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esa rrollo,

es igu a ld a d
y política s socia les

Acercamientos
desde una
perspectiva
compleja

Mayra P. Espina Prieto


Publicaciones Acuario
Centro Félix Varela
La Habana, 2010
Cuidado de la edición: Lisel Bidart Cisneros
Diseño de cubierta: Raúl Martínez Hernández
Diagramación y realización: Carlos F. Melián López

© Mayra Paula Espina Prieto, 2009


© Publicaciones Acuario, 2010

La edición de este libro ha sido posible gracias al apoyo de la Agencia


suiza para el desarrollo y la cooperación (COSUDE).

ISBN: 978-959-7071-66-2

Todos los derechos reservados. Las opiniones expresadas en esta


publicación no son necesariamente compartidas por el Centro Félix
Varela o COSUDE.

Se autoriza el uso y la reproducción de este material con fines no


comerciales, siempre y cuando se cite la fuente.

Es una publicación del Centro Félix Varela


Publicaciones Acuario
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Para Jesús y David,
todo lo que escribo.
Contenido

Prólogo. Carlos J. Delgado / 5


Nota introductoria / 11
Parte I. Debates epistemológicos contemporáneos
en las ciencias sociales / 15
1. El devenir de las disciplinas sociales / 18
2. Ejes de reconstrucción epistemológica
de las ciencias sociales / 26
3. La comprensión del cambio social / 44
4. La conceptualización del desarrollo / 62
5. Complejidad, transdisciplina, metodología de investigación
y modelos de gestión social / 86
6. Epistemología de la compeljidad y mitos derribados / 112
Parte II. Desigualdad y políticas sociales. Una lectura
del caso cubano en clave compleja / 117
1. La problemática de la desigualdad en las ciencias sociales / 119
2. Los estudios de desigualdad en Cuba / 158
3. Crisis, reforma y reestratificación / 183
4. La política social y sus perspectivas / 214
Bibliografía / 244
Prólogo

Mayra Espina nos ofrece en esta obra, una panorámica informada y


precisa, acerca del devenir histórico del saber científico social y nos
adentra en las problemáticas contemporáneas. Estructurada en dos
partes, la primera recoge los debates epistemológicos que conciernen
a los fundamentos del conocimiento científico, en especial social.
Mientras en la segunda, las herramientas revisadas y corregidas, se
reestructuran para abordar la aguda problemática del cambio social,
la desigualdad y las políticas sociales. Hermanada con «Políticas de
atención a la pobreza y la desigualdad. Examinando el rol del Esta-
do en la experiencia cubana» (Colección CLACSO-CROP, 2008),
estudio de su autoría publicado previamente, este libro aporta simul­
táneamente, al conocimiento de las ciencias sociales y al de las en-
crucijadas de la sociedad cubana contemporánea.
El lector deberá prepararse para un triple aprendizaje. Aprenderá
en el debate de las teorías contemporáneas que se plantean el pro-
blema del conocimiento, en el estudio de los asuntos sustantivos,
–cambio social, desarrollo, desigualdad, políticas sociales– y en el
examen crítico de la realidad cubana.
No es secreto que vivimos momentos cruciales de cambio para-
digmático en el conocimiento científico. La reconstrucción afecta
los ideales de racionalidad científica, las teorías y las formas de or-
ganización de los conocimientos. La ciencia moderna consolidó una
forma específica y única: la organización disciplinaria. Hoy, nuevas
formas se abren camino, y entre sus manifestaciones más ­completas
se encuentra –nutrida de complejidad–, la transdisciplina. Por eso es
inevitable que la autora despliegue, sin parar mientes en autoridades,
una comprensión específica de la complejidad y la transdisciplina­
riedad. Al mismo tiempo que sistematiza, rescata la comprensión de
la transdisciplina en Morin y otros autores; avanza en la exploración
metodológica –especialmente en el acápite «Construyendo supuestos
metodológicos desde una perspectiva compleja y transdisciplinar»–;
explica varios obstáculos a enfrentar cuando intentamos desarrollar
una actitud transdisciplinaria; resume los ideales y criterios en con-
troversia; polemiza y expresa sus puntos de vista, concienzudamente
fundamentados y argumentados.
El libro nos convoca a superar aquella ciencia social que en su
ensueño, supone la realidad social única, y pretende resolver de una
vez, con una sola y definitiva lógica, problemas sociales cuya natura-
leza es compleja. Y complejo significa, entre otras cuestiones, que lo
estudiado porta la ambigüedad, la ambivalencia, la creatividad y la
sorpresa como componentes inalienables de su identidad. Al tomar
estos derroteros críticos e innovadores, la investigación realizada au-
gura un corrimiento fundamental de los horizontes de nuestro que-
hacer intelectual y práctico.
Este nuevo acierto de Publicaciones Acuario presenta sin embar-
go, cuatro claves hermenéuticas, que de no esclarecerse, tornarían
difícil la comprensión de su letra y su alcance.
Aclaremos, la dificultad no concierne al lenguaje o al estilo. No
hay en todo el texto, ni lenguaje rebuscado, ni terminología tecnicis-
ta, ni giros que hagan difícil la comprensión. La obra está libre de los
vicios –tan frecuentes entre nuestros contemporáneos–, de la oscuri-
dad expresiva, el esoterismo terminológico y la proliferación de neo-
logismos inútiles. Por el contrario, la autora nos ofrece una lección
de claridad expositiva al trabajar simultáneamente las problemáticas
epistemológicas y paradigmáticas, y los efectos que estas tienen para
pensar la realidad social. Pueden acercarse a ella por igual, académi-
cos, estudiantes y las personas interesadas en el conocimiento social:
su prosa elocuente, la claridad de la exposición, en comunión con la
profundidad de pensamiento, multiplican su capacidad comunica-
tiva y lo hacen posible.
¿En qué radican entonces las dificultades?


Quienes todavía separan la vida social y política de la generación
de conocimiento, tendrán mucha dificultad para comprender este li-
bro, pues la separación del dominio del conocimiento y el de la vida
práctica no forma parte de los presupuestos ideales que han guiado
a la autora en su búsqueda. Estamos ante una investigación que
piensa la crisis y el crecimiento de las ciencias sociales mediante la
crítica de lo que estas producen: la refundación epistemológica del
conocimiento social está en el centro de su atención.
Un lector que no esté dispuesto a recorrer el camino de esta re-
construcción –que significa recorrer críticamente y pensar nuestro
quehacer–, tendrá muchas dificultades para comprenderla y valorar-
la. Le resultará probablemente extraña y ajena. Y es que esta primera
«dificultad» expresa su clave hermenéutica más íntima: para pensar y
comprender el cambio social debemos estar dispuestos a cambiar.
El lector dispuesto a cambiar, no tendrá dificultad alguna, y en-
contrará a cada paso en su lectura nuevas motivaciones para seguir
adelante.
Por otra parte, si consideramos que el texto aborda el conoci-
miento sociológico, su naturaleza multidisciplinaria y porosa, surgi-
rá la tentación de clasificarlo como un estudio sociológico. Y aunque
no deje de serlo, quien intente leerlo como texto que pertenece a un
campo disciplinar –la sociología o cualquier otro–, correrá el riesgo
de leer una obra que no ha sido escrita. Los especialistas podrán
reconocer aspectos de sus campos de estudio a través de todo el li-
bro, pero difícilmente algún campo podrá aspirar aquí al patrimo-
nio total de un «objeto» investigado y un «método» de indagación.
En esto consiste la segunda dificultad. Su clave hermenéutica indica
que, para pensar y comprender el nuevo conocimiento social, debemos estar
dispuestos a traspasar los marcos del objeto-método disciplinario.
En tanto el estudio rebasa los presupuestos epistemológicos que
corresponderían exclusivamente a una indagación disciplinaria, se
nos plantea una nueva interrogante: ¿cómo organiza el conocimiento
que produce? Aquí entramos en la tercera dificultad, pues la inda-
gación realizada nos adentra en la búsqueda de formas nuevas para
organizar los conocimientos y nos convoca a pensar la complejidad
y la transdisciplina. Es este uno de los méritos más importantes de
la obra, y su dificultad mayor. La búsqueda epistemológica que se


r­ ealiza en la primera parte, ni concluye en ella, ni es un ejercicio teó-
rico de justificación. Es una propuesta específica para la reconstruc-
ción de ideales, que se develan y someten a prueba contextualizada
en el estudio que se realiza en la segunda parte. Sin lugar a dudas,
el lector estará en dificultades si pretende leer la primera parte para
encontrar después «aplicaciones» en la segunda. La clave consiste
aquí en que leer esta obra será siempre un acto de interpretación y descu-
brimiento que requiere estar dispuestos a contextualizar y reorganizar los
conocimientos en formas nuevas.
Así, el libro aporta a la comprensión de uno de los problemas más
acuciantes para las ciencias contemporáneas: la apertura al diálogo
de saberes y el reconocimiento de la valía del conocimiento humano
en la diversidad de sus fuentes y manifestaciones. Pero esta apertura
nos enfrenta al riesgo de perder el rigor académico. ¿Cómo manejar
este riesgo? ¿Es evitable un desenlace negativo?
Sin dudas, la pérdida de rigor es uno de los riesgos más graves que
corre cualquier investigación que se abre a la transdisciplina y el diá-
logo de saberes. La pregunta por la metodología se plantea entonces
con toda justicia, pues, indudablemente, es un problema fundamen-
tal, y las soluciones que se ofrezcan marcarán los derroteros de las
nuevas ciencias.
Y es aquí donde precisamos de una cuarta clave hermenéutica,
pues si deseamos una metodología que contribuya a sortear el riesgo,
lo «metodológico» ha de traspasar también los cercos disciplinares:
necesitamos pensar la metodología como ejercicio estratégico, a través y
más allá de las metodologías disciplinarias.
La autora resalta la agudeza del problema metodológico que en-
frenta cualquier investigación que intente rebasar los marcos disci-
plinarios: no basta la formulación teórica general, se necesita recorrer
un camino espinoso, donde se ponen a prueba el rigor y la capacidad
de trabajo del científico. Al respecto señala que «los avances expe-
rimentados por la reflexión teórica y epistémica que permiten pen-
sar la realidad como compleja y como transdisciplinares las formas
más apropiadas de construir conocimiento y prácticas de cambio, no
han derivado aún hacia un correlato metodológico correspondiente.
Las prácticas investigativas y de gestión social siguen, como regla,
apegadas a lo disciplinar y a la reducción como enfoque». Además,


con frecuencia los intentos de superar las metodologías disciplinarias
solo prescinden de ellas, y caen en el eclecticismo y la falta de rigor.
Lo prueba la elevada frecuencia con que el diletantismo disfrazado
de filosofía, y la pseudociencia, reaparecen en nuestros días y ase-
chan los intentos de transdisciplina y diálogo de saberes. Se trata
de verdaderos «extravíos» de la transdisciplina, como ha señalado
Basarab Nicolescu en su Manifiesto.
Adelanto que la autora enfrenta con audacia estos riesgos, y su
obra aporta a la reconstrucción metodológica de las ciencias socia-
les y a la comprensión rigurosa de la transdisciplina. A su vez, nos
alerta, para que adoptemos una postura constructiva en dos direc-
ciones: para pensar los problemas metodológicos de la investigación
transdisciplinaria, y para no dejarnos arrastrar por la inercia de la
indagación disciplinaria que ve en esos problemas, dificultades in-
salvables e imposibilidades para construir el conocimiento de una
manera nueva.
Pocas personas –si queda alguna todavía–, cuestionarán hoy que
los problemas que enfrenta la humanidad tienen naturaleza global,
y que esta hace fallar los intentos de la ciencia disciplinaria para
atrapar la totalidad en una red de objeto y método que la fragmenta.
Complejidad y transdisciplina implican reconocimiento de diversi-
dad de realidades y lógicas… Pero, ¿serán complejidad y transdisci-
plina alternativas viables, o se tratará una vez más de la fascinación
ante la moda intelectual de turno? El lector encontrará en esta obra,
respuestas bien informadas al respecto.
Pensar el cambio social, la pobreza y la reconstrucción episte-
mológica del conocimiento social es, sin dudas, una labor enorme.
Se acrecienta, además, si consideramos que una de las limitaciones
más notables del pensamiento científico y filosófico predominante,
ha sido la separación de dos asuntos estrechamente unidos: el cono-
cimiento y la comprensión de lo humano. Un libro como este, nos
reta simultáneamente, a pensar lo que somos y el conocimiento que
hemos plasmado en nuestra realidad social.
Las ciencias sociales han cometido más de una vez el error de
seguir a pie juntillas, o a contracorriente, los discursos políticos, po-
litológicos y hasta periodísticos y mediáticos. La confusión que se
genera de ello limita el conocimiento social, empaña el juicio crítico


y somete la reflexión, a los cánones estrechos de la subordinación
o el contrapunteo entre discursos completamente distantes por sus
alcances epistémicos, lógicos y prácticos. Es un gusto prologar, y será
un placer para los lectores adentrarse en una obra profunda, fluida y
elocuente, que supera esas limitaciones.
Carlos J. Delgado
La Habana, 4 de enero de 2010.

10
Nota introductoria

Este libro nace de una integración de textos dispersos, escritos entre


los años 2003 y 2008, publicados en Cuba y en el extranjero, cuyo
signo ha sido un diálogo, no siempre explícito o suficientemente vi-
sible, entre las preocupaciones por la realidad inmediata del país y la
manera de producir conocimiento social.
La lectura integrada de los textos se articula bajo la lógica de
resaltar la indisoluble conexión entre esos dos planos del análisis,
el sociológico inmediato y el epistemológico, enfocados hacia temas
clásicos de las disciplinas sociales: el cambio, el desarrollo, las desi­
gualdades, la intervención sobre las transformaciones sociales desde
las políticas públicas, colocados en su lugar dentro de las polémicas
contemporáneas acerca de la perspectiva transdisciplinar y compleja,
la cual me parece una alternativa para superar las visiones positivis-
tas, todavía imperantes en la producción de conocimiento científico
social, el autoritarismo de tal paradigma y su subyacente orientación
hacia el control, más que hacia la emancipación.
En este empeño, mis reflexiones quieren insertarse y formar parte
de una línea de pensamiento activa en el país, acogida por Publica-
ciones Acuario, que intenta una apropiación crítica de la perspec-
tiva compleja, desde las tradiciones de nuestro pensamiento social,

Véase D´Angelo, O. (2005): Autonomía integradora y transformación social. El
desafío ético emancipatorio de la complejidad; Sotolongo, P.L. (2007): Teoría social
y vida cotidiana. La sociedad como sistema dinámico complejo. Delgado, C.J. (2007):
Hacia un nuevo saber. La bioética en la revolución contemporánea del saber.
­ articularmente desde sus raíces de eticidad y sus ideales de demo-
p
cratización emancipadora.
La primera parte del libro expone temas referidos a la situación de
las ciencias sociales en la contemporaneidad y muestra sus encruci-
jadas actuales, que pueden resumirse en la necesidad de elegir entre
una manera de producir conocimiento social desde la simplificación,
la reducción y la disciplina, camino metodológicamente trillado y
eficiente en determinados límites, y un modo de hacer que se abre a
lo contradictorio, lo ambivalente, lo múltiple, lo intersubjetivo y la
superación de fronteras disciplinares.
La segunda parte, trata de aplicar ese otro camino, todavía de
una forma muy preliminar, al examen de problemáticas nacionales
concretas, especialmente a los procesos de ensanchamiento de las
desigualdades que han tenido lugar como consecuencia de la crisis
y la reforma de los 90, y a la política social típica de la transición
socialista cubana y la manera en que ha manejado esas desigual-
dades.
Con transparencia debo aclarar que tal examen de la sociedad
cubana ha sido producido desde un enfoque teórico metodológico
disciplinar fragmentador –el de la sociología de las desigualdades–,
pero forzado, en la investigación concreta, a transgredir sus propios
límites, particularmente por la vía del rompimiento de las dicoto-
mías explicativas típicas de esa área de estudios (estructura-acción,
objetivo-subjetivo, estabilidad-cambio, macro-micro, entre otras) al
incluir, en condición de complementariedad y de causalidades recur-
sivas, no de opuestos, dimensiones de lo social de diversa naturaleza,
escalas y planos.
El libro tiene la intención de entusiasmar, especialmente a las
jóvenes generaciones de estudiosos en el campo de las ciencias so-
ciales, la filosofía y las humanidades, por los temas epistemológi-
cos, como plano de análisis de segundo orden, como posibilidad
de construir una mirada autocrítica sobre el alcance y los límites de
nuestros instrumentos para pensar la realidad social y transformar-
la, con la esperanza de alentar el debate, no de proponer verdades
conclusivas. Si en algún momento el texto da una impresión conclu-
yente y cerrada, discúlpela el lector como un error de coherencia, es-
capado más allá de mi propia intención, y tómelo como una ­muestra

12
de cuánto se desliza de los viejos modos de hacer en el hoy, aun
cuando queramos superarlos.
Mi agradecimiento a Maritza Moleón y a su equipo del Centro
Félix Varela, a cuyo estímulo y cariñosa insistencia se debe este
libro. A la editora Lisel Bidart, por su minucioso trabajo, a Carlos
Melián, encargado de la realización, y a Raúl Martinez Hernán-
dez, por el diseño. A Carlos Delgado, por su prólogo y su magis-
terio.
Agradezco a mis amigas y amigos del Grupo de Desigualdades
y Política Social, Gisela Ángel, Lilia Núñez, Lucy Martín, Vivia-
na Togores y Adrián Rodríguez Chaioux; del Consejo Científi-
co del CIPS, muy especialmente a Juana Berges, Aurelio Alonso,
Juan Valdés Paz, Berta Durán, Mareelén Díaz Tenorio, Ovidio
D´Angelo, Carmen Lili Rodríguez y Silvia Padrón, por sus lecturas
críticas de mis trabajos; de la Cátedra de la Complejidad del Insti-
tuto de Filosofía; de la Revista Temas; del Centro Juan Marinello;
el Centro Martin Luther King Jr.; del Proyecto Color Cubano de
la UNEAC; a los estudiantes y coordinadores de las maestrías en
Sociología y en Psicología Social y Comunitaria de la Universidad
de La Habana, del Diplomado Sociedad Cubana del CIPS y del
Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de
Honduras, todos entrañables espacios donde han nacido y se han
discutido estas ideas.
Mi gratitud también, por su colaboración de años y las oportuni-
dades para publicar y debatir, a Lorena Barberia, del Centro de Es-
tudios sobre América Latina David Rockefeller y Jorge Domínguez,
Vicerrector y Presidente de la Academia de Estudios Internaciona-
les y de Áreas de la Universdaid de Harvard.; Miren Uriarte, de la
Universidad de Massachusetts; Xavier Briggs, de MIT; Luis Carri-
zo del Centro Latinoamericano de Economía Humana (­CLAHE),
de Montevideo, y coordinador de las Escuelas Regionales de Ve-
rano para América Latina y el Caribe del Programa MOST de la
­U NESCO; para Laura Tabares Soares, de la Universidad Federal de
Rio de Janeiro y del Laboratorio de Políticas Públicas de la Univer-
sidad del Estado de Río de Janeiro; Anete Brito Leal Ivo, del Centro
de Recursos Humanos de la Universidad Federal de Bahia (­CRH-
UFBA) y del Grupo de Pobreza y Política Social de ­ CLACSO;

13
Tania Fischer, del Centro Interdisicplinar de Gestión Social de la
UFBA; y para Fabiana Wertein y Alberto Cimadamore del Progra-
ma ­CLACSO-CROP.
Mayra Espina
La Habana, 15 de septiembre de 2009

14
Parte I

Debates epistemológicos
contemporáneos
en las ciencias sociales
Esta primera parte integra los siguientes textos de la autora: (2003).
«La comprensión sociológica del cambio social. De la perspecti-
va simple a la compleja». En Vera, A. (compiladora). La familia y
las ciencias sociales; «Humanismo, totalidad y complejidad. El giro
epistemológico en el pensamiento social y la conceptualización del
desarrollo». En Linares, C., Moras, P. y Rivero, Y. (compiladores).
La participación. Diálogo y debate en el contexto cubano; (2006). «Com-
plejidad y pensamiento social». En Carrizo, L. (coord.) Transdisci-
pinaridad y complejidad en el análisis social; (2003). «Apuntes sobre
el concepto de de­sarrollo y su dimensión territorial». En Guzón,
A. (coordinadora) Desarrollo local en Cuba; (2007). «Complejidad,
transdisciplina y metodología de la investigación social». En Utopía
y Praxis Latinoamericana. Revista Internacional de Filosofía Ibero-
americana y Teoría Social.

16
Durante al menos las dos últimas décadas del pasado siglo el diag-
nóstico más extendido y compartido sobre el estado de las ciencias
sociales fue el de su situación de crisis teórica y epistemológica, en-
tendiendo por esto su imposibilidad para construir, así como com-
partir en un consenso amplio, imágenes y modelos conceptuales que
caractericen, expliquen y prevean el devenir de los sistemas sociales,
su dinámica y el entrelazamiento causal de sus cambios. Pero en
los años 90 se fueron abriendo paso otras interpretaciones sobre el
estado de las ciencias sociales y sus perspectivas, que identifican un
proceso de cambio caracterizado por: integración y síntesis de pa-
radigmas, tránsito del pensamiento simple al pensamiento comple-
jo; conflicto de viejos y nuevos paradigmas; encrucijada intelectual;
poscrisis y revolución en las ciencias sociales; paso a la investigación
social de segundo orden sociología posinternacional.
Lo significativo es que todos estos diagnósticos implican la pre-
sencia de un proceso de reconstrucción de naturaleza epistemológica

Véase Ritzer, G. (1993). Teoría sociológica; E. Morin (1996). Por una reforma
del pensamiento; Elizalde, A. (1993). «Hacia una epistemología integradora:
paradigmas y metáforas». En: Osorio, I., Weinstein (eds.). El Corazón del Arco
Iris. Lecturas sobre nuevos paradigmas en Educación y Desarrollo; Wallerstein,
I. (1997b). «Diferenciación y reconstrucción en las ciencias sociales». (Car-
ta No. 7) En Cartas del Presidente 1994-1998; Iñiguez, L. (1995). «Métodos
cualitativos en Psicología Social». Ibáñez, J. (1991). El regreso del sujeto. La
investigación social de segundo orden; Nederveen, J., Aburdene, P. (1990). Me-
gatendencias.
como el rasgo esencial que caracterizará a las ciencias sociales en el
inicio del siglo xxi. Para comprender en toda su magnitud la rele-
vancia de esta reconstrucción, es imprescindible seguir, aunque sea
a vuelo de pájaro, el hilo conductor de la historia de la formación de
estas disciplinas.

1. El devenir de las disciplinas sociales


Revisando diferentes criterios de periodización de las ciencias socia-
les, es posible encontrar un contínuum del devenir histórico de estas
disciplinas, desde su surgimiento hasta hoy, que incluiría las siguien-
tes etapas: etapa de formación (entre la segunda mitad del siglo xix
y 1945); etapa de expansión y consolidación (desde la segunda pos-
guerra a 1960); etapa de giro constructivista y precrisis (entre 1960
y 1970); etapa de crisis (entre 1970 y 1990); etapa de reconstrucción
epistemológica entre 1990 y la actualidad.
Una cronología curiosa de la historia de la sociología, y que tam-
bién nos auxiliará en nuestros propósitos, es la que se establece a partir

Uso aquí la denominación de «disciplinas sociales» referida al conjunto de sabe-
res constituido como áreas científicas particulares, y eventualmente aplicadas,
que se configuran como ámbitos autónomos del conocimiento (con objeto y mé-
todos propios) en la segunda mitad del siglo xix, como son, principalmente, la
economía, la sociología, la psicología, la antropología, la historia y las ciencias
políticas las que, por las condiciones semejantes en que se constituyeron como
tales, la cercanía de sus respectivos objetos y por las peculiaridades compartidas
de la relación sujeto-objeto que las caracteriza (sujeto-sujeto, para decirlo con
mayor precisión) comparten un conjunto de rasgos y posicionamientos generales
relativos a las formas de conocer, que permiten tomarlas como un conjunto, ha-
ciendo abstracción, para los fines de este análisis, de las particularidades de sus
historias respectivas y contenidos específicos. De tal manera, las reflexiones que
siguen abordarán debates y problemas que son comunes, en mayor o menor gra-
do, al conjunto, ubicándose en un terreno de confluencia epistemológica. Esta
definición de disciplinas sociales es la que se utiliza en Wallerstein, I. (1995).
Abrir las Ciencias Sociales. (Informe de la Comisión Gubelkian).

Véase Alexander, J. (1989). Las teorías sociológicas desde la segunda guerra mundial.
Análisis multidimensional.; Kon, I. (1979). «De la filosofía social a la sociología».
En Kon, I. (comp.) Historia de la sociología del siglo xix-comienzos del xx; Lander,
E. (2000). «Ciencias Sociales: Saberes coloniales y eurocéntricos» En Lan-
der, E. (compilador), La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales;
Sontag, H. y otros. (2000). «Modernidad, modernización y desarrollo». En
Pensamiento propio, No. 11, enero-junio; Wallerstein. (1995). Ob. cit.

18
de un criterio generacional. Lamo de Espinosa identifica cinco «ge-
neraciones de pensadores»:
• Los pioneros (o «inventores de la sociología»): incluye pensadores
como los nominalistas escoceses del siglo xviii y Montesquieu.
• Los fundadores: abarca a los pensadores europeos del xix que
asumían el análisis de procesos «reales» o «positivos», en oposi-
ción a lo especulativo (entre ellos Saint Simon, Comte, Tocque-
vitle, Marx, Spencer).
• Los institucionalizadores: introducen la sociología como saber
académico, en las universidades. Durkheim, Mosca, Pareto, We-
ber, Simmel, Mead, Toennies, los vinculados a la Escuela de Chi-
cago (Small, Thomas, Park y Burgess).
• Los compiladores (generación central del siglo xx): los que hacia
la década del 40 tienen ya una producción madura y consolidada,
como Lukács, Manhein, Parsons, Wright Mills, Norbert Elias,
Merton, Adorno, Horkheimer, Fromm y Marcuse.
• Los constructivitas: protagonistas del tránsito hacia el énfasis en
lo subjetivo, Bourdieu, Bell, Habermas, Coleman y Giddens.
La identificación de estas etapas y generaciones ha seguido la ló-
gica de los procesos fundamentales que tienen lugar en lo que res-
pecta a la delimitación de los objetos de estudio de esas disciplinas
y sus posicionamientos epistemológicos, me interesa especialmente
distinguir la evolución del manejo de la totalidad en el pensamiento
social en sus diferentes momentos.
En la primera etapa y primeras generaciones un rasgo fundamental
y de trascendencia hasta la actualidad, es el de la definición del obje-
to por separación o recortes significativos. El conocido informe de la
Comisión Gubelkian nos muestra cómo esta separación es múltiple y
bastante radical: una primera separación es la que se produce entre las
ciencias naturales, las sociales y las humanidades, que quedan perfiladas
como extremos nomotético e ideográfico, respectivamente, del contí-
nuum del conocimiento que el ser ­humano es capaz de producir. Ello
queda muy bien ilustrado en la división entre ciencias duras y blandas.


Tomado de Lamo de Espinosa, E. (2001). La sociología del siglo xx.

Wallerstein (1995). Ob. Cit.

19
Otro conjunto de separaciones se verifican al interior del propio
pensamiento social: entre el estudio del mundo moderno civilizado
(donde se ubican la historia, la sociología, las ciencias políticas y la
economía) y las sociedades tradicionales (es el campo particular de
la antropología y los estudios orientales y de sociedades «exóticas»);
entre pasado (la historia) y presente (la sociología, la economía y las
ciencias políticas); entre objetos de estudio el mercado (para la econo-
mía); el estado (para las ciencias políticas) y la sociedad civil (para la
sociología); entre disciplinas nomotéticas, de fuerte carácter aplicado
y con criterios de veracidad cercanos a los de las ciencias naturales
(sociología, economía, ciencias políticas) y las de carácter ideográfi-
co, orientadas a lo singular, lo individual, lo irrepetible (por ejemplo
la historia).
Nótese que las disciplinas sociales desde su fundación como áreas
autónomas de producción de conocimiento asumieron una lógica
de particiones sucesivas, como vía de profundización y de manejo
y control posible de los fenómenos que estudiaban, sentando el pre-
cedente de la especialización y la fragmentación como fórmula casi
única de hacer «ciencia verdadera».
Edgar Morin explica este proceso de atomización del conoci-
miento científico: «Hasta mediados del siglo xx la mayoría de las
ciencias tenían como modo de conocimiento la especialización y la
abstracción, es decir, la reducción del conocimiento de un todo al co-
nocimiento de las partes que lo componen (como si la organización
de un todo no produjera cualidades nuevas en relación con las partes
consideradas por separado)».
Al interior de las disciplinas particulares, especialmente en la so-
ciología, esta fórmula fragmentadora sistemática tuvo también otras
expresiones como la dicotomización o construcción de la realidad y
de las explicaciones causales a través de pares: micro y macro proce-
sos, subjetividad y objetividad, existencia y conciencia, estructura y
acción, cualitativo y cuantitativo, etc., elementos que se perfilaron no
solo como campos de especialización, sino como centros paradigmá-
ticos antinómicos en la explicación de lo social.

Morin, E. (1996). ������
Ob.cit

20
Esta primera y larga etapa de cien años, donde se configuran las
ciencias sociales por diferenciación y separación, entronca con un
nuevo momento en la evolución de dichas ciencias, cuya emergen-
cia se asocia a tres procesos: el cambio en la estructura política del
mundo (que incluye fundamentalmente la oposición capitalismo-so-
cialismo y la visibilidad histórica de las sociedades periféricas); el
incremento de la población mundial y de la producción, así como la
expansión de la comunidad de científicos sociales.
En este segundo momento la especialización continúa por dos
vías relativamente contradictorias: al interior de cada disciplina, con
la aparición de subdisciplinas y por la aparición de los estudios de
áreas, que son en sí mismos multidisciplinares.
A pesar de que en esta etapa la real pertinencia de la separación
entre disciplinas fue sometida a crítica y debate, especialmente por
los requerimientos multidisciplinares de los estudios de área, estos a
su vez generaban nuevas particiones (latinoamericanistas, africanis-
tas, etc.), que insistían en la especialización como sistema, de manera
que el período puede caracterizarse como de heterogenización inte-
rior del conocimiento social.
Se profundiza en el criterio de legitimidad científica del cono-
cimiento social que se fundamenta en su cercanía al concepto de
verdad semejante al de las ciencias exactas y naturales («duras»). Por
ello el objetivismo, la cuantificación, el manejo experimental o «cua-
si» experimental de los objetos sociales, la verificabilidad estadística,
la estandarización y la identificación de leyes-tendencias y modelos
causales explicativos como propósito fundamental de las ciencias so-
ciales, se consolidan como sus rasgos hegemónicos.
En esta lógica, la separación-especialización en campos, áreas y
subdisciplinas es una necesidad para la aprehensión de los objetos
sociales. La totalidad no puede ser integralmente descrita, experi-
mentada o «verificada» estadísticamente. Descomponiéndola en sus
partes esto es posible.
Quiero llamar la atención sobre la década de los 60, que marca
un momento muy especial en la producción de críticas a la «ciencia

Wallerstein (1996). Ob. Cit.

21
clásica», lo que tiene sus fuentes en procesos internos y externos de
las disciplinas sociales.
Sobre la base de nuevos hallazgos en el campo de la termodiná-
mica, la biología molecular y la astronomía, entre otros, que se su-
maron a las incertezas provenientes de la teoría de la relatividad y la
mecánica cuántica, las ciencias naturales produjeron ellas mismas un
conjunto de argumentos de autonegación de su pretendida dureza,
con lo que debilitaron las barreras que las separaban de las sociales y
pusieron en entredicho el valor del principio de objetividad al que
aspiraban. Estos argumentos se resumen en: crítica a la causalidad
lineal y a la absolutización de la causalidad que excluye la partici-
pación de elementos azarosos, del caos y las perturbaciones en la
definición de los cursos de procesos naturales de diferente índole;
imposibilidad de eliminar la influencia del sujeto de la medición so-
bre el objeto medido; relevancia de las cualidades autoorganizativas
en el funcionamiento de diferentes sistemas; importancia de la incer-
tidumbre y de situaciones de impredectibilidad.
Paralelamente en esta etapa dentro de las ciencias sociales se pro-
duce un desplazamiento hacia un pensamiento crítico de las gene-
ralizaciones universalistas de los determinismos estructurales que
despojaban al sujeto de sus posibilidades transformativas, de las me-
diciones estadísticas que invisibilizan las diferencias y particularismos
grupales, culturales, étnicos, etc., y que ocultaban un hegemonismo
que imponía un tipo de conocimiento, una interpretación de lo social
y un modelo único de desarrollo como forma de perpetuar relaciones
de poder.
Los aportes a este posicionamiento crítico vienen fundamental-
mente de la teoría feminista, de los estudios culturales y de la teoría
de los movimientos sociales, entre otras fuentes, cuyos objetos (o su-
jetos) de estudio formaban parte comúnmente de lo diferente o fuera
de la norma, de aquello que no puede ser comprendido a través de
medidas estadísticas o que, en todo caso, sus comportamientos siem-
pre forman parte de la «desviación», de lo que está fuera de la norma
y es en algún sentido inferior o raro.
Esta es la etapa de emergencia de la vida cotidiana como ámbito
de estudio, del énfasis en la diversidad y la diferencia como fin pri-
vilegiado de la comprensión de lo social, de la refundación del sujeto

22
en su condición de agencia, de actor social, de los significados y la in-
tersubjetividad, del discurso, como elementos básicos de los procesos
sociales y el devenir histórico. En el plano metodológico todo ello se
reflejó como expansión y desarrollo de la perspectiva metodológica
cualitativa, en tanto opción más viable para atrapar lo simbólico, lo
cotidiano, lo peculiar.
Las ciencias naturales y sociales convergen en este momento his-
tórico en una desmitificación de la objetividad y de las determina-
ciones lineales, en una reivindicación de la subjetividad, con lo que
la separación antinómica sujeto-objeto queda seriamente debilitada,
aunque ya sabemos que no superada y que perdura hasta hoy, como
principio rector de la producción científica.
Estos cambios epistemológicos y metodológicos representaron
avances considerables en una visión más abarcadora de lo social, en
la eliminación de las dicotomías artificiales que marcaron a las dis-
ciplinas sociales desde su nacimiento, pero de hecho, las nuevas pro-
puestas no produjeron un enfoque integrador, sino que, presentán-
dose como alternativas opuestas a las perspectivas precedentes (que
pudiéramos llamar de determinismos homogenistas externos), signi-
ficaron un desplazamiento progresivo hacia estudios micro y locales,
el énfasis en los particularismos, la acentuación de la fragmentación
y atomización del conocimiento, del estudio de partes o subsistemas
desgajados del todo, en fin, la pérdida de la noción de la totalidad, la
deslegitimación de la búsqueda de universales y la entronización de
un relativismo cultural, localista y de actores focales, que deja fuera
la preocupación por fines globales del conocimiento social.
Quedan así dibujados los prolegómenos de la crisis teórica de las
disciplinas sociales: el paradigma de cientificidad newtoniano-car-
tesiano que las alentó perdió fortaleza y los nuevos enfoques condu-
cen más bien hacia un ateororicismo y a una negación de lo que des-
pués el pensamiento posmoderno llamaría los «grandes relatos», las
explicaciones universalistas. Desde la nueva perspectiva solo queda
espacio para narrar lo cotidiano-local, para comprender a los actores
como productores de significados, que dan sentido a sus acciones.
No quiere decir esto que la perspectiva determinista-universalista-
cuantitativista quedó desplazada de las formas de hacer ciencia so-
cial y que fue sustituida por la particularista-cualitativista, sino que

23
esta ­última se expandió considerablemente y se abrió una especie de
«guerri­ta» entre ambas que aún hoy está presente en nuestras prác-
ticas.
Entre los años de la década del 70 y la década del 90 se hacen
perfectamente visibles y especialmente fuertes las causas de esa crisis
de fundamento que ya se habían ido prefigurando en etapas anterio-
res. Dichas causas tienen un carácter diverso (económico, político,
sociológico, teórico, filosófico) y entrelazado: la complejización cre-
ciente de las sociedades por la multiplicación de los actores sociales
que entran en relación y los ámbitos de esa relación a escala macro
(planetaria), mezo (regional-nacional) y micro (territorial-local-co-
munitario-familiar), por los fuertes procesos de multiculturalidad e
hibridación asociados a la globalización de las relaciones socioeco-
nómicas; la simultaneidad de tendencias globalizadoras y localiza-
doras, de integración y exclusión de dimensión múltiple (mundial,
regional, nacional, local); la capacidad autodestructiva acumulada
por la tecnología, que la convierte en una amenaza ecológica y niega
su identificación como eje central del desarrollo y el progreso; las
contradicciones del socialismo real y la desaparición de la comuni-
dad socialista europea, lo que genera una pérdida de credibilidad en
la posibilidad de un pensamiento alternativo a la visión hegemónica
con potencialidad social emancipatoria y transformadora.
Ninguna gran teoría se consideraba con la capacidad explicativa
para dar cuenta de los nuevos procesos porque, a pesar de sus di-
ferencias filosóficas, ideológicas y metodológicas, de una manera u
otra todas fueron deudoras de la visión de la historia como progreso
lineal, de los reduccionismos explicativos (centrados en uno de los
polos de las antinomias) y de la confianza en el avance tecnológico
como motor del progreso, del legado de las certezas de la moder-
nidad.
Las propuestas de los pensadores de la posmodernidad constitu-
yen una respuesta radical a estas debilidades de la ciencia social clási-
ca. Sin detenernos en sus diferencias argumentales, que son muchas
y muy variadas, el pensamiento posmoderno, y la manera de producir
algo que pudiera equipararse al conocimiento social, se caracterizaría
por: el rechazo a las grandes narrativas (los paradigmas clásicos no
son más que eso: un cuento contado desde una posición, uno no es

24
más válido que el otro, son equivalentes); la no aceptación de una
instancia totalizadora y la activación de las diferencias; preferencia
por las narrativas localizadas y de pequeña escala; la ausencia de
fronteras disciplinares.
Si aceptamos esta visión no tendría ninguna importancia discutir
si hay salida o no para la crisis de las ciencias sociales, porque más
bien ellas deberían ser sustituidas por constructos retóricos que na-
rran la vida y la significan, sin que sea necesario ir más allá, toda su
utilidad residiría en mostrar la diversidad y no aceptar la imposición
de una visión única totalizadora del mundo.
Confieso que como crítica radical de los hegemonismos discrimi-
natorios y excluyentes, de las visiones que intentan naturalizar en la
subjetividad cotidiana (incluso y especialmente en la de los excluidos),
órdenes económicos, políticos y sociales que entronizan relaciones
de explotación, en tanto relativiza la superioridad del estado de cosas
existente, me siento cercana a estas propuestas. Sin embargo, me
alejo de su extremo que supone la imposibilidad de pensar la realidad
social en sus articulaciones y cercena la capacidad de intervención
social en el cambio, de concertación de proyectos emancipatorios,
intervención y concertación que solo serían legítimas y eficientes en
la pequeña escala.
Lo que este itinerario nos demuestra es que el rumbo seguido por
las disciplinas sociales desde su configuración como campos autó-
nomos del conocimiento, basadas, como perspectiva epistemológica
hegemónica, en la fragmentación sistemática de esferas del saber, en
la especialización, la disciplinaridad, la cuantificación y el objetivis-
mo, si bien pudo haber sido eficaz para el control y manejo de «ob-
jetos-parte» dentro de un paradigma de control, y de un discurso de
universales hegemónicos, no tiene potencia para construir visiones
múltiples, integradoras de la diversidad, compresivas de la compleji-
dad y el conocimiento emancipatorio autotransformativo.
Muy lejos de negar el esencial significado que concedo a la com-
prensión de la diversidad y la diferencia como postura epistemoló-
gica, considero necesario enfatizar que el desdeño de la totalidad es
el camino del fin del conocimiento social, la pérdida de su capacidad
real de comprensión de los procesos sociales y de intervención en la
construcción de utopías e ideales de futuro así como su conversión

25
en mero instrumento de manipulación a escala reducida. Me pare-
ce oportuno introducir aquí la reflexión de Wallerstein acerca de
que no es posible elegir entre lo universal y lo particular, ni entre lo
estructural y lo histórico, es ineludible analizar todo en su contra-
dicción, simultáneamente como expresión de lo universal y como
representación de lo irremediablemente particular.
De manera que la recuperación de la totalidad pasa necesaria-
mente por la construcción de universales a través de la diversidad
y de la legitimación de la heterogeneidad, lo que se ha denominado
universalismo pluralista y sentido holista. La construcción de uni-
versales pluralistas supone la unidad de lo diverso, no como externa-
lidad, objetividad constatable, sino como posibilidad de aprehensión
de los sistemas sociales y de acción. Supone también que la capacidad
transformadora de los sujetos sociales no tiene que inevitablemen-
te circunscribirse a su cotidianidad inmediata local, sino que puede
desbordarla y conectarse con la del sujeto-otro, reconociéndolo legí-
timo en su otredad.

2. Ejes de reconstrucción epistemológica


del pensamiento social
Propongo ahora explorar algunos de los ejes que configuran un ca-
mino de comprensión de las diversidades desde y en diálogo con las
totalidades y un punto de partida para la refundación epistemológica
de las disciplinas sociales, de su estatuto de ciencia desde una pos-
tura no autoritaria y absoluta de la cientificidad del conocimiento
social y su criterio de verdad.

Rescate de la postura ético humanista


En estrecha relación con la recuperación de la noción holística, se
ha producido una crítica al pensamiento social que se centra en la
organización de medios para alcanzar fines incuestionables (racio-
nalidad instrumental) sin preguntarse por el sentido de los fines y
por el significado de lo que ocurre dentro de «la globalidad de la


Wallerstein I. (1997a). «El occidente y los otros». (Carta No. 6). En Cartas del
Presidente 1994-1998.

26
existencia», sustituyendo esta interrogación por la evaluación de la
eficacia de los medios desde la óptica de determinado grupo que está
en condiciones de ejercer una cuota de poder (incluido el encargo y
uso de investigaciones sociales, que en este caso funcionan como ins-
trumento de dominación), en una esfera cualquiera de la sociedad.
De la mano de esta crítica vuelve a fortalecerse el debate sobre los
ideales gnoseológicos del saber social desde la perspectiva humanis-
ta, que coloca en el centro de atención al ser humano y su bienestar
y los valores de los cuales dependen una convivencia solidaria y la
propia existencia de la humanidad, en contraposición al modelo tec-
nocratizante, más cercano al de «ciencia dura» que al de reflexión
humanista.
Si se reclama una posición de cuestionamiento de los fines, se
llega también al de la intervención en el propio diseño de los fines,
es obvio entonces que una ciencia social que abarque roles como este
no puede basarse solo en las construcciones teóricas, sino que tiene
que incluir a los valores y a las opciones ideológicas como elementos
legítimamente constitutivos del razonamiento científico y romper el
encuadre de «los límites del discurso del poder», asumiendo la pro-
ducción de conocimiento social como acto de conciencia frente a la
realidad. Desde esta postura, alerta Zemelman, la transformación de
los valores en problemas de construcción social constituye una forma
de apropiarse de ella, de manera que se pueda abrir el pensamiento
hacia horizontes históricos que no están necesariamente incluidos
en la teorización, por el contrario, que están referidos a una realidad
que se encuentra más allá de lo límites conceptuales marcados como
aceptables por la teoría dominante.10
Los valores no son un lastre para el conocimiento social sino su
sustrato esencial, no son un pecado a disimular, sino un instrumento
de construcción de la historia y la utopía. No existe conocimiento
social ajeno a valores.

 
Véase Fuenmayor, R. (1994). El olvido del sentido holístico en la época post-mo-
derna.
10
Para este tema de valores y conocimiento científico véase Zemelman, H. (1993).
«Conocimiento y conciencia». (Verdad y elección). En Osorio, J. y Weinstein,
L. (eds.). El corazón del Arco Iris. Lecturas sobre Nuevos Paradigmas en Educación y
Desarrollo.

27
Comprensión de la complejidad

Como se ha visto, la conformación del estatuto de cientificidad de las


ciencias sociales corrió a cuenta de atribuirles similitud y cercanía a
las ciencias naturales y exactas y, como aquellas, las disciplinas socia-
les asumieron como garantía de esta cientificidad un ideal de produc-
ción de conocimiento basado en la simplificación (el llamado modelo
clásico o normal), cuyas nociones generales son las siguientes:
• Universo como totalidad única, acabada y omnicomprensiva.
• La totalidad como conjunto que puede ser descompuesto en uni-
dades-partes y recompuesto por sumatoria.
• Oposición orden-cambio. Estabilidad y equilibrio: condiciones
indispensables para la normalidad.
• Carácter subalterno del azar.
• La historia como cambio progresivo universal.
• Articulación universal a través de relaciones causales lineales: los
efectos son proporcionales a las causas e invariantes explicativas.
• Causalidad y legalidad inteligibles. Predictibilidad.
• Separación sujeto y objeto.
Estas nociones, que se integran en lo que Kuhn llamó11 paradig-
ma, perduran hasta hoy y marcan la producción de conocimiento en
todos los campos del saber. Sin embargo, en la segunda mitad de
los años 90 del siglo que acaba de concluir, se fue haciendo común
en las ciencias sociales la presencia de la noción de complejidad y de
diferentes conceptos a ella asociados –por ejemplo autopoiesis, caos,
incertidumbre, no linealidad– para referirse a procesos de natura-
leza social, presencia que se ha hecho más visible en los inicios del
siglo xxi.
En lo que se refiere a la complejidad, podemos encontrar indis-
tintamente referencias a la teoría de la complejidad, ciencia del caos,
perspectiva de la complejidad, pensamiento complejo o de la com-
plejidad, entre otros términos al uso.
Cuando se alude a una teoría de la complejidad o, a veces de
forma intercambiable o equivalente, a una ciencia o teoría del caos,

11
Kuhn, Th. (1992). La estructura de las revoluciones científicas.

28
generalmente se está agrupando bajo esta denominación un conjunto
de hallazgos realizados principalmente dentro de la física, la quími-
ca, la biología, la matemática, la geometría, la meteorología y la ci-
bernética, que develan un conjunto de rasgos de la existencia no con-
templados en las teorías anteriores.12 Entre los hallazgos que tributan
a la teoría de la complejidad se encuentran las investigaciones sobre
no-linealidad de Lorenz, la cibernética, con la idea de retroacción
y, con ellas la de una causalidad no lineal, donde los efectos no son
proporcionales a las causas y se intercambian; los objetos fractales,
de Mandelbrote; los atractores extraños, de Reulle; la nueva termo-
dinámica, de Shaw; la autopoiesis de Maturana y Varela; las teorías
de la información, que describen universos donde se simultanean
orden y desorden, de lo que se extrae algo nuevo, la información; la
teoría de los sistemas, donde el todo es más que la suma de las partes
y donde la organización del todo produce cualidades emergentes, no
preexistentes en las partes; la noción de autoorganización, aportada
por la teoría de los autómatas autoorganizados de Von Neuman: las
máquinas vivientes, a diferencia de las artificiales, tienen la capaci-
dad de reproducirse y autorregenerarse; el principio de generación de
orden a partir de ruido de Von Foerster; la teoría de Atlan del azar
organizador; la teoría de Prigogine de las estructuras disipativas.
Aunque referirse a este variado conjunto como una teoría es un
exceso, puesto que ello significaría que se ha constituido como un
sistema de principios, rasgos, leyes o patrones comportamentales,
como un cuerpo de conocimientos integrado y articulado coherente-
mente, lo que no ha sucedido realmente, es innegable que, tomados
como un haz todos estos hallazgos, aunque se hayan producido de
forma independiente y con fines específicos dentro de sus campos
investigativos respectivos, abren un ámbito de reflexión diferente.
En síntesis, estos estudios pueden ser agrupados en lo que se ha de-
nominado análisis de dinámicas no lineales y de autoorganización,

12
Para una síntesis del tema de las fuentes de la perspectiva de la complejidad se
puede consultar Delgado, C. (2000). La filosofía del marxismo ante la revolución
del saber contemporáneo; Hacking, I. (1995). La domesticación del azar. La erosión
del determinismo y el nacimiento de las ciencias del caos; Ibáñez, J. (1990). «Intro-
ducción». Suplemento Antrophos No. 22; Morin, E. (1990). Introducción al pensa-
miento complejo.

29
tienen como característica esencial el que, además de retar principios
de la ciencia constituida, se colocan en cualidades y procesos que
son tales en la interacción de diferentes formas de la existencia (físi-
ca, química, biológica, por decirlo de una forma tradicional) y que,
por lo tanto, se resisten a los moldes estrictamente disciplinares del
conocimiento científico, se ubican en un espacio transversal, trans-
disciplinar.
Por su parte la denominación de pensamiento complejo, bas-
tante conocida en las ciencias sociales, se refiere específicamente
a la propuesta de Edgar Morin13 de transitar hacia una reforma
del pensamiento, que se propone superar las maneras de producir
saber, que reducen el conocimiento del todo al de las partes y lo
descontextualizan, asumiendo la preeminencia de una causalidad
universal, y avanzar hacia una forma de pensar que «trata a la vez
de vincular y de distinguir-pero sin desunir», y que acepta el reto de
la incertidumbre.
Otras denominaciones más difusas como enfoque de la comple-
jidad, perspectiva de la complejidad, episteme compleja, paradigma
de la complejidad, se orientan más hacia la capacidad de renova-
ción de estos hallazgos en el terreno transdisciplinar epistemológi-
co, en la construcción cosmovisiva.
La siguiente distinción sintetiza los perfiles más relevantes del
uso de la noción de complejidad:

1. La complejidad como ciencia propiamente dicha, las ideas cientí-


ficas que tienen un carácter más concreto y específico, el estudio
de la dinámica no lineal en diversos sistemas concretos.
2. La complejidad como método, las construcciones metodológicas
a partir de estos desarrollos científicos, la propuesta de un método
de pensamiento que supere las dicotomías de los enfoques disci-
plinarios del saber y que consiste básicamente en el aprendizaje
del pensamiento relacional.
3. La complejidad como cosmovisión, las elaboraciones acerca del
mundo en su conjunto y el proceso de la cognición humana
en general, la elaboración de una nueva mirada al mundo y al

13
Morin (1990). Ob. cit.

30
c­ onocimiento que supere el reduccionismo a partir de las conside-
raciones holistas emergentes del pensamiento sistémico.14

La tercera distinción, la complejidad como cosmovisión, está alu-


diendo al hecho de que ha quedado configurado un período de parte-
aguas, en las formas de conocer entre un ideal de simplificación como
instrumental legítimo y deseable para conocer el universo y de apro-
piación-transformación de este, que lo considera como algo acabado,
ya hecho, que el sujeto debe descubrir y explicar, y otro ideal, el de la
complejidad, que no reduce el universo, que acepta el reto de la mul-
tiplicidad, la diversidad, lo relacional de este y su carácter inacabado,
en construcción, por ello, de indeterminado y también construible.
Las reacciones de la comunidad académica de ciencias sociales
ante la teoría de la complejidad y su introducción en estas discipli-
nas ha sido variada y va desde los que consideran que ella abre un
camino innovador, que contribuiría a resolver viejas limitaciones
del pensamiento social, hasta el escepticismo y la negación más
absoluta.
En la primera posición un ejemplo conocido es el de Luhman,15 con
su teoría de los sistemas complejos y el uso en ella de la noción de auto-
poiesis para explicar lo social como sistema que aprende, se autogenera
y autoorganiza, también la ya mencionada propuesta de Edgar Morin,
quien ha asumido la complejidad en su sentido de método. Entre los
opositores los argumentos más extendidos son los de que esta corriente
solo representa una moda pasajera, el uso de nuevos términos para
denominar fenómenos y procesos ya conocidos y adecuadamente con-
ceptualizados por otras matrices teóricas, un intento ilegítimo de ex-
trapolar un modelo construido para otros ámbitos de la vida –como lo
fue en su momento el uso de modelos mecánicos o evolucionistas– que
se quiere convertir forzadamente en un nuevo paradigma y que, lejos
de esclarecer nuevas realidades, oscurece la comprensión de lo ya co-
nocido, como una especie de impostura científica.
Un peligro que se atribuye a la acogida de las nociones de la
complejidad en el pensamiento social, es que ellas enmascaran un
14
Maldonado, C. 1999 Visiones sobre la complejidad, Ed. El Bosque, Santa Fe de
Bogotá.
15
Luhmann, N. (1982). The differentiation of society.

31
­ osicionamiento agnóstico de nuevo tipo, que socava la legitimi-
p
dad del saber científico, al debilitar las certezas de la posibilidad
de alcanzar un conocimiento acabado de un orden sometido a leyes
­invariables, dado el énfasis que colocan en lo emergente, lo impre-
visible, lo autoorganizativo, lo azaroso, lo acausal, cualidades ob-
viamente mucho más difíciles de discernir y de someter a un patrón
de comportamiento preestablecido, a leyes con un ámbito de vigen-
cia espacio-temporal suficientemente amplio como para dotarlas de
cierta universalidad.
Desde mi punto de vista, lo que se ha dado en llamar «teoría de la
complejidad», aunque ciertamente está configurada principalmente
a partir de hallazgos en las ciencias naturales, exactas y técnicas,
tiene claras derivaciones epistemológicas (especialmente en lo que
se refiere a la relación sujeto-objeto), con lo que desborda los marcos
estrictamente disciplinares para situarse en el espacio multidimen-
sional de la concepción de la realidad y del acto de conocerla, de
producir saber en general, así entronca con toda coherencia en las
críticas a posiciones reduccionistas que las propias ciencias socia-
les han producido a lo largo de su historia, que intentan concebir
y manejar lo social desde su simplificación. Mi posición de partida
es que, aunque es esta una investigación aún por hacer, dentro del
pensamiento social pueden encontrarse también hallazgos y posi-
cionamientos que tributan a una perspectiva compleja de la vida y
el conocimiento y que tal perspectiva, no sería, por tanto una simple
extrapolación desde las ciencias naturales y exactas hacia las sociales,
sino construcción conjunta.
Desde esta perspectiva las nociones generales que informan el
ideal de conocimiento serían:16

• Noción de universo como totalidad inacabada, en formación,


donde se simultanean orden y desorden, determinación y azar,

16
Véase Hacking (1995). Ob. cit.; Ibáñez J. (1988). Del p����������������������������
ensamiento lineal, al pensa­
miento complej�o; López Pettit, E. (1993) «Las travesuras de la diferencia». ���En
Archipiélago No. 13; Luhmann (1982). Ob. cit.; Maldonado, C. (1999). Visiones
sobre la complejidad; Maturana, H y Varela, F. (1984). El árbol del conocimiento;
Morin, E. (1990). Ob. cit.; Rosenau, J. (1998). «Demasiadas cosas a la vez. La
teoría de la complejidad y los asuntos mundiales». En Antología de Lecturas.

32
que se organiza a través de información, en un proceso continuo
de disipación y generación de incertidumbre.
• Noción de la complejidad como atributo irreductible, ordina-
rio y cotidiano de la existencia natural y social, que presenta un
­carácter sistémico integrador. Preeminencia del holismo sobre el
reduccionismo.
• Noción de retroacción, mecanismo mediante el cual el efecto ac-
túa sobre la causa, pudiendo incluso amplificarla, que permite que
un sistema adquiera funcionamiento autónomo y que invierta y
cambie sus patrones o rutinas de comportamiento.
• Noción de recursión organizativa: supera la noción de regulación
con la de producción y autoorganización, donde los efectos son
ellos mismos productores de las causa. Este es un proceso de au-
toorganización en el cual, captando y produciendo información,
el sistema complejo logra mantener una dinámica adecuada entre
continuidad y ruptura. A la vez que conserva sus estructuras esen-
ciales (que también son recurrentemente replanteadas) adquiere
nuevas propiedades de adaptación y modificación del entorno. El
sistema no se modifica (manipula) desde fuera: se autoorganiza
porque está compuesto por elementos con capacidad de aprender.
• Noción de autopoiesis, los sistemas aotopoiéticos son organi-
zacionalmente cerrados (se construyen y producen a sí mismos
en lugar de ser programados desde fuera) e informacionalmente
abiertos (captan y producen continuamente información).
• Noción de adaptabilidad de los sistemas complejos, los elementos
constitutivos están fuertemente asociados entre sí y tienen, a la vez,
capacidad potencial de actuar individualmente, como agentes au-
tónomos del cambio, e influir sobre los demás, abandonando las
rutinas (los comportamientos tipificados en un repertorio preesta-
blecido) y adaptarse a nuevas exigencias del entorno, cambiando.
• Noción de sistema abierto, que combina orden por equilibrio –se
observan patrones de comportamiento que permiten visualizar un
atractor– y orden producido fuera del equilibrio –donde no existe
un principio organizador y un estado atractor únicos, inscriptos
en la naturaleza del sistema.
• Noción de coevolución o de adaptación y evolución conjunta, en el
proceso de autoorganización los sistemas complejos se ­transforman

33
conjuntamente con su entorno, «ninguno de los dos puede evolu-
cionar en respuesta al cambio sin que produzca ajustes correspon-
dientes en el otro».
• Noción de holograma: no solo la parte está en el todo, sino que el
todo está contenido, sintetizado en cada parte.
• Emergencia: posibilidad de surgimiento de cualidades nuevas e
innovadoras, no inscriptas en la historia anterior del sistema.

Considerar que los sistemas sociales tienen comportamientos


complejos, acarrea consecuencias de fondo para, al menos, dos ele-
mentos esenciales en la manera de producir conocimiento social
científico: la construcción de evidencias empíricas de descripción y
la predicción. Aunque en otros epígrafes de este libro se retomarán
ambos aspectos, aquí quiero adelantar algunos comentarios.
Las metodologías al uso, hasta hoy, se basan en un universo o
realidad dada a descubrir, por lo que los diseños investigativos son
preferentemente cerrados y sin capacidad para observar la emergen-
cia. La emergencia no podría ser interpretada como tal con el instru-
mental actual, sino que tendría que ser ignorada o entendida como
hallazgo de lo ya existente, pero desconocido.
Por otra parte, para la ciencia clásica una condición inherente a
los sistemas, para existir organizados como tales y reproducirse, es el
equilibrio, y ello constituye también una especie de estado deseable,
generador de orden y estabilidad.
En el equilibrio, o cerca de él, es posible identificar patrones de
comportamiento que constituyen un criterio de evolución del sistema
de que se trate, lo que permite prever el punto final por alcanzar. Es
posible visualizar un atractor, un punto, una posición preestablecida
hacia la que se dirige el sistema, una región del espacio de fases hacia
la que convergen, con el paso del tiempo, todas las trayectorias.17
Si consideramos la posibilidad de atractores extraños, la predic-
ción, la prognosis, no podría descansar en la extrapolación de ten-
dencias y escenarios cambiantes, pero que conservan la lógica de la
linealidad y los atractores conocidos, sino que debe incorporar un
repertorio de futuros virtuales que tienda al infinito.

17
López Pettit (1993). Ob. cit.

34
Ambos aspectos constituyen serios obstáculos para la expansión
de esta perspectiva en las disciplinas sociales, porque hasta ahora
suponen más una amenaza que una oportunidad, en relación con su
legitimidad como ciencia.
Edgar Morin observa:
(...) el pensamiento de la complejidad no es en modo alguno un pen-
samiento que expulsa la certidumbre para reemplazarla por la incerti-
dumbre, que expulsa la separación para incluir la inseparabilidad, que
expulsa la lógica para permitirse las transgresiones. El planteamiento
consiste, por el contrario, en efectuar un ir y venir incesante entre cer-
tidumbres e incertidumbres, entre lo elemental y lo general, entre lo
separable y lo inseparable (...). Se trata, (...) articular los principios de
orden y desorden, de separación y unión, de autonomía y dependencia,
que son a la vez complementarios, competidores y antagónicos en el
seno del universo.18

La relación sujeto-objeto
En el análisis de la relación sujeto-objeto es posible distinguir tres
tendencias básicas:19

• La posición objetivista, en la que se establece una clara separación


entre los dos polos de la relación, entre sus respectivas existencias
y «en la cual el objeto es re-presentado (vuelto a presentar) sin
que la acción del sujeto, aparentemente, incida en esa relación» y
donde el papel de este se limita a «la fijación de las condiciones
iniciales y de frontera del objeto cognitivo para su indagación o
experimentación».
• La posición subjetivista o fenomenológica, en la cual la constitu-
ción de la realidad del objeto se deriva de la acción significadora
del sujeto sin, aparentemente la incidencia del objeto, que queda
limitado a un fenómeno de conciencia.
• La posición hermenéutica, donde se enfatiza lo relacional, la
interacción sujeto-objeto, ambos formando parte de un todo e
influyéndose mutuamente. No se reduce el papel del objeto o del
18
Morin (1996). Ob. cit: 10.
19
Ver Sotolongo, P. L. (2002). La incidencia en el saber social de una epistemología de
la complejidad contextualizada.

35
sujeto, si no que se ven en una complementariedad intercambia-
ble, dialógica.

La investigación social clásica o normal ha tenido entre sus fun-


damentos básicos y fuentes de credibilidad el presupuesto de objeti-
vidad, para el cual la premisa básica del conocimiento es que existe
un objeto separado del sujeto. Este postulado separa tajantemente
la realidad objetiva (como dimensión externa) del sujeto que la co-
noce y esto es lo que sustenta la acción de conocer: la conciencia de
esa separación, que permite observar, medir, clasificar, algo que está
fuera del sujeto y suficientemente alejado de él para evitar cualquier
interferencia al «captar», «descubrir», las cualidades de la realidad
objetiva, encontrar las leyes propias de la realidad estudiada.
Aunque esta ha sido la posición hegemónica en las ciencias so-
ciales, la exclusión del sujeto, en tanto ha sido también hegemónica
la legitimidad por cercanía a las ciencias duras, el giro constructi-
vista de los 60 reta la pretensión de descubrimiento de propiedades
externas de la realidad y entiende la relación sujeto-objeto desde
la óptica de la acción constructora de la subjetividad. El sujeto no
descubre al objeto, en todo caso lo inventa. Este giro subjetivista
no supera el ideal de simplificación en la relación sujeto-objeto, en
tanto no incorpora ambos polos en su interrelación, más bien rea-
liza una operación de reducción hacia la subjetividad, de exclusión
del objeto.
La investigación social no clásica se basa en el presupuesto de re-
flexividad, de inspiración hermenéutica, para el cual el objeto solo es
definible en su relación con el sujeto. El presupuesto de reflexividad
considera que un sistema está constituido por la interferencia recí-
proca entre la actividad del sistema objeto y la actividad objetivadora
del sujeto.20
Pueden identificarse diferentes niveles de reflexividad:

Óntico: cuando se maneja un sistema material que no genera senti-


do. Aquí la interferencia se produce al medirlo.
20
Ver Ibáñez J. (1991). El regreso del sujeto. La investigación social de segundo or-
den; Navarro, P. (1990). «Tipos de sistemas reflexivos». Suplementos Anthropos
No. 22.

36
Lógico: cuando se maneja un sistema formal que no genera sentido.
La interferencia se produce al interpretarlo.
Óntico-lógico: cuando se manejan sistemas que conjugan ambos
componentes. La interferencia se produce porque el sistema no
puede aislarse del sujeto que lo maneja.
Epistémico: cuando manejamos un sistema óntico-lógico natural
(un ser vivo) que produce sentido. La interferencia se produce en-
tre la actividad objetivadora del sujeto y la actividad objetivadora
limitada del objeto, entre las interpretaciones del medio operadas
por el sujeto y por el objeto.
Autorreflexivo: cuando se manejan sistemas hablantes, que ejercen
una actividad objetivadora o producción de sentido del mismo
nivel que la del sujeto. La interferencia se produce entre las acti-
vidades objetivadores del sujeto y el objeto, por reflexividad re-
cíproca.21

Obviamente, el nivel autorreflexivo es el terreno propio de las


disciplinas sociales. Entender la realidad como construcción inter-
subjetiva de los sujetos sociales en sus diferentes manifestaciones,
como ámbito de prácticas posibles, de opciones cuyos contenidos
se materializan en prácticas constructoras de realidad, no significa
«subjetivismo», negación de lo objetivo, sino reafirmación, énfasis en
la intervención de los sujetos en la configuración de lo social y en el
carácter interaccional de lo social y del conocimiento de lo social. No
aceptar hechos dados sino posibilidades de acción.22
Se trata de que el sujeto, al conocer, transforma y es transformado,
concede significados, interpreta según estructuras preestablecidas y
que él produce y esta acción de «significación», de «objetivación»,
forma parte también de la realidad. Es la reafirmación de lo exis-
tente como relacional, como interactuante. Si se concibe la realidad
de la relación, es porque se asume la existencia, la realidad de lo que
se relaciona, no se elimina o reduce ninguno de los dos elementos,
supone, por el contrario, asumirlos en su complejidad, multidimen-
sionalidad, interacción y diversidad.
21
Ibáñez (1991). Ob. cit.
22
Para este tema de la intervención de los sujetos en la configuración de lo social
ver Zemelman, H. (1993) Ob. cit.

37
La perspectiva semiótica europea ha elaborado una postura con
relación al sujeto muy cercana a la del supuesto reflexivo, considera
y aporta:
(...) una visión del sujeto que no es ni el sujeto totalmente «manipulado»
(por su inconsciente) del sicoanálisis –aunque puedan encontrarse ras-
tros de él en el discurso–, ni el sujeto objetivado del materialismo his-
tórico (un sujeto «dominado» por la historia y la economía). Ni el sujeto
voluntarioso del existencialismo (…), ni tampoco el sujeto lingüístico
de los generativistas, engendrado por un conjunto de reglas... En todo
caso, un sujeto en ruptura total con el sujeto idealista, pero que tiene su
puesto en los procesos constitutivos de la realidad. (...).
El sujeto de la semiótica (...) un sujeto en permanente construcción:
sujeto no acabado, cuya realización necesita de una objetivación (...)23

Es un sujeto que forma parte del universo que conoce y, como tal,
es también inacabado, determinado e indeterminado a la vez, cons-
trucción y constructor, significa y es significado por otros.
La centralidad de la subjetividad y su comprensión como produc-
tora de realidad no constituye un relativismo ético individualista, ni
la negación de la contingencia externa, sino que pretende resaltar la
no existencia de oposición sujeto-objeto, la relación que entre ambos
términos se da en la práctica y la dimensión activa del conocimiento.
Supone una noción del sujeto como sujeto en proceso permanente de
autoconstrucción y de construcción de sus condiciones de existencia,
a través de la práctica, de la interacción sujeto-objeto. En la pers-
pectiva reflexivista compleja se enfatiza el momento relacional, de
articulación, de coproducción conjunta de la realidad.
Hay también aquí un entronque con la propuesta de Luhmann,
en su nueva teoría de los sistemas, de que una teoría social no tie-
ne un centro único desde el cual legitimar la observación. El po-
licentrismo de la observación, del posicionamiento del observador,
es condición indispensable para producir conocimiento acerca de
sistemas sociales que están en proceso de diferenciación constante.
23
Tomado de Imbert, G. (1998). «Por una socio-semiótica de los discursos so-
ciales. Acercamiento figurativo al discurso político». En García Ferrando, M.,
Ibáñez, J. y Alvira, F. (compiladores). El análisis de la realidad social. Métodos y
técnicas de investigación. p. 494.

38
No hay observadores externos, capaces de romper los límites que el
propio desarrollo del objeto impone al desarrollo de la observación.24
En esta concepción «observador y observado» forman parte del mis-
mo sistema descrito.
Para la investigación social clásica (o de primer orden), sustentada
en el objetivismo, el centro del proceso de investigación es el objeto,
y el sujeto debe ser objetivo en la producción de conocimiento. Para
la investigación social no clásica (reflexivista compleja o de segundo
orden) el sujeto es integrado en el proceso de investigación, el siste-
ma observador forma parte de la investigación como sujeto en proce-
so, y es reflexivo. Desde esta perspectiva la investigación social es un
actor, un dispositivo al interior de la sociedad, sistema observador.25
Reflexividad no implica negación de la objetividad. Pablo Na-
varro26 alude a una «objetividad reflexiva» o «concepto reflexivo
de objetividad», que significa una inclusión de las interferencias
sujeto-objeto, de sus interacciones y de la subjetividad, como cons-
titutivas y constructoras de la realidad y del conocimiento. Tampo-
co opera con una relativización extrema que excluye un criterio de
verdad, sino que rescata una verdad contextualizada, historizada y
multicriterial. El presupuesto de reflexividad implica que lo objetivo
no solo se refleja sino más bien se refracta en lo subjetivo. Es el fin de
la metáfora del conocimiento social como espejo de la sociedad.
El posicionamiento reflexivista supera las disyunciones sujeto-
objeto, externalidad-internalidad, entre otras, y abre un camino a lo
interaccional y a lo reticular, como fuentes constitutivas de la reali-
dad.

La relación todo-parte
En el anterior recorrido por el itinerario de las ciencias sociales que-
dó en evidencia que si bien el rumbo disciplinar, fragmentador, obje-
tivista, cuantificador y de especialización del saber, pudo haber sido
eficaz para el manejo de «objetos-parte», dentro de un paradigma de
control y manipulación externa (el dispositivo de investigación está
fuera de lo que investiga y lo controla cortándolo en partes), y de un
24
Luhmann (1982). Ob. cit.
25
Ibáñez (1991). Ob. cit.
26
Navarro, P. (1990). Ob. cit.

39
discurso de universales hegemónicos, basado en cualidades de un
supuesto todo que determina a priori las cualidades de las partes, no
tiene potencia para construir visiones integradoras de la diversidad,
no puede recuperar la totalidad. Ello condujo a la encrucijada de
hacer ciencias sociales sustentadas en la construcción de universales
que enuncian la totalidad por reducción-invisibilización-exclusión
de lo diferente, por suma de partes estandarizadas desde un centro
único de observación (que por ser único tiene puntos ciegos que ig-
nora), o renunciar a toda pretensión de captar totalidades y univer-
salidades, para concentrarse en la enunciación de lo diverso en su
particularidad.
Por supuesto que no parece posible llegar a esa representación de
lo social que comprende simultáneamente universalidad y particula-
ridad, homogeneidad y diversidad, afincados en un ideal de simplici-
dad, que reduce el todo a sumatoria de partes homogenizadas.
Retomemos las nociones generales de la perspectiva compleja an-
tes apuntadas y veamos que el enfoque de sistemas complejos propo-
ne una visión diferente del todo, donde su organización es más que
la suma de las partes y constituye un proceso donde aparecen cuali-
dades emergentes (inéditas, no contenidas en la historia de la parte),
surgidas específicamente de la organización del todo, con capacidad
para retroactuar sobre las partes. El todo es también mucho menos
que las partes, pues estas poseen cualidades inhibidas en la forma-
ción de la totalidad, que pueden desplegarse en circunstancias que
exigen un cambio en las rutinas preestablecidas en la configuración
del todo. Pero, a la vez, el todo está contenido en cada parte, con-
centrado y particularizado, como un código que garantiza que cada
una de ellas exista, se comporte y se articule con las demás como
elemento de constitución de la totalidad (principio holográmatico).27
La parte es vista como componente articulado.
La cualidad de ser un sistema complejo adaptable, perfectamente
aplicable a la constitución del orden social, significa que sus elemen-
tos constitutivos están fuertemente asociados entre sí, formando re-
des (no atados por una estructura rígida de determinaciones) y tienen
a la vez la capacidad potencial de actuar como agentes autónomos

27
Para el principio hologramático ver Morin, E. (1996). Ob. cit.

40
para adaptarse a nuevas circunstancias, y producen, desde la parte,
un efecto de transformación de la totalidad y del resto de los ele-
mentos.
El principio dialógico entiende que un sistema complejo está
integrado por el vínculo entre elementos antagónicos inseparables,
centrándose en el momento relacional del antagonismo como fun-
damento de la existencia del sistema,28 lo que abre una oportunidad
para superar la visión binaria de la realidad y para la comprensión de
la dialéctica interna del sistema, la contradicción como condición de la
producción de la totalidad.

Reconceptualización del tiempo


y vindicación de la racionalidad utópica
La relevancia de la temporalidad en la construcción del conocimiento
social está dada fundamentalmente porque no es posible comprender
con profundidad el presente sin interpretarlo desde lo histórico y
desde una opción de futuro.
Para Hugo Zemelman el problema central de las ciencias socia-
les es la relación entre presente y futuro, considera que la crisis teó-
rica e ideológica de estas disciplinas se asocia a la inhibición de un
pensamiento orientado hacia la identificación de modelos posibles de
sociedad y la transformación social, y al predominio de un discurso
escéptico, que no se compromete con la identificación de visiones al-
ternativas de futuro. Esta inhibición ha significado la mutilación del
conocimiento sociológico, reducido a una lectura incompleta que se
conforma con la identificación de la tendencia histórica y en lo que ella
significa para el presente, desentendiéndose de lo que el futuro posible
o deseado nos dice del presente. Alerta Zemelman de que la cons-
trucción de tendencias es insuficiente, porque la lectura de la realidad
históricamente producida exige incluir un ángulo definido por una
opción del futuro, más cuando el reconocimiento de lo nuevo puede
cimentarse en realidades emergentes, no contenidas en lo dado.29
Las ciencias sociales clásicas han fundado su enfoque de la tem-
poralidad, de la historia y del futuro en la concepción newtoniana,

28
Ibídem.
29
Zemelman (1993). Ob. cit.

41
mecanicista, del tiempo, enfrentada hoy a la perspectiva compleja.
A pesar de que la teoría de la relatividad y la física cuántica cues-
tionaron los rasgos newtonianos del tiempo: infinitud, unidimen-
sionalidad, ilimitación, invariabilidad, carácter absoluto, las ciencias
sociales han tardado en «operacionalizar» esas nociones relativistas,
y las prácticas investigativas e interventivas no superan las fórmulas
mecanicistas. El cuadro siguiente intenta resumir los puntos de opo-
sición de ambas perspectivas:

Cuadro 1. Comparación entre la concepción clásica del tiempo y la


concepción compleja*
Concepto Concepción clásica Concepción compleja
Tiempo Conjunto de instantes Concurrencia de historias pa-
coordinables con un con- ralelas con conflictos, contactos,
junto de puntos de una confusiones.
línea recta. Múltiple y particular.
Carácter lineal-secuen- Construcción social.
cial. Relación social.
Único y universal. Dimensión inventiva.
Dato objetivo.
Historia • Historia única (todas • Proceso plural, simultáneo,
las historias pueden contradictorio.
coordinarse en la línea • Múltiple y particular.
única del tiempo). • Discontinua.
• Proceso secuencial. • Elección.
• Universal. • Narrativa.
• Evolucionista.
• Línea de progreso con-
tinuo. Progresión lineal.
• Inevitable.
• Conocimiento objetivo
científico.
• Historia como unidad.
• Natural.

* Cuadro construido por la autora a partir de textos de Ibáñez (1993, Ob.


cit.); Lander (Ob. cit.); Moreno, A. 2000 «Superar la exclusión, conquistar la
equidad: reformas políticas y capacidades en el ámbito social». En Lander, E.
(compilador) Ob. cit.; Zimmerman, L. J. 1970. Países pobres, países ricos.

42
Cuadro 1. (Cont.)
Concepto Concepción clásica Concepción compleja
Futuro Expectativas de desen- Opciones múltiples donde inter-
volvimiento evolutivo vienen el azar y el caos, el orden y
hacia lo prefijado en lo la causalidad.
preexistente. Énfasis en Invención de un orden social
el determinismo causal deseado, no necesariamente pre-
lineal. existente, que puede ser activado
Énfasis en lo inercial, lodesde el presente.
tendencial, lo históri- Énfasis en la posibilidad innova-
camente determinado y tiva, inventiva, autotransforma-
teóricamente verosímil. tiva de los sujetos.
Potencialidades ya ins- Horizonte de expectativas contra-
critas. puesto al espacio de la experiencia
actual.
Pronós- Predictibilidad por an- Construcción utópica que no
tico ticipación de lo teórica- acepta determinismos históricos.
mente verosímil. Introducción de lo azaroso.
Identificación de lo Futuros múltiples.
posible en el marco de un Su propósito es el debate de qué
determinismo histórico. futuro construir, dotarlo de viabi-
lidad desde el presente.

Lo verdaderamente relevante de esta comparación es develar el


hecho de que la concepción «progresivista» del tiempo y de la histo-
ria no es más que la imposición de una interpretación de la historia
y de la visión de futuro y del desarrollo, contenida en la modernidad
europea y el modelo capitalista norteamericano, que en la actualidad
toma la forma de naturalización de la sociedad liberal como único
destino universal posible.
La concepción compleja del tiempo no acepta esa escala única de
progreso ni enfoca las diferencias en una relación de inferioridad/su-
perioridad, coloca sus énfasis en un sujeto con capacidad innovativa
emancipatoria.
Los sistemas sociales lingüísticos tienen muchos futuros porque
son autopoiéticos, son capaces de aprender, de aquí se desprende la
necesidad de reconsiderar la construcción utópica como función le-
gítima y esencial de las disciplinas sociales.

43
Claro que aceptar como una función esencial del pensamiento
social la identificación de alternativas de futuro, y con ello la cons-
trucción utópica (en el sentido de modelo ideal, guía hacia lo desea-
ble que hoy no existe y que siempre es históricamente reconstruible
y perfectible y, por tanto, irrealizable en su plenitud), supone aceptar
también la inevitabilidad de un compromiso, de una postura ideoló-
gica que guía el diseño de la perspectiva deseada.
El compromiso debe entenderse como «una forma de pensamien-
to que permita abordar la realidad de manera de ser capaz de reco-
nocer opciones de viabilidad, desde la perspectiva ideológica que se
asuma» y «la captación de los puntos desde los que se puede activar
la realidad» y diseñar líneas de intervención.30

3. La comprensión del cambio social


Intentar un recorrido totalizador y exhaustivo por la comprensión
sociológica del cambio social es una tarea casi irrealizable por su
monumentalidad, pues desde el inicio mismo de la configuración
de este campo del conocimiento como disciplina científica autóno-
ma, se evidencia su clara vocación por la explicación del cambio,
vocación que se conserva hasta hoy, pero es, a la vez, un momento
de reflexión imprescindible, si se pretende comprender la manera en
que hoy nos explicamos el curso de los cambios y las posibilidades de
intervenir sobre ellos.
La larga tradición sociológica de análisis de los procesos de
cambio, en sus diferentes dimensiones-temporales (la historia, el
presente, el futuro predecible, determinado o construible), espacia-
les (lo global, regional, nacional, local) y de escala de generalidad
(la totalidad, las partes del sistema social, grupos, instituciones),
ha producido una copiosa literatura, a lo que se agrega el hecho
de que, siendo la sociología una disciplina pluriparadigmática, en-
contramos en ella una multiplicidad de enfoques teóricos y posi-
cionamientos epistemológicos frente a la cuestión del cambio que
hace aún más complicada cualquier aspiración sistematizadora y de
síntesis.

30
Zemelman (1993). Ob. cit: 23.

44
Pero es que el propio surgimiento de la sociología, su razón esen-
cial para convertirse en un campo de conocimiento autónomamente
delimitado, se vincula raigalmente a un cambio de época, surge ella
misma como instrumento de la comprensión y legitimación del trán-
sito de Europa hacia la modernidad. Lamo de Espinosa sintetiza
esta idea explicando que la sociología describió el triunfo de la mo-
dernidad frente a la tradición y, por ello, toda la sociología clásica
está pensada a partir de una cesura que contrapone las sociedades
tradicionales a las modernas y trata de pensar ese tránsito. Es, por
tanto, aún hoy, una teoría de la modernización, surgida para solucio-
nar la perplejidad ante la emergencia de una nueva sociedad europea
a partir del siglo xviii, que constituyó «la experiencia fenomenoló-
gica constitutiva» de la indagación social.31
Desde este punto de vista, y sin negar las profundas diferencias
paradigmáticas al interior de esta ciencia social entre sus diferen-
tes escuelas o corrientes, la sociología toda, en su conjunto, surge
como una teoría del cambio, es una teoría o un conjunto de teorías
de interpretación del cambio social. En este contexto, la indisolubi-
lidad (complementaria o conflictiva, según sea el caso) de la díada
orden-cambio, como centro constitutivo de la existencia y reproduc-
ción espacio-temporal de lo social, se configuró como una de las
principales, sino en la principal, fuentes de integración teórica de la
sociología desde sus inicios hasta hoy.
Este acápite pretende esbozar algunas ideas que marquen la ruta, o
mejor, las rutas, simultáneas, paralelas y contradictorias del recorri­do
que la sociología ha descrito en su interpretación o interpretaciones
del cambio social. El esbozo se apoyará en aquellos pensadores y pro-
puestas que han tenido una influencia decisiva en el de­sarrollo de las
ideas referidas al cambio en diferentes momentos de la historia del
conocimiento social, sin tratarlos en detalle, tomando aquellas con-
ceptualizaciones que nos muestran la fuerte presencia, persistencia y la
multiplicidad teórica de las nociones de cambio en la sociología.
La idea central que organiza mi reflexión es que la comprensión
del cambio desde la sociología ha constituido parte consustancial de
esta disciplina desde su fundación y ha seguido una lógica que va

31
Lamo de Espinosa (2001). Ob. cit.

45
desde una visión simple, o precompleja, hacia una visión más cercana
a la complejidad, todavía en condición de emergencia, pero que se
va abriendo paso desde el terreno de lo propiamente epistemológico
hacia el metodológico.
Intento identificar modelos teóricos y esquemas analíticos que la
sociología ha construido en diferentes momentos de su historia para
la aprehensión del cambio, entendiendo por modelo una construc-
ción teórica cualitativa que establece una generalización de cualida-
des y tipos de nexos causa-efecto de un fenómeno o proceso social
dado, con la finalidad de ser utilizado como referente para la inter-
pretación de sucesos análogos y como instrumento de pronosticación
o explicación retrospectiva. La noción de esquema se toma como una
síntesis de los elementos que deben ser abordados para el estudio
de la estructura y la dinámica de un sistema o proceso social y que
resulta de una operación lógico empírica de definición de indicado-
res que describen el sistema o proceso (la operacionalización de los
conceptos sociológicos).
Al tomar algunos ejemplos de la primera etapa y de la segun-
da y tercera generaciones, que se distinguen por la formación de
la sociología como ciencia (de su objeto, de sus posicionamientos
epistemológicos, sus conceptos), es interesante observar que lo que
algunos autores llaman visión sociológica del mundo o estilo so-
ciológico del pensar, surgido a mediados del xix, presupone, entre
otros elementos, concebir la sociedad como un todo con carácter de
sistema, cuyo funcionamiento y desarrollo se atiene a regularida-
des y leyes propias que pueden ser observadas por el hombre, 32 en
oposición a una visión de lo social como relacionamiento arbitrario
de elementos aislados, donde aparecen mutaciones azarosas, sin una
causalidad discernible. De igual manera, la causalidad del cambio
aparece, como regla, en las definiciones de objeto y en la caracteriza-
ción de las preocupaciones centrales de la nueva ciencia.
Augusto Comte, reconocido como padre fundador de la sociolo-
gía, o cuando menos el que le puso el nombre, incluyó en el objeto
de su criatura dos partes fundamentales: el estudio del orden social
o de la «estática» y el estudio del progreso social o de la «dinámica».

32
Kon (1979). Ob. cit.

46
Considera que la tarea de esta nueva ciencia consiste en percibir ní-
tidamente el sistema general de las operaciones sucesivas, filosóficas
y políticas, que deben liberar a la sociedad de su fatal tendencia a
la disolución inminente y conducirla directamente hacia una nueva
organización, progresiva y sólida.33
Véase cómo desde el objeto y los fines, Comte supone en la so-
ciología capacidad para identificar direcciones del progreso social,
del cambio progresivo, y, aún más, para distinguir «las operaciones
sucesivas» que compulsan este tipo de cambio e intervenir en ellas.
Por su parte Spencer, centrado en una visión evolucionista, con-
cibe la sociología como una ciencia descriptiva dirigida a la deter-
minación de las leyes de la evolución superorgánica, de aquellas que
regulan el progreso del organismo social. La sociología es el estudio
del orden progresivo de la sociedad como un todo.34
Wilfredo Pareto, en su Tratado de Sociología General argumenta
que la finalidad de esta ciencia es la de formular leyes necesarias que
subrayan en su conjunto el equilibrio social, 35 mientras Marx Weber
define la sociología como ciencia que pretende entender, interpre-
tándola, la acción social para explicarla causalmente en su desarrollo
y efectos.36
Aunque Marx no solía denominar su producción como sociolo-
gía, es obvio que su reflexión crítica sobre el capitalismo se corres-
ponde con lo que aquí estamos entendiendo por modo de pensar
sociológico y que una parte significativa de la propuesta marxiana
está centrada en la explicación de la historia, de las leyes que rigen el
tránsito de un modo de producción a otro y en la argumentación de
la lucha de clases como fuerza motriz del cambio histórico.
La comprensión del cambio está vinculada a la del orden y el equi-
librio: estos como conservadores de estados y cualidades, el cambio
como su alteración y ambos como componentes opuestos, pero que
se presuponen (lo dinámico y lo estático, lo estable y lo móvil), en la
lógica de funcionamiento de la sociedad como un todo integrado.
33
Comte, A. (1869). Cours de philosphie positive. P arís, J.B. Bailliere et. Fils.
34
Spencer, H. (1995). «La evolución de las sociedades». En Etzioni A., Amitai E.
(compiladores). Los cambios sociales. Fuentes, tipos y consecuencias.
35
Pareto, V. (1964). Tratato di Sociología generale.
36
Weber, M. (1971). Economía y Sociedad.

47
Modelos interpretativos del cambio social

En general, el cambio en su dimensión histórica, pensado hacia la


totalidad de lo social es una preocupación típicamente sociológica
en esta etapa fundacional, que quedó plasmada en propuestas teóricas
diferentes para su interpretación. Etzioni Amitai y Eva Etzioni, en
su introducción a una impresionante compilación de textos sobre este
tema, publicada por primera vez en 1965, distinguieron los siguientes
modelos interpretativos del cambio social:37
• Modelo de ascensión lineal
Presente en la obra de Spencer y Comte, que coinciden en con-
cebir la historia de lo social como un proceso evolutivo y de pro-
greso. Spencer, a semejanza de la evolución orgánica, lo enuncia
como proceso de creciente diferenciación e interdependencia de
estructuras y funciones del organismo social. Comte definió tres
estadios del desarrollo del pensamiento humano y de las formas
de organización social: el teológico, el metafísico y el positivo.
Ambos comparten la certeza optimista de que la historia describe
irremediablemente una línea ascensional que entrelaza en su lógi-
ca el pasado, el presente y el futuro de la humanidad.
• Modelo cíclico recurrente
Oswald Spengler a inicios del siglo xx elabora su teoría del ciclo
vital de las culturas, donde argumenta que toda gran cultura apare-
ce, llega a su máxima posibilidad y desaparece, cumpliendo, como
cualquier entidad orgánica, un ciclo de nacimiento, infancia, ma-
durez, vejez y muerte, sin que ello tenga un efecto acumulativo.
• Modelo cíclico/lineal
Este modelo combina los dos anteriores con una tendencia resul-
tante ascendente. Los Etzione toman a Weber y a Toynbee como
exponentes de este modelo combinado. Weber explica el tránsito
de una estructura a otra a través de un proceso de pérdida de legiti-
midad de la estructura vieja y de su sustitución por otra nueva, que
se construye sobre la anterior mediante el surgimiento y toma del
poder por un líder carismático. La posterior «rutinización del caris-
ma» estabiliza la nueva formación que alguna vez se ­deslegitimará.
37
Etzioni A, Amitai E. (1995). Ob. cit.

48
Pero, por otra parte, y sin contradecir la visión cíclica, Weber en-
tiende el desarrollo de la cultura como racionalización creciente,
como incremento de la coherencia y la racionalidad interna de la
acción social. Podríamos inferir que la línea de ascenso está inte-
grada por el conjunto de sucesión de ciclos de legitimación-des-
legitimación de las estructuras sociales. Toynbee se centra en el
desarrollo y la desintegración de las civilizaciones, las explica me-
diante ciclos que combinan nacimiento de una civilización (que se
produce al dar respuesta exitosa a un reto histórico), crecimiento
(verificado a través de sucesivas respuestas exitosas que engendran
nuevos retos), desintegración por el estancamiento de las «minorías
creadoras» que dejan de dar respuesta exitosa a los retos). Toynbee
percibe gradaciones entre las civilizaciones y una dirección de as-
censo civilizatorio en el largo plazo.
• Modelo dialéctico-conflictual
Entiende la historia como cambio progresivo no absolutamente li-
neal, que tiene lugar por la resolución sucesiva de contradicciones
dialécticas, de enfrentamiento de fuerzas sociales contrarias. Cada
nueva contradicción expresa un grado superior de desarrollo de la
forma de producción y reproducción material y espiritual de la so-
ciedad. Este es el modelo que se infiere de la concepción marxista,
o dialéctica materialista de la historia, y se expresa muy nítidamente
en la teoría de la sustitución de un modo de producción por otro,
desde la comunidad primitiva, pasando por el esclavismo, el régi-
men feudal, el capitalismo, hasta llegar a la sociedad comunista.
Los modelos anteriores tienen como fundamento el tipo de rela-
ción que aparece en la sucesión de los acontecimientos históricos,
pero me parece que otra clasificación que podríamos establecer es
la que se deriva del espacio y el papel que se atribuye a factores es-
tructurales externos o a aquellos vinculados a la intersubjetividad
innovadora. De aquí propongo otros tres posibles modelos:
• Modelo determinista externo
Tanto Spencer como Spengler38 (el primero convencido de la
inevitabilidad del progreso y el segundo de la decadencia de toda
38
Spengler, O. (1995). «El ciclo vital de la cultura». En Etzioni A., Etzioni E.
(comps.). Ob. cit.

49
civilización humana), consideran el cambio y la historia fuera del
alcance efectivo de la intervención humana, movidos por fuerzas
que se escapan a su control.
• Modelo posibilista
Weber está más inclinado a entender el cambio y la historia, si no
desconectados de estructuras externas, sí con una mayor apertura
a la posibilidad de intervención humana. Aunque concedió una
elevada importancia a la institucionalidad, como red que a la vez
que es creada por el hombre lo limita en su acción, entendió que
el surgimiento de líderes carismáticos abre momentos de innova-
ción. Sin embargo, ello también estaría sujeto al proceso de racio-
nalización creciente, que marca una cierta lógica trascendente del
cambio.
• Modelo determinista-posibilista
Todavía hoy es materia de debate si el marxismo supone un reduc-
cionismo economicista-determinista o si, por el contrario, consi-
deró adecuadamente las dimensiones culturales y subjetivas del
cambio. Igor Kon, defendiendo esta última posición nos dice:

Marx recalca el papel rector de la producción material en el desarrollo


de la sociedad, pero, al propio tiempo, está lejos de la teoría del automa-
tismo social (...). Al deducir la división social de la sociedad, su estruc-
tura clasista partiendo de la economía y, ante todo, de las relaciones de
propiedad, Marx demuestra que esa determinación no es unívoca, que
a un mismo sistema social le son inherentes distintas potencias de de-
sarrollo, que se revelan en los intereses y se materializan en la actividad
de distintas clases (...)

Para Kon la perspectiva marxista de la lucha de clases promueve


«a primer plano el problema del sujeto de la acción social y de la eva-
luación de sus posibilidades reales».39
Coincido con esta valoración sobre el marxismo y su visión del
cambio histórico, y por ello creo que es más adecuado ubicarlo en
un modelo dual, pero al mismo tiempo considero que el carácter
de «determinación de última instancia» de la dimensión económica de
los sistemas sociales sobre las otras dimensiones, coloca siempre a

39
Kon ( 1979). Ob. cit.: 41.

50
lo cultural y lo intersubjetivo en un plano subalterno y derivado, de
manera que el cambio determinado por estructuras materiales ob-
jetivas, externas con relación al sujeto, constituyen el centro de este
modelo. A ello se une su criterio de la necesidad histórica del adveni-
miento de la sociedad comunista, a través, fundamentalmente, de
la toma del poder por la clase obrera, por su capacidad para resolver
definitivamente el conflicto entre trabajo y capital. Se trasluce aquí
un cierto teleologismo, una lógica intrínseca de fin último, irreme-
diable en el curso de la historia, en cierta medida al margen de la
voluntad humana.
Una característica muy marcada de lo que podríamos llamar vi-
siones clásicas del cambio es la de apelar a la explicación por causas
últimas: identificar un factor, o conjunto reducido de factores, de úl-
tima instancia, que pueden ser aislados del enmarañado contexto de
desenvolvimiento del cambio social y probar su fuerza (con carácter
de necesidad, esencialidad y suficiencia) para desencadenar el pro-
ceso de transformación de que se trate. En esta dirección podemos
encontrar dos grandes modelos; el objetivista-materialista, que con-
sidera como factores explicativos del cambio elementos de naturaleza
económica, tecnológica, medioambiental, biológica y demográfica, y
el modelo idealista o culturalista, el cual atribuye un rol causal rela-
tivamente independiente a la ideología, la religión y el ethos.40 En el
primer modelo podríamos ubicar, por ejemplo, a Marx y a Spencer,
y en el segundo a Weber.
Consustancial al modo de pensar sociológico, presente en las pro-
puestas de objeto y modelos anteriores, es un concepto de cambio
social que, en términos generales, lo concibe como la mutación en
un estado inicial del todo social, o de alguna o algunas de sus partes
constitutivas, que altera el estado inicial íntegra o parcialmente, que
genera nuevas propiedades o, incluso, un nuevo estado diferente del
inicial. Incluye surgimiento, desaparición o transformación de ele-
mentos y cualidades.
Con el propósito de enfatizar en los aspectos comunes de las
conceptualizaciones del cambio en los más diversos paradigmas

40
Basail, A. (2002). Estilo de época y cultura. Prensa, procesos culturales y cambios
sociales en Cuba (1878-1895).

51
s­ ociológicos, fundacionales y contemporáneos, intencionalmente
he construido aquí un concepto de cambio social que se caracteriza
por un alto grado de generalidad, pero, para objetivos más finos,
es necesario añadir a este las especificaciones que lo distinguen en
diferentes teorías.
Por ejemplo, Serrano y López sintetizan tres grandes definiciones
de cambio: evolucionista, estructural-funcionalista y de conflicto.41
Para las teorías evolucionistas, donde lo esencial en la organización
social es la estructura que el enlace de las partes forma para configu-
rar el todo, y su tendencia a la estabilidad, el cambio se define como
toda alteración en el status quo de un organismo, situación o proceso
que afecta la estructura, la tecnología y los recursos humanos del
sistema. El cambio evolutivo es intrínseco a la estructura, el no evo-
lutivo se produce como efecto de la intervención de causas externas
que alteran la estructura. El supuesto analítico básico es la relación
estructura-estabilidad.
Para la teoría estructural-funcionalista el supuesto de partida es
el de la relación sistema-función-equilibrio, y el cambio se entiende
como la reformulación de estructuras y funciones sociales, en una
secuencia que incluye desequilibrio inicial, aparición de fuerzas rees-
tablecedoras del equilibrio y surgimiento de un nuevo equilibrio. El
cambio se verifica por la presencia de tendencias disfuncionales.
En las teorías del conflicto (incluyendo al marxismo) lo cambian-
te se concibe como un proceso natural y continuo de formación de
las estructuras sociales, que se explica por la presencia en toda so-
ciedad de elementos contradictorios, en cuya interacción se generan
distintos tipos de transformaciones, incluidas las autodestructivas.
No es necesario extendernos más en los ejemplos. Por su repre-
sentatividad, trascendencia posterior y reconocimiento generalizado
como «clásicos», los autores y modelos referidos ilustran de manera
clara los rasgos más importantes que caracterizaron la comprensión
del cambio desde una perspectiva sociológica en los albores de esta
disciplina y que nutrieron lo que podríamos llamar la visión simple,
clásica o precompleja.

41
Serrano, I. y López, G. (1991). Una perspectiva diferente del poder y del cambio
social para la psicología social comunitaria.

52
Si analizáramos estos modelos y conceptos siguiendo la lógica
de que toda la sociología ha sido una teoría de la modernización,
ellos funcionan como instrumentos analíticos de las transiciones
modernizadoras. Salvando sus diferencias, lo que encontramos de
común en esos modelos, y que son los rasgos de la visión clásica
precompleja del cambio social, perdurable hasta hoy, sería la consi-
deración del cambio como cualidad consustancial a la existencia de
los sistemas sociales y como mecanismo de respuesta a conflictos y
de adaptabilidad o generación de sistemas y estados nuevos, como
desestabilizador de equilibrios y generador de equilibrios nuevos,
con una causalidad y legalidad inteligibles, basada en la linealidad
y proporcionalidad de la relación causa efecto, en la determinación
estructural de los cambios y en el carácter secundario del azar, todo
lo que permite distinguir los atractores o rumbos posibles del cambio
y de encontrar sus fuerzas motrices, portadoras e impulsoras. Orden
y cambio se relacionan como opuestos, en una articulación necesa-
ria, pero donde el orden, la estabilidad, el equilibrio, representan el
estado deseable de la realidad.

Operacionalización de la concepción del cambio social


La segunda etapa de la evolución del pensamiento sociológico está
marcada por la operacionalización de la concepción del cambio so-
cial, en el sentido de que se expanden extraordinariamente las inves-
tigaciones cuantitativas, empíricas, concretas y aplicadas en numero-
sos campos particulares del cambio (la familia, los grupos sociales, la
vida rural, la movilidad social, etc.), que requieren para su realización
de la definición de indicadores que permitan encontrar evidencias
mensurables del cambio y el manejo estadístico en la verificabilidad
de las hipótesis. Es la explosión de la sociología del dato empírico, de
la demostración y la explicación, de aquella que busca su legitimidad
en la utilización de métodos similares a los de las ciencias duras.
Como veremos con mayor detalle más adelante, en esta etapa tiene
lugar también una especificación de la teoría de la modernización, se
establecen sus direcciones concretas tomando como patrón las trans-
formaciones ocurridas en Europa y los Estados Unidos. Se consu-
ma la identificación de modernización con desarrollo y la oposición
entre sociedad tradicional y sociedad moderna. Los ­indicadores que

53
marcan la ruta de tránsito, posible y deseable, entre una y otra se
convierten en foco de atracción privilegiado de la sociología, como
explicación del cambio en su escala más general e institucional.42
Aunque se mantiene la preocupación por el cambio en su dimen-
sión histórica, la teoría y la investigación sociológica se concentran
más en los mecanismos de cambio de las estructuras sociales del
presente y la posibilidad de manejarlos, de intervenir en ellos para
potenciarlos o corregir su dirección.
En este período, dentro del estructural funcionalismo, Parson
elabora una propuesta analítica del cambio social cuya influencia
hegemonizó buena parte del pensamiento social y en cierta medi-
da se conserva hasta hoy. Esta propuesta, denominada «modelo de
diferenciación» se aplica al estudio de los cambios de un sistema y
se sustenta en la idea de que el sistema social en su conjunto sigue
una lógica evolutiva de incremento de la diferenciación; transita inin­
terrum­pidamente de unidades que concentran un conjunto de fun-
ciones hacia la diferenciación de estructuras dentro de esa unidad
que se especializan en funciones específicas. Las diferentes funcio-
nes adquieren estructuras propias. A seguidas se produce una rein-
tegración de las nuevas unidades y estructuras especializadas para
conectarse entre sí a través de nuevas normas e instituciones de re-
lacionamiento. Diferenciación-reintegración actúan como mecanis-
mos que alteran un estado inicial de equilibrio funcional del sistema
y establecen otro nuevo, crean una nueva estructura social.43
Recuperando este modelo de diferenciación parsoniano se ela-
bora en esta etapa un esquema de análisis de los procesos de mo-
dernización que tienen lugar en la contemporaneidad. El tránsito
desde sociedades tradicionales que, por supuesto, se ubican en un
estadio inferior del desarrollo (universal, posible, deseado y necesario)
hacia sociedades modernas, incluye elementos como industrialización
y urbanización crecientes; paso de técnicas de producción, simples y
tradicionales a la aplicación de la ciencia en el logro de tecnologías de
avanzada; tránsito desde una agricultura de subsistencia hacia la pro-
ducción agrícola mercantil de gran escala; diferenciación estructural
42
Para el tema de la relación desarrollo-modernización, ver Sontag, H. (1994). Las
vicisitudes del desarrollo.
43
Véase Etzione A, Etzioni E (1995). Ob. cit.

54
y especialización de las instituciones sociales; integración y reinte-
gración sistemática de unidades sociales; modificación de normas y
sistemas de valores tradicionales por la incorporación de otros más
flexibles y abiertos al cambio y a la innovación; institucionalización
y formalización creciente de las relaciones sociales, que debilita el
peso de lo familiar.44
Dentro de los intentos de elaboración de una teoría del cambio
en esta etapa, no puede desconocerse a Ralph Darehndorf que, en
oposición declarada al estructural-funcionalismo, toma los conflictos
como centro de atención de su sociología. Darehndorf identifica dos
modelos de sociedad: el centrado en la estabilidad (propio del estruc-
tural-funcionalismo) y el centrado en el cambio. Para él, el modelo
de estabilidad, integración y función se sustenta en los supuestos de
que toda sociedad es una configuración relativamente persistente
y bien integrada de elementos, donde todo elemento contribuye al
funcionamiento general y que este descansa en el consenso.45
El modelo de cambio, antagonismo y disfunción supone, por el
contrario, que toda sociedad está sometida al cambio y a la expe-
riencia del conflicto en todo momento, que todo elemento de una
sociedad contribuye a su cambio y que toda sociedad descansa en la
coacción que algunos de sus individuos pueden ejercer sobre otros.
Darenhdorf no considera una perspectiva más adecuada que otra,
sino que lo social es una combinación de ambos aspectos y que el cam-
bio no puede ser entendido subsumiéndolo y subordinándolo dentro
de una interpretación de lo estable y lo integrativo como las cualidades
esenciales de los sistemas sociales. Creo que el gran mérito de esta
propuesta es haber colocado en el mismo rango de importancia para la
reproducción de los sistemas sociales, la estabilidad y el cambio.
En lo que respecta a la comprensión del cambio en esta etapa, se
hace más fuerte la antinomia explicativa entre los factores económi-
cos, la esfera de la reproducción material y la conflictividad clasista,
por un lado, la esfera valorativa cultural y lo consensual por el otro.
La vertiente antimarxista, cuyo exponente máximo en esta etapa es
el estructural-funcionalismo, toma la cultura, comprendiéndola como
44
Véase Germani, G. (1962). La sociología científica; Smelser, N. (1959). �������
Social
Change in the Industrial Revolution.
45
Dahrendorf, R. (1958). Toward a Theory of Social Conflict.

55
sistemas normativos y valores de orientación de la conducta, como la
dimensión integradora y explicativa por excelencia de lo social y sus
cambios.
La línea que sigue la tradición marxista, que está incluyendo
ahora tanto a pensadores que reflexionan desde y sobre la sociedad
capitalista, como a aquellos que tienen como «experiencia fenomeno-
lógica» la transición socialista, continúa colocando sus énfasis argu-
mentales en la esfera de la producción material y sus contradicciones,
en sus enlaces con los conflictos de clase.
Sin espacio para detenerme en la transición socialista como tipo
de cambio que se está verificando en la etapa y en la manera en que
la sociología lo ha interpretado, quiero al menos comentar que la so-
ciología que se produjo en los países socialistas sobre este particular,
no se separó radicalmente de la lógica construida por la teoría de la
modernización, e interpretó la transición socialista como un proceso
progresivista irreversible, que seguía un curso regular universal, vá-
lido para todas las naciones que siguieran ese camino.
El llamado «comunismo científico», una pretendida sociología
particular del marxismo que se autoproclamaba científica y consi-
deraba al resto anticientífica, identificó, a la usanza modernizadora,
el conjunto de elementos («regularidades») que marcaban el tránsi-
to del capitalismo al socialismo y de este a la sociedad comunista,
entre ellos: la necesidad de la creación de la base técnico material
del socialismo y el comunismo (industrialización, electrificación, in-
fraestructura, etc.), amplia utilización de la ciencia y la innovación
tecnológica, en su carácter de fuerzas productivas, como base de la
elevación sistemática de la productividad del trabajo; perfecciona-
miento de las relaciones sociales a través de la eliminación de las
relaciones de explotación y del proceso creciente de homogenización
social; formación del hombre nuevo a través de una socialización que
le permitiera incorporar valores y normas colectivistas y solidarias.
En esta teoría queda elevada a ley del progreso universal, la ineluc-
tabilidad histórica del triunfo del comunismo mundial como etapa
superior de la civilización.46

46
Mdrzhinskaya, E. (coord.) (1984). El futuro de la sociedad. Crítica de las concepcio-
nes político- sociales y filosóficas burguesas contemporáneas.

56
Aunque centradas en la naturaleza clasista de las sociedades pos-
primitivas y precomunistas y, por tanto, en la necesidad de elimi-
nación del dominio de clase y de la solución del conflicto trabajo-
capital, que es lo que distingue a estas regularidades, como puede
apreciarse, muchas de ellas coinciden con la concepción del cambio
modernizador.
Lo que sucede es que detrás de la oposición real entre marxismo
y antimarxismo hay un conjunto de coincidencias en el modo de
producir saber sociológico en ambos posicionamientos que, como
herencia de la modernidad, atraviesa todas sus propuestas y sus res-
pectivas visiones del cambio, a saber: la creencia en el carácter cien-
tífico objetivo del conocimiento social y en la racionalidad occidental
como fuerza motriz de la historia y en el universalismo de la ra-
zón; comprensión de la historia como proceso progresivo, inevitable,
irreversible, necesario y posible de ascenso desde lo tradicional a lo
moderno; preeminencia de la nación y del estado como escenario
preferencial, sujeto del cambio social y carácter secundario de actores
de escala micro; visión evolucionista del ser humano y la sociedad;
creencia en la inagotabilidad y la positividad de la innovación tecno-
lógica como factor de cambio ascencional; aceptación de la oposición
tradición-modernidad. En resumen, coinciden en una visión simple
del cambio social.
Las diferencias se concentran más bien en las causas últimas y
en el rumbo predecible: para la perspectiva modernizadora y el es-
tructural funcionalismo la expansión ascendente de la racionalidad
occidental (léase la dupla estado-mercado como instancias principales
de la coordinación social, y la efectividad productiva y el crecimiento
económico como criterios de desarrollo). Para la postura marxista, el
futuro transitará hacia el fin de la sociedad de clases y de toda desi­
gualdad discriminadora, sustentado en la socialización de la propie-
dad sobre los medios de producción y en la eliminación de las contra-
dicciones que impiden el despliegue sistemáticamente ampliado de la
potencialidad de progreso de las fuerzas productivas. Considero que
las limitaciones para comprender el cambio social en general y las
transformaciones socialistas reales desde la sociología de perspectiva
marxista y sus lamentables tropiezos funcionalistas, más o menos vi-
sibles, tienen su origen en que esta no logró, y creo que no ha ­logrado

57
aún, apropiarse del método dialéctico, hacerlo transitar hacia una
metodología de investigación con posibilidad de captación de las
contradicciones, lo que le hubiera permitido una comprensión de la
novedad, de las tensiones entre cambio regresivo y progresivo, así
como de los contenidos imprevisibles del futuro.
Lo más relevante en el modo de estudiar el cambio social en la
sociología y en las ciencias sociales en general en esta etapa, puede
sintetizarse en la operacionalización de la noción de cambio y en el
establecimiento de un esquema lógico general que guía la investigación
empírica en este campo y en el propósito de la sociología de intervenir
de alguna manera en la promoción de cambios deseables, especial-
mente a través de su contribución al diseño de políticas sociales. Esta
última vertiente ha sido muy clara en América Latina, iniciada por las
propuestas de modelos de desarrollo por la vía de la industrialización
sustitutiva elaborado por CEPAL. De igual modo, es un período de
desarrollo de las metodologías de medición de impactos y experi-
mentales y de lo que podríamos llamar «las tecnologías de cambio».
Una versión del esquema lógico para el análisis del cambio social
que quedó elaborado en la etapa puede ser la mostrada en el Cuadro 2
en la página siguiente.

El giro constructivista y la visión del cambio


Como ya vimos, tanto si seguimos la lógica generacional como la
de etapas, en el análisis de la evolución de las disciplinas sociales en
general y la sociología en particular, vamos a encontrar que lo que su-
cede en el entronque de los años 60 con los 70 y en la década de los 80
puede ser caracterizado como una crisis del pensamiento social, de
cuestionamiento de su real condición de ciencia, de su carácter ex-
plicativo y su posibilidad de encontrar causas y leyes, que sustentaba
el diseño de sus instrumentos y la validez de sus conclusiones, de la
creencia en la universalidad del desarrollo y de la propia posibilidad
de construcción de universales como finalidad de la ciencia social.
Es el «giro constructivista en la sociología» caracterizado por la
inauguración de nuevas corrientes (teoría del intercambio, etnometo-
dología, fenomenología, interaccionismo simbólico) que colocan de
nuevo al actor en el centro del análisis, a la cultura y la construcción
social de la realidad (constructivismo) como procesos determinantes.

58
Cuadro 2. Esquema lógico para el análisis del cambio social
• Provocados
EFECTOS • Espontáneos
• Deseados
• Indeseados
CAMBIO SOCIAL • Previsibles
• Imprevisibles

FACTORES ACTORES FASES TIPOS ESCALA


Y FUERZAS
MOTRICES
• Macro
• Determinantes • Inicio • Mezo
• Asociados • Expansión • Micro
• Endógenos • Terminación • Sistema
• Exógenos • Internos • Subsistema
• Adaptativos
• Aceleradores • Externos • Reactivos • Global
• Obstaculizadores • Innovativos • Nacional
• Objetivos • Totales • Local
• Subjetivos • Parciales • Grupal
• Institucional
• Naturales • Progresivos
• Demográficos • Regresivos
• Económicos
• Tecnológicos
• Culturales

Ese cambio de rumbo o, más bien, la coexistencia conflictiva y


la mezcla ecléctica de los rumbos estructuristas y de significados,
de explicación y de comprensión, cuantitativista y cualitativista, de-
terminista y acausal, se reflejaron en la investigación sociológica del
cambio en la conservación de los modelos y el esquema, construidos
en momentos anteriores y en la configuración de lógicas nuevas, es-
tructuradas especialmente alrededor del supuesto de no universa-
lidad de una dirección única del cambio, de la relativización de las
nociones de ascenso y descenso, igualmente de la relevancia de la
subjetividad en las transformaciones sociales.
El tema de los movimientos sociales, nuevos y viejos, y de su ubi-
cación en determinadas relaciones de poder, emerge como una pro-
blemática esencial para la sociología del cambio, en la intención de
comprenderlo confiriéndole protagonismo a la capacidad de impulsar
cambios a actores disímiles y desde una postura ­desestructuradora.

59
Un estudioso de los movimientos sociales urbanos en América La-
tina describe esta situación como el paso desde una estructura sin
sujetos, al análisis de sujetos liberados de cualquier constricción es-
tructural, que aparecen entonces como actores destituidos de sentido
histórico en una sociedad destituida de determinaciones.47
Obviamente este diagnóstico es útil solo para ilustrar el extremo
subjetivista del asunto y resultaría excesivo si pretendemos aplicar-
lo a las ciencias sociales en su conjunto, donde en ese período se
estaban produciendo también análisis centrados en lo estructural y
otros que respondían mejor a una dialéctica estructura-acción, ex-
ternalidad-internalidad, en la que la antinomia es entendida como
dialógica. Tal es el caso de Guiddens y de Bourdieu.48 Probablemen-
te es este último el que muestre con mayor nitidez la emergencia de
una sociología de síntesis e integración, como llama Ritzer a estos
desarrollos sociológicos,49 en la cual se resuelven las relaciones de
pares antinómicos que caracterizaron toda la historia de la disciplina
hasta ese momento (los pares acción-estructura, objetivo-subjetivo,
economía-cultura, individuo-sociedad, macro-micro, entre otros),
las estructuras son vistas como constricción externa que limita el
repertorio de acciones de cambio que tienen ante sí los actores, pero
que a la vez son producidas e internalizadas por estos (significadas) y
pueden ser alteradas por la acción. Es una especie de modelo marxo­
weberiano de comprensión de la relación orden-cambio.
Si buena parte de las disciplinas sociales habían sustentado su
condición de conocimiento científico en la posibilidad de develar las
fuentes y leyes del cambio, de predecir e intervenir en sus rumbos
futuros, el desgaste de esta creencia irremediablemente supone un
agotamiento de este campo del conocimiento.

Un acercamiento al cambio desde la complejidad


Acercándonos a los elementos relacionados con la comprensión del
cambio que aportan a lo que he llamado etapa de reconstrucción
47
Kowarick, L. (1992). Investigaçao urbana e sociedade: comentarios sobe Nossa Ame-
rica.
48
Véase Bourdieu, P. (1986). Distinction; Guiddens, A. (1998). The Transition to the
late modern society.
49
Ritzer (1993). Ob. cit.

60
epistemológica de las disciplinas sociales, rescato aquí los que tienen
una relación más directa con la perspectiva compleja y la sociología
reflexivista. Creo que la consideración de la paridad ontológica de
orden y desorden, de los planos micro y macro de la realidad, de la
combinación de orden por equilibrio y de orden producido fuera o
en los límites del equilibrio, de los mecanismos de retroacción y de
la recursividad como expresiones de causalidad, de los procesos auto-
organizativos y de las formas complejas de adaptabilidad (incluyendo
cambios de rutina y emergencias), abren un nuevo camino de inte-
lección del cambio que deberá avanzar hacia instrumentos concretos
de investigación y gestión.
Aunque la tradición sociológica se ha empeñado, aún hoy, en tratar
el ámbito del cambio social como si este tuviera lugar, invariablemen-
te, en sistemas cerrados y en equilibrio, comprender que su comporta-
miento se acerca más al de los sistemas abiertos, autoorganizados, que
combinan equilibrio y desorden, posibilita construir una visión más
flexible de la causalidad social, de la idea de futuro y de las formas de
intervención en el cambio, que necesariamente tiene que incorporar
el peso del azar, la incertidumbre y la subjetividad, no como facto-
res secundarios, sino como elementos que pueden adquirir carácter
de determinación en el curso de los acontecimientos y el rumbo de la
historia. Esta perspectiva, lejos de significar la total impotencia hu-
mana ante la contingencia, significa la potenciación de la capacidad
innovadora, de rompimiento de rutinas que toda sociedad tiene.
Desde mi punto de vista se significa con ello el advenimiento de
un nuevo cambio de época, muchos de cuyos rumbos no están pau-
tados ni contenidos en lo ya acontecido, en el cual lo innovativo y lo
emergente tendrán una extraordinaria relevancia. Esto es materia de
la nueva sociología del cambio, en su actual etapa o tendencia críti-
ca-reflexivista-compleja, que privilegia entre sus temas recurrentes
en el inicio del nuevo siglo, el de los efectos de la globalización de
la economía, el multiculturalismo y la diversidad en las sociedades
contemporáneas y su tránsito hacia nuevas formas de conexión local-
global, la constitución de actores del desarrollo en diferentes escalas
(comunitaria, nacional, regional, global), la multiplicidad de caminos
del cambio progresivo y de la comprensión del progreso mismo así
como las posibilidades autotransformativas de los sujetos sociales.

61
4. La conceptualización del desarrollo
El progreso social, como un tipo particular de cambio, y el desarrollo,
concepto que tiene como trasfondo el supuesto de la capacidad y per-
tinencia de la intervención planificada y organizada sobre diversos ni-
veles de la realidad para promover transformaciones progresivas, han
sido elementos centrales para la constitución del pensamiento social
y la derivación de este hacia disciplinas científicas aplicadas, capaces
de construir un método de descripción, explicación, verificación de
hipótesis e intervención sobre la realidad.
Se ha dicho que Saint-Simon expresó que la ley del progreso
(entendida como la inevitabilidad sociohistórica de progresar, de
ascender en una escala universal-lineal de bienestar y racionalidad,
que se cumple para todas las colectividades humanas y cualquier
época), es a las ciencias sociales lo que la ley de la gravedad para las
disciplinas naturales y exactas.
Se trata de que en un ideal de cientificidad sustentado en la ca-
pacidad del conocimiento de identificar leyes objetivas, externas al
sujeto, nada puede ser ciencia si no cumple este requisito, y la noción
de progreso (devenido operacionalmente después en desarrollo) re-
solvió ese relevante problema para las ciencias sociales.
Así, la discusión sobre el desarrollo es la piedra de toque del pen-
samiento social, y su punto de apoyo para extenderse a la práctica
con propuestas concretas de estrategias de cambio y políticas. Toda
propuesta transformativa exige un modelo de desarrollo, parte de
él, explícita o implícitamente, tiene que fijar una posición sobre un
antes y un después, una ubicación inicial y una final, o un conjun-
to de posiciones progresivas, que marcan una ruta de avance en la
solución del problema, o el conjunto de problemas sobre el que se
trabaja.
Aunque en términos filosóficos desarrollo alude a un cambio en el
tiempo, que puede expresarse como progreso o regreso, en el ámbito
de la sociología y las disciplinas sociales aplicadas, como el concepto
se utiliza más en sentido operacional y normativo, preferentemente
designa transformaciones socieconómicas de naturaleza positiva y
ha perdido su signififcado descendente o regresivo. En trazos muy
generales, desarrollo socioeconómico se define como un proceso de

62
cambio ascencional en las condiciones de existencia, materiales y es-
pirituales, de una sociedad concreta
Para Ignacy Sachs, desarrollo es más bien un megaconcepto, por
estar situado en la intersección de varias disciplinas, por su carác-
ter holístico y pluridimensional, por su centralidad analítica den-
tro de las ciencias sociales. Las críticas que se le hacen actualmente
a esta construcción del pensamiento social están colocadas en una
­dimensión ideológica que, a juicio de Sachs, no devalúan su capaci-
dad analítica, que debería ser fortalecida.50

Evolución del concepto de desarrollo. Etapas


La trayectoria descrita por el concepto de desarrollo, desde sus an-
tecedentes y orígenes hasta nuestro días puede dividirse en cinco
grandes momentos que, aunque no coinciden exactamente con las
etapas de la evolución del pesamiento social que hemos manejado, se
entrelazan, lógicamente, con ellas :
• Primera etapa: de generación (siglo xiv hasta la primera mitad
del xix)
Este momento se caracteriza por el tránsito desde una concep-
ción cíclica del cambio social hacia otra progresivista, universalista
y ascencional, con carácter de inevitabilidad histórica y de ley so-
ciológica.
• Segunda etapa: universalización (segunda mitad del xix a 1945)
En ella queda bien definido un concepto de desarrollo, que se
identifica con modernización. Se produce su operacionalización, es
decir, su equivalencia con factores y tendencias empíricamente ob-
servables, medibles y manipulables.
En tal sentido, el proceso de desarrollo-modernización, que-
da fijado como el paso desde sociedades tradicionales a sociedades
modernas a través de las siguientes tendencias: industrialización
creciente, urbanización, diferenciación, institucionalización, demo-
cratización, alta capacidad para el cambio, innovación tecnológica

50
Véase Sach, I. (2005). Desenvolvimento y Cultura. Desenvolvimento da cultura.
Cultura do desenvolvimento.

63
productiva sistemática, logro de niveles de producción, productivi-
dad y consumo cada vez mayores.51
Esta etapa forma parte del momento de delimitación de las dis-
ciplinas sociales como ciencias autónomas y en ella se consolida la
creencia del carácter de ley del desarrollo y de su naturaleza causal
lineal. Los factores económicos y tecnológicos se configuran como los
determinantes y con capacidad para impulsar el resto de las esferas de
la vida social. El crecimiento económico se concibe como el núcleo
central del desarrollo. El desarrollo es visto fundamentalmente como
meta, como algo posible de alcanzar eliminando los obstáculos que
impiden el avance modernizador acelerado.
• Tercera etapa: «encantamiento del desarrollo» (década del 40 has-
ta inicios de los años 70)
En el período de finales de la II Guerra Mundial y de la pos­
guerra se produce un convencimiento universal de que los desfases
en el desarrollo constituían la mayor amenaza a la paz y una fuen-
te de conflictos violentos y armados. La Organización de Naciones
Unidas nace teniendo entre sus fines promover desarrollo y de algu-
na manera tratar de igualar a las naciones, como fórmula de fomento
de la paz y de evitación de la violencia mundial.
Aunque la concepción del desarrollo en sentido fenomenológico
(como transformaciones históricas observables) ya había sido sus-
tantivamente utilizada, de forma explícita o implícita, al menos en
textos de Marx, Lenin y Shumpeter, 52 la publicación del artículo de
Paul Rosestein-Rodan «Problems of Industrilization of Eastern and
South-Eastern Europe» en 1943, se toma como el inicio de la teoría
moderna del desarrollo, al desbordar los marcos analíticos fenome-
nológicos para añadirle elementos normativos y de intervención. En
él se valoraban los factores de naturaleza estructural que limitaban
los avances económicos de las naciones más atrasadas del capitalis-
mo europeo de la época, a saber: estructuras agrarias anacrónicas,
población rural subempleada y empobrecida, desfavorable relación
51
Germani (1962). Ob. cit.
52
Véase Roig, A. (2008). «El desarrollo como conflicto institucionalizado». En
Novick, M. y Pérez Sosto, G. (coordinadores). El Estado y la reconfiguración de la
protección social. Asuntos pendientes.

64
de intercambio entre los productos agrícolas e industriales, insufi-
ciente industrialización, alto desempleo urbano, inserción depen-
diente en la economía internacional.53
Pero la literatura sobre el tema reconoce como el hito que marca
el paso de la noción de desarrollo desde la teoría social hacia la esfera
política, el inicio de los nexos indisolubles y confusos entre ambos
ámbitos del pensamiento y la acción sobre el desarrollo, el discurso
pronunciado por el presidente Truman, en su investidura presiden-
cial en enero de 1949, en el que propone cuatro puntos que suponen
acciones internacionales concertadas para el desarrollo: la continuidad
y fortalecimiento del Plan Marshall, el apoyo a la constitución de las
Naciones Unidas, la creación de una organización común defensiva y
poner a disposición de los países que surgen de los procesos descolo-
nizadores y de las regiones subdesarrolladas, los avances tecnológicos
e industriales que han alcanzado las grandes naciones.54
Este discurso y sus propuestas colocan la acción sobre el desarrollo
en un encuadre teórico evolucionista y asume la posibilidad y deseabi-
lidad de modelos de desarrollo homogéneos y homogenizantes. Otro
elemento esencial del discurso es su efecto simbólico pues:
(…) produce de un día para otro un ordenamiento simbólico novedoso.
Las naciones del mundo amanecen el 21 de enero de 1949 re-calificadas
en la dicotomía de desarrolladas o subdesarrolladas. A partir de ahí se
conforma el campo del desarrollo en el cual se articulan pugnas de sig-
nificados, de definición e implementación de políticas públicas, de ins-
tituciones que caracterizarán lo que es o no estar desarrollado y lo que
implica desarollarse o no.55
Los trabajos de Walt Rostow sobre la teoría del desarrollo son un
ejemplo de este encuadre evolucionista uniforme y ofrecen un esquema
lineal de etapas, en el que todas las naciones pueden ser ubicadas en
virtud de una jerarquía definida a partir de sus diferencias de estadio,
diferencias que son concebidas como transitorias y superables.56
Las explicaciones del subdesarrollo que se convierten en hegemó-
nicas lo entendían como momento anterior, superable, del desarrollo,
53
Véase Sach (2005). Ob. cit.
54
Véase Roig, A. (2008). Ob. cit.
55
Ibídem: ���������
282- 283.
56
Rostow, W. (1960). The satge�����������������������������������������������
s of economic growth. �������������������������
A non-comunist manifiesto.

65
lo asociaban a dos tipos fundamentales de factores: los económicos
(subdesarrollo como ausencia de capital y de recursos para promo-
verlo, y, por lo tanto, la ayuda al desarrollo es vista como redistribu-
ción de recursos); y los subjetivo-culturales (ausencia de una cultura
de cambio, de ahorro, de capitalización, empresarial).
Sachs asocia el rápido avance de la teoría del desarrollo en esta
versión evolucionista homogenizante y de sus nexos con la toma de
decisiones políticas en esta etapa, además de a la necesidad de supe-
rar las consecuencias de la guerra, a los avances del movimiento an-
ticolonialista y el incremento masivo de naciones independientes en
el mundo colonial, a la competencia entre el sistema capitalista y el
socialista por conquistar la preferencia del Tercer Mundo como op-
ción de desarrollo y a la coincidencia entre ambos bloques, a pesar de
sus contradicciones irreconciliables, en lo que se refiere al diagnós-
tico sobre los problemas y desafíos de los países menos avanzados.
Esta coincidencia se inclinaba por la necesidad de quemar etapas de
la modernización a través de la aceleración del ritmo de crecimien-
to económico, la industrialización creciente, la reforma agraria, la
protección de las industrias nacionales, el logro del pleno empleo y
de políticas de seguridad social amplias y el uso de la planificación
como método de conducción del proceso de desarrollo.57
Pero a pesar de la inclusión de elementos de naturaleza social,
esta concepción inicial del desarrollo se caracteriza por su reduccio-
nismo economicista. Sachs lo describe así:
En el plano epistemológico, los recetarios propuestos por ambos lados pa-
decían de economicismo, o sea, sobreestimaban el papel del crecimiento
económico en el proceso de desarrollo –y no es que este pueda ocurrir sin
crecimiento económico, su condición necesaria, pero no suficiente. Ade-
más, ambos compartían la fe en el mimetismo, convidando a los países
periféricos a seguir trayectorias recorridas por los países ya industrializa-
dos y, en el caso del bloque soviético, en vías de industrialización acelera-
da. El concepto de desarrollo endógeno estaba aún por ser inventado.58
En la teoría del desarrollo la nación aparece como el escenario
propio de las transformaciones ascendentes y el estado como su pro-

57
Sach (2005). Ob. cit.
58
Ibídem: 153.

66
tagonista o agente y garante principal. La dimensión territorial del
desarrollo, dada la preeminencia del estado-nación, queda como
elemento subordinado a las estrategias nacionales, derivada de estas
y como su réplica de menor escala, con lo que se invisibilizan las
peculiaridades y potencialidades territoriales, así como la capacidad
transformativa endógena de sus actores.
En esta etapa el pensamiento latinoamericano produce impor-
tantes aportes, ensanchando la comprensión del subdesarrollo. Sin
superar aún la visión de carencias remediables, el argentino Gino
Germani 59 propone el modelo de factores múltiples: el subdesarrollo
es la oposición entre rasgos de las sociedades folk y las modernas. Las
primeras se caracterizan por la primacía de lo patriarcal, los nexos
familiares, por estar insuficientemente diversificadas y organizadas,
poco politizadas, poco preparadas para el cambio y por ser no muy
industriosas ni emprendedoras. En el otro extremo, lo moderno.
La CEPAL introduce una perspectiva diferente, aquella que con-
sidera que el subdesarrollo no se explica por las características de una
nación en particular, sino por el entrelazamiento económico interna-
cional, alrededor de esta hipótesis se enuncian los términos de centro
y de periferia deformada. Las estructuras periféricas se caracterizan
por la monoproducción y por mercados internos insuficientemente
expandidos y diversificados.
Esta explicación del subdesarrollo informó un modelo de inter-
vención sobre cambio, el llamado modelo de industrialización susti-
tutiva, que en los años 50 fue la estrategia económica más difundida
en toda América Latina: cambiar el encadenamiento centro-perife-
ria y constituir un mercado interno amplio, sustituir importaciones y
aportar a la diversificación de las exportaciones.
La teoría y el enfoque de la dependencia argumentan que no solo
se trata de un problema de relacionamiento centro-periferia que pue-
da ser alterado sin romper el sistema, sino que el desarrollo del centro
supone, estructural y funcionalmente, el subdesarrollo de esa perife-
ria y que hay incluso un encadenamiento de las estructuras sociales y
de clase a escala mundial. Por lo tanto, no sería posible interrumpir
la lógica de reproducción del subdesarrollo, con una fórmula simple

59
Germani (1962). Ob. cit.

67
como la industrialización sustitutiva, sino que habría que alterar de
raíz los nexos y roles en las relaciones internacionales.60
Darcy Ribeiro elabora una explicación de corte antropológico en
su enfoque del proceso civilizador. Para Ribeiro la colonización es
un proceso que genera la perpetuación cultural del subdesarrollo,
como base del desarrollo de los países centrales, lo que es mucho
más profundo que el solo condicionamiento económico, pues supone
también un encadenamiento cultural.61
• Cuarta etapa: crisis del discurso desarrollista (de la segunda mitad
de los 70 hasta la década del 80 y principios de los 90.
Esta crisis tiene fuentes en la praxis y en la teoría social. Por una
parte, los modelos de desarrollo endógeno o de industrialización
sustitutiva puestos en práctica acumularon un conjunto de efectos
viciosos que contradicen su eficacia y pertinencia: el crecimiento de
la deuda externa, la dependencia tecnológica, la generación de am-
plias franjas de pobreza y de sectores excluidos, el aumento sostenido
de la desigualdad.
A ello se añade la crítica ambientalista. La conciencia del límite,
de la amenaza que la ruta seguida por el crecimiento económico y los
avances tecnológicos representa para el destino de la humanidad, por
la capacidad de destrucción de la naturaleza y de la cultura que ella
entraña, se convierte en un elemento de radicalización de la crítica
a la propia noción de desarrollo, incluso a la creencia en su posibi-
lidad.
De igual modo, la nueva manera de entender la diversidad, la
complejidad sociocultural y la relevancia de la reflexividad, la subje-
tividad y la capacidad de autotransformación de los actores sociales
como agentes del cambio que se abre camino en el pensamiento social
en esta etapa, configuran un escenario de aguda crítica a cualquier
pretensión de legitimidad universal progresivista y a propuestas de
desarrollo generales (modelos universales y su expresión nacional)
que no tomen en cuenta las peculiaridades territoriales, grupales, de
género, culturales, religiosas, étnicas, etc.

60
Sontag (1994). Ob. cit.
61
Ribeiro, D. (1992). Las Am����������������������
ricas y la civilización.

68
Franz Hinkelammert, dentro de una perspectiva crítica desde la
ética, resume los caracteres de la crisis:
Por desarrollo se entendía, y todavía se entiende, un proceso de cre-
cimiento económico capaz de arrastrar consigo la totalidad de la so-
ciedad, de una manera tal que toda la fuerza de trabajo es integrada
en la división social del trabajo moderna. Se supone que esa dinámica
económica puede sustentar un desarrollo social y político igualmente
universal, transformando la sociedad en un conjunto social, que en pos
del progreso técnico y del crecimiento resultante y arrastrado por ellos,
forma una gran sociedad integrada en la que todos los seres humanos
encuentran su lugar dentro de un camino ascendente hacia el futuro.
Por consiguiente, progreso técnico, crecimiento económico infinito e
integración económica, social y política de toda la población, son vistos
como una unidad dinámica y armónica.
Este concepto de desarrollo es una especie de marco categorial por medio
del cual se ha interpretado el mundo moderno, por lo menos desde el
siglo xviii. Subyace asimismo al pensamiento de Marx, y más tarde al
socialismo soviético.
Más allá de los límites de la política de desarrollo y de su incapaci-
dad de asegurar desarrollo tendencialmente igual entre las diferentes
regiones de la tierra, la crisis del ambiente revela el límite implícito
de cualquier desarrollo por crecimiento económico ilimitado, sea este
un desarrollo desigual o igual. El concepto de desarrollo ilimitado
presupone una naturaleza infinita y sin límites.62

La consecuencia visible es que si bien no se abandona por com-


pleto el concepto, este deja de funcionar como una idea-fuerza en el
pensamiento social, en el sentido de que pierde capacidad analítica,
explicativa y como base organizadora de intervención sobre la reali-
dad social a través de políticas.
• Quinta etapa: reemergencia crítica del concepto de desarrollo
(desde los 90 a la actualidad).
En realidad puede decirse que desde los 90 y hasta hoy, el campo
del desarrollo como terreno teórico y político está atravesado por
múltiples corrientes diversas, que no suelen expresarse de forma pura
y que, con fines analíticos, podríamos representar como un abanico

62
Hinkelammert, F. (1999). Ensayos: 132-137.

69
cuyos extremos opuestos pueden caracterizarse por la aceptación-
reformulación crítica, y por la negación.
En la postura positiva, se reconocen como dos antecedentes rele-
vantes de las nuevas maneras de pensar el desarrollo, el documento
Qué hacer, elaborado en 1975 por la fundación sueca Dag Hammars-
kjold, presentado en la séptima sesión extraordinaria de la Asamblea
General de la ONU que discutió el tema de un nuevo orden econó-
mico internacional, y las reflexiones impulsadas por la Fundación
Internacional para Alternativas de Desarrollo (FIPAD), creada para
impulsar la promoción del señalado documento. El referido docu-
mento propone una definición de desarrollo de naturaleza holística,
al considerarlo como un todo, como proceso cultural integral carga-
do de valores, que incluye al medio ambiente natural, las relaciones
sociales, la educación, la producción, el consumo y el bienestar, al
reconocer la diversidad de las vías para el desarrollo, diversidad ema-
nada de la especificidad de las situaciones culturales y naturales que
cada sociedad. El texto reconoce la calidad endógena, democrática
y participativa de todo proceso auténticamente de desarrollo y la au-
sencia de fórmulas universales.63
Este movimiento renovador identificó seis bases para un de­
sarrollo alternativo: carácter endógeno del desarrollo (vs. mimetis-
mo); autoconfianza y autonomía en la toma de decisiones (vs. depen-
dencia); fundado en la lógica de las necesidades humanas (vs. lógica
del mercado); armonía con la naturaleza (vs. dominio tecnológico);
flexibilidad y cambio institucional (vs. rigidez de las estructuras or-
ganizativas); integración de los países pobres en actores colectivos
(vs. actuación individual ante los poderosos); la emergencia de la
sociedad civil organizada como tercer sistema de poder y actor del
desarrollo (vs. hegemonía del mercado y el Estado).
Discusiones posteriores orientadas a la comprensión del desarrollo
desde una postura integradora y de «mejor balance en los indicadores
para medirlo» ampliaron el foco de este concepto hacia las necesida-
des básicas y las estrategias para su satisfacción a escala de las grandes
mayorías y hacia la obtención de un índice de calidad de vida.64
63
Nerfin, Marc, et al. ��������
(1976). Qué hacer.
64
Carmelo Mesa-Lago analiza estas discusiones y las sitúa en el seno de la OCDE,
la OIT y el Consejo de Desarrollo de Ultramar. Véase su libro del año 2002 Bus-
cando un modelo económico en América Latina. ¿Mercado, socialista o mixto?

70
En los 90, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo
(PNUD) asumió la concepción de desarrollo humano, que parte
de aceptar la existencia de una relación reforzada entre crecimiento
y equidad65 y sitúa la problemática del desarrollo en un marco de
mayor amplitud, el de las necesidades humanas enfocadas desde las
opciones para una existencia plena y para el despliegue de las capaci-
dades como proceso de ampliación de las posibilidades de elección que
las personas tienen. Esta postura tiene en su base la conocida propues-
ta de Amartya Sen de analizar el acceso al bienestar, desde la óptica
de en qué medida permite u obstaculiza el despliegue de las capaci-
dades (entendidas como la habilidad humana para alcanzar ciertas
condiciones de vida necesarias) que, a su vez, posibilitan desarrollar
plenamente las actividades humanas. Como correlato, la pobreza es
comprendida, no como carencia de bienes e imposibilidad de acceder
a un nivel de consumo que se considera adecuado, sino como carencia
de capacidades y derechos de los individuos.66
En el otro extremo del abanico, para muchos no tiene sentido
recuperar una idea de desarrollo, ya que ella se identifica inexorable-
mente con modelos homogenizadores, que valorizan las prácticas y
experiencias de los países centrales y descalifican, minimizan y es-
tigmatizan como inferiores y atrasadas las de las naciones y culturas
periféricas, que legitiman el consumo ininterrumpidamente amplia-
do como su centro, ocultando el carácter autodestructivo de este.
Para ilustrar este punto, permítanme incluir aquí cuatro ejemplos
de posturas críticas diferentes, que apuntan hacia elementos de gran
relevancia para una posible reconstrucción del concepto de desarrollo,
aún cuando estas críticas desestimen tal posibilidad.
Reproduzco, por clara, una larga y polémica cita de un trabajo de
Fernando Mires, que señala la inutilidad de una concepción de de­
sarrollo a partir de su impronta biologista insuperable:

(…) La sociología latinoamericana ha sido siempre una sociología del


desarrollo, hasta nuestros días, y como tal, ha ubicado a los actores socia-
les dentro de planes y proyectos en función de ideales de sociedad cuyo
lugar de residencia era al mismo tiempo metasocial y metahistórico.

65
PNUD. (1996). Informe de Desarrollo humano, Naciones Unidas.
66
Puede consultarse Sen, Amartya (1992). Sobre conceptos y medidas de la pobreza.

71
Así como el desarrollo ha provocado la miseria de vastas multitudes, la
sociología como ciencia de la sociedad ha instrumentalizado esa miseria
al convertir al actor social en un simple factor del supuesto de­sarrollo
social. Ha llegado la hora de sacudirse de esa cientificidad social y
­recuperar al actor en su presencia humana, desprovista de historicidades
asignadas, aunque sea a costa de sacrificar la sociedad como concepto, y
con ello, a la propia sociología (…).
Mi punto de partida es que la idea del desarrollo corresponde a un pe-
ríodo en el cual, en el proceso de formación de las disciplinas que hoy
se conocen como ciencias sociales –como consecuencia de la hegemonía
de las ciencias naturales sobre el saber científico social– predominaba
una concepción evolucionista de la historia y de la llamada sociedad,
cuya matriz fundamental era el crecimiento económico. Tales son, por
lo menos, los elementos constitutivos de la ideología del progreso de
acuerdo a la cual se supone que la sociedad avanza (vertical o zigza-
gueante) desde estadios inferiores hasta superiores, quemando etapas en
su inevitable recorrido. De este modo, todo intento de liberar el concep-
to de desarrollo de su impronta biologista, presupone confrontarse con
la propia historicidad del concepto, camino mucho más largo que el que
supone (...) renunciar al concepto y reemplazarlo por otro.67

En el segundo ejemplo, el brasilero Carlos Walter Porto-Gonçal-


ves, desde una crítica ambientalista, descarta toda posibilidad de
rescate de las ideas de progreso y de desarrollo, al considerarlas sinó-
nimo de dominio de la naturaleza. Nos dice:
Desarrollo es el nombre-síntesis de dominio de la naturaleza. (…) ser
desarrollado es ser urbano, es ser industrializado, (…) es ser todo aquello
que nos separe de la naturaleza y que nos ponga ante constructos huma-
nos como la ciudad, como la industria.68

Desde su punto de vista, incluso la crítica marxista, una de las más


importantes, se concentra en el carácter necesariamente desigual de
desarrollo capitalista, criticando con ello la desigualdad del desarrollo,
pero no sus bases de dominación sobre la naturaleza. Proclamar que
todos tienen derecho al desarrollo, lo convierte, de una opción en una
67
Mires, F. (1993). El discurso de la miseria o la crisis de la sociología en América La-
tina. p. 7-8 y 13.
68
Porto- Gonçalves, C. W. (2008). La globalización de la naturaleza y la naturaleza
de la globalización.

72
imposición. Para él se trata de un reto político y, especialmente, civi-
lizatorio: el de construir otra manera de relacionamiento entre la so-
ciedad y la naturaleza, que abandone el autoritarismo antropocéntrico
dominador, y otra forma de relacionamiento social, apegado a un ver-
dadero reconocimiento de la diversidad y de la pluralidad de caminos
y de historias que tendrían ante sí pueblos y culturas diferentes.
El tercer camino crítico que quiero enfatizar es el seguido por
la perspectiva del pos desarrollo. Esta perspectiva, colocada en el
estudio de la globalización neoliberal a partir del develamiento de
relaciones de poder y del análisis de discursos, considera que esta
supone o constituye una oferta de ideología universalista que redu-
ce el complejo proceso de planetarización de la vida humana expli-
cándolo a partir de la expansión inevitable de la lógica económica y
mercantil que conduce a la uniformización planetaria. Propone una
decodificación del discurso globalizador hegemónico, demostrando
que existen alternativas plurales, afincadas en la diferencia.69
Para esta perspectiva, en la base de tal discurso hegemónico se
encuentra el viejo marco teórico desarrollista, orgánicamente im-
bricado a la ideología neoliberal, con sus metáforas del progreso
y el crecimiento y su lógica de modernización de raíz utilitarista,
vincu­lada al proyecto colonizador y pos colonizador. Considera, sin
embargo, que la historia demuestra que no existe solución para la
situación planetaria a partir de los cánones de modernización capita-
lista y, consecuentemente, toda tentativa desarrollista de innovación
social (como desarrollo endógeno, local, humano, sustentable, etc.)
no pasa de ser modificaciones conceptuales que inspiran acciones
reformistas, sin capacidad para superar el encuadre modernizador
colonizador y pos colonizador.
Esta perspectiva vislumbra la posibilidad de un tránsito hacia un
contexto pos capitalista y pos moderno y hacia un nuevo sistema
69
Para este análisis del posdesarrollo me he auxiliado de Martins, P. (2006). «Anti­
globalización y antiestatalismo en la perspectiva del Pos-desarrollo y del an-
tiutilitarismo», en Cimadamore, A., Dean, H. y Siquiera, J. (organizadores) A
pobreza do estado. ������������������������������������������������������������������
Reconsiderando o papel do Estado na luta contra a pobreza global.
Martins analiza en ese texto las tesis fundamentales del movimiento intelectual
antiutilitarista francés MAUSS, las contenidas en su «Manifiesto a favor del pos
desarrollo» y de algunos de su integrantes, como Serge Latouche, Alain Caillé
y Almet Insel.

73
regulatorio, en cuyo avance tendrían un papel decisivo acciones so-
lidarias de base local, no ligadas a intereses gubernamentales, y la
­movilización espontánea de fuerzas sociales antiutilitaristas, presen-
tes en la sociedad civil, mientras que la intervención del Estado en el
proceso tendría un papel secundario y dispensable.
Como cuarto ejemplo crítico propongo considerar la crítica de
los modelos de desarrollo como invisibilización y patoligización de los
conflictos sociales. Esta crítica considera que en el discurso hegemó-
nico sobre el desarrollo, contenido en las propuestas neoliberales del
Consenso y del posconsenso de Washington, subyace la vieja concep-
ción evolucionista teleológica, presente en la teoría del desarrollo ros-
towsiana, y una concepción funcionalista y organicista de la sociedad.
Ese discurso asume tácitamente que todos los capitalismos convergen
siguiendo un modelo único de desarrollo, cuyo punto meta es la eco-
nomía regida por el mercado y la democracia liberal. Con esta ope-
ración simplificadora, se impone entonces un solo tipo de regulación
sobre los conflictos sociales. Tal postura niega el carácter inmanente,
fundante, estructural e irreductible de la conflictividad social, toma
los conflictos como transitorios y definitivamente superables y como
consecuencia de desviaciones patológicas del deber ser.
Propone, entonces, en primer lugar, desmarcarse de modelos
únicos y que cada espacio nacional debe pensar su propia transfor-
mación y, en segundo lugar, incorporar como eje fundamental en
esa transformación, el carácter inmanente del conflicto. Desde esta
posición, las instituciones que regulan las sociedades son pensadas
como conflictos estabilizados:
(…) las instituciones como conjuntos de reglas se forman y se trasfor-
man según la relación de fuerzas en presencia, ellas mismas expresiones
de conflictos estructurales (de acumulación económica, política o sim-
bólica). En este sentido, cada institución es fruto de un proceso de ne-
gociación. La trama de instituciones que configuran los capitalismos es
la resultante del conjunto de estos procesos. La actividad política en este
esquema no consiste meramente en gestionar y resolver los problemas
que aparecen, sino en poder intervenir en base al entendimiento de la
dinámica social que surge de los procesos de regulación de los conflictos
estructurales.70
70
Tomado de Roig, A. (2008). Ob cit.

74
Reconceptualización del desarrollo

De alguna manera me siento afín a estas críticas, pero mi postura


personal es que el asunto va más allá. Se trata de que cualquier inten-
to de repensar lo social, de repensarnos en nuestra diversidad, en el
derecho a la igualdad de la diversidad, tendría que romper los límites
epistémicos impuestos por los saberes coloniales, por una manera
de producir conocimiento que naturaliza, impone y generaliza ex-
periencias ajenas como las únicas posibles y necesarias, como escalón
superior de la evolución social, pero no basta con enajenarnos de una
concepción de desarrollo y refugiarnos en las posibilidades de lo par-
ticular o solo ensanchar los límites de esta hacia aspectos del bienes-
tar social. Ello también nos mantiene atados a los límites autoritarios
y coloniales del conocimiento.
A mi juicio, la noción de desarrollo como idea-fuerza no es ne-
cesariamente descartable desde una perspectiva emancipadora, des-
echarla puede tener consecuencias desmovilizadoras. Encuentro una
posibilidad para su reconceptualización que recupere al actor en su
presencia humana y que se inserta con la configuración de una epis-
teme de emancipación, o nueva episteme, como le llama Maritza
Montero, que integra:71
a) La concepción de comunidad, de participación y del saber popu-
lar como formas de constitución y a la vez como producto de una
episteme de relación, la realidad como relación, el mundo como
relación.
b) La idea de liberación a través de la praxis, que supone la movili-
zación de la conciencia y un sentido crítico que lleva a la desnatu-
ralización de las formas de aprender, construir y ser.
c) La redefinición del rol del investigador social, el reconocimiento
del otro como sí mismo y del sujeto-objeto de la investigación
como actor social y constructor del conocimiento.
d) El carácter histórico indeterminado, indefinido, no acabado y
relativo del conocimiento. La multiplicidad de voces del mundo
de vida, la pluralidad epistémica y, por lo tanto, la imposibilidad de
encontrar un modelo único, una línea única de desarrollo.
71
Tomado de Lander (2000). Ob. cit.

75
e) La perspectiva de la resistencia, la tensión entre minorías y ma-
yorías y las nuevas alternativas de hacer el conocimiento. Toda si-
tuación tiene una manera alternativa de interpretarse, una manera
crítica de producir algo nuevo.

En esa nueva episteme, y sobre la base de críticas que parten de


una conciencia del límite y de la posibilidad de rescate de una nueva
utopía del bien común, sustentada en valores y de experiencias de
transformación alentadas desde las perspectivas del desarrollo lo-
cal, el ecodesarrollo, el desarrollo humano, la sustentabilidad, entre
otras, podemos encontrar una anticipación, inacabada, de un con-
cepto diferente de desarrollo, que tendría entre sus elementos esen-
ciales los siguientes:

• La legitimidad de una noción universal de desarrollo, ya no como


progreso lineal, homogenizante, sino en un sentido ético-utópico,
de proyecto de humanidad solidaria, donde lo más genuinamente
universal es la diversidad como riqueza, (vs. la diversidad como
rémora), la capacidad autotransfortmativa, de generación de de-
sarrollo que tienen todos los actores sociales.
• El carácter de proceso del desarrollo. Más que el énfasis solo en el
resultado final, desarrollo como proceso que integra mejoramien-
to material de formas de existencia y reproducción de lo social con
formas de relacionamiento cotidiano, fundadas en participación,
en solidaridad, en relaciones simétricas y donde participación y
autotransformación son, simultáneamente instrumentos y pro-
ductos del desarrollo.
• La condición del desarrollo como proceso de despliegue cre-
ciente de las potencialidades de autocrecimiento individuales
y colectivas, participar y autotransformarse, lograr un aprendi­
zaje.
• La sustentabilidad como requisito esencial del desarrollo, vista en
la relación sociedad naturaleza y en el uso de todas las riquezas,
naturales, culturales, humanas, históricas tecnológicas y de todo
tipo, sobre todo sustentabilidad en la posibilidad de continuidad
autopropulsada, autoregenerativa, impulsada por los agentes que
intervienen en el proceso.

76
• La centralidad de los actores sociales, individuales y colectivos,
entendidos como sujetos con capacidad de reflexividad, de generar
un conocimiento sobre ellos mismos, sobre los otros y su entorno y,
sobre esta base, diseñar y poner en práctica acciones de cambio.
• La simetría de la reflexividad. Todos los actores están dotados de
esa capacidad, el desarrollo es también la creación de condiciones
para el despliegue de esa cualidad de actor y de agente de cambio.
• En esta última dirección, el desarrollo como proceso de configu-
ración de actores sociales, como construcción de grupos con con-
ciencia de metas comunes y de posibilidades de reestructurarlas
y de llevarlas a la práctica, en oposición a una visión naturalista-
determinista y estructurista de los sujetos sociales.
• El carácter participativo del desarrollo, en tanto construcción co-
lectiva de relaciones horizontales que debería excluir la posibili-
dad de intervención de un poder enajenante y de manipulaciones
externas, enfatizando las cualidades de autoorganización de los
actores de la escala de que se trate.
• El desarrollo como proceso contradictorio, de tensión entre ten-
dencias de avance y retroceso, entre la tradición y la innovación, y
conflictual, por la interacción de actores con intereses y necesida-
des diferentes, e incluso opuestas.
• La necesidad de un recuperación de la dimensión territorial del
desarrollo y de entrelazamiento sinérgico entre la escala micro-
local y otras de mayor generalidad –regional, nacional, extrana-
cional, global– y la exigencia de construir actores en todos esos
niveles, incluyendo a la sociedad civil.
• La dimensión cultural del desarrollo en su doble condición de
conservación de la tradición y de generación de posibilidades de in-
novación, de encontrar acciones originales, no inscritas en los re-
pertorios tradicionales de acción de los actores.
• La utilidad de instrumentos concretos de planificación y concer-
tación de estrategias para la construcción y negociación de agen-
das de desarrollo entre actores diferentes. La gestión social del
desarrollo.

El proceso de configuración (mejor de autoconfiguración) de ac-


tores o sujetos del desarrollo constituye el centro de esta propuesta y

77
puede nutrirse de las nueve interrogantes que Pablo González Ca-
sanova ha propuesto para cuestionar el progreso –entendido como
devenir orientado en un sentido positivo– desde una perspectiva
clasista y compleja. Todo actor, en busca de caminos alternativos,
debería responder sus nueve interrogantes:72
• Valores hacia los que el devenir se orienta.
• Si la orientación del devenir en sentido positivo corresponde al
proyecto central del orden establecido o si para alcanzar esos va-
lores es necesario forjar un orden distinto.
• Si el progreso del orden o contra el orden es un fenómeno deter-
minado y necesario o solo probable o posible.
• Si la calidad de la lucha por el progreso del orden o de la revolu-
ción es un factor significativo para su desenlace.
• Si la eficiencia, la responsabilidad, la organización, la voluntad, la
conciencia, el tipo de estrategia y táctica de una clase gobernante
u opositora son factores determinantes del progreso.
• Si la información de que disponen las organizaciones y me-
gaorganizaciones características del capitalismo organizado les
permiten vincular sus conocimientos a sus recursos, su infor-
mación a su voluntad para reestructurarse y para reestructurar
el contexto en que actúan y así mejorar las tendencias, e incluso
las contratendencias que les son favorables o que pueden serles
favorables.
• Si «los actores sociales cuya praxis está orientada a la estructu-
ración global de la sociedad» están articulados entre sí para una
estructuración del progreso que beneficie a todos o solamente a
algunos de ellos, incluso a costa de los demás.
• Posibilidad de pensar «lo que todavía no existe» en el todo cono-
cido, o en lo que existe solo en forma virtual y que, entre dialéc-
ticas y sinergias, puede conducir a la emergencia de nuevas cons-
trucciones.
• Capacidad que muestran los actores sociales para aumentar el
peso del interés general y disminuir el de los intereses particu-
lares.
72
González Casanova, P. (2004). La dialéctica del progreso y el progreso de la dialéc-
tica.

78
El escalado espacial y la dimensión territorial del desarrollo

Como acabamos de ver, las nociones de desarrollo más extendidas, y


las políticas que de ellas se derivan, han preferenciado el ámbito del
estado-nación, así como los actores de esa escala y estatales, como el
escenario y los protagonistas esenciales, estratégicos, del desarrollo,
anulando o minimizando otros niveles, como el sistema mundo en
su conjunto y las divisiones territoriales intranacionales (lo local, lo
comunitario, lo regional, lo municipal) y sus actores.
A pesar de que las disciplinas sociales incorporaron temprana-
mente a sus respectivos objetos de estudio diferentes variantes de la
territorialidad y el ordenamiento espacial, en ellas ha predominado
un enfoque macroeconómico y macrosocial, que concentra su aten-
ción en grandes agregados promedio (inflación, déficit público, rit-
mo de crecimiento del producto interno bruto, déficit de la balanza
de pagos, estructuras sociales, pobreza, ingresos etc.), obstaculizan
con ello la consideración de los actores socioeconómicos reales y re-
ducen el territorio a espacio geográfico, sin lograr incorporarlo como
factor de desarrollo.73
De tal manera, en la teoría del desarrollo, como regla, el terri-
torio quedó constreñido a la condición de eslabón de réplica de lo
nacional, sus peculiaridades son consideradas como obstáculos u
oportunidades, ventajas competitivas o comparativas, pero siempre
dentro de una lógica del encuadre nacional como el foco estratégico,
minimizando el papel de las sociedades y los actores locales y sus
potencialidades de autotransformación.
Por otra parte, las estrategias de desarrollo que concedieron un
papel relevante a la territorialidad, como la importante tradición
vinculada con el desarrollo regional, se concentraron especialmen-
te en dimensiones de naturaleza económica y colocaron lo social
como subalterno, como efecto, no como factor dinamizador y meta
per se.
A todo ello se añade el hecho de que los esquemas de integración
regional extranacionales al uso y más extendidos, han preferenciado
los aspectos de integración comercial y apenas han considerado la

73
Alburquerque, F. (1995). Espacio, territorio y desarrollo económico local.

79
articulación entre países como una escala efectiva y práctica para una
agenda de desarrollo social cooperada y colectiva.74
Numerosas circunstancias han producido un corrimiento (rela-
tivamente reciente) de buena parte del pensamiento social hacia el
fortalecimiento de la territorialidad, en sus aristas intranacionales
(especialmente lo local y lo comunitario y el rescate de lo regional) y
extranacionales, como escenario estratégico en sí mismo, como es-
pacio de diseño de políticas económicas y sociales integradas, como
el ámbito propio de ese denominado desarrollo territorial.
En este contexto, el territorio adquiere condición de concepto,
que desborda la idea de espacio determinado, se extiende en su defi-
nición hacia el conjunto de relaciones y redes, económicas, sociales,
culturales ambientales, políticas e históricas, que convierten a ese es-
pacio en una unidad o subsistema, conectado con conjuntos de ma-
yor y menor generalidad, pero con una estructuración y conectividad
interna propias, que le confieren relativa autonomía y especificidades
en su funcionamiento, debido, entre otras razones, a las peculiari-
dades ambientales y de recursos naturales, las ventajas y limitacio-
nes que de ello se derivan, el tamaño y capacitación de sus recursos
humanos, sus tradiciones y costumbres, el grado de desarrollo de su
estructura económica y la articulación, real o posible, de sus sujetos
económicos y sociales.
El primer factor asociado a la incorporación de lo territorial en
el diseño del desarrollo, tiene que ver con la relevancia objetiva que
como espacio de cambio ha adquirido el territorio (las divisiones es-
paciales intranacionales y extranacionales), en el avance de la glo-
balización económica neoliberal, que se evidencia en algunas de las
manifestaciones de este proceso, por ejemplo:75

• Articulación económica interterritorial que desborda las fronteras


del Estado nación y es coordinada por sujetos extranacionales.
• Selectividad territorial, integración selectiva, por sus ventajas
competitivas dinámicas, de territorios y actividades productivas y,
74
Sojo, C. (2003). Globalización, regionalización y desarrollo en América Latina.
75
Para ampliar en este tema, consultar Monereo, M. (1997). Mundialización de las
relaciones sociales; Sontag, H. y Arenas, N. (1995). Lo global, lo local, lo híbrido.
Aproximaciones a una discusión que comienza.

80
como correlato, la exclusión de otras zonas y franjas poblacionales
que quedan fuera de la lógica de las conexiones globalizadas.
• Altos grados de descentralización de la producción y la toma de
decisiones, emergencia de fuerzas concentradoras de la propiedad
y el poder económico en un número exiguo de grandes empresas
transnacionales.
• Reducción del Estado y abandono de funciones redistributivas
que antes fueron esenciales para la coordinación de intereses disí-
miles, la solución negociada de conflictos, la atención focalizada
a sujetos específicos y la asignación de recursos significativos.
• Reforzamiento o construcción de identidades regionales y locales,
en las franjas de excluidos y/o de identidades amenazadas por la
homogenización sociocultural y por fuerzas desintegradoras, se
produce una revalorización del significado de los rasgos particu-
lares y las identidades grupales.
• Intensificación de los procesos de hibridación, de cruces socio-
culturales en que interactúan lo tradicional y lo moderno, de re-
combinación de prácticas separadas que hacen aparecer nuevas
prácticas, uno de cuyos escenarios predilectos son las sociedades
locales en su contacto con rasgos socioestructurales globales.

Un segundo factor, ligado principalmente a la línea localista, es


el que tiene que ver con la expansión de la perspectiva crítica que
reclama la consideración de la diversidad (de necesidades, potencia-
lidades, cosmovisiones, intereses, culturas, etc.) como elemento del
desarrollo y la comprensión de este como proceso de emergencia y
empoderamiento, de conversión en actores de sujetos tradicional-
mente preteridos y excluidos de la toma de decisiones y de acceso a
niveles adecuados de bienestar. Desde esta perspectiva se visualiza
un claro nexo entre diversidad, empoderamiento de los sectores en
desventaja y territorialidad del desarrollo.
Un tercer factor, enlazado con los dos anteriores, es el avance
de un discurso antiestatista, tanto de corte neoliberal mercantilis-
ta como localista, que considera prácticamente inoperante el estado
nacional, o al menos que este debe reducir sus funciones y descen-
tralizar y desconcentrar recursos, autoridad y poder de decisión, a
favor de considerar, en los diseños de políticas y en las acciones de

81
regulación, la heterogeneidad del territorio, los actores sociales que
emergen y se reproducen en él y su capacidad de movilización en
torno a diversos proyectos de autotransformación.
Pero desde nuestra óptica, la territorialización del desarrollo en
su variante local ha sido una experiencia que ha transcurrido ame-
nazada por varios peligros que han debilitado su sustentabilidad: la
pretensión de autonomía absoluta al margen de una política nacional
estatal, la insuficiente articulación y coordinación entre proyectos e
instituciones diferentes, la debilidad de los actores locales para con-
figurarse a sí mismos como sujetos de gestión estratégica, la identifi-
cación de desarrollo con desarrollo local, entre otros.
Los procesos de descentralización de poder y extensión de la par-
ticipación hacia lo local y la sociedad civil son mucho más eficaces
cuando son acompañados por una entidad estatal central, que, en
un escenario clasista y jerárquicamente estratificado, ejerce un rol de
facilitador, coordinador y coactor, que pueda ser aprovechado por los
sectores populares para garantizar la construcción de una estrategia
nacional integradora de la diversidad y un proceso democrático de
agregación de demandas sociales, cuando se asume lo local como
territorialidad estratégica.
De lo que se trata, como ha expuesto Francisco Alburquerque, es
que las nuevas circunstancias de desenvolvimiento de las socieda-
des locales exigen a las ciencias sociales y a la política, desplazarse
definitivamente desde la extendida concepción del territorio como
espacio, como soporte geográfico de las actividades socioeconómicas
nacionales, donde deben replicarse las lógicas del funcionamiento
económico y social nacional, como objeto de la planificación física,
hacia el concepto de territorio como factor de desarrollo.76
En un intento por superar esas amenazas y combinando propues-
tas de diferentes perspectivas –desarrollo local, economía solidaria,
empoderamiento de los sectores populares y desfavorecidos, territorio
como factor de desarrollo– puede construirse un enfoque integrado
local de las estrategias de desarrollo, que debería articular tanto ele-
mentos de la autonomía territorial como la inclusión de estos dentro

76
El concepto de territorio como factor de desarrollo tomado de Alburquerque
(1995). Ob. cit.

82
de un modelo de desarrollo nacional que asegura los derechos de
esa autonomía, lo que significa que el desarrollo local debería estar
enlazado (no abandonado) a una estrategia más general y orientarse
por supuestos como los siguientes:

• Proveer oportunidades: acceso a opciones en el mercado labo-


ral, a créditos, propiedades, infraestructura adecuada, educación,
salud y a un sistema de justicia imparcial. Requiere crecimiento
con calidad (crecimiento que genera y amplía oportunidades) e
instituciones nacionales y locales que garanticen el acceso de los
actores locales a las oportunidades.
• Garantizar seguridad: cobertura total de las necesidades básicas
para una vida digna, tanto en lo social como en lo económico y
reducción de la vulnerabilidad asociada a crisis, enfermedades,
desastres naturales y situaciones de violencia. Requiere progra-
mas de minimización de los factores de riesgo y sus efectos, a
través del incremento de los activos de la población (especialmen-
te de los que están en situación de pobreza), de la capacidad de
autogestión y de los mecanismos de protección participativos.
• Empoderamiento de los actores locales a través de un proceso real
de descentralización de funciones, autoridad y recursos desde el
estado central hacia los gobiernos territoriales y de implementación
de mecanismos participativos de amplia cobertura para la defini-
ción de la agenda social y de desarrollo del territorio. Requiere es-
tructuras institucionales, estatales y sociales, que aseguren la parti-
cipación de los actores locales (especialmente de los sectores pobres
y en desventaja), el control y la transparencia en la gestión pública.
• Sustentabilidad de las iniciativas locales, creación de la capacidad
institucional y de conocimiento necesarias para la toma de deci-
siones (estratégicas y prácticas), así como de una base económica
(a través de una política fiscal y de una economía local fuerte).
• Fortalecimiento y rescate de la economía local: multiplicación y
diversificación de agentes de poder económico locales, que per-
mita generar ingresos y empleos estables, de calidad y que man-
tengan un compromiso comunitario.
• Cogestión de actores múltiples: el desarrollo local exige una mo-
dificación en la comprensión del rol de sus actores que ­significa

83
el abandono por parte del estado del monopolio de las funciones
estratégicas hegemónicas y la realización de estas en cogestión
con otros actores de la sociedad civil. Las estructuras estata-
les y de gobierno local deben garantizar la coordinación social
y económica entre actores locales diferentes y, eventualmente,
opuestos.
• Fortalecimiento de la capacidad de los actores locales para realizar
una gestión estratégica: capacidad de formulación, implementa-
ción, control, evaluación, renovación y continuidad progresiva de
políticas públicas y de programas y proyectos de transformación
local integrados y articulados. La gestión estratégica incluye la
identificación de la existencia y posibilidad de acceso a recursos
estratégicos para el desarrollo local; la configuración de territo-
rios socialmente organizados para generar «sinergias positivas»
entre sus diferentes sujetos productivos; la intervención, estraté-
gica y participativa, de las administraciones públicas territoriales
en la planificación del desarrollo económico y social y su rol en la
creación de espacios de concertación entre los diferentes actores
sociales; la identificación de líneas de desarrollo territorialmente
equilibrado y sostenible; la facilitación de esquemas de coopera-
ción empresarial e institucional en aspectos estratégicos, especial-
mente en la innovación, la difusión y adaptación de tecnologías; la
identificación de iniciativas locales de desarrollo (tecnológico, de
formación de recursos humanos específicos y de financiación del
desarrollo).
• Movilización proactiva de las sociedades locales con la finalidad
de identificar sus posibilidades endógenas de desarrollo y de atrac-
ción de recursos exógenos, para convertirlas en su plataforma de
enlace con la nación y con otros territorios, en una red dinámica
de sinergias positivas.

En lo que se refiere a la necesidad de rescatar una perspectiva


sistémica mundial, compartimos la crítica que considera que las es-
trategias de desarrollo se han centrado en factores de naturaleza en-
dógena, internos, en los límites del estado-nación, subvalorando el
papel de los elementos surgidos en la lógica global del sistema capita-
lista, reduciendo y simplificando así la conceptualización, el análisis

84
causal de las oportunidades y desventajas económicas y sociales entre
las naciones.
Desde esta postura se consideran pertinentes las categorías ana-
líticas de centro y periferia, articuladas en una visión sistémica que
reconoce la existencia de «una totalidad mundial integrada y con le-
galidades que gestan desarrollo y subdesarrollo» y «alude a un sistema
integrado y jerarquizado, con núcleos geográficos que se apropian de
excedentes de regiones y naciones que se ubican en posiciones subordi-
nadas» en oposición a la dupla países avanzados-países atrasados, que
enfatiza la idea de «naciones o regiones que pueden interactuar, sin
consecuencias sustanciales en materia de desarrollo y subde­sarrollo».77
En el discurso del desarrollo nacional subyace una trampa, una
tergiversación que la dimensión territorial de este tiene que develar
y superar:
(…) La ilusión en el desarrollo autónomo nacional es una ideología
central del sistema-mundo capitalista desde fines del siglo xviii. Es la
ilusión de que la organización racional-científica y el desarrollo de una
sociedad se pueden alcanzar desde el nivel del Estado-nación.
Un estado periférico puede modificar sus formas de incorporación a
la economía-mundo, una minoría de Estados periféricos puede incluso
elevarse a una posición semiperiférica. Pero una ruptura del sistema
o transformarlo desde el nivel del Estado-nación es algo fuera de sus
posibilidades.78
Esta circunstancia estructural inducida por el sistema-mundo,
como constricción externa que sería necesario alterar para lograr
desarrollo, exige insistir en la necesidad de enfocar la integración
regional como instrumento de modificación de tal constricción, en
la lógica del análisis de Carlos Sojo de inducir programas de inte-
gración que incluyan dimensiones sociales y no se ocupen solo del
comercio.
Este autor, en un texto que analiza comparativamente la relación
entre integración y desarrollo en diferentes áreas del subcontinente
latinoamericano (MERCOSUR más Chile; Área Andina-Bolivia,
Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela; la subregión Mesoamérica-
77
Tomado de Osorio, J. (2003). El neoestructuralismo y el subdesarrollo. p. 142-143.
78
Gosfroguel, R. (2003). «Cambios conceptuales desde la perspectiva del sistema-
mundo. Del cepalismo al neoliberalismo». p. 160-161.

85
­ éxico, Panamá, República Dominicana y toda Centroamérica; y
M
algunos países del Caribe) comenta:
Los procesos de integración se han mantenido en términos generales
alrededor de dos tendencias: la del intercambio comercial y la de la po-
lítica diplomática. Mientras no se avanza en acuerdos de largo alcance,
centrados en propuestas de desarrollo integral, es poco probable que a
este nivel la región se imponga sobre la nación.

Y recomienda « (…) la formación de acuerdos de integración cen-


trados en la promoción de equidades más significativas entre los paí-
ses de modo que los perdedores puedan beneficiarse del dinamismo
de sus vecinos más cercanos y no simplemente expulsando población
en corrientes migratorias hacia los polos dinámicos de la región».79
De manera que cuando hablamos de desarrollo territorial es ne-
cesario partir de una comprensión articulada de la espacialidad que
incorpore el nivel de mayor generalidad, el de las articulaciones eco-
nómicas y sociales globales. No existe un espacio autónomo de desa-
rrollo, desconectado del resto.
Pero lo que me parece de la mayor relevancia para cerrar este epí-
grafe es enfatizar en el hecho de que la territorialidad del desarrollo no
alude solo, ni principalmente, a una diversidad de escalas y escenarios
instrumentales de la planificación y las acciones de intervención, sino,
esencialmente, a escalas y escenarios de configuración, enlace de ac-
tores sociales y agentes de cambio aceptados en su diversidad y confli-
citvidad posible, como perspectiva emancipadora que intenta romper
los constreñimientos espaciales de los actores, que condena a unos al
localismo y a otros concede el planeta como territorio estratégico.

5. Complejidad, transdisciplina, metodología de la


investigación y modelos de gestión social
Si nos observamos y observamos nuestro ámbito académico podre-
mos ver que, aun cuando más convencidos estemos de que nuestro
tiempo de era planetaria y su futuro exigen transitar hacia una ­manera
nueva de conocer, de aprender, de trasmitir y recibir experiencias, va

79
Sojo (2003). Ob. cit.: 54-55.

86
resultando extremadamente difícil dar el salto y modificar formas
cristalizadas en nuestra historia, social y personal, de interactuar y
aplicar en la práctica las nociones teóricas que nos dibujan una reali-
dad cambiante, abierta, heterogénea, azarosa, controversial, reticular
y con altos grados de indeterminación
La persistencia y resistencia al cambio de estas prácticas de relación
cristalizadas, son especialmente evidentes en tres áreas caracterizadas
por el manejo del conocimiento: la educación, la investigación y la ges-
tión, tal resistencia resulta más asombrosa cuando, en ámbitos como
estos, no es un efecto de la ignorancia, sino, que por el contrario, te-
niendo acceso a nuevos hallazgos de las ciencias y a los debates episte-
mológicos actuales, una enmarañada red de conexiones entre poderes
establecidos (que podrían ser desplazados, o al menos debilitados, por
nuevas formas de pensar), temores individuales y sociales (cuya angus-
tia se maneja mejor desde las certezas, los espacios, patrones cerrados y
repetitivos y desde el control externo, que admitiendo la incertidumbre
y aceptando la responsabilidad de la autoorganización), costumbres y
tradiciones, todos ellos reforzados y reproducidos por la educación y la
investigación orientados por un paradigma de control, se configuran
como barreras externas, objetivadas, que constriñen el cambio.
Por ello los avances experimentados por la reflexión teórica y
epistémica que permiten pensar la realidad como compleja y como
transdisciplinares las formas más apropiadas de construir conoci-
miento y prácticas de cambio, no han derivado aún hacia un corre-
lato metodológico correspondiente. Las prácticas investigativas y de
gestión social siguen, como regla, apegadas a lo disciplinar y a la
reducción como enfoque.
Vale aclarar que llamar la atención sobre la relevancia de las re-
flexiones en el terreno metodológico, de ninguna manera significa
que entiendo que la metodología funciona como receta de pautas
cerradas e infalibles a seguir, que nos conduce a la certidumbre, to-
mándola como la explicación de un método único, cuyas pautas ga-
rantizan el éxito. La metodología me parece más bien una sugerencia
de instrumentos para pensar la realidad desde problemas relevan-
tes y construir el procedimiento, o conjunto de procedimientos que
­conducen a su comprensión dinámica y su solución, histórica, social
y culturalmente contextualizada, en su doble carácter de filosofía

87
del método y observación sistemática de los métodos. Ello significa
que cada realidad exige una construcción metodológica propia, que
integra la experiencia de otros, reunida en los manuales, que a la vez
la critica, la recrea e innova.
Para Hugo Zemelman80 pensar la realidad histórico concreta y no
una realidad inventada exige una actitud crítica ante los constructos,
un distanciamiento de ellos (distanciamiento que es función del pensar
epistémico), y evitar la trampa que puede significar el canon metodo-
lógico para el pensamiento, si quedamos prisioneros de una armazón
metodológica que impide reconocer formas emergentes de la realidad.
Después de haber examinado los elementos generales de la re-
construcción epistemológica de las ciencias sociales, propongo intro-
ducirnos en los debates sobre las perspectivas metodológicas que han
dimanado del tipo específico de cuadro del mundo, generado por el
ideal de simplificación y sobre las posibilidades de rumbos metodo-
lógicos inspirados en la captación de la complejidad.

La perspectiva simplificadora de la realidad y sus operaciones


metodológicas
Como hemos visto hasta aquí, vivimos un momento de contra-
punteo entre el cuadro del mundo clásico, que informa un ideal de
construcción de conocimiento y de gestión del cambio por simpli-
ficación, y lo que ha dado en llamarse la perspectiva compleja del
conocimiento.
Sintetizando lo abordado en epígrafes anteriores, puede decirse
qué ideal simplificador maneja la difícil maraña de la totalidad uni-
versal descomponiéndola en partes y especializándose en disciplinas
que profundizan en cada componente y minimizan las cualidades que
surgen de la interacción de estos, trabaja con causas y efectos fijos y
proporcionales en relación lineal, toma el azar como accidente reduc-
tible, parte de una visión perfectamente predecible del mundo, porque
este es una totalidad cerrada, terminada, dada.
Por el contrario, la nueva perspectiva no intenta reducir la com-
plejidad universal, sino dar cuenta de ella, construir instrumentos
80
Zemelman, H. (2004). «Pensar teórico y pensar epistémico. Los desafíos de la
historicidad en el conocimiento social» En Sánchez, I. y Sosa, R. (coordinado-
ras) América Latina: los desafíos del pensamiento crítico.

88
de conocimiento que la acepten, la hagan visible, aún reconociendo la
provisoriedad de todo saber, su historicidad. Ella supone un univer-
so, y un sujeto que lo conoce desde dentro, cambiantes, una totali-
dad en proceso de formación, abierta, signada por la diversidad, la
incertidumbre y la emergencia (la posibilidad de aparición de cua-
lidades nuevas, no contenidas en la historia anterior del sistema),
por causalidades no lineales, donde causas y efectos no son necesa-
riamente proporcionales y se intercambian, elige un acercamiento
metodológico de ruptura con el molde disciplinar (diseñado sobre la
autonomía de la parte), para acceder a la transdiciplina (diseñada a
través de la conexión y la interacción de las partes).
Un universo imaginado por simplificación, con tendencia al
orden, puede y debe ser conocido y manipulado, dominando las
dificultades que entraña captar la totalidad en su extensa multi-
dimensionalidad. Este dominio se concretó en la llamada ciencia
clásica o ciencia normal o precompleja, en cuatro operaciones de
simplificación que marcan toda la metodología correspondiente:
fragmentación-atomización-disyunción, binarización, reducción y
objetivación.
La fragmentación o atomización consiste en delimitar el objeto
de estudio y profundizar sucesivamente en su manejo a través de
separaciones, de delimitar partes del todo, y es la base de la apari-
ción de disciplinas, subdisicplinas, especializaciones. Morin utiliza
la idea de disyunción para esta operación, en el sentido de separar lo
que está unido.81
Por su parte la binarización supone tomar la realidad definida
por la separación en pares (como realidad binaria), conectados por
contradicciones antagónicas, por su carácter de opuestos irreducti-
bles (de dicotomía) y a cuya relación se asocia la causalidad esencial
del devenir. Entre las dicotomías clásicas se sitúan, objeto-sujeto,
naturaleza-sociedad, mente-cuerpo, salud-enfermedad, macro-mi-
cro, existencia-conciencia, cambio-estabilidad, normal-patológico o
desviado, cuantitativo-cualitativo.
La binarización enfatiza en el momento «oposición» de estos
pares y minimiza lo complementario y dialógico de la conexión de

81
Morin, E. (1995). Ob. cit.

89
contrarios, en una lógica que busca la certidumbre y excluye las am-
bigüedades, aplicando el principio del tercero excluido.
La reducción, como la define Morin, consiste en unir lo que es
diverso, de una manera arbitraria que anula esa diversidad. Es una
forma de eliminar lo individual y singular para poder identificar le-
yes generales e identidades simples y cerradas, para «develar la sim-
plicidad escondida detrás de la aparente multiplicidad y el aparente
desorden de los fenómenos».82 Reducir es una operación legítima e
inobjetable en una concepción que toma la diversidad y el desorden
como apariencia y el orden como lo esencial.
La operación de objetivación parte de concebir una realidad-objeto
separada del sujeto que la conoce y sin interinfluencias, o suponiendo
que estas pueden ser controladas, aisladas y minimizadas. Se pue-
de conocer, se puede medir, cuantificar, diagnosticar, experimentar,
pronosticar, porque hay un sujeto que puede hacer esas operaciones
claves para la ciencia desde fuera de lo que observa, sin alterarlo ni al-
terarse él mismo en ese acto, o al menos controlando esas alteraciones
y manteniéndolas en un nivel aceptable.
Nótese que estas operaciones permiten construir procedimien-
tos metodológicos que basan sus certidumbres, y la prueba de vera-
cidad del conocimiento que alcanzan, en la posibilidad «objetiva»
de describir el objeto e intervenir sobre él desde fuera (la investi-
gación como dispositivo externo), de construir recortes de realidad
que supuestamente coinciden con partes autónomas y esenciales del
todo, que pueden ser aisladas, explicadas y modificadas fuera de él,
con total control de las derivaciones del cambio inducido, para que
este transcurra según los derroteros científicamente preestablecidos
y deseados (el ideal de «todo bajo control»). Aislamiento, separa-
ción, control, que obvian o consideran subalternas las cualidades que
­surgen de la interconexión de partes, de la configuración de la tota-
lidad y de la interferencia sujeto-objeto y las posibles dualidades o
ambigüedades.
Como telón de fondo estas metodologías objetivadoras y dis-
ciplinares, se sostienen, reconózcanlo o no, en el referido criterio
de progreso, de historia, natural y social, lineal y ascendente, como

82
Ibídem.

90
r­ ecorrido objetivamente preestablecido, inscrito desde el surgimiento
del universo en sí mismo, que se concreta movido por un conjunto de
atractores universales que lo impulsan por trayectorias delineadas.
Pronosticar, en sentido científico bajo esta perspectiva, es descubrir
los factores asociados a ese recorrido en el pasado y extrapolarlos,
lo que permite develar una línea inercial, a la que se añade la consi-
deración de los cambios posibles en las condiciones de partida para
imaginar escenarios diversos en ese devenir. Retrocesos, desviacio-
nes, lentitudes o aceleraciones, no se desconocen, pero se consideran
subalternos, interferencias normales que no alteran la línea ascen-
dente, pueden cambiarla o demorarla, pero no la modifican en sus
esencias.
Lo nuevo, lo inesperado, es accidental y, en un plazo razonable,
el proceso volverá a su curso, o lo explicamos a posteriori, como un
evento perfectamente atribuible a la causalidad histórica del sistema
de que se trate, solo que en el momento de su ocurrencia nuestros
instrumentos de conocimiento no tenían la capacidad para prede-
cirlo. Desde esta óptica la casualidad es siempre subordinada a la
causalidad, no es relevante, o es expresión de una relación causal que
todavía no conocemos y la historia es siempre prueba de verdad de
una relación de determinación universal.
El método general más apropiado a este enfoque es el hipotético-
deductivo, desde una teoría general, que antecede a la investigación
concreta, se reúnen evidencias empíricas que muestran en qué me-
dida la realidad es explicable por la teoría, es un caso de la teoría.
Parecería que la realidad debe adaptarse al saber disciplinar, al cono-
cimiento científico exhaustivo de las partes y no a la inversa.
Todo ello confluye en metodologías de unicriterialidad y en la
lógica del tercero excluido. Las cosas son o no son, se comportan de
una manera o de otra, tendrán un movimiento futuro que tiende,
preferentemente, hacia tal dirección. El conocimiento debe alcanzar
una visión unitaria, es su ideal y su fortaleza. Hipótesis contradic-
torias deben contrastarse hasta la prueba de cuál es la correcta defi-
nitivamente.
Se desprende la importancia que tiene para esta perspectiva la
condición de cientificidad del conocimiento. Los problemas más re-
levantes son los que se identifican por expertos de un tema (de una

91
parte del todo), que son los que están verdaderamente capacitados,
«disciplinados», para el descubrimiento de leyes generales, con am-
plio radio de aplicabilidad, para encontrar y diseñar las soluciones
pertinentes a los problemas encontrados. Otras formas de conocer
no son relevantes en esta lógica, porque por su naturaleza no pueden
develar las objetividades esenciales, el diálogo extradisciplinar no es
un requerimiento metodológico.

Construyendo supuestos metodológicos desde una perspectiva


compleja y transdisciplinar
Si partimos de las nociones generales de la perspectiva de la comple-
jidad que hemos mencionado anteriormente podemos imaginar un
universo cambiante, en movimiento, que combina cursos previsibles
con cualidades emergentes y nuestros supuestos intelectivos se trans-
forman y nos vemos abocados a trabajar con nociones diferentes, las
que dibujan un cuadro complejo del mundo.
Aquí las explicaciones estructurales, aquellas que atribuyen cau-
salidad a armazones fijas que se reproducen sistemáticamente, se
están desplazando hacia la noción de procesos morfogenéticos:83
dinámicas de producción de sistemas que generan, eventualmente,
estabilidad, lo que permite distinguir objetos-posiciones particulares
persistentes, pero que integran, ambigua y contradictoriamente, esta-
bilidad y movimiento, en una relación recursiva y retroactiva y se par-
te de «la paridad ontológica del orden y el desorden, de la estabilidad
y la inestabilidad, del equilibrio y el desequilibrio, de la necesidad y el
azar, del determinismo y el indeterminismo» y «la paridad epistemo-
lógica de la predictibilidad e impredictibilidad».84
Bajo estas nociones, las operaciones metodológicas de reducción
propias del ideal simple, son sustituidas por otras orientadas a la cap-
tación de la complejidad: distinción, conjunción e implicación,85 y la
objetivación, como forma de imaginar la relación sujeto-objeto, da
paso a la reflexividad.
83
Véase Navarro, P. (1994). El holograma social. Una ontología de la sociabilidad
humana.
84
Sotolongo Codina, P. L y Delgado Díaz, C. J. (2006). La revolución contemporá-
nea del saber y la complejidad social. p. 59.
85
Morin, E. (1996). Ob. cit.

92
Se distingue lo diverso (distinción), la particularidad, pero a la
vez se devuelve a su conexión y se comprende desde esta y desde
su lugar en el todo (conjunción), es decir, la parte se entiende en su
doble condición de dependencia y potencial autonomía y en su lugar
en la rutina del entramado que da vida a la totalidad, se considera lo
que aporta, lo que inhibe para configurar el todo.
El sujeto que conoce está implicado (emocional, racional, ética-
mente) en el contexto de lo que conoce, forma parte de un proceso
común que incluye a ambos ejes de la relación de conocimiento, está
relacionado con el objeto, lo modifica y se modifica a sí mismo en el
proceso investigativo. La interferencia mutua sujeto-objeto es un dato
relevante de la investigación y no puede ser anulada. Anularla desvir-
túa la realidad misma. Objeto y sujeto tienen una relación reflexiva.
El supuesto de objetividad es sustituido aquí por el de reflexividad.
Las operaciones metodológicas del ideal de simplificación están
colocadas en una lógica de primer orden –observan objetos– mientras
que aquellas que pretenden captar la complejidad son de una lógica
de segundo orden –observan el objeto y los sistemas observadores.
La observación del objeto no puede separarse de la del dispositivo
que lo observa.
En este contexto crítico la producción y trasmisión de conoci-
mientos basada en la disciplina se considera insuficiente y se ha ido
produciendo un proceso de ruptura de los moldes disciplinares que,
sin desconocer el valor de la disciplina, su aporte en determinados
límites, intenta superarla, buscando formas de intelección apropiada
a las operaciones del ideal de complejidad.
Este proceso ha pasado por diferentes etapas y grados de inten-
sidad, que van desde el intercambio entre distintos saberes que se
consideran científicos y en igualdad de condiciones de acceder a
la verdad, con métodos e instrumentos equiparables sistemáticos
(cercano a ­multidisciplinaridad e interdisciplinariedad) hasta una
etapa que se enfoca hacia la articulación de saberes disciplinarios y
extradisciplinarios.
Recogiendo las ideas de Morin86 sobre este tema, anoto, los pun-
tos que me interesan destacar en la definición de ­trasndisciplina,

86
Véase Morin, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro.

93
y que informarían una correspondiente metodología de la investi-
gación:
• Como estudio de las tramas de relaciones que conforman lo real.
Perspectiva integradora que entiende la realidad como trama de
relaciones inacabada.
• Como estudio y búsqueda de soluciones a los grandes problemas
desde una perspectiva global.
• Como integración con valores. Dimensión ética que combina res-
ponsabilidad y creatividad del sujeto del conocimiento.
• Como superación del enfoque hiperdisciplinario (disciplinas ce-
rradas) que rescata los aportes de lo disciplinar en la búsqueda de
soluciones a los grandes problemas contemporáneos.
• Como diálogo de saberes científicos y extracientíficos. Diálogo
entre el arte, la religión, el sentido común de la subjetividad coti-
diana (transdisciplina radical).
• Como construcción colectiva-participativa de conocimiento (de
problemas y soluciones).
• Como integración de conocimiento y gestión (transformación).
• Como multicriterialidad.
El estudio de problemáticas multidimensionales exige perspectivas
científicas transdisciplinarias que favorezcan tres tipos de enlaces: el
diálogo entre diversos saberes en el campo de las ciencias (enlace entre
disciplinas); el diálogo entre distintas lógicas de acción (particular-
mente con el actor político y actores comunitarios); el diálogo entre
ciencia y sociedad (enlace con destinatarios de las políticas, con be-
neficiarios, clientes e instrumentadores de los resultados científicos
de áreas diversas).87
La idea de transdisciplinaridad intenta desmarcarse del abordaje
por sumatoria, por colaboración de disciplinas que conservan de to-
das formas su relativa autonomía, para proponer un enfoque donde
se funden los saberes, se desdibujan los límites y se diseñan pro-
cesos de investigación apropiados al problema de estudio y no a la
metodología estrictamente disciplinar. El conocimiento disciplinar,
87
Carrizo, L. «El investigador y la actitud transdisciplinaria. Condiciones, impli-
cancias, limitaciones». En Carrizo, L. (coord.) Transdiscipinaridad y complejidad
en el análisis social.

94
asumido desde la transdisciplina, tiene a su cargo la operación de
distinción, sin desunir.
En el plano de los métodos, transdisciplinaridad significa ins-
trumentos de construcción, organización, procesamiento y análisis
de evidencias empíricas que permitan introducir una perspectiva de
nexos simultáneos múltiples, desmarcándose de las técnicas circuns-
critas a dimensiones particulares en su estática.
El método general es también de múltiples entradas y canales:
deducción e inducción forman una unidad complementaria, no son
polos excluyentes del razonamiento científico, y se necesitan mutua-
mente; la multicriterialidad de aristas, explicaciones y soluciones de
un problema son indicadores de calidad del proceso investigativo.
Cercano a este planteamiento y analizando las disciplinas socia-
les, Zemelman88 propone sustituir las metodologías orientadas por la
lógica factorial, por la reducción del fenómeno complejo a un factor
o conjunto de factores que son analizados en términos de determina-
ción causa-efecto, por otras enfocadas hacia una matriz de relaciones
complejas, que incluye determinaciones recíprocas. Esta visión apun-
ta hacia la construcción del problema y del objeto de estudio como
red, enfatizando el entramado de ámbitos, dimensiones-conexiones
que se articulan para dar lugar a un proceso determinado.
El sociólogo y epistemólogo español Jesús Ibáñez distingue en-
tre disciplina y transdisciplina como correlatos de la posición que se
asuma con relación al supuesto de reflexividad y con la posibilidad
del ejercicio de la crítica al poder.89 Nos dice:
El reflexivismo nos hace concebir un observador incluido, autoobser-
vado, en proceso de configuración él mismo, móvil, en diálogo con la
multiplicidad de observadores posibles, potenciando la capacidad de
observación y autoobservación de los disímiles sujetos sociales, con ca-
pacidad de elección del punto-momento y de discernir sobre las ventajas
y límites de su ubicación, de cada una de las ubicaciones espacio-tempo-
rales posibles y de extender y multiplicar estas colocaciones (…).
La observación crítica solo puede ejercerse desde dentro, pero no des-
de el centro. La frontera, el margen, el espacio alejado, ofrecen una
88
Zemelman, H. (2004). Ob. cit.
89
Véase Espina, M. (2007). «Jesús Ibáñez: hacia una red de resistencia profunda»
En Utopía y Praxis Latinoamericana.

95
­ istancia, una atalaya que crea un dentro-fuera con relación al sistema
d
y su contexto y propicia la visibilidad de otros sistemas y sus condi-
ciones y de otros rumbos posibles. Es una lejanía incluida. El centro
es también poder, ejercicio de control, el margen es la posibilidad de
negar el control, del caos organizador. El centro es homogeneidad, el
margen, las diferencias, excluidas, autoexcluidas o escapadas. El borde
es a la vez puerta de entrada y salida del sistema, y, con ello, el espacio
preferido de la emergencia, del cambio. El centro es lo disciplinar, lo
normal, el promedio. El margen, la frontera, por su lejanía incluida, es
la zona más propicia para la formulación de preguntas que cuestionan
indisciplinadamente la legitimidad (normalidad) del centro. Es la zona
de la transdisciplina.

Desde esta postura, la trasndisciplina es la opción para multipli-


car y conectar los puntos de observación y observar la diversidad, la
emergencia, la conexión.
El esfuerzo por abordar simultáneamente desde una multiplici-
dad de ángulos las interrogantes científicas ha sido un reto planteado
desde hace mucho tiempo al conocimiento, en la comprensión de
que desde una sola disciplina obtendremos siempre respuestas par-
ciales, que pueden ser una aproximación útil a la solución del proble-
ma identificado pero siempre incompleta.
Basarab Nicolescu señala que:
La transdisciplinariedad puede ser concebida como la ciencia y el arte
del descubrimiento de las pasarelas [a la vez entre los diferentes cam-
pos del conocimiento y entre los diferentes seres que componen una
colectividad, porque el espacio exterior y el espacio interior son dos
facetas de un solo y mismo mundo].90

Luis Carrizo ha identificado diversos «nudos» que obstaculizan el


desarrollo de una actitud transdisciplinaria:91
• Obstáculos epistemológicos, referidos fundamentalmente a los
paradigmas del conocimiento.
• Obstáculos culturales, referidos fundamentalmente a las grandes
brechas entre cultura científica, cultura humanista y cultura po-
pular.
90
Nicolescu, B. (1998). La transdisciplinariedad.
91
Tomado de Carrizo, L. (2003). Ob. cit.

96
• Obstáculos institucionales, referidos fundamentalmente a la de-
fensa de territorios de saber/poder en las universidades y facul-
tades (aunque no solo en ellas, sino también en los gremios o
colegios profesionales).
• Obstáculos organizacionales, referidos fundamentalmente a los
instrumentos de la reforma (programas, currículas, evaluación,
formación de formadores, arquitectura edilicia, estructuras de
comunicación y mediación entre campos de saber, concepciones
editoriales para publicaciones científicas, etc.)
• Obstáculos psicosociales, referidos fundamentalmente a la crisis
y transformación de las identidades profesionales, con sus corre-
latos en los imaginarios personales y sociales.
• Obstáculos económicos, referidos fundamentalmente, por un
lado, a las posibilidades que ofrece un mercado de empleo cre-
cientemente tecnocrático e hiperespecializado y, por otro, a las
fuentes de financiamiento para la investigación y el desarrollo
transdisciplinarios.

Trasndisciplina significa multicriterialidad en el sentido de mos-


trar la diversidad de explicaciones y opciones de cambio que pueden
ser identificadas, desde diversas posiciones de observación, sobre una
problemática concreta y que la elección de una opción explicativa y
de cambio supone una operación de descarte, sustentada en valores
y poder, que anula otras posibilidades de acción.
Aplica aquí la lógica del tercero incluido que ha tenido una expre-
sión operacional en la noción sociológica de ambivalencia que alude a
los siguientes aspectos de la reproducción de los sistemas sociales:92

92
He construido esta noción de ambivalencia recreando una propuesta de Pau-
lo Martins, quien explica que ella ha sido originalmente elaborada dentro de
la teoría crítica para indicar que la realidad social no se somete pasivamente
a estrategias del poder hegemónico, pues en ella existe, potencialmente, una
capacidad de resistencia práctica y teórica. Martins la utiliza particularmente
para evaluar la globalización, en cuyo desarrollo advierte, entre otros rasgos
ambivalentes, procesos fragmentadores y contradictorios que se multiplican bajo
el influjo de la expansión de la lógica mercantil, una uniformización del mundo
por la vía de la mercantilización que tiende a deshacer todos los lazos primarios
de solidaridad, y, a la vez, una disposición afirmativa en tanto favorece otra
mundialización, inacabada y vulnerable, de carácter humanista y democrática,

97
• Identifica el despliegue de fenómenos y procesos de carácter pa-
radójico, en los cuales se revelan, simultáneamente y de forma
articulada, elementos constructivos y destructivos, sin que se
pueda definir una tendencia predominante, que forman parte, en
paridad ontológica, de la reproducción del sistema social en que
tienen lugar, en calidad de ambivalencia estructural y ambivalen-
cia constituyente.
• Presupone que los fenómenos sociales son producto de la mul-
tiplicidad de lógicas que están simultáneamente presentes en la
organización social, tanto en lo cotidiano (familia, vecindario,
comunidad), como en sistemas formales y funcionales que abar-
can al sistema en su totalidad. Diversas tendencias y rasgos pue-
den ser positivos o negativos en dependencia de la lógica de la
organización social o plano de la realidad con relación al cual se
evalúen, o incluso para la misma lógica o plano, y contradictorios
para el sistema en su conjunto.
• En relación con lo anterior, reconoce la capacidad potencial
constituyente de lo cotidiano, a partir de prácticas de resistencia,
adaptación, recreación e invención de la organización social, que
refuerzan o modifican los rumbos de transformación emanados
de la intencionalidad formal y de los condicionamientos macroes-
tructurales, y se superponen u oponen a estos.
• Identifica la articulación y cierta recursividad o al menos condi-
cionamiento mutuo, en circunstancias de diversificación y hete-
rogenización social, de procesos de fragmentación e integración
social.
• Supone la emergencia y multiplicación de oportunidades prácticas
de acción que pueden ser apropiadas por actores subalternos (con
relación a la lógica o poder que formalmente guía el proceso).

La noción de ambivalencia no significa una relativización absolu-


ta en la evaluación de las tendencias de reproducción de los sistemas
sociales, ni una «salida de emergencia» o una posición que evade
asumir una postura valorativa con relación a determinados procesos
que puede verse en prácticas de resistencia de las identidades, de integración en
economías solidarias, en el fortalecimiento de actores de la sociedad civil. Véase
Martins, P. (2006). Ob. cit.

98
o fenómenos sociales. No se aplica a cualquier circunstancia social,
sino especialmente a aquellas en que se producen cambios abruptos
o intensos, con fuerte impacto de modificación de las condiciones de
partida del sistema en que tienen lugar y de incremento de la hete-
rogeneidad social y en condiciones de elevación de la incertidumbre
y la emergencia.
Su utilidad radica en que permite observar la realidad (las lógi-
cas y planos involucrados en los procesos de cambio), desde diversos
puntos simultáneamente, cuando no es posible distinguir patrones
tendenciosos únicos y se despliegan efectos de las acciones de los
actores prosistema y antisistema, incluso contrariando la intenciona-
lidad y las previsiones de las políticas y estrategias de intervención
puestas en práctica. Desde el punto de vista práctico, posibilita re-
troalimentar al diseño de políticas, en el sentido de en qué dirección
modificarlas para reforzar los rumbos positivos del cambio e intentar
minimizar los negativos, así como reforzar posibles sinergias micro-
macro, formales e informales.

Metodologías de investigación multicriteriales y reflexivistas


La universidad clásica y la metodología de la ciencia normal sobre la
que descansa su modelo educativo y las prácticas de gestión social
más extendidas, se orientan a enseñar y a investigar el orden y la
manera de mantenerlo, de distinguir, entre multiplicidades y diver-
sidades secundarias, la unicidad esencial, a emparejar y homogenizar
los matices de la realidad que se salgan de los patrones establecidos,
tomándolos como anomalías y desviaciones.
La metodología investigativa múltiple, aquella que tiene vocación
por lo diverso, por la articulación, por la red, la trama de relaciones
y la capacidad de problematización contextualizada, por la ­apertura
hacia realidades emergentes, asume el proceso de investigación
como relación, como construcción colectiva-participativa de proble-
mas (relevantes, pertinentes) y de soluciones, que tienen un carácter
histórico y que son siempre perfectibles y superables.
Esta visión exige habilidad, destreza y sensibilidad de construir
problemas y encontrar soluciones, pero ello no constituye solo un
procedimiento técnico, sino también supone una postura ética ante
el conocimiento y el cuestionamiento de sus fines: el problema es un

99
problema para quién, para quién es la solución, quién la aprovecha,
quién tiene acceso a ella, el problema es un cuestionamiento a qué
poderes.
Hugo Zemelman atribuye a la problematización un lugar esencial
en el pensar epistemológico y en la metodología de investigación
(concibe la capacidad de plantearse problemas, como paso epistémi-
co- metodológico) y considera imprescindible romper los constreñi-
mientos que pone al conocimiento el discurso del poder desde una
postura ética. De sus reflexiones se derivan las siguientes exigencias
metodológicas:93
• Capacidad de identificar problemas diferentes a los que dimanan
de la lógica del poder y de legitimar los problemas de los grupos
subalternos.
• Capacidad para encontrar una viabilidad práctica para las opcio-
nes de acción alternativa o de «contrapoder».
• Asumir el papel de los valores como instrumentos para la defini-
ción de los problemas sociales relevantes y para la identificación
de las opciones de transformación.
• Asumir el conocimiento como acto de construcción de realidad
comprometido con la transformación social.
• Crear el objeto desde el problema (no confundir problema con
objeto).
• Crear un problema más allá de lo observable utilizando las herra-
mientas del pensamiento crítico, incluyendo una conceptualiza-
ción renovadora, que no acepta el discurso establecido.
• Reconocer que el indicatum no está reflejado enteramente en el
indicador construido.
• Asumir que los fenómenos se desenvuelven en varios planos de la
realidad y estudiarlos en varios recortes de la realidad.
Considero que el corazón de una metodología compleja, reflexi-
vista y transdisciplinar reside precisamente en la construcción del
objeto de investigación desde el problema, y no a la inversa, como
sucede en las metodologías clásicas, en esa manera de ver el conoci-
93
Zemelman, H. (1993). «Conocimiento y conciencia. Verdad y elección» En
Osorio, J. y Westein, L. (editores) El corazón del Arco Iris: Lecturas sobre Nuevos
Paradigmas en Educación y Desarrollo; Zemelman, H. (2004). Ob.cit.

100
miento como acto constructivo y de compromiso con la transforma-
ción, lo que abre sus potencialidades emancipadoras.
Por otra parte, recordemos que desde el reflexivismo, el investi-
gador social y su «objeto de observación» son sujetos con igual capa-
cidad de producir, cambiar y significar la realidad y en el proceso de
comprensión del cambio, se cambian a sí mismos, a través del flujo
intersubjetivo. En esta concepción «observador y observado» forman
parte del mismo sistema cambiante descrito.
Con estos antecedentes parece claro que asumir la postura re-
flexivista-transdisciplinar-compleja ante la producción de cono-
cimientos, reclama un proceso de reconstrucción epistemológica y
metodológica, que tiene en su centro un replanteo de la pregunta
sobre la conexión entre la investigación social y el cambio, ubicada
en el terreno de la relación entre saber y poder.
Se trata de que al reconocer que toda producción de conoci-
miento induce un cambio, diseñado, preestablecido o no, la poten-
cia de cambio de la ciencia debe ser evaluada desde la óptica de a
qué intereses satisfacen las direcciones de transformación que ella
legitima como positivas, o intenta propulsar los problemas que es
capaz de construir y solucionar.
Luhmann, en su nueva teoría de los sistemas argumenta que una
teoría social no tiene un centro único desde el cual legitimar la ob-
servación. Para él, el policentrismo de la observación, del posicio-
namiento del observador, es condición indispensable para producir
conocimiento acerca de sistemas sociales que están en proceso de dife-
renciación constante. No hay observadores externos, capaces de rom-
per los límites que el propio desarrollo del objeto impone al de­sarrollo
de la observación. (Luhmann, 1982). En esta concepción «observador
y observado» forman parte del mismo sistema cambiante descrito.
Para Ibáñez:
...un investigador extrae información mediante la observación y de-
vuelve neguentropía mediante la acción. Participa visiblemente en la
­observación, pero no participa visiblemente en la acción (la acción per-
tenece a los clientes o jefes). Pero los dispositivos de investigación so-
cial implican una acción sobre la sociedad que transforma la sociedad.
Tienen una cara visible semántica (observación) y una cara invisible

101
pragmática (acción): respectivamente, lo que dice y lo que hace la in-
vestigación”.94

Ello quiere decir que los dispositivos de investigación lo son si-


multáneamente de observación y de acción, productores de datos y
de cambios y que de hecho la investigación social provoca alteracio-
nes sobre lo que observa, algunas de ellas concientemente diseñadas
y otras como consecuencia inevitable, no programada, del acto de
observar, y sucede así porque los sistemas sociales son del orden lin-
güístico y su observación supone un intercambio de información,
de significados, entre sujeto observador y sujeto observado, que los
modifica a ambos.
Refiriéndose específicamente a la investigación social, enmarca-
da en el nivel de autoreflexividad, pero, a mi juicio, considerando
elementos de clasificación que pueden utilizarse en otras áreas del
conocimiento, Ibáñez distingue tres perspectivas metodológicas (cu-
yas características he resumido en el cuadro 3, cada una de las cuales
es expresión de una potencia de cambio y una relación con el poder
diferentes: «Un observador (...) y un actor (...) están en un punto-
momento de observación y/o acción. Ese punto-momento expresa
un poder: y hay que explicitar ese poder.»95
Estas reflexiones sugieren la idea de que desplazarse desde la con-
dición de dispositivo de poder manipulador externo, de instrumen-
to de producción de conocimiento enajenador, a la de dispositivo
autorre­flexivo, productor de cambio emancipador, es uno de los retos
más sobresalientes que la metodología tiene ante sí, así como aban-
donar el ideal de «todo bajo control» para considerar la emergencia,
y construir un ideal abierto a la innovación.

Gestión del cambio


En este contexto de contrapunteo entre la perspectiva simplificadora-
reduccionista del conocimiento y la compleja, el escenario de debate
en las ciencias sociales contemporáneas se caracteriza también por la
94
Ibáñez, J. (1998). « Perspectivas de la investigación social: el diseño en las tres
perspectivas». En García Ferrando, M., Ibáñez, J., Alvira, F. (compiladores). El
análisis de la realidad social, Métodos y técnicas de investigación. p. 59.
95
Ibáñez (1998a). Ob. cit.

102
Cuadro 3. Perspectivas metodológicas de la investigación social
Perspectivas
Distributiva Estructural Dialéctica-reflexivista
Cuantitativa Cualitativa
Absoluto Relativo. Reflexivo
Poder implícito. Poder parcialmente explicitado. El observador-actor está dentro
Momento de
El observador-actor está fuera El observador-actor está fuera y del sistema que observa y sobre
explicitación
del sistema que observa y sobre reconoce que está fuera y admite la el que actúa y se reconoce como
del poder
el que actúa y no tiene en cuenta posibilidad de muchos observado- dispositivo de autorreflexividad
que está fuera. res, cada uno con su perspectiva. de ese sistema.
Dispositivo de control. Tácticamente promotoras. Promoción del cambio social.
Relación con
Técnicas estabilizadoras. Estratégicamente estabilizadoras.
la promoción
Cambio dentro de límites exter-
del cambio
namente marcados.
II Objetivo Fijar la realidad en su estado positivo. Mover la realidad hacia sus
de inter- Operan in vitro, aíslan de la realidad. estados posibles.
vención Opera en vivo, en el contexto.
Destino de Pasa al que ejerce el control. Pasa al que ejerce el control y/o Pasa al analizante.
la informa- es retenida por el analista, que la
ción final inyecta a los analizantes.
Supuesto de objetividad. Supuesto de reflexividad parcial. Reflexividad radical.
Posiciones
Sujeto como observador externo. Integrado parcial y transitoria- Sujeto interior y en proceso.
del sujeto
Evacuado. mente. Integrado.
Propósito del Conocer. Comprender. Transformar desde dentro.
conocimiento
Perspectivas
Distributiva / Cuantitativa Estructural / Cualitativa
Dialéctica-reflexivista
Números. Palabras que mencio- Palabras. Investigación de opi-
Números-palabras.
Tipos de
nan cantidad. niones. Componente semiótico.
datos que
Investigación de hechos. Hacer con el lenguaje.
produce
Investigación-acción.
Elementos del sistema social. Relaciones entre elementos Relación entre las relaciones.
Espacio en
(estructura). Cambios de estructura.
que opera
Sistemas dinámicos.
Pregunta-respuesta. Conversación. Simétrico. Asamblea. Simétrico.
Asimétrico. El poder queda del Gana información semántica. Gana información pragmática.
Dispositivo
lado de la pregunta. El poder queda del lado del que El poder se desconcentra entre
de producción
Pierde información, límite mar- dirige la conversación y encarga los participantes.
de datos.
cado por la pregunta. la investigación. Empoderamiento
Informarse de… Dar forma a…
Encuesta, entrevista y observa- Entrevista en profundidad, Análisis institucional en vivo,
Técnicas
ción codificadas, experimento. grupos de discusión, historias de dinámicas de grupos, IAP,
primarias
vida. socioanálisis.
Expresión máxima. Semiabierto Expresión mínima.
Cerrado explícito. Implícito Abierto implícito. En proceso de
Tipo de Domina todo el proceso (temas previos) discusión.
diseño solo produce informaciones pre- Apertura a la emergencia.
viamente programadas.
Reducción del azar.
Fuente: Elaboración propia a partir de Ibáñez, Jesús (1998). Ob. cit.
emergencia de un modelo de inteligibilidad de lo social que refuerza
conceptos y dimensiones propios de la interfase investigación-política
o producción de conocimientos-toma de decisiones.
Ello significa colocar los énfasis en la capacidad del pensamien-
to social de conectarse con el cambio, con el impulso a transfor-
maciones concretas, destacar la arista propositiva, su capacidad de
diálogo horizontal con otros saberes (transdisiciplinar) y la posibili-
dad de contribuir al proceso de configuración de sujetos y actores del
de­sarrollo en diferentes ámbitos y escalas, en un escenario social
cada vez más global y complejo.
La noción de gestión social marca ese espacio esencial de la in-
terfase y de la transdisciplina, al constituir una intervención orga-
nizada, planificada, coordinada, sobre el cambio social, con sentido
estratégico, un proceso de concertación entre actores, que incluye
diseño de políticas, programas, acciones concretas de diferente es-
cala y escenarios.
Es la gestión una forma de coordinación política, de ordenamiento
del espacio público y de intervención sobre él, que se ejerce mediante
la articulación de actores para la creación de consensos, con la finali-
dad de llevar a cabo un programa de cambios, en un escenario donde
confluyen agentes diferentes e intereses disímiles y potencialmente
contrapuestos. Esta noción de gestión alude a estructuras estatales,
pero también incluye la acción de otros agentes (organizaciones y
movimientos sociales, por ejemplo).
Basada en un ideal de simplificación, la gestión social se sus-
tenta en las operaciones de objetivación, fragmentación, reducción
y binarización, así como en el recorte disciplinar de la realidad.
Elementos prioritarios de este tipo de gestión son el control de
­variables para la obtención de resultados planificados (el gestor
como controlador y planificador) y la unicriterialidad para la toma
de decisiones.
La literatura identifica tres grandes modelos ideales coexistentes
y competitivos entre sí que caracterizan el panorama actual de la
gestión pública96 (ver Cuadro 4).
96
Estos modelos fueron propuestos específicamente para el análisis de la incorpo-
ración de tecnologías de manejo de la información y de los recursos humanos en
el ámbito de la gestión pública local. Me ha parecido una reflexión aplicable a la

105
Cuadro 4. Modelos de gestión social

Modelos Neoburocrático New Public Mana- Relacional


gement
Regulatoria ad- Científica racio- Participativa, sim-
Visión de
ministrativa. nal. bólico cultural.
la gestión
Control.
Defensa de los Racionalidad eco- Construcción de
ideales de libertad nómica, conver- capacidades para
Valor
y justicia del esta- sión de recursos el aprendizaje
central
do de derecho. en resultados. conjunto y empo-
Eficiencia. deramiento.
Orientadas a la Orientada a la Interacción co-
disminución de satisfacción del operación-conflic-
Tecnologías los márgenes de ciudadano. to entre políticas
de gestión discrecionalidad e intereses de
de los operadores diferentes actores.
públicos.
Unidades con Mecanismos de Abierta, con lími-
límites precisos y coordinación tes poco precisos
Estructura propósitos claros, inter-áreas. entre áreas y entre
organiza- orientadas vertical Estandarización lo interno y lo
cional y jerárquicamente de procesos. externo.
hacia la eficiencia
y la eficacia.
Rol del Administrando. Cliente. Participante de la
ciudadano acción pública.
Estandarización Vinculación entre Promoción de
de comporta- rendimiento y comunidades de
Orienta-
mientos. remuneración. aprendizaje, capa-
ción de la
cidades de innova-
gestión de
ción, negociación,
los recursos
empoderamiento e
humanos
implementación de
la participación.
Papel de las Reforzamiento y Informatización Democratización
tecnologías automatización de flujos centra- y horizontaliza-
de infor- del control. dos en la atención ción de las relacio-
mación al cliente. nes entre actores.

Fuente: Elaboración propia a partir de Grandinetti. Ob. cit.

106
Los dos primeros modelos se corresponden con el ideal de sim-
plificación de la gestión y orientan su práctica sobre la base de las
operaciones propias de dicho ideal. El tercero es una orientación en
construcción, surgido fundamentalmente a partir de prácticas loca-
listas y participativas, más cercano a la multicriterialidad y la trans-
disciplina.
En la realidad de la gestión pública, al menos latinoamericana,
la observación empírica y los hallazgos de estudios diversos, indican
que prima una mezcla de prácticas que, teniendo como base el mo-
delo neoburocrático, introducen mejoras que perfeccionan el patrón
tradicional, pero que lo conservan en lo fundamental, y que se sus-
tentan en una incorporación fuerte de tecnologías (especialmente de
información y de manejo de recursos humanos), lo que se identifica
como camino único y suficiente para la modernización y la garantía
de la generación de las capacidades necesarias para la gestión en las
circunstancias actuales.
La orientación teórica reconocida y prestigiada es la del New
Social Management, los emprendimientos inspirados en el modelo
relacional son aún marginales, incluso en experiencias orientadas a
la ampliación de la participación popular y el empoderamiento de
actores tradicionalmente excluidos.
Se trata de que las posibilidades reales de democratización de la
gestión social o de lo social ha quedado colocada, al menos, ante
dos disyuntivas, una de orden práctico-político y se expresa en la
elección entre formas directivo-jerárquico-técnico-burocráticas de
administración de los bienes públicos y de construcción de la ­agenda
social, por un lado, y de vías participativas y relacionales, por otro.
Las primeras priorizan el control (de bienes, recursos, personas
­movimientos) que es ejercido por dispositivos autoritarios externos
(o más bien por encima) de la sociedad, del segmento de esta donde
se aplican, las segundas, el empoderamiento, como dispositivo inter-
no, reflexivo, de autogestión y cogestión.
La segunda disyuntiva es de carácter epistémico, y de hecho,
engloba la anterior: se concibe la realidad de forma simple, como

gestión en general. Tomado de Grandinetti, R. M. (2003). «La incorporación


de tecnologías a la gestión local: ¿capacidad para la gestión relacional?»

107
­ niverso acabado, que puede ser gestionado a partir de una causali-
u
dad cerrada o se parte de la visión del universo en formación y de la
emergencia.
Entronco esto último con lo que Morin ha denominado «la ecolo-
gía de la acción»,97 que me parece esencial en temas de investigación,
gestión social y de la acción política, que entiende que toda acción
emprendida escapa en la práctica concreta a sus intenciones prees-
tablecidas, al entrar en un universo de interacciones y ser absorbida
por el entorno en uno u otro sentido, al entrelazarse con factores
azarosos, indeterminaciones, bifurcaciones, procesos emergentes.
En estas condiciones, la estrategia debe prevalecer sobre el progra-
ma. «El programa establece un orden de secuencias que es necesario
ejecutar sin variaciones en un entorno estable. La estrategia elabora
un escenario de acción examinando las certezas y las incertidumbres
de la situación, las probabilidades, las improbabilidades».98
De esta forma, la gestión concreta de procesos de cambio social,
adquiere dimensiones diferentes si la pensamos como dispositivo in-
terno a un sistema que se autoorganiza, se piensa a sí mismo y es
capaz de cambiar, si entendemos que sus transformaciones no res-
ponden a determinaciones lineales, sino a una mezcla de causali-
dades con azares, incertidumbres e innovaciones lo que llevaría a
pensar en un posible modelo de gestión reticular integrado99 que se
caracterizaría por:
• Convocar, movilizar y articular en red la mayor multiplicidad
posible de actores sociales (de diferentes escalas incluyendo la
local-comunitaria) y naturaleza, en torno a proyectos estructu-
rantes.
• Considerar la gestión como proceso de aprendizaje y construc-
ción conjunta.
• Valorizar la participación y concebirla como instrumento y obje-
tivo de todas las etapas de la toma de decisiones (diagnóstico de
97
Morin (1999). Ob. cit.: 96.
98
Ibídem�����
: 99.
99
Han inspirado esta propuesta de modelo reticular de gestión los trabajos de
Fischer, T. (2002). ��������������������������������������������������������
«Poderes locais, Desenvolvimento e Gestao. Introduçao a
uma agenda». En Fischer, T. (organizadora). Gestao do Desnvolvimento e Poderes
Locais. Marcos teóricos y avalaçao; Grandinetti, R. (2003). Ob. cit.

108
problemas, recursos y opciones, diseño estratégico, definición de
la agenda de cambio, ejecución, control, evaluación).
• Asumir la conflictividad posible entre actores y escalas de poder
diferentes y el carácter policéntrico del poder.
• Crear condiciones para negociaciones en situación de simetría y
horizontalidad entre los actores involucrados.
• Orientarse por la ética de la responsabilidad y la corresponsabili-
dad.
• Reconocer la información como fuente de poder y como posesión
de actores diferentes, por lo que democratiza el acceso a ella y sus
fuentes e instrumentos de producción y potencia espacios interac-
tivos de discusión.
• Promoción de prácticas innovadoras como forma de manejo de la
incertidumbre.
• Proveer empoderamiento de los actores de diferentes escalas y
espacios de estructuración de lo social (local, comunitario, colec-
tividades de diferente naturaleza), a través de un proceso real de
descentralización de funciones, autoridad y recursos.
• Fortalecimiento de la capacidad de los actores para realizar una
gestión estratégica: capacidad de formulación, implementación,
control, evaluación, renovación y continuidad progresiva de po-
líticas y de programas y proyectos de transformación integrados,
articulados.

Aún sin soluciones, creo que deberíamos esforzarnos por utilizar


más y perfeccionar metodologías y técnicas de indagación y solu-
ción de problemas como el grupo de discusión, los grupos focales,
la investigación acción participativa, por su densidad para la cons-
trucción multicriterial de problemas y soluciones, así como por sus
potencialidades participativas y de autoconocimiento grupal, pen-
sando también, que permiten convertir los colectivos en dispositivos
dinámicos de autorreflexión.
No quiero crear la ilusión de que son estas técnicas privilegia-
das y solventes ante la complejidad. Es solo una sugerencia para un
­camino futuro: explorar las posibilidades de estas alternativas me-
todológicas, que no fueron pensados desde la complejidad, pero que
son afines a ella.

109
Quiero también enfatizar en el hecho de que deconstruir el ideal
reduccionista de simplificación como perspectiva científica, metodo-
lógica, de gestión y educativa es una tarea harto difícil. La dificultad
radica en que a través de él quedó configurado un mundo a la medida
del ser humano, emergidos ambos de la modernidad, que se autoper-
cibe colocado en la cúspide de la pirámide de la vida, con capacidad
total para conocer (definitivamente) y para someter a control todos
los fenómenos de la existencia, con conocimiento y control ilimita-
dos que incluyen el sometimiento de lo no humano por derecho de
superioridad evolutiva.
Este antropocentrismo absoluto del ideal de simplificación se ex-
presa también en la confianza de que el ser humano puede discernir
sobre la totalidad universal y, si en su inconmensurabilidad, no pue-
de abarcarla de una vez, puede partirla cuidando de cortar por partes
esenciales.
Me parece que el ideal simplificador perdura hasta hoy, incluso en
campos donde no es pertinente e induce a error, por su concepción
del ser humano como superioridad existencial y por la tranquilidad
que esta superioridad genera (si se es superior siempre será posible
encontrar una solución a cualquier problema por complicado que
sea), idea que se articula y refuerza con la de universo acabado y
previsible, el azar como eventualidad, de modo que todo queda den-
tro de una historia escrita desde el principio, movida por episodios
más o menos escabrosos o sorprendentes, pero que al final conflui-
rán hacia atractores preestablecidos y discernibles. Y eso es lo que
ha enseñado la educación, la universidad hasta hoy, la superioridad
del conocimiento, las certidumbres, las técnicas que despliegan la
ilimitada posibilidad de someter la naturaleza en beneficio del ser
humano, a prueba de error.
Obviamente, todo ello está atravesado por el entrelazamiento co-
nocimiento-poder. ¿A quién (a qué intereses) conviene una visión del
universo como acabado, hecho, cerrado, linealmente determinado?
a quienes pueden imponer su propia versión de lo que es el progreso,
el punto de llegada posible y positivo. Cierran así los caminos a las
variantes alternativas, y pueden también imponer una manera espe-
cífica de conocer.

110
Interrogantes de segundo orden para evaluar
nuestras prácticas investigativas y de gestión

Tratando de desprendernos de nuestros estereotipos y prejuicios, o al


menos, de tomar conciencia de ellos, que es el primer paso, propongo
las siguientes interrogantes para echar una mirada de segundo orden
a nuestras prácticas metodológicas investigativas y de gestión:
¿Cómo elegimos el problema? ¿Qué lo hace relevante y para quié-
nes? ¿Qué posibilidades reales de participación tienen en esa elección
los afectados o posibles beneficiarios de la solución? ¿Cómo nuestra
metodología asegura la presencia de conocimiento extracientífico en
la elección y solución del problema?
¿Cuántos y cuáles recortes múltiples y conectados de realidad es
imprescindible considerar para obtener una visión contextualizada
del problema y sus soluciones? ¿Cómo se expresan los nexos local-
global del problema y sus soluciones?
¿Con qué conocimientos precedentes contamos? ¿Cómo ha sido
estudiado ese problema u otros afines? ¿Con qué modelo conceptual
y metodológico ha sido construido el objeto correspondiente? ¿Qué
alumbran y qué ocultan esos modelos?
¿Qué saberes disciplinares y extracientíficos están involucrados
para poder construir el problema, sus soluciones y los cambios nece-
sarios? ¿Cómo construyo una metodología participativa multicrite-
rial? ¿Cuál es la potencia y la dirección de los cambios hacia los que
apunta cada criterio considerado para la solución del problema?
Valorémoslas también desde los «saberes necesarios para la
educación del futuro», directamente conectados con la gestión so-
cial:100
• La necesidad de operar el vínculo entre las partes y las totalida-
des y aprehender los objetos en sus contextos, sus complejidades
y sus conjuntos y utilizar métodos que permiten aprehender las
relaciones mutuas y las influencias recíprocas entre las partes y el
todo en un mundo complejo.
• Pensamiento y gestión policéntricos, basados en un universalis-
mo no abstracto sino consciente de la universalidad-diversidad
Morin, E. (1999). Ob. cit.
100

111
de la condición humana. Solidaridad y responsabilidad. Principio de
la esperanza: posibilidad antropológica, sociológica, cultural y
mental del progreso, sin certeza científica ni promesa histórica.
Futuro como construcción posible.
• Enfrentamiento de las incertidumbres. Aplicar principios de
estrategia que permitan afrontar los riesgos, lo inesperado lo
incierto y modificar su desarrollo en virtud de las informaciones
adquiridas por el camino. Evolución desorganizadora y reorga-
nizadora. Sustituir la visión de un universo que obedece a un
orden impecable por otra donde el universo sea el juego y lo que
está en juego es una dialógica (relación antagónica, competente
y complementaria) entre el orden, el desorden y la organiza-
ción.
• Impredictibilidad. Las determinaciones sociales, económicas,
etc., están en relación inestable e incierta con accidentes y riesgos
que hacen bifurcar o desviar el curso. Derrumbamiento del mito
del progreso. El progreso como posible, pero incierto. La gestión
social del desarrollo entendida como promoción de transforma-
ciones, de proceso morfogenéticos, creadores de formas nuevas y
como toda evolución desorganiza y reorganiza.

6. Epistemología de la compeljidad
y mitos derribados
Nuestro recorrido histórico lógico anterior, por conceptos y ope-
raciones metodológicas claves para la producción de conocimiento
científico social nos ha permitido comprobar cómo en las últimas
tres o cuatro décadas quedaron configuradas las bases para un giro
epistemológico en este campo de actividad humana, que se constitu-
ye como visión alternativa a la ciencia clásica y que concentra amplias
potencialidades para desplegar las capacidades emancipatorias de las
disciplinas sociales. El significado esencial de este giro es la caída de
al menos siete mitos o supuestos que han constituido los cimientos
de la ciencia clásica hasta nuestros días:
• El mito de lo universal como generalidad homogenizada. El
universal múltiple, que integra en constante relación dialógica lo

112
particular, lo heterogéneo, lo diferente, con generalidades cons-
truidas, no hegemónicas ni excluyentes, y que, junto a una con-
cepción de los nexos todo/parte donde ambos se contienen y la
parte no es reducida a componente de la totalidad, nos muestra
un camino para visualizar lo transformativo integral, que no se
funda en la imposición de una lógica civilizatoria única desde
un espacio o grupo de poder, sino en la concertación horizontal,
simétrica de los diferentes.
• El mito de la neutralidad valorativa. La aceptación de los valo-
res como constitutivos de la metodología de investigación social,
como forma legitima de la racionalidad científica, nos aleja de
falsos objetivismos, y coloca la polémica paradigmática en su cen-
tro real. ¿Qué fines informa el conocimiento social? ¿Qué poder
nutre? ¿Qué imagen de futuro contienen las diferentes posturas
teóricas y para el bienestar de quién?
• El mito del equilibrio, el orden y la regulación cerrada como
cualidades imprescindibles y deseables para la reproducción de
los sistemas sociales. Lo social pensado como sistema o con-
junto de sistemas complejos coloca la autopoiesis como cuali-
dad construida, insuflada a comunidades, instituciones, grupos,
movimientos, como fundamento de autotransformación parti-
cipativa, en oposición a mecanismos de manipulación y control
externo.
• El mito de la separación sujeto objeto y de la realidad como
externalidad. La subjetividad como productora de realidad,
­borra los límites sujeto-objeto, remarca la capacidad transforma-
tiva de los actores y ubica la praxis innovativa como elemento
esencial de la construcción de futuro.
• El mito de la historia como progreso universal unilineal inevi-
table. La visión compleja del tiempo despoja la historia de su
naturalidad y rescata la racionalidad utópica para devolverle su
condición de campo legítimo de las ciencias sociales, de instru-
mento analítico sin el cual es imposible una real comprensión de
lo histórico y del presente, de una fuente de diseño de acciones
de modificación de la realidad.
• El mito de la posibilidad de recuperación del todo a través de
las partes. La comprensión de la dialógica todo parte, supone

113
la necesidad de enfocar los estudios sociales desde la óptica de
­recuperación de los nexos simultáneos múltiples entre ellos y de
sus jerarquía no fijas e intercambiables.
• El mito de la superioridad de la ciencia como forma de conoci-
miento de la realidad. Asumir el supuesto de reflexividad y la
condición de los valores como elementos de la racionalidad cien-
tífica, supone también que las relaciones entre el conocimien-
to estructurado a partir de métodos científicos y aquel que se
obtiene a través del arte, la experiencia práctica y otras formas
de conocer, no son jerárquicas, sino horizontales, y forman un
conjunto que puede complementarse para potenciar la capacidad
transformativa.

Esta enumeración podría ser más extensa, pero estoy conscien-


te de que las ideas vertidas en este pequeño ensayo solo rozan una
problemática cuya profundidad y relevancia para las perspectivas del
pensamiento social la hace merecedora de una investigación y un
análisis mucho más acucioso. Mi propósito solo es llamar la aten-
ción de la comunidad académica cubana, muy especialmente de
los jóvenes que se desempeñan en el ámbito de las ciencias socia-
les, sobre el hecho de que hemos recepcionado muy tardíamente lo
producido en torno a nuevos posicionamientos epistemológicos (ya
no tan nuevos) y que nos hemos involucrado con demasiada timi-
dez en esos debates.
Generalmente cuando se debaten estas ideas, especialmente en
Cuba, surge una interrogante: su relación con el marxismo. Para al-
gunos, todo este discurso es innecesario y solo representa decir con
un nuevo lenguaje algo que ya la dialéctica marxista enunció con sus
leyes. Para otros, la teoría de la complejidad descalifica, completa o
parcialmente, al marxismo.
No considero estos elementos que integran lo que he llamado
aquí el giro epistemológico como una propuesta alternativa al mar-
xismo. De hecho, muchos de los presupuestos que están en proceso
de construcción en esta nueva perspectiva tienen claros antece-
dentes en el marxismo, muy especialmente todo lo concerniente
a la dialógica, a las conexiones universales, a la postura crítica y
de cuestionamiento de fines, a la no aceptación en la producción

114
de conocimiento de una relación de poder que puede ser utilizada
como instrumento de enajenación, a la capacidad transformativa de
los actores sociales. Por supuesto, a la luz de los avances de la cien-
cia que han tenido lugar en la últimas cuatro décadas del pasado
siglo, el pensamiento social ha podido incorporar nociones nuevas
y realizar una autocrítica profunda, que incluye el abandono de
supuestos que también ha compartido el marxismo (me refiero a los
«siete mitos»). De hecho no hay que encontrar en este pensamiento
un sospechoso antagonista del marxismo, lo que conduce, como
ya nos ha pasado, a acercarnos a él con prejuicios y a subvalorarlo
como moda pasajera.
La necesaria renovación a que está llamado el pensamiento social
cubano, para dar cuenta de la complejización que experimenta su
propio objeto y del entrelazamiento de las dinámicas internas y la ló-
gica globalizadora que se dan en nuestra sociedad, para comprome-
terse más radical y creativamente con el diseño de opciones de futuro
y de la nueva utopía, acaso como nunca antes urgidas de la lectura
crítica innovativa, de desmarcarse de los determinismos históricos
y de lo teóricamente verosímil, y de imaginar rumbos impensados,
exige de nosotros que nos involucremos con voz y criterio propio en
estos debates.
Para terminar, es preciso hacer visibles dos alertas: sería un con-
trasentido pretender la conversión de la perspectiva de la comple-
jidad en un nuevo paradigma, en la creencia de que su capacidad
de solución a los problemas del conocimiento social es definitiva y
absoluta. La pretensión paradigmática niega el sentido del ideal de
complejidad, que no es más ni menos que eso: un ideal, una pers-
pectiva, un modo de situarse ante la realidad e, incluso, ante la vida
propia.
He intentado mostrar y enfatizar la idea de que esta perspectiva
permite colocar en primer plano el tema de la relación entre conoci-
miento y valor, el tema de lo ético en la producción de conocimiento
científico, sin que ello signifique debilidad de la cientificidad.
En el ideal de simplificación hay una primacía de la racionali-
dad instrumental, la investigación social se centra en la eficacia de
los medios que se organizan para lograr un fin, generalmente defi-
nido y encargado por otro, otro ubicado en una posición de poder

115
–­económico, político, social– que lo capacita para hacer tal encargo,
para apropiarse del conocimiento producido y de sus aplicaciones
prácticas, que es, por lo tanto, incuestionable. Es una ciencia so-
cial que no hace preguntas sobre la globalidad de la existencia. La
perspectiva compleja, en su vertiente emancipatoria, coloca todas sus
preguntas y respuestas en una contextualización que se construye
desde esa globalidad de la existencia.

116
Parte II

Desigualdad
y políticas sociales.
Una lectura del caso
cubano en clave compleja
La segunda parte sintetiza e integra los siguientes textos de la autora:
(2003). «Reajuste y movilidad social en Cuba»; (2004) «Social Effects
of Economic Adjustment: Equality, Inequality and Trends toward
Greater Complexity in Cuban Society». En Domínguez, J., Pérez,
O., Barberia, L. (editores.) The Cuban Economy at the Start of the
Twenty-First Century; (2005) «Poverty, inequality and development:
the role of the state in the Cuban experience». En Cimadamore, A.,
Dean, H., Siqueira, J. (editores) The poverty of the state. Reconsidering
the role of the state in the struggle against global poverty; (2006). «La
comprensión de la desigualdad» Temas 45; (2008). «Política social en
Cuba. Equidad y movilidad». Working Papers #2007-2008 3; (2008).
«Viejas y nuevas desigualdades en Cuba. Ambivalencias y perspecti-
vas de la reestratificación social», en Nueva Sociedad No. 216; (2008).
Políticas de atención a la pobreza y la desigualdad. Examinando el rol del
Estado en la experiencia cubana; (2008). «Mirar a Cuba hoy: cuatro
supuestos para la observación y seis problemas-nudos», Temas 56.

118
1. La problemática de la desigualdad
en las ciencias sociales
La observación de la diferenciación social como una estructuración
sistemática, funcional, persistente y causal, que soporta y da lógica
a numerosos procesos de reproducción de la sociedad, que confi-
gura grupos que parecen atrapados en una posición y constreñidos
en un espacio de opciones de vida, posibilidades de reflexión y ac-
ción preestablecido, que se asocia a la distribución de recompensas,
materiales y simbólicas, a la desigualdad en el acceso al bienestar y
al poder que cada uno de ellos tiene, constituye uno de los objetos
fundacionales de la sociología y de otras ciencias sociales, que desde
su conformación como disciplinas particulares autónomas, han in-
tentado explicar la desigualdad social, sus funciones y perspectivas,
entendiéndola como cualidad esencial de lo social.
Los modelos de intelección de la desigualdad propuestos por las
ciencias sociales han estado caracterizados, como todo en ellas, por
la diversidad paradigmática y por la oposición de diversas visiones
causales construidas desde diferentes matrices teóricas. Sin embar-
go, al menos dos nociones generales aparecen en todas ellas: estruc-
tura y estratificación.


Comentarios sobre la condición fundacional del tema de la desigualdad en la
Sociología. (1966). En Dahrendorf, R. Sociedad y libertad.
La entrada de la noción de estructura al pensamiento social, la
idea de una «estructura social», se produce por la utilización de ana-
logías orgánicas, lo social como organismo vivo, como estructura
o conjunto de estructuras que organizan y vinculan las partes del
todo para cumplir funciones determinadas. La obra de Spencer es un
ejemplo claro del empleo de este tipo de analogía.
Desde ese comienzo organicista, la noción de estructura es piedra
de toque en la construcción de las explicaciones sociológicas, no solo
en el área de las desigualdades, apegadas a un ideal de cientificidad
clásico o de simplificación, al designar lo esencial, necesario, deter-
minante, ordenado, coherente y estable, en oposición a lo secunda-
rio, aleatorio, arbitrario, caótico, variable y coyuntural.
Esta noción sintetiza, además, el conjunto de cualidades básicas
de lo social, sus mínimos de existencia, a saber: su condición de to-
talidad dinámica ordenada, constituida por partes articuladas y or-
ganizadas para cumplir funciones diversas; la dependencia mutua
de las partes-elementos y el intercambio entre ellas; la persistencia
relacionada con la capacidad de cambio adaptativo que permite per-
severar y mantener lo esencial; características de las colectividades
–no imputables o reductibles totalmente a los individuos– que ac-
túan con un efecto de constricción y limitación de las acciones y la
subjetividad de los elementos individuales, que dan a la sociedad su
condición de entramado de fuerzas en interacción.
Por su parte, la noción de estratificación social, analogía geoló-
gica, describe las diferencias sociales como un perfil de fragmentos
ordenados en capas superpuestas, fronterizas y jerarquizadas, es decir:
desigualdades estructuradas y expresadas en estratos entre los que se
distinguen posiciones superiores e inferiores, una estructura que tiene
un arriba y un abajo, un conjunto de posiciones asimétricas.
La noción de estructura enfatiza el doble aspecto fijo-dinámico,
relacional de las desigualdades, su interdependencia y su articulación
con otras estructuras o sistemas sociales, la de estratificación, el as-
pecto gradacional jerárquico de estas y da base a análisis de movili-
dad social en la lógica de ascenso-descenso.
La explicación de las estructuras persistentes de desigualdad eco-
nómica y social que constituyen basamentos de la reproducción de
las sociedades ha transitado por diferentes etapas y momentos. Hacia

120
el siglo xvii queda superado el supuesto, típico de las sociedades
preindustriales, de «naturalidad» de las desigualdades, reemplazado
por la idea de que los seres humanos nacen iguales, lo natural es la
igualdad, y es la forma específica en que se organizan las sociedades
las que otorgan lugares y recompensas diferentes. Hobbes, Locke,
Rousseau, desarrollan sus ideas políticas bajo este supuesto, que está
en la base de la concepción de los derechos de ciudadanía.
En el siglo xix, el auge de la industrialización capitalista y la evi-
dente conversión del trabajo en mercancía, que transparentan la con-
tradicción trabajo-capital y su relación con las desigualdades, con for-
mas imprescindibles o necesarias de organización de la vida
económica, y el contraste de estas desigualdades con las libertades
individuales formales impulsadas por las revoluciones burguesas, ha-
cen que el tema de la desigualdad y su no naturalidad quede clara-
mente inscrito como uno de los centros del pensamiento político y
social, como pieza clave de la configuración y la legitimación del ob-
jeto de estas áreas en tanto producción científica.
En este contexto surgen las llamadas matrices teóricas clásicas de
la explicación de la desigualdad: la perspectiva marxista, la weberia-
na y la teoría de las élites, a las que se agrega después el estructural-
funcionalismo con su teoría de la estratificación social, todas con
pretensiones de explicaciones universalistas, en el sentido de descri-
bir los mecanismos de configuración y reproducción de las desigual-
dades en todas las sociedades y a lo largo de la historia humana, sus
funciones, sus componentes claves, perspectivas futuras y opciones
de manejo, incluyendo también una reflexión, más o menos explíci-
ta, sobre los nexos de la desigualdad con la justicia social

Las matrices teóricas clásicas de la explicación


de la desigualdad
Sin ánimo ni oportunidad de hacer aquí historia del pensamiento
social, propongo realizar un breve recorrido, una especie de «pano-
rama recortado»,  primero por estas matrices teóricas fundacionales,

El recorte del panorama se sustenta en autores y propuestas de influencia uni-
versal y en una preferencia por la sociología, disciplina social estructurista por
excelencia y de cuya visión de la desigualdad se han nutrido tradicionalmente el
resto de las ciencias sociales.

121
aún vivas en su influencia sobre el pensamiento contemporáneo, y,
después, pasando a grandes zancadas, por elaboraciones más actua-
les, con el propósito de que este recordatorio nos auxilie para ubicar-
nos en la lógica construida por el pensamiento social para explicar (e
intervenir sobre) la desigualdad y en sus búsquedas recientes y, con
ese antecedente, enfocarnos después en lo que se hace en Cuba en
este campo de estudios.
Es tan fuerte la impronta de las teorías iniciales que José Felix Te-
zanos, sociólogo español que ha realizado numerosos estudios en esta
área, considera que al final del siglo xx la literatura sobre las clases
sociales estaba plagada de neomarxismos, posmarxismos, pseudowe-
berianos, neofuncionalismos y múltiples esfuerzos escolásticos por
hacer coincidir los datos de la realidad con las verdades reveladas.
Con ello Tezanos también pone el acento sobre cierta parálisis teórica
de esta área ante los cambios que se han producido en las fuentes y
características de la desigualdad y sus articulaciones, en las sociedades
centrales y periféricas del capitalismo tardío, el pos-capitalismo de la
mundialización neoliberal, que exigen una renovación en sus progra-
mas de investigación y paradigmas interpretativos.
Iniciemos el recorrido con el enfoque marxista o dialéctico ma-
terialista, también denominado como teoría marxista de las clases
sociales, por la relevancia que atribuye a la constitución de clases, que
coloca sus énfasis en las bases objetivas y económicas de la desigual-
dad y de la distinción de agrupaciones sociales: las desigualdades so-
ciales y el rol que desempeñan los diferentes grupos tienen su base en
la esfera de la producción material, en la matriz o estructura econó-
mica que liga las fuerzas productivas y las relaciones de producción,
sobre la que descansan el resto de las estructuras sociales.


Tezanos, J. F. (2001). La sociedad dividida. Estructuras de clases y desigualdades en
las sociedades tecnológicas.

Para una revisión mínima de la perspectiva marxista clásica de la desigualdad y
las clases sugiero consultar de Carlos Marx (1971). «El XVIII brumario de Luis
Bonaparte». En Marx, Engels. Obras Escogidas en dos tomos; (1997). «Contribu-
ción a la crítica de la Economía Política. Prólogo», en Marx, Engels y Lenin.
Selección de Textos; «Carta A Weydemeyer» (1973). Ob. cit; «Las clases», en El
Capital; Vladimir Ilich Lenin (1977). «El Estado y la revolución», en Obras
Escogidas en XII Tomos; «Economía y política en la época de la dictadura del

122
La ubicación en la división social del trabajo y con relación a la
propiedad sobre los medios de producción de cada grupo, definen su
rol, su papel en la dirección de la producción y la recompensa que les
corresponde por su participación en ese proceso, el tipo, la magnitud
y calidad de la riqueza producida a la que tienen acceso.
Las clases sociales, agrupaciones que se forman a partir de las re-
laciones de propiedad, constituyen el elemento clave de las estructu-
ras sociales, expresan el grado más profundo de diferenciación y desi­
gualdad y forman pares clasistas polares, opuestos, históricamente
contradictorios, que conforman el núcleo duro, fundamental, de los
diferentes sistemas económicos y de organización de la producción.
Ello no niega la existencia de otras fuentes de desigualdad, pero
concede la centralidad a aquellas que se relacionan con las estruc-
turas productivas. El concepto de clase se aplica aquí a relaciones
jerárquicas de base económica, que son un reflejo y un efecto del
acceso diferente a la propiedad sobre los medios de producción, de
manera que la articulación productiva y, de ahí, la social, se da bajo
la lógica de poseedores y desposeídos, explotados (expropiados de
una parte de la riqueza que producen con su trabajo) y explotadores
(grupos en capacidad de expropiar en su calidad de propietarios).
La importancia primaria y esencial se concede al carácter ob-
jetivo, externo, de la condición de clase y de la estructura de desi­
gualdad, pues presuponen una necesidad objetiva del modo de pro-
ducción, para su funcionamiento, se complementa con una visión
dialéctica de la relación entre la clase en su condición de efecto de la
matriz económica y como sujeto histórico, con capacidad de agente
de cambio, a partir de la distinción entre clase en sí y clase para sí,
la primera, existe como realidad histórica, como efecto, la segunda
condición supone la adquisición de una conciencia de su identidad y
sus intereses colectivos diferentes a los de otras clases y de su capa-
cidad para actuar.
De la centralidad de las clases y sus contradicciones para explicar
la organización y reproducción del sistema social y de su capacidad
potencial para intervenir en el cambio se desprende el corolario de

proletariado», (1977). Ob. cit., Tomo X; «Una gran iniciativa», (1977). Ob. cit.
Tomo X.

123
que la lucha de clases es la principal fuerza motriz de la historia
humana.
Se enfatiza también en el carácter cambiante e histórico concreto
de las estructuras de desigualdad y en la posibilidad de una organi-
zación socioeconómica de base no clasista, igualitaria, el socialismo,
como perspectiva inexorable, imbricada en la ley del progreso his-
tórico, del futuro de la sociedad. Para la teoría marxista, soluciones
definitivas a la desigualdad son posibles y necesarias y tendrían como
prerrequisito la eliminación de la propiedad privada sobre los medios
fundamentales de producción, la colectivización de estos, y la susti-
tución del aparato estatal burgués por un estado socialista que crea
mecanismos de distribución en condiciones de igualdad.
Para los que se adhieren o acercan a esta propuesta, su solidez
estriba en la colocación de la desigualdad y sus fuentes en el mismo
corazón de la reproducción social (la producción y la propiedad), lo
que les confiere materialidad y objetividad y marca los ejes esencia-
les de su configuración, en la posibilidad de encontrar jerarquías de
desigualdades, distinguir entre prioritarias y secundarias y, con ello,
la de trazar estrategias de cambio ajustadas a lo esencial. También el
aspecto relacional dialéctico de la desigualdad, la interdependencia
mutua de las posiciones en la estructura social y los nexos de explota-
ción se consideran aportes no superados de la visión marxista. Todo
ello dibuja las líneas generales de un programa emancipador hacia
una sociedad de igualdad.
Desde otras posiciones teórico-ideológicas, y aún desde propuestas
contemporáneas marxistas con intenciones renovadoras, las críticas
más extendidas a esta perspectiva de explicación de la desigualdad
se concentran en el reduccionismo economicista, la subvaloración de
las dimensiones subjetivas en la configuración de las desigualdades
y de otros ejes de desigualdad que, aunque se articulen a los fenó-
menos de clase, no pueden ser totalmente explicados ni disueltos en
ellos (como por ejemplo los ejes de género, raza, etnia, cultura, entre
otros), el teleologismo obrerista (la consideración de la clase obrera
como única e inexorable portadora de un nuevo régimen de justicia e
igualdad, que se impondría con carácter de inevitabilidad histórica)
y la visión de que la solución de la contradicción trabajo-capital re-
suelve todas las otras contradicciones opresivas y de dominación.

124
Por su parte, la propuesta weberiana es reconocida como una pers-
pectiva multidimensional, por colocar las fuentes de la desigualdad
y de la configuración de agrupaciones diferentes como fenómenos
de poder que se generan en varios ejes articulados e interdependien-
tes. Para Weber la desigualdad social se asocia a los vínculos entre
poder y economía y los elementos básicos de la estructura social son
aquellos que representan fenómenos de distribución de poder que se
expresan en la trilogía clase-estamento-partido.
El poder es entendido como la probabilidad que tiene un indivi-
duo o agrupación de imponer sus intereses en una acción comunita-
ria, incluso contra la oposición de los demás. Las fuentes de poder
están distribuidas en los tres órdenes básicos que conforman la so-
ciedad: el económico, el social y el político-jurídico.
La clase, fenómeno de orden económico, se define como todo gru-
po humano que se encuentra en situación igual en cuanto al conjunto
de probabilidades típicas de provisión de bienes y destino personal,
que derivan en la magnitud y la naturaleza del poder de disposición
(o carencia) sobre bienes y servicios, así como de las maneras de su
aplicabilidad para la obtención de rentas e ingresos. La posibilidad
de competir en el mercado es la dimensión causal específica de la
estratificación y la desigualdad económica.
El estamento, configuración del orden social se constituye a par-
tir de la consideración social, del prestigio sustentado en el modo de
vida, las maneras formales de educación, el prestigio hereditario y
profesional, las convenciones estamentales tradicionales, posesiones
y riquezas y las relaciones sociales. Está condicionado por la situa-
ción de clase, pero no se identifica con ella, pues es un estatus que
se adquiere mediante la aprehensión de una mentalidad y un modo
de comportamiento, de un estilo de consumo de bienes. Puede ser
adscrito (por herencia), o adquirido (por el nivel y costo de la edu-
cación alcanzada y por el desempeño profesional) e implica un acto
valorativo en el terreno de las relaciones intersubjetivas.
Los partidos son fenómenos organizativos del orden político, de
distribución del poder político y su papel es ejercer influencia sobre
la acción comunitaria.


Véase Weber M (1971). «Estamentos y clases», en Economía y Sociedad.

125
Los vínculos entre las tres esferas del poder no tienen carácter
determinista, sino de relaciones recíprocas, de interinfluencias cuya
fortaleza o debilidad dependen de circunstancias histórico concretas.
No son necesariamente equivalentes y en determinadas situaciones
y espacios una de las esferas puede ser más influyente que otra, tener
mayor peso sobre la desigualdad.
Weber considera que la tensión social entre los diferentes está
en la base del cambio social e histórico, acepta la desigualdad como
elemento intrínseco a todo sistema social, por lo que siempre per-
durará un grado específico y un tipo particular de desigualdad. La
perspectiva del progreso histórico, de alguna manera también con
carácter de ley ineludible, supone la disminución progresiva de la
desigualdad per cápita irracional y la expansión de una racionalidad
económica que regule con justicia la asignación de recompensas, la
distribución del poder.
El atractivo de esta propuesta, que perdura hasta hoy, tiene que
ver con la centralidad que otorga a la distribución del poder y a una
visión multidimensional de este y de lo social en su conjunto, que
permite operacionalizar, sociológicamente hablando, la complejidad
de las relaciones sociales, no reduciéndolas a lo económico, y rescatar
la relevancia de la subjetividad, de la intersubjetividad. Las críticas
más frecuentes tienen que ver con su relativismo y la no considera-
ción de las imbricaciones del poder con fenómenos de género, raza,
etcétera, así como con su perpetuación de la desigualdad.
La teoría de la circulación de las élites propuesta por Vilfredo
Pareto, es, de estas matrices teóricas, la de menor influencia actual,
dada sus obvias limitaciones asociadas a su marcadísima impronta
evolucionista, mecanicista y biologisista, que los avances posteriores
en las ciencias naturales y humanas debilitaron como argumentos
explicativos del comportamiento social.
No obstante, la sustitución que efectuó Pareto del vínculo causal
del sistema social por el vínculo funcional, su explicación funcional
de lo social, sí ha mantenido una presencia duradera en las disci-
plinas sociales y también, en algunas escuelas contemporáneas, su
énfasis en los sentimientos como resorte del sistema.


Véase Pareto (1964). Ob. cit.

126
Pareto considera que la heterogeneidad social está predetermina-
da por la desigualdad psicológica originaria de los individuos y que
ello constituye un elemento sustancial del sistema social. Las pecu-
liaridades de los grupos sociales dependen de las aptitudes innatas
y el talento de sus miembros y ello determina la situación social del
grupo en el orden jerárquico social. Parte de la tesis de que en cada
rama o campo de actividad solo cuenta una pequeña minoría de per-
sonas y que también en política tal minoría es la que decide en lo que
se refiere a los hechos de gobierno.
Identifica clases sociales con la división entre élite y masa. La élite
está formada por los que tienen el índice de desempeño más elevado
en su rama de actividad, es la parte selecta de la población, y se di-
vide en clase gobernante (aquellos que participan directa o indirec-
tamente en la administración de la sociedad) y élite no gobernante
(artística, científica).
La élite y los individuos que la integran, se caracterizan por el do-
minio de sí mismos, el valor del saber y el pragmatismo En cambio,
en la masa y sus miembros prevalecen el sentimiento, las emociones
y el prejuicio. A su vez los gobernantes poseen dos cualidades bási-
cas: capacidad de convencer manipulando las emociones humanas
y la capacidad de usar la fuerza, de ejercer la violencia donde sea
necesario.
Las personas más dotadas de las capas bajas ascienden incorpo-
rándose a las élites y las de las clases superiores degradadas descien-
den hacia la masa. La rotación o circulación es un proceso de in-
teracción entre los miembros de la sociedad heterogénea que permite
la renovación o restauración de las élites.
Si la circulación se produce con lentitud en las capas superiores se
acumulan elementos decadentes y se pierden las cualidades psíquicas
y la capacidad de gobernar. La élite gobernante debe permanecer en
estado constante y paulatino de transformación. Paralelamente, en las
capas bajas tiende a crecer el número de individuos con cualidades
superiores. Si se acumulan sin ascender y por sus méritos aventajan a
las clases superiores se abre una etapa de revolución cuyo sentido es
renovar la élite gobernante y reestablecer el equilibrio social.
En esta perspectiva la heterogeneidad social, explicada por la
desigualdad psicológica individual originaria, constituye una ley

127
i­nvariable de la existencia de la sociedad humana, por lo que no
puede haber sociedad de igualdad. Las sociedades modernas, como
tendencia, se orientarán hacia una renovación pacífica y racional de
las élites.
Obviamente, la crítica descalificadora de esta teoría es la de su re-
duccionismo psicologista y subjetivista en general y la simplificación
de los mecanismos de reproducción social.
Estas tres matrices reseñadas elaboran sus propuestas analíticas
de la desigualdad en el período de formación autónoma de las disci-
plinas sociales (segunda mitad del siglo xix y primeras dos décadas
del xx), formando parte de cuerpos teóricos más abarcadores, de una
explicación de los sistemas sociales en su conjunto, de su historia y de
las leyes del cambio y el progreso.
El enfoque funcionalista de la desigualdad surge con posteriori-
dad a esta etapa, en la fase de expansión de dichas disciplinas y de
auge de la perspectiva de especialización y atomización, de aquella
que avanza en el conocimiento a través de particiones de sus objetos,
descomponiendo el todo en partes como fórmula de profundización
en él. Es el momento también (años 40 y hasta el inicio de los 60)
de máxima expansión de lo que podríamos llamar una subdisciplina
o teoría sociológica especial de la estructura social y las desigual-
dades, y de la presencia de esta temática en prácticamente todas las
disciplinas sociales, en el entendido de que el manejo práctico de la
desigualdad constituye un foco de atención de las políticas sociales.

De Tezanos (2001). Ob. cit. podemos inferir la presencia de momentos en la
sociología de las desigualdades (que se entrelazan con la periodización del pen-
samiento social en general, pero que no coincide exactamente con ella pues tiene
una lógica propia): formación pluriparadigmática (matrices teóricas iniciales,
segunda mitad del siglo xix, principios del xx, hasta década del 30); consoli-
dación como subdisciplina y expansión (décadas de los 40, 50, debates entre
la teoría funcional de la estratificación social la teoría marxista de las clases
sociales, expansión de la investigación empírico propositiva; declive (finales de
los 70 y años 80, percepción de tendencias hacia la igualdad que devalúan el
tema, giro constructivista en el pensamiento social, debilitamiento de las expli-
caciones universalistas de la desigualdad, integración y síntesis de paradigmas);
recuperación (años 90, actualidad, persistencia y ampliación de la desigualdad
y la pobreza como problemas sociales recolocan el tema, continuidad de la ten-
dencia de integración y síntesis, que se enlaza con el desplazamiento hacia una
visión dinámica, compleja y holística de la desigualdad).

128
Este aspecto del funcionalismo se desarrolla explícitamente como
alternativa de explicación no marxista de la estratificación social y
declara que se funda en la noción multidimensional desagregadora
de Weber, en oposición a la visión unitaria economicista marxista de
las clases sociales, aunque, como veremos, termina absolutizando la
dimensión sociosubjetiva, la condición de estrato, minimizando los
fenómenos de poder asociados a la clase económica y la esfera políti-
co-jurídica incluidos en la triada weberiana.
En síntesis, Talcott Parson y sus seguidores argumentan que los
factores económicos no constituyen una explicación suficiente de la
desigualdad, puesto que en las sociedades industriales avanzadas las
grandes fronteras de división antagónica entre clases se han dilui-
do, dando lugar a un conjunto de posiciones sociales escalonadas,
fundadas en el prestigio y la consideración social. La estratificación
social se define como el ordenamiento diferencial de los individuos
que componen un sistema social dado y el orden recíproco de supe-
rioridad e inferioridad que guardan aspectos socialmente relevan-
tes. Los estratos se configuran a partir del prestigio social, que se
asocia con desempeños ocupacionales concretos y con los niveles
de ingresos, pero están situados en el campo de la subjetividad re-
cíproca.
La estratificación es una necesidad funcional universal, un me-
canismo de ajuste funcional inconscientemente desarrollado, im-
prescindible para la supervivencia de toda sociedad. Ella resuelve la
cuestión funcional de mayor relevancia en la organización y diná-
mica de los sistemas sociales: premiar y atribuir estímulos, asegu-
rar la colocación adecuada y la motivación de los individuos en la
estructura social, atribuir las recompensas en virtud de una escala
de jerarquías de acuerdo con la relevancia de las posiciones para la
supervivencia del sistema social.
Las diferentes posiciones sociales deben estar ocupadas al máxi-
mo nivel de competencia posible, por los individuos más capaces
para desempeñar adecuadamente el rol funcional de cada posición.
Así la desigualdad es entendida como un eje central de los ­sistemas

Véase Parsons T. (1967). «Un enfoque analítico de la estratificación social», en
Ensayos de teoría sociológica; Davis K., Moore W. (1972). «Algunos principios de
estratificación». En Bendix R., Lipset S. Clase, status y poder.

129
sociales en equilibrio, que tiene la función de distribución estimu-
ladora de recompensas entre calificaciones y competencias desigua-
les, es un mecanismo de ajuste funcional.
Aunque desarrollos posteriores a Parson introducen la idea de
conflicto y disfunción, entendiendo que la estratificación no tiene
un carácter uniformemente funcional, ella es vista en esencia como
articulación complementaria y armónica de los estratos diferentes,
en oposición a la visión marxista de las contradicciones de clase. Las
disfunciones (atribución indebida de recompensas que no respeta la
jerarquía de la estratificación, roles inadecuadamente desempeña-
dos, entre otras posibles) son anomalías, desviaciones externas, su-
perables dentro del sistema.
La teoría de la estratificación social, en debate constante con la
teoría marxista de las clases, es una creación típica de la sociología
norteamericana que ha gozado de una gran influencia en las ciencias
sociales universalmente, en especial por la ductibilidad del criterio
de función para construir evidencias empíricas sobre taxonomías
y agregados sociales que informen un esquema amplio de grupos
sociales diferentes que pueden ser captados a partir de escalas de
prestigio. Por ello es esta una vertiente teórica que ha tenido mu-
cho desarrollo en el estudio empírico cuantitativo de la desigualdad
social.
Sus carencias más notables radican en su condición de justifica-
ción de los privilegios perpetuos del poder y de la necesidad absoluta
de estratificación, la debilidad de los argumentos para la identifica-
ción de la jerarquía de las posiciones sociales con relación a la su-
pervivencia de la sociedad, su subjetivismo y su inclinación hacia lo
gradacional en detrimento de lo relacional.
Como se desprende de este breve recorrido por las matrices teóri-
cas clásicas de explicación de la desigualdad, ella está colocada desde
un inicio en el contexto de las dicotomías y antinomias que han mar-
cado el pensamiento social, especialmente en aquellas que separan y
oponen lo objetivo a lo subjetivo, la estructura a la acción, lo interno
a lo externo, los macro procesos a los de microescala, lo individual a
lo social.


Véase Davis y Moore (1972). Ob. cit.

130
Cada matriz (excepto Weber, que trata de desprenderse de esa
malla paradigmática con una propuesta plural, no resuelta en sus
articulaciones) basa su cientificidad, la dureza de su explicación cau-
sal, en la elección excluyente de uno u otro componente del par (de
los pares) como principio explicativo último. La mayor parte de ellas
hacen una elección «macroestructurista», pero difieren especialmente
en la opción entre los pares antinómicos objetivo-subjetivo, socie-
dad-individuo, externalidad-internalidad.
Como vemos también con el ejemplo del funcionalismo, esta eta-
pa de auge del estudio de las desigualdades sociales se caracteriza
por una fuerte expresión de lo que Lamo de Espinosa10 ha descrito
como la tensión constitutiva de la sociología (refiriéndose al período
que va de 1918 a 1989), la oposición entre marxismo y anti-marxismo.
Prácticamente todo debate gira en torno a esos dos ejes analíticos y,
en el caso que nos ocupa, alrededor de las nociones de clase, por un
lado, y de las de función y estrato, por otro, así como su pertinencia
para explicar la desigualdad.
Obviando todo un enorme listado de obras y autores que produje-
ron en esta cuerda, tomo como un ejemplo interesante la propuesta de
Ralph Dahrendorf .11 Me detendré y extenderé en su propuesta en el
entendido de que refleja preocupaciones típicas de los debates socio-
estructurales de su época y de que ella se construye en diálogo crítico
constante con el marxismo y el funcionalismo.
Este autor se propone una especie de modernización de la teo-
ría de las clases sociales, ubicándola en las sociedades industriales
avanzadas y enfatizando en su conflicto (frente al funcionalismo)
y, en general, en los resortes del cambio social. Como vimos en el
epígrafe dedicado a la comprensión del cambio social, asume que
toda sociedad está constantemente sometida al cambio y al conflicto,
que todo elemento de una sociedad contribuye a su cambio y que
toda sociedad descansa en la coacción que algunos de sus individuos
pueden ejercer sobre otros.
Distingue dos tipos de fuerzas que actúan sobre las estructuras
sociales modificándolas: fuerzas exógenas (tienen su origen fuera de
10
Lamo de Espinosa (2001). Ob. cit.: 21-50.
11
El texto que trata ampliamente este tema es Dahrendorf R. (1962). Las clases
sociales y su conflicto en la sociedad industrial.

131
una estructura previamente determinada) y fuerzas endógenas (las
que se generan dentro de la propia estructura). De aquí extrae una
crítica a Marx: los cambios sociales que se derivan de los conflic-
tos sociales entre grupos organizados o entre representantes de las
masas no organizadas (los conflictos de clase), solo constituyen una
modalidad de las transformaciones endógenas.
Por otra parte, cambio endógeno significa solo una modalidad
del cambio social estructural, conflicto social constituye únicamente
una de las causas determinantes del cambio endógeno y conflicto
de clases es solamente una forma de conflicto social, así «(…) una
teoría de las clases solo ilumina un reducido sector de la amplia zona
que abarca el concepto, vago, de la transformación estructural. No
podemos esperar ni dar por supuesto que una teoría de las clases
proyecte algún destello de su luz sobre otros aspectos del cambio de
estructura».12
Abogando por una visión pluridimensional y no lineal del cam-
bio social, que consideraba ausente de la teoría de las clases sociales
(desde su punto de vista, unidimensional y de determinación lineal)
continúa:
El cambio es un aspecto constante en las estructuras sociales y su inicia-
ción y terminación no son, por principio, determinables. Junto a otros
factores las pugnas entre las clases contribuyen constantemente a este
cambio: las revoluciones constituyen la excepción, no la regla, en los
conflictos entre las clases y sus condiciones deben ser siempre examina-
das a base de especiales comprobaciones empíricas. Si partimos de esta
concepción, cae asimismo por su base la hipótesis de la agudización
lineal del conflicto entre a las clases.13
Otro punto de interés en su crítica al marxismo, por su influencia
posterior, es el referido a la relación entre clase y propiedad. Consi-
dera Dahrendorf que la atribución de Marx a la propiedad privada
sobre los medios de producción como causa determinante de la exis-
tencia de las clases sociales, es solo aplicable a un período relativa-
mente corto de la historia social europea, puesto que al separarse
propiedad legal y control real, ello pierde su valor analítico.

12
Dahrendorf (1958). Ob. cit.: 171-72.
13
Ibídem: 172-73.

132
Propone sustituir el criterio de posesión o carencia de pro-
piedad privada por el de participación o exclusión de procesos de
­dominación para la determinación de clases sociales. Explica ade-
más, que el control sobre los medios de producción es solo un caso
particular de dominación, y que los cambios estructurales generados
por los conflictos de clase tienen su base en «la distribución diferen-
cial de los puestos de autoridad en las sociedades y en sus ámbitos
institucionales».14
Ese debate que engloba la crítica a la visión funcional que deja
fuera el conflicto y el cambio como procesos inherentes, normales, a
la reproducción de los sistemas sociales, y a la reducción de la clase a la
propiedad directa y a los procesos productivos, obviando otros resortes
del cambio y de la dominación estructurada como fuente relevante de
la desigualdad, marcó los años 50, fue su eje central y, de hecho, su
influencia perdura hasta hoy en el sentido de búsqueda de construccio-
nes multidimensionales que articulen ejes disímiles de diferenciación,
explotación, dominación.

Declive y renovación del tema de la desigualdad


Entre los años 60 y 80 se produce un declive del tema de la des-
igualdad como objeto de las disciplinas sociales, en lo que se refiere
a su centralidad y a la cantidad de lo producido en esta área, lo que
tiene en su base al menos dos tipos de factores. Por una parte, dado
el auge en los países centrales del capitalismo del Estado de Bien-
estar y de la visión keynesiana de la sociedad, se expande la percep-
ción de que se está produciendo una tendencia a la amortiguación
de las desigualdades y de las formas más injustas e inequitativas de
distribución de la riqueza. Ello se ve acompañado y reforzado, en
cierta medida, por percepciones similares que se abren paso en los
países socialistas como efecto del despliegue de una política social
de reforzamiento de la igualdad.
Por otro lado, recordemos que dentro del pensamiento social
se estaba produciendo el llamado «giro constructivista»:15 un des-
plazamiento hacia la reconsideración del sujeto en su condición de

14
Ibídem: 180.
15
Lamo de Espinosa (2001). Ob. cit.: 37-38.

133
agencia, de actor y de la intersubjetividad. En lo que concierne a la
interpretación de las desigualdades sociales la crítica general a las
matrices teóricas clásicas y a sus derivaciones posteriores, las acu-
sa de unilateralidad, reduccionismo, occidentalismo centralista y,
por ello, de haber agotado sus posibilidades de explicación de la
desigualdad y de los actores del cambio, cada vez más complejas y
de base multicausal, por lo extremadamente heterogéneas y mul-
tiestructurales que han devenido las sociedades actuales, centrales
y periféricas.
El marxismo, específicamente, se entiende que disolvió al indivi-
duo en la sociedad y subvaloró el papel de la subjetividad. La teoría
de clases no puede dar cuenta de las luchas sociales contemporáneas,
cuya naturaleza plural disuelve el fundamento de la existencia de su-
jetos universales (clases). El paradigma de las clases sociales ha sido
desbordado por una causalidad no marxista en el sentido de que para
comprender los antagonismos sociales y su influencia en el cambio es
necesario analizar la pluralidad de posiciones diversas, su articulación
de poder, dominación y explotación y abandonar la idea de un agente
universal, unificado y homogéneo portador del progreso general.
Por su parte, el funcionalismo absolutizó el rol de la función como
causación y articulación universal de las relaciones estructurales, so-
bredimensionó el rol de la intersubjetividad en las desigualdades, le-
gitimó la necesidad de estratificación, cerrando las puerta a cualquier
empeño de superación del capitalismo, y disolvió la jerarquía de los
conflictos y los agentes.
Entre las búsquedas de nuevas perspectivas que permitieran
superar las explicaciones consideradas reduccionistas y ensanchar
el campo visual de las ciencias sociales y su interpretación de las
desigualdades estructuradas, en ligazón con el giro constructivista,
en estos años tiene lugar un corrimiento epistemológico hacia la
integración y la síntesis paradigmática,16 con cierto trasfondo de
retorno a Weber o de lectura weberiana de Marx, entendiéndolos
más como complementarios que como opositores, donde la disyun-
ción antinómica es sustituida por la interacción, por la articulación

16
Sobre la tendencia a la integración y síntesis de paradigmas y sus representantes,
consultar Ritzer (1993). ��������
Ob. cit.

134
multidimensional, por el énfasis en las interdependencias, donde
las estructuras y los condicionamientos externos al sujeto son acep-
tados en su existencia objetiva, pero vistos, más que como determi-
nantes fijos, como constricción que limita el repertorio de acciones
que tienen ante sí los actores, pero que a la vez son producidas e
internalizadas por estos (significadas) y pueden ser alteradas por la
acción.
Esta superación de reduccionismos y dicotomías se vincula tam-
bién con lo que se ha llamado «el regreso de la gran teoría» o «la
generación de los nuevos teóricos» típico de los años 80, proceso ca-
racterizado por el interés en recuperar visiones explicativas globales
de la realidad social:

...por tender puentes entre los dualismos heredados de las dos generacio-
nes anteriores, singularmente la tensión entre estructuras y acciones, po-
niendo de manifiesto que, de una parte, las estructuras son las acciones
y, de otra, las acciones son las estructuras, sin que haya primacía alguna
en ese círculo o espiral por lo que las acciones individuales reproducen (y
son) las estructuras y estas reproducen (y son) las acciones.17

La obra de Antonhy Giddens es un ejemplo de tales intenciones


con su teoría de la estructuración, la cual enfatiza en una noción de
estructura que es simultáneamente constreñimiento y habilitación,
límite y construcción para los actores sociales.18
En este contexto, me atrevo a destacar como integradores y sin-
tetizadores, no sin dudas por mi elección y sobre la base de utili-
zar propuestas que ejemplifican, resumen y reflejan la variedad del
debate del momento analizado y sus ejes centrales, que tienen una
influencia especial sobre la producción actual en este campo de estu-
dios, a: Randal Collins, Pierre Bourdieu, Agnes Heller, Jon Elster,
Ronald Burt y Eric Olin Wright.
Randal Collins19 ejemplifica un caso de integración de vínculos
micro-macro en la interpretación de la desigualdad. Clasifica su
17
Lamo de Espinosa (2001). Ob. Cit.: 42.
18
Guiddens A. (1984). The constitution of Society: Out line of Theoryof Structurat����
ion.
19
Véase �������������������
Collins R. (1979). The Credential Society: A Historicla Sociology of Education
and Stratification y (1981) Sociology since mid-century. Essays
������������������������
in Theory Cumula-
tion, Orlando, Academis Press.

135
­ ropuesta como una microsociología radical de la estratificación,
p
cuya idea central es la de las cadenas rituales de interacción, defini-
das como haz de cadenas individuales de experiencia de interacción
que se cruzan en el espacio a medida que fluyen en el tiempo. Cual-
quier explicación causal, en última instancia, debe recurrir a las
acciones de individuos reales, por ello todo macrofenómeno puede
y debe traducirse a combinaciones de eventos micro.
Las estructuras sociales pueden traducirse empíricamente a pau-
tas de interacción microrrepetitivas. Todo lo macro existe en lo mi-
cro y, a la inversa y en relación, todo lo micro existe en un contexto
macro. Las estructuras no son externas y coercitivas para el actor,
los actores las construyen y son inseparables de ellas. La estratifica-
ción social tiene su base en la vida cotidiana y puede reducirse a los
encuentros pautados entre las personas en su cotidianidad.
Collins toma de Marx la idea de que las relaciones entre la
persona y la propiedad privada son la base de su ubicación social
diferencial. Los que poseen y controlan propiedad tienen mayor
capacidad para un acceso adecuado a la satisfacción de sus nece-
sidades que los que no la poseen y tienen que vender su tiempo
para acceder a los medios de producción. La propiedad es la base
de la formación de clases y estas tienen marcadas diferencias en
cuanto a su acceso al sistema cultural y a su control sobre él. Las
clases altas tienen recursos para desarrollar sistemas ideológicos y
simbólicos muy bien articulados, que pueden imponer a las clases
bajas.
De Weber recupera la idea de un sistema de estratificación multifa-
cética, añadiendo a la formación económica de clases, estatus y poder
en su conexión: las personas buscan maximizar su estatus subjetivo y
su capacidad para hacerlo depende de sus recursos, ellas persiguen su
interés y surgen los conflictos entre intereses opuestos.
En situación de desigualdad los grupos que controlan los recursos
intentan explotar a los que carecen de ese control al perseguir lo que
conciben como sus intereses más relevantes. En estas interacciones
conflictivas, que expresan la competencia individual, individuos y
grupos tienen el poder de utilizar la violencia.
Como ejemplo de una de las más reconocidas y seguidas pro-
puestas de integración entre acción y estructura tenemos la obra de

136
Pierre Bourdieu,20 con su constructivismo estructuralista o relacio-
nismo metodológico.
Con el propósito declarado de superar la oposición entre objeti-
vismo (en el que incluye tanto al marxismo como al funcionalismo,
en el sentido de que, en su criterio, ambas posturas ignoran al agente)
y subjetivismo (dentro del que coloca la fenomenología, la etnome-
todología, el interaccionsimo simbólico, que se centran en el modo
en que piensan los agentes y se representan el mundo, desconocien-
do las estructuras objetivas en que estos agentes existen), Bourdieu
desarrolla una interpretación de la dialéctica entre la estructura y el
modo en que las personas construyen la realidad social, entre las es-
tructuras sociales y las mentales. Los conceptos de campo y hábitus
explican esta relación.
El campo es la red de relaciones entre posiciones objetivas que
existen en él. Estas posiciones y relaciones existen separadas de la
conciencia y la voluntad colectiva. No son lazos intersubjetivos entre
las personas. Los ocupantes de las posiciones son agentes constreñi-
dos por la estructura del campo: el mundo social está compuesto por
multiplicidad de campos (económico, artístico, religioso). Cada
campo es un tipo de mercado competitivo en el que se emplean y
despliegan varios tipos de capital: económico, cultural, social, sim-
bólico. Las posiciones y diferencias entre agentes diversos dentro del
campo dependen de la cantidad y peso relativo del capital que po-
seen. Las cuatro formas de capital, en su entrelazamiento, propor-
cionan poder a los agentes en su lucha por ocupar las diferentes po-
siciones en el espacio social.
Se refiere el hábitus a estructuras mentales o cognitivas mediante
las cuales las personas manejan el mundo social. Son el producto de
la internalización de las estructuras del mundo social, estructuras
internalizadas y encarnadas. Reflejan las divisiones objetivas en la
estructura de clases, grupos por edad, género, raza, etc. Se adquiere
por la ocupación duradera de una posición dentro del mundo social
y varía de acuerdo a la naturaleza de la posición que ocupa la perso-
na en ese mundo: los que ocupan posiciones iguales tienden a tener

20
Véase Bourdieu P. (1986). «Condición de clase y posición de clase», en Varios
autores. Estructuralismo y sociología y (1966) Distinction.

137
­ ábitus similares, pero el mundo social y sus estructuras no se impo-
h
nen de manera uniforme sobre todos los actores.
El hábitus produce el mundo social y es producido por él, es,
a la vez, estructura estructuradora y estructura estructurada, en la
dialéctica del proceso de internalización de la externalidad y exter-
nalización de la internalidad.
Es la práctica la que media entre el hábitus y el mundo social. El
hábitus se crea a través de la práctica y el mundo social y sus campos
existen como resultado de la práctica. El campo condiciona el hábi-
tus y este, a su vez, constituye al campo como algo significativo, con
sentido y valor. Las clases sociales son agrupaciones que se distin-
guen por su posesión de capital, sus condiciones de existencia y sus
respectivas disposiciones generadas por el hábitus.
Por su parte, Ronald Burt 21 eligió la noción de red para su pro-
puesta sintética micro-macro y estructura-acción. Centra su atención
en la estructura social como armazón, como red de vínculos que liga
a los miembros individuales y colectivos de una sociedad y es la base
de las desigualdades entre ellos. Estas redes pueden ser de naturaleza
micro (entre individuos) y macro (entre agrupaciones).
Propone una interpretación estructural de evaluación de la ac-
ción social que toma el criterio del conjunto de estatus-roles del ac-
tor, generado por la división social del trabajo, como el fundamento
de la acción de los diferentes agentes: cada actor evalúa la utilidad de
las acciones alternativas a tenor de sus condiciones personales y de las
condiciones de los otros.
Los actores se encuentran a sí mismos en una estructura social
que define sus semejanzas y moldea sus percepciones sobre las ven-
tajas de las posibles acciones a elegir. La estructura constriñe dife-
rencialmente la capacidad de elección de los actores. Las acciones
elegidas bajo el influjo de la estructura pueden modificar la propia
estructura y crear nuevas constricciones para los actores.
Una zona de desarrollo muy interesante en el análisis «posclásico»
e integrador de la desigualdad es la relacionada con los llamados
posmarxismo y neomarxismos, marxismo analítico y empírico. Las

21
Véase Burt R. (1999). «Strucutral Holes of Competition». Revista-redes. Dsipo-
nible en: rediris.es/html-vol 1/vol 1_3.htm

138
propuestas son múltiples y muy diferentes, algunas que no se parecen
mucho al marxismo que pretenden recuperar, pero las que forman
el núcleo fundamental de este esfuerzo, comparten, con más o me-
nos fuerza, primero, el análisis contemporáneo de los problemas
centrales del marxismo (explotación, alienación, las clases como
agentes, visión relacional de las desigualdades, la posibilidad de
una sociedad alternativa al capitalismo), segundo, la consideración
de que la teoría marxista tiene capacidad para la incorporación de lo
individual, de la subjetividad y de la vida cotidiana como aspectos
significativos (no subalternos, ni derivados como efectos mecánicos
de las estructuras objetivas) que intervienen en la construcción de
la realidad social, en la configuración de agentes de cambio y de las
desigualdades, tercero, la relevancia de los microfundamentos del
orden y la acción social.
Jon Elster, 22 dentro de la vertiente de marxismo de microfunda-
mentos, propone un viaje a lo micro y a la incorporación de la indi-
vidualidad a través de una integración a primera vista asombrosa y
de difícil práctica, la complementación de la teoría marxista con la de
elección racional y con la teoría de los juegos.
Para Elster los tres principios metodológicos básicos del marxismo
–el holismo metodológico (existencia de colectividades irreductibles
a sus miembros individuales); la explicación funcional (fenómenos
explicados en virtud de sus consecuencias para alguien o algo); la de-
ducción dialéctica (explicación de la realidad y del cambio a partir de
oposiciones interrelacionadas)– son perfectamente compatibles con
el individualismo metodológico de la escuela de la elección racional,
a partir de los dos filtros con los que opera esta escuela: primero, el
de los límites circunstanciales de la acción (restricciones típicas de la
condición humana) y, segundo, la posibilidad de opciones individuales
en una situación dada. Ambos filtros dan la interacción entre factores
de constricción y de libertad de la acción y la elección individual.
De esta forma, se reconocen las constricciones estructurales ex-
ternas, pero se considera que estas no determinan totalmente las elec-
ciones de los actores. Los actores son racionales y buscan maximizar

22
Véase Elster J. (1989). Marx hoy (1989) y «Marxismo, funcionalismo y teoría de
juegos», Lua Nova, n. 17.

139
sus ganancias, los beneficios de su elección. La acción ­ individual
puede generar grandes o pequeños efectos en dependencia del lugar
que el individuo ocupe en la red de relaciones sociales.
Para ejemplificar las relaciones complejas entre libertad de elec-
ción y dependencia estructural, Elster explica que el capitalismo, a
diferencia de modos de producción anteriores, otorga al trabajador
la libertad de escoger su propio patrón, lo que crea la imagen de que
el trabajo es más independiente del capital de lo que es en realidad.
Aún cuando no haya un capitalista para el cual el trabajador tenga
que trabajar, él tendrá que trabajar para algún capitalista. «La liber-
tad de elección oscurece la dependencia estructural».23
Su uso de la noción de alienación entiende que los trabajadores
son doblemente alienados: de los medios de producción (en relación
a la historia y a las generaciones pasadas de operarios que produje-
ron los medios de producción actuales), y del producto de su trabajo
presente (como consecuencia de la posición que la clase ocupa en la
producción presente).
Para Elster el paradigma adecuado para las ciencias sociales es
aquel que logre una explicación causal-intencional mixta: compren-
sión intencional de las acciones individuales y explicación causal de
las interacciones. El estudio de las interacciones intencionales en un
contexto de dependencia estructural plantea, para él, la necesidad de
aplicar la teoría de juegos, que ofrece la oportunidad de que los ac-
tores individuales se desplacen desde una racionalidad paramétrica
hacia una racionalidad estratégica, dejando de ver a los otros como
obstáculos invariables, constantes, para sus acciones y considerándo-
los en su intencionalidad.
La interdependencia de las acciones individuales se expresa en
tres principios:
• La elección individual es interdependiente en relación con la elec-
ción de los demás.
• Las recompensas o ganancias de cada actor o individuo son inter-
dependientes de la elección de los demás.
• Las recompensas o ganancias de cada actor o individuo son inter-
dependientes de las ganancias de los demás.
23
Elster J. (1989). Marx hoy,: 198.

140
La teoría de los juegos proporciona la noción de un sujeto que puede ser
tanto un nosotros como un yo. A través de la triple interdependencia
que la teoría de los juegos analiza –entre ganancias, entre elecciones y
entre ganancias y elecciones– el individuo surge como un microcosmos
que representa en miniatura toda la red de relaciones sociales.24
También ubicada en el neomarxismo de microfundamentos, en
una sociología de la vida cotidiana, la obra de la húngara Agnes
Heller25 se orienta hacia una explicación multidimensional de la alie-
nación, centrada en la recuperación marxista del individuo y la subje-
tividad.
Heller parte de cuatro categorías analíticas básicas:
• Particularidad: el ser humano concreto en un momento históri-
co dado y en una posición determinada en la división social del
trabajo, que constituye la base de la reproducción social en cuyo
ámbito se estructura lo cotidiano.
• Individualidad: elevación del particular por medio de la concien-
cia de género, el particular no alienado.
• Socialidad: adecuación del conjunto de seres humanos particula-
res a la condición de vida en colectividad, adecuación al género.
• Género: conciencia de cada hombre (y de todos) sobre su partici-
pación en el género humano, comprensión de la humanidad como
un todo en relación a sus posibles destinos.
La reproducción social depende de la reproducción de los hom-
bres particulares y es en el ámbito de esa reproducción que se cons-
tituye lo cotidiano. Lo cotidiano concreto es común a todos y a la
vez diferente para cada ser humano, le conserva como ente natural,
sometido a leyes de la naturaleza.
La desigualdad de clases es una condición fundamental del coti-
diano capitalista. Los particulares están distribuidos de forma jerar-
quizada y los individuos están limitados por condiciones objetivas al
elegir su relación y acciones frente al género.
La conciencia de género es cotidiana, pues se expresa a través de ac-
ciones ligadas a otros individuos, pero la relación conciente ­presupone
24
Elster, J. (1989). «Marxismo, funcionalismo y teoría de juegos»:191.
25
Véase Heller A. (1987). Lo cotidiano y la historia y (1985) Sociología de la vida
cotidiana.

141
el género como motivación de los actos, lo que no siempre surge en
lo cotidiano. El grado de alienación de una sociedad depende de la
posibilidad del hombre medio, de realizar en la vida cotidiana una re-
lación conciente con el género y del grado de desarrollo de esa relación
cotidiana
Por su parte Eric Olin Wright,26 es uno de los representantes más
prominentes del llamado marxismo de orientación empírica, por su es-
fuerzo por trasladar las categorías del marxismo, especialmente clase y
explotación, a la investigación concreta de sociedades contemporánea,
al estudio empírico riguroso, con amplia base estadística, de los pro-
cesos de diferenciación socioeconómica. A ello también se agrega una
tendencia integradora de dimensiones múltiples de la desigualdad.
Entre los aportes más reconocidos y utilizados de Wright se en-
cuentran su propuesta de situaciones múltiples contradictorias, la de
explotaciones múltiples y sus clasificaciones socioestrucurales rela-
cionales.
El primer aporte, las situaciones contradictorias en las relaciones
de clase, da cuenta de posiciones sociales que pueden encontrarse
simultáneamente en más de una clase (definidas estas como toda
situación de explotación), por ejemplo, los ejecutivos. Las explota-
ciones múltiples describen el proceso mediante el cual se generan
variados y simultáneos mecanicismos de explotación, no solo el ati-
nente a la relación capital-trabajo ligado a la propiedad, toda vez que
individuos y grupos sociales pueden apropiarse de parte del plusvalor
social por otras vías.
En relación con esto último, su clasificación socioestructural con-
templa tres criterios de distribución de los individuos en la estructu-
ra de desigualdad: situaciones de mercado y trabajo, bienes de poder
y organización, calificaciones y credenciales.
En esta cuerda Wright ha elaborado tres principios de análisis de
los mecanismos de generación de la desigualdad y la pobreza (con-
siderando esta como una de las expresiones extremas de la desigual-
dad), desde una perspectiva ubicada en la explotación del trabajo:
1) El principio de la interdependencia inversa del bienestar: situa-
ción en la que el bienestar de un grupo depende del deterioro del
26
Véase Olin Wright E. (1985). Clases.

142
de los otros, a través de una interdependencia causal centrada en
la distribución.
2) Principio de la exclusión: la interdependencia inversa existe por-
que un grupo es excluido del control sobre los recursos.
3) Principio de apropiación: debido a la exclusión un grupo puede
apropiarse del esfuerzo y de los resultados de las prácticas de
otros.

El tema de las desigualdades en la sociología latinoamericana


Llegados a este punto el lector notará que he cometido el mismo
pecado de casi todos los textos de historia del pensamiento social, su
concentración en la producción de los países centrales y su omisión
de las ciencias sociales de las regiones periféricas, como si estas no
hubieran aportado nada a la comprensión de los sistemas sociales y
sus academias funcionaran mecánicamente como replicadoras de los
programas interpretativos de los primeros. Aunque ha habido mu-
cho de réplica, también encontramos una producción propia, más o
menos autónoma, más o menos descolonizadora.27
El análisis de las desigualdades y las estructuras de estratifica-
ción en el pensamiento social latinoamericano ha estado fuertemen-
te vinculado al de las clases sociales, uno de sus temas recurrentes,
que aborda fundamentalmente dos aristas: las caracterización de las
clases como entidades económicas o como fuerzas políticas, en es-
trecho nexo con dos problemas que, al decir de algunos analistas,
polarizaron el objeto de las ciencias sociales desde los años 40: el
desarrollo económico de la región en su ligazón con la evolución
del capitalismo mundial y la liberación nacional, así como los movi-
mientos revolucionarios.28
Vertebrado a partir de la evaluación de los agentes del cambio y
la conservación, desde la óptica del desarrollo en América Latina,
se estructura todo un conjunto de estudios y análisis que describen
disímiles elementos de la estructura social, organizados, salvando
las diferencias paradigmáticas, en el siguiente esquema: la clase alta,
oligarquías y élites; empresarios; fuerzas armadas y élites militares;
27
Sobre el tema de la colonialidad del saber veáse Lander E. (2000). Ob. cit.
28
Véase Bobes C .(1990). Sociología en América Latina; Rojas I., Hernández J.
(1987). Balance crítico de la sociología latinoamericana.

143
burócratas, técnicos y tecnócratas; clases medias; sectores populares
(clase obrera, grupos marginales y campesinado).29
Desde el punto de vista de su evolución histórica, la temática so-
cioestructural se ha desplazado desde su consideración dentro de tesis
modernizadoras, hacia tesis desarrollistas y dependentistas, donde se
conjugan enfoques empiristas y funcionalistas (predominantes en la
modernización y parte del desarrollismo) y enfoques marxistas.
Como telón de fondo de la interpretación de las peculiaridades
de la desigualdad en América Latina se ubica la tesis dependentista
general acerca de que las formas específicas de articulación de las
economías dependientes, o periféricas, con el mercado mundial, el
carácter de alguna manera impuesto desde afuera del capitalismo en
la región, sobre una estructura productiva atrasada, generaron un
tipo también específico de capitalismo, donde el funcionamiento de
la economía, la configuración de las estructuras sociales y las articu-
laciones de clase, incorporan rasgos muy diferentes a los de los países
industrializados.
Lo más relevante de este tipo de tesis es su insistencia en la articu­
lación mundial de las economías, las sociedades, las clases, con lo
que coloca el análisis de la desigualdad en su encadenamiento en el
sistema mundo, no como un problema contenido en los límites del
estado-nación, sino aplicable, por separado, en su interrelación, a
las sociedades nacionales, a la configuración de estructuras de desi­
gualdad, articulaciones clasistas extranacionales y a las relaciones
jerarquizadas entre países y regiones, anticipando un esquema de
multiespacialidad y multiterritorialidad de las desigualdades.
Entre los elementos que se consideran aportes del pensamiento
social latinoamericano al conocimiento social universal se ubican
tres «axiomas»30 muy ligados a las claves de aprehensión de la desi­
gualdad en la periferia:

29
Un análisis de los agentes del cambio desde el punto de vista del desarrollo se
encuentra en Solari, A. et al. (1976). Teoría, acción social y desarrollo en América
Latina.
30
Sobre los aportes de la sociología latinoamericana y sus axiomas, ver López Segre-
ra F. (2000). «Abrir, impensar, y redimensionar las ciencias sociales en América
Latina y el Caribe. ¿Es posible una ciencia social no eurocéntrica en nuestra re-
gión?», en Edgardo Lander (compilador) Ob. cit.

144
El modelo centro-periferia, que explica cómo los centros han re-
tenido íntegramente el fruto del progreso técnico de su industria,
mientras que los países periféricos les han traspasado una parte del
fruto de su propio progreso.31
El subimperialismo, que considera que el modelo simple de re-
lación centro-periferia, caracterizado por el intercambio de manu-
facturas por materias primas ha sido superado y sustituido por un
reescalonamiento jerarquizado de los países en forma piramidal,
proceso en el que han surgido centros medianos de acumulación,
que son potencias capitalistas medianas y suponen la emergencia de
un subimperialismo.32
La teoría de la dependencia, que enfatiza la dimensión externa de
los procesos económicos y sociales y del desarrollo, haciendo notar
cómo la dependencia de los países periféricos es un proceso multifor-
me, que no incluye solo el problema del intercambio desigual, sino
también una articulación productiva, clasista y política que explica la
imposibilidad del desarrollo.33
Un elemento de especial relevancia en el análisis sociestrucu-
tral en nuestra región ha sido el de la consideración de los pueblos
originarios en sus nexos con las estructuras clasistas dominantes,
a fin de desentrañar las relaciones de explotación de que han sido
objeto.34
Hacia finales de los años 70 y cubriendo los 80 se potencia el tema
de la crisis, y la reflexión sobre la desigualdad discurre fundamen-
talmente por tres canales: los estudios de estratificación, de aliento
funcional, orientados hacia los problemas de empleo, ocupación y
pobreza, promovidos especialmente por CEPAL;35 la evaluación de
movimientos populares desde la óptica de la lucha de clases y de la
31
Véase Prebisch R. (1994). «El desarrollo económico de América Latina y algu-
nos de sus principales problemas». En Marini. R.M. La teoría social latinoame-
ricana, textos escogidos, Tomo I.
32
Véase Marini R.M. (1997). «La acumulación capitalista mundial y el subimpe-
rialismo». Cuadernos Políticos, n.12.
33
Véase Dos Santos T. (1998). «La teoría de la dependencia». En Francisco López
Segrera (editor). Los retos de la globalización.
34
Como ejemplo de esta vasta línea, ver Pozas Arciniegas R., Pozas J. (1971). Los
indios en las clases sociales en México; Falla R. (1979). El indio y las clases sociales.
35
Véase CEPAL (1990). Transformación productiva con equidad.

145
pertinencia del enfoque marxista de las clases en general; 36 la re-
flexión sobre nuevos y viejos movimientos sociales.37
La corriente de reflexión sobre los movimientos sociales cobró
especial fuerza en esa etapa y, aunque no se trata de una teoría en
sí, ni de una línea investigativa homogénea, pues en su interior co-
existen variadas posiciones (desde las que absolutizan la dimensión
subjetiva, hasta las que hipertrofian la influencia de estructuras
objetivas en la emergencia de sujetos históricos, así como zonas
intermedias de integración de ambos polos), esta vertiente analítica
ha realizado importantes aportaciones a la comprensión de la emer-
gencia y multidimensionalidad de los sujetos históricos y de la desi­
gualdad social.
En este sentido, Daniel Camacho ha reclamado y contribuido a
la elaboración de un enfoque integral de los movimientos sociales,
que incluya su consideración en referencia a las clases, su distinción
entre movimientos clasistas y extraclasistas y entre populares y no
populares, 38 a lo que se agrega la valoración del papel de la subjeti-
vidad, de las dominaciones múltiples y de los nexos entre procesos
globales con las trayectorias singulares de pueblos, grupos e indi-
viduos.

Reconstrucción del objeto desigualdad social


en las ciencias sociales
Retomemos ahora la lógica de Tezanos para acercarnos a los momen-
tos actuales de la conformación del campo de la desigualdad como
objeto de las disciplinas sociales y encontraremos con él que, tras el
«notorio declive del interés académico y político por el tema de las
clases sociales y la estratificación social», 39 se abre, hacia los 90, un
nuevo momento de recuperación del tema de la mano de la marca-
da acentuación de la desigualdad y la pobreza que ha acompañado

36
Véase por ejemplo Balvé B. El 69. Huelga política de masas; Plá A. (1989). «Apun-
tes para una discusión metodológica. Clases sociales o sectores populares. Perte-
nencia de las categorías analíticas de clase social y clase obrera». Anuario, n.14.
37
Véase Camacho D. (19992). «Los movimientos sociales en la sociología latinoa-
mericana reciente». En Sistemas políticos, poder y sociedad.
38
Camacho D. (1992). Ob. cit.
39
Tezanos (2001). Ob. Cit.: 35.

146
la globalización neoliberal y las reformas inspiradas en el llamado
Consenso de Washington, especialmente aplicadas en América La-
tina y otras sociedades periféricas.
La persistencia del problema y su potencialidad como fuente de
conflictos sociales lo ha colocado como foco de atención de orga-
nismos financieros internacionales (el Banco Mundial, el FMI, el
BID, por ejemplo), incluso de aquellos que diseñaron e impusieron
las reformas neoliberales, en un esfuerzo por encontrar instrumentos
paliativos al menos de las situaciones más reveladoras de la inequi-
dad social.
En términos epistemológicos y teóricos se mantienen las ten-
dencias anteriores (integración y síntesis, acercamientos multidi-
mensionales), aunque en la mayor parte de lo producido prevalecen
las intenciones de medición empírica y de propuestas concretas a
las políticas sociales y el interés teórico es mucho menor. En este
afán la temática de la desigualdad y de su correlato inseparable, la
igualdad posible, la utopía de equidad, queda subsumida o disuelta
en la de la pobreza y la vulnerabilidad y cuando más, en el de la
exclusión.
Mi comentario a estas preferencias temáticas actuales no signi-
fican que subvalore el problema de la pobreza como área de aten-
ción e intervención de las disciplinas sociales, sino que pretendo
llamar la atención sobre el hecho de que estas no deben perder
su capacidad de problematización autónoma y rescatar la idea de
que la pobreza se inserta y genera en un contexto de relaciones de
desigualdad, de relaciones estratificadas, de explotación y aliena-
ción, y que su solución definitiva se asocia al de la posibilidad de
desalienación.
En América Latina encontramos también esta tendencia hacia
la disolución del tema de la desigualdad en el de la pobreza, vincu-
lada al análisis de los efectos sociales de las reformas neoliberales.
Aunque en justicia debe aclararse que conviven, en la vigorosa pro-
ducción sobre el empobrecimiento y las políticas para su atención,
dos grandes vertientes: la de bajo perfil explicativo y propositivo,
que se apega a una explicación economicista de la pobreza y la
vulnerabilidad, encuentra sus soluciones en mejoras distributivas
del ingreso y la integración, también las que recuperan categorías

147
duras como relaciones de explotación, ­relaciones de producción y
una matriz de articulaciones de desigualdad más generales.40
Valoro especialmente dentro de esta visión crítica latinoameri-
cana el enfoque de las «articulaciones expropiadoras» que desde el
marxismo latinoamericano contemporáneo sostiene Pablo González
Casanova, cuando afirma:
El problema no solo consiste en reconocer la existencia de estratos, dis-
tribuciones estadísticas o desigualdades. El problema consiste en pre-
cisar las relaciones sociales de los sistemas y subsistemas en especial las
que aclaran los modos de dominación y acumulación. Se trata de rela-
ciones que están articuladas a otras de explotación, transferencias de
excedente o de propiedades, en beneficio de unos y detrimento de otros.
El problema más difícil de tener presente corresponde a las relaciones
opresivas e inequitativas que los beneficiarios niegan y se ocultan.41

Otro derrotero de la investigación de las desigualdades que se ha


extendido en América Latina es el que se centra en las microdiver-
sidades, con una fuerte inspiración bourdieuana. Sin desconocer el
impacto de los macrofactores, se rescatan las explicaciones de la mo-
vilidad social y la reproducción de las desigualdades articuladas a las
prácticas cotidianas, entendiendo que estas configuran el escenario
micro en que impactan las modificaciones de las macroestructuras
y ofrecen una matriz de condiciones que permiten aprovechar opor-
tunidades para ascender y sortear riesgos de descenso. Dentro de
las explicaciones de micronivel se destacan las relacionadas con las
estrategias familiares, con la formación y movilización de redes y del
capital social.
La noción de estrategia parte del supuesto de que, por un lado,
los miembros de una sociedad dada y los diversos grupos que la
40
Véase por ejemplo, Castillo M. (2003). «Conceptualización de la pobreza desde
la perspectiva de género». En Población y Desarrollo. Argonautas y caminantes,
n. 1; Tavares L. (2002). La reproducción ampliada de la pobreza en América Lati-
na: el debate de las causas y de las alternativas de solución. Ponencia presentada al
Seminario Internacional Estrategias de reducción de la pobreza en el Caribe.
Los actores externos y su impacto; Ivo A. (2002). Las nuevas políticas sociales de
combate a la pobreza en América Latina: Dilemas y paradojas. Ponencia presentada
al Seminario Internacional Papel del Estado en la lucha contra la pobreza.
41
González Casanova (2004). Ob. Cit.: 5.

148
i­ntegran, no adoptan comportamientos automáticos, directamente
dimanados de determinaciones provenientes de estructuras macro,
sino que poseen un margen de acción propio en la apropiación, re-
invención y creación de opciones disponibles, lo que los convierte en
agentes, y, por otro, no actúan con autonomía total en la elección de
medios y opciones para su subsistencia y satisfacción de sus necesi-
dades, sino que sus acciones están delimitadas por condicionantes
estructurales.42
En la sociología se han propuesto muy diversas definiciones de
estrategias,43 pero la elaborada por Bourdieu ofrece un punto de
partida general muy dúctil, por la amplitud del concepto y su apli-
cabilidad a casos socioestructurales diversos (no constreñido, como
usualmente sucede, a grupos sociales específicos, preferentemente
los pobres y familias en desventaja, sino como mecanismo que se
aplica en cualquier posición socioeconómica). Bourdieu utiliza la
denominación general de estrategias de reproducción social y las
define como el conjunto de prácticas fenoménicamente muy diver-
sas, por medio de las cuales los individuos y las familias tienden,
de manera consciente o inconsciente, a conservar o aumentar su
patrimonio y a mantener o mejorar su posición en la estructura de
relaciones de clase.
Alicia Gutiérrez comenta este concepto señalando:

• Que las estrategias de reproducción pueden ser de sobrevivencia


(acciones adaptativas a corto plazo, que tienden a reproducir es-
tructuras de dominación y dependencia existentes) y de cambio
(orientadas por perspectivas de reforzamiento del capital indivi-
dual y familiar y que tienden a una modificación duradera de las
condiciones de existencia y pueden reproducir o alterar la ubica-
ción de la unidad en las estructuras preexistentes).
• Que las estrategias son procesos que se despliegan a lo largo de
toda la vida y su escenario básico de estructuración es la familia.
42
Gutiérrez A. (2006). en su libro Pobre, como siempre… Estrategias de reproducción
social de la pobreza, ofrece un amplio recorrido por los conceptos de estrategias
de existencia, sobrevivencia, adaptativas, de reproducción, sus fuentes teóricas,
limitaciones y utilidad.
43
Gutiérrez (2006). Ob. cit.

149
Como proceso, las decisiones pasadas influyen en las presentes y
anticipan las futuras.
• Que las condiciones estructurales no eliminan todo margen de
autonomía, ni de posibilidades para modificarlas, del agente so-
cial, por ello reproducción no se restringe a «producir lo mis-
mo», sino que las estrategias involucran prácticas que aluden
a la dimensión activa y creativa, a la capacidad de invención e
improvisación de los agentes ante situaciones nuevas.
• Que las unidades familiares organizan sus recursos y se movi-
lizan para el logro de ciertos objetivos, metas y proyectos, pero
estos no son necesariamente explícitos ni totalmente concientes,
ni implican cálculos abstractos.

Un concepto afín al anterior, y que lo concreta y especifica, es


el de estrategias familiares de vida, definidas como los comporta-
mientos de los agentes sociales de una sociedad dada que –estando
condicionados por su posición social (su pertenencia a determinada
clase o estrato)– se relacionan con la constitución y mantenimiento
de unidades familiares en el seno de las cuales pueden asegurar su
reproducción biológica, preservar la vida y desarrollar todas aquellas
prácticas económicas y no económicas indispensables para la optimi-
zación de las condiciones materiales de existencia de la unidad y de
cada uno de sus miembros.44
Aunque es un concepto aplicable a las más diversas ubicaciones
de clase, ha sido muy fructífera para comprender las maneras espe-
cíficas de reproducción de la existencia en sectores de bajos recur-
sos y en situaciones de crisis, que requieren reestructuración de las
fórmulas habituales de dicha reproducción. En esta dirección una
definición de estrategias las conceptualiza como forma de respuesta
popular a las crisis y conjunto de procedimientos, selección, utiliza-
ción de recursos y tendencias en la elección de alternativas, puestas
en práctica por la unidad familiar en el proceso de satisfacción de sus
necesidades básicas y para hacer frente a las presiones del medio. Su
finalidad es minimizar la incertidumbre y maximizar la utilización
44
Torrado S. (1981). «Sobre los conceptos de estrategias familiares de vida y pro-
ceso de reproducción de la fuerza de trabajo. Notas teórico metodológicas». De-
mografía y Economía, Vol. XV, No. 2.

150
de los recursos disponibles, involucrando, generalmente, las redes
sociales en las que dicha unidad está incluida.45
Dicha concepción insiste en que, aun cuando estos procedimien-
tos están sujetos a variaciones impredecibles que desactualizan las
previsiones y dificultan la elección anticipada de acciones, su defini-
ción como estrategias se fundamenta en su condición de respuestas
que combinan anticipación, previsión, experiencia anterior y manejo
de medios, caracterizadas por su plasticidad y transitoriedad, por ser
una innovación adaptativa permanente ante situaciones indefinida-
mente variadas.
Algunos estudios establecen diferencias entre estrategias de so-
brevivencia (limitadas a la satisfacción de necesidades básicas ele-
mentales), de acumulación (intentan ampliaciones de la satisfacción
de necesidades básicas, incluyen compras de equipo, arreglo y am-
pliación de la vivienda, etc.) y de movilidad (se refieren a migraciones
internas y externas y a acciones directamente vinculadas a mejorar la
ubicación de clase o de estrato social).46
En lo que respecta al capital social, un interesante estudio so-
bre exclusión social, encuentra que este concepto ha adquirido una
utilización relativamente generalizada en el campo de las políticas
sociales y que es una visión que ha quedado instalada en las agencias
multinacionales y en los gobiernos nacionales, en el supuesto de que
ella permite mayor eficiencia de las estrategias encaminadas a con-
trarrestar la ampliación de los sectores de población en situación de
pobreza, al apelar a factores enraizados en las relaciones interperso-
nales e intergrupales y en el tejido social primario.47
Ese estudio identifica el recorrido histórico del concepto cuyos
antecedentes se ubican a inicios del siglo xx, con un uso pedagógico,
como adquisición de conocimientos y calificación. En los años 50 de
dicho siglo se apropian de él los estudios económicos del desarrollo
para definir los factores intangibles relacionados con las diferencias
entre sociedades y países en grados de desarrollo. El centro de esta
45
Esta definición ha sido trabajada especialmente por Coraggio J.L. (1989). «Po-
lítica económica, comunicación y economía popular». Procesos Políticos y Demo-
cracia, No 17.
46
Gutiérrez (2006). Ob. cit.
47
Fidel, C., et al. (2008). Territorio, condiciones de vida y exclusión.

151
concepción económica del capital social es la dimensión tecnológica,
considerando como una variable condicionante y en muchos casos
determinante del desarrollo económico y social, el grado de avance
tecnológico que se aplica en los procesos de producción.
Hacia finales de los años 80 y los 90 se produce una ampliación
y reajuste del concepto aplicado al campo de la política social y de
cara a la centralidad que adquieren en esta, aspectos de las micro
prácticas cotidianas y se orienta a cuantificar el acervo de los activos
sociales y materiales derivados de las relaciones sociales.
Este último tipo de uso del concepto, muy extendido en la ac-
tualidad, se aplica a varios campos interconectados, no siempre bien
delimitados. Entre las áreas de aplicación fundamentales se encuen-
tran:
• Grado y calidad de la capacitación que tienen los trabajadores.
• Redes y lazos sociales anidadas en el entretejido social inmediato
de los escenarios micro.
• Esquema normativo de organización social ideal asentada en un
territorio delimitado, que supone conformar una población cuyos
integrantes deberán colaborar solidariamente entre sí, de manera
honesta, para incrementar sus capacidades productivas y su acer-
vo material y simbólico para elevar la competitividad de forma
colectiva.
El anterior uso normativo está en la base de su inserción en las
políticas sociales, que parte de considerar que la generación y el for-
talecimiento del capital social es una potencialidad de las sociedades
locales que puede ser alentada a través de intervenciones orientadas
al diseño y despliegue de la estructura de dicho tipo capital.
Centrados en este último aspecto, Kliksberg y Rivera,48 conside-
ran que la definición de capital social involucra 4 aspectos básicos:
clima de confianza al interior de una sociedad (confianza interper-
sonal, expectativas de comportamientos mutuos, percepción de los
otros, confianza hacia las instituciones formales y hacia los grupos
dirigentes); capacidad de asociatividad (capacidad de una sociedad de
generar formas de cooperación diversas donde todos pueden ganar,

48
Kliksberg B., Rivera M. (2007). El capital social movilizado contra la pobreza.

152
densidad del tejido social, cantidad de organizaciones en una comuni-
dad, personas que participan, horas que dedican al trabajo voluntario,
compromisos colectivos que se adquieren; conciencia cívica (opiniones
y actitudes que las personas tienen frente a aspectos de interés público
y colectivo ); valores éticos (importancia movilizativa de los principios
de justicia social, responsabilidad social, equidad, entre otros).
Encontramos dos críticas básicas a esta noción normativa del ca-
pital social: en primer lugar, su postura excesivamente idealista al
suponer que no existen conflictos que no puedan ser solucionados y
que siempre es posible encontrar fórmulas de sinergias permanentes
del tipo ganar / ganar; en segundo lugar, la paradoja de que a pesar
de ser una propuesta de intervención con pretensiones universales,
asentada en lo comunitario y cotidiano, no considera suficientemente
la dimensión territorial-local en sus especificidades como factor de-
terminante de los procesos de configuración del tejido social.
No obstante estas críticas que comparto, considero pertinente el
concepto de capital social para aludir a expresiones y mecanismos
de producción de la micro diversidad, en el sentido en el que lo de-
fine Bourdieu, como conjunto de recursos actuales o potenciales que
están ligados a la posesión de una red duradera de relaciones más o
menos institucionalizadas, de interconocimiento y de interrecono-
cimiento y a la pertenencia a un grupo, como conjunto de agentes
que no están solo dotados de propiedades comunes, susceptibles de
ser percibidas por el observador, sino que están también unidos por
lazos permanentes y útiles.49
Ello significa que el capital social se refiere al conjunto de relacio-
nes sociales que un agente puede movilizar en un momento determi-
nado, que le pueden proporcionar mayor rendimiento al resto de sus
capitales, se asocia al establecimiento de sistemas informales de crea-
ción de relaciones estables y continuas, en torno a una red de vínculos
determinados por obligaciones recíprocas, por normas y sanciones,
por principios de autoridad, cuyos activos son del tipo de confianza,
apoyo mutuo, información e influencia y que tienden a mejorar las
oportunidades de desempeño de los individuos en el sistema de es-
tratificación.

49
Citado por Gutiérrez (2006). Ob. cit.

153
Este concepto está ligado al de redes sociales, constituidas por
relaciones informales que se estructuran entre vecinos, parientes y
amigos a través de las cuales se intercambian bienes, servicios, in-
formación e influencias, que se constituyen en la interacción diaria,
adoptando la forma de eventos de intercambio regulares entre diver-
sos agentes sociales y que forman parte de la organización de la vida
cotidiana de los miembros o familias que intervienen en la relación,
donde hay un acuerdo tácito de reciprocidad colectiva.50
La red se convierte en un recurso alternativo clave, en relación
con las vías formales establecidas, para la solución de problemas co-
tidianos y de satisfacción de necesidades básicas, para familias con
dificultades de acceso (por carencia de recursos económicos, simbó-
licos o de información) a bienes y servicios ofrecidos por dichas vías.
En este sentido, el capital social y la red aparecen como instrumentos
movilizables para acceder a canales de movilidad social disímiles.
Para cerrar este análisis les propongo resumir aquellos puntos del
debate que a mi juicio marcan elementos relevantes de una recons-
trucción del «objeto desigualdad social» en las ciencias sociales y que
están ahora mismo en elaboración:
La recuperación crítica de la noción de clase social, como uno
de los pivotes del análisis de la desigualdad. Esta recuperación tiene
entre sus elementos esenciales los siguientes:
• La insuficiencia de la clase para describir y explicar todas las des-
igualdades sustantivas presentes en una sociedad y los procesos de
enajenación, dominación y explotación.
• Insuficiencia de la superación de las desigualdades clasistas para
superar el resto de las desigualdades y relaciones de dominación.
• Los sistemas de estratificación y los procesos de conformación
de sujetos sociales no son reductibles a la estructura de clases,
estos tienen fuentes de configuración disímiles en tanto reúnen
diferentes factores asociados a la desigualdad. En coyunturas
concretas puede haber otro eje estructurador con mayor relevan-
cia que el clasista, como articulador de identidades (de género,
generacional, étnico, etc.), pero ello solo tiene un carácter co-
yuntural y no desligado de la conexión con el eje clasista. Esta
50
Ibídem.

154
es la base de la emergencia de sujetos transformadores múltiples
no clasistas.
• Las propias clases son internamente heterogéneas pues su compo-
sición articula grupos que expresan diferentes grados de fortaleza
y formas de manifestación de los rasgos que definen la clase.
• Las estructuras sociales y los sistemas de estratificación y des-
igualdad son procesos, no armazones fijas, integran simultá-
neamente estabilidad y movimiento. Las relaciones entre las
contradicciones generales y particulares, entre fuentes o ejes de
estructuración tienen un carácter histórico, pueden cambiar en
diferentes circunstancias.
• Las relaciones de propiedad no agotan ni sintetizan todo el espec-
tro de la diferenciación de clases. Ella incluye en su articulación,
propiedad, acceso al poder, cantidad y calidad de los ingresos, posi-
ción en los procesos productivos y en las relaciones de explotación.
• Las determinaciones o constricciones estructurales no solo se ex-
presan, producen y reproducen en las macroestructuras externas,
sino que tienen fuentes de configuración y expresiones directas en
las prácticas cotidianas, en el escenario de la microdiversidad y en
el ámbito de la subjetividad social.

La introducción de la perspectiva del sistema mundo que considera


que la mayor parte de las concepciones sobre la desigualdad, sus causas
y las políticas para su manejo se centran en factores de naturaleza en-
dógena, internos, en los límites del estado-nación y subvalora el papel
de los elementos surgidos en la lógica global del sistema capitalista.
Ella se plantea recuperar las nociones de centro y periferia que re-
conoce la existencia de «una totalidad mundial integrada y con lega-
lidades que gestan desarrollo y subdesarrollo» y «alude a un sistema
integrado y jerarquizado, con núcleos geográficos que se apropian
de excedentes de regiones y naciones que se ubican en posiciones
subordinadas».51
La perspectiva holística, 52 para la cual las estrategias de com-
prensión y acción sobre las desigualdades más extendidas, asumen
51
Sobre sistema mundo véase Osorio (2003). ��������
Ob. cit.
52
Sobre la perspectiva holística ver Trputec Z. (2001). Conceptualisa����������������
tion of Poverty
and Struggle against it. Lessons from Central America. Informe de Investigación.

155
el supuesto erróneo de que ellas constituyen una parte del sistema
socio-tecno-ambiental con una causalidad interna propia y reducida,
sobre la cual es posible actuar.
Propone sustituir ese enfoque por el de asumir que es la siner-
gia del sistema como un todo, con sus interacciones y causalidades,
la que determina la dinámica de las partes que lo constituyen. En
consecuencia, solo sería eficiente una estrategia interpretativa y de
acción sobre las desigualdades que las enfoque desde la estructura y
la dinámica del sistema social en su totalidad, incluyendo su compo-
nente territorial a escala (global, regional, nacional, local).
La comprensión de las estructuras de estratificación como pro-
ceso y dinámica de constreñimientos, que asume una noción de es-
tructura desde la perspectiva de la complejidad, que no la identifica
con situaciones estáticas, con persistencia por invariabilidad o in-
movilidad, sino con la de proceso morfogenético,53 en el sentido de
dinámicas sociales que generan eventualmente, estabilidad, lo que
permite distinguir objetos (posiciones, en este caso) particularizadas
persistentes.
Se opone también a la visión de estructura como armazón fija, ob-
jetiva y material, que ejerce sobre las acciones de los sujetos sociales
una determinación causal lineal, para acercarse a la de limitaciones
que los actores pueden alterar, pero que suponen una externalidad
que induce determinadas trayectorias sociales colectivas y destinos
individuales para las diferentes posiciones socioestructurales.
Ampliar o modificar dicho repertorio implica alterar y modifi-
car la estructura que constriñe la acción, alterar relaciones de po-
der desde la matriz productiva. «Repertorio de acción» indica el
conjunto de posibilidades, de opciones de vida, de elección de tra-
yectorias y de apropiación de bienes, materiales y espirituales, de
oportunidades de ejercer cuotas de poder socialmente significati-
vas, en el sentido de participar en la toma de decisiones y de influir
sobre la distribución de recursos relevantes de que disponen los
sujetos individuales y colectivos, en situaciones espacio-temporales
concretas. Las ubicaciones socioestructurales suponen, desde esta

53
Sobre procesos morfogenéticos ver Navarro P. (1994). El holograma social. Una
ontología de la socialidad humana.

156
óptica, un repertorio potencial delimitado para quienes las ocupen
y barreras para traspasarlo.
La identificación de la conexión externalidad-internalidad, ob-
jetivo-subjetivo, en la configuración de las desigualdades, que en-
tiende:
a) La estructura socioclasista, como entramado de posiciones, de
grupos sociales y de las relaciones que se establecen entre ellos,
que se configuran a partir, en primer lugar (pero no exclusiva-
mente) de la división social del trabajo y de las relaciones de pro-
piedad que constituyen la base de la reproducción material de una
sociedad histórico concreta, entramado que expresa el grado de
estratificación y desigualdad primaria, y de integración o exclu-
sión que caracteriza a dicha sociedad, que se conecta con otros
ejes de articulación de diferencias sociales de naturaleza históri-
co-cultural (de género, generaciones, raza, etnia, entre otros).
b) Que la dimensión material de las relaciones de desigualdad y do-
minación se acompaña, articula y refuerza, en conexión recursiva,
con procesos de producción simbólica que se constituyen en me-
canismos culturales de naturalización histórica y reforzamiento
de la desigualdad y la pobreza, de construcción social de estigmas
de inferiorización, de lo que se considera «atraso» y «adelanto»,
progresivo y regresivo, creando, con ello, una doble desigualdad,
un doble canal de exclusión, económica y cultural, material y sim-
bólica, para los grupos en desventaja.
La perspectiva espacial-territorial de las desigualdades. La com-
prensión de que estas aparecen vinculadas a espacios concretos (la
familia, el trabajo, la religión, la educación, etc) que tienen tam-
bién un territorio y que existen formas y posibilidades diferenciadas,
desi­gualitarias, de apropiación del espacio y el territorio a las que se
vincu­lan procesos de exclusión e integración social.
La perspectiva de redes sociales, individuales (micro) y colectivas
(macro), como formato dinámico interrelacional que asumen las es-
tructuras de nexos entre actores.
La red se define como entramado de nodos de diferente escala y
magnitud, es una manera de describir estructuras sociales, centrada
más en los vínculos e interacciones entre los nodos-elementos, en sus

157
patrones persistentes y cambiantes, y en los efectos de estas articu­
laciones, que en los atributos de cada elemento por separado. Los
supuestos básicos son que las estructuras de relaciones tienen una
densidad explicativa mayor sobre las formas de configuración de lo
social, que los atributos de individuos y grupos en su autonomía, que
las normas emergen de la localización en la estructura de relaciones
existente.54
Finalmente, el esfuerzo por la desnaturalización de las desigual-
dades y de rescatar la igualdad y la justicia social como posibilidad de
sociedad futura, cuyos resortes es necesario activar desde el presente
y, en relación con esta postura, la potenciación de las posibilidades
de las disciplinas sociales de intervención en el cambio, el fortaleci-
miento de su perfil propositivo y de diálogo e interrelación (episté-
mica y práctica) con los agentes concretos.

2. Los estudios de desigualdad en Cuba


Breves apuntes sobre los antecedentes

Se ha hecho un lugar común declarar que la sociología era una disci-


plina prácticamente inexistente en el período prerrevolucionario de
la historia del pensamiento social cubano y que, dentro de ella, las
valoraciones sobre la desigualdad han sido muy escasas. Esta es solo
una verdad a medias, que yo también he repetido, y que, desde mi
punto de vista se ha establecido a partir de una visión muy estrecha y
simplificada de la sociología, que parte del criterio de que hay socio-
logía solo allí donde es posible encontrarla en un discurso puro (no
contaminado con otras disciplinas), con un grado de institucionali-
zación y profesionalización autónomo como campo investigativo y
académico bien establecido, donde hay investigación empírica, acu-
mulación de datos cuantitativos, realización de encuestas.
Aunque las nociones de multidisciplina, interdisciplina y trasn-
disciplina son relativamente recientes y no aplican al pensamien-
to social en sus albores, podría decirse que la sociología, desde su
configuración, aparece como un campo multidisciplinar, por lo

54
Véase Molina J.L.(2001). El análisis de redes sociales. Una introducción.

158
e­ xpandido, difuso y poroso de su propio objeto, cuya caracterización
integrada no puede prescindir de la contaminación con otras áreas
del pensamiento social, como la economía, la psicología, la historia,
la antropología. Si partimos entonces de una perspectiva abierta y
flexible de la sociología, 55 y aún aceptando su relativamente escasa
presencia formal y autónoma en la Cuba prerrevolucionaria, pode-
mos encontrar disímiles expresiones del pensamiento sociológico en
esa etapa.
Un estudio sobre este tema sitúa el inicio de una producción socio-
lógica en Cuba tan tempranamente como a mediados del siglo xix,
lo que puede comprobarse en las obras de José de la Luz y Caballe-
ro, Félix Varela, José Antonio Saco y Andrés Poey, los que tienen
como antecesor directo, presociológico, a José Agustín Caballero.56
La característica principal que confiere intencionalidad sociológica
a la producción de estos pensadores es que participan de una visión
de la sociedad como ámbito de existencia humana delimitado y rela-
tivamente independiente, ordenado a partir de leyes y, por lo tanto,
discernible como objeto de reflexión científica en sí mismo, reflexión
que involucra, simultáneamente, nociones teóricas para pensar el ob-
jeto, la contrastación con hechos y criterios normativos de cara a una
posible intervención sobre tendencias de cambio o hacia una eticidad
deseada.
En todos estos pensadores aparece de alguna manera el tema de
la desigualdad y la diversidad sociocultural, vinculado fundamental-
mente a su preocupación por la formación de la nación cubana como
entidad y patria independiente de la metrópoli española, su condi-
ción plurirracial y al debate sobre la esclavitud y su papel, progresivo
o regresivo, en la economía y su significado ético.
Siguiendo el hilo conductor del estudio citado, este ubica a par-
tir de los años 30 del siglo xx la presencia estable de un grupo de

55
Asumo, para el análisis de la producción de la sociología de las desigualdades en
la Cuba pre 1959, un criterio lapso de sociología, partiendo de concebir su objeto
como multidimensional y su metodología como multidisciplinar, que incluye
elementos materiales y subjetivos, económicos y culturales, antropológicos, po-
líticos e históricos, de escala macro y micro, que no evade la intersección con
otros objetos sociales.
56
Zamora, R. (2001). «La sociología en Cuba». Temas, No. 24-25.

159
especialistas dedicados a la sociología en el ámbito de la enseñanza
media y universitaria y hacia los años 50, la adquisición de un estatus
profesional para esta disciplina, en lo que se refiere a la investiga-
ción empírica, de la mano de la realización de surveys y estudios de
mercado para campañas publicitarias, así como de diversas encuestas
sociodemográficas financiadas y apoyadas por la Agrupación Cató-
lica Universitaria.
Resulta significativo que entre los sociólogos que este texto con-
sidera como los más destacados antes de 1959 –Enrique José Varona,
Fernando Ortiz, Elías Entralgo, Roberto Agramonte y Raúl Roa–
todos abordaron de una manera u otra la temática de la desigualdad
y su relevancia para la sociedad cubana.
En 1878, Enrique José Varona, de impronta empirista-positivis-
ta-evolucionista, presentó a la Sociedad Antropológica de Cuba un
proyecto de encuesta 57 para maestros de niños negros, orientado a
caracterizar sus antecedentes étnicos, situación social, inteligencia y
otros rasgos, interés de estudio fundado en la idea de Varona de que
la mezcla de razas desiguales evoluciona hacia la eliminación de la
inferior, llevando a sus descendientes a la masa común de la supe-
rior, 58 idea que acepta el prejuicio de la existencia de razas superiores
e inferiores, común en su época, pero que reconoce la posibilidad y
necesidad de integración social interracial. Podríamos decir entonces
que la racialidad, las relaciones y diferencias interraciales, es el tema
precursor de una sociología de las desigualdades en Cuba.
Fernando Ortiz, más reconocido como antropólogo que como
sociólogo, pero para muchos el primer sociólogo cubano propiamen-
te dicho, 59 practicando un eclecticismo electivista muy agudo, que
articuló elementos del positivismo, el funcionalismo y el historicis-
mo marxista, reivindica lo afrocubano como elemento esencial de la
cubanidad y elabora el concepto de transculturación que, más allá
57
Zamora (2001). Ob. cit., considera que es este el primer proyecto de investiga-
ción empírica realizado en Cuba. Para conocer las características de la investi-
gación puede consultarse Rivero de la Calle Manuel (comp.) (1966). Actas de la
Sociedad Antropológica de Cuba.
58
Comentario de Medardo Vitier sobre la obra de Varona. (1970). En Vitier M.
Las ideas y la filosofía en Cuba.
59
Véanse los criterios de Rodríguez Solveira M. (1975). Prólogo a la segunda edición
de Historia de una pelea cubana contra los demonios.

160
de sus aplicaciones al campo de la etnología, ofrece un modelo de
articulación dialéctica de factores económicos, históricos, culturales
e intersubjetivos de utilidad, no superada hasta hoy para el análisis
de la configuración de desigualdades. 60
Agramonte, desde una perspectiva psicologista-naturalista-dar­
winista, considera la sociedad como un hecho natural y como tejido
formado a partir de individuos diversos, que se estructura bajo la
acción del elemento interpsicológico, que es el factor determinante
de las relaciones recíprocas. La diversidad y la desigualdad parten de
esa especificidad individual y de los nexos interpsicológicos.61
Para Raúl Roa, la dimensión clasista –entendida en su condicio-
namiento material, como relación fundamentalmente económica,
como «complejo objetivo-subjetivo» e «interdependencia pugnaz»–
aparece como eje esencial de lo social y se configura en un elemento
básico del método propio del análisis sociológico concreto, que tiene
entre sus puntos de partida la reflexión sobre el conflicto entre inte-
reses materiales de posiciones socioestructurales diferentes.62
En esta etapa, además, otra vertiente de la reflexión sobre la
desigualdad estuvo muy vinculada a valoraciones político-partidis-
tas de los movimientos de izquierda, especialmente sobe el esta-
do de las desventajas sociales y de las posibles fuerzas sociales del
cambio. En esta línea se destacan el capítulo «Clases y lucha de
clases», incluido en el libro «Los fundamentos del Socialismo en
Cuba» de Blas Roca,63 escrito y editado por primera vez en 1943,
que identifica el «conglomerado social cubano» desde la óptica de
las contradicciones clasistas, y puede considerarse como un ante-
cedente de los estudios socioestructurales marxistas en Cuba y de
las valoraciones de las estructuras de desigualdad propias del capi-
talismo dependiente.
Por su parte, a partir de la noción de explotación, el conocido
texto «La Historia me absolverá» contiene un análisis sociológico
de la composición de los sectores populares en Cuba y sus contra-
dicciones con el bloque explotador que marcaría una perspectiva
60
Para este tema ver Ortiz F. (1975). Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar.
61
Véase Agramonte R. (1949). Sociología.
62
Véase Roa R. (1949). Historia de las doctrinas sociales.
63
Roca B. (1951). Los fundamentos del socialismo en Cuba.

161
clasista ­claramente definida para el movimiento revolucionario y las
posteriores transformaciones sociales que instaura tras la toma del
poder.64
En otra dirección, resulta un interesante material, poco consi-
derado y casi nunca citado en nuestra literatura sociológica, Rural
Cuba de Lowry Nelson.65 Este texto constituye uno de los pocos
análisis, probablemente el único, realizado en Cuba desde la óptica
de la teoría de la estratificación social, con fuerte base empírica. El
uso de censos y encuestas oficiales lo dota de un material secundario
estadístico considerable que, unido a otras encuestas especialmen-
te diseñadas para los propósitos de esta investigación, le permiten
extenderse en caracterizaciones cuantitativas empíricas del nivel de
vida, la escolarización, los patrones de asentamiento rurales, la mo-
vilidad social, la articulación color de la piel, ingresos y grupos ocu-
pacionales, entre otras dimensiones de la desigualdad.
De manera que es posible encontrar, como antecedente de los
estudios de desigualdad de la etapa revolucionaria, un conjunto de
valoraciones afiliadas a diferentes corrientes de pensamiento y poci-
sionamientos políticos y que, por ello, difícilmente pueden ser leídas
de manera integrada, pero que coinciden en una preocupación por
las diversidades de diferente naturaleza, su conflicto y posible in-
tegración, las desventajas sociales y sus posibilidades de alivio, que
recorren tanto el plano de la teoría sociológica como el de los análisis
concretos acerca del estado de la sociedad cubana y sus perspectivas
de desarrollo.

La sociología de las desigualdades en Cuba pos 1959


Con posterioridad a 1959 comienza una expansión progresiva de los
estudios sociológicos en el área de las clases y las desigualdades, ex-
pansión asociada, entre otros factores, a la relevancia que los diag-
nósticos socioestructurales adquieren para evaluar y comprender las

64
Castro F. (1961). La Historia me Absolverá.
65
Nelson Lowry, sociólogo rural del Departamento de Estado de Estados Unidos,
estuvo en Cuba por un año, entre 1945 y 1946, como parte de un estudio sobre
la vida rural en el Caribe y escribió el mencionado libro que incluye los capítulos
«La estructura de clases sociales» y «Estratificación social en la Cuba rural».
Véase 1950 Rural Cuba, the University of Minnesota Press.

162
transformaciones socioeconómicas revolucionarias, a la tradición
precedente en este sentido contenida en la prédica de los movimien-
tos de izquierda y a la importancia concedida por el marxismo, que
paulatinamente se fortalecía como inspiración teórica e ideológica de
la revolución, a esta área temática.
Es necesario prevenir al lector de que cualquier valoración sobre
el devenir de la sociología en Cuba en los últimos 50 años se en-
frenta, al menos a tres obstáculos: la exigua y asistemática presencia
de publicaciones especializadas, seriadas y no seriadas, que se han
ido incrementando y diversificando en los últimos años, pero que
fueron muy escasas anteriormente; la baja presencia de una línea de
investigación ubicada en la «sociología de la sociología», que ofrezca
evidencias y modelos teóricos plausibles para explicar rasgos y caren-
cias de la producción en subcampos sociológicos específicos;66 y la
extendida práctica de protección de datos y resultados sociológicos
por parte de las instituciones encargadas de investigaciones sociales
concretas, que ha limitado la diseminación abierta de una parte sig-
nificativa de los estudios realizados en esta disciplina.
La sociología de la estructura social y las desigualdades no ha
escapado a estas circunstancias y hoy día es muy difícil reconstruir
sus aportes, polémicas y limitaciones, si se utilizan solo los medios
con que habitualmente se hacen estos análisis: examen retrospectivo
de publicaciones, memorias de eventos nacionales e internacionales,
etc. Por ello buena parte del análisis que este texto ofrece se ve obli-
gado a combinar el examen de documentos públicos y la considera-
ción de materiales no publicados que forman parte de los fondos de
66
Reflexiones cercanas a esta intención se encuentran en Alonso A. (1995). «Mar-
xismo y espacio de debate en la Revolución Cubana». Temas No. 3; Espina M.
(1995). «Tropiezos y oportunidades de la sociología cubana», en Temas No.1;
(2003). «Cuba: la hora de las ciencias sociales». En Hernández R (comp.). Sin
urna de cristal. Pensamiento y cultura en Cuba contemporánea; (2001). «Los estu-
dios de sociología de la estructura social y las desigualdades en Cuba». En Basail
y col.(comp.) (2001). Introducción a la Sociología; Limia M. (1994). «Perspectivas
de las ciencias sociales en la actualidad». (Análisis gnoseológico-pragmático),
en Revista Cubana de Ciencias Sociales. No.29; (1995) «¿Hacia dónde van los
estudios sociales?». Temas No.1; Martín Chávez J.L. (1993) Evolución históri-
ca de las ciencias sociales en el período post-revolucionario; Núñez Jover J. (1997).
«Aproximación a la sociología cubana». Papers No. 52; Yanes H. (1995). «Cien-
cias sociales y marxismo en Cuba: un comentario». Temas No.3.

163
algunas de las instituciones más importantes que han incursionado
en el estudio de diversas aristas de la desigualdad.
Para iniciar la caracterización del pensamiento sociológico sobre
el proceso de configuración de las desigualdades y de otros temas
afines (estructura social, diferenciación, heterogenización, estratifi-
cación) como objeto de estudio de la sociología en Cuba y como uno
de los focos de atención esenciales para la evaluación de la transición
socialista, vale decir que tal configuración ha pasado por diferentes
momentos, cuyos hitos intentaré reseñar:

Años 60 y 70: el interés por las transformaciones de clase


y el proceso de homogenización social
El propio hecho revolucionario supone una activación casi inmediata
de este campo de estudios. Los trabajos de Carlos Rafael Rodríguez,67
por ejemplo, observaron tempranamente el desmantelamiento de la es-
tructura de clases precedente, propia del capitalismo periférico, la for-
mación de nuevos actores sociales emergentes y las peculiaridades de
sus perfiles socioeconómicos en las condiciones del subdesarrollo.
Una visión de conjunto de lo producido en estos años muestra la
amplia gama de aspectos abordados y los temas prioritarios: las di-
mensiones teóricas de la estructura social en el socialismo y las contra-
dicciones de clase en el período de tránsito; las transformaciones de
clases particulares (la clase obrera y el campesinado, preferentemen-
te) y aristas aplicadas del análisis socioestructural (tanto al trabajo
político partidista, como al ámbito de la fuerza de trabajo y de la
planificación social).68

67
Rodríguez C.R. (1960). La clase obrera y la Revolución. La Habana, Editorial
Vanguardia Obrera.
68
Véase, por ejemplo: Chuprov V. I., et al. (1975). Aspectos sociales de la formación y
utilización racional de los recursos laborales. La Habana, MINTRAB; (1979) Pro-
grama de investigación socioeconómica de la Isla de la Juventud. ACURSS, ACC;
Trimiño E. (1976). «La clase obrera cubana en vísperas de la Revolución», en
Islas No. 54; Díaz Ruiz A. (1980). «La estructura clasista de la sociedad cuba-
na». En Conferencia Teórica Internacional La estructura de clases en América La-
tina; Rojas I. (1977). Selección de lecturas (I); (1981) Algunos problemas acerca de
la estructura clasista de la sociedad. Materiales complementarios. Segunda parte;
Rojas I., Ravenet M. (1981). «La alianza obrero campesina en Cuba: surgimien-
to y desarrollo». Universidad de La Habana No. 215.

164
Un suceso relevante de esta etapa es que en el año 1976 apareció
publicado en Cuba el libro del profesor hispano-soviético Ricardo
Burguete La teoría marxista de las clases sociales y la estructura de la
sociedad contemporánea.69 Entre 1964 y 1976 Burguete dictó sistemáti-
camente cursos de historia de la Filosofía y Metodología de la Inves-
tigación, organizados por el antiguo Departamento de Filosofía de
la Academia de Ciencias. Su interés especial en la temática clasista,
que trasmitió en su labor docente, influyó en la expansión de este
tema dentro de la sociología cubana.
En el plano teórico y metodológico el texto de Burguete fue decisi-
vo para el curso posterior de los estudios socioestructurales en Cuba,
al enfatizar en el análisis de la estructura interna, especialmente la
socioprofesional, de los componentes clasistas de la sociedad socia-
lista; subrayar la pérdida progresiva del significado de las diferencias
clasistas, el fortalecimiento de las tendencias de homogenización y la
emergencia de las diferencias asociadas al carácter del trabajo.
Dado el fortalecimiento progresivo de la influencia del pensamien-
to soviético, que se hizo más fuerte hacia la segunda mitad de los
años 70, el eje metodológico de estos estudios fue derivando, de ma-
nera explícita o subyacente, desde el marcado interés inicial por la
lucha de clases en el período de tránsito al socialismo, hacia la explo-
ración del modelo teórico de la estratificación social supuestamente
típico y universalmente válido para cualquier socialismo, que coloca-
ba en su centro las regularidades del avance del llamado «proceso de
homogeneidad social». Dicha homogeneidad era entendida como
cualidad esencial de la nueva estructura y las diferencias como rémo-
ras a superar.
La presencia de estos énfasis teóricos en el quehacer sociológico
cubano puede apreciarse en la orientación preferencial de los estu-
dios hacia la interrogante de cómo las tendencias regulares del pro-
ceso de homogeneización se expresaban en las condiciones especí-
ficas de Cuba y en la importancia que cobró la categoría «carácter

Nótese que, en ocasiones, las referencias bibliográficas son de años posteriores
al período analizado, ello se debe a que se publicaron con retraso estudios reali-
zados en dicho período.
69
Burguete, R. (1976). La teoría marxista de las clases sociales y la estructura de la
sociedad contemporánea.

165
del ­trabajo» como eje fundamental de diferenciación social en buen
número de investigaciones realizadas en los 70 y primeros años de
los 80,70 en el supuesto de la pérdida progresiva, aunque no total,
de la capacidad diferenciadora de la condición de clases y en la inten-
ción de conectarlos con evaluaciones de naturaleza práctica, vincu­
ladas con la planificación.
La Facultad de Superación de Profesores de Ciencias Sociales de
la Universidad de La Habana y, especialmente, la profesora Ileana
Rojas, impulsaron la reflexión teórica sobre la estructura social del
socialismo a través de su actividad docente, de diversas traducciones
y publicaciones de textos soviéticos y cubanos. A Ileana Rojas puede
atribuirse el remarcar la necesidad de utilización de los conceptos
de estructura socioclasista y estructura interna y el impulso a los es-
tudios socioestructurales aplicados a nivel territorial y de colectivos
laborales.71

Los 80: el enfoque problematizador


Fortalecido por el lugar que lo socioestructural va adquiriendo en la
planificación, al menos en una corriente de pensamiento en la que
convergen una línea de la sociología y tomadores de decisiones en
el área de las políticas públicas72 (particularmente las relacionadas
con el empleo, las relaciones laborales y las estrategias de desarrollo
territorial), a inicios de la década del 80 se sistematiza y expande la
producción en el área de la sociología de la estructura social y las
desigualdades en el país.
70
Ver Chuprov, et al. (1975). Ob. Cit.
71
Véase Rojas I. (1981). Algunos problemas acerca de la estructura clasista de la socie-
dad.
72
Véase Chuprov, et al. (1975). Ob. cit. También el Departamento de Estudios
Socioeconómicos del Instituto de Ciencias Sociales (ICSO) de la Academia de
Ciencias de Cuba, inició hacia 1979 investigaciones ligadas a la planificación
territorial que incluían entre los aspectos esenciales a considerar lo que se de-
nominó «la estructura social de la fuerza de trabajo a escala territorial». El
ICSO trabajó durante años en un estudio sobre las perspectivas de desarrollo
de Isla de la Juventud, con fuerte asesoría soviética y bajo la lógica del enfoque
del desarrollo acelerado de regiones de nueva asimilación económica. Véase, por
ejemplo, Núñez L., Espina M. (1986). «Isla de la Juventud: transformaciones
de la estructura social en una zona de desarrollo acelerado». Revista Economía y
Desarrollo. No. 92.

166
Entre otros factores que se han identificado como decisivos para
esta expansión se sitúan: el reconocimiento, en el I Congreso del
Partido Comunista de Cuba, celebrado en 1975, del papel de las di-
ferencias sociales y su superación como uno de los problemas cla-
ves de la construcción socialista (lo que situó esta temática en un
ámbito de «legitimidad oficial» del más alto nivel); la celebración en
La Habana en 1980 de la Conferencia Teórica Internacional «La es-
tructura de clases en América Latina» convocada por la Revista In-
ternacional con el auspicio del Partido Comunista de Cuba (PCC),
a la que asintieron numerosos académicos de todo el mundo; el
incremento en la graduación de sociólogos y de otras disciplinas
afines, orientadas a la investigación social concreta; la nueva con-
cepción en la organización y planificación del trabajo científico,
elaborada a inicios de los 80, orientada a abarcar todos los proble-
mas sociales relevantes (relevancia identificada fundamentalmente a
partir de los textos programáticos del PCC); la intensificación de las
relaciones académicas con la URSS y la RDA, donde la temática so-
cioestructural era uno de los centros de atención de las ciencias socia-
les y la expansión de la difusión de textos producidos en estos países
traducidos al español estos;73 el desarrollo de un detallado sistema
de estadísticas continuas, que incluía un conjunto considerable de
indicadores relacionados con la diferenciación social.74
Como una característica esencial de los análisis socioestruc-
turales de estos años se observa una orientación hacia investiga-
ciones sociológicas concretas, de corte cuantitativo, interesadas en
identificar el peso y las tendencias de reproducción de diferentes

73
Entre la segunda mitad de los años 70 y los años 80 circulaban numerosos textos
sobre los cambios en la composición social de las sociedades socialistas euro-
peas, fundamentalmente de autores soviéticos y alemanes, entre los que más
circularon están Lotsch M., Meyer H. (compiladores) (1978). Sobre la estructura
social de la sociedad socialista; Amvrósov A. (1977). Estructura social de la sociedad
soviética; Colectivo de autores (1977). La clase obrera, fuerza motriz del proceso
revolucionario mundial.
74
Para ampliar en el tema de los factores que influyeron en la expansión de este
campo temático en los 80, véase Martín L, Núñez L. (1992). Sociología y estruc-
tura social en Cuba; M. Espina, «Transición y dinámica de los procesos socio-
estructurales». En Monereo M., Riera M., y Valdés J. (coordinadores) (2000).
Cuba construyendo futuro.

167
c­ omponentes socioestructurales y develar el significado de esas
tendencias en el proceso de construcción socialista, su carácter re-
gresivo o progresivo, en virtud de un modelo normativo de ten-
dencias esperadas y deseables (regularidades necesarias) que debían
regir ese transcurso.
Se consolida el proceso, iniciado a finales de la década anterior,
de fortalecimiento de los énfasis de esta área de estudios hacia la
consideración de la estructura de diferenciación social como elemen-
to esencial de la planificación, así como de la explicación y evalua-
ción de procesos sociales concretos, con fines prácticos, aunque no se
abandona la reflexión teórico-política clasista.
En estos años el liderazgo institucional de los estudios socioes-
tructurales está compartido por la Facultad de Filosofía de la Uni-
versidad de La Habana y el Instituto de Filosofía de la Academia de
Ciencias, a los que se añade, posteriormente el Centro de Investi-
gaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), surgido, en 1983, y en
cuya agenda aparecen los estudios socioestructurales como una de
las áreas investigativas prioritarias.
El CIPS aporta cinco novedades temáticas en el panorama de
los estudios socioestructurales concretos en Cuba: la descripción
sistemática, con propósitos de observatorio y monitoreo, de un cua-
dro integrado de la estructura social cubana, a partir de estadísti-
cas continuas, censos y encuestas con muestreo representativo;75 la
apertura de una línea de investigación sobre juventud y relaciones
generacionales, que coloca entre sus focos de atención la articula-
ción de las estructuras clasista y generacional;76 la realización, por
75
Véase, por ejemplo, en 1988 Anuario Estudio de la Sociedad Cubana Contem-
poránea, los textos de Espina M. y Núñez L. «Transformaciones de la estructura
socioclasista cubana en la edificación del Socialismo» y «Acerca del concepto
movilidad social y su utilización en la sociología marxista leninista», así como
de Martín L . Procesos actuales en la transformación del campesinado cubano; Espina
M., et al. (1985). Componentes socioclasistas de la sociedad cubana actual. Infor-
me de Investigación. Fondos del CIPS; Domínguez M.I. (1986). Tendencias
del desarrollo de la estructura social cubana. Informe de investigación. Fondos del
CIPS.
76
Barrera K. (1990). Características socioestructurales de los estudiantes de la enseñan-
za media superior. Informe de Investigación Fondos del CIPS; Domínguez M.I.
(1989). Estructura generacional de la población cubana actual. Informe de investi-
gación. Fondos del CIPS; Domínguez M.I, et al. (1989). Diferencias y relaciones

168
primera vez, de estudios de movilidad y procedencia social a escala
nacional;77 el análisis de familias diferenciándolas por su inserción
social;78 y la evaluación de políticas sociales desde el punto de vista
de su captación de la diversidad social.79 Todo ello bajo una lógica de
la ligazón entre «modo de vida» y «estructura social» como ejes
de comprensión de la reproducción de lo social o núcleos duros de
las explicaciones de la causalidad social en la transformación so-
cialista.
En general, el contexto de producción de pensamiento social en el
área de la estructura social en esos años podría caracterizarse con un
signo de ambivalencia: por una parte, el reconocimiento político y
científico de la alta relevancia del tema al que se destinaron recursos
relativamente amplios y un lugar estable en la agenda investigativa
de diversas instituciones y, por otro lado, un límite implícito en el
discurso oficial para el encuadre y construcción del objeto: el proceso
de homogeneidad social y la superación de diferencias propulsado
por la liquidación de la contradicción trabajo-capital y desde la base
a la superestructura, entendido como universalidad progresivista, te-
leológica e inevitable de la transición socialista.
Ello marcó una manera de pensar el objeto en positivo, de forma
lineal, despojado de su condición dialéctica, que dejaba fuera, o
con muy bajo perfil, las categorías de mayor filo crítico con que este
había sido construido en el marxismo clásico, en corrientes mar-
xistas contemporáneas (el marxismo analítico, empírico y de mi-
crofundamentos, por ejemplo) y en otras tradiciones sociológicas,
como marginalidad, conflicto, exclusión, explotación, dominación,
alienación, entre otras, bajo el entendido de que en el período de
tránsito el núcleo duro de las desigualdades era rémora inercial, sin
raíces profundas en la nueva sociedad y, por tanto, removibles en
intergeneracionales en la clase obrera y los trabajadores intelectuales. Informe de In-
vestigación. Fondos del CIPS.
77
Espina, M. et al. (1987). Movilidad social en Cuba. Informe de investigación,
Fondos del CIPS.
78
Reca, I. et al. (1989). Caracterización de Algunas Tendencias de la Formación de
Parejas y Familias en la Población Joven. Informe de Investigación. Grupo Fami-
lia, CIPS.
79
García Pino O., et al. (1991). Aspectos diferenciados de la política social en Cuba.
Informe de Investigación, Fondos del CIPS.

169
un plazo relativamente breve en los límites del tiempo histórico-
social.80
Por fortuna, aun cuando la presencia de la influencia soviética es en
estos años muy intensa y permanece el sentido de positividad implí-
citamente establecido para el abordaje del objeto «estructura social»,
esta línea de análisis, como efecto de su constante interacción con la
realidad en el ejercicio de estudios aplicados, logró transitar desde el
enfoque sustentado en el proceso de homogenización social, hacia una
perspectiva crítica problematizadora, que trató de acercarse más a la
comprensión de los procesos de transformación socialista desde el sub-
desarrollo y a la tensión entre tendencias de igualación y diferencia-
ción, simultáneas y contradictorias, propias de la transición socialista,
a los significados de heterogenización y desigualdad en este proceso.
El enfoque problematizador arribó a interesantes conclusiones
que de alguna manera contradecían o matizaban las nociones de
la perspectiva homogenista al considerar, por ejemplo, la comple-
jización de las relaciones sociales que representaba la transición so-
cialista (vs. la visión simplificadora); la reproducción de diferencias
sociales en esa etapa no solo como consecuencia de la herencia capi-
talista, sino también como parte de una lógica diferenciadora socia-
lista: la potencialidad conflictual de estas diferencias; la necesidad
y posibilidad de concebir un repertorio amplio de propiedad social,
no identificándola en términos absolutos con propiedad estatal; la
legitimidad de abrir un espacio a la pequeña propiedad mercantil
urbana, insertada en una lógica general socialista; la pertinencia de
80
No existe un estudio de «sociología de la sociología» aplicado a este ámbito que
permita discernir claramente los factores extracientíficos vinculados a la cons-
trucción de su objeto, pero algunos elementos empíricamente observables en la
etapa ilustran este encuadre limitado, como pueden ser: la ausencia, hasta los 90,
de una asignatura dedicada a la sociología de las desigualdades en la formación
de sociólogos y ubicación del tema dentro del estudio manualesco del marxismo
y el comunismo científico, con escasas referencias a la sociedad cubana real-
mente existente; circulación de textos sobre el tema preferentemente soviéticos;
monopolio de las relaciones académicas con el campo socialista europeo y muy
escaso contacto con América Latina y con otros marxismos para la mayor parte
de las instituciones académicas que abordaban el tema; cierre de la carrera de
sociología en 1980; abordaje preferentemente triunfalista del avance hacia la
igualdad en el discurso político; instrumentalización de las ciencias sociales por
la política, conversión del marxismo en ideología oficial, entre otras.

170
diseñar una política distributiva que atendiera tanto a la igualdad y a
la integración social, como a la diversidad de necesidades e intereses
de los distintos grupos sociales.81
Desde esta óptica, más que centrar la atención en el proceso de
homogeneidad social la teoría del socialismo precisa comprender la
tensión entre igualdad y diferenciación social, entre la necesidad de
reconocer las diferencias y de articularlas en un proyecto sociopolí-
tico común.
En conclusión, hacia finales de los 80 e inicio de los 90 los es-
tudios en el campo de la estructura social y las desigualdades ha-
bían producido ya una fuerte crítica al modelo plano, no conflictual
del homogenismo y los argumentos sobre su inaplicabilidad al caso
cubano, habían develado importantes contradicciones en el proce-
so de reproducción socioestructural que evidenciaban la necesidad
de su modificación relativamente radical e iniciado la búsqueda de
un ­ enfoque que permitiera interpretar con mayor profundidad la
­relación socialismo-desigualdad y comprender el rol de la diversidad
socioestructural.

81
Este panorama de conclusiones está construido a partir de la revisión de dife-
rentes textos de esa etapa, como los referenciados en notas anteriores y otros
como Concepción J., Miravent, M. (1989). La procedencia social de los graduados
universitarios”. 1965-1989; M. I. Domínguez. (1986). Tendencias del desarrollo
de la estructura social cubana. Informe de Investigación. Fondos del CIPS; Ten-
dencias del desarrollo de la estructura social de la Juventud Cubana. (1987). Informe
de investigación. Fondos del CIPS; Limia M., et al. (1990). Las contradicciones
esenciales del desarrollo de la sociedad cubana contemporáneas. Informe de Inves-
tigación. Instituto de Filosofía; Miranda H., Castro R. (1991). La estructura
socioclasista cubana. Ponencia presentada al XVIII Congreso Latinoamericano
de Sociología; Pérez Rojas N., et al. (1989). «Las relaciones sociopolíticas del
campesinado». En Economía y Desarrollo Muñoz T. (1990). Los cambios en la
naturaleza social de la clase obrera. (1990) Informe de investigación; Pacheco M.
C. (1987). Análisis de los cambios de la estructura social interna de la clase obrera
cubana. Tesis de doctorado. Instituto de Filosofía; Pérez Rojas y otros. (1989)
«Las relaciones sociopolíticas del campesinado». Economía y Desarrollo No. 5;
Ravenet M., Hernández J. (1984). Estructura social y transformaciones agrarias
en Cuba; Rojas I., Ravenet M., Hernández (J. 1985). Sociología y desarrollo rural
en Cuba; (1983). Estudio sobre la estructura de clases y el desarrollo rural en Cuba.
MES. Dpto. de Textos y Materiales Didácticos y (1985). Sociología y desarrollo
rural en Cuba. T. Fung (1982). En torno a las regularidades de la Revolución socia-
lista en Cuba.

171
Entre las debilidades y carencias más notables de esta área de es-
tudios en la etapa analizada pueden apuntarse la sobredimensionada
preferencia por la investigación empírica cuantitativa y macroestruc-
tural y, como la otra cara correlacionada, la insuficiente elaboración
teórica, la subconsideración de aspectos subjetivos y cualitativos, de
escala local y cotidiana.
En conexión con esa preferencias, apenas se tratan temas como el
de los actores sociales y su acceso real al poder; integración y con-
flicto social; desigualdades raciales; el espacio para la individualidad
en el socialismo; pobreza, marginalidad y vulnerabilidad social; la
armonía entre los intereses sociales e individuales; diferencias y desi­
gualdades extraclasistas; mentalidades e identidades colectivas (en
el sentido histórico, psicológico, etnológico, político y sociológico),
entre otros.

Años 90. Crisis, reforma y reestratificación


Los 90 marcan un parteaguas obligado para la comprensión de la
desigualdad en Cuba. Como ha sido extensamente tratado en diver-
sos análisis, crisis y reforma configuran un escenario de reestratifi-
cación social, de expansión de desigualdades en los ámbitos más di-
versos y alteran el tipo de conexión socialismo-igualdad establecido
con anterioridad para los diferentes grupos sociales.
Estas circunstancias generan un imperativo epistemológico ante
las ciencias sociales cubanas de explorar los efectos sociales de pro-
cesos tan medulares y traumáticos, como la crisis y la reforma, como
basamento para el diseño de políticas sociales de promoción de equi-
dad, desde nociones teóricas que permitan captar en su complejidad
y multidimensionalidad real, las tendencias de heterogenización so-
cial que están teniendo lugar, lo que supone el desprendimiento total
de los vestigios reduccionistas de la perspectiva de la homogeneidad
social como proceso cuasi natural.
Este imperativo queda claramente establecido y asumido por la
comunidad académica nacional más bien hacia el inicio de la se-
gunda mitad de los 90, en que comienza a abrirse el foco temático
y el abanico de posiciones de observación de la composición social,
con un corrimiento desde el interés en lo propiamente estructural
hacia la evaluación de la desigualdad en dos sentidos combinados:

172
su significado para la continuidad del proyecto socialista y sus deri-
vaciones para la política social.82 Un factor que ha ido ampliando su
influencia progresivamente ha sido una especie de reencuentro con
la sociología latinoamericana, lo que ha propiciado el acercamiento
a ejes temáticos prioritarios en la sociología de la región como po-
breza, exclusión, marginalidad, políticas sociales, etcétera.83 Otra
zona de intercambio que se ha reforzado ha sido con la academia
nortea­mericana en la cual el interés por los temas de raza, políticas
públicas afirmativas de manejo de las desigualdades, y la relevan-
cia de lo espacial como factor de articulación de desigualdades es
central.84

82
Aunque ambos sentidos del análisis aparecen comúnmente entrelazados en los
estudios, pueden distinguirse reflexiones orientadas especialmente hacia la pri-
mera dirección como Cervantes R. y Pérez O. Transición, igualdad y estructu-
ra socioclasista en Cuba ; Cruz C., et al. Acerca de la importancia de la concepción
marxista para el estudio de la estructura socioclasista en Cuba; Machado D. Para
un debate sobre la estructura socioclasista de la sociedad cubana actual; Sosa J. y Ro-
dríguez A. Algunas reflexiones acerca de la estructura social cubana y García J. y
Lima R. Cambios económicos y clases sociales: desafíos actuales al socialismo cubano,
Espina M., et al. «Reajuste económico y cambios socioestructurales»; todos en
Menéndez M. (comp.) (2003). Los cambios en la estructura socioclasista en Cuba;
Figueroa V. (1995). «Reforma económica hacia una economía mixta de transi-
ción al Socialismo». Revista Contrapunto No. 3.
83
Especialmente hacia los 2000 se incrementa el intercambio con CLACSO y
con su programa CLACSO-CROP de estudios de pobreza, lo que refuerza una
consideración de la situación cubana en su contexto geopolítico, cultural e his-
tórico, y la perspectiva crítica –relacional de las desigualdades, en el sentido de
no entender estas como situaciones o coyunturas, sino ubicadas en la matriz
material– simbólica de las relaciones sociales.
84
A modo de ejemplo puede situarse el intercambio de diversas instituciones cu-
banas con el Programa Cuba del Centro de Estudios Latinoamericanos David
Rockefeller de la Universidad de Harvard (DRCLAS), coordinado por la Doc-
tora Lorena Barberia. Por medio de este intercambio se han celebrado diver-
sos eventos como los Talleres Poverty and Social Policy in Cuba. Addressing
The Challenges of Social and Economic Change I y II, el primero en Bos-
ton y el segundo en La Habana, (con el coauspicio del CIPS) y el Seminario
Internacional «Equity and Social Mobility: Theory and Methodology with
Applications to Bolivia, Brazil, Cuba, and South Africa», con coauspicio del
PNUD/IPC, en Brasilia. También en el 2003 visitó La Habana, invitado por
la Academia de Ciencias, el sociólogo norteamericano Erik Olin Wright, re-
conocido como representante del marxismo analítico empírico. Wright dictó en
el CIPS la conferencia «Clase y explotación múltiple».

173
Con cierta simultaneidad y acompañamiento, todavía no esta-
blecido en sus precedencias y articulaciones por una investigación
sobre los nexos conocimiento-poder en la reforma cubana, el dis-
curso político se abre también en esta etapa al reconocimiento de las
desigualdades y la pobreza, como problemas sociales de magnitud
relativamente elevada, lo que flexibiliza y amplía la agenda de los
estudios sociales.
La apertura del foco temático y multidisciplinar del estudio de las
desigualdades en la Cuba de crisis y reforma se aprecia claramente en
las áreas que actualmente se preferencian, en las que pueden distin-
guirse, convencionalmente, diversos subcampos entrecruzados:

Estudios de pobreza y marginalidad


Incluye estudios cuantitativos estadísticos, sociológico-económicos,
basados en muestras representativas de hogares, a las que se apli-
can encuestas para determinar satisfacción de necesidades básicas85
y estudios cualitativos y de la perspectiva del sujeto, de impronta
sociopsicoantropológica, enfocados hacia la caracterización interna
de la pobreza, las estrategias de sobrevivencia que se despliegan en
estas circunstancias, así como las potencialidades y limitaciones que
las familias pobres tienen para revertir su situación. Utilizan la me-
todología de los estudios de casos y remarcan la dialéctica de la rela-
ción sociedad-grupo-individuo y la expresión de las interrelaciones
micro-macro en la vida cotidiana como ámbito de expresión de la
subjetividad,86 también describen procesos de marginalización aso-
ciados a las carencias de vivienda y a la migración desde territorios
de menor grado de desarrollo hacia centros urbanos con mayores
oportunidades económicas.87
Puede incluirse también una investigación comparada de la po-
breza entre las situaciones respectivas de Cuba, Puerto Rico y Re-

85
Véase Ferriol Á. «Ingresos y desigualdad en la sociedad cubana actual». En Ma-
nuel Menéndez, (comp.) Ob. cit.; Ángela Ferriol, et al (1997). Efectos de políticas
macroeconómicas y sociales sobre los niveles de pobreza. El caso de Cuba en los años 90.
86
Véase Zabala, María del Carmen (1999). «Alternativas de estrategias comunita-
rias para la atención a la pobreza», en Caminos, n. 15-16.
87
Véase Rodríguez, P. et al (2004). ¿Pobreza, marginalidad o exclusión?: un estudio
sobre el barrio Alturas del Mirador. Informe Preliminar de Investigación.

174
pública Dominicana, a partir de dos ejes definitorios: carencia de
medios para dar respuesta a necesidades básicas y la desigualdad
distributiva de los sistemas económicos que permite ver el impacto
diferencial de las políticas de redistribución y su capacidad para la
reducción y el amparo de la pobreza.88
Los aportes más sustantivos de este subcampo radican en ofrecer
una medición cuantitativa de la población urbana en situación de po-
breza con la que no se contaba, esclarecer perfiles y formas de repro-
ducción cotidiana de las desventajas sociales y caracterizar relevantes
aspectos de la subjetividad social asociada a la pobreza.

Mediciones del Índice de Desarrollo Humano


Representan un avance en los estudios de desigualdad, puesto que
articulan datos económicos y socioculturales que habitualmente re-
ciben tratamiento separado, para ofrecer una visión de conjunto en
torno al desarrollo y las posibilidades reales que una sociedad brinda
de integración social y acceso al bienestar.89
Permiten, al aplicar una metodología internacional, llegar a valo-
raciones comparadas entre la situación de Cuba y la de otros países y
regiones. Otro de sus aportes es considerar las diferencias territoria-
les (provinciales) del desarrollo y asociadas al género.
Estas mediciones, para el caso cubano, han permitido develar los
avances en términos de superación de las desigualdades extremas
y de promoción de equidad que han tenido lugar en el país como
consecuencia de la política social de la transición socialista, que si
bien fueron afectados por la crisis y la reforma, se sostienen bajo la
lógica de distribución equitativa. Por otra, alertan de la debilidad
comparativa de las dimensiones del bienestar asociadas a los ingresos
monetarios familiares e individuales.
88
Véase Alonso, A. (2002). La pobreza vista en tres escalas. Reflexiones sobre el Ca-
ribe Hispano. Ponencia presentada al Seminario Internacional Estrategias de
reducción de la pobreza en el Caribe. Los actores externos y su impacto en la
reducción de la pobreza en el área.
89
Véase Martínez O., et al. (1997). Investigación sobre le Desarrollo humano en
Cuba 1996, La Habana Caguayo; (2000). Investigación sobre Desarrollo Humano
y Equidad en Cuba 1999, La Habana, Caguayo; Méndez E., Lloret M.C. (2005).
«Índice de Desarrollo Humano a nivel territorial en Cuba. Período 1985- 2001».
Revista Cubana de Salud Pública.

175
Estudios multidimensionales de la desigualdad

En este subcampo estoy colocando deliberadamente investigaciones


cualitativas, cuantitativas y de metodologías y disciplinas combina-
das, que utilizan datos secundarios de corte macro socioeconómico
(estadísticas continuas sobre ingresos, empleo, consumo y otras di-
mensiones del bienestar social y encuestas sobre pobreza) y los articu­
lan con estudios cualitativos y de escala micro, que permiten una
lectura relacional de las desigualdades y de sus expresiones diversas,
aunque no haya sido esa su intención inicial, pues buena parte de
ellas responden a otras distinciones disciplinares.
Entre los temas más estudiados destacan: las tendencias generales
del proceso de reestratificación social y el cambio en la estructura de
clases y de propiedad, asimismo el surgimiento de nuevos agentes
económicos y actores sociales;90 transformaciones y diferenciación en
el ámbito del empleo;91 cambios en la estructura agraria;92 desigual-

90
Véase, por ejemplo: Espina M. (2004).«Reestratificación y desigualdad» en Iñi-
guez L. y Pérez O (compiladores) Heterogeneidad social en la Cuba actual; Espina,
M. et al (2002). Componentes socioestructurales y distancias sociales en la ciudad. In-
forme de Investigación; Núñez L. (1997). «Más allá del cuentapropismo en Cuba».
Temas No. 11; Togores V. (1996). El Trabajo por Cuenta Propia. Desarrollo y pecu-
liaridades en la Economía Cubana. Fondos bibliográficos del Centro de Estudios de
la Economía Cubana; (1997) Consideraciones sobre el Sector Informal de la economía.
Un estudio de su comportamiento en Cuba Fondos bibliográficos del Centro de Es-
tudios de la Economía Cubana; Hernández A. (2006). Estado y Sector Privado en
Cuba. Políticas, relaciones y conflictos de un manejo restrictivo. Ponencia presenta-
da en Taller internacional CIPS y Encuentro Pre- ALAS del Caribe; García A.
(2003). Investigación acerca de las contribuciones de los trabajadores privados. Fondos
del Centro de Estudios de la Economía Cubana. Universidad de la Habana; Pérez
O. (2006). «La inversión extranjera directa en el desarrollo económico. La expe-
riencia cubana». En Pérez O (compilador) Reflexiones sobre la economía cubana.
91
Nerey B (2000). El modelo de desarrollo y estado de bienestar en Cuba. Tesis de
Maestría. Universidad de La Habana; (2004) Empleo, Seguro Social y los Mer-
cados de Trabajo Ponencia presentada en el Taller Poverty and Social Policy in
Cuba: Addressing the Challenges of Social and Economic Change; Nerey B.,
Brismart N. (1999). Estructura social y estructura salarial en Cuba. Encuentros y
desencuentros, Trabajo de curso de la Maestría en Sociología, Universidad de
La Habana; J. Martin L., Capote A. (1997). «Reajuste, empleo y subjetividad».
Temas No. 11.
92
Pérez Rojas N., Echevarría D. (1997). «Participación y producción agraria en
Cuba». Temas No. 11; Leyva A. (2006). Estructura social y relaciones agrarias en

176
dades de ingresos y del consumo material e impactos de las remesas
sobre la desigualdad; 93 la familia y las estrategias de sobrevivencia;94
juventud y relaciones intergeneracionales.95
Sus valores fundamentales estriban en diversificar las dimen-
siones que se tienen en cuenta para el análisis de las desigualdades
sociales, combinar indicadores macro y micro, cuantitativos y cua-
litativos, objetivos y subjetivos. En su conjunto, permiten observar
disímiles aristas del proceso de reestratificación vinculado a la crisis
y la reforma económica de los 90.

Desigualdades raciales
Probablemente la rápida recuperación del tema de las desigualdades
articuladas a la condición de raza, prácticamente ignorado en las eta-
pas anteriores, sea uno de los rasgos más característicos de la reflexión
sobre la desigualdad en los 90 y hasta hoy. El análisis de la articula-
ción raza-desigualdad se ha enfocado considerando sus expresiones
estructurales externas (acceso a propiedad, empleo, ingresos, condi-
ciones de vida) y subjetivas (prejuicios, estereotipos, identidades, es-
tigmas) y los nexos entre ellas, han develado el fortalecimiento de las
articulaciones entre clase y raza, así como la presencia de desventajas
materiales y simbólicas que afectan a la población no blanca como

la provincia Granma a partir de 1993, Tesis Doctoral; Alemán S., Figueroa V.


(2005). El modelo cooperativo campesino en Cuba.
93
Togores V. (2004). «Ingresos monetarios de la población, cambios en la distri-
bución y efectos sobre el nivel de vida», en 15 años del Centro de Estudios de la
Economía Cubana; Togores V., García A. (2003). «Consumo, mercados y duali-
dad monetaria en Cuba». Revista Economía y Desarrollo y (2004) «Algunas con-
sideraciones acerca del consumo en los noventa, factores que lo determinan». En
Reflexiones sobre Economía Cubana; Sánchez Egozcue J.M, Togores González V.
(2006). Efectos de las remesas sobre el consumo y los procesos de diferenciación en la So-
ciedad Cubana. Ponencia presentada al Taller Internacional CIPS y Encuentro
Pre- ALAS del Caribe. 23-25 Octubre 2006; Quintana Mendoza D. (1995).
«La seguridad social y la distribución de los ingresos en Cuba. Un enfoque para
la situación actual». Revista Cuba: Investigación Económica; Aguilar Trujillo J.A.
(2001). «Las remesas desde el exterior: un enfoque metodológico-analítico, en
Cuba». Investigación Económica, Año 7, No. 3.
94
Díaz M., et. al (2001). Familia y Cambios Socioeconómicos a las Puertas del Nuevo
Milenio. Informe de Investigación del Departamento de Estudios sobre Familia.
95
Domínguez M. I. (1994). Las generaciones y la juventud. Una reflexión sobre la
sociedad cubana actual. Tesis de doctorado.

177
una de las consecuencias negativas más importantes de la crisis y la
reforma, cuyo manejo debe se reforzado como objeto prioritario de
las políticas sociales de promoción de equidad.96

Espacialidad y desigualdad
La interpretación del espacio como factor de desigualdad lo observa
tanto desde lo territorial como desde el espacio-relación (espacio fa-
milia, empleo, comunidad) y contrasta la luminosidad y la oscuridad
resultante de la distribución espacial de bienes y desventajas.97 Las
investigaciones demuestran la persistencia de brechas de equidad
96
Alvarado J. A. (1996). «Relaciones raciales en Cuba. Notas de investigación».
Temas 7; Carrazana Fuentes L. (2005). Raza y movilidad en la reestructuración
económica. Una muestra de trabajadores urbanos, Tesis de Maestría; Espina R.,
Rodríguez P. (2006). «Raza y desigualdad en la Cuba actual». Temas, No. 45;
Espina R., González E., Pérez Ma. M. (2003). «Prejuicio racial: expresiones
actuales y factores de supervivencia». En Colectivo de autores. Relaciones raciales
en Ciudad de La Habana, Santa Clara y Santiago de Cuba; Espina R., Pérez Ma.
M., González E (1996). Estudio diagnóstico sobre las relaciones raciales en tres mu-
nicipios de Ciudad de La Habana; García Quiñones R., Alfonso A. «Disimilitu-
des en las actitudes y conductas de los cubanos frente a factores de riesgo para la
salud». En Iñiguez L., Pérez O. (comp.). (2004). Ob. cit.; González N. (2006).
Familia, racialidad y educación. Trabajo de Diploma. Departamento de Sociolo-
gía, Universidad de La Habana; Guanche J. (1996). «Etnicidad y racialidad en
la Cuba actual». Temas 7; Caño M.C. (1996). «Relaciones raciales, proceso de
ajuste y política social». Temas 7; Morales E. «Cuba: los retos del color». En Iñi-
guez L., Pérez O. (2004). Ob. cit.; Núñez N., Tirado H.(2003). «La caracteri-
zación de los grupos raciales: el complejo habitacional» en Colectivo de autores.
Relaciones raciales en Ciudad de La Habana, Santa Clara y Santiago de Cuba; Pérez
M.M. (1996). «Los prejuicios raciales: sus mecanismo de reproducción». Temas
No. 7; Rodríguez P., García A. J, Carrazana L. (2003). «Relaciones raciales en
la esfera laboral» en Relaciones raciales en Ciudad de La Habana, Santa Clara y
Santiago de Cuba; Zabala Argüelles M. del C. (2009). «Análisis de la dimen-
sión racial en los procesos de reproducción de la pobreza. El rol de las políticas
sociales para favorecer la equidad social en Cuba». En Pobreza y exclusión; E.
Morales, (2008). Desafíos de la problemática racial en Cuba; Rodríguez Oliva, L.
(2009). «¿Todos los negros toman café? Políticas públicas de cultura, equidad,
raza y pobreza como condición cultural». En Pobreza y exclusión.
97
Iñiguez L., Pérez O. (2006). «Espacio, territorio y desigualdades sociales en
Cuba, precedencias y sobreimposiciones». En Pérez O. (compilador). Reflexiones
sobre la economía cubana; Martínez O., et al. ������������������������������
(2000) Ob.cit; Méndez E., Llo-
ret M.C. (2004). Ob.cit; Léstegas F., et al. (2000). Expresiones territoriales del
reajuste económico. Heterogeniización espacial de la ciudad; (1998) Diagnóstico de
los asentamientos de la franja de base en los municipios críticos. Informe técnico;

178
vinculadas a lo territorial y la articulación entre territorio y procesos
de empobrecimiento y vulnerabilidad social.
Lo más importante resulta aquí resaltar la idea de la heterogeni-
zación territorial es uno de los fenómenos más fuertes vinculados a la
crisis y la reforma, que se acompaña de procesos de concentración de
la vulnerabilidad y la pobreza, lo que exige fórmulas también hetero-
géneas de diseño y puesta en práctica de las políticas sociales, donde
la intervención de los actores locales sea un elemento esencial en la
construcción de las agendas y la conformación de los recursos.

Desigualdades de género
Este subcampo rescata el análisis de las especificidades de la condición
de género, como diversidades legítimas, señala la permanencia de bre-
chas y desigualdades que afectan preferentemente a la mujer.98
Más recientemente y con insuficiente expansión aún, aparecen es-
tudios que superan la reducción del género a la condición femenina
y se abren hacia la masculinidad.99 También se han extendido hacia
otras identidades de género como gays, lesbianas, transexuales, tra-
vestís, y sus problemáticas sociales.100

Subjetividades y dimensiones culturales de la desigualdad


La observación de las dimensiones subjetivas aparece, generalmente,
formando parte de análisis más abarcadores, complementando las

­ artín L., et al. (1999). Expresiones territoriales del proceso de reestratificación.


M
Informe de investigación.
 98
Álvarez M. (2000). «Mujer y poder en Cuba». En Monereo M., et al. (coord.)
Cuba construyendo futuro; Echevarría D. (2004). «Mujer, empleo y dirección en
Cuba: algo más que estadísticas» en 15 Años del Centro de Estudios de la Economía
Cubana; González Olmedo G. (2000). Las mujeres en el mundo empresarial. Es-
tudio de casos de mujeres ejecutivas de empresas industriales de Ciudad de La Habana.
Tesis doctoral; Guerrero N. (1998). «Género y diversidad: diversidad, prejuicios
y orientación sexual en Cuba». Temas, No. 14; Núñez M. (2000). «Enfoque de
género: proposiciones metodológicas» Temas, No. 1. «Ideología de género entre
profesionales cubanos», Temas no. 37- 38.
 99
González, J.C. (2004). «Femenino y masculino: ¿mujeres contra hombres?». Te-
mas No. 37-38.
100
Puede revisarse Portales Y. (2009) «Para que otra voz se escuche. Las bases para
una nación heterosexista». Enfoques No. 4, febrero, Castro M. (compliladora)
(2008). La transexualidad en Cuba.

179
variables estructurales, comúnmente consideradas objetivas o exter-
nas, con los perfiles subjetivos y la autopercepción de la pobreza,
las escalas de desigualdad sentida por diferentes grupos sociales, la
percepción y expectativas de movilidad, las exclusiones o desventajas
simbólicas. Tienen una intención explícita de acercarse a interpreta-
ciones multidimensionales de la diversificación socioeconómica, que
colocan la subjetividad y el espacio simbólico como elementos de
expresión y configuración de la desigualdad.101

Estudios de política social


Este no es un subcampo estrictamente de la sociología de las desi­
gualdades, sino más bien un área de la reflexión social relativamente
autónoma, transversal y multidisciplinar. Se incluye aquí para mostrar
el hecho de que los estudios sobre la desigualdad en Cuba están cada
vez más interesados en reforzar sus vínculos con el diseño de políti-
cas sociales, entendiendo que los diagnósticos y evaluaciones que ellos
producen sobre el estado de la desigualdad pueden ofrecer relevantes
informaciones para el perfeccionamiento de dichas políticas.
Diversos estudios en esta área han proporcionado apreciaciones
sobre el lugar de la equidad y la igualdad en el modelo de políti-
ca social del socialismo cubano y el significado del aumento de los
márgenes de desigualdad y su manejo que han generado la crisis y
la reforma.102

101
Véase Zabala M.C, Morales E. (2002). «Desigualdades sociales: dimensión
subjetiva en el escenario comunitario capitalino», en Iñiguez L., Pérez O. Ob.
cit.; Perera Pérez M. Transformaciones de la subjetividad en grupos sociales de la
Capital, Informe de Investigación; Domínguez M. I., et al. (2002). Subjetividad
juvenil en Cuba. Informe de Investigación; Martín, C, et al. (1996). «La vida
cotidiana en Cuba. Una mirada psicosocial». Temas 7.
102
Véase Espina M. (2008) Ob. cit. Ferriol A. (1998). «Política social cubana: situa-
ción y transformaciones», en Temas, n, 11; Pérez V. (2000). «Ajuste Económico e
Impactos Sociales. Los retos de la educación y la salud pública en Cuba». Cuba,
Investigación Económica, Año 6, no. 1; Catá, E. (2004). «Las relaciones laborales,
la política social del trabajo y el empleo en el mundo contemporáneo». En Sociolo-
gía y Política Social del Trabajo. Selección de Lecturas y «La política social en Cuba.
Grupos en desventaja social» En Mansson, S. y Proveyer, C. (compiladores) Tra-
bajo social en Cuba y Suecia. Desarrollo y perspectivas; Álvarez, E. y Mattar, J.
(2004) Política social y reformas estructurales: Cuba a principios del siglo xxi; Zabala
Argüelles M.C. (2009). Ob. cit.; Rodríguez Oliva, L. (2009) Ob. cit.

180
Estos estudios no comparten los mismos criterios sobre las pro-
puestas más adecuadas para el perfeccionamiento de las políticas so-
ciales, pero hay algunas coincidencias generales entre ellos acerca
de las mejores estrategias para el manejo de la desigualdad y la su-
peración de la pobreza, como la necesidad de preferenciar políticas
de empleo que permitan la recuperación del trabajo como fuente de
bienestar y de acceso a un consumo material y espiritual adecuado
y disminuyan el peso de fuentes no asociadas al trabajo (remesas,
corrupción e ilegalidades) en la obtención de altos ingresos; la po-
tenciación de acciones de desarrollo local endógeno y de activación
de las sociedades locales como sujetos de las políticas sociales; la prio-
rización de la vivienda, elemento con un fuerte impacto sobre la desi­
gualdad, dentro de los gastos sociales y la ampliación de fórmulas de
esfuerzo propio.

Un balance sobre estado y perspectivas


de los estudios de desigualdad en Cuba
Analizar los estudios sobre desigualdad partiendo de una concep-
ción amplia y difusa de la sociología y en clave multidisciplinar, ha
resultado un empeño extremadamente arduo, porque esa concepción
abierta tiene la virtud de posibilitar construir una visión de lo social
sustentada en la diversidad y multidimensionalidad, pero a la vez en-
traña la dificultad de hacer muy difícil delimitar el conjunto de ma-
teriales a considerar. Por otra parte, la amplitud de esta concepción
implica también trabajar con resultados de investigación que presen-
tan una diversidad tal de enfoques metodológicos y conceptuales, de
estilos analíticos, de áreas y niveles de aplicación y de propósitos que
hace difícil producir, finalmente, una imagen integrada.
Tratando de sortear ese obstáculo a partir de identificar un hilo
conductor compartido en este campo múltiple puede decirse que, de
manera explícita o subyacente, este se caracteriza por una valoración
de los impactos de la crisis y la reforma, desde el punto de vista de su
alteración o continuidad del modelo de igualdad y justicia social que
ha inspirado la transición socialista cubana.
Las conclusiones en esta dirección apuntan hacia el predominio
de tendencias de ampliación de las desigualdades, de ensancha-
miento de las distancias sociales, la aparición de nuevos actores

181
s­ ocioeconómicos, la configuración de claros espacios de ventaja y
desventaja y de procesos de heterogenización de las subjetividades.
Puede inferirse también una visión de ambivalencia de tales impac-
tos: tiene expresiones positivas en tanto suponen un mayor espacio
para la diversidad económica, subjetiva e identitaria, para la acción
individual en la generación de ingresos y opciones productivas, en
tanto, para algunos grupos sociales, expresan una mayor articula-
ción entre contribución laboral e ingresos; tienen también expresio-
nes negativas, al implicar la expansión de la franja de pobreza, altos
niveles de ingresos no provenientes del trabajo y el reforzamiento de
brechas de equidad para mujeres, personas no blancas y territorios
tradicionalmente en situación desventajosa.
Desde el punto de vista teórico metodológico se observa una cier-
ta tendencia a la integración y síntesis de paradigmas, que conserva
al marxismo, en el sentido de asumir la materialidad de las relacio-
nes sociales y el carácter de determinación de última instancia, de
matriz, de las desigualdades clasistas e incorpora críticamente otros
enfoques complementarios.
Esta integración se nutre, en diferentes grados de elaboración y
explicitación, de elementos del marxismo de microfundamentos, de
la perspectiva compleja y de las corrientes constructivistas y de én-
fasis en la concepción de actores sociales, acercándose a una com-
prensión de las estructuras sociales como dinámicas de habilitación
y constreñimientos.
A pesar de los avances y aportes reseñados, el análisis de la desi­
gualdad en el pensamiento social cubano deberá afinar aún más sus
instrumentos y superar debilidades entre las que se aprecian, como
las más evidentes, el excesivo empirismo, la ausencia del tema del
acceso al poder como factor de desigualdad y una visión todavía
parcial, que no ha logrado producir un panorama suficientemente
integrado de las desigualdades en el que se develen los mecanismos
de articulación simultánea y recursiva entre clase, raza, género,
terri­torialidad, consumo material y espiritual, individuo-sociedad,
subjetividad-estructuras externas, micro-macro, etc.
Aún cuando la investigación se interesa desde los 90 mucho más en
el microespacio como escenario de configuración de la heterogenei-
dad social, es aún insuficiente la comprensión de los vínculos micro-

182
macro, y de las intermediaciones de mesonivel, en la revelación de la
desigualdad, que exige una consideración de paridad ontológica para
ambos planos, y rescata la temática de las estrategias familiares, las
prácticas cotidianas y las microdiversidades.
Por otra parte, el acercamiento a la perspectiva de redes sociales,
como formato dinámico interrelacional que asumen las estructuras
de nexos entre actores y le dan cualidad de fluido a estas interrelacio-
nes es un tema postergado.
De igual modo, dadas las tendencias demográficas de la sociedad
cubana contemporánea, deberían tratarse con mayor espacio y en
vínculo con la desigualdad, las desventajas sociales y las políticas de
promoción de equidad, temáticas como el envejecimiento, la ancia-
nidad y las migraciones y sus efectos sobre la composición social en
la perspectiva.
En lo que respecta a los estudios de la desigualdad de cara a las
políticas sociales, aprecio que una de sus debilidades mayores radica
en que el análisis de políticas no se ha configurado como un obje-
to propio, bien establecido, en nuestras ciencias sociales. La mayor
parte de los trabajos en este ámbito que encontramos en nuestra li-
teratura social no rebasa el nivel de las descripciones lineales, en las
que no es posible distinguir las presupuestos teóricos de que se parte,
ni el modelo evaluativo. La medición de impactos resulta excesiva-
mente general y poco diferenciada en términos de grupos sociales
diversos.

3. Crisis, reforma y reestratificación social


Para acercarnos a una caracterización de los efectos de la crisis y la
reforma de los 90 sobre el estado de las desigualdades en la sociedad
cubana, propongo que examinemos ahora con más detalle el llamado
«proceso de reestratificación social» y que para ello partamos de una
periodización que organiza la lógica de las transformaciones segui-
das por la estructura social en la transición socialista.
Periodizar es siempre una tarea difícil para las ciencias sociales,
pero a la vez insoslayable pues solo periodizando podemos develar
relaciones de continuidad y ruptura, de permanencia y cambio, en el
desenvolvimiento de los más disímiles procesos sociales.

183
Examinando los cambios más significativos que ha experimen-
tado la composición socioclasista de la sociedad cubana en la tran-
sición socialista, este proceso puede ser subdividido en tres grandes
momentos:
a) Período de los cambios clasistas fundamentales: 1959-1975.
Aquí se desmantelan las relaciones de clases anteriores y se cons-
truye un nuevo sistema de componentes socioestructurales que
tiene como eje fundamental la estatalización. Se produce una
desestratificación social.
b) Período de los cambios en la estructura interna de los componen-
tes socioclasistas fundamentales: 1976-1988.
Los componentes socioestructurales típicos de la transición so-
cialista (clase obrera, intelectualidad, campesinado) se reprodu-
cen establemente, mantienen su peso relativo en la estructura so-
cial y los cambios más intensos se desplazan hacia su composición
interior, en virtud de una complejización progresiva de la división
socio-ocupacional del trabajo.
c) Período de reforma económica y reestratificación social. 1989-ac-
tualidad.103
La crisis económica iniciada a finales de los 80 y la estrategia de
reajuste puesta en práctica para su enfrentamiento, tienen como
uno de los efectos sociales más significativos la ampliación de las
distancias sociales y la emergencia de nuevos actores socioeconó-
micos.
Examinemos las tendencias y características de este último pe-
ríodo:

103
Las nociones de desestratificación y reestratificación contraponen dos lógicas
de configuración de las estructuras sociales. Reestratificación social, se refiere
a un proceso de transformación socioestructural que representa una inversión
de tendencias anteriores de desestratificación, caracterizado por la reemergen-
cia de las desigualdades sociales, se hace más evidente y palpable la existencia
de una jerarquía socioeconómica, asociada a las diferencias en la disponibilidad
económica y en las posibilidades de acceso al bienestar material y espiritual. Las
dos primeras etapas de la transición socialista cubana tienen una lógica deses-
tratificadora, mientras que la tercera reestratifica.

184
Tendencias de la reestratificación social

Como es ampliamente conocido, los cambios que se produjeron en


el escenario internacional a inicios de los años 90 (desaparición del
campo socialista europeo, fin del bipolarismo, conversión de Estados
Unidos en potencia única), privó a la economía cubana, en condi-
ciones de bloqueo recrudecido por Estados Unidos, de sus vínculos
comerciales y de sus soportes externos, lo que unido a un proceso de
agotamiento del modelo de desarrollo seguido por el socialismo cu-
bano (modelo extensivo de sustitución de importaciones), generó en
el país una crisis económica de magnitudes considerables104 y planteó
la necesidad de una reforma que permitiera su manejo.
La reforma económica de los 90 matizó la centralidad absoluta de
lo estatal en diversas direcciones a través de medidas como:105
• Apertura al capital extranjero y ampliación del sector mixto de la
economía (de capital estatal y privado externo).
104
Entre los indicadores que ilustran la agudeza del cuadro recesivo pueden situar-
se: pérdida de las relaciones mercantiles externas y del mercado de precios prefe-
renciales para el azúcar, caída de las exportaciones de bienes hasta un 33,5 % de
su valor en 1990; pérdida del suministro preferencial de petróleo, de portadores
energéticos y de insumos fundamentales para la industria (de una disponibilidad
anual de alrededor de trece millones de toneladas de petróleo se dispone de seis
millones de toneladas, aproximadamente). Disminución del producto interno
bruto en más de un 40 % y en un 43,1 % en términos per cápita; reducción en un
30 % del aprovechamiento de la capacidad productiva de la industria; pérdida de
la capacidad importadora de la economía nacional, que se estima en un 80 % en-
tre 1989 y 1992; reducción del consumo total en una tasa acumulada de 28,2 %
y de la inversión interna bruta en más de un 25 %; acelerada expansión de la
liquidez monetaria (en 1991 el circulante sin respaldo en productos ascendía a
6 125 millones de pesos); decrecimiento del coeficiente de acumulación bruta
de la economía nacional hasta un 5,4 %; descenso acumulado de la productivi-
dad media del trabajo de más de 39 %; disminución del consumo social (entre
1985 y 1991 este decreció en 980 millones de pesos); disminución del consumo
personal (entre 1989 y 1990 disminuyó en 15 %, concentrado en la reducción de
alimentos, transporte, bienes industriales y combustible doméstico). Los datos
han sido tomados de Carranza Ob. cit, García, et al. Ob. cit. y CEPAL (2000).
La economía cubana. Reformas estructurales y desempeño en los noventa.
105
Para ampliar en el tema de la reforma económica cubana véase Carranza J.
(1995). «La crisis: un diagnóstico. Los retos de la economía cubana». En Hoff­
mann, B.(ed.) Cuba: apertura y reforma económica. Perfil de un debate y García
A., et al. (2003). Política industrial, reconversión productiva y competitividad. La
experiencia cubana de los noventa.

185
• Reorganización de la propiedad de la tierra: conversión de em-
presas estatales en cooperativas y entrega de parcelas en usufructo
como economía familiar.
• Ampliación de las posibilidades del trabajo por cuenta propia,
como autoempleo individual y como microempresas, fundamen-
talmente familiares, en actividades seleccionadas limitadas (ser-
vicios gastronómicos, alquiler de habitaciones, por ejemplo).
• Diversificación de los sujetos del comercio internacional. Cancela-
ción del monopolio estatal sobre el comercio exterior. Ampliación
de la gestión comercial exterior directa de empresas nacionales.
• Descentralización empresarial y territorial en la toma de decisio-
nes en aspectos seleccionados del uso y del diseño de estrategias.
• Paso progresivo de las empresas estatales a un régimen de autofi-
nanciamiento en divisas.
• Reestructuración-disminución del aparato administrativo estatal.
• Paso a métodos de planificación por objetivos y desde la planifi-
cación material a la planificación financiera.
• Acentuación del carácter estratégico de la planificación por sobre
el normativo.
• Disminución de la oferta de empleo estatal y ampliación del tra-
bajo por cuenta propia y otras opciones privadas.
• Cambios constitucionales como la supresión de la noción de dic-
tadura del proletariado y el carácter clasista del Estado; redefini-
ción del régimen de propiedad socialista, limitando el ejercicio
obligado de esta a los medios fundamentales de producción; su-
presión de la irreversibilidad anteriormente otorgada al sector de
propiedad socialista.

Ellas supusieron la posibilidad de emergencia de un modelo de


socialismo mixto o multiactoral, que todavía no cuaja y que trans-
curre entre tensiones y conflictos con la centralidad estatal, pues, a
mi modo de ver, la reforma ha funcionado más como una respuesta
táctica coyuntural a imperativos económicos de la crisis, que como
un cambio estratégico conceptual en la construcción socialista.
Crisis y reforma desencadenaron también un proceso de deses-
tructuración de las prácticas cotidianas establecidas históricamente
para mantener el nivel de vida alcanzado y satisfacer las necesidades

186
básicas, y tuvieron como efecto una reconfiguración de la estructura
social y el ensanchamiento de las desigualdades.
No obstante el tiempo transcurrido desde los inicios de la cri-
sis, la reforma y las modificaciones que ambas líneas de cambio y
sus influencias sobre el estado de la desigualdad han experimentado,
puede considerarse que continúa estando vigente la reestratificación,
cuyos rasgos más evidentes serían los siguientes:

a) Recomposición de capas medias y de la pequeña burguesía urbana


Desde un eje estructurador central estadocéntrico, con muy bajo
perfil de otras formas de propiedad como reproductoras de las rela-
ciones sociales, el diseño de la organización de la propiedad previsto
en la reforma económica incluyó la presencia de otros tipos de pro-
piedad sobre los medios de producción, fundamentalmente la mixta,
la cooperativa y la pequeña propiedad privada, que multiplicó las
fuentes de ingresos y diversificó los agentes económicos. Ello produ-
jo un rápido reacomodo socioestructural que la siguiente tabla ilustra
claramente:
Tabla 1. Cuba. Estructura de la ocupación
por sectores de propiedad (Años seleccionados)
Concepto 1988 1996 1999 2001 2006
Total de ocupados 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0
Entidades estatales 94,0 81,1 78,0 76,6 78,5
De ellos, Sociedades Mercanti- - 2,3 3,7 4,2 3,7
les Cubanas
No estatal 6,0 18,9 22,0 23,4 21,5
Empresas mixtas - 0,6 0,7 0,7 0,7
Cooperativas 1,8 9,6 8,5 8,0 6,2
Privado nacional 4,2 8,7 12,9 14,7 14,7
De ello, por cuenta propia 1,1 3,3 4,1 3,8 3,5
Campesino privado 3,1 10,8
0,3
Fuente: ONE Anuario Estadístico de Cuba 1998, 2002 y 2007.
Nótese la celeridad con que se produce la recomposición socioes­
tructural, y es esta una característica, del proceso de reestratifica-
ción: su dinámica acelerada, su ritmo de cambio sostenido y rápido,

187
lo que indica una alta capacidad de los actores para captar nuevas
situaciones y reconfigurarse.
La línea de desplazamiento que va desde el sector de propiedad
estatal hacia el no estatal, en sus diferentes variantes, se ha estruc-
turado como una tendencia a todas luces sostenida, a pesar de que
la no estatalidad ha sido tratada, desde la política económica, como
una zona menor, no complementaria, sino coyuntural-instrumental,
para resolver problemas puntuales y no necesariamente se prevé (más
bien todo lo contrario), su permanencia como espacio establemente
constituido en la economía y las relaciones sociales, con lo que su
presencia y actividad está siempre sometida a restricciones y limita-
ciones.
Vale aclarar que la tabla muestra datos oficiales y recoge en la
modalidad «por cuenta propia» solo a los trabajadores, urbanos y ru-
rales, formalmente registrados como tales, que tienen licencias para
el ejercicio privado de su actividad productiva o servicio. Ello deja
fuera el fenómeno de la informalidad no registrada, cuya expansión
en Cuba es ostensible y empíricamente observable.106 Por ello la ten-
dencia decreciente que se aprecia en ellos en los últimos años no pue-
de ser tomada necesariamente como una disminución de los agentes
económicos de la pequeña economía mercantil.
La categoría estadística utilizada también invisibiliza, o no hace
explícita, la diversidad interior del «cuentapropismo», que va desde el
asalariado privado, el autoempleado, el ayudante familiar no remu-
nerado, y el patrono, propietario-empleador, que a su vez incluye ya
en Cuba, micro y pequeñas empresas, legales o no. Esto crea un obs-
táculo importante para cuantificar el proceso de reconstitución de la
pequeña burguesía urbana, que forma parte de esta tendencia de
la reestratificación.
Un rasgo relevante de la configuración del sector de autoempleo
y de la reconstitución de la pequeña burguesía urbana es la concen-
tración, de su franja registrada legalmente, en las actividades más
ventajosas económicamente y que requieren de activos, económicos
o materiales (propiedad de una vivienda adecuada, automóvil, entre

106
Para ampliar sobre el tema de los trabajadores por cuenta propia y posibles mag-
nitudes de los no registrados, consultar Núñez (1999). Ob. cit.

188
otros), que permitan una inversión inicial de cierta magnitud para la
escala de microempresa, por lo que no ha sido esta una estrategia de
sobrevivencia, propiamente dicha, sino un proceso de recomposición
de un agente económico que aprovecha nuevas oportunidades para
colocarse en una posición ventajosa en la pirámide estratificada.
Investigaciones recientes dan cuenta de un proceso en el que los
sectores de menos poder económico, que han ido cerrando sus ne-
gocios, han pasado a la informalidad asociada al mercado negro o
se han incorporado ilícitamente como empleados, sin contrato de
trabajo ni seguridad social, de los que institucionalmente son re-
conocidos como propietarios, pues a pesar de estas desventajas, los
salarios que reciben son más elevados que los que pueden ofrecer las
empresas estatales.107
Tabla 2. Cuba. Estructura por tipos de actividad
de los trabajadores por cuenta propia.
Tipo de Actividad
Años Gastronomía Transporte Alquiler de Otras
habitaciones actividades
y viviendas
1996 31,01 4,13 0 64,86
1998 30,24 15,37 3,47 50,92
1999 25,36 18,88 6,36 49,41
2000 22,17 21,74 7,72 48,37
2001 20,59 31,78 9,32 48,31
2002 18,13 25,23 9,36 47,34
2003 18,30 24,00 6,91 50,79
Fuente: Hernández. Ob. cit.

En lo que respecta a la propiedad mixta, aunque su presencia


no se ha extendido demasiado en la economía nacional, dada las
restricciones y la lentitud que caracteriza el proceso de su creación
y las presiones de Estados Unidos para desestimular a potenciales
107
Hernández A. (2006). Estado y Sector Privado en Cuba. Políticas, relaciones y con-
flictos de un manejo restrictivo. Ponencia presentada en Taller internacional CIPS
y Encuentro Pre-ALAS del Caribe. La Habana, Cuba. (23 al 25 de Octubre
2006).

189
i­nversores extranjeros, y su capacidad empleadora no es mucha,108 se
presenta como un nuevo espacio en expansión, muy demandado por
los trabajadores, por las ventajas en ingresos, condiciones de trabajo
y de vida que ofrece, en comparación con el espacio estatal.
De manera que su influencia como factor de reestratificcación no
puede medirse, en este caso, desde una óptica estrictamente cuan-
titativa, sino por su fuerte peso en la dotación de condiciones de
vida diferenciadas con relación al resto de los grupos sociales, con
menores obligaciones de contribución al presupuesto que otros es-
tratos del sector no estatal, de su efecto de demostración, a escala de
la intersubjetividad social, sobre las ventajas y la legitimidad de la
no estatalidad, así como las expectativas y aspiraciones que se crean
alrededor de ella.
Otra novedad en el diseño del sistema de organización de las
formas de propiedad sobre los medios de producción ha sido el re-
ordenamiento de la producción agropecuaria a través de la parcela-
ción y cooperativización de tierras estatales. El potenciamiento de
la pequeña propiedad y la introducción de mecanismos de merca-
do ha implicado la emergencia y expansión de nuevos grupos so-
ciales (cooperativistas en tierra del estado –UBPC– y parceleros).
En el 2006, los parceleros eran alrededor de 233 508. Y los miem-
bros de la UBPC concentraban aproximadamente 103 834 efectivos
(­MINAGRI, 2006), lo que posibilitó el incremento del grupo de
cooperativistas hasta el 6,2 % de la estructura de la ocupación para
el 2006 (ENO, 2006), lo que se refleja también en la estructura de
la tenencia de la tierra:
108
La inversión extranjera en Cuba es una fórmula de atracción de capital que está
regulada de manera que el Estado mantiene sus roles de propietario fundamen-
tal, estratega y controlador del empleo de la fuerza de trabajo, así como en la
planificación. Cada solicitud es larga y detalladamente analizada al más alto
nivel de toma de decisiones del país. El número de Asociaciones Económicas
con el Capital Extranjero (AECE) había seguido una tendencia creciente entre
1990 y el 2002, año en que alcanzaron una cifra de 402 asociaciones y a partir
del cual comenzaron a decrecer, entre otros factores por incumplimiento del
objeto social aprobado, pérdidas en los balances financieros y por no honrar las
exportaciones acordadas. Hacia el año 2006 existían en el país alrededor de 258
AECE. Pérez Villanueva O. (2004). «El papel de la inversión extranjera en el
desarrollo económico. La experiencia cubana». En O. Pérez Villanueva (compi-
lador.) Reflexiones sobre la economía cubana.

190
Tabla 3. Superficie Agrícola de Cuba según forma de Propiedad
Años
Superficie 1990 1992 1996 2002
Estatal 75,0 75,2 33,0 34,7
No estatal 25,0 24,8 67,0 65,3
Fuente: ANAP

A pesar del manejo restrictivo y limitado que caracteriza la utili-


zación del espacio de la propiedad no estatal en la reforma cubana, y
aún sin poder considerar el peso de sus expresiones no formales, es
evidente que se ha consolidado una tendencia de diversificación de los
agentes económicos, con todas sus derivaciones en materia de diversi-
ficación de intereses, necesidades, expectativas, perspectivas de futuro
y conflictividad potencial, hasta ahora no asumida ni incorporada
desde la esfera política al ejercicio de la gobernabilidad, disolviendo
la diferencia en estrategias sociales de integración universalista, en
un intento por mantener un diseño de socialismo mixto en la econo-
mía y unitario en la política.

b) Diferenciación de los ingresos, segmentación del acceso al consumo


y reemergencia de situaciones de pobreza, vulnerabilidad social y
marginalidad
Los procesos anteriormente descritos tienen una expresión directa
en la diferenciación de ingresos y en el acceso desigual al bienestar.
Véase que el coeficiente Gin, calculado para finales de los 90, se ele-
vó a 0,38109 en contraste con el 0,24 encontrado a mediados de los 80,
y aunque aún es bajo con relación a la situación de la gran mayoría
de los países de América Latina, este incremento da cuenta de un
proceso de concentración de ingresos que supone una interrupción
de la lógica desconcentradora anterior.
Lamentablemente, las informaciones sobre ingresos de la pobla-
ción cubana no son públicas y las estadísticas continuas abiertas, a
las que se puede tener acceso no dan cuenta de estos cambios y no
permiten calcular distancias reales, pues solo distinguen 5 grupos,
109
En el tema de pobreza y estimaciones del Gini ver Ferriol Á. (2004). «Política
social y desarrollo. Un aproximación global». En Álvarez E., Mattar J. (coordi-
nadores). Política social y reformas estructurales: Cuba a principios del siglo xxi.

191
a partir del promedio mensual de ingresos monetarios per cápita:
Grupo 1 (hasta 50 pesos); Grupo 2 (entre 51 y 100 pesos); Grupo 3
(entre 101 y 150 pesos); Grupo 4 (entre 151 y 200 pesos); Grupo 5
(201 pesos y más).110 De tal manera, si queremos acercarnos a la mag-
nitud real de las distancias sociales, o al menos inferir sus posibles
extremos con cierta veracidad, tenemos que auxiliarnos de otros me-
dios. Por ejemplo, para 1995 el INIE había estimado una distribu-
ción de grupos por ingresos de 10 estratos:

Tabla 4. Cuba. Estructura de la población


por grupos de ingresos. 1995
Ingresos prome-
Grupos de ingresos % de población
dios mensuales
Total 100
I – 0 - 50 40 19,3
II – 51 - 100 75 22,7
III – 101 - 200 150 25,0
IV – 21 - 300 250 12,5
V – 301 - 500 400 11,0
VI – 501 - 800 650 5,5
VII – 801 - 1200 1000 2,4
VIII – 1201 - 1500 1350 0,7
IX – 1501 - 2000 1750 0,5
X – más de 2000 6000 0,4
Fuente: Quintana, D. y otros, 1995. “Mercado agropecuario, apertu-
ra o limitación”. En: Cuba Investigación Económica, No. 4. INIE.

Aunque entre 1995 y la actualidad la situación de los ingresos per-


sonales y familiares no ha permanecido estática, pues en ese período
se han incrementado los salarios en diferentes sectores y actividades
de la economía nacional (por ejemplo agricultura cañera, salud, edu-
cación, ciencia y técnica, orden interior, entre otros), han aumentado
el número de trabajadores vinculados a esquemas de estimulación en
divisas, se ha diversificado el sector de los trabajadores por cuenta pro-
pia o independientes y se ha ampliado el rango de acción del mercado,

110
Oficina nacional de Estadísticas (2001). Anuario estadístico de Cuba 2000.

192
elementos todos que influyen en esta situación. Apelamos a estos esti-
mados para mostrar cómo a mediados de los 90 se había configurado
ya una estratificación considerablemente amplia en la estructura de
ingresos de la población cubana.
Un conjunto de investigaciones realizadas en Ciudad de La Ha-
bana, apegadas a una perspectiva metodológica cualitativa, utilizan-
do muestras pequeñas y entrevistas a profundidad y sin pretensiones
de ofrecer enunciados estadísticamente convertibles en generalidad
nacional, nos muestra otras aristas de la estratificación de ingresos y
las distancias sociales, por ejemplo:
Un estudio sobre las desigualdades espacio-familias en la Ciudad
de La Habana 111encontró una estratificación de ingresos que recorre
un espectro desde un per cápita mensual superior a $928.00 hasta
uno inferior a $214.00: estrato I: percápita superior a $928.00; estrato
II: percápita entre $535.00 y $884.00; estrato III: percápita men-
sual entre $286.00 y $525.00; estrato IV: percápita mensual inferior a
$214.00, y develó que «la mediana de entradas y los percápitas fami-
liares mensuales, son prácticamente 10 veces más altas en el grupo de
familias del estrato I en relación con el estrato IV».
Otra investigación sobre impactos de la crisis en la familia de-
tectó una distribución del ingreso per cápita mensual familiar que
oscila entre $69.00 y $1200.00,112 mientras que el análisis de los
cambios en la estructura social de la provincia Ciudad de La Ha-
bana identificó un per cápita familiar mínimo de 37 pesos y uno
máximo de 7266, con una distancia de casi 200 puntos entre ellos.
Si obviamos este caso, por su posible poca frecuencia, el per cápita
superior que le sigue en orden es de 1025 pesos, 28 veces superior al
inferior. Aquí la ventaja económica está asociada a la combinación
de fuentes de ingresos: remesas familiares y salario estatal y otros
ingresos monetarios provenientes del vínculo con la propiedad pri-
vada.113

111
Iñiguez, L. et al. (2001) “La exploración de las desigualdades espacio-familias
en la Ciudad de La Habana” Informe de Investigación.
112
Departamento de Estudios sobre Familia (2001). Familia y cambios socioeconómi-
cos a las puertas del Nuevo Milenio.
113
Espina, M. et al. ( 2002). Componentes sociestructutrales y distancias sociales en la
Ciudad. Informe de Investigación.

193
Llama la atención que tres estudios diferentes, con captaciones
en distintos momentos de los tres últimos años y usando tipologías
cualitativas que permitieran seleccionar casos que representaran si-
tuaciones socioestructurales típicas, con cierto grado de extensión en
la estructura social cubana, apuntan hacia un espectro de ingresos
más amplio que el que permite discernir las estadísticas.
Si tomamos el límite inferior de ingresos detectado, $50.00 (el
que consideran las estadísticas) y el superior, $1200.00 (Dpto. de
Estudios sobre Familia del CIPS), podemos calcular una distancia
de 24 puntos entre ambos extremos. Insistimos que un cálculo como
este no puede ser tomado como medida confirmada de la desigual-
dad de ingresos. Se utiliza aquí como un estimado hipotético que
produce una señal de alerta indicando que los datos oficiales pueden
estar subvalorando, cuantitativa y cualitativamente, el proceso de re-
producción de las desigualdades económicas.
Por otra parte, algunas áreas de necesidades básicas (al menos el
50 % de los requerimientos alimentarios, el vestuario, productos de
aseo, materiales para reparación y equipamiento de la vivienda, se-
gún mis propias observaciones) solo encuentran una parte importan-
te de sus satisfactores en el mercado de precios libres o en el negro, lo
que, junto a la caída de la capacidad adquisitiva del salario real de los
trabajadores asociada a la crisis no recuperada aún, y al incremento
de los precios al consumidor, ha reconstituido a los ingresos y al
mercado como elementos de alta fuerza diferenciadora.
Aunque hacia el año 2005 se había producido un considerable
incremento de los ingresos de la población, a través del cual el sala-
rio medio mensual de los trabajadores ascendió a 398 pesos (de 203
en 1996, o de 282 en el 2004) y el salario mínimo se elevó a 225 pe-
sos en ese año y las pensiones y asistencia social mínima llegaron a
164 pesos y 122 pesos respectivamente,114 ello no ha significado una
recuperación significativa del salario real ni del poder adquisitivo
de las pensiones, puesto que la tendencia alcista de los precios de
artículos de primera necesidad se ha mantenido.
Se trata de señalar la desventaja comparativa en que están aquellas
necesidades cuyos satisfactores dependen de los ingresos familiares
114
Datos ofrecidos por la Oficina Nacional de Estadísticas del Ministerio de Eco-
nomía y Planificación.

194
y personales, que se satisfacen en la esfera privada y la posibilidad de
elección en este ámbito, como expresión de la diversidad y las particu­
laridades individuales y grupales. En estos momentos este tipo de
necesidades son muchas y muy relevantes (una parte sustantiva de la
alimentación y el transporte, ropa y calzado, artículos de aseo, ocio,
reparación de vivienda, entre otras).
Atendiendo a pobreza de ingresos y necesidades básicas insatis-
fechas, se aprecia un cambio en la magnitud de la población urbana
bajo esta situación que va desde 6,3 %, en 1988, a 20 %, hacia el año
2000.115 Obviamente, estas magnitudes indican la estructuración de
mecanismos distributivos excluyentes, cuyo efecto negativo funda-
mental es la colocación de la desigualdad social a nivel de la posibi-
lidad de satisfacción de necesidades básicas.

c) Territorialización de las desigualdades


Entiendo por territorio el conjunto de relaciones y redes, económi-
cas, sociales, culturales, ambientales, políticas e históricas, que con-
vierten un espacio geográfico en una unidad o subsistema socioeco-
nómico, conectado con un conjunto de mayor generalidad, pero con
una estructuración y conectividad interna propias, que le confieren
relativa autonomía y especificidades en su funcionamiento, debido,
entre otras razones, a las peculiaridades ambientales y de recursos
naturales, las ventajas y limitaciones que de ello se derivan, el tama-
ño y capacitación de sus recursos humanos, sus tradiciones y cos-
tumbres, el grado de desarrollo de su estructura económica, etc.
En la transición socialista cubana se aprecia una clara vocación
por la inclusión del enfoque territorial en el diseño de las políticas
económicas y sociales. El principio central de dicho enfoque fue el
de la nivelación socioeconómica de las distintas regiones del país,
con el propósito de superar las profundas diferencias heredadas del
capitalismo dependiente, que había tenido como consecuencia una
heterogenización interterritorial excluyente, donde la zona oriental
del país y las franjas rurales y semiurbanas habían llevado la peor
parte, y proveer posibilidades de acceso al bienestar material y espi-
ritual a todas las regiones por igual.

115
Ferriol. Ob. Cit. 2004.

195
Desde mi óptica, estas experiencias tuvieron la limitante de trans-
currir en condiciones de alta centralización del modelo económico,
donde el nivel territorial de la planificación difícilmente podía tras-
cender el rol de réplica reducida de las políticas nacionales y quedaba
muy poco espacio para opciones de autotransformación local.
En 1988, en un interesantísimo diagnóstico elaborado por la Comi-
sión Nacional del Sistema de Dirección de la Economía se señalaban,
entre las deficiencias y necesidades principales de la planificación en
el país, la insuficiente planificación integral del territorio, la no conju-
gación adecuada entre los aspectos ramales y territoriales, la ausencia
de un carácter activo de la planificación territorial, la necesidad de
establecer la diferenciación y los nexos entre los sectores de propiedad
a todos los niveles de la planificación.116
Tampoco Cuba ha estado ajena a las circunstancias globales que
han producido una resignificación de la territorialidad. La reinser-
ción de la economía cubana en los mercados internacionales, donde
prevalecen las reglas de la globalización neoliberal, ha significado
una reestructuración económica que privilegia actividades y espacios
productivos con mayores posibilidades de responder eficazmente a
las exigencias de esos mercados.
Aún cuando los efectos de selectividad y exclusión territorial que
de ello dimanan se ven amortiguados por la acción redistributiva
estatal, las ventajas competitivas dinámicas locales están desempe-
ñando un papel decisivo en las posibilidades de inclusión de los terri-
torios en las estrategias de enfrentamiento a la crisis y de desarrollo
del país. Ello provoca que las medidas que integran el reajuste hayan
tenido una expresión territorialmente diferenciada en cuanto a sus
efectos concretos. Con la crisis y la reforma se instauran mecanismos
de selectividad territorial que refuerzan un escenario espacialmente
diferenciado, anterior, atenuado (aunque no eliminado) por las po-
líticas de igualamiento territorial que caracterizaron la transición
socialista cubana.
En este contexto, también en Cuba tienen lugar fuertes procesos
de heterogenización de los actores y las sociedades locales, diferen-

116
Comisión Nacional del Sistema de Dirección de la Economía, 1988 Informe
Nacional.

196
ciación interterritorial, multiplicación de los contactos entre lo local
y lo global, alterando los rasgos de las estructuras sociales territoria-
les y sus roles en la reproducción de las relaciones sociales.
En la segunda mitad de los 90 se realizaron estudios que permi-
ten inferir direcciones generales de la heterogenización territorial
que se ha producido en el país.
La investigación sobre el nivel de pobreza urbana identificó una
franja poblacional del 14,7 % en esta condición y demostró también
que el efecto de contracción de la economía cubana se manifestó con
mayor intensidad en la región oriental del país, donde la población
urbana en situación de riesgo alcanzaba un 22% .117
Por su parte la medición del desarrollo humano en Cuba, reali-
zada en 1996 (Martínez, 1997), incluyó la construcción de un índice
trazador del desarrollo humano relativo para cada provincia, inte-
grando cinco dimensiones: longevidad, educación, ingreso, salud y
servicios básicos. El cálculo de este índice provincial de desarrollo
humano nos permite inferir al menos tres grandes grupos territo-
riales: provincias con IDH alto: Ciudad de La Habana, Cienfue-
gos, Villa Clara, Matanzas y la Habana; provincias con IDH medio:
Sancti Spíritus, Ciego de Ávila, Pinar del Río y Santiago de Cuba;
provincias con IDH bajo: Holguín, Guantánamo, Camagüey, Las
Tunas y Granma.
El diagnóstico de los asentamientos de la franja de base en los
municipios críticos, (IPF, 1998) destaca la existencia en el país de 36
municipios que pueden ser considerados como los más deprimidos o
«críticos» y todos ellos se localizan en provincias de la región oriental
del país.118
Un estudio sobre las desigualdades espaciales del bienestar en
Cuba (Iñiguez y Ravenet 1999) demostró que los «nuevos proce-
sos» (creación o incentivo de formas de propiedad no tradicionales
y mecanismos de mercado; jerarquización de sectores y actividades
económicas; fortalecimiento de formas de producción cooperativa e
individual y de la gestión familiar), tienen una expresión territorial
desigual y muestran sus manifestaciones más potentes y ventajosas

117
Ferriol (1998). Ob. cit.
118
Instituto de Planificación Física. Ob. cit.

197
en territorios como Ciudad de La Habana, Matanzas-Varadero,
nordeste de Holguín, norte de Ciego de Ávila, Pinar del Río y la
Habana.
En el informe de investigación «Expresiones territoriales del pro-
ceso de reestratificación», se afirma que en el mapa económico cuba-
no actual es posible distinguir provincias donde se ha producido una
rápida conexión con formas económicas revitalizadas (el turismo, las
empresas mixtas, las actividades de capital extranjero) y otras donde
esto apenas ha tenido lugar, quedando configurada una diferencia-
ción territorial provincial que se expresa en la siguiente clasificación
por grupos, de acuerdo con el grado de articulación a la economía
emergente: Grupo 1 provincias con alto nivel de inserción en sectores
económicos revitalizados (Ciudad de La Habana, Matanzas, Hol-
guín, Ciego de Ávila); Grupo 2: provincias con nivel medio (Pinar
del Río, Camagüey, Santiago de Cuba, Sancti Spíritus, Isla de la
Juventud, Cienfuegos, Villa Clara, la Habana); Grupo 3: provincias
con bajo nivel (Las Tunas, Granma, Guantánamo).
A este primer corte de la diferenciación territorial, construido a
partir de criterio de expertos, el estudio citado añadió un análisis
estadístico de correlaciones, aplicado a datos que caracterizan las
estructuras socioclasistas provinciales (estructura de la población
ocupada según sectores de propiedad –estatal, mixto cooperativo y
privado– y según categorías ocupacionales) y evidenció que la refor-
ma ha supuesto la formación de cuatro grandes tipos socioestruc-
turales territoriales: tipo mixto-estatal (con fuerte presencia de obreros
y dirigentes): Matanzas, Santiago de Cuba, Isla de la Juventud; tipo
cooperativo(CPA y UBPC): La Habana, Ciego de Ávila, Cienfue-
gos; tipo privado (especialmente rural): Pinar del Río, Sancti Spíritus,
Granma, Villa Clara, Las Tunas, Camagüey, Guantánamo, Hol-
guín; tipo estatal-privado extranjero con fuerte presencia de intelectuales
y empleados): Ciudad de La Habana. 119
Esta tipología indica aquellos ejes estructuradores que están te-
niendo la mayor potencia diferenciadora a escala territorial, señala las
formas peculiares que en este espacio adopta el reajuste económico y

119
Martín, L. et al. (1999). «Expresiones territoriales del proceso de reestratifica-
ción». Informe de investigación.

198
ofrece pistas sobre los actores socioeconómicos que en las distintas
provincias tienen el rol fundamental.
Otras investigaciones develan entre los factores más poderosos a
los que se asocia la condición del espacio como «regulador inequi-
tativo» de oportunidades, la expansión de formas de propiedad no
tradicionales, la amplitud de la presencia de mecanismos de merca-
do, la jerarquización de sectores y actividades económicas, el forta-
lecimiento de la propiedad cooperativa e individual en la agricultura
no cañera y la gestión individual y familiar, todo lo cual contribuye a
fomentar un intenso mercado formal e informal.120
Con ello se pone de manifiesto la presencia de un patrón de se-
lección territorial que ha acompañado a las oportunidades abiertas
por la reforma y que tiene como correlato negativo, vulnerabilidades
y exclusiones espacializadas que se expresan, entre otros rasgos, en
una mayor proporción de pobres en determinadas regiones del país.
Por otra parte, diversas mediciones del Índice de Desarrollo Hu-
mano territorial permiten agrupar todas las provincias en tres niveles
de desarrollo:121
Tabla 5. Cuba. Niveles de IDH por provincias
(desempeños entre 1985 y 2001)
Niveles de IDH Provincias
Alto (de 0,600 y más) Ciudad de La Habana y Cienfuegos
Medio (entre 0,462 La Habana, Matanzas, Villa Clara, Sancti Spí-
y 0,599) ritus, Ciego de Ávila, Isla de la Juventud.
Bajo (inferior a 0,462) Pinar del Río, Camagüey, Las Tunas, Holguín,
Granma, Santiago de Cuba y Guantánamo.
Fuente: Méndez y Lloret. 2005.
De aquí se desprenden cuatro inferencias sobre la relación terri­torio-
desigualdad: la baja presencia de territorios que logran los ­niveles más
120
Iñiguez, L. y Pérez, O. (2006) «Espacio, territorio y desigualdades sociales en
Cuba, precedencias y sobreimposiciones». En Pérez, O. (compilador). Reflexio-
nes sobre la economía cubana.
121
Para obtener el IDH territorial Méndez y Lloret delimitaron las privaciones que
sufre cada territorio en 6 variables básicas (mortalidad infantil, índice de ocupa-
ción, volumen de inversiones, tasa de escolarización, salarios medios devengados
y mortalidad materna), construyeron una escala de clasificación que va de 1 a 0.
Méndez E., Lloret M.C. Ob. cit.

199
altos de IDHT, la mayor concentración de provincias en el nivel
más bajo, el peso de factores de naturaleza económica aun cuando
se instrumenten políticas sociales con fuerte acción modificadora,
la preferencia del patrón de configuración de desventajas por terri-
torios históricamente ubicados en situaciones desventajosas (la di-
ficultad para vencer situaciones heredadas y condiciones de partida
desiguales).

d) Configuración de un nuevo patrón de movilidad social122


La movilidad estructural generada por la reforma, sobre un esce-
nario de crisis, configura un patrón general de desplazamientos que
describe un claro panorama de cambio cuyo signo más relevante es la
tensión entre tendencias contradictorias (por su carácter de ascenso
y descenso simultáneo), que constituyen el contenido de mayor rele-
vancia para el manejo de las desigualdades desde la política social.
Los mayores efectos de habilitación y constricción de la dinámica
socioestructural apuntan hacia las siguientes direcciones:
• Ampliación de fuentes de ingresos y trabajo no estatales.
• Habilitación de nuevas oportunidades de incremento de los ingre-
sos y acceso al bienestar material de forma selectiva, que favorecen
a familias e individuos con activos y capitales, tangibles e intan-
gibles, que pueden ser puestos a funcionar en el mercado (casas
y automóviles para alquilar, inmuebles para servicios, profesiones
de servicios que pueden ofrecerse en el sector de cuenta propia o
informalmente, etc.), generando simultáneamente un constreñi-
miento para grupos y familias que carecen de dichos activos.
• Mantenimiento de la ocupación como un mecanismo importante
de obtención de ingresos y canal de ascenso social.
• Fortalecimiento del mercado como espacio en la generación de
ingresos y aumento del papel de los ingresos monetarios en la
determinación y creación de condiciones de vida,
• Ampliación de la ocupación en el sector terciario (movilidad hacia
sectores y actividades de servicios), que favorece especialmente a
ocupaciones calificadas.
122
Consultar Espina, M. et al. (2009). El análisis de la movilidad social. Propuesta de
una perspectiva metodológica integrada y caracterización del caso cubano.

200
• Ampliación masiva del acceso a la educación superior (posibilida-
des de movilidad calificacional ascendente).
• Presencia de barreras para acceder a los cargos directivos para las
generaciones más jóvenes y las mujeres.
• Persistencia y ampliación de desigualdades raciales de soporte
estructural (desigualdades económicas racializadas) y simbólico
(pervivencia de estereotipos, prejuicios y actitudes discriminato-
rias) que afectan a los grupos no blancos y se asocian a una acen-
tuación de la articulación clase-raza.
• Desplazamientos de la actividad de los productores agropecuarios y
de la población rural hacia actividades con mejores capacidades de
remuneración en otros sectores de la economía y la informalidad.
• Proceso de «recampesinización» por el desplazamiento de efecti-
vos laborales hacia las actividades agropecuarias.
• Presencia de desplazamientos verticales colectivos, de ascenso y
descenso, a través de la devaluación o emergencia económica de
ramas de actividad.
• Corrientes de descenso vinculadas a la devaluación de los ingresos
personales y familiares, al empobrecimiento y a la precarización
espacial.
• Redistribución espontánea del espacio habitacional asociado a la
existencia de un mercado informal e ilegal de viviendas, que pue-
de dar lugar a la reemergencia de procesos de fragmentación social
y segregación residencial.

Obviamente, las corrientes de ascenso identificadas lo son solo


parcialmente o cuando menos tienen un carácter ambivalente, en el
sentido de que el desplazamiento hacia la propiedad privada puede
representar un ascenso en el estatus económico y un descenso en
socialización y calificación, mientras que el desplazamiento hacia
zonas urbanas puede ensanchar oportunidades de acceso a servicios
y de generación de ingresos, pero no siempre se asocia a mejoras en
el empleo y las condiciones de vida.

e) Fortalecimiento de brechas de equidad asociadas a la racialidad


En la lógica de la política social típica de la transición socialista cuba-
na, el tema de la equidad entre razas, que en Cuba tiene largas raíces

201
históricas, entroncadas con la experiencia de la esclavitud africana
en la etapa colonial, se manejó dentro de una variante de integración
social general, con muy pocos instrumentos de políticas afirmativas,
en el entendido de que si negros y mestizos formaban parte mayo-
ritaria de los sectores populares, las acciones de promoción de estos
tendrían un efecto directo y equiparable al esperado sobre el resto
de los grupos. Con ello se trataba también de no extender y refor-
zar, con instrumentos focalizadores particulares, la estigmatización
vincu­lada al color de la piel y de mantener como valor político supre-
mo la unidad por sobre las diferencias.
No obstante los empíricamente apreciables impactos positivos de
esa concepción integradora universalista de la política social sobre
las desigualdades raciales, en una causalidad recursiva se han re-
producido desventajas socioeconómicas entre grupos por color de la
piel, que tienen en su base las dificultades y obstáculos que generan
condiciones de partida asimétricas para aprovechar la equidad de
oportunidades y revertirla en equidad de resultados, lo que se tradu-
ce, a contrapelo de las intenciones de la política social, en la persis-
tencia y ampliación de desigualdades raciales de soporte estructural
(desigualdades económicas racializadas) y simbólico (pervivencia de
estereotipos, prejuicios y actitudes discriminatorias) que afectan a
los grupos no blancos y en una acentuación de la articulación clase-
raza.
A partir de los datos del censo del 2002 puede comprobarse la pre-
sencia de diversos ámbitos de diferencias asociadas al color de la piel,
como por ejemplo:123
• La población desocupada alcanza una proporción de 2,9 % para la
población blanca, 3,0 % en la población negra y 3,3 % la mestiza,
mientras que el 64 % del total de la población ocupada es blanca
y 36 % no blancos.
• En relación con el acceso a cargos de dirección, de empleados de
oficinas y de profesionales, científicos e intelectuales, los blancos
aparecen sobre representados en 4,9, 4,5 y 4,0 puntos porcentuales

123
Este procesamiento por color de la piel de los datos censales ha sido tomado
del documento Grupo Reducción de Desigualdades (2008). Propuesta para la
elaboración de políticas tendentes a la reducción de las desigualdades raciales.

202
por encima de la media de la ocupación respectivamente, mien-
tras los no blancos se sitúan a una misma distancia por debajo.
Sin embargo, entre los obreros calificados y trabajadores no cali-
ficados los no blancos aparecen sobre representados en alrededor
de 5 puntos porcentuales. Todo ello indica una mayor presencia
blanca en las ocupaciones vinculadas a la dirección y los procesos
de control y gestión de la producción y la actividad social.
• Entre los trabajadores autoempleados, cuyos ingresos suelen ser
superiores a los de ocupaciones equivalentes en el sector estatal,
la proporción de blancos representa 8,3 puntos por encima de la
media.
• En relación con el acceso a estudios superiores, los blancos culmi-
nan más estos estudios que los no blancos (4,4 puntos).
• En lo que respecta a la vivienda, alrededor del 44 % de la pobla-
ción cubana vive en viviendas en estado regular o malo, pero los
no blancos aparecen sobre representados en ambas categorías.

Por su parte, diversas investigaciones realizadas entre los años


1990 y 2000, develaron aristas significativas de las brechas de equi-
dad racializadas y mostraron cómo las desventajas de ingresos y
bienestar aparecen asociadas, entre otros elementos, a la mayor pre-
sencia de trabajadores blancos en actividades que concentran posi-
ciones económicamente ventajosas y, como correlato, al predominio
de negros y mestizos en actividades de la industria y la construcción
del sector tradicional; la mayor presencia de blancos en los grupos
ocupacionales calificados en actividades revitalizadas por la refor-
ma; el aumento de la proporción de dirigentes blancos en la medida
que se asciende en la jerarquía de dirección; la concentración de las
remesas familiares en la población blanca; la sobre representación de
la población negra y mestiza en las peores condiciones de vivienda y
habitacionales en general.124
De igual modo, se documentó la tendencia a la sobre represen-
tación de blancos en la enseñanza superior. Para finales de los años
ochenta una mayor proporción de estudiantes negros terminaban sus

124
Espina, R. y Rodríguez, P. (2006). «Raza y desigualdad en la Cuba actual». En
Temas No. 45, La Habana.

203
estudios al finalizar noveno grado y los mestizos tenían una fuerte
presencia en la enseñanza politécnica media, en tanto los blancos
estaban sobre representados entre los estudiantes universitarios y en
las instituciones de enseñaza media de mayor calidad y de altas exi-
gencias meritocráticas para su acceso. 125
En términos de explicación de la movilidad y de barreras para
acceder a sus corrientes ascendentes, y muy especialmente a las opor-
tunidades de movilidad selectivas abiertas por la reforma, puede in-
ferirse la presencia de capital humano y social y de activos tangibles e
intangibles de menor competitividad en los grupos de negros y mes-
tizos, la conservación, en proporción aún no determinada, de meca-
nismos de reproducción intergeneracional de estas carencias, y que
pone en situación de desventaja a estos grupos, ante instrumentos
de distribución mercantiles, fortaleciendo el peso de las condiciones
iniciales de cada grupo social en el acceso desigual al bienestar.

f) Reemergencia de la brecha de género


Es innegable que las diferencias de género y las desventajas que afec-
tan a la mujer han recibido un tratamiento focalizado y prioritario
dentro de las estrategias de cambio social de la transición socialista
cubana. La política social ha incluido explícitamente, a través de
numerosos programas, un tratamiento diferencial de la mujer.126
Entre los indicadores que marcan este impulso a la situación social
de la mujer, se sitúan, entre otros, la proporción de 42,5 % de presen-
cia femenina en la fuerza laboral del sector estatal civil; el 64 % que
esta presencia alcanza en la categoría de técnicos y profesionales; el
30 % correspondiente a mujeres dentro del total de dirigentes en la
economía nacional.127
A ello se unen los elevados niveles de incorporación de la mujer
a la educación, equiparables a los masculinos, y los servicios de sa-
lud que la favorecen directamente (programas de atención a la mujer

125
Domínguez y Díaz (1997). Ob. cit.
126
Por ejemplo, existe un código de familia, instrumento jurídico que expresa la
igualdad entre el hombre y la mujer así como una Comisión Permanente de
Atención a la Infancia, la Juventud y la Igualdad de Derechos de la Mujer dentro
del Parlamento.
127
Álvarez (1998). Ob. cit.

204
embarazada y de salud prenatal, programas de atención y detección
temprana de enfermedades principalmente femeninas, como el cán-
cer de mama, por ejemplo), todo lo cual tiene una manifestación con-
creta en el hecho de que el Índice de Desarrollo de Género (IDG) en
el país asuma valores muy cercanos al Índice de Desarrollo Humano,
indicando con ello la disminución de la brecha entre hombres y mu-
jeres en indicadores muy significativos.128
Pero la brecha de equidad de género se expresa concretamente
en desbalances en la ubicación socioestructural de la mujer, en dos
direcciones: su sobre representación en la población en situación de
pobreza y su marcada sobre representación en cargos de dirección,
esto último en relación con su proporción en el empleo y en la fuerza
de trabajo calificada.
Diferentes estudios, cuantitativos y cualitativos, permiten ilustrar
una preferencia por las mujeres en el patrón de constitución de la
pobreza en el país, que se asocia, preferentemente, a la maternidad
temprana, la jefatura de hogar femenina y la condición de madre sol-
tera, circunstancias combinadas con el abandono de estudios y la au-
sencia de condiciones para trabajar y generar ingresos suficientes.129
Por otra parte, ellas representan solo el 30 % de los directivos, en
diferentes niveles de todos los ocupados en actividades de dirección
en la economía nacional y, aproximadamente, el 28 % del total de
parlamentarios y el 14 % de los miembros del Consejo de Estado,130
lo que se corresponde con la disminución del peso de las mujeres a
medida que se asciende en el nivel de jerarquía de la dirección; la
asimétrica distribución del poder en la dirección de los procesos pro-
ductivos, esfera donde se advierte casi una exclusión de las mujeres
de la dirección.131
Además, el Índice de Potenciación de Género, sensible a las di-
ferencias en cuanto a la participación política y en la adopción de
decisiones, asume valores más alejados al IDH.132

128
Martínez, et al. (2000).Ob. cit.
129
Véase Ferriol (2004). Ob. cit.; Zabala. (2002).Ob. cit. Espina. (2008).Ob. cit.;
Rodríguez, et al. (2004). Ob. cit.
130
Álvarez. (1998). Ob. cit.
131
Echevarría. (2004). Ob. cit.
132
Martínez, et al. (2000). Ob. cit.

205
Se infiere la presencia de barreras de movilidad ascendente, en
el sentido de que la estructura de la división social del trabajo y de
la organización de la participación política reserva posiciones para
ellas, opera con ciertos niveles de exclusión y les clausura otras posi-
ciones, aquellas relacionadas con la toma de decisiones económico-
empresariales y estratégicas de alto nivel.

g) Multiplicación de las estrategias familiares de sobrevivencia y de


elevación de los ingresos
Se ha podido listar un amplio conjunto de estrategias familiares,
no exclusivas de este período, pero sí novedosas por su extensión y
legitimación social, hayan sido o no tradicionalmente consideradas
correc­tas, desde el punto de vista político, legal o moral.133 El reper-
torio incluye: migración interna y externa (definitiva o temporal y
puede incluir, o no establecer una cadena de migraciones familia-
res sucesivas; casamiento con personas, nacionales o extranjeros, que
pueden proporcionar ascenso económico; desempeño de actividades
en el sector no estatal, legales o ilegales, y creación de pequeños ne-
gocios familiares; venta en el mercado negro de productos de oríge-
nes y calidades variadas; empleos múltiples; utilización del trabajo
estatal formal para apropiarse de recursos y venderlos en el mercado
negro; trabajo doméstico; subcontratación ilegal en actividades esta-
tales ventajosas, especialmente del turismo y la gastronomía; oferta
ilegal de servicios a turistas y extranjeros en general; alquiler de casas,
habitaciones y espacios en el hogar; servicios de transportes varios;
utilización mercantil privada de bienes e instalaciones estatales.
Lo curioso de estas estrategias es su plasticidad para identificar y
colocarse rápidamente en brechas de satisfacción de necesidades que
los servicios y mercados formales no alcanzan a cubrir, para poner en
juego los recursos de que dispone la unidad familiar y utilizar el capital
social y las redes primarias de apoyo y su conveniente desmarque de

133
Un análisis de estrategias de sobrevivencia y sus repertorios en la Cuba contem-
poránea puede encontrarse en Departamento de Estudios sobre Familia (2001).
Familia y cambios socioeconómicos a las puertas del Nuevo Milenio. Informe de In-
vestigación; Espina M. (2008).Ob.cit.; Espina M., et al. (2003). Componentes
socioestructurales y distancias sociales en la ciudad. Informe de investigación; Zaba-
la M.C. (2003). Los estudios cualitativos de la pobreza en Cuba.

206
criterios convencionales de legal-ilegal, correcto o incorrecto, ha-
ciendo obvia la fuerza estructurante autónoma del actor familia y el
peso de los activos para lograr eficiencia.

h) Diversificación de los perfiles subjetivos y de las percepciones sobre


la desigualdad social
Como base al proceso anterior, las transformaciones de naturaleza
macroeconómica se asocian regularmente a una subjetividad social
cambiante con amplio despliegue de la creatividad y la inventiva.
Las investigaciones en este ámbito134 nos acercan a una intersubje-
tividad social mediatizadora entre las estructuras macro y los indi-
viduos que configuran un escenario de meso nivel caracterizado por
su orientación hacia el aprovechamiento de las oportunidades para
satisfacer necesidades, la manifestación de cualidades solidarias de
vecinos y familiares en momentos críticos, la permanencia de la su-
peración educacional como valor y aspiración, la vivencia negativa de
las desigualdades experimentadas por los distintos grupos sociales,
la hipertrofia de las aspiraciones relacionadas con el consumo ali-
mentario y material en general, la presencia de fuertes aspiraciones
relacionadas con la elevación de los ingresos, la devaluación del tra-
bajo como medio de vida y como elemento de realización personal, la
legitimación de acciones ilegales como estrategias alternativas para
obtener ingresos, el sentimiento de estados de inseguridad ante la
ausencia de previsiones de metas intermedias y a largo plazo, igual-
mente por la primacía de la inmediatez en la solución de los proble-
mas cotidianos.
Se constata en los estratos de poder adquisitivo más elevado ma-
yor satisfacción con los hábitos de consumo, valoración satisfactoria
sobre la estabilidad de la vida familiar, evaluación no negativa de los
efectos de la crisis sobre la familia, proyecciones optimistas sobre el
futuro, disfrute y satisfacción de las necesidades no solo elementales,
conformidad con las estrategias adoptadas. Los estratos en situacio-
nes desventajosas manifiestan más insatisfacción con la vida fami-
liar, apenas proyectan estrategias para obtener ingresos; funcionan

134
Véase Espina M., et al. (2003). Ob. cit.; Espina M. (2008). Ob. cit.; Zabala
(2003). Ob. cit.; Rodríguez, et al. (2004). Ob. cit.

207
con la inmediatez de la vida cotidiana, no cuentan con posibilidades
de ahorro para planificar metas a mediano y largo plazo y no mani-
fiestan proyecciones de futuro.
Los problemas que se perciben como fundamentales se ubican
en el entorno doméstico familiar y son comunes para todos los
grupos: ingreso, alimentación, vivienda, transporte. Las soluciones
que se visualizan sí son diferentes: los grupos en posiciones relati-
vamente ventajosas suelen reclamar más oportunidades de acción
autónoma, mayor apertura y flexibilidad para emprendimientos in-
dividuales, en el otro polo, el de los bajos ingresos y las situaciones
precarias, se desea y espera una actuación mayor del estado en la
ayuda a las familias, el control de los precios y la distribución sub-
vencionada.
Se trata de una subjetividad social cruzada, contradictoria y po-
tencialmente conflictiva que presenta como ejes estructuradores com-
binados por un lado, una alta capacidad innovadora, que tiene como
sustrato principal el relativamente elevado activo de calificación
presente en nuestra sociedad, y una flexibilidad valorativa, o instru-
mentalización-mercantilización de la ética, que permite transgredir
los límites formales establecidos y valores tradicionales de la convi-
vencia bajo un imperativo de supervivencia o derecho al bienestar
que se considera superior y, por otro, una visión pesimista-cliente-
lista con relación al futuro, especialmente en los grupos de más ba-
jos ingresos.
En este ámbito de la subjetividad social fundante y las intersub-
jetividades cambiantes puede incluirse también la presencia de pro-
cesos de emergencia o fortalecimiento de identidades colectivas y, a
partir de ellas, la construcción de demandas de justicia social para
grupos sociales preteridos o que han experimentado alguna forma de
exclusión, prejuicio o desventaja social.
Un caso especialmente interesante es el de la reivindicación de
la igualdad racial. Aunque no se trata de un movimiento social en
sentido estricto, organizado y con cierta cohesión, pues es un recla-
mo que proviene de fuentes muy diversas y atomizadas, sobre la base
de una percepción de desventajas y expresiones de discriminación
heredada y persistente para la población no blanca y de diagnós-
ticos establecidos por investigaciones sociales que corroboran esa

208
percepción,135 se ha ido configurando una demanda de cambios en
materia fundamentalmente de política social orientada a modificar
esta situación de desventaja a través de instrumentos afirmativos.
Entre los portadores de esta demanda son visibles personas negras
y mestizas de diversos orígenes y posiciones sociales, pero también
personas blancas, de manera que no se trataría de un movimiento
racial, sino de una demanda de equidad en general.
El libro de Esteban Morales ilustra esta demanda y considera ne-
cesario generar una estrategia integral para luchar contra los estereo-
tipos raciales negativos, la discriminación racial y el racismo, hacer
retornar el tema al discurso público y que este ocupe un espacio en
la agenda de las organizaciones políticas y de masas, para atender
los relevantes problemas relacionados con la equidad racial, entre los
que identifica: la permanencia de una versión de la historia nacional
escrita en la cual el negro y el mestizo apenas aparecen, lo que impi-
de ganar una visión integral del proceso histórico vivido; generación
de una distribución del poder que no supera suficientemente la de la
sociedad previa a 1959, en la que aún se expresan rasgos de la llamada
hegemonía blanca, lo que se pone de manifiesto con nitidez en la
ausencia, sobre todo de negros, en la estructura de cuadros estatales,
gubernamentales y de instituciones de la sociedad civil en general;
desequilibrio en la representación racial en los medios de comuni-
cación que dan la imagen de una sociedad más blanca de lo que
realmente es; ausencia del tema racial en la escuela, lo cual tiende a
generar una dicotomía entre educación escolar y realidad social.136
135
Un conjunto de estudios realizados desde la segunda mitad de los 90s y hasta la
actualidad indican que, a pesar de los evidentes avances en la equidad racial con
relación a disímiles dimensiones sociales como acceso y resultados educaciona-
les, de empleo, de participación, y de salud, entre otros, existe una desventaja
comparativa que se expresa en sobrerrepresentación de negros y mestizos en
los grupos de menores ingresos y en situación de pobreza, en las ocupaciones
sociales más desventajosas, en los grupos de menor calificación así como en las
peores condiciones de vivienda y hábitat y establecen la necesidad de dar un
tratamiento específico desde la política social a este tipo de desventajas. Véase
por ejemplo Espina, R. y Rodríguez P. (2003). Raza y desigualdad en la Cuba
actual; Rodríguez, Pablo, et al. (2004). ¿Pobreza, marginalidad o exclusión?: un
estudio sobre el barrio Alturas del Mirador; Zabala Argüelles M.C. (2009).Ob. cit;
Rodríguez Oliva, L. (2009). Ob. cit.
136
Véase Morales, E. (2008). Desafíos de la problemática racial en Cuba.

209
Otro grupo que se está configurando como actor civil a partir de
estos procesos de autorreconocimiento identitario es el vinculado a
identidades de género (gays, lesbianas, transexuales, travestís) que,
en coordinación con el CENESEX –institución estatal orientada al
estudio de la problemática de la sexualidad– reclama el reconoci-
miento de derechos como la legalización de uniones entre personas
del mismo sexo, la posibilidad de cirugías para el cambio de sexo
y una consideración social desprejuiciada. Ello se enfoca como la
demanda de construcción de «una nación heterosexista» y de «recon-
ceptualización de las prácticas políticas, en términos de pertenencia
o no pertenencia, en relación con las luchas políticas reivindicativas
alrededor del género y la sexualidad».137

El perfil cualitativo de la vulnerabilidad y sus condicionantes


Como es obvio, las tendencias anteriores muestran un cuadro socio-
estructral donde se dibujan grupos en procesos relativos de precari-
zación y de elitización, tomando como punto de partida el estado de
las desigualdades en las etapas de desestratificación.
De manera que la delimitación de los perfiles propios del ascenso
y el descenso social, y especialmente el de la vulnerabilidad, por la
significación que ello tiene para las políticas sociales, aparece como
una de las interrogantes básicas para las ciencias sociales en el país.
No es una tarea concluida, pero considerando los resultados de
diversos estudios de corte cualitativo, es posible llegar a una carac-
terización de rasgos personales y familiares asociados a la pobreza y
a las desventajas sociales en general, como un patrón de preferencia
para los mecanismos de exclusión:138
• Familias que tienen un tamaño superior al promedio nacional.
• Presencia de ancianos y niños en el núcleo familiar.

137
Puede revisarse Portales, Y. (2009). «Para que otra voz se escuche. Las bases
para una nación heterosexista» Enfoques No. 4.
138
Ver Espina, M. (2008). Ob. cit.; Ferriol (2002) Ob. cit ; Zabala (2002 y 2003).
Ob. cit.; Rodríguez et al. (2004) Ob. cit.; y Martín, L. (2007). Equidad y
movilidad social en el contexto de las transformaciones agrarias de los 90 en Cuba.
Ponencia presentada al Seminario Internacional «Equity and Social Mobi­lity:
Theory and Methodology with Applications to Bolivia, Brazil, Cuba, and
South Africa.

210
• Familias monoparentales con mujeres jefas de hogar que no tra-
bajan establemente.
• Altos niveles de fecundidad y de maternidad adolescente, sin apo-
yo paterno.
• Ancianos viviendo solos y sin apoyo de otros parientes.
• Trabajadores del sector estatal tradicional en ocupaciones de baja
remuneración y de baja calificación.
• Acceso nulo o muy bajo a ingresos en divisas.
• Sobre representación de negros y mestizos.
• Personas que no trabajan por discapacidad o ausencia de condi-
ciones diversas para hacerlo.
• Nivel escolar relativamente inferior a la media nacional.
• Precariedad de la vivienda y de su equipamiento.
• Repertorio de estrategias de vida reducido, de bajo nivel de solu-
ción.
• Importante peso de migrantes desde territorios de menor desa-
rrollo socioeconómico comparativo, que se asientan en barrios
improvisados, sin la infraestructura y la cobertura de servicios
públicos necesarios.
• Mayor frecuencia de abandono o interrupción de estudios.
• Utilización de los niños para apoyar las estrategias de los adultos
(cuidado de hermanos más pequeños, venta en el barrio de artícu-
los elaborados o conseguidos por los adultos, realización de tareas
domésticas y otros encargos).
• Ubicación espacial preponderante en barrios marginales o de si-
tuaciones precarias del entorno.
• Presencia cualitativamente significativa del origen social obrero y
de empleados, de baja calificación.
• Reproducción generacional de las desventajas.
• Alta presencia en territorios de la región oriental del país.
• Situación de desventaja para las zonas rurales, que mantienen las
desventajas de estas últimas en cuanto a características educacio-
nales y de calificación de la población, carga de dependencia de
los hogares, servicios de agua y electricidad.

Esta patrón indica que, en el plano microsocial, individual y fami-


liar, la carencia o insuficiencia de activos y su reproducción ­generacional

211
es la explicación por excelencia de las desventajas y el empobrecimien-
to. En el plano macro, se trata de la incapacidad de los nuevos meca-
nismos económicos para generar fuentes de trabajo con retribuciones
adecuadas, del debilitamiento de los mecanismos estructurales de in-
clusión social dependientes del trabajo y de la asistencia y la seguridad
social, aunque no se trate de un proceso de exclusión general.
En la otra cara de la moneda, un estudio cualitativo de casos de
movilidad encuentra una preferencia en las ubicaciones ventajosas
por hombres, blancos, jóvenes, por sujetos con calificación media
superior y superior, el origen social intelectual, procedencia de terri-
torios de mayor nivel comparativo de IDH y por la posesión de ac-
tivos individuales y familiares (oficio, relaciones, bienes que pueden
utilizarse para producir servicios y productos comercializables, redes
sociales que proveen informaciones relevantes para tomar decisiones
eficientes en el mercado de trabajo e influencias para obtener privile-
gios en el acceso a puestos ventajosos).139
En resumen, hay un claro vínculo entre vulnerabilidad social y
género, raza, generación, territorio, origen social, calificación, acti-
vos familiares y estrategias de emprendimiento.

El cuadro socioestructural de la sociedad cubana actual


La pregunta sobre el cuadro socioestrucutral concreto en una so-
ciedad dada es central en sentido metodológico, pues no es posible
organizar evidencias y argumentos sobre el estado de la desigualdad
sin referirse a grupos particulares y a sus relaciones. Sin embargo, es
una operación de recorte y descripción de la realidad muy complica-
da y riesgosa, pues siempre implica crear fronteras convencionales a
partir de un criterio de selectividad cuestionable cuando se modifica,
aunque sea sutilmente, el punto de observación desde el que se cons-
truye el recorte.
Definir un esquema de estratificación que pueda caracterizar sin-
téticamente todas estas complicadas fuerzas estructuradoras, es un
propósito en extremo difícil. En todo caso, esta es una tarea que debe
enfrentar cada estudio particular, en dependencia de las dimensiones
de la desigualdad que se proponga abordar.

139
Espina, et al. (2009). Ob. cit.

212
Solo a manera de ejemplo propongo un esquema de estratifica-
ción, que parte de la hipótesis de que los factores de mayor peso
en la configuración de las desigualdades en Cuba hoy, se asocian a
la ubicación con respecto a la propiedad y los ingresos y coloca sus
énfasis en la heterogenización creciente de la composición interior
de los grandes componentes socioclasistas típicos de la transición
socialista, que puede llegar a tomar rasgos de fragmentación y los
procesos de conformación de nuevos estratos sociales. Una versión
sintética de este esquema es la siguiente:
a) Clase obrera: estratos vinculados a la propiedad mixta y al ca-
pital extranjero, estratos vinculados a la propiedad estatal en
sectores emergentes, estratos vinculados a la propiedad estatal
en sectores tradicionales; asalariados de la pequeña propiedad
privada urbana y rural.
b) Intelectualidad: estratos vinculados a la propiedad mixta y el capi-
tal extranjero; estratos vinculados a la propiedad estatal en sectores
emergentes; estratos vinculados a la propiedad estatal en el sector
público y tradicional; estratos autoempleados; estratos asalariados
de la pequeña propiedad privada.
c) Directivos: estratos vinculados a la propiedad mixta y el capital
extranjero; estratos vinculados a la propiedad estatal en el sec-
tor emergente; estratos vinculados a la propiedad estatal en el
sector tradicional.
d) Campesinado: cooperativistas; pequeños agricultores privados;
parceleros; ayudantes familiares no remunerados.
e) Sector informal o de pequeña producción mercantil urbana: pro-
pietarios-empleadores; autoempleados independientes; asalaria-
dos; ayudantes familiares no remunerados.
f) Segmentos sociales con ingresos no provenientes del trabajo: es-
tratos que reciben remesas; estratos vinculados a actividades eco-
nómicas ilícitas.
A ello habría que agregar un análisis territorial de las estructuras
de estratificación, toda vez que las expresiones espaciales de la des-
igualdad se han fortalecido.
Asumiendo la imprescindible advertencia epistemológica de
Hugo Zemelman, «reconocer que el indicatum no está reflejado

213
e­ nteramente en el indicador construido»,140 es obvio que la propuesta
de un cuadro socioestrucural o esquema de estratificación no debe-
ría ser tomado como la realidad directamente existente, sino como
un instrumento clasificatorio taxonómico cuya utilidad radica en
permitir ordenar evidencias fácticas de medición del estado de la
desigualdad y sus fuentes principales, a partir de un modelo teórico
subyacente. Ello significa que la propuesta de cuadro socioclasista
anterior no se presenta como la única, sino como una de las alterna-
tivas de clasificación posibles, elaborada en este caso, a partir de la
relevancia que se concede en las circunstancias actuales de Cuba a
los ejes diferenciadores propiedad- ingresos- tipo de trabajo, en su
articulación.

4. La política social y sus perspectivas


El concepto de política social y un esquema general para su análisis
La política social puede ser definida como una estrategia de inter-
vención, desde el poder político, sobre las relaciones sociales, como
un proyecto y una intencionalidad (explícitos o implícitos) de con-
figuración de la estructura social a partir de un modelo de sociedad
predeterminado y en el que se priorizan los intereses de determinado
agente social.
Se trata de una especie de arquitectura social que opera estimu-
lando o cortando rutas de movilidad, creando constreñimientos que
simultáneamente limitan y habilitan posibilidades de cambio social
en el entrelazamiento macro-micro, esto es, tanto a nivel de las diná-
micas socioestructurales generales, como de las trayectorias indivi-
duales y grupales, generacionales e intergeneracionales. Aceptar esta
definición implica también asumir que es esta un área de conflictos
clasistas y de construcción de hegemonías.
En América Latina, se produce desde la década de los 90 un
contrapunteo entre dos enfoques de política social, el selectivo y el
de integración social.141 El enfoque de integración social parte de
considerar el desarrollo como la noción que orienta la intervención

140
Zemelman (2004). Ob. cit
141
Ivo, (2003) Ob. cit.

214
e­ stratégica y planificada sobre el cambio social y, como regla, acepta
y reclama el protagonismo del estado, en tanto estructura sobre la
que descansa la máxima capacidad para organizar las políticas socia-
les y ejercer la denominada «coordinación vinculante estratégica»142
de actores diferentes y eventualmente contradictorios.
En esta perspectiva las políticas sociales deben orientarse hacia la
generación de los márgenes más extensos posibles de inclusión, y ser
garantía de la satisfacción de necesidades de los más amplios sectores
poblacionales. Su estilo es el universalismo y su instrumento esencial
es el gasto público social, a través del cual se ejerce una acción redis-
tributiva de la riqueza sobre la base de la equidad y la justicia social.
Por su parte el enfoque selectivo (también llamado críticamente
minimalista o residual, típico de las reformas neoliberales) está
centrado en la rehabilitación y rescate de poblaciones en situacio-
nes desventajosas extremas, a través de estrategias focalizadas y
selectivas, una buena parte de cuyos contenidos e instrumentos
descansan en la disminución de la capacidad del estado para regu-
lar los mecanismos económicos y distributivos, a favor del ensan-
chamiento de los espacios de intervención de los actores privados
vinculados al mercado, y a partir de un criterio de eficiencia –la
«obtención al mínimo costo posible en términos de recursos pú-
blicos de múltiples metas sociales que compiten entre sí»–143 como
142
Al analizar el estado parto del enfoque de coordinación social, para el cual toda
sociedad necesita asegurar un nivel, al menos básico, de coordinación entre los
«diferentes procesos y actores (individuales y colectivos) que las integran» ac-
tores que, como tendencia, tienen un alto grado de heterogeneidad en cuanto
a posiciones socioestructurales, necesidades e intereses. Este enfoque sustenta
el concepto de estado en el de soberanía externa (como garantía de la unidad
nacional con relación al sistema internacional de estados) e interna (asegurador
de la cohesión interior de una sociedad). Asume que la soberanía supone una
separación entre sociedad y estado, y un grado necesario de centralización del
poder en este último como eje decisivo del ordenamiento social. El estado es,
por ello, una estructura de dominación de clases y el centro jerárquico visible de
la sociedad, ese es su significado esencial, que se legitima en la medida en que es
reconocido y aceptado como autoridad máxima «que tiene el monopolio de to-
mar decisiones vinculantes para toda la población y, de ser necesario, imponerlas
mediante sanciones». Ver Lechner N. (1997). «Tres formas de coordinación so-
cial». Revista CEPAL.
143
Coraggio, J.L. (1999). «¿Es posible pensar alternativas a la política social neoli-
beral?». Nueva Sociedad.

215
parámetro rector. Su estilo es la focalización y combina instru-
mentos de asignación de recursos a los desfavorecidos involucrando
diferentes actores.
Este enfoque prioriza la acción sobre la pobreza, tratándola como
fenómeno particular en sí mismo (fuera de sus conexiones con una
visión amplia de ciudadanía e igualdad).144 Se trata de un proceso de
fragmentación y disgregación de la esfera social y su subordinación
a la lógica del mercado.
El estilo universalizador es acusado de exigir un monto de recur-
sos muy elevado y de que estos no siempre se colocan donde son más
necesarios, con lo que resulta muy difícil que su propósitos se cum-
plan según lo planificado y beneficien a los grupos más urgidos.
La focalización es criticada por su colocación exclusiva en el polo
de las consecuencias y por descuidar el de las causas de las desven-
tajas, por su impacto segmentador de la política social, porque, en
la práctica, es casi imposible alcanzar la focalización óptima y por
los efectos estigmatizadores de todo el proceso de clasificación de
poblaciones en desventaja.145
Aunque esta es una polémica todavía no solucionada, se han
reunido evidencias que muestran la superioridad del efecto re-
distributivo de los gastos sociales de estrategias universales, aun
reconociendo sus fallas de focalización, lo que ha llevado a afir-
mar a algunos analistas que «la mejor focalización es una política
universal».146 También otros hallazgos indican que altos niveles de
desigualdad dificultan la reducción de la pobreza, incluso alcan-
zando un crecimiento económico significativo, pues los mecanis-
mos de distribución desigual cristalizados reproducen la absorción
y captura asimétrica de la riqueza disponible, creando un exceso
de desigualdad (cuando el PIB generado sería suficiente para hacer
144
Ivo. (2003)Ob. cit.
145
Discusiones sobre ambos estilos de política social pueden encontrarse en Corde-
ra R. (2008). «Más allá de la focalización. Política social y desarrollo en Méxi-
co», Ocampo J.A. (2008). «Las concepciones de la política social: universalismo
versus focalización». Nueva Sociedad; Ivo A. (2002). Las nuevas políticas sociales
de combate a la pobreza en América Latina: Dilemas y paradojas (Recife, ponencia
presentada al Seminario Internacional Papel del Estado en la lucha contra la
pobreza, CLAPSO/CROP.
146
Ocampo (2008). Ob. cit.: 46.

216
traspasar la línea de la pobreza a todos aquellos cuyos ingresos los
mantienen por debajo de ella).147
Este tipo de evidencias ha impulsado un corrimiento desde la
lógica del eficientismo puro hacia la lógica de la conexión entre
equidad y política social, que propone considerar y evaluar las op-
ciones de acceso al bienestar, el aprovechamiento efectivo de estas,
que tienen los diferentes sectores sociales que integran una socie-
dad concreta (clases, grupos sociales, de género, minorías étnicas,
entre otros).
La discusión universalización-focalización, ligada a la del al-
cance de la intervención estatal deseable o permisible sobre la pro-
moción de equidad, se mantiene hasta hoy como uno de los puntos
centrales del debate, pero para algunos analistas, el problema que-
dó mal planteado desde sus inicios,148 por cuatro razones:

• El problema aparece concebido como una dicotomía de opuestos


irreconciliables (universalización vs. focalización) como si hubiera
que elegir instrumentos de un tipo excluyendo los otros, obviando
sus posibilidades de complementación.149
• Se identifica, a priori, universalización con garantía de derechos
sociales y de integración económica, social, política para todos y
focalización con residualismo,150 obviando fallas o «puntos cie-
gos» de ambos estilos.
• El análisis transcurre en términos valorativos, sin una suficiente
base empírica que documente la eficacia de una u otra elección en
contextos socioeconómicos y políticos concretos.
147
Se puede consultar Kliksberg B. y Rivera M. (2007) Ob. cit.; Leite Lopes J.S.
y Alvim R. «Pobreza y desigualdad social: enfoque de las ciencias sociales- par-
ticularmente de la antropología social». En Gacitúa-Marió E., Woolock M.,
(organizadores). Exclusión social y movilidad en Brasil; Lustig N. (2007). «Amé-
rica latina: la desigualdad y su disfuncionalidad» en Machinea J.L., Serra N.
(editores). Visones del desarrollo en América Latina, O.N.U.-CEPAL.
148
Véase, por ejemplo Kerstenetzky C.L. (������������������������������������������
2005). «Políticas Sociais: focalização ou
universalização?». En Textos para discussão (No. 180); Levinas L.(2003). «Prote-
ção social: sem compulsórios nem clientelas». Teoria e Debate.
149
Medeiros M. (�������
2007). Equity and Social Mobility: Theory and Methodology with
Applications to Bolivia, Brazil, Cuba, and South Africa. Comentarios en el Semi-
nario Internacional.
150
Véase Kerstenetzky. Ob. cit.

217
• La discusión se limita a la elección entre dos estilos de política,
sin incluir un análisis de fondo sobre el criterio de equidad y los
principios de justicia social que se quieren implementar a través
de la política social.

Sobre este último aspecto, la relación política-equidad, es necesario


aclarar que si bien la equidad ha pasado a ser un criterio imprescindible
del discurso de las políticas sociales, incluidas las de corte neoliberal o
cercanas a este, el punto de vista implícito más extendido es el llamado
liberalismo social o socialismo liberal, sostenido en la influyente pro-
puesta del filósofo moral norteamericano John Rawls que considera
éticamente imprescindible manejar las desigualdades y los desequili-
brios sociales existentes a partir del principio de justicia.151
Para Rawls, la justicia tiene dos componentes: la igualdad, que es
la aplicación imparcial de las reglas a todos los seres humanos, y la
equidad, repartición igual de la libertad que se concreta a partir de
otros dos elementos: favorecer a los más pobres y desventajados, acep-
tar desigualdades a condición de que estén vinculadas con funciones
abiertas a todos y cuya existencia suponga beneficios al bien común
o bienestar colectivo. Así la justicia es la garantía de la libertad indi-
vidual y de la distribución equitativa de papeles y ventajas socioeco-
nómicas. La garantía del funcionamiento de este principio de justicia
radica, según Rawls, en la posibilidad de mecanismos de decisión
colectiva que apelan a una situación original ideal de equilibrio.
Desde otras visiones éticas y desde el marxismo las críticas más
importantes que se han hecho a esta concepción teórica y a su va-
riante de equidad son:152

• Basarse en una ficción como la de la posición ideal de equilibrio,


que obvia las contradicciones socioeconómicas irreconciliables.
• La centralidad del individuo y la creencia de que desde lo indivi-
dual puede organizarse el bien común. Su carácter de «democra-
cia de los propietarios».
151
Los comentarios sobre esta propuesta se basan en Rawls J. (2003). Teoría de la
Justicia.
152
Un análisis crítico de la propuesta de Rawls puede encontrarse en F. Houtart.
(2006). La ética de la incertidumbre en las Ciencias Sociales.

218
• La aceptación perpetua de las desigualdades y el reconocimiento
implícito de su necesidad funcional.
• Su excesiva complicación teórica, que obstaculiza la identifica-
ción de correlatos prácticos para las políticas sociales

Para la visión marxista en condiciones de vigencia de la relación


capital/trabajo como eje organizador principal de la producción, se
establecen relaciones de expropiación que impiden una verdadera
equidad y esta queda subordinada a los márgenes de construcción de
hegemonía de los dominadores. En este contexto los intereses de una
clase o bloque de clases dominantes aparecen impuestos como bien
común. De manera que si bien pueden producirse avances en tér-
minos de políticas distributivas equitativas en las circunstancias del
predominio de la propiedad privada y del mercado, especialmente en
virtud de las presiones de las clases populares, las políticas sociales
expresan, en última instancia, el interés de las clases dominantes y
el límite hasta el que estas pueden ceder ante esas presiones en sus
posibilidades de acumulación.153
En lo que respecta a la elección de un enfoque metodológico para
la evaluación de políticas públicas, me auxilio aquí de dos concep-
ciones teóricas. La primera es la que considera el análisis de las po-
líticas sociales como un subcampo de las ciencias de la acción y, en
consecuencia, parte del supuesto de que los elementos esenciales de
dichas políticas dimanan del interjuego conflictivo de intereses entre
actores diversos y concretos, ubicados en un contexto particular de
relaciones de dominación.154
La segunda, es la perspectiva analítica de la producción de la po-
breza y las desigualdades, la cual constituye una tentativa de colo-
car el análisis de estos fenómenos en una concepción relacional y de
superar los reduccionismos típicos de la agenda de la pobreza y las
153
Para este tema ver Pablo González Casanova (1992). «Crisis del Estado y lu-
cha por la democracia en América Latina». En Estado, nuevo orden económico
y democracia en América Latina; Mabel Thwaites y José Castillo (1999). «Poder
estatal y capital global». En Atilio Borón, et al. (comp.). Tiempos Violentos. Neo-
liberalismo, globalización y desigualdad en América Latina; Eduardo Vasconselos
(2002). «Estado y políticas sociales en el capitalismo. Un abordaje marxista». En
Elisabete Borgranni, Carlos Montaño (org.). La Política social hoy.
154
Subirats, J. et al. (2008). Análisis y gestión de políticas públicas.

219
concepciones hegemónicas que la sustentan, que la definen a partir
de situaciones carenciales y fundamentalmente económicas, y suelen
omitir o minimizar los elementos agenciales y los intereses de poder
involucrados. En concreto, tal perspectiva puede ser sintetizada en
los siguientes aspectos:155
• La pobreza se produce y reproduce derivada de una serie de rela-
ciones económicas y sociales entre grupos sociales, clases e indi-
viduos específicos y se encuentra conectada a un sistema de rela-
ciones históricas, económicas y sociales de poder-dominación que
le dan sentido.
• Son resultado de la acción dialéctica de estructuras y de agentes
sociales, de cuya interrelación emergen mecanismos y patrones
sistemáticos y estables de producción y reproducción de las con-
diciones que generan y multiplican las desventajas sociales, per-
petuándolas, incluso a través de políticas, instituciones y acciones
supuestamente implementadas para la reducción o eliminación de
la misma
• Como realidad emergida de relaciones sociales, la pobreza y la
desigualdad son productos de condiciones estructurales, pero
también de un sistema de relaciones de interacción inmediatas,
ubicadas en la vida cotidiana de los sujetos sociales individuales
y colectivos. Esto es: se reproducen en la articulación recursiva
de determinantes supra individuales, tales como el mercado y el
estado, e institucionales y cotidianas, en un contexto en el cual las
desigualdades se convierten en reglas de acción social que confi-
guran las instituciones.
• La reproducción de la pobreza hace referencia a un proceso de ac-
ción social donde participan sujetos activos, que se asumen dentro
de un sistema de dominación polivalente: no total y ­definitivamente

155
Elaboro esta síntesis a partir de Oyen, E. (2004). «Producción de la pobreza:
un enfoque diferente para comprender la pobreza». En López, O (coord.), Re-
flexiones teóricas sobre la pobreza. Serie textos básicos No. 2; Álvarez Legui-
zamón de, S. (2007). La producción de la pobreza masiva, su persistencia en
el pensamiento social latinoamericano y de Gutiérrez, A. (2008). «El ‘Capital
social’ en la pobreza: apuesta, medio y resultado de luchas simbólicas». En Pav­
covich, P. y Truccone, D. (comp.) Aproximaciones teóricas al estudio de la pobreza
en Argentina.

220
determinado dada la condición activa y reflexiva de los sujetos invo-
lucrados y su capacidad de praxis. Ello implica que a la dominación
les son consustanciales procesos de subordinación, pero también de
negociación y creación de alternativas estratégicas.
• Supone que la permanencia en el tiempo de las desigualdades y
las carencias beneficia intereses concretos. Pero ello implica tam-
bién la posibilidad de reversión de estos ciclos reproductivos, la
interrupción de su inercia.
• Un proceso productor de pobreza puede caracterizarse como un
mecanismo duradero, guiado por un patrón repetitivo, dentro
del cual ciertos actores se comportan de tal manera que posibili-
tan que la pobreza aumente o sea sostenida y donde las víctimas/
población pobre se encuentra en una situación dentro de una
estructura que proporciona pocas o nulas oportunidades para
cambiar.

El esquema analítico correspondiente incluiría elementos


como:156
• Contexto y factores por los que determinado problema se con-
figura como objeto de política pública. Actores que impulsan
y obstaculizan su inclusión. Temas en conflicto, negociaciones y
alianzas.
• Aspectos financieros (fuentes del financiamiento, magnitud y
tendencia del gasto social, control sobre el gasto, cálculo de cos-
tos-beneficios).
• Objetivos de la política (definición de los problemas a resolver, de
su magnitud, naturaleza y dimensiones, globalidad de las políti-
cas, diseño de directrices nacionales, perspectiva de solidaridad).
Alcance y destinatarios declarados en el diseño general de las es-
trategias. Papel de la equidad.
• Capacidad de cambio esperada. Impacto redistributivo (universa-
lidad y focalización, manejo de posibles polarizaciones, regionales
y de otro tipo, en el gasto social, formas de atención a los sectores

156
Este esquema se basa en Laura Tavares (1999) y en la propuesta de un modelo de
análisis de políticas públicas desde la lógica de las ciencias de la acción, trabajado
en J. Subirats, et al. (2008).

221
en desventaja, efectos regresivos o progresivos, implementación
adecuada de los programas).
• Aspectos administrativos e institucionales (trayectoria orgánica
coordinada y coherente de las diversas políticas sociales a largo
plazo, continuidad en la ejecución de las políticas, integración y
coordinación de las instituciones encargadas vs. competencia).
Mecanismos de implementación (instituciones, actores, progra-
mas y proyectos, tareas y acciones concretas, alcance real de la
participación).
• Aspectos políticos (participación ciudadana y de la burocracia en
la toma de decisiones, universalidad y selectividad progresiva vs.
clientelismo y consolidación de privilegios, amplitud de la base
social de apoyo, satisfacción de los usuarios con los servicios, ca-
pacidad y autonomía para definir el espacio estatal, régimen de-
mocrático).
• Calidad de los servicios (adecuados al crecimiento de la población
y a sus necesidades, cobertura eficiente, altos rendimientos, acce-
so igualitario a las prestaciones y garantía de acceso para los más
necesitados).
• Eficacia y eficiencia de los servicios y del gasto social (costos ad-
ministrativos adecuados, ausencia de filtraciones y desviaciones,
alta productividad de la inversión, ausencia de corrupción en la
administración de fondos).
• Articulación entre la política social y la económica (participación
equitativa de los distintos grupos sociales en el financiamiento del
gasto social, mantenimiento de un gasto social adecuado, efectos
progresivos de la política fiscal y salarial).
• Evaluación de resultados (efectos de cambio progresivo tangible en
las dimensiones sociales sobre las que actúa la política). Descon-
centración de los activos de la estructura de la renta y los ingresos
que permita actuar sobre los factores estructurales de surgimiento
de la pobreza y las desventajas sociales. Efectos de movilidad reales.
Mecanismo superadores y perpetuadotes que genera la política.

Para diferenciar propósitos y acciones específicas al interior de la


política social, se utiliza una tipología que las clasifica como preven-
tivas o de desarrollo, las que se orientan a clausurar o minimizar las

222
condiciones de generación de un problema social grave (salud pú-
blica, empleo, vivienda, educación, alimentación básica, saneamien-
to, salario); compensatorias o asistenciales, enfocadas a la solución
o alivio de problemas ya existentes, generalmente generados por la
debilidad de las políticas preventivas y/o por coyunturas críticas que
afectan a los sectores más vulnerables y redistributivas, las que ase-
guran una transferencia efectiva de la renta.157
Dado que se trata de un análisis sintético, no recorreré este es-
quema en su totalidad para valorar la política social cubana, pero lo
presento al lector en tanto ha funcionado como guía subyacente de
las evaluaciones de este caso y como referente autocrítico de todo
lo que en mi análisis falta.

La política social de la reforma cubana


Cuando analizamos la manera en que se ha diseñado y puesto en
práctica la política social en la transición socialista cubana esta pue-
de calificarse como una política integradora, centrada en el desarro-
llo social, pero que opera con una lógica de unicidad, al combinar
en una estrategia única, prevención, compensación y redistribución
concreción de la llamada «intencionalidad social de la economía».
Los rasgos generales de esta política han sido: centralidad de la
equidad, como instrumento de avance hacia la igualdad; perspectiva
clasista de la inequidad que implica la alteración de la matriz de pro-
piedad sobre los medios de producción y la eliminación de las posicio-
nes estructurales que generan posibilidades de apropiación exclu-
yente del bienestar por unos grupos sociales sobre otros; carácter
universal, de cobertura total, centralizado, unitario y planificado
de la política social; la absolutización del estado como coordinador
y gestor de la política social; la consideración como derecho de ciuda-
danía de las necesidades básicas (trabajo, servicios de salud, amparo y
educación gratuitos); prioridades macroeconómicas que privilegian el
gasto de inversión social, baja (casi nula) presencia del mercado como
mecanismo de distribución; servicios sociales unitarios y universales.
En esta perspectiva la equidad es definida como la integración
de tres principios básicos, cultural y políticamente ajustados: el de

157
Tavares (1999). Ob. cit.: 350.

223
igualdad absoluta (expresa la exigencia ético-jurídica de completar
un espacio de derechos universales básicos inalienables y oportu-
nidades reales para que todos los ciudadanos puedan desarrollar
sus capacidades sin exclusión alguna); el de solidaridad (incluye la
atención preferencial diferenciada a las desventajas y necesidades
especiales de individuos y grupos sociales particulares, por motivo
de discapacidad, ancianidad o desventajas de naturaleza socioeco-
nómico históricas); el de igualdad relativa o proporcional (acepta la
presencia de desigualdades legítimas, asociadas al monto, la calidad
y la utilidad de aportes laborales o servicios de otro tipo individuales
y colectivos).158
Se parte de que la equidad y la justicia social no son función de
la distribución de ingresos monetarios a escala individual y familiar,
que no es este el factor decisivo para asegurarlas y que ellas dependen
directamente de la acción redistributiva estatal a través de los gastos
sociales, con énfasis en las transferencias por servicios que promo-
cionan desarrollo y amparo a través de «espacios de igualdad».
Espacio de igualdad define un mecanismo de distribución a tra-
vés de los fondos sociales de consumo, que se caracteriza por la
universalidad, masividad, gratuidad o facilidad para el acceso, con-
dición de derecho legalmente refrendado y carácter público centra-
lizado de su diseño y de la garantía para acceder a él, participación
social, preponderancia de las soluciones colectivas sobre las indi-
viduales, homogeneidad, calidad creciente, opción de integración
social en igualdad de condiciones para todos los sectores sociales,
independientemente de sus ingresos y aspiración a la igualdad de
resultados.
En el caso cubano, el estado a través de una extensa red pública de
cobertura total, es el único o al menos el protagonista hegemónico y
decisivo, de estos espacios distributivos, no existen otras alternativas
(privadas o extraestatales en general) para acceder al bien que se dis-
tribuye en el espacio de que se trate, o estas son de muy bajo perfil y
no pueden competir con la opción estatal.
158
Tratamientos más amplios de estos temas pueden encontrarse en. Santana J.L.
(2009). Justicia social vs. incentivo al trabajo con alta productividad: Taller Justicia
social, crecimiento y desarrollo sostenible donde aparece una definición de estos
principios y en Espina, M. (2008). Ob. cit.

224
Tomando el gasto social como expresión concentrada de las es-
trategias de intervención sobre el cambio social, y analizándolo en
una perspectiva dinámica, observamos que la política social cubana,
desde el inicio de la experiencia socialista en la década de los 60,
se caracteriza por una alta prioridad macroeconómica de la esfera
social, indicando con ello la centralidad de la equidad social (Ver
tablas 4 y 5).

Tabla 6. Cuba. Consumo social. Período 1975-1986


(años seleccionados en millones de pesos, precios corrientes)
Año Total % de variación
(con relación al año anterior)
1975 817,5 -
1978 1 398,5 30,2
1981 2 010,2 22,3
1986 2 762,0 3,0
Fuente: Cálculos propios a partir de Comité Estatal de Estadísticas, 1987.

Tabla 7. Cuba. Estructura del consumo social


en áreas seleccionadas.
Año Total Educa- Servicios Cultura Salud, asisten- Ciencia
ción personales y y arte cia social, de- y técnica
comunales porte y turismo
1975 100 46,56 18,18 7,94 24,90 2,42
1976 100 47,12 18,87 7,34 24,22 2,45
1977 100 46,83 18,04 8,12 24,39 2,62
1978 100 46,32 18,77 7,41 24,80 2,69
1979 100 47,13 17,14 7,89 25,02 2,82
1980 100 47,09 20,37 8,14 22,45 1,93
1981 100 43,73 23,95 7,46 21,98 2,88
1982 100 42,65 24,47 8,36 21,48 2,77
1983 100 40,98 26,49 9,37 20,08 3,08
1984 100 39,43 28,02 9,03 20,16 3,36
1985 100 38,64 28,19 8,73 20,94 3,50
1986 100 37,76 26,89 8,07 23,19 4,09
Fuente: Cálculos propios a partir de los datos del Oficina Nacional de Estadísticas.

225
La reforma, manteniendo esta concepción estratégica general,
incluye modificaciones en el ámbito de las políticas sociales que se
expresan en dos momentos diferenciados. Un primer momento tie-
ne que ver con la creación de condiciones para el restablecimiento
económico y el amortiguamiento de los costos sociales y abarca
acciones como la disminución de la oferta de empleo estatal y la
ampliación del trabajo por cuenta propia y otras opciones privadas,
la implementación de mecanismos que eleven la articulación entre la
retribución por el trabajo y los resultados productivos individuales y
colectivos; implementación de sistemas de remuneración en divisas
en actividades y ocupaciones seleccionadas; aumentos salariales para
actividades seleccionadas, que generan divisas o por su rol social
prioritario (personal de la salud, la educación, la ciencia y el orden
interior); garantía de protección a trabajadores de actividades econó-
micas cerradas o reestructuradas; legalización de las remesas fami-
liares y despenalización de la tenencia de divisas; creación de una red
pública comunitaria de alimentación subvencionada para personas
de bajos ingresos; jerarquización, dentro del conjunto de servicios
públicos, de la educación y la salud, como forma de optimizar el uso
de los recursos.
Aún en la década de los 90, en condiciones de crisis y de reforma
económica, la proporción del gasto público social con relación al PIB
se mantuvo por encima del 20 %,159 situación solo similar a la de
Uruguay y Brasil en América Latina160 (ver Tablas 8 y 9).
Un segundo momento, iniciado hacia finales de los años 90 y
fortalecido a inicios de los 2000, se orienta a recuperar la acción
proactiva estatal en la inversión social de cara al desarrollo, el rol de
la equidad y de los espacios de igualdad, se sustenta en la implemen-
tación de nuevos programas sociales dirigidos a la modernización y
159
Véase Togores V. (2003). «Una mirada al gasto social en Cuba a partir de la
crisis de los 90» en Lothar Witte (editor). Seguridad social en Cuba. Diagnósticos,
retos y perspectivas.
160
CEPAL ha utilizado una clasificación de países que los agrupa, de acuerdo con
la prioridad macroeconómica asignada al gasto social, en la escala siguiente:
a) Grupo de países de gasto social alto (más de 10 puntos del PIB); b) Grupo de
gasto social medio (entre 5 y 10 puntos del PIB); c) Grupo de gasto social bajo
(inferior a 5 puntos del PIB). CEPAL (1994). Panorama social de América Latina
1994, Santiago de Chile, Naciones Unidas.

226
Tabla 8. Cuba: Gastos Sociales. Período 1989-2000
(años seleccionados)
Año Gastos en servicios sociales % de variación
(millones de pesos) (con relación al año anterior)
1989 3 750,1 -
1991 3 743,0 -1,9
1992 3 811,2 1,8
1993 4 008,0 5,1
1994 4 021,6 0,3
1995 4 179,7 3,9
1996 4 439,0 6,2
1999 6 279,1 32,8
2000 6 363,9 1,3
Fuente: Togores, 2003b.

Tabla 9. Cuba, Características del gasto público social


Período Real pc % del PIB % del gasto público total
1990-91 381,0 23,1 28,4
1994-95 639,0 21,9 31,9
1998-99 821,0 22,8 41,6
1989-2000 606,6 23,3 34,3
Fuente: Togores (2003 a) Ob. cit.

el rescate de los servicios públicos, especialmente en salud y educa-


ción,161 la elevación del protagonismo de lo local comunitario como
161
En este nuevo momento de la política social la educación acentuó su rol como
factor de movilidad y como instrumento para interrumpir las cadenas de repro-
ducción de las desventajas sociales y para ello se implementaron numerosos
programas de reforma educativa como: Programa para la atención integral
de los alumnos en la educación primaria (entre sus propósitos está lograr 20 o
menos alumnos por maestro); Programa de formación emergente de maestros
primarios (para cubrir la demanda creciente de pedagogos a este nivel); Pro-
grama audiovisual (a través del empleo de clases televisadas, mejora la calidad
de la enseñanza, amplía sus contenidos y garantiza su homogeneidad para todos
los estudiantes); Programa de universalización de enseñanza de la computación;
Programa para la formación de instructores de arte (incentiva la captación de
talento artístico y la educación artística en los niveles primario y secundario);
Curso de superación integral para jóvenes (reincorpora a la educación, dando
posibilidades de acceso a la enseñanza superior, a jóvenes desvinculados del

227
escenario de la política social (implementación del Programa de Tra-
bajo Comunitario Integrado, creación de un extenso movimiento de
trabajadores sociales a escala comunitaria), programas de masifica-
ción de la cultura, atención focalizada a necesidades especiales y sec-
tores vulnerables y pobres, aumentos de las pensiones, de los salarios
en general y en grupos ocupacionales seleccionados, ampliación de
la capacidad de construcción de viviendas por mecanismo estatales
y esfuerzo familiar.
Los cambios actuales se ubican dentro de esa lógica general de
política social proactiva de desarrollo, con la novedad de un énfasis
en la retribución y el acceso al bienestar con mayor diferenciación de
acuerdo al aporte laboral de cada grupo.
Encontramos también que esta estrategia de arquitectura social
ha logrado una alta estabilidad en el tiempo de sus montos generales
y de su estructura de prioridades, con un fuerte peso en la inversión
social (salud, educación) y en los subsidios, acentuando el rol del
consumo social en la distribución, por encima del de los ingresos
individuales y familiares (ver Tabla 10).
Como promedio, los gastos de inversión social hacia finales de
la década del 90 e inicios de la actual década, en su conjunto, so-
brepasan el 47 % del total de gastos sociales, marcando con ello la
tónica de la política social cubana orientada al desarrollo, su énfasis
preventivo y la relevancia de los espacios de igualdad y del consumo
social frente al mercado y el consumo individual autónomo. Esta
estructura también muestra como elemento relevante del acceso al
bienestar en el plano familiar, cómo la vivienda ha quedado siste-
máticamente en un plano muy rezagado con respecto a otras esferas
atendidas por la intervención pública.
Valorando la política social cubana en su conjunto y trayectoria en
términos de manejo de las dimensiones sociales del desarrollo y de
la promoción de equidad en una sociedad periférica, se aprecia que la
universalización de los derechos sociales de ciudadanía a través de una

e­ studio y el trabajo); ­Programa de Municipalización de la Enseñanza Superior


(crea sedes universitarias en todos los municipios del país donde se imparten
numerosas carreras a través de la educación a distancia asistida). Tanto el curso
de superación integral como el programa de municipalización crean condiciones
de acceso masivo, sin requisitos meritocráticos.

228
Tabla 10. Cuba. Estructura de los gastos sociales por áreas.
Período 1998-2004
Gastos 1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004
Total 100,00 100,00 100,00 100,00 100,00 100,00 100,00
Educación 21,50 22,17 22,59 25,92 27,20 28,90 30,01
Cultura y
2,40 2,31 2,52 3,40 3,91 4,17 4,75
Arte
Salud Pú-
19,15 18,82 18,16 19,66 19,01 17,78 17,41
blica
Ciencia y
1,48 1,55 1,66 1,79 1,66 2,00 1,76
Técnica
Deportes 1,79 1,70 1,73 1,79 1,94 1,95 2,02
Seguridad
24,28 21,64 19,26 20,34 19,62 18,01 18,10
Social
Asistencia
2,07 1,94 1,92 2,36 3,93 4,22 4,97
Social
Vivienda y
Servicios 8,05 8,29 8,23 9,05 8,63 8,42 8,88
Comunales
Subsidio a
diferencias 19,28 21,58 23,93 15,70 14,09 14,55 12,10
de precio
Fuente: Cálculos propios a partir de Oficina Nacional de Estadística Anuario esta-
dístico de Cuba 2005, La Habana.

amplia intervención estatal y de su regulación en todas las esferas,


ha resultado una fórmula eficiente para proveer rápidamente inte-
gración social a las más amplias mayorías y priorizar la agenda social
de los sectores populares, mejorando su acceso al bienestar, aún en
condiciones de poco crecimiento económico. Prueba de ello es el
mejoramiento sostenido de los indicadores sociales más relevantes
(esperanza de vida, mortalidad infantil, escolarización, ingresos), lo
que se sintetiza en los favorables resultados alcanzados por Cuba en
la medición del índice de desarrollo (ver Tabla 11).
Los claros avances en términos de equidad e igualdad social que
han caracterizado la transición socialista cubana y que continúan
siendo una guía estratégica de su política social, aún en la reforma,
están colocados ahora ante un escenario de ensanchamiento de las

229
Tabla 11. Cuba. Resultados en Índices
de Desarrollo Humano (IDH).
Informe IDH IPH-1**
1990 0,877 (39/130) *
1991 0,754 (62/160) *
1992 0,732 (61/160) *
1993 0,711 (75/173) *
1994 0,666 (89/173) *
1995 0,769 (72/174) *
1996 0,726 (79/174) *
1997 0,723 (86/175 5,1 (2/78)
1998 0,729 (85/174) *
1999 0,765 (58/174) 4,7 (5/92)
2007-2008* 0,838 (51/177) 4,7 (6/108)
Fuentes: Martínez et al. y PNUDa
*
No se calculó el índice para ese año
**
Índice de Pobreza Humana
a
Martínez, Osvaldo et al. 1997 y 2000 ob. cit. y PNUD,
2008, Informe sobre desarrollo Humano 2007-2008, Mundi-
Prensa Libros, s.a., Madrid.

diferencias socioeconómicas. Desde mi punto de vista la persistencia


de brechas de equidad y la dificultad para remover los mecanismos
reproductores de la pobreza no solo se explica por la carencia de re-
cursos, sino que se asocian también a fallas en el modelo y la aplica-
ción de la política social. Entre esas fallas los estudios sobre el tema
incluyen:162
• Débil sustentabilidad económica y débil retorno de la inversión
social hacia la economía (reflejado en un bajo efecto de la eleva-
ción de la instrucción y la calificación sobre los niveles de produc-
tividad y la innovación tecnológica).163
162
Un análisis pormenorizado de los logros y las limitaciones de la política social
cubana puede encontrarse en Espina M (2008). Ob. cit.
163
El tema de la sustentabilidad económica de la política social tiene múltiples aris-
tas. Tomemos aquí como argumento ilustrativo la relación entre el crecimiento
de los gastos sociales y la evolución de algunos indicadores económicos. Puede
comprobarse que, como tendencia, la dinámica de los gastos sociales siempre
ha estado por encima de la de los indicadores de desempeño económico. Datos

230
• Baja articulación entre los resultados del trabajo y el acceso al
bienestar.
• Predominio de las estrategias sectoriales, que obstaculiza la con-
cepción integradora del desarrollo social.
• Excesivo énfasis en el consumo social estatalmente normado, en
detrimento de la esfera familiar autónoma de elección de satisfac-
tores de necesidades.
• Absolutización del estatalismo, excesivo centralismo y tecnobu-
rocratización en la formulación de las estrategias de desarrollo,
lo que disminuye la posibilidad de participación en la toma de
decisiones de los actores locales (gubernamentales y no guberna-
mentales) y la consideración de la diversidad territorial y grupal
de las necesidades y sus satisfactores.
• Universalismo identificado con homogenismo distributivo, que
minimiza el papel de la diversidad estructural y cultural en la
expresión de las necesidades y en la elección de satisfactores.
• Fallas de focalización y poco uso de políticas de acción afirma-
tiva, lo que tiene como efecto la reproducción de desventajas de
grupos históricamente preteridos que no pueden aprovechar en
paridad las condiciones favorables generales creadas (por ejemplo,
negros, mujeres, ancianos, comunidades en territorios de mayor
retraso relativo).
• Desbalance en las asignaciones del gasto social para diferentes
dimensiones, que genera déficit, acumulados en áreas relevantes
asociadas a la situación familiar (fundamentalmente en lo relacio-
nado con el acceso a una vivienda y un hábitat familiar adecuados
y empleos con ingresos suficientes).

del Anuario del Comité Estatal de Estadísticas de 1987 permiten apreciar que,
mientras que el consumo social experimentaba un crecimiento promedio anual de
12 %, entre la segunda mitad de la década del setenta y la primera de los ochenta,
en el intervalo 1976-1987 el Producto Social Global se incrementó a un ritmo pro-
medio anual de un 9 %, y el ingreso creado por un ocupado en la esfera productiva
en 2,3 %; entre 1980 y 1987 el valor de la producción industrial promedió una
elevación de 5,6 %. Entre 1998 y el 2000 el Producto Interno Bruto tuvo un alza
promedio de 6,4 %, mientras que los gastos en servicios sociales, en esos mismos
años se elevaron a un ritmo promedio anual de 13,1 % (rebasando también, por
amplio margen, los ritmos de incremento de la productividad del trabajo. Véase
Oficina Nacional de Estadísticas (ONE) (2001). Cuba en cifras 2000.

231
Hacia una propuesta de renovación de la política social
de manejo de la desigualdad en Cuba

En términos del debate actual sobre universalismo-focalización, es-


tado-desestatalización de las políticas sociales, considero que el caso
cubano es paradigmático pues aporta argumentos a favor de la uni-
versalización y la estatalidad, como claves de intervención para so-
ciedades periféricas, con recursos limitados, concepción a través de
la cual es posible propulsar avances rápidos para los sectores popula-
res e históricamente en desventaja, integrándolos a cuotas básicas y
avanzadas de acceso al bienestar en necesidades clave.
Aún cuando la crisis de los noventas afectó la calidad de los servi-
cios públicos y obligó a una reforma que implicó el traspaso hacia el
mercado de una proporción considerable del consumo familiar, no se
ha producido una disminución de la cobertura creada y los gastos so-
ciales han tendido a recuperarse. Se trata de una reforma económica
con apertura de mercado y ciertos grados de descentralización, pero
que conserva y amplía una política social de equidad, de corte uni-
versal y unitaria, donde el estado es el máximo responsable y actor.
Pero otra inferencia importante que puede extraerse del caso cu-
bano es la de la necesidad de superar el planteamiento dicotómico
y excluyente del problema, puesto que todavía en esos avances de
acceso mayoritario al bienestar que Cuba ha logrado, se conservan y
reproducen brechas de equidad, que marcan los puntos ciegos de la
universalización. La conclusión, con estos datos, sería que las políti-
cas universales son el mejor marco para focalizar.
En lo que respecta a Cuba, la respuesta obvia desde estas reflexio-
nes es que se necesita introducir cambios que posibiliten mayores
avances en la superación de estas brechas.
Antes de ofrecer alternativas es imprescindible introducir tres
matices: el primer matiz se refiere a la ambivalencia del estado de las
desigualdades en Cuba hoy. Si bien estas se han ensanchado y lace-
rado aspectos de la equidad lograda, en otro sentido la ampliación de
las desigualdades no puede considerarse como una tendencia nega-
tiva en su totalidad, puesto que, como hemos analizado, ese proceso
está ligado, en determinados ámbitos, a mayor efectividad econó-
mica y a la necesidad de ampliar fuentes de empleo, de producción

232
y de ingresos; hasta cierto punto y para determinadas formaciones
socioclasistas, ha supuesto una mayor correspondencia entre aporte
y acceso al bienestar material, mientras que, en otro sentido, refuerza
desigualdades injustas.
El segundo matiz rescata la presencia de un estado de cambio
y una cierta provisoriedad imperante. La sociedad cubana está co-
locada en un escenario interno de cambio de múltiples aristas y
fuentes y de una sostenibilidad en el tiempo. Por una parte tenemos
los efectos de la reforma de inicios de los 90, con sus vaivenes y su
trayectoria en zig zag, que continúan en curso, por otra, el cambio
generacional en la dirección política y en todas las esferas de la vida
por razones demográficas inapelables y, aún más, el inicio de una
nueva etapa reformadora vinculada a los dos elementos anteriores
(que podríamos considerar macroestructurales).
Los anteriores elementos, macroestructurales y formales, se ven
acompañados y presionados por una dinámica transformadora que
transcurre en la informalidad y la microescala, en un espacio de víncu­
los difusos y contradictorios formal-informal, que configuran una
corriente de mudanza que proviene, con mayor o menor conciencia o
grado de explicitación, de las prácticas cotidianas, descentralizadas y
flexibles, con un patrón de transformación que vincula caos y orden,
que son en sí mismas una reforma desde abajo.
En el centro de estas prácticas destacan las extendidas y documen-
tadas «estrategias familiares de sobrevivencia y elevación de los in-
gresos» e incluyo también, como una evidencia de la fuerza y expan-
sión de prácticas alternativas, el fenómeno de las redes de conexión
virtuales que se han estructurado a partir del acceso al ciberespacio,
privado o estatal y de las variadas posibilidades de transportación
e intercambio de información que ofrecen los soportes electrónicos
portátiles de almacenamiento de datos.
Estas posibilidades han generado un uso alternativo y autóno-
mo del tiempo libre, al margen de la oferta oficial, especialmente
extendido en grupos juveniles, con una red de intercambio, gratui-
to o pagado, de series, telenovelas, musicales, películas, etc. y que
marcha más al tiempo de los flujos internacionales del mercado de
estos productos audiovisuales, que a los ritmos nacionales forma-
les. Es un consumo no arbitrado por las instituciones estatales que

233
norman la política cultural nacional y sus ofertas, que discurre en
un flujo más o menos underground. Circula en esta red también una
producción nacional de productos audiovisuales que por diversas
razones, la censura entre ellas, no se divulga en las instituciones
culturales formales ni en los medios de comunicación, y que nutre
la intersubjetividad social con visiones estéticas y políticas que se
convierten en alternativas muchas veces más por efecto de esa ex-
clusión de la institucionalidad establecida, que por las intenciones
de sus productores.
De igual modo, se ha configurado un mercado semivirtual infor-
mal que ofrece los más variados productos y que no tiene en cuenta
reglas de legalidad vigentes para la comercialización.164
Por la avenida del correo electrónico, transita un sistema rápido
de diseminación de información, (generalmente omitida o subtrata-
da en los medios oficiales) de debate y construcción de consensos por
vías extrainstitucionales sobre temas en los que se pretende involu-
crar a la opinión colectiva.165
El mundo de las microprácticas es muy contradictorio, pues a la
vez que ha ido abriendo sus propios espacios de empoderamiento y
democratización, de acción autónoma desde la sociedad civil, ge-
nera sus propias estructuras de desigualdad y exclusión, no todos
tienen acceso a los beneficios creados y se necesitan activos mate-
riales y simbólicos para acceder. La intención aquí es apuntar que
las desigualdades, sus perspectivas y manejo, no son temas para
pensar solo desde los macroprocesos formalizados, planificados y
estatales.

164
Véase, por ejemplo, en www.google.com los grupos superpccuba, pccuba y ven-
tashabana,
165
El ejemplo más conocido de esta movilización de un sector de opinión a través
de los espacios virtuales es el de la llamada «Guerrita de los correos», ciberes-
puesta rápida del sector artístico literario para denunciar y construir una postura
común en torno a la aparición en dos programas televisivos de personas que
tuvieron roles protagónicos en la dirección de instituciones culturales durante
el llamado «Quinquenio Gris», «caracterizado por el dogmatismo, la censura y
la represión en los ámbitos de la ideología –sobre todo en el campo de la cultura
artística y literaria y el pensamiento social» (Tomado de Centro Teórico Cul-
tural Criterios (2008). La política cultural del período revolucionario: memoria y
reflexión.

234
Igualmente habría que considerar el espacio de la sociedad civil
como terreno de cambio y de expresión de desigualdades y diversi-
dades y de conflictos e integraciones.166 En cierto sentido, los 90 y
los 2000, pueden ser considerados, no linealmente y en su combi-
nación de avances y retrocesos, como momentos de revitalización
de la sociedad civil cubana a partir del impacto articulado de la
crisis (que debilita la posibilidad de omnipresencia paternalista del
Estado, visibiliza y refuerza desigualdades y diversidades, dispara
las estrategias familiares y comunitarias de subsistencia, ampara y
eleva la percepción crítica y problematizadora de la ciudadanía); de
la reforma (que reconstruye lazos y roles entre sujetos económicos
estatales y extraestatales en un proceso en el que estos últimos ga-
nan terreno y abre nuevos espacios formales de organización econó-
mica y extraeconómica); y de los efectos de la inserción económica
y cultural en la sociedad globalizada (que intensifica los procesos
de diversificación estructurales y culturales en curso). Todo ello
confluye en una multiplicación de las identidades colectivas y de
la necesidad de singularizarse y visibilizarse dando lugar a una ex-
pansión del asociacionismo (formal e informal) y, como ya hemos
visto, a disímiles formas de construcción de agendas y demandas
dimanadas de la diferencia.
Todos estos elementos influyen sobre la correlación de fuerzas
entre el estado, el mercado y la sociedad civil, e indican una manera

166
Uso la diferenciación entre sociedad civil y sociedad política en el plano meto-
dológico, y no como ruptura orgánica, y en una interpretación relacional, y no
cosificada, de los procesos y objetos sociales, cuando es entendida como terreno
de la lucha de clases y de obtención de hegemonía. Parto del análisis de Jorge
Luis Acanda quien propone el punto de vista de Gramsci en oposición a la no-
ción de sociedad civil al uso, basada en la concepción liberal de la contraposición
estado-sociedad, y que define como antítesis del estado; espacio no político,
ausente de lógicas de dominación y de propósitos de ejercicio de poder estatal;
caracterizado solo por lo asociativo y la voluntariedad, por su homogeneidad y
con una valencia exclusivamente positiva. Desde esta postura la relación entre
ambos espacios se nos presenta en su doble carácter, simultáneo y contradicto-
rio, de interpenetración y exclusión (determinadas estructuras del estado for-
man parte de la sociedad civil, y a su vez ciertas estructuras de la sociedad civil
forman parte del Estado). Ver Acanda, J.L. (2005). «Cambios en la sociedad
civil cubana y su reflejo en el pensamiento cubano desde los 90s al momento
actual». �����������������������������
En Tulchin, et. al (editors) Changes in Cuban Society since the Nineties.

235
diferente de diversos grupos poblacionales de relacionarse con estos
espacios desde las prácticas cotidianas, cuya alternatividad radica en
que inventan sus propias rutas, unas veces al margen o expulsada y
otras con nexos débiles o frágiles en relación con la institucionalidad
formal.
Estos factores de naturaleza interna se articulan con el cambiante
entorno internacional en el que estamos inmersos, con las alteracio-
nes climáticas y sus consecuencias para la economía, la sociedad y la
cultura, las modificaciones de las relaciones económicas y políticas
internacionales, la reconfiguración de bloques y alianzas en el plano
geopolítico.
Por supuesto que dos factores externos de elevada importancia
para la situación nacional, que desbordan las posibilidades analíticas
de este texto, son los posibles cambios en la política norteamericana
hacia Cuba y los efectos de la crisis económica internacional. Ro-
deados ambos factores de incertidumbres acerca de sus derroteros
futuros y la fuerza de su impacto sobre la economía y la sociedad
cubana, una primera conjetura que puede adelantarse, obviando un
escenario de levantamiento rápido del bloqueo económico que no me
parece muy cercano, es que en cualquier variante podría esperarse un
aumento de las desigualdades al menos por la vía de la interconexión
de dos procesos simultáneos contradictorios; la caída de los ingresos
reales de diversos grupos poblacionales –por ejemplo aquellos vin-
culados en diversas modalidades y grados al turismo, los servicios
gastronómicos y de ocio, el arrendamiento de habitaciones y vivien-
das, el transporte privado, cuya demanda suele bajar en tiempos de
crisis– y la elevación de los ingresos de los receptores de remesas y
de los que se conecten con los servicios, estatales y privados que de-
mandaría el eventual restablecimiento de un nivel standard de visitas
al país de la comunidad cubano americana.167

167
Para ampliar sobre los impactos de estos factores y posibles escenarios que ge-
nerarían, pueden consultarse en su interrelación, las ponencias presentadas por
Lázaro Peña Castellanos, Juan Triana y Jorge M. Sánchez Egozcue en el panel
«La crisis económica en América Latina y el Caribe: ¿el fin del neoliberalismo?»
de las Jornadas Internacionales Crisis económica global y su impacto en Amé-
rica Latina, organizadas por la Fundación por la Europa de los Ciudadanos, el
Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Cátedra de Estudios del Caribe

236
El tercer matiz especifica algunas características del nuevo mo-
mento reformador, abierto formalmente por el discurso de Raúl Cas-
tro el 26 de julio de 2007, y con sucesivas explicitaciones, en sus dis-
cursos posteriores al 24 de febrero de 2008 y de clausura del VI pleno
del PCC en abril de este año. Este momento parece tener como ejes
principales de su plataforma el reforzamiento del rol directivo del
partido en la economía y la sociedad; la desburocratización del apa-
rato estatal, por achicamiento de sus estructuras, personal y poder
de restricciones en las gestiones personales (permisos de viajes, de
compras y ventas, de permutas, entre otras); restauración de derechos
de ciudadanía y propiedad personal y familiar; ampliación de fran-
jas de mercado para bienes y servicios «suntuosos» (según el estado
del consumo en Cuba: equipos de computación, telefonía celular,
dvd y videos, acceso a hoteles y centros turísticos, etcétera); reor-
ganización agropecuaria a favor del cooperativismo y de la pequeña
producción mercantil familiar, de la descentralización de la política
de producción de alimentos a escala local y de la ampliación del mer-
cado; ampliación de los espacios para el debate, la crítica pública y la
participación ciudadana.
De igual modo, al momento de elaborar este texto, se aprecian
señales que parecen indicar un nuevo momento de la política social,
caracterizado, al menos, por una disminución de la subvención y la
gratuidad en la distribución estatal de productos de alimentación,
tendente hacia la desaparición de la distribución normada igualitaria
de alimentos y los comedores obreros (lo que presagia un tránsito
desde la subvención de la oferta hacia la subvención de la demanda,
protegiendo familias vulnerables), y por el regreso al sistema meri-
tocrático de acceso a la educación superior, con la instauración de
exámenes de ingreso en todas las formas de acceso a estas y el con-
secuente fortalecimiento de los procesos de selectividad socioclasista
de este mecanismo de movilidad social. No es posible avanzar más
en estas predicciones de una nueva etapa de política social porque
los cambios anunciados por las autoridades no han sido formalmente
presentados por estas como una estrategia coherente de cambio y

y el Centro de Investigaciones de la Economía Internacional de la Universidad


de La Habana, en La Habana, abril de 2009.

237
hasta ahora solo se esbozan como acciones para la disminución de
gastos y la elevación de la eficiencia y de enfrentamiento a los efectos
de la crisis global sobre la economía nacional.
Una de las primeras preguntas que han surgido con relación a esta
plataforma es su impacto sobre las desigualdades. Considero que pue-
de conjeturarse que sus principales impactos serán la visibilización de
desigualdades ya existentes, al concretar formas legales de satisfacer
una demanda de bienes y servicios que requieren alto poder adquisi-
tivo, y el reforzamiento de las tendencias mencionadas de reestrati-
ficación social, especialmente de las brechas de equidad, pues sobre
los grupos que ya integran el perfil de riesgo de la vulnerabilidad
socioeconómica, en ausencia de medidas especiales para su protec-
ción ante los nuevos eventos y para la modificación sustantiva de sus
condiciones de partida históricas, se dejarán sentir con mayor rigor
las consecuencias negativas de los cambios en curso y por venir.
Si difícil es identificar problemas concretos, más lo es sugerir so-
luciones, y ellas están aún más urgidas de la multicriterialidad, la
transdisciplina y la visión en red. Me arriesgo a comentar aquí, más
bien a modo de ejemplo y porque considero irresponsable enunciar
problemas sin acercarse a idear soluciones posibles, una propuesta de
líneas generales de cambio, extraída de investigaciones en el campo
de las desigualdades y la política social.168
Estas líneas están pensadas como áreas de cambios entrelazados y
no excluyen la posibilidad de aparición de contradicciones entre las
áreas y al interior de estas ni la emergencia de efectos inesperados,
positivos o negativos, que indiquen la necesidad de corrección de
las acciones emprendidas, reconociendo que no es posible un diseño
apriorístico del tipo «todo bajo control», sino una plataforma de dis-
cusión y acción colectiva que vuelve siempre sobre sí misma y tiene
posibilidad de autogenerarse, partiendo de la idea de Edgar Morin
de la «ecología de la acción» que, como ya vimos, entiende que toda
acción emprendida en la práctica concreta desborda sus propósitos
preestablecidos al entrelazarse con factores azarosos, indetermina-
ciones, bifurcaciones y procesos emergentes que se generan en su

168
Una exposición más detallada de estas propuestas puede encontrarse en Espina,
M. (2008). Ob. cit.

238
articulación con el entorno, y que, por ello, la estrategia debe preva-
lecer sobre el programa.169
Desde esta visión moriniana de estrategia como elaboración de un
escenario de acción que examina certezas e incertidumbres de la si-
tuación, propongo considerar algunas líneas para nutrir una supuesta
estrategia general de cambio.
Una de esas líneas imprescindibles sería avanzar hacia la defi-
nición y puesta en práctica de una nueva estrategia de viabilidad
económica para el proyecto social cubano. Entiendo que, sin aban-
donar el criterio rector de la intencionalidad social de la economía
y justamente para hacerlo funcionar, es impostergable encontrar
un camino de eficiencia en el plano económico. Tal estrategia ten-
dría que integrar, simultáneamente, el manejo de factores e impac-
tos negativos provenientes de diferentes fuentes, principalmente
aquellos asociados a la crisis internacional, al agotamiento de los
factores progresivos de la reforma de los 90 y a la inercia del mo-
delo prerreforma.170
Esa estrategia debería tener varias escalas espacio-temporales y su
primer elemento se relaciona con la mejoría de la inserción de Cuba
en el sistema mundo económico, en la cadena de extracción del valor,
restricción que un país periférico no puede variar sustantivamen-
te (menos aún Cuba, sometida a la hostilidad de la superpotencia
mundial), pero al menos es posible intentar colocarse más favorable-
mente en ella. En esta línea encontramos la propuesta de transitar
definitivamente desde el modelo de sustitución de importaciones a
uno de sustitución de exportaciones basado en la exportación de ma-
nufacturas tecnológicamente intensivas, lo cual no excluye, más bien
se complementa, con procesos de sustitución de importaciones y de
exportaciones de recursos naturales, «pero sí los excluye como ejes
definitorios del proceso».171
Creo que el escenario internacional actual, extraordinariamente
complicado, exige para esta acción de modificación de las ­constricciones
169
Morin, E. (1999). Ob. cit.
170
Un punto de vista que comparto sobre la problemática económica cubana puede
encontrarse en Triana, J. (2009). «Crisis global, economía cubana y perspectivas
de desarrollo».
171
Esta propuesta ha sido elaborada por Monreal, P. (2002). Ob. cit.

239
estructurales externas, pensar con la lógica del modelo de sustitución
de exportaciones al aprovechar tanto las oportunidades de alianzas
en el plano político que abren nuevas posibilidades de integración y
cooperación regional como la ineludible negociación con el mercado
global.
Esta sería una opción selectiva encomendada a la economía es-
tatal, que requiere también de un mercado interno de apoyo y ne-
cesariamente debe articularse con una reestructuración económica
que amplíe las actividades productivas de las más diversas escalas
y variantes en el uso de la tecnología, la calificación y las formas de
propiedad.
En el entendido de que la absolutización de la propiedad estatal
ha limitado las posibilidades de diversificación de las opciones de
generación de empleo e ingresos y restringido los incentivos pro-
ductivos y ha sobrecargado al Estado en sus funciones productivas
y distributivas, el fortalecimiento de su capacidad para garantizar
sustentabilidad económica a la estrategia social, pasaría también por
la ampliación del abanico posible de formas de propiedad social no
estatal o cercanas a ellas, en un socialismo multiactoral por la vía de
la diversificación de los sujetos económicos.
Las posibilidades de reconstruir el esquema de organización de
la propiedad sobre los medios productivos, sin alterar su núcleo
duro de socialización y colectivización, son variadas: propiedad co-
lectiva de pueblos y municipios, propiedad comunitaria, coopera-
tivas urbanas de productores y proveedores de servicios, propiedad
profesional y de asociaciones, propiedad mixta (estatal-privada,
estatal-cooperativa) en pequeñas y medianas empresas, pequeñas y
microempresas privadas, diversificación y expansión de las posibi-
lidades del autoempleo.
El tema es complicado y lleva siempre a la interrogante de si se trata
de un problema de propiedad formal o de poder real, cuya solución se
acercaría más a la implementación de procesos autogestivos, de base
usufructuaria, que a la diversificación y desestatalización de la propie-
dad. Considero que más allá de la expresión jurídica de la propiedad
en nuestra constitución, cuyas referencias al sistema rector en el país
la definen como «la propiedad y la riqueza de la nación socialista»,
«la propiedad de todo el pueblo sobre los medios de ­producción» o «la

240
propiedad estatal socialista» como «la propiedad de todo el pueblo»,
en la práctica la absolutización de la estatalidad centralizada como
expresión máxima y casi única de esa propiedad nacional colectiva y
popular, de hecho enajena y despersonaliza al sujeto colectivo de ese
patrimonio.
Luis Marcelo distingue entre «propiedad» y «derechos de pro-
piedad» y considera que lo que ha sucedido en el socialismo es que,
aun existiendo la propiedad estatal sobre los medios de producción
fundamentales, los derechos de propiedad de los productores con-
cretos de las empresas estatales (los referidos a las decisiones en
la empresa) no se han realizado como los derechos de propiedad
del Estado en relación con dichos medios. Para este analista no
sería apropiado intentar la solución a ese problema separando la
propiedad (que correspondería al Estado) de la gestión (colocada
como autogestión en los colectivos empresariales), puesto que esta
variante continúa despersonalizando compromisos y deberes y de-
bilita una responsabilidad contractual. En su criterio, la solución
está en «diseñar la copropiedad social entre el Estado y los produc-
tores».172
Seguramente la solución, como en todo, no podría ser única,
y debería combinar, según sea más conveniente en casos concre-
tos, el usufructo autogestionario y la copropiedad con formas de
propiedad individuales y colectivas en diferentes grados, también
sometidas o controladas de forma indirecta a mecanismos de ges-
tión social, pero sin que ello invalide, como ha sucedido con la
experiencia de la cooperativización agropecuaria, la autonomía
imprescindible.
En otro plano propositivo, correspondería a la intervención públi-
ca desde las políticas sociales perfeccionar la gestión del desarrollo
social a través de la expansión de la sensibilidad de dichas políticas
para captar y manejar las diferencias, en referencia a un patrón de
justicia social.
Ello implica el desplazamiento de la concepción homogenista,
como metaobjetivo, hacia la introducción de la noción de norma

172
Ver Marcelo, L. «El sistema empresarial estatal cubano y la realización de la
copropiedad Estado- productores». En Pérez, O. (2006). Ob. cit.

241
s­ ocialista de igualdad-desigualdad en la política social, que establece
un sistema de prioridades básicas para manejar la tensión entre equi-
dad e inequidad.
Incluye, además, el fomento de políticas afirmativas de base terri­
torial o espacializadas y asumir la concepción del territorio como fac-
tor de desarrollo. En esta concepción juega un papel esencial la iden-
tificación de los actores socioeconómicos locales, en tanto agentes del
cambio, como requisito metodológico indispensable en el diseño de
programas de desarrollo o acciones autotransformativas a escala local.
Por otra parte, accionar prioritariamente sobre espacios depri-
midos tiene efectos sobre el conjunto de las desventajas sociales,
puesto que ellas suelen tener una concentración territorial, consi-
derando que la apropiación del espacio también está socioestructu-
ralmente diferenciada y depende de la capacidad para aprovechar
oportunidades. No se trata de clausurar o sustituir los instrumen-
tos de universalidad, sino de hacerlos más potentes con este tipo
de focalización integrada territorialmente. Una focalización que
complementa, profundiza y direcciona la universalidad.
Aquí se incluiría también una modificación de las prioridades y
proporciones del gasto social, orientada hacia la atención de áreas
deficitarias como vivienda, transporte, empleo, ingresos y alimen-
tación.
Por su parte, una ampliación de la socialización y democratiza-
ción del poder supone un diseño más participativo de la planificación
y de la toma de decisiones en general, que desformalice y desburo-
cratice los mecanismos existentes para la agregación de demandas
en todos sus espacios (laboral, comunitario, de gobierno y extragu-
bernamentales, entre otros posibles), priorizando sus elementos de
cogestión, formulación estratégica y control popular del proceso, así
como sus resultados.
Se trataría de una participación múltiple, porque recorre todos
los niveles y espacios posibles y porque no restringe la capacidad de
reflexividad de ningún actor, no la limita a temas o niveles de la ges-
tión que parecerían corresponderle, ni le cierra zonas selectivas. Es
una participación que incluye lo local, directo e inmediato de cada
actor, pero que expande las posibilidades de intervención de estos
hasta el plano de las estrategias generales de desarrollo en diferentes

242
escalas, que incluye la crítica, la propuesta, el control, la acción de
cambio-renovación y que enfatiza en mecanismos participativos di-
rectos por sobre los delegativos.
Estas propuestas están enunciadas desde un nivel que puede pa-
recer excesivamente general.173 Tal generalidad no es fortuita pues,
aunque reconozco la necesidad de avanzar en respuestas concretas a
las insuficiencias de la política social, considero que cualquier avance
en instrumentos prácticos depende de un cambio de concepción, que
debe antecederle, y que atañe, en lo fundamental, a una compresión
diferente de la intencionalidad social de la economía, la relación es-
tado-mercado en el socialismo y los procesos de autogestión y parti-
cipación estratégica como formas de avance de la equidad social.

173
Agradezco al Profesor Carmelo Mesa-Lago su valoración positiva de mis tra-
bajos sobre la política social cubana y su comentario crítico sobre mi énfasis en
el nivel macro y la ausencia de propuestas concretas de políticas específicas para
combatir la pobreza y manejar la desigualdad. Acepto la observación y coincido
en algunas de sus ideas al respecto, como la necesidad de modificar los montos
del gasto para favorecer vivienda e ingresos, de corregir la hipertrofia de las asig-
naciones a educación y a algunos programas de salud y reorientar los subsidios a
los precios de los alimentos hacia asistencia focalizada a los grupos más vulne-
rables, pero insisto en la urgencia de una modificación previa en la concepción
estratégica de dichas políticas. Ver Mesa-Lago, C. (2008). Presentación en el
Panel «Social Justice in Cuba: Assessment of Current Situation». Seminario
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Muchas interrogantes surgen en el día a día. El ser humano bus-
ca una explicación plausible a fenómenos sociales, para continuar,
con conocimiento de causa, en la lucha por una vida más digna en
una sociedad plena. Sin lugar a duda alguna, este libro inteligente,
bien pensado, nos lleva por ese camino. No levanta falsas expectati-
vas, convence. No se apasiona desmedidamente, con mesura ofrece
sus ideas, incita al debate, al intercambio fructífero. No transita por
caminos trillados, lleva al lector por sendas nuevas. Al decir de la
autora: “Se trata de que cualquier intento de repensar lo social, de
repensarnos en nuestra diversidad, en el derecho a la igualdad de la
diversidad, tendría que romper los límites epistémicos impuestos por
los saberes coloniales, por una manera de producir conocimiento que
naturaliza, impone y generaliza experiencias ajenas como las únicas
posibles y necesarias...” Así en este tono, la autora realiza un análisis
profundo del entorno social que nos rodea. Para estudiantes y profe-
sores será una obra irreemplazable, para el otro público seguramente
interesado en la materia, un libro necesario para estos tiempos.

Mayra Espina (La Habana, 1956). Doctora en Ciencias sociológicas,


investigadora del Centro de Investigaciones Psicológicas y Socioló-
gicas (CIPS) y miembro de la Cátedra de la Complejidad del Insti-
tuto de Filosofía. Profesora titular de la Universidad de La Habana.
Ha publicado numerosos textos, entre los más recientes los artículos
«Recuperando la Cuestión social. El contexto teórico metodoló-
gico del debate y la experiencia cubana», en Caderno CRH, v. 20,
No. 50, mai. /ago UFBA, Bahia, 2007 y «Mirar a Cuba hoy: cuatro
supuestos para la observación y seis problemas- nudos», en Temas
No. 56, La Habana, 2008 y el libro Políticas de atención a la pobreza
y la desigualdad. Examinando el rol del Estado en la experiencia cubana
Colección CLACSO-CROP, Buenos Aires, 2008.

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