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Parte III

Hasta ahora no sabía en qué momento escribir sobre las entrevistas que llevé
adelante. Directamente no sabía si describirlas. Por un lado, habiéndome metido de
lleno en la historia de la familia Ivrea y la familia Sprech, me parecía un despropósito
no poder reflejar lo que ví, compartir el detrás de escena, al menos como un mero
documentalista o cronista, o simplemente una reseña que describa algo de cada una de
esas experiencias. Pero no sabía donde, ni en qué parte del trabajo.
Una de las cosas más importantes de este ejercicio biográfico es vislumbrar la
estructura previo al desarrollo, y adecuarla a la información que nos interesa presentar.
Es cierto: basicamente como cualquier composición escrita. Quizás podía hacer una
nota al final, como aquellas tomas que aparecen al final de las películas, y que muestran
como fue el rodaje de la misma. La otra alternativa podía ser evitar el problema de
ajustarlo al texto, y simplemente expresarlo en la oralidad. Consideré comentárselo a
cada uno de los que reciben este trabajo, como una especie de devolución oral. Pero me
di cuenta de que, de esta forma, estaba cayendo en el mismo problema que el trabajo
justamente intenta subsanar: ¿por qué dejarlo librado al boca en boca, cuando esto
puede ser un testimonio de primera mano para aquellos que se encuentren con este
escrito algún día del mañana?
Favorecido por un impulso vertiginoso, agarré la compu, abrí el Word, y empecé
a escribir sobre todas las entrevistas.
Aunque pueda parecerlo, no es un ejercicio de pedantería: representa la
intención de darle una dimensión más a toda la historia fascinante que escuché, poder
poner mi granito de arena para retratar cada una de las particiapaciones, y mostrar el
proceso completo. Es un aporte circunstancial a la travesía de poco más de 250 años que
me tocó acompañar.
Entonces, ¿por qué no empezar con esto y ver cómo resulta? Me refiero a:
¿cómo no hablar ahora de lo que fue aquella primera entrevista a Teresa Sprech en
Martinez?
Al final del 2018, una de esas mañanas tan típicamente soleadas de Diciembre,
cuando todos estamos pensando en las fiestas y en el amigo invisible, conocí a Teresa
Sprech.
Al encuentro me presenté unos minutos más tarde, algo agitado por la
desesperación que me generaba llegar tarde a mi primer día de trabajo. Me parecía una
falta de respeto incumplir el compromiso asumido con una señora grande. Y lo estaba
haciendo. Por suerte, no llegué muy tarde, y tampoco hubo ningún problema: Jon, el
verdadero gestor de todo esto, me recibió como siempre con una sonrisa genuina,
afectuosa y cordial, y el típico movimiento de sus dedos en el tabique, como si quisiera
chequear que todo siga donde tiene que estar, gesto que, en definitiva, me brindó la
tranquilidad suficiente para confirmar que las cosas estaban bien.
En un jardín florido, del que recuerdo una pileta llena de agua color verde
militar, el pasto recién regado y los gatos que merodeaban alrededor, le hice la
entrevista a Teresa Sprech. Lo primero que pensé al verla es en la impronta digna y
dulce que adquieren las mujeres eslavas cuando se avejentan. Como si toda la rusticidad
de su carácter, y toda la dureza que contienen ciertos modos de ser estrictos y fríos tan
típicos de esa estirpe europea, se viera por fin suavizada, un poco gracias a la la
fragilidad de sus cuerpo, para convertirlas en emblemas dignos de un carácter noble y,
en definitiva, astuto y transparente. Lo otro que me llamó la atención es su belleza, y su
coquetería.
Cuando Jon nos dejó, Teresa empezó a contarme su historia con absoluta
comodidad, como si todo lo que relatara hubiera pasado pocos días antes de nuestro
encuentro, y su voz fuera apena un río que fluye y fluye sin parar.
A propósito de Teresa y su memoria, quiero hacer una aclaración. Una de las
problemáticas que tiene este trabajo es la construcción de un espacio cómodo para que
la persona que debe hablar, se sienta bien, y cuente lo que recuerda. Ese es uno de mis
objetivos. El ejercicio de la memoria tiene sus vericuetos: es una especie de laberinto en
el que uno ingresa sin saber si encontrará lo que busca o no. Esas imágenes que
encontramos no suelen ser certeras. Hay versiones de ellas, y a medida que vamos
avanzando, las vamos revisando, y corrigiendo. En el mejor de los casos, gracias a la
fuerza de la emoción contenida en cada una de estás imágenes, se logran destrabar otras
que creíamos olvidadas, como si estuvieran en el fondo del agua, atrancadas por algas o
lo que fuera, y se revelan como tesoros perdidos. Este principio que toda entrevista
debiera cumplir, con Teresa fue allanado por su amabilidad para compartirle a un
desconocido historias íntimas, y por sobre todas las cosas, por su generosidad para
brindarse y abrir emociones, que quizás hacía tiempo no evocaba.
En concreto, las cosas que contaba Teresa tenían, como mínimo, 80 años.
Mientras degustaba con lentitud un chocolate derretido, y se limpiaba la boca siempre
delicadamente  con un pañuelito de tela color celeste melancólico que sacaba y volvía
a guardar en su pollera con meticulosa prolijidad con su coquetería impoluta, narraba
hechos de épocas tan distintas a la nuestra, que me resultaban sencillamente increibles.
Recuerdo abstraerme de lo que sucedía a mi alrededor, de los autos que se
escuchaban al pasar, y dejarme llevar por el quebradizo y delicado sonido de su voz,
que parecía ser más bien un caudal de agua clara y profunda que traía, desde lo más
íntimo de la emoción, casi desde los secretos origenes de la memoria, el resplandor de
un tiempo arcaico. Como si me hablara de una época a la que yo relacionaba más con
otros siglos, y no con este 1900 mucho más cercano y conocido, ni mucho menos con
gente con la que yo tuviera la posibilidad de conversar. Y todo esto sucedía durante mi
primera entrevista. En poco tiempo estaba embarcándome en un viaje hacia la profunda
Rusia Imperial de los años de Catalina II, conociendo la valiente comunidad del Wolga,
a la cual pertenecía la sangre Sprech, al desconocido y misterioso pueblo tipo far west
llamado Santa Teresa, y al ventoso Darregueira del sur de Buenos Aires, al linaje
Sprech y a un poderoso hombre llamado Andrés. Poco a poco, Teresa me fue revelando
su dura niñez absolutamente distinta a la que pude haber tenido yo o cualquiera de mis
afortunados amigos, y mucho más parecida a la que pudo haber tenido alguien que vivió
en el siglo XIX, o incluso en el siglo XVIII. Y también estaba conociendo su temprana
valentía, los motivos por los cuales debió abandonar todo lo que hasta los 16 años
conocía pueblo, familia para trabajar en Bahía Blanca, a 200 kilometros de su hogar,
y poder aportar algo de alivio económico en su casa. Con Teresa también charlamos
sobre las anécdotas de aquellos momentos lejanos de la juventud, que marcan a fuego
los destinos de una vida, y nos revelan, cuando se aprecian a la distancia, lo misteriosa y
caprichosa que es la vida en su insondable forma de ser.
Hubo un momento en partíular que me pareció muy emotivo. Luego de hablarme
largo rato, de repente se calló. Este silencio imprevisto me preocupó. Le pregunté si se
sentía bien, si quería terminar, si necesitaba tomar agua, o lo que sea que necesitara.
Ella, observándome con una mirada cristalina que disipó cualquier preocupación, señalo
el cielo. Yo miré, y vi que pasaba un avión. Me explicó que se dirigía a Paraguay. Sabía
los horarios, los días, las rutas de esos vuelos y los colores que identificaban esos
aviones. Teresa comentó que hacía años que su hija vivía en Asunción. Contemplamos
todo el recorrido del avión en silencio, algo que al menos yo no hacía desde que era
chico.
Para terminar, le pregunté, con cautela, por Mingo Ivrea.

La siguiente entrevista fue con Patricia, la hija de Teresa Sprech. Sucedió en


Martinez, algunos días después de mi encuentro con su mamá. Me acuerdo que fui con
la bici. Una vez adentro de la casa, se largó a llover, y cuando tuve que despedirme, ya
había salido el sol. Esa tarde el clima me tuvo piedad.
Para esta entrevista mi intención era triple: hablar sobre su mamá, su suegro y su
marido. Interesado y apresurado por conseguir un clima agradable para mi interlocutora,
empecé explicándole como siempre intento la presencia del celular registrando toda
la conversación, y los motivos por los cuales hago esas grabaciones. No hizo falta tanto
esfuerzo. Patricia, como su mamá, se brindó 100% a la entrevista, contándome a mí un
desconocido, un amigo del hijo que por primera vez veía, una historia reservada, por lo
general, para sus afectos.
Patricia me dio otra versión más de su madre: Teresa era una mujer dura,
signada por la rudeza de una vida austera y sacrficada, una vida, como solemos
referirnos cómodamente, áspera, tan de la gente de campo, y una madre, en muchos
aspectos, rígida e intransigente.
Pienso: la tremenda perseverancia de una persona que logra ser reciliente a muy
corta edad y que logra sortear momentos difíciles sola, casi sin la ayuda de nadie, sin la
presencia cercana de sus seres más queridos, tiene siempre un lado B complejo. Esto
puede llegar a traer grandes dosis de obstinación, en algunas momentos puede llegar a
destapar un carácter extremadamente estricto, en muchos otros momentos una
personalidad inflexible, absolutamente segura de su criterio, y hasta decisiones que para
otra persona pudieran sonar inentendibles. Esto, para una adolescente que pretende vivir
una vida mucho mucho más parecida a la nuestra puede ser muy dificil.
Patricia también me habló sobre el modo en que Teresa, aquella mujer viejita,
dócil y apacible que yo tuve la suerte de conocer, administraba un hogar sola, sin la
presencia de su marido, fallecido, de un momento para otro, a los 48 años. Teresa era
una mujer que había vivido en distintos lugares, que había criado tres hijas, que
manejaba en una época en que para la mujer no era muy normal tener registro de
conducir, y que administraba un almacén de ramos generales casi por su cuenta (“casi”
porque también se apoyaba en sus hijas, como habían hecho su padre y su madre con
ella cuando todavía era muy pequeña).
Después de hablar de las fortalezas de aquella mujer de sangre alemana, Patricia
recordó que hacia muy poco tiempo, durante una de los encuentros con su madre,
mientras le pintaba las uñas y chusmeaban, Teresa de repente se sobresaltó, se rindió
angustiada ante su precaria independencia, y se quebró en un pequeño llanto. Para
Patricia esto fue una revelación, un evento extraordinario que jamaz hubiera creido ver
en esa mujer tan autosuficiente, resolutiva, a veces distante, a veces tan fría, que era,
nada más y nada menos, que su madre. Para un hijo, ver a sus padres llorar es como
recibir una puñalada que desgarra aquella primera y elemental impresión omnipotente
que se tiene sobre ellos. No sé si en verdad para Patricia resultó de ese modo, pero la
cuestión es que la entrevista siguió adelante, confirmando la increible presencia de
aquellos pueblos lejanos y distantes sumergidos en la profunda pampa que son Santa
Teresa y Darregueira, que visitaba cuando era chica, y debía acompañar a su madre en
esas travesías insoportablemente aburridas.
Luego conversamos sobre Francisco Ivrea. Fue la primera vez que hablé de él.
Patricia me introdujo a un hombre fascinante con solo un par de datos significativos:
combatiente en la Segunda Guerra Mundial, la íntima anécdota en que Francisco, un
domingo por la tarde que veían una película de guerra, no podía soportar emocionarse y
llorar ante las escenas de combate; la falsa identidad que adoptó en Francia; su
desconocida procedencia; el carácter amable y presente para con sus nietos, siempre
dispuesto a ayudarlos; el trato amoroso y cálido de Francisco para con ella.
Vimos algunas fotos. Y al fnal hablamos de un tal “Eduardo” Ivrea fallecido el
23 de Noviembre de 2013. Me acuerdo de que cuando hablaba sobre él, y me explicaba
como se conocieron, o cuando me contaba su gusto por las motos y por los autos,
cuando tuvo un bar o cuando se dejó el pelo largo, tuve la sensación saber de alguien
que irradiaba libertad.

La tercera entrevista me llevó a Villa del Parque. Tenía que encontrarme con
Matías Ivrea, uno de los primos de Joni. En esta oportunidad se presentaba una
dificultad adicional. Otra vez iba pensando en la manera de generar un espacio propicio
para que Matías pudiera compartirme esos recuerdos que necesitaba relevar. Hoy, al
escrbirir sobre ello, y conociéndolos, me siento un tonto preocupandome tanto por esto.
Para Matías, comparado con Teresa y Patricia, yo me sentía un desconocido
grado 2: no estaba Joni para presentarnos, por lo tanto era un ejercicio de confianza
ciega de parte de Matías. Fui con el 106 hasta su casa. Fue un 25 de enero de 2019. La
bienvenida que me dio Matías estuvo llena de respeto e interés genuino en el trabajo. No
sentí ningún apuro de su parte para contarme las cosas así nomás y despacharme. Cada
una de las anécdotas que me contó fueron contadas con todo su esfuerzo, dándome la
mejor versión que podía de cada una de las historias que contaba, tratando de imprimir
en cada una de ellas un poco de su parte. Al menos así lo sentí, y así las encuentro cada
vez que tuve que escuchar sus grabaciones.
Para esta entrevista mi objetivo era que Matías me ayudara a profundizar sobre
Francisco, la familia Ivrea en general, y por supuesto, Mingo.
Empezamos con Francisco Ivrea, su abuelo. Nos referimos a la historia, a su
presencia en la Segunda Guerra Mundial, a su participación en el combate, a los Nazis.
Me dijo que hacia muy poco tiempo había visto un documental en el que se explicaba
como la mafia siciliana había sido preponderante a la hora de permitir el ingreso de las
tropas de Estados Unidos a la Italia comandada por Mussolini. Nos referimos a las
pequeñas referencias que teníamos sobre la vida de Francisco, y estuvimos de acuerdo,
claro, que su vida era digna de película. Luego me contó algunos encuentros con
Francisco durante su infancia, en el que se juntaban a comer asado.
También conversamos sobre la expresión de cariño de la gente de antes, esa
gente a la que distinguimos de nosotros solo por pensar que son de otro tiempo, que
tienen otra naturaleza. Y, de algún modo, esa fue nuestra conclusión. Ambos estuvimos
de acuerdo en que el modo de transmitir cairiño de los hombres y mujeres de otra época,
fundamentamente aquellos que acarrean reglas estrictas y una juventud golpeada por las
circunstancias, es muy distinta a la nuestra, y no tiene nada que ver con el franeleo
cálido, el abrazo, el “te quiero” o el “te amo” habitual al que nosotros estamos
acostumbrados. La expresión de cariño de aquellas personas tiene más que ver con los
gestos, el famoso “estar cuando se los necesita”, o “hacer lo que deben hacer cuando lo
precisamos”. También estuvimos de acuerdo en que aquel trato, en algún aspecto quizás
mucho más franco que el nuestro, contenía una rudeza que a veces, para nosotros, era
dificil de entender, y para muchos, de tolerar. En algún momento todos experimentamos
ese tipo de cariño, y de algún modo, lo recordamos de esta forma. Creo que recién con
los años es cuando entendemos los motivos por los cuales tenían este trato torpe y algo
parco, recién cuando se analiza el pasado con distancia e intelecto puro, penetrando en
los motivos y discerniendo en las cuestiones que hicieron de este tipo de vínculos.
Hablamos de nosotros, y de este vínculo parco que a veces nos sale, y en el modo en
que pensamos en ello para identificarlo, intentar mejorar, y tratar de expresar mejor lo
que sentimos.
Pero volvimos rápidamente a nuestra historia. Es más sencillo. Matías me contó
lo dificil que fue para su padre el trato con Francisco Ivrea, que se su abuelo vino a la
Argentina cuando su abuela estaba embarazada de su papá, y que se reencontraron cinco
años después.
Matías tenía 12 años cuando su abuelo Francisco falleció. Todos los recuerdos
que siguieron después tuvieron que ver con algunas referencias que se asemejaban a la
investigación arqueológica de un mundo que ya no existe más. La verdad es que
siempre estamos vivenciando estos pequeños cierres cotidianos de períodos que se
terminan. Es dificil reparar en ellos, pero cuando pensamos un poco en estos
microcierres creo que la vida y su curso parcen moverse en círculos, como si fueran
elípsis permanentes. De esto se trata cundo se habla de cerrar historias, de completar
círculos. Cuando quedan esquirlas es cuando suelen repetirse situaciones, de las que
nosotros solemos ser consientes. De aquellos círculos de la vida que se abren y de
repente se cierran, creo que siempre podemos rescatar objetos materiales, que funcionan
como links a esos momentos. Podemos pensar en cartas, cubiertos, fotografías, diarios,
o incluso pasajes o entradas de cine. Hay una faceta de nuestra memoria que nos exige
esta clase de objetos para que podamos vivenciar estos períodos ya culminados con
mayor intensidad, para que podamos tener otro tipo de experiencia. Es extraño. Nunca
podremos volver a esos momentos. Pero, ante la nada, preferimos intentar revivirlos por
intermedio de estos objetos, que en verdad nos ayudan a percibir algo de aquellos
tiempos que muchas veces añoramos, de muchas maneras distintas. Creo, también, que
cada objeto tiene adherida la presencia de ese momento, que existe en ellos cierta
connotación que imprime el tiempo, y que se activa con nuestro encuentro. Pero, para
retomar y no irnos por las ramas, el recuerdo de Matías de aquellos días en Villa
Adelaina o al menos el que manifestó sobre aquellos asados durante los domingos,
los objetos de albañilería que había en la casa de Francisco, y los recuerdos de su padre,
tenían que ver con uno de esos mundos extintos, de tiempos ya inanimados. Como si
hubiera hablado, en el sentido más lindo de todos, de dinosaurios.
Fue también una charla de emprendimientos: verdulerías, carnicerías, almacenes,
pymes. La especialidad de los Ivrea. Es una familia de sacrificio, trabajo y mucha dósis
de audacia. Esa sería arriesgo con muchas probabilidades de errar la insignia y la
santísima trinidad que define el carácter de la familia. Diciendo esto, lo sé, estoy
dejando muchas cualidades afuera. Como sucede cuando hacemos una lista, son las
priemeras que se recuerdan. Sin embargo, apuesto a esta combinación de características
para intentar definir el género Ivrea. Cada una de las decisiones que tomaron los
miembros de esta familia siempre manejan altas dosis de riesgo. Traen consigo
obstáculos, saltos al vacío muchas veces fueron estrepitosos, una gran confianza en
su intuición, y una certeza absoluta de que los errores son parte de todo este juego, y
que rendirse ante las viscicitudes no está para nada en el ADN del ser Ivrea. Quizá sea
esta una de las grandes lecciones del viejo Francisco. ¿Cómo hacer para seguir
apostando a pesar de las peores circuntancias? ¿De donde sacar la fuerza? Es un
elemento que circula en la sangre, creo que no hay dudas.
Si hablamos de tenacidad y perseverancia, es inevitable no hablar de Mingo
Ivrea. Cuando Matías empezó a hablar sobre él, lo que primero me invadió es la certeza
de que estamos hablando de un tipo distinto, alguien angelado, de alguien
profundamente atado a la familia, y a su historia. Antes, claro, lo había inuido. Pero en
ese momento lo pude confirmar.
Matías, alguien que reconoce ser un hombre parco en sus expresiones, resaltó la
forma de ser de su tío Mingo, resaltó su expresividad y su manera de ser con sus hijos.
Lo diferenció de sus otros tíos y su papá, que por supuesto por las circunstancias tan
distintas a las suyas, eran más bien secos y parcos con sus respectivos hijos. Pero, sobre
todo, Matías hizo referencia a uno de los momentos más dificiles de su vida, en el que
Mingo, con su carisma, luego de tanto insistirle, logró llevarlo a Ushuaia para pasar,
junto a él y su familia, una de las vacaciones más divertidas de su vida. Sincermanete,
no pude más que envidiar la posibilidad que tuvo Matías de estar en esas vacaciones.
Cuando terminamos la entrevista ya era de noche. Tuvo la generosidad de
alcanzarme con el auto hasta la parada del 71. Me acuedo que me volví tan abstraído en
todo lo que me había contado de Mingo, que tomé el colectivo con dirección a Once
cuando debía ir para zona Norte, y recién me di cuenta casi llegando a Chacarita.
La siguiente entrevista me llevó devuelta a Martinez. Esta vez fue el turno de
Diego, otro primo de Joni. Nos encontramos en La Farola que está en una esquina sobre
Maipú. Recuerdo que era 1 de Mayo. Un lunes me parece. Otra vez pensaba en lo
mismo: qué pesado que era yo al movilizar una persona un feriado. Pero así como les
digo otra vez volví a rendirme ante la generosidad de los Ivrea. Diego me recibió con
una sonrisa, y un café con medialunas.
Empezamos la conversación hablando sobre los japoneses, Toyota y el Kaizen.
Particularmente me interesan mucho los temas que tienen que ver con el estudio de
procesos productivos, y su eventual mejora continua. Y justo Diego estaba trabajando
este tema en su empresa, sumamente metido en las metodologías de mejora, llevando
adelante capacitaciones internas para él y sus empleados. Por lo tanto, mejor imposible:
otra vez sentí que fácilmente se resolvía el asunto que tanto me preocupaba. Le
dedicamos un buen rato al tema. Después, sí, nos pusimos a trabajar, y nos metimos de
lleno en el tema que más nos interesaba: la historia de los Ivrea.
Ya contaba con información sobre la historia de su familia. Tenía datos, y hasta
incluso podía hacer un compendio de anécdotas, y, sobre todo, presumir que contaba
con algunos documentos que Diego desconocía. Confieso que un poco los ostentaba.
Sobre todo, una foto del documento falso que le hicieron a Francisco Ivrea en Francia.
Diego, fascinado por ese objeto preciado, me dijo que no podía creer que existiera eso.
Esto me hizo pensar en como se construyen las historias, en la forma en que la
información se diluye y muta, las versiones que se van reformulando en el tiempo, las
verdades que se conjugan, y como se estructuran en nuestra forma de ver y ser en el
mundo. Sí, es cierto, suena medio filosófico. Es, creo yo, una de las cosas más
interesante de todo este proceso. También es una de las cuestiones más intrigantes que
tienen que ver con nuestra identidad. La escritura es, en el fondo, un mecanismo para
fijar versiones, y para contener, en una estructura, y en el mejor de los casos, el
compendio de todas las versiones existentes. Hay algo en la forma que tenemos nosotros
de recordar que es inherente a esta diversificación de la verdad, como si escurriera
permanentemente, como el fuego que quema, el agua que moja, y las historias, el
tiempo y sus inevitables versiones y verdades.
Quizás por el documento falso, durante la charla con Diego nos maravillamos
por la estadía de su abuelo Francisco en Francia. Retrató una hermosa escena en la que
Francisco abandonó su fusil, en un granero, escapando hacia Francia. Y por otra parte,
recordó la forma en que nadaba su abuelo. Nadaba como perrito, me dijo Diego, de una
forma rara, como si nadie le hubiera enseñado. Supusimos que aprendió a la fuerza,
tratando de escapar para sobrevivir antes de llegar a Francia. Hablamos un largo rato
imaginando como debió haberse manejado con el idioma, como habría convencido a su
familia que le dio un refugio durante todos esos años, y nos imaginamos, una vez
finalizada la Segunda Guerra Mundial, el regreso de Franciso a su pueblo de
nacimiento, Satriano. En ese momento sentí que evocabamos un heroe.
Dos veces Francisco le contó a Diego su historia. Fue alguna sobremesa durante
aquellos emblemáticos asados de domingo, cuando los cinco hermanos, recostados
sobre la mesa, apoyados sobre el mantel lleno de migas, dormían. La primera vez
Francisco le dijo a su nieto que se acercara, que tenía una historia para contarle. La
segunda fue iniciativa de Diego. Le pidió que le cuente más acerca de lo que había
pasado y como había sido eso de la Segunda Guerra Mundial. En ambas situaciones,
Francisco no pudo evitar emocionarse.
Al final, terminamos conversando sobre temas que son Greatest Hits argentinos:
crisis. En esta oportunidad hablamos sobre el 2001, y todo lo que tuvieron que hacer
para sortear la malaria, y volver a encausar el negocio. Una vez más, otro ejemplo de
aquel componente Ivrea que parece ser parte del adn familiar: sacrificio, trabajo y
audacia.
Sí, cuando tocamos el tema de Mingo, nos referimos a que él, al ser el más chico
de sus cinco hermanos tuvo la suerte de disfrutar, como ninguno de los cuatro
hermanos, la cercanía de su papá y de su mamá.
El siguiente capítulo estuvo a cargo de Diego. Joni por supuesto estuvo al tanto,
pero la gestión del encuentro fue responsabilidad de Diego. Él me ayudó a encontrarme
con su papá, Antonio.
Perdón por mis reiteraciones, pero sepan entender esto: me estaba por encontrar
con un hombre grande que no me conocía, que no sabía nada de mí salvo por lo que le
había dicho su hijo, un hombre que ni siquiera conocía mi cara y que había nacido en
Italia (esto último, por algún motivo, me hacía de uno de esos viejos cascarrabias que le
cuesta expresar y abrirse, tipo Clint Eastwood). Era una cita a ciegas, y todas las
incertidumbre apuntaban a que, en este caso, por fin iba a ser mucho más dificil de lo
que habían sido las anteriores entrevistas. Conclusión: nada más alejado que la realidad.
Nos encontramos en la misma Farola de Martinez. Como aquella primera vez,
con Teresa, otra vez estaba llegando unos minutos tarde. Recuerdo que fui en una bici
que a los pocos meses me robarían esto último no tiene nada que ver, lo sé, pero la
extraño tanto. Creo que hice tiempo record desde Florida hasta Martinez en bicicleta.
No llegué transpirado porque era una de esas mañanas insoportablemente frías de Junio.
Cuando até la bici contra el poste, ya había identificado a Antonio. Recuerdo que al
verlo, sin siquiera haber hablado con él, todas las preocupaciones que tenía se
esfumaron, como si cada una de esas preocupaciones hubieran dejado de tener razón de
ser ante su figura.
A diferencia de la entrevista que hicimos con Diego, esta vez la tuvimos adentro
del restaurante. Claro, como dije recién, hacía bastante frío. Pero esto era un problema:
el sonido que registró mi celular está saturado por conversaciones ajenas, por el ruido de
la vajilla y la cafetera, por el grito de los mosos. Pensé en ello, y en las complicaciones
que me traería para las desgrabaciones posteriores. Traté de arrimarlo lo más posible a
la voz de Antonio, que encima era una voz suave y baja. Me resigné pensando que iba a
tener que escribir luego con el celular en la oreja, como si fuera un audio de Whatsapp
de una hora.
Pero, una vez que empezamos a hablar, algo de esa voz, cautelosa y precisa, se
me fue imprimiendo en mi recuerdo con absoluta facilidad. No importó el barullo del
restaurante. La voz de Antonio estaba haciendo su trabajo, y estaba facilitándome la
posterior desgrabación. Cada una de las cosas que contaba me quedaban grabadas
automáticamente. No solo por las anécdotas y las fascinantes historias que narraba, sino
también por la emoción que fluía por cada una de las palabras que decía. Este hombre
grande que no me conocía de repente me estaba contando sobre una infancia en
Satriano, un pueblo remoto del sur de Italia que por supuesto desconocía, en la que
no tenía ni siquiera luz eléctrica, que vivía en una pequeña casa contra la montaña, que
trabajaban de sol a sol, en un pueblo de postguerra en donde no quedaba casi ningún
hombre la mayoría muerto, perdido en la guerra o emigrado a otro país, y que su
padre, pocos años después de su nacimiento, había viajado 12.000 kilometros de
distancia para ver si podía encontrar un futuro. Ahora pienso y me pregunto: ¿qué sabría
aquel chico humilde de Satriano sobre Argentina? ¿cuáles son las historias que habrá
escuchado? Sin internet, sin aceso a libros y casi sin educación, ¿qué era lo que sabría?
Son cosas que recién ahora caigo en la cuenta podría haberle preguntado. Si me decían
que acababa de salir una película con todos estos elementos, le creía. Pero no, estaba
escuchándolo de alguien que en mi vida me hubiera imaginado escuchar. Por mi pasado
y mi propia historia, estas historias de inmigrantes me atrapan automáticamente. A
veces pensamos en este tipo de historias, y decimos de ellos que son cosas que están
lejos, que son muy distantes, y cuando las recordamos no hacemos otra cosa que
enfatizar lo duro que debió haber sido sin los lujos que nosotros tenemos. Pero, la
verdad es que no están para nada lejos. Esas historias están todavía vivas a nuestro
alrededor. Y Antonio es una prueba de ello. A Antonio lo parieron en una cosecha de
tomates. No hace falta mucho esfuerzo para dimensionar este hecho.
Nos hizo falta un segundo encuentro. Esa vez hablamos de Argentina, de su
llegada al país, de la primera vez que vio la ciudad, de las primeras dos veces que viajó
en tren ambas durante ese viaje hacia Buenos Aires, y me confesó (esto me conmovió
de sobre manera, y me dio una precisa imagen de lo que sería la casa contra la montaña
en Satriano) la primera impresión que tuvo al ver la casa que había hecho su papá,
Fracisco: para él, la casita en Villa Adelina, era un palacio.
Durante este encuentro se emocionó dos veces. Ambos tuvieron que ver con
situaciones con su padre. O, mejor dicho, sobre todo con cosas dilemas y cuentas
abiertas en el interior de Antonio, relacionadas a su padre. Sucedió una vez en cada
encuentro. La primera luego de comentar el modo en que la vida y las circunstancias,
tan duras y tan extremas, habían moldeado en Francisco una personalidad dura, distante
y hasta incluso asgresiva, que sugirió una relación dificíl para los dos ¿a quién no le
hubiera sido dificil?. Hubo un silencio, que me pareció un abismo, y luego, como si
trastabillara y no quisiera caer, quiso retomar. Pero ya era demasiado tarde. Y al
referirse a la época en que Antonio le dio a su padre trabajo en su empresa, y como
durante ese tiempo pudieron reencontrarse, entenderse, reconciliarse, trabajar y
divertirse, no pudo contener la emoción. La segunda vez que se emocionó Antonio fue
cuando habló del sacrificio y el esfuerzo que hizo Francisco durante sus primeros años
en Argentina. Al hablar sobre el modo en que buscó los materiales durante casi todo el
conurbano, yendo a buscar tornillos doblados para luego remendarlos y usarlos en su
casa, y como llegó a hacer todo esto, es cierto, con la ayuda de algunos paisanos de
Satriano, y su primogénito Teodoro, pero, en definitiva, por obra y gracia de su
inquebrantable e incansable voluntad, no pudo más que volver a emocionarse, en un
pequeño pero conmovedor quiebre en la voz.
Esta vez no hablamos expresamente de Mingo. Pero creo que estuvo sobre cada
una de las palabras que dijo su hermano, Antonio.
Domingo Ivrea nació en su casa en Villa Adelina, el 28 de diciembre de 1955.
La matrona lo limpió y lo recibió esa fecha, pero, su padre, Francisco, lo anotó el 2 de
enero de 1956. Fue el único de todos ellos que pudo disfrutar a sus padres desde el día
en que nació. Quizás por este motivo fue mucho más libre que sus hermanos, que
tuvieron que trabajar desde muy chicos. Desde siempre mamó todo lo que relacionado a
lo comercial, a la compra y venta de mercadería. Tuvo el pelo largo. Tuvo motos
Honda X o Triunph Boneville, autos deportivos y camionetas. Fue a ver la Formula 1
acá en Argentina. Fue a Canadá. Fue a Europa. Una vez se fue de viaje a Estados
Unidos y se quedó sin plata. Cuandó llamó a su papá para que lo ayudara, él le contestó
que se las ingeniara solito, y le cortó.
Conoció a Patricia andando en moto. Ella caminaba hacia algún lugar. Él la vió
de espalda y la piropeó. Le dijo que se llamaba Eduardo. Y el 6 de junio de 1982 se
casaron. Puso el primer bar con pool de Martinez, sobre la Avenida Libertador: se llamó
“Stress”. Casi un año después de su casamiento, el 6 de junio de 1982, nació su primer
hijo, Jonatan. Años después tuvo un kiosko de diarios que le puso Joni. El 2 de febrero
de 1986 nació su única hija, Solange. Y tuvo una carnicería que la llamó Sol. Puso un
almacén y le fue muy bien. Luego un supermercado. Creció, lo cagaron, y le terminó
yendo mal. El 25 de noviembre de 1992 nació Kevin, el último de los hermanos. Un
mes después se llevó a toda su familia a Paraguay. No les fue bien. En mayo de 1993
volvió a Argentina. Sus hermanos lo ayudaron y le prestaron plata. Aprendió. Vivió en
la casa de su suegra, Teresa, detrás del famoso almacén. Vendió jeans recorriendo la
calle con un auto. Puso un laverap que atendió Patricia. En Monseñor Larumbe tuvo una
visión, señaló y dijo: ahí tiene que haber una carnicería y una verdulería. Apostó, y le
fue muy bien. En Martinez se obsesionó con una casa ocupada e invendible. Por
supuesto que la compró. Jugó al golf. Fue socio de un club de vino. Durmió durante
mucho tiempo 5 horas. Trabajó casi 7 x 24 en la carnicería durante casi el mismo
tiempo. Fue a pescar con sus hijos. Se obsesionó con el esquí. Fumó habanos. En 2006
llevó a su familia a Ushuaia por primera vez. Le gustó tanto que los llevó durante varios
años consecutivos, al mismo hotel que fue Ozzy Osbourne. En octubre de 2013 sacó los
últimos pasajes para ir a Ushuaia. También sacó unos pasajes para ir a Estados Unidos
para encontrarse con Kevin en febrero. El 23 de noviembre de 2013 fallece, mientras
arreglaba la casa, para cuando Patricia volviera de Colombia.
No hubo una sola vez que preguntara por Mingo, y que, en ese instante, el
ambiente se animara, algo misteriosamente hermoso revoloteara en el aire, y
sonriéramos sin pensarlo, sin quererlo, tan solo evocando su presencia.
Creo, habiendo escuchado hablar sobre él, que eso fue una de las cosas más
valiosas que trasmitió: los mejor atributos de los Ivrea el trabajo, el sacrificio, la
audacia, y una impronta muy personal, un toque de joda y diversión únicos. Matías
enumeró cada una de sus características una y otra vez: era jodón, hincha pelotas, tenía
visión, suerte, autosuperación, carisma, habilidad, picardía.
En el mercado los tenía a todos arreglados. Conseguía la mejor carne. La mejor
verdura. Se levantaba bien tempranito, a eso de las 5 de la mañana, tomaba el café de
siempre, le daba un beso a la tía (Sol se enteró compartiendo el café de siempre que la
tía era el Tía María), y salía a buscar la mercadería. Una vez, Matías se lo encontró
rallando kilos y kilos de zanahoria. Cuando le preguntó qué es lo que estaba haciendo
ahora  el ahora tenía que ver con la inventiva para renovar su local y hacer siempre
cosas nuevas , Mingo le dijo lo siguiente: acá en Martines la gente no quiere trabajar,
quiere tener todo servido, y por eso tengo que rallar zanahoria, para vender ensaladas.
Vendió ajo y perejil picado. También hizo lo suyo con las berenjenas al escabeche. O
cuando hubo un granizo muy fuerte, y la demanda de tejas se incrementó de repente,
compró un lote en Maschwitz, y lo llenó de tejas; las vendió todas. El freezer de su casa,
recuerda Matías, estaba todo el tiempo lleno de carne, no entraba ni la bombilla: desde
agosto ya tenía la peceto y el lomo eservados para Navidad y Año Nuevo. Decía Mingo:
acá en Argentina se caga de hambre el que quiere.
Al hablar de viveza, dijo Matías, es imposible no acordarse del momento en que
compró la casa en Martinez. Mingo tenía un conocido en una inmobiliaria. En el
momento en que la identificó, era un terreno abandonado, una casa que habían
empezado a hacer pero había quedado a la mitad. Cuando Mingo le consultó al de la
inmobiliaria, le contó que la casa era el proyecto de un matrimonio, pero que a mitad de
camino se separaron, y divieron el 50% de la propiedad para cada uno. Yo le compré el
50% de la propiedad al marido, dijo el de la inmobiliaria, pero el resto sigue siendo de
la mujer, y ella no quiere saber nada con venderlo. Pero eso no es todo, advirtió, la
propiedad está usurpada por una familia de peruanos. Mingo, empecinado, le preguntó
al de la inmobiliaria cuanto quería por su parte. No te conviene, insiste el dueño, es un
kilombo esa propiedad, entre la mujer que no quiere vender y los ocupas no vale la pena
tanto esfuerzo. Pero se nota que el de la inmobiliaria no sabía nada sobre los Ivrea.
Mingo, como buen tano, insitió y se la terminó comprado. Acto seguido, fue a visitar a
la muje. La convenció, y se la compró. Cuando el de la inmobiliaria se enteró, no lo
podía creer, e incluso se la quiso comprar. Mingo se debió haber reido.
Faltaba un paso más. Quedaba la parte de la familia peruana. Se acercó al padre.
Le explicó que él era el nuevo dueño de la propiedad. Por supuesto que el peruano se
negó a irse. Entonces, en plena negociación, el ocupa le exigió a Mingo 1000 pesos por
día, en conceptos del cuidado de la casa durante todo el tiempo que estuvieron allí.
Claro que no hubo acuerdo. Mingo le consultó para qué quería la plata. Le explicaron
que se querían volver a Lima. Y Mingo, sin dudarlo, le compró un pasaje a cada uno de
la familia, y se los dio. Así fue como de una manera pacífica e ingeniosa, Mingo pudo
hacer lo que a muchísima gente le cuesta tanto.
Cuando los vecinos se dieron cuenta de lo sucedido. Festejaron como una copa
del mundo. A Mingo lo recibieron como un heroe. Le contaron que la pileta de la casa
era un basural, y el olor que se desprendía era insoportable.
Cuando se lo llevó a Ushuaia, confesó Matías, no le podía seguir el ritmo a su
tío, que no paraba un segundo. Para su él era un viaje de egresados. Un adolescente más.
Jodían todo el día, y a la noche, cuando ninguno daba más, ni siquiera los más jóvenes,
Mingo quería ir a cenar, o ir al bar, o jugar a lo que sea.
Incentivado por su hermano Antonio, Mingo, después de un par de años de ir a
Ushuaia, contó Matías, empezó a esquiar. Se enganchó tanto que era siempre el último
en bajar del cerro. Al de la aerosilla le suplicaba que le dejara dar una vuelta más,
porque al otro día se volvía y no iba a poder esquiar hasta el año siguiente. El de la
aerosilla accedía. Al día siguiente, volvía a aparecer con los esquis bajo el brazo.
Nunca se desanimó. No debió haber sido facil bancarse los momentos más
dificiles con una familia a cuestas. A principio de los 90, recordó Matías, cuando vivió
en Martinez, en unos monoblocks al lado del Unicenter, Mingo y un socio pusieron un
supermercado enorme. Hasta tenía linea de caja, dijo Matías. En esa época tenía un
Onda Civic, un Renault 12 y una camioneta. Cuando se da cuenta que su socio lo estaba
cagando, decide vender uno de esos vehículos, para comprar la parte de su socio. Pero el
negocio era tan grande que no daba abasto: la cajera lo cagaba, el verdulero que iba al
mercado central también lo cagaba, y le empezó a ir tan mal, que tuvo que vender todo,
y fundió. Lleno de deudas, se llevó a toda su familia a Paraguay, y los más grandes ya
suficientemente concientes sufrieron el destrato y la discriminación de parte de sus
compañeros de colegio en Asunción, que se referían a ellos como kuerapa y los
excluían solo por ser de otro país. No debe haber sido facil tomar tamaña decisión,
apostar a otro país y ver a sus hijos llorar todos los domingos por la noche porque no
querían ir al colegio. Al principio, creo yo, uno puede cerrar los ojos e intentar seguir,
deseando que todo eso sea parte del período de adaptación, pero cuando eso se mantiene
en el tiempo, se complica. Sunado a un bebé recién nacido, y una relación complicada
con el socio, se puso bastante pesado. Decidió volver a Buenos Aires, peor de como se
fue a Paraguay. De la nada tuvo todo, luego perdió todo, y de la nada volvió a tener
todo: así era Mingo.
Escribiendo esta última frase, puedo suponer que Mingo me corrija y me diga,
canchero, quizás con media sonrisa en la boca, que nunca perdío todo, que, aunque no
tuviera un peso partido al medio, con su familia tuvo siempre todo. Eduardo o el pela,
como le decían sus hijos, no se quería perder nada que tuviese que ver con su familia.
Trataba de estar siempre, aunque estuviera muerto de cansancio, aunque se quedara
dormido en la sobremesa. Era testarudo, como buen tano.
Otro de los grandes momentos de este proceso fue hablar de Mingo con sus
hijos. Como dije, hay distintas formas de evocar, y cada uno tiene su estilo. Tanto Kevin
y Joni inflaban el pecho al hablar de su padre. A veces emitían un pequeño desliz de
pena por no tenerlos más a mano. Pero casi la mayor parte del tiempo de la entrevista
nos la pasamos pasamos riendo de las anécdotas: como aquella vez que salió en el
noticiero haciendo lío en el aeropuerto, después de estar varados durante todo el día sin
poder tomar el avión; o esa vez que salieron en el programa “Tal para cual”, haciendo
juegos en la tele; o cuando participó de una publicidad de Telefe; o cuando Mingo llamó
al programa de Beto Casella para ofrecerle trabajo a Zulma Lovato como kaddy de golf,
o promotora de la carniecería.
En el caso de Sol, decirle “¿tu viejo cómo era?”, fue como encender una lámpara
en su mente, que sus ojos se iluminaran, y que de ella se desprendiera un amor
inconmensurable. Aquél día que hablamos, Sol me confesó que amaneció pensando
mucho en él: se había comprado una cafetera, y era absolutamente inevitable no pensar
en él, en su olor, en la mañana, en el beso a la tía. Ella desde muy chica quiso tener su
plata, su independencia económica. Tal como su papá y, por qué no, su abuela, Teresa.
Empezó a trabajar a los 15 años. A los 18 años Sol le planteó a su papá la intención de
tener un auto. Por supuesto que la acompaño. Cuando le contó al papá que la estaban
tratando mal en el colegio en que estaba trabajando, Mingo le dijo que renunciara y que
se fuera a la carniceria. Ella aceptó. Trabajó con él durante varios años, turno mañana y
turno tarde. Incluso le dio la posibilidad para que su papá pudiera descansar, e irse con
Patricia a Gualeguaychú, a visitar un amigo. Diseñaron entre los dos la casa de
Martinez: pensaron juntos donde debía ir la escalera, el baño, etc. A Sol le encantaba ir
a pescar con su papá, dejar el anzuelo flotando, y esperar silencioamente, en su
compañía, como un sueño, bien entrada la noche.
Al principio, contó Kevin, cuando la casa estaba en construcción y todavía no
había nada armado, Mingo organizaba fines de semanas de camping ahí: tiraba
colchones en el quincho, hacían asados, cocinaba, y se quedaba a dormir junto a toda su
familia.
Hay otra cosa que me llama mucho la atención de Mingo. Él falleció un sábado a
las 7 de la mañana, de una forma muy repentina para todos. Nosotros ante la muerte
estamos siempre dispersos, es inevitable, parte de mantener una existencia razonable en
este mundo. Pero, en este caso hay ciertos indicios que nos pueden aseverar que
realmente fue repentino, para todos, incluso para mí, que lo veo a la distancia, con el
hecho consumado. Desde el fallecimiento de su hermano, Mingo había adoptado más
conciencia. Se cuidaba. Descansaba un poco más. Había dejado la sal, y condimentaba
con ajo. Era obediente con el médico. Intentaba delegar el trabajo. No se hacía tanta
mala sangre.
Tenía muchos motivos para repensar su estilo de vida: había sacado los pasajes a
Ushuaia; tenía el casamiento de Sol y Pablo; tenía un pasaje para ir a visitar a Kevin a
Estados Unidos; estaba pintando la casa para hacerle una sopresa a su esposa. Su vida
seguía. El miércoles anterio, había estado cenando con Kevin y Matías. Habían estado
cagándose de risa, tomando fernet, pensando en el futuro, imaginando la cara que
pondría Patricia cuando viera la casa pintada. Y él estaba ahí, con los pintores,
trabajnado, y no paró hasta el úlimo momento de su vida.
Parecía tener tanta energía, que ahora, mientras escribo esto, y describo su
muerte, me parece irreal que ya no esté más. Como si hubiera obviado ese dato desde el
momento en que me puse a escribir este trabajo. Es como si Mingo todavía estuviera
sentado en la mesa, con los brazos sobre un mantel medio corrido y un café, una sonrisa
luminosa, orgullos y satisfecho, atento, cerca de cada uno de sus afectos, muy próximo a
cada uno de sus hijos y sus nietos, como estuvo siempre, como siempre estará.
Una de las frases que más me gustaron del trabajo que hicimos, fue una que me
dijo Sol. Supongo que define cada una de las historias que retratamos en este trabajo:
“hacerla de abajo, con los valores allá arriba.” Creo que de algún modo, Mingo se
encuentra impregnado en esos valores, y eso es uno de los motivos por los cuales sentí
su presencia, cada vez que hablamos de él.