Está en la página 1de 11

El hombre unidimensional: una lectura hermenéutica

por Jordi Juan Baucells

En este texto nos proponemos hacer una lectura hermenéutica del texto cumbre de Herbert
Marcuse (1898 – 1979): El hombre unidimensional (1964). Conviene aclarar primero qué queremos
decir con hacer una lectura hermenéutica. Entendemos, fundamentalmente, siguiendo a Gadamer y
a Paul Ricoeur, pero sobretodo a éste último, seguir el camino ya dibujado por el texto, seguir su
senda. Obviamente, la distancia cronológica entre 1964, fecha de publicación de la obra, y nuestro
año 2018 supone un vacío, un «gap», en inglés. Por tanto, consideramos obligatorio, y más aún en
una obra como esta, tan contemporánea a nosotros, seguir andando el camino que ya dibujó hasta
llegar a nuestros días intentado así sobrepasar sus limitaciones cronológicas, pero también haciendo
evidentes los puntos en los que esta obra está limitada por su contexto. De este modo entablamos un
diálogo desde el presente con el pasado y conseguimos conservar aquellos elementos que siguen
siendo significativos para nosotros y desechamos los que no nos pueden ya valer.
Dicho esto, lo siguiente es decir cómo procederemos en nuestra lectura interpretativa.
Fundamentalmente queremos observar el estado actual de las cosas y compararlo con el que nos
muestra Marcuse en el nivel del individuo, de las instituciones y de los estados. Creemos que esto
nos permitirá engarzar diversos fenómenos como una totalidad y no meramente como hechos
aislados. Los puntos que trataremos serán los de la economía, la política y las formas de
dominación. Son estos, a grandes rasgos, los tres ámbitos que Marcuse analiza.
Recordemos, brevemente, antes de empezar que la tesis fundamental de El hombre
unidimensional es que el capitalismo avanzado ha traído consigo un aumento nunca antes visto de
la mecanización del trabajo. La proliferación de las máquinas en los ámbitos laborales más pesados
ha propiciado un modo de vida más cómodo para el hombre. Pero lejos de ser libre de la
dominación tradicionalmente ejercida por la lógica del binomio burguesía-proletariado, se
encuentra atado a una falsa conciencia de la realidad que no le permite ver sus cadenas y dar el paso
a la libre organización de sus necesidades. De esta manera la multiplicidad de pensamiento del
hombre queda reducida a una única dimensión, siendo los ámbitos de la política y la economía
también unidimensionales.

1. La economía

Como hemos afirmado ya, la obra de Marcuse especial atención, sino toda, en el avance
técnico que ha experimentado el mundo desde los inicios del capitalismo. Nunca antes en la historia
de la humanidad se había progresado a saltos tan avanzados y de manera tan rápida. Con cada
nuevo avance el siguiente promete ser más sorprendente y promete darse más temprano. Los
tiempos del progreso se reducen exponencialmente. Las consecuencias a pequeña escala, las que
sufre el individuo, se traducen una creciente angustia por la destrucción exponencial de empleos.
Los hombres con cada vez más frecuencia son reemplazados por máquinas. En muchos casos no
son ni tan siquiera operarios que controlan la máquina, sino que son programas informáticos los que
llevan las instrucciones de su funcionamiento. La máquina puede añadir valor a la mercancía. En
primer momento se puede percibir esto como un logro. La liberación del hombre por el hombre,
máquina mediante. Pero nada es un logro o un fracaso por sí mismo, sino en relación con los
elementos del sistema. Se quiere decir con esto que, efectivamente, hay una liberación del trabajo
que podríamos llamar “pesado”. La minería, la agricultura, la industria… Lo que hoy en día se
llama el sector primario y secundario. Siguen existiendo trabajadores en esos sectores. Pero es una
evidencia que las fábricas han experimentado un decrecimiento del número de los trabajadores. Tal
excedente de personas capaz de realizar trabajo útil – el “ejército de reserva” de Marx – se ha
desplazado en nuestros días al llamado sector terciario o sector servicios. Marcuse ve esto
perfectamente al hacer referencia a la nueva vida acomodada de las nuevas clases medias.
Recordemos que en el año 1929 se produce la llamada Gran Depresión, en 1945 termina la Segunda
Guerra Mundial y en 1964 se publica la obra de Marcuse. En los tiempos que escribe nuestro autor
se ha producido un “baby boom”, la mujer se ha incorporado al trabajo y las clases medias ven la
oportunidad de acomodarse.
Esta situación de bonanza económica se rompe ya entrado el nuevo siglo XXI. En el 2008
ocurre la crisis económica más reciente. Para nuestro propósito nos interesa la cuestión relativa al
sector servicios. La crisis global del 2008, que empezó en el sector de la construcción, implica una
recesión en todos los ámbitos de la economía. Pero en la medida en que las máquinas siguen
existiendo, la precarización del empleo y la pauperización se concentra en los ámbitos en los que se
concentra mayor trabajo humano. En España, desde donde escribimos, se hace particularmente
evidente por ser la economía de base esencialmente turística. Gran parte de los puestos de trabajo
son de temporada. Pero lo que nos interesa es cuestionar la idea de la liberación del hombre del
trabajo duro mediante la mecanización. De manera contundente, nosotros decimos que el sector
servicio, especialmente el basado la industria turística, pero no sólo esta, son las nuevas fábricas.
Esta idea implica una aún más general y que Herbert Marcuse afirma, a saber, que lo racional se
convierte en irracional; dicho de otra manera que la racionalidad y la irracionalidad se transforman
una en la otra. Esta visión proviene de una mirada crítica con el capitalismo. Como sabemos, el
capitalismo consiste en el intercambio de mercancías, lo cual implica que el empresario tenga un
cierto beneficio respecto de su inversión. En aras del beneficio cualquier cosa está permitida. Lo
racional es persistir en el intercambio de mercancías que hace de engranaje de nuestra sociedad.
Para asegurar tal fin, la precarización del empleo, la especulación, el desalojo son medidas
perfectamente válidas y de hecho percibidas como buenas en sí mismas dentro del marco
capitalista.
Pero esta racionalidad impregna todo el sistema. El empresario del pequeño comercio
considera más racional no hacer contrato a su único empleado, el dueño de un hotel considera
racional que las camareras de piso cobren por habitación en vez de por hora trabajada, el Gobierno
prefiere recortar el gasto social y privatizar sectores públicos y las grandes empresas prefieren
fabricar sus mercancías en países extranjeros en los que la mano de obra es más barata. He aquí una
cuestión importante: la globalización. Marcuse desvela muchos elementos de nuestra sociedad hoy
en día globalizada, pero no desvela la globalización. Es probable que esto se deba a que en su
momento histórico el bloque soviético aún tenía presencia suficiente como para no pensar la
unificación del mundo entero bajo un único sistema económico -y por tanto, de pensamiento-.
Es interesante prestar atención a la dinámica global económica. Anunciamos ahora que el
progreso técnico no ha liberado al hombre del trabajo de la industria. Esta puede ser nuestra
percepción en Occidente, en los países llamados del primer mundo -llamados así por nosotros-. Pero
en otras zonas del planeta el trabajo de fábrica sigue siendo el principal. Los países más
industrializados, es decir, siendo la industria manufacturera la de más peso, son Arabia Saudita y
China, seguidos de Indonesia, Irán, Tailandia y Malasia (datos del 2011 del Fondo Monetario
Internacional). En China, por ejemplo, el sector industrial representa un volumen mayor del que
representa el sector servicios. Y también es importante recordar que China es uno de los países más
avanzados tecnológicamente, al mismo tiempo que es la sede de la empresa Foxconn destacada por
su precariedad laboral. Tanto es así que los trabajadores se hospedan en la fábrica. Una de las
exigencias para trabajar en Foxconn consiste en no suicidarse. Esta es una cláusula presente en el
contrato de los trabajadores y, por si fuera poco, la empresa ha instalado en sus fachadas redes
elásticas con la función de impedir que los empleados se tiren desde la azotea. Cabe preguntarse
aquí dónde está esa liberación del trabajo “duro” que sí ha ocurrido en Occidente. Desde nuestra
perspectiva Marcuse no puede ver que la mejora técnica conducirá a una división del trabajo a
escala mundial. Siendo África el continente del que se extrae la materia prima, Oriente el
emplazamiento de la manufactura y Occidente el principal consumidor así como el principal
ofertante de servicios.
Hasta aquí no nos oponemos a Marcuse de manera directa. Pues él bien sabe que la
tecnología no ha liberado a nadie del trabajo, pero añadimos, frente a su visión demasiado limitada
a la sociedad estadounidense de su tiempo, que ha servido para esclavizar aún más a grandes
sectores de población mientras que a otros los ha convertido, dentro de su esclavitud, en señores del
trabajo ajeno. Se da así la paradoja de que el individuo occidental que trabaja en la oficina, es
esclavo y señor al mismo tiempo. Esclavo de su falsa conciencia, de las falsas necesidades que dice
tener, pero señor del trabajo realizado por una gran parte de la población mundial.

2. La Política

La sociedad que Marcuse llama unidimensional lo es en tanto que las contradicciones no


aparecen como tal. Los opuestos convergen. No hay diferencia, sino plena identidad. Esto es así
incluso en la esfera política. A este estado de lo político es lo que recibe el nombre de “cierre del
universo político”. Cierre en tanto que no hay posibilidad de avance, de movimiento. Por mucho
que quisiésemos no podemos sino constatar este cierre.
En primer lugar, a gran escala la unidimensionalidad es más aguda que en los tiempos que
escribe nuestro autor. Si Marcuse habla de cierre del universo político lo hace dentro de la sociedad
capitalista avanzada, pero sigue teniendo en cuenta todo el bloque socialista como efectivamente
existente, como oposición. Hoy ya no podemos hablar de ese tipo de oposición. Desde la caída del
muro de Berlín en 1989 toda posible oposición se ha fundido en una sola identidad, la del sistema
capitalista. Aún siendo verdad que algunos países se siguen declarando comunistas como Vietnam,
Laos, Corea del Norte o China sus economías están lejos de una dictadura del proletariado y mucho
más de ser Estados socialistas. Debemos más bien percibirlos como remanentes de la Segunda
Guerra Mundial. Si hay alguna oposición significativa hoy en día al capitalismo en el campo de la
política exterior se encuentra en el reciente autoproclamado Estado Islámico de Irak y del Levante
(ISIS o Daesh), y a pesar de su acción terrorista no es un rival de peso, aunque su ideología sea
seductora para el público occidental – cuestión que trataremos más adelante –.
En segundo lugar, los agentes del cambio político a nivel institucional, los partidos políticos,
son entidades plenamente diferenciadas unas de otras. En Estados Unidos el bipartidismo asume a
priori la inviabilidad de cualquier opción que no caiga dentro de los marcos del Partido Demócrata
o el Republicano. En Europa, a pesar de la diversidad de Estados y sus variedad de partidos
políticos, no cabe entenderlos fuera del marco de una totalidad que es la Unión Europea, la cual
supone unos marcos muy concretos de pensamiento cuyas opciones políticas oscilan desde la
extrema derecha hasta la socialdemocracia. Ninguna oposición total existe dentro de este sistema.
De hecho, los últimos años la derecha ha experimentado un aumento de votantes en varios países de
la Unión como España, Holanda, Alemania, Reino Unido. Se puede contar la excepción de Syriza
en Grecia. Pero otras fuerzas de izquierdas no han tenido la misma suerte. Ese es el caso de
Podemos, en España, que apareció como un partido redentor con el carácter mesiánico de su líder,
Pablo Iglesias; pero después de todo no ha resultado ser lo que sus votantes esperaban. Las últimas
noticias respecto a las elecciones catalanas no hace sino confirmar la sospecha del ascenso de la
derecha por parte del partido Ciudadanos, lo cual implica una única vía para el ejercicio de la razón,
la del neoliberalismo.
Vale la pena hacer notar el estatismo de los movimientos sociales. Las manifestaciones
ocurridas entre 2010 y 2013 en el mundo árabe aglutinadas bajo el rótulo de “primavera árabe” han
terminado sofocadas por el islamismo radical. De esta primavera árabe bebe el Movimiento 15-M,
que el 15 de mayo de 2011 provocó que el mundo mirará a España como un ejemplo a seguir. El
movimiento que había comenzado en Madrid se extendió rápidamente por todo el territorio español.
Incluso estos movimientos tuvieron repercusión en Estados Unidos con su propio movimiento
denominado “Occupy Wall Street”. Pero también en otras ciudades de países alrededor de mundo
como Estados Unidos, Italia, Chile, Alemania o Reino unido se movilizaron el 15 de Octubre. Cabe
reseñar que sin las nuevas tecnologías del capitalismo avanzado tal reacción a nivel mundial no
podría haber tenido lugar con la rapidez que mostró. Aún así, ¿cuales han sido las consecuencias
reales de estas iniciativas? La primavera árabe ha sido totalmente colapsada por el fundamentalismo
islámico. El 15-M creó un nuevo marco político en el que el bipartidismo endémico de España se
convirtió en un “tetrapartidismo”. Cabe preguntarse si en el futuro los partidos más antiguos no
caerán en el olvido y se volverá a la posición tradicional. Y por último, Occupy Wall Street no ha
tenido ninguna repercusión en la escena política estadounidense; de hecho Donald Trump es
totalmente lo opuesto a cualquier movimiento que abogue por el cese del control de las empresas
sobre los organismos institucionales, representantes de la voluntad general.
Dicho lo anterior, no podemos sino preguntarnos por qué. ¿Por qué los movimientos sociales
no parecen tener mayor repercusión? ¿Por qué se olvida tan rápido la posibilidad de organizarse
mundialmente? ¿Por qué, por ejemplo, en España, no hay una vaga general de trabajadores? Desde
luego, estas cuestiones tienen que ver con los formas o mecanismos de dominación -que pasaremos
a examinar inmediatamente-. Pero las formas de dominación son un método, a nuestro modo de ver,
para destruir la conciencia de clase. Queremos citar un breve fragmento de la obra de Herbert
Marcuse:

Pero es precisamente esta nueva conciencia, este “espacio interior”, el espacio de la práctica histórica
trascendente, el que está siendo anulado por una sociedad en la que tanto los sujetos como los objetos constituyen
instrumentos en una totalidad que tiene su raison d’être en las realizaciones de su todopoderosa productividad. Su
promesa suprema es una vida cada vez más confortable para un número cada vez mayor de gentes que, en sentido
estricto, no pueden imaginar un universo del discurso y la acción cualitativamente diferente, porque la capacidad para
contener y manipular los esfuerzos y la imaginación subversivos en una parte integral la sociedad dada ( Herbert
Marcuse. (1967). «El cierre del universo político» en El hombre unidimensional (p. 61). Barcelona: Austral.)
Efectivamente, Marcuse sabe ver que a pesar de que todas las condiciones materiales son
propicias para que se de el salto cualitativo, esto es, que la sociedad industrial avanzada tiene los
medios de producción, la estructura tecnológica, para dejar de estar gobernada por la necesidad y
pasar a la época de la satisfacción racional de las necesidades, el proletariado ha sufrido un cambio.
Este cambio en el orden de la conciencia no le permite pasar del en-sí al para-sí. El cambio se
encuentra en que la liberación del negocio abre las puertas al espacio del ocio que es cada vez más
espectacular. La máquina libera del trabajo, pero sin trabajo no existe la posibilidad de una vida
ociosa y cómoda. Por tanto la solución, para el nuevo proletario, es mantenerse en el equilibrio de
esa tensión entre la “pacificación de la lucha por la existencia” y el avivamiento de la misma. Por
decirlo así, su trabajo no vale para nada más que para seguir trabajando. Este no darse cuenta de su
ser-para-otro, no darse cuenta que su existencia esta supeditada a la la eficiencia productiva a fin de
que el capital no pare de moverse y transformarse inhibe su praxis histórica.
Los movimientos sociales mencionados más arriba pecan de conformismo – excepto la
primavera árabe – de no llegar a la raíz del problema. El lema del movimiento 15-M era
“Democracia real ya!”. Esta demanda de democracia sin duda pueda ser válida, pero en ningún
momento cuestiona los fundamentos de la dominación de los así llamados “indignados”. Tan rápido
como aparece una nueva formación que da cabida a esas demandas uno puede pensar que ya ha
hecho su trabajo y puede limitarse a votar en las siguientes elecciones al partido político que las
satisfaga. Nosotros pensamos que la pluralidad que va anexa a la democracia destruye la posibilidad
de reconocerse igual a otro. Efectivamente, la situación social de cada individuo pude ser muy
diferente con respecto a la de otro. La situación de los trabajadores no es para nada homogénea
como en los inicios de la industrialización, al menos en la sociedad occidental. De hecho,
sociólogos como John Goldhorpe rechazan el esquema dual de clases que proporciona el marxismo.
En el caso de Goldhorpe, él construyó un esquema en el que agrupaba a los individuos en tres clases
sociales diferentes para las que había diversas gradaciones. Este tipo de enfoques se centran en la
noción de estatus como determinante del acceso a los recursos socialmente valorados. Tienden a
reducir el impacto del enfoque de la propiedad de los medios de producción y hace imposible el
aunar a todo el conjunto de trabajadores bajo el rótulo de proletariado. Creemos que lo importante
no es tanto el mostrar unas supuestas condiciones homogéneas al conjunto de trabajadores como el
hacer evidente que debajo de la pluralidad de demandas democráticas (ecologismo, feminismo,
movimientos anti-desahucios, anti-corrupción…) subyace una indignación que señala al mismo
lugar. Se trata de hacer las demandas idénticas en su diferencia y mostrar como todas esas
reivindicaciones tienen como objeto las problemáticas del sistema capitalista. Esta tesis será,
avanzamos, como diremos en el apartado de conclusiones, una de las reservas que mantendremos
con Marcuse sobre el sujeto histórico del tardo-capitalismo.
3. Formas de dominación

Debemos tratar ahora la cuestión de las formas de dominación. Marcuse usa la expresión “medios
de contención”, porque ve que las posibilidades para el cambio cualitativo de la sociedad están ya
listas para realizarse, pero el capitalismo las contiene, las retiene. Impide al individuo darse cuenta
de su verdadera situación en el todo.
Queremos empezar recordando las más famosas novelas distópicas. 1984 (1949) de George
Orwell y Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley. Queremos llamar la atención sobre el hecho de
que la diferencia entre ambas distopías reside en el tipo de sociedad que se trata de representar. La
novela de Orwell, posterior en el tiempo que la de Huxley, hace un retrato hiperbólico y futurista de
las sociedades autoritarias. En ella se presentan concepciones muy interesantes que recoge Marcuse
en su análisis por su cuenta. Destaca la constante amenaza de guerra y el control que tiene el Gran
Hermano sobre el lenguaje. En cambio en Un mundo feliz la situación retrata más específicamente
la situación de un capitalismo futurista. Esta novela fue también visionaria por lo que respecta a las
nuevas formas de dominación que estaban por venir. En ella, la avanzadísima técnica ha
desvinculado totalmente el sexo de la procreación, los habitantes son adictos a una droga llamada
soma que combate la depresión y la sociedad en su conjunto está altamente estratificada en clases
sociales muy cerradas. En la época de Marcuse esta novela quizá aún podía parecer demasiado
futurista, pero hoy en día se ha hecho realidad en muchos de sus aspectos.
De todos modos, Marcuse señala como importantes formas de contención la amenaza
continua de una guerra nuclear. En pos de la derrota del enemigo comunista cualquier opción es
deseable. En nuestros tiempos esta amenaza de guerra inminente no se siente en el día a día a pesar
de ser la época en la que más cabezas nucleares hay en el mundo. Como ya hemos dicho antes, el
nuevo Gran Otro mediante el cual todo está justificado es la amenaza del fundamentalismo islámico
que se contagia también hacia formas de rechazo de la inmigración. Cuesta no pensar en la función
estratégica que tiene por ejemplo ISIS para los diferentes estados del mundo. ¿Hasta qué punto no
estimula una situación como esta la economía de guerra? ¿No esta esta guerra contra oriente un
laboratorio de pruebas para nuevas armas como el misil M.O.A.B lanzado por primera vez en abril
del 2017 contra el ISIS? ¿No son más terroristas los estados de Occidente dispuestos a recortar
libertades de todo tipo con el fin de prevenir un ataque terrorista?
La democracia es también según Marcuse un importante elemento de contención para el
capitalismo avanzado. En la medida en que la democracia se ha erigido como el sistema
posibilitador de una forma de vida más justa, como el sistema que ha dado a luz los derechos
humanos, ha institucionalizado la pluralidad y ha convertido el “ser diferente” en un deber. Esta
igualación no produce sino la atomización de la población así como también abre la puerta a la
pluralidad de mass media que en última instancia hace creerse a los individuos muy diferentes
cuando realmente caen en el cajón de la disidencia controlada.
Pero consideramos que esto no es nada que no supiésemos. En cambio, sí nos ha llamado
profundamente la atención el término “desublimación represiva”. En puntos clave de la obra
Marcuse deja ver su afinidad por Freud. “Sublimación” es un término psicoanalítico usado para
referirse a una descarga libidinal que recae sobre un objeto socialmente permitido, aceptable. Es
decir, se mediatiza esa descarga libidinal por medio de un elemento que no es el objeto original que
produce esa tensión libidinal. Esa desublimación de la que habla Marcuse elimina ese objeto
simbólico de mediación. Pero es represiva porque inhibe nuestra razón y pensamiento crítico. Nos
sume en un mundo de inmediatez hedonista. Por decirlo así, inhibe nuestro reino de lo simbólico y
elimina nuestra autoconciencia de la misma manera que un animal no piensa en las acciones que
está llevando a cabo, sino que simplemente las lleva a cabo. Esta muestra de hedonismo
desmesurado nosotros la conceptualizamos como una “represión hacia fuera”. Por ejemplo, estamos
acostumbrados a una producción cultural cada vez más hipersexualizada. Vídeos musicales, las
propias canciones, libros e incluso películas. Camisetas de tirantes apretadas, minifaldas y escotes,
cortes de pelo arriesgados, bailes que dejan de ser un ritual de cortejo para pasar a ser la simulación
del acto sexual… Toda esta producción empapa incluso los estratos más jóvenes de la población que
imitan los modelos que reciben. Utilizamos la expresión “represión hacia afuera” para referirnos a
esta nueva configuración de la subjetividad en que la represión no está ya en la contención sino en
la expresión. Los individuos se ven obligados a expresarse. Ahora bien, no pensamos esta represión
como desublimación, a diferencia de Marcuse, es decir, sí sostenemos que el campo de lo simbólico
está plenamente activo.
Esta reflexión nos obliga a reconsiderar la posición de Marcuse. Creemos que no lleva hasta
sus ultimas consecuencias la afirmación del cambio que produce el desarrollo técnico en la clase
obrera. El concepto de desublimación nos hace pensar que Marcuse ve esta nueva sociedad
hedonista como una liquidación del la subjetividad en la medida en que nosotros creemos que
cualquier subjetividad está formada por la capacidad simbólica – a su vez permitida por las
posibilidades del lenguaje –. Nosotros sostenemos sin embargo que lejos de aniquilarla forma un
nuevo tipo, unas nuevas condiciones en las que se da la subjetividad. No podemos, por extensión,
tratar esta cuestión en detalle, pero sí podemos plantearla.
En primer lugar, queremos introducir la expresión de “sociedad del placer” para referirnos a
esta mercantilización del placer típica ya de nuestros tiempos. Consideramos como una fecha clave
las revueltas de mayo de 1968 por ser la cumbre del movimiento contracultural en el que podría
incluirse el movimiento hippie y la generación beat de Estados Unidos. Esos movimientos de
carácter izquierdista han desarrollado en la actualidad posiciones favorables al uso de las drogas, al
amor libre y a la ociosidad. El capitalismo ha convertido estas posiciones contraculturales en
hegemónicas. No hace falta más que ver la gran influencia que están teniendo ahora en el mundo
empresarial – aunque no sólo en él – pseudofilosofías como el “mindfullness” (traducible como
“conciencia plena”), una occidentalización de la filosofía zen que se basa en la reivindicación del yo
inmediato. O, por ejemplo, la apropiación del colectivo feminista de conceptos como el del
“poliamor”. Incluso podríamos rastrear este ideal cirenaico-epicúreo en los debates acerca de la
gran cantidad de tareas que ocupan el tiempo de los escolares. En nuestra sociedad el placer, el
gozar, se ha vuelto un imperativo.
En segundo lugar, la posibilidad de la realidad virtual es cada vez menos posibilidad y más
realidad. Por lo que nos interesa esta cuestión es por la línea que separa la realidad de la ficción y lo
que ello implica para la creación de la conciencia para-sí. La idea de la realidad como simulacro es
sostenida por nosotros no como una imposibilidad del ejercicio de la razón, es decir, no como un
posicionamiento posmoderno, sino como la constatación de una característica de la nueva
subjetividad del capitalismo avanzado. El individuo está continuamente, desde su nacimiento,
siendo mediado por símbolos que construyen su deseo. Fantasías que se alejan de toda realidad pero
actúan como tal. La consecución del sueño americano, ideales de juventud y éxito… “Realidades”
que tienen mucho más peso y preocupan más al individuo que la abrumadora verdad del planeta en
su conjunto.
Por último, Marcuse también señala a la ciencia como instrumento de contención. En efecto,
ya hemos dejado entrever nuestro posición al respecto. En la medida en que el discurso científico ha
demostrado su efectividad ha adquirido legitimidad. Bien es cierto que la filosofía posmoderna ha
puesto en duda tal legitimidad. Nosotros no cuestionamos su legitimidad, sino el uso que se hace de
ella. La ciencia funciona aún siendo los enunciados científicos falsos. El pensamiento positivo,
como así lo llama Marcuse, invade todos los ámbitos de la vida actual. Se caracteriza por ser
descriptivo y, aún más, prescriptivo. En El hombre unidimensional la sociología es tachada de
ideológica por el uso de sus términos. ¿No podría la psicología o la psiquiatría recibir la misma
crítica? En nuestros días la sociedad del placer se sirve de la autoridad científica para expandir el
ideal hedonista. Estudios sobre los efectos nocivos del estrés y sobre las técnicas para estimular la
secreción de serotonina sirven para impulsar cierto tipo de actitud vital. Pero, ¿y aquéllos que
escapan de la norma? La depresión es una enfermedad paradigmática en nuestro siglo. La depresión
o distimia son instrumentos ideológicos que esconden el problema agudo de infelicidad
generalizada. Esta infelicidad es constitutiva del sistema capitalista. A pesar del hedonismo sin
medida, la depresión es un problema mayoritario en la población, la inadecuación entre el sujeto y
la sociedad que lo acoge. Pero el tratamiento mediante antidepresivos es aún más paradigmático de
la legitimidad y poder sin límites de la que goza la ciencia, pues el tratamiento con antidepresivos
no hace más que posponer el problema real. En este sentido decimos que el pensamiento positivo es
descriptivo y prescriptivo, porque sólo se preocupa por el estado actual de las cosas y su correcto
funcionamiento. Así, hoy en día cada aspecto de nuestra existencia está controlado, es racionalizado
hasta un extremo que violenta el concepto mismo de existencia al remplazarlo en términos de
funcionalidad. Lo que es normal y lo que no, lo que debe ser y lo que no determina al individuo
desde la manera de vestirse hasta sus deseos más íntimos. La racionalidad científica se revela así
como la descubridora de la verdad y el instrumento de contención, la forma de dominación, más
efectiva.
No es de extrañar la proliferación de ideologías claramente irracionales. En esta situación de
control total y sin posibilidad de una opción social que sea capaz recoger las ansiedades derivadas
de este sistema, los deseos de un cambio cualitativo los individuos no pueden evitar, por ejemplo,
adherirse a algún grupo religioso que dé “paz para el alma”. Sin duda, así es cómo funcionan las
sectas: aprovechándose del desamparo de las personas. Existen otras opciones como grupos de
personas dispuestas a vivir en la cruda naturaleza rechazando cualquier tipo de tecnología. Pero sin
duda es más llamativo la anexión cada vez mayor e incluso sistemática de individuos occidentales a
la nueva ideología fundamentalista islámica. Nuestra lectura no se reduce a los recursos persuasivos
de este grupo terrorista. Los individuos que sufren una existencia desdichada ven en esta ideología
la posibilidad de una vida que recoja las insatisfacciones respecto de su sociedad. Ella se revela
como la única opción que se opone a los valores que oprimen a los individuos

4. Conclusiones

La lectura de la obra es realmente estimulante y ciertamente próxima a nuestra realidad.


Hemos dejado claras nuestras reservan con la obra y en este apartado las vamos a sintetizar.
En primer lugar, criticamos el potencial emancipador de la tecnología. No tachamos a
Marcuse de utópico, sino a esta realidad de distópica. ¿Si la era de la tecnología avanzada no ha
sido capaz de eliminar la identificación entre máquina y humano, qué nos hace pensar que en el
futuro será así? De momento, la tecnología sólo ha servido para esclavizar a una gran parte de la
población y democratizar la vida acomodada a otra pequeña parte.
En segundo lugar, el pensamiento unidireccional está ampliamente difundido y la pluralidad
no es más que una ilusión producto de la democracia. Si las máquinas tienen o no potencial
emancipador depende de las ideas políticas que rigen la práctica, y no podemos más que constatar
que la práctica está totalmente estancada. Por una parte por las formas de dominación de los
individuos y, por otra, por las medidas coercitivas de los estados.
En tercer lugar, al contrario que Marcuse, no concluimos que las minorías de excluidos sean
el motor del cambio. Según Marcuse su fuerza reside en su mera existencia, no en su conciencia de
sí, pero desde aquí creemos el sistema es suficientemente poderoso como para invisibilizarlos. En
efecto su existencia puede ser un factor para encender la mecha del cambio, pero sin una unión
popular sólo se llegará, en el mejor de los casos, a conquistas parciales, concesiones que permitan
incluir las minorías en la masa. Hay que hacer coincidir el objetivo de los grupos disidentes:
feministas, ecologistas, demócratas incluso conspiranoicos. Debemos empezar a entender que todas
esas demandas tienen como objetivo común el derrocamiento del sistema capitalista.
Por último, no somos capaces de entender, con toda franqueza, cómo después de haber
pasado por un proceso histórico como la Ilustración, predicadora de la Razón y la autonomía del
individuo, el mundo actual no haya decidido racionalmente acabar con el dominio de la sinrazón a
fin de usar los medios de producción para la racional satisfacción de las necesidades. No podemos
más que pensar que los individuos concretos que velan por este sinfín de sinrazón son muy
poderosos y que los mecanismos de control de masas son realmente efectivos. No podemos más
que, como hace Marcuse, acogernos a la firme creencia de que las cosas están llamadas al cambio lo
quieran las personas o no.