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Eva

solía pasar por aquí


y otros cuentos
Por

Rita Black

DE CUERPO PRESENTE

–¡Ay, tan bueno que era mi marido!
Los gritos de doña Mariana llenan el recinto funerario, y a mí se me
enchina la piel de solo oírla, a pesar de que el sueño está a punto de vencerme.
Son las once y media de la noche, llevamos aquí muchísimas horas, y la
suegra de mi hermana Celia tiene las mismas energías para gritar su dolor que
cuando recién llegamos.
Los presentes ya nada más la vemos desde lejos, con una bruma de
sueño en los ojos. Ni el café es efectivo ya para mantenernos alerta. Quisiera
estar en mi casa, en mi cama, con mi esposa, pero me da pena con doña
Mariana y con mi cuñado, Luis, esposo de mi hermana; no podemos
abandonarlos en estos momentos. Aunque sé que ahora no podemos ser de
gran ayuda, cumplimos con estar presentes. Doña Mariana está inconsolable.
Cierto que don Heladio era un muy buen hombre. Nunca levantaba la
voz, y la única vez que lo vi fuera de sí fue cuando se murió su perro
Casimiro, mientras él estaba fuera de la ciudad. Tras la impresión inicial y
quedarse mudo durante un largo rato, cavilando, recordando a su amado
compañero, le preguntó a doña Mariana qué había hecho con el cuerpo. La
señora le respondió con total naturalidad que lo había puesto en la basura para
que se lo llevara el camión recolector.
Don Heladio soltó un exabrupto y le espetó, rabioso y herido: «Pero,
¡¿es que no tienes entrañas, mujer?! ¡¿Cómo pudiste tirarlo a la basura?!»
Doña Mariana no lo vio durante tres días, y solo pudo suponer que su
marido se había refugiado quién sabe dónde para llorar la muerte de su amado
Casimiro.
Sus nietos lo adoraban. Era muy consentidor con todos, y doña Mariana
solía decir que también muy alcahuete, sobre todo con Cinthya, la hija mayor
de Elvira.
Las exclamaciones de la suegra de mi hermana me recuerdan
vívidamente la historia que mi madre nos contó muchas veces sobre el velorio
de Justino, allá en su pueblo. Doña Toña, la viuda, gritaba como una loca,
desconsolada.
–¡Tan güeno qu’eras, Justino! ¡Ay, Diosito! ¡¿Por qué me lo quitates?!
«Así se usaba en los pueblos antes» decía mi mamá, «la viuda gritaba y
lloraba, lloraba y gritaba, y las otras mujeres del pueblo, llorando con ella, y
atendiendo a los que llegaban.
«Ese día hubo una tamaliza como nunca la había habido en el pueblo;
mi mamá trajo el nixtamal desde muy temprano porque ya lo tenía listo para
las tortillas que nos iba a hacer ese día; doña Martina puso los pollos y Juliana
las verduras y las hojas. A pesar de las prisas, porque nadie esperaba que
Justino se muriera, nos salieron tan sabrosos que doña Juanita, que tenía casi
90 años y ya casi no comía, se aventó cuatro tamales. Sonia, su hija, estaba
con el Jesús en la boca porque tenía miedo de que le diera una congestión por
tanto comer…
«Toña estaba que ni Dios padre la consolaba. Yo creo que lo que más le
podía era pensar cómo iba a mantener a sus ocho escuincles. Aunque, la
verdad, hasta yo, que estaba muy jovencita, pensaba que no tenía de qué
preocuparse, porque Justino era muy desobligado, casi nunca trabajaba y
nomás se la pasaba en la cantina.
«A mi mamá, aunque era su compadre, a veces le caía muy gordo
porque aparte de que casi siempre andaba borracho y no le daba diario a Toña,
todavía le pegaba.
Un gran bostezo de mi hermana me trae nuevamente al presente; la
pobre está exhausta, ha estado todo el día aquí en la funeraria y ha estado
ayudando a su suegra en todo lo que ha podido, además de consolar a su
esposo.
–¿Te traigo un café? –le pregunto.
–No, mi’jo, gracias, ya ni el café me hace, estoy muy cansada. Además
de que ya he tomado mucho, me siento hasta temblorina, pero el sueño no se
me quita.
Yo estoy igual. De cualquier manera me levanto, por lo menos para
estirar las piernas. Es más, voy a salir un momento para tomar un poco de aire
fresco, porque la cabeza me pesa mucho.
Afuera, en el estacionamiento, están casi todos los nietos de doña
Mariana, incluidos mis sobrinos. El mayor tiene 21 años y es el que lidera el
corrillo.
«Por esos días estaba de vacaciones en el pueblo mi primo Alfonso
Tadeo» nos platicaba mi madre, siguiendo con el cuento del velorio de Justino.
«Él ni siquiera conocía al muerto, pero como todos andábamos con el
alboroto, decidió ir también.
«En la casa de Toña, más que velorio, parecía que había fiesta. Si no
hubiera sido por el llanto desesperado de la viuda, hubiéramos pensado que
había jolgorio, sobre todo porque todavía estaban colgados los adornos de
papel verde, blanco y rojo, de las fiestas de la independencia, casi un mes
atrás.
«Ya se empezaba a sentir el frío, y las hermanas de Toña tuvieron que
hacer jarras y más jarras de café para todos los que estábamos velando a
Justino.
«A Alfonso Tadeo nunca se le olvidó el sabor terroso del café que nos
dieron, porque en realidad no era café, sino garbanzo molido con ceniza.
–¿Sabes qué, prima? –me dijo. –La próxima vez que venga al pueblo
voy a traer mi propio café. En Morelos venden uno muy bueno, recién
molidito. Yo no sé cómo ustedes se toman esto. Deberías probar el que nos
hace mi mamá: ese sí es café.
«A las cinco de la tarde yo ya me estaba durmiendo, porque me había
levantado cuando todavía estaba oscuro para traerle la leña a mi madre para el
café y para el desayuno, y para ayudarle a tortear.
«Alfonso Tadeo todavía se estaba riendo de cuando Licha y Chabelita
llegaron en la mañana y se sentaron delante de nosotros, después de darle el
más sentido pésame a la viuda; parecían la mera verdad.
–¡Ay, Toñita, cómo lo sentimos! Pobre Justino, tan joven, pero ya está
en gloria de Dios.
«Toña nomás movía la cabeza, como diciendo que sí, que tan joven que
era su Justino, y no dejaba de sollozar. Luego, Licha y Chabelita se fueron a
sentar delante de nosotros y, como siempre, empezaron a cuchichear.
–Pues, pobre Toñita, –dijo la Chabela –ha de ser muy duro quedarse
viuda, pero la verdad, Justino era muy malo con ella. Yo por ‘ai supe que el
día «del grito» le puso una cueriza nomás porque el Arnoldo dizque se le había
quedado viendo muy libidinosamente…
–¡Ay, tú! Pos’ ni que estuviera tan guapa la Toña como para que
cualquier hijo de vecino la viera con ojos de lobo hambriento…
–Pos’ eso me dijeron a mí, y yo creo que sí es cierto porque al día
siguiente, cuando la Toña jue a la tienda, iba envuelta en una manta, como si
juera a misa, y no se la quitó de la cara ni pa’ revisar el cambio –replicó la
Chabela.
Alfonso Tadeo no cabía en la silla de la risa que tenía.
–Híjole prima, todavía está caliente el muerto, y estás ya lo hicieron
chiras hablando mal de él.
–No te fijes, Ponchito, –le dije yo– así es en los pueblos, porque, la
verdad, no tenemos más entretenimiento que hablar mal de los demás. Si
vieras qué aburrido es… Yo creo que ustedes en la ciudad han de tener muchas
ocupaciones y diversiones ¿no?
–Pues sí, para qué te voy a decir que no. Pero yo, la verdad, ahorita me
estoy divirtiendo mucho.
–Si serás, Ponchito, ‘tamos en un velorio.
«Él ya no me dijo nada, yo creo que por respeto al muertito, pero siguió
riéndose a escondidas para no ofender a la viuda.
«Nosotros ya estábamos acostumbrados a las maledicencias de Licha y
Chabela, que no se contenían ni con cuerpo presente. Yo creo que nada más
iban a los velorios a ver qué otros chismes lograban pescar, y por el café y la
comida.
Seguramente mi madre tenía razón. Recuerdo a Paco Betancourt, un
compañero de la preparatoria. Era el más fiestero de la clase, pero no faltaba a
ningún funeral de sus conocidos, amigos o familiares. Era experto en dar las
más sentidas condolencias, pero yo sabía que solo asistía porque decía que el
café en los funerales tiene un sabor especial. Y los panes. Y las galletas. Los
disfrutaba en verdad, aun no entiendo por qué.
«Mi mamá era la que no se le despegaba a Toña. ¡Pobrecita! También ya
estaba muy cansada, pero tenía que consolar a su comadre.
«En eso me habló.
–M’ija, ve y dile a tu hermano Tani que nos traiga leña, porque a mi
comadre ya se le terminó, y tenemos que calentar más tamales y café pa’ los
que van llegando. Y sirve que le das de cenar a tu papá, si ya llegó del rancho,
porque se le habían escapado unas vacas.
«De volada me fui para la casa. Mi primo no me quería acompañar, que
porque se estaba divirtiendo mucho, pero tuvo que ir porque mi mamá no
quería que me fuera sola pa’ la casa, porque ya estaba cayendo la tarde y
prácticamente todo el pueblo estaba en el velorio.»
El aire fresco me hace volver a la realidad; estoy afuera, en el
estacionamiento de la funeraria, mirando sin ver todos los carros, la mayoría
nuevos, o casi nuevos, de los parientes de mi cuñado.
De pronto me pongo a pensar en cómo le hace la gente en estos tiempos
para comprar coche nuevo, porque, además de que están carísimos, y que se va
un dineral en impuestos, los sueldos ya no alcanzan para nada, todo está por
las nubes. Y no puedo evitar la comparación: mi esposa y yo trabajamos
ambos, y no podemos siquiera comprarnos una carcachita, después de que
hace tres años nos robaron nuestro carro, en nuestra propia casa, de nuestra
propia cochera. Nosotros vimos cuando los ladrones lo bajaron y se lo
llevaron; nos acabábamos de acostar. De seguro nos estaban observando,
porque tan pronto apagamos la luz se lo llevaron. ¡Tanto trabajo que nos costó
comprarlo! Era usado, pero estaba en muy buenas condiciones, y nos dejaron a
pie. Hasta el asiento del bebé se llevaron. Todavía me acuerdo y se me enchina
la piel del coraje.
Lo peor fue cuando mi esposa fue a poner la denuncia en la agencia del
ministerio público especializada en el robo de vehículos. El licenciado la trató
como si ella fuera el delincuente, todo porque no llevaba la factura original,
sino la carta factura. Claro, el sujeto quería «mordida», pero mi esposa no
llevaba ni un peso, acaba de quedarse sin trabajo y apenas malcomíamos con
mi sueldo. La pobre salió llorando del coraje porque en la agencia hasta se
burlaron de ella y de su desgracia. Así es la burocracia mexicana.
Pero, de verdad ¿cómo le hace la gente? Como dijera mi esposa, yo creo
que muchos no tienen ni siquiera para comer, pero tienen carro nuevo…
Ahí viene mi esposa. Se ve cansada, yo creo que le voy a decir que ya
nos vamos a dormir. No creo que a la suegra de mi hermana le importe.
La veo caminar. A pesar de que ya tenemos 10 años casados, a mí me
sigue pareciendo muy guapa, es más, está más delgada y más formada que
antes, yo creo que la maternidad le sentó bien, porque desde que tuvo a
Angelito se me hace más bonita, como que su cuerpo se asentó.
Me ve y sonríe, cansada. Al acercase, apoya su cabeza en mi hombro.
–¿Qué, nos vamos a quedar otro rato?
–No, yo creo que ya nos vamos a ir a la casa.
Pero en eso llega mi hermana Laura, y me dice, toda preocupada:
–Emilio, ¿sabes qué? Ayúdame por favor a ir a buscar a un doctor,
porque Elvira se puso muy mal. Yo creo que le bajó la presión, porque hasta se
desmayó.
Mi esposa me ve, con sus profundos ojos casi negros, me sonríe con
toda la comprensión del mundo y me dice, mientras me da las llaves del carro
de su trabajo:
–Ve, yo aquí me quedo ayudando a doña Mariana y a tus hermanas.
Le doy un beso apresurado mientras me voy a buscar a un doctor; me
voy directo a una clínica particular, porque no se me ocurre otra cosa.
Afortunadamente encuentro rápidamente una, y el médico de guardia accede a
ir conmigo.
Lo de la cuñada de mi hermana no era nada grave, solamente fatiga,
pues ya tiene más de dos días sin dormir, aunado a las desveladas durante la
agonía de su papá.
No puedo evitar sentirme conmovido mientras veo cómo mis hermanas
y mi esposa la ayudan cuando por fin vuelve en sí. Definitivamente las
mujeres están hechas para estas cosas, soportan el dolor, son estoicas durante
las desgracias y se solidarizan como nadie.
Los hombres ni siquiera sabemos llorar. Recuerdo el velorio de mi tía
Conchita; mis primos estaban tan tranquilos, tan resignados, a pesar de que mi
tía era el centro de la familia, porque todos, hasta sus nueras, iban a recalar a
su casa, que era sede de constantes fiestas, pues mi tía tuvo nueve hijos. Nunca
se le concedió tener una hija, a pesar de que ella y su esposo siempre buscaron
la niña, pero se conformaban con sus numerosas nietas.
En el velorio lloraban mis tías, mi abuela, las sobrinas, las nietas y las
nueras de mi tía; los hombres hacíamos corrillo afuera, mientras nos poníamos
al día y contábamos chistes. Mi primo Juan Carlos es especialista en eso: tiene
un repertorio tan maratónico de cuentos colorados, chascarrillos y anécdotas,
que podemos pasarnos toda la noche oyéndolo y no termina, y tampoco nos
cansamos de reírnos. Así era su papá, mi tío Salvador. ¡Ah, cómo me pesó
cuando se murió! Mi esposa tenía apenas 13 días de haber dado a luz a nuestro
primer hijo, Adolfo, cuando mi papá nos llamó para avisarnos que mi tío, que
tenía un tumor cerebral, había fallecido. Es de las muy pocas veces que he
llorado en toda mi vida de adulto, me dolió casi como si hubiera sido mi papá
el que había muerto. Y es que mi tío Salvador siempre fue mi preferido: nos
contaba muchos chistes, siempre se estaba riendo, y además hacía una birria y
unos tacos de cabeza… Como para chuparse los dedos.
Fue una pena que se nos haya ido. ¡Era tan a todo dar! Lo que más me
dolió fue no poder ir a su entierro. En el trabajo teníamos una auditoría, y los
permisos estaban suspendidos. La única satisfacción que me quedó fue que
mis hermanas, mi hermano, mi papá y yo fuimos a verlo unos dos meses antes
de que falleciera. Ya casi no podía conversar porque el tumor le hacía
confundir las palabras, pero sabía hacerse entender, y pudimos platicar a
retazos durante un buen rato. Fue la última vez que lo vi.
Nunca olvidaré cómo se reía mi papá de los chistes que les había
contado durante el velorio de mi tío Antonio, hermano suyo y de mi tío
Salvador; yo sé, todos sabíamos que los hermanos –que eran 10– estaban muy
dolidos por el fallecimiento del mayor, pero todos eran tan bromistas, tan
dados al chascarrillo y a la vacilada, que decidieron disfrazar la tristeza con
carcajadas para no soltarse a llorar. Mi tío Salvador empezó a contar unos
chistes de gallegos que, contrario a lo que se proponía, hicieron llorar a todos,
especialmente a mi papá, pero por la risa.
Yo no pude ir, porque tenía una gripa de antología, pero mi papá y mis
hermanos me contaron cómo estuvo: las charras de mi tío Chava fueron para
recordar.
Unos dos meses después le diagnosticaron el tumor cerebral, y luego se
nos fue muy rápido. Hasta la fecha me duele en el alma.
Doña Mariana por fin ha dejado de sollozar. Ahora el recinto se ha
sumido en un silencio reverente. Me recuerda al funeral de mi madre. Evoco
entre brumas las imágenes, las personas, pero no recuerdo las palabras. Lo veo
todo como en cámara lenta, pero no logro asir las voces o cualquier otro
sonido. Mis hermanas, mi hermano y yo llorábamos en silencio, por dentro,
sin gemidos y sin gritos, como lo hicimos durante la larga y terrible agonía de
mi madre.
Antes de su velorio solo había asistido a otros dos o tres; era muy joven
cuando ella murió, y aunque nunca me gustó ver los cadáveres, ahí perdí
definitivamente la costumbre de ver los cuerpos en sus cajas. A ella no quise
verla, no soportaba saber cómo habían podido meterla en el ataúd, cuando sus
rodillas estaban “soldadas” en escuadra por causa de la artritis, al igual que sus
codos.
Maldita enfermedad. Tan cruel y dolorosa como el cáncer, te va
quitando la movilidad, la facultad de valerte por ti mismo, y con ello la
dignidad y las ganas de vivir.
Elvira permanece dormida, mi cuñado Luis también ha sido ya vencido
por el sueño, y mi hermana Celia parece un zombie. Mi esposa me mira desde
lejos y leo en sus ojos que no puede más, el cansancio la ha ganado la batalla.
Es momento de irnos. En unas horas más volveremos, para acompañar a
don Heladio a su última morada, aferrados al deber y a la tradición.
Condolidos, exhaustos, pero presentes.












LOS BESOS DE LAS NIÑAS

La guerra había terminado; no recordaba ya la última que había
visto antes de esta. Tal vez fue en el siglo anterior. En su mente aparecían
imágenes difusas mientras trataba de invocar a los recuerdos, pero estaban
perdidos.
No importaba. Frente a las escenas de desolación, edificios
destruidos, ruinas estériles y despojos humanos, apareció, firme y clara, la idea
que estaba buscando: era hora de marcharse.
No le costó mucho trabajo encontrar el lugar en el cual establecer
su nueva morada. Escogió una ciudad bulliciosa, heterogénea, llena de cosas
extravagantes y una vulgaridad glamorosa. Sus noches eran lo mejor de todo:
agitadas, llenas de luz, estridentes, sensuales...
Aquello no fue un renacer, ni siquiera una renovación; lo había
hecho ya tantas veces, que formaba parte de su rutina, como esconderse de la
luz del día o buscar el tortuoso placer de la carne y de la sangre, o como
permanecer en el anonimato, sagrado para los de su especie.
La algarabía de la ciudad lo hizo pronto olvidar los sucesos de la
guerra, las largas noches escuchando los bombardeos, sintiendo el clamor
agudo de los que morían en tales horrores; la espera siniestra de la calma para
despojar del último hálito de vida a los que hubiesen quedado vivos.
Fue una época fácil, pues la guerra le ahorraba la fatiga de la caza,
pero le robaba también la satisfacción del que persigue a su presa. Pero la
sangre abundaba y no se podía despreciar tal regalo. Además, en el fondo
sentía que le hacía un favor a esos desdichados, o al menos eso quería creer.
De cualquier modo, aunque no hubiera terminado la guerra, él
habría partido: la sangre europea le había cansado. La sangre americana, en
cambio, le parecía llena de matices de sabor, ya fueran candentes o sutiles,
pero todos exquisitamente sensuales y desbordantes; su consistencia le
provocaba oleadas de placer al sentirla deslizarse suave, lenta, por su lengua y
su garganta. Era, para su gusto, la mejor de todas.
La efervescente actividad de la ciudad fue el mejor disfraz para su
naturaleza insólita; nadie se preguntaba quién era ese hombre pálido en
exceso, alto y delgado, de mirada perturbadora y penetrante pero al mismo
tiempo vacía.
Claude se mezclaba entre las multitudes noctámbulas como él y se
sentía bien al pensar que podía pasar por uno de tantos individuos ordinarios.
Claro que después de tantos siglos de ser lo que era, la euforia que sus
atributos le causaron al principio se había ido oxidando, y a veces llegaba a
sentirse casi como un ser humano normal, como un pobre y simple mortal.
Había sido testigo de los más terribles horrores y de las más bajas
manifestaciones de la miseria humana, y en su pecho se albergaba la sospecha
de que ya nada podía sorprenderlo.

********

Encontró a Frances en el traspatio de uno de los burdeles que solía
frecuentar en busca de placer y alimento. Hacía mucho tiempo, Claude
descubrió que las prostitutas eran el mejor medio de proporcionar satisfacción
a su apetito, pues usualmente nadie reclamaba los cadáveres desangrados y
mustios.
Al principio, cuando vio a Frances, pensó que era una de las
muchachas más jóvenes que el proxeneta había conseguido hacía sólo unas
noches, pero su olfato experto lo sacó rápidamente de su error.
–¿Qué haces aquí? –le preguntó, un tanto sorprendido y receloso,
aunque sabía por qué.
Frances sonrió abiertamente, con dulzura, como si no conociera la
maldad del mundo.
–Soy hija de Mariel –respondió la muchacha, suponiendo que
Claude conocía a su madre.
Mariel. Claude la conocía, era una prostituta joven y hermosa,
pero demasiado maltratada por la vida. A Claude le agradaba porque era alegre
y optimista. A veces parecía, incluso, estar fuera de lugar en esos arrabales.
–Nunca te había visto aquí –le dijo Claude. –¿Vienes todas las
noches?
–Una vez a la semana, para llevarme la ropa que mi mamá deja
aquí.
Claude asintió con la cabeza. Observó entonces a Frances con una
atención muy dedicada, que reservaba solamente a aquellas muy escasas cosas
que ya despertaban su interés. La devoró con la mirada. No era hermosa en
estricto sentido, su nariz era un poco abultada y sus labios delgados, pero sus
ojos eran grandes y vivaces, de color canela; su cabello largo, ondulado,
apenas contenido en un moño desordenado y su morena piel era tersa y
perfecta. Pero todo aquello quedaba eclipsado por esa sonrisa hechicera.
Cuando hubo aprehendido con detenimiento cada uno de los
detalles de su fisonomía, le preguntó:
–¿Cómo te llamas?
–Frances, ¿y tú?
Su absoluta afabilidad y confianza terminaron por desarmarlo. A
la niña le divertía el marcado y extraño acento de aquel hombre, que parecía
estar enfermo.
–Me llamo Claude.
–Claude –repitió la jovencita, con voz dulce. –Mucho gusto,
Claude.
Él se la quedó mirando un instante, hasta que atinó a decirle que
aquel no era un lugar para una niña como ella. La chica respondió que si era
lugar para su madre, también lo era para ella.
Claude calculó que tendría no más de 13 años. Su cutis lucía terso
y fresco, y sus ojos tenían el brillo inocente y confiado de la niñez, pero
también un destello precoz; sus labios tiernos parecían no haber sido tocados
nunca por la malicia de una boca masculina. Su cuerpo, breve y moreno, era
delicado, pero firme y fuerte.
Él quedó cautivado por la belleza inocente e imprecisa de toda
Frances; ella, por su parte, parecía no advertir lo turbado que él estaba.
Claude se sentía extraño, cohibido y molesto; luchaba con el
deseo de lanzarse sobre la joven y devorarla y destrozarla, impulsado por su
belleza extraña e inmadura, y por su eterno anhelo de sangre, pero al mismo
tiempo veíase detenido por una barrera superior a su instinto.
La atracción que Frances despertó en él le recordó de súbito un
sentimiento que había olvidado hacía muchísimo tiempo, y que ahora afloraba
y lo impelía a protegerla, a cuidarla y mimarla, a tratar de preservar su frescura
y su candor.
No recordaba cuándo ni quién le había inspirado ese sentimiento
por última vez, antes de convertirse en un cazador de criaturas humanas, sin
más respeto por sus vidas que el considerarlas necesarias para su propia
supervivencia.
Miró nuevamente a Frances y sus ojos se inundaron de una
inmensa y olvidada ternura. El inconsciente e instintivo deseo de saciar su
hambre con la vida de la niña desapareció por completo cuando ella le
desnudó el alma semimuerta y pudo leer en ella su dolor y su vacío. La faz de
la niña reflejó por un momento una honda tristeza, lo miró conmovida, y con
voz transparente dijo:
–Tengo que irme, Claude.
Ante los ojos de él aparecieron una por una las escenas de la
guerra, y sintió cómo su estómago muerto se quejaba. Por un breve instante
sintió el pánico de un remordimiento mortal.
Miró a Frances casi desvanecido y apenas si pudo levantar su
mano derecha para despedirla.
Ella se llevó la suya a los labios y plasmó un beso eterno para
Claude. Luego cruzó el umbral de la puerta del prostíbulo y la perdió para
siempre.
Claude se preguntó cuántas niñas como Frances habría en el
mundo, y derramó su primera lágrima en siglos.

PAULA


La primera palabra que Paula pronunció en su vida fue «mierda». Estaba
jugando en el patio a formar con piedras una casita rústica, y cuando ya la
tenía terminada la contempló fijamente, sin pestañear; la torpe construcción se
tambaleó durante dos segundos, hizo un estrépito de rocas huecas y cayó al
suelo. Entonces la niña, de apenas tres años, lanzó la pródiga exclamación.
Su madre la observaba desde las macetas del corredor y nunca
olvidó sus bucles negros danzando en su cuello, el brillo de sus negrísimos
ojos ni la torcida expresión de su pequeña boca, en señal de disgusto.
La abuela de Paula pasó por ahí en ese momento.
–La niña ha dicho su primera palabra: mierda –le informó su hija.
La voz era un caleidoscopio de emociones. La anciana apenas la
descifró.
–¿Por qué te enojas? Ya era hora de que hablara.
Su hija la miró.
–No, la niña dijo «mierda».
La anciana continuó su dificultoso camino con el bastón hacia la
cocina.
–Bueno, mejor que diga cochinadas y no que sea muda.
Con el tiempo, la palabreja se convirtió en una de las favoritas de
Paula y su mención se volvió muy frecuente, aunque la niña no hablaba
mucho. En realidad hablaba muy poco, y cuando lo hacía era para decir dónde
estaban los objetos perdidos que su madre, su abuela o su hermano buscaban
desesperados durante días, y cuyo paradero ella adivinaba en segundos,
aunque nunca los hubiera visto. Podía predecir también, con una precisión
pasmosa, sucesos del futuro inmediato, dejando desconcertados a los que la
escuchaban.
Su madre, Evarista, se dio cuenta de esta condición sobrenatural
una tarde en que la gata de la casa, a punto de dar a luz, se retorcía de dolor en
la sala.
–Llévatela al patio y ponla en una caja grande con trapos adentro
–le dijo Evarista a su hijo.
Paula miró fijamente al animal y dijo:
– Ya va a parir, déjala– y la miró más de cerca. –Va a tener tres
gatos, pero dos se van a morir.
En su voz no había tristeza ni lástima, y su madre pensó que era
una broma. Tres minutos después, la gata expulsó, una a una, tres bolitas de
pelo untadas de sangre. Uno parecía sano, pero los otros dos trataron de
inhalar, con grandes estertores, y segundos después ya estaban muertos, todos
envueltos en un aura púrpura.
Evarista miró aterrorizada a su hija, más no le dijo nada, y dejó
que ella y su hermano recogieran a todos los gatitos y se llevaran a la gata al
patio.
Abelardo, el hermano de Paula, percibió esos pequeños detalles
mucho antes que su madre. Al principio se quedaba boquiabierto cuando su
hermana lo sorprendía al decir en voz alta lo que él se decía para sus adentros,
y luego lo recriminaba o le hacía algún comentario sarcástico, como en una
ocasión en que, cerca del cumpleaños de su madre, Abelardo se empeñó
afanosamente en ahorrar una pequeña cantidad de dinero para hacerle un
regalo. En esas estaba cuando Paula, que se encontraba matando a las
hormigas insignificantes pero numerosas que se subían a la cama, le dijo con
voz infantil:
– Cómprale un par de zapatos, ya casi no sirven los que tiene. O
mejor, –lo retó– compra algo para ti.
Abelardo no le dijo nada, pero interpretó el remedo de sonrisa de
Paula como una burla. Claro que la idea había pasado por su mente, pero se
resistió, y terminó por seguir el primer consejo de su hermana.
Sabía que le gustaba perseguir a los animales del corral con un
palo y amenazarlos cuando los tenía a su alcance, pero no los golpeaba nunca;
a las palomas que llegaban al patio a comer las migajas de pan que Evarista y
la abuela les dejaban, les lanzaba agua para que se marcharan sin comer; sabía
también que uno de sus pasatiempos favoritos era matar insectos, y lo hacía
con tanta saña que realmente parecía detestarlos, aunque lo hacía por simple
placer, pues una de sus pocas manifestaciones de emoción era una enorme
sonrisa de satisfacción cuando aplastaba arañas y les arrancaba las patas una a
una, o cuando hacía tremendo escándalo al matar cucarachas; sus víctimas
favoritas eran las hormigas: las torturaba encerrándolas en vasos o en cajitas y
luego las mataba sin piedad, ahogándolas con grandes gotas de agua.
Ocasionalmente mataba mariposas cortándoles las alas.
En su primera infancia fue muy callada y huraña, pero después de
los 12 años se relacionaba con los otros niños, y los asustaba contándoles
espeluznantes y sangrientas historias de horror que ella misma inventaba, y
luego esos niños no querían hablar más con ella, cosa que al parecer no le
importaba. Además, le temían porque los pocos aparatos eléctricos que en ese
entonces había, se encendían o apagaban con su sola presencia.
Por las noches, cuando caminaba al lado de Abelardo, el
incipiente alumbrado público se apagaba a su paso y volvía a encenderse
cuando ya se había alejado, en una extraña y sincronizada danza de luz. Los
escasos aparatos de radio que había se apagaban cuando ella estaba presente y,
en una ocasión, el televisor nuevo (el único en el pueblo) de Fabián Astorga,
un señor que vivía en la esquina de su calle y que trabajaba en el gobierno
municipal como mensajero, hizo corto circuito, lanzó chispas de colores y se
apagó para siempre cuando Paula llegó a avisarle a Cecilia, la esposa de
Fabián, que la ropa que Evarista le había lavado ese día ya estaba lista y
planchada.
Cecilia lloró como Magdalena pensando en todas las cosas que
dejaron de comprar por adquirir lo que ella llamaba «un aparato inútil»,
mientras que Fabián, que hasta ese momento se había mostrado escéptico ante
los rumores que se corrían sobre las habilidades de Paula, la maldecía en voz
baja y le daba las gracias por el aviso. Paula salió de la casa de sus vecinos
fingiendo una infantil ignorancia.
Evarista le temía, a pesar de ser su hija. Al mirar en sus ojos
negros, sentía hundirse en una profundidad abismal y oscura.
–¿De qué te asombras? –le preguntaba su madre. –Nuestra familia
está llena de fenómenos.
Evarista le replicaba, resentida:
–Al menos ya sé de quién heredó el cinismo.
–Hay que saber reírse de las desgracias propias –decía aquella,
dirigiéndose a la cocina.
Las desgracias propias eran de lo que menos podía reírse Evarista,
y como su sentido del humor se agrió con los años, no sabía encontrar el lado
cómico a las travesuras de su hija.
Tenía dos hijos a los que mantener, además de su madre. Los
gastos de la casa se le habían aligerado un poco desde que Abelardo le
ayudaba a Jacinto, el dueño de los abarrotes, y éste le pagaba con la despensa
de la semana, pero lo que ella ganaba lavando y planchando era realmente
poco, y se cansaba demasiado. Su madre era el único pilar que la sostenía en
los problemas graves y Abelardo era la luz que iluminaba su vida; amó al
padre de su hijo con una locura de juventud que le dejó una herida jamás
cauterizada. Tres años después de que éste murió, conoció a un cirquero que
llegó con su espectáculo en una noche de marzo, y se entregó a él sin amor
para revivir, sin conseguirlo, los resabios de su antigua pasión.
De ese encuentro fortuito nació Paula, y Evarista sólo acertaba a
pensar que la influencia del entorno extraño de su padre la había marcado de
por vida.
Solía sentir un escalofrío cuando miraba a su hija, o cuando
sorprendía a ésta mirándola fijamente, aunque nunca fue víctima de los actos
perniciosos de Paula; ésta nunca hablaba con Evarista y hasta parecía que la
evitaba, de lo que su madre se alegraba internamente, pues creía percibir un
dejo de respeto en el gesto de su hija.
Era cierto: Evarista era una de las pocas personas que inspiraban
cierto respeto en Paula y era porque cuando la miraba fijamente, le sostenía la
mirada con firmeza, aparentemente sin amedrentarse, aunque por dentro la
recorría un sudor helado. El miedo es el acicate de los valientes, y aunque
Paula sabía que su madre le temía, la respetaba porque era la única que la
enfrentaba, ya que su abuela ignoraba por completo su carácter extraño, no por
precaución sino por comodidad. A sus años, decía, ya no podía darse el lujo de
preocuparse por ciertas cosas.
La única premonición certera que Evarista tuvo acerca de Paula,
fue la de creer que no tenía futuro; no sabía cómo ni por qué, pero algo más
allá de su entendimiento le hacía estar segura de que la de Paula era una vida
inútil.
Su presentimiento se hizo realidad un día como tantos otros,
nublado como el día en que nació Paula, augurando su sombrío carácter.
–Abelardo está enfermo –le dijo Evarista a su madre, con voz
trémula.
–Ya me lo figuraba yo. Desde hace dos días lo he visto muy
decaído y no quiere comer. Ese Jacinto lo hace trabajar mucho y Abelardo es
muy joven –la anciana se secó las manos con el delantal. –Vamos a ver qué
podemos hacer por él –agregó con aire optimista.
Las dos mujeres fueron a la habitación del muchacho. La abuela
palpó su cuello y no quiso mirar a su hija.
– Está ardiendo –dijo en voz baja pero firme.
– Me duele mucho la cabeza, tengo mucha sed –la voz de
Abelardo era cavernosa.
– Voy a llamar a Roberto –dijo su madre, angustiada.
– Anda, ve. Yo voy a prepararle un té y a refrescarle la frente –le
dijo su madre.
Evarista salió de la casa y volvió minutos después con el médico.
Mientras, Paula observaba todo como un centinela, apostado en la
puerta de la habitación. Nadie parecía ocuparse de ella y eso le hacía sentir
más cómoda, pero con sus ojos penetrantes lo escrutaba todo y sabía con una
certeza sobrenatural que su hermano estaba más grave de lo que parecía.
El doctor tampoco fue optimista.
– Respira con mucha dificultad y está muy débil por la falta de
alimento, además de que la fiebre es muy alta –miró a la madre con profunda
comprensión. –Toma –le extendió una receta –esto es para que la fiebre baje y
el jarabe, para que se descongestionen sus vías respiratorias.
En su serio semblante Evarista quiso adivinar algún rastro de
esperanza. Sonrió sin ganas y lo despidió en la puerta.
Tres días con sus noches de agonía llevaron a Evarista a un estado
casi tan frenético como el de su hijo. La abuela le daba ánimos con su actitud
de matriarca inquebrantable, pero su corazón de madre no se equivocaba al
indicarle que la vida de su hijo se extinguía rápidamente, como débil flama
expuesta al viento de la tempestad.
Y mientras, Paula observaba todo. Sus ojos negros no expresaban
emoción alguna, pero dentro de ella se había desatado una tormenta. En su
vida nunca había visto enfermo a su hermano y ello le provocaba un extraño
dolor en el pecho. Se imaginó a sí misma postrada en su lecho, delirando en
espera de la dulce muerte, y no podía concebir que su madre se apostara en su
cabecera, tomándole las manos, acariciando su frente ardiente con ternura
infinita y derramando lágrimas de fuego por el dolor inmenso de pensar en
perderla.
No le dolió el saberse no amada, no al menos como su hermano,
sino el de que se apagara la hermosa vida de Abelardo. Él era el único que
nunca, ni siquiera en sus pensamientos, la había juzgado, criticado,
cuestionado o rechazado; él era el único que la aceptaba y la quería tal como
era, con su espíritu contrahecho. Nunca le dijo «te quiero», pero Paula sabía
que así era y hasta se preguntaba cómo podía sentir tal cosa por ella.
Su madre, pálida, exhausta, se encontraba profundamente dormida
en el sofá; su abuela, en la cocina.
La sombra de Paula se deslizó fúnebre sobre las paredes casi en
penumbras de la habitación, apenas iluminada por una triste lámpara de aceite.
Se detuvo muy cerca de la cama de Abelardo y se quedó ahí, mirándolo
largamente, los ojos fijos, sin pestañear. Contempló en silencio, apenas
interrumpido por el tic tac del reloj del pasillo, el rostro carmesí y ardoroso,
los labios secos y pálidos, casi muertos, las difíciles montañas de su
respiración.
El reloj susurró muchos tic tac quedos y suaves; Paula, al fin,
abrió sus labios para dejar salir unas cuantas palabras ásperas por la falta de
uso.
– Mi vida por la suya.
Al terminar de decirlo se arrodilló al lado de su hermano y tomó
entre las suyas sus manos frías, mirando fijamente el rostro dormido. Paula
sabía que Abelardo no había escuchado el pacto que hizo con su don; él nunca
lo habría aceptado. En cambio empezó a sentir cómo fluía su fuerza a través
de sus manos y con ella daba vida a su joven hermano moribundo.
Comenzaba a sentirse extenuada cuando se dio cuenta de que
Abelardo se le iba de las manos. La desesperación hizo presa de la joven por
primera vez en su vida; una lágrima rebelde apareció, también por primera
vez, en su ojo izquierdo. Repitió con más ansia que fuerza:
– ¡Mi vida por la suya, mierda!
Con la frase se le fue la vida.
El manto carmín desapareció del rostro de Abelardo y su
respiración se apaciguó justo cuando Paula exhaló la vida por sus labios.
Su abuela la encontró una hora más tarde, sin lágrimas ni
exclamaciones, todavía con las manos de Abelardo asidas entre las suyas.

LA MULATA
La Mulata, como le llamaban todos, llegó con los aires de cuaresma,
alborotando las hojas de los árboles y los ánimos tranquilos de la ciudad.
Nadie sabía de dónde venía ni cuáles eran sus orígenes. Algunos decían
que había llegado de Veracruz; otros, que su tierra era la paradisiaca isla de
Cuba, y tantos más que era de Santo Domingo. Corrían versiones subterráneas
de que era hija de un famoso señor inglés que se dedicaba a explotar los
inmensos cañaverales del golfo, y de una india malinche sin más encantos que
su buena disposición para saciar los ánimos de cualquiera.
Pero la historia más difundida y aceptada era la que contaba que su
madre era una hermosa joven de familia principal del trópico, que se había
enamorado de un peón de su padre, indio de garras, fuerte y valiente, que la
hizo suya en una noche de lluvias en uno de los establos del patrón. Se decía
que la hicieron grande las criadas de su madre, quien la hacía pasar por su
sobrina, pero que el ambiente caliente del trópico la mandó a la ciudad a
esparcir su belleza sin sosiego.
Su cabello negro, abundante y brillante, caía hasta sus caderas, y cuando
bailaba cubría solamente con él la voluptuosidad de sus senos carnosos y
firmes. Su piel era morena y brillante, su nariz fina y sus labios abundantes y
sensuales; las piernas, largas y firmes como columnas de mármol, y sus
brazos, delgados e invitantes. El colmo de tanta belleza lujuriosa eran sus ojos
color verde fuego.
Decía llamarse Inés Elorriaga, pero desde el primer momento le
apodaron La Mulata. Sabía muy bien lo que quería y no vaciló en encontrarlo,
tampoco se conformó con poco: el primer lugar que visitó ofreciendo sus
servicios fue un restaurante de variedades en la avenida Andalucía, en pleno
centro, y el dueño, un cuarentón soltero, de brillantes canas nuevas, le dijo
inmediatamente que sí.
La ciudad era pequeña entonces. Don Samuel Letamendi no temió el
desprestigio que un espectáculo como el de la Mulata podría acarrearle, y no
tuvo mayor acierto en su vida. Pronto su negocio fue uno de los más
concurridos cuando entre los caballeros de alcurnia se corrió la noticia de que
la mujer más sensual del país bailaba y cantaba todas las noches en el
Restaurant Andaluz. Ni los estirados señorones del barrio Español dejaron de
ver aquel prodigio de belleza.
La Mulata bailaba únicamente con una faldita de coloridas flores
atada a un costado, que dejaba ver el esplendor hospitalario de sus piernas de
amazona. En los tobillos se ponía pulseritas de concha y sus bellos pies
descalzos la movían cadenciosamente de aquí para allá.
Hechizó a todos de inmediato con su mirada de india brava y su
halo tropical. Era un éxtasis verla, pero también el peor suplicio: no permitía
que la tocaran, a menos que ella lo consintiera expresamente.
Don Samuel Letamendi, solterón por convicción, cayó rendido sin
remedio a los efluvios de su sobrenatural belleza, y con voces suplicantes le
pidió que lo dejase todo para unirse a él sin preocuparse más que por ser feliz
a su lado.
Mas la Mulata lo despechó con la delicadeza que sólo la seguridad
propia puede otorgar, y don Samuel tuvo que conformarse con el alivio
efímero de sus fantasías nocturnas.
En ese entonces todos conocían a todos. Así que la noticia de que
Esther de Mancera, la esposa de Aristóteles Mancera, un rico comerciante, se
quitó la vida en el baño de su casa por la supuesta infidelidad de su marido con
la caribeña, causó gran revuelo.
Lo cierto es que la infidelidad de Aristóteles Mancera fue sólo
moral, pues a pesar de sus constantes ruegos, la Mulata no cedió nunca a sus
deseos, pero las malas lenguas decían que doña Esther se había suicidado
porque su esposo ya no quería hacerle más el amor, y eso la trastornó.
Ignominioso escándalo y comidilla de toda la semana en
reuniones, fiestas y convites fue también el zafarrancho que se armó en el
Restaurant Andaluz una noche calurosísima en que la Mulata dejó ver más de
lo que ya de por sí era obvio, y las señoras de la Liga de la Moralidad, que
protestaban afuera, entraron en turba, tomaron a la bailarina por los cabellos y
la arrastraron por todo el salón, hasta que la sangre caliente de su ascendencia
india se encendió y ella, levantándose y amenazando como un león furioso,
lanzó a más de una hacia las mesas, de las que los señores, asustados por la
revuelta femenina, se habían levantado.
Los insultos, que hasta ese momento habían llovido sobre la cabeza de
la Mulata, cesaron de pronto. Pero doña Ignacia Izcabalceta de Uruchurtu,
valientemente, se acercó a ella y con ímpetu sólo justificado por la indignación
y la rabia, le dio una bofetada en la mejilla izquierda, que a Inés nunca se le
olvidó porque las lágrimas de dolor saltaron a sus ojos.
Cualquiera habría devuelto la injuria de igual forma, pero ella la miró
condescendientemente, con una mirada de profunda lástima, y con una sonrisa
chueca, llena de sarcasmo, le dijo:
– Yo no me meto con nadie –y agregó, ampliando su sonrisa –a menos
que yo quiera.
Aquello fue el colmo de su descaro, y las señoras de la Liga de la
Moralidad se retiraron entre gritos de indignación, a instancias del muy
turbado don Samuel Letamendi.
Lo que la Mulata dijo era cierto: no se metía con nadie, a menos que ella
lo deseara. Pocos eran los afortunados, porque era selectiva y exigente; podía
ver en los ojos de la mayoría de los hombres el lujurioso deseo de poseerla
toda, de recorrer su cuerpo con toda la autoridad del machismo y marcarlo
como su territorio, pensando solo en su satisfacción personal, pero sólo en los
de unos cuantos descubría la ternura cálida de hacerla sentir mujer, de hacerla
feliz por el simple hecho de serlo.
A estos últimos era a los que concedía la gracia de gozar el calor íntimo
de su cuerpo, con la única e inquebrantable condición de que no se lo dijeran a
nadie, por lo que el respeto natural que despertaba en la mayoría de los
hombres se veía acrecentado ya que todos creían que, efectivamente, no había
sido de ningún otro.
Además de Esther de Mancera, doña Ignacia Izcabalceta de Uruchurtu y
don Samuel Letamendi, una de sus más famosas víctimas involuntarias lo fue
el doctor Ricardo Echeguren Castilla, un señor de cincuenta y tantos años,
viudo hacía 10 y con tres hijos, todos varones.
El doctor caminaba por una pequeña calle empedrada una mañana de
junio, al lado de su amigo Francisco Manuel Mayagoitia, uno de los pocos que
sobrevivieron al hechizo mortal de Inés por una razón de peso: era
homosexual.
El doctor la vio fresca y en todo su esplendor en un vestido discreto de
flores amarillas, tan decente, que la cubría toda, mas no ocultaba las bellas
curvas y mucho menos el brillo de sus ojos felinos. Echeguren la vio y quedó
prendado de ella al momento, y desde esa noche se sentaba siempre en primera
fila en el Restaurant Andaluz, y le enviaba flores, regalos costosos, cartas
floridas y proposiciones amorosas de aquí a la eternidad, cosas todas que Inés
rechazaba amablemente por no comprometerse, ofreciéndole solamente su
amistad desinteresada.
Un año estuvo insistiendo el doctor Ricardo Echeguren Castilla por
conseguir los amores de esa mujer infernal, hasta que ella se cansó, y con cajas
destempladas le dijo que quería vivir tranquila, que no había nacido para ser
esposa de nadie y tampoco para ser mandada.
–Yo no voy a servir de jarrón en su casa, doctor –sentenció. –Usted lo
único que quiere es lucirme, y eso no se lo consiento a nadie más que a mí.
Fue así como el célebre y respetado doctor perdió la razón. Se encerró
en su casa de Las Lomas durante una semana, no cedía a ruegos ni a súplicas y
sólo decía incoherencias acerca del paraíso perdido.
Sus hijos, maldiciendo a Inés, lo internaron en un asilo de la capital, en
donde terminó sus días loco y perdido en amores.
Lo cierto es que, en términos estrictos, la Mulata fue honesta en todo y
con todos. A los pocos que recibió en su lecho los hizo felices por una noche,
en secreto y sin testigos, y sin cobrarles un solo centavo. A los demás los
conformaba con la visión alucinógena de su belleza sobrenatural, y a las
señoras «decentes» les otorgó la satisfacción del recato diurno y público.
Tal vez por ello la vida la premió con una inteligencia previsora que le
aconsejó ahorrar cada centavo ganado, ahora sí que «con el sudor de su
frente», y de su abdomen, piernas y demás, con lo que, unos años después,
harta de regalar y vender a la vista lo que Dios le dio, se retiró del espectáculo,
y compró una casa en Las Lomas, a donde se fue a vivir tranquilamente, sin
amantes y sin dueño, disfrutando una vida cómoda y relativamente holgada.
Nunca se casó, nunca quiso atarse a nadie, tal vez por temor a
comprobar que lo más hermoso de su persona estaba fuera de ella, y los aires
de los nuevos tiempos la enterraron en el olvido poco a poco, dejando
solamente historias dispersas en las crónicas de la ciudad.

SOLEDAD

El leve murmullo de la soledad hizo presa de la casa. Caía la tarde. Por
las ventanas entraba la metálica luz naranja del sol agonizante.
Felipa entró a la recámara del abuelo con una charola de comida y una
sonrisa de paja; se quedó mirándolo con picardía unos segundos, mientras el
abuelo fumaba un cigarrillo en la cama.
–Si no se muere de la enfermedad, abuelo, – le dijo –se va a morir
quemado entre las cenizas de su cama.
–No me regañes, hija, es uno de los pocos placeres que me quedan.
Felipa dejó la charola en la mesa de noche, se sentó dos minutos en la
cama junto a su abuelo y luego salió sin decir una palabra.
El pasillo que daba a la habitación de Calixto, el abuelo, era largo,
angosto y oscuro; parecía un pasaje antiguo y húmedo que llevaba a un lugar
olvidado. Hacía tiempo que era el lugar más solitario del mundo.
Un mal día, los campos sembrados de maíz se secaron; las plantas,
resecas, formaban un ejército muerto de color café y los soldados quedaron
ladeados, plantados por siempre bajo el sol incesante. La lluvia llegó muy
tarde, cuando el fino polvo de la tierra agrietada y seca era el compañero único
del viento.
Los animales huyeron uno a uno, en silencio. Y el valle quedó solo.
Entonces el abuelo enfermó.
Los nietos Elena, Matilda y el consentido Severino, se fueron a otros
parajes a conocer nuevos horizontes. Sus padres se quedaron en la casa,
esperando el milagro de una vida nueva, pero una mañana murieron camino a
la casa cuando fueron por agua al pozo; él de un paro cardiaco, y ella de la
impresión.
Felipa y Romualda lloraron su muerte y con sus lágrimas aliviaron la
aridez de esas tierras marchitas. Su llanto era dulce y fértil, porque aún eran
niñas, y el maíz creció como espuma, alto, fuerte, el aroma de sus mazorcas
doradas llenaba el aire y llegaba a impregnar rincones lejanos. No se había
visto un sembradío más hermoso. Se esperaba con ansia el día de la cosecha.
Pero ese milagro llegó tarde: ya el abuelo estaba enfermo.
Una sombra se fue apoderando de su rostro; sus ojos perdieron el brillo
abrasador que conquistaba mujeres en su juventud. Sus labios se secaron y la
piel de su rostro, antes lozana, se adhirió a los huesos, dejando al descubierto
las miserias de su viejo esqueleto. Grandes lagunas de silencio inundaron la
casa.
Calixto cerró sus delgados labios, se atrincheró en su cama e hizo de su
cuarto su último refugio, pues el suave olor de las paredes de adobe le
envolvía y lo absorbía, en ese pasado remoto que él añoraba, cuando era joven
y salía solo con su hacha para traer leña a la casa, sin miedo y con ganas de
vivir.
Esos días se fueron muy rápido, tanto, que no se dio cuenta cuándo dejó
su hacha colgada en la sala por última vez, ni cuando Solovino, el perro de la
casa, dejó de ladrar y de perseguirlo por todas partes con la cola al aire
bailando alegremente.
Ahora, su mejor compañero era el naranjo seco que asomaba sus ramas
por su ventana, y que hacían un ruido agudo y acompasado cuando el viento
las mecía y ellas tocaban, juguetonas, el borde de la ventana, y entonces, a la
memoria del viejo acudían los pasos vacilantes de sus hijos tiernos en la casa
nueva.
Felipa fue la única que no se marchó. La mujer interrumpió sus
pensamientos cuando volvió por la charola de la comida. No habló ni miró a
Calixto; sólo con sus blancas manos recogió todo y se marchó.
Día a día, Felipa volvía con menos frecuencia. El abuelo ya no percibía
su olor tranquilo ni el robusto caminar de sus pies en el pasillo ni el latido de
su voz, ni el encanto de sus manos. Se presentaba a veces, nívea y callada,
dejaba la comida y se iba. No le hablaba ni lo miraba, pero él sabía que no
estaba enojada ni triste, solo sentía emanar de ella una paz que él bendecía y
añoraba.
Una mañana osó rozar la mano de la joven, y ella lo miró con sus ojos
vacíos y profundos, pero no le dijo nada.
Calixto sonrió. Felipa había muerto muchas veces, pero el abuelo no
supo cuándo lo hizo por última vez.

EVA SOLÍA PASAR POR AQUÍ

I
–Claro que sí, Eva solía pasar por aquí.
–¿Cuándo fue la última vez que la viste, Ramiro?
Ramiro se quita la gorra que cubre su blanca cabeza y se rasca,
buscando en el horizonte un recuerdo. Puede ver grabada la desesperación en
el rostro del padre de Eva.
– Pues... yo diría que el lunes, hace dos días.
El padre lanza un suspiro indescifrable.
– Gracias, Ramiro –y se va.
Sí, Eva solía pasar por aquí. Ramiro se coloca de nuevo la gorra, para
que sus remembranzas no se escapen con el alboroto de sus cabellos por el
viento de la tarde. La veía pasar de lunes a viernes, poco antes de las 7 de la
mañana, puntual, con su pulcro uniforme escolar y su larga trenza francesa a la
espalda. Parece verla levantando la mano delgada y saludándolo afablemente:
– Buenos días, don Ramiro.
Y luego se perdía en la esquina, de camino a la escuela.
«Es bonita» piensa Ramiro, «y en sus ojos puede verse que es una buena
muchacha: hogareña y limpia, siempre está sonriendo. Yo creo que es feliz.»
A Ramiro le agrada Eva y la ha contemplado como un buen prospecto
de nuera, aunque es demasiado joven aún. Le gusta para su hijo Alonso y sabe
que a éste la muchacha no le es indiferente. Eva tiene una sonrisa inocente y
dientes blancos como la nieve, y una piel morena clara que dan ganas de
acariciar. Sólo tiene 17 años, pero las muchachitas se hacen mujeres muy
rápido, piensa Ramiro.
Con premura deja la posición en que se encuentra mientras cavila, la
misma posición en que Eva lo ve cada mañana, en la puerta de su tienda, con
los brazos sobre el pecho, recostado en la pared; ha llegado un cliente tan
pronto se ha ido Casimiro.
II
Casimiro, el padre de Eva, se sienta en el sofá de la sala; no tiene aliento
y sus ojos miran a la nada. Sus labios musitan muy quedo: «¿Dónde estás,
Eva?»
Dora, la madre de Eva, pasa cual ráfaga frente a él, hacia la puerta.
– Voy a la escuela –se oye su voz como un trueno lejano.
El padre fue el día anterior a hacer pesquisas, pero ella se siente
obligada a seguir indagando. Aunque quiere apurar la marcha, sus pies se
sienten pesados, fatigados por el desvelo de dos noches en espera de que Eva
aparezca. La escuela no está lejos, pero a Dora el camino se le antoja largo,
interminable. A sus ojos acuden dos lágrimas que pugnan por salir, pero ella
las contiene. « ¿Dónde estás, hija?» se pregunta.
Por fin, la marcha se acorta y llega a su destino. Pide hablar con la
directora.
– Eva vino el lunes a clase, pero faltó ayer, al igual que hoy. Pensamos
que estaba enferma –dice la directora.
Dora siente que el llanto contenido la ahoga.
– Desde el lunes no sabemos nada de ella. ¿Puedo hablar con sus
compañeras?
La directora comprende muy bien su dolor y la acompaña hasta el aula.
Ahí, con un argumento austero, expone el penoso asunto. Puede ver en los
rostros de todos esos jóvenes la perplejidad y el asombro. Se levanta una ola
de murmullos. La directora se impone con su voz.
–Jóvenes, ¿alguno de ustedes la ha visto entre ayer y hoy, o saben dónde
está?
Todos niegan con la cabeza. La maestra interviene:
–Silvia, ¿tú no sabes dónde está Eva?
La muchacha, la compañera más apegada a Eva, niega con la cabeza y
baja la mirada húmeda. Dora regresa a casa, desconsolada, después de hacerle
unas cuantas preguntas a Silvia, quien no tiene la menor idea de dónde puede
estar su amiga.
Eva tiene cuatro hermanos, todos mayores que ella: Porfirio, Guillermo,
Manolo y Chuy. Ellos también la buscan desesperadamente. Una sensación
extraña los invade, como si hasta ese momento no hubieran reparado nunca en
el papel que Eva juega en sus vidas.
Porfirio, el mayor, es quien más la cuida, siempre está a disposición de
Eva para cualquier cosa que necesite, y se porta como un padre con ella. La
reprende cuando se porta mal o le dice que la falda que usa es muy corta o el
labial demasiado provocativo. Porfirio la recuerda sonriente y dulce, aunque
quizá un poco pensativa.
Decide recorrer la ruta de Eva hacia la escuela. Pregunta en una
farmacia si la han visto, pues él sabe que la conocen. Eva tiene el don de atraer
la atención de la gente.
–Eva pasa por aquí todos los días, el lunes la vimos, pero ayer no –le
responde amablemente una joven dependiente.
Porfirio se marcha cabizbajo mientras la muchacha de la farmacia sonríe
ensoñadoramente a sus espaldas. Porfirio le agrada, de hecho, le gusta mucho,
es serio y cortés, y su hablar firme denota que es un joven de convicciones.
También le agrada Eva, por ser una joven alegre, llena de vida. Todos los días,
al pasar camino a la escuela con una amiga, ríe y juega inocentemente; es
obvio que la malicia del mundo no ha permeado su alma transparente de niña,
porque aún lo es, feliz y juguetona; es sólo que su cuerpo ha crecido
demasiado rápido, desarrollando formas y curvas que atraen la atención de
quienes la miran.
III
Guillermo mira las flores artificiales sobre el escritorio de la secretaria,
en las oficinas de la policía. Los crisantemos producen una fascinación
especial en Eva, dice que parecen enormes capullos de los que emergerán
mariposas de colores inverosímiles; sus flores preferidas son las rosas blancas,
y tiene un pequeño rosal en el jardín posterior de la casa, lo cuida con esmero
y le habla quedito para que crezca sano y hermoso.
Guillermo es quien la mima más y la ayuda con sus tareas, también
quien la encubre cuando hace algo que, suponen, molestará a sus padres.
Guillermo nunca le riñe y siempre la llama ‘Evita’ con gran ternura.
Su padre está a su lado, mirando atentamente todo cuanto le rodea,
sereno pero rígido, esperando que les atiendan. No ha dormido en tres noches
y alrededor de sus ojos se aprecian dos enormes manchas oscuras. Cuando por
fin llega su turno, le piden que llene un formulario con su queja o denuncia. La
joven del otro lado del escritorio le ofrece una pluma y él la toma con mano
trémula. Ella lo mira a los ojos y lee en ellos la angustia y la aflicción.
Casimiro aprovecha para deshacer el nudo que le atormenta la garganta.
–Mi hija desapareció desde el lunes y no sabemos nada de ella –dice,
tratando de parecer calmado.
La muchacha sonríe compasivamente.
Guillermo y su padre sonríen también. A pesar de los obstáculos, de la
falta de recursos, de la carencia de indicios, a pesar de la pantanosa y
exasperante burocracia, el calor humano los reconforta, una sonrisa, una
promesa desinteresada, un aliento esperanzador, les da un poco de fuerza y de
fe.
Hay mucho ruido, gente que viene y que va, murmullos y gritos, olor a
café y nubes de tabaco y una que otra nota furtiva de una melodía lejana.
Casimiro, sin embargo, hace caso omiso de todo y, controlando el temblor de
su mano, llena decididamente el formulario. Al terminar extiende el brazo para
dárselo a la mujer. Ella pregunta:
– ¿Tiene una foto de su hija?
– Sí, sí, aquí la tengo.
Del bolsillo de su camisa saca apresuradamente una foto. No es que
tenga prisa por marcharse, Guillermo y él han tenido que esperar cerca de dos
horas y media para que alguien se encargue de su caso, es sólo que quisiera
hacer todo lo posible por acelerar los engranajes que mueven al mundo y
apresurar la búsqueda de su hija. Desde que Eva desapareció, le parece que la
gente se mueve mucho más despacio, el curso del día le parece más lento y el
tiempo se le ha convertido en una materia densa; le asfixia mirar el letárgico
andar de las manecillas del reloj.
La secretaria recibe en sus manos la foto, la mira, la adhiere al papel y
se retira, preguntando antes:
– ¿Es su madre? –en referencia a la fotografía, en la que aparecen Eva y
Dora.
– Sí, es su madre. Se llama Dora.

IV
Dora está en casa, con una agenda vieja en el regazo, llamando por
teléfono a cuanto conocido pudiera darle razón de Eva. De pronto, escucha un
sollozo ahogado y su corazón late aceleradamente, pues en su mente se
enciende una luz que le dice que puede ser Eva. Pero pronto se da cuenta de
que es un sollozo masculino y se dirige a la recámara de sus hijos. Se detiene
en la puerta y ve a Manolo sentado al borde de la cama, limpiando sus ojos y
mejillas con las manos.
Dora entra y se sienta a su lado, haciendo un esfuerzo sobrehumano para
no llorar también, porque hasta ahora ha guardado sus energías para buscar
infatigablemente a su hija, y no puede darse el lujo de desgastarse con el
llanto, no hasta que encuentre a Eva. Con ternura, casi con cautela, coloca su
mano izquierda sobre el hombro derecho de Manolo.
– Hijo –murmura.
Manolo vuelve el rostro y en una explosión de sinceridad, exclama:
–¡Qué vergüenza que me veas llorar, mamá!
–¿Vergüenza, por qué? Llorar es normal, hijo, y hasta sano, está bien
que te desahogues.
–Entonces, ¿por qué tú no lloras?
No es un reproche sino una petición. Manolo sabe que a su madre le
corroe la angustia y quiere que se libere; además, desea un poco de
solidaridad.
Dora responde con un nudo en la garganta:
–Porque no puedo.
Ambos guardan silencio, mientras Manolo, cabizbajo, sigue pensando.
Lo atormenta el remordimiento, pues su carácter siempre ha sido causa de
fricciones con Eva. Él es imperativo, disciplinado en extremo y valora
altamente el orden; Eva, en cambio, es impulsiva, impredecible, su paso
impetuoso por la casa es una ráfaga de viento que siempre deja su huella tras
de sí. Eva es así porque sí y Manolo no la comprende, por ello casi todo el
tiempo discuten acaloradamente.
Sus riñas son uno de los pocos elementos que rompen la armonía del
hogar. Manolo se siente culpable porque su tendencia a tomar todo demasiado
en serio le obliga a pedirle a Eva que lo haga también, pues ella actúa de
forma más ligera y liberada; esa es su naturaleza. A Manolo no le gustan los
conflictos, sin embargo, su atención en los defectos ajenos se ensañó con Eva,
quizá por ser su única hermana, por ser la menor de los cinco, o tal vez por los
celos que, de manera inconsciente, pudiera sentir hacia ella.
Después de un largo silencio, su madre le acaricia la cabeza con su
mano. A Manolo le recorre la espalda un escalofrío.
–Voy a seguir llamando a los amigos de Eva. ¿Chuy no ha llegado?
–No he visto en todo el día a Chuy.

V
Chuy se encamina lentamente a casa de su tío Javier. Ya se acerca, y en
una casa vecina tocan una melodía que a él le gusta y le recuerda a Eva. En el
cielo azul no hay una sola nube y Chuy se detendría a observar su belleza
incandescente, el vuelo de las aves citadinas en pleno mediodía, pero todos los
espacios de su mente se encuentran saturados por la imagen de su hermana.
Cada vez que vuelve la mirada cree reconocer en los rostros de las muchachas
la faz de su hermana, sus ojos, su sonrisa, su tez morena clara. Las siluetas se
le antojan la grácil figura de Eva y la noche anterior hasta creyó escuchar que
ella lo llamaba desde la ventana de su habitación.
Chuy recuerda haberla visto por última vez vistiendo el uniforme de su
escuela y explora con ansiedad a cada chica que lo porta, esperando
descubrirla. Hasta ahora, la desesperación histérica que acompaña a estas
situaciones no ha hecho presa de su familia porque se han apoyado
mutuamente, o tal vez porque la misma Eva suele imponer la calma en las
adversidades. Eva es así, un contraste de mesura y felicidad y agitación, frágil
y fuerte, sutil y arrebatada.
Chuy es tímido y discreto y Eva le ayuda a enfrentarse a las personas o a
las situaciones que le provocan ansiedad. Ella dice que no tiene que hacer las
cosas que no quiere y lo reconforta cuando está deprimido.
Chuy recuerda cómo Eva lo felicitó efusivamente cuando él participó en
un concurso de oratoria: sus ojos, sus brazos destilaban alegría y orgullo.
«Eva siempre está sonriendo» piensa Chuy, «y nunca se enoja». Sí que
se enoja a veces, se disgusta cuando la ignoran o cuando las personas se
comportan groseramente, con ella o con otros; se molesta cuando su madre la
obliga a ir al médico por padecimientos menores o cuando su padre se muestra
severo y estricto, pero suele ocultarlo porque piensa que no la querrán si
muestra esos aspectos de su carácter. Es hábil e inteligente y ha sabido
desarrollar una gran capacidad para aparentar una alegría natural que va muy
bien con su apariencia de niña buena, pero también se deprime, y también
llora y, al igual que todo el mundo, a veces anhela la soledad.

VI

Soledad, la esposa del tío Javier, se encuentra con Chuy en la puerta de
su casa. Su instinto de mujer le dice que el muchacho está abatido.
– Chuyito, ¿cómo estás? –lo saluda efusivamente.
– ¿Cómo está usted, tía? –Chuy elude una respuesta.
– Bien. Pasa, hijo.
El tío Javier oye voces desde su recámara y sale a ver quién ha llegado.
– ¡Chuy, qué milagro! ¿Cómo están tus papás y tus hermanos?
– Bien, tío, gracias. Aunque un poco preocupados –Chuy teme dar la
noticia abruptamente.
– ¿Por qué? –pregunta su tía.
Chuy traga saliva con dificultad, sus miembros se tensan.
–Estamos buscando a Eva, salió el lunes para la escuela y no ha
regresado a la casa. Hemos buscado en todos los lugares a donde pudiera
haber ido, pero ni siquiera sus compañeras saben nada de ella ni nos han
podido decir algo que nos ayude a encontrarla.
Dos enormes lágrimas luchan por escapar de sus ojos pero él,
valientemente, las retiene. El rostro de Javier sufre un derrumbe y sobre el de
Soledad se posa una enorme sombra gris. Ninguno atina a articular palabra.
Por fin, Soledad encuentra el tono:
– ¿No han visto a Eva desde el lunes? ¿No volvió a tu casa?
– No, tía, sí llegó a la escuela, pero no volvió a la casa y no sabemos
dónde está, a pesar de que todos hemos estado buscándola.
La voz de Chuy se quiebra irremediablemente; es tan difícil mantener
una postura de calma mientras se tienen que explicar cosa así en detalle, y tan
arduo el esfuerzo para conseguir que la mente esté despejada, para saber qué
hacer.
Eva es hermosa y Chuy lo sabe. Hasta sus amigos le han hablado de lo
bonita que es Eva, en sus ojos puede ver el deseo, y a Chuy le sudan las manos
y le tiemblan los labios de ira al escuchar que se refieran así a su hermana,
aunque él mismo admite haber experimentado esa sensación por otras chicas,
pero Eva no es como las otras, es su hermana, es inmaculada y es intocable.
Recupera el aplomo y dice a sus tíos:
–No queríamos preocuparlos, pero vine porque pensé que tal vez ustedes
la habían visto; no sé por qué, si la hubieran visto nos habrían avisado. Es que
cuando uno pasa por estas cosas, creo que no se piensa con la cabeza.
El impulso maternal hace que Soledad abrace a Chuy fuertemente y él
se acomoda en ese cálido refugio. Por alguna razón, el dolor compartido suele
ser más tolerable, pero Chuy no ha podido externar todo su sentimiento frente
a sus padres; teme que al verlo llorar se den cuenta de que no es tan fuerte.
El rostro de Javier continúa tenso y desencajado; cierto que él no tiene
favoritos entre sus numerosos sobrinos, pero siempre le ha inclinado hacia Eva
el hecho de que es una joven linda y dulce, y Soledad y él no tienen hijas, sólo
varones.
– Carlos conoce a alguien que nos puede ayudar –habla al fin. –Voy a
hablar con él para que vea qué puede hacer.
Se levanta de su silla y se dirige al teléfono. La conversación, breve y
concisa, es escuchada por Soledad y Chuy, tomados fuertemente de la mano.
– Carlos va a llamar a su amigo para que nos ayude, trabaja en la
procuraduría.
Javier, Soledad y Chuy, centran ahora en él gran parte de su esperanza.
«La esperanza es lo último que muere» reza un viejo dicho. Pero en este
caso, la esperanza es la llama de una vela que lucha por no extinguirse,
cansada de arder; su débil luz flaquea constantemente ante los embates del
viento de la adversidad.
Con el dolor y la desesperación, todo se ve diferente: la casa, más
grande y oscura; los rostros, pálidos y tristes. Nada es igual: los sonidos, el sol,
la familia, los amigos, todo ha cambiado.
Los amigos pueden ser un gran apoyo, pero a veces, inconscientemente,
en su afán de ayudar, llegan a ser impertinentes. Por la casa ha desfilado una
caravana interminable de gente que apenas permite un respiro y el teléfono no
ha dejado de timbrar, y cada vez que lo hace todo se paraliza, todos se quedan
inmóviles, mientras Dora, con un dolor en el pecho, contesta para,
desilusionada, decirle a todos que se trata de un pariente pidiendo noticias, o
de Carlos, el hijo de Javier, que avisa, de parte de su amigo, que no se ha
logrado nada en la pesquisa de Eva.
Ir a la estación de policía a pedir informes es lo mismo que no hacer
nada, en esta ciudad, en este país, nunca pasa nada. La gente puede desparecer
sin dejar rastro, y es como si jamás hubiera existido.
¡Qué descorazonador arrancar una a una las hojas del calendario y no
saber nada de Eva! Es una daga despiadada que no acaba de clavarse del todo
para terminar con la agonía. Cada hoja es un día más sin ella. «Eva, ¡¿dónde
estás?!»
Eva, la niña consentida, la protegida, la favorita, ha desaparecido sin
dejar huella. En cambio, en el rostro de su padre han aparecido tres arrugas
más, y en la cabeza de su madre, un pequeño mechón de canas plateadas, que
ella no intenta disimular, ¿para qué? A veces el dolor no admite camuflaje
alguno, aunque ella solo llora, desesperadamente, como alguien que ha
perdido la razón, cuando sus hijos y su esposo no la pueden ver.
Porfirio está más flaco que nunca, pues sus estudios lo absorben por
completo; Guillermo habla más que antes y con mucha frecuencia alude a Eva
y hasta parece que supiera algo de ella y la hubiera visto. Al principio, sus
padres pensaron que así era y se llenaron de repentina esperanza, pero pronto
comprendieron que era sólo un recurso imaginario para mantenerla viva.
Manolo, por el contrario, nunca habla de ella, y Chuy tiene una novia
que se parece mucho a ella.
No es que sus vidas giren en torno a Eva. Dora quisiera convencerse de
que la vida continúa con o sin ella; que llegará el día en que su nombre no sea
pronunciado más y su recuerdo se guarde en los baúles de la memoria. Pero su
vida se ha detenido, se ha quedado paralizada en un punto del tiempo entre la
última vez que vio a su hija y el día en que desapareció. Su nombre está
siempre en la punta de la lengua, en toda su mente, en su corazón marchito y
triste. Dora vive a medias o, más bien, está medio muerta.
Transitar por los lugares frecuentados por Eva representa un reto.
Porfirio los evade cuanto puede; Guillermo cree oír su voz en la calle; Manolo
definitivamente elude cualquier cosa que haga alusión a ella, y Chuy se
regocija en el recuerdo de su risa. Dora se mantiene asida a una esperanza
endeble que se niega a morir, y no le queda más que pensar «¿dónde estará mi
hija?»
Casimiro suele pararse con frecuencia en el umbral de la tienda de
Ramiro y, con la mirada fija en la banqueta, se dice en voz baja. «Eva solía
pasar por aquí.»

NO LLOVERÁ

«No lloverá». Es el primer pensamiento que acude a la mente árida,
igual que la tierra ante los ojos, al elevar la vista al cielo y comprobar que las
nubes no se ciernen sobre estos parajes yermos.
Hace dos años que no llueve como Dios manda; sólo unas cuantas
lloviznas tristes, esporádicas, han caído en el verano, y así no se puede esperar
una buena cosecha.
Nicolás y su hijo Ernesto van todos los días a la milpa y se quedan
durant largo rato observando al cielo, tratando de encontrar una nube perdida
que los haga concebir aunque sea una luz de esperanza. Todos sus anhelos
están invertidos en esa milpa, y si no llueve, se perderán.
Adela, la esposa de Nicolás, los mira regresar todas las tardes,
descorazonados y con los rostros sombríos.
– Mañana será –murmura Nicolás.
Adela prepara la cena sin decir palabra; sabe que lo que diga sale
sobrando. El aroma de los frijoles refritos inunda la casa. Nicolás realmente
espera que el día siguiente sea el día en el que el cielo dé de beber a la tierra, y
fervientemente reza todas las noches porque así sea. Aunque cada día es una
nueva agonía y una nueva desilusión, él tiene fe ciega y confía en que mañana,
mañana será.
Adela es devota de la virgen de Guadalupe, y sobre la cabecera de su
vieja cama tiene colgada una imagen suya, ante la cual se postra todas las
noches para pedirle por sus pequeños anhelos. Cuando era joven, la gente solía
decirle que se parecía a la Virgen Morena, y ella se henchía de gozo, porque
¿qué mayor privilegio puede tener una mujer que parecerse a la benefactora de
su pueblo? Sin embargo, con humildad, ella respondía:
– No, ella es demasiado hermosa.
Con el tiempo desapareció la ilusión, mas no la devoción. Adela no es
vieja y no luce así, su piel morena y maciza sostiene los años con firmeza,
dándole la extraña belleza de las mujeres de su raza. Su cabello, siempre
recogido, y sus vestidos desgastados pero casi brillantes la hacen ver
impecable.
Ella atiza el fuego sin prisa. Nicolás espera fuera de este mundo la hora
de cenar, mientras afila incesantemente su machete.
Él también es joven, fuerte y sano, aunque cansado. Su piel ha sido
regada con el manantial generoso de su sudor, trabajando de sol a sol desde
que era un chiquillo y apenas podía arrastrar el arado; es rojiza su tez, como la
tierra de los cerros del sur, que a la luz del sol de la tarde resplandece y
deslumbra los ojos. La erosión de los años no hace estragos todavía en su faz,
al contrario, es como si se alimentara de ellos.
Siempre ha sido una persona alegre y en sus años de muchacho
desbordaba entusiasmo. Ahora es más sereno, más concentrado en sus
pensamientos y habla menos. No es que haya perdido la alegría, es
simplemente que ya no necesita ser escandaloso, no, ahora es más sutil, menos
impulsivo y más sabio. Sus manos, grandes y firmes, son la mayor expresión
de su paciencia, nunca se cansan, nunca vacilan y están trabajando siempre;
sólo cuando Nicolás duerme, ellas se posan inertes sobre su vientre, esperando
la llegada del alba para continuar su labor que, si ellas hablaran, dirían que es
eterna.
Ernesto anda por ahí, sin que su madre lo vea, sabe que quizá está fuera,
descansando o tal vez revisando a las gallinas en el corral. Es un buen hijo y
Adela se lamenta de no haber tenido otro, pero luego mira a su alrededor y ve
a Camila, la vecina de enfrente: tiene ocho hijos y se le murieron tres; ella lava
y plancha la ropa de las dos señoronas ricas que hay en el pueblo, se levanta a
las cuatro de la mañana y se acuesta a las 10 de la noche, para completar sus
faenas.
Estelita, su sobrina, y Rómulo acaban de casarse, viven en una choza de
palo y ella está ya encinta. Adela piensa: «su jornada apenas empieza.»
Ella misma nació en una familia compuesta por 12 miembros y la
miseria fue el estandarte de su niñez. Sus hermanos y ella fueron unos niños
débiles y si no caían presa constante de las enfermedades, fue por la fuerza
centenaria de su sangre. Entonces sus pensamientos vuelven a posarse sobre su
hijo y sonríe al comprobar que es un joven sano y fuerte, que no ha carecido
nunca de alimento ni de un techo firme, y que además sabe leer y escribir, y
eso la llena de orgullo.
Los matices del rostro de su hijo cambian a veces de una manera
repentina que ella no puede comprender. Pareciera como si su mente estuviera
en un lugar ajeno al de su cuerpo, ella lo observa y cree detectar una sombra
de tristeza, de añoranza quizá. Pero, ¿qué añora Ernesto? Tiene un techo bajo
el cual guarecerse, tiene a sus padres y alimento cada día. Tal vez sea que su
corazón ya está puesto sobre alguna muchacha del pueblo, pero Adela revisa
minuciosamente su mirada, sus actos, y su instinto de mujer le dice que no es
por eso.
Ella nació aquí, aquí creció y nunca ha salido de aquí; sabe que aquí
morirá y así lo quiere, su vida ha sido apacible y no puede pedir más. Nunca
ha contemplado la posibilidad de explorar otros horizontes.
Cuando los tres, Adela, Nicolás y Ernesto, se disponen a cenar, la puerta
lanza un quejido ancestral, y haciéndose a un lado deja ver a Demetrio.
–Buenas noches –saluda afable, quitándose su sombrero de paja.
–Buenas noches, compadre –Nicolás se pone de pie para recibirlo.
Adela sonríe y va a la hornilla para servir un plato más. Ernesto le da la
mano en silencio a Demetrio.
– Siéntate, compadre, –invita Adela –vamos a cenar.
Demetrio acepta gustoso, y viendo que Adela le sirve frijoles refritos, se
agacha para tomar el morral que ha dejado en el suelo y de él extrae un
envoltorio pequeño de papel estraza y lo pone al centro de la mesa.
Nicolás lo mira.
– ¿Qué es, compadre?
Demetrio sonríe y contesta:
– Un pedacito de queso oreado, pa’ que nos sepan más sabrosos los
frijoles, ¿no?
– Pos, sí.
Y empiezan a comer tranquilamente, no sin antes agradecer cada uno en
silencio por los alimentos recibidos.
La casa huele bien, a leños quemados, a comida caliente, a noche
serena. Cuando terminan de cenar, Demetrio se limpia la boca con el torso de
la mano izquierda y dice con su tono siempre sereno:
– Por tu siembra no te pregunto, compadre, porque ya sé cómo va. Los
demás están pensando que sería bueno ir a hablar con el gobernador, pa’ ver si
puede ayudarnos. Yo creo que no va a oírnos siquiera, no nos va a recibir, pero
no hay peor lucha que la que no se hace y... pos no queremos morirnos de
hambre.
Nicolás mira a Demetrio con sus ojos de venado nocturno, sin pestañear.
Luego de un silencio breve y denso, compañero inseparable de la
penumbra que envuelve la casa todas las noches, iluminada sólo por una tenue
lámpara, Nicolás dice:
–Yo creo que tienes razón, compadre, al gobernador no le importan
nuestros problemas y no va a hacer nada pa’ ayudarnos. Yo mejor espero a que
lleguen las lluvias pa’ levantar mi cosecha.
Ernesto los mira atento, sin decir una palabra; desearía ser ajeno a estas
pláticas y que no le afectara lo que en ellas se dice, pero está tan lejos de ser
así su realidad; él sabe que tiene que ayudar y apoyar a su padre y que lo que
aquél haga tendrá injerencia en su vida. Quisiera irse lejos, a la ciudad, a estar
entre las multitudes y buscar una forma de ganarse la vida que no requiera
tanto sacrificio y le deje más satisfacciones. Pero Ernesto sabe que no puede
dejar a sus padres, porque están cansados y el tiempo es inclemente, porque él
no sabe hacer otra cosa, porque en la ciudad tendría que sobrevivir, porque
aquí ha nacido...
–¿Y si no llueve? –pregunta de pronto, con aire distraído.
Demetrio y Nicolás parecen un poco desconcertados porque,
continuando su plática, el comentario de Nicolás ha quedado atrás hace ya un
buen rato.
–¿Si no llueve? Entonces será el próximo año –dice Nicolás.
–Compadre. –Demetrio habla con ademán clandestino –¿Por qué no
vamos a hablar con el gobernador? No vamos a perder nada, compadre. Lo
peor que puede pasar es que no nos reciba y si no, pos nos devolvemos.
Nicolás se rasca la cabeza para espantar la comezón que le provocan las
dudas.
–Vamos, pues –dice al fin.
–Está bueno.
Demetrio se despide dando las buenas noches con extremada
amabilidad.
La madrugada deja caer todo su peso sobre los cuerpos dormidos y,
soberbia, les recuerda: «¡Levántense, despierten! Tienen que cumplir sus
deberes del día.» Y la gente responde a su llamado, impotente y sumisa.
Adela va a traer agua del pozo y leña para la hornilla; Ernesto toma un
balde viejo de metal y, llenándolo de maíz, rocía el patio de la casa para que
las pocas gallinas que tienen, ávidas, lo devoren en un instante. A veces le
gustaría ser gallina, ellas sólo tienen que preocuparse porque las alimenten.
Pero luego piensa un poco y se da cuenta de que el destino de esas pobres aves
se asemeja mucho al suyo y no desea más ser gallina.
Nicolás toma su machete y su morral y se va al monte.
Adela no se preocupa porque sabe que él volverá para desayunar, así es,
siempre igual.
Esta vez Nicolás regresa con chiles para acompañar los frijoles;
mientras, Adela pone en el comal humeante tortillas gruesas y ásperas como
sus manos incansables.
Los días transcurren angustiosamente lentos, y no llueve, y ahí están
Ernesto y Nicolás, esperando que del cielo caiga la primera gota que llene esos
campos de vida y Ernesto piensa que cuando ello ocurra será tan intensa la
respuesta a sus plegarias, que será un diluvio el que venga a satisfacerlas y lo
inundará todo, lo arrasará todo.
Nicolás mira impasible al cielo y al horizonte. El firmamento está
limpio, exento de mancha alguna, y espera pacientemente a mañana, no
desespera.
Cada día es igual. Han pasado muchos, encadenándose unos con otros,
formando semanas, enlazándose irremediablemente en su carrera sin fin.
Nicolás y Ernesto esperan sentados en la tierra de su milpa, la tarde
radiante y el cielo, vacío.
No lloverá, porque Dios no lo quiere, porque el cielo tiene sed y no
puede dar de beber a la tierra; no lloverá porque no es el tiempo, porque así es
el destino, porque estamos condenados.
No lloverá, quizá porque la piel morena de quienes trabajan la tierra,
esperando de ella su recompensa, tiene que oscurecerse aún más, tiene que
llenarse de surcos más profundos y hacerse más gruesa aún. No lloverá tal vez
porque sus vidas tienen que volverse aún más austeras.
No lloverá, y Nicolás vuelve a casa descorazonado. Adela ve regresar a
su esposo y a su hijo, y no hace preguntas. Sólo en la mente de Ernesto se
arremolinan nubes de tormenta, y Nicolás piensa: «Mañana será».

KITI


–Kiti, Kiti.
Jobita no escucha los pasos en la escalera de madera a la entrada de su
casa.
–Kiti, Kiti –repite mientras se agacha para buscar a Kiti bajo el sofá.
–¿Qué buscas, comadre? –le pregunta Aída, que acababa de entrar.
–A Kiti. Está perdida desde ayer y ya me estoy preocupando porque le
puse su plato de leche y no vino a tomárselo. ¡Kiti, Kiti! –resuena su voz
chillona.
–Andará en celo, comadre –repone la recién llegada, dándole a Jobita
una palmadita en el brazo.
–¡Válgame Dios, comadre! Es una gata vieja, ya no le interesa andar
detrás de los gatos.
Aída ríe, alegre.
–A la vejez, viruela, comadre. ¿Qué ya no te acuerdas de don Pascual?
Viejo, viudo dos veces y todo achacoso y se consiguió una jovencita de 25
años. Bien podía ser su nieta.
–No es lo mismo, comadre, los hombres piensan con el pantalón y los
gatos con las patas. Además, don Pascual podía fijarse en cualquier niña de 18,
porque tenía con qué comprarlas. ¡Kiti, Kiti! ¡Kiiitiiiii!
Jobita se encuentra hincada sobre el tapete de la sala, buscando bajo el
sofá, la mesita de centro y un mueble lleno de muñecos de cerámica.
–Levántate ya, ahí no la vas a encontrar.
–Pues tengo que encontrarla –replica con voz acongojada. –¿Y si me la
mataron, comadre? ¿Qué tal si la atropellaron, o la persiguió un perro y se la
comió?
–Estás exagerando. Puede ser que tus hijos sepan dónde está, ya ves que
a Julito le gusta mucho jugar con ella. ¿Ya les preguntaste?
Jobita se sienta en el sofá estampado con un floreado estridente, y
recarga tristemente su barbilla sobre su mano derecha.
–Ya los llamé, comadre, pero ninguno está en su casa. José Juan está de
vacaciones y se fue a visitar a Francisco, y Pablo está trabajando –dice
tristemente.
– ¿Y Julito?
–Julito está en la casa de un amigo suyo.
–Vamos a preguntarle a los niños de la cuadra y a las vecinas, ya sabes
que ellos saben todo sobre los vecinos –sugiere Aída.
–No, si Kiti anduviera por el barrio ya habría venido.
Aída se sienta al lado de Jobita y posa sus manos sobre los hombros de
la acongojada mujer.
–No te desanimes, vas a ver cómo al rato aparece.
Ambas guardan un silencio lleno de dudas y esperanzas, hasta que
Jobita empieza a estornudar ruidosa y repetidamente.
–Te va a dar gripa, comadre.
– No, es que soy alérgica a la soledad –replica Jobita en tono muy serio
mientras se limpia la nariz.
Aída ríe con la ocurrencia.
–¡Ay, comadre! Ya estás chocheando –Se pone de pie. –Tengo que ir a
ver a Salomón. Te veo después. Adiós y no llores, Kiti tiene que venir a
dormir.
Jobita fija la mirada en la ausencia de Aída.
–Ya estoy chocheando –dice para sí. Por un momento sus canas se
vuelven más densas y blancas.
Kiti no vino a dormir. Jobita apenas duerme el sueño intranquilo de
quien tiene un pendiente en esta vida.
–Si al menos supiera dónde está –murmura en la oscuridad.
La mañana la sorprende con los ojos en blanco. Trata de distraer sus
negros pensamientos dedicándose a sus diarios quehaceres, pero el fantasmal
maullido de Kiti no se ausenta de sus oídos.
Aída pasa rumbo al mercado cuando Jobita barre la escalera de entrada.
–¿Qué pasó? ¿Volvió la ausente? –pregunta con su usual buen humor.
–No, comadre, ya me dejó sola.
–No te preocupes, comadre, ya aparecerá. Nos vemos –y sigue su
camino a toda prisa.
Jobita no dice nada, sólo se queda estornudando en la puerta.

RÉQUIEM


La sangre bullía caudalosa y aceleradamente. Los ánimos acartonados se
ablandaron con el aroma sutil y embriagante de la subversión.
La universidad y las calles sufrieron una metamorfosis. Los estudiantes
realizaban reuniones clandestinas llenas de efervescencia palpitante, ansia por
devorarlo todo, por imponer el cambio, por trastocar el orden imperante.
En las calles, la vida cotidiana había dado un giro secreto: las gentes
caminaban apresuradas, mirando a todos y a todo, con una actitud extraña,
suspendida en la espera ansiosa y callada de aquello que estaba por suceder,
pero que parecía no terminar nunca de empezar. La tensión anhelante era un
hilo blanco suspendido en el aire.
La hoja de un periódico viejo y amarillento pasó, arrastrada por el
viento, rozando los pies de unos jóvenes que se encontraban en una banca de
la plaza; la siguieron con la vista y a lo lejos descubrieron a unos policías en
actitud vigilante. Se miraron a los ojos unos a otros sin decir palabra: ya
sabían lo que estaba pasando.
Por la tarde, en la explanada de la universidad, hubo una manifestación
multitudinaria. Los gritos del joven en el estrado encendían los ánimos con sus
palabras esperanzadoras: «¡Nosotros somos la semilla del cambio!». Su voz
grave llenaba el aire y aquello era un enjambre humano.
En el clímax de aquella conflagración idealista, el mar de tiernas
cabezas se vio dispersado por la aparición de un convoy del ejército. Con
altavoces les pedían en tono amenazante que se retiraran. La masa humana no
se amedrentó. Repitieron la consigna, esta vez con carácter de orden, y al ver
la inmovilidad de aquella muchedumbre rebelde, procedieron a lanzar gas
lacrimógeno para disolver el maremágnum.
Aquello se volvió un caos. En la desbandada, la mayoría perdió la
brújula y se volvieron hacia donde les indicaban el destino o la suerte;
aquellos con menos pericia física resultaron atropellados y golpeados.
La calma se hizo forzando los hilos de su resistencia. Pero aquello no
había sido todo, no era el final. En las páginas del destino aguardaba un
encuentro decisivo.
Todo sucedió muy rápido. La ciudad se lamentaba del súbito estado de
sitio. Las siluetas siniestras de los soldados apostados en puntos estratégicos
eran omnipresentes. Los granaderos tuvieron varias escaramuzas con los
jóvenes estudiantes y agregados de otras fuerzas sociales.
Aquellos días fueron también muy difíciles para las madres, padres y
cónyuges de todos aquellos involucrados en la gesta. Esperaban ansiosos que
llegaran a sus hogares para asegurarse de que su temeridad no les había
costado la libertad o la vida. Suspiraban aliviados por la ventura de ver vivos a
los que pudieron regresar, y se deshacían en oraciones nocturnas clamando por
la seguridad e integridad de quienes no tuvieron tanta suerte.
Muchos se quedaron en el camino, otros más desaparecieron, devorados
por la infranqueable selva burocrática del régimen.
Eran dos fuerzas contrapuestas; aquél nunca entendería las razones de
los disidentes. El diálogo fue el gran ausente, sus fauces se cerraron
irremediablemente.
La mecha encendida tocó por fin la pólvora e hizo estallar por fin la
rebelión con una fuerza tremenda. Se dieron cita los perseguidos, los
orquestadores, los líderes y los de espíritu revolucionario. La plaza bullía de
almas encendidas y se tornó el punto cósmico de la convergencia; ese día se
volvió mito, mancha y honra.
Las fuerzas del orden no tuvieron compasión ni reparo para apuntalar el
pilar apócrifo del régimen que veía amenazados y roídos sus cimientos. Con
inhumanidad deleznable lanzaron ráfagas de ira contra quienes clamaban por
justicia.
Un clamor gigantesco se apoderó de la ciudad; el ruido sordo de las
armas era constante, los gritos, los pasos torpes. Las balas atronaban en
cabezas y cuerpos y los garrotes encontraban su mera razón de ser. El río rojo
de la ignominia corría a caudales.
Se hizo la lucha, cuerpos contra cuerpos, macanas contra cuerpos, balas
contra cuerpos, sangre regada, cientos de gritos ahogados, y luego nada...
Lo que siguió fue la continuación de la pesadilla: encontrar a los
muertos y a los heridos. Los desaparecidos eran cosa aparte.
La ciudad lloraba la ofensa y el Dios falso trataba a toda costa de borrar
su huella sumiéndose en un silencio culpable y maldito. Prohibió
terminantemente abrir el negro expediente.
Las lágrimas de los que salieron vivos, las de los parientes de los caídos,
las de los solidarios e incluso las de los hipócritas que causaron la injuria,
fueron incontables, pero no suficientes para lavar la mancha de sangre que
quedó en la plaza. La de algunas conciencias es más indeleble aún.
LA SOMBRA


Cuando ya el sol se cernía tristemente sobre el poniente, volvían todos
los hombres de los campos de trigo, caminando despacio, con la cabeza baja,
yendo cada cual hacia sus casuchas, esparcidos como hojas que el viento ha
alborotado.
Los muchachos llegaban después de las 5:30. El abuelo los esperaba
sentado en su mecedora en el patio, una silla grande y tosca de madera oscura,
que crujía lastimosamente cada vez que el viejo se mecía. A Juan el mayor de
los muchachos, le gustaba mucho sentarse a escuchar el rumor de la tierra bajo
la silla, se le antojaban pisadas de un visitante lejano y misterioso que venía a
sacarlos de aquella monotonía.
Siempre encontraban al viejo mirando al oeste, meciéndose muy
lentamente, casi con solemnidad, como si aquello fuera un ritual, con un
cigarro recién encendido en la boca.
– ¡Eah! Ya llegamos, abuelo –saludaba siempre Jesús, que era el primero
en entrar.
El abuelo asentía con un gruñido tierno. Era una de las pocas ocasiones
en que no hablaba; parecía como si a la hora del crepúsculo le invadiera la
nostalgia y deseara marcharse con el sol. Pero no lo hacía: siempre estaba ahí.
Después de cenar, el viejo se acomodaba nuevamente en su silla, ahora
en el porche, y los muchachos se sentaban a su alrededor, para escuchar la
melodía ascendente y armónica del canto de los grillos mezclado con las
historias del abuelo. Tenía una voz ronca, gruesa, pero al mismo tiempo dulce
y tierna, como la de casi todos los ancianos; y su voz se combinaba con los
murmullos de aquella tierra olvidada y formaba parte del entorno, tanto, que a
veces era ya tan sólo un murmullo casi imperceptible.
En particular a Santiago le gustaba escuchar los relatos del abuelo.
Después de haber trabajado todo el día en un sembradío, los muchachos
estaban muy cansados como para llegar a su casucha solamente a dormir, pero
aquellas tierras tenían la peculiaridad de que todos sus paisajes eran idénticos,
para dondequiera que uno posara la vista, sólo podía mirar aquella tierra entre
amarilla y rojiza, suelta y árida, con uno que otro matorral aquí y allá, y los
cerros lejanos y oscuros que parecían observarlo todo desde donde estaban,
milenarios e inertes.
Y por ello también estaban lo suficientemente aburridos como para
sentarse un rato a escuchar aquellas historias del viejo.
«Ya estaba amaneciendo y el cielo se veía rosa y pálido, como las
últimas brazas de una hoguera» solía contar, recordando cuando participó en
una lucha armada.
«Nosotros éramos sólo unos pobres campesinos, ignorantes, en calzón y
camisa de manta, y estábamos bien asustados; desde hacía unos minutos
algunos compañeros habían escuchado el galope de caballos que se acercaban
rápidamente, y nosotros sabíamos bien que eran soldados federales. La noche
anterior habíamos tenido un agarre con unos que tomamos desprevenidos,
pero nos dieron tanta batalla que por la madrugada ya casi no teníamos
municiones, y por eso teníamos miedo de otro encuentro, porque sabíamos que
podían vencernos fácilmente.
«Mis compañeros y yo estábamos escondidos, si es que se puede decir
eso, entre unos arbustos casi secos, que en una vasta extensión de tierra
también seca sólo tenían por compañeros a unos tristes cardones.
«El sonido de los cascos se hizo cada vez más fuerte y a nosotros
empezó a invadirnos el pánico. Nos tiramos al suelo mientras rogábamos por
ser cubiertos por la polvareda y no ser vistos. De pronto aquel estruendo llegó
hasta nosotros como el trueno ensordecedor de una tormenta, y yo podía sentir
sobre mi cabeza el vaho de los caballos corriendo frente a nosotros.
«Llegó un momento en que aquel escándalo se me hizo insoportable, y
sin saber por qué, me puse en pie. Y ahí estaba toda una cuadrilla de federales;
cuando me di cuenta de lo que había hecho, pensé que había llegado mi hora,
y sin atreverme a moverme me quedé parado ahí, esperando la muerte. Pero
los soldados pasaban a todo galope frente a mí, espoleando a sus monturas
para que corrieran aún más.
«Poco a poco fue disminuyendo el ruido, y la densa nube de polvo que
nos cubría se disolvió. Después de un rato, todos mis compañeros empezaron a
levantarse, lanzando un suspiro de alivio. Yo miré alrededor sin poder creer
que estaba vivo. Estaba ahí parado ante mis enemigos, y ellos no me habían
visto» el abuelo rió alegremente. «Creo que ese día volví a nacer, y mandé la
revolución al carajo.»
Al terminar de hablar el anciano parecía perderse la magia, y los
muchachos se despedían para irse a dormir.
A pesar de su edad, el viejo se esforzaba por mantener en orden la pobre
casa, aunque a sus nietos no les gustaba que lo hiciera, porque ellos lo veían
tan indefenso y tan frágil como a un bebé.
Su piel morena ya estaba arrugada como la corteza de un roble viejo, y
adquiría en invierno la apariencia de la tierra agrietada por la sequía; sus
manos temblaban levemente y sus ojos perdían a veces el hilo de la realidad, y
vagaban en sus órbitas sin orden ni concierto, mirando hacia ninguna parte;
pero la mente del viejo estaba tan lúcida y clara como un espejo limpio.
Hablaba con claridad y sus ideas eran muy coherentes, incluso su
memoria parecía más vívida. Empezaba a hablar de hechos sucedidos muchos
antes y citaba fechas, nombres y lugares con una precisión pasmosa. Cuando
tuvo que dejar de trabajar en el campo por su avanzada edad, y los muchachos
se hicieron cargo de él, empezó a estudiar las propiedades curativas de las
plantas, y llegó a ser un experto, al punto de ahorrarle a sus nietos varias veces
viajes al pueblo en busca del médico, pues los sorprendía con sus dotes de
curandero, y aliviaba dolencias con un simple cocimiento de hierbas.
También se hizo más hábil en la cocina y transformaba los frijoles y las
tortillas en manjares. Pero aquellos esfuerzos le costaron muy caros; por la
tarde no se sentaba ya en su mecedora sino que se acostaba en su catre y se
tendía bocarriba para liberar el cansancio. Al principio los muchachos
resintieron mucho la ausencia de la queja vespertina de la silla vieja, y el olor
del cigarrillo, pero aprendieron a sustituir aquellas sensaciones por otras
nuevas.
Ahora, al entrar en la casa, lo primero que hacían era mirar la pared en
donde se reflejaba la sombra del viejo, latiendo alborotada por la llama de la
lámpara.
Cuando el abuelo sentía la llegada de sus nietos, se recargaba en un
brazo, aún recostado, y empezaba a hablar y hablar, como si hubiese hecho mil
y una cosas durante el día, su lengua no se cansaba nunca, su boca no estaba
nunca seca para entretener a sus nietos, hablaba y reía, y su sombra se avivaba
al ritmo de su risa.
La lámpara adquirió un nuevo valor para los tres muchachos, ya no era
sólo un artefacto para iluminar las penumbras de su pobreza y aminorar
aunque fuera un poco el tedio inevitable de aquellas larguísimas noches, sino
que iluminaba sus vidas, porque cada respiro de aquel viejo que le daba un
poco de dulzura a su existencia se veía repetido en la pared, como si el viejo
viviera dos veces, y aquel milagro les parecía tan grande como la vida misma.
Se sentaban frente a él, contemplándolo al mismo tiempo que a su
sombra, alegres como niños por aquel juego de luz, y lo escuchaban hablar
durante horas. Nunca hubieran imaginado que iban a necesitar de aquel elíxir
sonoro y armónico para terminar el día y amanecer al siguiente.
El sol se ponía ya sobre el horizonte, y su luz opaca y triste parecía tan
cansada como los muchachos. Caminaban lentamente, arrastrando los pies,
dejando sus efímeras huellas marcadas en esa tierra suelta y rojiza que habían
llegado a amar y en la que sólo se veía uno que otro matorral.
Traían sus morrales al hombro y, en la mano, cada cual su bule; parecían
tres eternos peregrinos sin hogar y sin destino. Mientras caminaban hacia su
casa, giraban en su mente las historias del abuelo y así distraían el tiempo para
que se acortara y el camino se hiciera menos tedioso. Para su fortuna, el viejo
no había perdido esa gran disposición de hablar.
La puerta rechinó fuertemente cuando Jesús la abrió. Siempre era el
primero en llegar porque caminaba más rápido que sus hermanos y porque era
el que más disfrutaba la hora dichosa de llegar a su casa. Dentro se escuchaba
tan sólo el crepitar de las llamas en el fogón, sereno y solitario, mientras se
cocinaba a medio fuego la cena y su aroma invadía la pequeña casa. Jesús se
volvió para ver al abuelo.
– Ea, abuelo, ya llegamos –saludó.
Al no recibir respuesta sintió como si la tierra se moviera bajo sus pies.
La sombra del abuelo bailaba sobre la pared, animada por la luz de la lámpara.
No se oía la respiración del viejo y tampoco se movía su cuerpo.
A pesar de su danza, a Jesús la sombra del viejo le pareció inerte.
Sintiendo por primera vez el escalofrío de las noches solitarias y calladas, se
sentó a contemplar por última vez aquella sombra que parecía tener vida
propia, pero que ahora se movía sólo por la inspiración de la débil lucecita de
una lámpara de aceite.

LA DERROTA DEL PATRIARCA



Las cazuelas de barro cocido sobre la hornilla despedían nubecillas de
vapor exquisitamente aromáticas; cuando Martina cocinaba realmente se
despertaban los sentidos, la casa se envolvía en deliciosos olores: comino,
orégano, pimienta, canela; carnes, moles coloridos, cebolla, atoles...
Ponía un especial cuidado en la preparación de cada platillo, medía
escrupulosamente los ingredientes y con una paciencia celestial permanecía
atenta a la mágica metamorfosis.
El acto de la comida era todo un ritual en casa de los Sánchez; la mesa
era puesta con un orden aritmético, nunca había un cubierto o un vaso de más
o de menos, y todo estaba admirablemente impecable; Martina presentaba los
alimentos de exquisitas maneras, si faltaba un miembro de la familia lo
esperaban, y ante de iniciar la ingesta de los sagrados alimentos, daban gracias
por la dicha de recibirlos.
No sólo en el intrincado y laborioso arte de los alimentos era Martina
tan estricta; toda la casa, de ladrillo y teja, estaba siempre en el más armonioso
estado; ni una pelusa escapaba a los ojos críticos del ama de casa; los muebles,
el piso y los objetos de decoración brillaban al amparo de los buenos cuidados
de su dueña, que ponía el mayor empeño por mantener limpio el complicado
engranaje de la maquinaria hogareña.
En los floreros siempre había flores frescas, recién cortadas del
jardincito que Martina y sus hijas mantenían siempre como en primavera y a
veces, por las tardes, quemaba varitas de incienso para ahuyentar a los
molestos mosquitos que osaban profanar la pulcritud de aquel recinto.
En toda la casa, hasta en el rincón más oculto, se respiraba una
atmósfera de limpieza, de orden, de bienestar.
Rodolfo, el patriarca, era un hombre de gran estatura y espalda ancha,
que en sus arrugas de hombre mayor revelaba la agudeza de quien ha vivido la
vida con altas y bajas, y de cuyo colmillo experimentado no escapaban ni los
más mínimos detalles de lo que él llamaba «asuntos chuecos».
Amaba la disciplina, y como jefe de la familia Sánchez, había impuesto
a ésta rígidas normas de conducta, al grado de que sus hijas e hijos le temían al
momento de hacerle consultas de cualquier tipo, pues la conclusión más
probable del asunto sería una explosión del carácter del padre, un sermón
tormentoso y añejo, ya conocido, semejante en dimensiones a los
indescifrables pergaminos egipcios, para culminar la tragedia con una rotunda
negativa.
Era difícil tratar con Rodolfo; Martina lo manejaba en la intimidad con
melosas artes de mujer, que escondían la fuerza de su dominio sobre él; sin
embargo, ante sus hijos era el jefe inquebrantable que imponía su autoridad
con gritos, órdenes y a veces, incluso, con golpes.
Aquella mañana Rodolfo salió temprano a atender los asuntos de la
tlapalería de que era dueño. La mañana era espléndida para pasear, unas nubes
blancas tachonaban el fondo azul del cielo y el sol bañaba juguetonamente las
calles, y corría un vientecillo de verano muy alentador.
Rodolfo se sentía bien; había desayunado frijoles refritos con salsa
mexicana, tortillas de nixtamal recién hechas y café de olla, negro, como él lo
prefería.
En realidad se sentía más que bien; al salir de su casa aspiró fuertemente
el aire de la mañana, se afirmó el sombrero y se dirigió a su destino.
Regresó a su casa por la tarde y encontró a Martina conversando muy
entretenidamente con sus vecinas, acerca de la boda de la hija de una de ellas.
Las mujeres estaban en la sala, y Rodolfo saludó secamente y pasó como una
ráfaga hacia las recámaras; Martina frunció el ceño y continuó la conversación
como si ningún pensamiento perturbador se hubiese anidado en los rincones
de su cerebro.
Cuando aquellas señoras hicieron mutis y se despejó de la atmósfera la
esencia de algarabía que ellas dejaban, Martina se dirigió donde su marido y lo
encontró sentado en su cama con una mano en la frente y una actitud
melodramática que no podía ocultar.
–¿Te duele otra vez la cabeza? –preguntó dulcemente, sentándose a su
lado.
–No es nada –respondió él.
Martina se levantó lentamente, haciendo crujir levente su ropa
impecable.
–Voy a hacerte un té –y salió de la recámara.
Una sensación de desolación se anidó en Rodolfo cuando su esposa salió
de la habitación. Venía padeciendo ese dolor de cabeza, molesto, monótono,
que le producía palpitaciones periódicas y resonantes como el badajo de una
campana, desde hacía más de un mes.
Al principio lo atribuyó a causas triviales, pero cuando se hizo
recurrente, cuando lo concibió como un monstruo aterrador que iba tomando
forma en su cerebro, lo invadió el temor; mas su fachada de hombre fuerte
impidió por un tiempo que Martina se percatara de aquel malestar que minaba
silenciosamente la vida de su marido.
Pero ni los detalles más mínimos escapan a la intuición femenina, y
Martina pronto advirtió los cambios imperceptibles en la conducta de su
marido: su dormir sereno se había tornado intranquilo, como una barca
balanceándose en aguas turbulentas, su andar firme y acompasado era ahora
incierto, bamboleante; su imponente alegría de hombre recio se redujo a
sonrisas esporádicas y tiesas y el brillo de sus ojos felices se hizo cristalino,
como pequeñas gotas de rocío matutino sobre las hojas de la hierba.
Cuando Martina volvió a la habitación con una taza de té humeante en la
mano, Rodolfo estaba acostado, con su larga humanidad extendida sobre toda
la cama, una mano colocada sobre su frente, pregonando su agonía, y la otra
sobre su vientre.
Martina tuvo la visión de su marido muerto en un ataúd con forro de
seda color blanco y un ramo de lirios en el regazo; espantó la osadía de su
imaginación sacudiendo ligeramente la cabeza.
Rodolfo la sintió llegar, se incorporó y tomó la taza de té. Su docilidad
no sorprendió en nada a su esposa: ella siempre había pensado que no hay
criatura más cobarde ante el dolor que los especímenes masculinos de la raza
humana, pero lo miró enternecida y preocupada.
Llegó la noche; la algarabía momentánea de la familia reunida a la hora
de la cena desapareció cuando todos se fueron a la cama: para los hijos fue una
noche tranquila.
Martina se acostó reflejando la misma serenidad de la víspera, con su
rostro inmutable y tierno y la certeza de saber qué hacer en cada situación.
–Buenas noches –le dijo a su marido con voz tierna.
–Buenas noches, Martina.
Aquello era casi una súplica y ella lo sabía. Rodolfo no pudo dormir,
pasó la noche dando vueltas en la cama, sintiendo aquel dolor colocado en su
frente y en sus sienes como un dardo certero sobre su blanco; grande, negro,
sin forma, pero tan cierto como doloroso.
El alba lo encontró con los ojos bien abiertos, sonámbulos. Martina, a
media noche, le había colocado una tira de tela mojada en alcohol sobre la
frente, que le había surtido un efecto nulo. Por la mañana, al levantarse,
mostraba un mejor semblante, pero sólo por la necesidad de no minar su
orgullo apareciendo enfermo ante sus hijos.
Sobre la mesa, los platos invitaban a ser probados; todos se sentaron a
desayunar. Los muchachos hablaban de las fiestas de octubre.
–Martina, –dijo Rodolfo en voz baja –esta comida no sabe a nada.
Sus hijos lo miraron; pensaron que sería uno de sus desplantes de
macho.
–A mí me parece muy sabrosa –lo desafió Roberto tímidamente.
Su padre lo miró con ojos tristes como nunca, y con voz ronca dijo:
–Pues a mí no me sabe a nada.
Todos guardaron silencio. Rodolfo no terminó, tomó su sombrero y salió
a atender sus negocios. Martina lucía preocupada.
Por la tarde, cuando la luz del sol se vuelve más densa, más grande,
volvió Rodolfo y encontró a Martina sola, bordando unas servilletas para la tía
Alberta. Él entró como un invitado furtivo.
–¿Cómo te sientes? –le preguntó cuando pasó frente a ella.
–Igual –respondió él sin matices en su voz.
Se sentó en una mecedora al lado de su esposa para contemplar el jardín,
sacó un cigarro de su bolsillo, y segundos después exhaló una densa nube de
humo.
–El tabaco ya no es como antes.
–¿Por qué lo dices?
–No huele a nada, no sabe a nada –replicó él enojado.
Su esposa lo miró incrédula.
–Por supuesto que huele –le dijo. –Huele a tabaco, y muy fuerte.
Rodolfo le devolvió la mirada. Acercó el cigarro a su nariz y aspiró. Sus
ojos se abrieron mucho, y se quedaron mirando fijos al frente, sin que él
pudiera decir nada.
–Soy yo, Martina, soy yo –dijo, como en un suspiro.
–¿Tú eres qué? –cuestionó ella, sin entender.
–Mi olfato no funciona, ¡no huelo nada!
Rodolfo dejó la silla y fue hacia un espejo. Se miró palmo a palmo,
escrutando su piel, su mirada, sus labios, su nariz, su lengua; no había nada
raro en ellos, pero todo le parecía diferente. Trató de oler las flores del jardín,
el cigarro humeante que aún traía en la mano, la comida que estaba en las
ollas, pero no pudo oler nada, no percibía los aromas, no sentía aquella estela a
veces visible de los deliciosos aromas que lo envolvían, su olfato no respondió
a la brisa de la tarde.
Rodolfo no olía nada, nada.
Martina y él fueron a consultar al doctor Robles. Después de un
exhaustivo examen los miró de hito en hito.
–Los dolores de cabeza pueden tener alguna relación, pero nunca había
visto un caso como este. No debes alarmarte, ya que pueden ser muchas las
causas de una cefálea. Tendrás que ir a la ciudad para hacerte otros estudios.
Rodolfo y Martina se miraron desolados. El doctor Robles le prescribió
unas gotitas como paliativo, pero sabía que podrían no surtir efecto alguno.
Caminaron por la calle sin decir una palabra. Cuando llegaron a la casa
era ya hora de la cena.
En el semblante del padre se adivinaba la tristeza. Martina informó a sus
hijos sobre el estado de su padre, y todos los miraron compadecidos y
asombrados, diciéndole palabras de aliento que en ese momento nada
significaban para él.
Martina sirvió la cena con el cuidado de siempre. Al colocar ante
Rodolfo su plato, ambos se miraron con la certeza de que no sería una cena
feliz.
Rodolfo se acercó al plato y, cerrando los ojos, aspiró con fuerza,
esperanzado, pero sólo sintió sobre su rostro el vapor de la comida caliente,
mas no su invitadora esencia, su aroma revelador.
Algo en su interior le decía que aquello no cambiaría, algo en el
discurso médico de su amigo Mario Robles le hizo saber que aquella situación
sería permanente.
Con la pérdida del sentido del olfato llegó la consiguiente disminución
en el sentido del gusto; ya no podía saborear los deliciosos frijoles refritos, los
picantes chilaquiles y las exquisitas sopas de su esposa. Ya no distinguiría el
ocaso del alba por sus peculiares y diferentes sabores y aromas, y ya no
sentiría el calor de su hogar en sus flores, en su incienso y en su paz.
Consumió sus alimentos con el hastío de quien ha perdido el interés por
la vida, y se fue a la cama diciendo un triste «buenas noches» a sus hijos.
Para Martina, la vida estaba construida de sensaciones, y el ver a su
esposo en ese estado la llenaba de una compasión que no había sentido nunca
por nadie. Nunca le había parecido tan débil y tan frágil como entonces.

POR ODIO O POR AMOR

–Fue un ruido sordo, como una explosión ahogada. Yo oí el disparo muy
cerca. Por un segundo se hizo el silencio, luego alguien gritó: «¡Le dispararon
al presidente!», y una ola de murmullos se elevó, las mujeres empezaron a
gritar, como preámbulo de la histeria colectiva.
«Los que estaban más cerca se volvieron instintivamente para mirar al
presidente Joaquín De la Borbolla. Tras la detonación, este se quedó inmóvil
unos segundos, sin comprender lo que había ocurrido, se llevó la mano a la
espalda, y luego se desplomó.
El hombre, tal como en su declaración oficial, recita de memoria y sin
pasión alguna los hechos, aciagos para algunos, felices para muchos,
acaecidos hace más de dos décadas, y yo me pregunto cuántas veces los habrá
referido ya.
–Señor Silveiro, usted era el jefe de la Guardia Mayor, era el principal
responsable de la seguridad del presidente, iba a su lado cuando le dispararon.
¿Cómo es que no vio al tirador?
–Señor Orsini, yo iba pegado como lapa al costado izquierdo del
presidente, y a él le dispararon por la espalda. No pude haber visto al tirador.
«El Palacio de las Artes estaba abarrotado esa noche. De la Borbolla
ofrecía un ballet para el entonces presidente de Francia y su esposa. Se había
encargado personalmente de muchos de los preparativos de esa visita, y había
insistido en ofrecer un espectáculo para que al hombre y a su mujer no les
quedara la menor duda de que habíamos dejado atrás la barbarie y las
convulsiones de la colonia. Estaba empeñado en convencerlos de que somos
un pueblo civilizado y culto.
Su sarcasmo me resulta divertido, pero me pregunto por qué iba al lado
del presidente, y no cuidándole la espalda. Sin embargo, lo dejo continuar:
–Lo más granado de la sociedad capitalina, los más importantes
políticos de todo el país acudieron esa noche. Era muy difícil ejercer un
control sobre la muchedumbre aunque, claro, desplegamos el mayor
dispositivo de seguridad que pudimos.
–Días antes –intervengo –un grupo opositor, molesto por las
modificaciones a las leyes hacendaria y laboral, lo había amenazado, ¿no es
así?
El hombre se revuelve en su elegante reclinable de piel marrón; me mira
por debajo de sus cejas grises y pobladas.
–El número de enemigos que tenía De la Borbolla al inicio de su
mandato aumentó rápidamente con las reformas que hizo a muchas leyes, que
afectaban directamente al pueblo, y también a grupos de poder. Hubo quienes
amenazaron con llevar sus protestas a las calles, pero no amenazas directas a
la integridad del presidente.
–¿Usted pensó en algún sospechoso en los primeros momentos después
del disparo?
–No. En ese momento no había tiempo para pensar en nada más que en
auxiliar a De la Borbolla. Yo me recliné sobre él para ver cómo se hallaba, y
gritando pregunté si había algún médico entre los asistentes, luego pedí que
llamaran a una ambulancia.
–¿Qué hizo con respecto a la seguridad?
–Bueno, yo no era el único encargado, ¿sabe? Mi responsabilidad
directa era la seguridad personal del presidente, pero había varios cuerpos de
seguridad presentes. El jefe de la Policía Metropolitana ordenó cerrar las
puertas del recinto para que nadie saliera, y que solo se abrieran cuando
llegaran los paramédicos. Fue difícil, todo el mundo quería correr.
–Le dieron solo un disparo.
–Sí, fue solo uno, pero muy certero. La bala atravesó el pulmón
izquierdo. De la Borbolla sangraba profusamente. Quiso hablar, pero no pudo,
y yo le pedí que no hiciera más esfuerzos.
–¿Cuánto tardó la ambulancia en llegar?
Silveiro se queda muy serio ante mi pregunta.
–Dígame una cosa, señor Orsini, ¿por qué está tan interesado en todo
esto? Fue hace 25 años, se atrapó y sentenció al culpable. ¿Qué caso tiene
remover el pasado?
–Usted sabe que la condena de Melchor Tarriba como presunto asesino
de Joaquín De la Borbolla no convenció a una gran parte de la opinión
pública. Mucha gente no creyó que él fuera el culpable.
«Según muchos testigos, se hallaba muy lejos al momento del disparo, y
la trayectoria del proyectil no coincide con su ubicación.
–En este tipo de casos siempre van a quedar muchas dudas –afirma
Silveiro, sin convicción.
–Tiene que admitir que la versión dejó muchos huecos. Da la impresión
de haber sido una coartada muy mal orquestada, y que Tarriba fue solo un
«chivo expiatorio».
Marco Antulio Silveiro parece cansado. Puedo ver los estragos en su
rostro después de 25 años, aunque es evidente que durante ese tiempo ha
vivido muy cómodamente. Lo noto al echar un vistazo a la estancia en la que
nos encontramos: una habitación muy amplia, con grandes sillones mullidos,
brillante piso de grandes cuadros color marfil, un elegante librero de cedro.
Su holgura despierta mis sospechas, pero me las reservo. Al parecer, mi
entrevistado no está dispuesto a hablar más del supuesto asesino.
–¿Cuánto tardó la ambulancia en llegar?
Aspira hondo y busca entre sus recuerdos.
–Había varias ambulancias fuera del Palacio de las Artes, era un evento
multitudinario y había que estar preparados. Aunque los asistentes pertenecían
a familias acomodadas, acostumbradas al trato con la alta sociedad, y no se
esperaba que hubiera incidentes desagradables.
–Por supuesto, nadie esperaba que asesinaran al presidente. Era la
ocasión perfecta –afirmo.
Silveiro sonríe ante la ironía.
–Sí, no lo puedo negar. El asesino debe haber pensado lo mismo cuando
planeó el atentado.
–Tarriba –apunto.
Me mira sin comprender.
–¿Cómo dice?
–Supongo que quiere decir que Tarriba pensó lo mismo cuando planeó
el atentado.
El hombre no pierde la compostura. Me mira, y puedo adivinar que los
años le han enseñado el fino arte de la prudencia.
–Supongo que sí –dice al fin, con un amago de sonrisa que revela
bastante, y oculta mucho más.
–¿Qué pasó después de que llegó la ambulancia?
Se frota la frente.
–Todo ocurrió muy rápido. El jefe de la Policía Metropolitana ordenó
abrir las puertas, y los paramédicos entraron corriendo con una camilla.
Evaluaron su estado deprisa, y dijeron que tenían que llevarlo urgentemente al
hospital. Le brindaron los auxilios médicos pertinentes en la ambulancia, pero
el hombre se ahogó con su propia sangre.
–El disparo fue muy preciso, como si el tirador tuviera mucha
experiencia.
–Así parece –concuerda.
Silveiro fue parte crucial en la investigación que siguió al atentado:
como jefe de la Guardia Mayor y, por tanto, principal responsable de la
seguridad personal del presidente y su familia, podría tener información
importante y debía rendir su versión de los hechos.
Vuelvo a la carga.
–Se dijo en su momento que había poderosos grupos no solo
inconformes, sino molestos con muchas de las políticas que el presidente
estaba poniendo en práctica en materia de economía.
–Cualquier presidente siempre va a tener opositores, y siempre habrá
quiénes se sientan afectados por sus acciones.
Sus respuestas vagas empiezan a exasperarme.
–Mario Caselli fue uno de los personajes públicos de entonces que
protestó airadamente por la nacionalización de la banca. Por tres generaciones
su familia había sido una de las más poderosas en el ramo. También se vieron
perjudicados Jonás Salmada, Ruperto Buendía y Juvencio Arjona, entre otros,
con la descarada apertura a las inversiones extranjeras.
Mi entrevistado niega con la cabeza.
–Ninguno de ellos tenía los pantalones para mandar matar al presidente,
por mucho que sus políticas los perjudicaran. Eran empresarios, convertidos
en políticos por el poder de su dinero. Y aunque es la motivación más fuerte
que puede existir –junto con la pasión, claro– para matar a una persona,
ninguno de ellos habría tomado una decisión como esa. No tenían el valor, y
tampoco querían verse envueltos en algún escándalo si una cosa así se
descubriera públicamente.
–El dinero lo compra todo. Podrían salir del lío fácilmente.
–Casi todo, señor Orsini –me ofrece una sonrisa ladeada.
–¿A qué se refiere?
–El dinero puede comprar muchas cosas, excepto el amor y la felicidad.
En mi fuero interno admito que hay otras cosas que no puede comprar.
–Pero no eran los únicos enemigos de De la Borbolla –insisto.
–Por supuesto que no. Era el presidente de la nación, ¡por favor! Tenía
muchísimos enemigos, incluso dentro de su mismo partido.
Le pregunto por Tomás Huerta Echeguren, quien había sido secretario
general del partido de De la Borbolla, Unión Nacional, y que había aspirado a
ser el candidato presidencial del mismo en la contienda en que el segundo
resultó electo.
–Huerta Echeguren lo odiaba a muerte, nunca le perdonó que le hubiera
arrebatado la candidatura, pues él creía ser el aspirante natural. De la Borbolla
le jugó sucio, compró a los consejeros para que votaran por él en la elección
interna.
–¿Creer que él pudo haber urdido el asesinato?
–Era igual que los demás, un político corrupto y ambicioso. Son la peor
ralea que puede haber en el mundo. ¿Quién sabe? Es probable –admite con un
gesto de desdén.
–¿Usted lo ve como el asesino del presidente?
–Cualquiera pudo haberlo asesinado, cualquiera pudo haber ordenado su
muerte.
Me invade el impulso de espetarle que él mismo acaba negar que los
aludidos tuvieran el valor de hacerlo, pero me contengo. También me abstengo
de decirle que él intervino directamente en parte de la investigación, debería
saber algo más.
–¿Cómo era él? En lo personal, quiero decir. De la Borbolla.
Parece considerar la respuesta, pero me da la impresión de que ya la
tiene en la punta de la lengua, no tiene que pensarlo mucho. Al mismo tiempo
presiento que este hombre ya no le tiene miedo a casi nada de lo que pueda
revelarme, a pesar de la parquedad y secretismo de algunas de sus
contestaciones. Demora solo un poco en responder:
–¿Que cómo era? Le diré: era un vil cerdo.

**********

Me sorprende su franqueza, esperaba una respuesta vaga, una apología
nada apasionada de lo mucho y terrible que públicamente se dijo sobre De la
Borbolla.
En el apogeo de su gestión no solo los poderosos afectados por sus
decisiones oficiales habían ventilado a los cuatro vientos los defectos políticos
y personales de Joaquín De la Borbolla y Santos; la escasa prensa libre y la
opinión pública lo tildaban de insensible, autoritario, déspota, terco,
egocéntrico, y cosas peores. Lo habían llamado ladrón por su evidente afán de
despojar a ricos y pobres de lo mucho o poco que tuvieran, propiedades,
tierras y dinero. Había sobornado en diversas ocasiones a miembros del
Congreso para que aprobaran sin chistar sus reformas y propuestas de ley que
lo favorecían personalmente y que afianzaban su poder.
Llegaron a señalarlo incluso de querer perpetuarse en el poder, para lo
cual había reformado la Constitución para ampliar el mandato presidencial y
contemplar la reelección.
–¿Cómo que era un cerdo? Explíquese.
–Estoy seguro de que usted ya sabe cómo era. Supongo que era un
jovencito cuando asesinaron a De la Borbolla, pero es periodista, y parece
estar bien informado del asunto.
Algo sé del tema. De la Borbolla era un político de pura cepa. Sabía ser
amable y meloso cuando quería quedar bien, cuando quería que la gente
hiciera lo que él deseaba. En esas circunstancias era muy agradable, pero por
las malas era un desgraciado.
–Jacinto Rullas, –continúa Silveiro –usted recordará, era su más feroz
opositor, decía que el presidente era el mismo demonio, que no se tocaba el
corazón a la hora de perjudicar a quien le estorbara. De la Borbolla lo sacó de
la jugada, montó un operativo policial, le sembraron drogas en su casa y hasta
se dijo que regenteaba una red de prostitución de jovencitas. El pobre hombre
se pudrió en la cárcel. Salió apenas hace unos años, viejo y enfermo.
«Y esa es solo una de las tantas artimañas que urdió contra sus enemigos
políticos, e incluso contra sus aliados. De la Borbolla no respetaba a nadie, y
creo que tampoco amaba a nadie.
–¿Qué hay de su esposa?
–¿Doña Carmelita? –Vuelve su mirada hacia otro lado, como si quisiera
esquivar la mía.
–Ella era un caso aparte. No merecía estar casada con ese engendro. Era
la mujer más paciente y tolerante que he conocido. Parecía que nunca se
enojaba y siempre tenía una palabra amable para todos –su gesto y su tono
cambian por un momento, se suavizan.
–Usted convivía muy de cerca con ellos, por su trabajo. ¿Cómo era De
la Borbolla con ella?
–Igual que con todos los demás: un cerdo.
–Se dice que él tenía muchas amantes.
Silveiro me mira por entre los anteojos y frunce el ceño. Da la impresión
de que se le ha ocurrido algo, pero quiere que yo lo averigüe por mí mismo.
–¿Ha tratado de hablar con ella? –me pregunta.
–Lo intenté. Me recibió muy amablemente, pero no estuvo conmigo más
de dos minutos. Con mucha cortesía me dijo que no tenía nada que decir sobre
el asesinato de su esposo.
Lo que conozco de la versión de doña Carmelita sobre los hechos
referidos lo sé por los diarios de la época. Al principio se mostró muy
cooperativa con la investigación, pero una mañana, al borde de la histeria, dijo
que ya había contado todo lo que sabía, que no la molestaran más.
«Yo no vi nada. Caminábamos hacia la entrada del auditorio principal de
las Artes cuando Joaquín se desplomó. Alguien le disparó por la espalda, y
murió poco después en la ambulancia. Tenía muchos enemigos, pudo ser
cualquiera» es lo único que puedo sacarle.
Silveiro sonríe, pero no de una manera cínica como ha venido haciendo
a lo largo de la entrevista, más bien pareciera haber recordado algo agradable.
–¿Ha hablado con ella recientemente? –le pregunto.
No sé por qué se me ha ocurrido eso. Silveiro solo era el jefe de
seguridad del presidente, no tenía una relación personal con él y, en definitiva,
De la Borbolla no le agradaba.
–La visité hace unos meses –revela, con las manos en el regazo. –Es una
dama muy fina, siempre tan amable.
La esposa de Silveiro aparece de pronto.
–Marco, no deberías fatigarte.
–¡Por el amor de Dios, mujer! ¿Fatigarme? Si no hago nada en todo el
día.
La mujer me mira, apenada, y desaparece por donde llegó.
–De la Borbolla y su mujer no tuvieron hijos –vuelvo a lo mío.
–No, no tuvieron hijos –de nuevo parece incómodo, su voz se vuelve
ronca. –Por alguna razón que desconozco, el infeliz no quería tener hijos, y le
prohibió a su mujer que se embarazara.
Algo en su voz ha cambiado, ahora es más áspera y destila un
sentimiento que no alcanzo a descifrar. ¿Rencor, tal vez?
–¿Ella aceptó?
–¿Aceptar? Señor Orsini, era prácticamente una orden, se vio obligada
aceptar. De la Borbolla no era un hombre al que uno pudiera oponerse. Y
Carmelita era la mujer más dulce y paciente que usted pueda imaginar.
La dulzura que emplea al hablar de ella llama mi atención.
–Entonces, supongo que ella, como cualquier mujer, sí quería tener
hijos.
Silveiro guarda silencio.
Me pregunto por qué doña Carmelita no lo abandonó, pero no creo que
Silveiro quiera darme la respuesta. Alega que solo era el jefe de la Guardia
Mayor, pero parece haber conocido muy bien a la esposa del presidente, hasta
da la impresión de tenerle afecto. Cada vez surgen en mi mente más preguntas,
y cada vez me siento más lejos de las respuestas.
Si bien mi interés en el caso es puramente académico, no me molestaría
revelar en la prensa lo que debió saberse hace 25 años. En cierto modo, se me
ha vuelto un reto.
De pronto recuerdo una nota marginal que rescaté entre los muchísimos
artículos sobre el asesinato de De la Borbolla. La madre de una mujer llamada
Refugio Litman alegaba que el entonces presidente había engañado a su hija,
que la había convertido en su amante con la falsa promesa de divorciarse de
doña Carmelita para luego casarse con ella. Y afirmaba que la joven estaba
esperando un hijo él. La nota se publicó unas tres semanas antes del atentado.
Le pregunto si supo algo al respecto. Fija su mirada en mí, su cuerpo
inmóvil.
–Sí, leí al respecto.
Su parquedad me irrita. He entrevistado a muchos de los políticos y
empresarios de la época, y ninguno ha tenido reparo alguno en
proporcionarme prolíficos y nada pudorosos testimonios sobre sus relaciones
con De la Borbolla y su odio común hacia él. Silveiro, al contrario, es
reservado y hermético. Estoy convencido de que no está dispuesto a revelar
nada de lo mucho que de seguro sabe.
–Imagino que doña Carmelita lo supo. ¿Cómo reaccionó?
Vuelve a buscar una postura cómoda, y sospecho que es más por mi
pregunta que por el sofá.
–Se enfureció. No pude desaparecer lo suficientemente rápido para no
presenciar los primeros exabruptos que le dirigió a su marido. Parecía otra, fue
la única vez que le vi perder la compostura.
–¿Ni siquiera cuando leía o escuchaba algo sobre las otras amantes de su
esposo?
–Ella estaba acostumbrada a eso –sonríe, triste.
–Pero perdió los estribos al enterarse de que otra mujer iba a darle un
hijo a su marido.
Me parece extraño que no me marque el alto. ¿Por qué me deja seguir
por este camino?
–¿Era cierto? –mi instinto me dice que estoy cerca de algo.
–¿Que esa mujer esperaba un hijo del presidente? Sí, lo era.
–¿A ella no le exigió no tenerlo?
Se quita las gafas y se talla los ojos con cansancio.
–Hasta donde yo sé, no –responde.
Guardo silencio por un instante, los engranes de mi mente se mueven a
toda velocidad. ¿Y si esa mujer lo mató porque no dejó a su esposa? Tal vez
quiso vengarse al sentirse burlada, al ver truncadas las expectativas de su vida.
–¿Usted sabe qué fue de esa mujer?
Se acerca a mí, con cierta arrogancia, como si la respuesta fuera obvia.
–De la Borbolla le dio una gran cantidad de dinero para que se largara
de la capital y tuviera a su hijo lejos de los reflectores de la prensa.
¿Lo hizo? ¿Realmente se marchó, así, tranquilamente? ¿Perdonó la
afrenta por dinero? Nuevamente siento que rocé la salida del precipicio, y otra
vez estoy a punto de caer. No sé nada, no he avanzado nada.
–¿Por qué está tan interesado en saber quién asesinó a De la Borbolla? –
me pregunta de pronto.
Recuerdo la conmoción nacional, el escándalo; unos cuantos lo
lamentaron, muchos más se congratularon. «Se lo merecía, el muy perro»
decía mi tío Justino. Por meses, en los medios de comunicación no se hablaba
de otra cosa, y en las reuniones familiares era tema obligado. Adivinar quién
lo había matado se convirtió en algo así como un juego nacional, uno muy
divertido, por cierto.
Ahora yo no busco diversión, sino datos para escribir una novela
policiaca, pero llegar al fondo del asunto se me ha convertido en una obsesión.
Sé que a estas alturas resulta casi irrelevante revelar quién mató a De la
Borbolla; muchos asumieron cómodamente que fue Melchor Tarriba, aunque
ni siquiera tuviera un motivo. Poco después de ser condenado fue exonerado, y
desapareció sin dejar rastro.
Se interrogó a la mayoría de los asistentes a la gala en que ocurrió el
atentado: nadie vio nada. Es frustrante, pero en esta parte del mundo este tipo
de situaciones no tienen nada de extraño. Es la tierra del «no pasa nada»,
donde la impunidad y las injusticias galopan en caballo de hacienda.
«Pudo ser cualquiera» he escuchado tantas veces.
Rebobino, y en mi mente aparecen las palabras del mismo Silveiro: el
dinero y la pasión son las motivaciones más fuertes para asesinar a alguien.
–Doña Carmelita tenía una extraña afición a las armas –dejó ir como si
nada.
–Le gustaba practicar el tiro al blanco –admite Marco Antulio con una
extraña satisfacción que no puede ocultar.
Una idea cruza mi mente: Silveiro amaba a la esposa del presidente. Ella
era una buena tiradora. Cualquiera de los dos pudo eludir los controles de
seguridad e introducir un arma al recinto. Él dice haber escuchado el disparo
muy cerca…
Este hombre, que derrocha una inteligencia cínica, parece haber leído mi
mente. Sonríe con prestancia. Algo me dice que no voy a obtener nada más de
él.
–Señor Orsini, –se inclina hacia mí con una amabilidad que no había
mostrado en toda la tarde –han pasado 25 años. A veces es mejor dejar las
cosas como están.
Me domina la incredulidad. Sin decirlo con todas sus letras, este hombre
restriega en mi rostro un atisbo de la respuesta, me ha dado las piezas, pero no
terminan de embonar. Sé que estoy muy cerca de la verdad, y se me escapa
como arena entre los dedos. Tarriba, Refugio, Silveiro, Carmelita…
El hombre se pone de pie para dejar bien claro que la entrevista ha
terminado. Me invade la terrible certeza de que nunca sabré quién jaló ese
gatillo. Pudo ser cualquiera.