Está en la página 1de 21
a yon” aan) (es ° yo propio cadaver, en resumen, el espectaculo de Santiago sin esas relaciones que tanto habia buscado, sin su vertiginosa vida, sus viajes ejecutivos, sin sus proyectos. St sana acepto a regafiadientes. «Esta bien», dijo, pero adiviné que se debatia entre sentimientos contradictorios. De un lado, Santiago, el antiguo companiero de nuestra pri- mera juventud (desconectado para ella, por afios, de nues- tras vidas), el exmarido de Paulina, su mejor amiga (tam- bién entonces ya perdida de vista), el testigo de nuestras primeras andanzas; y de otro, sus naturales inquietudes de ama de casa: la incertidumbre, el temor de afrontar una si- tuacion imprevista. Si. Ella también tenia sus dobles pensa- mientos, aunque de signo distinto, era evidente, A la noche siguiente vino Santiago a casa. Lo trajo An- acaso con excesivas precauciones. A eso de las doce sentimos que se abria la portezuela de hierro y que alguien atravesaba el patio. Los golpecitos en la ventana de la sala sonaron poco después. Susana y yo los habiamos aguarda- do largamente entre bostezo y bostezo, a ratos hilvanado con algiin comentario suspicaz, algan remoto recuerdo de los viejos tiempos que no bastaba, en verdad, para cons- truir con él la figura de un Santiago capaz del despegue y la caida, del esplendor y la derrota, de la cima y el abismo. Entré|jovial| casi alegre, seguido de Andrés, que venia con una botella de cofiac todavia sin abrir. Envuelto en un sobretodo negro muy fino y largo, muy a la que debia ser la ultima moda, Santiago se acomod6 en un rincén de la sala Y, como si no estuviera enterado de la situacién, es decir, de «su situacién», inicié una charla a ratos chispeante, a ratos Ltrivial, plena de preguntas y gestos sorprendidos, una ama- 27 v is” 28 ble charla de amigos que se reencuentran al cabo de aiios y que no atinan a dar con lo que, afios atr4s, fuera el Ambito comun de la amistad, el piso compartido, la zona de intere- preocupaciones afines. Pregunté por nuestras vidas, por los nifios, por nuestros planes y proyectos para el futu- s cosas que nunca se le hubiera ocurrido pregun- ocasién. Lo miré todo. Parecia inventariar orno. No era que la casa estuviese mal a tiende a uniformar sus gustos y a midad. Y eso era nuestra casa. ses Y ro, aquella tarme en otra lo que habia en su t dispuesta. La clase medi. la vez a disimular esa unifor Muebles de corte moderno, alfombras, lamparas y bar, cua- se contaba una suerte cina de publicidad dros en las paredes (entre los cuales de naturaleza muerta, bocetada en la oft en donde trabajaba, que la guardé conmigo en parte por- que me gusté y en parte para sustituir a la inevitable «Ul tima Cena» repujada en metal plateado, regalo de la madre de Susana). Y en medio de aquello, los detalles singulares: unas cuantas figurillas de porcelana antigua, una lampara de piso, entera de cristal, y ur vetusto Inueble, puesto ex- presamente en su rincon para insinuar un remoto entron- que familiar con los viejos tiempos, cosa que por supuesto no era cierta. No podria decirse entonces que nuestra casa fuese muy pobre. Pero en la mirada de Santiago yo leia lo que él quiz conscientemente queria que yo leyese: su pretendida sorpresa, su incomprension disimulada. Pa- recia decir: «Pero, cémo es posible ser tan cautos, pero si no ha cambiado nada en las vidas de ustedes». Mas tarde, ya entrada la madrugada y cuando de la botella de cofiac que- daba poco, pude comprobarlo. Andrés se habia marchado, profundo y grave como siempre —aunque el cansancio y log sucesivos bostezos habian dafiado un poco su compost ostu- ra—, con la promesa de sacarlo del pais en un par de sem, 3 a a- . Cuando cerré la puerta de calle . ——— nas R . , Santiago no vacilé en espetar un comentario sarcastico: «Es la misma imagen de a seguridad mezquina. Es el apetito, el afan de seguridad en persona». Evidentemente para Santiago nunca contaron los argumentos de / Andrés para no continuar refugidndolo en su casa. Nunca creyé que la cantidad de gente que en- traba y salia todo el tiempo de la casa de Andrés fuese un obstdculo real para permanecer en ella. Despreciaba a An- drés y en su desprecio lo veia encerrado en su pobre mundo de logros faciles, defendiendo a toda costa lo que él llama- ba «su seguridad», palabra en la cual Santiago englobaba todo aquello que no implicara riesgo alguno, todo lo pro- gramado, lo mesurado que existe en los hombres, es decir, en la extrafia escala moral que ya entonces entrevi en él, lo cobarde, loabyecto) Debi6 afiadir algo mas. Eso ahora no lo recuerdo bien, en todo caso creo que dijo algo como ad hoc}. Debio referirse a la familia ad hoc, al porvenir ad hoc, a la casa ad hoc, a lo que era hecho a propésito de. De- cia todo eso, pero no habia amargura en su voz. Al contra- tio, su desprecio por Andrés parecia vel acompariado de un poco de lastima. Y hablaba finamente, como tratando de encontrar definiciones, de precisar conceptos. De nue- Vo, acomodado en su silln —a pesar de lo avanzado de la hora—, las dos manos cerradas sobre la copa de coftac, la Voz suave, la conversacién fluida, casi amable, nos miraba a Susana y a mi como se mira a un par de confidentes aa Tos, con quienes puede contar sin reservas. Pero yo sal i 0, al defi- que por detras de su mirada, en suffuero]intern 29 30 nir a Andrés nos definia también a nosotros. Y redescu- bria, con cada una de sus palabras, ese primer minucioso Féconocimiento suyo en cuanto entré a nuestra casa. Tam- bién era una casa ad hoc. Y Susana, una esposa ad hoc. O al menos lo pareceria. De modo que en ese momento, yo veia a Santiago cumpliendo su Papel de insélito juez: éramos los juzgados, qué duda cabia. Repuesto ya del primer impacto de no haber encontrado en él nada semejante al angel cai- do que prefiguré al momento de decidirme a alojarlo, tuve tiempo de observarlo mejor: desconectado por completo de la realidad, de lo que para los otros era su realidad, el hom- bre estaba consagrado a vivir su bpopeya personal. Habia hecho de su vida una suerte de gesta heroica, de la cual, su ruina presente no era otra cosa que una vicisitud mas. San- tiago era, pues, su propio héroe. Vivia su gesta, la disfru- taba, la justificaba y engalanaba con conceptos tales como «las experiencias vitales», «la vida», «lo auténtico», «el valor y la audacia», Al verlo asi, al escucharlo asi, apotedsico)en medio de ese espacio personal] fatuo] fastuoso) de esa mito- logia que creaba en torno a él, qué ganas tuve de decirle que se callara de una vez, que se dejara de tant ‘spaviento} que entrara en raz6n, que pensara licidamente, que sopesara correctamente los hechos. De todos modos callé. No era el momento mas apropiado para decirle nada. Aparte de que nunca ni «lucidez», ni «raz6n», Ilegarian a entrar jamas en el vocabulario de Santiago. Eso lo sabia ya. Era inttil refy- tarle. El mismo suave tono de sus palabras, facil, delibera- damente agradable, me lo impedia. Con la presencia de Santiago cambiaron muchas cogag en nuestro hogar. Y fue en Susana en quien se oper6 el prj_ Se eee Ee w/ a> mer cambio. A la mafana siguiente la descubri de otra ma- nera, como no la habia visto en mucho tiempo, y menos al sniciarse el dia. Lucia fresca y discretamente elegante por fin sin esas salidas de cama largas que solia usar y qu le tanto Ja adelgazaban y avejentaban acaso, sin pantuflas y, sobre todo, sin esos malditos ruleros enredados en el pelo duran- te horas, que yo hacia mucho rato habia dejado —por can- sancio— de prestarles atencién. Me molestaron siempre, me parecian las marcas inequivocas de las amas de casa, del pequerio, indiferente, un poco tonto mundo de las amas de casa. Lo curioso es que nunca se lo dije, nile pedi que no los usara, al menos durante tantas horas. Imaginaba quiza que con ellos empezaba ya la zona propia, el ejercicio de la li- bertad individual de Susana que, por cierto, no era impres- cindible invadir: tanto habia ya invadido y matado en ella. «Qué bien», me dije al verla asi, con el pelo natural y suelto sobre los hombros. Como siempre, Susana se habia desper- tado y levantado mucho antes que yo. Los nifios, que tenian que ir a la escuela, el arreglo y disposicién de la casa, en fin. Con tantas cosas por hacer era comprensible que no alcan- zara a cuidar de si misma como yo hubiera querido. Enton- ces fue una sorpresa de verdad agradable verla vestida con un suéter de lana celeste y una falda del mismo color. Hasta se habia pintado las ufias. Y no era que ese detalle me gus- tara especialmente. Tal vez hubiera preferido que no se las Pintara. Lo que si detestaba eran esos restos de esmalte envejecido que daban a sus manos el aspecto de las ma- nos de una mufieca desportillada. Lo cual, por supuesto, tampoco se lo dije nunca. Simplemente lo pensé. Varias veces, claro. «jEstara haciéndose ilusiones con Santia- go?», me dijo un doble pensamiento que me hizo sonreir. «Eso es imposible», me respondi a mi mismo. Desde luego que era imposible. Susana era, literalmente, mia: un_pro- k AV ducto mio, lo que era, o mejor, lo que habia dejado de ser, y me lo debia a mi; era pues, un poco yo mismo; todo su mun- do, lo juro, giraba en torno a mf; esa, su manera de amarme y su manera de ser. De modo que imaginarme otra cosa era imposible. Pero aqui debo responder a una pregunta: ¢Ama- ba yo a Susana? {Creia amarla? ;Estaba seguro de que la 32 amaba? La respuesta, forzosamente habria de ser dada por partes. Es evidente que luego de once afios de matrimonio, luego de dos nifios, de la casa y sus mejoras, el amor ya no es el mismo, empieza por volverse doméstico, termina por trocarse en carifio, en afecto, en cémplice y mutua gratitud, acaso en algo muy poco semejante a lo que fue: para ser me- nos severos, en otro estadio del amor. Esto lo sabe todo el mundo 0, al menos, lo presiente, y no vale la pena abundar en ello. Después de todo, lo importante es lo otro, la clase de amor que uno exige y puede dar. Para ahorrarme pala- bras inutiles diré que, como tantos, soy posesivo. Es mi mal natural y contra él poco pude hacer. Cada quien tiene, a su manera, sus defectos. Eso complicaba las cosas. Porque el amor posesivo es quiz el mas dificil. Manda, impone siem- pre, busca la apropiacién total del otro, y en esa busqueda radica su verdad: siempre amaré lo que puede huir, lo que exige ser retenido porque puede huir, lo que todavia es li- bre e imprevisible y puede huir. En cuanto la apropiacién es total empieza el aburrimiento. El cazador ha cumplido su tarea, esta listo para una nueva caza. Quiero decir que algo de eso me ocurria con Susana. Once atios atrds yo la veia li- | 2 ee bre, vibrante, movediza, bella para mi, Ilena de ideas y opi- niones propias, impetuosas, no muy bien razonadas pero plenas de alegria y juventud. Estudiaba en el conservato- ao —violin para colmo—, y su futuro, segun ella, estaba leno de viajes y promesas, lo cual yo comprenderia porque entonces también tendria mis ilusiones, si alguna vez las tuve. Once afios después era otra. Once afios después cuida- ba de la casa, criaba a los nitios, tenia mis opiniones, usaba ruleros por las mafianas y el violin era un adorno empolva- do en una pared de su costurero. Era pues, «mi mujer», «mi sefiora». La labor de apropiacién, la operacién devoradora, habia sido un éxito. De la Susana que conoci quedaba poco, apenas lo imprescindible para parecérseme. Y por demas esta decir que nunca me gusté a mi mismo. Pero aquello era previsible. Demasiada charlataneria. Demasiado tiem- po unida a un hombre duefio de opiniones tajantes so- bre todo, y que nunca paraba de hablar. Con otra hubiera ocurrido igual. Lo cual, a decir verdad, no me entristece. Eso es muy comtn. Y asi debi tomarlo. Entonces conviene ~° otra pregunta: sYa no la amaba? Digo que si. Que la ama- ba. Pero con un amor aburrido y nostalgico. Estaba en mi vida, me acompafiaba, haciamos el amor. Ademas estaban los nifios, la casa, en fin. La prueba es que el dia en que Pude abandonarla, fio lo hice) Se llamaba Marcela, la otra. Me gustaba por su aire despreocupado, juvenil, indepen- diente, Aquello se arruiné pronto; pero desde entonces hubo, Periédicamente, algunas Marcelas en mi coraz6n. Susana no lo supo nunca. Debié sospecharlo, si. Pero no me lo dijo, Tal era su especial sabiduria. Perder su hogar No formaba parte de sus planes. Entonces lo soportaba a3 %' 34 x todo estoicamente. Con lo dicho, pensar que se hubiera \F despertado en ella un repentino interés por Santiago 4 imposible. Su cuidado personal de esa mariana se debia, pues, a Jas circunstancias. Habia un huésped en casa. Ha- bia que disimular un poco la vida doméstica. No era mas. Fue un dia amable, aquel. No hubo Iluvia y tampoco la mala noche anterior me pes en absoluto. Incluso la gente de la oficina estuvo muy contenta: nos habian adjudicado nuevos contratos. Lo cual a mi también me puso conten- to. Nunca se ha insistido lo suficiente acerca del papel que cumple el dinero en la felicidad de las personas. Uno puede comprarse cosas y es feliz. Parece tonto pero es asi. Para esa fecha yo queria hacerme de una casa en una de las lomas de la ciudad. Decia que era para ver mejor los atardeceres. En el fondo lo que queria era la casa, y en un buen sitio. A par- tir de los treinta afios uno termina de perder la inocencia hasta en la parte mas mezquina de su ser, que generalmen- te es la mas pura porque es la verdadera, la que corresponde al Debe y al Haber. A partir de los treinta afios ya se sabe lo que se quiere, es decir, lo que se ha dejado de querer, y no vale la pena enganarse al respecto. Todo lo que yo le pedia a la vida —entre otras cosas, claro— era una casa en un vecindario tranquilo. Parece tonto, pero era asi. Entonces, con las nuevas ganancias, podia ahorrar algo mas y com- prarmela, estaba contento. Satisfecho, aunque un poco cansado —habia almorzado solo un par de sandwiches—, llegué por la noche a casa. Los nifios dormian y Susana y Santiago charlaban en animada sobremesa. Eso lo vi desde el jardin a través de una de las ventanas del comedor. Colocados del lado de la luz ellos no podian verme. Di vuelta a la casa y Ilamé. Me abrié Rosario, lae empleada, un prodigio de humildad y sufrimiento. Ellos me Yecibieron con bromas y carcajadas; la razén: Santiago estaba contando algunas anécdotas curiosas de sus viajes. Ademas habia una botella de vino en la mesa. Pronto me integré a su alegria. Después de todo yo también Ilevaba adentro la mia. Curiosamente, mientras probaba algo que me trajo Rosario, descubri que ese malestar que me desper- tara Santiago en la noche anterior habia desaparecido por completo. Aquel humor suyo, aplicado a la descripcién de las ciudades en donde, en verdad, no habia mucho sitio para que ejercitara suSarcasmo)natural y, si lo habia, este era por fuerza ingenuo e inofensivo y acababa, al fin, resolviéndose nuevamente en llano, simple humor, hacia que yo olvidara en parte al Santiago suficiente y egoista de la vispera. Ahora buscaba agradar. Estaba en ese plan. Susana se divertia en grande. El era un viajero perspicaz y sacaba partido de ello: agradaba. Muchos he conocido que han dado la vuelta al mundo y tal parece que no se hubieran movido de su aldea. La humanidad entera desfilé ante sus ojos sin dejar rastro. Santiago, he de reconocer, no era de aquellos. No recuerdo si Pensé o dije a Susana entre dientes, al momento de retirar- Nos a nuestra habitacién, algo parecido a esto: «Menos mal que todavia es capaz de dar algo de si», 0 «aun no esta del todo muerto», o «el cisne esté cantando». En todo caso, silo dije olo imaging, fue en un tono de fesponso} La luz de la mafiana dejaba reflejos amarillos en las cor- tinas y en las paredes blancas del dormitorio. Un veranillo incierto empezaba a abrirse en pleno invierno. Juan y Susa- nita jugaban-eonmigo-mientras-Susana los apuraba porque 35 36 ya era hora de que el bus de su escuela pasara frente a la casa. Ellos tenian siete y seis afios, respectivamente. Esta- ban también en mi vida. Eran, como se dice, la parte buena de mi ser. {Fue por ellos que no me fui con Marcela? Pre- gunta sin respuesta. Preferiria no contestar. No pensar en eso. No usarlos, en fin, como una coartada. Ademas Marce- la, a la sazon, era un asunto ya olvidado. Sobre todo en esa manana sin lluvia, en pleno invierno, en que Susana, desde la puerta, vestida con una blusa de seda anudada en la cin- tura, un pantalon azul brillante ajustado al cuerpo (y sin ruleros), los lamaba suavemente. He de decir, aunque es obvio, que en los matrimonios demasiado establecidos no todo es aburrimiento. Predominan, si, los tonos desvaidos. Pero hay también alegrias y repuntes amables: uno se ena- mora y se desenamora de la propia esposa segtin vaivenes fisioldgicos, espirituales y demas, que seria largo enumerar, pero en los cuales también cuentan la gratitud y el rencor. Y ese dia yo estuve con 4nimo de agradecerle muchas cosas a Susana. Agradecerle los nifios, esa manera de llamarlos, ese cuerpo suyo cuyo dibujo se me revelaba enmarcado en la puerta y como entresacado de la costumbre y el tedio de los dias uniformes: inclusive, agradecerle esa mafiana sin lluvia, en pleno invierno. Pero hubo algo mas: al momento de llevarse a los nifios yo pude ver en Susana, como venida del fondo de los afios, un instante antes de que tornara la cara hacia el pasillo, aquella expresién como de profundo placer y deleite personal, un entrecerrar los ojos al tiempo mismo de girar el rostro hacia otro lado, ux mohin|breve y huyente que yo habia olvidado en ella, que acaso ella mis- ma habia olvidado. «Te quiero», alcancé a decirle, como le decia de tarde en tarde, asi, sin pensarlo, solo Por halagarla, como quien da las gracias segtin su estilo, su modo pecu- liar, con otras palabras, pero igual, sin saber exactamente Jo que dice. Sin embargo me parecié que mi voz de esa ma- jana no era la mia, que otra voz antigua, como salida tam- bién del fondo de los afios, hablaba por mi. Quiz fue una impresién apenas. Pero entonces vi que Susana —al tiempo que el borde de la puerta terminaba por ganarla— encogia los hombros, mejor, hundia la cabeza en los hombros como refugiandose en si misma, como escapando de algo o de al- guien que no dejaba de desear. Fue otro de sus gestos perdi- dos, otro viejo recuerdo que se estremecié en mi memoria. En verdad, tuve que agradecerle muchas cosas: sobre todo esa instantanea, breve, olvidada Susana que en el propio ol- vido removiera en mi. No recuerdo si fue esa noche o fue otra —ahora no inte- resa saber cudl— que Susana, Santiago y yo nos pusimos a jugar una partida de hind. Hubo alguna apuesta. Algtin so- bresalto entre golpe y golpe de dados. En tal caso, el juego no era lo mas importante. Poco a poco los recuerdos inevitables fueron surgiendo. Tal vez yo mismo los provoqué. Dado mi estado de animo es muy posible. Y era ademas que la luz in- tensa, se diria impetuosa, que bajaba desde la pantalla, ese blanco cono que parecia acercarnos y cercarnos en su pro- Pio espacio, mientras los dados caian sobre el tapete verde © Se agitaban en el vaso de cuero, nos obligaba a sacar de la ificil de ‘a anos Memoria, y por una asociacién de ideas no muy di entender, aquel otro espacio comun que nos reunieré atrds, a los tres (con Paulina, claro), alli tambien baj ™isma luz, alli también como en un juego que convoca) jo una ra a 37 38 sus dados sobre un mismo tapete: la otra época comparti- da, la primera juventud, la memoria inevitable de un tiem- po en verdad ingenuo, de una ciudad en verdad conventual, y en donde, como ya dije, nada era de lo que luego fue. Poco. a poco fuimos recomponiendo lugares, fechas, ocasiones que nos juntaron: tardes de cine, fiestas estudiantiles, pa- seos en los cuales la jorga de muchachos y muchachas se dispersaba por el afable bosque de eucaliptos (ahora hay alli un barrio con casas de cemento), portando canastos lle- nos de sandwiches y colas. Entonces ni Susana, ni yo —ape- nas amigos—, imaginabamos nuestro matrimonio. Tampo- co imaginarian el suyo Santiago y Paulina (quien luego de gues Saatsaeo a sbendonata yeaa omen sa bohemia que vivid por unos meses, terminé marchan- dose para Norteamérica en donde dicen que se ha vuelto a casar). Entonces el futuro no existia. Entonces los dados no habian sido an lanzados. Curiosamente —y lo recuer- do bien—, al momento de pensar asi, me descubri inmévil, reteniendo en el vaso los dados que no me animaba a lan- zar. Susana y Santiago, como ajenos, también permanecian inmoviles y en silencio. Fue un instante como vacio, como suspendido en el tiempo: abocados a un mismo precipicio, un mismo vértigo nos sacudia: el pavorly la nostalgia de todo aquello que no fue, el pavor y la nostalgia de la vida que no vivimos, el asombro, el espanto de saber que la vida pudo ser de otra manera. Sin unas cuantas contingencias del pasado, uno pudo ser otro, distinto. «Sin mi sensatez de cada ins- tante yo pude ser él», me dije no sin rencor. ¥ alcé la mirada hacia Santiago y vi su rostro descompuesto clavado en mi. Por una vez, por un segundo, nos envidiamos secretamente. et Santiago también estaria pensando que sin todo eso que le permitio el lujo y el mando, las tempestuosas experiencias de todo jugador, y que al final terminé volviéndolo un préfu- gode la Policia, tendria tal vez, a cambio, un hogar tranquilo, un porvenir seguro y claro, sin estridencias, una mujer a la cual, en lo posible, le seria medianamente fiel, en resumen, el refugio cierto y protegido al cual regresar al término de cada dia. Me vino a la memoria otra de mis frases hechas: «Siem- pre el némada torturard la mente del sedentario y siempre habr un sitio inmévil y abrigado en los suefios del némada». Pero quiza exagero. A lo mejor esto no ocurrié. Al menos asi, exactamente. A lo mejor no hubo ni instante de silencio ni vértigo consiguiente, ni nada de lo dicho pasé por la mente de Santiago, ni yo tuve la oportunidad de repetirme la fra- secita anotada. A lo mejor todo esto no fue sino una elabo- racién posterior que hice para darme razones, razones para entender de algtin modo lo que luego vino. {) \- Después de tanto recuerdo acabamos pérdiendo todo interés en el juego de hind. Incluso la conversacién con San- tiago se torné tortuosa, apenas el remedo de tin malestar mutuo que nos obligaba, a propésito de cualquier tema, a mantener opiniones opuestas. Como metidos en una at- mésfera prestada, con palabras prestadas hablamos de po- litica, de religion, de la época que nos habia tocado vivir, siempre entrampados en un antagonismo soterrado en el cual a mi me cumplia el papel de pragmatico defensor de lo razonable y a él, por su parte, el del hombre que, con- vencido del absurdo del mundo, ha aprendido a aprovechar la vida, al maximo, en todas sus facetas. Esto, por cierto, le permitié abundar en sus consabidas declaraciones acerca 39 4o de «lo auténtico» y las «experiencias vitales» y le permitio también, sin la menor cautela, dejarnos saber que no estaba hundido, que arrestos no le faltaban, y dinero tampoco, que en cuanto legara a Puerto Rico (era su meta), sus amigos de alla le ayudarian a rehacerse a la brevedad posible, y luego de que las cosas se calmaran, luego de que pasara un tiem- po prudencial, volveria, tenia muchas cosas que cobrarle a mucha gente y volveria. (Estaba mintiendo: dos dias des- pués le dijo a Susana que no iba a retornar nunca mas). Tan- ta fatuidad terminé por exasperarme. «Nuevamente estas en plan de epopeya», pensé, entonces le dije en voz alta y en un tono ambivalente: —Mejor no vuelves mas. Aguardé el efecto de mis palabras. Al oirlas Santiago alzo el rostro estupefacto. Al mismo tiempo Susana, como saliendo de golpe de su silencio, dijo 4speramente: — jPero tiene que volver! Ahora la sorpresa fue mia. Fue cuando Santiago, tam- bién extrafiado por la reaccién stbita de Susana, acercé su mano hacia ella y le roz6 el pelo en seal de espontanea gratitud. Luego de un breve silencio pleno de estupor, en el cual quisimos entender que mi desproporcionado exa; rupto ly la respuesta que provocé en Susana eran, el ‘uno y la otra, combinados, una suerte de remate justo, de sali- da cémica y deliberada a una conversacién que se tornaba cada vez més falsa y aburrida, los tres prorrumpimos en carcajadas. La risa acudié, pues, en nuestro auxilio. Con Ja misma naturalidad con que lo hiciera antes, sin parar de reirse, Santiago repitid su vaga caricia al pero ahora it i y gird es cabeza en lets Susana, quel que yo le redescubriera en la mariana, y el pelo le cayé sobre la cara como una cortina. Cuando volvi6 a salir de su pelo lu- cia cambiada, inexpresiva y como ausente, y con Ia mirada caida sobre los dados inméviles en el tapete verde. Sabia que la observaba. Y evitaba verme. «(Estupida, qué preten- des!», quise decirle. Callé. Tampoco era el momento de abo- fetearla. La lucidez ante todo. Santiago, inocente, ajeno a las catastrofes que habia provocado, retomé su mondlogo interrumpido y se puso a hablar de que sus amigos tenian un negocio de supermercados en Puerto Rico. Era obsesivo el hombre. Preferi disimular lo que acontecia en mi. No le dije nada a Susana. Como reclamarle nada, como decirle que esos ademanes eran mios, que estaban en mi memo- ria, guardados conmigo desde los tiempos en que ella fue para mi lo més importante del mundo, cémo decirle que no los pervirtiera, que no los profanara de ese modo. No le dije nada a Susana. Tampoco la abofeteé. Nada de eso ocurrié. Fueron dobles pensamientos solamente. Pura alharaca interior. Por suerte Santiago continué hablan- do de los supermercados el tiempo suficiente para que yo me aplacara, es decir, para que buscara las razones de aquello que en apenas un instante me obligara a redefi- nir la situacién, a encontrar el significado verdadero de las ultimas actitudes de Susana y, desde luego, de las re- acciones que causaba en mi. Comprendi 0 quise compren- der que oscuro atin, confuso, clandestino, le nacia el deseo de enfrentarme a Santiago, de enfrentarme por ella, de usar a Santiago sencillamente para provocarme celos. La ocasion se le presentaba tinica y la aprovechaba a su manera. Mucho tiempo, inconscientemente, la habria esperado. gCémo no 41 42 habia reparado yo en ello desde el primer momento en que adverti su cuidado personal, su cuidado especial, sus nuevas viejas maneras, esa nueva vieja coqueteria que desde hacia dos dias se empecinaba muy bien en Mos- trarme? Nadie concibe el amor sin los celos. Susana no lo concebiria tampoco. gEntonces habia que interpretay su comportamiento de esos dias, de apenas un minuto atrds, como una llamada, como un reclamo de amor? Todo calzaba perfectamente. Como las piezas de un mo- saico. En la imaginacién de Susana no podia haber un rival mejor que Santiago: era mi contrapartida perfecta. élan olvidada y postergada se sentia la pobre que recu- rria a esas (argucias? La indignacién, la ira, glos celos? que senti, lo juro, se me vinieron abajo de un golpe. Y me invadié una lastima verdadera por Susana, por mi, por esa esttpida situacién que nos envolvia; incluso por Santiago que en ese instante, préfugo y hundido, hacia calculos porcentuales imaginarios y fantdsticos de las ganancias que obtenian los supermercados de sus ami- gos en Puerto Rico. Mas tarde, a solas, teniéndola contra mi descubri en Susana un indeciso amago de evasién o resistencia. «Ton- ta, descubri tu juego, te adiviné las cartas», le dije benévo- lamente con el pensamiento, una y otra vez, mientras me hundia en ella, sabiéndola vencida aunque tratando aun de simular indiferencia, de fingir una fuga, de aferrarse al suefio de sentirse de nuevo furtiva huyente, asediada de verdad y perseguida. «No es necesaria, Susana, no es nece- saria toda esta comedia, sabes que nunca te abandonaré, que la vida ya est asi, que la vida entre los dos ya esta he- cha», le decia secretamente, con el pensamiento, mintién- dole a ella en mi mismo, mintiéndome yo también porque comprendia, con una claridad luminosa, que lo que Susa- na me exigia, lo que me pedia a gritos desde su espléndida farsa, no era la seguridad sino el amor. Que esa noche la amaba, que tuve necesidad de retenerla conmigo, de te- nerla mia, que quise encontrarme en ella puro y franco como un adolescente, eso hasta lo podria jurar. Me solia ocurrir en ciertas circunstancias. Repentinas quiebras de la costumbre, desde luego. Y ya hablé de ellas. Por otra parte, que nunca la iba a abandonar —si tal inquietud ha- bia en Susana—, estaba claro: vivia muy convencido de mi propio eclesiastés: tiempo de la pasion, tiempo del hogar, tiempo del riesgo, tiempo de la resignacién. No, nunca la iba a abandonar. Eso era muy claro. Los nifios, la casa: ni pensarlo. Para aliviar mis aforanzas, tenia mis tretas: hacer de la aventura, la aventurilla; remedar el riesgo ju- gando alguna vez, en contra de la felicidad, diré mejor, en contra de la tranquilidad y de la calma. Por ello, y porque a ratos me sobrevenia la esencial nos- talgia de arruinarlo todo en un instante; porque esa ma- hana debi despertarme como un ;filantropd, integro, impor- tante, por lo mucho que habia derrochado en esos dias: la solidaridad, el amor, la compasion también; porque si habia dado algo de mi, ahora tenia que cobrarmelo; porque habia empezado otra vez la lluvia; porque, a veces, el higado se permite opinar; porque habia dormido poco y tenia mucho trabajo por delante, por Santiago y Susana y toda esa situa- cién que anaes a volverse ridicula, en fin, por tantas 43 44 os” un momento Susana me sorprendié estudiandole el rog, tro, en silencio, mientras se arreglaba el pelo frente alle pejo de la peinadora, y cuando quiso decirme algo yo fines ' miraba. En otro momento me pregunté sobre ia, nuevos contratos y yO le respondi con monosilabos y entre dientes. El estallido vino a propésito de la camisa celeste, e me ocurrié ponérmela. No hubo manera, |e En que no la Esa mafiana s faltaban dos botones. Un botén, hasta era tolerable jpero dos botones, era inadmisible!. En ese instante no le dije nada a Susana y resolvi guardarme mi furia. Pero luego re- cordé lo de los nitios. No los habia Ilevado a vacunarse. De Ilevarlos, ellos mismos me lo habrian contado. Entonces le reclamé por las vacunas de los nifios. Y luego por la camisa celeste. Y nuevamente por los nifios. Y nuevamente por la camisa celeste. Susana, que no estaba en su mejor dia, al borde del llanto —que he de decir, lo tenia facil—, me pidié que bajara la voz, por los nifios, por Santiago. Yo le respondi que més bajo no podia hablar. Ella me dijo que estaba gri- tando. Yo le dije que eso era una mentira. Y ella insistié en que yo le gritaba. Yo le hice ver que, aun si fuera cierto, estaba en mi pleno derecho. Fue cuando Susana prorrum- pid en sollozos y reproches vehementes. Seguin ella yo era pedi que bajara la voz, por los nifios, por Santiago. Ella re- puso que més bajo no podia hablar. Yo le dije: pero, mujer, si estas gritando. Ella respondié que eso era una mentira. Yo insisti y ella redobl6 sus lamentos y reproches. Yo, por supuesto, me puse la camisa celeste que no tenia botones en las mangas, agarré el primer saco que vi y sali de la casa _dando un portazo. No sé si fueron esas las palabras que ele. gimos. Probablemente no. En todo caso el Pportazo fue ver- dadero. No era mi acostumbrada despedida matinal. Pero solia ocurrir de tiempo en tiempo. Al salir de la casa, crei escuchar el llanto de los nifios. No volvi a la hora del _almuerzo. Queria ahorrarme una boba situacién inevitable: el rostro esquivo de Su- sana, los parpados hinchados, la nariz enrojecida, esa expresion/hieratica |con la que las mujeres de mi ciudad anuncian su sufrimiento: la mirada baja, preferiblemente fija en un punto, la breve y casi imperceptible contraccién del entrecejo, la boca apretada en un leve rictus, silencio- sas y como ausentes: aquella es una expresién religiosa, es la misma expresién de la Virgen Maria, de la Doloro- sa, es su simulacro. De otro lado, también es una costum- bre, casi una norma de urbanidad: después del Ilanto hay que ponerse asi, se estila asi. Y unido a todo esto lo que yo podia encontrar en el propio Santiago que habria, has- ta esa hora, pasado del plano de huésped no buscado al de confidente y consejero conyugal. Entonces seria también inevitable adivinar su pequefia sorpresa, acaso su recéndito alivio: sabria de una vez por todas, y para siempre, que no tenia nada que envidiar ni que afiorar de los hogares esta- blecidos y definitivos, que en el fondo, con su vida errante y donjuanesca, no era mucho lo que habia perdido. No volvi, pues, a la hora del almuerzo. Preferi consagrarme por ente- ro a mi trabajo. Las catastrofes personales nos vuelven ex- trafiamente creativos. Por esa fecha estabamos, entre otras cosas, armando la campafia publicitaria de una marci garrillos. Es decir, la campafia para una nueva marca de los nn con qué facilidad hablé ese ‘a de ci- mismos cigarrillos. Recuerdo bie 45 46 5 de los esloganes que uno tras otro se me vinie. dia, a través oe qué conviccion invite a los fumadores de ron ala mente; con mi ciudad a saciarse CO ala par, n el aroma y el sabor del nuevo taba. mientras pensaba, en sus pulmones anegados de co, humo y de alquitran. Caja ya la lluvia cerrada y fina del atardecer. Gran pre- dominio del gris con un ligero tinte celeste. En el negro y brillante pavimento temblaban ya los reflejos de los anun- cios y de las luces del alumbrado encenderse. Entre las filas demoradas de vehiculos, con los yo conducia el volkswagen sin publico que empezaban a vidrios manchados de vaho, ningun interés, sin ninguna conviccion, tal que si una co- rriente, por lo demas débil y vacilante, aunque superior a mi desdnimo, me arrastrara en su curso. De ese modo, sin saberlo ni quererlo, rehui el café y la charla habitual y fui directamente a casa. Una hora atras no hubo ni bruma ni Iluvia. Desde la ventana de mi oficina me entretuve absorto en el paisaje familiar del invierno: el aire transparente, el gris plata del cielo que dejaba caer su livida luz sobre ese cada dia mis insdlito alargamiento de casas y edificios que se perdian, como dando tumbos, por entre las faldas de las montarias. Bajo esa luz, casi irreal, la ciudad parecia haber- se vuelto de porcelana. Yo habia dejado de trabajar, Habia decidido volver a casa. Sin embargo, permanecia inmovil, detras del vidrio que se empafiaba una y otra vez con mi aliento, contemplando ese paisaje y ‘Pensando que uno pue- de llegar a amar una ciudad casi como se ama a una mujer. Cuando volvié la lluvia y los espesos grumos de niebla baja- ron desde las montafias, solo entonces me animé a dejar la oficina. Debi estar interpretando, en todo ese tiempo y muy a mi manera, el disgusto de esa mariana al salir de casa, luego, mi ausencia de todo el dia y, por ultimo, la demora a medias inconsciente, a medias deliberada, que me retu- vo inmovil frente a la ventana de la oficina. Debi creer que con ello le estaba diciendo a Susana que sus actitudes no me asustaban, que le daba tiempo para que recapacitara y abandonara ese juego ridiculo e inutil que acaso para ella misma podia llegar a ser peligroso, que, después de todo, los celos no estaban en mi. J pero tranquilo, como si nada hu- biera pasado. Me recibieron los nifios. Luego vino Susana, también en plan de indiferencia. Intercambiamos unas cuantas palabras indispensables y vacias. El clima siempre nos proporciona palabras indispensables y vanas con que llenar los silencios: hacia frio, habia llovido, de seguro que nos esperaba un largo invierno. En el fondo no éramos no- sotros quienes conversabamos, eran nuestras voces; por detras de ellas se escuchaba, pues, el verdadero silencio. Santiago, prudentemente, antes de la cena, se retird a es- cribir unas cartas. Asi dijo. Yo me entretuve con los nifios. Entonces me contaron que los habian vacunado la vispera. «Cémo, no me lo dijeron», quise decirles pero luego recor- dé que, en efecto, ellos no tuvieron tiempo de contarmelo porque yo no los habia visto desde la mafiana anterior. Por la noche, cuando llegué, ellos ya estaban acostados. Si, no tuvieron tiempo de contarmelo. Toda la noche continué el silencio. En Ja oscuridad de Saber si una persona duerme o no es facil. Se respira de otra manera, se esta de otra manera. Y Susana, como yo,