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Entre conocer y creer: rescatando el legítimo lugar de la ilusión en

el psicoanálisis [Tuch, R.]


Publicado en la revista nº053
Autores: Maruottolo Sardella, Claudio - Llorens-Herrera Ruano, Cecilia
Reseña: Richard Tuch, Between knowing and believing: Salvaging illusion´s rightful place in
psychoanalysis, The Psychoanalysis Quarterly, vol 85, nº 5, pp.35-57, 2016.

Richard Tuch aborda el fenómeno psíquico de la ilusión sosteniendo que no ha


sido suficientemente explorado y, en alguna medida, relegado históricamente en el
psicoanálisis. Adjudica a la ilusión una función positiva y adaptativa, contrastando
esta original posición con las ideas en Freud, para quien serían un fallo en
enfrentar la realidad, y como tal, una forma de deshonestidad.

A lo largo del artículo, el autor enfatiza los efectos beneficiosos de la ilusión e


indica que sea psíquicamente indispensable, ilustrando cómo sería la vida si se
perdiese la habilidad de sostener ilusiones que mantengan la creencia de que
estamos a salvo, seguros, y en ningún peligro inminente.

Comienza introduciendo a la ilusión como un dispositivo psíquico, proponiendo


que puede ser vista como un mecanismo de defensa o como un acto de
creatividad. Sugiere que estas ilusiones son protectoras para enfrentar
aspectos impensables de la realidad que intelectualmente sabemos que pueden ocurrir si
no fuera por nuestras convincentes ilusiones que nos permiten creer que nunca ocurrirán,
que pueden ser evitados o que estarán dentro de nuestra habilidad de manejarlas” (p.36).

De este modo, encuentra este dispositivo psíquico como un mecanismo,


generalmente inconsciente y en relación estrecha con otros como la atención
selectiva/desatención, el pensamiento mágico y la disociación. Asimismo,
diferencia las ilusiones de las deluciones en que las primeras están constituidas
por “una pizca” de verdad y las segundas son totalmente falsas.

El autor explica la construcción de la ilusión como un funcionamiento análogo a la


disociación en la que se sabe algo y al mismo tiempo, se niega, donde el saber es
reemplazado por la creencia.

Una revisión sobre el tema de la ilusión

Tuch menciona a Loewald (1988) quien identifica dos formas para definir la ilusión:
a) como una creencia sobre el mundo externo que está subjetivamente
determinada, o b) como el equivalente a la delución, es decir, una forma de error
cuando se compara respecto a un standard de verdad que se toma como
absoluto. Aclara, al respecto, que la ilusión no debe limitarse a un error en la
percepción, sino que puede implicar la interpretación de un aspecto de la realidad
que no es claro ni diferenciado, y que va tomando forma al ser investido con el
significado asignado.

La ilusión lidia con los aspectos desagradables de la realidad, siempre que se


perciba conscientemente como tal. Para funcionar adecuadamente requiere que
se desatiendan las cosas que queremos que nunca sucedan, por ejemplo, nuestra
propia muerte. Al mismo tiempo requiere que desatendamos a la forma en que
construimos la ilusión.

Tuch indica que el término ilusión hace referencia a dos fenómenos específicos:
uno involucra la experiencia (p.ej. experimentarse flotando sobre la escena cuando
uno está siendo violado) y otro, un fenómeno cognitivo (p.ej. creer que uno puede
manejar cualquier tipo de adversidad).

Los fenómenos que abarcan a la ilusión se refieren a la naturaleza humana, el


funcionamiento del mundo, lo que los otros piensan o hacen. No siempre son
distorsiones de la realidad, también pueden reflejar distintos puntos de vista. El
autor ejemplifica con gran sutileza el funcionamiento ilusorio a través del cuadro
de Magritte “Esta no es una pipa”, el cual vemos claramente una pipa, pero
sabemos al mismo tiempo, que no lo es en realidad.

Otro ejemplo que nos aporta hace referencia al período de la adolescencia durante
el cual se tiene la ilusión de omnipotencia, de poder lograr todo aquello que uno se
proponga, y simultáneamente, el sentimiento de duda respecto a las reales
capacidades para adaptarse a las exigencias del mundo. Advierte sobre el peligro
de que sostener esta ilusión exageradamente puede conllevar comportamientos
temerarios hasta la manía.

Para referirse al aspecto más atemorizante de nuestra realidad humana, nuestra


propia muerte, Tuch recurre a un chiste de Freud en el que un marido le dice a su
mujer que, si uno de ellos muere, él se irá a vivir a París.

Para esclarecer aún más el sentimiento que se experimentaría de carecer de la


ilusión de la inmortalidad, cita a Simone de Beauvoir quien narra que fue invadida
por el horror de saberse destinada a morir y se preguntó cómo hacían las demás
personas para poder vivir sin el terror agobiante de la propia muerte.

Tuch compara este afrontar la realidad con el concepto 0 de Bion, “un registro de
la existencia que subyace más allá de nuestra capacidad de imaginar o
conceptualizar” (Grotstein, 1999).

El autor nos lleva a reflexionar sobre los casos en que las personas refieren poder
“mirar a la cara a la muerte”, que parecería invalidar lo que Freud definiera como
un hecho universal, captar nuestra propia mortalidad. Sin embargo, este proceso
se realizaría en abstracto, aun nivel que impediría “caer en el abismo” (p.41), tal
como Tuch refiere haberse sentido durante un período de su vida.

El lugar de las ilusiones en el psicoanálisis

El autor refiere que, pese a la importante función psicológica de las ilusiones,


éstas han sido marginadas en el psicoanálisis, lo que atribuye a la oposición de
Freud, quien se refería a ellas categóricamente, como conductas infantiles o
signos de debilidad, especialmente al aludir a las creencias religiosas, llegando a
llamar a los creyentes “la gran masa de los incultos y los oprimidos” (Freud, 1927).
Freud partía de la convicción que la realidad debía ser mirada sin ningún filtro,
creer en Dios equivalía a “creer en cuentos de hadas” (p. 29)

Sin embargo, a mitad del siglo pasado, Winnicott y Milner, retoman el concepto de
ilusión y le otorgan un papel clave en el desarrollo y en la naturaleza humana. El
autor cita a Meissner (1984) quien aporta que “si Freud quería eliminar la ilusión y
destruirla, Winnicott quería acogerla e incrementar la capacidad del hombre para
experimentarla creativamente”. También cita a Sorenson (1994) quien va más allá
diciendo que “la ilusión no es algo a superar o abandonar en nombre de la
madurez emocional”.

Aceptando la catástrofe

Aquí el autor marca el camino sobre el que discurrirá y nos aclara que va a
referirse a las ilusiones que hacen referencia al mundo exterior, más que a las que
lidian con los conflictos intrapsíquicos. Aclara que será “una mirada hacia afuera”,
y en ese afuera incluirá al propio cuerpo, y “una mirada hacia adelante”, que
incluirá el futuro.

En un modo didáctico, el autor señala los numerosos peligros y posibles


catástrofes que nos acechan permanentemente como límites ante las acciones de
los otros, de la naturaleza, de la pérdida de las capacidades físicas y /o cognitivas,
la propia muerte, el futuro imprevisible. Por último, nos remarca la función de la
ilusión de la ilusión como medio defensivo psíquico para afrontarlos.

En su exposición el autor presta especial atención al futuro y su carácter


imprevisible y, por lo tanto, ansiógeno, y los modos en que la ilusión funciona con
una lógica propia. Se acepta en teoría, la posibilidad futura de la catástrofe, pero
se niega que, en realidad, pueda suceder.

Propone que la pervivencia del mito de Edipo se sustenta en una ilusión de control
que reconoce la posibilidad de la castración como un peligro externo,
convirtiéndolo en un peligro interno que se vuelve manejable si se refrenan los
impulsos. También ejemplifica la ilusión del niño maltratado que piensa que sus
cuidadores son siempre buenos y que él es quien, con su mal comportamiento,
provoca los malos tratos. Esto permite que no piense en el odio de sus padres.

La ilusión de la seguridad y la eficiencia personal

Tuch sostiene que para evitar estar a merced de los acontecimientos inesperados
traumatizantes que no pueden ocurrir, mantenemos la ilusión de que esas cosas
no nos pueden ocurrir a nosotros. Cuando las defensas psíquicas fallan y la ilusión
se desmiente, sobreviene el trauma y, con frecuencia, el trastorno de estrés post-
traumático. Cita a Freud (1926) quien definió el trauma como “la estimación del
sujeto de su propia fuerza comparada con la magnitud del peligro y la admisión de
la propia impotencia de para a este (indefinición física si el peligro es real,
indefensión psíquica si es instintivo” (p 166). Señala que la amenaza se convierte
en terror cuando las ilusiones dejan de funcionar y es allí cuando pueden aparecer
el trauma psíquico y la disociación.
El autor nos indica que, dado que las ilusiones se manifiestan de diferentes
maneras y cumplen distintas funciones, se abocará a las que sustentan el sentido
de seguridad y de la propia eficacia. A las primeras las ejemplifica con la creencia
en un ser todopoderoso, que las cosas malas les ocurrirán a otros y no a uno
mismo, con la creencia de vivir una vida afortunada. En el segundo caso, la
creencia de ser poseedor de capacidades ilimitadas, incluye las ilusiones de ser
“completamente autosuficiente, invulnerable, inmortal, así como la capacidad de
saber lo que otros piensan o siente” (p 46).

Dice el autor que la ilusión de la propia eficacia presupone que uno puede alterar
su propio destino si está siempre alerta, si puede prever y eludir las calamidades y
sentirse absolutamente capaz de afrontar cualquier situación.

Para explicar estas ilusiones Tuch las subdivide en cuatro tipos básicos:

1) Ilusiones heroicas (poseer extraordinarias capacidades a la hora de afrontar


las adversidades). Estas ilusiones, asimismo, nos pueden llevar a serios
fallos de empatía porque suponen hipotéticamente que, en la situación real
en que se encuentra otra persona, seríamos mucho más hábiles que ella.
La realidad es que, puesto en sus zapatos, dice Tuch, “seríamos muchos
menos heroicos y nuestras acciones, menos loables” (p 47).

2) Ilusiones mágicas (utilización de maniobras mágica para creer,


parcialmente, que el selftiene control sobre la situación). En este tipo de
ilusión hace referencia a la convicción de que una acción externa puede ser
influida por nosotros, aunque realmente, no sea así. Ilustra con un ejemplo
sobre ciertas supersticiones como verbalizar algo negativo, e
inmediatamente, decir “¡Dios no lo permita!”, como si esto pudiese deshacer
lo primero. Nuevamente se presenta la diferencia entre saber y creer.

3) Ilusiones de poder y control (las situaciones se nos presentan tal como


esperábamos, incluso aquellas adversas utilizando la ilusión de que
mantenemos en todo momento el control, a costa incluso de someternos a
la adversidad creyendo que hemos tenido poder instrumental sobre el
decurso de los hechos. En este caso ejemplifica esta ilusión con el proceso
de control de esfínteres de la fase anal del niño, periodo durante el cual
este tiene la creencia de que las heces son su creación y al relajar los
esfínteres siente que ha controlado, aunque en realidad, solo ha cedido a la
musculatura involuntaria del colon. Otra vez, aunque sabe que no es así, se
coloca entre creencia y conocimiento, cediendo a la ilusión de control.

4) Ilusiones de acceso privilegiado a la subjetividad de los otros, o ilusión de


control interpersonal.

Para el trabajo psicoanalítico, dice el autor, ninguna de las ilusiones es tan


relevante como la ilusión de control interpersonal. Este implica que una persona
tiene poder sobre el otro, quien, a su vez, se coloca en la posición de ser
controlado, cediendo la responsabilidad al primero. Entre los ejemplos cita algo
que vemos habitualmente en la consulta, la pareja en la que uno de los miembros
acusa al otro de haberlo manipulado y hacerlo hecho hacer algo no deseado,
renegando de su responsabilidad y cediendo a una supuesta falta de control sobre
sus propios actos.

El autor agudiza su mirada en estas ilusiones, y nos ejemplifica con lo que ocurre
en el settingcuando el paciente cree saber con certeza algo sobre lo que el
analista piensa y siente, y no da lugar a que haya otras posibilidades para creer lo
que se cree.

Tuch indica que para trabajar con estas ilusiones se debe realizar un abordaje
metacognitivo sobre la epistemología personal del paciente. De este modo,
podremos abordar l confusión entre saber y creer y como sustenta sus
convicciones.

Para ejemplificar esto aporta una viñeta clínica de Bass (1997) en la cual una
paciente llega tarde a la consulta y dice saber que el analista está. Si esto se
interpreta como una proyección de la fantasía de la paciente, se entraría en una
espiral de lucha de poder, nos advierte Bass. Sin embargo, si se percibe que el
paciente tiene la necesidad imperiosa de saber sin ningún lugar a dudas (contrario
a no saber y el terror que esto implica), y continuar teniendo la ilusión de que sabe
lo que dice saber, el trabajo analítico, dice Tuch, debería centrarse en por qué el
paciente necesita saber, no poniendo el énfasis en el contenido, sino en la función
psíquica de la fusión entre conocimiento y creencia. Este abordaje metacognitivo
indaga y se focaliza en que la necesidad de saber antecede a cualquier posibilidad
de considerar en el pensamiento otras opciones.

El pensamiento de Winnicott sobre la ilusión

El autor recoge el pensamiento de Winnicott haciendo referencia a la ilusión


prototípica del bebé de “crear el pecho materno” (Winnicott, 1953,1971). Esta
ilusión permite que sienta el control omnipotente de que el pecho materno nunca
va a faltar, porque controlado por él, protegiéndolo de la realidad que alude a su
indefensión y dependencia. Aquí Tuch discurre sobre los distintos enfoques,
pasados y presentes, referidos a las simbiosis de las primeras etapas del
desarrollo.

Pese a los muchos puntos de vista respecto a la simbiosis (si la consciencia del
bebé comoself separado de su madre es más temprana de lo que se pensaba
(Lichtenberg, 1983), si es una fusión perceptual/física o emocional/psicológica
(Grotstein, 1997), el autor vuelve a resaltar que se trata de una invención, por
tanto, una ilusión, ya que una vez más “se cree algo, pero se sabe otra cosa”
(p.53).

Una vez más, Tuch, nos cita a Winnicott en oposición al pensamiento de Freud de
mirar en todo momento a la realidad sin filtro:
Aquí se asume que la tarea de la aceptación de la realidad nunca está completa, que ningún
ser humano está libre de la lucha de relacionar la realidad interna y externa, y el alivio de esta
lucha es provista por un área intermedia de la experiencia (cf.Riviere, 1936) que no es
desafiada (arte, religión, etc) (p.13) (p. 54).

Para el autor, el espacio transicional se ubica entre creencia y conocimiento y


otorga protección, a través del dispositivo psíquico de la ilusión, contra los traumas
imposibles de soportar psíquicamente.

Tuch insiste, al final de su artículo en que la humanidad no podría funcionar sin


ilusión, mostrándola como un dispositivo que se debe preservar y conservar, y
critica, citando a Turner (2002) que el análisis clásico peca de “excesiva confianza
en el pensamiento objetivo o connotativo” y concluye que Winnicott más que ver la
ilusión como una solución de compromiso en la etapa de desarrollo del bebé
durante la simbiosis, es una muestra de creatividad al servicio de manipular el
ambiente y la realidad.

Comentario

Lo primero que debe ser resaltado en este artículo es el aporte de recuperar el


concepto de la ilusión de su largo relego en el psicoanálisis. Lo segundo es
destacar que esta recuperación realizada sobre la ilusión por Richard Tuch, abre
dos direcciones de análisis, los aportes a la metapsicología y a la técnica en la
clínica psicoanalítica.

En relación con los aportes metapsicológicos, un pormenorizado análisis


intertextual de los escritos de Freud y Tuch encuentran ciertas diferencias, pero
también ciertas coincidencias. En primer término, creemos que cada uno responde
a sus zeitgeist. Así, Sigmund Freud en el “Porvenir de una ilusión” dice
categóricamente sobre este fenómeno que “…se aproxima a la idea delirante, pero
es diferente en que esta es una estructura más complicada y aparece en abierta
contradicción con el principio de realidad. La ilusión es una creencia cuando
aparece engendrada por el impulso a la satisfacción de un deseo prescindiendo de
su relación con la realidad, del mismo modo prescinde de toda garantía real”
(Freud, 1927). Esta convicción de Freud se sustenta en que la civilización, a través
de la cultura, somete a privaciones, por el sufrimiento que imponen otros hombres,
por los preceptos culturales, por la naturaleza a la que se llama destino. Sin
embargo, al inicio de su misma obra, dice que “… en la ilusión intervienen
esperanzas subjetivas que dependen de factores puramente personales, basados
en la experiencia de cada uno y en la actitud más o menos optimista ante la
vida”. Por último, nos aclara que son resabios de la vida infantil y son engaños
superables a través del conocimiento que da la ciencia. En Richard Tuch, el
concepto de ilusión acepta la idea de Freud sobre la inseguridad existencial del
ser humano y su extrema impotencia ante hechos de la cotidianeidad, de las
relaciones con los otros y hasta de la naturaleza, incluyendo la propia muerte. No
obstante, revaloriza y conceptualiza la ilusión como un mecanismo de defensa,
sustentando semánticamente que la creencia se ubica por sobre el saber con el fin
de poder afrontar esas posibles “catástrofes” que pueden acechar la existencia de
las personas. Otro análisis intertextual de ambos autores es que el primero tiene
una mirada intrapsíquica y el segundo parte de lo intrapsíquico, pero resalta su
valor hacia el mundo externo.

En ese sentido último, Tuch revaloriza el concepto de la ilusión y toma la postura


de la teoría, fundamentalmente, de Donald Winnicott y otros autores entre los que
destacamos a Milner, Grotstein, Rycroft y Ogden.

En cuanto a Winnicott encontramos sumamente importante el atributo que otorga


a la ilusión como creatividad o actividad defensiva. Este psicoanalista refiere que
“lo que es descripto como ilusión visto desde fuera no es ilusión descripta desde
dentro, para que esta fusión ocurra cuando el objeto es sentido como uno con el
sueño, como al enamorarse de algo, es visto desde dentro como una realidad
psíquica para la cual la palabra ilusión es inapropiada. Este es el proceso por el
cual lo interno se actualiza en forma externa, y es la base, no solo de la
percepción interna, sino también de la verdadera percepción de la mente. Esta
percepción es, en sí misma, vista como un proceso creativo” (Winnicott, D., 1951).

Nos parece interesante destacar dos conceptos de Rycroft (1968). El primero


referido a la diferencia que encuentra entre Freud y Winnicott. Mientras Freud
creía que la vida se justificaba en base a la ciencia, la razón y la ansiedad de
saber, Winnicott creía que la vida se justificaba no solo en términos de saber, sino
también de ser, en el sentido del valor (valor, más que placer) de las cosas que
hacemos, lo que llevaría a encontrar valor en la realidad. El segundo concepto en
destacar de este autor es de la ilusión patológica, sobre la que ya nos advirtiera
Tuch, que sería el resultado de la idealización defensiva y la consecuente retirada
del interés por el mundo externo, y que sirve al self ante la ambivalencia, la
realidad y el vacío. Pero también advierte que la desilusión, es decir el
desencanto, es un riesgo emocional para aquellos cuya estabilidad está basada
en la sobre-utilización de la idealización y la pérdida de habilidad para encontrar
valor e interés en las cosas tal como son.

Concluyendo con los aportes metapsicológicos de este artículo, consideramos


novedosas las ideas de tratar a la ilusión como un dispositivo psíquico en calidad
de mecanismo de defensa, que es indispensable para la adaptación al mundo
externo. Dicho mecanismo es, fundamentalmente, inconsciente para relacionarse
con la realidad. Por lo tanto, es un mecanismo protector ante el trauma real o
posible permitiendo que el sujeto se pueda ir relacionando y conociendo la
realidad paulatinamente. Coincidimos con Richard Tuch en que, si bien los
distintos tipos de ilusión son significativos, la más útil en nuestra clínica
psicoanalítica es la ilusión de poder y control, ya que involucra a la ilusión de
control en los vínculos.

Creemos, además, que la propuesta de Richard Tuch es muy interesante si


pensamos en re-crear un espacio transicional con el paciente que le permita
reconstruir el dispositivo de la ilusión para aquellos casos en que situaciones
traumáticas que se presentan en la clínica en forma de duelos, violencia, crisis
vitales y un largo etcétera, nos muestran pacientes en los cuales este dispositivo
se ha perdido o se ha debilitado. Por supuesto, debemos estar atentos ante la
presentación contraria, en que este dispositivo ilusorio es utilizado en modo
estereotipado y lleva a estas personas a vivir aisladas de la realidad. En estos
casos, el analizando podría no usar la ilusión para ir conociendo la realidad
paulatinamente, sino como un mecanismo cerrado en sí mismo, para la obtención
de placer.

Siguiendo con la clínica, y en base a esta nueva propuesta, el objetivo del


psicoanalista no solo es trabajar con la interpretación de la transferencia y la
contratransferencia en el campo dinámico vincular del mundo interno y mundo
externo y sus distorsiones interfantasmáticas. El psicoanalista trabajaría también
en el apuntalamiento para la reconstrucción del dispositivo ilusorio que, como
hemos visto a lo largo de este artículo, en muchas ocasiones, es necesario para la
conservación del bienestar psíquico. Para ir concluyendo, un ejemplo clínico sería
un paciente con una enfermedad somática grave donde a nuestro modo de ver, la
esperanza sería un producto de la ilusión, tan necesario para afrontar esta
situación vital terrible. El analizando irá reemplazando creencia por saber poco a
poco, en proporción a sus posibilidades yoicas, y al desarrollo de su enfermedad
como realidad externa.

Ahora bien, en relación con los aportes a la técnica en la clínica psicoanalítica,


Tuch aboga por un abordaje metacognitivo que implica no interpretar ni desmontar
las ilusiones de nuestros pacientes ni los contenidos ni los afectos involucrados,
sino ir descubriendo, junto al analizado, qué función cumplen esas ilusiones en su
epistemología singular. Esto permite conocer si son sostén frente a un trauma
insoportable de metabolizar, y no caer en una lucha de poder en el setting. En
definitiva, el abordaje metacognitivo representa una estrategia de intervención
más, a la interpretación, sin violencia y con la prevención de no retraumatizar,
según el caso.

En cuanto a la ilusión vista por Loewald (1988), nos llama la atención su propuesta
donde la ve subjetivamente determinada. Asimismo, destacamos en Milner (1955)
que la propone como concerniente a la propia naturaleza humana, con “capacidad
de crear el propio poder para percibir la diferencia entre la realidad interna y
externa”, es decir, de percibir el funcionamiento del mundo y lo que los otros
piensan o hacen. Estas muy interesantes propuestas metapsicológicas son
coincidentes con los trabajos que venimos realizando sobre la existencia de una
tercera tópica y su representante, la subjetividad, y los procesos creativos que en
ellas se desarrollan (Maruottolo, 2013, 2016). Reforzamos nuestras ideas, en la
visión de la misma Milner en que, además, ubica al dispositivo de la ilusión
configurando una “tercera área que es parte del self y parte del mundo externo”
(Milner, 1955).

Por último, esta tesis nos permite seguir preguntándonos sobre el rol y la
determinación del otro en esas ilusiones compartidas en el campo intersubjetivo, y
del mundo externo aún más extenso. En definitiva, cómo se configuran esos
puentes entre el sujeto y el mundo externo en la co-construcción de las ilusiones,
como los procesos creativos y la subjetividad.
Con esta propuesta que nos hace el autor, su posición, sin lugar a dudas, nos
enriquece y nos permite seguir pensando una teoría compleja de la mente, una
visión del funcionamiento del psiquismo que siempre incluye al Otro y la búsqueda
de múltiples y específicos modelos de intervención en psicoanálisis.
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