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¿ES HORA DE LEGALIZAR LAS

DROGAS?
ESTUDIO DE LA UNIVERSIDAD DE LA
SABANA DICE QUE DECISIÓN ACABARÍA EL
NEGOCIO ILÍCITO.
En el asunto de las drogas no se puede caer en los extremos de legalizar o
prohibir, sino tener en cuenta particularidades de grupos humanos.

Ante la creciente tendencia de evaluar su legalización y los fenómenos que


implica un negocio de US153 mil millones al año, se debe tener en cuenta
más de 30 años de lucha mundial antidrogas. (Lea: Consumo de
estupefacientes por parte de estudiantes, tema para debatir).

De acuerdo con el estudio de la Universidad de la Sabana, ‘el régimen


internacional antinarcóticos: análisis crítico de la prohibición’, legalizar el
consumo de drogas como la cocaína, la heroína o la marihuana, tendrá
como consecuencia la caída de los precios y el recorte de beneficios de
los narcotraficantes. (Lea aquí: Alerta por coctel tóxico en las drogas
sintéticas).

“Hoy en día hay más de 16 millones de personas que consumen cocaína y más
de 170 millones que consumen marihuana,. con crecimientos sostenidos en
los últimos 10 años de un 13 y 17%, respectivamente”,dijo Alfonso Aza,
autor de la investigación.

Lo peor, es que los tratados internacionales que prohíben estas


sustancias carecen de coherencia farmacológica, pues consideran que
algunas de las drogas ilícitas son más peligrosas que la cocaína, la
heroína y la marihuana. (Lea tembién: Darían dosis mínima de marihuana a
adictos al bazuco en Bogotá).

“Casi todos los días aparecen nuevas sustancias que no están reglamentadas,
algunas con efectos muy parecidos a los de las drogas tradicionales, internet
ofrece nuevos canales de distribución difíciles de controlar, lo que amplía
interrogantes sobre el régimen internacional vigente contra los narcóticos”,
agregó Aza.

Los datos

El comercio de la cocaína produce dividendos por U$88 mil millones, el de la


heroína de U$55 mil.
Bolivia, Colombia y Perú siguen en primer lugar en producción de cocaína y
Afganistán de heroína.

El consumo de heroína pasó de 12,9 millones a 16,7 millones de consumidores


entre 1998 y el el 2012.

La legalización de la droga
Cabe preguntarse si valdría la pena abrir un debate sobre cómo incrementar la
efectividad de la lucha contra el flagelo.
Los cultivos clandestinos de marihuana siguen siendo un problema de Colombia en la guerra contra las
drogas. /Óscar Pérez
En los últimos meses, el debate sobre la legalización de la droga resucitó a medida
que intelectuales y políticos de América Latina apoyaban la idea de permitir la venta de
narcóticos. No es asunto nuevo. En los años 80 hubo controversia semejante y la
legalización se presentó como respuesta al ascenso del narcotráfico.
Sin embargo, las expectativas de tal giro fueron enterradas por dos duras realidades:
el salto en el consumo de cocaína en EE.UU. y Europa (que empujó a sus gobiernos a
enfatizar la necesidad de controlar la droga) y la capacidad de los carteles de generar
violencia y corrupción, que impulsó a países productores de América Latina a
declararles la guerra sin cuartel.
La pregunta, 25 años después, es si la lógica del tráfico de narcóticos y el entorno
internacional hacen más propicio el avance de la propuesta. Respuesta: la evolución
del mundo hace inconveniente y difícil la legalización.
Los partidarios de despenalizar la venta de drogas suelen presentar esta opción como
la única posible y dicen que la “guerra contra el narcotráfico” es un fracaso.
Su categórico juicio se sostiene sobre el argumento de que los narcóticos siguen
llegando a las calles de las grandes ciudades, pero ignora los éxitos que el control ha
cosechado cuando hay voluntad política para imponerlo. El mejor ejemplo es Colombia
que, según la ONU, redujo su producción de cocaína de 680 a 330 toneladas entre
2004 y 2010.
El problema reside en que habitualmente se evalúa la estrategia contra las drogas con
un nivel de exigencia superior al empleado para otras políticas públicas. Nadie se
atrevería a proponer la venta libre de armas con el pretexto de que su control no
impide que los traficantes continúen haciendo negocios con su venta ilegal. Sin
embargo, un razonamiento semejante parece válido para descalificar la política
antidrogas. En realidad, el planteamiento de que la “guerra contra la droga” no
funciona puede justificar una revisión de la estrategia para hacerla más eficaz, pero no
se puede usar para descalificar la prohibición.
Lo cierto es que el supuesto potencial de la despenalización para terminar con el
negocio de las mafias exigiría autorizar la venta legal de “drogas duras” como la
cocaína y la heroína. Las grandes ganancias del crimen organizado están en la venta
de este tipo de narcóticos. En consecuencia, si se plantea la legalización como la
solución para arrebatar a las mafias los enormes beneficios que obtienen del mercado
negro, la venta libre debería extenderse a sustancias con un potencial adictivo y un
impacto sobre la salud extraordinariamente dañino.
En este contexto, el miedo a que la legalización haga más accesible la droga y
provoque un incremento del número de adictos es una preocupación legítima. Los
partidarios de la despenalización ignoran esta posibilidad con el argumento de que no
existen precedentes de legalización, con lo que resulta imposible prever cómo se
comportaría el consumo. Pero la decisión de EE.UU. de prohibir la cocaína en 1914 y
la heroína años más tarde fue una medida de salud pública destinada a impedir que la
adicción cobrase dimensiones de epidemia incontrolable. No hay razones para pensar
que la legalización no conduzca de vuelta al punto de partida: drogas más accesibles
que facilitan la multiplicación del número de adictos.
Por otra parte, la legalización no significaría la total desaparición del mercado negro de
la droga. Los partidarios de acabar con la prohibición pasan por alto que incluso los
esquemas más abiertos de liberalización de la venta de narcóticos implicarían algún
tipo de restricción que automáticamente crearía un rentable negocio ilegal. La venta de
narcóticos a menores necesariamente estaría vedada, lo cual crearía las condiciones
para el mantenimiento de un negocio ilícito centrado en los jóvenes. Bajo tales
circunstancias, se mantendrían grupos mafiosos que las autoridades tendrían que
perseguir. El escenario no sería tan distinto de la prostitución, legal en los adultos,
pero perseguida y lucrativa en los menores.
La cuestión a considerar tiene que ver con los costes de la legalización. En los años
80, los partidarios de la despenalización podían alegar que el consumo era un
problema de los países ricos y el continente estaba librando una guerra que no era
suya. Sin embargo, la diferenciación entre países productores —los latinoamericanos
— y consumidores —EE.UU. y Europa— es cada vez más ficticia. En México, el
volumen de ciudadanos que afirmó haber probado la cocaína saltó del 1,2% al 2,4%
entre 2002 y 2008. El caso colombiano siguió un patrón similar.
Si se tiene en cuenta que la legalización podría acelerar la expansión del consumo, el
número de adictos a tratar representaría un reto sanitario de primer orden. El asunto
sería particularmente complejo en sociedades como las latinoamericanas que cuentan
con sistemas de salud débiles.
La paradoja es que el escenario internacional hace hoy más difícil la legalización que
en los años 80. Incluso los más radicales proponentes de la despenalización
reconocen que un paso de esta naturaleza debería ser una decisión global. Sin
embargo, a medida que la hegemonía de Washington declina y potencias emergentes
ganan influencia, alcanzar este consenso se hace más complejo. Más allá de que un
cambio en la política antidroga de EE.UU. parece remoto, los nuevos poderes
internacionales están más comprometidos a mantener la prohibición. De hecho, resulta
difícil de imaginar que China apoye la legalización si tradicionalmente ha condenado
los narcóticos como instrumento del imperialismo occidental para sojuzgar al país. Y
en los países islámicos la prohibición es un mandato religioso que será impuesto con
más rigor por los partidos fundamentalistas que están ascendiendo al poder en Oriente
Medio.
Finalmente, la pregunta sin resolver más importante sobre la despenalización del
comercio de drogas es la legitimidad de un cambio en esta dirección. Las encuestas
señalan que la mayoría de las sociedades están en contra de la legalización. De
hecho, un sondeo realizado por el Centro Nacional de Consultoría en noviembre de
2011 reveló que la oposición a esta medida superaba el 75% de los entrevistados en
Colombia, Perú, Bolivia y Venezuela. Desde esta perspectiva, los partidarios de
terminar la prohibición no pueden enarbolar la bandera de la democracia en su favor.
En consecuencia, cabe preguntarse si no valdría la pena dar menos relevancia a la
fútil discusión sobre la legalización y abrir un debate sobre cómo incrementar la
efectividad de la lucha contra la droga. Esta es la única opción realista y también la
que prefieren los ciudadanos.
La lucha contra las drogas
El desafío de la lucha contra las drogas ilícitas ha sido asumido por Colombia
especialmente con la estrategia de la guerra sin cuartel contra quienes participan en el
negocio.
Este modelo fue especialmente impulsado con el respaldo de Estados Unidos al Plan
Colombia, diseñado por la administración Pastrana.
No obstante, la presión social por las consecuencias de la guerra y los efectos de la
fumigación llevaron a que en los últimos años se intentara resolver el problema con el
método de la erradicación manual de cultivos.
* Profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes y
consultor en temas de seguridad.

¿Legalización de drogas en
colombia, un asunto de interés
politíco y socio-económico?
Tradicionalmente se ha hecho la diferenciación entre drogas
legales e ilegales
al referirse a las sustancias y compuestos tanto de origen natural -que tengan algún tipo de
procesamiento o no- como a las de origen sintético, que por su naturaleza tienen la capacidad de alterar
la percepción, la conducta y el estado de conciencia de las personas, y que pueden generar estados de
dependencia y abuso en los consumidores habituales.
Al hablar de drogas legales se da por entendido que son el alcohol y el tabaco, drogas cuya producción,
distribución y venta están reglamentadas por el Estado y su consumo es permitido, o al menos es
considerado una práctica social común. Cuando se mencionan drogas ilegales, habría necesariamente
que hacerlo bajo este mismo contexto, de lo contrario, tendríamos que referirnos a ambos tipos de drogas
con el denominador común que es el de sustancias psicoactivas, que se aplica a cualquier sustancia o
compuesto que puede inducir cambios fisiológicos, neurológicos y psicológicos en aquellas personas que
los consumen con fines no terapéuticos y que debido a su gran potencial de abuso han sido objeto de
regulaciones a nivel internacional, como lo ha hecho la JIFE o Junta Internacional Fiscalizadora de
Estupefacientes.
La denominación de sustancias psicoactivas resulta pertinente entonces cuando se quiere hacer un
análisis desde el ámbito de la Salud Pública, donde prevalece es la prevención del consumo de estas
drogas, sean de tipo legal o ilegal, dados los efectos perjudiciales y nocivos asociados a su uso agudo y
crónico, ampliamente descritos en la literatura científica. Igualmente, es desde la Salud Pública que se
han estudiado las prevalencias de consumo, cada vez mayores en la población, especialmente en niños y
adolescentes y la exposición a comportamientos de riesgo y actos delincuenciales cometidos bajo el
efecto de las sustancias psicoactivas.
El asunto de la legalidad de las drogas, nos lleva a un plano diferente al anterior, pues parecen primar son
los aspectos de tipo social, político y económico, apreciación que resulta después de leer la noticia
publicada en días pasados sobre un proyecto de ley del Ministerio de Justicia en Colombia para legalizar
las que hasta ahora han sido consideradas drogas ilegales, incluidas también las drogas de síntesis,
como las anfetaminas.
El comercio de drogas legales ha sido desde hace muchos años en Colombia una fuente importante de
ingresos públicos; incluso se han constituido empresas estatales cuya finalidad comercial es
precisamente la venta de los licores, y se han adoptado medidas de tipo político y económico para
proteger los monopolios de algunas de estas drogas legales en determinadas regiones del país. Por otro
lado, se utilizan de manera muy frecuente imágenes publicitarias de productos cuya composición principal
es el alcohol para la promoción de todo tipo certámenes, algunos de ellos, para proyectar a nivel
internacional nuestra ciudad, departamento o país.
La legalización de las drogas ilegales puede ser vista entonces como una oportunidad política, donde los
aspectos sociales y económicos giran alrededor de un asunto de regulación de mercados, y que puede
crear una falsa conciencia en la sociedad general sobre la permisividad del consumo de estas drogas, tal
como lo expresaba el expresidente César Gaviria Trujillo “Es infortunado que se hable tanto de
legalización, porque esa es una expresión facilista y libertaria, que puede interpretarse como que las
drogas no hacen daño, que no requieren controles o que la gente tiene derecho a hacerle daño a su
salud...”

OCHO ARGUMENTOS EN CONTRA

Tal como señala la subdirectora del diario El País, Berna González, en un artículo publicado en
ese diario el pasado 1 de octubre, el argumento de que “ya que eliminar la drogodependencia
es imposible, legalicémosla”, no es la mejor opción.

De su artículo ‘El error de legalizar la venta de drogas’, en el que recuerda que los capos de la
droga mueven “un negocio ilegal de más de 250.000 millones de dólares al año y que abastece
a 250 millones de usuarios en el mundo”, se pueden extraer ocho argumentos para no legalizar
las drogas.

1. Es del todo impensable “una sociedad indiferente que admita la posibilidad de ver destruirse
a una buena parte de sus miembros de forma legal”.

2. La regulación de las drogas a nivel mundial no podrá evitar “las fórmulas ilegales (mafias)
que hagan llegar la droga a los menores, por ejemplo”.

3. Aunque se llegara a un consenso sobre ejercer un férreo control estatal sobre el tráfico de
drogas, esto “no podrá ser afrontado por la mayoría de países, con gobiernos débiles y escasos
recursos para imponerlo”.

4. El Informe Mundial de 2010 de la Oficina contra la Droga y el Delito de Naciones Unidas


muestra “buenas noticias en la lucha contra la producción y el consumo de sustancias”. Y es
que “la superficie total del cultivo de cocaína ha caído un 13% desde 2007” . Esto se debe en
gran parte a la “eliminación del 58% de los cultivos de Colombia”.

Así, Estados Unidos “ha reducido el consumo al ritmo en que se destruían plantaciones en
Colombia”. Hay que recordar que EE. UU. es el mayor comprador de cocaína a este país. De
10,5 millones de consumidores que tuvo en los ochenta ha pasado a 5,3 millones en 2008.

Por el contrario, Europa, que se abastece de cocaína en Perú y Bolivia, duplicó sus
consumidores de 2 a 4,1 millones en diez años.

5. El Plan Nacional de Drogas en España pasó del Ministerio de Interior al de Sanidad en 2004.
Desde entonces, ese paso de compartir un control policial con un enfoque sanitario y de
prevención ha bajado las cifras de consumo en España.

“El consumo de cannabis cayó del 11,2 al 9,2 de cada 100 adultos que lo han consumido en el
último año. Del 36,6% al 29,8% en menores”, cita Berna González en su artículo.

Es decir, “la combinación de la represión […] y la prevención del consumo, la educación para
aumentar la percepción del riesgo entre la población, dan frutos innegables”, añade.
6. En ese sentido, “ningún Gobierno puede claudicar anta una lacra que contribuye con fiereza
al fracaso escolar, que perjudica la salud y que sume a una buena proporción de la población
en la apatía social”.

7. Las drogas, pues, “no son sujetos de derecho, merecedores de un tratamiento de igualdad
que cimiente su lucha por una legalidad universal”. Al mismo tiempo, “tampoco drogarse parece
que sea un derecho reconocido en Cartas ni Constituciones”.

8. Por último, la subdirectora de El País concluye señalando que “si hay una colisión entre dos
utopías”, es decir entre los partidarios de legalizar las drogas y los de prohibirlas para acabar
con el problema, “la obligación de los Gobiernos debe ser navegar en el rumbo hacia la que
garantice mejor la salud e integridad de su población”.

Integrar  es el proceso recíproco del de derivar , es decir, dada una

función  f(x), busca aquellas funciones  F(x)  que al ser derivadas conducen

a f(x).

Se dice, entonces, que  F(x) es una primitiva o antideriva da de f(x) ; dicho

de otro modo las  primitivas de f(x)  son las  funciones derivable s

F(x) tales que:

F'(x) = f(x) .

Si una función f(x) tiene primitiva, tiene  infinitas primitivas ,

diferenciándose todas ellas en una constante .

[F(x) + C]' = F'(x) + 0 = F'(x) = f(x)

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