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Juan Cárdenas
Ornamento
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Cárdenas, Juan
Ornamento
Santa Cruz: Dum Dum editora, 2019.
108 páginas; 21x14 cm.
ISBN: 8-1-155-19
Cada época tiene su estilo, ¿sólo la nuestra carecerá de uno que
© Juán Cárdenas, 2015
c/o Indent Literary Agency · www.indentagency.com le sea propio? Por estilo se quería entender ornamento. Por tanto,
© Dum Dum editora, 2019 dije: ¡No lloréis! Lo que constituye la grandeza de nuestra época es
Diseño y diagramación: Aimara Barrero Chávez que es incapaz de realizar un ornamento nuevo. Hemos vencido
al ornamento. Nos hemos dominado hasta el punto de que ya no
hay ornamentos. Ved, está cercano el tiempo en que las calles de
Email: dumdumeditora@gmail.com
las ciudades brillarán como muros blancos. Como Sión, la ciudad
dumdumeditora santa, la capital del cielo.
dumdumeditora Adolf Loos, Ornamento y delito (1908)
dumdumeditora
Santa Cruz de la Sierra, Bolivia
Impreso en Bolivia En el jardín los árboles eran rectos, retóricos,
las avenidas rectas, los estanques retóricos...
retóricos,
y en fila los búhos, rectos, retóricos, retóricos...
León de Greiff
Prohibida la reproducción parcial o total de este libro sin autorización
previa del autor y/o de la editorial
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Gracia
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Hoy han traído por fin a las voluntarias, cuatro mujeres de
mediana edad con historias clínicas anodinas, sin registro de
adicciones ni antecedentes penales. La única peculiaridad es
que todas han sido madres a una edad precoz, pero eso es algo
normal en las mujeres de las clases inferiores. Las he hecho
pasar a mi consultorio, una por una, para realizar un último
chequeo y tomar algunas muestras de sangre. Ninguna se puso
nerviosa, salvo la última, la número 4, que hizo demasiadas
preguntas y dudó cuando le pedí que se quitara la ropa. Pos-
teriormente fueron conducidas a sus habitaciones para recibir
una primera dosis por vía oral. 1, 2 y 3 se quedaron dormidas
a los veinte minutos de la ingestión, así que las observaciones
se han reducido en estos casos a un monitoreo de la actividad
cerebral. La 4, en cambio, ha permanecido despierta en todo
momento y no ha dejado de hablar mientras duraba el efecto.
Me pareció que sería útil transcribir lo que dijo:
El marido de mi mamá sale a recibirnos a la puerta, paga
el taxi. La casa de ellos es muy grande, de dos pisos, con
antejardín. Mi mamá nos está esperando arriba. Qué bueno
que llegaste, mija, dice cuando nos ve entrar por la puerta
de su pieza. La niña se trepa corriendo a la cama para darle
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un beso. Mi mamá está desnuda sobre el edredón de flores, porque por las noches sueña que se le cae la nariz y se le ve
delante de un ventilador, leyendo una revista a la luz de una la calavera. A veces me toco y se siente raro, dice, como si
lámpara. Tiene las cortinas cerradas. Le gusta recibirnos así fuera la nariz de otra persona. Y lo que se me ocurre pen-
para que la admiremos. Tan linda mi abuela, dice la niña, sar a mí es que la nariz de mi mamá es de veras la nariz de
mi abuela es como una muñeca. Y es cierto, mi mamá pa- otra persona, la nariz de un muerto. Y por si acaso me toco
rece recién sacada de la caja. El año pasado se hizo la depi- disimuladamente la mía y me digo: estás aquí, tranquila.
lación láser y no le cuelga ni un solo pellejo porque regular- Cuando terminamos con las dichosas curaciones mi
mente se los manda recortar con un cirujano muy bueno. mamá se pone un albornoz de flores y bajamos las tres a
Lo malo es que después de tantas cirugías, vaya a saber por la sala porque nos quiere mostrar las porcelanas nuevas.
qué, ha desarrollado una alergia muy rara en la piel y dos Esta vez hay un grupo de personajes con peluca y librea
veces al día hay que untarle unas cremas. De eso se encarga y vestidos de encajes, figuras diminutas de cortesanos que
su marido, pero el señor cumple con la tarea a regañadien- mi mamá compra por internet. Los personajes forman un
tes, con abnegación y evidente asco, conteniendo a duras círculo encima de un cangrejo rojo de tamaño natural. La
penas las arcadas. Dizque no le gusta la textura mantecosa escena se llama Voltaire y sus amigos, dice mi mamá. ¿Y
de las pomadas ni el perfume a coco que sueltan. Por eso quién es Voltaire?, pregunta la niña. Y mi mamá le dice que
mi mamá aprovecha cada visita mía para que yo le haga sus es un filósofo francés. La niña quiere saber cuál de las figu-
dichosas curaciones. ¿Y quién es más linda?, le pregunta a ritas del círculo es ese tal Voltaire. No, no, dice mi mamá,
la niña, ¿tu abuela o tu mamá? La niña se queda pensando. Voltaire es el cangrejo. A la niña le encanta la escenita y
Me mira con picardía. Yo le guiño un ojo para indicarle pregunta si puede abrir la vitrina y tocar las figuritas. En-
que puede responder como habíamos acordado. Mi mamá tonces mi madre la agarra del brazo con mucha fuerza,
es más linda, dice la niña, pero solo porque es hija tuya. La clavándole las uñas y abre la boca mientras apunta con el
abuela le celebra la ocurrencia. índice, pero no puede decir nada, no le salen las palabras.
La niña enciende la tele y se distrae viendo unos muñe- Quiere pero no puede. Y yo veo cómo se le marca la cala-
quitos mientras yo embadurno el cuerpo de mi madre con vera en las sienes, alrededor de las orejas. Estoy obligada a
las cremas. ¿Y el tabique, mamá?, le pregunto cuando veo intervenir para que deje de clavarle las uñas a mi hija. Nada
que arruga la nariz. ¿Cómo sigue? Ella se toquetea con el de tocar las porcelanas, carajo, digo. La niña baja la cabe-
pulgar y el dedo corazón y a mí se me ponen los pelos de za en un gesto de falsa sumisión. Mi madre la suelta. Yo
punta. Ahí va la cosa, dice. Mi mamá se volvió a operar el la agarro del mentón y la niña me mira con dos monedas
tabique nasal hace poco y ahora parece que tiene miedo falsas en las pupilas. No se tocan, le digo y levanto mucho
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las cejas para que vea que hablo en serio. Ver y no tocar se aunque declara no haber producido aquel discurso de manera
llama respetar, dice mi madre, que encuentra finalmente consciente. El efecto de bienestar, sin embargo, ha sido satis-
las palabras adecuadas. factorio, cosa que se observa no solo en la actividad de las zo-
Al rato voy a reunirme con el marido de mi mamá en el nas cerebrales estimuladas, sino también en los informes de
consultorio que está al fondo del corredor. Siéntate, dice el las cuatro pacientes. Todas afirman haber experimentado un
viejo desde el escritorio. A su alrededor hay un montón de placer sostenido y de gran intensidad. La descripción escrita
diplomas de contabilidad, estadística y economía expedi- por la número 4 ha sido: “un ronroneo eléctrico que surge de
dos por universidades de garaje, una estantería con libros la ingle para distribuirse en flujos deliciosos por brazos, pier-
forrados en cuero verde oscuro y una foto de mi mamá de- nas y cuello”. Número 4 no es una mujer ignorante, como las
bajo de las torres gemelas. Y pensar que este hombre fue mi demás. Parece haber recibido algún tipo de educación.
primer hombre, mi primer amor y ahora solo veo a un vie- En la tarde, antes de la sesión, doy un paseo con ella por
jo asqueroso, que se pinta las canas con un tinte color rojo el jardín. Intento sonsacarle algo, pero solo consigo averiguar
ardilla y siempre anda así, tan pepito, requeteperfumado, que no pasa por un buen momento económico, que tiene mu-
con los zapatos tan brillantes que asustan. chas deudas con su madre y que necesita el dinero que le va-
mos a pagar. Aunque su verdadera preocupación parece ser su
Ignoro si se trata de un recuerdo o de una invención gratuita hija de nueve años. Las alusiones al dinero y a su precaria vida
que la paciente crea bajo los efectos de la droga. de madre soltera se me figuran tan sórdidas que prefiero no
Afuera ladran los perros, al parecer sin ningún motivo. seguir preguntando.
Por si acaso me asomo a la ventana, pero solo encuentro la Tres horas después del almuerzo, las pacientes son trasla-
acostumbrada serenidad nocturna del jardín, el bosque de pi- dadas a sus habitaciones para recibir la dosis del día. 1, 2 y 3
nos y más allá, las rejas electrificadas que nos protegen de la vuelven a quedarse dormidas en cuanto la droga hace efecto. 4
ciudad. incurre en un segundo discurso:
La campesina está de rodillas, rezando fervorosamente. La
2 adoración de la pastorcita. Junto a ella hay una cortesana
que hace una reverencia oficial ante la Aparición. El oso
En la mañana le enseño a número 4 la transcripción de su está a punto de comerse viva a la viva imagen de la Virgen
monólogo y ella identifica el texto como un recuerdo detalla- María con su manto azul. Es un oso de anteojos: Tremarc-
do de lo ocurrido unas semanas atrás, en la casa de su madre, tos ornatus. Al fondo del pasillo se escuchan los jadeos de
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la nanita y de Sixto. Es noche cerrada. La luz de la nevera Cualquier cosa. Cuando era niña se enfurecía si me sorpren-
entreabierta ilumina el suelo de la cocina. A la nevera le día tocándole las figuras de porcelana. Quiero saber si se trata
suenan las tripas. Mi mamá habla a los gritos con alguien de alguna especie de tradición familiar o una costumbre fol-
en la planta de arriba. Las luciérnagas revolotean en el pa- clórica que desconozco, una cosa similar a la confección de
tio, junto al guayabo. Yo me santiguo, tengo miedo de que los pesebres de Navidad. Ni idea, dice, mi mamá lo hace desde
me descubran allí escondida y jugueteo con los pompones siempre, desde que yo me acuerdo. Y que se sepa, nadie más
de mis medias. Todas mis medias tienen pompones de co- en la familia tenía esa costumbre. Mi curiosidad rebasa el inte-
lor pastel. Las baldosas frías me hacen dar ganas de orinar. rés médico, ella lo percibe sin esfuerzo y se cierra, ya no quiere
Cuando por fin consigo dejar de mirar la escenita, levan- charlar más.
to la cabeza y veo que afuera, en el patio, el sol de gelati- En la tarde, a la hora de la dosis, 1, 2 y 3 duermen profun-
na hace verdear el guayabo. Abajo la nanita está cantando damente (aunque por momentos se retuercen de placer y su
una balada romántica que habla del famoso conflicto entre actividad cerebral es idéntica a la que se asocia con el coito). 4
la conciencia y el corazón. presenta un cuadro similar pero en ningún momento se que-
da dormida y su producción de discurso no disminuye, por el
Vuelven a ladrar los perros, algo los excita. Me asomo a la ven- contrario, aumenta en complejidad y extensión:
tana y compruebo que todo está en calma. Muy lejos brillan
las luces coloridas de los edificios más altos de la ciudad, una Cuando me vuelvas a ver tendré el mismo traje. Abrir
cosa de muy mal gusto. Aquí al menos se escucha el rumor del la puerta para que se aprecie la elocuente imagen: cien-
bosque y la fuente del jardín emite un resplandor moribundo to ochenta y ocho máquinas de escribir amontonadas en
entre las grandes hojas, algo que hace pensar en una enorme el fondo de un cuarto vacío, recorrido solo por la som-
dentadura postiza. bra fresca y alargada de la chusma, en un piso vacío de
un edificio vacío, de un otrora reluciente y hermoso edi-
ficio racionalista, construido a imagen y semejanza de los
3 otrora relucientes y hermosos edificios racionalistas de las
ciudades racionales. Ciento ochenta y ocho máquinas de
Nuevo paseo por el jardín junto a número 4. Cuando la in- escribir amontonadas en el fondo de una ciudad irracional
terrogo sobre su última despalabrada, ella me explica que su teclearon alguna vez, sobre ciento ochenta y ocho hojas de
madre monta “escenitas” con figuras de porcelana dentro de papel con el membrete de los Seguros Tequendama, un ar-
unas vitrinas. ¿Qué tipo de escenas? No sé, dice, depende. monioso y racional discurso que sería leído con devoción
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en las oficinas y pasillos del Ministerio de la Destitución: giosos de una era perdida seguían en pie, si bien ya no salía
cuando vuelvas a verme tendré el mismo traje y no seré luz ninguna de ninguna de las casi mil y pico de ventanas
millones, seré el ejemplo único, roto el molde, el ejemplo racionales, salvo de dos o tres ventanas menos racionales
inimitable y oídme bien, compatriotas de papel: el perso- que a veces se iluminaban y así era como alguien, digamos
naje más sorprendente que no había figurado en farsa an- yo, desde un edificio irracional cercano, podía apreciar los
tigua alguna es ese anónimo, ese Nadie que no tiene figu- cristales rotos, los antiguos muebles de oficina y la monta-
ra corpórea, ni alma, ni realidad alguna, espeta Laureano ña de ciento ochenta y ocho máquinas de escribir teclean-
Gaitán-Gaitán con el mismo traje, ni siquiera una mísera do a la luz amarilla de los bombillos ministeriales sin apa-
máscara, ese ente fantástico que ora se agazapa bajo un ca- rente intervención de los dedos incorruptos, ocupados en
napé, debajo del cuerpo de un policía envenenado, debajo cosquillosos menesteres secretariales y en dar de comer a
de toda la poesía militar camuflada, sobre un montón de los dientes una que otra uña que tenía pintada con esmalte
plumas de gallinazo, para servir de testigo en una anéc- verde una de las siglas secretas.
dota inventada por un parte radiofónico emitido desde la
jungla, ya habla por teléfono, un teléfono de cocos, para Después de la sesión del día, cuando todas las voluntarias
dar origen a la genial concepción de la UPN, de la OMD, descansan y yo me dispongo a tomar mis notas, recibo una
de la RRP, de la TRS y demás siglas secretas, o toma las llamada de la clínica. Mi mujer ha sido ingresada con una ta-
vestiduras de los animales sacerdotales para ir de noche quicardia muy fuerte, me dicen. Es la segunda vez en lo que
a la casa del dolor a amenazar al dolor con un chantaje vamos del mes.
o en otra ocasión firma telegramas imaginarios de carne
seca de mono, espeta Laureano, que permitan anticiparse
a contestar cargos que no se han hecho o finalmente es el 4
ingeniero que sopla en el oído de la Cordillera los cargos
técnicos y económicos del frío, contra la gestión adminis- Por fortuna quien atiende a mi mujer es un viejo compañe-
trativa de un malhadado Ministro de la Restitución de los ro de la facultad, un tipo discreto. Debe de haber consumido
Destituidos, aunque sin Título de Expropiación Revicti- una cantidad muy elevada de cocaína, me explica el hombre
mizadora, espeta Gaitán, cosa que luego confirma Gaitán. utilizando un tono sereno, sin atisbos de condena moral. Eso
Pero de eso había pasado tanto tiempo que ya todas las me hace pensar en la excelencia de nuestra educación, en el
máquinas de escribir se habían detenido al filo del racio- profesionalismo que nos inculcaron en nuestra universidad, la
nalismo y milagrosamente todos aquellos edificios prodi- misma actitud que impidió que estrecháramos cualquier lazo
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de amistad entre colegas. El único rasgo de humanidad que sin exponer en la ciudad, tiene mucha presión encima, así que,
se insinúa al fondo de sus palabras es una tenue expresión de supongo, eso la exime de mis recomendaciones o reproches.
triunfo. Se siente satisfecho tras haber eliminado a un antiguo De repente, ella observa con interés una seguidilla de gran-
competidor. Yo le concedo la victoria a cambio de discreción. des murales pintados de grafiti. Qué asquerosidad, comenta
Él acepta el canje y me conduce, agradecido, hasta la habita- más para sí misma que para mí, deberían borrarlos todos. Yo
ción de mi mujer, incluso se permite tomarme del codo mien- francamente no tengo opinión al respecto pero como ella es
tras avanzamos por el pasillo. Mi mujer está dormida bajo los la autoridad en materia estética le doy la razón y corroboro:
efectos de un calmante. Eso me explica el colega, que ha resul- deberían dejar las paredes como estaban, limpias, sin esos ma-
tado ser un pésimo ganador. No tardará mucho en despertar, marrachos. Muchos de los murales tienen mensajes políticos,
dice antes de dejarnos solos. cifras de muertos y desaparecidos. Gaitán Viene, dice uno, los
Veo dormir a mi mujer. Me aburro y no puedo dejar de colores chillones a la luz amarilla de una farola. Me pregunto
pensar en las cosas que dice número 4 cuando está drogada. ¿Y qué estará haciendo número 4 ahora.
este último discurso? ¿También estará inspirado en las esceni-
tas de su madre?
Mi mujer empieza a despertar. Sonríe. Pero la dulzura de 5
la sonrisa no tarda en amargársele en la boca. Tengo que ir a
trabajar, dice, llévame al estudio. Nos visitan los gerentes, que entran a mi consultorio como
Ella se pone su vestido gris, que le queda tan bien con esos una tromba, las dos lociones rabiosamente masculinas en una
zapatos negros y el bolso rojo mate. Se peina su pelo negrísimo, lucha por la supremacía dentro del ambiente cerrado. Son
brillante como ala de cuervo. Pronto la elegancia de mi mujer dos hermanos gemelos que han hecho todo lo posible por no
sale a relucir en medio del lugar, que gracias a ella parece me- parecerlo, con relativo éxito. Los acompaña un hombre calvo
nos sórdido. Por la ventana se cuela el resplandor amarillo del y muy elegante. Es el arquitecto que diseñó el edificio. Hace
alumbrado público y pedazos de noche muerta. unos años, después de ver la espectacular ampliación de un
Después de firmar unos papeles y de soportar la última mi- famoso museo firmada por el hombre calvo, los gerentes lo
rada triunfal de mi colega, huimos de la clínica lo más rápido contrataron para que se encargara del diseño de nuestro labo-
posible. ratorio, una tarea particular pues las instalaciones modernas
Una vez nos subimos al carro ninguno de los dos dice nada. debían adaptarse de modo funcional a la estructura inicial de
Mi mujer está nerviosa porque dentro de unas semanas va a in- una antigua hacienda colonial, adquirida por los gerentes en
augurar una exposición con material nuevo. Lleva varios años un ventajoso negocio con los históricos propietarios, una fa-
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milia venida a menos, deseosa de vender la propiedad a precio Uno de los gerentes, el que tiene veleidades intelectuales,
de ganga. descubrió hace unos meses que la hacienda aparece mencio-
No soy el más competente para juzgar el trabajo del hom- nada en varios pasajes de un libro escrito por un oscuro au-
bre calvo, pero como usuario del laboratorio puedo decir que tor de cuadros de costumbres del siglo XIX. Ahora se le ha
me siento cómodo y protegido. Todo a nuestro alrededor metido en la cabeza que le gustaría dedicar una habitación al
parece formar una especie de gran envoltorio amigable. La pasado feudal de la hacienda, con citas del libro escritas en
recepción, los consultorios, la sala de juntas y las habitacio- letras plateadas y empotradas en la pared, muebles antiguos.
nes (donde se alojan las voluntarias) se encuentran en lo que De ahí que hayan vuelto a llamar al señor calvo, que no pare-
antes fuera la hacienda. En estos ambientes el hombre cal- ce muy entusiasmado con la idea, cosa que me hace saber él
vo ha conseguido que el mobiliario moderno se adapte a la mismo cuando los gerentes se marchan y nos dejan a solas en
pulcritud formal, a la sobriedad de los muros de adobe y a mi consultorio. Se les ocurren los peores disparates, comenta
las líneas rectas típicas de la construcción colonial, dejando en voz baja. El señor calvo suele comprar obras de mi esposa
que los jardines exteriores se insinúen o directamente pasen desde hace varios años, así que con la excusa de la nueva ex-
a formar parte de los espacios gracias al uso de ventanales in- posición se queda charlando conmigo. Estoy ansioso por ver
sertados en distintos ángulos y tamaños. Entretanto, median- el material nuevo, dice el señor calvo, ¿sabe si serán cuadros o
te una ingeniosa combinación de pasillos y puertas corredi- esculturas? No tengo la menor idea, contesto, ni siquiera me
zas, los espacios de la hacienda se comunican sin solución de ha dejado entrar al estudio. Sin ocultar su decepción –se ve
continuidad con las dependencias del laboratorio, donde el que esperaba obtener información valiosa-, el señor calvo se
blanco encalado de los muros cede poco a poco a una paleta levanta de su silla y me estrecha la mano. Supongo que nos
más metálica y a unos materiales ya más industriales, hierro, veremos en la inauguración, dice.
aluminio y cristal, además del conjunto más escultórico de En la sesión de la tarde las cuatro mujeres se quedan dor-
las chimeneas y bodegas de almacenamiento, fabricadas en midas. Lo único llamativo que se observa es un incremento de
concreto, fibra de carbono y madera. El resultado final es una la actividad en el hemisferio izquierdo, el del lenguaje. Núme-
especie de gran montaje que permite pasar, con solo abrir una ro 4, sin embargo, no dice nada. Solo se retuerce no sé si de
puerta, de la austeridad señorial de la casona sabanera a una placer, profundamente dormida.
sala industrial que trae a la memoria una cierta noción de
madriguera gigantesca.
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el peso del cuerpo mal apoyado en un solo codo. La bata de
6 hospital le cubre casi hasta el cogote pero eso no impide que se
le marquen los pechos enormes por detrás de la tela. De todas
Emergencia médica durante la sesión de hoy. Número 2 sufrió maneras no se preocupe, añado. Mejor descanse. Y le toco la
un episodio epiléptico, a pesar de que en su historia clínica no frente con la palma de la mano, ejerciendo una leve presión
hay registros de que padezca ninguna enfermedad de ese tipo. para que vuelva a recostarse cómodamente. Ella me mira con
Se requirió la intervención de dos enfermeros para contener ojos acuosos, desde detrás de sus lentes de contacto color es-
las sacudidas de su cuerpo. Luego, con ayuda de calmantes, se meralda. Descanse, repito. La mirada verde persiste. Usted es
logró inducirla nuevamente al sueño. Todo indica que se trata muy bueno con nosotras, doctor, dice. Apenas atino a sonreír,
de un efecto secundario de la droga. desconcertado.
Espero casi cuatro horas hasta que despierta y entro a su
habitación. Me siento al borde de la cama. Número 2 está
acostada bocarriba, con las manos entrelazadas sobre el pe- 7
cho, parece una momia. Es la primera vez que me fijo en su
rostro, marcado por vaya a saber cuántas operaciones estéticas Hemos realizado algunos ajustes en la fórmula. Nadie quie-
mal hechas, los labios como salchichas, la diminuta nariz de re una droga recreativa que sencillamente provoque sueño.
cerdo, las capas de maquillaje aplicadas como con espátula. Los resultados no se han hecho esperar. En la sesión de hoy
Hay tanto movimiento allí, tantas ondulaciones, que por unos las cuatro mujeres han estado despiertas, plenamente cons-
segundos, en medio de la penumbra de la pieza, me parece cientes, con altos niveles de euforia y lubricidad. Número 3 se
que los bordes del rostro se están derritiendo como velas de ha pasado una hora entera eufórica y diciendo obscenidades.
colores. Su rostro es puro exceso, un derroche de intenciones, Esto ya se parece a lo que estábamos buscando desde el prin-
el gasto por el gasto, el adorno fuera de control. Hay instantes cipio, cuando empezamos con las pruebas.
en que cierto efecto de la iluminación le otorga una repentina Hace un par de años se descubrieron por accidente las pro-
velocidad al conjunto: es como ver a dos pájaros de la selva piedades psicoactivas de una flor del género datura, utilizada
apareándose dentro de una jaula. Ella, sin embargo, parece comúnmente por las campesinas de la cordillera para fabricar
muy orgullosa de su aspecto, coquetea con el personal (mas- jabones artesanales. Un empleado del laboratorio que estaba
culino y femenino) y se comporta como si nos estuviera ha- de vacaciones por la zona observó que en algunas épocas del
ciendo un gran favor por estar allí. Sufrió una crisis nerviosa, año las lavanderas de estos pueblos entraban en una suerte
le digo. Número 2 se incorpora y adopta una pose forzada, con de éxtasis colectivo cuando bajaban al río a hacer su trabajo
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(suponemos que absorbían la sustancia de manera involunta- conducen a las zonas vedadas. Todo en ruinas, grieta en
ria por vía cutánea). De inmediato los gerentes y yo decidimos los muros, los suelos ondulados por el terremoto del año
enviar a un equipo de becarios que regresó al laboratorio con anterior. Arriba, junto al órgano abollado, las imágenes.
muestras de los jabones y de las distintas flores utilizadas en su Criaturas extraordinariamente fijas. Trozos de madera que
fabricación. Al cabo de unos meses ya habíamos conseguido tenían el tamaño de los adultos, la beatitud corroída en los
sintetizar el principio activo. gestos de palo, la mirada vidriosa y lasciva de esos hombres
Lo que más nos llamó la atención es que la droga resul- mutilados que surgen de debajo de las ruinas para pedirnos
ta casi inocua en los hombres (todo indica que la testosterona monedas. Quitar y desquitar para volver a poner una des-
neutraliza los efectos), de modo que se trata de una droga ex- imagen. El sudario, un trocito de hueso, otro de madera,
clusiva para mujeres. Algunos asesores nos aconsejaron aban- un ojo de vidrio para no ver. Cancelar y conservar en un
donar el proyecto porque consideraban que esa limitación se mismo movimiento del espíritu para ver aparecer por fin
una imagen de madera, la imagen de San Nicéforo, y des-
traduciría en una tara comercial. Al final, después de mucho
cubrir aterrada que en el tórax vivían unos bichitos. Estar
pensarlo, nos dimos cuenta de que el producto tiene un merca-
allí, querer ser descubierta y finalmente no ser descubierta.
do potencialmente masivo, en especial porque los bajos costes
El descubrimiento es imposible. Se puede descorrer el velo
de producción nos permitirían insertarlo en diversos segmen-
y destruir el rostro. Quitar los rostros y poner las cabezas.
tos poblacionales, sin hacer distingos de clase.
El desquite de las cabezas. Las mil cabezas de la desimagen
que se cancela. Un hombre despertador que se dedicaba a
levantar a la gente dando golpes con su palo en las ventanas
8 de los vecinos. La era de los sueños interrumpidos por el
trabajo, orar ante las imágenes para que vuelvan los días
Número 4 produce un nuevo discurso durante la sesión del día: del salario. Niños jugando con los restos de una bomba. Un
cuervo agarra la punta de la sábana con su pico para cubrir
Quitar los ídolos y poner las imágenes. Quitar los ídolos y a un niño que duerme. El mapa de Londres en el guante de
poner las imágenes. El desquite de los ídolos. El Gran Des- una mujer. Quitar los salarios y poner las imágenes.
quite. El descuartizamiento de las imágenes a manos del
ídolo encarnado. El ocultamiento imaginario de las imá- Ahora ya es de noche, ladran los perros, me asomo a la ventana
genes de los ídolos. Un ídolo dentro de una imagen den- y allí abajo, al pie de la fuente de piedra amarillenta, veo a nú-
tro de un ídolo dentro de una imagen. Una niña de seis mero 4. Decido bajar a buscarla.
años, digamos yo, atravesadora clandestina de puertas que
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Para anunciarme hago crujir con mis pasos la hojarasca
seca del jardín. Número 4 sonríe cuando me ve aparecer desde
detrás de una gran rama de ceiba. La tomo del brazo mientras 9
paseamos y ella cede dócilmente a la idea de andar conmigo
por la oscuridad, bajo los grandes árboles. Le pregunto si es- Anamorfosis, oigo que dice mi mujer a lo lejos.
tuvo alguna vez en un terremoto. ¿Por qué lo pregunta?, dice, Podría ser que las palabras de número 4 durante las prue-
arrugando el entrecejo. Por algo que le oí decir en la sesión de bas funcionaran como una variante de la anamorfosis; el arte
hoy. Sí, contesta, cuando era niña, en una ciudad de provincia, de hacer aparecer una imagen bajo un aspecto casi irrecono-
una ciudad colonial llena de iglesias que se cayeron y estuvie- cible recurriendo a una calculada distorsión de la perspectiva.
ron sin reconstruir durante décadas. Allí vivía con mis papás en O mejor, ¿y si todo lo que aparece fantásticamente deformado
una casa muy parecida a esta, comenta señalando la fachada de en sus discursos se pudiera leer en sus justas proporciones me-
la hacienda. Caminamos unos instantes sin decir nada. ¿Le gus- diante un dispositivo, a la manera de aquellos cilindros reflec-
tan las iglesias coloniales?, me pregunta de pronto, quizás por tantes que se ponían en el centro de las mesas de modo que los
incomodidad ante tanto silencio. No, respondo, la verdad es dibujos elongados y chatos pintados en la superficie circular
que no. Ella pone cara de asombro. Es imposible que no le gus- se apreciaran con “normalidad” en el reflejo? También es muy
ten las iglesias coloniales, dice, si son tan bonitas. Yo le explico posible que, como ocurre con la anamorfosis, una vez tradu-
que no aguanto los firuletes y las molduras y todo ese estilo cidas a su aspecto normal, las palabras dijeran mucho menos
recargado, menos aún las imágenes de arcángeles y santos. Me de lo que sugieren en su estado deforme. Lo relevante de la
dan miedo, le digo, sobre todo porque esa era la clase de cosas anamorfosis es la distorsión misma, no la forma oculta. Como
que les gustaban a los narcos de los años 80. Se le escapa una le gusta repetir a mi mujer, quizás haya que renunciar a toda
carcajada. Compruebo que no es una mujer ingenua. La risa voluntad de interpretación.
inteligente de las mujeres tiene una música particular, un cris- Hay que renunciar a toda voluntad de interpretación, le
talino desparrame de notas muy bien estructurado. El sonido es contesta mi mujer a un jovencito muy guapo de barba, el pe-
completamente diferente a la risa de las mujeres de adorno que riodista que la está entrevistando. Yo estoy sentado en un sofá
solo se ríen para agradar a los hombres. Si de mí dependiera, le al otro lado de la sala, con una taza de té verde humeante entre
digo, solo para que no deje de reírse, si de mí dependiera man- las manos, siguiendo el curso previsible de las respuestas como
daría a demoler todas las iglesias, a quemar todos los santos. Su quien escucha una melodía gastada. Afuera llueve, la panorá-
risa se escurre nerviosa por los cauces vacíos que deja el tupido mica de la ciudad se chorrea en el cristal. Lo crucial aquí es
entrevero de ramas. Los perros ladran. reparar en la fragilidad, en la casi inexistencia, una infravida,
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podríamos decir, de la materialidad (a lo largo de esta frase, mujer, repentinamente desanimada, toda la libido rota por la
mi mujer se pasa varias veces el dorso de la mano por la nariz). estupidez del muchacho. Cierto, hay muchos tonos de gris en
Y digo materialidad porque quiero poner en cuestión la no- esta última serie, murmura y da por terminada la entrevista.
ción misma de obra. No hay obras. Apenas una materia sutil Mientras ella acompaña al periodista a la puerta, yo me
insuflada de materialidad, o sea de movimiento, a partir de quedo alelado viendo llover por la ventana. Mi mujer regresa
un gesto elemental vaciado de cualquier significado, a veces y se sienta en el sillón de al lado. Me gustaría hablarte de al-
incluso una pieza se confunde con la siguiente. El muchacho guien que conocí en el laboratorio, le digo. Ella me mira intri-
de barba no disimula la admiración que le despierta mi mujer, gada.
cruza y descruza las piernas, sonríe con ojos brillosos. Dame
más, parece decir. Y ella lo complace: cuando el gesto queda
desnudo, despojado de cualquier exceso de sentido o intencio- 10
nalidad, aparece algo que solo puedo atinar a llamar gracia. El
periodista trata de ponerse a la altura pero dentro de su cabeza El mejor maquillaje es el que no se nota, dice número 1, una
de periodista solo hay un montón de aserrín y bolitas de papel mujer adiestrada para ser patológicamente discreta.
periódico: hay un silencio casi oriental que emana de sus pie- No diga bobadas, contesta 2, si una se maquilla es para que
zas, dice y pone cara de satisfacción, como si acabara de soltar se note.
una genialidad. ¡Silencio!, repite mi mujer, ¡silencio, cómo no! Hay un término medio, dice 3.
¡Basta de cháchara! Porque en eso se ha convertido el arte de Número 4 ni siquiera opina porque no se maquilla. O qui-
este país, en pura cháchara política, en puro oportunismo y zás se maquilla tan bien que no se le nota.
pornomiseria. Y ante semejante hipertrofia de la política me A mí me parece una vulgaridad andar toda pintorreteada
pregunto: adónde va a parar lo profundo, la calidad, las inti- como una furcia, insiste 1.
midades, no solo de la disciplina, sino de la vida. Volviendo Bah, no sea mojigata, dice 2, que todo el mundo sabe que
al asunto de la gracia: para mí se trata de recuperar el sentido una se ve más bella con su colorcito. Así es más fácil resaltar lo
místico que tenía esa palabra. Por la gracia del espíritu, como bueno y disimular lo malo.
quien dice, y luego, claro, se trata de poner el énfasis en lo más Eso sí es cierto, dice 3, pero cuando una se pasa de colorete
pequeño, en lo nimio, en el detrito, en un ejercicio de gratitud queda como un payaso. O peor, como un travesti.
y humildad hacia la gracia. Se trata de una inacción, de un ne- Entonces número 2 me mira con su mejor puchero: ¿y us-
garse hacer. Un palito, un hilo, un retazo de un solo color. ¡El ted cómo nos prefiere, doctor, con maquillaje o sin maquillaje?
gris!, exclama el periodista, ¡hay mucho gris! Cierto, dice mi No pienso responder a esa pregunta. Número 4 no se
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aguanta y suelta una de sus hermosas carcajadas (el sonido de te un comunicado musical con palmeras y cocos, pero es
cristales rotos se me clava en la boca del estómago). Lo único inútil. El resfriado de una disputa teológica que se saldó
que puedo hacer es mirar a número 2 con un severo aire de con varias decapitaciones de apóstatas, un ajuste de cuen-
reproche, obligarla a bajar la mirada, cosa que ella no hace o tas, según las autoridades, ese resfriado le recorre la voz
no sabe hacer. Al contrario, pone un gesto que resulta desa- al doctor, que recién salido del huevo clama a los cuatro
fiante sin dejar de ser coqueto y yo solo puedo perderme en vientos en el nombre de todas las Españas por la entroni-
los pliegues grotescos de aquel rostro mal operado, en las ca- zación gramatical de las cabezas sin rostro. Así no se dice,
pas y capas de maquillaje que se van hundiendo hacia adentro así no se escribe, así no se piensa, cállese, dice el comuni-
como en una horrenda puesta en abismo. cado. Para qué cabeza teniendo semejante culo, mamita.
No tengo nada en contra del maquillaje, digo por fin, casi Luego se aprueba la ley que permite a las gallinas negras
asfixiado después de salir de la gruta. Ninguna parece confor- poner sus huevos en todas las esquinas. La ciudad se llena
me con mi respuesta pero al menos consigo que dejen de mi- de doctores. Su firma no significa nada pero firme aquí.
rarme y vuelvan a concentrarse en el programa de televisión. ¡Que arda! ¡Que bajen los animales del cerro y asuman el
Hoy tienen jornada de descanso, sin dosis. mando desde el Palacio del Colesterol! Pero es inútil, la ba-
lada romántica repite los nombres amados del doctor. La
señora de la limpieza apaga el radio porque ya no le queda
11 nada que limpiar. Todo está limpio. Y alguien, digamos yo,
tengo los cucos empapados, me hice pipí. Vamos a oír esa
En el radio de la empleada suena una balada romántica canción otra vez. Pero la señora de la limpieza sin rostro
sobre el famoso conflicto bipartidista entre la fe y la razón. ya no tiene nada que limpiar, todo está limpio, limpísimo.
Corazón de papel, el doctor, rompe la cáscara de su huevo
incubado a lo largo de sesenta y siete años por una gallina Una de las razones por las que prefiero quedarme hasta tarde
negra. Rompe la cáscara con la punta metálica del para- en el laboratorio es que a esta hora baja mucho el tráfico y
guas. Nace con el mismo traje de la última vez, un terno puedo regresar a mi casa por las avenidas vacías. La noche
negro raya-tiza, sombrero cachaco de fieltro negro y con- está húmeda. En la última semana ha llovido una barbari-
tra todo pronóstico se queja del clima: detesta la niebla en dad. Siento los pies helados.
los cerros, la lluvia fina y vaporosa, el frío que humedece A pesar de las estadísticas y los innegables peligros de
los huesos. ¡Que arda esta Soria con rascacielos! ¡Música, la ciudad, jamás he sido víctima de un acto de violencia.
carajo! ¡Ayombeee! El Ministerio de Tropicalización emi- Nunca me han robado, ni me han apuntado con un arma,
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nada. Quizás por eso no experimento ninguna sensación de metralla, clavos, tornillos, tuercas, vidrio, el tamal explota
amenaza cuando voy en mi carro por estas calles. Algunos al pie de las estatuas, quitar los ídolos y poner las imágenes.
conductores se pasan los semáforos en rojo porque les da ¿No era de Hernán Cortés esa frase?
miedo detenerse en las esquinas. De alguna manera, y no Mi mujer se levantó temprano porque tenía que ir a ter-
sin experimentar un intenso placer culposo, encuentro cier- minar con el montaje de su exposición en la galería. La inau-
ta belleza en todo este apretuje de cosas decididamente feas, guración es en dos días. Yo me revuelco en la autocompasión
en la quietud y la iluminación tenue que cae sobre la geome- de las sábanas pegajosas y duermo mal por trechos.
tría corroída de las fachadas, incluso en las personas que se Al mediodía me levanto, me ducho, me afeito. Confir-
atreven a caminar por aquí a esta hora, con las manos en los mo en google que la frase es de Hernán Cortés. Desayuno
bolsillos y la cabeza gacha. Hay una fijeza extraordinaria en copiosamente y mientras busco algo para leer entre los mu-
todo esto. Algo así diría número 4. Romanticismo, diría mi chos libros de mi mujer, recuerdo una frase que me decía mi
esposa, el consuelo de las ciudades feas. padre para reprocharme mi holgazanería: usted desayuna y
Al llegar al apartamento me encuentro con que hay una queda desocupado. Siempre fui un holgazán, desde niño, y
pequeña reunión. La mesa de centro de la sala está llena de nada, ni siquiera la estricta educación, consiguió infundir-
rayas gordas de cocaína. La música a todo trapo. Galeristas, me ningún sentimiento de culpa ante la pereza. Soy impune-
críticos, artistas, directores de museo, curadores, lo que mi mente holgazán. Y creo que, a diferencia de lo que mi padre
mujer llama gente del sector. Nos quedamos de fiesta hasta pensaba, mi estilo de vida se ajusta muy bien a los modos
las cuatro a.m. Creo que mañana no voy al laboratorio. de producción de nuestros tiempos. Es posible que hasta mi
resaca sea un mecanismo desviado de colaborar con el sis-
tema. Alguien debe de estar llenándose los bolsillos a costa
12 de mi malestar ahora mismo, vaya a saber cómo. En los días
que corren nadie sabe muy bien cómo se crea el dinero. Lo
Día de guayabo descomunal en la cama, dolor de cabeza, dice mi mujer bien claro: hay que negarse a hacer, vivir en la
náuseas, ganas de morirme, baja autoestima, malos pre- poética de la inacción. Y entonces te caen los millones.
sagios injustificados. La vida te sonríe, me repito, pero yo Trato de leer una novela y no puedo pasar de las primeras
sé que es inútil, cierro los ojos y la cabeza se me llena de líneas. Recostado en el sofá, me quedo dormido. Sueño con
imágenes malas: augurio, agüero, cucaracha, ratón, los ge- las mujeres del laboratorio, un sueño que olvido al despertar,
rentes, Laureano Gaitán-Gaitán, el palacio del colesterol, un cuando empieza a caer la tarde.
tamal-bomba, me toca separar lo comestible de los trozos de
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Número 2
13 Edad: 28
Número 1 ¿Es usted consumidor habitual de drogas? SÍ NO
Edad: 31
¿Qué sustancias suele consumir?
¿Es usted consumidor habitual de drogas? SÍ NO
Coqaina, mariguana, cabayo, bazuco, espid, pepas.
¿Qué sustancias suele consumir?
¿En comparación con otras drogas en qué nivel situaría nuestro
Valium, Xanax producto?
SUPERIOR IGUAL INFERIOR OTROS:____
¿En comparación con otras drogas en qué nivel situaría nuestro
producto?
¿Estaría dispuesto a pagar para repetir habitualmente la expe-
SUPERIOR IGUAL INFERIOR OTROS: Muy superior
riencia con nuestro producto?
¿Estaría dispuesto a pagar para repetir habitualmente la expe- SÍ NO
riencia con nuestro producto?
Breve descripción de los efectos:
SÍ NO
Nose bien zabroso, rico, como que te salen halas y se teerisa el
Breve descripción de los efectos: lomo. Como que sos la más perra, como que te da un ardorsito
vien bacano por acá abajo.
Me siento más suelta y más cómoda con los demás. Cuando la
tomo me da seguridad y como que me concentro, siento que
hablo mejor, más clarito, me hago entender. Y veo todo más Número 3
bonito. La vida es más linda. Edad: 34
¿Es usted consumidor habitual de drogas? SÍ NO
¿Qué sustancias suele consumir?
Muy de vez en cuando me meto un pase o me fumo un porro.
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¿En comparación con otras drogas en qué nivel situaría nuestro Breve descripción de los efectos:
producto?
Si estás triste, te alegra. Si estás demasiado eufórico te calma,
SUPERIOR IGUAL INFERIOR OTROS:____ si necesitas energía te la da. Es una droga peligrosa porque
te da lo que necesitas, siempre, una droga inteligente que su-
¿Estaría dispuesto a pagar para repetir habitualmente la expe- ple las necesidades, satisface los deseos. Puede hacer feliz a
riencia con nuestro producto? cualquiera. Y no deja ningún efecto secundario, ni dolor de
cabeza, nada.
SÍ NO A mí que me inviten
Breve descripción de los efectos:
14
Chévere, te da un sueñito bien bueno, ganas de tener cosas ín-
timas, los sueños que una sueña son como dibujitos de colores. Cena en el apartamento de los gerentes para celebrar el lanza-
Salen retazos con forma de triángulo, con forma de círculo, con
miento del nuevo producto. Nos acompañan a la mesa unos
forma de espiral. Vienen visiones y recuerdos bonitos.
inversores nuevos, dos mocosos insufribles. La conversación
Número 4 no se puede aguantar. Procuro no dejarme afectar por la frivo-
Edad: 27 lidad pero la frivolidad siempre es más fuerte que la templan-
za, sobre todo si uno es una persona atenta a los detalles. Otra
¿Es usted consumidor habitual de drogas? SÍ NO
de las tristes herencias del barroco de los narcos fue la propen-
¿Qué sustancias suele consumir? sión a la hipérbole, a los gestos enfáticos, a los marcadores de
poder con letrero de neón y música incorporada. Y la conduc-
Ninguna. Pero he probado varias, las normales. ta de estas personas es una extraña vuelta de tuerca a ese juego
de ostentaciones: su actitud oculta el mal gusto narco bajo un
¿En comparación con otras drogas en qué nivel situaría nuestro
producto? manto minimalista, el diseño como un pellejo falso del viejo
animal barroco, la exuberancia de la catedral embutida en un
SUPERIOR IGUAL INFERIOR OTROS:___ cubo de paneles monocromáticos. La violencia que se respi-
ra en la mesa es producto de ese ejercicio de represión post.
¿Estaría dispuesto a pagar para repetir habitualmente la expe- Para el olfato de un perro aquí se estaría librando una guerra
riencia con nuestro producto?
química, entre las lociones y los humores corporales. Me pre-
SÍ NO gunto entonces si mi propio gusto no será una forma superior
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de represión, como una capa de diseño por encima de la capa
de diseño donde estos cuatro estúpidos se huelen los pedos. 15
Un ambiente denso que solo puedo soportar gracias a mi largo
entrenamiento basado en la sonrisa automática y el aforismo. Me conmueve el tono pausado, la dicción precisa con la que
El otro motivo de celebración es que los gerentes, valién- número 4 produce sus discursos. Tanto más sabiendo que es
dose de su larga pezuña en el congreso de la república, han mi droga la que desencadena todo eso.
conseguido tumbar un proyecto de ley que pretendía regular Hoy le he enseñado a mi mujer las transcripciones y ella
la venta de drogas duras, un paso previo a la legalización total. ha comentado de manera esquiva, sin medir las palabras, que
Proponen un brindis por el certero golpe de pasillo. Y brin- aquello tenía su gracia. Me pareció curioso que justo hubie-
damos, claro, porque eso nos garantiza la continuidad de los ra empleado esa palabra y se lo hice saber, no sin recordarle
dividendos del negocio y la posibilidad de dilatar la temida lo que ella misma había dicho hace unos días sobre el misti-
reestructuración que exigiría un escenario donde el consumo cismo de la gracia, el esbelto reflejo que surge de la renuncia
y el tráfico fueran completamente legales. al amaneramiento de la conciencia. Mi mujer dijo que yo le
Me pregunto si en semejante escenario mi trabajo deja- daba demasiada importancia a las palabras y que no debería
ría de ser considerado una aberración. Quizás mi mujer y yo tomarme en serio sus divagaciones. Sobre todo, dijo, porque
ocuparíamos el mismo nicho ecológico, algo así como diseña- a ella no le importa el significado de lo que se le ocurre. Solo
dores de estados de ánimo artificiales. Quizás yo merezco por voy ensartando ideas, como quien mete cuentas de colores en
derecho propio el mote de artista, tanto como ella. un hilo, dijo, siguiendo solo un criterio intuitivo, como en un
Uno de los gerentes, el que no tiene veleidades intelectua- juego infantil de combinaciones. Esa es la gracia, dijo. Como
les, está deseoso de contar los detalles escabrosos de la nego- la gracia de las marionetas, que no necesitan de voluntad para
ciación con los congresistas. El otro le da un golpecito con moverse de acuerdo a la geometría más elemental. El signifi-
el codo y propone un nuevo brindis. Por el nuevo producto cado de las cosas es un accidente, un sobrante. Lo único que
que, por cierto, dice, todavía no hemos bautizado. ¿Alguna importa de verdad es la geometría. El círculo, el cuadrado, el
sugerencia? Los nuevos inversores proponen nombres con re- triángulo, la línea y el punto. No hay más misterio.
sonancias angélicas y celestiales (por algún lado sale lo repri- De acuerdo, pienso ahora, asomado a la ventana mientras
mido). Yo detesto ponerle nombre a mis criaturas, así que me los perros ladran, pero eso no quita que número 4 sea, en cier-
limito a aplaudir todas las iniciativas. to modo, como una marioneta. Imbuida de gracia.
Hay dos voluntarias besándose junto a la fuente de piedra.
Número 1 y número 2, me parece.
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le digo a la niña. Dejamos a la boca allí hablando sola (ay,
16 qué rico, qué rico…) y nos vamos a ver las porcelanas en
las vitrinas. La niña quiere saber si puede tocarlas. Claro,
Mi madre desnuda sobre el edredón, leyendo una revista digo, haz lo que quieras. Ahora son tuyas.
a la luz de una lámpara. Hermosa como una muñeca. Es El esposo de mi madre, al fondo de la casa, silba la can-
hora de las curaciones, mija, póngame la cremita no sea ción que suena en el radio de la empleada. Esa canción
mala. Agarro el tubo de crema equivocado, un tubo que vieja que habla del famoso conflicto entre la conciencia y
contiene una sustancia borradora, me unto las manos y se la razón.
me empiezan a borrar. Mi madre tiene los ojos cerrados
y no se da cuenta de que con mis manos la voy borrando Al anochecer camino por el jardín. Voy más allá del círcu-
toda, mis manos pasan por encima de la piel de los muslos lo de árboles que rodea la fuente. A través de un sendero de
y los muslos se borran. Aunque no, no se borran sino que grava negra me interno en un prado, lechos de flores a lado
se emborronan. Ahora viene lo más difícil, emborronarle y lado, hasta llegar al bosque de pinos. Hace varias semanas
la cara. Empiezo apoyando lo que queda de mis pulgares que no vengo aquí. Es un lugar muy agradable, propicio para
en sus cejas y efectúo un movimiento circular y profundo descansar. En medio de la penumbra y el olor concentrado a
que se va ampliando y ampliando por todo el rostro. Al resina zumban las rejas electrificadas que se alzan al otro lado
cabo de un rato solo queda la boca intacta rodeada por del bosque. Me siento en el suelo, recostado sobre un tronco,
una mancha donde se aprecian los trazos de mis dedos. La y pienso en la gracia. Una geometría básica detrás de la afec-
boca se abre para tomar aire, prefiero no tocarla. Procedo tación de nuestras acciones, detrás de la voluntad que lo echa
a emborronar el resto del cuerpo. Intento darme prisa para todo a perder. Todo lo demás sobra. Así piensa mi mujer. ¿Y
que mi madre no se dé cuenta de lo que estoy haciendo. yo qué pienso? Siempre he asumido que mi mujer tiene razón
Pronto queda solo una gran mancha de colores opacos en cuando habla en términos altisonantes. Pero ella misma admi-
la cama y una boca entreabierta, los dientes falsos. te que, cuando habla, solo junta nociones muy sencillas, como
La niña entra a la pieza y ve a su abuela embadurnada ensartando cuentas de colores en un hilo. No piensa como un
en el edredón, pero eso no parece impresionarla. La boca científico, sino como un teólogo. Hace unos meses estuvimos
habla: no pare, qué rico, me gusta, únteme más cremita, no de paseo por el campo, en la finca de un colega suyo. Durante
sea mala. La niña y yo nos reímos bajito. Mis manos tam- las caminatas que hacíamos por los bosques ella y su amigo
bién son dos manchas, duele un poco pero estoy dema- no se cansaban de elogiar la naturaleza como un mundo orde-
siado contenta para quejarme. Por si acaso no me toques, nado y perfecto, comentarios sencillamente idiotas, dictados
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por un ecologismo esmirriado. Uno de esos días me animé a reja de la entrada, está la caseta de los perros, que hoy pare-
explicarles que la idea de los ecosistemas como organismos de cen muy tranquilos, echados en el suelo. Me pongo de cuclillas
relojería, en equilibrio con el cosmos, estaba en desuso y que para acariciarlos y ellos gruñen indecisos, conteniéndose para
en la historia del planeta habíamos sufrido catástrofes ecológi- no atacarme. Poco a poco se relajan. Son dos rottweiler que
cas mucho peores que la actual, provocada por nosotros, sim- hasta hace no mucho eran cachorros juguetones. Ahora han
ples agentes geológicos como las bacterias o el viento, pese a lo recibido adiestramiento especial y su conducta hacia las perso-
cual la vida siempre había conseguido prosperar. De hecho, les nas es ambigua. Los han educado para ser máquinas solitarias.
dije, si no hubiera sido por algunas de esas catástrofes, nuestra Pero algo en su interior, mal reprimido, recuerda el contacto
especie no existiría y no existirían las bellas artes. Mi mujer y afectuoso, las caricias y el juego.
su amigo se enojaron tanto que no volvimos a tocar el tema. En esas aparece número 4, como salida de la propia som-
Me gusta el trabajo de mi mujer, incluso creo que com- bra. Me incorporo de un salto. Perdone si lo asusté, dice y me
parto genuinamente sus intuiciones sobre las formas simples pide otra dosis. Pone cara de que la necesita de verdad. Me
y esa es una de las razones por las que vivimos juntos, pero su quedo mirándola con gesto serio, sin saber qué hacer. Final-
idea de gracia se desmorona con la noción de que la historia mente me decido a preguntarle si le gustaría ir a la exposición.
del planeta es una gran catástrofe, una catástrofe inconmensu-
rable. Se desmorona también la idea de que hay cosas esencia-
les y otras que sobran. Nada sobra, en realidad. No hay nada 17
que sea estrictamente decorativo o superfluo. Todo sirve para
algo, en la medida en que nada sirve para nada. Y en la natu- Mientras número 4 se prueba los vestidos que le traje esta
raleza nadie sabe para quién trabaja, como dice el dicho. Yo, mañana, le pregunto qué tipo de educación ha recibido. Ella
por ejemplo, no sé quién manda aquí en esta empresa. A veces contesta desde detrás de un biombo que no pudo terminar la
siento que soy mi propio jefe. A veces siento que los gerentes universidad. Yo la escucho sentado en una silla de madera,
quieren que yo crea que soy mi propio jefe, con mis propias re- junto al ventanal de su habitación por donde se ve el jardín.
glas y horario. A veces me da la impresión de que ellos tampo- Tuve que abandonar la carrera cuando me quedé embarazada,
co saben nada. Y que el trabajo consiste justamente en fingir dice. Yo vivía sola con mi mamá. Mi papá se había muerto. Mi
que todos hacemos lo que nos corresponde. mamá me echó de la casa y me tuve que poner a trabajar desde
Me levanto y decido regresar al laboratorio por otro rum- muy jovencita para mantener a mi hija. ¿Así que no estudió
bo. Uno de los costados del bosque culmina en el sendero prin- nada? Nada, responde, un par de semestres de derecho. Usted
cipal, por donde entran los carros. Allí, al lado de la enorme no es una mujer inculta, le digo, esas cosas se notan. Enton-
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ces la mujer sale de detrás del biombo, su cuerpo macizo muy Te traje otro regalo, le digo y le entrego una dosis. ¿Es la
bien entallado por uno de los vestidos favoritos de mi mujer. nueva?, pregunta mi mujer. Asiento, satisfecho. Ella se lleva
Ese le queda perfecto, digo. En la noche, después de la sesión, la pastilla a la boca, baja con un sorbo de whisky. Te quiero,
paso por aquí a buscarla. Procure estar lista. No quiero llegar dice. Me da otro beso y corre a buscar a número 4. La saluda,
tarde. la agarra de las manos, no sé qué le estará diciendo, menos
qué le podrá contestar la otra. De repente las dos carcajadas
se entreveran, antes de caer en un mismo reguero de cosas
18 quebradas.
Mi mujer trata de no parecer sorprendida cuando nos ve en-
trar por la puerta de la galería, pero los ojos casi le dan vueltas
en el instante en que reconoce el vestido, la suave y fina tela
de color verde acentuando las formas generosas de número 4,
que empieza a pasearse alegremente entre las sutiles piezas, su
sola presencia como un desafío grosero a los leves palitos que
penden del techo, casi como flotando en el vacío, a los jirones
de costales, a los fragmentos de metal hábilmente ensambla-
dos con los restos de una silla vieja puesta patas arriba, a las
desvaídas acuarelas geométricas que bostezan en las paredes.
Me pareció que ibas a disfrutar con el contraste, le digo
a mi mujer. Ella produce una sonrisa forzada. Desde luego
no me esperaba algo así, dice y me da un beso, tratando de
mantener el buen humor y el entusiasmo. Nos interrumpen
varios lambones que vienen a felicitarla. ¿Te gusta que la haya
traído?, pregunto cuando nos vuelven a dejar solos. Mi mujer
se lo piensa, intenta leer mis intenciones, hacerse un dibujo
general de la situación. Sí, dice, me gusta, no entiendo nada
pero me gusta. Ahora, si lo que querías era mejorar la inau-
guración, lo has conseguido. Los movimientos desprevenidos
de número 4 por la sala llaman la atención de los presentes.
44 45
Economía I
46 47
1
No es la primera vez que introducimos una tercera persona en
la relación.
Difícilmente podríamos presumir de haberlo hecho, claro.
El sexo en grupo se volvió una costumbre vulgar, al menos des-
de que se popularizó entre los oficinistas de clase media. De un
tiempo para acá lo que se lleva es tener pareja estable, hijos, casa
en el campo, un huerto, discos de folk.
El caso es que el año pasado, un jovencito que estaba escri-
biendo su tesis de grado sobre la obra de mi mujer empezó a
frecuentar nuestro apartamento. Al cabo de unas semanas ella
me contó que se había acostado con el muchacho en su estu-
dio. No sentí nada parecido a los celos. Pude entender que mi
mujer en realidad deseaba estar con los dos al mismo tiempo y
accedí, solo por complacerla, porque me pareció evidente que
ese jovencito era solo un aparato del amor que nos tenemos, un
canal a través del cual se traducía el deseo que mi mujer había
cultivado hacia mí. El jovencito era una marioneta. Y nosotros
lo manejábamos a nuestro antojo, nos aprovechábamos de su
candor, de la admiración que despertaba mi mujer en él. Con
el paso de las semanas redujimos su potencia masculina inicial,
lo fuimos afeminando entre los dos, restándole vigor e inicia-
tiva para convertirlo paulatinamente en un juguete pasivo. Mi
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mujer fue reemplazando la fantasía de la penetración absoluta Lo único llamativo es que, desde que salió del laboratorio,
por el goce destructivo de verme acabando en la boca del joven- número 4 ha dejado de producir discursos bajo los efectos de
cito, que al final accedía a todo sin ofrecer ninguna resistencia, la droga. A lo sumo balbucea si le da sueño o conversa nor-
anulada su voluntad, reducido a la gracia, al misterio de la obe- malmente con mi mujer. Número 4 ha resultado ser una es-
diencia. Naturalmente, el aburrimiento no se hizo esperar. La tupenda conversadora. Se trata, como lo sospechaba, de una
cosa no duró ni dos meses y al final mi mujer lo despachó, ni mujer educada, pero sigue sin revelarnos dónde aprendió tan-
siquiera quiso volver a verlo para el asunto de la tesis. No sé qué tas cosas. Autodidacta, dijo. Cosa que nadie se cree.
habrá sido de ese pobre muchacho. Espero que al menos se haya
podido graduar.
Ahora que hemos terminado con las pruebas en el labora- 2
torio, número 4 nos ha pedido que la dejemos quedarse unos
días en nuestro apartamento. Las razones para no volver a su Desde que empezó el proceso de distribución del nuevo pro-
casa han sido más bien nebulosas, pero mi mujer se ha entu- ducto, el laboratorio ha vuelto a centrarse en sus actividades
siasmado tanto con la idea que preferí dar por buena cualquier legales. Además, hace poco firmamos un contrato con el go-
explicación. Número 4 y mi mujer han desarrollado en poco bierno para fabricar medicamentos genéricos destinados al
tiempo una complicidad que por momentos me asusta. A me- plan de salud obligatorio, de modo que ahora son los adminis-
nudo las sorprendo cuchicheando o intercambiando miradas trativos y los abogados quienes trabajan a destajo, ocupándose
que no consigo interpretar. A veces creo que tratan de dejarme de la burocracia estatal. Por otro lado, las cosas aquí están tan
por fuera, como si quisieran destruir el triángulo. Y lo peor es automatizadas que se necesita muy poco personal para aten-
que el vínculo entre ellas se hace más intenso cuando utilizan der las máquinas y las dependencias. Los enormes pasillos del
la droga, a la que se han hecho definitivamente adictas. Tanto laboratorio permanecen siempre vacíos, recorridos solo por el
así que me he visto obligado a restringirles el consumo a dos zumbido lejano de los aparatos de la fábrica. Echo de menos a
dosis diarias. Y a pesar de todo, no me puedo quejar: el tiempo las mujeres, al personal subcontratado que nos ayudaba con los
en casa junto a las dos mujeres transcurre del modo más deli- monitoreos, a las enfermeras. Este sitio es demasiado grande,
cioso. Número 4 sigue siendo algo esquiva conmigo en el trato harían falta muchas más personas para habitarlo y un puña-
cotidiano, pero se muestra solícita cuando la requiero, incluso do de presencias solo acentúa el vacío. Ahora me queda tanto
si mi mujer no está en casa. Alcanzo a percibir que se siente tiempo libre que me paso tardes enteras caminando por el bos-
en deuda con nosotros y, aunque me consta que disfruta lo que en compañía de los perros. Hoy llegamos hasta las rejas
mismo estando a solas conmigo, no puedo evitar percatarme electrificadas, donde la propiedad limita con unos enormes
de que el sexo es una forma de retribuir la hospitalidad. invernaderos de flores. Son estructuras en forma de caja, muy
50 51
bellas y simples, pellejos rectangulares de plástico semitrans- de ser mayúscula. Me despego el post-it lentamente, siento
parente extendido en armazones de metal y madera. La sabana la sustancia adhesiva ensuciándome la frente: una cifra muy
está llena de esas construcciones, como se puede comprobar alta, desde luego. La sonrisa repetida de los gemelos flota en
desde el avión cuando uno aterriza en el aeropuerto. El gus- el aire cálido del consultorio. Lo mejor es que nuestras pre-
to por los invernaderos lo heredé de mi padre, que cultivaba dicciones son correctas, dice una de las bocas. La droga es un
flores y le gustaba enseñarme el lugar donde se producía su éxito en todas las capas sociales. Es el único producto que se
fortuna. Quizás fue en un invernadero donde tuve mi primera distribuye por igual en todos los puntos de venta.
impresión de belleza: las mujeres uniformadas, con tapabocas
y guantes, manipulando las orquídeas para meterlas en empa-
ques de celofán y luego en cajas de madera. Ahora que lo pien- 4
so, creo que nunca vi el rostro de ninguna de las trabajadoras.
Solo recuerdo los ojos desnudos encima del tapabocas. Las Dando saltos en la discoteca con número 4 y mi esposa. Dan-
manos enguantadas, las tijeras, los gestos sincronizados como do saltos y saltos debajo de la luz estroboscópica. ¿Y si esto
en una especie de ritual. Nada más alejado de la idea de labo- es todo? ¿Acaso hay algo superior a este estado de beatitud y
riosidad que tanto defendía mi padre, más allá de que la frente prosperidad? Vivo con dos mujeres hermosas que me prodi-
de la trabajadora estuviera sudorosa. Si pudiera cruzaría ahora gan todo el afecto que necesito, holgazaneo cuanto quiero en
mismo la reja electrificada y entraría al invernadero. A través mi trabajo, tengo tiempo para pensar libremente en nuevos
del plástico semitransparente se intuyen los movimientos de proyectos, nuevas y maravillosas drogas para todo el mundo,
los cuerpos. drogas baratas, drogas inteligentes, capaces de producir ex-
periencias siempre diferentes, cada vez más intensas. Y si es
cierto que mi nueva droga no conoce distingos de clase, nivel
3 adquisitivo o educativo entre las consumidoras, eso quiere
decir que es posible una cierta idea de democracia basada
Los gerentes vienen a verme al laboratorio para contarme en el consumo. Así parece demostrarlo mi nueva obra, fe-
que la droga se está vendiendo muy bien. Uno de ellos ga- minista, igualitaria. Porque mi arte no es elitista, como el de
rabatea algo en un post-it antes de pegármelo en la frente. mi mujer. Mi arte es para todo el mundo, para cualquiera,
Hago el amague de mirar el papel pero el otro gerente me lo no hace falta saber nada de antemano, no se requieren in-
impide haciendo chasquear la lengua mientras niega con el térpretes dotados de una lengua hermética, ninguna liturgia.
índice en alto. Despacio, despacio, dice, que la sorpresa pue- El único espacio de legitimación es el mercado y el cuerpo.
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fección con que se organiza la vida. Repite como un loro sus
5 clichés místicos sobre el paisaje, la vida solitaria, el fuego. El
colega de mi mujer dice que muchos amigos suyos se han ido
¿Eres feliz?, le pregunta mi mujer. Sí, responde número 4, me a vivir a una casa en las montañas, sin luz, sin agua corriente.
gusta mucho estar aquí con ustedes. Lo único que me preo- Siembran sus propios alimentos, son totalmente autosustenta-
cupa es mi hija, que se quedó en la casa de su abuela y no me bles, dice, independientes, no necesitan nada de nadie. Incluso
gusta dejarla allí. Mi mujer y yo nos miramos en silencio. Ese saben fabricarse su propio jabón reutilizando el aceite sucio y
tema entre nosotros está vedado, cualquier conversación que las grasas animales. Número 4 mira las cosas con un interés
involucre niños nos produce una incomodidad insoportable. frío. Creo que no sabe deleitarse en la contemplación del mun-
Número 4 lo ha lanzado para tantearnos. Espera que le demos do natural. Y sin embargo, su modo de mirar, la economía de
luz verde para traer a la niña al apartamento, pero en el fondo sus gestos vuelve a cautivarme, como en los primeros días en
parece adivinar que una cosa así lo arruinaría todo, sería el fin. el laboratorio, mucho antes de que mi mujer decidiera que nos
En unos días tendré que ir a buscar a la niña y regresar a mi convertiríamos en un trío, cuando número 4 era solo mía y
casa, dice número 4 bajando la cabeza. No sabría decir si su yo anotaba febrilmente sus alucinaciones. Es como si hubieran
congoja es fingida o no. El resto de la tarde las dos mujeres se pasado años, cuando solo han sido semanas. Así de drástico es
muestran algo recelosas la una con la otra. Tengo que recurrir el cambio. El hecho de que estemos excluidos de la conversa-
a la droga para aliviar las tensiones. Cuando la sustancia hace ción sobre las bondades de la vida en el campo, nos permite a
efecto nos metemos todos a la cama y asunto resuelto. número 4 y a mí estar juntos otra vez. Me aproximo a ella y la
tomo del brazo, como en las noches en que caminábamos por
el jardín. Ella reconoce el contacto, sonríe y me acaricia la me-
6 jilla con la palma de la mano. La beso suavemente en la boca.
Mi mujer finge no reparar en lo que acaba de ocurrir, pero
Paseamos por el campo en compañía de un colega de mi mu- igual ya no puede terminar la frase, se aturulla, frunce el ceño.
jer, que no para de adular a número 4 con el tono zalamero que Azorado, su colega se pone a parlotear no sé qué sobre unos
emplean los estetas para describir cualquier cosa, les guste o petroglifos indígenas que hay por allí cerca, promete llevarnos
no. Esta señorita es una maravilla, dice, guapa, inteligente, no a verlos la próxima vez que vengamos.
se puede pedir más. Mi mujer percibe mi exasperación y trata Unas horas después del paseo, regresamos a almorzar a la
de desviar la charla al tema de la naturaleza que nos rodea, casa campestre. Comemos carne asada a la parrilla con papas
habla de la pureza de los arroyos de alta montaña, de la per- criollas, pan campesino recién horneado, queso paipa y brevas
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en almíbar con arequipe. A la hora de la sobremesa mi mujer terca inutilidad”. Me pregunto quién habrá escrito esto, dice,
y número 4 recuperan el hilo de su complicidad y yo vuelvo está firmado con seudónimo. Número 4, que no había opinado
a quedarme solo. Afuera empieza a caer una de esas lluvias hasta ahora, interviene para decirle a mi mujer que el autor de
vaporosas del altiplano, el follaje verde emite un brillo que ca- la reseña tiene algo de razón. De otro modo, dice número 4, no
lienta el espíritu y un frescor de cosas vivas entra en rachas a la estarías dándole tantas vueltas. Quizás necesitas cambiar algo.
casa para revolverse con el olor de la leña.
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Mi mujer continúa atormentándose con el asunto de la reseña.
Mi mujer lleva un buen rato leyendo una reseña sobre su ex- No quiere salir, se pasa el día entero en pijama. Lo único que
posición. La lee y la vuelve a leer con incredulidad. Ahora nos la pone de buen humor es la droga y, en menor medida, con-
pide a número 4 y a mí que escuchemos un fragmento: “…con- versar con su nueva amiga, que no tiene piedad alguna para
sigue algo digno de mención: reduce todo atisbo de gestualidad criticar sus obras. Número 4 le dice cosas que ni yo mismo
radical a un mero ejercicio de decoración de interiores. Esta me atrevería a sugerir. La reacción de mi mujer oscila entre el
señora cree que se puede hacer arte simplemente amparándose entusiasmo ante la posibilidad de renovar drásticamente sus
en su buen gusto de señora fifí, pero a la larga ni fu ni fa. Eso sí, procesos y el desasosiego de no saber cómo empezar la labor.
el estupendo andamiaje conceptual me ha sorprendido por su Hasta ayer traté de insistir en el hecho de que todas las reseñas,
falta de coincidencia con la pobreza del lenguaje plástico”. No salvo aquella, habían sido positivas. Mi mujer está obcecada
hagas caso, le digo, todas las demás reseñas han sido positivas, con la idea de avanzar y me temo que se equivoca. En parte, y
los que importan dicen que la exposición está a un nivel altísi- más allá de la mala leche, el autor de la reseña tiene razón en
mo. Los que importan son todos amigos míos, dice, la persona una cosa: mi mujer es incapaz de abandonar el círculo de con-
que escribió esto, en cambio, está hablando con franqueza. No fort que le proporciona su buen gusto. Le ha costado años de
tiene nada que perder. La persona que escribió eso te tiene en- esfuerzo construir esa fortaleza, piedra a piedra, es su mayor
vidia, le digo, se nota que es alguien muy resentido. Mi mujer motivo de orgullo y podría decirse que su obra entera es una
se irrita. No entiendes nada, dice. Le daría una bofetada por emanación natural de ese núcleo sensible.
lo que acaba de soltarme, la miro con rabia. Pero hay más. Y
nos lee en voz alta: “a veces tanta lucidez asombra por su ter-
ca inutilidad”. Y repite: “a veces tanta lucidez asombra por su
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vando en brazos a una pareja de monos araña. Por un segundo
9 sentí pánico, luego me pareció gracioso. Te presento al nuevo
personal de vigilancia, dijo el intelectual. Empecé a reírme a
Número 4 y yo vamos al supermercado. Tratamos de cumplir carcajadas porque pensé que bromeaban. Los gerentes me mi-
escrupulosamente con la lista que nos ha preparado mi mujer raban muy serios. La imagen parecía sacada de una pesadilla:
y vamos echando los productos en el carrito, no sin antes com- cada gemelo con su traje impecable, cada rostro arrogante re-
probar que se trata del objeto indicado. ¿Y si nos fuéramos a petido con mínimas variaciones, cada hombre con su mono
vivir los dos solos, lejos de mi mujer? Lo malo es que eso impli- negro de ojos lastimeros y acuosos. Con los perros y el sistema
caría vivir también con la niña y no sé si estoy preparado para electrónico no basta, prosiguió el intelectual. Hice un último
una cosa así. Tampoco recuerdo haber sentido algo parecido intento de desenmascarar a los bromistas, pero no hubo ma-
por nadie. Delante del refrigerador de los lácteos, ensayo una nera. La cosa iba en serio. La misma empresa que adiestró a los
declaración de amor, necesariamente torpe, a la que número perros ahora trabaja con monos araña, dijo el otro, el que suele
4 asiste tratando de lucir impávida. Vámonos juntos, le digo, hablar de más. Los monos son mucho más versátiles, sigilosos,
podemos vivir los tres, con la niña. Soy incapaz de leer nada letales, casi como unos ninjas pequeñitos. Y aunque ahora ya
en su rostro. O quizás ella tampoco sabe muy bien lo que debe sabía que no bromeaban volví a doblarme a carcajadas, cosa
sentir y su cara refleja esa confusión que, al final, se resuelve en que alteró un poco a los monos. Cálmate, me ordenó el inte-
una mueca desencantada. Usted no me conoce, dice. Y a conti- lectual, esa risa no es buena. Los pone nerviosos. Relájate un
nuación me veo a mí mismo insistiendo, rogando, sin saber en poco y dales la mano, para que entablen amistad contigo. De
qué posición situarme y entonces mis palabras asumen a la vez otro modo podrían tomarte por un enemigo. ¡Dios no lo quie-
todos los tonos posibles en una mescolanza que a mí mismo ra!, grité y volví a doblarme. Los monos empezaron a aullar
me asquea: arrogante, sumiso, suplicante, autoritario, clínico. mientras los gerentes trataban de aplicar las técnicas que les
Número 4 repite: usted no me conoce. Y continúa empujando habían enseñado en la empresa para calmar a los animales. Los
el carrito. atenazaban suavemente por el cuello y hacían: shhhh, shhhhh.
Después de almorzar salí a dar una vuelta por el bosque
pero tuve que regresar a los quince minutos porque empezó a
10 llover a cántaros y me quedé el resto de la tarde mirando por la
ventana sin hacer nada.
Hoy han venido los gerentes otra vez al laboratorio. Lo sor-
prendente de esta visita es que entraron a mi consultorio lle-
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seguro. Dentro de unos minutos levantará la cabeza, tendrá
11 mechones de pelo metidos en la boca, el maquillaje corrido en
los ojos y, sin dejar de sollozar, haciendo pucheros, me pedirá
Cómo pudiste llevarla a la inauguración, dice mi mujer apre- una píldora.
tando los dientes, envuelta en las sábanas desde hace dos días.
Habla como si número 4 no nos estuviera escuchando desde la
sala. De dónde pudiste sacar una cosa tan retorcida, de dónde, 12
meter a esa cosa a caminar entre mis piezas con mi vestido. Es-
tás enfermo, estás muy enfermo. Sabías el efecto que eso iba a Cuando mi mujer se queda dormida, salgo a la sala y núme-
provocar en mí, sabías que me ibas a destruir, lo tenías calcula- ro 4 me mira aterrada. No quería molestarlos, dice, lo siento
do. Los gritos retumban por todo el apartamento. Me da igual mucho, y agarra el teléfono para llamar un taxi. Le pregunto
que mi mujer se enoje, ya se la pasará, estoy seguro. Lo que me si no prefiere que la lleve en el carro. Número 4 aprieta los
duele es que, después de esta escenita, número 4 tendrá que labios y niega con la cabeza. Tiene los ojos llorosos. Segura-
irse. Cálmate, digo solo por decir algo, a sabiendas de que mi mente ha estado discutiendo toda la tarde con mi mujer. No
voz serena solo conseguirá enfurecerla aún más. Y en efecto, hace falta, dice, así es mejor y nos quedamos en silencio, aga-
se desata la fiera: eres un envidioso, dice, un inútil sin ningún rrados de la mano en el sofá. Cinco minutos más tarde nos
talento, una persona destructiva que solo es feliz viendo cómo avisan de la portería que el taxi está aquí. Número 4 agarra la
la luz de los demás se apaga. Me das asco. Me das asco… De pequeña mochila con la que había llegado al laboratorio hace
repente estoy dentro de una telenovela, la materia misma de lo unas semanas. Me da un beso de despedida, un beso largo, me
real parece corroída por el absurdo, la representación resque- abraza y yo la aprieto fuerte por la cintura. Me animo a insis-
brajada desde el corazón mismo de la acción dramática. Pero tir: no quiero que te vayas, digo, y mi propuesta sigue en pie,
así es la vida, pienso, ese resquebrajamiento no es un error sino podemos vivir los dos solos, con la niña, claro. Esas palabras le
la estructura misma de una economía catastrófica. La dejo gri- amargan el momento y ella da por concluido el abrazo, se da la
tar otro rato y cuando se cansa, le sugiero que se tome una vuelta y sale por la puerta, después de negarse a darme ningún
dosis. Ahora tiene la cabeza enterrada en la almohada, llora y dato, ni dirección, ni teléfono. Llámame, le grito mientras la
berrea como una mocosa. No quiero, alcanzo a entender que veo avanzar por el largo pasillo. ¿Llevas suficientes pastillas?,
dice, la voz sale en sordina, amortiguada por las plumas de la pregunto. Y ella asiente justo en el momento en que desapare-
almohada. No quiero tu mierda, no quiero nada de tu mier- ce con un gesto neutro por el hueco del ascensor. Luego la luz
da. Y sigue berreando. De todos modos se le va a pasar, estoy automática del pasillo se apaga, pero yo soy incapaz de cerrar
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la puerta y me quedo un rato largo en el umbral, requerido por A lo lejos ladran los perros. Me pregunto cómo se llevarán
la oscuridad, como si la oscuridad y el vacío vertiginoso de la los perros con los monos. ¿Habrán pensado en eso los estúpi-
arquitectura quisieran chuparme la vida del cuerpo. dos de los gerentes?
Cuando me adentro en el bosque de pinos, los monos
trepan a los árboles y otean el territorio en busca de posibles
13 amenazas. Están realmente bien entrenados. Me siento en el
suelo, recostado en un tronco. Los perros siguen ladrando y
A falta de obligaciones, me paso la semana entera en el labo- me gustaría ir a verlos, pero me da temor imaginar que un en-
ratorio revisando los informes sobre las cuatro voluntarias, cuentro entre los cuatro animales pudiera acabar en catástrofe.
vuelvo a ver los videos donde las mujeres aparecen bajo los También fantaseo con la posibilidad de caminar por el predio
efectos de la droga. Los videos no tienen audio, así que solo rodeado de perros y monos. Mi padre nunca me dejó tener
puedo ver a número 4 gesticular mientras pronuncia los dis- mascotas. Decía que afeminaban el carácter. Lo más cerca que
cursos. Sus movimientos por la habitación describen un mis- estuve de tener un animal de compañía fue cuando monté un
mo patrón elíptico en el sentido de las manecillas del reloj, hormiguero en una urna de cristal para una feria de la ciencia
aunque a veces se detiene para ponerse en cuclillas y mira al del colegio, una próspera microsociedad que, pese a su carác-
suelo como si se asomara a un estanque. Siento la necesidad ter marcadamente militar y fabril, no obtuvo la aprobación
de releer varias veces seguidas las transcripciones y solo me de mi padre. Bote esa maricada, me dijo, porque la feria de la
detengo cuando comprendo que la relectura obsesiva es una ciencia había terminado hacía semanas y yo seguía conservan-
señal de frustración. do la urna dentro de mi pieza. Ahora que lo pienso, quizás mi
Para despejarme doy un paseo por el jardín, seguido de padre reaccionaba así contra el hormiguero porque intuía que
cerca por los dos monos. Van a cuatro patas, los pasos sin- allí se estaba consolidando un espléndido matriarcado, bajo
cronizados, y miran todo con un simpático gesto de asombro el mando de una reina holgazana, dedicada exclusivamente a
permanente. Cualquiera diría que redescubren el mundo una procrear y a ser alimentada por sus criaturas.
y otra vez. Sus movimientos son tan rítmicos y gráciles, todo De repente empiezan a caer las primeras gotas de lo que se
en su gestualidad parece tan necesario que, por un instante, adivina como un gran aguacero, así que me levanto y regreso
me veo tentado a creer que en su diseño evolutivo no hubo al laboratorio, donde me esperan nuevamente las transcrip-
fallos, ni arrepentimientos. Verlos caminar transmite una ex- ciones, los videos de número 4 vistos por enésima vez en cá-
traña sensación de perfección. Son pequeños ninjas, es cierto. mara lenta, los detalles minúsculos de aquel kabuki de gestos
mudos. Al rato, cuando el resplandor de los primeros rayos se
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refleja en los muros de mi consultorio, me levanto para mirar militar. Qué se le ofrece, doctor, dice, la voz sumisa y dulce
por la ventana. Afuera, la tarde plomiza y espesa, y al pie del que parece llevarle la contraria a su pinta de mala persona.
edificio, junto a la fuente, la pareja de monos sigue montando Necesito averiguar dónde vive una persona. Le entrego fotos y
guardia, a pesar del aguacero. Me da un poco de pena verlos datos. El tipo no pregunta nada más, es un profesional, como
así, empapados e inmóviles como gárgolas. Los perros ladran los monos. Ahora es cuestión de esperar.
y ladran. Siguiendo no sé qué impulso, agarro el paraguas y
salgo al jardín. Los monos hacen ademán de seguirme, pero
yo los reprendo a los gritos para que se queden donde están. 15
Sorprendentemente, me hacen caso y recuperan su penosa
inmovilidad. Camino por el sendero de grava, hacia la reja Mi mujer sigue sin levantarse de la cama. Para empeorar las
de la entrada, temeroso de encontrarme con alguna sorpresa cosas está revolviendo mi droga con raciones de cocaína. Se
desagradable y triste, como que los perros estén enfermos o pasa casi todo el día atontada, viendo la tele. A veces se levan-
heridos. Arrastro ese mal pálpito bajo el paraguas, cabizbajo, ta, eufórica, agarra un cuaderno y se pone a dibujar. Alrede-
atento a saltar en los charcos y los tramos lodosos. dor de la cama se van acumulando las bolas de papel junto a
Ver que los animales están sanos y salvos dentro de la ca- algunos dibujos estupendos que parecen circuitos eléctricos
seta me llena de una alegría pueril, pero no pienso sentir ver- o esqueletos de máquinas reticulares. No cruzamos palabra.
güenza por ello. Me pone muy contento comprobar que no Empiezo a compadecerme de ella y a echar de menos su buen
les pasa nada a los perros, que están bien resguardados de la humor y su inteligencia. El amor viejo y gastado me hace se-
tempestad en su caseta y casi me hace llorar de alegría ver que ñas desde la distancia, como un náufrago.
menean la cola cuando me acuclillo para acariciarlos.
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Hoy los monos capturaron un búho que yo había visto revo-
Esta mañana llamé por teléfono a uno de los gerentes para lotear desde hacía días por el bosque de pinos. Y lo trajeron a
preguntarle si hay algún esbirro disponible. Ya te lo mando, mi consultorio. Una ofrenda, supongo. Como el personal de
dijo. Un par de horas más tarde llega a mi consultorio un tipo limpieza es escaso, tuve que esperar un rato largo hasta que
con pinta de esbirro, una caricatura mal lograda, con la piel vinieron a recogerlo. La imagen del pájaro moribundo, todavía
de la cara picada, los ojos verdeamarillentos y el corte de pelo aleteando al pie de mi mesa, la celebración de los micos que
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daban saltitos alrededor, en fin, una cadena de malos augurios.
Siempre fui un poco supersticioso, pero admitamos que últi- 17
mamente no dejan de suceder cosas, señales poco auspiciosas.
Y justo en la tarde me llama uno de los gerentes, el que habla Tuve que mandar el carro al taller para que le hagan mante-
de más, preguntando si todo iba bien por acá, si había algo nimiento, así que voy a moverme un par de días en taxi, una
fuera de lo normal. Le cuento lo del búho. ¿Nada más?, dice, experiencia totalmente diferente, quizás más rica, que la de
dando a entender que eso no le parece extraordinario. Nada conducir solo por la ciudad. No sé por qué tienen tan mala
más, respondo, ¿por qué lo preguntas? El gerente carraspea, fama los taxistas de aquí, si no son peores que los de cualquier
incómodo. No, no te preocupes, es que en una de las ollas pe- otro sitio. Están estigmatizados, los pobres. El taxista que me
sadas del sur hubo un alboroto ni el berraco. Ya sabes cómo lleva esta mañana al laboratorio es muy simpático, hace co-
son esos sitios, dice. Pero la verdad es que yo no sé muy bien mentarios chistosos sobre las noticias de la radio. De repente
cómo son las tales ollas. Cuentan que son calles y calles enteras hablan de la olla, de los disturbios y los asesinatos de las ca-
dedicadas al expendio de todos los vicios, como un gran mer- torce mujeres. El buen humor del taxista no pierde empuje a
cado, cuentan que hay cientos de pequeños puestos fabricados pesar de las truculencias que cuentan en el noticiero. Escucho
con láminas de zinc y tablas. He visto algunas imágenes en la atentamente pero ni siquiera mencionan la nueva droga, solo
televisión. dicen que se trata de un ajuste de cuentas entre bandas rivales.
El gerente me explica que una banda de mujeres adictas a El taxista, sin embargo, está al tanto de todo. Parece que las
la nueva droga organizó un motín para saquear la casa de uno hembras andan muy alebrestadas con unas pastillitas nuevas,
de los proveedores. Dizque se robaron como mil doscientas dice. Un vicio que las pone arrechas, ¿no ha oído de eso? No,
pastillas. Las mujeres entraron a la casa del tipo armadas con digo, entonces le pido que me cuente más y él se larga a darme
revólveres, cuchillos, machetes. Y ayer, dice, nuestro provee- detalles del incidente, cómo entraron a robarse las pastillas a
dor sacó a su gallada a hacer una batida por toda la zona, con la casa del proveedor, cómo lo humillaron delante de sus cua-
los resultados que ya te podrás imaginar. La policía tuvo que tro guardaespaldas. La vaina los agarró a todos de sorpresa,
intervenir porque a los imbéciles estos se les fue la mano. Hay dice, no les dio tiempo ni de revirar, los agarraron en calzon-
como catorce mujeres muertas, según me cuentan. cillos. El taxista mira por el retrovisor y continúa: y usted sabe
cómo son las hembras en este país cuando quieren algo, mire
sino esas mujeres que son guerrilleras o paracas, esas son las
más bravas pal combate, ¿oyó? Vea, le voy a decir una cosa:
las colombianas son todas unas malparidas. En este país man-
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dan las viejas, a los hombres nos tienen dominados, hacen y están vacías, al lado de torres muy altas que proyectan men-
deshacen con nosotros. Y ahora con esas pastillas no me las sajes coloridos en sus fachadas. Esas son las luces que se ven
quiero ni imaginar, todas entigrecidas. A mí sí me parece bien desde la ventana del laboratorio, cuando la polución y las nu-
que las mantengan a raya. bes lo permiten.
En el laboratorio las cosas siguen igual. La única novedad Al llegar veo que el portero de mi edificio anota las placas
es que los micos y los perros se llevan bien. En la tarde doy del taxi en un cuaderno. Me resulta extraño. ¿Y eso?, pregunto.
un paseo por el bosque con los cuatro bichos. Me siento como El portero explica que es un protocolo de seguridad, órdenes
una estampita de San Francisco de Asís, rodeado de bestias. de la empresa. Con los taxistas nunca se sabe, dice, mejor pre-
El esbirro me llama para decirme que no ha conseguido ave- venir.
riguar nada de número 4. Es como si se la hubiera tragado la Mi mujer sigue en la cama, leyendo con la tele encendida,
tierra, dice. pero está de mejor humor y no es para menos. Hoy el arquitec-
to calvo le compró las dos piezas más caras de la exposición.
Me cepillo los dientes, me pongo la pijama y me meto a la
18 cama, junto a mi mujer, que está muy concentrada en su no-
vela policial. Los ojos se me van cerrando solos delante de la
El taxista que me lleva de regreso por la noche es un hombre pantalla de la tele, estoy cansadísimo después de un día insulso
serio y muy ojeroso, no le gusta hablar. Es de los que pone la en el que no he hecho otra cosa que malgastar mis energías
radio a todo volumen y maneja rapidísimo por las avenidas anticipando el momento de ver a número 4.
vacías. Me recuesto cómodamente en el asiento trasero a dis-
frutar de la velocidad. Por la ventanilla entra la ciudad como
una ristra de cosas gastadas y mohosas, en haces de luz tibia 19
y signos quebrados a lo largo del extenso muro del antiguo
cementerio, una especie de frontera ideológica abandonada al En plena madrugada algo muy urgente me despierta. Tal vez
frío. Mi mujer estaría asqueada con la cantidad de grafitis que sigo durmiendo, tal vez esto es un sueño y, sin embargo, la
se ven por aquí. También hay una buena perspectiva de los ce- idea que me ha sacado de la cama me subyuga, me arrastra
rros que se insinúan como sombras más espesas por detrás de fuera del apartamento, me obliga a bajar por el ascensor. En
los edificios del viejo centro financiero, resignadas muestras de la recepción del edificio me encuentro al portero dormido en
aquel funcionalismo criollo de finales de los 50. Produce una una posición incomodísima, no sé cómo no se cae de la silla.
impresión siniestra ver que algunas de esas moles cuadradas El pobre se despierta de un brinco, pide disculpas. Déjeme ver
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el registro de los taxis, le digo. Y allí, sin demasiado esfuerzo, un portón de metal pintado de verde. Lo espero, jefe, dice el
localizo la fecha, la hora, las placas. taxista. Hay mucha gente subiendo y bajando la cuesta, niños
trabajadores, mujeres con canastos llenos de verdura, mucha-
chos sin oficio que con suerte lograrán convertirse en esbirros.
20 Llamo al timbre dos, tres veces, y nada. El taxista me reco-
mienda que espere dentro del carro, pero justo entonces se oye
Llevo varias horas esperando en el laboratorio, ansioso, aso- cómo empiezan a descorrer todos los pestillos, las llaves que
mándome a la ventana cada dos por tres. A media mañana se giran ahí detrás en sus cerraduras. Estoy tan nervioso que me
presenta el esbirro en compañía de un señor mayor, que dice palpitan las sienes. La puerta se abre y me encuentro delante
ser el propietario del taxi. Le pregunto si recuerda haber lleva- de la máscara rococó de número 2. La sorpresa es mutua, los
do a una mujer hace unos cuantos días, le enseño varias fotos, labios de salchicha en mi mejilla no hacen mucho por despejar
le recito la dirección de mi casa. El señor se acuerda perfecta- la sensación de incredulidad.
mente de número 4 y del lugar al que la llevó.
El esbirro se ofrece a acompañarme. Prefiero ir solo, digo.
Él insiste, asegura que el barrio al que vamos es muy peligroso, 22
pero yo lo miro a los ojos para que no siga. Más bien avíseme si
consigue averiguar algo más, le digo, moderando el tono hos- La mujer me invita a entrar por un pasillo muy largo, me aga-
til. El esbirro se encoge de hombros y se marcha. rra de la mano y a cada rato gira la cabeza para sonreírme,
contonea ostentosamente el culo, mira con una mueca de des-
dén a los inquilinos curiosos que salen de sus piezas para ver
21 al invitado de la hembra más rica de toda la casa, de todo
el barrio. Atravesamos un patio lleno de plantas. En lugar de
Una hora después el taxi sube por una cuesta muy empinada, macetas, las matas están sembradas en tarros de pintura o de
hacia uno de esos barrios que queda encaramado en la lade- combustible cortados a la mitad. A continuación viene otro
ra de los cerros orientales, un solo apretuje de casas viejas y pasillo largo donde salen más y más curiosos, niños, ancianos,
ruinas habitadas por eso que mi padre llamaba la guacherna mujeres, número 2 saluda amablemente a algunas, a otras ni
y que yo solía imaginarme como un espanto o una criatura fa- las voltea a mirar, giramos a la derecha, a la izquierda, nos
bulosa. Con los años la palabra guacherna solo me sugiere una movemos en círculos, quizás en espirales, estoy perdido, no
bola informe de desechos culturales. Nos detenemos frente a entiendo qué forma tiene esta casa, otro patio, otro pasillo,
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un baño, una pared llena de jaulas con pájaros, alguien está es eso?, pregunto señalando con el índice. Número 2 dice que
fritando algo, huele a manteca, se abre una puerta, una pieza son solo cosas que le gustan mucho, personajes de la farán-
sencilla, sin ventanas, con un gran armario y un gran espe- dula, partes de cuerpos, una pierna musculosa, un brazo es-
jo, fotos pegadas en las paredes y el techo, la cama deshecha. belto, una mano delicada con las uñas perfectas, un bolso de
Ambos sabemos lo que va a pasar y pasa. Ella cierra la puerta marca, un vestido, un sombrerito, un perfume. ¿De verdad no
detrás de mí, me baja la cremallera del pantalón. Siento cómo me trajo ni una pastillita?, dice. ¿Viene a ver a los pobres y no
me brincan los ojos mientras ella chupa y chupa con todo su nos trae ni un regalito? Me mira con una picardía que, como
rostro imposible, que se tensa y se destensa, que por momen- todo lo que ocurre en su rostro, parece exagerada. Igual usted
tos parece chorrearse y a continuación vuelve a cobrar con- no vino a verme a mí, ¿nocierto?, dice. Niego con la cabeza
sistencia porque ella me mira mientras chupa y lame y yo la y le pregunto si sabe algo de número 4. No sé, dice, ella cayó
miro para hacerle saber que, sin saberlo, yo quería esto desde aquí a pedirme cambuche. Se ve que nadie más quiso recibirla
el principio, desde que reparé por primera vez en la mons- porque, imagínese, yo apenas la conocía. De pura amabilidad
truosidad de su rostro, caigo en su rostro que no es el umbral yo les dejé teléfono y dirección a las otras mujeres voluntarias,
de ningún cuerpo, porque ahora solo hay cuerpo o solo hay más que nada para ver si se hacían clientas mías de la pelu-
cabeza, no hay entradas ni salidas de ningún cuerpo, las tetas quería. Cuando apareció aquí me dijo que se iba a quedar tres
como otras dos cabezas que solo saben mirar hacia adentro, noches, yo le dije no hay problema, mami, quédese lo que haga
por encima del ombligo que parece mascullar algo y ahora soy falta, pero a la mañana siguiente ya se había ido y ni siquiera se
yo, yo como una extensión del rostro, como un adorno, como despidió. Se fue temprano, cuando yo salí a trabajar al salón de
un firulete macizo, accesorio perplejo y poco grácil que le hu- belleza. Le pregunto si no le dejó una nota, alguna dirección,
biera salido por la boca a ese rostro expansivo y sin centro. un teléfono, algo. Número 2 se levanta de la cama, va a buscar
una bolsa que contiene un cepillo de dientes, ropa interior su-
cia y un periódico donde no hay nada apuntado. Nos queda-
23 mos en silencio y como ve que yo me estoy poniendo mustio
de tanto manosear los objetos de la bolsa, número 2 se me sube
No tengo, le digo. Número 2 quiere una dosis, lleva varios días encima. ¿Hacemos un repitis o qué?, dice.
sin poder consumir porque, según ella, han subido mucho el
precio después del alboroto en la olla del sur. Estamos recos-
tados en la cama, mirando hacia el techo, que está lleno de
recortes de revista pegados con chinchetas al cielorraso. ¿Qué
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Me despierto sin saber dónde estoy hasta que, poco a poco, Desde la ventana del consultorio, muy a lo lejos, diminutas, se
empiezo a reconocer en la penumbra los rasgos horrendos, los ven las columnas de humo que suben de los barrios de inva-
párpados cerrados con pestañas postizas que parecen alam- sión. Hay un helicóptero que sobrevuela las montañas secas del
bres de púa, las tetas introspectivas y enormes. El repitis ha suroccidente, donde parece que la situación es más grave. Di-
sido incluso mejor. Miro la hora en un radio-reloj viejo que cen los gerentes que se están organizando pandillas de mujeres
está encima del nochero, las seis de la tarde. Me levanto muy por todas partes para saquear a cuanto proveedor encuentran,
despacio, no quiero despertar a la mujer, trato de vestirme sin incluso hay grupos que ya han conseguido armar sus propias
hacer ruido, pero ella abre los ojos, sonríe. ¿Ya se va?, pregunta. caletas con una buena cantidad de mercancía robada y armas.
Sí, digo, es tarde. La mujer se levanta, se pone una bata de seda Entre la policía y las galladas están intentando controlar las zo-
astrosa que alguna vez tuvo un color intenso. Lo acompaño a la nas de venta, pero la cosa se está poniendo muy fea. Uno de los
puerta, dice, y salimos de la pieza a desandar todo el laberinto gerentes, el intelectual, sugiere que retiremos del mercado las
de espirales, que en reversa muestra nuevos detalles: una pared pastillas por unas semanas, hasta que se calmen las aguas. El
con imágenes de santos, un gallinero vacío con el suelo pego- otro no quiere ser tan drástico, prefiere que retiremos el pro-
teado de plumas, una pecera vacía acumulando polvo junto a ducto de los barrios marginales y subamos mucho los precios,
los restos de varias bicicletas, un lavadero de cemento donde para que solo las mujeres ricas puedan comprar la droga. El
una mujer restriega sus sábanas. Al llegar a la entrada, núme- intelectual trata de no parecer irritado mientras le explica a su
ro 2 me dice que venga a visitarla cuando yo quiera, que aquí hermano que, si hacemos eso, pronto las pandillas van a llegar
soy bienvenido siempre, pero que la próxima vez le traiga unos a invadir los barrios de los ricos. Y allí sí que se nos puede ir al
caracolitos. ¿Caracolitos? Sí, caracolitos, repite. Así les dicen a diablo todo el negocio, dice, y bebe un sorbo de agua mientras
las pastillas, aunque a la parte seria no sé ni por qué les habrán acaricia a uno de los monos. Ellos me preguntan mi opinión, si
puesto ese nombre. También les dicen perrunitas, berrinchi- tengo alguna sugerencia, pero yo estoy muy distraído mirando
tos, chamusquinas, cucarachas, crispeta golden, triangulitos, por la ventana, al jardín lleno de esbirros armados, como en
raspacuca, chiripiorcas, mariconas…Luego me da indicacio- las películas de narcos. Porque eso es, al fin y al cabo, lo que
nes para salir de barrio sin que me roben. Si alguien se arrima somos: narcos, como los de las películas. Somos guacherna,
a molestarlo dígale que es amigo mío, dice. todos somos guacherna.
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Economía II
(Lo que dijo número 4 cuando nadie escuchaba)
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Llego a la casa, admiro la casa, una casa muy bonita, era de mi
padre pero el marido de mi madre se la apropió. El marido de
mi madre era testaferro de mi padre, era el que figuraba en las
escrituras de muchas propiedades de mi padre, pero a mi pa-
dre se lo quitaron de encima como pudieron, a mi padre no le
temblaba la mano pero mi padre tampoco era un carnicero
como los que llegaron a tumbarlo, no era un carnicero como
yo, que voy a hacer lo que ya hice y ya no se puede deshacer.
Hay cosas que uno ya hizo antes de hacerlas, llegué a la casa,
admiré la casa, de todas las casas esta era la que más le gustaba
a mi mamá, tengo todo planeado, todo medido, hoy es el día,
voy a hacerlo, ya lo hice. Hay cosas que ya estaban hechas, las
obras de arte no se ejecutan, se cumplen, como una profecía,
no se anticipan a los hechos, son acciones en un sentido puro,
no hay otra finalidad que la acción misma, y una vez cumplida
la obra, una vez cumplida la acción, aparece el tiempo de la
cosa. La cosa es lo que muere, la cosa es lo que se gasta, lo que
se erosiona y de ahí la inútil sensación de belleza, el efecto or-
namental, lo que dura, es el fósil vivo de la acción. Porque no
hay cosa sin acción. En cambio la acción no necesita de la cosa,
puede prescindir de ella. Llegué a la casa, admiré la casa, ya
estaba todo hecho, la casa, el receptáculo de la acción: la casa
será la cosa, dije, la casa será el fósil viviente, el fósil durmiente
de la acción intrépida. Llegué sola, dónde estará la niña, la niña
no está aquí, ya no está, estoy sola, hoy tampoco traigo la plata,
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no podré pagarles todo lo que les debo, el hospital de la niña, perficies lisas, líneas rectas, largas elipses interrumpidas por
un ojo de la cara, el tratamiento de la niña, un ojo de la cara, otras rectas que impiden sucesivamente la aparición de la cavi-
igual no vengo con las manos vacías, traigo la herramienta, el dad infinita, del pliegue, la cosa negando a la cosa en un suge-
material de la obra, mi acción será simple, elegante como una rencia constante de la vagina que nunca aparece, hasta que uno
línea recta, recta, un ojo de la cara será lo que reste, la fuente llega a la casa, sube las escaleras y ve a mamá encima de la
dormida de las formas en medio del caos, el ojo donde abrevan cama, desnuda sobre el edredón de flores, el dinamismo de sus
los animales nocturnos del jardín en ruinas, a ella le gusta re- formas insinuando una continuidad con lo arquitectónico,
cibirnos así para que la admiremos, le gusta que veamos lo hasta que aparece su suavísima cuca pelada, perfectamente
hermosa que es, que sigue siendo, una hermosura que dura y lampiña, monstruosa en su prolijidad infantil, tan siniestra-
dura como una cosa muerta en vida, a ella le gusta ser la cosa mente similar a la cuquita de la niña, allí aparece la vagina
en la casa, la casa en la cosa: hubo un tiempo en que las casas como una pequeña pieza de alfarería india, el arabesco inespe-
se construyeron de acuerdo a los modelos de moda, el neoplas- rado que cancela todos los espacios en una cosa que solo admi-
ticismo, el funcionalismo, rinoplastismo, racional-tropicalis- te la necesidad de crearlos todos, todos los espacios se desplie-
mo, mi madre, belleza tropical, arrancadora de suspiros, fabri- gan desde la cuca, la casa surge así de la cosa depilada,
cante de asfixias y espasmos como un pasillo largo, infinito, sin descubierta la mueca perenne, lo malo es que después de tan-
ventanas sin puertas, ella debe de tener la misma edad que esta tas cirugías, vaya a saber por qué, mi madre ha desarrollado
casa, ambas serían bellezas vintage si el testaferro no las hubie- una alergia muy rara en la piel y dos veces al día hay que untar-
ra empujado al abuso ornamental, a la refacción innecesaria, le unas cremas. Todo se cumple, hasta sus palabras: Écheme
antifuncional, al retículo muerto que se adhiere a la cornisa, al cremita, mija, no sea mala. Yo embadurno el cuerpo de mi ma-
muro, al culo, al pecho, el arco ampuloso de la cejas pintadas dre con las cremas. Ella cierra los ojos, exige adoración, fideli-
como trampantojos, mi madre desnuda sobre el edredón de dad. Mi mano repasa el cuerpo ante la atenta mueca que pron-
flores, tan linda mi abuela, decía la niña, oigo su voz que dice: to quedará junto al ojo y la casa como otro emblema, algo
tan linda mi abuela, parece una muñeca, y es cierto, mi mamá reconocible en medio de una masa irreconocible. Su rostro
parece una muñeca de carne y hueso recién salida de la caja, ejecuta lo que serán sus últimos movimientos, de aquí a unos
no le cuelgan pellejos, se los recorta un cirujano muy bueno, segundos esos movimientos ya no van a ser posibles, serán eli-
tampoco tiene vello púbico y su vagina pelada y tersa, una vez minados con el resto de la máscara. Mi madre y yo estamos
eliminado el velo que la cubría, es la afirmación definitiva del solas en la casa, el testaferro con el pelo pintado de color rojo
ornamento, la negación definitiva de la austeridad arquitectó- ardilla, mi primer amor, salió temprano, estamos solas, por
nica de la casa, cuya fabricación contempla exclusivamente su- primera vez en mucho tiempo estamos solas, ya no está la
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niña, que nos unía y nos separaba, la niña rompía la simetría rior, mi cuerpo desnudo amortigua los gritos, se los traga
perversa del doble, hasta que ya no hubo niña y por eso mi como si estuviera hecho todo de terciopelo, el ruido entra a mi
madre y yo estamos solas en la casa, como dos cosas redun- cuerpo y lo mata, mi cuerpo se muere, mi madre se levanta de
dantes que se niegan mutuamente y florecen en ese odio, como la cama, corre hacia la puerta pero la puerta está cerrada con
dos viejos partidos políticos que se aman en secreto, en las al- llave, yo tengo la llave en la mano y el dolor de ella es mi dolor,
cantarillas ministeriales, solas mi madre y yo, que pronto va- ella entiende que mi dolor es suyo, el dolor es la llave que pasa
mos a ser una, ya no estaremos separadas artificialmente. Una a través de nuestras cerraduras, la boca abierta como una ce-
vez cumplida la cosa, yo encarné su belleza pretérita y muestro rradura. Me pongo el albornoz de flores de mi madre, ahora
su proceso de envejecimiento futuro, como en un cuento de que mi madre está en el suelo, casi inmóvil, resignada, deja de
hadas, seré mi madre en mí, a través de mí, ella y yo, ya no luchar, me pongo el albornoz, meto la llave en la cerradura y
habrá yo separada de ella, yo morirá con el rostro de mi madre abro la puerta, bajo por las escaleras hacia la sala de abajo,
y por eso debo decir quién era yo antes de abrir el frasco, pron- donde están las vitrinas llenas de porcelanas, bajo por las esca-
to, ahora que mi madre tiene los ojos cerrados de placer, abrir leras, un escalón, el otro, el otro, ya pasó, me digo, ya pasó, ya
el frasco, el líquido inocente, después de untarle las cremas, yo está hecho, me toco la nariz para ver si sigue allí, tranquila,
era quién, otra niña que no podía dormir y andaba por la casa digo, es la vieja nariz de mamá, la nariz que tú podías tocar
de noche, atenta a los ruidos que salían de las piezas de los cuando eras niña sin sentir miedo de que se cayera y asomara
demás, abrir el frasco y derramar el líquido inocente sobre el la calavera de tu madre por el agujero, eres tú, ahora es tu na-
rostro, borrar un rostro, como en un cuento de hadas, como en riz, llévatela, la seda del albornoz me arde en la piel fría. Yo
una telenovela, borrar el rostro de la bruja, de la vieja malvada, bajaba por las escaleras cuando vi al hombre de mis sueños, el
asegurarse de quemar muy bien un solo ojo, dejar intacto el hombre que en esa época no se pintaba el pelo de color rojo
otro ojo, la fuente de las formas, el abrevadero de las criaturas, ardilla sino que se ponía gomina para dominarlo, todos los
el ojo como una valiosa pieza de porcelana oscura, ahora yo hombres que rodeaban a mi padre eran personas feas y desa-
también estoy desnuda, entretanto, entretanto en la cama se gradables, yo tenía catorce años y todos decían que era más
produce la transformación, debo estar desnuda para que la hermosa que mi madre y mi madre insistía en que yo debía
transformación sea completa, mi madre abre la boca en un úl- corregir pequeños defectos, me convenció de que necesitaba
timo intento de aferrarse a su rostro que se desvanece entre algunos retoques, yo tenía catorce años y quería ser más her-
gritos que nadie oye, nadie oye nada, la casa, la arquitectura de mosa que mi madre y mi madre fingía marcar el camino de la
la casa, los materiales, las formas de los muros y los cielorra- belleza, cuando su propósito era encarnar lo bello, el peligro de
sos, apagan el eco, nos aíslan acústicamente del mundo exte- lo bello para toda la vida, como la bruja mala de un cuento de
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hadas, ella decía: eso no combina con aquello, deberías levan- des de garaje, una estantería con libros forrados en cuero verde
tarte un poquito aquí, limarte este bultico, mejorar la postura, oscuro y una foto de mi mamá debajo de las torres gemelas, la
tu cuello es muy largo y te conviene no sacar a relucir tanto esa oficina del testaferro que ahora es un viejo asqueroso que se
cabecita porque vas a parecer una jirafa, la jirafa bajaba las es- pinta el pelo de color rojo ardilla y siente asco de tocar a mi
caleras, midiendo los pasos para no parecer una jirafa, para di- madre, un viejo maricón y vanidoso que solo puede acostarse
simular la desproporción que mi madre no dejaba de marcar, con niñitas, todos lo saben pero mi madre se hace la desenten-
esos brazos tan larguiruchos, ese cuello, todos los hombres de dida, después de haber hecho conmigo lo que hizo. No sé cuán-
mi padre eran animales feos como yo, caras de sapo, caras de to tiempo ha pasado desde la última vez que fui a la casa de mi
cuy, caras de cerdo, éramos muy parecidos ellos y yo, éramos madre, quizás hayan sido meses, no sé, tampoco recuerdo en
animales desproporcionados, ellos no se atrevían a tocarme por qué momento dejé de tener a la niña, un día ya no estaba y mi
muchas ganas que tuvieran y el hombre del pelo engominado se madre y yo volvimos a quedarnos solas, como cuando yo tenía
destacaba entre ellos como el único hombre sin rasgos anima- catorce años y nos encerrábamos en mi cuarto y ella me pedía
les, era un hombre que parecía sacado de una telenovela, her- que le contara los detalles de mi relación con el testaferro y lue-
moso. Mi madre propició el encuentro, me dijo que debía pre- go me daba consejos de cómo debía atenderlo, de lo que podía
pararme para ser una mujer de verdad, ella misma le mintió a dejarme hacer y de qué manera, y a mí no me pareció raro que
mi padre para que el hombre engominado pudiera llevarme a ella supiera con semejante precisión lo que le gustaba hacer al
su casa. Yo amé al hombre engominado, el hombre engomina- testaferro, mi mamá sabía esas cosas, era mi maestra de belleza,
do hizo bien el papel que mi madre le había encargado, era el su frase era: hay que saber darse un lugar. Y a esa frase básica le
testaferro, el actor de telenovela, no era bueno para nada pero colgaba toda clase de adornos: hay que saber darse un lugar,
podía suplantar a quien fuera, hacía lo que fuera necesario para saber estar, saber posar, saber reír, cuándo llorar, cuándo exigir,
no ser nadie, ponía todas sus habilidades para vivir simulando, cuándo implorar, hacerlo todo en el momento oportuno, una
era un cobarde, yo tenía catorce años y me gustaba que ese mujer de verdad es la que finge sumisión cuando manda, la que
hombre mayor se hubiera fijado en mí y la complicidad de mi finge mandar cuando es sumisa, así el hombre nunca sabe dón-
madre hacía más emocionante la aventura, bajé la escalera y lo de colocarse, encima o debajo, tú podrás estársela chupando
vi y sentí que el estómago se me daba la vuelta y se retorcía pero lo cierto es que tienes su miembro al alcance de los dientes
como una culebra. Ese hombre fue mi amor, debí recordármelo y hay que dejar que los dientes toquen un poco el miembro
a mí misma mientras paseaba por su despacho vacío, al fondo para hacérselo saber, eso los vuelve locos, sumisos, tú mandas,
de la casa, en la primera planta, las paredes con diplomas de tú eres la que sabe, así me enseñó mi madre, que siempre me
contabilidad, estadística y economía expedidos por universida- insistía en que uno debía estudiar mucho, sacar buenas notas.
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Yo no quiero que seas como yo, decía, que no pude estudiar y salen en los libros son los hombres, todo el mundo sabe quién
me tocó ser así. Tú tienes que estudiar, ser la mejor alumna, ir es Bolívar y todos creen que Manuelita era solo su puta, pero
a la universidad, tener un título y entonces vas a ser mejor que ella era mejor que él y nadie lo sabe, eso no se puede permitir
yo, vas a ser la más bella y la más astuta, sabrás cómo tratar a más. Tienes que estudiar, superarte, salir adelante. Una mujer
los hombres, sabrás cómo vencerlos en su propio terreno, que sin estudios ya no sirve para nada en estos tiempos, tienes que
es el terreno profesional, las oficinas, los pasillos, los salones, sobresalir, conoce pronto a los hombres, así no te van a sor-
los hombres tiemblan cuando aparece una mujer que sabe, que prender, el desencanto es el corazón del poder y el corazón del
piensa. Mi madre me inculcó el estudio. Ella leía mucho, leía desencanto es el amor, que es un sentimiento imposible, que
de todo, sin ningún criterio, cualquier cosa y me enseñó a ha- nunca se concreta en nada. Llega al corazón del corazón del
cer lo mismo desde que era muy chiquita, tienes que leer, de- corazón antes que nadie y vas a entender la mecánica del mun-
cía, hoy no te acuestas sin leer algo, lee, hay muchos libros en do en que vivimos. Solo las incautas se enamoran, todo tiene
la casa, tienes mucho de dónde escoger, la educación es lo pri- precio, es cierto, pero hay siempre alguien que pone los precios
mero, hay que saber darse un lugar. Y en parte ella hacía sus y ese es el que se educa, la educación es lo más importante, no
escenitas para enseñarme cosas, una vez había un grupo de lo olvides. Y yo era una niña pequeña, tenía seis años, leía en
personajes con peluca y librea y vestidos de encajes, figuras mi cama hasta muy tarde y de noche me paseaba a oscuras
diminutas de cortesanos. Los personajes formaban un círculo entre las vitrinas con una linterna en la mano, para alumbrar
encima de un cangrejo rojo de tamaño natural. La escena se las figuritas y pensar en lo que mi madre me había enseñado.
llamaba Voltaire y sus amigos, dijo mi mamá. ¿Y quién es Vol- La cultura universal en las vitrinas. El mundo era mío. Gracias,
taire?, pregunté. Y mi mamá me explicó que Voltaire era un mami, gracias por enseñarme tanto. Te quiero, mamá. Me hi-
filósofo francés y luego me explicó quiénes eran sus amigos y ciste la mujer que soy. Ahora debo bajar las escaleras para con-
me explicó lo que quería decir Francia porque yo no lo sabía, sumar totalmente la transformación. Somos una única cosa
era muy pequeña y no había viajado todavía a ningún sitio que sin nombre. Tú serás la cosa en la casa, el resto, yo saldré de la
no fuera alguna de las propiedades rurales de mi papá o a una casa y no volveré nunca. Hace mucho prometí que no volvería
ciudad de la costa adonde me llevaron una vez de vacaciones. pero volví. En esa época todavía no entendía cómo separarme
Tú tienes que saber más, decía mi madre, y en la vitrina iba de ti, por eso acabé regresando con la niña, después de pasar
acomodando las figuritas para enseñarme cosas: este de aquí tantos años dando tumbos, de un lado para el otro, volvimos la
es Bolívar, decía, señalando un soldadito de plomo; y esta de niña y yo y tú fuiste generosa, me abriste tu casa, me prestaste
aquí es Manuela Sáenz, una patriota, una intelectual, una revo- dinero, me alquilaste un apartamento para que la niña y yo
lucionaria. Tú tienes que ser mejor que los hombres, los que pudiéramos vivir bien. Volví porque no tenía a quién recurrir,
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la niña estaba enferma. Yo tenía miedo de que la niña se con- rro solo puede simular que piensa, pero no puede pensar por
virtiera también en tu alumna. De que aprovecharas cualquier sí solo, era mi madre la que pensaba por él. Ahora el único re-
ocasión para enseñarle, para entregarla al señor del pelo de fugio disponible, donde nadie vendrá a buscarme, queda en la
ardilla. La niña rompía la simetría entre nosotras, la disimula- octava planta de un edificio viejo, monumental, céntrico, a la
ba. Cuando la niña ya no estaba supe cómo íbamos a separar- vista de todos, ignorado por todos. Ya estuve escondida aquí
nos, cómo íbamos a estar juntas, más juntas que nunca. Y las dos veces. En esta zona se erigieron los cubos gigantescos hace
cosas se fueron armando por sí solas, lo que en un principio décadas para simular un gran centro financiero para la ciudad
surgió casi como una ocurrencia, como un chispazo irrespon- moderna. Este era un edificio de oficinas y apartamentos don-
sable de la imaginación, fue cobrando forma, la acción fue ne- de se hospedaban temporalmente los banqueros, corredores
gociando, negociando para encontrarse con su consumación, de bolsa, especuladores, mafiosos. Pero de eso ya ha pasado
la acción quería destruirse a sí misma en el momento mismo mucho tiempo, ahora el edificio está en desuso, aunque sus
de su cumplimiento, volviéndose algo normal en mi vida, dán- dueños deben de estar ganando dinero sin mover un dedo,
dole sentido al tiempo de la preparación y la espera. Fui metó- solo dejando que el edificio esté aquí, cayéndose a pedazos,
dica, erudita en la recolección de citas que allanaran el camino ahora que el edificio está vacío, o mejor, ahora que nadie lo
de la acción, no desesperé, fui al corazón del corazón del cora- utiliza ni vive aquí, porque decir que está vacío es lo mismo
zón y encontré un bucle de odio, mamá, un odio que no era que mentir, el edificio está lleno de cosas: algunas oficinas tie-
tuyo ni mío, era el odio hacia el principio cósmico de lo feme- nen archivadores llenos de papeles, pagarés, pólizas, cartas,
nino, una misoginia que rebasaba los estrechos límites de la notificaciones, contratos, hay máquinas de escribir amontona-
psicología social y adquiría proporciones geológicas, la tierra das, muebles de diseño podridos, calendarios del 74, 72, 65,
odia lo femenino, entendí, convencida de haber topado con hojas con el membrete de una compañía aseguradora, de un
una veta de sentidos preciosos que no debía ser explotada por grupo de inversores, de una agencia de publicidad, estampitas
nadie, así somos las mujeres. Tú gritabas y esos gritos que no de santos, fotos de políticos de otra era, periódicos y periódi-
podían salir de la casa salieron, sin embargo, de la casa, dentro cos y periódicos viejos que parecen escritos en otro idioma.
de mí, conmigo, tú en mí, mamá, juntas de aquí en adelante, Eso me mantiene ocupada. Hay que organizarlo todo, dispo-
las dos solas en mí, tu grito primitivo, telúrico, surgiendo de la ner los objetos en cada cubículo, en cada oficina, en cada pasi-
cosa, abandonando la casa, en mí, en ti. No sé cuándo salí de la llo. Se trata de montar escenas con lo que hay aquí, siguiendo
casa, tampoco sé si seguirán buscándome los hombres del tes- un patrón puramente gratuito de formas, tamaños, sin otra
taferro. He estado escondiéndome a la vista de todos, en un motivación que la de completar la acción más allá de su cum-
lado y en otro, donde no se les ocurriría buscarme. El testafe- plimiento, como una coda. La idea me la dio otra mujer, una
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mujer muy inteligente, admirable en muchos sentidos, que sin meros que dicen poco o nada. Nadie puede hablar de una ciu-
embargo está prisionera de su educación. Y ni hablar de su dad sin nombres, es imposible, todo está calculado para que el
marido, un pobre diablo, un monstruo, sí, pero un pobre dia- relato no surja de los números mudos y en las intersecciones
blo que mira el mundo desde detrás de las rejas de su educa- cabalísticas que genera cada esquina solo aparece un brazo de
ción. Lo más difícil es liberarse de la educación, yo tuve que debajo de los escombros para pedir una moneda por el amor de
hacer todo esto para desembarazarme. Y todavía no estoy se- dios, me dejo arrastrar por los números que parecen haberse
gura de haberlo conseguido, quizás esto formaba parte de mi emancipado de cualquier aritmética, números abandonados,
educación, quizás esta sensación de acto consumado es en rea- igual que nosotros, me dejo arrastrar y a mi lado van pasando
lidad el momento cúspide de mi educación. De todos modos, los cuerpos ajenos, los aromas, la ropa de los oficinistas y las
no he terminado, tengo que dibujar la coda, los puntos suspen- secretarias que parece deambular por sí sola como en una pro-
sivos. El edificio como escolio hecho de cosas encontradas cesión de la elegancia fracasada, la elegancia imposible, inal-
aquí mismo: un escritorio, una silla, un cristal roto, una vela, canzable, al lado de la elegancia auténtica de algunos habitantes
casquillos de bala (alguien ha estado practicando aquí la pun- de la calle, que se fabrican su propio atuendo con los restos que
tería), viejo material publicitario de los bancos y las corpora- tiran los demás, me dejo arrastrar y veo delante de mí, como en
ciones. Así se me pasa el día. Demasiado trabajo para una sola otra vitrina, seductoras, las grietas alternativas que la ciudad
persona. Demasiadas plantas, demasiadas oficinas, demasia- me ofrece, la mendicidad, la locura, los vicios, la prostitución
dos objetos que tengo que arrastrar yo sola. Calculo que termi- como otras tantas opciones de consumo, cosas que en esencia
naré la obra en un par de semanas. Todavía me queda plata, me no se pueden separar de la vida de las personas ricas, con sus
pagaron bien por hacer de conejillo de indias. También me propias cosas de ricos metidas en sus propias vitrinas, estas co-
quedan pastillas para varios días. Muy de vez en cuando salgo sas feas que se ven por aquí son solo simulaciones, dobles, y a la
al supermercado a buscar comida, a comprar agua en garrafas. vez son una única cosa con las cosas de los ricos, como mi ma-
Otras veces salgo solo para dar una vuelta, me pongo a caminar dre y yo ahora que no podemos separarnos más. Entonces re-
por donde haya más gente, reconfortada en medio del tumulto, cuerdo que mi obra está inconclusa, que aún falta la coda, que
me siento menos sola al ver que hay otros como yo, deambu- los muebles y los objetos del edificio deben de echarme de me-
lando por ahí como si no sobráramos todos, como si todos fué- nos, ahora que alguien se ocupa de ellos, que lo mejor sería no
ramos misteriosamente necesarios, abandonados, deshabita- alejarme del edificio, ni permanecer mucho tiempo afuera, no
dos, rostros en ruinas. La gente va por la calle pronunciando vaya a ser que me agarren antes de terminar, ya habrá ocasión
números, cifras, las calles no tienen nombres y por eso a nadie de decidir lo que vamos a hacer, madre, no te preocupes, hare-
le importa la suerte de ninguna calle, solo hay números y nú- mos lo mejor para las dos, ahora tenemos que volver, desandar
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el camino, despasear lo paseado, en reversa, repasar nuestras
decisiones estéticas, nuestro criterio largamente madurado,
contamos mentalmente el dinero que nos queda, regresamos
por en medio del tumulto, entramos al edificio por el hueco que
solo tú y yo sabemos, allí donde a ningún vigilante se le ocurri- Simetría chueca
ría mirar, y aunque sea muy tarde, no importa la hora que sea,
no importa que estemos totalmente a oscuras, nos ponemos a
trabajar, a acomodar las cosas, a trabajar y a trabajar.
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Durante varias noches he tenido una pesadilla recurrente en
la que me hallo caminando solo por el jardín, una pesadilla
que va variando mínimamente en cada repetición, aunque el
escenario es siempre el mismo, el jardín al pie de la fachada co-
lonial del laboratorio, la fuente espectral, los senderos rectos,
rectos, que conducen a los prados rectos con lechos de flores
que a la luz de la luna revelan nuevos, oscuros colores, las ban-
cas donde nadie se sienta, los árboles frondosos de hojas grue-
sas, oscuras y brillantes. Cada hoja del tamaño y la forma de
una máscara, como replicando la impávida reunión de cuatro
búhos idénticos que se alineaban sobre las ramas. Los búhos
parecen susurrarse cosas los unos a los otros y vigilan, vigilan
el paseo, como los búhos de los cuentos antiguos, que advier-
ten o amenazan o simplemente portan un mensaje funesto.
Pero, mirando bien, me doy cuenta de que los búhos simple-
mente están comiéndose los frutos del árbol, unos frutos ma-
rrones por fuera y naranja chillón por dentro, muy carnosos,
parecidos al mamey o al zapote. Uno de los frutos a medio
comer cae a mis pies, yo lo recojo para examinarlo y descubro
que contiene retazos, pedacitos de uñas, pelo, dientes incrus-
tados en la carne anaranjada. Con mis dedos voy arrancando
esas cosas y así entiendo que no son algo externo al fruto sino
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parte del mismo. Otro día soñé que el hambre me empujaba a tán bien? Sí, están bien, contesta el otro, atolondrado. ¿Los dos
devorar los frutos, que sabían a lo que huelen las cosas que se perros y los dos micos?, insisto. Sí, sí, doctor, están bien entre-
pudren en la nevera. Otro día soñé que los frutos caían al suelo nados, saben lo que hay que hacer en cada momento, usted no
y allí empezaban a arrastrarse como ratas peludas y entonces se preocupe que antes nos morimos nosotros, a ellos no les va
los búhos se daban un festín, clavándose todos en picado sobre a pasar nada. Cuelgo.
las presas, que producían un chillido muy agudo cuando eran No sé por qué me da tanto miedo que les pueda pasar algo
capturadas por los depredadores. Lo único que se transmite a los animales, sobre todo a los perros. Me levanto a orinar, me
sin variantes entre una versión y otra es el final de la pesadilla, bebo dos vasos de agua seguidos. Tengo la garganta seca, debo
la imagen aterradora que provoca siempre la ruptura del sue- de haber estado roncando toda la noche. La casa tiene venta-
ño: número 4 surge de detrás de un árbol, con un fruto en la nales grandes por los que se alcanza a ver el campo oscuro,
mano, camina hacia mí, sonriendo. los árboles mecidos por el viento. Me acerco al cristal porque
Hoy, además del horror de la pesadilla, me despierto con algo me ha llamado la atención. Lejos, en un potrero, una es-
una preocupación: ¿qué habrá sido de los animales?, pienso, pecie de luz vaporosa muy tenue que parece emanar del suelo.
angustiado por la suerte de los perros y los micos-araña. Es No es la primera vez que presencio ese fenómeno. Cuando era
muy tarde para llamar a los gemelos, pero en el laboratorio niño mis padres me llevaban a una finca en medio de unas
habrá gente vigilando. Llamo a la centralita, me contesta una montañas muy altas, hacía frío, no era raro que todo estuviera
voz de hombre que no reconozco. Me identifico, le digo que medio cubierto de niebla durante buena parte del día, lo cual
me pase con el personal de seguridad. Mientras suena la musi- hace que en mi memoria yo no consiga reconstruir la forma
quita de espera intento volver a recomponer una imagen cabal que tenía la casa. Era una casa grande, de todos modos. Las
de mi situación: estoy acostado en una gran cama de madera, nubes bajaban y la cubrían hasta la mitad, se le comían parte
junto a mi mujer, en una casa de campo que generosamente del techo. También había una piscina de aguas termales que
nos ha prestado su colega, rodeados solo por los ruidos de la bajaban de un volcán cercano. Los niños nos bañábamos en la
montaña, lejos de la ciudad, lejos del laboratorio. Mi mujer, piscina y salíamos oliendo a huevo podrido por el azufre y los
entredormida, me pregunta qué hago. No le contesto, simple- minerales. Por las noches aparecía ese mismo resplandor en el
mente levanto una mano. Ella se da la vuelta y sigue durmien- suelo. Los niños nos sentábamos en la chambrana de la casa y
do. La musiquita cesa: Aló, doctor, buenas noches. Es el jefe de asistíamos al baile vaporoso de las luces con una profunda sen-
seguridad. ¿Alguna novedad por allí?, dice. Nada, nada, señor, sación de respeto y temor. Una vez le oí decir a un mayordomo
todo en calma, aquí seguimos, atentos. ¿Y los animales? ¿Es- de la finca que esas luces eran una señal de que allí debajo de
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la tierra había una guaca, una tumba antigua, seguramente re- mentales afectadas por el baile de electrones de la atmósfera.
pleta de oro y ollitas de barro. Dijo que los guaqueros sabían Algún día descubriremos cómo funciona en nuestro cuerpo
leer bien las luces, porque así como había algunas luces que ese fenómeno, qué es exactamente lo que desencadena y qué
indicaban el oro, había otras que no. Los malos guaqueros se consecuencias trae para nuestra conducta. Por el momento
ponían a cavar y solo encontraban huesos de vaca. Porque a solo queda hacer especulaciones sin poder librarse de la su-
veces son los huesos lo que alumbra, recuerdo que dijo. Y a mí perstición, atento a los cambios de intensidad en el brillo del
eso se me quedó grabado, que los huesos pueden alumbrar en vapor azulado que se levanta del potrero. Me duelen los hue-
la oscuridad. Unos años después, hojeando una enciclopedia, sos, mis huesos. Desde el día en que llegamos, hace más de una
leí sobre los fenómenos lumínicos asociados a la ionización en semana, nuestra principal actividad consiste en caminar cada
medio de un campo eléctrico muy cargado, lo que los antiguos vez más lejos. La primera jornada, siguiendo las indicaciones
conocían como el Fuego de San Telmo. San Telmo era el santo del colega de mi mujer, el dueño de la casa, caminamos hasta
patrono de los marineros, que se encomendaban a él cuando un acantilado muy escarpado. Las rocas están cubiertas casi
los mástiles de las embarcaciones o los pararrayos se ionizaban íntegramente por petroglifos de alguna cultura desaparecida
durante una tormenta y empezaban a emitir el famoso fuego de la que no se sabe nada, según nos explicó el colega de mi
en forma de chorro azulado. Así supe que no era mentira: los mujer, figuras muy simples de animales y líneas plegadas que
huesos se ionizan igual que los mástiles de los barcos y pue- conforman una especie de gran laberinto. Me llama la atención
den emitir esa luz rara. Pasa también con las cornamentas de el color rojo intenso, que se ha conservado a pesar de los miles
algunos animales en días donde la atmósfera está muy elec- de años que tienen las pinturas. Tampoco ha faltado el gracio-
trificada, como ocurre esta noche. Después de varios días de so que ha venido a pintar su nombre en las rocas con aerosol
sol y viento, el aire viene anunciando una tormenta que no azul o a dejar una declaración de amor en rosa o a honrar a su
acaba de llegar. Se siente en el ambiente, en mi sueño cada vez equipo de fútbol en verde. Guacherna, la maldita guacherna.
más pesado de las últimas noches. He notado también que la Otro día llegamos hasta un enorme embalse, donde alqui-
ionización afecta el cuerpo de mi mujer de un modo muy dis- lamos una pequeña lancha. Anduvimos navegando hasta la
tinto que a mí. Durante el día está enérgica, poderosa y por las hora del almuerzo, luego comimos trucha en un asador a la
noches duerme como un tronco. Yo, en cambio, me siento con orilla del lago. Últimamente hablamos poco, mi mujer y yo.
los pelos de punta a todas horas. Aunque no se trata precisa- Simplemente estamos juntos, sin decir mayor cosa, dejando
mente de nerviosismo, ni de ansiedad. Es algo más profundo. que se desenvuelva el tiempo a nuestro alrededor. También he-
Y quizás lo sea de manera literal, al nivel de mis partículas ele- mos visitado varios de los pueblos que están cerca del embalse,
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todos muy pequeños, con su iglesia, su plaza arbolada y su es- produce algo cercano al hartazgo del lenguaje. Hoy, mientras
tación de policía. regresábamos del embalse, atravesando unos cultivos de papa
Otro día cruzamos hasta el extremo opuesto del embalse ya florecidos, mi mujer dijo que lo que hizo el cura con los
y caminamos hasta otro acantilado, solo que en este caso los petroglifos era una monstruosidad, que una cosa así no tiene
petroglifos habían sido parcialmente cubiertos por pinturas nombre. Yo me encogí de hombros, no quería darle muchas
que describían escenas religiosas, distintas versiones de la apa- vueltas. Un iconoclasta, dije, como Moisés. Ella se quedó mi-
rición de la Virgen, feligreses arrodillados. La destrucción de rándome muy seria y confesó que no recordaba el episodio
los petroglifos y las características de los riscos habían con- iconoclasta de Moisés, que por favor se la contara. Yo me burlé
vertido el lugar en un santuario para escaladores y deportistas porque cuando mi mujer era niña fue a un colegio de monjas.
extremos. La escarpada pared estaba llena de mosquetones, Cuéntame, insistió ella. Y yo relaté la historia como la recor-
marcas de piolet y cuerdas. Mi mujer se interesó por la histo- daba. Hablé del hartazgo del pueblo de Israel porque Moisés
ria del borrado de los petroglifos. Después de mucho pregun- no bajaba del monte, adonde había subido a recibir las tablas
tar encontramos, sobre el aparador de una oficina de turismo, de la ley. Moisés los había sacado a todos de Egipto y ellos se
unos folletos donde se explicaba que un cura de la región, pre- sentían abandonados, sin un líder al que seguir. Entonces Aa-
ocupado por la proliferación de cultos paganos alrededor de rón le dijo al pueblo que recolectara los pendientes de oro de
los petroglifos, había decretado que debían ser cubiertos por las mujeres. Con ese oro y un buril Aarón fabricó un becerro
imágenes sagradas. El folleto exoneraba de toda culpa al sacer- de oro, un ídolo al que el pueblo rindió culto con holocaustos
dote, con el argumento de que eran otros tiempos, pues esto y celebraciones. Dios le dio el soplo a Moisés: el pueblo se ha
había tenido lugar en plena época de la Violencia, cuando la pervertido, le dijo, ha abandonado la senda que yo le marqué,
lucha entre liberales y conservadores obligó a estos últimos a ahora voy a descargar toda mi ira sobre esa gente indigna. Y
tomar medidas desesperadas para evitar la idolatría y el avan- lo más increíble de la historia es que Moisés se atreve a criticar
ce del comunismo y la masonería. Quitar los ídolos y poner la falta de coherencia de Dios. Tácitamente lo llama pendejo a
las imágenes, dijo mi mujer, después de leer el folleto. Ambos Dios. Le dice, oye, no seas así, pues, Dios, sacaste a esta pobre
nos reímos. Estábamos sentados en medio de la plaza de uno gente de Egipto, me pediste que los guiara por el desierto, ¿y
de esos pueblitos. Fue la única alusión a número 4 que nos ahora por una maricada como esta te los vas a ventilar a todos?
permitimos. No tenemos fuerzas para tratar el tema, mucho Y Moisés convence a Dios de que no mate a su pueblo y luego
menos ahora que sabemos lo que hizo. Y esa falta de fuerzas no baja de la montaña y se los encuentra a todos en una juerga
es solo emocional, sino también intelectual. Pensar en ella nos ni la berraca, el pueblo de Israel entero bailando y chupando
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alrededor de la estatua de oro. Moisés monta en cólera y aquí
viene otra cosa extraña: el tipo tiene tanta rabia que arroja al 2
suelo las tablas de la ley y las rompe, las tablas que estaban es-
critas por Dios, de su puño y letra. Y no contento con dañarles A la mañana siguiente amanece lloviendo. La tempestad llega
la fiesta a los judíos, agarra al becerro de oro y lo funde en las por fin, retumban los truenos. Mientras desayunamos, aburri-
llamas, lo pisotea hasta convertirlo en polvo, polvo que espar- dos ante la perspectiva de tener que quedarnos encerrados por
ce por el agua, agua que les hace beber a todos los judíos. ¿Te el aguacero, recibo una llamada de uno de los gemelos, el que
lo puedes creer? Les hizo beber el agua con polvo de oro del habla de más. Quiere saber cuándo voy a volver al laboratorio.
becerro de oro hecho con los pendientes de las mujeres. A esas Por aquí ya está todo controlado, dice, o sea, más o menos, se-
alturas mi mujer se estaba riendo a carcajadas con mi versión guimos alerta pero ya no hay tanto zafarrancho, además con el
de la historia. Así anduvimos un rato, riéndonos como idiotas, tema de los genéricos tenemos una cantidad de trabajo que ni
una risa que nos sirve de descarga, para no tener que pensar te cuento. Te necesitamos aquí, dice, para antier. Le pregunto
seriamente en todo lo que nos ha estado sucediendo. De vez en cómo están los animales. Bien, bien, dice, creo que te extra-
cuando parábamos para admirar el paisaje y señalar detalles, ñan, todos te extrañamos, ven pronto, muñeco, ven pronto. Y
una flor de papa, una babosa en un tronco podrido, un hongo salúdame a tu mujer, dale un beso de mi parte y dile que mi
morado. Luego volvimos a reírnos porque mi mujer dijo que, hermano va a pasar por la galería a comprar un par de regalitos
al lado de la retorcida historia de Moisés y el becerro, lo del para mi madre. Cuelgo.
cura con los petroglifos casi parecía inocente, pastoril. Terminamos de desayunar en silencio. Y como no po-
Me duelen los huesos, mis huesos. Estoy cansado después demos hacer otra cosa, nos ponemos a leer recostados en la
de la larga caminata de hoy. Necesito dormir. Ahora el vapor cama, el ánimo medio revuelto por el trasnocho y el clima gris.
azulado se ha extinguido por completo en el potrero, no queda Al mediodía escampa, sale el sol y el cielo se despeja. No
ni rastro en el aire negro y todo vuelve a estar oscurísimo. El parece que vaya a llover el resto del día. Comemos unos sánd-
discreto Fuego de San Telmo que hace unos instantes brillaba wiches y salimos a dar nuestro paseo diario, solo que hoy, en
en el campo parece de pronto una cosa imposible, la noche lugar de dirigirnos hacia el embalse, nos internamos por los
recupera su vulgaridad. Por la ventana apenas se adivinan las caminos que suben hacia las montañas.
formas de los árboles, una cerca. Todavía me duele la garganta. El ascenso es agotador, por la humedad del bosque y la al-
Me bebo otro vaso de agua antes de regresar a la cama junto a tura. Tenemos que detenernos a descansar a cada rato. Yo me
mi mujer, que duerme como una momia. asfixio, me da un poco de taquicardia. Lo bueno es que desde
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acá arriba hay una vista muy bonita de todo el valle donde está por momentos frenético, la improvisación constante, cómo no
el embalse y los pueblitos, las paredes escarpadas a los costa- parecen distinguir entre el trabajo y el ocio, las risas que se en-
dos, los retazos de bosque. treveran con el estallido de la cascada y contagian alegría. No
Después de llegar a la cima nos adentramos en una arbo- está bien que las espiemos, dice mi mujer, vámonos.
leda frondosa, ya no tan empinada. El paseo en este punto se Bajamos de la montaña por un sendero diferente al que ele-
vuelve algo agradable, tranquilo, para nada angustioso. Nos va gimos para subir. Atravesamos unos pastizales todavía moja-
guiando el sonido de un arroyo que no acaba de aparecer. Am- dos por el aguacero de la mañana. Mi mujer pregunta entonces
bos decidimos que sería justo poder beber agua fresca de la para qué llamó el gemelo a la hora del desayuno. Quiere que
montaña. Mi mujer se distrae por momentos observando las vuelva ya mismo al laboratorio, digo. Ella no comenta nada,
orquídeas que crecen entre las ramas musgosas y las barbas de pero es evidente que le irrita la idea de tener que regresar a la
líquenes. ciudad. Si por ella fuera se quedaría a vivir aquí, dedicada a la
Al cabo de un rato damos con el arroyo, bebemos hasta jardinería o a pintar óleos de paisajes y ninfas campesinas en
saciarnos. Llenamos unas botellas de plástico para el resto del éxtasis, como esos pintores austriacos de principios del XX,
camino. que no sé si todavía seguimos odiando. Quizás me equivocaba
Seguimos el curso del agua y a medida que avanzamos, cuando dije que mi mujer es incapaz de renunciar a su buen
crece una especie de rugido. No tardamos en descubrir que gusto.
el arroyo se despeña por un muro de piedra. Desde lo alto
observamos la caída de la chorrera, se oyen risas de mujeres,
música que sale de una radio. Abajo, en el pozo que forma la 3
cascada al caer, hay un grupo de lavanderas en pleno furor.
Alguien podría decir que se trata de un espectáculo repulsivo, Por la noche vuelvo a soñar el sueño del jardín y los búhos. Las
esos cuerpos robustos de campesinas, que bailan cumbia y se frutas ruedan sobre la hojarasca del suelo como pequeñas ra-
enjabonan las unas a las otras o restriegan obsesivamente unas tas. La carne incrustada de dientes. Temo el final del sueño, ya
sábanas, pero mi mujer y yo sabemos lo que ese jabón puede lo veo venir, alcanzo a adelantarme al terror. Y allí aparece: la
hacer, hasta dónde puede llegar una mujer bajo los efectos de mujer con el vestido verde sale de detrás del árbol con uno de
ese jabón. Y además, lo que vemos ahí abajo no nos parece los frutos en la mano. Se acerca, sonriendo. Los búhos caen en
grotesco, al menos no en un sentido peyorativo. Tiene gracia picado sobre las ratas. Consigo dominar el miedo pero estoy
lo que hacen las lavanderas con sus cuerpos, el baile lánguido, sobrecogido por la presencia de la mujer, que ahora se planta
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delante de mí, puedo olerla, el olor de su pelo me duele. Ahora
me voy a reír, dice. Y el sonido de las palabras me agarra por
sorpresa. Eso era algo que no me esperaba, no estaba prepara-
do para oír su voz. La mujer da un paso atrás, abre la boca, yo
estoy paralizado. La carcajada entra al sueño con tanta violen-
cia que acaba rompiéndolo en pedazos. Me despierto y com-
prendo que la carcajada es de mi mujer, que duerme dándome
la espalda. En la oscuridad solo veo su pelo largo, un bulto que
se sacude ligeramente por la risa. No sé si está dormida. Apoyo
mi mano sobre su cabeza pero su cabeza ya no es su cabeza, ni
su pelo es su pelo, ni mi mano es mi mano.
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Se terminó de imprimir en
el mes de marzo de 2019

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