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EL PERDÓN

En el reverente cuadro de la santidad de Dios, en contraste con la pecaminosidad de sus


criaturas humanas caídas, las Escrituras hebreas y cristianas rehúsan categóricamente
llamar a Dios el autor del mal. El es el creador solamente de lo bueno, incluyendo la
libertad de los seres humanos de escoger la santidad en gratitud por su bondad divina, o
escoger el pecado y la muerte.

En medio de esta escena sombría, brota en el testimonio bíblico la fuente del perdón de
Dios. Empezó en el Edén, en la confrontación del Padre con la determinación caprichosa de
nuestros primeros padres de conocer lo bueno y lo malo. En medio de las maldiciones
pronunciadas en aquel momento, resplandeció una promesa: la simiente de la mujer heriría
la cabeza de la serpiente.

a. Después, la misericordia de Dios ofreció perdón


b. al Noé pecaminoso,
c. al Abraham temeroso,
d. al Jacob usurpador,
e. a los hermanos maliciosos de José, y a Moisés,

el hijo adoptivo de Faraón, por su homicidio. No es sorpresa que cuando Moisés encontró a
los hijos de Israel fabricando un becerro de oro para adorar, mientras recibía el pacto de la
ley en el Sinaí, él comprendiera inmediatamente que la súplica directa a Yahvé: “Perdona
su pecado, y si no, bórrame del libro” de la vida (Éx. 32:32, BA), encontraría respuesta en
Dios.

La visión que Moisés tuvo de un Dios perdonador ha sido central en la fe hebrea y cristiana
desde entonces. Yahvé mismo lo confirmó. Él pasó delante de Moisés a quien había
escondido en la hendidura de una peña, proclamando:

“¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en


misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la
iniquidad, la transgresión y el pecado”, aunque él visitó “la iniquidad de los
padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta
generación” (Éx. 34:6–7).

Después de eso, siempre que los judíos hablaban cara a cara con Dios, ya fuera en sus
fiestas antiguas, en sus sacrificios en el templo de Jerusalén, o en las reuniones de las
congregaciones en el lugar de su destierro, la confesión de sus pecados y la certeza de la
disposición de Dios de perdonarles era central en su adoración.

Ellos cantaban en el salmo que llamamos 78: “Su corazón no era leal para con él…
mas él, siendo compasivo, perdonaba sus iniquidades” (vv. 37–38, BA).
En otro salmo hacían la pregunta: “Señor, si tú tuvieras en cuenta las iniquidades,
¿quién, oh Señor, podría permanecer?” Y ellos la contestaban con un testimonio tomado
directamente de Moisés: “Pero en ti hay perdón, para que seas temido” (130:3–4, BA).
El joven Daniel, en el exilio, lleno del espíritu de profecía, lo dijo con sencillez: “De
Jehová nuestro Dios es el tener misericordia y el perdonar, aunque contra él nos hemos
rebelado” (Dn. 9:9).

Lo que hizo a Jesús de Nazaret reconocible ante los judíos fieles como el Mesías
prometido fue su encarnación perfecta de esta imagen de un Yahvé perdonador. Juan el
Bautista clamó después del bautismo de Jesús: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el
pecado del mundo” (Jn. 1:29). En la Última Cena, cuando Jesús pasó la copa diciendo:
“Esto es mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos para el perdón [eso es, el
quitar] de los pecados” (Mt. 26:28, BA); cuando oró en la cruz: “Padre, perdónalos, porque
no saben lo que hacen” (Lc. 23:34); y cuando abrió el entendimiento de sus discípulos a lo
que estaba “escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”, concerniente a él,
a saber, “que en su nombre se predicara el arrepentimiento para el perdón de los pecados a
todas las naciones” (24:44–47, BA); los judíos del primer siglo reconocieron, así como
nosotros, que él era el Cristo divino. El amor encarnado en él tenía por objeto recordar a
judíos y gentiles que Yahvé era un Dios como Cristo.

En cada caso del perdón divino, registrado en las Escrituras hebreas y cristianas, está
totalmente ausente la costumbre, casi universal en otras religiones del mundo, de negociar
el favor divino. Hacer un trato y fijar un precio por la reconciliación entre el hombre y Dios
no tiene lugar en la fe bíblica. Dios mismo proveyó la base del perdón en la muerte vicaria
de su Hijo. Aunque cumplir el pacto con Dios o renovar los pactos rotos traía ventajas
económicas y síquicas, la preocupación de los sacerdotes y profetas hebreos era por la
relación moral y ética de la gente con Aquel que los había llamado a la justicia. Ante los
múltiples pecados, la única esperanza de reconciliación que vieron los patriarcas, desde
Abel hasta Abraham, descansó en la bondad divina, la gracia de Dios.

El cuadro bíblico, por lo tanto, primero es de un Dios que cumple con sus promesas de
fidelidad, aun cuando aquellos que están en pacto con él han roto las suyas. Aunque se
opone en juicio ante todo pecado, su amor es paciente y bondadoso. Oseas declaró esto en
la imagen hermosa de Dios el Padre, recordando en su ira que había enseñado al infiel
Efraín sus primeros pasos y lo había tomado en sus brazos como a un bebé (Os. 11:3, BA).
De aquella fidelidad, Oseas, Jeremías, Isaías y Ezequiel vieron a Dios forjando un nuevo
pacto de perdón, en el cual su ley estaría escrita en nuestros corazones, y nosotros
podríamos cumplir sus estatutos.
De la bondad y gracia viene también, en la fe bíblica, una segunda característica del
perdón divino: poder. Muy temprano en el ministerio de Jesús, el Evangelio de Marcos nos
dice que cuatro personas llevaron a un paralítico a la presencia del Señor y oyeron al
Maestro decir: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Cuando algunos de los presentes
pusieron en duda esto, calificándolo casi como blasfemia, Jesús dijo al enfermo que tomara
su lecho y caminara; lo que hizo inmediatamente. El Señor entonces explicó que él deseaba
que sus oyentes supieran “que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar
pecados” (Mr. 2:3–10). Las palabras y el evento señalan la raíz del significado de la palabra
perdonar: “Quitar”. Ese significado aún está en uso en la terminología médica y teológica
con la palabra “remisión”. Jesús envió a sus seguidores a proclamar las buenas nuevas: que
el perdón divino, ejecutado en el poder y la presencia vivificantes del Espíritu Santo,
constituyeron en realidad salvación, libertad de la carga síquica de culpabilidad y la carga
moral de esclavitud a los hábitos de maldad que aprisionan y corrompen la vida humana.
Juan y Carlos Wesley y el joven George Whitefield estaban en lo correcto en su
entendimiento de la Escritura respecto a este punto: la gracia que por medio de la fe
proveyó justificación, es decir, perdón, impartió en aquel mismo momento una abundante
medida de santificación, destruyendo el poder y limpiando la culpa del pecado. Esta es la
base bíblica de la teología de la liberación. Jesús mismo anunció en la sinagoga en Nazaret:
“El Espíritu del Señor está sobre mí… Me ha enviado a… pregonar libertad a los
cautivos… a predicar el año agradable del Señor” (Lc. 4:18).
No sorprende que Pedro en Pentecostés declarara las buenas nuevas a la multitud, a
quienes les dijo: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo
para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch. 2:38); o que el
apóstol Pablo escribiera a los efesios acerca de las riquezas abundantes de la gracia que
viene por fe en Cristo, y la “supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que
creemos” (Ef. 1:19). Ellos habían recibido el perdón de sus pecados y llegado a ser
“hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras” (2:10).
Sin embargo, en ningún punto de la enseñanza del AT ó NT se ofrece la promesa del
perdón separada del reconocimiento, por los participantes humanos y divinos en el pacto de
gracia, de la “pecaminosidad excesiva” de nuestro pecado. El impulso moderno, reforzado
recientemente por la consejería sicológica de evitar el despertamiento de sentimientos de
culpabilidad, no tiene apoyo en la religión bíblica. Allá, los publicanos que se golpeaban el
pecho regresaban a casa justificados. El pesar “que es según Dios” llega a ser un don
sanador de gracia. Y si las personas se muestran reticentes para confesar la maldad, la
palabra del Señor, hablada por medio de los sacerdotes y profetas, apóstoles y pastores, los
insta a hacerla.
Los juicios sombríos del profeta Oseas de que “no hay verdad, ni misericordia, ni
conocimiento de Dios en la tierra” (4:1) están detrás del llanto lastimoso del Padre en 11:8:
“¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín? ¿Te entregaré yo, Israel?”
En esto reside la diferencia entre el sentimentalismo moderno y la misericordia bíblica.
El primero, disfrazándose de perdón, ignora las faltas graves como asuntos sin
consecuencia. “Oh, olvídelo”, decimos ligeramente, “no fue nada”. En verdad el perdón
bíblico se degrada por tales negaciones de las consecuencias de nuestra rebelión contra
Dios o las violaciones del principio del amor ético en nuestra relación con otros. Los
cristianos pueden enfrentar directamente la culpa y animan a otros a hacerla, con la
confianza que el perdón sanador del Dios eterno, confirmado en el Calvario, ofrece juicios
que son “verdad, todos justos [que nos justifican]” (Sal. 19:9). “La tristeza que es conforme
a la voluntad de Dios” (2 Co. 7:10, BA), que el NT define como la base del arrepentimiento
verdadero, emana del reconocimiento de la profundidad de nuestra culpa tanto como del
poder de la gracia salvadora.
Todo esto señala una característica más de la doctrina cristiana del perdón, a saber, que
sucede en medio de la formación de un pacto de compromiso mutuo entre Dios y sus hijos.
El relato de Zaqueo en el Evangelio de Lucas ilustra muy bien el punto. Él era un
recaudador de impuestos cuyo éxito obvio hacía que los demás judíos lo odiaran. Zaqueo
buscó la manera de ver a Jesús y le dio la bienvenida como su huésped. Entonces, inspirado
por la aceptación de Cristo, dio la mitad de sus bienes a los pobres y prometió restituir por
cuadruplicado todos los impuestos que había recaudado injustamente. Jesús respondió:
“Hoy ha venido la salvación a esta casa… Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a
salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:9–10).
La doctrina del perdón bondadoso de Dios, así como todas las demás doctrinas de
gracia, se basa no solamente en la iniciativa divina, sino en la esperanza de Dios de que
respondamos activa y continuamente a su amor.

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