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Universidad Nacional de Córdoba

Facultad de Ciencias Económicas

Resumen
Historia Económica y Social

Año 2019

Federico Castello Rojo


UNIDAD 1: ASPECTOS METODOLÓGICOS DE LA HISTORIA ECONÓMICA

North, Douglass: Desempeño económico en el transcurso de los años:

El objetivo de las investigaciones en el campo de la historia económica no sólo es hacer que el pasado económico sea
más claro, sino también contribuir a la teoría económica al proporcionar un marco analítico que nos permita entender el
cambio económico. Una teoría de la dinámica económica comparable en su precisión a la teoría general del equilibrio
sería la herramienta de análisis ideal. Al no existir dicha teoría, podemos describir las características de economías
pasadas, examinar el desempeño de la economía en diferentes momentos y llevar a cabo un análisis de estática
comparada, pero faltaría un entendimiento analitico de la manera en que evolucionan las economías.
Una teoría de la dinámica económica es fundamental para el campo del desarrollo económico. No es un secreto el
porqué este campo no ha logrado desarrollarse: la teoría neoclásica es sencillamente una herramienta inadecuada para
analizar y prescribir políticas que induzcan el desarrollo. Se preocupa por la operación de los mercados mas no de
cómo estos se desarrollan. ¿Cómo puede prescribir políticas sin entender la manera en que se desarrollan las
economías? Son precisamente los métodos utilizados por los economistas neoclásicos los que han impuesto el tema y
los que han militado en contra del desarrollo. Esa teoría, en la forma prístina que le otorgó precisión matemática y
elegancia, modeló un mundo sin fricciones y estático. Al aplicarla a la historia y el desarrollo económicos, se centró en
el desarrollo tecnológico y más recientemente en inversiones de capital humano, pero hizo de lado la estructura de
incentivos presente en instituciones que determinan el grado de inversión social en dichos factores (tecnología y capital
humano). En el análisis del desempeño económico a lo largo de los años, esa teoría incluyó dos supuestos erróneos: 1)
que las instituciones no tienen importancia, 2) que el tiempo no importa.
Este ensayo es sobre instituciones y tiempo. No ofrece una teoría de la dinámica económica que se pueda comparar con
la teoría del equilibrio general. No contamos con semejante teoría. Más bien, proporcionamos el andamiaje inicial de
un marco analítico capaz de aumentar nuestra comprensión de la evolución histórica de las economías y una guía para
las políticas en su tarea constante de mejorar el desempeño económico de las economías. El marco analítico es una
modificación de la teoría neoclásica. Conserva el supuesto básico de escasez y por ende competencia, y las
herramientas analíticas de la teoría microeconómica. Pero modifica el supuesto de racionalidad y añade la dimensión
del tiempo.
Las instituciones forman la estructura de incentivos de una sociedad y, por tanto, las instituciones políticas y
económicas son las determinantes fundamentales del desempeño económico. El tiempo es la dimensión en la cual el
proceso de aprendizaje de los humanos conforma la manera en que se desarrollan las instituciones. Esto es, las
creencias que mantienen los individuos y que determinan sus preferencias son consecuencia de su aprendizaje a lo
largo del tiempo, y no sólo del lapso de vida de un individuo o de una generación; son el aprendizaje incorporado,
acumulativo en el tiempo y transmitido de una generación a otra por la cultura de cada sociedad.
Las instituciones son imposiciones creadas por los humanos y estructuran y limitan sus interacciones. Se componen de
imposiciones formales (por ejemplo, reglas, leyes, constituciones), informales (por ejemplo, normas de
comportamiento, convenciones, códigos de conducta autoimpuestos) y sus respectivas características impositivas. En
conjunto, definen a la estructura de incentivos de las sociedades, y específicamente de las economías.
Las instituciones y la tecnología utilizada determinan los costos de las transacciones y las transacciones que se suman a
los costos de producción. El resultado neoclásico de mercados eficientes sólo se obtiene cuando las transacciones no
tienen costo. Sólo según condiciones de negociación sin costo los actores llegarán a la solución que maximiza el
ingreso agregado, independientemente de los arreglos institucionales. Cuando negociar sí tiene un costo, las
instituciones cobran importancia. En un estudio empírico se demostró, que en 1970, el 45% del PIB estadounidense se
dedicaba al sector de transacciones.
Los requisitos informativos e institucionales para alcanzar mercados eficientes son estrictos. Los jugadores no sólo
deben tener objetivos; deberán asimismo conocer la manera correcta de lograrlos. ¿Pero cómo saben los jugadores la
manera correcta de lograr sus objetivos? La respuesta desde la perspectiva de la racionalidad es que, a pesar de que los
actores pueden tener modelos inicialmente distintos y erróneos, el proceso informativo de retroalimentación y los
árbitros corregirán el comportamiento descarriado y llevarán a los jugadores sobrevivientes a corregir modelos.

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Un requisito incluso más riguroso del modelo de la disciplina del mercado competitivo es que, cuando existen costos de
transacción significativos, las consiguientes instituciones del mercado se diseñarán para inducir a los actores a adquirir
información esencial que les llevará a corregir sus modelos. La implicación es no sólo que las instituciones se planean
con el fin de obtener resultados eficientes, sino que pueden ignorarse en un análisis económico puesto que no tienen
una función independiente en el desempeño económico.
Estos son requisitos estrictos que sólo se complen excepcionalmente. Los individuos por lo general actúan con base en
información incompleta y con modelos que con frecuencia son erróneos; la realimentación de la información es por lo
general insuficiente. Las instituciones no son creadas con el fin de ser socialmente eficientes; más bien, éstas son
creadas para servir a los intereses de quienes tienen el poder de negociación para crear nuevas reglas. En un mundo de
transacciones de costo cero, el poder de negociación no afecta a la eficiencia de los resultados, pero un mundo de
costos positivos, sí afecta.
Es excepcional encontrar mercados económicos que se aproximen a las condiciones necesarias para lograr la eficiencia.
Es imposible encontrar mercados políticos que lo hagan. En el pasado y hoy, los mercados económicos son
característicamente imperfectos y están agobiados por altos costos de transacción.
El medir y hacer valer los acuerdos en mercados políticos es mucho más complejo. Lo que se intercambia (entre
electores y legisladores en una democracia) son promesas por votos. El votante difícilmente busca informarse porque la
probabilidad de que su voto personal sea decisivo es muy escasa; además, la complejidad de los problemas produce una
incertidumbre genuina. La ejecución de acuerdos políticos está plagada de dificultades. La competencia es mucho
menos efectiva que en los mercados económicos. El elector puede estar informado, pero más allá de temas claros de
política, sobreviene el estereotipo ideológico. Es la organización política la que define y hace valer los derechos de
propiedad y, por consiguiente, no es de sorprender que los mercados económicos eficientes sean excepcionales.
Es la interacción entre las instituciones y organizaciones la que da forma a la evolución institucional de una economía.
Si las instituciones son las reglas del juego, las organizaciones y sus empresarios son los jugadores. Las organizaciones
se conforman de grupos de individuos unidos por un propósito común con el fin de lograr ciertos objetivos.
Se crean organizaciones que reflejan las oportunidades ofrecidas por la matriz institucional. Esto es, si el marco
institucional premia la piratería, surgirán entonces organizaciones pirata; y si el marco institucional premia las
actividades productivas, surgirán organizaciones -empresas- que se dediquen a actividades productivas.
El cambio económico es un proceso ubicuo, progresivo e incremental que es, a su vez, consecuencia de las decisiones
que, de manera individual, toman día a día los actores y empresarios de las organizaciones. Mientras que la gran
mayoría de estas decisiones son de rutina, algunas traen consigo la alteración de “contratos” existentes entre individuos
y organizaciones. Las modificaciones surgen porque los individuos perciben que les podría ir mejor si reestructuran los
intercambios (políticos o económicos). La fuente de estos cambios de percepción puede ser exógena a la economía.
Pero la fuente de cambio más fundamental en el largo plazo es el aprendizaje de los individuos y los empresarios de
organizaciones.
La velocidad del cambio económico es una función del ritmo de aprendizaje, pero la dirección de dicho cambio es
función de las retribuciones esperadas al adquirir diferentes tipos de conocimientos. Los esquemas mentales que
desarrollan los jugadores conforman sus percepciones sobre las retribuciones.
Es preciso desmantelar el supuesto de racionalidad subyacente en la teoría económica para poder acercarnos de manera
constructiva a la naturaleza del aprendizaje humano. La historia nos muestra que las ideas, ideologías, mitos, dogmas y
prejuicios son importantes; y es preciso comprender la manera en que evolucionan para lograr mayores avances en el
desarrollo de un marco de referencia para entender el cambio social. El marco de decisión racional supone que los
individuos saben qué los beneficia y actúan con base en ese conocimiento. Esto puede ser cierto en el caso de
individuos que toman decisiones en los mercados muy desarrollados de las economías modernas, pero es falso cuando
toman decisiones en condiciones de incertidumbre -que son las condiciones que han caracterizado las decisiones que
modelaron el cambio histórico-.
El marco analítico que debemos construir deberá basarse en la comprensión de cómo se da el aprendizaje humano. El
aprendizaje implica desarrollar una estructura por medio de la cual se interpretan las diferentes señales que reciben los
sentidos. La arquitectura inicial de dicha estructura es genética, pero los andamios subsiguientes son el resultado de las
experiencias de cada individuos. Estas experiencias se pueden clasificar en dos tipos: las provenientes del medio físico
y las que provienen del sociocultural y lingüístico. Las estructuras consisten en categorías -clasificaciones- que

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gradualmente evolucionan desde la más temprana niñez para organizar nuestras percepciones y nos mantienen
informados sobre nuestra memoria de resultados analíticos y experiencias. Al construir sobre estas clasificaciones,
formamos modelos mentales que explican e interpretan el medio. Tanto las categorías como los modelos mentales
evolucionan, reflejando la retroalimentación que se deriva de nuestras experiencias: retroalimentación que en ocasiones
refuerza nuestras categorías y modelos iniciales o que puede llevar a modificaciones -en breve, a aprender-. Así, los
modelos mentales pueden redefinirse continuamente con nuevas experiencias, incluyendo el contacto con las ideas de
otros.
Una herencia común facilita la reducción de las divergencias entre modelos mentales que tienen los miembros de una
sociedad, y es asimismo el medio para la transferencia de percepciones unificadoras de generación en generación.
Las estructuras de creencias son transformadas por las instituciones en estructuras sociales y económicas. La relación
entre los modelos mentales y las instituciones es íntima. Los modelos mentales son las representaciones internas que
los sistemas cognoscitivos individuales crean para interpretar el medio; las instituciones son los mecanismos externos
(a la mente) que crean los individuos para estructurar y ordenar el medio.
No hay garantía de que las creencias y las instituciones que evolucionan a lo largo del tiempo produzcan crecimiento
económico.
La clave es el tipo de aprendizaje que los individuos en una sociedad adquirieron con el tempo. El tiempo implica no
sólo experiencias y aprendizaje actual, sino también la experiencia acumulada de generaciones pasadas que está
plasmada en la cultura. El aprendizaje colectivo consta de las experiencias que han pasado la lenta prueba del tiempo y
están incorporadas en nuestro lenguaje, instituciones, tecnología y forma de hacer las cosas. El conocimiento actual de
cualquier generación se da dentro del contexto de las percepciones derivadas del aprendizaje colectivo. El aprendizaje
es, entonces, un proceso que va en aumento, filtrado por la cultura de una sociedad que determina las ganancias
percibidas, pero no hay garantía de que esa experiencia acumulada en el pasado por una sociedad necesariamente la
preparará para resolver nuevos problemas. Las sociedades que se “atascan” incluyen sistemas de creencias e
instituciones que no logran enfrentar y resolver nuevos problemas socialmente complejos.
El proceso de aprendizaje parece ser una función de: 1) la forma en la que una estructura dada de creencias filtra la
información que se deriva de las experiencias, y 2) las diferentes experiencias que los individuos y sociedades deben
enfrentar en diferentes momentos.
Los incentivos para adquirir conocimiento puro, base imprescindible del crecimiento económico moderno, son
afectados por recompensas y castigos monetarios; también son influidos fundamentalmente por la tolerancia, por parte
de la sociedad, de avances creativos. Un factor primordial en el desarrollo de Europa Occidental fue la percepción
gradual de la utilidad de la investigación en ciencia pura.
Los incentivos que forman parte de los sistemas de creencias, expresados en instituciones, determinan el desempeño
económico a lo largo del tiempo.
¿Qué es lo que puede contribuir a un enfoque institucional-cognoscitivo para mejorar nuestra comprensión del pasado
económico? En primer lugar, no hay nada automático respecto a la evolución de las condiciones que permiten
transacciones de bajo costo en los mercados impersonales que son fundamentales a las economías productivas. La
teoría de los juegos caracteriza este problema: los individuos por lo general descubren que vale la pena cooperar con
otros en intercambios cuando el juego se repite, cuando tienen información completa sobre el desempeño anterior de
los otros jugadores y cuando son pocos jugadores. La cooperación es difícil de mantener cuando el juego no se repite (o
hay un juego final), cuando la información acerca de los otros jugadores es deficiente y cuando hay muchos de ellos.
Crear instituciones que alteren las relaciones de costo-beneficio en favor de la cooperación en intercambios
interpersonales es un proceso complejo porque no sólo implica la creación de instituciones económicas, sino que
precisa que éstas sean sostenidas por instituciones políticas adecuadas.
El notable desarrollo de Europa Occidental a partir de un retraso relativo del siglo X a la hegemonía económica
mundial del siglo XVIII es la historia de un sistema de creencias que evoluciona gradualmente en el contexto de la
competencia entre unidades políticas y económicas fragmentadas que produjeron instituciones económicas y
estructuras políticas, que a su vez produjeron el crecimiento económico moderno. E incluso dentro de Europa
Occidental hubo éxitos (los Países Bajos e Inglaterra) y fracasos (España y Portugal).
En segundo lugar, el análisis institucional-cognoscitivo debe de explicar la dependencia de la trayectoria de una de las
notables constantes de la historia: ¿Por qué, una vez que se está en una trayectoria de crecimiento o de estancamiento,

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las economías tienden a persistir en ella? El supuesto de racionalidad de la teoría neoclásica parecería sugerir que los
empresarios políticos en las economías estancadas podrían sencillamente alterar las reglas y cambiar la dirección de las
economías fracasadas. No es que los gobernantes no hayan estado conscientes de desempeños pobres. Más bien, la
dificultad de cambiar la dirección de las economías es una función de la naturaleza de los mercados políticos y, comos
sustento de lo anterior, de los sistemas de creencias de los actores.
En tercer lugar, este enfoque contribuirá a nuestra comprensión de la compleja interacción entre instituciones,
tecnología y demografía en el proceso global de cambio económico. Una teoría completa de desempeño económico
incluiría un enfoque integrado sobre la historia económica.
No podemos dar cuenta del auge y ocaso de la Unión Soviética y del comunismo mundial con la herramientas del
análisis neoclásico, pero deberíamos poderlo hacer utilizando un enfoque institucional-cognoscitivo a los problemas
actuales del desarrollo. Para hacerlo -y para ofrecer un marco analítico que nos permita comprender el cambio
económico- debemos considerar las siguientes implicaciones de este enfoque:
1. Es la mixtura de reglas formales, normas informales y características de implantación, lo que modela el
desempeño económico. Si bien las reglas pueden cambiarse de la noche a la mañana, las normas informales por
lo general sólo cambian de modo gradual. Puesto que son las normas las que dan “legitimidad” a un conjunto
de reglas, el cambio revolucionario nunca lo es tanto como desearían sus proponentes, y el desempeño será
diferente de lo esperado. Y las economías que adopten las reglas formales de otra economía tendrán
características de desempeño muy diferentes a las de la primera debido a las diferencias en sus normas
informales y en la implantación. La implicación es que transferir las reglas políticas y económicas formales de
las exitosas economías de mercado de Occidente a economías del Tercer Mundo y Europa del Este no es
condición suficiente para un buen desempeño económico. La privatización no es una panacea para corregir un
desempeño económico pobre.
2. Las organizaciones políticas modelan el desempeño económico porque definen e implantan las reglas
económicas. Por lo tanto, parte fundamental de una política de desarrollo es la creación de organizaciones
políticas que a su vez crean y hacen cumplir los derechos de propiedad eficientes. Sin embargo, sabemos muy
poco sobre cómo crear esas organizaciones porque la nueva economía institucional aplicada a la política ha
estado mayormente enfocada en los Estados Unidos y organizaciones políticas desarrolladas.
3. La clave para el crecimiento de largo plazo es la eficiencia de adaptación más que la distribución. Los sistemas
políticos y económicos de éxito han desarrollado estructuras institucionales flexibles que pueden sobrevivir a
las sacudidas y cambios que son parte del desarrollo próspero. Pero estos sistemas han sido producto de una
larga gestación. No sabemos cómo crear eficiencia de adaptación en el corto plazo.

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UNIDAD 2: LOS PROCESOS DE CAMBIO

North, Douglass: Estructura y cambio en la Historia Económica:

La primera revolución económica:

Durante más de un millón de años, desde que los hombres y mujeres se distinguieron de otros animales, recorrieron la
tierra cazando y recolectando plantas. La evidencia disponible, aunque escasa, deja en claro que el hombre paleolítico
tenía un estilo de vida que le diferenciaba de los animales inferiores, aunque como ellos, su capacidad para sobrevivir
estaba influida por los caprichos de la naturaleza. Los hombre vivían en grupos pequeños o tribus; las cuevas, algunas
veces simplemente el aire libre, fueron sus lugares de vivienda. Los grupos humanos tenían que estar preparados para
trasladarse cuando hubieran agotado el suministro animal o vegetal en una zona determinada.
Durante esta larga era de caza y recolección se desarrollaron muchas variedades de cultura y estilos de vida humana.
Las pinturas de animales y escenas de cazas todavía perduran en las paredes de las cuevas. Los arqueólogos han
encontrado herramientas y armas grabadas o esculpidas con diseños animales o florales; y los lugares de enterramiento
sugieren que el hombre prehistórico estuvo preocupado por la existencia de otra vida después de la muerte. A pesar de
estas realizaciones artísticas, el hombre vivió mucho tiempo como los otros animales, tomando de la naturaleza lo que
podía matar o recolectar. Los límites de su sustento estaban fijados por una base de recursos que todavía no podía
mejorar; podía existir solamente gracias a las reservas biológicas de la tierra.
Hace aproximadamente diez mil años los seres humanos empezaron a desarrollar una agricultura sedentaria; para
obtener alimentos criaron y guardaron en rebaños a los animales y cultivaron las plantas. El resultado de desarrollar la
capacidad y habilidad para incrementar la base de recursos constituyó una revolución económica fundamental. La
transición que tuvo lugar desde la caza y la recolección hasta la agricultura sedentaria, que el arqueólogo V. Gordon
Childe denominó la Revolución Neolítica, modificó fundamentalmente la tasa de progreso de los seres humanos. Ello
condujo a una enorme aceleración en el proceso de aprendizaje, que explica el extraordinario desarrollo que ha tenido
lugar en los últimos, digamos, diez minutos de la historia cronológica del hombre en contraste con las veintitrés horas y
cincuenta minutos anteriores.
Antes de examinar esta primera revolución económica, es preferible esquematizar la evidencia significativa, y
generalmente aceptada, sobre el pasado prehistórico del hombre.
1. El desarrollo de la agricultura sedentaria tuvo lugar hace aproximadamente diez mil años, pero el hombre se
diferenció de los animales hace más de un millón de años. La tasa de progreso material del hombre se ha
acelerado espectacularmente desde el desarrollo de la agricultura.
2. Este desarrollo parece haber ocurrido de forma independiente y en diferentes momentos, en áreas como el
“Creciente Fértil”, Meso-América, Perú, el norte de China y otras.
3. La generalización de la agricultura llevó miles de años. La tasa de difusión a lo largo de Europa parece tener
como media sólo, aproximadamente, un kilómetro por año.
4. Antes del desarrollo de la agricultura. el hombre había empezado a explotar una fuente alimentaria más amplia.
Los animales más grandes jugaban un papel cada vez menor en la dieta humana, y en cambio, los animales
pequeños, las aves, los mariscos, los caracoles, las nueces y las semillas, iban creciendo en importancia como
bases de la dieta alimentaria. Esta explotación se denominaba la Revolución del Amplio Espectro.
5. La población humana aumentó y el hombre emigró hacia nuevas regiones; lo más espectacular fue su
movimiento migratorio hacia el Nuevo Mundo y Australia.

Las condiciones que explican la Primera Revolución Económica. El propósito de este modelo es obtener las
condiciones bajo las cuales el recurso escaso de la banda, trabajo, transforma su ocupación tradicional de caza y
recolección y se dedica a la agricultura. El modelo asume que el principal recurso de la banda es el trabajo de sus
miembros. La banda puede elegir cómo emplear su trabajo para producir los bienes y servicios deseados. Intentará
asignar los recursos de manera que se maximice el valor del recurso escaso, el trabajo, y de ese modo, el bienestar
económico del grupo. En ausencia de un mercado que determine los precios relativos de las dos clases de productos

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(caza/recolección o agricultura), las preferencias de la banda establecerán estas valoraciones relativas. Supongo que
dichas preferencias permanecieron inalteradas. Así, el producto marginal del trabajo o la curva de oportunidades en
cada actividad se convierte en la variable crucial para la determinación de las cantidades de trabajo asignadas por la
banda a los dos sectores considerados.

El modelo asume que la fuerza de trabajo es


fija. El valor del trabajo en el sector caza es
la curva de producto marginal del trabajo en
la caza. Supongamos también que el stock
de recursos naturales está determinado
biológicamente y, por lo tanto, sujeto a
rendimientos decrecientes a medida que el
esfuerzo de casa aumenta. Así, el valor del
producto marginal en la caza se presentará
gráficamente como decreciente tras un
período de rendimientos constantes. El
sector agrícola, que refleja la abundancia de
tierras disponible para este propósito en ese
momento, exhibe rendimientos constantes a
escala para unidades adicionales de trabajo.
La demanda total efectiva que realiza la banda puede representarse como la línea continua del gráfico.
El hombre dedicaría sus esfuerzos de forma exclusiva a la caza, si el valor del producto marginal del trabajo en el
sector caza, después de emplear plenamente todo el trabajo disponible, todavía estuviera por encima del valor del
producto marginal de la primera unidad de trabajo en la agricultura. Esto ocurriría si el tamaño de la fuerza laboral
fuese igual o menor que Qc.
Suponiendo que, durante un período de tiempo, el tamaño de la fuerza de trabajo permanece por debajo de Qc, sólo hay
entonces dos cambios paramétricos que podrían ocasionar la resignación de la casa a la agricultura. El primero sería el
desplazamiento hacia la izquierda y hacia abajo de la curva del valor del producto marginal del trabajo en la caza, que
reflejaría una caída general de la productividad en ese sector. Si se produjera dicho cambio, la banda reasignaría hacia
el trabajo agrícola aquella porción de la fuerza laboral previamente ocupada en la caza, cuyo ​output ​quedaría ahora por
debajo de lo que producirían si se les emplease en agricultura. Este resultado implica también una caída del nivel
general de vida de la banda.
Un segundo cambio paramétrico que reasignaría trabajo de la caza a la agricultura consiste en un desplazamiento hacia
arriba de la curva del valor de la productividad marginal en el sector agricultura, lo que refleja un incremento en la
productividad del trabajo en este sector. Un desplazamiento de esta naturaleza tendría alguno de los mismos efectos
descritos más arriba: la productividad de una parte de la fuerza laboral previamente empleada en la caza sería ahora
mayor si se reasignase a la agricultura y, por lo tanto, se produciría una transferencia de trabajo. Sin embargo, el nivel
general de vida de la banda, en este caso, aumenta. Si los cambias paramétricos señalados se produjeran con la
suficiente intensidad, el resultado sería una transferencia total del trabajo desde la caza a la agricultura. Si permitimos
ahora que la fuerza laboral crezca, mientras que mantenemos las curvas de oportunidades de producción constantes en
los dos sectores, el resultado final sería necesariamente, más pronto o más tarde, un desplazamiento del trabajo hacia la
agricultura. Necesariamente en un determinado momento, si la población continuara creciendo y dado que todos los
incrementos de trabajo se asignan a la agricultura, este sector llegaría a dominar la vida económica.
En definitiva, hay tres cambios que pueden explicar la transición de una economía de caza a una agrícola: la caída en la
productividad del trabajo en el sector caza, el aumento de la productividad del trabajo en la agricultura o la expansión
sostenida del tamaño de la fuerza laboral.

Los arqueólogos han adelantado un número de explicaciones para dar cuenta del paso de la caza a la agricultura. Cada
una de ellas ofrece una interpretación de esta transición que puede explicarse en términos del modelo anterior; pero
ninguna de ellas es completamente satisfactoria.

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1. V. Gordon Childe mantiene que con la recesión de la última era glacial el clima cambió radicalmente. La teoría
de Childe descansa un un cambio del medio ambiente que produjo un declive en la base de recursos naturales
incluyendo la extinción de los animales. Un decremento de la base de recursos naturales sugiere un declive en
la productividad del trabajo empleado en la caza y, a su vez, implica que el hombre ha de adquirir para
sobrevivir un mayor control sobre los recursos residuales. En el proceso, el hombre aprendió como incrementar
la productividad de su trabajo en la agricultura, forzando a ello por la reducción de sus oportunidades de caza.
La explicación dada por Childe consiste en un desplazamiento hacia la izquierda del VPMgC (valor del
producto marginal en la caza) para que cierta parte de la población ganara con el cambio de actividad y se
conviertiese en agricultora.
2. Una segunda teoría, denominada teoría de la zona-nuclear, ha sido defendida por Robert J. Braidwood. La
teoría de la zona nuclear descansa en el punto de vista del desarrollo cultural en el que los hombres llegaron
gradualmente a conocer mejor a los animales y a las plantas de su entorno. La explicación de Braidwood
consiste en un desplazamiento hacia arriba de VPMgA (la curva del valor del producto marginal en la
agricultura). Braidwood insiste en que el hombre no adquirió repentinamente un conocimiento profundo de las
plantas y los animales, sino que el aprendizaje fue gradual e inevitable. Braidwood omite, sin embargo, la
explicación del nexo causal que origina el camino.
3. Estas dos teorías no consideran el crecimiento demográfico como una parte integral de la explicación de la
transición humana hacia la agricultura. Sí lo tiene en cuenta una tercer teoría de Lewis R. Binford y elaborada
posteriormente por Kent Flannery. En esta teoría, la expansión demográfica, vía inmigración, presiona sobre la
base de recursos y crea la competencia por la supervivencia entre grupos rivales. Binford sugiere que, en
determinadas áreas, la presencia de grupos socioculturales diferentes produce un cierto desequilibrio:
“Desde el punto de vista de la población que se encuentra ya en la zona, la intrusión de grupos inmigrantes
alteraría el sistema de equilibrio de densidad existente y podría elevar la densidad de la población hasta el
nivel en el que deberíamos esperar la presencia de rendimientos decrecientes en los recursos alimentarios.
Esta situación serviría para que los grupos ya establecidos sintieran notablemente la presión de grupos
inmigrantes, presión favorable, ya que se traduciría en un aumento de la productividad. Existirían fuertes
presiones selectivas que favorecerían el desarrollo de técnicas de subsistencia más eficientes por parte de
ambos grupos.”
Flannery elabora la explicación de Binford, y atribuye los cambios en los patrones de caza y recolección a la
presión demográfica: el hombre pasó de cazar grandes mamíferos a domesticar animales más pequeños y, con
el tiempo, de la recolección al desarrollo de la agricultura. La explicación de Binford y Flannery consiste en
una expansión demográfica más allá de Qc y, como resultado, se produce el desplazamiento hacia la agricultura
de una parte de la población. Sin embargo, adolece de una teoría demográfica en la que basar su explicación y
tampoco proporciona ninguna justificación de por qué la expansión demográfica condujo al desarrollo de la
agricultura.

El modelo aquí presentado supone que cuando al hombre prehistórico se le presentó la elección entre dos alternativas,
intentó elegir aquella que le produjese un mayor nivel de satisfacción y bienestar. Estas decisiones elevaron el nivel
material de vida de la banda y consecuentemente incrementaron sus oportunidades de supervivencia respecto a las
demás. Las bandas que seleccionaron la alternativa “correcta”, bien de forma consciente o fortuita, se vieron
favorecidas por un proceso de selección natural. Otros grupos, que inicialmente adoptaron acciones diferentes y, por lo
tanto, obtuvieron peores resultados, se vieron forzados con el paso del tiempo a copiar técnicas productivas de sus
rivales mejor dotados, o desaparecieron en el proceso histórico. La escasez de los recursos garantiza la competencia, la
que a su vez garantiza que el proceso de selección hará aparecer un comportamiento observable conforme a la hipótesis
de maximización de la riqueza; incluso si éste no es un resultado de acciones deliberadas.
Como ha postulado el modelo de equilibrio simple de estática comparativa presentado más arriba, el hombre
prehistórico tenía dos maneras básicas alternativas de emplear su trabajo. Aquellas bandas que eligieron la alternativa
que maximizaba el valor de la producción, se vieron a la larga más favorecidas que las que erraron en la elección
productiva. El modelo de equilibrio-comparativo es, por lo tanto, aceptable hasta ahora. Este modelo es, sin embargo,
incompleto para nuestros propósitos, ya que no considera explícitamente la naturaleza de los derechos de propiedad con

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los que convivió el hombre prehistórico; ni tampoco incluye ninguna hipótesis demográfica. Dado que la estructura
existente de derechos de propiedad encauza la conducta económica del hombre, al individuo le puede interesar
comportarse de manera diferente bajo dos conjuntos de derechos de propiedad distintos.
Los recursos naturales, tanto los animales que había para cazar como la vegetación que existía para su recolección,
fueron inicialmente de propiedad común. Esta forma de derechos de propiedad implicaba el libre acceso a los recursos
por parte de todos. Los economistas están familiarizados con la proposición de que el libre accesoa una base de
recursos conduce a su utilización ineficiente. Cuando la demanda de este recurso aumenta, esta ineficacia lleva a la
larga al agotamiento del recurso. Este agotamiento puede adoptar la forma, en el caso de un recurso renovable, de una
reducción del stock biológico por debajo del nivel requerido para garantizar un rendimiento sostenido.
Este caso es un ejemplo del fallo de un sistema de incentivos, fallo generado por una inadecuación cultural o
institucional (derechos de propiedad). El individuo o banda se halla en presencia de un incentivo para ignorar ciertos
costes, lo que conduce a la sobreutilización del recurso y quizá incluso a poner en peligro la propia existencia futura de
dicho recurso.
Permítanme examinar la situación en la que varias bandas compiten por los mismos animales migratorios aceptando
como propiedad común. Los animales tienen un valor para las bandas solamente después de ser capturados. La banda
tiene entonces el incentivo para explotar el recurso hasta el punto en que el valor del último animal cazado sea igual a
los costes privados de matarlo. La caza continuará hasta que todas las rentas que el recurso escaso hubiera generado
bajo derechos de propiedad privados se disipen. Es decir, en una situación competitiva ninguna banda tiene incentivos
para conservar dicho recurso. Así, el stock de animales se sitúa en peligro de extinción. El elemento crucial, causa de
esta ineficiencia, es la ausencia de barreras a la explotación de los recursos de propiedad común. El resultado es la
aparición de demasiados cazadores. Por encima de cierto nivel de explotación, el tamaño del stock empieza a declinar
y, de este modo, se elevan los costes (reduciendo la productividad) para todos los cazadores. La curva de oportunidad
del trabajo en el sector caza, VPMgC, se desplaza hacia atrás; este hecho, sin embargo, no disuade a los nuevos
cazadores de unirse a la casa mientras que la productividad que obtengan siga siendo mayor que la que obtendrían en su
segunda mejor alternativa, la agricultura.
Se ha demostrado que si se excluye a algunos de los cazadores de utilizar los recursos, no se disiparían todos los
ingresos. Por consiguiente, la agricultura primitiva, que se debió organizar como propiedad exclusiva comunal, tenía
ventajas sobre la caza, en términos de la eficiencia de los derechos de propiedad. Además, la banda fue probablemente
un grupo suficientemente pequeño como para controlar fácilmente las actividades de sus miembros y de esta manera
asegurar que el comportamiento colectivo no sobreutilizaría el recurso escaso, tierra protegida, poseída en común. Por
consiguiente, la banda, podría haber explotado sus oportunidades en la agricultura restringiendo el comportamiento de
sus miembros con reglas, tabúes y prohibiciones, casi como si se hubieran establecido derechos de propiedad privada.
Esta diferencia entre derechos de propiedad común en la caza y derechos comunales exclusivos en la agricultura es
crucial para explicar la Primera Revolución Económica. El sector caza debe considerarse dentro del marco de un
recurso de propiedad-común y el sector agrícola como regulado por propiedad comunal-exclusiva, de forma que se
aproxima al sistema de propiedad privada en lo que se refiere a su influencia sobre el comportamiento humano.
La curva de oportunidades del trabajo en el sector caza se desplazaría inicialmente hacia arriba, atrayendo más recursos
hacia el sector y acelerando el agotamiento del stock de animales de propiedad común, de forma que, finalmente, esta
curva de desplazaría hacia la izquierda de su posición original. Los diferentes tipos de derechos de propiedad que
regulan la actividad económica en el sector caza y agricultura aseguran que el cambio tecnológico se manifestará
finalmente en un desplazamiento de la fuerza de trabajo hacia la agricultura.

Otro elemento crucial del análisis es una hipótesis sobre la actuación demográfica del hombre prehistórico. Está claro
que el número de personas sobre esta tierra ha aumentado a través del tiempo, pero no a una tasa constante ni continua.
La simple aritmética del cambio demográfico en el primer millón de años sugiere una tasa muy lenta de crecimiento.
Pero de hecho parece que la población creció.
Esta línea argumental va directamente en contra de las observaciones de los antropólogos que han descubierto que las
tribus contemporáneas que viven como en la Edad de Piedra, tienden a tener una población estable. Además, el nivel de
población que mantienen dichas tribus parece muy por debajo de aquel que podría dañar la base de recursos. Esta

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observación ha sugerido que el punto de vista sobre la dinámica de la población desarrollado más arriba es inadecuado
y debería ser rechazado en favor del supuesto de que el hombre prehistórico tendía hacia una población homeostática.
Esta extensión del comportamiento de las tribus que hoy en día viven en la Edad de Piedra a sus antecedentes históricos
reviste de varias dificultades. Examinemos las condiciones bajo las cuales se puede establecer y mantener una
población homeostática. Primera, los recursos naturales deben ser fijos para crear rendimientos decrecientes a los
aumentos de población. Segunda, deben existir derechos exclusivos de propiedad comunal de los recursos para eliminar
la competencia entre grupos rivales. Y tercera, debe existir alguna forma de regulación comunal del acceso a los
recursos para controlar el comportamiento económico de los miembros del grupo; de aquí que la banda no tuviera
ninguna razón para intentar limitar la población.
Supongamos que una banda estuviese dedicada a explotar un recurso y hubiese tenido éxito en limitar a su población el
nivel en que el recurso no se viera amenazado. Supongamos entonces que apareciese otra banda que deseara compartir
este recurso. La capacidad de la primera banda para excluir a la segunda es seguramente una función del tamaño de su
población. Cuanto mayor sea ésta, mayores posibilidades de éxito tendrán en la exclusión de otras bandas. De esta
manera, las bandas que no intenten limitar su población tenderán a dominar a aquellas que lo intenten, cuando ambas
entren en contacto. Sólo puede existir una población homeostática entre bandas aisladas. Además, así es como se han
encontrado actualmente, en áreas lejanas de las rivalidades de otros grupos.
La población humana de la era prehistórica elaboró en su comportamiento, cuando lo permitía su nivel de vida, una
tendencia colectiva a aumentar su población.

Hace aproximadamente treinta mil años, la expansión demográfica empujó a los humanos a lo largo del estrecho de
Bering (une Asia con América). Desde entonces, se trasladaron a través de esa masa de tierra. La desaparición de varias
especies de grandes animales coincide con la aparición de los humanos.
Inicialmente, este era un mundo en el que el suministro de animales y plantas con los que el hombre podía alimentarse
parecía inagotable. En la medida en que la población humana se expandió y llegó a amenazar el suministro de
comestibles en un área dada, las bandas se subdividieron y se trasladaron a nuevas áreas y de este modo se generaban
constantemente grupos sociales nuevos. Este proceso es descrito por los antropólogos como un “sistema de puertas
abiertas”. En los términos del modelo, éste era un mundo de rendimientos constantes para una fuerza de trabajo
creciente, de manera que el crecimiento demográfico produjo un aumento proporcional del producto. Este mundo de
rendimientos constantes persistió mientras existieron tierras vacías de igual productividad que podrían ser explotadas
por una población creciente. Mientras se daba esta condición, no había ningún incentivo para intentar delinear
relaciones de propiedad exclusiva sobre las plantas o los animales. Sin embargo, deberíamos esperar que los grupos que
se encontraban en el interior de la frontera hubieran intentado inicialmente desarrollar relaciones estables entre la
población del grupo y la base de recursos, ya que estaban limitados por otras bandas y no había manera de ampliar por
el momento la base material de recursos. Dichos grupos de población intentarían alcanzar precisamente el tipo de
relación homeostática de población que los antropólogos han descrito como existente entre las sociedades primitivas
contemporáneas. Esos grupos limitarían la fecundidad mediante tabúes, el infanticidio y otros medios, en un intento de
mantener constante la relación entre la población y la base de recursos. Además, deberíamos esperar que estas bandas
intentaran desarrollar un conjunto de costumbres y reglas para regular la casa de manera que se mantuviera la
estabilidad. Este intento estaba abocado al fracaso por las razones discutidas más arriba: una población homeostática
sólo puede existir entre bandas o grupos aislados.
Una vez que la población hubo crecido hasta el punto en que la base de recursos fue plenamente utilizada, cualquier
incremento adicional en la población llevó a una caída en la producción marginal del trabajo en la caza y recolección.
Sin embargo, dadas las características de tribus rivales y recursos de propiedad común, la población continuaría
creciendo. La solución del dilema de la propiedad-común en el que se encontró a sí mismo el hombre prehistórico fue
el desarrollo de los derechos exclusivos de propiedad comunal. Mientras los animales y las plantas seguían siendo
abundantes en relación con las demandas de la población humana, no existía ningún incentivo para incurrir en los
costes de establecer derechos de propiedad sobre ellos. Es solamente durante esta fase transicional de escasez creciente
cuando llega a ser rentable incurrir en los costos necesarios para desarrollar y hacer respetar los derechos de propiedad
que podían limitar la tasa a la que serían explotados los recursos.

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La evolución de los derechos de propiedad ha consistido históricamente en la exclusión inicial de los extraños de la
recolección del producto y, más tarde, en el diseño de reglas que limitan la intensidad de la explotación de los recursos
por los propietarios comunales. En términos del gráfico, cuando la población alcanzó un nivel de trabajo adicional de
Qc, su utilización más productiva consistía en el cultivo y el pastoreo. En un momento determinado se convierte en un
paso lógico para la banda el intentar encontrar un área natural fértil, establecerse allí y expulsar a los intrusos. Las
bandas que vivían en el interior de la frontera de recursos se hacían cada vez más sedentarias. En la medida en que la
población de éstas crecía, se explotaban más intensamente los recursos naturales de ese área.
Algunos arqueólogos y antropólogos sospechan que el origen del cultivo de plantas y de la domesticación de animales
no tuvo lugar en los lugares donde éstos se daban en la naturaleza con abundancia. Sino que la domesticación habría
ocurrido, en primer lugar, en aquellos sitios donde las cosechas eran más pobres, porque si el hombre hubiese podido
obtener suficiente trigo silvestre con simplemente recogerlo, no se hubiera molestado en cultivarlo. Este argumento
ignora el dilema fundamental entre una creciente presión demográfica y los recursos de propiedad común. Es más
probable que el hombre encontrara zonas ricas donde había una abundancia de grano silvestre que podía ser cultivado
con una simple hoz y luego empezara a defender estas áreas de los intrusos.

La Primera Revolución Económica no fue una revolución porque alterase la actividad económica principal del hombre
desde la caza y la recolección hacia la agricultura sedentaria. Fue una revolución porque esa transición creó un
incentivo fundamental de cambio, de proporciones desconocidas para la humanidad. El cambio de incentivos nace de
diferentes esquemas de derechos de propiedad en los dos sistemas. Cuando existen derechos de propiedad comunal
sobre los recursos, el incentivo para la adquisición de mejor tecnología y para el aprendizaje es mínimo. Al contrario,
los derechos de propiedad exclusivos que benefician a los propietarios suministran un incentivo directo para la mejora
de la eficiencia y de la productividad o, en términos más fundamentales, para adquirir nuevos conocimientos u mejores
técnicas de producción. Este cambio de incentivos es el que explica el rápido progreso realizado por la humanidad en
los últimos diez mil años, a diferencia del lento desarrollo de la larga era primitiva de la caza y recolección.

Nacimiento y declive del feudalismo:

El Imperio Romano desapareció en el siglo V d.C, el feudalismo unos mil años después, en el 1500 aproximadamente.
Entre esas dos fechas, Europa occidental se recuperó gradualmente de la anarquía que generó el colapso del orden
romano y desarrolló una estructura político-económica que garantizaba un orden y una estabilidad suficiente y que, a su
vez, permitió los cambios que llevaron a su desaparición, presagiando el desarrollo de los Estados nacionales y, por
tanto, del desarrollo económico que ha caracterizado los últimos cuatro siglos.
El nacimiento de la Europa occidental está básicamente condicionado por la herencia de la civilización greco-romana;
civilizacion que, en última instancia, condicionó y dio forma a muchos de los arreglos institucionales que surgieron en
los siglos VI a X. El señorío feudal se nos presenta como un descendiente lineal de la villa romana y el ​coloni
dependiente, un predecesor de los siervos de la gleba. También la esclavitud sobrevivió a la Edad Media. La herencia
del Derecho Romano fue importante y reapareció plenamente en los comienzos de la Europa moderna para dar forma a
la estructura de los derechos de propiedad.
Fue la Iglesia quien transmitió la herencia cultural del mundo clásico a la Edad Media; la Iglesia era la depositaria del
saber, un centro solitario de alfabetización. A menudo los monasterios eran los centros agrícolas más eficientes de la
Edad Media. La Iglesia, por un lado, fue la cúpula de la estructura burocrática de finales del Imperio Romano y el
centro principal de riqueza material, vendiendo la salvación a cambio de tierra y tesoros. Por otro lado, era la Iglesia del
ascetismo, de la austeridad extrema, de la vida monacal y de los devotos misioneros. En su primera función tenía las
características de un Estado: el Papa como gobernante y una amplia burocracia a través de la cual acumulaba poder y
riqueza, y una serie de agentes (obispos y arzobispos) que, a su vez, se enriquecían y se hacían poderosos. Como
cualquier Estado, vendía protección y justicia, pero además vendía también la salvación eterna y tenía, por tanto, un
control único sobre la población en un mundo donde el infierno y la condena se consideraban el destino de gran parte
del populacho. Esta conversión ideológica, impuso activamente un sello distintivo a la vida medieval.

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En un intento por caracterizar la estructura de este milenio, podemos decir que fue una época en la que la fusión de las
instituciones germánicas y romanas se hallaba en estado dinámico como resultado de las continuas guerras, invasiones
y del caos generalizado. Surgió el Imperio Carolingio (del siglo VIII al siglo IX) y con él una aparente resurrección del
Imperio Romano en Occidente; su desintegración fue rápida, ayudada por las invasiones de los vikingos, magiares y
musulmanes. El resultado fue un surgimiento gradual de la estructura feudal de organizaciones políticas
descentralizadas, obligaciones fiscales jerárquicas y una estructura económica señorial caracterizada por una relativa
autosuficiencia. Se reanimó la actividad económica, creció el comercio y a larga distancia, se desarrollaron la ciudades,
aumentó la producción de los artesanos urbanos y se expandió la economía monetizada. Finalmente, la estructura
feudal-señorial se desintegró en un siglo caracterizado por el hambre, las epidemias y la guerra, y fue progresivamente
reemplazado por unidades políticas mayores y por un conjunto de derechos de propiedad sobre la tierra, el trabajo y el
capital que varió de acuerdo con el poder de negociación de los monarcas y los grupos sociales constituyentes.

La economía de la Europa occidental en el siglo X presentaba las siguientes condiciones de partida. Sólo existía la ley y
el orden dentro de los límites de las áreas pobladas, lo que condicionaba y limitaba seriamente el comercio y el
intercambio; los bienes gozaban generalmente de mucha menos movilidad que el trabajo, pues tenían mayores costes
de transacción. La tierra era abundante, pero sólo tenía valor en combinación con el trabajo y la protección. El trabajo
presentaba costes constantes, al estar asociado a la tierra para producir bienes debido a la abundancia relativa de la
tierra. Dada la indivisibilidad de los castillos, existían hasta cierto punto economías de escala en la defensa. En la
medida en que crecía el número de habitantes protegidos por el mismo señor aumentaba, sin embargo, la distancia entre
el castillo y las tierras cultivadas, lo que llevaba aparejado en última instancia unos costes crecientes de protección. En
resumen, la curva de costes de protección tenía la forma de U, tan común en la economía. El tamaño “eficiente” del
señorío venía determinado por el punto en que los costes marginales de ofrecer protección igualaban el valor de la
participación del señor en el producto marginal del trabajo (esto es, los impuestos).
Las claves del sistema de protección eran un castillo local y sus caballeros. El señor local estaba subordinado a señores
de mayor categoría, y así hasta el señor principal -el rey-, en un sistema jerárquico de obligaciones feudales. Entre el
señor feudal y el rey podían existir varios intermedios; pero en cada nivel, el señor ofrecía a sus caballeros a su
inmediato superior. Los derechos de propiedad en el feudalismo eran, en efecto, una cesión condicional de la posesión
a cambio de servicios militares. En el caso de la aparición del feudalismo, a lo largo de los siglos caóticos que siguieron
a la caída de Roma, el señor y sus caballeros se convirtieron tanto en una clase de guerreros como en una clase
gobernante altamente especializada, cuya supervivencia y razón de ser dependía de su destreza militar.
Eran los esclavos, siervos y trabajadores libres que ofrecían el output productivo de bienes y servicios a cambio de la
escasa cantidad de justicia y protección que recibían. Si bien sobrevivió en parte la esclavitud durante la Edad Media, la
organización del señorío se construyó sobre la base de villanos, habitantes de las villas, y hombres libres.

El señorío inglés constituye la versión más característica de la villa señorial. Se convirtió en su forma más duradera y
mejor organizada. Se componía de dos elementos originalmente diferentes, el económico y el administrativo, y
perseguía por tanto dos objetivos estrechamente relacionados, la subsistencia de los villanos y el mantenimiento de la
autoridad y del beneficio del señor. La comunidad de la villa señorial estaba en la raíz del sistema. El villano medio
poseía un manso de treinta acres (o la mitad aproximadamente) distribuido en parcelas alargadas de un acre cada una
entre los campos abiertos del señorío. En el cultivo, arado, sembrado y recogida de sus tierras, el villano seguía la
costumbre o “tradición” señorial. El laboreo independiente era prácticamente imposible en estas tierras. Cada año, y
por rotación, uno de los campos era dejado en barbecho y sin cercar para que los animales pudieran pastar en él; por
supuesto, las tierras cultivadas eran cercadas o valladas. El ganado del villano, hasta un cierto número de cabezas,
podía pastar libremente en el baldío; cada villano tenía derecho a una parte de prado. Mezcladas con las parcelas de los
villanos estaban las que el señor feudal tenía en los campos abiertos, las que poseía directamente, su ​reserva señorial​.
Con respecto a ella nacieron la mayoría de las obligaciones en especie, los servicios en trabajo, que el villano debía a
cambio de sus tenencias de tierra -la serna-. Cada unidad familiar debía semanalmente el trabajo de un hombre tres días
a la semana en la reserva del señor, lo que incluía la utilización de sus arados, bueyes y cualquier otro instrumento
necesario de trabajo y acarreo. Aquellos campesinos que tenían menos tierras debían menos trabajo. El villano, además
de estar atado a la tierra, estaba sujeto a la tasa servil de un pago monetario por el casamiento de una hija y a la

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exacción de la mejor de sus bestias a su muerte; pagaba tasas monetarias siempre que así lo deseaba el señor; molía su
grano en el molino de aquél; en Francia el horno para el pan y la prensa de vino eran monopolios señoriales. Su
situación real iba, sin embargo, mejorando progresivamente gracias a la costumbre señorial que fijaba las exacciones
por las que trabajaba y le aseguraba la heredabilidad de sus tenencias de tierra. Como los hombres libres, estaba sujeto
a la justicia del señor, que aplicaba la costumbre señorial y su interpretación práctica. El señor de múltiples feudos
enviaba a sus agentes a recibir los beneficios y recoger la producción necesaria para su mantenimiento en aquellos
feudos en que establecía temporalmente su residencia. El trabajo de los villanos debía, pues, no sólo garantizar su
supervivencia, sino también la de la clase superior de guerreros y sus aliados los dignatarios eclesiásticos. A ambos les
debía la poca paz, justicia e ilustración que disfrutaba.

Tres aspectos concretos de la estructura señorial han sido objeto de profunda controversia:
1. La persistencia de los servicios laborales como la parte principal de las obligaciones de los siervos y
campesinos libres.
2. Las características básicas de la servidumbre como institución.
3. La distribución de las parcelas del trabajador individual en la forma descrita anteriormente.

En un estudio anterior, Robert Thomas y yo argumentamos que los servicios laborales eran el resultado de costes de
transacción extremadamente elevados para la formación de mercados organizados, lo que impedía la especialización y
el intercambio. En esta situación, los objetos de consumo deseados podían obtenerse a un menor coste asignando los
servicios laborales a la producción de la mezcla deseada de bienes y servicios. En resumen, era más barato para el señor
utilizar las obligaciones laborales a él debidas para producir los bienes deseados, que negociar con sus siervos cada vez
que deseaba consumir bienes diferentes la temporada siguiente. La ausencia del mercado hizo que las obligaciones
laborales fuesen la forma más eficiente de organización económica, a pesar de los incentivos para el engaño implícitos
en este tipo de arreglo. El coste del fraude se redujo a través de las costumbres señoriales (leyes de señorío) que
especificaban la cantidad de tiempo de trabajo para cada tarea, el establecimiento de una persona para supervisar el
esfuerzo de los siervos y las multas a los estafadores que eran detectados.
Por lo que se refiere a la cuestión de la institución servil, argumentábamos que era una institución esencialmente
contractual, y el aspecto más sobresaliente del feudalismo era la naturaleza de las formas de hacer cumplir y respetar
los contratos entre el señor y el siervo. No existía una tercera parte imparcial que se ocupara de esta tarea. Los
tribunales señoriales, en los que el señor feudal o su representante presidían la audiencia actuando como jueces,
aplicaban las costumbres del señor, la ley no escrita. Dicho sistema parece suministrar grandes oportunidades para la
explotación de los siervos. Sin embargo, el señor se enfrentaba a una restricción que limitaba de forma efectiva su
poder. El trabajo era escaso y los señores competían a menudo entre sí en la búsqueda de siervos y, por lo tanto,
estaban poco dispuestos a devolver un siervo huido. Por consiguiente, el señor tenía incentivo para obedecer y actuar
según los acuerdos contractuales incorporados a la costumbre señorial y a interpretar con “limitaciones”. Si no lo hacía,
sus siervos podían romper el contrato y abandonar el señorío.

La crítica principal a nuestra interpretación de los servicios laborales era que el desarrollo de los mercados durante los
siglos X a XII fue muy superior al que nosotros implícitamente asumíamos y, por tanto, los costes de transacción de
adquirir el paquete de bienes de consumo a través de los mercados no era un coste alternativo más alto que el
subyacente a la asignación de los servicios laborales. Duby argumentaba que el crecimiento del comercio y el
intercambio monetario, tanto en el mercado de factores como en el de productos, se produjo antes de lo que nosotros
sugeríamos, aunque su argumentación no es incoherente con nuestro punto de vista de que la previa existencia los
servicios laborales podían haberse originado en los altos costes de transacción anteriores al crecimiento de la economía
monetizada.
La argumentación que Thomas y yo hicimos sobre la naturaleza esencial de la servidumbre ha recibido muchas críticas
mayores, tanto porque consideramos la relación bajo un esquema contractual como porque no enfatizamos suficiente la
naturaleza unilateral de dicha institución. Tal como describimos, la estructura se parecía demasiado a un intercambio
igualitario de protección y justicia a cambio de servicios en especie. Pero la protección y la justicia no eran en realidad
bienes públicos, dado de que era posible excluir a los campesinos a un coste bajo. Una perspectiva más adecuada era

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que la clase de guerreros ejercía una función análoga a la Mafia en la extracción de rentas a los campesinos. Una crítica
a nuestro trabajo señala que la noción moderna del contrato en la relación siervo-señor no es más que la imposición de
un concepto actual a un hecho histórico, lo que sólo conduce a errores. El siervo estaba atado a su señor y sus acciones
y movimientos estaban severamente limitados por su ​estatus​; no había ningún tipo de acuerdo voluntario. Es, sin
embargo, crucial volver a subrayar el punto clave de nuestro análisis: la evolución de los costes de oportunidad
marginales de los señores y los siervos impulsó el cambio en el feudalismo y le llevó en última instancia a su
desaparición.

Dos fuerzas principales de cambio: 1) la población, 2) la tecnología y la organización militar.


Los historiadores tradicionales creen generalmente que la población estaba disminuyendo en las postrimerías del
Imperio Romano. Esta caída se aceleró posiblemente en el siglo VI con la aparición de la peste bubónica, que parece
haber persistido de forma endémica hasta bien entrado el siglo VIII. Si la población empezó a crecer a partir de
entonces, debe haber sido un crecimiento muy lento dada la persistencia de las condiciones caóticas.
Pero el feudalismo ofrecía cierto grado de seguridad y orden en este mundo caótico y condujo a la subsiguiente
expansión, tanto de la población como de la actividad económica. En la medida en que la creciente población conducía
a cierta saturación y a la aparición de rendimientos decrecientes en determinadas zonas, el resultado lógico fue la
colonización: la creación de nuevos señoríos ganados a la naturaleza salvaje. Se generó un movimiento de frontera. Los
nuevos señoríos se distribuyeron por toda la Europa noroccidental y aumentaron las ganancias potenciales del comercio
al reducir las áreas despobladas entre señoríos que habían servido de refugio a los ladrones, fomentando el crecimiento
de las ciudades donde surgió la especialización y la cualificación laboral en la producción de bienes manufacturados y
poblando áreas geográficas con una dotación de factores sustancialmente diferente. El asentamiento en las fronteras y
la expansión de las mismas produjo una reducción de los costes de transacción en el comercio y aumentó las ganancias
del mismo.
Las ciudades establecieron su propio cuerpo legal y de forma gradual sus propios tribunales comerciales. Mientras que
el respeto y cumplimiento de las leyes de la ciudad se obtenía inicialmente a través del ostracismo, las ciudades fueron
desarrollando progresivamente el poder policial característico de una unidad política. Los códigos mercantiles hicieron
su aparición y se reconocieron progresivamente en áreas cada vez mayores.
Los gremios se desarrollaron dentro de las ciudades para hacer frente a las necesidades de los manufactureros locales y
los comerciantes. Los derechos de propiedad referidos a la producción de bienes no agrícolas estaban ligados
inextricablemente a los gremios, que en su forma primitiva eran asociaciones voluntarias pero que pronto se
convirtieron en partes del Estado legalmente reconocidas. Los gremios ofrecieron un conjunto de reglas primarias que
incluían la policía privada para proteger las propiedades de sus miembros, pero al final del siglo XII ya se habían
convertido en una parte de la administración política de las ciudades italianas.
Los rendimientos decrecientes frente a una población creciente en Europa occidental, parecen haberse generalizado en
el siglo XII. A su vez, cambió la escasez relativa de los factores; el trabajo se hizo menos valioso y la tierra más. El
valor creciente de la tierra condujo a una serie de esfuerzos que permitiesen la propiedad exclusiva y el derecho de
transferencia. Dentro del señorío, los campos comunales tendían a ser explotados en exceso si se mantenía el acceso
libre e igual de todos los residentes. La respuesta a esta sobreexplotación fue la incorporación a las costumbres
señoriales de nuevas regulaciones que limitaban el acceso.
Los siglos XII y XIII fueron un período de florecimiento del comercio internacional. Las ferias de Champaña, el
esplendoroso comercio mediterráneo de Venecia, Génova y otras ciudades italianas, la localización urbana de los
trabajadores textiles y del metal en Flandes, no son sino unos pocos ejemplos de la expansión comercial de la época. El
aspecto más interesante es el desplazamiento de la protección de los derechos de propiedad desde las manos de grupos
voluntarios privados al Estado. En todas partes, los reyes y príncipes garantizaban salvoconductos a los comerciantes y
viajeros, protegían a los mercaderes extranjeros y les ofrecían privilegios exclusivos de comercio, respetaban y
cumplían los acuerdos de los tribunales comerciales, y garantizaban o delegaba derechos de propiedad a las nacientes
ciudades.
No cabe ninguna duda de que se produjo un aumento sustancial en el sector no agrícola como resultado de la reducción
de los costes de transacción; sin embargo, este sector significaba todavía sólo una exigua fracción de la actividad
económica total. El crecimiento de la población hacía que los precios relativos de los productos agrícolas se elevaran

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con respecto a otros bienes, y que los salarios reales cayeran. El crecimiento demográfico emparejado con los
rendimientos decrecientes reducía el nivel de vida de la mayoría de la población. La producción agrícola sufrió los
efectos pertinentes: se producían relativamente menos animales y relativamente más grano. Este cambio tuvo su reflejo
en la dieta de los campesinos en la que los hidratos de carbono sustituyeron a las proteínas. La población de Europa se
aproximaba al nivel de mera subsistencia y el margen de existencia se hizo precario. El hambre que asoló a gran parte
de Europa occidental en los comienzos del siglo XIV es una demostración de lo dicho, y no fue sino una señal de
peores acontecimientos futuros. Las pestes se hicieron endémicas en 1347 y asolaron repetidamente a Europa, de forma
que la población disminuyó durante un siglo. Como consecuencia, cayó el volumen del intercambio y el comercio.
Europa occidental estaba experimentando una crisis malthusiana.
- En el sector no-agrícola, el resultado de esta crisis fue el creciente poder de los gremios, organizados para
proteger a los artesanos locales, en respuesta a mercados rápidamente restringidos. La fuerza de los gremios
para preservar su monopolio local contra la intrusión de la competencia exterior obtuvo frecuentemente el
importante refuerzo del poder coercitivo de los reyes y señores principales.
- En el sector agrícola se generó una vuelta a la época de tierra abundante y trabajo escaso. Las tierras más
pobres y de peor calidad dejaron de cultivarse en todas partes; hubo un desplazamiento de la agricultura a la
ganadería; los salarios reales crecieron y las rentas cayeron. La fuerza relativa en la negociación pasó de los
señores a los campesinos. El coste de oportunidad de los campesinos aumentó en la medida en que la huida a
las ciudades ofrecía una alternativa a la opresión señorial. A pesar de los continuos esfuerzos para regular un
sistema de salarios máximos, la competencia entre los señores feudales llevó progresivamente a condiciones
más liberales para los campesinos, así como a salarios más altos; como consecuencia de ésto, la relación
dueño-siervo dio lugar al reconocimiento de derechos de posesión de la tierra y puso término a las obligaciones
serviles (aunque no fue hasta 1666, año en que Inglaterra eliminó legalmente dichas relaciones).

En el siglo XIII, los hombres libres ya habían conseguido escapar de la jurisdicción de los tribunales feudales en
Inglaterra y estaban bajo la jurisdicción del rey. Los habitantes de las ciudades fueron también progresivamente
incorporándose a la jurisdicción real y los tribunales feudales perdieron continuamente competencias. La gran
contracción que tuvo lugar durante los siglos XIV y XV originó de hecho cierta vuelta a los “años de oscuridad”
anteriores, en lo que refiere a la omnipresencia de las guerras y a las caóticas condiciones que elevaron
progresivamente la inseguridad de los derechos de propiedad. Pero el intercambio si bien disminuyó, sobrevivieron los
mercados y con ellos la economía monetizada.
La respuesta, sin embargo, en términos de la evolución de los acuerdos institucionales y de los derechos de propiedad,
fue muy diferente en las distintas zonas de Europa occidental. Para poder comprender los patrones divergentes de ajuste
a estos cambios debemos volver nuestra atención al segundo factor cooperante en el cambio del mundo medieval: la
tecnología y la organización militar.

El siguiente milenio a la caída del Imperio Romano se caracterizó por la existencia de una clase guerrera que vivía del
pillaje, la invasión y el secuestro. El Imperio Carolingio sólo pudo limitar brevemente el dominio de esta clase e,
incluso, el aumento relativo de la seguridad y el orden que surgió con el advenimiento del feudalismo no cambió
sustancialmente su forma de vida. Guerrear se convirtió en una actividad constante, aunque siempre a pequeña escala.
Al final de esta época, sin embargo, las características de la guerra se alteraron básicamente, lo que produjo la
obsolescencia de esta clase bélica.
El caos de Europa occidental se interrumpió brevemente cuando Carlos Martel derrotó a los árabes en Poitiers, en el
año 753. Ya en el 800, Carlomagno había conquistado o se había anexionado una zona muy amplia que iba desde las
fronteras de la España islámica a Sajonia, Bavaria y la Italia lombarda; el día de Navidad de ese año fue coronado
emperador por el Papa en la catedral de San Pedro. El Renacimiento carolingio subsiguiente presentaba contrastes
evidentes con los “años de oscuridad” previos, pero su desmembramiento y ruptura en el siglo IX ofrece una evidencia
convincente de que el tamaño viable de las unidades político-económicas era pequeña. No generó una administración ni
una estructura fiscal centralizada y fue de hecho el genio de Carlomagno el que mantuvo su imperio brevemente unido.
La posible partición de su herencia instigó toda clase de conflictos internos; el asalto permanente de los vikingos,
musulmanes y magiares aceleró su disolución.

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Un rey distante ofrecía escasa protección contra estas bandas merodeantes. La respuesta viable consistía en las
fortificaciones fijas y una caballería con fuertes armaduras. La ventaja comparativa de esta última sobre la infantería
aumentó inmensamente con la difusión del estribo que permitía la nivelación y el equilibrio del caballero armado sobre
el caballo, permitiendo la combinación de la fuerza humana y animal para destrozar al enemigo. El resultado fue la
estructura jerárquica descentralizada del feudalismo. Se produjo la recuperación del orden local y de la expansión
económica.
Pero si la tecnología bélica solidificaba la estructura feudal, la recuperación resultante de la actividad económica la
minaba progresivamente. El crecimiento de la economía monetizada condujo al pago monetario en sustitución del
servicio militar. El tamaño del ejército real dependía ahora del bolsillo del monarca. A largo plazo, el poder de algunos
vasallos que siempre habían significado una amenaza de convertirse más poderosos militarmente que el rey disminuyó.
Pero a corto plazo -a lo largo del siglo XVI- el creciente mercado de mercenarios aumentó el caos y la situaciones de
guerra.
Los mercenarios especializados, desde los lanceros suizos hasta los arqueros ingleses, eran una institución efectiva y
rentable al final de la Edad Media. Eran peligrosos no sólo para sus enemigos, sino también para quien los utilizaba,
pues en los períodos en que no eran necesarios y, por tanto, no recibían paga alguna, asolaban el país en el que se
encontraban. Una respuesta directa a dichos excesos de los mercenarios fue la creación por Carlos VII de Francia del
primer ejército permanente de Europa en 1445.

Todavía está en discusión si el desarrollo de una economía de intercambio fue una condición suficiente para el aumento
de la escala óptima de guerra o si las innovaciones tecnológicas aumentaron el tamaño de las unidades políticas. Lo que
no cabe duda es que ambos aumentaron. Como consecuencia de ello, las condiciones de supervivencia política se
modificaron drásticamente. La supervivencia ya no exigía sólo un ejército mayor, sino una fuerza de combate
entrenada, disciplinada y completada con un equipo costoso, principalmente en forma de cañones y mosquetones. La
era de la caballería andante, la era de los caballeros con armadura y lanza se acabó. La guerra por tierra y por mar había
modificado definitivamente la cantidad de recursos financieros necesarios para la supervivencia.
Entre 1200 y 1500, las numerosas unidades políticas de Europa occidental atravesaron interminables períodos de
conflictos, alianzas y combinaciones de éstos, en la medida en que el señor local estaba provocando la aparición del
Estado nacional. Estos siglos fueron testigos de guerras e intrigas diplomáticas a una escala creciente y sin precedentes.
Si bien el tamaño de los Estados a veces aumentaba, el factor crítico era la habilidad para incrementar los ingresos
fiscales y no solamente el tamaño de la unidad política. Los Estados nacionales contendientes hicieron frente a gastos
enormes y en constante crecimiento. Los reyes que en el pasado habían vivido por sí mismos ya no pudieron
permitírselo. Los monarcas se enfrentaban continuamente a crisis fiscales y a endeudamientos crecientes. El espectro
de la bancarrota estatal era una amenaza recurrente, y la bancarrota fue a menudo una realidad.
Hasta incluso 1157, el Conde de Flandes recibía una parte importante de sus ingresos en especie. Los ingresos en
especie aparecen en las cuentas de la Corona francesa hasta bien entrado el siglo XIII. Durante el período feudal era
costumbre de las cortes reales desplazarse de una parte a otra del país para consumir los bienes y servicios en especie.
Con el crecimiento de una economía monetizada, las rentas se percibían cada vez más en dinero. Estas estaban, sin
embargo, disminuyendo durante los siglos XIV y XV como resultado de la caída en la renta de la tierra por la
disminución de la población, y precisamente en el momento en que la supervivencia exigía mayores ingresos.
Muchos de los vasallos reales eran casi tan poderosos como el propio monarca (de hecho, los Duques de Borgoña eran
en estos años mucho más poderosos que los reyes de Francia) y, sin duda alguna, si llegaban a ponerse de acuerdo
tenían mucha más fuerza. Había frecuentemente más de un contendiente por el trono. Incluso en ausencia de un
pretendiente activo, los vasallos más poderosos planteaban una amenaza inminente bien de destronar al rey o de
colaborar con una invasión exterior, como los de Borgoña hicieron con la Corona francesa. Los incrementos
impositivos podían hacer peligrar cualquier corona europea.
Existía la posibilidad de pedir créditos, y desde luego ésta fue la fuente principal de recursos para hacer frente a las
crisis fiscales de liquidez ocasionadas por la guerra. Dado que un príncipe no podía ser juzgado por deudas, el
prestamista establecía un alto interés, normalmente disimulado para evitar las leyes de usura. El impago era corriente.
El rey podía confiar en los préstamos para mantener el gobierno durante una guerra; pero, para hacer frente a la

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desagradable tarea de devolverlo, necesitaba ingresos fiscales. La necesidad de establecer una fuente regular de
ingresos para pagar los créditos de guerra influyó y acabó determinando la relación entre el Estado y el sector privado.
A medida que el comercio y el intercambio crecían más allá de los límites del feudo y las ciudades, los agricultores,
mercaderes y navegantes descubrieron que los costes privados de la protección podían reducirse con una autoridad
coercitiva más extensa. Existían las bases para un entendimiento e intercambio mutuamente ventajoso entre el sector
privado y el Estado. Dado que los individuos del sector privado poseían siempre el incentivo para evadir impuestos, el
Estado tenía la necesidad de descubrir una fuente de rentas que fuese fácilmente medible y recolectable. Los nacientes
Estados nacionales se vieron obligados a buscar ingresos en actividades económicas relativamente fáciles de fiscalizar.
Allí donde el comercio internacional era una parte importante de la economía, los costes de medición de la extensión
del comercio y la recolección del impuesto eran típicamente bajos, particularmente en el caso del comercio marítimo o
fluvial, pues el número de puertos era limitado. Pero allí donde el comercio era fundamentalmente local, dentro de una
ciudad o de un área geográfica pequeña, e incluso principalmente interno a una unidad económica, los costes de
medición y recolección eran mucho más altos. Así es obvio que el comercio internacional era una fuente potencial de
ingresos mucho más atractiva que el comercio interno.
Otra alternativa frecuentemente utilizada en esta época era la concesión de ciertos derechos de propiedad a aquellos
grupos que podían pagarlos o la aprobación de leyes que prohibían las prácticas que amenazaban las rentas
gubernamentales. Entre ellas podemos mencionar el derecho de enajenar tierras, que fue concedido a los campesinos
libres en Inglaterra en 1920 porque si no el rey hubiera perdido rentas por la práctica de la sobrefeudalización. Más
tarde, se aprobó un estatuto para permitir la herencia, porque la Corona estaba perdiendo rentas a través del instrumento
extensivo del usufructo. Dichas leyes no sólo evitaron pérdidas de ingresos, sino que permitieron al Estado gravar las
transferencias de tierras. Se concedió a las ciudades privilegios comerciales y de monopolios a cambio de pagos
anuales y los mercaderes extranjeros recibían derechos legales y exenciones de las limitaciones gremiales también a
cambio de rentas. Se concedieron privilegios de monopolio exclusivo a los gremios a cambio de pagos a la Corona y se
establecieron derechos de aduanas sobre las exportaciones e importaciones a cambio de privilegios monopolísticos.
En la mayoría de los casos la Corona se vio inicialmente forzada a ceder a los órganos “representativos” (Parlamento,
Estados Generales) el control sobre las cuentas fiscales a cambio de las rentas que se aprobaban.

16
UNIDAD 3: EL COMIENZO DE LA ECONOMÍA-MUNDO EUROPEA

Cortés Conde, Roberto: Historia Económica mundial desde el medioevo hasta los tiempos
contemporáneos:

La revolución de los precios en el siglo XVI:


Durante el siglo XVI se advirtió en Europa un fenómeno que, si bien se había conocido antes, nunca había alcanzado la
magnitud y difusión que tuvo entonces en las economías europeas. Se trató de un alza sostenida y generalizada de los
precios que durante el siglo se duplicaron o triplicaron. Los Ayuntamientos trataron de frenar los aumentos que
castigaban a la población urbana imponiendo topes a los precios.
El alza de los precios fue discutida en las Cortes de España, lo que llevó a Tomás de Mercado y a otros autores de la
escuela de Salamanca a vincular ese fenómeno a otro que también parecía notorio: la llegada -al principio en cantidades
limitadas pero desde la mitad de siglo en magnitudes importantes- de metales preciosos de América. Los arribos de las
flotas de los navíos españoles a Sevilla, que transportaban grandes cantidades de plata, producían trastornos notables en
los precios. Al aumentar la oferta de plata, bajaba su precio, lo que equivalía a decir que subían los precios de las otras
mercaderías medidas en plata (que se utilizaba como dinero y servía como numerario). Hacia mediados del siglo la
carestía también afectaba a la población francesa, lo que llevó al Parlamento de París a realizar una encuesta para
determinar sus causas. Malestroit, encargado del estudio, atribuyó el aumento de los precios a la falta de mercaderías y
alimentos debido a los fracasos de las cosechas; a las guerras; a los disturbios políticos, y a la siempre mala acción de
los agiotistas (especuladores), quienes escondían las mercaderías para hacer subir los precios y hacerse de abundantes
ganancias. Jean Bodin contestó el informe de Malestroit, descató que las causas iniciales fueran las carestías y dijo que
“las minas de América fueron la principal causa de la Revolución de Precios” por el efecto de la entrada del metal de
plata a España y luego al continente.
Bodin enunciaba así la teoría cuantitativa del dinero, que postulaba la existencia de una relación funcional entre el
aumento en la cantidad de dinero y el aumento de los precios, y que muchos siglos después se expresó en la difundida
ecuación cuantitativa de Fisher (1911). Adam Smith también había sostenido que el descubrimiento de abundantes
minas en América parece haber sido la causa única de la disminución en el valor de la plata en relación a los granos.
Las críticas advirtieron las importantes asincronías entre ambos fenómenos: la inflación en España había comenzado
antes de la llegada de los metales americanos en grandes cantidades. Según Cipolla, otros factores tuvieron influencia
en el aumento de precios: la depreciación durante el siglo XVI de la moneda de cuenta, la inversión necesaria para la
reconstrucción de Italia luego de un extenso período de guerras y los factores demográficos. Tampoco existió
correspondencia entre el aumento de precios en Inglaterra y la entrada de metal.
Se dijo, además, que lo relevante para una explicación monetaria de la inflación no era la entrada de metales desde
América, sino la cantidad de dinero que finalmente quedaba en el mercado. Braudel y Spooner sostuvieron que
históricamente se ha subestimado el valor y la cantidad inicial de metales preciosos producidos y previamente
acumulados en Europa, y por lo tanto se ha sobreestimado el efecto del flujo entrante de América a Europa. Además,
dado que los metales tenían valor no sólo como dinero sino como mercancía, es importante tener en cuenta, en la
determinación de la cantidad total de metálico circulando, las actitudes de la gente, su atesoramiento o
desatesoramiento. Por último, se destacó que gran proporción de la plata americana no había quedado en Europa sino
que había sido desviada hacia el Extremo Oriente, donde habría habido un gran atesoramiento.
Los argumentos más importantes asociados a explicaciones reales o demográficas sostienen que 1) el aumento de los
precios se debió al gran aumento de la población en el siglo XVI y a una oferta agrícola inelástica, o que 2) existió un
aumento de la velocidad de circulación del dinero causado por el aumento de la población urbana. En los sectores
rurales se atesora más dinero frente a alternativas inesperadas y a la incapacidad de realizar pagos con otros
instrumentos que no sean dinero; por lo tanto, el aumento de la población urbana implica que, para el nuevo y más alto
nivel de transacciones de la economía, el dinero debe circular más rápidamente.
El primer argumento fue sostenido por Fernand Braudel y rebatido por Donald McCloskey, quien le imputó no
distinguir entre el aumento generalizado de precios (inflación) y el cambio en los precios relativos; una cosa era que
algunos precios subieran y otros bajaran, o que se consumiera menos de algunos, con lo que los precios ponderados por

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su participación en el consumo no variarían (en todo caso variaría la canasta de bienes), lo que dependería de la
elasticidad precio de la demanda del bien y de la elasticidad de sus sustitutos. Pero si no existía una convalidación
monetaria, no era posible un aumento general de los precios.
Quienes afirmarmaron que el aumento de la población debía tener un efecto inflacionario, dijeron además que esto
debía incidir en una creciente urbanización y en un mayor uso del dinero; un aumento de la demanda de dinero debía
influir en su velocidad y por ende en los precios. Flynn rebate este argumento sosteniendo que si se trata de la demanda
de dinero como la demanda de un stock, esto debiera producir el efecto contrario, ya que si la gente tiene más balances
en dinero para transacciones -es decir, aumenta su demanda- la velocidad baja.
Por otro lado, en términos keynesianos un aumento de la población incide en el aumento de la oferta de trabajo y un
desplazamiento en la curva de oferta agregada, por lo que debe producir una baja de precios y no una alza.
El aumento en la velocidad podría en cambio haber tenido su origen en una caída de la demanda de dinero debida a la
depreciación de la plata en relación con el oro de casi un 40 por ciento en el siglo XVI. Sin embargo, la velocidad no
pareciera haber aumentado, ya que el stock de metálico en Europa subió diez veces en el siglo XVI mientras que los
precios lo hicieron entre tres y cuatro veces. El menor impacto sobre los precios habría sido, por un lado, debido a un
aumento muy importante en las transacciones y, por otro, debido a un desvío del metálico a otros mercados (Asia),
siendo ambiguo el rol de la velocidad.

La explicación monetaria (el enfoque monetario del balance de pagos):


La versión monetaria tradicional entendía que los metales que habían llegado a España habría producido un fuerte
impacto sobre los precios, actuando a partir de entonces el mecanismo de ajuste (​price-spice-flow mechanism)​
anunciado por Hume: cuando los precios subían por el flujo entrante de metales, aumentaban las importaciones y
bajaban las exportaciones, lo cual producía una salida de metálico que volvía a equilibrarlos.
Flynn trata de encontrar una respuesta a los problemas de la asincronía entre los dos fenómenos utilizando el enfoque
monetario del balance de pagos. Mientras que las versiones de elasticidad y absorción buscaban resolver los déficits de
balances de pagos de un país con una devaluación (haciendo más caros los bienes importados o aumentando la tasa de
interés y reduciendo el gasto público), el enfoque monetario sostiene que los desequilibrios en el balance de pagos
resultan del desequilibrio entre la demanda por stocks de dinero que tiene un país y su oferta monetaria y que, por lo
tanto, el equilibrio no se produce por un ajuste de precios (como ocurre cuando hay un desequilibrio en el mercado de
bienes) sino por un ajuste en el mercado monetario. Suponiendo que el público mantiene un nivel de demanda estable
por stocks de dinero, cuando hay un aumento en la oferta monetaria se produce un exceso de oferta en el mercado
monetario y un exceso de demanda en el mercado de bienes; el público gasta para deshacerse del excedente y mantener
estable su stock de dinero, y por eso aumentan las importaciones y salen reservas, lo cual hace caer nuevamente la
oferta monetaria. Es decir, cualquier desequilibrio en el mercado de dinero es reflejado en el balance de pagos.
Si todo el dinero consiste en oro y plata, luego la oferta monetaria es Ms = R (oro y plata), y si ésta aumenta pero no lo
hace la demanda, entonces la oferta de dinero es mayor a su demanda, Ms > Md. Cuando hay un excedente de dinero
aumenta la demanda de bienes y si se trata de una economía pequeña y abierta, la importación de bienes aumenta más
que la exportación, Mbs. > Mexp., entonces salen reservas, cae R y se vuelve al equilibrio, Ms = Md, de la oferta y la
demanda de dinero. El stock de dinero es finalmente decidido por la demanda.
Flynn sostiene, sin embargo, que el efecto sobre el balance de pagos no se debió sólo a la entrada de metálico -que en
definitiva no quedó en España-, sino a que el gobierno español creó dinero doméstico por necesidades fiscales. La
oferta monetaria estuvo constituida por el dinero internacional y por el doméstico. Para mantener el equilibrio entre
oferta y demanda, cuando aumenta la cantidad de dinero -como sucedió en españa por la creación de dinero por parte
de la Corona-, debe producirse una salida de dinero internacional. Esto implica que la autoridad monetaria no puede
controlar el nivel, sino sólo afectar la composición del dinero en la economía.
Es decir, si Ms = R + D, siendo D la oferta monetaria doméstica, y aumenta la creación de D, entonces hay un exceso
de oferta monetaria, Ms > Md, que debe ser eliminado mediante una caída (o salida) en el nivel de reservas
internacionales.
Flynn propone una economía pequeña y abierta, con pleno empleo, perfecta movilidad de bienes y capitales, y tipo de
cambio fijo (dado por el contenido metálico de la moneda). La salida de reservas de España (es decir, la salida de plata)
y la entrada de plata en el resto de Europa sí implica un aumento del nivel de precios en el resto del continente, pues

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Europa es considerado una economía cerrada. Este aumento general en el nivel de precios se reflejó luego en España,
con una inflación, claramente desfasada temporalmente de la entrada de metálico en España.

El problema fiscal en la formación de los Estados nacionales:


A medida que se ampliaba la escala del Estado -se ampliaba su jurisdicción- crecían los problemas de financiamiento
del gobierno. En la ciudad, al surgir mercados y economías monetizadas, se podía pagar con dinero los bienes públicos
que prestaba el gobierno urbano, lo que se vio que era mucho más eficiente. Con el dinero, se podían contratar tropas
cuando se quería y no se necesitaba esperar a los días de servicios comprometidos. A medida que se quería establecer
un poder central, por sobre las muchas y diversas unidades feudales, no sólo se necesitaba sustituir a éstas en la
percepción de los recursos, sino establecer, para ese mismo ámbito, un poder efectivo.
No sólo había que reemplazar a los antiguos receptores de tributos; era necesario ordenar la recaudación de una amplia
variedad de lo que habían sido los antiguos derechos feudales y pagar costos mayores para exigirlos eventualmente por
la fuerza.
La formación de los Estados nacionales, es decir, de una autoridad central por sobre aquellas que estaban fragmentadas
y dispersas, necesitó de ingresos crecientes. Se requerían recursos para sostener un ejército permanente y profesional
que asegurara la lealtad de sus cuadros a la autoridad real y que impidiera que fuera desafiada por quienes por entonces
competían con ella. La nueva tecnología de la guerra por tierra y por mar aumentó los costes en proporciones
astronómicas.
Lo peculiar es que la tendencia a centralizar la autoridad, a la formación de los Estados nacionales, se dio en el marco
en el que las economías todavía eran demasiado rudimentarias para sufragar sus costos. Pero no hay Estado viable si no
cuenta con una fuente regular de recursos que le permita pagar los costos de la provisión de bienes públicos, entre ellos
el de su mismo sostenimiento y subsistencia. La historia económica de los siglos XV a XVIII muestra las enormes
dificultades para obtener fuentes regulares de recursos.
¿Cuál es la base para poder asegurar los recursos al Estado?
1. Que en la sociedad exista un mínimo de riqueza, que se pueda contar con una producción suficiente para
generar un excedente que financie el gobierno. Es muy difícil extraer algo de quienes no tienen. Los países con
mayores niveles de producción cuentan con mejores posibilidades de crear excedente y sostener sus gobiernos.
2. Pero no basta que se cuente con producción, que exista riqueza. Se trata de que se pueda determinar qué
magnitudes tiene y en qué consiste. La producción de autosuficiencia, consumida en el mismo ámbito, no es
conocida ni posible evaluarla. Hay bienes que son fácilmente contables, mientras que otros no.
3. Es necesario que la riqueza se manifieste, que exista intercambio y que éste aparezca en el mercado. Entonces
no se gravará lo que se tiene, o lo que se ha producido, sino lo que se ha transferido, lo que se transa en el
mercado. Esto es mucho más fácil si existen economías de mercado y cuantos más amplios sean los mercados
más recursos se podrán obtener.
4. Que exista el dinero, ya que la percepción del impuesto es más fácil cuando los contribuyentes transforman su
producción en dinero.
En definitiva, la existencia de amplias fuentes de recursos tiene que ver, no sólo con una sociedad con un cierto nivel
de riqueza, sino también con la existencia de economías de intercambio. En realidad, todo el problema de
financiamiento de los gobiernos en la época de la formación de los Estados nacionales se produjo porque ese proceso
tuvo lugar con mercados todavía muy imperfectos.
Dos son los problemas que se deben afrontar para asegurar un regular flujo de ingresos fiscales y, aunque distintos,
están vinculados al mayor grado de desarrollo y modernidad del Estado:
1. El contar con una base imponible amplia.
2. Una razonable organización de la percepción del impuesto.
El primero tiene que ver con el grado de desarrollo de la economía; el segundo, dependerá de organización política de
cada país. Ambos están relacionados con los marcos institucionales específicos, que amplían (o limitan) la base
imponible, y que determinan la existencia de una organización eficaz (o no) para establecer impuestos y sus maneras de
recaudación.
Economías más orientadas al comercio exterior, como el Reino Unido, en una parte muy importante se basaron en
impuestos de aduana. Esto hizo más fácil su percepción, ya que se los cobraba en puertos conocidos de salida o entrada.

19
Francia aplicó diversos impuestos al consumo (indirectos) como a la producción (directos). Entre los primeros, la
gabelle (​ impuesto al consumo de sal); entre los segundos, la talla real y la personal (la capitación). En Francia, los
nobles no pagan impuestos, porque desde épocas feudales tenían obligaciones de sangre (armarse). Tampoco el clero,
al que sólo podía pedírsele que lo hiciera voluntariamente.
Desde Luis XIV el mantenimiento de un ejército permanente y la necesidad de sufragar las continuas guerras en que
Francia estuvo involucrada, llevaron la presión impositiva a extremos intolerables. Eso fue más grave porque la base
imponible fue estrecha, ya que sólo incluia al Tercer Estado (los campesinos y la burguesía en las ciudades). Cualquier
reforma del sistema que alterara los antiguos privilegios necesitaba del llamado a los Estados Generales. Los nobles se
resistieron a cualquier reforma que implicara extender la base imponible a los que no pertenecían al Tercer Estado,
produciendo los problemas fiscales que terminaron en la Revolución Francesa.

El problema de la organización:
Uno de los problemas más difíciles de la monarquía fue organizar la percepción de impuestos. En las condiciones de
entonces, sobre todo para países con una vasta extensión territorial e impuestos basados en la economía doméstica
como Francia, ello era muy complejo y costoso. Mantener una burocracia permanente era muy caro y no había tampoco
seguridad jurídica de que ésta fuera totalmente leal y que no se quedara con parte de lo recaudado, o que se dejara
corromper permitiendo la evasión de impuestos. Por ello aparecieron otras alternativas como el arrendamiento de los
impuestos que ahorraba los costos de su administración y permitía adelantar su percepción. Los Estados que lograban
organizar directamente la cobranza de impuestos como Gran Bretaña fueron, sin embargo, bastante más eficientes.

Los procedimientos arcaicos de percepción de impuestos:


Como las monarquías gastaban más de lo que recaudaban, debieron recurrir a distintos artificios. Probablemente, el
más generalizado consistió en no pagar sus deudas. Otras veces, usando su poder de coerción apelaron a préstamos
forzosos de banqueros o comerciantes. Tampoco estuvo ausente la confiscación de bienes con los que se sancionó a sus
enemigos reales o inventados (entre ellos los banqueros judíos). Finalmente, cuando los préstamos se habían obtenido a
elevadas tasas de interés, se terminaba no pagándolos.
Los monarcas apelaron frecuentemente al señoreaje como una fuente de recursos. Éste consistía en el pequeño derecho
que cobraban por la acuñación de la moneda. Pero cuando, urgidos por la necesidad de fondos, lo aumentaban, también
se agrandaba la diferencia entre el valor legal de la moneda y su valor como mercancía; lo que perjudicaba a sus
tenedores y hacía que los que la recibían en pago de bienes aumentaran sus precios, produciendo fenómenos
inflacionarios.
Se advirtió, además, que los bancos podían ser un útil mecanismo de financiamiento para los gobiernos ya que estos
podían colocar su deuda en ellos y que aquéllos a su vez colocarla entre el público en forma de dinero. Este fue el caso
del Banco de Inglaterra en 1697 y el de la Banque Royale en Francia en 1716.

Los problemas fiscales de la monarquía inglesa:


Para consolidar el poder de la monarquía Tudor, Enrique VIII apeló a diversas medidas. Aprovechando su conflicto con
Roma, expropió bienes de la Iglesia, que le sirvieron para obtener ingresos y ganar el apoyo de numerosos partidarios.
También le quitó contenido metálico a las monedas, lo que produjo una fuerte inflación. Isabel I, que siguió el corto
período de su hermano, debió implementar duras medidas de ajuste para equilibrar las finanzas y sanear la moneda.
Para pagar sus deudas y gastos, Isabel I vendió más del 25 por ciento de sus tierras. Con los precios de éstas en baja y
con los salarios en alza, tras la Peste Negra, las rentas que obtenía la Corona de sus bienes estaban decreciendo,
mientras que los precios de los bienes más intensivos en trabajo aumentaban.
Como los recursos tradicionales eran insuficientes para solventar los gastos, se buscó ampliar los poderes impositivos
del Estado. Se trató de pasar de una monarquía patrimonialista que vivía de sus propios bienes, a otra que viviera de los
excedentes de los ingresos de sus súbditos. Esta transición requería instaurar un nuevo régimen político en el que los
contribuyentes aceptarán como legítimo el gravamen.
Además de los impuestos al comercio, la monarquía recurrió a otras fuentes: los préstamos forzosos, la concesión de
monopolios, la expropiación de la riqueza y la venta de títulos nobiliarios y hereditarios. La Corona puso más énfasis
en la lucha por el poder de gravar, porque los impuestos aseguraban la entrada estable y regular de recursos.

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En 1964 el Parlamento limitó la capacidad del Rey para conceder monopolios. El Parlamento había establecido un
valor de tarija fijo para los derechos aduaneros. Cuando en el siglo XVI se produjo un alza importante de los precios, la
Corona pretendió su actualización pero se encontró con una firme resistencia del Parlamento. Los Estuardo, siguiendo
el ejemplo francés, quisieron imponer la autoridad real en materia de gravámenes, pero el parlamento en 1610 declaró
que todo impuesto votado sin su autorización era ilegítimo. Carlos I trató de establecer impuestos basados en el peso de
los bienes, pero el Parlamento no se los aceptó, a lo cual el Rey respondió disolviéndolo en 1625.
En 1628 el Parlamento elevó al Rey una petición de derechos que sería luego la pase del acuerdo político de 1688 y de
los principios constitucionales modernos. Allí se estableció que ningún súbdito podía ser obligado a pagar dinero en
préstamo si este no había sido autorizado por un cuerpo político en el que los contribuyentes estuvieran representados
(​no taxation without representation)​ . También estableció el principio hábeas corpus, aquel por el cual nadie podía ser
detenido sin orden de un juez competente.
En 1624 estalló la guerra civil. El rey Carlos I fue ejecutado y la guerra se prolongó hasta 1651 no sin antes haberse
producido cambios importantes: la Cámara Privada que asentía los derechos del Rey y la destrucción de la
administración central que permitía a la Cordona hacer efectivas las reglas que dictaba. Pero las nuevas instituciones
fueron limitadas y la administración central fue encargada de la recaudación de impuestos. Al igual que la antigua
monarquía, el nuevo gobierno (régimen de Cromwell) se encontró con problemas fiscales y, por lo tanto, con
problemas de supervivencia.
En 1660 el régimen revolucionario fue derrocado y volvió la monarquía de los Estuardo con Carlos II. En 1672 el rey
Carlos II, sin fondos, dejó de pagar las deudas reales, lo que acentuó la crisis fiscal y política de los Estuardo.
En 1688, con el triunfo del Parlamento en o que se llamó Revolución Gloriosa, éste llamó a María Tudor y Guillermo
de Orange para hacerse cargo de la Corona, en un régimen de soberanía compartida con la Cámara de los Lores y con
la Cámara de los Comunes. Se proclamó el ​Bill of Rights y se llegó a un acuerdo en el cual el Parlamento ganó poderes
decisivos respecto de la declaración de los impuestos y para controlar los fines para los cuales eran sancionados, los
niveles de gasto del gobierno y la emisión de moneda.
El sistema instaurado por el acuerdo de 1688, que Montesquieu denominó ​La Constitución Inglesa,​ estableció el
principio del gobierno limitado y de la soberanía compartida (división de poderes) entre el Rey, los Lores y los
Comunes. Otorgó más independencia al Poder Judicial y, sobre todo, dejó en el Parlamento la mayor parte de las
facultades que afectaban los derechos de propiedad. Como en los Comunes estaban representados los sectores sociales
propietarios, eran éstos los más afectados por el pago de impuestos o por el peso de la deuda, los que a partir de
entonces podrían tener no sólo la facultad de disponer de los impuestos sino de controlar los gastos.
Al reducirse el poder absoluto de Rey y su capacidad para actuar arbitrariamente, el Parlamento fue mucho más
receptivo para concederle impuestos y autorizarle la emisión de deuda. En lo que más adelante se llamó la “revolución
fiscal”, se organizó el Crédito Público, estableciendo un Fondo de Amortización con recursos específicos y la emisión
de deuda a largo plazo. La organización del crédito y la confianza generada por un gobierno limitado hicieron más
atrayentes los papeles de deuda; bajó la prima de riesgo y por consiguiente la tasa de interés que estaba por arriba del
10 por ciento en el curso del siglo bajó al 3 por ciento. Esto paradójicamente permitió que el servicio de la deuda fuera
menor con un gasto y una deuda en aumento.
El arreglo institucional de 1688 permitió que existieran incentivos tanto para la Corona como para el Parlamento para
respetar y cumplir los acuerdos, lo que le dieron una perdurable estabilidad. Desde compromiso surgió una conducta
predecible de la Corona y la limitación para actuar discrecionalmente, que fue la condición de seguridad de los
derechos de propiedad.
North indica que las condiciones favorables que encontró el gobierno en los mercados de capitales y deuda, y que le
permitieron, junto a los impuestos, financiar sus gastos, fueron la evidencia de una mayor confianza en el compromiso
del gobierno de cumplir los acuerdos financieros y la seguridad de los derechos de propiedad.
La otra innovación consistió en la creación del Banco de Inglaterra, un banco de emisión que fue agente financiero del
gobierno y que como compensación obtuvo el privilegio de ser la única entidad bancaria que se constituyó como
sociedad anónima pudiendo por ello obtener capitales por suscripción pública. La emisión de billetes como promesas
de pago ya era una práctica, por lo que la emisión no fue un derecho monopólico para el Banco de Inglaterra.

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La crisis fiscal francesa: de la monarquía absoluta a la revolución:
La experiencia de Francia en el siglo XVII fue diferente a la de Gran Bretaña. En primer lugar, Francia no sólo era un
país mucho más grande, sino más rico y poderoso. La diferencia más notable entre los dos países fue que Gran Bretaña
pudo extraer mayores impuestos a sus contribuyentes y que esto no acarreó rebeliones fiscales ni atraso en la economía.
La falta de capacidad francesas para hacer frente a los gastos que exigieron las prolongadas guerras y la habilidad de
Gran Bretaña para hacerlo tuvo mucho que ver con las características geográficas, históricas e institucionales de cada
país.
Mientras Gran Bretaña era un país insular, Francia tenía un territorio muy extendido. Los regímenes fiscales franceses
divergían en regiones que tenían características particulares, y diferían más aún en las antiguas y en las nuevas
regiones. Pero sobre todo, se trató de un régimen que recargó el peso impositivo sobre los campesinos y los sectores
urbanos. Por tradiciones que venían desde tiempos medievales, aquellos que tenían obligaciones de sangre (servicio
militar) estaban excluidos de las otras (trabajar o pagar derechos en dinero o especie). Cuando la guerra moderna se
profesionalizó, esto dejó de tener sentido, pero de todos modos perduró por mucho tiempo.
Aunque se trataba de una monarquía absoluta, los decretos de los reyes debían ser registrados por los Parlamentos.
Estas entidades estaban encargadas de los asuntos judiciales y no funcionaban como instituciones representativas.
Había varios Parlamentos en Francia y el Rey debía pedir el registro de sus decretos. El Parlamento de París se negó
varias veces al acto formal de registrar los decretos del rey, oponiéndose hasta 1789 a aceptar que éste pudiera extender
la obligación de pagar tributos a la nobleza si no se contaba con aprobación de los Estados Generales (que no se habían
reunido desde Luis XIV).
Las exenciones de que gozaba la nobleza se extendían a quienes compraban o nuevos títulos nobiliarios o puestos
públicos que creaban los monarcas para obtener recursos. El problema era que el ingreso obtenido al conceder esas
posiciones importaba una disminución futura en los ingresos que le correspondería al monarca. La debilidad de las
instituciones fiscales y monetarias del Antiguo Régimen contribuyeron no sólo a las dificultades de Francia para
proyectar su poder hacia ultramar sino también a la crisis y, en última instancia, al colapso de la monarquía.
Si bien tanto Gran Bretaña como Francia se encontraron con costos militares crecientes, las innovaciones fiscales de
Gran Bretaña, a diferencia de lo que sucedió en Francia, estuvieron más cerca de una política fiscal óptima: los
impuestos fueron suavizados, aumentando no sólo durante la guerra sino también antes y después. La Corona francesa
tuvo grandes limitaciones para financiar las guerras. Intereses particulares obstruyeron muchas reformas esenciales para
mejorar la eficacia de la política fiscal. A pesar de los esfuerzos por reformar la estructura de impuestos y producir un
sistema nacional unificado, las tasas impositivas variaron considerablemente según el estatus legal, regional y personal,
produciendo grandes distorsiones económicas.
El sistema de recaudación francés produjo bajos ingresos, reflejando las dificultades de la Corona para monitorear a los
colaboradores de impuestos. Lo central en las dificultades fiscales de Francia fue la ausencia de instituciones
nacionales que representaran a los contribuyentes y que pudieran legitimar los aumentos y las reformas impositivas.

La administración de los impuestos:


Existieron dos mecanismos de cobranzas de impuestos. El de los directo estuvo, en general, a cargo de la
administración del gobierno, que pagó un salario a los cobradores que entregaban a la Corona lo que recaudaban. La
Corona también pagó a oficiales administrativos, los “regisseurs”​, para monitorear y mantener el funcionamiento del
sistema. El de los indirectos generalmente se otorgó en arrendamiento por una suma rminada que los arrendatarios
(​fermier​) adelantaban al Rey. Uno de los impuestos al consumo más difundidos fue el gravamen a la sal; la odiada
gabelle. L​ a sal era un artículo imprescindible para conservar alimentos cuando no existían los sistemas de refrigeración.
La Corona concedía el monopolio de la venta de sal y cobraba por ello.
Los ​fermier r​ eprimían severamente el contrabando que se hacía para eludir su pago. Cuando necesitaban fondos, los
reyes acusaban a los fermier de haber cobrado más de lo que les había adelantado y se los sometía a juicio. Los
momentos de mayores dificultades financieras coincidieron con los de mayor cantidad de ​fermier s​ ometidos a juicio.

La crisis final de la monarquía francesa:


El apoyo francés a la guerra de la independencia de los Estados Unidos (1775-1783) generó enormes gastos militares,
lo que complicó más la ya difícil situación fiscal. Necker había sido llamado por Luis XVI por sus buenas relaciones

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con la banca suiza, lo que le posibilitó obtener ayuda financiera que permitió afrontar la guerra, aunque dejó para el
futuro cargas pesadísimas. Necker intentó -sin éxito- reformar el sistema impositivo extendiendo a los nobles el
principal impuesto, la talla, pero éste fue rechazado por el Parlamento de París con el conocido recurso de no registrar
el decreto real. Tras Necker siguieron los ministros Brienne y Calonne, cuyos intentos también se frustraron. Entre
otros medios se recurrió a la Caisse d’Escompte para que los bancos descontaran con billetes emitidos por la Caja
deuda de los bancos que tomaban deuda del gobierno. Esto terminó afectando sus reservas, por lo que debió declarar la
inconvertibilidad de sus billetes produciéndoles su fuerte depreciación y su rechazo en el mercado. Luis XVI entretanto
se negaba a una conversión forzosa de la deuda que implicara una reducción del principal o sus intereses. Vuelto
Necker al manejo de las finanzas, éste trató de obtener en una asamblea de notables una resolución que autorizara
extender los impuestos. Fracasado este intento, Necker convenció al Rey de que la última alternativa que quedaba era la
convocatoria a los Estatutos Generales.

La Revolución:
Reunido el Tercer Estado se constituyó en asamblea nacional y, entre las medidas que adoptó en los meses siguientes,
abolió los derechos feudales y muchos de los impuestos como la ​gabelle​. Reconoció las deudas del antiguo régimen y
suprimió los cargos públicos venales (venable: que está puesto a la venta), pero los indemnizó. buscando un sistema
impositivo más equitativo, impuso un gravamen a la tierra, pero chocó con dificultades técnicas y de cobranza que lo
hicieron muy poco efectivo.
La difícil situación del nuevo régimen se agravó cuando Francia tuvo que enfrentar desde 1792 la guerra contra una
coalición europea. Con la necesidad urgente de financiar a la nación en armas, la Convención decidió confiscar los
bienes de la Iglesia con el pretexto de que ya no cumplían con los objetivos caritativos para los que se los había
otorgado. Aquellos bienes (en adelante bienes nacionales), no podían ser realizados de inmediato, por lo que el
gobierno decidió emitir deuda, utilizándolos como garantía para sus propias emisiones. Los bancos ganaban al percibir
intereses por los bonos, al tiempo que, como contrapartida, emitían un pasivo -los billetes de banco-, por los que no
pagaban interés. De este modo se logró monetizar la deuda sin producir, en un comienzo, un shock inflacionario.
En plena guerra contra la coalición europea y fracasada la recaudación del impuesto a la tierra, la Convención comenzó
a emitir asignados de menores denominaciones y, en vez de colocarlos en los bancos, empezó a hacerlos circular
directamente como dinero. El aumento en la cantidad de títulos públicos (asignados), frente a la cantidad fija de tierra
que les daba valor, hizo que cayeran sus cotizaciones o que subiera en asignados el valor de la tierra. Además, la gente
quería deshacerse de los asignados y cambiarlos por oro para evitar la pérdida de su valor, generándose un círculo
vicioso.
Esto produjo una consiguiente depreciación, carestías y alzas generalizadas de los precios que se vieron como
conspiraciones de los enemigos de la Revolución. En un clima de crisis generalizada, los jacobinos tomaron el gobierno
en 1793 e impusieron precios máximos a los bienes, disponiendo que su violación, entendida como la no aceptación de
los asignados por su valor escrito, sería interpretada como un crimen contra la patria y penado con la guillotina. Bajo el
terror jacobino no cayó la demanda de dinero. El gobierno pudo emitir asignados inconvertibles que circularon gracias
a la imposición legal que forzó su aceptación por su valor escrito bajo la pena de ser ejecutado en la guillotina. Ello
evitó, por un tiempo, la huida del dinero y la hiperinflación.
Cuando en Termidor el gobierno del terror concluyó, se reabrieron los mercados de capitales y de bienes y la
depreciación de los asignados alcanzó proporciones inéditas. Tras la inflación reprimida estalló la hiperinflación. El
asignado ya había perdido completamente su valor. Finalmente, en 1796, los asignados fueron eliminados y se retornó
a un sistema monetario metálico.

EL MERCANTILISMO:

Ya en la primera parte del siglo XVII comenzó a detenerse el empuje que la economía había tenido en el siglo XVI. El
fenómeno, sin embargo, no fue parejo. No afectó a todas las regiones por igual ni con la misma intensidad. Según
North, una organización económica más eficiente jugó un importante rol al evitar la generalización de las trampas
malthusianas. Ésta es la diferencia más significativa del siglo XVI, cuando la organización económica en Europa

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occidental era relativamente uniforme, y en el siglo XVII, cuando las instituciones y derechos de propiedad dentro de
los Estados Nacionales emergentes ya habían tomado caminos divergentes desde hacía cien o doscientos años.
Los países del sur de Europa, los atlánticos como España y Portugal, y los mediterráneos, como Italia, sufrieron más la
baja de la población y del comercio que los del norte. No pasó lo mismo en estos últimos, donde aparecieron nuevas
estrellas en el comercio internacional. La primera fue Holanda con la ciudad de Ámsterdam, que se constituyó en
centro del comercio de mercancías y capitales. Holanda disputó a España y Portugal los mercados ultramarinos del
océano Atlántico, en el Índico y también en el Pacífico. Luego, fue el Reino Unido que estableció en Londres un centro
comercial y financiero que disputaría luego a Ámsterdam su posición privilegiada.
Pero el siglo XVII fue de recesión, aunque de naturaleza distinta a todos los otros períodos de reversión de las
tendencias expansivas. Las crisis antiguas eran de subsistencia, de falta de oferta. La ruina llegaba por la ausencia de
alimentos. En el siglo XVII apareció un fenómeno moderno: la miseria apareció no por falta de productos sino por falta
de quien los compara. Es decir, no por un problema de oferta, sino por uno de demanda. La demanda caía.
Cuando los mercados no se expanden, cuando la demanda cae, los productores reclaman protección. Buscan defenderse
de la competencia. En el pasado, cuando no había exceso de oferta sino escasez, las ciudades trataban de proteger su
abasto. Tomaban medidas para asegurar una provisión suficiente y discriminaban contra los productores para mejorar el
bienestar de sus habitantes.
En el nuevo contexto de exceso de oferta de bienes, ¿cómo se protegerían los productores? El medio elegido fue limitar
la oferta en forma abierta o encubierta, con múltiples regulaciones (calidad, origen, nacionalidad, etc.).
Pero, ¿quién decidiría las regulaciones? En el pasado, en un ámbito mucho más pequeño, eran las mismas
corporaciones o gobiernos de las ciudades los que lo hacían. Para mercados ampliados se necesitaba, en cambio, de una
autoridad central que las hiciera efectivas.
Quienes tuvieran el acceso exclusivo a un mercado gozaron de beneficios monopólicos, es decir, de ganancias
extraordinarias, que desaparecerían si otros, atraídos por esas ganancias, pudieran entrar en ellos, porque las rentas
finalmente se disiparían. La libre entrada es fundamental para que la asignación de recursos en una economía sea
eficiente. La regulación, al crear artificialmente escasez, posibilita una ganancia extraordinaria, pero para que ésta
perdure debe crearse barreras de entrada permanentes para que no entren nuevos productores y se produzca una baja de
los precios.
Las políticas regulatorias crean explícitamente protección cuando establecen prohibiciones o tarifas para importar, o
apoyos o subsidios directos o indirectos a las exportaciones. Pero la existencia de una demanda de regulación supone
también su oferta. La oferta de una regulación (que impone limitaciones) requiere tener suficiente poder de coerción
para hacerla efectiva. El establecer prohibiciones tiene, además, un costo. Hay que incurrir en gastos para lograr el
privilegio del acceso a un mercado limitado del que se excluye a otros competidores.
¿Quiénes ofrecían regulación? Los gobiernos, porque tenían el poder de coerción. Lo hicieron en respuesta a una
demanda de los que obtenían un beneficio y que por ello le pagaban una parte de sus ganancias. Para el gobierno,
participar de las ganancias extraordinarias que concedía era una forma más fácil de obtener recursos.
¿Por qué? Porque en el antiguo régimen las economías tuvieron un escaso intercambio y monetización, ya que recién
empezaban a sustituirse la cobranza en especie por una en dinero, y el monarca (el gobierno central) todavía estaba
luchando por imponer su autoridad sobre la de los señores feudales. En ese marco, la percepción de impuestos en
dinero fue particularmente difícil. Los costos de transacción en la cobranza eran muy elevados, por lo que la alternativa
de ofrecer derechos monopólicos participando en sus beneficios pareció ser más eficiente. Pero al competir por la
obtención de privilegios, los demandantes incurrían en costos que no debían ser mayores que los beneficios para que la
demanda continuara, por lo que se requería seguridad sobre el carácter limitado o exclusivo del privilegio adquirido.
Las políticas mercantilistas coincidieron con una época en que se formaron los Estados Nacionales y en que la
autoridad tendió a centralizarse. En un mundo como el feudal, con una autoridad dispersa, los costos de efectivización
de las medidas para conceder privilegios hubieran sido enormes.

La unificación del Estado:


Las ideas o lo que se dio en llamar las “políticas mercantilistas” reflejaron un proceso de transformación de la
economía, de la sociedad y la política que tuvo lugar desde la guerra de los Cien Años y que en el siglo XVII se
caracterizó por la formación y la centralización de los Estados Nacionales.

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Ya en el siglo XVI quedaba atrás el mundo medieval donde la autoridad política había estado centralizada, y los
mercados y el uso del dinero fueron limitados. La unificación de la nación y las tendencias centralistas diferían del
atomismo feudal y de la universalidad de la Iglesia y del Santo Imperio, que habían sido los factores dominantes en el
medioevo.
Cuando los derechos de propiedad se hicieron más efectivos, el intercambio y la división del trabajo aumentaron y con
ello la riqueza y la posibilidad de extraer un mayor excedente. Los señores, cada uno en su dominio, y las ciudades en
lo suyo, lo aprovecharon para fijar aranceles al comercio y patentes y licencias al ejercicio de las profesiones en los
municipios. Para ejercer el comercio o la industria en las ciudades exigían que se perteneciera a gremios que regulaban
las profesiones, su incorporación y ejercicio, y establecieron los derechos que se debían pagar por las licencias
habilitadoras.
A medida que los reyes trataron de extender su autoridad a todo el territorio del reino, no sólo reclamaron para sí la
percepción de esos derechos a la producción y al comercio, sino que buscaron reemplazar a los gremios y a las
ciudades en la concesión de licencias y patentes, las que en adelante se fueron otorgando de una manera uniforme en
toda la nación. Se eliminaron trabas al transporte y al comercio interno, reemplazándolos con derechos al comercio
exterior, uniformando los gravámenes y definiendo los atributos de los bienes (pesas y medidas) que debían ser los
mismos en todo el territorio del Estado.
Schmoller interpretó al mercantilismo como aquellas ideas y políticas que buscaron la construcción del Estado Nación
por medio de la centralización de la política y económica. Estas ideas reflejaron una nueva y más moderna relación
entre la economía y el Estado. La primera debía servir para consolidar el poder del Estado y éste debía favorecer el
crecimiento de la economía. La idea del tesoro y las políticas mercantilistas están presentes en el título mismo de la
obra de Thomas Mun, uno de los pocos autores reconocidos como mercantilistas.

Poder y riqueza:
La riqueza para los mercantilistas es un medio para obtener poder. Ellos identificaron la riqueza con la tenencia de
dinero metálico (oro y plata).
La experiencia de España -el imperio más grande de la época- que había contado con los ilimitados recursos metálicos
de sus colonias americanas, llevó a considerar a los gobernantes de los países que no los tenían, que la riqueza de un
país dependía de sus tenencias de oro. Faltaría bastante tiempo para que, en 1792, Hume impugnara esa creencia
apuntando el negativo efecto que el exceso de oro tendría sobre los precios domésticos (haciéndolos aumentar en
relación con los precios de otros países) y sobre el comercio.
Claro está que con países enfrentados, con guerras reiteradas y casi interminables, con mercados de deuda ilimitados y
un régimen fiscal todavía incipiente, el atesoramiento de metálico, de dinero, daba seguridades para afrontar los gastos
militares (“el dinero es el nervio de la guerra”).
La abundancia de dinero permitiría también bajar las tasas de interés. No se puede explicar, sin embargo, cómo, si
había excedente en el mercado de bienes y con altas tasas de interés, no bajaron los precios para llegar a un equilibrio,
salvo que la oferta no fuera competitiva, lo que en realidad es lo que buscaban las políticas mercantilistas. Esto nos
diría que el excedente de oferta ocurría en mercados pocos competitivos.

La necesidad de una balanza comercial favorable:


Los mercantilistas favorecían restringir las importaciones, promover las exportaciones y contar con saldos comerciales
favorables. Esto no sólo permitía colocar en el exterior los excedentes que el mercado doméstico no absorbía, sino
también (cuando se medía la riqueza en tenencias de oro) obtener saldos en ese metal para los países que no lo
producían. La idea de la balanza favorable está, por un lado, vinculada a la de poseer tenencias de oro, pero también a
la de encontrar mercados para el exceso de producción local. Se trataba de mercados con una oferta excedente de
bienes (esto porque no había suficiente competencia para equilibrar cantidades y precios en el mercado de bienes) y una
demanda excedente de dinero. La salida de metálico de España permitió recobrar el equilibrio europeo, ya que el
excedente de oferta de dinero en España se transfirió a los otros países.

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La protección:
Mientras las políticas de las ciudades tendían a asegurar el abastecimiento y proteger al consumidor, en el siglo XVIII,
en un mundo más moderno, existió el temor al exceso de bienes y se buscó proteger al productor. Esto sucedió porque
los monarcas obtenían un mayor ingreso ofreciendo beneficios a los productores (que pagaban con una parte de la renta
que percibían) que favoreciendo a los consumidores (a quienes era más difícil cobrarle impuestos). Se trató de un
problema de acción colectiva. El monarca podía asociarse más fácilmente con pequeños grupos a los que les brindaba
ventajas participando de ellas, que con una multitud de consumidores cuyas respuestas individuales no mejorarían los
resultados fiscales.
Los gobernantes concedieron a los productores el acceso restringido a un mercado local y también subsidios y ayudas a
la exportación.
Hume rectificó la idea de que las tenencias de oro hacían rico a un país, cuando explicó que los excedentes monetarios
no producirían un bienestar permanente, porque incidirían en la suba de los precios y por ende en la baja de
exportaciones y en la suba de importaciones. Eso produciría una disminución de las reservas monetarias, la
desaparición del excedente de oro y el regreso anterior al equilibrio. Por otro lado, aunque para los individuos es
siempre mejor ahorrar, produciendo más y consumiendo menos, era distinto para el caso de los países porque el
aumento de las tenencias de oro producía el alza de los precios. Adam Smith calificó como mercantilistas a las políticas
de los comerciantes que buscaron la protección del Estado en detrimento de los consumidores. Según él, las políticas
“eran perversas porque inferían con la ‘libertad natural’ de los individuos y llevaban a una mala asignación de recursos,
pero a pesar de esto eran llevadas a cabo porque eran diseñadas por comerciantes e implementadas por los estados
ignorantes respecto de asuntos económicos”.

La versión de Heckscher sobre el mercantilismo. Ekelund y Tollison:


Heckscher escribió una obra clásica sobre el mercantilismo en la cual, motivado por su convicción sobre las ventajas
del libre comercio, comparó la evolución de las políticas mercantilistas en Inglaterra y Francia en los siglos XVII y
XVII. Allí llegó a la conclusión de que en el primer país las políticas mercantilistas fracasaron, aportando
consecuencias positivas para su comercio y su economía, mientras que en Francia habrían tenido éxito pero con un
efecto negativo sobre el progreso de sus industrias, lo que explicaría por qué en el siglo XVIII ésta quedó retrasada con
respecto a Inglaterra.
Según Heckscher, en Inglaterra el Parlamento durante el siglo XVIII luchó a favor del librecomercio y contra las
medidas mercantilistas de la Corona. Su triunfo en esa disputa terminó con el triunfo de la libertad de comercio.
En cambio, en Francia la monarquía había sido más exitosa en imponer su autoridad absoluta. Sin oposición
parlamentaria y con una burocracia muy eficiente y bien paga (los intendentes) había podido imponer un complejo
sistema regulatorio y de tarifas que había sido negativo para el desarrollo de la industria de productos masivos,
limitándose a la producción artesanal y de lujo.
Ekelund y Tollison rebaten la interpretación de Heckscher y buscan una reinterpretación del fenómeno mercantilista.
Recuerdan que tenta económica es toda remuneración que se paga a un factor por encima de su costo de oportunidad.
Nada hay de malo -para los autores- con que se aproveche de la entrada momentáneamente restringida a un mercado
para obtener ganancias extraordinarias. Ello incentivaría la búsqueda de nuevas tecnologías y mercados. Si no existen
barreras de entrada permanentes, las mayores ganancias atraerían a otros oferentes, al aumentar la oferta disminuirían
los precios y finalmente la renta se disipará. En ese sentido, la renta no se distingue del beneficio. En cambio, si existen
barreras que impiden a otros la entrada a mercados donde existe la potencial oportunidad de obtener ganancias
extraordinarias, la renta no se disipará y se volverá permanente.
Ekelund y Tollison dicen que la “renta” y la “búsqueda de renta” son conceptos diferentes. Búsqueda de renta es toda
actividad que se realiza en demanda de una regulación (protección) que brinde quien tiene el poder para hacerlo.
Explican la existencia de un mercado de regulaciones señalando que hay una oferta de regulación (protección) que en
principio es provista por el Estado, y una demanda, la de aquellos que aceptan pagar un costo siempre que obtengan un
beneficio mayor.
La perdurabilidad de la restricción en ese mercado dependerá de las condiciones técnicas e institucionales que aseguren
que los costos de obtener rentas sigan siendo menores que sus beneficios. Si los primeros aumentan, la demanda
desaparecerá (que es lo que habría sucedido en Inglaterra), mientras que si las regulaciones se aplican eficazmente y los

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costos siguen siendo menores, perdurará (que es el caso de Francia). La estructura de costos y beneficios dependerá de
la naturaleza de la oferta.
Habitualmente, cuando el Estado concedía una protección cobraba a quienes se beneficiaban con ese privilegio. Pero,
¿por qué el Estado buscaba hacerse de recursos de esa manera y no obtenerlos con impuestos? Porque en economías
incipientes y con un Estado no demasiado organizado el costo de la cobranza de impuestos es muy alta. Es más fácil
para el monarca obtener una parte de esa ganancia extraordinaria que concede. Si los mismos demandantes compiten en
la búsqueda de rentas, al concretarse un precio a la concesión, el monarca conocerá cuál es para éstos el valor de la
recaudación futura, lo que, dadas las condiciones de la época, era difícil determinar.
El valor presente de la renta dependerá de la certidumbre sobre la ganancia esperada. Si existe certidumbre de que la
autoridad central es la única que puede ofrecer la renta, el costo de negociación será menor. Por eso el mercado de
regulaciones (el mercantilismo) se generalizó cuando existieron monarquías centralizadas.
En las diferencias institucionales (Heckscher) y, luego, en la estructura de costos y beneficios de ofrecer y demandar
regulaciones (Ekelund y Tollison), se encuentra la diferencia entre Inglaterra y Francia.
Mientras en Inglaterra, durante la dinastía de los Estuardo, la autoridad del Rey para conceder derechos monopólicos
fue desafiada reiteradamente por el Parlamento, los reyes franceses mantuvieron un régimen absoluto indisputado. En
Inglaterra, la concesión de derechos monopólicos sin aprobación parlamentaria fue cuestionada.
A diferencia de la tesis de Heckscher de ineptitud y vagancia de los jueces de paz para hacer efectivos los derechos y
concesiones Ekelund y Tollison argumentan que, por lo contrario, debido a que los funcionarios británicos no eran
remunerados, su comportamiento fue predecible. Los jueces de paz que no cobraban sueldo eran encargados de
asegurar en sus distritos el hacer efectivas las regulaciones reales, pero lo hacían con tan poco entusiasmo que con
mucha frecuencia otros entraban en el mercado que se se había reservado a los titulares de los monopolios. Si cualquier
otro podía entrar al mismo mercado pagando un pequeño soborno al juez de paz, ¿qué ventaja se tenía en invertir
cuantiosos montos en pagar a los funcionarios reales por derechos que en muchos casos no se podían hacer efectivos?
Por otro lado, era más fácil hacer cumplir las regulaciones en las zonas urbanas, donde podían visualizarse los intentos
de violación que en las zonas rurales, donde las transacciones podían ocultarse. En Inglaterra, el sector rural no
regulado era mucho más importante que en Francia, y vendedores y compradores podían migrar a sectores suburbanos
o rurales no regulados. La existencia de este sector creaba poderosos incentivos para destruir monopolios que habían
sido convenidos en las ciudades. La monarquía absoluta francesa pudo hacer más efectivos los derechos monopólicos,
no sólo porque su autoridad no fue discutida en esos ámbitos, sino porque contó con una burocracia paga y eficiente
(​intendants​).

Las políticas mercantilistas en Inglaterra:


Hasta finales del siglo XVII, Inglaterra pudo ser considerado un país en el cual la mayor parte de las actividades
estaban reguladas. Nadie podía fabricar algo, ejercer el comercio o una profesión sin obtener la correspondiente
licencia del Rey. La mayor parte de los bienes y servicios consumidos por un inglés común estaban provistos por
monopolios. El gran comercio (local y transatlántico) estaba monopolizado por las Compañías de Indias Occidentales y
la de Indias Orientales. Gente cercana a la Corona y a los grandes señores fueron en su mayoría los beneficiarios de
esos monopolios.
Pero así como el Parlamento había negado al Rey las facultades de establecer impuestos también lo hizo con la de
autorizar monopolios. En 1624 se dictó el Estatuto de los Monopolios, que limitó la autoridad de la Corona y exigió
autorización parlamentaria para hacerlo. Carlos I, que ascendió al trono el siguiente año, encontró pretextos jurídicos
para interpretar la legislación de una manera favorable para continuar haciéndolo. Por otro lado, desde 1630, el
monarca reinó con el Parlamento clausurado hasta su caída.
Para Ekelund y Tollison no hubo una ideología liberal que impulsara al Parlamento a cuestionar la concesión de
derechos monopólicos -como sostiene Heckscher-, sino que éste luchó contra la Corona por el reconocimiento de quien
tendría la facultad para ofrecerlos y participar en las rentas. Por otro lado, Gran Bretaña no fue un país con una
burocracia muy extendida. Los funcionarios locales (jueces) que no cobraban salarios de la Corona y que vivían de los
derechos que cobraban por su intervención en asuntos civiles de quienes lo solicitaban, eran los que debían hacer
cumplir las órdenes reales. Pero debido a esas circunstancias, frecuentemente no sancionaban las violaciones a los
derechos otorgados por las patentes.

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Fue finalmente el acuerdo de 1688 el que concluyó con el período de gran expansión de los monopolios. Por un lado,
porque otorgó al Parlamento la autoridad de conceder patentes y licencias. Al reemplazar al Rey por una autoridad
colegiada y numerosa, aumentaron considerablemente los costos de transacción y se hizo menos redituable la
explotación de las licencias. Además, habiéndose establecido con el acuerdo de 1688 un régimen fiscal más eficiente
disminuyó la necesidad de hacerse de recursos por medio de la concesión de monopolios.

Las políticas mercantilistas en Francia:


El nombre del ministro de Hacienda de Luis XIV ha quedado para la historia como el paradigma de la implementación
de políticas mercantilistas. Colbert buscó poner orden en las finanzas del Estado, reemplazar impuestos anacrónicos
con otros más modernos, concluir con los derechos de peaje y los impuestos internos al comercio, para reemplazarlos
con derechos al comercio con el exterior y regular toda la actividad productiva y de servicios, reemplazando las
regulaciones de los gremios por otras nacionales. Su propósito fue consolidar el poder del monarca y para ello lograr
unas finanzas sólidas.
Colbert decretó una tarifa única para las exportaciones en 1644, eliminando los derechos al comercio interno y los
peajes. En 1673 dictó una Ordenanza de Comercio donde se reguló con toda precisión las actividades de producción de
intercambio. Subsidió manufacturas y estableció su protección directa en los talleres reales.
Francia no tuvo la resistencia de un cuerpo parlamentario para la concesión de licencias y patentes, y contó con una
burocracia paga y eficiente que cumplió lealmente con su obligación de seguir las órdenes del Rey, por lo que el
régimen perduró por más tiempo.

North, Douglass: Estructura y cambio en los orígenes de la Europa Moderna:

Los dos siglos transcurridos desde 1450 a 1650 se caracterizaron en Europa por dos hechos; primero, la extensa
exploración geográfica, explotación comercial y colonización del Nuevo Mundo y de las Indias; y segundo, una
transformación estructural de las unidades político-económicas. La consecuencia de esta expansión fue, en última
instancia, la integración del resto del mundo con las naciones de Europa occidental; pero sus consecuencias inmediatas
consistieron en la ampliación del mercado, el aumento de las oportunidades lucrativas y, a su vez, la presión política
para realizar los cambios estructurales necesarios para aprovechar dichas oportunidades. La transformación estructural
resultante creó las condiciones esenciales que subyacen al crecimiento económico de los tres últimos siglos.
Henri Pirenne argumentaba que el desarrollo europeo durante los Años de Oscuridad había estado influido
fundamentalmente por las fuerzas islámicas que habían cerrado Europa y ahogado el comercio. El punto crucial fue la
conquista de Constantinopla por los turcos en 1453 que cerró el comercio de las especies con Oriente, llevando a los
portugueses (y a otros pueblos) a la búsqueda de una ruta alternativa hacia las Indias.
Ninguna de estas hipótesis ha superado sin complicaciones un estudio crítico. El comercio continuó por la ribera
mediterránea durante la Edad Media, si bien es cierto que a un nivel muy reducido. Sin embargo, ambas hipótesis
contienen un elemento explicativo importante: la modificación de los precios relativos. En el caso de Pirenne, el
comercio mediterráneo se hizo más inseguro en relación a otras rutas potenciales; en el caso del comercio de las
especias, la conquista turca aumentó el tipo de rendimiento potencial del descubrimiento de rutas alternativas a las
Indias.
Los motivos que condujeron al príncipe Enrique de portugal a emprender la explotación de la costa africana fueron
“servir a Dios y aumentar la riqueza”. Sería un error subestimar la importancia del celo ideológico en esta empresa
materialista. Pero la búsqueda de oro, especies, plata, esclavos y otras mercancías más prosaicas era la fuerza
fundamental que movía a los portugueses, españoles, holandeses, ingleses y franceses a pasar por el cabo de Buena
Esperanza, a descubrir América, a conquistar y someter civilizaciones mayas e incas, a cometer guerras interminables
entre ellos, así como con los musulmanes y las poblaciones indígenas. Hacia la mitad del siglo XVIII se había
descubierto el contorno general del mundo (o más bien, redescubierto) y se habían establecido los modelos de
asentamiento colonial que tendrían importantes consecuencias en el desarrollo futuro.
Dos fueron las consecuencias fundamentales de esta expansión europea y de la integración del resto del mundo con las
naciones atlánticas: 1) las instituciones y sistemas de derechos de propiedad que las metrópolis aplicaron a sus colonias
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condicionaron el consiguiente desarrollo de éstas; y 2) el esquema de comercio y flujo de factores productivos (trabajo
y capital) contribuyó a configurar el propio patrón de desarrollo de las naciones atlánticas.
El contraste entre la organización económica de los asentamientos coloniales españoles, portugueses y franceses por un
lado, y de los ingleses por otro, nace de una combinación de la estructura de derechos de propiedad traída de la
metrópoli y de las dotaciones de factores de las colonias. El sistema español de encomiendas implementado en México
sustituyó a los gobernantes aztecas por los encomenderos españoles. A cambio de “protección y justicia”, los nuevos
gobernantes recibieron mano de obra y tributos. Las colonias azucareras portuguesas se construyeron sobre la base de
los esclavos importados de África. Los franceses intentaron el asentamiento en el Canadá francófono de acuerdo con un
esquema que copiaba la organización feudal de la tierra en la metrópoli; con el resultado previsible de que dicho
sistema ofrecía muy escaso interés para los colonos.
La colonización inglesa, que se inició un siglo después de la española y la portuguesa, reflejó la evolución de la
estructura de derechos de propiedad y copió el sistema naciente de este país. Si bien, la Virginia Company y alguna otra
empresa colonial comenzaron por explotar la tierra en común, sus desastrosas consecuencias llevaron a la modificación
de este sistema y al desarrollo de hecho de derechos de propiedad privada de la tierra. En el sur, donde se desarrollaron
plantaciones a escala relativamente grande de tabaco, arroz y cáñamo, el sistema anterior fue reemplazado por la mano
de obra esclava. En cambio, las colonias de Nueva Inglaterra y centrales se caracterizaron por la posesión individual de
la tierra y el desarrollo temprano de una economía basada en la agricultura, la pesca y la navegación.
La descripción anterior afectó a todas las economías nacionales de Europa occidental. En el caso de España y Portugal,
significó originalmente riqueza y oportunidades económicas, pero en última instancia estas ventajas iban a revelarse
ilusorias como luego demostró el estancamiento que sumió a España. Para Holanda significó la construcción de una
economía basada en su ventaja comparativa para la navegación y el comercio; para Inglaterra, las colonias se
convirtieron en parte del Imperio.
Existe un consenso generalizado de que el siglo XVII fue una época de crisis, pero el acuerdo no alcanza al origen de
esta crisis. Fue una época caracterizada por guerras devastadoras, como la Guerra de los Treinta Años en Alemania. Al
final del siglo, la estructura de alguna de las unidades político-económicas se había transformado radicalmente. Para los
marxistas, el siglo XVII es una parte confusa del proceso dialéctico de desarrollo, pues el feudalismo parece haber
desaparecido en 1500, pero el capitalismo, asociado tradicionalmente a la Revolución Industrial, no surge hasta tres
siglos después. La explicación marxista consiste en establecer que a la nueva clase emergente, la burguesía, le costó
tres siglos conseguir el poder político y crear la estructura específica de derechos de propiedad que condujo a la
Revolución Industrial. Las revoluciones inglesas y francesas fueron los acontecimientos críticos que abrieron el camino
al mundo moderno.
Según Hugh Trevor-Roper, la crisis se caracterizó por el excesivo crecimiento de una burocracia parasitaria, con su
consiguiente carga fiscal, que generó la bancarrota generalizada cuando Europa dejó de crecer en el siglo XVII. No hay
duda de que se produjo una crisis fiscal, pero el origen está en las guerras continuas y no en la extravagancia de las
cortes renacentistas. Parece que el argumento marxiano se ajusta mejor a la evidencia, pues fue una crisis estructural
sobre el control del Estado lo que en última instancia condujo a la aparición de un conjunto de derechos de propiedad
que fomentaba el crecimiento económico moderno. Sin embargo, el énfasis marxiano en la tecnología les ha conducido
a error, pues la tecnología de la Revolución Industrial fue posterior y anterior a los cambios estructurales. El cambio
tecnológico asociado a la Revolución Industrial exigía ​previo desarrollo de un conjunto de derechos de propiedad que
aumentara la tasa privada de rendimiento de la invención y la innovación.
La última parte del mundo medieval tuvo características cíclicas. Al crecimiento demográfico de los dos siglos
anteriores le siguió, entre 1300/1350 y 1475, la generalización de la miseria, la peste y la contracción económica; al
segundo ciclo expansivo, 1475-1600, le sucedió una nueva contracción durante el siglo XVII. La crisis del siglo XVII
se extendió por Europa con resultados diferentes. Inglaterra y Holanda habían conseguido escapar de la crisis
malthusiana, en la medida que la producción creció más deprisa que la población; Francia, aunque no cayó en el
estancamiento se iba atrasando progresivamente con respecto a Inglaterra; y España, que había sido anteriormente la
nación más poderosa de Europa, se hundió en un estado de absoluta decadencia.
Las razones de las tasas diferenciales de crecimiento entre los nacientes Estados nacionales de Europa durante el siglo
XVII se hallan en la naturaleza de los derechos de propiedad que se habían desarrollado en cada uno de ellos. La
interrelación entre el gobierno y sus ciudadanos, en particular en lo referido al derecho estatal de la imposición, fue

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especialmente importante. Cada naciente Estado nacional se hallaba en la imperante necesidad de obtener mayores
ingresos. La manera en que éstos se obtuvieron fue la clave de la economía estatal, porque en cada caso implicaba una
modificación de los derechos de propiedad.
En el caso de los dos países que obtuvieron buenos resultados, la estructura establecida de derechos de propiedad
suministró los incentivos necesarios para una utilización más eficiente de los factores de producción y dirigió los
recursos hacia las actividades de invención e innovación. En el caso de los países con peores resultados, el volumen
absoluto de la imposición fiscal y las formas específicas por las que se obtuvieron los ingresos fiscales crearon
incentivos para hacer exactamente lo contrario.
Empecemos por ​Francia​. La aparición del estado nacional en Francia tuvo como respuesta a la catástrofe causada por
la Guerra de los Cien Años. Francia se enfrentó a la difícil tarea de reestablecer la ley y el orden, y de recuperar más de
la mitad de su pretendido reino de manos inglesas y borgoñonas.
Dicha tarea exigía unos ingresos estatales importantes y crecientes. Se había establecido un órgano representativo,
llamado los Estados Generales, cuya finalidad era la aprobación de las obligaciones fiscales especiales para hacer frente
a situaciones de emergencia. Carlos VII tuvo que pedir repetidamente a los Estados Generales la aprobación de nuevos
impuestos, especialmente durante los primeros años de su reinado. La cantidad de dinero que era posible pedir, y que
podía esperar obtener, estaba limitada por los niveles impositivos de sus competidores, Borgoña y la Francia ocupada
por los ingleses.
Carlos VII utilizó eficazmente sus ingresos fiscales llegando a una paz ventajosa con los borgoñones, empujando al mar
a los ingleses y liberando el campo de bandidos. Como consecuencia de su creciente poder empezó a considerar como
prerrogativa la propia obtención regular de ingresos fiscales, que habían sido originalmente aprobados con
características especiales de emergencia por los Estados Generales. El deseo ferviente de los Estados Generales de
poner fin al caos interno francés permitió a la corona secuestrar el derecho de establecer impuestos sin el
consentimiento de los gobernados, un derecho que se extendería más allá de la situación de emergencia que lo originó.
Así, la capacidad para neutralizar y desaparecer los rivales locales dio a la corona francesa el derecho exclusivo para
conceder o modificar los derechos de propiedad. La rivalidad entre los nacientes Estados nacionales creó una continua
necesidad de aumentar constantemente los ingresos fiscales. Una solución inmediata y útil a corto plazo, fue el
intercambio de derechos de propiedad por ingresos fiscales; esta solución tuvo desastrosas consecuencias a largo plazo.
El reino de francia se componía de múltiples economías locales y regionales. La corona estaba obligada a establecer
impuestos específicos en cada región, una tarea que requería una gran burocracia. Con el declive de la actividad
económica en los siglos XIV y XV, los gremios se habían convertido en un poder importante en las ciudades francesas.
Intentaron proteger los mercados locales en recesión de la competencia exterior, mediante la utilización de prácticas de
restricciones monopolísticas. La corona encontró en estos gremios la infraestructura necesaria y ya existente para elevar
los ingresos fiscales. Reforzó los gremios garantizándoles el monopolio local a cambio de una tasa fiscal. La corona
negoció derechos monopolísticos en áreas locales a cambio de una fuerte segura de ingresos. El sistema fiscal creció y
se elaboró definitivamente con el Ministerio Colbert en el siglo XVII. Se eliminaron los rivales potenciales internos (la
nobleza y el clero) al excluirles de la imposición. Se creó una gran administración burocrática para controlar el sistema
fiscal.
Como consecuencia de esto, la economía francesa siguió siendo una economía de naturaleza regional, renunciando a las
ventajas de la extensión del mercado. Se perdieron los beneficios de la competencia y se generó una estructura de
monopolios locales que no sólo explotaron su posesión legal, sino que también dificultaron la innovación. Francia
sacrificó los beneficios derivados de mejorar la eficiencia del mercado a las necesidades fiscales del Estado. Así, el país
no puedo escapar a la crisis malthusiana del siglo XVII.
España tampoco pudo. Muy pronto en la historia de España, cuando la tierra todavía era abundante, se desarrolló la
industria de la lana. En 1273, Alfonso X aglutinó los gremios locales de las distintas ​mestas y fundó lo que más
adelante se llamó el Honrado Concejo de la Mesta de los Pastores de Castilla. A cambio de ser la principal fuente de
ingresos de la Corona para financiar la guerra con los árabes, la Mesta recibió privilegios para trasladar el ganado por
todas las regiones españolas; como consecuencia, se frustró por muchos siglos el desarrollo de derechos de propiedad
eficientes en la tierra.
El Estado nacional surgió bajo el reinado de Fernando e Isabel después de siglos de luchas contra los árabes y
conflictos internos prácticamente ininterrumpidos entre los señores feudales. Cansados del caos interno, el órgano

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representativo de España, las Cortes de Castilla, rindieron el control de los impuestos a la Corona. Entre 1470 y 1540,
los ingresos fiscales se multiplicaron por veintidós y, como en Francia, la cesión de derechos de monopolio por parte
del Estado fue la fuente principal de renta; con consecuencias similares, si no más dañinas.
La era de la hegemonía española sobre Europa empezó con la ascensión al trono de Carlos V en 1516. Fue inicialmente
un período de gran prosperidad con enormes aumentos de los ingresos fiscales. Sin embargo, este incremento de los
ingresos se vio contrarrestado por el incremento de gastos, pues Carlos V tuvo el mayor ejército europeo, así como una
importante armada. Carlos V y su sucesor, Felipe II, necesitaron gastar más cada año para mantener su Imperio. Se
concedieron derechos monopolísticos locales exclusivos a los gremios a cambio de nuevos ingresos. Se confiscó la
propiedad y se vendieron títulos de nobleza, que llevaban aparejada la exención fiscal. Pero incluso estas medidas
desesperadas no pudieron evitar la bancarrota de la Corona.
El comercio y el intercambio se resintieron de la presencia de monopolios, la fuerte presión fiscal y las confiscaciones.
Las únicas áreas libres de las necesidades de la Corona eran la Iglesia, la nobleza o la administración civil. La
estructura de derechos de propiedad que surgió como consecuencia de la política fiscal del gobierno, sencillamente
imposibilitaba la realización de muchas actividades productivas y fomentaba actividades socialmente menos
productivas, pero que estaban protegidas de la avaricia del Estado.
Las experiencias de Francia y España fueron comunes en muchos aspectos. En ambos casos, el deseo inicial de los
ciudadanos de tener garantizada la seguridad, el orden y el respeto de los derechos básicos de propiedad fue tan
importante que el Estado tuvo la posibilidad de adquirir el control y la capacidad de establecer impuestos. La necesidad
de ingresos fiscales, cada vez mayores, obligó esencialmente a ambos Estados a vender derechos de propiedad. La
estructura resultante de estos derechos no fomentaba la eficiencia económica, sino todo lo contrario. España, todavía
más que Francia, sufrió las consecuencias durante todo el siglo XVII.
Holanda adquirió una importante política desproporcionada con su extensión geográfica. El éxito holandés es todavía
más interesante si tenemos en cuenta que era un país con relativamente pocos recursos naturales. Los holandeses
superaron la falta de recursos desarrollando una organización económica eficiente, sobre todo en términos relativos con
sus rivales de mayor extensión, y aprovechándose de la expansión del comercio internacional asociada al
descubrimiento de las Indias y América.
Sus gobernantes se opusieron activamente a la existencia de privilegios monopolistas en las ciudades textiles
existentes, como Brujas o Gante. Si bien los gobernantes contaron con la oposición de estas ciudades, recibieron a
cambio amplio apoyo de los nuevos centros del comercio y la industria que estaban naciendo como consecuencia de la
recuperación del comercio internacional. La eficiencia de estas nuevas áreas se debía en gran parte a la ausencia de
restricciones gremiales al comercio. Como consecuencia, los Países Bajos adquirieron una importancia sin paragón en
la industria y el comercio.
Puede parecer curioso, a la luz de los desarrollos contrarios en Francia y España, que los gobernantes de los Países
Bajos intentaran eliminar las prácticas restrictivas y fomentaran activamente la competencia y el crecimiento del
intercambio y el comercio. La respuesta a esta paradoja reside en la naturaleza de las principales actividades
económicas de la zona. Los Países Bajos eran el centro natural del comercio europeo. Su inicial ventaja comparativa en
la manufactura textil había conducido al desarrollo de un lugar de comercio internacional, de un mercado internacional,
donde se intercambiaba una amplia variedad de bienes.
En 1463, Felipe el Bueno había creado un órgano representativo denominado los Estados Generales, que aprobaba las
leyes y tenía autoridad para validar o negar las peticiones fiscales del gobernante. La composición de esta asamblea
favoreció la legislación que fomentaba el comercio, y el establecimiento y protección de los derechos de propiedad
privada que hacían posible este crecimiento. Aún más, los holandeses estaban dispuestos a pagar por estos derechos
una serie de pequeños impuestos al comercio en general. El nivel impositivo de cualquier mercancía particular era
siempre bajo. Esto fue posible gracias a la prosperidad de los Países Bajos.
La expansión del comercio y del intercambio era el primer móvil de la economía holandesa. Los mercados, que se
desarrollan para reducir los costes de transacción, están sujetos a la existencia de economía de escala. A medida que
crece el volumen del comercio, cae el coste de cualquier intercambio individual. Además, se establecieron tipos
estandarizados de contratos y tribunales de justicia especializados en el comercio. Con el comercio también se
desarrolló un próspero mercado de capitales que generó innovaciones propias.

31
Los derechos de propiedad que favorecieron el crecimiento del comercio también tuvieron un impacto positivo en la
eficiencia agrícola. La agricultura holandesa se hizo más intensiva en capital. El auge de los mercados internacionales
condujo a la especialización de los Países Bajos. Desapareció el cultivo de la vid y aumentó el sector lácteo.
Los holandeses se convirtieron al principio de la Edad Moderna en los líderes económicos de Europa. Su localización
geográfica se combinó con un gobierno que fomentaba la organización eficiente de la economía a través de la
protección de derechos de propiedad privados y la eliminación de prácticas restrictivas. Los numerosos bienes
comercializados provenían de todas partes de Europa, y el intercambio se realizaba en los Países Bajos porque allí los
mercados eran competitivos y eficientes. Los mercaderes de los Países Bajos, reconociendo esta situación, pagaban a
sus gobernantes a través de los Estados Generales para que éstos establecieran derechos de propiedad privada, los
hicieran cumplir y respetar y eliminaran prácticas restrictivas. El resultado fue que Holanda se convirtió en el primer
país que consiguió un crecimiento económico sostenido.
El éxito de la economía ​inglesa para escapar de la crisis del siglo XVII se deriva directamente del sistema de derechos
de propiedad privada que había desarrollado. El gobierno inglés se enfrentó a las mismas demandas fiscales que los
otros Estados nacionales de Europa (aunque la amenaza de invasión era menos real). Inglaterra se vio obligada a
competir con estos nacientes Estados nacionales (Francia, España, holanda, etc.). Desarrolló un camino intermedio
construyendo un Imperio en el Nuevo Mundo, en claro desafío a España, e intentó competir con los holandeses
cercando su expansión colonial y erigiendo similares derechos de propiedad y un marco institucional parecido. En el
año 1700, Inglaterra había tenido éxito y había reemplazado a Holanda como el país de mayor crecimiento mundial.
Ahora bien, dos siglos antes había pocos indicios de que inglaterra fuera a adoptar al camino que conduce al
crecimiento económico. Como en Francia, el nacimiento del Estado moderno en Inglaterra tuvo un proceso largo y
costoso. Durante los siglos XIV y XV Inglaterra sufrió la Guerra de los Cien Años. Los Tudor elevaron la monarquía
inglesa a su cima. Enrique VII se las arregló para incrementar sus ingresos vendiendo privilegios y cediendo derechos.
Su sucesor, Enrique VIII, continuó el mismo proceso y le añadió la confiscación de las tierras monásticas. El proceso
de consolidación del poder real convirtió a los Tudor en claramente impopulares para muchos, si no la mayoría, de la
nobleza y el clero. Los Tudor buscaron apoyo en la naciente clase de mercaderes y en la Cámara de los Comunes.
Los Tudor fueron muy oportunistas: buscaron ingresos en cualquier lado sin prestar mucha atención a la eficiencia
económica. Cultivaron el Parlamento en vez de suprimirlo porque así les era conveniente.
Los Estuardo heredaron lo que habían sembrado los Tudor. Atenazados por la cada vez más cara rivalidad entre las
naciones existentes, los Estuardo buscaron nuevas formas de ingresos; el Parlamento demostró que no estaba dispuesto
a ceder y ello creó las condiciones de un conflicto que se resolvió con la derrota final de la Corona.
El derecho del Parlamento a establecer impuestos ya era por aquella época histórico, pues emergió de la lucha por el
control del comercio lanar a finales del siglo XV. Se generó un conflicto tripartito sobre el tamaño de impuestos entre
la Corona, los mercaderes que exportaban la lana y el Parlamento, donde los productores de lana estaban bien
representados. El Parlamento logró el derecho exclusivo de fijar el nivel impositivo y este derecho perduró.
En Inglaterra, por lo tanto, la asamblea representativa retuvo un poder básico de conceder impuestos. Ante la presión y
el resto de los Estuardo sobrevivió la autoridad del Parlamento. De esta forma, el control sobre los derechos de
propiedad se desplazó de la Corona a una asamblea representativa compuesta por mercaderes y pequeños propiedades
de la tierra, un grupo cuyo interés consistía en establecer un límite a las prácticas restrictivas y en asegurar la
competencia y los derechos privados de propiedad mediante la limitación de los poderes del rey.
El nacimiento del Parlamento fue la causa de que la naturaleza de los derechos de propiedad inglesa difirieran del
patrón continental. El poder para conocer derechos de propiedad fue recayendo progresivamente en un grupo cuyo
propio interés recomendaba la adopción de la propiedad privada y la eliminación de los monopolios de la Corona. De
no ser por este desplazamiento del poder, la historia económica de Inglaterra hubiera sido muy diferente. Como hemos
visto, las políticas económicas de los Tudor eran las mismas que las de cualquier rey continental. Pero en Inglaterra, la
Corona se enfrentó a una oposición eficaz.
El crecimiento de la población durante el siglo XVI tuvo lugar en el contexto del desarrollo de un conjunto eficiente de
derechos de propiedad. En Francia y en España, el crecimiento de la población se enfrentó a un conjunto restrictivo de
derechos de propiedad que hizo imposible el ajuste eficiente a la evolución de las dotaciones relativas de factores: justo
lo contrario tuvo lugar en Inglaterra y Holanda. En Inglaterra, el crecimiento de la población significó el renacimiento
del comercio y del intercambio. La principal fuente de ganancias de productividad durante este período fue el descenso

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del coste de utilización de los mercados para organizar la actividad económica. La reducción de los costes de
transacción, derivada del establecimiento de derechos de propiedad privada y de la generalización de la competencia en
el comercio y el intercambio, fue la que permitió que Inglaterra escape del colapso malthusiano que tanto Francia como
España sufrieron durante el siglo XVII.

33
UNIDAD 4: IMPORTANCIA DE LAS INSTITUCIONES PARA EL DESARROLLO ECONÓMICO

North, D. y Summerhill, W: Orden, Desorden y Cambio Económico: Latinoamérica vs. Norteamérica:

Las sociedades exitosas requieren de medios para asegurar el orden político; crear orden constituye una tarea central
para establecer los fundamentos del crecimiento económico a largo plazo. Las fuentes del orden político implican la
capacidad del Estado para generar compromisos creíbles.
Entre fines del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX, Estados Unidos creó una democracia política estable
basada en la Constitución y un sistema estable y bien especificado de derechos económicos y políticos que
proporcionaron un compromiso creíble. En contraste, tras la independencia de las antiguas colonias españolas, el
continente estalló en una costosa y mortal espiral de guerras; el desorden persistió durante décadas. En toda
Latinoamérica, los monopolios estatales previamente reservados a los reyes, persistieron bajo los gobiernos
independientes. La creación de orden constituye una tarea central para establecer los fundamentos de crecimiento
económico a largo plazo.

Una teoría del orden y el desorden político:

El orden político para un individuo requiere de tres aspectos fundamentales para su seguridad personal: la vida, la
familia y la fuente de subsistencia o riqueza. El orden en la sociedad se sostiene cuando se sostiene para la mayoría o
todos los individuos. El orden político existe idealmente cuando los participantes encuentran de su interés obedecer las
reglas escritas o no escritas que apelan al respeto de los unos a los otros. Requiere que todos los miembros de la
sociedad tengan un incentivo a obedecer y reforzar las reglas, y que un número suficiente esté motivado para sancionar
las desviaciones potenciales.
Un sistema de orden tiene las siguientes características:
1. Una matriz institucional que produce una serie de organizaciones y establece una serie de derechos y
privilegios.
2. Una estructura estable de relaciones de intercambio.
3. Un conjunto subyacente de instituciones que comprometa de forma creíble al Estado y al fortalecimiento de
derechos que proteja las organizaciones.
4. Conformidad como mezcla de interiorización normativa y mecanismos externos para hacer complir las normas.
El ​desorden​ ocurrirá cuando:
1. Los derechos y privilegios de individuos y organizaciones no estén asentados, lo que implica la ruptura de las
relaciones de intercambio.
2. La conformidad desaparece como resultado de la desintegración de las normas y/o el cambio en los
mecanismos para hacerlas cumplir.
Los individuos efectúan elecciones distintas cuando temen por sus familias, su supervivencia o su riqueza, que cuando
no lo hacen. La garantía de derechos de propiedad, por ejemplo, resulta esencial para cualquier economía de mercado.
El orden político es un bien público que debe ser cuidado. Las dotaciones por sí solas no determinan resultado alguno,
aunque éstas pueden influir enormemente en la forma de gobierno, y por tanto, en la habilidad de éste para generar
compromisos creíbles.
Para que el crecimiento económico tenga lugar, la matriz institucional,demás, debería proveer incentivos positivos para
que los emprendedore de las organizaciones lleven a cabo actividades productivas. El crecimiento económico requiere
tanto de orden político como de una variedad de incentivo positivos para la actividad productiva y emprendedora.

Fuentes del desorden político:


Creencia diversas y conflictivas que se ven exacerbadas por el fracaso de definir y fortalecer normar política y
económica universales aplicables a todos los miembros de la sociedad. Mientras que el cambio es incremental o
revolucionario, su resultado normalmente produce algunas consecuencias no anticipadas. Los instrumentos de política
al alcance de los actores son los cambios en las normas formales, pero es la combinación de normas formales, normas

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informales y los mecanismos para hacerlas cumplir lo que comprende la matriz institucional que conforma el
desempeño. Los intentos de acción revolucionaria alteran sólo las normas formales, pero no las normas informales.

Cuatro principios para un orden político y constitucional estable:


El orden político puede emerger de una ​sociedad autoritaria​, donde el orden se basa en la coerción, o de una ​sociedad
consensual​, donde el orden se basa en la cooperación social.
1. Base consensual: Bajo este tipo de orden, los cargos políticos observan una serie de derechos ciudadanos
universales. Estos gobiernos tienden a ser democráticos y a poseer una economía de mercado. Debe ser del
interés de los cargos políticos salvaguardar estos derechos. Es decir, se requiere que el Estado mantenga un
compromiso creíble con las instituciones políticas y los derechos de los ciudadanos. Un compromiso creíble
concierne a los ciudadanos y tiene tres condiciones:
- Acuerdo suficiente entre los ciudadanos de que sus instituciones políticas son deseables.
- La disposición de los ciudadanos a vivir bajo las condiciones que toman esas instituciones.
- Su predisposición a defender estas instituciones contra el abuso de los cargos políticos.
Todas las sociedades exitosas deben limitar el alcance de las decisiones políticas; todos los derechos acordados
por los ciudadanos suponen límites al comportamiento de los cargos políticos. Las constituciones democráticas
estables requieren que los cargos políticos respeten una serie de límites a la expresión de los ciudadanos, la
libertad de organización, y a la sucesión de los líderes. Cuando los gobernantes respetan estos límites a su
comportamiento político, decimos que los derechos se autorefuerzan.
Los ciudadanos deben tener tres derechos suficientes para asegurar aquellos aspectos sustanciales de la vida:
social, económica y política, que están más allá del alcance del Estado. La ausencia de derechos eleva la
importancia de las decisiones de política normal.
Aumentar la relevancia de las decisiones políticas en juego tiene consecuencias diversas. Primero, implica que
aquellos en el poder tienen mucha menos predisposición a abandonarlo. El temor a perder el poder a menudo
lleva a los líderes a sabotear las normas constitucionales y democráticas. De modo similar, aquellos que están
fuera del poder tendrán más propensión a usar medios extra-constitucionales para alcanzar el poder. Por último,
la ausencia de derechos bien definidos y ampliamente aceptado combinada con una elevada relevancia de las
decisiones políticas en juego genera ​captura de rentas.​ Esto significa que cuando los derechos sobre un
privilegio, un activo, o un territorio políticamente valioso están inadecuadamente especificados o reforzados,
los individuos y grupos gastarán recursos en intentar capturar dicho activo.
Cuanto más valioso un activo, más recursos estarán dispuestos los individuos a gastar en capturarlo y cuantos
más recursos sean destinados a la captura de rentas, más disminuye la riqueza de la sociedad. Los individuos
que luchan unos contra otros producen desorden político y contracción económica.
Esto requiere que el Estado se comprometa de manera creíble consigo mismo para establecer y mantener una
variedad de derechos ciudadanos, que tengan una seguridad política frente al oportunismo político. Sin
protección, los individuos no invertirán en actividades económicas productivas, sino que invertirán para
protegerse de las acciones indeseables del Estado o de otros.
2. Base autoritaria: Bajo este tipo de orden político, los cargos políticos no pueden sostener un conjunto de
derechos universales, y por el contrario, abusan de los derechos de la mayoría. Estos gobiernos tienden a ser
autoritarios y a no ser capaces de mantener una economía de mercado. La fuerza desempeña un papel
importante en la emergencia y el mantenimiento del orden autoritario. Primero, disminuye el grado de apoyo
necesario para permanecer en el poder. Segundo, como muchos regímenes autoritarios emergen del desorden
político, muchos ciudadanos están dispuestos a someterse al régimen si éste establece orden. La amenaza de la
vuelta al desorden genera mucho apoyo al régimen.
Los Estados autoritarios normalmente fracasan al establecer cualquier forma de consenso sobre los derechos
ciudadanos. Esto tiene dos consecuencias. En primer lugar, los ciudadanos no pueden poner límites al gobierno
y, por lo tanto, los derechos universales son difíciles de reforzar. En segundo lugar, la ausencia de consenso
implica que los regímenes reciben apoyo de algunos segmentos de la población, y a menudo pisotean los
derechos del resto.

35
Orden político en la era posterior a la independencia de las colonias de América del Norte:

Orden político en el imperio británico:


Los mecanismos para forjar compromisos creíbles respecto de los derechos de propiedad dentro del imperio británico
estaban basados en el federalismo. En primer lugar, el imperio contaba con múltiples niveles de gobierno, cada uno de
ellos con una esfera de autoridad relativamente bien definida. Las asambleas coloniales disponían de amplia autoridad
sobre los bienes públicos locales y los derechos de propiedad. En segundo lugar, las instituciones del imperio fijaban
constreñimientos considerables al rol británico en cada una de las colonias americana. En tercer lugar, las instituciones
británicas crearon un mercado común en el imperio, previniendo así que las colonia aumentaran sus barreras
comerciales.
La penetrante amenaza francesa unió a ambos lados del Atlántico en una relación basada en el interés común. Crearon
y se adhirieron a un sistema de autonomía política y económica donde las colonias crearon un mecanismo de control
para forjar un compromiso creíble. La estructura del imperio federal creó una solución focal natural, resultando posible
el control de las acciones de cualquiera de las dos partes.
A principios del siglo XVII, las colonias británicas se encontraban aisladas de la metrópoli británica, compitiendo
fuertemente entre ellas por el acceso al capital y trabajo. Las colonias de éxito adoptaron las instituciones locales para
satisfacer las necesidades locales. El resultado fue un sistema federal preservador del mercado, con fuertes
compromisos institucionales protegiendo la estructura y, por lo tanto, los mercados. El orden se basó en un sistema de
creencias compartida que actuó como soporte de la estructura federal del imperio y una variedad de poderes locales
acordes a las asambleas locales.
En los 12 años posteriores a la Guerra de los Siete Años1, surgió la controversia y crisis que acabaron en revolución.
Varios cambios en la política británica hacia el Imperio amenazaron el sistema. Primero, la guerra anuló la amenaza
francesa pero a un coste financiero muy elevado, dejando a Inglaterra con la deuda más grande de su historia.
Naturalmente, los británicos se dirigieron a las colonias para financiar una parte de la deuda. Segundo, la derrota
francesa supuso un cambio enorme ya que antes de al derrota, las colonias americana representaban la mayor parte del
imperio. Tercero, tras la derrota francesa, los americanos necesitaron mucho menos el paraguas de seguridad británico,
y por consiguiente, existían menos razones para conformarse ante los intereses británicos.
Estos cambios contribuyeron al desmantelamiento del viejo sistema. La desaparición de la amenaza francesa disminuyó
simultáneamente el coste que cada una de las partes estaba dispuesta a soportar para mantener la relación. La gran
carga financiera británica y la nueva estructura del imperio produjeron una considerable inquietud en las colonias
americanas. Estos cambios llevaron a algunos americanos a concluir que Gran Bretaña no preservaría mucho más
tiempo los principios federalistas en el imperio. Los grupos radicales argumentaban que el precedente establecido por
Gran Bretaña al intervenir directamente en los asuntos coloniales mediante la fijación de impuestos significaba el fin de
la libertad y la autonomía de las asambleas coloniales. Al principio, el ruido de los radicales acerca del fin de la libertad
no sonó a cierto.
Luego, los británicos divisaron varias formas de obtener apoyo financiero pidiendo a los americanos fondos o
estableciendo el monopolio en la importación del té para la Compañía de las Indias Orientales. Ante la protesta y la
negación de los tribunales y asambleas coloniales, los británicos actuaron rápidamente estableciendo penas para los
americano.
Las acciones británicas tornaron el fuego en su contra. En lugar de aislar a los radicales, las medidas aportaron claras
evidencias en apoyo a los postulados radicales. Debido a que las asambleas de las colonias eran claves para la libertad y
la preservación de todos los derechos de las colonias, muchos moderados se volvieron en contra de los británicos. De
esta manera, la falta de voluntad de los británicos en generar un compromiso creíble proporcionó más evidencias de
que los radicales estaban en lo correcto.
Así pues, muchos radicales pasaron a ver como parte de su tarea la articulación de un nuevo sistema compartido de
creencias que tuviera reflejo en un constitucionalismo que limitara el comportamiento de un régimen americano
independiente, lo que llevaría a muchos americanos a optar por la independencia.

1
La Guerra de los Siete Años fue un conflicto que se desarrolló entre 1756 y 1763, enfrentando a Gran Bretaña y
Prusia contra una coalición entre Francia, Austria y sus aliados.
36
En resumen, la derrota francesa ayudó al desmantelamiento del viejo sistema, conduciendo a cambios en el
comportamiento y la política de los británicos en el imperio. Como reacción, los americanos radicales articularon una
nueva idea, anteriormente ajena a las creencias de los americanos; esta es, que las acciones británicas representaban el
fin de la libertad. En el primer momento, los moderados que actuaban como bisagras políticas estaban en desacuerdo
con los radicales. Pronto las acciones británicas proporcionaron evidencias a favor de estas ideas, causando que ganaran
aPyp entre los moderados.

La re-emergencia del orden en la era post-revolucionaria:


La emergencia de un sistema de creencias compartidas durante los debates revolucionarios ayudó a establecer un orden
político después de la derrota británica. Elementos críticos de este sistema de creencias compartidas eran la importancia
central de la libertad, el papel de los legislativos coloniales -ahora Estado- en la protección de la libertad, los límites
apropiados de los gobiernos nacionales y estatal, y las formas adecuadas de protección constitucional contra la tiranía.
Los artículos de la Confederación proporcionaron a los estados una autonomía política considerable. El gobierno
nacional estaba a cargo de la provisión de bienes públicos nacionales (defensa nacional, mercado común, estabilidad
monetaria). Sin embargo, en referencia a la protección de la libertad y la autonomía estatal, no se le otorgaron poderes
o los medios financieros para hacer cumplir estas decisiones. Bajo estas circunstancias, el problema que enfrentaban los
federalistas fue el de garantizar el poder necesario al gobierno nacional para proveer estos bienes públicos nacionales
mientras, a su vez, de comprometía a no traspasar esos límites.
Los antifederalistas enfatizaban el peligro impuesto por el nuevo gobierno nacional: la usurpación de la autonomía
estatal y los derechos de la ciudadanía (lo que decían, se asemejaba a la tiranía anterior de los británicos). Así, el reto
que enfrentaron los federalistas fue el de cómo garantizar los poderes nacionales en la provisión de unos pocos bienes
públicos críticos y, al mismo tiempo, prevenir su crecimiento más allá de estos poderes. La Constitución de los Estados
Unidos resolvió muchos de estos problemas.
La Constitución disminuyó el alcance de la acción política nacional de varias maneras, que incluían un complejo
sistema de poderes: un sistema de separación de poderes, y un sistema federal que imponía fuertes límites al gobierno
nacional. El éxito de la Constitución se basó, en gran medida, en el sistema de creencias compartidas entre los
americanos que emergió durante los debates revolucionarios y constitucionales.
Conviene anotar que los norteamericanos tenían el lujo de poderse preocupar por los problemas causados por un
gobierno nacional, en parte, porque los ciudadanos no tenían que preocuparse por sus derechos, riqueza o por la
libertad religiosa, porque el sistema heredado de los británicos y ajustado después de la revolución ya protegía estos
derechos. Estos derechos fueron incorporados en el ​status quo del sistema constitucional. La Norteamérica británica no
enfrentó ninguna contradicción entre mantener los derechos para las garantías económicas y los nuevos principios
constitucionales.
Los Estados Unidos fueron capaces de crear un sistema fuerte de federalismo preservador de mercado, incluyendo un
mercado común basado en derechos privados protegidos por terceras partes neutrales. Esto proporcionó las bases para
un crecimiento a largo plazo.

Compromiso creíble en los Estados Unidos:


Las instituciones heredadas de los británicos combinadas con las nuevas ideas que emergieron durante los debates
revolucionarios se tradujeron en una nueva visión del constitucionalismo por los americanos, proporcionando los
mecanismos de compromiso en los nuevos Estados Unidos. El poder nacional estaba centrado en la provisión de unos
pocos bienes públicos como la defensa, el mercado común y un sistema monetario estable. La Constitución también
constriñó al gobierno nacional a través de una serie de mecanismos institucionales, que limitaban su habilidad para
expandir sus poderes más allá de estos dominios, incluido el sistema de separación de poderes, un sistema de vetos
estatales implícitos, y el federalismo.
¿Cómo los Estados Unidos protegieron los derechos y las libertades necesarias para mantener un crecimiento a largo
plazo? Nuestra respuesta parte de la herencia británica, que elevó la importancia de los derechos individuales políticos
y económicos, incluida la representación política local. Durante el imperio británico, los americanos experimentaron y
creyeron en la iniciativa individual, los derechos privados de propiedad, el gobierno limitado y la libertad política.
Pero, estas creencia por sí solas eran insuficientes para apoyar a un gobierno limitado que fomentara el crecimiento de

37
mercado. Existe otro factor: la constitución ayudó a crear un ​sistema federal preservador de mercado. La Constitución
reservó la mayoría de sus poderes de regulación económica y social a los estados, sujetos a las restricciones -reforzadas
por el gobierno nacional- al levantamiento de barreras comerciales al comercio interior.
El federalismo, reduciendo drásticamente el ámbito de la política nacional, redujo en gran parte el alcance de la captura
de rentas a nivel nacional, y permitió a los estados y las regiones con preferencias muy distintas elegir leyes muy
distintas. Dos rasgos del federalismo preservador del mercado limitaron la captura de rentas: Primero, la competencia
entre estados bajo un amplio mercado común generó los incentivos para que éstos fomentaran un buen clima
económica. Segundo, la presencia de un presupuesto con fuertes retenciones presupuestarias limitó soberanamente las
habilidades de los estados para subsidiar agentes económicos locales.
El federalismo también contribuyó a sostener el sistema de cooperación entre el Norte y el Sur, ya que implicaba que
las decisiones más importantes en las que diferían sureños y norteños podían ser delegadas a las dos regiones vía los
estados y, por consiguiente, prevenir que la situación política nacional deviniera explosiva. Además, la gente pudo
concentrarse en la actividad productiva más que en la inversión de recursos para protegerse a sí mismos y a sus
familias. Por último, el federalismo no sólo alentó la cooperación política, sino que también contribuyó a sostener el
sistema de especialización regional que ayudó a impulsar el crecimiento económico durante las décadas siguiente.
Indudablemente, los factores de producción fueron relevantes para el progreso económico de los Estados Unidos. Pero,
si bien la perspectiva desde las dotaciones explica el crecimiento económico de los Estados Unidos, fracasa al explicar
por qué los Estados Unidos llegaron a ser la nación más rica del mundo.

Desorden político en la era posterior a la independencia de las colonias de América del Sur:

Las recién nacidas naciones independientes latinoamericanas padecían un retraso relativo y, en muchos casos, crisis
políticas. El contraste entre las dos regiones es especialmente sorprendente, debido a que ambas eran ricas en términos
de tierra y recursos naturales. Para la mayor parte de Latinoamérica, siglo XX ha sido un siglo con bastante éxito desde
el punto de vista del crecimiento económico; y el retraso en los niveles del PBI per cápit que hoy persiste en
Latinoamérica es atribuible, en gran parte, a los acontecimientos del siglo XIX.
Tras la independencia, la presencia de una alta inestabilidad y violencia políticas distinguió a Latinoamérica. La
mayoría de Hispanoamérica irrumpió en guerras fratricidas. Surgieron varios tipos de costes: se desviaron recursos de
la actividad económica que fueron canalizados hacia los ejércitos de los caudillos. Esto hizo imposible el
establecimiento de instituciones que pudieran brindar los beneficios privados esperados de la inversión a la vez que
beneficios sociales.
La mayoría de los Estados en Hispanoamérica eran incapaces de restablecer la legitimidad de la autoridad como la que
disfrutaba la corona española antes de 1808. Un problema profundo fue el de construir sistemas político que pudieran
establecer una autoridad efectiva y duradera, y el más duradero de los problemas fue la reconstrucción de una autoridad
legítima en ausencia del Rey.
En Hispanoamérica, la independencia no derivó en estabilidad. La corona impuso durante mucho tiempo un importante
mecanismo que proporcionó la base de un orden político autoritario. Los grupos corporativos obtuvieron una serie de
derechos que limitaron la capacidad de cualquier otro grupo colonial de expropiar o agredir a otro. A pesar de ello, este
sistema no generó incentivos para un crecimiento a largo plazo. La mayoría de los grupos lucharon para preservar las
protecciones y los privilegios formalmente acordados por la Corona, o asegurar nuevos dominios vía control del
Estado.
Brasil y Chile construyeron con éxito instituciones que promovían la estabilidad política tras la independencia. No
obstante, nunca se hizo mediante una organización política que promoviera la competencia económica y la cooperación
entre entidades administrativas subnacionales. Ambos Estados estaban fuertemente centralizados. En lugar de competir
para movilizar los factores de producción, las élites provinciales competían por transferencias y protección en el
legislativo nacional. Con la creación de instituciones que protegían a los grupos de agresión y explotación, estas
naciones evitaron la agitación de Perú y México, y se salvaron ellas mismas de un declive económico severo. El
resultado fue un crecimiento económico relativamente plano que sólo mejoró cuando se reorganizó la política
emulando a los Estados Unidos.

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Los fundamentos políticos del Imperio Español:
En el contexto del imperio español, las instituciones administrativas coloniales proporcionaron la base política de la
estabilidad. La corona española estableció una organización corporativa de la sociedad y la política, sobretodo del
ejército, la Iglesia, la nobleza y las elites terratenientes. España buscaba promover una dependencia y cooperación
mutua entre la corona y los grupos corporativos, así como entre los mismos grupos corporativos.
Bajo el imperio español, derechos económicos valiosos -como la explotación del trabajo, la tierra y las inversiones- y
derechos políticos valiosos -por ejemplo, los privilegios del ejército y la Iglesia- estaban protegidos por un sistema de
poder centralizado basado en la lealtad política a una corona absolutista. La protección de estos derechos sentaron un
sistema de privilegios basado en una conexión personal y corporativa con la corona. El fundamento de este sistema era
el intercambio político, donde los derechos y privilegios de la elites se sostenían en virtud de una lealtad y apoyo
duraderos a la corona. Con estos poderes y constreñimientos de la corona absolutista, el intercambio de derechos para
el apoyo político aseguró la supervivencia de la corona a largo plazo.
Así, el imperio español configuró un sistema de derechos e intercambios generando así un orden político autoritario.
No obstante, esto no proporcionó incentivos para un crecimiento económico a largo plazo.
A lo largo del imperio, cada uno de los grupos corporativos proporcionaba importantes servicios a la corona. A cambio,
la corona otorgaba a cada uno una serie de derechos y privilegios. Juntos, la corona y los grupos crearon un sistema
imperial efectivo que competía por los recursos del nuevo mundo y por las influencias en Europa.

La regulación mercantil imperial:


A pesar de que el sistema mercantil español proporcionó la base para un orden político autoritario, constreñía
fuertemente el comercio y, por ello, el desarrollo económico en las colonias. La regulación del comercio frenó el
desarrollo comercial intercolonial, el desarrollo de una red de puertos y de un mercado común entre las colonias. El
comercio se concentró en un pequeño número de puertos para servir al imperio entero en los dos continentes. El
sistema de flota restringió el comercio intercolonial, forzando que la mayoría del comercio entre las colonias tuviera
que transcurrir a través de Portugal y España. Estas regulaciones constriñeron el desarrollo de un sistema de
especialización e intercambio entre las colonias. El monopolio del poder de los comerciantes del Consulado no
permitió la aparición de mercados libres, fijando precios artificialmente altos e imponiendo costes ocultos a las
economías colonial.
Las abundantes dotaciones de recursos deberían haber impulsado el mismo tipo de denso desarrollo en Sudamérica
como ocurrió en norteamérica. Sin embargo, el sistema mercantil español lo prohibió explícitamente. No obstante, la
corona española tenía sus motivos. Las regulaciones española dirigían el oro y la plata hacia España, pero no
promovían el desarrollo económico en el Nuevo Mundo. El sistema español se había generado para maximizar rentas a
corto plazo para España y no crecimiento económico a largo plazo para el sistema imperial.
En suma, el mercantilismo español aparece diseñado para maximizar las extracciones del nuevo mundo por parte de la
corona, a un coste considerable para el desarrollo económico del imperio. En cambio, la estructura federal del imperio
británico parece similar a un sistema diseñado para maximizar el desarrollo económico del imperio. España soportó
grandes costes en todo el sistema para incrementar la parte de la corona.

La emergencia del desorden en Latinoamérica:


A finales del siglo XVIII, en un entorno de tensiones crecientes en las Américas, los acontecimientos en Europa
propiciaron las primeras dosis de autonomía para las colonias. El encarcelamiento del Rey de España por parte de
Napoleón en 1807 creó una brecha entre aquellos leales a los reyes en ultramar y los franceses que controlaban el
gobierno en España. Rápidamente esto evolucionó hacia el conflicto acerca de la redefinición de las relaciones de las
colonia y las metrópolis, llevando directamente a las batallas por la independencia entre los criollos y el ejército
español.
La cuestionable legitimidad de los gobiernos impuestos por Francia y el colapso de los borbones situó a las colonias
españolas en una situación ideal para la ruptura. La derrota de las fuerzas españolas en 1820 en Hispanoamérica resultó
en la fragmentación de las antiguas colonias españolas en nuevas repúblicas. Esto a su vez se colapsó bajo el peso de
los retos que los historiadores denominan “construcción del Estado”. Carecían de instituciones autoreforzadas que
constriñeran las acciones predatorias. En frente de una situación de violencia extendida, la organización política se

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desintegró en unidades más pequeñas, típicamente organizadas en torno a un caudillo, un “hombre fuerte” que
proveyera de protección.
El fenómeno del caudillismo resultó perverso. Los caudillos lograron el poder nacional en Perú y México, minando la
economía, forzando a los mercaderes a concederles préstamos. La deuda del Estado aumentó, las obligaciones de la
deuda exterior no pudieron pagarse, y las expropiación doméstica creció fuera de lo común. Esto desencadenó
estancamiento y una fuerte contracción. Argentina permaneció sujeta a las insurrecciones contra el caudillismo hasta
principios de 1870.
En la mayor parte de Hispanoamérica no fue hasta medio siglo después que uno de esos grupos en competencia salió
victorioso. Dado que los costes de oportunidad de un conflicto continuado creían cuanto éste más se alargaba, los
supervivientes construyeron instituciones que crearon estabilidad. El establecimiento del orden se convirtió en un fin en
sí mismo, pues las élites apoyaban la creación de instituciones que lo promovieran, lo que ocurrió a expensas del
crecimiento económico y de las libertades individuales. Sin embargo, el orden que emergió no imponía ningún
constreñimiento para el Estado.
La construcción del Estado en Hispanoamérica requirió que las instituciones se crearan de los restos de un entorno de
dramático cambio e incertidumbre. Los criollos que lograron el poder político tras la independencia heredaron un
sistema político centralizado sin heredar empero elementos críticos de los constreñimientos formales e informales que
protegen a los grupos corporativos y a otras élites. La ausencia de constreñimientos significaba un aparato ejecutivo y
administrativo sin restricciones potenciales. Los nuevos países fueron soterrados en regímenes de anarquía y tiranía
personal.
La independencia generó impulsos contradictorios. La mayoría de las élites querían mantener sus privilegios, mientras
que contrastando ese impulso estaba el naciente republicanismo. Desafortunadamente, los principios republicanos y
liberales entraban en conflicto con el sistema que mantenía los privilegios corporativos; por ejemplo, los derechos de
las élites territoriales sobre la mano de obra, el poder y la independencia de la Iglesia y el ejército. El conflicto conllevó
una transacción: derechos más fuertes y más privilegios para los grupos corporativos debilitaban el republicanismo. El
mayor control político reclamado desde los postulados republicanos comprometía estos privilegios.
Dos nuevos problemas aparecieron entonces:
Primero, durante el proceso de independencia los grandes grupos no estaban de acuerdo en quiénes deberían componer
la ciudadanía. Un conflicto concernía a los peninsulares, que habían ostentado una posición privilegiada bajo el
imperio. ¿Tendrían que acordarse derechos iguales para ellos que para el número más numeroso de criollos? En otros
estados, y de forma particular en México, los americanos nativos, prácticamente esclavizados bajo el sistema imperial,
desempeñaron un papel significativo en la guerra por la independencia. Algunos sintieron que estos grupos deberían ser
recompensados por sus esfuerzos con la ciudadanía y la igualdad.
Segundo, los nuevos regímenes exacerbaron los problemas de incertidumbre sobre los derechos y privilegios con el
fracaso en la conformación de los nuevos principios constitucionales. Primero, en contraste con la Norteamérica
británica, los americanos en el antiguo imperio español no llegaron a compartir un sistema de creencias acerca del
papel del gobierno, del Estado, de los privilegios corporativos y de la ciudadanía. Los conflictos señalados implicaron
divisiones profundas acerca de la definición de la sociedad y acerca de las principales ideas que deberían haber
organizado a la sociedad. Esto implicó una ausencia de consenso sobre los fines legítimos del gobierno. Segundo, la
adherencia constitucional requiere que la constitución limite el ámbito de la controversia y el poder político. La
ausencia de los elementos básicos de la estructura política y de la toma de decisiones públicas combinada con la
carencia de un sistema de creencias compartido conlleva a la ausencia de compromisos creíbles de los nuevos estados.
Las guerras fratricidas que siguieron a la Independencia reflejaron el problema estándar de la ausencia de un
compromiso creíble, alta importancia de las decisiones políticas en juego y una captura de rentas galopante.
Estas condiciones alentaron el desarrollo de un sistema autoritario. Muchos de los conflictos en Hispanoamérica, tras la
independencia, ocurrieron simplemente para determinar quién controlaría el Estado y sus recursos. Al final, el
restablecimiento de la estabilidad política requirió la vuelta a muchas de las formas tradicionales de la sociedad
española.

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UNIDAD 5: LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL EN INGLATERRA:

Barbero, Maria I. et Al: Historia económica mundial: del paleolítico a Internet:

El significado de la Revolución Industrial:

Desde mediados del siglo XVIII se inició una etapa de profundas transformaciones -económicas, sociales, culturales-
que dieron nacimiento a las sociedades industriales. El proceso, que recibe genéricamente el nombre de “Revolución
Industrial”, comenzó en Inglaterra y desde allí fue difundiéndose primero hacia Europa continental y los EE.UU, y más
tarde hacia otros países y regiones.
1. PRODUCCIÓN Y SERVICIOS. En contraste con el mundo preindustrial, en el que la principal actividad
económica era la agricultura, en la sociedad industrial el peso del sector primario fue reduciéndose al tiempo
que se incrementó el de la industria y los servicios.
2. DEL CAMPO A LA CIUDAD. Mientras que en la sociedad preindustrial la gran mayoría de la población vivía
en el campo, la sociedad industrial se caracterizaba por un alto grado de urbanización. No sólo creció el
porcentaje de la población urbana, sino que también se incrementó significativamente el número de grandes
ciudades, que eran muy pocas antes del siglo XIX.
3. RITMO DE INNOVACIÓN TECNOLÓGICA. Una tercera diferencia entre el mundo preindustrial y el
industrial radica en el ritmo de innovación tecnológica. Éste fue en general muy lento hasta el siglo XVIII, pero
a partir de entonces se aceleró notablemente. Una de las características de la sociedad industrial es la velocidad
del cambio tecnológico, que ha permitido fuertes incrementos en la producción y la productividad, aumentando
la oferta de energía, de bienes y de servicios. Si buena parte de la población pudo dejar de trabajar en la
agricultura fue porque con menos brazos podía obtenerse la misma cantidad de alimentos, o gracias a las
mejoras en las técnicas de cultivo. Al mismo tiempo, la oferta de bienes manufacturados creció
significativamente, alcanzando proporciones desconocidas hasta entonces. En el sector industrial los
incrementos de la producción y de la productividad fueron mucho mayores que en la agricultura. Se calcula que
en los países desarrollados de occidente la productividad total de los factores se multiplicó, entre 1700 y 1900,
por 40 o por 45. Entre 1000 y 1700, que fue globalmente una etapa de crecimiento en la economía, la
productividad, en el mejor de los casos, se había duplicado.
4. POBLACIÓN. Junto con la industrialización no sólo creció la producción, sino también la población, que en lo
países más desarrollados se multiplicó por 5 entre 1760 y 1960. Se redujo notablemente la mortalidad y creció
la esperanza de vida. En la Europa preindustrial, ésta era en promedio de 33 años, mientras que en 1990 en los
países más desarrollados superaba los 75.
Poner el énfasis en las transformaciones que se iniciaron con el proceso de industrialización no significa afirmar que la
historia de los siglos previos haya sido inmóvil. Es importante señalar en primer lugar que desde el siglo XI en adelante
la economía europea asistió a una serie de cambios económicos, sociales, institucionales, políticos y culturales que
fueron preparando el terreno para la Revolución Industrial. Entre los siglos XI y XIII se produjeron importantes
transformaciones en la agricultura ​que permitieron incrementar la producción y la productividad gracias al
perfeccionamiento de los sistemas de barbecho, a la mejora en los instrumentos de labranza mediante un mayor uso del
hierro, a una mejor rotación de cultivos, con la introducción de leguminosas, a la difusión del uso del caballo y a otros
cambios. Este mejoramiento no fue suficiente como para acompañar el ritmo de crecimiento de la población, pero fue
un primer paso importante. Un segundo momento clave fue el nacimiento, en el siglo XVI, de la “labranza
convertible”, en los Países Bajos, que posibilitó notables aumento de productividad. Implicó la supresión del barbecho
(con lo cual podía cultivarse toda la tierra disponible para la agricultura, sin necesidad de dejar una parte de descanso),
la introducción de nuevas variedades de cultivo para la rotación (forrajeras) y, por primera vez, la combinación de
agricultura y ganadería gracia al uso de las forrajeras para alimentar al ganado y de éste para fertilizar la tierra.
La llamada ​“Revolución Comercial” ​de lo siglos XII y XIII abrió el camino para la expansión de los intercambios
intereuropeos e internacionales e implicó el nacimiento del comercio como una especialización en la Europa de la Baja
Edad Media. También dio origen a una serie de ​dispositivos institucionales ​que facilitaron el desarrollo de la

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actividad comercial, el aumento de la productividad y el crecimiento económico, entre los que cabe destacar la letra de
cambio, las operaciones de descuento, los bancos, la contabilidad por partida doble, los seguros, las sociedades
comerciales y el derecho mercantil. En el siglo XV nació el servicio postal, en el XVI la bolsas comerciales y
financieras, en el XVII lo derechos de patente. El comercio se transformó desde fines de la Edad Media en la actividad
más dinámica de la economía europea, y fue ampliando su radio de acción y su magnitud desde el siglo XV en adelante
al iniciarse la expansión oceánica y la conquista de territorios de ultramar. Los intercambios mercantiles se hicieron
cada vez más numerosos; los capitales y las ganancias se multiplicaron y surgieron grandes compañías dedicadas al
comercio de larga distancia.
En el caso de la ​industria​, desde finales de la Edad Media comenzó a difundirse el uso del molino de agua, que fue
perfeccionándose constantemente y que se utilizaba sobre todo para la molienda de granos, pero también en la industria
textil. La ​industria artesanal fue expandiéndose en los centros urbanos, y desde el siglo XVI fue creciendo la
importancia de la denominada “​industria a domicilio​”, que se realizaba en áreas rurales, principalmente en la actividad
textil. Para algunos autores, entre los siglos XVI y XVIII se habría producido una primera fase en la industrialización
europea, a la que denominan ​protoindustrialización​, caracterizada justamente por la expansión industrial a domicilio.
Paralelamente se fueron perfeccionando técnicas y desarrollando algunas ramas que dieron lugar a ​grandes plantas de
producción y grandes empresas, como en el caso de los astilleros, la elaboración de cerveza, la fabricación de vidrio y
otras.
Los cambios económicos y tecnológicos producidos durante la Edad Media y Moderna no fueron exclusivos del
continente europeo. Una de las regiones que estuvo a la vanguardia en este campo fue China, que vivió una etapa de
gran expansión y de innovaciones ya desde comienzos de la era cristiana, y sobre todo entre el siglo X y el siglo XV.
Muchos de los adelantos tecnológicos adoptados por los europeos a fines de la Edad Media y comienzos de la Edad
Moderna llegaron desde China: la brújula, la pólvora, el papel y la imprenta. Parecía que a comienzos de la Edad
Moderna China no sólo estaba experimentando un crecimiento intensivo sino que estaba lista para iniciar un proceso
similar al de la revolución industrial de Gran Bretaña. Sin embargo, no se produjo. Si bien la economía china siguió
creciendo hasta el siglo XIX, el impulso innovador se detuvo a causa de la invasión mongol y de problemas internos.
En el caso de Europa, los cambios económicos y tecnológicos fueron a su vez acompañados, en un proceso de
retroalimentación mutua, por transformaciones sociales, políticas y culturales, entre las que pueden mencionarse el
avance de la urbanización, el nacimiento y desarrollo de la burguesía comercial, la consolidación de los Estados
Nacionales, la formación de imperios coloniales, el nacimiento de las universidades, la Revolución Científica del siglo
XVII (que dio origen a la ciencia moderna), y una paulatina tendencia a la afirmación de los derechos individuales, que
permitió desarrollar un ambiente favorable a la innovación.
Dicho todo esto, no puede negarse la magnitud de los cambios operados desde el siglo XVIII: el imponente crecimiento
de la producción industrial, producto de los avances tecnológicos y organizativos, sobre todo en los sectores de la
industria textil y el ​hierro​. La industria pasa a ser, sin duda, la actividad económica líder, mientras que el ritmo de
crecimiento per cápita de la agricultura se mantiene relativamente estable. Desde la revolución industrial en adelante, el
sector primario fue reduciendo su participación en la producción y en el empleo; la población rural fue disminuyendo y
avanzó la urbanización. Ello no debe desmerecer el fuerte incremento absoluto de la producción de ​cereales​, que siguió
en términos per cápita la tendencia previa pero que debió hacer frente a un aumento mucho más rápido de la población,
posible a su vez por la creciente disponibilidad de alimentos. La expansión productiva y demográfica fueron
acompañadas por un acelerado ​crecimiento del comercio internacional​, efecto y a la vez causa de los cambios
productivos.
A la par de los cambio económicos y demográficos, tuvieron lugar profundas ​transformaciones sociales​, políticas y
culturales. Con la sociedad industrial nacieron nuevas formas de organización del trabajo y de la familia, nuevas clases
sociales, nuevos modos de actividad política. Gracias al desarrollo de los transportes y de las comunicaciones se
incrementó el contacto entre las diversas regiones del planeta, creció la actividad comercial y e incrementó el
movimiento de las personas.
La contraposición entre sociedad preindustrial y sociedad industrial es muy clara en la medida en que comparamos el
mundo resultante tras dos siglos de industrialización, con el mundo anterior al siglo XVIII. Desde este punto de vista es
evidente que existió una ruptura. Lo que también es evidente es que dicha ruptura no fue repentina, sino que tuvo lugar
a lo largo de un proceso que abarcó muchos decenios, en los que convivieron elementos del pasado con los del nuevo

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presente. La ruptura no fue total, en la medida en que existen elementos de continuidad entre ambas sociedades, menos
en el ámbito de la economía que en el de las relaciones sociales o el de la cultura. A. P. Usher decía que la revolución
industrial fue una revolución en el verdadero sentido del término, excepto por la rapidez de las transformaciones, ya
que por su carácter los cambios no podían producirse en forma repentina.
La revolución industrial dio origen a una nueva economía y a una nueva sociedad, pero que fue a la vez un proceso de
cambio gradual, en el que lo nuevo y lo viejo se combinaron de forma diversa según las regiones y los ámbitos en los
que se iban produciendo las transformaciones. Los debates entre los historiadores giran en gran medida en torno al
problema del carácter más o menos violento del cambio, enfrentándose las visiones “gradualistas” a aquella
“rupturistas”.

El concepto de Revolución Industrial. Algunas definiciones posibles:

La expresión “Revolución Industrial” fue utilizada por primera vez a fines del siglo XVIII, en referencia a las
transformaciones que en ese entonces se estaban produciendo en la economía británica. El término “revolución” se
usaba para comparar la situación de Gran Bretaña con la de Francia, señalando que si en este último país estaba en
marcha una revolución social y política, en Inglaterra también se estaba viviendo un período de profundos cambios en
la economía y en la sociedad, uno de cuyos rasgos más visibles era el nacimiento y la expansión de la industria fabril.
En el mundo académico, en cambio, el uso de la expresión fue mucho más tardío, ya que recién empezó a difundirse a
partir de las clases que dictó el historiador Arnold Toynbee entre 1880 y 1881. En el momento en que Toynbee
enseñaba, el tema central que ocupaba a los estudiosos de la Revolución Industrial eran las consecuencias sociales del
proceso de industrialización, en particular sus efectos negativos sobre las condiciones de vida de la clase trabajadora.
Este punto de vista prevaleció hasta la década de 1920.
A medida que la historia económica fue consolidándose como disciplina, la Revolución Industrial comenzó a ser
abordada desde otra perspectiva, en la que el estudio del pasado podía brindar algunas claves para la comprensión de
los problemas económicos del presente. Desde los años 20 la expresión “revolución industrial” fue perdiendo el
significado restringido en el que había nacido, como un proceso que se había dado en Inglaterra entre las últimas
décadas del siglo XVIII, pasando a designar al proceso de nacimiento de la industria moderna, concepto aplicable a
cualquier sociedad.

La historiografía de la Revolución Industrial:

A la hora de buscar una definición de la Revolución Industrial surge el problema de que no hay una sino muchas, casi
tantas como el número de historiadores que se han especializado en su estudio, y cada una de ella pone el énfasis en
diversos aspectos.
Los distintos enfoques se pueden comparar desde dos perspectiva distintas, pero complementarias. La primera
considera cómo la imagen de la revolución y los temas seleccionados para su estudio se fueron modificando a lo largo
del tiempo, desde fines del siglo XIX hasta el presente. La segunda, en cambio, pone énfasis en cómo los diversos
estudiosos han privilegiado en su investigación y en su reflexión determinados aspectos específicos de la revolución.
Comenzaremos con la primera de dichas perspectivas, reflexionando sobre cómo fue cambiando la visión de la
Revolución Industrial a lo largo de más de un siglo de historiografía.
David Cannadine ha propuesto una periodización. Establece cuatro etapas, en las que los temas dominantes fueron
sucesivamente 1) las consecuencias sociales, 2) las fluctuaciones cíclicas, 3) el crecimiento económico, 4) los límites al
crecimiento.
1. CONSECUENCIAS SOCIALES. En la primera, entre la década de 1880 y 1920, el énfasis estuvo puesto en
las consecuencias sociales de la industrialización, producto de las nuevas condiciones de trabajo y del proceso
de urbanización. La visión predominante enfatizaba los aspectos negativos de la revolución industrial, a la que
consideraba responsable del empobrecimiento y el deterioro de las condiciones de vida de los trabajadores,
como resultado de la difusión del maquinismo y del sistema de fábrica, y de la concentración de la población
en las grandes ciudades industriales.

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2. CICLOS ECONÓMICOS. En una segunda etapa, entre los años 20 y los 50, predominó el análisis de los ciclos
económicos, en gran medida porque la crisis de 1929 y la depresión de los años treinta impulsaron a los
estudiosos a interesarse por las fluctuaciones cíclicas en una perspectiva histórica. Se recopilaron estadísticas
históricas que permitieron establecer los ciclos de la economía industrial desde finales del siglo XVIII, y se
esbozaron diversas teorías para explicarlos. En este marco, la revolución industrial aparecía como el punto de
partida de una economía caracterizada por un funcionamiento cíclico.
3. CRECIMIENTO ECONÓMICO. Entre mediados de los años 50 y mediados de los 60, el tema que estuvo en el
centro de los estudios sobre la Revolución Industrial fue el crecimiento económico. Dos circunstancias
contribuyeron a ello: por una parte, la expansión económica de los países industriales, y por la otra, el
problema del subdesarrollo, que se hizo más visible a partir del proceso de descolonización y de la emergencia
del Tercer Mundo. En este contexto, la industrialización aparecía como la clave del desarrollo, y la historia
podía servir tanto para entender el éxito de los países ricos como para proponer recetas a los países pobres. con
el fin de que salieran del atraso. Todo ello influyó profundamente en la forma en que los historiadores
económicos enfocaron la revolución industrial, que pasó de ser considerada como la fase inicial de los procesos
de desarrollo, y el caso inglés como el primero de crecimiento económico sostenido. En vez de ser vista como
la causa de los problemas de las sociedades contemporáneas, aparecía como la guía para las aspiraciones del
futuro. Dicho futuro era percibido en términos optimistas, ya que se suponía que no sólo el desarrollo sostenido
era posible, sino que el crecimiento económico contribuiría a acortar la distancia entre países pobres y países
ricos, y a atenuar significativamente las diferencias sociales dentro de cada país.
Una obra paradigmática de esta etapa fue la de W. W. Rostow, uno de los economistas que formularon la teoría
del desarrollo. En su obra “las etapas del crecimiento económico” propuso un modelo para el estudio de la
transición desde la sociedad tradicional hasta la sociedad industrial de consumo masiva. Según Rostow,
existían cinco etapas: la ​sociedad tradicional​, las ​condiciones previas para el impulso inicial​, el ​impulso
inicial​, la ​marcha hacia la madurez y la ​era del alto consumo en masa​. Este esquema lo veía como aplicable
a todos los países, y consideraba que los países subdesarrollados estaban en alguna de las etapas iniciales, de
las que podrían salir aplicando políticas económicas adecuadas.
En opinión de Rostow, las sociedades tradicionales tenían como principal limitación la existencia de un tope al
nivel de producción obtenible per cápita, generado por la falta de acceso a las ciencia y a las técnicas
modernas, o por la imposibilidad de aplicarlas en forma regular y sistemática. En la etapa de las condiciones
previas comienzan a producirse cambios económicos, sociales, culturales o políticos que favorecerán el paso a
la sociedad industrial. Para Rostow esto se dio en Europa Occidental entre fines del siglo XVII y principios del
XVIII, siendo Inglaterra la primera en desarrollarse plenamente.
La ​fase clave es el impulso inicial o despegue (​take off​), que Rotow identifica con la Revolución Industrial, a
la que considera la gran línea divisoria en la vida de las sociedades modernas. En ella se superan los obstáculos
y resistencias contrarios a un crecimiento permanente, que pasa a ser la condición normal.
Las condiciones esenciales para el take-off son, según Rostow, la ​acumulación de capital y la ​innovación
tecnológica​, y una variable clave es ​la tasa de inversión​, que debe ser equivalente al 10% o más del ingreso
nacional. Debe existir también un sector empresarial o un grupo de funcionario del Estado que esté dispuesto a
liderar el proceso de transformación. Las características distintivas del take-off on la difusión de nuevas
técnicas en la agricultura y la industria, el crecimiento de la producción industrial y la urbanización,
contribuyendo todo ello a la expansión del sector moderno de la economía y al incremento del ahorro y la
inversión.
Para Rostow este proceso tendría lugar en un lapso muy breve: tanto la estructura económica como la social y
la política se transformaban en una o dos décadas, lo cual hacía posible sostener en lo sucesivo un ritmo fijo de
crecimiento. La revolución industrial para él era fácilmente identificable si se medía la aceleración en la tasa de
crecimiento de la economía y se hallaba la proporción entre la inversión y el producto nacional.
La etapa sucesiva -la marcha hacia la madurez- es caracterizada por Rostow como un largo intervalo de
progreso sostenido y de difusión de la innovación tecnológica, abarcando unos cuarenta años a partir del fin del
despegue. En la era del alto consumo en masa se cosechan los frutos del desarrollo, con un incremento del

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ingreso real per cápita que permite el aumento del consumo de bienes y servicios duraderos, cuyo símbolo era
para Rostow la difusión del automóvil.
La obra de Rostow originó discrepancias y debates desde el momento de su publicación, en el que se discutía la
validez de su modelo y la pertinencia de extraer de la experiencia inglesa conclusiones generalizables a
cualquier sociedad. Alexander Gerschenkron, otro economista interesado en la historia, publicó en los años 50
diversos artículos que discutían la idea de la uniformidad en los procesos de industrialización. Gerschenkron
compartía con Rostow la idea de la industrialización como producto de una ruptura identificable en el curso de
pocas décadas, a la que llamaba “gran salto”, pero no creía en la inevitabilidad histórica de la industrialización
ni en que el camino para alcanzarla estuviera predeterminado, siguiendo una serie de etapas.
Para Gerschenkron los procesos de industrialización en lo países atrasados presentan diferencias considerables
con los seguidos por la mayor parte de los avanzados. Consideraba que el ritmo del proceso de
industrialización es más acelerado en los países atrasados, fundamentalmente por la posibilidad con la que
cuentan de poder copiar la tecnología de los países desarrollados. Pero, además de ello, sostenía que el proceso
de desarrollo podía ser reforzado por el uso de determinados instrumentos institucionales específicos.
Destacaba el papel que habían cumplido los bancos comerciales en ciertos países europeos, como Francia,
Alemania, el Imperio Austro-Húngaro y Suiza. En Inglaterra la industrialización había tenido lugar sin
necesidad de recurrir a la banca para financiar la inversión a largo plazo.
Gerschenkron también indicaba que en otras naciones de desarrollo más tardío, como Rusia, el principal agente
impulsor de la industrialización había sido el Estado. En este país la escasez de capital era tan grande que
ningún sistema bancario hubiera podido atraer fondos suficientes para financiar una industrialización a gran
escala. Para poder conseguir el capital que la industria requería fue necesario el funcionamiento de la
maquinaria estatal que, por medio de la política impositiva, desvió rentas del consumo a la inversión.
Gerschenkron, a diferencia de Rostow, se negó a aceptar la validez de un modelo uniforme de
industrialización, basado en la experiencia británica, ofreciendo una visión mucho más rica y matizada de los
procesos de desarrollo económico.
La economía del desarrollo tuvo también un fuerte impacto entre los historiadores. La revolución industrial
pasó a ser estudiada desde la perspectiva del crecimiento económico, concentrándose el interés en sus aspectos
macroeconómicos y en temas como los modelos de desarrollo, la formación de capital, la demanda, la
distribución del ingreso o las fluctuaciones. Muchas ideas formuladas explícitamente por Rostow se encuentran
implícitas en la mayor parte de los estudios de la industrialización publicados en los 60 y 70. En general, los
historiadores compartían la noción de que la revolución industrial era el punto de partida de un proceso de
crecimiento espectacular y de progreso sostenido. David Landes explica el proceso de industrialización
enfatizando la capacidad de los europeos para manipular racionalmente el medio natural, el triunfo del hombre
sobre la naturaleza gracias al progreso de la ciencia y la tecnología. Landes ve a la revolución industrial como
la gran ruptura que en el lapso de menos de dos generaciones ha cambiado al mundo para siempre, y la
considera el inicio del proceso de modernización.
En muchos casos, las investigaciones concretas evidenciaban cambios más lentos que los que Rostow sugería,
e incluso procesos de industrialización sin despegue (como el de Francia a lo largo del siglo XIX). Pero más
allá de ello, la revolución industrial era vista como una gran ruptura, que en el transcurso de algunas décadas
había hecho posible el paso de una economía agraria a una economía industrial. Se trataba de una segunda
ruptura que había tenido lugar, en el orden económico, desde los tiempos prehistóricos. La primera había sido
la Revolución Neolítica, signada por el nacimiento de la agricultura, alrededor de 5.000 años a.C. Desde
entonces, la vida económica se había basado en la agricultura como actividad principal.
El historiador italiano Carlos Cipolla decía que los historiadores, para expresar la idea de un cambio drástico,
han hecho un uso abusivo del término “revolución”; sin embargo, exceptuando quizá la del Neolítico, no ha
habido ninguna revolución tan auténticamente revolucionaria como la Revolución Industrial. Ambas cambiaron
el curso de la historia, es decir, introdujeron un elemento de discontinuidad en el proceso histórico. La
revolución neolítica transformó a la humanidad, de un conjunto de tribus salvajes de cazadores en una serie de
sociedades agrícolas más o menos independientes. A su vez, la revolución industrial convirtió a los granjeros y
campesinos en manipuladores de máquinas impulsadas por energía inanimada.

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4. LÍMITES AL CRECIMIENTO. Desde mediados de los años 70 comenzó a ser crecientemente discutida la
visión de la revolución industrial que se desprendía de los trabajos publicados en las dos décadas anteriores. En
general, en las ciencias sociales se iba diluyendo el optimismo que había predominado desde el fin de la
Segunda Guerra Mundial, y la teoría del desarrollo se vio seriamente cuestionada. La realidad había mostrado
que la aplicación de las recetas propuestas por los economistas no daba necesariamente los frutos esperados, y
que la mayor parte de los países del Tercer Mundo no habían logrado salir del subdesarrollo. Por otro lado, no
siempre el crecimiento económico se traducía en una mejora de las condiciones de vida de la población.
Pero, además de ello, aun la realidad de los países más ricos hacía dudar de que la industrialización hubiera
resuelto de una vez los problemas económicos y sociales. La crisis económica que produjo el alza de los
precios del petróleo a principios de lo años setenta, puso en evidencia los límites a la expansión iniciada con el
fin de la guerra, y las economías de los países más desarrollados debieron enfrentar problemas como la
desocupación, la recesión y la inflación. Al mismo tiempo, comenzó a reconsiderarse el problema de la
relación del hombre con la naturaleza, y las denuncias de los ecologistas revelaron las consecuencias no
deseadas que el desarrollo económico podía enera al poner en peligro el medio ambiente. El mismo Rostow
decía, a fines de los 70, que comenzó a dudarse no sólo de la inevitabilidad, sino también de la legitimidad del
desarrollo económico.
Todo ello repercutió sensiblemente en los estudios sobre la revolución industrial, en la que empezaron a
considerarse no sólo los éxitos sino también los fracasos. La industrialización pasó a ser observada ya no como
una progresión unidireccional, sino como un proceso cíclico; como un proceso a largo plazo, más que como un
acontecimiento espectacular a corto plazo; como un modelo de carácter multidimensional, más que como un
modelo único.
En general, existe hoy una tendencia a ver la revolución industrial como un proceso lento, no como una ruptura
identificable en el término de pocas décadas. El importante libro de Maxine Berg, ​La era de las manufacturas
1770-1820,​ que lleva como subtítulo ​Una nueva historia de la Revolución Industrial británica,​ puede servir como
punto de referencia. La autora brinda una imagen de la industrialización inglesa como un proceso en el que conviven,
durante décadas, formas tradicionales y formas nuevas de producción. Sin negar la existencia de la Revolución
Industrial como fuente de profundas transformaciones, ofrece una visión menos “prometeica” de ella y propone que la
consideremos un fenómeno más complejo y polifacético. En la misma línea, Joel Mokyr, afirma que Gran Bretaña
durante la revolución industrial era una ​economía dual​, en la que coexistían un sector tradicional, que se desarrollaba
gradualmente y de manera convencional, y un sector moderno, en el que se estaban produciendo las transformaciones
más significativas.
Pollard publicó en 1981 su libro ​La conquista pacífica que lleva como subtítulo ​La industrialización de Europa.​ En
dicho trabajo desarrolla dos conceptos que han sido sumamente fructíferos para las investigaciones posteriores. Uno es
el de la ​región ​como el espacio en el cual estudiar los procesos de industrialización, ya que éstos se desarrollan en áreas
geográficamente definidas, que no coinciden con los límites nacionales. Pollard cuestiona las investigaciones que
toman a los Estados nacionales como objeto de estudio. Otro concepto de Pollard es el de “​diferencial de
contemporaneidad​”. Se refiere a las consecuencias muy diferentes que pueden producirse cuando un mismo fenómeno
llega más o menos simultáneamente a economías que se encuentran en etapas muy distintas de su desarrollo. Los
acontecimientos se originaban (casi siempre) en los países más adelantados, pero afectaban también a los atrasados,
donde eran recibidos de manera diferenciada. Coincide con Gerschenkron en que las vías de industrialización variaron
según el grado de atraso de cada país, pero polemiza con él dos temas: que considere como unidad de análisis los
Estados nacionales y, sobre todo, que no tome en cuenta el diferencial de contemporaneidad.

¿Revolución o evolución?

Como hemos visto, en los últimos años el debate académico sobre la revolución industrial ha girado en gran parte
alrededor del problema de la continuidad y la ruptura, y en él se han afirmado las tendencias gradualistas. El historiador
norteamericano Ronald Cameron sostiene que la expresión “revolución industrial” es incorrecta, ya que para él no
refleja la complejidad y las características de aquello que se propone designar. Según Cameron, la palabra “revolución”
da la idea de un cambio rápido -mientras que la industrialización fue un proceso lento y evolutivo-, y la palabra

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“industrial” restringe su significado, ya que los cambios afectaron no sólo a la industria, sino a la economía en general
y también a la sociedad, a la política y a la cultura. Propone el uso de la expresión “nacimiento de la industria
moderna”.
Entre los estudiosos actuales que coinciden con esta visión gradualista de la Revolución Industrial podemos distinguir
dos posturas: una de ellas ofrece un enfoque cuantitativo de la industrialización y la otra orienta su atención en las
transformaciones cualitativas.
- Los cuantitativistas -que se identifican con la ​New Economic History​- se interesan sobre todo por la medición
del crecimiento económico, y utilizando técnicas muy sofisticadas han propuesto nuevos cálculos del
crecimiento de la economía británica en los siglos XVIII y XIX. Dichos cálculos revelan tasas mucho más
bajas que las estimaciones realizada en los años sesenta, y ello ha llevado a muchos historiadores económicos a
presentar a la industrialización como proceso de cambio acumulativo, y a algunos de ellos a negar la existencia
de la Revolución Industrial.
- Los historiadores más interesados en los cambios cualitativos generados por la industrialización -por ejemplo
en los sistemas de producción y trabajo- ponen el énfasis en la lenta difusión que dichas transformaciones
tuvieron a partir del siglo XVIII. Sin discutir la pertinencia del concepto de revolución industrial, resaltan a la
vez la profundidad de los cambios y su gradual expansión. Para ellos las transformaciones no pueden medirse
sólo en términos cuantitativos, y menos con información agregada a nivel nacional que opaca las diferencias
entre las distintas ramas de la industria y las variaciones regionales. Consideran la revolución como un proceso
económico y social que dio un resultado mucho mayor que la suma de las partes.

¿En qué consistió la Revolución Industrial?

¿Cuál es el significado que los historiadores atribuyen hoy a la expresión “revolución industrial”? Como vimos, no
existe una única definición ni un consenso total acerca de su contenido. David Landes propone tres definiciones, que se
refieren a los distintos usos que se le suelen atribuir:
1. El término “revolución industrial”, en minúsculas, suele referirse al complejo de innovaciones tecnológicas
que, al sustituir la habilidad humana por maquinaria, y la fuerza humana y animal por energía mecánica,
provoca el paso desde la producción artesanal a la fabril.
2. El significado del término es a veces otro. Se utiliza para referirse a cualquier proceso de cambio tecnológico
rápido e importante. En este sentido, se habla de una “segunda” o “tercera” revolución industrial, entendidas
como secuencias de innovación industrial históricamente determinadas.
3. El mismo término, con mayúsculas, tiene otro significado distinto. Se refiere a la primera circunstancia
histórica de cambio desde una economía agraria y artesanal a otra dominada por la industria y la manufactura
mecanizada. La Revolución Industrial se inició en Inglaterra en el siglo XVIII y se expandió, desde allí, y en
forma desigual, por los países de Europa continental y por algunas otras pocas áreas, y transformó, en el
espacio de menos de dos generaciones, la vida del hombre occidental, la naturaleza de su sociedad y sus
relaciones con los demás pueblos del mundo.

El historiador inglés Peter Mathias la define como “las fases iniciales del proceso de industrialización en el largo
plazo”, y señala que los dos criterios centrales para definir la revolución industrial son 1) la aceleración del crecimiento
de la economía en su conjunto, y 2) la presencia de cambios estructurales. Pone el énfasis en que dicho crecimiento
debe darse en el largo plazo y responder no a un incremento de los factores de la producción, sino a un aumento de la
productividad que se traduzca en un incremento del producto per cápita. Los cambios estructurales incluyen la
innovación tecnológica y organizativa, la modernización institucional, el desarrollo de un sistema de transportes y la
movilización de la fuerza de trabajo. Este proceso genera, a su vez, modificaciones en la estructura de la economía, en
particular, la reducción de la participación sectorial de la agricultura en el empleo y en el total de la producción.
E. A. Wrigley señala que la característica distintiva de la revolución industrial ha sido un aumento amplio y sostenido
de los ingresos reales per cápita. Sin un cambio de este tipo, el grueso total de los ingresos se hubiese seguido gastando
necesariamente en alimentos, y el grueso de la fuerza de trabajo hubiese seguido siendo empleada en la tierra. Al
aumentar la productividad del trabajo, gracias al proceso de innovación, se incrementa el producto por habitante.

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Wrigley contrapone dos modelos de crecimiento económico, uno de ellos asociado a la economía orgánica avanzada, y
el otro a la economía basada en la energía de origen mineral. El primero precede al segundo en el tiempo, aunque existe
una superposición entre ambos. En el modelo de economía orgánica avanzada, la industria se abastecía esencialmente
de materias primas animales o vegetales. Ello ponía límites muy precisos al crecimiento económico. El uso de fuentes
de energía de origen mineral, en primer lugar el carbón, permitió superar dichos límite, incrementando de manera
sostenida la productividad y las tasas de crecimiento de la economía.
Combinando estas definiciones podemos sostener que la revolución industrial consistió en un proceso de cambio
estructural en el que se combinan:
1. El crecimiento económico.
2. La innovación tecnológica y organizativa.
3. Profundas transformaciones en la sociedad.
El rasgo más característico de dicho proceso es el nacimiento y el desarrollo de la industria fabril. El crecimiento
económico se debe principalmente al aumento de la productividad de la economía, y dicho aumento de la productividad
es posible gracias a la innovación tecnológica y organizativa. Los rasgos esenciales de la innovación tecnológica son el
uso de máquinas que reemplazan a la habilidad humana y la utilización de nuevas fuentes de energía inanimada que
sustituyen a la fuerza humana y animal. La principal innovación organizativa consiste en el nacimiento del sistema de
fábrica, como alternativa a las formas de producción tradicional (la industria artesanal y la industria a domicilio).
Los cambios tecnológicos y organizativos permiten producir una cantidad de bienes muchísimo mayor que la que podía
fabricarse con los métodos tradicionales, y a la vez nuevos tipos de bienes que son producto de un proceso de
innovación que no se detiene.
La revolución industrial está acompañada por cambios estructurales en la economía y la sociedad. Por una parte, se va
produciendo un descenso de la participación de la agricultura en el total de la producción y de la proporción de mano
de obra empleada en el sector primario. Al mismo tiempo, se verifica un avance de la industria y otros servicios que
aumentan su participación en el producto y en la ocupación. Otro cambio estructural lo constituye el proceso de
urbanización. A medida que avanza la industria fabril, la producción y la población se van concentrando en las
ciudades. Van creciendo el número de ciudades, sus dimensiones y la proporción de población urbana en relación con
la rural.
El crecimiento de la industria y de los servicios y la difusión del sistema de fábrica dan nacimiento a nuevos sectores
sociales. Cambian las condiciones de trabajo y se va multiplicando el número de trabajadores empleados en las
fábricas, lo cual da origen al proletariado industrial. Éste se diferencia de los trabajadores del período pre-industrial por
sus condiciones de trabajo. La nueva clase obrera está compuesta por trabajadores asalariados que no son propietarios
de los medios de producción, sino que venden su fuerza de trabajo. No trabajan en sus casas, sino en las fábricas, en las
que deben cumplir con una disciplina estricta. Viven mayoritariamente en áreas urbanas.
Al mismo tiempo, se incrementa el número de empresarios que invierten su capital en las nuevas actividades y son
dueños de industrias. Una nueva burguesía industrial va buscando su lugar entre los sectores propietarios. Pero también
las clases medias son producto de la nueva sociedad industrial, ya que crecen junto con la expansión de los servicios y
las actividades administrativas.
Desde el punto de vista cronológico, la revolución industrial se inició en Gran Bretaña en la segunda mitad del siglo
XVIII, y de allí se fue difundiendo, con ritmos y características diversos, primero hacia el continente europeo y los
Estados Unidos, y más tarde hacia otras naciones.
Como hemos señalado, la revolución industrial no tuvo lugar en forma abrupta, los cambios tuvieron lugar de una
manera gradual y con fuertes diferencias regionales. Aun en Gran Bretaña, la primera nación industrial, la difusión de
la industria moderna fue lenta, y afectó de modo desigual a los diversos sectores de la actividad industrial y a las
distintas áreas geográficas. Pero el hecho de que se haya tratado de un proceso gradual no invalida la existencia de la
revolución industrial entendida como el punto de partida para el nacimiento de un nuevo tipo de sociedad.

Revolución tecnológica y revolución económica:

La revolución industrial fue una revolución tecnológica​, definiendo como tal un cambio tecnológico y acelerado sin
precedentes, que transforma los procesos de producción y distribución, crea un aluvión de nuevos productos y cambia

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la ubicación de la riqueza y del poder en el planeta, dado que otorga superioridad económica a los países que dominan
la nueva tecnología.
En general, se considera que hubo ​tres grandes revoluciones tecnológicas desde el siglo XVIII en adelante: 1) la
Primera Revolución Industrial, que tuvo su origen en Gran Bretaña entre 1760 y 1830; 2) la Segunda Revolución
Industrial, cuyo orígenes fueron Alemania y Estados Unidos Unidos entre 1870 y 1914, y 3) la Revolución de la
Tecnología de la Información y las Comunicaciones, o Tercera Revolución Tecnológica, que también se origina en los
Estados Unidos, en la década de 1970 y está hoy todavía en marcha.
Si la primera revolución industrial hubiera sido sólo una revolución tecnológica, su definición y su estudio serían
menos complicados. Lo que la hace tan importante es que fue mucho más que una revolución tecnológica: fue también
una ​revolución económica.​
Douglass North define a una revolución económica como un cambio fundamental en el potencial productivo de
la sociedad como consecuencia de un cambio básico en el stock de conocimientos; y el cambio consiguiente de la
organización económica para realizar dicho potencial. Para el autor han existido sólo dos revoluciones
económicas en la historia: la revolución neolítica y la que denomina “Segunda Revolución Económica”, que
sitúa a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, momento en que se produjo lo que la mayor parte de los
autores definen como Segunda Revolución Industrial. Más allá de que North reserve el concepto de revolución
económica para lo que otros consideran la Segunda Revolución Industrial, y que justifica sosteniendo que recién a fines
del XIX se produjo un “maridaje” entre la ciencia y la tecnología ​que permitió ampliar indefinidamente las fronteras
del conocimiento, puede utilizarse sin duda para la primera.
Lo que permite caracterizar a la primera revolución industrial como una revolución económica es (siguiendo la
definición de North) la combinación del cambio en el potencial productivo de la sociedad con cambios en la
organización económica, que afectaron al sistema económico en su conjunto y permitieron acelerar radicalmente las
tasas de crecimiento.
Se produjo un cambio estructural en la organización económica, ya que por primera vez en la historia de la humanidad
la industria se convirtió en la actividad más dinámica, creciendo a un ritmo mucho más rápido que la agricultura. Este
cambio implicó el paso de una economía agrícola a una economía industrial, y el paso de la industria tradicional a la
industria moderna.
Pero también se introdujeron, en forma paralela, transformaciones esenciales en la forma de organización de los
intercambios entre las personas. La principal fue un fuerte avance de las relaciones mercantiles, es decir de la economía
de mercado, definida como un sistema en el cual la producción y la distribución de bienes y servicios se realiza a través
del mecanismo de precios y en el que compradores y vendedores se vinculan a través de relaciones impersonales
(guiadas por el mercado).
Muchos autores han estudiado este proceso. Sin duda Adam Smith fue el precursor, ya que en su obra ​Investigación
sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones (​ 1776) sostuvo que existía una relación directa entre el
avance de la producción para el intercambio y el crecimiento económico, oponiéndose a toda restricción que regulara o
controlara los mercados. Lo que importa destacar es que el proceso de mercantilización avanzó sensiblemente con la
revolución industrial, difundiendose a través de todo el sistema económico.
Arnold Toynbee consideraba que la esencia de la revolución industrial era la sustitución de las regulaciones medievales
(que hasta entonces habían controlado la producción y la distribución de la riqueza) por la competencia: se había
pasado de un mercantilismo a un ​laissez faire​.
Uno de los pensadores que más reflexionó sobre todas estas cuestiones fue Karl Polanyi, que a diferencia de Smiths o
Hicks, tenía una posesión muy crítica con respecto a la economía de libre mercado y a sus defensores. Su obra más
famosa, ​La gran transformación,​ publicada en 1944, analiza la revolución industrial como un momento de ruptura en la
organización económica y social. Polanyi elige una fecha para el nacimiento del capitalismo industrial: 1834. En ese
año se abolieron en Gran Bretaña las leyes de Speenhamland, que aseguraban un ingreso mínimo a los pobres a través
de sus parroquias. Según Polanyi, en 1834 se produjo el triunfo de lo que denominó “la lógica del mercado
autorregulado”, que implicaba que toda la producción se destinaba a la venta en el mercado (de bienes y servicios, de
mano de obra, de tierra, de dinero) y que todos los ingresos (salarios, rentas, intereses) derivaban de tales ventas. La
revolución industrial había provocado, para Polanyi, dos efectos de distinto signo: un mejoramiento de los instrumentos
de producción y una dislocación catastrófica de las vidas de la gente, subordinando la sociedad al mercado. De allí en

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más, hasta la Primera Guerra Mundial, la economía de mercado continuó en ascenso, hasta que la reacciones que
provocó entre los grupos sociales que se sintieron perjudicados por ello llevó, desde la década de 1920, a una nueva
fase de creciente regulación.

Una última observación acerca de los enfoques sobre la Revolución Industrial:

Para finalizar, utilizaremos la clasificación que propone Joel Mokyr acerca de los enfoques que han guiado la
investigación sobre la Revolución Industrial. Según este autor se pueden identificar ​cuatro escuelas, a las que
denomina del cambio social, de la organización industrial, macroeconómica, y tecnológica.
1. CAMBIO SOCIAL. Pone el énfasis en cómo se fueron modificando los modos de transacción económica entre
los individuos, con el avance de las relaciones de mercado en el mundo del trabajo y en las consecuencias
sociales de la revolución. En ella incluye a Polanyi.
2. ORGANIZACIÓN INDUSTRIAL. Se enfoca en los cambios experimentados por la estructura y por las
dimensiones de la empresa, destacando el significado del nacimiento del sistema de fábrica como nueva forma
de organización del trabajo. Tiene dos vertientes: la tradición marxista (comenzando por el propio Marx) e
historiadores no marxistas.
3. MACROECONÓMICA. Considera sobre todo el comportamiento de determinada variables agregadas que
permiten medir las tasas de crecimiento económico: PBI, formación de capital, inversión, población activa,
desempeño del sector manufacturero. En ella se ubican gran parte de los economistas, desde Rostow, Kuznets,
los representantes de la ​New Economic History.
4. TECNOLÓGICA. Privilegia el proceso de cambio tecnológico, e incluye entre muchos otros a David Landes.

Las formas tradicionales de producción industrial:

1. LA INDUSTRIA ARTESANAL. Se caracterizaba por ser una forma de actividad en la que los productores
utilizaban herramientas manuales que exigen una alta dosis de habilidad. La industria artesanal puede ser
doméstica o llevarse a cabo en un taller. Desde fines de la Edad Media creció la industria artesanal urbana, que
funcionaba en pequeños talleres, con una organización jerárquica basada en el sistema de aprendizaje. En
algunas ciudades de Flandes y del norte de Italia surgieron talleres de mayores dimensiones, sobre todo en la
industria textil, llegándose a concentrar un número considerable de trabajadores bajo un mismo techo, pero la
forma más extendida de producción industrial eran los pequeños talleres.
La actividad industrial estaba fuertemente regulada por los gremios, que establecían desde las normas de
calidad hasta las cuotas de producción, y ofrecían algunos rudimentarios servicios sociales a sus miembros. En
general, la producción artesanal de las ciudades estaba destinada al mercado local y al campo circundante,
aunque una proporción muy alta de la población campesina elaboraba en su hogar los productos industriales
que consumía: vestido, calzado, utensilio domésticos.
2. LA INDUSTRIA A DOMICILIO. Desde el siglo XVI fue desarrollándose la industria a domicilio, cuya mayor
difusión tuvo lugar entre los siglos XVII y XVIII. Se caracteriza por ser un sistema descentralizado de
producción, en el que los trabajadores realizaban las tareas en sus domicilios, con herramientas que en general
eran de su pertenencia. Trabajaban para un comerciante-empresario, que les encargaba los quehaceres y les
suministraba la materia primera, retirando luego las piezas elaboradas por las que pagaba a destajo. El proceso
de comercialización estaba en manos de los comerciantes empresarios, y los productos se destinaban a
mercados no locales, europeos o ultramarinos. La mayor parte de los trabajadores eran campesinos que
realizaban sus actividades industriales en los tiempos muertos que dejaban las tareas agrícolas.
Las ventajas que presentaba esta forma de organización del trabajo con respecto a la industria urbana artesanal
consistían en que, por un lado, era un sistema muy flexible, en el que la producción se regulaba de acuerdo con
la demanda, y en el que no existía una obligación por parte del empresario de mantener un vínculo permanente
con los trabajadores. Los costos fijos eran mínimos, y los salarios más bajos, ya que no se aplicaban las
regulaciones que establecían los gremios para la industria urbana. Los trabajadores aceptaban recibir un pago
menor porque para ellos se trataba de una actividad complementaria, ya que su ocupación principal era la

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agricultura. Además, a diferencia de la industria urbana, en la manufactura rural trabajaban también mujeres y
niños, cuyas remuneraciones eran más bajas que las de los hombres adultos.
3. LA PROTOINDUSTRIALIZACIÓN. El historiador Franklin Mendels elaboró el concepto de
protoindustrialización para referirse a lo que consideraba la primera fase del desarrollo industrial de Europa,
caracterizada por la expansión del sistema de trabajo a domicilio. Para Mendels, el proceso de industrialización
en Europa pasó por dos etapas: la primera había consistido en una “industrialización preindustrial”, y la
segunda, en la industrialización moderna propiamente dicha. Llamó “protoindustrialización” a la primera fase,
caracterizada por la difusión del sistema de trabajo a domicilio en la producción de bienes para mercados no
locales, que generó, a su vez, cambios significativos en la economía rural. La segunda fase sería para Mendels
la Revolución Industrial, signada por el surgimiento del maquinismo y el sistema de fábrica. La
protoindustrialización, que se difundió entre los siglos XVI y XVIII, permitió el crecimiento de la producción
dentro de los sistemas técnicos tradicionales de la industria doméstica, aumentando la productividad de los
trabajadores al ocupar en la industria mano de obra antes desempleada o empleada parcialmente en actividades
agrícolas.
Con la protoindustrialización se establecieron nuevas relaciones entre los centros urbanos y las áreas rurales.
De la ciudad provenían los empresarios, los capitales y las redes de comercialización, y en la ciudad se
realizaban algunas actividades industriales, sobre todo procesos de preparación o acabado. En el campo se
llevaba a cabo la mayor parte de la producción, con una organización descentralizada que operaba a escala
regional. Otros rasgos centrales eran que la producción estaba orientada a mercados externos y que el
management estaba en mano de los comerciantes empresarios y no de los trabajadores. Al ofrecer un medio de
subsistencia complementario a la agricultura, la protoindustrialización contribuyó a mejorar las condiciones de
vida de los campesinos, reduciendo el impacto de las tradicionales crisis de subsistencia y estimulando el
crecimiento demográfico.
Uno de los puntos más cuestionados del concepto de protoindustrialización es establecer por qué en algunas
regiones condujo al nacimiento de la industria fabril, mientras que en otras el proceso de industrialización
quedó trunco. La obra de Mendels sirvió para revalorizar el sistema de trabajo a domicilio, que dejó de ser
visto como un híbrido que no era ni artesanía urbana ni industria fabril. para ser considerado una forma de
producción industrial que había sido característica de la Europa Moderna.
4. LA MANUFACTURA CENTRALIZADA (o protofábrica). Pollard distingue tres clases de protofábricas, y a
la vez que aclara que las fronteras entre ellas no son siempre claras:
- Talleres centrales que preparaban y terminaban el trabajo de los trabajadores rurales a domicilio,
principalmente en el sector textil.
- Unidades que tenían que ser bastante grandes o que requerían mucho capital por razones técnicas.
Ejemplos: metalurgia, minería, vidrio, astilleros, refinerías de azúcar.
- Agrupación de talleres por una razón que no es económica ni técnica, como consecuencia de un
monopolio o de la iniciativa de algún magnate territorial. Ejemplo: manufacturas reales creadas en
Francia en el siglo XVII, fábricas textiles establecidas por nobles checos en el siglo XVIII.

El sistema de fábrica:

Con la revolución industrial nació el sistema de fábrica, que puede ser definido como un sistema que se caracteriza por
la mecanización de la producción, por el uso de energía inanimada en reemplazo de la energía humana o animal (las
primeras formas de energía inanimada utilizada en las fábricas fueron la energía hidráulica y la energía a vapor), y por
la presencia de trabajadores asalariados sometidos a un régimen de estricta disciplina.

1. EL MAQUINISMO. El sistema de fábrica constituye lo que se denomina también “industria moderna”, que se
contrapone a la “industria tradicional”. Un rasgo central del proceso de modernización de la industria fue la
paulatina difusión del uso de máquinas activadas por energía inanimada. No es sencillo encontrar una
definición adecuada del término “máquina”. Un primer paso es diferenciar una máquina de una herramienta.
Tanto una máquina como una herramienta permiten economizar trabajo manual, ya que potencian la actividad

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humana. Sin embargo, uno de los rasgos que distingue a las herramientas de las máquinas es que las primeras
son instrumentos en manos del trabajador, que requieren una habilidad específica sin la cual no puede llevarse
a cabo el proceso de producción. En el caso de las máquinas, en cambio, estamos frente a artefactos que
disponen de mecanismos que reemplazan la actividad humana. Así, el rasgo dominante de la industria moderna
fue la difusión de las máquinas accionadas por energía inanimada -primero hidráulica, más tarde energía del
vapor- que obligaron a sustituir las formas tradicionales de organización del trabajo y dieron nacimiento al
sistema de fábrica.
2. LAS NUEVAS FUENTES DE ENERGÍA. Una de las claves del proceso de industrialización fue el acceso a
nuevas fuentes de energía calorífera y mecánica, y el símbolo de los nuevo tiempos fue la máquina a vapor. En
la sociedad preindustrial, el grueso de la energía que se utilizaba provenía de fuentes orgánicas. La mayor parte
de la energía era suministrada por la fuerza humana o animal, complementada en algunos casos por la del
viento o la del agua, y por el calor proporcionado por la madera. Por ello, los niveles de productividad que
podían conseguirse eran modestos. Wrigley señala como característica distintiva de la revolución industrial ​el
paso de una economía orgánica avanzada a una economía sustentada en la energía de origen mineral​. La
utilización de la energía calórica y mecánica proveniente del ​carbón ​mineral permitió incrementar hasta
niveles insospechados la productividad del trabajo.
La difusión de las innovaciones fue lenta. En la primeras décadas de la revolución industrial se combinó el uso
de la fuerza hidráulica y el de la energía a vapor, e incluso en el siglo XVIII también se utilizaban caballos y
bueyes para accionar las máquinas en la industria textil. La máquina a vapor de Watt fue patentada en 1769,
pero su uso se difundió lentamente en la industria. En un principio, las fábricas se instalaron en las orillas de
los cursos de agua que tuvieran un caudal suficiente para aprovechar la energía hidráulica. Todavía a mediados
del siglo XIX la importancia de la fuerza hidráulica seguía siendo muy grande en Inglaterra, a pesar de que se
iba generalizando el uso de la máquina a vapor. Muchos autores siguen considerando la máquina de vapor
como el invento más característico de la revolución industrial. Su principal aporte fue poder transformar la
energía térmica (calor) en energía cinética (movimiento y trabajo).
James Watt inventó una máquina de vapor a la que introdujo mejoras decisivas, que permitieron reducir el
consumo de carbón, disminuir sus dimensiones y minimizar su costo. Gracias a ello pudo ser utilizada en
cualquier parte, y su uso se fue extendiendo de las minas a la industria manufacturera. Con ello la industria
pudo independizarse de la geografía, porque las fábricas ya no debían instalarse a la vera de los cursos de agua.
Se fueron localizando paulatinamente en los centros urbanos, dando nacimiento a las ciudades industriales. La
máquina de Watt fue, a su vez, perfeccionada a lo largo del siglo XIX por otros inventores, y ello permitió que
pudiera utilizarse para impulsar medios de transporte. A partir de 1820 se construyeron los primeros
ferrocarriles y barcos de vapor, que revolucionaron las comunicaciones.
Como ya señalamos, además de la energía a vapor, durante todo el siglo XIX siguió utilizándose la energía
hidráulica, sobre todo en aquellos países o regiones en los que no había carbón o era muy escaso y caro, donde,
en cambio, abundaban los cursos de agua (como Suiza o el nordeste de EE.UU). También la tecnología
hidráulica se fue perfeccionando, en especial gracias a la invención de la turbina en 1830, que permitió
reemplazar la rueda y aprovechar mucho más eficientemente la fuerza del agua.
Las innovaciones que se introdujeron desde las últimas décadas del siglo XIX (la electricidad y el motor a
explosión) no hicieron más que reforzar esta tendencia, multiplicando la oferta de bienes y servicios.
3. LA DISCIPLINA Y LA ORGANIZACIÓN DEL TRABAJO: La productividad no sólo creció gracia a la
utilización de máquinas y al uso de nuevas fuentes de energía. Lo hizo también como producto de las nuevas
formas de organización del trabajo que acompañaron al sistema de fábrica y del nuevo tipo de empresa que iba
surgiendo con la Revolución Industrial.

- La disciplina​: con la fábrica se produjo en primer lugar una intensificación del trabajo. A diferencia de
la industria a domicilio, en la que los trabajadores decidían libremente cuándo y cuánto trabajar, la
fábrica se caracteriza por exigir a los obreros un horario estricto y una actividad constante. El trabajo
humano debió adaptarse al ritmo impuesto por las máquina.

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Un aspecto central de la producción preindustrial era que el conocimiento tecnológico tomaba la forma
de oficios calificados, y quienes poseían el oficio controlaban los procesos de producción.
Los nuevos empresarios lucharon por modificar los viejos sistemas de trabajo recurriendo al control de
los obreros, y algunos de ellos establecieron una normativa muy rígida. Cada uno tenía un puesto
determinado y una tarea estrictamente delimitada. La jornada laboral no sólo era muy intensa, sino
también muy extensa. A comienzos del siglo XIX, el promedio de los establecimientos alcanzaba y
sobrepasaba las catorce horas diarias.
Para disciplinar a los trabajadores, los empresarios recurrían mayoritariamente a los castigos, y en
mucha menor medida, a los premios para quienes cumplían satisfactoriamente con las exigencias. El
castigo en más de la mitad de los casos era el despido.
- La división del trabajo​: una segunda característica de las fábricas fue la intensificación de la división
del trabajo. Se trata de una innovación organizativa. En ​Investigación sobre la naturaleza y causas de
la riqueza de las naciones,​ Adam Smith dedicó el primer capítulo del libro primero a la división del
trabajo, a la que consideraba “causa principal de la expansión de su eficiencia”. Smith indicaba que la
mayor productividad derivaba de tres factores: la mayor destreza de cada obrero en particular, el ahorro
de tiempo que comúnmente se pierde al pasar de una ocupación a otra, la invención de máquinas que
facilitan y abrevian el trabajo, capacitando a un hombre para hacer la labor de muchos.
La introducción de las máquinas hizo posible incrementar la contratación de personal no calificado que
se especializaba en actividades rutinarias, como el simple control de la máquina. En segundo término
muchas tareas dejaron de requerir no sólo habilidad, sino también fuerza. Ambas condiciones llevaron
a que en las fábricas se contrataran cada vez más mujeres y niños, a lo cuales se pagaba salarios mucho
más bajos y a los que se sometía a la disciplina con más facilidad que los adultos.
En el tomo I de El Capital, Karl Marx analizó la lógica del proceso de división del trabajo en las
manufactura ​y en las ​fábricas​, remarcando las diferencias entre ambos casos. En la manufactura, la
división del trabajo consiste en la descomposición de un oficio manual en diversas operaciones
parciales: por ello, Marx habla del “obrero parcial”. Pero, a la vez, el oficio manual sigue siendo la
base de todo. Para Marx, la lógica del maquinismo, característica de la fábrica, de de índole diversa. El
principio que rige en ella es la de un órgano de producción objetivo e impersonal, que impone sus
condiciones sobre los obreros. Aquí la máquina sustituye al obrero por un mecanismo y las
herramientas se transforman en componentes de un aparato mecánico. Mientras que el obrero de la
manufactura y de la industria manual se servía de sus herramientas, el de la fábrica debe servir a la
máquina, siguiendo sus movimientos, como parte de un “mecanismo muerto”. Como consecuencia de
ello, la graduación jerárquica de los obreros que se conservaba en la manufactura, va siendo
reemplazada por la tendencia a igualar o a nivelar los trabajos. Con la gran industria se completa, para
Marx, la separación del trabajo manual y las potencialidades intelectuales de la producción.
Alain Touraine describe como sistema profesional aquel en el que lo obreros conservan una cierta
autonomía y controlan los tiempos de producción, diferenciándolo de una segunda etapa, que se inicia
a fines del siglo XIX, en que los ritmos son fijados por la maquinaria y el trabajo es continuo. Esta
segunda fase corresponde a la producción en masa y a la difusión del taylorismo y del fordismo.
- Las fábricas de Josiah Wedgwood​: Una de las empresas que es considerada un modelo en cuanto a la
eficiencia y la disciplina en los primeros tiempos de la Revolución Industrial es la que pertenecía a
Josiah Wedgwood, dedicada a la fabricación de productos de alfarería. En sus talleres, luchó por
imponer una estricta disciplina a los obreros alfareros, que hasta entonces habían tenido hábitos de
trabajo muy irregulares. Una de las facetas más interesantes que plantea el ejemplo de Wedgwood es
que consiguió grandes incrementos de la productividad mediante la organización del trabajo, sin
recurrir a las máquinas. En sus fábricas existía una estricta división de tarea y los obreros no podían
pasar de una actividad a otra.
En la nueva sociedad industrial, el tiempo y la eficiencia pasaron a ser las metas de los empresarios,
pero para imponerlas debieron luchar contra las prácticas tradicionales del trabajo y contra los hábitos
de los trabajadores. Por ejemplo, el uso del reloj se difundía porque era cada vez más necesario para

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regular el ritmo del trabajo y de la vida cotidiana. De la revolución industrial surgió una sociedad más
disciplinada, lo cual permitió incrementar la productividad del trabajo y poner a disposición de la gente
muchos más bienes a precios accesibles.

Los factores condicionantes de la industrialización:

La dinámica de la historia económica, de la cual el proceso de industrialización es un aspecto, es producto de la


interacción de una pluralidad de factores, entre los cuales se incluyen variables de orden tanto económico como no
económico. En él inciden sin duda los recursos naturales o la población con la que cuenta un país o una región, pero
también otros aspectos que son mucho más difíciles de medir. Tradicionalmente, se había insistido en que la razón por
la cual en Francia no se había conseguido una industrialización tan exitosa como la inglesa o la alemana había sido la
escasez de hierro y carbón. David Landes reclamaba una visión que incluyera también factores culturales, e insistía en
remarcar que la sociedad francesa había sido muy conservadora con respecto a la innovación tecnológica y a la
asunción de los riesgos que implicaba invertir en sectores no tradicionales.
Uno de los temas más debatido en la historiografía de la revolución industrial ha sido el de sus causas. Entre las que
han identificado distintos autores pueden mencionarse: la acumulación de capital, la innovación y el cambio
tecnológico, el cambio demográfico, el crecimiento de la demanda, la expansión de los mercados, los cambios en el
contexto social, las transformaciones institucionales y otras.
En un artículo titulado “Por qué fue tan desigual la industrialización europea”, el historiador Rondo Cameron propuso
una clasificación. Considera que la dinámica de la historia económica, de la que el proceso de industrialización es un
aspecto, incluye integraciones entre cuatro amplias categorías o clases de factores: población, recursos, tecnología e
instituciones sociales.

1. La población:

La población de un país constituye un factor clave, ya que condiciona directamente tanto la oferta de mano de obra
como la demanda interna de bienes y servicios. Si bien la cantidad de población incide en la conformación de la
demanda interna, una población numerosa no basta para generar un gran mercado para la producción industrial. Es
necesario también que los consumidores dispongan de suficientes ingresos, y que estén acostumbrados a comprar en el
mercado los productos que no puedan o no quieran elaborar por sí mismos. Cuando la mayoría de la población en un
país vive en el nivel de subsistencia, apenas puede satisfacer sus necesidades elementales. En estas circunstancias, las
familias campesinas elaboran en el hogar ciertos productos básicos, como los alimentos y los textiles. A mediados del
siglo XIX, la población de Rusia era muy superior a la de cualquier país europeo, y también mayor que la de los
Estados Unidos. Pero no contribuía a generar una demanda interna elevada, ya que la mayor parte de sus habitantes
eran campesinos en condición de servidumbre.
El incremento de la población puede ser producto tanto del crecimiento vegetativo como de la inmigración. A los
Estados Unidos ingresaron más de 30 millones de inmigrantes entre 1870 y 1914. Con una población tan numerosa,
con un nivel de ingreso alto en términos comparados, hasta la Primera Guerra Mundial destinó la mayor parte de su
producción industrial al mercado interno.
La escasa población no es un obstáculo insalvable, ya que la producción puede destinarse no al consumo interno, sino a
la exportación, en la medida en que los países estén integrado en el comercio internacional. Desde sus orígenes, la
industria suiza se desarrolló para la exportación. La reducida capacidad de consumo también puede ser superado,
destinando la producción preferentemente a la exportación -como Corea o Taiwán en la segunda mitad del siglo XX-.
El mismo proceso de industrialización puede ir generando una mayor demanda interna a medida que crece el ingreso de
la población local.
Una de las ventaja que tuvo Gran Bretaña en su proceso de industrialización fue que contaba tanto con un mercado
interno como con uno externo, a los cuales se destinaba la oferta de bienes manufacturados. La población inglesa creció
aceleradamente a lo largo del siglo XVIII, y en general sus condiciones de vida eran mejores que las del continente.

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Con respecto al mercado externo, se había consolidado gracias al desarrollo del comercio de ultramar, a la conquista de
territorios coloniales y al poderío naval británico.

2. Los recursos naturale:

La dotación de recursos naturale es otro de lo condicionantes de los procesos de industrialización, en la medida que
garantiza, o no, la provisión de materias primas y energía necesarias para la actividad industrial. Dichos recursos
comprenden no sólo la cantidad de tierra disponible, sino también el clima, la topografía, la disponibilidad del agua,
incluida la posesión geográfica.
Las regiones provistas de carbón mineral gozaron durante décadas de amplias ventajas comparativas, ya que éste fue el
combustible que se utilizó para accionar las máquinas de vapor y para la fundición de los metales. Gran Bretaña y
Bélgica son dos ejemplos sobresalientes. Recién en la segunda mitad del siglo XIX, con la introducción de la energía
hidroeléctrica, países pobres en recursos minerales pero ricos en cursos de agua, como Suiza e Italia, pudieron
abastecerse sin tener que recurrir a la importación.
Sin embargo, también en este campo las ausencias pueden ser suplidas: si un país no posee determinados recursos
naturales, puede importarlos. Tal vez el caso que mejor ilustre hasta dónde la falta de ciertos recursos naturales puede
superarse es que la industria más dinámica en Inglaterra durante la Revolución Industrial fue la del algodón, cuya
materia prima no podía producirse localmente por razones climáticas. El algodón se importaba de los Estados Unidos y
la actividad comercial compensaba los déficits de esta naturaleza. Italia debía importar hierro y carbón a fines del siglo
XIX, pero sus cuentas externas estaban equilibradas porque recibía un enorme flujo de oro y divisas a través de las
remesas que enviaban los inmigrantes. Francia, por su parte, debió importar carbón de Bélgica durante las primera
décadas de su industrialización, y ello generó desequilibrios en su balanza comercial.
Lo que importa destacar es que la falta de recursos naturales puede dificultar en determinadas circunstancia un proceso
de industrialización pero no es un obstáculo insalvable. En muchas circunstancias la disponibilidad de un recurso que
se valorice mucho en el mercado internacional puede atrasar la industrialización, como en el caso de la mayor parte de
los países latinoamericanos exportadores de bienes primarios en el siglo XIX o en el de los países petroleros en el siglo
XX.

3. La tecnología:

Uno de los rasgos sobresalientes de la sociedad industrial, desde sus orígenes, ha sido la permanente innovación
tecnológica, que ha hecho posible tanto el incremento sostenido de la productividad como la producción de nuevos
bienes. Definimos a la tecnología como el uso del conocimiento para especificar modelos de hacer las cosas de una
manera reproducible. Schumpeter definía como tal la introducción de un nuevo bien, la introducción de un nuevo
método de producción, la apertura de un nuevo mercado, la conquista de una nueva fuente de aprovisionamiento de
materias primas o de bienes semimanufacturados o la creación de una nueva organización de cualquier industria (por
ejemplo, la creación o la anulación de un monopolio).
El historiador inglé Habakkuk distingue tres tipos de factores que explican que algunos países inventen y adopten
métodos mecánicos antes que otros:
1. En primer lugar, las influencias sociológicas: el valor otorgado a la invención, la capacidad inventiva de la
sociedad, y las características del empresariado, en particular su disposición hacia la innovación.
2. Un segundo factor, de orden económico, es el volumen de acumulación de capital. Cuando ya existe capacidad
creada, los empresarios tienen más oportunidades para adoptar nuevas técnica y para desarrollar nuevas ideas.
La parte más importante de muchas mejoras no fue una idea nueva, sino la acumulación de pequeñas
modificaciones realizadas una vez que la idea había sido llevada a la práctica.
3. La tercera influencia también está vinculada a la acumulación de capital, en la medida en que la reducción de la
tasa de ganancia que se verifica como consecuencia del incremento de los costos de producción puede
favorecer la innovación por parte de los empresarios y estimular el progreso técnico.
Es evidente que la innovación tecnológica no es un acontecimiento aislado: refleja un estado determinado del
conocimiento, un entorno institucional y productivo, una mentalidad económica.

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La innovación puede generarse en forma endógena o transmitirse vía difusión. La revolución industrial inglesa fue
fundamentalmente un proceso endógeno, sin modelos para copiar; la industrialización del continente europeo, en
cambio, comenzó a través de la imitación de la tecnología británica (sobre todo en la industria textil y metalúrgica),
pero fue generando también sus propias innovaciones o una manera particular de usar las nuevas tecnologías. Por
ejemplo, Alemania comenzó copiando el modelo inglés, pero en las últimas décadas del siglo XIX dio origen a muchas
de las innovaciones de la segunda revolución industrial. Baste como ejemplo que el primer automóvil con motor de
combustión interna fue inventado en dicho país en 1886. Francia, por su parte, combinó de forma original la vieja y la
nueva tecnología.
Los siglos XVI, XVII y XVIII en sus inicios, fueron más notables por las realizaciones en la ciencia y en la invención
primaria que por los avances que aumentaran de un modo conspicuo la productividad de la industria y la agricultura.
Sin embargo, durante ellos, se echaron los cimientos de los grandes avances técnico que le siguieron.
La primera revolución industrial se basó más en el ingenio mecánico que en la ciencia. Desde mediados del siglo
XIX, en cambio, el desarrollo tecnológico pasó a depender en forma creciente de la investigación científica.

a. Invención e innovación:

Los economistas e historiadores de la tecnología distinguen entre los conceptos de invención e innovación.
- La ​invención​ hace referencia a un acto creativo.
- La ​innovación​ a su difusión en la esfera de la actividad económica.
Existen ​macroinvenciones y​ ​microinvenciones​. Las macroinvenciones (denominadas también innovaciones radicales)
son aquellos inventos de los que emerge una idea radicalmente nueva, sin precedentes. Constituyen una ruptura capaz
de iniciar un rumbo tecnológicamente nuevo, introducen productos y/o procesos productivos verdaderamente nuevos.
La máquina de vapor, el telar o la hiladora mecánicas, la locomotora, el proceso Bessemer para fabricar acero, el
automóvil, el avión, la computadora, son algunos pocos ejemplos. Las microinvenciones (o innovaciones
incrementales), por su parte, son pequeños pasos progresivos que mejoran, adaptan y modernizan técnica existentes que
ya están en uso. Se definen como mejoras sucesivas a las que son sometidas todos los procesos productivos y
productos. Sustentan un incremento de la productividad. Microinvenciones y macroinvenciones no se sustituyen, sino
que se complementan.
El progreso tecnológico depende tanto de la capacidad inventiva de una sociedad como de la disposición de los
empresarios a adoptar nuevos métodos de producción. Schumpeter consideraba que los principales agentes del cambio
económico eran los empresarios innovadores. Éste concebía a la innovación en un sentido amplio, que no se limitaba al
cambio tecnológico, sino que incluía los cambios organizacionales o la apertura de nuevos mercados.
La teoría evolutiva de la empresa señala que la tecnología no se genera necesariamente fuera de las empresas, sino que
en gran medida se origina en el seno de ellas. Tanto en el caso de las innovaciones incrementales, que suelen estar
estrechamente vinculadas con el trabajo y el uso cotidiano de las máquinas, como producto de los procesos de
investigación y desarrollo que se llevan a cabo dentro de las firmas.

b. La revolución industrial y la innovación tecnológica:

Los economistas clásicos suponían que el crecimiento económico tenía límites precisos, determinados por la
disponibilidad de los factores de producción (tierra, trabajo y capital). Lo que para los clásicos limitaba el crecimiento
era que todo aumento de la población exigiría un aumento de la producción, lo que implicaría cultivar tierras más
pobres o incrementar las inversiones para aumentar la producción de las tierras ya cultivadas o alguna combinación de
ambas posibilidades. En todo caso, ello suponía rendimientos decrecientes del capital y la reducción del incentivo a la
inversión, lo cual los inducía a tener una visión pesimista de las perspectivas futuras. El camino para escapar a las
limitaciones del principio de rendimientos decrecientes fue la innovación tecnológica y organizativa. Desde el punto de
vista tecnológico, la primera revolución industrial implicó:
● La utilización de nuevas fuentes de energía inanimada, gracias a la invención y difusión de la máquina a vapor
y mejor aprovechamiento de fuentes de energía tradicionales, como la energía hidráulica.

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● La utilización de maquinarias destinadas a la producción, y más tarde, al transporte. La aparición permanente
de nuevos bienes y de nuevos procesos para fabricarlos.
● La utilización de sustitutos para las materias primas de origen animal y vegetal, cuya disponibilidad era
limitada. Las materias primas de origen mineral cumplieron este papel (en primer lugar el carbón y el hierro).
● Nuevas formas de organización de la producción y el trabajo, que se resumen en el sistema de fábrica. Más
tarde, con la Segunda Revolución Industrial, nacieron el taylorismo y el fordismo.

4. Los factores institucionales:

Las instituciones juegan un papel relevante en los procesos de crecimiento económico y de industrialización. Las
condiciones políticas, la legislación, las políticas públicas, el sistema educativo, las características de los grupos
empresarios y, en general, los rasgos culturales de una sociedad contribuyen activamente a acelerar o retrasar el
crecimiento económico.
Para Toynbee la principal causa de la revolución industrial había sido el paso del mercantilismo al laissez-faire. Los
economistas, en cambio, hasta la década de 1970 habían puesto en general el énfasis en otros aspectos, como la
acumulación de capital, el cambio tecnológico o el papel de la demanda. Dos excepciones importantes fueron los
representantes de la Escuela Histórica Alemana, en las últimas décadas del siglo XIX, y los de la Economía
Institucional, en las primeras del siglo XX. Pero el papel de las instituciones en los procesos de crecimiento económico
ha sido muy resaltado, desde los años 1970, por la llamada Nueva Economía Institucional y su principal representante
Douglass North.

a. El marco jurídico:

North define a las instituciones como ​las reglas del juego de una sociedad.​ Son, para este autor, las limitaciones
ideadas por el hombre que dan forma a la interacción humana; incluyen los condicionamientos formales (reglas, leyes,
constituciones), los condicionamientos informales (normas de comportamiento, convenciones, códigos de conducta
autoimpuestos), así como las maneras en las que son impuestas y respetadas. North considera que las instituciones son
un condicionamiento básico del desarrollo económico, y que las diferencias institucionales son las que explican la
diferencias en la ​performance económica de las naciones​. Sostiene también que entre las reglas del juego que
regulan el funcionamiento del sistema económico la principal función corresponde a los ​derechos de propiedad​, que
cuando están bien definidos generan incentivos para la inversión productiva y reducen los costos de transacción. Para
North los derechos de propiedad condicionan el crecimiento económico porque al garantizar expectativa de ganancia
fomentan la inversión. Ha enfatizado cómo se fueron creando otros dispositivos institucionales para sostener el
crecimiento, desde la letra de cambio hasta los​ derechos de patente​, dando a estos últimos una gran relevancia.
El historiador Max Hartwell ha afirmado que durante el período que desembocó en la revolución industrial y en el
transcurso de ella, el derecho y las instituciones jurídicas inglesas fueron importantes para determinar el liderazgo
industrial de Inglaterra y para mantenerlo durante la mayor parte del siglo XIX. En su enfoque, los cambios jurídicos
que se fueron dando desde el siglo XVII ampliaron las libertades económicas e hicieron más explícitos y menos
limitados los derechos de propiedad. El resultado fue ​reforzar el mercado como principal mecanismo coordinador
de la asignación de recursos, eliminando los mecanismos regulatorio heredados del antiguo régimen​. Asimismo,
la industrialización en el continente europeo se adecuó a la adopción de nuevos códigos civiles y comerciales, basados
en el modelo napoleónico, que garantizaban los derechos de propiedad y abolían las viejas normas heredadas en el
período feudal.
Los trabajos de Hartwell y North reflejan una posición fuertemente mercadista y privatista, y consideran que, en
general, las regulaciones obstaculizan el desarrollo. Otros autores, en cambio, remarcan que un marco regulatorio
puede ser el motor de un proceso de industrialización.
Para el caso inglés, Patrick O’Brien y otros han remarcado cómo una legislación protectora que gravaba con altos
impuestos la importación de telas de algodón favoreció el desarrollo de la industria algodonera desde principios del
siglo XVIII. Otro tema que reviste gran interés es el de la legislación comercial. Ésta puede facilitar o no, por ejemplo,

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la formación de sociedades. La legislación en cuanto a sociedades anónimas era muy restrictiva en Inglaterra y más
liberal en los EE.UU, lo cual contribuyó en este país al desarrollo de la gran empresa.
En lo que hace a la legislación laboral, en la sociedad preindustrial existían normas muy precisas que regulaban los
salarios y la actividad laboral, pero la tendencia desde el siglo XVIII fue ir suprimiendo las reglamentaciones,
favoreciendo la iniciativa individual y la liberalización del mercado de trabajo. Se llegó a la abolición de los gremios y
la prohibición de las asociaciones obreras, medidas que comenzaron a ser revocadas desde mediados del siglo XIX
como consecuencia de la reacción y la lucha de los trabajadores.

b. El papel del Estado:

Gerschenkron había observado que en aquellos países en los que el sector privado no protagonizaba los procesos de
industrialización y desarrollo, el Estado puede asumir este rol, impulsando mediante políticas públicas activas los
cambios requeridos.
La tradición liberal considera que el Estado debe ser lo más prescindente posible y que la economía debe ser librada a
las fuerzas del mercado. Otras corrientes de pensamiento le atribuyen, en cambio, un papel mucho más dinámico en la
actividad económica, y sostienen que el Estado debe corregir las falla de mercado y promover la industrialización y el
desarrollo (lo cual implica no sólo crecimiento sino una mejora de las condiciones de vida y una mejor distribución del
ingreso).
Los economistas clásicos y neoclásicos fueron partidarios de un Estado “mínimo”, que se limitara a garantizar la
defensa, la ley y el orden, y proporcionara algún bien público considerado como esencial. A lo largo del siglo XIX, y
hasta la crisis de 1929, las políticas económicas se inspiraron mayoritariamente en los principios del liberalismo. Otras
teorías, en cambio, consideran que el Estado debe tener un rol más dinámico. El economista alemán Friedrich List
afirmaba, a mediados del siglo XIX, que para fomentar la industrialización debía protegerse la producción nacional
mediante elevados impuestos a las importaciones, tal como lo había hecho EE.UU. Entre 1873 y 1896 varios países
aplicaron políticas proteccionistas para defenderse de la recesión económica que a lo largo de esos años afectó la
economía mundial.
La teoría keynesiana sostiene que el Estado debe implementar política monetarias y fiscales activas para contrarrestar
los efectos de los ciclos económicos y mantener el pleno empleo. Políticas intervencionistas fueron aplicadas en los
años treinta para combatir los efectos de la Gran Depresión (1929-1932), y el keynesianismo tuvo un gran eco en la
segunda posguerra, durante la cual se implementaron economía mixtas en los países de Europa Occidental. Diversos
análisis sobre el éxito económico de los países de Asia-Pacífico, desde el Japón hasta los Tigres Asiáticos (Corea,
Taiwán, Singapur, Hong Kong) han puesto el énfasis en que en todos ellos el papel del Estado fue crucial para generar
competitividad y crecimiento.
El consenso del keynesianismo comenzó a ser crecientemente cuestionado en Occidente en los años setenta, y las
nuevas teorías económicas dominantes (monetarismo, expectativas racionales, nueva escuela austríaca) pregonaron la
vuelta al Estado mínimo. La visión privatista predominó hasta la década de 1990, pero desde comienzos del nuevo
siglo ha sido crecientemente cuestionada. En forma paralela, a lo largo del siglo XX se organizaron, a partir de
postulados de teóricos del marxismo, diversas economías totalmente reguladas por el Estado (el Estado “máximo”), en
las cuales se eliminó la propiedad privada de los medios de producción y se planificaron todas las actividades
económicas, y cuyo principal exponente fue la Unión Soviética. Las experiencias de los Estados máximos no
permitieron generar procesos de crecimiento sostenidos, ya que culminaron en crisis terminales a fines del siglo XX.
Al margen del problema de las ideas dominantes entre los economistas en la discusión sobre el papel del Estado en la
economía y en los procesos de desarrollo, la experiencia histórica ofrece abundantes ejemplos en los que la acción
estatal impulsó la industrialización. Lo hizo a través de medidas tales como la protección aduanera, los incentivos a la
inversión, la construcción de infraestructura de transportes y servicios, o la participación directa en la actividad
empresaria. Ofrece también otros ejemplos de países que lograron un desarrollo sostenido con un mínimo de protección
estatal. Los EE.UU aplicaron alto aranceles a la importación en los primeros tiempos de su industrialización; Inglaterra,
en cambio, se inclinó tempranamente por el libre comercio. La historia económica sirve para demostrar que hay una
multiplicidad de caminos, y que no existen recetas infalibles.

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c. El sistema educativo

En Inglaterra la revolución industrial tuvo lugar con una población con un nivel educativo muy bajo. Pero a medida que
la industrialización avanza, la capacitación se va convirtiendo en un requisito indispensable, ya que el grado de
instrucción requerida para los trabajadores se eleva. Por otra parte, la educación sirve también como experiencia de
disciplinamiento que facilita la incorporación en el mundo del trabajo.
En cuanto a la educación de élite, ella garantiza la formación de los cuadros técnicos y empresariales, y permite
sustentar el desarrollo científico y tecnológico. En las primeras etapas del proceso de industrialización, hasta mediados
del siglo XIX, la innovación tecnológica no estuvo necesariamente ligada al avance de la ciencia. Muchos de los
primeros inventos fueron realizados por artesanos habilidosos sin formación científica. Pero ello se fue modificando al
punto que desde fines del siglo XIX los avances en la tecnología fueron de la mano de la mano del conocimiento
científico​.

d. Las instituciones financieras:

Es evidente que no puede existir un proceso de industrialización sin inversión, y que ésta a su vez requiere una oferta
adecuada de capital. Una de las características específicas de la industria es que necesita un tipo de financiación distinta
que el de la actividad comercial o agropecuaria. En las dos última el crédito es fundamentalmente de ​corto plazo​, para
financiar un cierto tipo de operaciones como el pago de salarios o la compra de materias prima, y el de ​largo plazo​,
para financiar la inversión en capital fijo: edificios, maquinaria y equipo. Éste es el crédito industrial por antonomasia,
y su nacimiento implicó un cambio sustantivo en la actividad financiera.
Al analizar la financiación de los procesos de industrialización emergen dos cuestiones diferenciadas, aunque
relacionadas entre sí:
1) La primera de ellas es la ​acumulación de capital​, o sea, la existencia de un stock de capital disponible para ser
prestado e invertido. Dicho stock proviene de la capacidad de ahorro de la sociedad, si bien también puede
tener origen externo. De hecho, ​la inversión extranjera tuvo un rol muy importante en gran parte de los
procesos de industrialización aunque ​no en Gran Bretaña​. La exportación de capitales en un sentido moderno
comenzó en el siglo XIX. ​Jugó un papel mucho más importante en lo países de industrialización tardía
que en los de la industrialización temprana​.
2) La segunda cuestión es la de las vía a través de las cuales el ahorro se transforma en inversión productiva. Si se
atesora o se invierte en actividades rentísticas (por ejemplo en bonos del Estado) la oferta va a ser escasa. Si
existe disposición a invertirlo en actividades productivas y mecanismo a través de los cuales puede destinarse a
este fin, la situación cambia. Los bancos y las instituciones financieras se encargan de transformar el ahorro en
inversión recibiendo depósitos de parte de los ahorristas y otorgando crédito a las empresas y a los empresarios
que lo requiere. ​El desarrollo de las instituciones financieras se vincula así estrechamente a los procesos
de industrialización.
En la medida en que la industrialización fue avanzando desde Inglaterra hacia otros países y regiones, los
requerimientos de inversión se incrementaron. Ello se debió a que por efecto del avance tecnológico fueron surgiendo
nuevos bienes cuya fabricación y puesta en funcionamiento implicaba una inversión mucho mayor y requerimientos de
escala más altos. El primer paso fueron los ferrocarriles. La fabricación de maquinaria ya significó una mayor inversión
de capital, pero ​fue sobre todo la construcción de líneas ferroviarias la que requirió y absorbió ingentes
cantidades de capitales que se obtuvieron con financiación bancaria y emisión de acciones y obligaciones. Fue
justamente en la actividad ferroviaria donde nació “la gran industria moderna”. Más tarde fueron las grandes
plantas siderúrgicas, químicas y metálicas de la Segunda Revolución Industrial. De allí en más el avance
tecnológico continuó, y con él, la demanda de capitales.
Pollard señala, con el concepto de ​diferencial de contemporaneidad​, cómo el momento en que un proceso de
industrialización se inicia condiciona su trayectoria. No es lo mismo comenzar antes del nacimiento de los ferrocarriles
(como Gran Bretaña y Bélgica) o después de él (como el resto de los países).
En ​La riqueza de las naciones Adam Smith consideraba que el determinante fundamental del crecimiento era la tasa de
formación de capital, y que ésta era proporcional a la tasa de inversión. Marx y la tradición marxista retomaron esta

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perspectiva, otorgando a la acumulación primaria de capital un rol decisivo. En la literatura teórica sobre el desarrollo
económico en la segunda posguerra se consideraba que el problema de la insuficiencia de ahorro era el principal
obstáculo que impedía superar el subdesarrollo. Para Rostow el despegue consistía principalmente en una aceleración
de la tasa de formación de capital e inversión, y otro autores coincidían con él.
La afirmación de que el crecimiento es el resultado de la tasa de ahorro y de la relación capital/producto plantea
algunos problemas. Los principales son que la acumulación de capital ​per se no produce crecimiento y que la relación
entre inversión y crecimiento no es uniforme. Dicho esto, tampoco puede dudarse de que la disponibilidad de capital
constituye un requisito indispensable para todo proceso de industrialización.
Las necesidades de capital se fueron modificando a medida que avanzaron los procesos de industrialización. En general
existe un fuerte consenso en que en el caso de la primera revolución industrial en Inglaterra fueron
relativamente bajas, y que se cubrieron principalmente con capitales de los empresarios, con reinversión de
utilidades y con crédito de corto plazo otorgado por bancos o por comerciantes​. Ello se explica porque la
proporción de inversión en capital fijo era baja con respecto a la inversión total, y el crédito se destinaba
fundamentalmente al capital variable. A finales del siglo XVII aún en las grandes plantas industriales el capital fijo
representaba un porcentaje menor del total de la inversión. Las maquinarias eran relativamente simples y los edificios
poco costosos. Ello implicaba que la demanda de crédito a largo plazo, característica de la industria moderna, era
todavía reducida. A medida que avanzó el proceso de industrialización las condiciones se fueron modificando y las
necesidades de capital fijo fueron aumentando.
En lo que concierne al ​desarrollo de las instituciones financieras​, el siglo XIX fue prolífico en innovaciones. Por una
parte, se fue difundiendo el uso de billete de banco, aunque en forma lenta. Si bien se utilizaban como medio de pago y
circulaba entre el público, en los intercambios se usaban mayoritariamente monedas de oro y plata; sólo en los países
más desarrollados se generalizó el uso de billetes. En varios países se fue definiendo con mayor claridad la función de
los bancos centrales y se sancionaron leyes para regular la actividad bancaria. Si bien hasta la década de 1870
predominó el uso de un patrón bimetálico (oro y plata) o del patrón plata, desde entonces y hasta la Primera Guerra
Mundial, se impuso el patrón oro que Gran Bretaña había adoptado desde 1717.
Fueron naciendo nuevos tipos de banco para hacer frente a los desafíos de la economía industrial. Hasta fines del siglo
XVIII las principales actividades de los bancos habían sido el crédito comercial y los préstamos a los gobiernos. Desde
mediados del siglo XIX nacieron instituciones bancarias especializadas en el financiamiento a largo plazo, que se
destinó a la construcción de ferrocarriles y obra públicas y a la industria. A estos bancos se los conoció como banco de
crédito industrial o bancos de inversión. Por último, también se fundaron las sociedades por acciones. Así creció la
actividad de la bolsa de valores. Londres se convirtió en el principal centro financiero mundial y París en la plaza que le
siguió en importancia.

e. El factor empresarial:

Alfred Marshall proponía considerar el factor empresarial (o factor organización) como un cuarto factor de producción,
agregándolo a los tres factores clásicos (tierra, trabajo y capital). Más recientemente, Solow ha enfatizado que el
crecimiento económico no puede ser explicado sólo a partir del incremento de inputs de los factores clásicos. Define el
residuo c​ omo la parte del producto que no puede ser atribuida al crecimiento de los medios de producción, sino a otros
factores ligados al capital humano. Gran parte del residuo se origina en el ámbito de la empresa, determinado por dos
elementos. Por un lado, el sistema organizativo en cuyo ámbito se lleva a cabo la combinación de los factores
productivos y en el que se elaboran las estrategias. Por otro, la preparación, la experiencia y la capacidad de quienes
conducen las empresas.

f. Schumpeter y la teoría del empresario innovador:

El economista que más contribuyó a la consideración del factor empresarial como una variable clave en los procesos de
desarrollo fue Joseph Schumpeter. A diferencia de los economistas neoclásicos, que centraban su interés en la
economía en equilibrio, Schumpeter trató de explicar el ​cambio económico​, y en particular, los procesos de desarrollo.

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En su ​Teoría del desenvolvimiento económico señalaba la función empresarial como la variable clave del desarrollo
económico.
Schumpeter sostenía que la teoría económica debía explicar las ​alteraciones del equilibrio​, en particular, las que se
verifican en la técnica y la organización productivas. Afirmaba que los cambios económicos se originan en el ámbito de
los productores, gracias a la acción de los empresarios innovadores, que eran capaces de poner en práctica nuevas
combinaciones. En función de ello, consideraba a los empresarios innovadores como el fenómeno fundamental del
desenvolvimiento económico.
Aunque este tipo de empresario sigue existiendo, desde fines del siglo XIX se ha ido produciendo la expansión de las
grandes empresas, en las que la función individual del empresario ha sido reemplazada por la de la organización.

g. Factores culturales y sistema de valores:

¿Son ciertos sistemas de valores más adecuados que otros como marco de un proceso de industrialización? A principios
de este siglo, Max Weber publicó un libro que tuvo una gran repercusión, ​La ética protestante y el espíritu del
capitalismo​. Diversos trabajos de campo habían arrojado lo que Weber llamaba “el carácter eminentemente protestante
tanto de la propiedad y empresas capitalistas, como de las esferas superiores de las clases trabajadoras”. A partir de esta
comprobación, elaboró la tesis de que la reforma protestante, y sobre todo, el calvinismo, habían jugado un papel clave
en el desarrollo del capitalismo en Europa. Indicaba que existen fuertes conexiones de la ética económica moderna con
la ética racional del protestantismo ascético, y en general, que existen conexiones entre las más importantes religiones
habidas en el mundo y la estructura social del mundo en que nacieron.
Aclaremos que Weber consideraba que la relación entre religión, por un lado, y la estructura económica y social por el
otro, era muy compleja, y rechazaba tanto las interpretaciones materialistas de la cultura como el “unilateral causalismo
espiritualista”.

La Revolución Industrial en Gran Bretaña:

Los primeros procesos históricos de industrialización:

Desde el siglo XVIII, Europa Occidental se transformó en la cuna de la industrialización moderna. La Revolución
Industrial comenzó en Inglaterra y desde allí se difundió hacia el continente, afectando a las distintas naciones y
regiones con ritmos diversos. Los países continentales que primero transitaron el camino de la industrialización fueron
Bélgica, Francia, Suiza y Alemania. La industria moderna fue después extendiéndose hacia los países escandinavos, y
los de Europa del Sur y del Este, incluyendo Rusia. Para fines del siglo XIX, la industrialización era un proceso en
marcha en la mayor parte del territorio europeo. Fuera de Europa, el único país que se industrializó tempranamente
fueron los Estados Unidos, donde el proceso se inició ya en las primeras décadas del siglo XIX.
A partir de esta evidencia, una inquietud común a muchos historiadores que estudian estos temas es tratar de
comprender por qué fue Europa la primera región industrial​, y no otras zonas del planeta, considerando que
existían en el siglo XVIII algunas áreas con un considerable desarrollo económico, político y cultural, como el Medio
Oriente Islámico, la China o la India.
Diversos autores han insistido en que el problema de las causas de la Revolución Industrial debe ser estudiado, en
primer lugar, no tanto desde la especificidad inglesa como desde la ​especificidad europea.
Para David Landes, la clave debe ser buscada en ciertos rasgos culturales y políticos de las sociedades europeas desde
fines de la Edad Media. Entre ellos destaca:
1) En primer lugar, ​el funcionamiento de la iniciativa económica privada​, respaldada por el ​respeto a los
derechos de propiedad y por la consolidación de unidades políticas en competencia entre sí (las
ciudades-Estado primero, y los Estados nacionales después). Todo eso, según Landes, habría favorecido la
actividad comercial y el desarrollo de una clase mercantil de gran vitalidad y creciente influencia, que jugó un
papel decisivo en el proceso de expansión económica y de disolución del viejo orden feudal.
2) El segundo elemento clave de la particularidad europea es para Landes ​el alto valor atribuido a la
manipulación racional del medio natural​, lo cual puede descomponerse, a su vez, en dos elementos: ​la
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racionalidad y lo que podríamos llamar ​el sentido de dominio faustino sobre el hombre y la naturaleza.
Aquí Landes coincide en gran medida con la tesis de Max Weber acerca de la vinculación entre la ética
protestante y el desarrollo del capitalismo. Pero también sostiene que la ciencia contribuyó el puente perfecto
entre la racionalidad y el dominio, y que el avance científico hizo posible, por su parte, el desarrollo
tecnológico.
Según Landes, la voluntad de dominio, el enfoque racional de los problemas al que llamamos método científico, la
competencia por la riqueza y el poder, todo este conjunto de fenómeno consiguieron eliminar la resistencia impuesta
por las formas tradicionales de comportamiento e hicieron del cambio un valor positivo. Sin duda, estas ventajas se
vieron reforzadas por ​la conquista de territorios extraeuropeos​, y el ejercicio de la violencia y el poder. No obstante,
insiste en que ​el imperialismo no es de ningún modo una explicación suficiente​, ya que las sociedades que sufrieron
la conquista europea no estaban en camino de llevar adelante una revolución industrial cuando fueron sometidas por las
potencias colonialistas.
Jones sostiene, al igual que Landes, que lo que denomina “el milagro europeo” debe ser comprendido como un proceso
de muy largo plazo, que se vislumbra, por lo menos, desde fines de la Edad Media. Considera que la industrialización
tuvo lugar en primer término en las economías de mercado. Una vez constatado ello, no cree que las fuerzas del
mercado puedan ser comprendidas sin tener en cuenta ​el papel del poder político​, al que atribuye un rol significativo a
la hora de explicar la génesis de la economía moderna. Además de ello, insiste con énfasis en que Europa se vio
favorecida por las condiciones de producción: para Jones, Europa poseía características tan especiales de
emplazamiento, localización y dotación de recursos que lo llevan a asirse en una explicación ambiental.
Jones sostiene, además, que los Estados nacionales europeos fueron más adecuados para el crecimiento económico que
los imperios despóticos de Oriente, ya que favorecieron el intercambio y la competencia, y respetaron la propiedad
privada. En este sentido, el crecimiento a muy largo plazo de Europa no fue tanto el resultado de una conjunción de
fuerza que promovieron el desarrollo como ​la consecuencia de la eliminación de los impedimentos​.
Paul Bairoch se pregunta por qué el desarrollo económico moderno comenzó en Inglaterra, y enumera ocho respuestas
posibles: la religión y las mentalidades, la estructura política, la dotación de recursos naturales, el comercio
internacional, la colonización, la existencia de grandes grupos urbanos, un nivel avanzado de desarrollo y un
crecimiento demográfico rápido. Después de analizarlos uno por uno, llega a la conclusión de que no son excluyente de
Inglaterra, sino que se encuentran en diversos países europeos, a partir de lo cual sostiene que la pregunta ¿por qué
Europa? es casi tan pertinente como el interrogante ​¿por qué Inglaterra? Buscando la respuesta a la primera pregunta,
señala que sólo puede obtenerse comparando la situación de Europa con la de otras regiones avanzadas,
particularmente China. Para Bairoch, los elementos decisivos serían cuatro: 1) el espíritu europeo abierto al cambio, 2)
las características geopolíticas del continente, 3) el fraccionamiento político (que favorece la competencia entre
Estados, y a partir de ella, el desarrollo del comercio y la innovación tecnológica), 4) la existencia de ciudades de
dimensiones más modesta que la de los grandes imperios asiáticos (que absorben una proporción demasiado alta de los
excedentes agrícolas).

La Revolución Industrial en Gran Bretaña:

¿Qué factores explican que Inglaterra haya sido la primera nación-industria? ¿Por qué ella y no otros países que en el
siglo XVIII le disputaban la primacía comercial y económica, como Holanda y Francia? Hemos visto que buena parte
de las razones que pueden aducirse para explicar la ventajas británicas eran comunes a los viejos países europeos. Pero,
más allá de eso, ciertas condiciones específicas de Gran Bretaña y la combinación de todas ella dieron como resultado
la Primera Revolución Industrial.
Debe destacarse en primer término que la economía británica creció a lo largo de todo el siglo XVIII, y que la
Revolución Industrial tuvo lugar en el marco de una expansión secular.

La economía británica en el siglo XVIII:

1. LA POBLACIÓN​. Desde fines del siglo XVII la población inglesa comenzó a aumentar a un ritmo acelerado,
muy superior al de los países de Europa Occidental. En las primeras décadas del siglo XIX, creció más deprisa

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que en cualquier otro período anterior o posterior de la historia inglesa. El crecimiento demográfico tuvo como
causa inmediata principal el aumento de la fecundidad y, en menor medida, el descenso de la mortalidad. El
crecimiento de la fecundidad fue consecuencia del incremento de la nupcialidad y de la reducción de la edad
del matrimonio. El número de matrimonios creció como consecuencia de las condiciones económicas
favorables. La nupcialidad tiende a incrementarse en las etapas de prosperidad. En Inglaterra, durante un largo
período que duró más de un siglo, los incentivos para casarse aumentaron continuamente, y los frenos
disminuyeron a medida que las rentas reales crecían.
En los siglos precedentes, todo aumento de la población generaba a la larga una alza de los precios de los
alimentos, al tiempo que la capacidad productiva de la economía llegaba a sus límites. Cuando el crecimiento
demográfico superaba dicha capacidad, el precio de los alimentos se elevaba. Con ello se generaba un
desequilibrio que desembocaba en un aumento de la mortalidad, una reducción de la fecundidad y el posterior
descenso de la población. Por esta razón, los economistas ingleses que escribieron a fines del siglo XVIII,
como Adam Smith o Robert Malthus, veían el crecimiento demográfico de su época como un proceso que
terminaría en un desastre o en una contracción económica.
Malthus sostenía que la capacidad de crecimiento de la población era infinitamente mayor que la capacidad de
la tierra para producir alimentos para el hombre. Señalaba que mientras la población puede aumentar en
progresión geométrica, los alimentos aumentan sólo el progresión aritmética. El problema que él veía era que la
mejora de las condiciones económicas generaba un aumento de la población, pero que la población crecía más
deprisa que la producción. Consideraba que era el instinto natural de las personas -la atracción de los sexos- lo
que las llevaba necesariamente a reproducirse cuando la situación económica era favorable. El desequilibrio
entre la oferta de alimentos y el crecimiento podía, según Malthus, resolverse por dos caminos. Uno era el
incremento de la mortalidad como consecuencia de la enfermedad y el hambre. Al aumentar la mortalidad, la
población se reducía y el equilibrio se restablecía. Lo que él proponía, en cambio, era la reducción de la
natalidad, a través del matrimonio tardío y del control de la reproducción.
Las previsiones de Malthus no se cumplieron, y el crecimiento de la población, tanto de Gran Bretaña como del
continente, no desembocó en un período de hambre y mortalidad. ​Estaba desapareciendo la correlación
positiva entre tasa de crecimiento de la población y tasa de cambio de los precios de los alimentos​. Ello se
debía principalmente al incremento de la producción agrícola, que había posibilitado satisfacer la creciente
demanda generada por el aumento de la población.
2. LAS TRANSFORMACIONES EN LA AGRICULTURA: La principal actividad económica en la Inglaterra
del siglo XVIII era la agricultura, cuya productividad creció de modo constante en los siglos XVII y XVIII
gracias a la introducción de mejoras en las técnicas de cultivo. El incremento de la producción agrícola
permitió no sólo que la población creciera a un ritmo acelerado, sino también que una proporción cada vez
mayor de ella pudiera trabajar en actividades no agrícolas, con lo cual aumentó la oferta de mano de obra para
la industria y los servicios. Diversos autores han sostenido que ​la Revolución Industrial no hubiera sido
posible sin una precedente “revolución tecnológica”​, que al incrementar la producción agraria había
permitido y fomentado un desarrollo sin precedentes de los sectores industrial y minero.
El proceso de revolución agraria se inició en los Países Bajos a fines de la Edad Media, y los cambios se fueron
incorporando, lentamente, en Inglaterra y Europa continental. La agricultura tradicional tenía una serie de
rasgos que hacían muy difícil lograr incrementos en la productividad. El sistema de rotación que se utilizaba
desde la Edad Media dejaba en cada estación un tercio de la tierra en barbecho. La consecuencia más grave de
esta situación era que si la población crecía a tasas muy elevadas, la producción de alimento no podía hacerlo al
mismo ritmo. La nueva agricultura consistió en la combinación de tres elementos que se reforzaron
mutuamente: 1) la introducción de cultivos novedosos, 2) la alimentación de la ganadería en establos, y 3) la
supresión del barbecho. Las nuevas cosechas de forraje, como la alfalfa, el trébol, los pastos artificiales, los
nabos y la remolacha, resultaron ser cultivos útiles para alternar con los cereales en los sistemas de rotación.
Gracias al mayor uso de abonos y a la rotación de cultivos fue posible ​suprimir el barbecho​, lo cual permitió
incrementar la superficie de tierra cultivable.
A los nuevos sistemas de rotación se le agregaron mejoras en las herramientas, en la selección se semillas y en
el sistema de cría de ganados. Desde mediados del siglo XVII comenzaron a utilizarse arados de hierro, que

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eran más fáciles de manejar y requerían menos animales de tiro. Alrededor de 1700 fue inventada la primera
sembradora, aunque fue poco utilizada hasta principios del siglo XIX. ​La nueva agricultura permitió romper
con el círculo vicioso de la contraposición entre agricultura y ganadería.
Los cercamientos: En el caso inglés, las innovaciones en las técnicas agrícolas fueron acompañadas por
modificaciones en los sistemas de propiedad. A principios del siglo XVIII, aproximadamente, la mitad
de las tierras en producción eran explotadas en el sistema de campos abiertos, de origen medieval. La
desaparición de los campos abiertos se dio como consecuencia de las Leyes de Cercamientos
(​Enclosure Acts)​ , que establecían la obligatoriedad de cercar tierras que podían ser de cultivo, pastoreo
o incultas. El resultado de los cercamientos fue que una proporción muy alta de los pequeños
productores se vio obligada a vender sus tierras, que fueron compradas por grandes propietarios locales
o inversores provenientes de otras áreas. También se vieron fuertemente perjudicados los campesinos
sin tierras que ocupaban campos comunales y, en general, todos los campesinos que perdieron la
posibilidad de utilizar dichos predios para el pastoreo. La concentración de la propiedad de la tierra
generó una mayor desigualdad social, pero contribuyó a incrementar la producción agraria, sobre todo,
porque creció la superficie de terreno cultivado, al incorporarse a la agricultura tierras comunales y
vacías. Diversos autores han sostenido que los cercamientos favorecieron la difusión de las
innovaciones, en la medida en que los grandes propietarios y arrendatarios disponían de mayor capital
y mayor información para incorporar los avances tecnológicos.
En el análisis que realizó Karl Marx en ​El Capital acerca de los orígenes y causas de la Revolución
Industrial, otorgó a los cercamientos una función clave en lo que llamaba “proceso de acumulación
originaria”. Según Marx, la acumulación originaria era el punto de partida del régimen capitalista de
producción, y consistía, en esencia, en la separación de los trabajadores de la propiedad de los medios
de producción. Marx consideraba que los cercamientos, al expulsar a los pequeños propietarios de la
tierra, habían dado paso a la agricultura capitalista y habían creado “los contingente de proletarios
libres y privados de medios de vida que necesitaba la industria de las ciudades”. La investigación
empírica muestra, sin embargo, que la emigración del campo a la ciudad fue un proceso más paulatino.
3. LAS INDUSTRIAS. La actividad industrial tuvo en Gran Bretaña un crecimiento sostenido a lo largo del siglo
XVIII, pero con un modelo muy irregular tanto en términos regionales como sectoriales. La producción tenía
lugar a través de distintas formas organizativas, coexistiendo la producción artesanal, el sistema de trabajo a
domicilio y la manufactura centralizada. ​Gran parte del avance industrial en la Inglaterra del siglo XVIII
consistió en la expansión de las industrias artesanales a través del sistema de industria a domicilio. El
desarrollo del trabajo a domicilio contribuyó por diversas vías al crecimiento industrial. Permitió la
capacitación de los trabajadores, y la acumulación de capital y de experiencia empresarial por parte de lo
comerciantes empresarios. También favoreció el desarrollo de una estructura comercial en el mercado nacional
e internacional. Por último, ayudó a sostener el crecimiento demográfico, al ofrecer mayores oportunidades de
trabajo a la población rural.
Otra forma de producción era la manufactura centralizada, difundida en la minería y la metalurgia, algunas
ramas de la industria textil, vidrio, cerveza y papel. En general, se basaba en técnicas de trabajo intensivo, en la
disciplina de los trabajadores y en la maximización de las habilidades como resultado del trabajo artesanal.
Debemos remarcar que las formas tradicionales de producción industrial sobrevivieron a la Revolución
Industrial y se combinaron con el sistema de fábrica. También fueron el punto de partida de la acumulación de
capital, y para la capacitación de mano de obra, para la constitución de un sector empresario y para la
conformación de redes comerciales.
4. EL MERCADO.
El mercado interno​: La conformación de un mercado interno en Gran Bretaña a lo largo del siglo
XVIII se vio favorecida por una serie de factores: el crecimiento de la población, la ausencia de
fronteras aduaneras internas y de cargas feudales, el sistema de transporte y comunicaciones (en la
Inglaterra del siglo XVIII los transportes eran relativamente fáciles y baratos), la población rural estaba
más integrada al mercado que la del continente y gastaba más en productos manufacturados. Pero el
incremento de la demanda interna se debió sobre todo a las necesidades y pautas de consumo, en

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especial, las clases medias​. Los mercados urbanos en gran escala de bienes de consumo barato se
desarrollaron tempranamente. Los cambios en los gustos de las clases medias del siglo XVIII se vieron
fomentados por el comercio internacional.
El mercado externo​: Junto con el mercado interno, Inglaterra contaba con la ventaja de poder acceder a
un amplio mercado externo. Desde el siglo XVI había ido desarrollando su flota hasta transformarse en
la principal potencia marítima mundial en el siglo XVIII. Poseía importantes territorios coloniales,
pero además de ello tenía relaciones comerciales. ​Las Actas de Navegación del siglo XVII, que
establecieron privilegios para los barcos ingleses en el comercio de ultramar, habían servido para
proteger a la flota inglesa y para debilitar el poderío naval holandés.
Consumo interno vs. consumo externo​: Mientras que algunos autores estiman que el mercado interno
jugó el papel decisivo, otros se lo atribuyen a las exportaciones. Hoy predomina una tendencia a
otorgar un rol determinante el mercado interno por lo menos hasta las dos últimas décadas del siglo
XVIII, y a enfatizar el papel de las exportaciones para el período posterior a 1780. Esto indicaría que el
comercio exterior no tuvo un papel decisivo como motor de las transformaciones en las primeras
décadas de la industrialización, pero que una vez en marcha el proceso de cambio, una proporción
creciente de la producción de los sectores más modernos de la industria estuvo destinada al mercado
externo. Una de las ventajas mayores que tenía la industria textil del algodón era que fabricaba un
producto de demanda muy amplia y elástica, adecuado para todo tipo de climas y fácilmente colocable
en los mercados ultramarinos.
5. UNA SOCIEDAD ABIERTA AL CAMBIO. Las características de la sociedad inglesa del siglo XVIII sin
duda favorecieron el proceso de industrialización. Se trataba de una sociedad menos rígida que las de la
mayoría de los países del continente, más abierta a los cambios y a las innovaciones. Landes destaca que se
distinguía por una extraordinaria sensibilidad a las oportunidades pecuniarias, y por una legitimación de las
innovaciones y de la búsqueda de riqueza como modo de vida. En general, las barreras a la movilidad social
eran más bajas que en el continente, y la distribución de la renta, más equitativa.
Gran Bretaña no poseía una superioridad científica y técnica con respecto a los países continentales. La
realización de los primeros inventos se encargó, en su mayoría, a los artesanos, y las nuevas máquinas eran
sencillas de construir y de fácil uso.

La Primera Revolución Industrial:

La periodización:
Convencionalmente se ubica a la revolución inglesa entre 1760-1780 y 1830-1850. También convencionalmente en ella
pueden a su vez distinguirse dos fases: la primera entre 1760-1780 y 1800, y la segunda entre 1800 y 1830-1850.
En la primera etapa tuvo lugar un acelerado proceso de innovación en algunos sectores clave, que fueron la industria
textil y la metalurgia. La segunda etapa fue el período de difusión de la mecanización y del sistema de fábrica. El
incremento del uso del vapor como fuente de energía permitió que la industria se concentrara cada vez más en las
ciudades, dejando de depender de la existencia de los cursos de agua. El proceso de innovación tecnológica continuó,
sobre todo, en la industria metalúrgica y en la de maquinarias. A la final de esta fase comenzó la construcción de los
primeros ferrocarriles. Para mediados del siglo XIX, Gran Bretaña se había transformado en “el taller del mundo”. Los
costos de producción se habían reducido, convirtiendo a la industria británica en la más competitiva del mundo.

El cambio tecnológico:
Desde el punto de vista tecnológico, la revolución industrial consistió en una aceleración del fuerte proceso de
innovación que se había iniciado en Europa a partir de la edad media. Se combinaron dos factores: los inventos y la
iniciativa de los empresarios para adoptarlos. Como ya vimos, Schumpeter distinguía invención de innovación. La
invención ​es el descubrimiento, el acceso al conocimiento teórico o práctico que hace posible un cambio en los
métodos de producción. La ​innovación es la aplicación de ese nuevo conocimiento o el empleo de la nueva máquina en
la actividad económica práctica; es ella la que multiplica la posibilidad de producción.

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En Gran Bretaña en el siglo XVIII, la actividad inventiva se desarrolló mucho más que en cualquiera de los países del
continente europeo. No hubo en esta época una estrecha conexión entre desarrollo científico y desarrollo tecnológico, y
gran parte de los inventos fueron llevados a cabo por artesanos habilidosos o por técnicos sin formación universitaria.
Hubo dos sectores que experimentaron los primeros cambios revolucionarios en la tecnología y en la organización
económica: ​la industria del algodón y la industria del hierro.

- La industria del algodón: Fue el primer sector que utilizó máquinas a gran escala. La mecanización del hilado
incrementó la producción en forma notable. El sistema de fábrica no suplantó rápidamente a la industria
doméstica, con la cual convivió por mucho tiempo. En el tejido, el aumento de la producción provenía, sobre
todo, del trabajo a domicilio. Los trabajadores preferían este sistema a la fábrica, y los empresarios eran reacios
a incrementar su inversión en capital fijo. Una de las característica del sector textil es que se trataba de una
industria trabajo-intensiva, que no requería altas inversiones de capital. Ello facilitó el proceso de innovación.

- La industria metalúrgica: En los primeros tiempos de la revolución industrial, el sector metalúrgico tuvo un
crecimiento mucho menor que el del algodón, aunque debido a su importancia posterior se le ha atribuido un
papel más significativo que el que merece. De todos modos, su peso fue decisivo porque la creciente oferta de
metal barato facilitó la mecanización de otras industrias, la difusión de la máquina a vapor y la transformación
de los medios de transporte. Debido al abaratamiento del precio del hierro, su consumo se incrementó en
proporciones que no tenían precedentes. Parte de la producción se destinó a la fabricación de instrumentos
agrícolas, cuya demanda era creciente como consecuencia de la modernización de la agricultura. El hierro
sirvió de base para la fabricación de la maquinaria industrial, las máquinas de vapor y luego la maquinaria
textil.

Las nuevas fuentes de energía:


La revolución industrial se basó en dos fuentes de energía: la energía ​hidráulica ​y la del ​vapor​. En ambos casos se
trataba de energía inanimada, que reemplazó la del hombre y la de los animales, y que permitió multiplicar la
productividad de la industria.
Las primera fábrica que nacieron a fines del siglo XVIII para la producción de hilado de algodón usaron la energía
hidráulica. A lo largo del siglo XIX, el aprovechamiento de la energía del agua se incrementó significativamente
gracias a una serie de innovaciones tecnológicas, de las cuales la más importante fue la turbina hidráulica, que a su vez
abrió el camino, en el último cuarto del siglo, para la energía hidroeléctrica.
La otra gran fuente de energía de la revolución industrial fue el vapor, que se utilizó tanto para la producción
manufacturera como para los medios de transporte: los ferrocarriles y los barcos. Las primeras máquinas a vapor se
utilizaron en la minería para bombear agua de las galerías. Su introducción a la industria textil fue paulatina y recién se
impuso después de 1830. Pero a pesar de esto, la máquina a vapor fue decisiva por dos motivos: en primer lugar,
porque permitió que la industria pueda desarrollarse en forma creciente en las ciudades, liberándola de la dependencia
de los cursos de agua; y en segundo lugar, porque a diferencia de la energía hidráulica, la energía del vapor no está
sujeta a variaciones estacionales o climáticas.
Algo fundamental de la energía a vapor es que al utilizar como combustible el carbón mineral, hacía uso de un recurso
abundante y bo, y ofrecía la posibilidad de liberarse de las fuentes orgánicas de materias primas, que comenzaban a ser
escasas, como en el caso de la madera.

El carbón: El carbón tuvo una importancia decisiva en la revolución industrial ya que se lo utilizó como
combustible en las máquinas a vapor y como fuente de calor y de transformaciones químicas en la industria del
hierro. La dotación de recursos naturales cumplió un papel decisivo en los primeros tiempos de la revolución
industrial, ya que Gran Bretaña contaba con abundantes yacimientos de carbón y de hierro que le otorgaron
fuertes ventajas comparativas. Aunque en el largo plazo se trataba de un bien no renovable, los yacimientos de
carbón eran tan vastos que la demanda resultó pequeña en comparación con las reservas disponibles. Es
paradójico que la utilización de un recurso no renovable -el carbón de piedra- permitiera a la industria liberarse
de un recurso renovable -la madera-, pero, por cierto, renovable a un ritmo muy lento.

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El impacto del uso del carbón fue muy amplio. Al ser un producto con costos de transporte elevados, generó
una fuerte presión para el mejoramiento de las comunicaciones. La demanda de carbón estuvo en la base de la
extensión de la red de canales desde 1760 y, más adelante, cumplió un papel decisivo en el desarrollo de un
nuevo y revolucionario medio de transporte: el ferrocarril. Los primeros ferrocarriles fueron construidos desde
principios del siglo XIX justamente para transportar carbón, y gracias a las mejora que se introdujeron en ellos
fue posible a partir de 1830 inaugurar la primeras líneas ferroviarias para transporte de cargas y pasajeros.

Empresas y empresarios:
Además de las innovaciones tecnológica, el proceso de industrialización requería empresarios dispuestos a adoptarlas y
a introducir nuevas formas de organización del trabajo. En este campo, la revolución industrial inglesa contó con un
sector empresarial dispuesto a motorizar los cambios y a correr los riesgos que ellos comportaban. Más allá de que el
componente empresarial haya sido o no una clave del éxito inglés, es cierto que sin empresarios dispuestos a introducir
innovaciones, el cambio no hubiera sido posible.
Entre los factores favorables se destaca el bajo costo de las inversiones en los primero tiempos de la revolución
industrial. Ello se debía a que las máquinas eran, en general, sencillas y poco costosas, a que se podían utilizar edificios
ya existentes para instalar fábricas y, también, a que la mano de obra era barata, y las condiciones de contratación, muy
flexibles. Al mismo tiempo, los beneficios eran muy elevados, y permitieron que la autofinanciación fuera una práctica
muy extendida. Más difícil que reunir el capital necesario era probablemente lograr el reclutamiento, la organización y
el control de los trabajadores.
Con la expansión del sistema de fábrica fue surgiendo un nuevo tipo de empresario: el capitalista industrial. A medida
que la industria fue transformándose en la actividad dominante de la economía británica, la burguesía industrial pasó a
ocupar un lugar destacado en la sociedad, junto a la burguesía comercial y financiera.
En las primeras etapas del proceso de industrialización, el modelo de organización era la empresa personal; la mayor
parte de las firmas eran de tamaño reducido y no había requisito de escalas, fundamentalmente, en el sector textil, que
fue el sector de punta durante décadas.

Los recursos financieros:


La financiación de la revolución industrial británica no presentó grandes desafíos. La demanda de crédito fue limitada y
pudo cubrirse satisfactoriamente con la oferta disponible. La industria se financió, durante las primeras décadas, con
capitales propios de los empresarios, con reinversión de utilidades y con créditos de corto plazo. También, la
proporción de la inversión en capital fijo era reducida con respecto a la inversión total, y el crédito se destinaba
fundamentalmente al capital circulante.
Gran Bretaña contaba con suficiente capacidad de ahorro, y el principal desafío consistió en trasladar los capitales
desde las zonas agrícolas, en las cuales se acumulaba, hasta las áreas en las cuales se utilizaba.

Las regiones y la industrialización:


la revolución industrial británica no fue un proceso unitario e ininterrumpido, y afectó en forma desigual a las diversas
ramas de la industria a las distintas regiones. Las industrias se ubicaban con preferencia cerca de los yacimientos de
carbón o minerales, o bien, junto a los cursos de agua. Además de los recursos naturales, otro factor de localización era
la oferta de mano de obra, sobre todo de trabajadores calificados. Alguna regiones se fueron especializando en la
producción de determinados bienes de acuerdo con la presencia de trabajadores de oficio, como los fabricantes de
clavos de Midlands o los trabajadores del metal de Sheffield. Una vez comenzada la revolución industrial, la
diferenciación regional se mantuvo, aunque no necesariamente en las mismas áreas. La industria del algodón, que fue el
sector más dinámico en la primeras décadas, estaba concentrada en el condado de Lancashire.

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UNIDAD 6: LA SEGUNDA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL O SEGUNDA
REVOLUCIÓN ECONÓMICA

Barbero, Maria I. et Al: Historia económica mundial: del paleolítico a Internet:

La revolución de los transportes:

Los ferrocarriles:
No resultaría posible explicar el proceso de industrialización en la segunda mitad del siglo XIX sin destacar el papel
estelar desempeñado por el transporte, tanto en la integración de los mercados como en el incremento de la demanda de
bienes industriales generados por su construcción. La expresión “revolución de los transportes” se utiliza para hacer
referencia al conjunto de innovaciones que tuvieron lugar a partir de la década de 1830, desde el momento en el que
comenzó a usarse la energía a vapor para accionar los medios de transporte por tierra y por agua; dicha denominación
designa, sobre todo, lo que podríamos llamar la era del ferrocarril y de los barcos a vapor. En realidad, el proceso de
innovación en el terreno de los transportes fue continuo, ya que desde fines del siglo XIX comenzaron a construirse los
primeros automóviles y los medios de transporte accionados por la electricidad (tranvías, subterráneos, ferrocarriles), y
en el siglo XX se desarrolló el transporte aéreo.
El vapor reemplazó a la energía animal en el transporte por tierra, y a la del viento, las corrientes y los remos en el
transporte por agua. El invento más revolucionario lo constituyó el ferrocarril, que permitió abaratar y agilizar el
transporte por tierra, que hasta entonces era costoso y, sobre todo, lento, lo cual dificultaba las comunicaciones en los
casos en los que no existían vías fluviales o marítimas.
Hacia 1850, sólo los países más industrializados contaban con una extensión considerable de vías férreas. En la
segunda mitad del siglo, la construcción se aceleró. Los países más desarrollados completaron sus redes, mientras que
los de la periferia comenzaron a tender sus líneas. Los datos confirman la superioridad de Gran Bretaña en la extensión
de vías férreas, seguido por Alemania, Francia y Austria-Hungría. En el caso de Bélgica, por tratarse de un país muy
pequeño, la longitud era necesariamente reducida, pero disponía de una red que comunicaba todo su territorio. En la
medida que se fueron completando las redes nacionales, también se fue integrando un mercado continental. Hacia
1880, prácticamente toda las vía férreas estaban unidas entre sí. Las grandes construcciones ferroviarias fueron el
principal impulso a la industria hacia la década de 1870 y sustentaban el crecimiento económico del período
1850-1873. Schumpeter llamaba a esta etapa “Kondratieff ferroviario”.
La construcción masiva de líneas férreas demandó crecientes inversiones de capital. Mientras que en los primeros
países industriales -Gran Bretaña, Bélgica, Francia, Alemania y EE.UU- los ferrocarriles fueron construidos con
capitales nacionales (públicos o privados), en los de industrialización más tardía fue determinante el papel de la
inversión extranjero. En Europa, los capitales franceses tuvieron el papel más importante. Conviene aclarar que en
aquellos países en lo que los ferrocarriles fueron construidos con capitales extranjeros, los efectos de eslabonamiento
hacia atrás resultaron mucho menores, sobre todo en las primeras etapas. Desde fines del siglo XIX, los distintos
Estados empezaron a nacionalizar los ferrocarriles o, al menos, a exigir que fueran equipados por industrias locales, y
la situación empezó a revertirse.

La navegación a vapor:
Si bien el ferrocarril fue el primero y más dinámico de los medios de transporte que dieron impulso a la Revolución
Industrial, las transformaciones en el transporte marítimo -que por otro lado habían iniciado su desarrollo incluso antes
que la locomotora- fueron las que permitieron a una Europa en plena expansión salir hacia el resto del mundo.
El importante papel desempeñado por los barcos a vapor en el comercio marítimo sólo se dejaría sentir a partir de 1840.
Desde este año hubo una serie de innovaciones técnicas que sustentaron la superioridad de los barcos a vapor. En
primer lugar, el reemplazo de la rueda por la hélice y la posterior mejora de esta última, con la introducción del la
hélice de tres palas en vez de cuatro y su adopción definitiva a partir de 1860. En segundo término, la adopción del
motor compuesto luego de 1860, que permitió abandonar para siempre las velas auxiliares. En tercera instancia, la

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construcción de cascos de acero en reemplazo de los de madera, hacia 1860-1870. Con esto se lograba no sólo dar
mayor solidez a los barcos, sino también permitir la instalación de motores más potentes y aumentar tanto el tonelaje
como la velocidad. Finalmente, en 1890 se incorpora la turbina de vapor, con lo cual se daba uno de los último pasos
hacia la consolidación del transporte marítimo.
Si en 1890 ya se habían integrado las principales innovaciones técnicas, faltaba aún un importante salto cualitativo en
la logística. Esto llegó con la reducción significativa de los costos de producción del carbón y del acero, con lo cual se
abarató de modo considerable la construcción de navíos.
Paralelamente a las innovaciones técnicas, crecieron los costos de construcción de los barcos. Este incremento fue de
tal magnitud que no puedo ser afrontado por los tradicionales armadores. Los capitales fueron ahora provistos por
grupos bancarios que sostenían a grandes empresas, con la colaboración, en muchos casos, del Estado. Esta última
presencia que respaldó a las moderna empresas navieras permitió en ciertos casos el control casi monopólico de las
líneas. El desarrollo de la nueva tecnología fue seguido por un importante proceso de concentración que acompañó
simultáneamente el desplazamiento hacia una situación de neto corte monopólico. Todo estos cambio llevaron
aparejada una sustancial reducción en los costos de los fletes y el consiguiente aumento del volumen transportado.
Si bien todos los países se vieron involucrados en el proceso hasta aquí descripto, sólo aquellos con un considerable
grado de industrialización pudieron desarrollar las nuevas tecnologías e incrementar su presencia con cada innovación
que se incorporaba. Hacia 1850, la dueña indiscutida de los mares era Gran Bretaña, a continuación se encontraba
Francia, que logró mantener un segundo puesto en tonelaje. Sin embargo, para 1870 Francia sería desplazada como
segunda potencia, y Alemania ocuparía rápidamente su lugar. Esta ubicación estaba, no obstante, muy lejos de la
primera, ocupada por Inglaterra.
Por último, el desarrollo marítimo debió ser acompañado por el desarrollo de una importante infraestructura portuaria,
que al igual que la evolución mencionada de los navíos, llevó a la concentración en unos pocos puertos de vastas
magnitudes y con los requerimientos técnicos suficientes para entender las necesidades de las grandes embarcaciones.
La importancia de los anteriores puertos dependió de su correcta vinculación con las líneas ferroviarias que los
abastecían y completaban así los diferentes circuitos de mercancías.

La Segunda Revolución Industrial: el concepto de revolución tecnológica:

David Landes aclaraba que la expresión “revolución industrial” solía utilizarse para hacer referencia a cualquier
proceso de cambio tecnológico acelerado, y que en ese sentido se habla de una segunda y una tercera revolución
industrial. ​La expresión “Segunda Revolución Industrial” se utiliza generalmente para hacer referencia al
conjunto de innovaciones técnico-industriales, fundadas en el acero barato, la química, la electricidad, el
petróleo, el motor de combustión interna, la nueva empresa moderna, y los nuevos tipos de gestión del trabajo y
organización industrial, que emergen durante el último tercio del siglo XIX​. Se trata fundamentalmente de una
revolución tecnológica​, que se distingue por su capacidad de transformar el aparato o sistema productivo de una
economía (industrializada) en su conjunto, y que como tal tiene un impacto global en la dinámica del crecimiento
económico, en las formas socio-institucionales y en el régimen de acumulación del capital.
Si bien la mayoría de los autores coincide en caracterizar a la Segunda Revolución Industrial como una revolución
tecnológica, ​Douglass North la considera la Segunda Revolución Tecnológica, mucho más importante que la
Primera Revolución Industrial, enfatizando la importancia decisiva que tuvo el “maridaje” entre la ciencia y la
tecnología que se produjo en las últimas décadas del siglo XIX, y que permitió incrementar radicalmente el
stock de conocimientos. Ve en cambio a la Primera Revolución Industrial como la culminación del proceso de
transformaciones iniciado a fines de la Edad Media.
Alfred Chandler considera que a la par de la revolución tecnológica tuvo lugar una ​revolución organizacional​, que
implicó el nacimiento de la gran empresa industrial moderna, administrada por gerentes asalariados y con una
organización jerárquica y descentralizada.
Siempre es importante tener presente la ​distinción de Schumpeter entre la ​invención ​(que se produce en la esfera
científico-técnica), la ​innovación ​(que tiene lugar en la esfera técnico-económica, a través de las nuevas combinaciones
de los recursos productivo, cuyo futuro será decidido por el mercado) y la ​difusión ​(lo que en última instancia
transforma a las anteriores en un fenómeno económico-social).
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Desde el aspecto tecnológico, se pueden distinguir dos tipos de innovaciones de carácter múltiple -radicales e
incrementales-, que corresponden a las macroinvenciones y las microinvenciones. Las primeras, las radicales, son por
definición una ruptura capaz de iniciar un nuevo rumbo tecnológico; introducen productos y/o procesos productivos
verdaderamente nuevos; pueden dar nacimiento a toda una industria, abrir un nuevo mercado e inaugurar otro tipo de
organización industrial. La innovaciones incrementales son las mejoras sucesivas a las que son sometidos todos los
procesos y sustentan un crecimiento de la productividad.
Debemos puntualizar tres elementos. En primer lugar, cada revolución tecnológica conjuga innovaciones en insumos,
productos y procesos con innovaciones institucionales, organizativas y gerenciales.
En segundo lugar, con respecto a cuáles son los agentes de los procesos de innovación, existen dos posturas extremas
que dominaron mucho tiempo el escenario del debate entre expertos. Una de ellas, la del ​science push,​ pone énfasis en
la oferta del conocimiento científico y técnico del proceso de innovación, en un modelo lineal que presenta la
articulación invento-innovación-difusión. Para ella, el avance científico y la aplicación de la ciencia en la innovación
son el motor del avance y del cambio tecnológicos. La corriente del ​science push se vincula con el pensamiento
schumpeteriano. La otra, denominada del ​demand pull,​ se centra en la demanda del mercado, las inversiones de capital
y su relación con el nacimiento de las innovaciones. La teoría del ​demand pull estaría dentro de línea con el
pensamiento neoclásico.
Otro intento actual de interpretar el proceso de innovación, aunque se inscribe en el marco de referencia del ​science
push​, es la ​teoría evolucionista (que toma muchas ideas de Schumpeter), según la cual el progreso tecnológico tiene
lugar de una manera evolutiva y compleja en la que interviene, en primer término, el actualmente conocido
conglomerado institucional y desarrollo industrial, I&D.
El I&D, como conglomerado institucional, es la resultante de la progresiva articulación e interacción entre
especialistas: científicos, ingenieros, ejecutivos profesionales y empresarios, como requisito ineludible para el
desarrollo tecnológico. En él hay una retroalimentación entre los descubrimientos de las áreas y departamentos de
ciencia y experimentación de las empresas, y la investigación científica realizada en las universidades e institutos de
investigación.
El tercer problema a debatir es cuáles las razones que llevan a las empresas a introducir innovaciones. La tradición
schumpeteriana pone el énfasis en el espíritu innovador de los empresarios individuales, que actúan en función de
diversas motivaciones, las cuales van desde la perspectiva de aumentar los beneficios hasta la de construir un ámbito de
poder. Otras perspectivas, en cambio, hacen hincapié en la empresa como institución burocrática y en la dinámica de la
innovación y expansión como característica de la gestión gerencial, remarcando las ventaja de las grandes empresas
que cuentan con sus propios organismos de investigación y desarrollo.
Con la Segunda Revolución Industrial se da el paso de la empresa personal a la empresa burocrática, proceso que se
acentúa en las primeras décadas del siglo XX. Paralelamente nace y se consolida el paradigma taylorista-fordista de
organización de la producción y del trabajo.

La innovación tecnológica:
El proceso de industrialización de la primera mitad del siglo XIX tuvo en la trilogía constituida por la industria del
hierro, el uso del carbón de piedra como combustible industrial y la utilización de la máquina a vapor en la producción,
el núcleo generador de las innovaciones tecnológicas que revolucionaron el escenario de la economía mundial,
desarrollando un salto impresionante en los niveles de productividad. La virtuosa y dinámica combinación entre estos
verdaderos factores hizo posible el desarrollo del ferrocarril. No en vano, se denominó “la era del ferrocarril” a los años
que van desde la década de 1840 a finales del siglo.
Con un rasgo singular de la Segunda Revolución Industrial, observamos que sus innovaciones tecnológicas fueron para
los contemporáneos factores que, ante todo, sirvieron para actualizar y relanzar la tecnología de la Primera Revolución
Industrial a través de una serie de perfeccionamientos en la tecnología del vapor y la del hierro por medio del acero y
las turbinas, y también en la producción y el consumo de carbón.

El carbón:
El carbón mantuvo, a lo largo de la industrialización del siglo que nos ocupa, la supremacía absoluta como fuente de
energía. El impresionante aumento de su producción junto a la reducción de sus costos condujeron a una tendencia

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hacia la baja de su precio. Se abrió así la posibilidad de un insumo básico barato, de uso extensivo y con una oferta
muy elástica. Su privilegiada posición como recurso energético perduró incluso hasta la Primera Guerra Mundial. En
Europa, el carbón fue desplazado recién hacia mediados del siglo XX a un segundo lugar por el uso del petróleo,
mientras que en los EE.UU el proceso ocurrió antes de la Segunda Guerra Mundial.

De una edad del hierro a una edad del acero:


La industria del hierro se convirtió en el sector que experimentó una de las más profundas transformaciones del aparato
productivo, basada en el desarrollo de la industria del acero, a tal punto que la segunda mitad del siglo XIX puede ser
caracterizada para toda la industria como la transición de una edad del hierro a una edad del acero. Eso nos permitía
afirmar que el acero dio el puntapié inicial de la Segunda Revolución Industrial.
El acero es en realidad una variedad especial del hierro que contiene una pequeña cantidad de carbono. Resulta menos
frágil que el hierro fundido, pero más resistente y duradero que el hierro forjado. Se lo conocía desde mucho antes, pero
se lo producía en pequeñas cantidades y a un alto costo, de forma que su uso estaba limitado a productos, herramientas
e instrumentos de alta calidad. Entre mediados de las décadas de 1850 y fines de 1870, la elaboración de acero fue
objeto de notables innovaciones tecnológicas. La primera innovación fue el proceso de Bessemer, que permitió elaborar
acero directamente del hierro fundido, eliminando el proceso de pudelado y ofreciendo un producto mejor.
En estas innovaciones, la aplicación de la ciencia en la tecnología no resultó ser un factor determinante. En cuanto a la
introducción y comercialización de las innovaciones en la industria siderúrgica, dependió más de las inversiones de
capital (fijo) que de la “oferta de la ciencia”. Debido a los altos costos de los nuevos procesos, para aplicarlos se
necesitaba un umbral mínimo de cantidades de acero a producir, es decir, se requerían niveles de inversión y
producción que condujeron hacia un fuerte proceso de concentración del sector.
La expansión de la industria del acero tuvo un enorme impacto global en todo el sistema económico. Funcionó como
factor de retroalimentación tanto en las industrias que la abastecían (por ejemplo, el carbón) como en las que se servían
de él. Los raíles de acero para el ferrocarril duraban más y eran más seguros que los de hierro. El uso de laminado de
acero para la construcción naviera permitió construir barcos más grandes, más ligeros y más rápidos, y también,
acorazados de guerra. El acero no tardó en reemplazar al hierro en herramientas, máquinas y cientos de productos.

La continuidad de la tecnología del vapor como fuerza motriz:


La máquina de vapor mantuvo, como el carbón, aunque no con la misma intensidad y duración, el papel estelar de
máquina generadora de fuerza motriz. Con todo, las limitaciones de la tecnología del vapor se hicieron sentir a medida
que la misma presión de la industrialización las imponía. Si bien desde principios del siglo XIX hubo importantes
progresos, seguramente las experimentaciones y construcciones hechas por mecánicos e ingenieros con máquinas de
alta presión fueron determinadas para su aplicación en la propulsión de barcos y locomotoras, base de la revolución de
los transportes.
Otro de los avances más relevantes de la segunda mitad del siglo XIX fue la introducción de máquinas compuestas, de
doble y triple tracción, como las grandes máquinas de barcos que podían desarrollar más de 1.000 caballos de fuerza.
Hacia finales del siglo se había llegado a los límite efectivos de la máquina a vapor de doble acción, con algunas de
triple expansión, capaces de generar 5.000 caballos de fuerza. No obstante, estas enormes instalaciones eran
inadecuadas para el nuevo uso de la energía a vapor: ​la generación de electricidad​.
La tecnología del vapor pudo desarrollar durante esas décadas la ​turbina de vapor​, que adquirió un gran impulso
gracia a las innovaciones de la Segunda Revolución Industrial. Hacia 1880, la turbina se aplicó con éxito para la
generación de electricidad. Esta tecnología empezó a desplazar a la energía hidráulica, que tuvo su punto culminante en
el tercer cuarto del siglo XIX.

El petróleo y el motor de combustión interna:


Comparándolo con el carbón, el petróleo tiene mayor poder calorífico, es de más fácil transporte y presenta un espectro
de uso mucho más amplio, potente y diversificado que aquél. Pero cronológicamente estamos lejos de ver al petróleo
como el factor clave que junto a los insumos petroquímicos y otros materiale energético-intensivos conducirá a la
industrialización hacia rumbos tecnológicos y productivos que abrirán un nuevo paradigma. Sin embargo, sus primeros
pasos tuvieron lugar en la segunda mitad del siglo XIX. Hacia 1859 empezó su explotación comercial en EE.UU. Al

71
igual que la electricidad, el petróleo líquido y su derivado, el ga natural, se utilizaron durante aquellos años
principalmente como fuentes de iluminación. Hasta la primera década del siglo XX el petróleo había sido empleado
para fines limitados, hasta que el motor a combustión interna lo transformó en la principal fuente de energía para todo
tipo de equipos de transporte. Es aquí cuando la nafta y la gasolina adquirieron la importancia que aún tienen para
nosotros.
La aplicación más importante del motor a combustión interna fue el transporte ligero, como los automóviles, los
camiones y los autobuses, y dio origen a la industria que se convirtió en el paradigma industrial del siglo XX, la
automotriz.

La electricidad:
Científicos e ingenieros experimentaron con toda una serie de aparatos con el fin de generar electricidad. Entre 1878 y
1880, el perfeccionamiento de la lámpara eléctrica incandescente, conseguido casi simultáneamente por J. Swan y
Thomas Edison, inauguró una nueva era de la industria eléctrica. La última década del siglo fue testigo de importantes
adelantos en el transporte de la corriente eléctrica a través de cables de alta tensión gracia a la invención del alternador
y el transformador.
La electricidad es una de las formas de energía más versátiles y tiene, por lo tanto, una multitud de aplicaciones
prácticas. Si bien bien la iluminación en la primera época fue la más importante, fueron consolidándose otras. Von
Siemens, en 1880, inventó el tranvía eléctrico, con consecuencias revolucionarias para el transporte de las masas en las
nacientes metrópolis de la época. Los motores eléctricos y equipos de maquinaria eléctricas fueron encontrando
docenas de aplicaciones industriales. La electricidad también podía utilizarse para producir calor y de ese modo pasó a
emplearse en la metalurgia, especialmente en la fundición de metales (un ejemplo fue el recién descubierto aluminio).
Fue trascendental la aplicación de la electricidad para el desarrollo de los medios de comunicación a larga distancia,
como el telégrafo, primero con hilos. Hacia 1866 se tiende el cable submarino transoceánico entre Europa y América
del Norte. Después, el telégrafo sin hilos y, paralelamente, el teléfono, las emisiones radiofónicas y la cinematografía.
Nacen así las grandes compañías de material eléctrico, como Philips, Siemens, General Motors, General Electric, etc., y
otras más que impulsan el desarrollo del sector a través de sus departamentos de I&D. Después de la Gran Guerra, con
el desarrollo de las centrales generadoras termoeléctricas, la corriente eléctrica se convierte en un servicio público por
excelencia.

La industria química:
La ciencia química demostró ser especialmente prolífica en el nacimiento de las innovaciones, los nuevos productos y
procesos productivos. Fue, al igual que la electricidad, un sector donde se manifestó muy claramente el decisivo papel
que tuvo la investigación científica como factor de crecimiento. La institucionalización de I&D en las corporaciones
químicas fue requisito ineludible para su desarrollo.
Resulta muy largo y complejo seguir la trayectoria de cómo se fueron articulando e interrelacionando de manera
acumulativa ciencia e industria química. Entre las más destacadas innovaciones aparece la industria de colorantes
sintéticos, la industria farmacéutica, los explosivos, las fibras y el caucho sintéticos, las telas artificiales, etc.
Otro papel sobresaliente del sector químico se debió a que sus innovaciones radicales tuvieron un efecto multiplicador
en algunas ramas de la industria, así como en otros sectores de la economía. Tales efecto se registran en la rama
metalúrgica al actuar como medio para el descubrimiento de nuevos metales, tales como zinc, aluminio, níquel,
magnesio y cromo; en la rama alimenticia a través de la producción, procesado y conservación de alimentos, los
métodos de pasteurización de la leche, refinación del azúcar, envasado en latas esterilizadas y cerradas herméticamente,
el proceso de refrigeración artificial; la agricultura a través de la elaboración de fertilizantes artificiales. Estas
innovaciones dieron origen a la “agricultura científica” y permitieron especialmente que las regiones de ultramar como
la Argentina o Australia, pudieran exportar hacia Europa alimentos perecederos.
Quizá la maquinaria para fabricar papel y la prensa cilíndrica de imprimir sean dos innovaciones interesantes de
mencionar en cuanto redujeron el costo de los libros y los periódicos.

El nacimiento de la empresa moderna:

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La segunda mitad del siglo XIX fue la época del nacimiento de la empresa moderna, entendiendo como tal a la gran
empresa con una organización burocrática, con una estructura jerárquica y descentralizada, administrada por gerentes
asalariados, cuya forma jurídica más característica era la sociedad anónima.
En una primera etapa, los países en los que tuvieron un rol más significativo fueron Alemania y los Estados Unidos. En
otros, como Francia e Inglaterra, la persistencia de las formas tradicionales fue mayor, y la empresa familiar siguió
desempeñando un papel muy destacado. La empresa moderna tiene una serie de rasgos que la diferencian netamente de
la empresa tradicional, característica de la industrialización en sus primeras etapas. La empresa tradicional es de
dimensiones pequeñas, consta de una sola unidad operativa y se especializa en un tipo de función (producción o
distribución), o en la producción de un tipo de bien o servicio. Se trata de firmas en las que no se ha producido la
separación entre propiedad y gestión, mayoritariamente empresas familiares, dirigidas por una persona o un número
reducido de personas, que son, a la vez, sus propietarios.
Las empresas modernas se diferencian de las empresas tradicionales en distintos aspectos. En primer lugar, por sus
dimensiones y actividades, ya que se trata de grandes empresas que han integrado sus funciones, combinando la
producción y la distribución en gran escala. Las mayores dimensiones de la empresa fueron, en gran medida, una
consecuencia de la Segunda Revolución Industrial y de las características de las ramas más dinámicas de la industria en
las últimas décadas del siglo XIX. En los sectores de punta de la Primera Revolución Industrial, fundamentalmente en
la industria textil y la metalurgia liviana, no se requerían economías de escala, y las pequeñas empresas podían operar
en forma eficiente. Con la Segunda Revolución Industrial, en cambio, las condiciones fueron diferentes. En la
siderurgia, en la industria química, en la explotación del petróleo y la petroquímica, y en general, en todos los sectores
capital-intensivos, los requerimientos de escala fueron altos, y las dimensiones de las empresas, necesariamente
grandes.
Otro factor que contribuyó al desarrollo de la gran empresa fue la ampliación de los mercados. En la medida en que se
fueron conformando mercados de masas, el volumen de producción de las empresas se incrementó también en otros
rubros que no requerían imprescindiblemente economías de escala.
Además de los requerimientos de escala y de la producción en masa, el tamaño de las empresas se amplió, en muchos
rubros, como consecuencia de las estrategias de integración horizontal y vertical. En el primer caso, la unión de
corporaciones independientes generó empresas de mayores dimensiones. En segundo lugar, tuvieron procesos de
integración hacia atrás y hacia adelante. Los procesos de integración hacia atrás se produjeron con el fin de controlar el
abastecimiento de materias primas y de insumos; los de integración hacia adelante, con la finalidad de controlar el
proceso de distribución. Por último, la dinámica de expansión de las empresas las llevó a implementar estrategias de
diversificación, ampliando el espectro de bienes producidos con el objeto de aprovechar en forma más eficiente sus
instalaciones y de ampliar sus mercados.
El desarrollo de un management sistemático en gran escala respondió a las nuevas necesidades de coordinación y
eficiencia. Los métodos con base familiar o transmitidos de una persona a otra se revelaron inadecuados e incluso
contraproducentes. Hacia fines de siglo, en los EE.UU y en Alemania comenzaron a aparecer los principios del
“management científico”. Se fue fundando una separación entre la propiedad y el control de la producción, por un lado,
y la ejecución por el otro. En el campo de la dirección de las empresas se afirmaron las tendencias basadas en la teoría
y el estudio de la organización empresarial y el management.
El proceso de separación entre propiedad y gestión estuvo estrechamente vinculado al incremento de los volúmenes de
capital que las grandes empresas requerían. Para ello debieron recurrir inicialmente al crédito bancario y al mercado de
capitales, mediante la emisión de acciones y obligaciones, lo cual tuvo como contrapartida el incremento del número de
sociedades anónimas, que se constituyeron en la forma jurídica más característica de la gran empresa moderna. En el
caso norteamericano, ello fue desembocando en los sistemas de propiedad pública de la empresas, es decir, en la
multiplicación del número de accionistas. En el caso alemán, en cambio, la constitución de sociedades anónimas se vio
acompañada por la creciente participación de los bancos en la propiedad de mas empresas.
En realidad, como ya señalamos, las primeras grandes empresas modernas no fueron aquellas de sesgo industrial, sino
los ferrocarriles. En los EE.UU fueron las empresas ferroviarias las primeras en contratar gerentes asalariados y en
descentralizar su gestión, mientras que en Inglaterra y en Europa continental se mantuvieron sistemas de organización
más centralizados.

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Los ferrocarriles no fueron el único modelo de organización burocrática que las grandes empresas industriales tuvieron
como punto de partida. En el caso alemán, la circunstancia de que la organización burocrática del Estado haya
precedido a la industrialización ofreció a las empresas privadas la posibilidad de tomar como modelo a la burocracia
pública, en sus pautas, estilos y valores. Ello puede servir para explicar el éxito de las empresas alemanas en la
construcción de organizaciones en gran escala y su competitividad en el mercado internacional. En Alemania, los
funcionarios públicos, civiles y militares cumplieron un papel destacado en el sistema de educación técnica, en el
desarrollo de la ingeniería y en las primeras asociaciones científicas e industriales. Muchos de ellos tuvieron a su cargo
la gestión de empresas públicas y otros fueron contratados por las empresas privadas.
La organización burocrática implicó un funcionamiento más eficiente de las empresas, a través de la adopción de
norma generales e impersonales, de la planificación, de la racionalización de los procesos de producción y de la
adopción de sistemas más sofisticados de contabilidad y de ventas.
La constitución de grandes empresas implicó también inversiones cada vez mayores en la formación y capacitación de
recursos humanos. Desde fines de siglo surgieron las primeras escuelas de negocios en EE.UU y Alemania, y la
administración se convirtió en una disciplina científica.
El proceso de consolidación de la gran empresa en sectores clave de la actividad industrial generó una creciente
concentración y formas oligopólicas en los mercados, fundamentalmente en las ramas capital-intensivas de la
producción. Aquí también existen variantes. En el sistema alemán, la formación de cárteles y los acuerdos
interempresarios para controlar el mercado eran una práctica común a fines del siglo XIX, y estaban permitidos por la
legislación vigente. En los EE.UU, en cambio, la legislación antitrust motivó un tipo de funcionamiento distinto, con
mayor competencia entre las empresas.
Tras el fin de la Primera Guerra Mundial, la multinacionalización de las grandes empresas -sobre todo, las
norteamericanas- se acentuó. Chandler utiliza la expresión “mano visible” para referirse al proceso por el cual las
grandes empresas van reemplazando a los mecanismos de mercado, al internalizar funciones a través de los procesos de
integración.

Las nuevas formas de organización del trabajo: taylorismo y fordismo:

Ambas se originaron en los Estados Unidos entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX, y tienen en común
proponer una organización más racional del trabajo, con el fin de incrementar su productividad. El desarrollo de la gran
empresa fue acompañado de problemas de gestión cada vez más complejos, a los cuales se respondió con la búsqueda
de formas de organización crecientemente eficientes.
El management científico implicaba un sistema de control muy preciso sobre la organización de la producción y de la
gestión, e incluía un campo muy amplio de problemas, entre ellos, los cálculos de costos y beneficios, los métodos de
contabilidad, el cálculo de los tiempos de producción, los sistemas de control, etc.
El ​taylorismo fue la propuesta de organización científica del trabajo elaborada por un ingeniero norteamericano,
Frederick Taylor, en la década de 1890. La diferencia de Taylor respecto de otros ingenieros consiste en que sostenía
que los cálculos de costos y tiempos de producción no debían efectuarse sobre la base de la costumbre, sino a partir de
un estudio científico requerido por cada tipo de actividad. Proponía, además, un sistema de premios y castigos, es decir,
un aumento o una reducción de la paga de los trabajadore según su mayor o menor cumplimiento de las normas
establecidas.
Para Taylor, el aumento de la productividad del trabajo necesitaba una serie de condicione que se reforzaban entre sí.
Por una parte, la creación de un departamento de planificación que estableciera las normas de producción y controlara
su cumplimiento. Por la otra, un sistema de división del trabajo basado en la especialización de los trabajadores en
tareas muy sencillas y rutinarias, lo que suponía elevar el rendimiento del trabajo individual. La especialización en este
caso no debe ser entendida como producto de un tipo especial de habilidad u oficio, sino como la reducción del trabajo
a un tipo de tarea muy específica y repetitiva. En realidad, el taylorismo hace posible la entrada masiva de los
trabajadores no especializados en la producción. El establecimiento de método y tiempos de producción por parte de la
dirección de la empresa implicaba la separación entre la planificación del trabajo y su ejecución, y la misma actividad
laboral pedía jerarquía como consecuencia de la extrema división del trabajo.

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Hasta entonces, la “mano” del obrero de oficio determinaba la posibilidad o no de la producción manufacturera, y esta
característica de imprescindibilidad la transformaba en el factor más caro de la producción, además de otorgarse un
cierto poder sobre los patronos, por la posibilidad de fijar ritmos de producción. La ruptura de la anterior condición del
trabajo se asentó, en primer lugar, sobre el maquinismo o la fábrica. La incorporación de la máquina en el proceso de
trabajo reduce al obrero a un ciclo de gestos repetitivos, donde lo que comienza ser en importante es la posibilidad,
siempre en aumento, de hacer descender al máximo el tiempo de duración, instalando lo que se conoce como “norma
de rendimiento”.
Durante el proceso de producción de incurre en un sinnúmero de momentos improductivos, es decir, tiempo durante el
cual el producto o la pieza en proceso de elaboración no están siendo transformados por el trabajo. Estos espacios
improductivos de tiempo reciben el nombre de “tiempos muertos”. En función de reducir al mínimo la definición de
taylorismo, se trata de un conjunto de relaciones de producción internas al proceso de trabajo con las cuales se intentan
reducir al máximo esos tiempos improductivos (o tiempos muertos), haciendo más intenso el trabajo y logrando de esta
manera un aumento de la productividad. Estas relaciones implican una considerable reducción en el grado de
autonomía de los trabajadores, imponiendo a éstos una vigilancia y un control permanentes.
El ​fordismo fue una forma específica de management científico, desarrollado desde la primera década del siglo XX por
Henry Ford en su fábrica de automóviles en Detroit y crecientemente difundido a partir de la primera posguerra.
Implicó una articulación entre el proceso de producción y un modo de consumo, que llevó a la definitiva consolidación
de la producción en masa y a la universalización del trabajo asalariado.
El fordismo se caracterizó, en lo que hace al proceso de trabajo, por la cadena de producción semiautomática. Este
nuevo tipo de proceso de trabajo se orientó a la producción en serie de bienes de consumo de masas a partir de los años
20.
Al unificarse el proceso de trabajo que regía a los diversos sectores productivo, se logró transformar las distintas
relaciones de valor, lo cual llevó a una disminución del valor unitario de las mercancías de consumo masivo.
El fordismo retomó los principales conceptos del taylorismo, intensificando cada vez más el trabajo, profundizando la
mecanización e incrementando radicalmente la separación entre el trabajo manual y el trabajo intelectual, todo esto
mediante la implementación de la cadena de producción semiautomática. Esta última consiste en la integración de los
diferentes momentos del proceso de trabajo a partir de un sistema de guías y medios de mantenimiento que permiten el
desplazamiento de las materias primas en proceso de transformación o insumos y su conducción ante las
máquinas-herramienta. Todo esto hace posible reducir de manera considerable el tiempo de desplazamiento y
manipulación de las piezas, debido a que el proceso de trabajo ha pasado de ser una red de contactos entre diferentes
puestos de trabajo a constituir una corriente lineal, orientada en un solo sentido, de piezas en proceso de ensamblaje.
Esta corriente lineal no es otra cosa que la cadena de montaje sobre la cinta transportadora, que desarrolla un flujo
continuo de producción.
Con la utilización de la línea de montaje se modificaron las relaciones de trabajo, y la economía industrial en su
conjunto sufrió profundas transformaciones. Cambiaron la escala de producción, la naturaleza de los productos y las
condiciones de la formación de los costos de producción. Nació la producción en serie de mercancías estandarizadas, y
se redujeron notoriamente los tiempos y costos unitarios de fabricación. Mientras que en 1913 llevaba 12 horas fabricar
un auto, un año después se hacía en 1 hora y media, y la planta de Ford en Detroit estaba en condiciones de producir
más de 1.000 automóviles por día. El precio de venta de los autos fue reduciéndose paulatinamente, y el automóvil dejó
de ser un producto de lujo para convertirse cada vez más en un bien de consumo masivo, al menos entre las clases
medias.
Recién a partir de la década de 1970 el taylorismo y el fordismo empezaron a ser reemplazados por nuevos métodos de
organización que tuvieron su origen en Japón en la década de 1950 y que reciben el nombre de “toyotismo”.

Los países de industrialización tardía:

En la segunda mitad del siglo XIX, la industrialización se fue difundiendo hacia las regiones de la Europa periférica, es
decir, hacia las naciones del este y el sur del continente, y los países de Escandinavia. En dichos países existían
regiones con un cierto desarrollo industrial (como Bohemia o Cataluña), pero no se había verificado un verdadero
proceso de industrialización, comparable al que había vivido Europa Occidental. En general, la producción industrial se
75
llevaba a cabo con métodos tradicionales y se destinaba al mercado local, y la demanda de productos manufacturados
se satisfacía principalmente mediante la exportación.
Las condiciones en las que se dio la industrialización de la Europa periférica fueron en muchos aspectos distintas de las
de Europa occidental. En gran medida porque se trataba de países con una estructura económica y social más arcaica,
pero también porque al industrializarse tardíamente lo hicieron en otro contexto internacional. Contaron con la ventaja
de disponer de modelos externo y poder recurrir a la tecnología y los capitales extranjeros, pero asimismo se
caracterizaron por la desventaja de tener que competir con países de los que los separaba una brecha cada vez mayor.
Mientras que en algunos casos los procesos de industrialización fueron exitosos, en otros no fue así.
En los procesos de industrialización tardía, el rol del Estado fue muy activo. En la mayor parte de los casos los Estados
contribuyeron a crear las condiciones favorables a la industrialización con el fin de compensar las debilidades de los
mecanismos de mercado. Desde la década de 1870 la intervención del Estado fue cada vez mayor también en los países
de industrialización temprana, en parte como respuesta a la depresión económica que se impuso en 1873, y en parte
como síntoma del creciente nacionalismo que caracterizó a Europa en esa etapa.
Los países de industrialización tardía tuvieron la posibilidad de recibir capitales y tecnología del exterior. La difusión
de la industria hacia la Europa periférica fue acompañada por la exportación de capitales, de técnicos y de maquinaria
que suplían la falta de recursos locales. Los capitales se invirtieron sobre todo en títulos de deuda pública y en obras de
infraestructura, con los ferrocarriles en primer lugar, y en menor medida, aunque no despreciable, en la industria. Los
países más desarrollados exportaron también sus instituciones bancarias y las nuevas forma de crédito.
Un último aspecto a considerar es que los países que se industrializaron a fines del siglo XIX lo hicieron en un nuevo
contexto internacional en el que el mercado mundial estaba crecientemente integrado y los intercambios comerciales se
habían expandido de modo significativo. Algunos de ellos consiguieron insertarse favorablemente en el mercado
internacional, lo cual actuó como un factor de impulso al desarrollo de la industria, ya sea por la posibilidad de exportar
bienes primarios e industriales (como los escandinavos) o bien, por la de obtener recursos gracias a la emigración
masiva (como en el caso de Italia).
A mediados del siglo XIX, en la Europa periférica la agricultura representaba la principal fuente de ocupación e
ingreso. Se basaba todavía, en parte, en la producción para el autoconsumo, pero fue integrándose crecientemente al
mercado internacional, proveyendo a la Europa industrial de alimentos y de materias primas agrícolas. El desarrollo de
una economía de mercado fue una condición necesaria para la industrialización, ya que ésta requería la modernización
institucional, una oferta creciente de capitales y mano de obra, y el incremento de la demanda interna de productos
manufacturados.
● En ​Europa Oriental​, las transformaciones más importantes que tuvieron lugar en la agricultura en el siglo
XIX consistieron en la emancipación de los campesinos de la servidumbre y en la difusión de la economía de
mercado en las áreas rurales. En esta región de Europa, que abarcaba de Prusia hasta Rusia, se había producido
durante el siglo XVII un empeoramiento de las condiciones de los campesinos, que fueron privados de su tierra
y su libertad, reforzándose los lazos feudales. La servidumbre fue abolida en primer lugar en Prusia, en 1840, y
luego en el Imperio Austro-húngaro, en los Países Bálticos, en Polonia y en Rusia en la década de 1860. La
persistencia de la servidumbre había obstaculizado la difusión de la industrialización en Europa Oriental, y su
abolición fue un factor esencial en la conformación de una economía de mercado. Su desaparición fue en gran
medida consecuencia de la industrialización en Europa Occidental y de la nuevas condiciones del comercio
internacional, pero su supervivencia hasta mediados del siglo XIX contribuyó a dar rasgos característicos al
sistema industrial cuando éste comenzó a desarrollarse.
● En la ​Europa del Sur ​(​Italia​, España y ​Portugal​), la servidumbre de la gleba había sido abolida antes del
siglo XVIII, y sus vestigios habían desaparecido en la época napoleónica. De todos modos, la condiciones de
opresión de los campesinos persistieron en Italia meridional, en Portugal y en algunas regiones de España
(como Galicia, Asturias y, sobre todo, Andalucía), obstaculizando el proceso de industrialización y la
conformación de una economía de mercado.
● La experiencia de los ​países escandinavos fue muy diferente, y en ello la disolución de las relaciones feudales,
que tuvo lugar a fines del siglo XVIII, se dio en condiciones mucho más favorables para los campesinos. El
resultado fue una clase campesina relativamente independiente, abierta a la innovación y orientada hacia el
mercado, lo cual incentivó por distintas vías el desarrollo de la industria.

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La industrialización de la Rusia Imperial:
El proceso de industrialización de Rusia se diferencia de todos los casos que se han revisado hasta ahora porque se
inició bajo el régimen zarista, en el marco de un sistema de economía de mercado y propiedad privada de los medios de
producción, y se prolongó más tarde con la instauración del socialismo, una de cuyas características fue que los medios
de producción pasaron a manos del Estado y el accionar del mercado fue sustituido por una planificación centralizada.
Si bien los comienzos de la industrialización son difíciles de determinar, existe coincidencia con respecto a que el
reinado de Pedro el Grande (1689-1725) constituye un momento importante en todo el proceso. Impresionado por la
experiencia europea, Pedro se propuso impulsar la modernización de Rusia por medio de la importación de tecnología
occidental. Como resultado, en el siglo XVIII Rusia alcanzó una significativa capacidad industrial -medida, por
supuesto, de acuerdo con los estándares de la época-, la que combinada con sus recursos naturales y una casi inagotable
disponibilidad de mano de obra, le permitió competir militarmente con Occidente durante un siglo y medio.
Sin embargo, una de las contradicciones del reinado de Pedro el Grande fue que sus intentos modernizadores estuvieron
acompañados de un reforzamiento de los lazos de dominación feudales, consolidando la servidumbre como situación
mayoritaria del campesinado, un factor negativo para el desarrollo económico a largo plazo. Además, se reforzó la
estructura comunal, en la que la explotación agraria se desarrollaba sobre la base de la actividad colectiva de las
familias que constituían la comuna -en ruso ​mir-​ y la inexistencia de la propiedad privada de la tierra, limitada casi
exclusivamente a la morada de cada una de las familias.
La producción de hierro y la industria textil del algodón fueron los sectores pioneros del proceso de industrialización.
La guerra de Crimea (1854-1856) constituyó un acontecimiento determinante en la evolución económica del imperio
zarista; la derrota experimentada allí ante Francia y Gran Bretaña mostró las dimensiones de su atraso frente a las
potencias que estaban llevando adelante su proceso de industrialización. Por lo tanto, desde las cercanías del poder se
puso en marcha un proceso de reformas cuyo aspecto principal fue la abolición de la servidumbre. Más allá de las
motivaciones de índole militar -se pensaba que un ciudadano libre y alfabetizado estaba en mejores condiciones de
pelear por su nación que un siervo analfabeto arrastrado por las fuerzas al campo de batalla-, la idea central era que los
campesinos más emprendedores, liberados de sus vínculos de dependencia, tendrían incentivos para aumentar la
producción, mientras que los menos afortunados dispondrían de la posibilidad de marchar hacia las ciudades para
satisfacer las demanda de empleo que allí se produjeran.
La ascensión al trono en 1856 de un zar reformador, Alejandro II, dio lugar a que el tema de la emancipación de los
siervos fuera abordado desde el poder. La manera en que el problema fue resuelto no resultó satisfactoria para los
campesinos, que alcanzaron su libertad personal pero debieron pagar por su acceso a la propiedad de la tierra que
trabajaban; sin embargo, el proceso de liberación es considerado el punto de partida de la modernización económica de
Rusia.
En esos años se inició la construcción de la red ferroviaria, durante el gobierno de Alejandro III la propuesta económica
se fue estructurando sobre la base del incremento de la exportación de cereales y la aceleración del desarrollo
industrial. El primer objetivo se fomentó por medio del incremento de la presión impositiva de carácter indirecto sobre
productos de consumo como el vodka, el tabaco el azúcar, destinado a forzar a los campesinos a la comercialización de
sus cosechas. En cuanto al impulso de la industria, surgió el ambicioso proyecto de la construcción del Ferrocarril
Transiberiano. Además, el gobierno implementó en 1891 una política proteccionista que permitió impulsar la industria
del país.
El proceso de industrialización pegó un nuevo salto a fines del siglo XIX y tuvo como principal responsable al conde
Sergio Witte, ministro de Finanzas primero del zar Alejandro III y luego de su hijo Nicolás II. Su objetivo era el de
movilizar los vasto recursos del país creando una base industrial que reforzara su posición en el mercado internacional,
acompañada de un incremento de las exportaciones agrarias. Seguidor de las ideas del economista Friedrich List,
compartía la idea de éste respecto de que el desarrollo económico era una precondición necesaria para disponer de
poder político. La estrategia se asentaba en el proteccionismo y la apertura al capital extranjero, otorgándole al Estado
un papel de importancia en la movilización de recursos y en la remoción de los obstáculos institucionales que pudieran
bloquear el desarrollo.
La gestión de Witte fue responsable de tres logros de significación: 1) la estabilización del rublo, adoptando el régimen
de patrón oro; 2) el impulso otorgado a la construcción del Ferrocarril Transiberiano; 3) la penetración comercial en el

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extremo oriental del imperio. Los tres logros estaban estrechamente vinculados dado que la inserción del rublo en el
sistema de patrón oro facilitó el ingreso del capital extranjero destinado a financiar la construcción de la red ferroviaria,
que a su vez hizo posible la colonización de Siberia y la conexión con la Rusia asiática. En esos años, Rusia se
convirtió en la quinta potencia industrial del mundo, aunque en términos de PBI por habitante, valor de producción
industrial o productividad agrícola se encontraba muy rezagada.
La inversión extranjera fue fundamental en todo el proceso de modernización económica, entre 1893 y 1899 los
capitales extranjeros orientados hacia la industria constituyeron el 55% del total. Estas inversiones se orientaron
mayoritariamente hacia las actividades extractivas, incluyendo la explotación de petróleo.
Por u parte, en el sector agrario las transformaciones más ambiciosas se llevaron a cabo algo más tarde, como resultado
de la gestión del primer ministro Peter Stolypin entre 1906 y 1911, y se orientaron fundamentalmente hacia la
modificación de la estructura agraria liberando a los campesinos de su vínculo con el ​mir,​ permitiendo la conversión de
las parcelas comunales en propiedad privada y facilitando la libre compraventa de tierras. De esta manera se buscaba
crear las condiciones necesarias para el surgimiento de una clase media propietaria en condiciones de impulsar las
relaciones de producción capitalistas en el campo; el impulsor de esta política la resumía diciendo que era una “apuesta
por los fuertes”. Si bien se destaca que un porcentaje importante de los campesinos se acogió a la propuestas del
gobierno, el proceso rápidamente perdió impulso, aplastado tanto por la inexistencia de una adecuada estructura
burocrática que la efectivizara, como por la reacción de algunos sectores para los cuales la comuna era la institución
que les servía para mitigar su pobreza.
Rusia avanzaba lentamente e incluso en términos relativos se retrasaba. El PBI por habitante era en 1913 el 28% del
PBI de los EE.UU, mientras que en 1870 era del 38%.

EL PAPEL DEL ESTADO:


El modelo de Gerschenkron indicaba que el Estado había creado las precondiciones para el despegue (que él llamaba
“el gran salto”). Las interpretaciones más recientes apuntan a señalar la existencia de un modelo de industrialización
caracterizado por dos tendencias de desarrollo interconexas: una inducida por el Estado y otra autónoma.
La acción estatal se canalizó a través de vías diversas. En primer lugar, la industrialización se insertaba en un marco
más general de expansión política y militar del imperio ruso, que desde el siglo XVIII se iba afirmando como una de
las principales potencias europeas, y desde entonces fueron creadas industrias para abastecer al ejército y a la armada.
En el curso del siglo XIX, el gobierno imperial hizo muy poco para promover directamente el desarrollo industrial,
pero desde mediados de siglo comenzó a construir líneas de ferrocarril y, más tarde, a estimular su construcción con el
concurso de empresas privadas.
Desde fines de la década de 1870, el gobierno fue adoptando una política proteccionista que elevó los aranceles a los
bienes industriales importados, y los ferrocarriles comenzaron a ser abastecidos por la industria local, que recibió un
fuerte impulso. Desde la década de 1890, el Estado fue aumentando su participación en la propiedad, gestión y
construcción de vías férreas, pero en 1914 todavía el 74% del capital invertido en los ferrocarriles pertenecía a
empresas privadas.
La acción del Estado en favor de la industria fue decisiva a partir de 1890: se tomaron medidas para la atracción de
inversiones extranjeras en la industria, se dio un tratamiento preferencial a las industrias instaladas en el territorio ruso
para el abastecimiento al Estado y se adoptó el patrón oro en 1897, lo cual aceleró el ingreso de capitales. Éstos se
invirtieron principalmente en la industria pesada y los ferrocarriles, y desde inicios del siglo XX, en el sector bancario.
En una medida aún mayor que en los otros casos, la industrialización rusa tuvo un marcado carácter regional. La
industria se concentraba en pocas grandes ciudades (Moscú en primer lugar). En 1913 el 80% de la población seguía
viviendo en el campo, y una parte significativa de ella se encontraba en condiciones de gran atraso.

La industrialización de Italia:
En el caso italiano, el proceso de industrialización se inició lentamente desde mediados del siglo XIX, acelerándose
entre la década de 1890 y las vísperas de la Primera Guerra Mundial. La unificación política, que tuvo lugar en 1861,
contribuyó a poner en marcha la modernización económica del país.

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Entre los autores que han estudiado el caso italiano, en general, existe consenso acerca de que ​no hubo una etapa de
“despegue”​, sino diferentes “oleadas” de industrialización desde la década de 1860, alternadas con períodos de crisis
en los que el proceso se detuvo.
En la primera mitad del siglo XIX, hasta la unificación política, la actividad industrial más importante de Italia fue la
producción de seda, que constituyó el principal bien de exportación hasta la Primera Guerra Mundial. La producción
italiana se especializaba en las etapas iniciales de la elaboración y se exportaba la seda cruda o hilada a otros mercados
-fundamentalmente Francia y Gran Bretaña- donde se fabricaban las telas. ​La seda constituye un sector característico
de la actividad protoindustrial​. La producción se llevaba a cabo con métodos tradicionales, en haciendas agrícolas, y
algunas etapas del ciclo productivo se realizaban en los domicilios de los campesinos. A partir de entonces, hubo un
proceso de modernización en la elaboración del hilado, instalándose en fábricas -en general, pequeñas- que utilizaban
energía hidráulica.
Luciano Cafagna, un historiador italiano, señala como la industria de la seda contribuyó al adiestramiento de los
trabajadores, al desvío de la inversión hacia actividades no agrícolas y al incremento de la actividad comercial, creando
economías externas para un desarrollo industrial posterior.
Las otras ramas de la producción textil fueron mucho menos importantes, y aunque hubo un cierto desarrollo de la
industria del algodón, la mayor parte del consumo local se cubría con bienes importados. En comparación con otros
países, la industria textil italiana era muy limitada.
En todo el período previo a la década de 1860 no surgió ningún impulso favorable al desarrollo de la construcción de
maquinarias o de la siderurgia, y la industria metalúrgica era muy modesta, en gran medida, por la falta de yacimientos
de carbón. Los ferrocarriles comenzaron a construirse en la década de 1830, pero en 1860 la longitud de las vías férreas
era de menos de 2.000 km, y el material ferroviario se importaba del extranjero.
En las primeras décadas posteriores a la unificación -entre 1860 y 1878-, el proceso de industrialización avanzó,
aunque a un ritmo lento, favorecido por las nuevas condiciones políticas. Las interpretaciones sobre el papel de los
primeros gobiernos unitarios son varias. En general, la mayoría de los autores sostiene que ​la unificación fue positiva
para el desarrollo industrial​, pero atribuyen este fenómeno a factores diversos.
- Algunas interpretaciones enfatizan el papel de la política librecambista adoptada por el gobierno unitario y el
de la inserción de Italia en el mercado internacional, que habría generado una industrialización gradual.
- Otros, en cambio, ponen el acento en el papel que jugó la unificación política en la unificación del mercado
interno, sobre todo por la supresión de las aduanas interiores y la construcción de los ferrocarriles; este último
hecho fue impulsado activamente por el gobierno central.
- Otra interpretación enfatiza la contribución de las nuevas condiciones institucionales a la acumulación de
capital, gracias a la expansión agraria y a las posibilidades que se abrieron para la inversión en la industria,
favorecida por las obras de infraestructura y la desviación de recursos del agro, generada por la nueva política
fiscal.
En esta “segunda oleada”, la industrialización avanzó lentamente, y ​el sector textil siguió siendo el más importante​.
En él tuvo lugar un aumento de la producción y de la capacidad productiva, gracias a la introducción de innovaciones
en las industrias de la seda, del algodón y de la lana.
La construcción de ferrocarriles, que se llevó a cabo con inversiones extranjeras, generó muy pocos
eslabonamientos hacia atrás porque, salvo los durmientes, el resto del material se importaba. El desarrollo de la
industria del hierro fue muy modesto, así como el caso de la fabricación de maquinaria.
La siguiente etapa se ubica entre 1878 y 1895. En ella se adoptó una política proteccionista y el Estado intervino
activamente en la promoción de las industrias del hierro y de la maquinaria. El mayor sector industrial siguió siendo el
textil, que comenzó a exportar parte de su producción hacia mercados extranjeros, sobre todo de América Latina. ​Las
industrias del hierro y del acero se desarrollaron gracias a la protección del Estado y a la reducción del precio
del carbón importado​.
Entre los años 1897 y 1913 el proceso de crecimiento industrial alcanzó niveles mayores que los de cualquiera de los
períodos precedentes. En estos años, que Gerschenkron consideraba los del “gran salto”, se duplicó la fuerza motriz
instalada en las fábricas manufactureras y se desarrollaron los sectores manufactureros más modernos. No obstante, la
industria textil y la alimenticia representaban en 1913 el 60% de la producción manufacturera. ​Los textiles siguieron
siendo el sector más importante y la única gran industria de exportación.

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El conjunto de la actividad industrial se vio beneficiado por la explotación de la energía eléctrica, ya que una de las
limitaciones que había tenido Italia en la etapa previa era la escasez de carbón, al igual que muchos otros países de
industrialización tardía. El desarrollo de la industria hidroeléctrica aseguró el suministro de energía y favoreció la
expansión de la industria mecánica desde 1890.
Aunque Gerschenkron sostenía que el Estado había intervenido en la dirección equivocada -favoreciendo sectores para
los cuales Italia no tenía ventajas comparativas-, otros estudiosos enfatizan el papel positivo de la protección
arancelaria y de la demanda estatal para la industria mecánica y la siderurgia. Todos coinciden, en cambio, en atribuir
un rol muy importante a los bancos de inversión (sobre todo alemanes) ​y a los empresarios privados​. Otros
historiadores han señalado como aspecto central de la industrialización italiana el papel jugado por el sector externo y,
dentro de él, por las remesas enviadas por los emigrantes. Italia fue uno de los países europeos de los que emigró más
población, en especial desde las últimas décadas del siglo XIX. Las remesas contribuyeron decisivamente a equilibrar
la balanza de pagos y permitieron compensar el aumento de importaciones que generó la industrialización en términos
de insumos.
Desde antes de la industrialización, Italia tenía fuertes contrastes regionales entre el norte, que era la zona más
dinámica, y el sur, que era la zona más estancada. Con la industrialización, el dualismo económico se acentuó, y hasta
la Primera Guerra Mundial, la industria moderna se había desarrollado sólo en las regiones noroccidentales, englobadas
en un triángulo cuyos vértices eran Génova, Turín y Milán. En virtud de ello, ​el caso italiano puede ser mucho mejor
comprendido desde un enfoque regional​, ya que los promedios nacionales tienden a distorsionar la realidad. El norte
de Italia puede ser considerado como un “pequeño país”, cuyos índices de crecimiento se aproximan a los de otros
pequeños países europeos, como Bélgica o Suiza.

La industrialización de los países escandinavos: los casos de Dinamarca y Suecia:


A mediados del siglo XIX, los países escandinavos eran principalmente agrícolas, con muy pocas industrias modernas,
y parecían estar destinados a ser “colonizados” por el capital extranjero y a transformarse en abastecedores de
alimentos y materias primas a los países de europa occidental. Sin embargo, y contra estas predicciones, en la segunda
mitad del siglo iniciaron un exitoso proceso de industrialización, que se aceleró desde 1870. En las cuatro décadas
anteriores a la Primera Guerra Mundial, Escandinavia mostró una de las tasas de crecimiento más elevadas entre todas
las naciones industrializadas, y hoy los países nórdicos se encuentran entre los más ricos del mundo.
El caso de Escandinavia presenta un gran interés porque se trató de países que pudieron sostener una industrialización
exitosa, a partir de la expansión de la ​exportación de productos primarios y de los eslabonamientos hacia atrás y
hacia adelante generados por el sector agrario y la minería​. Tuvieron la capacidad de adaptarse a la división
internacional del trabajo establecida por los países industrializados y de controlar en los mercados internacionales áreas
de especialización para las cuales ostentaban ventajas comparativas.
Uno de los rasgos más interesantes que exhiben es que en ellos se dio una fuerte ​complementación entre desarrollo
agrario e industrialización​, al punto de que algunos autores sostienen que en este caso, sobre todo en Dinamarca, es
ocioso establecer una distinción muy nítida entre sector primario y secundario, y que los límites entre economía
“industrial” y “agrícola” no eran claros. El desarrollo del sector agrícola, orientado a la exportación, no sólo contribuyó
a la expansión de la economía, sino que creó un mercado interno para los productos industriales. Por otra parte, las
exportaciones de bienes primarios fueron reemplazadas paulatinamente por las de productos crecientemente
elaborados. Por ejemplo, Suecia y Noruega hasta 1850 exportaban troncos de madera a Gran Bretaña, donde eran
transformados para ser utilizados en la construcción y en la industria. A partir de ese entonces, se instalaron en Suecia
aserraderos mecánicos para transformar los troncos en madera para la construcción. A partir de 1870 comenzó a
fabricarse y exportarse pulpa de papel; luego, ésta empezó a elaborarse y se exportó papel. Así, los bienes de
exportación tuvieron cada vez más valor agregado y la industria se desarrolló a la par del comercio exterior.
Los cuatro países escandinavos -Dinamarca, Suecia, Noruega y Finlandia- poseían a mediados del siglo XIX una serie
de características comunes: todos ellos ​mantenían un amplio comercio ultramarino, basado en cada caso en unos
pocos productos de exportación (cereales, pescado, madera, hierro) y ostentaban una muy buena localización
geográfica.
En cuanto a la dotación de recursos naturales, todos carecían de carbón, aunque Suecia y Noruega tenían abundancia de
madera y una buena abundancia de energía hidráulica, cuyo aprovechamiento se incrementó a fines del siglo con el uso

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de la electricidad. Dinamarca estaba desprovista de fuentes de energía, pero era la que contaba con una mayor
superficie de tierras cultivables.
Hacia mediados del siglo XIX, en los países escandinavos las zonas rurales estaban superpobladas, lo cual dio origen a
un masivo proceso de emigración. Para entonces, habían sido abolidas las instituciones feudales y se había formado una
clase de pequeños propietarios rurales fuertemente orientados hacia el mercado. Ello contribuyó al desarrollo de las
actividades agrícolas, que a su vez generaron eslabonamientos hacia el sector industrial.
Una de las principales ventajas con las que contaron fue ​la calidad del sistema educativo​. Para fines del siglo XIX,
una enseñanza primaria de alta calidad era obligatoria en todos los países y, prácticamente, el analfabetismo hacía
desaparecido. El Estado asumió desde una etapa temprana el papel de proporcionar infraestructura y servicios
administrativos y sociales, mientras que la actividad productiva permaneció en manos privadas. Asimismo, a través del
sistema tributario, contribuyó a la redistribución del ingreso.
En los comienzos de la industrialización fue muy importante el papel de la tecnología y el capital extranjeros, pero ello
no obstaculizó el desarrollo de empresas locales, que se vieron favorecidas por la capacitación de sus recursos humanos
y consiguieron competir exitosamente en el mercado mundial.
A continuación veremos algunas características de la industrialización de Dinamarca y Suecia, ya que se trata de dos
modelos alternativos: el primero -Dinamarca- basado en la ​agricultura y en la industria alimenticia y, el otro
-Suecia-, en las industrias de la ​madera​ y el ​hierro​.

DINAMARCA:
Dinamarca fue el país donde la agricultura tuvo un papel más decisivo en el proceso de crecimiento y de
industrialización. Desde 1830 el sector agrario exhibió un desarrollo sostenido, gracias al crecimiento de la producción
y la productividad. Hasta los años 70, los cereales eran el principal producto de exportación, pero frente a la
competencia del cereal extraeuropeo, los productores daneses decidieron sustituirlos por la producción y exportación de
carne y lácteos, importando cereales baratos para alimentar al ganado.
La competitividad de sus productos en el mercado internacional se basó en la innovación tecnológica y los controles de
calidad, favorecidos, a su vez, por el desarrollo de las cooperativas y de la educación técnica.
En los años previos a la Primera Guerra Mundial, el 87% de las exportaciones danesas estaba compuesto por carne,
manteca, huevos y queso, y de ellas el 50% lo constituía la manteca, que había sido el rubro más dinámico.
El desarrollo de las exportaciones agrícolas generó un fuerte ingreso de divisas y el aumento de la renta agrícola, la que
contribuyó a incrementar la demanda de bienes industriales. El sector industrial más dinámico fue el de la producción
de alimentos, fuertemente ligado al desarrollo de la agricultura y la ganadería, al punto que en este caso la distinción
entre sector primario y secundario se hace difícil. El desarrollo agrario estimuló, a su vez, la producción de maquinarias
destinadas a la industria alimentaria.
Al mismo tiempo, el desarrollo de un mercado interno para los bienes de consumo favoreció el desarrollo de una
industria local sustitutiva de importaciones​, que se aceleró a partir de la década de 1860. A diferencia de los otros
países escandinavos, la producción danesa de bienes industriales -salvo los de la industria de la alimentación- estuvo
destinada al mercado interno, y en ella tuvo un papel destacado la producción artesanal.

SUECIA:
En el caso de Suecia, el proceso de industrialización se aceleró a partir de la década de 1870, y se basó en la creciente
explotación de los recursos mineros y forestales, así como en el desarrollo de las exportaciones de bienes industriales
cada vez más elaborados.
Los dos sectores que lideraron el proceso fueron la industria del hierro, de la madera y del papel. En ambos fueron
perdiendo importancia aquellas ramas que procesaban sólo en escasa medida, y la ganaron las que hacían productos
acabados basándose en las mismas materias primas.
En la industria del hierro, Suecia tenía la ventaja de poseer yacimientos de mineral y abundancia de madera, que se
utilizaba como combustible. A fines de la década de 1860 comenzó la moderna producción de acero, utilizando carbón
importado, y para fines del siglo se difundió el uso del proceso de Bessemer. Suecia se fue especializando en la
producción de acero de alta calidad, aprovechando sus recursos hídricos cuando empezó a emplearse la energía

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eléctrica. Al mismo tiempo, se fue incrementando la producción de maquinaria y de productos de metal con alto valor
agregado, que requerían mano de obra muy calificada y una tecnología muy avanzada.
Desde la década de 1890, la industria orientada al mercado interno tuvo una expansión al mismo nivel que la de
exportación. Lo que se dio fue una ​complementariedad entre diversas ramas​. En la industria de la maquinaria, por
ejemplo, la producción de ramas más dinámicas se exportaba y la de los sectores de crecimiento más lento se destinaba
al mercado interno y regional.

El crecimiento de la economía mundial en la segunda mitad del siglo XIX (1850-1914):

En términos globales y en relación con la etapa preindustrial, el ritmo de crecimiento de la economía en los países
industrializados a lo largo del siglo XIX fue muy rápido.
Puede establecerse una distinción entre países de crecimiento rápido, que incluye a EE.UU, Alemania, Bélgica,
Dinamarca, Francia y Suiza; de crecimiento mediano, entre los que se encuentran Gran Bretaña, Austria-Hungría,
Noruega, Rumania y Rusia; y de crecimiento lento, que comprende a la Europa del Sur y los Balcanes.

Los ciclos económicos:


Uno de los rasgos característicos de la economía industrial en los países capitalistas ha ido la aparición de nuevos tipos
de fluctuaciones económicas, diferenciadas de las de las sociedades preindustriales.
En el Antiguo Régimen, las fluctuaciones de corto plazo estaban condicionadas por la producción agrícola, y se trataba
generalmente de crisis de subsistencia. En el largo plazo existían, en cambio, ciclos de larga duración -las tendencias
seculares- caracterizadas por una sucesión de fases positivas y negativas de una duración de dos o tres siglos. ​Con la
industrialización se atenúan las fluctuaciones de los rendimientos agrícolas​, desaparecen las hambrunas periódicas
y emergen nuevos tipos de ciclos específicos.
Los ciclos característicos de las economías industriales son de diversos tipos y se clasifican según su duración. Los
ciclos más largos o de ​Kondratieff​, de una duración de alrededor de 50 años; los ciclos intermedios, de una duración
de 18 a 22 años; los ciclos cortos o de ​Juglar​, de una duración de entre 7 y 10 años, los ciclos menores o de ​Kitchin​,
de 3 años y medio, y las variaciones estacionales.
Kondratieff identificó ciclos recurrentes de aproximadamente 50 años de duración, divididos a su vez en dos períodos,
uno de alza y otro de descenso de los precios.
Las crisis pueden entenderse como parte constitutiva del ciclo económico. De modo analítico, se pueden identificar
distintos tipos de crisis: las que se deben a alguna perturbación externa, las crisis endógenas o cíclicas (que son
consecuencia de las tensiones generadas en los períodos de expansión) y las “grandes crisis” o crisis estructurales (que
se producen cuando no está asegurada la compatibilidad de las formas institucionales de regulación con la dinámica
económica, como por ejemplo, en 1929).

Las fluctuaciones en la segunda mitad del siglo XIX:


En términos relativos, el siglo XIX fue más inestable que los precedentes, pero más estable que el siglo XX.

1. LA EXPANSIÓN DE 1850 A 1873:

La primera gran oleada de industrialización generó un rápido y enorme crecimiento de la economía mundial
que tuvo lugar entre el comienzo de la década de 1850 y 1873 la “onda larga” de alza de precios del ciclo de
Kondratieff.
El número reducido de países de la primera ola de países industrializados, dentro de un contexto donde las
novedades tecnológicas suscitaron muchas expectativas, favoreció el desarrollo de una expansión industrial
prácticamente sin riesgos, con una reducida competencia y con mercados ilimitados en su capacidad de
absorción, que empujaron hacia arriba el volumen del comercio exterior, alentado también por un importante
aumento de la masa monetaria basada en metales preciosos y por la vigencia de librecambio. Se afianzaron las
perspectivas de obtención de mayores beneficios con un consecuente aumento de la tasa de inversión.
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2. LA GRAN DEPRESIÓN DE 1873 A 1896:

Desde 1873, la dirección del ciclo económico se invierte. Los contemporáneos veían cómo la economía
mundial comenzaba a estar marcada por una perturbación y depresión del comercio sin precedentes.
Pero, entre 1870 y 1890, la Revolución Industrial se extendió progresivamente a otros países; mientras tanto,
algunos países de ultramar se integraban en el mercado mundial. En consecuencia, la producción y el comercio
mundial, lejos de estancarse, continuaron aumentando en forma sustancial, aunque a un ritmo menor que antes.
La depresión fue, entonces, el ​resultado de factores reales​, de la reducción de los costos de elaboración de
muchos productos -por ejemplo, el acero y el trigo- y, en especial, del descenso de los costos de transporte por
medio de los ferrocarriles y los barcos a vapor.
La competencia se había intensificado ante mercados que no crecían al ritmo de una producción inducida por
nuevos adelantos tecnológicos. El riesgo del empresario volvió a aumentar, y las nuevas inversiones de capital
excedían el autofinanciamiento empresarial. Lo que más preocupaba era la ​prolongada deflación de los
precios agrícolas e industriales ante un incremento del volumen de bienes, una depresión del interés y un
descenso alarmante de los beneficios capitalistas.
La crisis de 1873 puso fin a la época del librecambio​, y en su reemplazo renació el proteccionismo
económico. Los distintos gobiernos alzaron barreras proteccionistas para resguardar la producción de sus
economías nacionales. Volvía el mercantilismo, la confluencia entre la economía y la autoridad política.
Después de las crisis de 1882 y 1890, buscando la forma de ampliar el comercio, las potencias europeas se
lanzaron a ganar nuevos mercados: era el ​nacimiento de la ola imperial​.

3. LA ​BELLE ÉPOQUE​ (1896-1913):

La constelación de innovaciones características de la Segunda Revolución Industrial fue decisiva para que en
1896 se iniciara una segunda ola larga ascendente que duró, con algunas oscilaciones, hasta 1913. La recesión
que se hizo visible antes de la Primera Guerra Mundial mutó en una formidable expansión, inducida por las
medidas dirigistas, que servían a las necesidades de los Estados beligerantes inmensos, con el fin de ganar la
guerra, en una carrera armamentista.
Durante esta fase se equilibró el nivel de precios, si bien lo alcanzaron nunca el nivel anterior a 1873. La
extraordinaria amplitud e intensidad de la expansión económica, principalmente, de Alemania y los Estados
Unidos, el desarrollo de centros industriales en las naciones atrasadas de Europa (como Rusia, Italia y Suecia),
y por último, el progreso económico de algunos países de ultramar -productores de materias primas-, como
Argentina y Australia, favorecieron en su conjunto el auge de una economía mundial cada vez más articulada,
según el orden de la división internacional del trabajo.
La economía mundial, a principios del siglo XX, estuvo espectacularmente integrada e interdependiente en el
marco de un sistema multilateral de intercambios y libre circulación de mano de obra y capitales. Esta gran
prosperidad en los negocios constituyó el trasfondo de lo que se conoce todavía en Europa como la ​Belle
Époque.

El comercio internacional y la integración del mercado mundial:

1. LA ERA DEL LIBRECAMBIO:

El mercado mundial de la primera mitad del siglo XIX registraba una dimensión económica y una escala de
relaciones internacionales relativamente modestas con una muy limitada capacidad para los flujos
internacionales masivos, en parte por la falta de excedentes para la exportación (excepto Gran Bretaña), o a
causa del atraso de los transportes, con serias dificultades para mover hombres y mercancías en volumen y
cantidad suficientes. También, a causa de los saldos relativamente modestos para invertir en el extranjero que
habían podido acumularse hasta ese momento (incluso en Gran Bretaña). Otro factor de muy fuerte limitación

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al comercio exterior era el complicado sistema de restricciones arancelarias y discriminaciones comerciales,
implementado por todos los gobiernos.
Pero entre 1860 y 1875 surgió de manera progresiva un sistema mundial extensivo de flujos de capital, trabajo
y mercancías, prácticamente sin restricciones, que constituyó el régimen de librecambio. Toda Europa quedó
integrada en torno al sistema de libre comercio, mientras que los Estados Unidos siguieron siendo
proteccionistas, aunque con algunos intervalos de disminución de aranceles. Al mismo tiempo, la adopción
general de un patrón oro por las monedas de las principales naciones simplificó las operaciones en un solo
sistema mundial de comercio libre y multilateral.
El régimen de libre comercio que se generalizó a partir de 1850 favoreció espectacularmente el comercio
internacional, lo integró y lo multiplicó. Se convirtió en uno de los factores de la “onda larga ascendente” que
experimentó la economía mundial hasta mediados de 1870.
La tradición inglesa librecambista se gestó prácticamente entre el final de las guerras napoleónicas y mediados
del siglo XIX. Aquellas guerras determinaron el establecimiento de un duro bloqueo a Gran Bretaña y un
cerrado sistema continental, que terminaron por obstruir decisivamente el comercio internacional. Con la paz,
se inició con lentitud, hacia 1820, un movimiento político favorable al librecambio, que tuvo origen en los
círculos mercantiles de Londres dedicados al comercio exterior. Para ello, dichos círculos se sirvieron de los
argumentos teóricos de dos grandes pensadores de la economía clásica: Adam Smith y David Ricardo.
Fuera de esto, el objetivo concreto que movía a los industriales británicos hacia la apertura económica era una
reducción del costo de las materias primas industriales, pero también una disminución en el precio de los
alimentos para no aumentar los salarios industriales.
El gran debate por el tema del libre comercio giró alrededor de la revocación de las llamadas “​Leyes del
Grano​”, que establecían la aplicación de aranceles sobre el grano importado y que, junto con las Actas de
Navegación, eran la cristalización de al legislación proteccionista y mercantilista de la antigua Inglaterra. En
las postrimerías de la década de 1830, para poner fin a las Leyes del Grano, se gestó un proceso que dio a luz a
duros y cruzados enfrentamientos entre ​whigs​, después conocidos como “liberales” (librecambistas) y tories,​
llamados luego “conservadores” (proteccionistas). La coyuntura política se aceleró por la grave crisis agraria
de 1845, que afectó a toda Europa, a tal punto que en 1846 el Parlamento revocó las Leyes del Grano.
Desde la década de 1840, otros países del continente europeo fueron adoptando el librecambio; Holanda fue el
primero de ellos, en 1846. Recièn en 1860, cuando Francia decide poner fin a su larga tradición proteccionista,
el movimiento del librecambio adquiere un empuje fundamental, puesto que, a partir de ese momento, el resto
del continente lo adoptó en su conjunto.
En Francia, los sectores sociales y políticos que se negaban a la apertura de la economía eran todavía lo
suficientemente poderosos. Los círculos industriales franceses se consideraban aún mal preparados para hacer
frente a la competencia inglesa. Con todo, el gobierno del Segundo Imperio -cuyo jefe de Estado era el
emperador Napoleón III- no resignó su posición. Por el contrario, avanzó decisivamente y firmó, en 1860, el
Tratado Bilateral de Comercio con Inglaterra, conocido con el nombre de Cobden-Chevalier.
Aunque el desmantelamiento de los aranceles no fue del todo completo, el tratado adquirió un gran significado
en virtud de la famosa cláusula de ​nación más favorecida​. Dicha cláusula establecía que si una de las partes del
acuerdo bilateral concedía a un tercer país, a través de un nuevo tratado comercial, una ventaja aduanera, se
comprometía a otorgar a la otra la misma ventaja con la que se había beneficiado el tercer país.
Ahora bien, en los años siguientes a 1860 la mayoría de los países europeos firmarían con Francia e Inglaterra
tratados comerciales con la inclusión de la cláusula de la nación más favorecida, vinculando, pues, a todos los
países europeos en una red cada vez más extendida de librecambio, reduciendo automáticamente los derechos
aduaneros al más bajo nivel.
Así, las economías del continente se orientaron en dos direcciones: una hacia Gran Bretaña, a quien le
compraban hilados, lingotes, maquinarias y otras manufacturas, a un precio con el que no podían competir. La
otra dirección fue hacia los vecinos menos adelantados, a los que exportaban tejidos y manufacturas de hierro,
rubros en los que eran más competitivos con Gran Bretaña.

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Las consecuencias de la difusión del librecambio ligado a la expansión mundial de la Revolución Industrial
fueron, de acuerdo con todos los índices, extraordinarias para el comercio internacional. Aunque tal vez puedan
destacarse dos limitaciones del modelo:
1. Sus mejores resultados se dieron en Europa y en una determinada fase de su desarrollo, donde las
diferencias de costos o de eficiencia de una nueva tecnología son la más importante de todas las
ventajas comparativas.
2. La fuerte integración económica, al sincronizar los movimientos de los precios a través de las fronteras
nacionales, hizo a la economía mundial más vulnerable a las fluctuaciones cíclicas.

2. EL RETORNO DEL NEOMERCANTILISMO PROTECCIONISTA:

Después de la crisis de 1873, la Gran Depresión se encargaría de invertir la coyuntura de alza del librecambio y
generaría una vuelta al proteccionismo.
Desbordaban los productos agrícolas e industriales, pues no encontraban cauce en un mercado mundial que
parecía haber llegado a su techo. La competencia se tornaba cada vez más intensa y agresiva, atemorizando
tanto a los círculos industriales como al sector agrario. A muchos países el miedo los unió en una misma
reivindicación: la protección estatal. Entre 1878 y 1890, una gran ola proteccionista cubrió al mercado mundial.
Sólo Inglaterra, Bélgica, Holanda, Suiza y Dinamarca permanecieron fieles al libre cambio.
El Reich alemán fue el primer Estado europeo en abandonar el librecambio y elevar sus tarifas aduaneras.
Hubo varias razones que lo indujeron hacia el neomercantilismo; en menor medida, una tradición
proteccionista en el pensamiento económico alemán, defensora de los aranceles aduaneros como medio para el
desarrollo de la economía nacional. Pero la principal causa fue la crisis de 1873: la economía alemana sufrió
más que las economía de los países vecinos los embates de la crisis.
Industria y agricultura se aliaron contra el librecambio ante el temor de la competencia y la pérdida de
mercados. No obstante, los intereses del círculo de armadores y negociantes de las grandes ciudades
comerciales siguieron defendiendo el libre mercado.
Los sectores industriales, aprovechando el cierre de las fronteras a la importación, desplegaron mecanismos de
dumping:​ vender a precios elevados en el mercado interno para poder vender más barato que sus competidores
en sus propios países y en otros mercados externos. Como contrapartida, los sectores consumidores y
asalariados fueron los que tuvieron que soportar con precios más elevados que en el exterior la expansión de la
producción y de las exportaciones alemanas. A mediados de la década de 1980, la industria alemana había
conquistado el primer puesto en Europa, desplazando a Gran Bretaña​.
Francia fue mucho más lenta en la adopción de medidas proteccionistas; la crisis de 1873 casi no la afectó.
Pero la actitud de Alemania -su principal contrincante en el continente- favoreció el renacimiento paulatino de
la antigua tradición arancelaria. Se fijaron altos aranceles aduaneros, incluyendo a los productos agrícolas; las
medidas no eran del todo extensivas, sino que guardaron siempre un carácter de “proteccionismo refinado”.
Entre 1880 y 1890 se desató una serie de “guerra de aranceles” entre las distintas economías nacionales, que
fueron involucrando de manera progresiva a la mayoría de los países europeos.
Gran Bretaña siguió descansando en el libre comercio en virtud de su gran imperio colonial. Los otros países
“chicos” de la Europa librecambista -Bélgica, Holanda, Suiza y Dinamarca- habían orientado su producción
hacia la exportación, por lo cual no iban a cambiar de posición.
Estados Unidos había oscilado durante el siglo XIX entre libre comercio y un férreo proteccionismo, más en el
segundo que en el primero. Pero antes de 1870, el país se convirtió en una de las economías nacionales más
proteccionistas del mundo; esto duró en gran medida hasta fines de la Segunda Guerra Mundial.
El período de la Gran Depresión da comienzo a la convergencia creciente entre política y economía. La acción
estatal se fue fortaleciendo de manera progresiva. En su afán de proteger, terminó incidiendo poderosamente en
la vida económica.
Sin embargo, el proteccionismo que se extendió con fuerza no era tan extensivo ni tan tampoco excesivamente
riguroso. En consecuencia, no frenó ni perjudicó el crecimiento del comercio internacional; sólo lo afectó en
determinadas “franjas de mercado”. Prevaleció un tipo de ​protección selectiva o refinada​, que al mismo

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tiempo podía variar de acuerdo con los grados de desarrollo y competitividad alcanzados por cada sector. ​Los
más protegidos fueron los bienes de consumo y los productos no agrícola​. Por el contrario, ​el movimiento
de capitales y mano de obra a escala mundial nunca se vio influido.
Definitivamente, la economía mundial tendía a la concentración; el mundo desarrollado aglutinaba, en la
década de 1890, el 80% del mercado mundial y màs de un 70% de la producción total de manufacturas. Las
transacciones financieras internacionales se perfeccionaron con el patrón oro, arribando entre 1890 y 1814 a un
exitoso multilateralismo de pagos y transacciones.
A lo largo de las dos décadas de la Gran Depresión, la economía mundial fue también escenario de un profundo
cambio en la distribución del poder económico entre las grandes potencias. Entre 1880 y 1895, la industria de
Inglaterra había sido superada por la de los Estados Unidos y Alemania, más dinámicas e innovadoras. No
obstante, Gran Bretaña retenía el primer puesto en las inversiones extranjeras de capital, y el carbón y el hierro
son industrias que hasta 1914 mantendrían una tasa de crecimiento muy alta. Por último, Inglaterra conservó y
consolidó su hegemonía en los servicios financieros, monetarios, comerciales, y en el transporte naviero a
escala mundial.

3. EL PATRÓN ORO INTERNACIONAL:

El patrón oro internacional era el eje en torno al cual giraban el sistema monetario y el comercio multilateral de
las últimas décadas del siglo XIX, lo cual para varios expertos fue la principal razón del alto grado de
integración y estabilidad conseguido en la economía mundial entre 1890 y 1914.
El patrón oro es un sistema de tipo de cambio fijo, en el que éste queda ligado a una determinada mercancía
patrón, que en ese caso es el oro. Un país se encuentra dentro del sistema cuando su banco nacional y/o central
está en condiciones de asegurar la libre convertibilidad de los billetes de banco y depositos bancarios en oro -a
un precio oficial y fijo-, y cuando no impone restricción alguna a la importación y exportación de oro -una
función de la balanza de pagos-.
La oferta monetaria de un país, por lo tanto, está vinculada a las reservas de oro en el banco central. Si un país
incurre en un déficit de balanza de su balanza de pagos, la reducción en sus reservas de oro induce al banco
central a que aumente los tipos de interés y reduzca la oferta monetaria y crediticia. Se restringe la demanda
interna; como consecuencia, deberían descender los precios, aumentar las exportaciones y disminuir las
importaciones. Por esa razón, entraría más oro y el déficit se eliminaría automáticamente, de forma tal que el
tipo de cambio no se alteraría. Este mecanismo ya había sido descripto en 1752 por David Hume, quien lo
había denominado “modelo de precios y flujo de metales preciosos”.
El sistema del patrón oro no ha funcionado nunca en su más pura expresión, pero, en teoría, contribuye a que
las economías mantengan sus transacciones internacionales en equilibrio, en tanto las diferentes monedas
nacionales (billetes de banco) se intercambian libremente sobre la base de su relación fija con el oro.
La función de un patrón monetario es, entonces, definir la unidad de valor de un sistema monetario, la unidad
de cuenta en la cual son convertibles todas las demás formas de moneda. Históricamente, los patrones fueron el
otro y la plata; de ahí que hasta el siglo XVIII todos los países tuvieran un patrón ​bimetálico. Se creía que el
bimetalismo estabilizaba los precios del mercado en virtud de un mecanismo regulador llamado “precio de
acuñación de la moneda metálica” (la casa de la moneda tendía a acuñar más monedas de aquel metal que
escaseaba en el mercado); la plata era el metal más usado en las transacciones comerciales. Mientras la relación
de precio entre los dos metales se mantuvo fija, no hubo problemas.
Fue primero en Inglaterra, entre fines de siglo XVII y mediados del XVIII, donde la escasez de plata y el mayor
ingreso de oro alteraron la relación fija y desestabilizaron la función de la unidad de cuenta del patrón
bimetálico. Ello indujo en 1717 a fijar la libra esterlina a un precio en oro, valor que perduró hasta 1931.
Por el contrario, el continente europeo continuaba adherido al patrón bimetálico; su centro era Francia. Esta
dualidad, Inglaterra con patrón oro y Europa occidental con bimetalismo -incluido EE.UU-, exigió que entre
1825 y 1875, hubiera una estrecha cooperación entre los bancos nacionales y/o centrales para mantener la
estabilidad del sistema monetario.

86
A pesar de operar sobre una pequeña base de oro, el banco de Inglaterra y la city londinense pudieron afectar
en gran medida las condiciones del sistema financiero mundial, debido al papel preeminente de Gran Bretaña
en el comercio y las finanzas. Una consecuencia de todo esto fue la sincronización de los movimientos o
fluctuaciones de los precios a nivel internacional. El liderazgo británico llevó a que el conjunto de Europa,
entre 1875 y 1878, se pasara al patrón oro. Esto ocurrió no sin resistencia.
Respecto a la universalización del patrón oro de 1880 hasta 1914, resta plantear dos puntos de vista opuestos:
1. Uno puede denominarse como “monetarismo mundial”, y sostiene que el patrón oro internacional se
basa exclusivamente en que la producción y el stock mundial de ese metal precioso determinan la
oferta monetaria y los precios internacionales, sin que las políticas de los bancos centrales puedan
modificar dichas condiciones.
2. En el otro extremo se sitúa la opinión de que el patrón oro era, de hecho, un patrón libra esterlina,
dirigido y manejado a escala mundial con el Banco de Inglaterra en el centro. Esta tesis, que tiene
origen después de la Primera Guerra Mundial, observó que durante el apogeo del patrón oro se daban
mecanismos de regulación que dependían, más que del sistema monetario, del papel que tenía Gran
Bretaña en el mercado mundial.
En segunda instancia, se observó que Gran Bretaña financiaba sus exportaciones e importaciones con
libras esterlinas o con letras de cambio en esterlinas y no en oro. Asimismo, que los demás países
hacían sus transacciones comerciales con terceros con libras esterlinas, por lo que tenían que mantener
saldos en dicha moneda. El patrón oro era, virtualmente, un sistema libra esterlina y ésta desempeñaba,
de hecho, un papel moneda de reserva. Esto facilitaba las inversiones británicas en el extranjero, que
podían hacerse en libras.
Sin embargo, el hecho de que los pagos financieros en oro fuesen muy raros, contribuyó, en mucho, a
mejorar y ampliar la disponibilidad de crédito en los intercambios y préstamos internacionales.
El patrón oro pudo funcionar en circunstancias económicas y políticas específicas que, vistas en perspectiva,
parecen excepcionales. En primer lugar, el liderazgo de Gran Bretaña garantizaba una estabilidad que se perdió
tras la Primera Guerra Mundial. En segundo término, existía una permanente colaboración entre los bancos
centrales, gracias a que desde 1815 hasta 1914 el mundo atravesó por un largo período de paz. En tercer lugar,
los bancos actuaban como prestamistas en última instancia, en un contexto de mercados abiertos, evitando las
corridas bancarias. En cuarto lugar, las autoridades monetarias tenían plena libertad para tomar decisiones, sin
estar sujetas a presiones políticas. Las políticas deflacionistas con las cuales se combatían los desequilibrios en
la balanza de pagos implicaban elevar la tasa de redescuento (y con ello la tasa de interés), reducir el nivel de
actividad y con ello el de los precios internos, con el fin de favorecer las exportaciones y reducir las
importaciones. Ello implicaba un aumento del desempleo, que perjudicaba sobre todo a los trabajadores.
Mientras existió el voto calificado, y los sindicatos y partidos de izquierda fueron débiles, el sistema funcionó
bien. Pero cuando estas condiciones se modificaron, con la extensión del derecho a voto y el fortalecimiento de
los sindicatos y los partidos populares, el patrón oro se hizo inviable. La Primera Guerra Mundial marcó su
ocaso, si bien durante la década de 1920 volvió a implementarse. El aumento de las tensiones políticas y
diplomáticas entre las grandes potencias europeas, por su parte, minaron la solidaridad en la que se había
basado la cooperación financiera.

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UNIDAD 8: EL CAPITALISMO EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX

Barbero, María I. et Al: Historia Económica Mundial: del paleolítico a Internet:

Expansión de la segunda posguerra:

En el período que se inicia en 1945 con la rendición de Alemania y Japón, y culmina en 1972-1973 con una profunda
crisis económica, cuya manifestación más visible y resonante fue la subida de los precios del petróleo, estuvo
caracterizado por dos procesos de enorme significación: el crecimiento económico, nunca alcanzado antes, con
repercusiones sobre el conjunto de la sociedad, y el enfrentamiento entre las dos grandes potencias, los Estados Unidos
y la Unión Soviética, en la vigencia de la Guerra Fría. El capitalismo de occidente se enfrentaba a la amenaza del
socialismo, portador de un mensaje revolucionario sustentado sobre la base de un modo de producción radicalmente
diferente.
Ésta fue una de las razones por las que la expansión del capitalismo fue acompañada por una creciente presencia del
Estado, que dio lugar al ​Welfare State ​(Estado de Bienestar). Los gobiernos se manifestaron dispuestos a seguir las
recomendaciones emanadas del Informe Beveridge (1942), en el que se impulsaba la creación de un amplio sistema de
seguridad social destinado a proteger a los ciudadanos de las consecuencias del desempleo, las enfermedades, los
accidentes y la vejez. Pero, además, el Estado en los países occidentales asumió tareas activas en relación con las
posibilidades de incidir de diferentes maneras sobre la actividad económica. Este nuevo rol provenía de la progresiva
toma de conciencia respecto de que competía a la autoridad actuar en temas como niveles de empleo, de demanda y de
inversión, para asegurar las condiciones de reproducción del sistema capitalista.
Uno de los nuevos y más destacados rasgos de la economía fue la producción a bajo costo de una enorme y
diversificada cantidad de bienes. Ésto condujo a la consolidación de la llamada “sociedad de consumo de masas”. Por
otra parte, la concentración de los beneficios del desarrollo industrial en los países del norte condujo a un incremento
de las desigualdades respecto del avance producido en los países del hemisferio sur, que si bien en muchos casos
iniciaron el camino de la industrialización, no lograron desprenderse de la dependencia acerca de la exportación de
materias primas y alimentos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, las tasas anuales de crecimiento de la producción alcanzaron niveles sin
precedentes, y éste crecimiento también fue acompañado por un aumento también significativo del PBI per cápita.
Todo el proceso de expansión incluyó una profunda modificación en la distribución del empleo, que hizo perder peso al
sector agropecuario en beneficio de los servicios, experimentando la ocupación en la industria sólo una ligera
declinación.
Otro elemento característico de la economía de posguerra lo constituyen los porcentajes de crecimiento de los
volúmenes de exportación, que superaron largamente los correspondientes al aumento del PBI en todo el mundo, signo
inequívoco del rumbo tomado por el comercio internacional tras la constatación de los problemas experimentados por
las políticas económicas nacionales en el período inmediatamente anterior, orientadas a establecer controles para
proteger la actividad interior.

La preparación del futuro:


Hacia el fin de la guerra, la situación mundial de cara al futuro era imprevisible. Ningún enfrentamiento anterior había
sido tan destructivo ni se había visto precedido por una depresión tan profunda y duradera como la de los años 30. Por
lo tanto, era una demanda generalizada la construcción de un nuevo orden internacional.
Sin embargo, no quedaban claras cuáles debían ser las características de ese nuevo orden. Existía un punto de partida
favorable: a diferencia de lo ocurrido tras la guerra de 1914-1918, los EE.UU no tenían intención de retirarse de la
escena económica y política, y la presencia de la mayor potencia del planeta era esencial para que pudiera construirse
un sistema viable. Expertos norteamericanos comenzaron a trabajar en 1942 y celebraron reuniones con colegas
ingleses, destinadas a establecer un conjunto de reglas para asuntos monetarios y las relaciones económicas
internacionales, a aplicar después de la guerra.
Las posturas eran divergentes: si bien los representantes de ambos países compartían la oposición a los tipos de cambio
fluctuantes y las restricciones al comercio internacional, y eran también partidarios de controlar los movimientos de
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capitales a largo plazo, los ingleses, influidos por la obra de Keynes, estaban preocupados por asegurar la
implementación de medidas destinadas a la búsqueda del pleno empleo y defendían la idea de elegir el tipo de cambio
más favorable para alcanzar ese objetivo. Los norteamericanos, por su parte, ponían el énfasis en otras cuestiones:
conscientes del hecho de que EE.UU iba a ser el principal acreedor en el mundo de la posguerra, orientaron sus
recomendaciones hacia el establecimiento de mecanismos que aseguraran la libre circulación de bienes y servicios y
que, por lo tanto, prohibiesen las discriminaciones en el gobierno y las trabas gubernamentales sobre los pagos
internacionales.
El resultado de estos diversos puntos de vista fue el compromiso negociado en la conferencia internacional celebrada
en ​Bretton Woods (1944), en la que participaron representantes de cuarenta y cuatro países. Las negociaciones
concluyeron con la implementación del sistema de patrón de cambios oro, acompañado de tres novedades
significativas: 1) la posibilidad de que, en ciertas circunstancias, los tipos de cambio fijo se volvieran ajustables para
resolver problemas coyunturales, por lo que el sistema monetario se situaba a mitad de camino entre los tipos de
cambio fijos y la flexibilidad; 2) la autorización para el establecimiento de controles que limitaran los movimientos
internacionales de capitales; 3) la creación de una institución. el Fondo Monetario Internacional (FMI), destinada a
facilitar la financiación de la balanza de pagos de los países que entraban en dificultades, a partir de la creación de un
fondo de crédito compuesto por las contribuciones de quienes participaran en su integración. Acompañando a estas
modificaciones, se defendía la existencia de un sistema multilateral de pagos basado en la libre convertibilidad de las
monedas y en la eliminación de los controles de cambio en las transacciones comerciales.

Las pérdidas de la guerra:


Las estimaciones más aceptadas sostienen que durante la Segunda Guerra Mundial murieron entre 40 millones y 60
millones de personas. Las muertes de civiles sobrepasaron a la militares, debido a los bombardeos de objetivos civiles y
sobre todo a las políticas de exterminio masivo implementadas por los nazis. Las pérdidas fueron compensadas por un
exceso de nacimientos sobre las muertes, resultado del significativo aumento de la fertilidad en la Europa del noroeste.
Las pérdidas materiales fueron mucho más graves que las de la guerra de 1914-1918; no sólo Europa se vio afectada,
sino también el norte de África y Asia sudoriental. En la industria se afectaron sectores básicos como el carbón, el
acero y la energía. Por otra parte, balanceando las pérdidas, hay que computar los aumentos de capacidad productiva
concretados durante el conflicto, que en algunos casos compensaron con creces esas pérdidas.
La situación de la agricultura fue mucho más difícil; la producción cayó en todas partes debido a la falta de mano de
obra, las pérdidas de ganado y una absoluta carecía de fertilizantes.

El Plan Marshall y la reconstrucción europea:


A diferencia de lo ocurrido a fines de 1918, al terminar la guerra los vencedores no se abocaron a la firma de tratados
de paz inviables sino que buscaron llegar a acuerdos razonables y duraderos, sobre todo, teniendo en cuenta que las
diferencias entre la Unión Soviética y el resto de los aliados eran tan importantes como para justificar análisis y
negociaciones elaboradas.
Las reparaciones fueron uno de los temas cruciales. Mientras que los EE.UU defendían la posición de no exigir a los
vencidos pagos que afectaran sus posibilidades de recuperación, Stalin exigía que las enormes pérdidas experimentadas
por Rusia fueran reparadas. El acuerdo se alcanzó finalmente en la conferencia de Postdam. Stalin logró para su país
una serie de compensaciones a expensas de las instalaciones industriales alemanas.
El fin de la guerra con todas sus secuelas puso en primer plano el tema de la reconstrucción para los países
directamente afectados por la misma y de normalización económica para el resto. En Europa Occidental la situación
coyuntural era muy difícil: en muchos países había escasez de alimentos, materias primas y bienes de consumo, y todos
estaban desprovistos de los recursos necesarios para financiar la importaciones imprescindibles que permitieran
relanzar la actividad económica. Frente a esta situación, el gobierno de los EE.UU comenzó a enviar ayuda -que
también se extendió a Europa Oriental- a través de varias organizaciones, entre ella la UNRRA. La misma no
contribuyó a la recuperación económica pero sirvió para atenuar las privaciones.
El proceso de reconstrucción se vio dificultado por la inflación originada en la existencia de una cantidad enorme de
dinero y una limitada oferta de bienes de consumo. Las tensiones inflacionarias fueron abordadas de diferentes maneras
por los afectados, resultando Bélgica el país donde se pusieron en práctica medidas de ajuste más duras, que incluían un

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cambio forzoso de los billetes y el bloqueo de los depósitos bancarios. Recetas parecidas pero no tan drásticas se
concretaron en Holanda, Noruega, Suecia, Austria y Suiza.
En cuanto a los principales vencedores y vencidos -Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia-, aplicaron políticas
económicas variadas, que iban desde un fuerte intervencionismo estatal en el primero hasta un liberalismo ortodoxo en
el segundo, con resultados positivos en los dos terrenos: se contuvo la inflación y el crecimiento económico fue
acelerado, hasta el punto que se ha afirmado que la ayuda proveniente del Plan Marshall se hizo efectiva sobre unas
economías nacionales que ya habían iniciado su recuperación.
No obstante, había otro problema que ponía en peligro el proceso de recuperación: la escasez de dólares. Ante la
necesidad de reponer lo destruido y reemplazar los equipos que habían quedado obsoletos, los EE.UU emergían como
el único país capaz de suministrar bienes de capital; además, había que devolverles lo que habían prestado. Esta
importante demanda de dólares no podía ser compensada por un incremento de las exportaciones, ya que la brecha
tecnológica entre los EE.UU y Europa era tan grande que los países del Viejo Mundo en el corto plazo no podían
colocar productos en ese mercado; por otra parte, la salida de capitales europeos agravó más la situación.
Cuando a estos problemas se le sumó la mala cosecha de 1947, la reactivación empezó a frenarse. Éste fue el momento
en el que el secretario de Estado norteamericano, George C. Marshall, anunció en Harvard el plan que luego tomó su
nombre, si bien el nombre oficial era ​Economic Recovery Program ​(ERP). La idea se encuadraba dentro de un cambio
trascendental en la política exterior de los Estados Unidos: ​la Doctrina Truman​, que implicaba apoyar a los pueblos
“libres” frente a la amenaza comunista, efectivizada a través de ayuda económica y financiera “esencial para la
estabilidad económica y política”.
El Plan Marshall era, entonces, una aplicación de la doctrina Truman a la situación europea. En principio, conjuraba los
peligros que cernían sobre la viabilidad de las reconstruidas democracias capitalistas en el continente europeo, pero
además contribuía de manera decisiva a mantener el impulso de las exportaciones norteamericanas. Gracias al
programa, Europa pudo reducir de manera sensible su déficit de balanza comercial y recuperar su nivel de reservas, al
tiempo que relanzaba su actividad industrial. Asimismo, fue la punta de lanza para el ingreso de las grandes empresas
norteamericanas en el escenario europeo.
Desde otra perspectiva, el Plan Marshall contribuyó al aislamiento entre las partes occidental y oriental del continente
europeo; su creación fue respondida desde el bloque soviético con la constitución en 1949 del COMECOM (Consejo de
Asistencia Económica Mutua).

La dinámica del crecimiento occidental en los años 50 y 60:

En el período comprendido entre 1950 y los primeros años de la década del 70, el mundo experimentó un acelerado y
continuo crecimiento económico. Tanto el PBI como el comercio internacional se incrementaron prácticamente sin
interrupciones hasta 1973, hasta el punto que la terminología de los economistas tendió a modificarse, sustituyendo el
término “crisis” por el más moderado “recesión”. Si bien los indicadores oscilaban en la coyuntura, el crecimiento era
continuo; sólo existían fases en las cuales se crecía más rápidamente que en otras.

La economía mixta:
Uno de los rasgos más novedosos del escenario de la posguerra fue la emergencia de lo que se denominó “economía
mixta”. La misma se basaba en una relación entre el sector privado, el Estado y los sindicatos.
Después de lo ocurrido durante los años 30, quedó en claro que la intervención creciente del Estado en la economía fue
consecuencia de una incapacidad de la economía de mercado para resolver los problemas generados por la crisis, y
tomó la forma de una serie de decisiones políticas pragmáticas que intentaban actuar sobre los aspectos más negativos
de la misma.
La situación de la posguerra generó un reforzamiento de las posiciones favorables a la economía mixta. La búsqueda de
un consenso social y político más amplio se plasmó en la constitución de gobiernos de coalición en los que tomaban
parte activa los partidos de izquierda y los sindicatos. Esta nueva realidad implicó la adaptación de medidas de reforma,
que iban desde la nacionalización de las industrias básicas y la creación de organismos planificadores hasta la
participación de los obreros en las ganancias y en la dirección de las empresas. El papel del Estado era defendido por
un amplio espectro social que abarcaba tanto a partidos de centro y de derecha como a industriales, banqueros y

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comerciantes. En su visión, se reservaba para el Estado el control de la demanda efectiva a través del manejo del gasto
público y la implementación de medidas fiscales.
Ahora bien, lo que comenzó siendo como un acuerdo destinado a prevenir el retorno de situaciones como las de la
crisis de 1929, evolucionó luego de la guerra hacia posiciones más ambiciosas. Era hora de que el Estado se ocupase de
asegurar crecimiento económico a largo plazo y de arbitrar los medios para que el mismo llegara de manera perceptible
a todos los sectores de la sociedad. Se desplegó así el Estado de Bienestar.
Galbraith describió los rasgos principales de la nueva realidad: producción en gran escala, planificación en sustitución
del mercado, regulación de la demanda por parte del Estado a través del control de precios y salarios, y el papel
preponderante de éste en la provisión de fuerza de trabajo educada y entrenada.

La importancia de la oferta de trabajo y capital:


El crecimiento experimentado por la economía occidental después de 1945 se vincula, sin duda, con una modificación
del volumen de los factores trabajo y capital utilizados para generar el producto nacional. Pero además, el crecimiento
se relaciona con aumentos en el producto por unidad de factor -producto marginal- y este incremento se origina en
variables como el avance tecnológico, la implementación de economías de escala y las mejoras en la organización
empresarial.
La oferta de trabajo en el período que estamos considerando se incrementó como consecuencia de una serie de factores:
1) el crecimiento de la población; 2) la incorporación masiva del trabajo femenino; 3) el aumento de la población activa
como consecuencia de los movimientos internacionales de población. Asimismo, se produce una salida de trabajadores
de la agricultura.

El progreso técnico y las modificaciones en la organización del trabajo y de las empresas:


Después de la Segunda Guerra Mundial, la irrupción de nuevas tecnologías y de nuevos sistemas de organización del
trabajo produjeron una remodelación del aparato productivo. Los campos donde se concretó el progreso técnico fueron:
1. Una multiplicación de las materias primas.
2. Un espectacular desarrollo de la maquinaria.
3. Un notable avance en la extracción de recursos naturales.
Esta revolución tecnológica estaba en el centro de las tres características fundamentales del aparato productivo
posbélico:​ la producción en masa​,​ la automatización​,​ ​y ​la industrialización de la ciencia​.
La producción en masa comenzó durante el período de entreguerras en algunas ramas de la industria norteamericana,
generalizándose al conjunto de la actividad productiva y a otras economías nacionales después de 1945.
La introducción de mecanismos automáticos, potenciados por la irrupción de las computadoras, facilitó la expansión de
sectores como los del automóvil, los electrodomésticos, la industria química, etc. La introducción y la difusión de
procesos continuos con funcionamiento automático o semiautomático contribuyeron a la generalización de la
organización fordista del trabajo, en la medida que produjeron una simplificación y un fraccionamiento de las tareas, y
además, un desplazamiento de la actividad humana hacia otros quehaceres, como los de control, mantenimiento y
regulación. Este nivel de fragmentación condujo a la emergencia de dos mercados de trabajo: uno minoritario, que
agrupaba al conjunto de las actividades especializadas que requerían mano de obra calificada, y otro mayoritario, que
integraba el gran número de tareas que no necesitaban formación especial para ser ejecutadas.
La actividad científica se incorporó de manera estructural a la producción. La ciencia aparece como una rama
productiva más, cuyas características relevantes son la articulación entre la investigación básica y la investigación para
el desarrollo, la socialización del trabajo científico y el control del progreso científico-técnico por parte de una minoría
de grandes empresas.
Otro elemento fundamental en la organización y funcionamiento de las empresas a partir de la finalización de la
Segunda Guerra Mundial fue la gran expansión de las empresas multinacionales. Las razones de este proceso son
varias: 1) el aprovechamiento de países con salarios bajos y/o costos de las materias primas y de la energía; 2) las
ventajas fiscales; 3) las menores restricciones impuestas en temas vinculados con la preservación del medio ambiente;
4) la búsqueda de nuevos mercados, a lo que no se puede acceder con los productos terminados provenientes desde el
exterior, pero sí en cambio fabricándolos en el país. Inmediatamente después de la guerra, la presencia de

91
multinacionales de origen estadounidense fue dominante, pero a medida que el crecimiento económico se generalizó,
empresas europeas y japonesas hicieron su irrupción con fuerza.

El factor demanda:
El crecimiento económico de la posguerra está asociado de modo significativo a la expansión de la demanda y al
despliegue de la sociedad de consumo. Ésta surgió a fines del siglo XIX y principios del siguiente en los EE.UU,
asociada a dos características fundamentales del desarrollo de ese país: 1) la escasez de mano de obra en todos los
sectores, que permitió que los trabajadores dispusieran de ingresos relativamente elevados, punto de partida para la
conformación de un mercado de bienes de consumo; 2) la introducción de mejoras tecnológicas y métodos productivos
que permitieron disminuir los costos, poniendo las mercancías al alcance de un vasto mercado de potenciales
compradores.
En Europa Occidental y Japón, el proceso se afirmó a partir de 1945, asociado a los incrementos en la productividad del
trabajo y al papel del Estado como redistribuidor de los ingresos en beneficio de los sectores de menores ganancias, y
en el caso de Japón, a la actitud paternalista de las grandes empresas, que aseguraron beneficios extra a los trabajadores
a través de premios y estímulos.
La base de la sociedad de consumo fue la elevación de los salarios reales. La expansión de la demanda repercutió sobre
la actitud de los empresarios, que reaccionaron multiplicando las inversiones.
La dinámica de la sociedad de consumo consumo condujo a la conformación de una estructura empresarial dual: por
una parte, una profundización en el proceso de concentración oligopólica de empresas que respondían a la demanda
generada por un consumo masivo en continuo crecimiento; por otra, el desarrollo de la gran cantidad de empresas
pequeñas orientadas hacia los servicios y hacia bienes que satisfacían los gustos pautados por la moda.
Si está claro que la demanda interna creció con mucha fuerza, también lo hicieron las exportaciones. Esta expansión
tuvo una estrecha relación con las decisiones políticas. Las enseñanzas del período de entreguerras, en las que el
incremento de los aranceles, los controles de divisas y las restricciones cuantitativas resultaron enormemente negativas,
fueron bien aprendidas. Las recomendaciones sobre liberalización del comercio exterior en Bretton Woods condujeron
a una baja sustancial de las barreras aduaneras y al desarrollo de formas de cooperación económica, con consecuencias
positivas para la creación de nuevas y crecientes oportunidades de inversión. El Estado contribuyó con medidas
impositivas y crediticias que beneficiaron a las empresas exportadoras, y los bajos precios del petróleo también fueron
de mucha ayuda.

La integración económica internacional:


A partir de la puesta en marcha del Plan Marshall por parte de los EE.UU, quedó en claro que había una
intencionalidad diferente en la mayor potencia del mundo respecto del financiamiento de la economía internacional. El
aislamiento fue reemplazado por la cooperación, y la búsqueda de acuerdos sustituyó a las decisiones unilaterales. El
Acuerdo sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) fue la primera manifestación de ese nuevo espíritu.
Los principios fundamentales del GATT fueron dos: la igualdad de trato y el multilateralismo, teniendo como trasfondo
la defensa del librecambio, al que se le reconocían algunas excepciones, justificadas por la necesidad de garantizar el
pleno empleo o por pautas impuestas por el desarrollo. Su eficacia puede juzgarse por el hecho de que, para citar sólo
un ejemplo, a mediados de los 50 los derechos aduaneros norteamericanos estaban un 50% por debajo de los niveles de
1934. Pero, por otra parte, su efectividad fue acompañada por un desconocimiento de las desigualdades existentes entre
los países desarrollados y subdesarrollados, por lo que su gestión ha sido vista con frecuencia desde estos últimos
países como una institución inequívocamente conservadora del ​status​ comercial vigente.
El logro más significativo en el proceso de cooperación económica fue la creación del Mercado Común Europeo. La
idea de integración estaba en la mente de muchos europeos cuando finalizaba la Segunda Guerra Mundial, y así fue que
ya en 1944 los gobiernos de Bélgica, Holanda y Luxemburgo, aún en el exilio, acordaron la creación a partir del 1° de
enero de 1948 del Benelux, una unión aduanera que con el tiempo se transformaría en una unión económica completa.
Los Estados Unidos, embarcados en el proceso de liberalización del comercio internacional estaban, sin embargo,
dispuestos a admitir estructuras arancelarias discriminatorias si los arreglos promovían el logro de objetivos que iban
más allá del terreno económico. La integración económica crearía una barrera fuerte y próspera contra la propagación
del comunismo.

92
Un sólido cimiento para la integración fue el surgimiento de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA). La
iniciativa provino de Francia, que en 1950 propuso que la producción de carbón y acero proveniente de Francia y
Alemania se colocaran bajo una autoridad común. Se aspiraba así a normalizar las delicadas relaciones
franco-alemanas, al tiempo que se insertaba a la República Federal Alemana como Estado soberano en Europa
Occidental. Se pudo así superar una enemistad de ochenta años a favor de una sustitución en la que los conflictos
relevantes para la balanza del poder mundial pasaban por otro lado. En 1951 se firmó el tratado y se sumaron Italia y
los países del Benelux. Gran Bretaña también había sido invitada a tomar parte, pero el hecho de que había que aceptar
los objetivos de una autoridad supranacional condujo a que declinara la invitación. Más allá de sus logros económicos,
la CECA tuvo una elevada significación en el plano político, ya que abrió el camino a la colaboración y la integración.
En 1955 se iniciaron conversaciones para una unión aduanera que abarcase a los países de la CECA, las que
culminaron con la creación de la Comunidad Económica Europea (CEE), a través del Tratado de Roma, firmado en
marzo de 1957. Los objetivos de la CEE eran: el desarrollo armónico de las actividades económicas de la región; la
expansión de cada uno de los países integrantes de la misma; el crecimiento del nivel de vida de la población de la
comunidad.
Con la constitución de la CEE se dieron las condiciones necesarias para que los países que quedaban fuera de la misma
formaran su propio bloque regional. Ésta fue la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA), que se fundó en
Estocolmo en 1959, y cuyos integrantes fueron Austria, Dinamarca, Gran Bretaña, Noruega, Portugal, Suecia y Suiza
(“la Europa de los siete”).
En 1972 Gran Bretaña, Irlanda y Dinamarca ingresan en la CEE, y éste bloque se acerca al EFTA. Se avanzaba así en
la idea de una efectiva unión europea, que se extendiese hasta el ámbito político.

El sistema monetario:
La creación del FMI implicó el establecimiento de pautas para la puesta en vigencia de un sistema basado en paridades
fijas y en el respaldo de monedas fuertes, que no ocasionara las dificultades que había generado el patrón oro. Su
funcionamiento dependía de la situación dominante de EE.UU, el país acreedor del mundo occidental, dueño hacia
fines de la década de 1940 del 60% de las reservas de oro del mundo, y abastecedor de materias primas y productos
industriales necesarios para la reconstrucción del continente europeo y Japón.
El sistema, ya conocido y aplicado parcialmente durante los años 20, fue el “patrón de cambios oro” (​golden exchange
standard​), que incluía como divisas de reserva aquellas que tenían generalizada aceptación internacional. Éstas eran, en
principio, el dólar y la libra esterlina, pero las dificultades experimentadas por Gran Bretaña en la inmediata posguerra
condujeron a una devaluación de su moneda en noviembre de 1949, situación que dejó el camino libre a la hegemonía
de la divisa norteamericana, al tiempo que alineaba el resto de las monedas occidentales a una paridad que importaba
las exportaciones.
Al dólar se le dio un valor fijo en oro -35 dólares la onza-, y en los primeros años de la posguerra las monedas
nacionales fueron inconvertibles, en razón de la enorme escasez de dólares. El plan Marshall, la guerra de Corea -que
institucionalizó el gasto militar estadounidense en el exterior- y las inversiones externas de las grandes empresas
norteamericanas aseguraron un flujo de liquidez que se transformó en demanda de productos europeos y japoneses,
situación de alivio para estas economías que permitió instaurar la libre convertibilidad de las principales unidades
monetarias.
La moneda norteamericana asumió un papel contradictorio en el nuevo sistema: en el interior de los EE.UU no era
convertible en oro, de manera que no había un control externo sobre la oferta monetaria; los gobiernos podían
contraerla o ampliarla de acuerdo con la política económica que deseaban implementar. Es así como la emisión podía
utilizarse para financiar los déficits de la balanza de pagos. En cambio, en el terreno internacional, el dólar era
convertible en oro y se constituía en el respaldo mayoritario del resto de las divisas.
Durante los 50 y principios de los 60 pudo afirmarse que “el dólar era tan bueno como el oro”. Los problemas
comenzaron a aparecer a medida que las economías europea y japonesa despegaron, mejorando su competitividad,
circunstancia que modificó la posición de la moneda norteamericana: su abundancia llevó a que los gobiernos europeos
comenzaran a inmovilizarla para que no se transformara en un factor inflacionario, poniendo en cuestión la vigencia del
sistema.

93
Las explicaciones para el crecimiento:

NEOCLÁSICOS KEYNESIANOS ESTRUCTURALIST CATCHING UP MARXISTAS


AS
Utilizan el enfoque Los seguidores de la Afirman que el La explicación se Su enfoque histórico
marginalista para la obra de John Maynard proceso de sustenta en que si el permite analizar las
explicación del apuntan a la crecimiento es nivel de productividad fases capitalistas
crecimiento, efectividad del rol básicamente un de un país es superior mediante la utilización
limitándose al estudio estatal y como proceso a la de otros, los de los ciclos. Para
de la oferta y mediante sus políticas desequilibrado en el países rezagados ellos el crecimiento se
apuntando mucho más fiscales y monetarias cual el progreso tienen el incentivo a dé cuando hay un
a la causalidad buscan mantener el técnico no se embarcarse en incremento a largo
inmediata que a la P.E. y evitar las distribuye de manera políticas de desarrollo plazo de la tasa de
causa última. recesiones. uniforme en todos los que permitan ganancia acompañado
sectores (algunos alcanzarlos. del incremento de la
crecen y otros tasa de plusvalía.
declinan).

La evolución económica de los principales países occidentales:

1. ESTADOS UNIDOS:

Los EE.UU no sólo salieron políticamente victoriosos de la guerra de 1939-1945, sino que su preeminencia
económica se manifestó de manera clara. Al finalizar el conflicto se concentraba en el país la mayor parte de la
capacidad manufacturera del mundial, así como también los mayores esfuerzos en investigación y desarrollo.
Varias razones explican esta transición: la rápida conversión de la industria bélica hacia la producción de bienes de
consumo, alentada por la reducción de impuestos y el mantenimiento de un elevado nivel de gastos por parte del
gobierno. Mayor importancia aún tuvo el incremento de la demanda de una población que llevaba varios años
sacrificándose en la guerra, y en la que la Ley de Empleo, que aseguraba una asignación a los veteranos que se
reintegraban a la vida civil, tuvo también un papel de cierta significación.
El principal problema de la posguerra fue la inflación, resultado de una situación en la que la desaparición de los
controles impuestos por la guerra desató una espiral precios-salarios que llevó a un aumento del costo de vida
entre 1945 y 1949 superior al verificado durante la guerra.
Hacia fines de los 40 se produjo la primera recesión de la posguerra, y su superación se logró no como
consecuencia de factores endógenos, sino por el impacto del Plan Marshall y el estallido de la guerra de Corea. La
ayuda brindada a Europa Occidental y a Japón contribuyó a aumentar las exportaciones del país y a facilitar la
inversión de capitales en el Viejo Continente por parte de las corporaciones norteamericanas.
La llegada de los republicanos al gobierno en 1953, con Eisenhower como presidente, puso fin a 20 años de
dominio demócrata. El comportamiento de sus dos administraciones fue contradictorio: por una parte hubo una
aceptación del papel del gobierno federal en las cuestiones sociales y también una toma de conciencia respecto de
las posibilidades que brindaba el déficit presupuestario como factor dinamizador de la actividad económica; por
otra, no existió una consecuente política fiscal y monetaria destinada a actuar sobre la demanda.
Con el retorno de los demócratas en 1961, impulsados por el liderazgo de Kennedy y luego Johnson, se pusieron
en práctica los principios keynesianos. El crecimiento económico se convirtió en un objetivo fundamental para el
gobierno. Una política fiscal activa y la utilización sistemática del déficit presupuestario fueron los instrumentos
de la llamada ​New Economics.​ Sin embargo, la consecuencia a mediano plazo, acelerada por el efecto expansivo
de la intervención en la guerra de Vietnam, fue el desencadenamiento de un persistente proceso inflacionario que
selló el fracaso de las técnicas macroeconómicas aplicadas.
Así fue que el presidente Richard Nixon (1969-1974) debió abocarse a la búsqueda de remedios para combatir la
inflación; la ortodoxia del equipo conservador que lo rodeaba condujo a los clásicos ajustes monetarios y
presupuestarios, pero el alza de los precios no se detuvo. Ante estos acontecimientos, la administración
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encabezada por Nixon adoptó trascendentes decisiones: suspendió la convertibilidad en oro del dólar en 1971 y
estableció controles para atacar la inflación. Recesión y altos niveles de desocupación fueron el resultado, sin
estabilizar los precios de manera significativa. Por lo tanto, cuando en 1973 estalló la crisis del petróleo, la
economía norteamericana ya estaba en serios problema.

2. GRAN BRETAÑA:

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el gobierno británico, en manos de los laboristas, se orientó hacia la
implementación de una política económica basada en los principios keynesianos. La consolidación del Estado de
bienestar, el objetivo del pleno empleo y la nacionalización de un sector significativo de la estructura industrial
fueron sus componentes principales.
El Informe Beveridge y el Libro Blanco sobre el empleo (1944) constituyeron el fundamento de las dos primeras
cuestiones: se buscaba un equilibrio entre la libertad y la seguridad, restringiendo algunos de los principios de la
economía de mercado, reemplazados por un activo papel del Estado en el terreno social y en la búsqueda de
políticas que terminaran con la desocupación.
Las nacionalizaciones abarcaron seis casos destacados: el Banco de Inglaterra, la minería del carbón, el gas, la
electricidad, los ferrocarriles y la industria siderúrgica. El Estado pasó a controlar una cuarta parte de la fuerza de
trabajo y aproximadamente la mitad de la formación total del capital industrial
No obstante, la recuperación de la economía británica se basó en el incremento de las exportaciones y tuvo,
entonces, poca relación con el sector nacionalizado de la economía. La contribución gubernamental se fundamentó
en persistir en los controles instaurados durante la guerra, lo que permitió mantener un bajo nivel de exportaciones,
asegurando una balanza de pagos ampliamente favorable.
Hacia fines de la década del 40, las dificultades de la libra esterlina y los problemas de la economía internacional,
originados por la guerra de Corea, pusieron en dificultades a los laboristas. La devaluación decidida en 1949 del
30% potenció la posición exportadora del país, pero indujo tensiones inflacionarias.
El Partido Conservador volvió al poder en 1951, impulsado por una coyuntura económica negativa que hizo perder
credibilidad a los laboristas, y lo mantuvo hasta 1964. Ese largo período de gobierno, y la alternancia posterior de
ambos partidos frente al gabinete, no produjo modificaciones significativas en la estructura económica conformada
después de la guerra.
El modesto crecimiento de la economía británica a lo largo del período 1948-1979 marcó la desaparición definitiva
de su situación de hegemonía. Las responsabilidades que sectores políticos y económicos atribuyeron al Estado en
este proceso, sumado al impacto producido por la crisis del petróleo, abrieron el camino al retorno del liberalismo
intransigente, con Margaret Thatcher a la cabeza, que se desplegó en la década de 1980.

3. FRANCIA:

El ejemplo francés es uno de los casos más concretos de implementación de una economía mixta en los años de
posguerra. El líder de la Francia liberada, Charles De Gaulle, alejado de la izquierda en la mayor parte de los
temas, sin embargo compartía con ésta la concepción de que el papel del Estado debía ser mucho más activo.
Se llevaron a cabo nacionalizaciones y el Estado se convirtió en el principal productor y empleador del país, pero
las nacionalizaciones no implicaron una modificación de la estructura fabril.
El pilar básico de la economía francesa fue la planificación estatal. La mayor parte de los franceses compartía la
idea de que un plan centralizado era la manera adecuada de superar un largo período de crisis y guerra. Se
plantearon planes cuatrienales -hasta 1972- con objetivos distintos, desde la expansión de la industria pesada hasta
la consolidación de beneficios sociales para jubilados y asalariados de ingresos bajos, pasando por el desarrollo
científico y tecnológico.
El comienzo de la recuperación francesa tras la guerra estuvo dado por la incidencia del Plan Marshall, que creó
las condiciones para la puesta en marcha del primer plan. Los 7.000 millones de dólares que recibió el país
permitieron financiar importaciones esenciales para el despegue y lo dotaron de capitales para impulsar la industria
pesada.

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Un elemento importante a tener en cuenta fueron las guerras coloniales y el proceso de descolonización de
Indochina (1959-1954) y sobre todo Argelia (1956-1962). Las mismas absorbieron gran cantidad de recursos y de
potencial mano de obra que marchó al frente.
El principal factor en la reestructuración y el despegue de la economía francesa lo constituyó su ingreso en la
Comunidad Económica Europea. La obligación de competir condujo a una transformación total tanto de la
agricultura como de la industria. El campo completó su reconversión, basada en una disminución de la población
activa y un aumento significativo de la producción, resultado de la introducción de mejoras tecnológicas y de la
racionalización de los procesos productivos.

4. ALEMANIA:

Los gobiernos de la República Federal Alemana, surgida en 1949 tras la división ocasionada por la Guerra Fría, se
orientaron hacia políticas de corte liberal, si bien con acusados componentes intervencionistas. A pesar de los
proyectos iniciales de los aliados, que planteaban la necesidad de debilitar económicamente al país para impedir un
retorno a las situaciones que ocasionaron dos guerra generalizadas, las realidades de la Guerra Fría obligaron a
revisar esas ideas, reemplazándolas por la concepción de que “una Europa ordenada y próspera requería la
contribución de una Alemania estable y productiva”.
El triunfo de las ideas liberales se produjo en un contexto particular, ya que en la sociedad alemana existía un
consenso mayoritario a favor de una economía planificada, con un vigoroso sector estatal. La Unión Democrática
Cristiana, el principal partido de la RFA, aceptó parte del ideario neoliberal, pero con la variante que el ministro de
economía Ludwig Erhard denominó “economía social de mercado”, que incorporaba la cogestión
obrero-empresaria y una política activa contra los procesos de concentración, característica que se mantuvo como
uno de los rasgos de la economía alemana.
Los cinco años posteriores a la reforma monetaria de 1948 son la concreción del denominado “milagro alemán”.
En la búsqueda de las causas de este despegue acelerado se ha hecho referencia a factores como una adecuada
provisión de capital, mano de obra, mercados y la instrumentación de políticas económicas que contribuyeron al
crecimiento. La autofinanciación empresarial fue el instrumento principal,a importante reserva de maquinaria
existente facilitó la reconstrucción del tejido industrial. La abundancia de mano de obra permitió la existencia de
moderadas demandas salariales, sumada a una comprensión de los líderes sindicales de la necesidad de no
profundizar los enfrentamientos con el empresariado.
Los gabinetes conservadores, que gobernaron el país hasta 1966, se esmeraron en mantener la continuidad de la
orientación que privilegiaba el control de precios y de la balanza de pagos en detrimento de los gastos sociales.
Con la llegada de los socialdemócratas al poder en 1966, comenzaron a aplicarse algunos instrumentos de política
keynesiana. Así, la RFA se alejó de su punto de partida neoliberal para insertarse en el movimiento generalizado
que en Occidente condujo hacia la economía mixta.

5. JAPÓN:

Podemos afirmar que Japón pega un salto en el crecimiento gracias a las reformas de la era Meiji, pero ¿en qué
consistieron estas? A lo largo del siglo XIX Japón estaba basado en un sistema muy parecido al sistema feudal
europeo que gracias a presiones internas y externas no permitieron el desarrollo próspero del país. Durante la era
Meiji (1868-1913) se sentaron las bases para el crecimiento: se abolieron los clanes feudales, se aseguraron las
libertades de ocupación y residencia, se introdujo un sistema feudal eficiente entre otros. Los resultados
económicos de este periodo son impresionantes, reflejaron incrementos anuales del producto por encima de la
media mundial. Y entre 1913 a 1938 se mostraron las tasas más altas de incremento del PIB. Es durante este
periodo donde se sentaron las bases de la cultura industrial japonesa (basada en el paternalismo). El
enfrentamiento de 1939 dejó a Japón devastada, pero sin embargo ésta logró levantarse y mostró un nuevo
crecimiento explosivo a partir de los años cincuenta hasta las crisis del petróleo.

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6. EUROPA DEL ESTE Y EL RESTO DEL MUNDO:

Esta Europa fue la que cayó bajo el manto del régimen comunista propiciada por la Unión Soviética luego de la
guerra. Estos regímenes se caracterizan por la industrialización autárquica basada en una nacionalización
generalizada o total de los medios de producción. En el caso del campo lo que se buscó la redistribución de las
tierras para darles aquellos que carecían de estas y aumentar el tamaño de los latifundios y en consecuencia su
productividad. La planificación centralizada y este esquema para la división entre la industria y el campo llevó a
un incremento desigual en la riqueza debido a la mayor importancia que se le dio a la industria. Los logros
alcanzados se resumen en pocas palabras, para 1970 los países de la Europa oriental concentraban el 30% del
producto industrial mundial comparado a un 18% de 20 años antes.
Por otra parte en los países no industrializados la pobreza era casi generalizada y las posibilidades para encarar
desarrollo económico eran prioridad. Entre algunos de los diagnósticos se presentan los del economista Raúl
Prebisch que para el caso argentino (y latinoamericano en general) fomento el proceso de industrialización por
sustitución de importaciones. Planteaba que los países primero debían desarrollar su industria liviana y de bienes
de consumo y pasar luego a la pesada cuando las posibilidades de saciar la demanda interna todavía se encuentren.
El principal problema surge cuando nos damos cuenta de lo poco competitivo que somos y las tarifas arancelarias
no llegan a cubrirlo, terminando así en crisis de sector externo.
Los países orientales se destacan por un modelo de crecimiento basado en el fomento y desarrollo de las industrias
mano de obra intensivas como por ejemplo la textil y la electrónica. Esto se da gracias a la abundancia de mano de
obra barata.
Otra situación que vemos es el caso de los países de descolonización creciente. Destaca el caso africano que fue
saqueado de materias primas e insumos por ampos y a la hora de encarar la senda de desarrollo se ve dificultada.
Distinguimos tres tipos de países: los productores de petróleo, los de desarrollo intermedio y los muy pobres.

Los cambios sociales de la edad de oro del capitalismo:


● Desaparición relativa del campesinado, éxodo hacia las industrias y las ciudades.
● La clase obrera industrial se mantuvo relativamente estable durante este periodo.
● Mayor importancia de las mujeres en la sociedad.
● El proceso de innovación tecnológica característico de este periodo de crecimiento económico impulsó la
expansión de profesiones para las cuales eran imprescindibles los estudios universitarios.

La crisis de la década de 1970 y la inestabilidad de los años 80:

La acelerada expansión que caracterizó a la segunda posguerra experimentó un importante freno a principios de la
década de 1970. Cuando en muchos ambientes se pensaba que los problemas de la economía estaban vinculados a las
distorsiones generadas por el crecimiento, que casi se suponía un elemento inalterable de la realidad, una serie de
acontecimientos, entre los que destacó por su impacto inmediato el aumento del precio del petróleo, mostraron que una
etapa del desarrollo económico del capitalismo estaba llegando a su fin.

La crisis del petróleo:


El crecimiento de la economía mundial se frenó de manera significativa a partir de 1974. Esta aparición repentina de
una desaceleración en el crecimiento se ha vinculado con circunstancias exteriores, como el aumento del precio del
petróleo y, en general, de las materias primas. Se trata, sin duda, de una realidad concreta con efectos visibles, dado que
una gran cantidad de recursos provenientes de los países importadores de petróleo y materias primas se transfirió a
quienes los exportaban, con el impacto consiguiente sobre la acumulación de capital y la actividad económica global.
Una de las consecuencias de esta nueva realidad fue que una parte de los dólares provenientes de la venta de petróleo
-los ​petrodólares-​ se reciclaron hacia los bancos europeos y norteamericanos, produciendo un gran incremento de la
liquidez. Se ha calculado que entre 1974 y 1981 las salidas de capital desde los países de la OPEP superaron los

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460.000 millones de dólares, siendo uno de los factores decisivos en el endeudamiento externo experimentado por los
países subdesarrollados.
Se ha enfatizado que los problemas experimentados por el sistema monetario internacional -que culminó con la
suspensión de la convertibilidad del dólar por parte del gobierno de Nixon en agosto de 1971- y la aceleración de la
inflación constituyeron elementos desestabilizadores de importancia.
La situación de la moneda norteamericana se fue deteriorando a lo largo de la década de 1960 como consecuencia del
déficit sistemático de la balanza de pagos norteamericana -originado en buena medida por la competitividad creciente
de la producción de Europa y Japón- y la continua salida de capitales hacia el exterior bajo la forma de inversiones de
las empresas.
La decisión de agosto de 1971 hundió el sistema de paridades fijas que había caracterizado al mundo occidental en los
años anteriores; en la cumbre de Jamaica celebrada en enero de 1976 se formalizó el reconocimiento internacional de
que en adelante las monedas no tendrían vinculación directa con el oro, y ningún gobierno tenía la obligación de
garantizar la paridad fija de su moneda. A partir de estos acontecimientos, la liquidez quedaría determinada por las
condiciones financieras internacionales, lo que significaba que en adelante los mercados financieros serían los
proveedores de la oferta monetaria internacional, circunstancia de trascendental importancia para explicar el proceso de
progresiva internacionalización del capital financiero.
Ante los problemas que se estaban produciendo, los gobiernos se abocaron a prevenir las dificultades provenientes de la
disminución del comercio internacional -afectado por el incremento del precio del petróleo- con políticas de corte
keynesiano basadas en la expansión del monetaria y la ampliación del crédito. Estas decisiones contribuyeron a un
incremento sostenido de los precios, desde finales de los años 60 se potenció como consecuencia de la espiral
salario-precios desencadenada en una coyuntura de pleno empleo.
Aparece dibujado el escenario de la crisis, caracterizado por el estancamiento productivo, la persistencia de la inflación
y la irrupción con gran fuerza de la desocupación. La expresión ​estanflación se difundió durante esos años en los
ambientes académicos para sintetizar los rasgos principales de la nueva coyuntura económica; a diferencia de lo
ocurrido durante otras crisis, en las que la caída de la actividad era acompañada por una declinación de los precios,
ahora la inflación parecía un factor de presencia ineludible dentro de la dinámica del sistema económico.
En cuanto al desempleo, éste alcanzó niveles preocupantes, transformándose en un serio problema para las economías
desarrolladas.
Cuando a fines de la década se produjo el estallido de la segunda crisis del petróleo, originada por las consecuencias de
la guerra entre Irán e Irak, los gobiernos se encontraron frente a un agravamiento de los problemas. Hasta ese momento,
la solidez básica de la economía había contribuido a que las políticas aplicadas por los gobiernos funcionaran de
manera adecuada; resultó posible mantener niveles de crecimiento razonables sin producir problemas serios en la
balanza de pagos o incrementos incontrolables de los precios. Ante la nueva realidad, se produjo una modificación en
las orientaciones de la política económica, dando prioridad al problema de la inflación y al tratamiento de los
desequilibrios exteriores, y dejando en segundo plano los objetivos de crecimiento y de pleno empleo.
Las políticas de control de precios de ingresos fueron el paso intermedio que llevó a los controles monetarios. El
economista Milton Friedman, principal defensor de las posturas monetaristas, se transformó en el nuevo mentor
intelectual en reemplazo de Keynes. La Escuela de Chicago, muy prestigiosa en los ámbitos académicos pero
relativamente poco escuchada por quienes tomaban las decisiones económicas al más alto nivel, logró penetrar con su
discurso. Sin embargo, las receta monetaristas no se aplicaron de manera consecuente; sus efectos económicos y
sociales -más recesión y desempleo en el corto plazo- no podrían ser asumidos por los gobiernos en esas coyunturas.
No obstante, el influjo creciente de los “Chicago Boys”, con su prédica ultraliberal, contribuyó a crear el escenario
donde se inició la destrucción del consenso alrededor del cual se había conformado la economía mixta. Las críticas a la
ineficiencia del ​Welfare State ganaron audiencia, al tiempo que se reivindicaba al mercado como el más eficiente
asignador de recursos.

El proceso de endeudamiento externo:


La existencia de una situación de liquidez en el mercado financiero, potenciada por la cuantía de los ​petrodólares​,
condujo a que en la segunda mitad de la década de 1970 se produjera un enorme incremento de los préstamos

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internacionales, de los cuales los países periféricos, encabezados por México y Brasil, fueron los receptores de más del
40% del total.
La evaluación del destino de estos préstamos no debe dejar de lado que parte de ella se destinó a los gastos en
armamentos, hubo también un alto grado de corrupción y errores de política económica de mucha significación. Sin
embargo, está fuera de toda duda que el acceso al crédito externo sirvió para impulsar el crecimiento de un grupo
significativo de países -Brasil y México son dos ejemplos-, aunque en otros -Argentina y Perú son dos ejemplos-, los
resultados fueron muy pobres, como consecuencia de lo antedicho.
Las condiciones que favorecieron la expansión del crédito internacional cambiaron al comenzar la década de 1980. La
deuda se había contraído con tasas de interés variables y un dólar depreciado; ambos elementos se modificaron
súbitamente. Por una parte, el ​Libor​, la tasa de interés a la que se suscriben los préstamos internacionales, pasó del 8%
anual en 1979 al 17% dos años más tarde, como consecuencia de la política monetaria encarada por la Reserva Federal
de los Estados Unidos. En ese mismo lapso, el dólar experimentó una apreciación de aproximadamente 30%, con el
consiguiente perjuicio para los deudores.
A estas circunstancias desfavorables se le agregaron otras, como la recesión económica internacional, que limitó las
posibilidades de exportación de los países endeudados, y la caída en los precios de las materias primas (por su puesto,
con excepción del petróleo).
Ante esta situación, no es extraño que en agosto de 1982 México declarara una moratoria unilateral de tres meses a los
efectos de renegociar su deuda, decisión que fue secundada casi inmediatamente por países como Brasil, Argentina,
Perú y Venezuela. Desde ese momento, el tema de la deuda externa se transformó en una de las cuestiones que agitaron
en mayor medida al mundo financiero internacional.
Existía otro problema: más del 60% de la deuda latinoamericana estaba concentrada en un pequeño número de bancos;
más del 60% de la deuda latinoamericana pertenecía a los nueve bancos más importantes de EE.UU, por lo que existía
un interés muy concreto por el tema.
La dinámica abierta por el estallido de la crisis tuvo varias consecuencias de importancia:
1. Se frenó la concesión de nuevos préstamos internacionale a los países endeudados.
2. A partir de 1985 se implementó el Plan Baker ​(por James Baker, el secretario del Tesoro de EE.UU), que
además de reprogramar los pagos de la deuda planteaba la posibilidad de conceder nuevos préstamos a los
países que cumplieran los condiciones de ajuste monetario pactadas con el FMI.
3. Ante el escaso éxito de esta iniciativa, a fines de la década un nuevo secretario del Tesoro, Nicholas Brady,
propuso un nuevo planteamiento del problema, el ​Plan Brady​, que si bien mantenía los criterios anteriores
-implementación de programas de ajuste monetario y de liberalización interna y externa a cuyo complimiento
se condicionaba la conseción de nuevos préstamos-, incorporaba la idea de que los países endeudados que
hubieran llegado a un cierto equilibrio macroeconómico pudieran acceder a los mercados internacionales de
capitales. Además, se incorporaban otras variantes, como la recompra de deuda por parte de los gobiernos de
los países endeudados, su conversión en nuevos préstamos, e incluso la posibilidad de condonar una parte de la
misma.

Los años ochenta:


Tras la complicada década de 1970, la siguiente también estuvo caracterizada por la continuidad de los problemas, con
tasas de crecimiento muy bajas. Las situaciones fueron diferentes según cada país, con éxitos en Gran Bretaña y EE.UU
de la mano de las políticas neoliberales implementadas por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, y dificultades en la
economía alemana en el proceso de constitución de la Unión Europea.
Tal vez, el rasgo más destacado de la década fue el triunfo de las posturas monetaristas, impulsadas especialmente por
Thatcher y Reagan. Frente al keynesianismo que emergía de algunas de las propuestas de la izquierda democrática, las
concepciones defendidas por Milton Friedman fueron naturalmente asociadas con la derecha política; además de
restituir el poder del capital sobre el trabajo, sustentaba otras ideas atractivas para sus intereses: si la inflación debía ser
atacada con políticas monetarias restrictivas, y dado que los gobiernos eran responsables de la excesiva emisión
monetaria en razón de los déficits presupuestarios, la disminución del gasto público se convirtió en uno de los objetivos
de los monetaristas. Y en este terreno, los programas sociales aparecían con objeto de ataque: se sostenía que los
seguros de desempleo permitían mantener elevados los salarios y afectaban el funcionamiento del mercado de trabajo;

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si se reducía la protección social, no sólo disminuiría la inflación sino que se podría reducir la presión fiscal y bajar los
salarios.
Los acontecimientos han permitido arribar a la conclusión de que la misma fue la manifestación concreta del
agotamiento de un modelo de desarrollo basado en la producción fordista, la energía barata, el pleno empleo
garantizado por el Estado y la activa participación de éste en el control de la demanda agregada. Simultáneamente,
fueron apareciendo los elementos constitutivos de una realidad económica de rasgos inéditos impulsada por una nueva
revolución tecnológica.

El derrumbe de la Unión Soviética y de Europa del Este:


El acontecimiento más importante de la década de 1980 fue el acelerado y sorprendente proceso que culminó con el fin
de la Guerra Fría y la caída del mundo socialista. Si bien era evidente que la Unión Soviética estaba experimentando
problemas de entidad desde los años 70, y éstos no se limitaban al ámbito económico, lo ocurrido a partir de 1985 ha
planteado un enigma al que se han dado múltiples y contradictorias respuestas: las reformas encaradas por Mijail
Gorbachov.
A la hora de revisar los aspectos económicos del proceso es preciso destacar algunos hechos indiscutibles: la Unión
Soviética era no sólo una superpotencia militar sino también la tercera economía del mundo, el mayor productor de
petróleo y gas, y el único país de importancia autosuficiente en recursos naturales. Es cierto que la tasa de crecimiento
del PBI venía disminuyendo desde los años 70 y se estancó en la década siguiente, mientras que el PBI por habitante
tuvo un comportamiento aún más pobre, pero, las economías capitalistas tampoco habían tenido un comportamiento
demasiado exitoso. El problema endémico de la economía soviética, la producción agraria, se neutralizaba gracias a la
disponibilidad de divisas provenientes de las exportaciones de petróleo y gas.
Si a esto le sumamos una situación política controlada, en la que la gente estaba descontenta pero lo manifestaba por
medio de acciones individuales (alcoholismo, robos en el trabajo, ausentismo), la disidencia era intelectualmente
poderosa pero numéricamente débil, nos encontramos ante un cambio histórico concretado sin la intervención de
movimientos sociales y sin una guerra.
Con esta situación general, los estudiosos debaten acerca de cuál fue la fuerza impulsora de la ​perestroika:​ para
algunos fue la idea de Gorbachov y sus colaboradores respecto de que era imprescindible poner en marcha reformas
para retomar el ritmo del crecimiento enfrentando el desafío tecnológico estadounidense, moderando las distorsiones
del sistema sin alterar sus bases. Se trataba de un proyecto “neoburocrático” en el que el papel principal le seguía
correspondiendo al Partido Comunista de la Unión Soviética. Desde una perspectiva diferente, otros afirman que los
protagonistas de la perestroika actuaron con la convicción de que la imitación del modelo económico occidental era la
única solución para un sistema que requería más que una simple reforma.
Tal vez la respuesta más acorde con la realidad sea una combinación de ambas explicaciones: Gorbachov habría
accedido al poder con una visión “neoburocrática”, dispuesto a mantener el socialismo, pero con el paso del tiempo fue
tomando conciencia de la necesidad de cambios más profundos, destinados a introducir una economía de mercado.

La economía entre dos siglos:

El tránsito entre el siglo XX y el XXI estuvo marcado por dos cuestiones importantes: por una parte, los impactos de
todo orden producidos por las transformaciones tecnológicas de la ​tercera revolución industrial​, entre los que la
globalización ​ocupa un lugar destacado; por otra, el escenario creado tras el ​hundimiento de la experiencia socialista
que se desarrolló en la Unión Soviética, que abrió el camino al triunfo del capitalismo en su versión ultraliberal.
Sin embargo, las anunciadas bondades del capitalismo globalizado no se manifestaron de manera rotunda: el
crecimiento económico fue acompañado de sucesivas crisis financieras de nuevo tipo, con consecuencias para buena
parte de los países del planeta; además, los beneficios de la nueva realidad no parecen “derramarse” equitativamente
entre las distintas regiones. Finalmente, los problemas del medio ambiente están adquiriendo dimensiones cada vez más
preocupantes, sin que todavía se hayan asumido sus posibles consecuencias.

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Las transformaciones tecnológicas:
Desde el punto de vista económico, la última década del siglo XX se ha caracterizado por la aparición de una serie de
transformaciones tecnológicas que modificaron de manera notable los procesos productivos, justificando la
denominación “tercera revolución industrial”.
La recomposición del sistema técnico verificada tras la crisis de los años 70 fue el resultado de la convergencia entre
las oportunidades generadas por un conjunto de ​nuevas tecnologías -la electrónica, la biotecnología, los “nuevos
materiales”- y una ​demanda social cada vez más exigente​. Esta última se plantea en términos de una diversificación
del consumo, de la exigencia de productos menos uniformes, de calidad garantizada; no se trataba de una desaparición
de la sociedad de consumo sino de su reconfiguración bajo otras premisas. Frente a esta realidad, se produjo una
aceleración del cambio tecnológico, que se manifestó de manera particular en terrenos como los materiales industriales
y las “tecnologías de la información”.
Manuel Castells (1998) escribe: “Lo que caracteriza a la revolución tecnológica actual no es el carácter central del
conocimiento y la información, sino la aplicación de ese conocimiento e información a aparatos de generación de
conocimiento y procesamiento de la información/comunicación, en un círculo de retroalimentación acumulativo entre
la innovación y sus usos.”
La tendencia se orienta hacia la búsqueda de la “gestión en tiempo real” de conjuntos cada vez más complejos: “la
velocidad es instantánea, el tiempo es abolido”. Esta búsqueda no se aplica solamente a la comunicación sino también a
la transmisión y al tratamiento de dato, y asimismo a la ejecución de las decisiones. Además, el impacto tecnológico se
manifiesta también en la disminución de costos.
Tal vez uno de los rasgos más significativos de la revolución tecnológica en marcha es ​su velocidad de difusión​. Una
simple comparación con las revoluciones anteriores muestra que mientras éstas se verifican sólo en pocas sociedades y
se difundieron en un área geográfica limitada. Las nuevas tecnologías vinculadas con la información se han extendido
por todo el mundo a enorme velocidad.
Un tema aparte lo constituye el desarrollo de la biotecnología, con la capacidad de manipular la información genética.
Otro aspecto significativo ha sido la aplicación de los sistemas informáticos al diseño y control de los procesos, la
llamada “tecnologías de gestión”. A la automatización y solución de numerosos problemas emergentes del trabajo de
oficina se le agregó una nueva racionalidad en la operación coordinada de los stocks y de la producción con el objetivo
de reducir los inventarios. Se configura así el denominado “sistema integrado de administración, producción y
comercialización”. El avance tecnológico ha permitido pasar del esquema tradicional de grandes plantas y producción
uniforme a un sistema flexible de fabricación de unidades adaptables a una creciente diferenciación de productos, cuyo
valor reside en la capacidad de satisfacción de un mercado consumidor cuyos deseos son minuciosamente estudiados,
provocados y reemplazados por la racionalidad de las leyes de comercialización. ​Se ha producido la transición del
fordismo al posfordismo​, caracterizado por el hecho de que “la producción se acomoda al cambio constante sin
pretender modificarlo”.
El escenario se caracteriza ahora por la convergencia de nuevas y variadas formas organizativas, que involucran tanto a
las grandes empresas como a las pequeñas y medianas, si bien las primeras siguen manteniendo el control del proceso.
El impacto de la nueva realidad productiva sobre la estructura del empleo puede sintetizarse en la siguiente
constatación: se ha producido una declinación irreversible de los métodos tradicionales de trabajo basados en: ​un
empleo de tiempo completo + tareas bien definidas + un modelo de carrera profesional desarrollada a lo largo del
ciclo vital​. Este proceso va acompañado de una tendencia a la desaparición progresiva del empleo agrícola, de una
disminución constante del empleo industrial, y de una ampliación de la demanda de puestos de trabajo en servicios para
la producción, la salud y la educación. El resultado aquí es una flexibilización del mercado de trabajo, que abarca no
sólo a quienes carecen de calificación sino también a los que tienen una formación especial.
Nos encontramos frente a una realidad que apunta hacia una suerte de automatismo integral que tiende a eliminar la
intervención humana: desde el piloto de un avión hasta el operador de una fábrica se convierten en ejecutores de
órdenes emitidas por sistemas informáticos.

Las transformaciones financieras:


Lo que se ha dado en llamar “nuevo orden financiero internacional” tuvo su punto de partida en diferentes factores que
irrumpieron en la economía mundial durante la crisis de los años 70. Entre éstos, es importante citar: 1) la crisis del

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sistema monetario internacional, que dio fin aun período en el que la liquidez monetaria internacional se había
administrado por medio de los saldos negativos de la balanza de pagos de EE.UU., siendo éste el único modo de
regular la oferta de dólares circulantes por la economía mundial; 2) la significación cuantitativa de los petrodólares, que
condujo a un gran apogeo de los préstamos internacionales; 3) los crecientes déficits presupuestarios de los países
desarrollados, que obligaron a buscar formas de financiación de los mismos que evitaran la emisión inflacionaria; 4) las
modificaciones verificadas en la estrategia de las corporaciones transnacionales, que se volcaron de manera creciente
hacia el terreno financiero.
Se fue concretando entonces un proceso de internacionalización financiera que se vio favorecido en la década de 1980
por la restrictiva política monetaria estadounidense, que al subir de manera enorme la tasa de interés, puso en marcha
una dinámica en la que la financiación del déficit fiscal gubernamental, ofreciendo altos rendimientos en emisiones de
letras y bonos del Tesoro, se convirtieron en una atractiva oportunidad para inversores de todo el mundo.
A su vez, las empresas contaron con muchas facilidades para ampliar sus emisiones de títulos, a favor de la baja presión
fiscal y de la extrema liberalización de las prácticas financieras promovidas desde el gobierno. Se generó una situación
de euforia en la que el aumento de las ganancias de las empresas en lugar de reinvertirse acrecentaron la masa de
fondos orientados hacia la búsqueda de beneficios en el mercado bursátil. En este nuevo escenario, las instituciones
financieras no bancarias adquirieron un notable protagonismo, en perjuicio de los bancos comerciales tradicionales.
La importancia del sistema financiero alcanzó tales niveles que en los EE.UU ya durante los 80 su aportación al PBI
superó a la producción manufacturera. Esta significación, por supuesto, se trasladó al ámbito mundial. En principio, los
gobiernos europeos no podían quedarse sin actuar ante la salida masiva de capitales hacia territorio norteamericano; la
respuesta fue el endurecimiento de sus políticas monetarias, ‘defendiendo sus monedas y estimulando la expansión de
sus mercados financieros nacionales.
Las tasas de interés se convirtieron en el instrumento clave de la política económica en casi todos los países
desarrollados y la restricción de la oferta monetaria pasó a ser una constante en el comportamiento de las
autoridades.
Otro rasgo de la nueva realidad es la concentración: en la actividades intervienen numerosos actores pertenecientes a un
gran número de países, pero se encuentran concentrados en un número reducido de grandes bancos internacionales,
corporaciones transnacionales e inversores institucionales.
La década de 1990 presentó además una novedad muy importante: los países no desarrollados fueron receptores de un
aluvión de flujos de inversión y de préstamos, ahora de carácter privado. América Latina, la cuenca asiática del
Pacífico y los países de Europa del Este fueron las zonas preferentes de colocación de estos recursos. La globalización
financiera se convirtió en una realidad.

102
UNIDAD 9: EL MODELO PRIMARIO EXPORTADOR:

Bulmer-Thomas, Victor: El crecimiento guiado por las exportaciones y la economía no exportadora:

En el siglo anterior a la Primera Guerra mundial, América Latina siguió un modelo de crecimiento guiado por las
exportaciones. Un buen modelo de este tipo implica un rápido aumento de las exportaciones y de las exportaciones ​per
cápita​, junto con los incrementos de la productividad de la mano de obra en el sector exportador. Y sin embargo,
aunque importante, ésta sólo es la primera condición para lograr un aumento considerable del ingreso real ​per cápita.​
La segunda condición es la transferencia de las ganancias de la productividad del sector exportador a la economía
no exportadora​. Por ello, el sector exportador debe volverse el “motor del crecimiento”, que estimule inversiones
fuera de él mismo.
El sector exportador pudo aportar ese estímulo de muy diversas maneras, en términos de nexos hacia adelante o hacia
atrás. El crecimiento de algunos sectores de la economía no exportadora estuvo tan estrechamente relacionado con la
suerte del sector exportador, que podemos considerarlos como actividades complementarias. Ejemplos de ello son el
comercio, el transporte ferroviario, los servicios públicos, la construcción y la administración pública. Estos sectores
dependían directamente del exportador, de las importaciones y los gravámenes a las mismas.
En los albores del siglo XIX, la mayoría de la mano de obra de los países latinoamericanos estaba empleada en la
agricultura o en industrias domésticas que producían bienes para el mercado interno. Con un bajísimo nivel de
exportaciones ​per cápita,​ esta fuerza de trabajo se enfrentaba a poca competencia de las importaciones, y el consumo
nacional podía satisfacerse esencialmente con la producción interna. Al aumentar las exportaciones ​per cápita,​ las
importaciones empezaron a crecer, y los establecimientos que producían para el mercado interno se enfrentaron a una
mayor competencia extranjera. La incapacidad de aumentar el volumen de capital por trabajador en el sector que
competía con las importaciones orilló a una gran parte de la fuerza de trabajo a una productividad tan baja que el
crecimiento del sector exportador no logró un gran aumento del ingreso real ​per cápita​. De este modo, la respuesta al
crecimiento de las exportaciones por parte del sector que competía con las importaciones fue vital para el éxito del
modelo.
En términos de la fuerza laboral, el sector más importante que competía con las importaciones era la ​agricultura para
uso interno (AUI)​. Esta rama de la agricultura, que empleaba a todos los trabajadores del sector no exportador, incluía
a latifundistas, hacendados, rancheros, colonos y peones. Todavía en 1913 la fuerza laboral de la AUI representaba el
mayor componente de la PEA en casi todas las repúblicas, y una mayoría en muchos países. Era un sector heterogéneo
y generaba una producción que, en principio, siempre podía se reemplazada por las importaciones.
El otros sector importante que competía con las importaciones era la ​industria doméstica​. Los establecimientos eran
muy pequeños, sentilla la tecnología, y la mano de obra constituía el principal insumo, por lo que no resulta arriesgado
considerarla parte del sector artesanal. No obstante, como su producción consistía en artículos que competían con las
importaciones de manufactura, también podemos verlo como un sector manufacturero. La fuerza laboral a menudo se
organizaba en gremios, los cuales, al llegar la Independencia, disfrutaban de ciertos privilegios y de un alto nivel de
protección.
El desempeño de estos dos sectores era decisivo: sin una respuesta positiva de ambos al estímulo causado por las
exportaciones, no sería realista esperar que un rápido ritmo crecimiento de las exportaciones diera por resultado un
significativo aumento del ingreso real ​per cápita.

La agricultura para uso interno:

Muchas veces fue difícil la tarea de transferir los aumentos de la productividad del sector exportador a la AUI. Esta
rama de la agricultura, que representaba todas sus actividades no exportadoras, había absorbido tradicionalmente a una
mayoría de la fuerza laboral, por lo que era difícil imaginar una mejoría generalizada de los niveles de vida sin la
transformación de la AUI. Aunque la proporción de mano de obra absorbida por ésta se redujo lentamente durante el
siglo XIX como resultado tanto del crecimiento del sector exportador como de la urbanización, siguió teniendo una
enorme importancia durante todo el período previo a la Primera Guerra Mundial.

103
En el período anterior a 1914, la mano de obra agrícola representaba cerca de dos tercios o más del total de la PEA en
todas partes, salvo aquellas naciones (Argentina, Chile, Cuba y Uruguay) en las que el alto nivel de exportaciones per
cápita había producido una considerable transformación estructural. La elevada proporción de fuerza de trabajo
empleada en la agricultura en casi todos los países fue un reflejo del bajo nivel de productividad. Por consiguiente,
dadas las dimensiones de la AUI, un modelo de crecimiento guiado por las exportaciones que no modificara la
productividad de ese sector estaba condenado a un fracaso casi inevitable.
En primer lugar, en unos cuantos países los artículos de exportación también eran los típicos de la dieta nacional; en
estos casos (por ejemplo, trigo en Argentina, carne en Uruguay), era casi inevitable que los cambios tecnológicos
producidos por el aumento de productividad de la AEX hicieran lo mismo por la AUI. En segundo lugar, podía
esperarse que la productividad del trabajo en la AUI resultara beneficiada por algunos de los cambios relacionados con
el crecimiento del sector exportador. Lo más importante fue el descenso de los costos de transporte a consecuencia de
la construcción de ferrocarriles y de otras mejoras.
Sin embargo, en ciertas circunstancias la relación entre el crecimiento de la AEX y la AUI podía ser negativa, con
consecuencias adversas para la productividad de esta última. Donde se llevó al extremo la especialización en las
exportaciones produciendo el agotamiento de los campos, las mejores tierras fueron monopolizadas por al AEX,
reduciendo la AUI y haciendo que los cultivadores se dedicaran a otras cosas o se trasladaran a tierras menos
productivas. De manera similar, el aumento de la rentabilidad de la tierra asociado con el crecimiento de la AEX pudo
hacer que la producción de la AUI no fuese lucrativa, y llevar al aumento de las importaciones de productos
alimentarios.
En Puerto Rico, por ejemplo, el aumento de los principales cultivos comerciales durante el siglo XIX (café, tabaco,
azúcar), hizo que el área dedicada a la AUI se redujera de 71% en 1830 a 31% en 1899. La especialización en los
productos de exportación había reducido la AUI.
Vale la pena analizar estos casos especiales, aunque en general la AUI mantuvo el ritmo del aumento de la demanda.
La participación de las importaciones de alimentos en la mayor parte de Sudamérica poco antes de la guerra no fue
excesiva. Aunque en muchos casos habría sido físicamente posible reemplazar alimentos importados por producto
nacional, esto no siempre tenía sentido económico.
Como en general la fuerza de trabajo durante el siglo XIX era escasa, habría sido natural que el progreso tecnológico de
la AUI le sirviese para ahorrar mano de obra; es decir, los insumos no laborales habrían debido crecer con mayor
rapidez que los de trabajo. Durante todo el siglo XIX se registraron aumentos de la productividad laboral de la AUI,
pero se concentraron en general en el Cono Sur. Se podía apreciar una diferencia considerable entre los niveles de
productividad de Argentina y los del resto de América Latina; la producción agrícola neta por trabajador en Argentina
era más de seis veces superior a la de Brasil y cuatro a la de México. En Chile, el rendimiento de todas las cosechas
principales se duplicó en los cuarenta años previos a la Primera Guerra Mundial.
Por consiguiente, queda claro que algunas naciones lograron transferir su aumento de productividad del sector
exportador a la AUI. En Argentina y Uruguay la transferencia se realizó casi sin esfuerzo, porque muy a menudo los
productos eran los mismos (por ejemplo la carne). El caso chileno es más impresionante: pese al éxito de sus
exportaciones de trigo, la captación de divisas se derivó principalmente de los minerales.
Otras repúblicas latinoamericanas no lograron transferir los aumentos de productividad del sector exportador a la AUI.
La causa más importante fue el largo retraso en el desarrollo de mejores sistemas de transporte, con lo que el costo de
los fletes por unidad era tan alto que pocos campesinos pudieron aprovechar los beneficios del acceso a un mercado
más vasto. En Brasil hay pruebas irrefutables de que tan pronto como se consolidó la red ferroviaria, la AUI mostró un
desempeño mucho más dinámico, pero el ferrocarril tardó mucho, por lo que las cifras de la productividad brasileña son
desalentadoras. La edad del ferrocarril también necesitó tiempo para llegar a México.
La manipulación artificial del mercado de trabajo por parte de las autoridades y los terratenientes, junto con una
aceleración del crecimiento demográfico, redujo la competencia en el mercado laboral. Ante salarios reales reducidos o
estancados, los agricultores tenían pocos incentivos para realizar importaciones de maquinaria a fin de sustituir la mano
de obra. Ese progreso técnico, ahorrador de mano de obra y capaz de producir un enorme aumento de la productividad
laboral, no se encontró en la AUI fuera de Argentina y Uruguay, y aun ahí no fue generalizado. De ese modo, la AUI
siguió tecnológicamente atrasada en gran parte de América Latina, lo que tendía a reducir los niveles de productividad.

104
La falta de educación formal y los altos niveles de analfabetismo en las zonas rurales también fueron barreras al
aumento de la productividad laboral en la AUI. Nada demostraba mejor el deplorable estado de la AUI que la industria
ganadera, ya que la mayor parte de las repúblicas latinoamericanas tuvieron una ventaja comparativa potencial en la
ganadería bovina, y en general la calidad de los rebaños se consideraba mala. Sólo tres países (Argentina, Paraguay y
Uruguay) pudieron jactarse de tener el doble de vacas que de habitantes. Sin embargo, las mejoras logradas en esta
industria no eran particularmente intensivas en capital y la peor barrera fue la ignorancia.
Sería tentador decir que el pobre desempeño de la productividad de la AUI en la mayor parte de América Latina tuvo
que ver de alguna manera con el sistema de tenencia de la tierra, con la concentración de propiedades en pocas manos,
o con ambas cosas. No obstante, ninguna de estas dos teorías encuentra apoyo empírico. En Argentina, la proporción de
tierras ocupadas por sus propietarios se redujo abruptamente a partir de 1880, pero esto no parece haber ejercido un
impacto negativo sobre la tasa de crecimiento de la AUI ni sobre la productividad de la mano de obra agrícola. En
contraste, Costa Rica -donde la mayoría de las tierras eran ocupadas por sus propietarios- no logró considerables
aumentos de la productividad laboral en la AUI durante el período anterior a la Primera Guerra Mundial.
Los estudios microeconómicos de las grandes propiedades indican que durante el siglo XIX no dejaron de responder a
las nuevas oportunidades, y que sus administradores o propietarios a menudo estaban mejor situados para absorber el
flujo de nueva información con respecto a mercados, precios y técnicas de producción. De hecho, la mayor producción
de las grandes hacienda ayuda a explicar por qué el abasto de la AUI no se quedó muy atrás de la demanda.
El excedente de mano de obra que llegó a producirse en el siglo XX hizo que todas las propuestas de mejorar la
productividad laboral de la AUI por medio del progreso técnico, ahorrador de mano de obra, tuviera altos costos
sociales. Sin embargo, durante el siglo XIX, este dilema no se manifestó agudamente. La escasez de mano de obra
hacía que los trabajadores desplazados de la AUI por técnicas que elevaban la productividad encontraran empleo en
otra parte.
Lamentablemente, en gran parte de América Latina las respuestas a la escasez de mano de obra en el siglo XIX fueron
la manipulación del mercado de trabajo, la coerción de la mano de obra y las restricciones al acceso de la tierra. La
mayor parte del continente -particularmente las repúblicas situadas el norte del Cono Sur- pagó, a la larga, un alto
precio por negarse a reconocer la existencia de ciertas escaseces relativas.

La manufactura y sus orígenes:

La expansión del sector exportador promovió la urbanización, contribuyó al desarrollo de una clase obrera y una clase
media asalariadas, y amplió el mercado para los productos manufacturados. Como en el caso de la AUI, este aumento
de la demanda se pudo satisfacer con una mayor producción nacional o con importaciones. En la medida en que lo
satisfizo la primera, creó oportunidades de transferir las ganancias por productividad del sector exportador a la
economía no exportadora, contribuyendo así al surgimiento de las manufacturas modernas.
En los primeros decenios del siglo XIX, el ingreso real per cápita fue bajo en toda América Latina, y la demanda de
bienes manufacturados fue proporcionalmente modesta. No obstante, el reducido nivel de las exportaciones per cápita,
hizo imposible satisfacer una gran parte de esta modesta demanda por medio de las importaciones. El auge importador
que se produjo tras la abolición de las restricciones coloniales al comercio exterior no se pudo sostener, y los países de
la región volvieron a un estado de las cosas “normal”, en el que una alta proporción de la escasa demanda de productos
manufacturados era satisfecha por la producción local.
Esta producción local consistía casi enteramente en artículos artesanales, no en manufacturas modernas. El sector
artesanal en las zonas urbanas y rurales producía toda una variedad de sencillos bienes manufacturados que podían
utilizarse para satisfacer las necesidades básicas de la población. A la demanda de productos más complicados y de
calidad superior respondían, en general, las importaciones; pero su consumo estaba limitado a una parte pequeña de la
población.
Las materias primas que necesitaban cierto grado de procesamiento solían trabajarse en establecimientos de gran
escala, en fábricas. El aumento de la demanda interna de artículos manufacturados se dejó sentir sobre todo en el sector
artesanal y, por ello, estos establecimientos modernos cayeron dentro del sector exportador. En ciertas partes de Europa
había ocurrido un proceso similar, que condujo a la protoindustrialización, donde las unidades de pequeña escala y de
baja productividad en el sector manufacturero, se transformaron en modernos establecimientos manufactureros que

105
empleaban una refinada división del trabajo y tuvieron una productividad laboral superior mediante el uso de
maquinaria moderna. no es de sorprender que entre los especialistas haya surgido un notable interés sobre si puede
observarse un proceso semejante en América Latina. La respuesta tiene que ser negativa.
En ningún país pudo relacionarse directamente el origen de las fábricas modernas que existían a fines del siglo XIX con
las industrias caseras que había a comienzos del siglo. Por el contrario, las fábricas modernas con frecuencia fueron
competidoras directas y contribuyeron significativamente a la pérdida de importancia del sector manufacturero a partir
de 1870. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, la industria casera sobrevivía y controlaba un nicho en ciertos
mercados especializados, pero resultó incapaz de transformarse en una fabricación moderna de alta productividad.
Por consiguiente, no es posible remontar los orígenes de la industria moderna de América Latina a un proceso de
protoindustrialización. Y, sin embargo, el sector artesanal funcionó durante muchos decenios después de la
Independencia, pesea la competencia que representaba el aumento de las importaciones. La protección “natural” que
representaban los altos costos de transporte no se redujo hasta le llegada definitiva de la era del ferrocarril en el último
cuarto del siglo XIX, y los gravámenes siempre constituyeron una barrera adicional a las importaciones.
La supervivencia de las artesanías significó que subsistiera un sector de baja productividad que daba empleo a una
proporción considerable de la fuerza de trabajo. Todavía en el año 1900 el empleo era más importante en la industria
casera que en las industrias modernas en casi todos los países, con excepción del Cono Sur. En Colombia, por ejemplo,
en todavía en 1920 el 80% del empleo manufacturero estaba en las industrias domésticas. Por consiguiente, a falta de
protoindustrialización en América Latina, la transferencia de las ganancias de productividad del sector exportador a las
nuevas ramas naciones de manufacturas sólo pudo lograrse por medio de la inversión en fábricas modernas.
La incapacidad del sector artesanal para transformarse en actividades de alta productividad puede atribuirse a un buen
número de causas:
1. Primero, la falta de financiamiento para trabajar y los costos fijos del capital constituyeron un importante
problema. La ausencia de barreras de ingreso en el sector mantuvo bajos los márgenes de utilidad, por lo que
fue difícil el autofinanciamiento de la expansión, y las pocas instituciones financieras que por entonces existían
mostraron poco interés en hacer préstamos a las microempresas que integraban el sector artesanal.
2. En segundo lugar, los empresarios del sector no formaban parte de la élite social o política, y carecían de poder
de negociación para influir en su beneficio sobre la política pública.
3. En tercer lugar, la mano de obra familiar constituyó un elemento importante de los insumos de trabajo, y esa
dependencia del trabajo familiar impuso claros límites a las dimensiones de cada establecimiento.
La imposibilidad de la industria casera para transformarse hizo que el crecimiento de la capacidad de manufactura
tuviera que recaer desproporcionadamente sobre las nuevas fábricas modernas, para evitar que fuera en aumento la
parte del consumo satisfecha por las importaciones. Sin embargo, también la industria moderna tuvo que superar un
buen número de obstáculos antes de poder iniciar la producción en unidades a gran escala:
1. El primer problema fue el abasto de energía; sólo unos pocos países de Latinoamérica tenían yacimientos de
carbón, e importarlo era caro. El problema se hizo menos grave tras la creación de servicios públicos de
generación de electricidad a partir de 1880.
2. En segundo lugar, las manufacturas modernas necesitaban mercado. Las minúsculas ciudades de la época de la
independencia y una mano de obra rural que sólo recibía una pequeña proporción de sus ganancias en efectivo
no constituían la combinación ideal para emprender la manufactura en gran escala.
3. En tercer lugar, las manufacturas modernas requerían transportes para vender sus productos y para abastecerse
de insumos de bienes intermedios y de capital. La difusión del ferrocarril logró derribar en buena medida las
barreras.
4. En cuarto lugar, el sistema de fábricas necesitaba financiamiento. Las reglas bancarias no favorecían los
préstamos a largo plazo que requería la industria, y muchos bancos siguieron apoyando las exportaciones de
materias primas. No es casual que los inmigrantes tengan un papel desproporcionado en la historia temprana de
la industria de América Latina; éstos estaban más dispuestos a arriesgar su capital en nuevas empresas
manufactureras que sus competidores locales. De hecho, la comunidad italiana en muchos países de la región
se distinguió por su disposición a crear bancos destinados básicamente a servir a la industria.
5. Por último, la industria moderna precisaba un abasto confiable de materias primas, que no siempre tenían que
ser de origen nacional porque la ventaja comparativa podía basarse en el uso de materias primas importadas.

106
Sin embargo, en el caso de las importaciones, se necesitaba un flujo creciente de divisas para pagar las
adquisiciones, de modo que la expansión de las exportaciones fue casi requisito del crecimiento inicial de las
manufacturas modernas.
Hasta 1870 los mercados eran aún muy pequeños, el abasto de energía inseguro, y los costos de transporte
excesivamente elevados, y sólo permitieron la construcción de unas cuantas fábricas a gran escala para satisfacer al
mercado interno. La mayor parte de las que se crearon procesaban materias primas para la exportación, por lo cual las
pequeñas dimensiones del mercado nacional no las afectaban.
Los primeros ejemplos de fábricas modernas que atendieron al mercado local fueron, en general, los talleres textiles. Su
aparición no se debió tanto a la disposición de materias primas (algodón o lana), como a la existencia de un mercado
grande y protegido, y a las economías de escala de su producción. Todos tenían que vestirse y las importaciones de
textiles durante el siglo XIX redundaron en gravámenes relativamente altos, que dieron cierto nivel de protección a la
producción local.
Pero la producción fabril destinada al mercado interno no quedó finalmente establecida hasta el último cuarto del siglo
xix. Aun entonces se limitó a un pequeño número de naciones donde las dimensiones del mercado (Brasil y México), el
rápido crecimiento de las exportaciones (Perú), el ingreso per cápita (Chile y Uruguay) o las tres cosas (Argentina),
bastaron para superar los otros obstáculos a que había tenido que enfrentarse la manufactura moderna. Algunas de las
repúblicas más grandes, donde la expansión de exportaciones había sido especialmente insatisfactoria (Colombia y
Venezuela), sólo habían hecho modestos indicios de producción fabril recién hacia 1914, y en casi todas las pequeñas
repúblicas ni siquiera el desempeño satisfactorio de las exportaciones logró compensar las deficiencias del tamaño de
mercado.
El rápido crecimiento de la red ferroviaria a partir de 1870, la difusión de los servicios públicos de electricidad desde
1880, y el continuo aumento del poder adquisitivo de las exportaciones, contribuyeron a superar las barreras a que se
enfrentaba la producción fabril. Pero la ubicación de las fábricas dependía de su proximidad a los mercados. La
urbanización pudo estar dada primordialmente por la proximidad a los mercados, pero ​el nivel de producción fue
influido, ante todo, por el ingreso real per cápita​. Argentina, con una población mucho menor que Brasil o México,
tenía el más alto nivel de valor agregado en las manufacturas en vísperas de la Primera Guerra Mundial.
El procesamiento de alimentos, los textiles y la ropa sumaron, así, cerca del 75% de las manufacturas en la mayor parte
de América Latina antes de la guerra; una estructura que en general reflejaba el nivel de ingreso per cápita y los
patrones de consumo de la región.
Por el aumento de otras ramas de la industria los patrones de importación empezaron a modificarse, y la participación
de los bienes de consumo perecederos se redujo rápidamente en los países en los que habían comenzado a echar raíces
las manufacturas modernas. A llegar 1913 en los países más grandes las importaciones estaban dominadas por bienes
de capital e intermedios; los bienes de consumo se habían reducido a cerca de una tercera parte.
Pero pese al esfuerzo de industrialización en América Latina, resulta casi inevitable la conclusión de que los resultados,
antes de la Primera Guerra Mundial, fueron modestos. La mayoría de las repúblicas -incluso algunas de las más
grandes- no habían hecho inversiones considerables en las manufacturas modernas. Argentina, el país más desarrollado,
tenía una estructura industrial relativamente atrasada para su nivel de ingresos y su riqueza. De hecho, la productividad
del trabajo industrial era menor que en Chile, pese a su superior ingreso per cápita.
En la siguiente sección veremos hasta qué punto el marco político fue responsable de este desalentador resultado.

La industria y los precios relativos:

Aunque el nivel de ingreso real per cápita y las dimensiones de la población sean los determinantes de mayor
importancia del nivel de producción manufacturera por habitante, la tasa de crecimiento de las manufacturas en
cualquier período también se ve afectada por los ​incentivos ​que se ofrezcan. En América Latina, antes de la Primera
Guerra Mundial, uno de los incentivos más importantes fue el precio de la producción interna en relación con la
competencia de las importaciones.
Este precio relativo incluía cinco variables principales:
1. La tasa de crecimiento del ingreso real y el ritmo al que iban modificándose los precios nacionales.
2. El precio en divisa de las importaciones y su ritmo de cambio.

107
3. El ritmo al que se iban reduciendo los costos de transporte internacional, porque, si no había otros cambios, se
abaratarían las importaciones.
4. El tipo de cambio nominal.
5. La estructura proteccionista encarnada en la tasa arancelaria nominal.
Algunas de estas variables (por ejemplo, los costos del transporte internacional) estaban fuera del control de los
políticos latinoamericanos. En cambio, los gravámenes eran cuestión de política nacional. Durante todo el primer siglo
posterior a la Independencia la función de los impuestos fue, básicamente, el aumento de ingresos. Sin embargo, todo
gravamen a las importaciones dará cierta protección. Por ello, decir que los aranceles latinoamericanos tendían
básicamente a aumentar los ingresos no excluye una segunda función proteccionista. Este elemento proteccionista se
había vuelto muy importante en ciertos países latinoamericanos al llegar 1914 y pocos artículos podían entrar sin pagar
impuestos.
La renuencia de los países latinoamericanos a modificar esos gravámenes no se debió solo a que sus ingresos dependían
de ellos. Para el sector artesanal los aranceles tuvieron una función proteccionista y los artesanos lucharon para
retenerlos. Aunque habría podido esperarse que los partidarios del libre mercado presionaran en favor de la reducción
de las tarifas, su entusiasmo se moderó al enterarse de que habría que aumentar de alguna manera el ingreso
gubernamental, y una obvia alternativa a esos derechos -un impuesto a la tierra- era anatema2 para los poderosos
latifundistas.
Durante el tercer cuarto del siglo XIX, en muchos países surgió una tendencia hacia la liberalización aduanera. Estos
cambios se debieron a la creciente conciencia de que una reducción tarifaria podría aumentar los ingresos si la
elasticidad-precio de los bienes de importación era mayor a 1. Además, al ampliarse el total de las exportaciones, el
volumen de las importaciones (la base gravable) empezó a crecer marcadamente en algunas repúblicas, lo que permitió
reducir la tasa media de protección (la tasa impositiva). Durante este tercer cuarto del siglo XIX fue cuando América
Latina llegó a estar más cerca del libre comercio y, sin embargo, el nivel de protección estuvo muy lejos de ser nulo.
En el último cuarto de siglo, cuando los precios de las importaciones en general se iban reduciendo, se presenció un
aumento del proteccionismo en las principales repúblicas latinoamericanas. El sistema aduanero continuó siendo la
principal fuente de ingresos para el gobierno, pero se combinó con un elemento protector en los países en donde el
nivel del ingreso per cápita o el tamaño de la protección hicieron posible la introducción de manufacturas modernas.
Es importante aclarar una cosa: lo que les importaba a los productores nacionales no es la tasa nominal de protección,
sino la tasa efectiva de protección (TEP). Mientras que las tasas nominales sólo se remiten a la tarifa sobre las
importaciones competitivas, la TEP también toma en cuenta los gravámenes a los insumos para calcular el aumento
porcentual del valor agregado como resultado de la estructura de protección. Si hay altos impuestos a las importaciones
competitivas y, a su vez, bajos a las materias primas, los insumos intermedios y la maquinaria, la tasa efectiva de
protección supera a la tasa nominal.
Los precios relativos no sólo dependían del gravamen, sino también de las otras variables que hemos enumerado más
arriba. El descenso de los precios de las importaciones y la reducción del costo de los fletes internacionales durante la
segunda mitad del siglo XIX se compensaron, hasta cierto punto, por la depreciación del tipo de cambio. Las únicas
naciones que no estuvieron en libertad de alterar el tipo de cambio fueron las que adoptaron el patrón oro. En esas
circunstancias, el descenso del precio de las importaciones o de los fletes pudo haber tenido grandes consecuencias para
la rentabilidad de la producción nacional que competía con las importaciones. Sin embargo, los primeros países
latinoamericanos que adoptaron el patrón oro lo hicieron a finales del siglo, cuando los precios de las importaciones
estaban a punto de aumentar.
Desde luego, los precios nacionales todavía podían subir más rápido que los extranjeros, y en ese caso los países que
habían adoptado el patrón oro serían incapaces de emplear la devaluación del tipo de cambio como mecanismo para
restaurar su competitividad internacional. Esto parece haber representado problemas para unas cuantas repúblicas en
los años previos a 1914 (como por ejemplo Perú), aunque pudo compensarse mediante nuevos aumentos a los
impuestos de importación (como Brasil).
En general, la verdadera tasa proteccionista a la industria latinoamericana no estuvo muy por debajo de la de muchas
otras partes del mundo. Sin embargo, las desventajas a las que se enfrentaban las manufacturas de la región eran tan

2
Anatema: prohibición moral.
108
grandes que la protección casi seguramente fue menor a la requerida para lograr un desempeño industrial congruente
con el nivel de ingreso real per cápita y las dimensiones de la población. El análisis de regresión muestra que en
algunos casos la producción manufacturera neta per cápita en América Latina estuvo por debajo del nivel predecible
por las comparaciones internacionales.
La mayor decepción fue Argentina, el país más rico de Latinoamérica, que tenía un nivel de manufactura per cápita que
se comparaba favorablemente con muchos países europeos con menor ingreso real per cápita y menos población.
Aunque Argentina fuese el más industrializado de los países latinoamericanos, sus sector industrial seguía siendo más
pequeño del que habría podido esperarse en base a comparaciones internacionales. La principal debilidad de la
industrialización argentina correspondió a los sectores textil y de confección. Mientras los alimentos procesados,
productos de tabaco, materiales de construcción, productos químicos y hasta metales, estaban bastante avanzados (y
bien protegidos). Los sectores textil y de confección se encontraban sumamente subdesarrollados, muy por debajo de
los niveles de Brasil y México.
Por lo tanto, la debilidad de la industria argentina era muy específica, y no se debía a alguna conspiración de los
terratenientes. Pero es innegable que la industria y los industriales fueron incapaces de alcanzar el nivel de los
agroexportadores. Se adoptaron medidas políticas para promover la industria, pero no siempre fueron congruentes. Por
ejemplo, se aplicaron impuestos diferenciales a las importaciones en los sectores textil y de confección para elevar la
TEP por encima de la tasa nominal de protección, pero a diferencia fue mucho menor que en Brasil o en México y, por
lo tanto, la TEP no fue alta.
Aunque la tasa proteccionista de América Latina fuese suficiente para estimular cierta producción manufacturera en los
países más grandes, no necesariamente implica que la política arancelaria era la óptima. Los impuestos a la importación
fueron deficientes en diversos aspectos que afectaron de manera adversa el crecimiento, la distribución y la asignación
de recursos. El uso de valores “oficiales” para las importaciones y la falta de frecuentes revisiones hizo que los cambios
en la “tasa” proteccionista fueran casi arbitrarios y difícil de prever. Este carácter pasivo del proteccionismo inhibió la
inversión industrial en los países en los que el Estado no estaba en condiciones de servir de estímulo efectivo.
El cambio de la política arancelaria en el último cuarto del siglo XIX en favor de una mayor protección no se debió al
surgimiento de poderosas asociaciones industriales. En su enorme mayoría los nuevos industriales eran inmigrantes,
comerciantes o mineros; en los países más importantes crearon asociaciones para defender sus intereses, pero su
influencia no pudo compararse con la de los terratenientes y los agroexportadores. Como vimos, para estos últimos, el
ingreso producido por los gravámenes a la importación fue una manera relativamente indolora de financiar al gobierno
central y pagar el servicio de la deuda exterior. Pero como estos impuestos afectaban sobre todo el precio de los bienes
de consumo nacionales e importados, su costo recayó principalmente en los consumidores urbanos, grupo social sin
fuerza organizada y con poco poder político.
Los cinco países de América Latina que habían avanzado en términos de industrialización antes de la Primera Guerra
Mundial (Argentina, Brasil, Chile, México y Perú) habían logrado un alto nivel de sustitución de importaciones en
bienes de consumo. En estos cinco países la participación del consumo visible satisfecha por la producción nacional
oscilaba entre 50 y 80%. Sin embargo, cuando examinamos las exportaciones no tradicionales de bienes de consumo
(inclusive excluyendo artículos como la carne y el azúcar), vemos que tienen una importancia significante. La falta de
exportaciones manufacturadas antes de 1914 resulta tanto más sorprendente cuando tomamos en cuenta el enorme
aumento del comercio sobre tales bienes durante la Primera Guerra Mundial. Por lo tanto, ​la incapacidad de competir
con las exportaciones de otros países en tiempos de paz se debió, sin duda, a precios muy altos, calidad muy baja
o ambas cosas.
Hemos visto que el sistema arancelario de América Latina favoreció la producción de artículos de baja calidad para el
consumo masivo. Estos bienes, aceptables para los consumidores de bajos ingresos de América Latina, tal vez no
pudieran venderse en los mercados más exigentes de América del Norte y Europa. Pero el problema de los altos precios
fue casi seguramente mucho más grave que el de la calidad. La pérdida de la protección arancelaria en los mercados
extranjeros dejó a los industriales latinoamericanos sin otra ventaja que los bajos salarios reales que, sin embargo, en lo
general no bastó para compensar las diferencias de productividad. Otra razón de que los costes unitarios de producción
fueran tan altos en América Latina fue la incapacidad de explotar economías de escala y los bajos niveles de utilización
de su capacidad. Las exportaciones más importantes de productos manufacturados no tradicionales antes de 1914
fueron la harina y los sombreros de Panamá.

109
El hecho de que los productores latinoamericanos de bienes de consumo no lograran exportar en condiciones normales
nos lleva a preguntarnos si en algún sentido los aranceles no eran demasiado altos. Sin duda se necesitaba una
protección arancelaria en América Latina a fin de estimular la inversión industrial. El problema de la competitividad
internacional se debió en mucho mayor grado a la ​incapacidad de la competencia nacional para reducir los precios
por debajo del nivel permitido por la protección arancelaria. Las barreras al ingreso eran sumamente altas, y el
mercado era pequeño. Era muy fácil que unas cuantas empresas dominaran los mercados locales en las repúblicas más
grandes -por no mencionar siquiera a las pequeñas-, por lo que los costos unitarios y los precios se mantuvieron encima
del nivel que habría debido prevalecer en un medio más competitivo.

Diferencias regionales en vísperas de la Primera Guerra Mundial:

Hacia 1914 América Latina había estado siguiendo un modelo de desarrollo guiado por las exportaciones basado en el
comercio libre durante casi un siglo. Todos los países se habían integrado más a los mercados mundiales de bienes,
capital y aun de trabajo, pero las variaciones regionales eran mayores que a comienzos del siglo XIX. Estas diferencias
que surgieron durante el desarrollo guiado por las exportaciones tuvieron dos causas:
1. Los países podían diferir en su ritmo de expansión de las exportaciones per cápita a largo plazo.
2. Pudo haber diferencias en el ritmo de transferencia de los aumentos de la productividad del sector exportador a
la economía no exportadora.
El resultado fue un vasto diferencial en los niveles de vida; por ejemplo, el ingreso per cápita era cinco veces mayor en
Argentina que en Brasil. Hacia 1914, los países que habían tenido mejor desempeño en sus exportaciones per cápita se
encontraban en el Cono Sur (Argentina, Chile, Uruguay) y en el Caribe (Cuba y Puerto Rico). En otras partes el
desempeño había sido desigual, algunos países (como Perú) habían registrado ciclos de exportación tan marcados que
la tasa de crecimiento a largo plazo se redujo, y otros (como México), aplicaban demasiado tarde las medidas
tendientes a mejorar su desalentador desempeño.
Debemos recordar que un buen desempeño de las exportaciones no necesariamente garantizaba un rápido crecimiento
de la economía no exportadora; podía limitarse a elevar las importaciones, dejando intacto el nivel de productividad en
muchas ramas del sector no exportador.
Por consiguiente, debemos distinguir tres grupos de países:
1. El primero comprende a los que tuvieron altas tasas de crecimiento de las exportaciones y un aumento de la
productividad del sector no exportador. Los únicos países que pueden ubicarse con certeza en este grupo son
Argentina y Chile. Si bien el desarrollo industrial argentino y la diversificación de las exportaciones chilenas
dejaron mucho que desear, la mejoría en el nivel de vida era notable. Podría incluirse a Uruguay también en
este grupo; pese al modesto crecimiento de sus exportaciones, la economía no exportadora se desempeñó bien,
y se ha calculado que su PBI real per cápita era tan alto como en Argentina.
2. El segundo comprende a los que tuvieron una alta tasa de crecimiento de las exportaciones, pero poco
aumento de la productividad en el sector no exportador. Este grupo incluye a Cuba y Puerto Rico. El
crecimiento de las exportaciones per cápita, aunque muy rápido, no produjo una transformación de la economía
no exportadora. En 1913, el ingreso real per cápita de cuba era sólo el 70% del de Argentina, pese a que Cuba
tenía la tasa de exportaciones per cápita más alta de América Latina. Cuba no había desarrollado un sector
manufacturero moderno, la AUI había perdido importancia y su economía seguía dependiendo sin remedio del
azúcar. Puerto Rico, por su parte, tenía un nivel relativamente bajo de ingreso real per cápita, pese a que su
exportaciones por habitante se contaban entre las más altas de América Latina. Al igual que en Cuba, no había
surgido una industria moderna, y la agricultura no exportadora había sido erosionada por la expansión del café
y el azúcar.
Los países de este segundo grupo eran economías pequeñas, por lo que resultaría tentador sostener que el débil
estímulo del rápido crecimiento del sector exportador fue consecuencia de las dimensiones de su economía.
Pero Uruguay también era una económicamente pequeño y había logrado transferir algunos de los aumentos de
la productividad del sector exportador a la economía no exportadora. La poderosa presencia extranjera en el
sector exportador de estos países fue un factor muy importante, que hizo que gran parte del aumento de la
productividad fuese transferido al extranjero. El carácter semicolonial de Cuba y Puerto Rico a partir de 1898

110
inhibió la adopción de una política fiscal, monetaria y cambiaria que condujera al desarrollo de la economía no
exportadora.
3. El tercero comprende a aquellos en los cuales el crecimiento de las exportaciones fue modesto y el nivel de
productividad del sector no exportador siguió siendo bajo. ​Este grupo incluye a todos los demás países.

Conclusión:

Primero, sería difícil negar que el desempeño de las exportaciones fue un factor importante del nivel de vida de
América Latina antes de la Primera Guerra Mundial. Segundo, el hecho de que el modelo guiado por las exportaciones
diese resultados tan modestos en muchas repúblicas latinoamericanas ha llevado a algunos estudiosos a dudar de la
sabiduría del modelo. Pero es difícil no llegar a la conclusión de que cualquier modelo adoptado por los 13 países del
tercer grupo habría mostrado una pobre tasa de rendimiento. La inestabilidad política, la incompetencia administrativa,
los malos sistemas de transporte, la falta de capital, la escasez de mano de obra y la pequeña dimensión de los
mercados internos habrían asfixiado cualquier alternativa concebible.
El avance en la solución de los problemas en el tercer grupo de países tendió a relacionarse con la evolución del sector
exportador. Por consiguiente, el problema básico en los países que fracasaron, fue el lento ritmo de crecimiento de las
exportaciones per cápita.

111
UNIDAD 10: LA INDUSTRIALIZACIÓN POR SUSTITUCIÓN DE IMPORTACIONES (ISI):

Bulmer-Thomas, Victor: El desarrollo hacia adentro en el período de la posguerra:

A principios de 1950, y aún más al término de la Guerra de Corea, las repúblicas latinoamericanas se enfrentaron a una
clara alternativa: optar explícitamente por un modelo de desarrollo hacia adentro, que redujera su vulnerabilidad a los
choques externos, o seguir adelante con el crecimiento guiado por las exportaciones, sobre la base de alguna
combinación de intensificación y diversificación de las mismas.
Esta decisión no se tomó en el vacío. Cada opción favorecía a diferentes grupos de la sociedad, por lo que la mayoría
de los argumentos económicos tenían un cariz político. Al mismo tiempo, diversas instituciones internacionales y
regionales presionaban para influir sobre la decisión. El FMI favorecía la política hacia el exterior como solución a las
dificultades e la balanza de pagos. La CEPAL, dirigida por Raúl Prebisch, defendía la política interior.
Con el deterioro de los términos netos de intercambio comercial (TNIC) después de la Guerra de Corea, el péndulo
intelectual empezó a desplazarse hacia la industrialización por sustitución de importaciones (ISI). Y sin embargo
muchos gobiernos aún se resistían a abandonar por completo el desarrollo guiado por las exportaciones, como
reconocimiento al papel clave que aún desempeñaba el sector exportador.
➢ La solución no era sencilla para los países que habían construido una considerable base industrial (Argentina,
Brasil, Chile, Colombia, México y Uruguay). La serie de choques a que había estado expuesto el sector
exportador desde finales de los veinte había provocado una enérgica reacción contra el crecimiento guiado por
las exportaciones y un considerable apoyo a las políticas que favorecieran explícitamente la industrialización.
La CEPAL había parecido ofrecer la justificación teórica de dichas políticas. En realidad, la etapa “fácil” de la
ISI ya se había dado en esas repúblicas, pues la supresión de las importaciones había reducido a niveles
modestos la participación de los bienes de consumo en el total de las importaciones.
➢ Los demás países se enfrentaron a un dilema mayor. Unos cuantos (Bolivia, Paraguay, Perú) habían coqueteado
con la política hacia el interior los primeros años tras la Segunda Guerra Mundial, pero los resultados habían
sido desastrosos: desplome de las reservas de divisas, “cuellos de botella” del lado de la oferta y presiones
inflacionarias. La falta de base industrial de consideración, pareció un obstáculo crucial a la política de
desarrollo hacia adentro, y al principio se conservó el modelo guiado por las exportaciones.
La tasa de crecimiento del producto nacional bruto (PNB) y hasta del PBI per cápita no dejó de ser impresionante para
muchos miembros de ambos grupos, pero durante la durante la década de 1960 cundió la insatisfacción. El grupo que
miraba hacia adentro se vio afectado por crisis de balanza de pagos, presiones inflacionarias y conflictos laborales. El
que veía hacia afuera también sufrió problemas de balanza de pagos y vulnerabilidad a condiciones externas adversas.
Por consiguiente, ambos grupos consideraron que la integración regional era una solución parcial a sus dificultades. Al
que miraba hacia adentro le ofrecía una oportunidad de promover las exportaciones sin soportar todo el choque de la
competencia internacional; al que veía hacia afuera le daba una posibilidad de industrialización por medio de la ISI
regional.
Ambos grupos tenían algo en común: un distribución desigual del ingreso y la riqueza heredada del período anterior. La
incapacidad de los deciles inferiores para servir de mercado efectivo a muchos bienes y servicios fue vista por algunos
como un obstáculo a todo nuevo desarrollo y crecimiento, pero la mayoría de los intentos por mejorar la distribución
del ingreso y la riqueza resultaron vanos. Sólo Cuba, después de adoptar una política socialista revolucionaria a partir
de 1958, experimentó una gran modificación de la participación de los más pobres en el ingreso, aunque el precio que
tuvo que pagar no fue bajo: el estancamiento del consumo real per cápita y un enfrentamiento con los Estados Unidos.

Los países que miraban hacia adentro:

Las dos década posteriores a 1929 habían obligado a los gobiernos latinoamericanos a adoptar toda una serie de
medidas en defensa de su balanza de pagos, que había brincado nuevas oportunidades de desarrollo industrial. En la
mayoría de los países en que se había establecido la manufactura moderna antes de la Gran Depresión se aprovecharon
las oportunidades, y el desarrollo industrial avanzó a un ritmo rápido. A comienzos de los cincuenta la industria en
estas repúblicas, las LA6 (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Uruguay), se había vuelto el sector de
112
vanguardia, y la demanda ya no estaba abrumadoramente determinada por los altibajos del sector exportador. Esa
relativa autonomía pareció haber creado las condiciones necesarias para una política de industrialización explícita
basada en el mercado interno.
El modelo hacia adentro fue adoptado por casi todas las naciones en las que ya se había completado las primeras etapas
de la industrialización. Sin embargo Perú, socavado su dinamismo industrial por políticas erróneas durante casi toda la
primera mitad del siglo XX, optó por un crecimiento guiado por las exportaciones a partir de 1948. También Venezuela
había presenciado el surgimiento de algunas manufacturas modernas, basadas en el mercado interno, con una demanda
sostenida por los ingresos del petróleo, pero la industria seguiría siendo el socio minoritario en el modelo de posguerra.
Por ello, el modelo hacia adentro integral se limitó, al principio, a las LA6.
El modelo hacia adentro se basó en las manufacturas. Sin embargo, la protección ofrecida a la industria había sido ​ad
hoc,​ a menudo incoherente y tendiente a la defensa de la balanza de pagos, más que a las necesidades de aquélla.
Además de los gravámenes aduanales, consistía en tipos de cambios múltiples, cuotas, permisos de importación y,
ocasionalmente, prohibición absoluta. Por ello, la primera tarea de los políticos fue dar mayor racionalidad a la
protección ofrecida a la industria. Asimismo, el paso hacia una protección explícita a la industria no estuvo libre de
influencias externas -como el FMI-, y el proteccionismo llega a depender en mayor medida de instrumentos más
ortodoxos.
El más importante de ellos fue el gravamen aduanal. En una época en que sucesivas rondas de negociación bajo los
auspicios del GATT iban reduciendo rápidamente los aranceles aplicados por los países desarrollados, muchas
repúblicas latinoamericanas avanzaban en la dirección opuesta.
Desde cualquier punto de vista, las tasas nominales de los aranceles eran extremadamente altas, por encima de las que
América Latina había aplicado en períodos anteriores, y mucho más altas que cualquier casa jamás adoptada en los
países desarrollados.
Las altas tasas nominales introdujeron una cuña entre los precios mundiales y los nacionales, imponiendo una pesada
carga a los consumidores. Pero para los productores, los elevados gravámenes nominales no eran más que la mitad del
problema. La medida crucial para ellos era el cambio del valor agregado por unidad de producción, creado por el
sistema proteccionista, tomando en cuenta no sólo el gravamen nominal sobre las importaciones competidoras, sino la
tasa efectiva de protección (TEP).
Ante tan altas tasas de protección (nominal y efectiva) habría cabido suponer que el sector privado interno respondería
con el suficiente dinamismo para que fuese innecesario recurrir al capital extranjero; sin embargo, ese sector padeció
dos graves limitaciones en el período de la posguerra: 1) no tuvo acceso al financiamiento adicional necesario para
apoyar inversiones a gran escala en nuevas industrias, y 2) carecía de la tecnología requerida para organizar empresas
industriales avanzadas.
Estos dos problemas no habían sido paralizantes mientras la industria se preocupó por producir productos de consumo
no duradero con el estímulo de la sustitución de importaciones. Esta etapa “fácil” de la ISI no había exigido grandes
inversiones de capital en las fábricas, y la tecnología necesaria estaba encarnada en los bienes de capital importados. En
cambio, el giro de la estructura industrial hacia los productos de consumo duraderos y los bienes intermedios y de
capital aumentó el tamaño mínimo de inversión, y exigió un acceso a la tecnología que no siempre se podía obtener en
el mercado abierto.
De este modo, las repúblicas que miraban hacia adentro se vieron obligadas a revisar su legislación sobre la inversión
extranjera directa, y a crear las condiciones que parecían apropiadas para atraer a grandes empresas multinacionales
(EMN).
Las EMN fueron invitadas a América Latina por su tecnología, su habilidad mercadotécnica y gerencial, y su acceso al
financiamiento. Sin embargo, lo que atrajo a las EMN fue el mercado cautivo al que ya habían estado exportando. El
alto muro arancelario podía impedir la entrada de las importaciones, pero una vez del otro lado del mismo los
inversionistas extranjeros se encontraban, a su vez, protegidos de la competencia foránea. A menudo la cosecha más
rica se encontraba en la producción de bienes de consumo, no en las industrias de bienes intermedios y de capital que
los gobiernos esperaban que establecieran. Por consiguiente, la propiedad extranjera no se limitó a las nuevas ramas de
la industria, y mucha inversión foránea incluyó la compra de firmas nacionales ya establecidas. De este modo surgieron
algunos conflictos entre las metas del gobierno y las de las EMN. A finales de los sesenta estos conflictos, aunados al

113
uso que las EMN daban a los precios de transferencia para minimizar las cargas fiscales, estaban produciendo cierta
tensión.
A falta de suficientes inversiones del sector privado interno se organizaron empresas de propiedad del Estado (EPE)
para apoyar el programa de industrialización. Aunque las principales inversiones públicas se hicieron en infraestructura
social -energía, transporte y comunicaciones-, algunas ramas de la industria también se consideraron apropiadas para la
inversión pública, ya que el sector privado interno no podía o no quería aportar el financiamiento o los productos eran
demasiado importantes para dejarlos bajo el control de las empresas extranjeras. En 1953 Brasil creó Petrobras.
También la industria siderúrgica fue meta favorita para las EPE en todas las repúblicas que miraban hacia adentro.
A finales de los sesenta, los países que miraban hacia adentro habían visto crecer la participación de las manufacturas
en el PBI a un nivel similar al de los países desarrollados. Además, la estructura de la producción industrial se había
alejado del procesamiento de alimentos y textiles para dirigirse hacia las industrias metalúrgicas y de productos
químicos.
Alto fue el precio que hubo que pagar por ese éxito industrial. Protegido contra la competencia internacional, gran parte
del sector industrial era el mismo tiempo de alto costo e ineficiente en todos los sentidos. Los altos costos por unidad
no sólo se debieron a la necesidad de pagar por los insumos importables más caros que el precio mundial, sino también
porque el mercado interno solía ser demasiado pequeño para mantener empresas del tamaño óptimo.
El alto costo de la producción industrial dificultó el ingreso de los bienes manufacturados al comercio internacional. El
problema se complicó por la sobrevaluación cambiaria y por el pesimismo respecto a las exportaciones que marcó la
política durante los cincuenta.
La incapacidad de la industria para penetrar en los mercados mundiales hizo que las ganancias por exportación
dependieran de los productos primarios. Pero para los países que miraban hacia adentro las exportaciones de productos
primarios se vieron negativamente afectadas por una veintena de factores. Además del deterioro de los TNIC después
de la Guerra de Corea, el sector de las exportaciones tradicionales sufrió por la tendencia antiexportadora implícita en
la nueva estructura de protección de la industria. Obligados por los altos gravámenes a comprar insumos más caros que
en el mercado mundial, los exportadores de productos primarios tenían que vender su producción en los mercados
mundiales a precios internacionales. Además, la sobrevaluación de la moneda tendió a desalentar el crecimiento de las
exportaciones de productos primarios. La diversificación de las exportaciones fue limitada, y los ingresos por ventas al
exterior siguieron estando dominados por una veintena de productos tradicionales.
La falta de dinamismo de los ingresos por exportación podría no haber tenido tanta importancia si el modelo hacia
adentro hubiese logrado eliminar la necesidad de las importaciones; pero no fue así. Aunque una parte de la nueva
producción industrial pretendía reemplazar los bienes importados, la industria en sí era intensiva en importaciones.
Aunque se pudieran sustituir los artículos de consumo, seguía siendo necesario importar bienes intermedios y de
capital. Se requerían divisas para el pago de permisos, regalías y transferencia de tecnología. Y muchos de los bienes y
servicios relacionados y no sustituibles, como los transportes y las telecomunicaciones, eran asimismo intensivos en
importaciones. La necesidad de suprimir las importaciones para proteger la balanza de pagos produjo grandes
distorsiones, y cualquier plan de sustitución de aquéllas obtenía apoyo oficial. Pero lo cierto es que las divisas netas
ahorradas con estos planes oficiales estuvieron cerca de cero, porque esos mismos planes eran intensivos en
importaciones.
La falta de dinamismo de las exportaciones, aunada a la necesidad de importaciones crecientes, causó una serie casi
interminable de problemas de la balanza de pagos en los países que miraban hacia adentro. Los programas de
estabilización tendientes a eliminar los desequilibrios de la balanza de pagos solían ser costosos, porque sólo era
posible rebajar las importaciones si se reducían las compras de bienes intermedios y de capital, con efectos negativos
sobre la producción y la capacidad. Además, la severa limitación a la balanza de pagos hizo que el crecimiento
excedente del activo no pudiese derramarse sobre las importaciones de bienes de consumo, por lo que la expansión
monetaria se asociaba con una demanda excesiva de bienes nacionales y altas tasas de inflación. Dado que en LA6 la
disciplina monetaria solía ser débil y que la oferta interna era relativamente inelástica, la mayoría de los países que
miraban hacia adentro padecieron una aguda inestabilidad cambiaria y presiones inflacionarias.

114
La combinación de presiones sobre la balanza de pagos, déficit presupuestarios y “cuellos de botella” del lado de la
oferta3, provocó un airado debate acerca de las causas de la inflación entre estructuralistas y monetaristas.
● La interpretación ​monetarista hizo hincapié en una política fiscal irresponsable que había conducido a grandes
déficit presupuestarios, expansión del activo circulante e inflación interna. Según los que seguían el modelo
monetarista, los “cuellos de botella” del lado de la oferta se debían a los controles de precios y las distorsiones
de los mismos (por ejemplo los tipos de cambio sobrevaluados), y por lo tanto eran consecuencia, y no causa,
de la inflación.
● Los economistas ​estructuralistas no negaban que la creación de un exceso de dinero estuviese relacionada con
la inflación, pero sostenían que el circulante era en gran parte pasivo, y que la causa profunda de la inflación se
encontraba en los cuellos de botella fiscales, agrícolas y de balanza de pagos. El cuello de botella fiscal fue
atribuido por los estructuralistas al carácter inelástico del ingreso fiscal y a la constante presión por aumentar
los gastos gubernamentales en apoyo del programa ISI. Pero la naturaleza “inelástica” de los ingresos fiscales
fue, ante todo, reflejo de un sistema fiscal que dependía demasiado de impuestos indirectos que recaían
desproporcionadamente sobre los más pobres. El rendimiento de los impuestos directos fue decepcionante, y
las altas tasas de inflación alteraron a los contribuyentes a aplazar sus pagos lo más posible.
Los problemas de la balanza de pagos y la inflación obligaron a los países que miraban hacia adentro a entrar en
acuerdos constantes con el FMI. Estos programas fueron en general un fracaso, que el FMI, comprometido con el
enfoque monetarista, atribuyó a la renuencia de los gobiernos a adoptar medidas políticas impopulares, y que muchos
de sus críticos atribuyeron al enfoque monetarista del FMI. De hecho, el problema yacía en el conflicto entre las
preferencias por el modelo de desarrollo hacia afuera del FMI, y el modelo de desarrollo hacia adentro adoptado por
LA6. Todos los programas del FMI tendían a dar mayor importancia a las medidas políticas que resolvieran el
desequilibrio de balanza de pagos mediante una expansión de las exportaciones. Sin embargo, los gobiernos de LA6
siguieron comprometidos con una polític destinada a eliminar el problema a través de la supresión de las
importaciones.
El modelo dirigido hacia adentro, particularmente el de los cincuenta, es considerado hoy como una aberración, y
condenado por igual por los dirigentes latinoamericanos y por organizaciones industriales. Las distorsiones
inseparables del modelo se han vuelto legendarias, y se han ignorado sus logros. Algunas de las distorsiones fueron
inevitables: un modelo hacia adentro destinado a fomentar la industrialización tiene que crear distancia entre los precios
nacionales y los internacionales. Pero muchas de las distorsiones fueron mucho mayores de lo inevitable. El daño
causado a la agricultura y a las exportaciones en Argentina y en Uruguay no puede explicarse exclusivamente por el
programa de industrialización. México, por ejemplo, aunque ofrecía enormes incentivos a la industria, pudo registrar
rendimientos agrícolas gracias a un uso justo de la inversión pública (en obras de riesgo, por ejemplo) y evitando una
sobrevaluación de su moneda (al menos hasta los setenta).
Dicho esto, el modelo es indefendible. Además, fue adoptado precisamente en el momento en que la economía mundial
y el comercio internacional entraban en su período de expansión más largo y rápido.

Los países que miraban hacia afuera:

Aunque no se opusieran a la industrialización, las restantes repúblicas de América Latina (LA14) no consideraban que
a finales de los cuarenta fuese viable un modelo basado exclusivamente en un desarrollo hacia adentro. En estas
naciones el sector industrial era especialmente débil. Incapaz de aprovechar las oportunidades que brindaron las
restricciones a las importaciones en dos guerras mundiales y durante los treinta, el sector manufacturero a finales de los
cuarenta era demasiado frágil para servir de trampolín a un nuevo modelo dirigido hacia adentro.
Además, la élite económica de muchas de estas repúblicas seguía teniendo poder político. Aunque estuviera dispuesta a
añadir a su carta accionaria inversiones en actividades secundarias y terciarias, no lo estaba a tolerar una política
abiertamente hostil al sector de exportaciones primarias, que seguía siendo su base tradicional.

3
​Un cuello de botella se denomina a todo elemento que disminuye o afecta el proceso de producción en una empresa.
Se denomina así a aquellas actividades que disminuyen el proceso de producción, incrementando los tiempos de
espera y reduciendo la productividad, lo cual genera un aumento en el costo final del producto.
115
Este compromiso con el crecimiento guiado por las exportaciones fue reforzado por la experiencia de tres países
(Bolivia, Paraguay y Perú), donde la élite económica sí perdió poder político después de la guerra, y donde adoptaron
fugazmente políticas dirigidas hacia adentro con resultados desastrosos.
A medida que los seis países que miraban hacia adentro, los LA6, veían cómo su pate del mercado mundial se reducía
de 8,9% en 1946 a 3,5% en 1960, los LA14 sólo experimentaban una modesta reducción, que podría atribuirse casi por
entero a su especialización en productos primarios, en una época en que el comercio de los mismos iba creciendo con
menor rapidez que el mercado mundial. Para 1960, los LA14 sumaban la misma participación en el comercio mundial
que los LA6.
En algunos casos el desarrollo basado en las exportaciones simplemente significó una intensificación de las mismas; es
decir, los ingresos del sector siguieron dependiendo por entero de los ya bien establecidos y tradicionales productos
primarios. El petróleo siguió produciendo virtualmente todos los ingresos por exportación en Venezuela; Bolivia no
pudo dejar de depender del estaño hasta los setenta (cuando se empezó a exportar gas natural en grandes cantidades);
Cuba antes y después de la revolución que llevó a Castro al poder en 1959, dependió casi exclusivamente del azúcar
para obtener ingresos por exportación.
A pesar de todo, en la mayoría de los casos la política que miraba hacia afuera fue acompañada por una diversificación
de las exportaciones; en general, esto significó la promoción de nuevos productos primarios. Perú encabezó este
movimiento con la explotación de depósitos de plomo, cinc, cobre y hierro por parte de las empresas extranjeras y con
el rápido desarrollo de sus productos pesqueros. Ecuador se benefició de la búsqueda de tierras vírgenes apropiadas
para el cultivo de plátano que llevaron a cabo las gigantescas compañías fruteras. Paraguay empezó a explotar su
enorme potencial agrícola, explotando algodón y cultivando frijol de soya y otras oleaginosas para producir aceites
vegetales. En América Central, a partir de 1945 se fueron abriendo las fértiles llanuras del litoral pacífico para
establecer plantaciones de algodón. La industria azucarera, además, recibió un enorme impulso de la decisión de
EE.UU de reasignar la cuota de azúcar cubano al resto de América Latina. A finales de los sesenta, los
agroexportadores de Guatemala empezaron a experimentar con el cardamomo.
Aunque la diversificación de las exportaciones correspondió principalmente a los productos primarios, hubo algunos
casos en actividades secundarias y hasta terciarias. Haití, ante problemas casi insuperables para variar la oferta de los
productos agrícolas, recurrió durante los sesenta a las manufacturas ligeras. Panamá vio aumentar su ingreso
paralelamente a las operaciones del canal; el establecimiento de una zona de libre comercio en Puerto Colón creó una
gran fuente de ingresos por actividades de almacenaje, aumentó abanderamiento de barcos, y los ingresos de la banca,
las finanzas y los seguros convirtieron a Panamá en uno de los centros financieros portuarios más importantes del
mundo. Para 1970 sólo un tercio de las ganancias de exportación procedían de bienes, y el resto de servicios.
El desarrollo guiado por las exportaciones en el período de la posguerra no careció de ventajas, y ayudó a las repúblicas
más pequeñas a evitar algunos de los excesos de los países que miraban hacia adentro. El aumento de las exportaciones,
aunado a modestos influjos de capital, fue la base de tipos de cambio estables. La devaluación nominal de la moneda
fue rara en ese grupo de países, y durante los sesenta diez de los LA14 mantuvieron sin variaciones el tipo de cambio
ante el dólar, en marcado contraste con el caso de los LA6. Ninguno de los países tuvo problemas de inflación graves,
los tipos de cambio fijo no significaron necesariamente sobrevaluación, y casi todas las repúblicas pudieron mantener
sin dificultad una paridad que hiciera rentables las exportaciones.
La estabilidad de los precios no significó que la política monetaria y fiscal siempre fuera ortodoxa. Algunas naciones
-por ejemplo, El Salvador y Guatemala- siguieron una política interna sumamente conservadora, pero muchas otras se
permitieron la misma política fiscal y monetaria laxa que tantos problemas causaba en los países que miraban hacia
adentro. No es sorprendente que los déficits presupuestales fueran muy comunes, y que a menudo se los financiara
imprimiendo billetes, pero las consecuencias fueron totalmente distintas en los países que miraban hacia afuera. El
exceso de activo circulante se reflejó en dificultades de la balanza de pagos por el aumento de importaciones y no en
alzas de los precios internos. De hecho, los problemas de la balanza de pagos fueron muy comunes en este grupo, y por
lo tanto resultaron inevitables los programas de estabilización; en general bajo los auspicios del FMI. La estabilización
fue mucho más fácil, empero, en los países que miraban hacia afuera.
A pesar de todo, un problema puesto de relieve por la CEPAL fue el deterioro de los TNIC. Esto causó problemas de
balanza de pagos en muchos países. Se redujo sin cesar el número de productos que podían comercializarse libremente
cuando los países desarrollados introdujeron cuotas para numerosos bienes (por ejemplo la carne), y cuando se

116
establecieron acuerdos internacionales sobre ciertos artículos (azúcar, cacao, café, estaño) a fin de contrarrestar la
inestabilidad de los precios mundiales. La falta de preocupación ambiental en la producción de bienes primarios
empezó a poner limitaciones a la oferta. Las pesquerías de Perú se habían agotado al llegar los setenta, y la incapacidad
de Haití para diversificar sus exportaciones agrícolas tuvo que ver con la erosión de los suelos. En muchos países, la
destrucción de los bosques tropicales para dejar lugar a ranchos ganaderos alteró las condiciones climáticas, y hasta
empezó a verse afectado el nivel de agua de las esclusas del Canal de Panamá.
Asimismo, el crecimiento guiado por las exportaciones presenció un aumento de la penetración extranjera, que no
siempre fue bien recibida. En toda la región -salvo en Bolivia- las compañías extranjeras dominaban las exportaciones
de minerales y estaban firmemente establecidas en muchas ramas dinámicas en términos de comercio exterior, como
las de plátano y azúcar. Los intereses nacionales solían dominar en las ramas de actividad con menores tasas de
rendimiento, lo que limitaba la acumulación de capitales dentro y fuera del sector exportador.
La insatisfacción con el desarrollo guiado por las exportaciones se debió, ante todo, a la extrema dificultad de sostener
a largo plazo el rápido aumento de las mismas. Por consiguiente, uno tras otro, y con diversos grados de entusiasmo,
los países que miraban hacia afuera empezaron a reafirmar su política hacia el sector industrial. La experiencia de los
que seguían el modelo opuesto fue cuidadosamente analizada por los países vecinos, y la CEPAL, en la cúspide de su
influencia a finales de los cincuenta, era escuchada con respeto. Sin abandonar al sector exportador, los LA14 vieron
como se podría injertar la promoción industrial en el crecimiento guiado por las exportaciones. En general, el
instrumento clave fue una ley de promoción industrial que diera privilegios a los nuevos establecimientos
manufactureros. Se permitió a las empresas importar maquinaria y partes con gravámenes bajos o nulos, y se dieron
“vacaciones fiscales” a las ganancias del comercio. Se establecieron bancos de desarrollo para canalizar créditos
baratos al sector manufacturero, pero se cuidó que se siguieran atendiendo plenamente los requisitos financieros del
sector exportador.
El resultado fue la proliferación de industrias ineficientes, de alto costo que, sin embargo, resultaron sumamente
lucrativas. Concentradas sobre todo en los bienes de consumo, las nuevas industrias fueron protegidas de las
importaciones por aranceles generalmente más bajos que los de los países que miraban hacia adentro, pero aún lo
bastante altos como para generar distorsiones.
Por lo tanto, la ISI finalmente llegó a ser importante en las repúblicas más pequeñas, aun si éstas se resistieron a la
adopción en gran escala del modelo que miraba hacia adentro. Sin embargo, la nueva industria fue todavía más
intensiva en importaciones que en las naciones grandes, por lo que los ahorros netos de divisas fueron modestos. La
pequeñez del mercado redujo la oportunidad de explotar economías de escala en muchos sectores, aumentando los
costos unitarios muy por encima de los precios mundiales, aun sin tomar en cuenta las distorsiones adicionales
causadas por los aranceles.

La integración regional:

A finales de los cincuenta todas las repúblicas latinoamericanas habían entrado en la primera etapa de industrialización,
y algunas ya hasta se habían vuelto semi-industrializadas. Sin embargo, la industria en general fue ineficiente y de alto
costo, pese a la abundancia de mano de obra barata no calificada. Las series de producción eran pequeñas, el tamaño de
las plantas subóptimo, y los costos unitarios en las nuevas industrias dinámicas eran altos para los niveles
internacionales. Como resultado, los bienes manufacturados no entraron en la lista de exportaciones, y la obtención de
divisas siguió dependiendo de un puñado de productos primarios. El comercio intrarregional que se había desarrollado
en los años de la guerra -y que había incluido bienes manufacturados- casi había desaparecido, y la producción
industrial se limitaba mayoritariamente al mercado interno. La estrechez de ese mercado, exacerbada por la
concentración de los ingresos en los deciles superiores, permitió que pocas empresas pudieran satisfacer la demanda de
muchos productos, por lo que la estructura e la mayoría de la industrias se aproximó a las condiciones requeridas para
un oligopolio.
Los países más grandes habían ampliado la producción industrial más allá de los bienes de consumo no duraderos,
estableciendo fábricas de bienes de consumo duraderos e intermedios. Sin embargo, aún en los países grandes, la
industria fue intensiva en importaciones, por lo que se asoció con frecuencia con dificultades de la balanza de pagos.

117
Además, dado que una gran parte de la tecnología estaba encarnada en bienes de capital, la región siguió teniendo
dependencia de una tecnología importada del extranjero.
América Latina seguía convencida de que los obstáculos que se interponían a sus exportaciones industriales eran
abrumadoras y todavía en 1967 la CEPAL declaraba que “los países en vías de desarrollo no tienen los recursos ni la
capacidad técnica necesarias para competir con otros”. Este pesimismo relativo a las exportaciones seguiría siendo,
durante muchos años, el rasgo característico de la CEPAL.
Según la CEPAL, la solución era la integración regional (IR). La CEPAL consideró que la abolición de las barreras
nacionales arancelarias y no arancelarias en América Latina sería el instrumento para ampliar el mercado interno y
permitir la explotación de economías de escala así como la reducción de los costos unitarios, mientras mantenía una
visión proteccionista contra las importaciones de terceros países. Según la visión de la CEPAL, la IR daría un nuevo
impulso a la industrialización de toda América Latina, y representaría para los países más grandes la posibilidad de
construir una moderna industria de capital, tecnológicamente autónoma. La expansión de las exportaciones
intrarregionales permitiría crecer a las importaciones intrarregionales, reduciendo así las limitaciones que la balanza de
pagos imprimía al desarrollo. También se pensaba que el comercio intrarregional estaría sujeto a mucha menor
inestabilidad que el extrarregional, por lo cual los choques externos tendrían menos importancia.
➢ El primer grupo fue el de los países del Cono Sur (Argentina, Chile y Uruguay, junto con Brasil) que más
habían sufrido por la caída del comercio intrarregional desde la Segunda Guerra Mundial. En estos países se
observó en la primera mitad de los cincuenta un modesto comercio intrarregional, con uso discriminatorio de
todos los instrumentos comerciales que tuvieron a su disposición. Estos instrumentos iban en contra del tratado
de la nación más favorecida. La eliminación de estas prácticas obligó a que las importaciones intrarregionales
compitieran en igualdad de condiciones con las extrarregionales, lo que representó un rudo golpe para el valor
de las primeras. Por lo tanto, este grupo de países veía a la IR como medio de restaurar el comercio
intrarregional a sus niveles anteriores.
➢ El segundo grupo de países consistía en las repúblicas centroamericanas, donde apenas se había iniciado la
industria moderna. Aunque el desarrollo guiado por las exportaciones había seguido siendo el modelo
dominante durante todos los cincuenta, el deterioro de los TNIC después de la Guerra de Corea, y el difundido
reconocimiento de que el mercado nacional era demasiado pequeño para mantener sin mayores distorsiones
más que a un pequeño número de industrias sencillas, convencieron a la élite de hacer la prueba con una
versión de la IR, siempre que ello no socavara las exportaciones tradicionales y no tradicionales de productos
primarios.
Nadie tomó muy en serio las referencias a un mercado común latinoamericano, que implicaría el libre desplazamiento
de mano de obra y capital, pero había que escoger entre una unión aduanera (con un arancel externo común) y una zona
de libre comercio (que dejaría libre a cada país para imponer sus propios gravámenes a terceros países). Además, se
presentaban una serie de inconvenientes:
1. En primer lugar, los aranceles previos a la unión, aunque altos en todos los países latinoamericanos, variaban
considerablemente de uno a otro, por lo que abolirlos en el comercio intrarregional seguiría implicando
diferentes ajustes nacionales. Aún más inquietante era la completa falta de armonización entre la política fiscal
y monetaria.
2. El segundo problema era la escala de barreras no arancelarias al comercio intrarregional. Los fletes a los
tradicionales mercados de Europa y de América del Norte eran mucho más baratos, y las rutas navieras más
abundantes, y el comercio intrarregional no podría librarse de la red de papeleo burocrático planeado para
combatir las importaciones en general.
3. El tercer problema eran las ventajas que se esperaban de la IR en materia de bienestar social. El enfoque
tradicional a este problema había asumido que los beneficios de aquél podrían identificarse con el exceso de
creación de comercio (CC), más que con un ​cambio de rumbo del comercio (CRC). La CC representaba la
sustitución de la producción nacional de alto costo por importaciones más baratas de un socio, y el CRC el
reemplazo de las importaciones baratas de un tercer país por importaciones más caras de un socio. Pero en el
contexto latinoamericano causó inquietud la probabilidad de que el CRC rebasara a la CC.
Aun si se pudiera suponer que el bienestar neto mejoraría aunque el CRC fuera superior a la CC, la distribución
de beneficios netos entre los países miembro sería nueva causa de preocupación. El provecho de la IR en este

118
modelo latinoamericano tendía a aumentar para países que lograran reemplazar las importaciones
extrarregionales por producción nacional y exportaciones intrarregionales. Los países que simplemente
reemplazaran las importaciones baratas llegadas del resto del mundo por importaciones de alto costo de un país
socio se encontrarían peor. De ese modo, las ganancias en términos de bienestar tenderían a asociarse con la
captación de nuevas industrias y la administración de los excedentes comerciales intrarregionales, mientras que
las pérdidas de bienestar se relacionarían con los déficit de comercio intrarregional. Por lo tanto, para tener
éxito, un plan de IR debía encontrar alguna manera de compensar a los perjudicados o de distribuir las nuevas
industrias entre todos los miembros, desafiando las fuerzas del mercado.
En 1960, el primer plan que se adoptó formalmente fue la ​Asociación Latinoamericana de Libre Comercio
(ALALC)​. Ésta se fijó el objetivo de suprimir todos los aranceles puestos al comercio intrarregional para 1971, por
medio de negociaciones periódicas. Los países reducirían los gravámenes de diversos productos procedentes de otros
miembros.
El progreso inicial fue impresionante, sin embargo, la facilidad con que se efectuaron estos acuerdos fue engañosa,
porque la mayoría de las negociaciones arancelarias eran sobre bienes que entraban en el comercio intrarregional o
reducciones de aranceles que estaban en niveles redundantes. De este modo, la ALALC nunca alcanzó su objetivo de
abolir los aranceles intrarregionales, y su éxito en el manejo de los otros problemas a los que se enfrentaba la IR fue
aún más problemático. A partir de 1965 se ideó un sistema de pagos con una cámara de compensación multilateral,
pero se hizo poco para promover los intereses menos desarrollados y no se creó un banco regional de desarrollo.
Frustrados por la falta de progreso de la ALALC, en 1969 los países andinos firmaron el ​Pacto Andino (PA)​, cuyos
objetivos eran más ambiciosos. Se quería crear una unión aduanera, con una tarifa externa común (TEC) y una
legislación que asegurara que los beneficios de la IR fuesen para los factores internos de producción y no para las
EMN. Se consideró a la IR como medio para promover un programa de industrialización, sin embargo, se tropezó en el
primer obstáculo: se aceptó una TEC, pero nunca se aplicó.
También el ​Mercado Común Centroamericano (MCCA) se propuso crear una unión aduanera con una TEC. Sin
embargo, en contraste con la ALALC o con el PA, el MCCA no tuvo que enfrentarse a grupos de presión ya
establecidos en las manufacturas modernas, que se mostraron hostiles a las concesiones tarifarias intrarregionales. Se
puso en práctica un sistema de pagos que condujo a la compensación automática de más del 80% del comercio
intrarregional para 1970, y un Banco Centroamericano para la Integración Económica canalizó fondos para
infraestructura regional a todos los países. El resultado fue un plan de IR que sin duda logró generar beneficios netos,
pero en la cual la distribución de los beneficios entre sus miembros era desigual.
Con la parcial excepción del MCCA, los esfuerzos latinoamericanos por crear un marco institucional que promoviera la
IR no tuvieron mucho éxito. Fue particularmente modesto el crecimiento del comercio intrarregional en la ALALC
atribuible a medidas oficiales.
A pesar de todo, pese a las fallas institucionales, el comercio intrarregional no sólo aumentó rápidamente en términos
absolutos en los dos decenios posteriores a 1960, sino que, para la región en su conjunto, creció incluso en términos
relativos (es decir, como proporción del total de exportaciones) hasta finales de los setenta. Además, a comienzos de
los setenta, aunque el comercio intrarregional había estado dominado por los productos primarios, éstos fueron
perdiendo importancia.
El comercio intrarregional de bienes industriales fue particularmente rápido en maquinaria y equipo, confirmando así el
argumento de la CEPAL de que la IR podría emplearse como base para construir una industria reducida de bienes de
capital. Durante los sesenta, las exportaciones de manufacturas avanzadas dependían mucho del mercado regional: el
70% de las exportaciones de maquinaria y equipo de transporte, y de diversos bienes manufacturados iban a otras
repúblicas latinoamericanas. Estas proporciones se redujeron después, durante los setenta, cuando las empresas de los
países más grandes empezaron a exportar al resto del mundo. Así, podría de decirse, que el mercado regional fue el
trampolín para las exportaciones extrarregionales de bienes de tecnología avanzada. Es importante aclarar que en vista
de la parálisis institucional de fines de los setenta, el comercio intrarregional dependió del sector privado y no del
sector público.
Una aclaración es necesaria: el comercio intrarregional resultó aún más inestable que el extrarregional. En casi todas las
repúblicas sometidas a programas de IR, el coeficiente de inestabilidad de las exportaciones intrarregionales fue alto,
superior al de las extrarregionales. El comercio intrarregional también era procíclico. Esto representó una decepción

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para quienes habían esperado que la IR aumentara la autonomía de la región ante los choques externos. Pero no puede
sorprendernos. La composición de las exportaciones intrarregionales y las extrarregionales era distinta y, por lo general,
no era posible pasar productos de un mercado a otro y a corto plazo.

Crecimiento, distribución del ingreso y pobreza:

En los años 50 todos los países generaban ya estadísticas con regularidad. Fue posible, entonces, comparar el
crecimiento y el desarrollo de todas las repúblicas en un marco congruente. La medida de desarrollo más utilizada es el
PBI a precios constantes. La tasa de crecimiento de la región había aumentado en las tres décadas posteriores a 1940 y
podía compararse favorablemente con la de otros países en vías de desarrollo, y era más rápida que la de los países
desarrollados. Sin embargo, el crecimiento demográfico fue acelerándose durante casi todo el período. Las repúblicas
de América Latina se encontraban en medio de una implosión demográfica, como resultado de un pequeño aumento en
la tasa de natalidad y un gran descenso de la mortalidad. Antes de 1930 se observó también una alta tasa de inmigración
internacional y en los cincuenta ya casi había cesado la inmigración.
La mayoría de las repúblicas -excepto Haití- vieron aumentar su PBI per cápita. Para la región en su conjunto el
desempeño se comparaba razonablemente bien con el de los otros países en desarrollo, y no estaba muy a la zaga de los
otros países desarrollados, donde el crecimiento era mucho más modesto. El desempeño fue satisfactorio tanto en el
grupo de países que siguieron el desarrollo hacia afuera como en el que continuó su orientación hacia adentro.
La esperanza de vida en la región iba en ascenso, y la mortalidad de recién nacidos y de niños iba disminuyendo. La
inscripción en las escuelas primarias y secundarias aumentaba con rapidez, tanto en términos absolutos como en
relación con la población en edad escolar, y el analfabetismo iba en retroceso. Todos los indicadores de salud
apuntaban en la misma dirección. América Latina estaba transformándose en una sociedad cada vez más urbana: a
finales de la década de los años sesenta casi el 60% de la población de la región fue clasificada como urbana. La rápida
urbanización de América Latina fue un reflejo del crecimiento demográfico, de la migración rural-urbana, y de la
insistencia de muchos países en las actividades basadas en las ciudades. México D.F, Buenos Aires y Sao Paulo se
encontraban entre las ciudades más grandes del mundo.
En tales circunstancias, no era sorprendente encontrar grandes problemas en el funcionamiento del mercado laboral,
sobre todo en las zonas urbanas. Un rápido crecimiento demográfico en una década siempre aumenta la oferta de mano
de obra las siguientes, y la migración rural-urbana incrementa directamente la oferta de mano de obra de las ciudades.
Además, tanto en las zonas rurales como en las urbanas las tasas de participación femenina iban en aumento. Cierto,
podría esperarse que el crecimiento del PBI real elevara la demanda de trabajadores, pero cabía suponer que el paso a
actividades de base urbana, de mayor productividad y mayor relación capital-producto, moderara la absorción de mano
de obra. Pese a esto, no hay problemas contundentes de desempleo o subempleo crecientes en América Latina. En todo
caso, se elevó el subempleo de la población no agricultora, pero esto quedó compensado por la reducción del
subempleo entre los trabajadores agrícolas.
El creciente subempleo en las zonas urbanas constituyó un recordatorio de que crecimiento y desarrollo no son lo
mismo. No menos perturbadora fue la acumulación de datos sobre la distribución del ingreso. En los cien años
anteriores a 1930, la mayoría de las repúblicas había visto que el crecimiento guiado por las exportaciones había
reforzado el legado colonial de patrón de distribución desigual.
Pero aún después de la Segunda Guerra Mundial, el panorama no había cambiado. El coeficiente de gini indica que el
grado de concentración del ingreso en América Latina era sumamente alto -mucho más que en los países desarrollados
en una etapa comparable de su desarrollo-, y que la concentración del ingreso iba empeorando precisamente en aquellos
países (Brasil y México) que iban teniendo un comportamiento más dinámico.
La distribución de la tierra era, si acaso, más desigual todavía que la del ingreso; la tradicional división de las
propiedades agrícolas latinoamericanas en minifundios y latifundios produjo una extraordinaria concentración de tierras
en muy pocas manos. Sólo en Costa Rica predominaban las propiedades de tamaño familiar.
También la riqueza urbana estaba muy mal distribuida. El principal desafío a la hegemonía de este grupo no provino
tanto de la clase media con propiedades cuanto de las EMN, que habían adquirido una posición de fuerza en muchos de
los sectores más dinámicos a finales de los sesenta.

120
El perfil salarial también sugería una brecha de los sueldos, entre los niveles más altos y los más bajos, muy superior a
la encontrada en los países desarrollados, en gran parte reflejo de la desigual distribución del capital humano -ante todo
educación- que dejó con poca o ninguna instrucción a una alta proporción de la fuerza de trabajo.
Una consecuencia de la desigual distribución de los activos (incluyendo el capital humano) en América Latina fue un
proceso de desarrollo que concentró los beneficios del crecimiento en los deciles superiores. No fue tanto que los
pobres estuviesen volviéndose más pobres, pues aun el decil inferior tuvo en general algún aumento de su ingreso real.
El problema se relaciona mucho más con la desigual distribución de los beneficios del crecimiento. Además, aunque
hubo una modesta alza de los niveles de vida en los deciles inferiores, el rápido incremento demográfico aumentó el
número absoluto de quienes vivían en la pobreza, así como el de quienes se clasificaban como extremadamente pobres.
A finales de los cuarenta, el bajo nivel de urbanización hacía casi inevitable que la mayoría de los pobres se
encontraran en las zonas rurales. La migración rural-urbana representó, para una parte de la fuerza de trabajo rural, una
válvula de escape que también mejoró la situación de quienes se quedaron en el campo. Por doquier la proporción de
mano de obra agrícola se redujo. El subempleo y la pobreza se volvieron un tema urbano, además de rural. La pobreza
y el subempleo en las zonas urbanas reflejaron el rápido crecimiento de la fuerza de trabajo y la creación relativamente
lenta de empleos en el sector moderno o formal. En toda la región, la generación de empleos fue más rápida en los
sectores de servicios.
El crecimiento del subempleo urbano y la desigual distribución de los beneficios del ingreso constituyeron un desafío a
los gobiernos para que emprendiesen una reforma social, por razones tanto económicas como políticas. El argumento
económico fue planteado por la CEPAL, que sostenía que la desigual distribución del ingreso reducía el mercado
efectivo de bienes industriales y restringía el alcance de la ISI. Una redistribución del ingreso, afirmaba la CEPAL,
podría ofrecer un mercado más vasto a muchos bienes que estaban siendo importados o producidos a altos costos
unitarios, lo que podría inyectar un dinamismo al proceso de industrialización. En lo que respecta a la presión política
en favor de la reforma, ésta procedió de una reacción a la Revolución Cubana.
Así, la reforma ya era un tema vigente a comienzos de los sesenta y se llevaron a cabo muchos experimentos. Los que
mejor resultaron a corto plazo fueron, a menudo, los que menos éxito tuvieron a largo plazo. Ejemplo de esto es la
experiencia argentina: el espectacular aumento de los salarios reales urbanos del primer gobierno de Perón produjo una
fuerte lucha por la participación distributiva en los decenios siguientes, generando inestabilidad macroeconómica y
exacerbando los problemas inflacionarios. Lo mismo puede decirse del gran aumento de los salarios reales en los dos
primeros años del gobierno socialista de Salvador Allende en Chile (1970-1973).
Un método más indirecto para abordar la distribución del ingreso fue por medio de la política fiscal. En toda la región
el sistema fiscal descansaba pesadamente en impuestos indirectos, que suelen ser regresivos, por lo que podía esperarse
que un paso hacia impuestos directos -en particular, impuestos progresivos sobre la renta- mejorara la distribución del
ingreso después de impuestos. Al mismo tiempo, cabía suponer que el gasto gubernamental dirigido a los deciles de
ingresos inferiores mejorara la distribución social del ingreso.
Con la excepción parcial de Colombia y Costa Rica, los resultados fueron decepcionantes en ambos aspectos. Se
introdujeron nuevos impuestos sobre la renta, pero cundió la evasión y sólo una pequeña proporción de la población
adulta llegó a pagar siquiera una parte de esos gravámenes. Del lado de los gastos, el decil inferior se benefició con los
realizados en escuelas primarias y clínicas de salud, pero los deciles intermedios y superiores fueron los principales
beneficiados de los efectuados en escuelas secundarias y universidades. El decil inferior no obtuvo ventaja alguna del
subsidio a los servicios públicos, porque en general no tenía acceso a la electricidad y el agua provistas por empresas
propiedad del Estado. Incluso en aquellos casos en que la política fiscal desempeñó un papel positivo no fue suficiente
para contrarrestar el efecto negativo sobre la distribución de impuestos indirectos regresivos, que siguió siendo la
mayor fuente de ingresos para el gobierno. De este modo, la enorme expansión del gasto en educación fue de cierta
ayuda para los deciles inferiores, pero contribuyó más a mejorar la ida de los intermedios.
América Latina no desconocía las reformas agrarias. Los primeros intentos de reforma agraria se habían llevado a cabo
principalmente por razones políticas. El nuevo argumento en favor de la reforma agraria se debía a la relación inversa
entre el tamaño de los campos y su rendimiento por hectárea. Así se afirmó que la redistribución de las grandes
propiedades en pequeñas parcelas generaría mayor producción y mayor empleo.
La reforma agraria se intentó con frecuencia durante los sesenta pero para la mayoría de los gobiernos fue,
básicamente, un ejercicio cosmético. La renuencia a intentar algo más radical no sólo se debió a la influencia política

121
de los terratenientes, sino también al temor de que la redistribución socavara los ingresos de la explotación, pues las
exportaciones agropecuarias procedían, en cantidad desproporcionada, de las grandes propiedades.
A fines de los setenta, el argumento económico en pro de la reforma agraria había perdido mucho poder, aunque el
argumento político seguía manteniendo fuerza en varias de las repúblicas más pequeñas, donde el poder monopsónico
de la clase terrateniente era un obstáculo para la modernización social y económica. La expropiación de activos
representó una vía alternativa, si bien más radical. Las nacionalizaciones afectaron, sobre todo, a compañías
extranjeras. Los ejemplos más importantes fueron el Chile de Allende y la Cuba de Castro, aunque un buen número de
compañías fueron nacionalizadas por Perón, y el gobierno revolucionario de Bolivia expropió la industria del estaño a
sus propietarios bolivianos.
La consecuencia fue que, excepto en Cuba, la distribución del ingreso siguió siendo desigual. El rápido crecimiento de
las economías latinoamericanas durante los dos decenios posteriores a 1950 sólo produjo modestas ganancias para los
deciles inferiores en casi todas las repúblicas.

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UNIDAD 11: LAS POLÍTICAS ECONÓMICAS DESDE FINES DEL SIGLO XX Y EL XXI

Bulmer-Thomas: Nuevas estrategias comerciales y crecimiento de la deuda:

A comienzos de los sesenta se creía en general que la integración regional r​ estauraría el dinamismo del modelo de
desarrollo dirigido hacia adentro en las repúblicas más grandes, y proporcionaría una plataforma para la
industrialización en las mas pequeñas. Y sin embargo, al terminar la década, esa concepción había cambiado. La
integración regional no había producido los beneficios esperados, y el modelo dirigido hacia adentro parecía sometido a
la ley de rendimientos decrecientes. El prestigio de la CEPAL, empeñada tanto en el desarrollo hacia adentro como en
la integración regional, iba en descenso, y la élite política latinoamericana empezaba a prestar mayor atención a otras
ideas sobre comercio y desarrollo.
El talón de Aquiles del desarrollo hacia adentro seguían siendo las limitaciones de la balanza de pagos​. A partir de
1929 los persistentes problemas de la balanza de pagos habían convencido a más y más países de que debían abandonar
el crecimiento guiado por las exportaciones, basado en productos primarios, en favor de un modelo nuevo que, según se
esperaba, reduciría su vulnerabilidad a los choques externos. No obstante, con este modelo nuevo continuaron las
dificultades de la balanza de pagos porque la política adoptada para favorecer a la industria lesionó al sector
exportador​, modificando la composición de las importaciones en dirección de los bienes complementarios, cuya
demanda aumentó rápidamente, paralela al crecimiento industrial.
Por consiguiente, con el nuevo modelo, la vulnerabilidad a los choques externos siguió siendo aguda, como lo
demostraron claramente los acontecimientos a partir de 1970. El desplome del sistema de Bretton Woods en 1971,
después de que el gobierno norteamericano mostró su incapacidad de mantener la convertibilidad de dólares a oro a un
precio fijo, y la adopción por parte de los grandes países industriales de monedas flotantes, dificultaron a las repúblicas
latinoamericanas sostener unos tipos de cambio reales y estables basados en el comercio. Después de la guerra
árabe-israelí, en 1973, la OPEP logró imponer severas cuotas de exportación a sus miembros, y los precios del petróleo
se cuadruplicaron. Para las repúblicas de América Latina que por entonces eran importadoras netas de petróleo
-excepto Bolivia, Colombia, Ecuador y Venezuela-, la primera crisis del petróleo fue un amargo recordatorio de las
limitaciones que la balanza de pagos podía imponer al desarrollo económico. La misma lección fue confirmada con
mayor fuerza aún por la segunda crisis, después de 1978.
El modelo de desarrollo hacia adentro tenía sus raíces en el pesimismo sobre las exportaciones.​ Como resultado,
habían disminuido los incentivos ofrecidos al sector exportador, y casi todos los países habían visto reducirse su
participación en el comercio mundial. Sin embargo, a comienzo de los setenta, la economía mundial y la política
comercial internacional habían experimentado ciertos cambios que obligaron a América Latina a ver con nuevos ojos
las barreras puestas a la exportación.
● En primer lugar, la persistente ​alza de los salarios reales en los países desarrollados y los enormes
diferenciales entre los salarios en ellos y en los países en vías de desarrollo, animó a cierto número de empresas
multinacionales (EMN) a establecer una nueva división internacional del trabajo, en que algunas de las tareas
más sencillas, más intensivas en mano de obra, pudieran efectuarse fuera de los países desarrollados. Esta
fuente de insumos, en la que sólo el capital era móvil, contribuyó al rápido aumento del comercio internacional
de bienes manufacturados, y ofreció oportunidades para los países en desarrollo, que pudieron y quisieron
satisfacer los requerimientos de las EMN.
● En segundo lugar, ​el éxito de algunos países del sureste de Asia,​ donde el crecimiento guiado por las
exportaciones se había establecido con la base de las manufacturas, estaba resultando espectacular. La
experiencia asiática, con poca aplicación a América Latina, llegaría a constituir con el tiempo un gran desafío a
los pesimistas de la exportación.
● En tercer lugar, la labor de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), y
de otras ​organizaciones internacionales que se esforzaban por obtener privilegios especiales para el comercio
de los países menos desarrollados (PMD)​, hizo surgir la perspectiva de un trato privilegiado para las
exportaciones de los PMD. A comienzos de los setenta la mayoría de los países desarrollados adoptó el
Sistema Generalizado de Preferencias (SGP). Su promesa de acceso libre de pago de derechos a los mercados
123
de los países desarrollados para exportaciones no tradicionales de los PMD resultó mucho menos generosa de
lo que se había esperado, pero representó una modesta ventana de oportunidad que se abriría más en ulteriores
rondas de negociaciones.
● Por último, el pesimismo acerca de las exportaciones fue aún más socavado por ​el auge de los precios durante
los setenta​. El desplome del sistema de Bretton Woods, en 1971, puso fin al sistema de tipos de cambio fijos
que habían fundamentado la disciplina monetaria en los principales países industrializados. Libre de la
obligación de mantener la paridad cambiaria, la política monetaria de los países desarrollados se relajó, y
aumentó enormemente la liquidez mundial, favorecida por los enormes déficits presupuestales de EE.UU.,
indispensables para financiar la Guerra de Vietnam. Como resultado, los artículos de primera necesidad (no
sólo el petróleo) alcanzaron precios nunca vistos, y ​los términos netos de intercambio comercial (TNIC) para
muchos países latinoamericanos, mejoraron en forma considerable durante los setenta​.
Estos cambios del medio internacional no dejaron de ser reconocidos en América Latina. Provocaron tres respuestas
diferentes: 1) ​promoción de las exportaciones​, 2) ​sustitución de las exportaciones,​ y 3) ​desarrollo de la exportación
de productos primarios.​ Cada una de las cuales hizo mayor hincapié en el sector exportador y significó un cambio de la
tradicional industrialización por sustitución de importaciones (ISI).
1. La promoción de exportaciones trataba de injertar las exportaciones manufacturadas en el modelo que miraba
hacia adentro.
2. La sustitución de exportaciones tendía a desviar recursos de los sectores protegidos.
3. El modelo de de desarrollo guiado por las exportación de productos primarios intentaba explotar el alza
mundial de los precios de los bienes.
Pero ninguno de los tres logró gran éxito; no cesó la pérdida de participación en el comercio mundial, y la región se
volvió cada vez más dependiente de los préstamos extranjeros para impulsar su crecimiento económico. La
combinación de un pequeño sector de exportaciones y crecientes obligaciones del servicio de la deuda resultaría
desastrosa cuando, finalmente, se produjo en 1982 la crisis de la deuda.

1. La promoción de las exportaciones:

La estrategia de promoción de exportaciones (PE) se basó en el reconocimiento de que el mercado interno no era lo
bastante grande para mantener, en muchas ramas de la industria, empresas de dimensiones óptimas. Al mismo tiempo,
esa estrategia mantenía su compromiso de proteger a las manufacturas contra la competencia internacional. Por ello,
intentó injertar en la ISI un nuevo conjunto de incentivos que hicieran posible la exportación de artículos
manufacturados. Por lo tanto, la estrategia de la PE fue de industrialización, y se alentó a las empresas a aprovechar las
oportunidades simultáneas que ofrecían el protegido mercado interno y el crecimiento del comercio mundial.
Seis países (Argentina, Brasil, Colombia, México, Haití y República Dominicana) siguieron la estrategia de la PE a
partir de los sesenta, aunque no en forma congruente. Argentina abandonó esta política durante los setenta en favor de
la sustitución de exportaciones.
La estrategia de ISI por medio del proteccionismo aumentó el valor industrial agregado por unidad de producción en el
mercado interno. Al mismo tiempo, los exportadores de artículos manufacturados resultaron perjudicados como
resultado simultáneo de tipos de cambio sobrevaluados y gravámenes a los insumos importados. Por ello, para la mayor
parte de los industriales, el valor agregado por unidad de producción en los mercados mundiales era muy inferior al que
habría podido lograrse en el mercado interno. Si se quería que la estrategia de PE hubiese tenido éxito, había que
eliminar (o reducir) esta tendencia anti-exportadora.
Todos los instrumentos que podían emplearse para ese fin estaban controlados por las autoridades. El tipo de cambio
era el más importante, porque una devaluación auténtica y efectiva aumentaría el valor agregado por unidad de
producción para todos los bienes de exportación. Sin embargo, también elevaría el precio de las importaciones
competidoras, dando así incentivos adicionales para que las empresas vendieran en el mercado interno. Por lo tanto, la
estrategia de PE necesitaba de una política fiscal y crediticia que ofreciera incentivos adicionales a los exportadores.
Entre los instrumentos disponibles se incluían las reducciones arancelarias selectivas y las exenciones fiscales, junto
con facilidades especiales y de crédito, y otros subsidios a las importaciones.

124
Las experiencias de los países de PE con la política cambiaria eran variadas. Haití y República Dominicana mantenían
un tipo de cambio nacional fijo frente al dólar, lo que prácticamente excluía la posibilidad de una devaluación real. Por
otro lado, durante gran parte de los setenta ambos países evitaron las altas tasas de inflación, por lo que al principio el
tipo de cambio no estaba demasiado sobrevaluado. Después de la devaluación de 1954 también México mantuvo un
tipo de cambio fijo frente al dólar, sin embargo, la tasa de inflación mexicana superó a la de Estados Unidos, por lo que
su moneda se fue revaluando en términos reales, y socavó la estrategia de PE hasta que en 1976 se produjo una nueva
maxidevaluación. Poco después méxico descubrió enormes depósitos de petróleo, por lo que abandonó la estrategia de
PE en favor de la promoción de las exportaciones petroleras.
Los otros tres países (Argentina, Brasil y Colombia) siguieron una estrategia cambiaria conocida como el
deslizamiento​, destinada a mantener el valor real de la moneda por medio de frecuentes minidevaluaciones, a partir de
una realineación inicial de aquella. Esta política fue adoptada en Argentina en 1964, en Colombia en 1967 y en Brasil
en 1978. El deslizamiento, aunque atractivo para los exportadores, despertó expectativas inflacionarias, por lo que
Argentina lo abandonó a partir de 1967 en favor de un tipo de cambio nominal fijo, que rápidamente se sobrevaluó. Así
lo hizo también Brasil a mediados de los setenta. Por consiguiente, la política cambiara distó mucho de ser congruente,
aunque la mejoría del desempeño de las exportaciones manufactureras en los tres países (Argentina, Brasil y Colombia)
fue notable mientras estuvo en vigor el deslizamiento.
Incluso en aquellos países donde el tipo de cambio oficial estaba sobrevaluado, las autoridades pudieron utilizar un tipo
paralelo para promover las exportaciones. Además, fue posible emplear un doble tipo de cambio para compensar a las
firmas exportadoras de una manera diferente que a las importadoras, lo que permitía reducir así la tendencia
anti-exportadora.
La estrategia de PE no tendía tanto a reducir la protección ofrecida a las empresas que vendían en el mercado protegido
protegido cuanto a aumentar los incentivos para las que exportaran sus productos. Aunque en todos los países se adoptó
una reforma aduanera, el principal propósito era rebajar los gravámenes al componente del insumo importado de los
bienes para exportación posterior.
Fueron muy usuales las exenciones o descuentos de aranceles a los insumos importados que formarían parte de las
exportaciones (a veces llamados planes de reembolso). Los otros incentivos de importancia ofrecidos a las
exportaciones manufacturadas incluyeron rebajas de impuestos y créditos subsidiados. El instrumento típico utilizado
para rebajar la carga fiscal a las exportaciones no tradicionales fue un certificado, equivalente a una proporción fija del
valor FOB4 de las exportaciones, que podía aplicarse contra futuras cargas impositivas. A menudo estos ​certificados de
abono tributario (CAT) fueron generosos y también lograron promover exportaciones. No es sorprendente que se
impusiera una considerable carga fiscal a los gobiernos de la región que los empleaban. El problema se agravó todavía
más por el uso de créditos subsidiados.
El difundido uso de subsidios en la estrategia de PE también iba contra las reglas del Acuerdo General sobre Aranceles
y Comercio (GATT). Sin embargo, la modesta penetración de países PE en el mercado mundial hizo que la mayoría de
ellos -a excepción de Brasil- se liberaran de las medidas de represalia.
En un nivel superficial la estrategia PE tuvo éxito. La producción de artículos manufacturados en el total de
exportaciones aumentó en forma notable en todos los países. Argentina logró elevar la contribución de los bienes
manufacturados en las exportaciones a cerca del 25% en los años en que se practicó alguna versión de la estrategia PE.
Haití había hecho subir la suya por encima de 50% a finales de los setenta -primera república latinoamericana que lo
logró- aunque el valor interno agregado en relación con las nuevas exportaciones siguió siendo modesto.
La estrategia de PE, al alejar la composición de las exportaciones de los productos primarios, cuyos precios eran tan
volubles, redujo la inestabilidad de las ganancias por exportación. Como los mercados de exportaciones
manufacturadas no coincidían con los de productos primarios, también se redujo la concentración geográfica de las
exportaciones. La participación de las exportaciones a EE.UU y a la Comunidad Económica Europea (CEE) se
redujeron en todos los casos -salvo el de Haití- y surgió un buen número de nuevos mercados no tradicionales. Brasil
tuvo un particular éxito conquistando mercados en otros países en desarrollo. A comienzos de los ochenta Medio

4
​Valor FOB: Se utiliza para valorar las Exportaciones y se define como "libre a bordo". Se refiere al Valor de Venta de
los productos en su lugar de origen más el Costo de los fletes, seguros y otros Gastos necesarios para hacer llegar la
Mercancía hasta la Aduana de salida.
125
Oriente y África sumaron más de 10% de exportaciones brasileñas, y una proporción mucho mayor de sus ventas de
bienes manufacturados al extranjero.
Mucho menos éxito tuvo la estrategia de PE en su intento de abrir las economías al comercio exterior y restaurar el
sector exportador como uno de los motores del crecimiento. La proporción de exportaciones al PIB casi no aumentó.
Ninguna de las seis repúblicas logró revertir permanentemente su reducción de la participación en las exportaciones
mundiales. Vemos así que la promoción de exportaciones no logró compensar por entero la mediocre actuación de las
exportaciones de productos primarios, que siguieron siendo víctimas de la tendencia anti-exportadora. Sólo en períodos
excepcionales, como el del auge del café en Colombia y del petróleo en México, a finales de los setenta, se elevó su
participación en el mercado mundial, y en todos esos casos ese incremento se debió principalmente a los altos precios
de las exportaciones de productos primarios.
El desarrollo económico de los países más grandes de América Latina que aplicaron la estrategia de PE (Argentina,
Brasil, Colombia y México) siguió dependiendo, por lo tanto, del mercado interno, mientras el patrón de la demanda
estaba marcadamente influido por la distribución del ingreso. La concentración del ingreso en los deciles superiores no
causó un estancamiento industrial -como había predicho la CEPAL- pero sí favoreció una estructura de producción que
a menudo dio preferencia a los bienes de consumo duradero, intensivos en capital, para los ricos, por encima de los
artículos de consumo básico, intensivos en mano de obra, destinados a los pobres. Dado que la estrategia de PE
promovió la industria existente, en lugar de favorecer la creación de nuevas empresas, no era nada seguro que las
exportaciones manufacturadas de Brasil y de México fueran, en general, intensivas en capital; y sólo Colombia logró
establecer un patrón de exportaciones manufacturadas intensivo en mano de obra y que contribuyera a mejorar las
condiciones del empleo y la distribución del ingreso en la primera parte de los setenta.
La estrategia de PE representó un valeroso intento por rescatar el modelo de desarrollo que miraba hacia adentro sin
sacrificar el manto proteccionista que se seguía considerando esencial para la industria.​ No le faltaron éxitos: los
empresarios industriales habían demostrado que eran capaces de responder a los precios y a otros incentivos, y que
podían penetrar en los mercados mundiales. A menudo, el pesimismo con respecto a las exportaciones pareció
injustificado, al menos en el caso de los artículos manufacturados. Sin embargo, no pudo demostrarse que esta
estrategia haya tenido un éxito incondicional en ninguna república latinoamericana -ni siquiera en Brasil-, y Argentina
ya la había abandonado a mediados de los setenta.
● No hubo una razón única del fracaso, pero hay una explicación más creíble que todas las demás: ​las
fluctuaciones del tipo de cambio efectivo real (TCER).​ Aunque se reconocía la importancia de un tipo de
cambio competitivo -el TCER debía ser constante o decreciente (es decir, depreciarse)- la estrategia de PE fue
desviada muchas veces por una revaluación.
● Un segundo problema fue ​el conflicto entre las políticas a corto y a largo plazo​. La política cambiaria a largo
plazo exigida por la estrategia de PE entró en conflicto a menudo con las necesidades a corto plazo de los
programas de estabilización, para los que se creyó que un tipo de cambio fijo sería una defensa contra las
presiones inflacionarias. Argentina fue especialmente susceptible a este conflicto. Y la política del
deslizamiento a partir de 1964, que había tenido notable éxito en la promoción de las exportaciones no
tradicionales, fue reemplazada en 1967 por una maxidevaluación que, se esperaba, fijaría de manera
permanente el valor nominal de la moneda. El carácter semi-permanente de los programas de estabilización en
Argentino hizo muy difícil, sino imposible, mantener una política cambiaria a largo plazo que fuera congruente
con la estrategia de PE.
● Las diversas ​barreras levantadas por las naciones desarrolladas contra las exportaciones manufacturadas de
los países en desarrollo​, sobre cuya importancia había hecho tanto hincapié la CEPAL, resultaron ser un
problema menor que lo que muchos habían previsto. Las mayores dificultades las padeció Brasil hacia finales
de los años setenta, cuando se impusieron limitaciones voluntarias a la exportación (LVE) a cierto número de
sus productos manufacturados. Sin embargo, esto nos da una medida del desempeño de Brasil, pues otros
países -que tuvieron menos éxito- no se vieron obligados a enfrentarse a las mismas restricciones. Por todo
ello, las deficiencias del modelo de PE no pueden achacarse fácilmente a los países desarrollados, pese a que en
sus políticas comerciales hubiese tendencias proteccionistas.

126
2. La sustitución de exportaciones:

La estrategia de PE había demostrado, al menos, que América Latina podía exportar artículos manufacturados; sin
embargo, no había hecho demasiado por eliminar las ineficiencias de industria nacional causadas por los altos niveles
de protección contra la competencia internacional. Dio nuevos incentivos a las exportaciones industriales mientras
seguía favoreciendo la producción que competía contra las importaciones. De este modo, la PE se vio aunada a una
continua sustitución de importaciones en la industria, y las exportaciones manufacturadas sólo pudieron competir en el
mercado mundial gracias a numerosos subsidios.
Una alternativa más radical a la PE fue la estrategia de sustitución de exportaciones (SE). Ésta se basaba en la idea de
que e​l desarrollo económico de América Latina había sido gravemente distorsionado por la ISI, la intervención del
Estado y el corporativismo​. Se consideró que ​la solución estaría en el giro hacia un medio más orientado al mercado y
menos protegido, que llevaría a eliminar la tendencia anti-exportadora.​ Entonces, las economías serían más abiertas y
quedarían mejor integradas al mercado mundial; los precios internos estarían en mayor armonía con los internacionales.
La reducción del proteccionismo y la eliminación de la tendencia anti-exportadora favorecerían los productos
exportables e inhibirían los importables. Se esperaba así que la estrategia de SE lograra un gran aumento de la
proporción de exportaciones e importaciones al PIB, y también podría producir una ISI negativa; es decir, el reemplazo
de la producción local industrial de alto costo por importaciones menos costosas.
La estrategia de SE fue adoptada durante los setenta por los tres países del Cono Sur (Argentina, Chile y Uruguay), y
en Perú se hizo un experimento más modesto. Chile fue el pionero en adoptar el programa tras la caída del gobierno
socialista de Salvador Allende en septiembre de 1973 y la imposición de la dictadura de Augusto Pinochet. Uruguay lo
siguió, pisándole los talones, tras el desplome de la democracia en 1973, y el programa fue adoptado en Argentina en
1976, tras la intervención militar contra el régimen peronista. Vemos así que la estrategia de SE en el Cono Sur fue
aplicada por dictaduras militares.
El paso hacia la economía del libre mercado fue de la mano con la represión política, lo que hizo difícil distinguir su
efecto sobre el desempeño de la política económica y de la política autoritaria. En contraste, el programa fue adoptado
en Perú a partir de 1978, durante la transición del gobierno militar al civil.
La disposición de los cuatro países a adoptar una estrategia diametralmente opuesta al pensamiento tradicional de gran
parte de América Latina fue un reflejo de su profunda frustración por el fracaso de las otras políticas. La participación
de las exportaciones en el PIB se había desplomado a niveles tan modestos que las limitaciones de la balanza de pagos
impidieron ese rápido crecimiento que generaría una gran demanda de artículos importados. El experimento en
Argentina con la PE durante los setenta se vio avasallado por una serie de programas de estabilización durante la
primera mitad de los setenta.
En los cuatro países los problemas de la balanza de pagos habían contribuido a las presiones inflacionarias y la
inflación había erosionado la confianza de los instrumentos financieros, por lo que cundió la represión financiera.
Aunado esto a una política fiscal irresponsable, el resultado fue una aceleración de la inflación que contribuyó en buena
medida a la caída de los gobiernos civiles en el Cono Sur, y de los militares en Perú. El Chile de Allende (1970-1973)
fue el que más pecó. Una política fiscal y monetaria irresponsables, combinada con una gran pérdida de entradas de
capital, produjo una aceleración de la inflación, de 33% en 1970 a 354% en 1973. La incapacidad de contener las
presiones inflacionarias fue tal vez el factor más importante de su caída.
De ese modo, la estrategia de SE (de hecho, un programa de ajuste) se aplicó contra un trasfondo de dislocación
económica que exigía drásticas medidas de estabilización. Aunque en teoría es probable adoptar simultáneamente
programas de estabilización y de ajuste, en la práctica es muy difícil, como en su perjuicio, lo han descubierto muchos
gobiernos latinoamericanos. Los instrumentos utilizados para favorecer el ajuste (por ejemplo tipos competitivos de
cambio y modificaciones de los precios relativos) pueden atentar contra la estabilización, y viceversa​. ​El conflicto
entre los dos tipos de programa habría de resultar severo en los países que adoptaron la estrategia de la SE y, a la
postre, conduciría al fracaso de ambos​.
La piedra angular de la estrategia de SE fue la ​liberalización del comercio​. Al principio se efectuó una
maxidevaluación para lograr una revaluación significativa del TCER, y luego la moneda se fue ajustando
periódicamente para compensar la diferencia entre la inflación interna y la mundial. La intención era estabilizar el
TCER después de la devaluación inicial. Sin embargo, en el Cono Sur, la represión política fue tan severa que al

127
principio los salarios reales cayeron con rapidez. Esto hizo que los incentivos ofrecidos a los exportadores fuesen aún
mayores de lo que implicaba el cambio de TCER.
Mientras que la devaluación real favoreció a las exportaciones, se emplearon reducciones arancelarias y la desaparición
gradual de las barreras no arancelarias para promover las importaciones. Chile fue el que llegó más lejos, disminuyendo
sus gravámenes nominales a un promedio de 10% en 1979.
Al principio la liberalización del comercio tuvo éxito: las exportaciones aumentaron rápidamente y se intensificó la
apertura económica de todos los países que la aplicaron. También las importaciones crecieron, pero no con tanta
velocidad como para agravar el problema de la balanza de pagos en las primeras etapas de la liberalización. Aún más
alentadora fue la modificación en la composición de las exportaciones; las no tradicionales (salvo en Argentina) pronto
aumentaron en importancia. Estos nuevos productos pudieron competir en precio en los mercados mundiales. Las
empresas locales, oprimidas en el mercado interno por el aumento de las importaciones y por el impacto recesivo de la
caída de los salarios reales, fueron alentadas a transformarse en productores de exportación. La sustitución negativa de
importaciones (es decir, el reemplazo de la producción interna de alto costo por importaciones) quedó aunada así al
crecimiento de las exportaciones: la esencia misma de una estrategia de sustitución de exportaciones.
El éxito de la liberalización del comercio fue mucho más limitado en Perú que en los demás países, lo que reflejó, hasta
cierto punto, el hecho de que fuese adoptada muy tarde y abandonada muy pronto.
La lucha contra la inflación -gran inquietud de todos los países que adoptaron la sustitución de exportaciones; sobre
todo en el Cono Sur- fue inspirada por una perspectiva monetarista. Se atacó principalmente el déficit fiscal mediante
un recorte del gasto -aprovechando la caída de los salarios reales-, en un esfuerzo por reducir la tasa de crecimiento del
activo circulante. Se fortaleció el mercado interno de capitales, a través de una variedad de medidas de liberalización
financiera. Se liberaron las tasas de interés, se fueron reduciendo gradualmente los controles cuantitativos al crédito, se
redujeron las barreras al ingreso de nuevas instituciones financieras, y se simplificaron las regulaciones bancarias. El
resultado fue un súbito incremento de la intermediación financiera: en todos los países aumentó la razón de activos
financieros-PIB.
Vemos así que el crecimiento del activo circulante se vio sometido a dos fuerzas contradictorias. El descenso del déficit
fiscal redujo la necesidad de que el gobierno dependiera de préstamos del Banco Central, pero la liberalización
financiera aumentó los depósitos de cuenta corriente y ahorro que el público deseaba conservar. La segunda fuerza
resultó mayor que la primera, y el activo circulante creció con tal rapidez que las autoridades llegaron a preocuparse
por sus repercusiones inflacionarias. Además, muchas medidas adoptadas en apoyo del ajuste -devaluación de la
moneda, liberalización de la tasa de interés, abolición del control de precios, etc.- iban agravando las presiones
inflacionarias y socavando el programa de estabilización.
La liberalización financiera y la disminución de los déficits fiscales significaban que las autoridades del Cono Sur
habían perdido la capacidad de controlar el activo circulante por los medios tradicionales. Sin embargo, la
liberalización del comercio había producido una significativa apertura de la economía, en la cual -según sostenían los
monetaristas- todo desequilibrio de la oferta y la demanda de dinero se reflejaría en la balanza de pagos. Este enfoque
monetarista de la balanza de pagos implicaba que el activo circulante era endógeno -no exógeno- y que tendría que
ajustarse a cualquier nivel que el público deseara conservar por medio de cambios en las reservas internacionales.
Por todo ello, las autoridades consideraron que la mejor forma de lograr estabilizar la inflación sería mediante una
nueva liberalización de la balanza de pagos -ante todo la cuenta de capitales- para que las entradas de capital
internacional aportaran el mecanismo necesario a fin de equilibrar la oferta y la demanda de dinero. Al mismo tiempo,
se esperaba que la liberalización del comercio cerrara la brecha entre los precios locales y los mundiales, de modo que
la inflación interna quedara en armonía con la de los países socios.
En todos estos argumentos se consideraba que el tipo de cambio desempeñaba un papel crucial como instrumento para
convertir los precios extranjeros en precios nacionales como determinante principal de las expectativas inflacionarias, y
como mecanismo de equilibrio de la balanza de pagos. Por lo tanto, en el Cono Sur se dio el paso de una política
cambiaria dirigida a combatir la inflación.​ En lo sucesivo la devaluación nominal sería anunciada previamente a una
tasa inferior a la diferencia entre la inflación interna y la externa, en un esfuerzo por combatir las expectativas
inflacionarias y obligar a las empresas a adoptar para sus productos precios internacionales. La nueva política empezó a
adoptarse en Chile a partir de 1976, y fue seguida dos años después en Argentina y Uruguay. Para 1979, los políticos

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chilenos estaban tan seguros del acierto de su estrategia que el tipo de cambio nominal se amarró al dólar, experiencia
casi sin precedentes en la historia económica chilena.
Tanto la política cambiaria como el experimento de liberalización financiera en el Cono Sur resultaron desastrosos. La
inflación, es cierto, disminuyó, pero no lo suficiente ni con bastante rapidez, por lo que el TCER se revaluó
continuamente. Las importaciones se multiplicaron y las exportaciones padecieron por el tipo de cambio sobrevaluado.
El déficit de la cuenta corriente en la balanza de pagos se aceleró, y fue financiado básicamente mediante préstamos
comerciales del exterior. La naturaleza no regulada de los préstamos produjo un auge del crédito al consumo, por lo
que la composición de las importaciones se alejó de los bienes de producción y hacia los de consumo. Pese a las
entradas de capital, las tasas de interés interno siguieron siendo sumamente altas en términos reales, lo que atentó
contra la inversión productiva. Cuando los prestamistas extranjeros se dieron cuenta de lo que eran estas políticas, las
entradas de capitales empezaron a reducirse, lo que obligó a las autoridades adoptar medidas de emergencia en apoyo
de la balanza de pagos, y provocó una crisis financiera.
El fracaso de la estrategia de sustitución de exportaciones provocó en algunos círculos una enérgica reacción contra la
economía neoconservadora en general. ​El paso a una moneda sobrevaluada provocó una demanda tan grande de
importaciones que la balanza de pagos siguió representando una limitación que sólo podía relajarse por medio de
niveles peligrosamente altos de influjos de capital.​
Cayó en especial desprestigio el supuesto de que se podía controlar la inflación mediante el enfoque monetarista de la
balanza de pagos y un tipo de cambio sobrevaluado.
La moneda sobrevaluada no sólo discriminaba a las exportaciones, sino que también causó una desindustrialización
generalizada cuando las importaciones vinieron a reemplazar la producción interna de bienes manufacturados. El
resultado fue la pérdida de la importancia de las importaciones sustituibles y un aumento de las no sustituibles como
proporción del PIB; sus precios estaban determinados por la oferta y la demanda internas, y no por las condiciones del
mercado mundial.
Después de 1981-1982 se aplicaron medidas drásticas para proteger la balanza de pagos (incluyendo la devaluación del
tipo de cambio), las tasas de inflación empezaron a acelerarse, al tiempo que la producción se reducía en forma notable.
La pérdida del PIB real fue excepcionalmente severa, y redujo el ingreso real per cápita al nivel en el que se encontraba
al empezar la estrategia de la SE.
Esta estrategia no alcanzó ninguna de sus metas ni en el Cono Sur ni en Perú. No pudo vencer la inflación, la balanza
de pagos siguió representando un problema, y la tasa de crecimiento de las exportaciones no se sostuvo. Además,
incluso los años de crecimiento fueron acompañados por un deterioro en la distribución del ingreso y un descenso de
los salarios reales. No obstante, en su primera fase, la estrategia había reforzado la lección de la estrategia PE: las
exportaciones no tradicionales podían prosperar si contaban con los incentivos apropiados.

3. El desarrollo de las exportaciones primarias:

Las 11 repúblicas restantes -Bolivia, Ecuador, Paraguay y Venezuela en América del Sur, junto con los cinco países
centroamericanos, Panamá y Cuba- no se sintieron atraídas por la estrategia SE. Además, consideraban que su base
industrial era demasiado frágil para soportar una estrategia de PE basada en exportaciones manufactureras.
Durante todo el período de posguerra, el modelo básico había seguido siendo el de crecimiento guiado por las
exportaciones; con la ISI como subsidiaria. Muchos miembros de este grupo esperaban que la integración regional
sentara bases más firmes para la ISI en un contexto regional y no nacional, pero a comienzos de los setenta se iba
generalizando la desilusión con este modelo. Las manufacturas eran intensivas en capital, intensivas en importaciones y
muy dependientes de capital y tecnología extranjeros. Por otra parte, la estabilidad de precios, fundamentada en los
tipos de cambio nominales fijos, era la regla y o la excepción, y por lo tanto había una renuencia natural a promover las
exportaciones no tradicionales en general, y las manufacturas en particular, por medio de una depreciación real del tipo
de cambio.
Aunque se descartaron las estrategias de SE y PE, se encontró un modelo alternativo gracias al auge de los precios
durante los setenta. El alza de precios de la mayoría de los productos primarios creó oportunidades excepcionales para
los miembros del grupo, ninguno de los cuales había abandonado por completo el modelo tradicional de crecimiento
guiado por las exportaciones y basado en los productos minerales o agrícolas. Esta estrategia a la que podemos llamar

129
desarrollo de exportaciones primarias (DEP), favorecía la obtención de divisas por medio de productos primarios (y de
servicios en Panamá) y daba muy poco peso a las exportaciones manufacturadas.
La estrategia de DEP trataba de aprovechar las condiciones favorables que imperaban en los mercados internacionales.
Quienes más se beneficiaron fueron los países que lograron incrementar los volúmenes en un momento de marcada alza
de precios. Esto ocurrió en América Central.
La estrategia de DEP también incluyó la explotación de nuevos productos primarios. A partir de 1972, tras la
construcción de un gasoducto hasta Argentina, Bolivia llegó a depender cada vez más de las exportaciones de gas
natural de la zona de Santa Cruz. La nueva producción petrolera se inició en Ecuador en 1972. Paraguay pasó de la
exportación de carne y maderas a la de algodón y frijol de soya. Guatemala empezó a exportar petróleo crudo en 1980.
El valor unitario de las exportaciones aumentó rápidamente en el decenio posterior a 1970, el valor de las exportaciones
brincó entre 500 y 1.000% y el poder adquisitivo de las exportaciones (PAE) aumentó en forma notable. Aunque la
súbita alza en el precio del petróleo a partir de 1973 y 1978 favoreció a los principales exportadores de energía
(Bolivia, Ecuador y Venezuela), los importadores netos de petróleo del grupo también mostraron un desempeño
impresionante, gracias a los precios, cada vez mayores, de los principales productos primarios de exportación.
La abundancia de divisas sostuvo los tipos de cambio que habían dependido del dólar ya antes de que se desplomara el
sistema de Bretton Woods. Los acuerdos con el FMI fueron relativamente escasos y el grado de condicionalidad en
general fue discreto.
Y sin embargo, en términos generales, el modelo DEP no tuvo éxito. Sólo Ecuador y Venezuela -exportadores de
petróleo ambos- aumentaron su participación de las exportaciones mundiales entre 1970 y 1980, aunque en el caso
venezolano esto se debió exclusivamente a cambios de precios, no de volumen. ​Pocas de las naciones del grupo
aumentaron las ganancias de sus exportaciones a un ritmo congruente con la acumulación de la deuda externa​. ​Su
vulnerabilidad a los choques externos era tan grande como siempre, y la débil economía interna no era aún lo
bastante flexible como para ofrecer una compensación real. L ​ a existencia de tipos de cambio estables resultó un
baluarte inadecuado contra las presiones inflacionarias causadas por la expansión monetaria y los altos precios en
dólares de las importaciones, por lo que la distribución del ingreso se deterioró más en muchos países, y el tipo de
cambio real fue quedando cada vez más sobrevaluado.
El fracaso de la estrategia de DEP resultó una especial decepción para los tres exportadores de energía (Bolivia,
Ecuador y Venezuela), los que más tenían que ganar de la enorme redistribución del ingreso mundial del petróleo, de
los consumidores a productores, a partir de 1973.
Al principio, el desarrollo de las exportaciones de energía en los tres países había dependido en gran medida de la
inversión extranjera. Los gobiernos de los tres países consideraban que su tarea fundamental era conseguir una
proporción creciente de la renta económica asociada con los recursos naturales no renovables, con el objeto de
canalizar el financiamiento hacia el sector no exportador. Esto se logró por medio de precios de referencia, gravámenes
y empresas en asociación, y el ingreso del gobierno llegó a depender cada vez más del sector de la energía.
Este enfoque de la “búsqueda de rentas” tuvo muchas ventajas, pero siguió dejando en manos de las compañías
extranjeras las cruciales decisiones estratégicas acerca de inversión, producción y exportación. La creciente oleada de
nacionalismo resultó irresistible y, en los tres países, a la postre, el sector de la energía llegó a quedar controlado por
empresas de propiedad estatal.
La ganancia inesperada debido al aumento en los precios de la energía fue utilizada por los tres países para tratar de
promover nuevas actividades fuera del sector. Venezuela mostró el camino con la nacionalización de la industria
mineral de hierro, con empresas en asociación en su industria metalúrgica, y promoviendo la producción de
automóviles. Los radicales gobiernos militares de Ecuador llevaron a cabo una enorme expansión de la inversión en
salud, educación y vivienda. Bolivia experimentó incluso con la sustitución de importaciones agrícolas (SIA), en un
esfuerzo por reducir su dependencia de los alimentos importados. En los tres países la ambición fue muy superior a lo
que se justificaba por la -temporal- mejoría de los términos de intercambio. Las importaciones aumentaron con tal
rapidez que los tres cayeron en un déficit de cuenta corriente de la balanza de pagos durante casi todo el período de los
altos precios de la energía, dejándolos peligrosamente expuestos a la ulterior caída de sus términos de intercambio.
Las cinco repúblicas centroamericanas se enfrentaron a otro problema. Como importadora neta de petróleo, la región
tuvo mucho que perder en las crisis petroleras de los setenta. Sin embargo, los precios de sus exportaciones
tradicionales (café, plátano, algodón, carne y azúcar) aumentaron rápidamente en varios momentos a partir de 1970, de

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modo que los términos de intercambio no fueron siempre desfavorables. Además, la primera crisis petrolera y el
aumento de los precios de los insumos alentó a retirar los recursos de la manufactura y del Mercado Común
Centroamericano (MCCA) para destinarlos otra vez a la exportación de productos primarios. El motor del crecimiento
fueron las exportaciones extra-regionales en general, y de productos tradicionales en particular.
En América Central el modelo DEP produjo un gran aumento de divisas. Se elevó la renta de la tierra y el pequeño
campesinado que producía alimentos para el mercado interno se vio presionado. En las áreas urbanas estaba surgiendo
una presión similar sobre la industria en pequeña escala, como resultado del alza de los insumos importados. El
resultado fue un gran aumento de la proletarización rural y urbana, y una proporción creciente de la fuerza de trabajo
que pasó a depender de los salarios.
Aunque las economías centroamericanas dan la impresión de haber vivido un auge durante los setenta, ​las ganancias se
distribuyeron de manera muy desigual.​ La inflación interna empezó a acelerarse, promovida por los precios mundiales
más altos y la explosión de dinero de origen externo, como resultado del aumento de las reservas internacionales. Al
carecer de mecanismos de defensa y de sindicatos fuertes, el movimiento laboral no pudo protegerse y los salarios
reales cayeron durante la primera parte de los setenta y contribuyó, en buena medida, a la creciente tensión social y
política en El Salvador, Guatemala y Nicaragua.
En Nicaragua, la oposición a la dinastía Somoza no se limitó a los grupos sindicales, y un movimiento de base popular
-dominado por el Frente Sandinista de Liberación Nacional- finalmente logró derrocar a la dictadura en julio de 1979, y
Nicaragua pronto se vio envuelta en una guerra civil y, a la vez, en un enfrentamiento con EE.UU., que destruiría la
economía en unos cuantos años. Las guerras civiles de El Salvador y de Guatemala, que comenzaron a finales de los
setenta, vinieron a aumentar las dificultades centroamericanas. En 1981 el comercio intrarregional iba cayendo en
términos absolutos, y esta decadencia habría de continuar durante varios años.
Las tres repúblicas restantes -Cuba, Panamá y Paraguay- mostraron estilos contrastantes de DEP. Cuba, que a mediados
de los sesenta abandonó su hostilidad al monocultivo y a su dependencia del azúcar, procedió a construir su economía
socialista sobre los precios preferenciales y otras formas de ayuda que le daban la URSS y sus aliados de Europa
Oriental. Al mercado mundial llegaba una parte relativamente pequeña de su producción azucarera, por lo que la
escasez de divisas siguió siendo aguda. Sin embargo, la decisión soviética de permitirle a Cuba vender en el mercado
libre todo el petróleo soviético que no requiriese para el consumo interno estimuló el ahorro de energía, recompensando
a Cuba -brevemente- con un buen ingreso de dólares. Esto, aunado al mejoramiento de las técnicas de plantación y el
paso de los incentivos morales a los materiales, hizo que la economía cubana lograra respetables tasas de crecimiento
durante los setenta y la primera mitad de los ochenta.
Los gobernantes de Panamá habían reconocido tiempo atrás que su ventaja comparativa se encontraba en su posición
geográfica, más que en sus exportaciones de productos primarios. El verdadero motor del desarrollo durante los setenta
fueron los servicios. De este modo, la estrategia DEP en el contexto panameño debe interpretarse en el sentido de la
promoción de exportaciones terciarias. El centro bancario, libre de regulaciones de otros países, adquirió gran
importancia. La zona de libre comercio de Colón se convirtió en importante punto de trasbordo de artículos destinados
a todas partes de América Latina, y un oleoducto transístmico permitió a Panamá recuperar parte del ingreso que había
perdido porque los supertanques no podían cruzar el Canal. La industria de seguros fue también un excelente
subproducto de la banca y de la navegación.
Aunque el propio canal había sido la clave del desarrollo económico panameño desde el primer día de su historia, su
control y propiedad habían estado firmemente en manos de EE.UU. La firma de los tratados Torrijos-Carter en 1977 y
su ratificación por el Congreso de EE.UU en 1979, permitían vislumbrar un nuevo amanecer: la soberanía de la zona
del canal regresaba a Panamá, y se prometió el absoluto control panameño para el año 2000.
En Paraguay la estrategia DEP incluyó la búsqueda de nuevos productos primarios (algodón y frijol de soya), lo que
hizo perder importancia a las exportaciones procesadas (industriales). Sin embargo, el motor del crecimiento no se
limitó a las exportaciones de productos primarios (ni al contrabando), sino que también incluyó la construcción. La
decisión de construir dos enormes plantas eléctricas (Itaipú y Yacyretá) en conjunción con Brasil y Argentina,
respectivamente, dio un impulso no sólo al sector de la construcción, sino también a todas las actividades que
aportaban insumos a las empresas constructoras y a sus vastas fuerzas de trabajo.
La estrategia DEP se anotó sus triunfos, pero en demasiados países ​el auge de los precios se había tratado como si
reflejara un nuevo equilibrio a largo plazo​. La naturaleza caprichosa de los precios durante los setenta hizo que los

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sectores público y privado fueran incapaces de distinguir sobre las mejoras temporales en su medio externo y las
permanentes. Sobre la base de cambios de precios a corto plazo se efectuaron transferencias de recursos hacia el sector
exportador de recursos primarios, y luego no fue fácil revertirlas. ​Cuando los precios empezaron a caer y se
deterioraron los términos de intercambio, demasiadas naciones se encontraron peligrosamente expuestas​.
Los aumentos de los precios fueron interpretados en general como reflejo de aumentos de los precios reales promedio o
a largo plazo. Los países de DEP respondieron a las favorables condiciones externas con un enorme aumento de las
importaciones, por lo que muchas veces el déficit de la cuenta corriente siguió siendo negativo, aún en años de auge
para las exportaciones. El sector público se mostró tan miope como el privado: se consideraban nominales los
presupuestos elevados por niveles excepcionales de impuestos al comercio, y los gastos crecieron con gran rapidez para
eliminar el excedente.
La vulnerabilidad de los países de DEP a los choques externos habría podido compensarse mediante una inversión
productiva fuera del sector exportador de productos primarios.
Hasta los exportadores de energía entre los países de DEP -Bolivia, Venezuela, Ecuador- sufrieron el mismo destino
que sus repúblicas hermanas menos afortunadas. Aunque la mejora de los términos de intercambio para los países
exportadores de energía resultó ser más duradera, no habría de ser permanente. No era viable una estrategia basada en
precios permanentemente altos de la energía, y una estrategia para minimizar los riesgos requería la adopción de
programas de ajuste con vistas a prepararse para condiciones menos favorables. La enorme renta económica asociada
con la producción de energía habría podido ser un lubricante para un ajuste relativamente indoloro, pero los recursos se
emplearon en cambio para hacer transferencias y subsidios a las familias y al sector privado. Las inversiones requeridas
para el ajuste fueron financiadas mediante préstamos del exterior a un ritmo que sólo podría sostenerse si la mejoría de
los términos de intercambio resultaba permanente.

El Estado, la empresa pública y la acumulación de capitales:

La fuerza impulsora del desarrollo económico latinoamericano en los cien años previos a 1930 había sido el sector
privado. Aunque la clase capitalista interna a veces haya desempeñado un papel secundario al de los inversionistas
extranjeros, no puede dudarse del papel hegemónico del sector privado en todas las decisiones relacionadas con
producción, inversión y hasta distribución. El Estado ocupó un papel claramente secundario, ofreciendo un marco
regulador que favorecía el crecimiento guiado por las exportaciones, aunque los miembros del sector privado aún
compitieran ferozmente por una parte de las ganancias posibles gracias a la regulación estatal. ​El giro del tradicional
crecimiento guiado por las exportaciones hacia la ISI complicó la tarea de administrar la política pública.​ Además
de otorgar privilegios y establecer u n nuevo marco regulador que incluyera una redistribución del ingreso nacional, el
Estado tuvo que hacer un gran número de inversiones públicas, con objeto de proteger la rentabilidad del nuevo
modelo. La complejidad de la tarea y el surgimiento de nuevos grupos sociales que competían por el poder del Estado
generaron, entre el sector privado y el público, fricciones que socavaron a veces la estabilidad política y económica. Sin
embargo, con raras excepciones, el ​Estado continuó considerando que su función general era apoyar a la empresa
privada, aunque ya no fuera posible seguir favoreciendo simultáneamente a todas las facciones del sector privado.​ Por
ello en Argentina la oposición de los tradicionales agroexportadores al peronismo fue congruente con el apoyo del
Estado a la inversión privada en las manufacturas , y la expropiación de latifundio s en México durante los treint a no
debilitó mayormente el nexo que iba formándose entre el Estado mexicano y la naciente burguesía industrial. En las
raras ocasiones en que el Estado se mostró profundamente hostil al sector privado, o deseó restringir con severidad la
gama de actividades confiadas al mismo, la inevitable contrarrevolución solió salir triunfante. En Chile el breve
experimento socialista a partir de 1970, con el presidente Allende, cuando la inversión privada se desplomó tras la
creación de empresas públicas en todas las ramas de la economía, terminó en una dictadur a militar en septiembre de
1973, y en un a devoción excesiva a las virtudes del mercado libre. Anteriores coqueteos con un papel más importante
del Estado, en Guatemala con Jacobo Arbenz (1951-1954), en Perú con Juan Velasco Alvarado (1968-1975), o después
en Nicaragua con los sandinistas (1979-1990), resultaron sólo temporales: el sector privado restauró su hegemonía
económica tras reconquistar el poder estatal. ​Cuba, guiada por el mesiánico Fidel Castro, fue la única nación capaz de
mutilar al sector privado y de vencer a la contrarrevolución​, con lo que el Estado quedó prácticamente como única
fuente de todas las inversiones, y con el control de la producción y la distribución.

132
Pese a las quejas de algunas facciones de la clase capitalista nacional, ​en general la relación entre el sector público y
el sector privado fue armoniosa​. Este último buscaba en el primero privilegios, protección e inversiones
complementarias, y el rango de intervención del Estado fue haciéndose más vasto y más complejo con cada cambio del
modelo de desarrollo prevaleciente. Y sin embargo, los recursos de que disponía el Estado para cumplir estas funciones
estaban rigurosamente limitados. La razón ingreso-PIB -medida del esfuerzo fiscal- era baja de acuerdo con los niveles
internacionales. La única excepción fue Venezuela, donde una gran parte de la renta petrolera fue captada por el Estado
antes aun de la nacionalización.
El modesto esfuerzo fiscal en la mayor parte de América Latina tiene numerosas explicaciones. Los intereses agrarios
habían logrado oponerse con éxito a un impuesto sobre la tierra en el siglo XIX, lo que hizo caer la carga fiscal en
impuestos indirectos regresivos. El sector privado no había podido evitar la introducción de impuestos sobre la renta en
el siglo XX, y la estructura de la carga impositiva era progresiva sólo en el papel, con tasas marginales muy por encima
de las promedio, pero hubo abundantes exenciones y la evasión era común. En el período de la posguerra los países
desarrollados se preocuparon por el "desfase fiscal" (el proceso por el cual la inflación aumentaba los ingresos del
impuesto real como resultado de altas tasas de impuesto marginal), pero las repúblicas latinoamericanas se preocupaban
por el ​efecto Oliveira-Tanzi (el proceso por el cual la inflación socava el valor real de los ingresos fiscales). Además, el
crecimiento del sector urbano informal -gran parte de cuya actividad no es detectada por las autoridades fiscales-
mermó el ingreso obtenido por impuestos a las ventas internas. El ingreso podía complementarse con préstamos, pero
la debilidad de los mercados internos de capital y el limitado acceso (antes de los setenta) a fuentes extranjeras de
crédito, fijaron estrictos límites a las dimensiones de los déficit que podían financiarse sin mayores implicaciones
inflacionarias. El resultado fue una relación del gasto del gobierno central al PIB baja según los niveles internacionales.
Surgió así un conflicto entre los recursos extremadamente limitados de que dispuso el gobierno central en la mayor
parte de los países durante todo el período de la posguerra, y las crecientes demandas que el sector privado le hacía
al Estado.​ Se atribuyó particular importanci a al ritmo de la inversión pública, porque la acumulación de capital por el
Estado se consideraba esencial para sostener un a alta tasa de inversión privada. La "expulsión" de la empresa privada
por el gasto público se veía como un riesgo mucho menor que la ausencia de oportunidades lucrativas para el sector
privado como resultado de la falta de inversión pública; además, la intervención estatal había adquirido respetabilidad
durante los cuarenta y después, tanto por la influenci a de la CEPAL com o por el impacto de los préstamos para
proyectos del sector público del Banco Mundial y otras instituciones financieras internacionales. El conflicto se
resolvió, en gran parte, mediante la expansión de empresas propiedad del Estado (EPE). Aunque no se pasaron por alto
los métodos indirectos de intervención estatal, incluyendo el crecimiento de los gobiernos provinciales y hasta
municipales, ​la difusión de EPE se consideró la clave para aumentar la tasa de acumulación de capital​.
Los servicios públicos que habían sido propiedad de extranjeros fueron expropiados en toda América Latina, y durante
los setenta ya quedaban muy pocos bajo control extranjero. la industri a miner a -que durante tanto tiempo fuese gran
fuente de inversión extranjera- resultó irresistible para los gobiernos de convicciones nacionalistas.
El petróleo, tanto crudo como refinado, también fue uno de los objetivos predilectos para las EPE. En realidad,
Argentina había mostrado el camino durante los veinte con la creación de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), y
Bolivia y México habían expropiado compañías extranjeras durante los treinta. ​A finales de los setenta el Estado era
activo inversionista en todos lo s países productores de petróleo,​ y a menudo controlaba la refinación incluso en las
repúblicas importadoras de petróleo. Las EPE en petróleo, como Pemex de México, Petrobras en Brasil, y PDVSA en
Venezuela, se contaban entre las compañías más grandes de América Latina, y hasta aparecieron en la revista ​Fortune
en la lista de las empresas más grandes del mundo.
El financiamiento a largo plazo para el desarrollo también había sido bien visto por las EPE. Con la represión
financiera generalizada y altas tasas de inflación en muchos países de América Latina , las instituciones financieras
privadas preferían los préstamos a corto plazo a clientes directos antes que los préstamos a largo plazo en proyectos de
riesgo.
Las industrias de bienes de consumo establecidas de acuerdo con la estrategia de ISI estaban dominadas por la empresa
privada, pero no ocurría lo mismo con todos los sectores intermedios y de bienes de capital. En muchos países se
establecieron EPE en estas ramas de la industria para llenar el vacío dejado por la falta de interés del sector privado. La
industria siderúrgica fue una de las primeras candidatas de las EPE; el capital del sector público desempeñó un papel
primordial en las naciones más grandes, donde se consideró que la producción de acero era crucial para el dinamismo

133
del program a de industrialización. Un argumento similar se empleó para establecer EPE en la petroquímica, y a
menudo se invocó la "seguridad nacional" para justificarlas en la construcción naval y la producción de armamento.
La difusión de EPE quedó bien ilustrada en Brasil, donde un dinámico sector privado recibió con los brazos abiertos la
creación de empresas públicas antes y después de la intervención militar en 1964. ​El sector privado interno, las EMN y
el gobierno formaron una triple alianza en la cual las inversiones públicas estaban destinadas a mejorar la
rentabilidad privada y a fomentar nuevas iniciativas del sector privado.​ Las EPE brasileñas desempeñaron un papel
crucial para determinar la rentabilidad de las empresas del sector privado, tanto nacionales como extranjeras.
Sin embargo, a veces la formación de EPE fue en contra de los intereses del sector privado. La intervención estatal en
la producción y distribución de productos alimenticios, justificada por los gobiernos en términos de subsidiar el
consumo de los pobres, fue vista en general con malos ojos por el sector privado. Las líneas aéreas nacionales, a
menudo administradas por el Estado por razones de prestigio, eran un área en la que se podían realizar inversiones
privadas redituables. Era difícil explicarle a un sector privado escéptico la necesidad de EPE en el turismo, o hasta en
los centros nocturnos . Además, América Latina, como Europa Occidental, no pudo salvarse del ​efecto de engranaje​,
por el cual se mantenía una compañía de propiedad pública mucho después de que dejara de ser válida la razón original
de su expropiación.
No obstante, el descontento del sector privado ante la expansión de la propiedad pública en América Latina fue
limitado. ​Ni siquiera los países de SE, con su insistencia en las fuerzas del mercado, la empresa privada y la
inversión extranjera, estaban dispuestos a hacer retroceder en medid a importante los límites del Estado. C ​ hile llevó
a cabo un programa de privatización durante los setenta, pero en su mayor parte se trató de la reprivatización de
actividades que durante breve tiempo fueron de propiedad pública con el gobierno socialista de Allende. De hecho, con
Pinochet Chile mantuvo cierto número de industrias (incluso la del cobre) en el sector público, aumentando su
rentabilidad, reduciendo sus inversiones y utilizando sus excedentes como oportunidad para disminuir las tasas
impositivas del sector privado.
Aunque el número de EPE en general solía ser grande, su aportación al PIB real era modesta. Sólo en Venezuela, con
una economía dominada por el petróleo, las EPE aportaron más del 15% del producto neto a finales de los setenta.
Además, si excluimos a Venezuela, la cifra promedio para América Latina estuvo por debajo de la media, tanto de los
países en desarrollo como de los desarrollados. El grueso del valor agregado fue generado por el sector privado
-extranjero y nacional-, lo que le dio a la clase capitalista (a falta de altas tasas efectivas de gravámenes directos), una
poderosa influencia en la distribución del ingreso nacional.
Las EPE, sin embargo, desempeñaron un papel desproporcionadamente importante en el proceso de acumulación de
capital. La presencia de EPE fue importante en ramas de la actividad intensiva en capital (por ejemplo la minería y la
energía). La aportación de las EPE a la inversión fija bruta tendió a superar su contribución al producto neto. En
realidad, la participación de las EPE en el gasto de capital fue muy superior en América Latina que en los PMD en
conjunto, y aún mayor que en las naciones desarrolladas.
Pese a la presencia de numerosas oportunidades de inversión socialmente provechosas, y a la falta de oposición del
sector privado, la acumulación de capital del sector público estuvo limitada , al principio, por la escasez de
financiamiento. Los modestos excedentes de las cuentas corrientes del sector público distaron mucho de estar en
condiciones de financiar los ambiciosos programas de inversión de las diferentes ramas de la administración pública.
Esta limitación financiera se relajó finalmente durante la década de los setenta, al aumentar los préstamos bancarios
internacionales. De hecho, los préstamos al sector público -tanto al gobierno en general como a las EPE- eran aún más
atractivos para los bancos extranjeros que los préstamos al sector privado, porque los primeros siempre tenían una
garantía pública de pago. Las grandes empresas propiedad del Estado de los mayores países latinoamericanos fueron
los clientes más favorecidos. Al reducirse las restricciones financieras la contribución del sector público a la formación
bruta de capitales fijos se elevó enormemente. El resultado fue un ritmo impresionante de formación bruta de capitales
fijos en América Latina durante la década de los setenta.
La tasa de inversión, que a menudo se había comparado desfavorablemente con la de otras regiones, por fin empezó a
alcanzar el nivel requerido para un rápido crecimiento a largo plazo del PIB real per cápita. Sin embargo, ese ritmo no
era sostenible; la base, fincada en las arenas movedizas de los préstamos bancarios internacionales, habría de resultar
sumamente frágil hasta que se desplomó durante los ochenta. Además, la disminución de los préstamos bancarios no

134
sólo redujo el alcance de la inversión pública, sino que también socavó todo el modelo de acumulación de capital en
que se había fundamentado el desarrollo latinoamericano.

El crecimiento basado en la deuda:

Los incumplimientos de pago de los treinta habían excluido a América Latina del mercado privado internacional de
bonos, del cual tanto había dependido el financiamiento externo de la región. A comienzos del período de posguerra
llegó a América Latina cierto capital accionario privado, pero sobre todo en forma de créditos a corto plazo a la
compraventa y a tasas de interés comerciales.
La inversión extranjera directa en América Latina sin duda había aumentado a partir de los cuarenta, y al principio fue
recibida con los brazos abiertos por los gobiernos anfitriones, impacientes por aumentar su acceso a fuentes externas de
capital. Sin embargo, ​la contribución financiera de la EMN a América Latina habría de resultar una decepción.​ El
capital a menudo se obtenía en el país, muchas inversiones representaban la compra de una empresa ya existente, y no
había garantía alguna de que el vendedor reinvirtiera sus ganancias allí mismo. Además, el ingreso de inversión
extranjera directa en un año dado solía ser superado por la salida acumulativa de divisas, como resultado de las
utilidades y el pago de regalías.
América Latina como región escasa en capitales, quería préstamos externos para complementar el ahorro interno
necesario para financiar la acumulación de capital. Bien podría considerarse que un déficit de la cuenta corriente de la
balanza de pagos era el estado de cosas “normal”, siempre que se pudiera financiar con entradas de capital autónomas.
No obstante, la dificultad para aumentar el influjo neto de capital privado -directo o accionario- hizo que la región
dependiera enormemente de las fuentes oficiales e préstamos externos en los dos decenios posteriores a la Segunda
Guerra Mundial​.
Las fuentes multilaterales se habían vuelto importantes al establecerse el FMI y el BM en la Conferencia de Bretton
Woods, y la creación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en 1961, representó una tercera institución
financiera internacional de gran importancia para América Latina.
Desde finales de los setenta a los bancos extranjeros les resultaron atractivos los préstamos a América Latina.​ ​El
origen de este cambio puede encontrarse en la formación del mercado de eurodólares,​ el cual generó un inmenso
fondo de liquidez internacional bajo el control de bancos internacionales, y para el cual había que encontrar nuevos
prestatarios. Financiado al principio por déficits comerciales de EE.UU y engrosado después por los inmensos déficits
presupuestales de ese país, relacionados con la Guerra de Vietnam, los depósitos de eurodólares brincaron de 12 mil
millones de dólares a finales de 1964 a 57 mil millones a finales de 1970.
El crecimiento del mercado de eurodólares sólo fue el primer paso en la transformación de los préstamos bancarios a
América Latina. El segundo fue la difusión de sucursales y oficinas de representación de los bancos internacionales en
el mercado latinoamericano. La reinstalación de filiales bancarias en América Latina, tras una larga ausencia, permitió
a los bancos extranjeros dar servicio en la región a sus clientes, las empresas multinacionales.
A pesar de todo, debido a los numerosos incumplimientos de pago ocurridos durante los treinta, seguía habiendo
reservas sobre la conveniencia de hacer préstamos bancarios a América Latina. Estas inhibiciones finalmente fueron
superadas gracias a ​dos cambios en las prácticas de préstamo​ a finales de los setenta.
1. El primero fue la intervención simultánea de un gran número de instituciones que permitía atomizar el riesgo
de préstamos externos.
2. La segunda fue la adopción de tasas de interés flexibles. En lo sucesivo, los contratos de deuda exigirían al
prestatario pagar una prima fija sobre una tasa de referencia (por ejemplo, la tasa líder de Nueva York), que se
modificaba de acuerdo con las condiciones de mercado.
La combinación de préstamos “sindicalizados”, tasas de interés flexibles y primas elevadas, hizo sumamente
rentables los préstamos a países antes considerados peligrosos.
La primera crisis del petróleo estimuló aún más estos lucrativos préstamos. Los depósitos en monedas europeas,
engrosados por los petrodólares transferidos de los importadores a los exportadores de petróleo, se dispararon. La
segunda crisis petrolera fue un nuevo impulso, y esos depósitos sumaron aún más. Durante toda la década posterior a
1973 los bancos tuvieron que encontrar, y pronto, nuevos candidatos a préstamos lucrativos. América Latina era el
mercado obvio.

135
Nadie pudo dudar de la disposición -mejor dicho, la ansiedad- de los bancos por hacer nuevos préstamos a América
Latina, que se mostraba igualmente anhelosa de recibirlos. De este modo, l​a oferta y la demanda de fondos prestables
iba de la mano.​
La demanda de préstamos bancarios por parte de América Latina se debió a una serie de razones.
● A finales de los sesenta la insatisfacción con la inversión extranjera directa estaba generalizada. Se reconocía
que las EMN eran necesarias por su capacidad tecnológica en ciertas áreas, pero no se podía contar con que
financiaran los déficit de la balanza de pagos. Se necesitaban nuevas fuentes de capital.
● Los préstamos bancarios tenían otra ventaja sobre las fuentes de capital accionario: ​estaban virtualmente libres
de condiciones​. Mientras que la mayor parte de los gobiernos latinoamericanos habían tenido que esforzarse
por satisfacer las condiciones del FMI, en un momento u otro, los nuevos préstamos de los bancos
internacionales llegaban sujetos a muy pocas restricciones.
● Una última razón del entusiasmo por los préstamos bancarios fueron ​los choques externos creados por las dos
crisis petroleras​. Para los importadores de petróleo (por ejemplo Brasil) contar con préstamos sin condiciones
fue un medio de financiar el déficit de la balanza de pagos implícito en los precios más altos del combustible,
sin penosos programas de estabilización y de ajuste, y sin sacrificar altas tasas de crecimiento del PIB. A los
exportadores de petróleo (como Ecuador y México), el alto precio de éste les ofreció una oportunidad de
aumentar su producción o de diversificar la economía. En ambos casos, ​la escala de inversión planeada fue
muy superior a los recursos internos y exigía acceso a préstamos del extranjero​.
Los bancos no fueron la única fuente de nuevos préstamos para América Latina -los flujos de capital oficial también se
beneficiaron del aumento de la liquidez mundial-, y desde luego no todos los préstamos de los bancos fueron al sector
público. Así creció con rapidez ​toda clase de deuda. Siempre que era posible la banca procuraba obtener garantía
pública de sus préstamos, aun si iban destinados al sector privado. El gobierno de Pinochet en Chile, sin embargo, se
negó a darla. Además, los bancos seguían dispuestos a prestar a empresas del sector privado sin garantías públicas en
las repúblicas más grandes. Una cuarta parte de toda la deuda en Argentina y Brasil a finales de 1982 era por préstamos
privados, no garantizados y a largo plazo.
El entusiasmo de los bancos por prestarle a América Latina no fue igual en todos los casos. ​Mostraron una abrumador
a preferencia por los países grandes: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Venezuela​. Sin embargo, sus
esfuerzos por prestarle a Colombia fueron en gran parte rechazados debido a la larga tradición conservadora de la
república en asuntos fiscales. A finales de 1982 más de la mitad de la deuda de Colombia era para con el Banco
Mundial y otros acreedores oficiales.
De hecho, el interés de los bancos por las repúblicas pequeñas fue muy limitado. Con excepción de Costa Rica, Panamá
y Uruguay, aquéllos siguieron dependiendo en gran medida de las fuentes oficiales de capita.
El crecimiento de la deuda latinoamericana a partir de finales de los sesenta fue sumamente rápido. Sin embargo, al
menos hasta la segunda crisis petrolera, en 1978-1979, era sostenible, porque la tasa nominal de interés sobre la deuda
estaba por debajo de la tasa de crecimiento nominal de las exportaciones. Los altos niveles de liquidez internacional,
aunados a la recesión de los países desarrollados después del primer choque petrolero, mantuvieron las tasas nominales
de interés por debajo de la inflación mundial. Las ganancias latinoamericanas por exportación aumentaron rápidamente,
gracias a los precios más altos de los artículos. Por ello América Latina pudo pedir prestados internacionalmente los
recursos que necesitaba para pagar los intereses de la deuda, sin correr el riesgo de un insostenible aumento de la
relación entre deuda y exportaciones.
La segunda crisis petrolera fue un parteaguas en la administración económica global. Los países desarrollados cayeron
en recesión, arrastrando a la baja el precio de los bienes. Pero esta vez ​los países desarrollados atacaron sus
desequilibrios estructurales por medio de una severa política monetaria, elevando la tasa mundial de los intereses a
niveles astronómicos​. Al llegar 1981 la tasa base de Londres y Nueva York era de más de 16%, lo que hizo subir la
tasa de los intereses correspondientes a la deuda con los bancos a cerca de 20%. ​En 1981, el crecimiento basado en la
deuda se hizo insostenible.​
Y sin embargo, increíblemente, los bancos y otros acreedores siguieron haciendo préstamos incluso después de la
segunda crisis petrolera. Como era de prever, ​la relación entre deudas y exportaciones se deterioró muy pronto.​
La continuación de los préstamos a América Latina tras la segunda crisis petrolera hizo surgir un auge sin precedentes
de las importaciones. En el transcurso de unos cuantos años las importaciones se habían más que duplicado, y el déficit

136
de la cuenta corriente -pese al aumento del valor de las exportaciones de petróleo- había crecido. Aún más perturbador
a fue la aceleración de la fuga de capitales cuando la gente de muchas repúblicas latinoamericanas perdió la confianza
en la política pública y previo la devaluación de la moneda. A finales de 1982 se calculaba que el sector privado de
Argentina, México y Venezuela tenía en el extranjero activos equivalentes por lo menos a la mitad del valor de la
deuda externa pública de cada uno de los países.
No obstante, acreedores y deudores por igual ignoraron todas las señales de alarma hasta que fue demasiado tarde. El
deterioro generalizado de la relación entre el servicio y la deuda, y entre ésta y las exportaciones no causó alarma. Sólo
en 1982, cuando el valor de las exportaciones de América Latina empezó a caer del nivel máximo de los años
anteriores, se redujo el ritmo de los préstamos. Los términos de intercambio de los no exportadores de petróleo se
deterioraron de forma súbita cuando la recesión mundial causó la caída de los precios. Sin embargo, irónicamente, fue
una nación exportadora de petróleo la que precipitó el desastre. ​Cuando México -incapaz ya de cumplir el servicio de
su deuda- amenazó con el incumplimiento de pagos, la crisis de la deuda finalmente había llegado.​

CEPAL: Tres décadas de crecimiento desigual e inestable:

A. Entre 1980 y 2012 el crecimiento económico aumentó y la desigualdad disminuyó, pero de manera
insuficiente y variable:

A partir de la década de 2000 se produjeron en el entorno externo de la región cambios muy pronunciados que en
varios casos se tradujeron en períodos sostenidos de crecimiento. No obstante, en una perspectiva de largo plazo, los
resultados no han sido tan auspiciosos.
● En primer lugar, el desempeño durante estas tres décadas ha sido muy bajo en los países donde vive una gran
parte de la población de América Latina y el Caribe.
● En segundo lugar, cuando se compara esta evolución con la de otros países tomados como referentes, se
aprecia que en un número importante de países el crecimiento económico fue insuficiente para inducir a una
convergencia hacia el PIB per cápita de países desarrollados. Incluso aquellos más dinámicos no alcanzaron el
ritmo de expansión del PIB per cápita que muestran países emergentes de Asia.
Durante la mayor parte del período que va de 1980 a 2010, el PIB per cápita de América Latina como
proporción del estadounidense fue decreciente. Aunque se observa un moderado repunte a partir de 2002, no se
logra llegar a un nivel equivalente a la proporción (30%) del PIB per cápita de los Estados Unidos que la región
había alcanzado a principios del siglo XX. En contraste, China y la República de Corea tuvieron un proceso de
convergencia mucho más rápido que América Latina en las últimas décadas.
● En tercer lugar, no se aprecia a priori un patrón común de especialización productiva o exportadora, tamaño o
ubicación geográfica que permita identificar el tipo de países que logran un mejor desempeño de largo plazo.
Tanto entre aquellos de mejor desempeño como entre aquellos de bajo crecimiento se incluyen países
exportadores de recursos naturales, manufacturas, servicios y bienes agrícolas. Ninguno de los países de mayor
tamaño y economía diversificada se ubica entre los de más alto crecimiento, pero este hecho no constituye un
patrón sistemático por cuanto entre ellos las diferencias también son notorias.
● En cuarto lugar, cuando se examina el coeficiente de variación de las tasas de crecimiento durante todo el
período comprendido entre 1980 y 2012, se observa como hecho estilizado que a medida que decrece (es decir,
mientras menos variable es el crecimiento) mejor es el desempeño de largo plazo. Lo anterior sugiere que,
siendo los rasgos estructurales de las economías elementos condicionantes clave del desempeño económico,
otros factores, como el tipo de políticas adoptadas y su institucionalidad, han sido gravitantes para explicar las
diferencias entre países.
● En quinto lugar, la disparidad entre las tasas de crecimiento de los países de la región inicialmente aumentó y
luego se redujo durante la última década. Los diversos episodios críticos que afectaron a la región en estas tres
décadas incidieron en forma muy diferenciada en los países. En la década de 1980 el grado de dispersión entre
países del PIB per cápita fue muy elevado y solo comenzó a ceder con el inicio de la recuperación vacilante de
137
los primeros años de la década de 1990. Dicho proceso se interrumpió a raíz de las diversas crisis que afectaron
a la región desde 1995, acentuándose nuevamente la dispersión de este indicador entre los países de la región.
En la década de 2000, en especial a partir del ciclo de alzas de los precios de los bienes primarios, que
posibilitó en varios países mayores tasas de crecimiento por varios años consecutivos, se apreció una
importante reducción de esta dispersión.
● En sexto lugar, la desigualdad de ingresos dentro de los países —medida a través del coeficiente de Gini—, así
como la pobreza, aumentaron y luego comenzaron a reducirse en la mayor parte de ellos en la última década.
Las décadas de 1980 y 1990 fueron adversas en términos distributivos, pues la concentración del ingreso
aumentó en 12 países, incluidas las 3 mayores economías de la región. Este fue un período de crisis,
crecimiento inestable e inflación y desempleo elevados. A partir de 1998, y con mayor fuerza en la década que
siguió, la concentración del ingreso comenzó a ceder, de tal modo que entre 2000 y 2011 el coeficiente de Gini
se redujo en 13 países. En esos años en varios países de la región se produjeron importantes aumentos del
ingreso nacional disponible debido al mejoramiento de sus términos de intercambio, las tasas de crecimiento y
de empleo fueron sostenidamente mayores y la inflación se redujo.
El efecto potencial de una mejora de los términos de intercambio sobre la desconcentración, como resultado de
los mayores ingresos que ello genera, es ilustrado por la tendencia descendente del coeficiente de Gini en los
países exportadores de hidrocarburos a partir de 2000. Pero también se observa que ello puede ser insuficiente.
Así, Colombia y Chile, que también fueron beneficiados por ganancias de sus términos de intercambio,
crecieron a tasas significativas y tuvieron tasas de inflación inferiores a un dígito, no exhibieron tendencias
claras a una menor concentración del ingreso en esos años.
● Finalmente, la dinámica de la distribución del ingreso y la reducción de la pobreza en el período que va de
2003 a 2011 estuvo marcada por cambios en el mercado de trabajo, transferencias hacia los hogares y cambios
institucionales, con diferencias entre países. En particular, fueron importantes el aumento del empleo de
calidad y el incremento de las remuneraciones medias, que beneficiaron proporcionalmente más a los
miembros de hogares de menores ingresos.
El 50% de la reducción de la desigualdad de los ingresos por adulto se debe al cambio distributivo de los
ingresos no laborales. Entre los factores que pueden haber afectado la tendencia de las remuneraciones por
ocupado en este período se destacan el aumento de la oferta relativa de trabajadores calificados y el aumento de
la demanda relativa de trabajadores no calificados, asociada a la expansión del sector de bienes no transables.
Los factores anteriores, junto con políticas de transferencias a los hogares de menores ingresos y cambios
institucionales como las políticas de salario mínimo y el fomento de la formalización laboral, contribuyeron a
las mejoras de la distribución del ingreso.
No obstante, la región continúa siendo altamente desigual en términos de la distribución del ingreso. En América
Latina, el 10% más rico de la población concentra el 32% de los ingresos totales, mientras que el 40% más pobre sólo
percibe el 15%. En los países del Caribe, el nivel de desigualdad es menor. En las últimas décadas la evolución de la
pobreza ha presentado altibajos, fuertemente dependientes de la evolución del ciclo económico, lo que refleja la
importancia de este ciclo en dicha evolución, pero también de los distintos alcances de las políticas adoptadas durante
estos períodos.
La década de 1980 fue la década perdida en la región no solamente en términos económicos sino también en cuanto
a la evolución de la pobreza.​ Al final de la década, prácticamente uno de cada dos latinoamericanos era pobre. ​En un
contexto de deterioro del bienestar, la política de restricciones fiscales para enfrentar la crisis de la deuda agravó la
situación social​.
El período comprendido entre 1990 y 2002 se caracterizó por una disminución parcial de la incidencia de la pobreza
como resultado de un crecimiento económico levemente más alto que en la década anterior,​ pero inestable y afectado
por fuertes crisis en los países de la región de mayor tamaño relativo. ​En el período que va de 2002 a 2008, marcado
por el auge del ingreso nacional disponible, como consecuencia del aumento de los precios de los bienes exportados,
la mayoría de los países de la región experimentaron una reducción de los niveles de pobreza e indigencia.​ La
expansión económica de ese período se tradujo en un significativo aumento de los niveles de empleo, lo que, junto con
un moderado crecimiento de los ingresos laborales reales, redundó en un incremento de los ingresos medios de los
hogares. Esto a su vez contribuyó a la reducción de la pobreza y la indigencia, en conjunto con políticas de

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transferencias a los hogares más pobres. El primer factor, la expansión económica, fue el más importante detrás de los
avances registrados en la Argentina.
No obstante, también cumplieron un rol las mejoras distributivas. Este conjunto de factores en forma agregada se
tradujo en una caída de la tasa de pobreza de América Latina de casi un 25% y de la tasa de indigencia de un 33%. En
ambos casos, ​las tasas de 2008 fueron inferiores a las registradas en 1980. La reducción de la pobreza y la
indigencia en ese período se concentró principalmente en las áreas urbanas, revirtiendo el proceso de aumento en
estas zonas que se había producido en períodos anteriores.​

B. La variabilidad externa ha sido un determinante decisivo del crecimiento:

1. Los años ochenta: crisis de endeudamiento

La década de 1980, denominada la década perdida para el crecimiento de la región, estuvo marcada por la eclosión
de la crisis de la deuda externa que se inició en México en 1982.​ Varios países de la región habían incurrido en un
acelerado proceso de endeudamiento externo público y privado con la banca internacional, en especial de los Estados
Unidos. Previamente también se había observado una creciente liberalización de la cuenta financiera, en el marco de
regímenes de tipo de cambio fijo o administrado. Esto facilitó el proceso de sobreendeudamiento, por las garantías
implícitas que esta clase de regímenes tiende a crear. Lo que en retrospectiva fue una excesiva exposición de la banca
comercial internacional, en particular estadounidense, a la región se tradujo para varios países de América Latina en la
imposibilidad de continuar sirviendo su deuda cuando en un contexto de recesión internacional aumentó la tasa de
interés en los Estados Unidos (1979) y se deterioraron los términos de intercambio de la región. A la vez, el cambio de
las condiciones financieras globales debido al alza de la tasa de interés en los Estados Unidos produjo una fuerte
reversión de los flujos de capitales, agregando una crisis de liquidez externa a la crisis de solvencia que ya exhibían
varios países.
La suspensión del acceso voluntario al financiamiento externo, la condicionalidad asociada a las negociaciones de la
deuda externa —reflejada en procesos de estabilización y ajuste estructural— y las obligaciones derivadas de las
suspensiones transitorias de pago y de la renegociación de la deuda externa, culminaron en masivas devaluaciones, con
el consiguiente impacto sobre la inflación, reducciones del ingreso real y la transferencia de alrededor del 6% del PIB
de la región al exterior durante la mayor parte de la década. La disminución de las importaciones requerida para generar
un superávit comercial, junto con la incertidumbre general que significaron estos procesos de ajuste, condujeron a una
reducción de la inversión pública y privada, e incluso del consumo, y en la mayoría de los países se deterioraron
seriamente la productividad y la capacidad de crecer (PIB potencial) de más largo plazo. En varios países se produjeron
profundas contracciones económicas durante la primera parte de la década, que se tradujeron en elevadas tasas de
desempleo y aumento de la pobreza.
El deterioro de los términos de intercambio y la percepción de la región en ese período como un conjunto de países
inestables desde el punto de vista financiero redundaron en problemas de acceso al financiamiento privado externo
incluso de países que no enfrentaron dificultades de capacidad de pago de la deuda externa, como algunos países
centroamericanos, Colombia y el Paraguay. En Centroamérica se mantuvo un flujo neto de recursos positivo debido a
la cooperación financiera oficial bilateral o multilateral. También tuvieron acceso a ello otros países como Chile y
Colombia, lo que contribuyó en este último caso a un desempeño macroeconómico menos desfavorable.
La segunda parte de la década de 1980 fue levemente más favorable que la fase crítica previa,​ en alguna medida
gracias a la relativa recuperación de los Estados Unidos y otras regiones desarrolladas, con lo que la región
experimentó cierta recuperación, aunque vacilante.

2. Los años noventa: crecimiento inestable en un contexto de choques financieros externos y desequilibrios
internos

Con la implementación del Plan Brady a partir de 1989, se comenzó a reanudar el financiamiento externo
voluntario para la región​, que contribuyó a la reactivación económica y a la vez marcó el inicio de un nuevo ciclo
financiero expansivo que se extendió entre 1990 y 1997, hasta el surgimiento de la crisis asiática. Además, desde 1993

139
hasta 1997 la región se benefició por la mejora de sus términos de intercambio, al mismo tiempo que comenzaba a
recibir crecientes flujos de inversión, tanto de cartera como inversión extranjera directa (IED), hechos vinculados a ​las
privatizaciones de empresas estatales, la titularización de la deuda externa y el inicio de un nuevo ciclo de
inversiones en sectores exportadores de productos básicos,​ en el caso de algunos países.
No obstante, d​esde la segunda mitad de los años noventa hasta 2002 el crecimiento de la región estuvo marcado por
fuertes turbulencias externas e internas.​ Entre las externas cabe mencionar la crisis asiática de 1997 y la de la
Federación de Rusia (con cesación de pagos) y Turquía de 1998. Ambas afectaron con mucha fuerza a la región, por
canales financieros y del comercio. Pero también hubo importantes turbulencias de origen interno. En primer lugar,
varias de las crisis financieras del período comprendido entre 1995 y 2001 (las crisis que se produjeron en México en
1994 y 1995, en el Brasil en 1998 y 1999, y en la Argentina en 2001 y 2002) fueron causadas por el ingreso de
capitales combinados con sistemas financieros insuficientemente regulados y abiertos en varios países, en especial los
más grandes, y con tipos de cambio poco flexibles utilizados como anclas antiinflación, que condujeron a una
sobrevaloración cambiaria real​. Los efectos de estos factores fueron reforzados por ​políticas fiscales y monetarias
procíclicas​ que agudizaron las etapas de auge y de contracción.
Pese a los recortes de los niveles de deuda en el marco del Plan Brady, en la gran mayoría de los casos ellos fueron
insuficientes para posibilitar una reducción sostenida de la magnitud de la deuda como proporción del PIB. Las crisis
mencionadas y el bajo crecimiento concomitante se tradujeron en ciertos países en un progresivo peso del pago de
intereses y en el aumento de la deuda como proporción del PIB desde mediados de los años noventa.
A lo anterior se sumaron en el caso del Ecuador el deterioro del precio de sus principales exportaciones, los efectos
climáticos de la corriente de El Niño, la elevada inflación y una profunda crisis política interna, que condujeron a la
primera cesación de pagos (default) de una deuda en bonos Brady, en 1998. A diferencia de lo ocurrido en el caso de
otros países que habían enfrentado dificultades previamente (Argentina, Brasil y México, por ejemplo), esta vez ni el
Fondo Monetario Internacional ni el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos presentaron un programa
preventivo para evitar la cesación de pagos. En 2001, a la cesación de pagos del Ecuador siguió la de la Argentina,
cuyas raíces fueron similares a las de crisis anteriores. Con todo, ​la década de 1990 representó una mejoría, si bien
leve, con respecto a la década precedente.​

3. Desde 2000 hasta el presente: mejoramiento del entorno externo, pero en un contexto de continua
variabilidad:

A partir de 2003 la mejora de los términos de intercambio de la mayor parte de los países de la región inauguró una
nueva etapa, de mayor crecimiento y relativa estabilidad​. La duración media del ciclo de aumento de los precios,
derivado principalmente de la mayor demanda por parte de Asia y de ciertas restricciones de la oferta, fue mayor que la
de ciclos previos, a la vez que el incremento medio de los precios también fue más pronunciado. Al mismo tiempo, fue
mayor el número de mercados que en forma simultánea exhibieron alzas de precios. Estas mejoras de los términos de
intercambio y el aumento de las remesas enviadas por trabajadores emigrados redundaron en un crecimiento importante
del ingreso disponible en la región, que produjo como resultado un incremento del ahorro.
Se observa que el grupo que más creció en el período que va de 2003 a 2012, y especialmente durante el auge de los
precios de bienes primarios observado entre 2003 y 2008, fueron los países exportadores de hidrocarburos y de
minerales y metales. Son justamente estas categorías de bienes las que exhibieron el mayor aumento de precios durante
este período.
Siguieron por la magnitud de la evolución de su PIB los países exportadores de productos agrícolas y agroindustriales,
es decir, los países centroamericanos —excluido Panamá—, el Uruguay, el Paraguay, la República Dominicana y Haití.
Favorecidos especialmente por las exportaciones de productos agrícolas correspondientes a alimentos, bebidas
tropicales y granos, que se incluyen entre los productos cuyos precios registraron un aumento importante. En algunos
casos, el hecho de ser importadores netos de alimentos (especialmente granos) redujo el efecto positivo derivado de la
evolución favorable de los términos de intercambio o lo volvió negativo (especialmente en 2008), pero no debe
desestimarse el impacto favorable del aumento de los precios de sus exportaciones. El deterioro afectó más a aquellos
países que cuentan con una capacidad limitada de oferta exportadora de productos agrícolas y que tienen serios
problemas de sostenibilidad ambiental, como El Salvador y Haití, que estuvieron entre los países que menos crecieron.

140
Por su parte, el crecimiento de las economías especializadas en la exportación de servicios, que corresponden
principalmente a las islas del Caribe, estuvo determinado en gran medida por los cambios en la demanda proveniente
de los países desarrollados, que hacia fines de la década de 2000 experimentó fuertes caídas a raíz de la crisis financiera
mundial.
La Argentina, el Brasil y México, clasificados como economías grandes y diversificadas, exhibieron un desempeño
heterogéneo que puede explicarse en gran medida por su estructura exportadora.​ El mayor crecimiento del PIB de la
Argentina estuvo en parte asociado a la exportación de alimentos (soja) y otros productos favorecidos por la
devaluación de su moneda en 2002. El incremento del PIB del Brasil, a una tasa menor, también fue afectado en forma
positiva por los precios favorables de sus exportaciones agrícolas y de minerales, mientras que México, cuyas
exportaciones consisten mayoritariamente en manufacturas, creció bastante menos.
El significativo aumento de las tasas de crecimiento del PIB registrado en la región desde 2003 hasta mediados de
2008 fue bruscamente interrumpido por la eclosión de la crisis financiera internacional originada en los sistemas
financieros de países desarrollados.​ En los dos años siguientes el PIB de la región repuntó de manera significativa, lo
que evidenció la ​notable resiliencia de la economía regional ante la crisis.​
Este escenario negativo contribuyó además a una desaceleración de importantes mercados externos de la región, como
China, donde también se comenzó a percibir la necesidad de ajustes estructurales de sus fuentes de crecimiento. Así, ​el
crecimiento de América Latina entre 2010 y 2012, si bien fue positivo, exhibió una clara tendencia a la
desaceleración​, en tanto que el del Caribe registró caídas pronunciadas, especialmente entre los países exportadores de
servicios, debido a la incidencia de los países desarrollados en sus exportaciones.
En síntesis, la experiencia de crecimiento en América Latina y el Caribe durante las tres últimas décadas evidencia
la considerable influencia de las condiciones externas:​ períodos de bajo acceso a recursos financieros externos,
episodios de crisis de economías relevantes, ya sea en la región o fuera de ella, junto con desarrollos negativos de los
mercados de exportación que han redundado en deterioros de los términos de intercambio, se han traducido casi
siempre en menores ritmos de crecimiento y, en ciertos casos agudos, en caídas de los niveles del PIB. Si bien ​durante
la crisis financiera mundial la región mostró un alto grado de resiliencia gracias a su capacidad para implementar
políticas contracíclicas y recuperar prontamente su acceso a los mercados financieros internacionales,​ la incidencia
de la variabilidad externa continuó gravitando en forma significativa sobre el crecimiento.

C. La acumulación de capital y su financiamiento han sido insuficientes y variables:

1. La inversión, como porcentaje del PIB, aún no ha recuperado el nivel de 1980:

Los ajustes macroeconómicos requeridos para enfrentar la crisis de la deuda se tradujeron en una importante
reducción de la inversión (formación bruta de capital fijo), que como porcentaje del PIB disminuyó en forma
sostenida durante la primera mitad de los años ochenta y se mantuvo bajo el 20% desde las turbulencias de los años
noventa hasta 2007, llegando a su nivel más bajo en 2003 (16,7%).​ De 2007 a 2012 la inversión se mantuvo en alza,
alcanzando este último año un nivel del 22,9%.
Estos resultados contrastan con los que muestran otras economías emergentes, por ejemplo las asiáticas, donde se han
registrado altas tasas de crecimiento en las décadas recientes. Entre las economías asiáticas destacan China y la India,
cuyas tasas de inversión en las décadas recientes han sido de alrededor del 45% y el 35% del PIB respectivamente,
seguidas por la República de Corea y Tailandia, cuyas tasas son cercanas al 25% del PIB. Con la excepción de los
últimos años, la inversión realizada por América Latina es sistemáticamente inferior a la de estos países.
● Primero, en 8 de los 19 países (Argentina, Bolivia, Brasil, Cuba, El Salvador, Guatemala, Paraguay y Uruguay)
el total de la inversión (pública y privada) como porcentaje del PIB se mantuvo en forma prolongada en niveles
inferiores al 20%.
● Segundo, en 15 de los 19 países la inversión pública medida como porcentaje del PIB disminuyó en el período
que va de 1990 a 1998 en comparación con la década de 1980. En algunos casos estas disminuciones se
mantuvieron en el período que va de 1999 a 2002. A partir de 2003 se aprecia una recuperación en 8 de los 19
países. No obstante, en 13 de los 19 países la inversión pública como proporción del PIB se mantuvo bajo los
niveles registrados en la década de 1980.

141
● Tercero, en contraste con la evolución de la inversión pública, en la década de 1990 la inversión privada
aumentó en el mayor número de países (14 de los 19 países).
● Cuarto, durante los años comprendidos entre 2003 y 2010 se verificó un alza adicional de los coeficientes de
inversión total, aunque de manera heterogénea.

2. El aumento del ahorro nacional contribuyó a incrementar la inversión en condiciones de menor vulnerabilidad
durante la última década:

A partir de la segunda mitad de 2003 se observó en varios países un aumento significativo del ingreso nacional bruto
disponible, lo que incidió en el alza del ahorro nacional, público y privado, como porcentaje del PIB. Dicho aumento
del ingreso nacional se derivó en la mayor parte de los casos de mejorías acentuadas de los términos de intercambio,
consecuencia del aumento de los precios internacionales de las materias primas.
Las razones de este comportamiento del ahorro público son diversas. Un factor común es el aumento del ingreso
nacional derivado de la mejora sostenida de los términos de intercambio. Pero, además, durante este período se
adoptaron progresivamente políticas fiscales orientadas a reforzar la sostenibilidad de las finanzas públicas a lo largo
del ciclo de precios de las materias primas, en forma coincidente con un incremento significativo de esos precios. En
otros casos el aumento del ahorro público se vinculó a la necesidad de enfrentar las consecuencias de un restringido
acceso al financiamiento externo, como secuela de las crisis de balanza de pagos.
A su vez, el ahorro privado medido como porcentaje del PIB también registra alzas importantes, que son más notorias
durante el segundo episodio de aumento de la inversión. Esta evolución se relaciona asimismo con el incremento del
ingreso nacional registrado entre 2003 y 2011.
La evolución del ahorro privado y del ahorro público contribuye a explicar el aumento del ahorro nacional que se
aprecia en el período comprendido entre 1990 y 1997, y en especial en el período que va de 2003 a 2008, que son los
años en que se registraron alzas del coeficiente de inversión. En varios países el aumento del ahorro nacional fue
superior al de la inversión, lo que se tradujo en reducciones importantes del ahorro externo en más de la mitad de los
países considerados. Asimismo, al comparar el período que va de 2003 a 2008 con el período anterior (1999-2002), se
observa que en 8 de los 19 países el aumento del ahorro público fue mayor que el aumento del ahorro privado​,
medidos como porcentaje del PIB. ​Estas mayores alzas del ahorro público no se reflejaron en aumentos similares de
la inversión pública​.
A partir de lo anterior se puede concluir que, además de los factores exógenos que contribuyeron al alza del ingreso
nacional bruto disponible en el último período (mayores precios de exportación de las materias primas, aumento de las
remesas de emigrantes, disminución de los pagos de intereses de la deuda externa), también incidieron en el menor
recurso al ahorro externo las políticas en materia de sostenibilidad de las finanzas públicas y de manejo de reservas
internacionales. ​La contrapartida de un menor uso del ahorro externo fue la reducción del endeudamiento externo
como proporción del PIB, la significativa acumulación de reservas internacionales netas y los ahorros públicos
acumulados en fondos soberanos​.
De esta forma, ​el rasgo que más diferencia la coyuntura vigente en el período que va de 1990 a 1998 con respecto a
aquella del período comprendido entre 2003 y 2010 fue la mayor participación del ahorro nacional en el
financiamiento de la inversión regional en el período más reciente, lo que representó un cambio hacia una mayor
sostenibilidad del crecimiento y una menor vulnerabilidad frente a las fluctuaciones de los mercados financieros
externos.​ Cuando sobrevino la crisis financiera mundial de 2008 y 2009, el menor recurso al ahorro externo resultante
del mayor ahorro nacional en los años previos posibilitó en varios países la acción de políticas contracíclicas y permitió
que la región como un todo enfrentara esta contingencia en mejores condiciones y con menores pérdidas de crecimiento
que en experiencias previas.

D. Hubo un fortalecimiento gradual de las cuentas fiscales:

Las duras experiencias de ajustes recesivos luego del endeudamiento externo excesivo que derivó en la crisis de la
deuda externa latinoamericana de los años ochenta, los vaivenes de los capitales internacionales durante los años
noventa y las sucesivas crisis en países de la región, junto con una visión muy crítica sobre las condicionalidades que

142
aplicaron los organismos multilaterales de financiamiento para hacer frente a las crisis, originaron, en grado diverso,
una reacción de los gobiernos que se expresó en un ​progresivo cambio del régimen macroeconómico de muchos
países de la región​.
En varios países se adoptaron progresivamente desde 2000 marcos institucionales y políticas fiscales con un mayor
énfasis en el equilibrio de las finanzas públicas, con horizontes de mediano y largo plazo.​ Ello permitió en ciertos
casos la creación de capacidades contracíclicas para la política fiscal y posibilitó una reducción de los déficits y de la
deuda pública. Estos aumentos del ahorro público, a su vez, permitieron cierta recuperación de la inversión pública,
contribuyendo así a sostener el crecimiento.
No obstante, este cuadro positivo se refiere principalmente a América del Sur, por cuanto en Centroamérica, y en
especial en el Caribe, persisten situaciones de fragilidad fiscal.

E. La inflación se redujo y en numerosos casos se adoptaron regímenes cambiarios flexibles:

La evolución de la política monetaria y cambiaria ha sido muy diversa en los distintos países de la región y ha estado
muy marcada por las crisis internas y externas que se produjeron en cada década, aunque ha habido un proceso gradual
de fortalecimiento de la política monetaria, con diferencias entre países. Así, a partir de mediados de los años noventa,
y con mayor fuerza desde 2000, se dio a las políticas cambiarias y monetarias una significativa reorientación, tendiendo
a otorgar mayor énfasis al control inflacionario y adoptando en ciertos casos metas u objetivos explícitos para esta
variable. Ello contribuyó a que, en el curso de las tres décadas analizadas, la inflación haya seguido un curso
descendente, en especial a partir de la década de 2000. Entre 1980 y 1999, varios países, como la Argentina, exhibieron
ritmos inflacionarios extraordinariamente elevado. Ello se debió a los profundos ajustes cambiarios que se requirieron
para corregir desequilibrios previos, causados por expansiones de gasto no sostenibles, apoyadas en endeudamiento
externo y fomentadas por apreciaciones cambiarias reales en el marco de regímenes cambiarios fijos.
En la década de 2000 los episodios de inflación elevada comenzaron a ser cada vez menos frecuentes y, al mismo
tiempo, el número de economías en que se alcanzaron tasas de inflación de un dígito fue creciente. Junto con la
reorientación de la política monetaria aumentó el número de países que optaron por regímenes cambiarios
relativamente flexibles, si bien en varios de ellos la autoridad monetaria interviene con frecuencia​.
En síntesis, la región y, en especial, América Latina transitaron desde un cuadro de elevada inflación y variabilidad
nominal en la década de 1980 hacia uno de mayor estabilidad a partir del inicio del presente siglo. A la vez, mediante la
política monetaria se ha otorgado mayor peso a la inflación como objetivo y en varios países se han adoptado
regímenes con objetivos explícitos de inflación. Ello no significa que otras variables, como el crecimiento y el
desempleo, estén ausentes de las decisiones de política. En las declaraciones de las autoridades monetarias al momento
de explicar los criterios en que basan sus decisiones, se ha tendido a incluir en el período reciente (2009-2012) un
número más amplio de variables, como las dos señaladas. En forma complementaria, con la excepción del Caribe, los
regímenes cambiarios han tendido a un mayor grado de flexibilidad, pero con intervenciones frecuentes. Con todo,
estos cambios no son uniformes en la región y en 2012 persistían casos de elevada inflación.

F. El patrón de inserción macroeconómica externa cambió radicalmente:

Como la evidencia demuestra ampliamente, la estructura productiva de las economías más grandes tiende a ser más
diversificada. Es por eso que un indicador utilizado de manera amplia para ilustrar el grado de apertura comercial, la
suma de exportaciones e importaciones de bienes y servicios como proporción del PIB, es por lo general menor en esas
economías que en las economías pequeñas, que recurren en mayor medida al comercio internacional para satisfacer sus
necesidades de bienes de consumo y de capital e insumos para la producción.
La suma de exportaciones e importaciones de bienes y servicios como porcentaje del PIB exhibe una importante
alza a lo largo de las tres décadas​, acentuada en forma particular en economías grandes que al inicio de los años
ochenta eran relativamente cerradas. En todas las economías grandes y en varias economías medianas, el grado en que
el comercio exterior incide en el PIB se ha duplicado, como mínimo, en las tres décadas analizadas. Ello ha sido
resultado tanto de las condicionalidades que se asociaron a los paquetes de apoyo financiero para hacer frente a las

143
crisis que sufrieron países de la región entre 1980 y 1995, como de la adopción por parte de los propios países de
estrategias de desarrollo con las que en forma deliberada se buscó una mayor integración a los mercados externos.
Sumado al aumento de las importaciones que fue parte de la apertura comercial, t​ambién se produjo un cambio
significativo en la composición del valor de las exportaciones​, como consecuencia del aumento de los precios de los
principales productos básicos de exportación después de 2003. Este fenómeno fue más intenso en las economías de
América del Sur, debido a su mayor especialización en la producción y exportación de materias primas.
Varios países de la región, en particular algunos de los que tienen menor PIB per cápita, perciben ​flujos de remesas
que representan una proporción muy significativa de su ingreso. En los países de Centroamérica y en algunos de
América del Sur las remesas aumentaron en forma significativa, llegando en algunos casos a montos que representaban
cerca del 10% del PIB en 2011. En aquellos países en que los montos son más relevantes, las remesas han sido una
fuente de dinamismo del consumo (incluidos gastos en salud y educación), además de contribuir a la reducción de la
pobreza o la pobreza extrema.
Un tercer cambio relevante se aprecia en la composición de los flujos de renta.​ En particular, a medida que los países
volvieron a crecer después de la crisis de inicios de los años ochenta y también como resultado de la Iniciativa en favor
de los países pobres muy endeudados, el peso de la deuda externa se redujo, lo que a su vez redundó en una tendencia
de largo plazo a un menor pago de intereses como proporción del PIB. ​Este cambio, sin embargo, no fue igual en las
distintas subregiones; los países del Caribe soportaron una importante carga prácticamente hasta fines de la
primera década del siglo XXI​. El ciclo de precios de las exportaciones de América del Sur, que mostraron importantes
alzas a partir de 2003, está asociado a los mayores rendimientos y pagos al exterior.
A partir de los ​programas de privatizaciones y de la apertura externa que acompañaron los procesos de
desendeudamiento, la inversión extranjera hacia la región, tanto directa como de cartera, se elevó en forma muy
significativa. Si bien en términos absolutos los flujos netos de inversión extranjera directa se dirigen principalmente
hacia países grandes y medianos, su incidencia en el financiamiento (como proporción del PIB) ha sido mayor en
países de Centroamérica y el Caribe.
Tras estos cambios en el financiamiento externo están los ​avances en las regulaciones financieras y modificaciones
en la política macroeconómica q​ ue comenzaron a mejorar las condiciones de acceso de América Latina y el Caribe a
los mercados internacionales de capitales. Estos cambios comenzaron en la década de ​1990​, cuando la inversión
extranjera directa sustituyó a la banca comercial como primera fuente de flujos netos de capital en América Latina y
el Caribe, y continuaron en la década de ​2000​, cuando la banca comercial como segunda fuente de estos flujos fue
reemplazada por la ​colocación de bonos​ (soberanos y corporativos).
El progresivo aumento de los bonos como fuente de financiamiento fue acompañado por un incremento de la
importancia relativa de inversionistas institucionales (fondos de pensiones y aseguradoras) como compradores de
bonos, ​en contraste con inversionistas de corto plazo o altamente endeudados en el pasado reciente​. A la vez, ha
aumentado la presencia de bonos corporativos, y se han incorporado mejoras en los plazos y condiciones de colocación
de los bonos soberanos, incluida desde 2004 la colocación de bonos en moneda nacional.

Conclusiones:

En el contexto de un crecimiento desigual del PIB per cápita de los países de la región durante los últimos 32 años, se
constata que ​el incremento en general fue bajo, a pesar de un mayor crecimiento en la tercera década,​ y que pocos
países lograron reducir la distancia respecto de las economías más desarrolladas. No obstante, incluso en esos casos el
desempeño es bastante más bajo que el que consiguen países de Asia cuyo crecimiento se ha acelerado
significativamente. El patrón de las diferencias de desempeño no puede atribuirse a priori a factores de especialización,
geográficos o de tamaño de los países, ya que tanto entre aquellos que exhiben un mejor desempeño como entre los que
muestran un crecimiento bajo se incluyen casos de índole muy diversa.
La desigualdad entre países y dentro de ellos, así como la incidencia de la pobreza, reflejan los vaivenes que ha
experimentado la región durante los últimos 32 años. En la denominada década perdida de 1980, los indicadores de
desigualdad y pobreza se deterioraron, en algunos casos en forma muy pronunciada. Debieron transcurrir varios años
para que en la década de 2000 estos indicadores comenzaran a mejorar, favorecidos por el mayor crecimiento, avances

144
en el mercado de trabajo y la aplicación de políticas sociales. Persisten, no obstante, elevados grados de desigualdad y
pobreza en varios casos.
Al examinar el crecimiento por décadas ​se observó la influencia que tuvo sobre el desempeño la llamada restricción
externa.​ En los años ​ochenta ello significó la adopción de planes de ajuste para reducir desequilibrios internos y
externos que ya no eran sostenibles en un ambiente de menor acceso a recursos externos. Los años ​noventa se
caracterizaron por el inicio del desendeudamiento a partir de la implementación del Plan Brady, pero las insuficiencias
de esa estrategia así como la adopción de regímenes macroeconómicos que reprodujeron el patrón de los desequilibrios
previos, sumada a choques provenientes de fuera de la región, determinaron un crecimiento bajo e inestable. El tercer
período que se analiza (la ​década de 2000​) estuvo marcado por los efectos del alza del precio de las materias primas,
que en varios países de la región se tradujo en un aumento del ingreso disponible y posibilitó mayores ritmos de
crecimiento. En varios de ellos la restricción externa del crecimiento perdió fuerza o bien dejó de operar. Ello
contribuyó a que, cuando hacia fines de la década sobrevino la crisis financiera, la región exhibiera capacidades para
aplicar políticas contracíclicas que permitieron recuperar el crecimiento con mayor prontitud.
A lo largo de estas tres décadas se han producido en la región, en grados diversos según los países, importantes
cambios en los regímenes macroeconómicos y, en particular, un ​fortalecimiento de las políticas monetarias y fiscales.​
Estas políticas contribuyeron a reducir la inflación y mejorar las cuentas fiscales, factores que aportaron a un mejor
desempeño ante la crisis financiera internacional. Sin embargo, no todos los cambios han favorecido el crecimiento.
Al examinar la evolución de la inversión y el ahorro, se constata que la formación bruta de capital fijo se mantuvo por
largos períodos bajo el 20% del PIB. Ello se explica por las caídas de la inversión pública que siguieron a los
programas de ajuste de la década de 1980 y por el insuficiente estímulo a la inversión privada, como resultado de la
inestabilidad de la década de 1990, si bien dicha inversión se recuperó parcialmente desde los bajos niveles exhibidos
en los años ochenta. ​En la década de 2000, el aumento del ingreso nacional disponible, en ciertos casos debido al alza
de los precios de las exportaciones, junto con la mejora de las expectativas de crecimiento, fomentadas por las
expansiones del gasto en países desarrollados y el crecimiento de China, contribuyeron a que la inversión y el ahorro se
elevaran. En particular, ​el ahorro nacional se expandió a mayor velocidad que la inversión, lo que dio lugar a una
reducción del ahorro externo, que mitigó en gran medida la vulnerabilidad externa de varios países de la región
ante los choques que sobrevendrían con el surgimiento de la crisis financiera mundial.​
Junto con estos cambios internos, se han verificado importantes modificaciones en la inserción macroeconómica
externa. Así, en la gran mayoría de los países de la región se observa una incidencia más alta del comercio exterior y de
la inversión extranjera directa, lo que evidencia un mayor grado de interacción productiva con el resto del mundo que
hace 30 años. La contrapartida de estos cambios y del proceso de desendeudamiento externo es un menor peso de los
intereses pagados y mayores rentas devengadas por la inversión extranjera.
Hacia el fin de las tres décadas analizadas, el grado de integración financiera mediante flujos de inversión de cartera
es bastante más bajo que mediante el canal comercial y de inversión extranjera directa​.
En suma, luego de dos décadas iniciales de bajo crecimiento y una tercera década de mejor desempeño, la región
exhibe importantes modificaciones en su régimen macroeconómico​. Estos cambios no se verifican con la misma
intensidad en los distintos países y en muchos casos son muy recientes para juzgar su efectividad de largo plazo. Con
todo, el desempeño de la región después de la crisis financiera de 2008 y su secuela de inestabilidad internacional
permite sostener como hipótesis que algunos países han logrado modificar diseños macroeconómicos que en el pasado
condujeron en forma recurrente a crisis. Queda aún pendiente el desafío de elevar el crecimiento a través de mayores
niveles de inversión, con una adecuada incorporación de progreso tecnológico, sobre la base de mayor ahorro nacional
y una utilización sostenible de los recursos naturales, al tiempo que se avanza por una senda de mayor igualdad.

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UNIDAD 12: LA EXPERIENCIA DE ALGUNAS REGIONES Y PAÍSES:

Pérez Ventura, Juan: La colonización de África (1815-2015):

África ha tenido mala suerte: África es un tesoro. La geografía le ha dotado de una riqueza natural incomparable, y la
geología le ha colocado junto al Viejo Continente. Dos hechos que, desde que los europeos tuvieron la capacidad
técnica para desembarcar en costas ajenas, propiciaron que ese bendito tesoro, repleto de recursos naturales, pasara a
ser un lastre para África. A lo largo de la historia, los africanos apenas han podido disfrutar de sus riquezas. Siempre se
les ha adelantado un hombre extranjero.

1. 1800-1880: África antes de la colonización europea:

En 1820, los ejércitos egipcios comenzaron a avanzar hacia el sur, remontando el río Nilo. Egipto era uno de los cinco
Estados africanos que podemos etiquetar como ​modernos y que no estaban bajo el control de los europeos. Los otros
Estados autóctonos que convivían en el continente eran Marruecos, el Imperio Otomano, el Sultanato de Zanzíbar y el
Estado de Afrikáner, que si bien era un “país de blancos”, se puede considerar como Estado netamente africano (sus
habitantes no eran europeos).
Lo que caracterizaba a estos cinco países era su condición de africanos y su adelanto tecnológico. Tenían ejércitos que
disparaban modernas armas de fuego y comerciaban con las potencias europeas. Se puede decir que, a comienzos del
siglo XIX, eran las cinco excepciones en el continente africano.
En África predominban los Estados de origen tribal, pequeños territorios gobernados por monarquías familiares
históricas. La mayoría de estos Estados desaparecieron conforme avanzaba el siglo XIX y llegaban masivamente los
colonos europeos. Los antiguos reyes y sultanes africanos fueron reemplazados por gobernadores ingleses y franceses,
y los califatos pasaron a ser productivas colonias.
Le llegada de los europeos al África subsahariana provocó la desarticulación de los antiguos patrones comerciales y del
intercambio cultural. Aunque en torno al año 1800 la presencia continental de europeos se limitaba a Colonia del Cabo
(ingleses), al Magreb (franceses) y a las costas angoleñas y de Mozambique (portugueses), lo cierto es que las potencias
europeas tenían varios enclaves portuarios por toda la costa africana.
Los europeos explotaron una forma de comercio (el marítimo) que los reinos africanos no habían desarrollado. Los
portugueses fueron pioneros instalándose en las costas orientales, donde comerciaron y compartieron espacio con el
Sultanato de Zanzíbar.
La presencia de comerciantes musulmanes dio lugar a la aparición de nuevos Estados. Aparecieron imperios
comerciales, que basaban toda su economía en la exportación de materias primas, pero que, pese a su poder, no
pudieron hacer nada contra la invasión europea.
Conforme avanzaba el siglo XIX, los exploradores europeos aumentaron en número y ambiciones. Los enclaves
portuarios no eran suficiente implantación como para controlar las riquezas del interior del continente. El
descubrimiento de la riqueza mineral del sur de África en la década de 1870 detonó la lucha por esos territorios entre
los países europeos. Esa rápida carrera que llevó a siete países europeos a controlar todo un continente en menos de
treinta años (alrededor del año 1900 toda África estaba bajo control occidental) atropelló a los inestables Estados
africanos, que vieron cómo unos extranjeros desembarcaban en sus tierras y les arrebataban todo.

2. 1880-1950: Un continente invadido por inmigrantes:

La superioridad militar fue la responsable de que los europeos colonizaran en poco tiempo un continente tan grande
como África, y el factor determinante de ese control se alargara en el tiempo hasta la mitad del siglo XX. Durante
interminables décadas el continente africano vio cómo sus minas se vaciaban y sus árboles cortaban, para beneficio de
unos extranjeros blancos que tenían el poder de la tecnología.
Una superioridad tecnológica que en realidad era un pretexto para llevar a la práctica la superioridad moral que los
europeos creían tener sobre los subdesarrollados africanos. El ministro de asuntos exteriores alemán excusó la
colonización de África en 1897 porque Alemania tenía derecho a “ocupar un lugar bajo el sol”.
146
El derecho de cualquier país a ocupar un lugar bajo el sol significaba la justificación de la colonización y la explotación
de los recursos de territorios extranjeros. Tales preceptos morales fueron firmados y aceptados en la ​conferencia de
Berlín de 1985,​ donde Europa decidió unilateralmente el futuro y el destino de África.
Los europeos no sólo derramaron sangre en su avance hacia el corazón del continente, sino que además implantaron las
costumbres occidentales, terminando con culturas y tradiciones locales milenarias. Abolieron las monedas existentes,
introdujeron impuestos, cambiaron los modelos de comercio… Tanto las materias primas como los recursos humanos
fueron explotados en beneficio exclusivo de la industria y del comercio de Europa. Ante este ataque tan evidente, en
varios puntos del continente surgieron movimientos de resistencia que no duraron mucho.
Tan sólo un Estado logró hacer frente a los europeos: Etiopía, que aplastó a un ejército italiano en la batalla de Adua
(1896). El estado de esclavos libres de Liberia también logró sobrevivir, a pesar de una importante pérdida territorial a
manos de Gran Bretaña y de Francia.

La descolonización durante el Siglo XX:

El proceso de descolonización fue complicado y escalonado en el tiempo. Después de la Primera Guerra Mundial
(1914-1918) los movimientos independentistas africanos tomaron relevancia, pero fue tras la Segunda Guerra Mundial
(1939-1945) cuando las fuerzas aliadas, deseando quitarse la carga económica de mantener grandes imperios,
prometieron la independencia de sus colonias en África.
En la mayoría de las colonias británicas y francesas la transición a la independencia se produjo de manera pacífica, a
excepción de la sangrienta ​Guerra de Independencia de Argelia ​(1954-1962). Otros países también requirieron el uso
de las armas para conseguir liberarse de sus ocupados, como el caso de la ​Guerra colonial portuguesa (​ 1961-1975).
Tras los procesos de independencia, el continente africano se encontró en una situación de inestabilidad política,
pobreza económica y dependencia de las potencias occidentales debido a la deuda pública. Numerosas guerras civiles y
conflictos nacionalistas ensombrecieron el período de independencia. La introducción de nuevas ideologías (marxismo
y neoliberalismo), las diferencias raciales, los nacionalismos y las fronteras artificiales fueron (y son) algunos de los
causantes de la inestabilidad y los problemas en África.

3. 1990-2015: La inversión como forma de colonización:

200.000 millones de dólares es el enorme monto que totalizó el comercio entre África y China en el año 2013, más del
doble de los nada despreciables 85.000 millones que Estados Unidos intercambió con el continente africano ese mismo
año. Una cifra que convierte a China en el principal socio económico de África.
Ser el principal socio de África en el Siglo XXI puede equiparse a ser el mayor colonizador en el siglo XXI. Dejando a
un lado la colonización cultural, en términos económicos supone la misma importancia: China tiene colonias en África,
sólo que ahora las conocemos como “socios comerciales”.
En la actualidad el continente africano sigue sufriendo un intenso proceso de colonización. En la ​dimensión económica
con la llegada de enormes cantidades de dinero del extranjero, en el ​plano energético por la extracción de recursos
petrolíferos y gasíferos por parte de empresas extranjeras, y en el ​plano militar por la presencia de tropas procedentes
de países no africanos.
Aunque el proceso de colonización militar en el Siglo XXI es mucho más complejo, vamos a repasar brevemente el
funcionamiento de tres colonizadores que usan métodos diferentes: China, Francia y el Reino Unido. El gigante
asiático es conocido por tener en África un interés espacial. En el caso de Francia, la colonización militar se excusa por
la “obligación moral” de proteger la llamada Francáfrica. Y finalmente, Reino Unido tiene un estilo mucho menos
discreto.

China: financiación de infraestructuras… ¿a cambio de qué?

El continente africano es una prioridad en la agenda del gobierno chino en su estrategia de desarrollo. La inversión
directa china se ha multiplicado por treinta en una década, creando unos 100.000 puestos de trabajo. Hoy en día más de

147
2.500 empresas chinas hacen negocios en África, especialmente en sectores como las finanzas, las telecomunicaciones,
la energía, las manufacturas, la agricultura, la construcción de ferrocarriles y autopistas.
En el tablero internacional rara vez los países hacen movimientos altruistas. Obviamente China no está construyendo
presas generadoras de electricidad, carreteras, puertos, pabellones deportivos y palacios de congresos porque le importe
la situación de los ciudadanos de África. La cuestión es, ¿qué está recibiendo China a cambio de ese desembolso de
dinero?
El continente africano esconde bajo sus tierras el 57% del cobalto del mundo, el 46% de los diamantes, el 16% del
uranio, el 13% del petróleo del planeta, el 21% de oro, el 44% de cromo, el 39% de manganeso. En definitiva: un
tesoro de recursos naturales codiciado por las grandes potencias que, no hay que olvidarlo, están en una constante
competición por el control de los recursos.
Eso es lo que China quiere de África. Y lo está consiguiendo. Hoy en día es el principal extractor de recursos naturales
del continente, principalmente consumidor de minerales y metales. Por ello es tan importante mantener satisfechos a los
gobiernos africanos. Nada es gratis en este mundo.

Francia: fuerte implicación militar… ¿para proteger qué?

En los últimos cincuenta años Francia ha intervenido militarmente en suelo africano en 44 ocasiones. Hasta la década
de los noventa lo hizo de manera unilateral, sin preguntar a nadie. Hoy son más precavidos y cuando actúan lo hacen
bajo el mandato de algún organismo internacional.
Francia tiene varias bases militares y tropas desplegadas en muchos países. En la mayoría de los casos no son ropas
estáticas ni pasivas, sino que se emplean con intensidad en labores militares.
Si bien es cierto que la labor del ejército francés es importante para frenar el avance de los yihadistas, hay voces que
dudan de la buena voluntad del Gobierno de Francia. Un informe de la ONU acusó a soldados franceses de violar a
niños en la República Centroafricana. Debemos preguntarnos, ¿que están protegiendo todos estos soldados franceses en
tierras extranjeras?
Las explicaciones a este despliegue de fuerzas militares se pueden encontrar en tres dimensiones: histórica, humanitaria
y económica. Efectivamente, ​históricamente Francia tiene un vínculo indudable con muchos países africanos​. Se puede
entender una sincera voluntad de ayudar a antiguos hermanos. En la dimensión humanitaria, qué duda cabe que muchos
de estos países necesitan de la ayuda de países ricos como Francia para crecer y desarrollarse. Tras haberlos saqueado
durante la colonización del S.XIX, ahora, en esta ​colonización del S.XXI las antiguas colonias practican una suerte de
cooperación por remordimiento​.
Es en la dimensión económica en la que más lecturas se pueden sacar de la presencia militar de Francia en África. A
nadie se le escapa que varios de los países en los que Francia ha colocado sus fichas son tableros con recursos naturales
estratégicos. Véase ​el caso de Malí​, un país con importantes yacimientos de uranio, oro, litio y petróleo, o el caso
similar de ​Níger​, que produce el 33% del uranio que importa Francia. ​Argelia o Senegal también son casos que pueden
analizarse bajo esta óptica. Son varios los analistas que apuntan a que no es descabellado pensar que Francia está en
África para ​vigilar el control de los recursos naturales. Además, es sorprendente ver cómo todavía hoy ​algunos países
africanos tienen que pagar tributos a Francia por los supuestos beneficios que obtuvieron de la esclavitud y la
colonización.

Reino Unido: explotación sistemática de los recursos energéticos:

Sin ningún tipo de excusa como las que se pueden intuir en los casos anteriormente citados de China y Francia, que
pueden defender su implantación territorial en países extranjeros con argumentos por el desarrollo y la seguridad de los
pueblos africanos, el Reino Unido mantiene una posición muy directa y clara: está en África para extraer sus recursos,
principalmente energéticos.
El país que vio nacer el liberalismo económico pone en práctica su marco teórico a la perfección: la empresa privada
tiene vía libre para actuar. Y lo hace. Fruto del gran control territorial que a comienzos del S.XX el Imperio Británico
tenía en el continente africano, empresas tienen hoy la exclusividad de la explotación de recursos naturales como el
petróleo y el gas.

148
El control que tienen de los recursos tiene su traspaso a otras dimensiones, como la política. En 2010 Wikileaks reveló
que la petrolera Shell tenía hombres colocados en todos los ministerios del Gobierno de Nigeria, para cuidar sus
intereses. Su libertad de actuación es total por todo el continente. Destruyen el medio ambiente, hacen negocios en
Estados fallidos, alteran los precios del mercado… son los nuevos colonizadores en África, y siguen peleando por
repartirse el tesoro.

Las voces del fénix: África, crecimiento sin desarrollo:

Tras décadas de desarrollo perdido o de tendencias negativas, los países africanos crecieron desde el año 2000 a una
tasa promedio del 5%. La misma cayó a 2,5% en 2009 como consecuencia de la crisis financiera mundial, la cual ha
tenido efectos negativos en el turismo, las remesas y las inversiones directas extranjeras. Sin embargo, según los datos
del Fondo Monetario Internacional (FMI), ​hoy África es la región con la tasa de crecimiento más alta del mundo​, con
una cifra próxima a la de los países emergentes asiáticos.
De este modo, asistimos en los últimos años a lo que algunos autores tachan como el “despertar de África”, con las
consiguientes rivalidades entre países como Estados Unidos, Inglaterra, Francia, China y Japón para fortalecer su
presencia en este continente y extender sus zonas de influencia. Todo el mundo se interesa a África, que ha vuelto a
recuperar su importancia geoestratégica para el siglo XXI, principalmente por los importantes recursos naturales
(petróleo, oro, estaño, diamantes, uranio, coltán, madera, entre otros) que Occidente y los países emergentes necesitan
para mantener sus procesos de industrialización.
Sin embargo, es preciso subrayar que ​aquellas tasas de crecimiento han sido conseguidas no por la mejora de las
capacidades productivas o la diversificación de la economía, sino por factores coyunturales tales como la fuerte
demanda de materias primas por parte los países emergentes, los recortes drásticos en los aspectos sociales o de
desarrollo humano en el marco de las reformas de liberalización, el fin de las guerras en algunas regiones, la lucha
contra la corrupción, el dinamismo de la economía popular y las destrucciones medioambientales.​ Es de sobra
conocido que los indicios de pobreza en África se han multiplicado por tres desde 1960 y que ​las tasas de crecimiento
se acompañan con la agudización de las desigualdades y el retroceso en los aspectos de justicia social y de desarrollo
humano.​

Desarrollo y crecimiento: una relación ambigua

La mayoría de las teorías del desarrollo suele equiparar el desarrollo con el aumento del Producto Bruto Interno (PBI) y
del ingreso per cápita o el crecimiento de ingresos individuales y nacionales. Es decir, una concepción que equipara el
desarrollo con el crecimiento y que se fundamenta exclusivamente en la desigualdad de oportunidades. Se pierde de
vista, con este planteamiento basado en el crecimiento cuantitativo, que ​no existe un modelo universal de desarrollo o
que ningún pueblo o Estado puede pretender tener el monopolio o el liderazgo del desarrollo. Existe, pues, la crisis de
la ideología del desarrollo, por ​reducirse el concepto de desarrollo a la única dimensión economicista​. El desarrollo de
las sociedades abarca o incluye otras actividades sociales, culturales, convivenciales y simbólicas, además de la
salvaguarda de la libertad de los individuos y de las colectividades para su equilibrio y expansión, sobre todo en África,
donde las sociedades son más fuertes que los Estados superficiales y frágiles.
De este modo, ​el desarrollo se fundamenta esencialmente sobre la movilización de su potencial humano​, sobre la
afirmación de su identidad cultural y sobre su posibilidad de poner orden en su propia casa. El desarrollo no es un
producto de importación o exportación. Se fundamenta en la fuerza endógena de transformación y depende, en primer
lugar, de la capacidad de realizar cambios en cada país. Es decir, el desarrollo debe concebirse como un fenómeno total
en el que la tradición y la modernidad no se excluyen, sino se complementan. El desarrollo tiene un carácter
multidimensional vinculado con el progreso de las sociedades.
En cuanto al crecimiento, es una condición necesaria para el desarrollo y un elemento importante del progreso y de las
estrategias de desarrollo. Sin embargo, ​no es la condición ineludible y suficiente para alcanzarlo​. Es preciso incorporar
otros indicadores y no solo la tasa de crecimiento del PIB como medida y criterio del desarrollo. En fin, el desarrollo no
puede definirse en referencia exclusiva al crecimiento, pero tampoco se puede excluir totalmente el primero.
149
Las teorías y estrategias de desarrollo erróneas experimentadas en África en las últimas décadas han conseguido
resultados insignificantes, por factores internos y externos combinados, y fundamentalmente por excluir a la
idiosincrasia de los pueblos (sus creencias y tradiciones), tanto en su concepción como en su ejecución, por estar
autocentradas a favor del economicismo occidental y por descuidar los aspectos de desarrollo humano.

El caso del crecimiento africano:

El crecimiento en muchos países africanos se está consiguiendo con la reproducción de desigualdades y


exclusiones​. Es decir, el crecimiento no se manifiesta a través de la reducción de las desigualdades, sino por un nuevo
aumento de estas y de las injusticias sociales, que son características del subdesarrollo. Los países con las altas tasas de
crecimiento o ricos en recursos naturales ocupan curiosamente los últimos lugares en el ranking mundial del Índice de
Desarrollo Humano. Estamos ante un crecimiento inestable por las contradicciones internas, en particular por las
desigualdades de desarrollo entre el sector público y el sector privado, por no tener los países africanos ninguna
influencia sobre los precios de las materias primas en los mercados internacionales, controlados por las multinacionales
en la mayoría de los casos, y por estar sometidos al deterioro de los términos de intercambio.
Según los autores neoliberales, África experimenta importantes dinámicas de crecimiento económico fuerte, base de su
futuro desarrollo, consolidado por la emergencia de una clase media, convertida en motor de la democracia y del
desarrollo. Los propios africanos hablan del “renacimiento africano”. Según este planteo, la fase de crecimiento es
fundamental para satisfacer después las necesidades esenciales y erradicar la pobreza. ​Pero en realidad se trata de un
crecimiento frágil, por no conseguir la mejora de la calidad de vida de cada persona, por depender ampliamente del
precio de las materias primas, en particular del petróleo y de los recursos minerales.​ Sin lugar a dudas, la estrategia
consiste en la inserción de África en la globalización a partir de las materias primas minerales y energéticas en
detrimento de otras potencialidades del continente, es decir, es ​una inserción rentista​. La integración a la economía
mundial es una condición necesaria para el crecimiento, pero no suficiente.
Varios factores explican el bloqueo del desarrollo en muchos países africanos, e incluso el retroceso, a pesar del
aumento de tasas de crecimiento: la especialización del continente en la exportación de los commodities con un débil
valor añadido y sometidos a la fluctuación de precios en los mercados internacionales con la consiguiente
vulnerabilidad a los choques externos; la débil industrialización del continente, resultado de la ausencia de políticas de
diversificación económica en las estrategias nacionales de desarrollo poscoloniales y de la desindustrialización nacida
de los Programas de Ajuste Estructural (PAE), que dieron prioridad a los equilibrios macroeconómicos y al reembolso
de la deuda externa; el proteccionismo de los países del Norte con las subvenciones de sus productos que han invadido
los mercados locales, impidiendo a los países africanos utilizar el comercio internacional o las ventajas comparativas
como instrumento de desarrollo.
Así, ​estamos ante un crecimiento que no se acompaña con la transformación de las estructuras de producción y la
diversificación de las economías africanas,​ y que en el contexto neoliberal en el que se está produciendo, tiende a la
marginación de los sectores productivos modernos y al fortalecimiento de las industrias extractivas, a costa de la
producción agrícola y la mejora de la producción en los sectores de bienes manufacturados. El crecimiento actual de las
economías africanas, que es un ​modelo de crecimiento elitista por la exclusión de la población de los beneficios, no
consigue resolver los problemas estructurales.
Se consideró el supuesto crecimiento económico africano y la emergencia de la clase media en África como
“fascinaciones” y “mitos”, pues ​la recuperación económica de África es función de una economía extractiva,​
ampliamente dependiente de las extracciones y exportaciones de recursos naturales, con el consiguiente aumento de la
emisión de carbono, que amenaza la salud de millones de personas.

El abandono de la agricultura y la venta de las tierras: la otra cara del crecimiento africano

La mala gestión y la corrupción de los gobiernos,​ que suelen dar la prioridad a las infraestructuras elitistas,
improductivas y de prestigio –los llamados “elefantes blancos”–, en detrimento del sector agrícola, ​han bloqueado
completamente la agricultura.​ A la misma se le ha dedicado sólo el 9% del gasto público, pese al hecho de ser la base

150
de las economías africanas al representar entre el 50 y el 75% de las riquezas nacionales y la principal actividad de la
mayoría de la población.
Se puede decir lo mismo de las políticas de industrialización de las décadas anteriores impulsadas desde el exterior,
políticas orientadas hacia la satisfacción de la demanda de los mercados externos y no internos, y que son responsables
del excesivo endeudamiento de los países africanos. La agricultura familiar ha sido el aspecto más descuidado.
Millones de hectáreas de tierras africanas han sido vendidas o alquiladas a las empresas y latifundistas extranjeros entre
los años 2000 y 2010, con el objetivo de conseguir las divisas necesarias o los capitales para hacer frente a la falta de
ahorro interno, y supuestamente para luchar contra el subdesarrollo y la pobreza, conforme al ​planteamiento neoliberal
que considera, siguiendo la lógica de la prioridad al mercado, que estas tierras no fueron aprovechadas y deberían ser
sometidas a las nuevas técnicas de producción, ​pasando de la agricultura familiar “improductiva” a la agricultura
industrial o comercial​.
El resultado, según denuncian varias ONGs, es la expropiación y el empobrecimiento de las comunidades locales a las
cuales se les quita el principal medio de supervivencia. Sin ninguna preocupación por la soberanía y la autosuficiencia
alimentaria de dichas comunidades. El caso más indignante es el de Etiopía, donde a pesar de las hambrunas que
padece el país, el gobierno ha procedido a la venta y alquiler de unos 3,66 millones de hectáreas. Con estas prácticas,
existe una clara contradicción entre el desarrollo agrícola, fundamental para los países africanos, la lucha contra el
éxodo rural y la venta de las tierras agrícolas​.
Es inadmisible que los países africanos alquilen o venden sus tierras para la producción o la exportación de alimentos,
incluso de alimentos de animales y de flores, en lugar de asegurarse su propia alimentación y supervivencia.

El futuro de África: la diversificación económica y la promoción de saberes y prácticas domésticos

Ya es el momento de abandonar el modelo de desarrollo rentista, o basado en los commodities, y apostar por ​un
modelo internamente orientado,​ fundamentado en la articulación agricultura-industria, sector público-sector privado,
dando lugar a lo que la profesora Sylvie Brunel llama ​“el made in África” y ​“el made for Africa”​, transformando in
situ los recursos naturales para el autoconsumo de las poblaciones africanas, o la apuesta por la economía del saber
poniendo fin al robo de cerebros africanos por el Norte y a su expulsión por los gobiernos establecidos.
Para conseguir el crecimiento duradero de los países africanos ​debe procederse a la diversificación de las actividades
económicas o de sus bases productivas más allá de la producción petrolera o minera​, ​el fomento de la integración
regional endógena​, y no la actual abierta, para crear nuevos mercados internos y construir las infraestructuras
rentables. ​No puede haber un crecimiento sólido sin la diversificación de las exportaciones​. Se impone también un
“proceso endógeno de legitimación de los dirigentes”, empezando por el fin del “fenómeno de extraversión intelectual”
a favor de los saberes domésticos.
En definitiva, los ejes de la recuperación de África son los siguientes: la prioridad a la educación; la seguridad
alimentaria; la creación del Estado federal o federalismo interno; la unidad africana o la creación de espacios africanos
de desarrollo endógeno; la recuperación y promoción de la economía popular (mal llamada sector informal); la puesta
del desarrollo económico al servicio del desarrollo social, y la recuperación de la cultura africana del desarrollo. ​Se
impone en este continente “la descolonización de las mentes y del saber” o el cuestionamiento de la universalidad
del desarrollo y de la occidentalización​.

Conclusión

África debe seguir su propia vía​, al margen del mimetismo del modelo occidental, que nunca había tenido éxito en el
continente, para conseguir un crecimiento humano, más fuerte y más inclusivo, ​pues las realidades de los países del
Norte no son las mismas que las de los países africanos.​ Proceder a la difusión de la cultura del progreso social,
económico y medioambiental, al margen del sistema liberal productivista, que les obliga a priorizar las economías
rentistas con el fin de pagar sus deudas y hacer frente a la reducción de sus actividades agrícolas e industriales.
El caso africano pone de manifiesto que ​las únicas fuerzas del mercado, basadas en las soluciones técnicas o la
racionalidad de las matemáticas, no constituyen la panacea y no pueden asegurar un desarrollo humano y un
crecimiento económico equilibrados y resolver todos los problemas económicos de África​. ​Es preciso el cambio del

151
pensamiento del desarrollo a favor del paradigma de desarrollo humano.​ Se ha de incorporar en el análisis del
desarrollo la racionalidad de las hipótesis, que permite la concepción del desarrollo en sus distintas facetas. ​No se debe
considerar la economía como la única solución a los problemas de pobreza y del subdesarrollo en este continente.
Es preciso incluir los aspectos de desarrollo social y humano, en particular la educación y la salud.
En muchos casos, el planteamiento economicista y comercialista del desarrollo genera los problemas de pobreza. El
Consenso de Washington convirtió a los años ochenta y noventa en las décadas pérdidas en el continente, por sus altos
costos sociales nacidos de las privatizaciones y las consecuencias desastrosas de sus políticas de austeridad sobre las
poblaciones ya empobrecidas.
El fracaso de las políticas de desarrollo impuestas desde el exterior en un gran número de los países africanos, tiene el
mérito de dar a los “desarrollistas” del Norte una lección de modestia en sus diagnósticos y terapias: las únicas fuerzas
del mercado basadas en soluciones técnicas no pueden asegurar un desarrollo humano y un crecimiento económico
equilibrados. ​No se debe considerar la economía como la única solución a los problemas de pobreza. En muchos
casos los genera.​

Holcombe, Charles: Japón a partir de 1954:

La ocupación aliada de la posguerra:

El discurso de rendición del emperador Showa se radiotransmitió el 15 de agosto de 1945. Los primeros aliados que
arribaron no sabían con qué tipo de recepción se encontrarían. De igual manera, los japoneses estaban ansiosos y no
sabían qué tipo de comportamiento debían esperar del ejército extranjero de ocupación, cuyos soldados habían sido,
hasta hacía poco, sus enemigos acérrimos. Muchos japoneses se sentían aliviados de que la guerra hubiera terminado
por fin, pero muchos otros estaban también preocupados. Sin embargo, las fuerzas aliadas que llegaron fueron tratadas
con respeto e incluso con privilegios, y éstas, por su parte, se comportaron con notable magnanimidad5 hacia el
enemigo derrotado. En resumen, el veredicto habitual es que la ocupación aliada de Japón en la posguerra fue, en
general, un gran éxito.
Aunque por lo regular se le denomina de forma convencional como una ocupación aliada, ésta fue, en su gran mayoría,
un asunto estadounidense. A diferencia de la Alemania de la posguerra (y de Corea), tras su derrota, Japón no fue
dividido en zonas de ocupación separadas por las diferentes potencias aliadas. El oficial asignado a este comando fue el
general de más alto rango estadounidense, Douglas MacArthur. la mayoría del personal de ocupación era también
estadounidense.
Las instrucciones iniciales dadas al general Mac Arthur por el presidente Truman fueron que dentro del derrotado
Japón “su autoridad era suprema”, y MacArthur imaginó su propio papel en Japón nada menos que como el de “un
soberano”. MacArthur adoptó su posesión desde una visión grandiosamente arrogante como si él fuera una especie de
procónsul militar que presidía el Japón de la posguerra. Con todo, la actitud paternalista del comandante generó, eso sí,
algunos esfuerzos bien intencionados para beneficiar al pueblo japonés. Eso resultó fundamental en un inicio dado que,
en medio de la desolación de las ciudades bombardeadas, había una desesperada escasez de casi todo. La comida estaba
racionada, pero las raciones se encontraban por debajo de las necesidades nutricionales normales mínimas para vivir.
Casi todo el mundo se vio obligado a recurrir al mercado negro sólo para obtener suficiente comida para vivir.
MacArthur respondió con rapidez a la emergencia solicitando suministros de ayuda con alimentos y medicinas, que
indudablemente salvaron muchas vidas. MacArthur también parecía sentir cierta empatía por el emperador japonés.
Al momento de la rendición de Japón, la opinión pública estadounidense estaba muy dividida sobre la cuestión de qué
tan cabalmente debía reconstruirse por fuerza Japón para que dejara de representar una amenaza para la paz mundial.
Algunos sentían que el viejo y militarista Japón tendría que ser destruido casi por completo y gran parte de los aliados
consideraban que Japón debía ser castigado como se merecía por su agresión durante la guerra. En un principio, se
hicieron planes para desmantelar plantas industriales que aún permanecían en Japón y enviarlas al extranjero como

5
​La magnanimidad es la grandeza y elevación del ánimo o bien una gran generosidad o liberalidad.
152
reparaciones de guerra. Todas las posesiones coloniales ultramarinas de Japón, incluyendo Corea, Taiwán y Manchuria,
fueron liberadas y unos seis millones y medio de japoneses fueron reintegrados a sus islas de origen.
Los juicios por crímenes de guerra también comenzaron pronto con el propósito de castigar a presuntos culpables
específicos. Veintiocho presos de clase A fueron acusados por importantes “crímenes contra la paz” y juzgados por el
Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente. Siete de ellos fueron declarados culpables y condenados a morir
en la horca. Más allá del castigo de criminales de guerra específicos, durante los tres primeros años de la ocupación,
más de 200.000 antiguos oficiales militares, políticos y líderes empresariales fueron purgados también por las
autoridades de la ocupación.
Muchos estadounidenses consideraban que el principal responsable de la guerra en el Pacífico había sido el propio
emperador japonés. En 1945, el Senado de EE.UU aprobó una resolución para solicitar que también el emperador fuera
juzgado como criminal de guerra. Sin embargo, a través de un cable enviado a Washington desde Tokio en enero de
1946, el general MacArthur afirmó de forma contundente que la idea de someter al emperador a un juicio contra
crímenes de guerra resultaría contraproducente y quizá provocaría incluso una guerra de guerrillas contra la ocupación
aliada. Argumentos plausibles que podrían esgrimirse eran que el emperador de Japón había sido siempre más un
símbolo de la nación que un gobernante activo; que la responsabilidad individual y personal del emperador en las
políticas específicas del gobierno, incluida la acción militar, había sido limitada, y que, precisamente como un símbolo
de Japón, el prestigio del trono podría aprovecharse ahora para la causa de la paz y la estabilidad con la misma facilidad
con que antes se había utilizado para la guerra. Al final, prevaleció la posesión de MacArthur.
Incluso después de la rendición, el gobierno japonés siguió ejerciendo y manejando la administración de rutina. En la
primavera de 1946, Japón llevó adelante sus primeras elecciones de la posguerra en que, también por primera vez, se
les permitió votar a las mujeres. Yoshida Shigeru (1878-1967) se convirtió en primer ministro y éste continuaría
desempeñando un papel principal a lo largo de la era de la ocupación. La historia cuenta que Yoshida comenzó su
primera reunión de gabinete con la observación de que era posible que Japón hubiera perdido la guerra y aun así ganara
la paz.
La capacidad del CSPA (Comandante Supremo de las Potencias Aliadas) para supervisar los detalles del Japón de la
posguerra se vieron obstaculizados por la escasez de hablantes competentes del idioma japonés y de especialistas
familiarizados con la cultura japonesa. No obstante, el CSPA tenía influencia y determinación suficientes para acicatear
a la Dieta japonesa (el poder legislativo) a fin de que emprendiera ​reformas radicales que, de otra manera, hubieran
sido totalmente impensables. El impulso inicial de estas reformas hacía hincapié en la ​sindicalización de los obreros, la
redistribución de las tierras agrícolas, la desintegración de los monopolios y la igualdad de derechos.​ Por ejemplo,
en diciembre de 1945, se aprobó una ley sindical que garantizaba a los trabajadores japoneses el derecho a organizarse,
a la huelga y a participar en la negociación de contratos colectivos. Asimismo, se aprobaron ​leyes antimonopolio y de
defensa de la competencia.​ En 1946, una reforma de ley sobre las tierras de cultivo prohibió el latifundio absentista y
limitó la cantidad de tierras que podrían alquilarse a los granjeros arrendatarios. Esta reforma, combinada con la rápida
urbanización, tuvo una importancia fundamental para completar finalmente la ​disolución casi total del orden social
feudal tradicional.​ Los presos políticos, incluidos los comunistas, fueron liberados de la cárcel. La religión estatal fue
separada del Estado, el emperador renunció a su pretensión de ser una deidad manifiesta y se proclamó el principio de
libertad religiosa.
Como las nuevas leyes y disposiciones específicas parecieron no ser suficientes, comenzó a crecer la creencia de que
Japón necesitaba una nueva constitución que reemplazara el documento Meiji del siglo XIX. Los estadounidenses
intervinieron y redactaron ellos mismos la nueva constitución, originalmente en inglés, basándose en las directrices
esbozadas por el general MacArthur. Después de algunas revisiones, esta nueva constitución fue aprobada por la Dieta
japonesa en 1946, entró en vigor en 1947 y continúa vigente aún hoy.
Aunque en gran medida el emperador japonés había sido siempre sólo una especie de figura insigne, su autoridad, que
alguna vez había sido en teoría suprema, se redujo de manera oficial en la nueva constitución y entonces él pasó a ser
simplemente un “símbolo del Estado”. El poder soberano ahora residía en el “pueblo”. Japón se convirtió en una
democracia genuina de corte occidental, donde todos los ciudadanos mayores de 20 años podían votar. Esto incluía a
las mujeres. A pesar de la autoría estadounidense de este documento, se mantuvo un sistema parlamentario al estilo
británico en vez de una presidencia inspirada en el modelo estadounidense. Sin embargo, a diferencia del sistema
japonés anterior a la guerra, donde el primer ministro era elegido por el emperador, el primer ministro de la posguerra

153
es elegido ahora por la Dieta y es responsable ante ella. La antigua Cámara Alta de Pares, y los títulos mismos, fueron
eliminados y reemplazados por una nueva Cámara Alta ocupada por concejales electos.
Que el primer ministro fuera elegido por los legisladores significaba que en general éste resultaba ser el líder del
partido dominante de la Dieta. En la práctica, hasta agosto de 2009, este partido dominante fue casi siempre el Partido
Liberal Democrático (PLD). A pesar de la existencia continua de múltiples partidos de oposición, desde la formación
original del PLD hasta 2009, éste fue en efecto el partido dominante en Japón. El Japón de la posguerra experimentó
una forma particular de democracia multipartidista en que casi siempre ganaba el mismo partido. La explicación de esta
situación aparentemente singular es que la principal oposición al poderoso PLD provenía en general de los socialistas.
Aunque éstos disfrutaron de una sólida base electoral, ya que rechazaron el tratado de seguridad mutua con EE.UU y se
mantuvieron en una línea marxista durante los años de la Guerra Fría, su atractivo popular siempre fue relativamente
limitado. Por el contrario, el PLD procuró desde siempre una paz y prosperidad innegables y prometió beneficios para
la mayoría.
Para 2009, después de que la economía japonesa por largo tiempo estancada se viera aquejada por una recesión global
aún mayor, las críticas contra las políticas económicas del PLD, inefectivas en apariencia, combinadas con su pérdida
de atractivo entre los jóvenes votantes, fueron los factores más importantes para una derrota electoral del PLD a manos
del partido democrático de oposición.
Por lo tanto, la constitución japonesa de la posguerra produjo de manera involuntaria una forma de democracia
parlamentaria de un partido y medio, que se ha sostenido por largo tiempo y es bastante inusual. De forma más
deliberada, consagró una imponente variedad de nuevos derechos populares, que reflejaban el pensamiento del Nuevo
Trato estadounidense de la década de 1940. Éstos incluían el derecho a prestaciones sociales, seguridad, salud pública,
niveles de calidad de vida mínimos e igualdad de género.
El apartado más sobresaliente de la constitución japonesa de la posguerra es sin duda el artículo 9. Éste afirma que “el
pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación” y declara rotundamente que
“nunca se mantendrán” fuerzas militares. Lo anterior parece haber sido originalmente una idea de MacArthur y guarda
absoluta conformidad con la preocupación inicial de las autoridades de la ocupación por prevenir que Japón se
convirtiera de nuevo en una amenaza para la paz mundial. De manera irónica, sin embargo, muchos estadounidenses
pronto comenzaron a lamentar la magnitud de esta desmilitarización japonesa pues, de ser un enemigo durante la
segunda Guerra Mundial, Japón pronto se volvió un aliado importante contra el comunismo durante la Guerra Fría. El
mismo general MacArthur ayudó a Japón a crear una reserva policíaca, que se convertiría más tarde en las Fuerzas de
Autodefensa. Aún así, en las secuelas de la segunda Guerra Mundial muchos japoneses sentían una sincera repulsión
por el militarismo que los había conducido al desastre en 1945 y el Japón de la posguerra ha permanecido de forma
genuina como un país casi exclusivamente pacifista.
Las primeras reformas de la ocupación habían comenzado con el prolongado resplandor crepuscular del Nuevo Tratado
liberal del presidente Roosevelt y se enfocaban en situaciones como la liberación de los presos políticos y la aprobación
de una ley sindical. No obstante, en febrero de 1947, con las crecientes tensiones de la Guerra Fría, en ocasiones se ha
detectado una “inversión de curso” de la política estadounidense. Es innegable que la preocupación estratégica
primordial de los EE.UU por evitar un Japón militarista volviera a representar una amenaza para la paz mundial estaba
tornándose ahora en una preocupación por la contención global del comunismo. En virtud de que un Japón fuerte,
capitalista y democrático podría contribuir a ese esfuerzo de la Guerra Fría, los planes para obligar a Japón a pagar
reparaciones de guerra se abandonaron en 1948.
MacArthur creía que una ocupación militar prolongada resultaría contraproducente. Los trabajos para alcanzar un
tratado de paz que terminara con la ocupación comenzaron desde 1950. El tratado resultante se firmó de manera oficial
en San Francisco en septiembre de 1951. En un claro indicio de cuán ampliamente Japón se encontraba ahora del lado
estadounidense de la Guerra Fría, ni la URSS ni la República Popular de China asistieron a las ceremonias de paz, y
una paz separada entre China y Japón no se alcanzaría sino hasta 1972. El Tratado de Paz de San Francisco entró en
vigor en 1952, con lo que finalizó de forma oficial la ocupación de la posguerra.
El fin de la ocupación no representaba el final de la presencia militar estadounidense. Bajo los términos de un mutuo
acuerdo de seguridad, los EE.UU asumieron gran parte de la responsabilidad de la defensa militar de Japón y fueron
autorizados para mantener bases en las islas japonesas, as´como el control inmediato en la isla de Okinawa. La
presencia militar estadounidense continúa hasta la fecha y sigue vigente la constitución redactada por los EE.UU.

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Desde 1945, de hecho, Japón se ha mantenido como uno de los aliados más devotos de los EE.UU en el mundo. Sin
embargo, después de que Japón recuperó su independencia, las sentencias de los criminales de guerra de todas las
clases se conmutaron y, después de 1954, por muchos años los primeros ministros fueron con frecuencia hombres
purgados durante la ocupación.

La recuperación económica y “el Estado desarrollista”:

Para mucha gente en Japón, el primer invierno después de la Segunda Guerra Mundial fue el más duro. Como resultado
de los bombardeos de la guerra, millones de personas vivían en situación de indigencia y se veían obligadas a dormir en
las estaciones del metro o en cualquier otro refugio improvisado que pudieran encontrar. La producción industrial se
situó en sólo una fracción de sus niveles previos a la guerra y cerca de cinco millones de japoneses estaban
desempleados. Sólo muy lentamente se recuperó Japón de esta devastación. ​Al término de la ocupación, la
recuperación apenas había comenzado. El PIB per cápita no se recuperó a su nivel previo a la guerra sino hasta 1953.
La dificultad de la recuperación económica se agravó por la casi completa falta de materias primas en las islas. El
estallido de la Guerra de Corea en 1950 propició un auge menor en la economía japonesa, pero no sería sino hasta el
final de la década de 1950 en que ésta logró despegar.
Desde 1955 hasta 1973 el crecimiento anual promedio del PIB de Japón fue mayor del 10%. En dos décadas, desde
1950 hasta 1970, el PIB se multiplicó cerca de veinte veces. Para 1968, Japón había superado a Alemania Occidental,
para convertirse en la tercera mayor economía del mundo. Al mismo tiempo, el sector industrial de la economía de
Japón se convirtió al fin en uno de los más desarrollados de todo el planeta. ​Japón cambió velozmente su base inicial
en los textiles y otras industrias ligeras a productos electrónicos de consumo más avanzados​. Japón pronto logró
dominar el mercado mundial de radio transitores. No contentas con lo que habían logrado hasta ahora, las
corporaciones japonesas empezaron a crecer hasta convertirse en enormes productoras de artículos más grandes y
complejos. Los primeros automóviles Toyota Toyopet se descargaron en los EE.UU en 1957. Para 1881, Japón se había
convertido en el mayor fabricante de automóviles del mundo y en una auténtica superpotencia económica global.
Una explicación para el impresionante éxito económico de Japón de la posguerra pudo haber sido la total devastación
ocasionada por la propia guerra, que sirvió a su vez como un borrón y cuenta nueva que permitió empezar a trabajar
con las últimas tecnologías y las instalaciones más modernas, obtenidas mediante generosos (aunque no gratuitos)
acuerdos de transferencia de tecnología desde los EE.UU y otros países desarrollados. El radio de transistores es uno de
los ejemplos más clásicos e este tipo de transferencia. Japón también disfrutó de la inmensa ventaja de que sus
exportaciones tuvieran un acceso relativamente ilimitado al gran mercado consumidor estadounidense. Sin embargo,
Japón también gozó del beneficio de contar con un bien entrenado y experimentado capital humano que había
sobrevivido desde antes de la guerra, y gran parte del crédito por el éxito japonés se debió simple e innegablemente al
trabajo duro y la determinación del pueblo japonés.
En los primeros años de la posguerra había un consenso popular en Japón acerca de la importancia del crecimiento
económico como prioridad nacional. En parte como resultado de las reformas impuestas por la ocupación, como la
redistribución de las tierras de cultivo y el desmembramiento de los ​zaibatsu6, se dio también el caso de que, ​Japón fue
la nación industrializada con la distribución del ingreso más equitativa del mundo​. La población japonesa de la
posguerra era en su mayoría de clase media. Algunas características únicas de la economía japonesa durante ese
período eran también notablemente igualitarias e incluían una esperanza de empleo seguro de por vida y un pago basa
más que nada en la experiencia. Aunque esto restringió la movilidad de la vida profesional individual y el alcance de
las ambiciones personales, también limitaba la competencia entre compañeros de trabajo y alentaba un espíritu de
cooperación. Las llamadas decisiones tomadas desde la base permitían hasta a los gerentes de menor nivel participar en
la formulación de las políticas corporativas.
Otro elemento fundamental en el crecimiento industrial de Japón era la ​relativa abundancia de capital para invertir.​
Esto se debía quizá a los ​índices excepcionalmente altos de ahorros personales d​ el país. Si bien es cierto que la
inclinación a ahorrar de los japoneses fue fomentada por algunas disposiciones específicas de los impuestos
gubernamentales, algunos analistas se inclinan a atribuirla a algo relacionado con la cultura confuciana. Esto resulta

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Cámara de empresarios.
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debatible, pero es un hecho que los altos índices de ahorro han sido una característica común en toda la Asia oriental
moderna.
Japón fue el “Estado desarrollista” original de Asia oriental. En la década de 1970, los funcionarios japoneses
describían abiertamente a su país como poseedor de una “economía de mercado orientada a la planificación”. Japón
emprendió su camino en la dirección de un mercado capitalista ​laissez-faire de corte angloestadounidense tras un
período inicial de industrialización fomentada por el Estado en la era Meiji a finales del siglo XIX. Pero el punto
muerto económico de la década de 1920, el pánico bancario de 1927 y luego el arranque de la Gran Depresión dieron
vida al impulso de Japón por encaminarse hacia la llamada ​racionalización industrial. Ésta implicaba una extraña
mezcla de influencias, que iban desde los expertos en eficiencia de estilo estadounidense hasta los planes de corte
soviético, pero se enfocaba muy especialmente en el modelo alemán. En Japón, dicha racionalización se interpretó
como ​el reemplazo de la competencia supuestamente excesiva por la cooperación.
El capitalismo guiado por el Estado que se convirtió en una característica japonesa después de la Segunda Guerra
Mundial fue, de cierta manera, un híbrido curioso entre la experiencia japonesa previa a la guerra y las prácticas de la
ocupación aliada de la posguerra. Aún cuando la CSPA había desintegrado los zaibatsu y purgado a los antiguos
oficiales militares, políticos y líderes de negocios, relativamente pocos burócratas fueron eliminados después de la
guerra y el nivel de control burocrático alcanzó, de manera irónica, la cúspide durante la ocupación dirigida por
EE.UU.
El Ministerio de Comercio Internacional e Industria comenzó a identificar sectores clave específicos de la industria,
como el refinamiento de petróleo, los petroquímicos y los electrónicos, para desarrollarlos de manera deliberada. Para
proteger las industrias estratégicas de la competencia extranjera, el gobierno recurrió en ocasiones a la implantación de
cuotas directas sobre las