Está en la página 1de 2

Mario Díez Hernández

Art i Corrents estètics contemporanis, Gr. A

MANET, Édouard
(París, 1832 – París, 1883)
Un bar de las Folies Bergère (Un bar aux Folies Bergère), 1882.
Óleo sobre lienzo, 96 x 130 cm
Londres, Courtauld Institute of Art.

Esta obra de Manet culminada poco antes de su muerte refleja la intensidad de una ciudad de
trascendencia vital para el desarrollo artístico y científico en Europa, París, centrándose en su
emergente vida nocturna, característica de la alta burguesía de las grandes urbes industriales
de finales de siglo XIX. Una vida de la que fue partícipe y que evoca una alegría, unas “ganas de
vivir” mediante este cuadro, un retrato que parece estar a caballo entre el realismo, en cuanto
que representa fielmente el sórdido contraste entre una camarera de semblante indiferente y
el jolgorio de los lujosos asistentes, y el impresionismo.

Destaca el uso genial que hace Manet de la ordenación de los elementos que configuran la
obra, dando lugar a una perspectiva truncada que sirve para ubicar al espectador a través del
barón reflejado en el espejo. Es el propio reflejo el que nos da la sensación de profundidad al
mostrar la platea y el glamuroso palco, que parece bullir ocioso contemplando un trapecista en
el marco superior izquierdo. Este ambiente de expectación, también entre los propios
asistentes, es propiciado por el uso de una perspectiva atmosférica que define la gradual
distancia entre la figura central y el fondo del espacio cerrado. La ruptura de la perspectiva es
sutil aunque evidente, al ver la espalda de la muchacha que nos atiende no corresponderse
con la posición frontal desde donde la vislumbramos; esta noción de frontalidad aparece
reforzada al ir el marco del espejo en paralelo con el mostrador, que nos enseña de forma
equilibrada botellas de licores y champán a ambos lados.
En su conjunto, la simetría del cuadro es patente, teniendo como referencia la línea que va
desde los botones del vestido de la camarera hasta las flores de su corpiño, que divide al
cuadro en dos partes exactas, y que se cruza sucesivamente con las líneas horizontales que
atraviesan el cuadro. Los contornos, definidos en un primer plano, y difusos en el espejo,
aumentan la impresión de distancia de las figuras abocetadas que conforman el público.
Manet juega con la luz artificial de las grandes lámparas, pero impregna a la vez una intensidad
lumínica que parece ser diurna, casi pálida. Se abandona el claroscuro transformando los tonos
reales y coloreando las sombras, que apenas se identifican excepto en la mujer. Así, el colorido
parece emanar del espectro solar: el azul añil del vestido, del frutero y de las lámparas, y el
azul marino del fondo de la multitud; el amarillo del cabello de la camarera, flores, cabezas de
las botellas de champán y detalles de ornamentación; el rojo del vidrio de las botellas y del
rostro sonrosado de la figura central femenina; junto a sus complementarios,
respectivamente: naranja de las clementinas; violetas son las grandes columnas, y verde los
zapatos del artista, las hojas y tallo de las flores y una sugerente botella en el lado derecho de
la mesa.
La ejecución parece ser rápida y fragmentada, haciendo que la pincelada aparezca
sucesivamente fluida y corta, como en las flores del corpiño, y gruesa, en las grandes manchas
oscuras de la espalda de la muchacha y el sombrero del barón. El estilo de Manet es muy
característico, al emplear el negro y perfilar los contornos, principios que contradicen al
impresionismo, además de presentar su obra en un espacio cerrado. No obstante, nos muestra
la modernidad de la época y desdibuja la densidad y el volumen con el movimiento de la luz,
elemento principal con el que trabajaban sus colegas contemporáneos.

La mujer joven y el bar se hallan en el glamuroso cabaret parisino de las “Folies Bergère”, un
punto de encuentro que reunía a cientos de burgueses, “dandys” y atractivas mujeres.
Destaca la naturaleza muerta del mostrador, que reemplaza la tradicional composición del
bodegón, sustituyendo sus elementos por botellas de champán y de licores. La escena habría
resultado imposible de haberse producido fidedignamente, ya que los bares estaban alejados
de los palcos y espectáculos. Un ramo de flores se encuentra cerca de la muchacha, que parece
haber sido agasajada por algún cliente. Esto se explica porque los sueldos de las camareras
eran muy precarios y éstas se dejaban seducir a cambio de alguna compensación económica.
Es interesante observar cómo esta muchacha de aspecto dócil e inseguro contrasta con su
propio reflejo, de intención más comunicativa.

Como indicábamos anteriormente, esta obra fecha de 1882, poco antes de la muerte de su
autor. Nos encontramos en una época de fuertes cambios, de una segunda revolución
industrial que trae avances técnicos tan importantes como la electricidad, que será la
constante que permita vislumbrar el desarrollo del entretenimiento de una incipiente sociedad
burguesa y nuevas formas artísticas en un centro neurálgico tan importante como era el París
de principios de la III República (1870-1940).
Parece que así el autor pretende enseñar de uno de los lugares más excitantes de la urbe: el
ocio, el jolgorio y las ganas de mostrarse (mediante un filtro de alcoholismo) de una sociedad
exuberante de arte, erotismo, industria y avances tecnológicos, captando, como hacía el
impresionismo, momentos gratos de la vida cotidiana. Este movimiento intenta conseguir una
representación del mundo espontánea y directa enfocándose en la combinación del color y la
luz.

Como indicábamos al principio, esta pintura es un símbolo de la vida de Manet, un enamorado


de su ciudad que participaba de la vida en estos lugares como el “Folies Bergère”, y nos
muestra la ilusión propia de la noche parisina, del desenfreno y la animalidad propias de la
desinhibición y el poder del dinero, por un lado, y de la alegría de vivir (“joie de vivre”) y de
conocer nuevos límites artísticos para inspirarse, por otro.