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PIEDRAS DE ESCÁNDALO

INTRODUCCIÓN

Aclaro a los lectores, a los que haya podido sorprender la dedicatoria con la que se abre este
libro, que el Gris no es ningún animalito de compañía. Es aquel perrazo imponente que
surgía en defensa de San Juan Bosco siempre que se encontraba en apuros, y al que el Santo
comparaba, por su aspecto terrible, con un lobo o con un oso enfurecido. El Gris tenía más
de un metro de altura y una peculiaridad sorprendente: se presentaba en los momentos más
oportunos —por ejemplo, con ocasión de un atentado— y desaparecía, como por encanto,
poco tiempo después. ¿Quién era el misterioso Gris? Cuando se lo preguntaban, Don Bosco
eludía, riendo, la respuesta1.

Durante estos últimos años he añorado en algunas ocasiones la presencia poderosa del Gris.
Se han prodigado los ataques contra algunas figuras de la Iglesia y pocas voces han acudido
en su defensa; y con frecuencia los afectados han caído en esa extraña indefensión en la que
el infamante suele sumir a su agredido. Porque no es fácil responder a la calumnia. ¿Qué
actitud tomar? El que opta por no defenderse corre el riesgo de reconocer la calumnia con su
silencio: ya se sabe, «el que calla, otorga». Y el que se defiende, da pábulo a nuevas
calumnias y escándalos periodísticos, que son los efectos que precisamente busca el agresor.

Sin embargo, los ataques que han sufrido algunas personalidades de la Iglesia
contemporánea no son, desde el punto de vista histórico, excesivamente novedosos.
Personalmente, muchas de esas acusaciones contra Cardenales, Obispos e Instituciones,
Fundadores, etc., me evocan viejas lecturas escolares. Con acusaciones semejantes
aguijonearon sus contemporáneos a dos grandes santos, San José de Calasanz y San Juan
Bosco, Fundadores de los dos colegios en los que estudié —un colegio de escolapios
primero, y de salesianos después—, instituciones docentes de las que he guardado tantos
gratos recuerdos, al igual que de la Universidad de Navarra, donde cursé la carrera y donde
conocí a su Fundador —Mons. Escrivá—, beatificado recientemente.

Con el paso de los años he ido conociendo la vida de muchos hombres y mujeres santos, y he
tenido oportunidad de tratar a algunas personalidades contemporáneas que posiblemente
veamos en el futuro en los altares. He observado que prácticamente todos, de un modo u
otro, han tenido que morder la fruta amarga de la calumnia, de la incomprensión o del
escándalo.

1
DON Bosco alude al Gris en sus Memorias del Oratorio, Primera Serie, década tercera (1846-1856), BAC, Madrid 1955, pp. 235-
237. Apunta GHEÓN, al referirse a la naturaleza de este misterioso animal, que «la Providencia puede servirse de un perro. Un
ángel tiene posibilidad de hacer surgir su forma. Lo menos que se puede decir es que este animal supo rastrear la santidad y
ponerse decididamente a su favor».
1
Un elemental sentido de la justicia histórica me ha movido a acometer la tarea —ingrata,
pero necesaria— de analizar y comparar las diversas contradicciones que han sufrido algunos
santos a lo largo de la historia.

Afortunadamente, aquellas antiguas hagiografías que nos presentaban a los santos envueltos
en un haz de luz, avanzan-do pacíficamente hacia la beatitud entre la admiración y el aplauso
de los contemporáneos, reposan desde hace mucho tiempo entre las telarañas de las
bibliotecas. Bien merecido tienen su letargo: son tan falsas desde el punto de vista histórico
como desvirtuadoras del concepto mismo de santidad.

Ya no es tiempo de las leyendas doradas: es necesario mostrar ahora que los santos de todas
las épocas no caminaron jamás como ángeles alados sobre nubes de purpurina, sino que
tuvieron que labrar su santidad día tras día, paso a paso, a fuerza de dificultades y tropiezos.
Cayeron y se levantaron una y otra vez, entre los barrancos y el fango; se lastimaron —
porque eran hombres— con las piedras de las miserias humanas y de sus propios defectos y
limitaciones; y soportaron por amor a Dios —porque eran santos— hasta llegar al heroísmo,
la polvareda que formaron a su alrededor, con sus insultos y calumnias, algunos de sus
contemporáneos.

Es posible que, tras la lectura de estas páginas, algún lector se plantee la posible veracidad de
determinadas acusaciones contra los hombres y mujeres santos. Es comprensible: la
calumnia juega astutamente con esa tendencia humana a conceder, al menos, un punto de
razón al ofensor, siguiendo el conocido dicho popular: «cuando el río suena...».

Pero a veces suena el río y sólo lleva piedras: murmuración, enredo, despecho, trapisonda y,
con frecuencia, intereses inconfesables. Y los católicos conocen el rigor y la prudencia con la
que actúa la autoridad de la Iglesia a la hora de llevar a sus fieles a los altares. Porque, por
muy grande que sea la devoción popular hacia una determinada persona, por muy extendida
que esté la fama de sus virtudes, antes de reconocer su santidad públicamente —es decir,
antes de proponer a esa persona como objeto de culto y de intercesión—, la Iglesia procede a
una minuciosísima investigación sobre su vida donde, entre otras cuestiones, se analizan, una
tras otra, con gran rigor, todas las imputaciones, acusaciones, denuncias, etcétera, que sus
enemigos le hicieron en vida.

La Causa de Beatificación de San José de Calasanz es un ejemplo entre muchos. Como la


sombra de la calumnia es tristemente alargada, muchas de las falsedades que se dijeron
contra el Santo en vida le persiguieron tras su muerte y la Iglesia tuvo que ir aclarándolas,
una tras otra, a lo largo de un proceso que duró un siglo. Con razón afirma Giner, que ha
analizado detenidamente todas las peripecias de ese complicado proceso, que «el camino que
lleva a la verdadera santidad es estrechísimo y las biografías de los santos nos lo prueban
sobradamente. Pero no es menos difícil, estrecho y complicadísimo el sendero marcado por

2
la Iglesia para conducir a los santos, en una especie de peregrinaje póstumo, hasta los altares,
en donde reciban legítimamente el culto público hacia ellos destinado»2.

Pido disculpas a todos aquellos a los que pueda molestar esta tarea de desescombro histórico.
¡Bastante tuvieron que soportar en vida estos hombres y mujeres de Dios —podrían
argumentar— como para airear de nuevo toda esa podredumbre! Desgraciadamente el
conjunto de acusaciones y calumnias contra los santos compone, con el paso de los siglos,
una buena carretada de inmundicias. ¿Para qué sacar a la luz de nuevo —podría preguntarse
alguno— este conjunto maloliente de falsedades, insultos y chismorreos?

No ha sido mi propósito exhumar morbosamente viejas calumnias, cuya falsedad en la


mayoría de los casos ha sido puesta en evidencia desde hace siglos; sino mostrar la actitud
heroica de los santos frente a esas contradicciones. Además, por muy graves que hayan sido
esas acusaciones, no han logrado empañar las figuras excelsas de los hombres y mujeres de
Dios: al revés; bajo toda esa miseria arrojada sobre sus rostros, su imagen se nos muestra aún
más noble y más digna, más amable y atractiva, y resplandece en ellos, como se ha afirmado
recientemente, «aún más el heroísmo que comporta la identificación con Cristo a la que
llegan. La basura que algunos hombres de su tiempo les arrojaron fue el abono para llegar a
la plenitud de su vida cristiana; y, paradójicamente, hace de los santos un irresistible polo de
atracción hacia Cristo para muchos hombres y mujeres de todos los tiempos»3.

Ya recordaba San Alfonso María de Ligorio que «quien quiera ser glorificado con los santos
del Cielo necesita, como ellos, padecer en la tierra, pues ninguno de ellos fue querido y bien
tratado por el mundo, sino que todos fueron perseguidos y despreciados, verificándose lo del
propio Apóstol: `Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán
perseguidos'»4-5.

«Los santos —recordaba Pablo VI en la homilía de Canonización de Santa Beatriz de Silva


— representan siempre una provocación al conformismo de nuestras costumbres, que con
frecuencia juzgamos prudentes sencillamente porque son cómodas. El radicalismo de su
testimonio viene a ser una sacudida para nuestra pereza y una invitación a descubrir ciertos
valores olvidados»6.
2
S. GINER GUERRI, El Proceso de Beatificación de San José de Calasanz, ICCE, Madrid 1973, p. 397. Este estudio fue el primero en
exponer, con toda su complejidad y de un modo rigurosamente documentado, el desarrollo de un proceso de Beatificación «en
el que puede apreciarse —como concluye el autor— la extrema severidad y suma prudencia de la Iglesia Romana, cuando trata
de coronar solemnemente a sus hijos con la aureola
i de los Santos» (p. 398).
3
T GUTIÉRREZ CALZADA, Vicario Regional del Opus Dei, Declaraciones en «Época», Madrid, febrero 1992.
4
2 Tim 3, 12
5
Obras ascéticas de San Alfonso María de Ligorio, Ed. Crítica, BAC, Madrid 1954, Sermón XLIII, Utilidad de las tribulaciones, p.
285.
6
PABLO VI, Homilía en la Beatificación de Santa Beatriz de Silva, 3 de octubre de 1976. Desgraciadamente, no disponemos de
espacio suficiente para dar una noticia más detallada sobre la vida y las obras de muchos de los santos cuyas contradicciones se
citan en este libro. Naturalmente, se llegaría a una imagen deformada y caricaturesca de estos santos si se pensase que toda su
vida se agota en la contradicción específica que se cita aquí. Por esa razón he elegido figuras muy conocidas por el pueblo
3
Espero que al lector le suceda lo mismo que a mí al redactar estas páginas, y que al
contemplar la actitud de estos hombres y mujeres de Dios ante la persecución y la calumnia,
crezca su veneración hacia ellos. Ése ha sido mi único deseo.

EL AUTOR

cristiano, con una biografía y unas obras en servicio de la Iglesia que en la mayoría de las ocasiones no necesitan mayor
notificación.
4
I. A LO LARGO DE LA HISTORIA

¡Crucifícalo!

Posiblemente uno de los pasajes más desconcertantes del Evangelio es el que recoge el
plebiscito popular sobre Jesús. Mateo nos pone en antecedentes: «Los príncipes de los
sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para darle muerte;
pero no lo encontraron a pesar de los muchos falsos testigos presentados. Por último se
presentaron dos que declararon: Éste dijo: Yo puedo destruir el Templo de Dios y edificarlo
en tres días»7.

Hasta aquí todo es desgraciadamente comprensible: se entiende que, por la fuerza del dinero,
dos calumniadores a sueldo declaren falsamente ante un tribunal; se entiende que por
despecho, por envidia, por ambición, haya jueces inicuos y corruptos: son realidades que se
han dado —y que se se-guirán dando— a lo largo de toda la historia de la humanidad. Lo
que cuesta entender, lo verdaderamente desconcertante, es la ira que provoca este hombre
inocente en unas gentes que tenían tantas razones para estarle agradecidas, y su inesperada
simpatía hacia un criminal como Barrabás.

Ese furor desconcertó también al procurador romano, aunque «sabía —apunta el Evangelio
— que le habían entre-gado por envidia».

No hubo, entre todo el gentío, ni una vacilación, pi una voz discordante. «¿A quién de los
dos queréis que os suelte? Ellos dijeron: A Barrabás. Pilato les dijo: ¿Y qué haré con Jesús,
el llamado Cristo? Todos contestaron: ¡Sea crucificado! Les preguntó: ¿Pues qué ha hecho?
Pero ellos gritaban más fuerte: ¡Sea crucificado!»8.

La escena —por mucho que el Evangelista nos explique que «los príncipes de los sacerdotes
y los ancianos persuadieron a la multitud para que pidiese a Barrabás e hiciese morir a
Jesús»9 — sigue resultando incongruente. Esas multitudes se habían beneficiado de los
milagros de Jesús; muchos de aquellos hombres le habían seguido, años atrás, por los
campos de Judea; y posiblemente ellos, o sus mujeres, o sus hijos, habían alfombrado el
suelo a su paso, pocos días antes, durante su entrada triunfal en Jerusalén. Ni las
disquisiciones históricas y sociológicas que se han hecho acerca de la mentalidad de la
sociedad judía, ni los análisis de la moderna psicología de masas, logran explicar de un modo
definitivo esa trágica incoherencia de actitudes, ese ¡crucifícalo! irracional y furioso. Porque
no hubo ni tan siquiera uno que alzara su voz para defenderle.

7
Mt 26, 59-61.
8
Ibid. 27, 21-23.
9
Ibid. 27, 20.
5
Esa ira casi irracional traspasa la frontera de la lógica humana: se adentra en el misterio del
mal, en ese mysterium iniquitatis que rodeó la vida terrena de Jesús, y que ha seguido
rodeando la vida de los santos.

Las acusaciones que se han ido escuchando a lo largo de la historia de la Iglesia contra los
hombres y mujeres de Dios, son un eco lejano de ese terrible crucifícalo y sus consecuencias
han sido las mismas: la crucifixión, física o moral, de los seguidores de Cristo. No hay por
qué extrañarse; el mismo Jesús lo anunció claramente: «Si el mundo os odia, sabed que antes
de vosotros me ha odiado a mí»10.

La predicción evangélica se ha ido cumpliendo, inexorablemente, siglo tras siglo, y al igual


que la de Jesús, la presencia de los santos ha sido siempre un signo inquietante y muchas
veces incómodo para sus contemporáneos. Por esa razón, todos los hombres de Dios han
experimentado, de un modo u otro, la soledad, la incomprensión o la infamia; la persecución,
la calumnia o el desprecio; la Cruz, en definitiva. «Éstos son los que de generación en
generación han seguido a Cristo —recordaba Juan Pablo II en la ceremonia de Beatificación
de Josemaría Escrivá de Balaguer y Josefina Bakhita—: a través de muchas tribulaciones han
entrado en el reino de Dios»11.

La incomprensión, la calumnia, el desprecio: habitualmente ése es el camino por el que los


hombres y las mujeres de Dios se unen al sacrificio del Calvario, junto a un Jesús que murió
también como fruto de numerosas calumnias y contradicciones.

Los primeros cristianos

Los seguidores de Jesús han ido recorriendo ese camino doloroso desde el primer siglo de la
historia del Cristianismo. «Ya puede el cristiano vivir como todo el mundo —afirma
Hamman, al describir la vida de los primeros cristianos—, frecuentar las termas y las
basílicas, ejercer los mismos oficios que los demás, que siempre hará las cosas con ciertos
matices, incluso a veces actuará con reservas. Su fe es tachada de fanatismo, su irradiación
es proselitismo, su rectitud es reproche»12.

Al principio era sólo un rumor, una murmuración en voz baja. «Circulan los cotilleos más
inverosímiles —recuerda Hamman—, las acusaciones están calcadas de la imagen de la
sociedad que las hace, es una proyección sobre los cristianos de los propios vicios» 13. Pero
del cotilleo se pasó pronto a la denuncia pública; y de ésta se llegó a las persecuciones
encarnizadas.

10
Ioh 15, 18.
11
JUAN PABLO II, 17 de mayo de 1992.
12
A. G. HAMMAN, La vida cotidiana de los primeros cristianos, Palabra, Madrid 1986, p. 107.
13
Ibid., p. 109.
6
Las primeras persecuciones anticristianas fueron una desconcertante y desproporcionada
explosión de odio, que aún hoy día resulta difícil de explicar satisfactoriamente, en todos sus
extremos, desde el punto de vista histórico14. Comenzaron muy pronto, en la segunda mitad
del siglo 1, pero no todas tuvieron el mismo signo. En el siglo II se persiguió a los cristianos
como personas privadas y sólo en la primera mitad del siglo m el objetivo fue ya la Iglesia
como institución. Al principio fue una persecución irregular y poco organizada, que se
convirtió en pocos años en una represión sangrienta y ferozmente sistemática que se cobró
millares de vidas. Aunque no poseamos cifras globales, numerosas actas auténticas de los
martirios revelan documentadamente el heroísmo de los primeros confesores de la fe y la
refinada brutalidad de las torturas a las que fueron sometidos.

«En las provincias asiáticas de Capadocia y el Ponto —escribe Jedin, al relatar la


persecución de Diocleciano—, los cristianos perseguidos fueron entregados a verdugos de
tan refinada inventiva que arrancarles un ojo o paralizarles la pierna izquierda con hierro
candente era por ellos presentado, sarcásticamente como trato humanitario, y competían
entre sí en la invención de nuevas brutalidades. Al comprobarse que los habitantes de una
pequeña ciudad frigia eran cristianos en su totalidad, se le pegó fuego con todos sus
moradores. Eusebio introdujo en su descripción el relato del Obispo mártir Fileas de Tumis
sobre el refinamiento de las torturas empleadas en Egipto, que explotaban todas las
posibilidades de la técnica del tiempo»15.

Las torturas que se describen en las Actas de los Mártires rozan lo inverosímil. Con
frecuencia surge la duda en el lector de que hombre alguno haya sido capaz alguna vez de
tamaña crueldad. Pero esta duda se disipa como apunta Jedin, que conoció los horrores de las
guerras contemporáneas, al recordar «acontecimientos recientes de un pasado recentísimo»16.

Felices seréis

La actitud de los cristianos ante las persecuciones sorprendía profundamente a los paganos
de los primeros siglos. Aquellos hombres de fe, lejos de considerarlas un mal, las recibían
como la bienaventuranza predicha en el Evangelio: «Felices seréis cuando os insulten y os
persigan, y digan toda clase de calumnias contra vosotros por mi causa»17.

En la actualidad, esa actitud que nace de esa paradoja cristiana que encuentra la felicidad en
la Cruz y la paz en la persecución, sigue sorprendiendo también a los que se reconocen
«miembros de una sociedad post-cristiana»: una sociedad que se autoproclama pluralista y

14
Vid. sobre este particular ROSTOVTZEFF, Historia social y económica del Imperio Romano, Madrid 1937, t. II, p. 454.
15
H. JEDIN, Manual de Historia de la Iglesia, Herder, Barcelona 1966, Vol. I, pp. 565-566; DANIEL RUIZ BUENO, Actas de los
Mártires, BAC, Madrid 1962.
16
Cfr sobre este particular, entre otros, H. JEDIN, 0.C.; A. EHRHARD y W. NEUSS, Historia de la Iglesia, Rialp, Madrid 1962, t. L
17
Mt 5, 11-12.
7
tolerante, pero en la que no falta con frecuencia la animadversión más o menos solapada
contra la Iglesia y lo religioso.

Sigue sorprendiendo porque, desde los primeros cristianos hasta nuestros días, de un modo u
otro, la Iglesia no ha dejado nunca de padecer persecuciones. Baste recordar —por limitarnos
a los últimos siglos— el calvario de la Iglesia en los países asiáticos de misión, los episodios
sangrientos de la Revolución francesa, o los ataques que ha padecido la Compañía de Jesús a
lo largo de su historia. «Las contradicciones que ha habido y hay —escribía San Ignacio de
Loyola a Pedro Camps— no son cosa nueva para nosotros; antes, por la experiencia que
tenemos de otras partes, tanto esperamos se servirá más a Cristo nuestro Señor en esta
ciudad, cuantos más estorbos pone el que procura siempre impedir su servicio»18.

«No es nuestro propósito —se lee en un manifiesto de unos padres de familia mexicanos en
defensa de la Compañía de Jesús fechado en 1855— debatir ahora la cuestión que desde hace
siglos se agita en el mundo sobre el instituto de la Compañía de Jesús. La existencia de esa
cuestión por tan largo espacio de tiempo, el calor con que se ha seguido, la calidad de las
personas que en ella han tomado parte, prueba sin duda que en el instituto hay algo
verdaderamente grande y que sale del orden común; y desde que esa observación se hace,
deja de parecer extraño que los jesuitas hayan tenido notables y señalados adversarios;
porque ¿qué institución de elevado carácter hubo jamás en la tierra que no fuese blanco de
duras contradicciones?»19.

El siglo xx ha sido especialmente pródigo en persecuciones contra la Iglesia; y, entre ellas,


han sido especialmente virulentas las que han promovido sistemas de inspiración totalitaria.
Los nombres de Maximiliano Kolbe o Edith Stein —muertos en campos de concentración—
están ligados para siempre con la persecución nazi; y las figuras del Cardenal Primado de
Hungría Jozsef Mindszenty, o la del Primado de Polonia Stefan Wyszynski —ahora en
proceso de Beatificación—, evocan todos los padecimientos de la Iglesia tras el telón de
acero.

Una de las más virulentas persecuciones europeas de raíz marxista fue la que sufrió la Iglesia
Católica en toda España desde el mes de mayo de 1931 hasta el 31 de marzo de 1939.
«Durante los cinco meses de gobierno del Frente Popular —escribe Cárcel Orti— varios
centenares de iglesias fueron incendiadas, saqueadas o afectadas por diversos asaltos;
algunas quedaron incautadas por las autoridades civiles y registradas ilegalmente por los
Ayuntamientos. Varias decenas de sacerdotes fueron amenazados y obligados a salir de sus
respectivas parroquias, otros fueron expulsados de forma violenta; varias casas rectorales
fueron incendiadas y saqueadas y otras pasaron a manos de las autoridades locales; la misma
18
SAN IGNACIO DE LOYOLA, Carta a Pedro Camps, Roma, 29 de agosto de 1555, en Obras completas de San Ignacio de Loyola,
BAC, Madrid 1963, p. 932.
19
Los jesuitas juzgados por los padres de familia y la prensa liberal 7 religiosa, o sea contestación a los nuevos ataques de sus
adversarios en México, México 1855.
8
suerte corrieron algunos centros católicos y numerosas comunidades religiosas; en algunos
pueblos de diversas provincias no dejaron celebrar el culto o lo limitaron, prohibiendo el
toque de las campanas, la procesión con el viático y otras manifestaciones religiosas;
también fueron profanados algunos cementerios»20.

Esta persecución comenzó utilizando una vieja arma denigratoria: el rumor. Se difundieron
por todo el país las especies anticlericales más absurdas, como que unas religiosas salesianas
habían distribuido en Madrid caramelos envenenados a sus alumnos, que eran hijos de
obreros; se aseguró además que uno de esos niños agonizaba en el Colegio de La Paloma en
medio de atroces sufrimientos. Era solo una excusa para lanzar al populacho contra esas
religiosas, herirlas gravemente, e incendiar el colegio, como sucedió más tarde.

En muchos de sus extremos esa persecución fue tristemente tópica: se expulsó a los jesuitas,
se abolió la enseñanza religiosa y el ateísmo virulento llegó, como recuerda Mondrone en su
biografía sobre el Padre Poveda, a provocar situaciones ridículas que recordaban escenas de
siglos anteriores: «algún maestro exigió el saludo: 'no hay Dios', al que había que responder:
`ni nunca lo ha habido'»21.

Con el estallido de la guerra civil la persecución española se hizo especialmente sangrienta.


Las víctimas eclesiásticas fueron 6.83222, desde el día 18 de julio de 1936, en el que comenzó
el conflicto, hasta el final de la guerra. De este total, 4.184 pertenecían al clero secular,
incluidos doce Obispos, un Administrador Apostólico y varios seminaristas; 2.365 eran
religiosos y 283 religiosas. A estas cifras hay que añadir las de los millares de laicos,
hombres y mujeres, que murieron por el puro hecho de declararse católicos23.

Una dificultad añadida

Sobre este último aspecto, por lo que se refiere a las cifras y datos históricos, la
historiografía contemporánea cuenta, por lo general, con unos estudios rigurosos y con una
abundante bibliografía sobre gran parte de las persecuciones que ha sufrido la Iglesia. Sin
embargo en ocasiones los historiadores se encuentran con una dificultad que proviene,
20
V. CÁRCEL ORTI, La persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939), Rialp, Madrid 1990, p. 186.
21
D. MONDRONE, S. J., El Padre Poveda, Paulinas, p. 245. Sobre el Padre Poveda, vid. además M. A. GALINO, Pedro Poveda, una
pedagogía para nuestro tiempo, Madrid 1968; A. SERRANO DE HARO, Una figura del pensamiento español don Pedro Poveda
Castroverde, Madrid, Escuela Española, 1974; GÓ¬MEZ MOLLEDA, P. Poveda. Hombre interior, Narcea, Madrid, 2, ed.; FLAVIA
PAZ VELÁZQUEZ, Cuadernos biográficos Pedro Poveda, Narcea.
22
Estas cifras se refieren a aquellos —Obispos, sacerdotes, religiosos, laicos— que entregaron sus vidas por amor a Dios y sólo
por ese motivo. No se incluyen los que murieron en operaciones militares ni a las personas asesinadas por motivos políticos. Vid.
sobre este particular CÁRCEL ORTI, p. 234. Este autor recoge los datos de la conocida obra de A. MONTERO, Historia de la
persecución religiosa en España, 1936-1939, BAC, Madrid 1961, que son aceptados por todos los historiadores. Sobre la quema
de conventos, vid., entre otros, J. ARRARÁS, Historia de la Segunda República Española, Nacional, Madrid 1956, vol. I. pp. 73-
100; L. GALMES, Testigos de la fe en España, Ed. Católica, Madrid 1982.
23
Del número exacto de estos hombres y mujeres «no existen estadísticas fiables - afirma Cárcel Orti -, pero fueron
probablemente varios millares, habida cuenta de los datos ofrecidos en algunos martirologios diocesanos» , o.c., p.234
9
curiosamente, de la propia voluntad de los afectados. Las exigencias de la caridad han
llevado a muchos santos a padecer en silencio las ofensas y los ultrajes, y es frecuente, sobre
todo en el caso de los Fundadores, que hayan prohibido a sus discípulos consignar siquiera el
nombre de los que los difamaron.

Eso explica que en muchas hagiografías no se consigne el nombre de los perseguidores hasta
que no ha transcurrido un tiempo prudencial, p. ej., un siglo. Sin embargo, a pesar del
esfuerzo de los santos por borrar la memoria de las ofensas, en un ejercicio heroico de la
caridad y el perdón, en la mayoría de los casos los historiadores logran desvelar, no sin
dificultades, como sucede en el caso de San Juan Bautista de la Salle, la identidad de los
ofensores24. Se podrían citar numerosos ejemplos sobre este particular en las autobiografías o
en las biografías próximas al fallecimiento de Santa Micaela 25, del Padre Poveda26, de San
Juan Bosco27, y de tantos otros.

San Juan de Ávila constituye un ejemplo paradigmático. Se encontraba el Santo en la prisión


de la Inquisición de Sevilla, como fruto de unas denuncias falsas, y le insistía vivamente al
Padre Párraga, uno de sus inquisidores, que tachase los testigos que habían depuesto en su
contra28. Estaba «muy confiado en Dios y en su inocencia, y que éste le salvaría» y no quería
que la historia conociese aquel pecado que habían cometido contra él.

Al igual que su homónimo de Ávila, San Juan de la Cruz disculparía siempre a los que le
recluyeron en una cárcel improvisada y le sometieron a múltiples vejaciones: «lo hacían —

24
Vid., p. e., SATURNINO GALLEGO, Vida y pensamiento de San Juan Bautista de la Salle, BAC, Madrid 1986. Gallego procede a
una investigación sobre la verdadera identidad del perseguidor del Santo. Blain, el biógrafo de San Juan Bautista, evita citar su
nombre, utilizando datos confusos o ambiguos, porque afirma que obraba de buena fe y era «de piedad sólida y probada»
(p.356)
25
Como pone de manifiesto MARÍA MILENA TOFFOLI en su Introducción a la Autobiografía (BAC, Madrid 1981) de la Madre
Sacramento, las primeras biografías sobre esta figura excepcional de la Iglesia española —especialmente la biografía de Vicente
de la Fuente— se encontraban con esa dificultad: «el hecho de que vivieran todavía muchas personas que intervienen en la
historia, le obliga a callar sobre sucesos delicados y graves relacionados con las mismas» (pp. 47-48). «Pero después de más de
cien años —escribe Toffoli—, cuando ya los hechos han pasado a formar parte del acervo de la historia, es preciso descorrer el
velo para que la figura de la mujer, de Fundadora y de Santa, cual es María Micaela del Santísimo Sacramento adquiera su
verdadera dimensión en el plano humano, sociopedagógico y espiritual» (pp. 59-60).
26
En su biografía sobre el Padre Poveda, DOMÉNICO MONDRONE se hace eco de este problema y se ve precisado a «leer entre
líneas» (p. 71) para intuir las maledicencias que forzaron a este santo sacerdote a abandonar, después de años de intensa
dedicación apostólica, a sus queridos gitanos de Guadix.
27
En sus Memorias del Oratorio, o. c., San Juan Bosco vela caritativamente el nombre de sus ofensores. Omite el nombre de Luis
Nasi y Vicente Ponzati que intentaron —de buena fe, ya que estaban convencidos de su falta de salud mental— internarle en un
manicomio, y alude a ellos llamándoles «algunas personas respetables» (p. 439). Del mismo modo habla de aquel sacerdote
«respetable por su celo y su doctrina» que manifestó, en contra del criterio del Santo, su opinión política ante los jóvenes del
Oratorio (p. 473) y, en general, de todos aquellos que mantuvieron una conducta infamante contra él.
Se podrían citar muchos más ejemplos, como la alusión velada de 121- CART TORRENS en su opúsculo sobre San José Oriol
(Casulleras, Barcelona 1958, p. 26) cuando dice: «soportará criticas de sacerdotes». Vid. sobre este particular J. TORRAS I BAGES,
Compendi de la vida de Sant Josep Oriol Barcelona, Ibérica 1913; T. VERGES, El Doctor Pa i agua, Claret, Barcelona 1980; S.
EULALIA TORREL, Sant Josep Oriol Taumaturg Barceloni, Tonel de Reus, Barcelona 1963.
28
Vida p. 2.ª; Obras XIV p. 283, cit. en Obras Completas del Maestro Juan de Ávila, BAC, Madrid 1970, p. 49.
10
comentaba el Santo, comprensivo— por entender acertaban»29. «Jamás le oí —recordaba un
compañero suyo— quejarse de nadie ni decir mal de los que le habían así tratado»30.

La actitud de los santos

Ésta es la actitud de los santos ante las contradicciones. «Los baldones e injurias —escribía
San Alfonso María de Ligorio— son las delicias que anhelan los santos. San Felipe Neri
padeció en su casa de San Girolamo, en Roma, treinta años de malos tratamientos que
algunos le dirigían, razón por la cual no quería abandonarla e ir al nuevo oratorio de la
Chiesa Nuova, por él fundado, en que vivían sus queridos hijos, que le invitaban a retirarse
allí con ellos»31. Los santos, están convencidos, como recuerda San Alfonso, de «que todos
los trabajos nos vienen de la mano de Dios, o bien directa o indirectamente por medio de los
hombres. Por tanto —recomienda Ligorio— cuando nos veamos atribulados,
agradezcámoselo al Señor y aceptemos con alegría de ánimo cuanto Él se sirva disponer para
nuestro bien. Dios hace concurrir todas las cosas al bien de los que le aman»32.

«Jesús calumniado como seductor —escribía el futuro Juan XXIII, antes de ordenarse
sacerdote, en sus notas personales—, tachado de ignorante, falseadas sus doctrinas, expuesto
a los escarnios y las burlas de todos, calla humildemente, no confunde a sus calumniadores,
se deja golpear, escupir en el rostro, azotar, tratar como loco, y no pierde su serenidad, no
rompe su silencio.

»Yo, pues, permitiré que se diga de mí cuanto se quiera, que se me relegue al último puesto,
que se echen a mala parte mis palabras y mis obras, sin dar explicaciones, sin buscar
excusas, antes bien aceptando gozosamente los reproches que pudieran venirme de los
superiores, sin decir palabra»33.

Entre las diversas tribulaciones soportadas por los santos, quizá una de las más sorprendentes
fue las que padecieron, entre otros, San Juan Bautista de la Salle, la Beata Juana Jugan y
Santa Rafaela María de Porras.

A finales de 1702 San Juan Bautista de la Salle fue protagonista de un hecho particularmente
doloroso: Le atribuyeron falsamente errores ajenos y tras un procedimiento tortuoso lo

29
CRISÓGONO DE JESÚS, Vida de San Juan de la Cruz, en Vida y Obras de San Juan de la Cruz., BAC, Madrid 1966, p. 189. Vid.
también Santos del Carmelo, Librería carmelitana, Madrid 1982.
30
Ibid., Declaración del Padre Pedro de la Purificación.
31
SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, Práctica del amor a Jesucristo, en Obras Ascéticas de San Alfonso María de Ligorio, Ed.
crítica, BAC, Madrid 1952, cap. 14, III, p. 478. Explica el comentarista que la razón de resistirse de San Felipe a ese cambio de
alojamiento «era que no quería ser llamado Fundador ni quería apartarse de un lugar donde tantos méritos podía alcanzar y
alcanzó», cfr BACCI, Vita, cap. 18, n. 2.
32
Ibid
33
JUAN XXIII, Diario de un alma y otros escritos piadosos. Cristiandad, Madrid 1964, p. 221. Estos párrafos forman parte de sus
notas durante los Ejercicios para su ordenación de diácono, diciembre de 1903.
11
destituyeron del cargo de Superior de los Hermanos de la Doctrina Cristiana. Saturnino
Gallego analiza,en su biografía sobre el Santo34, los diversos pasos de una insidia en la que
latía, junto con la incomprensión, un deseo por influir en el gobierno y dirección propia de
los Hermanos por parte de otras personas: «Su gran pecado —escribía La Grange,
refiriéndose al Santo—, por lo que he podido descubrir, es que no se deja gobernar por el
señor párroco de San Sulpicio»35.

San Juan Bautista aceptó enseguida la destitución; pero los Hermanos no, y el Santo no
conseguía convencerlos. Sólo después de muchas humillaciones y desaires para el Fundador
se llegó a una curiosa solución: de la Salle continuaría como Superior y el que habían
nombrado en su lugar quedaría como Superior oficial, aunque «externo». De hecho, el tal
«Superior oficial externo» sólo hizo acto de presencia una vez en tres meses y no regresó36.

Sin embargo, lo que en la vida de San Juan Bautista fue sólo un episodio, ocupó casi toda la
existencia de la Beata Juana Jugan. Después de que esta mujer hubo fundado el germen de
las futuras Hermanitas de los Pobres, tras doce años de intensa actividad apostólica, fue
despojada de todos sus cargos y relegada durante veintisiete años, hasta su muerte.

Juana Jugan había sido reelegida como Superiora por la comunidad el 8 de diciembre de
1843, pero un sacerdote, el padre Le Pailleur, dos días antes de la Navidad de ese mismo
año, anuló por su cuenta la elección y nombró en su lugar como Superiora a una religiosa de
23 años. Es más; Le Pailleur suplantó a Juana como Fundador de la Congregación y procedió
a una sorprendente «reescritura» y falsificación de la historia de la propia fundación 37,
intentando hacer creer a todos que Juana había sido la tercera religiosa en incorporarse. La
falsificación llegó hasta la propia tumba: cuando Juana murió en 1879, se escribió sobre la
lápida, al lado de su nombre: «tercera Hermanita de los Pobres»38.
34
SATURNINO GALLEGO, O.C.
35
Ibid, p. 367.
36
Ibid
37
P. MILCENT, Juana Jugan. Humilde para amar, Herder, Barcelona 1982, _p. 106.
38
Vid. sobre este punto MILCENT, o.c., especialmente el capítulo «Una asombrosa mixtificación». Esta leyenda creada
deliberadamente por el Padre Le Pailleur aparece también en los textos oficiales. «La primera vez —escribe Milcent— en la carta
escrita por el Obispo de Rennes a la Santa Sede, Para presentar a la Congregación y pedir la aprobación pontificia. La fecha del
comienzo de la obra se ha convertido en el 15 de octubre de 1840 (en realidad Juana entonces ya había recogido a dos mujeres
pobres desde hacía casi un año). Se presenta al Padre como Fundador. A Juana sólo se la nombra entre 'cuatro jóvenes de
humilde condición'. Se ha encontrado el borrador de esta carta en los archivos del obispado de Rennes: tiene dos correcciones
que modifican sensiblemente el texto: probablemente han sido introducidas por una mano cómplice, después de que el Obispo
aprobase el texto. Se ha tachado el adverbio praesertim (= en particular, especialmente) que subrayaba el papel de Juana; y se
ha añadido la palabra fundatoris al lado del nombre de Le Pailleur». El autor recuerda otras falsificaciones, que fueron posibles
incluso en el interior de la Congregación porque los primeros testigos fueron desapareciendo poco a poco, no sin ocasionar
algunos asombros en las nuevas vocaciones «ya que muchas de ellas habían oído en sus familias otra versión de los hechos».
Al final, los hechos se aclararon, tras una encuesta apostólica realizada por la Jerarquía. En 1880, Le Pailleur fue llamado a Roma,
a los 78 años, donde murió en un convento, sin recobrar el cargo que se había atribuido. Pocos años tras su muerte, la Santa
Sede comenzó a descubrir la verdad histórica de los sucesos. La joven religiosa que sustituyó a Juana Jugan, «Marie Janet
conoció este final, ya que ella murió en 1893; posiblemente esto la consoló. Su buena fe no puede ponerse en duda: a menudo
debía sentirse desgarrada entre lo que creía la obediencia y el respeto a la verdad. Una religiosa había oído de ella la siguiente
confesión: `no soy yo la primera hermanita ni la Fundadora de la obra. Juana Jugan es la primera y la Fundadora de las
Hermanitas de los Pobres'» (p. 202).
12
Postergada, humillada, injustamente olvidada, Juana Jugan no tuvo nunca ninguna reacción
de rencor. «Nunca le oí decir —recuerda una religiosa— la menor palabra que pudiera hacer
suponer que ella había sido la primera Superiora General. Hablaba con tanto respeto, con
tanta deferencia de nuestras primeras buenas madres (= las superioras). Era tan pequeña, tan
respetuosa en sus relaciones con ellas...»39.

Ésa fue también la actitud de Santa Rafaela María de Porras, una de las Fundadoras del
Instituto de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, a la que unas religiosas de su
Congregación desposeyeron de todos los cargos de gobierno, tras dieciséis años de
Fundadora y Superiora General de su Instituto, alegando que se había vuelto loca. La Santa
vivió así hasta su muerte: fueron treinta y dos años de «aniquilación progresiva y de martirio
en la sombra», como diría Pío XII el día de su Beatificación40.

Santa Rafaela conservó siempre, ante estas contradicciones —como afirmaba su director
espiritual, un religioso jesuita que ignoraba que aquella humilde monja a la que dirigía
espiritualmente fuese la Fundadora— una «serenidad de espíritu, manifestada en su mirada
límpida y en la característica sonrisa en sus labios»41. No hubo en ella el mínimo movimiento
de crítica. «Yo bendigo cada día más mi inutilidad —decía—; ojalá que acabe de lograr que
nadie se acuerde de mí»42.

«¡Cómo se consuelan los santos, cuando son injuriados —escribía San Alfonso—
recordando las ignominias que padeció Jesucristo por nosotros!» 43. En su vejez el propio San
Alfonso tuvo que aplicar éstas a su propia vida. Cuando volvió de Santa Águeda, donde le
había nombrado Obispo el Papa, descubrió que «la Congregación atravesaba entonces una
crisis profunda. Había rivalidades, intrigas y ambiciones y en la misma Curia Romana se
seguía un proceso en el cual los cismáticos tenían todas las probabilidades de triunfar. El
mismo Fundador estaba en peligro: se le acusaba de haber cambiado las Constituciones del
Instituto, de haberse dejado engañar por el regalismo dominante, de haber hecho más caso de
la corte de Nápoles que de la autoridad pontificia. Y llegó la sentencia de Pío VI: Alfonso y
sus más fieles compañeros eran separados de la Congregación.

«Al recibir la noticia, sólo dijo estas palabras: hace seis meses que hago esta sola oración:
'Señor, lo que Vos queréis lo quiero yo también.' Pero tan delicada era su conciencia, que

39
P. MILCENT, o. c., p. 214. Para entender la actitud de Juana Jugan hay que considerar, como apunta Garrone, que la Fundadora
sabe «que la barca está en buena ruta; la elección de la superiora que la substituye de oficio, a pesar del voto de las hermanas,
no le parece contraria al bien de la comunidad y de los ancianos a quienes hay que servir». Cfr G. M. GARRoNE. Lo que creía
Juana Jugan, Herder, Barcelona 1980, pp. 86-87. La Fundadora contempló a lo largo de su vida el gran desarrollo de la
Congregación que contaba, pocos años antes de que muriera, con más de 100 casas en diversos países y con 2.400 religiosas.
40
Pío XII, 18 de mayo de 1952.
41
I. YAÑEZ. Cimientos para un edificio, Santa Rafaela María del Sagrado Corazón, BAC, Madrid 1979, p. 781.
42
SANTA RAFAELA, Carta a la Madre Purísima, 1894
43
SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, O.C., p. 479.
13
pensó en emprender un largo viaje para manifestar su sumisión al Papa.» Esto provocó el
asombro de los que le rodeaban porque ni siquiera era capaz, a sus años, de tenerse en pie44.

La Madre María de la Pasión, Fundadora de las Franciscanas Misioneras de María, sufrió


una humillación semejante, aunque durante menos tiempo. Fue depuesta del gobierno de su
Instituto en 1883 y rehabilitada al año siguiente 45. La respuesta de todos estos hombres y
mujeres de Dios fue siempre el olvido y el perdón.

«Yo dejo a Dios que me defienda —comentaba Santa María Micaela, conocida como la
'Madre Sacramento', cuando oía a los Obispos hacerse eco de las calumnias que propalaban
contra ella— porque si lo hago yo, le quito a Dios el derecho de que lo haga y yo fío más en
su defensa que en la mía»46.

«Este año he sido muy calumniado —escribía a su director espiritual San Antonio María
Claret— y perseguido por toda clase de personas, por los periódicos, por folletos, libros
remedados, por fotografías y por muchas otras cosas, y hasta por los mismos demonios.
Algún poquito a veces se resentía la naturaleza; pero me tranquilizaba luego y me resignaba
y me conformaba con la Voluntad de Dios. Contemplaba a Jesucristo, y veía cuán lejos
estaba de sufrir lo que Jesucristo sufrió por mí, y así me tranquilizaba. En este mismo año he
escrito el librito titulado El consuelo de un alma calumniada47. «No puede usted formarse
una idea —le escribía al P. José Xifre, el 15 de enero de 1864— de cuánto trabaja el infierno
contra mí: calumnias las más atroces, palabras, obras, amenazas de muerte; todo lo pone en
juego para ver cómo me desprestigia y me espanta; pero con la ayuda de Dios, no hago
caso»48,

La actitud de los santos en estas circunstancias dolorosas podría resumirse en los consejos
que daba el Fundador del Opus Dei a los miembros de esta Institución, genuinamente laical y
secular: «callar, rezar, trabajar, sonreír.» «No olvidéis —les decía el Beato Josemaría Escrivá
— que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en
las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las
contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera; porque

44
J. PÉREZ DE URBEL, Año Cristiano, vol. III, FAX, Madrid 1945, pp. 270-271. Cfr entre otros, J. HEIZMANN, Alfonso de Ligorio y
los Redentoristas, Sadifa, Strasbourg 1985; E. DUDEL Un abogado de Nápoles, El Perpetuo Socorro, Madrid 1968.
45
Cfr P. LA ORDEN, Una mujer y un mensaje, Roma 1976, p. 218.
46
Cit. por M. BARRIOS MONEO en Mujer Audaz, p. 235. Santa Micaela—llamada popularmente «la Madre Sacramento»— (1809-
1865) fue Fundadora de las Adoratrices, y fue beatificada el 7 de junio de 1925.
47
A. M. CLARET, Cuenta que doy a mi director espiritual de lo que me ha ocurrido en el año 1864 La fama de santidad que había
rodeado al Padre Claret en vida hizo que el 29 de noviembre de 1887 se abriera el Proceso ordinario en Vich (Cataluña). El 4 de
enero de 1891 comenzó el Proceso apostólico para su Beatificación y el 6 de enero de 1926 Pío XI proclamó la heroicidad de sus
virtudes, proclamándolo como «modelo admirable del apostolado moderno». Fue beatificado el 25 de febrero de 1934. A
principios de 1950 fueron aprobados los dos milagros necesarios para su Canonización, que tuvo lugar el 7 de mayo de 1950.
El Santo publicó el opúsculo El consuelo de un alma calumniada de 32 páginas, en Barcelona, el año 1864, ante la fuerte
campaña de insidias y calumnias que se descargaban sobre su persona.
48
A. M. CLARET. Carta del 15 de enero de 1864.
14
quiere conformarnos a su imagen y semejanza y tolera que nos llamen locos y que nos tomen
por necios»49.

«Nunca le oí —recordaba Mons. García Lahiguera, Arzobispo de Valencia, a propósito de


las contradicciones que, como tantos otros santos, tuvo que sufrir el Beato Escrivá ni una
palabra de mal humor, ni frases hirientes, ni siquiera quejas» 50. «Le comuniqué alguna vez
—escribía Mons. Cantero Cuadrado, Arzobispo de Zaragoza— las habladurías sin
fundamento que difundían algunos. Su reacción fue, como era de esperar, enteramente
sobrenatural. Seguramente sentiría que unas almas buenas gastasen energías haciendo mal,
pero lo aceptó como algo que permitía Dios: 'Es cosa que Dios permite —decía—, y ya se
encargará Él de arreglarlo'»51.

«Lo mejor es reírse de ellos —decía Santa Teresa a una de sus monjas a propósito de sus
atacantes— y dejarlos decir»52. La Santa alababa al Señor por esas persecuciones que
permitía contra las carmelitas. «Sea con vuestra paternidad, mi padre, el Espíritu Santo —le
escribía al Padre Gracián—, y déle fuerzas para pasar esta batalla, que pocos hay ahora en
nuestros tiempos que con tanta furia permita el Señor que los acometan los demonios y el
mundo. Bendito sea su nombre, que ha querido merezca vuestra paternidad tanto y tan
junto»53.

Muchos santos han sufrido contradicciones parecidas y se podrían citar numerosos ejemplos,
desde la antigüedad cristiana hasta nuestros días. Bastará para nuestro propósito recordar las
vidas de San José Benito Cottolengo54 o del Padre Poveda, Fundador de la Institución

49
MONS. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Artículos del Postulador, n. 619, y Amigos de Dios, Homilías, n. 301. Vid. sobre este particular,
entre otros: S. BER¬NAL, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid
1988; VÁZQUEZ DE PRADA, A. El Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1983; F. GRONDRAND, Au pos de Dieu. Editions France-
Empire, París 1982; P. BERGLAR, Opus Dei Leben und Werk des Gründers Josemaría Escrivá, Salzburg 1983; Conversaciones con
Mons. Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid 1968, p. 32.
Bajo el título genérico Josemaría Escrivá de Balaguer. Un hombre de Dios, Palabra, Madrid 1992, se han publicado numerosas
testimoniales escritas con motivo de su proceso de Beatificación donde se detallan algunas de las contradicciones que padeció
este Beato. Vid. entre otras las de MONS. GARCÍA LAHIGUERA (n. 1); MONS. CANTERO CUADRADO (n. 2); MONS. BUENO
MON¬REAL (n. 3); MONS. DELGADO GÓMEZ Y MONS. DEL CAMPO Y DE LA BÁRCENA (n. 4); MONS. JUAN HERV ÁS BENET Y EL P.
SILVESTRE MORALES (n. 5); MONS. LÓPEZ OR¬TIZ Y MONS. SANTOS MORO BRIZ (n. 6); diversas religiosas (n. 7); MONS. CASTÁN
LACOMA y MONS. PERALTA VILLABRIGA (n. 8); algunos religiosos (n. 9). Vid. también A. del PORTILLO Una Vida para Dios, Rialp,
Madrid 1992 y Así le vieron, artículos aparecidos en la prensa internacional, recopilados por R. SERRANO, Rialp, Madrid 1992.
50
J. M. GARCÍA LAHIGUERA, o.c., n. 1, p. 24.
51
P. CANTERO CUADRADO, 0.C., n. 2, pp. 28-29. El Cardenal Bueno Montreal, Arzobispo de Sevilla, recordaba que «si alguna vez
me habló de asuntos de éstos, jamás lo hizo acusando a nadie, ni con amargura, sino lleno de comprensión». En o.c., n. 3, p. 30.
52
SANTA TERESA DE JESÚS, Obras Completas, Carta A la M. María de San José, Toledo 28 de febrero de 1577, Ed. de
Espiritualidad, Madrid 1984. p. 1581.
53
Ibid., Carta Al P. Jerónimo Gracián, Ávila 8 de agosto de 1578, pp 1698-99
54
San José Benito Cottolengo, Fundador de la Pequeña Casa de la Divina Providencia, en Turín, Ed. Paulinas, 1960. «Estremecíase
de gozo —escribe el biógrafo— por los dolores que le permitía (Dios), dichoso por poder sufrir alguna cosa por Él» (p.71). Vid.
también José Benito Cottolengo, Pía Sociedad de San Pablo, 1943.
15
Teresiana55 que escribía: «He sido el tema de las tertulias, se me ha puesto en solfa; he tenido
enemigos de todas clases; he recogido muchas ingratitudes.»

Sin embargo, a pesar de haber sufrido tantas penalidades, los santos fueron, en medio de su
sufrimiento, profundamente felices, porque supieron encontrar en la Cruz el amor de Dios.
«Desead sufrir injurias —le aconsejaba San Ignacio al P. Nadal como medio de santificación
—, trabajos, ofensas, vituperios, ser tenido por loco, ser despreciado de todos, tener cruz en
todo por amor de Cristo nuestro Señor...»56.

«Señor —pedía Santa Teresa—, o morir o padecer; no os pido otra cosa para mí» 57. Y San
Juan de la Cruz le contaba en confidencia a su hermano Francisco de Yepes que un día el
Señor le dijo que le daría lo que le pidiera, por un servicio que el Santo le había prestado.
«Yo le dije: 'Señor, lo que yo quiero que me deis trabajos que padecer por Vos y que yo sea
menospreciado y tenido en poco'»58.

Estas actitudes se explican desde una lógica sobrenatural: más que la ofensa personal, lo que
a los santos les duele es la ofensa que esos ataques suponen contra Dios. Porque, como
recuerda Santa Teresa, esa ofensa «primero se hace a Dios que a mí, porque cuando llega a
mí el golpe ya está dado a esta Majestad por el pecado»59.

Por esa razón la Santa de Ávila no quería lamentos del tipo «razón tuve», «hiciéronme
sinrazón», «no tuvo razón quien hizo esto conmigo». «De malas razones nos libre Dios —
escribía con energía—. ¿Parece que había razón para que nuestro buen Jesús sufriese tantas
injurias y se las hiciesen, y tantas sinrazones?»60.

Comentando este pasaje teresiano, San Alfonso recordaba la respuesta de Jesús a un mártir
que se lamentaba por la injusticia que sufría, sin haber hecho mal alguno:

«—Y yo, ¿qué mal hice, preguntóle el Señor, para verme crucificado y muriendo por los
hombres?»61.

55
En los Artículos para el Proceso apostólico (Secretariado Pedro Poveda, Madrid 1981, p. 105) se lee que «al constatar esta
experiencia no se percibe en sus notas ningún síntoma de rencor. Al contrario, el Padre Poveda quería expresar con ello la
condición de creyente, del discípulo de Cristo, identificado con Él, capaz de esperar contra toda esperanza y de vivir alegre en la
adversidad» (n. 162)
56
SAN IGNACIO DE LOYOLA, Pláticas de Coimbra 1561, plát. 9 n.5.
57
SANTA TERESA DE JESÚS Obras Completas, Libro de la Vida, cap. 40. Ed. De Espiritualidad, Madrid 1984.
58
CRISÓGONO DE JESÚS, 0.C., C. 18.
59
Ibid, «Consideraciones varias», p. 2091.
60
SANTA TERESA DE JESÚS, Camino de perfección, c. 13.
61
SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, 0.C., pp. 478-479.

16
II. CONTRADICCIONES DIVERSAS

Nunca el mundo ha recibido con gusto...

«Nunca el mundo ha recibido con gusto, desde un principio —escribía Campanella en el


siglo XVII— a los que Dios ha suscitado como Fundadores de grandes obras útiles para
beneficio de los mortales: casi siempre lo ha hecho con indignación y repugnancia.» Tras
citar a Moisés, los Profetas, los Apóstoles y al mismo Jesucristo, continuaba el dominico:
«Los que siguiéndole a Él han fundado órdenes religiosas nuevas han sufrido oposiciones no
pequeñas de parte de los mismos cristianos. Testigos de ello son Santo Tomás y San
Buenaventura, en los opúsculos que escribieron contra los impugnadores de la Orden
dominicana y franciscana. Ni los jesuitas ni otras órdenes posteriores se vieron libres de
persecuciones.

»No es pues de admiración que en nuestro tiempo el Instituto de las Escuelas Pías, utilísimo
a la república y a la religión, sea perseguido por los seglares y religiosos. Nosotros que, no
solamente por la historia de los demás, sino por las tribulaciones propias, hemos aprendido
que no son acusaciones sino calumnias las que se lanzan contra los bienhechores del mundo
(...), hemos querido acallar las murmuraciones de entrambos. Por lo cual refutaremos con
razones primero a los seglares, ayunos de verdadera ciencia y verdadero celo; y después a los
religiosos movidos por el celo sin ciencia»62.

La apasionada defensa que hace el dominico Campanella de las Escuelas Pías y de su


Fundador en un momento crítico de la historia de esta Institución, pone de manifiesto que
rara ha sido la institución de la Iglesia que no se ha visto envuelta, en algún período de su
historia —habitualmente en el de su fundación—, por el temporal de la contradicción externa
o interna.

Y del mismo modo que los verdugos han ensayado a lo largo de los tiempos, como recordaba
Hamman, la práctica totalidad de las posibilidades de martirio que la mente humana pueda
imaginar, determinados verdugos morales han llevado a cabo, a lo largo de estos veinte
siglos de historia de cristianismo, todas las posibilidades denigratorias y todas las
modalidades de «linchamiento moral» conocidas en contra de los hombres de Dios, en
especial contra los santos.

62
P. CAMPANELLA, Libro apologético contra los impugnadores de las Escuelas Pías en San José de Calasanz. Su obra. Escritos,
BAC, Madrid 1956 pp. 721-739. Este opúsculo, escrito por el dominico Campanella, tras su encarcelamiento en Nápoles,
constituyó en su época una pieza muy importante y decisiva en la defensa de las Escuelas Pías. Es muy probable —apunta
Gyórgy Sántha— que el propio San José de Calasanz le inspirara toda la argumentación apologética, dirigida primero a seglares y
luego a religiosos. Vid. también C. BAU, San José de Calasanz. Publicaciones de Revista Calasancia, Salamanca 1967.
17
¿Por qué contra los santos?

Este último punto es, quizá, el más desconcertante. ¿Por qué se dirige la denigración
principalmente contra los hombres santos, cuando podría encontrar en el seno de la Iglesia,
de origen divino pero compuesta por hombres, todas las miserias humanas imaginables?
Parecería más lógico que en la diana de las críticas estuviesen aquellos cristianos —
corruptos, falsarios, crueles, inmorales, perversos...— que deshonran con sus actuaciones la
fe recibida en el Bautismo.

Sin ánimo de desentrañar el misterio, se vislumbran algunas de las razones de ese


ensañamiento histórico contra los santos, al reflexionar sobre su función en el seno de la
Iglesia.

«El escándalo es la expresión violenta del resentimiento del hombre contra Dios, contra la
esencia misma de Dios, contra su santidad. En lo más profundo del corazón humano dormita,
junto a la nostalgia de la fuente eterna..., la rebelión contra el mismo Dios, el pecado, en su
forma más elemental que espera la ocasión propicia para actuar.

Pero el escándalo se presenta raramente en estado puro, como ataque abierto contra la
santidad divina en general; se oculta dirigiéndose contra un hombre de Dios: el profeta, el
apóstol, el santo, el profundamente piadoso. Un hombre así es realmente una provocación.
Hay algo en nosotros que no soporta la vida de un santo, que se rebela contra ella buscando
como pretexto las imperfecciones propias de todo ser humano, sus pecados, por ejemplo.
¡Éste no puede ser santo! O sus debilidades, aumentadas malévolamente por la mirada
oblicua de los que le rechazan... En una palabra, el pretexto se basa en el hecho de que el
santo es un hombre finito.

La santidad, sin embargo, se presenta más insoportable y es objeto de mayores objeciones y


recusaciones intolerantes en la “patria de los profetas”. ¿Cómo va a admitirse que es santo un
hombre cuyos padres se conocen, que viven en la casa de al lado, que debe ser “como los
otros”? El escándalo es el gran adversario de Jesús»63.

Como recuerda Illanes, la Iglesia «tal y como ella se entiende a sí misma, no es un simple
grupo de creyentes que mantiene vivo a lo largo de los siglos la memoria o recuerdo de
Cristo, sino una comunidad que participa de la vida de Cristo y que, en Cristo y por Cristo,
tiene acceso a la intimidad con Dios, es decir, a la santidad 64. Hablar de santidad, concluye el
teólogo español es, en definitiva, hablar de la razón de ser de la Iglesia, de lo que la define y
constituye.

«La historia de la Iglesia no es otra cosa —prosigue Illanes—, en su substancia última, que
la historia de la santidad realizándose en el tiempo. Por eso ha podido decirse que la historia
63
R. GUARDINI, El Señor, 6ª ed. Rialp, Madrid, t. I, pp. 88 y 89.
64
J. L. ILLANES, «Nueva Revista», abril 1992, p. 52.
18
cristiana debería escribirse y estructurarse a partir de la historia de sus santos: los jalones
decisivos de la historia de la Iglesia no están constituidos por las grandes gesta culturales o
por la confrontación de unas u otras civilizaciones, ni tampoco por la construcción de
grandes templos o por la celebración de concilios de alcance universal, sino por la real y
efectiva promoción de santidad.»

Desde esta perspectiva teológica se entiende mejor que cualquier ataque contra la Iglesia se
dirija a los santos como a su punto álgido: los santos son dones de Dios a su Iglesia mediante
la cual impulsa su caminar; son una síntesis feliz de una iniciativa de la gracia divina con la
respuesta libre generosa del hombre a esa iniciativa. Atacar a los santos es atacar el fruto más
precioso de la Iglesia.

* * *

Los ataques contra los santos y las instituciones de. Iglesia han sido «múltiples, variados y
constantes», como recordaba Campanella. En estas páginas aludiremos sólo a las
contradicciones que guardan una mayor actualidad: la llamada «contradicción de los
buenos», en su doble versión de incomprensión por parte de las almas rectas, pero
confundidas (cap. III) y de la Jerarquía (cap. IV); las que acaban provocando denuncias ante
los Tribunales eclesiásticos y civiles (cap.V); las que provienen de acusaciones de
determinados ex-miembros de algunas instituciones hacia sus propios Fundadores (cap. VI).
Trataremos más tarde de las publicaciones insultantes contra la virtud de los hombres de
Dios (cap.VII); de las persecuciones por parte del poder político (cap.VIII), de las
controversias que suscitan a veces las vocaciones jóvenes (cap. IX); de las acusaciones de
locura contra los hombres de Dios; y de las ridiculizaciones y las difamaciones acerca del
carácter de los santos (cap. X).

Evidentemente no se acaba aquí el elenco de tribulaciones: podrían citarse también los


atentados y las agresiones físicas; los encarcelamientos, las torturas y las deportaciones que
han sufrido los hombres de Dios a lo largo de todas las épocas. Muchos de estos sufrimientos
han tenido lugar en fechas muy recientes: están saliendo a la luz en la actualidad numerosos
relatos de los padecimientos morales y físicos que ha tenido que soportar la Iglesia en los
países del Este65. Sin embargo, estos aspectos se encuentran más próximos al martirologio, y
se prefiere en estas páginas analizar sólo algunas de las contradicciones más habituales en
los hombres y mujeres de Dios.

65
Vid. entre otros, K MAIDANSKI Un Obispo en los campos de exterminio, Rialp, Madrid 1991; Maximiliano Kolbe, en Bibliotheca
Sanctorum, Cita Nuova, Roma.
19
III. LA «CONTRADICCIÓN DE LOS BUENOS»

La llamada «contradicción de los buenos» es posiblemente una de las contradicciones más


desconcertantes que pueden sufrir los hombres de Dios, porque proviene del interior de la
propia Iglesia y la llevan a cabo personas de fe, convencidas habitualmente de la bondad de
sus actuaciones. Y además produce la confusión de personas bien intencionadas, con
frecuencia miembros de la Jerarquía eclesiástica. «Ellos no les parece que van contra Dios —
escribía Santa Teresa— porque tienen de su parte los prelados»66.

Pero no por desconcertante esta contradicción deja de ser habitual, sobre todo en los
comienzos de las instituciones eclesiásticas, del tipo que sean. Milcent recuerda que cuando
Juana Jugan tenía recogidas sólo doce ancianas, «al lado de muchas simpatías, tuvieron ya
entonces algunas críticas muy acerbas»67. Esas críticas procedían habitualmente de personas
piadosas. «Contradicción de buenos, hijas —comentaba el Beato Enrique de Ossó—. ¡Una
obra sin contradicción, mala señal!»68.

Como apuntaba el Fundador de la Compañía de Santa Teresa de Jesús, la mayoría de las


instituciones de la Iglesia han padecido, de un modo u otro, esta contradicción. «Uno de los
mayores trabajos era el que había padecido que es contradicción de buenos», decía San
Pedro de Alcántara de Santa Teresa de Jesús.

Pidiendo perdón por tener razón

No le fue fácil a Santa Teresa, como recuerda en el Libro de la Vida y el Libro de las
Fundaciones, llevar a cabo la reforma carmelitana. Le llovieron insultos, penalidades y
contradicciones de todo tipo. «Yo digo a vuestra reverencia —le escribía a la M. María de
San José, de Sevilla, el 22 de octubre de 1577— que pasa aquí en la Encarnación una cosa
que creo que no se ha visto otra de la manera. Por orden del Tostado vino aquí el provincial
de los calzados a hacer la elección, ha hoy quince días, y traía grandes censuras y
descomuniones para las que me diesen a mí voto. Y con todo esto a ellas no se les dio nada,
sino como si no las dijeran cosa votaron por mí cincuenta y cinco monjas, y a cada voto que
daban al provincial, las descomulgaba y maldecía y con el puño machucaba los votos y les
daba golpes y los quemaba. Y déjolas descomulgadas ha hoy quince días y sin oír misa ni

66
SANTA TERESA DE JESÚS, Obras Completas, o.c. Carta Al P. Jerónimo Gracián, Ávila, 17 de abril de 1578, p. 1674.
Un ejemplo entre cientos de «contradicción de buenos» es el que protagonizó Manuel Santaella, un sacerdote ejemplar que
tanto hizo sufrir a Santa María Micaela, ya que creyó durante algún tiempo las numerosas falsedades que se contaban de la
Santa. «Se creyó las calumnias que se dijeron de mí —escribía la Santa—, me trató muy mal en una ocasión y le perdoné.
Cuando se desengañó de que era falso lo que se decía de mí, sentía no poder resarcirme los perjuicios y disgustos» (Vid. en
Mujer Audaz, p. 232). En su Autobiografía, la Santa alude a muchos de estos detractores, que con frecuencia se arrepentían: «Fui
a las arrepentidas a ver qué me quería —escribe aludiendo a Sor Regis, una religiosa que la difamó duramente durante una
época—: pedirme perdón en la plaza pública para reparar tantas calumnias y perjuicios causados por ella; la dije que yo todo lo
había sufrido por Dios» (p. 310).
67
P. MILCENT, Juana Jugan, o.c., p. 72.
68
M. GONZÁLEZ MARTÍN, Enrique de Ossó. La fuerza del sacerdocio, BAC, Madrid 1983, p. 242.
20
entrar en el coro, aun cuando no se dice el oficio divino, y que no las hable nadie, ni los
confesores ni sus mismos padres

»Y lo que más cae en gracia es que otro día después de esta elección machucada volvió el
provincial a llamarlas que viniesen a hacer elección, y ellas respondieron que no tenían para
qué hacer más elección, que ya la habían hecho. Y de que esto vio, tornólas a descomulgar y
llamó a las que habían quedado, que eran cuarenta y cuatro, y sacó otra priora y envió al
Tostado por confirmación.

»Ya la tienen confirmada y las demás están fuertes y dicen que no la quieren obedecer sino
por vicaria. Los letrados dicen que no están descomulgadas y que los frailes van contra el
concilio en hacer la priora que han hecho con menos votos. (...) No sé en qué parará»69.

Aquello «paró» en una contradicción que alborotó a toda Castilla. «Son tantas las cosas —
escribía la Santa— y las diligencias que ha habido para desacreditamos, en especial al Padre
Gracián y a mí (que es adonde dan los golpes) —le escribía a D. Teutonio de Braganza,
Arzobispo de Évora— y digo a vuestra señoría que son tantos los testimonios que de este
hombre se han dicho, y los memoriales que han dado al rey y tan pesados (y de estos
monasterios de descalzas) que le espantaría a vuestra señoría, si lo supiese, de cómo se pudo
inventar tanta malicia»70.

No se andaron con chiquitas. El Nuncio Sega la llamó «fémina inquieta y andariega,


desobediente y contumaz»71, «y que los monasterios que he hecho —le comentaba la Santa
al P. Hernández— ha sido sin licencia del Papa ni del general, mire vuestra merced qué
mayor perdición ni mala cristiandad podía ser»72.

Era tal el clima de animadversión que cuando quiso fundar el convento de San José, tanto el
clero como otras órdenes religiosas comenzaron a atacarla violentamente: «sacerdotes,
monjas y frailes —escribe Marcelle Auclair en su biografía de la Santa— se sentían
amenazados por este tipo de iniciativas, sobre todo en tiempos de necesidad y pobreza
crecientes. ¿No había ya en Ávila conventos más que suficientes para tener que repartir las
limosnas todavía con otros? En la iglesia de Santo Tomás, un predicador la tomó con ella
durante un sermón y se puso a tronar contra ciertas monjas que `si salían de sus monasterios
a fundar nuevas órdenes era para sus libertades', añadiendo otras palabras tan pesadas que
doña Juana (su hermana) estaba afrentada y haciendo propósitos de irse». Y esto no fue más

69
TERESA DE JESÚS, Obras Completas, Carta A la M. María de San José, o.c., pp. 1621-1622. Sobre Santa Teresa, vid., entre
muchos otros: FR. LUIS DE LEÓN Vida, muerte y milagros de la Santa Madre Teresa de Jesús; Procesos de Beatificación y
Canonización de Santa Teresa de Jesús, Monte Carmelo, Burgos; P. SILVERIO DE SANTA TERESA, Vida de Santa Teresa; M.
AUCLAIR, La Vie de Sainthe Terese d'Avda, du Seuil, París; trad. por J. E. PERRUCA en Ediciones Palabra, La vida de Santa Teresa
de Jesús, Madrid 1982.
70
SANTA TERESA DE JESÚS, Obras Completas, Carta A. D. Teutonio de Braganza, Ávila, 16 de enero de 1578, o.c., p. 1642.
71
Reforma I, Lib. 4, c. 30, n. 2; cit. en SANTA TERESA, Obras Completas, o.c., p. 1723.
72
Ibid
21
que una anécdota en el conjunto de contradicciones, «cuchilladas», como las llamaba la
Santa73, y trabajos que acompañaron toda la vida de Teresa de Ávila.

Un ejemplo de esos «trabajos», como los denominaba la Fundadora con el lenguaje de la


época, fue el pequeño revuelo que se produjo cuando un jesuita, el P. Gaspar de Salazar,
habló de abandonar la Compañía para hacerse carmelita descalzo. Esto, escribe Auclair,
«causó gran revuelo entre los hijos de San Ignacio, quienes dramatizaron el asunto.

El P. Salazar, para probar su inocencia, hizo gala de una refinada hipocresía, maltratando a
los carmelitas»74.

El cruce de cartas entre Santa Teresa de Jesús y el Rector de la Compañía es muy elocuente:

«`Envío a Vuestra Paternidad una carta que me escribió el Provincial de la Compañía sobre
el negocio de Carrillo (el P. Salazar), que me disgustó tanto que quisiera responderle peor
que de lo que le respondí... Tengo tan poco miedo a sus fieros, que yo me espanto de la
libertad que me da Dios; y si dije al Rector en cosa que entendiese se había de servir a Dios,
que toda la Compañía, ni todo el mundo sería parte para que yo dejase de llevarlo adelante, y
en ese negocio yo no había sido ninguna, ni tampoco sería en que lo dejase.'

»Al fin todo se arregló —concluye Auclair—. El P. Salazar quedó en la Compañía, absuelto
por su Rector 'como si fuese una herejía lo que quería hacer'. Teresa reanudó sus buenas
relaciones con los jesuitas, sin doblegarse por eso ante la injusticia.

»La Madre observaba con sus calumniadores una línea de conducta digna y prudente;
juzgaba que no convenía dejarse atacar, salvo cuando era posible ignorar los insultos.
Ocultaba, pues, a sus adversarios, siempre que podía, que conocía sus malas artes. Pero el
Rector de la Compañía había arremetido directamente contra ella y no quiso sacrificar su
dignidad de una hija de Nuestra Señora, aunque pidiendo perdón humildemente por tener
razón»75.

«Jamás creeré —escribía la Santa— que por cosas muy graves permitirá Su Majestad que su
Compañía vaya contra la Orden de su Madre, pues la tomó por medio para repararla y
renovarla, cuanto más por cosa tan leve. (...) De este Rey somos todos vasallos»76.

73
En una de sus cartas habla la Santa, con pena, de las penalidades de la Reforma en Andalucía. «Gran lástima —le escribe al P.
Ambrosio Mariano de San Benito— es de estas cuchilladas del Andalucía», en Obras Completas, o.c., p. 1565.
74
M. AUCLAIR, 0.C., pp. 134-135.
75
Ibid
76
SANTA TERESA DE JESÚS, Obras Completas, Carta Al P. Juan Suárez, Ávila, 10 de febrero de 1578, p. 1648. Sobre este particular
vid. también la Carta A Cristóbal Rodríguez de Moya, p. 1241, donde la Santa dice que «ellos son mis padres (refiriéndose a los
de la Compañía de Jesús) y a quien después de Nuestro Señor debe mi alma todo el bien que tiene, si es alguno».
22
Nueve meses de prisión

A raíz de parecidas incomprensiones San Juan de la Cruz fue llevado, a mediados de


diciembre de 1576, con los ojos vendados, hasta un convento toledano de los carmelitas
calzados. Allí fue juzgado, declarado rebelde y contumaz por defender la reforma
carmelitana y condenado primero a una cárcel conventual y más tarde a una que se creó
especialmente para él: un antiguo retrete de seis pies de ancho y diez de largo, sin ventana,
empotrado en la pared, que tenía, por todo mobiliario, unas tablas y dos mantas viejas. En
ese lugar inhumano soportó los fríos invernales de Toledo y los calores del verano. «Todos
nueve meses —escribe Santa Teresa— estuvo en una carcelilla que no cabía bien, cuan chico
es, y en todos ellos no se mudó la túnica, con haber estado a la muerte.» Y concluía la Santa:
«tengo una envidia grandísima»77.

Las penalidades que envidiaba Santa Teresa —con esa lógica singular de las almas santas a
la que ya hemos aludido— eran aquellos padecimientos que sufrió su «medio fraile» —como
le llamaba con humor, por su baja estatura—, durmiendo en el suelo, entre insultos,
amenazas y castigos, sin higiene alguna, con un cubo pestilente para sus necesidades que le
producía náuseas, enfermo, despreciado e insultado por todos. Como fruto de aquella
estancia, San Juan de la Cruz nos dejó, aparte de su perdón para los que le encarcelaron, la
maravilla de su Cántico espiritual y las canciones de su Noche obscura 78, dos hitos de la
lírica universal.

Ninguna cruz, ¡qué gran cruz!

Sin embargo, a pesar de su aceptación rendida a la Voluntad de Dios, no faltaron santos que
manifestaron su desconcierto ante estas pruebas, provocadas precisamente por hombres de
Iglesia. «¿Es posible que se trate así a un sacerdote en un seminario?» 79, se preguntaba San
Luis María Grignon de Monfort al recordar el trato que recibió en París por parte de algunos
eclesiásticos.

Esa exclamación no era una queja, sino la sorpresa de un hombre de Dios que no entendía
cómo un sacerdote como él podía haberle tratado de aquella manera. Recordemos la historia.
San Luis María había llegado a París, después de un fatigoso viaje a pie, pidiendo limosna,
como era su costumbre, en el mes de julio de 1702, después de que las calumnias lo hubieran
expulsado, por segunda vez consecutiva, de un Hospital de Poitiers.

77
Ibid, Carta Al P. Jerónimo Gracián, Ávila 21 de agosto de 1578, p. 1714.
78
CRISÓGONO DE JESÚS, C. IX.
79
L. M. GRIGNON DE MONFORT, Obras, BAC, Madrid 1954, p. 22.
23
Pero las murmuraciones fueron más veloces que el Santo en llegar a la capital, donde «sus
heroicidades —como comenta el biógrafo— estaban consideradas como extravagancias» 80.
Apenas se presentó ante M. Brenier, Superior del Seminario, éste, temeroso de que la
presencia del Santo fuera a comprometer su reputación, le despidió, delante de todos, con
cajas destempladas.

Se quedó en el más completo desamparo, sin dinero, sin vivienda y con los pies llagados. No
sabía dónde ir. Fue a visitar entonces a otro viejo amigo suyo, Leschassier, que se encontraba
en compañía de otros eclesiásticos. La acogida no fue más cordial. Leschassier le recibió —
escribe Blain, un condiscípulo del Santo— «con gesto helado y desdeñoso, y le despidió
altaneramente, sin querer hablarle ni oírle. Yo, que me hallaba presente, me sentí cortado y
sufrí no poco ante la humillación que estaba viendo. En cuanto a él, la recibió con su dulzura
y modestia acostumbrada».

Su segundo viaje a París, en otoño de 1703, tampoco fue más halagador, como se deduce de
una carta que escribió a María Luisa Trichet, el 24 de octubre de 1703, en la que le pedía
oraciones: «Otra razón por la que insisto en que la alcanzaré (la divina Sabiduría) —
comentaba San Luis María— son las persecuciones de que he sido ya objeto y las que de
continuo me llegan día y noche»81.

Desde aquel momento, las tribulaciones se sucedieron sin cesar a lo largo de su vida, y la
mayoría provinieron de eclesiásticos. Algunos sacerdotes jansenistas le denunciaron al
Obispo de Saint Maló, también de tendencia jansenista, que le prohibió que predicara en toda
la diócesis. Tuvo que marcharse a la diócesis de Nantes, donde ni siquiera sus logros
apostólicos como misionero lograron detener la campaña de bulos y patrañas contra su
persona, que el Santo juzgaba siempre desde una óptica sobrenatural: «¡Que se me calumnie,
que se me ridiculice, que se haga jirones mi reputación, que se llegue a encarcelarme! ¡Qué
preciosos dones!»82.

Por esa razón, cuando en alguna misión apostólica, como en la de Vertou, le faltaba la
murmuración o la calumnia, llegaba a inquietarse: «¡Esto va demasiado bien! La misión no
será fructuosa. Ninguna cruz, ¡qué gran cruz!»83.

Durante la misión de Ponteacheau no tendría ocasión de inquietarse. Había emprendido la


construcción de un gran Calvario. Era una obra gigantesca, en la que trabajaron quinientos
obreros venidos de toda Europa: y ya se alzaba sobre el monte un gran cono sobre el que se

80
Ibid.
81
Ibid, p. 24.
82
Ibid, p. 25.
83
(Point de croix, quelle croix!) Ibid, p. 36.
24
pondría una gran Cruz y las estatuas de la Virgen, de San Juan y de la Magdalena. Al cabo
de quince meses de duro trabajo la construcción estaba casi acabada.

Pero el día anterior a su inauguración llegó un aviso del Obispado en el que se negaba la
bendición. Ante una actitud tan incomprensible fue a visitar al Prelado, que le explicó que
unos antiguos enemigos suyos le habían denunciado ante el mariscal comandante de Bretaña,
acusándole de que estaba levantando una especie de fortaleza en la que podían atrincherarse
los ingleses en caso de desembarco.

El Obispo no le dijo entonces lo más grave: que la acusación había llegado hasta el Rey Luis
XIV, y éste había dado la orden de demoler todo el conjunto. Además, el Obispo le prohibió
ejercer su ministerio en toda la diócesis. Poco tiempo después el Santo se enteró de la noticia
de la demolición.

Ante esta situación, se retiró a hacer unos Ejercicios espirituales con el Padre Prefontaine.
Éste recordaba, al cabo del tiempo, que su calma y su serenidad «y aun la alegría que se
reflejaba en su rostro, a pesar de un golpe para él tan aplastante, me lo hicieron mirar
entonces como a un santo»84.

Pero no era ésta la opinión general. Incluso personas como Leschassier, que cambiaron de
actitud, no llegaron a desterrar del todo sus prejuicios sobre el Santo: «El Sr. Grignion es
muy humilde, muy pobre, muy mortificado, muy recogido —comentaba— y a pesar de todo,
me cuesta creer que tenga buen espíritu»85.

Con casi todo el clero madrileño en contra

En el siglo XIX Santa Micaela, la Fundadora de las Esclavas del Santísimo Sacramento y de
la Caridad, tuvo que enfrentarse con la hostilidad del clero madrileño casi en su conjunto.
Esto le producía un intenso desasosiego espiritual. «Como el Clero, en general -escribe-
desaprobaba mi obra, y éstos eran los de más fama por su piedad y posición, no sólo me
hacía daño con la gente de fuera, sino yo no sabía qué pensar y me hería el corazón de un
modo cruel a lo sumo; y en verdad me hacía pasar las horas al pie del altar desecha en llanto:
—Señor, si no te sirvo a ti, ¿a quién sirvo en una vida tan amarga y llena de continuos
sacrificios? — ¡A mí sí, a mí!, sirves —sentía yo en el fondo de mi alma como un bálsamo
que curaba mi dolor»86.

«La mayor parte del Clero de Madrid le era hostil —cuenta un testigo presencial— y los que
menos la ofendían la creían ilusa; otros, la calificaban de beata hipócrita»87.
84
Ibid, p. 40.
85
Ibid.
86
Cit. en Mujer Audaz, p. 231.
87
Autobiografía, o.c., p. 319.
25
Esa hostilidad contra la Santa se manifestó de muchos modos y llegó hasta la agresión física:
en una ocasión un sacerdote llegó a abofetearla88 y durante años este mismo clérigo —cuyo
nombre no consignan las primeras biografía— la insultó en público comparándola con otras
religiosas:

«— ¿A quién queréis seguir —preguntó a las colegialas de la Institución que regía la Santa
—: a estas religiosas, unas santas que se desviven por vosotras o a la Vizcondesa de
Jorbalán, que es un miembro podrido de la sociedad?»89.

Tiempo más tarde, la Fundadora tuvo una actuación decisiva en la vida de este sacerdote:
impidió que huyese a Francia con una mujer y lo libró de los tribunales eclesiásticos90.

¿De qué acusaron a Santa Micaela? De las cuestiones más peregrinas: decían que se iba por
las noches a bailar de incógnito y que comulgaba ¡todos los días! Y por si fuera poco, que
rezaba arrodillada en la tarima del altar (!). Otro sacerdote la difamaba —recuerda su primer
biógrafo, Vicente de la Fuente— «en lo relativo a su conducta y vida privada del modo más
infame, suponiendo —¡vergüenza da decirlo!— que traficaba con sus acogidas. Y no fue lo
peor que se inventara tan grosera calumnia sino que se creyera por personas que debieran
saber que se peca creyendo ligeramente tales calumnias»91,

Los pocos sacerdotes que la defendían recibían duras críticas: «culpaban al párroco—
comenta De la Fuente— de ser demasiado condescendiente con aquella mujer de vida
relajada»92. Además esos sacerdotes, como se apunta en su biografía, «la pondrán en
gravísimos apuros de conciencia, que torturarán su corazón, impedirán el desarrollo normal
de su Obra apostólica, retraerán vocaciones, ahuyentarán limosnas y avivarán el rescoldo de
muchas aviesas intenciones y calumnias. Todo, si no con malicia, sí con ligereza excesiva

88
Este hecho sucedió a primeros de agosto de 1849, como relata un testigo presencial, Juan García Rodríguez. El biógrafo Barrios
Moneo —si¬guiendo la costumbre usual— no cita el nombre del ofensor, aunque en otras biografías ya aparece. Santa Micaela
le insistía para que confesara a una enferma, a lo que este sacerdote se negó, diciéndole, como consigna un relato redactado
antes de su beatificación:
«—Todo esto sucede porque no hay quien la domine.
—Domíneme usted si quiere, le contestó la Venerable. Y entonces el sacerdote le dio una bofetada, recibida la cual dijo la
Venerable de un ma¬nera suave:
—¿Está Vd. contento?
—Sí, señora —contestó él.
—Pues yo, satisfecha; confiéseme usted la chica» (Cit. en Mujer Audaz,
p. 232).
89
Cit. en Mujer Audaz, p. 232.
90
Ibid. Ésta es una constante en muchos santos. A lo largo de este li¬bro veremos repetirse esta historia en las vidas de San José
de Calasanz, de Santa Rafaela y del Beato Josemaría Escrivá que ayudaron, pasado el tiempo, a uno de sus mayores detractores;
en el caso concreto del Beato Josemaría ayudó al cabo de los años a un religioso que promovió una fuer¬te campaña en España
contra su persona y el Opus Dei y que luego aban¬donó la Iglesia Católica para hacerse pastor protestante. A él se reó, sin citar
el nombre, en Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid 1976, n. 64.
91
Cit. en Mujer Audaz, p. 237.
92
Ibid., p. 236.
26
por seguir, a veces, el aire de nobles y piadosas seño-ras, resquemadas en su orgullo y
vanidad»93.

Las calumnias tardaron en olvidarse, y el ambiente de animadversión que se creó contra la


Santa la acompañó prácticamente a lo largo de toda su vida y se hizo presente incluso
durante su Proceso de Beatificación. Influyó hasta en el Papa Benedicto XV, que estuvo a
punto de retirar su Causa, que fue muy controvertida, lo mismo que la del Padre Claret94.

Revolucionario, loco, hereje

San Juan Bosco evoca en sus Memorias del Oratorio un buen elenco de contradicciones
contra el Oratorio y su propia persona. Algunas provenían de eclesiásticos. «Unos
calificaban a don Bosco —escribe el Santo en tercera persona— de revolucionario, otros lo
tomaban por loco o hereje»95. Un capellán lo denunció al municipio y lo dejó literalmente en
la calle «con una turba de jóvenes que seguía mis pasos por donde quiera que fuese, y yo no
contaba con un palmo de terreno donde poderlos reunir». Y la marquesa de Barolo, que tanto
la había ayudado, y que había promovido un Refugio para necesitados, le puso en un grave
dilema, como recordaba en sus Memorias del Oratorio:

«—En fin, o deja usted la obra de sus muchachos o la del Refugio. Piénselo y ya me
responderá.

—Mi respuesta está pensada. Usted tiene dinero y encontrará fácilmente cuantos sacerdotes
quiera para sus obras. No ocurre lo mismo con mis pobres chicos. Si ahora yo me retiro todo
se vendrá abajo; por lo tanto, seguiré haciendo lo que pueda en el Refugio, aunque cese
oficialmente en el cargo, pero me daré de lleno al cuidado de mis muchachos abandonados.

— ¿Y de qué va a vivir usted?

—Dios me ayudó siempre y me ayudará también en lo sucesivo.

—Pero usted no tiene salud, y su cabeza no le rige; se engolfará en deudas, vendrá a mí, y yo
le aseguro desde ahora que no le he de dar ni un céntimo para sus chicos»96.

Ante el dilema «acepté el despido —escribiría el Santo— abandonándome a lo que Dios


quisiera de mí. Entretanto se imponía cada vez más el rumor de que don Bosco se había
vuelto loco. Mis amigos estaban pesarosos; otros reían, el Arzobispo dejaba hacer, don

93
Ibid., p. 237.
94
Ibid
95
SAN JUAN Bosco, Memorias del Oratorio, BAC, Madrid 1960, p. 431. Vid. también IDEM, Obras Fundamentales, BAC, Madrid
1979.
96
Ibid., p. 430.
27
Cafasso me aconsejaba contemporizar, el teólogo Borel callaba. Así es que todos mis
colaboradores me dejaron solo con mis cuatrocientos muchachos»97.

La respuesta de San José Benito Cottolengo

Algo parecido le sucedió a San José Benito Cottolengo al que insultaban por la calle,
llamándolo iluso, imprudente, incapaz y sacacuartos. «La Cruz acompaña y distingue a las
obras de Dios», escribe el biógrafo. A Cottolengo, añade, «no le faltaron las más amargas
pruebas. Fueron, ante todo, las desaprobaciones de sus superiores y de sus compañeros de la
Colegiata, impresionados por el desarrollo imprevisto de la Obra»98.

La autoridad eclesiástica le clausuró la labor apostólica que había emprendido: y le obligaron


a desalojar a los enfermos que cuidaba en el pequeño Hospital de Turín, en el que trabajaban
las religiosas de la Congregación que había fundado.

San José Benito aceptó la decisión con la paz habitual en los hombres santos y respondió
también al modo de los santos. Cuando se cernió la amenaza del cólera sobre Turín, más que
protestar o recordarles a todos lo injustos que habían sido con él en el pasado, se puso a su
disposición, junto con sus religiosas, para ayudar a los atacados en los lazaretos de la
ciudad...99.

Un pleito doloroso

El Beato Enrique de Ossó, Fundador de la Compañía de Santa Teresa, supo también de


pleitos dolorosos con otras instituciones de la Iglesia, con motivo de la construcción en
Tortosa de un noviciado de la Compañía, cuando ésta contaba sólo con cinco años de
existencia.

El 12 de octubre de 1879 —cuenta el Cardenal González Martín— tomaban oficialmente


posesión del noviciado la M. Saturnina Jassá y un grupo de novicias venidas de Tarragona.
El edificio estaba aún a medio construir. Pues bien, al día siguiente, 13, unas religiosas
presentaban en el provisorato de Tortosa un recurso en el que pedían protección y justicia
por los graves perjuicios que, según decían, les acarreaba la construcción del colegio-
noviciado, muy próximo a su convento y en solares que pertenecían a ellas, por lo cual los
reclamaban.

97
Ibid.
98
SAN JOSÉ BENITO CorroLENGo, o.c., p. 66. Se pueden encontrar ejemplos similares en J. RICART TORRES, 0.C., p. 26; SOR
ANGELA DE LA C RUZ, Escritos íntimos, BAC, Madrid 1982, pp. 396-397.
99
SAN JOSÉ BENITO COTTOLENGO, 0.C., pp. 67-68.
28
Pronto se supo que junto a esas religiosas «aparecían, incomprensiblemente hostiles a D.
Enrique, tres sacerdotes (...) que habían sido hasta entonces incondicionales amigos suyos y
devotos del Fundador de la Compañía»100. El provisor y Vicario General de Tortosa contestó
al recurso reconociendo la buena fe del Beato, pero le mandó derribar a sus expensas el
edificio antes de que pasaran tres años y devolverle el terreno a las Religiosas, tal y como
estaba.

El Beato intentó llegar a un acuerdo amistoso, sin éxito, y se vio forzado a comenzar un
largo pleito que duró quince años. No disponemos de espacio para mencionar todos los
extremos de ese pleito en el que cada parte litigante creía contar con poderosas razones. Lo
que interesa en nuestro caso, más que analizar posturas y dictaminar responsabilidades, es
resaltar que durante ese período el Fundador utilizó todos los medios jurídicos a su alcance,
sin perder la serenidad, sin culpar ni desprestigiar a nadie. Cuando marchó a Roma, estaba
preocupado de que durante esa estancia pudiesen despertarse entre sus hijas espirituales
alguna aversión contra los que les causaban aquellas dificultades, y les escribió diciendo:
«Hijas, no queráis ofender a Dios, nuestro Padre. Todos son unos santos. Todos queremos
luchar sobre la verdad. La buena fe no se ha de perder»101.

A esas contradicciones se sumó el Entredicho en el que se puso el edificio en 1884, por el


que se prohibía celebrar la Santa Misa y tener a Jesús Sacramentado en la capilla.

«Para un instituto religioso que apenas ha empezado a vivir —comenta el biógrafo— el


golpe era equivalente a la explosión de una mina en sus cimientos»102.

Aquel Entredicho dañó la imagen de toda la fundación y la del propio Fundador. «La fama
del Fundador —escribe el biógrafo—, su dignidad sacerdotal, su propio honor humano,
quedaban expuestos a los más peligrosos comentarios. ¿Era un hombre de Dios o era
sencillamente un ambicioso? Si lo primero, ¿por qué la autoridad eclesiástica lanzaba contra
él tan duro castigo? Si lo segundo, ¿a qué pensar en futuros proyectos de extensión y arraigo
de la tan ponderada Compañía? (...) ¿Y qué pensarían de todo aquello las familias que habían
entregado sus hijas a D. Enrique para aquella obra que él llamaba santa?»103.

Sin embargo, el Fundador no se desalentó. Durante aquel período las vocaciones vinieron,
más numerosas todavía, y poco a poco las relaciones y los equívocos se fueron aclarando. Al
fin, el 22 de abril de 1885, el Tribunal metropolitano de Tarragona dictó sentencia favorable
y declaró nulo y sin efecto el Decreto de Entredicho.

100
M. GONZÁLEZ MARTÍN, 0.C., p. 240.
101
Ibid., p. 243.
102
Ibid., p. 245. Sobre este particular, vid. T. ÁLVAREZ, Crisol del alma. Pleito en Tortosa, en «Mano de oro», Ed. El Monte
Carmelo, Burgos 1979, pp. 251-285.
103
Ibid., p. 246.
29
Una campaña organizada

«Casi todas las instituciones —comentaba el Beato Josemaría Escrivá en 1968, en el


transcurso de una entrevista 104— que han traído un mensaje nuevo o que se han esforzado
por servir seriamente a la humanidad viviendo plenamente el Cristianismo, han sufrido la
incomprensión, sobre todo en los comienzos. Esto es lo que explica que, al principio,
algunos no entendieran la doctrina sobre el apostolado de los laicos que vivía y proclamaba
el Opus Dei.

»Debo decir también —aunque no me gusta hablar de estas cosas— que en nuestro caso no
faltó además una campaña organizada y perseverante de calumnias. Hubo quienes dijeron
que trabajábamos secretamente —esto quizá lo hacían ellos—, que queríamos ocupar
puestos elevados, etc. Le puedo decir, concretamente, que esa campaña la inició, hace
aproximadamente treinta años, un religioso español que dejó su orden y la Iglesia, contrajo
matrimonio civil, y ahora es pastor protestante»105.

Los hechos se desarrollaron así: a comienzos de los años cuarenta, tras la guerra civil
española, algunos religiosos, que no entendían la fisonomía espiritual del Opus Dei ni su
carácter genuinamente laical, organizaron una fuerte campaña contra don Josemaría que fue
secundada por muchas personas de buena fe.

El Fundador enseñaba que cualquier persona, de cualquier profesión, estado y condición


social, podía y debía aspirar a la plenitud de la vida cristiana, en y a través de su trabajo,
realizado por amor de Dios, en medio de sus ocupaciones cotidianas. Alentaba a ser
«contemplativos en medio del mundo, amando al mundo», bien identificados con Jesucristo,
y recordaba que Dios había venido a salvar a todos sin excepción; que todos habían sido
llamados a la santidad.

En aquellos momentos esto sonaba, en los oídos de algunos, a herejía. Se hizo creer desde
púlpitos y confesonarios que se avecinaba «un tremendo peligro contra la Iglesia» y muchas
personas le consideraban como un hereje.

En esa campaña jugaron un papel preponderante, como puso de manifiesto el historiador


Peter Berglar, «los celos por el gran poder de atracción que el apostolado de la joven familia
espiritual ejercía en toda España. De los celos a la envidia hay sólo un paso muy pequeño, el
necesario para perder el equilibrio que separa la debilidad de la malicia. Existe (queramos o
no) una especie de envidia espiritual que no puede soportar, sencillamente, que otras
personas sean capaces de entregarse a Dios sin condiciones. Una envidia así es el vicio que
con más 'perfección' se puede encubrir»106.

104
«L'Osservatore della Domenica». Periódico de la Ciudad del Vaticano.
105
Cfr Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, o.c., n. 64.
106
P. BERGLAR, 0.C, p. 225.
30
Se dijeron en contra de este Fundador las cosas más disparatadas: que levitaba en el
Oratorio; que hipnotizaba a los jóvenes a los que trataba apostólicamente; que los 999 puntos
de Camino, su conocida obra de espiritualidad —que ex-presaban simbólicamente la
devoción a la Santísima Trinidad—, eran algo propio de la cábala. Las difamaciones llegaron
a tal punto que el Fundador le preguntaba muchas mañanas a Alvaro del Portillo, que
colaboraba con él desde los años treinta: «¿Desde dónde me calumniarán hoy?»

El origen de aquellas insidias estaba en que, como recuerda Mons. López Ortiz, algunos «no
veían con buenos ojos que se difundiera un apostolado con una espiritualidad que no era la
suya, y se dejaban llevar de celotipias»107. «La llamada universal que el Padre predicaba —
con palabras y con obras, en medio del mundo— no fue entendida por muchos. Faltaban
muchos años —explica López Ortiz— para que el Vaticano II proclamase esta exigencia
divina, y esto dio lugar a acusaciones de herejía contra el Padre y contra su labor de
almas»108. En Barcelona hicieron un auto de fe con Camino, al que arrojaron a la hoguera por
considerarlo la publicación herética de una peligrosa «sociedad secreta» 109. Y no se quedó
ahí la cosa: en una ocasión —relata Salvador Bernal en sus Apuntes sobre la vida del
Fundador del Opus Dei— «don Pascual Galindo, sacerdote amigo del Fundador, fue a la
Ciudad Condal y estuvo en el Palau (un centro del Opus Dei). Al día siguiente celebró Misa
en un colegio de monjas situado en la esquina de la Diagonal y la Rambla de Cataluña. Le
acompañaron algunos del Palau, que asistieron a Misa y comulgaron. La Superiora y alguna
otra monja allí presente quedaron muy edificadas por la piedad de esos jóvenes estudiantes, y
les invitaron a desayunar con don Pascual Galindo. En pleno desayuno don Pascual dijo a la
Superiora: 'éstos son los herejes por cuya conversión me pidió usted que ofreciera la Misa'.

»'La pobre monja —recuerda uno de ellos— a poco se desmaya: les habían hecho creer que
éramos una legión numerosísima de verdaderos herejes y se encontró con que éramos unos
pocos estudiantes, corrientes y molientes, que asistíamos a Misa con devoción y
comulgábamos'»110.

Entre todas las patrañas que se dijeron contra su persona, hubo una que dolió especialmente
a don Josemaría: en el oratorio del Palau había una gran Cruz de madera negra sin crucifijo.
El Fundador la había hecho instalar así, siguiendo una antigua recomendación de la Iglesia,
que propone a la veneración de los fieles una Cruz de este modo, sin la imagen del
crucificado, para recordarles que el camino cristiano es de abnegación y sacrificio, y para
moverles a un afán corredentor, como se lee en Consideraciones Espirituales:

107
J. LÓPEZ ORTIZ, 0.C., p. 32. «También —añade Fray José López Ortiz— de un grupo de profesores universitarios que
tergiversaban el apostolado entre intelectuales que realizaban algunos miembros del Opus Dei. A ellos se sumó, ya en el año
1942, la Falange, que quería politizar la Obra.»
108
Ibid, p. 38.
109
S. BERNAL, 0.C., p. 276.
110
Ibid, p. 278.
31
«Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor... y sin crucifijo, no
olvides que esa Cruz es tu cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo..., que
está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú»111.

Pues bien; a pesar de que se pueden contemplar cruces de ese tipo en numerosos templos de
la Iglesia Católica, se corrió la voz por Barcelona de que en ese crucifijo los del Opus Dei
hacían «ritos sangrientos» y se crucificaban... La prudencia del Fundador le llevó a sustituir
aquella cruz por otra más pequeña: «Así no podrán decir —bromeó— que nos crucificamos,
porque no cabemos»112.

Un jesuita, José Antonio Ezcurdia, al comparar las tribulaciones de dos hombres de Dios —
el Beato Josemaría y San Ignacio—, escribe que ni el uno ni el otro vivieron en tiempos
fáciles y «de ahí que las contradicciones, contestaciones y persecuciones jalonaran sus vidas
y sus respectivas fundaciones, novedosas ambas para sus coetáneos. Olvidamos demasiado
pronto, porque se difuminan en la lejanía de la Historia, los procesos sufridos por Ignacio en
Alcalá, en Salamanca, en París, en Venecia, en Roma... y el impacto que, sin duda,
produjeron en sus desconcertados seguidores. Quien lo recuerde comprenderá que el
fenómeno se haya repetido con don Josemaría y su quehacer»113.

La lección de Guadix

Un santo sacerdote amigo del Fundador del Opus Dei, don Pedro Poveda Castroverde, había
tenido que pasar, cuarenta años antes, por una situación parecida. En la Cuaresma de 1902,
cuando tenía 28 años, don Pedro había predicado una misión en las cuevas que rodeaban la
ciudad de Guadix, en la provincia de Granada, habitadas en su gran mayoría por gitanos
indigentes. Esas cuevas eran un lugar de abandono y miseria casi secular, donde los niños
crecían sin instrucción ni enseñanza de ningún tipo.

Ante esa situación, don Pedro, sin abandonar otras actividades sacerdotales, comenzó a
desarrollar allí una gran labor apostólica y pastoral. En muy poco tiempo puso en marcha las
Escuelas del Sagrado Corazón, a las que asistían cuatrocientos niños, y a pesar de los escasos
medios con los que contaba, se preocupó de que tuvieran los métodos pedagógicos más
renovados; y fundó la Hermandad de Santa Teresa de Jesús. Logró además interesar de tal
modo en aquel proyecto a las autoridades públicas y a los centros culturales, que, dos años
más tarde, en 1904, fue nombrado hijo pre-dilecto de la ciudad. El sentimiento general era de
agrade-cimiento, de gratitud... y de envidia114.

111
J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Consideraciones Espirituales.
112
En el apartado «La contradicción de los buenos» (pp. 241-254) S. BERNAL, 0.C., ofrece una síntesis de algunas contradicciones
que tuvo que sufrir el Fundador del Opus Dei.
113
J. A. EZCURDIA LAVIGNE, S. J., Ignacio y Josemaría, en «Diario Vasco», San Sebastián, 21-V-1992, p. 22.
114
Vid. P. POVEDA, Escuelas del Sagrado Corazón establecidas en las Cuevas de la Ermita Nueva de Guadix, abril de 1904.
32
Se repitió la historia. «Terminadas las obras y cuando más prometía aquella fundación del
Sagrado Corazón de Jesús, surgieron los disgustos que pudieron poner fin a mi vida. Jamás
pensé en salir de Guadix —contaba el Padre Poveda en sus Notas autobiográficas—. Soñé
siempre que se me enterraba bajo el altar de las Cuevas; pero no sucedió así. El
nombramiento de hijo adoptivo predilecto, y el poner mi nombre a la calle de Zapaterías,
fueron la explosión de un estado latente, que hacía tiempo venía dominando... La serie
completa de circunstancias que se dieron la mano para favorecer el plan de frailes, sacerdotes
y seglares que, so pre-texto de bien, obraron desprovistos de caridad, es imposible de referir.
Hubo momentos en que todo se concertó contra mí. Mi salud se quebrantó para siempre; y el
amargor de aquella vida rodeada de asechanzas, lo tengo aún en el paladar. Padecí por
espacio de unos cuatro años horribles escrúpulos. Sobre todo dos de ellos fueron para perder
la cabeza. No obstante, yo miro con amor los años aquellos de desolación... Sobre todo desde
el 16 de julio de 1904, ya fue un perpetuo sufrimiento. No pasó día sin tener que lamentar
algo.

»Mi decisión de partir fue tomada, después de pensarlo mucho, y poniendo la mira en el bien
de los demás y en el mío propio. Propuse todo cuanto creí ser lo mejor para librar al prójimo
de inculpaciones, pero no se me hizo caso. Había quizá empeño en destrozarme, y cuando
vieron que marché y no podían saciar su odio, si era odio lo que tenían, sonó la explosión sin
caridad ninguna. La lección de Guadix debió servirme más de lo que me sirvió; pero no me
enseñaron poco aquellos días de incomparables amarguras»115.

Con el apoyo de la Santa Sede

Sin embargo, no puede concluirse de los ejemplos anteriores que, por el hecho de que
muchos santos hayan sido criticados dentro del seno de la propia Iglesia, sus figuras hayan
sido como unos islotes de pureza dentro de una marea corrompida. Nada más falso. Hemos
citado unos ejemplos concretos, espigados entre muchos, no para mostrar la falibilidad de
determinados miembros de la Iglesia —que actuaron por lo general con buena voluntad,
pensando que agradaban a Dios—, sino para resaltar la actitud de los santos frente a las
incomprensiones de los propios miembros de la Iglesia.

Por otra parte, no hay que olvidar que también los propios santos, movidos por su buena
voluntad y por su celo apostólico, se equivocaron en ocasiones y conocieron las limitaciones
propias de la condición humana. Dios se sirvió de todas esas debilidades humanas de unos y
otros —confusiones, faltas de entendimiento fruto de una mala información de los hechos,
etc.— para mostrar más claramente el carácter sobrenatural de sus empeños apostólicos.

115
P. POVEDA, Artículos, o.c., p. 20, n. 22.
33
Un breve repaso a la historia de la Iglesia nos muestra que los miembros de la Jerarquía han
apoyado habitualmente las propuestas innovadoras de muchos santos que chocaban
fuertemente con la mentalidad de la época, y que lo hicieron en muchos casos con una
sorprendente decisión y fortaleza.

Se podrían citar numerosos ejemplos, como el aliento de Pablo V a San José de Calasanz en
la Fundación de las Escuelas Pías116, o las palabras acogedoras de Pío IX a San Juan Bosco
en los comienzos de la Sociedad Salesiana. Pero bastará a nuestro propósito recordar el
decidido impulso que dio la Jerarquía al nacimiento de dos grandes instituciones de la
Iglesia: los dominicos y los franciscanos.

La primera fundación dominicana, como comunidad de derecho diocesana totalmente


consagrada a la predicación en los términos de la diócesis de Toulouse, data del año 1215.
En ese mismo año Santo Domingo acompañó a su Obispo, Fulco, al IV Concilio de Letrán,
celebrado a fines de ese mismo año. Allí presentó su obra incipiente al Papa Inocencio III,
que lo estimuló, desde el primer momento, a esa tarea. «De vuelta a Toulouse —escribe
Garganta— recibió la iglesia de San Román, y su comunidad quedó constituida en casa de
canónigos regulares con la misión peculiar de predicadores diocesanos»117.

Al año siguiente, el 22 de diciembre de 1216, Honorio III confirmó la fundación de San


Román. «Un rápido proceso institucional —prosigue Garganta—, jalonado por una copiosa
serie de Bulas papales, transformó la obra tolosana de San Román, tan limitada, en una
Orden religiosa de carácter universal, de Derecho pontificio (...). Muy pronto esta nueva
familia religiosa comenzó a llamarse oficialmente Orden de los frailes predicadores.»

Dos años más tarde, Santo Domingo obtuvo del Papa nuevas Bulas que alentaron la naciente
institución apostólica, con el apoyo de ilustres eclesiásticos de la Curia Romana, como el
Cardenal Hugolino, el futuro Papa Gregorio IX. Y durante la expansión de la Orden el Papa
Honorio III le dio un apoyo fervoroso y constante. Una muestra de ello es que en 1220
escribió a diversos monjes, pertenecientes a distintas instituciones de la Iglesia, indicándoles
que se pusieran a las órdenes del Santo para llevar a cabo una gran campaña de predicación
en la Italia Septentrional. Otro ejemplo plástico de ese aprecio papal fue la entrega de la
iglesia de San Sixto en Roma a los dominicos y posteriormente de la de Santa Sabina, en el
Aventino, que sigue siendo la sede del Maestro General de la Orden de Predicadores.

Santo Domingo falleció el 6 de agosto de 1221, y fue canonizado por el Papa Gregorio IX
trece años más tarde, el 3 de julio de 1234.

El Cardenal Hugolino apoyó decididamente también a otra Orden naciente, la franciscana,


que tuvo en sus comienzos un desarrollo rapidísimo. El mismo Papa Inocencio III, que tanto
116
C. BAU, San José de Calasanz, o.c., pp. 113-114.
117
J. M. DE GARGANTA, Voz Santo Domingo de Guzmán, en GER. Tomo VIII, Madrid 1979, p. 72. Vid., entre otras M. H. VICAIRE,
Historia de Santo Domingo, Barcelona 1964; Santo Domingo de Guzmán visto por sus contemporáneos, BAC, Madrid 1946.
34
alentaría a Santo Domingo en su tarea predicadora, aprobó verbalmente en 1209 la «forma
evangélica de vida» franciscana, o Regla primera, cuando se la expuso el propio San
Francisco, acompañado de los primeros doce discípulos. Así nació la Orden de los Frailes o
Hermanos menores.

Catorce años más tarde, el 29 de noviembre de 1223, el Papa aprobaría la segunda Regla
elaborada por San Francisco, en la que tanto intervino el propio Cardenal Hugolino, aunque
sin violentar nunca la originalidad de la institución. San Francisco falleció el 3 de Octubre de
1226 y fue canonizado dos años más tarde, el 16 de julio de 1228118.

Estos dos ejemplos, entre los numerosísimos que podríamos citar, muestran el decidido y
pronto apoyo de la Jerarquía, que supo descubrir desde los inicios el soplo del Espíritu que se
manifestaba en esas nuevas iniciativas apostólicas. La pronta canonización de los
Fundadores de esos nuevos caminos de espiritualidad —en algunos casos llevadas a cabo en
fechas muy cercanas a su muerte, como la de San Francisco— muestra, además del
reconocimiento de la santidad de esos hombres y mujeres por parte de toda la comunidad
cristiana, el respaldo hacia sus apostolados por parte de la Jerarquía.

«Sus respectivas canonizaciones —escribe Manes, refiriéndose a San Francisco y Santo


Tomás— no implicaron ciertamente, ni una sanción a la totalidad de sus acciones ni la
atribución de un carácter absolutamente normativo a sus figuras —se puede ser cristiano sin
inspirarse en San Francisco de Asís o sin comprometerse con la teología de Tomás de
Aquino—, pero sí mostraron que el temple del alma que manifestaron y el camino que
trazaron eran un temple y un camino que un cristiano podía, con segura conciencia, hacer
suyos, y, de ese modo, potenciaron la fuerza que de ellos emanaba o, al menos, facilitaron su
irradiación, como documenta ampliamente la historia, en los casos antes citados, y en otros
muchos más»119.

Esta actitud de comprensión y aliento de la Jerarquía y de los miembros de la Iglesia define


el marco en el que hay que encuadrar los sucesos de incomprensión a los que nos hemos
referido con anterioridad —que son excepciones dentro de una conducta general—, y
definen también el contexto en el que hay que situar las contradicciones a las que nos
referiremos en capítulos sucesivos.

Por otra parte, no hay que exagerar el alcance de algunas incomprensiones. Muchos de sus
detractores —aunque no todos—, rectificaron su actitud frente a los santos, con el paso del
tiempo, ya mejor informados. Unos en vida, como Vicente de la Fuente, que tanto hizo sufrir
a Santa Micaela, y que quiso escribir tras su muerte la vida de la Fundadora «en reparación
de las ofensas propaladas contra la misma». «Yo mismo que esto escribo —confesaba en su
118
Cfr L DE ASPURZ, Voz San Francisco de Asís, en GER., Tomo X, Rialp, Madrid 1979, pp. 486-488; P. BARGELINI, San Franciso de
Asís, Rialp, Madrid 1959.
119
J. L. ILLANES, Un santo del siglo XX, o.c., p. 55.
35
biografía— oí estas difamaciones y lo que es peor, les di crédito, siendo Secretario de la
Congregación de la Doctrina cristiana en 1851»120.

Otros detractores fueron reconociendo la santidad de los que criticaban anteriormente de un


modo gradual, como el Padre Leschassier, que tan duramente había tratado a San Luis María
Grignion de Montfort. Empezó admitiendo sus dudas sobre su «buen espíritu» y, tras su
muerte, se atrevió a decir: «Ya ven ustedes que yo no entiendo de Santos»121.

Es cierto que también hay otros que siguen irreductibles en su postura negativa, aunque la
Iglesia eleve a los altares a aquellos a los que habían denigrado y perseguido en vida. No hay
de que extrañarse por estas actitudes; ya decía Goethe que los hombres tienden a ridiculizar
todo lo que no comprenden, especialmente lo hermoso y lo bueno. Lo que no sospechaba el
escritor alemán es la sorprendente pertinacia que manifiestan algunos en este punto.

120
Mujer Audaz, o.c.
121
L. M. GRIGNON DE MONTFORT, o.c., p. 23.
36
IV. LA INCOMPRENSIÓN DE ALGUNOS ECLESIÁSTICOS

Como consecuencia de la «contradicción de los buenos», en algunas ocasiones determinados


miembros de la Jerarquía, mal informados sobre la actuación de los hombres de Dios, o
influidos por algunas campañas denigratorias promovidas contra ellos, han puesto notables
inconvenientes para el desarrollo de sus labores apostólicas.

Podrían citarse, entre otros muchos ejemplos, las dificultades que tuvieron que superar Santa
Teresa, San Juan de la Cruz, San José de Calasanz, San Juan Bosco, San José Benito
Cottolengo, Santa María Micaela, el Cardenal Ferrari, el Beato Josemaría Escrivá, Padre
Kentenich, actualmente en Proceso de Beatificación... La lista es amplísima y nos
referiremos sólo a algunos ejemplos significativos.

Si sabiendo lo que ahora sé...

San Juan Bosco, Fundador de la Sociedad Salesiana, se encontró, como tantos otros
fundadores, con la urgente necesidad de encontrar colaboradores fijos para su labor
apostólica. Concentró entonces sus energías —como señala Pietro Stella—, en la formación
«de los jóvenes que frecuentaban su instituto en días festivos o que estaban allí acogido
como alumnos internos. Formó el primer núcleo de salesianos en privado el 26 de enero de
1854, pero sólo el 9 de diciembre de 1859 anunció públicamente su deseo de constituir una
Congregación religiosa, fortalecido por el consejo recibido en audiencia privada de Pío IX,
en abril de 1858»122. Un año más tarde ya contaba con diecisiete personas en la Sociedad de
San Francisco de Sales123. El propio Santo se encargó de la formación de los primeros
salesianos y alcanzo así, como señala Stella, «una singular cohesión entre los miembros de
su familia»124.

Don Bosco educaba «con un optimismo radicado en la certeza de que Dios providente
guiaba tanto la suerte de la Iglesia en los tiempos que aparecían sumamente borrascosos,
como también a él mismo y a su obra. Con resolución vivió e hizo vivir su fe cristiana,
seguro de que respondía de lleno a las aspiraciones humanas. Se hizo promotor de la
Confesión y Comunión frecuentes, del rezo del Rosario a la Virgen, de la música sacra, del
teatro recreativo y sagrado, de la prensa religiosa popular. De modo que la religión entró en
su sistema educativo y pastoral como fin y como instrumento, elemento fundamental de la
pedagogía y de la metodología pedagógica»125.

122
P. STELLA, Voz Salesianos, en GER., Tomo XX, Rialp, Madrid 1979, p. 717.
123
En concreto, un sacerdote, quince clérigos y un joven estudiante.
124
P. STELLA, o.c., p. 719.
125
IDEM, Juan Bosco en GER., Tomo XIII, o.c., p. 555.
37
Don Bosco educaba también a sus colaboradores en un espíritu de libertad, que no dejaba de
extrañar a algunos, como cuenta Gustavo Martínez Zuviría, bajo el pseudónimo de Hugo
Wast, en su popular biografía sobre el Santo:

«—¿Cómo les enseña a enseñar? —le preguntaban.

Y él, con su frescura habitual, respondía:

—Los echo al agua, y así aprenden a nadar»126.

Al Arzobispo de Turín, Mons. Ricardi, no le convencía demasiado aquel sistema, porque


pensaba que esos futuros sacerdotes, volcados en sus tareas pedagógicas, acabarían
descuidando sus estudios de Teología. Determinó por tanto que todos los colaboradores de
don Bosco que siguieran la carrera eclesiástica, estudiaran en su Seminario; y que los que
eran ya sacerdotes, fueran a perfeccionarse en el Convictorio.

La decisión del Arzobispo significaba en aquellos momentos, en la práctica, un golpe de


muerte para la obra salesiana, que se encontraba en un momento decisivo de crecimiento, ya
que don Bosco necesitaba urgentemente de esos brazos para educar a millares de alumnos.
Aquella labor apostólica, sin unos sacerdotes que la atendieran debidamente, no podría
cuajar. Fue a ver al Arzobispo y le suplicó que cambiara de actitud. Ricardi se negó, y la
situación se complicó aún más: otros Obispos le reclamaron a don Bosco los clérigos que
colaboraban con él, y le ordenaron que regresaran a sus respectivas diócesis.

«En mis escuelas —pedía don Bosco— se despiertan muchas vocaciones sacerdotales. La
gran mayoría se dispersan por todas las diócesis del Piamonte. Sólo unos cuantos quedan
conmigo. ¡Dejádmelos pues, a cambio de los que os doy!»127.

El Obispo no escatimaba sus elogios por la obra de don Bosco; pero se mostraba
intransigente en este punto: no aceptaba que esos sacerdotes se preparasen fuera de los
muros del Seminario. Don Bosco quería que se formasen a su lado, para infundirles su
espíritu, conforme a unos planes de enseñanza propios. Pero el Obispo pensaba que aquella
enseñanza sería notoriamente más pobre que la que se le podía dar en las aulas del
Seminario, enriquecidas por siglos de experiencia. Además, ¿y si en el futuro algunos
dejaban de ser salesianos?, argumentaba el Prelado. Se vería dispuesto a acoger en su
diócesis a unos sacerdotes poco doctos sin haberlos podido formar convenientemente. Por lo
tanto...

Un Obispo amigo de don Bosco, Mons. Gastaldi, intercedió para que pudiesen ordenarse tres
sacerdotes. Pero el Obispo de Turín siguió inflexible y no cambió de actitud ni siquiera

126
H. WAST, Don Bosco y su tiempo, Palabra, Madrid 1987, pp. 377-378.
127
Ibid., p. 378.
38
cuando trece novicios salesianos se presentaron a sus exámenes de Teología en el Seminario
y obtuvieron unas calificaciones excelentes.

Al final don Bosco se vio obligado a ceder, y envió sus novicios al Seminario. El resultado
no pudo ser peor: «De diez estudiantes míos en Teología —le escribía a Pío IX— que han
frecuentado los cursos del Seminario, no me ha quedado uno solo en la Sociedad»128.

«El conflicto no tenía otra solución —escribe Wast— que el que la Santa Sede aprobase
definitivamente las reglas de la Pía Sociedad salesiana, dándole vida independiente de los
Obispos diocesanos, y, sobre todo, la facultad preciosísima de las dimisorias, esto es,
acordando al Superior diocesano el derecho de conceder a los clérigos que hubieran
concluido sus estudios, letras habilitantes para recibir de cualquier Obispo católico las
órdenes menores y mayores»129.

El Santo no tuvo otra solución que apelar a Roma. Tenía en su poder numerosas cartas
laudatorias de Obispos que conocían de cerca el instituto salesiano, escritas por los
Cardenales Arzobispos de Pisa, Ancona, Fermo; los Arzobispos de Lucca y Génova; los
Obispos de Alejandría, Novara, Susa, Mondovi, Albenga, Guastalla...

Pero a Roma llegaban también opiniones contrarias acerca de su Instituto y, por si fuera
poco, Mons. Svegliati, Secretario de la Congregación de Obispos y Regulares, que estudiaba
el asunto, era un decidido adversario de don Bosco. Este eclesiástico consideraba que aquel
proyecto albergaba demasiadas novedades; opinaba que había excesiva «democracia» en los
colegios; estudios deficientes... Pidió un informe secreto a Mons. Torlone, encargado
oficioso de la Santa Sede ante el Gobierno italiano, que residía en Turín, y éste le confirmó
en sus opiniones.

Aquel informe fue un golpe mortal: el 2 de octubre de 1868, Mons. Svegliati le comunicó a
don Bosco que ni le aprobaban sus reglas ni le concedían las facultades que solicitaba. El
Santo aceptó aquella decisión humildemente, y se encontró de la noche a la mañana con
miles de niños a su cargo, y en un callejón sin salida. «¡Si, sabiendo lo que ahora sé —
comentaba años más tarde—, tuviese que recomenzar el trabajo de fundar la Sociedad, no sé
si tendría valor para ello!»130.

Volvió a intentar, lleno de fe en Dios, que le concedieran lo que pedía y en enero de 1869
viajó de nuevo a Roma para tantear el terreno. «Era demasiado cierto —escribe en una
Memoria— que muy pocos Prelados me secundarían. Todos estaban fríos, desconfiando del
éxito, y las personas más in-fluyentes me eran hostiles. Habían llegado a Roma cartas muy
contrarias a la Pía Sociedad...

128
Ibid., p. 383.
129
Ibid.
130
Ibid, p. 385.
39
»Vi que era necesario un verdadero milagro para cambiar los corazones... Cada palabra de
nuestras pobres reglas suscitaba una dificultad insuperable. Pero yo confiaba en la Virgen y
en las oraciones que se hacían en el Oratorio...»131.

Hizo falta, efectivamente, que por intercesión de la Virgen se produjeran varios sucesos
milagrosos —la curación repentina de un niño gravemente enfermo, sobrino del Cardenal y
la remisión espontánea de varias enfermedades de algunos eclesiásticos muy influyentes—
para que el 19 de febrero de 1869 el Papa se decidiese a aprobar la Pía Sociedad Salesiana y,
con ella, la facultad de conceder las dimisorias.

A fines de 1870 falleció Mons. Ricardi y, mientras se deliberaba quién podría ser su sucesor,
don Bosco acudió al Papa para decirle que aquel buen amigo suyo, Mons. Gastaldi, sería una
persona idónea para ocupar el puesto. Don Bosco y Gastaldi se conocían desde hacía veinte
años y gozaban de una gran amistad; hasta tal punto que Gastaldi había pedido a su propia
madre que reemplazara a la madre de don Bosco, Mamá Margarita, tras su muerte, el
cuidado de los biricchini, los chicos que atendía don Bosco. Gastaldi era un hombre bueno y
piadoso, apasionado por la jerarquía y la disciplina, aunque quizá excesivamente impulsivo y
dominante...

«¿Vos lo queréis? —le dijo el Papa a don Bosco— ¡Sea!»

«Yo no confié bastante en la Providencia, cuando quiso poner medios humanos para facilitar
mi obra» —comentaría don Bosco años más tarde—. Y escribió en otra ocasión: «Si debo
decir lo que pienso, creo que el demonio previó el bien que monseñor Gastaldi habría podido
hacer a nuestra Congregación, sembró cizaña secretamente, y consiguió que cundiera.
Perturbación inmensa, chismes y comentarios; disminución de sacerdotes, disgustos graves
al mismo monseñor que, por treinta años, fue mi mejor confidente.»

Una vez nombrado, el nuevo Arzobispo comenzó a tomar en su diócesis determinaciones de


una gran severidad. Una de ellas afectó especialmente a don Bosco: fue la suspensión a
divinis de su viejo profesor del Seminario, don Calosso, un anciano sacerdote que cuando se
vio en aquella situación acudió a don Bosco, que lo alojó en un colegio que tenía en Alassio.

La actitud comprensiva de don Bosco hacia don Calosso comenzó a envenenar las relaciones
entre el Arzobispo y el Fundador. Y además, poco tiempo después de acceder al episcopado,
Gastaldi se encontró sumergido de repente, como apunta Wast, en un entorno que propiciaba
una atmósfera hostil a don Bosco. «¿Temía, tal vez, el Arzobispo —se pregunta don Rúa,
primer sucesor de don Bosco, hoy también en los altares— que se creyese que, habiendo sido
promovido a la diócesis de Turín por obra de don Bosco, se dejase guiar por él? Hubo quien
lo supuso. ¿Temía, quizá, que don Bosco atrajese a su naciente Congregación jóvenes
estudiantes de la carrera eclesiástica con perjuicio de los seminarios diocesanos?»
131
Ibid., p. 387.
40
No lo sabemos. Lo cierto es que a los pocos meses el Arzobispo de Turín adoptó la misma
postura contraria ante don Bosco que su predecesor. Y comenzó una larga historia de
incomprensiones. Mons. Gastaldi se opuso decididamente al proyecto del Seminario de
vocaciones tardías que don Bosco había emprendido con el aliento del Papa; lo prohibió en
su diócesis; retrasó tres años la aceptación de las dimisorias para la ordenación de nuevos
sacerdotes salesianos y puso todos los inconvenientes posibles para que se llevasen a cabo
esas ordenaciones.

En esa situación, totalmente inesperada, don Bosco acudió de nuevo a la Congregación de


Obispos y Regulares pidiendo que se le concedieran los privilegios sobre este particular de
los que gozaban algunas congregaciones. Pero, a pesar de que el Papa se mostraba favorable,
los ánimos se encontraban divididos en torno a esa cuestión. Acudió a la comisión de
Cardenales. Y mientras se deliberaba el caso, uno de los Cardenales más influyentes, Mons.
Bizzarri, recibió esta carta de Mons. Gastaldi:

«Espero que la Sagrada Congregación, antes de concder al señor don Bosco lo que pide en
perjuicio de los Obispos, tendrá la bondad de hacerme conocer su petitorio para formular mis
observaciones.

»El espíritu de independencia, casi diré de superioridad que el señor don Bosco viene
desplegando hace años con el Arzobispo de Turín..., si fuese apoyado con nuevos privilegios
contrarios a mi jurisdicción, acrecentaría mis disgustos y tribulaciones.

»Si el señor don Bosco ha merecido y merece bien de Iglesia, yo pienso no haber
desmerecido, y no veo por qué se le deben conferir privilegios que importarían castigo para
mí.

»Y si se le han de conferir, en daño de mi jurisdicción, aguárdese al menos mi muerte, que


no tardará mucho, o déseme tiempo de retirarme de este puesto.»

Esa carta ponía de manifiesto que las tensiones entre el Arzobispo y el Santo habían llegado
a su punto álgido; lamentablemente, habían trascendido a la prensa y se comentaban en los
corrillos clericales. Y un día explotaron: la espoleta fue la negativa del Arzobispo a darle las
licencias a don Bosco para renovar su patente de confesar.

No era un episodio desconocido en la vida de la Iglesia. También San Felipe Neri se había
visto desposeído de esta facultad por el Cardenal Vicario de Roma132. Don Bosco reaccionó
con humildad, al igual que San Felipe, pero comprendió que tras esta decisión, su situación
al frente de una Congregación se volvía insostenible; al menos, en Turín. Decidió irse al
Seminario que regía don Bonetti.

132
Ibid., p. 399.
41
«Mañana me alejo de Turín —escribió al Arzobispo las Navidades de 1875— para eludir el
responder a las preguntas que ya se me hacen acerca de esto. Ahora le ruego humildemente
que quiera renovarme la facultad para evitar comentarios y escándalos; y como la medida
adoptada supone grave motivo, siendo un pobre sacerdote, Superior de una Congregación
definitivamente aprobada y nombrado por la Santa Sede misma, le suplico respetuosamente
que se digne enmendar cualquier yerro en que hubiese incurrido»133.

Mientras tanto don Bonetti había escrito directamente al Papa: «Vuestra Santidad —le
expuso— que conoce plenamente la virtud de mi superior, puede imaginarse si será capaz de
cometer un delito que merezca pena tal, como sólo se inflinge a los sacerdotes más
escandalosos.»

No fue necesaria la intervención del Papa, ya que el Arzobispo, al recibir la carta de don
Bosco, le concedió de nuevo las facultades. Pero aquello era sólo una tregua en el combate.
Siguieron circulando por los despachos de la Curia Romana informes profundamente
negativos sobre los salesianos: se les tachaba de altaneros, de ignorantes, rebeldes... Se
advertía la labor callada del Arzobispo, dolido por no dominar a su antojo los destinos de la
Congregación.

—¡Qué le vamos a hacer! —comentaba don Bosco—. El Arzobispo quiere mandar en la


Congregación y esto no es posible.

Tras un breve período de calma las aguas volvieron a alterarse con la aparición de cuatros
libros anónimos en los que se criticaba duramente la figura del Arzobispo. Uno se titulaba
Pequeña muestra de las doctrinas de monseñor Gastaldi; otro La cuestión rosminiana.
Nadie dudó —comenzando por el propio Arzobispo— que don Bosco los había promovido
para desacreditarlo.

«Solamente a los años —explica Wast— se ha sabido que el padre Ballerino, jesuita, y el
canónigo Anfonsi, antiguo salesiano, eran los autores de los dos referentes a filosofía de
monseñor»134. Otro era de un tal Turchi. El autor del cuarto permanece en el misterio.

Tiempo más tarde don Bosco se enteró en Roma que el Arzobispo intentaba promover un
proceso contra él. Rompió entonces su silencio y envió una larga exposición de hechos a la
Congregación de Cardenales:

«Hace más de diez años que el suscripto y la Congregación Salesiana sufren vejaciones
graves por parte del Obispo de Turín monseñor Lorenzo Gastaldi. Hasta aquí las hemos
tolerado en silencio. Los tiempos son difíciles para la Santa Iglesia y yo no quería molestar a
la Congregación provocando su autorizado y supremo juicio. Me dolía también reclamar
contra una persona a quien siempre he profesado estima y veneración. Y habríamos
133
Ibid., p. 398.
134
Ibid., p. 400.
42
continuado soportando en silencio todas las molestias y dificultades; pero últimamente el
Arzobispo se ha dirigido a la Sagrada Congregación del Concilio y ha publicado cosas
infamantes para el suscripto y la Pía Sociedad Salesiana...»

León XIII leyó aquellas líneas con sorpresa y la Sagrada Congregación se dispuso a resolver
aquel asunto en contra del Obispo. Pero el Papa opinó que era mejor, para el bien de la
Iglesia, que las cosas se resolvieran de otro modo: «Don Bosco escribirá una carta a Mons.
Gastaldi expresándole su desagrado por los incidentes que en los últimos años han alterado
sus relaciones y causado pena al corazón del Arzobispo. Si Mons. Gastaldi ha podido creer
que él o algún miembro del Instituto ha sido la causa, don Bosco pedirá perdón y rogará al
Arzobispo que olvide el pasado.»

Fue un acto heroico de humildad. Y después de tantos años de vejaciones, don Bosco tuvo
que pedir disculpas por algo que no había cometido.

Las pruebas y contradicciones acabaron sólo con la muerte del Arzobispo. Sólo entonces
León XIII se decidió a concederle a don Bosco los famosos privilegios. «Ahora —le dijo el
Papa en el transcurso de una audiencia— el pobre monseñor no podrá oponerse. ¡Ése sí que
era un adversario! Ya veis... ni siquiera el Papa muchas veces puede hacer todo lo que
quiere...»

«¿Hemos de asombrarnos? —se pregunta Wast—. No hay vida de santo, escrita con verdad,
que no tenga muchas páginas iguales. Por algo se lee en el Evangelio de San Juan este
anuncio de Jesús a sus discípulos: “Os arrojarán de las sinagogas y vendrá una hora en que
cualquiera que os haga morir creerá servir a Dios”»135.

La piedra de escándalo

A Santa Micaela, a la que una de sus biógrafos, Elisa Barraquer y Cerero denominó La
siempre calumniada, le sucedió algo similar. Una fuerte campaña de calumnias en su contra
hizo que algunos Obispos le pusieran muchas dificultades a su labor apostólica con mujeres
descarriadas. En su Autobiografía, la Madre Sacramento evoca una entrevista, con el
Arzobispo de Burgos, que da idea de algunas de las incomprensiones que tuvo que sufrir la
Santa por parte de muchos otros prelados del país.

La Fundadora fue a visitar al Arzobispo acompañada de una mujer que vivía en su colegio:
«El Arzobispo —recordaba Santa Micaela— la saludó a ella y la habló como si fuera sola o
no hubiera hecho alto en mí.

—¿Dónde está usted al fin?

135
Ioh 16, 2. Ibid, p. 401.
43
—Señor, estoy en el Colegio de las Desamparadas.

—Cómo, si se lo prohibí a usted.

—Señor, en aquel establecimiento no me podían tener y la Junta mandó que saliera.

—Y se fue a meter en el infierno. Que sin conocerlo que usted se metiera, lo comprendo;
pero que a sabiendas se meta usted en el infierno, no lo comprendo. ¿No ve usted mujer, que
es una casa de desorden, sin religión, donde vive peor que en una casa pública, donde la
Superiora es primera piedra de escándalo?»136.

Cuando la mujer le comentó que su acompañante precisamente la Fundadora, el Prelado


insistió con más fuerza: «Me alegro. Yo la arrancaré el velo de la hipocresía con que se
cubre. ¿No ha visto usted cómo no la he querido saludar siquiera a su entrada? Y si no fuera
por venir usted la hubiera hecho salir de mi casa»137.

Y siguió recriminándola a lo largo de hora y media. Al día siguiente, ya mejor informado, el


Arzobispo acudió a pedir perdón a la Santa.

En 1862 el Obispo de Valencia le hizo otra reprensión parecida. La riña fue tan acre y fuerte
que a la Santa se le quebrantó la salud. Salió de aquella entrevista, cuenta la que le
acompañaba, «angustiadísima y llorando amargamente. Tenía tal aflicción que hubo
necesidad de dársele un vaso de agua y esperar a que estuviese algo serena para volver a casa
y al momento se acostó enferma»138. También se puso en su contra el Obispo de Santander y
el de Barcelona, que en el transcurso de una comida, se estuvo burlando de ella con
sarcasmo. La Santa, mientras tanto, no abrió los labios139.

Muchos eclesiásticos compartieron esa actitud crítica o al menos reticente hacia ella.
Consideraban que aquella labor que llevaba entre manos era «tiempo y dinero perdido» 140.
Algunos sacerdotes, como Vicente de la Fuente, opinaban «que aquello no podía durar». De
la Fuente, que quiso ser su primer biógrafo en acto de desagravio, intentaba explicar lo
inexplicable —la difamación «por caridad» (!)— al describir la conducta de algunas

136
Cfr en Mujer Audaz, p. 235 y Autobiografía o.c, p. 413. Santa Micaela escribió este pasaje sin puntos y apartes. Sin embargo
en adelante siempre que citemos pasajes de la Autobiografía respetaremos la peculiar y sintaxis de la Santa, ya corregida en
muchas ocasiones por Toffoli.
137
Ibid.
138
Ibid, p. 348.
139
«Ya tenía noticias —escribe Santa Micaela— de que el Prelado de Barcelona no nos desaprobaba; pero no éramos de su
mayor agrado y ya había sucedido alguna vez que habían querido dar alguna crecida cantidad de dinero y consultando con el
Señor Obispo donde la habían de dar, las aconsejó en otras partes. Y algunas personas deseaban darlo para nuestra casa. Y sé
que varias veces ha dicho que estos colegios no tienen porvenir; que yo no tengo cabeza, que soy una corretona y no pienso más
que en viajar y me gusta estar hoy aquí, mañana allí» (Ibid., p. 350). Comenta el biógrafo que «en Barcelona no cayó Madre
Sacramento muy bien. Su presentación de noble, sus modales tinos, su amena conversación, su soltura envidiable no gustaron.
Queríanla con las manos metidas en las bocamangas y con los ojos en el suelo, como una Fundadora de la Edad Media» (Ibid, P.
350).
140
J. M. DALP, cit. en Mujer Audaz, o.c., p. 243.
44
personas: «Y los mismos que lo decían trabajaban para que no durase. Por supuesto que el
difamarla a ella y a su empresa —concluye sorprendentemente— era por caridad»141.

La Santa se hizo eco en sus escritos de los malos pronósticos de estos agoreros: «A nadie se
le ocurre más que pronosticarme que la cosa duraría mientras mi vida. Muerta yo, todo
acabaría. Esta amenaza en tono de profecía me apuraba poco porque estoy persuadida de que
a Dios nadie le hace falta»142.

«Estos falsos profetas —concluye el biógrafo— no consiguen aplanarla.» Y especifica: «a


ella». Porque sus colaboradoras pronto acusaron el golpe. Como comentaba la propia Santa:
«se decía que yo me arruinaba y no podía seguir y me iría aburrida a mi casa. En verdad que
bien había porqué a no ser Obra de Dios. Todo esto influyó tanto en las dos Maestras que me
quedaban que después de la Misa Mayor se fueron dejándome sola con mi Colegio»143.

Una «cueva de modernistas»

Hemos considerado algunas incomprensiones entre Fundadores y Prelados, generadas en la


mayoría de las ocasiones —como le sucedió a Juana Jugan— por causas ajenas a los propios
interesados y por una defectuosa información de los Obispos 144. Esas incomprensiones por
parte de algún miembros de la Jerarquía —tan explicables desde un punto de vista humano—
hicieron sufrir profundamente a las almas santas. «Me duele mucho comprobar —escribía
Roncalli, el futuro Juan XXIII en sus notas personales— la distancia entre mi modo de ver
las situaciones sobre el terreno y ciertas formas de apreciación de las mismas cosas en Roma:
es mi única verdadera cruz»145.

En este sentido el Cardenal Ferrari, hoy en los altares, sufrió una incomprensión muy
dolorosa, porque provenía de la misma Santa Sede y de una persona santa con la que gozaba
de amistad personal: el Papa, hoy San Pío X. Ferrari había accedido al solio cardenalicio de
Milán en 1894 y hasta su muerte en 1921 tuvo que soportar numerosas pruebas: las
campañas anticlericales de comienzos de siglo, la turbulencia del movimiento modernista,
los horrores de la guerra mundial... Pero su prueba más dolorosa le vino del propio seno de
la Iglesia, de la mano de los que le enfrentaron torcidamente con la persona que más
veneraba: el Vicario de Cristo.

141
V. DE LA FUENTE, o.c., p. 243.
142
Ibid.
143
Ibid.
144
P. MILCENT, o.c., pp. 136-137.
145
JUAN XIII, o.c., Loris Capovilla hace una anotación que permite virar la causa de esa «Cruz»: la divergencia de opiniones de
algunos miembros de la Jerarquía y Mons. Roncalli, durante su estancia en Turquía, sobre algunas cuestiones litúrgicas como el
«Bendito sea Dios» en turco.
45
El Cardenal pasó, como señala Domenico Mondrone, muchas humillaciones «en el seno de
la Iglesia por obra de unos pocos hombres que se creían en el derecho de controlar la
ortodoxia, vigilando su trabajo pastoral, acusándolo privadamente en alto o divulgando en la
prensa presuntas desviaciones de las 'directivas pontificias' de las cuales ellos parecían ser
los únicos intérpretes...»146.

En el revuelo que se formó durante la crisis modernista se acusó al Cardenal de infidelidad y


deslealtad a las directrices del Papa. Se dijo que su diócesis era una «cueva de modernistas»
y que su Seminario, por el que tanto velaba, era un «semillero de modernismo». Esto se
contradecía con la realidad de los hechos: aunque era cierto que en los círculos culturales de
Milán se respiraba ese ambiente modernista, el dato cierto es que ninguno de los dos mil
sacerdotes de su archidiócesis se negó a prestar el juramento antimodernista pedido por la
Iglesia.

La información llegaba muy sesgada al despacho del Papa que actuaba con fortaleza,
pensando siempre en el bien de las almas, y juzgando conforme a los datos que le daban.
Pesaba la amenaza modernista, el momento era crítico y cierta prensa estaba decidida a
formar alboroto. Y la negativa de un joven sacerdote, Luis Fontana, a prestar el juramento
antimodernista, le dio una ocasión formidable. Fontana abandonó el sacerdocio cuatro días
más tarde y un periódico, «La Riscossa», concluyó tajantemente: «¿Dónde se pegó el
modernismo a Fontana? Forzosamente en el Seminario. ¿Cómo es que nadie en el Seminario
se percató de lo que sucedía? Porque el Seminario de Milán —concluía 'La Riscossa'— es un
'semillero de modernismo'.»

«La gritería fue colosal —escribe un biógrafo de Pío X—. La prensa de toda Italia participó
en el escándalo a favor o en contra de 'La Riscossa'». Siguieron cartas de apoyo y de
protesta; una pastoral de Ferrari mal interpretada, una carta personal del Papa intentando
aclarar el asunto... Tiempo más tarde el Papa recibió al Cardenal con gran afecto y le dijo
que «lo perdonaba una y mil veces»147.

Esos malentendidos se fueron haciendo cada vez mayores y se formó «entre él y el Papa San
Pío X —escribe Mondrone— una cortina de humo llena de malentendidos, dudas y
sospechas, que algunos, sin el conocimiento de los dos santos, en nombre de una miope
intransigencia y con una desenvoltura poco escrupulosa, volvieron cada vez más densa y
oscura. La consecuencia fue que el santo Cardenal tuvo que sufrir no sólo a causa de la
Iglesia sino que la misma Iglesia fue la causante de sus sufrimientos y en concreto el Papa
San Pío X. No sólo le parecía al Papa que el Arzobispo de Milán era demasiado tibio en la
lucha contra el modernismo y demasiado condescendiente con los modernistas, sino que
rozaba quizá la deslealtad. Lo peor es que los sentimientos del Papa corrían de boca en boca
146
D. MONDRONE, Il Cardinale Andrea Ferrari, o.c., p. 197. Vid. también A. NOVELLI, Un vexcovo: E Cardinale Andrea C Ferrari
arcivescovo di Milano, Milano, Lega Eucarística, 1929; P. DORE, 11 Cardinale Ferrari, Firenze, 1929.
147
J. M. JAVIERRE, Pío X, Juan Flors, Barcelona 1952, pp. 278-280.
46
y llegaban a Milán, donde algunos miembros del clero y del laicado, para mostrarse celosos
defensores del Papa, le quitaron su estima a su Arzobispo. Ahora el Cardenal y el Papa, ya
en la gloria del Cielo, gozarán juntos al contemplar el juego de la Providencia que lo dispone
todo para el bien de los que aman a Dios y le buscan con corazón sincero. Todo: incluso las
dolorosas incomprensiones mutuas que acompañan el caminar humano de los santos».

Ferrari no fue el único que sufrió durante ese período. Algunos no entendieron el apostolado
que hacía don Orione, Fundador de la Obra de la Divina Providencia, con sacerdotes
modernistas, intentando ayudarles, y lo denunciaron, como recordaba años más tarde, al
«Santo Oficio como modernista, en carta al P. Pasqualigo, que fue a dar en manos del Santo
Padre Pío X; él me la hizo llegar a través del Cardenal Merry del Val: ¡con lo que significaba
denunciar a alguien como modernista ante Pío X!»148.

Con el aliento de la Jerarquía

El propio José Melchor Sarto, futuro San Pío X, había experimentado también en carne
propia el peso de las incomprensiones, a las que dio siempre la respuesta de los santos: el
perdón. Siendo Obispo de Mantua se difundió por la ciudad un folleto denigratorio contra él.
Cuando se supo el nombre del ofensor, un comerciante, diversas gentes pidieron al
Arzobispo que lo llevara a los tribunales. «Necesita más oraciones que castigos», dijo el
Obispo. Tiempo más tarde el comerciante se quedó en la ruina, y el primer auxilio le vino de
manos del Obispo:

—No digáis quién manda el dinero. Si pregunta, contestadle que la Virgen Auxiliadora149.

En otras ocasiones las consecuencias revierten directamente sobre los miembros de la


Jerarquía que apoyan a los santos. Por ejemplo: algunos miembros de la Jerarquía española
tuvieron que aclarar, durante la posguerra española, las numerosas maledicencias e insidias
que se propalaban en contra del Fundador del Opus Dei. El Cardenal Frings relataba cómo
un día un jesuita había visitado al Arzobispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay y le
dijo: «“Excelencia, ya sabe que ha surgido una nueva herejía: el Opus Dei.” Pero el Obispo
le respondió —cuenta Frings— que él había investigado el asunto, que le había parecido bien
y que siempre había apoyado la Obra»150.

Don Leopoldo, que había alentado al Fundador del Opus Dei desde los comienzos de la labor
apostólica, le comentó también a Mons. Castán Lacoma, por aquel entonces Obispo Auxiliar
de Tarragona, «que unas personas que se profesaban católicas fueron a hablar con él para
148
Cfr G. COLOMBO, Discurso con ocasión del Decreto de las virtudes heroicas del Venerable Siervo de Dios Andrea Carlo Ferrari,
en «Rivista Diocesana Milanese», marzo 1975, pp. 336-337; J. F. BELLIDO, Joven, cincuenta años después. Un encuentro con Don
Orione. Ciudad Nueva, Madrid 1990, p. 101.
149
J. M. JAVIERRE, o.c., p. 131.
150
Cit. en P. BERGLAR, o.c., p. 225.
47
acusar y denunciar a la Obra, sugiriéndole que interviniera contra ella y contra su Fundador».
El Prelado cortó tajantemente la maniobra: «`Esa criatura —les dijo— ha nacido en estas
manos.' Con esa frase quería indicarles —comenta Castán— que conocía bien lo que había
aprobado, que lo había hecho a ciencia y a conciencia y que no estaba dispuesto a
secundarlos»151.

Como se ha puesto de relieve en los testimonios publicados tras el proceso de Beatificación


del Beato Escrivá, muchos miembros de la Jerarquía eclesiástica le profesaron un gran afecto
y con muchos tuvo una amistad sincera. El Cardenal Bueno Monreal recuerda que desde que
fijó su residencia en Roma «pudo dedicarse de lleno a dirigir esta Institución en expansión
por todo el mundo. Y consiguió atraerse, con su simpatía, vitalidad e intensa laboriosidad y
presencia constante, el reconocimiento y el respeto hacia la obra de tantos hombres de
Iglesia, entre los que hay que señalar una lista interminable de Obispos de todo el mundo y
Cardenales. No sé cuántos prelados habrán pasado por aquella casa de Bruno Buozzi:
¡cientos! Cuando él marchó a Roma, la Obra era prácticamente desconocida en los ambientes
de la Santa Sede; cuando ha fallecido, los múltiples testimonios que tantos hombres rectos
han dado —algunos recogidos en la prensa mundial— hablan por sí solos de esta labor suya
en el corazón de la Cristiandad»152.

Sin embargo, antes de que el Fundador marchara a Roma, a comienzos de los años cuarenta,
se desarrolló en toda España y especialmente en Barcelona una fuerte campaña contra él. El
Abad coadjutor de la Abadía de Monserrat, Dom Aurelio M. Escarré, se interesó por la
veracidad de tantas murmuraciones como corrían por la ciudad y preguntó a las autoridades
competentes qué era el Opus Dei. El 9 de mayo de 1941 escribió una carta a don Leopoldo,
Prelado de la diócesis de Madrid, en la que había nacido el Opus Dei, para pedirle informes.

Don Leopoldo contestó al Abad el 24 de mayo de 1941: «Ya sé —escribía— el revuelo que
en Barcelona se ha levantado contra el Opus Dei (...). Lo triste es que personas muy dadas a
Dios sean instrumento para el mal; claro es que putantes se obsequium praestare Deo.» Y
después de decirle que conocía el Opus Dei desde su fundación en 1928, concluía: «creáme,
Rdmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos
y trabajos (...). Y sin embargo, son hoy los buenos quienes lo atacan. Sería para asombrarse
si no nos tuviese el Señor acostumbrados a ver ese mismo fenómeno en otras obras muy
suyas».

La correspondencia siguió y, en una carta del 1 de septiembre, Mons. Eijo y Garay contestó a
otras dos cartas del Abad, informándole de la agudización de la campaña en contra del Opus
Dei. El Obispo reiteraba su aprecio a la labor de los miembros del Opus Dei. «Va segura
porque va de la mano de los Obispos —escribía—, bien asida a ellos y sin más afán que

151
L. CASTÁN LACOMA, o.c., p. 16.
152
J. M. BUENO MONREAL, o.c., p. 36.
48
obedecerles y servir a la Iglesia.» Y proseguía más adelante: «Dígame si no es persecución, y
cruelísima, llamar a esa Obra que V. R. conoce y estima y por la que tan justamente se
interesa, masonería, secta herética, hijuela de lo de Bañolas, antro tenebroso que pierde a las
almas sin remedio; y a sus miembros, iconoclastas e hipnotizados, perseguidores de la Iglesia
y del estado religioso, y tantas otras lindezas por el estilo; y mover contra ellos las
autoridades civiles y procurar la clausura de sus centros y el encarcelamiento de su Fundador
y la condenación en Roma; y lo más trágico y doloroso, encizañar por todos los medios
desde el confesonario hasta la visita a domicilio a las familias de los que quieren bien al
Opus Dei. Si esto no es persecución durísima —se preguntaba el Prelado—, ¿qué lo podrá
ser?»153.

El Arzobispo concluía su carta alabando la actitud de los miembros del Opus Dei ante
aquellas contradicciones. «Créame, Rvdmo. P., que es edificante y consolador el espíritu de
santa alegría, de paz; caridad y amorosa resignación con que los miembros del Opus Dei
acogen la persecución y besan las manos que los hieren. Y esto me confirma en lo que ya
dije antes a V. R., que el Opus es verdaderamente Dei»154.

«Hace mucho tiempo, muchísimo —evocaría años más tarde el Fundador—, (...) una noche,
estando ya acostado y empezando a conciliar el sueño —cuando dormía, dormía muy bien;
no he perdido el sueño jamás por las calumnias, persecuciones y trapisondas de aquellos
tiempos—, sonó el teléfono. Me puse y oí: Josemaría... Era don Leopoldo, entonces Obispo
de Madrid. Tenía una voz muy cálida. Ya muchas otras veces me había llamado a esas horas,
porque él se acostaba tarde, de madrugada, y celebraba la Misa a las once de la mañana.

»¿Qué hay?, le respondí. Y me dijo: ecce Sotanas expetivit vos ut cribaret sicut triticum 155.
Os removerá, os zarandeará, como se zarandea al trigo para cribarlo. Luego añadió: yo rezo
tanto por vosotros... Et tu... confirma filios tuos! Tú, confirma a tus hijos. Y colgó»156.

Estos malentendidos entre personas de recta intención, pero confundidas y habitualmente


bienintencionadas, muestran de un modo aún más patente la virtud de los santos, y
confirman las enseñanzas de San Pablo que ya hemos citado: «todas las cosas cooperan para
el bien de los que aman a Dios» 157. «Saquen con honra —enseñaba la Santa de Ávila— a las
hijas de la Virgen y hermanas suyas en esta gran persecución, que si se ayudan, el buen Jesús
las ayudará, que aunque duerme en la mar, cuando crece la tormenta hace parar los
vientos»158.

153
VV.AA. El itinerario jurídico del Opus Dei, Eunsa, Pamplona 1989, pp. 92-93.
154
Ibid, pp. 93-94.
155
Lc 22, 31.
156
Cit. en S. BERNAL, 0.C., p. 282.
157
Rom 8, 28.
158
SANTA TERESA DE JESÚS, Obras Completas, Carta A las MM. Carmelitas Descalzas de Sevilla, o.c., p. 1749.
49
V. DENUNCIAS ANTE LOS TRIBUNALES ECLESIÁSTICOS

Aunque la Jerarquía de la Iglesia, como hemos señalado con anterioridad, ha alentado


habitualmente a los hombres de Dios en su labor apostólica, no han faltado ocasiones en las
que los santos han sido acusados falsamente ante los Tribunales eclesiásticos. Han sido
pruebas dolorosas tanto para la propia Iglesia como para los santos, que han sabido des-
cubrir en todos esos acontecimientos la mano providente de Dios.

Las palabras que dijo Santa Teresa cuando le hicieron ver esa posibilidad reflejan la actitud
general de los hombres de Dios ante esta contradicción: confianza en Dios y confianza en la
Iglesia. «Harto mal sería para mi alma —escribía la Santa— si en ella hubiese cosa que fuere
de suerte que yo temiese la Inquisición; que si pensare había para qué, yo me la iría a buscar;
y que si era levantada (una calumnia), el Señor me libraría y quedaría con ganancia»159.

Entre los numerosos casos de acusaciones al Santo Oficio que podrían citarse, nos
limitaremos a recordar las denuncias contra San Ignacio de Loyola, San Juan de Ávila, San
José de Calasanz y el Siervo de Dios José Kentenich.

Volveremos a lo de siempre

En el conocido relato que hizo San Ignacio de Loyola al P. Luis Gonzalves da Camara,
denominado habitualmente Autobiografía160, se consignan las penalidades que tuvo que
sufrir el Santo con los Tribunales eclesiásticos. San Ignacio fue juzgado primero por el
Vicario en Alcalá, Juan Rodríguez de Figueroa, en noviembre de 1525. En marzo de 1527 se
le volvió a procesar; en abril fue encerrado en la cárcel; y en mayo comenzó su tercer
proceso.

De allí fue a Salamanca, donde, tras un coloquio con los Dominicos, entró de nuevo en la
cárcel a finales de julio. En agosto fue absuelto y fue a París, donde se encontró con que «se
habían levantado grandes rumores acerca de él y que el inquisidor le había hecho llamar.
Mas él no quiso esperar, y se fue al inquisidor, diciéndole que había oído que lo buscaba; que
estaba dispuesto a todo lo que quisiese (...), pero que rogaba que lo despachase pronto
porque tenía intención de entrar por San Remigio de aquel año en el curso de Artes; que
deseaba que esto pasase antes para poder mejor atender sus estudios. Pero el inquisidor no le
volvió a llamar, sino sólo le dijo que era verdad que le habían hablado de sus cosas»161.

159
Cit. por M. AUCLAIR, 0.C., p. 134.
160
«No es que el Santo escribiese de su propia mano sus memorias —se lee en la Introducción de las Obras Completas de San
Ignacio de Loyola, BAC, Madrid 1963, p. 68—; pero la reproducción de sus palabras es tan fiel, que es como si él mismo las
hubiese escrito.»
161
Ibid., p. 137.
50
«En aquel tiempo del curso —prosigue la Autobiografía— no le perseguían como antes. Y a
este propósito una vez le dijo el doctor Frago que se maravillaba que anduviese tan tranquilo,
sin que nadie lo molestase. Y él respondió:

—La causa es porque yo no hablo con nadie de las cosas de Dios; pero terminado el curso,
volveremos a lo de siempre»162.

Ante la Inquisición de Sevilla

También San Juan de Ávila tuvo que sufrir a causa de «lo de siempre», es decir, las
acusaciones falsas, las murmuraciones y las insidias. El apóstol de Andalucía fue denunciado
ante la Inquisición de Sevilla en el año 1531. Se le acusaba de haber proferido en Écija
algunas «proposiciones sospechosas contra la Fe católica».

Sus primeros acusadores fueron Leonor Gómez de Montenussó, que le acusó de haber dicho
en confesión «que los quemados por el Santo Oficio eran mártires»; Andrés Martel, jurado
de Écija, que afirmó que el Santo había dicho, en casa de Francisco Aguilar, estando
presente su hermano Antonio, que no había salvación para los que volvían a pecar habiendo
obtenido perdón después de estar en peligro de muerte; y un tal Felipe Labrador, que
aseguraba haberle escuchado esta frase durante un sermón: «Lo que digo es verdad, y si no
es verdad Dios no es verdad.»

A ellos se sumó un sacerdote, Onofre Sánchez, que denunció otras proposiciones


sospechosas.

Comenzó de este modo un enrevesado proceso en el que se sucedieron nuevas denuncias y


testimonios contradictorios. Antonio Aguilar dijo que no había entendido lo mismo que
aseguraba haber oído Andrés Martel; y mientras testigos y denunciantes se contradecían
entre sí surgió una nueva denuncia, esta vez en Alcalá de Guadaira: un médico, Flores,
aseguraba haberle oído hablar al Santo de «una Iglesia del demonio». Más tarde el párroco
de Alcalá de Guadaira denunció al propio Flores por varias proposiciones contra fidem y por
sus intentos para impedir el fruto de los sermones de Juan de Ávila en aquella localidad.

Depusieron a favor del acusado 55 testigos que denunciaron la mala voluntad, los rencores
personales y el afán por retorcer tendenciosamente las palabras del Santo que movía a
aquellos detractores.

El Santo Oficio escuchó las acusaciones y tras la fiesta de San Pedro de 1532, dictó la orden
de prisión. Una vez encarcelado el Santo fue sometido a sucesivos interrogatorios, hasta que
el 16 de junio de 1533 los inquisidores lo absolvieron plenamente, aunque, eso sí,

162
Ibid, p. 139.
51
recomendándole que, en lo sucesivo, atendiese «mucho y se modere en su manera de
hablar».

Al salir le mandaron predicar en la iglesia del Salvador de Sevilla, donde «en apareciendo en
el púlpito, comenzaron a sonar las trompetas, con gran aplauso y consolación de la
ciudad»163.

A los ochenta y seis años

Más breve fue el interrogatorio que tuvo que sufrir San José de Calasanz; pero de
consecuencias más trágicas. Como explica Fray Justo Pérez de Urbel, lo que sucedió en vida
del Fundador en el seno de la Orden de las Escuelas Pías, fue «una de esas cosas que Dios
permite para purificar un alma y levantarla a las cumbres más altas del heroísmo. Toda una
Orden va a ser sacudida y zarandeada por las tormentas más furiosas de la pasión, para
descubrir en toda su belleza maravillosa la paciencia y la humildad del Fundador»164.

El Fundador se encontró ante una masa ingente de niños y con una notable escasez de
maestros. Se intentaron varias soluciones, como la unión con la Congregación Luquesa, que
fracasaron. Al fin, se fundaron las Escuelas Pías, que tuvieron un notable desarrollo. Pero en
1636 la situación se volvió borrascosa. «Hijos míos —decía—, rogad por mí; que el Señor
me dé paciencia para vencer las tribulaciones. Debo ser zarandeado intensamente. San
Francisco tuvo un sólo fray Elías; yo tendré muchos.»

La situación interna de la Orden en aquellos determinados momentos se deduce por las


palabras del propio Calasanz: «Comunico a vuestra reverencia —escribía el Santo a un
Provincial en 1635— que muchos de los nuestros se hallan en las más tristes disposiciones.
No pueden ir peor las cosas y sólo de la mano de Dios espero el remedio.» «En Roma —
relata Pérez de Urbel— un coadjutor intentó quitarle la vida; otros le amenazaron
descaradamente; otro se le acercó una vez, estando en la sacristía, para decirle que era un
inútil y que debía renunciar»165.

No disponemos del espacio necesario para describir el marco en el que se va a desarrollar la


siguiente historia: el confuso ambiente espiritual de la época; la interrelación —confusión,
tantas veces— que se daba, en algunos ambientes eclesiásticos, de las cuestiones religiosas
con las temporales; la deficiente situación del clero y el delicado momento político que

163
Cfr SAN JUAN DE ÁVILA, Obras completas del Santo Maestro, Ed. Crítica. Vol I, BAC, Madrid 1970, pp. 39-52. El texto íntegro
del proceso ha desaparecido y sólo se conserva un extracto en italiano en el Archivo Congregación S. S. Ritos, MS, ff. 145 r-163,
v. Roma, que ha sido publicado por C. M. ABAD, en Miscelánea Comillas, 6 (1946), pp. 151-167. F. SÁNCHEZ BELLA ofrece un
análisis sintético en sus estudios San Juan de Ávila y la Reforma de la Iglesia en España, Rialp, Madrid 1970, pp. 72-76; y La
Reforma del clero en San Juan de Ávila, Rialp, Madrid 1981, pp. 76-79.
164
J. PÉREZ DE URBEL, o.c., pp. 458-459.
165
Ibid., p. 460.
52
atravesaban los diversos Estados de la península italiana. Bastará con señalar que las
contradicciones más graves que sufrió el Santo tuvieron un nombre propio: el Padre Mario
Sozzi, un personaje de perfil oscuro y contradictorio.

Este sacerdote que vistió el hábito escolapio en 1630 era un hombre «inquieto, soberbio —
escribe Giner—, lleno de sospechas contra sus hermanos en Religión, a los que impacientaba
con sus delaciones por fútiles motivos. Después de girovagar por algunos Colegios, siempre
mal soportado por los religiosos, fue mandado por segunda vez a Florencia» 166. Allí
descubrió un ignominioso asunto de meretricio, en el que estaba involucrado un canónigo de
la catedral. Su delación le granjeó las simpatías del inquisidor de Florencia y,
posteriormente, de la Inquisición Romana.

Más tarde el General lo trasladó a Narni, a instancias de su comunidad a la que hacía la vida
imposible. Pero el P. Mario consiguió que por influencia del Asesor del Santo Oficio, Mons.
Albizzi, se le trasladara de nuevo a Florencia. Allí denunció de nuevo a otros escolapios de
herejía, en unas turbias actuaciones en las que tuvo siempre la habilidad de presentarse como
un hombre perseguido. Logró engañar al Santo Oficio, que impuso al Fundador que lo
nombrara Provincial de Toscana, ante el escándalo de los religiosos, que conocían la verdad
de los hechos.

Al llegar a Florencia muchos no quisieron recibirle. El P. Mario hizo recaer entonces todas
las sospechas sobre el propio Fundador, lanzando el infundio de que era él, el mismo José de
Calasanz, el que instigaba, desde Roma, las reticencias de los otros escolapios contra él.

En julio de 1642 se trasladó de nuevo a Roma donde siguió con sus maquinaciones.
Consiguió que Mons. Albizzi enviara un notario al Padre General amenazando con graves
penas a los que no le obedecieran. «Apoyado en la protección del Santo Oficio —relata
Giner—, insinuó amenazas contra el Cardenal Cesarini, Protector de la Orden.» Cesarini
mandó entonces que se registrara la habitación del P. Mario, y a pesar de las advertencias del
Santo Fundador que presagiaba consecuencias graves, los mandatarios del Cardenal llevaron
a efecto el registro.

La reacción del P. Mario fue acusar al Santo ante Mons. Albizzi «como responsable del
registro —continúa Giner— y violador de la jurisdicción del Santo Oficio, pues entre los
documentos había algunos relacionados con el Santo Tribunal. Mons. Albizzi, fiándose de
las calumnias del P. Mario se presentó en persona en la Casa de San Pantaleón»167.

Era el 15 de agosto de 1642. «José, que estaba en la iglesia —relata Pérez de Urbel—,
presentóse a la puerta, pero fue recibido con este lacónico saludo: “Sois preso.”
Inmediatamente se encontró rodeado de soldados, que se apoderaron de él para llevarle a las

166
S. GINER, o.c., p. 28.
167
Ibid, p. 29.
53
prisiones de la Inquisición, sin darle tiempo para coger el capote ni el sombrero. La multitud
se agolpaba en la calle atraída por el súbito infortunio de aquel anciano de ochenta y seis
años»168.

«Marchaba el siervo de Dios —comentaba un testigo— sin turbarse, a la hora del mediodía,
en lo más fuerte del calor, por la larga calle de Bianchi, con la cabeza descubierta y el
semblante tranquilo y alegre»169.

Entraron en la cárcel a las doce, donde el Santo se quedó profundamente dormido. A las seis
horas llegó Albizzi: «No saldrá de aquí en tanto no sean devueltas las escrituras que ayer
tarde le fueron robadas al P. Mario.» El asunto se aclaró: ninguno estaba presente cuando se
hizo el registro por orden del Cardenal Cesarini. Dejaron libre al Fundador aquella misma
tarde, pero no cesaron las maquinaciones del P. Mario, que logró —con la ayuda de Albizzi
— que la Inquisición le confirmase como Provincial de Toscana bajo su total jurisdicción,
con plena independencia de su General170. Y allí marchó de nuevo en el mes de octubre.

En Toscana siguió promoviendo nuevos escándalos eclesiásticos, y su actitud fue mal vista
por el Gran Duque que, en plena lucha entre Médicis y Barberinis, acabó desterrando al P.
Mario de Toscana acusándole de vasallo infiel, embustero y espía de guerra171.

De nuevo las iras del P. Mario recayeron sobre el General y se concretaron en el tristemente
famoso Memorial Calumnioso que envió, según su costumbre, al Santo Oficio 172. Ese
Memorial, escribe Bau, «es un monumento de habilidad en lo que dice, en lo que calla, en lo
que insinúa, en lo que remacha, en lo que entrelaza, en lo que pide, en lo que rehúsa, en lo
que intriga...»173.

Engañado de nuevo, Mons. Albizzi pidió a Urbano VIII que nombrase al P. Mario Vicario
General de toda la Orden con todos los derechos, facultades y honores. La intención del Papa
era posiblemente —como señala Jorge Sántha— que Calasanz se quedase con el título
honorífico de General y que el P. Mario asumiese el gobierno efectivo 174. Se hablaba ya de
una posible extinción de la Orden.

Tras diversas peripecias se promulgó más tarde el Decreto In Causa Patris Marii en el que,
entre otras cosas, se suspendió al Fundador de su cargo y a sus cuatro Asistentes, y se
nombró a otros cuatro, el primero de los cuales sería el P. Mario.

168
J. PÉREZ DE URBEL, o.c., p. 462.
169
Ibid.
170
Ibid.
171
Vid. Sumario mayor. Animadversiones, pp. 15-16, cit. por C. BAU, 0.C., pp. 312.
172
Cfr texto en C. BAU, Revisión de la Vida de San José de Calasanz, Madrid 1963, pp. 3-9.
173
Bau ofrece un resumen de este larguísimo memorial en su Biografía crítica, pp. 948-951.
174
Ibid., p. 318.
54
A partir de entonces, como relata Pérez de Urbel, al Fundador «se le trataba despóticamente,
se le tenía de rodillas como a un culpable, se le vigilaba como a un malhechor. “Viejo
chocho —le decía el nuevo Superior—, no quieren obedecerme y usted no los sosiega.” José
callaba, obedecía y se esforzaba por hacer obedecer a los demás»175.

Durante ese período, el P. Mario «tiranizó a la Comunidad, hasta el extremo de que los
Asistentes recién elegidos renunciaron a su cargo, asqueados por la conducta altanera e
insoportable del triunfante Primer Asistente. Pero su gloria duró poco. Todavía no se había
cumplido el año de su gobierno, cuando a finales de aquel verano contrajo una terrible
enfermedad, tal vez lepra, que en poco tiempo se lo llevó a la tumba. El 10 de noviembre de
1643 murió sin reconciliarse con su víctima» 176. Sin embargo el Santo intentó «visitarle,
consolarle y aconsejarle»177 hasta el último momento, pero el P. Mario no lo consintió.

No se acabaron las penas de San José de Calasanz tras la muerte del P. Mario. Tuvo que
soportar nuevas maquinaciones y persecuciones contra él, que sobrellevó con una paciencia
ejemplar. No en vano se ha comparado su figura con el santo Job. Fue elegido, como fruto de
una antigua intriga del P. Mario, el P. Querubini, considerado por muchos «el trapo más
sucio de todo el Instituto»178, que supo presentarse, al igual que el P. Mario, como una
víctima inocente de las maledicencias ante los Cardenales. Ante esta situación volvió a
debatirse de nuevo la extinción de la Orden.

Más tarde se consiguió una sentencia por la que el Fundador fue reintegrado oficialmente a
su puesto; pero fue tanta la alegría de los escolapios fieles al conocer la noticia que, Mons.
Albizzi, engañado por los seguidores de Mario y Querubini, logró que la sentencia se
sobreseyera antes de que se hiciera oficial. Nuevas intrigas provocaron que antes de fallecer
el Santo tuviese la amargura de contemplar la promulgación del Breve del Papa Inocencio X
Ea quae pro felici, de 16 de marzo de 1646, que tenía como fin disolver la Orden de las
Escuelas Pías.

El 25 de agosto de 1648 murió San José de Calasanz, infundiendo en todos los que le
seguían su confianza en la restauración total del Instituto, como sucedió tiempo más tarde.

Desterrado en Milwaukee

175
J. PÉREZ DE URBEL, o.c.
176
Cfr J. SÁNTHA, Cómo se llegó al Decreto «In Causa Patris Marii» (15-1-1643), en Ensayos críticos, n. 23, pp. 278-281; y C. BAU,
San José de Calasanz, Revista Calasancia, Salamanca 1967. BAU es autor de una exposición de biografías calasancias, Revisión de
la vida de San José de Calasanz, Madrid 1963, pp. 3-9.
177
J. PÉREZ DE URBEL, o.c., pp. 462.
178
S. GINER, o.c., p. 31.
55
No tan alejado de nosotros por el tiempo, en este mismo siglo, el Padre Kentenich, cuya
Causa de Canonización se incoó el 10 de febrero de 1975, también tuvo que sufrir su
«contradicción de los buenos» por parte de la Jerarquía eclesiástica.

José Kentenich fundó el 18 de octubre de 1914 la Obra de Schönstatt y más tarde el Instituto
de las Hermanas de María, persuadido de que eran Voluntad de Dios. «Si Schönstatt no fuera
obra de Dios —había escrito durante los años veinte— no movería un dedo por ella»179.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el Fundador arrastró numerosos padecimientos y pasó


cuatro años en un campo de concentración nazi. Con el tiempo, la fundación cobró gran
vitalidad y vigor apostólico, aunque el Fundador, en su humildad, decía el 8 de julio de 1950:
«Tengo la impresión de que no he hecho nada en estos cuarenta años. No crean que es
exageración. Es literalmente así. Hay un estado de ánimo peculiar, que el Salvador acuñó en
su forma clásica: “Y cuando todo lo hayáis hecho, decid: Siervos inútiles somos”.»

Sin embargo, junto con ese desarrollo apostólico no faltaron críticas e incomprensiones. A
algunos, aunque reconocían que con Schönstatt «había partido de una enorme ola de
conciencia de misión apostólica y de profunda devoción mariana», les parecía que la
dependencia del movimiento con el Padre Kentenich «excedía toda medida razonable».

En 1950, relata Engelbert Monnerjahn, «el Santo Oficio nombró un Visitador apostólico en
la persona del jesuita holandés, Padre Sebastián Tromp, profesor de la Universidad Pontificia
Gregoriana y consultor del Santo Oficio. En la Semana Santa de 1951 llegó el Padre Tromp a
Schönstatt para una primera y breve estancia. Un encuentro entre el Visitador apostólico y el
Padre Kentenich tuvo lugar a principios de mayo del mismo año, cuando de vuelta a
Suramérica, el Padre Kentenich se detuvo en Roma. En la entrevista le propuso el Visitador
que para solucionar las dificultades, optara por separarse voluntariamente de su Obra. Si
accedía espontáneamente a la separación quedaba siempre la posibilidad de volver a ella
algún día en un futuro lejano. En cambio, si se le imponía la separación no podría contar con
esa posibilidad»180.

El Padre Kentenich oró, reflexionó y consultó con sus allegados. Al final comunicó al
Visitador que por fidelidad a su Obra no podía pensar en una separación voluntaria; pero que
aceptaría la autoridad eclesiástica si se la ordenaba.

El 31 de julio llegó un decreto que le deponía del cargo de Director de las Hermanas de
María. Les escribió entonces una breve carta:

«Mis queridas hermanas:

179
E. MONNERJAHN, José Kentenich. Una vida para la Iglesia, Encuentro, Madrid 1985. Palabras del Padre Kentenich al Rector de
un seminario alemán en 1920, p. 264.
180
Ibid., p. 244.
56
(...) Declaremos de boca y corazón que nos sometemos a las órdenes de toda autoridad
legítima. Esto se aplica especialmente al caso de la autoridad suprema. Todo lo demás lo
dejamos en manos de Dios y la Santísima Virgen. Y luego seguimos sin amargura trabajando
como hasta ahora en la obra de nuestra vida, aunque hayamos de renunciar a costumbres y
formas de vida con las que nos hemos encariñado. Sea éste nuestro regalo para la gran
festividad de nuestra amada Madre. No faltará la retribución.

»Con un saludo cordial y bendición sacerdotal. J. K.»

El 30 de septiembre llegó otro decreto que le prohibía la estancia en Schönstatt. El 22 de


octubre Kentenich partió para Suiza.

El 1 de diciembre el Visitador le ordenó que abandonara Europa y le depuso del cargo de las
ramas de la Liga de Schönstatt. En enero del 52 se le asignó como domicilio la residencia de
los palotinos de Milwaukee. Pero como los visados no podían conseguirse con tanta rapidez,
se le dio permiso para volar a Suramérica y esperar allí el visado suramericano. El 21 de
junio de 1952 Kentenich llegó a Milwaukee, donde estuvo trabajando durante once años
como capellán de los emigrantes alemanes, sin mantener, como se le había indicado, el
mínimo contacto con Schönstatt.

«La consecuencia general de las circunstancias concomitantes —escribe Monnerjahn— fue


que la separación de su Obra no se limitaba a un simple traslado, sino implicaba un destierro,
y no sólo eso; esta separación, como era de temer, arrojó oscuras y espesas sombras sobre la
persona del Padre Kentenich y sobre su Obra. En vano subrayó el Santo Oficio con énfasis
que su alejamiento de Schönstatt era una simple medida administrativa, no disciplinar y, por
tanto, no equivalía a la imposición de un castigo, al que ni la vida ni la doctrina del Padre
Kentenich habrían dado pie.

Por más que todas estas explicaciones respondieran a la verdad, no podían impedir la
propagación de rumores y calumnias que afectaban de consuno al Fundador y a la
Fundación, máxime si se tiene en cuenta que, a raíz del destierro, no faltaron quienes
acudieran a las autoridades eclesiásticas con testimonios agravantes contra él y contra los
suyos»181.

La visita apostólica no había terminado: duró casi dos años y muchos pensaron que sería el
final de la Obra de Schönstatt. «Sabemos de fuentes bien informadas —escribe Monnerjahn
— que el decreto de disolución de la fundación del Padre Kentenich estaba a punto en el
escritorio de Pío XII. Sin embargo el Papa no lo firmó. Por el contrario, en el verano de
1953, ordenó que se diera por terminada la visita apostólica. Además el Santo Oficio dio el 3
de agosto su nihil obstat a un Estatuto General que se había elaborado entretanto y que venía
a ser una especie de ley fundamental para toda la Obra (...).
181
Ibid., p. 249.
57
»Era claro que el Fundador tenía otra concepción del Estatuto General y que, por ejemplo, no
quería verlo recargado de tantas minuciosidades jurídicas; pero en los párrafos, redactados
casi todos ellos de modo muy jurídico, no dejaban de encontrarse también elementos
espirituales básicos»182.

Comenzó un tiempo difícil para la fundación, en la que muchas personas ajenas dudaban que
fueran ciertas aquellas palabras de Kentenich: «el soplo de Dios ha animado la fundación del
Movimiento de Schönstatt»183. Fue un proceso doloroso —escribe Monnerjahn— «cuya
aclaración última ha de buscarse en el misterio de la libertad humana y en los designios y
gobierno de la Providencia Divina»184.

A partir de ese momento empezó a concebirse la Obra de Shónstatt dependiente de la


Congregación de los Palotinos, a pesar de que los miembros del Movimiento defendían su
peculiaridad y reclamaban que había habido una iniciativa divina implicada en el acto
fundacional del 18 de octubre.

«Más de diez años duraron las vicisitudes de la lucha, que ocupó y preocupó a Obispos,
Conferencias episcopales y diversos Dicasterios romanos. Sobre ella se discutió en los
pasillos del Concilio Vaticano II y de ella se llegó a hablar indirectamente en la misma aula
conciliar. Tres Papas trataron el asunto y contribuyeron a resolverlo definitivamente: Pío
XII, Juan XXIII y Pablo VI. Sin exageración cabe decir que la controversia constituye uno
de los capítulos más instructivos de la historia eclesiástica de nuestro siglo, y como dijo una
vez el Padre Kentenich con razón: Es toda una lección ejemplar. Pero para la familia
Schönstatt significaba más, porque era una lección vivida de la Providencia divina. Y así se
comprende que, aunque aquellos años fueron un Viacrucis y un calvario para Schönstatt, la
controversia y la lucha terminaron reforzando su vinculación con la Iglesia»185.

Con el tiempo la situación se volvió particularmente confusa. «Sé que se critica mucho a
Schönstatt —dijo el Nuncio Apostólico de un país suramericano—, pero yo espero que con
el tiempo la opinión pública se habitúe a Schönstatt y que las críticas vayan desapareciendo.
Por lo demás, no tenéis porqué temer la crítica. Conociendo la historia de la Iglesia se sabe
de antemano que movimientos como el vuestro siempre han tropezado con dificultades. No
puede ser de otro modo, porque vuestro movimiento es de tal vitalidad y predica un
cristianismo tan puro y acendrado, que provoca una instintiva reacción de defensa en la
gente. No es otro el destino de los movimientos dotados de tal plétora de energía, que
invaden todos los sectores de la sociedad186.
182
Ibid., p. 262.
183
Ibid., p. 265.
184
Ibid., p. 266.
185
Ibid., p. 267.
186
Ibid., p. 269. Hemos dado una visión sucinta de todo el proceso, que fue mucho más complejo y tuvo muchas más
connotaciones, como las falsas acusaciones sobre la pretendida carencia de «sentido eclesial» de los sacerdotes miembros de
este Movimiento. Sin embargo, como subrayó un Obispo, los sacerdotes de Schönstatt se habían distinguido siempre por su
58
Al fin, se resolvió la situación. En 1963 el entonces Obispo de Münster, Joseph Hüffner, fue
nombrado moderator et custos de la Obra de Schönstatt, con lo cual se le confiaba la tutela
de toda la Obra. En 1964 la Santa Sede reconoció oficialmente a Schönstatt, que quedaba
desligada de los Palotinos y el 20 de octubre de 1965 los Cardenales del Santo Oficio, en
sesión plenaria, suspendieron todas las resoluciones sobre el Padre Kentenich, confirmada
dos días más tarde por el Papa. El 22 de diciembre de 1965, Pablo VI lo recibió en audiencia.
Dos días antes había cumplido ochenta años. El día de Navidad volvió a Schönstatt. Era el
«milagro de la Navidad», presentido por Kentenich muchos años antes.

Un año más tarde, el 4 de junio de 1966, fueron aprobados los Estatutos de los sacerdotes de
Schönstatt por la Santa Sede y, dos años más tarde, el 15 de septiembre de 1968, fallecía, en
olor de santidad, José Kentenich.

ejemplar «sentir con la Iglesia» y se esforzaban todo lo posible por hacer propias las intenciones del Santo Padre y de los
Obispos. Vid., entre otros, MONDRONE, Padre Joseph Kentenich. Una valida esperiencia religiosa per oggi, en I Santi ci sono
ancora, Vol. I, Pro Sanctitate, Roma, pp. 305-323.
59
VI. ACUSACIONES DE EX-MIEMBROS

Los Fundadores han tenido que padecer con frecuencia una tribulación cuyo precedente se
encuentra en las mismas páginas del Evangelio: la defección de alguno de sus hijos
espirituales. Se podrían citar numerosos ejemplos sobre este particular, que constituye un
antiguo fenómeno en la vida de la Iglesia y de las fundaciones eclesiásticas. Baste con
recordar las famosas cartas de San Bernardo a los monjes que abandonaban el monasterio187.

A lo largo de la historia de la Iglesia no ha sido extraño que alguno de esos hombres y


mujeres se haya convertido, con el tiempo, en un detractor de sus antiguos Fundadores o de
las Instituciones a las que pertenecieron.

Recordemos a continuación algunos ejemplos entresacados de las vidas de Santa Teresa, de


San Francisco de Sales y del Beato Josemaría Escrivá.

Canonizada por toda la ciudad

Entre las mujeres que habían esperado con impaciencia la llegada de Santa Teresa a Sevilla
en el año 1575, para ingresar en el Carmelo como novicias, había una, cuyo nombre
silenciarían más tarde las carmelitas por caridad, que era, en palabras de la Santa —que
guardaba sus reservas sobre ella—, «una gran beata que estaba ya canonizada por toda la
ciudad»188.

«Era la pobre —en palabras de la Priora de Sevilla— mucho más santa en su opinión que en
la del pueblo, y como en entrando le faltaron las alabanzas y comenzó el toque de la religión
a hacer su oficio de descubrir los quilates que habían en lo que ella parecía tanto relucir,
hallóse sin nada y comenzóse a descontentar y nosotras mucho más de ella, porque jamás
hubo remedio a hacerla acomodar a casa de religión y por ser ya mujer de cuarenta años, de
grande autoridad y sabía dar a cada cosa su salida: unas veces se excusaba con que era
enferma, y así ni quería comer de nuestras comidas, sacando que cada cosa era enferma e
hinchaba, que pudiera leer a Galeno; otras decía que la costumbre y gran calor de la tierra la
excusaba. Nuestra Madre, pareciéndola que el tiempo la iría enmendando, y por no la
apretar, mandaba la sobrellevásemos y daba licencia que a veces se confesase y hablase con
los clérigos sus conocidos»189.

Aparte de lo que señala la Priora, el comportamiento de aquella mujer dentro del convento
era bastante extraño; por ejemplo, entre otras rarezas y caprichos, solía presentarse
intempestivamente cuando veía que alguna novicia hablaba con la Santa en su habitación...

187
SAN BERNARDO, Obras, «Epistolario», BAC, Madrid 1947.
188
M. AUCLAIR, o.c., p. 307.
189
Ibid.
60
Tiempo después la novicia innominada abandonó el Carmelo. Estaba bastante furiosa porque
había comprobado que aquel género de vida era superior a sus fuerzas y descargó su rencor
de modo tristemente tópico: denunció a la Santa ante la Inquisición y un día llamaron a la
puerta del convento, entre un tropel de gentes, los jueces y los notados, mientras unos
alguaciles hacían guardia ante las puertas.

Comenzaron los interrogatorios previos, en los que se acusaba a las carmelitas de seguir los
principios de los alumbrados. Hay que hacer notar que por aquel entonces, esa acusación era
gravísima; y más aún en una mujer como Santa Teresa, cuyos escritos ya habían sido
denunciados a la Inquisición y de cuyos éxtasis se hablaba por toda Castilla. Se acusó a la
Santa además de que las monjas se confesaban con ella. Fue entonces cuando Teresa de
Jesús comprendió quién era su acusadora y el motivo de aquellas intromisiones furtivas en su
habitación.

A las carmelitas se las acusó de realizar unas «ceremonias» o «ritos sospechosos». La verdad
de tales «ritos» consistía en que, como las monjas no tenían velos suficientes para
presentarse en el locutorio, se los pasaban de unas a otras. Ese obligado intercambio de velos
era «la ceremonia» sospechosa de herejía.

El rencor es imaginativo; y como después de comulgar las carmelitas solían ponerse en la


sombra, de cara a la pared, para la acción de gracias, porque la reja del locutorio estaba en un
patio abrasado por el sol, la ex-carmelita encontró allí un nuevo «rito» peligrosísimo. Llegó a
asegurar que se ataban unas a otras de pies y manos; y que se flagelaban mutuamente. «Dios
quiso que no hayan dicho más», comentó la Priora, María de San José190.

No fructificó aquella añagaza por falta de pruebas. «Pero la situación —comenta Auclair—
siguió siendo grave, pues la suspensión del proceso sólo significaba que faltaban prue¬bas, y
la Inquisición se esforzaba siempre en obtenerlas»191.

Una carta falsa

Si en el caso de Santa Teresa hemos perdido el rastro del nombre de la acusadora, en el de


San Francisco de Sales contamos al menos con su apellido. Difamó al Santo una tal Belot,
sobrina de un Secretario de Estado que no gozaba, según el sentir general, de una reputación
muy cualificada192.

190
Ibid., p. 315.
191
Ibid.
192
M. HENRY-COÜANNIER, San Francisco de Sales, Rialp, Madrid 1959, p. 399. Esta mujer no era propiamente una religiosa: pasó
con las monjas de la Visitación la Cuaresma de 1613 por deseo del Santo, que deseaba ayudarla, a pesar de la debilidad de sus
disposiciones: «Dios ha ocultado a los hombres el secreto de las cosas por venir —comentaba refiriéndose a este asunto—, y si
no hubiéramos de ocuparnos más que en las almas que han de perseverar, no nos costaría poco trabajo el distinguirlas de las
otras. Aunque no fuera más que por una hora, hay que impedir el mal del prójimo» (p. 400).
61
La Belot le había pedido a San Francisco de Sales la posibilidad de vivir durante un tiempo
en el convento de la Visitación para cambiar de vida.

San Francisco de Sales tuvo varias conversaciones con ella y parecía que realmente había
cambiado de disposiciones. Pero, poco tiempo después, aunque tanto San Francisco como
Santa Juana de Chantal, Superiora del convento, hicieron todo lo posible por ayudarla, se
comportó de manera parecida a la de la novicia carmelitana, y, al igual que ella, abandonó
primero el convento y a continuación sus propósitos de vida recta.

A continuación dio sobrados motivos de escándalo en la pequeña ciudad de Annecy, y se


convirtió en la amante de uno de los caballeros del séquito del duque de Nemours.

Al principio San Francisco hizo todo lo posible por re-conducir a aquella mujer hacia Dios
de un modo discreto. Pero todo fue en vano. Y a la vista de la dimensión que iba cobrando el
escándalo, juzgó prudente recriminar el hecho en público.

Despechado, el amante de la Belot consiguió apoderarse de una carta de San Francisco,


copió su letra y escribió una carta falsificada en la que el Obispo le pedía excusas a la Belot
y le decía en secreto «sus verdaderos sentimientos».

Luego urdieron una pequeña comedia: la Belot y su amante fingieron un enfado y el amante
iba enseñando a todo el mundo, con un supuesto despecho, la carta falsa que había sido el
origen de aquel distanciamiento amoroso. Henry-Coüannier relata el hecho con el lenguaje
un tanto decimonónico pero expresivo:

«El duque de Nemours acabó por enterarse del increíble rumor y quiso ver la carta. Él había
recibido muchas del Obispo, comparó ésta con aquéllas y no podía creer lo que veían sus
ojos. A M. de Foras, gran amigo de Francisco, le preguntó: “¿Por qué pasa el Obispo de
Ginebra?” “Por santo.” “Pues desengañaos.” M. de Foras se negó en absoluto a dar fe a aquel
papel; llevólo al Obispo, que lo leyó tranquilamente y apenas pareció sorprenderse. Él tenía
por principio que en las calumnias es bueno justificarse, porque se debe este homenaje a la
verdad, pero si la acusación se sostiene hay que oponer la indiferencia y el silencio. Declaró,
pues, que él no era el autor de aquella carta. Se admiró de que hubieran imitado tan bien su
escritura, devolvió el billete a su amigo y no se preocupó más por ello»193.

La historia se complicó más tarde con un desafío a duelo que no llegó a término y con
numerosas murmuraciones por la ciudad sobre la vida de las monjas, que acabaron re-
flejadas toscamente en un cartel puesto sobre la entrada del convento: «Serrallo del Obispo
de Ginebra.»

La Superiora del convento, Santa Juana Francisca de Chantal, indignada, quiso acudir a los
tribunales. Pero San Francisco se negó. Se supo luego que el autor de la inscripción era un
193
Ibid., p. 402.
62
abogado de la ciudad, llamado Pellet «que no perdonaba maledicencia alguna» contra San
Francisco. Un día se encontró con el Santo, que le saludó afectuosamente y le dijo:

«Vos me queréis mal y procuráis por todos los medios ennegrecer mi reputación; no es
menester que me deis excusas, porque lo sé muy bien y estoy muy seguro de ello. De todos
modos, ya lo veis, si me hubierais estropeado o arrancado un ojo, yo no dejaría de miraros
amorosamente con el otro»194.

Del mismo modo se comportó el Santo con la Belot y con una de las hijas del abogado
Pellet, que entró años más tarde como religiosa en la Visitación. Se repitió de nuevo la
actitud humilde y generosa de San José de Calasanz y de tantos otros santos con sus
detractores.

Reescribiendo la historia

No han faltado en nuestros días comportamientos de ex- miembros de distintas instituciones


de la Iglesia que recuerdan a aquel sacerdote que, cuando San Vicente de Paúl tomó medidas
para evitar que penetraran en la Congregación de la Misión los errores del jansenismo,
resolvió dejar la Congregación y una vez fuera, hizo pública profesión de ateísmo, entre un
gran escándalo. Más tarde declaró que las religiones eran pura cuestión política...195.

Con motivo de la Beatificación del Beato Josemaría Escrivá algunos ex-miembros del Opus
Dei propalaron todo tipo de falsedades contra el Fundador y contra esta institución de la
Iglesia, mezclando con frecuencia recuerdos personales de difícil —o imposible—
verificación con hechos reales, pero manipulados conforme a su animus denigratorio. Otros
intentaron una auténtica «reescritura» de sus vivencias personales dentro del Opus Dei; e
incluso, de la historia de la misma institución.

Como ha sucedido en diversas ocasiones a lo largo de la historia de la Iglesia, algunas de


estas personas, tras abandonar su vocación, han llegado a una concepción de la vida muy
distante de la cristiana. Otros han vertido en sus declaraciones de prensa todo tipo de
falsedades, algunas de las cuales analiza Gómez Pérez en su libro El Opus Dei. Una
explicación, publicado en 1992, pp. 98-205.

Estas contradicciones no son «un fenómeno raro en la historia de la Iglesia —precisaba


Mons. del Portillo, sucesor del Fundador del Opus Dei—: muchos santos han sido, en su
tiempo y lugar 'signo de contradicción', empezando por el Maestro, el propio Cristo; y lo han
sido sobre todo aquellas figuras que traían al mundo grandes innovaciones, como San
Francisco de Asís, Santa Teresa de Jesús, San Juan Bosco»196.
194
Ibid., pp. 403-404.
195
Cfr San Vicente de Paúl, BAC, Madrid 1960, p. 547.
196
ÁLVARO DEL PORTILLO, Entrevista en «ABC», 9-V-1992, p. 92.
63
«Ataques sistemáticos a la fama —escribía el Fundador del Opus Dei en la homilía El
respeto cristiano a la persona y a su libertad—, denigración de la conducta intachable: esta
crítica mordaz y punzante sufrió Jesucristo, y no es raro que algunos reserven el mismo
sistema a los que, conscientes de sus lógicas y naturales miserias y errores personales,
menudos e inevitables —añadiría— dada la humana debilidad, desean seguir al Maestro.
Pero la comprobación de esas realidades no debe llevarnos a justificar tales pecados y delitos
—habladurías se les llama, con sospechosa comprensión— contra el buen nombre de nadie.
Jesús anuncia que si al padre de familia lo han apodado Belcebú, no es de esperar que se
conduzcan mejor con los de su casa; pero aclaró también que quien llamare a su hermano
fatuo, será reo del fuego del infierno.

»¿De dónde nace esta apreciación injusta con los demás? Parece como si algunos tuvieran
continuamente puestas unas anteojeras, que les alteran la vista. No estiman, por principio,
que sea posible la rectitud o, al menos, la luda constante por portarse bien. Reciben todo,
como reza el antiguo adagio filosófico, según el recipiente: en su previa deformación. Para
ellos, hasta lo más recto refleja —a pesar de todo— una postura torcida que, hipócritamente,
adopta apariencia de bondad. 'Cuando descubren claramente el bien', escribe San Gregorio,
'escudriñan para examinar si hay además algún mal oculto'.

»(...) No sería sincero si no os confesara que las anteriores consideraciones son algo más que
un rápido espigueo de tratados de derecho y de moral. Se fundamentan en una experiencia
que han vivido no pocos en su propia carne; lo mismo que otros muchos han sido, con
frecuencia y durante largos años, la diana de ejercicios de tiro de murmuraciones, de
difamación, de calumnia»197.

197
J. ESCRIVÁ DE BALAG UER, en Es Cristo que pasa, nn. 67-68.
64
VII. DIFAMACIONES DESDE LA PRENSA

Han sido frecuentes, a lo largo de los tiempos, las difamaciones de los santos e instituciones
eclesiásticas, a través de panfletos, anónimos, etc. Los libelos calumniosos contra los
dominicos que circularon por la Universidad de París, durante la época en la que Santo
Tomás de Aquino ejercía su docencia, son un ejemplo entre cientos.

Guardia en torno al convento

Se debatía en la Universidad de París, cuando llegó a vivir Santo Tomás, en el año 1252, una
cuestión espinosa: los maestros seculares se sentían postergados dentro de la Universidad por
los maestros regulares, es decir por los dominicos y los franciscanos, tras los que iban un
gran número de alumnos por su gran preparación intelectual. Los dominicos, además, eran
los únicos religiosos que regentaban dos cátedras, y se convirtieron pronto en la diana de
todas las insidias.

En medio del fragor de la polémica, en la que tuvo que intervenir el propio Papa Inocencio
IV para calmar los ánimos, los seculares «lanzan al mundo entero un libelo difamatorio, en
donde acumulaban toda suerte de acusaciones contra los dominicos, verdaderos causantes,
según ellos, de todo el malestar de la Universidad y hasta de la Cristiandad entera. Y, no
contentos con eso, multiplican las intrigas, las difamaciones, las calumnias, de palabra y por
escrito, no sólo entre los estudiantes, sino también entre el pueblo fiel»198.

Siguieron nuevas intervenciones del Papa, nuevos alborotos y libelos, hasta que los
enemigos de los dominicos «pasaron a los hechos. (...) Redoblaron sus esfuerzos para
indisponer a todo el mundo contra los odiados dominicos y hacerles la vida imposible.
Coaccionaban a los estudiantes para que no pudieran asistir a sus clases, irrumpían en ellas
alborotando para que no pudieran tener lugar, apedreaban el convento de Santiago y
lanzaban flechas contra sus ventanas. Los frailes no podían salir sin ser insultados,
maltratados y atropellados. Las cosas llegaron a tal extremo que el Rey San Luis tuvo que
poner una fuerte guardia permanente alrededor de su convento, para que los defendiese día y
noche contra todo conato de asalto»199.

Estos alborotos alcanzaron también a Santo Tomás 1 cuando predicaba el 6 de abril de 1259,
domingo de Ramos, en la iglesia del convento de Santiago. Durante la homilía, un tal Guillot
se levantó y empezó a leer en público uno de aquellos libelos, en los que se alternaban la
prosa, el verso denigratorio y las canciones indecentes. Cuando Guillot acabó de leer su
papel, el Santo continuó su prédica como si no hubiese pasado nada.

198
S. RAMÍREZ, Introduc. general a la Suma Teológica, p. 20.
199
Ibid, p. 23.
65
Una carta de San Francisco de Sales

Siglos más tarde, San Francisco de Sales también tuvo que habérselas con los propagadores
de libelos, como se refleja en su Epistolario:

«El ministro La Faye —dice el Santo— ha escrito un libro expresamente contra mí; no
ahorra la calumnia. Pasa por alto la gran multitud de mis defectos, que son sin duda
reprobables, y no me censura sino por los que no tengo, por gracia de Dios: de ambición,
ocio ostensible, lujo en perros de caza y caballerizas, y locuras semejantes que no sólo están
lejos de mi afición, sino que son incompatibles con la necesidad de mis quehaceres y la
forma de vida que mi cargo me impone. Así bendigo a Dios que no sepa mis defectos, toda
vez que no los quisiera curar sino con la maledicencia»200.

Una ola de difamación

Sin embargo la acción denigratoria de los libelos llegó a su apogeo en los siglos XIX y XX,
con el desarrollo de los medios de comunicación. Esos avances tecnológicos permitieron a
los denigradores orquestar campañas de desprestigio antes inimaginadas, que han adquirido,
en nuestros días, como es bien conocido, una gran virulencia y un notable impacto
sociológico.

El Padre Claret tuvo que sufrir varias de esas campañas de desprestigio durante el siglo XIX.
Sus enemigos provocaron una ola de difamación contra su persona en todo el país y
propiciaron los 14 atentados que sufrió a lo largo de su existencia. Le persiguieron hasta el
mismo lecho de muerte: en los últimos días de su vida se dijo que estaba en Fontfroide
(Francia) reuniendo armas para los carlistas, y unos cuantos exaltados estuvieron a punto de
secuestrarlo del lugar en el que se encontraba agonizante.

Desde «El Clamor Público»

También persiguieron desde la prensa a Santa Micaela. Por si fueran pocos los ataques que
tuvo que sufrir por parte de parientes, alumnas y ex-alumnas, y gran número de sus
contemporáneos, tuvo que enfrentarse además con la inquina de cierta Prensa madrileña.
Abrió el fuego contra ella «El Observador», el día 1 de abril de 1851, con la publicación de
un suelto en el que afirmaba, entre otras cosas, que la caritativa Vizcondesa consentía la

200
S. FRANCISCO DE SALES, Cartas Espirituales, Litúrgica española, vol. I, Barcelona 1930, p. 17.
66
convivencia entre el Capellán y las colegialas201. Era el fruto amargo de la intriga de un
eclesiástico contra ella.

Todo pareció quedarse ahí. Pero al día siguiente, «El Clamor Público» publicó otro suelto
bajo el título malicioso de Fraternidad. Y pocos días después «El Observador» sacó a la luz
un relato tendencioso que deformaba a su antojo la historia de una madre que había dejado a
sus hijas en el colegio y las había encontrado «convertidas en verdaderas beatas». El relato
incluía los tópicos al uso: falta de libertad, «fanatismo exagerado», y concluía denigrando a
las religiosas porque «quedaron muy satisfechas en haber alcanzado un alma para el cielo a
costa de las lágrimas y de la desesperación de la infeliz señora. Hemos oído que ésta piensa
acudir a la autoridad competente para que desde luego proceda a sacar a su hija» 202. Al
principio, la Santa se abstuvo de contestar: serían algunos amigos suyos los encargados de
detener la campaña.

Pero cambió de postura cuando los ataques provinieron de algunos periódicos como «La
Esperanza», que defendía un ideario católico. Este periódico reproducía el 25 de mayo de
1853 un suelto aparecido en «Novedades» tres días antes, en el que se pedía que se trasladase
a la sede del Colegio de la Santa la Casa nueva de Maternidad, para utilizar un edificio que
«si alguna utilidad reporta a la Beneficencia, era muy poca»203.

Esta vez la Santa se decidió a intervenir, y sacó a relucir todo el genio y la resolución de su
carácter. Pidió enérgicamente una rectificación por parte del periódico, que efectivamente se
produjo días más tarde.

«Yo por mi parte nada sé —escribía la Santa al periódico, aludiendo al supuesto traslado de
la sede del Colegio— y creo que usted tampoco, porque me consta que en la Junta General
nada se ha tratado de esto. Y por eso, la verdad —y permítame usted este desahogo—, he
extrañado y sentido que haya usted dejado copiar en un periódico, tan magistral y acreditado
como el suyo, esto... que podemos llamar una de tantas paparruchas como leemos con tanta
frecuencia en algunos papeles públicos...» Y explicaba luego la realidad de la situación de su
Colegio204.

Esas escaramuzas periodísticas fueron alimentando año tras año una «leyenda negra» en
torno a su persona que tuvo una amplia resonancia popular. Se la llamó «piedra de
escándalo» y se la difamó en tiendas, periódicos y fiestas; la calumniaron sus enemigos y
hasta las propias señoras que la ayudaban materialmente. Una de ellas, la Baronesa de
Rocafort, propalaba por toda Barcelona que lo único que pretendía la Santa era «quedarse

201
«El Clamor público», n. 2061, 2 de abril de 1851, p. 3, col. 3.
202
«El Observador», n. 962, 11 de abril de 1851, p. 2, col. 2.
203
«Las Novedades», n. 711, 22 de mayo de 1853, p. 3, col. 3.
204
Firmando: «Micaela Desmaisieres López de Dicastillo, Vizcondesa de Jorbalán», Madrid, 26 de mayo de 1853. «La Esperanza»,
n. 2635, 28 de mayo 1853, p. 4, col. 2.
67
con el dinero que da a las desamparadas» 205. En las tertulias de Santander se murmuraba que
la fundación era «sólo un pretexto para coger dinero»206.

Los motivos que impulsan a difamar suelen ser muy variados: envidia, rencor, despecho,
frivolidad... Sus parientes hablaban mal de ella porque no entendían que se hubiese
desprendido de un modo tan radical de todos sus bienes; a algunas de las colegialas, de
conducta poco recta durante su estancia en el Colegio, las movía el rencor, y si las
expulsaban utilizaban la calumnia para vengarse; las razones de las dueñas de las casas de
prostitución se entienden más fácilmente: pensaban que si la Santa seguía recogiendo
mujeres descarriadas se les acabaría hundiendo el negocio. De estos ambientes tan variados
fueron surgiendo —a tono con cada uno— numerosas patrañas que la prensa iba aventando a
los cuatro vientos. Quizá la más baja y mezquina de todas fue la que aseguraba que el
Colegio de Atocha era una casa de lenocinio y que lo único que buscaba la Santa era
comerciar con aquellas jóvenes que recogía. «Lo mismo será la que pide —susurraban
algunos— que las mujeres por quien pide»207.

Algunos de estos calumniadores se retractarían más tarde: pero la calumnia es imparable y


por muchos esfuerzos que hicieron luego por restituir la fama, fue dando sus frutos amargos
por todas partes, y las maledicencias corrían de boca en boca, exageradas hasta el ridículo,
caricaturizadas hasta el esperpento. Se rumoreaba por todo Madrid —especialmente en las
clases populares— que la Santa se entregaba a «criminales excesos» 208 y que iba por las
noches al baile, acompañada por un hombre. La audacia murmuradora llegaba incluso a
describir el color de los vestidos...209.

«El apostolado peculiar de Micaela —cuenta su biógrafo— le atrae el odio, la maledicencia


y la persecución con todos los agravantes consiguientes. No existe mejor señal de haber
cumplido su deber»210.

205
Cfr Mujer Audaz, p. 340.
206
Ibid., p. 340.
207
Ibid, p. 240.
208
Ibid.
209
Ibid., p. 239.
210
Ibid. Cfr Cap. XI La muralla, pp. 225-243. «Pocas Fundadoras canonizadas —se lee en la biografía de la Madre Sacramento—
han padecido tantos atentados» (cfr Mujer Audaz, o.c., p. 348). El biógrafo no exagera. Se lee en los Procesos de su Causa de
Canonización que «hombres que vivían en relaciones con dichas mujeres extraviadas la amenazaban y perseguían de muerte».
No se excluían las mismas chicas recogidas, y en particular las antiguas amantes (Mujer Audaz, p. 340). «Querían asustarnos —
comenta una testigo— arrojando cohetes y dirigiéndonos gravísimas amenazas y era muy frecuente que mancharan de
inmundicias las puertas y las ventanas del edificio.»
En diversas ocasiones, como le sucedió en Valencia, la Santa tiene que acudir al Inspector de Policía. En febrero de 1862, está a
punto de ser vapuleada en Barcelona por una mujer propietaria de tres casas públicas (Ibid., p. 341).
En todas esas ocasiones, relata el biógrafo, «la Madre Sacramento, , siempre valientísima, da la cara a sus enemigos sin redrarse
ante los anónimos amenazadores» (Ibid.). Y no eran amenazas vanas, ya que considera seriamente la posibilidad de morir en un
atentado cuando se dirige a Barcelona.
68
Una anécdota entre muchas: un anónimo le avisó a la Santa que un Mayordomo de Palacio
se empeñaba en enturbiar sus relaciones con la Reina Isabel II. Aquel escrito explicaba
algunas de las causas de ese odio.

«Estoy aterrada —decía el anónimo, escrito con gruesos caracteres— por el odio a la su casa
de usted, el cual nace de que una chica, a quien él proponía perder, se ha refugiado en su casa
de usted; ha tocado todos los medios de seducción para sacarla valiéndose de tercera persona
y de mil medios infames que la chica ha rechazado, siendo una de las acogidas más
ejemplares, rechazando todo.»

La calumniaban sus acreedores; algunas de sus alumnas; sus antiguas amistades, y todo eso
llegaba a las páginas de la prensa. Pero lo que más le dolía a la Santa es que lo hacían
también muchos sacerdotes. En una ocasión, agobiada por las deudas, tuvo que pedir dinero
a un sacerdote ejemplar y éste —comentaba la Santa— «¡dudó de mi probidad! ¡Y me llegó
esta duda al alma!»211.

«Al salir de Madrid —le escribía al Obispo de Ávila el 7 de marzo de 1863— recibí una
carta de Barcelona en la que me ponen de ropa de Pascua. Lo de ladrona ya perdió su color
subido. Dice el amigo escritor que me la dirige —desconocido para mí— que soy una fiera,
tan malvada, perversa, que visto un traje que desdoro con mi hipocresía y mala vida. Que no
soy monja, ni menos religiosa; que son víctimas de mis furias no sólo las monjas, sino las
infelices colegialas a quienes —fiera carnívora— devoro su juventud. Y que tenga entendido
que han determinado varios quitarme la vida en pago de mis maldades e infamias.

»Preciso tenía que ser —comenta con humor— de quitarme (algo) había de ser la vida,
porque fortuna, no, cuando me eché a robar. Crédito y reputación ya los tengo perdidos. Con
que con la vida arremeten... Con que el jueves salgo para el matadero llevando en mí la
víctima... Al llegar a Zaragoza me hallo con dos cartas que son más penosas que la citada, y
tanto, que, siendo de gente conocida, al leerlas me dio jaqueca en el acto.

»Si vivo, escribiré. Si muero, yo lo encomendaré a mi Padre que pagará con larga vida el
poquito que me quitaren en Barcelona. Yo no dije nada en casa porque no tengan miedo las
Hijas y no me quiten la vida, y tengan ellas pena, estando yo tan contenta.»

En otra ocasión, una de las dueñas de las casas de prostitución arruinadas atentó contra su
vida y estuvo a punto de ahogarla entre sus brazos. Se salvó porque la defendió el mismísimo
Ministro de la Gobernación, don Cándido Nocedal, que estaba de visita en el colegio.

Sufrió, como el Padre Claret, varios atentados y numerosas intentonas de asesinato. En


diversas ocasiones sus colegialas intentaron envenenarla212. Muchos la intimaban «con

211
Ibid., p. 229.
212
Ibid., pp. 346-348.
69
navaja en mano», como recuerda Carlos Marforí213. En algunos casos la Santa desveló
milagrosamente las intenciones de sus enemigos. «Vamos a la capilla —le dijo a un agresor
que escondía todavía el arma— y allí me dará usted la puñalada que tenía intención de
darme, porque quiero que sea delante de Jesús Sacramentado»; en otros, se enfrenta resuelta
a ellos. En numerosas ocasiones sus agresores se arrepienten de sus intenciones delante de
ella214.

Durante las fiestas de carnaval, en el acto conocido como «el entierro de la sardina» de 1860,
sacaron una máscara con su efigie vestida de negro, en la que se la caricaturizaba rezando un
rosario confeccionado con pequeñas patatas. Detrás marchaba otra máscara que representaba
a San Antonio María Claret215.

Pero Santa Micaela no tenía que esperar a los carnavales para verse injuriada: en muchas
ciudades, como le pasó en Zaragoza, cuando caminaba por la calle, se burlaban de ella y la
silbaban216.

Escribieron además en contra de ella un panfleto con forma de biografía cómica o picaresca,
cuyo título, estilo y extensión se deducen de esta carta de la Madre Sacramento, fechada en
Burgos (23-VI-1863), a un bienhechor de Zaragoza, don Manuel Dronda, a quien
seguramente habrían enviado previamente el panfleto denigratorio:

«Mis enemigos escriben manifiestos infames contra mí. El de las Flores está encarnizado... y
no deja conocido ni desconocido sin sus siete pliegos de historia, donde sale su crucifijo de
usted y le hacen testigo de una falsa historia»217.

Este tal Flores recuerda a aquel otro Flores, médico de Alcalá de Guadaira, que siglos antes
había denigrado a San Juan de Ávila. Como ha sucedido con tantos otros santos, «por sus
enemigos los conoceréis».

Anécdotas amañadas

En nuestro siglo, como tantos otros, el Fundador del Opus Dei tuvo que sufrir a lo largo de
su existencia numerosas campañas denigratorias. «Fue perseguido —comentaba Antonio
Rodilla—, acusado falsamente y calumniado en público (...). Había ferocidad y pertinacia en
la persecución. No oí ni calumnias ni acusaciones contra su vida privada, pero sí respecto de
sus actuaciones apostólicas, cuyos fines se consideraban aviesos, y acerca de su ortodoxia
(...). Se amañaba una anécdota mezclando datos verdaderos y evidentes con otros inventados
e irritantes. Producida la irritación, necesitaba ésta cebarse hasta la ceguera y corría como un
incendio forestal no sólo entre resentidos, siempre hambrientos de morder, sino entre los más
213
Ibid., p. 344.
214
Ibid, p. 345.
215
Ibid, p. 338.
216
Ibid.
217
Ibid., p. 339.
70
sensibles contra las injusticias, y malos con buenos se unían contra el inocente calumniado:
don Josemaría y su Obra eran una organización secreta, clandestina y herética»218.

Durante la vida del Beato Josemaría se publicaron versiones caricaturescas y difamatorias


contra su persona; y tras su muerte han aparecido, bajo la forma de «biografías» o «novelas
de inspiración biográfica» algunas obras calumniosas contra su figura. En una se llega a
comparar a esta institución de la Iglesia con una secta terrorífica. El resultado total suele ser
un montaje falsificador y esperpéntico: un conjunto de injurias, con un propósito claramente
escandaloso. Uno de estos libros apareció en las fechas que rodearon el fallecimiento del
Fundador del Opus Dei; otro salió a la luz pública aprovechando la noticia de su
Beatificación. No faltó quien ridiculizó, punto tras punto, las consideraciones espirituales de
Camino219.

Hasta el martirio

El Padre Poveda y la Institución teresiana sufrieron una fuerte campaña de desprestigio


durante los años previos a la guerra civil española. La virulencia de las acusaciones que se
citan no hacen más que mostrar la eficacia del servicio a la Iglesia de la Institución fundada
por don Pedro Poveda.

«Donde hay una maestra teresiana —bramaba «Trabajo» el 3 de abril de 1935—, el


ultramontanismo y la caverna tendrán sus más firmes archiveros y como desgraciadamente,
esta clase de maestras abundan más de lo prudente —y muy especialmente en esta provincia
—, no estaría de más que los creadores de la nueva escuela pusiesen los puntos sobre las íes
y obligaran a estas obstusas y desgraciadas maestras a que limitaran sus actividades
contrarias a la República.» Otro periódico, «La Libertad», acusaba a las teresianas, el 22 de
febrero de 1935, de querer disponer «del futuro de España».

Desde el Ministerio de Instrucción Pública se las acusaba de ser un «foco de contagio que
infeccionaba los nuevos aires republicanos»220 y el periódico «Revolución» lanzaba nuevos
infundios: « ¿Por qué no se castiga a las teresianas, maestras nacionales, que a las niñas que
no quieren enseñanza religiosa les dan un castigo severo? Sr. Alcalde, el pueblo democrático
no está dispuesto a tolerar estas inquisiciones de que son objeto las niñas por estas maestras
cavernícolas, representantes de Cristo. ¡Pueblo, despierta de tu letargo; tira la pereza y
rebélate contra estas maestras aliadas a los sentimientos de Torquemada! Padres que tenéis
hijas, a estas teresianas no hay quien las haga justicia, hay que aplicarles la ley de fugas»221.

218
Antonio Rodilla, cit. en S. BERNAL, 0.C., pp. 276-277.
219
Cfr sobre este punto la entrevista a Flavio Capucci en «Vida Nue-va», El Beato' Escrivá de Balaguer ¿signo de contradicción?
nn. 1837-1838.
220
D. MONDRONE, 0.C., p. 268. Vid también, del mismo autor I santi qui sono ancora, Pro Sanctitate, vol. IX, pp. 268-292.
221
Ibid, p. 289.
71
Y el diario «Trabajo» de Burgos apostillaba: «Una de las mayores calamidades que pueden
haberle caído a la República es ese crudo fanatismo que los Institutos Teresianos han
imbuido a sus maestras»222.

En nuestros días esta retórica beligerante y flamígera puede parecernos, más que hiriente,
ridícula, tanto por el tono exaltado como por la sarta de incongruencias y falsedades que
afirma. Pero no hay que olvidar que artículos como éstos fueron el caldo de cultivo de un
clima antirreligioso que hizo que el 28 de julio de 1936, al comienzo de la guerra civil,
muriera mártir, asesinado por el odio, el Fundador, don Pedro Poveda.

VIII. RELACIONES CON EL PODER PÚBLICO

Como es bien sabido, los enemigos de la Iglesia han in-tentado con frecuencia, a lo largo de
la historia, vincular a los santos con oscuras maniobras políticas. La acusación es
prácticamente tan antigua como la propia cristiandad y sus consecuencias se reflejan
admirablemente en el diálogo que sostuvo Tomás Moro en la Torre de Londres con Master
Rich, acerca de las competencias temporales y espirituales del Estado y de la Iglesia.

«—Master Moro, todo el mundo sabe que sois hombre discreto y sabio, y versado en las
leyes del reino. Perdonadme, pues, la audacia de proponeros sin malicia alguna, Sir, una
cuestión. Supongamos, Sir, que un Acta del Parlamento me hiciera rey. ¿No me tendríais por
tal, Master Moro?

—Sí, Sir; lo haría.

—Supongamos ahora que un Acta del Parlamento me hiciera Papa. ¿No me tendríais por
Papa, Master Moro?

—Para contestar a vuestro caso, Master Rich, os diré que el Parlamento puede muy bien
intervenir en el status de los príncipes temporales. Y para contestar al segundo os pondré yo
este caso. Imaginad que el Parlamento diera una ley estableciendo que Dios no debe ser
Dios. ¿Diríais por ello, Master Rich, que Dios no sería Dios?»223.

Las insidias contra los hombres de Dios desempolvan con frecuencia el viejo ardid de Rich,
y pretenden presentar los actos que proceden de convicciones religiosas como
desobediencias civiles, como maniobras contra el poder establecido o como injerencias del
Santo en cuestión en la política de un determinado gobernante. Las calumnias se sirven con
frecuencia de esta insidia, de la que se han visto libres pocos hombres de Iglesia.

222
Ibid.
223
A. VÁZQUEZ DE PRADA, Sir Tomás Moro, Rialp, Madrid 1989, p. 284.
72
Una carta al Duque

El propio San Francisco de Sales tuvo que aclarar diversas maledicencias de este tipo, como
consta en su Epistolario, del que entresacamos su carta al Duque de Saboya, Carlos Manuel
I.

Annecy, 12 de junio de 1611

Señor:

Enterado de que se me acusa ante vuestra alteza de ciertas tortuosas negociaciones de Estado
con los extranjeros, no salgo de mi asombro, porque no puedo comprender qué apariencia de
fundamento haya podido dar pie a semejante calumnia. Si recientemente mi ministerio me ha
obligado a trasladarme a Gex y permanecer en esa ciudad algunos días, no es menos cierto
que lo mismo que en todas partes me abstuve de nada que fuese ajeno a mi profesión:
predicar, argumentando puntos doctrinales, reconciliando iglesias, consagrando altares,
administrando los sacramentos224.

El purgatorio del Padre Claret

Se han dado casos, a lo largo de la historia, en la que los gobernantes han acudido a los
santos en petición de consejo. San Luis, Rey de Francia, solía consultar a Santo Tomás de
Aquino en los negocios graves de gobierno «y cuando debía celebrar consejo, tenía
costumbre de informar la víspera a fray Tomás, rogándole se sirviese darle su parecer a
primera hora del día siguiente. El Santo cumplía fiel y escrupulosamente esos encargos»225.

No era ése el caso de San Antonio María Claret, designado confesor de la Reina. Su función
era específicamente espiritual y no intervenía en modo alguno en ninguna cuestión de
gobierno de la Corte, que se debatía con todos los conflictos propios del XIX español. Las
circunstancias históricas eran, evidentemente, muy diversas a las de Santo Tomás; y además,
Isabel II no era precisamente San Luis de Francia... El Santo no disimulaba su animadversión
por el ambiente palatino; y aunque la familia real lo apreciaba, su estancia en Palacio fue, en
sus propias palabras, un «purgatorio».

«Yo no sé —escribía en su Autobiografía— conformarme ni aquietarme en permanecer en


Madrid. Conozco que no tengo genio de cortesano ni de palaciego; por esto, el tener que
vivir en la Corte y estar continuamente en Palacio es para mí un continuo martirio» 226. Y

224
SAN FRANCISCO DE SALES, Cartas Espirituales, Litúrgica Española, Barcelona 1930, vol. H, p. 99.
225
S. RAMÍREZ, 0.C., pp. 28-29.
226
SAN ANTONIO MARÍA CLARET, «Autobiografía», en Escritos, o.c., n. 620,
p. 330.
73
llegó a decir en un determinado momento, cansado ya de las intrigas palaciegas: «cuasi me
habría alegrado de una revolución para que me hubiesen echado»227.

La Corte no fue sólo un purgatorio para él desde un punto de vista material, por las
exigencias de carácter social que aquel encargo, de alcance específicamente pastoral, le
exigía; se convirtió en un verdadero purgatorio moral. Empezaron a acusarle sin fundamento
alguno de que se metía en política, lo que era rigurosamente falso: «En materias de política
—escribía en su Autobiografía— jamás me he querido meter, ni antes que era mero
sacerdote ni ahora tampoco, siendo así que varias veces me han pinchado.» Y reconocía que
«mi inclinación siempre me ha llamado a las misiones; sin embargo, para complacer a la
Señora (la Reina) me he sujetado y me he hecho violencia a mí mismo»228.

Por este motivo tuvo que sufrir el Santo como escribiría más tarde «toda clase de infamias,
calumnias, dicterios y persecuciones hasta de muerte muchísimas veces. He sido objeto de
pasquines, caricaturas, fotografías ridículas e infamatorias» 229. Sus enemigos escribieron dos
libros con el mismo título que otros dos libros que el Padre Claret había publicado
anteriormente —Ramillete y Llave de oro— consignándolo falsamente como autor de los
mismos, e incluyendo en sus páginas, para difamarle, figuras torpes y obscenas.

Su comportamiento en la Corte, sus afanes exclusivamente espirituales, se malinterpretaban


torcidamente por los adversarios de la Corona o por los que querían conseguir algún
provecho personal; y se inventaban intereses partidarios o injerencias en asuntos temporales
que nunca tuvo. «Antes —escribía San Antonio María de sí mismo— era admirado,
apreciado y aun alabado de todos, y en el día, a excepción de muy pocos, todos me odian y
dicen que el P. Claret es el peor hombre que jamás ha existido y que soy la causa de todos
los males de España»230.

Los gigantes del Este

Aunque estén demasiado próximas en el tiempo, no podemos olvidar las figuras de algunos
eclesiásticos contemporáneos como los Cardenales Wyszynsky, Tomasek, Mindszenty, y de
tantos hombres de nuestro tiempo que han sido verdaderos gigantes de la fe, y han escrito
una página conmovedora de fidelidad a la Iglesia frente a la tiranía de los regímenes nazis y
comunistas de la Europa del Este, en medio de la tribulación y, con frecuencia, de la
incomprensión de algunos católicos del mundo Occidental. Uno de ellos, el Card.
Wyszynsky, fallecido en 1981, se encuentra ya en proceso de Beatificación.

227
Ibid. p. 331.
228
Alude a esto también en Luces y gracias, 1864.
229
SAN ANTONIO MARÍA CLARET, Escritos autobiográficos, o.c., p. 445. 8
230
Ibid, p. 445.
74
«Sería inconcebible —escribe el Cardenal Gagnon en su prólogo al libro de Memorias del
Obispo Kazimierz Majdanski— pasar una esponja sobre los sufrimientos de millares de
hombres y mujeres en los campos de concentración y no considerar como un tesoro el
heroísmo demostrado por tantos cristianos sostenidos en sus tribulaciones por la fe y el
amor»231.

Cuenta Majdanski: «Nuestros datos personales —si bien los sabían parcialmente, pues la
Gestapo tenía en su poder los ficheros diocesanos— eran anotados ahora, en la prisión. Se
hablaría después frecuentemente en los medios internacionales (ya que la propaganda nazi
era, evidentemente, muy activa) de una postura claramente hostil del clero polaco,
`politizado' contra los agresores, y ello constituía ya un motivo de arresto. Pero esta postura
de 'hostilidad' era de toda la nación polaca (...). Ni yo ni mis compañeros habíamos
desarrollado jamás actividad politica alguna»232.

Joseph Mindszenty, Cardenal Primado de Hungría, es otra de esas figuras dramáticas y


heroicas de nuestro tiempo. Nacido en 1892, se vio enfrentado sucesivamente al régimen de
Horthy, a la ocupación alemana y al dominio comunista. Durante los primeros años de la
ocupación soviética de su país tuvo que enfrentarse a las autoridades comunistas en defensa
de las libertades de la Iglesia y de la tradición espiritual del pueblo húngaro. Para denigrarle
se orquestó una fuerte campaña contra él, como recordaba en sus Memorias233.

«Los ataques y calumnias contra mi persona duraron todo el verano. Como preparación de
mi encarcelamiento, en el otoño se recrudeció la campaña bajo el lema: ¡Aniquilemos el
Mindszentysmo! ¡Por el bien del pueblo húngaro y la paz entre la Iglesia y el Estado! Se
ordenó a la juventud estudiantil y a los obreros de las fábricas que se manifestaran en las
calles contra mí. Agentes comunistas conducían a los manifestantes hasta el palacio
episcopal y exigían de los Obispos que me apartaran a mí, 'el obstinado y políticamente
frustrado' Cardenal Primado, del vértice de la Iglesia húngara»234.

Se le acusó con los tópicos marxistas al uso: de ser un enemigo del pueblo; de aprovechar
unas solemnidades marianas para «manejos contrarrevolucionarios», etc. El Cardenal
respondió a estas falsas acusaciones diciendo que «tomados en bloque mis setenta y ocho
predecesores, no fueron nunca tan difamados, cien veces calumniados y envueltos en la
mentira como ocurrió en mi caso».

Fue detenido en Esztergom el 26 de diciembre de 1948, acusado de alta traición y trasladado


a los calabozos de una prisión preventiva en Budapest en una situación de indefensión total.
Sufrió más tarde todo tipo de vejaciones en defensa de la fe, y sólo le dejaron en libertad
años después, en 1956, tras un juicio esperpéntico.
231
E. GAGNON, prólogo a Un obispo en los campos de exterminio, Rialp. Madrid 1991.
232
J. MINDSZENTY, Memorias, Caralt, Barcelona 1974.
233
Ibid., p. 38.
234
Ibid, p. 162.
75
• • •

Podrían citarse numerosos ejemplos similares a los del Cardenal húngaro en la historia
reciente de los países del Este europeo. Durante muchos años los cristianos de esos países
han soportado los efectos de la gigantesca tramoya publicitaria anti eclesiástica, orquestada
por el comunismo o por el nazismo, que afirmaba que las mentiras, repetidas mil veces, se
convertían en verdad. Sin embargo Goebbels se equivocó, y esas mentiras lo único que han
acabado mostrando —¡y a qué precio!— es su falsedad.

IX. LAS VOCACIONES JÓVENES

Tres contra dos y dos contra tres

A pesar de lo que hemos considerado en capítulos anteriores, la mayor parte de las


contradicciones que han sufrido los santos no han sido promovidas por los grandes enemigos
de la fe, por los políticos sectarios o por los dirigentes de medios de comunicación
anticristianos, sino por personas que pertenecen a un entorno mucho más cercano: con
frecuencia, por personas de la propia familia.

Esto no es de extrañar: tampoco los familiares cercanos de Jesucristo llegaron a comprender


su comportamiento. « ¿Pensáis que he venido a traer la paz a la tierra?», dijo Jesús a sus
discípulos. «No, os digo, sino división. Pues desde ahora, habrá cinco en una casa divididos:
tres contra dos y dos contra tres, se dividirán el padre contra el hijo y el hijo contra el padre,
la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la
suegra»235.

Estas palabras se entienden en toda su plenitud al con-templar las tensiones que suele
provocar en el entorno doméstico la entrega a Dios de alguien de la propia familia. La
entrega no supone una quiebra en el amor entre padres e hijos: Cristo no separa las almas, no
establece oposiciones, no enfrenta el primer mandamiento (amar a Dios sobre todas las
cosas) contra el cuarto mandamiento (amar a los padres). Lo que queda patente en la entrega
a Dios es una jerarquía del corazón: esa persona manifiesta con su decisión de entrega que el
amor a Dios es lo primero, y lo que debe anteponerse a todo, en coherencia con la enseñanza
constante de la Iglesia, fiel a las enseñanzas de Cristo. «Los padres han de ser honrados —
recordaba San Agustín—, pero Dios debe ser obedecido»236. La formulación evangélica no
ofrece dudas: «Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien

235
Lc 12, 51-53.
236
SAN AGUSTÍN, Sermo 100, 2. La Iglesia enseña que no es verdadera piedad filial la que lleva a desoír la vocación, la llamada de
Dios. «Dad a cada uno lo suyo —recuerda San Agustín— conforme a una escala de obligaciones; no subordinéis lo anterior a lo
posterior. Amad a los padres, mas poned a Dios por delante de los padres.»
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ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» 237. Pero con frecuencia, los
padres, los hermanos, los amigos, no ven las cosas del mismo modo.

En este aspecto, los santos han tenido que padecer, como tantas otras miles de personas que
se han entregado a Dios en estos veinte siglos de cristianismo, serias contradicciones.
«Cuando mi madre supo mi resolución —recordaba San Juan Crisóstomo— me tomó de la
mano, me llevó a su habitación, y habiéndome hecho que me sentase junto a la cama donde
me había dado el ser, rompió a llorar y a decir- me cosas más amargas que su llanto.» Su
madre, viuda, le fue recordando todo lo que había hecho por él desde su nacimiento; y le
pidió, entre lágrimas, que no la abandonara en la vejez, dejándola viuda por segunda vez.
«Espera al fin de mis días —le decía Antusa—, (...) cuando me hayas entregado a la tierra y
me hayas puesto junto a los huesos de tu padre, emprende entonces largos viajes (...). Yo no
te he faltado en nada...»238.

Juan tenía 23 años y en aquella ocasión, cedió. Sólo las palabras de un amigo, le
convencieron más tarde a llevar a cabo su vocación, a pesar de esa contradicción familiar.
Quizá, de haber seguido el consejo materno, no hubiésemos tenido un San Juan Crisóstomo.

No te dejaremos en paz

Una señora de Siena, Lapa di Puccio di Piagente, prefirió las amenazas a las lágrimas. «¡Te
casarás aunque se te rompa el corazón!», le dijo a su hija Catalina, cuando ésta le comunicó,
a los diecisiete años, que había decidido entregarse a Dios en el celibato, permaneciendo en
el propio hogar familiar. «No te dejaremos en paz —sentenció Monna Lapa— hasta que
hagas lo que te mandamos.»

Pero Catalina permaneció irreductible ante la presión familiar: «en eso jamás obedeceré a
vuestra voluntad; yo tengo que obedecer a Dios antes que a los hombres. Si vosotros queréis
tenerme en casa en estas condiciones, dejadme estar como criada; haré con gozo todo lo que
buenamente pueda hacer por vosotros. Pero si me echáis por haber tomado esta resolución,
sabed que esto no cambiará en absoluto mi corazón».

Su padre, al oírla, apoyó su decisión: «Desde hoy —dijo— nadie molestará a esta querida
hija mía ni se atreverá a poner obstáculos en su camino. Dejadla servir a su Esposo con
entera libertad y que pida diligentemente por nosotros. Nosotros jamás podríamos procurarle

237
Mt 10, 37. En su viaje a Irlanda, Juan Pablo II recordaba a los padres que «Vuestro primer deber y vuestro mayor privilegio
como padres —decía el Papa— es el de transmitir a vuestros hijos la fe que vosotros recibisteis de vuestros padres. El hogar
debería ser la primera escuela de religión, así como la primera escuela de oración. (...) Dirijo por tanto un llamamiento a los
padres irlandeses para que continúen fomentando vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa en sus hogares, entre sus hijos e
hijas» (Limerik, 1-X-1979).
238
Cfr Obras de San Juan Crisóstomo, Tratados ascéticos. Sobre el Sacerdocio, libro I, BAC, Madrid 1958, pp. 608-609.
77
un matrimonio tan honroso; por tanto, no nos quejemos porque en vez de un Mortal
tengamos al Dios inmortal hecho hombre.»

Se cumplían a la letra las palabras del Evangelio: la madre contra la hija... A partir de aquel
día, viendo que ni siquiera su marido estaba de su parte, Monna Lapa soportó, entre miles de
protestas, la decisión de Catalina de permanecer célibe, y aceptó a regañadientes sus
mortificaciones, su desprendimiento, sus limosnas, su atención a los enfermos... Pero estalló
en cólera cuando vinieron las inevitables maledicencias que han acompañado siempre a los
santos. Porque la que difamaba a Catalina era, curiosamente, una cancerosa de lengua
maligna, una de las enfermas a las que atendía con más sacrificio. Aquello fue la gota que
colmó el vaso del orgullo herido de Monna Lapa: «Si no dejas de cuidarla —amenazó a
Catalina—, si llego a saber que has estado cerca de donde ella vive, jamás volveré a llamarte
hija mía.»

No era la única contradicción que tuvo que afrontar la joven Santa. En su corta vida se
fueron sucediendo «calumnias infamantes (...), celos de mujeres piadosas, escepticismo de
frailes y sacerdotes, los doctos que opinan de la ignorancia de la hija del tintorero...»239.

Muy pocos años después, aquella joven logró cerrar uno de los capítulos más tristes y
dolorosos de la historia de la Iglesia: hizo que el Papa volviera a Roma y que abandonara
definitivamente Aviñón. Y su madre, confusa, fue testigo de la exaltación de su hija en la
procesión solemne de sus reliquias que se organizó en Siena en la primavera de 1383240.

Un prototipo de intransigencia

Más intransigente todavía con la vocación de su hijo fue Teodora de Theate, madre de
Tomás de Aquino, que demostró con los hechos que no era una mujer fácil de convencer
cuando se resolvía a algo. Pérez de Urbel la retrata como una «condesa feudal, autoritaria,
dura y altiva»241. Había enviado a Tomás a Monte Casino, a los cinco años de edad, donde
era Abad un pariente de su marido, Landolfo Sinibaldi, y aspiraba «a lo que parece, a que su
benjamín llegase un día a ceñir la mitra abacial».

Pero la tormenta estalló cuando, después de diversas peripecias que lo llevaron a estudiar a
Nápoles, Tomás decidió, a los dieciocho años, entregarse a Dios en la Orden de
Predicadores, en contra de la voluntad de su madre.

Teodora era una mujer resuelta. ¿Dónde estaba Tomás? ¿En Nápoles? Allí se dirigió. Pero
Tomás se había marchado a Roma. Se fue a Roma. Al llegar, le dijeron que se había
marchado a Bolonia con el Maestre General, Juan de Wildeshausen. Enfurecida, llamó a
239
A. MORTA, Introducción a las Obras de Santa Catalina de Siena, BAC, Madrid 1955, p. 28.
240
J. PÉREZ DE URBEL, 0.C., Í. II, pp. 227-240.
241
Ibid., pp. 430-442.
78
otros hijos suyos, Aimón, Felipe, Reinaldo y Adenolfo, que militaban a las órdenes de
Federico II y les ordenó que fuesen en su búsqueda, que se lo trajesen preso y que lo
encerrasen en la fortaleza familiar de Montesangiovanni. Teodora no tenía de la libertad un
concepto demasiado elevado.

Sus hermanos encontraron al joven Tomás camino de Bolonia, a mediados de mayo de 1244,
cerca de Aquapendente, mientras descansaba junto a un manantial. Llegaron a galope, lo
detuvieron, forcejearon para quitarle el hábito y se lo llevaron por la fuerza primero hasta
Montesangiovanni y luego a Rocaseca, el antiguo castillo familiar, donde lo encerraron. Allí
Teodora lo tenía todo planeado: después de la fuerza viril pondría en juego la habilidad
femenina. Sus hermanas Marotta y Teodora se encargarían de hacerle cambiar de opinión,
ahora ya no por la fuerza, sino por la persuasión. Le sugerían que siendo benedictino podría
llegar a ser Abad... Todo, todo antes que ser fraile mendicante. Pero las palabras de las dos
hermanas resultaron inútiles, y lo que es peor: Marotta empezó a vacilar al ver la actitud de
su hermano y resolvió entregarse a Dios en el Monasterio de benedictinas de Capua.

Al cabo de casi año y medio, Tomás seguía sin mudar de parecer. Sus hermanos intentaron
entonces una solución violenta: le quitaron los libros y el hábito y lo dejaron vestido con
harapos. En vano. Su madre estaba decidida a poner todos los medios y cambió de táctica;
pensó que, ya que no se podía vencer su intransigencia con palabras ni por la fuerza, habría
que reducir su corazón con una mujer. Trajeron de Nápoles una cortesana a sueldo y una
noche la introdujeron provocadoramente en la habitación de Tomás. Pero éste, en cuanto la
vio, se acercó a la chimenea, cogió un tizón ardiente y la napolitana huyó despavorida...

Al fin, Tomás no encontró otra solución que descolgarse con una cuerda por la ventana de la
fortaleza, y escaparse en dirección a Nápoles... Y no acabaron ahí las contradicciones, cuya
relación sobrepasa el espacio de estas páginas. Estremece pensar lo que hubiera supuesto
para la teología y para la Iglesia entera el que Teodora se hubiese salido con la suya...

Mi hijo no será fraile

Don Fernando, el padre de Luis Gonzaga, puso también todas las dificultades imaginables:
«¡mi hijo no será fraile!», repetía. Hizo que se lo llevaran a Florencia para que sirviese de
paje al gran duque Francisco de Médicis, donde esperaba que el ambiente cortesano acabara
por conquistarlo. Pero el joven Luis volvió a su hogar, en Castiglione, tan decidido a
entregarse a Dios como salió. Su padre le envió entonces a la Corte del Rey de España,
donde lo tuvo por espacio de tres años. Pero a la vuelta, en 1584, Luis declaró que quería
ingresar en la Compañía de Jesús. Se sucedieron entonces escenas violentísimas entre padre

79
e hijo, que cayó enfermo. Don Fernando lo volvió a enviar a las cortes de Mantua, Ferrara,
Parma y Turín... hasta que al final, cedió242.

Una protesta al Arzobispo

Pietro di Bernardone, un rico mercader de paños de Umbría, se mantuvo en la misma postura


irreductible: no estaba dispuesto a que su hijo Francisco hiciese más locuras. Estaba harto de
verlo llegar a casa medio desnudo porque había dado a los pobres la capa, el sombrero y la
camisa, no soportaba más que viviera en una gruta y mendigara por Asís; o que se dedicara a
comprar piedras a cambio de las telas de su tienda para reconstruir una iglesia. Para su padre,
Francisco era, como escribe Bargellini, «el deshonor de la familia. Si se hubiera tratado de
vocación religiosa, Pietro di Bernardone quizá no hubiese tenido dificultad en hacerlo entrar
en el monasterio de los benedictinos del Subasio; pues, tras el noviciado, Francisco se habría
convertido en un Padre respetado y honrado por todos. Comía en una asquerosa escudilla las
sobras ajenas mezcladas en un abominable revoltijo. Parecía como si gozase en
infamarse»243.

Un día Pietro di Bernardone ya no aguantó más y recurrió a un procedimiento que se ha


venido repitiendo hasta nuestros días: lo denunció; quiso incapacitarlo y lo hizo citar por los
magistrados de la ciudad. Pero Francisco no respondió. Entonces se presentó en la sede
Arzobispal y lo hizo llamar por medio del Obispo, Guido Secundo. Al fin, su hijo
compareció. Exigió que le devolvieran su dinero: ¡esas piedras que había comprado
inútilmente su hijo con la venta de sus telas!

La historia es conocida: el futuro Francisco de Asís escuchó la petición de su padre; se quitó


la ropa que llevaba puesta, quedándose sólo con una faja de cerdas a la cintura, hizo un
envoltorio y encima un montón de monedas...244.

Si no, se escapará

La madre de San Francisco de Sales, conocedora de este tipo de reacciones, prefirió la


habilidad femenina a las lágrimas, las amenazas a las denuncias. La decisión de entregarse a
Dios de su hijo había roto sus planes de casarlo con un buen partido, la hija del consejero del
Duque de Saboya, y prefirió ganárselo por el corazón. Y durante cierto tiempo, gracias al
talante conciliador del joven Francisco que no sabía decir que no, le pareció que aquella
táctica daba resultado. Todo fueron evasivas y dilaciones, hasta que llegó el momento de los

242
Ibid, p. 665-675.
243
P. BARGELLINI, San Francico de Asís, Rialp, Madrid 1959, pp. 48-49.
244
lbid., pp. 30-38.
80
esponsales y Francisco dijo un rotundo «no», especialmente llamativo «en un hijo que no
decía nunca a nada que no».

« ¿Pero quién te ha metido esa idea en la cabeza?», gritaba su padre. « ¡Una elección de ese
tipo de vida exige más tiempo que el que tú te tomas!», insistía furioso. Su madre, sin
embargo, al verle tan decidido, cedió, movida en parte por el temor: «será mejor permitirle a
este hijo que siga la voz de Dios —le dijo a su marido—. Si no, va a hacernos como San
Bernardo de Menthon; se nos escapará...»

Y le dejaron, al fin, seguir con su vocación245.

No resistirá

Los señores Beltrán, don Juan Luis y doña Ángela Exarch, de una de las mejores familias de
Valencia, fueron mucho más comprensivos que estos padres que acabamos de mencionar.
Ellos no querían en absoluto interferir en la vocación de su hijo Luis. Querían orientarla,
sencillamente: es decir, sólo pedían que su hijo esperara algún tiempo antes de tomar su
decisión; y que, a causa de su salud frágil, en vez de hacerse dominico, se hiciese cartujo o
jerónimo. Pero un día, a los dieciocho años, el joven Luis decidió no volver a casa e ingresar
en el convento. Su padre se enfureció y pronunció las conocidas acusaciones: su hijo había
sido influido por aquellos religiosos, seguro que en el convento lo maltrataban, y además,
¡no le dejaban hablar con él!

En esa situación el joven Luis les escribió a sus padres una carta serena, redactada con un
estilo recio y conciso, que revela, a pesar de su juventud, la fortaleza de su carácter:

«Una carta de vuestra merced he recibido, y, mirándola bien, hallo que en suma tiene dos
cosas: la una que, ya que quiero ser religioso, su intención es que sirva a Dios en la cartuja o
en la orden de San Jerónimo; la otra, que los padres de esta casa me han persuadido que sea
religioso en ella. Acerca del primer punto, tenga paciencia vuestra merced, porque no sería
consuelo mío... Cuanto a lo segundo, créame vuestra merced que estos padres me han sido
contrarios. Mas a la postre, vista mi importunación y perseverancia, les ha parecido que no
condescender conmigo era resistir al Espíritu Santo... Dice el Padre Maestro que me dará
licencia para que vuestra merced me hable a solas, si viniera por acá. En lo demás me trata
con tanta crueldad, que por mis enfermedades me ha puesto en la mejor celda, y me hace
cenar tres veces a la semana, contra mi voluntad. Y por hacer tanto frío se ha quitado la ropa
de que él tenía necesidad y me la ha dado. Así que vuestra merced se consuele y descanse,
que yo estoy consolado en mi espíritu, y en cuanto a las fuerzas exteriores, me siento mejor
que en toda mi vida. Guarde que no se diga de vuestra merced lo que dice David:

245
Ibid., pp. 178-189 y H. COUANNIER, O. C.
81
“Temblaron donde no había que temer.” La gracia del Espíritu Santo guarde a vuestra
merced y a la señora y a todos, como se lo ruego de día y de noche.»

Años más tarde, aquel joven cuya salud, según sus padres, «no resistiría» las exigencias de la
vocación, viajó al Nuevo Mundo, evangelizó a numerosos indios de Nueva Granada y las
crónicas aseguran que llegó a bautizar a más de quince mil en un sólo día.

Y, como en tantos otros casos similares, tuvo el consuelo de escuchar de labios de su padre
moribundo estas palabras: «Hijo, una de las cosas que en esta vida me han dado pena ha sido
verte fraile, y lo que hoy más me consuela es que lo seas. Mi alma te encomiendo»246.

Ánimo contra mí

También Santa Teresa tuvo que vencer la oposición familiar. La primera conversación con
su padre, don Alonso, no fue muy fructífera: «Lo más que se pudo acabar con él fue que,
después de muerto él, haría lo que quisiese.» Teresa hizo que intervinieran parientes y
amigos, pero don Alonso seguía en sus trece. Y Teresa temía de que ella misma fuera capaz
de resistir por mucho tiempo la negativa paterna: «Me temía a mí y a mi flaqueza.» Un día,
ayudada por su hermano Antonio, que también había decidido entregarse a Dios, se escapó
de casa.

«Cuando salí de casa de mi padre —cuenta—, no creo será más el sentimiento cuando me
muera; porque me parece cada hueso se me apartaba por sí; que, como no había amor de
Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande,
que si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me
dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra»247.

El pobre don Alonso «no sabía qué hacer. Los dominicos acababan de informarle también de
la decisión de Antonio, y la piedad ponía a prueba su amor paternal. Figurándose una vez
más que todo era cosa de la niña y que recuperarla a ella sería tanto como recuperar al chico,
se apresuró a dirigirse a La Encarnación, temblando ante la perspectiva de enfrentarse con su
hija y con Dios.

»Ya en sus primeras palabras, pronunciadas apasionadamente, Teresa planteó de tal modo
sus responsabilidades a aquel buen cristiano que don Alonso no osó recurrir a las súplicas ni
a su autoridad, aunque por el camino había ido rumiando alternativamente frases
conmovedoras y órdenes terminantes. Comprendió que aunque ella cediera, no podría
disfrutar ya sin remordimientos de la presencia de su hija queridísima. Cedió»248.

246
Cfr Ibid., pp. 67-73.
247
SANTA TERESA DE JESÚS, Libro de la Vida, o.c., cap. 4, 1.
248
M. AUCLAIR, 0.C., p. 60.
82
En la actualidad

Curiosamente, en el mundo contemporáneo siguen dándose todavía estas oposiciones


tenaces. Esta realidad forma un contraste sorprendente con los grandes problemas con los
que se enfrenta nuestra sociedad, como la delincuencia juvenil, el terrorismo —compuesto
en su mayoría por jóvenes, en ocasiones casi adolescentes—, el negocio de la droga y del
sexo que cuenta con los jóvenes como sus mayores consumidores, etc. En algunos países se
da el triste espectáculo de madres-niñas, de jóvenes que viven solos a los quince años, frutos
del divorcio y de un sentido de la independencia mal asimilado. Y sin embargo, en muchos
de esos países se ha creado un fuerte flujo de opinión negativa que considera curiosamente
que la edad en la que los programas oficiales estimulan a la juventud a las relaciones
sexuales prematrimoniales, y en la que se les juzga capaces de todas las aberraciones
humanas, es la edad en la que se encuentran «psicológicamente inmaduros para la
entrega»249.

El historiador Peter Berglar denunciaba esta incongruencia: «¿por qué dudar —se preguntaba
— de que así como hay jóvenes que son 'capaces' de llevar una vida de pecado, de
prostitución, de extorsión o de violencia, haya otros que también son 'capaces' de todo lo
contrario, es decir, de amar a Dios, de entregarse, de vivir la pureza? No me cabe en la
cabeza por qué los jóvenes, en la adolescencia, lo quieran los padres o no, han de tener
derecho (por lo menos en Alemania) a dejar de asistir a las clases de Religión y no hayan de
tener la posibilidad de decidirse por servir a Cristo y a su Iglesia. Esta época, la adolescencia,
no es un dato arbitrario: la Iglesia sabe, por larga experiencia, que, por lo general, un
cristiano adolescente es capaz de reconocer el modo y la esencia de una vocación divina y de
seguirla»250.

Se da una trágica incoherencia de actitudes, que denun ciaba con todo el vigor de su genio,
a finales del siglo pasado, sor Ángela de la Cruz: «¿por qué todo lo han de echar a peor
parte?; ¿por qué al ver una joven recogida y vestida con modestia lo han de achacar a
capricho, rareza y flojería; y no han de decir: tiene que hacerse violencia, pero se ha
desprendido por Dios, y no hace otra cosa que estudiar su voluntad porque aprecia más su
alma que su cuerpo? Y cuando después de conocida la Voluntad de Dios, se decide una a
dejar su familia, y dicen que es abandonar su obligación, ¿por qué no se paran a considerar
que la que hace esto hace mayor sacrificio que los que la critican, porque por lo regular su
amor es más desinteresado y su cariño más respetuoso? Y en fin, mientras que les dicen

249
He tratado más extensamente de este particular en La vocación de los hijos, Palabra, Madrid 1988 y en Toda la vida a una
carta, Palabra, Madrid 1989.
250
P. BERGLAR, o.c.
83
ingratas, ellas padecen y se les arranca el corazón cuando ven padecer a su madre que aman
más de lo que demuestran»251.

El «Caso Ubao»

Un caso paradigmático de intolerencia es el tristemente famoso «Caso Ubao». Para


entenderlo adecuadamente hay que encuadrarlo dentro del contexto histórico fuertemente
anticlerical de comienzos de siglo, en el que la prensa, como señala Gómez Molleda,
«aprovechó la liberalización del Régimen para mostrar ya su hostilidad a la Iglesia, y la más
sectaria, incluso para instigar a las turbas, que ya en determinadas ocasiones cometieron
actos delictivos contra personas y casas religiosas. (...) La campaña se hace decididamente
fuerte y 'oficial' años más tarde y sobre todo a partir de 1900. (...) Se observa en la prensa el
desencadenamiento de una sistemática campaña antirreligiosa, que elige los 'casos'
apropiados y los airea de todos los modos posibles para llegar a los puntos más vulnerables
de la masa»252.

El «caso» elegido en esta ocasión fue el de Adela Ubao, una joven mujer de veintitrés arios
que, después de superar una fuerte oposición materna, logró entrar en el noviciado de las
Esclavas del Sagrado Corazón, en la casa del Obelisco de Madrid, el 12 de marzo de 1900.

Su madre —viuda— y sus hermanos emprendieron un proceso contra ella que nos parecería
ridículo si no se siguieran dando en nuestros días algunos casos con características muy
parecidas. En la actualidad cambia la terminología y los planteamientos; salen a relucir las
conocidas acusaciones de «sectarismo», de juventud «extrema» de los candidatos que son
siempre mayores de edad, de obnubilación mental..., pero la intolerancia de fondo, la falta de
respeto a la libertad y la incomprensión del hecho religioso sigue siendo la misma.

La Sra. Ubao denunció el caso ante el Juez de primera instancia, que en la primavera de 1900
tomó declaración a Adela, que manifestó que había entrado en el convento a raíz de una
decisión personal absolutamente libre.

En vista de los hechos, el juez sentenció en favor de Adela. La familia apeló acto seguido a
la Audiencia Provincial.

«Los Ubao —prosigue Yáñez— buscaron la defensa de Nicolás Salmerón, y el caso, en sí


intrascendente, se cargó con el peso de todos los prejuicios que enfrentaban a ultras y a
anticlericales, y, desde luego, comenzó a rodearse de una atmósfera de confusión y
apasionamiento típicamente decimonónica. El conjunto de argumentos aducidos no sólo por
la familia Ubao y sus amigos, sino aun por Salmerón y otros individuos que se decían laicos,
251
SOR ÁNGELA DE LA CRUZ, Escritos íntimos, BAC, Madrid 1982, p. 397.
252
M. D. GÓMEZ MOLLEDA, Los reformadores de la España contemporánea C.S.I.C., Madrid 1966, p. 429. Cit. en YÁÑEZ, o.c., p.
640.
84
nos hace sonreír; porque, en verdad, recurrían a leyes divinas y eclesiásticas tanto o más que
Adela Ubao y sus defensores»253.

La prensa contribuyó a caldear la polémica: «Un alma a Dios y ciento al diablo», pregonaba
«El Liberal» de Madrid, el 19 de octubre. A él se sumaron los artículos de «El Imparcial»,
del «Heraldo de Madrid», de «El Siglo Futuro», de «El País»...

La Congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón se negó a tomar parte en el pleito.
Había cierta disparidad de criterios entre las religiosas a la hora de abordar el problema:
mientras que la maestra de novicias era partidaria de poner resistencia al atropello, la M.
Pilar, una de las Fundadoras de la Congregación, no quería enfrentar madre e hija en los
tribunales, y se negaba a que se le concediera vestir el hábito hasta que no hubiera terminado
aquel pleito.

Poco después, la Audiencia de Madrid confirmó el auto del Juez, a pesar de la catarata de
concilios y eclesiásticos que Salmerón había traído a colación en su discurso. Los Ubao
apelaron entonces al Tribunal Supremo, mientras que la joven seguía viviendo en el
convento de acuerdo con su voluntad.

Más tarde, el 30 de enero de 1901, se estrenó en Madrid Electro, una obra oportunista de
Pérez Galdós en la que se aludía al caso y que, en aquel momento de exaltación anticlerical,
obtuvo bastante éxito. En medio de ese clima, el 7 de febrero, se celebró la causa. Salmerón
citó a Tertuliano, los Concilios de Maguncia y Trento, las crónicas de la Orden de San
Francisco y hasta las Partidas. «No siempre ha transigido el poder de la Iglesia —dijo— con
las Órdenes religiosas, pues Papa ha habido como San Clemente, que consintió una
expulsión de los jesuitas.»

El discurso impresionó mucho en la sala, ignorante de muchas cosas, entre otras de que
Clemente XIV, que suprimió la Compañía de Jesús en 1773, nunca fue canonizado 254. Pero
esas «minucias» no parecían importarle demasiado al orador, que aludió con frecuencia a «la
niña» —que ya no era tan «niña», porque tenía veintitrés años— y señaló como causante de
todo en su origen, a un Padre de la Compañía de Jesús que había predicado en una iglesia la
necesidad de la penitencia...

El tribunal notificó su fallo negativo para Adela, y el 24 de febrero se presentó el juez en el


convento para recogerla y reintegrarla en la casa de su madre. Antes de salir, la joven hizo
constar en acta que lo hacía forzada y en contra de su voluntad y que volvería a entrar en el
convento a los veinticinco años.

253
YAÑEZ, 0.C., p. 641.
254
Ibid, p. 645. El oportunismo del novelista en esta obra, una de sus producciones de menor calidad literaria, es evidente, y
recuerda otras obras de novelistas conocidos en las que se critica la educación cristiana de determinados colegios de religiosos,
buscando el escándalo.
85
Y así lo hizo, porque cumplió veinticinco años a los pocos meses.

***

Se podrían establecer muchos parangones contemporáneos de este caso con jóvenes ya


mayores de edad que han decidido entregarse a Dios en diversas instituciones de la Iglesia,
ya sea como religiosos —dentro del Carmelo por ejemplo—, o en diversas opciones de
carácter laical, como el Camino Neocatecumenal 255. Eso confirma que «los ataques y
denuncias que acusan a Movimientos, Asociaciones y Órdenes afines a la Iglesia Católica
son más frecuentes de lo que parece», como se dice en un reportaje en el que unos padres
denuncian la actitud de sus hijas, ya mayores de edad, por haberse hecho carmelitas
descalzas.

Esos casos no constituyen ninguna novedad. «En los siglos pasados —declaraba el Cardenal
Höffner— se atacó duramente a los jesuitas, prácticamente con las mismas armas que se
emplean ahora contra el Opus Dei. Como ejemplo, puedo citar algunas acusaciones
publicadas por H. Meurer en 1881 que dicen que los niños y jóvenes son 'amaestrados' en las
instituciones educativas de los jesuitas; que los Estatutos 'mantenidos secretos inicialmente'
de la Compañía de Jesús exigen una obediencia ciega... Y se pregunta: `¿Cómo es posible
que la Compañía de Jesús encuentre el número suficiente de novicios, que estén dispuestos a
someterse a denigraciones de ese tipo...?'»256.

Sin embargo, hay que reconocer que en la actualidad se dan algunas peculiaridades propias
de nuestra época; tras la frecuente denuncia al Obispo, y las acusaciones de falta de libertad,
inmadurez, etc., se suele pedir, inexorablemente, una intervención que parece «salvadora»: la
del psicólogo...

El ejemplo de los santos

De todos modos, es de justicia recordar que los padres verdaderamente cristianos han sabido
ver a lo largo de la historia la vocación de sus hijos como un privilegio y un don de Dios, y

255
Card. Hóffner, entrevista en la KNA, Colonia, 1984. En esa entrevista comentaba el Cardenal la alegría que experimentan la
mayoría de los padres de las personas que se han entregado a Dios en el Opus Dei, aunque no falten algunos padres que no
entiendan todavía la vocación de sus hijos. «Un matrimonio —declaraba el Cardenal— escribe: `somos padres de tres hijos, de
los cuales dos son miembros del Opus Dei, y estamos muy agradecidos por la ayuda espiritual que han recibido en el Opus Dei.
Otro padre escribe: 'por propia experiencia puedo decirle que los miembros del Opus Dei crecen en el amor a sus familias de
sangre, al mismo tiempo que viven las consecuencias de su vocación: es lo mismo que sucede con una persona que se casa.
También en ese caso, nosotros, como padres, debemos aceptar la ausencia física de nuestros hijos, ya que no los hemos
educado para nosotros, sino para ser miembros responsables de la Iglesia y de la sociedad. Finalmente, como padres hemos de
estar agradecidos por la vocación que han recibido nuestros hijos, que no nos causan preocupaciones pues sabemos que están
contentos. Le escribo estas impresiones corno padre de dos hijos que pertenecen al Opus Dei desde hace muchos arios, sin ser
yo mismo miembro de esta Obra .»
256
Cautivos de Dios. Familias, expertos y religiosos denuncian el sectarismo de algunos grupos apoyados por la Iglesia Católica,
en “Cambio 16”, n 1045, XII- 1991, pp. 14-16.
86
han ayudado decisivamente a la vocación de sus hijos: baste recordar las figuras de la madre
de Santo Domingo, del padre de Teresa de Lisieux, de «Mamá Margarita», la madre de San
Juan Bosco, que tanto ayudó a su hijo en los comienzos del Oratorio, y de tantos padres en la
actualidad.

«Bienaventurados los que se entregan a Dios para siempre en la juventud», escribía don
Bosco muy pocos días antes de su muerte, alentando a la entrega generosa en la juventud. En
el Santoral se encuentran, de hecho, un buen número de santos jóvenes: la mayoría de los
veintidós mártires de Uganda oscilaban entre los quince y los veintidós años. Tarsicio, Luis
Gonzaga, Domingo Savio, Teresa de Lisieux, María Goretti, entre otros muchos, murieron
en la adolescencia, o en plena juventud. Y en nuestro tiempo se sigue beatificando a jóvenes
—en muchos casos laicos—, como una joven polaca, Carolina Kózka; un joven francés,
Marcel Callo, o dos campesinas italianas: Pierina Morosini y Antonia Mesina.

X. EL CARÁCTER DE LOS SANTOS

Una imagen deformada de la personalidad de los santos —más ligada a cierta iconografía de
pasta flora que a la propia realidad— los imagina desgajados del mundo, con un talante
seráfico y nebuloso, casi irreal, como si no fueran hombres de carne y hueso, y no hubiesen
tenido que luchar con las mismas pasiones que el resto de los mortales. Esa imagen
deformada lleva a considerar la santidad como algo dulzón y etéreo, que todo el mundo debe
aplaudir, y se escandaliza ante los defectos de los santos, cuando precisamente lo que prueba
su santidad es la lucha heroica de estos hombres y mujeres contra esos mismos defectos,
soportando con caridad y paciencia, entre otras cosas, las incomprensiones de sus
contemporáneos.

Algunos críticos de la personalidad de determinados santos, que adolecen de un raro


angelismo y de un desconocimiento de la naturaleza humana —y del concepto mismo de
santidad—, han creído encontrar un obstáculo serio para la santidad al descubrir en sus vidas
limitaciones de carácter claras y evidentes. Olvidan quizá las miserias patentes de los
Apóstoles que relatan con crudeza las páginas del Evangelio: la infidelidad de Pedro; la
irascibilidad de los hijos del Zebedeo; la incredulidad de Tomás; o la cobardía de todos, a la
hora de la Cruz, salvo Juan.

Sin embargo, esas debilidades humanas no impidieron a los Apóstoles, tras el


arrepentimiento, convertirse en columnas firmes de la Iglesia y, a la hora de la muerte, dar su
vida heroicamente en el martirio. Esta realidad manifiesta que todas las imperfecciones
humanas pueden ser purificadas por el amor total y pleno a Cristo, como se desprende del
martirologio y del santoral. No hay que olvidar que un Agustín, o un Jerónimo Emiliano no
fueron santos por haber nacido confirmados en gracia —que no lo fueron—, sino por haber
87
superado las tendencias más bajas de la naturaleza en las que habían caído. Esa victoria
sobre el hombre viejo hizo del libertino un Obispo santo y convirtió a aquel joven aristócrata
del Renacimiento, arrogante, pendenciero, impetuoso, duelista y vanidoso, en un hombre
virtuoso que la Iglesia elevó a los altares.

En su obra Los defectos de los Santos, Urteaga recuerda las conocidas miserias y
limitaciones de los Apóstoles y algunos defectos pequeños o grandes de los santos. Todos
tuvieron que luchar con alguna imperfección, mayor o menor, de su carácter, que
habitualmente constituía la otra cara de la moneda de una virtud sobresaliente. Santa Teresa
de Lisieux fue admirable por su constancia, pero tuvo que superar algunas aristas de su
terquedad natural; y San Alfonso María de Ligorio, maestro de moralistas, conservó siempre
—genio y figura hasta la sepultura— aquel temperamento fogoso que le hacía exclamar a los
ochenta años, mientras charlaba con un conocido: «Si hemos de discutir, dejemos que la
mesa esté entre los dos; que yo tengo sangre en las venas.»

Esto es obvio; todos los santos fueron hombres con defectos y su vida no fue ajena a las
debilidades que todos los hombres poseen. No tiene sentido escandalizarse al toparse con
esas miserias. Un santo no es un superhombre, sino un hombre con limitaciones, que se
enamora profundamente de Jesucristo y llega por eso a vivir heroicamente —fruto de ese
amor y de la gracia— las virtudes cristianas a lo largo de su vida o, en el caso de los
mártires, un hombre que es capaz de dar la vida por Dios en un momento preciso. La clave
de la santidad radica en el amor a Dios, no en la ausencia de defectos.

Por eso la grandeza de los santos no estuvo exenta de esas pequeñas manías, filias y fobias
de las que adolece todo ser humano. La Beata Ángela de la Cruz tuvo que luchar durante
años por moderar aquel temperamento «volcánico, violento» que «saltaba a propósito de
cualquier pretexto: pequeños traspiés con una compañera de trabajo y con la maestra, una
displicencia de su hermano que está en casa, un descuido de su madre, que olvidó poner al
fuego el puchero con agua para las sopas» 257. Y Santa Margarita María de Alacoque tardó en
superar ciertas manías, como su aversión al queso, nada menos que... ocho años258.

Un tópico: la acusación de locura

Esto no quiere decir que todas las acusaciones que se han formulado a lo largo de la historia
en contra de los santos posean un fundamento cierto y real. Con frecuencia los
calumniadores han abultado algunos defectos evidentes de los santos y han exagerado sus
limitaciones, desorbitándolas. «El santo es más caricaturizable por sus adversarios que
persona alguna» —afirma Mons. del Portillo, refiriéndose a determinadas críticas contra

257
J. M. JAVIERRE, Sor Ángela de la Cruz, pp. 77-79.
258
J. URTEAGA, Los defectos de los Santos, Rialp, Madrid 1978.
88
grandes fundadores como San Francisco de Asís, Santa Teresa de Jesús, San Juan Bosco o el
Beato Josemaría Escrivá—. «Pueden convertir su mansedumbre en debilidad, o al revés, su
energía vital o su celo de la casa de Dios en mal carácter, o su fe heroica en fanatismo»259.

Algunos denigradores han cargado tanto las tintas en su denigración contra los santos, que
los han pintado domo auténticos monstruos de maldad. Y los extremos se tocan: esos
«monstruos» son tan falsos como la imagen de esos santos casi alados a los que algunos
hagiógrafos pintaban en el regazo materno guardando ayuno los viernes de Cuaresma.

Por lo que se refiere a la acusación de locura, Dios ha permitido que algunas almas egregias
padecieran realmente esta enfermedad, como el padre de Santa Teresa de Lisieux al final de
su vida. Pero lo habitual es que los santos hayan sido acusados de «locura» por haber amado
heroicamente a Dios o haber llevado a cabo empresas humanamente descabelladas aunque
lógicas desde una perspectiva espiritual. «Es una locura» —exclamó la señora de la
Corbiniére, esposa de un alto funcionario de Rennes, al ver los proyectos de Juana Jugan y
calcular sus recursos. Desde un punto de vista meramente económico la Sra. Corbiniére tenía
toda la razón260. Y a San Juan de Dios, tras su conversión, no sólo le consideraron loco: lo
llegaron a encerrar en un manicomio.

A. Una Fundadora desconocida

Entre tantas figuras de la Iglesia del siglo XIX, destaca por su humildad heroica Santa
Rafaela María de Porras, Fundadora de las Esclavas del Sagrado Corazón, a la que algunas
religiosas de su Congregación quitaron del gobierno y relegaron con la falsa excusa de que
estaba loca. «Fue dejada totalmente al margen —declaró en su Proceso de Beatificación la
M. Matilde Erice—, olvidada y a veces tratada con poca consideración. Basta decir que
algunas religiosas profesas (y hago notar que entre nosotras no se llega a la profesión
perpetua sino después de cinco y a veces hasta siete años de permanencia en el Instituto)
ignoraban ordinariamente incluso que existiese la M. Sagrado Corazón»261.

Se hizo creer a todos que estaba loca y como afirma su biógrafo, «en los procesos de
Beatificación había de ser ésta una de las cuestiones más difíciles de resolver. Del estudio
atento de todos los datos, realizado en primer lugar por el Padre Bidagor y luego por una
comisión especial, resultó la conclusión no sólo de la virtud extraordinaria de la M. Sagrado
Corazón, sino de su perfecto equilibrio mental»262.

La insidia llegó hasta tal punto que su director espiritual, el jesuita P. Marchetti, que
ignoraba que fuese la Fundadora, estaba firmemente convencido de su desequilibrio, ya que

259
A. DEL PORTILLO, Entrevista en «ABC» , 9-V-1992, p. 52.
260
G.-M. GARRONE, 0.C., p. 69.
261
Cit. en Cimientos para un edificio, o.c., pp. 782-783.
262
Ibid, p. 779.
89
la Santa le decía que le abrían sus escritos de conciencia —cosa que en realidad sucedía— y
el religioso consideraba aquello fruto de una enfermedad mental.

Curiosamente y contra toda lógica, ni siquiera en el Proceso de Beatificación se retractó el P.


Marchetti de su opinión sobre el estado psíquico de la Fundadora, aunque reconociera en ella
la heroicidad de virtudes263.

B. «Lo de menos era llamarme loca»

Hubo un dicho que se hizo tristemente célebre en determinados ambientes madrileños a


mediados del siglo XIX: «la loca de Micaela». Lo popularizó en los ambientes cortesanos el
Duque de Pinohermoso, que no entendía la empresa disparatada, vista desde una perspectiva
puramente humana, que había acometido su prima la Vizcondesa de Jorbalán, Fundadora de
las Adoratrices: redimir a mujeres descarriadas. No le cabía en la cabeza que una mujer de la
nobleza española, rica y acomodada, pudiera dedicarse a estas tareas hasta llegar al extremo
de endeudarse económicamente y convertirse en el hazmerreír de todos sus antiguos amigos
de la Corte. Aquello, en la mentalidad del Duque, no podía ser sino desazón, desequilibrio,
rareza, locura en suma.

Y otros muchos contemporáneos —que mudaron luego de opinión— la juzgaban del mismo
modo. «Tú te quieres hacer célebre a lo tonto», le decían sus amigas 264; unos pensaban «que
obraba por manía» y otros se creían en el deber de ponerle los pies en el suelo, como el
Marqués de Arenal, que le dijo a la Fundadora cuando fue a visitarle al Ministerio:

«—¿Es posible que haya usted perdido la cabeza? ¿Está usted loca? Déjese de tonterías.
Tiene usted a su familia y amigos desolados»265.

No exageraba el Marqués. Como comentaba una Adoratriz, Catalina de Cristo, en su Proceso


de Beatificación, «sufrió la Venerable muchas contradicciones por razón de su Instituto u
Obra por ella fundada, ya de parte de su familia, ya de otras personas amigas y conocidas
que consideraban esta empresa como descabellada, creyendo imposible la conversión y
permanencia de las jóvenes que son el objeto principal del Instituto y hasta se avergonzaban
de la Obra como de una cosa mala y de ninguna duración. El P. Carasa obligó a la Venerable
a ir en coche por Madrid para evitar que cuantas personas conocidas la encontraban por la
calle la arguyesen e increpasen contra su plan»266.

Cayeron en esta creencia incluso algunas personas próximas a ella como algunos de sus
confesores. «Oí decir al P. Labarta —recuerda un testigo—, de la Compañía de Jesús,

263
Ibid, p. 782.
264
Mujer Audaz, o.c., p. 237.
265
Ibid., p. 238.
266
Ibid.
90
confesor que fue de la Venerable, que el Instituto fundado por ésta era una fervoreta
procedente del deseo que tenía de gastar su dinero en cosas buenas»267.

En los ambientes palaciegos, que la habían conocido con sus mejores galas, se reían de ella
cuando la veían aparecer—«mirad, mirad la loca»— con sus alpargatas blancas y su vestido
de estameña. Un diálogo entre la Reina Isabel II —que luego le cobraría gran afecto— y su
camarera mayor, pone de manifiesto aquel amasijo de habladurías.

«—¿No es amiga tuya la de Jorbalán?

—Sí, señora.

—¿Y cómo se volvió loca?

—¿Qué? Señora, no está loca.

—Pues sus parientes lo dicen.

—Es, señora, que se ha dedicado a salvar mujeres de mal vivir y es a disgusto de sus
hermanos y parientes, y la llaman loca por esto, pero está muy cuerda y es muy buena»268.

El murmullo se convirtió pronto en clamor público y se escuchaba con frecuencia gritar por
las calles: «Muera la Vizcondesa, muera esa loca, esa perdida, que es más mala que las
chicas que recoge. Ella es la que debe arrepentirse»269.

Con el tiempo, los insultos fueron subiendo de tono, hasta tal punto que, como hemos visto
anteriormente, cuando iba a pedir dinero para el mantenimiento de sus colegios, «lo de
menos —decía la Santa— era llamarme loca»270.

C ¡De prisa! ¡Al manicomio!

San Juan Bosco tuvo que sufrir situaciones parecidas. Refiere el Santo en sus Memorias del
Oratorio, hablando de sí mismo en tercera persona que, en noviembre de 1845, cuando
comenzó sus primeras escuelas nocturnas, «se propagaron habladurías muy extrañas. Unos
calificaban a don Bosco de revolucionario, otros lo tomaban por loco o hereje. Pensaban así:
el Oratorio lo que hace es alejar a los chicos de las parroquias; por consiguiente, el párroco
se encontrará con la iglesia vacía y no podrá conocer a unos chicos de quienes habrá de dar
cuenta a Dios»271.
267
Ibid.
268
Ibid.
269
Ibid.
270
Ibid. p. 239. Cuando la Santa se dedicó a mendigar por escrito a personas de la grandeza recibió nuevos insultos: «Qué cartas
—escribía a fina- les de 1860— tengo aún en el archivo de lo más lucido de la Grandeza, y en qué tono, y señoras».
271
SAN JUAN Bosco, Memorias del Oratorio. Década segunda, en Obras
Fundamentales, BAC, Madrid 1972, p. 431.
91
De poco les servía a sus detractores las explicaciones de don Bosco, que les recordaba que
aquellos chicos eran de fuera, y no tenían párroco ni parroquia. La marquesa de Barolo, antes
de despedirle de su pequeño hospital, también hizo mención a su supuesta locura; y la
murmuración llegó a tal punto que dos teólogos amigos suyos, Vicente Ponzati y Luis Nasi,
llevados por la caridad hacia el santo —estaban convencidos de su enfermedad—, intentaron
encerrarle en un manicomio.

Aquel intento de encerramiento en el psiquiátrico tuvo visos cómicos: «Me di cuenta


entonces de su juego —escribe don Bosco—, y, sin darme por enterado, les acompañé hasta
el carruaje. Insistí en que entraran ellos los primeros a tomar asiento. Y cuando lo hicieron
cerré de golpe la portezuela y grité al cochero:

—¡De prisa! ¡Al galope! ¡Al manicomio, en donde aguardan a estos dos curas!»272.

D. Loco perdido... por el amor de Cristo

También aludieron a la locura algunos conocidos del Fundador del Opus Dei, cuando éste
comenzó su primera labor apostólica corporativa: la Academia DYA. Era una academia con
clases para estudiantes de Derecho y Arquitectura, que luego se amplió y se convirtió en
Residencia Universitaria.

Desde el punto de vista meramente humano —como tantas otras labores apostólicas
promovidas por los hombres de Dios— aquello tenía visos de locura: y don Josemaría, que
confiaba sobre todo en la Providencia divina, en cuanto la Residencia comenzó a funcionar,
empezó a verse ahogado por las dificultades y las deudas. Sin embargo, en vez de apurarse,
abordó aquella situación con su fe inconmovible en Dios, con su serenidad habitual y con su
alegría de siempre. Un conocido suyo comentó que todo aquello era como tirarse desde una
gran altura sin paracaídas: una empresa de locos. Y algunos lo decían en voz alta por los
corrillos del Seminario: « ¡ése es un loco!».

Esa acusación le acompañaría durante toda su vida. Y durante sus viajes de catequesis por
Suramérica, al final de su existencia, un muchacho brasileño le preguntó en Sâo Paulo por el
sentido de unas palabras recogidas en Camino en las que comparaba la vocación a la locura.

« ¿No has visto nunca nadie que esté loco? —le respondió. ¡Mírame a mí! Hace muchos
años decían de mí: ¡está loco! Tenían razón. Yo nunca he dicho que no estaba loco. Estoy
loquito perdido, pero de amor de Dios.»

La personalidad de los santos


272
Ibid., p. 440.
92
Hemos considerado algunas acusaciones calumniosas sobre algunos hombres de Dios.
Consideraremos ahora sus caracteres y temperamentos, que recorren todo el arco de la
caracterología humana. «Los santos se parecen todos a Cristo —escribe Douillet— y sin
embargo cada uno de ellos tiene fisonomía propia»273.

En su libro Los santos también son hombres, Bargellini destaca la cualidad característica de
algunos santos: elogia el optimismo de San Vicente de Paúl, la tenacidad de San Juan Bosco,
la sencillez de San Pío X, la generosidad de San Camilo de Lelis, el valor de San Ignacio de
Loyola, la prudencia de Santo Tomás Moro, la sabiduría de San Benito...274.

Sin detenernos a considerar el acierto en la calificación de uno y otro santo, lo que pone de
relieve el estudio de Bargellini es que la santidad es «amplia» 275 y difícilmente encasillable
en esquemas demasiado estrechos. No hay un modelo unívoco de santidad, salvo la imitación
a Jesucristo. Y esa imitación puede revestir formas muy diversas. Piénsese, por ejemplo, en
el contraste casi abismal que ofrecen la figura de un San Jerónimo comparada con Santa
Teresita de Lisieux.

Sin embargo, de una lectura atenta de las páginas de la historia de la Iglesia, se desprende
que, junto a numerosos santos y santas de un talante apacible, han abundado los santos de
temperamento tendente a la fogosidad.

Esa misma fogosidad de carácter hace que algunos de esos hombres y mujeres
experimentaran durante su vida cierta tendencia —en algunos casos notable— hacia la
irascibilidad y la cólera. El ejemplo más elocuente es el de un santo que ha pasado a la
historia de la Iglesia paradójicamente —y esto constituye también una manifestación de la
victoria admirable de la gracia sobre los defectos del propio carácter—, como el prototipo de
la amabilidad y de la dulzura en el trato: San Francisco de Sales. «A la menor palabra la
sangre le venía al rostro» —recuerdan sus biógrafos—. Y sentía, como confesaría en
diversas ocasiones, «erguirse la cólera en mi ánimo como el agua en el fuego»276.

El temperamento tempestuoso de algunos santos ha sido fuente de algunas incomprensiones,


especialmente por los que conciben la santidad desgajada de las emociones humanas. Porque
las almas de los santos no se parecen, como afirma Roche, al «Mar Muerto, cuyas aguas no
riza nunca el soplo de la brisa y en el que la vida no agita las pesadas aguas. Se asemejan
más bien al lago de Genesaret, encrespado por fuertes tormentas y en calma solamente a la
voz del Maestro»277.

273
J. DOUILLET, ¿Qué es un santo? Casal i Vall, Andorra 1959, p. 134.
274
P. BARGELLINI, Los santos también son hombres, Rialp, Madrid 1964.
275
FABER, cit. por A. ROCHE, Los santos fueron humanos. Paulinas, p. 24. Sobre este mismo aspecto vid. J. BONETA y LAPLANA,
Gracias de la gracia, Ca¬sulleras, Barcelona 1955; J. DEMOULÍN, Riámonos con los santos, vol. XII, Barcelona, Eler 1964.
276
M. HENRY-COÜANNIER, San Francisco de Sales, o.c., p. 52.
277
A. ROCHE, 0.C., p. 20.
93
En las vidas de los santos hubo olas y calma, desilusiones y dificultades. «Tuvieron
flaquezas y tentaciones, y defectos también. (...) Los defectos de Santa Gertrudis —escribe
Roche— eran tan notorios que Santa Matilde preguntaba a Nuestro Señor cómo podía amarla
tanto. San Francisco de Asis 'que puso siempre gran atención en no ser hipócrita a los ojos de
Dios', no hizo secreto de sus tentaciones de vanagloria y confesó a sus hermanos que sintió
siempre un movimiento de vanidad cada vez que hacía limosna. Esta sencillez y franqueza
es, en realidad, una de las mejores notas de los siervos de Dios y la prueba de que jamás
fingieron un papel, que nunca pretendieron ser más de lo que eran»278.

A. San Jerónimo, «el dálmata semibárbaro»

La figura de San Jerónimo descuella como un ejemplo paradigmático de hombre de carácter


fogoso. En sus cartas se revela su temperamento ardiente, casi violento, que, como
atestiguaban sus mejores amigos, podía explotar en cualquier instante. «Esas cartas son un
vivo retrato —escribe Pérez de Urbel—, son él mismo, amable, admirable y magnífico aun
en medio de sus asperezas, de sus susceptibilidades y de sus terribles cóleras. A veces nos
hace arrugar el entrecejo, como le pasaba a su amigo Marcelo, o nos sonreímos con aquella
sonrisa que debía dibujarse en los labios de San Agustín cuando recibía sus cartas; pero,
indulgentes con estos arrebatos del dálmata semibárbaro, nos sentimos conquistados por la
violencia de aquel gran corazón, por la fuerza de aquel carácter de hierro, por la austeridad y
sinceridad de aquella vida»279.

«Realmente —escribe Roche— San Jerónimo reprimía o disimulaba mal sus simpatías y
antipatías. Su corazón podía con frecuencia más que la razón y hasta más que sus buenos
propósitos. Era un péndulo que iba de un extremo a otro»280.

Sin embargo, este hombre de personalidad singularísima 281 guardaba también esa riqueza de
matices propia de las almas grandes y muy especialmente de las almas santas. Y una vez
reprimido el hervor natural de su temperamento, era capaz de escribir a Santa Paula con estas
palabras cariñosas referidas a su nieta: «Si me la enviáis, seré para ella tutor y niñera. La
llevaré en mis brazos, aunque soy viejo, y juntos charlaremos de cosas de niños, más
orgulloso de mi ocupación de lo que jamás Aristóteles lo fue de la suya»282.

Este rasgo insospechado de ternura en una personalidad como la de San Jerónimo nos
muestra la falsedad de algunas hagiografías excesivamente devotas y la exageración de
muchas denigraciones exaltadas, que acaban mutilando, en su aversión o en su malentendido

278
Ibid, pp. 20-21.
279
J. PÉREZ DE URBEL, en «Año Cristiano», San Jerónimo, o.c., vol Di., p. 745.
280
SAN JERÓNIMO, Cartas, BAC, Madrid 1970, p. 23.
281
Ibid, p. 31.
282
A. ROCHE, o.c., p. 38.
94
fervor, la complejidad humana y espiritual de los santos. La rica personalidad de los hombres
y las mujeres de Dios no puede reducirse a esa línea puramente ascendente, casi inhumana,
de algunos relatos piadosos, que rozan con la fantasía, donde la lucha ascética, el esfuerzo y
los altos y bajos de la lucha, parecen estar ausentes; ni puede limitarse a esos brochazos
simplones que pretenden reducir a cuatro rasgos caricaturescos el misterio de la santidad y la
hondura espiritual de un alma fuertemente enamorada de Dios.

B. De la lengua de Santa Catalina a las bromas de San Felipe

Recordemos un ejemplo entre muchos. Dios no había dotado a Santa Catalina de Siena de un
carácter precisamente débil. Su personalidad es paradójica, como la de todos los santos —es
la paradoja cristiana—: era firme, tenaz, irreductiblemente segura en Dios y con una gran
desconfianza en sí misma; frágil y fuerte al mismo tiempo; ardiente, intuitiva y siempre
vehemente; recia, sin perder la femineidad; y siempre, espontánea, sencilla y directa en el
trato:

«así corno sois hombre en el prometer que queréis hacer y sufrir por la gloria de Dios —le
decía al Beato Raimundo—, no me seáis luego mujer a la hora de la verdad»283.

Sus cartas reflejan su temperamento ardoroso y decidido, cuyos extremos lingüísticos


pueden escandalizar todavía a algún contemporáneo poco avisado. En las cartas que escribió
al Papa, al que llamaba «el dulce Cristo en la tierra» sobresale tanto su amor al Romano
Pontífice como una franqueza y una sinceridad casi salvaje, fruto de esa libertad de espíritu
propia de las almas santas. Realmente, necesitó de esa fortaleza para ser instrumento de la
renovación de la Iglesia de su época; por esa razón, como recuerda Rodio, no debe
sorprendernos que esta mujer joven se atreva a decirle al Cardenal Legado que debe portarse
como un hombre y no como un cobarde; y que zarandee y despierte a su director espiritual
cuando se quede dormido, diciéndole, con toda la fuerza de su genio: «¿Es que estoy
hablando con vos o con la pared?»284.

Tampoco Santa Teresa fue precisamente una mujer de carácter pusilánime. «Era impetuosa y
viva pero al mismo tiempo, fría, calculadora y práctica; era sencilla y a la vez
extremadamente astuta; capaz de entregar a los pobres cuanto quisiesen y, sin embargo, ¡ay!
del comerciante que intentase lucrarse con alguna trampa a expensas del convento; era
proclive a la indignación y a las antipatías naturales, hasta el punto de que cuando la Priora
Beatriz se hallaba en desgracia, no podía soportar que se mencionase su nombre y, no
obstante, poseía un temperamento de lo más afectuoso y juguetón»285.

283
Carta 344 al Beato Raimundo cuando estaba en Génova.
284
A. ROCHE, o.c., p. 30.
285
Ibid, p. 17.
95
¿Cómo resumir en cuatro trazos la riquísima personalidad de la Santa de Ávila? Era
transigente cuando convenía:

« ¿Piensa mi padre —le escribe al Padre Gracián— que para las casas que yo he fundado,
que me acomodado a pocas cosas que no quisiera?» 286; intransigente en otras ocasiones;
profunda y divertida al mismo tiempo. «Como no soy tan letrera como ella —escribe
refiriéndose a una monja—, no sé qué son los asirios» 287. Es capaz de referir una gran
contradicción espiritual con gran serenidad y de espantarse —mujer al fin— por una
menudencia: « ¡Oh, mi padre, qué desastre me acaeció!, que estando en una parva, que no
pensamos teníamos poco, cabe una venta que no se podía estar en ella, entráseme una gran
salamanquesa o lagartija entre la túnica y la carne en el brazo, y fue misericordia de Dios no
ser en otra parte, que creo me muriera»288.

Esa riqueza de contrastes la encontramos también en un Santo Tomás Moro que le confesaba
a su mujer el miedo que experimentaba ante el dolor, pero que a la hora del martirio fue
capaz incluso de hacer una broma al verdugo en el propio patíbulo. Cuando se le quedó
prendida la barba entre la garganta y el madero le dijo: «Por favor, déjame que pase la barba
por encima del tajo, no sea que la cortes»289.

Todos los santos han tenido que luchar, de un modo o de otro contra los defectos de su
carácter. San Vicente de Paúl tuvo que enfrentarse esforzadamente contra aquel «humor
negro, melancólico y huraño», que tanto le preocupaba. El ejemplo de su amigo San
Francisco de Sales, que luchó durante toda su vida para dominar su carácter, le ayudó mucho
en este punto, como relató en la declaración para su Proceso de Canonización: «Yo mismo
—testimoniaba—fui testigo de vista de cómo moderó y pacificó las pasiones del alma»290.

«Si éste pudo dominarse —pensó—, ¿por qué no he de poder hacerlo yo?» Y empezó a
pedirle a Dios «insistentemente que me cambiara aquel humor seco y repelente y que me
diera un carácter dulce y benigno, y, por la gracia de Nuestro Señor, mi atención en reprimir
los hervores de la naturaleza me ha librado en cierta medida de este negro humor»291.

Los que le rodeaban se quedaron asombrados de este cambio, especialmente a partir de los
Ejercicios de 1621. Tanto que una religiosa, Margarita de Silly, llegó a decir por aquel
tiempo que hubiera sido el hombre de carácter más apacible de su tiempo «de no haber
existido San Francisco de Sales»292.

286
SANTA TERESA DE JESÚS, Obras Completas. Carta Al P. Jerónimo Gracián, Fragmentos ácronos.
287
Ibid, Carta A la M. María de San José, Ávila 28 de marzo de 1578, p. 1665.
288
Ibid, Carta Al P. Jerónimo Gracián, Malagón 15 de junio de 1576, p. 1405.
289
A. VÁZQUEZ DE PRADRA, Sir Tomás Moro, Rialp, Madrid 1966, p. 300.
290
Declaración de San Vicente en el Proceso de Canonización de San Francisco de Sales, en San Vicente de Paúl. Biografía y
Selección de Escritos, BAC, Madrid 1955, p. 132.
291
Ibid.
292
Ibid, p. 133.
96
No todos los hombres de Dios han tenido que luchar precisamente en este punto de su
carácter, porque Dios les ha proporcionado de una naturaleza apacible y cordial. Es el caso
de Juan XXIII, que escribía: «sobre todo estoy agradecido al Señor por el temperamento que
me ha concedido y que me preserva de inquietudes y aturdimientos molestos». Años más
tarde, anotó: «Reflexionando sobre mí y sobre las múltiples vicisitudes de mi humilde vida,
debo reconocer que el Señor me ha dispensado, hasta ahora, de esas tribulaciones que a
muchas almas hacen difícil e ingrato el servicio de la verdad, de la justicia, de la caridad»293.

Podemos encontrar en el santoral los caracteres más diversos: San Vicente Ferrer es
intrépido, brillante; San Atanasio tiene una oratoria arrebatada; San Basilio, por el contrario,
contenida y disciplinada. Más cercanos a nuestros días están San Giuseppe Moscati, un
prestigioso médico italiano, fallecido en 1927, de carácter sereno y más bien serio; la
Venerable Ángela Salawa, una empleada del hogar polaca, sencilla y profunda; o el joven
Beato Pier Giorgio Frassati, atractivo, vivaz, simpático y divertido.

De todas formas, todas estas caracterizaciones son simples, insuficientes. La gracia ilumina
las almas de estos hombres y mujeres como un caleidoscopio y le da matices insospechados
y diferentes. «La psicología de los santos nos desconcierta con frecuencia —escribe Pérez de
Urbel—; lo divino y lo humano se mezcla en ellos de una manera tan misteriosa, que para
los que les contemplamos desde nuestra pobre y triste realidad, resultan verdaderos
enigmas»294.

El gran amor de Dios de los santos hace que sus reacciones nos desconcierten a veces:
cuando le dicen a Santa Micaela que han profanado un sagrario en una ciudad de España,
prorrumpe a llorar de un modo que, cuentan, «no habría llorado más por la muerte de una
persona de su propia familia». El Beato Josemaría Escrivá, que soporta con entereza
peligros, contradicciones y calumnias, llora también cuando se entera que unas hijas suyas en
el Opus Dei han postergado, en una situación concreta de agobio de trabajo, la oración y el
trato con Dios. Esta sensibilidad hacia lo divino no puede juzgarse desde la tosquedad de la
mediocridad espiritual: resulta incomprensible. Tan incomprensible como las pruebas
desconcertantes que sufren a veces: sorprende ver a San Alfonso María de Ligorio, maestro
de moralistas, luchar con los escrúpulos al final de su vida; e impresionan, por su
radicalidad, las reacciones de un San Juan de Dios tras su conversión, fruto de su carácter
«exaltado, imaginativo y soberanamente excitable»295.

Sólo una mirada llena de fe y de comprensión de lo sobrenatural puede atisbar algo de la


profundidad del alma del Santo, donde se conjugan las debilidades propias de la naturaleza
humana y la ayuda de la gracia divina, de un modo insondable y, donde, como sucede en
todo corazón humano, se dan luchas y tentaciones. «Dios permite las tentaciones —escribía
293
JUAN XXIII, o.c., pp. 378 y 392.
294
S. PÉREZ DE URBEL, Año Cristiano.
295
Ibid, tomo I, p. 448.
97
Santa Catalina de Siena— no para que seamos vencidos, sino vencedores; no confiando en
nuestra humana naturaleza, sino en la ayuda divina»296.

Pocos santos, por ejemplo tan profundos, tan desconcertantes y al mismo tiempo
humanamente tan divertidos, como San Felipe Neri, que aseguraba que «un espíritu alegre
llega a la perfección con mayor rapidez que cualquier otro» 297. Ni la incomprensión, fruto del
ambiente hostil de la Reforma, que sufrió durante años, ni las dificultades que tuvo que
superar, lograron enturbiar su alegría y su espíritu festivo, cuyos extremos, posiblemente, no
han encontrado parangón.

No son éstos, con frecuencia, los aspectos más conocidos de los santos. Los hagiógrafos se
han detenido fundamentalmente en los aspectos «excelsos» de sus vidas y se ha llegado, en
cierta medida, a deshumanizarlos un tanto y a que se olvide con frecuencia que la santidad se
hace efectiva precisamente en las pequeñas batallas de la vida ordinaria. «En la vida nuestra
—enseñaba el Beato Escrivá— si contamos con brío y con victorias, deberemos contar con
decaimientos y con derrotas. Ésa ha sido siempre la peregrinación terrena del cristiano,
también la de los que veneramos en los altares (...). Nunca me han gustado esas biografías de
santos en las que, con ingenuidad, pero también con falta de doctrina, nos presentan las
hazañas de esos hombres como si estuviesen confirmados en gracia desde el seno materno.
No. Las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y
ganaban, luchaban y perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha.» «También el Beato
Josemaría —recordó Mons. del Portillo con motivo de su Beatificación— se sabía de barro:
'barro de botijo', solía precisar, para subrayar su fragilidad. Y esta humildad ha permitido a
Dios obrar maravillas a través de la correspondencia leal, en cada ocupación, del Fundador
del Opus Dei.»

Ni siquiera los santos más graves gozaron de esa seriedad y esa «excelsitud» casi inhumana
con la que nos los pintan algunos hagiógrafos: San Carlos Borromeo tuvo tiempo, en medio
de sus tareas de gobierno, para jugar al ajedrez; al sublime San Luis le gustaba jugar a la
pelota y a San Felipe Neri le gustaba participar, ya anciano, en los juegos de los muchachos
del Oratorio y son famosas las bromas que le gastaba a otro santo, San Félix Cantalicio...

C. Dos bofetones

Esos episodios anecdóticos, divertidos, intrascendentes, humanos en suma, forman parte de


la vida cotidiana de todos los santos, incluso la de aquellos que los biógrafos nos han pintado
con rasgos más serios, como el Cura de Ars, al cual sus feligreses amaban y temían al mismo
tiempo por su santidad y por su severidad.
296
SANTA CATALINA, Carta 335. Sobre este particular vid. GIOVANNA DELLA CROCE, Catalina de Siena, soledad en el bullicio, en
«Revista de Espirituali¬dad», año 33, t. 33, 1974, pp. 59-67.
297
A. ROCHE, 0.C., pp. 62.
98
¿Por qué se han dado visiones tan negativas de los caracteres de algunos santos? Una de las
múltiples razones es que la santidad, con frecuencia, resulta molesta. La Venerable Ángela
Salawa fue una feliz empleada del hogar mientras vivió su primera patrona, la Sra. Fisher:
una mujer recta y piadosa. Pero a su muerte las cosas cambiaron. Su marido, un abogado
descreído, comenzó a tener unas relaciones inconvenientes y la presencia de la Santa en
aquella casa «molestaba». Tuvo que soportar numerosas humillaciones y acusaciones
injustas hasta que fue despedida acusada de robo: decían que había robado, lo que, en
realidad, eran pequeños regalos que le había hecho la dueña de la casa antes de morir. Se
quedó en la calle, después de muchos años de servicio fiel, totalmente abandonada298.

Otra de las causas que explican en parte algunas difamaciones es que los santos más
difamados no han vivido bajo campanas de cristal: han tenido que afrontar circunstancias
difíciles, que pusieron a prueba su temple humano y espiritual. Santa Micaela se vio envuelta
en situaciones muy duras para su genio vivo; un «geniazo» en sus propias palabras «que no
se doma sin pena».

Un día una de las jóvenes que tenía recogida quería marcharse del Colegio.

—¿A dónde va usted? —le preguntó la Santa.

—¿Yo? A una casa mala —le dijo la otra con descaro.

Santa Micaela le contestó con un sonoro bofetón que tuvo un efecto fulminante: «Sólo mi
madre me ha castigado así —dijo la chica, arrepentida—; yo la obedeceré a usted como a
ella. Si no se hubiera muerto yo no me hubiera perdido.»

«La levanté —escribe la Santa—, la abracé, la pedí perdón de rodillas, y me quedé corrida y
avergonzada de este hecho, y no paré hasta confesarme y pedir perdón a Dios tan de corazón
que jamás me ha vuelto a suceder gracias a Dios. Y esta joven fue ejemplar, pero yo decidí
no salvar sus almas a costa de la mía y ofender a mi Dios»299.

Esta anécdota refleja admirablemente la sinceridad, la sencillez y la humildad de la Santa —


su espíritu de fortaleza, de compunción y de arrepentimiento al mismo tiempo— y retrata
además el carácter resuelto y decidido de esta mujer de ascendencia noble, activa y
emprendedora, nada miedosa, que no le temía a las insidias constantes del demonio, que, al
igual que le sucedía al Cura de Ars, intentaba —sin éxito— amedrentarla frecuentemente
con apariciones espantosas.

El carácter de esta Fundadora, siempre natural, espontáneo y cordial, recuerda mucho al de


Santa Juana de Chantal: como ella, supo conjugar la alegría y el buen humor con la severidad
y la energía. A pesar de tanta tribulación como tuvo que sufrir, fue, en lo humano, graciosa,
298
Vid. A. WOJTCZAK, Angela Salawa, Roma 1984; ANGELA SALAWA, 11 Dia¬rio, Roma 1985.
299
SANTA MICAELA, Autobiografía, o.c., p. 316. Vid. también J. PÉREZ DE URBEL, Santa Micaela, o la Madre Sacramento, en «Año
cristiano», Vol. III, p. 428.
99
divertida, ni muy afectuosa, ni demasiado esquiva. Y como Santa Teresa, controlaba sus
nervios en los peores momentos y se mantenía serena cuando atentaban contra su vida; y los
perdía —y volvía a recuperar, gracias a la lucha ascética— ante obstáculos mucho menores
de la vida cotidiana... Y al igual que la Santa de Ávila fue domeñando poco a poco, con la
ayuda de la gracia de Dios, aquel carácter.

Así fue dominando —aunque no del todo— «aquel geniazo», cuyas consecuencias no hay
que exagerar. Al final de su existencia, sus hijas espirituales se admiraban —como siglos
antes sucedió con San Vicente de Paúl— «de la dulzura creciente de su carácter».

Ese carácter impulsivo fue la diana de las críticas de sus perseguidores. ¿Quiénes son?
«Quienes la persiguen —escribe su biógrafo— no pueden airear los verdaderos móviles.
Alardean del bien de las chicas recogidas, cuyos polvillos sacan a la luz del sol junto con el
carácter indomable e insufrible de la Fundadora. No debe ocultarse cierto fundamento real
procedente de innegables fragilidades y de algunas deficiencias que los enemigos, los
antiguos amigos y las colegialas desagradecidas, centuplican con excesivo descaro en los
ambientes apropiados. Una de éstas, recogida en la casa de caridad de la calle del
Humilladero, el 17 de octubre de 1853, se marcha despechada cinco años después y escribe
el 3 de marzo de 1858 a un sacerdote, Joaquín Serra, estas acusaciones injustísimas:

»`Me dice usted que aprendería, en ese dichoso colegio, educación moral y religiosa;
también es verdad. Pero si dijera usted al revés, tal vez fuera más acertado. ¿Qué educación
quiere usted que aprenda en una casa (en) que no la hay y que fundada por un capricho de
una mujer loca, que cansada del mundo o el mundo cansada de ella, y que fuera del título
que lleva se la pudiera comparar y rebajar hasta la más ínfima mujer por baja que fuese su
condición'?»300.

Un tal Juan Sala le escribió desde Barcelona, un 18 de febrero (no consta el año), una de esas
cartas llenas —en expresión del biógrafo— «de consejos, de calumnias y de disparates,
productos de esas personas pseudomísticas y desequilibradas que emborronan siempre las
obras más hermosas de Dios. La crueldad de estas líneas —para quien se ha consagrado a
una labor tan difícil y tan mal entendida y correspondida— salta a la vista:

»Señora: Debo participar a usted que se está desacreditando en Cataluña, como lo ha hecho
en Madrid y en el resto de España. Que tiene mucha gracia eso de admitir jóvenes, chuparles
la salud a fuerza de insoportables trabajos, mortales disgustos, incalificables desdenes y
áspera severidad, que únicamente guarda usted, para las que, por sarcasmo, llama usted hijas.
En eso de echar jóvenes de su casa se parece usted a aquellas gentes que usted conoce,
únicamente que éstos las mandan al hospital y usted las arroja a la calle. Antes de echarse a
300
Mujer Audaz, o.c., p. 337.
100
Fundadora debiera usted entregarse a reformadora de sí misma, puesto que es de urgente
necesidad dominar ese carácter irascible, precipitado, altanero, que de todo tiene menos de
religiosa, que todo lo será menos lo que usted quiere que sea. Con pena ven los hombres,
amantes de su Instituto, su acrecentamiento, porque va a ser más ruidosa su ruina. Crea usted
que se está formando una Liga para evitar que vayan a morirse o a perderse bajo su
indiscreta dirección las jóvenes llamadas al Estado Religioso. Si esto no basta, tema usted
que en Barcelona habrá un escándalo, cuya responsabilidad arrojamos sobre su frente»301.

Precisamente —podemos añadir— por esa feliz conjunción entre su correspondencia a la


gracia y ese carácter que Dios le había dado, pudo llevar a cabo la tarea que Dios le había
encomendado y soportar las miles de penalidades que tuvo que sufrir. Sin un genio como el
suyo, incluso contando con la ayuda de la gracia, que edifica sobre la naturaleza, ¿se habría
lanzado a la tarea de redimir mujeres públicas en plena calle en los anocheceres de Madrid?
¿Se habría atrevido, como lo hizo, a entrar en un prostíbulo para salvar a un alma? ¿Habría
tenido el coraje humano necesario para soportar los constantes atentados, las murmuraciones,
los insultos y las críticas? Fue el amor de Dios el que hizo fuerte a esta mujer; pero Dios le
facilitó esa tarea dotándola del carácter más acorde para la ardua empresa que debía llevar a
cabo.

La vida de esta mujer heroica no rezumó amargura, sino santidad; y la lectura de su


Autobiografía nos desvela su carácter, profundamente sobrenatural y genuinamente
femenino al mismo tiempo, chispeante a veces, divertido y siempre fuerte y vivaz. La
leyenda negra que se creó en torno a ella fue una caricatura ridiculizante: ya hemos visto la
pluralidad de facetas de su vida. Y esto sucede con el resto de los santos. Incluso de un San
Vicente de Paúl que fue, en expresión de Roche, «uno de los hombres que más penetraron en
el aspecto negro y más sórdido de la vida»302, se pueden contar numerosas anécdotas
cordiales y simpáticas. No hay que olvidar que los santos, por el hecho de serlo, han sido
hombres profundamente felices; y la felicidad va unida a la alegría, aunque esa alegría tenga
sabor a Cruz.

El bofetón de Santa Micaela evoca otro sonoro bofetón, que salió esta vez de manos de un
futuro Papa y Santo: San Pío X. Aunque sea algo puramente anecdótico y el sucedido en sí
sea bastante irrelevante, nos confirma de nuevo que los santos no nacen, se hacen. «Muchos
que conservan de Pío X una estampa suavísima, humilde y afable —apunta el biógrafo—
ignoran que por temperamento era irascible.» Esa irascibilidad de Giuseppe Sarto —don
Beppi— no saltó nunca con las calumnias ni con las ofensas; se encendió sólo una vez, en
una situación que no deja de tener, a pesar de todo, cierto tono divertido. Su hermana Rosa
no le dejaba vivir en una determinada ocasión a causa de un fuerte dolor de muelas.

301
Ibid., p. 338.
302
A. R0CHE, o.c., p. 60.
101
__¿No serás capaz de callar? —le dijo don Beppi.

—No, Beppi, no soy capaz de callar. ¡Y quisiera que por una hora probaras tú lo que es
bueno!

A los tres o cuatro días, don Beppi se levantó de la cama aquejado por un fortísimo dolor de
muelas. Su hermana se levantó para preguntarle qué le sucedía.

—Estas muelas...

—¡Ahora sabrás lo que es bueno. Ojalá te dure una hora!

La mano de don Beppi salió disparada en un movimiento irrefrenable.

«A cincuenta años de distancia —escribía su biógrafo— la bofetada de don Beppi a su


hermana ha dado mucho trabajo en la Causa de Beatificación. 'Después de todo —explicará
el abogado defensor— es el único movimiento de iracundia que no se justifica en la vida de
Sarto. El único acto que responde a una ofensa personal. Concedido que sea una falta, esta
excepción, a la cual no puede añadirse ni siquiera otra, es exponente de una santidad
alcanzada con ímprobo tesón'»303.

D. Santa Bernardeta Soubirous: un temperamento pirenaico

En otras ocasiones las incomprensiones que han sufrido los santos obedecen a los problemas
de relación que sufren todos los hombres en su vida diaria. La experiencia cotidiana
confirma que no resulta siempre fácil comprender distintas mentalidades y actitudes a las
nuestras.

«Carácter inflexible, muy susceptible; modesta, piadosa, afectuosa, ordenada», así describía
a Bernardeta Soubirous la Madre María Teresa Vauzous, maestra de novicias del convento
de Saint-Gildard de las hermanas de la Caridad y de la Instrucción cristiana de Nevers304.

El juicio que hizo la Madre Vauzous sobre la vidente de Lourdes era a todas luces injusto y
excesivo; como puntualizaba otra religiosa, esa inflexibilidad es precisamente una de las
maneras de ser del temperamento pirenaico; y esa susceptibilidad que algunos creían ver en
ella no era más que el fruto de una gran sensibilidad. De todas formas, había una base cierta
en la apreciación: en ocasiones la Santa era brusca, impaciente, y se advertían en ella
arranques de mal humor o de terquedad que se esforzaba por cortar. «Yo he sido terca toda
mi vida —recordaba ella misma con humor—. Incluso en la gruta hice repetir dos veces a la

303
J. M. JAVIERRE, Pío X, o.c., pp. 190-191.
304
A. ROCHE, o.c., p. 639.
102
Santísima Virgen que fuese a beber del agua turbia: pero ella me castigó haciendo pedir por
tres veces su nombre»305.

La incomprensión sobre su carácter la acompañó durante toda su entrega religiosa. Algunas


de sus superioras la consideraron, erróneamente, algo arrogante. Y la Madre Vauzous,
maestra de novicias, la trató muy duramente a lo largo de su práctica totalidad de vida
religiosa, y no llegó a entender nunca la sencillez de alma de aquella joven, a la que
despreciaba quizá por su rudeza campesina.

Eso hizo que tuviera que soportar durante largos años correcciones y riñas injustas, un trato
frío y distante, y una severidad para con ella que se autojustificaba por parte de sus
superioras con el deseo de preservar la humildad de aquella alma privilegiada. El día de su
profesión religiosa, cuando el Obispo preguntó a qué labor apostólica se iba a dedicar, le
contestaron, en presencia de la interesada:

—No es buena para nada; sería una carga para la casa adonde la enviásemos.

Bernardeta escuchó aquellas palabras en silencio, sin una protesta, y le dijo al Obispo que
esa inutilidad ya la había predicho ella misma... Por esa razón, el biógrafo considera que se
puede afirmar «sin asomo de ironía», que la Madre Vauzous «fue la persona que más trabajó
para su glorificación. Un consultor de la Congregación de Ritos, a la salida de la ceremonia
de Beatificación, declaró que nada demostró tanto la heroicidad de virtudes de Bernardeta
como las dificultades que tuvo con su madre maestra»306.

Realmente, como apunta el biógrafo, «si la vidente de Massabielle hubiese sido atendida,
mimada, adulada en el convento de Saint-Gildard, y hubiese podido saborear un cierto honor
exclusivamente humano, ¿de qué modo se hubiese cumplido la promesa tan clara de la
aparición: 'Yo no te prometo hacerte feliz en este mundo sino en el otro?'307»

E. Hombres de carácter

Un breve repaso al carácter de los Fundadores o sacerdotes santos de la historia de la Iglesia,


como los Fundadores de Órdenes y Congregaciones religiosas —San Ignacio, San Juan de la
Cruz, San Alfonso María de Ligorio, San José de Calasanz, etc.—; o la evocación de figuras
de la Iglesia como Santa Teresa de Lisieux, don Giovanni Calabria, Nascimbeni o don
Orione; o como el Beato Escrivá, Fundador del Opus Dei y maestro de espiritualidad laical
en nuestro tiempo, nos muestra patentemente que estos hombres de Dios han conjugado

305
F. TRocHu, Bernadeta Soubirous, Herder, Barcelona 1957, pp. 373-374.
306
Ibid., p. 421
307
Ibid, p. 394. Vid. Notas man. del canónigo Lemaitre, capellán de Saint-Gildard y Vicepostulador de la Causa, cit. en Bernadeta,
o.c., p. 389.
103
admirablemente la fortaleza y la energía necesarias para llevar a cabo su misión, con las
exigencias de la caridad y del afecto con las personas que trataron.

Santa Teresa de Lisieux sabía que su exigencia no era siempre bien entendida: «Sé bien que
(...) me encuentran severa. Si leyeran estas líneas, dirían que no parece que me cueste lo más
mínimo vigilarlas, hablarles en tono severo. (...) Estoy dispuesta a dar mi vida por ellas, pero
mi afecto es tan puro que no deseo que lo conozcan. Jamás, con la gracia de Dios, he
intentado atraerme sus corazones. He comprendido que mi misión era conducirlas a Dios»308.

Esta rectitud de intención, este equilibrio entre la fortaleza y el afecto, se encuentra


habitualmente en la dirección de almas de todos los hombres de Dios. «Era suave y
amabilísimo —cuenta un sacerdote, evocando a don Orione— y, a la vez, exigente con
nosotros»309.

En el caso del Beato Josemaría Escrivá esto se comprueba de un modo patente en las
filmaciones que recogen sus encuentros de catequesis con miles de personas en diversos
países del mundo, a las que enseñaba a santificarse en el trabajo y a santificar todas las
realidades temporales. En esas filmaciones, a través de las respuestas que va dando a
personas de todo tipo y condición —solteros, casados; humildes campesinos, profesionales,
amas de casa; laicos, sacerdotes, etc.—, se advierte la personalidad recia y fuerte, amable y
cordial al mismo tiempo, de este Fundador. Su amigo, el Cardenal Bueno Monreal, le
calificó como «un hombre de una vitalidad extraordinaria: era un aragonés —también en el
vigor de su carácter— extraordinario. Era todo un carácter, como decimos los hombres de mi
tierra. Al mismo tiempo tenía un gran corazón que le daba una gran capacidad de
cordialidad. Su amistad era abierta a todos. Había una plena armonía entre las virtudes
humanas y su vida cristiana. La caridad era amor a Dios y a los hombres. Hablaba de Dios y
de cosas muy altas del espíritu, llegando al corazón del interlocutor, que quedaba encendido,
consolado o animado»310.

Otro amigo suyo, Mons. García Lahiguera, Arzobispo de Valencia, que fue durante un
tiempo su confesor, destacaba su sencillez y su naturalidad: «no era un alma complicada —

308
M. JOULIN, Vida de Santa Teresita de Lisieux, Paulinas, Madrid 1990, pp. 80-81.
309
J. F. BELLIDO, 0.C., p. 35.
310
CARD. BUENO Y MONREAL, o.c., p. 24. Algunos han intentado presentar el carácter del Beato Escrivá con rasgos totalmente
deformados. Se le han acusado, entre otras cosas, de aspirar a cargos y honores, porque solicitó un título nobiliario. Sin
embargo, la verdad histórica es que rehabilitó ese título, pero jamás lo ostentó. El fin de la rehabilitación era saldar lo que
consideraba una deuda moral de justicia con su familia, a la vista de la generosa ayuda que siempre había prestado para sacar
adelante el Opus Dei y de los contratiempos que ello les había supuesto.
«Previó perfectamente —comentaba Mons. A del Portillo— la ola de calumnias que se le echaría encima a causa de esa
reivindicación, y aún previendo que podía 'quedar mal' —como vanidoso o mundano—si la iniciaba (la petición de la
rehabilitación del título) lo hizo, porque prevalecieron la justicia y el amor fraterno.» El sucesor del Fundador del Opus Dei
destacaba, además de estos valores «la prudencia, pues antes de emprender esa acción legal consultó conmigo, con varios hijos
suyos mayores, y lo que es más, con Cardenales y otras altas personalidades de la Santa Sede; y todos, en forma unánime, le
recomendamos hacerlo. A Josemaría Escrivá, personalmente, los títulos y los señoríos de este mundo no le importaban nada»
(ABC 9-V-1992, p. 52).
104
escribe—, sino sencilla, rectilínea. Un alma con ansias grandes de santidad y de perfección,
que buscaba con todas sus fuerzas la unión con Dios. Estas almas así, y en concreto la de don
Josemaría, no se inventan problemas de conciencia; siempre, sencillez, naturalidad»311.

García Lahiguera destaca la humildad como rasgo definitorio de su carácter. Esta humildad
se ponía especialmente de manifiesto en el modo de llevar las contradicciones que tuvo que
sufrir: «Nunca se presentaba como víctima. En realidad (ya entonces yo me daba cuenta, y
ahora, con la perspectiva que dan los años, aun lo veo con más claridad), la grandeza de alma
de don Josemaría le hacía estar muy por encima de tantos dimes y diretes, aunque no por eso
dejase de sufrir, pero más por la ofensa de Dios que representaba el hecho de que le
calumniasen y por el daño que podría ocasionarse a las almas, que por sentirse él herido
personalmente. (...) Nunca le oí una palabra de mal humor, ni frases hirientes, ni siquiera
quejas»312.

« ¡Qué amistad la nuestra!», recordaba el Obispo de Vitoria, Mons. Peralta. «Nos hemos
tratado siempre de tú y hemos hablado con franqueza en todo momento, porque tenía el
carácter abierto y cordial. Mons. Escrivá de Balaguer es uno de los hombres que me han
demostrado mayor afecto, mayor cordialidad: las conversaciones cariñosas, sus incontables
delicadezas y amabilidades no las olvidaré jamás. Sabía llegar al corazón. Cada uno de los
que han recibido estas pruebas de afecto tenía derecho a pensar que era un amigo predilecto:
los hombres que tienen un corazón tan grande como él poseen esa entrañable cualidad»313.

La santidad —recordaba el Beato Escrivá— está en tener defectos y luchar contra ellos, pero
nos moriremos con defectos. Y predicaba con su ejemplo: cuando se equivocaba «pedía
perdón —relata una mujer del Opus Dei, Encarnación Ortega— y daba las gracias. Eso se lo
he visto hacer muchas veces». Otra mujer del Opus Dei, María Begoña Álvarez recuerda que
en esas ocasiones les comentaba: «Perdonad, me equivoqué; me faltaba un dato y ahora, al
tenerlo, pienso de otra manera.»

«Me sorprendía —relataba el hermano del Fundador— ver el afecto recio y sincero con el
que trataba a los miembros del Opus Dei. Rezaba por ellos, se mortificaba, y sabía tener con
cada uno mil delicadezas de Padre. Se esforzaba por hacer amable el camino de la santidad
de los que venían al Opus Dei con detalles concretos de cariño, de simpatía y de servicio.

»Los miembros del Opus Dei le llamaban Padre y era Padre de verdad. Por eso, cuando
debía corregir a alguno, sufría mucho. Pero, como los buenos padres, sabía corregirlo con
lealtad y con sinceridad, con energía si era preciso. No podía permitirse sentimentalismos ni
blandenguerías cuando tenía que cumplir un querer de Dios y tantas almas confiaban en el

311
J. M. GARCÍA LATIGUERA, o.c., pp. 20-21.
312
Ibid, pp. 23-25.
313
F. PERALTA BALLABRIGA, 0.C., D. 8.
105
Opus Dei. Pero luego se volcaba con aquella persona con ternura paterna, para que después
de aquella reprensión nadie quedara herido»314.

Muchos otros Fundadores gozaron de ese carácter fuerte y cordial al mismo tiempo, que
Dios les dio para que pudieran llevar a cabo la tarea que Dios les había encomendado. San
Vicente de Paúl, que se tuvo que enfrentar con fortaleza a los errores del jansenismo, no
dudó en obrar con energía para quitar los gérmenes de esos errores en el seno de la
Congregación de la Misión: «Seguiré obrando con mano firme —decía—, para que nadie
pretenda remontar libre su vuelo en tales opiniones, siendo mucha verdad que es grande mal
para una comunidad el verse dividida en sus sentimientos»315.

Pío XII aludirá en la homilía del día de su Canonización, el 7 de mayo de 1950, al «vivo
genio»316 y al mismo tiempo a la caridad heroica de San Antonio María Claret: «fuerte de
carácter, pero con la suave dulzura de quien sabe el freno de la austeridad y de la
penitencia».

Como él, tantos otros santos guardaron un admirable equilibrio entre la fortaleza de carácter
y la ternura, entre la gravedad y la alegría, entre la profundidad espiritual y el buen humor.
Eso hace que las personalidades de los hombres de Dios resulten tan atractivas. En los
Artículos para el Proceso apostólico se define al Padre Poveda como un hombre «de
temperamento fuerte, enérgico, vivaz, hubo de saber librar consigo mismo la propia batalla,
la de hacer de sí el verdadero discípulo de Jesús, manso y humilde de corazón»317.

Evidentemente, no faltaron las ocasiones en las que, muy de tarde en tarde, a estos hombres
de Dios se les quebraba la sonrisa con un nubarrón pasajero; pero ¿alguien podría extrañarse
de que un santo como San José Moscati, aquel médico napolitano de un carácter sereno y
amable, llegase a abrumarse en alguna ocasión, agobiado por los numerosos pacientes que
aguardaban sin cesar a la puerta de su consulta médica, y estallase con un gesto de
impaciencia o malhumor —inmediatamente reprimido— cuando sus pacientes tardaban en
exponerle sus males o se alargaban innecesariamente quitando tiempo al resto? Estas
debilidades, cuando se superan por amor a Dios, no imposibilitan la santidad: es
precisamente en esa lucha cotidiana donde los santos se nos muestran más humanos; y al
mismo tiempo, más santos318.

«Pocas páginas me conmueven tanto —escribe Pero-Sanz— en la biografía de San Francisco


Solano, como la de aquella noche cuando, a pique de muerte y tras haber suspirado toda su
314
S. ESCRIVÁ, Mi hermano Josemaría, «ABC» 17-V-1992.
315
San Vicente de Paúl, o.c., p. 548.
316
P.POVEDA, o.c., n. 262, p. 157.
317
Vid. entre otros, F. DA RIESE, Pío X Per amore della vita, Cittá Nuova, Roma 1981; G. PELUCCHI, Una vita per la vita, Paoline,
Turín 1989. Apéndice La glorificación, p. 469.
318
A. DALLA VEDOVA, Guiseppe Moscati medico santo, La Parola, 1987, p. 52. Vid. también, entre otros, G. PASAPOGLI ,
Giuseppe Moscati «il medico santo». Cittá Nuova, Roma 1975 y A. MARRANZINI, Giuseppe Moscati modello del laico cristiano di
oggi, Ave, Roma 1989.
106
vida por el yermo y censurado la presencia de gallinas en los conventos, despierta a su
enfermero: 'Hermano Fray Juan, por amor de Dios, que vaya y me ase una higadilla de
gallina.' También el doctor Angélico Tomás de Aquino, en análogo trance, había
manifestado su apetencia de unos arenques frescos; y San Juan de la Cruz de unos
espárragos...»319.

XI. ALGUNAS CAUSAS DE BEATIFICACIÓN

Como dijimos al comienzo de estas páginas, si el camino que lleva a la santidad es estrecho,
«no es menos difícil, estrecho y complicadísimo el sendero marcado por la Iglesia para
conducir a los santos hacia los altares»320.

A lo largo de la historia de la Iglesia se han dado casos en los que los Procesos de
Beatificación han durado mucho tiempo, incluso siglos. Una de las consecuencias de esa
larga duración es que, a veces, cuando procedía por fin a la declaración de un fiel por parte
de la autoridad eclesiástica como Santo o Beato, se había perdido ya gran parte del fruto
pastoral de ese acto de la Iglesia, por la distancia temporal existente entre las condiciones de
vida del santo y la de los contemporáneos a la proclamación. Los fieles parecían estar
abocados a no poder venerar —salvo en el caso de martirio— a ningún ejemplo próximo de
santidad.

Para evitar esta situación, el Concilio Vaticano II subrayó la necesidad de acentuar el


significado pastoral que el ejemplo de los santos tiene en la vida de la Iglesia. El Concilio
deseaba proponer al Pueblo de Dios aquellas figuras que tuvieran una mayor actualidad y
respondieran mejor a la sensibilidad contemporánea. Para lograr esto, estableció las medidas
necesarias para garantizar una mayor agilidad de los procesos sin detrimento de su rigor. El
progreso de nuestra época hacía posible además una mayor rapidez desde el punto de vista
técnico.

«Con este motivo, Pablo VI inició una reforma en 1969, con el Motu Proprio Sanctitas
clarior y Juan Pablo II la prosiguió en 1983 con la Constitución Apostólica Divinus
perfectionis Magister, que racionalizaron los procedimientos para la tramitación de las
Causas de los Santos (...).

»La reciente reforma ha modificado en profundidad la praxis seguida en la demostración de


las virtudes heroicas. El proceso sobre la fama de santidad y sobre las virtudes in genere,
exigido por la anterior legislación como paso previo a la introducción de la Causa, ha sido
abolido, y con él ha desaparecido también la Positio super introductione Causae que
preparaba el Postulador y se sometía después al juicio de una Comisión de Teólogos
319
J. M. PERO-SALAZ, Sobre Roca, Rialp, Col. Patmos, Madrid 1991, p. 86.
320
S. GINER, o.c., Sobre las personas de nuestro siglo en proceso de Bea-tificación, cfr «LOsservatore Romano», 29-VI-1991.
107
Consultores. Todo ello ha sido sustituido por una serie de investigaciones documentales,
mucho más ágiles pero no menos rigurosas. Por tanto, antes eran necesarios decenios para
que tuviera lugar el proceso sobre las virtudes concretas —auténtico eje de toda la Causa—;
hoy puede iniciarse a brevísima distancia de la muerte del Siervo de Dios, con la inmensa
ventaja de tener a disposición los recuerdos de los testigos que lo han conocido en vida»321.

Esta razón —una mayor utilidad pastoral— explica, entre otras cosas, que las Causas se
desarrollen con mayor rapidez que en el pasado y se traduce en un incremento del número de
Beatificaciones y de Canonizaciones. En el año 1990, por ejemplo, Juan Pablo II beatificó o
canonizó a 22 Siervos de Dios. Sin embargo, en 1992 no hay todavía ninguna causa
comenzada con el nuevo sistema que introdujo la legislación de Juan Pablo II en 1983 que
haya llegado al final, es decir a la Beatificación.

Esta mayor agilidad de las Causas está en perfecta continuidad con esa eclesiología del
Concilio, que hizo una solemne proclamación de la llamada universal a la santidad. Y eso
permite que en la actualidad un gran número de los candidatos al reconocimiento oficial de
la santidad haya muerto en nuestro siglo; y algunos hace pocos años, como Marcelo Candia
(fallecido en 1983) o el Cardenal polaco Stephan Wyszynsky (fallecido en 1981).

De este modo, muchos testigos de la vida de los santos siguen vivos durante las discusiones
procesales, tanto los favorables como los contrarios. Eso explica en parte que la polémica
haya acompañado a algunas Beatificaciones, como la de la carmelita Edith Stein, una
filósofa judía conversa que murió en un campo de concentración y que provocó diversas
reacciones en la comunidad judía internacional, que recuerdan la polémica que rodeó la del
Papa Gregorio VII, que provocó incluso una protesta diplomática. Aquel Papa había
defendido la libertas ecclesiae en una época absolutista y algunos gobiernos, irritados,
prohibieron la celebración litúrgica de su festividad.

Estas polémicas no deben extrañar322, ya que «la oportunidad de una Beatificación o


Canonización no depende del aplauso general de la opinión pública, sino de la consideración
de que pueda ser aconsejable o necesario para la situación de la Iglesia y del mundo, poner el
acento en las verdades de fe y virtudes que distinguieron la vida de un Siervo de Dios. Sería
un error basar en el aplauso o la protesta los criterios de una decisión magisterial y
pastoral»323.

Con motivo de la Beatificación del Fundador del Opus Dei se discutió acerca de la
«oportunidad». Sobre este punto opinaba un Relator durante el Proceso: «Esta Beatificación
es oportuna por el bien que supondrá para la Iglesia el hecho de proponer una figura como la
del Siervo de Dios, que ha difundido en la Iglesia un mensaje de santidad en medio de las
321
J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Itinerario de la Causa de Canonización, Do¬cumentos mc, Palabra, Madrid 1991, p. 21.
322
Vid. por ejemplo, la larga polémica que describe S. GINER en El pro¬ceso, 0.C
323
T. Rico, Beato in pectore, en «30 días», n. 45, 1991, pp. 66-69.
108
realidades cotidianas precisamente para las personas corrientes. En una sociedad
secularizada como la nuestra, desde un punto de vista pastoral, su mensaje acerca del valor
del trabajo, camino de santidad cuando se realiza unido a Cristo, parece no sólo oportuno,
sino necesario.»

La Causa de San José de Calasanz: todo un siglo

Las tribulaciones perseguirían a la figura de San José de Calasanz hasta el propio proceso de
Beatificación. En el documentado estudio de Severino Giner se analizan cada una de las
fases de esta larga Causa, que sería durante largo tiempo una de las preocupaciones centrales
de la Orden, particularmente de sus Generales324.

Para entender la complejidad de este proceso, hay que recordar que los últimos años de la
vida del Santo «habían sido un calvario lento, culminado con el holocausto de sí mismo y de
su Orden»325. En contraste con esa situación, tras su muerte se produjo una glorificación
espontánea y popular del Fundador, sellada por numerosos milagros. El P. Caputi consignó
181 casos milagrosos desde el día 26 de agosto de 1648, en que se expuso su cadáver, hasta
el 13 de junio de 1650326.

En vista de estos hechos, el Papa Inocencio X se mostró favorable a la incoación de su Causa


de Canonización y una vez transcurridos los cincuenta años antiguamente preceptivos tras la
muerte del Siervo de Dios, ya estaban concluidos los procesos preparativos y se entró en la
segunda parte del Proceso, que duró otro medio siglo, aunque en opinión de Giner «hubiera
podido abreviarse considerablemente»327.

«Pero surgieron gravísimas dificultades —apunta Giner— que sólo podían solucionarse con
el hallazgo de documentos, que no fue fácil encontrar. Estas dificultades ponían en tela de
juicio la santidad del Siervo de Dios, quien en el último sexenio de su vida había sido
acusado y conducido ante el Santo Oficio; había sido suspendido en sus funciones de
General de la Orden, y aunque reintegrado luego por la competente Congregación de
Cardenales, tal reintegración no sólo no tuvo nunca efecto por no haber sido nunca
publicada, sino que, por el contrario, al poco tiempo fue depuesto definitivamente de su
cargo el Fundador y reducida su Orden a Congregación secular, con otras medidas
gravísimas que amenazaban de raíz la existencia misma del Instituto.

»Estas medidas de la Santa Sede —explica Giner— justificaban fundadas sospechas de


culpabilidad en el viejo Fundador e impedían, por consiguiente, que se declararan heroicas

324
Itinerario, o.c., p. 40.
325
Ibid, p. 27.
326
Es el opúsculo denominado Miracoli del V.P. Reg. Cal. 22.
327
Ibid, p. 396.
109
sus virtudes, hasta que no se probara plenamente su inocencia. Pero probar su inocencia era
dudar, de rechazo, e incluso acusar de imprudencia e injusticia a la Santa Sede en sus
gravísimas disposiciones contra el inocente Fundador y su Orden. Y éste era el nudo
gordiano que era necesario disolver»328.

No fue fácil cortar ese nudo gordiano: «la gravedad del dilema exigía indudablemente
garantías extraordinarias para admitir la total inocencia del encausado y la material injusticia
de la Santa Sede, engañada por las calumnias de los adversarios del Santo»329.

Se encontraron al fin los documentos requeridos y, tras numerosas peripecias procesales,


unidas a la abundancia de milagros, se llegó al fin a la votación de la Congregación General
Coram Sanctisimo el 7 de septiembre de 1728. De los 53 miembros que tenían que asistir
estuvieron presentes sólo 32, de los cuales 13 eran Cardenales, 8 Prelados y 11 religiosos330.

Durante las cuatro largas horas de aquella sesión, en las que cada votante justificaba ante el
resto su propio voto, se procedió por fin a la votación, que hicieron efectiva 31 personas, ya
que el Cardenal Porzia se abstuvo de votar por ser la primera vez que asistía a una
Congregación de ese tipo. De los 31, 29 votaron constare, mientras que dos votaron dilata:
el Cardenal Belluga, español, y el P. Mazara331.

La Causa de Santa Micaela

También fue controvertida —como había sido su vida santa, y precisamente a consecuencia
de ella— la Causa de Beatificación de Santa Micaela. El 15 de noviembre de 1894 se abrió
el Proceso informativo en Valencia. Dos años después, León XIII confirmó la sentencia
aprobatoria de los escritos y en 1902 se dio el Decreto para abrir en Valencia el Proceso
apostólico, en el que testificaría la misma Reina Isabel II.

Sin embargo, a medida que el proceso avanzaba, se divisaba, en expresión del biógrafo, un
porvenir «muy cargado de incertidumbres»332. El resultado de la Congregación
antepreparatoria del 22 de agosto de 1916 para la heroicidad de las virtudes, fue
desalentador: un solo voto afirmativo, trece en suspenso y uno negativo. Se subrayó la
flojedad de la defensa y así se llegó al 26 de abril de 1921, fecha de la Congregación
solemnisíma Coram Sanctisimo en la que el Papa Benedicto XV se abstuvo de dar la
declaración de heroicidad de virtudes.

«Nada favorecieron a la Causa —escribe Barrios Moneo— las declaraciones procesales de


los Padres Jesuitas Eugenio Labarta y Juan Bautista Vinader. Las dos objeciones
formidables, que no acierta a desmenuzar la defensa, se centran en el género extraordinario
328
Ibid.
329
Ibid.
330
Ibid., p. 335.
331
Ibid, p. 338.
332
A. BARRIOS MONEO, 0.C, p. 637.
110
de penitencias practicado por la Madre Sacramento y la índole áspera, violenta y dura de su
carácter. Dos impedimentos que en el ánimo de los Censores Romanos, constituían un
impedimento insuperable para la heroicidad de las virtudes.»

Barrios se refiere a la penitencia que, sin darse cuenta, le inflingía una ingenua mujer —«la
cándida Mary»— que, a petición de la Santa, le rascaba duramente la espalda con un cepillo
de agudas púas. Mary creía que aquello le calmaba los dolores de espalda y estaba
convencida de que era para el bien de la Santa, como ella le aseguraba, sin entender que se
refería no al bien físico —era una penitencia dolorosísima— sino al espiritual. Tanto por la
situación como por el modo se guardaba totalmente el pudor.

«La audacia de los Censores —al fin es su oficio— contrasta con el despiste, ofuscación y
sorpresa de la defensa» —escribe Barrios—. «Aquéllos ven falta de pudor, escándalo y
placer impuro —masoquismo— en un acto severísimo y cruelísimo, único en mujer, puesto
que no se menciona a ninguna otra y sí a tres hombres: el Trinitario Beato Simón de Rojas,
San Luis, Obispo de Tolouse, y San Luis, Rey de Francia, que empleara otra persona para
flagelarse. La cándida Mary fue, ella sola, el verdugo.

»Defendida la Santa con el ejemplo del Beato Simón de Rojas que, enteramente desnudo se
hace disciplinar por otro fraile, arguye el Censor dudando de la autenticidad del Beato y del
hecho al declararlo un solo testigo. Nadie espera esta salida y de momento nadie sabe
replicar.

»En un documento particular, escrito en italiano y únicamente para iluminar al Sumo


Pontífice, sin ánimo de destinarlo a la publicidad, se ponen en claro los hechos. Se analiza al
detalle la postura de la penitente y de la flagelante para concluir, con las palabras de ésta,
todo el pudor y toda la modestia que resplandece en el acto»333.

«Si el egregio Consultor —se lee en ese documento— hubiera consultado y controlado con
paciencia los hechos, se hubiera abstenido ante el Pontífice de asegurar cosas que están
contra la verdad histórica»334.

«Más difícil de superar —continúa Barrios— es la segunda objeción, la violencia de aquel


carácter.» Pero, explica el biógrafo, «poseer un carácter fuerte, violento y propenso a la ira,
no es pecado», y recuerda «que la ira puede ser justa; que hay que examinar los atenuantes y
las circunstancias; que sólo puede constituir un obstáculo a la santidad en el caso de pactar
con él, sin frenarlo ni castigarlo». Y concluye que «la heroicidad de la Santa se presenta en la
lucha tremenda, constante, incesante, de un día y otro día, de tantos años, sin desalentarse
jamás, no obstante las caídas y el escándalo. Tanta perseverancia entre circunstancias
adversas, amoratada con penitencias tan horrorosas, le prestan una simpatía y admiración

333
Ibid.
334
Ibid., p. 369.
111
digna de ser conocida por todos los hijos de la Iglesia. Arrebatar a la Madre Sacramento su
carácter bravío es desfigurarla»335.

Cuando falleció el Papa Benedicto XV, según algunos testimonios 336, tenía previsto —
aunque no lo hizo— retirar las Causas de la Madre Sacramento y el Padre Claret.

Cuando subió al solio pontificio Pío XI se resolvieron oficialmente las dificultades, y el 11


de junio de 1922 se dio por averiguada y explorada la existencia de todos los elementos
necesarios para definir la Causa. Se decretó solemnemente la heroicidad de virtudes el 16 de
junio de 1922.

Comenzaron las votaciones sobre los milagros. Sobre el primero, se obtuvieron doce
votaciones afirmativas, doce en suspenso y una negativa. Para el segundo milagro requerido
en aquella época —en la actualidad sólo se exige uno—, se obtuvieron once votos
afirmativos, ocho en suspenso y dos negativos. El 13 de enero de 1925, en la Congregación
preparatoria, se cambió de signo: sólo un voto en suspenso para el primer milagro, dos para
el segundo y ninguno negativo. El 21 de abril de 1925, en la Congregación general Coram
Sanctisimo sólo hubo votos afirmativos.

Al fin, el 9 de marzo de 1925 se promulgó el decreto para la solemne Beatificación de Santa


Micaela, que tuvo lugar el 7 de junio de 1925, fiesta de la Santísima Trinidad. Ese mismo día
se produjo uno de los milagros requeridos para la Canonización en la persona de una
Adoratriz, Sor María Nieves, en Santiago de Chile, curada súbitamente de tuberculosis
intestinal337.

La Causa de Mons. Escrivá de Balaguer.

Datos objetivos.

Tras el anuncio de la Beatificación del Fundador del Opus Dei algunas voces discordantes
interpretaron esta decisión en clave de «política eclesial» 338, intentando silenciar la
trascendencia del mensaje espiritual del futuro Beato en la vida de la Iglesia. Algunas
personas intentaron poner en tela de juicio el rigor de la Causa, basándose sólo en la
335
Ibid.
336
Ibid., Testimonio oral del Cardenal Larraona.
337
Ibid., p. 641.
338
Algunos han querido presentar esta Beatificación como un gesto político y la Beatificación sería el fruto de un pretendido
«poder» del Opus Dei dentro de la Iglesia. Sin embargo, como ha puesto de relieve el Postulador de la Causa del Fundador del
Opus Dei, el modelo político no puede aplicarse a la vida de la Iglesia: la utilización de ese modelo lleva a interpretaciones
erróneas y reductivas, que acaban reduciendo la realidad eclesial al resultado del choque entre unas facciones y otras.
Subrayaba el Postulador de la Causa que uno de los frutos pastorales más evidentes de la doctrina del Fundador del Opus Dei es
«el espíritu de fraternidad y de unión entre los cristianos, patente a los ojos de cualquiera que estudie la documentación
procesual; sacerdotes, religiosos y laicos se han enriquecido con sus enseñanzas; de su aliento han surgido labores apostólicas
en todos los sectores sociales de la cultura y de asistencia a los más necesitados; y su predicación ha iluminado ambientes
humanos muy heterogéneos».
112
«rapidez»339 o en comparaciones con otras Causas340. Por contraste, muchos miembros
significados de la Jerarquía manifestaron su alegría por esta decisión de la Iglesia, en
consonancia con la del pueblo cristiano.

«No han faltado, sin embargo, voces contrarias —decía el Cardenal Angelo Felici—, lo cual
era previsible, debido a la gran difusión de los miembros del Opus Dei y del trabajo que
desarrollan en servicio de la Iglesia. También se ha pro-palado alguna reticencia sobre el
procedimiento seguido en este caso por la Congregación para las Causas de los San-tos.
Tales insinuaciones carecen del más mínimo fundamento, como demuestra el exacto
conocimiento del iter de la Causa, que se tratará de exponer a continuación.

Fase de introducción de la Causa

»Después de la muerte del Siervo de Dios, acaecida en Roma el 26 de junio de 1975, la fama
de santidad de la que había gozado en vida se fue difundiendo con mayor amplitud. En los
cinco años siguientes, la Postulación recopiló en dos volúmenes, de 428 y 390 páginas
respectivamente, numerosos testimonios sobre la extensión y el fundamento de esa fama de
santidad. La Postulación publicó también otro volumen con las narraciones firmadas de
1.500 favores atribuidos a la intercesión de Mons. Escrivá (en la actualidad, las relaciones
escritas de favores y gracias recibidos han alcanzado el número de 70.000). Además, se
dirigieron al Santo Padre cerca de 6.000 cartas postulatorias, escritas, entre otras personas,
por 69 Cardenales, 1.228 Obispos y 41 Superiores generales de Órdenes y Congregaciones
religiosas, además de numerosos Jefes de Estado y de Gobierno, de los cuales muchos
habían conocido personalmente al Siervo de Dios, o al menos cumplían las condiciones
previstas por la instrucción emanada de la Congregación de los Ritos el 15 de enero de
1935»341.

El Motu Proprio Sanctitas clarior, vigente entre 1969 y 1983, establecía —como por otra
parte prevé también la normativa actualmente vigente— que, para poder verificar la
consistencia de la fama de santidad, una Causa no pudiese comenzar antes de que hubieran
transcurrido 5 años desde la muerte del Siervo de Dios. La causa de Mons. Escrivá fue

339
Durante el período anterior a la Beatificación surgieron algunos comentarios negativos acerca de la rapidez «absolutamente
excepcional» de esta Causa. Esta opinión no tiene fundamento histórico, ya que existen varios precedentes: por ejemplo, en
1938 Santa Francisca Saveria Cabrini fue beatificada 21 años después de su muerte en un momento en el que la normativa
duplicaba los procedimientos a seguir, con respecto a los establecidos en la reforma que tuvo lugar tras el Concilio. Además
otras Causas recientes están teniendo un desarrollo aún más rápido que la que tuvo el Beato Josemaría Escrivá.
340
Otras causas de Beatificación se han agilizado con motivo de estas últimas reformas, como la de la Madre Esperanza.
341
Pidieron la apertura de la Causa, entre otros, los Cardenales Cooke (Nueva York); Jubany (Barcelona); Paul Leger (Montreal);
Lercaro (Bolonia); Malula (Kinshasa); Manning (Los Angeles); Muñoz (Ecuador); O'Boyle (Washington); Oddi (Pref. S. C. Clero);
Otunga (Kenia), Pappalardo (Palermo); Poletti (Pres. C. E. Lazio); Sin (Filipinas); Cody (Chicago); Enrique y Tarancón (España);
Hóffner (Alemania); Kónig (Austria); Landázuri (Perú); Marty (París)...; los religiosos Barbosa (Abad de Montserrat); el Superior
General de los Hermanos de las Escuelas Cristianas; Don Egidio Vigañó, Rector Mayor de los Salesianos; Rober Schoofs OSB;
Abad (Wisconsin)...; y numerosísimas personalidades civiles, y del mundo cultural.
113
introducida el 19 de febrero de 1981, es decir dentro de los términos legales, previo el nihil
obstat de la Congregación para la Doctrina de la Fe y de la Congregación para las Causas de
los Santos, confirmado por el Santo Padre.

La fase instructoria

Se instruyeron simultáneamente dos procesos sobre la vida y virtudes del Siervo de Dios,
uno en Roma y otro en Madrid (este último para los testigos de lengua española), iniciados
ambos en el mes de mayo de 1981, que trabajaron durante seis años y medio. Según la praxis
entonces vigente, los formularios de los interrogatorios, muy detallados, fueron preparados
por la Congregación para las Causas de los Santos, que tuvo presentes las críticas de los que
se oponían, cuyas publicaciones contrarias al Siervo de Dios le habían sido entregadas por la
Postulación. Durante un total de 980 sesiones fueron interrogados 92 testigos, todos de viso
una tercera parte de ellos habían tratado asiduamente a Mons. Escrivá de Balaguer en
períodos que oscilaban entre los veinte y los cuarenta años. El interrogatorio de uno de los
testigos se prolongó durante 60 sesiones, y los testimonios procesales ocupan unas 11.000
páginas mecanografiadas. Además, como fruto de la investigación efectuada en 390
archivos, se presentaron documentos que han sido recogidos en 11 volúmenes.

Más del 50% de los testigos eran ajenos al Opus Dei, y los tribunales interrogaron a algunos
ex-miembros. Por otra parte, la Postulación dio los nombres de personas manifiestamente
contrarias a la Causa, y propuso que algunas de ellas fueran interrogadas por los tribunales; a
una de estas personas, el tribunal consideró que debería excluirla de la testificación,
considerando que su testimonio no era atendible, y no idónea para comparecer delante del
tribunal eclesiástico: la decisión fue tomada con la aprobación expresa de la Congregación
para las Causas de los Santos.

Examen por parte de la Congregación

La última sesión del Tribunal tuvo lugar en Roma el 8 de noviembre de 1986. Emanado el
decreto sobre la validez del proceso de 3 de abril de 1987, fue designado Relator el Revmo.
P. Ambrosio Eszer, dominico. Inmediatamente, un grupo de especialistas en Teología,
Derecho Canónico e Historia de la Iglesia, con la colaboración de especialistas en
informática, se dedicó a elaborar la Positio super virtutibus, y la exposición sistemática de
las conclusiones del proceso.

En la presentación acostumbrada, el Relator de la Congregación afirmaba:

114
«Hemos llegado a la fundada persuasión de que la Positio es completa: eventuales estudios
suplementarios que se pudieran hacer no enriquecerían significativamente el juicio que
pueden emitir los Reverendos Consultores tras el estudio del material que se presenta para
una valoración segura del ejercicio heroico de las virtudes por parte del Siervo de Dios.»

La Positio fue entregada a la Congregación en junio de 1988, y ésta la confió a los


Consultores teólogos para su estudio, en el mes de marzo de 1989. Tal espacio de tiempo no
constituye una excepción, sobre todo si se tiene presente que la Causa disponía ya de dos
procesos acerca de presuntos milagros. Seis meses más tarde, el 19 de septiembre de 1989,
se celebró el Congreso peculiar de los Consultores, presidido por el Promotor General de la
Fe. Los Consultores teólogos, tal como establece el Reglamento, habían sido designados por
el Secretario del Dicasterio de acuerdo con el Promotor de la Fe, oído también —por la
importancia de la Causa— el Cardenal Prefecto. La Congregación tenía que preocuparse de
asegurar un juicio objetivo e imparcial, no contaminado por consideraciones extrañas a la
misma Causa, por respeto debido a las propias funciones, por la transparencia de la Causa, y
por justicia con los Actores. Dos Consultores han expresado un parecer suspensivo. Sus
argumentaciones fueron examinadas por el Relator, y expuso sus aclaraciones de modo
amplio y exhaustivo. Según una deliberación de la Congregación para las Causas de los
Santos, tomada en el Congreso de 1986, uno de los dos votos suspensivos no se ha publicado
porque su autor no participó en la discusión de los Consultores.

He aquí algunos juicios de los otros Consultores teólogos:

—«Considero providencial que la Causa de este Siervo de Dios llegue a su término en un


tiempo excepcionalmente rápido, a menos de 15 años de su muerte, porque en vista de los
graves fenómenos que estamos contemplando dolorosamente, se alza esta figura de
apostolado intrépido y fidelísimo a la Iglesia. He visto deshacerse como la nieve al sol todas
las dificultades que entreveía en un principio, y que podían suscitar alguna perplejidad.»

—«Se queda uno admirado ante la figura rica en facetas y gigantesca del Siervo de Dios y
surge espontáneamente un acto de agradecimiento a la Providencia por haber reservado, para
este siglo que ahora termina la presencia de un sacerdote y Fundador que encarnase
plenamente una de las enseñanzas fundamentales del Vaticano II: la vocación universal a la
santidad, de la cual él mismo fue un apóstol y un ejemplo incomparable.»

La Congregación Ordinaria de Cardenales y de Obispos, en la sesión del 20 de marzo de


1990, se pronunció por unanimidad sobre la heroicidad de las virtudes.

En cuanto al tiempo, relativamente breve, en el que se ha llegado a la discusión sobre la


heroicidad de las virtudes, se ha de subrayar que la normativa actualmente vigente no
establece ningún plazo entre la muerte del Siervo de Dios y dicha discusión, mientras que la
regulación precedente preveía que hubiesen transcurrido, por lo menos, 50 años. Pero,
115
también con la disciplina precedente fueron concedidas dispensas: así, Santa Francisca
Javiera Cabrini fue beatificada 21 años después de su muerte, y la Beatificación de Santa
Teresa del Niño Jesús tuvo lugar 25 años después de su falle-cimiento.

La declaración del milagro

El referido milagro presentado para la Beatificación había tenido lugar en 1976, y el


correspondiente proceso fue instruido por la Curia diocesana de Madrid en 1982.

La reunión de la Consulta médica sobre el milagro tuvo lugar el 30 de junio de 1990. Se ha


dicho que uno de los médicos de la Consulta estaba vinculado al Opus Dei. No hay en esto
nada de particular: es normal que, cuando se trata de examinar las virtudes de un Siervo de
Dios, un miembro de la Orden o Congregación a la que haya pertenecido esté entre los
Consultores. En el caso del milagro asisten a la reunión de los Médicos el Secretario y el
Subsecretario del Dicasterio, el Promotor General de la Fe y un oficial encargado ad hoc. Por
otra parte, tanto los Médicos como aquellos que han asistido a la reunión, así como los
Consultores teólogos, están ligados por el juramento que es garantía de objetividad. También
el siguiente Congreso de Consultores teólogos, el 14 de julio de 1990, se pronunció por
unanimidad sobre la autenticidad del milagro, así como lo hizo después la Congregación de
Cardenales y Obispos.

Quisiéramos poner fin a estas notas, retomando la conclusión del voto del Promotor de la Fe,
como resultado de un prolongado y profundo examen en el seno del Congreso peculiar de los
teólogos para el examen de las virtudes heroicas: «Mantengo, en base a los testimonios
procesales, que la prueba más sólida de la autenticidad del elevado grado de vida mística a la
que llega el Siervo de Dios, viene precisamente de su continuado esfuerzo por identificarse
con la Voluntad divina y por la humildad que... después de 50 años de sacerdocio
intensamente vivido hacía que él se considerase todavía como un niño que balbucea.»

Por último, consideramos un deber señalar que, antes de proceder a la Beatificación, el Santo
Padre ha querido confiar a una Comisión especial la tarea de confirmar que se podía
proceder con tranquilidad a la Beatificación. Dicha Comisión, después de madura reflexión,
ha dado al Santo Padre el parecer favorable para la prevista celebración".

XII. EPÍLOGO

A pesar de las numerosas dificultades que han debido superar los santos a lo largo de su
vida, la verdad acaba siempre abriéndose paso y el esplendor de la gloria de Bernini acaba
iluminando gran parte de las oscuridades que los enemigos tejieron sobre el rostro de los

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santos, reflejo admirable del rostro de Dios. Gran parte: porque no todas esas oscuridades se
acaban disipando con el tiempo en las mentes de las personas confundidas.

Esto es comprensible ya que la murmuración, como afirmábamos al comienzo de estas


páginas, es extraordinariamente pertinaz. Algunos calumniadores contemporáneos no se han
arredrado ni siquiera ante los frutos seculares de servicio a la Iglesia de algunas instituciones
religiosas: por ejemplo, con motivo del centenario de la muerte de San Juan Bosco, algún
articulista italiano atacó todavía ¡a la vuelta de un siglo!— su vida santa, que tantos frutos de
santidad ha dado a la Iglesia.

No faltaron —como recuerda Frutan—, al cumplirse los cincuenta años de la Beatificación


de Santa Teresa de Lisieux los que formaron un escándalo en la prensa internacional y
solicitaron una revisión del Proceso342. ¿Para qué seguir? No es el discípulo más que el
maestro, y no hay que olvidar que sobre el mismo Jesucristo, dos mil años después de su
paso por la tierra, se siguen escribiendo libros blasfemos, películas denigratorias y todo tipo
de ataques burdos.

Hasta ahora los ataques de los contemporáneos de los santos no han logrado alcanzar —
salvo en el caso de los mártires— la peana de los santos. No sucederá así muy posiblemente
desde ahora en adelante, ya que la Iglesia ha decidido agilizar los trámites para mostrar sus
virtudes heroicas, en aras de una mayor utilidad pastoral. Es previsible que, como sucedió
con el anuncio de la Beatificación de Mons. Escrivá, esos ataques se recrudezcan con motivo
de la elevación a los altares de otras figuras contemporáneas de gran incidencia social.

Por poner un ejemplo entre muchos, no es de extrañar que los movimientos pro-abortistas se
sientan aludidos con la previsible Beatificación de la Venerable Gianna Beretta Molla, la
madre de familia italiana que prefirió sacrificar su vida para que naciera la de su hija 343. La
polémica —si se da— no hará sino confirmar la eficacia pastoral de esa figura emblemática
del respeto a la vida.

Ya hemos comentado el interés pastoral de la Iglesia en este punto: no pretende sólo evocar
y exaltar figuras lejanas sino presentar modelos de santidad comprometedores ante el
hombre contemporáneo, que hayan asumido, con toda su radicalidad, el Evangelio. Y no le
arredran las campañas de opinión, ni las polémicas que rodean con alguna frecuencia las
beatificaciones que entran en conflicto con el ideario laicista de cierta mentalidad
contemporánea, ni el poder distorsionador de determinados medios de comunicación. Ya lo
puso de manifiesto hace muchos años Pío XII en el acto de Beatificación de San Antonio
María Claret cuando alababa que este Santo supo estar «siempre en la presencia de Dios, aun

342
FRUTAZ, ¿Deben ser revisados los Procesos de Canonización de Santa Teresita del Niño Jesús y de La Santa Faz?, Rev. del
Monte Carmelo, 1984.
343
Vid. entre otros, F. DA RIESE, o.c.; G. PELUCCHI, o.c.
117
en medio de su prodigiosa actividad exterior: calumniado y admirado, festejado y
perseguido».

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