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Al encuentro

de la vida
Diario de un peregrino

Francisco J. Castro Miramontes

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Versión electrónica

SAN PABLO 2012


(Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
E-mail: ebooksanpabloes@gmail.com
comunicacion@sanpablo.es
ISBN: 9788428540728
Realizado por
Editorial San Pablo España
Departamento Página Web

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Al ser humano,
peregrino de la vida,
que hace de su existencia
un camino sembrado de paz,
amor y esperanza.

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Prólogo

Nuestra condición de peregrinos pertenece a este mundo que pasa. Caminamos, a través
del encuentro con nosotros mismos, hacia el encuentro con Dios. Caminamos. «Hacemos
camino al andar». Pero el peregrino no es solamente un caminante. No busca como este
una simple vivencia o una, más o menos, profunda experiencia, cuanto una oferta de fe.
El Camino es un arte y la peregrinación es un desafío.
El peregrino fundamenta su camino en la verdadera espiritualidad cristiana, que se
enraíza, a su vez, en los principios, siempre radicales, del Evangelio. La peregrinación
posee una mística y una ascética que le son propias. Sus raíces se hallan en la Sagrada
Escritura y su antropología, por tanto, tiene un marcado carácter religioso. Caminar a
Compostela, con todo lo que conlleva de espíritu penitencial y comunión con Cristo, por
Cristo y en Cristo, confiere al peregrino una impronta muy especial. Esto le llevará a un
cambio de vida tan radical que su existencia, tomando nuevos derroteros, se adherirá
para siempre a los compromisos y valores que lleva implícito el mandamiento del amor.
Es cierto que hay otras formas de «caminar» a Compostela y que pueden resultar
enormemente atrayentes y gratificantes desde el punto de vista turístico; incluso
particularmente interesantes desde una perspectiva meramente humana, pero vacías de
contenido espiritual cristiano. El caminante será así un «senderista» pero no será nunca
un peregrino.
El peregrino es aquel que va dejando sus huellas en el camino de la vida como testigo
del mensaje cristiano, siendo fermento de libertad y progreso, de fraternidad y justicia en
su condición histórica.
En este sentido, la presente obra propone un modelo antropológico: el hombre cristiano,
y consecuentemente una ética concreta: la ética cristiana. Y esta tiene una praxis
inmediata, que conducirá a la realización personal del ser humano como ser creado
imago Dei. Solamente, por tanto, a partir de esta praxis, que hunde sus raíces en el
Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, se establecerán los instrumentos de diálogo,
colaboración y desarrollo, necesarios para el desarrollo integral de la persona y,
consecuentemente, para la construcción de un mundo mejor, abierto a la trascendencia.
El desafío del peregrino consiste en manifestar al mundo la verdad que habita en el
corazón del hombre nuevo y cuyos frutos inmediatos se plasman en la vida cotidiana
mediante actos de amor y a través del ejercicio y defensa de la justicia y la paz, que en
muchas ocasiones implica padecer persecución.
Quizás en estas páginas pueda el lector tener dos percepciones, mezcla de añoranza y
perspectiva de futuro. Añoranza, para aquellos que ya han realizado la ruta jacobea.
Ellos tendrán la oportunidad de revivir –con el peregrino del presente diario– el camino
interior, realizado en su día, que conlleva dicho camino geográfico. Asimismo,

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perspectiva de futuro, porque en los largos días de peregrinación, el autor, saliendo «al
encuentro de la vida», con sol, lluvia o nieve... y con tantos y tan diversos compañeros y
compañeras de camino, plasma sus reflexiones, que como deseo inmediato quieren ser,
al mismo tiempo, homenaje y reto para todos ellos...peregrinos anónimos, que han
realizado, o van a realizar próximamente, esta excepcional aventura espiritual.
Tamizando su propia experiencia personal como «peregrino» a través de su sencillo y
ardiente espíritu franciscano, recoge el autor treinta jornadas de camino en igual número
de meditaciones. La experiencia secular ratifica que el tradicional Camino francés, desde
Roncesvalles a Santiago, puede realizarse en este período de tiempo. Partiendo, en cada
etapa, de un texto, que hace referencia a la vida misma querida por el Señor y buscada
por el hombre, medita durante cada jornada acerca de la identidad del ser humano, de su
dignidad particular y de sus actitudes, haciendo de todo ello oración. Se trata de una
invitación a recorrer este camino de profundización dirigida a todos, especialmente a los
más jóvenes. Al atardecer, cansado físicamente del duro caminar, el peregrino podrá
mirar con «los ojos del corazón» la «cruz que rasga el cielo» para sanar, «en medio de la
tempestad», las heridas del alma y, de este modo, preparar el espíritu para un nuevo día
en el que, como todos los hombres y mujeres de buena voluntad, está llamado a
construir, con su palabra y quehacer, los cielos nuevos y la tierra nueva.

FRANCISCO X. FROJÁN MADERO

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Prefacio
Siempre hay un comienzo

A lo largo de mi vida he sentido siempre la necesidad de profundizar en la existencia


como un gran misterio que me es entregado sin un remite, sin saber de quién proviene.
La inquietud de corazón y mi rebeldía intelectual me llevan a buscar nuevos caminos,
nuevas experiencias que puedan ir arrojando un poco de luz sobre este misterio de ser
persona humana en la fragilidad, pero al mismo tiempo en la grandeza de un deseo o
intuición que nos lleva a aspirar siempre a una mayor plenitud.
No soy un aventurero, tan sólo un hombre joven que trata de afianzar la fe en la vida,
una vida que se mueve siempre en la paradoja del día y la noche, el bien y el mal, el
gozo y el sufrimiento. Por eso he decidido ponerme una vez más en marcha, porque
nunca es tarde para comenzar, siempre estamos aprendiendo novedades. Desde hace
años leo con entusiasmo todo lo que tiene que ver con el Camino de Santiago, una ruta
milenaria que a lo largo de los siglos ha sido recorrida por muchas personas en busca de
un sentido para sus vidas o huyendo de la fatalidad de una vida sin norte. Y estas lecturas
me han despertado la curiosidad, máxime cuando pude acceder al relato de las vivencias
en el Camino de Santiago narradas por algunos peregrinos de mi generación.
Por eso mismo, porque la vida compartida es siempre un motivo de esperanza, he
decidido yo también hacerme por unos días peregrino en busca de un sentido más allá de
los destellos del mundo moderno, quizás huyendo de algo, no lo sé muy bien, pero en
búsqueda, siempre en búsqueda, quizás de la libertad, quizás de la felicidad, quizás de
respuestas, quizás en búsqueda de mí mismo. Lo cierto es que aquí estoy, de viaje,
dirigiéndome hacia el norte, y sin saber muy bien a qué voy, qué me encontraré, qué
sentido tiene ponerse a caminar unos 800 kilómetros para dirigirme a un lugar en el
Finisterrae occidental que conocieron y sobrecogió a las legiones romanas en su
expansión imperial.
El ser humano se debate en la lucha por hallar un sentido, la piedra filosofal que nos
otorgue la sabiduría ante el peligro de sucumbir bajo nuestro propio peso, el peso de la
frustración, o bajo el peso de esta sociedad de consumo tan superficial y tentadora. La
duda existencial es consustancial al ser humano, pero también el disfrutar de la
existencia como un auténtico tesoro. Ahora lo afirmo, quiero experimentar lo que es
vivir, sin tapujos ni máscaras, sin imposiciones ni esclavitudes. Quiero sentir la libertad
del viento y la serenidad del campo. Pero más allá de un puro naturalismo me mueve una
fuerza o energía interior que quiero llegar a descifrar. El ser humano es más de lo que se
ve, o parece ser. La desesperanza no es propia de la condición humana, porque siempre
hay un nuevo comienzo, una oportunidad de madurar y arrojar luz sobre esta incógnita

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de ser persona humana. Hoy contemplo el horizonte y veo un camino, y al final del
camino una meta, y sobre la meta un cielo inmenso. Ya he comenzado a caminar en el
deseo, en los sueños, en la esperanza. Este es mi diario: el diario de un peregrino, un
trozo de mi diminuta existencia en el gran universo que nos abarca y abraza. Pero las
palabras no son sino un simple intento de tratar de tomar entre las manos el océano
inmenso. Un corazón en silencio, en cambio, sí es capaz de albergar en sí mismo el
universo entero, la paz y el amor. Siempre hay un comienzo…

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1er DÍA
En busca de la felicidad

De Roncesvalles a Zubiri (20 km)


«Nadie puede detenerse en su camino porque la vida empuja desde dentro». (Cardenal
Martini)

Amanece sobre el valle. La luz tenue de un nuevo día acaricia mis párpados que se ven
traspasados y como descubiertos en brazos del sueño. En el albergue comienzan los
bostezos y el rumor de las personas con las que he compartido techo en esta noche en la
que el nerviosismo me ha intranquilizado. Hoy comienzo mi ruta, mi peregrinación hacia
la tierra de Santiago, en el Finisterrae. Y me siento como un crío que está a punto de ir
por primera vez al colegio. Esta sensación que tuve hace ya muchos años, y que
guardaba en lo profundo de mi memoria, hoy ha despertado al tiempo que los otros
alumnos de esta escuela de la vida, que es el Camino de Santiago, comienzan a preparar
la mochila para esta jornada que a todos nos convoca y nos hace sentir, a mí al menos,
una emoción especial, una especie de inquietud en el corazón que jamás antes había
percibido.
Llego aquí herido por la vida, derrotado por una forma de entender la existencia que me
ha propiciado algunas satisfacciones pero que no acaba de colmar mis ansias de plenitud.
Atrás quedan mis devaneos amorosos, mis luchas en el ámbito académico y laboral tan
aferrado a la competitividad, y mis desenfrenos. Soy hijo de una sociedad y cultura en la
que el hedonismo enarbola su bandera reclutando a secuaces que se dejen guiar por un
«aprovecha el momento» desafortunado, muy distinto a aquel carpe diem que figuraba
en el frontón del templo griego de Delfos. Tampoco la filosofía que tanto estudié me
produce la satisfacción que como gran anhelo me aguijonea por dentro. Así, el Camino
se convierte para mí en un reto, en una ascesis, en una continuación de una búsqueda que
no sé adónde me ha de conducir. Por lo pronto a una ciudad que conozco de oídas y a
través de algunas fotografías.
Una vez surgido y erguido del fondo de mi saco de dormir, contemplo el panorama.
Varios peregrinos apuran para ponerse a caminar. Cruzo una mirada con el peregrino que
ha dormido arriba, en mi misma litera. Me sonríe y me saluda con un «buenos días»
acentuado que denota que este peregrino es de allende los Pirineos. Tan sólo me tiende la
mano y me dice que se llama Rufino y que viene a pie desde su ciudad natal, Asís, en
Italia. Al instante toma su mochila y se despide de todos los demás peregrinos con un
«paz y bien» que me suena extraño, nunca antes lo había oído. Esto me hace comprender
que el Camino es un lugar distinto, un espacio en cierto modo mágico que hace posible

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la comunicación sencilla y sincera que no abunda en la gran ciudad de la que provengo.
La masificación deshumaniza y tiende a hacer de nosotros, en cierto modo, seres
descorazonados, ávidos tan sólo de llevar a cabo nuestros proyectos e intereses
personales.
Una fruta que me traje de casa me sirve de improvisado alimento matutino. Y sin
dilación me acerco a la Colegiata de Roncesvalles. Saliendo del albergue me encuentro
con un peregrino de aspecto germánico que me dice exultante de gozo unas palabras que
no comprendí, pero que me acompañarían a lo largo de la ruta como un estribillo
continuo: «¡Herru Santiagu! ¡Got Santiagu! ¡Deus adiuva nos!». Todo me resulta
hermosamente extraño. En el Pirineo navarro, en la alta montaña, todo tiene un aire
distinto, la naturaleza misma está revestida de un manto de magia y sencillez. Casi se
puede palpar el misterio.
Ya dentro de la Colegiata referida, una iglesia espaciosa en la que las vidrieras del fondo
del templo te van envolviendo e invitando a entrar, contemplo a un grupo de peregrinos
en torno a un hombre vestido de blanco. Titubeando me acerco y me sumo al grupo. Se
trata de un sacerdote que dirige unas palabras a los peregrinos, habla del Camino y de la
fe, de la esencialidad de buscar en el corazón lo que no hallamos en lo externo. Al final
levanta las manos y nos bendice con una oración que luego un peregrino me entregó en
un papel. Se trata de una bendición conocida como «del peregrino» que, por lo visto, ya
desde tiempo inmemorial se impartía sobre los peregrinos que por aquí pasaban hacia
Compostela:
«Señor Jesucristo, que sacaste a tu siervo Abrahán de la ciudad de Ur de los caldeos, guardándole en todos sus
caminos, y que fuiste el guía del pueblo hebreo a través del desierto. Te pedimos te dignes bendecir a estos
hijos tuyos que por amor a tu nombre peregrinan a Compostela. Sé para ellos compañero en la marcha, guía en
las encrucijadas, albergue en el camino, sombra en el calor, luz en la oscuridad, consuelo en sus desalientos y
firmeza en sus propósitos; para que por tu guía lleguen incólumes al término de su camino y enriquecidos de
gracia y de virtudes vuelvan sanos a sus casas colmados de saludables virtudes. Por Jesucristo, nuestro Señor».

No dejo de sorprenderme, un hombre sacudido por las dudas, pero reticente a todo lo que
tiene que ver con lo religioso, como soy yo, se dejó seducir por aquellas palabras. Sí,
decididamente este camino va a ser una experiencia cuando menos novedosa. Antes de
salir, ansioso por caminar, sostengo la mirada a una talla escultórica de madera de cedro
datada en el siglo XIV que representa a Santa María la Real. Inevitablemente pienso en
mi madre, en todo lo buena madre que ha sido para sus hijos, no sé por qué; es la
primera vez que una imagen religiosa me toca el corazón y abre la puerta de mi vida
familiar.
El día comienza a despuntar, el sol de la mañana me alerta de que, pese a la frescura que
baja de la montaña, la jornada va a estar presidida por el calor. En medio de un hayedo
en el valle improviso un bastón para que me ayude en el caminar, un caminar que ahora
inicio entre dudas y al mismo tiempo expectativas. No sé definirlo con palabras exactas.
En estos instantes no pienso, me dejo llevar por las piernas que van a ser durante unas
semanas mis mejores aliadas. Saliendo de Roncesvalles una cruz a la vera del camino
formatea en piedra un nuevo mensaje, las piedras comienzan a hablar, yo debo escuchar.
Poco a poco me voy internando en un espacio salvaje en el que la fuerza de la voluntad

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invita a continuar en busca de alguien con quien poder intercambiar unas palabras. No
comprendo, me cuesta comprender la locuacidad del silencio, este silencio inquietante
que desde hace unos kilómetros me acompaña persistente. Pero sé que él va a ser el
testigo de algunas de mis zozobras, de mis cansancios, de mis dudas. Por eso comienzo a
tantearle tratando de ir acostumbrándome. He oído decir que el silencio es la voz de la
vida que nos convoca a la felicidad. Anoche, en el albergue, una vez que me sellaron por
primera vez la credencial, pude leer una cita escrita en el libro de peregrinos que me hizo
pensar: «El silencio es el eco de tu alma que busca la felicidad…». Tomé nota en un
cuaderno. Algo me dice que acabaré comprendiendo esta máxima.
A mediodía, abatido por el dolor de pies y el sobrepeso en la espalda, descansé junto a
una fuente que sació mi sed. Un poco de fruta y unos instantes de sombra bajo un roble
fueron mi primer bálsamo. Al poco tiempo pasó por el camino un peregrino. Se acercó y
me saludó. Era Rufino, el peregrino italiano que conocí por la mañana en el albergue.
Sonreía, me preguntó qué tal iba. Le ofrecí una fruta y la tomó con agradecimiento, pero
continuó su camino despidiéndose con un «hasta siempre». No deja de ser curioso, acabo
de comenzar la jornada y ya he tenido la ocasión de cruzar breves palabras, sonrisas y
miradas con algunas personas desconocidas, en especial con este alegre peregrino que
lleva ya sobre sus espaldas el peso de miles de kilómetros. El lenguaje del Camino se
construye en base a detalles sencillos pero profundamente significativos.
El pensamiento inquieto de otrora se fue tornando poco a poco en mero murmullo que
aquieta su eco. Ya no pienso: siento, respiro, percibo, experimento. El Camino ya está
haciéndose en mí al tiempo que yo le voy haciendo a él. Salir de uno mismo, atreverse a
salir de las propias posturas de comodidad es un riesgo, una aventura, pero siempre se
acaba logrando comprender sin palabras algunas de las realidades que nos circundan.
Acabo de llegar al albergue en el que haré parada y fonda. Me duelen los pies y la
espalda, me duele la vida, me siento abatido, pero al mismo tiempo noto en lo más
profundo de mi ser una sensación que nunca antes había sentido. No acabo de
comprender por qué estoy aquí, pero me siento, pese a los dolores, bien, muy bien,
sorprendentemente bien. Estoy caminando, ya soy un peregrino, lo estoy logrando.
La noche estrellada es un manto que me invita a entregarme al sueño más profundo.
Mañana amanecerá un nuevo día, y con él, salvo que el destino me desdiga, también
amaneceré yo mismo, el que soy, este reciente peregrino de la vida que busca la
felicidad, esa dama que tanto se nos resiste, que a veces parece que juega al escondite
mientras la crueldad nos va matando por dentro. Una cena frugal, un paseo silencioso
por el campo aspirando el aire fresco, y la esperanza de que el mañana me depare un
caminar colmado de nuevas sensaciones positivas: «…tu alma que busca la felicidad».
Con este pensamiento doy la bienvenida al sueño, que también, a su manera, busca la
felicidad.

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2º DÍA
La vida en su esencia

De Zubiri a Pamplona (20 km)


«Hay que sudar en el cumplimiento de nuestras tareas y obras buenas para luego poder
reposar en la paz de nuestra conciencia». (Elredo de Rielvaux)

Hoy he caminado cabizbajo. Los dolores del cuerpo se agudizan hasta el punto de que he
llegado a pensar que quizás esto no sea para mí. Poco a poco mi pensamiento se ha ido
comprimiendo hasta no tener otro horizonte que el de la negatividad. Pero esta misma
sensación la he tenido en otros instantes de mi vida, cuando las cosas no me han salido
tal y como esperaba. Ha sido duro, muy duro, mi caminar en el día de hoy. Y por si fuera
poco he tenido que soportar la mayor de las soledades puesto que prácticamente no me
he encontrado con nadie a lo largo de esta etapa. El camino es duro, muy duro. La vida
es dura, muy dura. Sin embargo en ningún lugar está escrito que aun así no podamos ser
felices.
En mi tránsito cansino he tenido instantes de impotencia y de rebeldía. La prueba me ha
ido hiriendo. Ha llegado un instante en el que me he desplomado bajo un árbol buscando
la caricia de su sombra en un día en el que hasta el sol me resultó hostil, inmisericorde.
El cansancio me venció y sucumbí a mediodía. Al instante un sopor me envolvió y me
quedé profundamente dormido. Fue un momento de paz intensa. El organismo
necesitaba su tiempo para recuperar fuerzas. En cuestión de minutos regresé al mundo de
la conciencia merced a un canturrear dulce y envolvente. Poco a poco comencé a
reaccionar y recuperé la consciencia. Sobre una rama de aquel árbol que me ofrecía su
sombra y me servía de improvisado lecho, un pajarillo trinaba sin rubor. Debo reconocer
que me emocionó, me pareció un sonido angelical, una invitación a despertar, a recobrar
el rumbo vital, a elevar el mejor de mis cantos. No puedo definir qué sensación tan
hermosa recorrió mi ser, quizás algo parecido al gozo, un gozo en paz. La naturaleza es
sabia, y aquel pajarillo providencial fue el mejor compañero de camino.
Concluí mi jornada a media tarde. Llegué a un albergue chiquitín en el que decidí hacer
parada y fonda. Lo necesitaba. En ese instante un techo, una ducha y un colchón eran la
mejor medicina. Allí conocí a Aurora, una hospitalera que antes había sido peregrina y
que ahora dedicaba su tiempo de vacaciones a atender a peregrinos. Recuerdo que me
sonrió, y aquella sonrisa me ayudó a recobrar también la mía, después del arduo bregar
por un mar de sol asfixiante. Aurora me curó las heridas de los pies, y lo hizo con una
delicadeza tal que aquello me causó una gran impresión. Entre bromas ella me hablaba
del Camino, de su experiencia como peregrina y como hospitalera. Recuerdo que me

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dijo que el camino la había transformado de tal manera que había sido como un nacer de
nuevo, resurgir de sus propias cenizas cuan Ave Fénix.
Aurora había tenido una infancia muy dura llegando a tener algunos devaneos con la
droga. Algunos problemas con la justicia hicieron que ella misma cayese en la cuenta de
que estaba arruinando su vida. En cierta ocasión, casi por casualidad, haciendo zapping
televisivo, pudo ver un programa documental sobre el Camino de Santiago. Fue entonces
como si una luz se encendiese en su oscuridad, como si una voz la convocase a hacerse
al Camino. Y no lo dudó más, se hizo con una mochila, algo de ropa y un saco de
dormir, y se fue a dedo hasta Burgos para comenzar allí su peregrinación. La experiencia
le resultó tan profundamente intensa que Aurora rompió con las cadenas de la esclavitud.
Me contó también que ella en realidad no se llamaba Aurora hasta que llegó a Santiago.
En la misma catedral, en un capillita que se llama «La Corticela» pidió ser bautizada, y
se impuso el nombre de Aurora como un modo de significar que el albor de un nuevo día
había vencido su oscuridad. Su relato hizo que me olvidase por unos instantes de mis
dolores y que toda mi atención se centrase en aquella mujer risueña que transmitía paz y
esperanza.
El Camino, como la vida misma, te sorprende. El canto de un pájaro, la sombra de un
árbol, la amistad de una persona y unos instantes de conversación pueden abrir en el
corazón de las personas un mundo de sensaciones. Ahora que anochece no puedo sino
sentirme un privilegiado, un hombre necesitado de agradecer la vida misma, que siempre
te desborda. La gratuidad se me ofreció en forma de canto y sonrisa en este día aciago
que recordaré, seguramente, como uno de los más importantes en mi historia personal.
En cierto modo también he vivido hoy una especie de aurora, de despertar de la
conciencia, de puesta a punto para seguir adelante, siempre adelante, siempre caminando
con la esperanza como horizonte.
Leí algunas páginas del libro del albergue en el que los peregrinos escriben sus
pensamientos, ilusiones y frustraciones, y no dejo de sorprenderme de la profundidad de
algunas personas. Una peregrina de origen gallego llamada Teresa, que pasó por aquí
hace apenas una semana, dejó escrito un texto que no pude sino transcribir en mi
cuaderno de notas: «La paz es la consecuencia del amor, un amor solidario que tiende
siempre a procurar el bien de los demás. Sólo el amor hará posible la paz. Y el amor más
grande habita en tu corazón». Salí afuera, al campo, buscando la brisa de la noche y allí,
una vez más embelesado por el destello de las estrellas, medité acerca de aquellas
palabras: «El amor más grande habita en tu corazón». Y en ese instante me invadió un
súbito sentimiento de paz y armonía con la creación entera.
Dicen que el Camino de Santiago está escrito en el cielo, que es el «Camino de las
estrellas». Según he podido leer en alguna guía, los peregrinos medievales caminaban en
la noche siguiendo el rastro de las estrellas, eludiendo así las horas de calor. Sabían que
se dirigían hacia Occidente, con lo cual se limitaban a caminar en dirección al poniente
peninsular, rastreando en la noche el reguero de estrellas conocido como «Vía Láctea».
En cierta ocasión oí a un conferenciante disertar sobre la utopía, a la que comparaba con
las estrellas mismas, que no se pueden alcanzar con las manos, pero que guían en la

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noche. En cierto modo esto sucede con nuestras esperanzas, quizás no las alcancemos de
inmediato pero nos guían en la noche de nuestras vidas, en nuestras noches personales.
Ahora pienso en los secuaces de la noche. Todas aquellas personas –yo mismo– que
buscan en la oscuridad el destello de sensaciones fuertes. Y para ellas deseo la luz, la
aurora, el canto de un pájaro y la sombra de un árbol. Ya es tarde, debo descansar, ya
dentro del saco recuerdo a Aurora y al pájaro cantarín. Y súbitamente me viene al
pensamiento una frase: «El amor más grande habita en tu corazón». El amor es la vida
en su esencia.

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3er DÍA
La aventura de existir

De Pamplona a Puente la Reina (21 km)


«La vida, para quienes tienen oídos para oír, es una sinfonía; pero es rarísimo el ser
humano que escucha la música».
(Anthony de Mello)

Recuerdo que de niño solía irme al desván de mi casa familiar para leer libros de
aventuras. Desde allí, mirando el cielo a través de una claraboya, soñaba no sé cuántas
locuras en las que yo era el protagonista. Luego la vida, al ir creciendo en edad y
teniendo que enfrentarme a nuevos retos, me fue atando plomo a los pies de mis sueños
para no dejarme volar libremente, tan libremente, al menos a través de la imaginación,
como aquellas palomas del parque al que solía llevarme mi madre. Hoy mi pensamiento
me ha rejuvenecido, en cierto modo he regresado por unos instantes a mi infancia. Y este
Camino de hoy es la aventura entonces soñada, un camino mágico que está logrando
imprimir en mi ser una huella imborrable. Y presiento que no estoy solo, que este
camino, mi camino, está poblado de personas, seres maravillosos que velan por mi alma.
Recuerdo hoy a mis padres y hermanos. Todavía recuerdo el rostro de mi madre cuando
le dije que me marchaba un mes para dedicarme a caminar errante como peregrino. Y su
expresión que me resultó simpática y al mismo tiempo veraz: «¡hijo, estás loco!».
Me vienen al pensamiento mis amigos, y los amores de mi vida, de infancia y de
juventud, algunos de ellos me han dejado el corazón sembrado de amor, otros de
amargura, la vida es así. También recuerdo a mis abuelos y a los amigos que ya forman
parte de la historia del recuerdo de quienes les hemos conocido. Sigo resistiéndome a
creer que están muertos, algo me dice que la vida, una vez iniciada nunca concluye del
todo. Hoy he pensado en todos vosotros con agradecimiento, y siento que estáis aquí,
conmigo, más que nunca, peregrinando también, junto a mí, conmigo, en mí.
Pero en el camino hay otras presencias que lo son aunque no se active el recuerdo. Se
trata de todas aquellas personas que de alguna manera están presentes físicamente a lo
largo de la ruta. Recuerdo al sacerdote de Roncesvalles, a aquel peregrino italiano,
Rufino, del que no he vuelto a saber nada. También, por supuesto, a mi ángel de la
guarda, Aurora. Y, por supuesto, a aquel paisano que me ofreció agua cuando la sed más
arreciaba, y a los pájaros que me han ensimismado con sus trinos, y a los campos
hermosos que recrean mi mirada, y a los árboles de sombra apetecible en las horas de
más recio calor. El camino es una ruta animada, plena de vida, colmada de presencias
que dejan su huella en el ser del peregrino que camina buscando nuevas sendas. Hoy me

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defino así: soy un buscador de sentido.
Abrirse de corazón a la novedad siempre enriquece. A lo largo de estos primeros días de
camino he aprendido a ir despojándome de todo aquello que me pesa en la mochila y en
el corazón. Basta caminar, sin otra pretensión que la de ir avanzando poco a poco, paso a
paso, sin dejarse abatir ni por los dolores (que ya son menos, el cuerpo se me va
adaptando) ni por los miedos siempre esclavizantes, ni por los prejuicios que nos alejan
de la realidad, ni por las dudas que nos impiden ver con claridad la verdad. Pero para
ello hay que hacer un camino interior de libertad, la que produce el desprenderse de toda
la negatividad que se nos ha ido adhiriendo en nuestro tránsito por los caminos de la
vida.
En uno de los mojones de la ruta que van indicando la distancia que queda hasta
Santiago, me he encontrado con una nota escrita por una peregrina llamada Noemí.
Quizás haya sido escrita para mí, para todo peregrino que le suceda en la acción de
transitar por estos contornos. Bajo una piedra improvisada como pisapapeles leo lo que
ahora transcribo literalmente: «El Camino es un pedagogo que me ayuda a
reencontrarme conmigo misma y con los demás. Hoy he oído por primera vez el pálpito
de mi corazón que me da vida, y ha sido fascinante. También he tomado el pulso a la
creación entera y he comprendido que estoy rodeada de vida, grande o pequeña, visible o
no. Y presiento que hay un corazón universal que late y nos hace latir a su compás.
Antes no creía, no quería creer, hoy me descubro creyendo porque he oído palpitar mi
corazón».
También yo estoy oyendo palpitar mi corazón como nunca antes lo había percibido.
También yo soy capaz de reconocer y distinguir el canto de los pájaros y sosegarme con
el murmullo del arroyo de aguas cristalinas que desciende de la montaña humildemente.
He recreado la vista en el bullicio de las hojas de los árboles acariciados por la brisa
vespertina. Hoy me siento vivo, tan vivo como nunca antes me había sentido. Me siento
rodeado de vida, soy vida, he vuelto a revivir después de muchos años de ir tirando
arrastrando mi existencia detrás de algunos ideales que hoy me han llegado a
decepcionar. Sentirse vivo, de verdad, conscientemente, es una sensación de lo más
agradable.
Al llegar al albergue, traspasado por una especie de gozo contenido, me doy de bruces
con una inscripción que dice: «Hay que nacer de nuevo», y entre paréntesis: «Jesús de
Nazaret». Supongo que será Jesucristo, del que he oído hablar de niño en la catequesis,
justo antes de recibir la primera comunión. Han pasado tantos años ya, y no había vuelto
a oír hablar de él ni en la panda de amigos, ni en la universidad, ni en el trabajo, ni
siquiera en mi familia, aun cuando mi madre es una mujer muy religiosa. Aquí, en el
Camino, en cierto modo, he vuelto a nacer de nuevo. Sigo buscando tenazmente la
fuente de la felicidad. Sigo buscando…
Estoy en Puente la Reina donde, según la tradición, «todos los caminos se hacen uno».
Compartí la cena frugal con un grupo de peregrinos. Dos de ellos son de origen belga, un
austriaco, un brasileño, un matrimonio francés y tres chicas suizas. Mi poco inglés no
alcanza más allá de un saludo. Pero sin apenas poder hablar dialogamos a través de los

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gestos y los signos. Improvisamos una cena con los alimentos que todos tenemos a
mano. La sonrisa nos ayuda a digerir el pan, las conservas, el agua y la fruta. El banquete
de la solidaridad está servido. Concluido el día recuerdo unas palabras: «Existe un
corazón universal». Estamos rodeados de vida, yo mismo soy vida, hoy lo he
experimentado y no sé muy bien cómo explicarlo. Hoy he vuelto a nacer de nuevo: estoy
sintiendo en lo profundo de mi ser la aventura de existir.

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4º DÍA
El almacén de la paz

De Puente la Reina a Estella (19 km)


«Si queremos un mundo de paz y de justicia hay que poner decididamente la inteligencia
al servicio del amor».
(Antoine de Saint Exupèry)
La vida es una caja de sorpresas que de vez en cuando se destapa para ofrecernos su
fragancia, para darnos de beber un trago unas veces dulce y delicioso, y otras, por el
contrario, amargo. Hoy me ha sobrevenido un gran dolor en la pierna. Sospecho que sea
una tendinitis. Por eso he tenido que ralentizar el paso y llegar a destino mucho más
tarde de lo previsto. Aún así, en el dolor, aprendo, sigo aprendiendo que la vida no
siempre está en nuestras manos, por eso debemos aprender a amarla sin pretender
apresarla, la hermosura de la paloma radica en que es capaz de remontar el vuelo y
planear sobre el mar de los vientos. Prueba a atrapar y enjaular una paloma, estarás
matando su encanto.
Cayendo la tarde no pude seguir más. La pierna adormecida de dolor reclamaba
descanso. Me senté junto a una fuente de agua limpia y sonora. Con el murmullo del
agua al caer me relajé y traté de sosegar el pensamiento. Ante mis ojos se expandía una
extensión de campo en el que a lo lejos pude observar cómo unas vacas pacían
tranquilamente. No sé por qué, pero la simple visión de este paisaje me hizo albergar un
sentimiento de paz, después de las tensiones acumuladas a lo largo de un caminar de
kilómetros. Allí me vinieron al pensamiento todas las personas, conocidas o no, que
también sufren, más, mucho más que lo que un dolor muscular pueda provocar. El ser
humano es experto en sufrimientos. Es como si el sufrimiento fuese un regalo que nos
hacen en el momento mismo de nacer, al contacto con la realidad. No me acostumbro,
nunca me acostumbraré a esta sensación de derrumbamiento psicológico que acompaña
al dolor, o al desengaño, o a la decepción.
Tras unos instantes divisé a lo lejos una silueta de una caminante que andaba con paso
apresurado. Poco a poco se fue acercando a mi espacio sagrado de fuente y campo, a la
vera misma del camino. Tan pronto llegó a mi altura me saludó, se quitó de los hombros
la mochila e hizo ademán de beber, una vez que le dije que el agua estaba fresca. Se
sentó luego un rato a mi lado y ella también cayó en la cuenta de que en el horizonte el
atardecer bañaba de un tenue color dorado aquel campo en el que algunas vacas
apuraban la faena cotidiana. Parece Galicia, afirmó con unos ojos que por momentos se
le iluminaban. Se llama Anxos, y es natural de la costa gallega. Su acento meloso la

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delataba. Había iniciado su peregrinación en Roncesvalles comenzando a cumplir así una
promesa que había hecho hacía años a Santiago Apóstol, una promesa que no me quiso
desvelar puesto que decía que era «una cosa» entre el santo y ella.
La conversación nos llevó a hablar del camino y de cómo este te va marcando por
dentro. Coincidimos en que, pese a que llega a resultar muy duro y hasta doloroso, es
una escuela en la que aprendes a valorar la vida de otra forma, menos superficial y más
profunda y agradecidamente. El diálogo acabó desembocando en el tema de la paz, de
cómo esta Humanidad parece estar loca perdida al postular la violencia como resolución
de muchos problemas. Anxos decía tener asumido que el camino de la salvación de la
Humanidad pasa por la paz, por la reconciliación, pero no antes que por la justicia.
Entonces me narró una historieta que por lo visto se la había contado su abuela hacía
años, cuando era niña, junto a una lareira, que –según me informó– es el lugar de la casa
de aldea en donde se hace el fuego para preparar la comida y calentar al personal. En las
noches de invierno, cuando la lluvia y el frío invitaban a no salir afuera, la abuela reunía
a sus nietos y solía contarles historias de hadas y seres fantásticos.
Anxos, amistosamente, compartió conmigo uno de aquellos «cuentos de la abuela» que
tienen más miga de la que a primera vista pueda parecer: «Sucedió en cierta ocasión que
un hombre rico se fue a dormir. Entre sueños se vio a sí mismo satisfecho por todo el
poder que había logrado acumular a fuerza de luchas e intrigas. Fue entonces cuando
paseando por sus tierras le salió al encuentro un ángel de rostro sereno y feliz. El hombre
rico le preguntó enseguida: “¿Quién eres tú y qué haces en mis tierras?”. El ángel le
sonrió y le dijo a su vez: “Contemplo tu miseria y celebro mi felicidad”. El hombre, un
poco indignado, volvió a inquirirle para que le explicase el sentido de aquellas palabras.
Fue entonces cuando el ángel le dijo: “Te crees muy poderoso porque tienes muchas
cosas, pero te falta la primordial”. El hombre, herido en su orgullo, se encaró de nuevo
exigiéndole una aclaración. “Sí –dijo el ángel–, tienes muchas cosas materiales hasta el
punto de ser un hombre envidiado por muchos, pero una cosa te falta: te falta la paz”. El
hombre rico cayó entonces en la cuenta de que efectivamente sus muchos bienes, su
poder e influencia, no le habían propiciado ni una pizca de paz, puesto que los negocios
le habían robado el corazón.
Y fue entonces cuando aquel hombre exigió al ángel que le diese algo de paz, aunque
fuese a precio de oro, estaba dispuesto a pagar lo que fuese menester. Pero el ángel
sonreía dando a entender que la paz no se puede comprar. Entonces le dijo al hombre lo
que debía hacer: “Dedícate en lo que resta de día a recoger los rayos de este sol de hoy:
ahí está la paz”. El hombre inmediatamente hizo venir a sus súbditos para que se
pusiesen a arrancar al día su luz, guardándola en un gran almacén que había allí mismo.
Así fue, se esmeraron, durante las horas que restaban de día, en almacenar rayos de sol
para poder así hacer que aquel hombre fuese rico no sólo en bienes materiales sino
también en paz. Llegó la noche y el hombre urgió a que se cerrase el portón del almacén
porque la luz se había difuminado. Tras suspirar cansado y satisfecho, entró en su
almacén y pudo comprobar que allí dentro la oscuridad era aún mayor que fuera. Se
sintió decepcionado y reaccionó con violencia, volviéndose hacia el ángel que le había

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engañado diciéndole que en la luz del sol estaba la paz. Pero el ángel había desaparecido.
Abatido, el hombre caminó sin norte hasta que ascendió a la cima de un montículo desde
el que se divisaba el mar inmenso. No lograba comprender. Era cierto, tenía muchos
bienes y gran poder, pero le faltaba la paz. Fue entonces cuando se quedó dormido.
Cuando despertó del sueño pudo contemplar con emoción el nuevo amanecer, algo que
nunca había podido disfrutar. Fue entonces, y sólo entonces, cuando comprendió que la
paz no se podía poseer, el sol volvía a lucir y con él su luz: la paz, la paz, la paz. Un
simple amanecer acarició con su paz su corazón ambicioso y, por primera vez, pudo
comprender lo que es la paz y la gratuidad de la vida». El cuento concluye afirmando
que el hombre rico despertó de su sueño y que desde entonces se convirtió en un
benefactor de la Humanidad, compartiendo sus bienes y almacenando toneladas de paz
en el almacén de su corazón. El Camino es así, espacio y tiempo para los cuentos, la
amistad y la paz. Anxos también desapareció, siguió su camino, tenía pensado avanzar
más en esa jornada, antes de la caída del sol. Su recuerdo me invita a llenar mi almacén
de paz.

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5º DÍA
Mirar con el corazón

De Estella a Los Arcos (21 km)


«El arte hace los versos, pero sólo el corazón es poeta».
(Chénier)
El descanso nocturno ha confortado mi mente y mi cuerpo. Sigo adelante con una pierna
vendada, pero con la ilusión reforzada. En cierto modo, hoy me he levantado más
pacífico que nunca al recordar el cuento del hombre rico. Al amanecer, al ver los
primeros rayos de sol, no pude sino sonreír, y recordar a Anxos, peregrina singular que a
modo de trovador medieval se hace a los caminos para compartir su sabiduría en forma
de cuentos. Súbitamente pienso en todas las personas que están necesitadas de paz, en las
que sufren toda clase de injusticias, y no sé por qué, pero dirijo mi pensamiento a
alguien, ha sido un acto reflejo. Y es que desde que estoy caminando, fuera de sentir la
soledad que en buena medida busco, presiento que mi mundo interior se está poblando
de presencias misteriosas y amistosas, es una sensación que nunca antes había tenido.
Hoy he compartido ruta con un perro vagabundo que durante la mañana me ha
acompañado. Su mirada triste me hizo enternecer. La vida de un perro, de algunos al
menos, no debe de ser nada agradable, de ahí ese dicho popular: «llevar una vida de
perros». A mediodía me tumbé bajo un nogal para descansar y comer algo. Al instante oí
un silbido de alguien que se acercaba. Era Rufino, el peregrino de Asís que aparece y
desaparece, y que no sé en dónde hace noche, porque salvo el primer día en
Roncesvalles, no he vuelto a coincidir con él en ningún albergue. Me resulta simpático
este hombre sencillo, alegre, pacífico. Se me acercó y sonrió. Fijándose en la venda que
me cubría parte de la pierna, se preocupó por mi salud. Acarició con delicadeza al perro
peregrino, y me ofreció entonces un regalo. De su mochila sacó un libro que me mostró
sonriendo. Se trata de un libro titulado Sabiduría de un pobre, de un autor llamado Eloi
Leclerc. Intuyo que se trata de un escritor francés. Rufino tan sólo me dijo que él lo
había leído varias veces en diversas etapas de su vida, y que le había ayudado mucho en
su caminar en la vida. Lo acepté con agradecimiento. Rufino sonrió de nuevo y,
levantando la mano, se despidió de nuevo con una frase curiosa: «paz y bien». Y con la
misma comenzó a caminar y tras él, el perro, que se ve que le vio mejor pinta a él que a
mí.
Tras alimentar al sufrido cuerpo, hojeé el libro que me regaló el peregrino italiano. Y
entreabriéndolo pude leer la dedicatoria: «a mis queridos padres» y una cita de Rainer
María Rilke: «Dios espera en donde están las raíces». No debo de dejar de constatar que

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en ese instante sentí algo muy extraño en mi interior. Por una parte me resultaba muy
atractivo este pequeño libro, pero al mismo tiempo me causaba una cierta inquietud,
puesto que me recordaba a los libros de religión de mi infancia que nos obligaban a
«chapar» en clase. Aun así, no podía despreciar el regalo de Rufino. Además la cita
referida no deja de intrigarme y de causarme curiosidad. Dios y las raíces de la vida.
¿Cuáles son las raíces de mi vida? ¿En qué fundamento mi existencia? Ni la vida entera
podrá ofrecerme una respuesta satisfactoria. Aquí hay demasiadas cuestiones sin
resolver, demasiadas dudas, excesivo misterio.
No sé cuáles son verdaderamente mis raíces vitales. A lo sumo conozco algunos
elementos sobre los que he querido edificar mi existencia de un modo consciente. La
vida realmente es un arte que sólo llegan a dominar seres geniales, esas personas que
nacen cada mucho tiempo. Quizás este libro se refiera a una de ellas. Puedo leer en la
introducción que ese pobre sabio no es otro que san Francisco de Asís, un santo del que
he oído hablar mucho de pequeño. De él tengo una imagen un tanto idílica, como un
hombre angelical que se paseaba entre las flores sintiendo la caricia del viento. Quizás
me venga bien leer algo sobre él. Reconozco mi incultura en cuestiones religiosas.
No sé si fue casualidad o no, pero un poco más adelante pasé junto a una pequeña iglesia
que está junto al camino. La puerta estaba abierta y sentí algo de curiosidad. Hacía
tiempo que no entraba en un lugar así. Sin embargo, la sencillez de aquel edificio en
medio de una aldea perdida en el bosque me atrajo de manera singular. Entré y agradecí
la frescura de sus muros. En la cabecera había un pequeño altar de piedra con algunos
palos cruzados, seguramente algunos peregrinos los habían dejado allí. También había
algunos papelillos. Confieso mi atrevimiento e indiscreción, ya que eché mano a algunos
de ellos. Estaban escritos en diversos idiomas. Pude entender que la mayoría eran
peticiones. En alguno se nombraba a alguna persona que estaba atravesando alguna
circunstancia difícil, sobre todo una enfermedad.
En uno de estos papeles había una oración que medité durante un instante y en cierto
modo acabé haciendo mía: «Llego ante Ti hecho polvo, destrozado, deshecho. Mi cuerpo
es una queja constante de dolor. Pero lo que más me duele es el alma, mi vida con sus
errores y falsedades. Ya sólo me queda confiar en mi camino, en los demás, y en Ti.
Sentir tu presencia amorosa en todo cuanto me ocurre en la vida. El Camino, mi camino,
me está transformando porque es una prueba, un examen meticuloso de mi vida, que me
ha acabado mostrando quién soy, cómo soy, lo que he vivido hasta el día de hoy en esta
historia personal de la que soy protagonista. Ya no soy el mismo; el Camino me está
renovando por dentro a base de dolor –es como un parto–. Hoy nazco, vuelvo a nacer, en
el hogar de la Humildad y la Confianza».
Y ahora, en este atardecer en el que el sol derrama rayos rojizos y anaranjados, no dejo
de saborear y meditar acerca de los acontecimientos de estos últimos días, de este
camino misterioso, duro y entrañable que me está marcando decisivamente. Acabo el día
leyendo Sabiduría de un pobre. Una cita me llama la atención: «si no os hacéis como
niños no entraréis en el Reino de los cielos». La infancia, mi infancia, recuerdos
entrañables, diabluras, juegos, y las primeras decepciones. Algo me dice que estoy

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viviendo ahora mismo una especie de segunda infancia, más consciente y fructífera que
aquella primera. Comparto mesa con otros peregrinos, cada vez más, con los que estoy
sintiendo la magia del Camino. Elisabeth, una peregrina de origen anglosajón, entona
una canción. Entiendo parte de ella, el estribillo es muy sencillo, y profundo: «Mira la
vida, mírala desde el corazón». Profunda sabiduría: aprender a mirar con el corazón.

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6º DÍA
La zozobra del ser

De Los Arcos a Logroño (28 km)

«La pobreza nos hace libres». (Teresa de Calcuta)

Hoy he zozobrado en un mar de dudas. Resulta desconcertante el comprobar cómo mi


equilibrio psicológico y emocional se tambalea apenas un pensamiento negativo o una
sensación desagradable me roza. Hay dentro de nosotros un niño herido, el que fuimos,
el que seguimos siendo, que de vez en cuando eleva su llanto. Hoy he vuelto a
preguntarme cuáles son las raíces de mi ser, hacia dónde conduzco mi vida, qué sentido
tiene todo lo hecho hasta hoy, por qué he puesto tanto empeño en situarme bien en la
sociedad, descuidando mi vida interior, mi ser entero, siempre ávido de felicidad,
siempre mendigando amores. Y en la brega he descubierto que hay capítulos de mi vida
pasada que aún no he logrado aceptar, escenas con las que no me he logrado reconciliar.
También me han venido al pensamiento personas que me han hecho daño, o a quienes he
visto hacer daño. La vida es compleja, y las relaciones humanas siempre están sujetas a
la ley de la fricción; mi libertad llega hasta donde comienza la de los demás, pero ¡me
cuesta tanto comprenderlo!
Hoy he aprendido una gran lección. He comprendido que estoy asediado por
pensamientos vanos que turban mi paz y me obstaculizan a la hora de caminar hacia mi
maduración personal. Sin quererlo estoy construyendo mi existencia sobre un sinfín de
prejuicios que coartan mi libertad. La negatividad es muy dañina, es como la carcoma
que poco a poco, inapreciablemente al principio, te va royendo las entrañas del ser. Y no
sé por qué, pero me vino al pensamiento una imagen que en cierta ocasión contemplé
reflejada en un cuadro. Cuando Jesús de Nazaret calma la tempestad que azotaba el lago
de Galilea, serenando los miedos de aquellos hombres, aquellos pescadores que le
seguían. Entonces no pude entender lo que ahora sí comprendo a la perfección. Lo
importante no era en sí el milagro que acreditaba a Jesús como señor de vientos y
mareas, sino que el evangelista estaba tratando de comunicar al corazón del lector que
las tempestades de la vida no son sino pruebas que comprueban la fortaleza de nuestra
confianza. Lo reconozco, dudo, soy hijo de mi sociedad consumista, me cuesta encontrar
firmeza más allá de objetos materiales, de un nivel social, de un cierto poder. Pero hoy,
hoy veo de otro modo. Necesito la paz serena de quien, pese a la adversidad, mantiene la
calma.
El ser humano contemporáneo está necesitando acceder urgentemente al mundo de la

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espiritualidad. El materialismo está haciéndonos daño porque desvía la atención hacia
instancias tangenciales, temas superficiales que no afectan al corazón de la vida. No es
sorprendente que en la actualidad la depresión o el estrés sean afecciones de la salud que
se extienden con facilidad. Estamos perdiendo de vista el valor de lo simbólico, de
aquello que sugiere profundidad, que va más allá de las apariencias. No soy maestro en
nada, más bien aprendiz de todo (en la vida todos somos aprendices), pero zozobrando
entre las mareas de los pensamientos negativos, he comprendido que la oscuridad no es
sino ausencia de luz, y que es la luz el destino hacia el que caminamos. Pero para
comprenderlo hay que hacer antes un camino de constante desapropiación, librándonos
de todo aquello que nos pesa y nos impide caminar.
Llevo conmigo el libro que me regaló Rufino. Lo he comenzado a leer. Y estoy
comprendiendo que la experiencia de Francisco de Asís es, en cierto modo, la de todo
ser humano que lucha por romper con las cadenas de la esclavitud, con todo aquello que
nos impide crecer. Por eso quizás sea acertado optar por la sabiduría de la humildad, la
de ponernos a ras de tierra y trabajar con constancia, sin esperar premios ni distinciones.
Pero esta ascesis no está del todo al alcance de nuestras manos. Se requiere hacer un
camino de oposición al poder, a esas ansias de poder que nos atrofian los sentidos y nos
gestan infelicidad. Cada vez me convenzo más de que nuestra piedra de tropiezo no es
otra que el egoísmo connatural que nos acompaña desde que comenzamos a ser
conscientes de nuestra individualidad. Es este mismo egoísmo el que lleva al ser humano
a cometer atrocidades. La raíz de la violencia está en este egoísmo insolidario que puede
hacernos vencer en el reino de la injusticia, pero que al final nos fragua infelicidad, una
vez que comprobamos que hemos cortado el cordón umbilical que nos une a la gratuidad
de la creación.
En esta lucha constante me he reconocido pobre. Aquí estoy: caminando hacia Occidente
sin saber muy bien por qué ni para qué. Sobrándome casi todo, y aprendiendo a
compartir. Nunca antes había tenido esta sensación de libertad basada en sentirme un
hombre frágil, pequeño, pobre, en medio del mundo. Liberar el corazón de egoísmo y de
ansias de tener, de aparentar, de dominar, es una experiencia «fuerte» que,
lamentablemente, desconocen muchas personas. Nuestro tesoro es nuestro corazón,
nuestra vida, nuestro ser. Y tenemos entre las manos la gran responsabilidad de hacer de
nosotros una página loable en la historia de la humanidad.
Junto a Francisco de Asís, también yo me he sentido hoy espiritualmente vinculado a
Mahatma Gandhi y su opción por la pobreza voluntaria y la no violencia. A estos
hombres debería prestárseles más atención. Su filosofía de vida sigue siendo actual para
quien quiera de verdad experimentar la vida desde la autenticidad y la coherencia. La paz
es la consecuencia de vivir con confianza, sin pretensiones, amando, dejándonos amar
por esta creación que ahora es mi compañera de camino en cada piedra, en cada árbol, en
cada animalito, y en esta mujer que, providencialmente, me ha ofrecido fruta fresca y
agua pura cuando mi zozobra me angustiaba. Estamos perdiendo la perspectiva de la
vida cotidiana, espacio sagrado en el que nos estamos jugando nuestra felicidad, y la de
nuestros descendientes. Vivir es también sentir por momentos la zozobra del ser.

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7º DÍA
El gozo de vivir

De Logroño a Nájera (28 km)

«Dormí y soñé que la vida era alegría. Desperté y observé que la vida era servicio. Serví
y descubrí que en el servicio se encuentra la alegría». (Rabindranath Tagore)

Cada día se abre como un abanico ofreciéndonos una pluralidad de posibilidades para
tratar de vivir con plenitud cada instante. Tendemos a programar, y es bueno que lo
hagamos, máxime si nuestro trabajo nos exige estar constantemente pendientes de los
horarios, pero no deja de ser una auténtica gozada el poder saborear la vida misma sin la
presión del crono. Y esto está siendo posible en mi vida ahora mismo, en este instante
intenso en el que soy y vivo. El sol de la mañana es el despertador natural que nos invita
a salir de nuevo al camino, sin otra pretensión que la de caminar y aprovechar cada
circunstancia para crecer por dentro. La felicidad no se programa ni se fuerza, la
felicidad surge de vivir con intensidad el instante, no de un modo egoísta sino tratando
de ser generosos con la vida misma que da a ricos y pobres; y a los pobres somos
nosotros, no la vida ni la fortuna, quienes les negamos lo necesario para vivir.
Hoy he tenido sesión familiar. Llevo unos días fuera de casa y la verdad es que recuerdo
mucho a mi gente y, aunque uno de los motivos de mi escapada a la ruta fue el de estar
solo, sin embargo –debo reconocerlo–, echo de menos a mi familia y a mis amigos. Aun
cuando las diferencias hacen que nos enfrentemos, la familia es un hogar al que siempre
se vuelve como quien regresa al seno materno, porque el afecto derriba todos los
inconvenientes. Esta sesión particular de familia me ha venido dada como un gran regalo
en manos de una familia peregrina que me ha hecho sentir por unos instantes hijo,
hermano, padre y madre. Se trata de una familia originaria de tierras riojanas que han
decidido, después de pensarlo y desearlo mucho, hacer juntos el Camino de Santiago. Y
ello motivados por varias circunstancias. La primera, porque viven en un pueblecito
junto al Camino, y ya son muchos los años viendo pasar, e incluso acogiendo, a
peregrinos de todas las razas y casi todos los lugares del mundo. De ahí que los tres hijos
de Maripaz y José: Pacita, Antonio y Jaime, de 16, 14 y 11 años respectivamente,
contemplen como un sueño que se está cumpliendo ya el poder ir a Santiago a pie y en
familia.
Disfruté enormemente charlando unos instantes con el matrimonio. Pero sobre todo, casi
se me cae la baba al observar la ternura con que tratan a sus hijos y cómo estos
responden de igual forma y con una educación sorprendente. La sociedad pierde mucho

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de sí misma si no valora y favorece la institución familiar, que es tan antigua como el
mundo mismo. Maripaz y José han decidido amarse y desplegar toda su ternura sobre
sus hijos. Oigo hablar a Maripaz y me descubro ante una madraza y esposa que se refiere
al amor como lo esencial de la vida, un amor que, para vivirlo como proyecto de pareja
primero y de familia después, ha de sustentarse, según ella, en la comprensión, el respeto
y la libertad. Mientras, José asentía con la cabeza, dando a entender que la opinión es
mutua.
Después de estar con ellos pensé en todas las familias rotas que conozco, destrozadas por
circunstancias de toda índole. Comprendo que la vida matrimonial y familiar sea a veces
dura, pero estoy convencido de que al final acaban perdiendo todos los miembros de esa
comunidad que, o es de amor, o es ficticia. Pensé también en todos los hijos del mundo
que no tienen el privilegio de sentir la ternura sana de unos padres que se dedican con
esmero al arte de hacer posible y feliz una vida humana. Y no pude sino oprimir en el
corazón una queja de indignación por todas las tropelías que algunos mayores cometen
contra la infancia. Los críos son la esperanza de la vida humana, atacarles es comenzar a
destruir toda esperanza.
Sigo leyendo Sabiduría de un pobre. No deja de sorprenderme que un hombre tan
angelical, como era san Francisco de Asís, hubiese de vivir los últimos instantes de su
vida con el sufrimiento en el alma al comprobar cómo algunos de sus hermanos querían
echar por tierra su ideal de vida. Su sufrimiento es en cierto modo también el sufrimiento
de quienes son capaces de soñar con la hermosura y, sin embargo, los poderes de este
mundo se encargan de acallar su idealismo, movidos por oscuros intereses. Percibo que
Francisco era un loco que rompía los esquemas de muchos de sus contemporáneos. Al
fin y al cabo había echo una opción de vida basada en el Evangelio de Jesús, de modo
que el discípulo no iba a ser más que su maestro. La traición, el abandono, la envidia o
los celos, lamentablemente, siguen estando en el orden del día de una sociedad casi
neurótica, que al tiempo que se hace más tecnológica se deshumaniza.
Tras estar con esta familia y leer unas líneas del libro, siento, más allá de la rabia, una
especie de paz esperanzada al pensar que si existieron personas como Francisco de Asís,
y siguen existiendo personas como la familia riojana, la esperanza amanece cada día.
Quiero gozar de la vida, pero no como quien se guarda para sí todo lo bueno. Lo
solidario es dar, ofrecer, compartir. Quisiera compartir en este momento el gozo vital
que siento al sentirme libre en medio del campo. Desde aquí proclamo, aunque sólo me
escuche el viento, el camino y sus seres, que la verdadera revolución es la del corazón
humano que se compromete a favor de un mundo más justo y pacífico. ¿Para qué la
violencia que genera el odio o la envidia? El ser humano tan sólo progresa en la medida
en que progresa su corazón, su ser entero, convirtiéndose en una persona generosa a la
hora de compartir su gozo por vivir. Necesitamos gozar de la esencia de la vida misma
que se nos ofrece a cada instante, en el amanecer radiante, en el pan compartido, en la
conversación amena, o en la paz transmitida. Quiero gozar de la vida, libre, profunda y
solidariamente. Quiero sentir en mis entrañas el gozo de vivir.

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8º DÍA
El ocaso de la ilusión

De Nájera a Santo Domingo de la Calzada (22 km)

«Lo que aceptas se transforma». (Máxima budista)

Hay días en nuestra vida en que el ser naufraga en sus propias aguas. Nuestro equilibrio
psico-afectivo es como una cometa bamboleada por el viento, una veleta a merced de la
tempestad. Hoy el cielo se ha poblado de espesas nubes que amenazan con lluvia el
camino de los peregrinos. Después de una semana es la primera vez que temo al mal
tiempo, si bien el lenguaje popular postula aquello de «al mal tiempo buena cara». Y me
ha costado, me ha costado enormemente concluir esta etapa que, como otras etapas de mi
vida, me ha traspasado el corazón de tristeza. No sé por qué, pero la naturaleza tiene
múltiples caras, aunque concibo que en realidad todo depende de nuestro mal tiempo
interior. Lo lúgubre de este día de cielo encapotado me ha hecho caminar cabizbajo, sin
disfrutar del don del camino ni de la gente con la que me he ido encontrando. Hoy mis
sueños se han poblado de negatividad, como si mi cielo interior también amenazase con
tormenta.
La poca luz exterior ha sido una invitación a refugiarme en mi interior, y fue allí mismo,
en donde el ser humano se queda a solas consigo, en donde no pude argumentar sino la
verdad de mi existencia personal. Vinieron a mi memoria los momentos más difíciles de
mi vida, las luchas constantes y el daño que haya podido causar a otras personas. Ha sido
como una catarsis emocional que me ha hecho llorar sin rubor, aunque con cierto temor
de que alguien, algún peregrino, me pudiese ver. Mi cultura proclama que los hombres
no podemos llorar. Y este es uno de los varios engaños entre los que enmarañamos
nuestra vida en una sociedad de apariencias. Somos hijos de una cultura, pero nadie nos
impide crecer espiritualmente en libertad, rompiendo con los tópicos. Admiro a todas
aquellas personas que a lo largo de la historia han logrado alcanzar grandes cotas de
libertad personal.
La sensación de pesar y tristeza me acompañó durante casi todo el día, hasta que llegué
al albergue y allí pude compartir momentos agradables con los demás peregrinos. En
ruta pensé en el misterio de la enfermedad que hace sufrir e incluso acaba derrotando a la
vida, destrozando así todo proyecto vital y toda esperanza. Ya son varias las personas
conocidas que están desplegando una lucha sin tregua contra la enfermedad,
principalmente contra el cáncer. La enfermedad es un mal que hemos de encuadrar en
ese apartado, ese cajón de sastre, que llamamos misterio. Jamás he considerado que la

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resignación sea la respuesta al sufrimiento. No comparto ese modo de ver de algunas
personas que dicen que es voluntad de Dios y que así se ha de acoger. Yo no puedo creer
en un Dios así. Quizás por eso tantas dudas sin respuesta hayan hecho que a lo largo de
mi juventud me haya apartado de la fe, una fe que no comprendo tal y como se postula
en algunos ámbitos. Pero aun así, lo reconozco, necesito creer, tener un cimiento sobre el
que sustentar mi propia vida.
Pensé en mis amigos que sufren, y a todos los acojo en mi corazón, peregrinos ellos
también conmigo. Es curioso, la experiencia de este día sin embargo ha dejado ahora en
mi ser un poso de paz, rebelde y tenaz, no de resignación, aun cuando a veces me sienta
abatido y desbordado por los golpes de la vida. La prueba, el esfuerzo, incluso el
sufrimiento, pueden ser experiencias de crecimiento, en la medida en que nos hacen
contemplar la vida desde una perspectiva más profunda, con una hondura que no se tiene
cuando todo te va bien. El Camino me está haciendo sentir solidario con los sufrimientos
de la Humanidad. No deja de ser un motivo de esperanza el que los peregrinos nos
ayudemos en nuestras fragilidades, nunca falta alguien que te ofrezca una sonrisa en
momentos de zozobra, o agua ante la sed, o una cura de ampollas para quienes no
estamos acostumbrados a sentir el dolor de pies. La solidaridad nos puede ayudar a
humanizar un poco más este mundo de horrores.
Ahora descanso en un lugar de gran raigambre jacobea: Santo Domingo de la Calzada,
una población que nació en torno a una persona, un hombre que se santificó al servicio
del Camino. Se supone que Domingo, apodado con el tiempo como «de la calzada» por
empedrar una, llegó a construir con sus propias manos una iglesia, un puente y un
hospital al servicio del caminante por estas tierras por las que discurre el río Oja, que da
nombre a la región (Rioja). Personas así, cuya vida se compromete a favor de los demás,
son tan necesarias como el alimento. El Camino es un ejemplo vivo de solidaridad, un
estímulo para recuperar el valor de la gratuidad.
En el albergue he conocido a François, un hombre francés de mediana edad, que no para
de bromear con los demás peregrinos. Habla un español acentuadamente galo, lo que le
da un aire aún más gracioso y entrañable. Le he contado lo mal que lo he pasado a lo
largo del día. Me sorprendió su silencio atento y la paz con la que me anunció que él
acababa de salir de una situación caótica en su propia vida. Cuando todo le sonreía se le
detectó un cáncer agresivo. Los primeros momentos fueron de absoluto abatimiento,
llegando a requerir atención psiquiátrica. No podía hacerse a la idea de que su vida
estaba en peligro, y que debía someterse a un tratamiento dilatado en el tiempo que ni
siquiera aseguraba la curación. Después de meses de «dejarse morir» –en sus palabras–
gracias al cariño de su mujer comenzó a resarcirse. Y prometió a su esposa que pasase lo
que pasase, iba a vivir la vida con intensidad hasta que el destino (Dios) decidiese. Y ahí
se inició su verdadera curación. François se convirtió en un hombre nuevo,
extremadamente delicado en el trato con las personas y sobre todo compasivo. Los
médicos llegaron a pedirle que ayudase a otros enfermos a sobrellevar la enfermedad del
mejor modo posible.
De sus labios oí una historia sorprendente. Me contó que en cierta ocasión estaban juntos

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en una habitación de un hospital dos hombres enfermos de larga duración. Uno de ellos
no se podía levantar de la cama a causa de su enfermedad. El otro en cambio sí podía. Y
todos los días este último se levantaba, miraba por la ventana y traducía en palabras a su
compañero todas aquellas hermosuras que se contemplaban a través de los cristales. El
hombre, entusiasmado, transmitía a su compañero de habitación todo un caudal de
sensaciones positivas. Al otro lado de la ventana había un parque precioso con árboles y
flores. Los niños jugaban, los abuelitos paseaban y charlaban, los perros correteaban, y
una fuente preciosa derramaba agua limpia. El amigo de la cama gozaba escuchando las
narraciones.
Pero llegó el momento de la partida, y el hombre animoso entregó su vida. Su
compañero lloró entristecido. Cuando una enfermera entró le contó todo lo bueno que
había recibido de aquel hombre tan generoso que le llenaba la vida de luz con sus
narraciones. La enfermera, sorprendida, le contestó que a través de aquellos cristales tan
sólo se veía una pared en blanco y que su amigo, además, era ciego. La grandeza de la
bondad humana es capaz de vencer a la tristeza y hacer de la enfermedad un tiempo para
saborear la vida desde lo profundo del ser. Después de estar con François no puedo sino
enmudecer y dar gracias por el don de la vida y por todas aquellas personas que son
capaces de hacer de su limitación un motivo de gozo y esperanza. No tengo derecho a
quejarme. Mi amigo galo fue hoy para mí como aquel hombre ciego y enfermo que
consumió su vida en tratar de hacer feliz a una persona. François me contó que hacía la
peregrinación como agradecimiento por todo lo bueno que la vida le había ofrecido,
sobre todo en los momentos más críticos de su enfermedad que ahora casi había
superado. Y su rostro se llenaba de una luminosidad especial al pronunciar un nombre:
Sara, la mujer que le salvó con su amor y ternura. La vida es un constante milagro al que
nacemos tras asistir al ocaso de la ilusión.

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9º DÍA
El eco de la soledad

De Santo Domingo de la Calzada a Belorado (24 km)

«La vida es un gran libro abierto para quien vive despierto». (Dicho popular)

Hoy he caminado saboreando la soledad del peregrino perdido en medio de inmensas


extensiones de tierra, con el horizonte como límite, allí mismo, en donde se funden cielo
y tierra. Hubo un tiempo de mirada interior en el que mi ser se concentró en las entrañas
sin prestar atención al paisaje monótono que no me ofrecía sino una invitación para
entrar en mí mismo, en mi vida, en mis recuerdos y en esta experiencia de ahora de
sentirme más que nunca un ser en armonía con todo lo creado. Pero hubo también un
instante para salir de mi mismidad y dedicarme a contemplar la realidad circundante,
cómo la naturaleza va haciendo calladamente su trabajo de generar vida y hermosura.
La primavera ya está en plena flor. Los campos se tiñen de policromía, merced a la
coquetería de las flores que adornan la tierra que se deja empapar de agua. En medio de
un campo de trigo descansé los huesos mientras, sin otro pensamiento que el de disfrutar
de la vida que me abraza, prestaba atención a los «bichitos» que, cada uno según sus
posibilidades, desarrollaban su trabajo ajenos a lo que sucede, sin plantearse el hecho de
que un llamado «animal racional» les estaba observando. Me admira la delicadeza y
laboriosidad de la abeja que recoge polen en las flores para luego ofrecer toda su dulzura
en la miel y jalea real que alimenta y reconforta a los humanos. Me admira la capacidad
de organización de las abejas en el panal. El ser humano ha perdido de vista el valor de
la unión en el esfuerzo, la organización al servicio del bien común.
Es sorprendente el comprobar que estamos rodeados de vida, aun cuando nuestra psique
se embarque a veces en la tristeza y en el derrotismo. La vida sigue su curso con entera
naturalidad, y esto debería hacernos pensar. Desde niño me asusta la muerte como
amenaza de la vida, como una herida desgarradora en el corazón de la Humanidad. Sin
embargo, cada vez me voy dando cuenta de que es un trance que hay que asumir como
asumimos la vida misma. Un misterio, es cierto, pero también una realidad que, aunque
se nos resiste desde el punto de vista intelectual, ha de ser bebida a sorbos, porque antes
o después llega. Lo cierto es que me resisto a creer que la muerte tenga la última palabra.
Quizás no sea un fin sino un comienzo de algo nuevo, una especie de nuevo parto
doloroso en el que nos transformamos y nacemos a una nueva forma de vida más plena,
rotas ya las cadenas de la limitación y la impotencia que supone nuestra existencia
actual. Siempre me ha llamado la atención el sentido que algunos místicos han dado a la

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muerte como liberación, salida de la cárcel del cuerpo que mantiene cautiva al alma, esa
ánima de la que ya hablaban los clásicos griegos y que es aliento que nos anima en
nuestro vivir cotidiano.
Desde niño me intrigan los grandes enigmas de la Humanidad, especialmente aquellos
que afectan a la persona concreta, a este arte y misterio de ser personas humanas. Y no
niego que ha habido momentos en los cuales me he emborrachado de vida «a tope»
como una forma de eludir el drama de tener que pensar en lo que por definición nos
trasciende y desborda nuestro sentido de la realidad. Pero ahora que camino, siento que
donde antes había miedos, ahora el corazón se tiñe de paz; la de quien se comprende a sí
mismo como una pieza más en el puzzle de la existencia. Estoy vivo, y me comprendo
como ser en camino, evolucionando hacia una mayor madurez, una plenitud que no sé
muy bien en qué consiste. Las certezas más profundas no se corresponden con razones
que podamos expresar en palabras, porque las palabras no alcanzan a envolver todo lo
que la realidad misma implica.
Inmerso en la naturaleza, celebrando el don de la vida, oyendo el rumor del agua del
arroyo que corre humilde y clara, oliendo la fragancia de las flores de primavera,
saboreando los frutos que me ofrece el camino, sintiendo la caricia del viento que pasa y
refresca en la jornada de calor, me siento otro, en sintonía con todo lo creado, y al mismo
tiempo unificado por dentro, siendo una unidad global que se sitúa en un espacio
concreto y se deja llevar por el alma del mundo, por una fuerza que nos impulsa siempre
a superar pruebas. Y el camino, este camino, es también superación, impulso hacia
delante. Me dejo llevar, me dejo atrapar por esta paz que emerge de la naturaleza en
primavera. Soy un alumno inculto aprendiendo de la vida en base a la lección del día a
día. Estoy convencido de que en el corazón algo, o alguien, está escribiendo un mensaje
que aún no logro descifrar. Quizás el tiempo y la meta compostelana me desvelen las
claves. Mientras tanto camino, y caminando medito sobre la vida.
Van pasando los días. El cuerpo ya se ha habituado a todo tipo de carencias. Lo más
duro son los momentos de dudas, cuando el pensamiento me asalta con su negatividad y
trata de desconcertarme. Esto mismo sucede en la vida cotidiana, cuando me dejo abatir
por todo aquello que no da paz a mi ser. La paz, la paz, me repito incesantemente, ¿qué
es?, ¿para qué sirve? Alguien me ayudará a comprender, estoy seguro. Todo tiene su
tiempo. Quizás ahora me toca aguardar, ir experimentando a trozos lo que supone el
hallar la fuente de la serenidad. Me dejo llevar, voy yendo, que no es poco. Caminando,
caminando la vida se me va pasando, pero la voy viviendo como nunca antes la había
experimentado. Me siento vivo, muy vivo, desbordantemente vivo y con ganas de
derramar vitalidad. Debo dar gracias a la naturaleza, a estos paisajes sagrados por los que
discurre esta ruta milenaria. Todo es agradecimiento. La vida se transforma cuando
sentimos la necesidad de expresar nuestro agradecimiento. Agradecer es una forma de
ser feliz, reconociendo el valor de lo que se nos ofrece como un gran regalo.
Ahora cierro los ojos y me dejo envolver por una sensación de serenidad. Por unos
instantes rememoro lo vivido hasta este instante de mi vida, mi historia personal ya no es
un eco molesto sino un trozo de mi ser depositado en el archivo del corazón. El camino

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me está marcando decisivamente, su huella se está fijando indeleble en mi alma. En el
silencio de esta puesta de sol que contemplo rememoro el vuelo con gracejo de la abeja,
el vaivén del trigo que se deja peinar por el viento, el sabor agridulce pero natural de la
manzana tomada como un generoso regalo del manzano que da un trozo de sí mismo, el
saludo exultante de aquel hombre del pueblo que me ofreció un rato de conversación
sobre los cultivos de la tierra, y la vida misma en todo su esplendor natural y cotidiano.
Inspiro profundamente y siento, como nunca antes lo había sentido, que el aire fresco
oxigena mis entrañas y me hace vivir. Vivir, vivir, un arte, un misterio, un regalo,
aunque sea oyendo el eco de mi soledad

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10º DÍA
La verdad de amar

De Belorado a San Juan de Ortega (25 km)

«La única, la única verdad es amarse».


(José Luis Martín Descalzo)

El Camino es un foro ideal de diálogo en el que se hace posible el conversar acerca de la


vida, como quien se sumerge en un mundo maravilloso en el que cada persona tiene la
oportunidad de ofrecer lo mejor de sí misma. Recuerdo ahora a todos aquellos peregrinos
que van en ruta y que he conocido. Hay una ligazón que nos vincula y de alguna manera
nos hermana: todos somos peregrinos, y aunque cada cual sigue su propio ritmo, lo
cierto es que nuestras pisadas se cimentan en las huellas de quienes ya han pasado antes
y, en cierto modo, han abierto nuevas sendas. El camino que mejor, más fácilmente, se
transita es aquel que ya ha sido desbrozado por otras personas. Y el camino es un
inmenso caudal de humanidad que traspasa los tiempos y las culturas.
Hoy me he tomado la jornada sin apuros ralentizando el paso y haciendo continuas
paradas allí en donde el corazón se recreaba. Aproveché los momentos de descanso para
leer. He tratado de profundizar más en los aspectos históricos y artísticos del «Camino
francés», esta ruta que parte de todos los rincones del viejo continente y se dirige hacia
el Occidente, siguiendo el rastro del sol. No deja de ser emocionante el saber que
probablemente millones de personas a lo largo de la historia han hecho lo mismo que
estoy haciendo yo, caminar con el corazón en vilo hacia una meta deseada. Es cierto que
los tiempos han cambiado, y que seguramente la peregrinación de ayer era mucho más
difícil que la de hoy, debido a varios motivos: pero de lo que estoy convencido es de que
el ser humano del Medioevo, si hacemos una radiografía de su ser interior, no difiere en
esencia de cualquier peregrino de hoy. Miro el camino físico y no puedo sino sentirme
vinculado a todos aquellos aguerridos peregrinos medievales que, aun a riesgo de sus
propias vidas, se lanzaban al camino quizás con ansias de plenitud, de dar sentido a sus
propias existencias. Por eso el Camino de Santiago se me antoja como un auténtico
templo sagrado.
A lo largo de la ruta el peregrino se encuentra con algunos testigos silentes de esta
historia. Sobre todo las iglesias, los templos, que con apariencia de serenidad invitan al
peregrino a cuestionarse acerca de la trascendencia. Recuerdo que de niño me gustaba
contemplar los campanarios de las iglesias y, de ser posible, subir a ellos para observar
la vida desde las alturas. Mirar hacia la cúspide de una torre es enzarzarse

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inmediatamente con el cielo inmenso que nos cubre, y desde crío asocio el cielo a la
presencia de lo divino. Sé que corren malos tiempos para la fe, la religión ha sido
durante épocas históricas una especie de narcótico que esclavizaba a las personas. Y no
niego que mi reacción adolescente ha sido de rechazo de la imagen de un Dios que no
ama sino que juzga y condena. Jamás lo he podido comprender. Pero en el silencio del
corazón, quizás de un modo aún vergonzante, no dejo de hacer un hueco para la
«cuestión» Dios.
El Camino está señalizado en las estrellas que guían hacia el Finisterre occidental. Desde
niño me gusta contemplar el cielo estrellado, y hoy es el día en el que aún no he logrado
vencer (ni lo deseo) aquel sentimiento de ayer de emoción, admiración y
sobrecogimiento que me produce la hermosura del universo. Mi razón se resiste pero
acaba siendo vencida por la evidencia. Tiene que haber un ser mayor, inteligente, una
causa primera y última que sea la clave de interpretación de todo lo creado, de todo lo
que sucede. Reconozco aun así que la cultura reinante en este momento, tan dada a la
emancipación de todo lo que tenga que ver con la religión, también me ha arrastrado
hacia una postura equidistante. Pero lamento mucho que en esta sociedad tan
desarrollada y avanzada en lo tecnológico no se trate de un modo profundo la realidad de
lo religioso en el ser humano, como un potencial al servicio del bien común. Buscar la
felicidad humana es también plantearse la dimensión religiosa presente, desde los
orígenes, en la historia de la Humanidad. Ni los prejuicios ni el integrismo nos ayudan a
avanzar en el camino de constante conquista de la verdad, la felicidad y la libertad.
Me viene al pensamiento una cita que alguna vez he oído: «La verdad os hará libres».
Me parece que tiene tanto calado en el ser que merece la pena que forme parte de
nuestras vidas como si de un lema se tratase. Vivir en la verdad implica erradicar de
nuestra existencia la mentira, tantas clases de mentiras, algunas muy sutiles, que nos
pueden servir eventualmente para salir del paso, pero que a la larga nos hacen naufragar
en nuestras propias aguas, al descubrir que una vida asentada en la mentira no puede sino
llevar a la violencia y a la frustración. Atreverse a habitar en la verdad, en la propia
verdad, es dar un paso decisivo en nuestra maduración y en la referida conquista de la
felicidad. La libertad no es una actitud ante la vida sino la consecuencia lógica de vivir
en la verdad, de hacer de nuestras vidas un arroyo de aguas cristalinas que sigan su curso
hasta su destino. La libertad es consecuencia misma de la verdad. Sin verdad no hay
libertad posible. Todo lo demás será un destello fugitivo, una ilusión, una forma más de
esclavitud que juega al engaño.
Vivimos demasiado sumergidos en unas formas determinadas de comprender la vida en
sociedad. Al final tendremos que pagar un alto precio (la depresión, el estrés, etc). El
destello luminoso de la sociedad de consumo acaba haciendo esclavo de sus deseos y
sensaciones al ser humano contemporáneo. Por eso sería conveniente recuperar el
sentido de la verdad aplicado a la propia vida, desenmarañando todos los engaños
culturales que se dan por válidos sin cuestionamientos. En el Camino, por primera vez en
mi vida, estoy comenzando a sentir la libertad de quien se encuentra consigo mismo y
con los demás sin tapujos ni máscaras. Encontrarme con mi verdad, con la verdad de los

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demás, me está ayudando a comprender que la libertad es del todo necesaria, pero que
sólo se conquista desde la humildad de quien no elude quedarse a solas consigo mismo.
En nuestra noche interior siempre hay estrellas que nos guían, incluso cuando a veces
tendamos a dejarnos abatir por la fuerza de las circunstancias.
La conquista de la libertad pasa por abrirnos al don de la vida sin dejarnos esclavizar por
aquello que nos oculta el rostro de la verdadera realidad, una realidad que fue creada,
estoy convencido, para que el ser humano de todos los tiempos halle la senda directa
hacia la felicidad. Necesito ser libre, necesito liberarme de mis complejos, mis miedos,
mis prejuicios, mis hábitos de vida acomodaticios. La mayor tentación del ser humano
contemporáneo es la de renunciar a la verdadera felicidad a costa de pequeñas
seguridades que te dan confort, o lo que damos en llamar calidad de vida, pero que poco
a poco te van hurtando trozos de libertad.
Comprendo perfectamente la expresión que pronunció Jesús de Nazaret, y la comprendo
desde él, que vivió en coherencia con su mensaje. Pero estoy convencido de que la
verdad que nos libera no es otra que la fuerza del amor, la posibilidad y experiencia de
ser amados y amar. Sólo el amor nos puede ayudar a comprender esta existencia que
tenemos entre manos. El amor, el de verdad, libera, y nos conduce irremisiblemente
hacia la felicidad plena. Y nunca he tenido un sentimiento de amor como este que
experimento ahora compartiendo mi existencia personal con personas y cosas, con las
«presencias» misteriosas y hermosas del Camino. Esta es la verdad de amar.

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11º DÍA
La solidaridad genera amistad

De San Juan de Ortega a Burgos (23 km)

«Me hablaron de un hombre cuyo amigo había sido encarcelado, y él se acostaba todas
las noches en el suelo para no gozar de una comodidad de la que habían privado a su
amigo. ¿Quién se acostará en el suelo por nosotros? Yo quisiera ser capaz. Sí, algún día
todos seremos capaces y entonces nos salvaremos». (Albert Camus)

Una de las grandes riquezas que aporta el Camino de Santiago es la posibilidad de


conocer y compartir momentos, gestos y palabras con personas venidas de cualquier
lugar del mundo. El Camino se convierte así en una especie de Babel que, a diferencia de
la bíblica, sí logra generar comunión en base a la humildad. Al final el peregrino
comparte con otros peregrinos el amor, la ternura, a veces también el enfado que surge
del inevitable dolor o de las dificultades que supone el esfuerzo por caminar con una
mochila sobre los hombros cientos, e incluso miles, de kilómetros, como es el caso de
algunos avezados europeos que se echan a andar desde sus tierras natales. Adquiere así
sentido aquella expresión ya popular que asegura que el surgimiento de la noción de
unidad europea floreció caminando hacia Compostela, que hoy, como antaño, sigue
siendo espacio abierto de encuentro y diálogo en torno a la vida y a los valores humanos.
Anoche coincidimos en el albergue un numeroso grupo de peregrinos. Después de
acomodarnos según las posibilidades, coincidimos a la puerta del albergue iniciando una
conversación acerca del Camino. Poco a poco fuimos derivando hasta coincidir
unánimemente en que lo más valorado del Camino es la posibilidad de conocer a gente
distinta y entablar amistad. Y fue en este punto en donde más diálogo se suscitó, sobre la
coincidencia de que en nuestros tiempos se tiende en exceso a valorar objetos materiales
y todo aquello que te aporta seguridad y confort, pero que se está perdiendo de vista el
valor intrínseco del ser humano en su dignidad, y su sociabilidad, su relación con los
demás seres, e incluso con la naturaleza. La amistad es un valor que no cotiza al alza en
la bolsa de la vida. Y advertíamos que el egoísmo humano es el peor enemigo, un
auténtico destructor de amistades. Recordé entonces una cita de Aristóteles que solía
escribir en sus cartas una amiga mía, gran amante de los clásicos griegos: «La amistad
consiste en querer y procurar el bien del amigo por el amigo mismo». Y es que con
frecuencia confundimos amistad con una especie de opción, según la cual la persona
elige a los seres más perfectos para que formen parte de su selecto club de amistades.
Pero la amistad es, por encima de todo, buscar el bien ajeno, puesto que es en esta misma

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acción en donde se gesta la verdadera amistad, que nace del respeto al ser humano y de
su valoración más allá de defectos y virtudes.
Un peregrino buscó en un diccionario que estaba sobre un estante en el albergue una
definición de amistad, según el cual, se trata del «afecto personal, puro y desinteresado,
ordinariamente recíproco, que nace y se fortalece con el trato». Así visto, la amistad
tiene mucho que ver con el amor. Otro peregrino aportó también su visión en base a una
cita del lingüista Laín Entralgo, según el cual «la amistad verdadera consiste en dejar
que el amigo sea lo que él es y quiere ser, ayudándole delicadamente a que sea lo que
debe ser». Y ya rizó el rizo una peregrina de formación filosófica que agregó una cita
atribuida a Ortega y Gasset: «Una amistad delicadamente cincelada, cuidada como se
cuida una obra de arte, es la cima del universo». No deja de ser hermoso el comprobar
que en un rincón del mundo, al atardecer de un día cualquiera, algunas personas dialogan
sobre qué es, para qué sirve, la amistad, llegando a precisar que es un elemento
absolutamente imprescindible para llegar a ser felices.
Cuidar nuestras amistades es favorecer nuestro propio bien y el bien ajeno. Aunque es
cierto que la amistad conlleva siempre un riesgo, ya que se pone en juego lo mejor de
uno mismo al servicio del bien de los demás. Sí, en realidad es como tratar de esculpir
una obra de arte. Recuerdo ahora a mis amigos. Anoche, después de la conversación, me
fui a la cama saboreando el buen rato vivido en ameno diálogo y pensando en mis
amigos, que, en cierto modo, ahora más que nunca, valoro como auténticos tesoros. En
los momentos más difíciles de mi vida nunca faltó una palabra amable, un gesto de
cariño, una constante atención y ánimo. La amistad puede generar una nueva forma de
comprender el mundo. Amistad y solidaridad son términos equivalentes porque una
conduce a la otra, aunque también es cierto que a veces la ingratitud humana puede
llegar a límites insospechados. Generosidad, libertad y respeto son también otros
componentes esenciales para experimentar a fondo la verdadera amistad.
Ya estoy en Burgos, la primera gran ciudad después de Pamplona y Logroño. Todavía
permanece en mí la emoción que me produjo la entrada en la ciudad antigua a través de
la Puerta de Santa María, una vez que me hube encarado con la fachada de la espléndida
y blanca catedral gótica. Sus altas torres me hicieron sentir una especie de elevación
interior, un estímulo a levantar siempre la mirada hacia lo más alto. Ya dentro me
atravesó una sensación de inmensidad en mi pequeñez. Tras pasear por dentro del
conjunto me senté en un banco a reflexionar, y allí me brotó una especie de oración en la
que sin saber muy bien a quién, daba gracias por todo lo que me estaba sucediendo, y
sobre todo hice míos los sentimientos de la Humanidad entera pidiendo por los que más
sufren. El silencio del templo me transportó a un valle de paz en el que casi me quedo
dormido.
Recobrado el sentido de la realidad, aunque la verdad es que ya casi no distingo entre
sueños y realidad (a veces pienso que son una misma cosa, que los sueños nos llevan a
transformar la realidad más nefasta para modificarla y recrearla según nuestras ansias de
felicidad), cacé con la mirada, sobre el mismo banco en el que descansaban mis huesos,
un papel con la fotografía de una persona. Se trataba de la Madre Teresa de Calcuta, esa

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mujer entregada en cuerpo y alma al servicio de los más desfavorecidos, que sin duda ha
escrito con su amor una de las páginas más hermosas de la historia de la Humanidad. Por
detrás figuraba una oración atribuida a ella. En silencio, con el corazón remansado en la
paz de las naves catedralicias, leí y comprendí estas palabras:
«Señor, cuando tenga hambre, dame a alguien que necesite comida; cuando tenga sed, dame a alguien que
precise agua; cuando sienta frío, dame a alguien que necesite calor; cuando sufra, dame a alguien que necesite
consuelo; cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz de otro; cuando me vea pobre, pon a mi
lado algún necesitado; cuando no tenga tiempo, dame a alguien que precise de alguno de mis minutos; cuando
sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien; cuando esté desanimada, dame a alguien para darle
nuevos ánimos; cuando quiera que los otros me comprendan, dame a alguien que necesite mi comprensión;
cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame a alguien a quien pueda atender; cuando piense en mí
misma, vuelve mi atención hacia otra persona. Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos: dales, a
través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día, también nuestro amor misericordioso, imagen del tuyo».

Esta es la expresión más sublime de la amistad que se hace «amor misericordioso» por
los demás. Seguramente el mundo sería un verdadero paraíso si tuviésemos entre
nosotros a muchas Madres Teresas dispuestas a poner su felicidad en el acto amoroso de
dar, ofrecer, cuidar entrañablemente para hacer sentir la presencia de un amigo a quien
probablemente no los tiene. Teresa era un titán de la fe, no me cabe la menor duda. Para
amar así no hace falta mucha ciencia ni teología, tan sólo un corazón sensible capaz de
renunciar al egoísmo para dedicarse a amar a manos llenas. La solidaridad genera
amistad.

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12º DÍA
El peregrino feliz

De Burgos a Hornillos del Camino (21 km)

«Tenemos lo que buscamos. No tenemos que correr tras ello. Estuvo allí desde siempre y
si le damos tiempo se revelará a nosotros». (Thomas Merton)

Recuerdo que de adolescente leí una cita de un filósofo llamado Emmanuel Mounier y
comprendí ya entonces que encerraba en sí misma una gran verdad, y que en cierto modo
definía muy acertadamente en qué consiste la verdadera felicidad humana: «Sueño con
un mundo en el que se pudiese parar al primer transeúnte, en la esquina de cualquier
calle, y haciéndome de buenas a primeras su igual por el corazón, continuar con él, sin la
más mínima extrañeza, su conversación interior. Las pocas veces que Dios me ha
concedido la gracia de un encuentro así, he descubierto realmente qué es amar». Son
palabras que siempre me han intrigado, quizás porque en mi mente se entrecruzaba, por
una parte, el sueño hermoso del amor y, por otra, la desconfianza hacia el ser humano.
Pero ahora, en el Camino de Santiago, estoy haciendo realidad lo que el filósofo
proclamaba ufano. El Camino es en realidad una encrucijada de senderos en la que
siempre se acaba produciendo el encuentro.
Hoy he vuelto a ver a Rufino, el peregrino italiano de sonrisa constante que transmite
paz y alegría. Esta vez fui yo quien le abordé, un poco intrigado por saber quién es
realmente este peregrino feliz que no hace noche en los albergues y aparece fugazmente
por el camino desde aquel primer encuentro sencillo en Roncesvalles. Me contó que
decidió hacer la peregrinación viviendo intensamente la pobreza, la desapropiación de
todo, por eso evita en lo posible dormir en los albergues; aun agradeciendo la
generosidad que se le ofrece, dice que así su plaza siempre podrá ser ocupada por un
peregrino más necesitado. Rufino duerme en donde la noche lo sorprende: al raso, en una
casa o iglesia abandonada, o en un portal. Y no dejo de sentir un poco de envidia al oírle
narrar sus sensaciones durante la peregrinación y su galanteo con lo que él llama mi
novia la pobreza, «que me hace libre».
Tiene razón Rufino, vivimos demasiado cimentados en las seguridades materiales hasta
que un golpe de la vida adverso nos despierta del sueño. Mirando a los ojos a Rufino
recordé a Diógenes, aquel sabio griego que decidió pasar el resto de su vida haciendo de
un tonel vacío su hogar, y aquella anécdota que cuentan, según la cual un emperador
intrigado, y al mismo tiempo envidioso de la libertad y paz con la que vivía aquel pobre
mendigo, fue a visitarle para ofrecerle riquezas a cambio de su sabiduría. Cuenta la

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leyenda que Diógenes tan sólo le dijo: «Quítate de en medio, que me estás quitando la
luz del sol». ¿Quizás no sea este peregrino de hoy un sabio? Desde luego sus palabras
rezuman sabiduría. Es cierto que para vivir y hacer viable nuestra existencia en este
mundo material necesitamos medios, pero los justos, lo que pasa de necesario nos
esclaviza y nos hace injustos para quien menos tiene. El razonamiento de Rufino al
respecto me ha hecho pensar en qué consiste la verdadera libertad: «Si tienes más de lo
necesario para vivir estás siendo egoísta con respecto al entorno, e injusto con respecto a
quien no tiene lo necesario para vivir. Además, los bienes nos encarcelan en el mundo de
las sensaciones contradictorias, porque si das tu corazón a lo que en sí es transitorio y no
tiene más valor que el que se le dé, pondrás todo tu esfuerzo en mantener tu status o en
mejorarlo. Y así, la libertad se esfuma como el humo que sale de la hoguera del egoísmo
que te quema por dentro. Yo no soy mejor que nadie, ni trato de dar lecciones, tan sólo
vivo, y he llegado a saber que la libertad consiste en disfrutar con gozo de lo que uno es
y la vida gratuitamente le ofrece, sin forzar ni violentar, agradeciendo, viviendo
agradecidamente el don de cada instante».
El peregrino de Asís lleva al cuello una especie de cordón fino que sostiene una especie
de «T» de madera. En algún lugar leí que este era el símbolo de los Templarios
constructores de catedrales. De modo que le pregunté si no sería él un templario de
nuestros días. Me sorprendió su respuesta: «Todos somos templos del Espíritu Santo, y
nuestro corazón es un sagrario en el que habita Dios». Palabras que me desconcertaron
un poco. Debió de notarlo porque sonrió y me aseguró que esa «T» en realidad era la
cruz franciscana, puesto que san Francisco de Asís legó a la posteridad una bendición de
puño y letra firmándola con este símbolo, que no es otro que la letra «T» del alfabeto
griego, pero que, según me dio a conocer Rufino, figura como el signo de los salvados
en un libro del Antiguo Testamento (el de Ezequiel). Incluso es posible que san
Francisco, peregrinando a Compostela, hubiese podido ver este signo, puesto que lo
llevaban los monjes antonianos que en aquella época acogían a peregrinos en plena ruta.
Así pues, mi curiosidad se vio saciada: Rufino es un joven italiano amante del estilo de
vida de san Francisco hasta el punto de haberse hecho él mismo franciscano. Jamás he
visto a nadie hablar con tanto cariño y admiración de alguien que no conoció en vida,
puesto que el santo de Asís vivió hace casi ochocientos años.
Comenzamos entonces a hablar del libro que él me había entregado días atrás y que
estoy a punto de concluir. Hay una frase en la que me he parado como embobado, como
cuando un crío se queda mirando un escaparate de juguetes o golosinas. Rufino me
confirma que esta novelita ha influido decisivamente en su propia experiencia espiritual
al sentirse muy identificado con Francesco (así le llama él). Y me cuenta también la
historia personal de Eloi Leclerc, el autor de esta novelita. Eloi es un franciscano francés,
ya muy entrado en años, que sufrió de joven el horror de un campo de concentración en
el que asistió atónito a la entronización de la crueldad humana. Producida la liberación
hubo de volver a su casa y allí, al contacto con su gente, y con los paisajes de su Bretaña
natal, comenzó a definir cuál había de ser su opción de vida. Le quedaban, según él, dos
caminos: vivir hasta el postrero instante con la amargura en el corazón, o recuperar la

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esperanza. Finalmente la figura de san Francisco de Asís fue decisiva para salvar su
existencia del mayor de los naufragios. A través de Francisco comprendió que el ser
humano es capaz de generar hermosura, regada a base de la bondad que atesoramos en el
corazón. La esperanza iluminó entonces su vida y deseó ardientemente combatir la
crueldad con la fuerza del amor. Y así lo ha querido transmitir a través de sus libros, uno
de los cuales, este de Sabiduría de un pobre, rinde pleitesía al ser que «salvó mi alma»,
según Rufino.
Abrí el libro y le leí un párrafo a Rufino en el que figuraba una frase que me había hecho
meditar profundamente: «El hombre no sabe verdaderamente más que lo que
experimenta». Y es cierto, en realidad no aprendemos suficientemente más que aquello
que vivimos, sobre todo si lo hacemos desde lo profundo del ser. Cuando vienen las
adversidades o las contradicciones es cuando se nos prueba y, al mismo tiempo, cuando
más aprendemos de nosotros mismos y de los demás. Rufino me contó entonces cuál
había sido su trayectoria vital, cómo de adolescente buscó sensaciones «fuertes», al igual
que la mayoría de los chicos y chicas de su edad, y cómo fue el desengaño, la
experiencia acumulada, la que le levantó de su abatimiento una vez que estuvo a punto
de hundirse por completo por una serie de circunstancias personales. Fue entonces
cuando su gran idealismo le hizo levantar la cabeza y comenzar a buscar cuál es el
verdadero sentido de la vida. Y concluyó que sólo el trabajar por el bien de los demás es
trabajar por la felicidad. Así inició un nuevo camino que le llevó finalmente a un
convento en la patria chica de Francisco, Asís, atraído por la «fuerza de la paz y el
amor», según él.
Rufino desbordaba entusiasmo al hablar, al recordar sus primeros pasos en lo que él
llamaba «mi nuevo nacimiento». Una nueva vida que se asentaba también en una clave
ineludible: «Jesús de Nazaret y su Evangelio». Oyendo hablar a este franciscano de
Jesús, de su provocadora libertad y su mensaje de amor, sentí que algo dentro de mí
bullía inquieto. Nunca antes había oído hablar de Jesucristo con tanta naturalidad y
sencillez, Jesús es el Maestro, el «camino que nos muestra la felicidad», un ser que hizo
de Dios un trozo de vida cotidiana, un expropiado por la causa del bien humano, un bien
que, según Rufino, se llama «Reino de Dios», un Reino que ya está en medio de
nosotros, dentro de nosotros.
Reconozco que yo no puedo percibir la fe con la nitidez con la que lo hace este joven
italiano, más bien considero que estoy demasiado influido por los estereotipos sociales
sobre Dios y la Iglesia, lo que me ha llevado a asumir como propios algunos prejuicios,
que, como todo prejuicio, tienen un algo de verdad y un mucho de mentira. Tras un largo
tiempo de diálogo, Rufino se levantó y con su sonrisa de siempre se despidió con un
inaudito: «Paz y bien, hasta siempre». Y me extendió la mano entregándome un papelito,
una estampa de san Francisco, que guardé con auténtica reverencia, como recuerdo de
este peregrino feliz.

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13er DÍA
El jardín interior

De Hornillos del Camino a Castrojeriz (20 km)

«Lo que realmente hace importante al ser humano es aquello que habita en su interior,
aquello que le hace ser auténticamente él mismo». (José Real Navarro)

La mayoría de los albergues en los que he pernoctado a lo largo de estos días tiene un
gran cuaderno o libro en el que los peregrinos que lo deseen pueden manifestar por
escrito sus esperanzas e impresiones, sus deseos y sufrimientos, la vida misma tal y
como se va experimentando a golpe de pisadas. He pasado mucho tiempo leyendo
algunas de las inscripciones en las que, más allá de generalidades típicas sobre el
Camino de Santiago, hallé una profundidad que nunca antes había visto reflejada en el
rostro de las personas con las que habitualmente convivo, salvo raras excepciones.
El peregrino tiende a ir abriendo un surco en su corazón, y con entera libertad es capaz
de manifestar intimidades, abriendo así su vida al peregrino desconocido que viene por
detrás. Salvando el anonimato de los autores, he tomado nota de algunas frases que me
han llamado la atención o me han resultado especialmente profundas e interesantes. Es
curioso, la mayor parte de ellas hablan de un algo o alguien que hace nacer un
sentimiento de plenitud que no se acaba de colmar. Es quizás la experiencia de la
espiritualidad en sus diversas manifestaciones: desde el gozo exultante, hasta la tristeza
profunda y el desgarro. Estas son las citas «del Camino», trozos de vida de algunos
peregrinos que comparto y medito:
«Nunca antes me había sentido tan viva, tan desbordantemente viva pese a los dolores, algo está sucediendo
dentro de mí, ya no soy la misma. Sobre mis espaldas llevo el peso de mi vida, mi historia personal, una
historia semi-perdida que ahora comienzo a comprender, a respetar, a valorar. La vida, mi vida, es un tesoro,
un tesoro para compartir…».
«Ayer me senté junto a una fuente, en el agua caída y estancada observé el reflejo de mi rostro: demacrado,
cansino. Era mi rostro aquél que se reflejaba en el agua. Era mi historia personal. La quietud del agua
remansada me hizo pensar en la paz. Para tener paz necesito remansar las aguas de mi vida y ser como esta
fuente, que ofrece su agua sin preguntar a quién ni cobrar dinero. Ahora sé que dentro de mí fluye una fuente
(no sé muy bien de dónde mana) que puede ayudarme a conseguir la paz que me permita compartir con los
demás…».
«He comenzado a caminar entre dudas. Y son esas mismas dudas las que me hacen despertar cada mañana con
la esperanza de encontrar algo, un sentido, una paz, un amor, no sé muy bien qué. Pero poco a poco, a cada
paso del camino, descubro que se va iluminando mi vida con una luz desconocida, es como si en mi bosque
salvaje interior alguien comenzase a desbrozar la maleza permitiendo entrar la luz del sol. Ahora lo
comprendo, mi gran error es que no he sabido cuidar hasta ahora mi jardín interior…».

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«Tú eres, Dios mío, quien me hace salir del egoísmo para hacer de mi vida un lugar de encuentro, un espacio
sagrado en el que se hace posible soñar con la paz, la esperanza y el amor. Tú eres mi vida…».
«Siento que soy una unidad con la naturaleza. Un ser diverso en su forma pero unificado con este latido de la
existencia que me persigue, que me rodea, que me va envolviendo y haciendo sentir un gozo profundo, hasta
derramar lágrimas de alegría. Me siento libre en medio de los campos, compartiendo lo que soy y tengo con los
demás…».
«A lo largo de mi vida me he esforzado por ser libre, cayendo así en el engaño de la sociedad consumista.
Creía que la felicidad estaba en tener y aparentar, pero acabo de descubrir que todo eso está abocado al fracaso.
He descubierto que la libertad no se da, la libertad se tiene, se es, se vive desde dentro. Mi ser se siente libre
como el viento…».
«La vida es un largo camino que, como este, unas veces es cuesta arriba y otras cuesta abajo. Caminar,
caminar, esta es la tarea del ser humano, la única forma de crear. Y mientras se camina se ama, se aprende a
amar, a sentir como propios los dolores ajenos, a comprender que la naturaleza es nuestro hogar común…».
«Hay un tiempo para cada cosa. Pero siempre es tiempo para vivir en la esperanza, una esperanza que va más
allá de las apariencias y de las meras expectativas. Es una esperanza rebelde, que supera los miedos y todas las
resistencias. Siempre es tiempo de esperanza, pase lo que pase, la esperanza vence…».
«Busqué por fuera lo que en realidad está dentro de mí. Me embarqué en un crucero de sensaciones y
experiencias “fuertes” hasta que naufragué y me hundí. Tuve la fortuna de llegar a nado a la costa, y ahora,
desde el puerto seguro de la autoestima, emprendo una nueva singladura en mi vida».
«Contemplando el vuelo de los pájaros he comprendido que en realidad la verdadera libertad consiste en ser
uno mismo aquello que la naturaleza determinó que fuese, aprendiendo a vivir sin extralimitarse, volando si
uno es pájaro, caminando si uno es un ser humano. Soy, y esta es mi mejor tarjeta de presentación; soy una
persona humana, nada más y nada menos…».
«En cierta ocasión leí en algún libro una cita atribuida a un santo que afirmaba que la verdad reside en el
hombre interior. Entonces no lo comprendí, me parecía una frase vacía, lo que merecía la pena –pensaba
entonces– es la vida exterior con su cúmulo de sensaciones, hasta que finalmente caí de bruces en el pozo de la
desesperación. Entonces, sí, comencé a comprender, y ahora, caminando, puedo afirmar que sí, que mi verdad
radica en mi ser interior…».

El silencio es a veces más elocuente que esa tendencia moderna a llenarlo todo de ruidos.
Callo y dejo que estas citas tan «vivas», en la medida en que son el reflejo de la
experiencia única e intransferible de unos seres humanos, interpelen mi ser. No sé cómo
explicarlo, pero me siento en una profunda comunión con estos peregrinos de días
precedentes que han tenido a bien compartir sus vivencias con otros peregrinos que
seguimos sus huellas en el polvo del camino. Somos como un jardín interior en el que
crece la maleza por nuestro descuido. Hoy comprendo que debo hacer las veces de
avezado jardinero de mi jardín interior para lograr hacer que florezca y dé buenos frutos.

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14º DÍA
Las heridas de la vida

De Castrojeriz a Frómista (25 km)

«El perdón es la serenidad de la mente». (Mahatma Gandhi)

A lo largo del camino te vas encontrando con más y más peregrinos, cada uno con su
vida sobre las espaldas, cada cual más singular. Es cierto que a lo largo de la jornada los
encuentros son esporádicos y momentáneos. Al finalizarla, ya en el albergue, es posible
dedicar más tiempo a este arte de abrirnos a los demás ejerciendo la escucha como una
forma de forjar amistad y de ser solidarios.
Esta tarde estuve charlando un buen rato con Marga, una chica de aspecto frágil y con un
hablar muy triste. Al hilo de la conversación sobre el camino y sus aspectos positivos,
ella, casi sin poder reprimirlo, comenzó a hablarme de sí misma y de su vida que, según
ella, era un desastre. Tenía motivos para estar preocupada: su situación familiar nunca
había sido la más adecuada para favorecer su educación y maduración sana. Y de tal
manera estas circunstancias la han afectado que llegó a afirmar: «La vida me hiere».
La conversación amistosa y cordial con Marga me ha hecho pensar que es cierto que la
vida a veces es cruel. Que no hemos elegido formar parte de este «gran teatro del
mundo» pero que sin embargo caemos en la cuenta de que existimos y de que tenemos
que dar sentido a nuestro discurrir por este mundo, un mundo, por cierto, terriblemente
injusto con muchas personas. Pero al mismo tiempo (en base a mis experiencias de
amargura) considero que somos más importantes, e incluso más fuertes, que nuestras
desventuras o malandanzas. Lo importante es cómo asumamos y qué grado de influencia
permitamos tener a las circunstancias que nos afectan. Lo que para una persona es una
tragedia, para otra no lo es tanto. En esta vida el bien y el mal son primos hermanos, de
ahí que también caigamos en exceso en el maniqueísmo de siempre cuando no en un
relativismo tan atroz que ya no somos capaces de distinguir el bien del mal. Dentro de
nosotros hay dos bestias salvajes que exigen su alimento: una es el mal, la otra es el bien.
Según a cual decidamos alimentar, así seremos, así será nuestra vida.
Muchos de mis amigos lo están pasando muy mal a causa de no saber situarse ante la
vida. Algunos han llegado a sentir la angustia y a caer en la depresión. Estoy convencido
de que somos frágiles, pero también de que el ser humano atesora en sí una serie de
virtudes que pueden hacernos vencer frente a toda clase de adversidades. El peligro está
en que con frecuencia el enemigo lo tenemos en casa: el enemigo somos nosotros
mismos, el yo egoísta que de vez en cuando, y de múltiples formas, da la cara como un

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crío caprichoso al que hay que atender constantemente. Nuestra personalidad es un
conjunto de cualidades que aunadas y fortalecidas aprisionan el egoísmo y nos hacen
madurar equilibradamente.
La autoestima es una medicina natural que todos deberíamos administrarnos con
frecuencia como una vitamina. Valorarnos, o mejor aún querernos, es la mejor manera
de triunfar sobre nuestras pasiones y frustraciones. Si aprendiésemos a querernos con
inteligencia, con serenidad, y siempre desde la verdad de nuestra vida, seguro que
viviríamos más felices y haríamos felices a los demás. Aunque reconozco que este es un
aprendizaje que dura toda la vida, todo un arte en el que hay que ponerse manos a la obra
desde la misma infancia. Es cierto que la vida hiere, pero nosotros tenemos en nuestras
manos la posibilidad de curar y curarnos. Y lo que escribo me lo digo a mí mismo. En lo
referido a nuestra auto-valoración nos jugamos el tipo. Es lo que hoy se conoce como
autoestima, ni alta ni baja, la justa para ser realistas.
En cierta ocasión leí un libro de los llamados de «autoayuda» en el que el autor insistía
en que es absolutamente esencial aprender a vivir desde dentro, a través de un constante
diálogo con uno mismo, tratando de crear pensamientos positivos generadores de
esperanza, como una forma de enfrentarnos al mundo con nuestra personalidad bien
afianzada. Nuestros pensamientos nos condicionan enormemente en nuestra capacidad
de percibir la realidad misma. Si una persona vive ensimismada no podrá disfrutar del
encuentro con los demás. Si una persona está constantemente rumiando pensamientos
negativos no será distinta su vida. Por eso conviene reorganizar nuestro mundo mental,
arrancando de raíz toda esa pléyade de pensamientos y sensaciones negativos que nos
apocan y nos entorpecen a la hora de salir al encuentro de la vida.
Pero para alcanzar esta meta hay que ser muy humildes, hay que sufrir muchas
frustraciones, hay que meter antes mucho la pata. Admiro a todas aquellas personas que
son capaces de convivir consigo mismas sin conflictos. Seguro que la paz que transmiten
algunas personas es fruto de una previa lucha intestina. Seguro que la simpatía de quien
siempre está tratando a los demás con mucha amabilidad nace de ese esfuerzo por ser
antes amable consigo mismo. Lo que siembres cosecharás, es ley de vida. Y para ser
humildes hay que hacer antes un ejercicio de reconciliación con uno mismo, con tu
historia, con tus miedos, con tus frustraciones, con tu vida entera. Me alegra saber que
Marga, después de ser tan herida por la vida está hallando el remedio: «Ahora ya estoy
mejor, me estoy reconciliando conmigo misma» (me dijo, y me alegro). Debemos curar
las heridas de la vida.

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15º DÍA
La sed de mi camino

De Frómista a Carrión de los Condes (23 km)


«El amor encuentra siempre su camino».

(del Diario de Anna Frank)

El calor ha arreciado a lo largo de esta jornada. Hubo un instante en el que la fuerza del
sol era tan intensa que estuve a punto de desistir de continuar el camino. Esto mismo me
sucede en la vida ordinaria, cuando la fuerza de la contrariedad es más férrea siempre me
acomete un repentino instinto de arrojar la toalla. Sin embargo hay una fuerza interior,
una especie de voz constante, que me anima a seguir, a no decaer en el afán por dar vida
plena a mis días. La vida misma es un cúmulo de pruebas que nos van tomando la
temperatura de nuestra madurez interior.
Hacia las 2 de la tarde, casi deshidratado por el esfuerzo, decidí parar a descansar bajo
unos árboles que con sus ramas y hojas ofrecían un cierto alivio al fatigado caminante.
Comí un poco y por supuesto bebí hasta la saciedad. Coloqué la mochila a modo de
improvisada almohada y, leyendo algunos párrafos del libro que me regaló Rufino, me
quedé profundamente dormido. Cuando desperté, casi por inercia, me incorporé y eché
sobre los hombros la mochila a la que ya me he habituado. Casi diría que mi espalda
nota su falta cuando no la lleva sobre sí. Comencé a caminar de nuevo con el
pensamiento puesto en llegar al albergue, darme una buena ducha y respirar tranquilo.
Reiniciada la marcha pude comprobar que se me había acabado el agua de la
cantimplora, y que, según la guía de peregrinación, la próxima fuente estaba a unos diez
kilómetros de distancia, en el argot peregrino eso supone unas dos horas de camino a
buen paso. En ese instante mi vida se redujo a un pensamiento casi obsesivo: necesito
agua. Nunca tuve tanta conciencia de la importancia del líquido elemento para nuestra
supervivencia. Pensé entonces en todas las personas para las que el agua es un artículo
de lujo. El polvo del camino iba adhiriéndose a mi boca e incluso a la garganta. En esos
momentos todo se hace relativo, importa la vida, y el único cuidado es tratar de dar al
organismo lo que necesita para seguir funcionando con naturalidad. La vida misma se
contempla desde otra vertiente más profunda y significativa. Llegó un instante en el que
me sorprendí a mí mismo orando, dirigiéndome a Dios como quien habla con un amigo.
Y comprendí que la fe tiene mucho que ver con la vida, con la indigencia, cuando el ser
humano descubre su fragilidad. Comprendo ahora mejor que nunca aquello de que
«quienes son como niños entrarán en el reino de los cielos». Es el misterio de la

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pequeñez, de nuestra pequeñez.
Tras unas dos horas de camino angustioso a la busca de una fuente, llegué a buen puerto.
En la distancia, a unos 50 metros, pude contemplar un reguero de agua que corría jovial
a través de un caño y caía con fuerza sobre una especie de cuenco grande de piedra. No
me eché a correr, no me dejé llevar por las ansias de beber. Había sido un esfuerzo tan
intenso como para no disfrutar entonces del botín obtenido. El hallazgo merecía una
ceremonia de homenaje al agua. Serenamente me desprendí de la mochila, contemplé el
agua, y casi como hablando con ella, en silencio, bebí un sorbo. Estaba fresca,
deliciosamente fresca. Su murmullo al caer era como una sinfonía en mis oídos. Bebí
hasta saciar la sed acumulada, llené la cantimplora, y me senté junto a la fuente
agradeciendo su compañía. Quizás sea agradecimiento la palabra que mejor defina mi
sensación en este momento en el que un hombre se sentía más que nunca vivo. La vida
es muy sencilla, a veces basta con un poco de agua para ser feliz.
La sed del camino es la punta del iceberg de una sed aún más intensa. Desde joven siento
por dentro una especie de inquietud, una tendencia innata, un cosquilleo que me lleva a
pensar que tiene que haber un alimento que sacie nuestras ansias de felicidad. Quizás sea
Dios la respuesta. Pero lo cierto es que a día de hoy no alcanzo a saber cuál es el agua
que sacia nuestra sed existencial. Recuerdo que hace años estuve en una casa que
regentan las Hermanas de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta. Mientras aguardaba
a ser recibido por las Hermanas estuve sentado en el suelo sobre una esterilla en la
capilla de la comunidad. Una capilla pobre, sin lujos, sencillamente acogedora, como las
Hermanas mismas. En la pared central, detrás de un pequeño altar, figuraba una
inscripción que decía en inglés: «Tengo sed». Luego las Hermanas me explicaron que es
para ellas una especie de lema que resume su misión. Se trata de unas palabras que los
evangelios ponen en boca de Jesús en la cruz. En ellas está reflejada toda la indigencia
humana. Por eso las hijas de Teresa ven en ellas un reclamo para ir por el mundo
tratando de saciar esa sed, una sed que ellas dicen que no es solamente física sino
también espiritual. Hoy he comprendido mejor lo que significa tener sed, y lo que es la
solidaridad, o caridad (como ellas prefieren decir).
El agua es un símbolo de la solidaridad. Sin ella no podemos vivir, y ella se deja tomar
para mantener viva la llama de la felicidad del ser humano que ha de sostenerse firme y
fortalecido por este elemento consustancial a la vida misma. «Tengo sed». Ahora
comprendo mejor lo que significa tener sed y cómo esta necesidad ha de ser un revulsivo
interior para trabajar por saciar la sed de los demás. Me siento identificado con la Madre
Teresa. Saboreo, medito, agradezco la oración que providencialmente encontré bajo las
cúpulas de la catedral burgalesa. En Teresa se ha manifestado lo más loable del ser
humano, su capacidad para amar y para hacer posible la ternura a favor de quien sufre la
enfermedad y el abandono. El mundo en el que vivimos sería muy distinto si hubiese un
puñado de «teresas» al servicio del amor y de la paz. La sed del camino ha sido una
lección de vida que jamás olvidaré. Lo ratifica una leyenda que estaba impresa en un
papel en el tablero de avisos del albergue en el que pernocto: «El Camino te va haciendo
por dentro como un pedagogo que te va ayudando a conocerte mejor, despojándote de

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toda apariencia y mentira. En estas circunstancias incluso el no creyente acaba
dialogando consigo mismo, sin mayor pretensión que la de quedarse a solas con lo
esencial, en busca de la fuente de la felicidad». Y en un instante de mi vida soñé que la
felicidad es una fuente de aguas puras que sacia la sed de mi camino.

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16º DÍA
Los ojos del corazón

De Carrión de los Condes a Sahagún (35 km)

«La alegría nos maravilla. Ella nos hace descubrir despertares poéticos en cada
estación, tanto en los días de plena luz como en las noches heladas del invierno».
(Taizé)

Cada jornada de mi camino, de la vida misma, supone una oportunidad inestimable para
abrirme al don de la vida con el alma del aventurero que no obvia los peligros pero que
sabe que en la aventura misma se encuentra su razón de ser, su pasión, su gloria y
también su decepción. La vida es un conglomerado de gozos y tristezas, de luces y
sombras. Es una paradoja constante entre el bien y el mal, el día y la noche, lo grande y
lo pequeño. La vida es en esencia un misterio que vamos desentrañando de igual manera
que un crío que juega al escondite va descubriendo nuevos y ocultos refugios en los que
aguardar hasta que el que «panda» deja desguarnecido el punto de salvación.
Sin duda alguna lo mejor del Camino, más allá de la naturaleza, los paisajes, o el arte,
son las personas humanas. Cada cual con su vida e historia personal a cuestas, cada cual
con sus sufrimientos y heridas, y con sus esperanzas. Desde el primer paso me fui
encontrando con personas que han estado al servicio del encuentro y la solidaridad,
desde el avezado peregrino hasta el paisano que con toda sencillez ofrece un saludo y un
vaso de agua. A lo largo de estos días ya he saboreado el don de la relación humana y
fraterna con muchas personas. Algunas de ellas han pasado a formar parte ya de mi
personal álbum de fotos del corazón. En ellas he visto reflejado lo mejor de la condición
humana, y he recordado también a todas aquellas personas que formáis parte de mi vida:
mi familia y mis amigas y amigos. Entre todos estamos haciendo realidad la historia de
la Humanidad. Todos somos, de alguna manera, protagonistas en el gran teatro del
mundo.
Hoy he conocido a una persona excepcional. Se llama Carlos, y es un peregrino toledano
que deseaba desde hacía tiempo realizar la peregrinación. Carlos camina con dificultad.
Al verle marchando intuí que algo no iba bien. Me contó que una tendinitis estaba
tratando de acabar con su sueño y que en un centro de atención médica le habían
recomendado volver a casa y descansar. Pero su fortaleza psicológica le impedía subirse
a un autobús y regresar. Estaba dispuesto a continuar hasta donde el cuerpo resistiese.
Además, noté que tenía un defecto en los ojos que seguramente le condicionaba a la hora
de caminar entre piedras, que a veces provocan la caída del peregrino. El Camino es

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como la vida misma, nunca faltan piedras de tropiezo.
Fui un tramo acompañando a Carlos y a su compañero Ricardo. Juntos habían decidido
iniciar este sueño compartido. Carlos hablaba con gran emoción de lo que el Camino le
estaba aportando. Disfrutaba cada instante como un niño disfruta de la vida recién
estrenada. Para él todo era nuevo y sorprendente. Era especialmente sensible al rumor
del viento al acariciar las copas de los árboles y a la sinfonía de los pájaros cercanos.
Saboreaba la vida con gran intensidad y hablaba de su experiencia de peregrino como
quien lo hace de un gran éxito profesional o académico. Había un secreto profundo en
aquella forma de contemplar todo lo que le rodeaba con bondad y agradecimiento. Acabé
descubriendo el secreto: Carlos es ciego.
Cuando lo supe no dejé de mostrar mi asombro respecto a la destreza que él demostraba
a la hora de caminar. Ricardo, su fiel amigo, era su «lazarillo» personal, caminaba
siempre a su lado, un paso por delante, de tal modo que Carlos podía intuir los
desniveles del camino tan sólo con rozar con su codo el brazo de su amigo. Una nueva
forma de solidaridad expresada sin ambages en esta ruta del encuentro y el servicio. Por
unos instantes caminé junto a él. Efectivamente me demostró que era capaz de seguir el
rumbo con sólo notar mi presencia a su lado. Si mi cuerpo encontraba un obstáculo que
exigía elevar el pie más de la cuenta, él lo percibía en seguida e instantáneamente erguía
el suyo. La capacidad de superación humana es impresionante.
Cuando llegamos al albergue pude comprobar cómo a través del tacto era capaz de
organizar su mochila, su saco de dormir, y todo aquello que precisase en ese instante. Me
sobrecogió oírle hablar después de la jornada. Con una grabadora en sus manos hacía un
resumen de lo que había vivido a lo largo del día. Me emocionó el oírle decir: «Hemos
visto». Las sensaciones experimentadas y la vibración de su corazón sensible eran
argumento suficiente para constatar cuántas hermosuras habían poblado su ruta.
Comprendí aquello de que en verdad de lo que abunda en el corazón habla la boca:
«Hemos visto unos árboles preciosos que nos acariciaban y aliviaban con su sombra el
calor». Incluso me pidió que para dejar constancia de que me había conocido registrase
mi voz en aquel documento sonoro, el diario de su camino.
La vida siempre nos está enseñando y mostrando pistas para nuestra felicidad. Carlos ha
hecho el milagro de disfrutar del paisaje sin verlo físicamente. No ha permitido que la
oscuridad pueble su mundo interior. Su rostro irradia gozo por vivir. Los seres humanos
tenemos esa rara virtud de contagiarnos mutuamente. De igual manera que se contagian
algunas enfermedades, también se contagian las buenas sensaciones. Lo que tienes es lo
que puedes ofrecer. La mezquindad genera mezquindad y ofrece lotes del mismo
producto. Compartir no es sólo invitar a unos amigos a tu casa ocasionalmente, es estar
ejercitando constantemente la generosidad, ofreciendo paz, amistad, una sonrisa, una
caricia, un saludo. Lástima que esta generación esté perdiendo de vista estos valores
humanos que en el Camino se hacen completamente naturales, casi te sale
espontáneamente el preocuparte por los demás.
Deberíamos aprender a contemplar la vida desde lo profundo del corazón, sin miedos ni
complejos. Pero para ello hay que atrevernos antes a profundizar, a quedarnos a solas

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con nuestra mismidad para conocernos más y mejor. El ser humano es capaz de cometer
grandes errores al desistir de la tarea de conocerse mejor a sí mismo. Nos desvelamos
por aspectos externos, ajenos, a nuestra persona, y al final acabamos comprobando que
la vida nos desborda porque no hemos sido cautos a la hora de contenerla y canalizarla.
Mucho odio emerge de la selva descuidada de nuestro interior. Sabias son aquellas
personas que se dedican a cuidar su interioridad, tanto al menos como cuidamos nuestro
aspecto externo. Por cierto que en el Camino se aprende a prescindir de la apariencia.
Sobran los espejos. No importa la fachada de tu cuerpo sino el pálpito de tu corazón, tu
ser íntimo.
Afortunadamente nunca falta en el camino de la vida un «Carlos» amistoso, alegre y
profundo que nos haga reflexionar acerca del valor de la vida liberada de sus
esclavitudes más usuales. Aprender a contemplar la vida en profundidad es la esencia
misma de la mística, entendida como experiencia palpable del latido del corazón
universal que muchos han llamado Dios. Cierro los ojos, y en la oscuridad física
descubro que soy un ser viviente más allá de las apariencias. Soy espíritu, una creación
diminuta en el universo, pero con una tendencia innata a la superación, a la pacificación,
a la auto-trascendencia. Y en el silencio del corazón contemplo un hermoso paisaje
poblado de paz y esperanza. Y meditando me dejo mecer por el sueño: la noche de fuera
invita a recrearnos en el descanso que restaura fuerzas. Mañana será otro día para
contemplar con los ojos del corazón.

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17º DÍA
La vida duele

De Sahagún a Mansilla de las Mulas (30 km)

«Todo acontecimiento doloroso encierra una semilla de crecimiento y de liberación».


(Anthony de Mello)

Después de diecisiete días de peregrinación el cuerpo se adapta a cualquier situación y


adversidad. Los dolores van y vienen, pero llega un momento en el que convives con
ellos como contigo mismo. El sufrimiento me ha hecho pensar en millones de personas
para las cuales la vida es un camino constantemente cuesta arriba, un arduo peso sobre
las espaldas, una llaga abierta que invita a desesperar. Supongo que todo esto habrá que
residenciarlo en eso que damos en llamar misterio. Estoy también convencido que el ser
humano volcado en la solidaridad es capaz de hacer que situaciones nefastas se
conviertan en retazos de vida en plenitud. Pero para eso hay que tener el corazón muy
generoso y aliarse contra la injusticia.
De niño me hería la sensibilidad el tener contacto con el sufrimiento. Mi rebeldía vital
me llevaba a negarme a aceptarlo y a soñar con un mundo en ese sentido más perfecto,
en el que nadie sufra. Mi frustración ante la evidencia me ha llevado incluso a encararme
con el Dios de mis rezos infantiles que parecía permanecer impasible ante tanto llanto y
amargura. Ya de mayor fui tragándome la rueda de molino y concibiendo que no
debemos resignarnos, luchar con nuestras fuerzas y destreza contra todo lo que amenaza
nuestra existencia. Y si ya me cuesta comprender el porqué de las enfermedades, mucho
más me cuesta creer que haya seres humanos capaces de inferir a su prójimo toda clase
de sufrimientos intencionados.
Jamás comprenderé el que se esgrima el argumento de una guerra como solución para
los conflictos entre pueblos. Toda forma de violencia es la peor expresión posible de
nuestra humanidad, aunque cada vez me convenzo más de que la violencia, como casi
todo en la sociedad de consumo, se está convirtiendo en un negocio lucrativo para
algunas personas. Los poderosos siguen sustentando su bienestar en la opresión de las
capas sociales más desfavorecidas. El afán de poder siempre acaba generando violencia,
y la violencia destruye y nos deshumaniza. Pero hay una forma de guerra atroz que es un
auténtico genocidio en masa: el hambre. Recuerdo que de niño me estremecían las
imágenes de televisión que mostraban a niños famélicos en África. Lamentablemente la
situación no ha variado ni un ápice, y quizás lo peor es que nos estamos acostumbrando
a que así sea. Fácilmente acudimos a aquel razonamiento vacuo del: «Y yo, ¡qué voy a

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hacer!».
Somos responsables de la existencia humana en la medida en que interaccionamos en el
mundo. Tenemos la posibilidad de hacer nuestra la causa de los más desfavorecidos
clamando por un mundo más justo. Admiro el testimonio de vida de hombres como
Mahatma Gandhi que, desde el compromiso personal y su actitud no violenta, fue capaz
de animar a muchos para subvertir una situación social de discriminación. Admiro a
hombres como Vicente Ferrer, que en la actualidad son capaces de hacer posible que
muchas personas se hagan dueñas de su destino, saliendo de la miseria a la que estaban
condenadas por un sistema de castas anti-humano. Ni que decir tiene que la Madre
Teresa de Calcuta es otra de esas presencias bienhechoras que nos deberían hacer sentir
un poco de vergüenza y al mismo tiempo esperanza. Vergüenza porque nuestra vida
tiende a acomodarse en el egoísmo, y esperanza porque una mujer menuda nos
demuestra que basta un poco de amor para mover la montaña de la postración de
millones de seres humanos, ayudándoles a recuperar su dignidad cuando nadie se atreve
siquiera a mirarles.
Con muchos pocos se construye un mucho. Basta iniciar la tarea con buena voluntad, la
inteligencia humana hará el resto, aunque sea contra viento y marea. Es posible una
nueva Humanidad, un nuevo humanismo basado en el respeto a los derechos esenciales
correspondientes a la dignidad humana. Pero aquí, como ya establecían autores clásicos,
se ha de producir de nuevo la lucha entre la luz y las tinieblas. Una lucha que comienza
dentro de nosotros mismos, porque nuestra inclinación a buscar nuestro provecho está
siempre al acecho. Caminando también se sufre, se lucha, se produce una especie de
fricción entre lo mejor de uno mismo y la tendencia a lo fácil, a lo cómodo. El Camino
ayuda a desprenderse de lo que es superficial y ficticio. Pero no es sin lucha, sin
frustraciones ni dificultades. No estaría de más que las personas más poderosas de esta
Tierra viniesen a hacer la experiencia de caminar, de sentirse frágiles. Aprenderían a ser
más libres y desde esa libertad de conciencia a ser más solidarios y justos.
Al atardecer, cuando algunas aves planean sobre el viento refrescándose después de la
jornada de calor, me descubro rezando de nuevo, en silencio, sin palabras, sintiendo que
soy un latido del corazón universal. Y por un instante siento como propios los
padecimientos de quienes sufren en este preciso instante de la historia. Aprender a amar,
quizás sea este el secreto para vencer la debilidad y la frustración. Y entre los
crucificados de la historia me viene al pensamiento Jesús de Nazaret, expresión viva del
sufrimiento atroz infligido por la crueldad de algunos, y al mismo tiempo esperanza de
una nueva Humanidad solidaria o, como diría Francisco de Asís, fraterna. Cuando la
vida pesa… amar y confiar. Amanecerá de nuevo la esperanza, aunque la vida duela.

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18º DÍA
El esplendor de la hermosura

De Mansilla de las Mulas a León (20 km)

«Cuando las cosas no van bien, nada como cerrar los ojos y evocar intensamente una
cosa bella» (André Maurois)

Mi camino de hoy concluye en una ciudad de profundas resonancias históricas: León.


Sabía que el corazón de la ciudad es una joya del gótico, por eso he querido caminar a
buen ritmo para llegar con tiempo suficiente como para poder visitar la catedral, la así
llamada y con razón: «pulcra leonina». La ruta misma me hizo desembocar ante la
fachada magníficamente erguida con sus torres apuntadas rasgando el cielo. La entrada
impresiona con sus arcadas en piedra desde las que pétreas figuras rígidas parecen mirar
el paso de los siglos y a los peregrinos de la actualidad comparándolos, seguro, con los
que antes fueron. Estoy convencido de que quizás el atuendo haya cambiado en exceso,
pero no el corazón que hoy como ayer acaba siendo el motor que mueve las piernas en
busca siempre de un destino hacia el occidente continental.
En el parteluz hay una reproducción en piedra de la imagen de la Virgen Blanca. Ya he
perdido la cuenta de la cantidad de iglesias ante las que he pasado, e incluso en las que
he entrado, dedicadas a María. Alguna fuerza muy especial debía de tener esta mujer
para estar su nombre impreso en tantos lugares. En cierto modo ella, expresión de lo más
hermoso, es como un ángel que, de un modo consciente o no, acompaña el caminar a
veces alegre, casi siempre cansino, del caminante que busca nuevas patrias, nuevas
madres, nuevas acogidas. Y aquí recuerdo a mi madre, y a todas las madres del mundo,
especialmente a las que sufren la tragedia de haber perdido un hijo. Y pienso también en
la vida misma en todas sus expresiones, una vida que en lo humano se gesta en las
entrañas de una madre.
En la misma fachada hay una inscripción en letra gótica que reza así: locus apellationis.
Supongo que se refiere a que este lugar, por ser santo, goza de inmunidad, no puede ser
violentado. Todos tenemos alguna necesidad de un lugar así, crear espacios en nuestra
vida que nos permitan mantenernos, aunque sólo sea por un instante, inmunes de toda
agresión, máxime en esta sociedad febril que nos ataca con un cúmulo de destellos
envolventes que nos ciegan. Con estos pensamientos entré, casi como quien lo hace de
puntillas para no manchar una alfombra limpia, al interior del templo, y allí el corazón
me dio un vuelco, un sobresalto al sentirse abrazado por un haz de luminosidad
policromada, como si de la oscuridad más triste hubiese amanecido a un día radiante de

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luz solar. Las vidrieras de la catedral son un espectáculo impresionante que hiere de
hermosura la sensibilidad de quien busca la luz en su propia vida.
No sé cuánto tiempo estuve con la cabeza erguida tratando de cazar con la mirada cada
chorro de luz policromada. Es sorprendente cómo la luz del sol es capaz de llenar el
espacio de luminosidad, y cómo el ser humano fue quien consiguió aprovechar una
energía natural para crear artísticas formas y hacerlas brillar en un sinfín de colores que
celebran la fiesta de la hermosura. Necesitamos luz, mucha luz, dejar que el sol nos
ilumine por dentro y ser nosotros también como una vidriera que dejándonos hacer,
dejando pasar a través de nosotros la luz del sol, nos desperdiguemos en un arco iris de
colores amables. La hermosura tiene que ser algo así, un derroche de generosidad al
servicio del caminante que pasa, dar luz sin preocuparse de a quién se ofrece,
precisamente quien menos la tiene es quien más la necesita, aunque no siempre la
merezca. La vida natural es gratuidad pura.
Me senté unos instantes, y en silencio traté de memorizar esa luz experimentada para
fijarla entre mis mejores recuerdos. Me sentí lleno de vida, tuve una sensación de
plenitud como jamás había tenido antes. Pensé en los otros peregrinos, en los que van
por delante y los que vienen por detrás, también ellos han tenido, o tendrán, la
oportunidad de acoger esta luz, si es que no eluden entrar en este templo que en días
soleados es como un manantial de luminosidad. Me vino al pensamiento Rufino y
recordé que me había regalado, además del libro, una estampa de san Francisco.
Rebusqué entre los papeles de ruta en uno de los bolsillos de la mochila y allí estaba. Se
veía en penumbra la figura estilizada de un hombre con túnica, con los brazos abiertos,
como queriendo abrazar al sol, un sol naciente inmenso que se observa en el horizonte.
En el revés hay una oración que se titula así: Oración de la paz. Con calma la leo, y la
saboreo en voz baja:
«Señor, haz de mí un instrumento de tu paz;
donde haya odio, ponga yo amor,
donde haya ofensa, ponga yo perdón,
donde haya discordia, ponga yo armonía,
donde haya error, ponga yo verdad,
donde haya duda, ponga yo la fe,
donde haya desesperación, ponga yo esperanza,
donde haya tinieblas, ponga yo luz,
donde haya tristeza, ponga yo alegría.
Maestro, que no me empeñe tanto en ser consolado
como en consolar,
en ser comprendido como en comprender,
en ser amado como en amar;
porque dando se recibe,
olvidando se encuentra,
perdonando se es perdonado,
y muriendo se resucita a la vida eterna».

Y ahora que anochece, contemplo esta oración tomada de la estampa de mi amigo


Rufino, y no dejo de sentir un algo de nostalgia al presentir que quizás la plenitud que
experimenté en la catedral se me vaya derramando a golpe de olvido. Paseando por las

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calles de León, al pasar de nuevo ante la fachada principal de la catedral ahora cerrada,
me pregunto qué harán las figuras de las vidrieras, quizás también estén descansando del
afán por teñir de hermosura el día. Mañana amanecerá de nuevo, y las vidrieras
despertarán de su sueño multisecular madrugando a las primeras luces del alba. Nazca
así, cuando la noche sea más intensa y oscura, la luz de un nuevo día en mi ser, el
esplendor de la hermosura.

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19º DÍA
El arte del Camino

De León a Villadangos del Páramo (21 km)

«No se puede enseñar nada a un hombre; sólo se le puede ayudar a encontrar la


respuesta dentro de sí mismo».
(Galileo Galilei)

Desde niño me gusta el arte, que es la expresión de la genialidad humana, la síntesis


perfecta entre corazón y mente, alma e intelecto. Admiro las grandes obras maestras del
arte universal, pero tratando siempre de ver más allá de las apariencias, tratando de
captar el espíritu, lo que no se ve pero está subyaciendo en la esencia de la obra de arte.
En cierto modo todos somos artistas de nuestra propia vida, puesto que sólo a nosotros
nos corresponde la ardua tarea de tratar de hacer de nuestro existir una auténtica obra
maestra o, al menos, una humilde obra que pueda dejar nuestra huella benéfica en la
historia de la Humanidad. En el camino me he encontrado con extraordinarias piezas de
arte. Quizás lo que más me ha impresionado ha sido la arquitectura y escultura románica.
En cierto modo, el Camino francés a Santiago es un museo de arte románico a cielo
abierto. No sé cuántas iglesias románicas he visitado ya a lo largo de mi peregrinación,
pero todas y cada una de ellas, encierran en sí mismas un halo de misteriosa hermosura.
El románico es ante todo una filosofía de vida, una cosmovisión con su propia
simbología, un modo de comprender la fe. El románico es el arte del Camino, la
expresión pétrea de la fe que movió a tantos corazones a salir de sí mismos en busca de
otras metas mayores. Al entrar en un templo románico suelo cerrar los ojos, la austeridad
es un estímulo para trascender el espacio y el tiempo y empaparte de la espiritualidad
que lo hizo posible. La construcción románica es ante todo un hogar que acoge, un techo
que cobija, por eso las proporciones de su monumentalidad no se han de medir por el
tamaño: importa lo recoleto, reducir espacios para que la mirada no se pierda divagando.
El gótico sí, es línea ascensional, altitud al servicio de la belleza, luz que habla de Dios.
El románico es callado, sobrio, sereno. Pero para comprenderlo antes hay que hacer una
experiencia de vaciamiento. El románico es un libro abierto que a ti te toca escribir. La
imaginación al servicio de la sabiduría y la fe.
Recuerdo que en mis tiempos de estudiante me quedé con una palabra griega por lo
sugerente de su significado. Se trata de mayeuta, lo que literalmente significa «partera»,
en alusión a la mujer (comadrona) que ayudaba a otras mujeres en el trance de dar a luz.
Sócrates utilizó esta imagen como pedagogía sapiencial. Así, de igual manera que una

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mujer ayuda a otra a la hora de parir, un maestro de vida nos debe ayudar a dar a luz
nuestra propia verdad, por nosotros mismos, sin esperar a que nadie lo haga por
nosotros. El mayeuta provoca, interroga, ayuda al acompañado a resolver las cuestiones
fundamentales de sí mismo a través de sus propios medios. Pero para ello hay que ser
valientes y arriesgarse a asumir el encuentro con nuestro propio ser al borde mismo de la
nada, la vaciedad. En cierto modo los templos románicos son como mayeutas que nos
ayudan a interiorizar, refugiándonos en un valle de serenidad en el que poder contemplar
nuestra propia vida, sus luces y sombras. Es como si por dentro fuésemos como un
templo románico al que hay que acceder para desvelar el misterio de nuestra propia
existencia.
Vivimos excesivamente volcados en lo externo, como si estuviésemos circulando
alrededor de nosotros mismos, sin querer entrar a fondo en el núcleo de nuestro ser. En
ese sentido el Camino me está ayudando a llevar a cabo un proceso de interiorización, de
auto-conocimiento, aprendiendo a reconocerme y valorarme, al tiempo que reconozco y
valoro todo cuanto fluye en torno a mí. De no ser así caería en el gran error de vivir en lo
superfluo, sin llegar a experimentar la vida misma en toda su profundidad. Pero
necesitamos dejarnos orientar por expertos en el arte de vivir. La sociedad de consumo
postula constantemente modelos que convierte en auténticos mitos de pies de barro. Me
pregunto quién puede ser mi mayeuta personal. San Francisco de Asís lo tuvo claro, su
centro, el corazón que vivificaba su ser era Dios. Y toda su vida giró en torno a esta
única certeza.
Es curioso. Algunos peregrinos hablan del Camino como una experiencia de la presencia
de Dios. Incluso una chica llegó a decirme que ella sigue a Jesucristo, que es su
«camino, verdad y vida». Sin embargo la mayoría siente un cierto rubor a la hora de
cuestionarse su vida en clave de fe. Pero aun así no dejan de constatar que el Camino de
Santiago les está marcando por dentro, dejando una huella que ellos mismos no saben
definir. Recurren entonces a conceptos como arte, deporte, cultura, vacaciones, o
turismo, pero siempre queda en el aire un eco misterioso que me hace pensar que el
peregrino es, somos, antes que nada, buscadores de sentido, mujeres y hombres
necesitados de encontrar un fundamento sólido para nuestras vidas.
La fuerza de evocación del románico nos sitúa a todos en una órbita distinta a la terrenal.
He hablado con algunos peregrinos de mi pasión por el románico, de las sensaciones
experimentadas en estos templos, y más de uno ha asentido y, sin saber explicar ni cómo
ni porqué, me cuentan que también han sentido algo muy especial, indefinible. Las
piedras centenarias están siendo también pedagogía de esperanza para el peregrino
abierto a la vida, dispuesto a empaparse como una esponja de la riqueza de esta ruta
milenaria. Las miradas hieráticas de las esculturas románicas esconden tras de sí un
misterio. Sus rostros son expresión misma de nuestros rostros. Es como si allí, en la
rigidez de la piedra, estuviesen esculpidos nuestros propios rostros. Lo simbólico
conforma la vida misma, deberíamos aprender a leer los mensajes de la naturaleza, del
arte y de la historia, no menos que el mensaje de la espiritualidad.
En diálogo con un peregrino, hablando de lo humano y lo divino, me comunicó que

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estaba viviendo algo muy especial a lo largo de la ruta, algo que jamás en la vida había
sentido antes. Y me puso en las manos un libro que estaba leyendo, abierto por una
página en la que pude leer una cita atribuida a san Anselmo de Canterbury: «¡Oh,
hombre, lleno de miseria y debilidad! Sal un momento de tus preocupaciones habituales;
ensimísmate un instante lejos del tumulto de tus pensamientos; arroja lejos de ti las
preocupaciones agobiadoras, aparta de ti tus trabajosas inquietudes. Busca a Dios un
momento, sí, descansa siquiera un momento en su seno. Entra en el santuario de tu alma,
apártate de todo, excepto de Dios y de lo que puede ayudarte a alcanzarle; búscale en el
silencio de tu soledad. ¡Oh, corazón mío! Di con todas tus fuerzas, di a Dios: Busco tu
rostro, busco tu rostro, ¡oh Señor!». Buscar, buscar, somos buscadores de paz y de
esperanza. Este es el verdadero arte del Camino.

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20º DÍA
La fuerza del amor

De Villadangos del Páramo a Astorga (29 km)

«El amor es la mejor música en la partitura de la vida. Sin él serás un eterno desafinado
en el inmenso coro de la humanidad». (Roque Schneider)

El amor es uno de los componentes humanos más hermosos y al mismo tiempo más
desconcertante. Desde el seno materno somos portadores de la necesidad innata de amar
y ser amados. El proceso natural de gestación se hace posible, y es un auténtico milagro,
gracias a una madre que permite que la vida se haga un trozo de sí misma. Una de las
grandes enfermedades de esta sociedad nuestra es que hay un gran déficit de amor, de
amor verdadero, no de ese engaño que en realidad se llama egoísmo, deseo de posesión
más que amor entrañable, tierno, comprensivo. Quien ama lo hace de un modo universal,
aunque lo concrete en personas de su entorno. El amor es una fuerza tal que produce la
revolución del corazón, hace que las personas nos humanicemos y demos el fruto más
granado de nuestra condición: la bondad.
Esta mañana compartí algunos instantes con Paula y Modesto. Son dos jóvenes gallegos
que recientemente han contraído matrimonio y que han tenido la feliz idea de pasar su
«luna de miel» caminando. Dicen que en cierto modo este camino es el símbolo de su
propio amor, un camino que iniciaron juntos y que juntos quieren coronar, apoyándose
mutuamente, sabiendo que tiene razón el saber popular en aquello de que «la unión hace
la fuerza». Se miran, se sonríen, se cogen de la mano. Paula cree que el amor es el mayor
monumento que el ser humano ha podido erigir, que el amor cura muchas enfermedades,
comenzando por la soledad del abandono. Modesto asegura que la libertad es esencial en
la convivencia, la libertad unida al respeto. El amor multiplica, no resta ni divide. Se les
nota muy felices, aseguran que han decidido salir al Camino porque quieren que su amor
sea manifiesto, y no desean encajonarlo o guardarlo en un frasco para que no se les
derrame. Además ambos están pensando en dedicar los próximos años de su vida a una
labor de fomentar una cultura de la paz y el amor, puesto que creen que Dios les llama a
repartir esperanza.
Me contaron cómo decidieron celebrar su boda, haciendo de ella un motivo de gozo
intenso para todos los presentes. Un acontecimiento festivo que hizo reflexionar a
muchos acerca de una vida vivida en profundidad. En realidad esta peregrinación no era
la primera que realizaban, fue precisamente caminando hace años cuando y como se
conocieron, a las puertas mismas de Santiago. El Camino obra el milagro del encuentro

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en base a compartir, a sudar juntos. El ser partícipes de una misma meta une mucho,
hasta el punto de generar amor. Paula y Modesto iniciaron su vida en común caminando
juntos, por eso ahora, en recuerdo de esos orígenes, han decidido seguir caminando,
haciendo camino junto a los demás peregrinos de la vida, caminando siempre hacia un
horizonte de esperanza que se cierne sobre la extensión del páramo leonés.
No dejo de admirarme. En estos tiempos que corren, en los que la amistad se pervierte
por el oscuro interés y el afán de notoriedad y poder, dos jóvenes deciden unir sus vidas
con el lazo del amor para hacerlas crecer compartiéndolas con los demás. El amor es un
misterio, quizás el más hermoso de todos los misterios. Es también un reto, un
compromiso serio con la propia conciencia y con los demás. Admiro a todas aquellas
personas que han logrado vencer la esclavitud de las pasiones y se han ofrecido a una
causa por puro amor al prójimo.
Hoy comprendo mejor aquellas palabras que oí de niño en la catequesis: «Jesús se
entregó por amor». Y es que la vida de Jesucristo es expresión viva del amor
comprometido hasta el extremo: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado».
Cada vez caigo más en la cuenta de que sólo el amor puede salvar al ser humano
contemporáneo de caer en el abismo de la nada, en el vacío más profundo, en la
frustración más absoluta. La Biblia define a Dios como Amor… Dios es amor, Dios es
amor, no dejo de repetir esta frase como si fuese una oración continua. Pero entonces,
¿por qué el ser humano se empecina en cabalgar sobre el odio que gesta violencias de
todo tipo? Supongo que también esto es misterio. La vida misma es un puzzle que hemos
de resolver, aun cuando ahora no tengamos en nuestras manos todas las piezas para
recomponerlo.
Recuerdo que mi amiga Teo, preparando su boda con Juan, leyó un texto de un autor
oriental que tenía un gran conocimiento del mundo occidental: Khalil Gibran. Es una
especie de poema al amor que se contiene en su obra El profeta. Con el tiempo cayó en
mis manos este libro y, al leer este texto, recordé a Juan y a Teo, y a todas las personas
que se aman y son capaces de contemplar la vida desde la hondura del corazón. El amor
mueve el mundo porque mueve los corazones. Pero aún queda por hacer posible la
revolución del amor. Un amor inteligente aliado con la bondad y la solidaridad. Un amor
que es una conquista constante y decisiva para la Humanidad. Gibran lo supo expresar
muy bien en el referido texto que me he traído también como compañero de camino. Se
refiere así al amor matrimonial:
«Amaos con devoción pero no hagáis del amor una atadura. Haced del amor un mar móvil entre las orillas de
vuestras almas. Llenaos uno al otro vuestras copas, pero no bebáis de la misma copa. Compartid vuestro pan,
pero no comáis del mismo trozo. Cantad y bailad juntos, y estad alegres, pero que cada uno de vosotros sea
independiente. Las cuerdas de un laúd están separadas aunque vibren con al misma música. Dad vuestro
corazón, pero no para que vuestro compañero se adueñe de él. Porque sólo la mano de la Vida puede contener
los corazones. Y permaneced juntos, pero no demasiado juntos. Porque los pilares sostienen el templo, pero
están separados. Y ni el roble crece bajo la sombra del ciprés ni el ciprés bajo la del roble».

Esta noche la ciudad de Astorga vela mis sueños. La catedral, que hace unos instantes
relucía como de oro al contacto con la luz del atardecer, ahora se ilumina como un faro
en la noche indicando el camino. Tumbado en el campo me dejo mecer por el susurro de

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la brisa fresca al tiempo que saboreo en la memoria el amor sentido y hago presentes a
las personas amadas. También por un instante me asaltan los recuerdos de momentos de
desamor, de rabia y falta de comprensión. Hoy me siento feliz, como un niño perdido
que finalmente es encontrado y llevado de nuevo al hogar. Hoy reposo en el hogar del
corazón, del amor y de la esperanza, en el que si hay una madre que cuida con ternura a
sus hijos, un matrimonio capaz de amarse hasta la eternidad, algo bueno se está gestando
en el corazón del universo. Una estrella fugaz pasa, me reafirma en la certeza de que el
amor vence todos los obstáculos y nos hace caminar hacia la felicidad más plena. Al
tiempo que sigo su rastro de luz en el cielo oscuro pienso un deseo: que las personas nos
amemos. Es la fuerza del amor la que nos ayuda a sobrevivir en la esperanza.

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21er DÍA
Aprender del camino andado

De Astorga a Rabanal del Camino (20 km)

«La historia siempre es novedosa. Por eso, a pesar de las desilusiones y frustraciones
acumuladas, no hay motivo para descreer del valor de los gestos cotidianos. Aunque
simples y modestos son los que están generando una nueva narración de la historia,
abriendo así un nuevo curso al torrente de la vida». (Ernesto Sábato)

A través de diversas lecturas me he ido documentando acerca de la vertiente histórica del


Camino de Santiago, una ruta que en realidad es una red de caminos, que desde todos los
puntos de Europa se abren paso en busca de la tierra más occidental, Jakosland para los
germanos. El fenómeno jacobeo se originó en el siglo IX, merced a un milagro de una
estrella reluciente que iluminaba el cielo nocturno contemplado por un ermitaño en lo
que hoy es la ciudad de Santiago de Compostela y entonces era un bosque llamado
Libredón. El hallazgo de un sepulcro de un cristiano de los primeros instantes hizo que
multitudes se hiciesen al camino en busca de un estímulo para la fe. Así surgió una ruta
de convivencia en la que se intercambiaban los saberes y floreció el arte, la música, la fe
y la solidaridad para con el piadoso peregrino que arriesgaba su vida para llegar al
Finisterrae, al confín de la tierra, tal y como denominaron a Galicia los avezados
expedicionarios de las tropas romanas.
Desde entonces el milagro se perpetuó a lo largo de los siglos. Lo prueba el hecho de que
aún hoy son –somos– multitud las personas que con mochila en ristre nos aventuramos a
pisar las huellas que antes fijaron hombres y mujeres de muy lejos. Aymeric Picaud,
monje galo del siglo XII, nos ha hecho un gran regalo con su Liber Sancti Iacobi, en el
que describe el camino por el que hoy también transitan mis pies, mis sueños, mis
sufrimientos y mis esperanzas. Estoy convencido de que al final es la fuerza de voluntad,
nuestra tendencia constante a auto-trascendernos, lo que nos mueve a seguir haciendo lo
que ya se hacía hace muchos siglos. Según un literato germano: «Europa nació
peregrinando a Compostela», y no le faltaba razón. Hoy habría que añadir que no sólo
Europa sino el mundo entero, un mundo nuevo, un mundo de esperanza que está
surgiendo a través de esta senda en la que confluimos gentes venidas de los lugares más
remotos. El Camino es un fenómeno que no se puede explicar del todo a través de las
palabras.
La mayor parte de los peregrinos no superamos los treinta años de edad. Por eso podría
afirmar que el Camino es eminentemente juvenil. No deja de ser un motivo de esperanza

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el que así sea, que seamos las nuevas generaciones las que sigamos recogiendo el testigo
legado por nuestros antepasados. Somos hijos de nuestro tiempo y nuestra cultura, pero
por ello mismo estamos necesitados de romper, siquiera por unos días, con la rutina de
nuestra vida consumista, tan maniatada por los horarios y la burocracia. Necesitamos
liberarnos, revitalizarnos al contacto con la naturaleza y con lo mejor del ser humano.
Estas ansias de plenitud se satisfacen, en buena medida, a través del esfuerzo de caminar,
de ir compartiendo nuestras vidas con otras vidas, de dejarnos hacer por la experiencia
misma de ir abriendo un surco en nuestro corazón, replanteando nuestra vida con
sinceridad.
Hoy he asistido a una escena que me ha emocionado. Los protagonistas han sido tres
jóvenes, hijos de una sociedad que exalta el hedonismo y el no sacrificio. Una peregrina
madrileña comenzó a tener dificultades para caminar. De atrás venía arrastrando una
tendinitis que iba a más. Llegó un momento en el que se tuvo que dejar caer al suelo. Era
tanto el dolor que no podía continuar el camino. Todo esto sucedía en medio de un
bosque. Si al peregrino le fallan las piernas ya sólo le resta confiar en la providencia, y
dejarse ayudar. Al instante dos peregrinos que venían detrás se detuvieron junto a ella.
Otros peregrinos que pasábamos por allí hicimos lo propio. Sin dudarlo uno de ellos se
despojó de su mochila y se la entregó al otro, que cargó con ella, además de la suya
(doble peso, pues). El primero tomó a la chica en brazos hasta que pudieron llegar al
albergue más próximo y allí ofrecerle acogida y cuidados médicos. Una vez que
comprobamos que ella se encontraba en buenas manos continuamos la ruta hasta otra
población. En el Camino se gesta el milagro constante de la solidaridad que agudiza el
ingenio para salvar las mayores dificultades.
Llegado a Rabanal del Camino, pueblo en cuesta y un tanto peculiar en su fisonomía,
hice parada y fonda con unos monjes benedictinos que me explicaron que la Regla de
san Benito pide a los monjes que acojan a los forasteros como si fuesen Cristo mismo.
Me invitaron a participar de la oración de vísperas en la iglesia parroquial del pueblo. Lo
hice, lo disfruté, fue un momento agradable y profundo. Los monjes celebraban la
liturgia con sencillez, pero al mismo tiempo con mucha sensibilidad. Asistimos a la
misma un buen número de peregrinos. Instantes así, tiempos de reposo y silencio, son
oportunos, son necesarios. Al finalizar, estuve un rato charlando con un peregrino belga
llamado Koen. Derivamos en el tema de la fe. Me dijo que realizando el Camino había
sentido una especie de conversión al leer un texto evangélico que le entregó un monje en
Francia. Se trataba de las bienaventuranzas. Y me pidió que no dejase de leerlo y
meditarlo durante los días de peregrinación que me restaban. Le pregunté entonces a un
monje si me lo podía proporcionar, pudo y lo hizo, alertándome: «Ahí está el corazón del
Evangelio de Jesús»:
«Dichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es el reino de los cielos.
Dichosos los que están tristes, porque Dios los consolará.
Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, porque Dios los saciará.
Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos.
Dichosos los que tienen un corazón limpio, porque ellos verán a Dios.

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Dichosos los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque de ellos es el reino de los cielos».

Nunca antes había oído o leído unas palabras tan desconcertantes. Me temo que voy a
tener que luchar mucho en los próximos días con mi propio ego y mis resistencias para
llegar a comprender estas palabras que sólo pueden ser dichas por alguien muy especial.
Me viene al pensamiento la escena de esta tarde, la generosidad del peregrino cansado
que no ahorra esfuerzos por ayudar al herido. ¿Cómo sería la vida humana si todos
estuviésemos pendientes de ayudarnos mutuamente? Hay que aprender del camino
andado.

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22º DÍA
La cruz que rasga el cielo

De Rabanal del Camino a Ponferrada (32 km)

«Hay que vivir con toda el alma, y vivir con toda el alma es vivir con la fe que brota del
conocer, con la esperanza que brota del sentir, con la caridad que brota del querer».
(Miguel de Unamuno)

Desperté temprano, disfruté de la hospitalidad cristiana de los monjes y me puse en


camino de nuevo. Por delante me quedaba una larga etapa y además, según la guía del
peregrino, una ascensión pronunciada. Montaña arriba hacia Foncebadón, mientras voy
siendo testigo silente y privilegiado de la nueva aurora. También el sol despertaba de su
sueño por detrás de las montañas. La brisa de la mañana, y el silencio del caminante que
aún no ha despertado del todo, tiene un algo de entrañable y hermoso. El sol marca
nuestros ritmos y determina nuestro caminar en la vida, siempre ha sido así. El primer
esfuerzo de la jornada tuvo su alivio al llegar a lo alto de la montaña. Allí mismo es
donde se yergue un mástil de madera coronado por una cruz. Se trata de la «Cruz de
ferro», un símbolo del Camino, sustentado por un sinfín de piedras, una especie de
montículo pétreo que sostiene el madero que, inhiesto, parece querer pronunciar una
palabra dirigida al caminante que se para junto a la capilla de Santiago Apóstol.
La tradición dicta que el peregrino que se precie de serlo habrá de portar una piedra que
depositará a los pies de la cruz. Una piedra cargada de simbolismo, pues con ella se
depositan esperanzas y anhelos profundos. Por supuesto contribuí con mi humilde
aportación a mantener viva la leyenda de esta cruz. Después de depositar mi piedra, y
descargar mi alma de pesares, me senté junto a la capilla para poder así contemplar la
imagen inédita de esa sencilla cruz de hierro que se encarama en lo alto de un madero.
Desde la cumbre de la montaña todo se ve distinto. El paisaje adquiere una policromía
distinta. Atrás queda el sendero de ascensión. Ahora todo es viento que pasa y habla con
un susurro. Ahí están todas las piedras traídas aquí por peregrinos de todas partes. Estuve
ante un monumento popular que refleja a la Humanidad misma que busca, que sufre, que
espera.
La cruz la asocio al sufrimiento. Al de tantos seres humanos que la sufren de múltiples
formas. Pensé en Jesucristo, en el final de sus días, en su coherencia hasta el extremo. El
ser humano contemporáneo no debería perder de vista a estos testigos del amor y la
esperanza. La cruz no tiene la última palabra. No la tuvo en la vida de Jesús, puesto que
nunca morimos del todo. El amor se proyecta hacia delante tirando de nuestra finitud

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innata. Pensé en los peregrinos que han depositado sus piedras, sus piedras son sus vidas,
son nuestras vidas, un trozo de existencia, una realización concreta de una vida. Pero
para llegar a alcanzar la sabiduría hay que hacer camino, subir montaña arriba. Sólo
desde la cumbre es posible contemplar la vida de un modo completamente nuevo.
Mirando a la cruz, alzando la vista, pude ver y recrearme en el cielo que cubre nuestras
existencias, el cielo como evocación de la plenitud a la que aspira todo ser humano. Un
cielo encendido en luz por un sol radiante que aventuraba nuevos calores en la nueva
jornada.
Me levanté, me eché a cuestas la mochila, y comencé a caminar meditativo. Aún
quedaban varios kilómetros hasta el albergue. Al poco de salir comencé a sentir
molestias en un pie. Poco a poco esas molestias se convirtieron en dolor, y el dolor se
fue agudizando hasta llegar a arrastrar el pie. Un simple contratiempo amenaza nuestra
seguridad y deshace nuestros planes. El ritmo cansino, el tiempo que pasa, y la meta que
no se alcanza. Son momentos de incertidumbre y cábalas. Hemos sido programados de
tal manera que no somos capaces de percibir la grandeza y profundidad de la experiencia
inesperada y contradictoria. En el Camino estoy aprendiendo a vivir de un modo nuevo,
dando valor al instante concreto, dejándome adoctrinar por las circunstancias que surgen,
que vienen por sí mismas. Sintiendo la limitación me vino al pensamiento una frase:
«Dichosos los pobres de espíritu…». Llega un momento en la vida en que el ser humano
se siente tan terriblemente frágil que ya sólo queda depositar nuestra pobreza en manos
de alguien que nos comprenda.
Llegué al atardecer al albergue de Ponferrada, ciudad legendaria fundada sobre un
puente de hierro que pudo ser apoyo para el peregrino que había de cruzar un río. El
castillo de los templarios habla de esplendores pasados y de infraestructuras de piedra al
servicio del peregrino concreto. La torre iluminada de la basílica de la Virgen de la
Encina, patrona del Bierzo, relucía como faro en medio del mar de la ciudad. Hacia allí
debía dirigirme. Me acogieron en un bajo de la casa parroquial. Dolorido por el esfuerzo
me fui un instante al templo. Allí acallé el pensamiento y me dejé querer por el abrigo
del silencio. Muy cerca de la basílica están las Hermanas Concepcionistas Franciscanas.
Estuve orando con ellas en su iglesia, y fui luego agraciado con su acogida y
hospitalidad. Cuánto se agradecen estos retazos de humanidad cuando uno camina roto y
en soledad.
Me hablaron del Valle del Silencio. Se trata de un paraje natural cercano a Ponferrada en
el que antiguamente se refugiaban santos anacoretas para saborear, al contacto con la
naturaleza, el silencio del agua que brota y se derrama de las montañas, y de los pájaros
que vuelan libres por el entorno orquestando un auténtico silencio «sonoro». Casi me lo
puedo imaginar. El pensamiento es capaz de hacernos volar hacia la hermosura, pero
para ello debemos librarnos de miedos, complejos y prejuicios. El silencio es el prólogo
de la creatividad más profusa, la que nace al servicio del bien propio y ajeno. La oración
de las Hermanas me trasladó a un mundo misterioso y hermoso, a mi valle del silencio
personal. Ese silencio que a lo largo de esta jornada se tiñó de dolor. Junto a Santa María
del Bierzo hago parada y fonda, necesaria, sentida, agradecida. Mañana será un nuevo

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día. Me refugio en el ahora de la esperanza y también de la fe. Me dejo mecer por este
súbito sentimiento de amor y confluencia con la creación entera, esta creación que es la
obra maestra que fue cantada por Francisco de Asís. Antes de conciliar el sueño y de
dejar de escribir, me viene al pensamiento la imagen de una cruz cubierta por un cielo
esplendorosamente azul en el amanecer fulgurante de un sol que da vida y nos colma de
luz. Una cruz que rasga el cielo

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23er DÍA
La divinización del ser

De Ponferrada a Villafranca del Bierzo (19 km)

«Hay que ser como el árbol que está siempre en oración, como las aguas del río rumbo
a la eternidad. Entonces a la sombra del corazón nacería una fuente de aurora tranquila
y materna. Desaparecerían ciudades al viento, y veríamos pasar una nube, Dios».
(Federico García Lorca)

Según van transcurriendo los días me voy reencontrando más conmigo mismo a través
del encuentro profundo e íntimo con la realidad que me circunda. La cadencia de la
peregrinación, el paso corto, acaba siendo como una marea que poco a poco te va
llevando hasta el fondo de un mar de misterio que no acabas de comprender, pero que
cada vez te resulta menos misterio. Es como si todo tuviese una explicación
racionalmente satisfactoria, pero que no somos capaces de aprehender por completo.
Necesito entrar más a fondo, más adentro de mí mismo, despojándome de todo aquello
que me impide contemplarme con realismo y desde el prisma de la verdad. El ser
humano tiende fácilmente a engañarse aun cuando piensa que engaña a los demás. El
error de caer en la apariencia radica en que al final no eres capaz de reconocer tu propia
esencia, tu yo verdadero que se acaba empequeñeciendo tanto que finalmente grita
desesperado como un niño atrapado en las redes de la noche más oscura.
He comenzado la jornada antes de salir el sol. Sigue el dolor en el pie y concibo que
cada día va a significar un trayecto doloroso, por eso conviene salir con tiempo
suficiente. El campanario de La Encina me despide con su presencia elevada hacia el
cielo. Al amanecer me encontré de nuevo con Fray Rufino. Estaba sentado sobre una
roca orientando su rostro hacia el albor, con los ojos cerrados, y con las manos sobre las
piernas vueltas hacia arriba, como si estuviese haciendo yoga. Me detuve cerca de él y
me senté a contemplar el nacimiento del nuevo día. Una vez que el sol saliente rasgó el
manto de la noche contemplé a Rufino hacer el signo de la cruz. Fue entonces cuando
me vio, y con una sonrisa me saludó con el consabido «paz y bien». Se acercó y
estuvimos un rato charlando mientras dábamos buena cuenta de un par de manzanas. Le
pregunté qué hacía de tal guisa, sentado orientándose hacia el sol con los ojos cerrados.
Me dijo que daba gracias a Dios por el nuevo día, que estaba orando.
Me vino entonces al pensamiento la liturgia que compartieron con los peregrinos los
monjes de Rabanal, sus cantos, su melodioso orar. También recordé que en los
momentos más difíciles de mi vida, y por supuesto más que nunca en el Camino, sin

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saber muy bien por qué ni para qué, me sorprendí a mí mismo rezando, casi siempre en
silencio, sin pronunciar palabras. El hermano de Asís me contó entonces algo acerca de
la oración, basándose en su propia experiencia. Él desde siempre había sido un gran
amante de la naturaleza, un pacifista militante que trató de transformar el mundo desde
la lucha política y que acabó descubriendo que la Humanidad tiene su propio proceso,
que no se puede provocar el cambio, obligar a alguien a aceptar nuestras ideas. Fue
entonces cuando decidió iniciar un camino de búsqueda interior. Leía de modo
compulsivo todo aquello que tuviera que ver con la espiritualidad, tanto cristiana como
la correspondiente a cualquier otra tradición religiosa. Finalmente se dio de bruces con el
Evangelio de Jesucristo y con una biografía de san Francisco de Asís que, literalmente,
le «robaron el corazón». Poco a poco fue profundizando en la espiritualidad cristiana a
través de los Padres del desierto, sobre todo Antonio Abad, y los místicos medievales, en
concreto Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. Como plasmación de este encuentro
«despertador de mi conciencia» comenzaría a dedicar cada día un tiempo a la oración en
sus diversas formas: lectura espiritual, silencio, recitación de textos… Después de una
práctica constante acabó descubriendo que en realidad la vida misma es un estímulo para
la oración continua, tal y como sugería el apóstol san Pablo. La oración es para él más
que un acto, es una actitud ante la vida, una forma de ser y de estar.
Escuchar con atención a Rufino es como abrirse a la posibilidad de un mundo en
armonía en el que el ser humano ocupa su lugar oportuno asignado previamente. Me
explicó que su verdadero maestro espiritual, su modelo de oración, es Jesús de Nazaret,
quien llevando a cabo una inmensa labor de servicio a las gentes de su pueblo, como
«peregrino» entregado a la causa del amor, sin embargo buscaba siempre espacios y
lugares para estar a solas con «su Padre», normalmente en el bosque o la montaña. Me
contó que sus discípulos le pidieron que les enseñase a orar, y que fue entonces cuando
Jesús les enseñó la oración del padrenuestro…, pero no sin antes advertirles que la
oración es un diálogo íntimo con Dios, un Dios que es como un padre que te conoce y te
ama con ternura de madre. Por tanto, la oración es acercarse a Dios, hablarle y
escucharle, con confianza, sin jugar al escondite, sin pretender salirnos con la nuestra. La
oración es para darnos serenidad en el corazón y para transformarnos abriéndonos al
amor. Nunca antes había oído hablar así de la oración que para mí era una práctica ritual
y con frecuencia carente de sentido, una inercia, una rutina, unas palabras aprendidas que
se pronuncian para mantener la conciencia tranquila y a Dios satisfecho.
Rufino hablaba del amor como el secreto de la vida, y se le iluminaban los ojos al tratar
de manifestar la presencia de lo divino en nosotros. Me dijo que su hermano Francisco
de Asís era el santo del amor, porque su empeño constante fue parecerse a Jesucristo en
todo, por eso amaba profundamente a todas las criaturas que para él eran un reflejo de la
gloria divina. Un santo de los primeros siglos, san Ireneo de Lyon, dejó escrito algo así
(Rufino me lo citó en latín): «La gloria de Dios es el hombre que vive». Y Dios es el
centro hacia el que se dirige el ser humano en su peregrinación existencial. Finalizamos
este tiempo de diálogo orando juntos. Él me pidió, si me parecía bien, que juntos
rezásemos un padrenuestro… como si fuera la primera vez, despacio, saboreando las

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palabras, dejando que se posasen en nuestra alma. Nunca antes había experimentado
tanta paz y gozo pronunciando unas palabras. Mi confidente matutino se levantó, se echó
a cuestas su mochila (que abultaba muy poco), hizo un gesto con su mano como
bendiciéndome y continuó su camino.
A media tarde llegué a Villafranca del Bierzo, villa nacida en y para el Camino, a las
puertas mismas de Galicia, cuyos montes ya se divisan en el horizonte. Llegué a la
iglesia de Santiago, a la entrada misma del pueblo. Allí me recibió Jato y su familia en
un albergue inusual que había sido construido por ellos en colaboración con algunos
peregrinos. Tan pronto me vio intuyó que mi pie no estaba para muchos caminos, por lo
que me ayudó a recuperarme si no física, sí al menos anímicamente. En la iglesia de
Santiago hay una puerta llamada del «perdón», que por lo visto tan sólo se abre en año
santo compostelano, al igual que su homónima «Puerta Santa» de la catedral
compostelana. La finalidad es la de ofrecer todo tipo de bendiciones al peregrino
maltrecho que no pudiendo llegar a Santiago por cuestiones de salud, sin embargo
alcanza la meta berciana. Por un instante no dudo que quizás para mí haya llegado el
punto y final de mi peregrinación. El dolor del pie es tal que ha ido ascendiendo por la
pierna hasta la rodilla –de hecho casi no la siento–, que está como dormida, y me cuesta
mucho caminar. Confío, aun así confío, la fuerza de la voluntad, siempre tenaz y firme,
me invita a la rebeldía: caminaré hasta que no pueda más.
La limitación física, fuera de hacer que me relama como un perro sus heridas, me está
forzando a entrar más en mi dimensión espiritual, a divinizarme de alguna manera.
Nuestro cuerpo es un medio inestimable en la tarea de existir aquí y ahora, pero hay un
algo que somos, que nos constituye por dentro, que tira de nosotros contra viento y
marea. Quizás Dios sea la explicación de que ahora no piense más que en continuar
caminando, aun cuando la prudencia parece invitar al descanso, a volver a casa y
acomodarme de nuevo. Saber que Galicia ya está muy cerca es saber que Compostela no
está lejos, cada vez está más cerca. Su imagen, contemplada sólo a través de fotos, se me
ha clavado en la memoria, se ha convertido en un sueño al alcance que quiero coronar,
aunque sea llegando a rastras. La vida empuja fuerte como un torrente en crecida.
En el albergue me encontré con nuevos peregrinos (desconocidos hasta ahora) y con
algunos con los que ya coincidí en otras partes. Nos saludamos con alegría, como quien
se reencuentra con un gran amigo a quien no veías desde hacía muchos años. Enseguida
surge la conversación, la escucha y la preocupación de unos por otros. Se nos nota en el
rostro que estamos felices, que sabemos que estamos a punto de llegar al puerto deseado.
En el libro del peregrino del albergue leo un pensamiento firmado por una peregrina que
se llama Teresa: «Salí desde mi egoísmo y he ido descubriendo que la vida es amor,
ahora no puedo volver a mi egoísmo, sería de tontos. La vida tiene sentido vivida desde
la entraña del amor a todos y a todo. Un amor pacífico y pacificador, un amor que
comienza por mí misma, por valorarme, por quererme de verdad. Hoy comprendo que
hay un Dios oculto en las pequeñas cosas. Un Dios tan humilde que se esconde en
nuestro interior como un crío travieso que se mete en un armario, hasta que lo descubres.
Necesito confiar en un Dios que es fuente de vida, de paz y de amor. Ahora confío, y mi

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confianza es certeza, ya no necesito creer ni dudar, necesito amar, y dejarme amar». No
puedo con el cansancio, el sueño llama a las puertas de mi ser, y mis párpados se las
abren mientras ellos se cierran y sucumben. Es hora de descansar: «Dichosos los que
buscan hacer la voluntad de Dios…». Se trata de una auténtica divinización del ser.

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24º DÍA
En medio de la tempestad

De Villafranca del Bierzo a O Cebreiro (27 km)

«Todo es un misterio, y sorprenderse y gozar por ello, exactamente como lo haría un


niño, eso es lo milagroso».
(Pablo D´Ors)

Alertado por otros peregrinos, me he dispuesto a disfrutar, y en cierto modo sufrir (gozo
y sufrimiento con frecuencia están muy unidos), una de las etapas más duras de la ruta
francesa, lo que en argot deportivo se llama una etapa de montaña. Tras dejar atrás la
Villafranca histórica, me dispuse a enfilar la subida a tierras gallegas. Sabía que los
últimos kilómetros de esta etapa son una ascensión hacia el cielo, por eso me preparé con
una buena siesta en Hospital del Inglés, junto a un riachuelo que baja de lo alto.
Reconozco que por una parte sentía en lo hondo una cierta ansia por enfrentarme con
esta muralla natural, pero al mismo tiempo un cierto temor, puesto que el pie sigue
dolorido, y un sobreesfuerzo podría ser perjudicial para el caminante.
Tras recobrar fuerzas comencé a caminar, y conmigo la lluvia. El cielo gris preanunciaba
un espectáculo de agua que no tardó en comenzar. Subiendo por rampas «de cabras»
hube de sentir la caricia de la lluvia, leve al principio, profusa después. Hubo un instante
en el que era tal el caudal de lluvia desatado por las nubes que no era capaz de ver
mucho más allá de mi nariz. El agua que caía sobre la senda se derramaba por el cauce
del camino como un torrente. En ese instante perdí de vista los pensamientos, me
concentré de tal manera en el instante y sus circunstancias que no tenía otro cometido
que subir, seguir subiendo, con todo y pese a todo. Los truenos alertaron la tempestad,
pero el peregrino, hecho ya a dificultades, seguía su ritmo lentamente ascensional. En
medio de la tempestad, cuando la niebla coronaba la montaña, llegó el tiempo del
sosiego. En medio de las nubes bajas amaneció un poblado recoleto con apariencia de
hogar de los tiempos. Había llegado al destino, había culminado la gesta de la superación
frente a la adversidad. El mítico poblado se llama O Cebreiro, y es la bienvenida
hospitalaria de la tierra gallega al esforzado peregrino. Un lugar mágico que merece ser
recreado con la palabra.
Existen lugares en la Tierra que están signados por el don de lo singular. Este es el caso
de la aldea de O Cebreiro, recinto en el que el tiempo sobra porque todo se confabula en
aras de la eternidad: aquí descansa el cuerpo y se sosiega el espíritu. Se trata de un
poblado de origen celta conocido ya en tiempos de los romanos como vía de acceso al

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centro de Galicia. Se sitúa entre los montes de O Courel y Os Ancares (Lugo), a unos
1.294 metros de altitud. El escritor árabe Idrisi llamó a este lugar Munt Febrayr. En el
Codex Calixtinus figura como Mons Februari. En otros vetustos documentos aparece
como Zebruaril y Zeberrium.
Son típicas las pallozas, viviendas de origen celta con planta en forma elíptica delimitada
por muros de piedra y una techumbre de paja que guarece del frío y de la lluvia. La
palloza, antes que monumento rústico, es un hogar, una vivienda típica de las zonas
montañosas de Lugo y León. En su interior vivían personas y animales para apoyarse
mutuamente, los segundos como fuente calorífica en los días más crudos del invierno, y
los primeros propiciando a las bestias el necesario alimento que los pastos no pueden
ofrecer cuando la nieve lo impide. Estas viviendas son un ejercicio de adaptación al
medio, un modo de insertarse en el espacio natural. Y, por supuesto, voy a dormir en una
de ellas habilitada como improvisado albergue. Mi lecho será hoy un haz de paja.
Pero O Cebreiro no sólo debe su fama a ser uno de los lugares más sorprendentes del
Camino, o a sus pallozas o iglesia, sino a un milagro que pudo haber acaecido en el siglo
XIV y que dio origen a la famosa leyenda del «Santo Grial». Fue entonces cuando esta
citania de origen celta adquirió renombre. La fama de O Cebreiro corrió por los caminos
de la naciente Europa, una vez que se hubo producido el milagro de la
«transubstanciación eucarística». Una vecina del lugar me narra la leyenda según la cual,
en cierta ocasión, ascendió hasta O Cebreiro, en plena tempestad de nieve, un lugareño
de Barxamaior llamado Juan, para participar de la celebración eucarística que en aquel
momento tenía lugar en el templo. Cuando llegó, se encontró con el despecho del
celebrante quien, en fuero interno, desprestigió el esfuerzo del fiel campesino («total
para ver un trozo de pan y un poco de vino»). Y he aquí que el milagro se obró: el pan se
convirtió en carne y el vino en sangre. El afán por guardar memoria del hecho hizo que
se conservaran el cáliz y la patena del siglo XII (auténticas joyas de la orfebrería
medieval), así como un relicario regalado por los Reyes Católicos en los que aún hoy se
custodian la materia de aquel milagro (un trozo de carne y un pedazo de corporal con
pintas de sangre). El milagro se hizo fuerte merced a la obra Parsifal del compositor
Richard Wagner, que pudo haber hallado su fuente de inspiración en el cáliz de O
Cebreiro. Esta obra está ligada a las leyendas en torno al Rey Arthur y sus «caballeros de
la Tabla Redonda», que emprendieron la búsqueda del Santo Grial.
Pero la verdadera joya, el corazón de la citania, es su templo prerrománico datado en el
siglo IX, aunque restaurado en 1962 tras ser maltratado por el paso del tiempo y los
avatares históricos (llegó a sufrir dos incendios). Entre sus «habitantes» destaca la talla
de la Virgen, que es una pieza románica del siglo XII bajo la advocación de Santa María
«la Real». Se dice que la imagen sedente de la Virgen está un poco inclinada hacia
delante desde que fue testigo del referido milagro, tras el cual la Madre de Dios se
inclinó en actitud de profunda adoración. Lo milagroso despierta nuestra curiosidad
infantil. Necesitamos recobrar espacios para lo que supera nuestra capacidad de
raciocinio.
El templo de Santa María es casa de oración, espacio sagrado para la meditación y la

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contemplación silente. En esta iglesita, historia, arte y espiritualidad se besan. En su
interior pensé y oré por todos aquellos que me preceden en el camino de la vida y en el
de la eternidad, todas aquellas personas que formáis parte de mi vida. O Cebreiro, bajo la
mirada de los ojos grandes de María, te invita a trascender los problemas, a saborear lo
más profundo de tu esencia humana. Resguardado de la fuerte lluvia sentí que estaba en
casa, en mi hogar. El agradecimiento que siento por este techo es indescriptible. Nuestra
vida es como un libro, cuyo prólogo ha sido escrito por una mano misteriosa que
también firmará el epílogo. Pero a nosotros nos queda, es responsabilidad del
protagonista, dar contenido a los capítulos de nuestra vida. La magia de este día de
tempestad se certificó con la tortilla de patatas calentita que saboreé en la Hospedería,
junto a la iglesia, compartiendo experiencias con otros peregrinos, hechizados también
por la extraña espiritualidad de este poblado que parece andar en tratos con el cielo.
Galicia nos recibe con lluvia, alimento para los campos que lo agradecen con su verdor y
toda clase de frutos. La tierra mimada por el cielo se acaba volviendo agradecida.
También yo necesito que de vez en cuando una tempestad sacuda mis cimientos y me
despierte del sopor. El agua limpia y hace germinar. Mientras ascendía, sin poder casi
ver más allá de una espesa cortina de agua azotada por el viento, me vino al pensamiento
otra de las bienaventuranzas: «Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra». Estoy
comenzando a comprender que la humildad es lo que mejor se corresponde con nuestra
condición de seres finitos y frágiles sometidos a toda clase de tempestades que, en un
instante, pueden dar al traste con nuestros proyectos, haciéndonos descabalgar de nuestro
orgullo y prepotencia. Lo propio del hombre es la humildad. Esa humildad que hace que
el ser humano acabe ascendiendo a la cumbre de la existencia aun cuando se vea abatido
por la tempestad. Estoy en Galicia, la tierra de promisión que se nos resiste, quizás para
hacernos disfrutar más intensamente de la meta alcanzada. De aquí a Compostela, como
me ha dicho un vecino, tan sólo queda unha carreiriña de can (una carrera de perro). La
lengua gallega, melosa y poética, me hace soñar. Estoy viviendo un sueño muy real,
salvajemente hermoso, un sueño muy real en medio de la tempestad.

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25º DÍA
El alma del mundo

De O Cebreiro a Samos (32 km)

«Cada hombre es testigo de lo que vive».


(Antonio García Rubio)

Muy de madrugada, antes de la salida del sol, inmerso en una espesa niebla que
inquietaba, me dirigí a la iglesia de Santa María buscando quizás la paz de una madre
antes de emprender de nuevo la marcha. Entre el telón de oscuridad surgió un ser en
movimiento que de una forma indefinida se fue haciendo visible en la medida en que se
acercaba a mí. Era un perro, un perro de tamaño mayúsculo que me hizo estar en
guardia. En medio de la niebla, en un lugar desconocido y a solas con un perro de gran
volumen, el corazón se inquietaba. Sus movimientos lentos, quizás merced al peso de su
cuerpo, me tranquilizaron. Él tan sólo se acercó y me miró. Superado el susto, me
adentré en el corazón de aquel lugar enigmático que ha visto pasar por delante de sí más
de un milenio. En el silencio del templo, y con el pensamiento aún comenzando a
despertar, pedí por el mundo, por los que sufren, por mi gente, por esta nueva jornada de
climatología incierta. Y pensé que en cierto modo nuestra existencia transcurre entre
luces y sombras, entre días de claridad reluciente y nieblas espesas. Pero que en unas y
otras circunstancias conviene mantener la calma, recobrar la serenidad.
Hoy comencé a caminar con la incerteza de lo que nos depararía el cielo. Las nieblas
matutinas son como un gran telón que impide la contemplación del cielo. Caminé las
primeras horas de esta jornada sumido en mis pensamientos, con la mirada plantada en el
suelo, puesto que la escasez de luz no permitía ver más allá de un par de metros. Poco a
poco se fue corriendo el telón y desvelándose el misterio del día. Como a tientas,
comenzó a asomar su luz el sol, que hasta entonces dormitaba sobre un lecho de nieblas.
A media mañana todo se tornó en un día bañado por una luz radiante, y la naturaleza
desplegó toda su hermosura primaveral. Mi primera sensación fue de alivio, de
agradecimiento, de alegría. Todavía con la mirada gacha pude percibir cómo al tiempo
que el sol refulgía, una sombra caminaba delante de mí. Voy hacia occidente, por eso el
sol en las primeras horas del día calienta la espalda del peregrino y proyecta sobre el
suelo la sombra del cuerpo que camina. Una sombra que aunque no la veamos, ahí está,
siempre con nosotros, reflejo mismo de nuestro cuerpo abrazado por la luz del sol.
Nunca antes de hacer el camino había caído en la cuenta de la importancia de nuestro
cuerpo: obra de arte de la ingeniería aún no superada por la tecnología humana. El dolor

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de mis pies, las ampollas, la tendinitis o la sed, me han hecho caer en la cuenta de que
somos cuerpo, que nuestro organismo precisa de unos cuidados mínimos, pero que todo
lo que pase de ahí es pura superfluidad. Cuidar el cuerpo es dar salud, una salud que
deviene en benéfica no sólo para el individuo sino para todas aquellas personas que
entran en relación con nosotros. A través de nuestro cuerpo hacemos posible todas las
realizaciones. No habría escultura magna sin un escultor que a golpe de cincel sacase
formas hermosas de la piedra desnuda. Sin cuerpo no habría vida materializada, vida que
nace de la unión de dos corporeidades que se aman. Hoy he aprendido a comprender
mejor y a amar mi propio cuerpo, expresión misma de mi ser, instrumento de bien, cauce
de la bondad, si es que no nos empeñamos en lo contrario. Lo que plantamos, en buena
medida, eso cosechamos.
Antes de comenzar a caminar, en la iglesita de O Cebreiro, leí un texto del Evangelio
según san Lucas que en ese instante no comprendí en toda su profundidad. Luego,
caminando bajo el sol, admirado de su potencia de luz que vence a la niebla, lo
comprendí mejor: «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que
nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para
guiar nuestros pasos por el camino de la paz». Sí, el sol de lo alto nos visita sin faltar un
solo día a la cita, aunque las nubes o la niebla traten de enmascarar su rostro. El universo
que conocemos gira en torno a este sol que da sentido a todo un sistema: el sistema solar.
¿En torno a qué sol gira mi vida? ¿Cuál es el centro de mi existencia? ¿Cuál es la fuente
de luz que ilumina mi vida? Las tinieblas forman parte de nuestra existencia, quizás
como oposición a esa misma luz que está en el centro pero que se ve amenazada por
nuestra tendencia innata a dejarnos llevar por la tentación. Cuando nos dejamos llevar
por la fuerza de lo fácil, de lo superfluo, de lo que nos impide madurar y ser felices,
estamos siendo abrazados por esa «sombra de muerte» que nos derrota a través del
miedo al fracaso, a través de toda clase de miedos. Necesito alejar de mí esa sensación
de muerte, esas tinieblas oscuras que me apartan de mí mismo y de la plenitud. Pero para
ello debo redescubrir mi propia luz, el sol de mi propia existencia.
Mis pasos me llevan hacia la consecución de una meta anhelada, un lugar en el mundo
que se me antoja como una tierra de promisión que me ayudará a recomponer el ser
humano que soy. Amo la paz, quiero caminar hacia la paz. Las experiencias de violencia
en mi vida han sido frustrantes. El ser humano que se refugia en la violencia se
deshumaniza, se desfigura, se aleja de su finalidad suprema. La luz del sol nos ayuda a
«guiar nuestros pasos» hacia la meta deseada, hacia la paz, la paz interior del ser humano
que se halla reconciliado consigo mismo, con la creación entera. Necesito un sol
luminoso que guíe mis pasos: «Dichosos los que construyen la paz, porque serán
llamados hijos de Dios». La paz se comienza a construir en uno mismo, poco a poco,
como una lucha constante de pacificación. Los hombres y mujeres pacíficos serán
llamados «hijos de Dios», así pues, Dios es Dios de paz, no de violencia ni de discordia.
A media mañana pude comenzar a saborear la hermosura natural de la tierra gallega, tal
y como había leído en guías y como me habían contado amigos que aquí estuvieron
antes. La luz del día inundó de belleza los campos en flor. Galicia es verde –salta a la

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vista–, el paisaje se tiñe de multitud de tonalidades de verde, el color de la esperanza.
Descendiendo hacia Triacastela, después de superar el duro repecho del Alto do Poio, y
caminando por el valle del río Oribio, el ser se sume en la contemplación de la
hermosura natural. Los bosques de árboles centenarios son como catedrales históricas
que con el rumor del viento cuentan sus historias. Es como si el bosque estuviese
animado, como si la vida se hiciese manantial en esta tierra de ensueño. La magia del
ambiente húmedo me traslada a un mundo de sensaciones que alimentan el alma y me
hace soñar. Aquí la vida se hace palpable y todos los sueños se convierten en una
posibilidad de realización constante.
En un instante de descanso, apoyada la espalda sobre un roble o carballo (tal y como le
llaman en Galicia) centenario, pude ensimismarme contemplando el ir y venir
extrañamente ordenado de las hormigas, y el vuelo grácil de una mariposa multicolor.
Una mariposa que antes de desarrollar sus alas pintadas con primor, y de poder así volar
libre predicando su hermosura, fue un gusano que se arrastraba por tierra, hasta que un
capullo de seda obró el milagro: nació un nuevo ser, sobre los cimientos del primero. La
vida se supera siempre a sí misma, y se sale con la suya. En cierto modo esto mismo nos
sucede a nosotros: para llegar a tener alas, para volar libremente desplegando toda
nuestra hermosura, hay que pasar por un proceso de transformación y superación.
Al llegar al monasterio de Samos, después de que un monje muy amable me sellase la
credencial, me fui a la vera del río para asearme y disfrutar del agua fresca que corre
libre por su cauce. Libre, pero siempre por un cauce. ¿Cuál es el cauce de mi vida? La
sensación de refrescar los pies después de una jornada dura de esfuerzo en el caminar no
tiene precio. Con los pies en el agua, sentado sobre una piedra, me dejé llevar por la
corriente, serenando mi ser. Fue entonces cuando me vino al pensamiento las imágenes
de toda la hermosura contemplada a lo largo del día. Una hermosura que está ahí,
siempre estuvo, aguardando por el aventurero de corazón sensible que la capte y disfrute.
La naturaleza es pura gratuidad, deberíamos aprender mucho de ella. La naturaleza tiene
alma, un algo mágico que la anima y hermosea. Es el alma del mundo que alienta la
vida.

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26º DÍA
La esperanza resiste

De Samos a Portomarín (31 km)

«La esperanza es impaciencia del corazón que ama. La esperanza es paciencia del
corazón que sufre». (Jesús María Bezumartea)

La vida es un cúmulo de sorpresas ante las que conviene tener muy bien cimentada la
existencia personal. A veces los embates son tan duros que derrumban nuestra persona,
que se desmorona sin remisión. Por eso conviene que construyamos por dentro nuestra
propia personalidad, a sabiendas de que la prueba de la vida es dura y delicada. El
camino es también un trozo de vida, y por tanto una sorpresa constante, un cúmulo de
circunstancias que se van confabulando para fortalecer al peregrino que sabe, que
aprende a salir airoso de toda situación adversa, con tesón y fuerza de voluntad, con
sagacidad y corazón férreo. Las adversidades parecen aconsejar la retirada a tiempo,
pero el peregrino de la vida curtido en la lucha diaria sabe que en el abandono está la
mayor de las derrotas, la del ser humano que declina de su condición ante el menor
viento que sopla en dirección contraria.
La etapa de hoy me ha resultado especialmente dura, por su distancia, y por la orografía
que ahora baja para luego volver a renacer sobre sí misma, cuesta arriba y cuesta abajo el
cuerpo se resiente y tiende a solicitar una tregua. Es entonces cuando el pensamiento y la
fuerza de voluntad hacen su trabajo. Un poco de agua y alimento, y un poco de ánimo,
hacen posible el milagro de continuar, de llegar, con todo y pese a todo. Pero no es fácil,
el ser humano tiende a traicionarse incluso a sí mismo. Surgen entonces las tentaciones.
La comodidad, un bienestar ahora ilusorio, se convierte en una obsesión para el
peregrino. Incluso ahora que atrás quedan cientos de kilómetros de experiencias
inolvidables. La deserción es humana, pero es una negación de nuestra tendencia innata
a ir siempre a más, a auto-trascendernos sin poner límites a la fuerza del amor que nos
constituye. Un amor que hoy se me sugiere como uno de los fundamentos universales de
la Humanidad. Un amor que es un lenguaje comprensible por todo ser humano,
independientemente de su ámbito cultural o sus creencias.
El calor de la jornada me hizo refugiarme en la caverna de mi corazón buscando allí el
frescor que el ambiente externo me negaba. Fueron unos instantes de diálogo interior
continuo, no interrumpido por el pasar de algún peregrino, que siempre es bienvenido,
por el saludo de algún vecino, o por la sombra del bosque que se convierte en un lujo de
peregrinos. En la hondura del corazón sufrí la soledad del ser humano que descubre vivir

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a la vera de un abismo, junto a una sima profunda que amenaza el caminar existencial.
Hay dentro de nosotros un hueco inmensamente profundo, tanto que no es posible
contemplar el fondo. Fue allí en donde surgió la negatividad. Toda una pléyade de
pensamientos, de recuerdos, de situaciones vividas y sensaciones producidas que creía
fenecidas, pero que ahora compruebo que siguen desgarrándome por dentro ferozmente.
Soy menos libre de lo que pensaba, porque creía que la libertad consistía en hacer lo que
a uno le viniese en gana en el momento preciso, pero ahora comprendo que eso es
necedad, que la verdadera libertad tiene más que ver con una vivencia interior, con una
actitud ante la vida, que con el tener o el hacer.
Las circunstancias nos hieren por dentro casi imperceptiblemente. Nuestra vida se
desarrolla en un escenario limitado por muchos condicionantes: físicos, psicológicos,
culturales, familiares… Necesitamos urgentemente reorganizar todos estos componentes
para situarlos en su lugar natural, en donde no estorben, como quien guarda objetos
inservibles en un desván. Pero para ello hay que desactivar su fuerza, impedir que tengan
poder sobre nuestra vida, neutralizar su acción violenta sobre nuestro equilibrio psico-
físico. Para ello se requiere una gran madurez que se va conquistando en la lucha
cotidiana. Estos enemigos del alma estaban ya ahí antes de comenzar mi camino, pero es
ahora, a la luz de la experiencia de ir despojándome de lo inservible, cuando se han visto
descubiertos e identificados. Salir al desierto, quedarse a solas con uno mismo, es una
terapia que deberíamos de practicar más. El desierto es el espacio de la prueba, de la
tentación, pero por ello mismo del fortalecimiento y de la maduración humana.
«La fe mueve montañas». Recuerdo haber oído esta máxima en mi infancia, cuando iba a
catequesis. Desde entonces subyace en mi memoria como una clave que, a su tiempo,
pueda mostrarme su veracidad. Ha llegado el momento, siempre hay un momento
providencial. En la soledad, ahogado por mi propia negatividad, por mis miedos,
complejos y prejuicios, he descubierto que el ser humano no puede enfrentarse a su
abismo personal, al sinsentido de lo que no acaba de comprender con la fuerza de su
tozudez. Necesitamos acoger en nuestro ser todas las fuerzas del universo, las fuerzas
espirituales, la fuerza de la fe, para continuar caminando sin temor a la noche,
sobreviviendo a toda la negatividad del mundo. La gran montaña que he de mover ahora
mismo es la del miedo, la de la apatía y la tristeza que me produce el pensar en el futuro.
Vivimos en el hoy, en el ahora intenso y hermoso. El pasado es un recuerdo, y el futuro
no es sino un hoy vivido en su momento. Ahora me queda este instante supremo de
sentirme vivo y, aunque me resulta extraño, me siento profundamente amado. Concibo
que mi existencia personal no es sino fruto de un gran amor. Como fruto de un gran
amor es toda esta naturaleza hermosa que cura tristezas y anima fuerzas doblegadas por
la distancia recorrida y por el esfuerzo acometido.
Conozco a personas que sufren lo indecible. Algunas de ellas han sucumbido aplastadas
por la piedra del sufrimiento incomprendido. Otras han logrado hacer de su piedra de
tropiezo un motivo para la esperanza, para recobrar el sentido de la vida. ¿Por qué unas
personas son capaces de seguir a flote en condiciones adversas, y otras en la misma
situación se hunden sin remedio? Supongo que será una confluencia de circunstancias.

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Pero lo decisivo debe ser la fe con la que encares la adversidad: fe en la vida, fe en tus
propias fuerzas, fe en los demás, y fe..., fe en Dios. La cuestión Dios sigue sin ser
resuelta, pero lo cierto es que hoy me descubro necesitado de fe, dialogando con un ser
que me supera y desborda, de quien percibo una especie de caricia al tiempo que voy
descubriendo la vida en toda su esencia, simplicidad y hermosura. El corazón es más
sabio que el pensamiento. La inteligencia es un todo entre cuerpo, psique y ánima, no me
cabe la menor duda. Hoy me sé pequeño y frágil pero capaz de mover montañas, al
menos la montaña de mis «negatividades» deshumanizadoras y causantes de frustración
y desesperanza.
El ser humano contemporáneo no debería de perder de vista la esperanza ante el peligro
de perecer en su propia inconsistencia interior. La esperanza es un motor que moviliza
nuestra acción. Mantener un tono alto de esperanza en la sangre es un alimento de vida
para el corazón y la mente. Tener siempre a mano dos o tres esperanzas, por si falla
alguna, es una forma de mantener el pulso a la vida y sus sorpresas. Desde aquí, al borde
de una ruta milenaria que ha movido los corazones y las ansias de millones de peregrinos
a lo largo de los siglos, proclamo que la fe, la esperanza y el amor se confabulan para
hacernos felices en la medida en que podamos serlo. No son las circunstancias las que
determinan nuestra felicidad sino que es la fuerza de nuestra esperanza la que destierra
toda oscuridad que pretende teñir de tristeza nuestra vida. Ya no miro atrás, hoy me he
reconciliado conmigo mismo, con mi historia y mis errores. La esperanza ha salido
fortalecida en este día de lucha contra la tentación y la negación de lo mejor de mí
mismo. Un corazón que ama resiste, porque sabe que el sufrimiento no es sino una etapa
más en el camino hacia la plenitud del ser: «Dichosos los que están tristes, porque Dios
los consolará». La esperanza resiste.

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27º DÍA
Buscar la verdad

De Portomarín a Palas de Rei (24 km)

«Si nuestros pasos se hacen pesados, ¿seríamos capaces de descubrir la flor del
desierto? Es la que se abre en la aurora, en los momentos del continuo recomenzar,
cuando un aliento de confianza nos lleva lejos por el camino de una bondad serena».
(Roger de Taizé)

Llueve sobre Galicia. La lluvia no se había hecho presente desde aquel diluvio inicial en
la subida hacia O Cebreiro. La lluvia tiene un encanto especial, aun cuando suponga un
obstáculo para el peregrino, un elemento más de oposición al caminar ágil. El día
amaneció con un leve orvallo que invitaba a la nostalgia, a hacer hogar, a reencontrar un
lugar cálido y a cubierto. Es necesario tener siempre un hogar de referencia, una tierra,
una casa madre en la que abrigarnos cuando la ingratitud de algunos hombres nos
destroza. Una de las imágenes más hermosas que jamás antes había contemplado es la de
las gotitas de agua de lluvia delineando los contornos de una telaraña, esculpida
artísticamente por la hábil araña, que se ve así descubierta por la misma naturaleza que
alerta que la red está tendida. La lluvia hace que la vida se encoja sobre sí misma como
recuperando la inocencia primigenia. El campo, bajo la caricia de la lluvia, adquiere una
coloración muy especial. Caminando al abrigo de la lluvia se hace harto difícil coincidir
con algún vecino en los pueblos que atraviesa el Camino. Es como si la creación entera,
también la Humanidad, se adormeciese con el rumor del agua. Y en el casi abandono
absoluto me siento feliz, extrañamente feliz, renovadamente feliz. Pobre, muy pobre,
cada vez más despojado de ataduras, y más agradecido.
Sé que Santiago está muy cerca. La humedad del ambiente vaticina la próxima llegada a
la ciudad que, según el decir popular, hace de la lluvia arte. Y purificado por la lluvia se
me abre el pensamiento a soñar todas las hermosuras al hilo de esta naturaleza
intensamente hermosa, colmada de vida. Todo se centra en una especie de orden
cósmico: las vacas pacen sin inquietarse alimentándose de la hierba reverdecida por la
lluvia, los pájaros se acurrucan en sus nidos a la espera de que mejore la climatología,
mientras la lluvia persistente cae mansamente fecundando la tierra. El panorama está
transido por un candor muy especial que me invita a recogerme en lo profundo de mi ser.
En la vida, de un modo u otro, siempre estamos caminando. Pero comprendo que ahora
lo hago de un modo consciente, sintiendo mis pasos como míos. Recuerdo que iniciados
los estudios universitarios, como una forma de distracción, buscaba huecos de tiempo

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para indagar en libros acerca de la realidad humana. A través de alguna lectura pude
saber que existe un libro titulado Confesiones, atribuido a san Agustín de Hipona. Tal
fue el atractivo que me produjo que me fui a una biblioteca pública para leerlo con
interés. Con él en las manos, me sumergí en una lectura transformadora. Hoy, en cierto
modo, también yo escribo en la memoria la historia de mi vida, una historia de luces y
sombras, de gozos y sufrimientos, pero siempre de búsqueda constante.
El sabio Agustín escribió su autobiografía sin obviar detalles decisivos. Su vida es la de
un hombre en busca de la verdad. Una verdad que al final acabó hallando e identificando
con el Dios cristiano. Él supo perfectamente que en el corazón humano hay un ansia de
plenitud tal que al final nada, sino Dios mismo, puede colmarla. Agustín saboreó la vida
con toda intensidad, supo lo que es amar hasta dar vida, e hizo de la amistad uno de los
elementos esenciales de su existencia. Recuerdo unas palabras que me hicieron
reflexionar mucho: «Y van los hombres con admiración a contemplar las alturas de los
montes y los oleajes del mar, los anchísimos cursos de los ríos y la amplitud del océano
y los giros de las estrellas… y se dejan a sí mismos, y no se maravillan de sí». El ser
humano no es consciente de toda la grandeza que atesora. Yo, humilde peregrino, lo
estoy comprendiendo ahora. La hermosura de fuera no es sino un reflejo material de la
de dentro. Todo depende de con qué ojos miremos. Quien mira con bondad hallará
bondad a su alrededor. Todo depende de la mirada: «Dichosos los misericordiosos,
porque ellos hallarán misericordia».
Hubo un instante en esta jornada en el que la lluvia arreciaba, incluso el granizo hizo
acto de presencia. Providencialmente en ese momento pude contemplar, a poco más de
200 metros, una casa abandonada. Celebré la llegada con un suspiro de alivio. Cuánto se
agradece algo cuando se vive en la desapropiación. Aquel hogar improvisado adquirió de
repente el tinte de hogar acogedor. La casa estaba habitada por tres peregrinos que,
asediados por la lluvia y el granizo, decidieron refugiarse allí. Entre los peregrinos, a
esta altura del Camino, todo es familiaridad. A estas alturas la solidaridad es un lenguaje
conocido y comprendido. La amistad surge de la solidaridad, de sabernos limitados y
necesitados. Me invitaron a una taza de leche que estaban calentando en un hornillo. La
tomé, y me supo a gloria. Mientras tanto compartíamos experiencias y sonreíamos
haciendo bueno aquel dicho de «al mal tiempo, buena cara».
¿Qué es la verdad? Este pensamiento me asaltó en el último tramo de esta etapa. De
niños se nos educa para vivir según la verdad. Con el tiempo he llegado a comprender
que el gran error de caer en la mentira sistemática es que uno se acaba engañando a sí
mismo, sin ser muy consciente de ello. La mentira es como esa telaraña que acaba
atrapándonos en su bordado de hilillos, esclavizándonos e impidiéndonos continuar
adelante. Vivir en la mentira es apostar por una muerte en vida, aun cuando haya
personas que se enriquecen a costa del engaño. En cierto modo esta sociedad de
consumo está montada sobre una gran mentira. Te hacen creer que no puedes vivir sin tal
o cual producto, o sin aparentar ser lo que no eres. Vivir en la verdad es por eso un
proceso de liberación que sólo logran culminar aquellas personas que apuestan por
arriesgarse a caer en entredicho. La verdad es la verdad en sí misma, sin justificación ni

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necesidad de artificios. Para vivir en la verdad hay que ser muy valientes y decididos,
hay que desenmascarar muchos miedos, hay que desterrar la mentira.
En el libro de firmas de peregrinos del albergue de Palas he leído una cita de una
peregrina que no tiene desperdicio: «Me he pasado media vida tratando de dar una
imagen de mujer perfecta, hermosa e inteligente. Logré tener la admiración de muchos
chicos y la envidia de no pocas mujeres. Mi vida estaba triunfando según los criterios de
mi sociedad. Pero siempre había un algo en lo oculto que me denunciaba, que me decía
que estaba viviendo en una gran mentira, y que así no iba a llegar muy lejos, si es que de
verdad quería ser feliz. Aun así hacía oídos sordos y trataba de evadirme, llevando a
cabo una vida social muy intensa en torno al mundo de la moda y las pasarelas. Llegué a
ganar mucho dinero, a viajar por el mundo, y a sentirme el centro del universo. Pero
aquella voz continuaba azotándome constantemente. Llegó entonces lo inevitable. Un
leve malestar me hizo ir al médico. Se me diagnosticó un cáncer galopante. Mis sueños
se me hacían trizas, mi vida se había desplomado sobre mí. No podía ser verdad, me
resistía a creerlo. Debía someterme de inmediato a quimioterapia, lo que supondría, entre
otros efectos visibles, que se me caería el pelo, mi hermosa cabellera. Caí en una
depresión profunda. Me rebelaba contra el destino. Eso no podía sucederme a mí. Pero
no podía negar la evidencia. Fue entonces cuando comencé a leer, al tiempo que me
ocultaba de la gente y de los medios de comunicación. A través de lecturas “positivas”
comencé a replantear mi vida. Una amiga me dijo que a ella, en su enfermedad, le había
ayudado leer la Biblia. Al principio me resistía, no quería tener nada que ver con la
religión, me molestaba un Dios que permitía que me sucediese todo lo que me estaba
ocurriendo. Ella insistía, y finalmente comencé a leer los evangelios. A través de ellos
conocí a un ser excepcional, con una fuerza vital alucinante. Las lágrimas brotaron de mi
rostro, y poco a poco me fui sintiendo fortalecida. Yo era aquel ciego, aquel lisiado,
aquel muerto que Jesús curó o resucitó. Yo también necesitaba ser curada, pero curada
en el corazón. Curada en mi orgullo y frivolidad. Conocí entonces, a través de un
artículo en una revista, que existe una ruta de espiritualidad por la que caminan desde
hace siglos peregrinos de todas partes. Como un acuerdo pactado con esa voz de siempre
decidí hacer ese Camino tan pronto mi salud me lo permitiese. Lo prometido es deuda,
estoy cumpliendo lo prometido, y siento en mi corazón una felicidad muy intensa. Hoy
vivo, más que nunca. Hoy amo, como nunca había amado. La vida es un misterio que
hay que amar, si amas te transformas, la vida misma se transforma».
El Camino hace el milagro del despertar, de despabilar el atontamiento que nos produce
el acomodarnos a los criterios socio-culturales vigentes. Aprender a mirar en
profundidad la vida es iniciar un proceso de transformación interior que nos hace
redescubrir la existencia como una oportunidad para ser felices en la medida en que
hacemos felices a los demás. O dejamos que el corazón se nos empape, o nos
convertimos en roca resistente al cambio y al amor. Jesús insistía en aquello de amar al
prójimo, como camino seguro para la plenitud humana. Pero todo ser humano, en su
trayectoria vital, tiene su momento de cambio, de caer en la cuenta de que la vida se
gana viviéndola intensamente desde lo profundo del corazón. Y el Camino es una

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escuela en la que se redescubren los valores humanos que nos dignifican como personas
y nos indican la ruta. Sí, «la vida es un misterio que hay que amar» mientras buscamos la
verdad.

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28º DÍA
Las presencias amables

De Palas de Rei a Arzúa (28 km)

«Tenemos que reaprender lo que es gozar. Estamos tan desorientados que creemos que
gozar es ir de compras. Un lujo verdadero es un encuentro humano, un momento de
silencio ante la creación, el gozo de una obra de arte o de un trabajo bien hecho. Gozos
verdaderos son aquellos que embargan el alma de gratitud y que nos predisponen al
amor». (Ernesto Sábato)

Ahora que sé que la meta está al alcance, ahora que se divisa la luz después del esfuerzo,
mi pensamiento se puebla de «presencias» sentidas y presentidas a lo largo de esta ruta
del arte, la historia y la espiritualidad. Una fotografía constantemente repetida es la de la
flecha amarilla, santo y seña para el peregrino. La flecha salvadora que en el
desconcierto orienta el rumbo perdido. Una señal sencilla reposada sobre un árbol, una
cerca o una piedra puede ser suficiente guía para alcanzar la meta anhelada. Una simple
pintura con forma de flecha se convierte en una ligazón afectiva para el peregrino. En
cierto modo todos los peregrinos somos deudores de estas flechas que el ingenio de Elías
Valiña, el «cura de O Cebreiro», quiso legar a la posteridad, desbrozando el antiguo
camino hacia occidente. Y junto a ellas, esos mojones pétreos que miden las distancias
kilométricas y te animan, si el camino es más corto de lo pensado, o también te echan un
jarro de agua fría al informarte de que queda más de lo que creías para llegar al punto de
arribada. Ellos son testigos silentes de nuestro caminar, puntos informativos que hablan
el lenguaje del Camino.
Me pregunto cuántas flechas amarillas no habrán realizado el milagro de orientarme a lo
largo de mi vida, desde que fui concebido. Cuántas personas no habrán sido, están
siendo, flechas amarillas que me orientan en mi camino personal. Mis padres, Esther y
Jesús, mis hermanos, Suso y Eva María, mis profesores, mis amigos, determinadas
circunstancias fundamentales..., la vida es un camino en el que nunca falta la flecha
decisiva que en el momento de duda indica la dirección a seguir, aunque al principio no
logremos comprenderlo todo. Hermosa misión la de ser los unos para con los otros
flechas certeras que indican el camino adecuado a cada cual, tu propio camino, un
camino personal e intransferible, pero a través del cual siempre emergen esas presencias
benéficas que nos ayudan a seguir adelante. El amor, el amor es la clave, las personas
que me aman y que amo son las verdaderas flechas del camino, de mi camino, de mi
vida.

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En cierto modo he aprendido que la vida consiste en acumular sabiduría a base de
experiencias para luego ser nosotros como las flechas del camino, un dedo capaz de
indicar cuál es la dirección, hacia qué horizonte mirar para alcanzar la meta.
Necesitamos mujeres y hombres expertos en vida y en el arte de la felicidad. El servicio
que un ser humano reconciliado consigo mismo y con la creación puede prestar a la
Humanidad es de un valor inestimable. Por eso debemos recuperar el valor de lo
cotidiano, de lo concreto: espacio sagrado en el que se hace posible el milagro constante
de la vida, de una vida que se da a sí misma. Ahora comprendo que es dando como
verdaderamente se recibe, es buscando como se encuentra, es amando como se llega a
ser amado, tal y como describe la oración que me dio aquel franciscano italiano del que
no he vuelto a saber, quizás porque es propio de las «personas-flecha» indicar el camino
humildemente y luego desaparecer como el viento que viene y va.
Ya he concluido la lectura del libro que me regaló Rufino. Me ha dejado en el corazón
una gran sensación de paz y armonía. La vida de Francisco de Asís, el santo del amor, es
muy aleccionadora. Desconocía que lo había pasado tan mal en su vida, pero que al
mismo tiempo había sido muy feliz. Las dificultades cuando ya parecía haberlo logrado
todo, aquellas metas de perfección que se había propuesto, parecen ser los últimos
renglones de su biografía. Sin embargo hay un toque de dulzura y de serenidad en este
hombre tan singular que apostó decididamente por el amor como actitud existencial
básica, un amor que él decía que brotaba del manantial de Dios. Me gusta un Dios así.
Un Dios que es capaz de arrancar una vida haciéndola salir de sí misma para convertirse
en un constante servicio a la causa de la paz. También Francisco ha sido para mí, lo
seguirá siendo, un «hombre-flecha» en mi camino, la plasmación del amor al prójimo sin
reservas, hasta dejar la piel en el empeño, y todo con un toque de paz y esperanza.
A media jornada, en un pueblo llamado Castañeda, me encontré con Adán, un joven
peregrino que ha comenzado a caminar en León y que no acaba de encontrar la paz que
desea. Su vida se ha desarrollado en medio del oleaje de las contradicciones, debido a
una serie de circunstancias adversas. Se ha llegado a plantear el suicidio como una forma
de salida de una situación de caos. El Camino de Santiago se le antoja como la última
oportunidad para subirse al tren de la vida, un tren hacia una plenitud que no acaba de
atisbar en el horizonte. Dialogamos largo y tendido. Le he escuchado atentamente:
necesitamos ser escuchados con atención, sin sentir en la piel el flagelo de la crítica o la
condena. Él es hijo de un tiempo y de una cultura basada en la apariencia y en el afán de
poder. Él se siente demasiado libre como para atarse a lo que califica de «estupidez
supina del ser humano que busca profundidad en la orilla del mar». El mar es la vida en
sociedad, una vida que le está ahogando, pese a que su familia nada en la abundancia.
No sé por qué, pero este joven me recuerda mucho a Francisco de Asís. Su insatisfacción
pese a tenerlo todo, su autenticidad en la búsqueda pese a haber cometido algunos
errores, ha de llegar a ser la plataforma de lanzamiento de su propia vida. Finalmente le
entregué el libro de Sabiduría de un pobre, haciéndole saber que el protagonista tiene
una historia muy similar a la suya, y que quizás pueda ser para él, como lo ha sido para
mí, una «flecha amarilla». Ante la frustración no cabe otra actitud que la rebeldía en la

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esperanza. Estoy convencido de que todo fluye y que no debemos retener para nosotros
sino aquello que nos es necesario o útil, pero sólo mientras lo sea.
Eloi Leclerc concluye su novelita describiendo el paisaje con la naturalidad de quien ha
alcanzado a ver la luz y navega sereno sobre un mar de paz. En cierto modo Francisco
había alcanzado la paz pese al sufrimiento corporal, causado por las enfermedades, el
sufrimiento psíquico y el espiritual, causado por la incomprensión de quienes querían
hacer añicos su ideal de vida, que no era otro que seguir al Jesús de los Evangelios con
radicalidad, sin ahorrar trozos de vida, dándolo todo, apostando por el amor sin
cortapisas, siendo así libre en el amor, tal y como lo fue su maestro. La herencia
espiritual de la Humanidad es un tesoro, lástima que los tecnócratas que mueven el
mundo no se percaten de ello. Necesitamos muchos Francisco de Asís para armar la
verdadera revolución: la del ser humano que ama en libertad.
Las últimas palabras del libro son estas: «El sol había caído detrás de los montes y
bruscamente había refrescado el aire, el viento se había levantado y sacudía los árboles,
era ya casi de noche y se oía subir de todas partes el canto ininterrumpido de las
cigarras». La historia se repite una y mil veces, el escenario es el mismo, y el ser humano
de todos los tiempos sigue siendo semejante en lo esencial: un buscador de sentido, de
esperanza y de felicidad. Lo constato ahora que atardece, mientras escribo sentado junto
a un río cercano al albergue, en Ribadiso, a muy pocos kilómetros de mi meta soñada,
una meta deseada, pero que comienzo a temer que sea como el cierre de una etapa de mi
vida, la de peregrino, que no quiero que concluya del todo. Por eso quizás voy
ralentizando mucho el paso como queriendo que no llegue a la meta antes de tiempo. El
Camino es experiencia constante de encuentro con una serie de «presencias» físicas y
espirituales, unas palpables y visibles, otras memorables a través del recuerdo y el
agradecimiento. El Camino está poblado de presencias amables.

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29º DÍA
A las puertas de un sueño

De Arzúa a Lavacolla (20 km)

«Estamos siempre inclinados a hacer aquello que anhelamos». (Demóstenes)

Amaneció lloviendo (Santiago está más cerca). El verde de los campos invita a la
esperanza a quien ya se sabe a un paso de cumplir un sueño anhelado durante semanas,
quizás meses, quizás años, porque llega un instante en la existencia de un hombre en que
todo se confabula en aras de una sabiduría alcanzada por la vía de la intuición y el
sentimiento. Ahora sobran las razones, lo propio del peregrino es caminar sin mirar atrás,
sintiendo sed, necesitando alimento y acogida. Pero la naturaleza tiene sus tiempos.
Después de unos instantes de caminar bajo la lluvia comenzó a clarear. Las nubes grises
se fueron diluyendo hasta que el sol comenzó a destacar, cabalgando triunfante sobre la
oscuridad que se disipa a su paso. En el momento de descender a un hermoso y verde
valle pude contemplar sobre el horizonte de sol y nubes un inmenso arco iris
policromado que con todo su esplendor se adueñaba del cielo y parecía sustentar sus
cimientos en la misma tierra: el arco iris es todo un símbolo de nuestras vidas.
El Camino no deja de sorprenderme con su hermosura silvestre. Incluso el barro
conformado por la acción de la lluvia sobre la tierra adquiere ahora un matiz de belleza
inusitada. Todo depende de cómo miremos. La mirada es un arte que puede hacer de
nosotros seres abiertos a la vida, o completamente cerrados sobre nosotros mismos,
sobre nuestros miedos y egoísmos. La mirada nos cura y vivifica. Más adelante me
ensimismé contemplando a las vacas que serenamente, como si la vida misma fuese
suya, pastaban en el campo. Ellas no son conscientes que merced a su labor los seres
humanos recibimos alimento. La naturalidad de la existencia es una lección constante
que no siempre estamos dispuestos a aceptar los urbanitas, tan entregados como estamos
al afán de poder, de tener títulos y renombre.
Después de las prósperas tierras de Arzúa llegué a Lavacolla. Lugar citado en el propio
Códice Calixtino en el que, según la pluma de Aymeric Picaud, los peregrinos se lavaban
de cuerpo entero en un río local para así poder entrar al día siguiente en la ciudad del
Apóstol limpios. Se trataba pues de un baño que, más allá de lo puramente higiénico,
adquiría un sentido sagrado. El peregrino se limpiaba las impurezas de su propia vida
porque sabía que estaba a punto de lograr la meta deseada y sufrida. Los tiempos han
cambiado. Hoy, un aeropuerto ocupa los terrenos que antaño pisaron los peregrinos.
Llegando contemplé, con cierto estremecimiento, el despegue de un pájaro de hierro

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majestuoso que en cuestión de segundos alzó el vuelo y desapareció en el horizonte. El
ser humano es capaz de abrir caminos incluso en el aire. El ser humano al servicio del
bien se convierte en la obra maestra de la creación. Bendito sea el progreso si es que nos
lleva a tender puentes de solidaridad. Seguro que aquellos peregrinos de tiempos idos ni
siquiera habrían soñado con lo que hoy he podido constatar con mis propios ojos, que al
confín de la Tierra, a la casa de Santiago, se puede llegar surcando los vientos.
En el pueblo de Lavacolla decidí hacer parada y fonda. Es cierto que Compostela está a
un paso, no más de dos horas, pero prefiero aguardar, prepararme para dar cumplimiento
a mi sueño. Quiero descansar, reflexionar y rezar. Una mujer muy amable me dijo que se
podía dormir en una capilla que hay en una robleda, junto a la carretera. Ella misma me
ofreció la llave para abrir la puerta. Lo hice con el sentimiento de agradecimiento de
quien no tiene nada y se le ofrece un tesoro, pero también con mucho respeto, ya que se
trataba de un lugar sagrado que seguramente a lo largo del tiempo ha venido siendo un
espacio de oración. El retablo estaba destartalado. Algunos santos me miraban entre
curiosos y sorprendidos. Entre las tablas del suelo tendí una esterilla, y sobre ella el saco
de dormir, compañero amado de camino, testigo de mis sueños, y de mis dolores. Al
poco tiempo recibí una visita que me alegró. Carlos y Ricardo, los peregrinos de Toledo,
llegaron y decidieron pernoctar en la misma capilla, después de hacer un gran esfuerzo
en esta penúltima etapa para poder avanzar lo que no habían podido antes por causa de la
tendinitis de Carlos.
Juntos fuimos a pasear por el pueblo. Cuando la noche se tendió sobre la cúpula celeste,
después de compartir la cena, decidimos regresar. Mañana nos espera Santiago, y esas
son palabras mayores para un peregrino curtido después de muchos kilómetros. Mientras
ellos entraban yo me alejé un poco, a un campo abierto, para contemplar las estrellas que
lucían sobre el manto de la noche, como si quisiesen advertirnos de que el «camino de
las estrellas» llegaba a su fin. Recuerdo que de niño solía escaparme a un monte cercano
a mi casa para poder contemplar con nitidez la sinfonía de la noche poblada de estrellas.
Ellas siempre han estado ahí, como testigos silentes de mis sueños, de mis miedos, de
mis proyectos e ilusiones. Ellas velan nuestros sueños con una quietud envidiable. Quién
pudiera poblar nuestras noches personales de estas leves luces que nos velan. Sin
embargo, ellas no son sino reflejos pálidos de una luz mayor, son hijas del gran sol,
señor del día. Reciben la luz solar y la convierten en hermosura tenue. Aunque hay
algunas estrellas rebeldes que se han vestido de su propia luz. Así es nuestra vida, una
tenue luz que es reflejo de otra luz mayor. Y todas aquellas personas que se han atrevido
a vivir desde la profundidad del corazón son esas estrellas rebeldes que se han
convertido ellas mismas en luz, emulando a la luz del sol. El sol…
Santiago está muy cerca, al alcance de la mano, a muy pocos pasos. Cierro los ojos y
aflora el silencio de la noche. Una leve brisa de viento húmedo, el concierto nocturno
que comienza con un sinfín de extraños sonidos, algunos conocidos, otros
inesperadamente bellos. No pienso, las razones descansan ya. Ahora sueño porque es
hermoso soñar. Sueño con la paz, sueño con todos los peregrinos de la historia que han
culminado real o imaginariamente esta ruta milenaria. Pienso en mi gente amada, en las

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«presencias» amables que dan sentido a mi vida. Y quizás mi pensamiento sea ya una
oración naciente que no requiere del raciocinio, hijo del intelecto. Aun así –lo
reconozco– me produce una satisfacción enorme el saber que lo he logrado, que estoy a
punto de coronar el camino emprendido. Una campana suena a lo lejos, y un eco
profundo emerge de la tierra. El universo entero en su orden natural parece querer
musitar palabras.
Recuerdo una vieja leyenda que mi madre me contaba de niño. Hablaba de la existencia
humana como una lucha constante entre el bien y el mal. De cómo el bien sucumbía ante
el feroz embate del mal, hasta que la muerte vencía toda resistencia. El cuento concluía
de un modo sorprendente. La vida volvía a renacer cada vez que el mal parecía vencer.
El bien resurgía constantemente como un sol refulgente. La última palabra la tenía la
vida: «El amor siempre vence». Estas palabras eran puestas en labios de una hermosa
mujer vestida de blanco que decía ser la madre de la vida. La esperanza jamás se da por
vencida. El bien es más fuerte que el mal, la vida que la muerte, aunque para
comprobarlo haya que aguardar. Hay un algo que somos que vence todo mal, una fuerza
interna que tenazmente nos invita a seguir hasta la victoria sobre todo lo que trata de
deshumanizarnos. La vida, el amor, se sale siempre con la suya.
Cuando me retiré a la capilla, mis hermanos peregrinos dormían. Sé cuánto esfuerzo les
ha costado realizar esta gesta, sobre todo a Carlos, hombre invidente que ve con el
corazón. Bien avanzada la noche desperté y le pude ver semi-erguido. Preocupándome
un poco le pregunté si le sucedía algo, si se encontraba mal. Me preguntó qué hora era:
estaba tan ansioso por llegar a Santiago que la misma emoción le impedía dormir, como
cuando estamos en la víspera de un gran día, de un gran acontecimiento en nuestras
vidas. En este peregrino aguerrido y entrañable reviven todos los peregrinos de la
historia, porque el mismo espíritu de antaño es el que hoy sigue moviendo corazones
para llevar adelante una gesta, una locura, un reto. «Ya queda poco, Carlos, descansa;
hoy estaremos en Santiago». Nunca unas palabras tan simples me han provocado una
emoción tan intensa al pronunciarlas: «…hoy estaremos en Santiago», a las puertas de
un sueño.

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30º DÍA
El milagro de la piedra

De Lavacolla a Santiago de Compostela (10 km)

«No empleéis más que amor y así podréis someter al mundo entero. La humanidad llena
de amor es una fuerza terrible». (Fiódor Dostoievski)

Amanece de nuevo. El impulso del corazón nos lleva a levantarnos de forma espontánea
porque la vida llama a nuestras puertas. Ha llegado el momento culminante. Un poco de
leche caliente con pan, y a caminar de nuevo. El peregrino sabe que la meta está muy
cerca. El primer momento emotivo fue la llegada al Monte do Gozo (el Monxoi del siglo
XII). Coronado este altozano se puede contemplar en lontananza la silueta de las torres
de la catedral de Santiago, que hasta ese momento eran sólo las imágenes lejanas de un
anhelo profundo. Para los peregrinos medievales este era un lugar cargado de
simbolismo que les llevaba a sentir un auténtico gozo. Incluso la tradición cuenta que los
peregrinos agrupados a lo largo de la ruta, para hacer unidos frente a los peligros del
camino, comenzaban a correr al llegar a este monte, y el primero que divisaba las torres
era coronado «rey» de la peregrinación al tiempo que todos lloraban de gozo. Unas
enormes esculturas de bronce representando a dos peregrinos medievales guardan
memoria del hecho y rinden homenaje a quienes han arriesgado incluso la vida misma
para hacer realidad un sueño.
En lo alto del monte una mole monumental se yergue en homenaje a los peregrinos de la
historia representados en tres figuras históricas: San Francisco de Asís (a quien ahora me
siento espiritualmente vinculado), Juan Pablo II (que aquí se reunió con una multitud de
jóvenes) y, por supuesto, Santiago Apóstol. Descendiendo me encontré de bruces con
una capilla dedicada a san Marcos, similar a la que durante la noche nos dio cobijo en
Lavacolla. Es pobre y austera, recoleta, apropiada para el peregrino que desee descansar
unos instantes, justo antes de entrar en la ciudad. La puerta abierta invita a entrar, y las
paredes blancas son como un abrazo que acoge y sostiene al caminante agotado en sus
fuerzas, pero firme en sus esperanzas. Al poco tiempo entró también un grupo de
personas. Un hombre con una sencilla cruz al pecho se me presentó diciéndome que era
sacerdote, y que estaba de visita en Santiago con algunas personas de su parroquia.
Habían decidido celebrar allí mismo, junto al Camino, en la sencillez de aquella
edificación, la eucaristía. Me lo dijo casi como pidiéndome permiso, ya que temía turbar
mi silencio. Por supuesto le dije que sí. Y él me sonrió. Me dijo que si decidía quedarme
podía contar al grupo mi experiencia en el Camino. Me sentí extraño, interpelado,

93
valorado. Era la primera vez que compartía la eucaristía después de muchos años. Fue en
el momento adecuado y en el lugar ideal.
Después de hablar resumiendo mi experiencia en el Camino y compartiendo con aquellas
personas todos los valores que había logrado reconquistar en la ruta, tras la celebración,
estuve unos momentos hablando a solas con Antonio, así se llamaba este sacerdote, un
hombre con un cierto don de gentes, amable, cercano, y convencido de su fe cristiana.
Fueron unos momentos muy agradables en los que compartimos esperanzas. En cierto
modo él fue la última «presencia amable» del Camino, justo antes de entrar en
Compostela. Tras dialogar sobre lo humano y lo divino le pedí que me bendijese. Él lo
hizo con unas palabras que dijo que eran conocidas como «la bendición de san
Francisco», me animó a seguir mi camino después de mi visita a la ciudad, y como gesto
de solidaridad me colgó del cuello la cruz que llevaba sobre su pecho. Finalmente me
pidió que ya en la catedral tuviese un recuerdo para todas las personas «rotas» de la vida.
Así lo hice, así lo seguiré haciendo hasta donde mi corazón aguante.
Descendí entonces hacia la ciudad deseada, que según un autor nativo es «una ciudad
dos veces sagrada, donde podrás sentir presente la trascendencia y gozar de puras
creaciones del arte» (Filgueira Valverde). Caminé ensimismado, como queriendo
refugiarme en mi corazón para impedir que el ruido y el bullicio ciudadanos apaguen la
magia de este instante: los últimos tres kilómetros. Tras el barrio de San Lázaro me
adentré en la rúa de «Os concheiros» que, según la tradición, era el lugar en el que se
asentaban los comerciantes de la ciudad para vender uno de los signos jacobeos por
excelencia, la concha de vieira que, a modo de laurel triunfal de la época clásica,
certificaba el triunfo del peregrino medieval que concluía con éxito su maratón.
A continuación comencé un nuevo descenso por la rúa de San Pedro, que es como un
cauce por el que dejarse llevar para desembocar ya prácticamente en el templo apostólico
que se ve cada vez más cerca. Atrás quedaba un «cruceiro», sencillo testimonio pétreo de
la trascendencia. A la altura de la iglesia parroquial se situaba el vetusto monasterio de
San Pedro que era posada de peregrinos. Esta calle recoleta desemboca en la Puerta del
Camino, puerta de entrada del Camino francés en el recinto amurallado medieval que
hoy ya no se conserva. Atrás quedan los muros defensivos, hoy es tiempo se solidaridad
y apertura. Ascendiendo de nuevo por la calle de las Casas Reales dejé que la mirada se
fundiese con las losas de piedra del suelo, que han sido pisadas por muchos peregrinos
antes que yo, y por eso tienen un algo de sagrado.
Esta leve ascensión concluye en la Plaza de Cervantes, presidida en el centro por una
fuente. Allí, encaramado sobre una columna, un busto del insigne literato contempla la
llegada de los peregrinos y el transitar de los compostelanos. Hablar de Cervantes es
asociarle inmediatamente con su inmortal personaje, don Quijote de la Mancha. Y es que
todos, también los peregrinos, tenemos un algo «quijotesco», de aventureros irredentos.
De no ser así es que se nos está durmiendo el alma. El peregrino es un Quijote del
Camino, un loco muy cuerdo que se atreve a vivir de un modo distinto, alternativo.
Desde esta plaza ya todo es descenso definitivo, descanso y gozo emotivo. El corazón
sabe que a la vuelta de la esquina está a punto de producirse el encuentro deseado. Por

94
un instante me sobrevino una especie de ansiedad contenida, un anhelo profundo. Ya no
se me podía resistir más la consecución de una meta, el laurel del triunfo logrado a costa
de un gran esfuerzo y no poco sufrimiento.
La calle de la Azabachería se va empinando cuesta abajo como un cauce seguro que
conduce al peregrino como un río que se hace torrentera en busca del mar inmenso. Bajo
el «Arco de Palacio», que en estas circunstancias se convierte en un verdadero «arco del
triunfo», el corazón se ensancha en la contemplación de un espacio que de pronto se me
antojó profundamente hermoso: el mar de piedra de la Plaza del Obradoiro, antesala
artística del Pórtico de la Gloria. Este lugar es cuna de culturas, punto de encuentro entre
turistas, paisanos y peregrinos, gran plaza de pueblo universal que conjuga la esencia de
lo autóctono con la pluralidad de lo foráneo. He aquí el kilómetro cero del Camino, de
todos los caminos, los de tierra y los del espíritu, que quizás sean lo mismo. Un autor de
la tierra dejó escrito que «cuanto en Compostela existe es o espíritu puro o fomento de lo
espiritual» (Fernández Flórez). Aquí reposa el cuerpo cansino y el alma esperanzada
sintiendo una extraña emoción al contemplar la filigrana de la piedra de las torres de la
catedral, que en su giro ascensional te obligan a mirar hacia el cielo proyectándote hacia
el infinito.
No lo pude reprimir. Como un niño recién nacido rompí a llorar, no sé muy bien si por
puro sentimentalismo o por razones de fondo. El caso es que la magnificencia de las
torres que se yerguen sobre este mar de piedra me hizo adentrarme en un mundo de
sensaciones difícil de traducir en palabras. Esta plaza debe su nombre a un hecho
histórico. «Obradoiro» es el lugar en el que se trabaja, y eso mismo fue lo que hicieron
los esforzados canteros que, a golpe de maza y cincel, labraron con sus propias manos un
milagro, modelando formas en la piedra y elevando un monumento a la esperanza, que al
igual que estas torres esbeltas y pétreas, se mantiene siempre erguida en los corazones.
Comenzaba a llover, era un signo del cielo que me invitaba a guarecerme. Había llegado
el momento, y la inercia del corazón obligaba a dar el paso decisivo. La catedral es el
verdadero albergue del peregrino, la casa madre que acoge al ser entero. La ascensión
por la escalinata barroca es como el último escollo a salvar antes de llegar a la meta del
Camino. Ante las puertas me detuve un instante y cerré los ojos, el sueño ya no era
sueño, era emoción sentida, entrañable. Necesitaba renovarme por dentro, algo grande
me estaba sucediendo. Una vez que hube traspasado el umbral de una de las puertas me
sobrecogió un fino sentido de la hermosura al contemplar in situ el Pórtico de la Gloria,
obra cumbre del románico, poema en piedra que más allá de la forma petrificada está
animado por un alma que hace posible que las figuras hablen entre ellas, y hasta, en
cierto modo, da la impresión de que quieren hablar contigo.
En el centro del tímpano central: Jesucristo, Cristo resucitado, el Pantocrátor románico,
que con una mirada serena parece darte la bienvenida a esta nueva vida según el espíritu.
Posé luego mi mano sobre las huellas marmóreas del parteluz, la columna central. En
silencio, con los ojos cerrados y el corazón concentrado oré sin palabras. Luego, poco a
poco me fui adentrando en el mar de bóvedas de la nave central hasta llegar a la cripta en
la que se veneran unos restos humanos que han supuesto un giro en el modo de

95
comprender la existencia. También allí cerré los ojos y me dejé llevar por un sentimiento
de amor hacia todo lo creado, y de profundo agradecimiento. Concluí mi improvisado
ritual con el tradicional abrazo al Apóstol, una imagen de medio cuerpo en piedra que
representa a Santiago Zebedeo, uno de los discípulos de Jesús, que como él acabó
entregando su vida en la causa de la paz y el amor universales.
Me senté en uno de los bancos de la catedral mirando hacia el baldaquino central. Me
reencontré con algunos peregrinos conocidos. El gozo de vernos en Santiago es muy
especial para los peregrinos. Tras unos instantes en los que estuve absorto en mis
recuerdos, comenzó la eucaristía. Me dejé llevar por la palabra, como instrumento capaz
de encauzar nuestra necesidad de abrirnos a la trascendencia. El «botafumeiro», un
gigantesco incensario que vuela ligero impulsado por el esfuerzo de ocho hombres
conocidos como «tiraboleiros» supuso, más allá del espectáculo, un nuevo intento de
ascender hacia lo trascendente. El humo de buen olor se expandía por todo el templo y
ascendía tratando de rebasar la misma cúpula. Así, el ser humano en búsqueda es capaz
de elevarse sobre sus propias dificultades. La palabra, una vez más, no llega a abarcar lo
que la emoción y la intuición perciben ya como una auténtica certeza, como una
sabiduría de vida.
Compostela es el corazón, los caminos sus venas, su sangre las gentes venidas de todo el
mundo. La «almendra», el casco histórico, es un pequeño milagro de la piedra que se
hizo arte y poesía, es un mar pétreo sobre el que navega la lluvia misma, y sobre la lluvia
(que dicen que aquí es arte y que es la vecina más ilustre), navegan los paseantes: los de
aquí, con su dulce y melodiosa habla gallega, y los de todas partes, con sus lenguas y
razas. Compostela es universal, una Babel placentera en la que es posible el encuentro,
buscado o fortuito, con Dios, que también habita por entre las rúas bajo la lluvia y
animando la piedra, porque esta es una ciudad que mira al cielo, un cielo que suele ser
gris y que invita a la contemplación.
Cierra los ojos y sueña. Contempla las estrellas, si las nubes son generosas, y deja que te
abrace el encanto de un lugar, un bosque que se ha convertido en hogar de generaciones.
Compostela es un monumento fraguado en la historia, un milagro de la piedra hecha arte
que la espiritualidad hizo posible. La fe engendró un mito que perdura en el tiempo y se
hace experiencia incomparable del corazón: la de aquellas personas que en un instante de
la vida dirigimos nuestros pasos, nuestro corazón, hasta este lugar en los confines de la
Tierra, en el límite entre la criatura finita y lo eterno. «Compostela, tú tienes, acaso, el
raro privilegio de poseer el secreto de la única verdad» (García Martí).
En el vergel de piedra lacrada
por el certificado del paso del tiempo
se yergue la piedra,
casi como por milagro,
allí mismo en donde floreció la tierra
preñada de verdes armonías,
desafiando a todas las hermosuras
con sus formas delicadamente bellas.
En la noche del medioevo,

96
en una noche legendaria
y de cierto milagrosa,
una estrella delineó en el cielo
una larga senda
hacia el occidente atlántico
y, al mismo tiempo,
una reformada historia
de perpetua solidaridad
entre los pueblos de Europa
en busca de la ansiada felicidad.
Y desde la noche de estrellas recamada,
la Vía Láctea es testigo silente,
y elocuente a un tiempo,
del caminar cadencioso
que casi no se siente
sobre una senda en el corazón grabada.
Y mientras la luna juguetona galantea
en las noches claras
con la ciudad acurrucada
sobre sí misma,
que se mece serena
por las tenues luces pardas
que van dejando tras de sí mismas
el rastro de las sombras,
que aquí se hacen hermosas
y te acompañan sinceras
alumbrando las huellas
del caminante que se adentra
por sus rúas recoletas
y misteriosas.
Compostela se yergue armoniosa
deleitando los sentidos
mientras la catedral impetuosa
lanza sus torres rasgando los cielos todos,
y derramando un torrente de vida.
Y los santos de piedra
se solazan en este paraíso musical
que emite sus sones
desde un pórtico animado
por formas y voces,
mientras en el coro de la catedral
se oyen los sones de los antiguos latines
que embellecen la piedra.
Mientras, el «botafumeiro» reposa
aletargado en el museo catedralicio,
hasta que le llega el tiempo de la función,
domeñando el aire catedralicio con su balanceo huidizo,
mientras el aroma del incienso
va embriagando la emoción
de quien se siente llevado
hacia el más excelso cielo
que aquí tiene su antesala.

97
Todo esto se materializa
en esta ciudad encantada,
reino de los sueños,
en donde ahora,
como casi siempre, cae la lluvia,
la eterna lluvia compostelana
fertilizando nuestros mejores deseos.
Y tú, peregrino,
ya no te irás
porque tu rastro
permanecerá cincelado
en el parteluz del pórtico
que te ha visto llegar,
que te ve marchar.
Para siempre tú serás
ciudadano del paraíso,
un vecino más,
hijo de la eternidad
que aquí, por don divino,
se hace realidad.

Se trata del milagro de la piedra.

98
Epílogo
La vida es un camino

Cuando las entrañas del universo se confabulan, las fuerzas de la negatividad huyen
despavoridas. El ser humano abierto a la existencia, latiendo al ritmo del gran corazón
universal, empujado por el alma del mundo, es un torrente de agua en crecida que se
hace arroyo, río, y se acaba fundiendo con el océano inmenso que llamamos Dios. Es
propio del ser humano caminar, salir de sí mismo, abrirse a la trascendencia, atreverse a
romper con la esclavitud para caminar libre hacia un horizonte de esperanza. Pero para
eso hay que tener despierta la fuerza de la voluntad dejándose luego llevar por la inercia
misma de la creación que, a su manera, va esculpiendo tu alma, tu vida, dejándote tan
profundamente transformado que ya no eres el que eras. En ti renace la vida, tú eres un
ser nuevo, esplendoroso, humilde, hijo de la verdad.
Nunca me hubiera imaginado un final así. Sabía que al llegar a Santiago –si llegaba– iba
a sentir la satisfacción personal de haber logrado los laureles del triunfo, puesto que el
camino era antes que nada un reto personal, una prueba de resistencia para mi cuerpo y
mi psique. Paso a paso fui descubriendo un universo de sensaciones nuevas, o al menos
no sentidas hasta entonces con tanta intensidad. El hecho mismo de caminar se convirtió
en mi oficio cotidiano, pero, más allá del simple andar para desplazarme, descubrí que
hay una senda por dentro que desciende hasta lo más íntimo, y es allí mismo en donde
surge la prueba, la tentación y la lucha. Caminando por fuera me descubrí peregrino por
dentro, en dirección a mi monte del gozo personal, un lugar natural de gozo y lágrimas
en el centro de mi ser.
Atrás quedan experiencias inolvidables, pero sobre todo encuentros entrañables,
personas amables, amistosas, dotadas todas ellas de una luminosidad casi divina.
Hombres y mujeres como yo, buscadores de la verdad, necesitados de dar sentido a su
finitud y sed de plenitud, peregrinos que tratan de resolver el gran enigma de la vida.
Para algunos la razón suprema es Dios. Otros tan sólo lo intuyen y siguen buscando:
todos seguimos buscando. Existe un orden natural, un latido universal, que nos hace
sentir hermanados en el sufrimiento y en la esperanza.
Hoy regreso a mi casa, al encuentro de mi gente amada y recordada. No sé cómo
manifestarles mi cambio interior, mi evolución durante estos días. La experiencia del
corazón es inabarcable por las palabras bienintencionadas. Quizás sirva hacer una
invitación: camina, camina tú, camina en tu vida, no dejes de caminar con la fuerza de la
voluntad y la rebeldía del ser humano insatisfecho de sí mismo que busca gozar de la
plenitud de Dios. Ahora comprendo que Santiago de Compostela no es una meta sino el
inicio de un camino, un estímulo para levantar la mirada de la postración hacia un cielo

99
sembrado de estrellas, y aguardar el amanecer.
Cierro los ojos y me dejo llevar por el rumor del silencio. Oigo cómo fluye en mi interior
un manantial de agua pura y cristalina que sacia la sed del alma. No hay imágenes, tan
sólo la consciencia y la certeza de que soy un trozo de vida diminuta en el corazón de un
universo inabarcable. La brisa de la noche me abraza y refresca las sienes, y oigo una
voz que me dice: «Hoy naces de nuevo, al encuentro de la vida…».

100
Índice
Prólogo

Prefacio Siempre hay un comienzo

1er díaEn busca de la felicidad

2º día La vida en su esencia

3er día La aventura de existir

4º día El almacén de la paz

5º día Mirar con el corazón

6º día La zozobra del ser

7º día El gozo de vivir

8º día El ocaso de la ilusión

9º día El eco de la soledad

10º día La verdad de amar

11º día La solidaridad genera amistad

12º día El peregrino feliz

13er día El jardín interior

14º día Las heridas de la vida

15º día La sed de mi camino

16º día Los ojos del corazón

17º día La vida duele

18º día El esplendor de la hermosura

19º día El arte del Camino

101
20º día La fuerza del amor

21er día Aprender del camino andado

22º día La cruz que rasga el cielo

23er día La divinización del ser

24º día En medio de la tempestad

25º día El alma del mundo

26º día La esperanza resiste

27º día Buscar la verdad

28º día Las presencias amables

29º día A las puertas de un sueño

30º día El milagro de la piedra

Epílogo La vida es un camino

102
Índice
Prólogo 5
Prefacio Siempre hay un comienzo 7
1er díaEn busca de la felicidad 9
2º día La vida en su esencia 12
3er día La aventura de existir 15
4º día El almacén de la paz 18
5º día Mirar con el corazón 21
6º día La zozobra del ser 24
7º día El gozo de vivir 26
8º día El ocaso de la ilusión 28
9º día El eco de la soledad 31
10º día La verdad de amar 34
11º día La solidaridad genera amistad 37
12º día El peregrino feliz 40
13er día El jardín interior 43
14º día Las heridas de la vida 45
15º día La sed de mi camino 47
16º día Los ojos del corazón 50
17º día La vida duele 53
18º día El esplendor de la hermosura 55
19º día El arte del Camino 58
20º día La fuerza del amor 61
21er día Aprender del camino andado 64
22º día La cruz que rasga el cielo 67
23er día La divinización del ser 70
24º día En medio de la tempestad 74
25º día El alma del mundo 77
26º día La esperanza resiste 80
27º día Buscar la verdad 83
103
28º día Las presencias amables 87
29º día A las puertas de un sueño 90
30º día El milagro de la piedra 93
Epílogo La vida es un camino 99

104