismo. Primero es una llamada de
Dios, luego nosotros nos limitamos a obedecer de forma sencilla y amante.

Si buscamos beneficio inmediato, podemos desanimarnos. Si rezamos porque estamos respondiendo


generosamente a la llamada de Dios, "la cosa cambia".

Dijo que Dios nos llama primero al encuentro con él. Claro que requiere algo de esfuerzo, pero... ¡es
tal gracia el poder rezar, porque significa confiar a Dios toda nuestra vida. Es tan hermoso poder
confiárselo todo a Dios como niños a su padre...

La oración, subrayó, nos permite llegar a toda persona, ya sea que nos separen kilómetros de
distancia o, a veces, las amargas incomprensiones humanas.

No es una varita mágica - dijo - pero es la certeza de que puedo llegar a esta persona donde está, con
su necesidad, etc... Para las madres, es un nuevo alumbramiento, ya no humano, sino espiritual. Y
nos exhortó a agradecer a Dios que nos pide oración. No es un deber; es un regalo extraordinario.

La oración preserva en nuestra vida cierta dimensión de GRATUIDAD. Tendemos a estar


continuamente pensando en términos de eficacia, de rendimiento, de estrés... Y si desaparece la
oración estamos en actividad permanente; ya no sabemos estar gratuitamente unos con otros. La
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oración nos ayuda a desarrollar una CAPACIDAD DE ATENCIÓN hacia los demás. A través de
ella desarrollamos una sensibilidad interior, para estar presentes con los demás. Y mejora la calidad
de vida, pues es el fundamento del amor. Y aquí enlazó con lo que hacemos con nuestros HIJOS.
Hacemos mucho por un hijo - dijo - pero sin calidad de presencia. Falta calidad de atención, una
disponibilidad de corazón. Que nuestros hijos comprendan que LO ÚNICO IMPORTANTE ES
ESTAR CONTIGO. Incluso aunque no sea mucho rato.

Dar a los hijos una presencia más que un servicio.

La vida de oración nos prepara para la vida futura, porque a través de ella educamos el corazón. Es
lo que haremos en la eternidad, maravillarnos de la bondad divina, adorar, extasiarnos ante la
belleza...

Concluyo aquí por hoy. Mañana contaré la meditación sobre los frutos de la fidelidad a la oración.
Cristianos en riesgo (II)

Sigo compartiendo reflexiones de tan rico retiro.

El Padre Jacques Philippe nos explicó que la fidelidad a la oración permite un trabajo en
profundidad. Cuando oramos, algo pasa en nosotros en lo más profundo.

De esta fidelidad, se desprenden dos frutos:

1. El conocimiento de Dios: esto lo podíamos intuir, ¿verdad? Pero vale la pena tomar conciencia de
que tener la oportunidad de conocer a Dios no es algo a despreciar...

2. El conocimiento de uno mismo:

A través de la oración descubrimos más profundamente quiénes somos, mi auténtica identidad: Hijo
de Dios. Y entonces podemos orar de este modo: "Te doy gracias por la maravilla que soy, por el
hijo de Dios que soy". Descubro, en la oración, que en el fondo de mí hay una belleza
extraordinaria.

Uno de los frutos de la oración es que puedo descubrir el amor único que Dios tiene por mí. Me ama
con un amor único, y todos necesitamos sentirnos amados con un amor único; y lo hermoso es que
al sentirme amado descubro también la forma única en que puedo amar y ser fecundo. No
necesariamente de forma grandilocuente, sino las más de las veces sencilla y humildemente.

Toda persona, dijo, busca identidades, y al final nos agotamos de ser la madre perfecta, la mujer
moderna y dinámica. Nos agotamos fabricando ese personaje. Puede que hayas hecho todos los
esfuerzos por cumplir bien tu papel en la familia, en la sociedad, pero interiormente llega un
momento en que dices: "Ya no sé quién soy".

(...continuará...)
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1. San José: ciudadano corriente, padre de familia, hombre trabajador. Maestro de la vida interior.
2. Sentido vocacional de la vida. Descubrir el plan de Dios. Responder con fe.

Sentido de la vida

Hoy quisiera recordar el célebre episodio en el que el Señor estaba en camino y uno – un joven – corrió a su
encuentro y, arrodillándose, le planteó esta pregunta: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida
eterna?" (Mc 10,17). Nosotros hoy quizás no lo diríamos así, pero el sentido de la pregunta es precisamente: qué
tengo que hacer, cómo debo vivir para vivir realmente, para encontrar la vida. Por tanto, dentro de este interrogante
podemos ver contenida la amplia y variada experiencia humana que se abre en busca del significado, del sentido
profundo de la vida: cómo vivir, para qué vivir. La “vida eterna”, de hecho, a la que hace referencia ese joven del
Evangelio no indica solamente la vida después de la muerte, no quiere sólo saber cómo llegar al cielo. Quiere saber:
cómo debo vivir ahora para tener ya la vida que después podrá ser eterna. Por tanto en esta pregunta este joven
manifiesta la exigencia de que la existencia cotidiana encuentre sentido, encuentre plenitud, encuentre verdad. El
hombre no puede vivir sin esta búsqueda de la verdad sobre sí mismo – qué soy, para qué debo vivir – verdad que
empuje a abrir el horizonte y a ir más allá de lo material, no para huir de la realidad, sino para vivirla de modo aún
más verdadero, más rico de sentido y de esperanza, y no sólo en la superficialidad. Y creo que ésta – y lo he visto y
oído en las palabras de vuestro amigo – es también vuestra experiencia. Los grandes interrogantes que llevamos
dentro de nosotros permanecen siempre, renacen siempre: ¿quienes somos?, ¿de dónde venimos? ¿para qué
vivimos? Y estas preguntas son el signo más alto de la trascendencia del ser humano y de la capacidad que tenemos
de no quedarnos en la superficie de las cosas. Y es precisamente mirándonos a nosotros mismos con verdad, con
sinceridad y con valor como intuimos la belleza, pero también la precariedad de la vida, y sentimos una
insatisfacción, una inquietud que nada concreto consigue llenar. Al final, todas las promesas se muestran a menudo
insuficientes.

Queridos amigos, os invito a tomas conciencia de esta sana y positiva inquietud, a no tener miedo de
plantearos las preguntas fundamentales sobre el sentido y el valor de la vida. No os quedéis en las respuestas
parciales, inmediatas, ciertamente más fáciles en el momento y más cómodas, que pueden dar algún momento de
felicidad, de exaltación, de ebriedad, pero que no dan la verdadera alegría de vivir, la que nace de quien construye –
como dice Jesús – no sobre la arena sino sobre la sólida roca. Aprended entonces a reflexionar, a leer de modo no
superficial, sino en profundidad vuestra experiencia humana: ¡descubriréis, con sorpresa y con alegría, que vuestro
corazón es una ventana abierta al infinito! Esta es la grandeza del hombre y también su dificultad. Una de las
ilusiones producidas en el curso de la historia es la de pensar que el progreso técnico-científico, de modo absoluto,
habría podido dar respuestas y soluciones a todos los problemas de la humanidad. Y vemos que no es así. En
realidad, aunque eso hubiese sido posible, nada ni nadie habría podido borrar las preguntas más profundas sobre el
significado de la vida y de la muerte, sobre el significado del sufrimiento, de todo, porque estas preguntas están
inscritas en el alma humana, en nuestro corazón, y sobrepasan la esfera de las necesidades. El hombre, también en
la era del progreso científico y tecnológico – que nos ha dado tanto – sigue siendo un ser que desea más, más que la
comodidad y el bienestar, sigue siendo un ser abierto a la verdad entera de la existencia, que no puede detenerse en
las cosas materiales, sino que se abre a un horizonte mucho más amplio. Todo esto vosotros lo experimentáis
continuamente cada vez que os preguntáis: ¿pero por qué? Cuando contempláis un ocaso, o una música mueve en
vosotros el corazón y la mente; cuando experimentáis qué significa amar de verdad; cuando sentís fuertemente el
sentido de la justicia y de la verdad, y cuando sentís también la falta de justicia, de verdad y de felicidad.

Queridos jóvenes, la experiencia humana es una realidad que nos une a todos, pero a ésta se pueden dar
diversos niveles de significado. Y es aquí donde se decide de qué forma orientar la propia vida y se elige a quién
confiarla, a quién confiarse. El riesgo es siempre el de permanecer prisioneros en el mundo de las cosas, de lo
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inmediato, de lo relativo, de lo útil, perdiendo la sensibilidad por lo que se refiere a nuestra dimensión espiritual. No
se trata en absoluto de despreciar el uso de la razón o de rechazar el progreso científico, al contrario; se trata más
bien de comprender que cada uno de nosotros no está hecho sólo de una dimensión "horizontal", sino que
comprende también la "vertical". Los datos científicos y los instrumentos tecnológicos no pueden sustituir al mundo
de la vida, a los horizontes del significado y de la libertad, a la riqueza de las relaciones de amistad y de amor.

Queridos jóvenes, es precisamente en la apertura a la verdad entera de nosotros, de nosotros mismos y del
mundo donde advertimos la iniciativa de Dios hacia nosotros. Él sale al encuentro de cada hombre y le hace conocer
el misterio de su amor. En el Señor Jesús, que murió por nosotros y nos ha dado el Espíritu Santo, hemos sido hechos
incluso partícipes de la vida misma de Dios, pertenecemos a la familia de Dios. En Él, en Cristo, podéis encontrar las
respuestas a las preguntas que acompañan vuestro camino, no de modo superficial, fácil, sino caminando con Jesús,
viviendo con Jesús. El encuentro con Cristo no se resuelve en la adhesión a una doctrina, a una filosofía, sino que lo
que Él os propone es compartir su misma vida, y así aprender a vivir, aprender qué es el hombre, qué soy yo. A ese
joven, que le había preguntado qué hacer para entrar en la vida eterna, es decir, para vivir de verdad, Jesús le
responde, invitándolo a separarse de sus bienes y añade: "¡Ven! ¡Sígueme!" (Mc 10,21). La palabra de Cristo
muestra que vuestra vida encuentra significado en el misterio de Dios, que es Amor: un Amor exigente, profundo,
que va más allá de la superficialidad. ¿Qué sería de vuestra vida sin ese amor? Dios cuida del hombre desde la
creación hasta el final de los tiempos, cuando llevará a cumplimiento su proyecto de salvación. En el Señor
Resucitado tenemos la certeza de nuestra esperanza. Cristo mismo, que descendió a las profundidades de la muerte
y está resucitado, es la esperanza en persona, es la Palabra definitiva pronunciada sobre nuestra historia, es una
palabra positiva.

No temáis afrontar las situaciones difíciles, los momentos de crisis, las pruebas de la vida, porque el Señor os
acompaña, está con vosotros. Os animo a crecer en la amistad con Él a través de la lectura frecuente del Evangelio y
de toda la Sagrada Escritura, la participación fiel en la Eucaristía como encuentro personal con Cristo, el compromiso
dentro de la comunidad eclesial, el camino con un guía espiritual válido. Transformados por el Espíritu Santo podréis
experimentar la auténtica libertad, que es tal cuando está orientada al bien. De este modo vuestra vida, animada por
una continua búsqueda del rostro del Señor y por la voluntad sincera de donaros a vosotros mismos, será para
muchos coetáneos vuestros un signo, una llamada elocuente a hacer que el deseo de plenitud que está en todos
nosotros se realice finalmente en el encuentro con el Señor Jesús. ¡Dejad que el misterio de Cristo ilumine toda
vuestra persona! Entonces podréis llevar en los diversos ambientes esa novedad que puede cambiar las relaciones,
las instituciones, las estructuras para construir un mundo más justo y solidario, animado por la búsqueda del bien
común. ¡No cedáis a lógicas individualistas y egoístas! Que os conforte el testimonio de tantos jóvenes que han
llegado a la meta de la santidad: pensad en santa Teresa del Niño Jesús, santo Domingo Savio, santa Maria Goretti, el
beato Pier Giorgio Frassati, el beato Alberto Marvelli – que es de esta tierra – y tantos otros, desconocidos para
nosotros, pero que vivieron su tiempo en la luz y en la fuerza del Evangelio y que encontraron la respuesta: cómo
vivir, qué tengo que hacer para vivir.

Como conclusión de este encuentro, quiero confiar a cada uno de vosotros a la Virgen María,
Madre de la Iglesia. Que como ella, podáis pronunciar y renovar vuestro “sí” y proclamar siempre la grandeza del
Señor con vuestra vida, porque Él os da palabras de vida eterna. Ánimo entonces, queridos y queridas, en vuestro
camino de fe y de vida cristiana también yo estoy siempre cerca de vosotros y os acompaño con mi Bendición.
¡Gracias por vuestra atención!

Discurso de Benedicto XVI a los jóvenes de San Marino-Montefeltro, en la plaza de la catedral de Pennabilli (Rímini) el 19.VI.2011
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Vocación, sentido de la vida, conocer a Jesucristo

- Padre Santo el joven del Evangelio preguntó a Jesús: maestro bueno, ¿qué debo hacer para tener la vida eterna? Yo
no sé siquiera qué es la vida eterna. No consigo imaginármela, pero sé una cosa: no quiero tirar mi vida, quiero vivirla
hasta el fondo, y no estar sola. Tengo miedo de que esto no suceda, tengo miedo de pensar sólo en mí misma, de
equivocarme en todo y de encontrarme sin una meta que alcanzar, viviendo al día. ¿Es posible hacer de mi vida algo
hermoso y grande?

Antes de responder a la pregunta quisiera decir gracias de corazón por toda vuestra presencia, por este
maravilloso testimonio de fe, de querer vivir en comunión con Jesús, por vuestro entusiasmo en el seguir a Jesús y
vivir bien. ¡Gracias!

Y ahora la pregunta. Usted nos ha dicho que no sabe qué es la vida eterna y que no sabe imaginársela.
Ninguno de nosotros es capaz de imaginar la vida eterna, porque está fuera de nuestra experiencia. Con todo,
podemos comenzar a comprender qué es la vida eterna, y creo que usted, con su pregunta, nos ha dado una
descripción de lo esencial de la vida eterna, es decir, de la verdadera vida: no tirar la vida, vivirla en profundidad,
no vivir para sí mismos, no vivir al día, sino vivir realmente la vida en su riqueza y en su totalidad. ¿Y cómo hacer?
Esta es la gran cuestión, con la que el rico del Evangelio vino al Señor (cfr Mc 10,17). A primera vista, la respuesta
del Señor parece muy seca. En resumen, dice: observa los mandamientos (cfr Mc 10,19). Pero detrás, si
reflexionamos bien, si escuchamos bien al Señor, en la totalidad del Evangelio, encontramos la gran sabiduría de
la Palabra de Dios, de Jesús. Los mandamientos, según otra Palabra de Jesús, se resumen en este único: amar a
Dios con todo el corazón, con toda la razón, con toda la existencia y amar al prójimo como a sí mismo. Amar a
Dios, supone conocer a Dios, reconocer a Dios. Y este es el primer paso que debemos hacer: intentar conocer a
Dios. Y así sabemos que nuestra vida no existe por casualidad, no es casualidad. Mi vida es querida por Dios desde
la eternidad. Yo soy amado, soy necesario. Dios tiene un proyecto conmigo en la totalidad de la historia; tiene un
proyecto precisamente para mí. Mi vida es importante y también necesaria. El amor eterno me ha creado en
profundidad y me espera. Por tanto, este es el primer punto: conocer, intentar conocer a Dios y comprender así
que la vida es un don, que es bueno vivir. Después lo esencial es el amor. Amar a este Dios que me ha creado, que
ha creado este mundo, que gobierna entre todas las dificultades del hombre y de la historia, y que me acompaña.
Y amar al prójimo.

Los diez mandamientos a los que Jesús apunta en su respuesta, son sólo una explicitación del
mandamiento del amor. Son, por así decirlo, reglas del amor, indican el camino del amor con estos puntos
esenciales: la familia, como fundamento de la sociedad; la vida, que hay que respetar como don de Dios; el orden
de la sexualidad, de la relación entre hombre y mujer; el orden social, y finalmente, la verdad. Estos elementos
esenciales explicitan el camino del amor, explicitan cómo amar realmente y cómo encontrar el camino recto. Por
tanto, hay una voluntad fundamental de Dios para todos nosotros, que es idéntica para todos nosotros. Pero su
aplicación es diversa en cada vida, porque Dios tiene un proyecto preciso con cada hombre. San Francisco de Sales
dijo una vez: la perfección, es decir, ser bueno, vivir la fe y el amor, es sustancialmente una, pero con formas muy
distintas. Muy diversa es la santidad de un cartujo y de un político, de un científico o de campesino, etc. Y así, para
cada hombre, Dios tiene su proyecto y yo tengo que encontrar, en mis circunstancias, mi manera de vivir esta
única y común voluntad de Dios, cuyas grandes reglas están indicadas en esta explicitación del amor. Y buscar
también por tanto realizar lo que es la esencia del amor, es decir, no tomar mi vida para mí, sino dar la vida; no
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“tener” la vida, sino hacer de la vida un don, no buscarme a mí mismo sino darme a los demás. Esto es lo esencial,
e implica renuncias, es decir, salir de mí mismo y no buscarme a mí mismo. Y precisamente no buscándome a mí
mismo, sino dándome para las cosas grandes y verdaderas, encuentro la verdadera vida. Así cada uno encontrará,
en su vida, las distintas posibilidades: comprometerse en el voluntariado, en una comunidad de oración, en un
movimiento, en la acción de su parroquia, en su propia profesión. Encontrar mi vocación y vivirla en cada lugar es
importante y fundamental, sea uno un gran científico o un campesino. Todo es importante a los ojos de Dios: es
hermoso si se vive hasta el fondo con ese amor que realmente redime al mundo.

Para terminar quisiera contar una pequeña historia de santa Giuseppina Bakhita, esta pequeña santa
africana que en Italia encontró a Dios y a Cristo, y que me produce siempre una gran impresión. Era monja en un
convento italiano; un día, el obispo del lugar visitó ese monasterio, vio a esta pequeña monja negra, de la que al
parecer no sabía nada, y dijo: “Hermana, ¿que hace usted aquí?” Y Bakhita respondió: “Lo mismo que hace usted,
excelencia”. El obispo, visiblemente irritado, dijo: "¿Pero cómo, hermana, hace lo mismo que yo?”. “Sí, – dice la
monja – ambos queremos hacer la voluntad de Dios, ¿no es cierto?”. Al final este es el punto esencial: conocer, con
ayuda de la Iglesia, de la Palabra de Dios y de los amigos, la voluntad de Dios, sea en sus grandes líneas, comunes
para todos, sea en la concreción de mi vida personal. Así la vida quizás no llegue a ser demasiado fácil, pero sí
hermosa y feliz. Oremos al Señor para que nos ayude siempre a encontrar su voluntad y a seguirla con alegría.

- El Evangelio nos ha dicho que Jesús miró a aquel joven y le amó. Padre Santo, ¿qué quiere decir ser mirados
con amor por Jesús; cómo podemos tener hoy también nosotros esta experiencia? ¿Es de verdad posible vivir esta
experiencia también en esta vida de hoy?

Naturalmente diré que sí, porque el Señor está siempre presente y nos mira a cada uno de nosotros con
amor. Sólo que nosotros tenemos que hallar esta mirada y encontrarnos con él. ¿Cómo hacer? Diría que el primer
punto para encontrarnos con Jesús, para tener experiencia de su amor, es conocerlo. Conocer a Jesús implica
varios caminos. Una primera condición es conocer la figura de Jesús como aparece en los Evangelios, que nos dan
un retrato muy rico de la figura de Jesús, en las grandes parábolas, pensemos en el hijo pródigo, en el samaritano,
en Lázaro, etc. En todas las parábolas, en todas sus palabras, en el sermón de la montaña, encontramos
realmente el rostro de Jesús, el rostro de Dios hasta en la cruz, donde, por amor a nosotros, se da totalmente
hasta la muerte y puede, al final, decir En tus manos Padre entrego mi vida, mi alma (cfr Lc 23,46).

Por tanto: conocer, meditar a Jesús junto con los amigos, con la Iglesia y conocer a Jesús no sólo de una forma
académica, teórica, sino con el corazón, es decir, hablar con Jesús en la oración. A una persona no se la puede
conocer de la misma forma como puedo estudiar matemáticas. Para las matemáticas es necesaria y suficiente la
razón, pero para conocer a una persona, es más, la gran persona de Jesús, Dios y hombre, es necesaria también la
razón, pero al mismo tiempo, también el corazón. Sólo con la apertura del corazón a él, sólo con el conocimiento
del conjunto de cuanto ha dicho y cuanto ha hecho, con nuestro amor, con nuestro ir hacia él, podemos poco a
poco conocerle cada vez más y así tener la experiencia de ser amados. Por tanto: escuchar la Palabra de Jesús,
escucharla en la comunión de la Iglesia, en su gran experiencia y responder con nuestra oración, con nuestro
coloquio personal con Jesús, en el que le decimos lo que no podemos entender, nuestras necesidades, nuestras
preguntas. En un verdadero coloquio, podemos encontrar cada vez más este camino del conocimiento, que se
convierte en amor. Naturalmente, no sólo pensar, no sólo rezar, sino hacer también una parte del camino hacia
Jesús: hacer cosas buenas, comprometerse por el prójimo. Hay diversos caminos; cada uno conoce sus propias
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posibilidades, en la parroquia y en la comunidad en la que vive, para comprometerse también con Cristo y por los
demás, por la vitalidad de la Iglesia, para que la fe sea verdaderamente formadora de nuestro ambiente, y así de
nuestra época. Por tanto, diría estos elementos: escuchar, responder, entrar en la comunidad creyente, comunión
con Cristo en los sacramentos, donde se da a nosotros, tanto en la Eucaristía como en la confesión, etc., y
finalmente hacer, realizar las palabras de la fe para que se conviertan en fuerza de mi vida y aparezca
verdaderamente a mí la mirada de Jesús y su amor que me ayuda, me transforma.

- Jesús invitó al joven rico a dejar todo y a seguirle, pero él se fue triste. También a mí como a él me cuesta
seguirle, porque tengo miedo de dejar mis cosas y quizás la Iglesia me pida renuncias difíciles. Padre Santo ¿cómo
puedo encontrar la fuerza para las decisiones valientes, y quien puede ayudarme?

Bien, comencemos con esta palabra dura para nosotros: renuncias. Las renuncias son posibles y, al final, se
convierten también en hermosas si tienen un porqué y si este porqué justifica después también la dificultad de la
renuncia. San Pablo usó, en este contexto, la imagen de las olimpiadas y de los atletas empeñados en las
olimpiadas (cfr 1Cor 9,24-25). Dice: Ellos, para llegar finalmente a la medalla – en aquel tiempo a la corona –
deben vivir una disciplina muy dura, deben renunciar a muchas cosas, deben ejercitarse en el deporte que
practican y hacen grandes sacrificios y renuncias porque tienen una motivación, vale la pena. Aunque al final,
quizás, no estén entre los vencedores, con todo es una cosa hermosa haberse disciplinado a sí mismos y haber sido
capaces de hacer estas cosas con una cierta perfección. La misma cosa que vale, con esta imagen de san Pablo,
para las olimpiadas, para todo deporte, vale también para todas las demás cosas de la vida. Una vida profesional
buena no se puede alcanzar sin renuncias, sin una preparación adecuada, que exige siempre una disciplina, exige
que se deba renunciar a algo, etc., también en el arte y en todos los elementos de la vida. Todos nosotros
comprendemos que para alcanzar un objetivo, sea profesional, deportivo, artístico, cultural, debemos renunciar,
aprender para ir adelante. Precisamente también el arte de vivir, de ser uno mismo, el arte de ser hombre exige
renuncias, y las renuncias verdaderas, que nos ayudan a encontrar el camino de la vida, el arte de la vida, se nos
indican en la palabra de Dios y nos ayudan a no caer – digamos – en el abismo de la droga, del alcohol, en la
esclavitud de la sexualidad, en la esclavitud del dinero, de la pereza. Todas estas cosas, en un primer momento,
aparecen como actos de libertad. En realidad no son actos de libertad, sino el comienzo de una esclavitud que se
convierte cada vez en más insuperable. Conseguir renunciar a la tentación del momento, ir hacia el bien crea la
verdadera libertad y hace preciosa la vida. En este sentido, me parece, debemos ver que sin un “no” a ciertas
cosas no crece el gran “sí” a la verdadera vida, como la vemos en la figura de los santos. Pensemos en san
Francisco, pensemos en los santos de nuestro tiempo, en Madre Teresa, don Gnocchi y tantos otros, que han
renunciado y que han vencido y que hoy son no sólo libres ellos mismos, sino también una riqueza para el mundo y
nos muestran cómo se puede vivir. Así a la pregunta “quién me ayuda”, diría que ayudan las grandes figuras de la
historia de la Iglesia, nos ayuda la Palabra de Dios, nos ayuda la comunidad parroquial, el movimiento, el
voluntariado, etc. Y nos ayudan las amistades de hombres que “van adelante”, que ya han hecho progresos en el
camino de la vida y que pueden convencerme de que caminar así es el camino justo. Oremos al Señor para que nos
de siempre amigos, comunidades que nos ayudan a ver el camino del bien y a encontrar así la vida bella y gozosa.

Diálogo mantenido el 25.III.2010, entre el Papa Benedicto XVI y los jóvenes de Roma, congregados en la Plaza de San
Pedro para la conmemoración del vigésimo quinto aniversario de la primera Jornada Mundial de la Juventud.
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Sentido vocacional de la vida. Descubrir el plan de Dios. Responder con fe. Ejemplo de S. José

Mc, 10, 17 y ss: Cuando salía para ponerse en camino, vino uno corriendo y, arrodillado ante él,
le preguntó:—Maestro bueno, qué he de hacer para conseguir la vida eterna? El sentido de la
pregunta es precisamente: qué tengo que hacer, cómo debo vivir para vivir realmente, para encontrar la vida. Este
joven busca el significado, el sentido profundo de la vida: cómo vivir, para qué vivir. La “vida eterna”, de hecho, a
la que hace referencia ese joven del Evangelio no indica solamente la vida después de la muerte, no quiere sólo
saber cómo llegar al cielo. Quiere saber: cómo debo vivir ahora para tener ya la vida que después podrá ser eterna.

El sentido de la vida es lo que da plenitud a la vida, es la verdad de mi vida. Hasta que no se conoce, se vive
con una inquietud, con insatisfacción. Esa inquietud es buena y la tenemos todos. Sólo que hay gente que tiene
miedo a encararse con ella, a hacerse las grandes preguntas –para qué estoy aquí, cual es el proyecto con vistas al
cual Dios me ha dado la vida en este momento de la historia. Hay que gente que se conforma con respuestas
parciales, inmediatas, más fáciles en el momento y más cómodas, que pueden dar algún momento de felicidad, de
exaltación, de ebriedad, pero que no dan la verdadera alegría de vivir, la que nace de quien construye – como dice
Jesús – no sobre la arena sino sobre la sólida roca. Por tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en
práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, llegaron las riadas,
soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre
roca. Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que
edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra
aquella casa, y cayó y fue tremenda su ruina. (Mt, 7, 24-28)

Jesús le dijo: Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno, Dios. 19Ya conoces los mandamientos: no
matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, no defraudarás a nadie, honra a tu
padre y a tu madre.(Mc, 10, 18-20) A primera vista, la respuesta del Señor parece muy seca. En resumen, dice:
observa los mandamientos (cfr Mc 10,19). Pero detrás, si reflexionamos bien, si escuchamos bien al Señor, en la
totalidad del Evangelio, encontramos la gran sabiduría de la Palabra de Dios, de Jesús. Los mandamientos, según
otra Palabra de Jesús, se resumen en este único: amar a Dios con todo el corazón, con toda la razón, con toda la
existencia y amar al prójimo como a sí mismo.

Amar a Dios, supone conocer a Dios, reconocer a Dios. Y este es el primer paso que debemos hacer: intentar
conocer a Dios. Y así sabemos que nuestra vida no es casualidad. Mi vida es querida por Dios desde la eternidad.
Yo soy amado, soy necesario. Dios tiene un proyecto conmigo en la totalidad de la historia; tiene un proyecto
precisamente para mí. Mi vida es importante y también necesaria. El amor eterno me ha creado en profundidad y
me espera. Comprendemos así que la vida es un don, que es bueno vivir. Después, lo esencial es el amor. Amar a
este Dios que me ha creado, que ha creado este mundo, que gobierna entre todas las dificultades del hombre y de
la historia, y que me acompaña. Y amar al prójimo.

Los diez mandamientos son sólo una explicitación del mandamiento del amor. Son, reglas del amor, indican el
camino del amor con estos puntos esenciales: la familia, como fundamento de la sociedad; la vida, que hay que
respetar como don de Dios; el orden de la sexualidad, de la relación entre hombre y mujer; el orden social, y
finalmente, la verdad. Estos elementos explicitan cómo amar realmente y cómo encontrar el camino recto. Por
tanto, hay una voluntad fundamental de Dios para todos nosotros, que es idéntica para todos nosotros. Pero su
aplicación es diversa en cada vida, porque Dios tiene un proyecto preciso con cada hombre. Y así, para cada
hombre, Dios tiene su proyecto y yo tengo que encontrar, en mis circunstancias, mi manera de vivir esta única y
común voluntad de Dios, cuyas grandes reglas están indicadas en esta explicitación del amor.

Y buscar también por tanto realizar lo que es la esencia del amor, es decir, no tomar mi vida para mí, sino dar
la vida; no “tener” la vida, sino hacer de la vida un don, no buscarme a mí mismo sino darme a los demás. Esto es
lo esencial, e implica renuncias, salir de mí mismo, no buscarme a mí mismo. Precisamente dándome para las
cosas grandes y verdaderas, encuentro la verdadera vida. Así cada uno encontrará, en su vida, el proyecto de Dios
para él.
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El respondió:—Maestro, todo esto lo he guardado desde mi adolescencia. Y Jesús, fijando en él su mirada, se


prendó de él y le dijo:—Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro
en el Cielo; luego ven y sígueme. (Mc, 10, 20) El Señor está siempre presente y nos mira a cada uno de nosotros
con amor. Sólo que nosotros tenemos que hallar esta mirada y encontrarnos con él. ¿Cómo hacer? El primer
punto para encontrarnos con Jesús, para tener experiencia de su amor, es conocerlo. Conocer a Jesús implica
varios caminos. Una primera condición es conocer la figura de Jesús como aparece en los Evangelios, que nos dan
un retrato muy rico de la figura de Jesús. En las grandes parábolas, -el hijo pródigo, en el buen samaritano- en la
historia en Lázaro, en todas sus palabras, en el sermón de la montaña, encontramos realmente el rostro de Jesús,
el rostro de Dios hasta en la cruz, donde, por amor a nosotros, se da totalmente hasta la muerte.

Es preciso meditar la vida de Jesús y conocer a Jesús no sólo de una forma académica, teórica, sino con el
corazón, es decir, escuchar y hablar con Jesús en la oración. A una persona no se la puede conocer de la misma
forma que estudia matemáticas. Para las matemáticas es necesaria y suficiente la razón, pero para conocer a una
persona, la gran persona de Jesús, Dios y hombre, junto con la razón, hemos de emplear el corazón. Sólo con la
apertura del corazón a él, con nuestro amor, con nuestro ir hacia él, podemos poco a poco conocerle cada vez más
y así tener la experiencia de ser amados. Por tanto: escuchar la Palabra de Jesús, escucharla en la comunión de la
Iglesia, y responder con nuestra oración, con nuestro coloquio personal con Jesús,

Pero no basta pensar, ni rezar, hace falta caminar hacia Jesús, hacer vida lo que nos dice en la oración, hacer
cosas buenas, comprometerse por el prójimo. Hay diversos caminos- cada uno conoce sus propias posibilidades-
para comprometerse con Cristo y por los demás, por la vitalidad de la Iglesia, para que la fe sea verdaderamente
formadora de nuestro ambiente, y así de nuestra época. Y `para hacer vida nuestra fe, para vivir con coherencia,
necesitamos recibir la vida de Dios, la gracia, que nos pone en comunión con Cristo en los sacramentos, donde se
da a nosotros, tanto en la Eucaristía como en la confesión. Ahí recibimos esta misma mirada amorosa de Jesús,
que nos invita a seguirle sin miedo.

Pero él, afligido por estas palabras, se marchó triste, pues tenía muchos bienes. (Mc. 10 22) Le cuesta
renunciar a sus bienes. Las renuncias son posibles y, al final, se convierten también en hermosas si tienen un
porqué y si este porqué justifica después también la dificultad de la renuncia. San Pablo usó, en este contexto, la
imagen de las olimpiadas y de los atletas empeñados en las olimpiadas (cfr 1Cor 9,24-25). Dice: Ellos, para llegar
finalmente a la medalla – en aquel tiempo a la corona – deben vivir una disciplina muy dura, deben renunciar a
muchas cosas, deben ejercitarse en el deporte que practican y hacen grandes sacrificios y renuncias porque tienen
una motivación, vale la pena. Esto que vale para el deporte, vale también para todas las demás cosas de la vida.
Una vida profesional buena no se puede alcanzar sin renuncias, sin una preparación adecuada, que exige siempre
una disciplina, exige que se deba renunciar a algo, etc., también en el arte y en todos los elementos de la vida.
Todos nosotros comprendemos que para alcanzar un objetivo, sea profesional, deportivo, artístico, cultural,
debemos renunciar, aprender para ir adelante. Precisamente también el arte de vivir, de ser uno mismo, el arte de
ser hombre exige renuncias, y las renuncias verdaderas, que nos ayudan a encontrar el camino de la vida, el arte
de la vida, se nos indican en la palabra de Dios y nos ayudan a no caer en la esclavitud de la sexualidad, en la
esclavitud del dinero, de la pereza. Todo eso que, en un primer momento, aparece como actos de libertad en
realidad no son actos de libertad, sino el comienzo de una esclavitud que cada vez es más difícil de superar.
Conseguir renunciar a la tentación del momento, ir hacia el bien crea la verdadera libertad y hace preciosa la
vida. En este sentido, me parece, debemos ver que sin un “no” a ciertas cosas no crece el gran “sí” a la verdadera
vida, como la vemos en la figura de los santos. Nos pueden ayudan las personas amigas que “van adelante”, que
ya han hecho progresos en el camino de la vida y que pueden convencerme de que caminar así es el camino justo.

(Ideas y frases tomadas del Diálogo mantenido el 25.III.2010, entre el Papa Benedicto XVI y los jóvenes de
Roma, congregados en la Plaza de San Pedro para la conmemoración del vigésimo quinto aniversario de la
primera Jornada Mundial de la Juventud; y del Discurso de Benedicto XVI a los jóvenes de San Marino-
Montefeltro, en la plaza de la catedral de Pennabilli (Rímini) el 19.VI.2011
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Dios no deja nunca a nadie sin luz. Pensemos en S. José cuya fiesta vamos a celebrar el martes día 19.
Rezaría y buscaría conocer el plan de Dios y el Señor se lo da a conocer de una manera sorprendente, en
sueños. Y él, obediente, dedica su vida entera a sacar adelante el querer de Dios.
11

VIDA INTERIOR
Salvador Canals, Ascética meditada, Ediciones Rialp, 1962

"Necesitamos una rica vida interior, signo cierto de amistad con Dios y condición
imprescindible para cualquier labor de almas.''
San Josemaría Escrivá, 31-V-1943

El valor incomparable de lo divino

Santo Tomás vio ya, en su mente excelsa que todos los bienes de la naturaleza se esfuman
si se comparan al menor de los bienes sobrenaturales, y expresó tal concepto, en forma
metafísica, cuando dijo que: Bonum unius gratiae maius est quam boum naturae totius
universi, que un solo bien de la gracia es mayor que todo el bien de toda la naturaleza. Un
escritor contemporáneo, imbuido asimismo de la grandeza de este sentimiento, ha
expresado el mismo concepto en forma psicológica: Dios nuestro Señor –ha dicho– se
ocupa más de un corazón en el que puede reinar, que del régimen natural de todo el
Universo físico y del gobierno de todos los imperios del mundo.

Depende del hombre

         Pues hoy quiero hablarte de ese Reino de Dios, donde el Señor encuentra sus delicias;
de ese Reino de Dios que está dentro de nosotros, de ese Reino de Dios que es tan
admirable como desconocido.

Crecer en nosotros

         El corazón de los hombres es como una cuna en la que Jesús vuelve a nacer; y por eso
en todos los corazones que han querido recibirlo, el mismo Jesús, aunque de modos
distintos, crece en edad, en sabiduría y en gracia. Jesús no es igual en todos, sino que,
según son las capacidades del que lo recibe, El se manifiesta diversamente en la vida de los
hombres, bien como un niño o como un adolescente en pleno desarrollo, o como un
hombre maduro.

         Reinar, nacer y crecer en el corazón y en la vida del cristiano es el deseo de Cristo, que
quiere, de ese modo, hacer de cada cristiano –de ti, de mí– alter Christus, otro Cristo. Y a
esa llamada de la gracia, a esa invitación de Jesús, todos deberemos responder repitiendo
12

las palabras del Precursor: Oportet Illum crescere, me autem minui: conviene que El crezca y
que yo disminuya.

Imprescindible

         Esta transformación en Jesucristo, esta unión con Dios, que es fruto de la vida interior,
abraza toda la vida entera y nos hace sentir y gustar la consoladora y tranquilizadora
realidad de la parábola de la vid y los sarmientos. Ego sum vitis vos palmites: qui manet in
Me, et Ego in eo, hic fert fructum multum: quia sine Me nihil potestis facere. Yo soy la vid y
vosotros los sarmientos: Si alguien permanece en Mí, y Yo en él, da mucho fruto; porque sin
Mí no podéis hacer nada.

Una vida divina en el hombre

Sé sarmiento unido a la vid. Alma de profunda vida interior. No tardarás en darte cuenta de
que tus pensamientos irán transformándose bajo el influjo de la sabiduría propia de la vida
sobrenatural, que te llevará a pensar con las ideas de Dios y a ver el mundo y la vida con los
ojos de Dios. Con esa unión de pensamiento con Jesucristo, ya no tendrás una inteligencia
pagana. Te convertirás en alma de visión sobrenatural y no merecerás el reproche de
Cristo: Nonne et ethnici hoc faciunt? ¿Pues acaso no hacen esto también los paganos? Tu
visión del mundo, profundamente sobrenatural, dará luz y calor a tu palabra. La linfa del
espíritu sobrenatural fecundará también tu vida afectiva. Comprenderás las palabras de San
Pablo: Hoc enim sentite in vobis quod et in Christo Jesu, tened en vuestros corazones los
mismos sentimientos de Jesucristo. Pues los sentimientos de Jesús, llenos de pureza y de
comprensión, de amor por las almas y de compasión por las que se alejan de su camino,
son patrimonio de quienes se han transformado en Cristo.

         Tras esa unión de pensamiento y de sentimiento con Jesucristo, tras esa renovación de
la vida intelectual y afectiva, la linfa de la vida interior penetrará en toda tu actividad
exterior: tus obras, flores y frutos de tu vida interior estarán llenos de Dios y revelarán la
superabundancia de tu amor por El. Sólo entonces serán verdaderamente opera plena
coram Domino obras ricas ante la presencia del Señor.

Para que el actuar tenga valor


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         Tu unión con Jesús, hermano mío, ha de ser sobre todo interior. Pues tus
pensamientos, tus deseos, tus afectos son la parte más delicada y más íntima de tu vida y
son también la parte más generosa y preciosa de tu holocausto. Y todo este mundo interior
–este manojo de espigas palpitantes de vida– es precisamente lo que el Señor pide a las
almas.

Lo verdaderamente decisivo

         Si sólo das al Señor tus obras externas, pero le niegas o mides la parte más íntima de
tu vida –tus deseos, tus afectos, tus pensamientos–, jamás serás alma interior.