Está en la página 1de 274

El libro que estás leyendo es

una versión digital editada y


distribuida por Editorial
Sudestada.
Siendo una editorial
autogestiva, nuestro trabajo
subsiste a partir de la venta de
ejemplares impresos
por lo que te pedimos que, si
está dentro de tus posibilidades,
nos contactes,
compres libros y ayudes así a
que podamos seguir editando.

www.libreriasudestada.com.ar
¿Quién está a salvo de
enamorarse?

por Magalí Tajes

Microalmas es la búsqueda, la
pérdida y el descubrimiento de
formas de amor que escapan a lo
romántico. Este libro da la
bienvenida al barrio, a las
heridas, a la noche, a las cosas que
no vuelven y no tuvieron
despedida. Es una mirada íntima
a un corazón que se rompe en
nuestras manos, poesía en carne
viva, carnaval de lágrimas para el
desvelo.
Somos eternos aprendices de
la soledad, no sabemos qué hacer
con el miedo. Somos hologramas
de nuestro pasado, no sabemos
qué hacer con el dolor. Somos
polvo de estrellas, y Microalmas
es la composición de historias
diminutas para corazones
gigantes.
La primera vez que leí a Juan
Solá este libro todavía no era un
libro, lo estaba construyendo. Y
recordé casi inmediatamente todo
lo que había olvidado llorar. Juan
es un albañil de las palabras,
arma casitas de preguntas que
logran ser hogar, su letra es la
tempestad y el refugio. ¿Quién
sos? ¿Quién sos cuando amás?
¿Qué es la distancia en el amor?
¿Quién está a salvo de
enamorarse? ¿El amor es una
fuga o un camino? ¿El amor es un
puente o un muro? ¿Quién nos
cuida de la fragilidad de amar?
¿Quién sos? ¿Quién sos cuando
amás? ¿El amor es trampa o
revolución? ¿Se puede volver al
amor o el amor es ir siempre
hacia adelante? ¿Qué decir de la
gente que intenta comprarlo?
¿Qué decir de nosotros mismos
cuando nos robamos, nos
prohibimos, nos dañamos las
posibilidades de amar? ¿El amor
es un encuentro o un adiós en
cuotas?
Si el amor vibra adentro, ¿qué
nos empuja a desvivirnos por
hallarlo en otros? ¿Quién sos?
¿Quién sos cuando amás? ¿El
amor es oxígeno o asfixia? ¿El
amor es una elección o un abrazo
a lo infinito? ¿El amor se termina
o se transforma? ¿En quién te
convirtió esa vez que te
desarmaste amando? ¿Cuándo fue
la última noche que un amor te
rompió el sueño? ¿A quiénes
amás cuando estás solo?
Al holograma eterno
de lo que alguna vez amé.
My letters to you
are greater and more
important than both of us.

Light is more important than


the lantern,
the poem more important
than the notebook,
and the kiss more important
than the lips.

My letters to you
are greater and more
important than both of us.
They are the only documents
where people will discover
your beauty
and my madness.

Nizar Qabbani
SEMBRAR
La cabeza es una máquina
de hacer monstruos.
8 de octubre

Recién cuando el avión


comenzó el descenso, la maqueta
iluminada se convirtió en una
ciudad de verdad. Manuel vio por
la ventanilla cómo las casas iban
llenándose de personas y las
venas eléctricas de Brasilia, de
autos. El horizonte limpio
anunciaba buen clima.
Ahí estaba Augusto, sentado
en el sector de desembarques, con
los ojos clavados en el cristal que
los separaba.
Cuando se vieron, todo eso
que ya había sucedido antes,
volvió a ocurrir: el vuelco en el
corazón, los ojos llenos de luz, las
sonrisas a distancia que precedían
al abrazo fuerte y al beso honesto.
―Te extrañé―, murmuró
Manuel, sin dejar de abrazarlo.
Manuel siempre abrazaba de
más.
Se habían visto por primera
vez un cinco de septiembre frío.
Siempre hace frío en Buenos
Aires.
Se citaron en la puerta del
Centro Cultural a las seis y
Augusto había llegado dos
minutos tarde. Una campera
negra, de cuero, le caía sobre los
hombros flacos y llevaba unos
jeans gastados. El marco de los
anteojos le disimulaba el lunar,
pegadito al ojo izquierdo, que
parecía un pedacito de chocolate.
Su bigote poblado se doblaba en
las puntas, como los bigotes de
los marineros.
Pero Augusto no era ningún
marinero.
Augusto era, apenas, un
estudiante de arquitectura que
había decidido pasar un semestre
en Buenos Aires para escaparse
un rato de una Brasilia saturada
de calor y emociones.
Manuel y Augusto se habían
encontrado justo cuando ambos
huían de memorias dolorosas,
pero pasaría mucho tiempo hasta
que aquella verdad los alcanzara.
Mientras Augusto intentaba
poner en pausa la ciudad que lo
había parido, Manuel se deshacía
en esfuerzos por olvidar, porque
le habían dicho que olvidando,
uno se cura.
Manuel quería enterrar a
Carlos y toda esa oscuridad suya,
pero al mismo tiempo intentaba
olvidar la parte oscura de sí
mismo que Carlos había
despertado.
Y entonces apareció Augusto,
con la campera de cuero negra
sobre los hombros flacos y los
bigotes mirando al cielo y toda
esa luz que le brotaba de entre los
dientes y lo enceguecía.
Y el mundo se convirtió en un
lugar perfecto, a pesar de la
ficción que arrebujaba los
rincones de la belleza y que
Manuel prefirió ignorar con el
mismo ahínco con que ignoraba
sus propias oscuridades.
Ojalá los hombres pudieran
contar las veces que han buscado
refugio en hologramas.
―Yo también te extrañé―,
dijo Augusto, sosteniéndolo con
los brazos flacos.
―No te preocupes, ahora
estamos acá.
Tomaron la autopista hacia el
oeste; Taguatinga estaba a poco
más de veinticinco minutos.
Hicieron silencio todo el camino,
mientras en la radio sonaba una
canción vieja que ya habían
escuchado muchas veces en
Buenos Aires.

And I’ll never go home again.


Place the call, feel it start,
Favorite friend,
and nothing’s wrong when
nothing is true,
I live in a hologram with you.

No se atrevían a interrumpir
la música, más por temor al qué
decir que por cortesía. Llevaban
tiempo sin verse, y ocurre que
cuando los silencios se extienden
demasiado, ni siquiera aquellos
amantes que se creen destinados
a la eternidad saben qué hacer
con sus bocas, más que chocarlas
con torpeza, evocando mejores
besos.
Manuel miró por la ventanilla.
―No hay luna―, dijo.
Augusto no respondió. A veces
no lo hacía, no porque no
quisiera, sino porque no había
entendido. Ese español suyo, que
antes pronunciaba con un acento
delicioso de erres suavecitas y
eles temblorosas, estaba oxidado.
Manuel se había dado cuenta
enseguida, y aquello le pareció
simpático.
Esa noche no habría luna y
tampoco la siguiente, o la otra.
―Despertate―, dijo Augusto.
―Vamos a ver el eclipse.
Le acariciaba la cabeza
suavecito, con la yema de los
dedos. Cafuné.
―¿Qué eclipse?―, murmuró
Manuel.
―Dale, vamos.
Manuel se levantó con los ojos
cerrados y se puso la campera,
todavía dormido.
Allá, en Buenos Aires, Augusto
vivía sobre Austria, frente a la
Biblioteca Nacional. Cruzaron la
calle vacía y subieron las
escalinatas de cemento, hasta
alcanzar la parte alta del playón,
desde donde el cielo se veía más o
menos limpio, a pesar de los
árboles y los edificios.
La luna estaba ahí, colgando
en el telón del firmamento como
una moneda vieja.
―Es hermosa―, dijo Augusto,
respirando el aire fresco de la
noche.
―Sí, es...―, respondió Manuel.
―¡Pero mirá! Se mueve.
¿Alcanzaremos a ver el eclipse?
Aquella noche dieron varias
vueltas por el barrio, con el
corazón un poquito asfixiado por
esa angustia de no encontrar la
luna, que se escondía detrás de
los plátanos y las tejas negras del
Hospital Rivadavia.
Terminaron volviendo con los
ojos vacíos de eclipse; Augusto
parecía triste.
―No te preocupes―, le dijo
Manuel. ―Ya habrá muchos
eclipses que podamos ver juntos.
Augusto tampoco respondió
aquella vez. Sí, había entendido,
pero no estaba seguro. Y Manuel
sabía que Augusto no estaba
seguro de muchas cosas, pero de
todos modos lo abrazaba y le
sonreía, porque sabía que aquel
momento pequeño era mucho
más poderoso que las distancias y
los aviones.
La sonrisa de quien ama
siempre es poderosa.
―Necesitaba verte―, dijo
Manuel por fin, cuando la música
de la radio se extinguió.
―No sé cómo explicarte,
sentía esa urgencia.
Augusto apartó los ojos del
camino un segundo y lo observó
en silencio. Sí, había entendido,
pero prefirió responder así, con
los ojos.
Y Manuel ya había aprendido
hacía tiempo el lenguaje
misterioso de los ojos del
Augusto.
Cuando te fuiste

Nos estábamos deshaciendo


de a poco.
Cada día te veía más
traslúcido y no dije nada, no hice
nada. Ignoré tus transparencias y
me aferré a lo que quise creer que
existía, y cuando descubrí que
todo era una farsa, que en
realidad el amor era otra cosa y
que yo solamente quería habitar
una ficción insostenible,
comprendí que anidar en tu
existencia de humo era
imposible.
¿Cuántas lágrimas debo llorar
antes de volver a sentirme a
salvo?
Nos estábamos deshaciendo
de a poco como cucharadas de
miel, como cucharadas de piel, en
una bañera de té caliente.
Yo no quería pensar tu
ausencia.
Yo no quería pensar la
posibilidad de apagar tu aquí y
ahora, y deliberadamente miré
para otro lado y, por mirar para
otro lado, no alcancé a ver cuando
te fuiste.
Entre tus dientes

No sé por qué todos dicen que


tengo que aprender a vivir con tu
ausencia, si ahí estás vos,
sonriéndome desde las fotos que
escondí en los cajones,
serendipias tramposas cada vez
que los revuelvo buscando
repuestos para mis plumas.
No entiendo para qué me
dicen que me olvide, que piense
en otra cosa, si desde el
dormitorio escucho clarito la
cuchara golpeando las paredes de
porcelana de esa taza llena del
café que batís para llevarme a la
cama, cuando hace frío y yo no
saco la nariz de abajo de las
sábanas.
Será que ellos tampoco oyen
el quejido de las canillas viejas
mientras llenás la bañera, que se
infla de agua tibia y espuma con
olor a las flores de aromito que
crecen al costado del camino que
sube hasta nuestro lugar secreto,
donde los fines de semana nos
dejamos caer sobre el pasto,
panza arriba, y las nubes, como
caballos húmedos, galopan por el
cielo ancho que se parece un poco
al infinito que comienza en tus
ojos.
Será que ellos no saben que la
sombra de tu carcajada trepa
hasta el techo cuando te hago
cosquillas, entredormido, y mis
dedos eléctricos caen desde tu
nariz hasta tu pecho y así,
demasiado ansiosos, ruedan
apurados para aferrarse a los
espacios más blandos de tu
cuerpo.
Qué saben ellos de tu
ausencia, si aquel primer beso
nuestro, a escondidas, bastó para
imprimir tu imagen en el espacio
que sobra entre mis párpados y
mis pupilas, en estos ojos míos
que se rehúsan a dejar de mirarte,
aunque cada día te vuelvas más y
más translúcido.
Qué entiende este bosque de
carne y hueso de la fantasmagoría
incandescente del poema que
cobra vida entre tus dientes y es
más real que todos ellos.
Jamás podrán hacerme creer
que el oasis es espejismo.
Jamás podré convencerme de
que esta verdad, que me abraza a
medianoche, no es más que un
holograma del que no puedo
desprenderme.
La urgencia

¿Dónde estás?
¿No ves que me empiezan a
temblar las piernas si no sé nada?
¿No ves cómo agarro el
cuaderno con las garras, cómo
escribo para dormirme?
No puedo fumar un cigarrillo
más, tengo los dedos manchados
de tabaco.
¿Dónde estás?
Ahí empieza el ruido.
Primero, se oye despacito,
como de lejos.
Es el ruido de una radio mal
sintonizada en la habitación de al
lado.
Y escucho las voces cada vez
más clarito, y mis oídos
descansan sobre los restos de una
conversación vieja.
No puedo dejar de mover las
piernas.
Me levanto y recorro el
dormitorio, como si estuviera
esperándote, y ahí nomás me
acuerdo que no sé dónde estás y
siento las piedras aplastándome
el pecho y me duele la panza y no
puedo dejar de andar en círculos.
¿Dónde estás?
No puedo tomar una copa más
de vino. Veo borroso.
Me acosté de mi lado de la
cama.
¿Dónde estás?
Ojalá pudiera preguntarte
dónde estás.
Bondi

Lo injusto de enamorarse es
no saber lo que le pasa al otro. Es
difícil de explicar, pero se parece
mucho a esperar el bondi en una
esquina donde no sabés si hay
parada.
Y ahí estás vos, solo, muerto
de frío, con los brazos cruzados y
los ojos fijos en la calle que baja
hasta el centro. Y ves el colectivo
a quince cuadras y te ponés
contento, pero al mismo tiempo
te preocupa estar en la esquina
equivocada.
El colectivo está a diez cuadras
y tratás de encontrar algún
indicio de que estás esperando en
el lugar correcto.
Ocho cuadras. A ver si no
parará más allá.
Cinco. Dos.
Levantás el brazo, estás
jugado. Todo parece indicar que
estás en el lugar correcto, aunque
todavía te incomoda cierta ficción
amarga, una realidad posible y
doliente, en la que ves pasar el
colectivo, ignorándote, mientras
todavía tenés el brazo levantado y
esa cara de imbécil.
Demora

Se levantó a las ocho, pero se


había despertado días atrás. Tenía
todo el tiempo para llegar
puntual, pero aun así se demoró
lo más posible.
Se cepilló los dientes seis
veces, regó las plantas otras diez.
Todavía tenía tiempo.
Repasó los muebles, tendió la
cama tres veces y otras tres volvió
a hacer un bollo con las sábanas.
Tomó treinta y siete mates fríos.
Caminó hasta el subte contando
las baldosas (dos veces, ida y
vuelta).
Contó los escalones hasta la
puerta de entrada y, por último,
contó los cuadraditos en el sensor
de la tarjeta magnética.
Arrastró los pies hasta el
escritorio, encendió la
computadora y pensó, afligido,
que aún no era lo suficientemente
tarde. Que no recordaba con
exactitud cuántas baldosas había
entre el subte y su casa.
La trampa

Cuando tu sueño es dedicarte


a una de esas cosas que no sirven
para llenarse de guita, el mundo
puede convertirse en un lugar
horrible.
Ocurre que todo lo que nos
rodea parece suceder únicamente
con dinero. Nos hemos puesto de
acuerdo en dejarle el trono a un
montón de papeles de colores y
educamos a los niños para
adaptarse a sus tiránicos
designios. Y luego nos
preguntamos de dónde salen
tantas almas rotas.
Inventamos el dinero para que
fuera herramienta y acabamos
mutando en arma el utensilio. Lo
que debía hacernos la vida fácil,
terminó esclavizándonos.
¿Quién dará socorro al
hombre cuando el martillo con el
que construye su casa se vuelva
contra su cráneo?
Como todos los pibes, yo
también caí en la trampa de la
moneda y me encontré con el
cuerpo intoxicado y la mente
hirviendo demasiado joven.
Comprendí, entonces, que no
importa todo lo que creas haber
aprendido. El mundo no funciona
con memorias de infancia.
El lunes llegué a la oficina y le
dije a mi jefe que no podía, que no
quería más. Le dije que quería
irme, ¡que me iba a ir! Le conté
que el sábado había soñado que
me quedaba encerrado en el
edificio y que mi cuerpo se
convertía de a poco en una silla de
oficina.
Le supliqué que me cambiara
de puesto, le advertí que ya no me
salía jugar a atenderle el teléfono
a tanta gente que quería
humillarme para sentirse un poco
mejor con sus vidas miserables.
Le expliqué que ya no toleraba
toda esa rabia, tanto odio sin
rostro, tanta desesperanza por
tubo, que cada día me estallaba en
los oídos y me forzaba a transitar
corredores infelices a cambio de
un rinconcito con techo para
dormir por la noche.
Mi jefe dice que exagero, que
lo que digo es bonito para la
ficción, pero nosotros somos del
mundo real y nos toca habitar
verdades que a veces no nos
gustan.
Bebe un sorbo de café y me
manda a trabajar y yo suspiro
derrotado y me levanto y arrastro
los pies, que se van volviendo
bordó y se cubren de polvo y se
hacen alfombra.
Me desplomo sobre el
escritorio, me cubro la cara con
las manos y lloro sin que nadie
me vea. Sin que nadie se atreva a
mirarme.
Es que los otros no quieren
contemplar el sufrimiento ajeno,
no quieren atestiguarlo. Los otros
no quieren enterarse cuánto
puede doler el alma cuando la
mentira queda al descubierto.
Me temo que ellos, los que
desvían los ojos de las imágenes
tristes para no reconocerse parte
del tejido humano, ya ni siquiera
se atreven a creer que el alma
existe. Y ahora sólo les queda
habitar sus verdades con las
reglas de la trampa.
Ruido

Cuando tenés problemas de


ansiedad, amar puede ser
peligroso.
El corazón se acelera, como
esa vez que me subí a la vuelta al
mundo en un parque de
diversiones, con el cielo limpio
sobre la cabeza y el concreto que
se acerca y se aleja con la
velocidad de las alas de un pájaro
que escapa.
Tus piernas se mueven todo el
tiempo, aunque estés sentado, y
tu panza no se llena de mariposas,
sino de ratas. Ratas que corren
como locas, muertas de miedo,
sobre rueditas de metal oxidado
que hacen mucho ruido.
Querés decir todo al mismo
tiempo, porque los segundos de
silencio te angustian y sentís
como si las orejas ardieran de la
nada.
Te tiemblan las manos cuando
armás un cigarrillo y te tiemblan
los ojos cuando mirás una foto y
te tiembla la voz cuando
pronunciás un nombre y tu cabeza
se llena de luz y de ruido, como si
tu cerebro fuera una playa de
ciudad balnearia donde cada
noche se festeja el Año Nuevo.
Subte

Me gusta el subte porque es


como el cumpleaños de quince de
una prima lejana al que todos se
ven obligados a ir, aunque nadie
tenga ganas. En él, converge la
mezcla más exótica de seres, una
suerte de feria llena de colores y
ruidos y alguna que otra imagen
triste.
Los pibes se metieron al vagón
a los gritos. Eran tres y ninguno
tenía más de ocho años. Eran
flaquitos y chabacanos,
maleducados sin maldad; medio
pillos, pero compañeros.
Uno solo tenía zapatillas, el
más chiquito. Y cuando digo el
más chiquito no me refiero a la
cantidad de años, sino a la
cantidad de costillas que le conté
sobre el cuero desnudo.
El más chiquito tenía las
zapatillas y también las tarjetitas.
Las fue repartiendo entre los
hombres y mujeres del vagón, que
los observaban con los ojos llenos
de una pena que se parecía más al
asco. Hablaba a los gritos y otro
le respondía, también a los gritos,
y el tercero le gritaba a la gente
que por favor les tiraran una
moneda, que Dios los bendiga.
Una señora se tapó los oídos.
Recién cuando pasaron en
retirada, escuché hablar al pibe
que tenía sentado enfrente. Él
tampoco habrá tenido más de
ocho.
―¡Mamá!, ¿por qué gritan los
nenes?―, preguntó, exaltado, sin
sacarles los ojos de encima. ¡Qué
libres son los nenes que pueden
jugar en el subte!, habrá pensado.
―Porque son negros―, dijo la
madre, y sentí como si un árbol se
me hubiera desplomado sobre el
pecho.
Pensé que había escuchado
mal y presté atención. No sé por
qué, tuve miedo.
―Porque son negros. Y cuando
crezcan van a ser ladrones. Vos
tenés que tener mucho cuidado
con esos chicos, ¿sabés?
La cara del nene cambió como
cambia la luz de la tarde cuando
es verano y son las ocho menos
diez y hay sol, y de repente son las
ocho y todo se ha puesto oscuro.
Sus ojos se apagaron y los
ratoncitos de curiosidad que
espiaban desde las pupilas, se
atacaron entre ellos. Sus cejas se
torcieron hacia adelante y sus
labios se convirtieron en una
línea recta y severa.
Creo que hasta se le cayó un
poco de magia de los bolsillos.
―¿Sabés?
―Sí, mamá.
No entiendo muy bien lo que
me ocurrió a mí. Se me aceleró el
corazón y la garganta se me puso
rígida. Quería salir del tren,
aunque estuviera en movimiento.
Quería ser yo el que gritara
ahora, pero me pareció más
virtuoso el silencio de quien sabe
que nunca se humilla a alguien
delante de sus hijos.
Tuviste la oportunidad de
sembrar una semilla de amor,
pero preferiste perpetuar el odio.
Elegiste enseñar a tener
miedo.
Podría haberte perdonado
hasta la falsa misericordia de
quien observa y murmura
“pobrecitos”, pero masticaste
tanta bronca, que ya ni siquiera
sabés hacer eso.
Ay, pibe, ojalá que alguna vez
alguien te explique que ese día, tu
mamá estaba enfurecida y que los
chicos de la calle no se juntan
para jugar, sino porque tienen
miedo.
Los chicos de la calle no gritan
porque son negros, gritan porque
son invisibles.
Tren

Se informa a los señores


pasajeros que la Línea B se
encuentra interrumpida debido a
un arrollamiento. Una persona se
tiró a las vías, señores. Se suicidó.
―¡Pero la puta madre!―, gritó
el pibe, con toda la boca. ―¿No se
podía matar en otro horario?
Lo miré, pero sólo pude hacer
silencio, recordando alguna cosa
que me enseñó una abuela sobre
las personas que andan por el
mundo con el pecho vacío.
Desalojé el vagón en un mar
de rostros agrios. Arrastré los
pies hasta la salida con el alma
pesada como el cielo de tormenta
sobre mi cabeza.
Las palabras del tipo
retumbaban en todo mi cuerpo,
como si por dentro se me hubiese
roto la caja donde uno guarda las
cosas que hacen doler, para que
no se apoderen de la piel y de los
ojos y del estómago.
Me aterrorizó esa indiferencia
suya, ese apuro egoísta que
pretendía justificar la crueldad.
Abandoné Estación Pasteur y
anduve muchas cuadras con la
tormenta helada sobre el lomo y
un nudo en la garganta. Me ardían
los ojos, quise llorar y las
lágrimas se me hicieron lluvia y la
lluvia se convirtió en agua turbia
sobre el asfalto cansado de Once.
Esa tarde, a mí también me
atropelló un tren.
Espasmo

Ahí van los zombis del amor,


arrastrando los pies, mirando la
pantalla, con los ojos clavados en
una foto, en un avatar, en la hora
de una última conexión.
Les pido que no los culpen, les
imploro que les perdonen el
optimismo, las ganas de
enamorarse; que les absuelvan
por esa seguridad visceral con la
que dieron el primer beso, con la
que dijeron te amo, con la que
supieron que no soportarían que
no fuera para siempre, pero igual
se animaron.
Ocurre que la ciudad se hizo
demasiado grande para encontrar
el amor a la vuelta de la esquina,
en un café por Malabia o en un
departamentito sobre
Humahuaca, y es por eso que a los
zombis les tocó maquillarse y
posar para la foto de perfil que
habrían de usar en alguna de esas
aplicaciones donde uno puede
elegir amor envasado en torsos y
rostros, como quien escoge
yogurt en la góndola del
supermercado, sin prestarle
atención a la fecha de
vencimiento.
El zombi quería un espasmo
de amor y aceptó las reglas del
juego. Quería sentirse vivo y por
eso salió a cenar, se rio en la plaza
y agarró una mano en el cine.
Tuvo vergüenza de sacarse el
calzoncillo la primera vez,
desayunó en cama ajena, se tomó
un vino un martes y el miércoles
faltó al trabajo. Se tomó el
tiempo necesario para detener
todo el ruido de la ciudad y amar
un rato. Un ratito, por lo menos.
Porque el zombi no fue
siempre zombi. El zombi se
vuelve zombi cuando lo muerde la
tragedia: una desaparición, una
trompada, una mudanza
repentina, un mensaje sin
respuesta, un ex novio que
regresa, un descubrir que no
quiere tener hijos, un enterarse
que odia los animales.
Cómo vas a odiar los animales.
Y ahí está el zombi,
arrastrando los pies, con los ojos
clavados en una foto, en una
publicación que ya no sabe si
habla de él, en una frase que
escuchó alguna vez de unos labios
que recuerda hermosos.
Aun así, le perdono las ganas
de enamorarse. Le perdono las
ganas de enamorarse a
cualquiera. Enamorarse es como
el primer rayo del sol que te pega
en la cara cuando salís del subte
una mañana de invierno.
Al fin y al cabo, uno no es
culpable de lo que ama, sino de lo
que perdona.
GERMINAR
Habrás de amar, porque
sólo amando comprenderás
a quienes no pueden amarte.
9 de octubre

Parecían flotar sobre la luz de


la mañana tibia, mientras el auto
se deslizaba hacia el oeste.
Demoraron mucho en
encontrar la cabaña que habían
alquilado por internet, levantada
en el corazón del monte de Goiás.
Consultaron el mapa varias veces
y pidieron indicaciones otras
tantas.
Era como si finalmente
hubieran podido cumplir la
promesa de escaparse al fin del
mundo juntos, aunque ya fuera
tarde de más para las utopías.
Ahí estaba la casita de
ladrillos y madera, adentrándose
en espiral entre árboles enormes.
La dueña, una francesa
repatriada, la había decorado con
el buen gusto de la modestia.
Manuel pensó que en su casa de
Buenos Aires había demasiados
muebles.
―Es hermosa―, dijo Augusto,
dejando el bolso sobre la cama.
―En mi casa hay demasiados
muebles―, respondió Manuel.
―Hay más muebles que
momentos con vos, creo.
―Los momentos necesarios.
―Los momentos necesarios
nunca son suficientes.
Augusto se sentó en la cama.
―Es incómoda―, sentenció.
―Extraño tu cama de Buenos
Aires.
―Y yo te extraño a vos en
Buenos Aires.
Augusto bajó la vista y
suspiró, intentando disimular la
pena. El silencio se volvió pesado,
como el calor del monte.
―Cuando te vi llegar, allá, en
el aeropuerto… No sé cómo
explicarte lo que me pasó. Fue
raro y fue lindo. No sé qué estoy
haciendo, qué estamos haciendo
acá. Sabía todo lo que me iba a
costar decirte que te amo, porque
te amo, pero ahora es diferente…
―¿Augusto, vos pensás que yo
quiero ser tu novio?―,
interrumpió Manuel.
Él levantó los ojos, brillantes y
tristes.
―Sí.
Manuel sonrió y lo rodeó con
el brazo, rozándole la mejilla,
arrimando los dedos a los lunares
de su rostro.
―¿En serio pensás que yo
quiero ser tu novio? ¿Y atarte a
mí? ¿Y ponerme entre vos y tus
proyectos? ¿Permitir que dejes de
crear? Si me encanta verte crear.
Y creer. No me atrevo a
demorarte. Crecé. Crecé como
crecen las plantas. Yo no podría
arrancarte de la tierra y llevarte
conmigo porque tarde o
temprano morirías, y yo quiero
que crezcas, que eches raíces
fuertes y florezcas con la belleza
que yo ya vi antes. Y si me das
permiso, puedo venir cada tanto,
a ver cuánto has crecido. Te
puedo regalar anécdotas
pequeñas, te puedo hacer reír un
rato. Este amor no desapareció,
sólo ha mutado en algo mucho
más fuerte, más hermoso, más
sano. Algo que ya no necesita
etiquetas para saberse real. Hay
demasiadas vidas por delante
para detenernos a llorar por lo
que esta no ha podido darnos. Yo
supe que lo nuestro iba a ser
triste y hermoso desde el primer
instante, supe que esa sonrisa me
iba a salvar. Si me preguntaras
qué somos, te diría que somos la
suma de las voluntades que nos
habitan en este momento. A eso
no podemos ponerle nombre, lo
convertiríamos en algo
demasiado simple. De este amor,
nada me duele. Ni siquiera la
memoria de otras noches, cuando
la ficción nos hizo creer en la
eternidad del instante. Ahora soy
importante. Tan importante como
para atestiguar esta pena honesta
tuya, esta consecuencia de haber
escuchado tu verdad, de intentar,
entre los dos, eternizar un sentir
que muta. Por fin aprendimos.
Por fin entendimos que, en
realidad, lo que importa es el
amor, no la forma que adopta
para que podamos
experimentarlo.
El abrazo de Augusto lo atrapó
justo cuando el corazón iba a
salírsele por la boca. Hasta los
bichos del monte hicieron silencio
para escucharlos llorar.
Habitar la trinchera

¿Y qué le hace pensar que yo


no fui un monstruo? O la semilla
de un monstruo. Pero hasta la
mala hierba que incomoda a las
rosas carga consigo el instinto de
sobrevivir y empuja ese poco
verde que tiene para encontrarse
con el sol misericordioso.
Perdona nuestros pecados así
como también nosotros
perdonamos a quienes arrancan la
hierba que no luce tan bonita
como la rosa, que estalla en fuego
escarlata, bajo una siesta de
barrio, robándose las miradas de
todos los que pasan por allí. Esa
mala hierba que se piensa semilla
de monstruo hasta que se
descubre las flores.
No me juzgue por lo que ya no
soy. Sin importar lo que fuimos,
acabaremos aterrorizados por las
mismas guerras. A pesar de las
raíces, las rosas y las malas
hierbas pueden habitar el mismo
cantero.
A pesar de los cascos que
hayamos vestido en otras
batallas, todavía podemos habitar
la misma trinchera.
Condición humana

―Te juro que no te voy a


mentir nunca, pero te advierto
que eso va a lastimarte―, dijo
Atilio, apoyando el mate sobre la
mesita.
Carmen lo agarró y volvió a
cebarlo.
―La verdad libera, y la
libertad no lastima―, respondió.
Unos años después, se
encontraron en la plaza de
siempre.
―Te avisé que la verdad te iba
a doler.
―No me duele tu verdad. Lo
que me duele es esta inmunda
condición humana, que me hace
preferir que me hubieras
mentido.
Hoy no

Hoy no. Hoy no me empuje en


las escaleras ni me diga hijo de
puta al oído en el subte. No se
enoje si ocupo mucho espacio, mi
mochila está llena de cuadernos.
Hoy no me insulte, no trate de
asaltarme. No me pegue, no se ría
de cómo ando, ni estruje mi
cuerpo contra el vidrio de un
colectivo lleno de desilusión.
Hoy no me grite que tiene
calor, ni aproveche mi silencio
para entablar conversación. No
me sonría, no me pida por favor,
no me diga gracias ni buenas
noches.
Hoy no lo escucho, no puedo.
Mi mochila está llena de
cuadernos y los cuadernos están
llenos de razones por las que hoy
no podré defenderme.
Cemento

La urgencia me sacó del


edificio a empujones. Salí a mirar
la luna, me había dicho Cecilia, y
yo corrí a la calle sólo para
encontrarme con pasillos largos,
bordeados por edificios.
Allí no había luna ni cielo
alguno, más que aquel recorte
azul oscuro, enmarcado por
cúpulas centenarias.
Sentí nostalgia del telón de
estrellas sobre el patio de mi
casa, en Chaco. Es que el cemento
protege, pero aísla.
Parte del plan

Cuando alguien habla de amor


a distancia, su voz siempre suena
como si estuviera contando una
mala noticia.
La distancia es la hija
malparida de una nostalgia
demasiado cómoda y un amor
demasiado cobarde.
Le imprimimos,
irresponsablemente, el estatus de
sentimiento: por eso decimos que
la distancia puede doler. Por eso,
acabamos poniéndola por encima
del mismísimo amor.
La distancia es la torta que no
te comés porque vas a engordar,
el libro que no te comprás porque
es caro, el cuento que no
escribiste porque pensaste que
nadie iba a leer. Un espacio vacío
que llenás con miedo y termina
haciéndose enorme, en vez de
llenarlo con pasos, para volverlo
diminuto. La trampa que mejor
escondiste en este bosque en el
que ahora estás perdido. Un no
hacer por miedo a lo que no es;
nunca escuché cosa más estúpida.
Que la distancia sea sólo parte
del plan. Que haya amor, antes
que distancia. Amor honesto,
como capitán de las ideas que
gobiernan los actos.
Sólo así descubriremos si eso
que llamamos distancia no es, en
realidad, la expresión matemática
de la excusa.
Qué sabe la luz

Qué sabe el sol de las siete de


los hombres desvelados por el
monstruo incandescente del
poema, que se ha pasado la noche
mordiéndoles los labios y acaso
los dedos y acaso los partes más
blandas del alma.
Qué sabe el sol de las siete de
los pájaros que le cantan a la luna.
Qué sabe el sol, ¡qué sabe!, de
la lengua de terciopelo de la
noche, que lame los árboles, y
¡qué sabe! de esa sonrisa suya,
color de plata, que despierta a los
pájaros que anidan en los
balcones abandonados de Flores.
Qué sabe toda esta luz naranja
de esos pájaros que no se callan y
trasnochan al hombre que escribe
poemas para sobrevivirle a la
soledad, para sobrevivirle a esas
fauces de lengua negra y dientes
de luna que mastican pájaros y
plazas y calles vacías.
Ya no tolero el alarido de los
pájaros. Ya no soporto ese eterno
graznido que no puedo silenciar,
ese grito que quema los nidos de
carne y sangre y desvelo que son
sus gargantas. Los pájaros no se
apagan. ¡Los pájaros no se
mueren! La noche no se los come,
los prefiere perpetuos. La noche
no me devora, me prefiere
insomne, porque insomne escribo
noche, y qué es la noche, sino
poesía escrita.
Díganme qué puede saber el
sol, que cada tarde se extingue,
cobarde, detrás del cemento,
anunciando la indómita vigilia,
dejando a los hombres a merced
de las aves que le cantan a la
luna.
Díganme qué puede saber la
luz, que aprendió a resucitar,
mientras los hombres no se
atreven a morir. Que decide
existir mientras los condenados a
la poesía regresan, exhaustos, al
lecho.
El vino y la virgencita

Quién te va a querer así, puta


y trompeada, me dijo. Me dolían
los brazos y las piernas, los ojos y
las costillas. Me abrazó y me
pidió que hiciera silencio y el olor
a vino barato me entró por la
nariz y se mezcló con el perfume
oxidado de la sangre seca.
Me dolían los dedos y las
rodillas, pero lo que más me dolía
era él. Él me dolía tanto, que
cuando vi mi reflejo roto en el
espejo sucio del dormitorio,
comencé a llorar de nuevo.
Quién te va a querer así, puta
y moqueando, me dijo.
La virgencita, apoyada en la
cómoda, me miraba. Ella también
lloraba. Qué estás haciendo,
Corina, me dijo la virgencita.
Cerré los ojos y tenía puesto el
vestidito rosado y las alitas de
hada y no estaba volando, pero
casi, porque iba a caballo sobre
los hombros de papá, que corría
por la plaza y gritaba ¡vamos,
hada Corina, mové las alas!
¡Tenés que aprender a volar sola!
Y miro para abajo y ahí está
esa barba colorada y esa risa que
es enorme y esa voz grave que me
dice que nunca me va a pasar nada
malo.
Qué estás haciendo, Corina,
me dije, y Carlos me agarró del
cuello y me pidió que no llore
más, que nadie me iba a querer
así, puta y arrugada.
Fui hasta el ropero y lo
escuché reírse cuando vio que me
ponía el vestido, que me quedaba
como una remera cortita, y las
alas de hada. Ya tenía quien me
quiera así: puta, trompeada,
moqueando y libre.
Libre para siempre.
Carlos quiso alcanzarme, pero
el vino no lo dejó. El vino o la
virgencita, no sé.
Escuché a los mocosos en el
tren riéndose de mis alas, pero no
me importó nada. Mis alas eran
hermosas y yo también, a pesar
de los veinte años que demoré en
aprender a volar.
Ruda

El sudor, como perlas de sal,


inundaba las costas de sus ojos.
Cuando nuestras miradas se
encontraron, vi el pasillo.
Era un corredor bien oscuro y
allá, en el fondo, había una puerta
entornada, hecha con tablas. La
empujé despacito y entonces
había una casa… una pieza,
chiquitita.
Paredes de adobe,
chapacartón. Aquí y allá, platos
sucios, llenos de moscas. En un
rinconcito dormía un perrito
flaco, esperando que la sarna se lo
lleve.
Hacía calor, mucho calor.
Entre las moscas también
había una camita, y sobre la
camita estaba ella, que se retorcía
y lloraba como la niña que era.
En la pieza no había ventanas,
no, pero supe que era de siesta
porque el polvo flotaba sobre los
puentes amarillos de los rayos del
sol, que se metía por ese espacio
que sobra entre las chapas y el
barro.
Entonces, la habitación se
puso fría, así, de repente. Fría de
invierno súbito. Fría de miedo.
Don Quiroga se metió a la
pieza con un machete y se le fue
encima y la gurisa lloró bien
fuerte, pero no vino nadie.
Don Quiroga tenía los
pantalones por los tobillos y con
el cinturón golpeaba suavecito el
piso de tierra.
Ella pidió por favor, pero don
Quiroga se cagó de risa. Los
puentes de luz amarilla se
extinguieron, como si el sol no
pudiera mirar. La pieza quedó
toda negra, como los ojitos de la
gurisa.
Y después no sé. No sé qué
pasó después, porque estaba todo
oscuro y el rancho estaba lleno de
mosquitos y olor a ruda y sangre.
Afuera, los perros le ladraban a
las luciérnagas. Y yo ahí,
arrodillada, con el sudor hecho
lágrima en los ojos, con el
gurisito muerto en las manos, con
la gurisa muerta en la cama.
Nina

Volvía caminando y pasé junto


a una piba y su pibito, que
revolvían un contenedor de
basura y clasificaban con
paciencia los reciclables. Me
vuelvo cuando escucho que
alguien la llama:
―¡Nina!―, dijo el cincuentón
de pelo blanco, acomodándose la
bufanda. ―¡Nina!, ¿sos vos?
Nina apartó la vista del cartón
y cuando vio al hombre, se le
llenaron los ojos de lágrimas.
―¡Doctor!―, exclamó.
Salió corriendo y lo abrazó tan
fuerte como le permitían sus
bracitos flacos.
―Nina… Pero… ¿qué te pasó?
A Nina le había sucedido
demasiado. Habló con una
vocecita débil, de esas que tiene la
gente con hambre.
A Nina la había echado el
padre del pibe, la había dejado en
la calle sin un peso, sin un pañal,
sin una lata de leche. Parece que
había una Nina nueva, una que
seguro no tenía hijos ni el cuerpo
de una mujer que parió.
―Pero no entiendo, ¿por qué
no me buscaste? ¿Por qué no me
avisaste?
Nina había trabajado en la
casa del Doctor hasta el día que
apareció aquel muchacho, con
más promesas que buenas
intenciones. La casilla donde la
llevó a vivir era inmensa, tan
grande como para que entraran
todos sus sueños.
Entonces llegó el nene. El
Doctor, que no lo conocía, lo
abrazaba como si fuera uno de sus
nietos, mientras la madre hablaba
de años que no habían sido
buenos. No dejaba de llorar y el
pibito le preguntaba mami qué te
pasa, un poco asustado.
―¿Por qué no me buscaste,
Nina?
―Porque me daba
vergüenza―, confesó ella,
mirando el piso y secándose los
mocos con la campera vieja.
―Juntá tus cosas,
acompañame. Tengo el auto acá a
la vuelta―, dijo el Doctor,
sonriendo. ―Quedate tranquila,
que te vamos a encontrar algo.
Sonreí y me alejé calle arriba,
un poco menos gris, feliz de haber
presenciado el reencuentro entre
Nina y su ángel de la guarda. Feliz
porque, después de un día
desesperanzador, en un rinconcito
oscuro de Villa Crespo, recordé
que la magia sí existe.
Fuego

Fuimos con los chicos a pasar


unos días a la casa de fin de
semana de Valentino. Llegamos a
Escobar en el 194 y nos bajamos
en el centro.
Ahí estaba él, que me vio
pasar fumando y se apuró a
detenerme.
―¿Me convidás fuego? ―, me
preguntó.
Mientras lo miraba sacarse el
cigarrillo armado de la oreja, me
acordé que tenía un encendedor
de más en la mochila. Lo saqué y
se lo di, sonriendo.
―Te lo regalo.
Noté cuánto lo conmovió
aquel gesto sencillo.
―Gracias… Gracias. Muchas
gracias. Sos muy amable―, me
dijo.
La voz le temblaba un poco y
se había puesto nervioso. Miré
sus ojos y eran vidrio molido.
Le respondí que de nada,
murmuré un chau y antes de
voltearme, volví a escucharlo.
―Esperá… Por las dudas,
¿sabés cómo llegar a la ruta 26
desde acá?
Tenía los rulos alborotados y
quizás, alguna angustia
encarcelada en la garganta. Me
miró como te mira un nene que se
perdió en la playa cuando se está
haciendo de noche. Supe que sus
ojos pardos de vidrio molido me
pedían un abrazo, aunque la boca
no dijera nada.
Temo que quien se conmueve
con un pequeño gesto de
amabilidad haya, otrora,
soportado demasiado odio,
contemplado suficientes cosas
tristes.
La mochila que le colgaba del
hombro, armada a las apuradas,
habrá atestiguado el momento
exacto en que pudo más el
hartazgo y la necesidad de
encontrar la ruta.
―No tengo idea de para dónde
es―, le dije. ―Pero ojalá que el
fuego del encendedor te ayude a
encontrar el camino.
Él se quedó en silencio y yo
me fui rápido.
Perdoname. Yo sé que
necesitabas un abrazo, me di
cuenta, pero no me animé.
No abrazamos a desconocidos.
Somos educados en la distancia
cautelosa, la mirada fría, el
ignorar sin remordimiento. No
importa cuánto brillen tus ojos o
cuánto tiemble tu voz.
Ojalá hayas encontrado el
camino a la ruta 26. Ojalá te
hayas encontrado con alguien
menos cobarde, que te haya dado
ese abrazo que me pediste sin
decir nada.
La ceguera

Vos seguí buscándome con


todas tus dudas, que yo voy a
seguir dejándome encontrar con
toda mi libertad. Pero cuando nos
encontremos, dejemos todas las
imágenes grises en los bolsillos
del pantalón y tirémonos
desnudos en un mar donde no
quepan más espíritus que los
nuestros.
De qué nos sirve fingir, de qué
ayuda hacer de cuenta que
queremos obedecer, si lo que
somos jamás tolerará lo que
quieren que seamos; si esa voz
que me habita ya me ha advertido
una vez que nada de todo lo que
nos sucede puede estar mal, si nos
hace tan felices. Que podemos
escoger otra cosa. Que podemos
jugar otro juego.
Pero vos no te animás y yo
sigo jugando a la libertad solo,
mientras te veo desvanecerte en
la cotidianeidad, volverte gris y
anaranjado y bordó, cada día un
poquito más. Cada día un poquito
menos.
Te juro que algunas veces me
siento tan solo que si no hablo, es
para no dejar ir las pocas palabras
que me habitan y me acompañan.
De qué te sirve obedecer
ahora, que se extinguieron los
filtros, que las promesas
resultaron ser carnada y ya sabés
que todo eso que te ofrecen a
cambio de quedarte con ellos es
mentira.
De qué te sirve dormir en
camas tan grandes, si nadie te
abraza cuando hay tormenta
eléctrica. Cómo puede
alimentarte tanto lujo virtual.
Jamás sonó bonita la lluvia sobre
los techos de los que siempre han
estado a salvo.
Quedate conmigo, no tengas
vergüenza. Quedate conmigo, que
podrás soltar las sombras que
embrujan los bosques de tus
entrañas. Quedate con mis
lunares y mis marcas, quedate con
mis ganas de verte sonreír, con
mis ganas de verte libre. Quedate
con lo que te permitís ser cuando
estás conmigo.
Quedate con lo que te ha
robado la ceguera.
La gorra

Rubén se acomodó la gorra y


se apoyó contra la pared. No
había dormido la noche anterior y
estaba pasado de rosca.
La esquina estaba tranquila,
los vecinos estaban todos
guardados, porque estaba fresco.
Cada tanto pasaba algún pibe y
Rubén lo fichaba y se acomodaba
la gorra, y el guacho se iba
silbando bajito.
El Horacio le había escrito
hacía un rato para preguntarle a
qué hora llegaba a casa, porque
con los pibes habían organizado
para salir de gira. Rubén estaba
corto de guita y cagado de sueño,
pero el Horacio dijo que tenía
pasti. Ya fue. El domingo
apolillaba el día entero y listo.
Miró la hora en el teléfono,
casi las diez.
La vieja del almacén de
enfrente salió con la correa del
perro y la basura en una mano y
el celular en la otra. Cuando largó
la basura al tacho, casi ahorcó el
perro.
Qué gila, pensó Rubén.
La tipa cruzó la vereda y pasó
frente a él.
―Buenas noches, oficial―, dijo
la vieja.
―Buenas noches, señora―,
dijo Rubén, y se acomodó la
gorra.
Mirá

―Mirá esos putos.


―¿Cuáles?
―Aquellos dos, mirá.
―¿Cómo sabés que son putos?
―Qué se yo cómo sé… debe
ser por la ropa.
―¿Por la ropa? Si tienen ropa
de gimnasia.
―Tenés razón. Deben ser las
zapatillas, mirá. Muy colorinches
para mi gusto…
―¿Por las zapatillas? Pero si
son botines de fútbol.
―Cierto. No me había dado
cuenta. Entonces debe ser el pelo.
Mirá cómo tienen el pelo.
―Pero, Armando, ¿qué decís?
¿Qué tiene el pelo? Si el hijo de la
Gloria lo tiene así, y es policía.
―Mhm… no sé, hay algo en los
gestos. ¡Eso es! Los gestos que
hacen…
―Ay, Armando, mirá la
pavada que decís, qué gestos
hacen, se están tomando una
gaseosa, ¿cómo se toma la
gaseosa, sino?
―Entonces… Entonces debe
ser por como se miran. Sí, eso es.
Mirá cómo se miran, Liliana.
Directo a los ojos. El morochito
dice algo y el otro sonríe y baja la
vista y… la levanta y mirá, mirá
cómo le clava los ojos, como
atontado, como contento. ¡Mirá
cómo le brillan las pupilas,
Liliana! Y mirá cómo lo sigue con
la vista, cuando el otro se distrae
un minuto, cuando se queda
observando las hamacas vacías de
la plaza, o cuando toma un
sorbito de pomelo. Es como si por
dentro se estuviera muriendo de
las ganas de darle un beso, ¿no te
das cuenta de que son putos,
Liliana?
―Ahora que me fijo bien…
¡Tenés razón, Armando! Y mirá lo
que hace el otro: mientras el
morochito habla, dibuja sobre la
mesa con el agua que transpira de
la botella… Creo que está
dibujando…¡corazones! Y mirá,
mirá ahora. Parece que le está
diciendo que el día está lindo, ¿o
que él está lindo? Y el morocho…
¡se muerde los labios! ¡Larga una
carcajada! Dios mío, ¡nos
engañaron, Armando! Estos
chicos no son putos…
―¿Ah, no? ¿Y qué son?
―¡Son novios!
Binario

Las camas están hechas para


dos, incluso las más pequeñas.
Tres en una cama no se hace, no
se dice, no se usa. Elija a uno, y
que el otro duerma en el piso, en
el patio, en otra casa.
En otro corazón.
Porque al corazón se lo
pueden romper en mil pedazos,
porque eso es lo normal, lo que se
acostumbra. Lo que está de
moda.
Pero elegir dividir el corazón
no se hace, no se dice, no se usa.
Dividir será más barato que
romper, pero romper es lo que se
estila. Las camas están hechas
para dos. Uno es muy poco, pero
tres son demasiados.
El código es binario, el código
es estricto.
Usted quiere tener un hijo,
pero no tiene con quién. Tenerlo
sola es muy poco… pero tenerlo
de a tres es muchísimo.
Quiere formar una familia,
pero todavía no tiene con quién.
Usted solo no es nada, pero tres
son multitud, porque vienen
acompañados de las armas de
miles de soldados de la moral.
Armas como cuchillos, que hacen
más daño que ruido.
El amor es de a dos hasta que
aparece alguna puta que no sabe
contar, leí una vez. Y resulta que
usted no puede enamorarse
también de la puta. No vale amar
a la puta.
El amor es de a dos porque lo
digo yo, porque lo dice mi madre,
porque lo dijo mi abuela y a mi
abuela se lo dijo su madre, que
era una santa y jamás se atrevió a
mirar otro hombre. O mujer.
Porque el matrimonio es de a
dos, no de a tres ni de a cinco. Así
manda el Dios que me crio, qué
importa que usted no quiera
casarse.
Ámense los unos a los otros,
pero de dos en dos, porque los
números impares incomodan
(excepto cuando se trata de
pecados capitales.) Ámense los
unos a los otros, suban al Arca un
macho y una hembra.
Es palabra de Dios.
Dígale Dios o como quiera, lo
importante es que mande y que
usted obedezca y que no se anime.
Animarse es otra forma de
pecado.
Me temo que los amores
únicos también son como los
cuchillos, que hacen más daño que
ruido.
Y al elegir a ese único que
amará en la prosperidad y en la
miseria, mejor que elija bien,
porque va a ponerle sobre los
hombros la carga de serlo todo:
cantante y matemático, pintor y
administrador, esposo y hermano,
esposa y amiga, que cocine como
una madre y coja como una puta y
se vista como una princesa y lo
defienda como una guerrera.
Todo ella sola.
¿Todo ella sola?
Si a mí me gusta cómo me
besa Sergio y cómo me abraza
Rosario y cómo me sonríe Julián,
pero tengo que elegir. Tenemos
que elegir, porque las camas están
hechas para dos. Las camas y las
leyes del imaginario colectivo.
Adán y Eva.
Eva y Perón.
Romeo y Julieta.
Pinky y Cerebro.
El que cocina y el que lava.
Batman y Robin, hasta que
apareció la puta de Batichica.
Amor de a tres no es amor, es
lujuria. Qué me importa lo que
usted sienta. No es amor porque
lo digo yo.
Qué me importa que se
necesiten. Qué me importa que
cada uno sea tan especial como
los otros. Qué me importa la
individualidad de los amantes.
Elija, todo no se puede. No se
puede porque yo digo. Yo mando.
Mando sobre su cama, sobre su
corazón y sobre cómo entiende el
amor.
Yo mando.
El problema con los que
mandan es que sólo saben contar
hasta dos.
¿A quién ama más? ¿A su
mamá o a su papá? ¡Tiene que
elegir! No vale decir que a los dos
por igual. Porque el amor es de a
dos, ¿escuchó?
Tampoco vale decir que se
trata de dos personas diferentes y
que cada uno es hermoso a su
manera. ¡Ni se le ocurra intentar
explicarme nada! No puede tener
a los dos y por eso quiero que
elija. ¿A quién ama más? ¿A su
mamá o a su papá?
Escoja uno: un progenitor, un
dios, un amigo, un solo hermano.
No puede amar a todos. No puede
amar, ni siquiera, a dos.
After

No me sale acordarme de todo


porque estábamos borrachas,
pero con lo que me acuerdo
alcanza para perdonarte.
Yo me saqué el corpiño.
Vos bailabas con el Tano.
Hay una remera de Kiss en un
cajón.
Un pibe que pasaba te tocó
una teta y vos le sacaste la lengua
y el pibe te quiso besar y yo le
dije salí de acá, flaco.
Hay una almohada azul debajo
de tu pijama de Sailor Moon. Es
junio y hace frío y yo te pregunto
si no te vas a poner nada abajo del
remerón.
No toleraste el calor y te
sacaste el corpiño vos también. Y
me guiñaste un ojo y se me hizo
de día en la panza, a las cuatro de
la mañana.
Te tiraste cerveza en el escote.
A propósito. El Tano te quiso
lamer la cerveza.
Hay un chocolate en el cajón.
Me metiste al pogo y un pibe
me pellizcó un pezón y vos le
pegaste un bife y el pibe te dijo
puta.
Me das la mitad del chocolate
y te acostás del lado del póster de
Ozzy.
¿Te gusta el chocolate?, me
preguntás, y yo digo que sí,
porque es cierto, porque el
chocolate me gusta y porque vos
me gustás también.
Hacemos silencio. Mirás para
la pared y me rozás la pierna con
la pierna y los ojos con la duda.
Hacemos más silencio. El
silencio que precede al fingir
estar dormidas. Seguís mirando la
pared y yo mastico el chocolate
suavecito y allá abajo se escucha
que pasa una ambulancia.
Ojalá que esté todo bien,
decís.
Siempre decís eso cuando pasa
una ambulancia. Y yo me muerdo
los labios de amor. Y esta vez, los
labios están llenos de chocolate y
tu pierna que me roza la pierna y
tu pelo que me roza las ganas.
¿No me vas a abrazar?
Yo te miro y mastico
chocolate.
¿Para qué?
Te das vuelta y me decís que
hace frío y yo te ofrezco chocolate
y hasta en la penumbra se te
notan las cejas amontonándose en
el centro de tu cara.
Ibas a preguntar algo, ibas a
levantar la voz, pero tragás saliva
y mirás el techo que no se ve,
porque el dormitorio está a
oscuras, porque tu mamá duerme
al lado y porque cuando me ve me
dice hija y porque tu papá
siempre se acuerda que cuando
estábamos en primaria, yo te
enseñé a atarte los cordones.
¿A qué le tenés miedo?
Le temo a tantas cosas, pienso,
pero te digo que a las arañas.
¿Y vos?
A quedarme sola, me decís, y
arrastrás la ese, porque vos
también estás borracha.
Yo sonrío, pero vos no me ves.
El Tano te quiso meter la
mano debajo de la pollera y vos le
pegaste un sopapo. Yo me
acuerdo. Pero no quiero hablar
del tema, y me dejo sonreír en
paz.
No te vas a quedar sola,
murmuro, en cambio, y vos largás
aire por la boca y hacés ese
ruidito que hacés para que yo
sepa que vos también sonreíste,
aunque esté oscuro.
Como tantas otras veces, la
sonrisa arrebatada te envalentonó
y giraste sobre la cama y me
disparaste con los ojos (yo sentí
tus pupilas en la sien) y me
dijiste:
¿Qué pasa?
Y arrastraste la ese.
Y después me dijiste:
¿Ya no querés estar conmigo
para siempre?
Y yo también largué aire por
las fosas nasales para que en lo
oscuro se viera la sonrisa y vos
supieras que mis dientes
invisibles eran todos para vos.
Sólo en la oscuridad nos
atrevíamos a sonreírnos así.
Si, quiero estar con vos para
siempre, te dije. Pero ya no te
persigo.
Usted

―¡Berta, venga!
Berta salió de la pieza,
secándose las manos con el
repasador. Nicasio estaba sentado
en la galería, mirando la siesta.
―¿Qué pasa?
―¿Por qué se casó conmigo,
Berta?
Berta quedó tan desconcertada
con la pregunta, que al principio
creyó que había escuchado mal.
―No entiendo.
―Eso, Berta. ¿Por qué se casó
conmigo?
―¿Qué le pasa? ¿Está
borracho?
―¿Por qué se casó conmigo,
Berta? Si usted era guapa y yo no
tenía un peso. Y para colmo, le
prometí que iba a tenerlo algún
día y aquí nos tiene. Mire la pieza,
Berta; se está cayendo a pedazos y
yo no tengo fuerzas ni para
hacerle un revoque. Mire el
campo, ahí enfrente, Berta. No es
Buenos Aires. ¿Se acuerda cuando
le dije que la iba a llevar a Buenos
Aires? ¿Por qué me creyó, Berta?
¿Por qué no se fue cuando se dio
cuenta de que nunca íbamos a ir a
Buenos Aires? ¿Por qué no se fue
cuando se dio cuenta de que todos
los hijos que hacíamos, se nos
morían, Berta? Dígame por qué
aceptó esta miseria, este rancho
en el medio del monte, el barro,
el calor y los mosquitos.
Los ojos de Nicasio estaban
llenos de lágrimas; su memoria,
llena de imágenes que iban
cobrando miserable vida en sus
labios marchitos.
Berta suspiró, le acarició la
cabeza plateada y lo envolvió en
una sonrisa misericordiosa.
―Porque tenía la esperanza de
que todo mejorara algún día―,
respondió Berta. ―Y cuando eso
sucediera, quería estar acá,
Nicasio. Para compartir con
usted.
Ausente

Yo quiero intimidad real.


No me malinterprete, esos
brazos suyos, sudados,
envolviéndome, también me
parecen hermosos.
Pero yo quiero otra cosa.
Quiero una habitación tibia y
un ventilador en la cara.
Quiero levantarme al baño y
tropezar con mi ropa y saber que
me está mirando, pero que no me
importe.
Quiero reírme aunque mis
dientes estén torcidos y saber que
usted sólo se fija en cómo aprieto
los ojos con fuerza y abro la boca,
para dejar salir la garganta en
carcajada, y quiero que usted
prefiera el trueno de la carcajada
antes que el rayo que se dibuja en
el filo de mi mandíbula.
Quiero encontrar su mano
cuando me descubra amaneciendo
en una casa en la parte más alta
de algún morro perdido, de cara
al mar, de espaldas a toda esta
mentira de la felicidad envasada.
Quiero despertarme y
preparar mate y arrimarme a la
pieza para verlo dormir. Cebar y
verlo dormir.
Quiero la intimidad de los que
duermen en paz.
Quiero que en las alacenas
haya miel y usted me pregunte
siempre si al té le pone miel o
azúcar, porque sabe que algunos
días lo prefiero con azúcar.
Quiero la emoción del ahora
sin la angustia de lo sucedido, sin
la ansiedad de lo que va a venir.
Quiero saberme dichoso, dejar los
relojes para después, porque qué
importan las horas cuando mis
pupilas están llenas de una
imagen suya, tirado sobre la
arena, escribiendo.
Quiero un sábado lluvioso y
una galería ancha, llena de
plantas, y quiero que usted me lea
mientras la lluvia baila sobre las
chapas y que su voz se mezcle con
la canción del agua que cae desde
el infinito.
Quiero la intimidad de quien
apoya la cabeza en un regazo y ve
que el rostro del otro se ha
puesto al revés y es divertido, sin
dejar de ser hermoso.
Regresé al tren.
Levanté la cabeza y miré fijo a
la mujer que viajaba frente a mí,
con la mirada perdida.
Comprendí enseguida que su
cuerpo estaba allí, junto al mío,
en el vagón, pero su alma estaba
en otro lado, ensimismada en sus
propios quieros.
Me pregunté qué estaría
pensando. Sonreía y sobre ella
flotaba una nube naranja y
brillante.
Más allá, en otro asiento,
había un hombre muy serio, con
los ojos clavados en la pantalla de
su teléfono. Sobre su cabeza,
había una nube marrón oscuro.
Levanté más los ojos: la nube
que flotaba sobre mí era amarilla.
Vaciamos el tren en Estación
Bolívar. Eran casi las dos de un
miércoles caliente y el andén se
inundó de hombres y mujeres
anónimos, con nubes de todos
colores flotando sobre sus
cabezas.
Éramos un montón de ojos
que miraban el vacío y sostenían
maletines y se acomodaban las
corbatas, como horcas de seda. La
imagen me entristeció: al fin y al
cabo, no éramos más que un mar
de cobardes.
NERVADURA
Cuando vuelvas a llorar sin
consuelo,
comprenderás que nunca
hubo adultez:
sólo infancias en pausa.
10 de octubre

Manuel se despertó temprano,


preparó mate y se sentó en la
galería de la casa, frente al mato.
Eran casi las nueve y el monte
estaba tranquilo. Los árboles
brillaban tanto que creyó ver un
tipá de hojas plateadas y un
naranjo en flúo.
La tarde que se habían
conocido, los árboles también
brillaron un poco.
Con el primer beso vino el
permiso de amarse rápido y
Manuel no tuvo miedo. Augusto
se reía cada día más y de a poco se
fueron olvidando del motivo por
el cual estaban tan solos cuando
se encontraron.
Cometieron la estupidez de
creer el cuento de la media
naranja porque, en el fondo, no se
permitían aceptar que ya habían
nacido completos y que aquello
no era más que el
comportamiento caprichoso de
los amantes apurados,
adoctrinados en el amor express,
poseídos por la egoísta necesidad
de curar la propia alma
contemplando la belleza del otro.
Cien días hermosos
metamorfoseados en memoria, en
capítulo de libro de un autor
desconocido.
Aun así, había sido real y
Manuel se había aferrado a eso
como se aferra al muro la hiedra
que trepa, para contemplar el
jardín vecino, y cuando
finalmente alcanza la cima,
descubre que del otro lado no hay
más que un páramo desierto.
En el fondo, ese amor mutado
que pretendía consolarlos, le
dolía.
Salieron para el pueblo poco
después de las once. Pirenópolis
lucía hermosa ese mediodía, con
sus calles de adoquines y sus
puertas y ventanas pintadas de
todos colores, enmarcando las
siluetas morenas de las vecinas
que suspiraban, apoyadas en los
alféizares.
Atravesaron una feria y
comieron cerca de las cascadas.
Augusto hizo algún comentario
sobre la comida, pero Manuel no
dijo nada. El resto de la tarde
sucedió silencioso, como si ya se
hubiesen dicho todo lo que
querían decirse.
Bebieron cerveza todo el
camino de regreso a la cabaña y
para cuando llegaron, habían
decidido que hacer un picnic bajo
las estrellas era una gran idea.
El horizonte púrpura
proyectaba la silueta de los
árboles y las coruyas que
sobrevolaban el campo a oscuras.
―No hay luna―, comentó
Manuel.
Augusto sirvió dos copas de
vino y brindaron por la
inmensidad que colgaba sobre
ellos. Las estrellas brillaban
tanto, que la luna ausente ya no
importaba. Pudieron verse las
caras, sonriendo tímidamente en
la penumbra, envueltas en una
nostalgia acogedora.
Evocaron días comunes y el
sabor de alguna cena y siguieron
bebiendo y hablaron sobre un
atardecer sin luz en Mar del Plata
y de una playa ancha en Río de
Janeiro.
―Traje algo para vos―, dijo
Manuel, poniéndose de pie.
Fue hasta el baúl y sacó un
paquete enorme de su bolso.
―¡No! ¿Qué compraste?―,
protestó Augusto, rompiendo el
papel de regalo.
Sacó el telescopio y lo dejó
sobre el pasto, y también sobre el
pasto dejó todas las palabras que
se le amontonaron en la boca.
Ay, Manuel, murmuraba,
conmovido. Ay, Manuel, por qué
me amás tanto, habrá pensado.
―Creí que iba a haber luna y
que podíamos verla de cerca, pero
me salió mal…
―¿Quién sos, Manuel?―,
preguntó Augusto.
―¿Qué?
―¿Quién sos? ¿De dónde
saliste, Manuel? ¿Qué hacemos
acá, sentados bajo toda esta
enormidad brillante, tomando
este vino, amándonos así aunque
sepamos que no se puede, que
vamos a volver a estar lejos?
¿Quién sos? ¿Dónde nos vimos
antes, que estar acá se siente tan
cotidiano?
―Me gustaría que las cosas
fueran diferentes, Augusto.
―Prefiero que las cosas sean
como son, Manuel. Así es mejor.
Manuel sabía que sí, que era
cierto; que las cosas así estaban
bien y que Augusto tenía razón.
Sin embargo, no se atrevía a
dejarse invadir por esa
resignación dolorosa del soldado
que regresa de la guerra, herido y
prisionero de todo lo que lo
atemorizaba, con la cabeza gacha
y los ojos fijos en sus propias
manos atadas.
―Nosotros nos conocemos de
antes―, dijo por fin.
―¿De antes? ¿Antes, cuándo?
―, preguntó Augusto.
―Una vez, hace mucho, leí que
somos polvo de estrellas. El
Universo entero expresándose
bajo la forma de un ser humano,
por un instante diminuto. Como
si alguna vez las estrellas
hubiesen querido visitar la tierra
y hubiesen comprendido que no
pueden habitarse los lugares
donde no cabe la propia luz. Y se
hicieron humanidad. Alguna vez,
todos fuimos una estrella
brillante, de esas que usan los
viajeros en el desierto para
encontrar su norte; la clase de
estrella a la que una madre le
reza, pidiéndole que su hijo
vuelva pronto de altamar, o a la
que un anciano nombró como a su
difunta esposa, porque la
extrañaba demasiado. Una de esas
estrellas que hace a los hombres
levantar la vista y sonreírle al
cielo. Creo que vos y yo habremos
sido, alguna vez, parte de la
misma estrella. De ese antes nos
conocemos.
Augusto sonrió, acaso tembló
un poco.
―¿Me enseñás a usar el
telescopio?―, preguntó, y Manuel
(otra vez) se secó las lágrimas,
respiró profundo y lo amó.
Lo amó como siempre, pero
esta vez consciente del instante
efímero.
Camino

Decile a tu mamá que la


quiero mucho. Decile que me
acuerdo de las cosas que me dijo
cuando nos vio compartiendo el
nido y creyó, como nosotros, que
todo aquello era para siempre.
Decile a tu mamá que me
hubiese gustado conocerla un
poco más. Que la pienso con los
ojos sabios envolviéndome el
espíritu que alguna vez se me
fracturó por tu culpa, porque me
habías dicho andate y yo dije que
sí, que me iba, y ahí nomás me
puse a hacer bollos con la ropa
desparramada sobre tu cama de
soltero.
Decile a tu mamá que las
pausas para sanar permanecen
vueltas eco en la memoria que
habita un cuerpo y lo hace fuerte
de nuevo, fuerte como para salir
al sol y dejarse salpicar por al
agua de una fuente y pensar que
todo eso es bello y un poco más
eterno que lo que le sucede a la
carne, que al final de cuentas no
es más que la primera víctima del
malandraje del corazón.
Decile a tu mamá que ya no
como pan con el macarrón.
Decile a tu mamá que voy a
estar bien. Que los días se me
hacen largos cuando no sé nada de
vos, pero que por tu culpa he
vuelto a escribir. Culpa es una
forma de decir: todavía me cuesta
el gracias desde tan lejos, con
tanta lluvia de por medio que ya
no volveremos a escuchar
bailando sobre el techo mientras
nosotros nos quedamos flotando
en el azul de la casa. Cuesta el
gracias desde tan lejos, porque
este es de los que se dicen con un
beso.
A tu mamá también decile que
gracias, y que también la lleno de
besos. Que es lindo pensar en su
primer abrazo y que todavía no
logro recordar el último, porque
nunca sospeché que acabara
siendo el último, y sucede que
uno no recuerda, por ejemplo, el
abrazo treinta y dos. Pero el
último… ¡Ay! Cómo se imprime el
último abrazo en la memoria de
la piel.
De nuestro último abrazo sí
me acuerdo, no porque supiera
que iba a ser el último, sino
porque a los tuyos, me los
acuerdo todos.
Decile a tu mamá que tengo
fotos de ella en el teléfono y que
ya no borro las imágenes de lo
que no pudo ser. Que aprendí que
lo que sucede tiene motivos para
visitarnos sin avisar, que quiere
aprendamos que el corazón no es
una casa, sino un camino. Un
camino para quien quiera
andarlo. Un camino para que,
quienes parten, puedan volver. Un
camino bordeado de pinos y
flores blancas y una luz dorada
extinguiéndose de a poco,
mientras a las luciérnagas que
bailan entre los yuyos se les
prende fuego la panza cuando se
miran, como nosotros, antes.
Todos los nadie

Nos deben las balas en los


corazones enamorados. Nos
deben las señoritas que dejan de
patear pelotas y los caballeros
que dejan de vestir muñecas.
Nos deben las travas muertas,
poco antes de los cuarenta, que se
duermen para siempre, agotadas
de esa ruta que es plato de guiso,
pero también tan peligrosa que ni
los príncipes azules prometidos
se atreven a transitar.
Nos deben las tortas molidas a
palos por negarle culto al
certificado de macho que se
esconde bajo el bulto. Nos deben
las maricas que dejaron de bailar.
Nos deben las marimachos
casadas a la fuerza. Cazadas a la
fuerza. Castradas a la fuerza.
Nos deben los trolos que
besan a sus hijas mientras sueñan
con los cuerpos de barba prolija
que les supieron negar.
Nos deben los putos de pueblo
y sus bocas llenas de sangre y sus
estómagos llenos de puños y esos
campos que son tan anchos, que
nadie los oye llorar.
Nos deben toda la tela de los
vestidos de quince que vistieron
tantas Emilces que querían
llamarse Gaspar y nos deben las
cartas de amor que nunca fueron
entregadas y duermen, para
siempre, en los cajones con olor a
crema de las tías solteronas.
Nos deben todos los nadie que
sacamos de los armarios para
meter en cajones, en funerarias
vacías, porque no se atrevieron a
amar.
Nos deben las maricas que se
tiran de los puentes cualquier
febrero caliente por culpa de un
tal don Simón, que inflado de
odio y vino ya anticipa ese
destino: yo no tengo ningún hijo
maricón.
Los perros

A veces, pienso que somos


como los perros.
Crecí en un barrio lleno de
perros. Todo el mundo tenía;
nosotros teníamos seis.
Cuando iba a tomar el
colectivo, el Jack siempre me
acompañaba y por el camino se
cruzaba con todos los de la
cuadra. La mayoría nos ladraba,
porque no conocían al Jack.
Pero, cada tanto, aparecía uno,
uno petiso, blanco y negro, como
una vaquita. Nos movía la cola,
saltaba alrededor de nosotros y se
quedaba hasta que venía el
colectivo. No nos conocía, pero no
le importaba. Se sentía a salvo,
sabía que podía acercarse sin
miedo.
Hay que ser ese perro.
La semilla

Lucas soltó la pala y se puso


las manos en la cintura. Levantó
la cabeza y miró el cielo inmenso
y limpio de las tres. El sol
hirviendo le apretaba el cráneo;
se sintió una hormiga negra bajo
la lupa de un mocoso que se
escapó al patio mientras sus
padres duermen la siesta.
La casilla de chapas estaba ahí
nomás. Caminó hasta allá,
secándose el sudor con las
mangas de la camisa a cuadros.
Apretaba los dientes, le dolía el
estómago de tristeza. No
aguantaba más.
Iba a decirle al patrón que
estaba podrido, que había
estudiado dieciséis años. Quería
que sepa que a él le habían dicho
que si hacía así, que si estudiaba,
no iba a ser pobre como su padre.
Quería gritarle que le quemaban
las llagas de las manos, pero más
le ardían las llagas del alma.
Iba a pedirle un lápiz. Iba a
exigirle: deme un lápiz, no una
pala.
Es que estaba harto de la pala.
Estaba exhausto de respirar
viento hirviendo.
Se detuvo un instante antes de
que su puño cerrado cayera,
rabioso, sobre la puerta
desvencijada.
Sin saber por qué, pensó en el
perfume de la lana tibia cuando el
sol del invierno cae sobre un
cesto de ovillos junto a la
ventana. Pensó en una mujer de
ojos oliva, tejiendo escudos de
lana para niños morenos y flacos.
Decidió no llamar.
Se sacó el casco de la cabeza y
sin que nadie lo viera, abandonó
la obra.
Caminó todas esas cuadras
bajo la siesta amarilla. Muerto de
sed, sin un peso para lujos de
pobres, anduvo hasta que sintió
las plantas de los pies llenas de
agujas.
Entró a la casa en silencio,
adentro estaba fresco. En la
cocina encontró un plato con una
milanesa y un poco de ensalada.
Antes de sentarse a almorzar,
se metió a la pieza donde dormían
ellas. Tenían el ventilador de pie
encendido sobre sus rostros
sudorosos.
―¿Cómo le fue, mijo?―,
preguntó su madre, que lo había
oído entrar un rato antes y se
había quedado tranquila.
Lucas no respondió, estaba
muy cansado. Se recostó entre
ella y su hermana, que tenía el
vientre inflado como un globo,
porque ahí adentro dormía un
gurisito que iba a nacer.
Acarició al sobrino despacito.
El aire del ventilador lo fue
adormeciendo.
―Vos tenés que estudiar,
sobrino―, dijo, en un murmullo
de voz quebrada. ―Vos tenés que
estudiar, para no ser pobre, como
tu tío.
Remedio para grandes

Mi mamá se llama Susana y


tiene el pelo rubio y los dientes
bien blancos, como la mamá que
aparece en la propaganda del
detergente.
Yo la quiero mucho, por eso
me pongo triste cuando toma el
remedio y se le hace la nariz roja,
como un payaso, y me manda a mi
cuarto para que no me dé cuenta
de que se pone a llorar mirando la
novela.
Yo me doy cuenta igual porque
ya tengo cinco años y mi tía
Clarita dice que soy muy
inteligente, porque soy muy
curioso. Un día, por ejemplo, me
puse tan curioso que rompí el
foco con la escoba, porque Martín
me había dicho que los Reyes
Magos viven adentro de los focos.
Pero era mentira.
Mi mamá se enojó tanto que
me pegó con la varita y después
no pude ir al jardín porque me
salió sangre y ella se tuvo que
tomar un montón de remedio y a
mí no me dio, porque el remedio
que toma mi mamá es un remedio
para grandes.
Ella es buena, pero cuando
toma mucho remedio se le ponen
los pies como la gelatina que
venden en el kiosco y me quiere
agarrar, pero yo corro rápido,
porque ya tengo cinco años. El día
que rompí el foco también corrí,
pero esa vez la puerta estaba con
llave.
Mi papá se llama Enrique,
pero todos le dicen Quique. Es
alto, más o menos como de tres
metros, y tiene mucha fuerza,
como un superhéroe.
A mi papá también lo quiero
mucho, pero a mi mamá la quiero
más porque cuando se pelean, ella
siempre pierde, y por eso tiene
que tomar mucho remedio, como
un día que le salía sangre por la
nariz y yo me asusté más que
cuando me salió sangre a mí.
Mi mamá me explicó que mi
papá a veces la pelea porque la
quiere mucho, pero yo no entendí
muy bien.
Mi papá se fue a pasear para
que mi mamá se tome el remedio
y cuando se le puso la nariz roja,
la sangre le dejó de salir por los
huequitos de la nariz, que dice
Martín que se llaman rosas
nasales, pero no sé si creerle.
Otra cosa que también me da
miedo es cuando a mi papá se le
rompen las cosas abajo de las
manos. Pasa que a veces se enoja,
y en vez de pelear con mi mamá,
se pelea con los muebles. Así no
la mata a mi mamá, pobre, que
todos los días tiene un poquito
menos de fuerza.
Ahora estoy triste porque mi
papá y mi mamá no me dejan ir
más a la casa de Martín, porque
sus papás están enfermos.
A mí me gustaba mucho ir a lo
de Martín. Sus papás nos dejaban
jugar a la Play con ellos y siempre
les ganábamos. Encima, nos
compran helado y nos cuentan
cuentos, pero no los cuentos de
las princesas. Los papás de
Martín saben cuentos sobre
animales y superhéroes, que son
los que más nos gustan.
Yo lo quiero mucho a Martín
porque es mi mejor amigo y ya le
perdoné la mentira de los Reyes
Magos. Tengo ganas de pedirle a
mi papá que me lleve a visitarlo,
pero no me animo.
El otro día le escribí una carta
a Martín para mandarle un saludo
y para contarle que el jardín
nuevo es re aburrido y también
para contarle que le voy a pedir a
los Reyes Magos que me traigan
una capa para hacerme invisible,
así lo puedo ir a visitar sin que mi
papá se dé cuenta.
Después le puse que le
mandaba un beso para él y otro
para sus papás, porque a ellos
también los extraño. Pasa que los
papás de Martín son buenos y
nunca se pelean y, por eso, no
tienen que tomar remedio.
Igual, no me animé a escribir
que lo extraño más a Gustavo que
a Luis, porque tenía mucho miedo
de que Luis se ponga celoso y le
pegue, porque él también lo
quiere mucho.
El reloj de oro

No saben lo lindo que era el


reloj de oro de papá. Bueno, no
era de oro. Era dorado. Pero me
gustaba pensar que era de oro,
como las coronas de los reyes de
los cuentos que me leía de noche.
Dorado, con agujas negras, correa
de cuero y números romanos en
esmeralda.
Tanto me gustaba el reloj de
oro de papá, que un día, a los
siete, mientras tomaba el mate
cocido para ir a la escuela, le
pregunté si me lo podía dar. Me
dijo que todavía no. Que lo estaba
guardando para regalármelo
cuando terminara la escuela
primara y la escuela secundaria (y
sólo si obtenía las mejores notas).
Aquello me entusiasmó. Me
prometí que así sería, aunque
tuviera que esperar diez años
más.
Vivíamos en el Santa Lucía,
una zona bien periférica de la
ciudad, donde no llegaban el
videocable ni el agua de red y en
el que los remises no querían
entrar, porque decían que era
peligroso. Ocurre que los
arrabales siempre espantaron a la
clase media aspiracionista.
Por aquella época, las escuelas
de barrio estaban desmanteladas
y fue por eso que mis padres
decidieron enviarnos a una del
centro, pública, pero más
prestigiosa, claro, con talleres de
literatura y teatro y toda esa
resaca snob noventosa que se
parece mucho a la foto de dos
nenes con sus chalecos salvavidas
naranja, bien bronceados,
saludando desde un bote que al
costado dice “O Rei do Cabo”.
El invierno norteño es
húmedo y lame los huesos, como
queriendo que uno pierda las
esperanzas.
Nos levantábamos a las seis
para llegar a la escuela. Mamá
planchaba el uniforme unos
minutos antes y nos lo ponía,
calentito, mientras papá
terminaba de preparar el mate
cocido, que siempre le salía bien
dulce.
El murmullo de la radio
llenaba la casa. A mi hermano, el
más chico, le gustaba la cortina
musical que pasaban para
anunciar los números ganadores
del sorteo nocturno de la quiniela
nacional y casi como un ritual,
papá subía el volumen de la radio
y todos hacíamos silencio.
Durante muchos años, creí que
lo hacía para que mi hermano
escuchara la canción que le
gustaba. Después, entendí que lo
que quería escuchar eran los
números del sorteo, para saber si
había ganado o no los setenta
pesos que la lotería le prometía a
quienes acertaran dos cifras a la
cabeza.
Nunca ganaba.
Al Falcon había que ponerlo
en marcha media hora antes de
salir porque ya estaba muy viejo.
Papá se ponía nervioso cuando el
auto no arrancaba; como esa
mañana, que hacía tanto frío y no
había caso.
Recuerdo el sonido ahogado
del motor, como uno de esos
perros viejos que tosen la rabia
con los pulmones secos.
Yo, que entendía poco de
autos viejos y padres exhaustos
de tanto sacrificio, protesté.
¡Tengo prueba, no puedo llegar
tarde! ¡La señorita Dionisia dijo
que me iba a hacer echar de la
escuela si sigo llegando tarde!
Papá se puso más nervioso
que nunca. Salió del auto y nos
dejó encerrados. Mamá le
preguntó que a dónde iba, que
qué iba a hacer, pero él no
respondió.
Volvió como a los diez
minutos y don Sosa, el mecánico
del barrio, venía con él. Don Sosa
levantó el capot y manoseó los
cables hasta que, finalmente, el
rugido del Falcon encendiéndose
se mezcló con la neblina densa del
amanecer. Qué contento me puse.
Papá subió al auto y arrancó,
saludando a don Sosa por la
ventanilla y diciéndole que
muchas gracias, que disculpe la
hora. Que el más grande tiene
prueba y no puede llegar tarde.
Don Sosa nos dijo chau y,
cuando levantó la mano, vi el
reloj de oro abrazado a su muñeca
flaca. ¡Era el mío!
Mientras el auto se alejaba
tosiendo, miré por el espejo
retrovisor y mi reloj de oro se
convirtió en un granito de arena
en la distancia.
Ese día hice la prueba y me
saqué un muy bien diez,
felicitado.
Después me saqué un ocho,
muchos nueves, algún cinco (que
por aquel entonces me pareció
terrible) y un par de diez.
La noche del acto de fin de
curso del secundario, cuando
anunciaron el mejor promedio,
dijeron mi nombre. Todos me
aplaudieron y mi profesora de
francés, que estaba muy
orgullosa, me dio una medalla de
oro.
Bueno, no era de oro. Era
dorada. Como el reloj que papá
había usado para pagarle a don
Sosa esa madrugada de invierno
que yo tenía prueba y el auto no
arrancaba.
La medalla de oro sigue
guardada en un cajón de casa. No
me dice la hora, pero me dice
quién soy.
Hijo de Hollywood

Escribirán sobre nosotros que


fuimos una raza que educó a sus
hijos con pantallas, y tendrán
razón.
Algunos se atreverán a
mencionar que las pantallas
tenían dueño, que los mensajes
tenían dueño, que los cerebros
tuvieron dueño, poco tiempo
después. Pero pocos habrán de
escucharlos, porque sus cerebros
ya tendrán dueño.
La pantalla nos convenció de
que todo lo sabe. Y todo lo que
sabe la pantalla se fue
convirtiendo, de a poco, en todo
lo que nos atrevemos a saber
también nosotros, los hijos de
Hollywood.
Y fue así que aprendimos a
amar de una sola forma, la forma
que nos enseñó la pantalla, la
forma que nos guionó la taquilla,
mientras nuestros padres
desperdiciaban sus vidas
desamándose frente a nuestros
ojos, que quisieron creer que eso
sólo sucedía en nuestra casa, y
debíamos sentir vergüenza.
El amor se nos presentó como
un jugo de naranja de bidón que
se nos terminó en la primera
previa. A la mañana siguiente,
tiramos el envase vacío y
volvimos al mercado a llenarnos
de más azúcar artificial.
Y no nos importó.
No nos importó porque el
amor fue una de esas drogas que
duran poco, un estallido de
felicidad en la cabeza y en el
pecho y en la panza, una lista de
promesas que decidimos creer
aunque supiéramos de antemano
que debían extinguirse en pocas
horas, como ocurre en las
películas.
Y un día nosotros, los hijos de
Hollywood, descubrimos que algo
anda mal.
Confiamos ciegamente en el
mandato y entonces venimos a
enterarnos que todo esto que nos
pasaba no era amor, era plástico.
Pero pocos nos escuchan,
porque sus cerebros ya tienen
dueño.
El sol se muere después del
concreto y el hijo de Hollywood
regresa a ese refugio que nunca
será hogar, porque en el hogar
uno jamás se siente solo, y allí
todo está tan vacío que donde no
hay nada, hay gris.
El hijo de Hollywood regresa a
esconderse de la noche, a saberse
en soledad, a sentirse desamado,
a culparse por la vergüenza de no
encontrar hologramas de ficción
en su cotidiano doloroso, incapaz
de comprender que por más que
obedezcas, sexo no es amor y un
set de filmación nunca será una
casa.
El rosario

Nunca se sintió tan


perturbado como el día que su
abuela le regaló el rosario.
Ocurre que cuando uno es
pequeño, no puede decidir si los
regalos le gustan o no. No puede
elegir vestirlos o guardarlos en un
cajón, y fue por eso que cuando la
abuela le puso el rosario
alrededor del cuello, con la
solemnidad del verdugo que viste
con la horca el cuello del impío, ni
siquiera pudo opinar.
La abuela dijo que ahora, Dios
podía ver todo lo que él hacía.
Todo.
Bajó la vista y sobre su pecho
se encontró con el rostro de Jesús
crucificado y se preguntó si así
lucirían todos los hombres a los
que Dios observa. La figurilla
había sido tallada sobre el nácar
con tanta precisión, que hasta
pudo ver la luz escapando de los
ojos de Cristo.
Aquel día intentó portarse
bien, lo mejor posible, más por
miedo que por convicción. La idea
de tener al ser más poderoso de
todo el Universo (más poderoso
que los Thundercats, que Rayden
y Superman) observándolo todo
el tiempo, lo asfixiaba.
Tenía mucho en qué pensar,
pero no se animaba. La abuela no
le había explicado si Dios también
podía leer sus pensamientos y él
sentía vergüenza hasta de hacer
pis.
Rezó antes de comer y le dijo a
Dios que le diera una señal, si es
que podía leerle la mente. Una
señal chiquita, por lo menos,
porque tenía muchas cosas en la
cabeza y poco tiempo para
resolverlas.
Las señales nunca llegaron.
Se metió a la cama porque su
madre había dicho que era tarde,
pero no se durmió ni un ratito,
como esa noche que se había
quedado esperando a los Reyes
Magos.
Pensó mucho y también lloró,
porque recordó cosas que alguna
vez fueron lindas, pero que ya no
podrían suceder de nuevo porque
Dios lo estaba mirando.
El sol lo encontró vestido con
la ropa de la escuela. Se preparó
la chocolatada, se hizo dos panes
con manteca no les puso azúcar,
aunque su madre no estuviera por
ahí. Ocurre que cuando uno esta
triste no tiene fuerzas ni para
desobedecer.
La mañana estaba fresquita.
Pedaleó, entrecerrando los ojos,
porque le gustaba pensar que iba
a clases montado sobre el lomo
del dragón Falkor, aunque la
imaginación le costara un poco
más ese día.
¡Llegaste! Le gritó Nicolás
cuando lo vio. Se le acercó
corriendo y enseguida se arrodilló
y abrió la mochila y sacó el
cuadernito con las historietas que
escribían juntos.
Nicolás dibujaba y él
inventaba las historias.
―¡Pará!―, exclamó, metiendo
la mano por el cuello del buzo
para agarrar el rosario. ―No nos
podemos juntar más.
Nicolás hablaba sin parar de
un personaje nuevo y revolvía la
mochila y sacaba lápices de
colores y hojas sueltas, llenas de
dibujos, y los iba acomodando ahí
nomás, sobre las baldosas grises
del patio de la escuela.
La voz de su amigo retumbó
en su cabeza como un balazo.
No supo por qué, le dolió la
panza, como si por dentro fuera
de fuego. Levantó los ojos y
cuando habló, su voz era de
vidrio.
―¿Por qué? ¿Qué te pasa?
―Porque tengo esto, que me
dio mi abuela. Y ahora Dios me
puede ver siempre.
Nicolás se puso de pie y
examinó el rosario que le
mostraba su amigo, ese artefacto
misterioso que podía controlarle
la mente. Seguramente, estaba
embrujado.
―Sacátelo―, lo desafió,
aunque su voz sonaba más como
una súplica.
―No. No puedo.
―Sacátelo un ratito. Dale. Así
nos podemos despedir.
Demoró en decidir y
finalmente, se lo quitó. Nicolás se
abalanzó sobre él y lo abrazó con
todas sus fuerzas y pudo sentir su
estómago, temblando, y su
respiración entrecortada.
―Te voy a extrañar mucho―,
le susurró al oído, y antes de
soltarlo, le dio un beso en la
mejilla.
―Yo también―, respondió él,
y por el rabillo del ojo vio su
propio rostro, multiplicado mil
veces en los dibujos de Nicolás,
que se desparramaban por el
patio por culpa del otoño.
POLEN
No me duele lo que me hayas
hecho,
sino todas las cosas que no te
animaste
a hacer conmigo.
11 de octubre

Cruzaban el estacionamiento
en dirección al sector de
embarques internacionales.
Augusto iba en silencio, con los
ojos fijos en la pantalla del
celular. Manuel caminaba detrás
de él y lo observaba, pensando
cuál sería la palabra indicada para
decir que uno siente rabia y
tristeza y esperanza al mismo
tiempo.
Maldijo el aparato al que
Augusto le prestaba tanta
atención, mientras él andaba a sus
espaldas, arrastrándose,
adentrándose en un río de agua
turbia como pez que persigue la
carnada, con el cuerpo exhausto
de nadar contracorriente.
Lo único que podía consolarlo
en ese momento era un último
abrazo que, por algún motivo, no
se animaba a pedir, por miedo al
caos.
Manuel quería un beso
honesto, un último te amo, una
memoria acústica para atesorar
hasta que volvieran a encontrarse.
―Decime algo.
Augusto levantó los ojos y lo
observó, extrañado.
―¿Qué te puedo decir? Ya nos
dijimos tanto.
―¿Por qué siento que nunca
me alcanza? ¿No te duele un poco
lo chiquita que se ve nuestra
historia a la distancia?
―Como las estrellas.
―Pero esto, esto que somos y
que no tiene nombre, ¿se va
volviendo enorme a medida que
uno se aproxima? ¿Hierve?
¿Acaso enceguece?
―No te preocupes tanto. El
amor no tiene tamaños. Sucede o
no, así, sin más. No importa de
qué tamaño sea este amor. No te
olvides que los recuerdos tibios
vienen en frascos diminutos.
―El veneno también,
Augusto.
―No digas eso, Manuel. No
digas nada más. De historias
diminutas está hecho el mundo. Si
algo te perturba, será la ilusión
del tiempo, la mentira del
espacio. Ese aferrarte a la carne
que no te permite confiar en la
eternidad de lo que sucede entre
dos almas que ya no saben si son
dos, o una, o millones al mismo
tiempo.
Las palabras de Augusto le
sacudieron el pecho.
―¿Nos vamos a volver a ver?
―Cada vez que cerremos los
ojos―, respondió él, sonriendo.
―Tu foto está acá, Manuel: en el
espacio que sobra entre mis
párpados y mis pupilas.
Manuel sintió como si los
dedos se le llenaran de hormigas
y pensó en lo difícil que era
desprenderse del cuerpo. Cuando
habló, oyó su propia angustia.
―Pero… ¿nos vamos a volver
a encontrar? Te voy a extrañar
tanto, Augusto.
―Encontrar significa en
contra. No nos encontremos
nunca: veámonos. Y que para
vernos, alcance con cerrar los
ojos. Así podremos continuar
nuestros caminos sin perdernos
de vista, recordarnos sin
extrañarnos. No debemos
extrañarnos, Manuel. Extrañar es
una cosa tan inútil. Extrañar es,
sencillamente, convertir al otro
en un extraño.
―Pero cómo hago, Augusto.
La poesía que nos acunó antes,
ahora me traiciona, y no sé cómo
defenderme.
Augusto lo observó con
compasión.
―Desprendete de tu cuerpo,
Manuel. Reconocete algo mucho
más grande y entendé que los
placeres de los sentidos no
pueden atarte a esa jaula de carne
y hueso. Sólo así podremos
experimentar el milagro de
invocar nuestra imagen cada vez
que nos necesitemos. De otra
forma, no restará nada más que la
ansiedad del carnal encuentro y la
desdicha de haber extrañado
demasiado.
Sus ojos húmedos levantaron
puentes de luz y arrastraron sus
cuerpos a la colisión eléctrica.
A pesar de todos los
pronósticos, aquel último abrazo
resultó parecerse más a la paz que
al caos.
La muerte de la Reina

Ahí está. Escuchá cómo suena


el hielo cuando el vodka le llueve
encima.
Me llevo el vaso a la boca y
¡ay!, arde. Arde como una llaga en
la garganta, porque el vodka es
baratísimo.
Arde cuando llega al estómago
y también arde cuando me saco el
vaso de la boca. Me limpio con la
manga del buzo porque a nadie le
importa si se ensucia.
Puse los dedos sobre la
Olivetti vieja y fue como si las
teclas no pesaran nada. Con ritmo
militar, la máquina iba marcando
las letras sobre el papel.
El 12 de octubre es el día que
elegí para la muerte de Sara
Soler, tipeé.
Necesito otro vaso. Doble.
Azoté la puerta del
congelador, que hizo un ruido
sordo, como una silla que cae
sobre una alfombra.
Solté los cubos de hielo dentro
del vaso y ¡ay!, cómo me
entusiasma ese sonido. Son como
campanitas; como las notas más
agudas de un xilofón.
Inclino la botella despacito,
apoyo el pico sobre el borde del
vaso. El vodka toma impulso
desde el fondo, como una ola
encerrada en un útero de vidrio. Y
ahí viene, como el mar que llega a
la playa, descontrolado. Cae
adentro del vaso y ¡cling!, las
campanitas, y ¡ay!, cómo arde.
Cuando trago, mi pecho se
pone eléctrico y los músculos de
la garganta se relajan. No podría
gritar, aunque quisiera. Mi cuerpo
es blando, pero espeso, como una
ciénaga. Suelto el vaso vacío
sobre la mesa de pino y el sonido
es como un balazo.
Ese día me senté a esperarla
en la plaza, tipeé. La vi salir con el
pañuelo rojo alrededor del cuello
y anteojos de sol parecidas a los
que usó Audrey Hepburn en
Desayuno en Tiffany. Hasta tenía
el cabello recogido.
Me puse de pie y la seguí.
Dobló en Suipacha, dirección a
Santa Fe. Me asusté cuando creí
que iba a subirse a un taxi, pero el
semáforo la habilitó y ella cruzó y
yo también crucé, invisible en un
mar de oficinistas.
Sara Soler lucía hermosa
como siempre. Yo no quería
matarla.
Agarro el vaso, me lo llevo a la
boca y maldigo al encontrarlo
vacío. Me pongo de pie,
rezongando, con el cuerpo
adormecido (excepto los dedos) y
saco el vodka de la heladera.
Miro la etiqueta. Creo que ni
siquiera el nombre es ruso. El
Chino lo vende a veinte pesos, yo
debo ser el único que lo lleva.
Saco hielo suficiente y me
llevo todo a la mesa. ¡Clank!, hace
la cubetera.
A través de la botella
transparente veo la imagen
enmarcada de una pasionaria en
flor que cuelga de la pared.
¡Cling!, hace el hielo que cae
dentro del vaso y cómo me gusta
ese sonido, que es como el barullo
que hacen los adornos de
caracoles que cuelgan en las
galerías de las casas junto al mar.
El vodka se acomoda en el
vaso, reptando entre los cubos,
como una serpiente, o más bien
como una sombra gris y borrosa.
¡Ay!, mi garganta, y ¡ay!, mi
estómago, y la gota de vodka se
resbala y rueda por la comisura
de mi boca hasta este buzo sucio.
Siento que mis muslos se
hacen blandos y se desparraman
sobre la silla, ¡Crack!, hace la
espalda, y ¡crack!, hace el cuello.
Sonrío, no sé por qué. Sonrío para
nadie, con el ceño fruncido.
Qué sonrisa siniestra.
La vi encender la luz del
departamentito del primer piso
minutos después de que entrara
al edificio, tipeé.
Agarró el teléfono ocho y
veinte. Si había algo que amaba
de Sara Soler era su puntualidad
hasta para la costumbre.
Seguramente ordenaría comida
chatarra y se pasaría un par de
horas frente al televisor,
olvidándose de todo.
Olvidándose, también, de mí.
Sara Soler, temo que me
olvides. Por eso tengo que
matarte.
Me distraje observando la
marca del vaso sobre la madera y
sobre tantas otras aureolas secas.
Decenas de hologramas de
testigos de vidrio por toda la
mesa. Me sentí avergonzado y por
eso bebí más y ¡ay!, el carbón
líquido rodando por mi garganta,
ensombreciendo mi voz, que ya es
ronca y débil.
Pero qué importa la voz
cuando el cuerpo se adormece.
Mientras mis dedos se muevan,
todavía podré escaparme de todo
esto que no quiero ser.
Un, dos, un, dos; la Olivetti le
daba latigazos de hierro al papel.
Suenan el vodka, las campanitas
de hielo, y entonces el rostro
hierve y los ojos se van cerrando y
la boca empieza a salivar.
Tengo su pedido, tipeé.
Vi a Sara Soler salir del
edificio, desconcertada, porque la
comida suele llegar entre las
nueve y las nueve y media.
La agarré tan fuerte como
pude, le cubrí la boca para que no
gritara. Hacé silencio, le dije.
Me la llevé al ascensor, que
era como una jaula para pájaros
gigante, y ahí estaba ese pobre
pichoncito, mirándome con un
horror que nada tenía que ver con
esos otros ojos suyos, que se
ponían brillantes cuando,
recostada junto a mí, instantes
antes del amanecer, me pedía que
leyera otro poema. Son tan
hermosos los ojos de Sara Soler
cuando le leen poemas.
Ahí viene la Reina, le
murmuré al oído. Con sus manos
tibias, como el sol en sus trenzas.
Ahí viene la Reina, con sus
dientes blancos que muerden los
duraznos que sangran sobre sus
labios. Miren a la Reina, recité.
Miren cómo sonríe y enciende la
casa, oigan cómo murmura una
canción de sirena. Miren cómo el
Rey mira a la Reina, que ahora
viste su cuello con un pañuelo
rojo de seda. ¡Oh, maravillosa
Reina! ¡Has escogido la horca
perfecta!
Un retorcijón en el estómago
me acobardó. Serví más vodka en
el vaso sin hielo y continué
escribiendo.
La jaula llegó al primer piso y
la Reina y yo entramos al
departamento, apenas iluminado
por ese velador junto a la ventana
por donde la observé cenar tantas
noches.

Quise agarrar la botella de


vodka y la tiré sobre la mesa y ahí
nomás maldije a mi madre. Un
poco cayó sobre mis cuadernos y
puso grises las hojas de Alicia en
el País de las Maravillas.
Agarré el vaso con tanta
fuerza, que hasta pensé en el
cuello frágil de Sara Soler
envuelto en el pañuelo rojo y los
ojos se me llenaron de lágrimas.
¡Cling!, el hielo, y ¡ay!, mi
estómago. Media botella y aún no
lo suficientemente en paz, pensé.
Escuché fuegos artificiales y
me arrimé a la ventana. Cuando
consulté el reloj, eran las doce en
punto.
La metí en el dormitorio sin
sacarle la mano de la boca.
Aunque estuviera aterrorizada,
Sara Soler lucía preciosa.
Ojalá pudiera explicarle
cuánto miedo siento, porque yo
no quiero que Sara Soler se
muera, pero tampoco quiero que
me olvide. No sé cómo llegamos
hasta aquí, si hasta hace unos
meses tomábamos vino bajo las
estrellas.
¡Ay, mi garganta!
Enredé el pañuelo entre mis
dedos, robándome todo el espacio
que sobraba entre la seda y el
cuello blanco y delgado de Sara
Soler.
Aprieto fuerte y cierro los
ojos. Soy un león y la Reina es un
antílope.
Siento su cuerpo temblando
debajo del mío, retorciéndose
como un insecto alcanzado por un
golpe certero.
Sara Soler era un insecto.
Aferro las piernas a los flancos
de la cama y con la mano libre la
sujeto, arrinconándola en las
oscuridades de mi piel sudorosa.
Abro los ojos y me encuentro
con los suyos. No eran ojos de
insecto, ni eran ojos de antílope.
Eran los ojos pardos de Sara
Soler.
¡Mierda!, la A de la Olivetti
volvió a fallar y el latigazo de
hierro quedó a medio camino
entre la máquina y el papel.
El vaso estaba vacío y todo
aquello me pareció excusa
suficiente para darle un puñetazo
a la mesa.
Serví más.
¡Ay!, mi garganta.
Vuelvo a servirme y ¡cling!, el
hielo, y ¡pum!, la botella sobre la
mesa de madera.
Me limpio la boca con el buzo,
lo huelo y me doy asco.

Ahí estaban sus ojos y ahí


también estábamos mi mano
envuelta en el pañuelo rojo de
seda y yo. Pobre Sara Soler.
Por favor, murmuro, no te
olvides de mí.
Aprieto con fuerza, cierro los
ojos otra vez, no quiero ver; soy
león, Sara Soler es antílope y es
insecto y ¡crack!, su garganta, y
¡ay!, mi corazón.
Sara Soler ya no se mueve. He
matado a la Reina.
¡Ay!, el vodka.
Ya casi no hay.
Se me retuerce el estómago y
más se me retuerce el alma,
porque Sara ya no se mueve y yo
tampoco me puedo mover. Mi
cuerpo se ha vuelto piedra de
repente.
Lo que queda en la botella no
llega al vaso antes de rodar por
mi garganta. Ese nombre ni
siquiera es ruso, pienso, cuando
la largo sobre la mesa.
Otros veinte pesos me ha
costado matar a Sara Soler.
La dejo sobre la cama y corro,
desesperado, llevándome las
llaves del departamento.
El viento de la calle, que me
pega en la cara, me tranquiliza.
Antes de cruzar, saco la
billetera y cuento el dinero que
me queda.
Veinte pesos, murmuro,
aliviado, sabiendo que mañana
tendré que volver a matar a Sara
Soler.
No me conquistes

No me conquistes. No necesito
tus barcos, no me hacen falta tus
armas. No quiero verte llegar a
mis costas para arrasar con mis
montes, no quiero verte abrasar
mi civilización.
No quiero tu dios ni merezco
tus mártires. Tus espejos nada
saben de mi reflejo translúcido
que se acuesta a dormir sobre el
cristal del río manso. Tu
conquista huele a pólvora, y yo
soy flores de naranjo. Yo ya
existía mucho antes de que tus
botas se hundieran por primera
vez en la arena de mis trópicos.
Habitame despacio, mostrame
las fotos que te acompañan y los
mapas de la tierra que te vio
nacer, pero no me conquistes.
Que tu historia me maraville, no
me doblegue. Sé forastero
misterioso al que quiera
acercarme, jamás feroz
conquistador que me obligue a
desaparecer en la espesura de la
niebla.
Adentrate sin prisa en mis
senderos. Maravillate con las
cascadas que serán tu pila
bautismal. Contemplá mis
estrellas en silencio y perdoná
mis tormentas de verano. Que
mis cuevas sean refugio, nunca
empresa. No podrás comer el
fruto de mis árboles si no te
conmueve la semilla que germina,
la tierra que los parió.
No me conquistes. Conquistar
es asolar, y me urge ser verde. La
savia de mi monte será remedio
cuando necesites sanar.
7 de junio

Lo vio por casualidad.


Cruzaba Avenida de Mayo y
Augusto estaba en la puerta del
Café Tortoni, mostrándole el
edificio a alguien que le sostenía
la mano y le sonreía.
Recordó la tarde que fueron al
Tortoni y pensó en todas las
explicaciones rebuscadas sobre
arquitectura, que ahora debía
estar repitiendo para impresionar
a alguien más.
Recordó el sonido de su R
cuando decía increíble.
Recordó la sonrisa en sus
labios cuando algo lo conmovía.
Recordó lo lindo que era
sostenerle la mano.
Augusto también lo vio por
casualidad. Se puso nervioso,
Manuel también, pero ocurre que
cuando dos miradas que se
extrañan vuelven a encontrarse
así, por acaso, es porque algo
grandioso debe ser dicho.
Manuel se acercó con la
sonrisa más ancha que sus labios
podían dibujar y los brazos
extendidos.
Le dio un abrazo tan fuerte,
que el pibe que estaba con él le
soltó la mano y dio un paso atrás,
que es lo que hacen las personas
cuando atestiguan el final de un
relato maravilloso.
Lo rodeó con sus brazos un
rato largo y sintió que se le
ablandaban las piernas. Sintió el
latido del corazón de Augusto
sobre su pecho, siempre
demasiado acelerado.
―El amor mutó―, murmuró
Manuel.
Le sonrió y se alejó
caminando, sin mirar atrás.
Pasó frente a una vidriera y se
detuvo a mirar unos libros y ahí
estaba su reflejo, sobre el cristal
traslúcido.
Tenía cara de cuando te tomás
una cerveza fría en la terraza un
dieciséis de diciembre a las seis
de la tarde y es viernes y estás
descalzo y tenés la cara llena de
sol, como esos nenes que vuelven
cansados de la playa, envueltos en
toallas enormes, con la boca llena
de carcajadas, agarrando
galletitas dulces de un paquete de
surtidas que se mojan cuando
meten las manos mientras ellos
se ríen porque están contentos de
haber pasado una siesta en el río,
jugado juntos.
Así de lindo había sido
conocerlo.
El hornero

El hornero apareció
acurrucado entre mis ramas secas
la mañana después de la
tormenta. Yo estaba más cerca de
ser leña que monte, pero la
imagen del pájaro herido me
conmovió tanto, que elegí no
morir.
Dijo que venía de lejos,
escapando de las flechas de un
hombre que le habían rozado las
alas.
Estiré mis ramas tanto como
pude y le fui llevando agua de
lluvia y frutos frescos que robé de
otros árboles.
Él comía en silencio.
Por las noches, torcía mi
tronco para que pudiera anidar,
protegido del viento helado. Yo
quería salvarlo.
Madre Tierra, susurré, dame
fuerzas. Dame alimento y dame
agua, que hay un hornero herido
entre mis ramas y me urge oírlo
cantar.
Cuando pudo moverse, me
pidió prestados unos gajos y se
pasó la siesta dándole forma al
nido. Yo lo observaba
maravillado.
Me enamoré de las manchas
café alrededor de sus ojos. Me fui
quedando dormido y, esa noche,
soñé con el campo ancho y
caliente que lo había visto nacer.
Me despertó la melodía. Abrí
los ojos y estiré las ramas y
¡cuánta felicidad! El pájaro estaba
de pie y le cantaba al cielo.
Buenos días, dijo el hornero.
Buenos días, respondí.
Saltó y batió las alas,
intentando volar. Lo atrapé una y
otra vez, mientras le pedía que
hiciera fuerza. Yo quería verlo
apoyar las patas en las ramas
invisibles del viento.
Poco tiempo después, se
animó a bajar.
Juntó barro con el pico y el
nido se hizo hermoso, redondo
como una fruta, o más bien como
el mismo sol, porque también era
luminoso y tibio, tan tibio que
reverdecí. Ya no estaba muerto,
ya no quería ser leña. Quería ser
árbol de tronco fuerte.
Quería ser casa.
Buenos días, dijo el hornero.
Buenos días, respondí.
Me temo que hoy he de partir,
silbó. Mis alas están curadas y el
verano está próximo. Hay muchas
cosas que quiero ver, y ahora
puedo hacerlo porque he sanado.
Me salvaste la vida, árbol.
Volveré a mi tierra y le contaré a
los míos sobre vos. Les hablaré de
tus ramas fuertes que me
cobijaron y de las frutas y el agua
que me regalaste. Te recordaré
hasta el último día y me
aseguraré de que los que me
aman, te amen también a vos.
Batió las alas y levanté los
ojos para verlo alcanzar el cielo.
Era tan hermoso, que no quería
que se fuera. No quería perder la
excusa que había encontrado para
no ser leña, la razón piadosa que
me permitió sobrevivir.
Yo deseaba esa libertad suya
que ahora me lastimaba tanto y
no dije nada. Los árboles tristes
sólo sabemos hacer silencio.
El hornero se fue para
siempre.
El nido entre mis ramas
permaneció deshabitado, testigo
de tierra del pájaro que alguna
vez amé y que ahora era memoria.
Madre Tierra, susurré, dame
fuerzas. Dame alimento y dame
agua, que hay un hornero libre en
algún lugar del monte y me urge
oírlo cantar otra vez.
Fernweh

―Tengo fernweh de vos―,


dije.
―¿Fernweh? ¿Qué es eso? ―,
preguntó Salvador, del otro lado
del espejo.
―Es una palabra en alemán.
Significa la nostalgia por un lugar
en el que nunca has estado. Tengo
fernweh de vos cuando miro una
foto o escucho tu voz, ¡qué me
importa no haberte habitado
nunca! Y si acaso los hombres
somos universos pequeños,
también tengo fernweh de tus
estrellas.

Salvador apareció en el espejo


la noche que, exhausto de tanta
miseria, me senté a llorar en mi
dormitorio, solo, con el estómago
vacío.
―¿Qué pasa?―, me preguntó.
Primero tuve miedo, pero
entonces le vi los ojos, que no
eran los míos, no. Esos ojos suyos
brillaban sin lágrimas. Eran
luminosos, como si toda la noche
estuviera atrapada ahí adentro.
―Acá está todo muy gris―, le
conté. ―¿Puedo cruzar? ¿Me
hacés un lugar para quedarme con
vos?
La duda fue un puñado de
hormigas que trepaban desde su
pecho hasta sus orejas. Yo las vi:
eran negras y eran diminutas.
Entraban y salían de su cabeza,
desesperadas, como si alguien les
hubiera pateado la casa.
Como si alguien le hubiera
pateado el cráneo.
Salvador suspiró.
―Acá también está todo
gris―, dijo por fin. ―Y las
hormigas, a veces, muerden
fuerte. Pero si venís, podremos
hacernos compañía. Vos podrás
cuidar de mis hormigas y yo
podré cuidar de las tuyas.
La ciudad dormía y los
corredores de cemento eran
albergue para los desamparados.
Saqué la mochila y la llené de
cuadernos y plumas, que era todo
lo que tenía.
Salvador se hizo a un lado
para dejarme pasar. Primero metí
un pie y sentí como si estuviera
hundiéndome en el barro.
―¿Tenés miedo?―, preguntó.
―Mucho―, confesé.
―Este gris que nos asfixia es
un bosque. Y lo que ocurre con los
bosques es que uno sólo puede
internarse hasta la mitad.
Después de eso, no queda más
que salir. A lo mejor este espejo
sea la mitad de nuestro bosque.
Extendió una mano y me
aferré a sus dedos tibios. Estiró y
yo cerré los ojos. Mi nariz y mi
boca se llenaron del barro del
espejo y demoré mucho para
volver a mirar.
Me encontré en una habitación
circular, con el techo alto y las
paredes de madera. Ya no era de
noche: el sol de la mañana,
recortado por el rectángulo de la
ventana, caía sobre el piso como
una alfombra de luz.
Todo allí era del color del
maíz. Había un desayuno servido
sobre un mantel de lona y
Salvador me esperaba, sentado a
la mesa, con una sonrisa en el
rostro.
―¡Me mentiste!―, reclamé.
―Me dijiste que aquí también era
todo gris.
―Era―, respondió Salvador, y
sirvió café para dos.
3

―¿Qué ocurre?―, me
preguntó Salvador, que me vio los
ojos tristes.
―Me preocupa mi mundo.
Allá, todo está mal. Los que
trabajan no tienen pan y los que
se mueren no tienen remedios.
Existen reyes y dueños, y ellos
viven cada día mejor. Y mis
vecinos son castillos de arena
bajo la tormenta.
―Todo el sol que falta allá, en
tu tierra, duerme en el hueco de
nuestras manos cuando tus dedos
y los míos se trenzan. Acá,
estamos a salvo. En esta casa,
sobre esta cama, entre estos
libros estamos a salvo. La duda es
una batalla entre despertar y
permanecer. Si permanecés, el
refugio es eterno.
―¿Y si despierto?
Salvador sonrió.
―Si despertás, volverás al
mundo. Y el mundo nunca fue un
refugio para quienes aman.

―¡Han cerrado el periódico de


la ciudad! La escuela está tomada
por los estudiantes y las fábricas
por los empleados―, exclamó
Salvador, revolviendo los cajones.
―Tengo que ir allá. Tengo que
ayudarles.
―¡No vayas!―, le supliqué.
―No te despiertes. Te van a
lastimar.
―¿Qué te hace pensar que los
golpes en el cuerpo duelen más
que los golpes en el alma?
Enfrentar a quienes nos quieren
diminutos es nuestro deber.
Encontró sus armas, las
guardó en el bolso, me besó y
salió de la habitación. Mientras se
iba, escuché el sonido de la
cámara de fotos golpeando
suavecito la tapa dura del
cuaderno.
Es que las armas de Salvador
fueron siempre las imágenes y las
palabras. Cada quien elige con
qué balas defenderse.

―Me volvés loco.


―¿Loco? ¡No, por favor!―,
suplicó Salvador. ―Eso no existe,
y yo no quiero extinguir tu
existencia. Lo que ellos llaman
locura no es más que la
posibilidad de vivir de otra forma,
de jugar otros juegos. De escuchar
al Universo con otros oídos. Vos a
mí no me volvés loco; me volvés
cuerdo, en todo caso. Eso es lo
que sucede cuando dos personas
que perciben el mundo en la
misma frecuencia, se encuentran.

―Algún día me vas a dejar de


amar―, sentencié.
Salvador me abrazó por detrás
y sus palabras llovieron sobre mis
oídos.
―No se deja de amar.
Nunca―, me advirtió. ―Sólo se
empieza a amar diferente. Como
de lejos. A veces, asustado; otras
veces, en paz. Por favor, no temas
amar diferente. Mucho más
miedo debería inspirarte esa
ficción aterradora que es dejar de
amar por completo.

―Gracias, Salvador.
Salvador me observó con unos
ojos llenos de flores y una sonrisa
que era luna.
―¿Por qué?
―Por todo. Por estos caballos
que me galopan en el pecho
cuando rozamos las narices. Y
también por ese sol que me
amanece en la panza y llena cada
rincón, como si mi cuerpo fuera
una playa donde un montón de
nenes flacos juegan a ser
futbolistas y visten camisetas de
huesos y hasta alcanzan a oír los
aplausos entre las olas bravas.
Gracias por la electricidad que me
hace chispas en los dedos cuando
se encuentran con tu piel morena,
que me acelera el pulso, que me
engrandece el pecho, que me hace
sonreír sin importar la hora. Por
fin te encontré, Salvador. Saberte
vivo me ha reverdecido.
―Pero vos ya eras verde,
creéme. Siempre fuiste. Puede
que lo hayas olvidado el día que la
tierra de tus raíces comenzó a
agrietarse. Menos mal que me
dejaste lloverte encima.
―Menos mal―, repetí. ―Tu
amor es la victoria en esta guerra
contra mí mismo.

Permanecimos en la playa,
semidesnudos, hasta que el sol
comenzó a hundirse en el
horizonte húmedo del mar.
―Mirá qué lindo―, le dije, en
el momento exacto en que los
rayos pintaban la espuma del
color del maíz.
―Es hermoso. Sacá una foto.
Agarré el teléfono y lo levanté
en dirección al paisaje. Enseguida,
sentí el peso suave de la mano de
Salvador, obligándome a dejar el
aparato.
Me corrió el flequillo de los
ojos, me quitó los anteojos y
señaló la moneda de fuego.
―Sacá una foto―, repitió.

9
Los vecinos dijeron que hacía
mucho no lo veían por el barrio,
que ya no andaba por los
almacenes, ni se lo encontraban
en la fila de la verdulería.
Cansado de esperar el dinero
del alquiler, el dueño de la casa le
hizo tirar la puerta abajo.
Contó una vecina que el
departamento de Lázaro estaba
todo revuelto y las plantas habían
crecido sin control y se habían
apoderado de las paredes, de los
muebles y la alfombra.
―Y el espejo―, comentó la
mujer, la tarde que los vecinos se
reunieron en la despensa―.
Cuando tiraron la puerta abajo y
entraron, lo más extraño era el
espejo. Brillaba como con luz
propia, como reflejando estrellas
que nosotros no alcanzábamos a
ver. Y en el suelo, al lado del
espejo, estaba el cuaderno del
muchacho, abierto en la última
página. Habían anotado un par de
palabras, como quien escribe a las
apuradas, antes de salir
corriendo.
―¿Y qué decía?―, quiso saber
doña Luisa, separando piezas de
pan de un canasto de mimbre.
La vecina sonrió un segundo,
como con ternura, como quien
cierra los ojos una noche de lluvia
y alcanza a ver el sol.
―El cuaderno decía que por
fin. Solamente eso,
por fin.
Sempiterno

Qué inútil resultó darle


batalla a los trozos de nosotros
que se esconden detrás de los
muebles, allá adentro, en la
memoria. Con qué ímpetu me
entregué a la tarea innecesaria de
abrir los cajones de la angustia,
las puertas de cristal de ansiedad,
los armarios de la rabia, todo con
tal de borrar cada rastro de tu
presencia. Con qué absurdo
entusiasmo quise darle batalla a
los instantes de complicidad entre
vos y yo, entre tus dedos y mi
rostro, entre tus dientes y mis
lóbulos.
Recién ahora vengo a saber de
la resiliencia de la ternura y acaso
también me entero que la rabia es
la piedra que siempre pierde
contra un papel de renglones
kilométricos, llenos de cartas que
te escribo por dentro, después de
las doce, cuando el silencio de la
casa es quebrantado por el
barullo sempiterno de los
recuerdos, como grillos
escondidos entre los libros.