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Voces familiares

Nana1

Por Andrés Fidalgo

Nana de la teta
Lozana y repleta

Esta negra chiquita


llorona y fea,
tiene una sola amiga
que la desvela

En cuanto abre los ojos


clama por ella.
¡Qué alegría al besarla,
qué amiga buena!

El licor que le brinda,


harta la deja,
borrachita y sonriendo,
ya no es tan fea.

Nana de la teta
lozana y repleta.

1
Inédito, circa 1949.
Canción2

Por Andrés Fidalgo

Para mi chiquitita
quiero una copla
que se haga miel y azúcar
sobre la boca
que de tierna, en el aire
suelte palomas.

Alcirita, Alcirita
la casa toda
recorre tu alegría
de mariposa.

Miro pasar tus días


de breves horas
y el río de la vida
fluir en olas.

¡El río de la vida


que a mí me ahoga!
Los diques ya vencidos,
las aguas, rojas.

Alcirita, Alcirita;
crece tu sombra.
Las nuestras, bajo el firme
tiempo, se encorvan.

Para la chiquitita
quise una copla
fue dulce; se hizo amarga
sobre mi boca.

2
Inédito, circa 1954.
Siesta3

Por Andrés Fidalgo

Abejitas zumbadoras.
Van y vienen por la siesta luminosa, en la que se inaugura un almacén inverosí-
mil, donde se venden botones, arena, piedras o palitos. Horas durante las cuales las mu-
ñecas asisten a una escuela diminuta, con maestras también diminutas y mínimos cua-
dernos, en que hay reprimendas, notas para los padres... Pero donde siempre se pasa de
grado.
En ocasiones, llega el turno de los baúles; y es entonces cuando aparecen dos se-
ñoritas pintarrajeadas, cómicas y al mismo tiempo trágicas. Desfilan puntillas, abanicos
y el año 1900; todo entre un insoportable olor a naftalina. El tiempo de la abuela, que
me hace recordar (con alguna resistencia porque temo ponerme sentimental) a mi madre
ya anciana. Pero aquí está la savia nueva, que nos reemplazará en un continuo ciclo re-
novador y bullicioso.
Abatido por la modorra del viento norte, las oigo ir y venir incansables, de juego
en juego, de risa en risa. Y me reconforta zambullirme con la imaginación, en ese mun-
do fresco y limpio de las abejitas zumbadoras.

3
Inédito, 1957
Carta a Andrés

Por Alcira Fidalgo

Buenos Aires, Junio de 1972

Papá:

Esta vez no te hago regalitos, porque esta vez quiero decirte algo. Cosas que
siempre pensé, pero nunca llegué a formular. Quiero decirte gracias.
Gracias por enseñarnos a admirar la naturaleza, las cosas, la gente. Por dejarnos
la puerta abierta para el asombro de las cosas simples. Por el hogar en que nos forma-
ron. Por la niñez sana y hermosa que nos hicieron disfrutar y que no olvidamos (porque
aún seguimos sientiéndonos niñas algunas veces para seguir gozando los momentos).
Por los cimientos firmes que nos dieron para elaborar sobre ellos nuestros sueños y ver-
dades. Por dejarnos las alas libres para el vuelo (alguna vez volveremos). Gracias ¡por el
poco ruido y tantas nueces!
Gracias por Toda la voz que nos diste en poemas, consejos, ternura, silencios.
Gracias por tu firmeza, tu honestidad, tu paciencia, tu ejemplo. (Las quejas, en otra ven-
tanilla y otro día no feriado).
Gracias por ser mi papi, tan chiquitito y tan Fidalgo.
Lied N° 34

Por Andrés Fidalgo

Yo tuve dos alas:


Estela y Alcira.
Con ellas cruzaba
la noche o el día.

Crecieron con plumas


ligeras y alegres;
sombra para el sol,
calor en la nieve.

Aprendieron pronto
las leyes del vuelo
y solas se izaron
hasta su aire nuevo.

Quedé mutilado
a ras de la tierra
falto de la gracia
que me daban ellas.

Una, casi Estela;


otra, toda Alcira.
Para mí, dos alas;
para otros, mis hijas.

Andrés

Fidalgo

4
En Aproximaciones a la poesía. Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 1986.
¿Cuándo se apagaron las hogueras?5

Por Estela Fidalgo

Entonces salíamos a remontar las cometas en el campo. Una cascada de colores


brillaba descolgándose por su cola. Tenía que ser la más brillante y larga... Y todos re-
íamos si un remolino travieso la arrastraba hacia el vertiginoso tobogán. No había enojo,
ni celos ni nada. Era sólo la maravilla desplegada en el cielo la que nos convocaba.
Agosto. Y el sendero en la barranca que nos llevaba hacia el río que corcoveaba
cristalino entre las piedras, serpenteaba con flores de ceibos, paraísos y lapachos entre-
mezclados en sus copas.
Todos compartíamos luego los matecitos de leche, sentados alrededor de unas
pobres brasas preparadas con apuro por los más grandes de la barra. La barra!... Un gru-
po de chiquilines soñadores y algo inquietos, que como “Halcones de Oro” volaban en
aviones convertidos en higueras. Que encendían fogatas y lanzaban granadas de pocotes
a reventar entre las lenguas de fuego en la noche de San Juan. Que luego, en chozas de
pajabrava convocaban al espíritu guerrero de una tribu remota para conseguir el triunfo
rotundo en la próxima contienda con los changos de las escaleras, como llamaban a sus
contrincantes. Que sumados eran como Los Mosqueteros “uno para todos y todos para
uno”, prestos a protegerse mutuamente en la sala de un cine de aldea, donde pulgas y
chinches desangraban a su público menudo.
¿Cuándo se apagaron las hogueras? ¿Dónde se fue ese pequeño paraíso? ¿Cómo
dejamos escapar tanta inocencia?
De pronto, se eleva y crece como aquel Genio de la Lámpara de Aladino, el re-
cuerdo de aquellos que, aferrados a esa maravilla, todavía no nos fuimos.

5
Inédito, 2001.
Agradecimientos

Por Nélida Fidalgo

A mi hija Alcira, por permitirme vivir con su herencia poética, sus textos, sus
dibujos.
A Estela y Andrés, por el apoyo y solidaridad de este proyecto largamente con-
versado.
A José Luis Mangieri, entrañable amigo, editor y casi un padre para Alcira.
A Reynaldo Castro, que aceptó el desafío de ordenar, clasificar y seleccionar el
material (poemas, relatos, pensamientos, dibujos) guardado por años, otros rescatados
de mudanzas, allanamientos, exilio. Y escuchar mis dolorosas memorias que figuran en
el prólogo, amigo que se embarcó en la aventura.
A ellos, mi familia, ¡muchas gracias!

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