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MANUAL

CATEQUISTA CATOLICO
DEL

POR

b . J. PERflRbl, Pbro.
EXPLICACIÓN LITERAL CON EJEMPLOS
DEL

CATECISMO BREVE
DE S. S. EL PflPR PfO £

Tercera edición castellana


ADAPTADA AL NUEVO " C Ó D I G O ECLESIÁSTICO"

POR EL

P. E N R I Q U E P O R T I L L O
de !a Compañía de Jesús.

Administración ele « R a z ó n y Fea


P l a z a de S a n t o D o m i n g o , 14, b a j o
A p a r t a d o 386
1919
APROBACIONES

NIHIL O B S T A T
P . VILLADA, S. J .
(Cens. ecclesj

IMPRIMI POTEST
JOSEPHUS GÁLVEZ, S . J.
Prepositus provinciae toletanae.

I M P R IM A T U R
F PRUDKNTIUS
Episcopus matritensis-complutensis.

«Imprenta Ibérica>, Pozas, 12, Madrid.—Teléfono 38-51.


RECOMENDACIONES DEL PRESENTE MANUAL

DE SU SANTIDAD EL PAPA PIO X


A Nuestro Amado Hijo el Sacerdote
J . PERARDI.

Con la mayor complacencia juntamos nuestras


enhorabuenas a las de su Emmo. Arzobispo, el se-
ñor Cardenal Uichelmy, y deseando que, para bien
de las almas, se extienda difusamente el Manual del
Catequista Católico por usted compuesto, le damos
de todo corazón la Bendición Apostólica.
PÍO, PP. X.
El Vaticano, a 15 de Febrero de 1906.

II
DEL EPISCOPADO ITALIANO
Muy señor mío y carísimo hermano en Jesucristo:
Entre las obras más hermosas e importantes, a que
puede atender un sacerdote, especialmente en nuestros
dias, se ha de contar, de fijo, la enseñanza del Catecismo.
Usted ha procurado hacer fácil, agradable y fructuoso
VI KECOMBNDACIONBS

este ministerio; y yo con toda mi alma aplaudo su tra-


bajo y le doy cordialísimas enhorabuenas^ alegrándome
conmigo mismo de lo que ha querido y sabido hacer.
Estoy seguro de interpretar la mente de nuestro ama-
dísimo Padre el Sumo Pontífice, bendiciendo esta obra;
confiando, a la vez, que Nuestro Señor, en recompensa
de ella, le dará su auxilio y el premio merecido.
No me olvide en sus oraciones.
Suyo en J. C.,
F A. Cardenal RICHELMY, Arzobispo.
Turin, 2 de Febrero de 1906.

He podido apenas echar una mirada, y eso a la ligera,


sobre algunas páginas del Manual del Catequista, que us-
ted ha tenido la bondad de enviarme; por lo cual, aun-
que al honor de mi puesto correspondiera en mí el valor
de la persona, no podría darle sino un juicio muy in
completo sobre su obra; sin embargo, por lo poquísimo,
que he podido leer, me parece que su trabajo será de
grande auxilio a los sacerdotes jóvenes, que tienen ne-
cesidad de aprender cómo se debe explicar con clari-
dad, sencillez y abundancia de ejemplos, la Doctrina
Cristiana a los niños; será también de mucha utilidad a
las religiosas, que en los institutos de educación deben
instruir en la Religión a las niñas, que les están confia-
das, y hará grandísimo bien en las familias, donde se in-
troduzca su lectura.
El Señor le haga recoger frutos abundantes de su san-
to trabajo y le remunere por la atención cariñosa, que
conmigo ha tenido; dándole de corazón las más rendi-
das gracias
Soy de usted afmo.,
T ARÍSTIDES, Patriarca.
Venecia, 18 de Febrero de 1906.
DBL P R B S E N T B MANUAL VII

He recibido su Manual del Catequista Católico, que


agradezco. Le doy también mis enhorabuenas más cor-
diales, porque lo hallo muy bien escrito.
En Milán está en publicación un trabajo parecido (1),
y ya a más de medio imprimir; espero será útil, como
veo es útilísimo el publicado por usted. Mejor es tener
dos trabajos que uno solo; y estando bien hechos es de
desear que cadajdia se multipliquen; así se conseguirá
mayor fruto.
Suyo afmo.,
F ANDRÉS F., Cardenal Arzobispo.
Milán, 24 de Febrero de 1906.

He adquirido sumario conocimiento de su Manual del


Catequista Católico, y lo hallo muy útil por la copiosa
multitud de explicaciones, consejos y ejemplos, que ser-
virán de gran auxilio a los párrocos y a los maestros,
que enseñan la Doctrina Cristiana.
F SVAMPA, Cardenal Arzobispo.
Bolonia, 11 de Febrero de 1906.

No puedo menos de alabar y agradecer a usted el Ma-


nual del Catequista Católico, ya que corresponde tan jus-
tamente a los deseos del Padre Santo en la explicación
del Catecismo Breve prescrito por Su Santidad a las dió-
cesis de la provincia romana.
Le doy, entretanto, vivamente las gracias por el obse-
(1) La obra a que hace mención aquí el Eminentísimo Purpura-
do es el «Compendio de la Doctrina Cristiana, mandado por el Pa-
dre Santo, ilustrado con semejanzas y ejemplos», obra útilísima,
pero con fin muy diverso del nuestro. Nosotros nos proponemos la
explicación literal, ilustrada y confirmada con semejanzas y ejem-
plos; el autor del dicho libro se propone sólo ilustrar el texto (sin
explicarlo) con semejanzas y ejemplos. (Nota del Sr. Perardi.)
V'III RECOMENDACIONES

quío, que me ha hechó, ofreciéndome un ejemplar de su


estimado Manual, y rogando a Dios le conceda todo bien,
Soy de usted afino, en J. C.,
f G., Cardenal Arzobispo.
Nápoles, 1." de Marzo de 1906.

He examinado su Manual; y al darle mis más sinceros


plácemes por el obsequio que me ha hecho, tengo el
gusto de asegurarle que me ha agradado en extremo.
¡Bene et opportune seripsisti! Encuentro su trabajo muy
bien hecho y de verdadera y práctica utilidad, pues fa-
cilita a los sacerdotes el cumplimiento de uno de sus
más graves deberes: la enseñanza del Catecismo. En cuan-
to conozca nuestro clero el presente Manual, lo agrade-
cerá seguramente; por eso, deseo se difunda mucho este
libro, para que se logre el santo fin, que usted cierta-
mente se propuso al componerlo. Este sincero augurio
mío es expresión de la satisfacción que encontré al leer-
lo. Persuadido de que este libro hallará aplauso y favor
en todos, no dejaré, cuando se ofrezca ocasión, de reco-
mendarlo a mi clero.
Con efusión de corazón le bendigo.
Afmo. hermano en J. C.,
F TEODORO, Arzobispo.
Vercelli, 6 de Marzo de 1906.

Su Manual de usted es una obra acabadísima, por la


cual recibirá usted la enhorabuena de todos los que
entiendan la suma importancia de la instrucción cate-
quística y sepan por experiencia cuán útil es un buen
libro, que ayude al que tiene el no fácil oficio de cate-
quista.
Me congratulo cordialmente con usted que, no conten-
D-Efv PRITSENTB MANUAL, IX

to con trabajar sin descanso en tan santo ministerio, ha


querido, por medio de la impresión de este libro, coope-
rar a la obra cada día más necesaria, de los Catecismos.
Nuestro Señor le recompense colmadamente como
merece y yo vivamente deseo.
Le bendigo de corazón.
Suyo afmo.,
F EMILIO, Arzobispo.
Sasari, 12 de Febrero de 1906.

He leído con verdadera satisfacción su Manual del Ca-


tequista Católico, y lo encuentro de suma utilidad para
la enseñanza del Catecismo.
No dejaré de darlo a conocer a mis párrocos para que
puedan aprovecharse de él en el ejercicio de su ministe-
rio, respecto a la instrucción religiosa de la juventud.
Afmo. en el Señor,
F DOMINGO OVIS, Arzobispo.
Spoleto, 19 de Febrero de 190G.

He recibido el Manual del Catequista Católico, que us-


ted ha publicado y de que tuvo la bondad de mandarme
un ejemplar; después de haberlo atentamente examina-
do, no puedo menos de alegrarme vivamente con usted
por su estimadísimo trabajo.
En él los padres y maestros elementales y aquellos a
quienes está confiada la dirección en las parroquias de
alguna de las clases de Catecismo, hallarán abundante
materia para prepararse a cumplir con fruto el ministe-
rio de instruir a los niños en los primeros rudimentos
de nuestra Religión.
Auguro a su libro la mayor difusión, a mayor gloria
de Dios y bien de las almas, y para satisfacción también
de usted.
X RECOMENDACIONES

Me recomiendo en sus oraciones, y aprovecho esta


ocasión de manifestarme con particular afecto,
Suyo en J. C.,
f ANDRÉS F I O R E , Obispo.
Cuneo, 14 de F e b r e r o de 1906.

De todo corazón doy la bienvenida a su Manual del


Catequista Católico..., del cual muchos conmigo veían
hasta ahora la necesidad.
Con usted me alegro sinceramente, tanto por la buena
obra, que ha hecho, como por la forma amena, con que
ha logrado llevarla felizmente a cabo...
Bendiga Dios a usted y sus fatigas, como yo se lo pido
de todo corazón.
Suyo afmo.,
f MATEO, Obispo.
I v r e a , 11 de F e b r e r o de 1906.

He recibido su Manual del Catequista Católico. Hace


tiempo deseaba yo un Manual para los catequistas, y me
parece que el suyo corresponde perfectamente a mis de-
seos. Sin embargo, no he hecho sino empezarlo a leer;
mas ya digo que me agrada.
Afmo. en Cristo,
F JOSÉ, Obispo.
Biella, 19 de F e b r e r o de 1906.

Le doy gracias de todo corazón por su Manual del Ca


tequista Católico. Apenas llegó a mis manos lo quise re-
correr todo, aunque, como usted entenderá fácilmente,
de prisa y sin parar.
Ha escrito usted un libro m u y oportuno, y cuantos
quieran aprovecharse de su trabajo se lo agradecerán en
extremo.
DEL PRESENTE MANUAL xx

Si lo hubiese recibido una semana antes, me hubiera


sido grato hacer honorífica mención de él en la pastoral
publicada estos días, que trata precisamente del Catecis-
mo. No dejaré, con todo, de dar a conocer y recomendar
a mis párrocos su libro. Entretanto le doy las más ex-
presivas gracias y repito mis enhorabuenas.
Afmo.,
\ ARÍSTIDES GOLFIERI, Obispo.
C i t t á di Castello, 14 de F e b r e r o de 1906.

Recibí a su tiempo el Manual del Catequista Católico, y


lo agradezco sobremanera, reconociendo que es útilísimo
a los catequistas, especialmente en aquellas parroquias,
que han adoptado el Catecismo Breve de Su Santidad
Pío X. Siento no haber podido hacer alguna indicación
de él en mí última pastoral] de la Cuaresma «Sobre la
instrucción religiosa de los niños», habiendo recibido
este Manual cuando estaba ya impresa la circular; lo ten-
dré presente en otra ocasión.
Afmo.,
-¡- HIGINIO, Obispo.
T o r t o n a , 16 de E n e r o de 1906.

III

DE LA «CIYILTA CATTOLICA»

Tomamos de la Civiltá Cattolica (21 de Septiembre de


1907, cuaderno 1.374, pág. 699) lo siguiente:
«No creemos sea necesario aducir prueba alguna de
la oportunidad y conveniencia suma de que las explica-
ciones del Catecismo, ordenadas por el Papa a todos los
párrocos y pastores de almas, se hagan siguiendo el
XII RECOMENDACIONES

mismo texto (esto es, el texto del Catecismo mandado


por el Papa); y hablamos tanto de las explicaciones a los
niños, como de las que se hacen a todo el pueblo reuni-
do para esto los días festivos.
«Tenemos sobre la mesa un tomo, que en las explica-
ciones que se han de hacer al pueblo del modo dicho,
puede servir de modelo. Es el Manual del Catequista Ca-
tólico del teólogo J . PKHARDÍ, de Colegno, en el Arzobis-
pado de Turín, a quien el Padre Santo ha enviado una
carta autógrafa gratulatoria, y a quien del mismo modo
elogian, después de su eminentísimo Ordinario el Car-
denal Richelmy, los eminentísimos señores Cavallari,
Patriarca de Venecia; Ferrari, Arzobispo de Milán;Svam-
pa, de Bolonia; Prisco, de Nápoles; Lualdi, de Palermo,
y otros Arzobispos y Obispos de toda Italia en gran nú-
mero. El ilustre autor sigue paso a paso el Catecismo
Breve impuesto por el Papa, haciendo a cada una de las
preguntas y respuestas un comentario, ordinariamente
sucinto, suficiente, sin embargo, a declarar las verdades
enunciadas apenas en las respuestas del Catecismo, a
prevenir las dudas, a soltar las dificultades más obvias
y a demostrar la trabazón de las creencias y deberes
cristianos, añadiendo en cada pregunta ejemplos, que la
confirmen e impriman mejor en el ánimo de los niños.
Estos ejemplos, que son numerosísimos, están tomados
con prudente discernimiento de la Sagrada Escritura, de
la Historia Eclesiástica, de las obras de los Padres y de
los mejores escritores; esto basta para el fin que el cate-
quista se propone, no siendo su trabajo de crítica histó-
rica.»
AUVBKTENCIIS PRELIMINARES Xllt

ADVERTENCIAS PRELIMINARES

Al publicar hoy revisada, mejorada y en gran parte


refundida esta nueva edición del Manual del Catequista
Católico, debemos anteponer algunas advertencias o ex-
plicaciones.
Primera. El fin, que nos hemos propuesto, es hacer
un Manual del Catequista Católico, esto es, un Manual de
explicaciones literales del Catecismo, que sirva a los ca-
tequistas de buena voluntad, de eficaz ayuda en su mi-
nisterio. Por esto, y también por no aumentar demasía
do el tamaño de este volumen, muchas razones y hechos
van solamente indicados o expuestos brevemente. Al ca-
tequista toca, pues, desarrollarlos para hacerlos intere-
santes y cautivar así mejor la atención de los niños. En
este Manual podrá encontrar abundantemente los elemen-
tos necesarios para su trabajo.
Con nuestro fin nada tienen de común otros comenta-
rios hechos hasta hoy al Catecismo del Papa; de los cua-
les alguno, como el del señor Mioni, utilizando el Cate-
cismo Breve y el Catecismo Mayor, ha compuesto un Cate-
cismo especial, no adaptado a los niños.
Segunda. Se nos ha indicado como modelo el Reino
de los Cielos anunciado por primera vez a los niños, del
señor Mey, bueno para el fin, que se propuso su autor;
pero si nosotros hubiésemos querido adoptar el criterio
del señor Mey hubiéramos debido quitar, por lo menos,
las cuatro quintas partes de los ejemplos y razones, re-
sultando, sin embargo, un tomo doble, adaptado sólo a
los más pequeños, o a los mayores, o a los niños de me-
diana edad. Quien estudie literalmente el libro del señor
Mey, podrá, es verdad, hacer u n Catecismo bueno para
xxv a d v e r t e n c i a s p r e l i m i n a r e s

los niños más pequeños, pero no para los de mediana


edad; para éstos falta doctrina conveniente, pues no es
bastantemente completo.
Tercera. Nuestro Manual no suple al catequista, ni
éste lo debe estudiar a la letra, para recitarlo de memo-
ria. Hemos partido del supuesto que el catequista está
ya formado, instruido ya en el modo de cumplir bien su
ministerio, que sabe ya enseñar el Catecismo. Nuestro
Manual le proporcionará los elementos y materiales de
que tiene necesidad para hacer, desarrollándolos, un Ca-
tecismo provechoso; será para él como el instrumento en
manos del artista. Tales explicaciones deberán, natural-
mente, ser diversas, según se hagan a los niños más pe-
queños o a los jóvenes de diez a doce años. El Manual no
le enseña cómo debe hacer eso; supone que ya lo sabe,
mas le proporciona los materiales necesarios y conve-
nientes.
Cuarta. Por esto, para complemento de la materia,
alguna vez hemos juzgado oportuno indicar, al menos
sumariamente, las principales pruebas de una verdad
(por ejemplo, de la divinidad de Jesucristo). No quere-
mos con esto decir que el catequista deba siempre expo-
ner todas esas pruebas. Se servirá de ellas con discre-
ción, con mayor o menor amplitud, según las circuns-
tancias especiales, la edad, capacidad o la necesidad de
los niños, que le escuchan.
Del mismo modo, en las explicaciones y notas se dicen
o indican cosas no adaptadas a todas las edades; como
no basta que, por ejemplo, las primeras nociones se ex-
pliquen a solo los más pequeños, sino que es preciso re-
petirlas también a los mayores, por eso, no podíamos
limitarnos a exponer lo que cuadraba sólo a los más pe-
queños. Cada catequista debe saber escoger lo que se
adapte mejor a los niños que le oyen y exponerlo del
modo más propio a su capacidad. Así, serán muy diver»
sas, no sólo en la exposición, sino también en la expre-
sión, las explicaciones que se hagan a Los más pequeños
ADVERTENCIAS PRELIMINARES XV

y las que se hagan a niños de mayor edad; de donde


se deduce cuán necesario sea trabajar para formar bien
a los catequistas. Persuádanse los párrocos y directores
de los Catecismos que no basta ponerles en las manos
una buena explicación catequística; preciso es enseñar-
les también el modo de valerse de ella con fruto.
Quinta. Con el título de ejemplos hemos recogido,
además de las semejanzas, muchas narraciones y hechos
(de que poco importa saber si son rigorosamente histó-
ricos o no), pues todos sirven para dejar impresa en la
mente de los niños la enseñanza moral, que han apren-
dido en la respuesta recitada de memoria, o en la expli-
cación oída, o refrescar luego su recuerdo.
Algunos hubieran preferido nos hubiésemos limitado
a solos los hechos rigorosamente históricos (1); cosa es
ésta del todo imposible en un Catecismo, más aún, in-
útil y hasta dañosa. ¿Cuál es, en efecto, el fin de los
ejemplos, que se cuentan? Probar, confirmar, o hacer
recordar la verdad explicada. No recurrimos jamás a
hechos, no reconocidos expresamente por la Iglesia,
para probar una verdad, pocas veces para confirmarla. El
ejemplo, cuando no es de la Sagrada Escritura, tiene
siempre este único Objeto: imprimir mejor en la mente
del niño la verdad explicada, o hacérsela recordar des-
pués; ya que recordando el ejemplo, recordará necesa-
riamente la verdad, que aprendió, o la explicación
que oyó.
Por lo tanto, al fin propuesto, generalmente se adap-
tan los ejemplos rigorosamente históricos, lo mismo que
las parábolas; así que los hipercríticos pueden tomar
los ejemplos, no rigurosamente probados, como parábo-
las; con esto, no quedará fallido en nada el fin que nos
hemos propuesto.

(1) Conviene t a m b i é n n o t a r que, p a r a ciertos hipercríticos, no


os histórico el hecho, en que h a y algo de s o b r e n a t u r a l . P a r a los
tales, cuando en u n hecho e n t r a algo de milagroso, el hecho mismo
ya no es histórico. Guardémonos de tales excesos.
xvi

Hemos p r o c u r a d o sin embargo en la elección de estos


ejemplos la seriedad o verosimilitud de ellos: esto, en
sentir de la misma Cioiltá Caitolica, lo hemos logrado.
Sexta. Los ejemplos sacados de la Sagrada Escritura
van expuestos con toda exactitud; los del Nuevo Testa-
mento, ordinariamente copiados a la letra, aunque sean
algo largos, deseando que el catequista tenga a la vista
en los hechos el texto mismo de Ja Escritura. El cate-
quista, pues, al narrarlos, como ya hemos dicho a pro-
pósito de las explicaciones, debe hacerlo con aquellas
palabras que a cada hecho particular corresponden y
según la edad y capacidad de los niños que asisten al
Catecismo.
Séptima. P a r a m a y o r comodidad de los catequistas,
hemos puesto numeradas, desde el principio hasta el
fin, todas las preguntas del Catecismo; de este modo,
m u c h a s citas se i n d i c a n sencillamente con el n ú m e r o de
la pregunta. E n la cabecera de cada u n a de las páginas
se hallará, además del título y n ú m e r o de la misma, otro
n ú m e r o entre paréntesis; éste corresponde al de la pre-
gunta, que se va explicando.
Antepuestas estas declaraciones, que juzgábamos nece-
sarias, no nos queda sino rogar al Señor para que se dig-
ne bendecir nuestro Manual, a su autor y a cuantos lo
utilizaren; para que así pueda hacer m u c h o bien, auxi-
liando a los catequistas de buena voluntad a c u m p l i r
debidamente su misión, que en nuestros días, como dice
el Sumo Pontífice, es la obra mas necesaria y m á s útil a
que se puede aplicar u n cristiano.
J. PERARDI.
Tarín, 1.° de Marzo de 1911.
EL CATECISMO Y LOS CATEQUISTAS

OBSERVACIONES Y NORMAS PRÁCTICAS SOBRE LA ENSEÑANZA


DEL CATECISMO

1. El Sumo Pontífice Pío X, en su a d m i r a b l e encícli-


ca sobre la Doctrina cristiana, después de h a b e r lamen-
tado la gran decadencia en el espíritu religioso, que to-
dos reconocemos, señala como causa principal de esta
desgracia la ignorancia religiosa. «No rechazamos, dice,
las opiniones de los otros; mas estamos con los que
piensan que esta depresión y debilidad de las almas, de
que d i m a n a n los mayores males, provienen principal-
mente de la ignorancia en las cosas divinas. Esta opinión
concuerda enteramente con lo que Dios mismo declaró
por el profeta Oseas: No hay conocimiento de Dios en la
tierra; las maldiciones y la mentira y el homicidio y el robo
;/ el adulterio lo han inundado todo; a la sangre se añade
la sangre, por cuya causa se cubrirá de luto la tierra y
desfallecerán todos sus moradores» (1). Y haciendo suya
la afirmación del Papa Benedicto XIV, añade: «Afirma-
mos que la m a y o r parte de los condenados a las penas
eternas cayeron en aquella su perpetua desventura por
ignorar los misterios de la fe, que necesariamente debe-
mos saber y creer para ser contados entre los elegidos.»

(L) Oseas, IV, 1-3.


2 B L CATECISMO Y LOS C A T E Q U I S T A S

Observa, además, el P a p a c u a n extendida se h a l l a la


ignorancia en las cosas de la Religión y qué funestas
consecuencias proceden de ella: «Cuán fundados son,
por desgracia, los lamentos de los que se quejan de que
h o y existe u n crecido n ú m e r o de personas entre el pue
blo cristiano que ignora totalmente las cosas que se
h a n de conocer para conseguir la salud eterna. Al de
cir pueblo cristiano, no nos referimos solamente a la
plebe o a las clases inferiores, a quienes excusa con
frecuencia el hecho de hallarse sometidas a h o m b r e s
t a n duros, que apenas les dejan tiempo para ocuparse
de sí mismos, ni de las cosas, que pertenecen al alma;
sino t a m b i é n y p r i n c i p a l m e n t e h a b l a m o s de aquellos a
quienes no falta entendimiento ni cultura y a u n se ha-
llan adornados de erudición profana, pero en las cosas
de la religión viven de la manera más temeraria e im-
p r u d e n t e que puede imaginarse. Difícil sería ponderar
lo espeso de las tinieblas que los envuelven, y, lo que es
m á s triste, la tranquilidad con que permanecen en ellas.
De Dios, soberano autor y moderador de todas las co-
sas, de la sabiduría de la fe cristiana, no tienen la me-
n o r idea. De manera, que n a d a saben de la E n c a r n a -
ción del Verbo de Dios, ni de la perfecta restauración
del género h u m a n o c o n s u m a d a por Él; nada de la gra-
cia, principal medio p a r a alcanzar los eternos bienes;
n a d a del Sacrificio augusto de la Misa, ni de los Sacra
mentos, mediante los cuales conseguimos y conservamos
la gracia. E n cuanto al pecado, ni conocen su malicia ni
el oprobio que trae consigo; de suerte que no ponen el
m e n o r cuidado en evitarlo, ni borrarlo; y llegan al día
postrero de su vida en disposición tal, que para no de-
jarles abandonados y sin n i n g u n a esperanza de salvación,
el sacerdote se ve en la precisión de aprovechar aquellos
últimos instantes de vida p a r a enseñarles sumariamente
la Religión; en vez de emplearlos principalmente, según
convendría, en moverlos a afectos de caridad. Esto, si no
ocurre lo que m u c h a s veces sucede, que el m o r i b u n d o
B L CATECISMO Y LOS C A T E Q U I S T A S 3

tiene tan culpable ignorancia, que llega a creer inútil el


auxilio del sacerdote y se resuelve t r a n q u i l a m e n t e a tras-
pasar los umbrales de la eternidad sin haber satisfecho
a Dios por sus pecados.» Más adelante añade: «Conviene
repetirlo, para inflamar el celo de los ministros del Señor:
es ya crecidísimo y a u m e n t a cada día más el n ú m e r o de
los que todo lo ignoran en materias de religión, o tienen
de Dios y de la fe cristiana concepto tal, que en plena
luz de verdad católica les deja vivir como paganos. ¡Ay!
Cuán grande es el número, no diremos de niños, pero de
adultos y hasta de ancianos encorvados por el peso de
los años que ignoran absolutamente los principales mis-
terios de la fe, y oyendo el n o m b r e de Cristo responden:
¿Quién es... para que yo crea en El1 (1). De ahí que tengan
por lícito concebir y m a n t e n e r odios contra el prójimo,
formar contratos inicuos, explotar negocios infames, an-
dar en préstamos usurarios y hacerse reos de otras pre-
varicaciones semejantes; de ahí, que ignorando la ley de
Dios, que no sólo prohibe toda acción torpe, sino el pen-
samiento voluntario y el deseo desella, m u c h o s que, sea
por lo que quiera, casi se abstienen de los placeres ver-
gonzosos, alimentan, sin el menor escrúpulo, en su cora-
zón los pensamientos más perversos, multiplicando sus
iniquidades más que los cabellos de su cabeza. Y c o n -
viene repetirlo, estos vicios no se hallan solamente entre
la gente ruda del campo, entre el pueblo b a j o de las ciu-
dades, sino también, y acaso con más frecuencia, entre
hombres de otra categoría, incluso en los que se enva-
necen por su saber, y confiando en su v a n a ciencia pre-
tenden burlarse de la Religión y blasfeman de todo lo que
no conocen» (2).
El P a d r e Santo observa t a m b i é n que «la voluntad, ex-
traviada y ciega por las malas pasiones, necesita u n a
guía, que le muestre el camino, para que vuelva a la
vía de la justicia, que desgraciadamente abandonó. Esta

(1) San Juan, IX, 36.—(2) San Judas, 10.


4 BL CATECISMO Y LOS CATEQUISTAS

guía, no h a y que buscarla fuera del hombre, la m i s m a


naturaleza nos la ofrece, es la propia razón. Mas si a la
razón falta aquella otra luz, h e r m a n a suya, que es la
ciencia de las cosas divinas, vendrá a suceder que u n
ciego guíe a otro ciego y ambos caigan en el hoyo».
O p o r t u n a m e n t e recuerda, además, que la ciencia del
Cristianismo no es sólo fuente de luz en el entendimien-
to p a r a la consecución de la verdad; sino fuente de calor
en la voluntad, con que nos levantamos hacia Dios y con
El nos unimos por la práctica de la virtud.
2. Ciertamente, la ciencia de la Religión no p r o p o r -
ciona la impecabilidad y puede andar j u n t a con u n a vo-
l u n t a d perversa y con el desarreglo de las costumbres.
Mas el P a p a afirma con toda razón, respondiendo a una
de esas acusaciones t a n t a s veces repetidas por los enemi-
gos de la Iglesia: «Aseguramos, dice, que cuando el espí-
ritu está envuelto en las espesas tinieblas de la ignoran-
cia, no puede darse ni la rectitud de la v o l u n t a d ni las
b u e n a s costumbres; p o r q u e si c a m i n a n d o con los ojos
abiertos, puede apartarse el h o m b r e del recto y seguro
camino, el que padece de ceguera está en peligro cierto
de desviarse. Añádase que en quien no esté enteramente
apagada la antorcha de la fe, todavía queda alguna espe-
ranza de que enmiende sus corrompidas costumbres;mas
c u a n d o a causa de la ignorancia, se j u n t a a la d e p r a v a -
ción la falta de fe, ya no queda apenas lugar alguno al
remedio, patente sólo el camino de la ruina» (1).

(1) La experiencia demuestra claramente cuan verdaderas son


estas palabras del Papa. Obsérvese que Francia hace veinticinco
años introdujo, como enseñanza, la moral laica en las escuelas.
Ahora bien; cuando se inauguró la escuela laica, los delincuentes
menores de veinte años eran en Francia 16.000; diez años después, el
número subió a 41.000. En un año dentro de París, entre 26.000 mal-
hechores detenidos, 10.000 no habian cumplido veinte años. El 1900,
en París, IZO fueron los suicidios de jóvenes menores de dieciséis;
780 d'e dieciséis a veintiún años. Durante cuatro años por toda
Francia, entre 100.000 personas de una misma profesión, los fiscales
y ahogados sufrieron, porltérmino medio, 48 sentencias criminales;
FT. CATECISMO Y L.OS CATEQUISTAS 5

3. De todas estas consideraciones su Santidad de-


duce la necesidad y utilidad suma de la instrucción reli-
giosa; recordando el gravísimo deber que incumbe al
sacerdote de amaestrar al pueblo, dice ser la instrucción
catequística «la leche que el Apóstol San Pedro quería
que todos los fieles deseasen con sencillez, como niños
recién nacidos»; y añade: «Que a u n q u e sencilla y llana,
es la instrucción catequística aquella palabra de que Dios
habla por Isaías: al modo que la lluvia y la nieve descien-
den del cielo y no vuelven atrás, sino que empapan la tierra
y la penetran y fecundan, y dan simiente al sembrador y
pan al hambriento; así será mi palabra salida de mi boca,
no volverá a mí vacía, sino que obrará todo aquello que yo
quiero y ejecutará felizmente aquello que yo pretendo» (1).
Y después de h a b e r observado que «como es vano es-
perar cosecha de tierra, en que no se h a sembrado, así
no es posible esperar generaciones fecundas en buenas
obras, si o p o r t u n a m e n t e no h a n sido instruidas en la
Doctrina cristiana», con dolor viene a deducir esta con-
clusión:
«Que si la fe languidece en n u e s t r o s dias, a punto de que en
muchos p e r e c e casi m u e r t a , es porque se ha cumplido d e s c u i -

los médicos, 46; los artesanos, 28; el clero, 5. Estas estadísticas dan
derecho al profesor Bertin del Instituto de Francia para decir, con
razón, que este ultimo grupo es la parte más moralizada y selecta
del país. De aquí también se deduce que, en la eterna lucha contra
las depravadas inclinaciones de nuestra naturaleza, la religión es
para el hombre su principal sostén. En Italia, la estadística del de-
cenio de 1897-.907 publicada en el Bolletino G-iudiziario, testifica que
de 100.000 personas de la misma profesión fueron condenadas por
a l g ú n c r i m e n : notarios, abogados..., 100; artesanos, 33; médicos, ciru-
janos, nodrizas..., 25; profesores seglares, 19; clérigos, 4. P o r l o q u e s e
ve, que la clase del clero en la escala del crimen ocupa el último lu-
gar, seis veces inferior al de los médicos y carreras afines; ocho, al
de los artesanos; veinticinco, a la clase que cuenta el mayor nú-
mero de criminales, cual es la de los jueces, diputados, senadores y
ministros, y en la escala de la moralidad el clero va a la cabeza de
las demás clases sociales.
(1) Isaías, L V , 10 y 11.
(¡ EL CATECISMO Y LOS CATEQUISTAS

dadamente o se ha omitido del todo la obligación de enseñar el


Catecismo.»
4. Asegura también que no vale para excusarse decir
que «la fe es don gratuito, comunicado e infundido en el
santo Bautismo. E n verdad, todos cuantos hemos sido
bautizados en Cristo hemos recibido el hábito de la fe;
mas este germen divinísimo no se desarrolla... ni da ra-
mas (1), a b a n d o n a d o a sí mismo y como p o r su propia
naturaleza. También el h o m b r e al nacer lleva consigo la
facultad de entender, y, sin embargo, necesita de la pala-
b r a de la madre; por la cual, como excitada, pasa, según
dicen, de la potencia al acto. No de otro modo el cristia-
no, reengendrado por el agua y el Espíritu Santo, lleva
en sí la fe; mas es preciso que la palabra de la Iglesia la
fecunde, desarrolle y haga fructificar. Por esto escribía el
Apóstol: La fe proviene del oír y el oír depende de la pre-
dicación de la palabra de Cristo (2). Y p a r a mostrar la n e -
cesidad de la enseñanza, añade: ¿Cómo oirán si no se les
predica?» (3).
5. No basta, sin embargo, que los niños aprendan las
respuestas del Catecismo, ni se puede decir que el n i ñ o
lo sabe y está debidamente instruido, porque es capaz
de repetir las preguntas, que se le h a n enseñado. Por eso
añade el Papa: «Deber es del catequista elegir alguna de
las verdades relativas a la fe y costumbres cristianas,
exponerla y explicarla en todos sus aspectos. Y como el
fin de la enseñanza es la enmienda de la vida, el cate-
quista ha de c o m p a r a r lo que Dios m a n d a cumplir con
lo que los h o m b r e s hacen en realidad; después de lo
cual, y habiendo sacado o p o r t u n a m e n t e algún ejemplo
de la Sagrada Escritura, de la historia de la Iglesia o de
las vidas de los santos, h a de aconsejar a sus discípulos y
como señalarles con el dedo, la norma a que deben ajus-
f a r su vida, t e r m i n a n d o por fin con exhortar a los presen-
tes a h u i r los vicios y practicar la virtud.» Quiere además

(t) San Marcos, IV, 32—(2) A los Rom., X, 17.-(3) Idem, 14.
EL CATECISMO Y LOS CATEQUISTAS 7

ül Papa que, por grande que sea la facilidad, que u n o ten-


ga por su natural, de discurrir o de hablar, se persuada
que no podrá j a m á s enseñar fructuosamente el Catecis-
mo a los niños y al pueblo, sin prepararse con m u c h a
reflexión, añadiendo que «cuanto m á s r u d o es el que es-
cucha, tanto m a y o r empeño y diligencia se h a de poner
en acómodar a la capacidad de los m á s r u d o s verda-
des sublimísimas y tan por encima de la capacidad del
vulgo, y que, sin embargo, los rudos como los sabios es
preciso conozcan para conseguir la salvación eterna».
6. De estos pensamientos del Sumo Pontífice fácil-
mente se deduce cuán grande, noble y j u n t a m e n t e cuán
delicado sea el oficio de catequista; ya que es preciso
convencerse de que los niños no saben m á s catecismo
que el que aprenden en la Iglesia: ésta es la sola ciencia
religiosa que tienen.
Muchos padres poco o nada se interesan por enseñar
a sus hijos la doctrina cristiana; en las escuelas públicas
la enseñanza del Catecismo, aunque oficialmente conser-
vada en algunas partes, realmente se reduce a bien poca
cosa, antes se puede decir casi a nada, especialmente en
las escuelas de varones. Por esto, con razón, dice su
Santidad: «La limosna con que aliviamos las necesida-
den de los pobres es del Señor grandemente alabada;mas
¿ |uién negará que h a n de ponerse m u y por encima de
ella el celo y t r a b a j o , mediante los cuales damos al en-
tendimiento las enseñanzas y consejos que miran, no a
las necesidades terrenas, sino a los bienes celestiales?
Nada h a y en verdad más grato a Jesucristo, Salvador de
las almas, que dijo de sí, por el profeta Isaías: He sido
enviado a evangelizar a los pobres» (1).
Creemos, por tanto, oportuno añadir aquí, para ins-
trucción y guía de los catequistas de buena voluntad, u n
resumen de las principales dotes de todo buen catequis-
ta y de las cualidades de toda enseñanza catequística.

(1) San Lucas, IV, 18; Isaías, L X I , 1.


8 KL C A T E C I S M O Y L O S C A T E Q U I S T A S

7. Dotes de un buen catequista. - Las principales dotes


de que debe estar adornado un buen catequista, son:
grande estima de su empleo, instrucción conveniente,
grande celo, equidad y prudencia.
I. Grande estima de su empleo. —El catequista debe en-
tender bien la sublimidad de la misión, que Dios le tie-
ne confiada: cooperar con Jesucristo a la evangelización
de los pequeñuelos. Por esto, debe a m a r el Catecismo,
a m a r a los niños, buscar m o d o de mostrarles que los
a m a con a m o r sobrenatural, no poniendo en contradic-
ción n u n c a lo que enseña con su manera de portarse. A
este fin ha de dar b u e n ejemplo a los niños en todo, más
especialmente, en las cosas que pertenecen a la enseñan-
za que les procura.
II. Instrucción conveniente.—Que el catequista debe
tener una sólida instrucción religiosa no lo decimos
nosotros, sino el Papa, en las enseñanzas que habernos
apuntado.
La enseñanza es u n a ciencia, u n arte. La enseñanza
religiosa es la ciencia de las ciencias, el arte de las ar-
tes; por tanto, el catequista, no confiando en sus natura-
les habilidades, que son meras disposiciones remotas,
debe, según la recomendación del Sumo Pontífice, pre-
pararse próximamente y con diligencia a enseñar bien
el Catecismo. Además* ha de aprovechar todas las oca-
siones para instruirse mejor; y como para enseñar el Ca-
tecismo es preciso explicarlo, p r o c u r a r á entender bien y
hacer plenamente suya la significación de aquellas fór
m u í a s , que debe después hacer entender a sus alumnos,
de donde nacerá h a b l a r con facilidad, seguridad y exac-
titud. El Manual, que ofrecemos a los catequistas, pre-
tende servirles de guía en estas explicaciones de cada
u n a de las respuestas El catequista, que quiera aprove
charse de él, debe estudiarlo y asimilárselo por com-
pleto.
III. Celo.—El catequista en el ejercicio de su ministe-
rio debe estar inflamado de celo, pues t r a b a j a para bien
F,L C A T E C I S M O Y LOS C A T E Q U I S T A S 9

de las almas, para la eternidad. Su celo debe ser sobre-


natural, y por lo mismo, h a de a m a r en los niños lo que
en ellos hay de sobrenatural, esto es, a Nuestro Señor que
mora en ellos p a r a santificarlos. Decía el Sr. Gay a cada
uno de los catequistas: «Todo para nosotros se reduce a
dos cosas: enseñar a Jesucristo y f o r m a r a Jesucristo.
Enseñar a Jesucristo es toda la instrucción y f o r m a r a
Jesucristo toda la educación. Preciso es h a c e r ver en to-
das partes a Jesucristo y en todas formarlo.» Para esto,
el catequista sea paciente y afable con los niños, ruegue
por ellos, no se presente en medio de ellos como quien
está fastidiado, mantenga en clase u n orden absoluto y
u n absoluto silencio, de modo que se oiga sólo la voz del
catequista y la de aquel que, preguntado, responde.
IV. Equidad.—El celo debe hacer equitativo al cate-
quista. Velará, por tanto, sobre sus sentimientos, p a r a
guardarse con toda cuidado de particulares simpatías
hacia alguno de los niños. Mostrará sólo justa predilec
ción por aquellos, que supieren merecerla con su apli-
cación, buena conducta y diligencia.
Procure especialmente ser justo en poner las notas de
aprovechamiento y conducta y, según el mérito de cada
uno, en señalar con equidad los premios y castigos. E n
castigar, cosa que mostrará siempre hacer de mala gana
y después de serias advertencias, buscará sólo la en-
mienda del niño. Acuérdese que en el señalar los pre-
mios h a de tener cuenta de todo: asiduidad, conducta
y aprovechamiento. P a r a juzgar bien de esto último es
preciso atender a la capacidad intelectual del niño y a
su diligencia.
V. Prudencia. — Esta virtud, dote necesaria para el
buen éxito en cualquier asunto, lo es éspecialmente p a r a
el buen resultado en el Catecismo. La prudencia, en efec-
to, enseña a tener la debida cuenta de las circunstancias
y a saber escoger los medios que, considerados todos los
adjuntos, son más a propósito p a r a llegar al fin.
Por esto, el catequista estudiará el carácter y la capa-
10 EL CATECISMO y LOS CATEQUISTAS

cidad de los niños, a d a p t a n d o a su inteligencia la expli-


cación, procurará corregirlos de sus defectos, mostrán-
doles la fealdad de estos defectos y el daño que les pue-
den acarrear, no empleará j a m á s términos groseros o
que desdicen de la dignidad de la materia, que enseña,
g u a r d a r á el mayor recato y dignidad en su lenguaje y
maneras.
8. Cualidades de la enseñanza catequista. —La ense-
ñanza del Catecismo debe ser racional, gradual y coor-
dinada, interesante, sencilla, moral y práctica.
Antepongamos una observación importantísima acer-
ca de la división de las clases. Cada clase no debería con
tener m á s de quince niños. Es ésta condición absoluta-
mente necesaria para que el catequista pueda esperar
f r u t o de su trabajo; por tanto, es imprescindible prepa-
rar, a cualquier costa, catequistas suficientes, según el
n ú m e r o de clases, proporcionadas éstas al n ú m e r o de
los que h a n de recibir la instrucción. Trabájese en pre-
p a r a r a los catequistas, en formarlos, y la obra prospe
rará. Hágase cuenta del inconveniente gravísimo, dema-
siado general por desgracia, de descuidar la preparación
de los catequistas. ¡Cuánto no se t r a b a j a por f o r m a r a u n
maestro de escuela! Y ¿qué se ha hecho para p r e p a r a r
y f o r m a r buenos catequistas? El catequista, además, ha
de estar provisto de un libro conveniente, según las ex-
plicaciones que h a de hacer, y saber el modo de usar bien
de él; al labrador se enseña la m a n e r a de m a n e j a r la aza-
da y los demás instrumentos t a n sencillos de su oficio; y
¿se pretenderá que el catequista, un joven o una joven,
por el hecho mismo de tener en la m a n o u n b u e n ma-
nual, esté ya en disposición de cumplir bien u n empleo
tan delicado y difícil, cual es enseñar la ciencia m á s le-
vantada a mentes tiernas y que no se h a n desarrollado
aún, como ¡son las de los niños?
I. Enseñanza racional. —Enseñar el Catecismo no sig-
nifica hacer que los niños a p r e n d a n sólo de m e m o r i a las
respuestas, sino hacérselas entender. Nadie crea que el
E L CATECISMO Y L O S C A T E Q U I S T A S 11

niño no raciocina; antes bien gusta de darse cuenta de


todo, y aun, en cuanto puede, de las verdades mismas de
la Religión. P o r esto, digámoslo claramente; si en algu-
nas partes no asisten con gusto sobre todo los niños al
Catecismo, u n a de las causas es precisamente ésta: por-
que se les hace su estudio fastidioso, por ser m e r a m e n t e
t r a b a j o mecánico, estudio de fórmulas, que el niño no
entiende y que el catequista no explica. Este, por tanto,
debe industriarse por declarar literalmente las respues-
tas, ilustrando, en cuanto pueda, sus explicaciones con
algún ejemplo, sacado m a y o r m e n t e . d e la Sagrada E s -
critura. E n nuestro Manual, los ejemplos de la Escritu-
r a son cerca de doscientos, comprendidas en este núme-
ro las parábolas del Evangelio. Además, tenga cuidado
de preguntar a los niños sobre las explicaciones hechas,
sobre el significado de las palabras, para asegurarse si
realmente le h a n entendido. Más aún; conviene hacer-
les repetir las cosas m u y por menudo, teniendo prepa
radas, después de t e r m i n a d a cada explicación, m u c h a s
y variadas preguntas para este fin.
Aquí se ofrece una observación: ¿será m e j o r pregun-
t a r a los niños uno a u n o o todos a la vez? Sea lo que sea
en teoría, por experiencia podemos asegurar que en la
práctica es mejor, cuando se explica, preguntar uno a
uno, y sólo en la repetición se podrá preguntar a todos
juntos, y esto en el caso que se guarde m u c h o orden en
la clase y el catequista h a y a logrado dominarla; de otro
modo h a b r á m u c h a confusión.
II. Enseñanza gradual y coordinada. E n la cual se
proceda de las cosas más sencillas a las más difíciles, de
modo que todas las lecciones vayan unidas entre sí y
formen un todo. De este procedimiento gradual y coor-
dinado es buen ejemplo el Catecismo anteriormente pres-
crito por Su Santidad Pío X, del cual nuestro Manual es
una explicación literal e ilustrada con ejemplos,semejanzas,
etcétera. El catequista, por lo tanto, t e n d r á cuidado de
hacer n o t a r a los niños la conexión lógica de cuanto ex-
12 BL CATECISMO Y LOS C A T E Q U I S T A S

plica con las lecciones precedentes, y llegado el caso, aun


con las que siguen.
III. Enseñanza interesante.—Dice Fenelón que el niño
sé deja especialmente cautivar por la variedad y el inte-
rés. Por esto es necesario, no sólo despertar la atención
del niño, sino sostenerla y satisfacerla en cuanto se pue-
da, ya sea contando ejemplos (cuidando que no sean ri-
dículos), ya con la emulación bien manejada o con los
premios. Para éstos, el catequista debe llevar nota de la
asiduidad, estudio, conducta, atención y capacidad de
los alumnos.
IV. Enseñanza sencilla. — Con los niños es preciso ha-
cerse niño; así, las explicaciones deben ser breves y cía
rás. El niño no sigue largos y abstrusos discursos; el ca-
tequista, por tanto, ha de preguntar en términos sen-
cillos, preparados de antemano y conformes con la ca-
pacidad de los niños, y atender luego con el mayor cui-
dado a sus respuestas, advirtiendo qué no siempre llegan
a explicarse los niños con precisión; muchas veces las pa-
labras no reproducen todo su pensamiento; en este caso
debe ayudarles el catequista, animándolos a expresar
mejor lo que han concebido, y cuando no lo lograren,
procure hacerlo él mismo, respondiendo en los propios
términos con que ellos hubieran respondido, teniendo
idea exacta de lo que se les preguntaba.
V. Enseñanza práctica. - La enseñanza del Catecismo
debe tender sobre todo a enderezar la voluntad hacia el
bien, como dice el Papa. La que no mira a mejorar las
costumbres no está bien hecha; por lo cual, el catequis-
ta debe atentamente considerar qué conclusión práctica
moral se desprende más naturalmente de la verdad, que
explica, para poder, como enseñaba su Santidad, des -
pués de establecer comparación entre lo que nos exige el
Señor y lo que en la práctica hacemos nosotros, termi-
nar con una exhortación eficaz, con que los oyentes se
mueven a detestar y huir el vicio y a ejercitar la virtud.
9. Debíamos hablar ahora del programa que ha de
BL: C A T E C I S M O Y L O S C A T E Q U I S T A S 13

seguirse en cada escuela catequística; pero como se re-


conoció en el II Congreso Catequístico nacional reunido
en Milán (Septiembre de 1910), no es posible fijar uno
para todas. Preciso es que en cada una de las partes se
tenga cuenta del tiempo disponible para enseñar el Cate-
cismo. En algunos sitios se puede contar con los niños
por algunos más años, en otros menos; a veces, en todas
las fiestas del año; otras, sobre todo en países montaño-
sos, durante algún período-sólo del año. El Director,
pues, del Catecismo, bien instruido en los principios di-
dáctico-catequísticos, deberá determinar esto según las
circunstancias particulares.
Adviértase, sin embargo, qué en general el niño deja
de acudir al Catecismo cuando acaba la enseñanza ele-
mental.
10. Llegada la hora del Catecismo, el catequista (que
debe ya estar en la clase antes que comiencen a entrar
los niños) hará rezar las oraciones. Es mucho mejor que
estas oraciones se reciten en cada clase y no que se c a n -
ten estando todos juntos. La experiencia demuestra que
cantándolas los niños, aprenden sólo a decirlas mal. Tam-
bién conviene rezarlas en cada clase y no todos juntos,
porque es imposible que una voz sola domine todas las
otras para regularizarlas; sucediendo fácilmente que una
clase se adelanta y otra se atrasa con grandísima confu-
sión y mucha falta de respeto durante las oraciones.
Después de rezada la oración se pasa lista. Hágase una
señal (una cruz) para indicar la asistencia, y un cero.para
señalar la ausencia Quien llegue cinco minutos des-
pués de pasar lista será señalado con media asistencia, y
como señal se puede escoger un cero con un trazo hori-
zontal, Del mismo modo debe ser juzgado como media asis-
tencia el asistir sin catecismo (1).

(1) Conviene que cada niño de los que asisten al Catecismo ten-
ga u n librito en que se v a y a n señalando con estampilla las asisten-
cias, con el fin de que sus padres puedan saber si el niño asiste o n o
14 BL CATECISMO Y LOS CATEQUISTAS

11. Para la promoción de una clase a otra o de una


sección a otra, debe tenerse en cuenta la media anual de
las notas de estudio, conducta y examen. Cuanto a se-
ñalar a los que ya han comulgado cierto número fijo de
comuniones, es método ya reprobado, después que la Sa-
grada Congregación del Concilio, explicando el decreto
sobre la comunión frecuente, declaró: «Que la frecuencia
de la comunión debe recomendarse... aun a los niños, a
los cuales, después de haberse acercado a la sagrada
Mesa, según las normas del Catecismo romano, no sólo
no debe alejarse de la frecuente participación de la mis-
ma, antes es preciso exhortar a que acudan con frecuen-
cia, quedando prohibida cualquiera otra práctica en
contrario^» (l).
12. Estas son las principales normas que, valiéndonos
de la experiencia adquirida durante largos años de en-
señanza catequística y de cuanto han escrito los mejores
y más autorizados pedagogos (2), hemos creído oportuno
indicar a los catequistas que quieran ejercitar con fruto
el noble empleo, que se les ha confiado. A estas normas
hemos procurado amoldarnos al escribir el presente Ma-
nual, en cuanto lo permitían los estrechos límites de un
libro, que queremos no sea demasiado voluminoso, para
que todos puedan servirse de él.
Los catequistas, pues, recuerden las palabras con que
el Padre Santo concluía la hermosa encíclica sobre el
Catecismo antes citada: «Séanos permitido deciros al
terminar esta carta, lo que dijo Moisés: El que sea del

al Catecismo. Esos libritos se hallarán, en l a librería del Sagrado


Corazón, T u r i n . Además de la asistencia señalada, v. gr,, con una
P , sería oportuno indicar con u n a C si ha sabido el niño el Cate-
cismo.
(1) Sagrada Congregación del Concilio, 15 de Septiembre de 1906.
(2) Véase el Apéndice Noíions de pedagogie catéchistique (pági-
nas 691-717) al Manuel pratiqw, et complet des catéchistes volontaires
del Sr. P o e y . Hállase en la librería del Sagrado Corazón de
Turin.
BL CATECISMO Y LOS CATEQUISTAS 15

Señor júntese conmigo (1); os rogamos y suplicamos que


observéis cuán grandes son los estragos que produce en
las almas la sola ignorancia de las cosas divinas. Tal vez
otras muchas obras útiles y muy dignas de alabanza
tenéis establecidas...; pero, con preferencia a todas ellas
y con todo el empeño, celo y constancia que podáis
habéis de cuidar e insistir en que el conocimiento del
Catecismo cristiano llegue a todos y penetre hondamen-
te en la mente de todos.»
13. Al concluir estas breves observaciones, llamamos
la atención de los católicos, sobre estos pensamientos
del episcopado subalpino expresados en una carta co-
lectiva de 1905 al Clero, y que deben ser seriamente me-
ditados por todos:
«[Extraña cosa! El Catecismo católico se gana las ala-
banzas más encomiásticas de sus mismos adversarios.
Jouffroy, Diderot, Voltaire, Rousseau y Víctor Hugo ce-
lebraron su'sabiduría, sencillez y trascendencia. Todas
las falsas religiones pretendieron imitarlo, al menos en
la forma, y no llegaron a igualarlo. Los incrédulos, ma-
terialistas y positivistas tienen más miedo a este librito
que a los grandes volúmenes de la apología más erudita
y moderna. En realidad, conociendo las cualidades insu-
perables de nuestro Catecismo, contra él preferentemen-
te dirigen sus tiros en sus escritos y diarios, en sus par-
lamentos y en sus juntas. Este librito les es más dañoso
que el mismo Evangelio y que los Santos Padres. ¿Y esto
por qué, venerables Hermanos? Porque este librito ha
conservado en la fe a millones de cristianos; porque a
este librito han vuelto arrepentidos poetas, escritores,
artistas, políticos, sabios, legistas, literatos y periodistas,
al fin de sus días, o bajo el golpe de una desventura, o
sobre el lecho de la muerte. Y no hay razón de maravi-
llarse, porque el Catecismo, compendio de la fe y de la
moral católica, es aquella leche de que habla San Pa-

(1) Exodo, X X X I I , 26.


16 ML C A T E C I S M O Y L O S C A T E Q U I S T A S

blo a los Corintios, primer alimento del alma cristiana;


aquella leche que menciona San Pedro, exhortándonos
a desearla; leche materna, que tiene una influencia gran-
dísima en toda la vida del hijo; leche de verdad, que
penetra y nutre el alma de modo que no pueda olvidar
su dulzura.
Los impíos temen se enseñe el Catecismo a los niños,
porque la fuerza de aquellas verdades para muchos es su
salud temporal y eterna, para otros un despertador,
cuando hayan caído, un sostén para levantarse, una luz
para volver al recto camino. De aquí aquella contradic-
ción ya a todos manifiesta, en que caen muchos de los
enemigos de la Religión católica. La combaten publica-
mente; pero la quieren en su familia; gritan contra las
escuelas católicas, en que se enseña el Catecismo, y en-
vían a ellas sus hijos e hijas, precisamente porque en
ellas se enseña el Catecismo.»
Aun los enemigos de la religión juzgan útilísima para
sus propios hijos la enseñanza del Catecismo. Y así, sien-
do numerosísimos en Turín los padres de familias so-
cialistas, sin embargo, en el año escolar de 1805 a 1906,
la enseñanza religiosa en las escuelas fué exigida para
26.531 alumnos y solamente para 498 se declaró que se
prescindiese de ella.
Ejemplos. — Dios juzgará a los jueces.—Uno de los últimos
años del siglo xix, sentóse en el banquillo de los reos ante el
t r i b u n a l de P a r í s un joven de diez y siete años, acusado de ase-
sinato. Sobre los jueces aun pendía el Crucifijo; f u é arrojado
de las salas de J u s t i c i a más t a r d e . El acusado, d u r a n t e la vista,
hizo gala de un descarado cinismo. Tomó la palabra el aboga-
do:—Señores —dijo con gravedad solemne que en seguida impre-
sionó a todos—, señores, mi cometido es bien sencillo, pues el
acusado ha confesado su delito. No puedo defenderle, porque
no veo ninguna esperanza de misericordia p a r a él. Seré, por lo
t a n t o , b r e v e ; pero si la justicia le exige a él cuenta de su crimen,
me permitiréis, a mi vez, pediros a vosotros c u e n t a de su sen-
tencia, porque aquí h a y alguien más culpable que el mismo ase-
sino. E s t e reo yo os lo denuncio, o más bien, yo le acuso. Sois
EL, C A T E C I S M O Y L O S C A T E Q U I S T A S 17

vosotros, señores, que me escucháis; vosotros, r e p r e s e n t a n t e s


de la sociedad, de esa sociedad que c a s t i g a el delito de que ella
es causa y no quiso impedir. Veo delante de mí, y le saludo,
a Cristo en la cruz. A h í está en vuestro t r i b u n a l , a n t e el cual
vosotros llamáis al culpable. Mas ¿por qué el m i s m o Cristo no
está en la escuela, donde vosoti'os lleváis al niño a ser instruí-
do? ¿Por qué castigáis bajo la m i r a d a de Dios, cuando f o r m á i s
las a l m a s alejadas de Dios? ¿Por qué ese desgraciado deberá
e n c o n t r a r al Dios del Calvario, por vez p r i m e r a , en este tribu-
nal? ¿Por qué no lo h a encontrado sobre los bancos de la es-
cuela? E n t o n c e s h u b i e r a evitado el banquillo de i n f a m i a , don-
de a h o r a se sienta. ¿Quién le h a dicho que h a y un Dios y u n a
j u s t i c i a eterna? ¿Quién le h a h a b l a d o de su a l m a , del respeto,
que debe al prójimo, del amor f r a t e r n o ? ¿Quién le h a enseñado
l a L e y de Dios: No m a t a r á s ? H a n dejado a b a n d o n a d a esa a l m a
a sus p e r v e r s a s inclinaciones; ese joven ha vivido, como u n sal-
v a j e en el desierto, solo, en medio de u n a sociedad, que m a t a
al tigre, cuando h u b i e r a dehido a n t e s c o r t a r l e en tiempo opor-
t u n o las u ñ a s y domar su ferocidad.
Ei joven escachó m a r a v i l l a d o y con a i r e de t r i u n f o eata de-
fensa t a n e x t r a ñ a para él; una sonrisa de satisfacción asomó
a sus labios y a sus ojos cuando el abogado concluyó diciendo:
— Sí, os acuso; os acuso, señores, a vosotros civilizados, y sois
bárbaros; moralistas, y lleváis en t r i u n f o el a t e í s m o y la porno-
g r a f í a , . . ; a vosotros, que os m o s t r á i s a s u s t a d o s c u a n d o os res-
ponden con el crimen... Condenad a mi cliente: es vuestro dere-
cho ; m a s yo os acuso a vosotros como culpables de su delito;
éste es mi deber.—Una lluvia de aplausos ahogó la voz del abo-
gado m i e n t r a s t o m a b a asiento. Los jurados se r e t i r a r o n a la
sala, donde deliberaron, volviendo luego con un veredicto afir-
m a t i v o a todas las p r e g u n t a s : El asesino, no obstante su corta
edad, es condenado a pena de muerte. El abogado se levantó, y
señalando con la m a n o al Crucifijo, dejó caer u n a a u n a solem-
nemente estas p a l a b r a s , que sonaron en todos los corazones
como u n a sentencia divina:—Dios juzgará a los jueces.
Confesión de Víctor Hugo.— Víctor H u g o en Choses Vues des-
cribe una escena conmovedora. E n ia cárcel de P a r í s h a b í a dos
jóvenes acusados de h a b e r robado, con escalo; ladrones, en ver-
dad; pero Víctor Hugo observaba:— Si nosotros t e n e m o s el
t r i s t e derecho de condenar a estos dos jóvenes, t e n d r á n ellos el

2
18 BL, C A T E C I S M O Y L O S C A T E Q U I S T A S

derecho de respondernos:—Sí, habernos robado unos cuantos


melocotones; pero vosotros, ¿qué habéis hecho por n u e s t r a s
almas?—Cosa es ésa de cada día; precisamente por esto, más
dolorosa y propia para inspirar mayor celo por la redención dé
los niños, de que t a n t o se habla.
Sin religión no hay moral. — Aun los descreídos, d u r a n t e los
momentos de lucidez, convienen en reconocer esta verdad. Re-
cordemos un episodio narrado por Octavio Feuillet. El Doctor
Tallevant, sabio racionalista, sorprendió a su sobrina S a b i n a ,
educada por él segán sus propios principios, en el acto de qui-
t a r del botiquín un frasquito de acónito, p a r a envenenar a la
consorte del Conde Bernardo, esperando así casarse con él. En-
tablóse entre los dos este significativo diálogo, duelo mortal de
palabras; cada u n a de las cuales marea como con un hierro can-
dente la l l a m a d a educación laica.—Si habíais contado con mí
debilidad, os habéis engañado —dijo el Doctor a la culpable—oa
delataré a l a justicia.—¡Ay!, tío—respondió f r í a m e n t e la joverii
Creo que lo pensaréis mejor; el mundo diría qua he sido edu-
cada por vos.—¿Educada por mí? ¿Con la palabra, con el ejem-
plo, os he enseñado j a m á s otra cosa que la rectitud, justicia y
honor? —Verdaderamente me causáis extrañeza. ¿No habéis
jamás sospechado que yo de vuestras mismas doctrinas podría
deducir consecuencias prácticas diversas de las deducidas por
vos? Decís que me habéis inculcado la rectitud, la justicia y el
honor, y os extraña ahora que las teorías, que en vos inspira-
ron tales virtudes, no las h a y a n inspirado en mí; pues bien, la
razón es sencillísima: Vos me habéis enseñado que tales virtu-
des no imponen obligación alguna, como meros instrumentos quÁ
nos da la naturaleza para la conservación y el progreso de su
obra; a vos os place someteros a ellas y a mí no; aquí está to-
do.—Pero ¿no os he repetido mil veces, malvada, que el deber;
el, honor y la misma felicidad se encuentran precisamente en la
sumisión a estas leyes naturales?—Sí, me lo habéis di^ho; pero
yo he creído lo contrario. E n efecto, ¿de qué me hubiese servido
aquella independencia de espíritu, que ha conquistado, la cien-
cia, que he aprendido, si no me hubiese aprovechado de eso pa-
r a satisfacer mis pasiones? Se me ha presentado una buena pro-
porción...; he amado a aquel hombre; he entendido que él, si
estuviera libre, se casaría conmigo..., y ha hecho lo que he he-
cho. Vos decís que es un crimen; palabras v a n a s ; en realidad
H,L « A T K O I S M O Y L O S C A T E Q U I S T A S W

pfcra vos, sabio materialista, ¿qué cosa 63 el bien, él mal, la


•irfcud y la felicidad? Me habéis enseñado qun el código de la
moral es una página en blanco, en la cual cada uno escribe le
que le agrada, según su inteligencia y su temperamento,.. Mi
Ofttecismo es el de la naturaleza, que vos me Jiabéis enseñado a
estudiar y a aprender... La naturaleza elimina, con impasible
•goiamo, todo lo que la estorba, suprime todos los obstáculos,
aplasta a los débiles para dar paso a, los fuertes... Tal es la doc-
trina de los librepensadores, ¿por qué os quejáis al verla prac-
ticada?—La lógica del raciocinio es inexorable y pesa con res-
ponsabilidad espantosa sobre los iconoclastas de nuestros tiem-
pos, neciamente ávidos de echar a b a j o en la educación cualquier
Idea religiosa, cortando al alma las alas de la fe, para obligarla
a a r r a s t r a r s e por esta miserable tierra, esclava de sus b a j a s
pasiones.
Preciosa confesión.—1S1 g r a n estadista A. Tkiers, después de
los innumerables males llevados a cabo en 1811 por la C o m m u i e
de París, escribía: Preciso es volver al Catecismo católico.
Víctor Httgo hizo esta confesión: sería necesario condenar a la
oárcel a los padres que m a n d a n a sus hijos a aquellas escuelas,
en cuya puerta está escrito: Aquí no se enseña el Catecismo
(Tommasoni, Qiestioni del giorno, pág. 55). E l ilustre Conde
de Montalembert, como profetizando, hablaba así en 1857 a n t e
la Asamblea francesa: No hay medio entre el Socialismo y el
Catecismo; sin el Catecismo no tendréis sociedad; tendréis el
Socialismo. He aquí la a l t e r n a t i v a en que vosotros, gentes de
orden, debéis elegir, por confesión de amigos y enemigos. ¿Sa-
béis el bien que la Iglesia os h a r á con su Catecismo? No os
a d u l a r á ; no divinizará vuestras pasiones, como se hace hoy día;
no hará la apoteosis de vuestra avaricia; no a n d a r á buscando
en no sé qué absurdas filosofías y teologías el elogio de todas
las perversas inclinaciones de la h u m a n i d a d ; por el contrario,
dirá a cada hombre: eres polvo y t u vida es u n a lucha con el
dolor y los t r a b a j o s ; t u premio no está aquí abajo en elmundo;
refrena tus deseos, mira a la nada, de donde saliste, el fin, para
el cual el Señor t e ha criado. Esto dice la Iglesia, y con esto
hace el mayor servicio que imaginarse puede a la sociedad
moderna.
¿Qué cosa nos enseña el Catecismo? rande desventura es
que muchos de los que proclaman que el Catecismo ha de. ser
-20 BLI CATECISMO T L 0 8 CATEQUISTAS

desterrado de las escuelas, hayan olvidado o no consideren lo


que en el Catecismo aprendieron durante su niñez; de otro
modo, les sería bien fácil comprender cómo enseñar al niño
que salió de las manos de DÍOH, que todo lo que nos rodea está,
ordenado para él, rey y señor de lo criado, que es tan grande y
T^le tanto, que el Eterno Hijo de Dios, para rescatarle, se dig-
nó tomar su carne, es lo mismo que moverle eficacísimamente
a conservar la gloriosa dignidad de hijo de Dios y a honrarla
con una virtuosa conducta. Comprenderían también que se
pueden esperar grandes cosas de un niño, que en la escuela en-
tendió por el Catecismo ser su destino un fin altísimo, esto es:
ver y amar a Dios; que aprendió a ser dócil y sumiso, conocien-
do debía venerar en sus padres la imagen del Padre, que está
en los cielos, y en el soberano temporal, la autoridad, que viene
de Dios y en Dios tiene la razón de su existencia y su majestad;
que vió había de respetar en sus hermanos la divina semejanza,
la cual brilla en la frente de todos, y reconocer, bajo la mise-
rable apariencia del pobre, al mismo Redentor... Finalmente,
entenderían que la moral católica, armada del temor del casti-
go y de la esperanza cierta de altísimo premio, no corre el pe-
ligro de esa moral cívica, que quisieran ver sustituida a la re-
ligiosa; ni hubieran jamás tomado la funesta resolución depri
var a las presentes generaciones de tantas y tan preciosas ven-
tajas desterrando de las escuelas la enseñanza del Catecismo.
«Prometiéndose ventajas, sin duda mucho menores, se pensó
en hacer obligatoria, por melio de una ley, la instrucción" ele-
mental, obligando, aun con multa, a los padres de familia a
enviar sus hijos a la- escuela; y ahora, ¿cómo se atreverán a
quitar a los jóvenes católicos la instrucción religiosa, que indu-
dablemente es la más sólida garantía de la conducta sabia y
virtuosa de toda nuestra vida? ¿No es, por ventura, crueldad
pretender que esos niños crezcan sin ideas y sentimientos reli-
giosos, hasta que llegue la agitada adolescencia y se encuen-
tren en medio de sus lisonjeras y violentas pasiones desarma-
dos, desprovistos de todo frenó, con la certeza de verse arras-
trados en ¡as sendas del vicio?» (León XIII, Carta al Cardenal
Vicario, 28 de Junio de 1878).
Para qué sirve.—En Burdeos, un señor y un obrero subieron
al mismo vagón, en que quedaron del todo solos. En una esta-
ción de las Landas, un sacerdote estaba en el andén esperando
BL CATECISMO T TOB CATEQUISTAS 21
el tren. El señor, que era incrédulo, dijo al obrero con tono
burlón:—¿Para qué sirve eso?—señalando al sacerdote. El
obrero no respondió. El tren comenzó a andar y el obrero dijo:
—He aquí un sitio desierto; las estaciones están aún lejos; soy
robusto, vos débil; nadie nos ve. Si se me antojase estrangula-
ros para robaros, ¿qué haríais? Echaría vuestro cuerpo por la
ventanilla y no quedaría rastro. —Pálido de mielo, el señor res-
pondió:—Nada tengo y nada ganaríais.—No tal—dijo el obre-
ro—; ¿y las treinta mil pesetas que se encuentran en aquella
maleta, cobradas al banquero M.?—Haríais mal; cometeríais un
asesinato, un hurto.—¡Asesinato y hurto! Si no creéis en Dios,
no son sino palabras. Miraría por mi interés, y si pensase como
vos, sería un necio en no aprovecharme de esta buena ocasión»
Mas no tengáis miedo, he sido educado por los curas y me han
enseñado a temer a Dios y a respetar al prójimo; he ahí para
qué sirven.
Por el fruto se conoce el árbol.—En 1896, el joven Henry,
condenado a muerte, decía:—Soy anarquista; no creo en Dios,
como me han enseñado. Lo que he hecho, vosotros lo llamáis
delito; yo lo llamo virtud.
El Catecismo y las grandes cuestiones.—El célebre Jouffroy,
muerto en Marzo de 1812, habíase dejado seducir por los errores
racionalistas; creyó que la débil razón humana se bastaba a sí
misma. Después de buscar inútilmente en la filosofía la solu-
ción de los grandes problemas de la vida humana, tuvo que tri-
butar a la Doctrina este espléndido homenaje: Guardad bien-
decía—un librito, que se hace aprender a los niños y del que
se les pregunta en la iglesia; leed e-;e librito, que se llama el
Catecismo, y encontraréis en él la solución de todas las cues-
tiones, que yo he promovido; de todas, digo, sin excepción. Pre-
guntad al cristiano de dónde procede la raza humana; él lo
sabe; adonde va, también lo sabe; por qué camino, también.
Preguntad a aquel niño para qué se encuentra aquí abajo y qué
será de él después de ia muerte; os dará una sublime respuesta,,
que, si acaío no entiende del todo, no es por eso menos admi-
rable. Preguntadle cómo ha sido oreado el mundo y con qué fin;
para qué ha puesto Dios en él a los animales y las plantas, có-
mo la tierra ha sido poblada; si fué por medio de una sola fami*
lia o por varias; por qué los hombres hablan varios idiomas,
por qué padecen, por qué trabajan y cómo se acabará todo esto;
22 EL CATECISMO Y TOS CATEQUISTAS

él os responderá; origen del mundo, origen de la especie huma-


na, cuestiones sobre las razas, destino del hombre en esta vida
y ¿n la otra, relaciones del hombre con Dios, deberes del hom-
bre con sus semejantes, derecho del hombre sobre lo criado, ha-
da ignora; y cuando sea ya mayor, no tendrá dada alguna sobre
el Derecho natural, político o de gentes; pues todo eso clara-
mente y casi por sí mismo se origina del Cristianismo.^jCuán
importantes verdades en cuán pocas palabras! (Miscellanea filo-
so fiche, pág. 421).
Los italianos quieren el Catecismo.—En el Anuario estadís-
tico de las ciudades de Italia para 1909-1910 leemos: -TJn cues-
tionario especial enviado a más de 500 pueblos entre los más
numerosos del reino, dió a conocer sobre las preguntas refet en-
tes a la enseñanza religiosa en las escuelas los resultados si-
guientes. Todos los alumnos pidieron y recibieron enseñanza
religiosa en Caltanisettay Nápoles. Sobre Caltagirone, Savona,
Udine, Yerdelli y Viterbo no hay datos. Casi todos los alum-
nos exigieron la misma enseñanza en Busto Ar.sizio, Novara,
Pinesolo y Venecia. Bérgamo presenta un 98 por 100-, Biella 80,
Como 73, Cuneo 95, Lodi 92, Milán 84, Módena 93, Mouza 40,
Iloma 24, Turín 97, Viareggio 25.
De este modo les hechos prueban que, no obstante las insi-
dias sectarias, allí donde la voluntad del pueblo puede mani-
festarse, como en Bérgamo, Cuneo, Lodi, Módena, Turín, no
sólo la mayoría, sino la totalidad de los alumnos han querido
y seguido una enseñanza religiosa.
INTRODUCCION PRELIMINAR PARA LOS NIÑOS

1." Antes de empezar el Catecismo, queridos niños


quiero deciros algunas palabras para qne sepáis lo que
es el Catecismo y para animaros a que lo estudiéis con
todo empeño. Ante todo, decidme: ¿Habéis venido todos
alegres al Catecismo?... Muy bien. Estoy seguro que me
escucharéis de grado. Y si alguno hubiera venido un
poco de mala gana o por fuerza, que rae escuche tam-
bién con atención, pues espero, con la gracia de Dios,
que cambiará de ánimo.
2.° ¿Para qué se viene al Catecismo?... Para aprender-
lo; es verdad, pero no basta aprenderlo. Vosotros vais
ahora a la escuela; más tarde aprenderéis un oficio, y
¿estudiáis y aprendéis sólo por saber? No, sino también
para poder ocupar con honor vuestro puesto, ganaros el
pan o mejorar vuestra condición; en una palabra: apren-
déis, para que os sirva el estudio para vivir mejor. El Ca-
tecismo que aprendéis, ¿para qué sirve? El Catecismo os
enseña a conocer y amar al Señor; os enseña a salvar
vuestra alma; por tanto, os sirve para poder ir al cielo.
Esto lo comprende todo; lo demás no vale nada.
Ejemplo.—iPara qué sirve? — Se cuenta de cierta persona, de
un astrónomo muy enamorado de su ciencia, que caminaba
siempre mirando arriba, allá hacia las estrellas. Pasó un día
por un puente que aun no tenía pretil, y como iba mirando
siempre hacia arriba, no advirtió el peligro; cayóse en el río y
24 INTRODUCCIÓN PRELIMINAR

se ahogó L e hicieron anos funerales magníficos; en el cemen-


terio se pronunciaron en honor suyo pomposos discursos ponde-
rando su vastísima ciencia. U n buen hombre, después de ha-
berlo oído todo, se marchó, murmurando entre sí: ¿Para qué le
v a l i ó saber tantas cosas? Mejor le hubiera sido que antes hu-
biese aprendido, cómo se pasa un puente sin caer en el río.—
Este hombre tenía razón.

Vosotros, niños, estudiáis en la escuela muchas cosas;


y está bien: con la gramática aprendéis a escribir co-
rrectamente; con la aritmética a hacer cuentas; pero ¿de
qué os aprovechará todo eso, si no aprendéis a vivir de
modo que escapéis del infierno y os aseguréis el paraiso,
o sea, de modo que salvéis vuestra alma? Esto mismo
enseñaba Cristo Nuestro Señor, cuándo decía: «¿Qué
aprovecha, pues, al hombre ganar todo el mundo, si
pierde su alma; o qué dará el hombre en cambio de su
alma?» (1). Ahora bien, el modo de ir al paraíso, de sal-
var el alma, lo aprendéis en el Catecismo.
Estudiando el Catecismo aprenderéis- a), lo que de-
béis creer; b), lo que debéis hacer y huir; c), los medios
con que lograréis apartaros de lo que os está prohibido
y practicar lo que os está mandado; esto es, como ya os
dije, aprenderéis el camino del cielo.
Si queréis dirigiros a un país y> no sabéis el camino,
¿qué hacer? Preguntar a quien lo sabe. ¿Queréis ir al
paraíso? ¿Conocéis vosotros el camino y el modo de di-
rigiros por él? El Catecismo, precisamente, os enseña ese
camino y el modo de ir al cielo.
Y quien no sabe el Catecismo, ¿no puede ir al paraí-
so? Si no ha llegado aún al uso de la razón, sí, porque
Dios no exige de él más que el Bautismo; pero si ya tie-
ne uso de razón y culpablemente no sabe el Catecismo,
no puede ir al paraíso.
Ejemplo.—El premio de Catecismo.— U n niño había ganado,
por su aplicación y conducta, tres premios en un solo año. L l e -

(1) San Mateo, X V I , 26.


P A R A LOS NI&OS 25

Jgó a casa muy contento, y lo dijo a su padre.—Muy satisfecho


OAtoy —contestó éste—del premio de gramática y de aritmética;
pero ¿para qué sirve este tu premio de Catecismo? Con él no
aprendes a hacerte rico. —Ea verdad—repuso el prudente niño,
—es verdad; el Catecismo no me enseña a hacerme rico en este
mundo; pero me enseña a hacerme rico por toda la eterni-
dad, para la cual poco me sirven las demás cosas. —¡Feliz niño!
Imitadle.

3." Además, el estudio del Catecismo es el más her-


moso, porque nos instruye sobre Dios, sobre sus obras, so-
bre nuestra alma, nuestros deberes y fin; el más consola
tíor, porque nos enseña verdades, que nos sostendrán en
la lucha y consolarán en ¡as penas y dolores de esta vida;
el más necesario, porque el Señor nos ha de pedir cuenta
del modo con que habremos cumplido nuestros deberes
pará con Dios, para con el p r ó j i m o y para con nosotros
mismos. N o conoce estos deberes quien no aprende el Ca-
tecismo; y no conociéndolos, ¿cómo los puede cumplir?
El Catecismo nos enseña a ser buenos; nos enseña a
amar de todo corazón al Señor; quien ama al Señor pro-
cura hacerse cada día más grato a Él, que es tan bueno
y quiere seamos nosotros también buenos. Un niño, que
ama a su padre, procura ser siempre mejor, para tener-
le contento. El niño que aprende a amar al Señor,
aprende con eso a procurar con grande empeño evitar
todo aquello que es malo y practicar lo que es bueno.
Ejemplos.—¡Qué catequistas!—Aun los malos, los impíos, cuan-
do dan oídos a la voz de su corazón, echan mano del Catecismo
para educar bien a su familia. Baste recordar a Diderot, uno
de los infelices incrédulos, que prepararon la terrible revolu-
oión francesa. Fué hallado un día por uno de sus compañeros,
Be&uzé, enseñando el Catecismo a una desús hijas. Maravillóse
Beanzé, pero Diderot le respondió:—Aquí soy padre, que ama
a su hija, y, por tanto, le hago aprender el libro, que sólo él
puede servirle para ser buena y feliz.
El alcalde catequista.—Comprendía muy bien e ta verdad un
bnen alcalde; y así, cada domingo, oyendo la señal de la cam-
pana, que llamaba a los niños al Catecismo, se dirigía también
.26 INTRODTÍCCIÓK P R E L I M I N A R

él a la ig'esia y hacía de maestro con los mayorcitos. Esto al


principio causaba maravilla, y dió a ciertos doctorcillos oca-
sión de hablillas a propósito del alcalde. Cierto día, uno de
éstos le preguntó por qué deshonraba su dignidad haciéndose
catequista en una i g l e s i a — N o — respondió el alcalde —, no re-
bajo mi dignidad; conozco por experiencia a los hombres y sé
iel gran bien que presto a la sociedad enseñando el Catecismo.
Empleo una hora en enseñar el Catecismo, y esa hora me aho-
rra ocupar, más tarde, mucho tiempo en juzgar a aquellos niños
cuando sean mayores. Pocos son los procesos contra los que han
aprendido el Catecismo y lo observan; en cambio, muchos hay
contra los que no lo han aprendido.

Por lo tanto, amados niños, ¿queréis ser buenos? ¿Que-


réis aprender a vivir de modo que un día entréis en el
cielo?... Preciso es aprender el Catecismo con el firme
propósito de poner en práctica cuanto él os enseña.
4.° Y para aprender el Catecismo, ¿qué es necesario?
Estudiarlo... es verdad; pero debo añadir que no basta
estudiarlo; es preciso también hacer todo lo posible para
entenderlo, para saber bien lo que habéis estudiado.
Me explicaré mejor. N o basta poder repetir el Catecis-
mo; esto lo hace también un papagayo. Y a pesar de eso t
el papagayo no sabe Catecismo. ¿Sabe, por ventura, arit-
mética el niño que recita sus reglas de memoria? No,
seguramente: debe también saber y entender lo que dice.
Así debéis hacer vosotros; estudiad el Catecismo, poned
atención a las explicaciones, que os haré, para que po-
dáis entenderlo, y después, si alguno tuviere alguna difi-
cultad la puede proponer sin miedo ninguno, antes sa-
biendo que así agrada al catequista, y aprovecha mucho
a sí y a los compañeros; yo entonces procuraré explicar-
me mejor y satisfacer a su dificultad; de este modo lo
aprenderéis todos muy bien.
En estos tiempos se oyen decir por ahí muchas cosas
contra el Catecismo y contra la Religión. Os acontecerá
también a vosotros el oír alguna de tales cosas y quedar
impresionados; yo deseo, para vuestro bien, que tengáis
P A R A LOS NIÑOS 27

liempre a mano uña respuesta a las objeciones que se ha-


cen, no para entablar una disputa, cosa inútil, sino para
que np quedéis con dudas. En vuestra mano está, pues,
pl proporcionaros esa respuesta, exponiéndome ahora la
dificultad con toda confianza; además, de este modo mos-
traréis vuestra estima por el Catecismo.
5." Ahora, una palabra sobre quien enseña el Cate-
Cismo. Será el párroco, un sacerdote o un joven. Cual-
quiera que sea, al explicar el Catecismo es embajador^
ministro, mensajero de Dios. El que enseña el Catecismo
no os dice nada por su cuenta; os enseña lo que Dios
quiere que aprendáis, lo que hubierais aprendido si hu-
bieseis podido escuchar al mismo Señor, cuando predi-
caba en los tres años de su vida pública, recorriendo las
ciudades y comarcas de Palestina. Por esto debéis escu-
char al que explica el Catecismo, como hubierais escu-
chado al Señor, y mirar todo lo que él os enseña, como
si Cristo por sí os lo enseñase. A los catequistas se pue-
de aplicar la palabra del Señor: «Quien os escucha, a
mí me escucha; quien os desprecia, a mí me desprecia, y
quien me desprecia a mí, desprecia también a Aquél que
me envió» (1).
Si bajase aquí, en medio de vosotros, un ángel del cie-
lo, enviado por Dios a enseñaros el Catecismo, sin duda
alguna le escucharíais con grande respeto y atención»
¿Haríais ésto, por ser ángel o por ser enviado de Dios?
Porque es enviado de Dios. Ahora bien; ¿quién ha dis-
puesto os enseñe yo el Catecismo? Dios, por medio de la
Iglesia; por tanto, no debéis mirar mi persona, que no
significa nada; debéis mirar en mí al enviado de Dios, y
flsí escucharme con respeto y atención.
6.° Una vez aprendido el Catecismo, ¿no queda ya
náda que hacer? Decidme, ¿qué se hace con las cosas
preciosas?... ¿Se dejan de cualquier modo o se tienen

* \í) San Lucas, X , 16.


28 INTROT:TTC!CI<W PRKrjTMINAR

muy guardadas?... Escuchad esta parábola, contada por


el mismo Señor.
Ejemplo.—Parábola del sembrador.—«Acudiendo a Él gran
Multitud de personas, que de las ciuda.les llegaban ansiosas,
dijo esta parábola: Salió el sembrador a sembrar su semilla, y
al esparcirla, parte cayó a lo largo del camino y filé pisada, y
los pájaros del aire la devoraron; parte cayó en las piedras, y
apenas nacida, se secó por falta de humedad; parte cayó entre
las espinas, y éstas, creciendo con ella, la sofocaron; parte cayó
en buen terreno, brotó y dió fruto de ciento por uno. Dicho
esto, exclamó el Señor: Quien tenga oídos para entender, que
entienda. Preguntábanle los Discípulos qué significaba aquella
parábola. E l les dijo: . . . La parábola es ésta: la simiente es la
palabra de Dios; la que cae a lo largo del camiDO significa aque-
llos que oyen y después viene el demonio y arrebata la palabra
de su corazón, para que creyendo no se salven. La que cayó en
las piedras, aquellos que, oída la palabra de Dios, la reciben
con alegría, mas no tienen raíces; por un tiempo creen, mas en
la hora de la tentación vuelven atrás. La semilla que cayó en-
tre las espinas, significa aquellos que escucharon, mas después
quedó sofocada en su corazón por las riquezas y placeres de esta
vida, y así no llegó a dar fruto. La que cayó en buen terreno
significa aquellos que, con un corazón, bueno y perfecto, oyen
la palabra de Dios, la conservan y mediante la paciencia dan
fruto» (San Lucas, VIH, 4-15). Y ¿qué fruto? —Más o menos
abundante, según su disposición: «Unos treinta, otros sesenta
y otros ciento» por uno, como dice otro Evangelista (San Mar-
cos, IV, 20). Preparad, pues, con la rectitud y buena voluntad
vuestro corazón, para que sea buen terreno, que recibida la
palabra de Dios fructifique abundantemente mediante las bue-
nas obras.
7." El Papa, en una carta dirigida a todos los obispos
del mundo, nos ha aseguradoquemucliísimos délos que
van al infierno van por no haber aprendido el Catecis-
mo. Si vosotros lo aprendéis bien y queréis practicar lo
aprendido, habréis dado el primer paso en el camino del
cielo, en la senda de vuestra salvación.
Asi, pues, los que han venido de buena gana conti-
núen del mismo modo; los otros, que han venido a dis-
P A R A LOS NIÑOS

gusto, díganse a sí mismos: ¿Quiero salvarme, ir al pa-


raíso? Pues, me es absolutamente necesario poner manos
a la obra, de buena voluntad.
Si se tratase de cosa, de que dependiera poder haceros
ricos o manteneros sanos durante toda la vida, ¿descui-
daríais por ventura aprenderla, aun a costa de alguna
fatiga y sacrificio? Ciertamente que no. Y ¿no querréis
hacer ni eso poco para merecer el cielo, que se obtiene
con saber y practicar cuanto os enseña el Catecismo?
Mirad: la vida, aunque sea larga, acabará algún día;
la eternidad, en cambio, no tendrá fin. Ganado el paraí-
so, será vuestro para siempre, lo gozaréis por toda la
eternidad. ¿Os parecerá gran trabajo dedicaros a un es-
tudio, que os hace felices para siempre?
Espero, amados niños, que habéis entendido la nece-
sidad de estudiar bien y de aprender el Catecismo. Pa-
semos, pues, en seguida a ver alguna cosa de lo que él
enseña.
PRIMERAS NOCIONES DE CATECISMO
PARA LOS NIÑOS DE CORTA EDAD

CAPITULO I

DE LAS VERDADES PRINC¡PALES DE NUESTRA SANTA F E

!• P. Haced la señal de la Cruz.


R. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
2. P. Decidlo en latín.
R . ln nomine Patris et Fílii et Spíritus Sancti. Amen.
3 *P. ¿Cómo os persignáis?
R . Por la señal '[' de la Santa Cruz, de nuestros'-]- enemigos líbra-
nos Señor -J- Dios nuestro. En el nombre de! Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo. A m é n * ( i ) .

N. B. Conviene que el catequista ponga mucho cui-


dado en que los niños hagan bien la señal de la Cruz.
Puede valerse de la explicación de los números 64-70. Si
los niños fueren muy pequeños, para enseñarles puede
hacer él la señal de la Cruz estando enfrente de ellos, al
principio con la mano izquierda y llevándola de derecha
a izquierda, pues los niños reproducen lo que ven y que-

(1) E n esta versión castellana, como y a se n c t ó en l a Adverten-


cia, que precede al Catecismo, se ha a ñ a d i l o , con debida autoriza-
ción, lo que ya señalado en las preguntas con asterisco.
D E N U E S T R A SANTA F B ( 4 ) 31

darían perplejos viendo que el catequista lleva la mano


fln dirección al parecer contraria a ellos. Procure tam-
bién que pronuncien distintamente todas las palabras.

4. P. ¿Quién os ha criado?
R. M e ha criado Dios.

1." Un día, más aún, pocos años ha, no existíais y


ahora sois. ¿Por qué, pues, existís?... Porque Dios os ha
criado. En un tiempo, nada existía, ni el sol, ni las estre-
llas, ni la tierra. Dios, como luego veremos, crió el uni-
verso. También crió a los primeros hombres Adán y Eva,
de los cuales nacieron otros hombres, hasta llegar a nues-
tros padres y a nosotros. Por esto él es nuestro Criador.
Con esta respuesta sabéis más que todos los filósofos no
cristianos. Cuántos, si se les hiciese esta pregunta, res-
ponderían: ¡Nada sél ¡Pobres infelices! Nada saben, en
verdad (1). Saben que existen; mas no saben de dónde
viene el hombre, por qué existe, quién le ha dado la vida
y para qué.
2.° Llamamos a Dios nuestro Criador por otra razón

(l) Dicen que nada saben. Después de h a b e r definido que la cien-


tila lo explica todo, se ven obligados a confesar que la c i e n c i a nada
OXplica y que elíos nada saben. V a l g a por todos uno de los p r i n c i -
pales maestros de la c i e n c i a incrédula, F e r r i . E n una c o n f e r e n c i a
dijo lo siguiente: E l g r a n problema de la e x i s t e n c i a h a sido entre-
visto por la ciencia. Adquirido el método de experimentación y ob-
servación, la c i e n c i a h a visto que además del problema de la -vida
hay otro superior y más e n i g m á t i c o , el problema de su origen.
Puede describir la c i e n c i a el mecanismo con que desde el microbio
se sube hasta el hombre; mas cómo nació el microbio, cómo se mani-
festó, por vez primera, lo que se llama vida, la ciencia sobre eso no
puede afirmar al presente nada positivo. ¿Oómo, por qué existe el
universo? ¿Qué somos? ¿De dónde venimos? ¿A. dónde vamos? A to-
das estas preguntas l a c i e n c i a no puede responder, porque no per-
tenecen a la esfera de lo r e l a t i v o y l i m i t a d o . P u e d e e x p l i c a r la for-
ma de la vida en nuestro planeta, mas sobre el problema de su ori-
g e n no puede responder de un modo absoluto.—¡Pobres infelices!
No tienen más que decir. L e j o s de la luz de la fe, no h a l l a n más que
tinieblas e ignorancia.
32 Dlfl L A S V E R D A D E S P R I N C I P A L ® » ( 4 )

también. Tenemos padre y madre; sin embargo, a Dios


debemos principalmente la vida, no sólo porque crió a
nuestros primeros padres, sino porque vivimos a causa
del alma; ésta informa y da vida al cuerpo. Ahora
bien; nuestra alma ha sido directa e inmediatamente
creada por Dios. El alma viene de Dios, y por esto Dios
es nuestro inmediato creador. (Véase la Creación del hom-
bre, en el núm. 6.)
3.° Todos tenemos un alma. Por ella vivimos; vos-
otros lo creéis asi. Sin embargo, alguna vez sucederá que
oiréis a ciertos hombres que no creen en el alma y di-
cen que no tenemos alma porque no la vemos.
Decidme: por ventura, la corriente eléctrica en los ca-
bles del alumbrado o del tranvía, ¿creéis que existe? Sí;
porque se manifiesta en la luz, en la fuerza, en los efec-
tos que produce. Por tanto, no creemos sólo lo que ve-
mos; hay cosas que existen y no se ven. ¿Veis, por
ezemplo, el aire que respiráis? No; con todo, sabéis que
existe, y que si no existiese no podríamos respirar y, por
lo mismo, no pobríamos vivir.
Nuestra alma es espíritu y por esto no se puede ver;
mas se manifiesta de muchos modos: en sus actos y en
sus operaciones, muchas de ellas extraordinarias. Re-
flexionad bien: a) Hay algunos buenos cristianos que en
sus trabajos y enfermedades están contentos; el cuerpo
no puede estar contento ni alegrarse con lo que le mo-
lesta; el alma es la que está contenta, y ee alegra por el
bien, que le vendrá luego, b) Hay hombres tales que,
aunque ricos y afortunados, sin embargo, están tristes;
porque el alma no está satisfecha con lo que se satisface
el cuerpo, c) Fijaos en los mártires; antes que renegar de
la fe, sufrieron toda clase de tormentos. Hubiera bastado
una sola palabra; el cuerpo se inclinaba a decirla; el
alma, en cambio, fuerte y generosa, hacía al cuerpo in-
moble en el tormento. El martirio... he ahí una prueba
manifiesta, que el alma da de sí. d) Las obras de los
grandes artistas, escritores o pintores, les sobreviven; los
i>E N U E S T R A S A N T A Fifi ( 4 ) .33

autores mueren, las obras quedan; si no tuviesen alma,


la obra sería mayor que el mismo que la hizo (1). ej El
hombre, por medio del alma, raciocina, estudia y se per-
fecciona. El animal, que no raciocina con el alma, no
aprende ni se perfecciona; vive hoy como hace mil años.

Ejemplos. — No veo el alma, luego no existe. — A s í d e c í a un


p r e s u m i d i l l o a c i e r t o s a c e r d o t e . E s t e le r e s p o n d i ó : — P e n s a d u n a
c o s a . — Y a e s t á — d i j o — . No es v e r d a d — a ñ a d i ó el s a c e r d o t e — ;
p o r q u e y o no veo v u e s t r o p e n s a m i e n t o . E l h o m b r e , q u e e s t a b a
de buena f e , se c o n v e n c i ó , que s i no se ve e¡ p e n s a m i e n t o ,
por s e r o p e r a c i ó n del a l m a , y, sin e m b a r g o , e x i s t e , con m a -
y o r r a z ó n d e b e m o s c o n f e s a r q u e e x i s t e el a l m a , a u n q u e no l a
veamos.
Dolores del alma. — U n m a e s t r o , p a r a h a c e r e n t e n d e r a s u s
a l u m n o s que v e r d a d e r a m e n t e t e n e m o s g i m a , les d e c í a : S i l l a m o
a uno de v o s o t r o s y le doy u n b o f e t ó n , se e c h a a l l o r a r por el
dolor. S i doy a uno de v o s o t r o s u n a n o - i c i a m u y t r i s t e , por
ejemplo, l a m u e r t e de su m a d r e , l l o r a d e s c o n s o l a d o . ¿ Q u é es lo
q u e s u f r e en él? No el c u e r p o , s i n o el a l m a . P o r q u e t i e n e a l m a
e n t i e n d e l a n o t i c i a y l l o r a , a u n q u e no t e n g a dolor e n . el
cuerpo.
Et canto del leproso. — U a p r í n c i p e y e n d o a c a z a r en un bos-
que, oyó un c a n t o d u l c í s i m o , S i g u i e n d o a q u e l l a voz, se i n t e r n ó
por la espesura y e n c o n t r ó a un h o m b r e c u b i e r t o de l e p r a , sus
c a r n e s podridas c a í a n a p e d a z o s . — • ¿ C ó m o es p o s i b l e — p r e -
g u n t ó sorprendido el p r í n c i p e — que c a n t é i s con t a n t a a l e g r í a
e n t r e t a n i n d e c i b l e s dolores? R e s p o n d i ó el l e p r o s o : — E n t r e m i
a l m a y Dios no m e d i a m á s que e s t a m í s e r a c a r n e ; m e a l e g r o
v i é n d o l a c a e r a pedazos, — El a l m a h a c í a .feliz a a q n e l l e p r o s o

(1) L a d o c t r i n i que niega la e x i s t e n c i a del alma es: a) funesta;


esto es, lleva al mal y a p a r t a del bien (véanse los ejemplos de las
págs. 16 a 22). ¿A. qué hacer sacrificios si no tengo alma?—b) des-
consoladora; ¿con que a la muerte quedaré reducido a la nada? ¡Ouán
triste es la vista del cementerio!— c) deshonrosa; ¿con que soy in-
ferior a los brutos? Pues éstos tienen lo q ue apetecen. E l b r u t o una
vez satisfecho no busca más, m i e n t r a s el hombre siempre a s p i r a a
la felicidad, y no la e n c u e n t r a en esta t i e r r a ( v é a s e la nota de la
pregunta 5.", 2.°).
3
34 D81 LAS VERDADES PRINCIPALES (4)

en m e d i o de sus a s q u e r o s a s l l a g a s . S i n el a l m a n o h u b i e r a p o -
dido e s t a r a l e g r e .
Marta y María.—«Sucedió q u e c a m i n a n d o J e s ú s e n t r o en u n a
a l d e a , donde u n a m u j e r , por n o m b r e M a r t a , lo r e c i b i ó en su
casa. E s t a t e n í a una h e r m a n a llamada M a r í a , que sentada a
los pies del S e ñ o r e s c u c h a b a sus p a l a b r a s . M a r t a , e n t r e t a n t o ,
se a f a n a b a en. l a s cosas de l a c a s a . S e p r e s e n t ó a n t e el S e ñ o r y
l e d i j o ; — S e ñ o r , ¿no v e i s q u e m i h e r m a n a me h a dejado s o l a en
l a s f a e n a s d o m é s t i c a s ? D e c i d l e , pues, q u e me a y u d e . E l S e ñ o r
r e s p o n d i ó : — M a r t a , M a r t a ; t e a f a n a s y t e i n q u i e t a s en d e m a -
s i a d a s c o s a s ; y, sin embargo, una sola es necesaria; María eligió
para sí la mejor parte, que no le será quitada* (San Lu-
cas, X , 38-42).
Un caballo tratado mejor que el alma.— T e n e m o s un a l m a ;
p o r t a n t o , n o debemos o c u p a r n o s sólo de la v i d a c o r p o r a l , s i n o
h a y q u e p e n s a r y t r a b a j a r por s a l v a r l a . S e d a b a u n a m i s i ó n en
c i e r t a c i u d a d . U n o de los m i s i o n e r o s , a l o j a d o en c a s a de u n
s e ñ o r , v i e n d o un d í a a un c r i a d o a l m o h a z a r c u i d a d o s a m e n t e
a u n c a b a l l o , le p r e g u n t ó c u á n t o t i e m p o e m p l e a b a en a q u e l l o
c a d a d í a . — D o s h o r a s — le dijo — . Y en v u e s t r a a l m a — l e p r e -
g u n t ó e l s a c e r d o t e —, ¿ c u á n t o t i e m p o g a s t á i s ? E l c r i a d o con-
f e s ó q u e se c o n t e n t a b a por la m a ñ a n a con h a c e r la s e ñ a l de la
c r u z . - - A m i g o — r e s p o n d i ó el s a c e r d o t e — es m e j o r s e r c a b a l l o
de v u e s t r o a m o que a l m a v u e s t r a . — H i j o s míos, y n o s o t r o s , e n
el cuidado de n u e s t r a a l m a , ¿ q u é debemos h a c e r ?

4.° No creáis que los que niegan el alma están per-


suadidos de lo que dicen; antes al contrario (1 ; ; bue-
na prueba de eso son las palabras sinceras que dicen en
el punto de morir, cuando ya no tienen interés alguno
en mentir, y las conversiones, que advertimos, de esos
pretendidos incrédulos.

(1) Ni uno entre c i e n mil, de los que afirman acabarse todo con
la muerte y no haber o t r a vida más a l l á de la t u m b a , cree lo qué
dice y repite. Todos tienen la convicción de que existe algo más
allá; la i n m o r t a l i d a d del a l m a es dogma fundamental p a r a todos
los pueblos, escrito en el corazón de todos los hombres.
M i r a d a los impíos en el t r a n c e de la muerte. S i n que h a y a n
puesto a n t e s empeño o e n c o n t r a d o razón especial p a r a volver a t r á s ,
c a m b i a n de lenguaje, se encomiendan a Dios, no se b u r l a n y a de
DE NUESTRA SANTA FE (4) 35

Ejemplos.—Triste fin de Collet d'üerbois.— Durante la revo-


lución francesa del siglo x v i u y sobre todo en las matanzas de
Lyon de 1793, se hizo célebre por su crueldad Collet d'Herbois.
Sus maldades fueron tales que llegaron a horrorizar a los mismos
miembros de la Convención. Dos años después fué deportado a
La G u a y a n a , donde vivió como un impío, asemejándose más a
ana fiera que a un hombre. Habiendo enfermado, debiéronle
trasladar a Cayenna en brazos de unos negeos. Estos, después
de c a m i n a r un poco, le dejaron en el suelo, diciendo que no me-
recía él la f a t i g a que ellos tenían que soportar. E n medio de este
aprieto comenzó Collet a invocar al Señor y a su S a n t í s i m a
Madre. Un soldado negro, que h a c í a pocos meses había oído
salir de aquella boca toda suerte de insultos c o n t r a Dios, la
S a n t í s i m a Virgen y la religión: ¿Q:ié - l e dijo —, vos invocáis al
Señor y a M a r í a a quienes t a n mal habéis t r a t a d o ? — E s verdad
—respondió — ; pero mi corazón s e n t í a afectos bien diversos de
los que expresaba la lengua. ¡Oh! Dios mío, ¿podré yo esperar
perdón? ¡ Ah! Si pudiese tener a mi lado un sacerdote. Buscadme
un sacerdote. U n o fué a buscarlo, pero e n t r e t a n t o Collet ex-
piró; y cuentan los que lo vieron que fué aquella una muerte
espantosa, el cadáver mismo causaba horror a los que lo veían.
E s t a horrible muerte s u c e l i ó a 7 de J u n i o de 1796.
El corazón necesita ser curado. —Un famoso incrédulo, sin-
tiendo llegaba el fin de sus días, mandó l l a m a r a su párroco;
éste, conociendo las ideas profesadas por aquel señor, t e n í a
dificultad en persuadirse que desease de veras cumplir con sus
deberes religiosos, y e n t r a b a con miedo en el aposento del en-
fermo. Notólo éste, y en seguida le dirigió estas palabras: Ven-
ga, pues; no crea que ha de luchar mucho con mis prejuicios;
el corazón es el que tiene necesidad de ser curado. — ¡Cuántos
dicen que son incré lulos, porque son viciosos! Se llaman libre-
pensadores e incrédulos para que su vida sea libre y licen-
ciosa.

las oraciones y sacramentos, ni piensan ser fábulas de viejas él


paraíso y el infierno. Seguramente la ignorancia, el embruteci-
miento, el castigo de Dios, el pérfido empeño de falsos amigos,
crueles traidores, que asedian al enfermo para que no pueda reci-
bir auxilio alguno de la religión, son causa de que algunos mueran
rechazando sus auxilios o despreciándola; mas la excepción confir-
ma la regla.
86 D E LAS V E R D A D E S P R I N C I P A L E S (5)

5. P. ¿Para qué fin os ha criado Dios?


R, Dios me ha criado para conocerle, amarle y servirle en esta
vida y después gozarle para siempre en la otra.

Cuando uno hace alguna cosa, la hace por algún fin.


Vosotros estudiáis... para aprender; el hombre trabaja...
para ganar; aquel va a una ciudad... a hacer alguna cosa.
En algún tiempo no erais nada; Dios os crió, y ¿para
qué? ¿Con qué fin os crió? Lo habéis dicho en esta res-
puesta, y si miráis con atención a lo que decis, veréis que
no ha habido una sola razón, sino dos. Primera, para
que fuera conocido, amado y servido de nosotros en esta
vida; segunda, para que le gozáramos en el paraíso.
l.° Hemos sido creados por Dios.— Dios nos crió sólo
para sí. Él, por lo tanto, es nuestro fin último. Criados
por Dios, suyos somos; ni podemos vivir según nuestro
gusto y capricho, sino que debemos depender de Dios.
Tenemos una mente, un corazón y una voluntad, que nos
hacen imagen de Dios. Por esto, debemos emplear estas
tres facultades según la voluntad divina, para conocer,
amar y servir a Dios Dios es nuestro fin; y por eso sólo
en Dios hallaremos paz y reposo. La gloria, los bienes
y placeres de la tierra no han hecho ni harán feliz a
nadie. Lejos de Dios no hay contento, sino inquietud e
infelicidad Bien lo experimentó y confesó San Agustín:
«Señor, nos has criado para Ti, y nuestro corazón está
intranquilo hasta que llegue a reposar en Ti» (1).
Debemos conocer a Dios.—Debemos conocer a Dios,
porque es suma y perfecta bondad; lo conoceréis si
aprendéis bien el Catecismo, si escucháis con atención
los sermones. Aprenderéis quién es, qué cosas ha hecho
y por qué las ha hecho.
Amarlo. - Cuando se conoce un bien, se ama; porque
el bien merece amor. Si conocéis a Dios le amaréis; por-
que es el sumo bien, porque El nos ama; y lo amaréis

(1) Confesiones, 1. l.°, e. l.°


D E N U E S T R A SANTA F E (5) 37

queriendo todo lo que le agrada y huyendo de todo


aquello que le disgusta.
Servirle. — Es supremo e infinito Señor, que ha creado
todo y todo lo conserva y nos ha creado a nosotros tam-
bién; por lo tanto, debemos sujetarnos a Él haciendo su
voluntad, esto es, observando sus mandamientos y las
prácticas de la religión. Dios no tiene necesidad de ser
servido de nosotros; nosotros sí que tenemos necesidad
de servirle.
2.° ¿Qué recompensa nos dará Dios por haber cum-
plido en la tierra su santísima voluntad? Nos dará que
consigamos el segundo fin, para el cual nos ha criado;
esto es: gozarlo para siempre en la otra vida. Nos hará fe-
lices en el paraíso.
Gozarlo.—Sí, después que hayamos hecho lo que quie-
re Dios de nosotros en esta vida, iremos finalmente a
gozarle en la otra. Vosotros, niños, oiréis decir muchas
veces: Vivimos para gozar. Sí; vivimos para gozar, mas no
en esta vida, sino en la otra. En esta vida gozamos como
el enfermo, que tomando una medicina se promete la sa-
lud; como el trabajador, que en su trabajo espera la paga.
Ahora bien; acordaos siempre que para llegar a gozar
de Dios en la otra vida es preciso conocerle, amarle y
servirle en ésta. No hay otro medio (1).
Fruto.—Pensemos seriamente en salvar nuestra alma
y ganar el paraíso; «puesto que, como nos advierte San

(1) Según los m a t e r i a l i s t a s , la v i d a del hombre es u n a eosa ab-


s o l u t a m e n t e i n e x p l i c a b l e ; si, en realidad, la vida como ellos asegu-
r a n , nos ha sido dada para gozar, ¿cómo se explica que este gozar
es. tan difícil de conseguir? ¿Gómo, que son pocos (tan pocos que for-
man verdadera excepción) los que gozan, m i e n t r a s la m a y o r parte
de los hombres lucha con la adversidad y con t r a b a j o s de toda cla-
se? ¿Cómo, que esos pocos que gozan alguna cosa tienen un gozo
breve, pasajero, amargado de tantas contrariedades, amenazado y
acibarado del f a n t a s m a de la muerta? Contad esos verdaderos gozo-
sos, los que gozan s i n c e r a m e n t e , sin mezcla de dolor ni temor; con-
tadlos; ¿cuántos son? Quizá uno entre diez mil; quizá menos; quizá
ninguno. Y ¿para h a c e r felices a t a n pocos o a ninguno se nos h a
38 DE LAS VERDADES PRINCIPALES (5)

Pablo, no tenemos aqui ciudad segura, sino que an-


damos buscando la eterna» (1). En esta tierra somos pe-
regrinos, nuestra patria es el cielo.
Ejemplos.— El ministro de Carlos V. — E l e m p e r a d o r C a r l o s V
f u é un d í a a v i s i t a r a u n o de sus m i n i s t r o s e n f e r m o , a q u i e n
a m a b a en g r a n m a n e r a a c a u s a de su fidelidad. Queriendo con-
s o l a r l e , le d i j o : — P e d i d m e c u a n t o deseéis y os lo d a r é . — S e ñ o r -
r e s p o n d i ó e l e n f e r m o — , prolongad me unos d í a s l a v i d a , p a r a
q u e yo p u e d a s e r v i r a D i o s y « j u s t a r m i s c u e n t a s con E l . — A y
de m í ! — r e s p o n d i ó el e m p e r a d o r — , h a b é i s pedido u n a cosa. q u e
no e s t á en m i m a n o , — ¡ O h , t r i s t e de m í ! — e x c l a m ó el e n f e r m o — ,
he g a s t a d o t o d a la v i d a en s e r v i r a q u i e n n o puede c o n c e d e r m e
n i u n a h o r a de v i d a ; y en s e r v i r a D i o s , que puede p r e m i a r m e
con un c i e l o e t e r n o , no he e m p l e a d o n i s i q u i e r a u n o s d í a s . —
E n el l e c h o de m u e r t e c o n o c e r e m o s bien c l a r o l a i m p o r t a n c i a
de n u e s t r o -último fin, y d e s v e n t u r a d o s de n o s o t r o s , si n o h e m o s
v i v i d o de modo que lo c o n s i g a m o s .
Prudente respuesta.—Algunos d i c e n que n o c r e e n e n l a o t r a
v i d a . ¿ E s t á n p e r s u a d i d o s de ello?... S e g u r a m e n t e que n o ; y p r o -
cediendo r e c t a m e n t e , ¿cómo deberían *nvii?... Si muchos nos
d i j e s e n que u n pan e s t a b a e n v e n e n a d o , ¿ c o m e r í a m o s a c a s o de él,
a u n q u e n o e s t u v i é r a m o s s e g u r o s de que era a s í ? — E n el t r e n un
r e l i g i o s o i b a r e z a n d o el b r e v i a r i o al l a d o de un l i b r e p e n s a d o r .
E s t e d i j o al r e l i g i o s o : ¿ Q u é h a b l é i s g a n a d o , b u e n f r a i l e , eon
t o d a s v u e s t r a s o r a c i o n e s y p e n i t e n c i a s , si después no h a y o t r a
v i d a ? A lo c u a l r e s p o n d i ó s i n t a r d a n z a el r e l i g i o s o : P a c i e n c i a ;
¡ h a b r é perdido un poco de t r a b a j o ! P e r o y si la h a y , ¿de q u é os
s e r v i r á n en el infierno los p o c o s p l a c e r e s de que a h o r a g o z á i s ?

dado l a vida? S i el fin de esta vida fuese gozar, l a s bestias, compa-


radas con nosotros, serian más frlices; pues saciados sus apetitos,
no desean, ni pueden desear más; están satisfechas, saciadas, t r a n -
quilas; h a n conseguido su fin; h a n logrado la m i t a d de su vida.
T ¿hay, por ventura, algún hombre que goce y llegue gozando
h a s t a la m i t a d de su vida? A l g u n o hay; mas de ordinario paga su
i n t e m p e r a n c i a con el m a l e s t a r ; su liviandad, con la ignominia; el
gozar es frecuentemente castigo de sí misino; a v i v a los apetitos y
e x c i t a en el que goza u n a sed insaciable, que nada puede a p a g a r ,
que i r r i t a , estimula, m a r t i r i z a y es m a y o r que todo otro tormento.
¿ Y esto es gozar?
(1) A los Hebreos, X I I I , 14.
D E N U E S T R A SANTA F E (6) 39

Los más prudentes.—Un p r i n c i p a h a b i t a b a en u a r i c o c a s t i -


llo y d o m i n a b a e n todo a l r e d e d o r . V i ó a m u c h o s n i ñ o s p o b r e s
p a s a r e l día ociosos, los l l a m ó y l e s d i j o : M e g u s t a r í a v e r o s t r a -
b a j a r y s e r b u e n o s . E l q u e t r a b a j a r e y o b e d e c i e r e a mis c r i a d o s ,
después de a l g ú n t i e m p o s e r á a d m i t i d o en el c a s t i l l o a f o r m a r
p a r t e de mi f a m i l i a . A q u e l l o s n i ñ o s le e s c u c h a r o n m a r a v i l l a d o s ;
después, p r o m e t i e r o n t o d o s t r a b a j a r y o b e d e c e r , c u a n t o m á s
q u e el t r a b a j o e r a l i g e r o y l o s c r i a d o s buenos. P a s a d o s a l g u n o s
días, a h o r a unos, después o t r o s , c a n s a d o s del t r a b a j o , v o l v i e -
r o n a s u v i d a o c i o s a ; pocos f u e r o n los que p e r s e v e r a r o n ; l o s
ouales, después d e a l g u n o s a ñ o s , f u e r o n a d m i t i d o s a l a v i d a
del c a s t i l l o . — Os p r e g u n t o : ¿ Q u é n i ñ o s f u e r o n m á s p r u d e n t e s ?
Ahora aplicaos esta parábola a vosotros.

6. P. ¿Quién es Dios?
R. Dios es un ser perfectísimo. Criador y Señor del cielo y de la
tierra.

Ejemplo. — Cuanto más lo pienso menos lo sé.—Antes de expli-


c a r o s e s t a r e s p u e s t a e s c u c h a d e s t e hecho.: V i v í a en S i r a c u s a ,
a l l á en t i e m p o s a n t i g u o s , un filósofo l l a m a d o S i m ó o i d e s ; c i e r t o
d í a , e s t a n d o d e l a n t e del r e y G e r ó n , é s t e l e p r e g u n t ó : ¿Quién es
Dios? S i m ó n i d e s pidió de t r e g u a u n día, dos d í a s , t r e s , p a r a
r e s p o n d e r . F i n a l m e n t e d i j o a l r e y : C u a n t o m á s lo p i e n s o m e n o s
lo s é . — E r a p a g a n o : con l a luz de l a r a z ó n c o n o c í a l a e x i s t e n c i a
de D i o s ; m a s n o l l e g a b a a c o n o c e r lo q u e es D i o s , F e l i c e s de
n o s o t r o s los c r i s t i a n o s , p o r q u e lo s a b e m o s .

1.° El Catecismo nos dice que Dios es un ser perfectí-


simo. Con el nombre de ser designamos todo lo que
existe, como una piedra, un árbol, un hombre. Por el
nombre de perfección entendemos las cualidades hermo-
sas y buenas. Por ejemplo: ver, hablar, trabajar; poder
ver, poder hablar, poder caminar es una perfección. ¿Te-
nemos nosotros todas las perfecciones? No; algunas so-
lamente, y éstas no en grado perfecto. Por ejemplo: vi-
vimos, pero estamos sujetos al dolor y algún día nos sub-
yugará la muerte. En cambio Dios es el ser perfectísimo;
sólo Él tiene todas las perfecciones posibles y en grado
40 DE LAS VERDAUllS PRINCIPALES (tí)

perfecto (1). En Dios está todo aquello que podemos ima-


ginar de hermoso, de bueno, de grande, de amable, y está
sin límite alguno, de un modo infinito. El Catecismo en
las repuestas siguientes nos indicará algunas de esas per-
fecciones: la eternidad (núm. 10,), inmensidad < núm. 8),
omnipotencia, sabiduría (núm. 9). Estas perfecciones de
Dios las entenderéis mejor, si siendo ya mayores conti-
nuáis a venir al Catecismo y a oír el sermón. Os recuer-
do, sin embargo, que Dios, ser perfectísimo, es también:
a) justo-, esto es, premia a los buenos y castiga a los ma-
los, no precisamente en este mundo, sino en la eterni-
dad; b) próvido, porque tiene cuidado de las cosas crea-
das, dispone todo para nuestro mayor bien, nos ama y
permite las aflicciones de los buenos, para despegar más
y más su corazón de la tierra y elevarlo hacia el cielo;
para purificarlos de las culpas ordinarias y hacerlos se-
mejantes a Cristo crucificado; permite también algunas
veces la prosperidad terrena de los malos, para premiar-
les aquí abajo el poco bien que hayan hecho, no pu-
diendo premiarles en la eternidad, y para sacarlos con
afecto paterno de su mala vida.
2.° Además, Dios es Creador del cielo y de la tierra;
ésto es: es autor de todo cuanto existe. Nada existiría, si
Dios no le hubiese dado la existencia. Mirad: un día es-
tos bancos no existían, el carpintero los hizo y, por tan-
to, él es su autor y causa. El mundo no existía, ni la tie
rra, ni los astros; Dios lo creó todo; por tanto, de todo
cuanto existe es Creador, Autor, Hacedor. ¿Por qué no se

(1) P o r esto, Dios es infinitamente superior a todas las c r i a t u r a s .


L a r g o y ancho es el mar, pero al fin tiene límites;.muchas las gotas
de a g u a , pero absolutamente se pueden contar; en cambio, el con-
junto de las perfecciones divinas ni se puede medir ni determinar.
¿Qué es una g o t i t a de rocío en comparación del océano? Mas al
cabo, uu número grandísimo de esas g o t i t a s l l e g a r í a n a henchir el
inmenso espacio, que ocupa el m a r . P e r o todas las perfecciones de
los ángeles y santos j u n t a s y multiplicadas todo lo que se quiera
no podrían i g u a l a r n u n c a las perfecciones de Dios.
DK NUÜSTKA SANTA FE (6) 41

dice que Dios ha hecho, sino Ha creado el mundo? La ra-


zón es ésta-, cuando el carpintero hizo esos bancos, ¿de
qué se valió? De los instrumentos de su arte, de la ma-
dera, etc. Y cuando Dios hizo el mundo, ¿de qué cosas
echó mano? De nada, porque nada existía. Por esto se
dice, no que hizo el mundo, sino que lo creó; esto es, lo
sacó de la nada. Crear quiere decir hacer que exista
una cosa, que antes no existía de ninguna manera, y
hacer que exista sin valerse de otra cosa para darle el
ser. El hombre no es capaz de crear, puede solamente
modificar; esto es, dar otra forma a las cosas; sacar de la
nada, crear,es propio de Dios solo. «El habló,y fueron he-
chas todas las cosas; El lo mandó, y fueron creadas» (1).
Admiramos el poder de Dios en la creación. Pero, ad-
vertir que la acción creadora de Dios continúa y se des-
arrolla a nuestros ojos con un conjunto de maravillas,
que no despiertan ya nuestra admiración, tan sólo
porque estamos habituados a ellas. La tierra produce
cada día sus semillas, sus frutos, sus plantas, las hier-
bas; cada día millones y millones de seres vienen a la
vida ante nuestros ojos; crecen y se multiplican en vir-
tud de una fuerza productiva, que procede visiblemente
de la primera fuente de toda vida (2), de la palabra
pronunciada por Dios: Que la tierra produzca. Los mis-
mos astros del cielo, que nos parecen puntos fijos, ¿no es-
tán,por ventura, sujetos a variadísimas disposiciones, que
demuestran la acción extraordinaria de un poder pro-
digioso e invisible; que lleva al universo de progreso en

(1) Salmo C X L V I I I , 5..


(2) Eeouerdo que mi venerado profesor de E m b r i o l o g í a , el señor
Gferbe, me hizo seguir día por día el proceso de los huevos puestos
a una g a l l i n a . H.ízome advertir que al principio la y e m a tiene un
disco.pequeño blanco, que crece h a s t a envolver t o d a la y e m a . Un
día se notó una cosa o b s c u r a rodeada de u n a vena c o r o n a r i a , des-
arrollándose h a c i a un punto c e n t r a l . Otro día, ese punto era un
corazón con sus latidos. S e n t í u n a impresión e x t r a o r d i n a r i a al
hacerme n o t a r el profesor en el huevo, que el día antes estaba sin
42 D E LAS V E K D A D B 8 PRINCIPALES (6)

progreso hacia un fin misterioso? —[Olí, Dios mió, cuán


admirable sois en vuestras obras!
3.° Se dice también que Dios es Señor del cielo y de la
tierra. Señor quiere decir dueño. Cuando los albafiiles
hacen, una casa, ¿de quién es la casa?... Si hacéis un tra-
bajo, ¿a quién pertenecerá? Dios ha creado el mundo,
esto es, el cielo y la tierra y todas las cosas, que hay en
ellos. Todas estas cosas son, pues, de Dios, y nosotros
también de Dios somos. Dios es también Señor, porque
todo depende de Él. Poder man dar con derecho a los de-
más es, sin duda, gran privilegio; poder mandar a todos,
es el mayor de los privilegios. Este altísimo dominio lo
admiramos en Dios, y reconocemos su poder e ilimitado
señorío sobre el sol, sobre la luna, sobre las estrellas,
aire, mar y tierra, sobre todo lo que en el mundo vive y
se mueve, sobre todos los hombres. Él es el Señor de los
ángeles espíritus siempre prontos a ejecutar su divina
voluntad.—¡Cuán pequeños son y de cuán poca signi-
ficación los grandes de este mundo, los reyes, los empe-
radores, en comparación de Dios, Señor de todas las
cosas!

Fruto. —Procuremos, pues,tener grande estima de Dios.


Él es perfectísimo, poderosísimo; por tanto, roguémosle
y pidámosle las gracias que necesitamos; tengamos gran
temor de ofenderle; porque es bueno y nos ama, nos
ha hecho tantos beneficios y merece por eso ser amado,
y si le ofendemos, nos puede castigar en aquel mismo
momento.

m o v i m i e n t o , un corazón, que se movia. ¿De dónde viene en el huevo


ese m o v i m i e n t o vital? No de la madre, de quien le separa un cas-
carón duro y porque el solo c a l o r produce el mismo efecto que l a
g a l l i n a . P u e s ¿de dónde viene esa fuerza v i t a l ? B i e n pronto la vida
se extiende en el huevo; el polli to saldrá del cascarón, será un gallo,
que c a n t a r á , tendrá cuidado de sus polluelos y s a b r á defenderlos
aun a r i e s g o de su vida (Gandry en lievue des Deux Mondes, 1896,
pág. 201).
B B NÜHSTRA SANTA FH ( 6 ) 43

Ejemplos. — La creación del mundo. — E n un principio Dios


creó el cielo y la t i e r r a con todo lo que en el cielo y la tierra
se contiene; y aunque hubiera podido llevar a cabo esta gran
obra en un solo i n s t a n t e , quiso emplear seis períodos de tiempo,
que la Escritura llama días. E n el primer día dijo: Sea h e c h a
la luz, y la luz fué hecha; en el segundo hizo el firmamento;
en el tercero separó las aguas de la tierra, a la que mandó pro-
dujera hierbas, flores y toda clase de frutos; en el cuarto hizo
aparecer en el cielo el sol, la luna y las estrellas; en el quinto
creó los peces y las aves; en el sexto todos los demás animales,
y finalmente creó al hombre. En el séptimo día Dios cesó de
crear; a este día llamó sábado, esto es, reposo, y mandó des-
pués, por medio de Moisés, al pueblo hebreo que ese día le fuese
santificado y c o n s a g r a d o . — E s t a narración nos da a entender
que Dios es creador y, por lo tanto, supremo Señor de todo lo
criado; que como tal debe ser amado y su bondad reconocida,
pues los bienes de que gozamos proceden todos, sin exceptuar
ninguno, de El que hace nacer el sol, caer la lluvia, producir la
tierra, etc.; que debemos descansar un día en la semana de tra-
bajos serviles para dedicárselo a E l , nuestro Dios, y a nuestra
alma. Nos enseña además que a semejanza de Ei que en la crea-
ción se nos presenta como un trabajador que t r a b a j a , t r a b a j a
por el día y descansa por la noche, que hace t r a b a j o s útiles y
con orden, que descansa después de una semana de t r a b a j o ; así
nosotros en esta vida todos somos trabajadores, sin excepción
alguna; todos debemos t r a b a j a r , según nuestro estado; que se
nos dio la noche, a ser posible, para el reposo; que nuestros
t r a b a j o s deben ser ordenados, útiles no por solo nuestro capri-
cho; que después de haber trabajado seis días debemos descan-
sar el séptimo, santificándolo, y finalmente, que después de la
m í s t i c a semana de t r a b a j o , esto es, después de la vida, descan-
saremos para siempre con E l en el paraíso.
Creación del hombre y de la mujer.— Dios creó al hombre a
su imagen y semejanza en esta manera: Formó su cuerpo de la
t i e r r a , después sopló en su rostro, infundiéndole un alma racio-
nal e inmortal. E l Señor dió al primer hombre el nombre de
Adán, que quiere decir formado de tierra, y lo colocó en un
lugar de delicias, llamado paraíso terrenal.—Como Dios cr^ó
inmediatamente por sí el a l m a de Adán, así crea inmediata-
m e n t e y por sí el alma de todos los hombres y la une al cuerpo.
44 DBS L A S V E R D A D E S P R I N C I P A L E S (7)

A d á n , sin e m b a r g o , e s t a b a solo. Q u e r i e n d o Dios d a r l e u n a


c o m p a ñ e r a y c o n s o r t e , le i n f u n d i ó un profundo sueño; m i e n t r a s
d o r m í a s a c ó l e u n a c o s t i l l a , de l a c u a l f o r m ó a l a m u j e r , q u e
p r e s e n t ó l u e g o a A d á u . É i t e l a r e c i b i ó con "grande a f e c t o y l a
l l a m ó Eva, q u e quiere decir vida, p o r q u e h a b í a de ser m a d r e
de todos l o s v i v i e n t e s . — E s t e r e l a t o de la c r e a c i ó n de l a m u j e r
d a a e n t e n d e r q u e ella debe e s t a r s u j e t a al h o m b r e , q u e su v e r -
d a d e r o d e s t i n o e s t á en l a f a m i l i a , que el h o m b r e h a de a m a r l a
c o m o a sí m i s m o y uo t r a t a r l a d u r a m e n t e , p r o v e y é n d o l a de lo
n e c e s a r i o a l a v i d a c o m o se p r o v e a a sí m i s m o ,

7. P. ¿ H a y un s o l o D i o s ?
R. Sí, señor; hay un solo Dios.

Con esta brevísima respuesta el Catecismo nos enseña


dos cosas: que hay Dios y que Dios es uno; esto es: que
hay un solo Dios.
HAY DIOS.—Conocemos que Dios existe por medio de
la fe y por medio de la razón.
I. La fe nos enseña que hay Dios.—Dios se ha revela-
do a los hombres «muchas veces y de varios modos» (1);
en un principio por medio de los patriarcas y profetas,
y últimamente por medio de su Hijo, Cristo Jesús. La
Biblia nos refiere muchas de estas manifestaciones de
Dios: en el paraíso terrenal a Adán y a Eva, después
a Caín, a Abraham, a Isaac, a Jacob, a Moisés, quien
efectuó grandes maravillas y libró al pueblo de Israel
de la esclavitud de Egipto; a Samuel y a otros muchos;
finalmente, por medio de Jesucristo: «Ninguno ha visto
jamás a Dios; el Hijo unigénito, que está en el seno del
Padre, Él nos lo ha revelado» (2 . Él nos habló de Dios,
de las tres divinas Personas, del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo. Dios, además, se manifestó en el Bautis-
mo y en la Transfiguración de Jesús (véase la preg. 100).
II. La razón confirma la existencia de Dios.— Indique-
mos las principales pruebas con que la razón demuestra
y confirma la existencia de Dios.

(1) A los Hebreos, I, 1.—(2) San Juan, I, 18.


DK NUESTH.& SANTA M (7) 45

1.° La existencia y el orden del mundo nos demuestran


la existencia de Dios. - Vosotros veis este m u n d o y en él
t a n t a variedad de cosas y escenas encantadoras y her-
mosas. ¿Quién h a hecho todo eso? Dios. Si miráis u n
reloj, un cuadro, pensáis en seguida en el relojero, en el
pintor; m i r a n d o , viendo el m u n d o , debéis pensar en
Dios. Esta prueba adquiere mayor fuerza, cuando se
considera el orden amirable que reina en el universo;
las estrellas en n ú m e r o inconmensurable allá arriba en
el firmamento; los planetas y la tierra que recorren con
precisión matemática su órbita. ¿Quién ha establecido
estas leyes tan precisas? ¿Quién preside todo esto, p a r a
que sean p u n t u a l m e n t e guardadas? Dios. El lia creado,
conserva y gobierna el universo. ¿Qué diríais si alguien
os quisiese hacer creer que el reloj o el cuadro se h a n
h e c h o por sí mismos, con toda aquella precisión y her-
mosura que admiráis? ¿Si os contasen que un poco de
metal desprendiéndose de la m o n t a ñ a y batido por el
agua entre piedras y arena, poco a poco fué modifican-
do su forma, hasta que al fin llegó a ser un reloj? Os
reiríais de tan necia afirmación. No merecen sino que se
rían de ellos, los que pretenden que el m u n d o se ha he-
cho por sí o al acaso. ¿Qué es el acaso? ¿Cómo se c o m -
puso para hacer todo eso? ¿Y la materia de dónde pro-
vino?

Ejemplos. — El niño que envía un beso a Dios. — Un filósofo


francés, llamado Se tennis, decía que los hombres oreen en Dios
sólo porque desde niños lo han oído así; y en prneda de esto
quiso educar a un niño en una finca suya, sin que nadie jamás
le hablase de Dios; bien persuadido que fio había el niño de
tener idea alguna de Dios. U n a m a ñ a n a encontró al niño pos-^
trado en tierra, con los ojos fijos en el sol naciente y diciendo:
;Cuán bello eres, oh sol! ¡Cuánto más bello y grande debe ser
Aquél, que te ha hecho! Yo no le conozco; si t ú le ves, llévale
un beso en mi nombre. — Este niño, de la existencia del sol
deducía la existencia de Dios. Imitadlo vosotros, levantando
vuestro corazón de las cosas creadas al Dios creador.
46 JJJS LAS V E R DA D B S P R I N C I P A L E S (7)

Una casa en una isla desierta.—Decía Eenelón: Si encontrase


ün hombre que no creyese en Dios, no disputaría con él. L e
r o g a r í a solamente que supusiese era él un náufrago arrojado
en medio de una isla desierta. Allí encuentra una casa de exce-
lente arquitectura, en ella hermosos muebles, instrumentos
de música, estatuas, cuadros, libros bien colocados en una bi-
blioteca. Mas no ve hombre alguno. ¿Podría creer que todo
aquello: casa, muebles, libros, estaba allí por casualidad, sin l a
mano del hombre? Y el mundo, cuyo orden y armonía es mil
vecas más maravilloso que todo aquello, ¿sería obra del acaso?
Razón tenía el pagano Cicerón cuando escribió: Si alguno hu-
biese vivido bajo t i e r r a y de repente saliese f u e r a y viese el
cielo, la tierra, el mar, las nubes, el viento, el sol, el esplendor
del día, da noche el firmamento estrellado, ¿por ventura no re-
conocería en seguida la existencia de Dios, Autor de t a n t a s
maravillas? (De nat. Deorum, lib. I I I ) .
Confesión de Voltaire.—La simple consideración del universo
y del orden admirable que en él reina, demuestra que h a y
un Dios de infinito poder, sabiduría y bondad. E n c o n t r á b a s e
V o l t a i r e un día en medio de unos incrédulos, que blasfemaban
de l a Religión cristiana; él era presidente de aquella r e u n i ó n .
Viendo, sin embargo, que llegaron h a s t a decir que Dios no
existe y que el mundo se ha hecho por sí sólo, qúedóse en silen-
cio. L o s otros, notándolo, le preguntaron qué pensaba sobre
aquello. Voltaire, señalando al reloj, que en aquel momento
daba la hora, les dijo: Cuanto más me esfuerzo por pensar que
ese reloj existe sin relojero, menos me convenzo de ello. Sus
amigos quedaron con la boca abierta, comprendiendo bien la
fuerza de la respuesta.
Dios visto en el mundo.—«La cadena de montañas que cruzan
los dos hemisferios, los seiscientos y más ríos que de las laderas
de los montes corren al mar, los torrentes que b a j a n de los gla-
ciales y que después de derramar la fertilidad en las campiñas
van a engrosar el caudal de los ríos, miles de manantiales que
brotan de les innumerables veneros de agua diseminados en
las e n t r a ñ a s de las t i e r r a s y proveen de agua al reino vegetal
y animal, todo eso no puede ser efecto de un acaso fortuito y
de un movimiento de los á t o m o s , como tampoco lo es la r e -
t i n a que recibe los rayos de la luz, el cristalino que los réfracta,
el yunque, el martillo, el estribo o el t a m b o r del oído que r e -
DB NUESTRA SANTA FE (7) 47

c i b e los s o n i d o s ; los c a n a l e s s a n g u í n e o s de n u e s t r a s v e n a s , l a
s í s t o l e y d i á s t o l e del c o r a z ó n , a q u e l a c o m p a s a d o m o v i m i e n t o
de l a m á q u i n a q u e c o n s t i t u y e l a v i d a » ( V o l t a i r e , A r t . Causas
finales).
La inteligencia suprema. — T o d a o b r a de a r t e supone un
a r t i s t a . A h o r a b i e n ; ¿qué es el a r t e ? No es m á s q u e la i m i t a c i ó n
d e l a n a t u r a l e z a , o m e j o r d i c h o : e l a r t e s e e s f u e r z a por i m i t a r
a l a n a t u r a l e z a , pero sin c o n s e g u i r l o n u n c a . U n a o b r a de a r t e
c u a n t o m á s se a s e m e j a a la n a t u r a l e z a , t a n t o m á s r e v e l a r á
«1 g e n i o del a r t i s t a . ¿ Y no s e r á s u p r e m a i n t e l i g e n c i a A q u é l
q u e ideó y e j e c u t ó t a n a c a b a d a m e n t e e s a s o b r a s que l a i n t e l i -
g e n c i a h u m a n a c o p i a , pero que no r e p r o d u c e n u n c a e x a c t a
n i p e r f e c t a m e n t e ? S e a d m i r a , y con r a z ó n , el g e n i o del h o m b r e
q u e d e s c u b r e el m e c a n i s m o y el m o v i m i e n t o de l a n a t u r a l e z a
y de los a s t r o s h a s t a el p u n t o de a n u n c i a r con ia p r e c i s i ó n de
un m i n u t o l a v u e l t a s o b r e el h o r i z o n t e de u n c o m e t a que des-
a p a r e c i ó a l l á h a c e s i g l o s , o de r e c o n s t r u i r u n a n i m a l desconocido
c o n t a l de t e n e r u n h u e s o solo o un solo d i e n t e . P u e s b i e n ,
m i e n t r a s o t r o s a d m i r a n estos c o n o c i m i e n t o s de l a c i e n c i a y o
m e p o s t r o d e l a n t e del g r a n A r t i s t a q u e h a m o s t r a d o en sus
obras tal inteligencia y a r m o n í a y t a n t a precisión que un
s e r t a n l i m i t a d o y m e z q u i n o c o m o el h o m b r e , perdido a l l á en
un p e q u e ñ o p u n t o del e s p a c i o , h a y a podido d e s c u b r i r e s a s
l e y e s y c a l c u l a r ese m o v i m i e n t o a t r a v é s de e s p a c i o s t a n
i n c o n m e n s u r a b l e s , P e r o n o s l l e n a r e m o s a ú n de m a y o r a d m i r a -
c i ó n si c o n s i d e r a m o s s e r i a m e n t e que el m i s m o g e n i o del hom-
b r e , que a f u e r z a de e s t u d i o y c á l c u l o s l l e g a a c o n o c e r las leyes
de l a n a t u r a l e z a a su vez, no es m á s que u n a o b r a s a l i d a de l a s
m a n o s de a q u e l m i s m o A r t i s t a c a u s a de a q u e l e s p e c t á c u l o , e s t o
es, del u n i v e r s o , y c a u s a de e s t e e s p e c t a d o r , e s t o es, el h o m b r e
(Nicolás, Estudios filosóficos sobre el Cristianismo).

2." La voz de la conciencia nos prueba que Dios existe.—


Cuando hacéis alguna cosa buena, sentís alegría, y si
hacéis alguna cosa mala, sentís vergüenza y tembláis,
aunque nadie os haya visto. Todos experimentan estos
sentimientos, aun los malos, aun aquellos que no lo qui-
sieran, los experimentan contra su voluntad y tiemblan
por eso. ¿Por qué?... Es la voz de la conciencia, que gri-
ta, porque siente existe un Dios, el cual ha impreso en
48 DE LAS VERDADES PRINCIPALES ( 7 )

nuestra alma la idea del bien y del mal, la obligación


de hacer el bien y de evitar el mal, y siente que Dios
está mirando lo bueno y lo malo que se hace, y un día
pedirá cuenta de todo. La misma voz interna espontá-
neamente hace brotar en nuestros labios la oración en
el momento del peligro, pues la conciencia siente que
hay un Dios, que todo lo puede y que EL solo en aquel
momento nos puede ayudar.

Ejemplos. — El ateo que reza. — V o l n e y , célebre incrédulo, es-


t a b a dando con otros amigos un paseo por el m a r , desde Balci-
m o r e a Nueva Y o r k . De repente, se l e v a n t ó un t e r r i b l e v i e n t o ;
la barquilla, que l l e v a b a l a flor y n a t a de los incrédulos de am-
bos mundos, estuvo a punto de n a u f r a g a r . E n el peligro, c a d a
c u a l se puso a rezar, y el mismo señor V o l n e y empezó a decir
con g r a n fervor unas Ave Marías, que aú.n recordaba. P a s a d o
el p e l i g r o , uno le preguntó: Decidme, ¿a quién dirigíais v u e s t r a
o r a c i ó n , pues sostenéis que Dios no existe? E l sofista respondió:
Puede uno ser incrédulo en su propia h a b i t a c i ó n , pero es impo-
sible serlo en medio de la t e m p e s t a d .
El remordimiento.—Cuentan que un r e y de D i n a m a r c a h a b í a
m a t a d o a su padre para r e i n a r en su l u g a r . P a r e c í a feliz, m a s
su corazón e s t a b a destrozado, y n e g r a s visiones cruzaban a n t e
sus ojos. U n a noche, en m i t a d del baile, comenzaron a t e m b l a r í a
las rodillas, su f r e n t e palideció, un g r i t o se escapó de s u g a r -
g a n t a . — A p a g a d las l u c e s . — S e apagaron, mas en vano; a l l á en
el fondo del salón le p a r e c í a ver, iluminado con luz s i n i e s t r a ,
un f a n t a s m a , que con ojos c e n t e l l e a n t e s se a d e l a n t a b a h a c i a él.
¿Quién eres — e x c l a m ó — , oh sombra, que me persigues? ¿ E r e s
mi padre?—No - r e s p o n d i ó el f a n t a s m a con voz, que le llenó de
espanto —; si fuese til padre t e perdonaría; y o no t e perdono:
soy el remordimiento.

3.° El consentí míenlo de todos los pueblos confirma la


existencia de Dios.—Todos los pueblos, en todos los tiem-
pos y en todas las regiones, civilizados, bárbaros y sal-
vajes, han creído siempre que existe un Dios. Decía en
su tiempo un antiguo filósofo pagano: Mirad por toda la
tierra: encontraréis ciudades sin muros, sin escuelas, sin
magistrados; pueblos sin habitación fija, sin propiedad
OE NUESTRA SANTA M (7) .49

de bienes, que no conocen la moneda; mas no encontra-


réis, en ninguna parte del mundo, una ciudad, un pue-
blo, una tribu, que no conozca a Dios.—Ahora bien; ¿es
posible que un error sea universal, de todos los tiempos
y de todos los pueblos? Preciso sería estar loco para
creerlo. Por esto, no merecen fe los pocos que, enfrente
de tan unánime consentimiento, niegan a Dios. Un im-
pío dijo con razón: Quien niega a Dios es loco o mal-
vado.

Ejemplo.—No existe ciudad que no reconozca a Dios.—Rober-


to Owen, m u e r t o en 1858, no habiendo encontrado en todo e l
mundo una ciudad sin Dios, pensó fundar él u n a . E n 1823 reco-
gió m u c h a g e n t e sin fe, con l a cual dispuso f o r m a r u n a colonia.
Dióles un amplio t e r r i t o r i o en la I n d i a n a , y trazó los planos de
una ciudad, que se l l a m ó N e w - H a r m o n y . Sólo un delito a l l í es-
t a b a prohibido: h a b l a r de Dios o pronunciar siquiera su nom-
bre. No f a l t a b a n a la ciudad riquezas, puesto que R o b e r t o
Owen se h a b í a mostrado pródigo en todo lo que pudiera s e r
oaxisa de su prosperidad. S i n embargo, no duró diez años; de
t a l modo quedó destruida, que no se h a v u e l t o a h a b l a r m á s de
ella. - TJna sociedad, que no cree en Dios, no puede s u b s i s t i r .
U n pueblo, que no cree en D i o s , n o teniendo f u n d a m e n t o alguno
sólido de moralidad, no puede ser gobernado, debe n e c e s a r i a -
m e n t e d e r r a m a r s e e n t r e los demás pueblos y quedar destruido
por sus mismos miembros.

4.° Los mismos ateos son involuntariamente prueba de


la verdad que contradicen.— Los que niegan a Dios se lla-
man ateos. Conviene observar que: 1) no obstante todos
sus esfuerzos Son muy pocos, y asi debe ser, porque el
ateísmo es contrario al sentido común y a la recta ra
zón; 2) casi siempre el orgullo, la obstinación, las pasio -
nes y especialmente la impureza, es lo que ha empujado
a esos hombres a negar a Dios. De Maistre decía: Nin-
guno dejó de creer en Dios, si primero no tuvo necesidad
de desear que Dios no existiera; 3) casi todos aquellos,
que de palabra niegan la existencia de Dios, en reali-
dad, creen que Dios existe. Muchos niegan la existencia
4
50 D a LAS V E R D A D E S PRINCIPALES ( 7 )

de Dios, por seguir la corriente, por miedo de las bur-


las o por un vil respeto humano; en privado, en los pe-
ligros, en la hora de la muerte, lo invocan; 4) los que
niegan la existencia de Dios, temen que exista y los cas-
tigue (véase la nota de la pregunta 4.a, 4.°;, como lo ma-
nifiestan los sentimientos que muestran en peligro de
muerte: 5) prueba, además, que creen en la existencia
de Dios, el mismo odio, que tienen contra Dios y las
blasfemias con que lo injurian; no se odia, ni se injuria
una cosa, cuya existencia no se cree; blasfeman porque
odian a Dios, a quien bien sienten que un día han de
dar estrecha cuenta de su vida; 6) finalmente, ¿hay por
ventura un solo ateo, que pueda decir con sinceridad
haberse hecho tal, después de serio ,y profundo estudio?
No hay uno solo que, estudiada seriamente y con recto
fin la cuestión de si Dios existe, la haya resuelto en sen-
tido negativo, Además, ¿hay alguno que, hecho ateo, no
se haya vuelto al mismo tiempo vicioso? ¿Uno solo que,
cesando de creer en Dios, se haya hecho mejor?

Ejemplo.—¿Debo creerf—En los Estados Unidos cayó enferma


la h i j a de un general,conocido como ateo declarado y propaga-
dor de principios irreligiosos. P a r e c í a que le quedaban pocos
días de vida. L l a m ó a su padre junto al lecho, le tomó la mano,
y con voz moribunda le preguntó: Padre, dentro de poco mori-
ré. Decidme f r a n c a m e n t e si debo creer lo que me habéis enseña-
do, esto es: que Dios no existe, que no h a y paraíso ni infierno; o
bien, si debo creer lo que aprendí de mi madre. Su madre había
sido piadosa y buena c r i s t i a n a . E l general permaneció unos
i n s t a n t e s como herido de un r a y o , los ojos fijos en el rostro de
su a m a d a h i j a y el corazón presa de violento dolor; finalmente
con voz interrumpida de sollozos, respondió: — ¡Hija!, cree sola-
mente lo que te enseñó tu madre.—En la hora de la muerte la
verdad se abre camino y la incredulidad se desvanece.

H A Y UN SOLO D I O S . — ¿ H a y un solo Dios o bien hay


varios dioses?... Uno solo. Aunque la razón puede por sí
sola dar a conocer esta verdad, los hombres, oscurecida
por el pecado su mente, se fabricaron varios dioses.
DBÍSUBSTRA SANTA FH (7) 51

Dios mismo nos lo ha revelado; en la Escritura leemos


a cada paso expresiones en que el Señor habla como
único Dios: «Dios creó...; Dios dijo...; Dios hizo el mun-
do. .; puso a Adán en el paraíso...; mandó a Adán que
no comiera...; llamó a Adán...; dijo a Adán...» Impuso
sus mandamientos, diciendo; «Yo soy el Señor Dios
tuyo. .» (1). «Escucha, oh Israel: el Señor, Dios nuestro,
es un solo Dios» (2). Por medio de Isaías: «Yo soy Dios,
y no hay ningún Dios fuera de mí» (3); y San Pablo aña-
dió: «Sabemos que los ídolos son nada en el mundo y no
hay más Dios que uno» (4).
¡Cuán felices somos nosotros que conocemos al verda-
dero Dios! Los paganos, en cambio, se fabricaron mu-
chos dioses, de quienes el Profeta dijo con razón: Son
«obra de las manos de los hombres; tienen boca y no
pueden hablar, ojos y no pueden ver, orejas y no pueden
oír, tienen narices y no pueden oler, tienen manos y no
palpan, pies y no pueden moverse» (5). Los paganos ado-
raban seres materiales, cuando no adoraban como a
Dios al mismo demonio.
Fruto. —Los paganos, infelices, merecían compasión.
Mas entre vosotros, aquí presentes, ¿habrá alguno que
no reconozca al solo verdadero Dios? .. De palabra, no;
mas con las obras, puede ser que sí; porque el Dios del
corazón es aquello que se ama, a quien se obedece.
¿Amáis y obedecéis a Dios? Entonces lo reconocéis por
Dios vuestro. ¿Amáis, en cambio, el pecado, la soberbia,
la desobediencia, las cosas malas?... ¿Las hacéis?... Pues
en ese caso, estas cosas son vuestro dios, y no el Dios
criador. Pensadlo bien y sed buenos para no caer en tan
gran desgracia, cual es vivir como paganos entre cris-
tianos.
Ejemplos. — El niño cristiano y el pagano.~Un niño cristiano
v i v í a en c a s a de un i d ó l a t r a f a n á t i c o . M u c h a s v e c e s e l n i ñ o le de-

(1) Exodo, X X , 2; Deuteron., V, (¡.—(2) Idem, V I , 4.—(3) Isaías,


X L V I , 9.—(4) A los Corintios, V l t l , 4 . - ( 5 ) Saínta O X I I T , 12-15.
52 D B L A S V E R D A D B S P R I N C I P A L E S (8-9)

c í a : No h a y m á s que un solo D i o s , que h a c r e a d o el c i e l o y l a t i e -


r r a . U n d í a que el p a g a n o e s t a b a f u e r a de c a s a , el m u c h a c h o
h i z o pedazos todos los ídolos, e x c e p t o el m a y o r , a q u i e n puso en
l a m a n o un g a r r o t e . E l p a g a n o , c u a n d o v u e l t o a c a s a e n c o n t r ó
sus ídolos h e c h o s pedazos, f u r i o s o c o r r i ó en b u s c a del n i ñ o p a r a
c a s t i g a r l e . E l n i ñ o desafió v a l e r o s a m e n t e l a i r a de a q u e l h o m -
bre.. d i c i é n d o l e : — ¿ N ó veis q u e ese ídolo aun t i e n e el p a l o en l a
m a n o ? E l h a c a u s a d o t o d o ese d e s t r o z o . — N o es p o s i b l e — a ñ a d i ó
el i d ó l a t r a — ; no puede m o v e r los b r a z o s . — E l n i ñ o e n t o n c e s
d u l c e m e n t e le respondió: — S i v u e s t r o D i o s no es c a p a z de h a c e r
lo q u e he h e c h o yo, q u e S05' u n p o b r e n i ñ o , ¿ c ó m o podéis c r e e r
q u e s e a el D i o s c r i a d o r del cielo y l a t i e r r a ? 1 — E l i d ó l a t r a c o m -
p r e n d i ó l a v e r d a d y r o m p i ó por s í m i s m o a q u e l l a ú l t i m a es-
t a t u a , a d o r a n d o en a d e l a n t e a l v e r d a d e r o D i o s .
El dios Belo.—Venerábase en B a b i l o n i a un g r a n í d o l o , c o n o -
c i d o con e l n o m b r e de B e l o , q u e p o r d e n t r o e r a de a r c i l l a y por
f u e r a de b r o n c e ; t o d o s los d í a s le o f r e c í a n doce m e d i d a s de h a -
r i n a de t r i g o , c u a r e n t a c o r d e r o s y seis c á n t a r o s de v i n o . L o s
s a c e r d o t e s a f i r m a b a n que el í d o l o c o m í a todo a q u e l l o . - D a n i e l ,
q u e h a b í a n e g a d o a l ídolo sus a d o r a c i o n e s , d e s c u b r i ó c l a r a -
m e n t e al m o n a r c a el e n g a ñ o de los s a c e r d o t e s de e s t a m a n e r a :
E s p a r c i ó c e n i z a por todo el t e m p l o , h a c i é n d o l a p a s a r por u n a
c r i b a . D e s p u é s c e r r a r o n l a s p u e r t a s y se s e l l a r o n con el a n i l l o
del r e y . A l día s i g u i e n t e , v o l v i ó con el r e y a l t e m p l o ; h í z o l e
o b s e r v a r l a s h u e l l a s de l o s p i e s de l a s p e r s o n a s , q u e h a b í a n en-
t r a d o por u n a p u e r t a s e c r e t a , y c o m i d o t o d o lo q u e se e n c o n -
t r a b a d e l a n t e del ídolo ( D a n i e l , X I V ) . — C o n v i e n e h a c e r o b s e r -
v a r a los n i ñ o s que l a s e s t a t u a s , p i n t u r a s , e t c . , p a r a l o s p a g a -
n o s , n o representaban l a d i v i n i d a d , sino que eran el D i o s , a di-
f e r e n c i a de n o s o t r o s , p a r a q u i e n e s la e s t a t u a , por e j e m p l o , d e
C r i s t o n o es el m i s m o Cristo, s i n o sólo su i m a g e n .

8. P. ¿Dónde está Dios?


R. Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar.

9. P. ¿Lo ve todo ios?


R. Sí, «eftor; Dios todo lo ve, aun nuestros pensamientos.

l.° Preguntaron un día a un niño: ¿Sabrías decirme


dónde está Dios? Él en seguida respondió: ¿Sabríais de-
cirme dónde no está? Tenía razón; porque Dios está en
todas partes y en todas partes se da a conocer. En el
D E NUESTRA SANTA F E (9) 53

cielo, con el orden admirable que allí reina; en la tierra,


haciéndola producir continuamente lo necesario para
nuestra vida; en todo lo criado, con el orden admirable
en que lo conserva y lo dirige todo a su fin.
Diréis: Mas si Dios está en todas partes, y aun aquí
mismo, junto a mí, ¿por qué no lo vemos? Sí, Dios está
junto a nosotros, con nosotros; y, sin embargo, no lo ve-
mos, porque es espíritu. Por este mismo motivo, no ve-
mos tampoco nuestra alma. ¿Veis vosotros el aire? No; y,
sin embargo, os rodea, lo respiráis y sin él no pudierais
vivir. Así, no vemos a Dios, y con todo, está junto a nos-
otros, con nosotros, y no podríamos vivir sin Dios, por-
que él nos conserva la vida. Decía San Pablo: «En Dios
tenemos la vida, el movimiento y el ser» ( r .
2.° Si el aire pudiese ver, ¿haríais alguna cosa sin
que el aire la supiese?... No, porque el aire está en todas
partes, y en todas partes os vería. Dios está en todo lugar
y por esto todo lo ve. Id donde queráis y Dios verá lo
que hacéis, porque está allí presente.
Mas Dios no solamente ve todas las acciones, sino tam-
bién nuestros pensamientos. Si yo pienso alguna cosa,
¿lo podréis acaso vosotros saber? No; como yo tampoco
puedo saber lo que pensáis vosotros. Ninguna criatura
puede conocer nuestros pensamientos, si no los manifes-
tamos de algún modo. Pero Dios conoce todo lo que
pensamos.
Fruto.—El pensamiento de la presencia de Dios, que
todo lo ve y conoce, es el mejor preservativo contra el
pecado. Por esto decía Tobías a su hijo: «Todos los días
de tu vida ten a Dios presente y guárdate de consentir
jamás en el pecado y traspasar los preceptos del Señor,
Dios Nuestro» (2). Por medio de Ezequiel, el Señor re-
cuerda que la causa de los pecados de los hebreos era el
haberse olvidado de la presencia de Dios. «La iniquidad
de la casa de Israel y de Judá es grande, grande sobre-

(1) Hechos de los Apóstoles, X V I I , 28.—(2) Tobías, IV, 6.


54 JDB LAS VERDADES PRINCIPALES ( 9 )

manera, y la tierra está cubierta de sangre- y la ciudad


llena de rebelión, porque han dicho: El Señor dejó la
tierra; el Señor no nos ve» (1).
Ejemplos.—José en casa de Puiifar guardó una conducta, irre-
prensible, y fué obediente a su amo, que le constituyó adminis-
trador de todos sus bienes. Dios bendijo la ca^a de P u t i f a r por
razón de J o s é y multiplicó todos sus bienes". Mas la mujer de
P u t i f a r era mala, y quiso inducir a J o s é a un grave pecado.
J o f é no lo cometió, diciendo: ¿Cómo puedo yo hacer este mal y
pecar a os ojos de Dios? L a m a l a mujer, sin embargo, lo acusó
i n j u s t a m e n t e a n t e su marido, quien, habiéndola prestado fe,
echó a J o s é en la cárcel, de donde después Dios le sacó para ser
constituido en el primer puesto después del rey en Egipto, dé
que fué luego salvador ( G é n e s i s , X X X I X ) .
La casta Susana. — E l pensamiento de la presencia de Dios
libró t a m b i é n del pecado a una m u j e r hebrea, por nombre Susa-
n a , la cual, durante la esclavitud, había vivido con su marido
en B a b i l o n i a . Dos malos viejos judíos quisieron inducirla a co-
m e t e r un g r a v e pecado, con el pretexto de que nadie los veía,
amenazándola de lo contrario con acusarla de un delito por el
cual había de ser condenada a muerte. Susana, suspirando, res-
pondió: Mejor es morir que pecar en la presencia del Señor.
L o s dos vi? jos la acusaroD, y, a pesar de sus protestas, fué con-
denada a ser apedreada. Dios la salvó por medio d e . D a n i e l ,
quien descubrió la m e n t i r a de los dos malos viejos y la ino-
cencia de la m u j e r . P o r esto, los viejos fueron condenados al
mismo suplicio a que habían querido condenar a S u s a n a
(Daniel, XIII).
El pagano que teme la presencia de Dios.—Un misionero pre"
dicaba un día que Dios está presente en todo lugar, que lo
a d v i e r t e y observa todo y conoce aun los más ocultos pensa-
mientos. Oyendo esto un pagano, dado a toda clase de delitos,
respondió: Nosotros no sabemos qué hacer con un Dios que
todo lo ve; llevamos una vida muy libre y no podemos, por
lo t a n t o , querer que alguien oiga lo que decimos y vea lo que
hacemos. - P o r esto, el pagano no quería convertirse; la fe en
Dios, presente en todas partes, le hubiera impedido su m a l a
vida. ¡Infeliz!

(1) Ezequiel, I X , 2.
DE NUBSTRA SANTA Ffl (9) 55

Los ojos de Dios.—El h i j o de u n a m a d r e t a n i n t e l i g e n t e


c o m o c r i s t i a n a , le d e c í a a é s t a un d í a : — T ú m e h a s e n c o m e n d a d o
q u e t e m a l a m i r a d a de Dios; pero Dios tendx-ía d e m a s i a d o q u e
h a c e r si d e b i e r a e s t a r m i r a n d o a l a vez t o d a s l a s c o s a s . — H i j o
m í o — r e s p o n d i ó l a m a d r e —, D i o s h a c r e a d o el sol, que i l u m i n a
al m i s m o t i e m p o t o d a l a t i e r r a , ¿por q u é l a luz de s u s ojos no
p o d r á e x t e n d e r s e m u y l e j o s , por t o d a s p a r t e s , c o m o el m i s m o
s o l ? I m a g e n v i v í s i m a y a r g u m e n t o d e c i s i v o que h a c e v e r c u á n -
t o se e n g a ñ a n a q u e l l o s , q u e c r e e n n o h a b e r un t e s t i g o en el
cielo, que a t i e n d a a sus quejidos, como si la ciencia infinita
de D i o s no b a s t a s e a a b r a z a r t o d a n u e s t r a v i d a o a c o n t a r t o d a s
nuestras lágrimas.
La tentación vencida.—Un n i ñ o e n t r ó en c a s a de un a m i g o
s u y o ; en l a s a l a n o vió a n a d i e , m a s e n c o n t r ó s o b r e la m e s a u n a
c e s t a de p e r a s . ¡ Q u é h e r m o s a s p e r a s ! , e x c l a m ó ; podría c o m e r m e
u n a ; pues n a d i e m e v e . . . ¡ C ó m o ! ¿No m e ve D i o s ? Y d i c i e n d o
e s t o s e m a r c h a b a ; m a s el a b u e l o del a m i g o , q u e por a c a s o e s t a b a
d e t r á s de ! a e s t u f a , s a l i ó y le dijo: M u y bien, h i j o m í o ; m e r e c e s
a l a b a n z a ; t o m a todo el c e s t o , t e lo r e g a l o , y t e e x h o r t o a pen-
s a r s i e m p r e que Dios t e v e .
Jesús manifiesta los pensamientos de los escribas y fari-
seos.— «Sucedió q u e J e s ú s e n t r ó o t r o s á b a d o en )a s i n a g o g a y
s e puso a e n s e ñ a r . A l l í h a b í a un h o m b r e con l a m a n o d e r e c h a
s e c a . Los e s c r i b a s y f a r i s e o s l e e s t a b a n a c e c h a n d o , por si cu-
r a b a en s á b a d o , p a r a t o m a r de aquí ocasión de a c u s a r l e . Cono-
c i e n d o sus p e n s a m i e n t o s , d i j o a l h o m b r e que t e n í a s e c a l a m a n o :
L e v á n t a t e y s a l al medio. L e v a n t ó s e y s a l i ó al medio. J e s ú s l e s
d i j o : Os p r e g u n t o , s i es l í c i t o c u r a r en s á b a d o , h a c e r bien o
m a l , s a l v a r l a v i d a a un h o m b r e o q u i t á r s e l a . D e s p u é s , m i r a n d o
a su a l r e d e d o r , d i j o a a q u e l h o m b r e : E x t i e n d e l a m a n o . É l l a
e x t e n d i ó y quedó s a n a l a m a n o . L l e n o s de f u r o r los f a r i s e o s
d i s c u r r í a n e n t r e sí qué h a r í a n con J e s ú s » ( S a n Lucas, V I , 6-11).
Jesús predice la traición de Judas, el abandono de los
Discípulos y la negación de Pedro. — «Al c a e r de l a t a r d e , J e s ú s
s e s e n t ó a l a m e s a con sus doce D i s c í p u l o s , y m i e n t r a s c o m í a n
dijo: E n v e r d a d os digo que uno de v o s o t r o s m e h a de e n t r e g a r .
C o n t r i s t a d o s todos, c o m e n z ó c a d a u n o a p r e g u n t a r : ¿ S o y y o
por v e n t u r a , S e ñ o r ? E l l e s r e s p o n d i ó : E l q u e m e t e l a m a n o
c o n m i g o en el p l a t o , ése me e n t r e g a r á . E l H i j o del H o m b r e v a
c i e r t a m e n t e de su p r o p i a v o l u n t a d a l a m u e r t e , c o m o e s t á es-
56 DB LAS VERDADES PRINCIPALES (10)

c r i t o , m a s ¡ a y ! de a q u e l , por q u i e n el H i j o del H o m b r e es e n -
t r e g a d o ; m e j o r le f u e r a n o h a b e r n a c i d o . T o m a n d o e n t o n c e s l a
p a l a b r a J u d a s el t r a i d o r , dijo: ¿ S o y yo por v e n t u r a , m a e s t r o ?
L e respondió: T ú lo h a s d i c h o . . . Y c o n c l u i d o el h i m n o , s a l i e r o n
h a c i a el m o n t e O l í v e t e . E n t o n c e s d í c e l e s J e s ú s : T o d o s v o s o t r o s
p a d e c e r é i s e s c á n d a l o por m i c a u s a e s t a n o c h e , p u e s t o que e s t á
e s c r i t o : H e r i r é a l P a s t o r y se d e s c a r r i a r á n las o b e j a s . M a s des-
pués de m i r e s u r r e c c i ó n , os p r e c e d e r é en G a l i l e a . P e d r o r e p u s o :
A u n q u e todos se e s c a n d a l i z a r e n , yo no m e e s c a n d a l i z a r é j a m á s .
J e s ú s le replicó: E n v e r d a d t e digo, que e s t a n o c h e , a n t e s que
el g a l l o c a n t e , m e n e g a r á s t r e s v e c e s . P e d r o c o n t e s t ó : A u n q u e
t u v i e r a que m o r i r por T i , no t e n e g a r é ; eso m i s m o p r o t e s t a r o n
l o s o t r o s Discípulos» (San Mateo, X X V I , 20-25; 30-35).
Una medicina eficaz. - U n j o v e n , después de h a b e r sido sol-
dado, n o h a c í a c a s o ni de l a s o r a c i o n e s ni de s u s d e b e r e s reli-
g i o s o s . A s u m a d r e , q u e l e r e p r e n d í a , c o n t e - i t a b a : Dios s a b e s i
m e he de s a l v a r o me he de perder; y a s í , ¿a qué t a n t a s o r a c i o -
n e s , t a n t a s p r á c t i c a s de d e v o c i ó n ? E->tas no h a n de c a m b i a r
lo q u e e s t á y a definido. L a m a d r e n a d a respondió; m a s no pre-
p a r ó c o m i d a p a r a el m e d i o d í a , Al h i j o , q u e le p r e g u n t a b a s o b r e
l a c o m i d a , r e s p o n d i ó con s u s m i s m a s p a l a b r a s : D i o s s a b e si h o y
h e de c o m e r o no; ¿ p a r a q u é , pues, p r e p a r a r l a c o m i d a ? Mi
t r a b a j o no h a de c a m b i a r lo q u e e s t á y a d e f i n i d o . — V e n t u r o s o
j o v e n , si supo s a c a r f r u t o de t a l l e c c i ó n .

!0. P. ¿Dios ha existido siempre?


R . Dios siempre ha existido y siempre existirá, porque es eterno.

Para entender esta respuesta, debéis saber primero la


significación de estas tres palabras: eterno, inmortal,
temporal. Eterno es lo que no comenzó, ni cesará jamás
de existir, esto es, que siempre ha sido y siempre será,
no tuvo principio, ni tendrá fin. Inmortal es lo que ha
comenzado a existir, pero durará siempre; tuvo princi-
pio y no tendrá fin. Temporal o mortal es lo que ha co-
menzado a ser y un día cesará también.
Dios no ha tenido principio ni tendrá fin; ha sido siem-
pre y siempre será, es eterno (1). Nuestra alma, los ánge-

(1) E s preciso no figurarse que, en la vida e t e r n a de Dios, u n


i n s t a n t e sucede a otro; que las hores, días y años se suman unos con
D E N U E S T R A SANTA F E ( 1 1 ) 57

les, han comenzado, porque un tiempo no existían, mas


existirán siempre; son, pues, inmortales; en cambio el
cuerpo comenzó a ser, y un día cesará de existir, mori-
rá; es, por tanto, temporal o mortal.

II. p. ¿Tiene Dios cuerpo como nosotros?


R. Dios no tiene cuerpo, porque es espíritu purísimo.

Cuando decimos que Dios es espíritu purísimo, pensa-


mos en seguida que Dios es un ser, que no tiene cuerpo.
Llamamos espíritu a un ser inmortal, inteligente, que no
puede verse, tocarse ni sentirse en algún modo. Así son:
Dios, los ángeles, nuestrá alma. Que Dios sea espíritu,
nos lo dijo Jesús: «El Señor es espíritu» (1); y por eso,
no puede ser visto, como no puede ser visto el ángel ni
nuestra alma.
Cuando se dice: los ojos de Dios nos ven, la mano de
Dios castiga a los pecadores o usamos otras expresiones
parecidas, no os debéis figurar que Dios seá como nos-
otros, con cuerpo, con ojos y manos; son expresiones, de
que nos valemos para hacer mejor entender y sentir que
estamos en la presencia de Dios, que Dios es justo, lo

otros, como yernos ahora en el curso de nuestra vida. L a vida de


Dios no se mide con el tiempo; es aquella indivisible eternidad, que
el espíritu oreado no llega en m a n e r a a l g u n a a comprender. P a r a
formarse m e j o r a l g u n a idea, acostumbramos a c o n t a r millones y
millones de años y de siglos para atrás, añadiendo: pues, antes exis-
tía, Dios. Después, tomando millones y millones de siglos para ade-
lante, se dice, del. mismo modo: pues-, después de ese tiempo s e g u i r á
Dios existiendo. L a S a g r a d a E s c r i t u r a nos indica ese modo de con-
siderar la eternidad, en la vida en Dios, cuando dice: «Antes que
los montes fueran hechos, formada la t i e r r a y el mundo, desde toda
la eternidad y por t o d a la eternidad, eres Tú, Dios mió» (Sal-
mo L X X X I X , 2). Y aunque nos parezca imposible comprender u n
ser sin principio ni fin, sería g r a v í s i m o error dudar un momento de
su e x i s t e n c i a . Pues, si se admite un punto en que n a d a existiera,
n i aun el mismo Dios, nada hubiera podido empezar a ser, siendo
imposible que la nada produzca alguna cosa, algún ser.
(1) San Juan, I V , 24.
53 DH LAS VERDADES PRINCIPALES (12-13)

sabe todo, premia y castiga a Jos hombres. No podemos


explicarnos mejor de otro modo, y así, adaptándonos a
nuestra condición, nos valemos de las expresiones de
ojos, manos, etc., al hablar de Dios.
Del mismo modo, cuando se representa a Dios en una
imagen, se le pinta con forma corporal, no porque sea
tal como se pinta, sino para hacerlo en algún modo
sensible a nuestros ojos, a nosotros, que necesitamos de
cosas sensibles y visibles para representar lo que no
se ve.

12. P. ¿Cuántas personas hay en Dios?


R. En Dios hay tres personas realmente distintas.

13. P. ¿Cómo se llaman las tres personas divinas?


R. Las tres personas divinas se llaman: el Padre, el Hijo y el Es-
píritu Santo.

1.° Se llama persona todo ser intelectual cuya exis-


tencia no está sustancialmente ligada a la existencia de
otro. Asi cada uno de nosotros es una persona. Pero ni
el cuerpo solo ni el alma sola son personas, pues ni el
cuerpo ni el alma tienen subsistencia individual, sino li-
gada y dependiente uno de otro. Los ángeles, cada uno
son personas. No lo son ni el animal, ni el árbol, ni la
piedra, pues aunque son seres, no son inteligentes. Cada
uno de nosotros es persona distinta, esto es, el uno no
es el otro.
2.° En Dios no hay una sola persona, sino tres perso-
nas realmente distintas. Dios es uno solo, mas en tres
personas realmente distintas, que tienen el nombre de
Padre, Hijo y Espíritu Santo; estas tres personas, real-
mente distintas, son un solo Dios.
Las tres personas son realmente distintas. Persona
distinta quiere decir que la una no es la otra. El Padre
no es el Hijo ni el Espíritu Santo; el Hijo no es el Padre
ni el Espíritu Santo; el Espíritu Santo no es el Padre ni
el Hijo. Jesús dijo: «Yo rogaré al Padre y os dará otro
D E N U E S T R A SANTA FjB (14-15) 59

consolador, que permanezca con vosotros perpetuamen-


te: el Espíritu de Verdad» (1). Aquí vemos al Hijo, que
ruega; al Padre, que es rogado y que envía; al Espíritu
Santo, que es enviado. También en el bautismo de Je-
sús advertimos la distinción de personas: Jesús es el
bautizado, el Padre habla, el Espíritu Santo baja sobre
Jesús en forma de paloma.
No hubiéramos podido nosotros jamás saber que en
Dios hay tres personas, si El no lo hubiera revelado. Nos
lo reveló Jesús en muchas ocasiones (véase la pregun-
ta 82, 2 p o r ejemplo al establecer el Sacramento del
Bautismo: «Andad, pues, e instruid a todas las gentes,
bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo; enseñándolas a observar todo cuanto os
hp mandado» {2).
14. P. ¿Las personas de la Santísima Trinidad son iguales o des-
iguales entre sí?
R. Las personas de la Santísima Trinidad son en todo iguales,
porque tienen la misma esencia o naturaleza divina.

Donde hay varias personas, hay desigualdades. Una es


grande, otra menor; una débil, otra fuerte; una de in-
genio mayor que otra. Esto no acontece en las tres divi-
nas Personas; pues son perfectamente iguales, teniendo
como tienen la misma naturaleza divina; a saber: son
todas tres infinitamente grandes, poderosas, sabias; las
tres son Dios.

15. P. ¿Cuál de las tres divinas Personas se hizo hombre?


R. De las tres divinas Personas se hizo hombre la segunda, que es
el Hijo.

Si os enseño la imagen del Crucifijo, y os pregunto;


¿De quién es esta imagen?,.. De Jesucristo, diréis. ¿Quién
es Jesucristo? La segunda Persona de la Santísima Tri-
nidad, esto es, el Hijo, hecho hombre. Cómo y por qué

(1) San Juan, XIV, 16.—(2) San Mateo, X X V I I I , 19 y 20.


60 D B LAS V E R D A D E S P R I N C I P A L E S (16)

se ha hecho hombre, lo veremos en la pregunta que si-


gue y más adelante. El Hijo de Dios, al hacerse hombre,
tomó otro nombre: Jesucristo. Por esto la imagen del
Cruciiijo.es imagen de Jesucristo; esto es: del Hijo de
Dios hecho h o m b r e y muerto en la Cruz.
16. P. ¿De q u é m o d o se hizo h o m b r e ei Hijo de Dios?
R. E l H i j o d e D i o s se h i z o h o m b r e t o m a n d o en las p u r í s i m a s e i -
t r a ñ a s d e la V i r g e n M a r í a , p o r o b r a del Espíritu Santo, un cuerpo
c o m o el n u e s t r o y u n a alma c o m o la n u e s t r a .

1.° Habernos aprendido, que Dios no tiene cuerpo,


porque es espíritu purísimo. Nosotros, en cambio, tene-
mos cuerpo y alma; y somos hombres, precisamente por-
q u e tenemos un cuerpo material y un alma racional; los
ángeles no tienen cuerpo porque son espíritus puros.
El Hijo de Dios, que es espíritu puro, queriéndose ha-
cer hombre, debía tomar lo que nosotros tenemos y es
propio y esencial al hombre, a saber: cuerpo y alma;
esto precisamente es lo que nos enseña aquí el Catecis-
mo. El Hijo de Dios se hizo hombre; y se hizo hombre,
tomando un cuerpo como el nuestro y un alma como la
nuestra; así que la segunda Persona no es ya sólo espíri-
tu perfectísimo, es también hombre semejante a nos-
otros, con cuerpo y alma como nosotros.
2.° El Hijo tomó un cuerpo y un alma como tenemos
nosotros, en las purísimas entrañas de la Virgen María,
porque, como hombre, nació de María Santísima y fué
su hijo; por obra del Espíritu Santo, pues como hombre
(ya lo veremos después mejor) no tuvo padre terreno
como nosotros tenemos. Así María es Madre de Jesús por
obra del Espíritu Santo.
Fruto.—Admiremos la grandeza de María, elevada a la
dignidad de Madre de Dios. Buen modo de honrar a
María, y el misterio de la Encarnación es rezar tres ve-
ces al día devotamente el Angelus.
Ejemplo.—La Anunciación, -Leemos en el Evangelio: «Fué
enviado el.ángel Gabriel por el Señor, a pna ciudad de Galilea
DK NUESTRA SANTA P E (17-18) 61

llamada Nazaret, a una Virgen desposada con un varón de la


casa de David, por nombie José, y la Virgen se llamaba María.
Entrando el ángel dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor
es contigo, bendita tú eres entre las mujeres. Oyendo estas pa-
labras, se turbó y púsose a pensar qué significaría tal saluta-
ción. El ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado
gracia delante de Dios; he aquí, que concebirás en tu seno y
parirás un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Éste será
grande y se llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará
el trono de David su padre, y reinará eternamente sobre la casa
de Jacob y su reino no tendrá fin. Entonces María repuso al
ángel: ¿Cómo sucederá esto, si no conozco varón? El ángel res-
pondió: El Espirita Santo bajará sobre ti, y la virtud del Altí-
simo te cubrirá coa su sombra; por esto, será santo lo que na-
cerá de ti, y se llamará Hijo de Dios... y María dijo: He aquí la
esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (San Lu-
cas, I, 26-38).—'En aquel instante el ángel Gabriel abandonó lá
estancia de la Virgen, y cumplióse el gran misterio. El Espíritu
Santo formó, en el seno de María, un cuerpo, creó un alma hu-
mana, y en el acto,"en que el alma se unía al cuerpo, el Hijo
de Dios unió al compuesto su persona, su divinidad. Desde
aquel mismo instante,, el Hijo de Dios quedó también hecho
hombre, pues tenía cuerpo y alma como nosotros.

17. P. ¿Cómo se l l a m a el Hijo ile Dios hecho h o m b r e ?


R E l H i j o d e D i o s h e c h o h o m b r e s e llama J e s u c r i s t o .

18. P. ¿Quién e s , p u e s , J e s u c r i s t o ?
R. J e s u c r i s t o es H i j o d e D i o s h e c h o h o m b r e .

1.' ¿No h a b é i s n u n c a oído decir q u e u n j o v e n h a c i é n -


dose religioso o u n a j o v e n h a c i é n d o s e m o n j a t o m a n u n
n o m b r e nuevo? P u e s b i e n , cosa p a r e c i d a h i z o el H i j o d e
Dios al h a c e r s e h o m b r e : t o m ó t a m b i é n E l u n n o m b r e
n u e v o : Jesucristo. Si decís Hijo de Dios, e n t e n d é i s la s e -
g u n d a P e r s o n a de la S a n t í s i m a T r i n i d a d ; m a s si decís
Jesucristo, e n t e n d é i s el H i j o de Dios (la m i s m a s e g u n d a
P e r s o n a ) , p e r o h e c h o h o m b r e ; p o r lo t a n t o , Dios y
hombre.
2.° El n o m b r e de J e s ú s n o f u é i m p u e s t o al acaso, n
62 DE LAS VERDADES PRINCIPALES (18)

por voluntad de los hombres, sino por disposición de


Dios, que lo reveló, por medio del ángel, a María én
la anunciación, y después a San José; fué impuesto a Je-
sús niño en la circuncisión, recordada por la Iglesia en
el primer día del año. Esta misma festeja el nombre de
Jesús con solemnidad entre las fiestas de la Circunci-
sión y Epifanía.
3.° El Hijo de Dios, hecho hombre, tiene dos nom
bres: Jesús y Cristo. Jesús, quiere decir Salvador; Cristo,
Ungido. Jesús es nuestro Salvador; Él solo nos salva del
pecado, del demonio, del infierno; y nos salva dándonos
el cielo. El ángel, declarando a San José que María Vir-
gen sería Madre de Jesús, le anunció que Jesús «libraría
a su pueblo de sus pecados» (1). San Pedro, predicando
en el Sanedrín, dijo de Jesús: «No hay salvaeión en nin-
gún otro fuera de Él, porque no se ha dado a los hom-
bres otro nombre debajo del cielo, en cuya virtud poda-
mos ser salvos» (2). Los samaritanos, después de haber
oído a Jesús, decían: «Nosotros mismos le hemos oído y
sabemos que es verdaderamente el Salvador del mun-
do» (31; y San Juan escribía: «Él es propiciación por
nuestros pecados; no solamente por nuestros pecados,
mas también por los de todo el mundo» (4).
El otro nombre, esto es, Cristo, nombre con el cual fué
designado por el ángel cuando anunció su nacimiento
a los pastores (5), significa ungido o consagrado. En la
antigua Ley eran ungidos o consagrados los Reyes, Pro-
fetas y Sacerdotes. Jesús es el Sumo fíey; por esto debe •
mos observar sus leyes. Es Sacerdote-, los sacerdotes ad-
ministran los Sacramentos en nombre y por autoridad
de Jesús. Es Profeta, esto es: doctor y maestro, que nos
enseña lo que es necesario para ir al cielo y lo hace aho-
ra por medio de la Iglesia. Por tanto, si queremos salvar -

(1) San Mateo, 1, 2L—(2) Hechos de los Apéstoles, I V , 12.—(3) San


Juan, TV, 42.—(4) I Epístola de San Juan, I I , 2.—(5) San Lucas, I I , 11.
DE NDEhTRA SANTA PB (18) 63

n o s , d e b e m o s o b s e r v a r s u s leyes, r e c i b i r s u s sacramen^
tos, p r a c t i c a r sus enseñanzas.
4.° J e s ú s es el H i j o de Dios h e c h o h o m b r e , y así ver-
d a d e r a m e n t e Dios. (Véase la preg. 100, 5.°)
Fruto.—El n o m b r e de J e s ú s es n o m b r e p o d e r o s o y
d i g n o del m a y o r respeto. P r o n u n c i a d s i e m p r e c o n de -
v o c i ó n y r e v e r e n c i a el n o m b r e de Jesucristo, n o p r o -
n u n c i á n d o l o j a m á s en vano, n i b l a s f e m a n d o de él, si
q u e r é i s m e r e c e r p o d e r l o i n v o c a r c o n d e v o c i ó n e n el
t r a n c e de la m u e r t e . C u á n h e r m o s o es m o r i r i n v o c a n -
d o el n o m b r e s a n t o de Jesús. Al p r o n u n c i a r este s a n t í s i -
m o n o m b r e , debéis i n c l i n a r s i e m p r e la c a b e z a e n s e ñ a l
d e respeto. Decid t a m b i é n f r e c u e n t e m e n t e la j a c u l a t o r i a :
Alabado sea Jesucristo.

Ejemplos.—El beso al nombre de Jesús.—San Efréa observó un


día que los libros de su discípulo Julián estaban en mal estado,
y que varias palabras, entre otras el nombre de Jesús, eran ile-
gibles por estar muy manchadas. Preguntóle la razón. Os la
diré, respondió el joven: Cuando la pecadora se acercó a Jesús,
le regó loa pies con sus lágrimas y se los enjugó con sus cabe-
llos. Cuándo yo leo en un libro el nombre de Jesús, no pueio
contener las lágrimas, lo beso y ruego a Jesús me quiera per-
donar los pecados.
Promesas de Jesús.—Dijo Jesús de aquellos que habían de
creer en El: «En mi nombre, lanzarán los demonios, hablarán
lenguas nuevas, cogerán con la mano las serpientes, y si hu-
bieren bebido algún veneno, no les hará daño; impondrán las
manos sobre los enfermos y sanarán» (San Marcos, XVI, 17 y
18).—Invocadlo devotamente vosotros, para que podáis siempre
vencer al demonio.
Los 72 discípulos.—«Después eligió el Señor otres 72 y los
envió de dos en dos ante sí a todas las ciudades y sitios adonde
debía ir El; y les decía: La mies, en verdad, es mucha y los
operarios pocos. Rogad, pues, al dueño de las mies que mande
sus operarios a la siega. Andad, yo os envío, como corderos
entre lobos... Los 72 discípulos volvieron alegres, diciendo:
Señor, hasta los demonios se nos sujetaban en virtud de tu
nombre. Y Él respondió: estaba viendo a Satanás caer del cié-
64 D E L A S V E R D A D E S P R I N C I P A L E S (18)

lo como un rayo. Os he dado el poder pisar las serpientes y es-


corpiones y superar el f uror del enemigo, y nada os hará mal.
Sin embargo, no os alegréis porque se os sujetan los espíritus;
alegraos porque vuestros nombres están escritos en el cielo»
(San Lucas, X, 1 3; 17-20).
En nombre d? Jesús levántate y anda.—«Pedro y J u a n subían
un día al templo a la oración de la hora de nona. Había un
hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puer-
ta del templo, llamada Especiosa, para que pidiese limosna a
los que entraban en él. Viendo el enfermo a Pedro y Juan, que
estaban para entrar en el templo, les pidió una limouna. Pedro
y Juan, fijando los ojos en él, le dijeron: Míranos; y él los mi-
raba de hito en hito, esperando recibir algo. Pedro le dijo: Plata
ni oro no tengo, mas te doy lo que tengo. En nombre de Jesu-
cristo Nazareno, levántate y anda; y tomándolo por la mano
derecha, lo alzó; y en un momento se consolidaron sus plantas
y piernas y de un salto se levantó, echó a andar y entró con
ellos en el templo, caminando por su pie, saltando y alabando a
Dios» (Hechos de los Apóstoles, III, 1-8).
El paralitico curado.—-«Sucedió que Pedro, visitando a los
fieles, llegó a los santos, que moraban en Lida. Había allí un
hombre, llamado Eneas, que ya hacía ocho años estaba pos-
trado en el lecho, por ser paralítico. Pedro le dijo: Eneas, Je-
sús te devuelve la salud. Levántate y arregla tú mismo la cama.
En aquel momento se levantó. Todos los habitantes de Lida
y Sarona vieron esto y se convirtieron al Señor» (Hechos de los
Apóstoles, IX, 32-35).
El demonio arrojado en el nombre de Jesús.—San Lucascuen-
ta lo siguiente: «Yendo nosotros a la oración, una esclava, po-
seída del espíritu de Pitón, nos salió al encuentro. Ella procu-
raba mucha ganancia a sus amos sirviendo de adivina. Comen-
zó a seguir a Pablo y a nosotros, gritando: Estos hombres son
siervos del Dios altísimo, que anuncian el camino de salud. Re-
petía esto muchos días, y Pablo, cansado, vuelto a ella, dijo al
espíritu: En nombre de Jesucristo te mando que salgas, y en el
mismo punto salió» (Hechos de los Apóstoles, XVI, 16-18).
Los exorcistas judíos.—«Algunos de los exorcistas judíos,
que vagaban por una parte y por otra, procuraban invocar el
nombre de Jesús sobre aquellos que tenían el espíritu malo,
diciendo: Te conjuro por Jesús predicado por Pablo. Los que
1)1 'NUESTRA SANTA F E (19-20) 65

hacían esto eran siete hijos de Sceba, judío y gran Sacerdote.


El espíritu malo, respondiendo, les dijo: Conozco a Jesús, y sé
quién es Pablo; mas no sé quién sois vosotros. Y de súbito el
hombre, que estaba poseído del espíritu malo, echándose en-
cima y cogiendo a dos de ellos, los maltrató de tal modo, que
huyeron de aquella casa desnudos y heridos. Esto se extendió
entre todos, judíos y gentiles, que vivían en Efeso, quedando
todos con gran temor y glorificando el nombre del Señor, Je-
sús» (Hechos de los Apóstoles, XIX, 13-17).— Este hecho nos da
a entender que la invocación del nombre de Jesús, si no se hace
con fe y devoción, no produce bien alguno; antes, nos puede
producir mal por la irreverencia hecha al nombre dé Jesús y
de este modo a su persona.

19. P. ¿ P o r q u é el Hijo de Dio:¡ se hizo h o m b r e ?


R. El H i j o d e D i o s se h i z o h o m b r e p a r a s a l v a r n o s .
20. P. ¿Qué q u i e r e decir p a r a s a l v a r n o s ?

R. P a r a s a l v a r n o s q u i e r e d e c i r p a r a l i b r a r n o s del p e c a d o y del in-


fierno, y p a r a m e r e c e r n o s la g l o r i a del c i e l o .

Quien tiene un poco de corazón, pensando en las hu-


millaciones, a que se sujetó el Hijo de Dios hecho hom-
bre, se pregunta en seguida: ¿Por qué hizo todo eso? Se
hizo hombre con un ñn semejante al que tiene el maes-
tro, que os enseña, y vuestro padre, cuando trabaja; el
maestro enseña para vosotros, para hacer que apren
dais; vuestro padre trabaja para vosotros, para provee-
ros de lo necesario. Jesucristo se hizo hombre por mí,
por vosotros, por todos los hombres del mundo; se liizó
hombre por todos los hombres, no para proveernos de
manjar o de bienes de fortuna, sino para hacernos el
principal y mayoí de todos los favores: para salvarnos.
Él es Salvador; se hizo hombre para ser nuestro Salva-
dor y así librarnos del pecado-, ningún hombre podía li
bramos del pecado original, con el cual, como ya vere-
mos adelante, todos nacemos, ni de los pecados, que
cada uno comete; para librarnos del infierno, merecido
por nuestros pecados, y para merecernos la gloria del cie-
lo, esto es: recuperarnos el derecho al paraíso, que Adán
5
66 D S LAB TGBDIDBB V£(MO[PALHS (21)

había perdido aun para nosotros, y nosotros no hubié-


ramos jamás podido recuperar. - ¡Cuán digno de amor
es, pues, Jesús, que nos ha amado tanto! Amadle tam
bién vosotros mucho y no le ofendáis jamás.
21. P . ¿Qoé ee g o x a tu el cielo?
R . E n el cielo «s goma p o r s i e m p r e d e la vitta d e Dio» y d e t o d o
b i e n , sin mezcla d e mcl e l g u n o .

1.° Quien da un premio lo da, no sólo proporciona-


do al mérito del que Jo recibe, sino también a la propia
grandeza y bondad. Si yo os doy un premio, lo doy pe-
queño, esto es: proporcionado a mi poquedad. Jesús,
mereciéndonos el cielo, ha querido merecernos y darnos
un premio proporcionado a su grandeza y bondad. Ima
ginaos con esto cuán grande y precioso deber ser el pa-
raíso: es digno de Dios. Yo soy incapaz de decirlo, de des-
cribirlo. San Pablo, después de haber sido arrebatado
hasta el cielo, escribía así repitiendo las palabras de
Isaías: «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por
pensamiento, lo que tiene Dios preparado para aquellos
que le aman» (1). En este mundo ¿no habéis visto cosas
hermosas? Pues, nada son en comparación del cielo. Un
pobre campesino, contemplando su cabaña de paja y ma-
dera, no puede jamás formar idea del esplendor de una
sala real. Las mayores bellezas de esta tierra, compara-
das con el paraíso, son inmensamente menos de lo que
es la más humilde cabana cotejada con la más espléndi-
da sala real.
2.® El Catecismo nos dice qué se goza en el paraíso.
A saber: a) la vista de Dios. Es esta la mayor felicidad,
que nosotros ahora no podemos en manera alguna com-
prender. Viendo a Dios, se participa de su misma felici-
dad; b) todo bien. En Dios se goza de todo bien, de to-
dos los bienes posibles, que ahora no podemos ni imagi-
nar, al lado de los cuales todos los bienes de la tierra

(1) 1.* a loa Corintio!, I I , 9.


DK NUESTRA SANTA FE (22) 67

son como nada; c) sin mezcla de mal alguno. Dios es infi-


nitamente perfecto y sin mezcla de mal; por esto en el
paraíso se goza de todos los bienes sin tener que sufrir
mal alguno, ninguno de los males que nos hacen sufrir
en esta tierra, como enfermedades, calenturas, tristeza,
temor, odio, inseguridad, hambre, sed: «En el cielo no
hay hambre, ni sed, ni calor, ni fatigas» (1). «Enjugará
Dios de los ojos de los justos todas las lágrimas; no h a -
brá muerte, ni llanto, ni alarido, ni dolor, porque todo
eso ya desapareció» (2); d) por siempre. En el paraíso se
goza siempre. La felicidad del cielo no tendrá fin, y no
sucederá como con los bienes de este mundo que acaban
hastiándonos.
3.° Con esto, no os he dicho qué cosa es el paraíso,
porque soy incapaz de decirlo; merecedlo vosotros y lo
veréis. Si pretendiese haceros entender lo que es, haría
como el que quisiera formarse una idea del sol con la
lucecita de una luciérnaga, observada en una noche se-
rena de verano. - Añadiré solamente que si los bienes tan
insignificantes de esta vida son tan deseables y nos dan
tanto gusto, ¿qué será poseer todos los bienes y mucho
mayores, libres de todo mal y para siempre, en el pa-
raíso?
Fruto.—Cada uno procura formarse una posición des-
ahogada aquí abajo, ganar bienes inciertos, caducos y
que de todas maneras preciso será dejarlos en la muer-
te. Pensad, ante todo, en ganar el cielo. Cada día que
pasa, os acerca a la muerte; procurad que os acerque
también al cielo.
22. P. ¿A quién da Dios el cielo?
R . Oíos da e! cielo, como p r e m i o a los q u e en esta vida le aman y
l e sirven.

El eielo es un premio. En la escuela el maestro,


¿por ventura premia a todos los discípulos? No, sola-

(1) Isaías, X L I X , 1 0 . - ; 2 ) Apocalipsis, X X I , 4.


68 DB LAS VSRBAUeS PRINCIPALES (22)

mente a los buenos. Así hace Dios con el paraíso; lo da


a los buenos, esto es: como habernos estudiado, a los
que le aman y le sirven; siendo buenos, amando y sir-
viendo a Dios; no ganamos el cielo como el trabaja-
dor, por ejemplo, gana, trabajando, tantas pesetas; nos
ponemos en el estado, en que Dios quiere darnos por
su voluntad el cielo como premio. Dirá en el día del
Juicio a los elegidos: «Venid, benditos de mi Padre; po
seéd el reino, que os ha sido preparado desde el origen
del mundo» (1). Y dará por causa las buenas obras, las
obras de caridad, que han hecho.

Ejemplos.— Aspiro a más alto.—En 1847 el Prefecto del de-


p a r t a m e n t o de la Mancha, para el acto de bendecir la capilla de
San Lo, había invitado a las personas más notables, entre ellas
al astrónomo L e v e r r i e r , entonces de g r a n renombre, sobre
todo por el descubrimiento del planeta Neptuno. El Sr. Robiou,
arzobispo de Coutances, saludando al astrónomo, le dijo:—No
se puede decir de vos lo que se dice de muchos; esto es: que
subiendo, subiendo, h a n llegado h a s t a las nubes; vos habéis
llegado h a s t a los astros.—Y no digo basta, por ahora, s e ñ o r -
respondió el astrónomo—; quiero ir más allá. Todos estaban
deseosos de oír qué pensaba el famoso sabio. Sí, señor, continuó
Leverrier; quiero ir más allá de los astros; quiero ir al cielo, 1
y de las oraciones de vuestra excelencia me prometo el auxilio
y fuerza, que neaesito para t a n largo camino.—Vosotros, hi-
jos míos, no miréis sólo a esta tierra, debéis querer ir ,al cielo,
y, procurar por esto resueltamente }iacer lo que es necesario
para llegar allí; vivid para g a n a r el paraíso.
Parábola del tesoro y de la perla. - Refirió Jesús: «El rei-
no de los cielos es semejante también a un tesoro escondido en
el campo, que si un hombre lo encuentra, lo, oculta de nuevo y
muy alegro se va, vende lo que tiene y compra aquel campo. 131
reino de los cielos es asimismo semejante a un mercader que
t r a t a en perlas finas; encontrando una de g r a n precio, va, vende
todo lo que tiene y la compra» {San Mateo, XIII, 44-46).— Gón
estas parábolas J e s ú s nos enseñó qúe uiiá sola cosa se debe

(1) San Mateo, X X V , 84.


D E NUESTRA. SANTA F E (33) .6®

verdaderamente desasr: merecer el cítalo; y que para lograr


este fin debemos estar dispuestos a sacrificarlo todo

23. P. ¿Qué males se padecen en el infierno?


R. E n el infierno se padece por siempre jamás !a privación de la
vista de D i o s , el fuego eterno y todo mal sin mezcla de bien alguno.

Como cualquier cosa que se diga del cielo, com-


parada con la realidad, es nada; así todo lo que se
diga de feo y horrendo del infierno, es nada verdadera-
mente en comparación de lo que en verdad es y allí se
sufre. El paraíso es la obra de la bondad de Dios; el in-
fierno, de su inexorable justicia. El paraíso es un pre-
mio, el infierno un castigo; el paraíso es para los bue-
nos, el infierno para los malos; en el paraíso se goza, en
el infierno se padece.—El Catecismo nota aquí los prin-
cipales tormentos del infierno:
1.° Privación de la vista de Dios.—Este es el tormento
principal que se sufre en el infierno y que ahora no po-
demos ni siquiera imaginar. Cuán grande sea la pérdida
de un bien, se conoce sólo conociendo su valor; nosotros
no podemos conocer ahora qué gran bien es Dios; pero
cuando lo conociéremos... sentiremos la necesidad de
verle y poseerle; porque en El están todos los bienes,
porque hemos sido criados para El. Cuando el alma vea
a Dios, conocerá que es su bien y su fin y sentirá la ne-
cesidad de ir a El. Mas si está condenada en el infierno,
sentirá a la vez haberlo perdido y haberlo perdido para
siempre, sin esperanza de conseguirlo jamás.
Ejemplo. —Absalón, excluido de la corte.—Absalón había co-
metido un delito, por el cual huyó de Jerusalén; arrepentido,
pidió perdón y suplicó poder volver a la ciudad. David le
perdonó, y permitió volviera a Jerusalén, mas cotí la condición
de no presentarse nunca delante de é!. Volvió Absalói.; mas
sufría tanto en no poder ver a su padre, que después de algún
tiempo pidió como gracia la muerte, antes.que seguir en aquel
tormento.—¿Qué será tratándose de Dios?
w D® LAS VERDADES PRINCIPALES (23)

2.° El fuego eterno. — Terrible tormento; no os diré


yo n a d a sobre la realidad de este tormento. E s c u c h a d
lo que dice Jesús: «¡Ay del h o m b r e por cuya culpa ven-
ga el eacándalol Si tu m a n o o tu pie te escandaliza, cór-
talos y arrójalos de ti; mejor te es ir al cielo cojo o m a n -
co, que con dos pies y dos m a n o s caer en el fuego eterno;
y ai tu ojo te escandaliza, arráncalo y arrójalo de ti; me-
jor te es e n t r a r en el cielo con u n solo ojo, que con dos
ser echado al fuego del infierno» (1). Y también: «más te
vale ir m a n c o al cielo, que con las dos m a n o s al infier-
no, al fuego inextinguible, donde el fuego no se apaga» (2).
Otra vez, a n u n c i a n d o la sentencia que p r o n u n c i a r á con-
t r a l o s r é p r o b o s en el Juicio universal, decía así: «Apar-
taos de mí, malditos; al fuego eterno...-' (31; finalmente,
nos quiso mostrar en el rico E p u l ó n un alma condena-
da, que desde el infierno grita: ]Ay de mí, me abraso en
esta ¡lama!, y pide ea vano por caridad u n a sola gota
de agua. Ahora bien; os pregunto: ¿Creéis a Jesús? ¿Creéis
que se hizo h o m b r e para enseñarnos la verdad?

Parábola.—El rico Epulón, —«Hubo cierto hombre rico, que


se vestía de p ú r p u r a y lino finísimo, y banqueteaba cada día
eapléadidamente. Había también cierto mendigo por nombre
Lázaro, que, lleno de úlceras, yacía a la puerta de la casa del
rico, deseoso de alimentarse de las migajas que caían de su
mesa, y ninguno se las daba. Los perros iban y le lamían sus lla-
gas. Sucedió, pues, que el mendigo murió y f u é llevado por lo»
ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fué sepul-
tado en el infierno. Levantó los ojos en medio de los tormentos
y vió a Abraham y a Lázaro en su seno, y exclamó diciendo:
P a d r e mío A b r a h a m : ten misericordia de mí y envía a Lázaro
a qu9, mojando la p u n t a de au dedo en "el agua, refrigere mi
lengua, pues me abraso en estas llamas. A b r a h a m le respondió:
H i j o f a c u é r d a t e cuántos bienes tuviste en la vida, y Lázaro en
cambio cuántos males. Ahora, él es consolado y t ú atormentado.
F u e r a de eato, un g r a n d e abismo se abre entre nosotros y vos-

(1) San Mateo, X V I I I , 7-9.—(2) San Marcos, I X , 42 y 4 3 . - ( 8 ) San


Mateo, X X V , 41.
D E N U E S T R A SANTJL F f l ( 3 8 ) 71

otros, da modo, que quien quiera pasar de aquí hacia vosotros


no pueda, ni de ese lugar hasta aquí. El rico replicó: Ruégote,
pues, oh padre, que le envíes a casa de mi padre, donde tengo
cinco hermanos, para que los amoneste y tío vengan a este lu-
gar de tormentos. Abraham le respondió: Tienen a Moisés y
los Profetas, escúchenlos. Replicó el otro: No, padre Abraham,
si un muerto volviera a ellos harían penitencia. Mas éste aña-
dió: ái no escuchan a Moisés y loa Profetas, tampoco le darían
crédito, aunque resucitase uno de los muertos» (San Lu-
cas, XVI, 19-31).

3.° Todo mal, etc.—También en esto os recuerdo tan


sólo que Jesús llamó al inñerno lugar de tormentos, don-
de hay llantos, crugir de dientes, tinieblas exteriores, lá-
grimas y gemidos. Es imposible, ahora, formarnos idea
de lo que es el sumo mal; todo mal, sin mezcla de bien
alguno. Pensad, además, que en el infierno el condena-
do, privado de la vista de Dios, atormentado del fuego,
debe soportar también la compañía de los demonios y
de todos loa malos, el odio, que lo despedazará, el remor-
dimiento, que lo roerá, teniendo siempre presente este
pensamiento: ¿Que perdí, perdiendo el paraíso? ¿Qué son
aquellos pasajeros goces por los cuales merecí el infier-
no eterno? ¡A cuán poca costa pude salvarme!...
4.° Por siempre—Tormentos que no tienen fin.. La
eternidad es el mayor de los tormentos. Sufrir y saber
que ha de sufrir aquello para siempre. ¿No habéis visto
alguna vez a los condenados a cadena perpepua?Cómo se
lamentan: ;No saldré máa, siempre estaré aquí condena-
do a la misma pena! T esto tratándose de pocos años,
pues la vida acaba presto; la eternidad, en cambio, no
tiene fin.
De la eternidad podéis formaros una débil idea con
esta figura: Imaginaos qtie uno tiene que beber una gota
de agua cada rail años, hasta secar así todos los mares,
o coger cada sail a t o n a graaitods arena, hasta desha-
cer así todos los montea, o arrancar una brizna de hier-
ba cada mil años, hasta reducir asi toda la tierra a un
72 D E LAS Y B E D VDBS P R I N C I P A L E S ( 2 1 )

vasto desierto... ¡Qué número tan grande de años debe-


ría pasar! Y, sin embargo, pasarían, y la eternidad esta-
ría en su principio. (De la existencia del infierno y de su
duración eterna hablaremos luego explicando la res-
puesta 131.)
Fruto.—Os referí antes la parábola del rico Epulón y
el pobre Lázaro. ¿En lugar de cuál de los dos quisierais
estar durante toda la eternidad? Acordaos que el que
vive mal no quiere salvarse, sino condenarse.

24. P. ¿Quiénes son condenados al infierno?


R. Son condenados al infierno los que en esta vida no quieren amar
ni servir a Dios y mueren impenitentes.

1.° ¿Por qué Dios echa a los hombres al infierno? Dios


no echa a ninguno al infierno, deja que los hombres,
que se empeñan en ir, vayan allí; precisamente como los
reyes y los jueces no echan a nadie a la cárcel; los malos
son los que, con su mala conducta, se condenan a sí mis-
mos; éso quieren precisamente los que en esta vida no
aman ni sirven a Dios y mueren impenitentes.
Ved con cuánta exactitud habla el Catecismo: no dice
que todos los malos vayan al infierno, sino los malos
que mueren impenitentes. Si un pecador, en el punto de
la muerte, se arrepiente de corazón y pide a Dios per-
dón, puede aún salvarse. Sólo los impenitentes se con-
denan. Mas no nos engañemos, creyendo que es fácil a
un pecador arrepentirse en la hora de la muerte. Este
arrepentimiento y por lo tanto la conversión lleva con-
sigo amar lo que siempre se ha odiado y mirado con .in-
diferencia: el bien, la virtud, Dios, el alma; y, por el con
trario, odiar lo que siempre se amó e hizo: el pecado.
Hacen a este propósito aquellas graves palabras de Je-
sucristo: «Me buscaréis y no me encontraréis» (1). «Me
buscaréis y moriréis en vuestro pecado» (2j.

(1), San Juan, VII, 34.—(2) Idem, VIH, 21.


D E N U f l S T R A SANTA Fffl ( 2 4 ) 73

2.° Dicen algunos: Dios no nos ha criado para echar-


nos al infierno. Cierto que no; nos ha criado para darnos
el cielo; por eso Él se hizo hombre, padeció y murió en
la Cruz; pero tampoco nos creó para que le ofendiéra-
mos ni despreciáramos su autoridad y pisoteáramos sus
mandamientos. Quien hace eso, quiere ir al infierno,
quiere perderse.
3.° Dicen: Dios no puede por un pecado echar al in-
fierno para siempre. (Véase el núm. 131.)
Fruto.—Acordaos, que la muerte es eco de la vida;
muere bien, el que ha vivido bien; muere mal, quien ha
vivido mal; «es pésima la muerte de los pecadores» (1).
Temed, pues, el infierno; no cometáis jamás ningún
pecado, que os pone en peligro de condenaros eterna-
mente. Aprended bien el Catecismo, con el propósito de
practicar cuanto os enseña; porque «una cosa sola es
necesaria»: salvar el alma.
Ejsmplos. — Muerte de Voltaire. — Voltaire cayó enfermo y
llamó a un sacerdote, coa quien se confesó. Restablecí lo des-
pués, volvió a la vid% de antes. Recayendo seguada vez, de
nuevo pidió un sacerdote; mas los compañeros que le rodeaban
no permitieron que el sacerdote se presentase. Voltaire, dea-
esperado, parecía una furia; maldecía de todo y de todos. Des-
pués, sosegándose un poco, preguntó: ¿Qué hora es? Le respon-
dieron: Media noche. El entonces, incorporándose, con voz que
horrorizó a todos, exclamó: Media noche; he aquí la hora en
que comienza mi desventurada eternidad, y quedó muerto... El
mariscal de Richelieu, que estaba presente, incrédulo también,
abandonó la estancia del moribundo diciendo: A.hora creo que
hay infierno; Voltaire me lo ha demostrado con su muerte.
Lossiervos vigilantes. —Solicitud cristiana. —«Estad con las
ropas ceñidas a, la cintura y las lámparas encendidas en vues-
tras manos; haced como aquellos criados que esperan a su
señor, que vuelve de las bodas, para abrirle en cuanto llegue y
llame a la puerta. Bienaventurados los siervos, a quienes el
señor, al llegar, encuentre así velando. En verdad, os digo, que

(1) Salmo XXXIII, 21.


74 D B LAS VERDADES P R I N C I P A L B S (24)

recogiéndose él mismo loa vestidos, loa hará sentar a su mesa y


él mismo les servirá; y ai llegare a la segunda o tercera vigilia
y los hallare así prestos, bienaventurados de ellos. Tened por
cierto que si el padre de familia conociese la hora en que
había de venir el ladrón, velaría sin duda y no dejaría que le
horadasen la casa. Vosotros, pues, estad preparados, porque
en la hora, que menos penséis, vendrá el Hijo del Hombre.
Entonces San Pedro le dijo: Señor, ¿decís esta parábola por
nosotros o por todos? Respondió el Señor: ¿Quién es el mayor-
domo fiel y prudente a quien pondrá el señor sobre su servi-
dumbre para darle a cada uno su ración de trigo? Bienaven-
turado el siervo, si su señor le encontrare a la vuelta hacien-
do su deber. Os digo, en verdad, que le hará administrador de
todo cuanto tiene; mas si algún siervo dijere para sí: Mi amo se
tarda; y comenzare a maltratar a los siervos y siervas y a co-
mer, beber y embriagarse, vendrá el señor de este siervo en el
día que menos pensare y en el punto, que no sabe, y lo achara
fuera y darle ha el pago debido a los criados infieles. Pues
aquel siervo, que conociendo la voluntad de su señor, no dispo-
ne laa cosas y hace conforme la voluntad de su señor, será
castigado en gran manera (1). Quien no la conoce e hizo algo
digno de castigo, será también castigado, pero con menos ri-
gor. A quien mucho ae ha dado mucha cuenta se le pedirá, y
mucho se exigirá de quien i jucho se ha fiado. He venido a po-
ner fuego a la tierra, y ¿qué he de querer sino que se encienda?»
(San Lucas, XII, 35-49).
El pensamiento del premio y de la pena.—Son estas palabras
de uno de loa principales librepensadores, Máximo de Azeglio,
j que deben escuchar aquellos miserables que arrojan en la
desesperación a loa demás, quitándoles del corazón el más pode'
roso freno en el mal y, a la vez, la más dulce esperanza. Escribe,
puea, Azeglio: «Serla curioso saber por qué razón haría yo
alguna cosa, qu© no me agradase, fuera de la idea da un premio
y de una pena en la vida futura. Sin contar con esta idea, todo
se reduciría a una cuestión actual de impunidad, esto es: buscar
hacer lo que me agrade, de modo, qua no me suceda por otra

(1) Las personas instruidla, que no cumplen con su deber, reci-


birán gran castigo; los ignorantes, que pecan, son menos culpables,
por ser menor su malicia.
DKHUBSTRA SANTA FS (25-26) 75

parte ningún disgusto. ¿Quá podría decir, qué razón indicar a


un alumno, para que no hiciera lo qu@ !® agradase y fuera un
hombre honrado? ¿Le diría que es preciso serlo, si quiars hacer-
se rico? Se reiría descaradamente de mí. ¿La eapondría alguna
tesis de Sócrates: No haber otro bien sino la justicia, ni otro
mal que la injustia, etc.? Se reiría más que antes. Preciso es,
pues, acudir a la moral y al dogma» (I miei ricordi, pág. 81).

25. P. ¿Qué hizo Jesucristo para salraroo»?

R. Jesucristo, por salvarnos, padeció y murió en cruz,

(Véase la explicación en el Catecismo Breve, preg. 111).

26. P. ¿ResvcitA Jesucristo después de 3» muerte?


R. Jesucristo, al tercer día después de su muerte, resucitó glorioso
y triunfante para nunca más morir.
Jesucristo murió en la cruz hacía las tres del viernes,
y estuvo muerto hasta la mañana del domingo, esto es:
tres días no enteros. El domingo resucitó, ea decir: vol-
vió a la vida; no como antes, sino glorioso e inmortal.
Su resurrección fué una gloria, un triunfo; resucitó
para no morir más. Pasados cuarenta días después de la
Resurrección, subió gloriosamente al cielo en cuerpo y
alma. (Véase la explicación de las últimas respuestas del
Catecismo Breve en el capitulo 111, números 112 y si-
guientes.)
CAPITULO II

PARTES PRINCIPALES DE LA DOCTRINA CRISTIANA

27. P. ¿Cuáles son las p a r t e s principales de la Doctrina cristiana?


R. Las partes principales de la Doctrina cristiana son cuatro, a sa-
ber: el Credo, Padre nuestro, Mandamientos y Sacramentos.

El Credo nos enseña lo que debemos creer, las verda-


des de la fe; el Padre nuestro, lo que debemos esperar y
pedir a Dios por medig de la oración; los Mandamientos
nos enseñan lo que debemos practicar; y, finalmente, en
los Sacramentos tenemos los medios ordinarios por los
cuáles Dios nos confiere su gracia para poder llegar a la
eterna felicidad.

28. P. Decid el CREDO.


R. Creo en Dios Padre todopoderoso, Criador del cielo y de
a tierra.
Y en Jesucristo su único Hijo, nuestro Señor.
3.° Que fué concebido por obra y gracia del Espíritu Santo: nació
de Santa María Virgen.
4 . ° Padeció debajo de] poder de Poncio Pilatos, fué crucificado,
muerto y sepultado.
5 . ° Descendió a los infiernos, al tercero día resucitó de entre lo*
muertos.
6." Subió a los cielos, está sentado a la diestra de D i o s Padre to-
dopoderoso.
y.° D e s d e allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.
8.° Creo en el Espíritu Santo.
9 . 0 La santa Iglesia Católica, la comunión de los Santos.
DE LA DOCTRINA CRISTIANA ( 2 9 - 3 2 ) 77

10. El perdón de los pecados.


11. L a resurrección de la carne,
ii. L a vida perdurable. A m é n .

29, P. Decid el P A D R E NUESTRO en c a s t e l l a n o .

R, P a d r e nuestro, que estás en los cielos.


1. Santificado sea el tu nombre.
2. V e n g a a nos el tu reino.
3. Hágase tu voluntad, asi en la tierra como en el cielo.
4. E l pan nuestro de cada día dánosle hoy;
5. Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a
nuestros deudores;
6. Y no nos dejes caer en la tentación;
7. M a s líbranos de mal. Amén.

30. P. Decid e l P A D R E NUESTRO en l a t í n .

R. P a t e r noster, qui es in caslis,


1. Sanctificetur nomen túum.
2. Advéniat regnum túum.
3. F í a t voluntas túa, sicut in caslo et in térra.
4. Panem nostrum quotidianum da nobis hódie;
5. E t dimitte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttimus debitóri-
bus nostris;
6. E t ne nos inducas in tentatíonem;
7. S e d libera nos a malo Amen.

SI. P . Decid el AVE MARÍA en c a s t e l l a n o .

R. Dios te salve, M a r í a , llena eres de gracia; el S e ñ o r es contigo;


bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu
vientre, J e s ú s . Santa M a r í a , M a d r e de Dios, ruega por nosotros peca-
dores, ahora y en la hora de nuestra muerte. A m é n .

32. P. Decid el AVE MARÍA e n l a t í n .

R. Ave M a r í a , grátia plena, Dóminus tecum. Benedicta tu in mu-


liéribus et beríedictús fructüs veritris túí, Iesús. Sancta María, Mater
D e i , ora pro nobis peccatóribus, nunc et in hora mortis nostrae. Anien.
78 PARTE® PRINCIPALES (33-37)

33. P. Decid ®í GLOKIA PATE1 e« cnsteüaeo.

R. Glorie eí Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en e l


principio, akora y siempre y por loe siglos de ios siglos. Araén.

34. p. Decid el GLORÍA PATBI ©a latía.

R. Glorie Patri et Filio st Spirítui Scncto. Sicut erat in principio c.t


nunc et semper et in ssccula sascielorura. Amen.

35. P. ¿Cuántos f cuáles coa ios Mandamientos de la ley de Dios?

R. Los Mandamientos de la Isy d® Dioe >on diez:


Yo soy el Señor Dios tuyo:
E l primero, no tendrá® otro Dios más que a M í .
E l segundo, no tomar el nombre da Dios en vano.
E l tercero, acuérdate da santificar las fiestas.
El cuarto, honra al padre y a la madre.
El quinto, no matar.
El sexto, no fornicar.
El séptimo, no hurtar.
E l octavo, no levantar falso testimonio.
El noveno, no desear la mujer de tu prójimo,
El décimo, no codiciar loe bienes ajenos.

36. P. ¿Cuántos y cuáles son loe preceptos de la Iglesia?

R. Los preceptos de la Iglesia son cinco:


E l primero, oír misa todos los domingos y fiestas de guardar.
E l segundo, ayunar la Cuaresma, las cuatro Témporas y las vigilias
señaladas; no comer carne los días prohibidos.
E l tercero, confesar a lo menos una m el año y comulgar por Pascua
Florida o de Resurrección ( i ) .
El cuarto, pagar los diezmos debidos a la Iglesia, según le costumbre.
El quinto, no celebrar solemnemente bodas cuando están cerradas las
velaciones.

ti. P. ¿Cuáníoe y cu¿!cc son loe Sccr&mentos?

R. Los Sacramentos son siete:


E l primero, Bautismo.

(1) E s t a y o t r a s respuestas del Catecismo h a n sido c o r r e g i d a s


s e g ú n el nuevo Código eclesiástico.
DB LA DOCTRINA CRISTIANA ( 3 8 ) 7.9

E l segundo, 'Confirmación o Santo* Crisma.


E ! tercero. Eucaristía o comunión.
E l cuarto, Penitencia.
E l quinto, Extremaunción.
E l s e x t o . Orden sagrado.
E l séptimo, M a t r i m o n i o .

38. P. ¿Quién instituyó estos sacramentos?

R. E s t o s sacramentos los instituyó nuestro S e ñ o r J e s u c r i s t o .


CAPITULO III

ACTOS DE F E , ESPERANZA, CARIDAD Y CONTRICIÓN

39. P. Decid el a c t o de Fe.

R. Creo firmemente, porque así lo ha revelado Dios, verdad infali-


ble, a la santa Iglesia Católica, y por medio de ella nos lo revela tam-
bién a nosotros, que hay un solo Dios en tres Personas divinas, iguales
y distintas, que se llaman Padre, Hijo Espíritu Santo; que el Hijo se
hizo hombre, tomando, por obra del Espíritu Santo, carne y álma huma-
na en las entrañas de la purísima Virgen María; que murió por nos-
otros en la cruz, resucitó, subió a. los cielos, y desde allí ha de venir al
fin del mundo a juzgar a todos los vivos y a los muertos, para dar a los
buenos gloria eterna y a los malos infierno eterno. Creo, además, por
el mismo motivo, cuanto cree y enseña la misma santa iglesia.

P. Decid el a c t o de Esperanza.

R . Espero, Dios mío, por ser Vos omnipotente e infinitamente bue-


no y misericordioso, que por los méritos de la pasión y muerte de J e -
sucristo, nuestro Salvador, me daréis la vida eterna, que Vos, fidelísi-
mo, habéis prometido al que hiciere obras de buen cristiano, como yo
propongo hacerlas, ayudado de vuestra gracia.

4i. p. Decid el a c t o de Caridad.

R. Os amo, Dios mío, con todo mi corazón y sobre todas las cosas,
por ser Vos Bien sumo y perfectísimo, y estoy dispuesto a perderlo
todo antes que ofenderos, y por vuestro amor amo también y quiero
amar a mis prójimos como a mí mismo.
CARIDAD Y OOroTRlOlÓN (42-48) 8L

42 P. Decid ei a c t o de C o n t r i c i ó n .

R. M e arrepiento, Dios rn/o, y me pesa de todo corazón de haberos


ofendido por ser V os Bondad infinita y porque os amo sobre todas las
c osas, y propongo firmemente con vuestra santa gracia no pecar más en

adelante, y en particular evitar las ocasiones próximas de pecado.


43. P. Ds cid el acto de Atrición y Contrición.
R. Pésame, Dios mío, y me arrepiento de todo corazón de haberos
ofendido. Pésame por el infierno que merecí y por el cielo que perdí;
pero mucho más me pesa porque pecando ofendí a un Dios tan bueno
y tan grande como Vos. Antes querría haber muerto que haberos ofen-
dido, y propongo firmemente no pecar más y evitar todas las ocasiones
próxiriias de pccado,
44. P. ¿Con qué o t r a o r a c i ó n s a l u d a m o s e i n v o c a m o s a la S a n t í -
sima Virgen?

R. Salud,unos e invocamos a la Santísima Virgen con la SALVE REGINA.

45. p. R e t a d l:i S A L V E en c a s í e l l a n o .
R. Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y
e s p e r a n z a n n e s i r a , D i o s t e salve. A ti Humamos los d e s t e r r a d o s hijos
de E v a ; a ;í s u s p i r a m o s , g i m i e n d o y l l o r a n d o en e s t e valle d e l á g r i m a s ,
E a , p u e s , S e ñ o r a , a b o g a d a nuestra, v u e l v e a n o s o t r o s e s o s t u s o j o s m i -
sericordiosos, y, d e s p u é s d e e s t e d e s t i e r r o , muéstranos a Jesús, fruto
b e n d i t o d e li¡ v i e n t r e . ¡ Q h c l e m e n t í s i m a ! ^Oh p i a d o s a ! ¡ O h d u l c e V i r -
g e n M a r í a ! ^Rue^a p o r n o s . Sania M a d r e de Dios, para que seamos
d i g n o s d e alcanzar las p r o m e s a s d e n u e s t r o Señor Jesucristo. Amén.*

46. P. Decid la SALVE en lal.íu.


R. Salve, Re-rina, Mater misericordia;, vita, dulcedo et spes nostra,
salve. Ail te ci ira.imu-. exilie» filü Hevae. Ad te suspiramus gementes
et fíeutes ¡ji Hac laci yr.virnai valle, liia rrpo, advocaía iiostra, illos tuos
miscricordes ¿ruios ad nos cotí verle. El lesum, benedictino fructum
ventrís tai, nobis pos- hoc exdium calende. O elernens,' o pia, o dulcis
Virgo MaVia.
47. ¿Cómo s a l u d a m o s e i n v o c a m o s a n u e s t r o Angel C u s t o d i o ?
R. Saíno.MHOS e invocamos a nuestro «Angel Custodio con el AN-
GELE f>Ki.
48 P. R e z a d el ANGELÍ: i?EÍ en c a s t e l l a n o .
R . Angel de Dios, que eres mi custodio, ya que ¡a soberana piedad
me ha encomendado a ti, alúmbrame, guárdame, rigente y gobiérname.
Amén,
6
82 ACTOS DB FE!, ESPERANZA ( 4 9 - 5 4 )

49. P. Decid el ANGELE DE! en latin.


R. A n g e l e D e i , qui custos es méi, me tibí commissüm pietate su-
perna, ¡Ilumina, custodi, r e g e et guberna. Amen.

50. P. ¿Qué otras oraciones son comunes entre los cristianos?


R. L a s otras oraciones comunes entre los cristianos son: el CONFÍ-

TEOR, el ANGELUS y el REQUIEM «TE»NAM por los difuntos.

5!. P. Rezad el CONFÍTEOR en castellano.


R. Y o pecador me confieso a D i o s todopoderoso, a la bienaventu-
rada siempre V i r g e n Mar/a, al bienaventurado San M i g u e ! Arcángel,
al bienaventurado San Juan Bautista, a los santos Apóstoles San P e d r o
y San Pablo, a todos los Santos y a V<»s, P a d r e , que pequé gravemente
con el pensamiento, palabra y obra, por mi culpa, por mi culpa, por
mi grandísima culpa. P o r tanto, ruego a la bienaventurada siempre
V i r g e n M a r í a , al bienaventurado San M i g u e l Arcángel, al bienaventu-
rado San Juan Bautista, a los santos Apóstoles San P e d r o y San P a b l o ,
a todos los Santos y a V o s , Padre, que roguéis por mí a Dios nuestro
Señor.

52. P. Decid el CONFÍTEOR en latín.


R. Confíteor D e o omnipotenti, beatse Marías semper V í r g i n i , beato
M i c h a e l i A r c h á n g e l o . beato Soanni Baptistat, sanctis Apóstolis Petro
e t Paulo, ómnibus Sanctis e t tibi, P a t e r , quia peccavi nimis cogitatione,
verbo et opere; mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa. Ideo precor
beatam M a r í a m semper V í r g i n e m , beatum M i c h a e l e m A%ehángelum,
beatum Joannem Baptistam, sanctos Apóstolos Petrum et Paulum,
omnes Sanctos et te, P a t e r , orare pro me ad Dómínum Deum nostrum.

53. P. Rezad el ANGELUS DÓMINI en castellano.


R. j. E l Angel del S e ñ o r anunció a M a r í a ,
Ijf, Y concibió por obra del Espíritu Santo. Dios te salve, Ma-
ría. .. Sania María...
. H e aquí la esclava del S e ñ o r .
¡}". Hágase en mí según tu palabra, Dios le salve, María... San-
la María.
'f. Y el V e r b o se hizo carne.
i;'. Y habitó entre n o s o t r o s . . . Dios le salve, María... San-
la María...
54. P. Decid el ANGELUS DÓMINI en latin.
R. J. Angelus Dómini nuntiavit Marías, l f . E t concepit de Spíri-
tu Sancto. Ave M a r í a , etc.
CARIDAD y CONTRICIÓN ( 5 5 - 5 9 ) 83

jf. E c c e ancilla Dómini. ip. Fíat mihi secundum verbum túum.


Ave María, etc.
jf. E t Verbum caro factum est. Ijf. E t habitavit in nobis. Ave
María, etc.
f. Ora pro nobis, sancta Dei génitrix.
Ijf. U t digni efficiamur promissiónibus Chrísti.

OREMUS

Grátiam túam qusesumus, Dómine, méntibus nostris infunde; ut qui,


Angelo nuntiante, Chrísti Fílii túi Incarnationem cognóvimus, per
passionem eius et crucem ad resurrectionis glóriam perducamur. P e r
eúmdem Christum Dóminum nostrum. Amen.

55. P. ¿Cuándo se ha de rezar el ANGELUS DÓMINI?


R. El ANGELUS se ha de rezar al toque de Avemarias, de la mañana,
del mediodía y de la tarde, cuando se hace señal con la campana.

56. P. Rezad en castellano el RÉQUIEM yETERNAM a las bendi-


tas ánimas del purgatorio.
R. ¡Oh, Señor! Dadles el descanso eterno; y brille para ellas la luz
perpetua. Descansen en paz. Amén.

57. P. Decid el RÉQUIEM ¿ETERNAM en latín.


R. Réquiem aetemam dona éis, Dómine; et ¡ux perpetua lúceat éís.
Requiescant in pace. Amen.

58. P. ¿Qué otra oración se reza por las almas del purgatorio?
R. Por las almas del purgatorio se reza también el D E PROFUNDIS.

59. P. Decid el DE PROFUNDIS.


R. D e profundis clamavi ad te, Dómine: Dómine, exáudi vocem
meara,
Fíant aures tux intendentes, in" vocem deprecationis mese.
Sí iniquitates observáverís, Dómine: Dómine, quis sustinebit.
Quia apud te propitiátio est: et propter legem túam sustínui te,
Dómine.
Sustínuit ánima mea in. verbo eius: speravit ánima mea in Dómino.
A custodia matutina usque ad noctem: speret Israel in Dómino.
Quia apud Dóminum misericordia: et copiosa apud éum redémptio.
E t ipse rédimet Israel, ex ómnibus iniquitátibus eius.
Réquiem aeternam dona éis, Dómine;
E t lux perpétua lúceat éis.
CATECISMO BREVE

PARTE PRIMERA

De las principales verdades de la fe.

CAPITULO I

l)H LA KlíÑAL DE LA SANTA CRUZ

60. P. ¿Sois cristiano?


R. Sí, soy cristiano por la gracia de Dios.

E n esta respuesta tan breve indicáis dos cosas impor-


t a n t í s i m a s , a saber: que sois c r i s t i a n o s y q u e lo sois p o r
l a g r a c i a de Dios.
1.° Si, soy cristiano. — Si yo p r e g u n t o a a l g u n o de vos
o t r o s : ¿ Q u i é n eres?, m e r e s p o n d e c o n su n o m b r e y ape-
llido. Hay algunos que tienen el m i s m o a p e l l i d o y son
p r i m o s , p a r i e n t e s , o q u i z á s n o . T e n e r el m i s m o apellido
s i g n i f i c a d e o r d i n a r i o p r o c e d e r a n t i g u a m e n t e de la m i s -
m a familia. Nosotros t e n e m o s apellidos diversos. Tene-
m o s , sin e m b a r g o , u n o q u e es c o m ú n a todos; decís: Si,
soy cristiano; l o m i s m o d i c e n t a n t o s o t r o s ; p o r lo c u a l t e -
n e m o s todos nosotros, sin ser parientes, una cosa co-
m ú n : el s e r c r i s t i a n o s .
2.° D e c í s en s e g u n d o l u g a r q u e sois c r i s t i a n o s por la
gracia de Dios. Si yo p r e g u n t o a u n a b o g a d o o a u n pin-
1)10 LA HIllÑAL, Ulll LA SANTA CHUZ (61) 85

t o n ¿ C u á n t o le h a c o s t a d o e l l l e g a r a s e r a b o g a d o o p i n -
tor?. m e r e s p o n d e r á : t a n t o s a ñ o s de estudios, de t r a b a j o ,
de práctica. Vosotros mismos, para aprender solamente
a escribir, ¿cuánto no debéis trabajar? ¿Cuánto para lle-
g a r a ser m a e s t r o s o alcanzar un puesto en la sociedad?
Si e m b a r g o , el ser c r i s t i a n o s no os h a costado nada.
Sois cristianos únicamente por la gracia de Dios. Dios
b o n d a d o s a m e n t e quiso q u e fueseis cristianos, y así decís
por la gracia de Dios. E n el m u n d o no todos los hombres
s o n c r i s t i a n o s , m u c h o s no lo son. ¿ T e n í a i s v o s o t r o s m a -
y o r m é r i t o q u e ellos p a r a serlo? No. E n esto veis c u á n t o
m á s p r e c i o s o es el d o n q u e D i o s os c o n c e d i ó a v o s o t r o s ;
d o n de grandísima predilección y sin ningún mérito
vuestro. Pero en esto veis t a m b i é n cuán reconocidos
h a b é i s de e s t a r al S e ñ o r p o r u n a p r e f e r e n c i a t a n g r a n d e ,
y c ó m o d e b é i s d a r l e g r a c i a s de c o r a z ó n . P e n s a d en esto,
c u a n d o a la m a ñ a n a y a la n o c h e decís en las oraciones:.
O s doy gracias, Señor, por haberme criado, hecho cris-
tiano, etc. Habéis de decir estas palabras., n o sólo con
los labios, sino t a m b i é n con un corazón agradecido.
Fruto. - E l buen cristiano reza siempre devotamente
p o r la m a ñ a n a y por la n o c h e sus oraciones, a u n q u e sólo
fuera por d a r g r a c i a s al S e ñ o r de h a b e r l e h e c h o cristia-
no. Hacedlo así vosotros, a h o r a y después, c u a n d o seáis
mayores.

61. P. ¿Qué quiere decir ser cristiano?


R. Ser cristiano quiere decir profesar la fe y la ley de Jesucristo.

1° Cristiano quiere decir seguidor de J e s u c r i s t o . Je-


sucristo llamaba a aquellos q u e le s e g u í a n d u r a n t e su
v i d a en este m u n d o , esto es, a l o s fieles, c o n el nombre
de ovejas, discípulos, amigos. Después que subió a los
cielos, los Apóstoles predicaron su fe y su doctrina, y
d e s d e el p r i n c i p i o l o g r a r o n m u c h a s c o n v e r s i o n e s . L o s re-
c i é n c o n v e r t i d o s , seguidores de J e s ú s , e r a n l l a m a d o s p o r
l o s j u d í o s Nazarenos o Galileas, p o r q u e Nazaret era con-
s i d e r a d a p a t r i a de J e s ú s , d o n d e v i v i ó p o r m u c h o s a ñ o s (y
86 D a LA S E Ñ A L DE LA SANTA CRUZ ( 6 1 )

Nazaret estaba en Galilea), siendo, también, los Apósto-


les casi todos de Galilea. Pero alrededor del año 40 de la
Era vulgar, en la ciudad de Antioquía fueron llamados
por vez primera cristianos (1), nombre muy propio, y que
en adelante se ha conservado.
2° Para ser buen cristiano es necesario, además del
bautismo, del que habla la respuesta siguiente: 1) profe-
sar la fe de Cristo, lo cual significa: a) Creer en general
todas las verdades que Jesucristo nos enseña por medio
de la Iglesia, y en particular las que deben ser creídas
con un acto de fe explícito y particular (véase el número
368); b) No negar jamás ni fingir negar verdad alguna de
la fe; c) Confesar abiertamente la fe, aun a riesgo de la
vida, cuando fuere necesario, como, por ejemplo, si es
uno preguntado por la pública autoridad con algún fin
religioso; cuando el silencio fuera ocasión de escándalo
o significase negación, desprecio o vergüenza de la fe;
d) Vivir en conformidad con las enseñanzas de la fe.
Millones de mártires han sacrificado voluntariamente
su vida entre indecibles tormentos por profesar la fe
cristiana. 2) Además, el cristiano debe observar la ley de
Jesucristo y de su Iglesia, esto es, guardar los mandamien-
tos, practicar la religión cristiana, recibir, a su tiempo
debido, los sacramentos y hacer oración.
3.° Ahora bien; si queréis comprender qué cosa tan
noble es ser cristiano, pensad un poco en esto: Si un rey
de esta tierra os llamase a su palacio para que habita-
seis con él y os sentaseis a su mesa y formaseis parte de
su familia, ¿no os tendríais por dichosos?... Ciertamente
que sí. Pues bien; precisamente esto es lo que ha hecho
Jesús con nosotros; llamándonos para ser cristianos, nos
ha elegido para estar en su palacio de esta tierra, que es
la Iglesia, sentarnos a su mesa en la Comunión, formar
parte de su familia celestial en el paraíso. ¡Cuán grande
favor no es éstel

(1) Hechos de los Apóstoles, X I , L6.


D E L A S E Ñ A L DE¡ L A ¡SANTA C R U Z ( 6 1 ) 87

Quien pertenece a una f a m i l i a noble se gloría de ello.


Si hubiese entre nosotros un h i j o del rey diría c i e r t a -
mente con sentimiento de c o m p l a c e n c i a y de legítimo
orgullo: Y o soy h i j o del rey. Diciendo -vosotros: Soy cris-
tiano, decís m u c h o más, a saber: pertenezco a Jesucris-
to, soy de J e s u c r i s t o .
Fruto.—Estad, pues, s a n t a m e n t e orgullosos de ser cris-
tianos. No tengáis n u n c a vergüenza de manifestarlo así
con las obras; y c u a n d o el m u n d o os despreciare c o m o
tales, sabed que J e s ú s os m i r a r á c o n m a y o r a m o r . ¿Es-
t i m á i s m á s el a m o r y aprecio de J e s u c r i s t o o el del
mundo?

Ejemplos.—Más noble por ser cristiana.—Santa Agueda, vir-


gen, era una joyen de hermosísimas prendas, perteneciente a
una de las más ilustres y nobles familias de Sicilia. Conocida por
ella ía fe cristiana, la abrazó y profesó con fervor, anteponién-
dola a todas las riquezas de este mundo. En la persecución de
Decio, fué acusada como cristiana y llevada al tribunal del
pretor Quinciano. Preguntóla éste:—¿Eres tú Agueda la no-
ble? —Sí—respondió — ; soy Agueda la noble; pero más noble,
porque soy cristiana.
Soy cristiano.—Entre los mártires de Lyon que en 177, du-
rante la persecución de Marco Aurelio, murieron por la fe, en
las Galias, se encontraba un diácono, por nombre Santo. Con-
ducido delante del gobernador, a las varias preguntas que le
hacía, no dió más respuesta que ésta: Soy cristiano.— ¿Cuál es
tu nombre?—le dijo el juez. Santo1 respondió:—Soy cristiano.—
¿Y tu patria?—Soy cristiano.—¿Y tu condición, eres noble o es-
clavo?—Soy cristiano.—A Santo le bastaba e! título de cristia-
no, lo deinás le importaba muy poco.
Verdadero cristiano.—Un buen niño fué recibido como criado
en una familia rica, que se mostró desde luego contentísima
de sus servicios. Entre las obligaciones, que le señalaron, era
una el guardar la casa, todo el día de fiesta. Repuso el niño que
debía cumplir sus deberes de cristiano. Imposible, le respon-
dieron.—Soy cristiano —replicó—, y no aceptaré jamás cosa que
se oponga a la ley de Jesucristo; y aunque le brindaron con
muchas proposiciones y promesas, prefirió sacrificar la buena
88 I>B LA MH-.fiAL D» I.A SAMA ORtTZ (62)

colocación, que tenía, antea que cesar en la profe- ióu de la ley


cristiana.
Fidelidad ejemplar.— 4.1 principio del M-ig'o xvi¡, enere los
fervorosos cristianos dol Japón se encontraba un príncipe lla-
mado Sumitanda. Levantóse una terrible persecución e.outra
los cristianos, y por orden del Emperador se le intimó a
Sumitatida que renegare de ia fe, b. j ¡ pona de la vida. Piste
príncipe heroico respondió al en ciado: Decid al 121 apera (or que
puede quitarme los t/udos y iiignidade*, las ri>|tie%»8 y la vida;
pero jamás la fe cristiana: j>iré, eu el día de: Bautismo, ñ ieli-
dad a Jesús y mantendré firme mi jimuneuto. -Iiniovlle vos-
otros cuando el demonio quiera induciros al mal, al pecado.

62 P. ¿Cómo nos hacemos cristianos?


R . Nos hacemos cristianos por medio del santo Bautismo.

De v a r i o s m o d o s p o d e m o s h a c e r a alguno u n regalo:
d á n d o s e l o , e n v i á n d o l o por otro, d e s p a c h á n d o l o por el
c o r r e o , etc , etc. Ser c r i s t i a n o es u n don, que Dios nos
h a h e c h o , y nos lo h a h e c h o , p o r medio del santo B a u -
t i s m o . A p e n a s nacidos, nos l l e v a r o n a la iglesia, donde
n o s a d m i n i s t r a r o n el S a c r a m e n t o del B a u t i s m o ; por me-
dio de este S a c r a m e n t o f u i m o s h e c h o s cristianos, miem-
b r o s vivos de J e s u c r i s t o . P o r lo t a n t o , todos los que h a n
r e c i b i d o v á l i d a m e n t e el B a u t i s m o son cristianos; no l o
son los que n o lo h a n r e c i b i d o , c o m o los turcos, los j u -
díos, l o s p a g a n o s .

Ejemplos.—Luis de Poissy.—San Luis, Bey de Francia, fre-


cuentemente, en vez de firmar sus decretos con el nombre y
dignidad de Rey, firmaba simplemente: Luis de P -issy. i'oi-sy
era la ciudad, en donde había recibido el santo .Bautismo; re-
conociendo, de este modo, que la digui iad de cri ai ¡.rio, confe-
rida por el Bautismo, era superior a ta dignidad real.
Una comunidad cristiana. — La persecución contra los cris-
tianos en el Japón, de que antes hablamos, los di jó privados
de sacerdotes, muertos todos eu los tormentos. Muchos cristia-
nos se retiraron entonces a parajes lejanos. Desde Í630 a 1865,
sin sacerdotes, sostenidos solamente por la oración y el Sacra-
mento del Bautismo, conservaron aquellos católicos japoneses
la fe cristiana a pesar de la más fiera persecución. Cuando' por
l)B LA SEÑAL Da LA SANTA CRTTZ (63) 89

'fin e« .1865 fué posible a los sacerdotes entraren el Jaj.cn, se


hallaron 15.< 00 i^ne habían permanecido fieles. Cerca de 2.000
de ellos sucumbieron por los malos tratos sufridos durante la
última persecución, que desde 1868 dnró hasta 1874, siendo en-
carcelados y deportados de 6 a 8.000. (Carta del P. Lebon, Ana-
les de la Prop. de la fe, 1909, pág. 402.)

63. P. ¿Cuál es la señal del cristiano?


R, La señal del cristiano es la santa Cruz.

1.° Debéis saber, ante todo, qué quiere decir señal.


Señal es un acto, o una palabra, o una cosa que repre-
senta otra, q u e indica, h a c e venir a la m e n t e , o da a co-
nocer la existencia de otra cosa. Por e j e m p l o : si veis
humo, deducís que hay f u e g o ; si v e i s u n c o r a z ó n , se os
o c u r r e e l a m o r ; si u n o p o n e el d e d o í n d i c e a n t e los la-
bios, quiere i m p o n e r silencio.
E n t r e los h o m b r e s h a y m u c h a s diferencias, entre otras
c a u s a s , p o r las v a r i a s p r o f e s i o n e s o e s t a d o s a q u e perte-
n e c e n . Si observáis u n soldado, u n sacerdote, o u n a reli-
g i o s a , c o n o c é i s a c a d a u n o e n el t r a j e ; éste es s e ñ a l de su
p r o f e s i ó n . A h o r a b i e n ; el c r i s t i a n o t a m b i é n t i e n e u n a s e -
ñ a l e x t e r n a , q u e lo d i s t i n g u e d e t o d o s los d e m á s q u e no
s o n c r i s t i a n o s : !a s e ñ a l de la s a n t a Cruz. Dirigios a las
más lejanas t i e r r a s ; si v e i s q u e u n o h a c e la s e ñ a l d e l a
C r u z , ése es c r i s t i a n o ; j a m á s encontraréis un judío, un
t u r c o , q u e h a g a la s e ñ a l d e l a C r u z . L a s e ñ a l d e l a C r n z
es p r o p i a de loá c r i s t i a n o s ; es el s i g n o exterior, qué los
d i s t i n g u e d e a q u e l l o s q u e n o son c r i s t i a n o s : es su d i v i s a .
2.° Seguramente también, uno que n o es cristiano,
p u e d e a p r e n d e r y h a c e r la s e ñ a l de la Cruz; como uno,
q u e n o es s a c e r d o t e , puede vestir su solanti; rnas como
é s t e s e r í a u n u s u r p a d o r , a s í p a s a r í a c o n el q u e n o s i e n d o
cristiano o no deseándolo, al m e n o s , se v a l i e r a de tal
distintivo. E s t o , sin e m b a r g o , o c u r r i r á difícilmente. Su-
cede, en cambio, muchas veces lo contrario, esto es:
ver a m u c h o s cristianos, que no h a c e n la señal de la
Cruz, por temor precisamente de aparecer cristianos.
90 D» LA SEÑAL, DB LA SAETA CSDZ (64-68)

Ya sabéis cuán gran cosa es ser cristiano. No tengáis


nunca temor ni vergüenza de parecer tales, ni, cuando
sea necesario o conveniente, demostrarlo con la señal de
la santa Cruz.
3.° Créese que el signo de la santa Cruz fué escogido
como distintivo del cristiano ya desde los tiempos de los
Apóstoles; y fácilmente nos convenceremos de ello si ad-
vertimos los grandes significados que encierra la señal
de la Cruz, y recordamos que algunos de los primeros
cristianos, durante las persecuciones, conducidos en pre-
sencia dejos tiranos y preguntados si eran cristianos, en
vez de responder con la palabra, hacían públicamente la
señal de la Cruz. Antes, sin embargo, debemos aprender
a hacerla bien.
"Ejemplo.—Señal de gloria y honor. — Una joven educada pia-
dosamente se encontró un día en un banquete de gala; antes de
sentai'se a la mesa hizo devotamente la señal de la Cruz. Mara-
villado un oficial le dijo: ¿Nc os avergonzáis de que os vean ha-
cer la señal de la Cruz? La joven observó que el militar llevaba
en el pecho una condecoración, y preguntóle ella a su vez:—¿Os
avergonzáis vos de vuestra condecoración?—No—respondió el
oficial—; antes me glorío de ella.—Pues bien, sabed—replicó la
joven—, que la señal de la Craz es para mí señal de honor y de
gloria.—Venturoso el niño, que estime la señal de la Cruz como
la estimaba esta joven.
6 4 . *P. ¿En cuántas maneras usa el cristiano de esta señal?
R. El cristiano usa de esta señal en dos maneras.
6 5 . P. ¿Cuáles son?
R. Signar y santiguar.
66. P. ¿Cómo os signáis?
R. Ate signo haciendo tres cruces con el dedo pulgar de 3a mano
derecha: la primera en la frente, la segunda en la boca, la tercera en
los pechos, hablando con Dios nuestro Señor.
67. P. ¿ P o r qué os s i g n á i s en la f r e n t e ?
R. Porque me libre Dios de los malos pensamientos.
6 8 . P. ¿Por qué en la boca?
R. Porque rae libre Dios de las malas palabras.
DE LA SEÑAL DD LA SANTA CRUZ (69-70) 91

6 9 . P. ¿Por qué en los pechos?


R, P o r q u e m e l i b r e D i o s d e las malas o b r a s y deseos *, 1

7 0 . P. ¿Cómo os santiguáis?
R . M e santiguo llevando la m a n o d e r e c h a a la f r e n t e , y d i c i e n d o :
en el nombre del 'Padre ^ l u e g o al p e c h o , d i c i e n d o : y del Hijo; y d e aquí
al h o m b r o i z q u i e r d o y al d e r e c h o , d i c i e n d o : ij del Espíritu Sanio; y p o r
último d i g o : Jlmén,
Habéis aprendido cómo se hace la señal de la Cruz.
Procurad hacerla siempre así y no imitéis a aquellos ni-
ños que, ya mayores, parece que no saben hacer la se-
ñal de la Cruz; y en vez de esta santa señal, hacen gestos
ridículos, como si quisieran espantar moscas; y para mo-
veros a hacerla bien, recordad el gran acto que cumplís:
con la señal de la Cruz profesáis que sois cristianos, ha-
céis la cruz en la frente, el pecho y los hombros, para
consagrar a Dios de ese modo la mente, el corazón y las
obras (1).
La mente, esto es, la inteligencia. Cuando uno tiene
gran talento se dice que tiene gran cabeza. La cabeza es
signo de la inteligencia, del ingenio; la cabeza es mirada
como sede del pensamiento: éste precisamente consa-
gráis a Dios con la señal de la Cruz.
El corazón lo tenemos en el pecho. Se puede tener bue-
na cabeza y mal corazón; del corazón nace el amor; ha-
céis la cruz sobre el pecho para consagrar a Dios vues-
tro corazón, vuestros afectos, vuestro amor, y poder así
decir con sinceridad en las oraciones: Dios, mío os amo
con todo mi corazón.
Las obras.— Los hombros y los brazos son símbolo de
la fuerza. En los hombros lleváis los pesos; ¡a ley de Dios
es como un peso, que uno lleva observándola, esto es,
cumpliendo lo que nos manda. Al hacer, pues, la cruz
en los hombros, consagráis a Dios vuestras obras; pro-
(1) Cuanto el autor dice, explicando la pregunta 70, sobre el
modo de santiguarse, se aplica con la misma, o mayor razón a las
anteriores sobre el modo de persignarse. (N~, del T.)
92 DW LA KÍÜÑA.L, DE LA SANTA CRUZ (71-72)

íestaiido así que queréis observar su.ley y cumplir vues-


tras obligaciones por su amor.
En una.palabra: con la serial de la Cruz consagramos
a Dios: a) los pensamientos de nuestra mente, bj los de-
seos y afectos del corazón, c) Jas obras todas de nuestra
vida.
Fruto.--Procurad, pues, hacer siempre la señal de la
Cruz del modo que habéis ahora aprendido, y con los
sentimientos que os he explicado. La serial de la Cruz es
un aclo .de religión; haeedia con seníiaiientos de fe como
se deben practicar iodos los actos religiosos. De este
modo ¡cuántas gracias mereceréis!
71 P. ¿ P o r qué la señal de la Cruz es ¡a señal del cristiano?
R. La señal d e ia C r u z es ¡a señal del cristiano p o r q u e sirve para
d i s t i n g u i r los c r i s t i a n o s d e los infieles.

72. P. ¿Qué significa ¡a señal de la Cruz?


R . La seña! d e la C r u z significa los p r i n c i p a l e s m i s t e r i o s d e nues-
tra santa f e .

l.° Recordad lo que os he dicho, a saber: que signo o


seña! es un acto, una palabra o una cosa que representa
otra, indica o hace venir a la mente o da a conocer otra
cosa, por ejemplo: inclino la cabeza y quiero decir que
sí; muevo la cabe/a y quiero decir que no, ele.
La seña! de la Cruz es el signo y divisa del cristiano.
Esla seña! le distingue de todos los demás hombres; le
distingue de todos los otros, porque recuerda y represen-
ta los dos principales misterios de nuestra sania fe, que
son las dos verdades f ú n d a m e nía les de la Religión, creí-
das solamente por los cristianos. Como el color negro,
de ordinario, significa no alegría, sino luto, así la señal
de la Cruz, por su naturaleza, recordando ¡os dos princi-
pales misterios de ia fe,'distingue a los cristianos, que
creen estos misterios, d é l o s infieles, que no los creen.
Por esto, haciendo la señal de la Cruz, atestiguáis que
creéis las verdades principales del Cristianismo y, por
esto, que sois cristianos.
D E l.A ¡SEÑAL J)K I.A SANTA rKTTiS Í 7 2 ) 03

2.° E n t e n d e d q u e tal cosa sólo se puede decir de los


v e r d a d e r o s cristianos; los d e m á s llevan la señal, la a p a -
riencia, n o la realidad. Si, para v a l e m o s de un ejem-
plo vulgar, pero expresivo en u n a botella echáis b u e n
yino, y después ponéis en la m i s m a botella el rótulo co-
r r e s p o n d i e n t e al vino, el r ó t u l o es señal del b u e n vino,
q u e en la botella se contiene; pero si en ella echáis a g u a
o u n vino mato, el rótulo sólo sirve p a r a e n g a ñ a r , es u n
r ó t u l o falso. Así si sois b u e n o s cristianos y h a c é i s la se-
ñ a l de la Crüz, usáis de u n signo externo verdadero de
Vuestra fe; pero si n o sois b u e n o s cristianos, la señal sólo
sirve para e n g a ñ a r , es u n signo falso, y merecéis el dicta-
d o de mentirosos. ¡Ayl de aquel que se sirve tan mal de la
señal de la Cruz, a b u s a n d o de cosa t a n s a n t a . La señal
de la Cruz vale t a m b i é n para distinguirnos d e los otros,
q u e se d a n el n o m b r e di; creyenles, y profesarnos hijos
sumisos de la S a n t a Iglesia; pues t o d a s las sectas, q u e
h a c e ya m á s de trescientos anos se s e p a r a r o n de ella,
r e c h a z a n la piadosa p r á c t i c a de h a c e r la señal de la
Cruz.

Ejemplo, — San Tiburcio y Torcíalo.—Ru las actas do San Ti-


burcio se .habla-de un mal urmiiano, Humado Torcuato. San
Tiburcio había pfoourado con voi tirio , por todos loa . medios
posibles,,m;<s en vano. Tovoinikoquiso vengarse <J« los amorosos
avisos do Ti barcio, douu nciáiidolo como cristiano. Pero, para
no declaran*» traidor, c->n viu<> no a 10)3 soldados, q'uo habían de
ser arrestados los dos juntas. (¡oudni'ilos ambos al tribunal, fué
primero preguntado IWe'u- c»; ¿Quién eres? lio-spondió: Soy
cristiano. -No os verdad -dijo Tiburcio os un jugador, un
borracho, rio un c.ri«tiaii": so da use.nombro, mas no lo merece.
Así era. Tori'uv.o apo-itató y Tiburcio, en cambio, murió uuu-tir
(año Ü37). — l\-e. bien, querido, 11 i ¡ios; ya que haciendo la peñal
de la Cruz piotVsáís que sois cristianos, íio os suceda nunca
que el demonio o el ángel do la guar ía pueda decir do vosotros:
Jto es ver a iu-\> cnsMano; so da ene íiouibre, ¡>oro es malo,
vicioso, cío ; p'v.en-ad q-uo la señal do la Cruz muestro siempre
q-ue soi-, cristiano-- por la expresión de !a fe que profesáis y de
las obras que hacéis, conforme a esa níhna fe,
94 DB¡ L A S E Ñ A L DB! L A S A N T A C R U Z (73)

73. P. ¿ C u á l e s s o n l o s p r i n c i p a l e s m i s t e r i o s de n u e s t r a s a n t a fe?
R . L o s misterios p r i n c i p a l e s d e n u e s t r a santa fe son d o s : el p r i m e -
r o , la U n i d a d y T r i n i d a d d e D i o s ; el s e g u n d o , la E n c a r n a c i ó n , Pasión
y M u e r t e de nuestro Señor Jesucristo.

P a r a haceros entender bien esta respuesta os diré tres


cosas: Primera, qué significa misterio; segunda, por qué
debemos creer los misterios, y tercera, por qué los dos
misterios mencionados en la pregunta se l l a m a n los m i s -
terios principales de nuestro santa fe.
1.° Qué significa misterio.—Misterio generalmente quie-
re decir u n a cosa que nosotros no comprendemos. E n
materia de religión los misterios son verdades de la fe,
que superan las fuerzas de nuestra razón (véase el núme-
ro 366; verdades, por lo tanto, que no podemos nosotros
conocer, si Dios no las manifiesta, ni las podemos com-
prender después de manifestadas. Mirad la.luz; con ella
podemos ver, en las tinieblas no vemos nada; mas si la
luz es demasiado intensa tampoco podemos ver; p o r q u e
una luz demasiado fuerte es superior a nuestra fuerzas,
a l a capacidad de nuestros ojos.
Hay verdades, que podemos conocer y c o m p r e n d e r
por nosotros mismos; h a y otras, que no podemos ni co-
nocer con nuestra razón ni comprender, y no las pode
mos comprender precisamente porque nuestra inteligen-
cia es demasiado débil. Si tales verdades pertenecen a
la fe, se llaman misterios. No podemos nosotros com-
prender todas las verdades divinas, esto es: las verdades
de la fe; para comprenderlas todas deberíamos tener u n a
mente infinita, una mente que igualase la grandeza y
majestad de Dios. No hay, pues que maravillarse de que
nosotros, seres finitos, no podamos comprender a Dios,
ni ciertas cosas que pertenecen a Dios, siendo El ser i n -
finito, y precisamente porque es infinito, no puede ser
comprendido por una mente finita.
Sería Dios bien poca cosa, si pudiese ser c o m p r e n d i d o
de nosotros, decía San Francisco de Sales, y nosotros m u y
soberbios, si pretendiéramos poder comprender a Dios.
D E LA S E Ñ A L D E LA SANTA CRUZ (73) 95

2.° ¿Debemos creer ios misterios?—Preguntar esto equi-


vale a decir: ¿Tiene Dios d e r e c h o a p r o p o n e r n o s , p a r a
q u e las creamos, verdades, q u e n o p o d e m o s c o m p r e n -
der? ¿La m e n t e de Dios, su n a t u r a l e z a , sus obras, pue-
den ser superiores a la c a p a c i d a d de n u e s t r a mente? El
sentido c o m ú n asegura q u e si.
Y ¿qué decir de aquellos q u e a n d a n repitiendo: Yo
c r e o sólo lo q u e veo y c o m p r e n d o ? Merecen c o m p a s i ó n ;
m a s no que se les escuche, p o r q u e son soberbios. Si fue-
sen sinceros y se l i m i t a s e n a creer sólo aquello q u e ven
y c o m p r e n d e n , se h a r í a n bien p r o n t o ridículos a los
ojos de todos y n o c r e e r í a n n u n c a n a d a .
¿Han visto, p o r ejemplo, todo el m u n d o , Oceania,
América? No; y sin e m b a r g o creen q u e existen estas par-
tes del m u n d o , p o r q u e otros lo dicen. ¿Han visto los he-
c h o s q u e la h i s t o r i a reñere? No; y sin e m b a r g o los creen,
p o r q u e historiadores dignos de fe los c u e n t a n . Los mis-
terios nosotros los creemos, p o r q u e son verdades revela-
d a s p o r Dios; verdades, q u e Dios nos propone, p a r a que
las creamos, p o r m e d i o de la Iglesia. P o r esto, creyendo
los misterios, c r e e m o s a Dios. ¿Merecen, p o r v e n t u r a , los
h o m b r e s m á s crédito q u e Dios?
Además, ¡cuántas cosas n o se c o m p r e n d e n y, sin em-
bargo, se creen! L a luz, el vapor, la electricidad, ios te-
rremotos, los volcanes, son otros t a n t o s misterios cientí-
ficos, a pesar de t o d a s las explicaciones propuestas. Nin-
g u n o c o m p r e n d e c ó m o la semilla en las e n t r a ñ a s de la
t i e r r a p r o d u c e u n a h i e r b e c i t a y después viene a ser u n a
p l a n t a ; c ó m o el a l i m e n t o se t r a n s f o r m a en nuestra car-
ne, en n u e s t r a sangre; y, sin e m b a r g o , todos lo creen,
p o r q u e los sentidos d e m u e s t r a n que así es. ¿Y debere-
m o s creer m á s a nuestros sentidos que a Dios? Los s e n -
tidos nos p u e d e n e n g a ñ a r , m a s Dios, v e r d a d infalible, n o
puede e n g a ñ a r s e ni e n g a ñ a r n o s .
Ejemplos.—¿Fábulas?—Un misionero describía a un príncipe
pagano de la India las condiciones y fenómenos naturales de
Europa. El príncipe escuchaba sin pestañear, mas cuando el
96 D B L A S E Ñ A L D E L A S A N T A C H U Z (73)

misionero llegó a decir que en el invierno el agua se hacía tan


dura que hasta los elefantes podían pasar los ríos sin peligro,
el príncipe exclamó: Hasta aquí te he escuchado con gusto,
pero ahora te mando callar. Nunca lograrás hacerme ereer esas
fábulas.—Para este príncipe, que no había visto nunca el hielo,
era un misterio incomprensible que el agua se helaje.
E l sueño de u n i n c r é d u l o . — U n incrédulo dijo un día a un
sacerdote:—Yo croo lo que comprendo y no más. — Pues qué —
replicó el sacerdote —, ¿no creéis que la luz ilumina, que el fuego
calienta, que el vie ito sopla? Ahora bien, estas cosas son otros
tantos hechos que no comprendéis.—Es verdad—repuso el in-
crédulo—, m a s estos hechos los veo y los siento.—¿Y si no los
vieseis serían por eso menos verdaderos? Esta última pregunta
no fué comprendida por el incrédulo, que se retiró aferrado a
su incredulidad. Dios quiso usar de misericordia con é!; la
noche siguiente tuvo un sueño maravilloso. Soñó que atrave-
sando una selva tropezaba con un ciego de nacimiento, que no
había! visto jamás ia luz del sol. Dirigiéndole la palabra a aquel
ciego comenzó a hablarle del sol y de las maravillas de la
naturaleza. Y o no comprendo eso, respondió el ciego; poro
creo cuanto m e decís; creo que el sol es de una hermosura
estupenda; si rehusara creer cuanto m e decís, porque no
lo puedo comprender, diríais con razón que m e portaba m u y
irracionalmente. Entonces aquel ciego le pareció que cambia-
ba de aspecto y de voz, y con aire de autoridad añadió: Mi
ejemplo os debe enseñar que hay cosas excelentísimas y mara-
villosísimas, que escapan a nuestra vista y aun a la agudeza de
nuestro entendimiento, pero que no son menos verdaderas par-
que no puedan ser comprendidas ni imaginadas por nos otro t.

3.° Misterios principales.—Los d o s m i s t e r i o s q u e h a -


bernos r e c o r d a d o y e s t á n i n d i c a d o s en la s e ñ a l d e ¡a
Cruz, n o s o n t o d o s l o s m i s t e r i o s de n u e s t r a fe, s i n o ios
p r i n c i p a l e s s o l a m e n t e , esto es, l o s m á s i m p o r i a n t e s . M i -
r a d u n a c a s a : e n sus p a r e d e s h a y m u c h a s p i e d r a s ; ¿son
t o d a s de i g u a l i m p o r t a n c i a ? No. L a s p r i n c i p a l e s s o n
a q u e l l a s q u e f o r m a n l o s c i m i e n t o s , p u e s s i n e l l a s la c a s a
n o se p o d r í a sostener. O b s e r v a d t a m b i é n m u s i t o c u e r -
po. T e n e m o s m u c h o s m i e m b r o s : m a n o s , cabeza,- píes;
¿son t o d o s d e i g u a l i m p o r t a n c i a ? N o ; p o r q u e , p o r c j e n i .
DE LA SEÑAL 1>K LA SANTA CRUZ (74-76) 97

pío, sin cabeza no podemos vivir, y podemos vivir sin


una pierna o sin u n brazo. Los más importantes y prin
cipales son aquellos sin los cuales no podemos vivir.
Asi entre las verdades de la Fe b a y algunas que se lla-
man principales; sin ellas la religión no existiría, sobre
ellas descansa toda la religión; y son los dos misterios
mencionados, a saber: 1.°, la Unidad y T r i n i d a d de Dios;
2.", la E n c a r n a c i ó n .
7 4 P. ¿ Q u é quiere decir U n i d a d d e Dios?
R. U n i d a d d e D i o s q u i e r e decir que hay u n s o l o D i o s .

75. P. ¿ Q u é quiere decir T r i n i d a d de Dios?


R. T r i n i d a d d e D i o s q u i e r e decir que en D i o s h a y t r e s Personas
iguales y distintas, q u e se llaman P a d r e , H i j o y E s p í r i t u S a n t o .

El primero de los principales misterios de nuestra san-


ta Fe es el de la Unidad y Trinidad de Dios. El Catecis
mo en dos respuestas nos explica el significado de estas
palabras: Unidad y Trinidad de Dios. Hay u n solo Dios
(véase la preg. 7>. Esta verdad está expresa y significada
en aquella palabra: Unidad de Dios. E n Dios hay, ade-
más, tres Personas iguales y distintas (véase la preg. 12).
Esta verdad está expresa en aquella otra. Trinidad de
Dios.
Que haya un solo Dios, que en Dios haya tres Perso-
nas iguales y realmente distintas, es el primero y princi-
pal misterio de nuestra santa Fe, misterio que llamamos
de la Unidad y Trinidad de Dios.

78. P. ¿ C ó m o e x p r e s a m o s el m i s t e r i o d e i a U n i d a d y T r i n i d a d de
Dios por medio de la señal de la Cruz?
R. P o r m e d i o d e la señal d e la Cruz e x p r e s a m o s e] misterio d e ía
U n i d a d y T r i n i d a d d e D i o s , p o r q u e d i c i e n d o en el nombre, afirmamos q u e
hay un solo D i o s , y d i c i e n d o del Padre y del Hijo del Espíritu Santo,
aítrmamos que en D i o s hay fres Personas r e a l m e n t e d i s t i n t a s .

1." Si pensáis un poco seriamente eo las palabras que


pronunciáis al hacer la señal de la Cruz, de seguida ve-
réis que con esas palabras expresáis; iodo el misterio
7
98 D E LA S E Ñ A L D E LA SANTA CRUZ (77)

de la Unidad y Trinidad de Dios. Decís: En el nombre, en


n ú m e r o singular, una sola vez; así expresáis la Unidad
de Dios. Después añadís: del Padre, etc., n o m b r a n d o las
tres Personas, afirmando así que h a y en Dios tres Perso-
nas realmente distintas que son un solo Dios.
2 " Ved, pues, que para expresar con la señal de la
Cruz el misterio de 1a Unidad y Trinidad de Dios, debéis
p r o n u n c i a r bien todas las palabras; si dejáis u n a sola, no
expresáis bien el misterio; si no decís: en el nombre, no
indicáis la Unidad; si decís solamente: nombre del Padre...
dejando en el, no hay sentido. Debéis pues, poner a t e n -
ción para pronunciar bien todas las palabras. Si tuvie-
rais un hermoso reloj y le quitaseis una sola rueda, ¿ser-
viría en adelante para señalar las horas?... Seguramen-
te que no. Así pasa con la señal de la Cruz; si le quitáis
una sola palabra, no indica ya el primer misterio de
nuestra santa Fe.
Fruto.—Procurad, por lo tanto, p r o n u n c i a r siempre
exactamente todas las palabras de la señal de la Cruz,
sin omitir n i n g u n a ni en su menor parte, para e x p r e s a r
así el primer misterio de la Fe.

77, P. ¿Qué quiere decir Encarnación, Pasión y Muerte de nuestro


Señor Jesucristo?
R. Encarnación, Pasión y M u e r t e d e nuestro Señor Jesucristo,
quiere decir que e! Hijo de D i o s se hizo hombre, padeció y murió en
3a C r u z para salvarnos.

Esta respues! nos enseña lo que significan las pala-


bras con las cuales se expresa el segundo misterio de los
principales de nuestra santa Fe. El primero se significaba
con aquellas dos palabras: Unidad y Trinidad de Dios; éste
segundo se expresa con éstas tres: Encarnación, Pasión,
Muerte, de nuestro Señor Jesucristo; cada u n a de ellas
significa una cosa particnlar y diversa de lo que signifi-
can las otras.
Encarnación.—Dios es espíritu y no se ve. Cada una de
las tres divinas Personas es espíritu, y, por lo tanto, in
LIE LA 8KÑAÜ OH LA SANTA CRUJÍ (78) 99

visible; más aún, es purísimo espíritu que no tiene cuer-


po; mas el Hijo de Dios se hizo hombre, tomó, por lo
tanto, cuerpo y alma como nosotros. Nuestro cuerpo se
compone de carne y de hueso; pero lo que vemos mejor
es la carne; de aquí se formó la palabra Encarnación,
con que queremos decir que el Hijo de Dios se hizo hom-
bre. Al verlo, ninguno hubiera notado que era Hijo de
Dios, verdadero Dios; externamente, en todo parecía se-
mejante a los demás hombres.
Pasión.—Esta palabra viene de padecer. Guando decís
que una persona padece, dais a entender que siente d o -
lor. Así, el Hijo de Dios hecho h o m b r e , encarnado, s u -
frió como sufrimos nosotros, sintió dolores como los sen-
timos nosotros, pero m u c h o más intensos y acerbos que
nosotros.
Muerte. — ¿Qué cosa es la muerte? ¿Habéis visto a u n
muerto? E n la muerte el alma se separa del cuerpo; que-
da el cuerpo solo; de nada es capaz; está inerte. Un hom-
bre puede m o r i r de enfermedad o de muerte violenta,
asesinado, por ejemplo. El Hijo de Dios hecho h o m b r e
murió; más aún, fué muerto, m u r i ó crucificado. E n t o n -
ces, el alma se apartó del. cuerpo y fué al limbo. El cuer-
po quedó sepultado.
He aquí lo que significan las tres palabras de este se-
gundo misterio: Encarnación: que el Hijo de Dios se hizo
hombre; Pasión; que padeció; Muerte: que m u r i ó en la
Cruz. Este es el segundo misterio de los principales de
nuestra santa Fe.

78 P. ¿Cómo representamos, por medio de la señal de la Cruz, el


misterio de la Encarnación, Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo?
R. Por medio de !a seña! de ¡a Cruz representamos el misterio de
ta Encarnación, Pasión y M u e r t e de nuestro ^Señor Jesucristo, por-
que esta señal nos recuerda que el Hijo de D i o s hecho hombre padeció
y murió en la Cruz.

El que tiene algún rastro de fe, cuando mira u n a cruz


recuerda que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios he-
100 DE LA S E Ñ A L P E LA SANTA CRÜZ ( 7 9 )

c h o h o m b r e , m u r i ó en ella. A h o r a bien; si ponéis aten-


ción a lo que h a c e m o s c u a n d o nos signamos, veréis q u e
f o r m a m o s en nosotros con el m o v i m i e n t o de la m a n o
u n a cruz. P o r esto, con la señal que h a c e m o s y con aque-
llo, que haciendo esa señal, recordamos, se expresa el se-
g u n d o misterio. Verdad es que Jesucristo sufrió en va-
rios lugares y de varios modos; pero sobre la Cruz pade-
ció más, y en la Cruz, finalmente, murió; p o r esta causa
la Cruz nos recuerda por sí sola la Pasión y Muerte del
Señor.
Fruto.—Lo que os he r e c o m e n d a d o referente a las pala-
bras, os recomiendo a h o r a respecto a la acción externa,
al m o v i m i e n t o de la m a n o ; si hacéis la señal de la Cruz
(como arriba habéis dicho), expresáis el segundo m i s t e -
rio-, de otro modo, h a r é i s u n gesto cualquiera m á s o
menos gracioso, 110 la seña! de la Cruz, y así no expresa-
réis el segundo misterio.

79 P. ¿Es bueno hacer a menudo la señal de la Cruz?


R. Es co¿a Utilísima hacer a m e n u d o la señal de la Cruz, porque
tiene la virtud d e avivar la fe, desechar las tentaciones y alcanzar de
D i o s muchas gracias.

l.° El Catecismo enseña aquí que h a c e r la señal de


la Cruz es:
Cosa útilísima, a saber: cosa que nos p r o d u c e grandes
ventajas. Si u n o os preguntase: ¿Es cosa útil el fuego1? Sí,
p o r q u e sirve p a r a m u c h a s cosas: i l u m i n a , calienta, etc.
Hacer la señal de la Cruz, nos enseña el Catecismo, es
cosa útilísima, p o r q u e nos r e p o r t a grandes ventajas, en •
tre las cuales las principales son éstas:
Aviva la fe.—Cuando el fuego se va a p a g a n d o , si se
quiere r e a n i m a r l o , es preciso soplar encima; c u a n d o la
l á m p a r a está p a r a apagarse, es necesario echarla aceite.
T a m b i é n nuestra fe necesita de vez en c u a n d o ser reani-
m a d a , y la r e a n i m a m o s con la señal de la santa Cruz;
p o r q u e este signo es u n a profesión de fe, u n acto de pie-
d a d en h o n o r de Dios y de Cristo nuestro Señor; nos re-
D E L A . S B & A L DK LA S A N T A CRÜZ ( 7 9 ) 101

l'resca la idea de Dios, nos recuerda que tenemos u n


alma destinada para cielo, que por abrirnos de nuevo
sus puertas Jesucristo padeció y murió.
Desecha las tentaciones. —Las tentaciones son los es-
fuerzos, que el demonio pone para inducirnos al mal y
hacernos caer en pecado. El demonio tiene miedo a la
Cruz. Ha llegado a ser proverbio: Huye, como el diablo
de la Cruz. El demonio no puede resistir a la señal de la
Cruz; a u n c u a n d o sea m u y poderoso, con la simple señal
de la Cruz podemos alejarlo. San Cirilo exhorta a los fie-
les a hacer frecuentemente la. señal de la Cruz, por esta
razón: Imprime en la frente la Cruz, para que los d e m o -
nios tiemblen y h u y a n , viendo la señal del Rey. Haz esta
señal, exhorta San Efrén, sobre la frente, sobre la boca
y sobre él corazón; de día y de noche, en todos los sitios
y a todas horas, cúbrete con este escudo y no te sucederá
mal alguno; pues a la vista de esta señal los poderes del
infierno h u y e n temblando. Como el niño tiembla a la
vista de la vara, que le castigó, y huye del fuego, en que
se quemó, así el demonio huye a la vista de la Cruz.
Alcanza de Dios muchas gracias. —Cada obra b u e n a es
un mérito delante de Dios y por eso nos alcanza a l -
guna gracia. Cómo la señal de la Cruz sea una cosa
buena, lo sabéis por la virtud que tiene de avivar
nuestra fe y de rechazar las tentaciones, por los recuer-
dos que despierta. Además, como el pecado es la fuente
de toda maldición, así la Cruz es la fuente de las bendi-
ciones y gracias P o r todas las bendiciones y gracias del
cielo debemos estar reconocidos a los méritos infinitos
del Salvador, que en la Cruz derramó su sangre por nos-
otros. La Cruz, antes instrumento de muerte i g n o m i n i o -
sa, es a h o r a i n s t r u m e n t o de vida y fuente de salvación;
por esto la Iglesia no da j a m á s bendición ninguna sin
hacer la señal de la Cruz; aun cuando el sacerdote b e n -
dice con el Santísimo Sacramento, f o r m a con éste la
señal de la santa Cruz.
2 " Todos estos bienes, sin embargo, se alcanzan sólo
li>2 DE LA. SF.ÑAL DE LA S t»T4 CKUZ (79)

a c o n d i c i ó n de q u e e s t a s e ñ a l sea h e c h a d e v o t a m e n t e .
C u a t r o c o s a s d e b e n c o n c u r r i r a h a c e r b i e n la s e ñ a l d e l a
C r u z : la lengua, p r o n u n c i a n d o c l a r a y d i s t i n t a m e n t e t o -
d a s l a s p a l a b r a s ; l a mano, f o r m a n d o b i e n l a C r u z , l l e v á n -
d o l a a l a f r e n t e , al p e c h o , d e l h o m b r o i z q u i e r d o al d e r e -
c h o ; l a mente, r e c o r d a n d o l o s d o s p r i n c i p a l e s m i s t e r i o s ;
la voluntad, q u e r i e n d o c o n s a g r a r a Dios n u e s t r o s p e n s a -
m i e n t o s , a f e c t o s y o b r a s , c o m o os d i j e a n t e s , p r e g . 70.

Ejemplos. — Victorias de la señal de la santa Cruz. San Anto-


nio Abad tuvo que sostener muchas luchas con el demonio;
mas salió siempre vencedor, en v i r t u d de la s a n t a Cruz, por
esto solía decir a sus discípulos: Creedme; basta hacer la señal
de la Cruz, para que el demonio h u y a avergonzado.
San Benito acostumbraba a bendecir con la señal de la
Cruz todo lo que iba a comer o beber. Sucedió una vez, que
ciertos hombres malos, a quienes echaba en cara sus vicios, le
presentaron una bebida con veneno. Apenas el Santo hizo la
señal de la Cruz, el vaso se rompió y la bebida envenenada se
derramó por t i e r r a .
Santa Teresa era asaltada muchas veces visiblemente por el
demonio. Apareciéndole nn día en forma espantosa y clavando
en ella fieramente los ojos, m i e n t r a s de su boca arrojaba u n a
g r a n llama, le dijo que, si por lo pasado había huido de sus
manos, sabría vengarse en adelante. Temblaba la S a n t a de es-
p a n t o , pero apenas hizo ¡a señal de la Cruz, el demonio des-
apareció.
La Cruz es la vida del cristiano.—El que quiera seguirme,
dice Jesucristo, renuncíese a sí mismo, tome su cruz y sígame.
L a vida cristiana es una g u e r r a , una espiritual cruzada. E l
Rey camina delante con su Cruz; todos los que le sigan deben
a ejemplo suyo, llevarla también. Esto fué signifíct do de un
modo maravilloso a San Francisco de Asís, al principio de su
conversión. Estando en éxtasis vió el Santo espadas, lanzas, es-
cudos y otras armas riquísimas, señaladas todas con la cruz.
Animo, Francisco, le f u é dicho; toma las armas y camina a la
sombra del estandarte de la Cruz. E n seguida, creyendo e r a
invitado á la cruzada que estaba para partir a Palestina., F r a n -
cisco tomó las armas con el fin de agregarse a los cruzados.
Pero de nuevo se oyó la voz que le dijo: ¿Es acaso mejor seguir
DB LA SEÑAL DB LA SANTA CRÜZ (80) 108

a nn j fe terreno que al Rey del cielo? Coa estas palabras en-


3

tendió Francisco que debía seguir a Jesucristo, el cual va


d elante de los cristianos llevando su Cruz.
8 0 . P. ¿Cuándo conviene usar de la señal de l a Cruz?
R. C o n v i e n e usar de la señal de la C r u z por la mañana al levantar-
nos y por la n o c h e al a c o s t a r n o s , al p r i n c i p i o y ai fin de la comida y
del trabajo; al e n t r a r y salir de la iglesia, y e s p e c i a l m e n t e al comen,
zar la oració n.

Si hacéis siempre la señal de la Cruz, como habéis


aprendido, y en todas las ocasiones enumeradas aquí
por el Catecismo, seréis bendecidos por Dios. Mirad
euán conveniente es hacer la señal de la Cruz en las
ocasiones indicadas por el Catecismo:
1.° Por la mañana y por la noche.—¿Tenéis hermani
los o hermanitas? Notad, que al despertarse por la ma-
ñana sus primeras palabras son: papá, mamá. Nosotros,
como buenos cristianos, ofrecemos a Dios por la mañana
el primer pensamiento, la primera palabra, haciendo la
señal de la Cruz, para saludar a Dios, darle gracias,
pedirle nos conceda un buen día y prepararnos a de-
cir bien las oraciones. Por la noche, hacemos también
la señal de la Cruz para dar el último adiós en aquel día
a nuestro Señor, obtener de El una buena noche, la gra-
cia de no pecar y no morir durante aquella noche de
muerte repentina.
2.° Al principio y al fin de la comida.—Al principio,
para no dejarnos llevar de la gula, para reconocer que
el mantenimiento, que tomamos, es don de Dios; todo
en efecto nos viene de Dios, cuántos no tienen con que
alimentarse, como tenemos nosotros; y para suplicarle
nos sea provechoso. Al fin, para darle gracias y pedirle
que'usemos bien de las fuerzas, que hemos recobrado.
3." Al principio y al fin del trabajo. - La fatiga, o sea
el peso del trabajo, es castigo y preservación del pecado
(el ocio es origen de todos los vicios) y también me-
dio de alca'nzar mayores méritos para el cielo. Preciso es,
por tanto, trabajar con pureza de intención. A los ojos
104 D E LA S E Ñ A L D E LA SANTA CBUZ ( 8 0 )

de Dios nada es la calidad del trabajo, en que uno se


ocupa, con tal que sea honesto, sino la intención. La se-
ñal de la Cruz en el t r a b a j o nos incita a reconocer aque-
lla ocupación como un deber y como un medio de al-
canzar el cielo y anima a cumplirlo con pureza de in-
tención.
4.° Al entrar y salir de la iglesia.—Al entrar en u n a
casa de respeto, h a y quien anuncie al que llega y al pre-
sentarse uno, saluda. E n t r a n d o en la iglesia, os anunciáis
como cristianos por medio de la santa Cruz, que es el
signo de los cristianos (preg. 63), y saludáis con la genu-
flexión, bien hecha, a Jesús sacramentado. He dicho bien
hacha: porque sería de m a l a educación entrar en una
casa y saludar mal. ¿Qué será entrar en ia casa de Dios
V anunciarse y saludar de modo irreverente? Al salir, es
un saludo que hacéis a Dios, como hacéis al salir de la
casa de una familia respetable, a la cual, desde la p u e r -
ta, dais el ú l t i m o adiós. P r o c u r a d hacedlo siempre así,
y no como ciertos niños, que entran y salen de la iglesia
peor que sí entrasen o saliesen de u n a cuadra.
5.° Al comenzar la oración.—Cuando más adelante
hayáis estudiado lo que es oración (una elevación de la
mente y del corazón a Dios p a r a adorarle, darle gracias
y pedirle lo que necesitamos), comprenderéis que es ne-
cesario y oportuno empezar y terminar la oración con
la señal de la Cruz, para hacerla bien, para entender qué
cosa es oración, para recordar con la señal de la Cruz
que debemos orar en el n o m b r e de Jesús crucificado y
alcanzar por sus méritos que nuestra oración sea aten-
dida.
Fruto.—Ahora bien; ¿practicaréis siempre lo que ha-
béis aprendido en esta respuesta del Catecismo'.' Si lo ha-
céis así, sucederá que en las principales acciones del día
os portaréis como cristianos, reconociendo la obligación
de vivir como tal; y Dios, al cual con la señal de la
Cruz os manifestáis como cristianos, Dios, que todo lo
sabe y todo lo ve, os reconocerá siempre como verdade
D E iiA SEÑAL DB LA SANTA CRUZ ( 8 0 ) 105

ros cristianos, como sus servidores, y os bendecirá. Quien


teme mostrarse cristiano con la señal de la Cruz, recuer-
de lo que de sí dijo San Pablo: «Lejos de mi gloriarme de
otra cosa que de la Cruz de nuestro Señor Jesucristo» (1).
Ejemplos.— Alejandro Magno y el pirata. —Alejandro Magno,
rey poderosísimo, encontró un día a un pirata. P r e g u n t ó l e
cómo se llamaba, y entendió que, también como él, A l e j a n l r o .
Entonces el rey le dijo: O cambias de v i t a o cambias de
nombre, porque de este modo, deshonras el mío.—¿Acaso no
podría Dios decir de alguno de vosotros la misma cosa? Vos-
otros, pues, no cambiéis e! nombre de cristiano; cambiad de
vida para honrar con vuestras virtudes el mismo nombre de
Jesucristo, que lleváis en calidad de cristianos.
El hijo que no se atreve a hacer la señal de la Cruz. — Se encon-
t r a r o n un día reunidos en cierto banquete unos comensales de
varios países. Antes de sentarse a la mesa, la mayor parte
rezó alguna oración, o al menos hizo la señal de la Cruz. Un
joven católico, viendo que le observaban algunos libertinos, no
se atrevió a hacerla ante ellos. Su padre, varón muy respe-
table, lo notó y le dijo al salir: Cómo, ¿no han tenido valor
para hacer la señal de la Cruz? Jesús no se avergonzó de morir
en ella para salvarte, y ¿tú tienes vergüenza de hacer la señal
augusta de tu redención?—Procurad no merecer j a m á s esta re-
prensión, pues mostraría que sois muy ingratos con Cristo, R e -
dentor y Salvador.

(1) A lo» (Míalas, V I , 1.4.


CAPITULO II
DE LA U M D A D Y TRINIDAD DE DIOS

Debemos ahora estudiar Ja lección más difícil de todo


el Catecismo, la lección en que comprendemos menos,
y, sin embargo, la más importante, porque se refiere al
primer misterio de los principales, primer fundamento
dé toda la Religión. De él os diré todo aquello, que juz-
go podéis bien entender; pero acordaos que este misterio
considera a Dios en sí mismo, en su naturaleza y en su
esencia, y que nuestra mente es bien débil en compara-
ción de Dios infinito; por esto, no habéis de pretender
escrudiñarlo todo, sino sujetar con humildad vuestra
mente en aquellas cosas, que no podéis alcanzar y que
a pesar de eso creéis, por ser palabra del mismo Dios.
81. P . ¿Entendéis v o s cómo l a s tres Personas divinas, realmente
distintas, son un solo Dios?
R. E s t e es'un misterio q u e no podemos c o m p r e n d e r , porque Dios
es infinito e i n c o m p r e n s i b l e ; p e r o lo h e m o s de c r e e r , p o r q u e lo ha r e -
vejado el mismo D i o s .

82. P. ¿Cómo se llama e s t e misterio?


R. S e llama el misterio de la Santísima T r i n i d a d .

Hemos aprendido que hay un solo Dios, y que en


Dios hay tres personas iguales y distintas. Tal es el mis-
terio de la Unidad y Trinidad de Dios, misterio funda-
mental del Cristianismo.
1 ° No era conocido claramente de los hebreos. - L o s h e -
Y TRINIDAD DB DIOS (82) 107

breos. no conocían claramente el misterio de la Santísi-


ma Trinidad; podían tener alguna idea de la pluralidad
de personas en Dios; sabían, por ejemplo, que en la crea-
ción del hombre, Dios, siendo uno, había dicho: Haga-
mos al hombre a nuestra imagen, etc., que después de la
caída de Adán, Dios habló del mismo modo: «He aquí
que Adán ha llegado a ser como uno de nosotros, conoce-
dor del bien y del mal» (1), dejando así entrever la plura-
lidad de personas; que en los Salmos se alegan palabras
de Dios dirigidas a Dios: «Eres mi Hijo, hoy yo te be'
engendrado» y «Dijo el Señor a mi Señor, etc.» (2). Idea
también, no sólo de la pluralidad de personas, mas aun
de la Trinidad, podían tener, considerando la forma de
bendición prescrita por Dios por medio de Moisés, en
que se repetía tres veces el nombre del Señor (3), la vi-
sión de Isaías, en que el profeta oyó a los serafines hon-
rar a Dios con aquella triple invocación: «Santo, santo,
santo es el Señor de los ejércitos» (4\ Más claramente se
indicaba la Trinidad de personas en la oración del Sabio,
cuando invocaba a Dios, el cual creó todas las cosas por
medio del Verbo y aseguraba que ninguno podía cono-
cer su voluntad si El no enviaba desde lo más alto de
los cielos a su Santo Espíritu (5).
Era oportuno que los hebreos no conocieran, clara-
mente este misterio, porque viviendo entre paganos, con
mucha facilidad hubieran cambiado las tres Personas en
tres dioses y así fácilmente habrían perdido la idea de
un solo Dios.
2.° Ha sido revelado por Jesús. —1) Una manifestación
clara de la Trinidad de Personas en Dios, la tenemos en
la Anunciación de María; pues claramente allí se habla
de Dios, del Hijo de Dios y del Espíritu Santo (véase la
pregunta 16). 2) No menos abiertamente se manifiesta la
Trinidad de Personas en el Bautismo de Jesús (véase la
(1) Génesis, II], 22. — (2) Salmo II, 7 ; CiX, 1. — (3)Números, Vi,
23-26.—(4) Isaías, VI, S.—(5) Sabiduría, IX, 1, 2, 17.
108 D B LA UNIDAD (82)

pregunta 100, 5.°): Jesucristo, Hijo de Dios, se presentó a


Juan en el Jordán y se hizo bautizar por él. Apenas salió
del agua, abriéronse los cielos, y el Espíritu Santo, en
forma de paloma, bajó sobre Él y una voz se escuchó
que decía: Este es mi Hijo muy amado, en el que me he
complacido. 3) Jesús habló varías veces de las tres divi-
nas Personas, especialmente prometiendo enviar al Es-
píritu Santo; decía: « Yo rogaré al Padre y Él os enviará
otro Consolador...; el Espíritu de Verdad, etc.» (1). Otra
vez: «El Consolador, el Espíritu Santo, que el Padre, en-
viará en mi nombre, Él os enseñará» (2). «Cuando haya
venido el Consolador, que Yo os enviaré del Padre, el Es-
píritu de Verdad, que procede del Padre, etc.» (3). 4; Re-
veló también claramente el misterio de la Trinidad de
Personas, cuando resucitado promulgó la ley del Bautis-
mo, diciendo a los Apóstoles: «Andad, pues, e instruid a
todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo» (4). Palabras, que contienen
manifiestamente la revelación de la Trinidad de Perso
ñas en Dios.
3.° Incomprensibilidad del misterio.—El misterio de la
Santísima Trinidad es incomprensible y sin embargo lo
debemos creer. No podemos nosotros comprender que
tres Personas realmente distintas sean un solo Dios; Cómo
Dios, siendo uno, lo sea en tres Personas realmente dis-
tintas. San Bernardo decía: Pretender penetrar este mis-
terio de la Santísima Trinidad es una curiosidad peligro-
sa. Admitirlo y creerlo, como hace la Iglesia Católica,
sólo eso nos puede dar certeza. Ver este misterio en toda
su profundidad y hermosura será el colmo de la bien-
aventuranza durante toda la eternidad.
4.° Debemos creerlo—Nosotros no podemos entender
este misterio; debemos, sin embargo, creerlo. No lo po-
demos comprender, porque Dios es infinito e incompren-
(1) San Juan, XIV, 16 y 17. -(2) Idem, XIV, 2o. —(3) Idem, XV, 26.
(4)San Mateo, X X V I I I , 19.
Y TRINIDAD DB DIOS (83) 109

síble; mas lo debemos creer, porque lo ha revelado Dios


mismo, que es verdad infalible. Pregunto yo: ¿Tiene Je-
sús derecho a ser creido? Seguramente que sí. ¿Puede
ser buen cristiano el que no crea a Jesús? ¿Buen hijo
quien no crea a un padre bueno y sabio, cuando el pa-
dre enseña lo que sabe?
Cuanto a aquellos que dicen que no creen en este mis
terio, porque no lo comprenden, véase la preg. 73, 2.°
Fruto. —Con la revelación de este misterio Jesús: a) Ha
enriquecido nuestra inteligencia de sublimes verdades; bj
nos ha hecho conocer mejor a Dios, que es objeto de
nuestra futura felicidad; c) nos ha manifestado clara-
mente el designio de Dios sobre nuestra redención; d)
finalmente, nos ha dado materia de merecer con la fe,
creyendo en su palabra.
Ejemplo.—San Agustín y el misterio de la Santísima Trini-
dad.—Se paseaba un día San Agustín a orillas del mar procu-
rando comprender este misterio, cuando encontró a un niño
tjíie, hecho un pequeño agujero en la tierra, procuraba con el
hueco de la mano hacer pasar a él toda el agua del mar. Pre-
guntado por San Agustín qué hacía, respondió:—Quiero me-
ter en este agujero toda el agua del mar—Imposible, :e dijo
San Agustín. El niño replicó: Pues lo lograré antes que tú lle-
gues a comprender aquello en que piensas. Y desapareció. Era
el ángel del Señor.
83 P. ¿Qué e n t e n d é i s p o r e s t a s p a l a b r a s : S a n t í s i m a T r i n i d a d ?
R. P o r estas palabras: Santísima T r i n i d a d entiendo un solo Dios
en tres P e r s o n a s realmente distintas: P a d r e , H i j o y E s p í r i t u S a n t o .

Con esta respuesta el Catecismo quiere imprimir me-


jor en nuestra mente lo que habernos ya estudiado, y así
lo repite con otras palabras. Os recomiendo pongáis aten-
ción a esta respuesta; sabiéndola bien, entenderéis cuán
necia acusación es aquella que a veces se hace en el
mundo a la Iglesia, por lo que enseña sobre este misterio.
No es verdad que [la Iglesia nos diga que uno es tres y tres
uno. La Iglesia no nos enseña que hay un Dios en tres
110 DB LA UNIDAD (84-88)

Dioses, o que tres Dioses son un solo Dios. Nos enseña


que hay un solo Dios en tres Personas realmente distin-
tas; que estas tres Personas divinas y distintas son un
solo Dios.
84. P. ¿Qué quiere decir: Tres personas realmente distintas?
R. Q u i e r e d e c i r q u e una P e r s o n a no es otra; esto es, q u e el P a d r e
no es el H i j o , el H i j o no es el E s p í r i t u S a n t o , y el E s p í r i t u S a n t o no
es ni el P a d r e ni el H i j o .

Podéis fácilmente entender lo que nos enseña la pre-


gunta que habéis dicho. Nosotros aquí somos muchos;
somos tantas personas realmente distintas; yo no soy uno
de vosotros, ni uno de vosotros es el otro; pero cada uno
de nosotros es hombre, esto es, es una criatura humana.
Así pasa con las tres Divinas Personas: una no es la otra;
pero siendo las tres Divinas Personas tan realmente dis-
tintas que una Persona no es la otra, son, sin embargo,
un solo Dios y no tres Dioses.
Advertencia. - De muchas respuestas que siguen no
damos ninguna explicación, persuadidos, como estamos
por experiencia, que se lograría sólo confundir la mente
de los niños. Sabiendo éstos decir bien de memoria las
respuestas del Catecismo, saben todo lo que su débil in-
teligencia es capaz de entender; la única recomendación,
sobre que se debe insistir, es que estudien bien las res-
puestas siguientes, para que de este modo lleguen a sa-
ber todo lo que es necesario sobre eí misterio de la San-
tísima Trinidad.
85. P. ¿Cuál es la primera Persona de la Santísima Trinidad?
R. L a p r i m e r a persona de la Santísima T r i n i d a d es el P a d r e .

86. P. ¿Cuál es la segunda Persona de la Santísima Trinidad?


R. L a segunda P e r s o n a de la Santísima T r i n i d a d es el H i j o .

87. P. ¿Cuál es la tercera Persona de la Santísima Trinidad?


R. L a t e r c e r a persona d e la Santísima Trinidad es el Espíritu
Santo.

88. P. ¿Por qué el Padre es la primera Persona de la Santísima


Trinidad?
Y TRINIDAD DB DIOS (89-94) 111
R, El P a d r e es la primera P e r s o n a de la Santísima T r i n i d a d p o r q u e
hi* procede de otra P e r s o n a , sino que es principio de las otras dos P e r -
«OIIU»,
8 9 . P, ¿ P o r qué el Hijo es la s e g u n d a P e r s o n a de la Santísima
Trinidad?
R. El H i j o es la segunda P e r s o n a de la Santísima T r i n i d a d p o r q u e
j a engendrado del P a d r e ,

90. P. ¿ P o r qué ei Espíritu S a n t o es l a t e r c e r a P e r s o n a de la S a n -


t l d m a Trinidad?
R, El Espíritu S a n t o es la t e r c e r a P e r s o n a de la Santísima Trini-
dad p o r q u e p r o c e d e del P a d r e y del H i j o .

91. P. ¿El P a d r e es Dios?


R, S í , s e ñ o r ; el P a d r e es D i o s .

92. P. ¿El Hijo es Dios?


R. S í , s e ñ o r ; el H i j o es D i o s .

93. P. ¿El Espíritu S a n t o es Dios?


R. S í , s e ñ o r ; e! E s p í r i t u S a n t o es D i o s .

94. P. Si cada P e r s o n a es Dios, ¿luego e s t a s tres personas son


tros Dioses?
R. L a s tres P e r s o g a s de la Santísima T r i n i d a d no son tres Dioses,
sino un solo D i o s .

En las respuestas precedentes habéis aprendido que


cada una de las Divinas Personas es Dios. He aqui cómo
de esto nos certifica la Sagrada Escritura: a) El Padre es
Dios: «Cuanto a nosotros (hay) un solo Dios, el Padre de
quien todas las cosas proceden, y nosotros por El» (1). Y
«bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo» ;2¡.
/>) El Hijo es Dios: «En el principio existía el Verbo (3), y
el Verbo con Dios y el Verbo era Dios» (4). «Sabemos que
el Hijo de Dios ha venido. . Este es verdadero Dios y
vida eterna» (5). c) El Espíritu Santo es Dios: dijo San Pe-
dro a Ananías: «Ananías, ¿cómo Satanás tentó tu cora-
zón para mentir así al Espíritu Santo?... No has mentido
a los hombres, sino a Dios» (6). Y San Pablo escribía:
(1) a los Corintios, VIH, 6.—(2) 1 ."¡de San Pedro, 1, 3.—(3)Nom-
lii'i' que se da al Hijo de Dios.—(4) San Juan, 1,1.—(5) 1." de San
.liuin, V, 20.—(8l,Hechos de los Apóstoles, V, 3 y 4.
112 DE LA UNIDAD (95)

«¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu


de Dios habita en vosotros?» (1).
La Sagrada Escritura, por lo tanto, esto es, Dios mis-
mo, claramente nos enseña que cada una de las Perso-
nas de la Santísima Trinidad es Dios; sin embargo, aun-
que cada Persona es Dios, las tres Divinas Personas no
son tres Dioses, sino un solo Dios. El misterio de la San-
tísima Trinidad, esto es, la verdad qué nb podemos com-
prender, está en esto: Que cada persona es Dios, y que
siendo Dios cada Persona, las tres Personas no son tres
Dioses, sino un solo Dios. Con esto sabéis en qué consis-
te el misterio de la Santísima Trinidad.
Ocurre preguntar: ¿Cómo es posible que tres personas
sean un solo Dios y no tres dioses? El Catecismo nos
dice todo lo que podemos saber aquí en el mundo, con
la siguiente respuesta.
9 5 . P. ¿Por qué las Personas de la Santísima Trinidad son un
solo Dios?
R. L a s t r e s P e r s o n a s de la Santísima T r i n i d a d son un solo D i o s
p o r q u e cada P e r s o n a tiene la misma y única naturaleza divina.

No digo que con esta respuesta entenderéis el misterio


de la Santísima Trinidad; esto es, cómo hay tres Perso-
nas que, siendo cada una Dios, sean un solo Dios; no
digo eso; digo sólo que no podemos entender más; si lo
comprendiésemos, no sería ya misterio; Dios no fuera
Dios, porque no sería infinito, ya que lo infinito es in-
comprensible a nuestras débiles inteligencias.
Observad, además, que esta respuesta la entenderéis
un poco mejor cuando, ya mayores, sepáis qué cosa sig-
nifica naturaleza. Nosotros tenemos naturaleza humana,
esto es, lo que es propio de la naturaleza humana (cuer-
po material y alma espiritual); mas no tenemos la natu-
raleza humana; en cambio cada una de las tres Perso -
ñas tiene la naturaleza divina; esto es, todo lo que es
(1) 1. a los Corintios,
a III, 16.
T T R I N I D A D D B DIOS (96-97) 113

propio de Dios, a saber: el ser infinito, perfecto, y por


esto cada una es Dios y las tres son un solo Dios.

96. P. ¿Cuál de estas tres Personas es la mayor, la más poderosa


y la más sabia?
R. Las tres divinas P e r s o n a s son todas tres iguales, p o r q u e c o m o
tienen la misma n a t u r a l e z a d i v i n a , t i e n e n el m i s m o p o d e r , la misma s a -
b i d u r í a y la m i s m a b o n d a d .

97. P. ¿No era el Padre antes que el Hijo y el Espíritu Santo?


R. E l P a d r e n o era a n t e s q u e el H i j o o el E s p í r i t u Santo, porque
las t r e s d i v i n a s P e r s o n a s s o n i g u a l m e n t e e t e r n a s .

Con estas dos respuestas el Catecismo quiere fijar me-


j o r en nuestra mente esta verdad: aunque el Hijo sea
engendrado del Padre, aunque el Espíritu Santo proce-
da del Padre y del Hijo, sin embargo, las tres Personas
son perfectamente iguales, teniendo cada una la misma
y perfecta naturaleza divina; por esto tienen el mismo
poder, sabiduría y bondad infinitas... Además, una P e r -
sona no ha sido antes que la otra; las tres son eternas,
esto es, las tres Divinas Personas, aunque el Hijo sea en-
gendrado del Padre y el Espíritu Santo proceda del P a -
dre y del Hijo, h a n existido siempre, y por tanto son
eternas; esto queremos significar cuando decimos que
las tres Divinas Personas son en todo iguales.

Y así, y a habernos estudiado la lección más difícil del


Catecismo, aquella en que menos comprendemos. Mas si
el misterio de la Santísima Trinidad es incomprensible
para nosotros, tanto m á s lo debemos adorar y honrar.
Lo adoramos creyéndolo firmemente, porque Dios nos
lo ha revelado; podréis honrarlo con la hermosa invoca-
ción del Gloria Patri, rezada con devoción e inclinando
la cabeza en señal de respeto y cantándola con reveren-
cia después de los Salmos en las vísperas, c o m o se acos-
8
1 14 DB LA LWIUA l> (97)

tumbra en la iglesia; uso que procede ya de los tiempos


de San Dámaso, Papa, muerto en 384. Esta hermosa in-
vocación viene del tiempo de los Apóstoles. Antes del
Concilio de Nicea incluía sólo la primera parte: «Gloria
al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, en los siglos de los
siglos»; la segunda parte: «Como era en el principio,
ahora y siempre», fué añadida el año 325 por el mismo
Concilio, como acto de fe y reparación, contra las here-
jías predicadas por Arrio, y fueron colocadas después de
esta segunda parte las últimas palabras en los siglos de
los siglos, que estaban antes en la primera.
Otra manera muy fácil y fructuosa de honrar este su-
blime misterio es hacer bien la señal de la Santa Cruz,
como dijimos antes en la pregunta 64. He aquí una her-
mosísima significación de esta señal, indicada por un
gran Santo y Doctor de la Iglesia, San Francisco de Sa-
les: Llevamos, dice, la mano hacia la cabeza, diciendo:
En el nombre del Padre, para significar que el Padre es
l a primera Persona de la Santísima Trinidad, principio
y origen de las otras dos; bajamos la mano hacia el pe-
cho, diciendo: Y del Hijo, para demostrar que el Hijo
procede del Padre y fué enviado por Él aquí abajo por
nosotros; después se pasa la mano del hombro izquier-
do al derecho, diciendo: Y del Espíritu Santo, para deno-
tar que el Espíritu Santo, siendo la tercera Persona de
la Santísima Trinidad, procede del Padre y del Hijo, y es
el lazo de amor y caridad entre ambos, y que por su gra-
cia nosotros gozamos de los frutos de la Pasión del Sal-
vador (1).
También para animaros a honrar cada día más el mis
terio de la Santísima Trinidad, habéis de recordar que
todos los Sacramentos son administrados y dadas todas
las bendiciones en el nombre y con la invocación de la
Santísima Trinidad; a la hora de vuestra muerte la Igle-
sia, por medio del sacerdote, después de muchas hermo-

(1) Estandarte de la Santa Cruz, 1. 3, o. 1.


Y T R I N I D A D DB DIOS ( 9 7 ) 115

aas oraciones, dirigidas a Dios por vosotros, dirá a vues-


tra alma: «Sal, a l m a cristiana, de este mundo, en nom-
bre de Dios Padre, que te creó; en nombre de Dios Hijo,
que te redimió; en nombre de Dios Espíritu Santo, que
te santificó...» ¡Cuán suavemente sonará a vuestros oídos
esta intimación, si habéis honrado siempre a la Santísi-
ma Trinidad!; en cambio, ¡cuán tristemente, si la h u -
biereis olvidado, y peor si la hubiereis deshonrado! Pen-
sadlo bien ahora para hacer lo que entonces hubierais
querido haber hecho.

Ejemplo.—Sania Bárbara y la Santísima Trinidad.—Santa


Bárbara, para recordar y honrar siempre a la Santísima Tri-
nidad, mandó abrir una tercera ventana en su palacio, que ya
tenía dos, y murió luego mártir el año 306, invocando precisa-
mente a la Santísima Trinidad.—Vosotros también habéis de
tener alguna cosa que os recuerde el misterio de la Santísima
Trinidad y decir todos los días devotamente el Gloria Patri, sea
después del Angelus, sea en el Rosario.
CAPITULO III

DE LA ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS

La lección que ahora debemos estudiar en el Catecis


mo, es la más conmovedora de todas, pues explica lo que
hizo el Hijo de Dios por nosotros, por nuestra salvación.
Estudiémosla, no solamente por curiosidad, mas tam-
bién con devoción y sentimiento de vivísima gratitud
hacia el Señor. Mirad; si un rey hubiese dejado su tro-
no, su palacio, y hubiera venido pobremente a vuestra
casa y padecido trabajos, dolores y aun la muerte por
salvaros la vida, ¿no lo amaríais vosotros con todo el co-
razón? ¿No recordaríais con gratitud todos, aun los más
mínimos de sus actos, y especialmente sus padecimien-
tos? Pues mucho más ha hecho y padecido por nosotros
el Hijo de Dios, que bajó del cielo a nuestra mísera tie-
rra para salvarnos y darnos la vida eterna.

98. P. ¿Qué quiere decir la palabra ENCARNACIÓN?


R , La palabra ENCARNACIÓN q u i e r e decir que la s e g u n d a Persona
d e la Santísima T r i n i d a d , e s t o es, el H i j o d e D i o s , se hizo h o m b r e .

Explicando el segundo de los misterios principales


(preg. 77), os dije qué significaba la palabra Encarna-
ción; esto es, que la segunda Persona de la Santísima
Trinidad, o sea el Hijo de Dios, se hizo hombre. Si que-
réis entender mejor esta respuesta, habéis de recordar lo
que ya habéis aprendido y oísteis explicar: Que hay un
solo Dios en tres Personas realmente distintas, iguales y
DEL HIJO DE DIOS (99-100) 117

ciernas. De toda la eternidad, el Hijo es engendrado del


Padre, y de toda la eternidad, el Espiritu Santo procede
del Padre y del Hijo.
Dios (esto es, las tres Divinas Personas) creó el mundo.
Y después de muchos siglos de la creación del hombre,
el Hijo de Dios, la segunda Persona de la Santísima Tri-
nidad, vino a este mundo, se hizo hombre, se encarnó.
¿Cómo, por qué vino al mundo? ¿Qué hizo? Esto nos lo
enseña ahora el Catecismo
99. P. ¿Cómo el Hijo de Dios se hizo hombre?
R . El H i j o d e D i o s se hizo h o m b r e t o m a n d o , en las purísimas e n -
trañas d e la V i r g e n M a r í a , p o r obra del E s p í r i t u S a n t o , un c u e r p o como
el n u e s t r o y un alma como la n u e s t r a .

Aquí el Catecismo nos dice cómo el Hijo de Dios se


hizo hombre. El Evangelio nos lo recuerda. (Véase la
Anunciación de María, preg. 16.)
Para honrar este misterio la Santa Iglesia instituyó la
fiesta de la Anunciación (25 de Marzo). En esta fiesta, si
queréis agradar a Dios, comulgaréis con devoción, para
recibir a Jesucristo en vuestro pecho y tenerlo con vos-
otros, como lo tuvo consigo María. Para que recordemos
y honremos todos los días este mismo misterio, la Iglesia
nos recomienda mucho la oración del Angelus, en la
cual se menciona el gran hecho de la Encarnación y se
repite a la Virgen Nuestra Señora la salutación del An-
gel (1). Decidla siempre tres veces al día con mucha de-
voción, para dar gracias al Hijo de Dios de haberse he-
cho hombre, bajando a esta tierra hasta nosotros para
llevarnos hasta Dios en el Paraíso.

100. P. Haciéndose h o m b r e el Hijo de Dios, ¿dejó por e s t o de ser


Dios?
R. H a c i é n d o s e h o m b r e el H i j o d e D i o s no d e j ó d e ser D i o s ; mas
sin d e j a r d e serlo, comenzó a ser j u n t a m e n t e v e r d a d e r o h o m b r e .

l.° Cuando uno de nosotros comienza a ser algo

(1) Véase el Angelus con su traducción en los números 58 y 54.


118 D B LA E N C A R N A C I Ó N (100)

más de lo que era antes, ¿por ventura cesa de ser lo que


antes era? Si yo, por ejemplo, teniendo ya un título lite-
rario tomo otro, ¿por ventura ceso de ser lo que era an-
tes por el primer título? No; añado a lo que ya era una
cosa más. Así el Hijo de Dios, haciéndose hombre, no
dejó de ser Dios como era antes; quedando Dios como
era, empezó a ser también hombre, y por esto desde el
momento de la Encarnación empezó a ser, y siempre
será, Dios y Hombre al mismo tiempo.
2." El Hijo de Dios es Dios y Hombre, porque unió
íntimamente en su única Persona las dos naturalezas:
la divina y la humana; tiene en sí todo lo que es propio
de Dios y todo lo que es propio del hombre.
Nosotros, por ejemplo, en nuestra persona tenemos
unidas dos cosas de muy diversa naturaleza: el cuerpo,
de naturaleza material, y el alma, de naturaleza espiri-
tual; y de la unión de estas dos cosas de diversa natura-
leza, cuerpo y alma, resulta nuestra persona. El Hijo de
Dios tomó lo que era propio del hombre (cuerpo y alma),
unió lo que era propio de Dios (la divinidad), y así tiene
todo aquello, que es propio de Dios y todo lo que es pro-
pio del hombre; por esto, a la vez es Dios y Hombre, y
su Persona divina une en sí las dos naturalezas: divina
y humana.
3.° E n la persona de Jesucristo las dos naturalezas
están unidas en la misma persona, pero continúan sien-
do distintas entre sí.
Si, por ejemplo, se funden dos metales, cada uno cesa
de ser el metal que antes era, y resulta un metal de liga
diversa, que no es ni el uno ni el otro. En Jesús, al con-
trario, las dos naturalezas se unieron, mas no se confun-
dieron, y por esto continuaron subsistiendo unidas, pero
distintas. La unión maravillosa de estas dos naturalezas
en la única Persona del Hijo de Dios, hecho Hombre, se
llama hipostática y no la podemos comprender. De esta
unión tenemos en nosotros alguna sombra. E n nosotros
el cuerpo (naturaleza material) y el alma (naturaleza
DBL HIJO DB DIOS (100) 119

espiritual) están unidos, no confundidos, sino distintos


y formando una sola persona.
4.° Cuando nosotros hacemos alguna obra la hace-
mos, ya con el alma (pensar, querer), ya con el cuerpo
(comer o caminar). Aquello, que se hace con el cuerpo,
•e hace, sin embargo, también con el concurso del alma;
el cuerpo sin alma no puede ni caminar ni comer, por-
que estaría inerte. Lo que Jesús, única Persona y ésta di-
vina, hacía, lo hacía, ora como Dios, ora como hombre.
Como hombre comía, caminaba, sufría; como Dios obra-
ba maravillas, perdonaba los pecados. Todas sus accio-
nes, sin embargo, a causa de la unidad de persona, eran
acciones de Dios, y por esto de valor infinito.
ñ.° Jesús es verdaderamente Dios y hombre; no sólo
hombre, como claramente se veía cuando se hallaba
en este mundo, mas también Dios, como lo proclamó con
sus palabras y demostró con sus obras. En nuestros días,
quizá más por ignorancia que por otra causa, muchos
niegan o no confiesan manifiestamente la divinidad de
Jesucristo; por esto, apuntaré algunas de las pruebas
más principales de esta verdad fundamental de nuestra
santa Religión (1).
1) Fué anunciado por los profetas como Dios obrador
de prodigios.—Isaías lo anunció como Emmanuel (2), que
significa Dios con nosotros (3); el mismo profeta decía:
«Dios mismo vendrá y os salvará; entonces los ojos de
los ciegos se abrirán, quedarán expeditos los oídos de los
sordos, los cojos saltarán como ciervos y quedará suelta
la lengua de los mudos» (4). El Sabio pone estas pala-
bras en boca de los perseguidores y verdugos del Mesías:

(1) T r a t a r e m o s algo d i f u s a m e n t e (en c o m p a r a c i ó n del t a m a ñ o


do nuestro Manual) esta v e r d a d , que en n u e s t r o s días es de c a p i t a -
lísima i m p o r t a n c i a . E l c a t e q u i s t a se s e r v i r á más ó menos a m p l i a -
mente de tales explicaciones, s e g ú n las c i r c u n s t a n c i a s , edad y ca-
pacidad de los a l u m n o s . L e r e c o m e n d a m o s , n o o b s t a n t e , p r o c u r e ,
•lempre que le sea posible, i n c u l c a r esta v e r d a d .
(Si) Isaías, VII, 14; V I I I , 8.-(3) San Mateo, I , 23.—(4) Isaías, L X I , 1.
-120 DE CjA HNGAkNACIÓisr (100)

«Armemos, pues, lazos al Justo, porque 110 nos es de pro-


vecho; es contrario a nuestras obras y nos echa en cara
nuestros pecados contra la Ley...; se vanagloria de tener
la ciencia de Dios y se llama a sí mismo Hijo de Dios...
Penosa cosa es para nosotros aun su vista, porque su
vida no es como la los de otros y diversos son sus cami-
nos... Si es, pues, Hijo de Dios, éste le defenderá y lo li-
brará de las manos de sus enemigos. Probémosle con
afrentas y tormentos p a r a conocer su resignación y ver
cuál es su paciencia. Condenémosle a una muerte igno-
miniosa» (1). En estas palabras proféticas se manifiesta
que el Mesías sería llamado Hijo de Dios; que su vida
había de ser santa, afrenta de los malos, y que por esto
le habían de odiar y condenar a muerte afrentosa. ¿No
es éste, por ventura, el motivo por el cual, aun en nues-
tros días, muchos malos le odian?
2) Lo dijo el arcángel San Gabriel. (Véase pág. 60, la
Anunciación de María.)
3) Lo afirmó el Padre Eterno en el Bautismo, en la
Transfiguración del Señor y en otras circunstancias.
Ejemplos.—Bautismo de Jesús. —«Entonces llegó J e s á s de la
Galilea al J o r d á n en b u s c a de J u a n , p a r a ser por él bautizado.
J u a n , sin e m b a r g o , se r e s i s t í a , diciendo: Yo debo ser bautizado
por Ti, y ¿Tú vienes a mí? J e s ú s le respondió: Déjame hacer
a h o r a , que así conviene c u m p l a m o s toda j u s t i c i a . Entonces
condescendió J u a n . B a u t i z a d o J e s ú s , salió en seguida del a g u a ,
y he a q u í q u e se abrieron los cielos y el E s p í r i t u de Dios b a j ó
en f o r m a de p a l o m a , posóse sobre El y se oyó u n a voz del cielo,
que decía: Éste es mi Hijo m u y amado, en el cual m e he com-
placido» ( S a n Mateo, I I I , 13-17).
Transfiguración.—- « J e s ú s t o m ó consigo a P e d r o , Santiago y
J u a n , y subiendo con ellos s o b r e un alto m o n t e , se transfiguró
en su presencia. Su r o s t r o r e s p l a n d e c i ó como el sol y sus vesti-
d u r a s parecieron blancas c o m o la nieve. Al m i s m o tiempo se
m o s t r a r o n Moisés y E l i a s h a b l a n d o con E L P e d r o entonces
empezó a decir a J e s ú s : S e ñ o r , bueno es quedarnos aqui. Si

(1) Sabiduría, II, 12, 13, 15, 18-20.


D B L HIJO D E DIOS ( 1 0 0 ) 121

g u s t a s , h a r e m o s t r e s tiendas, u n a para Ti, o t r a p a r a Moisés y


otra p a r a E l i a s . M i e n t r a s él h a b l a b a , he a q u í que u n a n u b e res-
plandeciente los envolvió, y de la n u b e u n a voz dijo: Éste es
mi Hijo m u y a m a d o , en el cual m e he complacido; escuchad-
le (1). Oyendo esto, los discípulos cayeron por t i e r r a y t u v i e r o n
g r a n t e m o r . J e s ú s se llegó a ellos, los tocó y dijo: L e v a n t a o s
y no t e n g á i s miedo. A l z a n d o los ojos, no vieron a nadie, sino sólo
a J e s á s . Al b a j a r del m o n t e les ordenó el Señor: No digáis a nadie
lo que habéis visto, a n t e s que el H i j o del h o m b r e h a y a r e s u -
citado de e n t r e los muertos» (San Mateo, X V I I , 1-8).
La voz del cielo.—«Algunos g e n t i l e s , q u e h a b í a n ido a J e r u -
saléa p a r a a d o r a r a Dios en la fiesta, se a c e r c a r o n a Felipe de
B e t s a i d a en Galilea, y le hicieron e s t a s ú p l i c a : Señor, desea-
mos ver a J e s ú s . Felipe f u é y lo dijo a A n d r é s ; A n d r é s y Fe-
lipe lo d i j e r o n a J e s ú s : J e s ú s les respondió diciendo: L l e g a d a es
la h o r a , en q u e ha de ser glorificado el Hijo del h o m b r e . E n
v e r d a d , en v e r d a d os digo, si el g r a n o de t r i g o , q u e cae en
la tierra, no muere, permanece infecundo; si muere, produce m u -
cho f r a t o . El que a m a su vida la p e r d e r á , y quien odia su propia
vida en este mundo, la conserva p a r a la vida e t e r n a . Si a l g u n o
me quiere servir, sígame; donde estoy yo, allí e s t a r á mi siervo,
y a quien mo s i r v a , el P a d r e le h o n r a r á . A h o r a mi a l m a se ha
t u r b a d o . ¿Y qué diré? P a d r e , s á l v a m e de esta hora. Mas por eso,
he llegado a e s t a h o r a . P a d r e , glorifica tu nombre. Y del cielo
se oyó e s t a voz: L o b e glorificado y a y lo glorificaré de n u e v o .
L a t u r b a , que e s t a b a p r e s e n t e y h a b í a oído aquello, decía que
e r a u n t r u e n o , otros q u e un ángel le h a b í a h a b l a d o . Jesú-3 les
respondió y dijo: E s t a voz no h a venido por mí, sino por v o s -
otros» ( S a n Juan, X I I , 20-30),

4) Lo dijo San Pedro y Jesús lo confirmó.


La confesión de San Pedro,—«Jesús, llegado a l t e r r i t o r i o de

(1) BI Apóstol San Pedro recuerda en su segunda c a r t a (1, 1618)


este testimonio del P a d r e Eterno: «Por lo demás, no os hemos dado
a conocer el poder y la venida de Nuestro Señor Jesucristo, si-
guiendo fábulas ingeniosas, sino como testigos oculares de su gran-
deza. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando descen-
dió a él de la magnifica gloria esta voz: Este es mi amado Hijo, en
que me he complacido, escuchadle, nosotros oímos esta voz venida
Ael cielo estando con él en el monte santo.»
122 DHJ L.A ENCARNACIÓN (110)

Cesárea de Filipo, p r e g u n t ó a sus discípulos: ¿Quién dicen l a s


g e n t e s que es el H i j o del hombre? Ellos respondieron: U n o s di-
cen q u e J u a n B a u t i s t a ; otros que E l i a s , J e r e m í a s o alguno de
los p r o f e t a s . Di joles J e s ú s : Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Respondiendo Simón Pedro, dijo: T ú eres Cristo, el H i j o de
Dios vivo. Y J e s ú s replicó: B i e n a v e n t u r a d o eres, Simón, hijo
de J o n á , porque n i la c a r n e ni la s a n g r e t e h a revelado eso,
s i n o mi P a d r e q u e está en el cielo. Y yo te digo, que t ú eres
P e d r o , y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las p u e r t a s
del infierno n o p r e v a l e c e r á n c o n t r a ella» ( S a n Mateo, X Y I ,
13-18); p r e m i a n d o así la confesión de San P e d r o al p r o m e t e r l e
le h a b í a de c o n s t i t u i r Cabeza de la Iglesia.
Tú eres Cristo, Hijo de Dios.—Jesucristo h a b i a predicado en
C a f a r n a ú m , p r o m e t i e n d o la E u c a r i s t í a . Los judíos m u r m u r a r o n ,
p o r q u e J e s ú s h a b í a dicho q u e era «pan b a j a d o del cielo» y dis-
p u t a r o n e n t r e sí porque J e s ú s h a b í a prometido dar su propia
c a r n e en comida. J e s ú s aseguró lo que h a b í a dicho (véase el
n ú m . 279, Promesa de la Eucaristía). E n t o n c e s «muchos de s u s
discípulos volvieron a t r á s y no a n d u v i e r o n m á s con E l . P o r
esto dijo J e s ú s a los doce: ¿Queréis iros t a m b i é n vosotros?
Simón Pedro le respondió: Señor, ¿a quién iremos? T ú tienes
p a l a b r a s de v i d a e t e r n a ; y nosotros hemos creído y conocido
q u e e r a s Cristo, H i j o de Dios» {San Juan, YI, 67-69).

5) Lo afirmó Jesús.—a) 'Jesús dijo a Nicodemus: «Dios


amó tanto al mundo que le dió a su propio Hijo Unigénito,
para que quién crea en El no perezca, antes tenga la vida
eterna. Dios no envió a sn Hijo a este mundo para con-
denar al mundo, mas para que el mundo se salve por
medio de Él. Quien cree en Él no será condenado, mas
quien no cree ya está juzgado, porque no cree en el nom
bre del unigénito Hijo de Dios» (1). «El Sumo Sacerdote
le dijo: Te conjuro por Dios vivo nos digas si Tú eres
Cristo Hijo de Dios. Jesús le respondió: Tú lo has dicho;
y os digo, de aquí apoco veréis al Hijo del hombre sen-
tado a la diestra del poder del Padre, viniendo sobre las
nubes del cielo» (2). b) Llamaba a Dios su Padre. «Honro

(1) San Juan, III, lfi-18.—(2) San Mateo, XXYI, 63 y 64.


DBL HIJO DE DIOS (100) 123

a mi Padre y vosotros me deshonráis a mí» (1N; «si yo


me glorifico, mi gloria nada vale; mi Padre, es el que
me glorifica, a quien llamáis vuestro Dios» (2). c) Se
llamó enviado del Padre. Decía: «El que cree en mí n o
cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; el que me
ve, ve a aquel que me envió... yo de mí no he hablado-
el Padre que me envió, me impuso lo que he de decir y
hablar» (3); «el que recibiere al que yo envíe, me recibe a
mí, y el que me recibe a mí, recibe a aquel que me en-
vió» (4). «Las palabras que oís no son mías, sino del Pa-
dre, que me envió» (5\ «Las obras, que el Padre me ha
encargado que cumpliese, esas hago yo, testificando de
mí el Padre haberme enviado» (6). Los judíos le habían
preguntado: «¿Qué haremos para cumplir las obras de
Dios?», y respondió: «La obra de Dios es ésta, que creáis
en aquel que El envió...», y añadió: «Pan de Dios es aquel
que baja del cielo y da vida al mundo... La voluntad del
Padre que me envió es ésta, que todo aquel que conoce
al Hijo y cree en El, tenga vida eterna y yo le resucitaré
en el último día» (7). «Esta es la vida eterna, que te co-
nozcan a ti, solo verdadero Dios, y a quien enviaste, Je
sucristo» (8). d) Dijo ser una cosa con el Padre, e Hijo de
Dios. Felipe dijo un día al Señor: «Señor, rnostradnos al
Padre y eso nos basta. Jesús le repuso: ¿Tanto tiempo ha
estoy con vosotros y no me habéis tíonocido? Felipe,
quien me ve, ve también al Padre; ¿cómo dices: Mostrad
nos al Padre?... Las palabras que os hablo, no las digo de
mí; mas el Padre, que está en mí, éste hace las obras. ¿No
creéis que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Si no p o r
Otra cosa, a lo menos creedlo por las obras. En verdad, en
verdad os digo: El que cree en mí hará las obras, que yo
hago y aun mayores; porque voy al Padre; y cualquier
cosa, que pidierais al Padre en mi nombre, la hará, para

(1) San Juan, V I I I , 4 9 . - ( 2 ) Idem, 54.—(3) Idem, X I I , 44, 45, 49.—


(4) Idem, X I I I , 2 0 . - Í 5 ) Idem, X I V , 24.—(6) Idem, V, 36.—(7) Idem, V I ,
28, 29, 33, 40.—(8) Idem, X V I I , 3.
124 DE LA ENCARNACIÓN' (100)

que sea glorificado el Padre en el Hijo» (1). Dijo un día a


los judíos: «Yo y el Padre somos una cosa. Los judíos
cogieron piedras para apedrearle. Jesús les dijo: Muchas
buenas obras os he mostrado de parte de mi Padre;
¿por cuál de ellas me queréis apedrear? Le respondieron
los judíos: No te apedreamos por las buenas obras, mas
por la blasfemia y porque, siendo hombre, te haces
Dios. Repuso el Señor...: ¿Vosotros decís: Tú blasfemas,
porque dije: Soy Hijo de Dios? Si no hago las obras de
mi Padre, no me creáis; mas si las hago, si no que-
réis creerme a mí, creed a mis obras, a fin de que conoz-
cáis y creáis que el Padre está en Mí y Yo en el Pa-
dre» (2). e) Se atribuyó poderes divinos, perdonó los peca-
dos, como a la Magdalena y al publicano; prometió la
vida eterna a sus fieles siervos: «Mis ovejas oyen mi voz...
y yo les doy la vida eterna» (3). Dijo también: «Yo soy
la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque
haya muerto vivirá» (4). Al ladrón arrepentido dijo:
«Hoy estarás conmigo en el paraíso» (5).
6) Los judíos entendieron que Jesús se llamaba Hijo de
Dios, y de este delito le acusaron ante Pilatos. «Nosotros
tenemos ley, y según la ley debe morir, pues se ha hecho
Hijo de Dios» (6). Y estando en la Cruz, blasfeman de Él
diciendo: «Si eres Hijo de Dios, baja de la Cruz...; líbrele
ahora..., ya que dijo: Soy Hijo de Dios» (7). Jesucristo ha-
bía dicho tan claramente ser Hijo de Dios, y tan clara-
mente así lo había entendido la gente, que después de
la muerte de Jesús «el centurión y cuantos con él esta-
ban haciendo guardia, viendo el terremoto y lo que pa-
saba, tuvieron gran temor y decían: Verdaderamente
éste era Hijo de Dios» (8). Marta y María-vieron a Jesús
resucitar a Lázaro su hermano, después que Marta hizo
esta profesión de fe: *Yo creo que tú eres Cristo el Hijo

(1) San Juan, X I V , 8-13.—(2) Idem, X , 30-34, 36 38—(3) Idem, 27 y


28.—(4) Idem, X r , 2 5 . - ( 5 ; San Lucas, X X I I I , 43.—(6) San Juan, X I X ,
7.—(7) San Mateo, X X V I I , 40-43,—(8) Idem, 54.
D H L HIJO D E DIOS ( 1 0 0 ) 125

de Dios vivo» (1). Y San Juan, hacia el fin de su evange-


lio, dice: «Estas cosas han sido escritas para que creáis
que Jesús es Cristo Hijo de Dios, y creyendo tengáis vida
en su nombre» (2).
Jesús confirmó también con milagros, como se verá en
el número 110, la verdad de sus palabras y la divinidad
que se había atribuido.
Ejemplos.—Jesús y los discípulos de Juan Bautista.— « J u a n
B a u t i s t a , oyendo en la prisión, las obras d e Cristo, envió a dos
de sus discípulos a decirle: ¿Eres T ú el que h a de venir, o espe-
r a m o s a otro? J e s ú s les respondió: A n d a d y referid a J u a n lo
que habéis visto y oído. Los ciegos ven, los cojos a n d a n , los le-
proeos q u e d a n limpios, los sordos oyen, los m u e r t o s r e s u c i t a n ,
los pobres son evangelizados. B i e n a v e n t u r a d o el que no t o m a r e
de mí ocasión de escándalo» ( S a n Mateo, X I , 2-6).
El ciego de nacimiento.—«Jesús al p a s a r vió a u n h o m b r e ,
ciego de n a c i m i e n t o . Sus discípulos le p r e g u n t a r o n : Maestro:
¿Quién ha pecado, él o sus padres, p a r a q u e éste n a c i e r a ciego?
Respondió J e s ú s : Ni pecó él ni sus p a d r e s ; m a s p a r a que se ma-
nifiesten las obras de Dios en él. Conviene que yo h a g a las
obras de quien me envió, m i e n t r a s d u r a el día; llega después la
¿ o c h e , c u a n d o n i n g u n o puede t r a b a j a r . M i e n t r a s estoy en el
mundo, soy luz del mundo. E s t o dicho, escupió en la t i e r r a e
hizo u n poco de lodo, y aplicólo sobre los ojos del ciego, dicién-
dole: A n d a , l á v a t e en la piscina de Siloé, que significa e n v i a d o .
F u é , lavóse y volvió viendo ya.» E n t r e los judíos se a r m ó g r a n
cuestión sobre J e s ú s , que le habia devuelto la v i s t a , y después
de h a b e r p r e g u n t a d o al ciego c u r a d o , lo a r r o j a r o n ignominio-
s a m e n t e de la s i n a g o g a , porque m o s t r a b a s e n t i m i e n t o s de ve-
neración hacia aquel, q u e le h a b í a curado; e n c o n t r ó l e J e s ú s y
le dijo: «¿Crees t ú en el H i j o de Dios? E l respondió: ¿Quién es,
Señor, p a r a que yo crea en El? Y J e s ú s : L o has visto, y es
el que h a b l a contigo. E n t o n c e s exclamó el ciego: Señor, yo creo;
y lo adoró» ( S a n Juan, I X ) .
Jesús camina sobre las aguas. — «En seguida J e s ú s obligó a
sus discípulos a s u b i r a u n a b a r c a y a i r a n t e E l h a c i a la o t r a
orilla, m i e n t r a s E l despedía a la t u r b a . Despedida ésta, subió

(1) San Juan, XI, 27.—(2) Idem, XX, 81.


126 DH LA ENCARNACIÓN (100)

solo a u n m o a t e a o r a r . L l e g a d a la noche se m a n t u v o allí solo.


E n t r e t a n t o la barca, en medio del m a r , era b a t i d a por las olas,
porque el viento le era c o n t r a r i o . E n la c u a r t a vigilia de la no-
che J e s ú s f u é hacia ellos c a m i n a n d o sobre el a g u a . Los discí-
pulos, viéndole c a m i n a r sobre l a s a g u a s , espantados decían: Es
u n f a n t a s m a . Y llenos d e miedo empezaron a g r i t a r . J e s ú s al
i n s t a n t e les habló así: Cobrad á n i m o ; Yo soy; no t e m á i s . P e d r o
respondió: Señor, si eres T ú , m á n d a m e ir a Ti sobre el a g u a .
J e s ú s le dijo: Vén. Y P e d r o , s a l t a n d o de la b a r c a , c a m i n a b a
sobre las a g u a s , y e n d o h a c i a J e s ú s ; mas viendo la f u e r z a del
v i e n t o temió y comenzó a s u m e r g i r s e , y g r i t ó : Señor, s á l v a m e .
J e s ú s extendió en seguida la m a n o , lo cogió y le dijo: H o m b r e
de poca fe, ¿por qué has dudado? Y h a b i e n d o subido a la bar-
ca, cesó el viento. Los que e s t a b a n en la barca se acercaron a
331 y le adoraron, dicinndo: Verdaderamente eres Hijo de Dios•
(San Mateo, XIV, 22-33).

7) Otros testimonios. - San Juan Bautista «vió a Jesús


venir hacia él y dijo: He ahí el Cordero de Dios, he ahí
el que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien
dije: Después de mí vendrá un varón, que ha sido prefe-
rido a mí, porque era ya antes que yo. Yo no le conocía,
pero por esto he venido a bautizar con agua, para qué
Israel pueda reconocerle. Juan dió testimonio de Jesús
diciendo: He visto al Espíritu Santo bajar en forma de
paloma desde el cielo y posarse sobre Él. Yo antes no le
conocía Mas quien me envió a bautizar con agua me
dijo: Aquél sobre el cual vieres descender y posarse el Es-
píritu, es el que bautiza en el Espíritu Santo. Yo le he
visto y atestiguo que Él es el Hijo de Dios» ( R San Juan
Evangelista, casi en cada una de las páginas de sus car-
tas, recuerda que Jesús es Dios. «Lo que vimos y oímos,
anunciamos a vosotros, para que vosotros también ten-
gáis parte con Él y para que nuestra unión sea con el
Padre y con su Hijo Jesucristo» (2). «Este es su manda-
miento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucris-

(1) San Juan, I , 29-31—(2) 1.a de San Juan, I, 3 .


D E L H I J O D E DIOS ( 1 0 1 ) 127

lo» (1). «Y nosotros habernos visto y atestiguamos que el


Padre envió a su Hijo como Salvador del mundo. Quien
confesare que Jesús es Hijo de Dios, Dios habitará en él
y él en Dios» (2'. Y se pregunta: «¿Quién es el que vence
al mundo, sino aquel que cree que Jesús es Hijo de
Dios?» (3). Le llama Dios implícitamente San Pedro, pre-
dicando de Jesús: «No hay salvación sino en Él; pues
que no hay bajo el cielo otro nombre dado a los h o m -
bres por el cual podamos ser salvos» (4). San Pablo, ape-
nas convertido, «inmediatamente predicaba de Jesús en
las sinagogas, ser Hijo de Dios » (5 ; y después escribe de
Jesús «que subsistiendo en forma de Dios (esto es, verda-
dero Dios igual al Padre), no creyó era por usurpación
ser igual a Dios... de modo que al nombre de Jesús se
doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infier-
no» (6). (Véase el ejemplo del bautismo del siervo de la
reina de Etiopía, en el núm. 252.)
8) Otras pruebas.—Según las circunstancias, podrá el
catequista indicar algunas otras pruebas: a) La doctrina
de Jesús, del todo celestial, divina y adquirida sin estu-
dio humano: b) La fundación de la Iglesia por medios
desproporcionados, sirviéndose de doce pobres e igno-
rantes para mudar la faz de la tierra; c) Las predicciones
hechas por Jesús, enteramente verificadas; d) El conoci-
miento y revelación de los pensamientos de otro (véase la
preg. 9); ej El amor que se ha conquistado durante cerca
de dos mil años. Han existido tantas almas amantes de
Jesús, dispuestas a sacrificar mil veces la vida antes que
perder su amor; f ) La práctica de la virtud de la pureza
en el cristianismo y sólo en él.

101. P. ¿Cómo se llama el Hijo de Dios hecho hombre?


R. El H i j o d e D i o s h e c h o h o m b r e se llama J e s u c r i s t o .

(1) Idem, I I I , 23.—(2) San Juan, I V , 14 y 1 5 . - ( 3 ) Idem, V, 5 , 1 0 , 20.


(é) Hechos de los Apóstoler, I V , 12.—(5) Idem, I X , 20.—(6; A los Fili-
pemes, I I , 6-10.
128 l>e l a e n c a r n a c i ó n (102-103)

Véase la explicación en la pág. 61.

102. P. ¿Ha existido siempre Jesucristo?


R . J e s u c r i s t o como D i o s ha e x i s t i d o s i e m p r e ; como h o m b r e , co-
m e n z ó a e x i s t i r d e s d e el m o m e n t o d e la E n c a r n a c i ó n .

Acordaos de lo que ya os he dicho varias veces. Las


tres Personas de la Santísima Trinidad son iguales y
eternas; esto es, han existido siempre. El Hijo de Dios,
como segunda Persona de la Santísima Trinidad, siem
pre ha existido, es eterno; como hombre, empezó a ser
en el momento de la Encarnación, esto es; hace ya más
de 1910 años.
Por tanto, Jesucristo, como Dios, es eterno; en cam-
bio, como hombre, tuvo principio cuando se encarnó.

103. P. ¿Quién es el Padre de Jesucristo?


R . El P a d r e de J e s u c r i s t o es sólo el e t e r n o P a d r e , p o r q u e el
mismo H i j o d e D i o s , e n g e n d r a d o en ia naturaleza divina d e la p r i m e r a
P e r s o n a d e la S a n t í s i m a ^ T r i n i d a d , f u é e n g e n d r a d o en la naturaleza h u -
mana d e Santa M a r í a V i r g e n , p o r o b r a del E s p í r i t u S a n t o .

l.° El Catecismo en esta respuesta nos propone una


verdad, que merece toda nuestra atención, pues es el fun-
damento de nuestra fe. El Hijo de Dios, como Dios, es
eterno como el Padre, esto es, como la primera Persona
de la Santísima Trinidad de quien es engendrado, pero
no tiene madre, esto es: su naturaleza divina es engendra-
da sólo del Eterno Padre. En cambio, como hombre no
tuvo padre en este mundo, como tenemos nosotros. Como
hombre solamente tuvo madre, la Santísima Virgen, esto
es: fué engendrado de la Virgen Santísima, por obra, no
de hombre, sino del Espíritu Santo.
Aunque Jesucristo, como hombre, no tuvo padre te-
rreno, como tenemos nosotros, sin embargo, el Eterno
Padre, verdadero Padre de Jesús como Dios, es verdade-
ro Padre también de Jesús como hombre; porque Jesu-
cristo no es otra persona que el Hijo de Dios hecho hom -
bre; es el Hijo de Dios, que en su única Persona divina
D B L HIJO D E DIOS ( 1 0 3 ) 129

unió con la naturaleza divina la humana. Aquí veis que


María Santísima fué verdadera Madre de Jesucristo, pero
San José no fué su padre.
2." San José, esposo de María, no fué padre terreno de
Jesús; fué solamente su custodio y padre putativo; esto
es, padre según creían los hombres. La gente que igno-
raba lo que eran José y María, creían a San José padre
de Jesús; pero no era así: solamente le servía de padre,
como entre nosotros el tutor de un niño.
Sin embargo, la dignidad de San José es grandísima.
Del cielo tuvo por misión el ser ayo de Jesús, con el cual
cumplió los deberes de padre, como los de esposo con
relación a María Santísima. En esta tierra vivió y traba-
jó con Jesús, lo libró de la persecución de Herodes y le
procuró cuanto necesitaba para la vida. Debemos, por lo
tanto, honrarle en gran manera y confiar en su protec-
ción (1). La Iglesia le ha declarado su especial Pa-
trono.
3.° María, Madre de Jesús como hombre, merece el
título de Madre de Dios. En efecto, Jesucristo es verda-
dero hombre y verdadero Dios, es el Hijo de Dios hecho
hombre, la segunda Persona de la Santísima Trinidad,
que tomó nuestra carne, el Hijo del Eterno Padre, que
es a un tiempo Hijo de María. En el Hijo de Dios hecho

(1) Qerson (f 1429), hombre piadoso y doctísimo, g r a n canciller


de la Universidad de P a r í s , tenía u n a singular devoción a San José.
Apenas aprendió a h a b l a r y escribir, le consagró su palabra y su
pluma. Compuso su vida en verso y u n oficio en su honor. La misma
devoción p r o c u r a b a i n s p i r a r t a m b i é n a los demás con sus prediea-
•lones, panegíricos y cartas; asociando de esta m a n e r a a muchos
príncipes y hombres doctos al culto de San José.
Santa Teresa escogió a San José, como protector principal de su
Orden. H e aquí cómo habla en el capítulo sexto de su vida: «Tomé
por abogado y señor al glorioso San Josef y encomendóme mucho a
41; no me acuerdo h a s t a ora haberle suplicado cosa, que la h a y a
dijado de hacer no he conocido persona, que de veras le sea de-
vota y h a g a particulares servicios, que no la vea más aprovechada
BU la virtud.»
9
180 D E LA ENCARNACIÓN ( 1 0 3 )

hombre hay una sola la Persona, la Persona divina, que


une en sí las dos naturalezas, divina y humana, y a esta
Persona divina, que une en sí esas dos naturalezas, co-
rresponden los atributos de una y otra; por esto, hablan-
do de Jesús, no podemos ^decir que es solamente Dios
o sólo hombre, sino Dios y Hombre, como hablando del
hombre o diciendo hombre no debemos entender sola-
mente el cuerpo (la substancia material), ni solamente el
alma (la substancia espiritual), sino la persona entera,
compuesta de cuerpo y alma, unidos entre si; que a pe-
sar de ser naturaleza tan diversa, terrena y corporal el
uno, espiritual y angélica la otra, constituyen una sola
persona. Ahora bien, Jesús nació de María; ella es Ma-
dre de Jesús, y, por lo tanto, verdadera Madre de Dios.
De esta verdad podemos formarnos una idea por la
siguiente comparación. Si uno de vosotros, por ejemplo,
llegase a ser rey, su madre, ¿sería madre de un rey*? Claro
que sí, aunque cuando empezó a ser madre lo fuese sola-
mente de un niño. En nuestro caso, cuando María em-
pezó a ser Madre de Jesús, éste era Dios y hombre a la
vez; porque no hubo un instante siquiera en que Jesús
fuese solamente hombre; por esto María, verdadera Ma
are de Jesús, es también verdadera Madre de Dios, por-
que Jesús, su Hijo, es verdadero Dios.
Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre: el Hombre
Dios; por esto los pasos todos del Evangelio, que nos ha-
blan de Jesús Dios, nos dicen del mismo modo que Ma
ría es Madre de Dios.
Madre de Dios. Este es el título más hermoso y hono
rífico que podemos tributar a María. Por esta prerroga-
tiva la Virgen fué ensalzada sobre todas las criaturas, y
en consecuencia, es la criatura más excelsa que puede
existir,
Fruto. — La oración del Santa María la habéis de rezar
especialmente pidiendo la gracia de la pureza de mente,
de corazón y de cuerpo, grande amor a Jesús y, final-
mente, una buena muerte.
D E L H I J O DJS D I O S (103) 131

Ejemplos, -María Madre de Dios.— E l h e r e j e Nestorio f u é el


|il'lmoro en n e g a r a M a r í a la dignidad de M a d r e de Dios. Los
urUtinnos de aquel tiempo quedaron e s p a n t a d o s a l oirlo. L a
i|(luHÍa se r e u n i ó en Concilio en la ciudad de Efeso el año 431,
Allí ponderó y e x a m i n ó todas las razones del hereje; opuso a sus
afirmaciones la S a g r a d a E s c r i t u r a ; demostró que a M a r í a com-
|inko oon p e r f e c t o derecho el t í t u l o de M a d r e de Dios; y en con-
Muuencia, condenó a Nestorio y a sus secuaces. Los cristianos
(litaban t a n v i v a m e n t e convencidos de e s t a v e r d a d y esperaban
uon tal ansia su definición, que habiéndose prolongado la sesión
flOuciiiar. h a s t a m u y t a r d e , no se a l e j a r o n de la plaza d e l a n t e
do la iglesia en que se t e n í a el Concilio, a g u a r d a n d o la defini-
ción, que recibieron con g r a n d e alegría al g r i t o de Viva María
Madre de Dios-, y después, con a n t o r c h a s y a c l a m a n d o siempre
H, la Madre de Dios, a c o m p a ñ a r o n a los P a d r e s a s u s m o r a d a s ,
—Decid vosotros d e v o t a m e n t e el Santa María, reconociendo y
venerando a N u e s t r a Señora como v e r d a d e r a M a d r e de Dios,
para que r u e g u e por vosotros a h o r a y en la h o r a de v u e s t r a
m u e r t e . Cuán bello y precioso es m o r i r asistidos por M a r í a . Si
queréis, podéis gozar de t a n inmenso f a v o r ; merecedlo h o n r á n -
dola e invocándola d e v o t a m e n t e .
María proclamada Madre de Dios por Santa Isabel.—«En
aquellos días M a r í a salió y se dirigió con g r a n d e presteza a l a s
m o n t a ñ a s y ciudad de J u d á . E n t r ó en c a s a de Z a c a r í a s y salu-
dó a Isabel. Aconteció que ésta, al oír la s a l u t a c i ó n d e M a r í a ,
•intió al niño dar saltos de placer en su seno. Isabel f u é l l e n a
del E s p í r i t u S a n t o y exclamó en a l t a voz diciendo: B e n d i t a t ú
e n t r e las m u j e r e s y bendito el f r u t o de t u v i e n t r e . Y ¿de
dónde a mí que la M a d r e de mi Señor v e n g a a mí? He a q u í ,
que apenas sonó en mis oídos t u salutación, el n i ñ o , que está
en mi seno, dió saltos de júbilo. B i e n a v e n t u r a d a t ú q u e h a s
oreído, porque se c u m p l i r á n las cosas a n u n c i a d a s a ti de p a r t e
del Señor. Y M a r í a dijo: Mi alma engrandece al Señor y mi es-
píritu se regocija en Dios mi Salvador, porque miró la peque-
ñez de su esclava; he aquí que desde ahora me llamarán bien-
aventurada todas las generaciones;porque grandes cosas hizo en
mi el que es Todopoderoso y santo su nombre, y su misericordia
de generación en generación con aquellos que le temen. Hizo
alarde de la fuerza de su brazo, deshizo las miras del corazón
de los soberbios, derribó al poderoso de su trono y tlevó a los
13-2 D B LA ENCARNACIÓN (104-107)

humildes. Llenó de bienes a los hambrientos y a los ricos dejó


vacíos. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de su misericor-
dia, como lo dijo a nuestro padre Abraham y a sus descendien-
tes por todos los siglos. Y María se entretuvo con Isabel cerca
de tres meses, y tornó a su casa> (San Lucas, I, 39-56).
104. P. ¿Para qué se hizo hombre el Hijo de Dios?
R. El Hijo de Dios se hizo hombre para salvarnos.

Cuán fácil es responder a esta pregunta; mas, cuánto


debemos aprender, para entender bien la respuesta. Sí;
el Hijo de Dios se hizo hombre, precisamente para sal-
varnos (véanse los núms. 19 y 20). Mas, ¿por qué era ne-
cesario que se hiciera hombre para salvarnos? ¿Quién y
cómo nos habia perdido? ¡Qué preguntas éstas tan se-
rias e importantes! A todas esas cuestiones sabréis res-
ponder muy bien, si aprendéis y entendéis las siguientes
respuestas.
105. P. ¿No podíamos salvarnos por nosotros mismos sin que el
Hijo de Dios se hiciese hombre?
R. Si el Hijo de Dios no se hiciera hombre, nosotros no podíamos
salvarnos por nosotros mismos, pues por el pecado de nuestro primer
padre Adán éramos esclavos del demonio y desterrados para siempre
de la gloria.

106. P. ¿Cuál fué el pecado de Adán?


R. El pecado de Adán fué pecado de soberbia y de grave desobe-
diencia.

107. P. ¿Qué daños nos acarreó el pecado de Adán?


R. El pecado de Adán nos acarreó la privación de la gracia de
Dios, la ignorancia, la propensión al mal, la muerte y todas las demás
miserias.

El Catecismo aquí nos asegura que teníamos necesi-


dad de ser salvos, a causa de un pecado de Adán; que
este pecado fué gravísimo y que nos había causado gran-
des males.
l.° Dios había creado a Adán no sólo en el estado de
felicidad natural, dotándole de lo que es propio de la na-
turaleza humana, cuerpo y alma; lo había elevado al es-
DBL HIJO DB DIOS (107) 183

lado sobrenatural, destinándolo a la felicidad del cielo.


Por esto poseía perfecta la gracia santificante, que lo
hncln amado de Dios, teniendo dominio absoluto sobre
MU concupiscencia, que de ningún modo podía rebelarse
contra la razón; no estaba sujeto al dolor, a la fatiga, a
lu muerte ni a los males; poseía una altísima ciencia, do-
minaba a todas las cosas visibles. Todos sus hijos de-
bían ser como él, dichosos en este mundo y felices des-
plata en el cielo. Pero el pecado lo trastornó todo; cerró
•1 paraíso, abrió el infierno, hizo al demonio poderoso
Gontra el hombre, causó todos los males, que han inun-
dado la tierra. Por esto, ningún hombre podía en ade-
lante ir al cielo, si el Hijo de Dios no se hubiera hecho
hombre para salvarnos; y facilísimamente, cediendo a
Ibh tentaciones del demonio, casi todos se hubieran con-
denado. ¡Cuán enorme debió ser, pues, el pecado de Adán
y Kva!
2." Sí, fué un gravísimo pecado. Dios crió a Adán y
lo puso en el paraíso terrestre diciéndole: Come de todos
los frutos del paraíso, «mas del fruto del árbol de la cien-
Oln del bien y del mal no has de comer, pues en el día
que comieres, irremisiblemente morirás». Este precepto
«ra grave, encerraba toda la sumisión de Adán a Dios:
llimisión de entendimiento, que creía a Dios; de volun-
tad, a quien debía obedecer, a quien debía reconocer
como a Criador y Señor. Creer y obedecer (precisamen-
te como ahora debemos hacer nosotros, ya que la reli-
gión, en substancia, se compendía en creer las verdades
reveladas por Dios y observar los mandamientos que
1)01 ha impuesto) compendiaban y mostraban la sumi-
llrin que Adán debía a Dios. En cambio, como ya he in-
dicado, Adán y Eva no obedecieron, traspasaron el divi-
80 precepto. El demonio, lleno de envidia, se valió de la
Mrpieníe para tentar a Eva y le dijo: ¿Por qué no coméis
de la fruta de este árbol? Ella respondió: Dios nos lo ha
prohibido, y si comiéremos, moriremos. No, repuso la
•erplente, no moriréis, antes seréis semejantes a Dios,
134 DE LA ENCARNACIÓN (107)

conocedores del bien y del mal. Eva, engañada con es-


tas palabras, cogió la fruta y comió, y después la alargó
a su marido que comió también.
El pecado de Adán y Eva fué, por lo tanto, de desobe-
diencia a Dios en un precepto grave; desobediencia, que
llevaba consigo el negar la dependencia y sumisión que
debían a Dios; de soberbia, porque aspiraron a ser como
Dios; de infidelidad, porque no creyeron a Dios, sino al
demonio; de gula, porque Eva cogió el fruto viéndolo
hermoso y juzgándolo gustoso al paladar. Todo esto es-
taba agravado por el conocimiento perfecto que tenían
de Dios, por la familiaridad con que Dios les favorecía,
pues bajaba visiblemente al paraíso terrenal y se entre-
tenía con ellos familiarmente.
3.° Pero ¿por qué aquel pecado nos hizo a nosotros
daño? ¿Qué culpa tenemos de eso? ¿Por qué debemos
sufrir la pena?
Poned atención, para entender bien lo que os digo: La
pena, esto es, el castigo del pecado, debe llevarla aquel
que le hace y no otro. Por esto del pecado de Adán nin-
guno tuvo propiamente que sufrir la pena sino él.
Mas, la culpa de uno puede causar daño a otros, y eí
Catecismo nos habla de los daños causados por el peca-
do de Adán. Asi un padre, que tuviera un patrimonio,
con el cual hubieran quedado ricos sus hijos y nietos,
disipándolo les causa daño. Si por parte del padre hubo
culpa, la pena será suya; mas el patrimonio quedará di-
sipado y el daño redundará en los hijos. Esto precisa-
mente sucedió con el pecado de Adán. Adán tenía dos
grandes patrimonios, que debía transmitir a sus descen-
dientes; uno sobrenatural: la gracia santificante, el de-
recho al paraíso, etc.; otro ultranatural: la exención de
ios males, de la muerte, etc. Si él los conservaba, los
transmitía a sus hijos; mas con el pecado los disipó; y
así no los pudo transmitir a sus descendientes. De este
modo nos causó tan gran daño; gastó por el pecado lo
que debía dejar como herencia, a saber: los dones sobre-
D E L H I J O DE DIOS (107) 135
nalurales que Dios le había conferido, y los otros que
Dios había añadido a la naturaleza humana para per-
feccionarla. La culpa fué suya; la pena le tocaba a él
noto; mas el daño redundó también en nosotros.
listo lo comprenderéis mejor con esta parábola o com
pnroción. Un rey eleva a un pobre súbdito suyo a la dig-
nidad de ministro, le confiere un título de nobleza, al
Olinl van anejas grandes riquezas. El ministro se muestra
lullel y rebelde. El rey le priva por eso del título y délas
riquezas que lleva consigo y lo destierra de la corte. La
culpa es del ministro; él solo merece la pena por su re
belión, mas los hijos sufrirán el daño, cayendo en la mi-
nería y no heredando más que esta misma miseria.
4." Suponed ahora que el hijo del rey, movido a com-
pasión de su ministro, lleva a cabo grandes cosas para
alcanzar méritos ante el rey, su padre. Ofrece después
estos méritos para proporcionar a los hijos del ministro
modo de volver, si quieren, a la gracia del rey y reco-
brar, con sus merecimientos, dignidades y riquezas.
|Cuán digno"de admiración y amor sería! Esto precisa •
mente hizo el Hijo de Dios. Supuesto el decreto divino
de no admitir sino una satisfacción cumplida, ninguno
podía reparar los daños causados por el pecado de Adán;
para repararlos era preciso satisfacer por el pecado.
Ahora bien, ningún hombre, ni todos ios hombres jun-
tos, podían hacer eso. El Hijo de Dios vino a este mun-
do, se hizo hombre, adquirió méritos sin fin, que pone
n nuestra disposición para que podamos volver a la
gracia de Dios, recobrar el título de hijos de Dios, e ir
un dia al cielo. ¡Cuán bueno se mostró con nosotros el
Hijo de Dios!¡Cómo merece que nosotros, reconocidos, le
limemos! Sin su generosa bondad no hubiéramos jamás
podido esperar ir al cielo; en cambio, con su gracia,
ahora podemos ir.
ñ.° Por esto el primero y más grave daño que nos
hizo el pecado de Adán, es el habernos causado la priva-
ción de la gracia de Dios (en esta privación, voluntaria en
136 DE LA ENCARNACIÓN (108)

Adán, consiste precisamente el pecado original) y de


todos los demás bienes que acompañaban a esa gracia,
como lá facilidad de aprender cualquier verdad natural
y sobrenatural, el dominio de la razón sobre los senti-
dos, la exención de la muerte y del dolor, y con esto nos
causó la ignorancia, la inclinación al mal, la muerte y
todas las demás miserias que acompañan la vida humana.
(Más claramente diremos en el número 217 cómo del
pecado de Adán se siguió en nosotros el pecado original.)
Fruto.—Lomismo que Dios hizo con Adán lo repite con
nosotros ahora: nos permite muchas cosas, nos prohibe
otras, como robar, desobedecer, etc. El demonio, ora por
medio de malos compañeros, ora de malos deseos, nos
sugiere que desobedezcamos a Dios. ¿Imitaréis vosotros
a Adán?... ¿Diréis aún que el pecado es de poca monta?..
Adán no murió en seguida; lo mismo el que peca, no cae
en seguida en el infierno, mas ¡cuánto es de temer que...!
108. P. ¿Dónde nació Jesucristo?
R. Jesucristo nació en un establo de Belén y fué puesto en un
pesebre.

El misterio de la Encarnación se verificó en Nazaret


(véase pág. 60), donde María recibió la embajada del An-
gel. Ahora bien, ¿por qué nació Jesús en Belén? Así lo
dispuso Dios en cumplimiento de la profecía de Micheas,
que había dicho: «Tú, Belén de Efraín, eres pequeña en
comparación de las capitales de Judá; mas de ti saldrá
el que ha de ser dominador de Israel, y su generación es
desde el principio, desde los días de la eternidad» (1).
Nacido en Belén, se manifestó por medio de los ángeles
a los representantes del pueblo fiel, unos pobres pasto-
res, y a los representantes del pueblo pagano, unos Ma-
gos muy ricos, mostrando así que había venido para sal
var a todos los pueblos, hebreos y gentiles, a todos los
hombres, ricos y pobres.
(1) Miqueas, V, 2.
DHL H I J O DE DIOS ( 1 0 8 ) 137

Ejemplos .—Nacimiento de Jesús.—* Por aquellos días salió un


decreto de César Augusto para hacer el censo de todo su impe-
rio... Iban todos a empadronarse cada cual a la ciudad de su
estirpe. También José fué de Nazaret de Galilea a la ciudad
de David, llamada Belén, en Judea, por ser de la tribu y fami-
lia de David, a; dar su nonjbre junto con María, su esposa, que
estaba encinta. Y sucedió que hallándose allí, se cumplieron
los días del parto y dió a luz a su hijo primogénito (1), lo en-
volvió en pañales y lo puso en el pesebre, porque no había lu-
gar para ellos en la posada» (San Lucas, II, 1-7).
Adoración de los pastores. —«Unos pastores en aquellos con-
tornos estaban velando sobre su rebaño aquella noche. Y he
aquí, que se les apareció un ángel del Señor, cercóles con su
esplendor una luz divina y quedaron llenos de espanto. El án-
gel les dijo: No temáis. He aquí, que os anuncio una nueva de
grande alegría para todo el pueblo. Que hoy os ha nacido el
Salvador, que es Cristo, Señor Nuestro, en la ciudad de Belén.
Esto os servirá de señal: hallaréis al Niño envuelto en pañales
y recostado en un pesebre. Al punto mismo se juntó al ángel
un numeroso ejército de la milicia celestial, que alababa a Dios,
diciendo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los
hombres de buena voluntad. Luego que los ángeles volvieron
al cielo, los pastores se decían entre sí: Vayamos a Belén a vel-
lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado. Fueron de
prisa y encontraron a María, a José y al Niño, reclinado en el
pesebre. Y viéndole, creyeron cuanto les había sido dicho de
aquel Niño; y todos los que oyeron el suceso quedaron maravi-
llados, lo mismo que de las cosas referidas por los pastores;
María conservaba todas estas cosas, ponderándolas en su cora-
zón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios
por todo lo que habían visto y oído, según se les había anuncia-
do» (2).—Después del pecado el hombre tuvo siempre temor a
Dios, como Adán, que huía de Dios. Nosotros ahora, viéndolo
así, hecho niño, no tenemos ya ningún temor; viéndolo en

(1) Primogénito (en hebreo becor) se llamaba el primer niño,


aunque fuera único, como en nuestro caso; atendiendo al que en-
gendraba y no a los demás hermanos; esto a causa de la ley, que
mandaba rescatar al primero.
(2) San Lucas, II, 8-20.
138 DB L.A ENCARNACIÓN (108)

e s t a a m a b l e figura, n u e s t r o corazón se a b r e al a m o r ; y así n o s


s e n t i m o s con á n i m o p a r a acercarnos a El con e n t e r a confianza
y sin t e m o r a l g u n o . Dios se h a h e c h q n i ñ o p a r a a t r a e r n o s ha-
cia su corazón. A m a d , pues, m u c h o a J e s ú s , y p r e p a r a d bien
v u e s t r o corazón p a r a q u e p u e d a e n t r a r en él gustoso por la co-
munión.
En Belén.—«Buscaba yo el sitio donde h a b í a nacido Jest'is.
Descendí en c o m p a ñ í a de algunos P a d r e s , p a s a n d o del conven-
to por la a m p l i a y a n t i g u a basílica, que aquella noche no pude
a d m i r a r . B a j é y m e postré d e l a n t e de a q u e l l a estrella de plata,
o sea u n círculo de p l a t a con rayos, fijo en un trozo de jaspe,
e n c l a v a d o en el suelo de m á r m o l del ábside de u n a l t a r ; alrede-
dor del círculo o estrella, se leía: Bic de Virgine María Jesús
Christus natus est- Aquí nació J e s u c r i s t o d© M a r í a V i r g e n . L a
l e n g u a no puede a r t i c u l a r p a l a b r a , p o r q u e el c o r a z ó n quiere
l l o r a r . Beso a q u e l l a estrella y me espanto de mi i n d i g n i d a d ; la
beso; y el pesebre, ¿dónde está?, p r e g u n t é después de a l g ú n
t i e m p o . Me f u é indicado el l u g a r y lo v i en o t r a p a r t e d e n t r o
de la m i s m a g r u t a , adonde b a j é por dos escalones. D e l a n t e del
pesebre me postró, a n i m á n d o m e a besar aquella p i e d r a . Pero
¿cómo os hablaré de esta cueva del Salvador? Diré con San Je-
r ó n i m o , que vivió allí t a n t o s años: Del pesebre en que lloró el
Divino Infante, no se debe hablar con palabras, sino honrarlo
con el silencio. E n aquel completo silencio parecíame oír los
c a n t o s de los á n g e l e s y el anuncio de paz; a l r e s p l a n d o r de l a s
l á m p a r a s creía ver a J e s ú s Niño, a la Virgen su Madre, al
c a s t í s i m o José, a los pastores y a los Magos. L a luz q u e b a j a -
ba del cielo los condujo h a s t a allí, y la luz de la fe, h i j a ra-
d i a n t e del cielo, nos h a b í a a c o m p a ñ a d o t a m b i é n a n o s o t r o s .
Aquí se verificó, p e n s a b a d e n t r o de mí, lo q u e dijo el p r o f e t a :
Un Niño nos ha nacido, nos ha sido dado un Rijo-.. Tendrá
por nombre... Dios, Padre del siglo futuro, príncipe de lapas.
E r a aquella ocasión de a d o r a r p r o f u n d a m e n t e , de o r a r y l l o r a r
con indecible consuelo, que a u m e n t ó m u c h o a la media noche,
cuando me dirigí al p r ó x i m o a l t a r llamado de los Magos, que
e s t á e n f r e n t e del pesebre, p a r a p r e p a r a r m e a decir la Misa.
¡Oh! qué s a n t a m i s a de m e d i a noche, c e l e b r a d a allí donde na-
ció el Salvador. ¡Qué dulce recuerdo! L a s veces que el Señor
quiera celebre las fiestas de N a v i d a d , en aquel día, en aquella
noche, v o l a r á m á s vivo m i p e n s a m i e n t o a la g r u t a de Belén,
DBL HIJO DE DIOS (108) 139

para suplicar a Jesús me haga; digno de a m a r l e y me ayude


ei cumplir las promesas hechas ante aquel pesebre, desde el
cual, como en sublime cátedra, el Divino Maestro, aunque
niño, nos enseñó a padecer y amar» (El Gard. lerrari).
La misa de media noche, - San Francisco de Asís tenía gran
devoción al misterio del Nacimiento del Salvador. Levantá-
base f r e c u e n t e m e n t e a media noche para adorar a Jepús en la
hora, en que se mostró por primera vez al mundo. Luego, quiso
hacer aún más. Pidió y obtuvo del P a p a Honorio I I I permiso
para f o r m a r un nacimiento y hacer c a n t a r la misa en la media
noche de Navidad, y esto en medio de un bosque próximo al
monasterio de Greccio. Formó u n a especie de cueva o establo,
con piedras, musgo y r á m a s de árboles. Puso allí un pesebre,
llevando también un buey y un asno. Acomodado el nacimien-
to, levantó el a l t a r para la celebración de la misa. U n a inmen-
sa m u l t i t u d de gente acudió a aquella fiesta, iluminando el bos-
que con hachas y haciendo resonar sus cánticos en aquella apa-
cible soledad.
Infancia de Jesús.—Circuncisión de Jesús.—«Pasados ocho
días, para lá circuncisión del Niño, le fué impuesto el nombre
de Jesús, como h a b í a sido llamado por el ángel antes de su
concepción» ( S a n Lucas, II, 21).
Los Magos.—«Habiendo, pues, nacido Jesús en Belén de J u d á ,
reinando Herodes, he aquí que unos Magos de Oriente llegaron
a Jerusalén, diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos, que h a
nacido? Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorar-
le. Oyendo esto el rey Herodes, se turbó y toda Jerusalén con
él. Reunidos los Príncipes de los Sacerdotes y los escribas del
pueblo les preguntó Herodes dónde había de nacer Cristo. Ellos
respondieron: En Belén de J u d á , que así está escrito por el Pro-
feta: Y tú, Belén, t i e r r a de J u d á , no eres la menor entre las
principales ciudades de J u d á , porque de t i nacerá el J e f e , que
ha de regir mi pueblo de Israel. Entonces Herodes, llamando
en secreto a los Magos, se informó minuciosamente de ellos so-
bre el tiempo de la aparición de la estrella. Enviólos a Belén,
diciendo: Id, informaos con diligencia de ese Niño, y cuando
lo hubiereis encontrado, avisádmelo, para que yo vaya también,
a adorarle. Luego que oyeron esto al rey, se partieron, y he
aquí que la estrella que habían visto en Oriente les precedía,
hasta que llegando al lugar, en que estaba el Niño, se detuvo.
140 DE LA ENCARNACIÓN (108)

Viendo la estrella, se a l e g r a r o n en e x t r e m o , y e n t r a n d o en la
casa, e n c o n t r a r o n al Niño con María, su M a d r e , y p o s t r á n d o s e ,
le a d o r a r o n , y abiertos s u s tesoros le ofrecieron oro, incienso y
m i r r a . Avisados en sueños de n o volver a Herodes, r e g r e s a r o n
a su país por o t r o camino» ( S a n Mateo, II, 1-12),
Presentación de Jesús en el templo (véase de la Oración, n ú -
m e r o 161, Cuarto Misterio gozoso).
Huida a Egipto.—«Luego q u e p a r t i e r o n los Magos, un á n g e l
del Señor apareció en sueños a J o s é y le dijo: L e v á n t a t e ; t o m a
al Niño y a su Madre y h u y e a Egipto, y p e r m a n e c e allí h a s t a
que yo t e avise; porque H e r o d e s h a de buscar al Niño p a r a ma-
t a r l o . L e v a n t á n d o s e J o s é , t o m ó de noche al Niño y a la M a d r e
y se r e t i r ó a Egipto; p e r m a n e c i e n d o allí h a s t a la m u e r t e de
Herodes; de s u e r t e que se cumplió lo que h a b í a sido dicho por
medio del P r o f e t a : De Egipto llamé a mi Hijo» (San Mateo,
I I , 13-15).
Matanza de los Inocentes.—«Entretanto, Herodes, viéndose
b u r l a d o por los Magos, se e n f u r e c i ó g r a n d e m e n t e y m a n d ó m a -
t a r a todos los niños que h a b í a en Belén y en toda su comarca,
de dos años p a r a a b a j o , según el tiempo que le h a b í a sido in-
dicado por los Magos. E n t o n c e s se cumplió lo que predijo el
P r o f e t a J e r e m í a s : Una voz se oyó en Rama; grandes llantos y
alaridos-, Raquel Uora a sus hijos y no quiere consolarse, por-
que ya no existem (San Mateo, II, 16-18). R a q u e l e s t a b a sepul-
t a d a j u n t o a Belén, donde a u n hoy día se ve su grandioso mau-
soleo.
Vuelta de Egipto.—«Muerto Herodes, he a q u í que el á n g e l
del Señor se apareció e n sueños a J o s é en E g i p t o y le dijo:
L e v á n t a t e ; t o m a al Niño y a la Madre y ve a la t i e r r a de Is-
r a e l , pues y a h a n m u e r t o los que a t e n t a b a n c o n t r a la v i d a del
Niño. J o s é , l e v a n t á n d o s e , t o m ó a l Niño y a la M a d r e y volvió a
la t i e r r a de Israel. Mas habiendo oído que r e i n a b a Arquelao (1)
en vez de Herodes, su p a d r e , t e m i ó ir a l l á , y avisado en sueños,
se r e t i r ó a las p a r t e s de Galilea; y f u é a vivir en u n a ciudad
l l a m a d a Naz¡>reth, cumpliéndose el dicho de los P r o f e t a s : Será
llamado Nazareno» (San Mateo, I I , 19-23).

(1) Arquelao había heredado u n a parte del reino y toda la cruel-


dad de su padre. Después de diez años de tiranía, fué desterrado
por los romanos a Viena de F r a n c i a , donde murió.
DEL HtJO'OB DIOS (109-110) 141

109. P. ¿Por qué quiso Jesucristo nacer tan pobre?


R, Jesucristo quiso nacer tan pobre para enseñarnos a no poner
llUCllrii felicidad en las riquezas, honores y placeres de este mundo.

[íl m u n d o , a n t e s d e l n a c i m i e n t o d e J e s u c r i s t o , n o e s -
timaba m á s que los honores, placeres y riquezas; todas
BmIun c o s a s n a d a v a l e n a l o s o j o s d e D i o s . J e s ú s d i r á u n
ti 1 li: « A y d e v o s o t r o s l o s r i c o s , p o r q u e t e n é i s a q u i v u e s -
tro c o n s o l a c i ó n » (1); b i e n a v e n t u r a d o s l o s q u e s o n d e s -
preciados, b i e n a v e n t u r a d o s los q u e sufren persecución,
bienaventurados los que lloran, bienaventurados los
p o b r e s d e e s p í r i t u (2). P o r e s t o , a u n q u e h u b i e r a p o -
tUdo n a c e r e n u n r i c o p a l a c i o , p r o v i s t o d e t o d o a q u e l l o
q u e el m u n d o e s t i m a , de t o d a s las c o m o d i d a d e s a q u e
t e n í a d e r e c h o p o r s e r D i o s , q u i s o , n o o b s t a n t e , d e s d e el
primer m o m e n t o de su m a n i f e s t a c i ó n e n esta tierra,
abrazarse c o n la h u m i l l a c i ó n m á s p r o f u n d a , la pobreza
mi'is e x t r e m a y e l d o l o r , p a r a e n s e ñ a r n o s a n o e s t i m a r e n
adelante los honores, los placeres y las riquezas. N o nos
e n t r i s t e z c a m o s , p u e s , e n a d e l a n t e c o n e s t a s c o s a s , q u e si
non d e s p r e c i a d a s d e l m u n d o , e n c a m b i o , s o n e s t i m a d a s
por Jesús, y u n día serán p r e m i a d a s g e n e r o s a m e n t e por
itl; n o e n v i d i e m o s e n a d e l a n t e a l o s q u e e s t á n l l e n o s d e
riquezas, de honras, de deleites en este m u n d o . S a n A g u s -
t í n d i c e : « E l r i c o t i e n e el o r o e n s u a r c a , e l p o b r e t i e n e a
Dios e n s u corazón.» E n este m u n d o n o es feliz el q u e
tiene r i q u e z a s y h o n o r e s , s i n o el q u e a m a al S e ñ o r .
( V é a n s e t a m b i é n los Mandamientos, n ú m . 197.)

F r u t o . — A m e m o s a l o s p o b r e s ; si p o d e m o s c o n s o l é m o s -
los, a u n q u e s e a a c o s t a d e a l g ú n s a c r i f i c i o d e n u e s t r a p a r -
te; l o s p o b r e s s o n i m a g e n v i v a d e J e s ú s ; l o s r i c o s d e b e n
representar a la D i v i n a providencia.

110. P. ¿Qué hizo Jesucristo durajite su vida mortal?


R. Durante su vida mortal Jesucristo enseñó el camino del cielo
Con la palabra y el ejemplo; confirmando su doctrina con milagros.

(1) San Lucas, VI, 24.-(2) San Mateo, V, 3-10-


142 D E LA ENCARNACIÓN ( 1 1 0 )

E l C a t e c i s m o , d e s p u é s de h a b e r n o s r e c o r d a d o el n a -
c i m i e n t o de Jesús, n o n o s dice m á s particularidades s o -
b r e s u v i d a . D e j a q u e l a s a p r e n d a m o s e n el E v a n g e l i o
y en los sermones. N o s recuerda, no obstante, en pocas
p a l a b r a s , l a s c o s a s p r i n c i p a l e s q u e h i z o : n o s e n s e ñ ó el
c a m i n o d e l c i e l o c o n la p a l a b r a y el e j e m p l o .
1.° P r i m e r a m e n t e con el ejemplo. D u r a n t e l o s t r e i n t a
primeros años de su vida, Jesús nada extraordinario
h i z o : v i v i ó r e t i r a d o , o b e d i e n t e a S a n J o s é y a María, tra-
b a j a n d o y o r a n d o . P r a c t i c ó t o d a s l a s v i r t u d e s q u e se de-
b e n p r a c t i c a r e n el s e n o d e l a f a m i l i a . ¡ Q u é e s p e c t á c u l o !
¡Un D i o s s o m e t i d o y o b e d i e n t e a d o s c r i a t u r a s ! ¡Un D i o s ,
q u e trabaja c o m o u n artesano cualquiera, que ora c o m o
si t u v i e r a n e c e s i d a d ! A c o r d a o s q u e h i z o e s t o p a r a e n s e -
ñ a r n o s a n o s o t r o s l a o b e d i e n c i a , l a s u m i s i ó n , el t r a b a j o
y l a o r a c i ó n , y p o d e r n o s d e c i r a l g ú n día: «Os h e d a d o
e j e m p l o p a r a q u e , c o m o y o h i c e , así h a g á i s v o s o t r o s » (1).
¡Ay d e l n i ñ o , q u e n o p r o c u r a i m i t a r a J e s ú s e n s u v i d a
oculta!
L a v i d a q u e J e s ú s h i z o e n este retiro, f u é d e t r e i n t a
a ñ o s , d e l o s t r e i n t a y t r e s q u e v i v i ó e n e s t a tierra. L o
h i z o así, p o r q u e n u e s t r a v i d a se f u n d a s o b r e l a v i d a de
f a m i l i a ; si e n é s t a s o m o s l o q u e d e b e m o s ser, l o s e r e m o s
t a m b i é n e n las d e m á s circunstancias, en público, en
el trato c o n las gentes.
2.° Con la palabra.—En l o s tres ú l t i m o s a ñ o s de s u
v i d a p r e d i c ó , e n s e ñ a n d o l o q u e era p r e c i s o c r e e r y h a c e r
p a r a p o d e r l l e g a r al c i e l o , d e s p u é s q u e E l n o s l o h u -
b i e r a a b i e r t o . « D i o s , q u e m u c h a s v e c e s y de m u c h a s m a -
neras había hablado antes a nuestros padres por m e d i o
d e l o s p r o f e t a s , i n t i m a m e n t e e n n u e s t r o s días, n o s h a b l ó
p o r m e d i o d e s u Hijo» (2). L a s p r i n c i p a l e s c o s a s q u e n o s
e n s e ñ ó J e s ú s e s t á n e n el E v a n g e l i o , y s o n l a s q u e se n o s

(1). San Juan, III, 15.


(2) A los Hebreos, I, 1 y 2.
D E L H I J O D E DIOS ( 1 1 0 ) 143

r e p i t e n e n l o s s e r m o n e s (1). E s c u c h a d de b u e n g r a d o
los s e r m o n e s y s a c a d de e l l o s f r u t o ; e n s e ñ a n z a s s o n de
J e s ú s . O h , si p u d i e r a i s r e p e t i r s i e m p r e c o n S a n P e d r o :
«Señor... T ú t i e n e s p a l a b r a s d e v i d a e t e r n a » (2).
¡).° Confirmando su doctrina con milagros. —Jesús p r e -
dicaba también cosas dificultosas y que no agradaron a
l o s h o m b r e s , y p o r e s t o le p r e g u n t a b a n : ¿ P o r q u é d e b e -

(1) lías verdades principales enseñadas por Jesús son: 1." El mis-
turio de la Santísima Trinidad. 2. a La divinidad de su propia Per-
»ona. 3.a La resurrección y el juicio final, de que apenas se tenía
alguna idea. 4. a La obligación de, creer y practicar lo que nos ense-
ñara la Iglesia por El fundada. '5.a L a participación en sus méritos
y en el tesoro de la Iglesia (Comunión de los Santos). 6.a El destino
del alma después de la muerte y del cuerpo después de la resurrec-
ción universal. 7.a La doctrina de los Sacramentos por El estable-
cidos. 8. a La doctrina sobre la oración, cuya verdadera fórmula nos
dió en el Padre nuestro.
En cuanto a la moral confirmó, declaró y perfeccionó los Manda-
mientos. Nos enseñó el camino de la virtud: El que quiera venir en
pos de mí, niéguese a si mismo, tome su cruz y sígame. Dió a esta
enseñanza una forma perfecta en los consejos evangélicos e indicó
el ejemplar de toda v i r t u d , el Padre celestial. Todas las virtudes
con las enseñanzas de su palabra recibieron una forma nueva y
más perfecta.
Añádanse a esto las parábolas del Reino de Dios sobre la tierra,
que es la Iglesia (los peces en la red, la siembra, el tesoro, la perla es-
condida); las parábolas sobre la misericordia (el buen pastor, la ove-
ja perdida, el hijo pródigo); las parábolas morales (el siervo despia-
dado, el samaritano, el fariseo, el rico Epulón, los trabajadores, el
banquete, las vírgenes necias, los talentos). Además, las máximas
morales: ¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde
sn alma? ¿Qué dará en cambio de su alma? Enseñó a hacer las cosas
con pureza de intención; hacer bien no por ser visto, sino por amor
del Padre celestial; no temer, sin embargo, que el mundo conoz-
ca el bien que ejecutamos; antes que sirva de ejemplo. No tener
miedo del mal que puedan causar al cuerpo y no al alma; amenazó
al que fuere motivo de escándalo, mandó huir la ocasión cueste lo
que costare; dijo ser mejor ir al cielo con un sólo ojo o una sola ma-
no, que ir al infierno teniendo los dos pies,-los dos ojos o las dos
manos.
(2) San Juan, VI, (39.
144 de l a encarnación (110)

m o s creer tu palabra o practicar lo que n o s enseñas? Y


J e s ú s , p a r a m o s t r a r l a d i v i n i d a d de s u d o c t r i n a , o b r ó
m u c h o s m i l a g r o s ; así p u d o d e c i r a l o s j u d í o s : Si n o c r e é i s
a m i s palabras, creed a m i s obras. Y fueron m u c h o s l o s
q u e se v e i a n o b l i g a d o s a c o n f e s a r : ¡ v e r d a d e r a m e n t e Je-
s ú s v i e n e de D i o s ; p u e s s o l a m e n t e D i o s p u e d e l l e v a r a
cabo cosas tan prodigiosas!
¿ Q u é es m i l a g r o ? F á c i l e s l a r e s p u e s t a . M i l a g r o e s u n
h e c h o q u e , e n sí o p o r l a s c i r c u n s t a n c i a s e n q u e se v e r i -
fica, s u p e r a d e l t o d o l a s f u e r z a s d e l a n a t u r a l e z a . P o r
ejemplo, milagro fué que los tres jóvenes echados p o r
orden de N a b u c o d o n o s o r en el h o r n o e n c e n d i d o , n o fue-
r a n a b r a s a d o s p o r l a s l l a m a s ; y m i l a g r o s a es u n a c u r a -
c i ó n , e n q u e el e n f e r m o p a s a i n s t a n t á n e a m e n t e de l a en-
fermedad a la perfecta salud. E s verdad que n o c o n o c e -
m o s e x a c t a m e n t e todas las fuerzas de la naturaleza, pero
t a m b i é n l o es q u e e s a s f u e r z a s n o p u e d e n p r o d u c i r d e
ninguna manera efectos c o m o los dos mencionados. De
t o d o s m o d o s , ú n i c a m e n t e prueba eso requerirse gran
p r u d e n c i a p a r a d e c i r si u n h e c h o es o n o m i l a g r o s o . Y
e n e s t o n o s a t e n d r e m o s a l a s d e c i s i o n e s de l a I g l e s i a s i n
p r e v e n i r su f a l l o (1).
4. a ' Diréis: ¿Y l o s j u d í o s c r e í a n e n l o s m i l a g r o s de Je-
s ú s ? Sí, l o s j u d í o s c r e í a n , r e c o n o c í a n l o s m i l a g r o s de Je-

(1) Alguno creerá que la Iglesia se muestra fácil en admitir lo»


milagros. Nada más opuesto a la verdad. Un protestante inglés,
dotado de talento no vulgar, hallábase en Roma, cuando se t r a t a -
ba el proceso para la canonización del B. Francisco de Regís. Un
prelado, con quien t r a b ó amistad el protestante, le dió un dia a
leer los documentos referentes a algunos de los milagros. Después de
haberlos leído y examinado detenidamente, devolvió los papeles ai
prelado, diciendo: Si todos los milagros admitidos por la Iglesia lo
fuesen con pruebas t a n evidenfes y auténticas como éstas, ya los
podríamos aceptar nosotros sin n i n g u n a dificultad y os veríais li-
bres de las burlas a que se ven expuestos muchas veces entre nos-
otros vuestros milagros.—Bien, replicó el prelado, pues entended
que ninguno de esos milagros lo encontramos nosotros suficien-
temente demostrado.
d e l h i j o d e d i o s (110) 145

sús; p e r o n o s e c o n v e r t í a n , a n t e s q u i s i e r o n q u i t a r l e l a
v i d a . Así, d e s p u é s d e la r e s u r r e c c i ó n de L á z a r o d e c í a n :
«¿Qué h a c e r ? E s t e h o m b r e o b r a g r a n d e s m a r a v i l l a s ; si
lo d e j a m o s así, t o d o s c r e e r á n e n Él... Y d e s d e a q u e l d í a
8e p r o p u s i e r o n d a r l e l a m u e r t e » (1).
A u n e n n u e s t r o s d í a s D i o s se d i g n a h a c e r m u c h o s m i -
l a g r o s (2). S i n e m b a r g o , l o s m a l o s n o se c o n v i e r t e n ; a n -
tes se v a l e n de t o d o p a r a n e g a r s u e x i s t e n c i a , r e c u r r i e n -
d o a l a m e n t i r a y a la c a l u m n i a . E l o d i o a l a r e l i g i ó n es
b i e n f u n e s t o . ( V é a n s e e n l a p r e g . 117 el e j e m p l o : Rusia,
los protestantes.)
L o s m i l a g r o s , s i n e m b a r g o , p r u e b a n l a v e r d a d de l a
d o c t r i n a d e J e s ú s y l a d i v i n i d a d de l a I g l e s i a .

Milagros de Jesús.—Entre los muchos milagros, q u e obró el


Señor, referiremos los siguientes, a d v i r t i e n d o que J e s ú s mos-
t r ó su dominio sobre todas las cosas: sobre las enfermedades,
los vientos, los demonios, la m u e r t e ; con las obras, las p a l a b r a s
0 bu simple m a n d a t o , pudiéndose c o n s u l t a r el índice, p a r a otros
oasos d e r r a m a d o s por el l i b r o .
ün leproso curado.—«Habiendo J e s ú s b a j a d o del m o n t e , le
fueron siguiendo las t u r b a s , y he a q u í que u n leproso se acercó;
y adorándole decía: Señor, si quieres puedes l i m p i a r m e . J e s ú s
•xtendió su m a n o , le tocó y dijo: Quiero, queda limpio. Y en se-
guida quedó curado de su lepra. J e s ú s le dijo: Mira que no lo
dlgAs a nadie; p r e s é n t a t e al sacerdote y ofrece el don, que pres-
Oribió Moisés p a r a que les s i r v a de testimonio» (San Mateo,
VIII, 1^4).
Tempestad calmada.—«Subió, pues, a u n a b a r c a , acompa-
flado de sus Discípulos. Cuando h e a q u í que en el m a r se levan-
tó t a n g r a n t e m p e s t a d , que las olas c u b r í a n la barca. Y el
Bífior e s t a b a d u r m i e n d o . Acercándose a E l los Discípulos,
¡I despertaron diciendo: Señor, s á l v a n o s , q u e perecemos. J e s ú s
les dijo: ¿Por que teméis, g e n t e de poca fe? Y l e v a n t á n d o s e ,
{Dando a l v i e n t o y a l m a r y se siguió g r a n b o n a n z a . De lo cual

(1) San Juan, XI, 47 y 48.


(2) Véase en el nútn. 218: Los milagros de Lourdes; y en el Húme-
lo 277 el ejemplo: Levántate y anda.
10
146 D E LA BNCARNACrÓN (110)

todos quedaron admirados y decían: ¿Quien es éste, a quien


obedecen los vientos y el mar?» (San Mateo, VIII, 23-27),
Los endemoniados de Gerasa.^-«Desembarcando en la otra
orilla del lago en el país de los gerasenos, fueron a su encuentro
dos endemoniados, saliendo de los sepulcros, t a n furiosos, que
ninguno se a t r e v í a a pasar por aquel camino. Pusiéronse a
g r i t a r : ¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús, Hijo de
Dios?" ¿Has venido aquí, antes de tiempo, a atormentarnos?
E s t a b a paciendo no lejos de allí una numerosa piara de cerdos.
Los demonios le suplicaban: Si nos echas de aquí, envíanos a
la piara de cerdos. E l les dijo: Id: y ellos saliendo, entraron en
los cerdos; y he aquí, que inmediatamente la piara se echó con
ímpetu al mar, pereciendo los cerdos ahogados. Los porqueros
echaron a h u i r y f u e r o n a la ciudad contando estas cosas y el
hecho de los endemoniados. Al punto salió la ciudad al encuen-
tro de Jesús, y al verle le suplicaron que se alejara de su terri-
torio» (San Mateo, 28-34).
El paralítico curado.—«Subiendo J e s ú s a una barca volvió a
pasar el lago y se dirigió a su ciudad; cuando he aquí, que le
presentaron u n paralítico acostado en su lecho. Jesús, viendo
la fe de los que le llevaban, dijo al paralítico: Hijo, ten con-
fianza; tus pecados te son perdonados. Luego algunos de los es-
cribas decían p a r a sí: E s t e blasfema. Y Jesús, entendien-
do sus pensamientos, les dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestro
interior? ¿Qué es m á s fácil, decir: tus pecados te son perdona-
dos, o l e v á n t a t e y anda? Ahora bien, para que sepáis que el
H i j o del hombre tiene poder de perdonar los pecados en este
mundo: L e v á n t a t e , dijo al paralítico, coge t u lecho y vete a tu
casa. Este se levantó y se dirigió a su casa- Viendo esto las
t u r b a s se llenaron de temor y glorificaban a Dios.» (San Ma-
teo, I X , 1-8).
El ciego de Betsaida.—«Habiendo llegado a Betsaida, le pre-
sentaron a Jesús un ciego, suplicándole que le tocase, Teman-
do al ciego de la mano, lo condujo f u e r a de la aldea, y echán-
dole saliva en los ojos y poniendo sobre él las manos, le pregun-
tó si veía algo. E l ciego, mirando, dijo: Veo caminar a los
hombres como si fuesen árboles. L e puso o t r a vez las manos
sobre los ojos y el ciego empezó a ver bien, y f u é curado de t a l
modo que y a distinguía claramente todos los objetos. Lo des-
pidió con esto diciendo: Ve a t u casa, y si e n t r a s en el lugar a
nadie lo digas» ( S a n Marcos, V I I I , 22-26).
D E L HI.TO D B D I O S ( 1 1 0 ) 147

Multiplicación de los panes.—«Al desembarcar vió Jesús u n a


gran t u r b a y tuvo de ella compasión, porque estaban como
ovejas sin pastor, y empezó a enseñarles muchas cosas. H a -
ciéndose ya tarde, se le acercaron los Discípulos p a r a decirle:
Este lugar es desierto y la hora ya avanzada; mandadles ir
para que v a y a n por las alquerías y aldeas vecinas a proveerse
de mantenimiento. E l les respondió: Dadles vosotros de comer.
Le replicaron: Yamos a comprar pan por doscientos denarios y
daremos algo a cada uno.Respondióles el Señor: ¿Cuántos panes
tenéis? Andad y enteraos. Viéndolo, le dijeron: Cinco y dos
peces, Les ordenó entonces que hiciesen sentar a todos por
grupos sobre la hierba. Se colocaron en grupos de ciento y de
cincuenta. Tomando los cinco panes y dos peces, mirando al
cielo los bendijo y partió los panes, dándoselos a los Discípulos
para que los distribuyesen. Del mismo modo dividió los peces
entre ellos. Todos comieron y quedaron satisfechos, y de los
pedazos, que quedaron, recogieron doce canastas llenas y lo
mismo de los peces. Los que habían comido eran cinco mil
hombres» (San Marcos, VI, 34-44).
La suegra de Pedro y otros enfermos curados.—«Saliendo
Jesús de la sinagoga entró en casa de Simón. Hallábase la sue-
gra de Simón enferma con u n a f u e r t e c a l e n t u r a y le suplicaron
la curara. El Señor, llegándose hacia ella, mandó a la fiebre,
que la dejara y la dejó libre. Ella, levantándose al punto, se
puso a servirles. Puesto ya el sol, cuantos t e n í a n enfermos de
varias dolencias los llevaban a El, e imponiendo a cada uno las
manos, ios sanaba. De muchos salían los demonios, g r i t a n d o y
diciendo: T ú eres el Hijo de Dios. Pero E l amenzándoles no
les dejaba decir que sabían que E l era Cristo» ( S a n Lucas,
IV, 38-41).
La pesca milagrosa.—«Mientras en derredor suyo se agolpaba
la gente para oír la palabra de Dios, estando junto al lago de
Q-enesaret, vió dos barcas a la orilla del lago; los pescadores
habían bajado y lavaban las redes. E n t r a n d o en una barca, que
era la de Simón, mandó a éste se desviase u n poco de la t i e r r a .
Y sentado empezó a enseñar desde la barca a las t u r b a s . Cuan-
do cesó de hablar dijo a Simón: I n t é r n a t e y echa la red p a r a
pescar. Simón le dijo: Señor, toda la noche hemos estado t r a b a -
jando y no hemos cogido nada; pero en tu nombre echaré la
red. Y haciéndolo aaí, cogieron t a a g r a n c a n t i d a d de peces que
148 D E L A ENCARNACIÓN ( 1 1 1 )

se r o m p í a n l a s r e d e s . P o r lo cual, hicieron s e ñ a l a s u s compa-


ñeros de la o t r a b a r c a p a r a que v i n i e r a n a a y u d a r l e s . Vinieron
y l l e n a r o n de'peces l a s dos b a r c a s , de modo q u e casi se h u n d í a n .
Viendo esto S i m ó n P e d r o , se echó a los pies de Cristo diciendo:
A p á r t a t e de m í , S e ñ o r , que soy h o m b r e pecador» (San Lu-
cas, V, 1-8).
El hijo de la viuda de Naím, resucitado.—* Sucedió después
que J e s ú s se d i r i g í a a u n a c i u d a d l l a m a d a N a í m . Sus Discípu-
los y u n a g r a n m u l t i t u d de g e n t e le a c o m p a ñ a b a n . Acercándose
a las p u e r t a s d e la c i u d a d , h e a q u í que s a c a b a n a e n t e r r a r a
u n d i f u n t o , h i j o ú n i c o d e su m a d r e , que e r a v i u d a . G r a n n ú -
m e r o de p e r s o n a s de la c i u d a d iban con ella. El Señor, viendo
esto, movióse a c o m p a s i ó n y le dijo: No llores. Y acercándose,
tocó el f é r e t r o y los q u e le l l e v a b a n se d e t u v i e r o n , y dijo e n t o n -
ces: J o v e n , l e v á n t a t e , y o te lo m a n d o . Y el m u e r t o se incorporó
y comenzó a h a b l a r ; y lo r e s t i t u y ó a su m a d r e . Con esto todos
se llenaron de e s p a n t o y glorificaron a Dios, diciendo: Un g r a n
P r o f e t a h a a p a r e c i d o e n t r e nosotros, y Dios ha visitado a su
pueblo» (San Lucas, V I I , 11-16).
Reconvención a las ciudades impenitentes.—«Entonces Jesús
echó en c a r a a las c i u d a d e s , en que h a b í a hecho muchos mila-
gros, su i m p e n i t e n c i a : ¡Ay de ti, Corozaín!; ¡ay de ti, B e t s a i d a ! ;
porque si en T i r o y Sidón se h u b i e r a n hecho los milagros, q u e
se h a n obrado en v o s o t r a s , y a h a c e t i e m p o h u b i e r a n hecho pe-
n i t e n c i a c u b i e r t a s de cilicio y ceniza. P o r eso os digo: con Tiro
y Sidón se u s a r á de m a y o r clemencia q u e con v o s o t r a s el día
del Juicio. Y t ú , G a r f a n a ú m (1), ¿piensas acaso levantarte hasta
él cielof Serás, sí, humillada hasta el infierno• pues si en So-
doma se h u b i e s e n h e c h o los m i l a g r o s que en ti, Sodoma quizá
s u b s i s t i r í a a ú n . P o r esto t e digo que se u s a r á de m a y o r clemen-
cia con la c i u d a d de Sodoma que contigo en el día del Juicio»
(San Mateo, X I , 20-25).

III. P. ¿Qué hizo Jesucristo para salvarnos?


R. Jesucristo para salvarnos padeció y murió en la Cruz.

T a m b i é n a q u í el C a t e c i s m o d a u n a b r e v í s i m a res-

(1) E r a la ciudad escogida por Jesucristo y sus Apóstoles como


lugar de reunión después de sus excursiones apostólicas. En ella se
había exhortado a la penitencia instantemente, pero en vano.
DBL HIJO DB¡ DIOS (111) 149

puesta; m a s , ¡qué i m p o r t a n t e ! O s diré c u a n t o es estricta-


mente necesario para entenderla bien.
1.° Jesús, pues, n o s e n s e ñ a el C a t e c i s m o , para salvar-
n o s , p a d e c i ó y m u r i ó e n la Cruz. E n t e n d e d b i e n q u e n o
p u e d e el p a d e c e r y m o r i r p o r sí m i s m o ser o r i g e n de
mérito, sino la r e s i g n a c i ó n en padecer y morir, la forta-
leza c o n q u e se sufre, el s a c r i f i c i o q u e u n o se i m p o n e ; así
a u n q u e ahora entre los h o m b r e s m u c h o s padecen, más
p o c o s t i e n e n m é r i t o , p o r q u e p o c o s se r e s i g n a n a sufrir.
Vosotros, e n c a m b i o , d e b é i s i m i t a r a J e s ú s e n la resigna-
c i ó n para alcazar m u c h o s méritos; trabajad y sufrid por
Imitar a Jesús.
2.° Diréis: ¿Era a c a s o n e c e s a r i o que Jesús sufriese
tanto y muriese una muerte tan dolorosa para salva-
nos? E s c u c h a d m e atentamente; Jesús v i n o a este m u n d o
para satisfacer por los p e c a d o s de t o d o s los h o m b r e s , y
e n s e ñ a r n o s c o n s u p a l a b r a y e j e m p l o el c a m i n o del pa-
raíso. N o era n e c e s a r i o q u e Jesús p a d e c i e s e t a n t o y m u -
riese e n la C r u z p a r a s a t i s f a c e r a la D i v i n a Justicia por
todos nuestros pecados; bastaba un suspiro, u n a lágrima
d e Jesús, p u e s su valor es infinito; m a s era convenientí-
almo por su infinita bondad.
Era convenientísimo, aunque no absolutamente nece
«ario, p u e s q u e r í a e n s e ñ a r n o s el c a m i n o p r á c t i c o del pa-
raíso, m o s t r á n d o n o s : a) L a n e c e s i d a d de l a resignación
« n t o d a s las p e n a s y trabajos; y así, c u a l q u i e r c o s a que
t e n g a m o s q u e sufrir, É l la s u f r i ó p r i m e r o y a u n m á s tra-
b a j o s a s ; bj L a e n o r m i d a d d e l p e c a d o ; s i t o d o s l o s hom-
bres hubieran sufrido cuanto sufrió Jesús, hubieran
muerto u n a muerte tan dolorosa, y con perfecta resigna-
ción, n o h u b i e r a n p o d i d o a pesar de t o d o satisfacer por
la e n o r m i d a d del pécado. Por esto Jesús, sufriendo lo q u e
debiéramos haber sufrido nosotros, nos hizo comprender
c u á n g r a n m a l es el p e c a d o , s u p u e s t o q u e t o d o s n u e s t r o s
d o l o r e s y el s a c r i f i c i o m i s m o d e l a v i d a n o h u b i e r a n b a s -
t a d o a s a t i s f a c e r p o r él; c) S a t i s f i z o p l e n a m e n t e p o r t o
dos los pecados con aquella reparación que cada uno
150 D E LA ENCARNACIÓN ( 1 1 1 )

exigía. Porque h a y pecados internos y pecados externos.


Internos, e s t o es: p e n s a m i e n t o s , d e s e o s , c o m p l a c e n c i a s
m a l a s . J e s ú s , p u e s , e n G e t s e m a n í s u f r i ó e n el a l m a i n d e -
c i b l e s d o l o r e s . S u f r i ó c o n el p e n s a m i e n t o d e l a m u e r t e ,
de l a i n g r a t i t u d c o n q u e se h a b í a d e c o r r e s p o n d e r a s u s
b e n e f i c i o s , d e la i n u t i l i d a d p a r a t a n t o s de su s a c r i f i c i o
y d e l a b a n d o n o e n q u e se v e r í a .
Externos, d e l o s c u a l e s l o s p r i n c i p a l e s , l l a m a d o s capi-
tales, s o n siete. Soberbia: J e s ú s f u é h u m i l l a d o , d e s p r e c i a -
do, d e s h o n r a d o y t r a t a d o c o m o l o c o . Avaricia: J e s ú s m u -
rió en e x t r e m a pobreza, n o t e n i e n d o nada, ni u n a c a m a ,
n i s i q u i e r a u n a a l m o h a d a ; m u r i ó e n el l e ñ o de l a Cruz.
Lujuria: e s t o es, t o d o p l a c e r s e n s u a l : J e s ú s s u f r i ó e n t o d o
su c u e r p o , e n t o d o s s u s s e n t i d o s , t o d a c l a s e d e dolores;,
f u é c o r o n a d o d e e s p i n a s , a z o t a d o , c r u c i f i c a d o . Ira: J e s ú s
fué siempre manso; lo insultaron, lo calumniaron, y ca-
l l a b a ; l o p r o v o c a b a n d i c i e n d o : «Si eres h i j o d e D i o s , b a j a
de l a Cruz...; h a s a l v a d o a l o s o t r o s y n o p u e d e s a l v a r s e
a si...í (1). Y J e s ú s , v e r d a d e r o c o r d e r o de m a n s e d u m b r e ,
da a d m i r a b l e e j e m p l o de p a c i e n c i a i m p e r t u r b a b l e . Gula'
ni siquiera u n a gota de agua alivió su terrible sed en t a n
p e n o s a a g o n í a . Envidia: J e s ú s , c a r i d a d i n f i n i t a c o n t o d o s ,
p o r t o d o s s u f r e y p o r t o d o s m u e r e . Pereza: J e s ú s al s u b i r
al C a l v a r i o y e n l a s t r e s h o r a s de a g o n í a e n l a Cruz esta
b a y a d e s f a l l e c i d o , y s i n e m b a r g o , se m o s t r a b a g e n e r o -
so, sufría h e r o i c a m e n t e por h a c e r la v o l u n t a d del E t e r n o
Padre y por amor nuestro.
T o d o p e c a d o p r o c e d e de l a soberbia y del afán de pla-
ceres. J e s ú s e n s u p a s i ó n f u é p r o f u n d a m e n t e h u m i l l a d o
y padeció horriblemente, c o m o h e m o s dicho.
3.° J e s ú s s u f r i ó voluntariamente (2); c o n este h e r o í s m o
d e v o l u n t a d , de f o r t a l e z a , d e r e s i g n a c i ó n , a l c a n z ó i n f i n i -
t o s m é r i t o s . E s t o s m é r i t o s a p l i c a d o s a n o s o t r o s , n o s sal-

(1) San Mateo, X X V I I , 40. <12.


(2) Jesiís sacrificó voluntariamente su vida. He aquí cómo Él
mismo n o s lo asegura: «Por esto me ama mí Padre; porque doy mi
DEL HIJO DB DIOS (111) 151

van, nos reconcilian con Dios, satisfacen a la Divina


Justicia, purifican nuestras almas y nos h a c e n dignos
del c i e l o .
( P a r a l a H i s t o r i a d e l a P a s i ó n , v é a s e e l n ú m . 162: Mis-
terios d o l o r o s o s . )
F r u t o . — A m a d o s n i ñ o s : Si u n h o m b r e h u b i e s e s u f r i d o
por n u e s t r o b i e n l a m í n i m a parte d e l o q u e s u f r i ó J e s ú s ,
c ó m o le e s t a r í a m o s r e c o n o c i d o s . M o s t r a o s s i n c e r a m e n t e
r e c o n o c i d o s a J e s ú s y a m a d l e m u c h o . P o r esto, d e b é i s
pensar frecuentemente en su muerte, y los viernes, a las
tres d e l a t a r d e , c u a n d o t o q u e l a c a m p a n a , a c o r d a o s d e
la m u e r t e de J e s ú s , n o d e j a n d o d e r e z a r c i n c o Padre
nuestros e n m e m o r i a de su P a s i ó n ; y c u a n d o h a y á i s d e
sufrir a l g u n a c o s a , s u f r i d l a p o r a m o r de J e s ú s , q u e s u -
frió t a n t o p o r n o s o t r o s .
Otro m o d o m u y h e r m o s o de honrar a Jesús crucifica-
d o es h a c e r d e v o t a m e n t e el Vía Crucis. E s t a p i a d o s a
práctica, que consiste en recordar los principales pasos
de l a P a s i ó n d e J e s ú s , deáde su c o n d e n a c i ó n a m u e r t e
h a s t a su s e p u l t u r a , está e n r i q u e c i d a d e m u c h a s i n d u l -
g e n c i a s . Se p r a c t i c a b a a n t e s e n R o m a p o r S a n L e o n a r d o
de P o r t o M a u r i c i o e n el Coliseo, q u e e s u n g r a n d i o s o e d i -
ficio, d o n d e e n t i e m p o de l o s e m p e r a d o r e s r o m a n o s se
daban los p ú b l i c o s espectáculos, y d o n d e tantos cristia-
nos d u r a n t e l a s p e r s e c u c i o n e s , e x p u e s t o s a l a s fieras y
s u f r i d o s a t r o c e s t o r m e n t o s , a l c a n z a r o n el m a r t i r i o ; p o r
el m i s m o s a n t o y s u s h e r m a n o s f u é t a n p r o p a g a d a e s t a
d e v o c i ó n , q u e n o h a y c a s i i g l e s i a a l g u n a e n q u e n o es-
tén e r i g i d a s l a s e s t a c i o n e s de este d e v o t o y s a n t o e j e r -
cicio.

Ejemplos.—Delante de un Crucifijo.—Un caballero por nom-


bre H i l d e b r a n d o , h a b í a sido g r a v e m e n t e ofendido por otro.

vida, para recobrarla de nuevo. Ninguno me la quita, sino yo la


doy de mi propia voluntad, y soy dueño de darla y dueño de reco-
brarla; este es el mandamiento, que recibí de mi Padre» (San Juan,
X, 17 y 18).
152 DB LA ENCARNACIÓN ( 1 1 1 )

Juró vengarse, y después de haber preparado el modo, fijó el


día y el lugar para llevar a cabo su venganza. Fué a colocarse
bien armado en un camino solitario, por el cual debía pasar su
enemigo. Caminando su camino se encontró coa una capilla; es-
taba abierta, y entrando en ella se puso a observar tres cuadros.
El primero representaba a Jesús cubierto con un harapo de púr-
pura y coronado de espinas; debajo del cuadro se leían estas
palabras; No devolvía ultraje por ultraje. El segundo cuadro
figuraba la flagelación, y llevaba este rótulo: Cuando así sufría
no amenazaba a nadie. E l tercero representaba a Jesús crucifi-
cado, y tenía esta incripción: Padre, perdónalos, porque no
saben lo que se hacen. Hildebrando quedó vivamente conmovi-
do con la consideración de estas tres pinturas, y cayendo de
rodillas se puso a orar. Durante la oración, su odio se desvane-
ció, y cuando llegó su enemigo, en vez de matarle, trabó con
él cordialísima amistad.
Fortaleza en los dolores.—Un hombre venerable, llamado
Eleazar, fué víctima de toda clase de calumnias; las injurias
más graves llovieron sobre él; pero a todas estas humillaciones
respondía con dulzura y calma imperturbables; su paciencia no
flaqueó con los golpea de tantas ignominias. Habiéndole pre-
guntado de qué medio se v a l í a para soportar con tanta firmeza
de ánimo tan grandes ultrajes, dió esta respuesta: Cuando sien-
to en mí pecho los primeros movimientos de ira, me apresuro
a pensar en Jesús crucificado; me acuerdo de lo que El decía
cuando sus enemigos le cubrían de injurias y de infamias en
medio de las angustias de su agonía, y siempre oigo aque-
llas palabras tan compasivas: «Padre, perdónalos». Procuro,
pues, repetir con Jesús esta hermosa oración. Considerando sus
penas, sus humillaciones, digo de corazón: ¡Oh¿ Jesús! Tenédme
junto a Vos en los dolores, para estar junto a Vos en el paraíso.
¿Hay aquí algún Crucifijo? - U n a joven deseaba entrar en
una comunidad religiosa. P a r a probar su vocación, la Superio-
ra le pintaba con negros colores el rigor del claustro; llevándo-
la en espíritu por todos los sitios del monasterio, le indicaba
en todas partes la austeridad, que allí había de encontrar.—
Madre—dijo la joven—, no tengo que preguntaros sino una
sola cosa: ¿En esta casa hay algún Crucifijo? ¿Encontraré un
Crucifijo en aquella celda en que deberé vivir tan estrecha-
mente y dormir sobre un duro jergón? ¿Hallaré un Crucifijo en
DEL HIJO DE DIOS ( 1 1 2 ) 153

aquel refectorio, en que habré de t o m a r una comida tan grose-


r a ? — S í , h i j a mía; el Crucifijo está en todas p a r t e s . — P u e s bien,
madre mía; espero que nada me parecerá difícil, teniendo a mi
lado un Crucifijo en todos los sitios, en que sea preciso sacrifi-
c a r m e . — T a m b i é n vosotros, amados niños, procurad tener de-
lante en v u e s t r a s penas y f a t i g a s la imagen del Crucifijo, a lo
menos en la mente, para sufrir y t r a b a j a r por amor de Jesús y
en agradecimiento de lo que É l padeció por vosotros.

112. P. ¿Murió Jesucristo en cuanto Dios o en cuanto hombre?


R. Jesucristo murió en cuanto hombre, p o r q u e en cuanto D i o s no
podía padecer ni morir.

Jesús era Dios y hombre. Como Dios, siendo espíritu


perfecti^imo, no podía ni padecer ni morir; como hom-
bre, podía padecer y morir, y en realidad, padeció y mu-
rió. Sólo en la naturaleza humana (en el cuerpo y en el
alma) padeció; pero con la naturaleza divina dió a sus
padecimientos un mérito infinito.
Nosotros tenemos cuerpo y alma; cuando morimos,
muere el cuerpo. Jesús tenía naturaleza divina y natu-
raleza humana; sólo en la naturaleza humana nació, pa-
deció y murió, porque en la divina era eterno e impasi-
ble, esto es: incapaz de sufrir y de morir (1).

(1) ¿Quieres, oh horubré, caminar de virtud en virtud y llevar


vida perfecta? Medita cada día la Pasión dé Jesús, pues no hay
cosa que así pueda estimular el alma a la práctica del bien. (San
Buenaventura, de Passione)
Considera las llagas de Jesús colgado en la Cruz; la sangre de
Jesús moribundo, la dignidad de Jesús Salvador. Su cabeza está
Inclinada para besarte, su corazón abierto para amarte, sus brazos
extendidos para abrazarte. Deja que Él se una tan estrechamente
a tu corazón como está unido a la Cruz. (San Agustín, en el libro
de Virg.)
Todas las criaturas padecen con Jesús crucificado. El sol se oscu-
rece, la tierra tiembla, las peñas se quebrantan, el velo del templo
le rasga, las tumbas se abren. Sólo el hombre, por quien el Señor
•ufrió, no quiere sufrir con Él. (San Jerónimo, in Matthccum.)
La Cruz de Jesucristo es la llave del paraíso, el báculo del débil,
(a estrella de ios penitentes; el escudo de los fieles, la espada de los
154 DE LA ENCARNACIÓN ( 1 1 3 )

113. P. D e s p u é s que J e s u c r i s t o m u r i ó , ¿qué se h i z o de su c u e r p o ?


R, Después que Jesucristo murió, su cuerpo fué sepultado.

1." Después que Jesús murió en la Cruz un hombre


llamado José, que pertenecía al Sanedrín, varón bueno
y justo, que no había consentido en los consejos y obras
de los otros, nacido en Arimatea, ciudad de Judea,yque
esperaba el reino de Dios, se presentó a Pilatos para pe-
dirle el cuerpo de Jesús. Pilatos se maravillaba que ya
hubiera muerto; y llamando al centurión le preguntó si
había muerto ya aquel hombre. Informado del centu-
rión, dió el cadáver a José. Llegó, pues, y tomó el cuer-
po de Jesús. Acudió también Nicodemus... llevando una
mezcla de mirra y aloe en cantidad de cien libras. Y
José bajando el cuerpo, lo envolvió en una sábana lim-
pia y en lienzos con aromas, como es costumbre enterrar
entre los hebreos. En el lugar donde Jesús fué crucifica-
do había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo
cavado en la peña, en el cual ninguno antes había sido
sepultado. Allí, pues, por motivo de la Pascua de los ju-
díos, ya que el sepulcro estaba cercano, pusieron a Je-
sús, y colocada encima una gran losa, se retiraron (1).—
Todas estas circunstancias cuidadosamente apuntadas
por el Evangelio, son importantes para la resurrección
del Señor.

tentados, la prenda de los que la aman y la fuente de todas las


gracias. (San Damas., 1,4.)
Antes que existiera la Cruz no había escalera para subir al cielo.
Y por esto, ni Abraham, ni Jacob, ni David, ni hombre alguno
podía llegar allá. Ahora está puesta esta escala, que es la Cruz.
(San Agustín, .sermón 79 de Temp.)
Tiene Jesús ahora muchos que aman su reino celestial, pero po-
cos que lleven su Cruz. Muchos siguen a Jesús hasta el partir del
pan, pocos hasta beber el cáliz de la Pasión. Muchos veneran sus
milagros, pocos abrazan la ignominia de su Cruz. (Imitación de
Cristo, lib. II, c. 11.)
(1) San Mateo, X X V H , 59 y 60; San Marcos, X V , 44 y 45; San
Lucas, XXIII, 50-52; San Juan, XIX, 38-42.
DBL HIJO DE DIOS ( 1 1 4 ) 155

2.° Donde Jesús fué sepultado existe ahora una gran


Iglesia que encierra el Santo Sepulcro. «El Santo Sepul-
cro es una gruta aislada en medio del templo; elévase
encima una gran cúpula... Del vestíbulo se entra en la
cámara sepulcral por una estrecha puerta. La roca está
completamente revestida de mármol blanco por dentro
y por fuera. En aquel lugar, el corazón lleno de emo-
ción, caí de rodillas, y con el pensamiento recorrí toda
ia vida de Jesús.,.» (Vercesi).
«Henos aquí a la entrada del Santo Sepulcro... Pasé a
la primera habitación llamada del ángel, que sirve de
Vestíbulo al sepulcro. Después, inclinándome bastante
para penetrar por otro puerta más baja y estrecha, me
encontré en el sepulcro de Jesús. ¿Era digno yo de besar
arrodillado aquella piedra viva sobre la cual estuvo
muerto tres días el autor de la vida? No; no era digno.
Pero confiando en la misericordia de Jesús, la besé y de-
rramé lágrimas. Dios solo sabe lo que pasó en mi alma
aquel momento, ni puedo decirlo con palabras. Con el
Animo rebosando de alegría y a la vez profundamente
humillado, después de breves instantes, abandoné aque-
lla cueva, donde dejé el corazón.» (El Cardenal Ferrari.)
3.° Con la sepultura de Jesús terminaba el gran día
de nuestra Redención; y María, la Madre de Jesús, vol-
vióse con el corazón atravesado de dolor a la ciudad;
mas, volvía sin Jesús. . Figuraos, a una madre, que vuel-
ve del cementerio, donde queda enterrado su propio hijo
bárbaramente asesinado; sería esa una lánguida imagen
de lo que entonces pasó por María.

114. p. Y d e s p u é s de m u e r t o J e s u c r i s t o , ¿a d ó n d e f u é su a l m a ?
R. D e s p u é s d e m u e r t o J e s u c r i s t o b a j ó su alma al l i m b o p a r a l i b r a r
las almas d e l o s S a n t o s P a d r e s , es d e c i r , d e los j u s t o s q u e murieron
•ntes que É l .

La muerte consiste en la separación del alma y del


cuerpo. Jesús murió; su alma se separó del cuerpo; el
cuerpo*, como habéis ya aprendido en la respuesta ante-
156 DE t,A ENCARNACIÓN (151-llti)

•cedente, fué sepultado, y el alma bajó al limbo. Después


del pecado de Adán, el paraíso estaba cerrado y ningu-
no podía penetrar en él. Las almas de los justos del
Antiguo Testamento estaban reunidas en el limbo, es-
perando a Jesús libertador. Sabían, especialmente por
San José, que Jesús no había de tardar mucho, y así lo
aguardaban con ansiedad. Con qué alegría acogieron,
pues, el alma de Jesús, que se presentó a librarlos y ase-
gurarles que el paraíso estaba ya cercano. Estas almas
acompañaron después a Jesús en su subida al cielo el
día de su triunfal Ascensión.

115. P. ¿Cuántos días estuvo en el sepulcro el santísimo cuerpo de


Jesucristo?
R. El santísimo cuerpo de Jesucristo estuvo tres días, aunque no
enteros, en el sepulcro; esto es, parte del viernes, todo el sábado y
hasta el alba del domingo, en que resucitó glorioso y triunfante para
nunca jamás morir.

116. P. ¿Qué quiere decir RESUCITÓ?


R . RESUCITÓ quiere decir que el alma de Jesucristo se tornó a juntar
con su cuerpo.

1 J e s u c r i s t o resucitó. - Cuando decimos resurrección,


todos pensamos en aquello, que es contrario a la muer-
te. La muerte es la separación del alma del cuerpo; la
resurrección la reunión del alma con el cuerpo; el alma,
que vuelve otra vez a informar su cuerpo. Jesús murió
el viernes alrededor de las tres; fué sepultado la tarde
del mismo día, permaneciendo en la sepultura hasta el
alba del domingo, en que resucitó. El domingo muy de
mañana se sintió un fuerte terremoto. Jesús resucitó, sa-
liendo del sepulcro, y «un ángel del Señor bajó del cielo
y acercándose levantó la piedra y se sentó encima. El as-
pecto del ángel era como el relámpago y su túnica blan-
ca como la nieve. Al verle, se llenaron de espanto los
.guardas quedando como muertos» (1).

(1) San Matea, X X V I I I , 2-4.


DEL H I J O DE LIlOS (116) 157

2.° Resucitó glorioso, esto es, con un cuerpo sobre


manera ágil, sutil y resplandeciente, cualidades propias
de los cuerpos gloriosos después de la resurrección; triun-
fante, porque resucitando triunfó de la muerte y del de-
monio; para no morir más, Jesucristo no estará ya sujeto
a la muerte, no morirá otra vez; aun como hombre, vivi-
rá siempre inmortal, según nos lo asegura el Espíritu
Santo: «Cristo resucitado de la muerte, ya no morirá, la
muerte no lo dominará» (1).
3.° Después de la resurrección de Jesucristo los guar-
dias volvieron en sí y huyeron, «marchando algunos a
la ciudad a referir a los príncipes de los sacerdotes lo
que había pasado. Éstos, reuniéndose con los ancianos
para deliberar, dieron mucho dinero a los soldados, di-
ciéndoles: Asegurad que sus Discípulos han ido por la
noche y mientras dormíamos han robado el cuerpo; y
li esto llegase a noticia del presidente le persuadiremos
que no os haga nada. Los guardas, tomando el dinero,
hicieron como se les indicó» (2).
Los guardas dormidos, que saben haber robado los
Discípulos el cuerpo del Salvador; que no despiertan con
el ruido hecho al levantar la piedra, que cerraba el se-
pulcro; aquellos guardas romanos que dormían, a pesar
del apremiante e ncargo que se les había dado...; es siem-
pre lo mismo: para ser incrédulo es preciso ser muy cré-
dulo. Además, ¿con qué fin los Discípulos hubieran ro-
bado el cadáver? Si Jesús no resucitaba habían sido en-
gañados por Él, y para ocultar el engaño, ¿habrían he-
cho eso? Los Discípulos, que no habían tenido valor de
defender a Jesús ante los tribunales, ni de asistirle si-
guiera en la hora de su muerte, ¿habrían tenido, después,
Animo para arrostrar el peligro, más aún, la certeza de
Una lucha con los soldados romanos?... Y ¿a qué fin?
¿Con qué resultado? Después de haber robado el cadá-

(1) A los Rom., VI, 9.—(2) San Mateo, X X V I I I , 11-15.


158 DB LA ENCARNACIÓN ( 1 1 6 )

ver de Jesús, ¿hubieran por ventura podido hacer creer


su Resurrección?
Mas si Jesús resucitó debía dejarse ver. ¿Quién vió a
Jesús resucitado?—Lo vieron los Apóstoles, las piadosas
mujeres y los discípulos.

Ejemplos. —La Resurrección anunciada.^Jesús varias veces


había hablado de su Resurrección. Habiendo declarado que el
día del Juicio pediría ementa de las palabras ociosas; habiendo
llamado a los fariseos raza de víboras a causa de su obstina-
ción, le respondieron algunos de los escribas y fariseos con es-
t a s palabras: Maestro, deseamos ver en Ti algún prodigio. El
les respondió: E s t a generación mala y adúltera busca un pro-
digio, y ningún prodigio se les concederá fuera del prodigio del
profeta Jonás. Como Jonás estuvo tres días y tres noches en el
vienti-e de la ballena, así estará el Hijo del hombre, tres días y
tres noches en el seno de la tierra. Los habitantes de Nínive se
levantarán en el Juicio contra esta generación y la condenarán,
porque ellos hicieron penitencia a la voz de Jonás, y he aquí
presente uno, mayor que J o n á s (1). —Después de haber prome-
tido a San Pedro el primado en la Iglesia, «Jesús empezó a de-
clarar a sus Discípulos cómo debía ir a Jerusalén, y allí sufrir
grandes tormentos de los ancianos, escribas y de los príncipes
de los sacerdotes; y ser muerto y resucitar al tercer día»(2).—Y
«mientras estaban en Galilea, Jesús dijo a sus Apóstoles: El
Hijo del hombre ha de ser entregado en manos de los hombres;
le matarán y al tercer día resucitará» (3). —Cuando se preparaba
a acudir por última vez a Jerusalén, «Jesús llamó aparte a los
doce Discípulos y les dijo: H e aquí que subimos a Jerusalén, y
el Hijo del hombre será entregado en manos de los príncipes de
los sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte, le entrega-
rán en poder de los gentiles para ser escarnecido, azotado y
crucificado; mas resucitará al tercer día» (4).—La tarde antes
de la Pasión, en el Cenáculo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «Todos
v,osotros os escandalizaréis en esta noche, porque escrito está:
Heriré al pudor y se descarriarán las ovejas. Mas cuando haya

(1) San Mateo, X I I , 38-41.—Í2) Idem, X V I , 21.-(8) Idem, X V I I , 21


y 22.—(4) Idem, X X , 17-19.
DHL H I J O D B DIOS (116) 159

resucitado os precederé en Galilea» (1).. L o m i s m o leemos en


los otros E v a n g e l i o s .
El sepulcro con guardas.—Después de la m u e r t e de J e s ú s , «se
reunieron los príncipes de los sacerdotes y f a r i s e o s a n t e P i l a -
tos, diciendo: Señor: nos a c o r d a m o s que aquel s e d u c t o r dijo
a n t e s de morir: después de t r e s días r e s u c i t a r é . M a n d a d , pues,
q u e su sepulcro sea g u a r d a d o h a s t a el t e r c e r día; p a r a que no
v a y a n . s u s Discípulos y lo r o b e n y luego digan al pueblo: R e s u -
citó de e n t r e los m u e r t o s ; y sea el ú l t i m o e n g a ñ o peor que el
primero, Pilatos les dijo: T e n é i s g u a r d i a ; id; g u a r d a d l o como
08 plazca. T ellos f u e r o n y a s e g u r a r o n el sepulcro, sellando la
piedra y poniendo g u a r d a s » (2).
Los testigos de la Resurrección.—San P a b l o escribía a los de
Corinto: «Yo os h e enseñado, e n p r i m e r l u g a r , lo que a p r e n d í :
que Cristo m u r i ó por n u e s t r o s pecados, s e g ú n las E s c r i t u r a s ;
que f u é s e p u l t a d o y r e s u c i t ó al t e r c e r día, t a m b i é n s e g ú n l a s
E s c r i t u r a s , y que f u é visto por Cefas, y después por los once
Apóstoles; se dejó ver, más a d e l a n t e , por m á s de q u i n i e n t o s fie-
les a la vez; de los cuales u n o s viven hoy día, otros m u r i e r o n
y a . Se apareció t a m b i é n a S a n t i a g o y luego a todos los Apósto-
les. E n . ú l t i m o l u g a r se apareció a m í como a b o r t i v o . . . ; Cristo
resucitó de e n t r e los m u e r t o s » ( í . a a los Corintios, X V , 3-8, 20).
Testimonio de San Pedro.—Dice San Pedro: «Sabéis vosotros
lo que aconteció por t o l a la J u d e a , comenzando desde Galilea,
después del b a u t i s m o p r e d i c a d o por J u a n . Cómo Dios u n g i ó con
su E s p í r i t u S a n t o y su v i r t u d a J e s ú s de N a z a r e t . F u é por to-
das p a r t e s haciendo bien y s a n a n d o a los poseídos del demonio,
pues Dios e s t a b a con E l . Nosotros somos t e s t i g o s de todo lo q u e
É l hizo en J u d e a y en J e r u s a l é n , cómo le m a t a r o n suspendién-
dole de u n palo. Dios, sin e m b a r g o , lo r e s u c i t ó a l t e r c e r día e
hizo le vieran, no todo el pueblo, sino t e s t i g o s elegidos de a n t e -
m a n o por Dios; nosotros, q u e comimos y bebimos con E l , des-
pués que resucitó de e n t r e los m u e r t o s ; y nos m a n d ó p r e d i c a r
al pueblo y a t e s t i g u a r cómo p o r Dios É l f u é c o n s t i t u i d o J u e z
de vivos y de m u e r t o s . De E l h a b l a n todos los P r o f e t a s , que
quien cree en E l recibe en su n o m b r e la remisión de los pecados.
M i e n t r a s P e d r o decía e s t a s p a l a b r a s , el E s p í r i t u S a n t o descen-
dió sobre todos aquellos, q u e le e s c u c h a b a n » (Hechos de los
Apóstoles, X, 37-44).

(1) San Mateo, X X V I , 31 y 32.—(2; Idem, XXVII, 62-66.


160 D E LA ENCARNACIÓN ( 1 1 6 )

Los ángeles anuncian la Resurrección a las piadosas muje-


res.— C u a n d o J e s ú s f u é sepultado «era el día de p a r a s c e v e y
comenzaba el sábado. L a s m u j e r e s , que le h a b í a n seguido y
venido con El desde Galilea, vieron el sepulcro y el modo con
q u e h a b í a sido colocado el c u e r p o de J e s ú s . V u e l t a s a casa pre-
p a r a r o n a r o m a s y u n g ü e n t o s , descansando el s á b a d o s e g ú n lo
prescrito. Mas el p r i m e r día de la s e m a n a , al r a y a r el a l b a ,
f u e r e n a l sepulcro, llevando los a r o m a s que t e n í a n p r e p a r a d o s .
E n c o n t r a r o n l e v a n t a d a la p i e d r a del sepulcro. E n t r a n d o en él
n o h a l l a r o n el cuerpo del Señor. Y estando p e r p l e j a s de esto, h e
a q u í q u e se acercan a ellas dos personajes con v e s t i d u r a s res-
p l a n d e c i e n t e s ; a t e m o r i z a d a s , y teniendo sus r o s t r o s inclinados
h a c i a el suelo, les dijeron los ángeles: ¿Por q u é buscáis e n t r e
los m u e r t o s al que está vivo? No e s t á aquí; r e s u c i t ó . Acordaos
de lo que os previno c u a n d o e s t a b a a ú n ^en Galilea y decía:
P r e c i s o es q u e el H i j o del h o m b r e sea e n t r e g a d o en m a n o s de
los pecadores, y crucificado, y q u e resucite a l t e r c e r día. E l l a s
r e c o r d a r o n las p a l a b r a s del Salvador, y volviendo del sepulcro
c o n t a r o n todo a los once A p ó s t o l e s y a los d e m á s Discípulos.
E r a n M a r í a M a g d a l e n a , J u a n a y M a r í a , m a d r e de S a n t i a g o , y
las demás, q u e e s t a b a n con ellas, las que a n u n c i a r o n e s t a s
cosas a los Apóstoles. P e r o s u s p a l a b r a s p a r e c i e r o n a los Após-
toles como u n desvarío y no las creyeron» | ( £ a n Lucas, X X I I I ,
54 56; X X I V , l - l l ) .
El sepulcro vacío.—Después de la n u e v a de la Resurrección
del S a l v a d o r d a d a por las m u j e r e s , «salió P e d r o y el o t r o Dis-
cípulo (a quien J e s ú s a m a b a ) y se dirigieron al sepulcro. Am-
bos c o r r í a n juntos, pero el o t r o Discípulo corrió m á s que P e d r o
y llegó a n t e s a l sepulcro, y habiéndose inclinado vió los lienzos
en el suelo, m a s no e n t r ó . Después de él llegó Simón Pedro,
e n t r ó en el sepulcro y vió los lienzos en el suelo y el sudario,
que h a b í a n p u e s t o sobre la cabeza del Salvador, n o j u n t o con
los demás lienzos, sino plegado en o t r a parte. E n t o n c e s e n t r ó
t a m b i é n el o t r o Discípulo, q u e h a b í a llegado a n t e s al sepulcro,
y vió y creyó. V e r d a d e r a m e n t e , n o h a b í a n h a s t a e n t o n c e s
comprendido las E s c r i t u r a s , cómo Cristo debía r e s u c i t a r de
e n t r e los m u e r t o s . Los Discípulos se volvieron de n u e v o a
casa» ( S a n Juan, X X , 3-10).
Para fundar una nueva religión.—La Resurrección de J e -
s u c r i s t o es el f u n d a m e n t o del Cristianismo. U n día, L e p e a u x ,
DEL HIJO DE DIOS ( 1 1 7 ) 161

miembro del Directorio francés, expuso a Talleyraud, ministro


de Estado, que había fundado él una religión: la Filantropía,
mas que no lograba difundirla. Talleyrand le respondió: El
medio de conseguirlo es muy sencillo. Obrad algunos milagros,
dejaos m a t a r y enterrar; resucitad después de tres días y vues-
tra religión será aceptada. El amigo comprendió el argumento,
cambió de tema y no habló más de su nueva religión.

117. P. ¿Cuántos días se quedó en la tierra Jesucristo después de


su resurrección?
R, Después de su resurrección quedóse en la tierra J esucristo cua-
renta días, para confirmar en la fe a sus discípulos.

Después de su Resurrección, permaneció Jesús en este


m u n d o cuarenta días para confirmar en la fe a sus Dis-
cípulos. Se les presentó varias veces, conversó con ellos,
demostrando así, con el potentoso milagro de su Resu-
rrección, la verdad de cuanto les había enseñado y su
divinidad. Durante este tiempo estableció los dos Sacra-
mentos más necesarios, como veremos luego, esto es, el
Bautismo y la Penitencia; constituyó, según lo había ya
prometido, a San Pedro Cabeza de los Apóstoles y de
toda la Iglesia. Por el Evangelio sabemos que apareció a
los Discípulos a lo menos unas diez veces; no se apareció
a los judíos obstinados. Era esto premio reservado a los
que le habían amado, aunque fríamente, y que debían
continuar en este m u n d o su misión (1).

Ejemplos.—Jiusia, los protestantes y el Calendario romano.


Cuando el corazón está viciado, antes que admitir la verdad,
que obligaría a cambiar de vida, se llegará a negar el sol del
mediodía. Mirad lo que pasa en la cismática Rusia; antes que
aceptar nuestro Calendario, reconocido como exacto, prefiere,
sola entre todos los pueblos civilizados, quedar con diez y

(1) Los judíos no merecían ver a Jesús resucitado, porque no se


habían convertido con sus milagros; creían en su resurrección,
pero intencionadamente la negaban; basta recordar lo que hicieron
con los soldados que la anunciaban. ¿Para qué, pues, se les había
de aparecer Jesús, estando como estaban tan tercos en su obsti-
nación?
11
162 D E LA . E N C A R N A C I Ó N ( 1 1 7 )

seis días de retraso en él cómputo del tiempo. Y ¿por qué? Por-


que un P a p a procuró la corrección del Calendario; antes el
error en el Calendario, que aceptarlo exacto de manos de un
P a p a , Los protestantes t a m b i é n tardaron en aceptar é s t a co-
rrección, porque era obra de u n Papa, de Gregorio X I I I ; siendo
así que la corrección se efectuó en 1582, los protestantes no la
aceptaron h a s t a 1752 y algunos sólo el 1775 (Hergenrother,
Historia universal de la Iglesia, V,'404),
Los judíos contra Lázaro resucitado.— Por lo demás, los ju-
díos habían mostrado y a antes h a s t a dónde los a r r a s t r a b a su
mala fe. Muchos, testigos de la resurrección de Lázaro efectua-
da por J e s ú s , habían creído en El. Ahora bien: ¿qué hicieron
los judíos al saber t a n gran milagro? Mandaron que si alguno
sabía dónde se encontraba Jesús, lo indicase para poderlo coger
(San Juan, X I , 56); y después, como muchos, atraídos por el
prodigio, iban a ver al resucitado, «los príncipes de los sacer-
dotes decidieron m a t a r a Lázaro» ( I d e m , XII, 10). Observa San
A g u s t í n : Quien había resucitado a Lázaro muerto, ¿no podía
resucitar a Lázaro asesinado? Mas no es esto lo que ahora nos
i m p o r t a , sino probar que gente de t a n mala fe no merecía ver a
J e s ú s resucitado.
Apariciones de Jesús.—Jesús aparece ala Magdalena.—Des-
pués que salieron los Discípulos, María «estaba f u e r a llorando
junto al sepulcro. Mientras lloraba, se inclinó a m i r a r el sepul-
cro y yió a dos ángeles vestidos de blanco, sentados el uno a la
cabecera y el otro a los pies, donde había sido puesto el cuerpo
do J e s ú s . Dijéronle ellos: Mujer, ¿por qué lloras? Respondióles:
H a n llevado a mi Señor y no se dónde lo h a n puesto. Dicho esto
se volvió, y vió junto a sí a Jesús, mas no conoció que era
Jesús. Dícele Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?
Ella, pensando era el hortelano, le dijo: Señor; si t ú lo has qui-
tado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré. Dícele Je-
sús: María. Ella, volviéndose, exclamó: Rabboni, que quiere
decir maestro. L e dijo Jesús: No me toques, porque aun no h e
subido a mi P a d r e . Mas ve y di a mis hermanos: Subo a mi P a -
dre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios. María Magda-
lena f n é a dar parta a los Discípulos diciendo: H e visto al Se-
ñor y me ha dicho esto» (San Juan, X X , 11-18).
Jesús aparece a las piadosas mujeres.—También las piadosas
mujeres se volvieron del sepulcro, y «he aquí que Jesús les salió
I i B L H I J O D B D OS ( 1 1 7 ) 163

al encuentro y les dijo: Dios os guarde. Y acercándose, ellas le


estrecharon los pies y le adoraron. Entonces J e s ú s les dijo: No
temáis; id, y anunciad a mis hermauos que se r e ú n a n en Gali-
lea; allí me verán» ( S a n Mateo, X X V I I I , 9 y 10).
Incredulidad de los Apóstoles.—Jesús, «resucitando al ama-
necer el primer día de la semana, se apareció primeramente
a María Magdalena, de la cual había lanzado siete demonios.
Magdalena fué luego a dar esta nueva a cuantos habían estado
con El, los cuales se h a l l a b a n afligidos y llorosos. Ellos, oyendo
que estaba vivo y que ella lo había visto, no la creyeron. Des-
pués se mostró en otra f o r m a a dos de sus Discípulos, m i e n t r a s
iban de camino a una casa de campo. Estos, de vuelta, dieron
la nueva a los otros Discípulos, que no les creyeron tampoco.
En fin, apareció a los once, m i e n t r a s estaban a la mesa y les
increpó su incredulidad y dureza de corazón por no h a b e r creí-
do a los que le habían visto resucitado» (San Marcos, X. VI, 9-14).
Los- Discípulos de Emaús,—*lle> aquí que dos Discípulos
iban el mismo día a u n a aldea llamada E m a ú s , d i s t a n t e de Jeru-
salén sesenta estadios. H a b l a b a n entre sí de lo que había pa-
sado, y m i e n t r a s así razonaban y discurrían, t i mismo Jesús,
acercándose a ellos, iba en su compañía. Mas sus ojos estaban
cegados y no le reconocieron. Díjole?, pues: ¿Qué conversación
era ésa que t r a í a i s y por qué estáis tristes? U n o de ellos, lla-
mado Cleofás, respondió: ¿Tú solo eres peregrino en Jerusalén
y no sabes lo que ha acaecido estos días? El repuso: ¿Qué?
Ellos respondieron. Lo de J e s ú s de Nazaret; qvie f u é profeta,
poderoso en obras y palabras, delante de Dios y de todo el
pueblo. Cómo los sacerdotes y nuestros jefes le entregaron p a r a
que fuese condenado a m u e r t e y le han puesto en u n a cruz. Nos-
otros esperábamos que había de redimir a Israel. No obstante,
después de todo esto, y a es el tercer día que tales cosas pasaron.
Bien es berdad, que ciertas mujeres de e n t r e nosotros nos h a n
asustado, pues yendo a n t e s de ser día al sepulcro, no encontra-
ron su cuerpo y volvieron diciendo" que h a b í a n visto ángeles,
los cuales les aseguraron que está vivo, También algunos d é l o s
nuestros han ido al sepulcro y encontrado que era verdad
cuanto habían dicho las mujeres, m a s a J e s ú s nolo encontraron.
Él les dijo entonces: ¡Oh necios y tardos de corazón p a r a creer
las cosas predichas por los Px-ofetas! P u e s qué, ¿no era nece-
Bario, acaso, que Cristo padeciera todas esas cosas y así e n t r a r a
164 D E LA E N C A R N A C I Ó N ( 1 1 7 )

en su gloria? Y comenzando por Moisés y discurriendo por los


demás P r o f e t a s les i n t e r p r e t a b a en todas las E s c r i t u r a s los lu-
g a r e s que h a b l a b a n de É l . L l e g a n d o ya a la aldea a d o n d e se
dirigían, E l hizo a d e m á n de p a s a r adelante: ellos le d e t u v i e r o n
por f u e r z a , diciendo: Q u é d a t e con nosotros, que y a es t a r d e y
se h a c e noche. E n t r ó con ellos, y e s t a n d o s e n t a d o s a la m e s a ,
t o m ó el p a n , lo bendijo, lo p a r t i ó y se lo dió: con esto se abrie-
r o n sus ojos y lo reconocieron. Mas E l desapareció de su vista»
(San Lucas, X X I V , 13-31).
Jesús se aparece a los Apóstoles. — «Mientras d i s c u r r í a n sobre
estas cosas, J e s ú s se presentó en medio de ellos y les dijo: L a
paz sea con vosotros. Y o soy; no t e m á i s . Ellos, a t ó n i t o s y es-
p a n t a d o s , creían v e r u n e s p í r i t u . J e s ú s les dijo: ¿Por qué os
t u r b á i s , por qué dais cabida en vuestro corazón a esos pensa-
mientos? Mirad mis m a n o s y mis pies. Yo mismo soy. P a l p a d y
observad, que u n espíritu n o t i e n e c a r n e y hueso, como veis
t e n g o yo. Dicho esto, les m o s t r ó las manos y los pies. Mas no
creyendo a ú n , y f u e r a de sí de gozo y admiración, les dijo:
¿Tenéis algo que comer? L e ofrecieron p a r t e de u n pez asado y
u n p a n a l de miel. Después que comió d e l a n t e de ellos, les dió
Iss sobras. Díjoles en seguida: Ved ahí lo que os decía, c u a n -
do e s t a b a a ú n con vosotros: cómo era preciso se cumpliese
c u a n t o e s t a b a escrito de Mí en la ley de Moisés, en los P r o f e -
t a s y en los Salmos. E n t o n c e s les abrió el e n t e n d i m i e n t o p a r a
que comprendiesen lhs E s c r i t u r a s ; y les dijo: Así e s t a b a escrito,
y así era necesario que Cristo padeciese y r e s u c i t a s e al tercer
d í a de e n t r e los muertos» (San Lucas, X X I V , 36-46).
Tomás convencido.—«Tomás, uno de los doce, l l a m a d o D í -
dimo, no e s t a b a con ellos cuando vino J e s ú s . L e dijeron des-
pués los otros Discípulos: H e m o s visto a l Señor. Mas él les res-
pondió: Si no viere en sus manos los agujeros de los clavos y n o
m e t i e r e mi dedo en el sitio de los clavos y mi m a n o en su cos-
t a d o , EO lo creeré,. Ocho días después, estando los Discípulos de
n u e v o en casa y T o m á s con ellos, vino J e s ú s , c e r r a d a s las p u e r -
t a s y colocóse en medio, diciendo: L a paz sea con vosotros. Des-
pués dijo a Tomás: Mete aquí t u dedo; m i r a mis manos; tr&e
a q u í t u m a n o y m é t e l a en m i costado y no q u i e r a s ser incré-
dulo, sino fiel. T o m á s respondió, e x c l a m a n d o : ¡Señor mío y
Dios mío! Díjole J e s ú s : T o m á s : h a s creído p o r q u e h a s visto;
b i e n a v e n t u r a d o s aquellos que sin ver creyeron. E n presencia
DBL H I J O DE DIOS ( 1 1 8 ) 165

de sus Discípulos hizo J e s ú s muchos otros prodigios, que no se


n a r r a n en este libro. E s t a s cosas h a n sido e s c r i t a s p a r a que
oreáis que J e s ú s es Cristo, H i j o de Dios, y creyendo, t e n g á i s
vida en su nombre» (San Juan, XX, 24 31).

118. P. ¿A dónde fué Jesucristo después de los cuarenta días?


R. Después de los cuarenta días Jesucristo subió al cielo, donde
está sentado a la diestra de Dios P a d r e todopoderoso.

Dos cosas nos dice aqui el Catecismo: Cuarenta días


después de la Resurrección, Jesús subió al cielo; en el
cielo está sentado a la diestra de Dios P a d r e todopo-
deroso.
l.° Subió al cielo. — Subir significa ir hacia arriba. Je-
sús subió al cielo en cuerpo y alma; subió por pr opia vir-
t u d a c o m p a ñ a d o de todas las almas sacadas del limbo,
y que llevó consigo al cielo. Después de la Resurrección
había ya hecho decir a los Apóstoles: «Subo a mi Padre
y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios» ;1). He aquí
cómo sucedió esto:
Pasados cuarenta días después de la Resurrección, Je-
sús se mostró por última vez a los Discípulos, reunidos
en n ú m e r o de ciento veinte próximamente; los condujo
a Betania y al monte Olívete. Allí, levantadas las manos
en alto, los bendijo y, mientras los bendecía, empezó a
subir hacia el cielo en presencia de los Discípulos admi
ratíos, hasta que una nube les privó de la vista del Señor.
Aparecieron dos ángeles, que les sacaron de su arroba-
miento y les a n u n c i a r o n la segunda venida de Cristo
Jesús: «Hombres de Galilea, ¿qué estáis m i r a n d o hacia
el cielo? Este Jesús que apartándose de vosotros h a su-
bido al cielo, vendrá del mismo modo como lo habéis
visto subir al cielo» >2. Así tuvo fin la vida visible de
Jesús en este m u n d o y principió su vida como h o m b r e
en los cielos, en donde siempre había estado como Di'os.
Jesús quiso subir al cielo desde el m o n t e Olívete, don-
de se había retirado tantas veces a orar, donde había

(1) San Juan, X X , 17.—(2) Hechos de los Apóstoles, T.


166 DE L.A ENCARNACIÓN (118)

e m p e z a d o *su p a s i ó n , p a r a e n s e ñ a r n o s q u e l o s d o l o r e s ,
p e n a s y desprecios s u f r i d o s p o r a m o r de Dios y la fervo-
r o s a o r a c i ó n s o n el c a m i n o s e g u r o p a r a l l e g a r a l a g l o -
r i a (1).
2.° Estájentado a la diestra, etc. — C o n estas p a l a b r a s
n o q u i e r e d e c i r n o s el C a t e c i s m o q u e J e s ú s está m a t e r i a l -
m e n t e s e n t a d o a l a d e r e c h a del P a d r e ; Dios, p u r í s i m o
espíritu, no tiene d e r e c h a ni izquierda, sino q u e Jesús,
a u n c o m o h o m b r e , h a s i d o s u b l i m a d o a la g l o r i a y s u -

(1) Bajando del monte de los Olivos, el Salvador hizo tres entra-
das: La primera fué la entrada gloriosa que hizo, como hijo de Da-
v i d y B e y de los j u d í o s , en l a Jerusalén terrestre. Sus A p ó s t o l e s
llevaban en las manos ramos de palmas, símbolo de paz, y el Prín-
cipe de la Paz caminaba cabalgando en un jumento, otro símbolo
de paz según las costumbres orientales. Toda Jerusalén a su llega-
da resonó en cánticos y hosannas. Pero pasados algunos días, el
cántico de hosanna se cambió en aquel grito de muerte repetido
a una voz por los judíos: Crucifícalo, crucifícalo; manifiesta prueba
de que la magnificencia de la tierra y el favor de los hombrés duran
bien poco.
M Salvador hizo una segunda entrada, que fué entrada dolorosa
en calidad de Cordero de Dios, cuando en manos de sus enemigos
fué llevado de G-etsemaní a Jerusalén en actitud de malhechor. Los
discípulos, que se habían preciado de fidelidad para con su Divi-
no Maestro, emprendieron todos la fuga. Tal conducta nos da a co-
nocer cuan débil es el hombre que no confía sino en sus fuerzas y
no vela ni pide, como hizo Jesucristo, el socorro y asistencia del
cielo. Los que le acompañaban iban armados de picas y lanzas, ins-
trumentos de guerra; pues había empezado la lucha entre el Corde-
ro y la serpiente. Cargado iba Él de cadenas para restituirnos a to-
dos nosotros la libersad.
Hizo el Salvador su tercera entrada, cuando en calidad de triun-
fador j heredero del reino de Dios entró glorioso en la Jerusalén
celestial. A su vista los discípulos queda-ron sumidos en gran abati-
miento y profunda tristeza; lo que prueba que el alma se siente in-
feliz cuando, siendo esposa de Jesucristo, se ve privada y separada
de su esposo. Los que hasta entonces i e. habían seguido no pudieron
acompañarle en adelante; pues debían, como su Maestro, recorrer
el camino de la Cruz. Los que quieran seguir a Jesús, que entra en
el cielo, deben antes acompañarle en el camino de sus trabajos
(Schmidt).
DBL H I J O D E DIOS ( 1 1 8 ) 167

p r e m a p o t e s t a d e n el c i e l o . S a n P a b l o , e s c r i b i e n d o d e l a
g r a n d e z a d e D i o s , d i c e q u e se m a n i f e s t ó n o s ó l o e n l a
Resurrección de Jesucristo, sino t a m b i é n «colocándolo
a s u d i e s t r a e n el c i e l o , s o b r e t o d o p r i n c i p a d o , p o t e s t a d ,
virtud y dominación, sobre todo nombre, por celebrado
q u e s e a n o s ó l o e n e s t e s i g l o , s i n o t a m b i é n e n el f u t u r o .
T o d a s l a s c o s a s e s t á n p u e s t a s b a j o s u s p i e s » (1).

Ejemplos- —Sobre el monte Olívete. —«Dejada la ciudad de J e -


rusalén p a r a b a j a r al v a l l e de J o s a f a t y subir luego al m o n t e
Olivete, podíamos t a m b i é n decir: Aquí estuvo el S a l v a d o r . Hic
facius tst sudor ejus sicut guttae sanguinis decurrentis in ter-
ram; y a s í diciendo esto, e n t r a m o s en la gruta de la Agonía,
uno de Jos pocos s a n t u a r i o s de aquel m o n t e , que h a n p e r m a n e -
cido en poder de los católicos... Subimos más a r r i b a , y visitan-
do los Santos l u g a r e s llamados del Credo, del Padre Nuestro y
otro del Llanto, donde J e s ú s lloró y predijo la r u i n a de J e r u s a -
lén y el juicio final, llegamos al sitio más elevado, a l s a n t u a r i o
de la Ascensión. E n otro tiempo h u b o allí u n a suntuosa- basíli-
ca, de que a h o r a no quedan sino algunos restos, que f o r m a n u n
recinto algo ancho, en cuyo c e n t r o se l e v a n t a u n a capillita r e c -
t a n g u l a r , m e z q u i t a de turcos. Allí d e n t r o pudimos c e l e b r a r los
Divinos oficios en un a l t a r c i t o , que llevábamos; allí, sobre
aquella piedra, q u e c o n s e r v a la huella de un pie i m p r e s a , s e g ú n
tradición c o n s t a n t e y d i g n a de respeto, por el mismo J e s ú s en el
acto de subir a l cielo. Aquí subió al cielo el R e d e n t o r divino,
aquí también se a n u n c i ó su s e g u n d a venida; n o vendrá como
Salvador, sino como J u e z . G r a n m a r a v i l l a decíamos, de aquí
subió Cristo al cielo p a r a a b r i r aquellas p u e r t a s e t e r n a l e s y
abrirlas p r e c i s a m e n t e a nosotros.» (El C a r d e n a l F e r r a r i ) .
Martirio de San Esteban. ~ Jesús a la diestra de Dios.—San
E s t e b a n f u é el p r i m e r m á r t i r de la Iglesia católica, Era u n
hombre, dice la E s c r i t u r a , lleno de fe y del E s p í r i t u Santo, y
hacía g r a n d e s m i l a g r o s a la v i s t a del pueblo. Los judíos n o po-
dían resistir la f u e r z a de su p a l a b r a , y en vez de c o n v e r t i r s e
sublevaron al pueblo c o n t r a él. Citado a n t e el Sanedrín, hizo
un h e r m o s í s i m o discurso, condenando la impiedad de los ju-
díos, que no q u e r í a n creer en Jesucristo. Sus enemigos cru-

(1) A los Efesios, I, 20-22.


168 DE LA ENCARNACIÓN ( 1 1 9 )

jían los dientes c o n t r a él, llenos de f u r i a diabólica. E n t o n c e s


E s t e b a n t u v o u n a h e r m o s a visión, que él mismo m a n i f e s t ó en
estos términos: «He aquí, que veo abiertos los cielos y al H i j o
del hombre, q u e está a la d i e s t r a de Dios.» Con estas p a l a b r a s
el f u r o r de los enemigos llegó a su colmo. El m á r t i r f u é arras-
t r a d o f u e r a de la ciudad y allí apedreado (Hechos de los
Apóstoles, V I y - T i l ) .

119 P. ¿Envió Jesucristo desde el cieio el Espíritu Santo sobre


su Iglesia?
R. J e s u c r i s t o envió el E s p í r i t u Santo a la Iglesia el día de P e n t e -
c o s t é s , diez días después de su ascensión a los cielos.

Jesús había prometido el Espíritu Santo a los Após-


toles. «Y yo rogaré al P a d r e y os enviará otro consola-
dor; el Espíritu de verdad que el m u n d o no puede reci-
bir . » (1). «Cuando venga el consolador, que yo os envia-
ré del Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Pa-
dre, él dará testimonio de mí» (2). De los dones del Espí-
r i t u Santo os hablaré c u a n d o estudiemos el Sacramento
de la Confirmación. Ahora recordemos sólo su venida.
Después de la Ascensión de Jesús al cielo, sus Apósto-
les y Discípulos se reunieron en una casa de Jerusalén y
en u n cenáculo, donde estuvieron orando con María San-
tísima y con las piadosas mujeres. La m a ñ a n a del día
décimo se oyó un gran r u m o r como de fuerte viento; en
el mismo p u n t o aparecieron lenguas como de fuego, que
se dividieron y colocaron encima de cada uno; quedan-
do todos llenos del Espíritu Santo, comenzaron a h a b l a r
diversas lenguas. San Pedro empezó en seguida a predi-
car y convirtió cerca de cinco mil personas a la fe de
Jesucristo. Aquel mismo día en Jerusalén nació la Igle-
sia católica.
Después de haber recibido el Espíritu Santo, los Após-
toles, antes ignorantes en las cosas sagradas, quedaron
llenos de ciencia prodigiosa; antes temerosos, quedaron
valerosísimos; antes imperfectos en la virtud, quedaron

(1) San Juan, XIV, 16 y 17.—(2) Idem, XV, 26.


DHL H I J O DB DIOS ( 1 2 0 ) 169

hechos ejemplo de toda santidad; tuvieron el don de mi-


lagros y obraron en todas partes gran n ú m e r o de ellos en
presencia de los enemigos del cristianismo, judíos y gen-
tiles.
E n los ejemplos del n ú m e r o 264 se verá cómo el E s p í -
ritu Santo transformó a los Apóstoles llenándolos de for-
taleza .
Fruto.—El Espíritu Santo bajó en f o r m a de fuego p a r a
enseñar que venía a iluminar, inflamar y purificar a los
Apóstoles. Rogadle se digne, aunque de u n modo invisi-
ble, causar en vuestra alma, a la cual bajó en la Confir-
mación, los mismos saludables efectos que causó en los
Apóstoles el día de Pentecostés.

120 P. ¿Está nuestro Señor Jesucristo únicamente en el cielo?


R. Nuestro Señor Jesucristo en cuanto Dios está en todas partes, y
en cuanto H o m b r e - D i o s está en el cielo y en el Santísimo Sacramento
del Altar.

1.° Jesucristo es Dios y hombre; por esto, c u a n d o u n o


pregunta dónde está, preciso es saber si h a b l a de El como
Dios o como Hombre-Dios. Como Dios está en todas par-
tes; pero como Hombre-Dios, no está en todas partes, sino
en el cielo, donde subió, y en el Santísimo Sacramento del
Altar.
2.° De la presencia de Jesús en el Santísimo Sacra-
mento os hablaré c u a n d o estudiemos el Sacramento de
la Eucaristía. Ahora diré sólo que debéis a d m i r a r cuán
grande y bueno con vosotros se h a mostrado Jesucristo.
Como Dios está en todo lugar, en el cielo, en la tierra, y,
por tanto, aquí presente Como Dios y hombre está en
el cielo y en el Santísimo Sagramento del Altar; esto es,
donde quiera que haya una Hostia consagrada. Podemos
decir que donde se hallan algunos cristianos, Jesús está
con ellos.
Jesús, haciéndose h o m b r e para salvarnos, no quiso
a b a n d o n a r ni siquiera como h o m b r e esta tierra que ha-
bitamos. Subió a los cielos, mas sin dejarnos. Antes de su
170 DB LA ENCARNACIÓN ( 1 2 0 )

Pasión, decía a los Apóstoles: «No os dejare h u é r f a n o s . .


Un poco más de tiempo y el m u n d o no me verá; m a s
vosotros me veréis» (1). No nos ha dejado huérfanos; lo
tenemos con nosotros, lo poseemos, lo tenemos en la
Eucaristía; el m u n d o no lo ve, pero nosotros lo vemos
con la fe.
Fruto —Amadle, pues, y llegaos con frecuencia a visi-
tarle en el Santísimo Sacramento. Jesucristo está en el
cielo y en la tierra. En el cielo nos prepara el puesto; en
la tierra nos quiere a y u d a r a que lo merezcamos Mirad,
qué respeto tan grande debéis tener a la Iglesia; es la
casa de Jesús. Recordad que en la Iglesia os encontráis
cerca de Jesús, verdadero y real, como c u a n d o vivía y
predicaba; estáis b a j o su mirada, m u y cerca de su co-
razón.

(1) San Juan, X I V , 18 y 19.


CAPITULO IV

D E LA. VENIDA D E J E S U C R I S T O AL FIN D E L MUNDO Y DE L O S


DOS JUICIOS PARTICULAR Y UNIVERSAL

121. P. ¿Volverá o t r a vez visiblemente Jesucristo a esta tierra?


R. J e s u c r i s t o volverá otra vez visiblemente a esta tierra al fin del
mundo, para juzgar a los vivos y a los muertos, esto es, a los buenos y
a los malos.

1.° El Catecismo nos pregunta aquí, no si volverá


Jesús a esta tierra, mas si volverá visiblemente. El Hijo
de Dios se hizo hombre, nació niño, tomó el n o m b r e de
Jesús, vivió, padeció, murió y después resucitó y subió a
los cielos. Como Dios-Hombre, está en este m u n d o en el
Santísimo Sacramento del Altar. ¿Lo veis acaso? No, no
lo veis. Por esto, Jesús está continuamente en este m u n -
do, m a s de u n modo invisible; nuestros ojos no lo ven.
2.° Y de modo que lo veamos, esto es, visiblemente,
¿vendrá o no vendrá más?... Sí, nos enseña el Catecismo,
vendrá también otra vez... al fin del mundo; lo dijo Jesús
a sus Apóstoles: «El Hijo del h o m b r e vendrá en la gloria
de su P a d r e con sus ángeles, y entonces dará a cada uno
según sus obras» (1). (Lo dijeron también los ángeles a
los Apóstoles después de la Ascensión del Señor; véase
la preg. 118.) Jesús, a u n q u e se lo preguntaron, no quiso
d e c i r c u á n d o sería el fin del mundo.Oiréis c o n t a r m u c h a s

(1) San Mateo, X V I , 27.


172 J U I C I O PARTIC.U IAR Y U N I V E R S A L ( 1 2 1 )

•cosas acerca de este fin; vosotros habéis de creer lo que


enseña la Iglesia; es cierto que vendrá un tiempo en el
cual el m u n d o cesará de existir tal como a h o r a existe,
pero sin ser aniquilado. Esto debéis creer. E n cuanto
al tiempo en que sucederá y lo que después será del mun-
do, no creáis nada de cuanto se dice. Jesús no lo quiso
descubrir a sus Apóstoles, y por esto, debéis m i r a r lo que
se dice sobre eso como no verdadero, o a lo menos como
poco seguro.
3.° Cuando Jesús vino por primera vez al m u n d o ,
vino para salvarnos; por esto, nos dió su doctrina, sus
Sacramentos y su Iglesia. Después de su Resurrección
permaneció en este m u n d o para confirmar en la fe a sus
Apóstoles. Al fin del m u n d o , Jesús volverá también visi-
blemente, mas para juzgarnos. Durante la vida nos deja
que hagamos el bien o el mal a nuestra voluntad, que
practiquemos o despreciemos lo que El nos h a enseñado
y mandado. Mas, en aquel día, públicamente nos pedirá
cuenta de todo, nos juzgará. Habréis oído alguna vez ha-
blar de juicios. l]no es juzgado cuando, siendo culpable
o creyéndosele tal, es conducido a un tribunal; allí se
examina lo que ha hecho, para discernir si es reo o ino-
cente de la culpa que se le imputa. Así, al fia del m u n d o
seremos todos juzgados; nuestra vida será examinada con
todas sus obras manifestándose así nuestra inocencia o
nuestra culpa: «Todos compareceremos ante el t r i b u n a l
de Cristo.. Cada uno dará cuenta de sí a Dios» (1).
4." El Catecismo, enseñándonos que el Señor vendrá
a juzgarnos a todos, a los vivos y a los muertos, nos expli-
ca que por muertos se entiende aquí los malos, y por
vivos los buenos. Dijo San Pedro: Jesús «nos mandó pre-
dicar al pueblo y atestiguar cómo Diosle ha constituido
j u e z de vivos y muertos» (2). Para el día del juicio univer-
s a l todos los hombres h a b r á n muerto; entonces todos re-
sucitarán.

(1) A los Rom., XIV, 10, 12—(2) Hechos de los Apóstoles, X, 42.
JUICIO PARTICULAR Y UNIVERSAL (122) 173

Fruto.—Ninguno podra declinar este divino juicio; to-


dos compareceremos allí; compareceremos nosotros tam-
bién para ser juzgados; ¿estaremos entre ¡os vivos o entre
los muertos? E n los sermones h a b r é i s oído ponderar qui-
zá que los malos no están vivos, sino muertos; vivos en
cuanto a la vida corporal, pero muertos en cuanto a la
vida espiritual. Procurad vosotros estar siempre vivos
con la vida sobrenatural, con la vida de la gracia, m á s
preciosa que la vida del cuerpo, p a r a estar asimismo en-
tre los vivos el día del juicio.

122. P. ¿Sobre qué cosas nos juzgará Jesucristo?


R . Jesucristo nos juzgará sobre todo lo bueno y malo que hubiére-
mos hecho.

E n el juicio Cristo nos juzgará sobre todo lo bueno y


malo que hubiéremos hecho en este mundo.
1.° Sobre todo lo bueno. — No basta hacer el bien, es
necesario hacerlo bien. ¡Cuántas obras buenas no están
bien hechas! Por ejemplo: Cuántas oraciones no están
bien rezadas; cuántas misas se oyen mal; cuántas b u e n a s
obras no se hacen con recta intención. Jesucristo juz-
gará el bien y juzgará asimismo el modo y las intencio-
nes con que lo h a y a m o s hecho. Procuremos, pues, cum-
plir m u c h a s buenas obras; pero siempre con recta in-
tención, por amor de Dios.
2.° Sobre todo lo malo. - Durante nuestra vida fácil-
mente nos olvidamos de lo que hicimos; y en verdad,
cuántas cosas buenas y malas habéis hecho en el trans-
curso de los años, de que ya no os acordáis. Cuántas co-
sas se hacen ahora en secreto, y que nadie conoce; cuán-
tas cosas quedan ocultas; cuántos culpables aparecen
inocentes, porque los jueces se engañan, y escapan así a
la vergüenza de su delito; cuántos otros se libran cam-
biando de país. Dios conoce todo y no olvida nada; nin-
guno podrá entonces h u i r ni del divino juez, ni de la
vista del m u n d o entero allí reunido; Jesús nos juzgará
de todo aquello que h a b r e m o s hecho, bueno y malo, de
174 JUiClO PARTICULAR Y UNIVERSAL (122)

todo lo bueno culpablemente omitido y de todo lo mal


h e c h o o causado, especialmente por el escándalo. ¿Quién
puede medir, por ejemplo, todo el mal de que es causa
u n escritor perverso, u n escandaloso, uno que habla
m a l , etc., Lutero, Calvino, etc.?
Se puede hacer el m a l de tres maneras: con los pensa-
mientos (y deseos\ con las palabras y con las obras (y
omisiones). Seremos juzgados de los pensamientos y de-
seos malos, de las palabras y de las obras. Sentencia es
del Espíritu Santo, que dice: «De toda cosa que hagáis os
pedirá Dios cuenta en su juicio, por cualquier error co-
metido (esto es, por cualquier falta cometida en hacer el
bien o el mal), ya sea la obra buena, ya mala» (1). «Es
necesario que todos comparezcamos ante el t r i b u n a l de
Cristo, para que cada uno reciba lo debido al cuerpo,
según el bien y el mal que obró» (2). «Se escudriñarán
los pensamientos del impío, a Dios llegará el sonido de
sus palabras, para que sean castigadas sus iniquida
des» (3;. Y Jesús nos advirtió: «Yo os digo que de cada
palabra ociosa que h a y a n dicho los hombres, d a r á n
cuenta en el día del Juicio» (4).
3.° P a r a juzgarnos, h a r á Jesús lo que se llama la re-
velación de las conciencias. «Iluminará lo escondido de
las tinieblas y m a n i f e s t a r á las intenciones de los cora-
zones» (5). Será como un rayo de la divina Sabiduría,
que b a j a r á e i l u m i n a r á a los hombres todos, con él
cada u n o verá en sí mismo, como en u n cuadro, todo lo
que hizo, y del mismo modo cada uno verá en los otros
el bien y el mal que hicieron. Si tuvierais delante un
c u a d r o cubierto con un velo, no veríais las figuras, ni
t a m p o c o si estaba el cuadro en la oscuridad. Ahora el
a l m a está como cubierta de un velo o como en la oscu-
ridad; por esto, en nuestras almas vemos sólo una parte
de lo que habernos hecho, y en el alma de los demás no

(1) Mclesiastés, X I I , 1 4 . - ( 2 ) 2 . a a los Corintios, V, 10.—(3) Sabidu-


ría, I , 9 — ( 4 ) San Mateo, X I I , 3 5 . — ( 5 ) 1.a a los Corintios, I V , 5.
•TUIClO P A R T I C U L A R Y UNIVERSAL ( 1 2 3 ) 175

v e m o s n a d a . C u a n d o se realice la revelación de las con-


ciencias, entonces se verá, se s a b r á todo; entonces c a e r á n
t o d o s los disfraces e hipocresías; entonces c a d a u n o com-
p a r e c e r á con t o d a s sus obras, p a l a b r a s , pensamientos,
deseos; n a d a escapará, n a d a q u e d a r á cubierto o escondí
do; todo se h a r á p ú b l i c o y visible a todos.
Fruto —Si yo en este m o m e n t o pudiese p e n e t r a r en el
a l m a de c a d a u n o de vosotros y m a n i f e s t a r t o d o el m a l
q u e c a d a u n o h a h e c h o , a u n los pecados m á s ocultos y
vergonzosos, ¿qué vergüenza tendríais? P u e s bien; a c o i -
d a o s q u e el día del J u i c i o todo q u e d a r á manifiesto. Ha-
g a m o s a los pies de Jesús u n poco de e x a m e n de con-
ciencia, i n d a g a n d o todos nuestros pecados, pidiéndole
p e r d ó n , p r o p o n i e n d o confesarlos c u a n t o antes y en ade-
l a n t e no cometerlos. C u a n d o el d e m o n i o quiere i n d u c i -
ros a c o m e t e r algún pecado feo, os dice: Hazlo, q u e n a -
die te ve. L o ve Dios, y el día del Juicio universal lo ve-
r á n todos los h o m b r e s . Haced b u e n a s obras, p a r a que
entonces las encontréis; n o h a g á i s el pecado, p a r a q u e
n o os expongáis entonces al desprecio de todos.

123. P. ¿Y qué será de nuestra alma inmediatamente después de la


muerte?
R. Inmediatamente después de la muerte, nuestra alma se presenta
rá al tribunal de J e s u c r i s t o para dar cuenta de sus o b r a s .

Apenas h a y a m o s m u e r t o , n u e s t r a a l m a se presentará
a n t e el t r i b u n a l de Jesucristo p a r a d a r c u e n t a de sus
o b r a s , esto es, p a r a ser juzgada. Esta v e r d a d nos h a sido
r e c o r d a d a p o r el E s p í r i t u Santo en la Sagrada Escritu-
ra. «Está establecido, que los h o m b r e s m u e r a n u n a vez
sola y después el Juicio» (1). «Es necesario que todos
nosotros c o m p a r e z c a m o s ante el t r i b u n a l de Cristo, p a r a
q u e c a d a u n o lleve lo que hizo d u r a n t e el t i e m p o de su
vida, ya sea bueno, ya sea malo» (2).
Nuestra alma, p a r a ser juzgada, no a g u a r d a r á al fin

(1) A los Hebreos, I X , 27.—(2) 2 . a a los Corintios, V , 10.


176 JUICIO PARTICULAR Y UNIVERSAL ( 1 2 3 )

d e l m u n d o ; s e r á j u z g a d a e n s e g u i d a , e n el m i s m o s i t i o
d ó n d e n o s c o j a la m u e r t e . A p e n a s h a b r e m o s e x p i r a d o ,
a l r e d e d o r del l e c h o l l o r a r á n t o d a v í a los parientes, el
c u e r p o q u e d a r á y e r t o y m á s t a r d e s e r á s e p u l t a d o , y el
a l m a , s e p a r a d a del c u e r p o , e n c o n t r a r á a Dios, a q u i e n
d a r á c u e n t a de t o d a s sus o b r a s ¡Qué m o m e n t o a q u é l
t a n s o l e m n e p a r a el a l m a l S u p r i m e r e n c u e n t r o c o n
Dios; e n c o n t r a r s e por vez p r i m e r a ante Dios con t o d a s
s u s o b r a s , p a r a d a r c u e n t a d e ellas, h a c i e n d o la c o n c i e n -
c i a d e a c u s a d o r , el á n g e l d e l a g u a r d a y el d e m o n i o d e
testigos.
Fruto.—¿Qué cosas queréis h a y a n de atestiguar c o n t r a
v o s o t r o s el d e m o n i o o el á n g e l d e l a g u a r d a ? . . . ¿ Q u é os
d i c e a h o r a v u e s t r a conciencia?... ¿Os a c u s a de a l g u n a
culpa?... P r o c u r a d aseguraros m i e n t r a s tenéis tiempo.

Ejemplos.—No podían responderle,—Coando J o s é se manifes-


t ó a sus h e r m a n o s , que le h a b í a n vendido a unos m e r c a d e r e s
i s m a e l i t a s , nos dice la E s c r i t u r a , que a u n q u e h a b í a hecho sa-
lir a todos, no queriendo que n i n g ú n e x t r a ñ o se hallase presen-
te y e s t a b a él mismo conmovido y llorando, con todo «no podían
d a r l e r e s p u e s t a sus h e r m a n o s , por la s u m a vergüenza» (Géne-
sis, X L V ) . — ¿Qué será c u a n d o J e s u c r i s t o se m a n i f i e s t e como
Dios y juez a sus enemigos que le persiguieron?
Yo soy.—«Judas, t o m a n d o la cohorte y los criados de los
príncipes de los sacerdotes y de los fariseos, m a r c h ó con l i n t e r -
nas, a n t o r c h a s y a r m a s . J e s ú s , sabiendo lo que debía p a s a r
les salió al e n c u e n t r o y dijo: ¿A quién buscáis? L e respondieron:
A Jestís de N a z a r e t . Díjoles J e s ú s : T o soy. Con ellos e s t a b a
t a m b i é n J u d a s el t r a i d o r . E n seguida que dijo: Yo soy, r e t r o -
cedieron y cayeron por tierra» {San Juan, X V I I I , 3-6).
Baltasar. —Baltasar, r e y de Babilonia, g o z á b a s e en un es-
pléndido b a n q u e t e , bebiendo en los vasos de oro y p l a t a roba-
dos al templo de J e r u s a l é n . De r e p e n t e en la pared u n a m a n ó
misteriosa empezó a escribir: Mane, Teeel, Phares. T e m b l a n d o
B a l t a s a r , hizo venir a su presencia los intérpretes, y se aumen-
t ó su miedo, c u a n d o se d e c l a r a r o n incapaces de explicar aque-
lla m i s t e r i o s a e s c r i t u r a . L l a m a r o n a Daniel, quien i n t e r p r e t ó
así aquellas p a l a b r a s : «Mane', h a contado Dios los días de
JÜIOiO P A R T I C U L A R Y UNIVERSA!, ( 1 2 4 ) 177

t u reino y les h a puesto término. Teceh has sido pesado en la


balanza y encontrado falto de peso. Phares: ha sido dividido t u
reino y dado a los medos y persas.» Aquella misma noche tuvo
cumplimiento la sentencia. Babilonia fué tomada por ¡asalto,
el rey muerto y dividido su reino entre los medos y los persas
(Daniel, V). —¡Cuántos pecadores se parecen a este infeliz mo-
narca! Se gozan en sus banquetes, beben en la copa de los pla-
ceres ilícitos, hacen fiesta y se alegran, como si t u v i e r a n mil
años de vida'; entre tanto, la mano de la divina justicia está y a
escribiendo aquel terrible: Mane, Tecel, Phares, y la muerte
se halla a las puertas.
Santo recuerdo.—Un piadoso arzobispo de Francia tenía es-
critas en su cuarto, delante del reclinatorio, y aun en sus mis-
mas armas, estas palabras: «De un hilo pende la vida, de la
vida pende la muerte, y de la m u e r t e pende la eternidad.» —
Quiera el cielo que este saludable aviso esté siempre ante la
vista de todos.
124. P. ¿Habrá, p u e s , dos juicios?
R. Sí, señor; habrá dos juicios: uno particular inmediatamente des-
p u é s d e la m u e r t e , el o t r o u n i v e r s a l al fin del m u n d o .

Jesús vendrá, al íin del mundo, a juzgar a todos los


hombres; el alma, apenas separada del cuerpo, se ha de
presentar a Jesucristo, para darle cuenta de todas sus
obras. Por lo tanto, ¿no hay un juicio solo? No, nos en-
seña el Catecismo. No hay un solo juicio, hay dos: el jui-
cio particular y el universal.
Juicio particular, esto es, personal, es aquel que el alma
sufrirá en seguida después de la muerte. Juicio uniuerml
es el que sucederá ai íin del mundo, cuando Jesús venga
por segunda vez de modo visible a esta tierra y juzgue
públicamente a todos los hombres juntos.
Me diréis: Pero ¿para qué este segundo juicio? ¿No
basta el juicio particular? No, no basta; y en el Catecis-
mo mayor veréis las principales razones; a saber:
La gloria de Dios.—Ahora el pecador se ríe, blasfema
de Dios; aun algunos buenos se quejan de la divina Provi-
dencia. Entonces los malos serán humillados delante de
Dios, y verán todos que la divina Providencia dispuso y
12
178 JUICIO PARTICULAR Y UNIVERSAL ( 1 2 á )

permitió todo para bien y que injustamente los h o m b r e s


se q u e j a r o n de ella.
La gloria de Jesús.—Cristo vino al m u n d o y los h o m -
bres no le conocieron; le insultaron y negaron, al mismo
tiempo que él les mostraba tanto amor y moría por
ellos. Dió sus Mandamientos, instituyó sus Sacramentos,
f u n d ó la Iglesia; y Jesús continúa siendo negado en los
Mandamientos pisoteados, en los Sacramentos descui-
dados o profanados y en la Iglesia despreciada y m u c h a s
veces horrendamente blasfemada. Entonces se mos-
t r a r á como Rey y Juez; quedando así su honor r e p a -
rado.
La gloria de los Santos.—Los buenos son despreciados,
vituperados, oprimidos de todas maneras y menospre-
ciados. Vendrá la h o r a del Juicio, en la cual «los justos
con gran constancia estarán ante aquellos que los m a l -
trataron» (1).
La confusión de los malos.— Los malos viven en este
m u n d o llenos de soberbia, tiranizando y despreciando a
todos. Pues, vendrá aquel día y, a su vez, se verán h u m i -
llados ante los que ellos despreciaron y reconocerán la
gloria de aquellos que ellos llamaron insensatos y ne-
cios. Además, cuántos delitos permanecen a h o r a ocultos;
cuántos hipócritas a p a r e n t a n piedad y honradez, y son
viciosos; cuántos sepulcros blanqueados encubren es-
pantosa corrupción. (Véase la preg. 122.) Todos éstos ten-
d r á n en el día del Juicio la humillación de manifestarse
cuáles son (2).

(1) Sabiduría, Y , 1.
(2) Loa malos entonces «serán presa de un espantoso terror y
asombrarse han de la repentina e inopinada salvación de los justos;
arrepentidos y suspirando por el dolor de su corazón dirán dentro
de sí: Estos son los qua en otro tiempo fueron blanco de nuestros
escarnios y ejemplar de oprobio. ¡Insensatos de nosotros! Su tenor
de vida nos parecía necedad e ignominia su fin. Mirad, cómo son
contados entre los hijos de Dios y su suerte entre los Santos. Hemos,
pues, errado el camino de la verdad, la luz de la justicia no nos
JUICIO PARTICULAR Y UNIVERSAL ( 1 2 4 ) 179

Fruto.—Todos tenemos gran deseo de p a r e c e r bien. No


nos contentemos con parecer bien en esta vida, p o r b r e -
ve tiempo; p r o c u r e m o s con g r a n d e p r o v e c h o nuestro pa-
recer bien en el día del Juicio y por toda la eternidad.
No temáis los juicios de los h o m b r e s , sino los de Dios.
Ejemplos.—El Juicio final.—La sentencia.— «Cuando v e n g a el
H i j o del h o m b r e con t o d a su m a j e s t a d y con E l todos s u s ánge-
les, entonces se s e n t a r á en el t r o n o de s u gloria. Se r e u n i r á n
a n t e E l todas las naciones y s e p a r a r á loa unos de los otros,
como el p a s t o r s e p a r a las ovejas de los cabritos, poniendo las
o v e j a s a su d i e s t r a y los cabritos a su s i n i e s t r a . E n t o n c e s d i r á
el Rey a los que están a su diestra: Venid, benditos de mi Pa-
dre, a tomar posesión del reino, preparado para vosotros desde
la creación del mundo, porque t u v e h a m b r e y me disteis de
comer, t u v e sed y me disteis de beber, era peregrino y me reci-
bisteis, estuve desnudo y me vestísteis, e n f e r m o y m e visitas-
teis, en la cárcel y m e f u i s t e i s a v e r . A lo cual r e s p o n d e r á n los
j u s t o s : Señor, ¿cuándo t e v i m o s con. h a m b r e y t e dimos de co-
mer, con sed y t e dimos de beber, o c u á n d o te h a l l a m o s pere-
g r i n o y t e recibimos, desnudo y t e cubrimos, enfermo o en la
cárcel y t e f u i m o s a v i s i t a r ? El Rey les r e s p o n d e r á : E n v e r d a d
os digo, cuantas veces hicisteis alguna de esas cosas con uno de
mis hermanos más pequeños, lo hicisteis conmigo. E n t o n c e s
d i r á t a m b i é n a los que e s t a r á n a su s i n i e s t r a : Alejaos de mí,
malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus
ángeles. P o r q u e t u v e h a m b r e y no me disteis de comer, t u v e
sed y no me disteis de beber, a n d u v e peregrino y no me recibis-
teis, desnudo y no m e cubristeis, e n f e r m o y encarcelado y no

alumbró y el sol de la inteligencia no lució sobre nosotros. Nos


hemos cansado en el camino de la iniquidad y perdición; andado
hemos por sendas escabrosas sin conocer el camino del Señor. ¿De
qué nos ha servido la soberbia, o qué provecho nos ha traído la
vana ostentación de las riquezas? Pagaron, como sombra, todas
aquellas cosas, y como mensajero que va en posta..., así nosotros,
apenas nacidos, dejamos de ser; sin dar muestra alguna de valor
quedamos consumidos en nuestra maldad» (Sabiduría, V; 2-9 y 13).
No nos aflijamos, dice el Crisóstomo, si vemos triunfantes a los
enemigos del Señor. Gomo se levantaron, desaparecerán como el
humo, tan presto como se levantaron.
180 JUICIO PARTICULAR Y UNIVERSAL (124)

m e v i s i t a s t e i s . Y r e s p o n d e r á n t a m b i é n los malos: Señor, ¿cuán-


do t e vimos .con h a m b r e , con sed, peregrino, desnudo, e n f e r m o
o encarcelado y no t e asistimos? Y les responderá: En verdad
os digo, cuando no hicisteis eso con uno de aquellos pequeñuelos
dejasteis de hacerlo conmigo. Así éstos irán al suplicio eterno y
los justos a la vida eterna» (San Mateo, X X V , 31-46),
Cuadro del Juicio final.— Bogorí, r e y p a g a n o de B u l g a r i a , se
h a b í a hecho c o n s t r u i r un s u n t u o s o palacio, que quiso a d o r n a r
con m a g n í f i c a s p i n t u r a s . E n c o m e n d ó a Metodio le p i n t a r a u n
c u a d r o con la escena m á s t e r r i b l e que pudiese i m a g i n a r . Meto-
dio, fervoroso c r i s t i a n o , pintó la escena del Juicio final. J e s ú s
en u n t r o n o de gloria; a su derecha los b u e n o s , en un m a r de
luz; a su izquierda los malos, desesperados, con s e m b l a n t e s h o -
rribles, y a su lado, más horribles a ú n , los demonios, en el acto
de precipitarlos en u n a g r a n sima, de donde b r o t a b a n l l a m a s y
h u m o . Cuándo Bogorí vió el c u a d r o , quedó lleno de estupor y
miedo, y p r e g u n t ó a Metodio la explicación. Oyóla, y dijo re-
s u e l t a m e n t e : No quiero e s t a r e n t r e los reprobos. Se hizo i'ns.
t r u í r en la fa c r i s t i a n a , y pocos meses después recibió el b a u -
tismo, y a su ejemplo, g r a n p a r t e del pueblo se c o n v i r t i ó tam-
bién en breve tiempo.
Justicia de Dios. — Un s o l i t a r i o conocía a un rico m u y vicio-
so y a u n pobre m u y piadoso, q u e m u r i e r o n ambos en u n m i s m o
d í a . El primero t u v o unos f u n e r a l e s m u y suntuosos; el s e g u n -
do f u é a c o m p a ñ a d o a la t u m b a t a n sólo por las oraciones de la
Iglesia. P r e s e n t ó sus q u e j a s a n t e Dios el solitario, n o parecién-
dole j u s t o el honor del primero ni la h u m i l l a c i ó n del segundo.
E n u n a visión, Dios le dió a conocer que la h o n r a del p r i m e r o
era premio de u n a obra buena, que h a b í a hecho, y la h u m i l l a -
ción en el e n t i e r r o del s e g u n d o e r a castigo de u n a f a l t a lige-
ra.— ¡ C u á n t a s cosas, que no p a r e c e n c o n f o r m e a justicia, c a m .
b i a r á n entonces de aspecto!
Nos volveremos a ver en el Juicio. — S a n t a E u l a l i a , n i ñ a de
doce años, f u é a t o r m e n t a d a g r a v e m e n t e a causa de la fe,
d u r a n t e la persecución de Diocleciano. Calpurnio la hizo a z o t a r
con v a r a s , h a s t a h a c e r l a d e r r a m a r sangre. E u l a l i a , h e c h a u n a
llaga, dijo a aquel oficial c o n v e r t i d o en v e r d u g o : M í r a m e bien ; .
p o r q u e nos. v o l v e r e m o s a ver en el día del J u i c i o final y nos
reconoceremos; allí j u n t o s hemos de comparecer, yó p a r a re-
cibir, el premio de mis dolores, t ú p a r a recibir l a p e n a por t u
JUICIO PARTICULAR Y UNIVERSAL ( 1 2 5 ) 181

crueldad.—Tenia razón. Y vosotros, amados niños, figurán-


doos el día del Juicio, ¿cómo creéis os habéis de presentar?
¿Os presentaréis para recibir el premio del bien, que habéis
hecho, o el castigo del mal, que habéis ejecutado?

125. P. ¿Qué será del alma después del juicio particular?


R. Después del juicio particular, el alma que fuere hallada en gra-
cia de Dios y sin deuda alguna de pena, irá al cielo; y la que fuere ha-
llada en pecado mortal, al infierno; sí fuere hallada en gracia, pero que
no ha satisfecho toda la deuda a la Divina Justicia, antes de ser admi-
tida en el cielo, irá al purgatorio.

El alma, después del juicio particular, de que hemos


ya hablado, recibirá en seguida el premio o el castigo,
que haya merecido; y asj, según sus méritos, irá a uno de
estos tres sitios: 1.° Si está enteramente en gracia de Dios,
esto es, si no tiene n i n g ú n pecado, ni siquiera venial, y
h a satisfecho plenamente, aun por la pena temporal de-
bida a los pecados ya perdonados, irá derecha al cielo.
2.° Si tiene algún pecado mortal, esto es, si está en des-
gracia de Dios, irá al infierno. 3.° Si, estando en gracia
de Dios, debe satisfacer a ú n a la justicia divina por la
pena temporal debida a los pecados mortales ya p e r d o -
nados o a los pecados veniales; antes de subir al cielo, irá
al purgatorio, hasta que haya satisfecho c u m p l i d a m e n t e
y quedado perfectamente purificada.
Si queréis penetrar bien esta respuesta, preciso es que
entendáis que cuando uno se confiesa de un pecado
mortal y alcanza el perdón, alcanza perdón de su culpa
y también perdón de la pena eterna que merecía; mas le
q u e d a generalmente u n a pena temporal; a esta pena se sa-
tisface con obras expiatorias en esta vida o con las penas
del purgatorio. Si uno, por ejemplo, cometió u n delito
y mereció pena de muerte, deberá soportarla después
que haya sido condenado. Si en cambio, después que h a
sido juzgado, se arrepiente sinceramente de su delito,
pide gracia y encuentra u n poderoso protector, que favo-
rezca su petición ante el rey, ¿qué pasa? Obtiene el p e r -
182 PURGATORIO ( 1 2 6 )

dón de la pena de muerte, mas le queda cadena perpe-


t u a o por cierto n ú m e r o de años; se le perdona la pena
capital, m a s le queda por cumplir otra pena. Así el p e -
cador, que mereció el infierno, si se arrepiente y pide
perdón, encuentra a Jesús, que por los méritos de su P a -
sión y Muerte le alcanza de Dios el perdón de la culpa
y de la pena del infierno, mas le queda de ordinario q u e
satisfacer u n a pena temporal, que puede expiar en esta
vida con sus buenas obras o que expiará m á s d u r a m e n -
te en el purgatorio en la otra vida.

1 2 6 . P . ¿Qué es el purgatorio?
R. El purgatorio es un lugar de expiación para las almas de aque-
llos que, si bien murieron en gracia de Dios, no han satisfecho entera-
mente a la Divina Justicia,

P o r lo que os he dicho en la pregunta anterior habéis


podido comprender qué es el purgatorio. Es el sitio, en
que se sufre, para satisfacer enteramente por lo que a u n
se debe a la Divina Justicia. Ahora nos detendremos u n
poco recordando las razones que prueban su existencia.
1.a La Sagrada Escritura nos cuenta que J u d a s Maca-
beo, después de una batalla, recogió entre sus soldados
limosnas y las envió a Jerusalén, para que se ofreciesen
sacrificios por los pecados de los soldados, muertos en
la l u c h a . Ciertamente no para inteceder por aquellos,
que h u b i e r a n muerto en pecado mortal, sino por aque-
llos que, no enteramente purificados aún, p e n a b a n en el
purgatorio, hasta haber satisfecho del todo a la Justicia
Divina. Jesús habló de pecados, que no se perdonarían
«en este m u n d o ni en el otro» (1). Por lo tanto, hay pe-
cados que se perdonan en la otra vida; son precisamen-
te los pecados veniales, que se perdonan por las penas
del purgatorio. Jesús enseñó también que «de toda pala-
b r a ociosa que digan los hombres, darán cuenta en el
día del Juicio» (2). ¿Habrán de dar cuenta para ser con-

(1) San Mateo, X I I , 32.—(2) Idem X I I , 36.


PURGATORIO ( 1 2 6 ) 183

d e n a d o s al infierno?.. No p o d r í a n , p o r lo tanto, d a r c u e n -
t a d e e s a s p a l a b r a s o c i o s a s , c u l p a s e n sí l i g e r a s , si n o h u -
biese purgatorio.
2. a La Iglesia f u n d a d a p o r J e s ú s , c o m o m a e s t r a i n f a -
lible, h a e n s e ñ a d o s i e m p r e la existencia del p u r g a t o r i o .
E s t o c o n s t a de t o d o s los escritos de los S a n t o s P a d r e s ,
de las m á s antiguas inscripciones de las c a t a c u m b a s , de
varios m o n u m e n t o s históricos y de las definiciones de
los Concilios.

Ejemplos.— Ultima voluntad de Santa Móniea y ruego de


San Agustín. — E n c o n t r á n d o s e S a n t a Mónica cercana a la
m u e r t e en la ciudad de Ostia, expresó así su ú l t i m a v o l u n t a d
a sus hijos A g u s t í n y Navigio: «Dejaréis aquí a v u e s t r a madre;
pondréis su cuerpo donde q u e r á i s ; os r u e g o sólo os acordéis de
m í a n t e el a l t a r del Señor en cualquier l u g a r donde estéis.»
San A g u s t í n , después, describiendo la m u e r t e y s e p u l t u r a de
su m a d r e , c u e n t a cómo f u é ofrecido por ella el sacrificio de
n u e s t r a Redención, y r u e g a a los lectores se acuerden de su
m a d r e y de su p a d r e a n t e el a l t a r (1).
Conversión de la Condesa de Straffort.—Esta ilustre señora
inglesa, a n t e s de c o n v e r t i r s e al Catolicismo, propuso al vene-
r a b l e obispo de Amiens, Eenelon de la Mothe, a l g u n a s d u d a s
sobre el p u r g a t o r i o , en q u e no creen los p r o t e s t a n t e s . El obispo
le dijo: «Conocéis al obispo p r o t e s t a n t e de L o n d r e s y le esti-
m á i s . P u e s bien; decidle que el obispo de Amiens está dispuesto
a h a c e r s e p r o t e s t a n t e , cuando p u e d a p r o b a r que San AgustÍD,
tenido a ú n por los anglicanos como u n a de las m a y o r e s lum-
breras de la Iglesia, no dijo Misa, n i rogó por los d i f u n t o s ,
p a r t i c u l a r m e n t e por su madre.» L a señora escribió al obispo de

(1) San Agustín, hablando de su madre difunta, así escribe:


«Aunque mi madre llevaba tal género de vida que por su fe y su
morigerada conducta era grande honra y gloria de tu nombre
(esto es, de Dios), no puedo con todo asegurar, que desde el momen-
to en que fué bautizada hasta su muerte no h a y a salido nunca de
su boca ninguna palabra contra tu voluntad... P o r esto te suplico
ahora por los pecados do mi madre... Perdónalos, Señor mío, perdó-
nalos, yo te lo pido, y no entres en juicio con tu sierva.» (Confess.,
lib. IX, 13).
184 PURGATORIO (126)

L o n d r e s , m a s no t u y o r e s p u e s t a a l g u n a . E s t a c i r c u n s t a n c i a
acabó de decidir a a q u e l l a s e ñ o r a a c o n v e r t i r s e s i n c e r a m e n t e
al Catolicismo.—Esto d e m u e s t r a c u a n falso es lo que dicen al-
g u n o s p r o t e s t a n t e s , que la Iglesia d u r a n t e los p r i m e r o s siglos
no creía en el p u r g a t o r i o .
En las catacumbas.—Sabemos que los primeros c r i s t i a n o s
creían en el p u r g a t o r i o y en la eficacia de los s u f r a g i o s . E n las
c a t a c u m b a s se e n c u e n t r a n n u m e r o s í s i m a s inscripciones f ú -
nebres de este t e n o r : Rogad por el alma de... Ofreced oracio-
nes por el alma de... Acordaos de mi... Rogad por mí... ¿De
qué s e r v i r í a el r o g a r por el a l m a de los difuntos, sí no hubiese
purgatorio?

3. a La razón nos lo enseña t a m b i é n . E n el cielo n o


p u e d e e n t r a r n a d i e con u n pecado; ¿dónde irá, pues, el
que m u e r e con pecados veniales? ¿Al infierno? No. Mas
n o es t a m p o c o justo vaya de o r d i n a r i o en seguida al cié
lo, t a n t o el q u e vivió u n a v i d a cristiana, como el q u e se
convirtió en el m o m e n t o de la m u e r t e ; lo m i s m o el q u e
vivió c u m p l i e n d o fielmente todos sus deberes, q u e el q u e
n o hizo e s c r ú p u l o de faltas pequeñas; t a n t o el q u e vivió
s i e m p r e p a r a el Señor, c o m o el q u e sólo p r o c u r ó evitar
el infierno.
Si n o existiese el p u r g a t o r i o , la misericordia d i v i n a
seria d e m a s i a d o l i m i t a d a y su justicia, al revés, d e m a s i a -
do terrible, p o r q u e la p r i m e r a n o p o d r í a a d m i t i r en el
p a r a í s o al q u e m u e r e con solos pecados veniales y la jus-
ticia debería t e n e r e t e r n a m e n t e esas almas a l e j a d a s de
Dios.
E l corazón m i s m o nos h a c e e x p e r i m e n t a r la necesidad
del p u r g a t o r i o , p o n i é n d o n o s en los labios ante u n a per-
s o n a m o r i b u n d a , q u e a m a m o s , la p r o m e s a de acordar-
nos de ella y r o g a r p o r su a l m a . Ante u n sepulcro o u n
c a d á v e r , nos sentimos m o v i d o s sin m á s a o r a r p o r el di-
funto.
Fruto.—Admiremos la b o n d a d de Dios y démosle gra-
cias, p o r q u e quiso c r e a r este l u g a r de expiación tempo-
ral, p a r a recibir en el cielo almas, q u e de otro m o d o no
PURGATORIO (127) 185

pudieran n u n c a entrar allí. Y vosotros p r o c u r a d evitar,


no sólo el infierno, m a s a u n el purgatorio; y p a r a esto
ofreced a Dios obras de penitencia en satisfacción de
vuestros pecados.

127. P. ¿Podemos aliviar en sus p e n a s a l a s almas del purgatorio?


R . Sí, s e ñ o r ; p o d e m o s aliviar a las almas del p u r g a t o r i o con ora-
ciones, indulgencias, limosnas y otras buenas obras, p e r o sobre todo
con la santa M i s a ,

El purgatorio es un lugar de expiación donde se pa-


dece. Nos dice San Agustín, que la m e n o r pena del pur-
gatorio es m u y superior a todas las penas de este m u n d o .
Pero Dios misericordioso h a dispuesto que pudiéramos
a y u d a r y aliviar a aquellas almas con nuestras buenas
obras. Las almas del purgatorio deben satisfacciones a la
justicia de Dios; nosotros, con las buenas obras, las ofre-
cemos a Dios en su lugar. El Catecismo e n u m e r a aquí las
principales obras, que se pueden aplicar en sufragio de
las almas: la oración, etc.
Mas, no sólo podemos ayudarlas, debemos ayudarlas.
¿Quiénes son aquellas almas? Almas de nuestros parien-
tes, amigos o bienhechores...; que quizá están algunas
allí por culpa nuestra. Además, con este acto de caridad,
fieles al m a n d a m i e n t o que nos dió Jesús, profesamos
a m a r al prójimo como a nosotros mismos. ¿Qué quisié-
r a m o s se hiciera con nosotros, si nos encontráramos en
aquellas mismas penas?
Interés nuestro es rogar por ellas. Las almas rogarán
por nosotros desde el cielo. ¡Cuán preciosa y eficaz es
delante de Dios la oración del agradecimiento! Las al-
mas, que por nuestro medio h a y a n sido admitidas a la
gloria antes del tiempo debido, con cuánto a m o r no nos
h a n de proteger Y Jesús, que prometió p r e m i a r hasta
un vaso de agua dado en su nombre, cómo nos premia-
rá el haberla no sólo aliviado un poco en sus tormentos,
m a s a u n cooperado a la perfecta libertad de u n alma
que Él tanto ama. Quién sabe si nosotros algún día ten-
186 RESURRECCIÓN D B LA CARNE ( 1 2 8 )

dremos que ir al purgatorio. Si hubiéremos sido miseri-


cordiosos con aquellas pobres almas, Dios dispondrá
que otros también sean misericordiosos con nosotros,
nos ofrezcan sufragios y adelanten nuestra libertad.
Fruto.— «Llorad por vuestros difuntos .. Mas no, no llo-
réis; rogad por ellos y haced en su sufragio abundantes
limosnas. No se honra a los difuntos derramando lágri-
mas; los gemidos y sollozos les son inútiles; para hon-
rarlos de verdad, preciso es invocar la divina misericor
dia sobre ellos. Haced por ellos lo que ellos mismos ha-
rían si volviesen al mundo: Dios aplicará a aquellas al •
mas el fruto de vuestras buenas obras» (San Juan Cri-
sóstomo).
Ejemplo. — La limosna y la Misa. — Lacordaire en u n a de s u s
c a r t a s c u e n t a que en P o l o n i a , h a b i e n d o muerto u n a persona, su
a l m a f u é l l e v a d a al p u r g a t o r i o . Su m u j e r , que era piadosa, p e r o
pobre, después de h a b e r r o g a d o mucho por su a l m a , quiso h a c e r
c e l e b r a r u n a Misa en s u f r a g i o suyo. No c o n t a n d o con medios
p a r a ello,-pidió a u n rico caballero le diera por c a r i d a d a l g u n a
l i m o s n a , exponiéndole el fin a que la destinaba. E l rico, aun-
q u e incrédulo, se la dió. L a v i u d a hizo en seguida celebrar la
Misa. U n o s días después, el d i f u n t o se apareció a l rico, le dió
g r a c i a s por la limosna h e c h a y añadió: L a Misa celebrada m e
h a obtenido salir del p u r g a t o r i o ; p e r e s t e acto de caridad, q u e
h a b é i s hecho, N u e s t r o Señor, por medio mío, os m a n d a que os
c o n v i r t á i s , y desapareció. E l rico se aprovechó m u y bien del
aviso y pocos meses después m u r i ó con g r a n d e s m u e s t r a s de
piedad.

128. P. ¿No resucitará alguna vez nuestro cuerpo?


R. Nuestro cuerpo resucitará el día del j u i c i o u n i v e r s a l , después
d e l cual el h o m b r e , en c u e r p o y a l m a , s e g ú n sus o b r a s b u e n a s o m a l a s ,
i r á o al c i e l o o al i n f i e r n o .

l.° Cuando hubiéremos muerto, nuestro cuerpo será


llevado a enterrar. ¿Este cuerpo quedará siempre muer-
to? ¿Será siempre un poco de tierra tal como se habrá
reducido en el camposanto?... No; no quedará siempre
muerto; un día ha de resucitar; precisamente en el día
kjbsürhkcción b i l a oarnb (128) 187

del Juicio final. Entonces se volverá a formar el cuerpo;


el alma se reunirá a su cuerpo y no se separarán ya en
adelante. La resurrección es: a) conveniente. La muerte
es el triunfo del demonio, porque el pecado, obra del
demonio, introdujo la muerte en el mundo. La resu-
rrección será la reparación de este desorden; más aún,
será la aplicación de la redención a nuestro cuerpo. En
el bautismo la redención se aplica al alma; en la resu-
rrección, al cuerpo. Será, pues, el triunfo completo de
Cristo Jesús sobre la muerte. Si el cuerpo no resucitase,
el demonio habría triunfado de Dios, deshaciendo para
siempre su obra. El alma humana fué creada por Dios
para estar siempre unida al cuerpo; el demonio consi-
guió romper esta armonía por medio del pecado. Al fin
del mundo, Dios, triunfando del demonio, reunirá el
cuerpo al alma. No sola el alma, mas todo el hombre,
alma y cuerpo, ha cooperado a obrar el bien y el mal;
por esto es justo que no el alma sólo, sino todo el h o m -
bre, alma y cuerpo reunidos por la resurrección, reciba
el premio o el castigo merecido. Así enseña San Pablo:
«Es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal
de Cristo para que cada uno lleve lo que mereció estando
en el cuerpo, según lo que hizo, bueno o malo» (1); b) es
posible. Dios es omnipotente, y puede todo cuanto no im-
plica contradicción; Dios creó el universo y a todos los
hombres: ahora bien; ¿tendrá alguna dificultad en resu-
citarlos? Dios ha querido, no sólo asegurarnos de la ver-
dad de la resurrección, sino aun ponernos ante los ojos
muchas figuras de ella; el día que muere y luego vuelve
a nacer; la naturaleza que parece muerta en invierno y
revive en primavera; la semilla que muere dentro de la
tierra y se reproduce en la planta.

(1) 2. a a los Corintios, Y, 10. San Juan Orisóstomo (Homilía, 183


sobre la 2." carta a los Corintios) asi se explica: «Lo que fué instru-
mento de virtud o vicio no quedará sin recompensa o castigo, sino
junto con el alma el cuerpo recibirá tormento o premio.»
188 K B S U R K B C C I Ó M DE8 LA C A R N E ( 1 2 8

2.° La resurrección es cierta. Dios nos lo enseña cla-


ramente en la Escritura. Él puso en los labios de Job es-
tas palabras: «Yo sé que mi Redentor vive; y en el últi -
mo día resucitaré de la tierra y de nuevo seré revestido
de mi piel y en mi carne veré a mi Dios, a quien he de
ver yo mismo y no otro y con mis ojos lo veré.» (1). Y,
por medio de Daniel, nos enseña que «la muchedumbre
de los que duermen*en el polvo de la tierra se desperta-
rá, unos para la vida eterna y otros para la eterna igno-
minia» (2). El segundo de los hermanos Macabeos, decía
al tirano: «Tú, hombre infame, nos quitas la vida pre-
sente, mas el Rey del universo nos resucitará para la
vida eterna, pues morimos por su ley.» El cuarto, próxi-
mo ya a morir, exclamaba: «Qué hermoso es ser muerto
por los hombres, con la esperanza en Dios de ser por El
nuevamente resucitados; mas tu resurrección no será
para la vida» (3).
Decía Jesús: «Se aproxima la hora, en que todos, los
que están en los sepulcros, oirán la voz del Hijo de Dios
y saldrán, cuantos obraron el bien, a resurrección de
vida, y los que obraron el mal, a resurrección de jui-
cio» (4). Antes de resucitar a Lázaro quiso que Marta
hiciese un acto de fe en la resurrección universal, y aña-
dió: «Yo soy la resurrección y la vida» (5 . Respondien-
do a los saduceos, que negaban la resurrección, declaró
en qué estado han de vivir los resucitados: «Serán como
ángeles de Dios en el cielo.» Añadiendo: «Sobre la re-
surrección de los muertos, ¿no habéis, quizá, leído lo
que Dios os dijo: Soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac,
el Dios de Jacobl No es Dios de los muertos, sino de los
vivos» (6).
Como preparación a la promesa dé la Eucaristía, así
habló: «La voluntad del Padre, que me envió, es ésta: Que

(l) Job, X[X, 25-57.—(2) Daniel, XH, 2.—(3) II de los Macabeos,


.VII, 9,14.—(4) San Juan, V, 28 y 29.—(5) Idem, XI, 25.—;6) San Ma-
teo,~XXII, 30-32.
RESURRECCIÓN M ¡ i A CAENB ( 1 2 8 ) 189

quien conoce al Hijo de Dios y cree en Él tenga la vida


eterna; y yo le resucitaré en el último día... El que come
mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le
resucitaré en el último día» (1). El Evangelio nos refiere
tres resurrecciones llevadas a cabo por Él: la de la hija
de Jairo, que aun estaba en él lecho de muerte (véase el
niim. 237); la del hijo de la viuda de Naim, mientras era
llevado al sepulcro (núm. 110), y la de Lázaro, sepultado
desde cuatro días. Como fué posible a Dios hacer volver
a la vida a éstos, lo mismo puede su omnipotencia hacer
volver a la vida a todos los muertos.
Fruto.— Muchas veces nuestro cuerpo se muestra re-
belde o perezoso para el bien; quiere gozar y no morti-
ficarse; mortifiquémosle ahora, si queremos que resucite
algún día para gozar con el alma en el cielo. Si, al con-
trario, ahora goza desenfrenadamente, sufrirá luego para
siempre con el alma en el infierno.—Ojalá podáis repe-
tir también vosotros lo que decía San Pablo al goberna-
dor Félix, respondiendo a las acusaciones de los judíos:
«Teniendo esperanza en Dios, que ha de venir la re-
Surrección de los justos y de los malos, como ellos (los
judíos), también la tienen, procuro conservar siempre
sin mancha mi conciencia delante de Dios y de los hom-
bres» (2).
Ejemplos.—La visión de Ezequiel.—El p r o f e t a Ezequiel, lle-
vado en espíritu por el Señor en medio de u n campo lleno de
huesos, t u v o orden del Señor que p r o f e t i z a s e sobre ellos. A p e -
n a s lo h a b í a hecho, oyó u n estrépito y vió cómo se m o v i e r o n y
se unieron unos huesos a otros, cada cual en su propia c o y u n -
t u r a ; y he a q u í q u e vinieron sobre ellos los nervios y las c a r -
nes y se extendió encima la piel, m a s no t e n í a n e s p í r i t u . P o r
orden de Dio.s, Ezequiel profetizó al e s p í r i t u . H e c h o esto, el
e s p i r i t a volvió a aquellos cuerpos y t u v i e r o n vida; se levan-
t a r o n sobre sus pies, y f o r m a r o n un ejército g r a n d e sobrema-
n e r a . Después, el Señor dijo al P r o f e t a : «Estos huesos son

(1) San Juan, VI, 40-45.—(2) Hechos de los Apóstoles, XXIV, 15 y 16.
190 RESURRECCIÓN D i LA CARNE ( 1 2 8 )

la familia de Israel. Ellos dicen: Nuestros huesos h a n quedado


secos, se desvaneció n u e s t r a esperanza; somos ramas separadas
del árbol... Esto dice el Señor: Yo abriré vuestros sepulcros y
de vuestros sepulcros os sacaré fuera... y conoceréis que yo soy
el Sepor, cuando abriere vuestros supulcros y de vuestro sepul-
cros os sacare vivos e infundiere en vosotros mi espíritu y
viviréis» (Ezequiel, X X X V I I ) .
Visión de San Juan.—«Vi b a j a r del cielo un ángel, que tenía
en la mano la llave del abismo y u n a g r a n cadena... Divisé
también un g r a n trono blanco, uno estaba sentado en él, a
c u y a v i s t a huyó el cielo y la t i e r r a . . . Y vi a los muertos, gran-
des y pequeños, estar delante del trono, y se abrieron los li-
bros... y fueron juzgados los muertos según lo que estaba
escrito en los libros, conforme a sus obras. El mar devolvió
los muertos, que guardaba en su seno, la tierra y el infierno
devolvieron los que ellos tenían, y se hizo juicio de cada uno
según sus obras» (Apocalipsis, X X , 1, 11-13).
La resurrección de Lázaro. — J e s ú s se hallaba lejos de
Betania cuando Lázaro cayó malo. Avisado por las hermanas
del enfermo, dijo: «Esta enfermedad no es de m u e r t e , sino
p a r a gloria de Dios, p a r a que sea por ella glorificado el Hijo
de Dios.» Dos días después, anunció Cristo a los Apóstoles que
Lázaro había muerto, y con ellos se dirigió a B e t a o i a , adonde
llegó, cuando el cadáver de Lázaro hacía cuatro días estaba en
el sepulcro. «Marta, como oyó que venía Jesús, le salió al
encuentro... y dijo a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí, no
h u b i e r a muerto mi hermano; pero sé que cualquiera cosa que
pidas a Dios, E l te la concederá. Jesús le dijo: T a hermano
resucitará. M a r t a contestó: Ya sé que resucitará en la resu-
rrección del último día. Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y
la vida; quien cree en Mí, aunque hubiere muerto, vivirá, y
quien vive y cree en Mí no morirá jamás. ¿Orees t ú esto? Y res-
pondió: Sí, Señor, yo creo que T ú eres cristo, el Hijo de Dios
vivo, que has venido a este mundo. Dicho esto, f u é a llamar a
su h e r m a n a María, diciéndole en voz baja: El Maestro está
aquí y te llama. Apenas oyó ella esto, levantóse de repente y
salió a su encuentro... Llegando adonde J e s ú s estaba, se pros-
t e m ó a sus pies y le dijo: Señor, si hubieras estado aquí no hu-
biera muerto mi hermano. J e s ú s , entonces, viéndola llorar y
llorar t a m b i é n los judíos, que habían venido, se conmovió en
RESURRECCIÓN D B I.A CARNE ( 1 2 8 ) 191

s u interior, se turbó y preguntó: ¿Dónde lo habéis puesto? Le


dijeron, Señor, ven y mira. Jesús lloró; de modo que los judíos
decían: H e ahí cómo le amaba. Mas algunos añadieron: ¿ T no
podía éste, que abrió los ojos del ciego de nacimiento, hacer que
no muriese? Jesús, conmoviéndose de nuevo dentro de sí, llegó
a l sepulcro, que era u n a g r u t a cerrada con u n a piedra. Dijo
Jesús: Quitad esa piedra. M a r t a , h e r m a n a del d i f u n t o , dijo:
Señor, ya huele mal, pues hace c u a t r o días que está ahí. Je-
sús le respondió: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria
de Dios? Quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al
cielo dijo: P a d r e , te doy gracias, porque me has atendido. Yo
sé que siempre me oyes, mas lo digo por causa del pueblo, que
me rodea, para que crea que Tú me enviaste. Y dicho esto, con
g r a n voz exclamó: Lázaro, sal f u e r a . Y salió en seguida el que
estaba difunto, atado de pies y manos con vendas y la cara
cubierta con un lienzo. J e s ú s les dijo: Soltadlo y dejadlo andar.
P o r esto muchos judíos, que habían venido a visitar a María y
a Marta, viendo lo que había hecho Jesús, creyeron en Él»
(San Juan, X I ) .
El cuerpo glorioso. — «Dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los
muertos? Y ¿con qué cuerpo volverán a la vida? Necio; lo que
t ú siembras, ¿recibe, por v e n t u r a , vida si antes no muere? Y
a l sembrar, no siembras el cuerpo, que debe luego nacer, sino
u n simple grano, por ejemplo, de trigo o de Otra especie. Sin
embargo, Dios le da el cuerpo como quiere y a cada semilla
el cuerpo que le es propio... Así será en la resurrección de los
muertos; se siembra en corrupción, levántase en incorruptibili-
dad; se siembra en vileza, levántase en gloria; se siembra en
flaqueza, levántase en fortaleza; se siembra cuerpo animal, le-
v á n t a s e cuerpo espiritual» (1.a a los Corintios, XV, 35-38,42-44.)
La resurrección.—«He aquí que os anuncio u n misterio:
todos, verdaderamente, resucitaremos; mas no todos seremos
t r a n s f o r m a d o s . En un momento, en un abrir y cerrar de ojos,
al sonido de la ú l t i m a trompeta, pues sonará la trompeta, y
los muertos resucitarán incorruptos y entonces nosotros sere-
mos t r a n s f o r m a d o s . P o r q u e es preciso que este cuerpo m o r t a l
se revista de inmortalidad; entonces, cuando este cuerpo mor-
t a l se h a y a revestido de inmortalidad, se cumplirá aquella
palabra que está escrita: Sumido se h a la m u e r t e en la vic-
toria» a los Corintios, XV, 51-54).
192 INFIERNO (129)

Consolaos. — «No queremos, pues, hermanos, quedéis en igno-


rancia respecto a los difuntos, p a r a que no os entristezcáis,
como los otros hombres, que no tienen esperanza; pues si
creemos que Jesús murió y resucitó, del mismo modo aquellos
que descansaron en Cristo, serán por Dios conducidos con ÉL
P o r esto os decimos sobre la palabra del Señor, que nosotros
los vivientes, los que quedáremos hasta la venida del Señor,
no nos adelantaremos a los que ya murieron; pues que el mis-
mo Señor, a la intimación y voz del arcángel y al sonido de la
trompeta, b a j a r á del cielo y los que murieron en Cristo resu-
citarán los primeros; después nosotros los vivos seremos arre-
batados con ellos sobre las nubes en el aire al encuentro del
Señor y estaremos p e r p e t u a m e n t e con El. Consolaos, pues,,
m u t u a m e n t e con estas verdades» (1.a a los Tesalonicenses,
IV, 12-17).
La omnipotencia divina.— U n niño preguntaba a su madre:
—¿Cómo es posible que el cuerpo, deshecho ya en la tierra, re-
sucite bello y glorioso?—Dios, que es omnipotente, todo lo
puede—respondió la madre—. El que crió de la nada el sol y
las estrellas t a n hermosas, ¿hallará dificultad en hacer glorio-
so, ágil y resplandeciente nuestro cuerpo? Después, t o m a n d o
la madre una hoja de papel m u y brillante, continuó: ¿Ves este
papel, qué brillante? Es de la más hermosa y mejor calidad.
P u e s ¿sabes de qué está hecho? De trapos. Si los hombres
son capaces de cambiar esos trapos en un papel t a n hermoso,
cuánto más la omnipotencia divina podrá cambiar nuestro
cuerpo deshecho j a en el sepulcro en cuerpo glorioso.

I29 P. ¿Es cierto que hay infierno?


R. S í , s e ñ o r ; es c i e r t o , p o r q u e nos lo enseña la f e .

l.° Oiréis decir muchas veces: Ninguno ha vuelto de


allá a decirnos que hay infierno. Jesús vino del cielo, y
¿qué cosa nos enseñó'.' ¿,Qué nos dijo del infierno y de
los tormentos, que allí se padecen? (Véase la pág. 70 y
La parábola del rico Epulón.) Dios nos propone las ver-
dades por medio de la Iglesia, para que las creamos;
quien cree a la Iglesia cree a Dios. Ahora bien; Dios, por
medio de la Iglesia, nos enseña que hay infierno p a r a
los malos.
INFIERNO (129) 193

2.° La misma razón demuestrá la necesidad del inr


fierno. Todos los hombres sienten en sí el abismo que
media entre el bien y el mal, entre los que hacen el bien
y los que obran el mal. Es una verdad que Dios ha es-
culpido en todos nuestros corazones. Puede negarse,
como se puede negar el sol en pleno mediodía; pero,
como sabe que miente el que niega la existencia del sol,
así sabe que miente el que niega la diferencia esencial
entre el mal y el bien. Esto supuesto; en este mundo, ni el
bien es siempre premiado, ni el mal es siempre castiga-
do; antes, muchas veces vemos oprimido al virtuoso y
triunfante al impío. Dios, justo, a su tiempo recompen-
sará al primero y castigará al segundo. ¿Dónde y de qué
modo? En la eternidad, con el cielo o con el infierno.
Dios es horriblemente blasfemado por los impíos; hay
quienes pasan toda su vida odiando a Dios y desprecian-
do sus Mandamientos. Los reyes tienen cárceles para los
que violen sus leyes; y ¿podrá sustraerse impunemente
el impío a la voluntad de Dios, despreciar sus Manda-
mientos, sin temor del castigo? No; para él tendrá Dios
destinada la terrible cárcel del infierno.
Estas razones son tan eficaces, que bastaron a unir a
todo el género humano en una misma fe, aunque por
otra parte tan dividido en sus usos y costumbres. En rea-
lidad, todos los pueblos de la tierra, siempre y en todas
partes, han creído en la existencia del infierno, donde
los malos son justamente castigados por sus culpas. Este
unánime consentimiento nos sugiere esta reflexión: ¿Es
posible que todos los pueblos se hayan engañado? Tan
unánime consentimiento sobre una verdad, que la razón
y la pasión quisieran negar, demuestra ciertamente que
la creencia en el infierno es una verdad revelada pri-
mitivamente por Dios e impresa en el corazón del
hombre.
3.° Mirad también, quiénes son los que niegan el in-
fierno. Son los malos, los ladrones, asesinos, viciosos...
¿Merecen que les creamos?... No he encontrado nunca un
13
194 INFIERNO (129)

hombre verdaderamente virtuoso, que niegue el infier-


no... ¿Cuántos lo niegan? Poquísimos. Todos los pueblos
de la tierra, en todos tiempos, han admitido siempre el
infierno; sólo unos pocos malos lo niegan. De un lado
todos los buenos creen en él; de otro, aun muchos malos
creen lo mismo, pocos lo niegan. ¿Quiénes merecen fe?
Y los malos, ¿cuándo lo niegan? Guando están sanos; en
la muerte, la mayor parte, si tienen tiempo, se desdicen.
El mismo Voltaire, cercano a la muerte, pidió un confe-
sor. ¿Por qué lo niegan?Lo confesaron todos aquellos, que
en punto de muerte se arrepintieron: lo negaban para
poder pecar más libremente. |Desgraciados! Cuando por
la noche oigo decir a un niño: Yo no tengo miedo, estoy
segurísimo que lo tiene, y mucho. Guando oís a algunos
decir que no hay infierno y reírse de eso; estad seguros
que creen en él, que tienen miedo, mucho miedo. Si no
lo temieran, no sentirían la necesidad de decir y repetir
que no hay infierno.
Fruto.—Acordaos que sólo cuando uno deja de ser bue-
no, empieza a dudar del infierno. Sed siempre buenos y
no os sucederá nunca el dudar del infierno. Sed buenos
para evitar el infierno y merecer el cielo.
Ejemplos.—Catalina, ¿dónde estás?—San F r a n c i s c o de J e r ó n i -
mo, al principio del siglo x v i i i , e s t a b a encargado de dar misiones
en el reino de Ñapóles. U n día, m i e n t r a s predicaba en u n a pla-
za de Ñapóles, c i e r t a s m a l a s m u j e r e s , g u i a d a s por u n a t a l Ca-
t a l i n a , p r o c u r a r o n e s t o r b a r l e con sus canciones y g r i t o s . U n o s
días después, el Santo volvió a predicar en la m i s m a p l a z a , y
viendo c e r r a d a la p u e r t a de C a t a l i n a , y su casa, a n t e s t a n rui-
dosa, en p r o f u n d o silencio, p r e g u n t ó qué había p a s a d o a C a t a -
l i n a . Supo que h a b í a m u e r t o de r e p e n t e el día antes. E n t r e m o s a
v e r l a , dijo. E n t r ó , seguido de la t u r b a , en el c u a r t o donde se
h a l l a b a el c a d á v e r , lo miró y después con voz m a j e s t u o s a dijo:
C a t a l i n a , ¿dónde estás? Yo t e m a n d o , nos lo digas, en nom-
b r e de Dios. E l c a d á v e r abrió los ojos, sus labios convulsiva-
m e n t e se movieron, y con voz ronca y c a v e r n o s a respondió:
¡En el infierno!
Hay infierno.—En 1812 en Moscou, el Conde Orloff, g e n e r a l
I.vFrERNO (130-131) 19o

^an impío como valeroso, se encontró una tarde de invierno con


otro general amigo suyo e incrédulo también. Después de haber
bebido abundantemente, se burlaban de la religión y sobre todo
del infierno.—Y ¿si hubiese de verdad infierno?—dijo el g e n e r a l
Orloff. — Pues bien — respondió su amigo — ; el que de los dos
muera primero, volverá a contárselo al otro; y se dieron pala-
bra de honor. Poco después estalló la g u e r r a con Napoleón. E l
amigo de Orloff recibió orden de m a r c h a r a la f r o n t e r a p a r a
ocupar un puesto importante. H a b í a n pasado tres semanas des-
pués de su salida de Moscou, cuando una m a ñ a n a le vió Orloff
comparecer pálido, desencajado el rostro, en su habitación, le-
v a n t a r la cortina de la cama, y decir: Amigo, hay infierno y yo
estoy allí. Y desaparació. Orloff supo después que su amigo,
el mismo i n s t a n t e en que se le había aparecido, habia recibido
en el corazón una bala y quedado muerto en el acto. (Monseñor
Segur.)

130. P. ¿Cuánto tiempo estarán los malos en el Infierno?


R. L o s malos estarán en el infierno p o r toda la e t e r n i d a d .

131. P. ¿Se merece el infierno por un solo pecado?


R. S í , s e ñ o r ; se m e r e c e el infierno aun p o r un solo pecado mortal.

Dos cosas, que forman casi una sola, nos enseña el Ca-
tecismo: que en el infierno se está por toda la eternidad;
que para ir al infierno basta un solo pecado mortal.
1.° Basta un pecado mortal.—Cien mil pecados venia-
les no nos condenan al infierno; y uno solo mortal, sí. La
gravedad de la ofensa se mide, más que por la ofensa en
sí misma, por la dignidad y grandeza del ofendido. Dios
es grandeza infinita; por esto todo pecado mortal tie-
ne, en cierto modo, malicia infinita, y así merece pena
infinita. El hombre no es capaz de sufrir una pena infi-
nita en la intensidad; por eso la sufrirá infinita en la
duración.
Reflexionad bien. El pecado tiende a la destrucción
de Dios. Cuando el hombre peca, siente en su corazón
un deseo de que Dios no conozca, ni castigue, ni pueda
castigar el pecado que comete; y quisiera que así fuese,
para poder libremente pecar. Ahora os pregunto: ¿Quién
196 INFIERNO ( 1 3 1 )

es Dios? Es un ser perfectisimo; si le quitáis una sola


perfección, deja de ser Dios. El pecador, al pecar, quiere
quitar a Dios a lo menos estas perfecciones: la sabiduría,
que todo lo conoce; la santidad, por la cual debe cas-
tigar el mal, y la omnipotencia, que alcanza donde quie
ra al pecador. Ahora bien; si Dios no fuese infinitamen-
te sabio, santo y omnipotente, no sería Dios. Y el que
quiere destruir de ese modo a Dios, ¿no merecerá el in-
fierno?
2 ° Por toda la eternidad.—Lo habéis entendido ya
por lo que os he dicho; el pecado, ofensa de Dios, tiene
en cierto modo una malicia infinita, y por tanto me-
rece pena infinita; no pudiendo sufrirla infinita en la
intensidad, el pecador ha de sufrirla en la duración. ¿No
habéis visto nunca a un hijo testarudo y rebelde con su
padre? Se empeña en decir que no y, aunque lo maten,
dirá que no. Tal hace el pecador contra Dios; es como
una lucha empeñada por el pecador contra Dios. ¿Quién
debe vencer en esta lucha? Dios; si no venciese, no se-
ría Dios. Ahora bien; si el infierno no fuera eterno, el
pecador vencería en esta lucha contra Dios. ¿Qué po-
dría hacer Dios con el pecador? ¿Castigarle?... Él blas-
fema bajo el peso de la mano de Dios. ¿Hacerle bien?...
Se ríe de sus beneficios. ¿Aniquilarlo?... Diría a Dios.
Puedes hacerlo, mas no lograrás que yo obedezca, ni
vencerme. ¿Qué os dice el corazón?... Es necesario un
infierno eterno, donde la justicia de Dios se manifieste
inexorable y venza al pecador rebelde.
El alma humana fué creada inmortal. En la eternidad
se encontrará siempre con los mismos sentimientos
que tenía, cuando en la muerte se separó del cuerpo,
Si estaba en pecado, en pecado permanecerá siempre;
su voluntad amará siempre el pecado y así odiará a Dios.
Ahora bien; debería Dios dejar de castigar al que con-
tinúa odiándole, al que continuando en amar el pe-
cado, en cierto modo sigue cometiéndolo?
3.° ¿Quién es condenado al infierno? (Véase el n.° 24.)
INFIERNO (131) 197

Fruto.—El pecado es un mal tan enorme y merece cas-


tigo tan terrible; no lo cometáis, pues, jamás. Cuando el
demonio os sugiera: Comete un pecado por esta vez sola,
responded vosotros, como respondió el Abad Teófilo: Si
me dijesen que me dejara cortar la cabeza una vez sola,
respondería resueltamente que no; así responderé siem-
pre al demonio, cuando me sugiera merezca una vez sola
el infierno; si me fuere cortada la cabeza, ninguno me la
devolverá; si voy al infierno, ninguno me librará; allí es-
taré para siempre. Amados niños, temed siempre el i n -
fierno; no cometáis jamás el pecado, que os lleva al in-
fierno.

Ejemplos.—Amor materno.—Mirad a una m a d r e al lado de su


hijo enfermo, cuántos cuidados, cuántas atenciones. Se apro-
xima la muerte y las angustias de la madre no tienen límites.
Después de muerto, bes» el cadáver; después... pasadas pocas
horas, deja que lo sepulten y ella misma dispone que lo saquen
de casa. ¿La llamáis por eso cruel?—Así hace Dios con el peca-
dor. La corrupción del cadáver es menos r e p u g n a n t e a nuestros
ojos que a los de Dios la corrupción espiritual del alma, que
pasó en pecado a la e t e r n i d a d .
EL mismo demonio confiesa la eternidad de las penas.—El
mismo demonio, a l g u n a vez, se ha visto obligado contra su vo-
l u n t a d a confesar la eternidad de esas penas. Cuenta el Padre
Pablo Segneri (el jovea), testigo presencial de este hecho: «En
Roma, un religioso de mi orden, mientras hacía los exorcismos,
obligó al demonio a decir en público cuánto tiempo debía estar
en el infierno; r e h u s a b a al principio decirlo el maligno espíritu;
ál ñn, obligado por el precepto, respondió: Por siempre, por
siempre, por siempre. Dijo sólo estas palabras, m a s con tal ím-
petu, que bien se notó hablaba de la eternidad, como cosa por
él experimentada'. Hallábanse presentes gran número de caba-
lleros y de religiosos. Y f u é tal espanto de todos, que yo mismo
que lo vi, no podía explicármelo» (Opere postume, Meditaz.
Inf. 3). Segneri añade que el f r u t o de esta confesión del de-
monio f u é grandísimo.
198 gloria (132-133)

132. P. ¿Cuánto tiempo estarán en la gloria los buenos?


R. L o s b u e n o s e s t a r á n en la g l o r i a p a r a s i e m p r e .

Los condenados estarán en el infierno por toda la eter-


nidad. Lo dijo Jesucristo, anunciando la sentencia, que
había de pronunciar contra ellos en el día. del Juicio
final: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno...» (1).
También los bienaventurados estarán en el cielo por
toda la eternidad, para siempre gozarán y para siempre
serán felices. Si con una vida llena de trabajos y sacri-
ficios, pero de pocos años solamente, pudiera uno hacer-
se noble y con tantas riquezas que durasen toda lá vida,
¿quién no querría lograrlas? Muchos trabajan y estudian
años y años para alcanzar una posición desahogada aquí
abajo, y sin que puedan disfrutar de ella sino por breve
tiempo. Pues bien; pensad que con unos años de vida
virtuosa y cristiana podéis ganar una felicidad que n o
tendrá fin. ¿Qué son cien años, en comparación de la
eternidad? Menos que un minuto en comparación de
toda la vida. ¡Qué sacrificios tan bien recompensados!

133. P. ¿Son todos los hombres criados para el cielo?


R. S í , s e ñ o r ; t o d o s l o s h o m b r e s s o n c r i a d o s para el c i e l o .

Acordaos de lo que habéis aprendido antes. ¿Para qué


fin os ha criado Dios? (Véase el núm. 5, punto 2.°, pág. 37)¡
Todos responden: «Dios me ha criado para... gozarle des-
pués en la otra vida»; esto es: todos hemos sido criados
para ir al cielo, ninguno para ir al infierno. Hubo herejes,
que enseñaron este error: que Dios cría algunas almas
para enviarlas al infierno, mas la Iglesia los condenó en
seguida. San Pablo enseña que Dios «es Salvador de to-
dos los'hombres» (2); y San Pedro dice que el Señor «tie-
ne paciencia... no queriendo que ninguno perezca, mas
que todos vuelvan a penitencia» (3); y San Juan nos re-

tí) San Mateo, X X V , 41.—(2). 1.a' a Timoteo, I V , 10.—(3) 2. a de San


Pedro, I I I , 9.
GLORIA ( 1 3 4 ) 199

Ctierda que la sangre de Cristo tiene virtud para limpiar-


nos de todo pecado (1).
Decidlo y repetidlo siempre: Dios no quiere enviar a
ninguno al infierno, Dios quiere que todos vayan al cie-
lo. Jesucristo murió para salvarnos a todos. Dios permite
vaya al infierno el que quiera ir allí; mas da a todos los
que quieren salvarse, las gracias y auxilios necesarios.
Mas observad que hay algunos que dicen de palabra:
quiero salvarme, ir al paraíso; pero con las obras, con
su vida lo niegan. Dios no cree a las palabras, sino a sus
obras.
Fruto.—Queréis salvaros? ¡Cuán dulce es poder decir:
He sido criado para el cielo; si quiero, el cielo es mío! Y
vosotros, ¿lo queréis de veras?...-Antes de acostaros h a -
ced siempre esta reflexión: ¿He vivido hoy de modo que
pueda ganar el cielo?... ¿Qué me dice la conciencia?... Y
si ahora muriese, ¿qué merecería?

134. P. ¿Por qué, p u e s , n o v a n t o d o s a l cielo?


R. N o van t o d o s al c i e l o , porque no t o d o s h a c e n lo q u e deben
para s a l v a r s e .

Si yo os señalase para mañana tres respuestas y os di-


jera: daré mañana un hermoso premio a todos los que
sepan esta lección con pocos puntos; y después, al salir
mañana de clase, alguno os preguntara: ¿Por qué tal y
tal no han alcanzado premio?... Responderíais: Porque
no han estudiado, no han hecho lo que debían; si hubie-
ran cumplido con su deber, habrían merecido el premio,
pues todos podían estudiar las tres preguntas y saberlas
con pocos puntos.
Así pasa con el cielo: todos pueden ganarlo, todos
pueden salvarse; porque da Dios a todos las gracias ne-
cesarias; pero no todos van al cielo, no todos se salvan,
porque no todos hacen lo que deben hacer para salvar-
se. Nos dice San Agustín: «Quien te creó sin ti, no quie-

(1) 1.a de San Juan, I , 7.


200 GÜOKIA (135)

re salvarte sin ti»; esto es, sin tu cooperación. El paraíso


es premio, que debemos merecer haciendo lo que Dios
quiere de nosotros.
Fruto.—Vosotros debéis, por vuestra parte, estudiar
bien el Catecismo, a fin de aprender lo que habéis de
hacer para salvaros, y después de aprendido practicarlo
de buena voluntad.
Ejemplo.— El pequeño Alí.—Un rey de Persia recogió a un niño
abandonado, para declararlo su heredero. Le hizo dar u n a edu-
cación conveniente al fin, a que lo destinaba. Cuando el rey
murió, encontraron en el testamento esta disposición: Adopto
como hijo al pequeño Alí. Si correspondiere a la educación re-
cibida, a los veinte años será proclamado rey; si fuere malo,
será despojado de todo y encerrado en la cárcel. E s t a s disposi-
ciones le fueron notificadas al niño, y varias veces entre año
se las recordaban. Alí vivió como un niño díscolo. Al cumplir
veinte años, se reunieron los Grandes del Reino, llamaron a n t e
sí a Alí, le leyeron por ú l t i m a vez las disposiciones del sobera-
no, se examinó la vida de Alí, y por unanimidad fué declarado
que merecía la cárcel.—Muchos de vosotros os habréis quizá re-
conocido en esta historia, la cual os pone delante, como en una
imagen, lo que ha hecho Dios con nosotros, Sed fieles a su
gracia, si queréis ser herederos del cielo.

I 35. P. ¿Qué hay que hacer para salvarse?


R. Para salvarse hay que c r e e r en J e s u c r i s t o , y vivir según los
M a n d a m i e n t o s de D i o s y de la I g l e s i a .

Dos cosas, como aquí nos enseña el Catecismo, son ne-


cesarias para salvarse: creer en Jesucristo y en aquello
que enseñó por medio de la Iglesia; observar los Man-
damientos de Dios y de la Iglesia. En otras palabras: pre-
ciso es tener fe y vivir como buenos cristianos.
1.° Creer en Jesucristo.—Él mismo nos lo dijo: «Quien
creyere y fuere bautizado se salvará; quien no creyere
se condenará» (1). «Como Moisés levantó en el desierto la
serpiente, del mismo modo, es preciso que sea levantado

1) San Marcos, X V I , 16.


GLORIA (1B5) 201

el Hijo del hombre, para que quien cree en Él t é n g a l a


vida eterna... Quien cree en Él no será condenado; mas
quien no cree, ya está juzgado; porque no cree en el nom-
bre del Unigénito Hijo de Dios» (1). ¿Es posible que J e -
sús admita en el paraiso a los que no creen en Él? (Véa-
se también el núm. 259.)
2." Vivir según los Mandamientos de Dios y de la Igle-
sia.—Jesús dijo: <Si quieres llegar a la vida eterna, guar-
da los Mandamientos» (2). Véanse los números 167 y
199, 2.° Por esto San Pablo nos enseña que Jesucristo
«vino a ser causa de salud eterna para todos los que le
obedecen» (3).
3.° Por lo cual, es necesario aprender bien el Catecis-
mo. El que no estudia bien el Catecismo, no conoce a Je-
sucristo, ni las verdades que Jesús nos propone para
creer; el Catecismo es el compendio, el resumen de las
verdades de la fe cristiana. Así, quien no estudia el Ca-
tecismo, no conoce lo que los Mandamientos nos man-
dan y nos prohiben. El que no conoce lo que debe creer
y practicar, no podrá en manera alguna creer lo que no
conoce ni vivir rectamente, y por esto jamás será buen
cristiano.
De aquí se deduce la verdad de lo que dice el Papa
(véase la pág. 1): Que Ja mayor parte de aquellos, que no
se salvan, y se condenan, se condenan por causa de la
ignorancia en materia de religión. No conocen lo que de-
ben creer, y no pueden, por tanto, poner en práctica,
como conviene, la fe, que es el principio de la vida cris-
tiana. Ignoran por su culpa lo que deben practicar, y así
Son responsables, ante Dios, de las transgresiones en que
incurren. No conocen la naturaleza y eíicacia de la ora-
ción ni de los Sacramentos, y por esto no usan de ellos o
los reciben mal; no conocen la fealdad y malicia del pe-
cado, y por tanto no lo temen. No saben cuán grande te-

(1) San Juan, I I I , 14, 15, 18.—(2) San Mateo, X I X , 17.-(3) A los
Hebreos, V, 9.
202 GLORIA (135)

soro es el alma, y así no cuidan de su salvación. No tie-


nen verdadera idea de la eternidad ni del paraiso, y por
esto no piensan sino en este mundo.
4.° Esta respuesta del Catecismo os hace entender
cuán necia es la afirmación de muchos cristianos, que
piensan podrán salvarse, porque pueden decir: yo no
robo ni mato. Bueno es eso, mas no basta para ir al cie-
lo; el cielo es un premio; premio de la fe cristiana y
de las buenas obras. Quien propone el premio, señala
también las condiciones para alcanzarlo. Vosotros, si lo
queréis ganar, guardad las condiciones, y así, sed buenos
cristianos.
Fruto.—Dice Jesús: «Yo soy la verdadera vid; mi Padre
es el labrador. Todo sarmiento que no lleve fruto en Mí,
lo cortará; y el que lleve fruto, lo podará, para que lleve
más fruto. Vosotros ya estáis purificados por las pala-
bras que yo es he dicho. Permaneced en Mí y Yo en vos-
otros. Como el sarmiento no puede dar fruto por si, si
no permanece unido a la vid, así tampoeo vosotros, si
ño permanecéis en Mí. Yo soy la vid, vosotros los sar-
mientos; si alguno permaneciere en Mí y Yo en él, éste
dará mucho fruto; porque sin Mí nada podéis hacer. El
que no permanece en Mí, será echado fuera, Como sar-
miento seco, que se coge y echa al fuego, donde arde» (1).
El buen cristiano está unido a Jesús con la mente, el
corazón y las obras y toma como norma de su santa
vida la fe y la ley de Jesucristo.
Ejemplos — Parábola de los malos viñadores.—Nuestro Señor
Jesucristo contó esta parábola: «Un hombre plantó una viña;
y arrendándola a unos colonos, se alejó poruña larga tempo-
rada. A su tiempo, mandó un criado a los colonos para recoger
los frutos de la viña; pero ios colonos, hiriéndole, le despacha-
ron con las manos vacías. Envió de nuevo otro criado. Tam-
bién a éste, después de golpearle y ulrajarle, le rechazaron sin
darle nada. Envió luego un tercero, a quien también hirieron
(1) San Juan, XV, 1-6.
GLORIA (185) 203

y despacharon. Dijo entonces el dueño de la viña: ¿Qué hacer?


Enviaré a mi querido hijo; quiza cuando lo vean, le tendrán
más respeto. Mas los colonos, viéndole venir, dijeron entre sí:
éste es el heredero: matémosle y será nuestra la heredad. Y
arrojándole fuera de la viña, lo mataron. ¿Qué hará, pués, con
ellos el amo de la viña? Vendrá y destruirá a los colonos y dará
a otros su viña» (San Lucas, XX, 9-16).—-El cristiano, que no
cree en Jesucristo o no observa sus Mandamientos, se asemeja
a esos colonos; no haciendo, como exige Dios, obras buenas, se
asemeja también a los judíos, que mataron al Señor. Ellos
fueron exterminados; el mal cristiano será condenado al in-
fierno.
Jesús nos hizo comprender, la necesidad de las buenas obras,
con la parábola de las vírgenes; las necias que no se proveye-
ron de aceite, que representa las buenas obras, fueron exclui-
das del banquete, figura del cielo; y con la parábola de los ta-
lentos, la cual demueatra, que cuanto mayor abundancia de
bienes se recibe, tanto más fruto se debe p'roducir (1).
Las vírgenes necias y las prudentes. — «Será semejante, dice
Jesús, el reino de los cielos a diez vírgenes, que habiendo to-
mado sus lámparas, salieron al encuentro del esposo y de la
esposa. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes. Las cinco
necias tomaron consigo sus lámparas, mas no se proveyeron
de aceite. Las prudentes, al contrario, tomaron el aceite en sus
vasijas, junto con las lámparas. Tardando el esposo, se ador-
mecieron todas, quedando dormidas; a media noche se oyó una
voz que decía: He aquí que viene el esposo, salidle al encuen-
tro. Al punto se levantaron todas y aderezaron sus lámparas;
las necias dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite,
porque nuestras lámparas se están apagando. Respondieron las
prudentes: No sea que no haya bastante para nosotras y vos-
otras, id a los q-ae lo venden y compradlo. Mientras fueron a
comprarlo, llegó el esposo; las que estaban dispuestas entraron
con él a las bodas y se cerró la puerta. Llegaron por fin. las
otras vírgenes, diciendo: Señor, señor, abridnos. Mas él, en res-

(1) Dice Jesús: «Quien no conocía la voluntad de su Señor, e


hizo algo digno de castigo, será golpeado menos. A quien mucho
se dió, mucho se pedirá, y a quien mucho se le confió, mucho se le
exigirá» (San Lucas, XII, 48).
204 GLORIA (135)

puesta, les dijo: En verdad os digo, no os conozco. Velad, pues,


porque no sabéis ni el día ni la hora» {SanMateo, XXV, 1-13).
Los talentos.—«Del mismo modo un hombre, estando para
emprender un largo viaje, llamó a sus siervos y les entregó sus
bienes. A uno dió cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada
cual según su capacidad, y luego partió. El que había recibido
cinco talentos, negoció con ellos y ganó otros cinco. El que
había recibido dos, negoció también y ganó otros dos. Mas el
que recibió sólo uno, cavando en la tierra, escondió el dinero
de su señor. Después de mucho tiempo volvió el señor de aque-
llos criados y pidióles cuenta. Llegando el que había recibido
cinco talentos, presentóle otros cinco, diciendo: Señor, me dis-
teis cinco talentos, he aquí que he ganado otros cinco. Respon-
dióle el señor: Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has
sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho; entra en la gracia
de tu señor. Presentándose el otro, que había recibido dos ta-
lentos, dijo: Señor, tú me distes dos talentos, he aquí que he
granjeado otros dos. El señor le dijo: Muy bien, siervo bueno y
fiel; ya que has sido fiel en lo poco, yo te daré lo mucho, ven y
entra en el gozo de tu señor. Presentándose después el que
había recibido un solo talento, dijo: Señor, sé que eres hombre
austero, que siegas donde no has sembrado y recoges lo que no
has esparcido; yo, por temor, fui y escondí tu talento bajo tierra;
aquí tienes lo que es tuyo. Mas el amo le respondió: Siervc
malo y perezoso, sabes que quiero segar donde no he sembrado
y coger lo que no he esparcido; debías, pues, dar mi dinero a
logro, para que a la vuelta cobrase lo que es mío y su interés,
Quitadle por esto el talento y dadlo al que tiene diez talentos..,
Y echad fuera al siervo inútil, a las tinieblas exteriores, donde
habrá llanto y crujir de dientes» (San Mateo, XXV, 14-80). Le
mismo nos enseña Jesús por otras parábolas. (Véase la pregun-
ta 122.)
CAPITULO V
DE LA SANTA IGLESIA CATÓLICA, DEL PERDÓN DE LOS PECADOS
Y DE LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS

El Catecismo, en este capítulo,"nos explica brevemente


cuanto debemos saber acerca de los dos artículos del
Credo, que quedan aún sin explicar. Estudiadlos bien,
porque son, especialmente hoy día, importantísimos.
136. P. ¿Qué es la Santa Iglesia Católica?
R . La Santa Iglesia Católica es la reunión de todos los que están
bautizados, creen y confiesan la fe de Cristo, Señor nuestro, participan
de los mismos sacramentos y reconocen por Vicario de Cristo en lá
tierra al Sumo Pontífice de Roma.

Con estas palabras decís muchas cosas: que la Iglesia


es: 1.° una reunión; 2.° reunión de todos los que están
bautizados; 3.° que estos bautizados creen y confiesan la fe
de Cristo Nuestro Señor; 4.° que participan de los mismos
Sacramentos; 5." y reconocen por Vicario de Cristo en la
tierra al Sumo Pontífice. Cinco cosas, como veis, que es
necesário entender bien.
í.° La Santa Iglesia Católica es una reunión; esto es,
una congregación o sociedad. Cuando decís iglesia, po-
déis entender la iglesia material, donde nos reunimos.
Mas aquí, diciendo iglesia, no entendemos la iglesia ma-
terial, sino la congregación católica, que se reúne en el
templo. Así, por ejemplo, cuando decís asilo de niños por
déis entender, o el lugar donde son educados los niños*
206 SANTA IGLBS5A CATÓLICA (136)

o también los mismos niños que allí se educan. Del mis-


mo modo, diciendo iglesia, en este capítulo, no habla-
mos de la iglesia material, sino de la reunión de aque-
llos que, puestas las debidas condiciones, forman la so-
ciedad, que llamamos Iglesia Católica. N

2.° Reunión de aquellos que están bautizados. Esta es


la primera condición necesaria para formar parte de la
Iglesia: haber recibido el santo Bautismo, por el cual es
uno hecho cristiano. Todos los niños que han recibido
el santo Bautismo pertenecen a la Iglesia. Los que han
llegado al uso de la razón, para pertenecer a la Iglesia,
además de estar bautizados, deben cumplir otras tres
condiciones, que son las siguientes:
3.° Confesar la fe de Cristo Nuestro Señor; esto es, creer
lo que Jesucristo nos enseñó (véase el núm. 259). Los he-
rejes, que niegan totalmente o en parte lo que Jesucristo
enseñó, no pertenecen a la Iglesia, aunque estén bauti-
zados. Un cristiano que reniega de la fe en Jesucristo,
deja de pertenecer a la Iglesia.
4.° Participar de los mismos Sacramentos instituidos
por Jesucristo Nuestro Señor. Así, los herejes, que dicen
confesar la fe de Cristo y después niegan algún Sacra-
mento, no pertenecen tampoco a la Iglesia, se han se-
parado de ella. En realidad, aunque con la palabra dicen
que confiesan la fe de Cristo, con los hechos la niegan,
negando alguno de los Sacramentos por él instituidos.
5.° Reconocer por Vicario de Cristo en la tierra al Sumo
Pontífice.—Jesucristo quiso que esta sociedad, reunión o
congregación, que llamamos Iglesia Católica, fuese go-
bernada por un Jefe supremo, que toma el nombre de
Sumo Pontífice. Quien no quiere reconocer el Jefe que
Jesús ha puesto al frente de la Iglesia, no quiere, en
realidad, pertenecer a la Iglesia de Jesús; como no quie-
re ser de una sociedad cualquiera el que no reconoce a
su jefe o presidente. La Cabeza de la Iglesia es el mismo
Jesús; mas Él está en el cielo y sólo de un modo invisible
en este mundo. Por esto, era preciso que la Iglesia tuvie-
SANTA IGLESIA CATÓLICA (136) 207

se una Cabeza visible, que hiciera las veces de Jesús; esta


Cabeza visible es el Sumo Pontífice, llamado también
simplemente el Papa.
Fruto.—Reconozcamos siempre con las palabras y con
los hechos al Papa como Vicario de Jesucristo, y consi-
guientemente, venerémosle. No demos oídos a los que
nos hablan mal de él y no leamos jamás ni periódicos
ni libros que no respeten a la Iglesia y al Papa.
Ejemplos . — La piedra déla Iglesia; las llaves del reino de los
cielos.—Oid cómo Jesús instituyó al Papa, en la persona de San
Pedro de quien el Papa es sucesor, Vicario suyo, su 'represen-
tante en la tierra. Dijo Jesús: «Yo te digo que tú eres Pedro,
y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y no prevalecerán con-
tra ella las fuerzas del infierno. Yo te daré las llaves del reino
de los cielos. Lo que atares en esta tierra será atado en el cielo,
y lo que soltares en la tierra será suelto en el cielo» (San Ma-
teo, XVI, 18 y 19). La noche antes de morir dijo a San Pedro:
«He aquí que Satanás va en busca de vosotros para zarandearos
como el trigo; mas yo he rogado por ti (Simón Pedro) para que
tu fe no desfallezca; y tú, una vez convertido, confirma a tus
hermanos» (San Lucas, XXII, 31 y 32).
Simón, hijo de Juan, ¿me amas? —Después de resucitado Je-
sús apareció a los Apóstoles y dijo a San Pedro: «Simón, hijo
de Juan, ¿me amas tú más que éstos? El respondió: Señor, Tú
sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos. De nuevo
le preguntó: Simón, hijo de Juan, ¿me amas tú? Él respondió:
Sí, Señor, Tú sabes que te amo. Díjole Jesús: Apacienta mis
corderos. Por tercera vez le preguntó: Simón, hijo de Juan,
¿me amas? Y Pedro... le respondió. Señor, Tú todo lo sabes; Tú
sabes que te amo, Y Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas» (San
Juan, XXI, 15-17).
De todo esto se deduce que el Papa es la piedra fundamental
de la Iglesia de Jesucristo; que siendo infalible, debe confirmar
en la fe a sus hermanos, enseñándoles la verdadera doctrina y
condenando los errores opuestos; que como Jefe supremo, debe
dar leyes (atar), puede dispensar (soltar), debe apacentar los
corderos y las ovejas, esto es: a todos. Haciendo esto y tenien-
do todos estos empleos, ¿por ventura no se muestra verdade-
ramente Cabeza de la Iglesia? ¿No es esto lo que Jesús hacía?
208- SANTA IGLESIA CATÓLICA (136)
¿No continúa así la obra de Jesús? Tiene, por tanto, el Papa el
lugar de Jesús.
gA dónde vas, Señor?-—San Pedro estaba en Boma durante la
terrible persecución de Nerón. Cediendo a las instancias de los
cristianos, salió para alejarse de Roma. Apenas se halló fuera
de la ciudad, se le apareció Jesús, Pedro le preguntó:—¿A dón-
de vas, Señor?—A Roma—respondió—a morir por mis Discípu-
los. Y desapareció. Pedro entendió cómo Jesús quería perma-
neciera él en Boma y sufriese allí el martii-io. Volvió, por lo
tanto, a la ciudad, y allí selló su apostolado con su sangre. San
Pedro estableció su sede en Boma y allí murió. El Obispo de
Roma es sucesor de San Pedro, y por esto, le sucede como ca-
beza visible de la Iglesia y Vicario de Jesucristo.
Alejandro Magno y el Pontífice Onías. — Alejandro Magno,
rey de Macedonia, que murió en el año 324, antes de Jesucris-
to, ambicionaba conquistar todo el mundo. Después de haberse
apoderado de muchas ciudades, se puso en camino para Jeru-
salén. El gran sacerdote Onías, acosado de gran temor, empezó
a rogar a Dios fervorosamente. En sueños, el Señor le animó y
le dijo que, vistiéndose los ornamentos pontifíciales, se pusiera
a la cabeza del pueblo y saliese al encuentro del terrible conquis-
tador. Obedeció Onías; salió al encuentro de Alejandro basta
Jafa, donde se podía divisar bien la ciudad y el templo. Apenas
vió Alejandro aquella solemne procesión y divisó al Pontífice
vestido de sus ornamentos, se adelantó hacia él, postróse en
tierra ante el nombre de Dios, esculpido en su diadema, y lo
saludó. Quedaron todos maravillados, y Parmenión, uno de los
amigos del rey, le preguntó por qué había honrado de aquel
modo al Sumo Pontífice de los judíos. Alejandro respondió: Yó
no le he honrado a él, sino a Dios, cuyo ministro es. Onías, des-
pués, acompañó al rey al templo de Jerusalén, hizo éste allí
una ofrenda y sa retiró, dejando a todos maravillados deque, por
respeto al Sumo Pontífice, hubiese perdonado a toda la ciudad.
¡Qué lección ésta para los cristianos de nuestros tiempos!—Ve-
neremos siempre al Papa, y recordemos que no puede amar a
Jesucristo y a su Iglesia quien no se sujeta al Papa con la
mente y corazón.
SANTA l&UBSiA CATÓLICA (137) 209

137. P. ¿Quién fundó la iglesia?


R. La Iglesia la fundó Jesucristo, Nuestro Señor.

1.° La Iglesia fue fundada por Cristo Jesús y de Él


tomó el. nombre de Cristiana. Fundar quiere decir: insti-
tuir, dar vida, erigir. Cristo fundó la Iglesia: a) reunien-
do eu torno suyo a los discípulos, escogiendo entre
ellos a doce que llamó Apóstoles y constituyéndolos pas-
tores; b) escogiendo entre ellos a uno como Jefe, San Pe-
dro; c) concediéndoles el poder de enseñar y gobernar a
los fieles, celebrar el Santo Sacrificio y administrar los
Santos Sacramentos. La Iglesia celebra corno su naci-
miento el día de Pentecostés, cuando después de la ve-
nida del Espíritu Santo, San Pedro comenzó a predicar
el Evangelio v convirtió cinco mil personas a la fe cris-
tiana.
2.° Para mostrar la divinidad de la Iglesia, Jesucris-
to se valió de medios desproporcionados al fin, que pre-
tendía alcanzar. Para confundir la sabiduría de los filó-
sofos, echó mano de doce hombres ignorantes; para ven-
cer la pujanza del Imperio romano, conjunto de todas
las pasiones, se sirvió de la debilidad de los Apóstoles,
tan tímidos que le abandonaron cuando fué preso en
Getsemaní.
Fruto, La Iglesia comprende tres secciones: la mili-
tante, que somos nosotros, mientras vivimos en esta tie-
rra; la purgante, esto es, el purgatorio; y la triunfante,
el cielo, para el cual estamos destinados. Las dos prime-
ras iglesias durarán sólo hasta el fin del mundo. Pro-
curemos, pues, ser verdaderos fieles de la militante, para
pertenecer un día a la triunfante.
Ejempfos.—El grano de mostaza y la levadura.—Jesús «les
propuso otra parábola, diciendo: El reino de los cielos es seme-
jante a un grano de mostaza, que uno coge y siembra en su
campo. Siendo la simiente más pequeña, -cuando crece es mayor
que todas las legumbres y se hace un árbol, tanto que los pá-
jaros del cielo vienen a posarse en sus ramas». «Díjoles, tam-
bién, otra parábola: El reino de los cielos es semejante a la le-
14
210 SANTA IGLESIA CATÓLICA (138)

vadura, que una mujer toma y mezcla en tres medidas de hari-


na, hasta que toda la masa quede fermentada. Todo esto díjolo
Jesús hablando con las turbas, por medio de parábolas, y no
les hablaba nunca sin parábolas; para que se cumpliese lo que
había sido dicho por los Profetas: Abriré mi boca para referir
parábolas; manifestaré las cosas ocultas desde la creación del
mundo* (San Mateo, XIII, 31-35).—El grano de mostaza es
figura de la Iglesia: pequeña en un principio; se difundió por
todo el mundo, cuya faz cambió completamente. La levadura
es imagen también de la acción de la Iglesia en el mundo.
Poderes conferidos por Jesucristo a los Apóstoles. —a) Podar
de enseñar y gobernar: «Id por todo el mundo, predicad el
Evangelio a todas las criaturas» (San Marcos, XVI, 15). «Id,
pues, e instruid a todas las gentes... enseñándoles a observar
todas las cosas que yo os he mandado» (San Mateo, XXVIII,
19 y 20). «Como me envió mi Padre, así os envío yo a vosotros®
(San Juan, XX, 21). 6) Poder de bautizar: «Id, pues, e instruid
a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo» (San Mateo, XXVIII, 19). c) Poder
de perdonar los pecados: «Recibii el Espíritu Santo. Quedan per-
donados los pecados a aquellos a quienes los perdonareis y que-
dan retenidos a los que se los retuviereis» (San Juan, XX, 22
y 23). d) Poder de consagrar la Sagrada Eucaristía celebrando
la Misa: Jesucristo la noche antes de su muerte, sentado a la
mesa con sus Apóstoles, «tomó el pan y dando gracias lo partió
y dijo: Tomad y comed, éste es mi cuerpo que por vosotros ser &
entregado (a la muerte); haced esto en memoria mía. Y de la
misma manera el cáliz, después de haber cenado, diciendo: Este
cáliz es el nuevo Testamento de mi sangre, haced esto cuantas
veces lo bebiereis en memoria mía» (¿, a los Cor., XI, 23-25),
a

138. P. . ¿Por qué fundó Jesucristo la Iglesia?


R . Jesucristo fundó la Iglesia para que en ella todos los hombres
puedan hallar siempre los medios de su eterna salvación.

l.° Jesús fundó la Iglesia; mas ¿para qué? ¿Con qué


fin? El Catecismo nos lo dice: para que en ella todos los
hombres, etc.
Jesús vino a salvarnos. Por esto, después de habernos
redimido del pecado, debía darnos los medios para po-
der conseguir esta salvación; para hacer esto, era preciso,
S A N T A I G L E S I A CATÓLICA ( 1 3 8 ) 211

o quedarse siempre en alguna manera visible entre nos-


otros, o iluminar y santificar a cada uno de los hombres
inmediatamente de un modo sobrenatural, o fundar una
sociedad en que se continuase su obra. Jesús escogió este
tercer medio; fundó la Iglesia, y así, por medio de la
Iglesia, tenemos siempre cuanto nos es necesario para
conseguir la salvación.
2.° El Catecismo dice que Jesucristo fundó la Iglesia
para que en ella todos los hombres puedan hallar los me-
dios de salvación, siempre, esto es: en todos los tiempos y
en todos los sitios. Por esto la Iglesia debe: a) durar siem-
pre, y durar como Jesucristo Nuestro Señor la estable-
ció, a saber: con una Cabeza, que es el Papa; con los
obispos, con los mismos sacramentos, con la misma fe.
Jesús lo prometió así, asegurando que el infierno no
prevalecería contra ella. La Iglesia, por tanto, es inde-
fectible; b) debe ser infalible en materia de fe y costum-
bres (de esto hablaremos tratando de la fe)-, c) debe tener
los caracteres o notas exteriores que la manifiesten como
Iglesia de Jesús, con que se distinga de las sociedades o
iglesias que, aun llamándose cristianas, fueron de insti-
tución humana (1).
3.° Por esto, quien está fuera de la Iglesia, no puede
salvarse; el que quiera salvarse, debe entrar en la Iglesia,
fundada por Cristo Nuestro Señor, instituida por El con
ese fin. De las aguas del Diluvio se salvaron los que
entraron en el arca; cuantos quedaron fuera todos pe-

(1) Estos caracteres son: la unidad (unidad de fe, de sacramentos


de culto y de régimen), la santidad (sea sanca en sí y tenga los me-
dios para conducir a todos a la santidad), la catolicidad (esto es
esté, después de su fundación, extendida por todos los pueblos y
dure hasta el fin del mundo), la apostolicidad (que crea y practique
cuanto creyeron y practicaron los Apóstoles y que sea gobernada
por pastores, los cuales por legítima y no interrumpida sucesión
3-ésciendan de los Apóstoles). Estos cuatro caracteres, llamados
^otas d& la Iglusia^ se hallan en la Iglesia Católica y en ella sola-
mente.
212 SANTA IGLESIA CATÓLICA (138)

recieroo. Así para salvarse, es necesario entrar en esta


arca mística de salvación, la Iglesia. El que culpable-
mente está fuera de ella, se pierde. Ahora bien; ¿quién
es el que culpablemente está fuera de la Iglesia? El que
habiéndola conocido por institución divina, no quiere
entrar en ella, o también, el que de ella sale. Los pro-
testantes, que recibieron válidamente el bautismo, mien-
tras no conocen su error, mientras están de buena fe (y
así buscan la verdad y procuran vivir como buenos cris-
tianos), pertenecen por lo menos al alma de la Iglesia y
pueden salvarse.
En cuanto a la suerte de aquellos que no han recibido
el Bautismo, adviértase: a) Que ninguno va al infierno
de los condenados, sino por pecados graves personales;
b) Que Dios quiere que todos se salven; c) Por esto, si
entre ellos hubiere alguno, que quiere vivir bien y
salvarse, Dios, de algún modo, lo pondrá en camino de
salvación, ya sea haciéndole conocer y abrazar la fe
cristiana, ya sea inspirándole un vivo deseo de hacer
todo aquello que Dios quiere, y por esto, el deseo im-
plícito del Bautismo. (Véase el núm. 243, 2.°)
Fruto.—¡Dichosos nosotros, que siendo miembros de la
Iglesia, tenemos mayor facilidad de salvarnos! Por lo
mismo, también seremos más rigorosamente juzgados.
(Véase la nota de la preg. 135, 4.°) Para dárnoslo a en-
tender, Jesús contó también la parábola de los talentos.
(Véase la misma pregunta.) A nosotros nos dió el Señor
mucho más, y mucho más nos exigirá también.
Ejemplos.— Jesús contó varias parábolas para darnos a en-
tender la misión que confiaba- en este mundo a su Iglesia, a
quien llamó frecuentemente reino de los cielos.
Las bodas. — «El reino de los cielos es semejante a un rey, que
celebró .las bodas de su hijo. Envió sus criados a llamar los
invitados a las bodas, y éstos no quisieron acudir. Envió luego
otros siervos, con orden de decir a los invitados: Mi banquete
está preparado, matados los terneros y los otros animales ceba-
dos, todo está dispuesto; venid al convite. Ellos despreciáronla
SANT-V IGLESIA CATÓLICA ( 1 3 8 ) 213
invitación, y ae marcharon unos a sus fincas, otros a sus ne-
gocios. Los demás echaron mano de loa siervos, los ultrajaron
y mataron. Entendiendo todo esto el rey, sa indignó, y envian-
do a sus tropas, acabó con aquellos homicidas y entregó la ciu-
dad a las llamas. Entonces dijo a sus criados: La boda está pre-
parada. Los invitados se mostraron indignos; id por las encru-
cijadas de las calles, y llamad a cuantos encontréis para que
vengan al banquete. Salieron por las calles los criados, reunie-
ron a cuantos encontraron, buenos y malos, y la sala del festín
se vió pronto llena de convidados. Entró después el rey a verlos
y observó que uno estaba sin el traje de boda, y la dijo: Amigo,
¿cómo entraste así sin tener la vestidura de boda? Él enmude-
ció, y el rey dijo a sus criados: Amarradle de pies y manos y
echadle fuera en las tinieblas, donde habrá llanto y crujir de
dientes; pues muchos son los llamados y pocos los elegidos»
(San Mateo, XXII, 2-14),—Con esta parábola Jesús nos mues-
tra que aquellos que rehusaren entrar en la Iglesia, no serán
recibidos en el cielo; mas nos muestra- también, que serán ex-
cluidos los que entran, pero no ae adornan con el traje de boda,
esto es, con la santidad.
La buena simiente y ta cizaña. — En la Iglesia, Jesús, por
medio da sus ministros, siembra la buena semilla; pero el de-
monio, por medio de sus emisarios, sigua esparciendo la semi-
lla de la iniquidad. Jesús, con la siguiente parábola, recuerda
el destino reservado al bien y al mal, que nacen en el campo de
su Iglesia. Dijo Jesús: «El reino de los cielos es semejante a un
hombre, que sembró buena semilla en su campo. Mientras los
jornaleros dormían, el enemigo vino y sembró cizaña en medio
del trigo y se fué. Estando ya el trigo en hierba y apuntando
la espiga, apareció la cizaña; entonces los criados de la casa
preguntaban al Señor: Señor, ¿no sembrasteis buena semilla en
vuestro campo, cómo sale también cizaña? El Señor les respon-
dió: El enemigo ha hecho eso. Los siervos le dijeron: ¿Queréis
que vayamos a coger la cizaña? El Señor les dijo: No, no sea
que al arrancar la cizaña, se arranque también el trigo; dejad
crezcan uno y otra hasta la siega; y en el tiempo de la sie-
ga diré a los trabajadores: Arrancad primero la cizaña y en
haces arrojadla al fuego, y el trigo llevadlo a mis graneros»
(San Mateo, XIII, 24-30.) Los Apóstoles no comprendieron en-
tonces el sentido de esta parábola; y cuando las turbas se dis-
214 s a n t a i g l e s i a c a t ó l i c a (138)

persaron, «acercándose al Señor.,, le dijeron: Explícanos, Se-


ñor, la parábola de la cizaña sembrada en el campo. El, res-
pondiendo, les dijo: El que siembra el buen grano es el Hijo
del hombre, el campo es el mundo, la buena semilla son los
hijos del reino, la cizaña los hijos de ía iniquidad, el que la
sembró el demonio. La siega es el ñn del mundo y los segado-
res los ángeles. Por tanto, como se recoge la cizaña y se quema,
así sucederá al fin del mundo; el Hijo del hombre mandará a
sus ángeles y quitarán de su reino todos los escándalos y cuan-
tos obran la maldad, y los arrojarán al horno de fuego. Allí
habrá llanto y crujir de dientes. Entonces resplandecerán lo»
justos como el sol en el reino de mi Padre. El que tiene oídos
para oír que oiga» (Idem, XIII, 36-43).
La red y la pesca. —Jesús recordó lo mismo en otra parábola.
«El reino de los cielos es también semejante a una red echada
en el mar, que coge toda clase de peces. Cuando está llena la
sacan, y sentados a la orilla los pescadores, echan los buenos en
los cestos y los malos los arrojan fuera. Así sucederá al fin del
mundo; vendrán los ángeles y separarán los malos de entre los
buenos y los echarán al horno de fuego. Allí habrá llanto y cru-
jir de dientes. ¿Habéis entendido todas estas cosas? Y ellos le
respondieron que sí» (Idem, XIII, 47-51).
Por dichas parábolas podéis comprender cómo yerran los pro -
testantes, negando la necesidad de las buenas obras para ir al
cielo, y los que rechazan el dogma del infierno. Con sus pa-
rábolas, Jesús nos dió idea exacta de su Iglesia, en la cual, para
salvarse, es preciso entrar y en ella hacer buenas obras. Quien
culpablemente no entra o después de entrar no hace buenas
obras, merece el infierno. Así nos lo enseñó Jesús.
¡Venciste, Galilea!— Cuando el imperio romano cayó en poder
de Juliano, que apostató del cristianismo para tornar al paga-
nismo, comenzó una nueva lucha, una nueva persecución con-
tra la Religión católica. Los cargos públicos, los honores, las
riquezas del imperio pasaron a manos de los apóstatas. Los fie-
les eran perseguidos, despojados de todo, echados de sus casas,
destrozados. Juliano pretendió aniquilar a la Iglesia. Declara-
da la guerra contra los persas, se adelantó Juliano con su ejér-
cito y desde Siria atravesó el desierto. Después de largas mar-
chas y fatigas, en un encuentro fué herido Juliano por una
flecha. Llevado a su tienda, acabó en breve, arrojando contra el
SANTA IGLBSIA CATÓLICA ( 1 3 9 ) 215
cielo la sangre cuajada sobra sus heridas y gritando: ¡ Yenciste,
Galileo!
Las palabras de Voltaire.—Este impío, cuando tomó la plu-
ma para combatir a la Iglesia, dijo para sí: «Doce pescadores
fundaron el Cristianismo. Yo con mis escritos en veinte años
lo destruiré.» Los escritos de Voltaire han causado, es verdad,
gran mal a las almas. Pero Voltaire pasó, murió desesperado;
y la Iglesia está en pie y cada día obtiene nuevas conquistas.
1 3 9 . P. ¿Cuáles son los principales medios que se hallan en la Igle-
sia para obtener la vida eterna?
R . Los principales medios que en la Iglesia se hallan para obtener
la vida eterna, son: la verdadera fe, la gracia por los sacramentos, el
perdón de los pecados y la comunión de los Santos.

El Catecismo nos dice qué medios de salvación se en-


cuentran en la Iglesia. Enumera cuatro, a saber:
1." La verdadera fe.—Sólo la Iglesia católica posee la
verdadera fe, o sea, la fe de Jesucristo. Él nos propone
las verdades que hemos de creer, por medio de la Igle-
sia. (Yéase el núm. 363.) Las iglesias protestantes están
de tal modo persuadidas que no poseen la fe de Jesús,
que ni siquiera toman su nombre, sino el de sus funda-
dores; llamándose Valdenses, Luteranos, Calvinistas, et-
cétera.
Los protestantes están entre sí divididos aun respecto
a los artículos más importantes y esenciales de la fe: los
luteranos admiten una sola persona en Jesucristo; Calvi-
no y Beza admiten dos, como Nestorio. Calvino asegura
que Dios es autor del pecado; los luteranos sostienen que
eso es error abominable. Lutero pretende que Jesucristo,
como hombre, está en todo lugar; Zwinglio y Calvino lo
niegan. Lutero encuentra en la Sagrada Escritura tres
Sacramentos: el Bautismo, la Eucaristía (Sagrada Cena)
y la Penitencia (un Sacramento suigeneris, pues rechaza
la confesión); Calvino admite los dos primeros, mas no
la Penitencia y admite el Orden, desechado por Lutero;
Zwinglio niega la Penitencia y el Orden, pero admite el
Bautismo y la Eucaristía. ¿Cómo puede encontrarse la
216 SANTA I G L E S I A CATÓLICA ( 1 3 9 )

verdadera fe en medio de tales y tantas contradicciones?


E l mismo Rousseau hizo este retrato de los protestantes:
«Ellos no saben ya ni lo que creen ni lo que quieren. Se
les pregunta, si Jesucrito es Dios, y no se atreven a res-
ponder. Se les interroga qué misterios admiten, no lo
saben decir. Su propio interés temporal es la única cosa
que decide de su fe. Nadie sabe lo que creen o no creen,
ni siquiera lo que ellos fingen creer. La única m a n e r a
de afirmar su fe es combatir la de otros» (1).
Ejemplos.-7 El Sacerdote, el Rabino y el Ministro protestante.
U n sacerdote católico, u n r a b i n o y u n ministro p r o t e s t a n t e v i a -
j a b a n , c : e r t o día, los t r e s j u n t o s . Dijo el p r o t e s t a n t e : — A q u í es-
t a m o s t r e s de diversa religión cada uno; ¿quién de n o s o t r o s es-
t a r á en la religión v e r d a d e r a ? —Yo os lo diré—respondió el r a -
bino—. L a v e r d a d e r a religión es la mía, si el Mesías no h a ve-
nido a ú n : si h a venido, es la del s a c e r d o t e católico; en c u a n t o a
vos, señor p r o t e s t a n t e , h a y a o no h a y a venido, e s t á i s en el
error; v u e s t r a religión no puede ser v e r d a d e r a .
No une gustan aquellos que cambian de religión.—Un prin-
cipe p r o t e s t a n t e decía al Conde de Stolberg, convertido al Ca-
tolicismo:—A mí no me g u s t a n aquellos que c a m b i a n de reli-
gión.—Ni a mí tampoco—replicó a su vez el C o n d e - . E n v e r -
dad, que si mis a n t e p a s a d o s no h u b i e r a n cambiado de religión,
no me h u b i e r a yo visto obligado a volver de nuevo a la Iglesia

(1) ¿Cuál es el carácter infalible de la doctrina de Jesucristo?


Seguramente la unidad y la ínvariabilidad. La verdadera doctrina
de la fe debe por lo tanto ser una, la misma y conforme siempre con-
sigo misma. Preguntad, pues, a los ministros de las sectas protes-
tantes por la coherencia © Ínvariabilidad de las doctrinas de la fe,
y no sabrán qué responderos. ¿Jesucristo es verdadero Dios? ¿Está
realmente presente en la Eucaristía? ¿Es necesario el bautismo
para la salvación? ¿Son necesarias también las buenas obras? ¿Cuál
es la verdadera doctrina sobre el pecado original? ¿Qué debemos
creer sobre la obra de la redención llevada a cabo por Jesucristo?
¿Y de las penas del infierno? No sólo las varias sectas religiosas
están discordes entre sí sobre tales cuestiones y otras no menos im-
portantes, mas aun los mismos pastores. Desde la misma cátedra se
oye, no r a r a s veces, negar el uno lo que afirmaba otro. En un pun-
to están todos de acuerdo: en no ser católicos.
SANTA IGLESIA CATÓLICA ( 1 3 9 ) 217

c a t ó l i c a . — C i e r t a m e n t e ; u n p r o t e s t a n t e , que se hace católico,


no c a m b i a de religión, vuelve a e n t r a r en a q u e l l a , que sus pa-
dres sin razón a b a n d o n a r o n .
Sepultado entre protestantes.—A un e m b a j a d o r f r a n c é s , enfer-
mo en Stokolmo, le p r e g u n t a r o n si no le daba pena morir y ser
sepultado en medio de herejes. Respondió: Da n i n g ú n modo;
pediría s o l a m e n t e p r o f u n d i z a s e n más mi s e p u l t u r a , y encon-
t r a r é las cenizas de vuestros antepasados, que eran fervorosos
católicos.
Religión reformada.—Un expendedor de Biblias p r e g u n t a d o
qué quería e n s e ñ a r con aquellos libros, respondió:—La religión
r e f o r m a d a : — Señor mío — le respondió un buen paisano —, la
religión de J e s u c r i s t o no tiene necesidad de ser r e f o r m a d a ,
porque r e f o r m a n d o su Iglesia lo destruís todo, su F e y sus Sa-
c r a m e n t o s . Los h o m b r e s no r e f o r m a n lo que liizio Dios; r e f o r -
maos, al c o n t r a r i o , vos y poneos en a r m o n í a con la Iglesia de
Cristo. L a Iglesia r e f o r m a d a no es Iglesia de Cristo.
2." La gracia por ¡os Sacramentos. —Sin la gracia divi-
na no somos capaces de nada que sea meritorio para la
vida eterna. Esta gracia Jesús nos la mereció con su
Pasión y Muerte; la dejó como en patrimonio a su Igle-
sia, y nos es comunicada especialmente por medio de
los Sacramentos, listos son los dos primeros medios de
conseguir la salvación, que se encuentran en la Iglesia
de Jesús. Mediante ellos somos enseñados y sanüíicados.
De los otros dos el Catecismo nos habla en las respues-
tas siguientes. (Qué cosa sea gracia, veráse en el núme-
ro 238.)
3.° Dios hubiera podido, como dijimos ya, enseñar ij
santificar directamente a todos los hombres, sin la inter-
vención de la Iglesia; nadie niega eso. Escogió, no obs-
tante, a la Iglesia, para proponemos las verdades que
hemos de creer y para santificarnos. «¿No podía Dios
también darnos directamente la vida? Y, sin embargo,
excepto Adán, quiere Dios que todos los hombres la re-
ciban de El, es verdad, pero por medio de otros hombres,
por ixiedio de los padres. Dios también te ha dado la ra-
zón; y a pesar de eso vas a la escuela, para aprender la
218 SANTA I U L B S I A CATÓLICA ( 1 3 9 )

verdad y la ciencia... Dios quiere que se guarde en este


mundo el orden y la justicia, mas por medio de los hom-
bres lo establece, lo mantiene y lo restaura cuando se h a
violado. Dios quiere que todos tengamos pan para comer,
vestidos para cubrirnos, y a quien de esto necesita pro-
vee del mismo modo por medio de otros hombres. Dios
gobierna y conserva el mundo físico, pero siempre, por
la intervención de las causas segundas... Así, pues, en el
orden natural, físico, moral, intelectual, doméstico y so-
cial, Dios echa mano siempre de las causas segundas,
para conseguir su fin; se vale de las mismas criaturas,
como de otros tantos instrumentos. ¿Por qué, pues, Dios
no habría de haber hecho lo mismo en el orden sobre-
natural, enseñando y santificando a los hombres por me-
dio de otros hombres puestos por Él; en una palabra,
por medio de la Iglesia?... Dios, en el orden natural, es-
tableció la sociedad doméstica, la familia; la sociedad
civil, el Estado, etc.; quiere que en cada una de estas
sociedades haya una cabeza, un representante de su au-
toridad; ¿por qué no había de hacer lo mismo respecto
al orden sobrenatural? P o r esto se fundó la Iglesia. Así
es fácil reconocer que Dios ha enseñado siempre a los
hombres por medio de otros hombres enviados por Él,
y a sea en la época de los Patriarcas, ya sea en la ley Mo-
saica» (1).

Ejemplos.—Sócrates y la virtud.—Plutarco cuenta este hecho


de Sócrates, filósofo que vivió unos 500 años antes de Jesucris-
to. Habiéndole mirado atentamente un fisonomista, aseguró
que Sócrates debía ser hombre inclinado a la disolución, a la
cólera, a la embriaguez y a otros muchos vicios. Sus discípulos
y amigos se indignaron contra el fisonomista y lo querían mal-
t r a t a r . Sócrates los aplacó, diciendo: Tiene razón este hombre;
yo sería realmente lo que ha dicho y aun mucho peor, si no hu-
biera atendido al estudio de la filosofía. Por este medio h e
conseguido corregirme de esos vicios y de otros muchos.—Es

(1) Bonotnelli: II giovane dúdente, etc. Trattenimento, X X V I I .


P.EBDÓN D E LOS P B C A D 0 8 ( 1 4 0 ) 219

ésta pálida imagen de lo que un cristiano, fortalecido por la


gracia divina, es capaz.
¿Virtudes imposibles? —Decía un mundano a un misionero,
que le instaba para que se convirtiese;—Vuestra religión im-
pone virtudes imposibles, superiores a las fuerzas del hom-
bre.—Es verdad—le respondió el misionero—, pero también da,
con la gracia divina, el auxilio sobrenatural de que vos, yo y
todos los hombres tenemós necesidad.

140. P. ¿Qué quiere decir el perdón de los pecados?


R . El perdón de los pecados quiere decir que Jesucristo dió a su
Iglesia la potestad de perdonar todos los pecados por medio de los sa-
cramentos que para este fin instituyó.

1.° Rezando el Credo profesáis creer en el perdón de


los pecados. ¿Qué es, pues, este perdón de los pecados;
en qué consiste? Consiste, en que la Iglesia puede, por
medio de los sacramentos instituidos para ese fin por el
mismo Cristo, perdonar a los cristianos todos los peca-
dos, mientras están en esta vida. Jesús vino a redimir-
nos del pecado original; esta redención se nos aplica en
el Santo Bautismo. Una vez así redimidos los hombres,
hubieran debido a m a r y servir siempre a Dios; sin e m -
bargo, desdichadamente, un poco por fragilidad huma-
na, otro poco por malicia, los hombres vuelven a pecar
y se hacen indignos del favor recibido; imitan a Adán
en desobedecer gravemente a Dios Nuestro Señor. Dios
hubiera podido abandonarlos a su suerte; no obstante,
en su infinita misericordia, quiso darles algún medio de
alcanzar perdón.
Dios, para perdonar a los hombres que se arrepienten,
hubiera podido hacerlo directamente; no lo hizo, en-
cargó a la Iglesia que otorgara ese perdón, concedióla
el poder de perdonar las injurias y ofensas que E l r e -
cibe de los hombres por el pecado. Muy conveniente era
que este poder fuera conferido a la Iglesia, porque la
Iglesia debe: a) continuar la obra de Cristo y Cristo per-
donaba los pecados (perdonó a Pedro, a Magdalena, a
la pecadora, al buen ladrón...); b) debe conducir las al-
220 PERDÓN D I L O S PíüOÁDOS (140)

mas al cielo; sin ese poder, hubiera debido abandonar a


los pobres pecadores.
2.° Este poder fué conferido por Cristo cuando, des-
pués de su resurrección, apareció a los Apóstoles y les
dijo: «Como el Padre me envió a Mí, también os envío Yo
a vosotros. Y dicho esto, sopló hacia ellos y les dijo: Re-
cibid el Espíritu Santo. A quien perdonareis los peca-
dos, le serán perdonados, y a quien los retuviereis, le se-
rán retenidos» (1). La Iglesia ejercita él poder de perdo-
narlos pecados administrando los Sacramentos del Bau-
tismo y de la Penitencia.
Fruto.—-Este poder de la Iglesia no tiene límites; así
puede perdonar todos los pecados Si tenemos la desgra-
cia de caer en pecado, aprovéchemenos presto del gran
poder concedido por Cristo a su Iglesia, para bien nues-
tro; apresurémonos a obtener el perdón (2).
Ejefflp\a.~-Perdonados te son los pecados.—Jesús perdonaba
los pecados. «Jíntró de nuevo en Cafarnaum,y corriéndola voz de
que estaba en casa, se reunió mucha gente, tanta que ni aun ca-

(1) San Juan, X X , 21-23.


(2) Los paganos, escribe Schaiid (Catecismo histérico, vol. I, pá-
gina 248), deseaban inútilmente el perdón de los pecados.—Sócrates
el más sabio de los filósofos de la antigüedad, propuso un día estos
dos problemas a sus numerosos discípulos: ¿De qué modo se debe
reconciliar el hombre con la divinidad? ¿Qué medios debemos usar
para lograr este fin?—El noble filósofo confesó con ingenuidad que
no tenía respuesta alguna satisfactoria a estas dos preguntas. No
llegaba él a comprender cómo la santidad inmutable de Dios podía
deponer la indignación, con que necesariamente amenaza al peca-
dor; cómo la culpa podía sor borrada y el mal reparado; no obstan-
te, el virtuoso Sócrates sentíase animado de cierta confianza en la
divina misericordia, al decir estas preciosas y casi proféticas pala-
bras: «Tengo por cierto que algún día enviará Dios a alguno para
instruir a los hombres y descubrirles el más importante de todos
los misterios, a saber: cómo los pecados pueden ser perdonados.»
El mismo filósofo decía también en persona de Platón (Alcib., II):
«¿Cuándo, pues, vendrá y quien será este Maestro?» Y respondía:
«Será aquel mismo, que tiene cuidado de todo el universo: Dios»
(Haid's Katech., I, 243.)
C O M U N I Ó N na LOS ¡SANTOS (141) 221

bían a la puerta y íes predicaba la palabra de Dios. Llegaron


unos hombres, que conducían a un paralítico entre cuatro, y no
pudiéndolo presentar a Cristo a causa de la muchedumbre, des-
cubrieron el techo por la parte en que Jesús estaba, y por una
abertura descolgaron la camilla, en que yacía el paralítico.
Viendo Jesús.la fe de aquellos hombres, dijo al paralítico: Hijo,
tus pecados te son perdonados. Estaban allí sentados algunos
de los escribas, pensando en su interior: ¿Cómo este hombre
habla así? Este blasfema: ¿Quién puede perdonar los pecados
sino solo Dios? Y Jesús, habiendo en seguida conocido en su
espírtu lo que pensaban dentro de sí, les dijo: ¿Por qué pensáis
eso en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico:
te son perdonados tus pecados, o bien, levantate, toma tu ca-
milla y echa a andar? Pues para que sepáis que el Hijo del
hombre tiene poder en este mundo de perdonar los pecados,
dijo al paralítico; Levántate, yo te lo mando, toma tu camilla
y vete a casa. Y al instante se levantó, tomó su camilla y echó
a andar a vista de todos, de modo que todos quedaron maravi-
llados y glorificaban a Dios, diciendo: Jamás vimos tal. cosa»
(San Marcos, II, 1-12).

141. P. ¿Qué es la comunión de los S a n t o s ?


R. L a comunión de. los S a n t o s es la p a r t i c i p a c i ó n de todos los Be-
íes cristianos en las oraciones y clemás buenas obras q u e se hacen en la
Iglesia.

1.° P a r a entender bien esta respuesta, debéis acorda-


ros de que la Iglesia es tina sociedad compuesta de mu-
chos miembros. E n una sociedad hay siempre varias co-
sas, que son de todos, y se hacen cosas que ceden en pro-
vecho de todos. Yéis, por ejemplo, en el Estado, su patri-
monio lo gozan todos y redunda en bien de todos: cami-
nos, justicia, seguridad pública, etc.
L a Iglesia, comparada a una ciudad o a un reino, etc.,
es una sociedad. E n la Iglesia hay también un patrimo-
nio, que pertenece a todos los que quieren aprovecharse
de él: los Sacramentos, la Misa, las oraciones públicas,
los méritos infinitos de Jesucristo, etc.
Hay también las buenas obras hechas por los fieles.
Toda obra buena tiene tres frutos: a) mérito, que es pro-
222 COMUNIÓN DE LOS SANTOS (141)

pió del que hace la obra y sólo a él perteneee; b) impe-


tración, por la cual se obtienen las gracias, y ésta, si no se
aplica a otros, es también de aquel que cumple la obra
buena; puede, sin embargo, aplicarla a los demás; así,
cuando uno ruega por otro para alcanzarle alguna gra-
cia, le cede el fruto impetratorio de la oración; c) expia-
ción, esto es, el fruto satisfactorio de las penas merecidas
por el pecado; este fruto, si no es aplicado o cedido a
otro, pertenece también al que hace la buena obra, si
tiene necesidad; si no la tiene, va al tesoro de la Iglesia y
entonces los demás pueden gozar de él.
2.° La comunión de los Santos consiste, pues, en esto:
Que quien quiere, puede participar del tesoro que posee
la Iglesia, de las buenas obras que hace la Iglesia por
todos los fieles y aun en las mismas obras buenas de los
fieles. Con esta comunión además nosotros honramos a
los Santos y ellos ruegan por nosotros; podemos también
sufragar por las almas del Purgatorio.
E n el mismo antiguo Testamento tenemos ejemplos
de la comunión entre los fieles siervos de Dios. Si en So-
doma y en Gomorra hubiera habido diez hombres justos,
Dios, en gracias de ellos, hubiese perdonado a l a s ciuda-
des pecadoras (1). Dios favoreció a Putifary su casa por
razón de José (2); Judas Macabeo vio en una visión al
Sumo Sacerdote Onias y al Profeta Jeremías, ya difun-
tos, que rogaban por el pueblo de Israel (3), y el mismo
Judas mandó ofrecer en Jerusalén sacrificios por los que
habían muerto en [la ¡batalla (4). «Dios, en los primeros
días de la Iglesia, por las oraciones de los fieles, libertó
a San Pedro de la cárcel, enviándole un ángel del cie-
lo (5).
Los justos, los buenos, participan perfectamente de es-
tos méritos, como los miembros sanos participan del
fruto del alimentosos pecadores, en pequeña parte, como

(1) Génesis, XVIII.—(2) Idem, X X X I X , 5 — (3) 2.° de los Maca-


heos, XV.—(4) Idem,, XII.—(5) Hechos de los Apóstoles, X I I .
COMÜNIÓtJ DE 1 OS SANTOS ( 1 4 1 ) 223

miembros enfermos del cuerpo; los excomulgados, após-


tatas, herejes e infieles quedan excluidos, como miem-
bros muertos.
Fruto.--Sed buenos, haced todo el bien que podáis, y
ya desde la mañana ofreced a Dios el deseo de practicar
aun el bien que no os es posible hacer y de participar
en todas las obras buenas que se cumplen en la Iglesia.
¡Cuánta parte tendréis así de su tesoro y de las obras bue-
nas que cada día en ella se practicanl
PARTE SEGUNDA

De ía oración.

CAPÍTULO ÚNICO

142. P. ¿Qué es oración?


R. Oración es levantar ei pensamiento y el corazón a Dios para
adorarle, darle gracias y pedirle lo que necesitamos.

El Catecismo n o s enseña en pocas palabras qué es ora-


ción; enseñándonos l o que es, n o s declara también la
obligación que tenemos de orar. El que comprende bien
lo q u e es oración, entiende también que es deber nues-
tro orar.
1.° Oración es levantar el pensamiento y el corazón a
Dios. Si pensáis en Dios, levantáis hacia Él vuestra men-
te; si pensáis en Dios con amor, con devoción, venera-
ción, entonces levantáis también con la mente el cora-
zón; eso es orar. Por aquí podéis entender, que si uno
no piensa en Dios y con devoción, no hace oración, porque
precisamente oración es levantar el pensamiento y el co-
razón a Dios-
2.° Podéis levantar el pensamiento y el corazón a
Dios por muchas razones: a) o porque Dios es grande, el
ser perfectísimo, Criador y, por tanto, Señor nuestro,
queriéndole así reconocer como tal, adorarle; b) o por-
D E LA ORACIÓN ( 1 4 2 ) 225

que Dios os ha hecho muchos beneficios, y así, os sentís


animados de sentimientos, de afectos de reconocimiento,
y estos sentimientos y afectos se los queréis ofrecer; y por
esta razón dais gracias a Dios; c) o porque le habéis ofen-
dido, mas estáis arrepentidos y queréis presentarle vues-
tro arrepentimiento y pedirle perdón; o bien tenéis ne-
cesidad de sus gracias, las esperáis de su bondad y las
deseáis; así pedís a Dios lo que necesitáis, el perdón de los
pecados o las gracias que os son necesarias.
3.° Dije que entendiendo bien qué es oración, enten-
deréis también el deber, en que estamos de orar. En
efecto, ¿tenemos obligación de honrar y de adorar a
Dios? Ciertamente, es deber para nosotros mucho más
estrecho que el que tenemos de honrar "a los mayores y
a los superiores de este mundo. ¿Debemos, además, dar
gracias a Dios?... Sí, porque nos ha hecho muchos bene-
ficios; cuantos bienes tenemos y gozamos suyos son y de
su mano los tenemos. ¡Qué ignominiosa no es la ingra-
titud! ¿Querremos nosotros ser ingratos con Dios? San
Pablo nos recomienda: «Perseverad en oración, velando
en ella con acciones de gracias» (1). Si habernos come-
tido algún pecado, tenemos a Dios ofendido. Un buen
niño, que ofende a un compañero, al maestro, a su pa-
dre, ¿qué debe hacer? Pedirles indulgencia, perdón; así
debemos hacerlo con Dios. Ahora bien, ¿quién hay, que
no le haya ofendido? Cuando tenéis necesidad de auxilio
en vuestro trabajo, ¿qué hacéis? Pedís ayuda a quien
puede dárosla. ¿Qué hace el pobre que está necesitado?
Pide al rico, el débil pide protección al fuerte. Nosotros
somos débiles, pobres, necesitados de muchas cosas; con
la oración pedimos a Dios Nuestro Señor.
4.° De aquí podéis colegir lo que debéis responder
cuando oigáis decir: ¿Para qué orar? No tiene Dios ne-
cesidad de nuestras oraciones. No, Dios no tiene necesi-
dad de nuestras oraciones; mas nosotros tenemos necesi-

(1) A los Colosénses, IV, 2.


15
226 DE! L A ORACIÓN ( 1 4 3 )

dad y obligación de orar. Tenemos obligación de adorar


a Dios y darle gracias: tenemos necesidad de que nos
perdone y conceda las gracias y auxilios que hemos me-
nester.
Ejemplo.—Un turco y un oficial que no hace oración.—Un ofi-
cial francés, combatiendo en Africa, fué hecho prisionero y vino
a poder de un beduino, que lo tenía en su casa como esclavo. E l
turco no le daba más nombre que el de perro cristiano... TJn
día, el oficial, cansado ya de verse tratado de aquella manera
por un bárbaro, le dijo indignado:—¿Por qué me llamas perro?
Soy tu prisionero; pero soy hombre como tú.—¿Tú hombre?—
replicó fríameníe el turco—. No, tú no eres hombre. Seis meses
hace que te hice prisionero, jamás te he visto rezar, y ¿no
quieres que te llame perro?—Este bárbaro tenía razón; el hom-
bre que quebranta la ley de Dios y no siente la necesidad de
orar, se hace semejante a los animales brutos, pues ellos son,
en toda la naturaleza, los únicos que no rezan.

143. P. ¿Tenemos necesidad de orar?


R. S í , señor; tenemos necesidad de orar y orar a menudo; porque
Dios lo manda y lo exige nuestro bien temporal y eterno.

Enseña aquí el Catecismo que tenemos necesidad de


orar; más aún, de orar a menudo. Y ¿por qué?... Por dos
razones: porque Dios lo manda y porque así lo exige nues-
tro bien temporal y eterno.
1.° Dios manda orar y orar a menudo.—Lo sabemos
por la Sagrada Escritura. El Evangelio nos refiere las
enseñanzas de Jesús. Cuando recomendaba estar prepa-
rados para la hora incierta de la muerte, decía: «Mirad,
velad y orad; pues no sabéis cuándo será el tiempo» (1).
«Velad, pues, orando en todo tiempo» (2). Decía en otra
ocasión a los Apóstoles y en ellos a todos nosotros: «Ve-
lad y orad para no caer en la tentación» (3). Hablaba
también implícitamente, no sólo de las ventajas, sino
también de la necesidad de la oración, cuando mostraba

(1) San Marcos, X I I I , 38.—(2) San Lucas, X X I , 36.—(3) San Mar-


cos, X I V , 33,
DH¡ LA ORACIÓN (143) 227

con parábolas que la petición insistente es oída. El ami-


go, que va a cása del amigo por la noche, y a fuerza de
llamar, obtiene que se levante y le dé lo que necesita; el
juez inicuo, que administra justicia cediendo a las sú-
plicas de una viuda; más aún, dice el Evangelio, que
esta última parábola fué referida para hacer compren-
der el deber de «orar siempre y no cansarse jamás» (1).
Por medio de San Pedro, el Espíritu Santo nos dice: «Ve
lad en oraciones» (2); y por San Pablo: «Orad sin inter-
misión» (3).
Jesús nos enseña, también, con su ejemplo a orar,
cuando, niño de doce años, se dirige al templo de Jerusa-
lén; cuando, haciéndose bautizar por el Bautista en el
Jordán, se abren los cielos, baja el Espíritu Santo en for-
ma de paloma y el Padre lo proclama su Hijo, «mien-
tras estaba orando» (4*; desde el principio de su vida pú-
blica, «cuando su fama se extendía cada día más y mu
cha gente acudía a oírlo, y para ser curada... Él se retiraba
a sitios solitarios a orar» (5); antes de elegir a los doce
Apóstoles «subió a un monte a orar y pasó la noche oran-
do a Dios» (6); antes que San Pedro lo proclamase por
Hijo de Dios, «Jesús solo estaba orando» (7); su prodigio-
sa transfiguración sucedió cuando «subió al monte a
orar, y mientras oraba» (8) quedó transfigurado; después
de la multiplicación de los panes, apenas «despidió la tur
ba, subió solo al monte a orar, y llegada la tarde, perma
necia solo en aquel sitio» (9); se dirigió al monte de los
Olivos, según la costumbre, y allí en Getsemaní «dijo a
sus discípulos: quedaos aquí mientras yo voy allá a orar...
y adelantándose un poco se postró en tierra orando» (10),
y por tres veces dirigió al Padre su oración, entrando
en agonía, oraba más intensamente» (11); moribundo en

(L) San Lucas, X V I I I , 1.—12) 1.a de San Pedro, IV, 7.—(3) a los
Tesalonicenses, V, 17.—(4) Sas Lucas, I I I , 21.—(5) Idem, V, 15 y 16.—
(6) Idem, VI, 12.—(7) Idem, I X , 18.—(8) Idem, 28 y 29.—(9) San Mateo,
XIV, 23—(10) Idem, X X V I , 36 y 39—(11) San Lucas, X X I I , 43.
228 D E LA 0KAC1ÓN (143)

la Cruz, también rogó por los que le crucificaban. Pode-


mos decir que entre la oración y la predicación repartió
Jesús toda su vida apostólica.
¿Tenemos nosotros obligación de practicar lo que Je-
sús nos mandó con palabras y enseñó con su ejemplo?..
Ciertamente que sí, si somos cristianos, esto es, imitado-
res de Cristo.
2.° Lo exige nuestro bien temporal y eterno.—La ora-
ción nos alcanza ante todo las gracias espirituales, tam-
bién las temporales, cuando no son impedimento al bien
espiritual. Para la vida temporal nos obtiene, entre otras
gracias, el grande y precioso bien de la paz, de la resig-
nación. L a oración, afirmaba San Agustín, es la llave del
cielo; y por esto añadía San Alfonso: Quien ora se salva,
quien no ora se condena. Decía Jesús: «Pedid y se os
dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá; quien
pide, recibe; quien busca, encuentra; a quien llama, le
abren» (1). «Cualquier cosa que pidiéreis al Padre en mi
nombre, la haré; para que sea glorificado el Padre en el
Hijo. Si me pidiéreis cualquier cosa en nombre mío, yo
os la concederé» (2V «Si permanecéis en Mí y mis pala-
bras permanecen en vosotros, pediréis cualquier cosa y
os será concedida» (3). Enseña también: «Cuando oréis,
no hagáis como los hipócritas...» (4); condena a los que
pretenden ser vistos mientras oran y promete recompen-
sa a los que oran en su retiro. «Cuando os ponéis a orar,
si tenéis algo contra alguno, perdonadle, para que vues-
tro Padre, que está en los cielos, os perdone también a
vosotros vuestras culpas» (51 Santiago recomienda al
que está triste y al que está en paz el orar, insistiendo:
«orad el uno por el otro para que os salvéis» (6).

(1) San Mateo, VII, 7 y 8—(2) San Juan, XIV, 13 y 14.—(3) Idem,
XV, 7.—(4) San Mateo, VI, 5 . - ( 5 ) San Marcos, XI, 25.
(6) V, 1°-16.—San Alfonso de Ligorio escribe lo siguiente sobre
esta materia' (Selva di fnaterie predicábili, part. 2." Apéndice): «L.i
mayor parte de los doctores, de acuerdo con San Juan Crisóstomo,
San Basilio y San Agustín, sostienen el principio de que la oración
1>H ti A ORACIÓN ( 1 4 8 ) 229

Jesucristo indicaba también las ventajas particulares


de la oración, hecha con espíritu de caridad, en bien de
los que son enemigos nuestros o nos han hecho algún
mal, cuando decía. «Orad por los que os persiguen y
calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre que
está en los cielos» (1). Insistiendo también sobre el de-
ber de orar en favor de los enemigos: «Orad por los que
os calumnian» (2).
Dirá alguno: ¿Por ventura, no conoce Dios nuestras
necesidades? Sí; sin embargo, quiere que oremos para
concedernos las gracias necesarias, como el rico no da
limosna al pobre, que encuentra, si éste no pide, para
que nosotros nos humillemos y reconozcamos nuestra

es absolutamente necesaria para la salvación a aquellos que ya han


llegado suficientemente al uso de la razón; de modo, que según el
orden actual de la Providencia no podrán llegar a salvarse sin
orar.» Y verdaderamente, los Santos Padres expresan su pensa-
miento sobre esto con mucha claridad y energía. San .Tuan Crisós-
tomo, entre otros, dice: «Es evidente que sin oración será absoluta-
mente imposible llevar una vida virtuosa.» Llama a la oración
fuente de todos los bienes, fundamento y causa de una conducta irre-
prensible y honesta. La compara a la humedad, sin la cual, una
planta, un árbol, no pueden vivir, florecer, ni dar fruto; a una fuer-
te muralla, sin la cual una ciudad quedará expuesta a la furia de
los enemigos; al alimento, sin el cual se debilita la vida corporal; a
los nervios, sin los cuales el cuerpo no puede estar en pie ni mover-
se; al cimiento, sin el cual la casa necesariamente se arruinará. La
oración es, pues, tan necesaria a nuestra alma como la humedad a
la vegetación de las plantas, como los muros para la defensa de una
ciudad cercada de enemigos, como el alimento para la conserva-
ción de la vida, como los nervios para el sostén y movimiento del
cuerpo; ahora bien, ¿quién podrá ya dudar que sea necesaria abso-
lutamente para la salud del alma? ¡ Ay, pues, de aquel que deja la
oración, y la juzga inútil y aun indigna de él! Ese Cal se asemeja a
un árbol, cuyas raíces se han secado o están muertas; a nna ciudad,
que no tiene defensa; a un cuerpo, cuyos nervios están encogidos y
sin fuerza; su estado es bien digno de compasión; la suerte que le
aguarda, bien desgraciada.
(1) San Mateo, V, 44 y 45.—(2) San Lucas, VI, 18.
230 DH L A ORACIÓN ( 1 4 3 )

miseria y necesidad, la bondad y poder de Dios nuestro


supremo Señor de quien proviene todo bien.
3.° Es necesario orar a menudo. Eso se deduce de las
palabras de Jesús y de los bienes que con la oración ob-
tenemos. Más ¿qué significa orar a menudo? ¿De cuándo
en cuándo debemos orar? A este propósito muchas co-
sas se dicen: vosotros haced reflexión a esto: a) el tercer
Mandamiento de la Ley de Dios nos impone la obliga-
ción de santificar las fiestas; ¿es posible santificarlas sin
orar?; bj como cristianos la Iglesia nos manda asistir
cada fiesta a la Misa; ¿se puede asistir bien a la Misa sin
orar?; c) el demonio nos tienta con frecuencia; como dice
San Pedro, a modo de león está continuamente dando
vueltas, buscando almas para devorarlas; por esto nos
encontramos continuamente en peligro; ¿cómo resistir,
si no estamos fortalecidos con la oración?; d) como cris-
tianos, ¿no mostramos acaso nuestra poca reverencia
hacia Dios, si cada día no le adoramos y le damos
gracias?
Por aquí conoceréis que el buen cristiano debe orar, no
sólo cada día, sino a menudo durante el día, para poder
vivir virtuosamente. El pez fuera del agua no puede vi
vir; así el cristiano sin oración no puede ser bueno. El
pájaro para volar necesita de las alas; nosotros para su-
bir al cielo necesitamos de la oración, que es para núes
tra alma lo que para el pájaro las alas.
Fruto.—Os he hablado largamente de la necesidad de
la oración para que lo entendáis bien, y ya mayores, no
la dejéis nunca, como hacen tantos desgraciados. Para
no imitarlos, recordad lo que decía San Alfonso: Quien
ora se salva; por tanto, si queréis salvaros, orad y orad
mucho. Lo mismo enseñaba San Agustín: Bien vive,
quien bien ora; y vosotros, que queréis vivir bien, para
salvaros, orad bien.
Ejemplos.—La parábola del amigo necesitado.—Dijo Jesús:
«Si nno de vosotros tuviese un amigo y éste fuese a su casa a
media noche, diciéndole: Amigo, préstame tres panes; porque
DB LA ORAOJÓN ( 1 4 3 ) 231

un amigo mío, acaba de llegar de viaje a mi casa y no tengo


nada que darle; y el otro le respondiere de dentro: No me seas
molesto, la puerta está ya cerrada y los criados están ya, como
yo, acostados; no puedo levantarme para darte nada. Y si el
amigo insistiese llamando, os digo que aunque no se levantase
para darle lo que pide, por ser amigo, sin duda, por su importu-
nidad se levantaría a darle cuantos panes necesitase. Yo os
digo: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y os abri-
rán. En verdad, quien pide recibe, quien busca encuentra, a
quien llama se abrirá» (San Lúeas, X I , 5-10).
El hijo que pide a su padre.—«Si alguno de vosotros pide pan
a su padre, ¿le dará por ventura una piedra? Y si pide un pez,
¿le dará acaso, en vez del pez, una serpiente? Y si pide un hue-
vo, ¿le dará por ventura un escorpión? Pues si vosotros, siendo
malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el
Padre celestial dará el buen espíritu a quien se lo pidiere!*
(San Lucas, I X , 11-18).
El juez inicuo —«Había en una ciudad un juez que no temía
a Dios, ni respetaba a nadie. Vivía también en la misma ciudad
una viuda, que iba a él y le decía: Hazme justicia de mi adver-
sario. Y por mucho tiempo el juez no quiso; mas después dijo
para sí: Aunque yo no temo a Dios ni respeto a los hombres,
sin embargo, por el fastidio que me causa esta viada, le haré
justicia, para que al fin no venga a molerme. Y añadió el Señor:
Oid las palabras de este juez inicuo. Y Dios, ¿no hará justicia
a sus escogidos, que claman día y noche, y sufrirá que se les
oprima? Os digo, que les hará justicia prontamente» (San Lu-
cas, X V I I I , 2-8).
Los ciegos de Jericó. — «Al salir de Jericó, siguió a Cristo gran
muchedumbre de gente. He aquí que dos ciegos sentados a la
orilla del camino, oyendo que pasaba Jesús, levantaban la voz
y decían: Señor, hijo de David: ten piedad de nosotros- El pue-
blo les gritaba para que callasen, y ellos levantaban más la
voz, diciendo: Señor, hijo de David, ten piedad de nosotros.
Jesús se detuvo y llamándoles les dijo: ¿Qué queréis que os
haga? Dijeron: Señor, que se abran nuestros ojos. Y Jesús, mo-
vido a compasión, puso la mano en sus ojos y en el mismo ins-
tante cobraron la vista y le siguieron» (San Mateo, X X , 29-34).
TJna carta dirigida a Dios.—Un pobre matrimonio de París
estaba enfermo. Una de las niñas más pequeñas, recordando
282 DH LA ORACIÓN ( 1 4 4 J . 4 6 )

los consejos que en ¡a escuela les daba la Hermana, pensó, en


su ingenuidad, escribir una carta a Nuestro Señor, Dicho y
hecho. Escribió, como pudo, pidiendo a Dios la salud para sus
padres y pan para sí y para sus hermanitos. Después corrió
a la iglesia de San Roque, donde divisó el cepillo de las limos-
nas para los pobres, y creyendo que aquel era el buzón de las
cartas, que se dirigían a Dios, se acercó allí. Una señora, vién-
dola en aquel acto, le preguntó qué quería hacer. Oyendo la
triste historia de labios de la niña, la buena señora la consoló,
y tomando la carta prometió que ella misma" se encargaba de
hacerla llegar a su destino, y la preguntó por sus señas. L a niña
se las indicó, y muy contenta volvió a sus padres. La mañana
siguiente, encontró a la puerta una gran cesta con todo lo que
necesitaba aquella pobre familia y un papel que decía: «Res-
puesta de Nuestro Señor.» Al poco tiempo, llegó un médico para
visitar a los pobres enfermos.—Con esto, si la carta no había
subido materialmente al cielo, había sido, no obstante, real-
mente recibida por uno de los ángeles de Dios.
L a eficacia de la oración se manifiesta también en los siguien-
tes pasos del Evangelio: el leproso curado (pág. 145), la tempes-
tad sosegada (pág. 145), el paralítico curado (pág. 146), el ciego
de Betsaida (pág. 146), la suegra de San Pedro (pág. 147), etc.
Véase también el índice de los milagros de Jesús, obrados casi
todos como fruto de alguna súplica.

144. P. ¿De cuántas maneras es la oración?


R. La oración es de dos maneras: mental y voca!.

145. p. ¿Qué es oración mental?


R. Oración mental es la que se hace con sola la mente, o el pensa-
miento y afecto interior, y se llama meditación.

146. P. ¿Qué es oración vocal?


R . Oración vocal es la que se hace con palabras acompañadas de
la atención de la mente y de la devoción del corazón. Esta oración se
llama también plegaria.

L a oración, como hemos visto, es la elevación del pen-


samiento y del corazón a Dios. Dios no tiene necesidad
de que le manifestemos lo que pensamos; conoce los
pensamientos de nuestra mente y los afectos de nues-
tro corazón. Si hablamos con Dios con la mente o con
D E LA ORACIÓN ( 1 4 6 ) 233

el corazón, hacemos oración mental, que se llama me-


ditación, esto es, oramos, no con la lengua, sino con la
mente y el corazón. Si, al contrario, hablamos con Dios
por medio de la palabra, hacemos oración vocal, a la
cual se da simplemente el nombre de oración.
Muy a propósito explica aquí el Catecismo que la ora-
ción, para que merezca este nombre, debe ir acompa-
ñada de atención de la mente y devoción del corazón. Sin
estas dos condiciones no hay oración. Os recomiendo,
entendáis bien este punto; porque muchas oraciones se
pierden, precisamente porque van hechas sin atención
ni devoción. Cuando oráis, ¿pensáis seriamente que
estáis hablando con Dios? No siempre. Pues entonces
no oráis. Oración, como habernos dicho, es levantar...,
etcétera. Si no pensáis que habláis con Dios, no levan
táis de ningún modo la mente a Dios; si la mente no
se levanta a Dios, tampoco se levanta el corazón y así
no oráis; las palabras, que repetís, no son oración, tie
neti tan sólo apariencia de oración.
El demonio, cuando ve que no puede inducir al cris-
tiano a dejar la oración, procura, por lo menos, conse-
guir que la haga sin atención ni devoción. No tiene él
miedo de tal oración. Tenemos nosotros el deber de
orar; es como una deuda, que debemos pagar a Dios. Las
deudas deben pagarse con monedas de buena ley y no
con monedas falsas. ¿Aceptaríais vosotros un duro de
estaño? No, porque en vez de cinco pesetas, no recibi-
ríais ni un céntimo. Así pasa con la oración; tenemos
esa deuda; pero hecha sin atención y sin devoción no
sirve para satisfacer al deber que tenemos ante Dios.
Dios, por medio de Isaías, se quejaba de los hebreos, y
Jesús, aplicando esta queja a los judíos, les decía: «Este
pueblo me honra con los labios, mas su corazón está le-
jos de Mí, y en vano me honra...» (1). No tenga Dios que
decir lo mismo de vosotros y de vuestras oraciones; por

(1) San Mateo, XV, 8 y 9.


234 D a LA ORACIÓN ( 1 4 7 )

eso a la oración de los labios vaya siempre unida la


atención de la mente y la devoción del corazón.
Fruto.—Conocéis el ave que se llama papagayo y sa-
béis qué habilidad tiene... Si le enseñáis a decir una ora-
ción, ¿diréis acaso que ora?... El cristiano, que reza sin
atención ni devoción, hace como el papagayo... no sabe
lo que dice, en manera alguna hace oración. No hagáis
nunca vosotros eso al orar.

147. P. ¿Qué c o s a s nos a y u d a r á n a h a c e r bien l a o r a c i ó n ?


R . A hacer bien la oración nos ayudará: primero, pensar que esta-
mos en la presencia de Dios y que tenemos necesidad de su misericor-
dia y asistencia; segundo, guardar la debida compostura exterior como
conviene al que acude por remedio a la infinita majestad de Dios.

Debemos orar y orar bien; esto es, con atención y de-


voción. Si no oramos así. nuestra oración no es oración,
sino irreverencia a Dios, porque es faltarle al respeto,
hablarle sin poner atención a Él con quien se está h a -
blando. Pero nuestra mente se distrae con tanta facili-
dad... tan fácilmente nos ponemos a pensar en otra cosa
¿No habrá algún medio que nos ayude a recogernos?...
Sí, dos cosas nos ayudan a eso: una que se ha de hacer al
empezar la oración, y otra durante ella.
1.° Antes de comenzar la oración, pensad que, etc. Si
pensáis, que estáis delante de Dios y tenéis necesidad del
auxilio de Dios y estáis para hablar con Él, os dispon
dréis a hablarle con respeto, daréis importancia a lo que
le decís y lo diréis con devoción, para que se digne escu-
charos. Cuando os presentáis a hablar cón un gran per-
sonaje de la tierra, reflexionáis bien lo que debéis decir y
lo decís de modo, que quede persuadido de lo que le ex-
ponéis. Procurad, pues, hacer lo mismo con Dios, esto
es: decirle cosas muy buenas y poner en ello el afecto de
vuestro corazón, haciendo atención que estáis en su pre-
sencia, que sois admitidos a una audiencia ante Él y
esto, porque quiere mostrarse con vosotros misericor-
dioso y compasivo.
D E L A OKACIÓN ( 1 4 7 ) 235

2.° L a segunda cosa, que nos a y u d a a o r a r bien, es la


compostura exterior; el t e n e r un e x t e r i o r devoto. Vese
a m u c h o s niños, que o r a n d o , t o m a n posiciones p o c o
dignas, h a c e n gestos, dejan v a g a r l i b r e m e n t e sus ojos
de a c á p a r a allá, m o s t r a n d o así que no piensan que están
h a b l a n d o c o n Dios. Si vosotros estáis bien persuadidos
de h a l l a r o s en su presencia, h a c e d , d u r a n t e la o r a c i ó n ,
lo que h a r í a i s estando delante de un personaje de la
t i e r r a , ante el c u a l os p o r t a r í a i s c o n respeto, con m o -
destia, con h u m i l d a d , cual c o n v i e n e a su grandeza. An-
tes bien, debéis h a c e r m u c h o m á s , p o r q u e Dios, c o n
quien habláis, es infinitamente m á s g r a n d e que todos los
g r a n d e s de l a tierra.
Fruto.—Decía San B e r n a r d o : E l que o r a m a l y espera
ser oído, aseméjase a un h o m b r e que, h a c i e n d o m o l e r
m a l g r a n o , esperase tener b u e n a h a r i n a , o a m a s a n d o
m a l a h a r i n a , a g u a r d a s e s a c a r b u e n pan.

Ejemplos.—Fervor de San Luis en la Oración.—San Luis Gou -


zaga era fervorosísimo en la oración; niño aún de cuatro años,
oraba por varias horas, con devoción verdaderamente admira-
ble. Tal ardor en la oración anduvo en él siempre creciendo con
la edad. Gustaba de la oración como los otros niños gustan del
juego. Solía decir, que cuando alguno ha experimentado una
vez las dulzuras de la oración, se le hace imposible apartarse
de ella por mucho tiempo. Ponía todo su cuidado en preparar-
se bien para la oración, diciendo que así como el agua turbia
no puede servir de espejo para mirarse el rostro, así un cora-
zón distraído y turbado por los pensamientos y afectos del mun-
do, no puede reflejar el rostro augusto de Dios. —Procurad ha-
cer vuestros los sentimientos de San Luis y apreciaréis el gran
tesoro de la oración.
La visión de San Bernardo.—San Bernardo estaba un día en
oración con sus religiosos. Dios le hizo conocer que no todos
eran fervorosos. Vió el Santo al lado de cada religioso un án-
gel, que estaba escribiendo. Unos ángeles escribían con letras
de oro, otros con letras de plata, otros, por ñn, con tinta. Los
religiosos, cuyas oraciones escribían los ángeles con letras de
oro, oraban con fervor; aquellos, cuyas oraciones los ángeles
236 DE LA ORACIÓN ( 1 4 8 )

escribían con letras de plata, eran religiosos menos fervorosos,


que alguna vez se distraían; y aquellos, cuyas oraciones los
ángeles escribían con tinta, eran los que rezaban distraída-
mente. E l Santo vió también que los primeros merecían gran
recompensa, menos los segundos y los terceros merecían en
cambio castigo. —Si vieseis lo que el ángel escribe cuando oráis,
sea por la mañana, sea por la noche, en la iglesia o en cual-
quier otro lugar, ¿veríais que mojaba la pluma en oro, en
plata o en tinta?

148. P. ¿Podemos esperar que alcanzaremos las gracias que pe-


dimos?
R. Podemos y d e b e m o s e s p e r a r q u e a l c a n z a r e m o s las g r a c i a s q u e
pedimos, s i e m p r e que no sean perjudiciales a la s a l v a c i ó n d e n u e s t r a
alma.

Cuando oramos, no sólo podemos, mas debemos espe


rar que alcanzaremos las gracias que pedimos, a con-
dición, no obstante, que tales gracias nos sean útiles para
nuestra salud eterna, o, a lo menos, no perjudiciales. Las
gracias temporales se pueden pedir, pero condicional-
mente, a condición de que no sean obstáculo al bien es-
piritual.
Mas dirá alguno: Y o pido gracias espirituales y no las
obtengo. Dios conoce lo que es mejor; y frecuentemente
creemos que una cosa nos conviene, y Dios, viendo que
nos sería dañosa, no la concede. Un niño pide a su pa-
dre un cuchillo para hacer una cosa. El padre, viendo
que el niño no es aún capaz de manejar bien el cuchillo
y que podría hacerse daño, no se lo da. El niño cree que
el padre no Je quiere; el padre, al revés, se niega a darle
el cuchillo precisamente por el amor que le tiene. ¡Cuán-
tas veces hace Dios lo mismo con nosotros!
A veces Dios no nos concede la gracia pedida, porque
somos del todo indignos de ella; uno pide con el pecado
en el alma, otro pide de modo que aquello no parece ora-
ción. Frecuentemente somos malos y pedimos de modo
inconveniente cosas que no son buenas.
Hay también otra razón, por la cual Dios algunas ve-
DE LA 0KA01ÓN ( 1 4 8 ) 237

ees no nos oye; y os lo explicaré con un ejemplo. Un


niño está pidiendo siempre favores a su padre, y aunque
le liaya ofendido muchas veces, de quien primero recibió
tantos beneficios, jamás le saluda, ni le honra, ni le da
gracias, ni le pide perdón; si alguna vez se deeide a ha-
cerlo, es de mala manera y aun con verdadero desprecio,
de modo que el padre queda aun más contristado. A
pesar de todo, el niño está siempre alrededor de su pa-
dre pidiéndole algo, y no sólo pidiéndole, mas exigiendo
lo que desea, como si fuera por justicia y desvergonzán-
dose si no lo obtiene. Si vosotros fuérais este padre, ¿con
cederíais a ese niño loque pide?.. ¿Lo escucharíais? Cier-
tamente que no. Pues bien, haced la aplicación de esta
semejanza. Dios es nuestro criador y bienhechor; le de-
bemos adoración y acción de gracias; le hemos ofendido
tantas veces; es preciso, por lo tanto, pedirle perdón,
ofrecerle alguna reparación. E n cambio, naddMe esto ha-
cemos, o lo hacemos de un modo, que es nueva irreve-
rencia, y después estamos pidiéndole mercedes. ¿Cómo
queréis que Dios nos escuche? Y cuando no nos escucha,
hay alguno que llega hasta a blasfemar de Dios y de la
oración... Desgraciadamente esto acontece muchas veces.
No suceda eso nunca con vosotros.
Fruto.—Si queréis alcanzar las gracias que pedís, ha-
béis de procurar que vuestra oración esté bien hecha,
sea perfecta, completa; esto es: adorad a Dios, dadle gra-
cias y pedidle perdón, ofreciéndole alguna reparación.
Entonces sí que podréis pedir mercedes y estar ciertos
que las obtendréis, cuando realmente os sean útiles a la
eterna salvación.

Ejemplo.—Las oraciones de Santa Mónica. - Santa Monica,


madre del célebre Doctor San Agustín; estaba desanimada y
muy angustiada viendo la vida disoluta e impía de su hijo. Día
y noche derramaba amargas lágrimas por los extravíos de su
hijo, y no cesaba de rogar a Dios, pidiendo su conversión. Con-
tó un día a un santo Obispo las inquietudes que le causaba
San Agustín, mostrándose y a desconfiada de obtener su con-
238 DE LA ORACIÓN (149)

versión, mas el hombre de Dios la consoló con estas palabras:


Es imposible que perezca hijo de tantas lágrimas. Su oración
fué oída y el hijo, de pecador que era, llegó a ser un gran san-
to y Doctor de la Iglesia.
149. P. ¿Por qué hemos de esperar que oirá el Señor nuestras ora-
ciones?
R. Hemos de esperar que el Señor oirá nuestras oraciones, porque
Él lo ha prometido, y porque es omnipotente, misericordioso y fide-
lísimo en sus promesas.

¿Por qué esperamos que Dios oirá nuestras oraciones


y nos concederá lo que le pedimos?... Lo esperamos, por-
que Dios ha prometido oirnos; es omnipotente, y por eso
puede escucharnos; es misericordioso, y así quiere oirnos,
deseando nuestro bien; es fidelísimo en sus promesas, y
por esto, quiere mantenerlas. Los hombres son pródigos
en prometer, pero no siempre después quieren cumplir
sus promesas, especialmente cuando les cuesta algún sa-
crificio, o aun queriendo, no pueden siempre cumplirlas.
Dios, al contrario, puede y quiere cumplir sus prome-
sas, y de ordinario concede mucho más de lo que pro -
metió.
Ejempio.—La Cananea.—«Jesús se retiró hacía el país de Tiro
y Sidón; cuando he aquí que una mujer cananea (1), que había
salido de aquellos términos, levantó la voz diciendo: Señor,
hijo de David, ten piedad de mí; mi hija es cruelmente ator-
mentada por el demonio. Jesús no le respondió palabra. Los
Discípulos, acercándose, le suplicaban diciendo: Despáchala por-
que viene gritando detrás de nosotros. El en respuesta dijo:
No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Is-
rael (2). Ella, no obstante, llegándose a El, le adoró y dijo: So-
córreme, Señor. Jesús respondió: No es justo tomar el pan de
(1) Los cananeos eran los antiguos habitantes de Palestina, des-
truidos casi del todo por la invasión judia. Los hebreos seguían
dando este nombre a los fenicios de la costa.
(2) El programa, por decirlo asi, de la Providencia, era que Je-
sús personalmente se debía ocupar en la conversión de los israeli-
tas, dejando los gentiles al cuidado de los Apóstoles y en su debido
tiempo.
DE LA ORACIÓN (150) 239

los hijos y echarlo a los perros (1). Mas ella respondió: Cierto,
Señor; mas también los perritos comen de las migas, que caen
de la mesa de sus amos. Entonces Jesús, respondiendo, añadió:
¡Oh, mujer! Grande es tu fe: hágase como deseas. Y desde aquel
punto quedó sana su hija» (San Mateo, XV, 21-28),—Imitad,
pues, a esta pobre mujer cananea en el fervor de la oración, en
la perseverancia en orar cuando Dios, aunque sea para probar
vuestra fe, diñera oír vuestra petición.
150. P. ¿En qué ha de e s t r i b a r n u e s t r a esperanza?
R . Ha de estribar nuestra esperanza en los méritos infinitos de
nuestro Señor Jesucristo, de los cuales reciben su valor nuestras bue-
nas obras, y por esto siempre hemos de dirigir a Dios nuestras oracio-
nes en nombre de Cristo.

Nosotros esperamos que Dios, fiel a sus promesas, oiga


nuestras oraciones; pero ¿esta esperanza en qué estriba'/
Esperamos, no porque somos dignos o merecemos algu-
na cosa, sino esperamos por los méritos de Jesús. Los
méritos de Jesús dan valor a nuestras oraciones, para
que sean oídas. Ctiando oigo decir a algunos: Yo no
hago oración, porque no merezco obtener lo que pido;
debería decir que ese tal, si no hablase así por ignoran-
cia, mostraría su desmedida soberbia, porque confía
demasiado en sí, creyendo poder obtener, por sus pro
pios méritos, que sus oraciones sean escuchadas. No,
hijos míos, nosotros no podemos merecer que nuestras
oraciones sean oídas, mas lo merece Jesucristo; y espera-
mos sean oídas nuestras oraciones, no por nuestros pro-
pios méritos, sino por los méritos de Jesucristo. 151, nos
dice el Espíritu Santo (2), «es el abogado, que tenemos
ante el Padre», y la Iglesia nos enseña con su ejemplo a
orar siempre en el nombre de Jesús, pues termina sus
(1) Según algunos expositores, Jesús se vale en esta ocasión, de un
proverbio, que los judíos por soberbia aplicaban a los gentiles, y lo
hace para desmentirlo con los hechos y dar una lección a la intole-
rancia judaica. El gesto y el tono de la voz fueron tales, que no des-
pecharon a aquella pobre mujer, antes le dieron ánimo.
(2) San Juan, IT, 1.
240 DB LA ORACIÓN (151)

oraciones diciendo: Per Dominum Nostrum Jesum Cliri-


stum, etc.; por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo
vuestro Hijo, que nos aseguró: «En verdad, en verdad os
digo: cuanto pidiereis al Padre en nombre mío os lo
concederá» (1). «Y cualquier cosa que pidiereis al Padre
en mi nombre, la haré... Si me pidiereis alguna cosa en
mi nombre, la haré» (2).
Fruto.—-Orando en nombre de Jesús, nuestro Reden-
tor, presentando a Dios Padre los ¡méritos, padecimien-
tos y muerte de su Hijo, nos lo hacemos propicio. Nos-
otros, pobres pecadores indignos de obtener lo que pe-
dimos, podemos, uniéndonos a Jesús, ser oídos y atendi-
dos por sus méritos.
151. p . ¿Cuál es ía oración vocal más excelente?
R . L a oración vocal más excelente es ]a que Jesucristo mismo nos
enseñó, a saber: el "Padre nuestro.

l.° Vosotros decís muchas oraciones; ¿cuál es entre


esas oraciones la más hermosa, la más excelente?... Cuan-
do queréis orar bien, honrar a Dios, darle gracias, pe-
dirle alguna cosa, que deseáis en gran manera, ¿qué ha-
céis?... Buscáis las mejores oraciones que podéis hallar,
pedís oraciones a las almas santas. ¿Y si en vez de pedir
oraciones a las criaturas las pidieseis a Jesús?... [Oh, fe-
lices de vosotros!... Los Apóstoles lo hicieron así, pidie-
ron a Jesús esa oración. Jesús se ;la enseñó, y ellos nos
la transmitieron a nosotros. Escuchad:
Jesús había recomendado a los Apóstoles que no quisie-
ran, como los fariseos, hacer ostentación cuando oraran;
antes buscasen el recogimiento y retiro, no poniendo el
valor de la oración en decir muchas palabras. Un día,
cuando Jesús se levantaba de la oración, uno de los Dis-
cípulos le dijo: «Maestro, enséñanos a orar.» Jesús en-

(1) San Juan, X V I , 2 3 .


(2) Idem, X I V , 1 3 y 1 4 .
EL PADRE NUBSTRO (151) 241

tonces les dijo: «Cuando hagáis oración, decid: Padre


nuestro qué estás en los cielos, etc.» (1).
2.° Ninguno puede dudar que Jesús, dándonos una
oración, no nos la haya dado hermosa y excelente so-
bremanera. Por esto, diciendo: el Padre nuestro es la ora-
ción «te Jesús, no se puede decir más en su honor; es dig-
na de Jesús, digna de Dios, y así será siempre la oración
más hermosa, más excelente. Acordaos de esto cuando
la recéis, para no echarla a perder, como hacen muchos
que vosotros quizá conocéis y conozco yo también... Si
necesitaseis alguna cosa de un personaje, y estando pen-
sando cómo dirigirle una súplica, él mismo la redacta -
se, ¿podríais acaso dudar que no la había de atender
cuando después se la presentaseis?
3.° El Padre nuestro es además la oración más exce-
lente, porque «quien hace esta oración se coloca en per-
sona de Jesús a los pies del Eterno Padre, en el centro
de la humanidad y en el ápice del universo, y así en
Jesucristo y por Jesucristo, mira al universo, a los hom-
bres, a Dios... El hombre que se dirige al Padre celestial
con esta salutación, si el entendimiento piensa lo que
la lengua pronuncia, si el corazón sigue al entendimien-
to, será ciertamente atendido por el Padre Eterno... Lo
escucha porque oye y reconoce la voz del Hijo, su pala-
bra personal y consustancial, la palabra que Él mismo
pronuncia y escucha eternamente» (2).
Ejemplo. — La palabra del niervo fiel.—David, justamente in-
dignado contra Absalón, le había desterrado de Ja capital. Joab,
grande amigo del rey David, quiso alcanzar perdón para el
hijo. A este fin, envió a una mujer de Tecua, la cual se presen-
tó ante el Rey y dijo a David las mismas palabras que Joab le
había enseñado. Cuando acabó de hablar, David preguntó: ¿No
tiene parte en este asunto Joab? Respondió la mujer: Joab, tu
siervo, no sólo me envió, mas puso en mi boca todas las pala-

(1) San Mateo, VI; San Lucas, X I .


(2) F o b h a k i :
Vita di Q-esii Cristo, lib. I I , cap. IV.
16
242 BL PADKE NUBSTKO (152)

bras que te he dioho. El Rey dijo a Joab: He aquí que quiero


hacer todo cuanto pides (lib. II de los Reyes, XIV).—Si tan
agradable fué a David y tan eficaz la oración enseñada por un
siervo fiel, ¿cuánto más acepta será a Dios y de más poder sobre
su corazón la que nos enseñó su mismo Hijo?
152. P. ¿Qué cosas encierra el PADRE NUESTRO?
R, El PADRE NUESTRO encierra todo lo que hemos de esperar de
Dios y todo.lo que le hemos de pedir.
1." Por medio de la oración honramos a Dios, le pro-
metemos obediencia y le pedimos todo lo que necesita-
mos. El Padre nuestro es la más excelente oración, no
sólo porque nos la enseñó Jesús, mas también porque
con ella honramos y damos gracias a Dios, le pedimos
todo cuanto necesitamos. Es, pues, oración perfecta.
Honramos a Dios, diciendo: «Santificado sea el tu nom-
bre, venga a nos el tu Reino.» Le prometemos obediencia,
sujetando completamente nuestra voluntad a su volun-
tad, al decir: «Hágase tu voluntad, así en la tierra como
en el cielo.» Le pedimos las gracias, que nos son necesa-
rias, así para el cuerpo, como para el alma, cuando aña-
dimos: «El pan nuestro de cada día dánosle hoy; no nos
dejes caer en la tentación; líbranos de mal.» Le pedimos
también perdón, prometiendo de nuestra parte perdonar
a nuestro prójimo, según nos mandó Jesús, cuando aña
dimos: «Perdonamos nuestras deudas, así como nosotros
perdonamos a nuestros deudores.»
2.° «El Padre nuestro es el modelo divino de oración
para el cristiano. Guando oramos cual es debido y con-
viene, dice San Agustín, no podemos decir otra cosa que
lo contenido en la oración dominical. En ella nos recono
cemos todos hijos del mismo Padre, que está allí en
nuestra patria, hacia la cual deben dirigirse, desde este
nuestro destierro, todas nuestras aspiraciones. Y así: 1)
deseamos, como buenos hijos, la gloria del Padre; que
sea conocido y amado de todos nuestros hermanos de-
rramados por el mundo, ya que nos es imposible añadir
alguna cosa a su infinita bienaventuranza; 2) pedímos
BL PADRE NUESTRO ( 1 5 2 ) 243

que llegue también a nosotros la gloria de su eterno Rei -


no y entretanto crezca en extensión y eficacia la Iglesia,
que es el reino de Dios sobre la tierra, mientras 3) nos
esforzamos por hacer la voluntad divina y obedecer al
Evangelio cada vez con mayor perfección, en lo cual
consiste nuestra verdadera felicidad. Para esto necesita-
mos cada día de alimento espiritual, que se nos comu-
nica en la íntima unión con Jesús, especialmente por
medio de la oración y la comunión, y juntamente he-
mos menester la honesta sustentación del cuerpo y las
fuerzas para procurárnosla. Así, 4) pedimos el pan nues-
tro, esto es, lo que nos conviene, como cristianos; no po-
breza, no riqueza, no dones extraordinarios, sino lo su-
ficiente para la vida material y espiritual. Finalmente,
5) los pecados cometidos, 6) las tentaciones, que nos cer-
carán, 1) todos los males de la vida pueden impedir el
bien deseado; ésta es la razón de las tres últimas peticio-
nes. Acordándonos, sin embargo, de las promesas de
Cristo, no pedimos perdón y misericordia en otra medí
da que la que nosotros usamos con el prójimo, y este
pensamiento nos estimula a no poner límites a nuestra
caridad, ni siquiera con los enemigos. Pidiendo, además,
a Dios que no nos deje caer en la tentación, no pretende-
mos inútilmente vernos exentos de toda tentación, sino,
reconociendo nuestra debilidad, le manifestamos con
filial confianza nuestro temor, unido a la firme esperan-
za de que el auxilio divino no nos faltará en las inevita-
bles tentaciones» (1).
Ejemplos.—La conversión de F. Soulié.—Federico Soulié, no-
velista francé-i, estaba ya para morir. Educado sin religión, no
había aprendido quizá fórmula alguna de oración, El infeliz no
pensaba en su aluja. Una Hermana de la Caridad, llamada para
asistirle, se puso a rezar el Rosario. Levantó la cabeza el enfer-
mo:— ¿Qué decís, Hermana?—Esta, que terminaba de rezar el

(1) Notas a! Santo Evangelio publicado por la Piadosa Sociedad


de San Jerónimo.
244 EL PADRE! NUESTRO (153-155)

Padre nuestro, lo repitió otra vez. Soulié, oyéndola exclamó:


¡Qué magnífica oración! Quiero aprenderla yo también, Y como
un niño la aprende de labios de su madre, así Soulié aprendió
palabra por palabra la oración del Padre nuestro de los labios
de aquel ángel de caridad. Aquel hombre, que había vivido
olvidado completamente de la religión, en el lecho de muerte
aprendió el Padre nuestro, lo rezó con devoción, retractó sus
errores y murió reconciliado con Dios.
M valor del Padre nuestro.—Preguntaron a San Jordán de
Sajonia si el Padre nuestro va. boca de aquellos que no com-
prenden todo su valor, tiene el mismo mérito que en labios de
los sacerdotes, que saben perfectamente lo qvie significa.—Sin
duda—respondió el Santo—como una piedra preciosa no pierde
nada de su valor, pasando a las manos de un hombre que no
conoce su precio.—Mas para que tenga en nosotros todo su
valor debemos rezarlo con devoción y querer pedir todo lo que
Cristo quiso expresar con las palabras del Padre nuestro.
153 P. ¿Cuántas peticiones hay en el PADRE NUESTRO?
R. En el PADRF. NUESTRO hay siete peticiones: en las cuatro primeras
pedimos a Dios ei bien; en las últimas tres, que nos libre del mal.

154 P. ¿Cuáles son los bienes que pedimos al Señor en las cuatro
primeras peticiones?
R. En las cuatro primeras peticiones pedimos que el nombre de
Dios sea santificado, esto es, conocido y honrado en todo el mundo;
que venga su reino en la propagación y glorificación de su Iglesia; que
su santísima voluntad sea siempre y de todos cumplida, y que nos dé
el mantenimiento espiritual y corporal.

155. P. ¿Cuáles son los males de que pedimos nos libre Dios?
R. Los males de que pedimos nos libre Dios son: los pecados, las
tentaciones, y cualesquiera trabajos o miserias que. puedan dañar a la
salvación del alma.

Como recuerdo de estas respuestas y como medio para


acordaros fácilmente de los bienes que pedimos y de los
males de que suplicamos nos libre en la oración del
Padrenuestro, un alma piadosa imaginó un cuadro sim-
bólico, donde se representaban el preámbulo y las siete
peticiones del Padre nuestro en otras tantas escenas dis
BL PAuRB NUESTRO ( 1 5 5 ) 245

tintas, que aquí voy a describir como complemento de


la explicación antes dicha.
La primera escena representa el preámbulo de la ora-
ción dominical: Padre nuestro, que estás en los cielos; un
niño arrodillado con los ojos devotamente levantados
hacia el Padre celestial, que aparece en las nubes.
Siguen después las siete peticiones.
Primera. Santificado sea el tu nombre. —Esta primera
petición está figurada por un globo terrestre sobre el
cual el santo nombre de Jehová (esto es, de Dios) se ve
brillar como el sol en el aire, y lanzar en torno suyo ra-
yos esplendorosos.
Segunda. Venga a nos el tu Reino.—Aquí se ven abier-
tos los cielos-, Dios está sobre su trono rodeado de ánge-
les y gran muchedumbre de santos, vestidos de blanco y
con palmas en las manos, asisten a su alrededor.
Tercera. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el
cielo.—Los ángeles vuelan de una parte para otra, cum-
pliendo las órdenes de Dios y cantando: Gloria a Dios
en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena
voluntad.
Cuarta. El pin nuestro de cada día dánosle hoy.—Está
representada una escena de familia, en que el padre
distribuye el pan a sus hijos colocados alrededor de una
mesa.
Quinta. Perdónanos nuestras deudas, asi como nosotros
perdonamos a nuestros deudores—El símbolo correspon-
diente es San Esteban, que apedreado ruega por sus
verdugos, y encima abierto sobre su cabeza el cielo don-
de se deja ver Jesús.
Sexta. Y no nos dejes caer en la tentación.—Esta peti-
ción se representa en dos imágenes: Por una parte Eva
dando oídos a la serpiente, que le ofrece el fruto vedado,
y por otra la Virgen Santísima, con los ojos levanta-
dos al cielo, aplasta la cabeza de la serpiente infernal.
Séptima. Mas líbranos de mal.— Una graciosa imagen
reproduce felizmente el sentido de estas últimas pala-
246 OTRAS ORACIONES (156 157)

bras: una ovejita perseguida del lobo y protegida por el


buen pastor.
Tal es el cuadro, que figura la oración dominical.
Cuanto más se estudie, más se admirará la sabiduría y
sublimidad de esta divina oración.
156. P. ¿Qué otra oración se suele rezar después del PADRE
NUESTRO?
R. Después del PADRE NUESTRO suele rezarse el AVE MARÍA, con la
cual acudimos a la Santísima Virgen.

157. P. ¿Por qué después del PADRE NUESTRO decimos el AVE


MARÍA más bien que cualquiera otra oración?
R, Después del PADRE NUESTRO rezamos el AVE MARÍA, porque la
Santísima Virgen es nuestra más poderosa abogada para con Jesucristo.

1.° El buen cristiano, después de rezar el Padre nues-


tro, reza también el Ave María. ¿Qué es el Ave Maríaí
El Ave María, tal como ahora la rezamos, es una ora-
ción en honor de la Virgen María, compuesta con pala-
bras del arcángel San Gabriel, de Santa Isabel y de la
Iglesia. El arcángel San Gabriel, en nombre de Dios, sa-
ludó a María: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es con-
tigo, bendita tú eres entre las mujeres. Santa Isabel saludó
también a María, diciendo: Bendita tú entre las mujeres y
bendito el fruto de tu vientre. La Iglesia unió estos dos
saludos añadiendo los nombres de María y de Jesús; de
este modo nos dió el Ave María, como ahora la rezamos
«Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es
contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y ben
dito es el fruto de tu vientre, Jesús.» Tal es la salutación
que dirigimos a María, Madre de Jesús, valiéndonos de
las palabras divinas del Evangelio.
2.° Después de haber honrado a María con las pala-
bras, con que Dios mismo quiso fuese honrada, le pedi-
mos su protección. Jesús es nuestro Redentor y debemos
confiar en Él; pero cuando pensamos que le hemos
ofendido tantas veces, que le hemos sido ingratos, aun-
OTRAS ORACIONES (157) 247

que es infinitamente bueno, no nos atrevemos a dirigir-


nos directamente a El, en quien vemos a nuestro Dios y
nuestro juez; por esto acudimos a su Madre, María
Santísima. Ella puede ser nuestra abogada con Jesús,
porque.es su Madre; y Jesús, que fué obediente a María,
que fué alimentado y asistido por María, ¿podrá acaso
negarle cosa alguna? ¿Negar alguna cosa a aquella, que
tanto le amó, que participó del cáliz de su amargura
sobre el Calvario? Maria no sólo puede, mas también
quiere ser nuestra abogada y protegernos, como Jesús
quiere que María nos proteja. En efecto, Jesús, murien-
do en la Cruz, nos la dió por Madre. Ella aceptó este
piadoso empleo y aceptó a la vez el procurar nuestro
bien y hacer con nosotros oficios de Madre; y Jesús,
por decirlo así, se obligó a oírla cuando pidiese por sus
hijos; de lo contrario, ¿con qué fin la hubiera constituí-
do Madre de los cristianos? Ahora bien, ¿podría cumplir
Nuestra Señora los deberes de buena madre, si no pudie-
se ayudar a sus hijos puestos en necesidad?
3." Jesús en la Cruz, acosado de angustias de muerte,
próximo a morir, pensaba aún en nosotros; quería de-
jarnos el último recuerdo de su amor. ¿Qué nos podía
dar estando en aquel doloroso patíbulo? ¿La cruz, los
clavos, las espinas, los desprecios?... Nada más le que
daba...; pero sí, le quedaba su madre; ella sola., en el
abandono de aquel momento tristísimo; y nos la dió a
nosotros. Allí está Juan, representando a todos los cris-
tianos; y Jesús desde la cruz, próximo ya a morir, dijo a
María, indicándoselo con la cabeza ensangrentada: He
ahí a tu hijo; después a Juan, señalando a María: He ahí
a tu Madre. Las palabras de Jesús declaraban lo que en-
tonces pasaba: María, constituida por sus penas corre-
dentora con Jesiís del género humano, venía a ser Madre
nuestra espiritual,cooperando a nuestra salvación. Jesiís,
con sus palabras creadoras, la declaraba y la hacía tal,
dándole un corazón materno, y por esto, desde aquel
momento María fué verdadera y propiamente Madre
248 ((TRAS ORACIONES (157)

nuestra por gracia. Véase también el núm. 163, quinto


misterio.
Fruto.—¡Cuánto nos amó Jésús, dándonos al morir en
la cruz, como Madre nuestra, a su misma Madre! ¡Cuán-
to nos amó María, aceptándonos a nosotros, pobres peca-
dores, por hijos, mientras moría su Hijo unigénito Je-
sús! ¡Cuánto nos ama María, porque somos hijos de sus
dolores, hijos encomendados a ella por Jesús con el úl-
timo acto de su voluntad! Amad, pues, honrad a María,
recurrid a su protección y experimentaréis que verda-
deramente es nuestra abogada más poderosa ante Jesús.
Por esto, con el Ave María honramos a la Virgen Santí-
sima, y con el Santa María recurrimos a su poderosa y
materna protección.
Ejemplos. — El milagro de las bodas de Caná.—«Se celebraron
unas bodas en Caná de Galilea, y estaba en ellas la Madre de
Jesús. Fué invitado también Jesús con sus Discípulos a las
bodas. Llegando a faltar el vino, la Madre de Jesús le dijo: No
tienen vino. Y Jesús respondió: Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti?
No es llegada aún mi hora. Dijo su Madre a los que servían:
Haced todo lo que os diga. Había allí seis hidrias de piedra
destinadas a las purificaciones de los judíos, y cabían en cada
una dos o tres cántaras. Díjoles Jesús: Llenad de agua esas
hidrias. Y las llenaron hasta arriba, y les dijo Jesús: Sacad
ahora y llevad al maestresala; y lo llevaron. Y habiendo pro-
bado el maestresala el agua convertida en vino, y no sa-
biendo de dónde procedía, aunque los sirvientes sí lo sabían,
pues habían sacado el agua, llamó al esposo el maestresala y
le dijo: Todos ponen al principio el mejor vino y dejan el menos
bueno para cuando los invitados ya han bebido bien. Tú has
guardado el mejor vino para ahora (1). Asi dió Jesús en Caná
de Galilea principio a sus prodigios y manifestó su gloria y sus
Discípulos creyeron en El» (San Juan, II, 1-11).—En este hecho
podéis ver cuán grande sea el poder de María. Dió Jesús una
respuesta en apariencia dura, proponiendo dos dificultades: la

(1) Hasta autores paganos como Plinio y Marcial apuntan este


uso de los antiguos, hoy día cambiado.
OTRAS ORACIONES (157) 249

desproporción entre el milagro pedido, tan grande, y la pequeña


necesidad a que se había de proveer, y el no ser aún llegada la
hora de manifestarse por medio de los milagros. María conoce
todo su poder y autoridad, no ruega, no pide, deja sólo entre-
ver el deseo dé que el milagro se efectúe, encargando a los
criados hacer todo lo que Jesús les diga. Y Jesús obró el mila-
gro, Aprended también que si deseáis obtener alguna gracia
de María, debéis conformaros con sus palabras; hacer todo lo
que Jesús os diga, todo lo que Jesús os mande por medio de la
Iglesia; ser buenos cristianos.
Coriolano y su madre. — Coriolano, después de espléndidas
victorias, por envidia de sus conciudadanos, encontró grandes
injurias en Roma; y por esto buscó un refugio entre los enemi-
gos de los romanos. Poniéndose a su cabeza se adelantó contra
Roma. El Senado le envió varias embajadas, una después de
otra; mas ninguna logró aplacar su indignación. Finalmente, le
envió a su madre. A su madre no pudo resistir. La abrazó llo-
rando y le dijo: Madre, salvas a Roma, mas pierdes al hijo;
sabiendo bien que los volgos, a cuyo frente se había puesto, no
le perdonarían a él.—Si un pagano se dejó así enternecer con las
súplicas de su propia madre, ¿cómo podrá Jesús negar alguna
cosa a la suya? Haced, también, esta reflexión: ¿Tendrá María
menos poder sobre nuestro corazón que sobre el corazón de
Dios, cuando nos pide no persigamos más a su Hijo Jesús,., no
le ofendamos más...; nos reconciliemos con El?
Los tres espejos.—Para merecer la protección de María, de-
béis procurar imitar sus virtudes. Una niña buena, sí, pero
un poco vanidosa, desde el colegio donde se educaba, escribió
a su madre pidiéndole un espejo. La madre respondió que le
enviaría hasta tres. Llegado el envoltorio, la niña lo abrió
con ansiedad. Saca el primer cuadro: era un hermoso espejo
con estas palabras de mano de su madre: He aquí lo que eres.
Saca el segundo: era un cuadro representando una calavera, y
llevaba escritas estas 'palabras de su madre: He aquí lo que
serás. La niña, dudando un poco, saca el tercero: era un her-
moso cuadro de María Inmaculada, con esta inscripción: He
aquí lo que debes ser. Conmovida, besó muchas veces la imagen
de María, y la rogó la bendijera y protegiera, queriendo ser
siempre buena hija suya.—Imitadla vosotros en este santo pro-
pósito.
250 OTRAS ORACIONES (158)

Véanse otros ejemplos: Milagros de Lourdes, en los núme-


ros 218 y 277.
158. P. ¿Es cosa buena y fructuosa recurrir a ¡a intercesión de los
Santos?
R. Es cosa útilísima recurrir a la intercesión de los Santos, porque
sus oraciones son muy aceptas a Dios nuestro Señor.
Os sucederá tal vez oír censurar a algunos las oracio-
nes dirigidas a los Santos. El Catecismo, por el contra-
rio, nos enseña que recurrir a la intercesión de los San-
tos es cosa útilísima. Sí; es cosa útilísima, porque los
Santos con sus oraciones nos pueden alcanzar muchas
gracias. Efectivamente. ¿Quiénes son los Santos? Son
criaturas, que en esta tierra amaron y sirvieron fielmen-
te a Dios, y que ahora El ha hecho felices consigo en el
cielo. Dios, por lo tanto, los ama, y ellos aman a Dios.
Ahora bien; ¿creéis que serán oídas más fácilmente nues-
tras oraciones, que las de los Santos?... El buen sentido
común nos atestigua que cuanto uno es más santo, tanto
más fácilmente es oído de Dios ¿Somos nosotros, acaso,
más santos que los que reinan en el cielo? La eficacia de
la intercesión de los Santos se demuestra claramente con
los numerosos santuarios edificados en su honor y los
innumerables exvotos, que penden ante sus altares o imá-
genes que los representan.Los Santos, además, nos aman,
porque nos miran como sus hermanos menores a quie-
nes desean ver un día felices en el cielo, expuestos toda-
vía a las luchas y peligros en este mundo.
Recurriendo a la intercesión de los Santos, no descon-
fiamos de Dios, desconfiamos de nosotros mismos, reco-
nociéndonos indignos de ser oídos; nos dirigimos a los
Santos para que pidan por nosotros y nos obtengan de
Dios las gracias que necesitamos.
Ejemplo. - Visión de Judas Macabeo.—Judas Maoabeo, perse-
guido por Nicanor, que guiaba un poderosísimo ejército, recu-
rrió a la oración, y en una visión le fué mostrado el gran Sa-
cerdote Onías, ya difunto, que, con las manos extendidas, ora-
SANTO ROSARIO (159) 251

ba por todo el pueblo hebreo; a su lado otro venerable perso-


naje, del cual Onías decía, señalándole con el dedo: «Este es el
amigo de los hermanos y del pueblo de Israel; éste es el que
ruega fervorosamente por todo el pueblo y por la Ciudad santa:
Jeremías, profeta de Dios.» Le pareció al mismo tiempo que
Jeremías entregaba a Judas una espada de oro, dicióndole;
«Toma esta espada santa, don que te hace Dios, con ella ven-
cerás a todos los enemigos de mi pueblo Israel.» Habiendo co-
municado Judas Macabeo esta visión con su gente, se llenaron
todos de alegría, no dudando ya que, protegidos por los Santos,
tenían a Dios de su parte. Con esto, combatieron esforzada-
mente y consiguieron una completa victoria sobre sus enemigos
(2° de los Macabeos, XV).
159. P. Indicadme un ejercicio muy provechoso de orar.
R. Un modo muy provechoso de orar es el santo Rosario, porque
comprende el rezo del PADRE NUESTRO y del AVE MARÍA, y la medita-
ción de los principales misterios de nuestra santa religión.

Os he hablado de algunas oraciones; de la más exce-


lente, que es el Padre nuestro, y de la que se dice en ho
ñor de Nuestra Señora, el Ave María. Ahora el Catecismo
nos da cuenta de un hermoso ejercicio, esto es, de un
hermoso modo de orar: el Rosario. Del Rosario se habla
frecuentemente con desprecio entre los hombres. Hijos
míos, sin atender a que María nos dió el Rosario, consi
derad solamente lo que os dice el Catecismo y tendréis
siempre gran estima de esta oración. El que reza bien el
Rosario reza muchas veces el Padre nuestro, que nos en
señó Jesús; el Ave María, esto es, el saludo dirigido a
Nuestra Señora por el ángel y por Santa Isabel; el Santa
María, la hermosa invocación que la Iglesia compuso.
Además, en el Rosario se meditan los misterios más im
portantes de la religión, refrescando así la memoria de
las verdades fundamentales de la fe; el misterio de amor,
que Jesús llevó a cabo en bien nuestro a costa de. tantas
humillaciones y sufrimientos; nuestro fin, cuyo precio
es la Encarnación y Muerte de Jesús; el deber de pensar
seriamente en el cielo, de amar a Jesús, de serle agrade-
252 SANTO ROSARIO (159)

cidos; el t r i u n f o de Maria y la g l o r i a de l o s Santos. Con-


t e m p l a n d o la gloría de l o s Santos, se e n c i e n d e e n nues-
tro p e c h o u n v i v o deseo de tener t a m b i é n n o s o t r o s al
g u n a parte e n s u b i e n a v e n t u r a n z a , para la cual h e m o s
sido criados.
Fruto.—Al rezar el s a n t o R o s a r i o p e n s a d s e r i a m e n t e
e n l o s m i s t e r i o s que r e c o r d á i s y en las e x c e l e n t e s ora-
c i o n e s que repetís; de este m o d o l o rezaréis c o n d e v o -
c i ó n , lo h a r é i s c o n gusto y sentiréis n e c e s i d a d de rezar-
lo f r e c u e n t e m e n t e .

Ejemplos.—Origen del Rosario. —Santo Domingo nació en Es-


paña, el 3170. A los veintiocho años entró en la religión de los
Agustinos; más t a r d e fundó una Orden religiosa, a la que dió
su nombre. El mediodía de F r a n c i a estaba en aquellos tiempos
infestado por la herejía de los albigenses, así llamados porque
se extendió p a r t i c u l a r m e n t e en Albi, ciudad de Latiguedoc. Ne-
g a b a n estos herejes las verdades más importantes de la fe, piso-
t e a b a n las cruces, destruían las iglesias, m a t a b a n a los flules.
Santo Domingo consagró todas sus fuerzas a combatir el error y
a m a n t e n e r ia fe, mas con escaso f r u t o . Entendió entonces que
t e n í a necesidad de un auxilio extraordinario del cielo, y por esto
presentó fervorosamente sus oraciones ante la Santísima Vir-
gen, de quien había sido siempre devotísimo. E s t a Señora se le
apareció y le dió el Boaario como a r m a poderosa. Santo Domin-
go empezó a combatir el error y el vicio con el arma del Rosario
de María; el resultado fué muy consolador; gracias al auxilio y
protección de María, vencedora de todas las herejías, vióse aba-
tida y deshecha la pujanza de la impiedad, salvada la fe, resti-
t u i d a la virtud entre los ñeles.
Fiesta del Rosario.—En 1571 la Cristiandad estuvo en g r a n
peligro, a causa de los turcos. Selim II armó la más formidable
flota que h a s t a entonces se había visto, y con ella pretendía
invadir a Italia. Graüde f u é el espanto en toda la Cristiandad.
Gracias al empeño del P a p a San Pío Y, los príncipes cristianos
coligados reunieron una armada, que bajo el mando de J u a n
de Austria, en las guas de Lepanto, encontró a la flota turca,
inmensamente superior a la cristiana; mas ésta iba consa-
grada a la Virgen María, a quien se encomendaba la tripu-
lación y toda la Cristiandad con el Rosario en la mano. J u a n
SANTO ROSARIO (160-161) 253

de A u s t r i a , confiando en la Virgen, dió la b a t a l l a , y alcanzó


u n a espléndida y decisiva victoria, que San Pío V conoció por
visión celestial, m i e n t r a s r e z a b a el R o s a r i o .
Fruto del Rosario.—El Señor Obispo D u p a n l o u p f u é l l a m a d o
u n día a la cabecera de u n a joven g r a v e m e n t e e n f e r m a . Mien-
t r a s los demás l l o r a b a n a m a r g a m e n t e , ella s e r e n a y s o n r i e n t e ,
p r e g u n t ó al Obispo:—¿Creéis que m u r i e n d o iré al cielo?—Así
lo espero, respondió el Obispo. E l l a repuso: Yo estoy s e g u r a
de ello. H a c e c u a t r o años rezo cada día el R o s a r i o e n t e r o ;
ciento c i n c u e n t a veces al día he pedido a,la Madre dé Dios que
r u e g u e por m í en la h o r a de mi m u e r t e . No es posible q u e
N u e s t r a Señora me a b a n d o n e ahora, q u e necesito de su p r o t e c -
ción. Murió pocos días después con todas las señales de pre-
destinación.

160. P. ¿Cuántos son los misterios del Rosario?


R . Los misterios del Rosario son quince: cinco gozosos, cinco d o -
lorosos y cinco gloriosos.

161. P . ¿Cuáles son los misterios gozosos?


R. Los misterios gozosos son: la Anunciación del A n g e l : 2.°,
la Visita de M a r í a Santísima a Santa Isabel; 3 0 Ja Natividad de nues-
t r o Señor J e s u c r i s t o : 4 . 0 , la Presentación de J e s ú s en el templo: 5.° r
el N i ñ o p e r d i d o y hallado en el templo e n t r e los doctores.

Primer misterio.—El hecho.—(Véase p á g . 60.)


E n este m i s t e r i o d e b e m o s c o n s i d e r a r : l a desgracia del
h o m b r e , q u e p o r el p e c a d o d e A d á n v e í a c e r r a d o el P a
raíso; l a bondad de D i o s , q u e r e p a r a el p e c a d o c o n la E n -
c a r n a c i ó n de s u u n i g é n i t o Hijo; l a grandeza a que fué
e l e v a d a l a V i r g e n , h e c h a M a d r e de D i o s ; el amor g r a n d e
q u e M a r í a t u v o a l a v i r g i n i d a d , p u e s p o r n o p e r d e r l a es
t a b a d i s p u e s t a a r e n u n c i a r a l a d i g n i d a d d e M a d r e de
D i o s ; s u p r o f u n d a humildad, p o r l a c u a l , e n m e d i o de
t a n t a g r a n d e z a , n o se d a o t r o t í t u l o q u e el de Esclava
del Señor.
Fruto.— H u i r t o d o p e c a d o , c o n f i a r e n l a b o n d a d de
Dios, darle gracias p o r la E n c a r n a c i ó n y seguir las san-
tas i n s p i r a c i o n e s .
Segundo misterio.—El hecho.—(Véase l a p á g . 131.)
254 S A N T O R O S A R I O (161)

En este misterio debemos admirar: la bondad de J e -


sús, que apenas hecho hombre, quiere en seguida santi-
ficar a Juan Bautista; el prodigio con que el Bautista da
saltos de placer en el seno de su madre ante la presencia
de Jesús; el poder de la palabra de la Virgen, pues el Bau-
tista se alegró y Santa Isabel fué llena del Espíritu Santo
apenas oyó el saludo de María; así que la palabra de la
Virgen fué causa de los prodigios mencionados; la cari-
dad de María, que para empezar su cargo de mediadora,
presurosa se dirige adonde puede hacer algún bien.
Fruto.—Amar al prójimo por amor de Dios, confiar en
María, invocarla y hacer bien, con fervor, la comunión,
para recibir de Cristo copiosos dones.
Tercer misterio.—El hecho. - (Véase pág. 137.)
E n este misterio debemos admirar: la humillación pro-
funda de Jesús, que se presenta en el mundo hecho un
pobre niño; su amor a nosotros; se muestra Niño para
hacerse amar; como el hombre temía a Dios y no le
amaba, Dios se hizo Niño, para no ser temido, sino
amado; su extrema pobreza; Jesús nos predicó con el
ejemplo, antes con que la palabra, el despego de las c o -
sas del mundo.
Fruto.—Amemos a Jesús; humillémonos, hagamos al-
guna limosna y confiemos más y más cada día en la Pro
videncia divina.
Cuarto misterio.—El hecho.— «Cumplidos los días de la
Purificación de María, según la Ley de Moisés, llevaron a
Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor (1), como
estaba escrito en la Ley de Dios: Todo ser macho que na-
ciere primero será consagrado al Señor; y para presentar la

(1) Después de cuarenta días, la madre debía presentarse en el


templo para la ceremonia de la purificación, ofreciendo al menos
un par de palominos; el niño, si era primogénito, debía ser, por de-
cirlo así, rescatado mediante la oferta de cinco siclos (unas 15 pe-
setas) al tesoro del templo. De lo contrario, el primogénito quedaba,
según una costumbre antiquísima, al servicio del santuario por
toda su vida.
S A N T O R O S A R I O (161) 255

«('ronda, según estaba escrito en la Ley del Señor: Un


par de tórtolas o dos palominos. Había entonces en Jeru-
salén un hombre, llamado Simeón, persona justa y teme-
rosa de Dios, que esperaba la consolación de Israel, y el
Espíritu Santo moraba en él. Y le había sido revelado
por el mismo Espíritu Santo, que no había de ver la
muerte, antes de ver al ungido del Señor. Fué llevado
por el Espíritu al templo, y cuando sus padres introdu-
cían al Niño Jesús para hacer con él lo que mandaba la
Ley, lo tomó entre los brazos y bendijo al Señor, excla-
mando: Ahora, Señor, dejas a ta siervo ir en paz, según tu
palabra, pues mis ojos han visto tu salud, que has dispuesto
ante la vista de todos los pueblos, luz para ser revelada a las
gentes ij gloria de Israel tu pueblo. El padre y la Madre de
Jesús quedaron maravillados de las cosas que se decían
de Él, y Simeón los bendijo, y dijo a María su Madre: He
aquí, que este niño está destinado para ruina y resurrec-
ción de muchos en Israel y como señal de contradicción;
y una espada atravesará tu alma, para que sean descu
biertos los pensamientos de muchos corazones. Vivía en
tonces una profetisa, llamada Ana, hija de Fanuel de la
tribu de Aser, muy avanzada en edad, que había estado
con su marido siete años desde su virginidad. Habíase
mantenido viuda hasta la edad de ochenta y cuatro años,
no saliendo del templo y sirviendo a Dios noche y día
con oraciones y ayunos. Ésta, llegando en la misma hora,
daba gloria al Señor y hablaba de El a cuantos esperaban
la redención de Israel» (1).
En este misterio debemos ponderar la humildad de
María, que no estando obligada, observa las prescripcio-
nes mosaicas; el sacrificio que lleva a cabo, ofreciendo
al Niño Jesús a Dios Padre por nosotros; el amor de Jesús
para con nosotros. Él, todavía niño, se ofrece al Padre
como víctima por nuestros pecados; debemos notar tam-
bién cómo premia Dios a sus siervos fieles Simeón y Ana;

(t) San Lucas, II, 22-38.


256 SANTO ROSARIO (161)

cómo el pensamiento de la muerte no espanta a los


justos.
Fruto,—Mortificar las propias pasiones, observar fiel-
mente los preceptos de Dios y los Mandamientos de la
Iglesia y vivir virtuosamente, aun para no tener miedo a
la muerte.
Quinto misterio.—El hecho.— «Cuando Jesús cumplió la
edad de doce años, habiendo María y José subido a Je-
rusalén, según el uso en aquella solemnidad, pasados
aquellos días, a su vuelta, el niño Jesús se quedó en Jeru-
salén y sus padres no lo advirtieron. Persuadidos de que
estaba con los de la comitiva, hicieron un día de cami-
no y lo buscaron entre los parientes y conocidos. Mas no
habiéndole encontrado, tornaron a Jerusalén en busca
suya. Sucedió que después de tres días lo hallaron en el
templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos
y preguntándoles; y todos los que le oían estaban admi-
rados de su sabiduría y de sus respuestas. Al verle se ma-
ravillaron ellos también, y su Madre le dijo: Hijo, ¿por
qué lo has hecho así con nosotros? Mira cómo tu padre
y yo, apenados, hemos estado buscándote. El respondió.
¿Por qué me buscábais? ¿No sabíais que debía ocuparme
en las cosas que pertenecen a mi Padre? Ellos no com-
prendieron lo que les había dicho y tornó con ellos a
Nazaret y les estaba sujeto» (1).
En este misterio contemplemos el dolor que San José
y María experimentaron por la pérdida de Jesús; la soli-
citud con que empezaron a buscarle; el lugar, esto es, el
templo, en que le hallaron; el ejemplo que nos da Jesús
de poner a Dios ante todo, aun cuando sé deba por esto
renunciar a los más dulces afectos de esta tierra y cau
sar pena a los allegados; la divinidad de Jesús, que brilla
en la disputa con los doctores; la humildad, al hacerse
obediente a Maria y a San José.
Fruto.—Si hemos pecado, lloremos y busquemos pron

(1) San Lucas, IT, 42-51.


SANTO ROSARIO (162) 257

tulliente a Dios en su iglesia, con una buena confesión.


Obedezcamos siempre por amor a Jesús y cumplamos
lns divinas inspiraciones.
162. P, ¿Cuáles son los misterios dolorosos?
R. Los misterios dolorosos son: la Oración del h u e r t o ; los
Azotes a Ja columna; 3.°, la Coronación d e espinas; 4 . 0 , la C r u z a
cuestas, camino del Calvario; 5.a, la Crucifixión y m u e r t e del Salvador.

P r i m e r misterio — El hecho.—Jesús y los Apóstoles «lle-


garon a una granja llamada Getsemani, y dijo a sus Dis-
cípulos: Sentaos aquí mientras hago oración. Y tomando
consigo a Pedro, Santiago y Juan comenzó a sentir miedo
y a angustiarse y les dijo: Mi alma está triste hasta la
muerte. Esperad aquí y velad. Y adelantándose un poco,
se postró en tierra y rogaba que, si era posible, pasase
aquella hora de Él. Y dijo: Padre mío, todo te es posible;
aparta de Mi este cáliz; pero no lo que yo quiero, sino ¡o
que quieres Tu. Volvió luego a sus Discípulos y los en-
contró dormidos, y dijo a Pedro: Simón, ¿duermes? ¿No
has podido velar una hora? Velad y orad para no caer en
la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es flaca.
Volvió otra vez a orar repitiendo las mismas palabras.
Y tornado, los encontró de nuevo dormidos, pues sus
ojos estaban cargados de sueño y no sabían qué respon-
derle» (1). Por tercera vez, volvió Jesús a la oración y
«entonces se le apareció un ángel del cielo a confortarle;
y entrando en agonía, rogaba más prolijamente. Y le
comenzó un sudor, como gotas de sangre, que corrían
hasta la tierra. Levantándose de la oración volvió a sus
Discípulos y los encontró dormidos de tristeza (2), y les
dijo: Ea, dormid ya y descansad. Basta; ya ha llega-
do la hora; he aquí que el Hijo del Hombre va a ser
entregado en manos de los pecadores. Levantaos y va-
mos de aquí, pues se aproxima el que me ha de entre-
gar» (3).

(1) San Marcos, X I V , 32-40.—(2) San Lucas; X X I I , 43-45.-(3) San


Marcos, X I V , 41 y 42.
17
258 SANTO ROSARIO ( 1 6 2 )

Admirad el ejemplo, que Jesús nos da de orar en los


tiempos más angustiosos; el dolor, que siente por nues-
tros pecados, de los cuales se ha hecho cargo; la resigna-
ción, con que se somete a la voluntad del Padre, quien
le conforta por medio de un ángel.
Fruto.—Excitar en nuestro corazón un vivo dolor de
los pecados cometidos; y en los trabajos, después de h a -
ber orado, repetir las palabras de Jesús: «Padre, no se
haga mi voluntad, sino la vuestra.»
Segundo misterio.—El hecho. — Jesús, hecho prisionero
en Getsemaní por los soldados, que capitaneaba J u d a s ,
fué llevado primero a Anás y después a Caifás; testigos
falsos y comprados le acusaron de blasfemo; condenado
por Caifás, fué entregado a la voluntad de los soldados,
que le escarnecieron toda la noche. Entretanto Pedro
ingratamente lo negó . La m a ñ a n a del viernes Jesús fué
llevado ante el gobernador romano Poncio Pílalos, para
que confirmarse la sentencia del Sanedrín: los judíos
acusaron a Jesús de rebelión contra el emperador: re mi
tido a Herodes, rey de Galilea, fué burlado como loco y
devuelto a Pilatos, que lo puso ante el pueblo en compa-
ración con Barrabás. El pueblo pidió la libertad para
Barrabás y la muerte para Jesús. Entonces Pilatos, para
conmover al pueblo, le hizo bárbaramente azotar; des-
pojado Jesús de sus vestiduras y atado a una columna,
recibió en su cuerpo terribles golpes.
Ponderad la resignación de Jesús: recibe en su c u e r -
po aquellos terribles azotes, y no se queja; las llagas se
multiplican, brota la sangre, Jesús sufre y calía. Se can
san y se suceden unos a otros los verdugos: Jesús sufre
y agoniza. Jesús expía de este modo en especial los pe-
cados de impureza y quiere ser modelo de penitencia y
de resignación para todos los que sufren.
Fruto.—Sufrir los propios dolores con resignación, por
amor de Dios y en expiación de nuestros pecados, espe-
cialmente de los que cometemos con los sentidos. Evitar
la impureza.
SANTO K O á A K I O ( 1 6 2 ) 259

Tercer misterio — El hecho. - D e s p u é s de la flagelación,


aquellos verdugos echaron sobre los hombros de Jesús
un manto roto de púrpura; luego, entretejiendo una
corona de espinas, la pusieron sobre su cabeza, acomo
dándola de modo que rodease la frente y la cabeza, apre-
tándola a golpes con una caña. Tormento horrendo...
las espinas, agudísimas y largas, penetraron en la cabe-
za... esta corona llevó Jesús hasta dar el último suspiro
en la Cruz.
La cabeza es sede de la inteligencia inclinada a la so-
berbia; sede también de los sentidos (ojos, oídos, gusto),
de la lengua, fuente de muchos pecados. Por esto Jesús
sufre tanto en su bendita cabeza. Es coronado de espinas,
porque quiere coronarnos a nosotros degloria en el cielo.
Fruto.—Evitemos todo pecado de soberbia, y los peca-
dos de los sentidos, que causaron tanto dolor al Señor.
Recoxdemos que para merecer la corona de gloria debe-
mos someternos con Jesús al dolor en esta vida.
Cuarto misterio.—El hecho.—Pilatos, cuando vió a Jesús,
en aquel lamentable estado, pensó que el pueblo se con-
movería, y por esto se lo presentó diciendo: He aquí el
hombre. Mas en vano; el pueblo, más rabioso, pidió la
muerte de Jesús. Pilatos entonces cedió a la voluntad de
los judíos, y se lavó las manos delante del pueblo, pro-
testando en vano de ser inocente en la sentencia que px o
nuncio contra Jesús. Jesús, cargado con la cruz, se dirige
al Calvario; cae tres veces bajo el peso de la cruz; en-
cuentra a su afligida Madre; es ayudado por Simón Ci-
rineo a llevar la cruz; la Verónica le enjuga el rostro,
consuela Jesús a las piadosas mujeres, que lloraban por
su desgracia.
Fruto.—Nuestra vida está sembrada de espinas y de
cruces. Llevemos la nuestra resignadamente con nues-
tro Señor, que dice: «Quien quiera venir en pos de mí,
niegúese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (1), y en ex-

(1) San Mateo, X V I , 24.


260 SANTO ROSARIO ( 1 6 3 )

piación de nuestros pecados, pues Jesús nos dice que de-


bemos llorarlos antes que sus padecimientos;no pidamos
en adelante, por medio del pecado, la muerte para Jesús.
Quinto misterio.—Elhecho. - Llegando Jesús al Calvario,
fué crucificado. Los clavos atravesaron sus manos y sus
pies. Levantaron la cruz con Jesucristo clavado. Desde
aquel altar, desde aquel trono empezó a hablar; pidió
perdón al Padre por sus verdugos; perdonó al ladrón
arrepentido y le prometió el paraíso; nos dió por Madre
a su Madre; se quejó del abandono de su Padre; dijo que
tenía sed (sed no sólo física, mas espiritual, esto es: sed
de almas); anunció que todo estaba consumado, y final-
mente dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu...
y murió. ¡Cuántas penas por nuestro bien!
Fruto.—Muramos verdaderamente al pecado para me-
recer ser confortados en nuestra agonía con la visita de
Jesús sacramentado y la protección de la Virgen, y para
lograr poder repetir entonces las dulces y consoladoras
palabras de Jesús: Padre, en tus manos encomiendo mi es-
píritu...; y escuchar que Jesús nos dice: Hoy estarás con-
migo en el paraíso.

163. P. ¿Cuáles s o n l o s m i s t e r i o s g l o r i o s o s ?
R. Los misterios gloriosos son: la Resurrección del Señor;
la Ascensión a los cielos; 3.°, la Venida del Espíritu Santo; 4.0,
la Asunción de la Virgen nuestra Señora; S.°, la Coronación de María
Santísima y la gloria de todos los Santos.

Primer misterio.—El hecho.—Véase la explicación de la


pregunta 116.
Fruto.—Resucitemos del pecado a la vida de la gracia
y oremos para lograr la santa perseverancia en el bien.
Segundo misterio.—El hecho.—Véase la explicación de
la pregunta 118.
Fruto.—Propongamos t r a b a j a r y orar para conseguir
la gloria del cielo, que es nuestro fin.
Tercer misterio.—El hecho.—Véase la explicación de la
pregunta 119 y en el Sacramento de la Confirmación.
SANTO ROSARIO ( 1 6 3 ) 261

Fruto.—San Pablo nos recuerda que somos templos


vivos del Espíritu Santo. Respetemos, pues, nuestro cuer
po, tratándolo con modestia, para que el Espíritu Santo
pueda habitar en nosotros y colmar de sus dones nues-
tra alma.
Cuarto misterio — El hecho. - Después de la Ascención
del Señor al cielo, María Santísima quedó en este raun
do para sostén de los Apóstoles, modelo de virtud a los
recién convertidos y para que comenzase su oficio de
Madre de los cristianos. María hubiera podido estar exen-
ta de la pena de muerte, como inmaculada en su con-
cepción; sin embargo, murió para conformarse, aun en
esto, con Jesús. Créese generalmente que María murió en
Jerusalén, asistida de todos los Apóstoles, excepto San-
tiago, que había muerto, y Santo Tomás que llegó t a r -
de. Después de su muerte, la Virgen María fué llevada
al cielo en cuerpo y alma. La tierra, manchada por el
pecado, no era digna de encerrar en su seno el inmacu-
lado cuerpo de María Madre de Dios; el cielo quería po-
seer a su Reina en cuerpo y alma.
Fruto.—Roguemos a María para poder tener una bue-
na muerte y resucitar después un día también nosotros
a la vida eterna.
Quinto mi sí erio. —/i7 hecho.— María, después de su asun-
ción al cielo, fué coronada de gloria por la Santísima
Trinidad, como hija del Padre, Madre del Hijo y esposa
del Espíritu Santo; como Reina de los ángeles y de los
hombres, coronada a causa de la pureza, más que angé-
lica, de su corazón, de su espíritu, de su cuerpo; a causa
de la obediencia perfecta, humildad profunda y caridad
ardiente, que la hizo vivir y morir de amor de Dios.
Los Doctores piensan que los elegidos ven en Dios a
su propia familia, a las personas con las cuales tuvieron
alguna relación en este mundo. María, que adoptó a to
dos los hombres al pie de la Cruz, y que tiene para con
nosotros entrañas de madre, no puede permanecer indi-
ferente a nuestro porvenir aquí en el mundo; una de las
262 SANTO ROSARIO (163)

prerrogativas de su bienavent uranza es seguir con sus


miradas y proteger nuestro destierro en este valle de lá-
grimas.
María nos ve. La divinidad es como un espejo, en el
cual se reflejan a los ojos de la Reina de los cielos todas
las criaturas, todas sus buenas o malas obras; tiene, pues,
conocimiento de nuestras miserias, de la gran necesidad
en que estamos de la gracia y misericordia de Dios y co-
noce a la vez todo lo que Dios quiere y espera de nos-
otros. Ahora bien; la vista del bien aumenta su felici-
dad; se alegra cuando uno de su hijos piensa en Dios y
obra con rectitud y caridad.
María nos ama, como objetos del eterno amor de Dios,
como imágenes suyas, sus criaturas de predilección y
sus hijos. Ama en nosotros, a los hermanos de Jesús, ad-
quiridos a precio de su sangre adorable, templos del Es
píritu Santo, herederos un día del cielo, de tal modo,
dice San Alfonso de Ligorio, que junta toda la ter
n u r a de este mundo, no es comparable con el afecto
que María profesa a cada una de las almas amadas de
Dios.
María nos protege. Es no sólo medianera, que suplica
por nosotros, mas también poderosa abogada; no pide
sólo por gracia y misericordia, sino en cierto m o d o pa
rece que manda. Ofrece por nosotros los méritos de Je
sucristo, añadiendo los suyos también; y como Jesús pre-
senta por nosotros sus méritos ante el Padre, María de
fiende nuestra causa ante Jesús. El Hijo de Dios quiere
que su Madre le ruegue, porque quiere concedernos to-
das sus gracias por intercesión de María. Dios dotó a la
Virgen de un corazón proporcionado a tan excelso m i -
nisterio; siente un vivo deseo de la salud de cada uno de
los hombres y un celo indecible de ayudarnos a merecer
la felicidad eterna.
Fruto.—Propongámonos vivir siempre bajo la protec-
ción de María; tener lejos de nosotros el pecado, obs-
táculo a la gracia de María, y mostrarnos dignos hijos
SANTO ROSARIO (163) 263

suyos, imitando sus virtudes. (Véase el ejemplo de los tres


espejos, al fin de la pregunta 157.)

La oración es para el cristiano lo que para el pájaro


las alas. Con las alas los pájaros vuelan a lo alto; nos-
otros nos levantamos con la oración hacia Dios. Con las
alas los pájaros vuelan a buscar el alimento necesario;
con la oración nosotros obtenemos las gracias que nece-
sitamos. Con las alas los pájaros vuelan hacia lo alto
huyendo de los peligros que los amenazan, los enemigos
que encuentran; con la oración nosotros huimos de las
asechanzas del mundo y del demonio y nos hacemos
fuertes para superar todos los peligros que encontramos
en esta tierra.
PARTE TERCERA
De los Mandamientos de Dios, de los precep-
tos de la Iglesia y del pecado.

CAPITULO I
DE LOS MANDAMIENTOS DE DIOS

§ 1.°—De los ¡Mandamientos de Dios en general.

En las lecciones anteriores hemos aprendido las ver-


dades principales que debemos creer; hemos estudiado
la oración, en que hablamos directamente con Dios y
que tan eficazmente nos ayuda a salvarnos. Pero ¿basta
para salvarse creer las verdades de la fe y rogar a Dios,
o bien es necesaria alguna otra cosa? Si, es necesaria otra
cosa: Nuestro Señor Jesucristo mismo nos lo enseñó,
cuando dijo en uno de sus más solemnes discursos: «No
quien dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cie-
los; mas quien hace la voluntad de mi Padre que está
en los cielos, ése entrará en el reino de los cielos» (I).
Con estas palabras Jesús nos enseñó que no basta orar,
invocar al Señor, sino que es preciso también hacer su
voluntad. Ahora bien: ¿cuál es la voluntad del Señor, que
debemos hacer? ¿En qué consiste? Los Mandamientos,
que Dios nos ha dado y que debemos ahora estudiar y

(1) San Mateo, VII, 21.


OB LA LBT DB DIOS ( 1 6 4 ) 265

aprender, ésa es la voluntad del Señor, que debemos


cumplir para alcanzar la vida eterna.
Por estas pocas palabras comprenderéis ya cuán solí-
citos debéis mostraros en aprender bien los Mandamien-
tos, para poderlos observar; se trata, con efecto, de saber
y practicar lo que Dios quiere que hagamos, y de evitar
lo que nos prohibe hacer. Un buen ciudadano no puede
observar las leyes de su nación si las ignora. Un buen
cristiano no puede observar las leyes de Dios, si no las
conoce, y si para eso no hace de ellas un estudio serio
y diligente.
Como un buen ciudadano no está dispensado de estu-
diar las leyes de su nación por el hecho mismo de cono-
cer que algunas son un poco duras o prohiben cosas que
le agradan, así debéis vosotros estudiar con diligencia
los Mandamientos de la ley Dios, aunque os suceda
hallar entre los deberes que os imponen, el tener que
practicar alguna cosa repugnante a los sentidos o a la
carne, y apartaros de cosas que pueden agradar. A este
fin, os recuerdo la intimación hecha una vez por Cristo
nuestro Señor, y que viene bien a nuestro propósito:
«Quien quiera venir en pos de mí, niegúese a sí mismo,
tome su cruz y sígame» (1); en lo c.ual, como fácilmente
podéis entender, las palabras: niegúese a sí mismo, quie-
ren decir, niegue su voluntad, sus deseos, sus apetitos; las
palabras: lome su cruz, significan claramente la mortifi-
cación necesaria para hacer lo que no gusta, si está man-
dado y dejar lo que agrada, si está prohibido.

¡64. P. ¿Cuántos son los Mandamientos de la ley de Dios?


R. Los Mandamientos de la ley de Dios son diez:
Yo soy el Señor tu Dios:
1." No tendrás otro Dios más que a Mi,
2.° No tomar el nombre de Dios en vano.
3.° Acuérdate de santificar las fiestas,
4.° Honra al padre y a la madre.

(1) San Mateo, XVI, 42.


266 MANDAMIENTOS (165)

í.° No matar.
6." No fornicar.
7. 0 No hurtar.
8.° No levantar falso testimonio.
9 .° No desear la mujer de tu prójimo.
io.° No codiciar los bienes ajenos,

165. P. ¿Quién dió estos Mandamientos?


R. Dios mismo dió estos Mandamientos en la Ley antigua por me-
dio de Moisés, y Jesucristo los confirmó en la Ley nueva.

1.° Cuando nos dicen: Debes hacer esto, evitar aque-


llo, preguntamos: Y ¿por qué debo hacer eso? ¿Quién me
lo manda? ¿Tiene derecho a mandármelo? Ahora nos di
cen que debemos observar los Mandamientos. Mas ¿por
qué? ¿Quién lo manda? ¿Quién nos lo ha impuesto? De
bemos observarlos porque el autor de los Mandamientos
es Dios; Dios, después de haberlos impreso en el alma,
como nos lo atestigua la conciencia, los intimó al pue-
blo hebreo, por medio de Moisés y Jesucristo los confir-
mó en la nueva Ley.
2.° Las personas de autoridad tienen derecho de man
dar a sus subditos: el rey manda a sus vasallos, el padre
a sus hijos, el amo a sus criados. Dios, que es Padre, Se
ñor y Rey supremo dé todos los hombres, ha dado tam-
bién sus órdenes, que son sus Mandamientos. He aquí
cómo los dió.
Ejemplos. —Promulgación de los Mandamientos.— Al tercer
mes después de la salida de Egipto los hebreos llegaron al mon
te Siiiaí. Llamó Dios a Moisés a la cima del monte, y le ordenó
que preparase al pueblo a recibir su Ley, recordándole su prodi-
giosa salida de Egipto y prometiéndole grandes bendiciones
como premio de la observancia de la Ley. Moisés ejecutó las
órdenes de Dios. Llegada la mañana del tercer día, se empe-
zaron a oír truenos, se vieron brillar relámpagos, una densí-
sima niebla cubrió el monte, y un ruido de trompetas reso-
naba fuertemente. El pueblo quedó lleno de gran temor. Moisés
le persuadió que saliera de sus tiendas para estar en la presen-
cia del Señor. El Sinaí echaba humo como un horno y todo el
DE IjA LEY D I d i o s (165) 267

monte inspiraba terror. E l sonido de trompetas poco a poco


se hacía más fuerte y penetrante. Moisés de nuevo f u é llamado
por Dios a la cima del monte. Cuando bajó, el Señor se hizo
oír de todo su pueblo, anunciando los diez Mandamientos: Yo
sny el Señor, tu Dios; no tendrás otro Dios más que a mí, etc.
Moisés tornó de nuevo a la cima del monte, llamado por Dios,
para recibir escrita la Ley, que se había promulgado, y recibir
de palabra otras leyes, especialmente sobre las ceremonias. Des-
pués de cuarenta días, Moisés bajó del monte con dos tablas, en
las cuales estaba escrita la Ley; pero encontró que el pueblo se
había fabricado un becerro de oro y lo estaba adorando. Indig-
nado, rompió las tablas y echó al fuego el becerro. Después,
habiendo castigado con pena de muerte a muchos de los culpa,
bles, subió de nuevo al monte con dos tablas de piedra, seme-
jantes a las que había hecho pedazos; estuvo con el Señor sobre
la cima del monte otros cuarenta días; Dios escribió la Ley so-
bre las nuevas tablas;Moisés las presentó al pueblo y las guardó
en el arca, construida segán el plan que Dios mismo le había
dado, y que después tuvo tanta parte en la historia del pueblo
hebreo {Exodo, X I X y siguientes).
Jesucristo confirma los Mandamientos.—Jesús, que vino al
mundo, según Él dijo, no a derogar la Ley, sino a perfeccio-
narla, intimó repetidas veces la observancia de los Manda-
mientos. Los confirmó, por ejemplo, cuando acercándose a él
un joven rico, le dijo: «Buen Maestro, ¿qué obras buenas haré
para alcanzar la vida eterna? Jesús le respondió:—Si quieres
llegar a la vida eterna, guarda los Mandamientos.—¿Cuáles
son?, preguntó. Y Cristo repuso: No matar, no cometer adul-
terio, no robar, no levantar falsos testimonios; honra a tu pa-
dre y a tu madre y ama al prójimo como a ti mismo» (1), resu-
miendo así en pocas palabras casi todo lo principal de los diez
Mandamientos de la Ley antigua. Muchas veces intimó la ob-
servancia de todos ellos: «Si me amáis, guardad mis Manda-
mientos... El que tiene mis Mandamientos y los observa, ése me
ama» (2). «Sois mis amigos, si hacéis lo que os mando» (3). Ad-
virtiendo: «No el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de
los cielos, sino el que hac3 la voluntad de mi Padre» (4), esto

(1) San Maleo, XIX, 16-19.—(2) San Juan, XIV, 15, 21.-(8) Idem
XV, 14.—(4) San Mateo, VII, 21.
268 MANDAM1BN tOS (166)

es, el que cumple los Mandamientos, asegurando que mirará


como a su madre, hermano y hermana «al que hace la volua*
tad de Dios» (1).

166. P. ¿Está en nuestro poder guardar estos Mandamientos?


R. Sí, señor; está en nuestro poder guardar estos Mandamientos con
la gracia de Dios, quien siempre está pronto a darla a quien debida-
mente se la pide,

1.° Un padre bueno y cariñoso no manda a un hijo


suyo cosas que no pueda hacer; como no le castiga, si no
hace cosas superiores a sus fuerzas". Dios nos manda ob
servar los Mandamientos, amenaza con terribles penas,
con el infierno eterno, a aquellos que no los guardaren.
¿Hiciera esto si no pudiéramos observar los Mandamien-
tos dados por Él? Además, Dios está dispuesto a acudir
en nuestra ayuda, cuando tengamos necesidad de su gra-
cia para observar sus Mandamientos, a condición, no
obstante, de que se la pidamos. Por esto, todos podemos
observar exacta y fielmente los Mandamientos.
2.° Jesús decía que su yugo, esto es, su Ley, es suave
y su peso ligero (2); el Espíritu Santo, por boca del Após
toi San Juan, nos enseñó que los Mandamientos no son
gravosos (3).
San Agustín, sabiendo por propia experiencia cómo
observar los diez Mandamientos con el auxilio de Dios
es, no sólo posible, mas fácil, dejó escrita la siguiente
sentencia, que la Iglesia, en parte, hizo suya en el Santo
Concilio de Trento: «Es verdad que el hombre, a causa
de su debilidad y de las pocas fuerzas que al presente
tiene, no puede, con las gracias ordinarias y comunes,
que se dan a todos ¡os hombres, observar ciertos Man-
damientos de Dios; pero también es cierto, que por me-
dio de la oración el hombre puede procurarse aquel au
xilio mayor que necesita para observar aun estos mismos
Mandamientos. Ya que Dios no manda nada imposible,

(1) San Marcos, III, 34 y 85.—(2) San Mateo, XI, 30— (8) de San
Juan, Y, 8.
DJS L A L E Y D E D I O S ( 1 6 7 ) 269

antes cuando impone alguna cosa, quiere que hagas lo


que en ti está y que le pidas su auxilio para hacer lo que
te es imposible; después, Dios te ayuda para que seas ca-
paz de hacerlo. Precisamente por esto, Dios nos ha man-
dado algunas cosas superiores a nuestras fuerzas, para
que nos veamos obligados a pedirle, con la oración, el
auxilio necesario para poderlas hacer. Así que la Ley
fué dada para que pidamos la gracia, y la gracia se nos
concede para que podamos observar la Ley.» Y el Con-
cilio de Trento lanzó su anatema o excomunión contra
el que dijese que los preceptos de Dios son imposibles
de observar, aun para el hombre justificado y bajo el in-
flujo de la gracia.
Ejemplo.—Nada es imposible.—Napoleón I, por un sentimien-
to de soberbia, decía que los franceses no conocen nada que les
sea imposible. Con sentimiento de humildad, podemos nosotros
decir con el auxilio de Dios lo mismo respecto a observar los
Mandamientos: El buen cristiano no conoce imposibilidad algu-
na en la observancia de los Mandamientos, pues cada uno pue-
de repetir la hermosa frase de San Pablo: «Todas las cosas me
son posibles en Aquél que me conforta» (1); y porque dice Dios:
«Yo pondré mi espíritu en medio de vosotros y haré que cami-
néis en mis preceptos y observéis y practiquéis mi ley» (2).

167. p. ¿Estamos obligados a guardar los Mandamientos de Dios?


R. Sí, señor; estamos obligados a guardar los Mandamientos de
Diffls, y basta pecar gravemente contra uno solo para merecer el in-
fierno,

1.° Preguntar si estamos obligados a guardar los Man-


damientos, equivale a decir: ¿Tiene Dios derecho de im-
ponernos alguna Ley?... ¿Imponiéndola, quiere que la
observemos'? .. Los superiores tienen derecho de mandar
a sus propios subditos; Dios es superior absoluto y de
infinito poder. Los reyes, cuando hacen alguna ley, inti-
man su observancia bajo pena de multa o de prisión.
Dios también ha mandado la observancia de los Manda-

(1) A los Filipenses, IV, 18.—(2) Ezequiel, XXXVI, 27.


270 MANDAMIENTOS (167)

míentos, intimando esta observancia bajo pena del in-


fierno. Quien voluntariamente y a sabiendas quebranta
gravemente los Mandamientos, o uno tan sólo, merece
el gravísimo castigo del infierno.
2.a Estamos tan obligados a observar los Mandamien-
tos, que si algún superior, sea quien fuere, nos impusie-
se alguna cosa contraria a ellos, no deberíamos obede-
cer, sino observar los Mandamientos aun a costa de
nuestra vida.
Ejemplo.—Preciso es obedecer a Dios antes que a los hombres.
Después que San Pedro hizo en el nombre de Jesús el mila-
gro de la curación del cojo (véase la pág. 64), tuvo un largo
discurso ante los judíos, demostrando la divinidad de Jesús, y
obró muchas conversiones. Por esto, fué llevado ante el tri-
bunal, donde fué, con San Juan, reconocido inocente. Entonces
los príncipes del pueblo recurrieron a este expediente. Dijeron:
«Aunque el milagro hecho por ellos (San Pedro y San Juan)
es notorio a todos los habitantes de Jerusaién, es evidente y
no podemos negarlo; con todo, para que no se divulgue princi-
palmente entre el pueblo, prohibámosles con amenazas que de
aquí en adelante no hablen a nadie en este nombre, es decir,
en el nombre de Jesús.» Así lo hicieron; conminaron a San
P e i r o y a San Juan, «que de ningún modo hablasen ni enseña-
sen en el nombre de Jesús. Pedro y Juan les respondieron
diciendo: Si es justo ante Dios obedeceros a vosotros antes que
a Dios, juzgadlo vosotros mismos.» Sin más, fueron puestos en
libertad. Detenidos, de nuevo, los Apóstoles porque continua-
ban predicando a Jesús, y reprendiéndoles, por no haber cum-
plido con el precepto impuesto antes, valerosamente respon-
dieron: Preciso es obedecer antes a Dios que a los hombres
(Hechos de los Apóstoles, IV y V).
Esta respuesta debéis dar también vosotros a los malos com-
pañeros, al demonio, a las pasiones, cuando quieran induciros
a quebrantar los Mandamientos. La divisa del verdadero cris-
tiano es ésta: Preciso es obedecer a Dios en todo lo que mandare.

3.° Quien peca gravemente contra un solo Mandamiento


merece el infierno, porque con ese solo pecado desprecia
la autoridad de Dios, le ofende gravemente. Aun en
DH LA LBY DE DIOS (168-169) 271

el inundo, por un solo delito o transgresión grave de


una ley, se puede ir a la cárcel o aun a la muerte, don-
de todavía se conserva esta pena. Así, la transgresión
grave de un solo precepto merece el infierno, pues toda
transgresión voluntaria de los Mandamientos es un des-
precio de la autoridad de Dios, que los dió. El Apóstol
Santiago dejó escrito: «Quien observa toda la ley y falta
en una sola cosa, se hace reo de toda la Ley» (1), y da la
razón, porque desprecia la autoridad de Dios, autor de
todos los preceptos de la Ley.
4.° Debemos observar los Mandamientos en todas sus
partes; por tanto, debemos estudiarlos, porque es i m p o -
sible poner en práctica lo que no se conoce. La ignoran-
cia culpable de los Mandamientos no nos excusa ante
Dios de no observarlos. Estudiadlos, por esto, bien, recor-
dando lo que os mandan y lo que os prohiben, para po-
der repetir con David: «Mi alma deseó, oh Señor, la sa-
lud que viene de ti y mi meditación es t u Ley» (2).

168. P. ¿Qué contienen estos Mandamientos?


R. Estos Mandamientos contienen nuestros deberes para con Dios
ypara con el prójimo.

169, P. ¿Qué deberes tenemos para con Dios y para con el prójimo?
R. Para con Dios tenemos el deber de amarle de todo corazón sobre
todas las cosas; y para con el prójimo tenemos el deber de amarle como
a nosotros mismos por amor de Dios.

Aquí se nos enseñan dos cosas: Que los Mandamientos


contienen nuestros deberes para con Dios y para con el
prójimo, y cuáles son, es decir, en qué consisten sustan-
cialmente esos deberes.
1.* Todo lo que los Mandamientos nos ordenan o
prohiben, se refiere a Dios o al prójimo: por esto el cum-
plir lo qúe en cada uno de los Mandamientos se nos or-
dena y dejar de hacer lo que se nos prohibe, es un deber,
que tenemos para con Dios y para con el prójimo.

(1) Santiago, II, 10.—(2) Salmo CXVIII, 174.


272 mandamientos (169)

Dios es Criador, y por tanto, Señor y Dueño de to-


dos: de aquí que tiene derecho a establecer las relacio-
nes que quiere existan en este mundo entre nosotros y
Él y entre todos nosotros. Un buen padre de familia quie-
re ser honrado, respetado y amado, como es justo, por
sus hijos; pero quiere también que sus hijos vivan en
buena concordia entre si y se amen unos a otros. Esto
mismo ha dispuesto Dios en sus Mandamientos.
Por medio de los tres primeros nos intima el Señor el
cumplimiento de los deberes que tenemos para con El.
Es Dios, Criador, y por tanto, debemos serle fieles
(primer Mandamiento); es padre, y por tanto, debemos
respetar su nombre y amarle (segundo Mandamiento!; es
Señor y Dueño y, por esto, debemos servirle (tercer Man-
domiento).
Los restantes regulan las relaciones que tenemos con
el prójimo; superiores hay en la familia, en la sociedad
y en la Iglesia; debemos, pues, honrarlos y respetarlos
(cuarto Mandamiento ; tenemos un prójimo a quien de-
bemos amar y respetar en la vida (quinto Mandamiento);
en su honor, en el nuestro y en la vida de familia (sexto
Mandamiento); en sus cosas (séptimo Mandamiento); en
su buen nombre (octavo Mandamiento); más aún, no de
bemos ni pensar ni desear hacer cosas contra estos nues-
tros deberes (noveno y décimo Mandamientos).
2.° En una palabra, los Mandamientos nos imponen
amar a Dios con todo el corazón, sobre todas las cosas
y amar al prójimo como a nosotros mismos, por amol-
de Dios.
Ejemplo.—Los dos grandes Mandamientos. — En los dos Man-
damientos, que hemos recordado, Jejsús resumió toda la Ley
contenida en los preceptos: «Los fariseos viendo cómo Jesús
había hecho enmudecer a los saduceos, se unieron entre sí, y
uno de ellos, perito en la Ley, le preguntó para tentarle: Maes-
tro, ¿cuál es el principal Mandamiento de la Ley? Jesús le res-
pondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda
tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer Man-
DB LA LEY DH DIOS (170) 273

¿lamiente, El segando es semejante a éste: Amarás a tu pró-


jimo como a ti mismo. En estos dos Mandamientos está cifrada
toda la ley y los profetas» fSan Mateo, XXII, 34 40).—Por lo
demás, en cuánto a las relaciones con el prójimo, Jesús y a
había dicho: «Haced, pues, con los otros hombres lo que que-
réis que ellos hagan con vosotros. Esta es la ley y los profe-
tas» (San Mateo, VII, 12), enseñando así el modo cómo nos-
otros debemos mostrar que amamos al prójimo como a nos-
otros mismos.

170. P. ¿Qaé manda en general Dios nuestro Señor en sus Manda-


mientos?
R. En sus Mandamientos manda Dios que hagamos el bien y huya-
mos el mal, y por esto cada Mandamiento contiene un precepto y una
prohibición.

1.° Otra máxima que resume también todos los Man-


damientos, se expresa en la respuesta que habéis dicho:
hacer el bien, huir el mal. «Guarda pura de todo mal tu
lengua y tus labios no hablen con engaño. Huye el mal
y obra el bien... Los ojos del Señor descansan sobre los
justos y sus oídos están atentos a sus oraciones. Mas el
rostro del Señor se muestra airado contra aquellos que
hacen el mal» (1).
Dios es la santidad por esencia, y así quiere lo bueno
y condena lo malo; por esto, Dios, dando sus Manda-
mientos, quiso que cada uno contuviera un precepto, que
manda hacer lo que es bueno, y una prohibición, que
veda hacer lo que es malo. Por esto en cada Manda-
miento debéis estudiar lo que nos manda y lo que nos
prohibe.
2.° Los Mandamientos son él espejo de nuestra vida
pasada. Si os ponéis delante de un espejo veréis si vues-
tro rostro está manchado o no. Si ponéis los Manda-
mientos ante vuestra mente, conoceréis si vuestra vida
pasada ha sido buena o mala. Cuando tenéis que escri-
bir en un papel blanco, poniendo debajo una falsilla,

(1) Salmo XXXIII, 13-16.


18
274 mandamientos (170)

podéis regular bien las líneas de vuestro escrito; si con-


formáis vuestras acciones con la norma de los Manda-
mientos, estarán bien reguladas. El tren camina en los
rieles, los cuales le dirigen en su marcha. Los Manda-
mientos son para el viaje, que debemos emprender hacia
el cíelo, lo que los rieles para el tren. Siguiendo los rie-
les el tren no se desvía y puede llegar a su destino; con
los Mandamientos, si los observamos, no nos apartamos
de la vía recta, sino que llegaremos al cielo.
Fruto.—Al concluir esta lección preliminar sobre los
Mandamientos, os repetiré lo que Jesús dijo al joven
que le preguntaba sobre lo que debía hacer para salvar-
se: «Si quieres entrar en la vida eterna, observa los Man-
damientos» (véase la página 267); y lo que el Espíritu
Santo, por medio del Sabio, enseñaba a los Hebreos:
«Teme a Dios y guarda sus Mandamientos, puesto que
en esto consiste todo el hombre, y cada cosa que haga-
mos la llamará Dios a juicio» (1).
Ejemplo.— Los amigos después de la muerte.—El gobernador
de cierta ísia fué llamado por su señor, para dar cuenta de
su administración. Los amigos, en quienes había depositado to-
da su confianza, le dejaron que se marchara, sin dar un paso en
sufavor. Otros, con quienes también contaba mucho, no leacom-
pañaron sino hasta el buque. Otros, de quienes apenas había
esperado una muestra de benevolencia, le siguieron durante
todo su largo viaje y hasta el trono del rey, intercedieron en
su favor y le alcanzaron gracia.—También el hombre tiene
tres clases de amigos en este mundo. Ordinariamente no apren-
de a conocerlos bien, sino en el momento en que es llamado
a dar cuenta ante Dios de sas propias acciones. Los primeros
de estos amigos, el oro y los bienes de la tierra, le abandonan
completamente en la muerte. Los segundos, que son sus pa-
rientes y conocidos, no le acompañan sino hasta el buque, es
decir, hasta la tumba. Los terceros, sus buenas obras, hacen
en su compañía el viaje a la eternidad, hablan en su favor ante
el trono de Dios* y obtienen para él gracia y misericordia. ¡Qué

(1) Bccíi., XII, 13 y 14.


primer mandamiento (171) 275

insensato es, pues, el hombre, que no se procura amigos tan


fieles! En tu muerte, todo te abandonará, excepto las buenas
obras, que te seguirán al cielo (Schmid).

§ 2.°—De los Mandamientos en particular.

A los diez Mandamientos preceden estas palabras: Yo


soy el Señor tu Dios. Cuando los reyes, presidentes de la
república o jefes de un ejército publican sus leyes o dan
un bando, empiezan diciendo: Nós, el emperador, rey, et-
cétera: Ordenamos, mandamos, etc., poniendo a la cabe-
za de las leyes y decretos el título de su autoridad.
Así hizo Dios al promulgar su Ley, nos recordó sus
títulos de Dios Criador y nuestro deber de criaturas, con
estas palabras: Yo soy el Señor tu Dios.
171. P. ¿Qué nos manda Dios con las palabras del primer Manda-
miento: NO TENDRÁS OTRO DIOS MÁS QUE A MÍ?
R. Con las palabras del primer Mandamiento: No T E N D R Á S O T R O
D I O S M Á S Q U E A Mí, nos manda Dios que le reconozcamos, adoremos,

amemos y sirvamos a Él solo como a nuestro supremo Señor.

En este primer Mandamiento Dios nos manda cuatro


cosas, que es preciso comprender bien:
1.° Reconocer a Dios, esto es, creer que Dios existe,
creer a Dios y reconocerle por nuestro Dios. Existe Dios:
Véase la página 44. Creer a Dios, esto es, en su palabra,
en las verdades que nos ha revelado. Si habláis con un
amigo y él os cree, hace un acto de estima con vosotros,
y os haría un gran insulto, si no os creyese. Del mismo
modo, si creemos a Dios le honramos; al contrario, le fal-
tamos grandemente al respeto, si no creemos en su pa-
labra. Es verdaderamente una injuria gravísima decir a
Dios veracísimo: no os creo. Reconocerle por nuestro Dios
y reconocernos a nosotros por sus criaturas. No basta que
un hijo crea a su padre, si después le vuelve la espalda;
debe reconocerle por padre suyo y reconocerse a sí su-
jeto a él, cumpliendo los deberes que tiene para con él.
276 primer mandamiento (171)

Del mismo modo, nosotros debemos reconocer a Dios


como nuestro Señor y reconocernos a nosotros como
cosa suya, cumpliendo los deberes que tenemos para
con Él.
2.° Adorar a Dios, esto es, honrar a Dios, como Dios,
reconociendo su suprema excelencia y nuestra absoluta
dependencia de Él. El soldado, por ejemplo, saluda de
modo muy diverso a un amigo, a un jefe y al rey. Al
amigo con una señal de saludo, dándole la mano; para
saludar al jefe lleva la mano a la frente; al rey, en cam-
bio, hace el mayor honor, presentando armas. Debemos
nosotros saludar y honrar a todos nuestros superiores.
Dios es el superior absoluto y a Él solo tributamos el
mayor honor adorándole.
3.° Amar a Dios.— Nosotros amamos a todos los que
merecen ser amados. Amamos a aquellos que nos aman
o nos han hecho algún bien: el hijo ama a su padre, el
discípulo a su maestro. Dios tiene infinitos títulos para
ser amado, porque es perfectísimo. Nos ha amado más
que nos pueden amar todas las criaturas juntas, y nos ha
hecho y hace toda clase de beneficios. Por esto, debemos
amarle sobre todas las cosas, esto es, preferirle a todo y
querer antes perderlo todo que ofenderle (véanse los nú-
meros 372 y 373).
Ejemplo.— San Policarpo.—San Policarpo, discípulo de San
Juan Evangelista y obispo después de Esmirna, detenido como
cristiano y llevado delante del Procónsul de Asia, que preten-
día hacerle renegar de Dios y despreciar a Jesucristo, valero-
samente respondió: Ochenta años hace que amo a mi Dios, de
quien no he recibido sino beneficios y de quien espero pronto
el paraíso. ¿Será lícito hacerle ahora tan gran insulto, como
despreciar su amor y sus beneficios? No haré tal. Murió mártir
el año 167.—Imitadle vosotros en amar siempre a Dios, ya que
es sumo bien, os ama tanto, os ha hecho tantos beneficios y os
promete el paraíso.

4.° Servir a Dios, esto es, hacer en todo y por todo su


santa voluntad (véase la pág. 37). Servir a Dios es uja
primee mandamiento (172) 277

deber, porque es nuestro dueño; una honra, porque si en


esta tierra se ambiciona tanto el servir a los grandes y a
los poderosos, cuánto más debemos tenernos por honra-
dos pudiendo servir a Dios, Señor de los mismos podero-
sos y de los reyes; una necesidad, porque quien no sirve a
Dios servirá a las pasiones, al mundo, al demonio y al
respeto humano; un favor, porque Dios recompensa con
generosidad en esta vida y en la otra a aquellos, que le
sirven. Recordad, no obstante, lo que enseñaba Jesús:
«Ninguno puede servir a dos señores, antes odiará al uno
y amará al otro, o bien se aficionará al primero y des-
preciará al segundo. No podéis servir a Dios y a las ri-
quezas» (1). Y vosotros: ¿a quién servís?

Ejemplos.—Daniel, porque era fiel en reconocer, adorar y


servir a Dios, fué perseguido y condenado a ser echado al lago
•de los leones, para ser allí devorado por ellos. Dios no le aban-
donó, le conservó ileso entre los leones hasta que el rey, ad-
vertido de ello, lo sacó cariñosamente, e hizo echar al lago a
sus acusadores, que fueron inmediatamente devorados por los
leones (Daniel, YI).
Los tres jóvenes hebreos.—Sidrac, Misac y Abdénago, esto
es, Ananías, Misael y Azarías, por mostrarse constantes en
amar y servir a Dios fueron condenados a ser presa de las
llamas de un horno encendido con grandísima cantidad de leña.
Dios los conservó ilesos en medio del fuego y envió para asis-
tirlos y confortarlos un ángel del cielo. El rey Nabucodonosor,
viendo esto, no sólo los libró, mientras los acusadores alcan-
zados por el fuego fueron quemados vivos, sino que los hizo
jefes de la provincia de Babilonia (Daniel, III).
La casta Susana, por no haber querido traspasar los Manda-
mientos de Dios, estuvo a punto de hallar la muerte bajo el
peso de una enorme calumnia. Dios, por medio de Daniel, hizo
brillar su inocencia y la culpa de sus acusadores. (Véase la
pág. 54.)
172. P. ¿Qué nos prohibe el primer Mandamiento?
R, El primer Mandamiento nos prohibe la idolatría, superstición,

(1) San Mateo, VI. 24.


278 primer mandamiento (172)

sacrilegio, ignorancia culpable de las verdades de la fe y cualquiera


otro pecado contra la religión .

El primer Mandamiento nos prohibe:


1.° La idolatría.—Idolatría es dar a una criatura el
culto de adoración, que corresponde a Dios solo y con-
siste no precisamente en: aj no conocer a Dios; b) en pos-
trarse delante de una imagen; c) quemar ante ella in-
cienso; consiste en tener a aquella criatura por Dios, en
adorarla como a Dios. Por lo cual, el pecado de idolatría
está en esto: en formarse tan ruin idea de Dios, que se
tenga por tal a una miserable criatura, tributándola el
honor de adoración, debido a solo Dios. ¡Cuán infelices
eran los pobres idólatras! (Véase la pág, 51.)
2.° La superstición.—Superstición es: 1.°, toda devoción
contraria a la doctrina y práctica de la Iglesia; 2 °, atri-
buir a una acción u otra cosa cualquiera, una virtud so-
brenatural que no tiene. Por estas breves palabras po-
déis entender las dos especies principales de supersti-
ción: primera: devoción contraria a la doctrina y práctica
de la Iglesia; por ejemplo: usar oraciones reprobadas por
la Iglesia o hacer actos de culto prohibidos por ella;
atribuir poder especial a oraciones, aunque sean buenas,
por decirlas a ciertas horas determinadas, o en cierto
número, o en cierto lugar sin razón suficiente; esperar
de una oración dada un efecto cierto y determinado^
que ni Dios, ni la Iglesia le reconocen; por ejemplo: sa-
ber la hora de la muerte, no caer enfermo, sanar de cier
tas enfermedades, rezando tres veces el Padre nuestro an-
tes de salir el sol, etc: Segunda, Atribuir, etc. Como por
ejemplo: curar de algunas enfermedades, pronunciando
ciertas palabras; creer que dos pajitas puestas en cruz
restañan la sangre; para averiguar cosas ocultas o futu-
ras valerse de medios que no guardan relación ninguna
con aquello que ^e desea saber; recurrir a hechiceros o
al espiritismo, etc.; omitir ciertas acciones por ser vier-
nes, tener miedo del número trece, etc.
primer mandamiento (172) 279

Aunque en el mundo se dice con frecuencia que los


devotos son supersticiosos, en realidad lo son mucho
más aquellos que no son piadosos ni religiosos, esto es,
los incrédulos. Y es natural, porque la causa principal
de la superstición es la ignorancia y la falta de confian-
za en Dios. Quien tiene alguna confianza en Dios, acude
a Él, para que disponga de nosotros según su santa vo-
luntad, para que nos ayude, nos libre de los males que
nos afligen, y sabe que es hacerle grande injuria querer
valerse de medios desproporcionados para el fin que se
pretende.
3.° El sacrilegio.—Es sacrilegio la profanación de al-
gún sitio, persona o cosa consagrada a Dios y destinada
a su culto. Profanación es la violación, malos tratamien-
tos, irreverencia o desprecio. De aquí resulta, que puede
uno ser sacrilego de tres maneras: profanando un sitio
(la iglesia, sirviéndose de ella para usos profanos, opues-
tos a su santidad); una persona (golpeando a un sacerdo-
te); una cosa (usando para fines profanos las vestiduras
sagradas). Debéis vosotros evitar, no solamente loque es
sacrilegio propiamente dicho, sino también cualquier
falta de respeto en la iglesia, cualquier irreverencia al
sacerdote; cosas todas contrarias a los deberes impuestos
por este primer Mandamiento (1).

Ejemplos. — Los profanadores arrojados del templo,— Jesús,


tan manso y humilde siempre aun con los pecadores, por dos
veces, entrando en el templo, arrojó de allí a los profanadores,
valiéndose de un azote de cuerdas y diciendo: Mi casa es

(1) El sacrilegio es de suyo pecado grave, porque Dios mismo


es el ofendido y deshonrado en las cosas, personas y lugares a Él
consagrados. Sin embargo, no todos los pecados de sacrilegio son
graves del mismo modo. Para pesar su gravedad es preciso ante
todo recordar que el sacrilegio aumenta en gravedad: a) según el
objeto es más digno de veneración. Por esto, el más horrible de to-
dos los sacrilegios es la profanación del Santísimo Sacramento de
la Eucaristía, y después el abuso de los demás Sacramentos, etc.; b)
según la acción es en si más injuriosa. Será sin duda pecado mucho
280 primer mandamiento (172)

casa de oración (San Juan, II; San Mateo, XXI).—Cuántas


veces sería necesario, desgraciadamente, que j e s ú s se presen-
tase de modo visible en nuestras iglesias y arrojase de ellas a
tantos profanadores.
Heliodoro azotado por los ángeles.—Heliodoro, enviado por
Seleuco, rey de Siria, se presentó en el templó de Jerusalón
para llevarse a Antioquía sus tesoros. No logrando nada las
reconvenciones y súplicas de los sacerdotes, Heliodoro se pre-
paraba a ejecutar el sacrilego hurto, cuando se le presentaron
unos ángeles, que le echaron por tierra y lo azotaron, salvando
la vida gracias sólo a la intercesión de Onías, Sumo Sacerdote.
Heliodoro decía después a su rey: Si tenéis enemigos, enviadios
a profanar el templo de Jerusalén, porque, o no volverán vivos,
o volverán al menos castigados (II de los Mancebos, II). -
Cuarenta y dos niños devorados por los osos.— E l Profeta Elí-
seo, ya muy anciano, subía hacia la ciudad de Betel, cuando
una chusma de muchachos, saliendo de la ciudad, empezó a
reírse de él dicíéndoie: Ven aquí, calvo: ven aquí, calvo. El
Señor no los dejó sin castigo. Salieron dos osos de la selva y se
arrojaron sobre aquellos infelices, devorando a cuarenta y dos
áe ellos (libro 4.° de los Beyes, II).—Terrible ejemplo para los
malos cristianos de nuestros días, que frecuentemente se bur-
lan. de los ministros de Dios. Acordaos de que si Dios no castiga
siempre de un modo tan maniñesto a los sacrilegos, no dejará
cotj todo de vengarse, si no en esta vida, seguramente en la
otra, donde el castigo no será para enmienda, sino para justa
y eterna peoa de los pecados.

4.° La ignorancia culpable de las verdades de la fe.—


Dios quiere que creamos las verdades que El nos propo-
ne para que las creamos, por medio de la Iglesia. Y si no
las conocemos, ¿cómo las podremos creer? En el primer

mayor recibir indignamente la Sagrada Eucaristía o echar por tie-


rra las Sagradas Formas, que tocarlas cuando no se debe; o) según
la mayor malicia y advertencia, con que se comete el sacrilegio.
Usar, por ejemplo, de un ornamento sagrado con intención.de ha-
cer de él un objeto fie burla, seria mayor pecado que usarlo por
mera ligereza; d) por último, respecto al hurto sacrilego la grave-
dad del pecado aumenta cuanto es mayor y más precioso el valor
del objeto robado.
PRISÍEK MANDAMIENTO (172) 281

Mandamiento Dios nos ordena, pues, conocer y estudiar


el Catecismo, en que se contienen estas verdades. Mu-
chos son, por desgracia, los cristianos adultos y niños,
que en nuestros dias son culpables por su abandono en
este punto (1). Cuántos no conocen las verdades más
esenciales de la fe, como: la Unidad y Trinidad de Dios,
ía Encarnación del Verbo, el pecado original, la inmor-
talidad del alma, el juicio, los Sacramentos, la presencia
de Jesucristo en la Eucaristía. EL Sumo Pontífice Pío X
«e lamentó con afecto paternal de este mal y de las con-
secuencias funestas de esta ignorancia (véanse sus pala-
bras en la pág. 2.a).
5.° Todo otro pecado contra la Religión.—Se puede pe-
car de varias maneras contra la Religión: negando su
autenticidad, dudando de ella, o renunciando a ella po-
sitivamente. Se peca también contra la Religión: hablan-
do mal de ella, cosa muy frecuente ahora, aun entre los
niños; no observando sus prácticas, no rindiendo, por
eso, a Dios el honor que le es debido, despreciando a
aquellos que las cumplen fielmente.
Se pregunta con frecuencia: ¿Para qué sirve la Reli-
gión? Sirve para observar el primer Mandamiento y
cumplir los deberes que tenemos con Dios (2). Dios es

(1) Se tuvo en 1906 un Congreso de jóvenes en Biela, En la re-


unión general «se entabló tina animada disputa sobre por qué la ju-
ventud escapa a los amorosos cuidados y diligencias del clero y se
deja tan fácilmente ganar de las asociaciones liberales y socialistas.
Además de las causas ordinarias, que son, las pasiones, hay también
otras... El teólogo señor Caselli, director de la Patria, periódico de
Friburgo (Alemania), señala como una de las principales la igno-
rancia de la religión y la poca o muy superficial instrucción reli-
giosa que se da en Italia. En Alemania, donde la enseñanza reli-
giosa es más profunda, hay cursos de religión que duran siete y
pcho años. Así que en Alemania los católicos alcanzan mayores fru-
tos de sus fatigas». En las escuelas públicas elementales de Alema-
nia hay señalada una hora al día para la enseñanza del Catecismo.
(2) Se podría también responder: Sirve aun al provecho de la
vida temporal (donde hay religión hay paz, caridad, resignación,
282 primer mandamiento (172)

nuestro Criador y supremo Señor, por eso debemos so-


meter nuestra voluntad a la suya, debemos honrarlo.
Dios nos ha destinado a ir al cielo, por eso debemos creer
y practicar lo que nos ordena y valemos de los medios
de santificación por Él establecidos para conseguir la
salvación. Todo esto hacemos con la práctica de la Re-
ligión, por la cual creemos las verdades que Dios nos ha
revelado, observamos sus santos Mandamientos y reci-
bimos los Sacramentos que Jesucristo estableció para
santificación de nuestras almas.—Otra veces se dice: La
Religión es sólo para las mujeres. ¿Por ventura, sólo las
mujeres deben observar el primer Mandamiento? ¿No
son también los hombres criaturas de Dios? Además,
tanto los hombres como las mujeres tienen pasiones,

justicia); sirve para evitar ciertos vicios, que son la riiina hasta de
la salud. Mucho se ha descristianizado a los jóvenes, y ¿qué se ha
conseguido? Oíd la siguiente confesión, nada sospechosa, de la
Gaszetta del Popolo (28 de .Febrero de 1907): «Hace algún tiempo es-
tamos presenciando un fenómeno bien singular y lamentable, a
saber: la física y progresiva degradación délos jóvenes en nuestras
quintas. Buena prueba de este tristísimo fenómeno la tenemos en
la necesidad ineludible de haber tenido que disminuir, en pocos
lustros, hasta tres veces, la talla mínima legal para el reclutamien-
to militar... En algunas provincias los inútiles son tan numerosos,
que el contingente militar amenaza llegar a ser del todo irrisorio.
Evidentemente la degradación orgánica de nuestra juventud cami-
na a grandes pasos; más aún, avanza a galope y casi la tocamos
con la mano... ¿Cuál será, pues, el origen de esta nuestra creciente
degradación física? Con facilidad podemos descubrir con una sola
mirada, la debilidad corporal, que es mucho menor en las jóvenes
(como más religiosas y por lo tanto más morales, afirmamos nos-
otros), y al contrario tanto afea a los jóvenes, especialmente de las
ciudades y sobre todo entre los estudiantes (entre los cuales triunfa
la irreligión y por lo tanto la inmoralidad, añadimos de nuestra
parte); éstos, ateniéndonos a una estadística cuidadosamente for-
mada poco ha, entre 18.000 revisados por el médico mayor Levi,
darían un tanto plor ciento elevadísimo de inútiles. Y esto, a pesar
de que la higiene en las personas y casas, junto con la alimentación
general, de treinta años a esta parte, ha mejorado y progresado
mucho.»
primer mandamiento (172) 283

que deben combatir y sujetar, y para esto la Religión


nos depara armas poderosas; hombres y mujeres tienen
deberes para con Dios, para consigo mismos, deberes
para con la sociedad, la familia; tienen vicios que evitar^
virtudes que practicar, un paraíso que ganar y un in-
fierno que huir. Pues precisamente en el cumplimiento
de todos estos deberes consiste la Religión (1).
Ejemplos.— Ln ignorante como tantos oíros.—Iba en un tren
un abogado; viendo a un sacerdote, que caminaba rezando el
breviario, empezó a hablar descaradamente contra la Religión.
Decía tantos disparates como palabras. De pronto, un campesi-
no, después de haberle oído atentamente, le preguntó:—¿Quién
es usted?—Soy un abogado para servir a usted—le respondió—.
Bien—replicó el campesino—: ¿Ha estudiado usted Teología?
¿Ha leído las obras de los Doctores de la Iglesia? ¿Ha ma-
nejado, a lo menos, las obras catequísticas?...—Yo no leo esas
cosas, antes las desprecio; y en cuanto al Catecismo, ni lo
he estudiado, ni permito que lo estudien mis hijos. Entonces
el campesino se puso en pie, y volviéndose a sus compañeros de
viaje les hizo esta reflexión: Señores: ¿Habéis oído? Este señor
habrá aprendido bien el Código civil, pero no ha estudiado
nada de Eeligión, y se pone a hablar como un Doctor; es un
ignorante, y quiere hacerse maestro; antes de enseñar es pre-
ciso aprender; háblenos de leyes, abogado mío, y no de Eeligión.
Prejuicios.—Un comisionista en un círculo de amigos pe-
roraba contra los prejuicios de la Eeligión. U n joven le pregun-
tó qué entendía por prejuicios. El otro quedóse cortado y no
supo qué responder, T o os lo diré, añadió el joven: Prejuicio
es una opinión falsa abrazada sin examen, sin razón alguna
prudente, y vos, como tantos otros, sois víctimas de prejuicios;

(1) Algunos dicen: la mejor religión es ser un hombre de bien.


Pero, si es difícil ser un hombre de bien (verdadero y no hipócrita),
hasta para los que guardan exactamente los deberes de la religión,
¿cómo puede ser hombre de bien quien empieza por rebelarse con-
tra Dios, arrojar el freno santísimo de sus leyes, dejándose arras-
trar de las depravadas inclinaciones naturales? Además, si para
ger un hombre de bien es preciso cumplir los deberes con la fami-
lia, con la patria, la sociedad, ¿por qué no será preciso cumplir
también los deberes para con el Criador y Señor Supremo?
284 P R I M E R MANDAMIENTO ( 1 7 2 )

admitís sin examen ni estudio opiniones falsas contra la Reli-


gión y blasfemáis de lo que no sabéis.
Unas cuantas buenas respuestas.—¿Habéis oído alguna vez a un
papagayo? Nada de lo que dice tiene sentido y menos el modo
con que lo dice. Así son esos petimetres y charlatanes, que
hablan contra la Religión; repiten siempre las mismas cosas,
las repiten porque las han oído y es fácil cerrarles presto la
boca.
La Religión ya pasó.—Hace más de mil novecientos años que
se está diciendo lo mismo; y entretanto, la religión se extiende
y propaga más cada día.
Yo creo solo lo que entiendo.—Entonces, no debéis creer en la
electricidad; porque no sabéis decirme qué cosa es.
Después que uno ha muerto, todo se acabó,—Sois, pues, una
verdadera bestia; entre vos y vuestro jumento no hay dife-
rencia alguna. Igualitos.
El infierno. Nadie ha vuelto de allí.—Procurad, pues, no ir
al infierno, pues quedaréis en él para siempre, y no podréis
volver a contárnoslo.
Hoy, la ciencia nos basta.—Si os basta vuestra ciencia, señal
es de que con bien poco os contentáis.
Después de todo, es preciso vivir.—No, después de todo es
preciso morir. ¿Estáis dispuestos?
Conviene pasar bien la juventud.—Mas no hacer disparates;
no olvidar que aun la juventud tiene un pie en el sepulcro.
Conviene, pues, pasar bien la vida.
No tengo fe. —• Razón de más para buscarla y pedirla con
oraciones.
Hay grandes sabios que no tienen fe.—Señal de que no son
eminentes, como decís; tienen necesidad de aprender mucho
más. Los verdaderos sabios son y han sido creyentes.
Es preciso hacer lo que hacen los otros.— Ciertamente, mas
cuando hacen bien y no cuando hacen mal.
Si creyese en esas cosas, se burlarían de mi.—Preciso es
hacer bien y dejar que los otros hagan lo que quieran.
La Religión es la ignorancia.—Sí, en vuestra persona; pues
sin eso hablaríais de otro modo, como de otro modo hablan los
verdaderos sabios.
Lo he leído en el periódico.— Buenas tragaderas tenéis, puesto
que cuelan aun las piedras de la calle.
P R I M E R MANDAMIENTO ( 1 7 3 ) 285

Me disgusta oír hablar de Religión. - E s t o prueba que vues-


tra conciencia no está tranquila.
Yo me he hecho una religión para mí solo.—Qué lástima que
os quede allá dentro. El bien es expansivo por su misma natura-
leza; y si vuestra religión no se extiende fuera, debe de ser o
que es mala o que es necia.
La razón me basta.—¿Puede una lucecita sustituir a la luz
del sol?
Hay sacerdotes muy malos.— Judas no impidió la propaga-
ción del Evangelio; por uno malo, hay cien buenos. (Véase en
la pág. 4. a la nota.)
La Religión católica es una religión de cuartos.—Yo sos-
tengo que es religión de oro; ponedla en práctica y lo veréis.
No es bueno ser hipócrita. — Verdad, pero es mejor ser hipó-
crita que no ser nada.
¿Sabéis lo que os diga? Yo soy y me siento libre•—Precisa-
mente por esto responderéis, un día, de vuestros actos, ante
Aquel que os dió esa libertad.
Es preciso ser hombre de su tiempo.—Es preciso, mejor, ser
hombre de la eternidad. El tiempo pasa, la eternidad no.

173. P. ¿Podemos no obstante honrar a los Angeles y a los Santos?


R. Sí; podemos honrar a los Angeles y a los Santos, y aun debe-
mos hacerlo, porque son amigos de Dios y nuestros intercesores para
con Él.

Aquí el Catecismo nos dice, no que adoremos, mas que


honremos a los Angeles y a los Santos. La adoración se
debe a solo Dios, la honra a los superiores y a los gran-
des. No adoramos, pues, a los Angeles ni-a los Santos, los
honramos. Podemos y aun debemos honrar a los Ange-
les y a los Santos por dos razones:
1.a Son amigos de Dios.—Los Santos amaron y sirvie-
ron fielmente a Dios en este mundo. Dios los ama, y a
los Santos se aplica especialmente aquella hermosa fra-
se: «No os llamaré ya en adelante siervos... sino ami-
gos» (1); por esto, los ha premiado, exaltado y glorifi-
cado en el cielo. Los Santos pasaron por este mundo

(1) San Juan, XV, 15.


286 P R I M E R MANDAMIENTO ( 1 7 3 )

haciendo bien a otros, a imitación de Jesús. Fueron bien-


hechores de toda ía humanidad con sus ejemplos, ense-
ñanzas y obras (1). 121 mundo honra a los grandes hom-
bres vivos y muertos. Los Santos son los grandes de la
Iglesia católica, ¿podremos nosotros dejarlos de honrar?
En una familia son honrados y alabados los individuos
que se señalaron mucho por sus acciones. Los Santos
son nuestros hermanos mayores, que han merecido la
gloria del cielo, y por sus grandes virtudes ocuparon un
lugar eminente en este mundo. Por esto, honrándoles,
no hacemos más que conformarnos con la recta razón,
Honrando a ios Santos y a los Angeles, no inferimos
agravio a Dios, antes le honramos en ellos; el honor que
tributamos a los Santos, recae en el mismo Dios, pues su
santidad cede en gloria de Dios. Llegaron a ser Santos,
no por virtud propia, sino por la gracia del Señor, a la
que fielmente correspondieron. Además, imitamos a
Dios, honrando a los Santos, porque en sí mismos co-
piaron ellos en grado eminente la perfeccióñ de Dios.
Un rey que ve honrados por sus súbditos a sus ministros
y amigos, ¿se da, acaso, por ofendido, o al revés, se tiene
por honrado en la persona de sus ministros?
2." Son nuestros intercesores para con Dios— Nosotros
somos pecadores, no merecemos que Dios nos escuche.
Nuestras oraciones participan de nuestra miseria; por
esto recurrimos a los Santos, para que intercedan por
nosotros. Decidme: ¿Creéis que Dios ha de oír más fácil-
mente nuestras oraciones que las de los Santos? Si de-
seaseis vivamente una gracia y conocieseis a un santo,
¿no acudiríais a él para que rogase por vosotros?... Que
sea cosa buena orar los unos por los otros, lo sabemos
también por el ejemplo de San Pablo, que aseguraba a

(1) El catequista puede recordar aquí los beneficios que los San-
tos han hecho a los pueblos, aun en el orden natural. En Turín bas-
ta recordar los nombres del V, Oottolengo y de Don Bosco; y en
cualquier parte del mundo a San Vicente de,Paúl.
P R I M E R MANDAMIENTO ( 1 7 3 ) 287

los romanos que los tenía presentes en sus oraciones (1).


Si los santos en este mundo ruegan por nosotros, cuánto
más rogarán por nosotros en el paraíso. Los santos nos
aman, porque son nuestros hermanos mayores, y porque
amando a Dios sobre todas las cosas, no pueden menos
de amarnos a nosotros, que somos criaturas e imágenes
de Dios, redimidos por Jesús, destinados a gozar con
ellos; pues estos dos amores, el amor de Dios, y del
prójimo, son inseparables. Rogamos a Dios, para que
nos conceda sus gracias; invocamos a los Santos, para
que intercedan por nosotros y nos obtengan de Dios lo
que deseamos. Que a Dios agrade la intercesión de los
Santos en favor nuestro y el honor que les rendimos,
muéstranlo bien las numerosas gracias que concede en
los Santuarios y capillas erigidas en honor de ellos.
Lo que se ha dicho respecto a los Angeles y Santos,
con mayor razón se aplica a María Santísima. Merece ser
honrada, porque Dios la exaltó de tal modo, que quiso
fuera su Madre; la coronó en el cielo sobre todos los
ángeles y santos; debemos rogarla, porque, como Madre
de Dios, lo puede todo; ¿un hijo niega, por ventura, al-
guna cosa a su madre? Y como Madre nuestra, quiere
también nuestro bien. (Véase la preg. 157.)

Ejemplos.—Abraham honra a los ángeles.—Abraham, un día,


f u é visitado por tres peregrinos, que eran ángeles del Señor, y
en seguida se postró ante ellos, en señal de veneración (Géne-
sis, XVIII, 2). Lo mismo hizo Tobías con el arcángel San Ra-
fael, apenas conoció que era un ángel del Señor (Tobías, XII, 16).
Job intercede por sus amigos.—Job, visitado por el infortu-
nio, fué gravemente ultrajado por tres amigos, que habían ido
a consolarle. Reconociendo éstos su falta, se arrepintieron y pi-
dieron perdón al Señor. Dios les perdonó, a condición de que pi-
diesen a Job el auxilio de sus oraciones (Job, XLII, 8).
Mis protectores. —Decía un niño, huérfano, a quien se lamen-
taba de su desventura: Soy infeliz, es verdad; pero me consue-

(1) A los Romanos, I, 9 y 10.


288 P R I M E R MANDAMIENTO ( 1 7 4 )

lo, pues tengo mis protectores: tengo a mi ángel de guarda, que


me ama más que mi padre, y a María Santísima, que me sirve
de Madre.—¡Venturoso niño! ¡Cuán bien comprendía la devo-
ción a los ángeles y a la Virgen!
Enmendado por invocar a la Virgen.—Tin joven, que come-
tía frecuentemente graves pecados, se presentó a un sacerdote,
declarándole que su mala costumbre había llegado en él a ser
insuperable. El piadoso sacerdote le exhortó a acudir con con-
fianza a la Virgen, y le recomendó rezase todas las mañanas
tres Ave Marías. El joven siguió fielmente este consejo. Cada
mañana rezaba las tres Ave Marías, y no dejó ni un solo día de
acudir a Nuestra Señora. Poco después, emprendió un largo
viaje. A la vuelta, se presentó al sacerdote, que conoció con
grande alegría estaba completamente libre de la mala costum-
bre. Lo debo, decía el joven, a Nuestra Señora, a quien fué
grata la breve oración, que cada día hacía en su honor, y me
obtuvo del Señor la gracia de aborrecer el pecado y de amar la
pureza.

174. P. ¿Debemos honrar también las imágenes de Jesucristo y de


los Santos?
R. Sí, señor: debemos sin duda honrar también las imágenes de Je-
sucristo y de los Santos; porque a Jesucristo y a los Santos se refiere
la honra que damos a sus imágenes.

¿Qué creéis que honramos honrando una imagen?


¿Acaso la imagen en sí misma o bien a Jesús o al Santo
representado en ella?... Los protestante^ condenan el
culto de las imágenes, pero se oponen al natural instin-
to del corazón. Mirad a un niño, que no tiene padre o lo
tiene lejos, mas posee su retrato, que cariñosamente
guarda y besa. ¿Hace bien o hace mal?... Las imágenes
son retratos de Jesús, de María, de los Santos, y nosotros,
al tenerlas y honrarlas, hacemos como ese niño.
• No debemos creer que en las imágenes resida alguna
divinidad o virtud por la cual las debamos honrar, ni
que les pedimos gracias o ponemos en ellas nuestra con-
fianza, como hacían los gentiles, los cuales depositaban
en los ídolos su esperanza; toda la honra que se les tri-
buta, se refiere al original que ellas representan, de modo
P R I M E E MANDAMIENTO ( 1 7 4 ) 289

que, besándolas, descubriéndonos o postrándonos ante


ellas, adoramos a Jesús, veneramos a los Santos, que re-
presentan. No sólo refrescan en el pueblo la memoria de
los beneficios y gracias que Jesucristo N. S. nos hizo, sino
que ponen ante los ojos de los fieles los milagros que
Dios obró y los saludables ejemplos que nos dió por
medio de los Santos, para que le rindamos gracias, e imi-
tando aquellos ejemplos, arreglemos conformes a ellos
nuestra vida y costumbres y nos excitemos a adorar
y amar a Dios y a vivir piadosamente» (1).
Fruto —Tened siempre las imágenes sagradas en gran
veneración. Y para poder fijar siempre en ellas una m i -
rada pura, no conservéis ni tengáis jamás imágenes
feas, echad a! fuego toda estampa indecorosa, cualquie-
ra que sea.
Ejemplos.—Lo que ¡se lee en las imágenes. - U n buen hombre
sin letras se presentó un día a su párroco con un libro muy her-,
moso de oraciones, adornado con muchas imágenes. Pregun-
tándole el párroco qué hacía con aquel libro, respondió: Yo no
sé leer; sin embargo, este libro me sirve para orar bien. Miro
estas imágenes de los Santos; ellas me recuerdan sus virtudes, y
ruego a Dios me conceda la gracia de poderlas imitar; así todos
los días encuentro algo nuevo en este mi libro.—¡Feliz hombre!
Sabía mucho más que los doctos, que no aprenden nada, viendo
a los Santos.
Queremos el Crucifijo.—Muchos protestantes acudían gusto-
sos a oír los sermones del cardenal Cheverus, pero veían de
mala gana un Crucifijo colgado en el pulpito, y se lo hicieron
saber al famoso predicador. Éste, la primera vez que subió a
predicar, les dijo, poco más o menos, estas palabras: Sé que al-
gunos de vosotros miran con disgusto la imagen del Crucifijo y
deseean se q u i t e de aquí. Quisiera darles gusto; pero antes me
habéis de escuchar. U n hombre de bien tenía un enemigo mor-
tal, que le aguardó en cierto sitio para matarle. U n gentilhom-
bre, viendo aquel atentado, se lanzó entre los dos, teniendo aún
tiempo de cubrirle con su persona, de tal manera que recibió en
su corazón el golpe mortal. ¡Qué heroísmo! U n pintor testigo

(1) Concilio Tridentino, s. XXV.


19
290 P R I M E R MANCAMIENTO ( 1 7 4 )

del hecho,reprodujo la esceaa en un cuadro, que presentó al que


había quedado con vida; éste lo conservó agradecidísimo. Yo os
recuerdo ahora que nosotros estábamos perdidos, amenazados
por los golpes del demonio y de la justicia divina. Jesucristo
nos cubrió con su pecho, recibió en su cuerpo los golpes dirigi-
dos contra nosotros. He aquí su imagen. Si no la queréis, yo la
cogeré, la esconderé en mi corazón, la llevaré conmigo y moriré
abrazado con este Crucifijo: ninguno me lo quitará, ni siquiera
en la muerte; en el sepulcro, entre mis yertas manos quiero
aún estrechar este Crucifijo. Y vosotros, ¿qué queréis? Un grito
se oyó: ¡Queremos el Crucifijo! El Cardenal bajó del púlpito con
el Crucifijo; todos se apresuraron a besarle devotamente; nin-
g u n o faltó, ni siquera los protestaste-'.
Delante una imagen de María.— El obispo de Verdún cuenta
que habiendo dos hombres trabado una disputa, uno de ellos
empuñó una navaja y empezó a perseguir a su contrario, que
huía precipitadamente. En el momento de ser alcanzado por
su enemigo, agarróse a una estatua d é l a Virgen, y escondién-
dose detrás, gritaba a su adversario: ¿Tendrás valor para he-
rirme en presencia de nuestra Madre? A estas palabras, la na-
vaja cavó de manos de aquel hombre antes tan furioso.—Y nos-
otros, ¿teadremos valor de herir, a Nuestro Señor con el peca-
do ante los ojos de la Virgen? (Revue Catholique, 15 de Junio
de 1841).
El retrato de su padre.—Boleslao IV, rey de Polonia, lleva-
ba ordinariamente al cuello el retrato de su padre. Cuando que-
ría emprender algún asunto de importancia,^o miraba y besa-
ba, diciendo: «Quiera Dios, padre mío, que no haga ninguna cosa
que pueda deshonrar vuestra memoria.»—Imitemos este ejem-
plo, y en las circunstancias graves y difíciles consideremos
atentamente la imagen del Salvador, de María, de nuestro án-
gel custodio, de nuestros Santos patronos, para no hacer nada
que pueda deshonrarlos.
A Dios agrada el culto de las imágenes.—Dios ha demostrado
muchas veces con los hechos, cuánto se complace en que hon-
remos las sagradas imágenes; ¡cuántas gracias y favores aun
portentosos no ha concedido, como premio de tal culto! Basta
recordar los prodigios que continuamente se renuevan ante
tantas imágenes de María y de los Santos. No hay ciudad ni
país, que no tengan de ello pruebas manifiestas.
PRIMER MANDAMIENTO (175) 291

175. P. ¿Y por qué honramos las reliquias de los Santos?


R. Honramos las reliquias de los Santos, porque sus cuerpos fue-
ron miembros vivos de Jesucristo y templos del Espíritu Santo, y han
de resucitar gloriosos a la vida eterna,
1.° Además de las sagradas imágenes, la Iglesia vene-
ra las reliquias de Jesucristo, de María y de los Santos.
Las sagradas reliquias son: objetos que pertenecieron o
tocaron al cuerpo de Nuestro Señor, al de la Virgen o al
de los Santos, o tuvieron alguna relación con ellos; res tos
mortales del cuerpo de un santo beatificado o canonizado
por la Iglesia. De aquí entenderéis, que las reliquias bien
merecen ser honradas. A un niño que no tiene padre ni
madre, sus parientes, que le quieren bien, le han conser-
vado, además del retrato, Objetos que pertenecieron a sus
padres, alguna cosa que formaba parte de ellos, por
ejemplo, un rizo de los cabellos. Este niño conserva
aquellos objetos con mucha estima y los besa con afec-
to. ¿Hace bien o mal? Hace bien; muestra así que ama y
honra a sus padres.
Esto hacemos precisamente nosotros, honrando las re-
liquias, y esto hacen todos los pueblos civilizados; con-
servan con diligencia y cuidados tantos objetos, que per-
tenecieron a hombres ilustres. Si visitáis algún museo
histórico, veréis varios de esos objetos. Un pueblo, cuan-
do recibe los despojos mortales de algún ilustre o bene-
mérito ciudadano, muerto en lejanas tierras, les tributa
espléndidos honores. El buen sentido asegura que eso
está bien hecho; así nosotros hacemos bien honrando
los despojos mortales o los objetos de nuestros ilustres
hermanos, los Santos.
2.° Razón más estrecha tenemos de honrar los res-
tos de los Santos, por las causas que expone el Cate-
cismo en la respuesta dicha: los cuerpos de los Santos
fueron miembros vivos de Jesucristo, templos del Espíritu
Santo; por esto, en sus reliquias honramos al mismo
Dios. Decía San Juan Crisóstomo: «Yo venero en las re-
liquias de los mártires las cicatrices, las llagas, que ellos
292 P R 1 M E B MANDAMIENTO ( 1 7 5 )

recibieron por el nombre de Jesucristo; honro aque-


llas cenizas consagradas por el glorioso testimonio que
dieron de la divinidad de Jesús y de su Evangelio; hon-
ro aquel cuerpo que me enseña a amar a Dios hasta
ofrecerle el mío en holocausto con tal de agradarle y
complacerle» (]).
Fruto.—Honrad las reliquias de los Santos, para que
desde el cielo os alcancen de Dios gracias, y sobre todo
la más necesaria, esto es: poderles imitar en sus virtu-
des; llegar también vosotros a ser santos y alcanzar así
la gloria del cielo. Recordad estas enseñanzas de San
Agustín-. «El venerar a los santos mártires (y lo mismo
a los otros santos) no les aprovecha a ellos, sino a nos-
otros; venerarlos, sin imitarlos, equivaldría a adularlos
mintiendo... ellos corrieron ante nosotros, para allanar-
nos con su ejemplo el camino del cielo. Pedro era lo que
eres tú; Pablo, lo que tú eres; los Apóstoles y Profetas
eran hombres semejantes a ti... Procura, pues, festejar
los gloriosos triunfos de los mártires, proponiendo se-
riamente su imitación.»
Ejemplos.— Resucitado en la tumba del Profeta Elíseo.—Dios
ha demostrado con innumerables milagros, cuánto le agrada el
culto tributado a las sagradas reliquias. El Profeta Elíseo esta-
ba ya muerto y sepultado. Cuando llevaban a enterrar el cadá-
ver de un hombre del pueblo, una partida dé ladrones asaltó el
fúnebre cortejo para robarlo, Los que llevaban el cadáver, en-
contrándose cerca del sepulcro, aun abierto, de Elíseo, echa-
ron en él el cadáver de aquel hombre. Apenas el difunto tocó
los huesos del Santo Profeta, resucitó (Libro IV de los Re-
yes, XIII).

(1) El mispao Santo escribía: «Dios ha repartido a los mártires


entre Él y nosotros. El quedóse con el alma y a nosotros nos dejó
los cuerpos, para alimento de nuestra piedad y virtud. Como quien
contempla las armas ensangrentadas de un guerrero, se siente in-
flamado de valor y vuelve a la lucha, asi nosotros cuando vemos, no
ya las armas, sino el cuerpo de un santo guerrero, que derramó su
sangre en testimonio de Jesucristo, ¿cómo podremos no sentirnos,
estimulados a imitarlo?» (Orat in Jul. mari.)
P R I M E R MANDAMIENTO ( 1 7 5 ) 293

La hemorroida curada tocando las vestiduras de Jesús.—


«IJna mujer que hacía doce años padecía flujo de sangre y ha-
bía sufrido mucho de varios módicos, gastando sus bienes sin
experimentar ningún alivio, oída la fama de Jesús, acercóse
por detrás entre la muchedumbre y tocó sus vestiduras, dicien-
do para sí: Si tan sólo tocare sus vestiduras, quedaré curada. De
repente la fuente de sangre se secó, y sintió que su cuerpo que-
dada sano del mal. Jesús, conociendo luego en sí la virtud que
había salido de El, dirigiéndose a la turba, decía: ¿Quién ha to-
cado mis vestidos? Sus discípulos le decían:—¿Ves cómo te
oprime la muchedumbre y preguntas quién me ha tocado? Y mi-
raba alrededor para ver a la que había hecho aquello. La mujer,
temerosa y temblando, sabiendo lo que había acontecido, llegó
y se postró delante de El y confesó la verdad; y El le dijo: Hija,
tu fe te ha sanado; vete en paz, y queda sana dé tu mal> (San
Marcos, V, 25-34).
Vestidura de Jesús que obra milagros.—«Guando desembar-
caron, luego le reconocieron, y acudiendo a El de toda aquella
comarca, empezaron a presentarle los enfermos en sus camillas,
adonde oían que El estaba y a cualquier parte donde llegaba,
aldeas, granjas o ciudades, ponían por las plazas a los enfer-
mos y le rogaban tocasen, a lo menos, el ruedo de su vestidura,
y cuantos lo tocaban quedaban sanos> (San Marcos, VI, 54-56).
La sombra de Sari Pedro cura a los enfermos.—«Se hacían
por las manos de los Apóstoles muchos milagros y prodigios en
el pueblo. Todos unánimes se reunían en el pórtico de Salomón,
de los demás ninguno se atrevía a mezclarse con ellos; el pue-
blo los honraba en gran manera y crecía la muchedumbre de
hombres y mujeres, que creía en el Señor; tanto que sacaban
fuera a las calles los enfermos y los ponían en sus camillas y
lechos, para que pasando Pedro, a lo menos su sombra alcan-
zase a alguno de ellos y quedasen libres de su enfermedad.
Acudía también mucha gente de los pueblos cercanos a Jerusa-
lén, llevando los enfermos y atormentados por los espíritus
inmundos; y quedaban todos sanos» (Hechos de los Apóstoles,
V, 12-16).
Milagros efectuados con algún objeto perteneciente a San Pa-
blo.—«Dios hacía prodigios extraordinarios por mano de Pablo,
de modo que llevaban a los enfermos hasta los pañuelos y fajas
que había traído sobre sí, y les dejaban las enfermedades y sa-
lían los espíritus malos» (Idem, X I X , 11 y 12).
294 SEGUNDO MANDAMIENTO ( 1 7 6 )

176. P. ¿Qué nos prohibe el segundo Mandamiento: NO TOMAR EL


NOMBRE DE DIOS EN VANO?
R. El segundo Mandamient®: No T O M A R EL N O M B R E D E D I O S E N
V A N O , nos prohibe:

i P r o n u n c i a r el nombre de Dios sin reverencia.


a.® Jurar sin verdad, sin necesidad o en cosa mala.
3.° Blasfemar contra Dios, contra la .Santísima Virgen o contra los
Santos.

El segundo Mandamiento, con las palabras: No tomar


el santo nombre de Dios en vano, nos prohibe tres cosas,
a saber:
1.a Pronunciar el nombre de Dios sin reverencia —Con
estas palabras: nombre de Dios, entendemos también
cualquier otro nombre, con que Dios pueda ser llamado
y cualquier otra persona o cosa, que tenga relación es-
trecha con Dios, como los Sacramentos, Nuestra Señora,
los Santos, nuestra alma, etc. Está prohibido tomar
el nombre de Dios: a) en vano, esto es, inútilmente, sin
respeto. No hagáis como algunos que siempre tienen en
los labios su santo nombre y no para invocarlo-, bj con
desprecio, con rabia, como aquellos, que cuando se en-
colerizan, porque no les suceden bien las cosas, se des-
ahogan repitiendo el nombre de Dios; c) con imprecación,
esto es, mezclando este santísimo nombre con expresio-
nes de odio o malos deseos a sí o a otros. Nombrar a
Dios de este modo, es faltarle al respeto.
El Espíritu Santo en la Sagrada Escritura confirma
esta prohibición: «No esté continuamente en tus labios
el nombre de Dios, y no mezcles con discursos vanos los
nombres de los Santos; de lo contrario no quedarás sin
castigo» (1); acuérdate que el nombre de Dios «es santo
y terrible» (2), por esto merece ser pronunciado siempre
con respeto. Y por medio de Moisés: «El Señor no juz-
gará inocente al que tomare en sus labios el nombre de
Dios en vano» (3).

(1) Ecclí, XXVIII, 10.—(2) Salmo CX, 9.—(3) Éxodo, XX, 7.


SEGUNDO MANDAMIENTO ( 1 7 t í ) 295

Ejemplo.—Tais y el nombre de Dios.—Tais había sido una


gran pecadora. Después de su conversión fué modelo del res-
peto debido al nombre de Dios; lo tenía en tan gran veneración,
que se juzgaba indigna de pronunciarlo, y lo invocaba de este
modo: Vos, que os habéis dignado criarme, tened piedad de mi,

2.a Jurar sin verdad, sin necesidad o en cosa mala.—


Jurar quiere decir «poner a Dios por testigo de la ver-
dad de lo que se dice o promete». Para jurar licitamente
son necesarias tres cosas: a) verdad, de aquello que se
jura o promete; b) causa justa, esto es, que se jure con
madura consideración y no por cosas de pequeña impor-
tancia: c) justicia, que sea lícito decir o prometer lo que
se añrma con juramento. De aquí podéis entender que
es falta de respeto a Dios jurar sin justa causa. «El
hombre que jura frecuentemente, se llenará de peca-
dos» (1). Vosotros habéis de decir sencillamente las co-
sas como son, y si no os creen, no os importe nada; bás-
teos haber dicho la verdad delante de Dios. Cosa más
grave es jurar en falso; traer a Dios, verdad por esen-
cia, en confirmación de nuestra mentira; o jurar cosas
malas, haciendo a Dios partícipe en alguna manera del
mal que decimos o proponemos hacer. Conducios se-
gún la enseñanza de Jesús: «Os digo que no juréis en
mañera alguna...; sea vuestro modo de hablar: sí, sí; no,
no» (2); y la recomendación del Apóstol Santiago: «Her-
manos míos, no queráis jurar..., sino que vuestro hablar
sea éste: así es, así es; no es así, no es así, para que evi-
téis la condenación» (3).

Ejemplos.—Juramentos hechos con ligereza,—Esaú vendió, sin


reflexionar en las consecuencias, el derecho de primogenitura
a Jacob y confirmó la venta con juramento. Jacob mereció con
esto recibir la bendición de su padre. Cuando Esaú comprendió
las consecuencias de su acto, «lloró con grandes alaridos» (Gé-
nesis, X X V I I ) ; pero en vano. Jefté también juró sin reflexión,
prometiendo ofrecer en holocausto lo primero que le saliese al

(1) Emli., XXIII, 12— (2) San Mateo, V, 34, 37.—(3) Santiago, V, 12.
296 SEGUNDO MANDAMIENTO ( 1 7 6 )

encuentro, a la puerta de su casa, al volver él de la batalla, don-


de había alcanzado victoria; pues lo primero que encontró, fué
a su amada hija (Jueces, XI). Del mismo modo Saúl juró incon-
sideradamente cuando, debiendo combatir a los filisteos, inti-
mó conjuramento, bajo pena de muerte, que ninguno comiese
antes de la tarde, hasta que no quedaran deshechos completa-
mente los enemigos. Esta imprudencia por poco no fué causa
de la muerte de su hijo Jonatas de los Reyes, XIV),
Muerte de San Juan Bautista.—Herodes había hecho prisio-
nero al Bautista, porque le echaba en caía el escándalo que
daba al pueblo. En la fiesta de su nacimiento, dió un gran ban-
quete a los oficiales de su ejército y de toda su corte. Hacia el
fin, fué presentada la hija de Herodiades, para que bailase, y
agradó tanto a Herodes que, con juramento, le dijo: Pide lo
que quieras y te lo daré. La joven, por instigación de su madre,
que odiaba a Juan, pidió la cabeza del Bautista. «El rey, entris-
tecido por el juramento y por los convidados, no quiso contra-
riarla, y envió a uno de su guardia con orden de que trajese la ca -
beza del Bautista en un plato. Y lo degolló en la prisión y llevó
en un plato la cabeza y la dió a la joven y la joven la dió a su
madre» (San Marcos, VI).

3.a Blasfemar contra Dios, contra la Santísima Virgen


o contra los Santos. — Esta es la tercera cosa prohibida
por el segundo Mandamiento. La blasfemia es «una pa-
labra, un acto de désprecio o maldición contra Dios, la
Virgen, los Santos o las cosas santas». La blasfemia, de-
lito enormísimo, es un pecado sin excusa ninguna, que
Dios en el Antiguo Testamento, castigaba con pena de
muerte. «Todos los demás pecados proceden más o me-
nos de fragilidad o ignorancia; la blasfemia procede
únicamente de malicia.» Así habla San Bernardo y San
Agustín: «Quien blasfema de Jesucristo, que reina en el
cielo, es tan culpable como aquellos que le crucificaron
en la tierra.»

Ejemplos. —¡Satanás, llévame!...—En el mes de Enero de 1903


escribían de Fínalborgo al Cittadino de G-énova: «Un pobre in-
feliz, a quien su mala vida había arrastrado al crimen, encon-
trábase hacía algún tiempo en la cárcel de Finalborgo. U n a
¡SEGUNDO MANDAMIENTO ( 1 7 7 ) 297

tisis lenta arruinaba poco a poco su existencia y le hacía la


vida triste en grado sumo; quizá Dios con esto pretendía con-
ducirlo al buen camino; pero el desgraciado, en vez de ofrecer
a Dios sus trabajos, se desahogoba con horribles blasfemias.
Por último, en un ímpetu de cólera, después de haber lanzado
contra Dios las más horribles imprecaciones y blasfemias, dijo
estas palabras: «Satanás, llévame; y o me entrego a ti...» Ape-
nas profirió estas frases, cayó al suelo, quedando su cadáver ho-
rriblemente contrahecho. Este terrible acontecimiento causó
en toda la cárcel grande impresión, y todos los presos quisieron
confesarse.»
Blasfemando en la horade la muerte.—El Eco d'Italia, en
Mayo de 1902, contaba lo siguiente: Cerca de la iglesia de San
Teodoro, mientras los fieles, acabada la función, salían de la
iglesia, un infeliz, a quien parecía no agradaba acudieran con
frecuencia los fieles a la casa de Dios, enfurecióse con una ne-
cia intolerancia, contra los que frecuentaban la iglesia, empezó
a dirigirles groseros insultos y a l a n z a r horribles blasfemias
contra Dios y la Virgen. Los fieles que pasaban, quedaban
atónitos, teniendo compasión de aquel desgraciado. El blasfe-
qio sacrilego de repente enmudeció, se puso horriblemente pá
lido y cayó al suelo como muerto por un rayo. Acudió la gente
para socorrerle, mas era ya cadáver.
Leyes contra los blasfemos .—San Luis IX, rey de Francia,
había prescrito en las leyes, que al que fuera convencido da
blasfemia se le horadase la lengua con un hierro candente. Ha-
biendo un ciudadano de París públicamente blasfemado, el rey
le condenó a la pena designada. Pidiendo al rey el indulto, res-
pondió: Le perdonaría de grado si fuese culpable contra mi
persona, mas no perdonaré a quien insultó públicamente la ma-
jestad da Dios. Y luego recomendó a su hijo que cuando subie-
ra al trono, no dejase nunca sin castigo la blasfemia.

177. P. ¿Qué nos manda el segundo Mandamiento?


R. El segundo Mandamiento nos manda reverenciar el santo nom-
bre de Dios y cumplir los votos y juramentos.

l.° El segundo Mandamiento ordena: Reverenciar el


santo nombre de Dios.— Esto es, pronunciarlo siempre
con respecto, con devoción; honrarlo, invocarlo con la
oración en los momentos de angustia o tentación.
298 SEGUNDO MANDAMIENTO (177)

2.° Cumplir los votos. -Voto es «una promesa hecha


a Dios de una cosa buena, posible para nosotros y mejor
que la cosa contraria, a la cual nos obligamos Como si
nos fuese mandada». Los votos se hacen siempre a Dios,
alguna vez en honor también de los Santos.
Si es propio de un hombre honrado mantener una
promesa seria, mucho mayor será,el deber de cumplir la
obligación formalmente contraída con Dios por el voto;
por esto, quien ha hecho algún voto, está gravemente
obligado a mantenerlo, si puede, y debe cumplirlo cuan-
to antes. «Cuando hubieres hecho voto al Señor Dios
tuyo, no tardarás en cumplirlo, porque el Señor, tu Dios,
te pedirá cuenta y la tardanza te será imputada a peca-
do» (1). «Si has hecho algún voto a Dios, no retardes su
cumplimiento, pues le desagrada la necia e infiel pro-
mesa; ejecuta lo que has prometido con voto; mejor es
no hacer promesas que faltar después del voto a lo que
que se ha prometido» (2).
El que ha hecho un voto y encuentra grave dificultad
en su cumplimiento, consulte con su confesor, quien
verá el modo de obtener para él una conmutación (o
cambio en otra obra) o le dispensará, según los casos.
Fruto. —Hacer un voto es cosa buena, un acto de reli-
gión; mas, como sJis jóvenes, quizá os suceda no medir
bien la extensión y gravedad de la obligación que con-
traéis, o exponeros a hacer el voto con ligereza; os doy,
pues, esta regla que os ayudará, aun cuando seáis ma-
yores: Antes de hacer un voto, consultad al confesor, pi-
diendo su parecer.
Ejemplos.—Voto de Jacob. — Cuando Jacob se dirigía a casa de
Labán, tío suyo, pasando por Luza, a la cual después dió el nom-
bre de Betel, fué sorprendido por la noche; se acostó a descan-
sar y vió una escala, que unía el cielo con la tierra y por la
cual subían los ángeles de Dios. Despertándose por la mañana
hizo voto a Dios: «Si el Señor fuere conmigo y me guardare en

(1) Deuteronomio, XXIII, 21.—(2) Eccli , V, 3 y 4.


segundo mandamiento (177) 299

el viaje que hago, y me diere alimentos para comer y vestidos*


con que cubrirme, y volviere felizmente a casa de mi padre...,
de todas las cosas que me diere, te ofreceré (oh Señor) la dé-
cima parte» (Génesis, XXVIII, 20, 22). Volvió veinte años des-
pués y cumplió fielmente su promesa.
Voto de Ana.—Ana, mujer de Elcana, entristecida por no
tener hijos, se postró ante el tabernáculo, orando fervorosa-
mente a Dios, y prometióle con voto, si llegaba a ser madre,
consagrarle el hijo que le concediese. Luego Ana tuvo un hijo,
a quien llamó Samuel, y fué profeta fiel ante Dios. Cumplió
Ana su voto, consagrándole y ofreciéndole a Dios en el templo
(1.° de los Reyes, I).
Voto de Nuestra Señora.—María Santísima fué la primera en
hacer voto de perpetua virginidad, como se manifiesta en las
palabras que dijo al ángel (véase la Anunciación, pág. 60);
ejemplo imitado luego por muchas santas almas.

3.° Cumplir los juramentos.—Quien ha prometido un»


cosa con juramento debe cumplirla; se entiende, excepto
el caso, en que hubiese obrado mal al h a c e r l a promesa,
porque una promesa de cosa mala no puede obligar. Si
después, por cambiar las circunstancias, hallase graves
dificultades en hacer aquello a que se obligó, consulte
al confesor, para que le aconseje y provea lo que se ha
de hacer.

Ejemplo.—Atilio Régulo.—La palabra empeñada con juramen-


to era sagrada, aun entre los mismos paganos. El cónsul roma-
no M. Atilio Régulo, hecho prisionero por los cartagineses, fué
enviado a Roma, después de haber prometido con juramento
que volvería a su prisión, si no lograba establecer la paz. Pre-
sentándose al Senado romano, en vez de tratar de la paz, acon-
sejó a los romanos que prosiguiesen la guerra, juzgando que era
útilísima al pueblo. Cuando después por todos lados le excita-
ban para que no volviese a Cartago, declarando el mismo Sumo
Sacerdote que podía permanecer en Roma sin ser perjuro, aun
sabiendo qué suplicios le aguardaban en Cartago, prefirió la
muerte cierta y cruel a un perjurio.—¿No debe el cristiano ser
de este modo fiel a su juramento?
800 TiSRUJER MANDAMIENTO (178)

178. P. ¿Qué nos manda el tercer Mandamiento: ACUÉRDATE DE


SANTIFICAR LAS FIESTAS?
R, El tercer Mandamiento: A C U É R D A T E D E S A N T I F I C A R L A S F I E S T A S ,
nos manda que honremos a Dios con obras de cristiana piedad los días
de fiesta dedicados á su culto.

Este tercer Mandamiento es una consecuencia necesa-


ria del primero. Debemos reconocer y adorar a Dios,
como Criador, etc. (véase la preg. 171 . Pero ¿de qué
modo y en qué tiempo especialmente lo debemos hacer?
El tercer Mandamiento establece, que de siete días, de
que se compone la semana, seis los podemos emplear en
el trabajo para atender a nuestra vida temporal; el sép-
timo está reservado al culto de Dios, a la obligación de
honrar a Dios. El buen cristiano todos los días hace al-
guna cosa en honra de Dios (oraciones, etc. , pero en los
días festivos hay obligación particular, y por tanto, hace
algo más y con mayor fervor.
1.° Acuérdate; esta palabra denota la importancia del
Mandamiento. Habiendo intimado Dios los demás Man-
damientos sencillamente con las palabras: harás o no
harás esto o aquello; intima este tercero, con éstas otras:
Acuérdate, etc., como diciendo: mira bien, pon atención.
Esta importancia particular el Señor nos la inculca
también en la explicación detallada que El mismo nos
dió de él. «Durante seis días trabajarás y harás tus fae-
nas, el séptimo día es el sábado del Señor, Dios tuyo; en
este día no harás trabajo alguno ni tú, ni tu hijo o hija,
ni tu esclavo o esclava, ni tu jumento, ni el forastero
que está dentro de tus puertas» (1).
2.° Santificar, esto es, mirarlas como cosa santa y por
esto, tratarlas como tales.
3.° Las fiestas, es decir, todos los días dedicados al Se-
ñor. En el Antiguo Testamento se debía santificar el sá-
bado y algunas otras pocas fiestas, instituidas en memo-
ria de grandes acontecimientos; para nosotros los cris-

(1) Éxodo, X X , 9 y 10.


T E R C E R MANDAMIENTO ( 1 7 8 ) 301

iianos, la obligación es de santificar el domingo y algu-


nos otros días, llamados fiestas, dedicados a recordar y
honrar algún misterio o algún hecho particular referen-
te al Señor o a María Santísima o consagrados al culto
especial de algún Santo que se quiere especialmente
honrar. (Véase el núm. 200, 3.°)
El cambio del sábado por el domingo fué hecho por
la Iglesia, desde el tiempo de los Apóstoles, en honra de
la Resurrección de Jesucristo y de la venida del Espíritu
Santo, y para recordarnos el principio de la verdadera
vida de la Iglesia, y de este modo (como era entonces ne-
cesario) hacer patente a todos la separación completa
del Cristianismo y del Judaismo.
4.° Modo de santificar las fiestas.—Para santificar las
fiestas debemos, como nos enseña el Catecismo, honrar a
Dios con obras de cristiana piedad. Las principales obras
que el cristiano ha de cumplir en las fiestas son: a) los Sa-
cramentos; el buen cristiano se acerca a ellos lo más fre-
cuentemente que puede, especialmente en los días festi-
vos. ¿Cómo puede honrar a Dios, si el alma es esclava
del pecado? b) El culto público, esto es, las funciones pú-
blicas de la Iglesia, las Vísperas, la bendición con el
Santísimo, etc. (1); c) Sermones y Catecismo, de que hay
tanta necesidad, sea para completar nuestra instrucción
religiosa, sea para animarnos a la vida cristiana; dj Ora-
ciones y obras de misericordia; el buen cristiano en las
fiestas ora con más frecuencia y cumple las más obras
de caridad que puede, por amor de Dios. Ahora no ha-

(1) Como miembro de la sociedad humana, cada uno está obliga-


do a honrar a Dios externamente. Como cada individuo en parti-
cular, así la sociedad entera pertenece a Dios y depende completa
y absolutamente de Dios. Por esto, la sociedad como tal, y cada
uno de los individuos como miembro de la misma, tienen obligación
de prestar a Dios un culto público. Esto se cumple tomando parte
en común en los divinos oficios. Quien descuida por completo el
participar de las prácticas públicas de religión y las desprecia,,
peca no sólo contra Dios, autor, conservador y arbitro de la socie-
302 TEROER MANDAMIENTO (178)

b l a m o s de la Santa Misá, porque está m a n d a d a por la


Iglesia, y trataremos de ella al explicar los principales
Mandamientos de la Iglesia (véase el n ú m . 200).
De esta manera santificaban las fiestas los primeros
cristianos. «Eran asiduos en asistir a las enseñanzas de
los Apóstoles y a la comunicación de la fracción del
p a n (la Misa y Comunión) y a las oraciones» (1). Sabe-
mos, también, que un domingo, encontrándose en Tróa-
<le San Pablo, los cristianos se reunieron por la tarde
y prolongaron la reunión, para oír el discurso del Após-
tol, hasta la media noche (2).
5.° Promesas y amenazas de Dios.—Para mostrar cuán-
to empeño tiene de que se observe este precepto, promete
Dios copiosas bendiciones a los que santifican las fiestas
y amenaza con graves castigos a los que las profanan:
«Observad mis sábados (Jas fiestas) y... yo os daré a sus
tiempos la lluvia, y la tierra producirá sus cosechas y
las plantas se cargarán de frutos .. y comeréis hasta sa-
ciaros vuestro pan, habitaréis sin temor en vuestras
tierras. Dentro de vuestros limites mantendré la paz...
c a e r á n en la guerra vuestros enemigos bajo vuestra es-
pada. ., pondré mi tabernáculo en medio de vosofros y
mi alma no os rechazará...; seré vuestro Dios y vosotros
seréis mi pueblo» (3). Y también: «Violaron sin reparo
mis sábados; determiné por esto d e r r a m a r mi f u r o r so-
bre ellos... y consumirlos» (4). Además había hecho inti-
m a r en el Antiguo Testamento sentencia de muerte con-
t r a quien profanase el sábado (5).

dad h u m a n a , sino también contra la misma sociedad en general y


c o n t r a el Estado en particular; pues en cuanto de él depende, des-
t r u y e el f u n d a m e n t o de uno y otra, que es la religión, según la
táctica de aquellos, que p a r a desterrar la religión, empiezan siem-
pre por perseguir y prohibir el culto público; peca contra sus her-
manos, a quienes no sólo no edifica, antes escandaliza; peca tam-
b i é n contra sí mismo, pues 'se pone en peligro de perder poco a
poco todo sentimiento de religión.
(I) Hechos délos Apóstoles, II, 42.—(2) Idem, XX, 7.—(3) Levitieo,
X X V I , 2-12.—'4) Ezequiel, XX, 13.-(5) Éxodo, X X X I , 14.
T&RCEK MANDAMIENTO (179 180) 303

Ejemplos. — La profanación de las fiestas y la familia. — Del


libro de a p u n t e s de u n doctor sacamos lo s i g u i e n t e : Veinte a ñ o s
hace que estoy v i a j a n d o ; he conocido a m u c h a s f a m i l i a s d e s -
g r a c i a d a s , donde no r e i n a b a la paz; he c o n t a d o k a s t a 3 4 2 . E n t r e
é s t a s , 320 f a l t a b a n al precepto de la Misa los días de fiesta, y ,
por consiguiente, v i v í a n c o m p l e t a m e n t e p r i v a d a s de religión,
peor q u e los paganos. No me m a r a v i l l é , por lo t a n t o , de encon-
t r a r l a s en la miseria, en medio de odios, e t c . E n t r e 417 jóvenes,
desesperación y d e s h o n r a de sus f a m i l i a s , he conocido sólo 12,
que f r e c u e n t a b a n la Iglesia; los otros no se a c e r c a b a n n u n c a a
ella. De 23, que h a n hecho b a n c a r r o t a f r a u d u l e n t a m e n t e , ni u n o
iba a la iglesia; y se e n t i e n d e bien; un la iglesia la conciencia
h u b i e r a p r o t e s t a d o y en los s e r m o n e s se condena l a i n j u s t i c i a .
E n t r e 40 almacenes abiertos los domingos, sólo a 13 le suceden
bien los negocios. De 25 hijos que e n c o n t r é despiadado? con
s u s ancianos padres, 24 no conocían e' camino de la iglesia.—
¡Terrible estadística! No se da a Dios, en el día que le perte-
nece, el honor debido, y Dios hace justicia desde e s t a vida, .
v e n g a n d o la rebelión y u l t r a j e a s u s derechos.
Estadística significativa.— E n el Congreso obrero de R e i m s
{Mayo de 1894) presentóse e s t a estadística, f o r m a d a por la r e -
v i s t a Le Génie civil, sobre la proporción de accidentes del t r a -
b a j o acaecidos en varios días de l a s e m a n a . E n domingo, 308;
en lunes, 84; en martes, 54; en miércoles, 28; en jueves, 14; en
viernes, 26, y en sábado, 6.—De donde se saca, que el t r a b a j o
e n los días de fiesta es u n a desgracia p a r a quien t r a b a j a y q u e
las consecuencias de la profanación de las fiestas se n o t a n a u n
en los accidentes del t r a b a j o del lunes.

179. P. ¿Qué nos prohibe el tercer Mandamiento?


R. El tercer Mandamiento nos prohibe las obras serviles los días
d e fiesta.

180. P. ¿Qué se entiende por obras serviles?


R, Llámanse obras serviles los trabajos corporales que son propios
d e los siervos, artesanos y obreros.

I o Para que en los días de fiesta se pueda atender a


las obras, que debemos cumplir en h o n r a de Dios, el
tercer Mandamiento prohibe en tales días los t r a b a j o s
serviles-, santificar las fiestas y t r a b a j a r son dos cosas
304 T E R C E R MANDAMIENTO ( 1 8 0 )

que no pueden juntarse; de aquí la obligación del des-


canso en los días de fiesta.
2.° Obras serviles. - Son las obras manuales, que se
cumplen de ordinario por los siervos y criados y llevan
consigo verdadera fatiga corporal; éstas están prohibi-
das. Las obras, en cambio, mas propias de la inteligen-
cia, del ingenio, como estudiar, pintar, recamar... están
permitidas en día de fiesta. Las obras serviles están pro-
hibidas, a u n q u e se hagan sin jornal; mientras en las
obras permitidas en los días de fiesta se puede recibir
retribución. Ésta no cambia la naturaleza de la obra-
si la obra está prohibida, queda prohibida, hágase gra-
t u i t a m e n t e o no, y si está permitida, no deja de serlo,
a u n q u e se reciba por ella estipendio.
3 o El descanso de la fiesta. — Tiene por fin d a r n o s
posibilidad: a) de atender m e j o r a los deberes que tene-
mos para con Dios. E n seis días habernos pensado de un
modo especial, no exclusivamente, en nuestras cosas; en
u n día debemos pensar especialmente en las cosas de
Dios; bj de atender más seriamente a nuestra alma. Vi-
vimos como peregrinos en este mundo, dirigiéndonos al
cielo. E n seis días nos o c u p a m o s especialmente en esta
vida "terrena; en un día hemos de pensar p a r t i c u l a r m e n -
te en la vida f u t u r a , para reparar, si es necesario, lo pasa-
do y proveer mejor a lo venidero; cj de lograr el reposo q u e
es necesario: l ) a nuestro cuerpo para poder resistir el tra-
bajo; todos los pueblos h a n reconocido la necesidad física
de un día de descanso entre siete, y a h o r a entre nosotros,
como en todos los pueblos civilizados,se ha impuesto por
ley el reposo festivo, reconociendo así con los hechos el
mérito de la Iglesia, que fué la única que, d u r a n t e tantos
años, h a defendido el reposo, contra aquellos que que-
rían suprimirlo, como u n deber hacia Dios y u n derecho
nuestro respecto a aquellos a quienes servimos; 2) a nues-
t r o espíritu, para vivir u n poco la vida de familia, re-
crearnos, ilustrar nuestra inteligencia, elevarnos algún
tanto sobre la materia y pensar en nuestro fin último.
T E R C E R MANDAMIENTO ( 1 8 0 ) 305

Ejemplos.—Las siete, monedas de oro.—Un h o m b r e rico se e n -


c o n t r ó u n día con un pobrecito; t u v o compasión de él, y de sie-
t e monedas de oro q u e llevaba, le dió seis. I m a g i n e m o s a h o r a
que a q u e l pobre infeliz quiere t a m b i é n la s é p t i m a m o n e d a y s e
a c e r c a a su generoso b i e n h e c h o r p a r a q u i t á r s e l a . ¿No merece-
r í a el i n g r a t o el m á s g r a v e castigo?—Todos los días de la s e m a -
n a son de Dios; El da seis a los h o m b r e s y se r e s e r v a u n o solo;
y el h o m b r e no quiere d a r l e n i siquiera el séptimo día. ¡Oh i n -
dignidad incalificable!
Un barco averiado.—El 21 de Abril de 1903 el g o b e r n a d o r de
B e y r u t h , sabiendo a u n a n a v e , se dirigió a Trípoli. T r e i n t a de
los principales c i u d a d a n o s de B e y r u t h , q u e r i e n d o escoltarle, se
e m b a r c a r o n en un buque de vapor. L e v a r o n a n c l a s y derechos
como u n a s a e t a se lanzaron en s e g u i m i e n t o de la nave, que y a
e s t a b a lejos. P a r a a l c a n z a r l a , el m a q u i n i s t a , excitado por los
pasajeros, forzó la caldera; m a s la caldera estalló, a v e r i a n d o el
buque, m a t a n d o o h i r i e n d o a muchos pasajeros.—Lo m i s m o
sucede, c u a n d o se a b u s a de la f u e r z a del cuerpo. Al principio
se t r a b a j a más..., y luego... se da u n estallido. P o n g a m o s u n
ejemplo sencillísimo. A n t o n i o trabaja, v e i n t i ú n días seguidos y
g a n a ochenta y c u a t r o pesetas; Andrés r e s e r v a p a r a la f a m i l i a
y la religión los t r e s domingos y g a n a apenas s e t e n t a y dos
pesetas. ¿Quién h a g a n a d o más? Antonio, me í-espondaréis. No:
la f a t i g a excesiva, el abandono de su f a m i l i a , el descuido de
los deberes religiosos no se p a g a n con doce p e s e t a s m á s . A n t o -
nio vende su s a n g r e y su dignidad de h o m b r e y de c r i s t i a n o a
m u y vil precio. A d e m á s , a l a l a r g a , Antonio g a s t a su f u e r z a y
su e n e r g í a , m i e n t r a s Andrés se c o n s e r v a r o b u s t o y lleno de
vigor. Antonio poco a poco a r r u i n a su salud y se ve obligado a
descanso forzado, m i e n t r a s A n d r é s se robustece con el t r a b a j o
m o d e r a d o . Antonio, por ú l t i m o , se expone a e n f e r m e d a d e s y a
una muerte anticipada.
Hermosa lección de descanso dominical.— E n 12 de Marzo de
1901, desde Genova escribían a la Unitá Gattolica: «Me h a l l a b a
de g u a r n i c i ó n en Genova, p r e s t a n d o servicio en el r e g i m i e n t o
26 de A r t i l l e r í a de plaza. E s t á b a m o s haciendo m a n i o b r a s , a u n -
q u e era domingo, en la e x p l a n a d a del f u e r t e de San Benigno,
cuando el s e m á f o r o a d v i r t i ó que se a c e r c a b a n a l g u n o s buques'de
g u e r r a de los E s t a d o s U n i d o s . Todo se dispuso p a r a r e s p o n d e r
a l saludo, que las n a v e s de g u e r r a , a l a c e r c a r s e al p u e r t o de

20
SOtí TERCER MANDAMIENTO ( 1 8 1 )

u n a plaza f u e r t e , deben hacer; en v a n o esperamos. Se h a b l a b a


y a de u n a f a l t a g r a v e de respeto a las leyes m i l i t a r e s que r e -
g u l a n l a s relaciones e n t r e las potencias. H a b i é n d o n o s e n t e n -
dido e n t r e el f u e r t e y u n crucero a bordo del cual iba el jefe
s u p r e m o de las naves, nos f u é respondido que en los días de
fiesta el ejército de m a r y t i e r r a de los E s t a d o s Unidos se a b s -
t e n í a de todo t r a b a j o que no f u e s e necesario, y q u e las s a l v a s
de s a l u d o se h a r í a n al r a y a r el a l b a del lunes siguiente.»—¡Qué
lección dieron entonces los p r o t e s t a n t e s a u n a nación en que la
Religión católica es la religión reconocida en el p r i m e r a r t í c u l o
de la C o n s t i t u c i ó n como religión del Estado!

4.° T r a b a j a r eri las fiestas sin necesidad, n o h a c e ri-


co. Razón tenía el beato c u r a de Ars (y la experiencia
d e m u e s t r a c a d a día m á s la v e r d a d de sus palabras)
c u a n d o dijo: Yo conozco dos caminos, q u e llevan a la
r u i n a y a la miseria: r o b a r y t r a b a j a r en día de fiesta.
R e c o r d a d no obstante q u e el reposo de la fiesta no es
p a r a d a r n o s a la s e m a n a u n día de ocio, siendo siempre
el ocio origen de todos los vicios, ni t a m p o c o u n día de
m e r o p a s a t i e m p o ; lícita es u n a expansión honesta y m o -
derada, pero a c o n d i c i ó n de q u e n o descuidemos los otros
deberes.
Fruto.—El día de fiesta debemos c u m p l i r c o n a l g u n a s
o b t a s de piedad, m a s n o están p r o h i b i d o s honestos so •
laces y diversiones, q u e a l e g r a n d o el espíritu sirvan de
descanso al c u e r p o . Guardaos, sin embargo, de diversio-
nes peligrosas... ciertos paseos, c o m p a ñ í a s , bailes, tea-
tros, reuniones, etc. Q u i e n se deja a r r a s t r a r a estos sitios
convierte el día del Señor, c o m o debe ser, en día del de-
monio. P a r a él, la fiesta en vez de ser u n día de b u e n a s
obras, resulta u n día de pecados.

181. P. ¿No hay a l g u n a s o b r a s serviles que s e permiten el día de


fiesta?
R. P e r m í t e n s e aquellas obras q u e son necesarias a la vida o al culto
d e D i o s , y las q u é se hacen p o r causa grave, p i d i e n d o licencia, si se
p u e d e , al p r o p i o p á r r o c o .

El Catecismo en esta respuesta nos indica las circuns-


TEROER MANDAMIENTO ( 1 8 1 ) 307

t a n d a s particulares, en que es permitido hacer obras


serviles, aunque sea fiesta. E n los días de fiesta permíten-
se aquellas obras serviles que son:
1.° Necesarias a la vida, comó por ejemplo: las faenas
ordinarias de casa, el p r e p a r a r la comida, etc.
2.° Necesarias al culto de Dios, como disponer las co-
sas necesarias p a r a las funciones solemnes... Si h a y una
iglesia pobre, que necesita reparación o arreglo y no se
tienen otros medios, puédese, con el debido permiso, tra-
b a j a r en la fiesta p a r a remediar esa necesidad.
3.° Las que se hacen por causa grave, como sería cuan-
do un l a b r a d o r tiene las mieses en el c a m p o con v e r d a -
dero peligro; cuando se h a b r í a de sufrir una grave pér-
dida; dejar, por ejemplo, el puesto que uno ocupa... Esas
causas graves permiten que se puedan h a c e r obras servi-
les, a u n en días de fiestas. E n cuanto es posible, convie-
ne pedir permiso al párroco o consultar con el confesor.
Los que se ven obligados por la necesidad o empeño
de los amos a t r a b a j a r en días de fiesta, al menos procu-
ren, en cuanto pudieren, asistir a las funciones sagradas,
sobre todo a la Misa, y por la tarde hacer alguna ora-
ción en particular.
Ejemplos. — Las espigas recogidas en sábado. — <Por a q u e l
tiempo, J e s ú s pasó u n día de sábado e n t r e unos s e m b r a d o s ; sua
Discípulos, sintiendo h a m b r e , se pusieron a coger espigas y a
comer. Viendo esto los fariseos, le dijeron: M i r a , t u s discípulos
h a c e n lo que está prohibido h a c e r en sábado (1). Pero él les res-
pondió: ¿No babéis leído lo q u e hizo David cuando sintió h a m -
b r e él y los que le a c o m p a ñ a b a n ? ¿Cómo e n t r ó en la casa de
Dios y comió los panes de la proposición, que n i a él ni a los
s u y o s era lícito comer, m a s sólo a los sacerdotes? ¿O no habéis
leído n u n c a en la ley que los sábados los s a c e r d o t e s en el tem-
plo q u e b r a n t a n el sábado y lo h a c e n sin culpa? P u e s os digo

(1) Los doctores de la ley, y especialmente los fariseos, h a b í a n


hecho, sobre el sábado, muchísimas disposiciones exageradas. Así
que en tiempo de Jesucristo habían llegado hasta prohibir el uso de
los remedios y de la medicina.
308 T E R C E R MANDAMIENTO ( 1 8 1 )

q u e a q u í e s t á el q u e es m a y o r que el templo. Si supieseis q u é


q u i e r e decir: misericordia quiero y no sacrificio , no condena-
r í a i s a los inocentes. P u e s el H i j o del h o m b r e es Señor a u n del
sábado. Y h a b i é n d o s e alejado, e n t r ó en la sinagoga» ( S a n Ma-
teo, X I I , 1-9).
El hombre con la mano seca.—Véase en la p á g i n a 55: Jesús
manifiesta...
El hidrópico curado en sábado.—«Sucedió que e n t r a n d o J e -
sús u n s á b a d o en c a s a de uno de los príncipes de los fariseos, a
comer el p a n , ellos le e s t a b a n observando. Y he a q u í que u n
h o m b r e hidrópico e s t a b a a n t e E l . J e s ú s , dirigiéndose a ellos, pre-
g u n t ó a los doctores de la ley y a los fariseos: ¿Si es lícito o no
c u r a r en sábado? Ellos se c a l l a r o n . El, t o m a n d o al enfermo, l o
sanó y le despidió. Después a ñ a d i ó diciéndoles: ¿Quién h a y d e
vosotros, que viendo a un asno o a u n buey caído en un pozo, n a
le s a q u e en día de sábado? Y no p o d í a n replicar n a d a a estas,
cosas» (San Lucas, X I V , 1-6).
Curación de una mujer encorvada.— Otra vez J e s ú s «en sá-
bado e s t a b a e n s e ñ a n d o en la s i n a g o g a , cuando he aquí u n a mu-
jer, que t e n í a espíritu de e n f e r m e d o d diez y ocho años h a c í a , y
e s t a b a t a n e n c o r v a d a , q u e no podía m i r a r al cielo. Viéndola
J e s ú s , la l l a m ó a sí, y le dijo: M u j e r , libre estás de t u enfer-
m e d a d . Y puso las m a n o s sobre ella, y en aquel acto se ende-
rezó y glorificaba a Dios. Y t o m a n d o Ja p a l a b r a el príncipe de
l a s i n a g o g a , i n d i g n a d o porque J e t ú s h a b í a curado en s á b a d o ,
empezó a decir al pueblo: Seis días h a y p a r a t r a b a j a r ; en ellos
y no en sábado, v e n i d y q u e os curen. E l Señor replicó, dicién-
doles: H i p ó c r i t a s , todos vosotros,¿no desatáis en sábado al buey
o al asno del pesebre y los lleváis a beber? ¿Y a esta h i j a d e
A b r a h a m , que e s t a b a a t a d a por S a t a n á s diez y ocho años h a ,
no c o n v e n í a d e s a t a r l a de este lazo en sábado? Y como respon-
diera esto, se a v e r g o n z a b a n s u s a d v e r s a r i o s , y el pueblo e n t e r o
se gozaba de las obras t o d a s , q u e con t a n t a gloria hacía» (San
Lucas, X I I I , 10-17).
Os h e c o n t a d o todos estos ejemplos p a r a m o s t r a r o s cuán bue-
no es Dios; p u e s i m p o n i é n d o n o s el deber del descanso f e s t i v o ,
nos e x c u s a cuando u n a v e r d a d e r a necesidad, u n a obligación,
nos f u e r z a n a t r a b a j a r . S í r v a n o s esto de m a y o r estímulo, p a r a
r e s p e t a r y o b s e r v a r , e n c u a n t o nos s e a posible, el t e r c e r M a n -
damiento.
CUARTO MANDAMIENTO (182) 309

182 P. ¿Qué nos manda el cuarto Mandamiento: HONRA AL PA-


DRE Y A LA MADRE?
R. El cuarto Mandamiento: HONRA AL PADRE Y A LA MADRE, nos
manda que respetemos al padre y a la madre, que les obedezcamos en
todo lo que no es pecado, y que les socorramos en sus necesidades
espirituales y corporales.

Después de h a b e r n o s declarado los deberes, que tene-


m o s para con Dios, los Mandamientos nos recuerdan los
q u e tenemos para con el prójimo: entre éstos los padres
o c u p a n el primer lugar. Los deberes, que tenemos para
con nuestros padres, son:
1.° Respetar al padre y ala madre, es decir, f o m e n t a r
en nosotros hacia ellos sentimientos de estima y venera-
ción y mostrar tales sentimientos con las palabras y con
las obras, esto es, honrarlos. Dice el Espirit» Santo: «El
que teme al Señor honra a sus padres, y, como a sus se-
ñores, sirve a los que le engendraron. E n hechos y en
palabras, y con toda paciencia h o n r a a tu padre, para
q u e su bendición caiga sobre ti y... te acompañe hasta el
fin» (1 . Un hijo, que a m a como debe a sus padres, no
les falta n u n c a al respeto; procura siempre agradecer-
les tantos cuidados como ellos tuvieron y tantos sacrifi-
cios como hicieron por él; no se avergonzará n u n c a de
ellos, a u n q u e sean pobres y tengan sus defectos; los
compadecerá siempre y los respetará, aunque no sean
buenos.
Ejemplos.—Amor de Judas y José hacia su padre Jacob.—
J u d a s , u n o de los h e r m a n o s de José, nos dió u n hermoso ejem-
plo de amor a n u e s t r o p a d r e . Cuando se encontró la copa en el
aaco de B e n j a m í n (habíase convenido que aquél q u e d a r a escla-
vo en Egipto, m i e n t r a s los d e m á s q u e d a b a n en libertad), J u d a s
dijo a José, a quien a u n no h a b í a reconocido por h e r m a n o :
« N u e s t r o p a d r e a m a m u c h o a B e n j a m í n y no podrá sobrevivir
a la desgracia de perderlo. Déjale volver en libertad; yo queda-
r é , como t u esclavo, en su lugar.» J o s é se conmovió y no r e t r a -
só m á s el m a n i f e s t a r s e a sus h e r m a n o s (Génesis, X L V ) .

U) Eccli., III, 8-10.


310 CUARTO MANDAMIENTO ( 1 8 2 )

José, cuando tuvo que recibir en Egipto a Jacob, su padre, le


preparó una recepción solemne y afectuosa; y aunque había
llegado a ser virrey de Egipto, apenas estuvo delante de su pa-
dre, a quien había salido al encuentro, se echó en sus brazos,
mostrándole el mayor cariño (Génesis, XLVI).-—Qué ejemplo,
para ciertos hijos, que habiendo logrado con el f r u t o de los t r a -
bajos y sudores de sus padres alcanzar una posición social, se
avergüenzan después de sus mismos padres y quizá fingen ni
siquiera conocerlos.
Veneración de Salomón por su madre.—Salomón daba cierto
día pública audiencia, sentado sobre un magnífico trono, cuando
vió llegar a su madre, la reina Betsabé, que iba a pedirle u n a
gracia. Salomón se puso en pie en seguida (honor que los reyes
de Oiúente no hacen a ninguno), le salió al encuentro y le hizo
una profunda reverencia. Luego mandó poner un segundo trono
a su derecha, lugar considerado como puesto de honor, e invitó
a su madre a sentarse junto a él (3.° de los Reyes, II).

2.° Obedecerles en todo lo que no es pecado, h a c i e n d o


lo que mandan y omitiendo lo que prohiben, excepto
sólo el caso que mandasen algún pecado. En el Antiguo
Testamento estaba dicho: «Si un hombre tiene un hijo
contumaz y protervo que no escucha los mandamientos
de su padre o madre, y castigado rehusa con soberbia
obedecer, lo tomarán y llevarán delante de los ancianos
de la ciudad... y todo el pueblo lo apedreará y morirá;
para que se quite de en medio de vosotros la iniqui-
dad» (1). Escribía San Pablo a los de Éfeso: «Hijos, sed
obedientes a vuestros padres, en él Señor (esto es, por el
amor del Señor), pues es justo. Honra a tu padre y a
tu madre, que es el primer mandamiento que va acom-
pañado con promesa, para que te vaya bien y tengas lar-
ga vida sobre la tierra» (2). Y a los Colosenses: «Hijos, sed
obedientes en todo a vuestros padres, pues esto agrada
al Señor» (3).
Generalmente los niños dan poca importancia a la

(1) Deuteronomio, XXI, 18,19, 21.—(2) A los Efesíos, VI, l-3.-(3) A


los Colosenses III, 20.
COARTO MANDAMIENTO ( 1 8 2 ) 311

obediencia; y, sin embargo, mirad cómo está tan seria-


mente mandada por Dios; Dios no manda cosas inútiles
y no se falta impunemente a sus preceptos. Además,
pensad que la obediencia es una virtud m u y preciosa y
meritoria ante Dios, pues por ella renunciamos a nues-
tra propia voluntad, a nuestro modo de ver y pensar
para someternos a Dios o a sus representantes; es el prin-
cipio de toda virtud, de toda buena obra y de todo mé-
rito. Sí los padres mandan alguna cosa mala, no se debe,
ni es lícito obedecerles, porque en ese caso no son ya re-
presentantes de Dios; preciso es entonces recordar que se
debe obedecer a Dios, antes que a los hombres. La auto-
ridad de los padres viene de Dios, quien se la transmite
para el bien y no para el mal. Por esto, si mandan lo
malo, no tienen en eso autoridad alguna y se oponen
en eso a Dios, de quien únicamente procede toda la p o -
testad de mandar.

Ejemplos.—Obediencia de Jesús-—Después del hallazgo en el


templo, Jesús volvió a Nazaret con María, su Madre, y con
San José. ¿Qué hizo hasta la edad de treinta años? Estuvo su-
jeto y obediente a ellos. El, que era Dios, sujeto a María y a
San José.—¡Qué preciosa no debe ser esta virtud, cuando Jesús,
para darnos de ella ejemplo, la practicó tantos años! Por com-
placer a su Madre obró también el primer milagro. (Véase la
preg. 153.)
Santa Bárbara rehusa renegar de la fe.—Santa Bárbara,
virgen de Nicomedia, sin saberlo su padre, que se hallaba au-
sente, se hizo cristiana. Vuelto el padre, procuró por todos los
medios inducirla a la apostasía. Pero en vano. Santa Bárbara,
que había sido siempre muy rsspectuosa y obediente con su pa-
dre, le dijo claramente, que no podía obedecerle en aquel su
deseo, porque era pecado. La santa niña sufrió toda clase de
tormentos por conservarse fiel a su Dios, hasta que le fué cor-
tada la cabeza, y voló así a ceñir la corona en el cielo.

3.° Socorrerles en sus necesidades espirituales y corpora-


les. — Frecuentemente se descuida este deber y así es pre-
ciso entenderlo bien. Espirituales. Cuando los padres no
312 CUARTO MANCAMIENTO (182)

son buenos cristianos, tienen obligación los hijos de ha-


cer todo lo posible con su buen ejemplo, mansedumbre
y oraciones, para reducirlos a la práctica de sus deberes
religiosos; tienen el deber, cuando están enfermos sus
padres, de avisarles del peligro en que se hallan y ani-
marlos a recibir a tiempo y en buena disposición los Sa-
cramentos. Corporales. Este deber es tan grave, que aun
la ley civil interviene y obliga al hijo a socorrer a sus
padres que tienen necesidad, a proveerles de lo que ne-
cesitan. Cuando tuviereis enfermos o necesitados a vues-
tros padres, habéis de hacer cuanto podáis para conso-
larlos, asistirlos y ayudarlos. No seáis como aquellos,
que por librarse de la incomodidad de asistir a sus pa-
dres enfermos o ancianos, no piensan sino en el hospital
o en el asilo, adonde los han de enviar. Si no se puede
otra cosa, paciencia; pero quien puede, tiene obligación
de asistirlos y proveerles en casa, aunque sea con algún
sacrificio.
Ayudar a los padres en todas sus necesidades es obli-
gación de agradecimiento y de justicia, puesto que, por
más que uno haga, no podremos nunca recompensarles
el bien, que hicieron por nosotros. «Hijo, ten cuidado de
la vejez de tu padre y de no contristarle en su vida... El
amor mostrado con tu padre al auxiliarlo, no quedará
en olvido» (1).
Ejemplos. — Una niña que convierte a su padre. —El padre de
una niña angelical estaba gravemente enfermo. El padre no
tenía sentimiento religioso alguno, y nadie se atrevía ni a ad-
vertirle siquiera del estado en que se hallaba, ni a hablarle de
los Sacramentos. La hija, que en el Catecismo había aprendido
bien las verdades de la fe y sus deberes, viendo un día a su pa-
dre más reposado, se le acercó y le dijo. Papá, estás malo, muy
malo. He aprendido en el Catecismo, que para quien está en
pecado, es gravísimo mal el morir sin confesión, porque no
irá al cielo. Confiésate. Aquel hombre se conmovió con estas

(1) Eccli., III, 14 y 15.


CUARTO MANDAMIENTO ( 1 8 3 ) 313
palabras. Kesistió un momento, y después respondió: Gracias,
hija mía; que el Señor te bendiga. A ti te deberé mi salvación.
El Sr. Cura vino y administró los sacramentos al enfermo, que
murió al día siguiente, perfectamente resignado. Antes de mo-
r'r repetía con frecuencia: Sin mi hija querida, ¿qué hubiera
sido de mí por toda la eternidad?
Los hermanos compasivos.— Enanio y Eufemio vivían en. Ca-
tania cuando sucedió una terrible erupción del Etna. Viendo
os torrentes de lava derramarse amenazadores hacia su casa,
no pensaron en poner a salvo ni sus diamantes ni su oro, de que
abundaban; sólo sacaron en sus hombros el uno al padre y el
otro a la madre, que por ser ancianos no hubieran podido huir.
Cargados con aquel dulce peso, no podían correr rápidamente,
y se veían ya en peligro de ser alcanzados por la abrasadora
lava. Los padres les gritaban: Dejadnos, dejadnos y poneos en
salvo. Pero ellos respondieron: Os salvaremos o moriremos con
vosotros. Dios premió aquel amor filial; llegando a ellos la la-
va, se dividió inesperadamente en dos corrientes, y ellos, en me-
dio de aquel río de fuego, pudieron salvarse a sí y a sus ama-
dos padres. En Catania levantaron dos estatuas a estos dos
compasivos hermanos.
Soldado compasivo. - E r a natural de Orvieto y servía el 1902,
en Turín, en el 62 de Infantería. Sus padres estaban en grave
necesidad. El soldado, privándose de todo regalo, les enviaba
cada mes tres pesetas, esto es, los diez céntimos diarios, cuota
que el ejército da al soldado cada día.
Las cigüeñas.—San Ambrosio dejó escrito lo siguiente: Re-
cordemos el amor filial de la cigüeña. Cuando la cigüeña se
hace vieja, su cuerpo queda sin plumas, las cigüeñas jóvenes la
rodean y calientan con las suyas; le proporcionan la comida,
la levantan y la llevan a dormir. Las aves no están obligadas
por ley escrita en tablas de piedra; su ley la llevan consigo al na-
cer. Si se unen entre sí, para proveer a la conservación y man-
tenimiento de sus padres, lo hacen, no porque se sientan obli-
gadas por una ley, siguen sólo el impulso de su gratitud com-
pletamente natural (lib. 5, Bexam., c. 16).
1 8 3 . P. ¿Qué nos prohibe el cuarto Mandamiento?
R , El cuarto Mandamiento nos prohibe ofender a los padres con
palabras, obras o de cualquier otro modo.

El cuarto Mandamiento nos prohibe ofender a núes-


314 CUARTO MANDAMIENTO (183)

tro padre o madre: nos prohibe ofenderlos con palabras


habiéndoles con soberbia e irreverencia; con obras, ha-
ciendo lo que les disgusta; de cualquier otro modo, con
nuestras maneras y trato, etc. No ofendáis jamás, en
modo alguno, a vuestros padres ni los disgustéis. Mu-
chas y graves razones os obligan a portaros con ellos de
modo, que no puedan ofenderse; pero baste por todas, el
precepto que Dios os impone y el reconocimiento, que a
ellos les debéis.
¡Cuán feo es ofender a aquellos de quienes hemos re-
cibido tantos bienes, que nos prestaron tantas atencio-
nes y a quienes, después de Dios, somos deudores de la
misma vidal ¿Qué decir de aquellos, que no sólo les fal-
tan al respeto y los ofenden, mas se rebelan contra ellos,
insultan, amenazan y aun golpean a sus padres? Deli-
tos enormes, que Dios quería fuesen castigados con la
muerte. «Quien golpeare a su padre o a su madre, será
ajusticiado; quien maldijere a su padre o a su madre,
será castigado con la muerte» (1). Y en la Escritura te-
nemos también escritas estas imprecaciones: «A aquel
que se ríe de su propio padre y desprecia los dolores de
su madre..., que los cuervos, que vuelan a lo largo de los
torrentes, le saquen los ojos y los devoren los aguilu-
chos» (2).
Fruto.—Ninguno de vosotros, amados niños, se haga
reo de tan monstruosos y abominables delitos; tened con
vuestros padres sentimientos de profunda veneración.
Ejemplos.—.® hijo de Cam, maldecido. — Después del Diluvió
Noé se dedicó a cultivar la tierra y plantóla viña. Cuando sa-
lió la uva, exprimió el jago e hizo el vino. No sabiendo los efec-
tos, que producía el vino, bebió hasta quedar embriagado. Reti-
róse a su tienda y quedó dormido en postura poco decente. Cam,
el primero que lo notó, lo tomó a burla y fué a decirlo a Sem y
Jafet. Éstos, en cambio, con grande reverencia, fueron a cu-
brir a su padre; quien, informado después de lo que había pa-

(1) Éxodo, XXI, 15, 17.—(2) Proverbios, XXX, 17.


CUARTO MANDAMIENTO ( 1 8 4 ) 315
sado, alabó a Sem y a Jafet y les prometió las bendiciones del;
cielo. En cuanto a Cam, censuró gravemente su conducta, y
no pudiendo maldecirle, porque Dios personalmente le había
bendecido al salir del arca, lanzó su maldición, contra el hijo
de Cam; maldición, que aun pesa sobre su descendencia, los
africanos, como señal del terrible castigo, que Dios impone a
los que faltan al respeto, ofenden e insultan a su padres (Gé-
nesis, IX).
Trágico fin de Absalón.—Absalón se había rebelado contra
David, su padre, queriendo usurparle el reino; en un principio
todo le sucedió pi'ósperamente; pero trabada la batalla deci-
siva con el ejército fiel, quedó deshecho. Huyendo en una
muía, y pasando debajo de una encina, sus cabellos se enreda-
ron entre las ramas y quedó suspendido en el aire. Súpolo Joab,
y se lanzó hacia él y le atravesó el corazón con tres flechas; los
escuderos luego le acabaron. Descolgando el cadáver, lo arroja-
ron en una gran fosa, cubriéndolo con piedras (2.° de los Reyes,
XVIII).—Prueba manifiesta del castigo de Dios contra los hijos
rebeldes.
Hasta aquí arrastré a mi padre.—Un hijo tuvo un reñido
altercado con su padre. Ciego de ira, agarró al anciano padre
por los cabellos, y lo arrastró escalera abajo hasta la puerta
de la casa. No dijo una palabra el padre, no llamó a naijie en,
su auxilio, parecía soportar todo aquello con resignación.
Cuando llegaron a la puerta, exclamó: ¡Detente! Ya he recibi-
do el castigo, que merecía; hasta aquí y no más arrastré una
vez a mi padre. — Aprended, pues, a no faltar al respeto a vues-
tros padres. Los malos tratamientos hechos a los padres por
los hijos, les acarrean el castigo de Dios y frecuentemente otros
tratamientos iguales de parte de sus propios hijos.
1 8 4 . P . ¿Quiénes m á s c o m p r e n d e e s t e M a n d a m i e n t o con el n o m b r e
de padre y de madre?
R. Comprende también este Mandamiento con el nombre de padre
y de madre a todos los superiores, así eelesiástieos como seglares, a
quienes por esta razón debemos obedecer y respetar.

El respeto y obediencia que debemos a nuestros pa-


dres, lo debemos también a los superiores, así eclesiásti-
cos como seglares.
1° Dios muchas veces y de varios modos ha renova-
316 CUARTO MANDA.MIENTO (184)

do el precepto de respetar a los superiores eclesiásticos.


«Teme al Señor con toda tu alma y honra a sus sacerdo-
tes... Honra al Señor con toda tu alma y respeta a los
sacerdotes» (1). Ellos representan a Dios y tienen su lu-
gar. San Pablo nos enseña: «Así nos considere el hombre
como ministros de Cristo, y dispensadores de los miste-
rios de Dios» (2). Jesús dijo a los Apóstoles: «Quien os
escucha a vosotros, a mí me escucha, y quien os despre-
cia, a mí me desprecia, y quien me desprecia a mí, des-
precia a Aquel que me envió» (3). Y San Pablo: «Sed obe-
dientes a vuestros prelados (sacerdotes) y estadles suje-
tos, ya que ellos velan (como guardas puestos por Cristo),
debiendo dar cuenta de vuestras almas; para que hagan
esto con gozo y no a disgusto; cosa que no sería útil a
vosotros» (4). No imitéis a ciertos niños y jovenzuelos
que, viendo a un sacerdote, empiezan a insultarle. Del
sacerdote habéis recibido y recibís grandes beneficios.
En efecto, ¿quién os bautizó y os concedió de ese modo
el gran privilegio de ser cristianos? ¿Quién os dirige por
el camino del cielo? ¿Quién os perdona cuando habéis
pecado? ¿Quién os da al mismo Cristo en la Comunión?
¿Quién deberá asistiros y confortaros en la muerte y
bendecir, por último, vuestro cadáver?.. ¿Y en recom-
pensa de todo estoje insultáis?
Sabed, pues, que quien debe juzgaros es Jesucristo; te-
ned entendido que el sacerdote es ministro y represen-
tante de Jesucristo. ¿Y esperáis, por ventura, que Jesús
os juzgue con misericordia, cuando vea que despreciáis
a sus ministros, a sus representantes? Antes bien, os
dirá: Habéis insultado, despreciado a mis ministros; en
ellos me habéis insultado y despreciado a mí, y ¿ahora
queréis el paraíso?... Pensadlo seriamente; porque quien
insulta a un sacerdote, lo hace casi siempre como sacer-
dote, esto es, como ministro de Dios, no simplemente
(1) Eecli., VII, 31, 33.—(2) 1. a los Corintios, IV, 1.—(3) San Lucas,
a

X, 16.-(4) A los Hebreos, XIII, 17.


CUARTO MANDAMIENTO ( 1 8 4 ) 817

como hombre; Dios por esto necesariamente mira como


hecho a sí aquel insulto, de la misma manera que un
soberano mira como hecho a sí el insulto hecho a su
ministro como tal.
2.° Debéis del mismo modo respetar a todos vuestros
superiores. Todos han de someterse a la autoridad, «por-
que no hay potestad sino de Dios, y las que existen, por
Dios están ordenadas. Por esto, quien se opone a la auto-
ridad, resiste a la ordenación de Dios, y los que resisten,
compran su condenación» (1). P o r medio del Sabio el Es-
píritu Santo nos avisa: «Por mí reinan los reyes, los le-
gisladores ordenan lo que es justo; por mí los príncipes
mandan y los jueces administran justicia» (2). Nos ense-
ña también el Espíritu Santo que el que tiene autoridad
«es ministro de Dios», y que nosotros le debemos estar
«sujetos por necesidad, no sólo por temor de la ira (es
decir, del castigo), sino por razón de conciencia» (3).
Así que hay obligación de observar las mismas leyes ci-
viles, excepto el caso en que manden algo que esté prohi-
bido por Dios o por la Iglesia, que, en una [palabra,
esté mal mandado. En tales casos menester es imitar a
San Pedro cuando respondía: «Si es justo ante Dios obe-
decer antes a vosotros que a Dios, juzgadlos vosotros
mismos» (4), y «preciso es obedecer a Dios antes que a
los hombres» (5).
Fruto.—Si ahora, que sois pequeños, aprendéis a obe-
decer a vuestros padres y superiores, seréis durante toda
vuestra vida fieles a vuestros deberes; mas si ahora no
obedecéis, ni respetáis a vuestros padres y superiores,
más tarde tampoco seréis ñeles a los otros deberes, y es-
taréis fuera del camino del cielo.
Ejemplos. — Atila y San León.—Atila, rey bárbaro, invadió
con un poderoso ejército la Italia, sembrando a su paso la des-
trucción y la ruina. El Papa San León se presentó ante Atila
(1) A los Momanos, XIII, 1 y 2.—(2) Proverbios, VIII, 15 y 16.—(3) A
los Rom., XIII, 4 y 5.—(4; Hechos, IV, 19.—(5) Idem, Y, 29.
318 QUINTO MANDAMIENTO ( 1 8 5 )

con vestiduras pontificiales, como Sumo Pontífice, intimidán-


dole que volviera sobre sus pasos. Atila, aunque bárbaro, quedó
tan impresionado de la majestad del sacerdote, que vencedor
com!o iba, volvió atrás, dejando libres a Roma y a Italia.
Los hijos del emperador Teodosio y su maestro. —El empera-
dor Teodosio había escogido para educar a sus hijos a un santo
hombre, llamado Arsenio. Llegando un día a asistir también él
a la escuela, encontró a sus hijos sentados y al maestro en pie.
Aunque eran hijos del emperador, dijo a sus hijos, que en aquel
lugar eran discípulos, inferiores al maestro, a quien debían
toda reverencia, y les obligó desde entonces a asistir en pie a
las lecciones. (Véase el ejemplo: Cuarenta y dos niños devora-
dos por los osos, núm. 172, B.°)
185. P. ¿Qué nos prohibe el quinto M a n d a m i e n t o : NO MATAR?
R, El quinto Mandamiento: No M A T A R , prohibe dar muerte, golpear
o herir, o hacer cualquier otro daño a nadie en el euerpo, ni por si ni
por otro; como también ofenderle con palabras injuriosas, quererle mal
y darle escándalo. En este Mandamiento veda Dios también darse a sí
mismo la muerte, o el S U I C J D I O .

El quinto Mandamiento nos prohibe hacer daño al


prójimo en el cuerpo y en el alma. Se le hace daño en el
cuerpo, dándole la muerte, golpeándole, hiriéndole o ha-
ciéndole algún otro daño en el cuerpo por sí o por otro. E n
eí a l m a , ofendiéndole con palabras injuriosas, queriéndole
mal o dándole escándalo. Además, prohibe el suicidio.
Prohibe, pues este Mandamiento:
1.° El dar muerte.—ha. vida material es don de Dios;
por esto, todo aquello, que se hace contra ella, es ofensa
contra Dios, que nos la concedió. Dios es siempre Señor de
la vida; quitar la vida a un hombre, es usurpar una cosa
que pertenece a Dios solo. Por esto precisamente, el ho-
micidio es un delito gravísimo. Dios es Padre de todos
los hombres, los ama a todos, y quiere se amen unos a
otros. Matar es cosa totalmente opuesta al amor que
Dios tiene a los hombres y al amor que los hombres,
por precepto de Dios, se deben unos a otros. El homici-
dio es, en nuestros días, crimen tan común y ordinario,
porque han olvidado los hombres que solo Dios es due-
QUINTO MANDAMIENTO ( 1 8 5 ) 319

ño de la vida; por esto, no piensan que el matar a otro


es usurpar los derechos más sagrados de Dios.
2.° Golpear, herir o hacer algún otro daño en el cuerpo.—
No sólo no es lícito matar, pero ni aun golpear, herir, et-
cétera. El que eso hace, atenta contra la vida de su próji
mo, cuyo señor es Dios solo, o a lo menos hace sufrir a
su prójimo, lo que no es lícito, antes es contrario al amor
que en el mundo todos nos debemos tener. No suceda
eso, pues, entre vosotros. Pensad cuán feo es ver a niños,
que en vez de amarse como debieran, se andan pegando
y queriendo hacerse daño. ¿Puede un padre, por ventu-
ra, amar a su hijo, cuando ve que trata mal a sus h e r -
manos? Y Dios, ¿podrá amar y bendecir a un niño, que
se porta así con sus compañeros y prójimos? ¿Cómo pue-
de, además, rogar a Dios, según nos lo enseñó Jesús: Pa-
dre nuestro, etc.?
3." Prohibe hacer eso, ya por sí. ya por otro.—Esos
males se pueden causar o por nosotros mismos, o por
medio de otros, a quienes se encarga el hacerlo. De modo,
que no sólo está prohibido matar, golpear, etc., mas tam-
bién hacer matar, golpear. La culpa, en ese caso, no es
menos grave; culpable es el que mata, como el que man-
da matar; quien golpea y hiere, como el que encarga a
otro herir o golpear en su nombre; antes muchas veces
el que da tal encargo es más culpable.
Ejemplos.—Caín mata a Abel.--Caín, envidioso de su hermano
Abel, cuyos dones, por ser mejores, eran aceptos a Dios, le in-
vitó a pasear en el campo y lo mató. Llamó Dios a Caín; le
echó en cara su delito y le maldijo por haber derramado la san-
gre de un hombre, recordándole (terrible recuerdo para todos
los homicidas) que la sangre del asesinado gritaba venganza
contra él. Caín anduvo errante, durante el curso de su vida,
sobre la tierra: agitado siempre e inquieto con la señal de la
maldición divina contra el fratricida (Génesis, IV).
Aeab, Jezabel y Nabot.—Acab, rey de Israel, queriendo hacer
un huerto, había pedido a Nabot una viña contigua al palacio
real. Rehusó Nabot dársela por ser herencia sagrada de sus an-
320 QUINTO MANDAMIENTO ( 1 8 5 )

tepasados. El rey, encolerizado y furioso, echóse en la cama sin


querer tomar alimento, Jezabel escribió a los ancianos y mag-
nates del pueblo que acusasen a Nabot de blasfemia, para
que así fuese apedreado. Hízose prontamente como lo pedía, y
de este modo Acab, alegre, salió de su palacio para tomar pose-
sión de la codiciada viña. Mas Elias, en nombre de Dios, se pre-
sentó ante Acab y le dijo: Donde los perros han lamido la san-
gre de Nabot lamerán también la tuya; Jezabel será devorada
por los perros y toda su estirpe perecerá (3° de los Reyes, XXI).
¿Fué sentencia demasiado severaf—Loa jueces de Esparta
condenaron un día a muerte a un niño, reo de haber arrancado
por pura crueldad los ojos a un animal. A quien replicaba que
era demasiado severa la sentencia, respondieron: El ánimo
cruel de este niño hoy se ceba contra una bestia, mañana se
volverá contra los hombres. Nuestra sentencia impide que la.
sociedad tenga que sufrir delitos de parte de ese niño. —Ningu-
no de vosotros se muestre cruel con las bestias; Dios las crió
para nuestro uso y nuestro bien, pero no para que abusemos de
ellas.
4.° P r o h i b e ofenderle con palabras injuriosas, quererle
mal, etc. Si pegáis a un compañero, le hacéis mal en el
cuerpo; si le injuriáis o decís una palabra mala, le cau-
sáis pena, le hacéis un mal, que siente el alma. También
estp está prohibido por el quinto Mandamiento. Miradlo
bien, porque esta falta es muy frecuente entre niños; no
saben estar juntos un momento, ni divertirse, sin llenar-
se de injurias. No queráis mal a nadie, antes amad a to-
dos. Jesús decía: «Yo os digo: El que se aira contra su
hermano será condenado en juicio. El que dijere a su
hermano raca, será condenado en el consejo. Y quien le
dijere necio, será reo del fuego del infierno» (1).
5.° Darle escándalo.— El quinto Mandamiento prohi-
be también escandalizar al prójimo. Acerca del escánda-
lo, debéis recordar varias cosas: 1.® La facilidad en escan-
dalizar. Escándalo es todo aquello que da al prójimo
ocasión de pecado. Uno roba alguna cosa, blasfema en
(1) San Mateo, V, 22.
QUINTO MANDAMIENTO ( 1 8 5 ) 321

público; ese tal escandaliza. Aun, haciendo cosas de suyo


lícitas, se puede dar escándalo. Uno, por ejemplo, que
por indisposición come carne públicamente en día de
viernes, pudiéndolo hacer en privado, escandaliza a los
presentes, que nada saben de su indisposición. 2. Grave-
a

dad del escándalo. Es uno de los delitos más graves. Re-


flexionad un momento en esto. Tenemos dos vidas: la
vida corporal y la vida espiritual; ésta es tanto más pre-
ciosa que aquélla, cuanto el alma es más preciosa que
el cuerpo. Es asesino el que atenta contra la primera;
¿qué nombre merecerá el que atenta contra la segunda?
Jesús, por salvar las almas, se encarnó, padeció, murió
en la Cruz, instituyó los Sacramentos. El escandaloso,
en cuanto es de su parte, procura hacer vanos los tra-
bajos y padecimientos de Jesús en bien de las almas.
¿Qué diríais, si mientras un hombre lucha con las olas
del mar embravecido, para librarse del naufragio, vieseis
que otro procuraba hacer inútiles los esfuerzos que pone
para salvarse? En el mar borrascoso del mundo, hay
muchos que hacen cuanto pueden para no naufragar,
para llegar a salvarse; el escandaloso procura hacer va-
nos los esfuerzos de aquellos que pretenden ganar el
cielo, procura hundirlos en el pecado primero y después
en el infierno. 3. Efectos irreparables del escándalo. Si uno
a

ha pecado, mas se arrepiente, y se confiesa bien, obtie-


ne el perdón de su culpa, y vuelve otra vez al buen ca-
mino. Pero ¿cómo podrá el escandaloso reparar el mal
que hizo? ¿Cómo sacar del pecado aquellas almas que
en él abismó, poner en el buen camino aquellas almas
que extravió, sacar del infierno aquellas que allí preci-
pitó? 4." Desventura del escandaloso. Contra él gritan las
almas pecadoras o que ya han caído en el infierno, sus
ángeles de guarda, todo lo criado. Dios dijo a Caín que la
sangre de su hermano pedia venganza contra él. Contra
el escandaloso pide venganza la misma sangre de Jesús,
que para aquellas almas desventuradas queda inútil.
Fruto.—Queridos niños: guardaos diligentemente de
21
322 QUINTO MANDAMIENTO (185)

escandalizar, guardaos de inducir al mal, guardaos de


aquellas palabras malas y feas que, sin embargo, tantos
niños repiten: ¿Tú también rezas, vas a la iglesia, tienes
aún miedo al pecado? Dijo Jesús: «El que escandalizare
a alguno de estos pequeñuelos que creen en mí, mejor
le sería que le atasen al cuello una piedra de molino y
le precipitasen en el mar. ¡Ay del mundo por los escán-
dalos!... [Ay del hombre, por cuya culpa sucede el escán-
dalo!» (1). No merezcáis jamás tan terrible amenaza. Una
recomendación a vosotras en particular, oh niñas que
me oís: Sed siempre modestas en el vestir, en vuestros
modales, en el hablar; sed siempre modestas para no dar
escándalo a nadie. No imitéis a ciertas jóvenes desver-
gonzadas que, quizá sin pensarlo, llevan una vida que,
por su ligereza y maneras, es escándalo para muchos y
causa de tantas iniquidades.
Ejemplos.—M oficio del diablo.—San Ambrosio encontró uu
día a la puerta de una iglesia a una mujer vestida con mucha
vanidad e inmodestia, que estaba para entrar en e] templo. Le
preguntó dónde iba.—A la iglesia para orar —respondió —. ¿A
la iglesia de ese modo?—replicó el Obispo—. No vas a orar, sino
a hacer el oficio del demonio: a escandalizar a los fieles. Fuera
de aquí, escandalosa; retírate al secreto de tu casa a llorar tus
iniquidades, tus escándalos.
Los remordimientos de Berengario.—El heresiarca Berenga-
rio, aunque convertido y penitente hacía muchos años, a la
hora de la muerte se vió muy angustiado, por los remordimien-
tos de su conciencia. Al sacerdote, que lo confortaba y anima-
ba a confiar en Dios, decía: No temo ya mis pecados, sino los
pecados que cometieron las almas que yo escandalicé. Y en
reparación de sus escándalos había dado, no obstante, muy bue-
nos ejemplos, y en su castillo enseñado el Catecismo a muchos
niños.
¡Ay del que me sedujo!—Un joven, adornado de muchas vir-
tudes, contrajo, por su desgracia, amistad con un jovenzuelo,
cuyos discursos y ejemplos poco a poco le pervirtieron. Comen-

(1) Sau Mateo, XYIII, 6 y 7.


QUINTO MANDAMIENTO ( 1 8 6 ) 3-23
zado el camino del vicio, no f ué ya posible detenerle y prosiguió
en su carrera infeliz, hasta que le detuvo la muerte. Acercán-
dose rápidamente a su fin, un piadoso sacerdote, con maneras
dulces y amables, le aconsejaba pensase en su alma; él lo des-
preció. El sacerdote, dando tiempo a que se calmase, volvió a
repetirle la saludable invitación, mas él lo echó de sí. No se
cansó, sin embargo, el siervo de Dios, y renovó el amoroso
asalto. El desventurado, entonces, volviéndose contra él, con
la desesperación pintada en el rostro y fijando en él sus dos
ojos enfurecidos: Mis delitos, gritó, son demasiado enormes;
Dios no me perdona, yo me condeno, mas ¡ay, ay de aquel que
me sedujo! Y volviéndose desdeñosamente contra la pared, ex-
piró.
186. P. ¿Por qué veda Dios en el quinto Mandamiento darse uno
la muerte, o el SUICIDIO?
R. En el quinto Mandamiento prohibe Dios el S U I C I D I O , porque el
hombre no es dueño de la vida propia, como no lo es de Ja ajena. Por lo
demás la Iglesia castiga el suicidio con la privación de sepultura ecle-
siástica.

Ha llegado a ser tan frecuente este delito, que de él se


oye hablar con grande indiferencia. ¿Qué debemos pen-
sar, pues, del suicidio? Que es un delito. Y ¿por qué? Por-
que el hombre no es dueño de su vida; de la vida solo es
dueño Dios. Dios nos dió la vida; solo El tiene derecho
a quitárnosla.
Conservad siempre en la memoria que el suicidio es
un delito: a) contra Dios, cuyos derechos usurpa; b) con-
tra el alma, que echa al infierno; c) contra el prójimo y
contra la sociedad, a quien priva de un miembro que, fí-
sicamente útil o dañoso, tiene sin embargo una misión
que cumplir aquí abajo, según las divinas disposiciones.
Acordaos siempre que un buen cristiano no es jamás
suicida; el buen cristiano, en las desventuras, en las ca-
lamidades, se acuerda de Dios, que es su Padre; piensa
que ha merecido mucho más por sus pecados y que debe
llevar su cruz a imitación de Cristo. Las causas princi-
pales del suicidio se pueden reducir a éstas: los vicios,
las malas lecturas, la ambición desenfrenada, la codicia
324 QUINTO MANDAMIENTO (187)

de riquezas y placeres, la falta de fe, el mirar la muerte


como fin de todo, sin pensar que, al contrario, todo empie-
za entonces, no considerar el destino de esta vida, que es
ganar el cielo, ni la causa de nuestros trabajos, que es
particularmente satisfacer por los pecados cometidos (1).
La vida no ha sido dada para gozar; pero cuando no hay
fe y en la vida no se encuentran las satisfacciones, que
se desean, ¿qué hacer?
La Iglesia, para mostrar todo su aborrecimiento a este
delito, priva al cadáver del suicida de la sepultura ecle-
siástica (no al alma de las Oraciones y sufragios priva-
dos); es ésta una pena justa para despertar horror contra
el suicidio.
1 8 7 . P. ¿Qué nos manda el quinto Mandamiento?
R . El quinto Mandamiento nos manda que perdonemos a nuestros
enemigos, y que a todos queramos bien.

El quinto Mandamiento nos manda dos cosas:


(1) La Civiltá Caitolica (Octubre de 1906) publicó un notable tra-
bajo del P. Krose sobre el suicidio en el siglo xix. Después de haber
apuntado las diversas opiniones de los pueblos antiguos sobre el
suicidio, recuerda el autor que el mahometismo por una parte con
sus ideas fatalistas, y el cristianismo por otra con la idea de la re-
signación, habían logrado desterrar casi del todo el suicidio, hasta
el punto que en el siglo xv pareció cosa bien extraña el suicidio de
una mujer, entristecida por la austncia de su marido.
El P Krose hace notar el número enorme de suicidios ocu-
rridos en Francia desde 1789 a 1793; y que el suicidio, relativa-
mente raro en los primeros años del siglo pasado, tomó desde 1870
un incremento aterrador. Publica el P. Krose una estadística mi-
nuciosa le los suicidios en los varios países de Europa; de donde se
deduce que el número de suicidios es mucho menor en los países ca-
tólicos y muy crecido en los países protestantes. Desde 1871 a 1900
en sola Alemania se contaron 300.000 suicidios.
Recorriendo los países de JLuropa, según un tanto por ciento alto,
medio y bajo de suicidios, se tiene esta clasificación: Tanto por
ciento alto, .Francia (y se comprende bien cómo Francia va a lá
cabeza), Sajonia, Dinamarca, Hesse; tanto por ciento medio, No-
ruega, Inglaterra, Sueeia, Alemania; tanto por ciento bajo, Bél-
gica, Austria, Italia, España.
QUINTO MANDAMIENTO ( 1 ^ 7 ) 825

1. a Que perdonemos a nuestros enemigos: a) Dios nos


impone estrecha obligación de perdonar las ofensas re-
cibidas: Perdona a tu prójimo que te tía hecho algún
mal, y cuando tú ores te serán perdonados tus peca-
dos (1). Jesucristo, en el Padre nuestro, quiere pidamos a
Dios nos perdone, como nosotros perdonamos a nuestros
deudores. Y añadió: «Porque si perdonáis a los hombres
sus faltas, vuestro Padre celestial os perdonará vuestros
pecados; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vues-
tro Padre os perdonará a vosotros vuestras faltas» (2). Con-
firmó también con su ejemplo esta obligación: Murió im-
plorando el perdón para aquellos que le crucificaban:
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que se ha-
cen» (3). San Pedro recuerda que Jesús «siendo malde-
cido, no maldecía; padeciendo, no amenazaba, mas se
entregaba en manos de los que injustamente le juzga-
ban» (4).
La venganza de las ofensas recibidas no nos pertenece
a nosotros, sino a Dios: «A mí me pertenece el hacer ven-
ganza y yo les daré a su tiempo lo que se les debe» (5).
«El que quiere vengarse experimentará la venganza de
Dios, que tendrá exacta cuenta de sus pecados» (6). Cuan-
do nos veamos ofendidos, ¿cómo deberemos, pues, por-
tarnos? Nos lo dice el Espíritu Santo, con esta figura: «Si
soplares sobre una chispa, se encenderá como el fuego;
si escupieres encima, se apagará» (7). Esto es: debemos
despreciar las ofensas, no hacer caso; así nos lo enseñó,
con su ejemplo, San Francisco de Sales, quien se había
obligado a no decir nunca ni una palabra, cuando sin-
tiera el corazón irritado por alguna ofensa.
b) Reflexionad también que quien nos manda'perdo-
nar, es el Dios que nos perdona a nosotros. ¿Quién es
Dios? ¿Qué cosas nos perdona? ¿Cómo nos perdona?
(1) Eccli., XXVIII, 2.—(2) San Mateo, VI, 14 y 15.-(3) San Lucas,
XXIII, 3á.—(4) 1de San Pedro, II, 23.—(5) Deuteronomio, XXXII,
35.—(6) Eccli., XXVIII, ].—(7) Idem, XXVIII, 14.
326 QUINTO MANDAMIENTO (187)

¿Cuántas veces nos perdona? ¿Quiénes somos nosotros?


¡Qué cosas tan pequeñas tenemos que perdonar! Las pe-
queñas ofensas, que debemos perdonar nosotros, en com-
paración con los grandes pecados que Dios nos perdona,
son menos que las pequeñas rencillas que ocurren entre
hermanos, en comparación de los más enormes delitos
que podemos imaginar. Sin embargo, apenas pedimos
perdón a Dios, EL nos lo concede, ¡y nosotros tenemos
tantas dificultades y reparos en perdonar! Más aún; Él
ansia ganar nuestro corazón, nos invita a penitencia
para perdonarnos; nos sostiene, conserva la vida y col-
ma de beneficios, a pesar de las graves y numerosas
ofensas que le hemos hecho.
Ejemplos.—La piedra.—Un. hombre rico, habiéndose encoleri-
zado contra un pobre obrero, le lanzó una piedra, que el pobre
recogió y se la echó al bolsillo. Vendrá un tiempo, dijo entre sí,
en que podré revolverla contra mi enemigo. Reducido después
el rico a la miseria, pasó un día cubierto de harapos por delante
de la cabana del pobre. Este buscó entonces la piedra para arro-
jarla contra aquel desgraciado; mas se detuvo reflexionando^
comprendo ahora que no debemos vengarnos, porque si nuestro
enemigo es rico y poderoso, la prudencia nos lo prohibe, y si es
infeliz, sería demasiada crueldad. En ambos casos la venganza
es indigna de un hombre honrado y de un cristiano.— Lejos de
vengarte, sufre con resignación y Dios te protegerá con su omni-
potencia.
La parábola délos dos siervos deudores.—J esús contó lo si-
guiente: «El reino de los cielos se asemeja a un rey, que quiso
tomar cuentas a sus siervos. Habiendo empezado a tomarlas, le
fué presentado uno que debía diez mil talentos (1), y no teniendo
con qué pagar, mandó el señor que fuese vendido él, con su mu-
jer y sus hijos y todo cuanto tenía, para que pagase. El siervo,
postrándose ante él, le suplicaba, diciendo: Ten paciencia con-
migo y yo pagaré todo. El señor, compadecido de aquel siervo,
le dejó libre y perdonó la deuda. Luego que salió de allí aquel
(1) Valiendo el talento 6.000 pesetas, se tiene la suma de 60 millo-
nes, que aquel administrador infiel había quitado. Nótese el con-
traste con 100 denarios (86 pesetas).
QUINTO MANDAMIENTO (187) 327
siervo, encontró a uno de sus compañeros, que le debía cien de-
narios, y agarrándole por la garganta le ahogaba, diciéndole:
Paga lo que me debes. El compañero, postrado a sus pies, le
suplicaba, diciendo: Ten paciencia conmigo y yo te lo pagaré
todo. El no quiso, y fué y echóle en la cárcel, haáta que pagase
la deuda. Habiendo visto los demás compañeros cuanto pasaba,
se entristecieron mucho, y fueron a contar al amo lo que acae-
cía. Entonces el dueño, llamándole ante sí, le dijo: Siervo
malo, yo te perdoné toda la deuda, porque me lo suplicaste; ¿no
debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo
tuve misericordia de ti? Y el señor, indignado, lo entregó a los
verdugos, hasta que hubiese pagado toda la deuda. Del mismo
modo hará también con vosotros vuestro Padre celestial, si no
perdonáis de corazón cada uno a su propio hermano» (San Ma-
teo, XVIII, 23-35).
¿Cuántas veces perdonaré?—San Pedro un día preguntó a Je-
sucristo: «Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí
y yo le perdonaré? ¿Hasta siete veces?» Jesús le respondió: «No
te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete»
(San Mateo, XVIII, 21 y 22). Setenta veces siete es giro hebreo
que significa sin límites. Con esto el Señor nos dice que debe-
mos perdonar siempre sin restricción alguna al prójimo que nos
ha ofendido.
El perdón de José y de David.—José, odiado y perseguido
de sus hermanos, más aún, por ellos vendido, cuando llegó a
ser virrey de Egipto, no se vengó, antes colmó de bienes a sus
hermanos. — David, aunque perseguido de muerte por Saúl,
cuando penetró en su tienda, no le hizo daño alguno, ni permitió
que el escudero, que le acompañaba, se lo hiciese. Sólo se llevó
la copa y la lanza; como poco antes, habiéndolo tenido a su al-
cance en la cueva de Engaddi, se había contentado con cortarle
el borde del manto.
San Juan Gualberto.—A San Juan G-ualberto un pariente
le mató un hermano llamado Hugolino. Juan, armado y acom-
pañado de muchos de sus criados, encontró el Viernes Santo
por un camino al asesino. Este se postra en tierra, y abriendo
los brazos, implora perdón, en memoria de aquella Cruz que re-
presenta con su actitud. Juan le perdona y trata como herma-
no; después, entrando en la iglesia de San Miniato, se arrodilla
ante la imagen de un crucifijo, quien inclina amorosamente
328 QUINTO MANDAMIENTO ( 1 8 7 )

ftjCabeza, en 3eñal de aprobación, por el perdón que había con-


cedido.
2. Que a todos queramos bien.—Así nos lo manda Je-
a

sús: «Os doy un Mandamiento nuevo: que os améis mu-


tuamente; amaos el uno al otro, como yo os he amado.
Si os amareis los unos a los otros, en eso reconocerán to-
dos que sois mis Discípulos» (1). Y también: «mi Manda-
miento es éste. Que os améis unos a otros, como yo os
he amado» (2 . Jesús nos dió además a entender cómo
debemos querer el bien a los demás, a saber: como lo que-
remos para nosotros: «Haced, por lo tanto, a los demás,
lo que queráis, que hagan ellos con vosotros» (3 . Al
joven que preguntaba cuáles eran los Mandamientos
que debía guardar, Jesús refirió en parte los diez Manda-
mientos y añadió: «Ama a tu prójimo como a ti mis-
mo» (4). Al fariseo que le preguntaba cuál era el primer
Mandamiento de la ley, respondió: «Amarás al Señor, tu
Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu
mente; éste es el máximo y primer Mandamiento. Mas el
segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como
a ti mismo. De estos Mandamientos pende toda la ley y
los profetas» (5). Y cuando, «levantándose cierto doctor
de la ley para tentarle, le dijo: Maestro, ¿qué debo hacer
para alcanzar la vida eterna? Jesús respondió: ¿Qué está
escrito en la ley? ¿Cómo lees? El otro replicó: Ama al Se-
ñor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con
todas tus fuerzas, con toda tu mente, y al prójimo como
a ti mismo. Y le dijo Jesús: Bien has respondido; haz eso
y vivirás. Queriendo aquél justificarse, dijo a Jesús: ¿Y
quién es mi prójimo?» 6). Jesús entonces tomó la pala-
bra y contó la parábola del Samaritano (véase más aba-
jo el ejemplo .
De aquí se ve, que verdaderamente es grave el precepto
de Jesús, que amemos a todos de corazón y con sinceri-
(1) San Juan, XIII, 34 y 35.—(2) Idem, XV, 12.—(3) San Mateo, VII,
12.—(4) Idem, XIX, 19.-(5) Idem, XXII, 37-40.-(6) San Lucas, X, 25-29,
QUINTO MANDAMIENTO ( 1 8 7 ) 329

dad. Algunos quieren ser amados y no aman a nadie. En


cambio, fieles nosotros al quinto Mandamiento, quera-
mos bien a todos; no hagamos a ninguno lo que no qui-
siéramos que otros hicieran con nosotros; no digamos
palabras poco caritativas. Y por acabar, hagamos con
los otros todo lo que nos sugiera el amor, lo que desea-
mos hagan los demás con vosotros.
Fruto. —«Revestios, pues, como elegidos de Dios, santos
y amados por Él, de entrañas de misericordia, de benig-
nidad, de humildad, de modestia y de paciencia, sopor-
tándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si al-
guno tiene alguna queja contra otro. Como el Señor os
perdonó, así debéis hacer vosotros. Sobre todo esto, te-
ned caridad, que es vínculo de la perfección» (1).
Véanse también los números 373, 374, 375, 383 y 384.
Ejemplo.— Parábola del Samaritano.—Jesús, después de haber
recordado (como se vió antes) el deber de amar al prójimo, con-
tó esta parábola, para enseñar que todos los hombres son nues-
tros prójimos y cómo debemos amarnos: «Un hombre bajaba de
Jerusalén a Jericó y cayó en manos de ladrones, que despoján-
dole, le llenaron de heridas y le abandonaron, dejándole medio
muerto. Aconteció que bajaba por el mismo camino un sacer-
dote (israelita); viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita,
llegando cerca de aquel lugar, le miró y siguió su camino. Un
samaritano, que iba de paso, acercóse a él, y viéndole se enterne-
neció: llegándose a él le vendó las heridas, derramó en ellas acei-
te y vino, y colocándole en su caballería, le condujo a la posa-
da y tuvo cuidado de él. Al día siguiente, sacando dos dena-
ríos, los entregó al posadero y le dijo: Ten cuidado de él, y
cuanto gastares de más, yo te lo pagaré cuando vuelva. ¿Quién
de estos tres te parece fué prójimo del que cayó en poder de los
ladrones? Y respondió: El que usó con él de misericordia. Y
Jesús dijo: Pues anda, haz tú lo mismo» (San Lucas, X, 30-37).

(1) Alo i Colmasen, El t, ii-21.


380 SBXTO MANDAMIENTO (188)

188. P. ¿Qué nos prohibe el sexto Mandamiento: NO FORNICAR?


R. El sexto Mandamiento: No F O R N I C A R , nos prohibe toda obra,
toda mirada y toda conversación contraria a la castidad.

1.° En el estudio y explicación de los Mandamientos,


hemos llegado al sexto, que aun recordarlo se hace con
disgusto; porque repugna hablar de tales cosas (1); ya
que, como escribió San Pablo, entre los cristianos no
debieran ni siquiera nombrarse (2). Sin embargo, en el
mundo se hace hoy día todo lo posible para arrancar
del corazón de los niños la hermosa virtud de la pureza
e inducirles a pecados feos; de modo, que es necesario
decir alguna cosa, para que cobren horror a todo lo des-
honesto, amen la santa virtud y usen de los medios ne-
cesarios para alcanzarla, como conviene a buenos niños
cristianos.
El sexto Mandamiento nos prohibe todo lo que es
contrario a la santa pureza, sea en actos, en miradas o
en palabras; nos prohibe, por tanto, toda cosa desho-
nesta. Acerca de las cosas particulares, vedadas por este
Mandamiento no diré más, sino que sí alguno tuviere
alguna duda pregunte a su confesor y se conforme con
lo que él le dijere. Acordaos sólo que el sexto Manda-
miento, al prohibir todo la contrario a la castidad, pro-
hibe también todo lo que es causa y ocasión de pecados
feos.
2.° Gravedad de este pecado.—Escribía San Bernardo:
Cuando el hombre se deja llevar de la ambición, es hom-
bre que peca, mas peca como ángel; cuando se deja
(1) En la explicación de este Mandamiento jamás podrá el cate-
quista guardar exagerada reserva. ¡ Ay! de aquel que hiciese co-
nocer el mal a aquellos que lo ignoran. ¡A.y! de aquel que escan-
daliza, en vez de edificar. Por esto, el catequista dirá bien poco de
las cosas en particular, insistiendo más en la fealdad y consecuen-
cias del pecado deshonesto, en los medios que se han. de practicar
y en las cautelas que conviene sugerir, para conservarse muy lejos
de todo eso.
(2) A los Efesios, V, 3.
SEXTO MANDAMIENTO ( 1 8 8 ) 331

arrastrar de la codicia del dinero, peca como hombre;


cuando peca contra la castidad, peca como bestia. San
Pablo, acerca de la gravedad de este pecado, que abusa
del cuerpo, templo consagrado a Dios, nos amonesta:
«Si alguno violare el templo de Dios, Dios ló extermi-
nará; porque santo es el templo de Dios, que sois vos-
otros» (1). Este pecado, sobre cualquier otro, puebla el
inlierno de almas. «No entrará en ella (en la ciudad de
Jerusalén) nada manchado (2); afuera los perros... y los
impúdicos... (3 ; el que hace esas cosas no conseguirá el
Reino de Dios». (4). Todos sienten tan vivamente la gra-
vedad e ignominia del pecado de impureza, que quisie
ran tenerlo siempre oculto y, para cometerlo, buscan las
tinieblas y la soledad.
3.° Consecuencias.—Oscurece la inteligencia: «El
hombre animal (así llama San Pablo al deshonesto), no
entiende las cosas del Espíritu de Dios» (5). Deprava el
corazón, lo deja insensible a los afectos puros de la fami-
lia, cuya paz destruye, y arrastra al delito. Causa en el
alma el olvido de Dios, el disgusto de la religión, cuya
verdad y máximas hace odiosas. En fin, especialmente
cuando llega a ser fatal costumbre, gasta la salud, disi-
pa las riquezas, hace incapaz de cualquier acto genero-
so, causa un tedio que conduce al desaliento, frecuente-
mente a la desesperación, y casi siempre arrastra a la
impenitencia final y precipita en el infierno. Además, es
causa ordinaria y general del sacrilegio; de cada diez
sacrilegios, nueve a lo menos son motivados por el pe-
cado deshonesto; es el pecado que se confiesa con más
dificultad.
4.° Castigos de Dios.—Dios castiga este pecado terri-
blemente, aun en este mundo. Las aguas del diluvio
inundaron toda la tierra y sepultaron a todos los hom-
bres, excepción hecha de la familia de Noé. ¿Por qué
(1) 1. a los Corintios, III, 17.—(2) Apocalip&is, XXI, 27.—(3) Idem,
a

XXII, 15.—(4) A los Gálatas, V, 21.—(5) í. a los Corintios, II, 14.


a
332 SEXTO MANDAMIENTO (188)

castigó Dios así al género humano? ¿Cómo se arrepintió


de haberlo creado? ¿Por qué motivó? Por el pecado des-
honesto; por la deshonestidad que se había hecho co-
mún entre los hombres. Sodoma y Gomorra, con otras
tres ciudades,quedaron reducidas a cenizas por el fuego
mezclado con azufre, que Dios hizo llover del cielo. Y
¿por qué? Por los pecados nefandos de impureza, con que
estaban manchadas aquellas ciudades. Aquella amena
región está aún hoy día ocupada por un mar de aguas
espesas, llamado Mar Muerto; porque ni en sus aguas, ni
en su alrededor pueden vivir los animales. La tribu de
Benjamín fué pasada a cuchillo y poco menos que des-
truida, por su deshonestidad. En el desierto perecieron
veinticinco mil israelitas, por la misma causa. Muchos
hospitales"* se han abierto para curar las enfermedades,
consecuencia de este pecado; sobre sus puertas sería
preciso escribir: Fruto de la deshonestidad. Muchas fa-
milias viven en la más extrema miseria, muchos infeli-
ces gimen en prisiones, por la misma lamentable causa.
Comprenderéis, pues, el deber y la necesidad de abo-
rrecer y huir todo lo que es contrario a la castidad. El
demonio hará todo lo posible para induciros a hacer
cosas feas. ¡Ay de vosotros! si empezáis a darle oídos, si
quiera una vez. Seréis víctimas suyas.
5.° Cosas que hemos de evitar.—Huid, por tanto, de
todas las cosas que pudieran seros causa de pecado des-
honesto, y especialmente: a) De las malas lecturas, que
son como la peste. ¿Comeríais acaso un pan envenenado?
Las malas lecturas son el cebo venenoso del alma. ¿Vi-
viríais en un ambiente, cuyo aire estuviera corrompido?
El que lee, respira; y quien respira un aire podrido,
muere (1>. b) De públicos espectáculos. Éstos, por des-

(1) Hasta los paganos reconocieron el daño que causan los li-
bros contra la religión, y para impedirlo, se valieron de medios,
•que rara vez emplean hoy día los cristianos. Valerio Máximo cuen-
ta (De Relig, 1. I, n. 12': «Él pretor de la ciudad, L. Petillo, por
SEXTO MANDAMIENTO (198) 333

gracia, han venido hoy día a ser escuela de inmoralidad.


Cierto escritor, de no muy sanas ideas, decía: que una
madre prudente no debía, en nuestros días, permitir que
sus hijos fuesen a los teatros públicos (1 . c/ De bailes, que
para todos, pero especialmente para las niñas, son la
muerte de la modestia y del recato. Hay padres que ol-
vidados de sus propios deberes, obligan a sus hijas a ir
a ciertos bailes. A estas infelices recomiendo las palabras
de San Francisco de Sales: «Revolved en vuestra mente
estas ideas: mientras yo bailo, muchas almas arden en
el infierno, por haber bailado como yo...; muchas perso-
nas oran y alaban a Dios; ¿por ventura no hacen éstas
mucho mejor que yo? Muchas se presentan, en este mis-
mo momento, ante el tribunal de Dios, también yo
puedo comparecer. Jesús, María y los ángeles me ven y
tienen compasión de mi» (2). Ninguna de vosotras, pues,

orden del Senado ha hecho quemar, a vista de todo el pueblo, aque-


llos libros de los griegos, que en alguna manera fuesen opuestos a
la religión.» (Véase a Tito Livio, 1. 9.) El filósofo árabe Averroes
habiendo oído que en Córdoba pagaban diez monedas de oro por
un libro perverso y una sola moneda de oro por un libro que tra-
taba de religión, exclamó: Córdoba, patria mía, está perdida, por-
que está corrompida. Y vuelto a ios circunstantes, les dijo: Sabed
que esta ciudad presto se arruinará, pues el pueblo lee malos libros.
(1) San Juan Crisóstomo, asustado por el peligro que la inocen-
cia corre en'los teatros y en general en las públicas reuniones de
jóvenes de ambos sexos, exhortaba a los padres y madres a alejar
de ellas a sus hijos. «Ciertamente, les decía, cuando vemos a un
criado llevando un hacha encendida en la inano, con todo empeño
le prohibimos pase por sitios en que hay paja, heno o alguna otra-
materia, que pueda inflamarse, para que no vaya a dejar caer, sin
advertirlo, alguna chispa, que abrase toda la casa. Tengamos la
misma precaución con nuestros hijos y no permitamos concurran
a esas funestas reuniones; y si las personas que las frecuentan, vi-
ven cerca de ellos, prohibamos a nuestros hijos ir o tratar con ellas,
si es que queremos impedir que alguna chispa despierte el fuego
impuro que duerme en sus almas y causen un daño comparable a
un general incendio.»
(2) Pilotea o Introducción a la vida devota, parte III, cap. XXII.
334 SEXTO MANDAMIENTO (188)

tome parte voluntariamente en tales diversiones (1). d)


De malas compañías. Dice el proverbio: Dime con quien
andas y te diré quien eres. El que se junta con buenos,
aprende a ser bueno; el que se junta con malos, llega a ser
vicioso, e) Del ocio, que es y será siempre origen de los
vicios y especialmente de la deshonestidad. Si no os ocu-
páis en nada, vendrá luego el demonio a haceros com-
pañía y tentaros con lo que le da a él contento. El agua
parada, que no corre, se-corrompe, se hace mala; así su-
cede con el niño en la ociosidad.
6.° Cosas, que hemos de practicar. — Para evitar el peca-
do de deshonestidad preciso es orar, actuarse frecuente-
mente en el pensamiento de la presencia de Dios (¿ha-
ríais en la presencia de Dios lo que no os atreveríais a
hacer ante vuestro padres o superiores?), la devoción a
la Virgen, la práctica voluntaria de la mortificación de
los sentidos, a ejemplo de San Pablo, que decía: «castigo

(1) Hallamos con frecuencia jóvenes, que se excusan de haber


acudido a los bailes diciendo: ¿Qué mal hay en ello? No hago nada
malo. A estas jóvenes quisiera hacerles esta sola recomendación. La
primera vez que volváis del baile, antes de u costaros, postradas a
los pies del Crucifijo haceos esta sencilla reflexión: «Si ahora tuvie-
se que morir, ¿moriría tranquila? ¿Me presentaría segura, des-
pués de esta diversión, ante el tribunal de Dios? ¿Vería, de verdad,
no tener nada que echarme en cara?» Cierto estoy que después de
esta reflexión, ni una siquiera tendrá, el atrevimiento de repetir: En
el baile no hay nada malo; bailando, no hago mal.
Aun los paganos, con sola la luz de la razón, juzgaban con seve-
ridad del baile. El cónsul romano Lucio Murena fué acusado de ha -
ber bailado; y Cicerón, que debía defenderlo, escribió que no se
podía creer tal cosa de un cónsul romano, sin haber demostrado
primero que era hombre vicioso; pues no parecía posible hiciera tal
"vileza, de no estar entregado a los vicios, o rematadamente loco.
Eu Boma llamar a una señora gran bailarina equivalía a una nota
infamante. Demóstenes, el más famoso entre los oradores griegos,
queriendo ridiculizar las personas del séquito de Filipos, rey de Ma-
cedonia, las acusaba de haber bailado en público. ¡Qué vergüenza,
para nosotros, cristianos, que los gentiles, en esto, tuviesen crite-
rio más delicado que el nuestro!
SBXTO MANDAMIENTO (188) 335

mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre» (1), y finalmen-


te, poner en práctica lo que el sexto Mandamiento nos
ordena y que el Catecismo recuerda en la respuesta
siguiente.
Ejemplos.—Hermoso es el cielo, mas no es para nosotros. —Mar-
tín Lutero, fundador del protestantismo, fraile apóstata y re-
formador de la Iglesia, por no reformar sus costumbres, estaba
una tarde paseando, entristecido, con su indigna compañera.
Esta hacía todo lo posible para levantar su ánimo, pero inútil-
mente. Señalando entonces con la mano el cielo estrellado, le
dijo: —Mira qué hermoso es.—Muy hermoso—murmuró triste-
mente Lutero — , mas no es para nosotros.—Podemos, sin embar-
go—murmuró la compañera—, volver atrás, enmendarnos.—
No—replicó Lutero—, es demasiado tarde; este tenor de vida
no se cambia.—Triste verdad.
Enrique VIII y la herejía anglicana.—Cuando Lutero empe-
zó a predicar su herejía, escribió contra él hermosa y victorio-
samente Enriqua VIII, rey de Inglaterra; después él mismo le
imitó en combatir a la Iglesia, negar su doctrina, robar sus
bienes, encarcelar y condenar a muerte a los obispos y a los
fieles. ¿Y por qué? Porque se dejó arrastrar también él de la
deshonestidad.—La apostasía en la fe tiene casi siempre por
primera causa la impureza.
Visita al hospital.—Un buen padre, advirtiendo que su hijo
tenía grande inclinación a la impureza, lo condujo a que viese
un hospital de enfermos por pecados deshonestos. A la vista de
aquellos desgraciados jóvenes, los más en la flor dé la edad,
envejecidos antes de tiempo, consumidos, macilentos, sin fuer-
za en los miembros, y ya medio podridos, exhalando insopor-
table hedor; al oír los gemidos de aquellos infelices, el joven
quedó aterrado, sintió desfallecer su ánimo. Entonces el padre,
tomándole por la mano: Anda, le dijo, desventurado, anda a
contentar también tú tus pasiones. Dentro de poco te juzgarás
feliz, si puedes hallar para ti en este hospital una cama, donde
mueras víctima de tus desórdenes; y obligarás a tu padre a dar
gracias'a Dios, por haberte hecho morir. Estas palabras hicie-
ron tan fuerte**impresión en el joven, que no se borraron nunca

(1) !."• a los Corintios, IX, 27.


336 SEXTO MANDAMIENTO ( 1 8 8 )

de su memoria. Luego, emprendiendo la carrera militar, supo


conservarse libre de toda impureza. No hay pestilencia, dice el
célebre médico Tissot, que t a n t o consuma las fuerzas n a t u r a l e s
del cuerpo, t a n t o enerve la juventud y abrevie la vida huma-
n a , como los pecados de deshonestidad.
Luis XVI, Napoleón 1 y los malos libros. - Llenas de verdad
y dignas de recordarse siempre son las palabras pronunciadas
a este propósito por el infeliz rey Luis X V I . Cuando f u é destro-
nado y echado en la cárcel, vio en ella los retratos de Voltaire
y Rousseau y exclamó, lleno de remordimiento y con noble i n -
dignación: H e ahí los dos hombres, que con sus escritos h a n
a r r u i n a d o la F r a n c i a . Napoleón I dijo: Que no s e s e n t í a b a s t a n t e
fuerte, para gobernar un pueblo que leyese a Voltaire y Rous-
seau. Por eso, no permitió que d u r a n t e s u reino se volvieran a
imprimir sus obras.
Terrible testamento. — U n a infeliz joven, la víspera de su pre-
m a t u r a muerte, escribía estas terribles palabras: Tengo diez y
ocho años, soy la c r i a t u r a más desgraciada que hay y por eso
muero. A los quince años yo era feliz e inocente. Maldito el
momento en que mi tío me abrió la biblioteca y me dijo: Lee.
Mejor p a r a mí hubiera sido, que alargándome u n puñal, me h u -
biera dicho: Mátate. H a b r í a muerto, mas sin resorrer el cami-
no de'la desventura.
Lectura de novelas.—La principal excusa que se suele a d u -
cir, para justificar la lectura de novelas, aunque sean a,lgo li-
bres, es ésta: No me causan daño. U n poco de examen de con-
ciencia hecho con seriedad, muestra cuán graves daños c a u s a n
estas lecturas. Decía u n a asidua lectora de novelas:—Yo leo
para distraerme, mas no hago mal alguno.—Si es así—le respon-
dió un sacerdote—, arrodillaos y ofreced a Dios esa lectura.—
¡Por Dios, padre!, sería mofarse de Dios. — No, señora; si no hay
nada malo en tales lecturas, ¿por qué no pueden ofrecerse a
Dios? —Pero... P e r o . . . - C o n f e s a d , pues, que tales lecturas no
son indiferentes, como queréis hacerme creer. Decidme: ¿ h a b é i s
sido alguna vez más piadosa que ahora?—Sí, padre.—¿Leíais
entonces novelas?—No, padre.—¿Gustabais en otro tiempo,
más que ahora, de los estudios serios, del t r a b a j o útil; dé las
ocupaciones graves?—Sí, padre.—¿Leíais entonces novelas?—
No, padre.—¿Habéis sido, en otro tiempo, más prudente, sumi-
sa, menos inclinada al lujo y a la vanidad?—Sí, padre,—¿Leíais
SBXTO MANDAMIENTO ( 1 8 9 ) 337

entonces novelas?—No, padre.—¿En otro tiempo os acercabais


a los Sacramentos con más frecuencia y f r u t o que ahora?—Sí,
padre.—¿Y leíais entonces novelas?—No, padre.—Pues bien,
señora; 110 tengo más que añadir; habéis entendido cuán daño-
sa es la lectura de novelas.—¡Cuán fructuoso sería este examen
p a r a todos los que las leen!
Los malos compañeros.—Un buen joven empezó a frecuentar
compañeros no buenos, A su madre que le mostraba el peligro
de tales malas compañías, respondía: Seré cauto, no me h a r é
malo; antes espero convertirlos a ellos. L a madre, prudente
y avisada, juzgó que era mejor procedimiento recurrir a este
expediente. Preparó u n a cesta de m a n z a n a s m u y sanas; cogió
u n a dañada, que juntó a las otras; después, en presencia de su
hijo, cerró y selló el cesto.—Mamá—dijo el joven—, la m a n z a n a
podrida corromperá a las otras.—Antes al contrario—replicó—;
las sanas- la m e j o r a r á n . Ocho días después se abrió la cesta.
Todas las manzanas estaban podridas. Hijo mío, dijo la madre;
si una sola m a n z a n a , en t a n poco tiempo, pudo corromper toda
esta cesta, ¿qué sucederá a un joven bueno e n t r e muchos ma-
los? L a lección f u é eficaz.
Invitación a un baile rechazada. —Victorina de Galard-Te-
rraube, joven de g r a n ingenio, recibió un día un billete, en el
cual por primera vez se la invitaba a un baile. Dijo a su ma-
dre: Preciso es rehusar la invitación. L a madre preguntó qué
pretexto se podría aducir para r e h u s a r l a . Victorina replicó:
Querida mamá; no buscaría yo pretexto alguno, porque si hoy
damos uno, otra vez será preciso i n v e n t a r otro; contentaos con
responder claramente que no tengo intención de ir al baile y
está todo concluido.—Tenía razón; una respuesta t a n resuelta,
dada por una joven, causó extrañeza; pero todos la admiraron,
y desde aquel día en adelante no recibió invitaciones seme-
jantes.

189. P. ¿Que nos manda el sexto Mandamiento?


R . El sexto Mandamiento nos manda que seamos castos y recata-
dos en las acciones, en el mirar, en el hablar y en todo nuestro pro-
ceder.

Jesucristo nos hace comprender cuán preciosas sean la


castidad y modestia en los actos, en las miradas, en el
exterior y en las palabras, con esta sentencia: «Bienaven-
22
838 SEXTO MANDAMIENTO (189)

turados los limpios de corazón, porque ellos verán a


Dios» (1). La modestia exterior, si persevera, es conse-
cuencia y manifestación de la modestia interior; quien
tiene el corazón puro, tiene también puras sus obras ex-
teriores. Quien no tiene el corazón limpio, no será, a la
larga, tampoco casto en sus obras exteriores. Debemos,
pues, ser castos g recatados, como nos enseña el Cate-
cismo:
1." En las acciones, esto es, en todo lo que hacemos,
aun cuando estemos solos. Lo que está mal hecho, está
mal hecho, aunque nadie nos vea. Además, el ángel de
la guarda está siempre presente y Dios está en todas par-
tes y es testigo de todo.
2.° En el mirar; no debéis jamás mirar cosas feas, co •
sas malas. Desgraciadamente os sucederá en estos pica-
ros tiempos tropezar con cosas inconvenientes; no es po-
sible no verlas, mas en cambio, es muy posible y aun
obligatorio no mirarlas. No os detengáis, no volváis los
ojos donde sabéis que hay cosas inconyenientes, no os
paréis enfrente de los escaparates, donde hay expuestas
ciertas tarjetas o revistas ilustradas, pasad adelante
vuestro camino, volved los ojos a otra parte; tal es vues-
tro deber.
3.° En todo nuestro proceder, esto es, en el modo de
caminar, de estar en pie, de portaros, de tratar, y espe-
cialmente las niñas en el modo de vestir, evitando lo
que es inmodestia y presunción. La inmodestia en el
vestir es mala y causa de muchos pecados, de muchos
escándalos.
4.° En el hablar, no permitiéndoos nunca palabras
malas o inconvenientes, ni juntándoos con quien habla
mal. Oír involuntariamente una palabra mala no es pe-
cado, no está siempre en nuestra mano dejarla de oír; en
cambio, podemos siempre no escucharlas, esto es, no dar
oídos a los que las dicen. Si os encontráis en ocasiones,

(1) San Mateo, V, 8.


SEXTO MANDAMIENTO ( 1 8 9 ) 339

especialmente en el trabajo, en que necesariamente ha-


béis de oír conversaciones malas, no pongáis atención a
lo que se habla, levantad a Dios vuestra mente y vuestro
corazón, dirigiendo alguna jaculatoria a la Virgen, para
invocar su protección. Y vueltos a casa, referid en segui-
da lo sucedido a vuestra madre.
Fruto. —Como fruto, os dejo estos dos recuerdos: 1.° El
vicio de la impureza hace peores que los demonios en
malicia, y envilece por bajo del nivel de las bestias; en
cambio, la virtud de la castidad hace semejantes a los
ángeles del cielo ¿A quién queréis asemejaros? 2.° Si el
infierno se llena de almas, es a causa del pecado de im-
pureza especialmente. Decía San Bernardo: Poquísimos
son los que van al infierno sólo con otros pecados; casi
todos van allá o a causa de la impureza o llevando pe-
cados feos con otros pecados. Si queréis ir al paraíso, de-
béis practicar siempre y en todo la hermosa virtud de
la pureza.
Ejemplos.—La modestia de San Luis.— L a predilección espe-
c i a l í s i m a de San L u i s por la h e r m o s a v i r t u d de la pureza, le
g r a n j e ó el nombre de joven angelical o de á n g e l en c a r n e mor-
t a l . P e r s u a d i d o de la excelencia y delicadeza de esta v i r t u d ,
t u v o siempre s i n g u l a r cuidado en c o n s e r v a r l a sin m a n c h a en
su corazón. E j e r c í a g r a n vigilancia sobre sus ojos, de modo,
q u e no q u e r í a m i r a r a l r o s t r o a persona a l g u n a . Dedicábase,
a d e m á s , con a r d o r a las p r á c t i c a s de devoción. E r a m u y parco
e n la comida; t o m a b a el sueño, que le era a b s o l u t a m e n t e
necesario y h u í a h a s t a de las m í n i m a s ocasiones de pecado.
H a b i e n d o p r o n u n c i a d o en sus primeros años u n a s p a l a b r a s in-
c o n v e n i e n t e s , c u y a significación i g n o r a b a , a p e n a s conoció que
s i g n i f i c a b a n cosa m a l a , t u v o g r a n dolor, lloró esta culpa du-
r a n t e t o d a su vida e hizo de ella á s p e r a p e n i t e n c i a .
Reserva en el mirar.—Un día p r e g u n t a r o n a un s a n t o por
q u é no m i r a b a n u n c a a l r o s t r o a las p e r s o n a s con quien h a b l a -
ba. P o r q u e , respondió, yo hablo con la l e n g u a y n o con los ojos;
y porque si David h u b i e r a g u a r d a d o los ojos, no h a b r í a t e n i d o
q u e d e r r a m a r las lágrim.is q u e d e r r a m ó ; por esto yo, no que-
r i e n d o t e n e r q u e l l o r a r , empiezo por n o e x p o n e r m e i n ú t i l m e n t e
a l peligro.
340 SÉPTIMO MANDAMIENTO ( 1 9 0 )

190. P. ¿Qué nos prohibe el séptimo Mandamiento: NO HURTAR?


R, E l séptimo Mandamiento: No HURTAR, prohibe tomar o retener
injustamente los bienes ajenos, o causar daño ai prójimo de cualquier
otro modo, como, por ejemplo, con usuras, trampas y otros fraudes.

Quizá os parecerá que deberíamos omitir la explica-


ción de este Mandamiento, como si no os tocase en nada
a vosotros. Y, sin embargo, no es así. Poned atención,
porque debéis aprender muchas cosas, que dicen con
vuestro estado presente. El séptimo Mandamiento nos
prohibe:
1.° Tomar injustamente los bienes ajenos; esto es: ro-
bar, o bien, tomar los bienes de otro sin derecho; tomar-
los contra la legítima voluntad de su dueño. Sucede, aun
entre niños, que a veces comienzan a robar plumas o al-
guna otra cosa pequeña. El que hace eso emprende un
mal camino, porque generalmente se empieza por poco
y se acaba por mucho. Comiénzase por un hurto levísi-
mo, y se llega hasta el asesinato. Aun en este mundo, el
que roba, pierde el honor y queda infamado a los ojos
de todos. ¿Qué título se puede dar de más oprobio que
éste de ladrón9 Pues, ladrón es el que roba alguna cosa.
¿No será nunca, por ventura, permitido tomar las co-
sas de otro? En ciertos casos, sí; y nos lo hace saber el
Catecismo con la palabra: injustamente. Quien se halla
en gravísima necesidad, puede tomar los bienes de otro,
en cuanto le es necesario para no morir, porque todos
tienen derecho a la vida.
2." Retener injustamente, efe—Comete este pecado el
que retiene los bienes robados o que ha encontrado, sin
haber hecho lo que debía para hallar su dueño o bien
cosas prestadas, cuando se debe y puede devolverlas. Se-
gún nuestras leyes, el que halla tina cosa perdida, debe
entregarla al Municipio, que en dos domingos la anun-
ciará; si pasan dos años sin que se presente el dueño, la
cosa se devuelve a quien la encontró, el cual puede re-
tenerla; mas si se presenta, se dará de ordinario el diez
por ciento, como premio, al que la encontró.
SÉPTIMO MANDAMIENTO ( 1 9 0 ) 341

Ejemplos. - Un saco de tierra.—Un hombre rico de la P r u s i a


r e n a n a consiguió, por malos medios, quitar a una pobre m u j e r
« n campo muy reducido que tenía. L a pobrecilla que, perdien-
do aquel terreno, perdia el único medio de sustentarse, le pi-
dió permiso para coger a lo menos un saco de t i e r r a . Consin-
tiendo el rico, tomó ella un saco m u y grande, y llenándolo, se
preparaba a cargarlo a l a espalda; mas no pudo levantarlo. Rogó
a l señor 1a ayudara, y él, para quitársela de en medio, se dispuso
a darle gusto; mas no consiguió l e v a n t a r aquel peso. La m u j e r ,
entonces, le dijo: Señor, si no os es posible l e v a n t a r este saco de
t i e r r a , ¿cómo podréis soportar el peso de mi campo a n t e el tri-
bunal de Dios? E s t a s palabras impresionaron al usurpador, de
t a l modo, que restituyó su campo a la pobre mujer.—Las rique-
zas mal adquiridas son un peso, que llevaremos al tribunal de
Dios.
No empecéis a robar. — En los periódicos de 1893 se leía lo si-
guiente: El T r i b u n a l Supremo de Berlín condenó a m u e r t e a un
ladrón y asesino, por nombre I í h u a . El día antes del suplicio,
la madre del desventurado fué a verle e hizo por echarle los
brazos al cuello. El hijo, rechazándola, le dijo: Madre, muero
por culpa vuestra; si me hubierais vos castigado, en vez de
reirme la gracia, la primera vez que yo os llevé huevos roba-
dos, no iría m a ñ a n a al patíbulo.—Justo y terrible cargo, sobre
el cual deben reflexionar seriamente los padres que descuidan
corregir a sus hijos, cuando cometen hurtos pequeños.
3.° Causar daño, etc.—a) De cualquier otro modo: des-
cuidando, por ejemplo, el trabajo, a que uno está obli-
gado por contrato u otra razón de justicia, trabajando
mal, etc. b} Usuras: exigiendo, por dinero o cosas presta-
das, un interés exagerado, etc. c) Trampas: usando pe
sas, medidas o monedas falsas, adulterando las cosas,
mezclando agua con el vino, con la leche, no manifes-
tando los defectos ocultos, cuando hay obligación, o
abusando de la ignorancia del prójimo, etc.
Fruto.—Las cosas que se adquieren mal, no hacen rico
a nadie; quien se enriquece con las cosas de otro, acaba-
rá ordinariamente en la miseria. En la eternidad esas co-
sas pesarán mucho'y en daño nuestro, en la balanza de
la justicia de Dios.
342 SÉPTIMO MANDAMIENTO ( 1 9 0 )

Ejemplos.—El precio del agua vuelve al agua.—Una n i ñ a es-


t a b a e n c a r g a d a por su m a d r e de llevar todos los días leche a
l a tienda. E n su c a m i n o debía p a s a r por d e l a n t e de u n a fuente»
P e n s ó echar u n poco de a g u a a la leche, sisando de e s t a m a n e -
r a unos céntimos. Así lo hizo. C u a n d o t u v o u n a peseta, f u é s e al
pueblo m á s cercano y compró un s o m b r e r o de p a j a adornado-
con lazos; y c o n t e n t a , t o m ó la v u e l t a de su pueblo. Soplaba»
aquel día f u e r t e viento, el c a m i n o p a s a b a por la orilla de u n
río; u n a r a c h a de viento le q u i t ó a la niña el sombrero de la*
cabeza y lo echó al agua.—Así e s t a n i ñ a e x p e r i m e n t ó la v e r -
dad de aquel r e f r á n : Bienes m a l adquiridos a n a d i e h a n e n r i -
quecido.
Desventurado quien hizo el mal. - U n día refirieron a un h o m -
bre de bien, que su enemigo le h a b í a q u e m a d o u n a casa y l a s
mieses y a recogidas. El que se lo contó, a ñ a d í a : —¡Cuán i n f e -
liz sois por u n daño t a n g r a v e ! - ¡ O h ! — r e s p o n d i ó éste—, m á s
d e s v e n t u r a d o es el que hizo el m a l , porque t e n d r á q u e d a r
c u e n t a a Dios.—Quien hace daño, es por eso m á s infeliz que el
que lo recibe. No h a g á i s n u n c a cosa de que tengáis que d a r a
Dios e s t r e c h a c u e n t a .
¡Mi alma en manos de Satanás!—En la historia de los C i s -
tercienses se c u e n t a que un m e r c a d e r h a b í a r e u n i d o t e s o r o s
considerables, por t o d a clase de t r a m p a s . Poco a n t e s de su m u e r -
te, hizo l l a m a r al n o t a r i o y le m a n d ó añadiera al t e s t a m e n t o '
la s i g u i e n t e cláusula: «Quiero que, después de mi m u e r t e , m i
cuerpo se e n t r e g u e a la t i e r r a , de donde salió y mi a l m a en m a -
nos de S a t a n á s , a quien pertenece.» Los a s i s t e n t e s q u e d a r o n
horrorizados. E l moribundo, no o b s t a n t e , reiteró enérgicamen-
t e su dicho, a ñ a d i e n d o con voz y r o s t r o de desesperado: «Si,
ésta es mi ú l t i m a v o l u n t a d ; mi a l m a debe ser e n t r e g a d a a S a t a -
nás, y con ella el a l m a de mi m u j e r y de mis hijos; mi a l m a ,
porque m e he enriquecido a f u e r z a de engaños y h u r t o s ; el al-
m a de mi m u j e r , pues me i n d u j o a ello con su lujo desmedido, y
finalmente, las a l m a s de mis hijos, porque cegado por su a m o r ,
no supe resolverme a r e s t i t u i r lo g a n a d o i n j u s t a m e n t e . » D i c h o
esto, expiró aquel infeliz.

DERECHO DE PROPIEDAD. —La prohibición del séptimo


Mandamiento está fundada en el derecho de propiedad
privada. En tanto es hurto tomar lo que otro posee, en
cuanto lo posee legítimamente. Y como en nuestros días,
SÉPTIMO MANDAMIENTO ( 1 9 0 ) 343

no son pocos los que niegan el derecho de propiedad


privada, creemos necesario exponer aquí las principales
razones, que militan en su favor.
1.° Las razones de Santo Tomás.—Santo Tomás (1) de
muestra la necesidad de la propiedad privada con tres
argumentos. Conviene que la propiedad sea privada:
1) «Porque cada uno es mucho más solícito en procurar
el propio bien, que no en procurar el bien de los demás
o de muchos en común; pues cada uno rehuye la fatiga
y deja a los demás el cuidado de lo que pertenece al bien
de todos.» Es un hecho, que el hombre no se mueve a
trabajar seriamente, sino por el interés personal; si no
trabaja para sí, sino para el Estado, ¿dónde hallará el
ánimo que necesita para soportar grandes fatigas? ¿Qué
estímulo tendrá para trabajar? ¿Qué interés? Cada cual
hará lo menos posible, porque es verdad lo que escribía
Proudhon: El hombre puede amar a su semejante hasta
la muerte; pero no le ama hasta trabajar por él. 2) «Por-
que los trabajos humanos se efectúan y llevan a buen
término con mejor orden, cuando a cada uno toca el
cuidado de alguna cosa como propia; si dejamos a los
demás indistintamente este cuidado, sucede gran confu-
sión.» Cuando el cuidado y responsabilidad de una obra
recae en la muchedumbre, ¿quién se preocupa de ella?
Muchos ejemplos tenemos de eso en la hacienda del go-
bierno y municipio. 3) «Porque la propiedad privada
ayuda más a conservar la paz y tranquilidad pública,
pues cada cual se atiene a lo suyo y con ello descansa.
Por esto, vemos que son más frecuentes los litigios y dis
cordias entre los que poseen en común y de modo indi-
viso» (2).
2.° Otras razones —1) «El hombre, como ser racional,

(1) Summa Theologica, 2. a 2. as, q. L X V I , a . 2.


(2) El que quisiere ver oportunamente desarrolladas estas razo-
nes, lea Questioni religiose morali e sociali del giorno del S r . B o n o -
melli, vol. I: Proprietá e Socialismo.
344 SÉPTIMO WANDAMIBMTO ( 1 9 0 )

es previsor. Ahora bien, la previsión exige que provea, no


sólo a la necesidad presente, sino también a las necesi-
dades que han de venir; lo cual no se podría hacer, sin
la posesión estable de las cosas productivas. Si las nece-
sidades del hombre, una vez satisfechas, cesasen, la ocu-
pación estable no entraña seguramente en los designios
de la naturaleza. El hombre, sin embargo, está hecho de
tal modo, que sus necesidades renacen cada día. Para
asegurarse, pues, contra los efectos de estas necesidades,
que vuelven, es racional y justo que pretenda apropiar-
se, no solamente los frutos de la tierra, sino también la
tierra misma, de la cual se recogen los frutos. Esta razón
aumenta de valor, si el hombre se considera, no ya solo,
como individuo, sino en familia y si se mira a la obliga-
ción, que tiene el padre de atender al porvenir de sus
hijos» (1). 2) «Por ley inviolable de la naturaleza, perte-
nece al padre el mantenimiento de la prole; y por impul-
so de la misma naturaleza, que le hace mirar en los hi-
jos una imagen suya o como una expansión y continua-
ción de su misma persona, se mueve a proveerlos de
modo, que en el difícil curso de la vida puedan hacer
frente a las necesidades. Esto no sería posible, sino me-
diante la adquisición de los bienes fructíferos, que les
transmite por herencia» (2). 3) Por otra parte, se debe
considerar que el trabajo es sobre todo personal al hom
bre y resultado de sus facultades puestas en acción. Si
estas facultades se ejercitan en un objeto que no perte-
nece a nadie, sea éste mueble o inmueble, materia o te-
rreno, desde aquel momento, perfeccionado o transfor-
mado, es inseparable del trabajo, al que debe su trans-
formación, y en toda justicia pertenecerá al trabajador,
como un equivalente de su fatiga. Si el trabajo se ha
ejecutado sobre un objeto que pertenece a otro, y si este

(1) Liberatore: Principios de Economia política. Véase también:


Inst.itueicnes de Ética y de Derecho natural, del mismo.
;2) León XIII, encíclica Berum novarum.
s é p t i m o m a n d a m i e n t o (190) 345

objeto ha sido transformado o perfeccionado a petición


del mismo propietario, el trabajador debe ser recompen-
sado de su trabajo por el salario, el cual le pertenecerá;
y-podrá, una vez satisfechas, con una parte de él sus ne-
cesidades, conservar y disponer a su gusto de lo restan-
te (1). También aquí encontramos una de las fuentes del
derecho de propiedad. 4) «El fin del trabajo, el fin pró-
ximo, que se propone el trabajador, es la propiedad pri-
vada; puesto que si emplea sus fuerzas o su industria en
beneficio de otro, lo hace para ganarse el necesario sus-
tento, y así, con su trabajo, adquiere verdadero y per-
fecto derecho, no ya de exigir, sino de invertir, como
quiera, el debido salario. Si, pues, con sus economías
logra hacer algún ahorro y para mejor asegurarlo lo in
vierte en comprar un terreno, este terreno no es, en últi-
mo resultado, otra cosa que el mismo salario en otra for-
ma, y consiguientemente propiedad suya, ni más ni me-
nos, que el mismo salario. Ahora bien; en esto, como to-
dos saben, consiste la propiedad sea mueble sea esta-
ble» (2).
3 Consideraciones. —1) El socialismo no quiere amos
o

y sometería todos los hombres a un solo patrón, im-


personal y, por lo mismo, más inclinado que los demás
a la tiranía y al despotismo. 2) El hombre aspira a una
justa libertad. En el socialismo no habrá sino una uni-
(1) Los socialistas proclaman que el fruto del trabajo pertenece
al trabajador. Pero precisamente de aquí nace el derecho de pro-
piedad. Si pertenece al trabajador, luego es suyo, propiedad suya, y
puede disponer de él a su gusto; puede invertirlo en tierras, en ob-
jetos productivos. La lógica es inexorable. Combaten lo que es de
derecho natural, para excitar las pasiones de quien no raciocina; y
después, sin quererlo, se ven obligados, por la lógica, que es inexo-
rable, a proclamar en otra forma lo que han combatido. El derecho
de propiedad tiene, pues, también por fundamento el derecho del
obrero al fruto de su trabajo, el derecho de usar de él, racional-
mente se entiende, a su gusto, de ahorrar una parte y mirarla como
suya.
(2) León X I I I , encíclica Rerum novarum.
346 s é p t i m o m a n d a m i e n t o (191)

versal y completa esclavitud. Cada uno trabajará, vivi-


rá, vestirá según le sea ordenado. 3) Los socialistas son
enemigos de la vida religiosa, quisieran destruir todas
las congregaciones. El socialismo, sin embargo, crearía
un convento universal,con la diferencia, de que no se cui-
daría ni de las virtudes, ni de la voluntaria dependencia;
y así sería una universal esclavitud 4) Quedaría destrui-
da la dignidad personal. En el socialismo el hombre no
será una persona, sino un instrumento de producción
en manos del patrón absoluto, llamado Estado. 5) La
igualdad universal es imposible; como hay diferencias
de estatura, de ingenio, de salud, así necesariamente ha-
brá, como al presente, diferencias capitales en la vida, a
causa de los diversos trabajos, unos apetecidos, otros
desechados, productivos los unos, improductivos los
otros (1).
191 P. ¿Qué nos manda el séptimo Mandamiento?
R. El séptimo Mandamiento nos manda restituir la hacienda ajena,
reparar los daños injustamente causados y pagar las deudas.
El séptimo Mandamiento no nos permite retener la
hacienda ajena; nos obliga a restituirla y a reparar los
daños que hayamos injustamente causado. Uno, por
ejemplo, roba a un trabajador el instrumento con que
trabajaba. El trabajador no puede procurarse otro, no
puede trabajar por algunos días. Este trabajador tiene
derecho a que le sea restituido el instrumento y a que le
resarzan el daño que recibió, con no poder trabajar.
Además, nos obliga a pagar las deudas.
El deber de la restitución y de la reparación de los
daños es gravísimo. El que está obligado y tiene medios
para pagar y no lo hace, continúa queriendo lo que es
un robo; y así, continúa siendo ladrón, y no es, por lo
tanto, capaz de absolución sacramental. Si alguno tiene
deberes de justicia que en el momento no puede cumplir,
(1) Boiiomelii, 1. e.
s é p t i m o m a n d a m i e n t o (191) 347

puede ser absuelto, con tal que esté preparado a satisfa-


cer cuando le sea posible.
E L SALARIO.—El séptimo Mandamiento, obligando a
pagar las deudas, obliga también a entregar la justa paga
al obrero, al criado; en una palabra, a quien trabaja;
pues esta paga constituye una verdadera y propia deu-
da; oigamos las enseñanzas del Papa León XIII:
«Principalísimo entre los deberes de los amos es tam-
bién dar a cada uno su justo salario. Determinar, según
justicia, este salario, depende de muchas consideracio-
nes; recuerden en general los capitalistas y patronos que
ni las leyes divinas ni humanas permiten oprimir, en
utilidad propia, a los necesitados e infelices, ni traficar
con la miseria del prójimo» (1). El Pontífice advierte,
además, que «las escuelas modernas de Economía políti-
ca, infectas de materialismo, consideran el trabajo como
supremo fin del hombre, rebajándole a la condición de
máquina más o menos estimable, según es más o menos
apto para la producción. De aquí proviene perdercomple
tamente de vista el valor moral del hombre, la escanda-
losa explotación de los pobres y de los pequeños por los
que quieren aprovecharse de sus sudores. Muchas cosas
debe también proteger el Estado en el obrero... En cuan-
to a la defensa de los bienes corporales y exteriores, ante
todo debe amparar al pobre obrero contra la crueldad de
avaros especuladores, que por ganar más, abusan sin dis-
creción alguna de las personas y de las cosas» (2).
Hablando más en particular, de la cuestión de deter-
minar el salario, el Papa escribe lo siguiente: «Llegamos
a un punto de grande importancia y que ha de ser bien
entendido, para no declinar ni a un lado ni a otro. La
cantidad del salario, dicen, la determina el libre con-
sentimiento de las partes; de modo que el amo, pagando
tal salario, ha hecho lo que debía, ni parece pueda exi-
gírsele más. Solamente, cuando el amo no entregue el
(1) Encíclica Rerurn novarum.—(2) Idem.
348 s é p t i m o m a n d a m i e n t o (191)

salario entero, o no ponga el obrero todo el trabajo en


que convino, se comete injusticia; sólo para proteger
estos derechos, y no por otras causas, es lícita la inter-
vención del Estado. Este razonamiento no puede pape-
cer aceptable, tan fácilmente ni del todo, a un justo apre-
ciador de las cosas; porque no las considera en todos sus
aspectos, antes deja desatendida una circunstancia de
gran cuenta. El trabajo es la actividad del hombre or-
denada a proveer las necesidades de la vida y especial-
mente a su conservación: Comerás tu pan con el sudor de
tu frente. Tiene, pues, el trabajo en el hombre como dos
caracteres,impresos por la misma naturaleza, a saber: ser
personal, porque la fuerza activa es inherente a la perso
na y absolutamente propia de quien la ejercita y en cuyo
cuyo provecho le fué dada; en segundo lugar, ser necesa-
rio, pues del fruto de su trabajo tiene necesidad el hom-
bre para el sostenimiento de la vida, sostenimiento que
es un deber imprescindible impuesto por la naturaleza.
Ahora bien; si se mira sólo al aspecto de su personali-
dad, no hay duda que puede el obrero pactar un salario
inferior a la justa medida, pues así como ofrece volun
tariamente su trabajo, así puede por su voluntad con-
tentarse con un tenue salario o renunciarlo del todo.
«Otra cosa muy diversa debemos decir, si con la perso
nalidad consideramos la necesidad: dos aspectos lógica-
mente distintos y realmente inseparables. En efecto, el
conservar la vida es un deber, al que ninguno puede fal-
tar sin culpa. De aquí nace, por necesaria consecuencia,
el derecho de proporcionarse los medios de sustenta-
ción, que en los pobres quedan reducidos al salario de
su propio trabajo.
»Por tanto, aunque el trabajador y el patrono ha-
gan de común acuerdo el contrato y convengan determi-
nadamente sobre el salario, entrará siempre un elemen-
to de justicia natural (1) anterior y superior a la libre
(1) A propósito de estas palabras, fueron propuestas a la Con-
s é p t i m o m a n d a m i e n t o (191) 349

voluntad de los que pactan, a saber, que la cantidad del


salario no sea inferior al sostenimiento del obrero, se
entiende frugal y de buenas costumbres. Si éste, obliga-
do por la necesidad o por temor de mayores males, acep-
ta un contrato más gravoso, que como impuesto por el
propietario o por el contratista, debe aceptar quiera o
no quiera, éste tal sufre una violencia, contra la cual
protesta la justicia.»
El Papa no baja a más particularidades, imposibles
de determinar brevemente en tanta variedad de cosas,
de tiempos y de pueblos, dejando la decisión a los árbi-
tros y a los hombres de bien.
En las escuelas católicas, en nuestros días, empieza a
abrirse paso la teoría del salario familiar, esto es: que en
condiciones normales, el hombre debe sacar de su tra-
bajo lo que necesita para vivir él y su familia ordinaria;
y se demuestra de este modo: Dios dijo al hombre: «Me-
diante el sndor de ta frente, esto es, mediante tu trabajo,
comerás tu pan» (1), y San Pablo: «Si alguien no quiere tra-
bajar, no coma» (2'. Por lo tanto, quien trabaja, tiene de-
recho a comer. Ahora bien, la Encíclica del Papa por su

gregación del Santo Oficio estas dos preguntas, que conviene cono-
cer: «1." Si por Jas palabras justicia natural se debe entender la
justicia conmutativa, o bien la equidad natural.—E. De suyo se
debe entender la justicia conmutativa.—2. Si pecan y cómo los
a

patronos, que no usando de violencias ni engaños, retribuyen un


salario inferior al que merece el trabajo hecho e insuficiente
a la honesta sustentación, porque muchos obreros se ofrecen, los
cuales se contentan con aquel pequeño salario, esto es, consienten
libremente en él.—R. De suyo, pecan contra la justicia conmuta-
tiva.»
P a r a los catequistas, que no han estudiado Teología, recorda-
mos que justicia conmutativa es la que regula las relaciones de
unas personas con otras, por la cual, una da a otra lo que le perte-
nece. De la violación de esta justicia conmutativa nace la obliga-
ción de restituir.
(1) Qénesis, III, 19.
(2) A los Tesalonicenses, III, 10. .
350 s é p t i m o m a n d a m i e n t o (191)

parte reclama la abolición y la limitación del trabajo


de los niños y de la mujer; con esto viene a ser un ar-
gumento de gran peso para la teoría del salario fami-
liar (1).
Fruto.—Como conclusión de estas explicaciones, nota-
ré: 1.° Que de ordinario, se roba o se retiene lo ajeno,
porque no hay testigos, que puedan probarlo. Acordaos
de que siempre hay dos testigos: el demonio y el ángel de
la guarda; y un acusador, que es la conciencia. 2.° Que
dice el Espíritu Santo: «¡Ay! de aquel que edifica su
casa sobre la injusticia... que oprime sin razón a su
amigo, y no le da su paga» (2); *el que siembra injusti-

(1) Oreemos oportuno recordar que en el primer Congreso de


los versados en ciencias sociales reunido en Gónova en Octubre de
1892, fueron aprobadas las deliberaciones siguientes, propuestas
por D. Sebastián Nicotra:
«Según las enseñanzas de la Encíclica, el Congreso... afirma que
el patrón o empresario, ordinariamente hablando, e independiente-
mente del contrato, está obligado por rigurosa justicia, o sea por
justicia conmutativa, a dar un salario suficiente a la sustentación
de un obrero sobrio y honrado.
• El Congreso es de parecer que por obrero sobrio y honrado se
deba entender el obrero tal como existe en concreto, esto es, con
todas sus obligaciones naturales y en las condiciones comunes, a sa-
ber, teniendo familia; por esto el justo salario, ordinariamente
hablando, debe ser familiar.
•Por salario familiar entiende el Congreso, an salario que sea
suficiente a la vida ordinaria de&