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Paula Palanco López

Grado en Antropología Social y Cultural

Antropología Urbana

RESEÑA DE PRÁCTICA

Visionado del documental “Bye Bye, Barcelona”


Tiendas de souvenirs, camisetas del Barça, carteles ofertando “typical spanish
sangría and paella meals”… y, sobre todo, gente. Riadas de turistas inundando las
Ramblas, la Barceloneta, la Sagrada Familia y demás puntos emblemáticos de la ciudad.
Esta es, a grandes rasgos, la realidad que muestra el documental “Bye bye, Barcelona”;
una denuncia ante un turismo que cada vez tiene menos que ver con viajar y más con
“consumir lugares”.
El problema de la masificación del turismo en Barcelona tiene su punto de
partida en el hecho de que ésta es una ciudad pequeña donde se pretende meter a
“demasiada gente”, según la opinión generalizada de los pobladores. Esta aglomeración,
entre otras cosas, ocasiona la expulsión de los locales, tanto por las incomodidades que
genera en el día a día como por las subidas de precios y la desaparición de los
comercios, sustituidos por las omnipresentes tiendas de baratijas y restaurantes
enfocados a un público mayoritariamente extranjero.
En definitiva, a costa de los beneficios económicos que estas prácticas generan
(es indudable la importante entrada de dinero en la ciudad a través del turismo), los
lugareños “pierden” la ciudad y poco a poco van desapareciendo otras formas de vida
que tradicionalmente allí se desarrollaban.
En el documental podemos ver, a través de entrevistas en profundidad a diversos
individuos, tanto expertos como residentes en diferentes áreas de especial incidencia
turística, cómo esta tendencia, lejos de perder fuerza, entra en un círculo vicioso y está
transformando dramáticamente el espacio urbano de Barcelona. A pesar de ser un
hervidero de gente, los habitantes ven la ciudad cada vez más “vacía”.
El caso de la Rambla es especialmente emblemático: la calle es recordada como
un espacio de reivindicación, un espacio plurisocial con una fuerte relación identitaria
con los habitantes; el pueblo tomaba la calle como un espacio de relación donde
desarrollar su vida, no sólo un espacio de tránsito. Actualmente varias veces se ve
definido como “un parque temático” llegando incluso a lamentarse la “muerte” de la
Rambla y la vergüenza en la que se ha convertido lo que antaño fue un orgullo para los
locales. Es importante ver aquí el paralelismo que realizan los barceloneses entre la
desposesión que sufren de lo que era su espacio urbano y la muerte de este mismo
espacio: la ciudad sin sus habitantes no es tal, por grande que sea el gentío que recorra
sus calles.
Sumado a esto, hablando en términos estrictamente prácticos, la
sobreexplotación de Barcelona como lugar turístico es algo que también repercute a
medio y largo plazo debido al desgaste que ocasiona. Así, la ciudad catalana no está
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muriendo solamente a ojos de sus pobladores, sino que también lo hace para los
visitantes, convirtiéndose así en un destino turístico decepcionante en el que los mismos
foráneos se sienten incómodos e inseguros. Y la pregunta que esto suscita es ¿qué
pasará cuando dejen de acudir? ¿Quedará Barcelona como un cascarón vacío de
pobladores y de turistas perdiendo su “identidad” como ciudad? El temor de que esto
sea así también es esgrimido en contra de unas prácticas turísticas destructivas que
convierten lugares emblemáticos en espacios perdidos para la ciudad.
Es importante recordar que las quejas no van contra los turistas como tal, sino
contra la gestión que se está realizando de esta actividad turística. Los entrevistados no
ven el problema en “enseñar una cosa que es nuestra”, sino en el “monocultivo
destructivo” que se asimila a una burbuja inmobiliaria (“rápido, rápido”) y que degrada
en todos los sentidos la ciudad.
Pero el problema es que, a corto plazo, los ingresos obtenidos son
suficientemente sustanciosos para que los gobiernos no tomen realmente en serio las
voces que se alzan contra el turismo masivo. Una analogía con otras ciudades europeas
pone de manifiesto el impacto económico, ecológico y urbano que Barcelona está
recibiendo. La proliferación de comercios dirigidos a turistas, hoteles y demás origina
esta retroalimentación: la ciudad turística sube sus precios, evita la vida diaria, lo que
ocasiona beneficios para algunos pero degrada a otros irremediablemente. Se atribuye la
responsabilidad de esto al Ayuntamiento que, por su parte, diseña planes de usos
territoriales que los vecinos sienten en su contra (“que entre el dinero, no importa quién
lo ponga”). La situación se siente como insostenible.
El turismo, por tanto, aquí se traduce en una “reducción” del espacio utilizable,
no porque éste sea físicamente menor, sino porque el uso exacerbado del mismo
conduce a una menor posibilidad de utilización de este: los embotellamientos de tráfico
que generan peligrosidad terminan paradójicamente por hacer las carreteras
intransitables, y lo mismo ocurre con las calles (“falta espacio físico para albergar tanto
turismo”).
Se denuncia una privatización del espacio público, un arrebatamiento de este
espacio a la ciudadanía en general, situación tildada de “injusta” al priorizar al turismo
ocasional sobre los residentes. Esta privatización, aparte de la invasión de los
comercios, se manifiesta en polémicas como la surgida al cerrar zonas monumentales y
pretender cobrar por el acceso a las mismas, como ocurre con el Park Güell; medida
que, para algunos, supone la privatización de algo que les corresponde por derecho en
tanto que ciudadanos de Barcelona (ya que el parque mismo es una donación a la
ciudad) y, para otros, supone el mal menor, vista la degradación que estaba sufriendo
por la intensa afluencia de visitantes.
Otro aspecto de la privatización es el relacionado con los alojamientos turísticos
cada vez más frecuentes, especialmente en la zona más céntrica de la ciudad. Y en estos
alojamientos se incluyen los complejos hoteleros y de aparta-hoteles, pero también un
tipo de arrendamientos (en ocasiones ilegales) llevados a cabo por propietarios de pisos
particulares. Así, se genera un choque entre el punto de vista del propietario (que sale

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beneficiado de esta situación) y de los demás vecinos del inmueble (que ven “invadido
su espacio” ya que la presencia constante de extraños afecta a su forma de vida como
comunidad vecinal, dada la pérdida de confianza en los espacios comunes que esto
provoca). El máximo exponente de esta invasión es la práctica denominada “moving”,
que expulsa con métodos que van desde lo poco ortodoxo hasta lo abiertamente hostil a
vecinos para llevar a cabo la construcción de habitaciones de alquiler en el edificio
completo.
Las respuestas oficiales a los problemas que esto genera son escasas e
insuficientes en su mayoría, y estos problemas persisten y se agravan, con los conflictos
que esto conlleva. Y la percepción generalizada es que la tendencia no es hacia una
mejora de la calidad, sino a proseguir en la misma línea de explotación masiva y
especulación económica.
En conclusión, este documental cumple la función de cuestionar la pertinencia
de la producción de cara al turismo en detrimento de los viajeros (dos categorías que, si
bien, son cercanas, en muchos sentidos son opuestas), producción que “vacía de vida” la
ciudad, ocasionando consecuencias negativas para la misma a largo plazo (así, se
establece la definición de la ciudad como algo más allá de su arquitectura, oponiéndola
a la existencia de esta “arquitectura sin gente”, a una ciudad “de cartón-piedra”). Y, ante
todo, señala la importancia de diferenciar un turismo “bien” como fuente de riqueza y
un turismo “mal” que califica de “prostitución del territorio”.

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