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Money y los Reciclantes

#ElFuturoEsNuestro

Fernando Claudín di Fidio

1
Cuéntanos un cuento, madre

Padre y mi hermano Ekow duermen. Uncle Ebo tose. Yawa y yo miramos las estrellas.

La noche es buena. Por la noche en el cielo de Agbogbloshie hay estrellas, como en el norte.

Al mirar las estrellas puedo soñar.

Madre nos abraza. Yawa y yo somos crías de pájaro en el nido.

-Cuando vivíamos en el norte te contaba un cuento cada noche, Kobe.

-Sí.

-Ahora que ha venido Yawa a nuestra familia me siento inspirada. ¿Queréis que os

cuente un cuento?

-¡Sí! –decimos Yawa y yo a la vez.

-De acuerdo. El cuento se titula Money y los Reciclantes…

2
Espejo de amor

Kobe se despierta delante de un palacio. Llama a la puerta. Sale a recibirlo un criado

con la cabeza de perro y una cobra enroscada en el cuello.

-¿Qué deseas, Kobe? -pregunta.

-Vengo a pedir la mano de la princesa Yawa -responde Kobe.

-Tienes que cumplir la condición que ha impuesto la princesa Yawa al pretendiente

que desee casarse con ella -dice el criado.

-¿Qué condición? –pregunta Kobe.

-Es lo más sencillo y lo más difícil, pues han fracasado los pretendientes venidos desde

todos los rincones del mundo -dice el criado.

-¿De qué se trata? –pregunta Kobe lleno de curiosidad.

¡Kobe no se imagina qué prueba puede ser la más sencilla y a la vez la más difícil!

-La princesa Yawa no conoce la felicidad porque a pesar de ser la joven más bella del

reino padece un mal que le impide ver su propia imagen, así que ha prometido su mano a

quien le entregue un espejo en el que ella vea reflejada su belleza.

¡Qué prueba más singular!, se dice Kobe.

-¿Se ha asomado la princesa Yawa a los estanques? –pregunta.

-¡Pues claro! ¡Se ha pasado sus tiernos años de vida asomándose a toda clase de

superficies que tienen la propiedad de reflejar la imagen de lo creado: fuentes, lagos, espejos,

metales, en vano! Un pescador la llevó al mar en su barco, un alfarero hizo que se asomase al

agua contenida en sus cántaros, un herrero probó con planchas de metales y un cristalero

fabricó hasta cuarenta espejos con cristales de diferentes colores.

3
>>En ningún caso pudo la princesa Yawa contemplar su propia belleza y aunque todo

el mundo no para de repetirle que es la joven más hermosa del reino, ella vive envuelta en la

tristeza porque sólo hay un espejo en el mundo que pueda servir a este propósito: en el amor

sólo hay un alma gemela que sirve para avivar el fuego del corazón de cada uno de nosotros.

Al oír estas palabras, Kobe acepta el desafío de conseguir el espejo que muestre a la

princesa Yawa su belleza.

Se aleja de palacio y encuentra a un anciano a quien las gentes del reino rehúyen

porque tiene el cuerpo lleno de gusanos que lo devoran poco a poco, dejándolo cubierto de

llagas.

El anciano se alegra al ver a Kobe y lo llama haciendo señas con su bastón.

-Disculpa, joven. Vivo rodeado de fatigas y pesares y deseo cruzar el río para reunirme

con la muerte, que ya desde hace tiempo me espera, pero soy un hombre demasiado viejo y

enfermo para poder hacerlo solo y nadie quiere ayudarme. ¿Podrías llevarme en brazos hasta

la otra orilla?

Kobe observa el río que separa el reino de los vivos del mundo de las tinieblas y

descubre un vado de piedras que permite acceder de una orilla a otra, por el que él podría

andar llevando al anciano en brazos si tuviese fuerza para hacerlo.

Aunque el anciano es casi de su tamaño, Kobe se dice que vale la pena intentarlo.

¡Haría feliz al anciano si lo logra!

Kobe toma en brazos al anciano, venciendo el rechazo que le provocan los gusanos y

las llagas de su cuerpo, y cruza el río por el vado de piedras, sintiéndose asombrado por lo

poco que pesa el anciano y por la seguridad que él siente al apoyarse en las piedras del vado,

aunque algunas son tan pequeñas que apenas puede posar el pie en ellas.

-¡Gracias! ¡Me has hecho la persona más feliz del mundo! –exclama, maravillado, el

anciano.

4
Kobe se dice que su único esfuerzo ha consistido en superar el rechazo que le provoca

la desagradable apariencia del anciano, y a cambio le ha hecho un servicio inapreciable, a

juzgar por su alegría.

Dándose por satisfecho, Kobe se despide del anciano y empieza a alejarse. Entonces el

anciano lo llama a gritos, con un vigor impropio de su lastimoso estado.

-¡Un momento! ¿Adónde vas con tanta prisa? ¿Acaso no esperas nada por tu buena

obra? –le dice.

Kobe se encoge de hombros.

-Me siento bien pagado con tu felicidad –responde.

-Eres afortunado por compartir el bien ajeno, pero quiero compensarte concediéndote

un deseo. ¿Crees que un viejo cubierto de gusanos como yo podría ayudarte en algo?

Kobe mira al anciano y piensa que un hombre como él, que ha vivido tanto que hasta

los gusanos se le han echado encima, quizá le pueda decir cómo encontrar el espejo de la

princesa Yawa.

El anciano escucha sonriente su petición.

-¡Te mostraré gustoso el camino hacia el espejo de la princesa Yawa antes de que estos

gusanos me coman para siempre! –exclama-. Pero debo recobrar la apariencia que tuve en el

pasado, cuando el tiempo aún no había aplastado mi naturaleza juvenil.

-¿Qué eras tú de joven? –pregunta Kobe.

El anciano sonríe tímidamente.

-¡Era un unicornio blanco de ojos azules! Poseía un hermoso cuerno, mi voz tenía el

sonido de las campanas y viví mil años antes de que mi cuerno se cayese a pedazos y mi

cuerpo cobrase forma humana.

5
>>Si consigo ser de nuevo un unicornio, podré ayudarte, pues otro unicornio impide

que los pretendientes a la mano de la princesa Yawa encuentren su espejo. ¡Un unicornio sólo

puede ser sometido por el cuerno de otro unicornio!

-¿Por qué ese unicornio oculta el espejo de la princesa Yawa?

-Porque hasta ahora todos sus pretendientes eran cazadores de belleza y ella aspira al

Amor. Los unicornios, como guardianes del Amor, son implacables con los cazadores de

belleza que pretenden aprovecharse de las doncellas inocentes. ¡Ven y te lo demostraré!

El anciano se adentra en las tinieblas con una agilidad sorprendente y Kobe lo sigue,

mordido por la curiosidad. Por el camino se encuentran a los pretendientes de la princesa

Yawa que no son dignos de ella.

El unicornio les ha arrancado los ojos con el cuerno y los cazadores de belleza vagan

como espectros, perdidos en un bosque de tinieblas, ajenos al mundo, sin percibirse siquiera a

sí mismos.

Cuando dos de ellos se encuentran, extienden los brazos sobre los hombros del otro,

como si se reconociesen y por un instante recordasen su terrible destino, y entrechocan sus

cabezas hasta que la vida los abandona y se transforman en cantos rodados.

-¡Qué triste espectáculo! –exclama Kobe, impresionado.

-Toda doncella deseosa de amar y ser correspondida, tiene su unicornio, el guardián de

su corazón, que se encarga de cribar el grano de la paja, para que ella pueda encontrar en el

pajar del amor la pareja que le ha sido predestinada.

>>El unicornio que custodia el espejo de la princesa Yawa es especialmente

implacable porque conoce bien el tesoro que ella esconde en su corazón y lo débil que se ha

vuelto al ignorar su propia belleza, tanto que cualquier embaucador podría engañarla.

>>La princesa Yawa está ciega a su propia imagen porque no encuentra a nadie digno

de ella. El espejo simboliza el corazón y sólo podrá entregárselo su alma gemela.

6
>>Las personas nacidas para el amor sólo son conscientes de su propio valor cuando

se ven reflejadas en el corazón de la persona amada.

7
La ceguera de la princesa Yawa

-Hola. Me llamo Kobe.

-Yo me llamo Yawa.

Los ojos de Yawa no pueden verme. Yawa es lo más bonito que he visto. Sus pies

negros descalzos caminan por Agbogbloshie sin tropezarse con la chatarra. Los pies negros

descalzos de Yawa ven lo que los ojos no pueden ver.

Ahora los pies negros descalzos de Yawa están quietos mientras los ojos de Yawa

intentan imaginarme. Yawa sonríe. Está contenta de estar conmigo.

Miro la caja que Yawa lleva encima de la cabeza. Está llena de pequeñas botellas de

agua. A veces Yawa lleva huevos encima de la cabeza en vez de agua. Entre la caja y la

cabeza de Yawa hay un trapo enrollado. Yawa nunca pierde el equilibrio. La caja nunca se le

cae mientras sus pies negros descalzos caminan entre la chatarra de Agbogbloshie.

-¿Pesa la caja?

-Me he acostumbrado.

Yawa sonríe. Su sonrisa tiene ojos. Yawa está llena de ojos aunque sea ciega.

-Quiero comprarte agua.

-¿Cuántas botellas?

-Todas.

Los ojos de Yawa se hacen grandes aunque no ven.

-¿De verdad?

Me río. Cojo la caja llena de botellas de agua y la pongo en el suelo. Yawa se quita el

trapo que tiene encima de la cabeza.

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-Vamos a sentarnos aquí.

-Vale.

Yawa está contenta. Ahora que no tiene la caja y el trapo encima de la cabeza le veo el

pelo. Tiene un pelo bonito, como los ojos y la piel negra y los pies negros descalzos que

caminan entre la chatarra sin tropezarse nunca.

Le doy a Yawa todas las monedas que tengo. Yawa repasa las monedas con los dedos

para ver cuánto dinero le he dado. No me gusta ver las monedas viejas y oxidadas entre las

bonitas manos negras de Yawa.

-Es demasiado.

-No.

Cierro la mano de Yawa para que se quede con las monedas. Es todo el dinero que he

ganado hoy. Ha sido un buen día. He conseguido hierro y aluminio y cobre.

Los ojos de Yawa sonríen aunque no puedan verme.

-Gracias.

Cogemos una botella de agua y bebemos y luego bebemos otra y otra. Estamos

muertos de sed. Hace mucho calor. Estamos sudando. Nuestra piel negra está cubierta de

sudor.

-Me gustas desde hace mucho tiempo.

Yawa se ríe.

-¿Y por qué no te acercabas a mí para hablarme?

-Eres demasiado bonita.

Yawa es tan bonita que al principio lloraba al verla.

Me gusta estar con Yawa sin decir nada, mirando la vida de Agbogbloshie, pensando.

-¿Naciste aquí? –le pregunto.

-Sí. Nunca he salido de Agbogbloshie –dice con tristeza.

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Nos quedamos callados otro rato largo. Miro el humo negro de Agbogbloshie. El cielo

es oscuro por encima del humo negro. No hay pájaros en el cielo de Agbogbloshie. Madre

dice que murieron hace años. Los mató el humo negro de Agbogbloshie. Las mujeres

recogían los pájaros muertos entre la chatarra y los cocinaban.

Los ojos de Yawa buscan algo en la chatarra.

-¿Naciste ciega?

-Sí.

Yawa piensa, recuerda. Sus ojos se cierran, se abren y me buscan.

-¿Conoces a padre John Carpenter?

-Todo el mundo conoce a padre John Carpenter en Agbogbloshie.

-Él dice que nací ciega por culpa del humo negro de Agbogbloshie.

Pienso en las palabras de padre John Carpenter. Me imagino el humo negro de

Agbogbloshie metiéndose en la barriga de la madre de Yawa. Me imagino el humo negro de

Agbogbloshie tapando los ojos de Yawa.

-¿Vives sola?

-Sí.

-¿Dónde están tus padres?

-Mi madre murió y mi padre regresó al norte. Mi madre trabajaba todo el día

vendiendo agua y comida a los Reciclantes, como yo. Estaba cansada. Le dolía el pecho.

Empezó a toser. No podía dormir. Empezó a escupir sangre. Y se murió. Mi padre regresó al

Norte. Me dijo que vendría a recogerme, pero no vino. Me dio un teléfono para que le

llamase. Le llamaba todos los días. Nunca contestó.

Yawa saca un teléfono viejo y pequeño de su falda de colores y me lo enseña.

-Llamo todos los días. Nunca contesta.

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Cojo el teléfono. Sólo tiene guardado un número con el nombre Padre. Lo marco. Un

contestador dice que el número marcado no existe.

Yawa sonríe con tristeza.

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El unicornio de Kobe

-¿Cómo conseguiré vencer al unicornio? –pregunta Kobe.

-Debes convencerlo, pues el unicornio es invencible –dice el anciano-. Si comprende

que amas de verdad a la princesa Yawa, se transformará en paloma blanca y te guiará por las

tinieblas hasta su espejo.

-¿Cómo podré convencerlo?

-Gracias a tu unicornio.

Kobe mira al anciano con simpatía.

-¿Lo harás tú?

-Nuestros cuernos chocarán entre sí. Si el mío es más fuerte, el unicornio de la

princesa Yawa se transformará en paloma blanca para guiarnos hasta el espejo.

El anciano mira hacia el horizonte.

-No hay tiempo que perder. ¡Vamos a la tierra de los unicornios!

El anciano y Kobe se ponen en camino. Bajo un sol ardiente, atraviesan una pradera

ocupada por mansos cachorros de león que no se mueven al verlos pasar.

Bajo la luna llena cruzan un valle con la tierra poblada de frondosos árboles que en

lugar de tronco tienen un cuerno de unicornio.

Y desembocan en un lago de leche.

-¡Ya siento en mi interior la fuerza del león y la dureza del unicornio! –exclama el

anciano agitando los brazos como un niño-. ¡Estoy cerca de encontrarme!

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>>El unicornio es un animal solitario, ¿sabes? ¡Tu fe ha despertado la llama que me

poseyó en mi juventud! ¡Es una bendición que el destino me haya elegido a mí, un anciano

devorado por los gusanos, para ser el espejo de tu corazón!

Entran en el lago de leche, que les llega hasta la cintura. Mientras el anciano habla, le

crece una cola de león. Luego desaparecen los gusanos. Su cuerpo se hincha, temblando con

fuertes sacudidas, y aparecen la cabeza y el tronco de un caballo, patas y cascos de ciervo y

un cuerno de oro brillante.

Kobe se siente emocionado ante ese poderoso animal mágico.

En un impulso salta a su lomo y aferra el cuerno con las dos manos, exclamando:

-¡Llévame hasta el unicornio de la princesa Yawa!

El unicornio arroja a Kobe al lago de leche y lo mira desafiante. Kobe resopla,

enojado, mientras el unicornio corcova, chapoteando en la leche, hasta que se vuelve azul y se

queda quieto, con las espesas crines plateadas ondeando al viento y los ojos rojos clavados en

Kobe.

Entonces el Águila de la Imaginación acude volando y se apoya cariñosamente en la

cabeza de Kobe.

-¿Qué le pasa a mi unicornio? ¿Por qué no me permite montarme en él para que me

lleve hasta el unicornio de la princesa Yawa? –le pregunta Kobe.

El Águila de la Imaginación se ríe.

-Aunque ese unicornio sea una proyección tuya, posee una naturaleza indomable,

como todos los animales de su especie. Los unicornios sólo se dejan someter por las doncellas

vírgenes.

-¿Qué puedo hacer?

-Transformarte en doncella.

-¡Eso es imposible!

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-Nada es imposible en el mundo de los sueños. Todo doncel tiene en su interior a una

doncella, como toda doncella tiene en su interior a un doncel, para comprenderse y formar una

unidad al juntarse.

El Águila de la Imaginación estalla en carcajadas, batiendo el pico ruidosamente.

Kobe no aparta la mirada, sugestionado, de su unicornio, que está a la espera,

respirando afanosamente, entre bufidos.

Del pecho de Kobe brota una figura plateada que cobra forma lentamente, absorbiendo

partículas de su cuerpo. Conforme crece la nueva forma, volviéndose densa y definida, el

cuerpo de Kobe se esfuma hasta que se materializa una doncella de bucles cobrizos, mirada

triste y una piel negra y suave como ébano.

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Un micrófono pintalabios

-Kobe, ayuda a Yawa a poner la mesa –dice madre.

Sonrío. No me lo creo, Yawa está en la tienda de nuestra familia, viviendo con

nosotros.

Ayudo a Yawa, que lo hace todo aunque sea ciega. Sus bonitas manos negras vuelan,

son pájaros de sueños, me acarician los pensamientos.

Padre John Carpenter viene con una mujer blanca y un hombre blanco. La mujer

blanca tiene pelo rubio, ojos azules, un vestido rojo, zapatillas deportivas y un micrófono. El

hombre blanco tiene una barba más corta que la de padre John Carpenter, pelo largo y una

cámara de vídeo más grande que las cámaras de la chatarra de Agbogbloshie.

La mujer blanca sonríe con cara de asco. El hombre blanco no tiene cara, tiene una

cámara de vídeo con barba y pelo largo.

Hay fruta del mercado. Madre y yo la compramos. El mercado de fruta está junto a

Agbogbloshie. El humo negro de Agbogbloshie se mezcla con la fruta.

Padre John Carpenter ha traído carne. Un mal día comemos pan. Un día normal

comemos pan, arroz, un huevo cocido y fruta. Un buen día comemos pan, arroz con fufu o

con dokono y fruta. Un día especial comemos la carne de padre John Carpenter.

En Agbogbloshie siempre hay comida. En el norte había días sin comer. Una vez, tres

días sin comer. Apaga el hambre con agua, decía madre.

Ekow mira a Yawa a escondidas. Ekow es mi hermano mayor, mi único hermano. A

Ekow le gusta Yawa. Ekow es tímido. Tiene edad para casarse pero no quiere casarse. No se

fija en las chicas de Agbogbloshie. Ekow piensa en ahorrar dinero con la chatarra de

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Agbogbloshie para volver al norte y comprar una granja. A Ekow le gustaba el norte. Le

gustaba trabajar la tierra con padre.

Padre John Carpenter habla, como siempre. Padre John Carpenter es el único blanco

que viene todos los días a Agbogbloshie. A veces vienen otros blancos a Agbogbloshie.

Hacen preguntas, nos ponen un micrófono en la boca, hacen fotos, graban con cámaras y se

van.

Unos Reciclantes dicen que padre John Carpenter es bueno y los demás blancos son

malos por tirar chatarra en Agbogbloshie. Otros Reciclantes dicen que padre John Carpenter

es tonto por venir a Agbogbloshie a preocuparse y los demás blancos nos dan trabajo tirando

chatarra en Agbogbloshie.

-Desde mi iglesia veo cómo llega la basura electrónica en barco al puerto de Accra –

dice padre John Carpenter-. Luego la basura electrónica viene aquí en camiones y el director

de Agbogbloshie la reparte entre sus jefes.

-¿Pagan impuestos? –pregunta la mujer blanca.

Padre John Carpenter se ríe.

-¿Bromea? Esto es África. El negocio de la chatarra es una mafia en Ghana. Da tanto

dinero como la droga. Al gobierno no le interesa quitarlo.

Padre John Carpenter trae medicinas, consejos, se preocupa, enseña a rezar, se queda

un poco y vuelve a su iglesia frente al mar.

Los Reciclantes no salimos de Agbogbloshie. Trabajamos todos los días. Desde que el

sol se levanta hasta que el sol se acuesta. Rebuscar la chatarra, separar metales, quemarlos

para quitar el plástico.

En medio de la chatarra está nuestra tienda. La construyeron padre y mi hermano

Ekow con palos de madera y lona. Es resistente al viento y la lluvia.

La cámara del hombre blanco tiene luz, es un arma, nos apunta.

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La mujer blanca pone el micrófono en la boca de padre John Carpenter.

-Es una cuestión de supervivencia humana acabar con esta bíblica Sodoma y Gomorra

–dice padre John Carpenter.

Miro a Yawa. Yawa no entiende inglés. Madre me enseñó inglés en el norte. Madre

era profesora en el norte, en una bonita casa blanca llena de niños negros con los pies

descalzos y la cara sonriente.

En Agbogbloshie no hay escuela, sólo chatarra. En Agbogbloshie los niños trabajan

desde que el sol se levanta hasta que se acuesta.

La mujer blanca tiene los labios rojos. La mujer blanca se pinta los labios con el

micrófono. Cuando sea mayor le compraré a Yawa un micrófono pintalabios.

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El viaje de la doncella

Al ver a la doncella el unicornio agacha la cabeza con humildad, se acerca a ella

tímidamente, olfateando para reconocerla, y se detiene a su lado.

-¡Lo conseguiste! –exclama el Águila de la Imaginación batiendo las alas-. ¡Te has

transformado en tu identidad femenina! ¡Observa la impresión que has causado al unicornio!

¡Anda, no seas vergonzosa y acaricia sus crines!

La doncella apoya la mano en el lomo del unicornio y se estremece al sentir su mágico

magnetismo.

-¿No dices nada? –pregunta el Águila de la Imaginación.

La doncella asiente con la cabeza, sonrojándose.

-Tu identidad masculina ha raptado la voz a la doncella que hay en ti. No te conoces

ahora que has perdido tu parte masculina y la memoria de su historia. Si no estuviese yo aquí

para guiarte podrías quedar reducido para siempre a tu esencia femenina y cualquier espíritu

malvado podría hacer de ti lo que quisiese.

La doncella parece insensible como un muñeco de trapo. Apenas reacciona al

entusiasmo y la admiración que provoca al unicornio, que frota su cuerno reluciente contra

ella, doblando las patas para animarla a que monte en su lomo.

El Águila de la Imaginación aletea delante de la doncella para llamar su atención, pues

ella se limita a contemplar abstraída al unicornio, como si el animal la hubiese hechizado.

-¿A qué esperas? ¡Sube a tu unicornio! ¡Te llevará hasta el unicornio de la princesa

Yawa!

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La doncella, guiada por un impulso de su naturaleza, sube a lomos del unicornio,

sonriendo por la felicidad que siente en contacto con ese fabuloso animal dispuesto a

complacerla en todo lo que ella desee.

El unicornio relincha, satisfecho con su liviana carga, y emprende una galopada

furiosa a una velocidad que ninguna otra criatura mágica terrestre puede igualar. La doncella

empuña las crines para no caerse, con naturalidad, como si hubiese vivido mucho tiempo a

lomos del unicornio, y rompe a reír al ver pasar el mundo a sus pies.

Todas las regiones se funden en un río de aguas azules y caudalosas. Y en cada cruce

de caminos la izquierda y la derecha se unifican en una sola senda luminosa, salpicada de

flores y vegetación exuberante.

Luego a la doncella le parece que la tierra es una espiral ocupada por menhires y

dólmenes milenarios de piedra blanca, y que ellos se dirigen hacia su centro, donde hay una

colosal rosa de piedra roja que despide una fragancia embriagadora.

El unicornio se zambulle en un abismo de metal fundido. Conforme avanza, de su cola

se desprenden cadenas de hierro que se disuelven, devoradas por el metal fundido.

Partieron al alba para recorrer el mundo de Este a Oeste. Al llegar el ocaso inician, de

Oeste a Este, el viaje nocturno por un mar poblado por seres indefinidos encerrados en un

cofre y serpientes marinas que intentan meterse en el cofre por el ojo de la cerradura.

Cuando están a punto de tocar fondo, aparece una ballena y los traga de un rápido

bocado. La doncella, sintiendo frío en el vientre de la ballena, se apea del unicornio y golpea

dos piedras negras de las muchas que hay allí, para encender fuego.

Al sentir hambre corta un trozo al corazón de la ballena con una de las muchas piedras

negras que allí hay, se sienta a comer junto al unicornio y se duerme acunada por su cuerno.

19
Chatarra de barras de pan

-¡Se supone que deben sentirse orgullosos por trabajar en el mayor vertedero de basura

tecnológica del mundo! –dice padre John Carpenter-. ¡Ofende a Dios que vivan familias en

este infierno más contaminado que Chernóbil!

-¿De dónde procede la basura tecnológica? –pregunta la mujer blanca.

-De esa Europa que fabrica y consume sin control teléfonos móviles, ordenadores,

televisores, neveras, lavadoras, microondas, cada vez más aparatos y más y más y más.

Pasa delante una cabra flaca. Se le notan todos los huesos. Un esqueleto de cabra vieja

con piel. Casi no tiene fuerza para moverse. Mira la chatarra fijamente.

Padre John Carpenter escupe al micrófono de la mujer blanca.

-¡Aparatos con una vida cada vez más corta por la abusiva pero legal obsolescencia

programada de los fabricantes!

Yawa no escucha a padre John Carpenter. Sus ojos ciegos miran el humo negro. Los

chicos del fuego han encendido una hoguera grande. Los chicos del fuego hacen un buen

trabajo en Agbogbloshie. Hay que saber hacer la hoguera. Ellos son especialistas.

Los chicos del fuego son importantes en Agbogbloshie, como padre John Carpenter.

Son grandes y fuertes, son duros, tienen quemaduras por todo el cuerpo. El viento les lanza

encima las llamas de la hoguera.

Los Reciclantes a veces tenemos un mal día, o dos o tres. Los chicos del fuego

siempre tienen trabajo. Siempre hay que quemar cables.

En el infierno hay grados, dice padre John Carpenter. En el infierno de Agbogbloshie

el peor grado es los chicos del fuego, dice padre John Carpenter. Los chicos del fuego ganan

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más pero mueren antes y sólo pueden mandar el dinero a sus familias, dice padre John

Carpenter.

Uncle Ebo dice que ha muerto Lamisi. Lamisi vivía junto a nosotros en el norte. En

Agbogbloshie Lamisi era el jefe de los chicos del fuego. Había ahorrado dinero para

comprarse una granja en el norte y cuando se fue a vivir allí se murió.

Uncle Ebo dice que los pulmones de Lamisi se acostumbraron al humo negro de las

hogueras y al respirar el aire de las montañas se rompieron.

-¡Esa maldita moda de comprar aparatos tecnológicos como barras de pan! –dice con

furia padre John Carpenter.

Me imagino Agbogbloshie cubierto de chatarra de barras de pan.

Padre John Carpenter señala la chatarra y golpea la cámara del hombre blanco. Nunca

había visto a padre John Carpenter tan enfadado. Da miedo mirar los ojos de padre John

Carpenter haciéndose barras de pan detrás de sus gafas.

-¡La avalancha tecnológica sin control se convierte aquí en chatarra contaminante!

Madre y padre están callados cuando padre John Carpenter viene a nuestra tienda.

Padre no entiende inglés y no escucha. Madre entiende inglés y sólo piensa.

-¡Una avalancha de basura tecnológica cargada de metales tóxicos!

La mujer blanca quiere decir algo. En las gafas de padre John Carpenter hay un búho

mirando a la mujer blanca. La piel de la mujer blanca está un poco asustada y se parece al

vestido rojo de la mujer blanca.

-¡Cadmio, azufre, cromo, mercurio, plomo, antimonio!

Uncle Ebo tose. Uncle Ebo es el hermano mayor de padre. Cuando vivíamos en el

norte padre era campesino y uncle Ebo era pastor. Uncle Ebo tose cuando hace su trabajo de

Reciclante. Uncle Ebo tose a la hora de comer. Uncle Ebo tose por la noche.

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-Los metales se impregnan en la tierra de Agbogbloshie y se liberan en la atmósfera

cuando los Reciclantes queman la chatarra para quitar el plástico que la recubre.

-¿Por qué no cortan los cables para quitar el plástico? –pregunta la mujer blanca.

-Tardarían diez veces más y no les resultaría rentable.

A veces parece que el único que habla en Agbogbloshie es padre John Carpenter.

Mi hermano Ekow mira sus pensamientos con las manos entre las piernas.

-Todos esos metales tóxicos entran en los Reciclantes, enfermándolos, matándolos.

-¿Y en sus genes?

-Claro, provocará taras en las futuras generaciones.

Vienen dos niños pequeños con un imán y una bolsa. Meten el imán en la tierra negra

de Agbogbloshie para sacar pequeños trozos de metal y meterlos en la bolsa.

Los ojos de Uncle Ebo no miran la chatarra ni el humo negro de Agbogbloshie ni a los

niños. Uncle Ebo no escucha a padre John Carpenter. Uncle Ebo mira el norte, su rebaño, el

pasado. Uncle Ebo no se ha casado. Madre dice que uncle Ebo se casó con las cabras de su

rebaño. Uncle Ebo se pasaba el tiempo cuidando las cabras. En casa siempre tenía una cabra

joven encima, la acariciaba, hablaba con ella.

En Agbogbloshie sólo hay esqueletos de cabra vieja con piel.

-Hay animales que vienen a comer entre la chatarra y luego los Reciclantes se comen

esos animales o se los comen los habitantes de Accra –dice padre John Carpenter mirando el

esqueleto de cabra vieja con piel.

-Y junto a Agbogbloshie está el mercado de fruta más grande de Accra…

-¡Claro, los habitantes de Accra compran fruta bajo nubes tóxicas! ¡Todos comemos

esa fruta! ¡Aquí la tienes, sobre esta mesa!

La mujer blanca mira el micrófono. El hombre blanco mira la cámara. El esqueleto de

cabra vieja con piel mira a los niños que meten el imán en la tierra negra de Agbogbloshie.

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-¿Por qué los gobiernos de Alemania, Inglaterra, Francia, Italia, España o Estados

Unidos no aprueban leyes para evitar este infierno?

Padre John Carpenter apunta a la cámara del hombre blanco con el dedo. La barba de

padre John Carpenter está enfadada. Los búhos en las gafas de padre John Carpenter están

enfadados.

-¡Que se ocupen de su basura que destruye el planeta y envenena a esta pobre gente!

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Choque de unicornios

Al alba, cuando la ballena sale de las aguas y se queda tendida en una playa de fina

arena blanca, la doncella se despierta y descubre que al haberse dormido cerca del fuego se

han quemado las ropas de doncella y la melena cobriza, se han secado los pechos y las formas

femeninas de su cuerpo y vuelve a ser Kobe.

-Has renacido en el vientre de la ballena –dice el Águila de la Imaginación, que ha

acompañado a la doncella apoyada en su hombro.

El unicornio ve en Kobe a la doncella y no siente rechazo, así que permanece a su

lado.

-Regresemos –dice Kobe cortando la piel de la ballena con una de las muchas piedras

negras que allí hay.

Al salir a la playa de fina arena blanca, Kobe monta a su unicornio de un salto,

empuña las crines y se despide de la ballena, que se zambulle en las aguas.

-El momento de la verdad –dice el Águila de la Imaginación.

Kobe aferra las crines del unicornio para encarar la playa. En el otro extremo hay otro

unicornio, más pequeño, con el pelaje plateado como la luna. Sus pezuñas son de cabra y su

cola de perlas. Tiene plumas de cisne en lugar de crines y una serpiente enrollada en el

cuerno.

-¡El unicornio de la princesa Yawa! –exclama Kobe.

-Toma carrerilla y lánzate contra él como si te fuera en ello la vida –dice el Águila de

la Imaginación.

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Un sol rojo se levanta en el horizonte, tiñendo las nubes del cielo. Las gaviotas

sobrevuela la playa graznando con inquietud.

En el borde de la playa aparece un gato enorme, con la mitad superior de marfil y la

inferior de ébano, sentado, solemne.

En Oriente hacen señales de humo para comunicar al palacio de la princesa Yawa lo

que sucede.

Cuando suena un gong en las alturas, la señal de salida, Kobe se inclina para empuñar

el cuerno, clava los talones en el vientre del unicornio e inicia una furiosa galopada, igual que

el unicornio de la princesa.

Uno desde naciente y el otro desde poniente, los unicornios atraviesan la playa

estremeciendo la tierra mientras se desata una tormenta. El cielo se obscurece, recubriéndose

con una red de rayos, y las gaviotas huyen hacia el centro de la playa, donde brota del suelo

un pilar que asciende hasta el cielo, atrayendo los rayos.

Por último cae una lluvia de plumas y la playa queda envuelta en un tapiz blanco

cuando los unicornios alcanzan el pilar.

Entonces Kobe distingue a través de la cortina de plumas a la princesa Yawa montada

en el otro unicornio.

-¡Eres tú! –dice antes del choque.

25
Un pájaro muerto

El primer pájaro que veo en Agbogbloshie.

-¿Qué es eso?

-Nada.

-Sé que tienes algo. Y estás preocupado.

Yawa es demasiado lista. No necesita ojos para verlo todo.

-Déjame tocarlo. Un pájaro. Muerto.

-Estaba en la chatarra.

Yawa acaricia el pájaro, lo besa, lo abraza.

-Es joven. Se perdió y ha venido a Agbogbloshie. No es bueno perderse –dice, triste.

Yawa tiene manchada la cara. El pájaro está negro de humo.

Miro al cielo. El cielo se mueve rápido más arriba de las nubes de humo negro. El

cielo está furioso como padre John Carpenter. Yo soy el pájaro. Los otros pájaros vuelan en

fila. Yo vuelo junto a ellos hasta que el humo negro de Agbogbloshie me separa de la fila. Los

otros pájaros vuelan hacia el mar, hacia los árboles, hacia las montañas. Yo me hundo. Mis

alas se han cargado de humo y no pueden volar. Caigo en la chatarra. Muerto.

-Kobe, ¿estás en Agbogbloshie o en el cuento de madre?

Ahora sólo soy un pájaro muerto en la chatarra de Agbogbloshie.

-Deberíamos seguir recogiendo chatarra, Yawa.

-Sí.

Miro las manos sucias de Yawa. Miro los brazos sucios de Yawa. Miro las piernas

sucias de Yawa.

26
-Cuando vendías comida y agua no estabas sucia.

-Las mujeres pueden ser Reciclantes. Es más pesado pasarse el día cargando comida y

agua en la cabeza. Y ganas menos.

Madre dice que al director de Agbogbloshie le da igual quién hace el trabajo si le

pagan su parte. Padre dice que está mal visto que las mujeres hagan el trabajo de los hombres.

-¡Kobe!

Mi hermano Ekow viene corriendo. Miro su cuerpo nervioso, largo y flaco corriendo

entre la chatarra. Ekow es tan negro que el humo de Agbogbloshie no se nota en su piel negra

y parece que nunca está sucio.

No quiero estar sucio.

Los ojos tímidos de Ekow se sorprenden al ver el pájaro muerto en los brazos de

Yawa.

-Uncle Ebo… -me dice Ekow.

-¿Qué pasa?

-Se muere.

Vamos a casa. Junto a nuestra tienda hay Reciclantes hablando en voz baja. Entramos.

Uncle Ebo está tumbado. Veo a padre John Carpenter con los ojos cerrados y las manos

juntas.

Yawa y yo nos sentamos. Padre está serio mirando el suelo de tierra negra. Madre está

llorando. Yo cierro los ojos y me invento una oración para rezar, como me ha enseñado padre

John Carpenter:

Madre te quiere mucho, uncle Ebo.

Uncle Ebo, tú siempre nos ayudaste.

Como no te casaste le dabas dinero a madre para ayudar a la familia.

27
Y apagabas las tormentas de padre.

A veces a padre se le calienta la cabeza y dice cosas que no piensa y grita.

Tú apagabas las tormentas de padre por ser el hermano mayor.

Padre te respeta, uncle Ebo.

Padre no protesta cuando tú le dices que ha hecho algo mal.

Madre dice que cuidaste de padre cuando erais pequeños.

Madre dice que los abuelos murieron de hambre por daros de comer a ti y a padre.

Madre dice que no te casaste para no ver morir a tu mujer como le pasó al abuelo.

Madre dice que fuiste pastor y no campesino porque la tierra mató de hambre a los

abuelos.

No tengo más palabras para rezar. Abro los ojos. Mi hermano Ekow está llorando. Es

la primera vez que veo llorar a mi hermano Ekow. Uncle Ebo y mi hermano Ekow se parecen.

Son altos, flacos, tienen la piel muy negra. Son tímidos, tristes, pensativos.

Uncle Ebo y mi hermano Ekow pasean por la chatarra de Agbogbloshie todos los días

antes de entrar en la tienda para lavarse, comer con la familia y dormir.

Algo pasa fuera de la tienda. Los Reciclantes parecen sorprendidos.

Uncle Ebo ya no tose. En su pecho flaco hay sangre. Uncle Ebo hace un silbido con la

garganta. Suena como la flauta que tenía uncle Ebo en el norte. Uncle Ebo tocaba su flauta

cuando paseaba con las cabras por los campos.

Los Reciclantes que hay fuera de la tienda cada vez hablan más alto. Padre se pone de

pie y sale de la tienda. Madre, Ekow, Yawa y yo también salimos de la tienda.

-¿Qué pasa? –me pregunta Yawa.

Es la primera vez que puedo ser los ojos de Yawa.

-Las cabras de Agbogbloshie vienen a despedirse de uncle Ebo.

28
Las cabras rodean la tienda. Es extraño que haya tantas. Se ha juntado un rebaño. Me

impresionan. Ahora los esqueletos de cabra vieja con piel tienen ojos inteligentes.

Yawa me aprieta la mano, asustada. Todas las cabras están balando a la vez, como si

estuviesen enfadadas.

-Uncle Ebo ha muerto –dice Ekow.

Entramos en la tienda. Padre John Carpenter está de pie. Uncle Ebo ya no hace el

sonido de flauta. Uncle Ebo está quieto. Nunca me había parecido tan delgado. Es un

esqueleto de cabra vieja con piel.

Padre y madre tienen las manos sobre la cara. Yawa se agacha junto a uncle Ebo,

cantando. Fuera de la tienda las cabras han dejado de balar. Ahora sólo suena la voz de Yawa

cantando la canción fúnebre de su tribu.

Las manos de Yawa ponen el pájaro muerto sobre el pecho de uncle Ebo. La boca de

Yawa besa la frente de uncle Ebo.

-Kobe.

La mano extendida de Yawa me dice que me acerque.

-Ekow.

La mano extendida de Yawa le dice a mi hermano Ekow que se acerque.

Yawa nos da valor para acercarnos al cuerpo muerto de uncle Ebo. Para Yawa la

muerte es natural. Yawa siente a las personas detrás del cuerpo. Ahora sé que hay algo más

cuando nos morimos.

Padre y madre se acercan. Junto a padre John Carpenter hacemos un círculo agarrados

de la mano. Rezamos.

Ahora no veo tu cuerpo, uncle Ebo.

Ahora sólo veo el pájaro muerto que Yawa ha puesto sobre tu pecho.

29
El ave Naturaleza

Delante de Kobe hay una paloma blanca con el pico abierto.

-Debes darle de beber antes de emprender el camino –dice el Águila de la

Imaginación.

Kobe forma un cuenco con las manos, lo llena con agua de rocío y se lo ofrece a la

paloma, que desciende aleteando con rapidez y bebe hasta saciar su sed. La paloma se

encarama en un olivo, arranca una ramita con el pico y se eleva hacia el cielo trazando un

elegante vuelo.

-Ha llegado el momento de partir –dice el Águila de la Imaginación señalando a la

paloma blanca, que muerde la ramita de olivo, aleteando impaciente en las alturas.

Kobe monta de un salto en su unicornio y empuña las crines.

-¡Vamos! –exclama.

La paloma emprende la marcha volando con elegantes aleteos y Kobe la sigue trotando

en su unicornio. Al salir de la playa se adentran en un sendero bordeado por flores de loto de

mil pétalos que se abren a su paso.

-¡Qué maravilla! –dice Kobe aspirando la fragancia del loto.

Al finalizar el sendero desembocan en un laberinto de espejos en cuyo umbral se posa

la paloma, dejando caer al suelo la ramita de olivo.

-Hemos llegado –dice el Águila de la Imaginación-. El espejo de la princesa Yawa está

en el laberinto de espejos.

Mientras la paloma se aleja hacia Oriente, al unicornio de Kobe se le cae el cuerno y

su cuerpo se cubre de gusanos hasta que aparece el anciano de aspecto desagradable a quien

30
las gentes rehúyen en el reino de la princesa Yawa. Luego el anciano se transforma en paloma

blanca y sale volando hacia Oriente.

Kobe se siente indeciso.

-¿Cómo puedo encontrar el espejo de la princesa Yawa en este laberinto de espejos?

El Águila de la Imaginación se ríe.

-Lo importante es que tu corazón se merezca lo que anhela –dice-. Te recomiendo que

te sientes a la entrada del laberinto a tocar la flauta.

Cuando el Águila de la Imaginación levanta el vuelo y se aleja hacia Oriente, Kobe se

sienta a la entrada del laberinto a tocar la flauta hasta que aparece una simpática oca y le

pregunta:

-¿Por qué estás aquí tocando la flauta?

-Intento atraer a un espejo.

-¡Los espejos no pueden moverse y acudir a una cita!

Kobe piensa en las palabras de la oca.

-A menos que el espejo esté en un ser vivo.

-¿Qué quieres decir?

-En ese caso el ser vivo podría acudir a la cita llevando el espejo encima. ¿Conoces

algún ser vivo que tenga un espejo?

La oca hace memoria girando en círculos y dando graciosos saltos.

-Hace mucho tiempo oí hablar de un ser vivo de esa clase, un animal llamado Money

que tenía espejos en los ojos y arrasaba los cultivos de los campesinos y mataba los rebaños

de los pastores.

Kobe da un brinco de alegría.

-¡Seguro que los ojos de ese animal son el espejo de la princesa Yawa! –exclama.

31
La oca agacha la cabeza, pensando cómo ayudar a ese joven que toca la flauta tan

bien.

-Sólo el ave Naturaleza puede ver todo lo que ocurre en este mundo –dice, tras mucho

cavilar, dando vueltas y agitando las alas.

-¿El ave Naturaleza?

-Tiene la cabeza de gallo, el lomo de golondrina, las alas de viento, la cola de flores y

las patas de tierra. Las ocas adoramos al ave Naturaleza. Aunque su cuerpo es grande y regio,

cuando se posa en ti no notas su peso. Y se alimenta de rocío para no dañar la naturaleza ni

los animales. Antes de morirse mi madre me enseñó la fórmula para convocar al ave

Naturaleza si necesitaba su ayuda, pero en la vida de una modesta oca como yo no hay

grandes apuros. En cambio tú eres un joven especial y por alguna razón importante necesitas

la ayuda del ave Naturaleza.

-¡Gracias por tu generosidad!

La oca junta con el pico siete ramas secas y las coloca en el suelo como los radios de

una rueda, poniendo como eje cuatro plumas de su cola clavadas en la tierra, apuntando hacia

los cuatro puntos cardinales.

-¡Enciende fuego entrechocando dos piedras y ocúpate de avivarlo con fuertes

soplidos!

La oca se ausenta y regresa con doce pétalos de rosa roja que deposita en el suelo.

-¡Ahora necesitamos gotas de rocío! –exclama antes de desaparecer detrás de un seto.

Al cabo de un largo rato, cuando Kobe empieza a temer que le haya pasado algo, la

oca regresa llevando en el pico un puñado de musgo empapado de rocío que deja caer junto a

los doce pétalos de rosa roja.

32
-Fui a un bosque umbrío para encontrar este musgo que absorbe el rocío como una

esponja –explica, disculpándose por su tardanza-. Aunque aquí hay mucho más rocío del que

necesitamos, pues bastarán tres gotas.

-¿Hace falta algo más?

Kobe sonríe, divertido, por la solemnidad de la oca, que parece realizar la ceremonia

más importante del mundo.

-¡No pares de soplar el fuego! ¡Si no hay viento, no vendrá el ave Naturaleza! –dice la

oca ajetreándose de un lado a otro para reunir maderas y resinas aromáticas con las que

confecciona un nido grande.

La oca examina el nido, aprobadora, y sale corriendo agitando las alas.

-¿Adónde vas ahora? –pregunta Kobe, cansado de lanzar fuertes soplidos al fuego.

-¡No pares de soplar! ¡Demuestra a los cuatro vientos lo fuerte que es el fuelle de tu

pecho! –replica la oca batiendo el pico alegremente, y añade antes de desaparecer detrás del

seto-: ¡Voy a por mi familia para convocar al ave Naturaleza!

Kobe se encoge de hombros y sigue soplando el fuego con todas sus fuerzas.

Al cabo de un largo rato, cuando empieza a temer que le haya pasado algo a la oca, la

ve saltar por encima del seto y detrás de ella aparecen otras once ocas, de diferentes tamaños,

unas más viejas y otras más jóvenes, todas en alegre compañía, canturreando y batiendo a

ritmo el pico.

-¡Ya estamos aquí! ¡Veo que te has ocupado de avivar el fuego en mi ausencia!

La oca le pide a Kobe que se siente en el nido fabricado con maderas y resinas

aromáticas y los miembros de su familia se colocan alrededor del fuego mientras ella arroja a

las llamas los doce pétalos de rosa roja y escurre con cuidado el musgo sobre el fuego para

que caigan sobre él tres gotas de rocío.

33
Luego la hacendosa oca se une al corro que forman los miembros de su familia y las

doce ocas bailan alrededor del fuego mientras agitan las alas, baten el pico y canturrean

tonadas en la lengua de las ocas.

Permanecen así toda la noche: las ocas dando vueltas en círculo y Kobe durmiendo

acurrucado en su cálido nido de maderas y resinas aromáticas.

Con el primer canto del gallo se extingue el fuego, una ola de viento barre a las doce

ocas llevándolas de regreso a sus hogares transformadas en ocas de oro y brota de las cenizas

el ave Naturaleza, que se pone a picotear el nido de maderas y resinas aromáticas.

Kobe se despierta sobresaltado y salta fuera del nido.

-No te asustes de mí –dice el ave Naturaleza con voz melodiosa-. Mírame, estoy

compuesta por los cinco colores, que representan las cinco virtudes.

El lugar se puebla con todas las ocas del mundo, que acuden presurosas para recibir a

su adorada ave Naturaleza, que despliega unas alas de viento para abrazarlas a todas y

devolverlas a sus hogares desatando un huracán cubierto de pétalos de rosa roja, su flor

preferida, al tiempo que les deja como prenda de su bendición tres plumas de oro en la cola.

Kobe mira maravillado al ave Naturaleza, percibiendo su mágica energía.

-¿Es verdad que tú lo ves todo? –pregunta.

El ave Naturaleza asiente, inclinando la cabeza con gravedad.

-¿No quieres ver lo que has estado empollando durante la noche?

Kobe se asoma al nido de maderas y resinas aromáticas y ve que hay un huevo grande,

con la cáscara moteada.

Parece un huevo de dinosaurio, se dice, sacándolo del nido. La cáscara se quiebra y

asoma la cabeza un animal diminuto, que lo mira sonriente.

-Ahí tienes a Money –dice el ave Naturaleza.

34
Kobe está asombrado. El diminuto animal ha salido del cascarón y salta entre sus

manos.

El ave Naturaleza apoya una de sus alas de viento en Kobe.

-Ahora que has encontrado la materia de su espejo, debes darle forma para que la

princesa Yawa pueda verse reflejada en él –dice-. Money es un animal destructivo que

malogrará las cosechas de los campesinos y matará los rebaños de los pastores. Tienes que

educar sus instintos tocando la flauta y llevarlo hasta la princesa Yawa. ¡Sus ojos serán el

espejo donde ella podrá ver reflejada su belleza!

-Gracias –dice Kobe.

El ave Naturaleza se eleva por el cielo con sus alas de viento y se aleja hacia Oriente.

Cuando Kobe se queda a solas con la extraña criatura que hay entre sus manos, por

primera vez siente flaquear su voluntad.

35
El sueño de Kobe

Yawa y yo caminamos agarrados de las manos. Delante hay una luz. Nos llama.

Detrás, oscuridad. Debajo, Agbogbloshie, chatarra.

-Tengo frío –dice Yawa.

Padre lleva una antorcha llameante, bajando la montaña, llorando. Un gigante, el

hombre más grande, de un puñetazo derriba casas.

Uncle Ebo, sentado en una nube, toca la flauta, sonríe, le sale el humo negro de

Agbogbloshie por la cabeza.

Yawa y yo somos pájaros. Vuelan nuestras bonitas alas. Vuela el desierto de chatarra.

Vuela la piel negra. Vuelan los pies sucios y los ojos tristes. Vuelan los Reciclantes.

-¡Alto! –grita Ekow, desnudo.

El dedo de Ekow es un arma apuntando a los niños blancos que se ríen tirando

teléfonos móviles al mar.

-¡Money aniquilará la Tierra y a la humanidad! –exclama padre John Carpenter

agitando los brazos, furioso.

Padre John Carpenter es un niño con barba que juega con niños negros tirando piedras

al río.

Los niños blancos que tiran teléfonos móviles al mar y los niños negros que tiran

piedras al río son las dos partes de mi libro. El libro se cierra.

-Os contaré una historia –dice madre-. Había una vez una princesa que se llamaba

Yawa y un príncipe que se llamaba Kobe…

36
Una flauta de estrellas

Abro los ojos.

-Te he despertado –dice Yawa-. Tenías una pesadilla.

Nunca recuerdo los sueños.

-Ven a ver las estrellas.

Yawa me tira de la mano. Nos tumbamos fuera de la tienda.

Miro las estrellas.

-¿Cómo son?

-Brillan.

Yawa extiende las manos hacia el cielo. Padre tose en la tienda.

-He perdido la flauta que me regaló uncle Ebo.

Yawa me da la flauta.

-¿Dónde estaba?

-En el cuento de madre.

Toco la flauta. Las estrellas del cielo bajan a Agbogbloshie. Yawa baila. La chatarra es

un valle con árboles y pájaros.

No pararé de tocar. No quiero despertarme.

37
Siempre igual

-¿Por qué gritan?

-Han robado el cobre a un niño.

Hay que caminar mucho, rebuscar mucha chatarra, separarla, llevar lo bueno a los

chicos del fuego para que quemen el plástico, pagarles, pagar a los jefes que se reparten

Agbogbloshie. Si tienes dinero puedes entrar en una parte con buena chatarra. A veces pagas

y encuentras poco. A veces pagas y encuentras mucho cobre, aluminio y hierro y cuando has

pagado también a los chicos del fuego viene alguien y te roba y pierdes un día de trabajo y el

dinero que pagaste al jefe por buscar chatarra en su trozo de Agbogbloshie. A veces el jefe

manda que te roben, si ve que has encontrado demasiado. Eso pasa y no pasa nada. Si te

roban, te vas a casa a dormir y mañana a empezar de nuevo. Es la vida del Reciclante.

Agbogbloshie es mejor que el norte, por eso estamos aquí, dice padre. En el norte hay

hambre y te mueres, dice padre. Aquí no hay hambre, pero también te mueres, digo yo. Uncle

Ebo no se ha muerto en el norte, uncle Ebo se ha muerto en Agbogbloshie.

-¿Qué hace el niño al que robaron?

-Se fue a casa llorando.

-Siempre igual.

Me caigo al suelo. Tengo la cara contra la chatarra. No puedo evitar lo que está

pasando. Las palabras de Yawa resuenan en mi cabeza: siempre igual. Sí, siempre igual. Una

vez y otra vez y otra vez.

Hoy era el mejor día. Hoy era el mejor día en Agbogbloshie. Hoy era el mejor día en

Agbogbloshie y sin pagar, sólo porque tuvimos suerte.

38
Ahora el mejor día en Agbogbloshie es el peor día en Agbogbloshie.

Cuando terminan de robarme me levanto. Todo ocurre muy rápido. Yawa está bien. A

ella no la han tocado.

-¿Se han llevado todo?

-Sí.

-Siempre igual.

-Bueno, mañana buscaremos más.

-Claro.

Nos quedamos sentados en la chatarra. Estamos cansados. Tenemos hambre. Las

piernas no quieren llevarnos a casa. Viene padre John Carpenter, pregunta qué pasa, le digo

que nos han robado, la mano grande de padre John Carpenter me seca las lágrimas.

-La miseria engendra miseria, Kobe –dice padre John Carpenter.

39
La cartera de piel

-La vida es corta en Agbogbloshie –dice un Reciclante.

-La vida no vale nada en Agbogbloshie –dice otro Reciclante.

-Ese hombre era el más grande y fuerte de Agbogbloshie –dice otro Reciclante.

-Era una leyenda –dice otro Reciclante.

-En el norte era campesino y trabajaba como trece. Una vez su jefe quería comprar una

máquina para arar la tierra y este hombre le dijo: no la compres, yo trabajo más. La máquina y

este hombre trabajaron de sol a sol. La máquina se estropeó y este hombre siguió trabajando,

pero su jefe compró la máquina y este hombre perdió el trabajo –dice otro Reciclante.

-No lo mató el trabajo. Lo mató Agbogbloshie –dice otro Reciclante.

-¿De quién hablan? –dice Yawa.

Miro al hombre tirado en el suelo, entre la chatarra.

-¿Quién es el gigante? ¿Quién es la leyenda? –insiste Yawa.

Siento las piernas de chatarra. Siento el corazón de chatarra. Siento la cabeza de

chatarra.

-Kobe…

-Desde que perdió a su hermano fue de mal en peor. Estaban muy unidos –dice otro

Reciclante.

-¿Cómo se ha muerto? –dice otro Reciclante.

-Estaba caminando con padre John Carpenter y se ha caído al suelo como una piedra –

dice otro Reciclante.

-Se le ha parado el corazón –dice otro Reciclante.

40
-¡Kobe! –dice Yawa.

-¿Estás bien, hijo? –dice madre.

Madre me abraza.

-¿Puede decirme alguien qué está pasando? –dice Yawa.

-Ha muerto el padre de Kobe –dice madre.

Padre John Carpenter está agachado junto al hombre tirado entre la chatarra, con los

ojos cerrados y las manos juntas.

Ekow viene corriendo. Su cuerpo está lleno de quemaduras desde que es chico del

fuego.

El camión ha terminado de descargar. El director de Agbogbloshie reparte la chatarra

entre los jefes. Hay ordenadores, lavadoras, montañas de teléfonos, microondas, televisiones.

Los Reciclantes se van con la nueva chatarra. Madre, Yawa, Ekow, padre John

Carpenter y yo nos quedamos con el hombre tirado en el suelo.

Padre John Carpenter se acerca a madre.

-Fifi sabía que iba a morir. Me dio esto para vosotros.

Padre John Carpenter le da a madre una cartera de piel.

Madre mira sorprendida la cartera de piel.

-Fifi fabricó esta cartera con sus propias manos cuando vivíamos en el norte –dice-.

Pensé que la había perdido por el camino cuando vinimos a Agbogbloshie.

Madre abre la cartera. Está llena de billetes. Ahora mi hermano Ekow y yo sabemos

qué hacía padre con el dinero que le dábamos de la chatarra.

Madre abraza la cartera, cierra los ojos, tiene lágrimas en la cara.

Nunca vi a madre llorar.

-Ahora Fifi podrá reunirse en el norte con su hermano y encontrar la paz –dice padre

John Carpenter.

41
-Yo iré con ellos –dice Ekow.

42
Oro de luz y tinieblas

Kobe se lleva a Money al bosque, lo alimenta con bellotas de los robles, le da a beber

agua de los arroyos e intenta educarlo con el sonido de su flauta hasta que es lo bastante

grande para valerse por sí solo.

El indómito espíritu de Money se apodera de él conforme crece y en sus ojos no

aparece ningún espejo.

¿Me habré equivocado contigo?, se pregunta Kobe mirando decepcionado a ese bruto

animal que no muestra sensibilidad hacia la música de su flauta y huye de su vigilancia,

campando a sus anchas por el bosque, para someter a los otros animales, robar la comida

ajena y entregarse a los placeres.

Una noche Kobe se acerca a la madriguera donde duerme Money y le dice:

-He comprendido que tú no sirves de espejo. ¿Cómo podría verse reflejada en ti la

princesa Yawa si llevas una vida de brutalidad y desenfreno?

-¿Qué me reprochas, si tú me ha creado? –replica con insolencia Money.

Kobe comprende que esa bestia insensible ha nacido del huevo que él empolló durante

la mágica noche en que las ocas convocaron al ave Naturaleza. Él tiene la culpa por no saber

crear un Money con espejos en los ojos.

Desolado, se adentra en la espesura del bosque y camina hasta que lo vence el sueño.

Entonces lo despiertan los llantos y lamentos de unos campesinos que pasan a su lado.

-¿Qué os ocurre? –pregunta Kobe al verlos tan afligidos.

43
-Nos ha sobrevenido una calamidad –responde el más anciano de los campesinos-.

Una bestia terrorífica ha arruinado nuestras cosechas y morirán de hambre muchas familias

cuando llegue el invierno, pues no tendremos grano para vender en el mercado.

Kobe acude al lugar donde Money ha provocado la ruina de los campesinos. Al ver las

cosechas de los campos malogradas por la furia destructiva del animal que él en vano intentó

educar con el sonido de su flauta, siente cólera y vergüenza, su flauta se transforma en espada

y sale de su pecho un grito que convoca a Money.

-¡Ven a recibir el castigo que mereces! –exclama.

Al ver a Kobe, su creador, empuñando la espada, Money acude con el rabo entre las

piernas.

Kobe levanta la espada y la hunde en el ojo derecho de Money delante de los

campesinos, que observan aterrorizados la escena. El ojo derecho de Money estalla y de él

brota un manantial de oro líquido que al caer al suelo y enfriarse forma lingotes.

Comprendiendo que el oro de Money está destinado a sus víctimas, para compensarlas

por el fruto de un año de trabajo que Money destrozó en un arrebato de furia, Kobe entrega un

lingote a cada familia.

Antes de partir, el anciano campesino se despide de Kobe diciéndole:

-Como muestra de agradecimiento te entrego esta joya, la más preciada de mi familia,

que heredamos de padres a hijos.

Kobe entierra la joya porque le recuerda la desgracia de la que se siente responsable y

regresa al bosque intentando olvidarse de Money, que sigue haciendo de las suyas a pesar de

haber perdido un ojo.

Kobe duerme hasta que lo despiertan los lamentos de unos pastores.

-¿Qué os ocurre, buena gente? –les pregunta.

44
-Apareció una bestia desalmada en la dehesa donde pastaban nuestros rebaños y no ha

dejado una sola oveja con vida –contesta el pastor más anciano-. ¿Qué haremos sin leche ni

lana para venderlas en el mercado? ¡Morirán muchas familias en invierno!

A Kobe le asombra que Money haya cometido esa barbaridad a pesar del escarmiento

que recibió.

Al llegar a la dehesa donde están los cuerpos mutilados de las ovejas, Kobe exclama:

-¡Ven, criatura sin alma, para recibir el castigo que te mereces!

Cuando Money surge de la espesura y se postra a sus pies, Kobe empuña su flauta

transformada en espada y la hunde en el ojo izquierdo de Money. Los espantados pastores

observan con incredulidad que en lugar de sangre sale oro líquido que se transforma en

lingotes al caer al suelo y enfriarse.

Aliviado por tener algo que entregar a las víctimas de Money, Kobe reparte los

lingotes entre las familias y el anciano pastor le dice antes de despedirse:

-Es necesario equivocarse para enmendar el error, dormir para despertar, morir para

volver a nacer. Pero debajo de cada error, de cada sueño, de cada muerte, se pierde algo por el

camino que no podemos reemplazar. Se pierde la alegría inocente de nuestros primeros paseos

por los campos, cuando aprendemos a tocar la flauta para alabar a las flores y al sol que nos

vieron nacer.

>>Hay luz en las tinieblas y hay tinieblas, haciendo sombra, en toda luz. Este oro que

me entregas es fruto de la luz y las tinieblas. Es la verdad primera. Ve en paz.

45
Pronto

Madre, Yawa, mi hermano Ekow y yo estamos en la tienda.

Miro los sitios vacíos donde se tumbaban a dormir padre y uncle Ebo.

-Regresemos al norte –dice madre.

Ekow, Yawa y yo no decimos nada.

-Agbogbloshie nos matará a todos –dice madre.

Ekow, Yawa y yo pensamos en las palabras de madre.

-Aquí vienes a morir –dice madre.

La lluvia y el viento sacuden la tienda. Yawa se tapa la cabeza con la manta. Los ojos

de Ekow están quietos, mirando cosas que no se ven.

Quiero abrazar a mi hermano y decirle te quiero. Quiero cerrar sus ojos negros para

que duerman. Quiero curar las quemaduras de su cara.

Ekow está llenando de billetes la bolsa de piel de padre.

Los chicos del fuego no pueden estar muchas horas cerca del fuego, respirando humo

negro del fuego, y se turnan, menos mi hermano Ekow. Desde que murió padre, Ekow trabaja

de sol a sol con el fuego y gana el doble que los otros.

Quiere sacrificarse. Quiere salvarnos a madre, Yawa y a mí. Quiere comprar una

granja en el norte. Y tiene poco tiempo. En Agbogbloshie la vida es corta.

Hoy tengo ganas de llorar mirando a mi flaco hermano. No es fuerte ni grande como

padre. No toca la flauta como uncle Ebo. No habla como padre John Carpenter. Sólo trabaja.

Los ojos tristes de madre se mueven hacia Ekow.

46
-¿Qué dices, Ekow?

La cabeza de Ekow dice NO.

Madre suspira. Hoy se siente muy triste y sola.

Los ojos de madre se mueven hacia el sitio de uncle Ebo, hacia el sitio de padre y

hacia Yawa.

-¿Yawa? –dice madre.

Yawa no se mueve debajo de la manta.

Los ojos de madre se mueven hacia mí.

-¿Kobe? –dice madre.

Si mi hermano Ekow no habla y sólo trabaja para llenar de billetes la cartera de piel de

padre y comprar una granja en el norte para salvarnos a madre, Yawa y a mí, yo no digo nada.

Quiero ser chico del fuego y trabajar sin turnos como Ekow, pero sólo puedo ser un

niño Reciclante.

Los ojos tristes de madre suspiran y se cierran.

-Que Dios nos bendiga –dice madre tan bajo que casi no se oyen sus palabras.

Afuera la lluvia y el viento sacuden la tienda.

Me tapo la cabeza con la manta, como Yawa. Pienso en el cuento de madre. Money

está metido en la cartera de piel de padre. Algún día educaré a Money para que sea los ojos de

Yawa. Pronto.

47
Por qué

Me gusta caminar junto a Yawa. Me gusta caminar junto a Yawa agarrados de la

mano. Me gusta caminar junto a Yawa agarrados de la mano sin tener la espalda cargada de

chatarra. Me siento bien, siento que voy a algún sitio. Antes de conocer a Yawa cuando

caminaba solo me sentía perdido. Iba de un sitio a otro sin saber. Iba de un sitio a otro sin

saber si quería ir. Iba de un sitio a otro sin saber por qué.

Ahora la mano de Yawa agarrando mi mano lo explica todo, me da fuerza, me da

ganas de vivir. Quiero hacerme mayor. Quiero crecer junto a Yawa. Quiero compartir una

vida larga con Yawa.

Cuando sueño despierto Yawa y yo somos padres. Es bello vivir en el norte con

nuestros hijos, en nuestra granja. Es bello tener cielo y estrellas sin humo negro, árboles,

hierba. Es bello el olor de los árboles y la hierba, son bellas sus caricias y sus palabras cuando

el viento sopla dentro de ellos. Es tan bella la tierra, tan limpia. Yawa y yo y nuestros hijos

agarramos la tierra a puñados y metemos dentro nuestras semillas de amor, nuestros

corazones de amor, y miramos a lo lejos las montañas y respiramos el aire limpio y viajamos

al futuro en el mar de los sueños.

-¿En qué piensas, Kobe?

-En el futuro.

-¿Tenemos futuro?

-Claro, el cuento de madre no es sólo un cuento.

-Sí, los cuentos son el futuro que no podemos ver.

48
Hemos llegado. Suelto la mano de Yawa. Le doy la chatarra a mi hermano Ekow.

Miro el fuego. Ekow remueve bien la chatarra con el palo para que el fuego queme todo el

plástico.

Este sitio es el infierno, dice padre John Carpenter. Hace mucho calor. El humo negro

se mete en tu cuerpo. Respiras humo negro.

Yawa y yo esperamos. Hay dos palos largos, delgados, negros y sucios. Un palo

largo, delgado, negro y sucio remueve la chatarra dentro del fuego. El otro palo largo,

delgado, negro y sucio es mi hermano.

Cuando Ekow jugaba a la pelota con sus amigos en el norte, yo no tenía fuerza para

patear la pelota y correr, sólo podía sentarme a mirar y sentirme feliz y aplaudir cuando mi

hermano metía un gol.

Ahora veo a Ekow luchando con el fuego y siento ganas de aplaudir y siento ganas de

llorar. Ekow no volverá a jugar a la pelota. Ekow no volverá al norte. Ekow vino a

Agbogbloshie a morir como uncle Ebo y padre.

Viendo a mi hermano Ekow luchando con el fuego me pregunto por qué. Por qué

Yawa y yo. Por qué unos sí y otros no. Por qué no salvarnos todos. Por qué romper la familia.

Por qué morir. Por qué vivir. Por qué sólo soñando puedes ser feliz. Por qué.

49
Rezando en el fuego

Si miro a un lado veo el camión descargando chatarra y a los jefes de Agbogbloshie

peleándose por la chatarra. Si miro al otro lado veo a un grupo de niños negros descalzos y

con la cara sucia jugando pelota y un esqueleto de cabra vieja con piel.

-África pone de cara a la pared la alegría y la miseria –dice padre John Carpenter,

caminando entre Yawa y yo, a mí agarrándome con su brazo izquierdo y a Yawa agarrándola

con el derecho.

-Ayer perdí el teléfono que me dio mi padre antes de marcharse de Agbogbloshie.

-Lo siento, pequeña.

-Su número nunca existió, pero era lo único que tenía de mi familia.

-Lo sé, Yawa.

-Ya no hay que cargarlo para llamar a un número que no existe, padre John Carpenter.

-De acuerdo, pequeña.

Siento el suspiro de padre John Carpenter recorriendo todo su cuerpo grande. Suenan

gritos. Hay mucho humo negro. Los Reciclantes corren. Ha pasado algo. El cuerpo grande de

padre John Carpenter se pone en tensión.

-Dios mío.

Padre John Carpenter corre. Agarro de la mano a Yawa.

-¿Qué pasa?

La voz de Yawa está asustada.

-Vamos.

50
Tiro de la mano de Yawa. Corremos, metiéndonos en el humo negro y los gritos,

detrás de padre John Carpenter y los Reciclantes. El fuego. Nunca vi el fuego tan grande.

-Cielo santo –dice padre John Carpenter, de rodillas frente al fuego.

Dentro del fuego está él, negro y quemado como la chatarra. Ya no grita. Su cuerpo

está quieto, encogido, con la cabeza inclinada y las manos juntas sobre el pecho.

¿Por qué mi hermano Ekow reza en el fuego?

51
El buey del ego

Como está ciego, Money busca la compañía de Kobe, no quiere separarse de él. Al no

ver las tentaciones del mundo, no desea hacer mal a nadie y sólo se siente seguro cerca de su

creador.

Kobe y Money se van a vivir juntos al bosque. Money empieza a sentir interés en la

música que Kobe toca con su flauta.

-¡Qué extraña criatura eres! –exclama Kobe viendo a Money acurrucado a sus pies,

con las orejas vueltas hacia las notas musicales que salen de la flauta.

-Siento paz –replica Money, olvidando su vida de bestia destructiva.

-Es una pena que hayas tenido que perder tus ojos para encontrar tu alma –dice Kobe.

Llega un momento en que Money se niega a comer y beber. Sólo desea escuchar el

sonido de la flauta.

-Vas a morirte -dice Kobe al ver a Money flaco y débil.

Desde que está ciego, Money ha reducido tanto su tamaño que Kobe no puede

reconocerlo. Pero Kobe no pierde la esperanza de transformar a Money en el espejo de

princesa Yawa, tal como él soñó, y busca en sus bolsillos algo que pueda serle útil.

Entonces encuentra una preciosa joya.

<<Qué extraño, es igual que la joya del el anciano campesino, pero aquélla la enterré

porque me recordaba la primera desgracia de Money>>, se dice Kobe.

Entonces comprende que también el anciano pastor le regaló una joya, con disimulo,

deslizándola en su bolsillo.

Ese descubrimiento enciende una luz en su pensamiento.

52
-¡Ahora entiendo cómo utilizar las joyas que me entregaron tus víctimas, el anciano

campesino y el anciano pastor! –dice Kobe, maravillado, intentando animar a Money, que ni

siquiera tiene fuerzas para ponerse de pie-. ¡Buscaré la otra joya donde la enterré!

-Sin la música de tu flauta moriré –replica Money con un hilo de voz.

-¡Ya sé cómo transformarte en el espejo de la princesa Yawa!

Al poco de partir, Kobe se pierde y atraviesa un bosque cubierto de espinos y flores

blancas.

Entonces ve a un hermoso cisne blanco tocando el arpa que le sonríe.

-Ve por allí, amigo –le dice señalándole el camino con un ala.

-¡Gracias! –replica Kobe echando a andar por el sendero bordeado de azucenas que le

indica el cisne.

No tarda en llegar al lugar donde enterró la primera joya. Un anciano con un nudoso

báculo la ha desenterrado y la pesa en el platillo izquierdo de una balanza mientras en el

platillo derecho hay una nube de hadas diminutas danzando en corro.

Cuando Kobe se asoma al platillo izquierdo, ve la joya transformada en bella

durmiente, pero no distingue su rostro.

-¿Sabes quién es tu bella durmiente? –pregunta el anciano.

-¡Claro que lo sé! –responde Kobe metiendo la mano en el platillo para tomar la joya y

regresar cuanto antes para salvar a Money.

El anciano le sacude la mano con su nudoso báculo al tiempo que se transforma en un

bufón enano y deforme que rompe a reír groseramente.

-¡Aparta tu sucia mano de esa joya! –exclama.

-¡Me pertenece! –protesta Kobe.

-Antes de tomarla debes sacrificar un buey en mi honor, pues soy el guardián de los

tesoros y esta joya es mía desde que tú la enterraste renunciando a ella.

53
A Kobe le tienta transformar su flauta en espada para ahuyentar al bufón, pero ha

aprendido la lección de la paciencia y consigue dominar la rabia que se ha apoderado de él.

<<Todas las criaturas de este mundo tienen su razón de ser>>, se dice, recuperando la

calma.

Luego se pregunta cómo puede encontrar un buey para sacrificarlo al guardián de los

tesoros.

Kobe cierra los ojos y en su interior aparece un cíclope con un solo ojo en mitad de la

frente, que se inclina hacia él para mirarlo fijamente.

Al verse reflejado en el ojo del cíclope, Kobe se desmaya de la impresión. ¡El ojo

muestra a un estúpido buey que ha puesto su cabeza sobre un madero para que el cíclope se la

corte con su hacha!

-¡Quiero mi buey! –insiste el bufón dando saltos a su alrededor y haciendo carantoñas.

Entonces aparece el Águila de la Imaginación y detiene su regio vuelo para posarse en

el hombro de Kobe.

-No conquistarás el amor si no eres capaz de sacrificarte –le dice.

-¿Qué amor le daré a la princesa Yawa si me muero? –replica Kobe.

-El de tu fe. Debes cederle la parte de tu alma que le pertenece a ella. Si no lo haces, el

bufón que guarda los tesoros seguirá burlándose de ti y nunca podrás abrir esta puerta del

amor que has alcanzado.

-No lo entiendo –insiste Kobe.

El Águila de la Imaginación se arma de paciencia.

-Tu amor no puede ser un reflejo de la doncella que hay en ti, sino el corazón de la

princesa Yawa. ¿Qué lugar ocupará ella si no renuncias a tu propia doncella, que tanto has

amado porque formaba parte de ti?

54
Entonces Kobe comprende. Se levanta y se pone a tocar la flauta. Cuando la flauta se

transforma en espada, la hunde en su propio pecho, atravesándose el corazón.

De su pecho brota la figura plateada y transparente, apenas definida, de una doncella

virgen de pelo rizado, mirada triste y piel negra y brillante como ébano.

La doncella no está de pie, como la vez anterior que surgió de Kobe, sino tumbada

boca arriba, como un bloque de piedra, y sus ojos inmóviles miran hacia las alturas.

A Kobe le invade el terror.

<<¡La he perdido para siempre!>>, piensa, sintiéndose perdido.

-¡Bravo! –dice el Águila de la Imaginación-. No te preocupes por el vacío que tu

doncella ha dejado: pronto lo ocupará el corazón de la princesa Yawa y serás el joven más

feliz del mundo.

Entonces la doncella que anidaba en su interior se transforma en buey de mármol.

-¡Lo celebro! ¡Eres digno de esta joya! –exclama el bufón, transformándose en el

anciano que empuña un nudoso báculo, y ata una cuerda al cuello del buey de mármol y lo

arrastra sin dificultad mientras se aleja.

55
Somos chatarra

Estamos madre, Yawa y yo. Estamos madre, Yawa y yo en el sitio de Agbogbloshie

donde entierran a los muertos. Estamos madre, Yawa y yo en el sitio de Agbogbloshie donde

entierran a los muertos y mi familia ya ha enterrado a tres muertos: uncle Ebo, padre y mi

hermano Ekow.

Entre uncle Ebo y padre hay enterrados dos Reciclantes. Entre padre y mi hermano

Ekow hay enterrado un Reciclante.

¿Quién será el siguiente?

-Lo que más me duele es enterrarlos aquí, entre la chatarra de Agbogbloshie –dice

madre.

Intento rezar como nos ha enseñado padre John Carpenter. ¿Por qué dicen que

recemos por los muertos? No puedo. Yawa piensa con las manos sobre el pecho. Yawa parece

que siempre reza.

-No puedo dejarlos aquí –dice madre.

-Te morirás como ellos si no nos marchamos de Agbogbloshie –digo yo.

Madre sonríe con tristeza.

-No puedo abandonar a mi marido, a mi hijo mayor y al hombre que más ha hecho por

esta familia. ¿Lo entiendes, Kobe?

-Sí, madre.

-Marchaos tú y Yawa.

-Nos quedamos contigo.

56
Madre asiente con la cabeza, piensa, mira las tumbas de uncle Ebo, padre y mi

hermano Ekow.

-Bien, esperad a enterrarme junto a ellos.

Madre hace la señal de la cruz sobre el pecho que nos enseñó padre John Carpenter,

mira al cielo con los ojos llenos de lágrimas, se arrodilla y apoya la cabeza en la tierra negra y

sucia de Agbogbloshie.

Está encogida y quieta como la chatarra.

¿Madre es chatarra? ¿Somos todos chatarra?

57
Te contaré un secreto

Madre ya no es Reciclante, está tumbada. Madre ya no es Reciclante, está tumbada en

el suelo de la tienda. Madre ya no es Reciclante, está tumbada en el suelo de la tienda

muriéndose y sus ojos tristes se apagan como el fuego de Agbogbloshie cuando le echan agua

para enfriar la chatarra.

Me siento a su lado. A madre le gusta esperar. A madre le gusta callar. A madre le

gusta escuchar. Afuera los Reciclantes trabajan. Afuera los Reciclantes discuten. Afuera los

Reciclantes se roban la chatarra.

Recuerdo cuando madre era profesora en el norte. Recuerdo cuando madre era

profesora en una pequeña casa blanca llena de niños negros descalzos con la cara sucia y

sonriente. Cuando me muera recordaré a madre tumbada en el suelo de Agbogbloshie,

pensando, muriéndose.

Madre suspira y levanta la manta. Debajo de la manta está la cartera de piel que hizo

padre cuando vivíamos en el norte.

-Cógela, Kobe –dice madre.

Cojo la cartera.

-Ábrela.

Abro la cartera. Está llena de billetes. Parece imposible que haya tantos billetes juntos.

-Tu hermano Ekow ganó mucho dinero con el fuego antes de morirse.

-Sí.

-Y el dinero de tu padre, de uncle Ebo, de Yawa, el tuyo, el mío.

-Sí.

58
-Todo es para ti y para Yawa. Regresad al norte. Padre John Carpenter os protegerá

por el camino, comprará una granja en vuestro nombre y buscará gente que os ayude a

trabajarla.

-Sí, madre.

Madre espera. Escuchamos los ruidos de Agbogbloshie. Tengo los ojos llenos de

lágrimas y no puedo llorar.

-Kobe…

-Sí, madre.

-¿Entiendes el cuento?

-Sí, madre.

-Este dinero será vuestro sustento para comer, vestir y tener un hogar digno trabajando

para vosotros mismos, sin dueños que os esclavicen.

Madre espera. Sus ojos de mujer negra vieja, cansada y triste caminan por un bosque

invisible.

-Antes sólo los negros éramos esclavos. Ahora también los blancos son esclavos. La

diferencia es que ellos creen ser libres. ¿Lo entiendes, Kobe?

-No, madre.

Madre sonríe y pone la mano en mi hombro.

-El dinero es un medio para vivir. Si es el fin de la vida, se llama capitalismo y arrasa

la humanidad y el planeta Tierra. ¿Lo entiendes?

-Sí.

-El capitalismo esclaviza a los blancos sin que ellos se den cuenta y destruye la madre

la naturaleza, lo único que tenemos. ¿Sabes por qué, Kobe?

-No, madre.

59
-El capitalismo enseña a los blancos a vivir comprando y tirando, a morir comprando y

tirando, y los blancos lo hacen creyéndose libres de decidir, perdiendo su dignidad de decidir

sin darse cuenta.

Madre espera, cierra los ojos, suspira. Un niño grita fuera de la tienda. Madre abre los

ojos y me mira. Parece asustada.

-Kobe, hijo mío, tienes el dinero que ninguno de nosotros tuvimos, ni tu familia ni

ningún otro Reciclante de Agbogbloshie. No cometas el error de los blancos. No renuncies a

la libertad de decidir tu vida. No permitas que el capitalismo robe tu dignidad humana.

Madre calla. Los ojos preocupados de madre llaman a la puerta de mis ojos temerosos.

Las palabras de madre me golpean. Me cuesta respirar.

-¿Me lo prometes, Kobe?

-Sí, madre.

-Ama la naturaleza, ama a la humanidad y sigue tu camino mientras educas a tu

Money para que no sea una bestia destructiva sino el medio de vida que dé ojos a vuestro

amor y os sirva de espejo a ti y a Yawa.

Madre calla y yo pienso en sus palabras. Dentro de la cartera de piel de padre el dinero

es Money, el personaje del cuento de madre.

Me falta algo…

-¿Qué pasa, Kobe?

-No has terminado el cuento.

Madre levanta la mano y me acaricia la cabeza, sonriendo con tristeza.

-Te contaré un secreto, hijo mío. Cuando era joven tenía un sueño: ser escritora,

inventarme historias y que hiciesen libros con ellas, pero al final sólo he podido ser una mujer

negra de Ghana, esposa de un campesino del norte emigrado en el vertedero de Agbogbloshie

y madre de dos Reciclantes, así que hoy, antes de morirme, cumpliré mi sueño. Ve con Yawa

60
y trabajad hasta que caiga el sol. A vuestro regreso habré escrito el último capítulo de vuestra

historia de amor. Será mi regalo de despedida.

61
Tu papel, madre

Yawa me aprieta la mano, nerviosa.

-Kobe… Dime qué pasa.

-Nunca vi a tanta gente junta. El director y los siete jefes de Agbogbloshie están en

fila. Hoy no discuten por la chatarra, están serios mirando la tumba.

-Todos la respetaban. Todos la querían.

-Me pregunto por qué.

-Yo estoy ciega pero lo sé. Tú tienes ojos pero no lo sabes.

-¿Qué sabes?

-Tenía amor para todos.

Yawa suspira, recordando.

-Muchas veces dejaba su trabajo para ayudar a otros. Atendía a enfermos, a recién

nacidos, a madres. Y enseñó a leer y a escribir a muchos niños. Había una pequeña casa

blanca en la parte de Agbogbloshie que está junto al mercado de fruta. Era su escuela.

-¿Cómo lo sabes?

Yawa se ríe.

-Lo sabía todo el mundo menos vosotros.

-¿Por qué?

Yawa duda.

-Cuando tu familia vino a Agbogbloshie padre le prohibió que fuese maestra de

escuela. Quería que vendiese comida y agua como las otras mujeres. Ya sabes cómo era

padre.

62
-Sí.

-Pero ella siguió enseñando y ayudando a escondidas.

Miro a toda esta gente. Los Reciclantes. No conozco a muchos. Pero ellos la conocen.

Detrás del director y los jefes de Agbogbloshie están los niños negros descalzos a los

que ella enseñó a leer y a escribir. Estos niños negros descalzos de Agbogbloshie no se

parecen a los niños negros descalzos del norte en la pequeña casa blanca que era su escuela.

Estos niños negros descalzos de Agbogbloshie se han lavado la cara y no sonríen porque

saben que ella ha muerto y han venido a despedirse.

Ha llegado nuestro turno. Nos acercamos. Al verla tumbada en este agujero en la tierra

negra de Agbogbloshie me pongo a llorar.

Yawa me tira de la mano, impaciente.

-Dime cómo está, Kobe.

Me trago las lágrimas.

-Las mujeres le han puesto un vestido blanco, le han cortado el pelo, le han pintado las

uñas. Nunca la vi tan guapa y tranquila. Tiene las manos sobre el pecho y sonríe.

Me cuesta respirar de la emoción.

-¿Qué más?

Me trago más lágrimas.

-Han hecho el agujero grande para meter los regalos. Hay flores, fruta, vestidos, joyas.

-Toma mi regalo.

Yawa me da su teléfono.

-¿El teléfono de tu padre?

-Sí.

-¿No se perdió?

-Lo encontró ella. Madre lo encontraba todo, ¿recuerdas?

63
-Sí.

Pongo el teléfono de Yawa junto a los otros regalos.

-¿Tú qué le regalas?

-La flauta.

-Lo sabía.

Pongo en la tumba mi flauta, la flauta de uncle Ebo, la flauta que toco en el cuento de

madre.

Yawa y yo nos arrodillamos. Intento rezar como nos enseñó padre John Carpenter. No

puedo.

-¿Qué piensas, Kobe?

Mi pecho quiere llorar y sólo tiembla.

-¿Estás bien?

-Nunca le dije te quiero.

-Lo sé. A mí tampoco me lo dices. Eres duro como padre. Tienes que aprender a no

serlo. Luego será tarde para cambiar.

-Me duele dejarla aquí enterrada junto a Ekow.

Estarán juntos para siempre en la tierra negra de Agbogbloshie. No murió ningún

Reciclante entre mi hermano y madre, así que seguirán juntos cuando Yawa y yo vivamos

nuestras vidas y nos entierren en el norte.

-Kobe, madre te adoraba. Y Ekow. Y yo. Y eras el favorito de padre. Kobe ha nacido

con estrella, me dijo un día padre John Carpenter. No es justo que sientas celos.

Rompo a llorar. Me gustaría ponerme de pie y gritar ¡te quiero, madre!

Me tumbo en la tierra negra de Agbogbloshie, meto la mano en el agujero, agarro su

mano fría y rezo:

64
Cuatro hojas de papel me regalaste.

El último capítulo de tu cuento que enseña a vivir.

En tu pecho lo encontró la muerte.

Ahora duerme en mi corazón, madre.

65
Money, espejo de humanidad

Kobe se asoma a los platillos de la balanza. En el derecho las hadas diminutas le

saludan con los brazos abiertos, arrojándole flores y besos volados. En el izquierdo la bella

durmiente ha despertado y le sonríe. ¡Es la princesa Yawa!

Cuando Kobe mete la mano en el platillo izquierdo de la balanza, la bella durmiente se

transforma en la joya del anciano campesino.

Kobe se guarda la joya y echa a correr para regresar cuanto antes junto a Money.

Cuando el crepúsculo se asienta en la tierra, envolviéndolo todo en tinieblas teñidas de

rojo, Kobe cruza un campo de espigas lleno de cigarras dormidas y desemboca en el claro del

bosque donde dejó a Money.

Kobe empuña en la mano derecha la joya del anciano pastor y en la izquierda la joya

del anciano campesino.

-Vengo a devolverte los ojos –dice, pero Money no da señales de vida.

Al no percibir los latidos de su corazón, Kobe se tumba, derrotado, y durante tres días

permanece al lado de Money empuñando con fuerza la joya del anciano campesino y la joya

del anciano pastor, como si temiese perderlas.

Al amanecer del cuarto día la atmósfera se colma de una fragancia a romero y mirto y

aparece un pavo real llevando en el pico una pluma de pelícano que deposita a los pies de

Kobe.

-Levántate de tus cenizas y escribe la historia de amor que anida en tu corazón –dice el

pavo real.

Kobe sonríe, olvidando el dolor que se ha apoderado de él, y al tomar la pluma de

pelícano comprende que nada está perdido.

66
Besa la joya del anciano pastor y la joya del anciano campesino y las encaja en las

cuencas de los ojos de Money. ¡Las joyas tienen la medida justa de los ojos que Money perdió

cuando era una bestia desalmada y destructiva!

Entonces cae un rayo de las alturas que envuelve a Money en un aura de luz verde y en

el horizonte brota el Arco Iris, a través del cual hace su entrada triunfal el ave Naturaleza,

deteniendo su regio vuelo para posarse sobre la cabeza de Money, que cobra vida, dejando

caer sus pesados párpados sobre las joyas que ocupan las cuencas de sus ojos.

Tras un momento de incertidumbre en que la naturaleza contiene el aliento, Money

levanta los párpados y Kobe ve la joya del anciano pastor y la joya del anciano campesino

transformadas en brillantes espejos que le muestran, renovada, su propia imagen.

Kobe monta a lomos de Money y juntos recorren el camino de regreso al palacio de la

princesa Yawa, Kobe tocando la flauta y Money cantando alegremente, mientras el sol los

bendice, las flores de los campos les saludan a su paso, las mariposas los siguen formando

cortejo y los árboles les ceden sus frutos.

Al llegar a la puerta del palacio, Kobe se mira en los espejos de los ojos de Money y

dice:

-Me he sentido feliz durante este paseo.

-Yo por un momento creí ser algo más que un simple animal –replica Money con los

espejos de sus ojos empañados.

Entonces acude a recibirlos el criado con la cabeza de perro y una cobra enroscada en

el cuello, esbozando un gesto de preocupación:

-¡No os demoréis más! La vida de la princesa Yawa corre peligro. La ignorancia de su

propia belleza la ha hundido en el desconsuelo. No desea comer y no permite que sus

allegados acudan a la torre donde se ha recluido para aguardar el final de sus días.

67
Al oír esas palabras, Money sale corriendo, atraviesa las estancias de palacio como si

conociese el camino y sube por la empinada escalera de caracol que conduce a lo alto de la

torre más alta de palacio.

Al llegar a la cámara que la princesa Yawa ha cerrado con llave, Money echa la puerta

abajo. La princesa Yawa está tumbada en el suelo, con los brazos abiertos, mirando fijamente

el trozo de cielo que se divisa a través de la claraboya del techo.

-Ha llegado mi hora –dice la princesa Yawa con un hilo de voz, pensando que Money

es la muerte y viene a recogerla.

-Sí, la hora de saber quién eres –dice Money inclinándose para que la princesa Yawa

se vea reflejada en los espejos de sus ojos.

Entonces la princesa Yawa se maravilla al ver por primera vez su propia imagen, que

le muestra el ojo derecho de Money.

¿Soy yo?, se pregunta viendo su bello rostro de piel negra.

Entonces en el ojo izquierdo de Money aparece la imagen de un sonriente Kobe

empuñando su flauta, y la princesa Yawa, reconociendo al objeto de su amor, se pone en pie

de un salto al tiempo que entran en la alcoba el criado, Kobe y el rey.

-¡Alabado sea el cielo! -exclama el rey abrazando con ternura a la princesa Yawa.

Luego el rey se vuelve con recelo hacia Money.

-¿Quién es esta extraña criatura? –pregunta.

-¡El espejo que ha salvado a vuestra hija! –contesta el criado.

-¡Jamás me lo imaginé con esta forma! –replica el rey, asombrado-. ¿Dónde está el

espejo?

-¡En los ojos! ¿En qué otro lugar podría estar?

68
El rey examina los ojos de Money desde diferentes ángulos. Al no ver más que los

agujeros que tenía Money antes de que Kobe introdujese en ellos las joyas del anciano

campesino y el anciano pastor, rompe a reír.

-¿Pretendes engañarme, criado? ¡Yo no veo más que dos agujeros!

-No os extrañe que así sea –dice el criado-, puesto que este espejo no está destinado a

vos, sino a vuestra hija. Preguntadle a ella y comprobaréis que estoy en lo cierto.

La princesa Yawa, sin esperar a que su padre se lo pida, se pone delante de los ojos de

Money y describe con detalle los rasgos de su bello rostro.

-Ya veo que sí, este animal extraño ha conseguido lo que ninguno de los más ilustres

pretendientes de todos los reinos pudo lograr –dice el rey, maravillado.

Al saber que Kobe es el artífice del prodigio, el rey no duda en cederle su reino.

Ahora la princesa Yawa y Kobe viven juntos y felices por siempre junto al Águila de

la Imaginación, el Ave Naturaleza y Money.

69
Epílogo

Estamos en la playa de Accra, bajo un cielo azul, sin humo negro. Yawa y yo miramos

el mar agarrados de la mano. En la arena está la cartera de piel.

Padre John Carpenter pinta el cuadro de nuestro futuro: una mujer y un hombre en una

casa blanca rodeados de niños negros descalzos con la cara sonriente, como alumnos en la

escuela de madre.

A lo lejos hay espaldas negras caminando sobre el agua. Reciclantes. En el centro está

Money, un enorme perro blanco. Tiene un collar atado al cuello y camina sin molestar a

nadie.

Por encima de ellos, en el cielo, aparece la señal de esperanza y salvación, el mensaje

que llama a la acción:

#ElFuturoEsNuestro

Fin

70