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Divorcio

C ONTENIDO
Introducción ............................................................................................................................... 1
Amoris Laetitia ........................................................................................................................... 1
Formación prematrimonial .................................................................................................... 2
Acompañar la crisis ................................................................................................................ 4
Cuando se produce la ruptura................................................................................................ 5
¿Una nueva oportunidad?...................................................................................................... 6
Conclusión .................................................................................................................................. 8
Bibliografía ................................................................................................................................. 8
Moral de la persona. Divorcio.

I NTRODUCCIÓN
Como ya he señalado en varios de mis trabajos en esta asignatura, y no dejo de constatar en
casi todos los temas tratados, me inquieta profundamente la capacidad que ha tenido la
Iglesia a través de los siglos para ir excluyendo, por el incumplimiento de determinadas
normas, de este movimiento iniciado precisamente como denuncia de la rigidez de la
normativa judía, en palabra de Jesús, ataba «cargas pesadas y difíciles de llevar» (Mt 23,4).

Es precisamente esto lo que, a mi modo de ver, hace la iglesia cuando pide a todos aquellos
que a su juicio se encuentran en situaciones “irregulares” que se adhieran a un “voto” de
castidad para el que no han sido llamados y que resulta, en muchos casos, no sólo imposible
de llevar, sino completamente devastador en su desarrollo psicológico y emocional.

Es del todo evidente el abismo que separa sociedad e Iglesia en este momento, separación
que no para de crecer como consecuencia de esa rigidez de mirada de la Iglesia hacia lo
cotidiano y de la dirección tomada -especialmente en lo que a materia de sexualidad se
refiere- por la sociedad en general. Con esto no trato de decir que la Iglesia deba aceptar todo
aquello que la sociedad parece estar dando por bueno en este momento pues hay cierta
liberalización -especialmente entre los más jóvenes, que aún no han desarrollado del todo su
personalidad- que no hace más que incidir negativamente en la autoestima y en la valoración
de la propia dignidad y de la de los demás. Pero sí creo que amarrarse a determinadas
tradiciones a todas luces trasnochadas, que en muchos sentidos han perdido la razón de ser,
no provoca más que la ruptura entre unos fieles con deseos de pertenencia, pero nulo
entendimiento -o simplemente imposibilidad de cumplimiento- de determinadas normas, y
una Iglesia que nació -y esto es fundamental no olvidarlo nunca- con vocación de acogida.

A este respecto Amoris Laetitia, documento en el que he basado mi trabajo, representa ya


desde su nacimiento como exhortación post-sinodal, un movimiento de acercamiento a la
realidad que viene a vigorizar el camino de reforma emprendido por el Papa Francisco.

A MORIS L AETITIA
La exhortación post-sinodal Amoris Laetitia, publicada el 8 de abril de 2016, es el tercer
documento magisterial de Francisco. Martínez Gordo dice de ella que presenta dos
peculiaridades: «es un posicionamiento papal que viene acompañado, por primera vez en la
historia de la Iglesia, de la consulta al pueblo de Dios. Y es fruto de dos Sínodos de obispos,
monográficamente dedicados a la pastoral familiar y a la moral sexual».

Alaba el autor el modo de proceder del Papa, que «ha activado una nueva forma de gobernar
y de impartir magisterio» en un intento de superar el «largo y doloroso desencuentro que ha
existido entre el magisterio pontificio y la gran mayoría de los católicos desde la publicación
de la carta encíclica Humanae vitae (1968) y la Exhortación apostólica Familiaris consortio
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(1981)» que, de alguna manera, vinieron a cerrar una puerta «tímidamente entreabierta en la
Constitución pastoral Gaudioum et spes del Vaticano II».

Por fortuna, continua Martínez Gordo, «el bloqueo a la pastoral familiar y a la manera de
gobernar la Iglesia, comenzó a superarse con la elección del cardenal J. M. Bergoglio como
papa (2013) y con su decisión -una de las primeras de su pontificado- de someter dicho
magisterio a una reconsideración, pero en esta ocasión no bajo la autoridad de las llamadas
“verdades innegociables”, sino bajo el primado de la misericordia».

F ORMACIÓN PREMATRIMONIAL
Una de las primeras cosas que me ha sorprendido en la exhortación del Papa Francisco ha sido
reconocimiento de lo contradictorio que supone que la Iglesia -entendida aquí como la
“jerarquía célibe”- predique sobre el matrimonio, aunque como el mismo Papa reconoce «los
matrimonios agradecen que los pastores les ofrezcan motivaciones para una valiente apuesta
por un amor fuerte, sólido, duradero, capaz de hacer frente a todo lo que se le cruce por
delante»(200). Al leerlo pensaba en qué maravilloso sería poder decir que esta labor de
acompañamiento y «humilde comprensión» -como indica más adelante- es la característica
de la Iglesia y no el juicio y la condena sistemática que muchos todavía practican.

Otra cuestión en la que el Papa hace hincapié es en la necesidad de una buena formación
previa al matrimonio. «Aprender a amar a alguien no es algo que se improvisa ni puede ser el
objetivo de un breve curso previo a la celebración del matrimonio»(208), nos recuerda Francisco
y, es una gran verdad, que a pesar de que la edad media de las parejas que contraen
matrimonio ha aumentado bastante y que en general, son muchos los años de noviazgo de
quienes deciden institucionalizar su relación en la Iglesia, esto no significa que las parejas
hayan mejorado en el entendimiento de lo que el amor significa ni siquiera que conozcan -en
toda la profundidad de esta palabra- a quien va a ser su compañero de viaje el resto de la vida.
No sé si tiene que ver con las nuevas tecnologías, que parecen acercarnos a los lejanos y
alejarnos de los cercanos, por el ritmo de la vida moderna que nos deja poco espacio para el
silencio y la reflexión -e incluso para ofrecer tiempo gratuito al otro- o simplemente porque
es mucho más cómo no hacerse determinadas preguntas y todo a nuestro alrededor parece
invitarnos a una comodidad supuestamente merecida que defendemos a capa y espada, pero
el caso es que creo que las personas cada vez se conocen menos entre sí, y esto no es diferente
ni en las familias ni en las parejas. Estas navidades Ikea lanzó una campaña publicitaria en la
que retaba a los participantes -miembros de una misma familia- a responder a una serie de
preguntas. Al comienzo las cuestiones hacían referencia a personajes famosos y eran
fácilmente respondidas, pero a medida que se interrogaba sobre los que estaban sentados a
la mesa se descubría que poco o nada sabían los unos de los otros. Pues bien, esto mismo
ocurre con bastante frecuencia con las parejas. Conviven, realizan viajes, aventuras,
experiencias… pero en muchas ocasiones no se conocen en cuestiones esenciales.

Un matrimonio amigo mío que ayuda con los cursos prematrimoniales de su parroquia
cuentan que siempre preguntan a las parejas sobre lo que harían si no pudieran tener hijos.
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La mayoría de ellos nunca se ha planteado esa cuestión, quizá no es extraño porque no parece
demasiado cercana, aunque sea más frecuente de lo que creemos, pero es que muchos de
ellos ni siquiera se han planteado en serio si quieren o no tener hijos y, cuando uno reconoce
lo importante que sería para él tenerlos en algún momento, el otro no sólo no ha pensado en
ello sino que rechaza la opción. Parece mentira que algo tan básico no haya sido hablado antes
de embarcarse en la aventura de comprometerte de por vida con alguien, pero así es.

Otra cuestión importante es cómo se entiende este “para toda la vida” en la actualidad.
Vivimos una cultura del “usar y tirar” que inconscientemente extrapolamos a todo aquello
que cae en nuestras manos, incluidas las relaciones. Un sacerdote amigo mío cuenta como
“destrozó” una pareja a un mes de la boda -o quizá los salvó de un fracaso matrimonial, quien
sabe- cuando llegaron con urgencia a realizar la formación prematrimonial. Su “inocente”
pregunta no fue otra que qué significaba para ellos ese “hasta que la muerte nos separe”
pronunciado en los votos matrimoniales, y mientras que para uno de ellos la frase era una
declaración clara del compromiso que contraían, para el otro no se trataba más que de una
frase ritual, pues todo -incluido el amor- puede caducar. Parece una anécdota, pero con
sinceridad me temo que no es algo tan extraño. Ese concepto de “para toda la vida” cada vez
está más fuera de una cultura en la que se buscan emociones más intensas que prolongadas.

Sigue Francisco haciendo referencia a la importancia que tiene el ejemplo recibido en la


familia sobre el «compromiso pleno y definitivo». Aunque es verdad el divorcio es algo
demasiado común -desde mi punto de vista- y que son muchos los que han vivido su infancia
y juventud en el seno de familias divididas, no es menos verdad que la fidelidad de los padres
para con los hijos -algo que afortunadamente sigue siendo algo generalizado- no deja de ser
una enseñanza sobre ese compromiso pleno y definitivo al que Francisco hace referencia. Aun
así, no dudo de que esta normalización -por decirlo de alguna manera- de la separación de las
parejas no puede tener una incidencia positiva en la forma en la que los niños y jóvenes vivirán
sus relaciones futuras, aunque tampoco puedo pensar que sea determinante, pues al final
cada uno tiene que recorrer su propio camino.

En mi experiencia en la enseñanza -he incluso con mi propia familia- he ido descubriendo


como los padres -separados o no- son cada vez más protectores con sus hijos, de una forma
no demasiado educativa, y cómo en ese afán protector impiden en ocasiones a los niños tomar
responsabilidad sobre su vida y sus decisiones, algo más que en un futuro no demasiado
lejano, les acabará influyendo en cuestiones como la de las relaciones de pareja. Dice el Papa
que a la hora de contraer matrimonio es necesario «aceptar con sólida voluntad la posibilidad
de afrontar algunas renuncias, momentos difíciles y situaciones conflictivas, y la decisión firme
de prepararse para ello»(210). No quiero reflejar una visión pesimista, pero tengo que decir que
me da la sensación de que las nuevas generaciones no están siendo preparadas para afrontar
las pruebas con las que la vida les retará y mucho menos para vivir con abnegación -sólo hay
que fijarse en lo anticuada que suena la palabra- las dificultades que se puedan presentar en
la relación matrimonial cuando cabe la posibilidad -en ocasiones necesaria pero en otras
simplemente más cómoda- de alejarse del problema en lugar de afrontarlo.

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A COMPAÑAR LA CRISIS
«Una de las causas que llevan a rupturas matrimoniales es tener expectativas demasiado altas
sobre la vida conyugal. Cuando se descubre la realidad, más limitada y desafiante que lo que
se había soñado, la solución no es pensar rápida e irresponsablemente en la separación, sino
asumir el matrimonio como un camino de maduración, donde cada uno de los cónyuges es un
instrumento de Dios para hacer crecer al otro» (221). Desde esta premisa y comentada ya la
necesidad de poner nuestro empeño en una formación prematrimonial que permita afrontar
la realidad de la otra persona y de la pareja antes del matrimonio, es importante ofrecernos -
como Iglesia- a acompañar ese camino de maduración en el que quizá se han desencontrado.
Lamentablemente todavía hay muchas personas que después del matrimonio no vuelven a
aparecer por la iglesia, pues sigue habiendo en este acontecimiento algo de tradición que poco
tiene que ver con las verdaderas creencias -y sobre todo prácticas- de la pareja y, aunque sí
vivan su fe de manera activa, «la mayoría no acude al acompañamiento pastoral, ya que no lo
siente comprensivo, cercano, realista, encarnado»(234). Pero pienso ahora en aquellos que
están realmente implicados en sus parroquias o grupos de fe y que, ante las dificultades
matrimoniales, probablemente recurrirán al apoyo de la Institución. Como indica Javier de la
Torre «ante la crisis caben dos actitudes: de defensa-negación y de aceptación-
afrontamiento». El hecho de buscar ayuda ya denota un deseo de reparación que
lamentablemente no se produce siempre, pero que debemos aprovechar al máximo. En ese
sentido, siento que los que estamos llamados a acompañar a otros en su camino deberíamos
buscar la manera de formarnos para poder realmente ofrecer un servicio útil. La propia
exhortación hace referencia a la necesidad de «una pastoral de la reconciliación y de la
mediación, a través de centros de escucha especializados que habría que establecer en las
diócesis».(242)
Las crisis -familiares, económicas, laborales, sociales, afectivas, espirituales…- forman parte
de la vida y en ningún caso se resuelven buscando culpables, sino asumiendo
responsabilidades y, sobre todo, poniendo los medios que posibiliten el cambio. En el caso de
las crisis de pareja, esos medios se concentra en «el difícil arte de la reconciliación»(236) que
posibilite el «volver a elegir al otro como compañero de camino más allá de los límites»(238).
Dice el Papa que «el amor necesita tiempo disponible y gratuito, que coloque otras cosas en
un segundo lugar» y probablemente esto es lo que menos pueden aportar las parejas en este
mundo lleno de prisas. Quizá es por lo que supone de renuncia, porque tenemos tendencia a
anhelar e idealizar aquello que no tenemos -otras relaciones, libertad, tiempo a solas…- o
porque estamos tan acostumbrados a llenar nuestra vida de cosas que no nos queda espacio
para acoger al otro, la realidad es que cada vez tenemos menos tiempo para esta entrega
gratuita y esto no es diferente en el ámbito familiar y/o de pareja. Esta situación, provenga de
donde sea, no puede incidir positivamente en la vida familiar y de pareja y probablemente
esté en el fondo de muchas crisis.

Paradójicamente las estadísticas dicen que es precisamente después del verano cuando más
divorcios se producen. No está claro se tiene que ver con las expectativas de un idílico tiempo
estival que muchas veces no se verán cumplidas o, porque simplemente, se ha “alejado” tanto
al que se supone que debería estar cerca, que cuando la barrera del quehacer diario cae la

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Moral de la persona. Divorcio.

persona que aparece ya no es la que se recordaba, o simplemente porque el “parón”


repentino ofrece la oportunidad de reflexionar sobre una historia que vivimos habitualmente
con prisas, la cuestión es que no deja de ser significativo que sea cuando más tiempo se
dispone para compartir con el otro, cuando más separaciones se producen.

En cualquier caso, hay que reconocer que en ocasiones se dan situaciones en las que debemos
admitir que la única salida posible es la ruptura. «En algunos casos,» -asume la exhortación-
«la valoración de la dignidad propia y del bien de los hijos exige poner un límite firme a las
pretensiones excesivas del otro, a una gran injusticia, a la violencia o a una falta de respeto
que se ha vuelto crónica. Hay que reconocer que hay casos donde la separación es inevitable.
A veces puede llegar a ser incluso moralmente necesaria, cuando precisamente se trata de
sustraer al cónyuge más débil, o a los hijos pequeños, de las heridas más graves causadas por
la prepotencia y la violencia, el desaliento y la explotación, la ajenidad y la indiferencia. Pero
debe considerarse como un remedio extremo, después de que cualquier intento razonable
haya sido inútil».(241)

C UANDO SE PRODUCE LA RUPTURA


«Hay que acoger y valorar especialmente el dolor de quienes han sufrido injustamente la
separación, el divorcio o el abandono, o bien, se han visto obligados a romper la convivencia
por los maltratos del cónyuge».(242) Aunque ya es bastante significativo que la Iglesia se
posicione en el reconocimiento de que hay situaciones matrimoniales insostenibles, me
parece que cualquier ruptura -inevitable o no- supone un sufrimiento, como truncamiento de
un proyecto de vida, que merece ser acompañado pastoralmente. Podemos no estar de
acuerdo con el divorcio, podemos considerar que hay un error de fondo en la separación,
podemos intuir que con buena voluntad por parte de las dos partes se habría podido
solucionar la situación sin llegar a la ruptura… pero lo que no podemos es dejar de acompañar
a aquellos que por cualquier razón se ven envueltos en una situación de divorcio porque
independientemente de la importancia o “realidad” de las causas, lo que no deja de ser real
es el sentimiento de pérdida, traición, fracaso, miedo, furia (o cualquier otra reacción que se
nos ocurra)… que toda separación conlleva.
Aun así, realmente hay situaciones que requieren de un mayor acompañamiento. En
ocasiones no hay otra salida objetiva que no sea la ruptura -pienso, por ejemplo, en casos de
maltrato-, en otras alguno de los dos no ha podido elegir siendo el otro el que ha tomado una
decisión irrevocable por los dos. Pero es que incluso cuando sentimos que la opción tomada
es un error, que no se está haciendo lo suficiente para seguir adelante y/o que se trata de un
mero capricho o de falta de entendimiento de lo que supone el compartir el camino de la vida
junto a otra persona, no cabe la posibilidad de condenar. Cada persona -dentro y fuera de la
pareja- tiene su ritmo, tiene su forma de entender la vida y tiene el derecho a tomar sus
propias decisiones. Intentemos acompañar, aconsejar, guiar… hagamos esa labor de padres-
madres, pero siempre desde el respeto a la independencia del otro y, si decide -o deciden-
golpearse contra la pared del fracaso, seamos el samaritano que recoge el cuerpo herido y se
ocupa -y preocupa- de su sanación. Jesús optó siempre por la reparación y evitó la condena,
hagamos nosotros lo mismo.

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¿U NA NUEVA OPORTUNIDAD ?
Cuando elegí este tema para realizar una investigación un poco más exhaustiva fue
precisamente pensando en esta situación, en las personas que después de una ruptura
matrimonial quieren comenzar una nueva relación. Aceptar la separación como algo que
ocurre, en ocasiones sin que la persona tenga ninguna opción, es fácil y entiendo que la Iglesia
hace tiempo que lo trata con bastante más naturalidad. Pero siento que la apertura a esta
situación de una nueva relación tras la ruptura no es todavía tan clara.
No en vano el papa Wojtyla -en Familiaris consortio- hacía referencia a cinco situaciones
irregulares: los separados y divorciados no casados de nuevo; los “matrimonios a prueba”; las
“uniones libres de hecho”; los católicos unidos únicamente con matrimonio civil y, finalmente,
los divorciados casados civilmente. De todas ellas, sólo la primera era considerada compatible
con la moral católica. Las personas que se encontraran en alguna de las restantes situaciones,
consideradas “objetivamente inaceptables”, estaban impedidas para participar plenamente
en la vida de la Iglesia.

El entonces papa invitaba a los separados y divorciados no casados de nuevo a «cultivar la


exigencia del perdón, propia del amor cristiano, y la disponibilidad para reanudar, allí donde
fuera posible, la vida conyugal anterior». Y, a quienes habían sido sujetos pacientes del
divorcio y no se habían casado por fidelidad a la indisolubilidad del vínculo matrimonial válido,
los animaba a permanecer en dicha situación, indicándoles que eran un ejemplo «de fidelidad
y de coherencia cristiana».

En cuanto a los divorciados vueltos a casar, aunque se pretendía diferenciar -tomando


conciencia de la creciente complejidad de la cuestión y animando a discernir y diferenciar los
diversos grados de pertenencia eclesial en función de las los niveles de responsabilidad
personal, las motivaciones y las razones-, entre aquellos que con sinceridad se habían
«esforzado por salvar el primer matrimonio» y habían sido «abandonados del todo
injustamente» de quienes «por culpa grave» habían «destruido un matrimonio
canónicamente válido» e incluso a aquellos que habían «contraído una segunda unión en vista
a la educación de los hijos» o los que estaban «subjetivamente seguros en conciencia de que
el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido», se
terminaba indicando que cualquier comportamiento misericordioso con estas personas no
incluiría que pudiesen recibir la comunión, pues su estado de vida contradecía «la unión de
amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la eucaristía». Es más, alertaba sobre
que su aceptación llevaría a mucha gente al error y la confusión acerca de la «doctrina de la
Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio». En palabras de Martínez Gordo «misericordia
y verdad eran, en el magisterio de Juan Pablo II, incompatibles». En conclusión, los que se
unían en segundas nupcias, independientemente de su motivación, sólo podían acceder a los
sacramentos si vivían «en plena continencia», es decir, absteniéndose «de los actos propios
de los esposos».

Como decía al comienzo, pedir la castidad a aquellos que no tienen esa vocación me parece
algo completamente fuera de lugar que además, hace sufrir mucho a muchas personas. Por
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eso, me ha encantado leer lo siguiente: «A las personas divorciadas que viven en nueva unión,
es importante hacerles sentir que son parte de la Iglesia, que no están excomulgadas y no son
tratadas como tales, porque siempre integran la comunión eclesial»(243). Por primera vez en
los temas de moral tratados siento que podemos ir un poco más allá del acompañamiento
pastoral y acoger a las personas como Iglesia -con mayúsculas.
Supongo que previendo que esta afirmación quizá no sería tan entusiastamente acogida como
en mi caso el Papa continúa con algunas indicaciones: «Estas situaciones exigen un atento
discernimiento y un acompañamiento con gran respeto, evitando todo lenguaje y actitud que
las haga sentir discriminadas, y promoviendo su participación en la vida de la comunidad. Para
la comunidad cristiana, hacerse cargo de ellos no implica un debilitamiento de su fe y de su
testimonio acerca de la indisolubilidad matrimonial, es más, en ese cuidado expresa
precisamente su caridad»(243). Han sido muchos años de mirar con recelo a aquellos que no
sólo se divorciaban, sino que volvían a involucrarse en una relación y, aunque poco a poco la
sociedad -tanto fuera como dentro de la iglesia- va cambiando su mirada sobre el matrimonio,
no está de más animar a acercarnos al otro siempre desde el respeto y la comprensión,
tratando de defender su proposición y procurando ver más allá de las apariencias y de los
estándares sociales.
A continuación la exhortación hace referencia a la necesidad de «hacer más accesibles y
ágiles» los procedimientos para la obtención de la nulidad matrimonial. Es cierto que muchas
parejas se ven obligadas a unas segundas nupcias fuera de la iglesia porque no han podido
conseguir la nulidad de un matrimonio anterio -en muchas ocasiones porque los trámites son
demasiado largos y costosos. Aunque es cierto que este punto siempre me ha parecido
sumamente injusto, especialmente porque desde fuera da la impresión que todo es una
cuestión económica y social -gente famosa y con dinero que consigue la nulidad con mucha
más facilidad y agilidad que el ciudadano de a pie-, también es cierto que muchas veces me
he planteado la incidencia que esta posibilidad tiene -y sobre todo la forma “poco clara” con
la que se concede- sobre la credibilidad real en la «indisolubilidad del matrimonio
eclesiástico». En el fondo de mi duda está esa sensación ya indicada anteriormente de que
cada vez la gente se cree menos eso de “para siempre” y, por eso, me parece que nuestro
esfuerzo debe estar más en hacer prever, comprender y aceptar lo que ello conlleva para
evitar llegar -al menos con tan poca reflexión como ahora, pues entiendo que en algunas
situaciones es inevitable- a esta petición de nulidad.
En algunas ocasiones me he encontrado con gente que utilizaba esta dificultad para conseguir
la nulidad matrimonial como argumento para casarse sólo civilmente. Aunque comparto,
como ya he indicado, la idea de las situaciones de injusticia que esta dificultad conlleva en
ocasiones, no deja de interpelarme el hecho de que personas que aún no se han casado ya
estén pensando en las dificultades de la ruptura y que incluso las utilicen como argumento
para elegir una u otra opción. Con sinceridad, ante estos pensamientos, no puedo más que
desconfiar de quien los formula y de su visión del compromiso que le vincula con el otro.

Sigue el documento sugiriendo la posibilidad de que sean los «Ordinarios diocesanos» los que
se ocupen en el futuro de la tramitación y el tratamiento de estos procesos de nulidad
matrimonial. Si bien es cierto que esto agilizaría y abarataría los trámites creo que es algo que

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debe ser tratado con prudencia, definiendo muy bien los criterios para la concesión o
denegación de las demandas, pues si no puede convertirse en una gran fuente de injusticia.
Aun así, me ha gustado y defiendo la propuesta de «poner a disposición de las personas
separadas o de las parejas en crisis un servicio de información, consejo y mediación, vinculado
a la pastoral familiar, que también podrá acoger a las personas en vista de la investigación
preliminar del proceso matrimonial»(244), pues cada vez creo más firmemente que la labor de
la Iglesia debe ser esa: informar, aconsejar y mediar, es decir, acompañar a las personas en su
proceso vital, respetando su libertad, tal cual como lo hace nuestro Padre.

C ONCLUSIÓN
Como el Papa, creo que es fundamental que desde la Iglesia centremos nuestro esfuerzo en
hacer comprender a los jóvenes que las actitudes de esfuerzo e incluso sacrificio no son algo
anticuado sino fundamentales en la maduración de la persona y de sus relaciones con los
demás -especialmente cuando hablamos de las relaciones de pareja. En una sociedad que
cada vez apuesta más por lo fácil y que habla fundamentalmente de derechos sin querer mirar
hacia los deberes, la iglesia debe ser, una vez más, contracultural y apostar por la educación
en valores tales como la fidelidad y el compromiso.

Pero a pesar de la preparación prematrimonial en la que, como digo, creo que es donde
debemos poner más que nunca nuestra energía, y de todos los esfuerzos que se puedan
realizar para que no se produzca una ruptura, la realidad es que a veces esta es inevitable y,
cuando así es, la posición de la Iglesia no puede ser, bajo ninguna circunstancia, excluyente.

Además creo que la Iglesia -en este tema como en todos- debería siempre tener una palabra
de defensa de los más desfavorecidos, en este caso de aquel miembro de la pareja que con la
ruptura se pueda quedar en una situación de desprotección económica y/o social y en los hijos
menores, tantas veces utilizados como elemento de chantaje entre los miembros de la pareja,
que acaban pagando las consecuencias más graves de la ruptura.

B IBLIOGRAFÍA
Francisco. (2016). Amoris Laetitia: Exhortación apostólica postsinodal sobre el amor en la
familia. Madrid: Palabra.

Martínez Gordo, J. (2016). Estuve divorciado y me acogisteis: para comprender Amoris laetitia.
Boadilla del Monte, Madrid: PPC.

De la Torre, J. (2017). La alegría del amor: una invitación a vivirla y trabajarla en grupos y
familias. Boadilla del Monte, Madrid: PPC.

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