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Autor: Bourdeille, Pierre de

Obra: Bravuconadas de los españoles / Presentación, traducción y


notas históricas de Pío Moa

Publicación: Barcelona : Ediciones Áltera, 2002

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Contenidos: Introducción (Páginas 10-29)


PRIMERA VISTA Pierre de Bourdeille, Bravuconadas de los españoles
Barcelona : Ediciones Áltera, 2002

INTRODUCCIÓN

por Pío MOA

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Asegura Brantôme que no hay nación más fanfarrona que la española, pero en eso es difícil estar
de acuerdo, aun teniendo en cuenta que habla de los españoles del siglo XVI. Léase, por ejemplo,
a Luis Vives sobre el indomable espíritu francés: «Arrancó España a Francia Nápoles, el
Milanesado, Navarra, el Rosellón. Muchas derrotas le infligió; le cercó y aniquiló grandes
ejércitos; últimamente cogió prisionero a su mismo rey. Y sin embargo, después de todo ello, el
francés se siente triunfador en casa y se declara vencedor ante los suyos y sus admiradores. De
tal suerte hablan y escriben los franceses, que parece que han aplastado a toda España, desde los
Pirineos hasta Cádiz» Y nótese que Vives no se queja menos de los franceses que de sus
compatriotas, ya que las armas victoriosas de éstos le parecen al humanista tan solo «latrocinio
y crueldad».
O repárese en la fuente inagotable de jactancia que ha hecho manar para los ingleses,
durante cuatro siglos, el fracaso de la Gran Armada, por ellos motejada de «Invencible» para
atribuirse mayor mérito. Considérense las Spanish Rhodomontades, versión inglesa de la
obra de Brantôme, de 1741, y su subtítulo: «Pruebas oculares e históricas del heroísmo es-

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pañol y de su superior bravura, demostrada en guerras con los franceses, alemanes, holandeses
y otras naciones a las que siempre vencieron..., menos a los ingleses, que siempre les vencieron
a ellos». De una tacada, el inglés se sitúa por encima de todos los demás. Esta «rodomontada»
habría encantado a Brantôme.
Nuestro autor francés escribe Rodomontades Espaignolles, y la palabra suele traducirse por
fanfarronada, bravuconada, baladronada..., expresiones hoy asimiladas a palabrería arrogante y
provocadora. Pero en aquellos tiempos «rodomontade» no tenía solo un valor negativo («dejemos
esas rodomontadas falsas y ridículas»), sino también positivo, y había así muchas bravuconadas
dignas de estima. Lo eran, sobre todo, las «de acción» o «de hechos», que podríamos traducir por
«hombradas», pero éstas no agotan el significado del concepto, que incluye muy destacadamente
las «de palabra». Las rodomontadas de palabra eran muy encomiadas cuando la altanería y la
arrogancia se acompañaban de ingenio y agudeza.
La antes mencionada traducción inglesa asocia las «rodomontadas» al «heroísmo», pero éste
tampoco parece el sentido que le da Brantôme, quien distingue entre bravuconadas y verdaderas
hazañas, al sostener que la jactancia y vanidad hispanas venían respaldadas por sus gestas. A la
rodomontada le son ajenos los rasgos de serenidad y necesidad que caracterizan al heroísmo, y
le son propias, en cambio, la exageración, la temeridad y la petulancia. La rodomontada cae a
menudo en lo grotesco o adquiere una gracia cómica, como la de aquel soldado que se echó a la
espalda a un enemigo indemne y lo llevó a cuestas, corriendo, hasta su campamento.
La bravuconada puede ser más que palabrería y acompañarse
de valor, pero es distinta de éste: «¿Ese señor es tan

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valiente como es bravo?», pregunta un personaje de Brantôme. También puede ser ingeniosa o
torpe, inteligente o necia, realmente atrevida o sin base; puede ser también irónica o fingida,
como ocurre en muchas bromas populares.
Viene a representar, pues, una espumilla vistosa, a menudo cómica, que acompaña a la
proeza o al espíritu hazañoso. Cuando Alejandro Farnesio engañó con sus magistrales maniobras
al gran Enrique IV, acompañó sus actos, que nada tenían de bravucones, con dichos punzantes
y jactanciosos destinados a provocar al rey francés: tales dichos eran propiamente las
rodomontadas, para recordar el valor no exclusivamente negativo que les da Brantôme.

II

Las Bravuconadas de los españoles, como las demás obras del autor, tienen extraordinario valor
como pinturas de costumbres y opiniones, como reflejo de algunos aspectos del espíritu de su
siglo, y aquí, en concreto, del espíritu y el orgullo nacionales. Un academicismo algo seco y
estéril ha tendido a confundir el nacionalismo con el espíritu de las instituciones y medidas
homogeneizadoras impuestas por la «burguesía» en muchos países después de la Revolución
francesa. Pero ellas son solo formas que adquiere en una época dada un sentimiento mucho más
antiguo, el sentimiento patriótico. Ninguna norma ni institución pudo crear una nación ni un
espíritu nacional en el Imperio Austrohúngaro, mientras que, como revela el testimonio
espontáneo y no deliberado de Brantôme, los franceses, los ingleses, los alemanes o los españoles
sentían con gran intensidad su carácter nacional; e incluso los italianos, los grandes maestros de
la Europa de la época, pese a su preocupación débil, o en todo casi insuficiente, por la
independencia.

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La fanfarronería nacionalista es, en principio, la expresión de un sentimiento natural, a


veces ingenuo y positivo, a veces agresivo y grotesco. Ha sido sólo cuando la llamada
«burguesía» de los siglos XIX y XX ha querido teorizar y sistematizar ese sentimiento, cuando
se ha vuelto realmente peligroso. Pero en el siglo XVI, la ingenua vanidad dicha podría
representarse en la «rodomontada» de un vizcaíno llamado Guerri (¿Aguirre?), no recogida por
Brantôme, quizá por haber sido hecha a costa de sus paisanos. Cuando el Gran Capitán asediaba
Ostia, intimó a rendirse a la guarnición francesa. Pero el jefe de los franceses, el tal Guerri,
replicó arrogante al sitiador: «Acuérdese de que todos somos españoles, y que no la ha con
franceses, sino con español, y no castellano, sino vizcaíno».

III

Como es lógico, Brantôme refleja en su testimonio tanto lo que veía y vivía como lo que él
era: un hombre mundano, algo zascandil, sin pretensiones de profundidad ni ganas de
romperse la cabeza con problemas morales. Sus observaciones y recuerdos están
condicionados por su propio carácter personal. Espíritu aventurero, entendía que al soldado
–pues sus «rodomontadas» son sobre todo de soldados– lo único que le preocupaba era la
paga, y poco o nada el derecho, ni siquiera la fuerza. Lo consideraba un profesional asalariado
y, para Brantôme, ello explicaba suficientemente el comportamiento soldadesco, en el cual,
aun así, no encontraba nada que criticar. Tal actitud tiene mucho de renacentista y hasta de
francamente moderna. Pero seguramente había muchos más elementos en la psicología de
los soldados, y no solo de los españoles, cuya vida era demasiado dura y arriesgada como

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para explicarse por tan poca cosa como el deseo de una pequeña paga que a menudo ni llegaba.
Quien tenga interés por el tema debería completar a Brantôme con estudios como los excelentes
de Raffaele Puddu sobre El soldado gentilhombre, o el de R. Quatrefages sobre los tercios, por
ejemplo.
A las acciones españolas del siglo XVI no les acompañaba sólo esa «espumilla» triunfalista
tan divertida para Brantôme, sino también un intenso, a veces obsesivo, esfuerzo intelectual por
justificar aquellos actos y guerras.
Para la mentalidad hispana de la época, la «guerra justa» por excelencia era la hecha contra
los turcos. El imperio otomano, en verdad, amenazaba a Europa con un abrazo mortal,
extendiendo sus poderosos tentáculos hacia el centro de Europa y por el Mediterráneo. Sus
constantes incursiones y grandes campañas por tierra y por mar llevaban el peligro a Viena y
devastaban la misma costa española.
En la lucha contra el turco, España quedaba, paradójica pero inevitablemente, en primera
línea, con lo que parece que Luis XII de Francia enturbiaba un tanto la realidad cuando se dolía:
«Yo soy el moro contra quien se arma el rey Católico». Pues España fue indiscutiblemente el gran
valladar contra la expansión musulmana, y Francia el gran aliado de ésta. Y cuando España
entroncó en cierto modo con el Imperio Germánico, hizo suya la amenaza turca en el centro de
Europa.
Así pues, en relación con los otomanos no había dudas, ni siquiera entre humanistas como
Vives, denostadores de la guerra por principio.
La causa de las lamentaciones de los humanistas eran las contiendas entre reinos
cristianos, en especial entre España y Francia. Pero la mentalidad española podía encontrar
esas guerras más justificadas todavía que las libradas contra el enemigo común, pues veía en
la conducta de los franceses una puñalada por la espalda contra quienes combatían en pri-

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mera fila. Tanto Francia como los protestantes se beneficiaban de su posición interior, mientras
que España, como Hungría y Austria, países de frontera, afrontaban directamente el peligro.
Aquellos podían confiar en un mutuo desgaste entre hispanos y turcos, y en sacar provecho de
ello; pero no se limitaron a dejar sola a España, sino que se aliaron directamente con
Constantinopla para, entre todos, destruir el poderío español. A lo largo de cerca de un siglo,
España hubo de combatir no en dos, sino en muchos frentes, y sorprende su capacidad para
resistir semejante tensión durante tantos años.
Por tanto, los españoles de entonces podían comprender y hasta admirar ciertos rasgos del
poder turco, como su excelente administración y organización interna, o sus virtudes militares;
pero la alianza entre París y el Islam sólo podían conceptuarla como una traición digna del peor
castigo. Y con no menos alarma tenían que considerar el auge de los protestantes, asimismo
carentes de escrúpulos para confabularse con el turco, y además socavadores de la unidad
cristiana e inductores de los disturbios y contiendas civiles en el seno mismo de la sociedad,
según lo veían los españoles.
Se ha destacado a menudo que, pese a sus palabras contra los islámicos, el emperador
Carlos dedicó más tiempo a pelear con otros cristianos. Pero esas guerras le fueron impuestas,
por lo general, y fueron ellas, precisamente, las que le impidieron volcar sus energías contra el
Imperio de Oriente, como deseaba. La postura del emperador, después de Pavía, negándose a
explotar su sensacional triunfo sobre los franceses, e incluso a celebrarlo, prueba algo. Y antes
de atacar a los protestantes también procuró la avenencia y la negociación con ellos,
pacientemente, durante veinte años.
Claro está, el español de la época no estaba en condiciones de comprender el cálculo de
franceses y protestantes, temerosos de que una victoria imperial sobre los otomanos

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volviera totalmente incontrastable el poder de España en Europa; como no podía comprender las
intrigas del papa Clemente VII para expulsar de Italia a los vencedores de Pavía, cuya
abrumadora potencia se le hacía insufrible. Pero aunque tales temores tuvieran justificación, la
tenía mayor, de seguro, la indignación hispana con los manejos e insolidaridad de los otros
cristianos; ello aparte, el afán de poder español tenía límites, claramente percibidos por Richelieu:
el carácter disperso de sus dominios y su escasez de hombres.
No fueron, pues, los frentes europeos y mediterráneos los que suscitaron con crudeza –salvo
para algunos intelectuales– la cuestión de la justicia de la guerra, sino otro teatro bélico: la
conquista de América y otros lugares. Aquí saltaba a la vista que los indios no eran ofensores, y
que habían quedado expuestos a los abusos y crueldades de muchos de los conquistadores. La
protesta por las tropelías de los ocupantes no se hizo esperar, y le prestaron oídos las autoridades
de España, las cuales se apresuraron a dictar, en defensa de sus nuevos e inesperados súbditos de
Indias, medidas que sólo pueden suscitar elogios, aun si su aplicación resultó inevitablemente
penosa y parcial. Tomaron incluso el acuerdo, poco liberal, de prohibir la difusión de los escritos
que justificaban a los conquistadores.
El problema de la guerra justa torturó a muchos intelectuales y políticos españoles, y nunca
dejó lo bastante clarificado el caso de América. Pero dio lugar a un pensamiento de primera
magnitud en el plano jurídico y de la dignidad humana, así como a una gigantesca empresa de
evangelización, demostrativa de que, para la mentalidad hispana de la época, los indios eran
mucho más que simples factores económicos. Tales actitudes son también contrarias a la
rodomontada, y prestan su mejor matiz a las gestas de la época.

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IV

Tal vez estas consideraciones parezcan excesivas para una obra menor y de circunstancias como
son las Bravuconadas, pero vienen a cuento porque, caso muy raro en la literatura ultrapirenaica
de aquel siglo, Brantôme expresa sincera admiración por las proezas hispanas, sin menoscabo de
su evidente patriotismo francés. Destaquemos lo de «sincero», porque el sentimiento admirativo
de nuestro autor era seguramente muy compartido en Europa, aunque lo enturbiaran el odio, la
envidia o la rivalidad, expresados con mucha más virulencia, como suele suceder.
Pues en el siglo XVI es cuando nace la propaganda política moderna, y en buena medida
nace, precisamente, como propaganda antiespañola, en manos de los calvinistas y otros. El
calvinismo, ha dicho el historiador Trevor Davies, «fue la Tercera Internacional del siglo XVI»,
y como la del siglo XX, comunista, poseyó una destreza asombrosa en el manejo de la
propaganda. La masiva difusión de acusaciones compensaba algo los reveses sufridos a manos
de los españoles; y éstos apenas recurrían a la propaganda porque sus éxitos en la acción se la
hacían creer innecesaria. Craso error, porque la propaganda se reveló ya entonces un arma
formidable.
Debido a cierto victimismo cultivado por el régimen de Franco respecto a dicha
propaganda (la leyenda negra), hemos tendido, por reacción, a negar su existencia, o a
restarle importancia, y hasta a aceptar sus acusaciones como dogmas de fe. Pero lo cierto
es que ella logró crear estereotipos que reaparecen en los lugares más inesperados, como
en la novela de divulgación filosófica El mundo de Sofía, tan promocionada en años
recientes, obra muy políticamente correcta y de espíritu convencional y en el fondo
antifilosófico. O en la Breve historia del mundo, de E. H. Gombrich, excelente historiador

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del arte –no tanto del español– pero mucho menos experto en otros campos, donde puede leerse:
«Los hombres que marcharon de España a los países aún no descubiertos eran unos individuos
feroces, crueles capitanes de bandoleros, increíblemente despiadados y de una inaudita falsedad
y malicia para con los nativos, impulsados por una codicia salvaje hacia aventuras cada vez más
fantásticas». Aquí la desenvoltura del autor supera a sus conocimientos, limitados a los tópicos
de la propaganda, y su actitud podría quizá tacharse, a su vez, de un poco bandidesca, en el plano
intelectual. Salvador de Madariaga cuenta en su importante libro España: «No ha tenido edición
francesa. Sin proponerme analizar las razones para tal curiosa omisión, me limitaré a decir que
cuando todo estaba dispuesto para publicar una edición en París, cambió la escena súbitamente,
terminando esta aventura con la publicación de una Historia de España y Portugal fuertemente
antiespañola, por una editorial protestante. Formidable vitalidad de la sombra de Felipe II». Como
se ve, la censura no la aplicaba solo la Inquisición, ni solo en tiempos lejanos.
Ese tipo de literatura descansa, por su propia naturaleza, en la exageración y el
descoyuntamiento de la verdad. En su estudio Los orígenes de la leyenda negra en Inglaterra, el
historiador William Maltby señala cómo «el antihispanismo inglés brotó directamente de los
conflictos angloespañoles que culminaron en la Armada. Lo que no hemos analizado es la espinosa
cuestión de si dichas quejas podían justificar o no tanto encono... No pocas de las acciones de
España fueron terribles, pero no hay ninguna razón para suponer que fueran peores que las de
cualquier otra nación. Además, no parece haberse desarrollado la correspondiente anglofobia en
España, donde los informes eran mucho más moderados, aunque nadie podía dudar de que los
españoles tenían tantas razones para estar descontentos de los ingleses como los ingleses de

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ellos [...]. Habiendo dicho esto, aún nos enfrentamos al problema de por qué los ingleses
fomentaron tan grotescas exageraciones, mientras que los españoles, por regla general, no lo
hicieron».
Como es sabido, un hallazgos clave de esta literatura fue la Breve relación de la destrucción
de las Indias, de Las Casas. La obra, aunque pródiga en exageraciones, a veces paranoicas, como
ha señalado Menéndez Pidal, fue concebida con el objeto de cortar los desmanes de numerosos
conquistadores en América. Pero los virtuosos fiscales protestantes la emplearon en un sentido
bien distinto; y, ciertamente, sin que a ellos les sirviese de advertencia o lección cuando, a su vez,
se dedicaron a colonizar otras tierras.
Sobre el libro de Las Casas cabe observar su extraordinario éxito político, al adoptarlo las
autoridades españolas como base para corregir tropelías en América, lo cual consiguieron en
medida considerable, revelando una mentalidad y talante oficiales muy distintos de los sugeridos
por los acusadores franceses y protestantes, nunca libres a su vez, insistamos en ello, de culpas
similares.
Por otra parte, Las Casas pertenece a una tradición española de indignación con la injusticia
que no teme caer a su vez en la exageración injusta. Otro buen exponente de esa tradición sería
el padre Llorente, debelador intelectual de la Inquisición, a cuyas persecuciones atribuye nada
menos que el despoblamiento del país. Hoy sabemos que la Inquisición provocó menos de un
millar de ejecuciones en sus tres siglos de existencia. Puede compararse la cifra con las de las
persecuciones protestantes en Inglaterra o con las quemas de brujas en Europa... o con el número
de víctimas que las policías políticas de muchos regímenes, progresistas o reaccionarios, saben
hacer en un solo año, en nuestros avanzados y esclarecidos tiempos.

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Parece haber actualmente cierta reacción frente a los estereotipos de aquella propaganda, y es
curioso que ella venga, en buena parte, de estudiosos useños (llamo así a los naturales de USA
o Usa, pues me parece más cómodo y adecuado que «americanos», «norteamericanos»,
«estadounidenses», etc.), ingleses o franceses, los cuales van sentando una opinión más serena
y realista del esfuerzo español en aquel siglo. La decadencia hispana, llegada a veces a extremos
de bajeza, ha creado la impresión de que, en definitiva, todo fue un esfuerzo para nada. Pero el
balance no es tan negativo. Entre otras cosas, España tuvo éxito muy notable en la defensa de
Europa frente al Imperio Otomano, y en frenar la expansión protestante, marcando unos límites
ideológico-religiosos todavía bien visibles en Europa. Y no sólo descubrió América, sino el
mundo como tal, en su redondez, poniendo en comunicación a todos los continentes, y creando
el primer circuito económico realmente planetario. También creó una comunidad de lengua y
cultura, de cuya decadencia e incluso degradación presentes no puede hacerse responsables a
aquellas generaciones del siglo XVI, sino a sus sucesoras. En suma, si España significa en el
mundo algo más que su mediocridad actual, se debe a las realizaciones de aquel siglo, y no a los
logros de sus críticos posteriores. Realizaciones de las que han vivido, y a menudo parasitado,
sus herederos.
Los hechos de aquellos hombres bien pueden suscitar cierto asombro. Desde
Transilvania a Laos, desde Manila a Sajonia y desde California al canal de Magallanes,
grupos de unos cientos o unos pocos miles de españoles llevaron a cabo hazañas muy
dignas de mención, contra otros hombres armados y contra elementos, obstáculos
naturales y distancias aparentemente insalvables para la técnica de la época. Podrían con-

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siderarse tales proezas, hoy tan olvidadas y menospreciadas por los torpes, como simples
leyendas, porque en verdad no resultan fácilmente creíbles, y, como hacía notar Pericles de otras
gestas, «quien las ignora puede, por envidia, creer exagerada la exposición, al oír cosas que
superan sus propias capacidades». Pero quedan de aquellos esfuerzos ciclópeos huellas bien
tangibles, pese a otros grandes esfuerzos por borrarlas.
Aun resultan más notables dichas acciones si –ciñéndonos a Europa– pensamos que cada
uno de los principales rivales de España no le era inferior en poder material, y mucho menos
cuando concertaban sus fuerzas, como procuraban constantemente. España sumaba menos de la
mitad de la población francesa, quizá menos riqueza todavía. Lo mismo, pero más acentuado,
ocurría con respecto al Imperio Otomano, el único capaz, durante los dos primeros tercios del
siglo, de infligir a España reveses muy dolorosos. Cierto que Carlos I y Felipe II extraían recursos
humanos y económicos de Alemania y Flandes, y sobre todo Italia. Pero los dos primeros se
convirtieron también en trampas para España, e Italia no dejó de suministrar asimismo a Francia
buenas tropas y mejores generales. En conjunto, y como señala Lucien Febvre en su prólogo a
Seville et l’Atlantique, de P. y H. Chaunu, la escasez de hombres obligaba a España a suplir «con
una asombrosa movilidad una no menos asombrosa inferioridad numérica», con lo cual los
hispanos «estaban por todas partes». Claro que ello no disminuye los méritos de alemanes,
italianos, valones, borgoñones e incluso británicos que en Flandes, por ejemplo, servían al lado
de los españoles, aunque ya Brantôme observa que estos últimos solían atribuirse toda la gloria
de las acciones en que participaban junto con los otros.
La política española descansó en buena medida en el oro y la plata de América. Pero fue
la parte del país llamada, con harta impropiedad, Castilla, la que corrió con el principal peso

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económico. El reino de Aragón guardaba mejor su bolsa frente a las exigencias de la corona, pero
aunque no hubiera sido así poco habría cambiado la situación, pues Aragón, con Cataluña,
componía entonces solo una fracción pequeña del total de España, tanto en población como en
recursos. Los metales americanos eran la principal contrapartida de las exportaciones recibidas
por el Nuevo Continente, y durante la primera mitad del siglo ese comercio contribuyó a la
prosperidad de la metrópoli. Pero con el tiempo la presión fiscal sobre «Castilla» esterilizó
aquella bonanza, y fue el resto de Europa, y destacadamente Francia y algunas regiones
protestantes, las principales beneficiarias del comercio americano.
En verdad, alguien podría decir de España lo que advirtió a Jerjes el griego Demarato: «A
Grecia siempre le ha acompañado la pobreza, pero también el valor».
Con toda evidencia, la tarea que España se impuso, o le impusieron las circunstancias, era
excesiva, «quiso demasiado», en frase de Nietzsche, y el país llegó al último cuarto del siglo
sumido en el marasmo económico y demográfico. Pero la relativa insuficiencia económica
vuelve precisamente más sorprendentes los logros alcanzados, sobre todo si incluimos entre
ellos, como es justo, una cultura sobresaliente, con una gran literatura y pintura, una excelente
música, un pensamiento jurídico de gran aliento o unos principios de pensamiento económico,
entre otros. Una extendida corriente de opinión tiende a olvidar tales cosas, o a menoscabarlas
poniéndolas al lado de los fenómenos de picaresca, brutalidad, injusticia y miseria que
ciertamente no faltaban. Pero estos fenómenos se encuentran en todo tiempo y sociedad,
y no han dejado de ser actuales. En cambio resultan mucho más raras eclosiones de
hazañas culturales, civilizadoras y militares como las arriba aludidas. Bien es verdad que,
como indicaba un historiador franco-norteamericano, España, al igual que Alemania y otros

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países, se han abandonado y degradado en diversas épocas históricas, en contraste con Francia,
siempre capaz de mantenerse entre los primeros.

VI

Ha sido la anterior una amplia digresión aunque, como diría nuestro autor, viene al caso de todas
maneras, ya que el trasfondo de su libro es la actuación de España en el siglo XVI. Examinemos
ahora la rodomontada propiamente dicha.
La palabra alude a Rodomonte, un personaje del Orlando enamorado, de Boiardo.
Rodomonte es capaz de retar y despreciar a los elementos, incluso cuando éstos le muestran su
poder aplastante, y tacha la fe y creencia en Dios de ilusión de gente vil y cobarde. Es lo que
podríamos llamar «un bravucón titánico», no admite freno a sus deseos y voluntad, quizá en el
sentido señalado por Dostoyevski, de que si no hay Dios, todo está permitido. En todo caso, la
voluntad humana de poder ya no conocerá límites. (Con esa óptica podría inter-pretarse en buena
medida el siglo XX, acaso el más rodo-montesco de la historia.)
Erraríamos si concibiésemos la rodomontada sólo como una pose algo simplona y pueril
en el fondo, y puramente humana. La bravuconería está muy extendida en el reino animal, y su
valor biológico salta a la vista. Cuando un animal se siente atacado o quiere imponerse, a menudo
trata de intimidar al contrario con una exhibición de fuerza y ánimo agresivo con el fin,
precisamente, de evitar la violencia abierta, de consecuencias fácilmente mortales. De una manera
algo retorcida, la bravuconada suele ser «pacifista».
En el hombre, la bravuconería se hace mucho más compleja
y fácilmente pierde su objetivo no violento para transformarse

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en provocación sistemática a la pelea. El «rodomonte» auténtico no busca tanto impresionar o


intimidar como crear una situación en la que él mismo se vea abocado a la lucha, para sostener
sus palabras, y lo mismo el contrario, para no quedar intolerablemente humillado. La evolución
de la fanfarronería animal a la humana tiene relación con el hecho de que, en el hombre, el
conflicto es mucho más complejo, generalizado y menos reglado que en el animal, a resultas de
la multiplicación de los deseos humanos y de la pérdida de la mayor parte de los instintos que
ponen orden en las necesidades animales. Además pertenece al ser humano una insaciable ansia
de autoestima y de prestigio. De ambos hechos, la multiplicación de los deseos y la insaciabilidad
del ego, deriva el agónico esfuerzo de las culturas por hacer la convivencia humana soportable
y fructífera. La bravuconada «no pacifista» podría entenderse así como una expresión de la
multiplicidad del conflicto, característico de la sociedad humana, reforzada por la necesidad
intensa de prestigio. De ahí que la rodomontada, con muchas graduaciones, esté presente en casi
todas las manifestaciones de la vida humana.
El auténtico rodomonte busca el peligro de muerte, seguramente como un impulso oscuro
de triunfar sobre ella. Explicar su actitud exige tener en cuenta la conciencia de la muerte, aparte
de lo ya indicado. Es tal conciencia un hecho clave en la condición humana, por más que no
se la tome habitualmente en cuenta en los estudios psicológicos. Suponemos que el animal
ignora su inevitable fin, pero el ser humano lo aprende enseguida. Esa conciencia, aunque
en general soterrada o difuminada, no solo provoca una profunda angustia por sí misma, sino
que ofrece un rostro sumamente turbador para la exigencia moral y cultural de orden y
sentido: «¡El sabio muere como el necio!», «Todos tienen la misma suerte, el justo y el impío,
el bueno y el malo, el puro y el impuro». Más aun: «La suerte de los hijos del hombre y la

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suerte de las bestias es la misma... ¿Y quién sabe si el hálito de los hijos del hombre sube a lo alto
y el de las bestias desciende bajo tierra?», nos ilustra el Eclesiastés.
La conciencia de la muerte ha planteado siempre un rudo desafío a la psique humana. Muy
probablemente cabría distinguir culturas, así como épocas y alternativas culturales, por sus
formas de encarar y aplacar la doble angustia, física y moral, de la muerte, y por sus éxitos y
fracasos en evitar que la angustia se vuelva obsesiva, provocando un desánimo vital o una
exaltación desesperada tipo Rodomonte; y en evitar, también la pérdida de tan desasosegante
conciencia, pérdida que devolvería al hombre a la brutalidad animal –sin la compensación de su
orden automático–, pues el retorno al paraíso resulta imposible.
Pero estas cuestiones que nos sugiere el examen de la bravuconada nos llevarían por
derroteros un tanto lejanos y arriesgados. Dejemos, pues, el examen en mera sugerencia y
pasemos a otro asunto.

VII

Digamos, para terminar, unas palabras sobre Pierre de Bourdeille, abate y señor de Brantôme.
Como anota Merimée, no sabemos mucho de él, fuera de lo que él mismo tuvo a bien contarnos,
que tampoco es despreciable. Era gascón y parece haber nacido hacia 1537. Aunque nombrado
abate, se entiende que las ocupaciones religiosas distaban mucho de entusiasmarle, y le atraía,
en cambio, la aventura, ya fuese bélica o galante, y encontró en los ambientes cortesanos un
«auténtico paraíso».
En 1557 estaba en Italia acompañando al mariscal De
Brissac en sus campañas, y casi quedó ciego de un arcabuzazo.

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Se curó gracias a los cuidados de una «muy bella dama», que le echaba en los ojos «leche de sus
hermosas y blancas tetitas», remedio cuya eficacia ha de reconocerse, pues en pocos días recuperó
la vista el herido. Cabe suponer que el daño de Brantôme no viniera de una bala enemiga, sino
de su propio arcabuz, pues estas armas eran muy dadas a gastar bromas pesadas a sus usuarios.
No arredró al abate el incidente, ya que siguió persiguiendo enérgicamente aquel género de
avatares, placenteros para su genio. Tres años más tarde viajaba a Escocia con una María
Estuardo poco feliz de dejar Francia, y pronto entraba en liza en la primera guerra de religión
francesa. Luego, ante la precaria tregua establecida, vino a España, asistiendo al asalto al peñón
de Vélez. No siempre le salían bien sus intentos. En 1565 buscó el peligro con motivo del asedio
de Malta por los turcos de Dragut. Los defensores habían pedido auxilio a Francia, que hizo oídos
sordos, debido a su alianza con Constantinopla. Brantôme, con otros, quiso salvar el honor
francés, pero tuvo la mala suerte de llegar cuando ya no eran necesarios sus servicios. Intentó
luego combatir con el infiel en Hungría, por donde se esperaba alguna gran ofensiva otomana,
pero el fallecimiento de Solimán hizo suspender la campaña. También se perdería «la más alta
ocasión que vieron los siglos», es decir, Lepanto. Fue nuevamente en las guerras civiles francesas,
desde 1567, cuando la fortuna sonrióle, y pudo tomar parte en ellas en el bando católico, aunque
su espíritu irreverente hacia la Iglesia le inclinaba quizás a los hugonotes. En cualquier caso, sus
comentarios de esas contiendas, como de otras, resultan objetivos e imparciales.
Su afición a España no le impidió asociarse con Filippo Strozzi para
piratear las naves mercantes de la ruta de Indias y saquear ciudades, a la sazón
prácticamente desguarnecidas. Hasta llegaron a concebir el osado designio de

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PRIMERA VISTA Pierre de Bourdeille, Bravuconadas de los españoles
Barcelona : Ediciones Áltera, 2002

arrebatar el Perú a los españoles, aunque estos proyectos no pasarían de tales.


Su gusto por la vida intensa y llena de emociones le hizo descuidar un tanto sus intereses
más prácticos y, bien llegada la madurez, se percató de que mientras muchos de sus compañeros
habían medrado en la corte, a él se le reservaba el premio de las buenas palabras. Aspiraba a
obtener el cargo de senescal del Périgord, que Enrique III le había prometido, pero fallaron sus
relaciones y la promesa. Despechado, arrojó al Sena su llave de gentilhombre de la cámara real
y juró que «mil vidas que tuviese, no emplearía una al servicio de los reyes de Francia». Pensó
ofrecerse entonces al rey de España, pero un desgraciado accidente a sus cuarenta y cinco años
(1582) se lo impidió: sufrió una caída de caballo y el noble bruto se le vino encima, dejándole
lisiado y con grandes dolores durante años. Su desdicha, empero, resultó afortunada para la
posteridad y para su fama, pues el hombre de acción aprovechó su obligada inacción física para
escribir sus recuerdos y comentarios sobre los temas que le atraían, desde las andanzas de las
«bellas y honestas damas», descritas con extraordinaria crudeza, hasta anécdotas de duelos o
acciones militares francesas y extranjeras. Murió en 1614.
Brantôme ha experimentado una suerte muy común entre los escritores: la alternancia entre
épocas de gran aprecio por su obra, y de olvido. Sin duda no fue un espíritu profundo ni delicado,
pero sí hombre curioso, observador bastante preciso, y transmite una fuerte impresión de
veracidad. Como observa P Villey, sus escritos no añaden gran cosa al conocimiento de la
historia política de la Francia de su siglo, pero sin ellas la historia de las costumbres habría
sufrido una pérdida muy sensible.
El tono de sus Rodomontadas españolas es coloquial y
fresco, a veces ingenuo, otras burlón o un poco brutal, tono muy

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PRIMERA VISTA Pierre de Bourdeille, Bravuconadas de los españoles
Barcelona : Ediciones Áltera, 2002

apropiado para sus temas, ofreciéndonos algo del carácter de la época con vivacidad que en balde
buscaríamos en la mayoría de los estudios sesudos y académicos, cuyos laboriosos esquemas
teóricos forman con frecuencia una malla que ahoga la vida, o bien la deja escapar por sus
huecos.
Unas advertencias finales: me he tomado la libertad de dividir el texto de Brantôme en
capítulos, inexistentes en el original, simplemente para hacer la lectura más amena y teniendo en
cuenta, también, el número de notas explicativas. Estas notas no persiguen un fin erudito, sino
divulgativo, y así algunos echarán de menos ciertas explicaciones y les irritará, en cambio,
encontrar otras que darán por innecesarias. Las incluyo porque he comprobado cómo están
increíblemente olvidados, incluso en el ámbito universitario no especialista, los sucesos que
señalan aquel siglo entre todos los de España, Hace unos años el hispanista inglés J. H. Elliot
comentó que la cultura española era muy mal conocida fuera del país, debido al mínimo esfuerzo
de los propios españoles por divulgarla. Pero dentro de España ocurre casi otro tanto.
Las citas en cursiva, numerosas, están en español en el original. Se trata del español de
Brantôme, que Menéndez Pelayo menospreciaba, un poco en exceso, pues resulta casi siempre
inteligible, aunque a veces poco ortodoxo.
Algunas correcciones al texto, especialmente la ortografía de nombres propios, se hacen en
el texto mismo, entre paréntesis, en lugar de a pie de página.

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