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DECISION EN LA FALLA DEL TRUENO

Por William H. Keith Jr.

Traducción/adaptación Justin_xiang
Prólogo

Diez mil años de guerra organizada han culminado en


ese compendio de armas y armadura, movilidad y
fuerza, llamado BattleMech.
El 'Mech típico tiene una altura de diez a doce metros y
una forma vagamente humanoide: es un gigante
acorazado, propio de los mitos y leyendas, hecho
realidad. El más ligero pesa 20 toneladas; el más
pesado, 75 o más. Incluso el 'Mech más pequeño está
erizado de láseres, cañones de partículas, afustes de
mísiles de largo y corto alcance, cañones automáticos o
ametralladoras. Cuando camina, un 'Mech anuncia de
forma estruendosa la muerte de cualquier ejército
desprotegido que sea lo bastante insensato para tratar
de mantener sus posiciones combatiendo, y es un
enemigo formidable incluso para unidades
convencionales profusamente blindadas.
La concepción tradicional de la táctica militar mantiene
que la mejor manera de luchar contra un 'Mech es
enviando a otro 'Mech, preferiblemente mayor y más
fuerte y con un blindaje más resistente. Si ambos
monstruos mecánicos son de nivel similar pueden estar
atacándose durante horas, aguardando a que el
oponente cometa un error fatal: ese fallo inevitable y
decisivo, mecánico o humano; ese despiste fugaz, en la
guardia o en la táctica, que deje abierta la posibilidad
de un golpe mortal.
Este mismo tipo de equilibrio militar existe entre las
cinco Casas principales de los Estados Sucesores de
comienzos del siglo XXXI. Estos cinco Estados guerrean
entre sí por el control del Universo conocido: la «Esfera
Interior». Por una parte se encuentran la Confederación
de Capela, de la Casa Liao; la Liga de Mundos Libres, de
la Casa Marik; y el Condominio Draconis, de la Casa
Kurita. A ellos se enfrenta la inestable alianza
establecida entre la Federación de Soles, de la Casa
Davion, y la Mancomunidad de Lira, de la Casa Steiner.
Alrededor de estos gigantes hormiguean otras fuerzas
menores: casas, potencias, alianzas, coaliciones,
comerciantes y Reyes Bandidos. Los Señores Sucesores
intentan atraer a su causa, sobornar o forzar la
colaboración de estos poderes secundarios siempre que
pueden.
Sin embargo, tras varios siglos de guerra, ninguna Casa
ha logrado una victoria clara ni ha revelado tener
ningún punto excesivamente débil. La guerra continúa y
los gigantes luchan entre las ruinas de lo que una vez
fue una orgullosa civilización galáctica. Las fuerzas
militares, como 'Mechs de idéntico nivel, parecen
demasiado equilibradas para que alguna de ellas
alcance la ventaja decisiva.
De todas formas, las potencias en guerra conocen una
máxima de la guerra tan vieja como la guerra misma: lo
que no puede ganarse con la fuerza de las armas,
puede lograrse mediante la astucia, el engaño o un
puñal hundido en la espalda del enemigo.
Nicolai Aristobulus
El equilibrio del terror (Historia de
las Guerras de Sucesión)
LIBRO UNO
1

El traidor se salió, deslizándose, de debajo de la maraña


de cables y de tableros de circuitos de cableado compacto,
limpiando los dedos manchados de grasa a lo largo de la
parte frontal de su mono. El oficial de guardia que había
detrás de la consola que estaba sobre él arqueó una ceja: —
¿Aún no ha acabado?
—Es un circuito periférico, jefe —dijo el traidor—. No
puedo llegar hasta él desde aquí. Tendré que comprobar las
cámaras del Hangar de Reparaciones. —Volvió a meter las
manos en la zona de acceso a los circuitos y cambió una fila
de interruptores desde la posición de encendido a la de
apagado con una deliberación precisa. — Sus monitores
estarán apagados un rato.
—¿Cuánto tiempo?
—Oh, no mucho. —Empezó a recoger sus herramientas y
a meterlas dentro de la mochila de tela de su hombro. —
Unos quince minutos.
El oficial de guardia miró sus ordenador de muñeca: —
Hágalo rápido —dijo, escribiendo una anotación en el sujeta
papeles que tenía en la mano.
—No se preocupe —replicó el otro tipo—. Se hará.
El traidor era un asTech y un nativo de Trell, con unos
rasgos claramente cincelados y el típico pelo negro y rizado
de la baja población nativa de Trell y con un cutis
extraordinariamente pálido a causa del sol pobre en rayos
ultravioletas del mundo. La puerta del puesto de guardia
dejó pasar al hombre tras una pasada de las yemas de sus
dedos por la placa del dispositivo de seguridad, luego siseó
al cerrarse a su espalda. Mientras se movía a lo largo del
pasaje de muros de piedra, el estruendo de sus pisadas
reverberaba con un sonido sepulcral.
Fríos escalones de piedra bajaban y bajaban, a través de
desiertos corredores y de salas alejadas protegidas por
centinelas uniformados de gris. Dos veces, el trelano tuvo
que mostrar su pase, un DI{i} holográfico sujeto en la parte
superior del hombro. Otros asTechs pasaban a su lado en un
silencio pétreo o con un saludo de asentimiento. Su mono y
la pesada bolsa de herramientas eran suficiente pase para
dejarle pasar por la mayoría de las puertas, dado que había
pocas zonas en el Castillo a las que un asTech nativo no
pudiese ir.
El Hangar de Reparaciones, que era en parte artificial
y en parte una caverna natural, era una sala de altas
bóvedas cuya persistente lobreguez se veía rota por
aisladas fuentes de luz. Una pared estaba muy oxidada y
corroída por el paso del tiempo. En el centro del Hangar,
entrecruzado por faros reflectores y los serpenteantes
carretes de hileras de compresores alimentadores de
energía, la mole de 55 toneladas de un 'Mech parcialmente
desarmado yacía tumbada a lo largo de una plataforma
elevada. Un tech gritaba ordenes y gesticulaba desde el
suelo a un par de astechs que trabajaban en el pecho del
mastodonte. Cansadamente, detuvieron encima la actínica
llama de un láser de mano. Placas de blindaje, que pesaban
media tonelada cada una, colgaban por encima en una
enmarañada red de hileras y andamios.
El traidor miró a su alrededor hacia los cuatro 'Mechs
que constituían el corazón y el alma de los Comandos de
Carlyle. Monstruos blindados de diez metros, los
BattleMechs eran prácticamente invencibles si se
enfrentaban a soldados o blindados convencionales. Eran
tan poderosos que sólo otro 'Mech de igual o superior
potencia de fuego tenía alguna posibilidad de derribar uno.
El trelano sonrió para sí mismo, pensando en cómo había
logrado eso con una simple orden de mantenimiento falsa y
quince minutos de trabajo.
Incapacitar al Shadow Hawk de la lanza había sido la
primera parte de su misión de doble objetivo. Se le
habían dado instrucciones y entrenamiento explícitos,
así como una placa de circuitos de repuesto para ser
colocada en el nexo de control servoelectrónico del
'Mech si tenía la ocasión. Había encontrado esa ocasión,
y la placa había estropeado todos los alimentadores de
energía del conjunto de servoactuadores de la pierna
del 'Mech antes de fundirse por sí mismo en un trozo
anónimo de escoria; borrando todos los rastros de
sabotaje. Ahora la lanza sólo tenía tres 'Mechs —el
Phoenix Hawk del Capitán y los dos Wasps de 20
toneladas. Sin el particular equilibrio de potencia de
fuego y maniobrabilidad del Shadow Hawk, la guarnición
estaría mutilada si se veía envuelta en una batalla total.
El trelano agarró su bolsa de herramientas con más
fuerza bajo su brazo, y aceleró el paso hacia los
desvencijados escalones de metal que conducían en
vertiginosos zigzags hacia el Centro de Control del
Hangar, una cabina con ventanales suspendida en la
pared trasera unos quince metros por encima del suelo
de piedra..
El Oficial de la Guardia del Hangar de Reparaciones
levantó la vista desde la brillante luz de un monitor,
bajó los pies de la consola y puso la taza de chava a un
lado:
—¿Sí?
—Mantenimiento, señor —dijo el pequeño y oscuro
hombre, volviendo el hombro para que el oficial pudiese
ver su tarjeta de astech sin levantarse de su silla—. Me
envían desde Control Central para detectar un fallo en
el circuito de cámaras de seguridad. Pienso que es
alguna línea defectuosa en algún sitio por aquí.
El oficial asintió:
—Malditos trastos —dijo—. Como todo en este podrido
arenal . . . —Tomando conciencia demasiado tarde de
que estaba hablando con un trelano, dejó inacabado lo
que iba a decir y señaló hacia una fila de monitores
apagados— El acceso está allí atrás —dijo, luego volvió
a apoyar los pies en la mesa y se concentró en el único
monitor encendido en la consola. El traidor miró por
encima del hombro del oficial, y notó que el monitor
mostraba el espaciopuerto, ferrocemento vacío roto solo
por solapados pedazos de sombra y luz bajo un cielo frío
sembrado de estrellas.
Así que aún no habían llegado. Miró su ordenador de
muñeca contando en silencio los minutos y segundos
que quedaban, y empezó a sacar sus herramientas. Ya
no tardarían mucho tiempo.

******

Grayson Death Carlyle hacía tiempo que había


renunciado a preocuparse por su macabro segundo
nombre. Lo había heredado, por decir algo, de un
ancestro, Lord Grayson Death Thomas. Lord Grayson,
según se decía, había cambiado la pronunciación de la
vocal de su segundo nombre, de una "e" larga a una
corta después de que se convirtiese en el Vencedor de
Lysander y en un terrateniente tan poderoso que a
nadie le preocupaba como pronunciaba él su nombre.
En una sociedad de guerreros que se deleitaba con los
actos y proezas de los héroes, el nombre del joven
Grayson arrancaba poco más que ocasionales gritos de
ironía de los otros miembros de la lanza de su padre.
Tan pronto como se bajó del pequeño coche eléctrico
que le había traído de vuelta al Castillo, Grayson supo
que estaba en dificultades. Despojándose del traje
especial para hacer frente al frío, lo dejó caer en los
brazos de un ordenanza trelano que le esperaba y que
dijo nervioso:
—El Maestro de Armas ha estado buscándole, señor.
Grayson miró su ordenador de muñeca e hizo una
mueca al comprobar la hora:.
—Sí, esperaba que lo hiciese.
—Parecía bastante molesto —siguió diciendo el
ordenanza, en un tono como si tuviese miedo de ser
pillado en cualquier momento cerca de la zona cero de
una explosión largamente esperada.
Grayson se encogió de hombros y luego se volvió
hacia el calentador eléctrico que los miembros de la
guardia del Hangar de Vehículos habían encendido para
engañar al cortante aire que entraba cada vez que las
puertas del Hangar eran abiertas. En medio de los
muros manchados de suciedad de la sala del tamaño de
un estadio, había alrededor de otros 20 soldados de la
Casa. Unos estaban de pie al calor del calentador, otros
tirados a la bartola y otros jugando a las cartas. Grayson
se frotó sus entumecidas manos enérgicamente para
restablecer la circulación. Era una típica Segundanoche,
con unos -20° C, y con un viento glacial que hacía bajar
la temperatura subjetiva hasta -40a C o por debajo. La
reprimenda del Sargento Griffith iba a ser peor que el
frío, pensó; pero el recuerdo de las caricias de Mara, el
prolongado calor de sus besos, lo compensaban todo.
Una voz rompió sus pensamientos:
—¡Vaya! El Amo Death se ha dignado unirse a
nosotros.
—Hola, Griff —dijo amistosamente—. Lamento llegar
tarde.
La sombra se transformó en el Suboficial Maestro de
Armas de la unidad, Sargento Kai Griffith. Las duras
luces del techo brillaron desde su rapado cráneo y
parecieron iluminar la feroz cicatriz morada que se
enroscaba hacia debajo de su mandíbula, cerca de su
oreja derecha.
—'Lo siento', dice el chaval, '¡Lo siento!' —La cara de
Griffith, con su caído mostacho, tenía una estudiada
sonrisa burlesca. — Lo que quiero saber es ¿dónde
cojones has estado?
Para esconder su rabia por ser llamado "chaval",
Grayson continuó sonriendo, pero su voz era helada:.
—Con amigos —dijo, pensando que algún día Griffith
iría demasiado lejos.
—'Amigos', de fuera de la base, entonces. Viendo a
esa chica trelana, supongo.
—Ah, Griff . . .
—¡No me lo digas! Tenias programada una práctica de
armas hace cuatro horas, y se supone que debías estar
de observación en el Centro de Mando justo en este
minuto. ¿A qué cojones juegas, chaval?

Grayson tocó con la yema de los dedos la greña de


pelo amarillo en un gracioso saludo:
—Reprimenda recibida, Sargento Griffith.
—Tu padre también la recibirá, hijo. —La calva cabeza
se movió lentamente de un lado a otro, la cicatriz
rizándose a medida que los músculos de la mandíbula
se apretaban. — No puedo cumplir con mi deber si tu
persistes en ignorar los tuyos.
Grayson se volvió del calentador y empezó a subir la
rampa hacia el principal pasillo central del Castillo:
—Mira, Griff, pensaba que esta podía ser mi ultima
oportunidad para verla. Nos vamos en tres días . .
El calvo sargento le seguía caminado detrás de él:
—Nos iremos si estas negociaciones tienen éxito.
Hasta entonces, cumplirás tus deberes, caballerete, o
¡conoceré la razón de ello!
Grayson puso mal gesto. Tenía veinte años
estándares, y el Maestro de Armas había sido su
instructor personal en las artes militares desde que
formalmente se había unido a la lanza como aprendiz de
guerrero a los diez años. Cuanto más viejo se hacía,
menos apreciaba la lengua afilada de Kai Griffith o su
interferencia en su vida privada. Después de todo,
Grayson no era un niño por más tiempo, y era tanto el
hijo como el heredero de un MechWarrior. El Maestro de
Armas no dirigiría su vida eternamente.
—Haré frente a mis deberes —replicó Grayson—, pero
¡mi vida privada es mía!
—¿Todavía jugando al solitario, Amo Carlyle? Esa
actitud le va a costar un montón de problemas antes de
que usted acabe su aprendizaje. Mira, ¿no puedes
meterte en tu cabezota que los malditos trelanos no son
nuestros amigos?
—Este lo es. ¡Vamos! ¡Sólo quería decir adiós!
Griffith agitó la cabeza de forma desaprobadora:
—La hija del mismísimo viejo Stannic, ¡nada menos!
—¿Qué tiene eso que ver? —Estalló Grayson. Era
cierto que Mara era la hija del primer ministro de
Trellwan, ¿y qué?
—Sigue escabulléndote para divertirte con tu chica en
la ciudad, y vas a acabar ¡muerto!
Recordando un fragmento de la diversión de la noche,
Grayson solo sonrió y se encogió de hombros. Kai
Griffith compartía los prejuicios de la mayoría de los
soldados de guarnición a tiempo completo contra los
civiles locales que se suponía que protegían. Nunca
comprendería.
Se pararon ante una inmensa puerta de acero
colocada ante un muro de piedra cortada de forma
desigual, protegida por un soldado de uniforme gris que
mantenía la metralleta en posición de presenten armas.
La puerta estaba decorada con el dibujo de un puño
enguantado apretado contra un fondo azul cielo. Griffith
agitó la cabeza con resignación, conociendo la
tenacidad de este chico que le miraba fijamente con
pálidos ojos grises.
—Esto no ha acabado aún, Amo Carlyle. Eres
entrenado para controlar algún día un BattleMech, para
ser un MechWarrior de los Comandos de Carlyle. Pero
los guerreros tienen que aprender muchas más cosas
que simplemente saber pilotar una montaña de metal
que camina. ¿Me entiendes?
Grayson había oído la lección y todas sus variantes
antes —sobre disciplina y dedicación a la unidad, y
trabajar como parte de un equipo. Se hizo parecer
atento mientras ahogaba un insistente bostezo. No
había dormido mucho durante el último periodo de
descanso.
Griffith, finalmente, se detuvo cuando se dio cuenta
de que Grayson simplemente no le escuchaba:
—Vamos, hijo —dijo, señalando hacia la puerta—.
Entremos allí y observemos la recepción.
2

El Centro de Mando de Combate era una sala con las


paredes descubiertas que tenía alineadas múltiples
consolas y revestida con bastantes cables y
alimentadores de energía como para hacer peligroso el
caminar. Grupos de hombres uniformados de gris
estaban de pie o tirados a la bartola en un sitio u otro,
algunos hablando tranquilamente con tazas de té o de
chava caliente, otros estudiando el pálido parpadeo de
las pantallas de los monitores o la extraña luz verde de
los rastreadores del radar. Desde algún lugar por
encima de sus cabezas, la voz amplificada de una mujer
anunciaba:
—Nave de Descenso Mailai entrando ahora en la
atmósfera. Su capitán confirma la presencia de los
representantes de Oberon a bordo. Tiempo estimado de
aterrizaje unos once minutos.
Dos hombres estaban sentados en una consola
cercana. Uno era un tech veterano de ojos oscuros que
llevaba un mono azul y gris oficial y el otro era un
hombre menudo de piel morena que vestía una túnica
civil ricamente bordada y de cuello alto. A lado de ellos
se erguía otro civil, de pelo plateado y porte erecto con
una capa corta engastada de plata, que estaba de moda
en los Mundos Interiores, recogida a lo largo de su
hombro izquierdo.
El civil de cabello oscuro levantó la vista con
severidad hacia Grayson. Aunque sus ojos parecían
enojados, no dijo nada. Grayson sabía que Nikolai
Aristobulus mantenía en silencio su reprimenda solo a
causa del forastero que estaba de pie a su espalda.
—Hola, Ari —dijo Grayson, como si no viese ni notase
la desaprobación de su tutor.
—Amo Carlyle —replicó Ari fríamente, con solo la más
leve inclinación de su oscura cabeza—. Llega usted
tarde.
—¿Qué hace aquí el chico de Carlyle? —preguntó el
civil de cabello plateado, volviéndose hacia Griffith. —
Estas negociaciones son extremadamente delicadas.
Fue Ari quien replicó:
—Está aquí por que yo lo he pedido, mi Lord, y por
orden directa del Capitán Carlyle.
—¿De verás? Y ¿desde cuando un tutor de lanza de
combate determina la política de personal?
—Desde que está encargado de la formación del
sucesor del Oficial al Mando . . . mi Lord. —La hostilidad
de Ari apenas reprimida. — Puede que algún día el chico
tenga que manejar algo similar a esto.
—Déjele quedarse, mi Lord —intervino Griffith,
señalando con un asentimiento hacia el monitor—. Esa
Nave de Descenso comercial ya casi ha llegado.
Lord Olin Vogel frunció el ceño, luego se alejó hacia
otra consola de monitores, arrastrando su
descompuesta dignidad. A las espaldas de Vogel, Griffith
hizo un gesto a Ari. Sentado en la consola de
comunicaciones al lado del tutor, el tech jefe Riviera no
pudo ocultar su propia risita.
Grayson estaba completamente falto de interés por la
política, pero encontraba la presencia del Diputado
Vogel con la lanza molesta. Había llegado desde
Tharkad unos 80 días estándares antes, rebosando con
planes para forjar una alianza con el cercano imperio
estelar de un fastidioso Rey Bandido. A ninguno de los
hombres o mujeres de los Comandos de Carlyle le
gustaba el arrogante y estirado vizconde; y la etiqueta
formal necesaria para tratar con el emisario personal de
Katrina Steiner a menudo no llegaba a ocultar sus
miradas ceñudas. Pocos en la unidad estaban de
acuerdo con el plan de Vogel para pacificar este sector.
Por suerte, eso no tenía nada que ver con Grayson.
Miró fijamente por encima del hombro de Ari hacia un
monitor de la consola:
—¿Qué pasa?
—Si hubieses estado aquí a tiempo, no tendrías que
preguntar. Tu padre está en el espaciopuerto. La
lanzadera Mailai ha entrado en la atmósfera y debería
aterrizar en . . . aproximadamente diez minutos.
El monitor mostraba la vacía extensión de
ferrocemento del espaciopuerto. La imagen se movía de
una forma peculiar, hacia arriba y hacia abajo, debido a
las sacudidas de la cámara de transmisión, colocada
sobre un BattleMech.
Grayson no necesitaba ninguna explicación de la
escena del monitor. La cámara que transmitía esa
poderosamente cambiante imagen estaba montada
sobre el BattleMech líder de la unidad, un Phoenix
Hawk, una máquina de combate andante de 45
toneladas llena de cicatrices de batalla y continuamente
remendada y renovada. Y el padre de Grayson estaba
en los controles.
Griffith frunció el ceño ante la imagen:.
—Aun deseo que hubiese podido llevar los cuatro
'Mechs.
Riviera se encogió de hombros:
—El Shadow Hawk está en el Hangar de Reparación, y
el Capitán quería los Wasps de patrulla por la ciudad,
solo por si acaso. —Hizo un leve gesto señalando a
Vogel, que aun estaba de pie junto a una consola
cercana. — ¡ESE no iba a ver su plan saboteado por
nada!
Griffith observaba al diputado del gobierno con ojos
estrechos:
—¿Teníamos que enviar ambos Wasps de patrulla a
Sarghad?
El tech puso cara de disgusto:
—¿Quién sabe? Ninguno de los nativos está
demasiado feliz con este acuerdo.
—Tampoco yo lo estaría —dijo Ari—. La línea entre un
imperio interestelar legítimo y una pandilla de bandidos
puede ser bastante delgada en estos tiempos. Los
trelanos tendrán que vivir con ellos cuando nos
hayamos ido. Tienen derecho a estar asustados
respecto del viejo Hendrik y sus . . . intenciones.
La reunión de este momento sellaría un pacto,
enormemente disputado, entre la Mancomunidad de
Lira, que estaba usando a los Comandos de Carlyle
como guarnición en Trellwan, y el nuevo y floreciente
imperio de Hendrik, el Rey Bandido de Oberon VI.
Resultaba inoportuno que los nativos de Trellwan no
sintiesen amor por las legiones de Hendrik, pero eso no
afectaba a las negociaciones secretas ni una pizca.
Una voz profunda resonó desde los altavoces por
encima de sus cabezas:
—Estoy en posición.
Riviera se inclinó hacia delante y pulsó una placa de la
consola:
—Riviera por un canal privado. Su hijo está aquí,
Capitán.
La voz del Capitán Durant Carlyle surgió del altavoz
de la línea privada de la consola, y todavía resultaba
molestamente alta en el silencio que había caído sobre
el Centro de Mando de Combate:
—Oh, está ahí, ¿verdad? Dile que se ha ganado cinco
horas extras en el simulador esta semana.
Riviera sonrió mientras sus ojos parpadeaban al mirar
de nuevo a Grayson:
—Mensaje recibido, Capitán.
Grayson frunció el ceño, pero no dijo nada. Todavía
dolía estar tan sujeto a la disciplina como cualquiera de
los soldados de infantería de la lanza, pero había
aprendido a no protestar por ello. Los MechWarriors
eran, después de todo, la elite. Eran como modernos
caballeros que soportaban el destino de las batallas
sobre su hombro, y estaba entrenándose para ocupar el
puesto de su padre en los controles de un BattleMech
algún día. ESE BattleMech, en realidad: el Phoenix
Hawk.
En cualquier caso, el tiempo de simulación no era tan
malo, como lo eran los castigos. A Grayson no solo le
gustaba el simulador, sino que era bueno en él. Era la
cosa más cercana a pilotar un 'Mech en combate sin
estar realmente allí. El único problema era que las cinco
horas se descontarían de su tiempo libre con Mara. Pero,
por otro lado, ya se habían despedido, ¿no?
Era gracioso lo segura que había estado Mara de que
él no iba a dejar Trellwan, después de todo; pero ella
solo tendría que olvidarse de él, pobrecilla. La siguiente
parada para los Comandos de Carlyle era la capital de la
Mancomunidad. Bien, ESE sería un servicio decente,
¡vaya cambio! Nunca había estado en Tharkad, pero los
soldados que habían estado estaban más que deseosos
de contar historias sobre el lugar. El mundo podía ser
frío y rocoso, pero la vida nocturna en la zona exterior
del puerto estelar de la capital tenía una reputación
decididamente cálida. Esperaba con impaciencia estar
allí.
Grayson había llegado a estar muy cansado de
Trellwan, que poseía una sucesión interminable de
largos ciclos de oscuridad y luz. Ciclos que se
arrastraban en años tan cortos que las estaciones iban y
venían en pocos días:
—Ari, mi padre tiene bien controlado el resultado de
este pacto, ¿verdad? Quiero decir . . . esto quiere decir
que dejaremos Trellwan, ¿verdad?
—Esta reunión lo hará oficial, Amo Carlyle, con nada
más que hacer que un cambio ceremonial de la guardia.
No se puede tener mayor control.
Grayson observó la imagen del monitor:
—Pero ¿puede ir algo mal?
Ari se encogió de hombros de forma expresiva:
—Cuando trates con bandidos de la Periferia, debes
mantener una mano en tus expedientes financieros, y la
otra en tus ojos.
—¿Mis ojos?
Dientes blancos relucieron en la oscura faz de
Aristobulus:
—Para que no te roben por estar ciego.
—Es mejor aun pegarles un tiro a todos —dijo Griffith.
Estaba claramente, como mostraba su mirada ceñuda,
disgustado con la situación.
—Eso supondría muchos disparos, mi musculoso
amigo. Y, quizás, con este tratado de Vogel, no lo
tendremos que hacer. Luego, a cambio, puedes gastar
tu tiempo disparando a los Kuritanos.
—Ah, bien, ¡perfecto! Tienes una forma de encontrar
el lado positivo de todo, Ari.
Se rieron, pero el Maestro de Armas aun estaba
preocupado. La preocupación iba con su titulo y
graduación, por supuesto; pero la situación era
delicada. Considera, como le gustaba decir a Ari durante
sus momentos más pedantes, al sistema de Trell, que
cae en las desiguales fronteras de la Mancomunidad de
Lira, como un centinela aislado contra un
inconcebiblemente grande y vacío desconocido. Hacia el
interior se encontraba el así llamado espacio civilizado,
la Esfera Interior; donde la Mancomunidad de Casa
Steiner y otros cuatro combatientes herederos de una
rota Liga Estelar se peleaban o maniobraban para lograr
una breve ventaja en la posición armada o diplomática.
A sus espaldas yacía un desierto de mundos
desconocidos o largamente olvidados, la oscuridad del
vacío, la turbulenta multitud de insignificantes tiranos y
Reyes Bandidos formando imperios de mala muerte a
partir de las ruinas de una gloria pasada rota por la
guerra.
Hendrik III era un rey bandido, y sus incursiones en
busca de agua y desechos tecnológicos habían atacado
veintenas de mundos, tanto en el espacio lirano como
entre los otros sistemas del vecino Condominio
Draconis. Fueron tales incursiones las que habían traído
a los Comandos de Carlyle al interior de Trellwan por
primera vez cinco años estándares antes. Y, en el
ínterin, se habían producido algunas duras peleas entre
los incursores bandidos y la guarnición de Trellwan.
De algún modo, entre incursiones, Hendrik había
forjado una alianza nada segura de una docena de
Reyes Bandidos, una alianza que había hecho al tipo
una potencia digna de consideración . . . y precaución.
La coalición, que había establecido su centro en la
capital de Oberon VI, de Hendrik, controlaba la
capacidad de transporte y de potencia de fuego de una
Casa menor. Eso era algo en lo que simples bandidos no
podían haber creído.
Olin Vogel había llegado desde Tharkad con un plan;
un plan que acabó alisándose con la apariencia del tacto
diplomático. Tratando a Hendrik III solo como otro Rey
Bandido, pagando una incursión con otra y un desafío
con otro, la Mancomunidad simplemente obtendría más
incursiones y desafíos. Esto exigiría más tropas de
guarnición desplegadas a lo largo de más mundos secos
y medio olvidados situados a lo largo de la Periferia de
la Mancomunidad. Pero tratar a Hendrik como un
gobernante de una Casa, tratarle como señor de un
imperio tan legitimo como la Mancomunidad al sugerir
un pacto de defensa mutua con generosas garantías e
incentivos territoriales . . . eso cambiaba la situación, y
para mejor.
Las maniobras de Vogel habían consumido la mayor
parte de dos años locales, lo que casi suponía tres
meses estándares. Como ningún lado confiaba en el
otro, una casa comercial local, la Casa Mailai, había sido
contratada para transportar a los negociadores entre
Trellwan y Oberon VI. Ninguna parte estaba preparada
para permitir que Naves de Descenso fuertemente
armadas del otro lado aterrizasen en territorio local. Aun
peor, Hendrik ya tenía un tratado ( o, al menos, un
basto entendimiento) con el Condominio Draconis; y el
Condominio estaba en guerra con la Mancomunidad de
Lira. Técnicamente, esto hacía de Hendrik un enemigo,
aunque no uno particularmente activo. Había llevado
tiempo, y la más fugaz de las mercancías humanas —la
confianza—, pero al menos se había logrado, de forma
complicada, un pacto.
Con la Concordia de Trellwan, Hendrik se convertiría
en socio y aliado de la Mancomunidad de Lira. Ahora
serían las Naves de Salto y los batallones de 'Mechs de
Hendrik los que protegerían los mundos periféricos de la
Mancomunidad en este sector, liberando así a las
guarniciones de Steiner allí situadas para prestar
servicios en la Esfera Interior contra las últimas
maniobras del Condominio Draconis. Esto desanimaría
más incursiones de los bandidos porque el brazo militar
del pequeño imperio de Oberon ya se había extendido
hasta el límite.
A cambio, Hendrik ganaría mas mundos que gobernar,
más recursos que sangrar. Trellwan era uno de esos
mundos, un pequeño peón en un juego político
ejecutado a lo largo de años luz. La propia población
nativa de Trellwan estaba gobernada por un reyezuelo
llamado Jeverid, un hombre que había jurado lealtad a
Casa Steiner y a la Mancomunidad, pero eso ¿qué
importaba? Cuando se comercia con mundos, los deseos
de los individuos no cuentan demasiado. Además,
Trellwan aun pertenecería técnicamente a Casa Steiner.
Ese era el acuerdo. La única diferencia era que, ahora,
los 'Mechs y soldados del puesto de avanzada serían de
Hendrik y no de la Mancomunidad.
Las negociaciones por ambas partes habían supuesto
duros obstáculos para dicho acuerdo. En realidad, el
peor problema había llegado cuando rumores de las
negociaciones secretas se habían, de algún modo,
divulgado entre los trelanos, que eran los confiados
objetos de la planificada transferencia de poder y
posesiones. El personal del Capitán Carlyle había
intentado que los trelanos estuviesen ignorantes del
acuerdo hasta después de que se alcanzase. Después
de todo, nada cambiaría para ellos. Una lanza de
guarnición en el Castillo era prácticamente igual que
cualquier otra. Pero Hendrik había hecho incursiones en
Trellwan en el pasado, y la Concordia podía ser
interpretada erróneamente por Jeverid y los más
imprudentes de su pueblo, si se enteraban de ello
demasiado pronto.
Los asesores de Carlyle habían estado acertados.
Cuando las noticias del inminente acuerdo alcanzaron al
pueblo de Sarghad, en la base de la montaña donde
montaba guardia el Castillo, los motines se habían
producido por toda la ciudad; y los fuegos habían
tornado esa cálida Primeranoche en día. Los dos 'Mechs
ligeros de la lanza se habían visto obligados, desde
entonces, a realizar servicios de patrulla en la ciudad
casi de forma constante.
La Seguridad de la Casa aun no había sido capaz de
descubrir la fuente de esa fuga. Eso presagiaba males
para el futuro, y se añadía a las preocupaciones del
Sargento Griffith.
—Maldición —dijo Riviera, mientras tocaba un botón
cambiando de una posición a otra—. Hemos perdido
algunas cámaras de seguridad.
—¿Eh? ¿Dónde?
—Hangar de Reparaciones. Estoy comprobándolo. —
Se llevó los dedos de la mano derecha a la oreja,
escuchando por el diminuto altavoz implantado allí—. El
Oficial de la Guardia informa que Mantenimiento apagó
esas cámaras hace unos pocos minutos. Algo sobre un
fallo en los circuitos.
Griffith miró preocupado:
—No me gusta eso.
—¿Quieres hablar con el Capitán? —Riviera dirigió las
manos hacia el panel de comunicaciones de nuevo.
El Sargento miró el monitor, donde las estelas de la
llama de fusión dejada por la descendente Nave de
Descenso iluminaban el cielo:
—No, no le molestes. Envía un aviso a todos los
puestos de vigilancia. Seguridad interna, alerta amarilla.
Grayson se preguntó como ayudaría eso. Todos los
puestos estaban ya en alerta, observando el descenso
de la Nave de Descenso Mailai.
En sus monitores, podían ver las achaparradas piernas
hidráulicas de la Nave de Descenso, desplegadas como
paneles que florecían, abrirse a lo largo de la amplia
base. Con un chorro final de luz y ruido, se posó sobre el
ferrocemento ennegrecido y chamuscado a unos 500
metros de la posición de Carlyle. El navío tenía
aproximadamente la forma de un huevo y era muy
viejo.
Continuos remiendos y brochazos de pintura
reparadora marrón desfiguraban la una vez lisa y
brillante superficie, y el blasón de una X azul rodeada
por un circulo de Casa Mailai era la única nota brillante
en un casco desteñido y devastado por incontables
despegues y aterrizajes.
La voz de Carlyle llegó por la conexión de
comunicaciones:
—Capto la baliza del DI de aterrizaje. Corresponde al
buque de carga de Mailai.
La parte más inestable del equilibrio de confianza
entre los dos nuevos aliados era permitir que las Naves
de Descenso aterrizasen en suelo local. Dado que los
navíos de las principales casas podían llevan montado
un armamento formidable, podían transportar
batallones de BattleMechs y pequeños ejércitos de
soldados y pesados vehículos de combate, dicha
confianza so se había logrado de forma fácil. Ahora
había armas apuntadas sobre el navío posado en el
suelo. Por supuesto, las torretas de láseres y las baterías
de misiles pesados que rodeaban el espaciopuerto y
servían como línea interior de defensa de la estación.
No obstante, los defensores de la base dejaron escapar
un suspiro colectivo de alivio ante la visión del blasón
recientemente pintado de Mailai sobre las curvadas
láminas del casco de la nave, y ante el gorjeo en clave
del ordenador ante la baliza del DI de la nave. Había
torretas de rayos incorporadas en el blindaje lleno de
agujeros del navío, pero no el armamento pesado de
una nave de guerra de una Casa principal. Solo era un
buque de carga, viejo, maltrecho y que llevaba a los
representantes de más reciente aliado de Casa Steiner.
Grayson y los miembros del estado mayor de la lanza
observaban como el Phoenix Hawk de su Capitán empezaba
a dar zancadas a través del ferrocemento hacia la nave que
surgía por encima de él.

******

En el Hangar de Reparaciones, el traidor miró por encima


de la parte superior de la parcialmente desmontada consola
en la que trabajaba y vio al Oficial de la Guardia con los pies
aun subidos sobre la mesa, dándole la espalda al astech. El
monitor mostraba las luces del espaciopuerto, el cansino
movimiento de un lado a otro de un 'Mech pesado
tambaleándose a lo largo del pavimento y el estabilizado
bulto de la Nave de Descenso posada en el suelo sobre
pilares de luz blanca. El trelano comprobó sus ordenador de
muñeca, y vio como los últimos segundos parpadeaban
hasta acercarse a cero.
Había llegado el momento de actuar
3

El traidor sacó un pequeño generador portátil de la bolsa


de lona de encima de su hombro. En sí mismo, el dispositivo
resultaba inocente. Los astechs, a menudo, llevaban
generadores para tareas que exigían luz y energía en
espacios estrechos. No se lo puso en la espalda porque los
arneses habían sido sustituidos, pero lo sujetó, por ello, en
su cinturón de herramientas de modo que pudiese colgar
libre sobre su cadera derecha. Un extremo del alimentador
de energía lo metió en un enchufe de bayoneta. El otro
extremo del alimentador lo hizo descansar en la base de un
cilindro delgado. Un giro del cilindro hizo salir la hoja y la
dejó trabada.
El trelano se puso en pie con lentitud, mientras
clavaba sus ojos en la parte de atrás del cuello del
oficial de guardia. La espada en la mano derecha, buscó
a tientas a lo largo de su cuerpo para pulsar el botón de
energía con su mano libre.
Notando que algo iba mal, tal vez cierto movimiento a
su espalda, el oficial de guardia se dio media vuelta,
haciendo luego un giro para ponerse de pie ante la
visión del astech, con la espada en la mano,
dirigiéndose hacia él. Mientras la silla del oficial se
volcaba ruidosamente, la mano del traidor encontró el
botón de energía de su espada gris plomo, y un
zumbido peculiar llenó la estrecha habitación.
Las vibroespadas son extraordinariamente eficientes
en combates cuerpo a cuerpo. La energía del paquete
de la espalda es transformada en ultrasonidos que
hacen vibrar la hoja de carburo de tungsteno más
rápido de lo que el ojo puede ver. En segundos, la
fricción pone tan candente la hoja vibrante que es capaz
de rebanar el acero templado como si fuese
mantequilla.
El oficial buscó la pistola en su pistolera, pero
colisionó con la consola a su espalda antes de que
pudiese liberar la pistola y sacarla. La zumbante espada
del trelano acuchilló hacia fuera y hacia abajo, cortando
a través del bronce del cañón, de la carne y del hueso.
El oficial chilló, con dedos ensangrentados apretados en
su pecho; luego, se cayó hacia atrás sobre la consola,
de nuevo. El traidor avanzó, con la vibroespada
acuchillando de un lado a otro una vez más, para
silenciar brutalmente el grito final.
El traidor apagó la vibroespada, aseguró el
alimentador de energía y metió el arma en una aislada
vaina para espada del cinturón; poniendo mucho
cuidado en no tocar la hoja. Con rápidos y precisos
movimientos, examinó la consola de instrumentos,
encontrando, al fin, un único botón blanco que pulsó
hacia abajo y mantuvo así. De bastante lejos y por
encima le llegó el sordo rechinar de la maquinaria. A lo
largo del Hangar de Reparación, al otro lado de donde
se encontraba la forma de ballena varada del 'Mech
desmontado, el muro de metal empezó a hacer el ruido
de apertura, dividiéndose a lo largo de una juntura
repleta de remaches. En la consola, una luz roja de
alarma centelleaba, y la voz de una mujer empezó
desde algún sitio:
—Peligro. Peligro. Rotura de seguridad en el Hangar de
Reparaciones. Muro exterior abierto. Peligro .
La arena giraba a través de la pared abierta, entrando
volando con un frío viento por debajo de cero. El traidor
entornó los ojos, detectando un vacilante movimiento
en el exterior; luego, escurridizas formas entre las
sombras. Soltó el botón, caminó por encima del cuerpo
salpicado de sangre y vísceras del oficial de guardia, y
volvió caminando a bajar los escalones hacia la cubierta
principal.
El tech que había estado trabajando en el 'Mech de
abajo corría hacia el pasillo principal cuando algo lo
cogió por la región lumbar, lo levantó y lo tiró
estrellándolo contra el muro. Luego, uno de los astechs
que estaban sobre el pecho del 'Mech gritó y saltó cinco
metros hasta el suelo, mientras el otro trataba de
buscar a gatas la seguridad por detrás de una plancha
de acceso abierta. A continuación llegó el agudo siseo
de un disparo con silenciador, la discordante conmoción
producida por el lanzamiento de una granada. Un grito
se alzó desde algún sitio, pero fue, gracias a Dios,
cortado por una segunda explosión y el siseo parlanchín
del sonido contenido de las armas automáticas.
En ese momento, hombres con pulcros uniformes
azules y grises habían entrado repentinamente a través
de una puerta situada en el otro extremo del Hangar de
Reparaciones, con las pistolas tronando. Un atacante de
atuendo negro se tambaleó hacia atrás mientras otro
hacía tambalear algo que fue dando sacudidas a lo largo
del suelo. Luego siguió un estallido y un viento
sensacional que pegó el mono del traidor contra sus
piernas. Al momento siguiente, los pulcros uniformes
grises dejaron de existir, salvo como jirones sangrientos.
El trelano bajó de la escalera de mano y sintió la hoja
en su garganta antes de percibir al hombre que la
empuñaba:
—¡Cazador! —dijo asfixiándose—. ¡Cazador! —La
presa del atacante se aflojó.
—¿Usted es Stefan? —La voz era curiosamente plana.
El trelano asintió, frotándose la garganta. Escuadras
de atacantes, vestidos con atuendos negros bien
ajustados, pasaban a su lado corriendo. Uno de ellos se
paró delante de Stefan, su cara totalmente oscurecida
por un anodino plástico negro, con una ametralladora
con silenciador en el puño enguantado. La abultada
bolsa de tela negra a lo largo de su espalda desplegaba
una sensación de amenaza.
—¿Usted es el traidor?
El trelano asintió de nuevo, indeciso. El acento del
atacante era extranjero y difícil de entender, su
comportamiento inesperadamente duro.
—Vamos.
En el pasaje, solo había cuerpos girados y empapados
de sangre y las silenciosas formas de los atacantes de
atuendos negros. Uno, que Stefan supuso que debía ser
el líder, daba ordenes y señales prácticamente
silenciosas a grupos agachados de comandos,
enviándolos hacia delante a los distintos ramales de los
corredores con letal eficiencia.
—Póngase esto. —El líder entregó a Stefan una
mascara respiradora de peso ligero de una bolsa.
Resultaba incluso más difícil ver las sombras negras
bajo el tinte ámbar pálido de las gafas amplificadoras de
la máscara. La sangre, notó, se convertía, a través de
las gafas, en un negro impecable y lustroso; y el pasaje
tomó una cualidad estremecedora bajo la luz fantasmal.
— El Centro de Mando. Llévenos.
Stefan asintió:
—Dos niveles por encima. ¡Por aquí!

******

El ataque era anunciado por el chirrido de un silbato


de alarma y el sonido de botas arrastrándose sobre
suelos sin baldosas mientras las escuadras de hombres
corrían hacia sus posiciones. Desde arriba, la voz de
mujer continuaba el paciente anuncio:
—Alerta, alerta. Penetración de la seguridad en los
sectores cinco y seis.
—He perdido el Hangar de Reparaciones —dijo Riviera
—. La conexión de comunicaciones ha caído.
Griffith frunció el ceño de forma acentuada,
retorciendo la cicatriz de su cara mientras apretaba la
mandíbula, luego se relajó:
—Llama al Capitán. Ari, déjeme su silla.
Ari se puso en pie, y Griffith se deslizó en la silla
vacante situada detrás de Riviera.
Grayson tiró de otra silla de una consola cercana y la
empujó junto a la del Maestro de Armas:
—Griff, ¿quién es? ¿Por qué nos atacan?
—No lo sé, chaval; aunque mis primeros sospechosos
son los trelanos. Riviera, pon a la guarnición en alerta
máxima. Luego, ponme los monitores de las patrullas.
Quiero aumentar las patrullas en la ciudad.
Grayson notó una confusión paralizadora.
Ciertamente, los trelanos no se habían sentido felices
cuando las noticias del próximo tratado con Oberon
habían sido conocidas; pero le costaba creer que eran
ellos quienes les estaban atacando desde el Hangar de
Reparaciones del Castillo. ¿Cómo habían entrado? Esas
vastas puertas corredizas eran a prueba de los ataques
de un 'Mech de ochenta toneladas. Nada por debajo de
una bomba nuclear — totalmente prohibida por los
tratados y el sentido práctico— podía romperlas.
Fijó los ojos en la imagen que aún era transmitida
desde el Phoenix Hawk de su padre. La Nave de
Descenso estaba tan cerca ahora que llenaba toda la
pantalla de metal negro, aunque los datos de alcance
que se mostraban en la parte baja de la pantalla
indicaban que la nave estaba aún a 90 metros de
distancia. Luego, vio abrirse una puerta cerca de la
base, derramando una fuerte luz a lo largo del
pavimento de ferrocemento.
—¡Griff! —El grito salió desgarrado desde la garganta
de Grayson. Una rampa había descendido desde la
puerta brillantemente iluminada, y estaban saliendo
soldados por ella. La pantalla se puso blanca, y la
conexión de comunicaciones abierta escupió la estática
cuando un rayo de alta energía barrió la antena del
'Mech.
—¡Base! ¡Estoy bajo ataque! —Las palabras del
Capitán Carlyle resonaban duras y cargadas de estática
—. ¡Rayos de partículas desde una torreta de la nave!
Las lecturas de un ordenador situadas en un monitor
cercano cambiaron y parpadearon, mostrando una
repentina oleada de energía dentro del Phoenix Hawk,
un rápido movimiento, una doble ráfaga de los
poderosos láseres, montados en el brazo, de la
máquina. El calor interno del 'Mech se elevó cuatro
grados en unos pocos segundos.
El Capitán se movió, haciendo que las imágenes de la
pantalla se volviesen borrosas. Era difícil seguir lo que
estaba pasando en los monitores. Grayson no podía
realmente VER nada salvo giratorios trocitos de las
estructuras de la puerta y la centelleante pulsación de
las detonaciones. Las lecturas del ordenador junto al
monitor de imagen contaban mejor la historia para
aquellos, como Grayson, entrenados para leerlas.
El Phoenix Hawk de Carlyle era un BattleMech de peso
medio, y compartía el patrón humanoide de la mayoría
de los 'Mechs. En la mano derecha portaba lo que
parecía un rifle láser enorme. El 'Mech también llevaba
láseres más ligeros y ametralladoras anti personas en
las prolongadas cañoneras, de una mezcla endurecida,
que tenía en cada antebrazo. Las lecturas mostraban
que tales sistemas armamentísticos estaban encendidos
y moviéndose para alinearse, mostraban las torretas del
buque de carga posado en el suelo situadas bajo el
contorno de las cruces del punto de mira y el continuo
parpadeo de los datos de obtención de alcance y
puntería.
El láser del brazo izquierdo lanzó un rayo de invisible
luz coherente a lo largo de las planchas y láminas del
casco inferior de la Nave de Descenso. Una torreta de
armamento se fragmentó al salir en llamas y lanzó
trozos de metal.
—Comprendido, Capitán. —La voz de Griffith sonaba
tranquila mientras respondía a la declaración de Carlyle
de que el Phoenix Hawk estaba bajo ataque, pero gotas
de sudor habían aparecido a lo largo de sus cejas y
mostacho. Se detuvo para leer un mensaje impreso que
parpadeaba a lo largo de una de las pantallas del
monitor. — El Jefe de Seguridad Xiang está en camino
desde su puesto en la zona de lanzamiento. ¡Estará en
posición de ayudarle en dos minutos!
No hubo respuesta mientras otro rayo de partículas
impactaba en el Phoenix Hawk, haciendo tambalearse a
la pesada máquina y amenazando con fundir el blindaje
ya recalentado. El 'Mech de Carlyle giró, disipando el
rayo asesino, luego, disparó una ráfaga de los láseres
gemelos, rastreando el cañón enemigo gracias al
resplandor infrarrojo del mismo. Hubo una explosión
salvaje mientras candentes fragmentos de varias
toneladas caían como lluvia por toda la zona de
aterrizaje.
Otro hombre se unió al nudo del personal de estado
mayor en la consola. Ernest Hauptman era el piloto de
la máquina numero dos de la lanza. Llevaba su uniforme
de paseo gris con bordes azules de Teniente; la
preocupación colgaba de sus hombros como una capa.
Normalmente, habría estado pilotando el Shadow Hawk
de 55 toneladas que ahora yacía inútil en el Hangar de
Reparaciones. En ese momento, su puesto estaba en el
Mando de Combate, y eso no le gustaba en absoluto.
—Griff, tenemos problemas —dijo Hauptman.
—Los intrusos han llegado hasta la cubierta debajo de
la nuestra. Parece como si estuviesen dirigiéndose al
Mando de Combate.
—¿Quiénes son, Teniente? ¿Trelanos?
El hombre alto agitó su cuerpo:
—No lo sé. Llevan trajes de combate de una pieza. No
podemos tener nada mejor hasta que pillemos a uno.
—Entonces, hagámoslo. —Griffith se puso de pie;
luego, miró a Grayson. — Hijo, sería mejor que . .
—¡No, Griff! ¡Ahora no! —Grayson aun estaba sentado
delante del monitor. La pantalla mostraba poco más que
rápidos zigzags de movimiento puntuados por la blanca
llama de los misiles estallando y los rayos clavándose.
—Riviera, tengo que irme —dijo lacónicamente el
Maestro de Armas—. ¿Lo sacarás de aquí si la cosa se
pone fea?
—Desde luego, Griff. Estaremos bien. Puede serme útil
en el enlace de comunicaciones.
—Perfecto.
Grayson volvió a centrarse en el monitor mientras
Hauptman y Griffith se alejaban corriendo. La batalla en
el lugar de aterrizaje se estaba desarrollando con una
gran velocidad. El quería hacer algo, ayudar; pero no
había nada que hacer, salvo observar.
El Phoenix Hawk corría, dando zancadas de cinco
metros que reverberaban como el trueno sobre la
explosión y el estruendo de los cartuchos explosivos.
Grayson pensó sobre cuán dependiente era un piloto de
la movilidad de su 'Mech en el campo de batalla. Incluso
más que de su blindaje, porque las ordenes del piloto a
su gigantesco corcel no podían ser previstas con
anterioridad por los ordenadores de control de disparo.
Pero en una batalla a corta distancia, como esta, el
control de disparo podía ser de la variedad de apuntar
en esa dirección y disparar, y aun así acertar.
Un sonido como el rugido de un tornado y una luz
demasiado brillante para aguantarla salieron del
monitor. El Hawk de Carlyle había sido impactado con
fuerza por un misil de medio alcance que provocó una
bola de fuego a lo largo de la parte trasera superior de
su cuerpo y lanzó el 'Mech sobre el ferrocemento.
—¡Papá!
El grito involuntario de Grayson en un micrófono
abierto hizo que la mano de Riviera se apoyase en su
hombro:
—No atasque el enlace de comunicaciones, joven
señor. Eso no puede ayudarle a él.
—L-lo siento. —Grayson luchaba por recuperar el
control. Para él, la batalla nunca había sido tan
dolorosamente personal. — ¡Ha sido golpeado!
La imagen del monitor mostraba el pavimento
moviéndose hacia abajo y alejándose a medida que el
'Mech, tambaleándose, se volvía a poner de pie. El
humo se elevaba en volutas por la escena. A través de
la inestable luz de un fuego que ardía en algún lugar
cercano, Grayson pudo distinguir las revoloteadoras
formas de soldados que corrían entre las sombras.
—Estoy bien, hijo. —La voz de Carlyle a través del
enlace de comunicaciones era tranquila, aunque
Grayson notaba la tirantez de la tensión de la batalla
bordeando las palabras. — ¿Está ahí Griff?
—Griff está ayudando a coordinar la defensa —
intervino Riviera—. Aquí también somos atacados.
—Maldición. Nos han cogido.
—¿Quién es, Papá?
La imagen del monitor descendió de pronto, cayó en
picado y dio vueltas. Oyeron el traqueteo del estacato
de las pesadas metralletas del Hawk que se abrían
camino hacia los objetivos semiocultos en el humo. Las
balas trazadores flotaban perezosamente a lo largo de
la pantalla mientras rastreaban un vehículo a la carrera
que pasó rozando justo por encima del ferrocemento
sobre ventiladores clamorosos. Un cañón automático
ligero tartamudeó en respuesta desde la oscuridad.
El vehículo aerodeslizado desapareció entre el humo y
las sombras:
—No lo sé, Gray —respondió, al fin, su padre—. No son
comerciantes, desde luego; ¡eso es condenadamente
cierto!
—¿Los piratas de Hendrik? —dijo Riviera.
—No lo sé. Podría ser. Pero ¿por qué? Por todos los
dioses del espacio, ¿por qué?
Grayson miró a través de la sala a Vogel. El
representante de la Mancomunidad estaba paralizado
ante una consola de monitores, con la cara blanca
destrozado. La alianza con Hendrik había sido SU idea.
Riviera siguió la mirada de Grayson:
—Ve como acaba su carrera en esa pantalla —dijo, y
Grayson asintió. El hombre apretaba las manos, lo que
les daba la apariencia de ser presa de algún espasmo
terrible.
Se produjo un agudo centelleo y una explosión que
dejó a los oyentes en el Control de Mando pasmados. El
Phoenix Hawk había caído de nuevo, con media docena
de centelleantes indicadores rojos pidiendo atención. En
la pantalla, Grayson pudo distinguir el metal retorcido,
con la pintura chamuscada y aun ardiendo. Aturdido, le
llevó unos segundos reconocer en los escombros la
mitad del bazo derecho del Phoenix Hawk, con los dedos
de acero aún cerrados a lo largo de la empuñadura del
láser pesado, que ahora yacía sobre el pavimento
totalmente arruinado.
—¿Sargento? —la voz de Carlyle era ahora tensa, casi
imperceptible a través del estruendo de la estática de la
batalla.
—¡Señor! ¿Está usted bien?
—Impacto en el giroscopio . . . fallo en los servos de
babor . . . tengo problemas de estabilización. Parece
como si el brazo derecho y el arma principal también
hayan desaparecido. Estoy . . . bastante mal
Riviera estaba estudiando otro monitor:
—¡Espere, Capitán! ¡Xiang va en su ayuda con la
patrulla de seguridad! ¡Estarán bastante cerca para
ayudarle en unos segundos!
El Phoenix Hawk volvió a levantarse una vez más, y
las lecturas telemétricas mostraron que estaba
disparando en la humeante oscuridad con toda la
rapidez con que la única arma pesada que le quedaba
podía ser recargada; clavando rayos invisibles de luz
láser en los blancos medio percibidos allí donde las
trazadoras del ordenador podían captarlos a partir de
los dispositivos de infrarrojos. Un mosaico infrarrojo
cubría la imagen visible a la luz, captando figuras
corriendo con una luz azul, los candentes géisers de los
motores de los vehículos y la imponente montaña de
calor amarillo que era la Nave de Descenso posada en
el suelo a unos pocos centenares de metros de
distancia. La mayoría del fuego enemigo provenía del
buque de carga, que estaba evidentemente mucho más
armado de lo que cualquier buque de carga tenía
derecho a estar. Carlyle había derribado al menos cinco
torretas que pudo identificar, y el fuego de respuesta
apenas había aflojado en absoluto. Parecía que las
armas de rayos habían sido montadas de forma
provisional en puertos cortados justo en el metal del
casco.
—¿Cuál es. . . la situación . . . en la base? —Las
palabras de Carlyle llegaron ahora en gruñidos, como si
jadease buscando el aire. La lectura del ordenador
mostraba que la temperatura de la cabina subía
rápidamente, lanzada más arriba por cada maniobra,
por cada arma descargada e impacto.
—Un trabajo desde dentro, creo, Capitán. Alguien
desconectó algunas de nuestras cámaras de seguridad
y abrió el cierre exterior del Hangar de Reparaciones. La
lucha se acerca bastante aquí.
—¿Y Hauptman?
—Con Griffith, enfrentándose a los intrusos.
—Dígale . . . que está al mando. Saquen . . . a la lanza
de aquí. No . . . podemos . . . seguir . . . más tiempo . . .
en Trellwan . . .
—¡Papá! ¡Espera! ¡Xiang casi ha llegado!
—Le veo. Sus tropas de despliegan a lo largo del
pavimento. Yo . . .
Hubo un largo silencio:
—¡Capitán! —gritó Riviera.
—Hijo de puta . . . —Las palabras fueron dichas
suavemente, casi de forma reverente. La imagen del
monitor se centró ahora en la base del buque de carga
posado sobre el suelo, en las fauces enormemente
abiertas de una escotilla con una pesada rampa negra
deslizándose sobre el marcado ferrocemento. La capa
superpuesta de infrarrojos daba a la escena una
brillante cualidad irreal, con fuertes colores allí donde
ningún color sería visible normalmente.
Algo estaba bajando por la rampa, negro carbón
contra el brillo amarillo del casco del buque de carga. La
cámara de la imagen se acercó, haciendo que la silueta
se transformase en metal gris y relucientes
articulaciones. Los retículos del sistema de puntería se
encendieron de forma repentina, con cuatro gotas de luz
rastreando para convertirse en una pulsación de luz
justo en el centro del blanco. Las lecturas del dispositivo
láser siguieron parpadeando en un lateral, mostrando
alcance, peso, masa y armamento. Grayson no
necesitaba el DI del ordenador para saber lo que estaba
viendo. Era un 'Mech, de la clase conocida como
Marauder.
El Marauder no compartía la apariencia humanoide de
la mayoría de los 'Mechs. Por el contrario, sus 75
toneladas de armas y blindaje estaban colocadas sobre
un cuerpo como el de un cangrejo montado sobre un
par de descomunales piernas que coleaban hacia atrás
y hacia abajo en una postura en que se inclinaban hacia
delante unos pocos grados.
La máquina era vieja, remendada y grabada con las
señales de frecuentes reparaciones y sustituciones. El
patrón de pintura negro y gris estaba roto en varios
sitios por el óxido marrón y las cicatrices de viejas
batallas. Un par de brazos colgaban suspendidos justo
de delante de las articulaciones de la pierna, cada uno
montando un pesado cañón de partículas y un láser. Las
armas estaban montadas por encima y por
debajo de lugares donde se esperaría que estuviesen
las manos y los antebrazos en un ser vivo. El masivo
tubo de un cañón automático de 120 mm de fuego
rápido, equilibrado sobre el cuerpo, completaba el
armamento de la máquina de batalla.
El Phoenix Hawk era 30 toneladas más ligero,
normalmente bastante más maniobrable; pero aún
gravemente superado por la máquina más grande en
cualquier combate a puñetazos 'Mech a 'Mech. Y el
Phoenix Hawk ya estaba mutilado . . .
—¡Papá! ¿Ves su insignia?
—La veo. —La imagen había captado el brillo de
pintura fresca contra la superficie llena de marcas de la
pierna izquierda del 'Mech enemigo: el estilizado ojo de
un animal coloreado de escarlata y negro, con una ceja
amenazadora y una pupila abierta en hendidura.
Era la insignia del blasón de Hendrik III, Rey de
Oberon, el señor de la guerra bandido con quien el
pacto trelano tenía que haber sido firmado. Detrás del
primer 'Mech enemigo, aparecía la forma ensombrecida
de un segundo y más pequeño 'Mech, seguido de un
tercero. Grayson no estaba seguro, pero pensaba que
una de esas formas era un Stinger, el otro un Locust —
ambos, 'Mechs de 20 toneladas más aptos para la
exploración o el combate con la infantería que para
enredarse con 'Mechs pesados.
Pero, incluso exploradores ligeros, podían unirse
contra un solitario Phoenix Hawk, especialmente cuando
éste era apenas capaz de aguantar o disparar. Fuego de
cañón automático salió del Maurader, y las explosiones
cosieron todo el casco del vapuleado Phoenix Hawk.
—¡Traicionados! —dijo Riviera, y su palma abierta
golpeó sobre la mesa de la consola—. Esos asquerosos,
atacar a traición . . .
—Supongo . . . que esto . . . señala quien está . . .
detrás de esto . . . —dijo Carlyle. — Pero ¿por qué . . .
atacarían . . . ahora?
El Phoenix Hawk abrió fuego con su solitario láser,
luego giró, haciendo una finta. Un rastro de estelas
curvadas se arqueó a través del cielo nocturno desde la
Nave de Descenso, eran misiles de corto alcance
buscando el objetivo solitario. La imagen desentonó y se
puso en blanco cuando, al menos, una de las cabezas
explosivas golpeó el objetivo.
La mitad de las lecturas en el monitor parpadeaban
ahora en rojo. Los circuitos internos del Phoenix Hawk
habían sido vapuleados por una rociada de acero
fundido. Carlyle tenía problemas para mantener el
'Mech erguido. El chillido de protesta de los
servomotores resonó con fuerza a través del sistema de
captación del sonido.
—¡AVISO AL PILOTO! NIVEL DE CALOR CRÍTICO. SE
SUGIERE APAGADO INMEDIATO. —La señal de alarma
latía con luz carmesí a lo largo de la parte superior de la
pantalla, y Grayson podía oír el fuerte rebuzno de una
sirena de embarque.
El patrón de las luces indicadoras cambió. Carlyle, que
había dado un manotazo al sistema de anulación,
levantaba el brazo izquierdo de su 'Mech para atacar al
Marauder.
—¡Jefe! —Riviera gritó en el micrófono de
comunicaciones—. ¡Salte!
Los retículos de disparo se centraron sobre el
amenazador Maurader, y los puntos de luz se
arrastraban hacia dentro a lo largo de la línea para
fusionarse en el centro del punto de mira.
—¡No tiene bastante energía! —El grito de Riviera era
estridente. Grayson notó un vómito formándose en su
garganta.
Los sucesos de los siguientes instantes ocurrieron en
una sucesión de rápidos disparos, pero, para Grayson,
parecieron avanzar lentamente a lo largo de una
pequeña eternidad. El Marauder se precipitó hacia
delante, recibiendo el fuego del Phoenix Hawk a lo largo
de su torso inferior en una llamarada de luz y calor que
inundó los dispositivos de infrarrojos y dejó la imagen
rota en un deslumbramiento de color aumentado por el
ordenador.
—¡Lo tiene! —alguien en otra consola gritó. Hubo una
ovación cerrada que vaciló cuando la imagen del
monitor cambió hacia arriba, más arriba, para mostrar al
Marauder aun intacto y amenazador sobre el Phoenix
Hawk, que yacía impotente sobre su espalda. Luego, un
masivo antebrazo descendió como una avalancha de
acero. El monitor parpadeó hasta ponerse totalmente
negro. Todo ello antes de que los ojos o las mentes
pudiesen descifrar esa confusión de imágenes en tropel.
Un sonido animal partió de la garganta de Grayson
mientras se ponía en pie, con las palmas agarradas a la
estructura del monitor:
—¡No! —gritó.— ¡No!
La voz de Riviera, meticulosa en los controles, se
elevó por encima del silencio de una sala
repentinamente callada:
—PXH-Uno, PXH-Uno, aquí Control. Responda si
puede. Corto.
No hubo respuesta, y el silencio se hizo mayor. Los
ojos de Grayson abrasaban, y tomó conciencia de que
su cara estaba mojada con las lágrimas.
Su padre estaba muerto.
4

—PXH, PXH . . . —La voz de Riviera crujía. — Jefe,


¿está ahí?
—Control, aquí Xiang. —Las palabras eran poco
nítidas, a causa de la estática y el estruendo de las
continuas explosiones de la batalla. — El Jefe ha caído.
No hay nada que podamos hacer. Esos 'Mechs ligeros se
acercan a nosotros. Nos retiramos.
El silencio en Control se arrastró durante varios
segundos interminables. Luego, Riviera se inclinó sobre
el micrófono:
—De acuerdo, Rama. Regresa al Castillo. Aquí estamos
sufriendo un fuerte ataque.
—Lo intentaremos, Control; pero están entre nosotros
y el Castillo.
—¡Maldición! —Murmuró Riviera. — ¡Maldición! Vale,
regresen al puerto. Traten de formar un perímetro.
Alertaré a los Wasps.
Una mano cayó sobre el hombro de Grayson. La
apartó con un encogimiento de hombros, levantó la
vista cuando la notó de nuevo encima.
La cara de Griffith estaba veteada de humo y sudor,
su uniforme arrugado. La mano, que agarraba la
Gunther MP-20, dejaba caer sangre a causa de una
desagradable cuchillada.
—Nos tenemos que ir, Gray. Con rapidez.
—El está . . . muerto. —La impresión había hecho que
Grayson se sintiese frío y aturdido, con un agujero en la
boca del estómago.
—Lo sé. Vamos.
Riviera dijo:
—¿Dónde está el Teniente? El . . . el Capitán dijo que
tenía que hacerse cargo, sacarnos fuera de este mundo.
Griffith señaló con un tirón de su cabeza más allá de
su hombro:
—Escaleras abajo. Estamos aguantando, creo; pero
son demasiados. —Griffith se giró y levantó la voz para
dirigirse a toda la sala de control. — Bien, ¡escuchen!
Vamos a descender por el corredor A hasta el Hangar de
Vehículos. El Teniente Hauptman mantiene un perímetro
para nosotros. ¡Tendremos que ser capaces de montar
en TADs{ii} y desde allí llegar al puerto!
—¿Qué pasa con nuestras familias? —La voz solitaria
crujió sobre la pregunta que se reflejaba en los ojos de
muchos de los técnicos y soldados que había alrededor
de la sala. Allí donde estacionaban, los Comandos de
Carlyle llevaban un pequeño ejercito de personal
técnico y de apoyo, incluyendo las esposas, los maridos
y los niños de muchos de los miembros de la unidad. La
mayoría de ellos eran también miembros de la
compañía de apoyo de los Comandos; realizando
labores de médicos, cocineros, personal de
mantenimiento, ordenanzas o tutores para los niños.
—Ya están en camino —dijo Griffith—. No os
preocupéis. No dejaremos a nadie atrás. ¡Los Comandos
se preocupan de los suyos!
Hubo una ovación apagada, luego, hombres y mujeres
empezaron a apagar sus monitores y equipo de
comunicaciones mientras enfilaban hacia la puerta.
Vogel se dirigió caminando al lado de Griffith: —Suboficial,
desearía una escolta especial y un aerodeslizador para mi,
en seguida.
—Sí, señor, le cuidaremos. Vendrá con el resto de
nosotros. No tengo hombres para una escolta . . .
—¡Espero que mis ordenes sean obedecidas, Señor! —
Vogel luego señaló hacia un grupo de soldados que estaban
de pie, claramente sorprendidos, ante la puerta con rifles de
asalto TK en las manos. Sus caras estaban manchadas de
grasa y sus ojos hundidos detrás de los grandes cascos de
batalla con viseras de plástico: —Esos cinco. Ellos lo harán.
—Están conmigo, mi Lord. Nos protegerán a todos en
nuestro camino hacia el Hangar de Vehículos.
—Ahora atienda . . .
La pistola ametralladora se levantó, pequeña y terrible en
la zarpa manchada de sangre de Griffith: —Mi Lord,
¡CÁLLESE, COJONES! ¡Y alinéese con el resto! ¡MUÉVASE!
El grupo pasaba por el corredor, los ecos desiguales de
sus pies corriendo llenando el pasaje de ruido. El pasillo
daba varias vueltas más allá de las ahora abandonadas y
llenas de escombros salas, giraba escaleras abajo hasta la
planta por debajo del nivel 2 del Hangar y hacía un ángulo
para girar de nuevo hacia el Hangar de Vehículos. Grayson
se quedó al lado de Griffith en la retaguardia de la columna,
con los cinco soldados jóvenes. Vogel, según vio, estaba con
Riviera y Ari muy cerca de la cabeza del grupo, pero con el
ceño fruncido a causa de la ofensa contra su dignidad.
Eso significará problemas para Griff, pensó Grayson.
Problemas para todos nosotros. Su mente volvió a repetir la
explosión que se había llevado a su padre. ¿Cómo y por qué
había sucedido? El pensamiento del BattleMech de su padre
yaciendo en una retorcida ruina, allí fuera en las faldas del
espaciopuerto, una tumba para lo que quedase del cuerpo
de Durant Carlyle, desgarraba la mente de Grayson. De
repente, empezó a recordar unos raros pequeños
momentos. Su padre entregándole la solicitud de
aprendizaje cuando el tenía diez años y la oleada de orgullo
aun recordada. La cenicienta cara de su padre en el funeral
de su madre justo antes de que llegasen a Trellwan hacía
cinco años. Su padre discutiendo el programa de educación
de Grayson con Ari y Griff en la sala de oficiales, aquí en el
Castillo y justo después de haber llegado.
Durant Carlyle había sido un elemento fijo, permanente e
inalterable en la vida de Grayson. Aunque siempre había
estado ocupado con los interminables asuntos de organizar,
suministrar y liderar una lanza de BattleMechs de Casa
Steiner, la sonrisa y la constante calidez en esos ojos
siempre habían estado allí para su hijo.
Ahora ya no estaban más. Grayson las había dado por
supuesto, y su pérdida originó una herida tan profunda y tan
contundente que aún no podía ni sentirla. Solo podía
repetirse, para sí mismo, atontado: —Papá . . .
El Hangar de Vehículos estaba atestado de hombres,
mujeres y niños esperando embarcar en los TADs, vehículos
aerodeslizados de transporte capaces de llevar entre 25 y
30 personas cada vez. La totalidad de los ventiladores de la
cámara estaban ya girando, llenando la sala con el alto
zumbido de los múltiples motores.
Un sargento saludó a Griffith mientras entraban en la sala:
—Hemos enviado exploradores a lo largo de la
carretera. Parece libre.
—¿Y los dispositivos de infrarrojo y de movimiento?
—Todo claro, Maestro de Armas.
—Bien. Tal vez no esperaban que esto tuviese éxito.
Puede que la carretera hacia el puerto no esté aun
cubierta. Pero quiero la caravana cubierta por cada
TAAD que tengamos. —Los transportes de armas, que
ya estaban en movimiento, eran pequeños artefactos
aerodeslizados que portaban afustes de misiles o armas
de rayos y una dotación de cinco o seis soldados cada
uno. El sonido agudo de los motores del artefacto
aerodeslizado aumentó de tono, y la primeras máquinas
salieron saltando sobre sus pesados neumáticos de
goma y se alejaron a través de las puertas abiertas
hacia la fría oscuridad exterior.
Vogel estaba allí. Parecía haber perdido algo de su
fanfarronería, pero no el fruncimiento de ceño:
—Ya he tenido bastante de esta estupidez, Maestro de
Armas. Quiero un vehículo aerodeslizado, un piloto y un
guardia. Y los quiero ahora.
Griffith lo empujó a un lado con la pistola
ametralladora, luego gritó:
—¡Brookes! ¡Sargento Brookes! ¿Está listo para
moverse?
Un hombre pelirrojo, claramente ocupado, levantó la
vista desde su zumbante Scout. Era un minúsculo
aerodeslizador de cuatro pasajeros. Un par de soldados
estaban luchando por colocar un láser de peso ligero
sobre un soporte situado en el suelo de popa:
—¡Sí, Griff! ¡En cualquier momento!.
—Llévate al Amo Carlyle.
La conciencia de que Griffith le enviaba a la cabeza de
la caravana se hizo sitio a través del aturdimiento de
Grayson:
—¡Griff, no! Yo . . .
—Vamos, chaval. Te pillaré más tarde. ¡Ahora, de
prisa!
Grayson no escuchó la respuesta de Griffith. El
Maestro de Armas se había girado y alejado de él y se
enfrentaba a Vogel, hablando con calma. La cara de
Vogel se ponía colorada.
—Vamos, Amo Carlyle. La vieja Hattie nos llevará al
puerto a la velocidad de la luz. Aquí. Necesitará esto. —
Le entregó a Grayson una chaqueta térmica contra el
frío y con capucha y unas gafas. La Scout tenía un piso
descubierto, y un viaje a alta velocidad sería
peligrosamente congelador en este clima.
El agudo chasquido de una detonación ensordecedora
golpeó por todo el Hangar de Vehículos, y el humo se
desbordó desde la puerta por toda la sala. Grayson se
giró, con los ojos abiertos de par en par. Vogel yacía
sobre su cara, con Griffith agachado encima de él. Los
cinco soldados se desplegaban en abanico hacia la
humeante puerta.
En ese mismo instante, varias figuras vestidas de
negro entraron a la carrera a través del humo,
vomitando las violentas ráfagas blancas de los disparos
de armas automáticas. Griffith estaba ya arrodillado, la
Gunther equilibrada en la posición de apoyo sobre una
mano, sacada directamente del Manual de BattleMechs.
Disparaba ráfagas cortas y precisas, centrando cada
ráfaga en el pecho de un atacante.
Más atacantes entraban a tropel por la puerta.
Grayson tomó conciencia, con atenuada impresión, que
cada uno llevaba una máscara pesada con gafas que
parecían como ojos de insecto en la escasa luz roja del
Hangar. Se tiraban en el Hangar en precipitados saltos
de cabeza que les hacían rodar sobre un hombro. Los
subfusiles enviaban certeras ráfagas cortas antes de
que la arremolinada multitud de techs y personal de
apoyo pudiese responder. Grayson vio a Riviera caer de
espaldas contra el neumático de un aerodeslizador
parado, leves explosiones escarlatas florecían a lo largo
de su torso desde el muslo derecho hasta el hombro
izquierdo.
Uno de los soldados situado junto al Maestro de Armas
fue lanzado hacia atrás, su cara era una chorreante
máscara de rojo. Dos más se desplomaron donde
estaban erguidos, y los dos supervivientes se dieron la
vuelta y salieron corriendo hacia el aerodeslizador más
cercano.
—¡Griff! —gritó Grayson. Sus dedos estaban en un
asidero del lateral de la Scout aerodeslizada.— ¡Vamos!
—¡Vámonos, hijo! —Brookes apoyó una mano sobre el
hombro de Grayson, su voz denotaba urgencia.—
¡Tenemos que irnos!
Grayson agitó el hombro y, liberado de la mano, volvió
corriendo de prisa hacia Griffith. Conocía a Griffith
desde el mismo momento en que conocía a su padre.
Probablemente había estado con él, cada día, más
tiempo que con su propio padre.
—¡Grayson! ¡Regresa! —El Sargento Brookes estaba
cerca de su espalda. Grayson esquivó la parte delantera
de un transporte aerodeslizado que acababa de
levantarse del ferrocemento, cuyos neumáticos
traqueteaban a causa del exceso de presión de los
estridentes ventiladores. El aire fustigaba los pantalones
de Grayson contra sus piernas, y el agudo ruido de los
ventiladores ahogaba el traqueteo de los disparos de las
armas pequeñas por todo el Hangar. Figuras negras
continuaban atravesando desde la puerta del pasillo.
Grayson reconoció un rifle TK que yacía en el
ferrocemento, agarrado por la estirada mano del
soldado que lo había llevado. Grayson nunca había
disparado uno en combate, pero había practicado con
ellos bastante a menudo en el campo de tiro bajo los
agudos ojos y lengua de Griff. Comprobó la colocación
del cargador de 80 balas en la ranura correspondiente,
situada detrás de la empuñadura para la mano del
gatillo; comprobó que el seguro estaba quitado, niveló
el cañón hacia las negras figuras en el lado opuesto y
apretó el gatillo.
Los TKs disparan vainas de 3 mms sin funda de metal
blando y explosivos de alta velocidad que se hinchan al
impactar y se transforman en soles en miniatura que
destruyen los tejidos. Casi silenciosos, casi sin retroceso
y totalmente automáticos, cortaron a través de las filas
del enemigo como un láser de hiperpulso a través del
estaño blando. Grayson movió el cañón del arma a lo
largo de los atacantes, los vio arrojarse hacia atrás, en
el portal abierto, o hacia delante en descuidados
montones sobre el ferrocemento.
Su dedo resbaló del gatillo, la pistola pegó un tirón
hacia arriba y se puso totalmente enhiesta. A las
desconcertantes emociones conflictivas que Grayson
sentía ahora se añadía la toma de conciencia de que
acababa de matar por primera vez.
Griffith se giró y pareció ver a Grayson por primera
vez:
—¡No, hijo! Vete . . .
Mientras hablaba, una ráfaga de balas cogió al calvo
Maestro de Armas por el costado y desde atrás;
levantándolo, haciéndolo girar y lanzándolo sobre el
pavimento en un amasijo de brazos y piernas.
—¡Griff! —gritó Grayson.
Hubo un suave paf y nubes de humo blanco salieron
de explosivas granadas de gas. Grayson probó el
aturdidor sabor fuerte y picante del gas paralizador en
su garganta, se ahogó con los gases acres. Al ver de
cerca las baldosas supo que yacía sobre la cubierta de
ferrocemento del Hangar de Vehículos. Tenía los
músculos agarrotados con un rigor que no podía ser
roto. Ahora apenas podía ver, aunque el quejido de
salida de la caravana de aerodeslizadores era audible. A
su alrededor, oía las toses y los roncos chillidos que
venían de la gente en los aerodeslizadores que no
habían tenido tiempo de huir, mientras los soldados
enmascarados los abordaban a tropel y abofeteaban a
los ahogados prisioneros hasta someterlos. Luego
Grayson no vio nada más.

******

Más tarde supuso que había perdido la conciencia,


Cuando abrió los ojos, el aire era más claro, y podía
moverse de nuevo. Los músculos de sus piernas y
brazos temblaban de forma incontrolada, no obstante, y
Grayson se notó tan débil que apenas podía levantar la
cabeza del pavimento.
Uniformes negros se movían entre los pocos
aerodeslizadores que quedaban, llevando en manada a
pequeños grupos de prisioneros hacia la puerta que
conducía al corredor principal. El aire frío entraba desde
las puertas abiertas del Hangar y, a medida que lo
tragaba, la visión y la mente de Grayson se aclaraban, y
el espasmo muscular disminuía. Se obligó a si mismo a
levantarse.
Kai Griffith estaba cerca, apoyado contra un
aerodeslizador volcado. El Maestro de Armas parecía
estar vivo, aunque su uniforme estaba empapado de
sangre y su piel más pálida que la de un nativo de Trell.
Su pecho se movía en un bajo ritmo entrecortado; su
respiración era poco profunda y rápida. Llevó cierto
tiempo para que la toma de conciencia penetrase. ¡Griff
estaba vivo!
También llegó a tomar conciencia de uno de los
atacantes en particular: un hombre alto todo de negro,
con la cara tapada por un mascara sensorial de metal.
Grayson no necesitó ver la estrella de plata en su
garganta para saber que era el comandante de la fuerza
de asalto enemiga. El hombre era ayudado por un
pequeño grupo de soldados vestidos con camuflaje, y
parecía estar interrogando a un puñado de andrajosos
prisioneros. Una pareja de atacantes levantaron a un
prisionero, arrojándolo delante del comandante.
Cuando el hombre dijo:
—Soy el Vizconde Olin Vogel. —Grayson se sobresaltó.
El prisionero estaba sucio, desaliñado e irreconocible.
Sus manos estaban atadas a su espalda, y no llevaba ni
una capa ni galas. — Soy un representante de la
Mancomunidad y, como tal, espero ser rescatado. Estoy
seguro de que mis representados serán capaces de
hacer una oferta generosa por mi liberación.
El comandante hizo una pausa, como si considerase la
oferta, aunque resultaba imposible leer su expresión a
través de la inexpresiva máscara sensorial. Era una
práctica común que los prisioneros importantes fuesen
rescatados. La costumbre era lucrativa y evitaba la
matanza descontrolada de nobles o empresarios ricos
capturados.
—He estado en estrecha comunicación con su rey —
continuó Vogel—. El estaría encantado de verme. En
realidad . . .
El comandante sacó una pistola ametralladora de la
pistolera que llevaba bien baja en su cadera, la sostuvo
sobre el pecho de Vogel y apretó el gatillo. Hubo una
irregular explosión, y el hombre cayó hacia atrás con
estrépito con una rociada de sangre. A través de oídos
que silbaban, Grayson oyó el ruido sordo del cuerpo y
un último sonido ahogado que salió de Vogel. Los pies
del hombre se amontonaron sin rumbo sobre el
pavimento por un instante, luego sufrieron una sacudida
y se inmovilizaron.
La visión del despreocupado asesinato de Vogel
congeló a Grayson con tanta efectividad como lo había
hecho el gas paralizador. ¿Por qué había hecho eso el
comandante? Vogel habría supuesto millones para este
pirata . . .
Una mano agarró su antebrazo, levantándolo del
pavimento y poniéndolo sobre unos pies inseguros.
Grayson miró fijamente el liso metal de la máscara del
comandante.
—Ese es el chico del Capitán —dijo alguien. Los ojos
de Grayson se movieron. Era un astech quien hablaba:
su nombre era Stefan. Grayson lo reconoció a pesar de
la grotesca máscara que llevaba el hombre. Lo había
visto alrededor del Castillo después de que la ultima
remesa de astechs reclutados hubiese llegado desde
Sarghad.
Así que este era el delator, el traidor. Un astech, uno
de los trabajadores de dentro del Castillo, había abierto
las puertas del Hangar de Reparaciones y había dejado
que los atacantes entrasen. Y ellos deberían estar
aliados con los 'Mechs que inexplicablemente habían
descendido de la Nave de Descenso. Todo ello había
sido parte de algún plan monstruoso para tomar el
Castillo, destruir a los Comandos de Carlyle y matar a su
padre.
La pistola ametralladora del comandante se alzaba, y
Grayson pensó que ahora lo iban a matar a él también.
Lanzó su pie hacia atrás, estrujando la rótula del
hombre que le sujetaba y rompiendo la tenaza de su
captor. Luego, lo lanzó hacia fuera de nuevo, buscando
la cara del comandante. La impresión, cuando su
oponente bloqueó la patada con un punzante puño
hacia abajo, casi derriba a Grayson. Se giró y embistió
acercándose hacia dentro del alcance del hombre,
usando sus manos para golpear y agarrar en el
inexpresivo visor del casco.
Su oponente gritó cuando las conexiones se liberaron
con un sonido de succión suave y las bisagras de la
placa facial se movieron hacia arriba y hacia atrás de la
mandíbula y la placa salió despedida en las manos de
Grayson. La superficie interior de esa placa estaba
repleta de receptores y un potenciador de alta
tecnología que proyectaban imágenes directamente en
las retinas del portador. Durante un instante, Grayson
vio un cara cabreada con barba negra, cuyos rasgos
eran vagamente familiares y cuyos ojos parecían
prometer una muerte repentina.
Un golpe en el pecho de Grayson lo envió
tambaleándose de espaldas contra la arruinada consola,
donde el comandante le sujetó con la boca de su pistola
sostenida firme y nivelada a un metro del ojo izquierdo
de Grayson.
—¡Singh! ¡Bestia!
El grito había llegado desde la derecha de Grayson.
Grayson se giró, vio horror y rabia y una determinación
al borde de la muerte encendida en la cara de Griffith
que estaba a cinco metros de distancia. El Maestro de
Armas, que se apoyaba sobre un brazo empapado de
sangre, mantenía una pequeña pistola automática en el
otro.
La pistola del comandante disparó primero, tres
rápidos disparos que partieron la tirante cara de Griffith
y abrieron nuevos ríos de sangre que salían desde la
garganta y la abierta boca del Maestro de Armas.
Grayson gritó de forma mecánica y se lanzó hacia
delante. El comandante de desplazó hacia atrás para
cubrirle, con la pistola ametralladora a centímetros de
su cabeza. Grayson se tambaleó hacia la derecha
mientras el arma le golpeaba con un martillazo de
trueno y dolor grave. Su cuerpo golpeó el suelo un
instante más tarde.
5

Grayson fue consciente del ruido antes que del dolor.


Había un murmullo bajo y firme en sus oídos, como
oleaje contra una costa rocosa, pero con un latir rítmico
y firme que resultaba exasperante, hasta que lo
identificó con el latido de su propio corazón. De algún
modo, empero, el dolor había perdido su filo. Dolía, pero
no tanto. No tanto como qué. Luchó con la idea, una
vaga sensación del paso del tiempo, de terror y de
pérdida dolorosa, pero no pudo recordar.
El dolor disminuyó algo. Animado, Grayson abrió los
ojos. Parpadeó ante el resplandor repentino, pero logró
mantenerlos abiertos y con cuidado escudriño las cosas
que le rodeaban. No reconoció la habitación. Paredes
desnudas de yeso, con parches desconchados que
llegaban hasta el techo veteado de madera, rodeaban
muy de cerca su cama. Una mesa, un arcón para la
ropa, sillas y un espejo completaban la lista de muebles.
Una estrecha ventana le dejaba ver un pedazo de cielo
naranja más allá de las motas de polvo que danzaban
en un rayo de luz de color sangre.
Luz. Debía ser . . . ¡la luz del día! ¡La larga noche
había acabado!
Se sentó erguido, de repente; luego, se hundió de
nuevo en la cama, con las manos agarradas a su
mareada cabeza envuelta de dolor. Su cabeza estaba
envuelta con vendas, descubrió. Alguien se había
ocupado de lo que, evidentemente, era una grave
herida en la cabeza.
Una puerta se abrió desde algún lugar a sus espaldas,
y Grayson notó que alguien entraba en la habitación:
—Así que ¡despierto por fin! Pensé que le oí gritar.
Grayson no recordaba haber gritado, pero consideró
que cualquier cosa era posible con la sensación que
tenía en su cabeza. Se giró levemente, y se centró en la
persona que hablaba.
El hombre era un joven trelano, algo más bajo que la
talla larguirucha de Grayson, y más fornido. Tenía unas
manos anchas, de dedos achaparrados, que estaban
manchadas de grasa. Tenía la pálida piel de un nativo
trelano, que parecía aun más pálida al lado del rebelde
cabello negro y de los oscuros y profundos ojos. Llevaba
una túnica informal hasta las rodillas, blanca salvo en un
panel triangular en el hombro que captaba la luz roja y
provocaba patrones de movimiento de cálido colorido.
Los ojos de Grayson volvieron a la cara del trelano. El
reconocimiento llegó desde algún lugar por detrás de su
dolor en el cráneo:
—¡Te conozco! Ah . . . Claydon, ¿verdad? ¡Exacto!
Astech veterano Claydon. ¡Estabas en el equipo de
Riviera!
Claydon inclinó la cabeza con una sonrisa irónica:
—A su servicio, Señor; aunque difícilmente puedo
reconocer ese titulo en adelante. Eso no es
precisamente saludable ahora.
—No . . .¿qué? ¿Por qué?
Claydon agitó un pulgar sobre sus hombros señalando
hacia la ventana:
—No es seguro reconocer que uno es uno de los
empleados de los extranjeros. No por más tiempo.
Grayson se concentró en ese asunto durante un rato,
luego lo dejo ir. Decidió concentrarse en asuntos más
inmediatos:
—¿Dónde estoy?
—En la casa de mi padre, por supuesto. Le traje aquí
después del ataque.
—¿Su . . . padre?
—Sí. Su apellido es Berenir. Es mercante. Ha hecho
negocios con sus colegas. No comparte el prejuicio local
contra los extranjeros. El consiguió que el médico viniese y
atendiese su herida.
Grayson se tocó la cabeza vendada: —Entonces tengo que
agradecerles, a usted y a su padre, que me salvasen.
Claydon hizo una mueca: —Usted será capaz de mostrar
su agradecimiento curándose y dejando esta casa. Si los
vecinos supiesen que LE tenemos aquí . . .
—¿Qué me hace tan poco popular de forma tan repentina?
—¿Tan repentina? ¿Ha usado bien los ojos, Señor?
Grayson ignoró la amargura en la voz de Claydon: —¿Es a
causa del Pacto?
—Usted debería saber que la mayoría de los trelanos
piensan que el Capitán Carlyle los estaba entregando a
Oberon. Cuando se supo lo del Pacto, los extranjeros dejaron
de ser bienvenidos aquí.
La mención accidental de Claydon de Durant Carlyle,
provocó lágrimas en los ojos de Grayson. Los recuerdos
volvieron a fluir inesperados, recuerdos de la batalla contra
escurridizas figuras vestidas de negro en el Hangar de
Vehículos lleno de humo, del horror de ese instante cuando
un Marauder enemigo, pintado con el emblema del ojo con
hendidura, descendió hacia el 'Mech de su padre.
Las emociones vociferaron en su interior, una mezcla de
pena, anonadamiento y pérdida: —Mi padre está muerto —
masculló.
—Lo sé. Creo que todos lo saben . . . ahora.
—No fue su idea . . . al Pacto, me refiero.
Claydon se encogió de hombros: —Eso da lo mismo. Él era
el líder allí arriba en el Castillo. La gente le miraba, y cuando
llegaron los rumores de que íbamos a ser entregados a esos
asquerosos bandidos . . .
—¿Quién os lo dijo, por cierto?
Claydon se encogió de hombros de nuevo, y no dijo nada.
Grayson no podía decir si él no lo sabía o no iba a decirlo.
Traición. Y más traición. Había habido enemigos entre los
trabajadores del castillo, eso era seguro. Grayson recordaba
al astech Stefan de pie al lado del comandante de atuendo
negro, señalándole quienes eran los enemigos. Quizás
Stefan era quien había difundido la existencia del Pacto de
Trellwan a la gente de Sarghad. Grayson recordaba ahora
que las primeras manifestaciones estudiantes anti
Mancomunidad
habían empezado poco después de que el último lote de
astechs reclutados hubiese llegado al Castillo, y Stefan
había estado entre ellos. Grayson había sido uno de los
encargados de guiarlos y conducirlos en las lecciones
físicas y de adoctrinamiento.
Grayson sintió una fría y creciente resolución. A ESE
traidor lo encontraría antes de abandonar este planeta
golpeado por el polvo. Y, después de que encontrase al
tipo, le mataría. Si el trelano había preparado el ataque
al Castillo, debía estar implicado, también, en la trampa
contra Durant Carlyle y en su muerte. Sería demasiada
coincidencia pensar que el aterrizaje pirata en el
espaciopuerto y el asalto al Castillo no estuviesen
relacionados.
Aún había demasiadas preguntas sin responder.
¿Quién había preparado esta enorme trama? Si había
sido Hendrik de Oberon, ¿por qué? Sus pensamientos
daban vueltas una y otra vez en torno a un surco en sus
recuerdos. ¿Quién era el responsable del asesinato de
su padre?
Grayson mantuvo su voz, de forma inflexible, bajo
control:
—¿Entonces? ¿Por qué me salvó?.
Claydon fue hacia la ventana y se inclinó contra el
alféizar, su cara y su túnica capturaban la luz solar de
matiz rojo. Habló con tranquilidad:
—Subí en busca del Sargento Riviera. Era . . . un
amigo. Un buen amigo. Me enseñó todo lo que sé sobre
técnica.
—Sé que hablaba muy bien de usted —mintió
Grayson. El Sargento Primero de los techs Riviera había
sido un hombre difícil de conocer, y Grayson nunca
había estado muy cerca de él. Seguramente, el tech
más veterano de la lanza no habría discutido sobre el
rendimiento de un miembro de su personal con nadie
salvo el Capitán, ni siquiera con el hijo del Capitán de la
lanza. Grayson recordaba una escena de la que había
llegado a ser testigo un día en el Hangar de
Reparaciones. Riviera, de piel oscura, estaba de pie con
la mano sobre el hombro de Claydon; en su rostro se
observaba una expresión de paciencia absoluta y
relajada mientras explicaba algún conocimiento arcano
sobre los circuitos del 'Mech a su protegido. La mayoría
del los techs de la unidad confiaban en los astechs solo
como pura energía muscular y poco más. Por ello
actuaban más como supervisores que como mentores.
Resultaba evidente que el Sargento Riviera estaba
suscrito a una filosofía marcadamente distinta.
El astech se detuvo, luego se giró para encarar a
Grayson:
—Yo no estaba en la base cuando se produjo el
ataque. Eso es lo que me salvó. Estaba aquí, en casa,
con un pase de 60 horas. Pero podíamos ver la batalla
en el puerto incluso desde aquí. Y bastante pronto nos
enteramos de que el Castillo también estaba bajo
ataque.
»Supimos que los piratas de Oberon habían limpiado
el Castillo. Vimos lo que quedaba de vuestra lanza
dirigiéndose Avenida Coraza abajo hacia el
espaciopuerto. Pero, al amanecer, parecía como si los
piratas se hubiesen retirado del Castillo y los hubiesen
seguido. Había muchos disparos aun en el puerto.
»Supuse que los piratas regresarían al Castillo pronto,
pero pensé que podía descubrir lo sucedido, y, quizás,
descubrir si el Sargento había huido.
Grayson vio a Riviera en su ojo mental una vez más,
reculando hacia atrás a cámara lenta, aterrorizado, a lo
largo de la cubierta de un transporte aerodeslizado y
con la sangre manando a borbotones de media docena
de espeluznantes heridas:
—El Sargento Riviera . . . fue asesinado. Estuve allí.
—Lo sé —dijo Claydon con suavidad—. Le encontré en
el Hangar de Vehículos. Y luego, le oí a usted gemir, y vi
que estaba aun vivo.
>>Había una tremenda cantidad de sangre en su
cabeza. El médico dijo que las heridas en la cabeza
sangran mucho, y creo que eso es por lo que lo dejaron.
Deben haber pensado que había recibido un
disparo limpio en la cabeza, y le dejaron morir. Pero la
bala sólo rozó su cuero cabelludo. —Claydon tocó el lado
izquierdo de la cabeza de Grayson. — Aquí.
Grayson repitió el gesto, y sintió el escozor del
rasguño de la herida bajo los vendajes. Recordó la visión
del subfusil del atacante apuntado a su cara, y reprimió
un escalofrío. El hombre debía haber disparado solo un
único tiro y no comprobó los resultados estrechamente.
Si hubiese disparado la pequeña arma letal para un
individuo en posición automática . . .
—Le coloqué en un trineo aerodeslizado que encontré
operativo en una zona de almacenamiento y le saqué de
allí. El doctor Jamis dijo que usted tenía una leve
fractura craneal, pero que no había daño cerebral, y que
se recuperará.
—Gracias —dijo Grayson, notando cuan inapropiadas
eran las palabras.
Una vez más, Claydon se encogió de hombros:
—Simplemente no podía dejarle allí. —Se alejó de la
ventana paseando, pasando cerca de la cama de
Grayson. — Como dije, si quiere darnos las gracias, dese
prisa en recuperarse y, luego, lárguese. Si los contrarios
a la Mancomunidad descubren que le mantenemos aquí
...
Grayson recordó los motines, los estallidos y las
multitudes aullantes de gente cuando empezaron a
circular por la ciudad los rumores de que los trelanos
iban a ser entregados a Hendrik III:
—Sí, puedo imaginarlo.
—¿Puede? ¡Lo dudo! —La amargura de Claydon era
totalmente visible ahora—. Esta ciudad, todo este
planeta está en manos de los piratas de Hendrik . . . y
es SU culpa.
—¡Eh! MIA no. No he tenido nada que ver . . .
—De su pueblo entonces, ¡aunque ese no supone una
diferencia! Mire, ¡pensaba que Trellwan era un
protectorado de la Mancomunidad! ¿Por qué
abandonarnos? ¿Por qué entregarnos a esos monstruos?
—¿Son tan malos?
—No recuerdo mucho de su última incursión —dijo
Claydon—. Sólo confusas imágenes de la gente
corriendo . . . un cielo nocturno encendido . . . una
cueva abarrotada de gente gritando y asustada . . . En
ese momento era muy joven. Pero recuerdo a mi madre.
Fue asesinada cuando incendiaron Sarghad . . .
asesinada o llevada como esclava. —Agitó la cabeza. —
Prefiero pensar que fue asesinada.
Grayson estuvo callado un largo rato, con los ojos
cerrados. No tenía idea de que sentimientos tan
amargos y airados estuviesen tan arraigados en la
gente de Sarghad. Finalmente, abrió los ojos:
—¿Por qué me ayudó, Claydon?
El astech hizo una pausa antes de contestar:
—No lo sé. Quizás fuese a causa de Riviera. Si no
hubiese sido por él, yo aún estaría trabajando en un
puesto de la Calle de los Mercantes. Quizás estaría
soñando en continuar algún día la profesión de mi padre
como prospero mercante saghardiano. Durante un
tiempo . . . durante un tiempo . . . hubo algo mejor. No
puedo expresarlo con palabras. Ahora se ha ido . . . todo
se ha ido. Pero me imaginé que le debía esto al
Sargento, al menos.
—¿Usted me odia . . . por lo que pasó?
—¿Odiarle? ¿Personalmente? No, no lo creo. Ni
siquiera odio a la Mancomunidad por lo que pasó. Pienso
que su gente era estúpida por tratar de negociar con
esos demonios.
Como no parecía haber respuesta para eso, Grayson
decidió cambiar de asunto:
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
—Más o menos setenta horas. El doctor le dio algo
para hacerle dormir.
—¿Setenta? —Eso eran tres días estándares—. ¿Es la
mañana después del ataque?
Uno de los extensos y pausados días de Trellwan
duraba unos treinta días estándares. El había regresado
al Castillo tal vez diez horas antes del amanecer del
Tercerdía, lo que significaba que ahora debía ser por la
mañana temprano.
Claydon asintió:
—Tercerdía, cuarto periodo de la mañana. ¿Usted
comprende nuestro sistema horario?
—Bastante bien. —Los Comandos de Carlyle habían
establecido su propia rutina sobre la base de un día
estándar de 24 horas dividido en tres turnos de guardia.
Los ciclos noche-día de Trellwan eran algo más
complejos. Cada día de 732 horas estaba dividido en
segmentos de noche y día llamados "Primerdía",
"Primeranoche", etc. Tres días y tres noches equivalían a
dos de los años del planeta. Cada segmento estaba
dividido en 12 periodos de 15 horas y cuarto cada uno.
Grayson aún tenía problemas para convertir desde las
horas estándares al tiempo trelano, pero había
aprendido lo bastante como para poder adaptar su
agenda con la de Mara. Los trelanos alternaban los
periodos de trabajo con los de ocio o sueño, pero que
periodo diario era para cada cosa era una cuestión de
elección personal. La ciudad de Sarghad estaba siempre
despierta, cualquiera que fuese la hora.
Los números se pusieron en su sitio. ¡Tres días!
—¡Dios! ¿Qué le pasó a la lanza? ¿Usted dice que los
vio moverse hacia el espaciopuerto?
—Eso es correcto. La mayoría consiguió embarcar en
su lanzadera y salir justo antes del amanecer.
—¿Se . . . se han ido? ¿Está usted seguro?
El trelano asintió:
—Seguro. He salido de servicio al puerto. Conozco la
apariencia de vuestra lanzadera: enorme, con un morro
afilado, alas achaparradas, con el puente encaramado
bien arriba por encima de la proa. —Mantenía un puño
apretado, imaginando el símbolo gráfico de Casa
Steiner. — Vi las insignias de la unidad en los paneles
externos de los 'Mechs. Es algo bueno que la gente de
Hendrik no tuviese cerca algunos cazas. Los piratas les
lanzaron varios disparos desde el suelo, pero creo que
se alejaron a salvo. Pasaron casi directamente por
encima de mi cabeza, los cohetes a toda marcha, y el
trueno sónico cuando aumentaron hasta máximo G hizo
traquetear mis pies. Los disparos disminuyeron en el
puerto entonces, aunque vi muchos bandidos corriendo
alrededor y disparando después de eso.
Grayson se recostó de nuevo sobre la almohada. Se
sintió temblar de alivio al conocer que la lanzadera
había logrado huir. El Teniente Hauptman debía haber
organizado una buena defensa para mantener al
enemigo lejos de la lanzadera; o quizás Rama Xiang
había logrado mantener un perímetro hasta que las
fuerzas del Castillo se les habían unido.
Su alivio se vio rápidamente abrumado por una
desesperación creciente. Si Claydon tenía razón,
Grayson había sido abandonado por muerto. Aunque
todavía estaba vivo, estaba solo y lejos de la salvación
en este hostil mundo olvidado de la mano de Dios.
6

La ciudad de Sarghad estaba trazada en el borde del


desierto como ruedas concéntricas, de radios separados
a distancia irregular, que se extendían más allá del
centro entre las acres arenas que la rodeaban. Hacia el
norte, las montañas de la Cadena Crysanden metían
picos dentados cubiertos de hielo contra el rojizo cielo.
Las brumas colgaban bajas ahora sobre la Falla del
Trueno{iii}; mientras en la llanura al sur, el espaciopuerto
rielaba en el creciente calor. Cada hora, el creciente sol
rojo se deslizaba más alto sobre el horizonte, y los
vientos secos del sur se volvían calurosos. El Castillo,
agazapado sobre los flancos occidentales del Monte
Gayal, se cernía sobre la ciudad y su puerto.
Cada vez hacía más calor, aunque el sol no estaría
encima de las cabezas durante otras 150 horas. La
ardiente travesía del Periasteron ocurría al mediodía del
Tercerdía, y la época de calor creciente iba acompañada
de la expansión de los glaciares pasajeros que se hacían
pedazos dentro de las grietas y estrechas cavernas de la
Falla. Hacia el norte, los volcanes distantes manchaban
el cielo mientras Trellwan empezaba a notar la torsión
que provocaba la fuerte marea solar.
La mayoría de las calles de Sarghad estaban
parcialmente cubiertas por arriba con enormes losas de
ferrocemento o piedra, fuertemente reforzadas con
arcos y contrafuertes para protegerlas contra los
temblores sísmicos, y llevaban luces que permitían que
los negocios continuasen incluso durante la larga noche
planetaria. El sol del planeta era una enana roja tan
débil en rayos ultravioletas que los humanos podían
mirarla fijamente sin sufrir riesgos o molestias, a pesar
de que era tres veces más grande que el Sol visto desde
la Tierra. El único peligro de la estrella matriz radicaba
en sus raras pero periódicas llamaradas. En esos
momentos, pedazos de su jaspeada superficie roja se
ponían al rojo vivo y quemaban la superficie de Trellwan
con luz, calor y tormentas de partículas atómicas de
gran energía.
En esos momentos, disponer de una visera cerca era
una necesidad. El diseño de Sarghad había propuesto,
originalmente, que estuviese techada por encima con
una enorme cúpula de ferrocemento, que protegería a
sus habitantes de la radiación de las llamaradas y que la
sellaría y dejaría fuera la incesante arena y los extremos
cambios climáticos. Pero tales planes habían sido
realizados en un siglo sin guerras, en que la tecnología
prometía milagros. Había sitios a lo largo del anillo de
Sarghad donde fragmentos en forma de cáscara de
huevo de una parcialmente iniciada cúpula aun se
levantaban sobre las arenas; otros lugares donde
secciones de la cúpula se habían derrumbado, a lo largo
de acres de edificios ahora abandonados, o se habían
desmoronado en los suburbios. En la mayor parte de la
ciudad, la gente confiaba en buscar sombra bajo las
protectoras pantallas solares diseminadas a lo largo de
las estrechas avenidas y pasajes de la ciudad.
La habitual multitud de Sarghad salía entre los
puestos de la plaza del mercado que se alienaban en la
Calle de los Mercantes, que iba desde las desmoronadas
ruinas de ferrocemento de la autovía de Ajiani, en toda
su extensión, hasta la valla que protegía los terrenos de
palacio en el Eje de la ciudad. Para Grayson, parecía que
la multitud estuviese más tranquila de lo habitual,
menos bulliciosa. Una atmósfera de temor se había
apoderado de las calles, reflejándose en las voces y las
caras de la gente que estaba en ellas. Los Mercantes y
los peatones se agrupaban en las azuladas zonas de
sombra bajo las viseras de la calle, o se daban prisa a
través de la deslumbradora luz roja de la luz diurna.
Dos periodos más de 15 horas habían pasado desde
que se había despertado y sabido del éxodo de lo que
quedaba de los Comandos de Carlyle. Aunque su cabeza
estaba aún vendada, el palpitante dolor y el mareo
habían desaparecido y la fuerza de Grayson había
regresado en suficiente cantidad para que decidiese
dejar la casa de Berenir, el Mercante.
—¿Dónde irá usted? —Había preguntado Claydon
cuando Grayson le anunció su intención.
—No estoy totalmente seguro. Tenía un amigo en la
ciudad . . . la hija del Ministro Principal. Ella puede ser
capaz de ayudarme, o llevarme a alguien que pueda.
Berenir había fruncido el cejo, acariciándose su
achaparrada barba blanca:
—Han sido los ministros políticos los que, en última
instancia, han estado provocando este sentimiento de
odio hacia los extranjeros. Me pregunto si es
aconsejable para usted visitar las posesiones de uno de
los líderes políticos del planeta.
Grayson se encogió de hombros:
—No parece que tenga mucha elección. No puedo
quedarme aquí.
Berenir asintió:
— No diré que me apena verle partir. Es peligroso para
usted quedarse.
—No tenían que haberme traído. —Quizás habría sido
mejor que no lo hubiesen hecho. La creciente
desesperación y la pérdida provocaban un nudo en el
estómago de Grayson.
—No me malinterprete, joven Lord. —Aun usaba el
termino honorífico que la mayoría de los trelanos
reservaban para los representantes de la lejana
Tharkad, y los casi legendarios mundos interiores de la
Mancomunidad. — No le culpo personalmente a usted,
pero . . .
—Pero hay que tener en cuenta a los vecinos.
—Eh, sí. Como usted lo dice.
—Les agradezco su ayuda.
—Y yo estoy agradecido por lo que su gente trajo a
Trellwan. —Sonrió ante la sobresaltada expresión de
Grayson. — No, no me refiero a Hendrik. Sino a la
tecnología . . . la ciencia para combatir la superstición . .
. la educación. Mi hijo, Claydon, aprendió mucho en sus
años de trabajo en el Castillo.
—Menudo provecho me ha traído ahora, padre. La
Mancomunidad nunca volverá.
—Te sirvió en cuanto te enseñó a pensar, hijo. Siempre
hay múltiples formas de mirar un problema, algunas
buenas, algunas malas. Has aprendido a aplicar el
método científico en tu pensamiento, a pensar
críticamente, racionalmente. Ese es el tesoro que estos .
. . estos hombres de las estrellas trajeron consigo. No se
lo llevarán con ellos de nuevo. —Se volvió de nuevo
hacia Grayson. — Somos nosotros quienes estamos
agradecidos a ustedes, joven Lord.
Grayson había permanecido en silencio. El método
científico ofrecía poca esperanza a un pueblo
enfrentado con las incursiones de BattleMechs
bandidos. La tecnología y el pensamiento racional
tenían una forma desagradable de desaparecer en las
piras funerarias de las ciudades.
Berenir había sido durante mucho tiempo un enigma
para aquellos de los Comandos de Carlyle que habían
seguido los acontecimientos en Sarghad. El era uno de
los ricos mercantes de la ciudad que se encargaba de
los pocos comerciantes que pasaban por el
espaciopuerto, encargándose de sus cargamentos y
regateando con ellos el transporte de especias y
maderas minerales de Trellwan. En la oleada de motines
y propaganda anti Mancomunidad, había tratado de
pasar desapercibido, pero continuó relacionándose con
los hombres de las estrellas, vendiendo a los Comandos
de Carlyle alimentos, combustible para las máquinas y
mercancías tan variadas como jabón y sal. Nadie podía
decir si su actitud era de avaricia, de sentido práctico o,
simplemente, una aceptación cosmopolita de los
hombres de las estrellas como gente como cualquier
otra.
Si la población conociese el paradero del hijo del
hombre que había maquinado el Pacto de Trellwan con
Hendrik, Grayson podía, perfectamente, encontrarse a si
mismo haciendo frente a la mayor parte de su creciente
resentimiento. Los trelanos no eran especialmente
vengativos o empecinados, pero eran humanos.
Grayson se estremeció, recordando la historia que había
escuchado de un violador liberado en el desierto justo
cuando el sol empezaba a soltar llamaradas.
Su primer pensamiento había sido usar a Berenir para
contactar con el próximo buque de carga de otro mundo
que pasase por Trellwan. El mercante le explicó que los
comerciantes extranjeros pasaban, pero casi nunca tan
lejos en la Periferia, y que tenía miedo de lo que
ocurriría cuando llegase el siguiente. Mientras se frotaba
las manos las luces superiores se reflejaron en los
anillos llenos de joyas de sus dedos:
—Sospecho que los negocios han dado un giro a peor.
—Pero, ¿vendrá un barco?
—Oh, sí, al final. Pero tardará un poco. Los navíos de
los comerciantes no llenan los cielos como lo hicieron
una vez . . .
—Pero, ¿vendrán?
—Oh, seguro, ¡vendrán!
—¿Les dejará su gobierno venir? Con esta política de
odio al extranjero . . .
Berenir hizo un gesto impaciente:
—Si hay una cosa que he aprendido, en mis
trescientos tresdías en las Calles de los Mercantes, es
que los negocios volverán otra vez. ¿Cuánto tiempo
piensa que aguantará Trellwan sin los comerciantes de
las estrellas, eh?
—No lo sé. Ustedes tienen agua . . . producen sus
propios alimentos . . . pueden hacerlo sin ellos. —Lo que
Grayson omitió fue que, para sus estándares, el nivel de
civilización de Trellwan escasamente se diferenciaba del
barbarismo. No tenían tecnología electrónica para
hablar con el exterior. La energía era extraída de
generadores de mareas que eran alimentados por
quemadores de petróleo destilado. Además, el
transporte en las calles era realizado tanto por las
propias personas como por enjaezados laniks del
desierto.
Berenir hizo un gesto de impaciencia:
—Al gobierno no le importa el agua y los alimentos. Lo
que le importa son las tarifas, el pago de derechos y los
impuestos. Dele a los políticos oh . . . diez . . . tal vez 20
tresdías, y los barcos volverán una vez más.
Berenir se frotó la mandíbula con tristeza:
—Pero mientras tanto, vamos a tener muchos
problemas pensando en que hacer con usted.
Grayson, al escuchar todo esto, había suprimido un
gruñido. Diez tresdías trelanos era algo así como dos
años y medio estándares. En los últimos seis meses, las
únicas Naves de Descenso comerciales que habían
llegado a Trellwan habían sido del comerciante Mailai
que había estado realizando los viajes entre Oberon y
Trellwan. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que pasase
otra nave? Y ¿cómo podía él alcanzarla, con los
bandidos de Hendrik en el puerto y la gente de Sarghad
dispuesta a matarle si lo veían?
Berenir parecía meditabundo:
—Tengo contactos en el gobierno —dijo—. Un
mercante en mi posición tiene que tenerlos, hoy en día.
El Ministro Principal es amigo mío . . .
—¿Stannic? ¿El Ministro Principal Stannic?
—Sí. ¿Usted le conoce?
—Yo . . . conozco a su hija. Bastante bien. Me he
encontrado con el Ministro una vez o dos . . .
—Stannic es uno de los ayudantes de más confianza
del Rey Jeverid. También es el hombre encargado de las
licencias comerciales, y ese tipo de cosas.
—¿Ayudará?
Berenir se pellizcó el labio inferior:
—Siempre ha aprobado las políticas de Jeverid de
fortalecer los lazos con la Mancomunidad. Ultimamente,
eran Stannic y Jeverid contra el resto del gobierno, y la
deserción de la guarnición del Castillo (no se ofenda,
joven Lord), su deserción ha dejado al gobierno un poco
furioso. Yo . . . confío en él tanto como en un animal de
carga. ¿Usted dice que conoce a su hija?
Grayson asintió.
—Bien, veré lo que puedo hacer.

******

Se había acordado una reunión en el apartamento de


Mara para evitar atraer la atención hacia el mercante. El
hijo de Berenir dio a Grayson ropas para sustituir su
uniforme gris de la Mancomunidad; una sencilla túnica
marrón claro, pantalones poco ajustados y botas de
media caña que eran al menos una talla menor. Aunque
ya estaban bastante cerca del Periasteron{iv} y el calor
subía con rapidez, llevaba también una capa y una
capucha que cubrían su pelo claro. Había habido cierta
discusión sobre la necesidad de teñir o no su pelo para
adaptarlo al negro satinado de la mayoría de los nativos
trelanos, pero Grayson se había decidido en contra al
fin. Vería a Mara tal y como era.
La gente que había en la Tercera Calle de los
Mercantes parecía totalmente absorta en sus propias
idas y venidas e ignoraba a Grayson. Los puestos
mercantes eran ligeros, estructuras fácilmente
ensamblables de madera y lona. Cada uno se apiñaba
en la calle en competencia con sus vecinos,
convirtiendo el paseo a lo largo de la avenida recta
como una flecha en un zigzagueo alrededor de un
batiburrillo de compradores, pilas de productos,
montones de tela tejida y los propios mercantes
rivalizando unos con otros en una cacofonía de
gimoteantes llamadas de atención. Pero Grayson notó
que, incluso los mercantes callejeros, parecían haber
perdido algo de su entusiasmo.
Sarghad estaba paralizada por el miedo, esperando
que los bandidos de Hendrik volviesen su atención hacia
la ciudad.
Se sabía muy poco sobre las fuerzas bandidas que
ahora ocupaban el espaciopuerto, y aún menos sobre
sus intenciones. Berenir había dicho que los invasores
no habían efectuado ni demandas ni amenazas, y que
los representantes del Consejo de la Ciudad enviados al
puerto habían sido enviados de vuelta por los centinelas
colocados en el perímetro defensivo que habían
levantado allí. Los hombres de Hendrik habían
expulsado a la lanza de guarnición de la Mancomunidad,
levantado el perímetro y ahora, simplemente, estaban
esperando.
¿A qué?
El Eje de la rueda de Sarghad abarcaba los terrenos
del Palacio, con las macizas cúpulas del propio Palacio
medio ocultas de la visión del público por la exuberante
vegetación floreciente de los irrigados jardines. La casa
del Ministro Stannic estaba ubicada en una línea de
lujosas casas adosadas de tres pisos que servían de
fachada al Circulo Real justo a lo largo de la entrada del
Palacio.
Se le había dicho que Mara estaría en casa. El sabía
que ella trabajaba para su padre, realizando las labores
de secretaria social de Stannic desde la muerte de su
madre. Berenir le había prometido que ella estaría
esperando, que ella y Stannic lo arreglarían todo para
buscar un lugar en el que Grayson permaneciese oculto
de la mirada del publico.
Esperaba con impaciencia verla de nuevo; a pesar de
haber pasado ya, con ella, por una persistente serie de
ultimas despedidas. Ella no era tan tímida —o estaba
tan protegida— como la mayoría de las chicas en un
mundo que protegía a sus mujeres negándoles bastante
libertad. Stannic y su familia habían vivido en el
extranjero muchos años, según Mara, y no estaban tan
arraigados al conservadurismo social de Trellwan como
sus vecinos.
Estaba subiendo las escaleras de la parte delantera
del apartamento de ella cuando le llegó una voz desde
su espalda:
—Usted, párese.
Grayson se detuvo, y se giró con lentitud. Se encontró
encarando a un joven hombre con uniforme de gala de
la Guardia de Palacio de Jeverid. Llevaba pantalones y
chaqueta verdes, engastados y ribeteados en dorado, y
un casco blanco, pulido hasta obtener un brillo apagado,
rodeado por un escudo antibalas transparente. Sostenía
un rifle automático, que parecía operativo, en manos
enfundadas en guantes blancos.
—Identifíquese —dijo el soldado. Más allá del hombro
del tipo había dos uniformes verde y dorado más.
—Ah . . . Grayson, me llamo Grayson. —Los trelanos
no usaban lo patronímicos, y el no se atrevió a usar su
apellido—. Estoy aquí para ver a Mara. Ella me conoce .
. . me espera . . .
La boca del rifle no se movió de su posición a
centímetros del esternón de Grayson:
—Pero yo no. —El guardia echó un vistazo a la cara de
Grayson bajo la pesada capucha. — Quítese esa cosa.
Lo hizo, de forma reluctante. Los ojos del guardia se
ensancharon ante la visión del rubio pelo de Grayson:
—Vaya —dijo, tensando el dedo sobre el gatillo—.
Parece que ¡hemos capturado uno de esos bandidos!
7

—¡Tonterías! —Grayson se puso totalmente erguido—.


Soy Grayson Carlyle, de la lanza de guarnición de la
Mancomunidad, y estoy aquí para ver al Ministro Stannic
. . . ¡ahora!
La aproximación directa no sirvió. El cañón del rifle se
movió hacia delante, pinchando a Grayson en el pecho y
lanzándolo hacia atrás, con el equilibrio perdido.
—No va a ver a nadie más que al Comandante de la
Guardia, extranjero. Los interrogadores desearán
discutir ciertos asuntos con usted, creo . . .
Grayson había oído hablar de los interrogadores de
Jeverid. Los métodos de la fuera de policía de Sarghad
eran un tópico frecuente de especulación en el cuartel
de la guarnición. El miedo, que había estado creciendo
en Grayson incluso desde que se despertó en la casa de
Berenir, explotó. Se dio la vuelta y echó a correr, el
pánico le condujo de vuelta a las calles y a lo largo del
Circulo Real. Incluso después de colisionar con varios
ciudadanos trelanos que caminaban bajo los
sobresalientes aleros, siguió corriendo. Detrás de él,
Grayson oyó un grito de "¡Alto!" y el terrorífico
estruendo de un único disparo de rifle. El tiro debía
haber sido dirigido al aire, empero, ya que la calle
estaba demasiado abarrotada para disparar de forma
indiscriminada. No creía que los guardias se arriesgasen
a matar civiles solo para cogerle. Pero, aun así, corría
cada vez más, con los músculos de la espalda bien
apretados como si anticipasen una bala de rifle.
Mirando a su alrededor como un loco, vio pocas
opciones, ya que la valla de los Jardines de Palacio lo
arrinconaba por la derecha y los edificios apiñados
pared con pared a lo largo del Circulo por la izquierda.
La gente se escabullía de su camino mientras corría,
ahora; lo que daría a sus perseguidores un disparo claro
en cualquier momento.
¿Podía llegar al Palacio? La puerta estaba cerrada, y
podía ver la curva de alabastro de la principal cúpula del
Palacio sobre los arboles que había más allá en los
Jardines. Y si lo alcanzaba, ¿qué otra cosa podía esperar
salvo ser arrestado o recibir un tiro? Además, vio el
centelleo de verde y dorado en la negra superficie del
camino de detrás de la puerta. La Guardia del Palacio
estaba allí, también; al menos una compañía de sus
tropas con cascos blancos y caras adustas.
A sus espaldas sonó el ruido irregular de los disparos,
y trozos de ladrillos, desintegrados en nubes de molesto
polvo, y escamas de piedra pasaron cerca de su cabeza.
Una mujer chilló, y la gente del paseo se dispersó para
esconderse. Colisionó con un hombre joven que llevaba
andrajosas ropas de calle. Casi se cayeron ambos al
suelo. Luego el estaba más allá y corría como un loco
calle abajo.
—¡Alto! ¡Alto, o disparamos!
¡Estaban más cerca! ¿Qué camino elegir? Giró entre
un par de empresarios con túnicas y capas de etiqueta
teñidas con primor, saltó por encima de las piernas de
un viejo que estaba sentado en un cajón de embalaje
junto a la entrada de un callejón y se sumergió en las
sombras de un estrecho callejón situado entre dos
edificios a su izquierda. A sus espaldas, oyó los silbidos
de las cañerías y el estrépito y los gritos de hombres
corriendo.
Mientras corría, vio una valla de dos metros de alta
directamente en medio de su paso. Poniendo aun a más
velocidad, se lanzó desde un cajón de embalaje de
productos volcado en el suelo, pasando los brazos y una
de las rodillas por encima de la valla. Esta crujió y se
balanceó cuando se impulsó con la otra pierna sobre
ella, pero él aterrizó como un gato y continuó corriendo
hacia la siguiente calle
Bajó esta calle . . . giró . . . bajó otra . . . volvió a girar.
¿Podía perderlos corriendo de esta forma tan ciega?
Había llegado a un estrecho callejón de cruce que se
curvaba entre dos de las principales avenidas que
conducían fuera del eje de los Jardines del Palacio. Era
una zona mal cuidada. Las viseras contra el sol estaban
derribadas en bastantes lugares, llenando la calle con
lisos trozos de ferrocemento mellado por el borde. El
resto estaba cubierto de diversas capas formadas por
montículos de arena arremolinados por el aire, botellas
vacías y basura que se cocía bajo el sol.
Había gente en el lugar, también; docenas de ellos
parados en el conjunto de viseras de los edificios que
les rodeaban, o tumbados con las piernas estiradas en
la calle. Vestían harapos y capas cubiertos de barro y
polvo. Muchos estaban descalzos. Algunos parecían
dormidos o inconscientes en mitad de la porquería de
vacías botellas de alcohol, pero el resto observaban a
Grayson con recelosos ojos entrecerrados.
Obligándose a reducir el paso, recorrió la carretera
atascada de escombros. De algún modo tenía que
encontrar un sitio donde esconderse o, al menos, un
lugar donde pudiese fundirse con el fondo. Mirando
continuamente por encima de su hombro mientras se
iba, el corazón de Grayson se heló; luego, empezó a
martillear en su garganta cuando algo detrás suya se
movió. Luego se relajó, pensando, al principio, que solo
era otro excluido. Pero no, era el hombre con quien
había colisionado en la calle en frente de los Terrenos
del Palacio. ¿Había estado el hombre siguiéndole? Podía
suceder que cualquier ciudadano que lo entregase a la
guardia fuese recompensado, lo que, ciertamente, sería
una tentación para alguien tan andrajoso. Grayson
aceleró sus pasos. No SABÍA que era seguido, pero . . .
Moviéndose hacia debajo de la sucia calle, estaba tan
sobresaltado al notar el chapoteo del barro bajo sus
botas que se detuvo donde estaba durante un
momento. A todo lo largo de la calle había lugares
donde el hielo de la Segundanoche se había fundido en
los tejados, fluido hacia abajo a chorros por canalones
oxidados y estancado en depresiones laterales en la
cuneta convertidas en agujeros con el paso de los años.
En la mayoría de los sitios, el agua de la superficie era
absorbida por la sedienta arena, pero aquí el agua
fundida estaba atrapada en charcas de negro barro,
donde permanecería hasta la siguiente helada. La visión
le dio una idea.
Quitándose la capa mientras caminaba, Grayson la
dejó caer al lado de un marginado medio desnudo que
se inclinaba contra un desgastado muro de piedra. No
había tiempo para esconderse. Los soldados estaban
apenas unos segundos por detrás de él. Luego, empezó
a desenredar el vendaje de su cabeza, el cual arrugó,
ensució y arrojó en un cubo de basura ya rebosante. Un
poco más adelante, había un tramo de carretera
desocupado por gente callejera o cualquier otro.
Arrodillándose en un charco de barro, Grayson tomó un
doble puñado de la maloliente porquería y se enjabonó
con ella la cabeza. Aquello ardía como el fuego cuando
tocó la herida inflamada en el lateral de su cabeza.
Sabía que se arriesgaba a provocarse una infección,
pero pensar en los Interrogadores le hizo continuar.
Una vez hubo hecho esto, el pelo amarillo de Grayson,
su cara y su túnica estaban generosamente cubiertos de
barro negro. ¿Qué más? pensó, con la mente acelerada.
Sus ropas eran bastante corrientes, salvo sus botas,
aunque tan tirantes que le dolían los pies. Eran
demasiado brillantes y nuevas para pertenecer a un
marginado manchado de barro.
Después de pensar por un momento, Grayson se quitó
las botas y, con cuidado, las puso juntas cerca; luego
embarró también sus pies. El toque final serían dos
botellas de licor vacías que encontró en un montón de
basura en la calle. Luego, Grayson se tiró, cuan largo
era, con los pies estirados en mitad de la calle. La
cabeza muy cerca de la fétida charca, con una botella
abrazada a cada brazo. Unos pocos segundos más tarde
escuchó el sonido de botas arrastrándose dando la
vuelta por la curva de la calle.
Había cinco Guardias de Palacio con el uniforme
dorado y verde propio. Cuatro de ellos llevaban rifles de
asalto de apariencia terrible preparados para disparar.
Elegían con precaución su recorrido por la calle,
rodeando o saltando lo peor del barro y la basura.
—¡Aquí! —gritó uno de ellos. ¡Sus botas! —El soldado
se lanzó en picado y agarró las brillantes botas. Grayson
abrió los ojos en un intento por imitar lo mejor posible el
embotamiento, poniendo ojos agotados y llorosos, y vio
que uno de los soldados ya se había metido su capa
arrojada lejos y las ensangrentadas tiras de vendaje
debajo de un brazo. Otro (probablemente el jefe, a
juzgar por imperiosa postura de manos en las caderas y
la ausencia de rifle) se erguía sobre Grayson y le daba
un puntapié con la punta de su bota:
—¡Tú!
Grayson apretó las botellas con más fuerza, y le lanzó
al tipo una sonrisa de borracho ingenioso. Si podía
convencer a los soldados de que era un borracho
callejero, de que alguien había soltado las botas a su
lado mientras yacía allí en el barro . . .
—Tú —dijo de nuevo el soldado. El labio superior con
una mueca característica incluso mientras hablaba,
como si el tipo estuviese intentando evitar respirar la
pestilencia que emanaba del barro y la basura nocivos
—. ¿De dónde vinieron estas botas?
—¿Qu-e? —Grayson mal articuló las palabras y puso
sonrisa de idiota.
—¡Sargento! —Era una voz nueva. Grayson siguió el
sonido y vio otro escuadrón de soldados que subía la
calle desde la otra dirección. Debían haber enviado esta
segunda patrulla de frente por otra calle principal de
modo que pudiesen regresar, esperando atraparle en
medio. El recién llegado era un oficial, con el uniforme
de Teniente de la Guardia más dorado que verde,
adornado con borlas y cordones de gastador que
relucían bajo la roja luz solar—. ¿Alguna señal de él?
—Vino por aquí, señor. Mire.
Los dos examinaron la capa, las vendas y las botas
durante un instante, sus propias botas solo a un metro
de los desnudos pies embarrados de Grayson. El oficial
jefe movió la cabeza:
—No nos adelantó a nosotros. Ustedes deben haberlo
perdido.
—Puede estar tratando de fundirse con la escoria
callejera, señor —dijo el sargento. En esto, las botellas
temblaron en las manos de Grayson y su corazón latió
con tanta furia que estaba seguro de que se le saldría—.
Podemos detenerlos a todos y preguntarles.
—¡Bah! O dispararles.
—Puede que pueda ayudarle, Teniente. —Esa nueva
voz envió escalofríos a lo largo de la columna vertebral
de Grayson. Más abajo de la calle se movieron unos
harapos, y un tipo sin afeitar y transparente apareció
tambaleándose. Era el tipo joven que había estado
pensando que le seguía. ¡Debía haber estado lo
bastante cerca detrás de Grayson para verle preparar su
apresurado disfraz!
Grayson se puso tenso, preparándose. Si saltaba y
echaba a correr, los soldados le detendrían antes que
pudiese rodear la curva de la carretera, a menos que los
pudiese pillar por sorpresa. Se preguntó cuan rápidos
podían, sus suaves y desnudos pies, moverse por
encima de los rotos pedazos de ferrocemento cocidos
por el sol.
—¿Usted vio a ese tipo? —preguntó el Teniente,
manteniendo en alto las botas.
—Claro que lo hice. —El habitante de la calle miró a
Grayson, con una faz neutral. — ¿Ve usted esa cañería?
—dijo, gesticulando hacia un tubo de desagüe por
encima de la charca de barro de Grayson—. El colega
llegó a toda pastilla aquí quizás hace un minuto. Se
quitó las botas, las dejó en el suelo allí y subió
bamboleándose por esa cañería como un gato en celo.
—Señaló a través del tejado de losas planas en
dirección al palacio. — Se alejó en línea recta por los
tejados en esa dirección.
—¡Maldición! —murmuró el Teniente—. Trata de dar
marcha atrás. ¡Gente! ¡Por parejas! ¡Vamos!
La tropa se reunió en filas irregulares y salió dando
fuertes pisadas calle abajo a media correr. El que
portaba las botas de Grayson las arrojó a un lado.
Cuando los soldados estuvieron bastante lejos, se
incorporó a la posición de sentado con lentitud, tratando
de forma ineficaz de limpiar el barro pegado sobre su
túnica:
—Gracias.
El hombre miró hacia un lado y otro de la calle, luego,
su sucia cara con una escuálida e incipiente barba se
rompió en una amplia e inesperada sonrisa:
—No es necesario. Parece como si fuese nuevo en la
ciudad.
—Bien, se podría decir lo mismo de usted. ¿Quién es
usted?
El hombre hizo una reverencia amplia y elegante: —
Renfred Tor, a su servicio.
—Creo que debería ser en el otro sentido. Soy yo quien
está en deuda con usted, señor.
—¿Por qué le perseguían?
Grayson dudó. Su primera inclinación le recomendaba
precaución. El extraño parecía bastante amistoso, pero, tal
vez, buscase más información sobre el fugitivo antes de
entregarle. Eligiendo el camino a través de la calle para
recuperar sus botas, Grayson consideró varias posibilidades
en su mente. Si iba a tener que correr de nuevo, necesitaría
esas botas dolorosamente ajustadas.
De repente Grayson tomó conciencia de que el hombre
había usado nombre y apellido. ¡Posiblemente podía no ser
un nativo de Trellwan!: —Usted es un extranjero —dijo,
evitando la pregunta del otro.
—Puede jurarlo. —Los ojos de Tor se movieron calle abajo.
— Los extranjeros no parecen muy populares aquí.
Grayson asintió y sonrió con tristeza: —Soy Grayson
Carlyle. Estaba con la lanza de guarnición de la
Mancomunidad en el Castillo.
—Un placer conocerle. Uh . . . usted parece haber perdido
su lanza de 'Mechs.
—Ellos me perdieron a mí. Los bandidos atacaron el
Castillo y fui dado por muerto. Cuando me recuperé, mi
unidad ya se había marchado del planeta.
—Ah —dijo Tor.
—¿Y usted? ¿Qué hace aquí?
Tor miró fijamente a Grayson durante un largo momento,
luego le dijo: —Soy el piloto de la Nave de Descenso que
trajo a esos bandidos aquí en primer lugar.
8

Renfred Tor era nativo de Atreus, pero habían pasado


muchos años estándares desde que había estado en la
capital de la Liga de Mundos Libres de Marik. A los catorce
años, se embarcó como operario en un buque de carga de
las Líneas Tristar. En el momento en que tenía 20 años,
había ascendido a través de diversas tripulaciones hasta el
puesto de oficial de cubierta. Luego, el y sus cuatro
hermanos compraron a partes iguales un viejo buque de
carga atiborrado de oxido que llamaron la Ingrata al final de
una celebración de una noche de borrachera.
La celebración resultó ser demasiado prematura. Un
proyecto de transportar rifles láseres y lanzadores de
infiernos manejables por el ser humano a un frente
revolucionario sitiado había acabado con la revolución
aplastada, sus socios apresados o destrozados y él
mismo y su infeliz tripulación de quince hombres
maquinando una serie de rutas de salto en la
Mancomunidad de Lira. Su vuelo había acabado en la
Periferia de la Mancomunidad, y Tor había estado
comprando, tomando prestado o estafando piezas de
repuesto y nuevos miembros de la tripulación para
mantener la Ingrata en activo desde entonces. Cinco
años de contratos a corto plazo y un trayecto de carga
en un solo sentido le habían llevado al final a
Drovahchein II en el corazón de la región estelar Erit.
Allí, la Ingrata se enfrentó al fin de su carrera.
Necesitaba una reparación completa antes de que
pudiese saltar de nuevo fuera del sistema. Además el
motor para el mantenimiento de la posición amenazaba
con fallar en cualquier momento. Sin dinero, sin
contratos, con una tripulación amenazando con largarse
si no les pagaba pronto, y sin la esperanza de reparar el
estropeado transporte por si mismo, Tor se vio forzado a
contemplar un temprano retiro en Drovahchein II. No es
que la capital comercial de la región estelar Erit fuese
aburrida, sino que las oportunidades de futuro para un
piloto de salto de un buque de carga con una nave eran
escasas y los alojamientos libres en las naves de salida
pocos. Entonces fue cuando se encontró con Proctor
Sinvalie de Casa Mailai.
Mailai era más el gobernador de la región estelar que
la distante corte de Katrina Steiner en Tharkad. La
región estelar era una diminuta isla de prosperidad y
tecnología relativas en un creciente océano de
barbarismo. Proctor Sinvalie era uno de los principales
comerciantes de la Casa que supervisaba la frágil red
comercial que enlazaba el sistema erités a la
Mancomunidad y a sistemas externos en la Periferia, a
mundos como Trellwan, y más allá.
Sinvalie había citado a Tor poco después de que
aterrizase la Nave de Descenso de la Ingrata en
Gharisport, en el pequeño continente del sur de
Drovahchein. La oferta que le había hecho a Tor parecía
responder a todos los problemas de capital del buque de
carga. El equipo de techs de Mailai en Gharisport daría a
la Ingrata la reparación que necesitaba, la tripulación de
Tor firmaría un acuerdo por seis meses estándares y
recibiría un adelanto para gastárselo en la vida nocturna
de Gharisport, y el Capitán Tor lograría el contrato a
largo plazo que tan desesperadamente necesitaba. Todo
lo que tenía que hacer era transportar pequeñas
cantidades de pasajeros de idea y vuelta entre Oberon
VI y un mundo más allá de la Periferia, mediocre salvo
por su localización. Ese mundo era Trell I —Trellwan,
según le llamaban sus nativos.
—Debí haberlo sabido —dijo Tor mientras conducía a
Grayson a través de los recodos y raros ángulos de los
callejones traseros y las calles laterales de Sarghad—.
Debí haberlo sabido tan pronto como descubrí que el
viejo Hendrik el Grande estaba implicado.
—¡Sabido qué? —preguntó Grayson.
—Sabido que no iba a escapar con la piel entera. El
viejo Sinvalie, es un tipo inteligente. No iba a confiar
una de sus preciosas naves y tripulaciones a la escasa
misericordia del pequeño reino bandido de Hendrik; así
que contrata una nave independiente para que asuma
los riesgos que realmente son suyos. Pintaron el blasón
de casa Mailai en la Nave de Descenso de la Ingrata,
pero ¡Mailai no se arriesgaba!
—¿Qué pasó?
—¡Quieto! —Tor siseó de repente, empujando a
Grayson en las sombras mientras un pelotón de
Guardias de Palacio pasaba atropelladamente a su lado.
Los dos habían llegado a un lugar donde el callejón se
abría a una de las amplias vías públicas de la ciudad.
Numerosos soldados estaban por allí, de pie en las
intersecciones o a lo largo de la avenida, y parecían
estar escudriñando los rostros de la multitud. Tor indicó
a Grayson que se volviese a sentar, luego continuó con
su historia.
—Al principio, no pasó mucho. Transporté a un
representante de la Mancomunidad llamado . . . mm .
—Vogel.
—Sí, Vizconde Vogel. Lo transporté desde Tharkad a
Oberon y, luego, desde Oberon hasta aquí. Llevé a su
asistente desde aquí a Oberon, y vuelta, un par de
veces. Deduje que negociaban un acuerdo que iba a
poner a Trellwan bajo la protección de Hendrik, aunque
todo el asunto se suponía que era secreto.
—Se suponía que era —dijo Grayson, más para sí
mismo que para Tor.
—Sí, bien; no tardó mucho en descubrirse. Las noticias
llegaron a Sarghad la última vez que estuve aquí. ¿Tus
colegas tuvieron motines en la ciudad?
Grayson asintió, pero mantuvo los ojos sobre la calle.
Todo esto era parte de la traición que había matado a su
padre. Alguien iba a pagar.
—Así que, en fin, se suponía que iba a haber un último
encuentro, con los ministros de Oberon viniendo a
Trellwan para firmar algún tipo de tratado oficial. Pero la
cosa no ocurrió como habían dicho. —Tor mantenía la
voz baja, mirando alrededor con cautela mientras
hablaba. Más soldados pasaban por la calle, trotando
con las armas en posición de firmes. Parecía haber
movimiento en algún lugar al norte.
—Salí de un salto espacial en una estrella A2 sin
planeta para fijar el rumbo de navegación; y me
encontré con esa maldita enorme Nave de Salto
esperándome, los cazas desplegados y las armas
cargadas. Cojones, pensé que era algún bandido
competidor de Hendrik, pero cuando llegaron a bordo,
llevaban los colores del uniforme de Hendrik. Pero los
chicos de Hendrik que estaban a bordo de la nave,
salieron por el compartimento estanco, sin alborotos, sin
ceremonias. Simplemente se fueron. No tengo que
decirte lo asustado que estaba.
—¿Los mataron?
—Exacto, la primera vez. En fin, transfirieron una
lanza de 'Mechs, no sé cuantos hombres y vehículos
blindados a las bodegas de la Ingrata. Un destacamento
de techs subió a bordo y empezó a taladrar hoyos en el
casco de una de las Naves de Descenso, montando
armas pesadas, torretas de rayos, baterías de misiles,
ese tipo de cosas. Grité contra el tema, pero lo siguiente
que supe es que tenía una cabeza magullada y un
maldito labio partido por la mitad. Así que mantuve la
boca cerrada después de eso. Pensé que iban a
enviarme a nadar detrás de la gente de Hendrik.
>>Cuando hubieron acabado, ese monstruo negro
recogió velas y saltó, y el líder de la gente que habían
dejado a bordo de la Ingrata nos dijo que siguiésemos
nuestro camino. Salimos en Trellwan y nos quedamos
estacionados. Nos hicieron a mí y a tres miembros de la
tripulación pilotar la Nave de Descenso en la bajada.
Hice la entrada en Trellwan con una pistola en la cabeza.
Una vez que habíamos aterrizado me pusieron bajo
custodia en una bodega de popa.
—¿Y te dejaron ir más tarde?
Tor sonrió, y movió la cabeza:
—Ni de coña, chaval. No sabía lo que estaba pasando,
pero sabía que mucho tenía que cambiar la cosa para
que me soltasen. No después de haberles visto montar
un cambio de cargamento en lo que debía haber sido
solo una parada de control de navegación y de recarga.
—¿Por qué no?
—Oye, esa fue una operación grande de cojones.
Había al menos cinco 'Mechs trabajando en el espacio
para trasladar los cuatro 'Mechs de la lanza y todo el
resto de material en la Ingrata. Había algo raro en eso,
también.
—¿Qué?.
—Los 'Mechs que estaban haciendo el traslado, eran
máquinas de clase alta; ¿sabes lo que quiero decir?
Recién pintados, piezas nuevas y limpias. Uno de ellos
era un Marauder pintado de negro y rojo, como uno de
esos trabajos personalizados de los mercenarios que
ves a veces en la Esfera Interior. Ese era el que
controlaba su líder. Un gran tipo, pero callado; un
verdadero profesional. Y letal, ¿comprendes? Lo que
estaban cargando a bordo de la Ingrata eran 'Mechs
viejos y remendados, chatarra. Eran más piezas
recuperadas que cualquier otra cosa. Había un
Marauder negro y gris y uno de esos ligeros Locusts de
20 toneladas. Me pareció como cierto tipo de operación
secreta, algo que no querrían que los extranjeros
conociesen. Me imaginé que yo duraría hasta que
parase el tiroteo, y que luego iban a retirare de forma
permanente. ¿Sabes lo que quiero decir?
—Dime, ¿cómo terminaste en una callejuela con los
marginados? —preguntó Grayson.
—Buena pregunta. Como decía, la Ingrata necesitaba
reparaciones y no logré que todas se llevasen a cabo el
tiempo que estuvo reparándose. Parece que había un
panel de aislamiento suelto en esa bodega, uno que
pude retirar. Luego, lo pude volver a colocar en su sitio
una vez que me escondí entre las mamparas. Me quedé
allí hasta que les oí llegar para buscarme, luego salí de
mi agujero escondite, me dirigí a popa a una bodega
donde estaban descargando los 'Mechs y salí al exterior
con algunos soldados. —Se calló, viendo como se alzaba
la ceja de Grayson. — Bien, para ese momento había
conseguido un uniforme. Eso ayudó.
—¿Ese? —señaló Grayson la túnica embarrada de Tor.
—Difícilmente. Había esperado hablar con alguien
aquí, quizás la autoridad portuaria local, sobre lo que
podía hacer para liberar a mi tripulación. Ellos . . . mm .
. . no tratan amistosamente a los extranjeros. Al menos,
no ahora.
Otro grupo de soldados pasó marchando justo a ellos.
Eran miembros de la Milicia del planeta, constató
Grayson, con uniformes marrones en lugar de verdes.
Las conversaciones en los cuarteles en el Castillo habían
señalado, de forma generalizada, que los hombres de la
Milicia de Sarghad eran buenos soldados; aunque pocos
de los Comandos de Carlyle habían tenido en alta
estima a cualquiera de las dos fuerzas militares locales.
¿Qué pasaba? Se preguntó Grayson. ¿También le
buscaba ahora la Milicia a él?
9

Grayson y Tor continuaban mirando a los soldados en


la calle. No parecía que la Guardia de Jeverid estuviese
implicada en algo como una búsqueda seria, pero,
definitivamente, estaban alerta, patrullando las
principales calles en busca de . . . ¿qué? ¿Extranjeros
huidos del ataque del Castillo? ¿O personas
sospechosas, en general? Con un campamento de
bandidos tan cerca, las fuerzas del gobierno local
podían muy bien estar buscando algún grupo de tipos
armados, o con apariencia de antipáticos, que pudiesen
ser la primera línea de un asalto pirata.
¿Por qué se movían tantos de ellos al norte? Una
pequeña caravana de transportes de armas de efecto
terrestre (TAADs) gimoteó al pasar.
Grayson se entretuvo un rato con el final de la historia
de Tor en su mente. ¿Un buque de carga abordado y sus
pasajeros diplomáticos asesinados? Al principio, había
estado tentado de rechazar la idea como una invención
completa, pero ¿por qué mentiría Tor sobre algo como
eso? Los bandidos caían en el engaño y la traición sutil
tan frecuentemente como cualquier gobierno de los
Mundos Interiores; pero este traslado secreto de
cargamento y personal en un control de navegación
sonaba a algo sin sentido. Eso de que tenía que haber
sido una de las naves de Hendrik la que detuviese a la
Ingrata. Solo la gente de Hendrik habría conocido el
rumbo exacto del buque de carga, mientras esta saltaba
de estrella en estrella o en su sucesión de saltos desde
Oberon a Trellwan.
La distancia entre los dos sistemas era de unos 145
años luz. Dado que las Naves de Salto solo podían hacer
saltos de unos 30 años luz, tenían que planificar y
ejecutar numerosos tránsitos de sistema a sistema
llamados sucesiones de saltos; a menudo, en un modo
largo e indirecto de estrella a estrella. La mayoría de
tales estrellas —como aquella donde Tor había sido
emboscado— no tenían planetas, o estaban rodeadas
por estériles e inútiles mundos de hielo y rocas. Las
posibilidades, de que una nave estuviese allí,
exactamente, esperando a otra nave, eran
prácticamente nulas. Lo que significaba que los
emboscados sabían que la Ingrata llegaba por allí. Lo
que significaba que Hendrik había ordenado la
emboscada.
¿O no? Hendrik gobernaba una coalición inestable de
doce Reyes Bandidos menores y sus mundos. Quizás
alguien de su personal representaba una facción
disidente —una facción revolucionaria, una que
trabajaba en contra de Hendrik. Eso podía explicar el
misterio mayor en la historia de Tor, el misterio de
porqué Hendrik se molestaría en abordar a la Ingrata en
el espacio profundo, en lugar de justo en su hogar en el
sistema de Oberon.
Pero eso aun dejaba demasiadas cuestiones sin
contestar. ¿Por qué se molestaría alguien de la partida
de Hendrik en atacar la guarnición de Trellwan, cuando
todo el planeta le iba a ser entregado, de forma pacífica,
en unas pocas horas? Incluso una facción rebelde,
probablemente, habría considerado más prudente
esperar. Coger el sistema de Trell por si mismos, en el
caso de una confrontación con las fuerzas de Hendrik,
no ayudaría en nada a los disidentes, salvo provocar el
bloqueo de maquinas y hombres necesarios.
Simplemente no tenía ningún sentido, pensó Grayson.
Estaban también las preguntas de lo que Tor había visto
cuando su nave había sido abordada. Había dicho que
los hombres que la abordaron habían llevado los
uniformes de Oberon; pero que los 'Mechs usados para
trasladar la carga habían estado mejor cuidados que los
del equipo que habían trasladado. Los reinos bandidos
—incluso los grandes y poderosos como el de Hendrik III
— pocas veces podía desplegar algo mejor que 'Mechs
remendados entre sí y muchas veces recuperados, que
habían soportado cientos de batallas. ¿De dónde habían
llegado esas relucientes máquinas recién pintadas?
¿Podía Hendrik permitirse el alquiler de una lanza
mercenaria de la Esfera Interior? ¿Tal vez del
Condominio Draconis? Y ¿si podía controlarlos, por qué
no usarlos en el ataque? ¿Por qué el engaño? ¿Por qué?
¿Por qué?
—¡Ey! —Tor le tocó en el hombro, sobresaltándole. —
¡Se van!
Los Guardias parecían estar retirándose de las calles;
algunos metiéndose a empujones en oxidados
transportes personales de seis ruedas; el resto
corriendo apurados por la calle. Grayson pudo distinguir
a un oficial en la puerta del TPB{v} hablando con gestos
animados por un aparato transmisor-receptor.
—Seguro que algo ha provocado que se muevan —dijo
—. Me pregunto ¿qué?
La respuesta llegó con un destello y un estallido que
golpearon a Grayson como un porrazo en el pecho;
dejándole momentáneamente sin respiración. A lo largo
de la avenida en la que Tor y Grayson estaban
agachados, un escaparate explotó como un géiser de
llamas, ladrillos, cristales, piedras y humo negro. La
gente gritaba, y por encima de los gritos y chillidos
llegaba el acompasado rumor de maquinaria pesada en
movimiento.
Grayson conocía ese sonido. Se arrastró hacia delante
sobre su estomago hasta que pudo escudriñar alrededor
de la esquina del edificio protector y levantó la vista
hacia la calle. Lo que había oído era un Marauder, de
doce metros de alto y enormemente blindado, del que
colgaban armas que le hacían parecer desgarbado y
muy pesado en el andar. Grayson sabía por experiencia
que esa máquina era cualquier cosa menos torpe.
Vio el emblema estilizado del ojo hendido pintado
sobre el metal chamuscado por el calor de la pierna
izquierda y supo que esta era la máquina pintada de
gris y negro que había matado a su padre.
Una fascinación nacida de un pavor morboso le
sujetaba, dejándole helado allí en la boca del callejón.
Casi a cámara lenta, el monstruo blindado se enderezó
ligeramente, luego levantó su brazo derecho como si
apuntase. Apoyados sobre el bulto hinchado del
antebrazo había un par de las armas principales del
'Mech: un láser medio y el enorme calibre de un cañón
de partículas.
El láser centelleó en azul y blanco, con una brillante
pulsación que rechinó en el aire y lo ionizó a su paso. El
rayo golpeó el TPB, levantando las llamas en el Guardia
que había estado agarrándose a su carcasa. Grayson
apretó sus cerrados ojos ante la luz cegadora, pero aun
vio la imagen de popa de un oficial de la Guardia
retorciéndose en la puerta del transporte mientras el
acero a su alrededor se transformaba en una bola de
fuego.
Una cadena de crujientes stacatos se oyó por encima
del rugido de las llamas y de los edificios que se
desmoronaban. El cañón automático del Marauder, un
cañón del tamaño de un árbol montado a lo largo del
hombro izquierdo del 'Mech, vomitaba la destrucción en
120 mm de alto explosivo. Enviaba ráfagas de tres
disparos que destrozaban la calle de detrás del vehículo
incendiado y que transformaban los grupos de
uniformes verdes que corrían en sangrientas tiras de
trapo. El humo que descendía en volutas desde el TPB
era acre y negro, y olía a aceite y carne carbonizada.
Grayson notó una mano sobre su hombro, jalándole,
de forma insistente:
—¡Grayson! ¡Tenemos que pirarnos! ¡Vamos! —Pero,
con los ojos fijos en el Marauder, Grayson no podía
moverse. El 'Mech dio un enorme paso, luego otro;
parándose después de cada paso como si estuviese
comprobando el terreno. El fuego parpadeaba alrededor
de su cabeza de cangrejo, procedente de los inefectivos
láseres y misiles portátiles, llevados en la espalda por
los desprotegidos defensores de la ciudad. Grayson se
encontró a sí mismo deseando que los cazas de Sarghad
concentrasen el fuego, para buscar las conexiones
vitales de los circuitos de control y los servoactuadores
que podían —¡podían! — darles una escasa posibilidad
de derribar al gigante. Una de tales conexiones estaba
donde las piernas de unían al cuerpo, bajo esa plana
cabeza. Si simplemente pudiesen actuar juntos . . .
El gigante pasó a través del fuego, impávido. La
destrucción se desbordaba a su paso a medida que
rociaba la avenida y sus edificios con centelleantes
rayos de energía.
—¡Grayson! —El grito de Tor penetró sus adormecidos
sentidos, lo devolvió a la escena a mano y al hedor
vomitivo del vehículo incendiado. Se agitó, se giró y
miró a los furiosos ojos de Tor.
—Grayson, ¡tenemos que largarnos de aquí!
Permitió que le pusiera de pie, luego, empezó a correr
con torpes zancadas de nuevo callejón abajo y lejos del
monstruo. Detrás de él, el 'Mech colisionaba con los
edificios en la boca del callejón, y la caída de ladrillos y
piedra enviaba por el aire escombros que caían al suelo
en frente de ellos.
Grayson siguió a Tor a través de los giros y vueltas de
los callejones de Sarghad, y los sonidos del disparo del
cañón y de los edificios que caían empezaron a
disminuir detrás de ellos. Tor se paró y se dejó caer de
espaldas contra la pared, su pecho palpitando a medida
que tomaba aliento.
—¿Ahora dónde? —preguntó Grayson, con la mente
aun adormecida. Deseaba ser conducido, dejar que otro
tomase las decisiones.
—No lo sé. Aquí también soy un extranjero,
¿recuerdas?
—Yo . . . Yo conozco un sitio al que podíamos ser
capaces de ir. —Grayson pensaba en Berenir el
Mercante, aunque sabía que el tipo no estaría contento
al verle de nuevo, y menos aun si aparecía junto a otro
extranjero para ocultarse. — Conozco a cierta gente,
pero puede que no nos puedan ayudar.
—Vamos a tener que buscar una forma para llegar al
puerto. —Tor miraba con aire pensativo en esa
dirección. A través de los tejados de bajos almacenes de
un solo piso, podían distinguir solo la torre de control del
puerto como un diminuto platillo blanco encaramado
sobre una estrecha columna. Y justo más allá,
vislumbraban el bulto del tercio superior de la nave de
Tor.
—¿Estás pensando en recuperar tu nave?
Tor agitó la cabeza:
—No . . . no hay modo. Nunca llegaríamos a
acercarnos a ella, al menos ahora.
—¿Entonces, por qué el puerto?
—Porque las nieves vendrán, antes o después. —El
dolor nublaba la cara del piloto del buque de carga. — Y
porque tengo tres hombres, tres . . . tres amigos. De
algún modo, tengo que liberarlos.
—¡No puedes luchar SOLO! —El ruido de nuevas
escaramuzas salió de algún sitio por detrás de ellos,
seguido por una sucesión de explosiones.
—Tal vez no. Pero estos piratas no van a quedarse
aquí para siempre. Ahora que han atacado, se retirarán,
tomarán la pasta, los esclavos y los 'Mechs capturados y
saldrán pitando hacia Oberon . . . o cualquier otro sitio.
No pueden quedarse aquí, no contra todo un planeta.
Además, cómo pueden estar seguros de que Casa
Steiner no enviará una expedición de castigo para
hacerles pagar por lo hecho en este planeta.
—Mi lanza . . .
—Tal vez —dijo Tor pensativamente—. Aunque, según
lo que he oído, tus amigos salieron bastante
vapuleados. La cuestión es que los comerciantes
regresarán. Cojones, incluso mis amigos de Mailai
pueden venir a ver lo que le pasó a su inversión. Quiero
estar en el puerto cuando lo hagan, y me gustaría tener
a mi gente conmigo. Y no olvides que mi nave está allí
fuera en el punto de salto, con doce más de mis
hombres a bordo. —Tor agitó la cabeza con ferocidad. —
¡Simplemente no puedo dejar que se piren!
Grayson pensó en la pequeña comunidad de techs y
operarios alojados en un extremo del espaciopuerto:
—Tal vez, puedas lograr un trabajo en el puerto, y
buscar una forma de ayudar a tu gente. No se como
podrías recuperar tu nave, sin embargo.
—Yo tampoco, chaval. Yo tampoco. —El dolor regresó
a la cara de Tor. Grayson se preguntó si se sentía
culpable de haber abandonado a su tripulación, o si
simplemente estaba asustado de que ya los hubiesen
matado. El otro hombre pareció agitarse.
—Sea como sea, tendremos que comer y encontrar un
modo de llevarnos bien con los nativos.
Sí, pensó Grayson, necesitarían un lugar para
quedarse, un lugar para esperar, mientras ideaban una
forma de derrotar a los conspiradores que habían
matado a su padre. Solo entonces, pensaría en cómo
salir de este severo mundo.
Los sonidos de la batalla habían cesado ahora,
dejando la ciudad extrañamente tranquila. Grayson miró
en todas direcciones, tratando de orientarse:
—Vayamos a visitar a mis amigos. Berenir es un
mercante, con contactos fuera del planeta y en el
espaciopuerto. Quizás pueda buscarnos trabajo. Al
menos, puede tener algunas ideas sobre qué debemos
hacer.
—¿Dónde está?
—Tercera Calle de los Mercantes. Por aquí. —Grayson
tomó el mando mientras caminaban, pero sus
pensamientos regresaron al Marauder a horcajadas
sobre la calle, y a los recuerdos de la muerte de su
padre. Ese Marauder había emboscado a Durant Carlyle
después de que el más ligero Phoenix Hawk de Carlyle
hubiese sido dañado completamente en un duelo
imposible contra las armas ocultas montadas en la Nave
de Descenso de la Ingrata. Su padre nunca había tenido
una oportunidad.
Una nueva energía estaba remplazando a la lasitud
que había paralizado el espíritu de Grayson desde que
había recuperado la conciencia en casa de Berenir. Por
primera vez, sentía que tenía una meta, un propósito
para continuar. Acabaría con ese 'Mech asesino, o
moriría en el intento. La necesidad de venganza era
como un deseo que le conducía a través de las
serpenteantes calles de Sarghad mientras ciudadanos
asustados y escuadras desorganizadas de los Guardias
y de la Milicia corrían a su lado. Aunque aún no sabía
cómo, juraba que iba a destruir a ese Marauder y al
humano que lo controlaba.
10

Mortales máquinas de diez metros de alto acechaban


ahora por las estrechas avenidas de Sarghad. Aunque
Grayson sabía como encontrar la Tercera Calle de los
Mercantes, él y Tor se habían visto, cuatro veces,
obligados a dejar de forma repentina las calles,
bloqueados por multitudes de gente aterrorizada o por
las pesadillas de 'Mechs dando enormes zancadas y
atacando a todos. Grayson trató de seguir el rastro de
los tipos de 'Mechs que veía. Había un Locust, lo sabía, y
otro que parecía uno de los Wasps de los Comandos;
aunque ahora portaba la insignia del ojo de animal de
Hendrik III de Oberon. Una vez vio de nuevo al
Marauder, vadeando a través de los fragmentados
escombros de los edificios. Una cortina de humo
grasiento colgaba suspendida sobre Sarghad, y el aire
estaba pesado con el polvo que procedía del enlucido,
convertido en escombros de ladrillos, y de las
desmoronadas losas de ferrocemento.
En la boca de un callejón abierto en la Tercera Calle de
los Mercantes, Tor se echó hacia atrás, atrayendo a
Grayson detrás de él. Escudriñando más allá del piloto
del buque carguero, Grayson vio otro Wasp, este
conduciendo una cadena de quizás quince trelanos
hacia los extremos de la ciudad.
—¿Qué hacen?
Tor parecía desalentado:
—Tomando rehenes, posiblemente. Pero esa gente no
parecen todos acomodados. Esclavos, más
probablemente.
Grayson permaneció en silencio. Había oído historias
del comercio de esclavos entre los reyezuelos bandidos
de la Periferia, pero no les había dado mucho crédito.
Incluso el persistente miedo de Claydon de que su
madre podía haber sido capturada por los piratas de
Hendrik como esclava en Oberon, era bastante fácil de
rechazar como los miedos xenófobos de un nativo, casi
sin educación, que nunca había viajado más allá de los
márgenes de la atmósfera de su propio mundo. La
brutal verdad era que, entre los fragmentos de una
civilización donde las máquinas y los productos de la
tecnología eran tesoros, el trabajo humano tendía a ser
barato y fácil de recolectar.
—¿Dónde los llevarán? —se preguntó Grayson en voz
alta.
Tor se encogió de hombros:
—Al espaciopuerto, tal vez. No se atreverán a usarlos
aquí. Lo mas probable es que los acorralen en algún
lugar fuera de este mundo. —Su voz era curiosamente
uniforme y lejana. — Pueden incluso cargarlos a bordo
de la vieja Ingrata.
Un ensordecedor estrépito, proveniente de más abajo
en la calle, captó la atención de Grayson. Avanzó a
gatas, deslizando su cabeza más allá del abrigo de la
pared cercana a la calle. Lo que vio le impresionó hasta
lo más hondo, hasta el mismo corazón. Allí de pie
estaba el Marauder, encerrado entre los escombros de
un edificio en llamas. Un frío cuchillo se retorcía en las
tripas de Grayson. Ese edificio era la casa de Berenir, el
mercante.
El Marauder se tambaleó hacia delante en la calle,
completando la destrucción. El muro delantero de la
casa se estremeció y se derrumbó hacia dentro,
enviando una galaxia de chispas rojas sobre la
humeante capa por encima de ella.
Tor miraba la cara de Grayson:
—Esa era la casa de tus amigos, diría.
—Si . . . sí, lo era. Pero no lo entiendo. ¿Por qué
destruyeron solo una casa? —La casa de Berenir había
sido eliminada con precisión quirúrgica, pero ninguno de
los restantes edificios de la manzana había sido tocado.
Grayson se preguntaba si Claydon había sobrevivido.
Mientras el Maurader seguía moviéndose hacia el norte,
dejando escombros y llamas a su paso, Grayson pensó
que era poco probable. Miró fijamente como otra pared
de la casa de Berenir se derrumbaba en una ducha de
chispas.
Grayson y Tor volvieron a alejarse poco a poco de la
calle:
—Lo siento por tus amigos —dijo Tor.
Grayson asintió en señal de agradecimiento. Ahora se
sentía curiosamente vacío, libre de todo salvo la
necesidad de devolver los golpes a los 'Mechs de los
bandidos. Pero, ¿cómo? ¿Cómo? Un sentimiento de
impotencia le aplastaba enormemente ahora.
—Me dirijo hacia el espaciopuerto —dijo Tor—. Los
técnicos siempre son necesarios, y tengo bastantes
capacidades como técnico de navío como para
encontrar una oferta. Puedes acompañarme como mi
ayudante y hallaremos una forma de teñir tu pelo. Así
no tendrás que tomar baños de barro, ¿eh?
Grayson pensó durante un instante, luego, movió la
cabeza:
—Vete sin mí, Capitán. Tengo otra cosa que hacer.
Tor se volvió:
—¿Qué? —quería saberlo—. ¿Dónde?
—He . . . no importa —dijo Grayson, distraído por sus
propios pensamientos—. Simplemente tengo que pensar
un poco, es todo. Me encontraré contigo en el puerto
más tarde.
—¿Cuándo?
Grayson se encogió de hombros:
—No lo sé. —Miró hacia abajo, a su mano;
preguntándose por qué no estaba temblando. Sus pies y
brazos parecían débiles, como si la oleada de
emociones que se habían escurrido ante la visión del
Marauder le hubiesen dejado como una cáscara vacía,
capaces apenas de sostenerlo. La subida de adrenalina,
que le había mantenido en marcha hasta ahora, se
desvanecía, dejándole exhausto.
Se giró, para encarar a Tor:
—Solo vete. Me reuniré contigo cuando pueda.
Tor sonrió, pero la preocupación se veía en sus ojos:
—No tardes mucho tiempo. Nosotros, los extraños,
tenemos que estar juntos ahora, ¿vale?
Vete al infierno y déjame solo, pensó Grayson con un
rencor que le sorprendió. No dijo nada, sin embargo,
pero asintió y se dio la vuelta alejándose. Iba a tener
que encontrar un medio de transporte hacia las
montañas, y no estaba completamente seguro de tener
la fuerza para hacerlo.

******

El oficial menor estaba de pie, adoptando con rigidez


la posición de firmes, y sentía el sudor empapando el
cuello de su negra armadura corporal:
—No, Lord, no está allí —informó el hombre.
Levantando la vista desde el papeleo de encima de su
mesa de despacho, el hombre sentado observaba a su
oficial con una mirada fría y uniforme:
—Debía estar. Le disparé yo mismo. Le vi caer, justo
en el lugar que marqué en el mapa del Hangar de
Vehículos que le di a usted.
—No estaba allí, Lord. —Había miedo en la cara del
hombre joven. Su comandante tenía reputación de ser
cruel. — Hemos buscado por el Castillo, y comprobado
todos los cuerpos. Hay . . . hay evidencia de que alguien
se movió por el Castillo después de nuestra partida.
Quizás se tratase del chico que usted busca. La puerta
de un compartimento de almacenamiento, que el
Sargento Wynn recuerda estar cerrada después de la
batalla, estaba abierta cuando regresamos, y es
patente, por el estado de la habitación, que falta un
aerodeslizador. El hijo de Carlyle debió haber cogido una
maquina y escapó.
El Capitán Lord Harimandir Singh se consideraba así
mismo un hombre justo —despiadado, sí, y exigente—,
pero no dado a caprichos y a crudas emociones. Había
disparado el único disparo que había impactado en la
cabeza del hijo del comandante enemigo. Había sido su
orden la que había conducido al grupo atacante y sus
prisioneros fuera del Hangar de Vehículos para
perseguir a los Comandos supervivientes hasta el
perímetro del espaciopuerto. Si Grayson Death Carlyle
aún vivía, era responsabilidad de Singh, y no del
Teniente que trataba, con tan poco éxito, ocultar su
terror.
Por tanto, el fallo es mío, pensó Singh. Debía haber
sellado el tema con un segundo disparo, o, al menos,
dejar a alguien en el Hangar para que comprobase los
heridos.
Pero las cosas habían estado ocurriendo con tanta
rapidez en el Hangar de Vehículos. Solo las decisiones
rápidas y el movimiento veloz habrían completado la
misión.
Y la misión HABÍA sido completada, ¿o no? Los
Comandos de Carlyle estaban rotos, los supervivientes
habían huido y su base en manos de Singh. Si ese chico
había logrado escapar a Sarghad, ¿podía eso poner
realmente en peligro el gran plan? Las ordenes
especificas de Singh habían sido asegurarse de la
muerte del Tech superior de Carlyle, Riviera; de la de
todos los MechWarriors que quedaban en el Castillo; y
de la del hijo de Carlyle. Las ordenes habían sido
ejecutadas, salvo el último aspecto.
Singh consideró la cuestión detenidamente. El chico
no había escapado con los miembros supervivientes de
la lanza de Carlyle, de eso estaba seguro. Si vivía, solo
podía estar escondido en algún lugar en la soledad del
desierto de Trellwan o en ese extenso montón de basura
a los pies de esta montaña que los indígenas llamaban
Sarghad.
Si se había ido al desierto, el tiempo se le acababa
rápido. Periasteron cocería tales desiertos con un calor
asesino en solo unos pocos días estándares más. E
incluso, si el chico sobrevivía a ESO, ocultándose en una
cueva en algún sitio, el clima de 50 grados bajo cero del
breve invierno de Trellwan acabaría con él la
Segundanoche.
Eso solo dejaba la ciudad. No había forma de buscar
por toda la ciudad en busca de un chico, y ningún
motivo real para intentarlo. El joven Carlyle no sería
capaz de salir del planeta, ni siquiera sería capaz de
aproximarse al espaciopuerto sin que los guardias del
perímetro le diesen el alto. Efectivamente, estaba
abandonado en Trellwan. El resto del Plan se
desarrollaba correctamente y parecía que el hijo de
Carlyle no supondría un obstáculo para las etapas
finales.
Además, siempre existía la posibilidad de que fuese
capturado por una unidad de patrulla. Singh decidió que
sería mejor emitir una orden a las patrullas exigiendo
que se le informase si alguien de la edad aproximada de
Carlyle era apresado en Sarghad o en el espaciopuerto .
. . no, que sea cualquier extranjero, sin importar la
edad. De un modo u otro, conocería el paradero del
chico o se aseguraría personalmente de que estaba
muerto.
El oficial se mantenía aun firme delante de él:
—Eso será todo, Teniente. Usted lo ha hecho bien.
Gracias por su informe.
El Teniente se encorvó visiblemente aliviado; luego, se
puso erguido y ejecutó un elegante saludo llevando el
puño derecho al pecho izquierdo:
—¡Sí, Lord!
Singh observó como el hombre giraba sobre sus talones y
se alejaba. No, la huida de Carlyle no afectaría al Plan en
absoluto.
Retornó su atención hacia el trabajo que había sobre su
mesa, un informe que escribía para el Duque. Estaba
programado que una rápida nave de mensajería llegase al
punto de salto dentro de 24 horas, y el informe de Singh
traería al Duque y su armada a Trellwan antes de que
hubiese pasado otro año local.
Singh sabía que Su Gracia, el Duque Ricol, conocido a
través de los Estados Sucesores como El Cazador Rojo,
estaba impaciente por empezar con la ejecución de la
siguiente fase del juego.

******

Encima del Monte Gayal y de la pirámide truncada del


Castillo que se cernía allí arriba, se alzaba una sucesión de
dentados picos encarados hacia el acantilado, que eran
parte de la trenza de la accidentadas cadenas montañosas
que rodeaba el ecuador de Trellwan. Las Montañas
Crysander eran salvajes y nuevas, creadas por los
incesantes cambios de marea del muy cercano sol de
Trellwan; lo que continuaba doblando y volviendo a doblar
esas capas de roca ígnea que empujaban hacia arriba y, en
ocasiones, literalmente, convirtiéndolas de dentro a fuera
en erupciones y corrientes de lava. Muchos de los picos, a lo
largo de la cadena de una longitud de 35.000 kilómetros,
eran entusiasmados volcanes activos, y los terremotos
sísmicos moderados eran un suceso cotidiano.
Aunque la mayoría de Trellwan era árido, había dos
pequeños y serpenteantes océanos minerales abrigados
entre las montañas ecuatoriales. Las colonias humanas del
planeta habían crecido en las regiones relativamente fértiles
ubicadas en un radio de unos pocos cientos de kilómetros
respecto de tales ubicaciones. El lento crecimiento de las
mareas originado por el rojo Trell una vez cada quince días
estándares era demasiado alto para fomentar los
asentamientos al lado del mar. Además, el alto contenido en
azufre e hidrógeno sulfúrico de tales aguas ácidas dejaba el
aire, a varios kilómetros a la redonda, cargado con un acre
hedor a huevos podridos. Empero, la mayoría de la energía
de Trellwan provenía de plantas generadoras, no manejadas
por seres humanos, que aprovechaban las mareas y
estaban desplegadas a lo largo de las malolientes playas de
tales océanos.
Periasteron marcaba el comienzo y el final de cada año de
45 días. Era el momento en que Trellwan estaba más cerca
de Trell en su ligeramente excéntrica órbita alrededor de la
estrella, y siempre ocurría en los dos mismos puntos sobre
la superficie del planeta. El Periasteron llamado Lejano
Pasaje sucedía en el otro lado del mundo en mitad de cada
Segundanoche. Era precedido en Sarghad por moderadas
tormentas que la barrían desde el lado diurno, y por
temperaturas, gradualmente más altas, que marcaban el
comienzo del breve otoño-verano-primavera de Sarghad.
El Periasteron llamado Cercano Pasaje ocurría en el Nerge,
el Desierto Negro, 2.000 kilómetros al oeste de la ciudad, y
era totalmente diferente.
Trell estaba en el cielo en ese momento, recién pasado la
mitad del Primerdía en la longitud de Sarghad. Mientras la
temperatura local se disparaba bajo el ardiente calor, el
agua se evaporaba desde la superficie del cercano mar a un
ritmo acelerado. Las nubes hervían hacia el cielo con tanta
rapidez que su crecimiento podía ser seguido por el ojo.
Mientras vastos volúmenes de caliente aire fresco subían
desde el nivel del suelo hasta la fría estratosfera, que
arrastraban hacia el interior vientos del desierto que
aullaban a través de Sarghad desde las llanuras minerales
al este.
Luego llegaban las lluvias. Violentas lluvias acompañadas
de un gran vendaval que volvían los ocres desiertos en
mares de barro y que inundaban las calles de Sarghad.
Mientras continuaba la lenta rotación del planeta, Sarghad
descendía de forma gradual en la noche continua. En esa
larga noche, la tormenta continuaba mientras las
temperaturas caían en picado.
Hacia mitad de la Primeranoche, unos cinco o seis días
estándares más tarde, nevaba en las montañas situadas por
encima de la ciudad. La mayoría del vaho depositado como
nieve caía en las montañas, y a lo largo de los lejanos
icebergs y llanuras glaciares al norte y al sur. El desierto
ecuatorial alrededor de
Sarghad se solidificaba congelado cuando las
temperaturas caían en picado a 50 grados centígrados o
más por debajo de cero. Y arriba, en las montañas,
nacían glaciales de corta existencia.
La nieve caía con fuerza entre los dentados picos de la
cadena montañosa. Existían sitios donde las sacudidas
sísmicas y los repetidos ciclos de nieve, congelación,
calor y descenso de agua derretida habían hecho
aberturas en las montañas, dando lugar a antiquísimas
y desnudas fallas ocultas, a cavernas y a manantiales y
fuentes de ríos que bajaban hasta el mar. Calientes
manantiales de agua mineral crecían dentro las cuevas
abiertas por debajo de los relucientes techos de hielo.
Dentro de estas cavernas, que protegían del calor,
estaba el ininterrumpido plip-plip-plip de la nieve
fundiéndose y resbalándose hacia abajo para dar forma
a las fantásticas dagas que son las estalactitas.
El Lejano Pasaje tenía lugar a mediados de la
Segundanoche. Entonces se producían tormentas,
fundamentalmente tormentas de viento y polvo nacidas
de vientos cálidos de las antípodas, y la temperatura
comenzaba a subir. A mitad del Tercerdía, la
temperatura estaba por encima del punto de
congelación, y aun subiendo. Montañas enteras de hielo
rápidamente acumulado y llenas de nieve empezaban a
derretirse.
En algunos lugares, el proceso de descongelación era
catastrófico.
La Falla del Trueno era el mayor y más profundo
sistema de cavernas y falsas grietas en las montañas al
norte de Sarghad. Durante los periodos fríos, estaba
completamente techado por hielo de cientos de metros
de grosor. Desde el principio del Tercerdía hasta bien
entrado el Primerdía, el agua derretida creaba una
catarata. El agua blanca, rugiente, en cascada y con
estruendo, caía, por pasajes de muchos ramales
surgidos a través del hielo y la roca, en un lago de gran
profundidad, del que la espuma y el rocío se elevaban
como una nube. Durante periodos de más calor, esa
nube de espuma colgaba sobre el desfiladero en forma
de V que distinguía a la Falla cuando se veía desde la
llanura de la ciudad. Y el trueno de las aguas podía oírse
en la distancia por encima del incesante murmullo de
vendedores y mercantes callejeros.
Grayson había descubierto la Falla poco después de
que los Comandos de Carlyle hubiesen llegado a
Trellwan. Se había convertido, para él, en un refugio de
las exigencias y críticas de Kai Griffith y del atestado
cuartel. A veces, incluso le había dado refugio del tierno,
pero críticamente afilado, ojo de su padre. Una vez,
hacia varios años locales, había traído aquí a Mara
durante unas pocas horas de dulce diversión. Había
esperado que ella se sentiría tan embelesada con la
belleza de las cavernas como él; y se había sentido
profundamente decepcionado por la ausencia de
respuesta de ella. La boca de la Falla era demasiado
ruidosa, le había dicho ella, el aire demasiado húmedo y
violento, la roca desgastada por el agua demasiado fría
y dura para lo que tenían planeado hacer.
Durante varios días locales, después de ese episodio,
no había regresado allí; pero ni siquiera Mara podía, por
mucho tiempo, debilitar su entusiasmo por el lugar.
Aunque Grayson regresó muchas veces tras ese día,
siempre había venido solo.
La Falla era donde necesitaba estar ahora. Le había
llevado solo unos pocos momentos encontrar un
saltarín{vi} de efecto terrestre de la Milicia de Sarghad
aparcado en la acera de una agitada calle abarrotada de
gente. Sintió pocos escrúpulos al coger la máquina. Era,
después de todo, uno de los vehículos ligeros militares
que los Comandos habían dado a la milicia local poco
después de que la guarnición había llegado. Había sido
cedido a los locales como parte del acuerdo de
asistencia y entrenamiento militar mutuos entre el
gobierno de la Mancomunidad y el de Trellwan.
Después de todo por lo que había pasado Grayson en
las últimas horas, consideraba que los trelanos, al
menos, le debían un medio de transporte. El saltarín le
transportó en la estela de un remolino de polvo fuera de
Sarghad y a través de los irrigados campos al norte de
la ciudad.
Allí había vegetación, achaparrada y teñida de azul
oscuro a causa de la base de sulfato de cobre de
Trellwan que equivalía a la clorofila. Una única cañería,
ancha y con la corteza oxidada, traía el agua desde las
montañas situadas al norte, irrigando el mosaico de
vegetación azul. Esta se alternaba con bajas
y apagadas cúpulas agrarias de plata que se extendían
por el desierto que había más allá de la ciudad. Los
humanos no podían comer la vegetación local. Por ello,
construían campos de cereales y vegetales importados
dentro de las protecciones que controlaban la
temperatura y la luz de las cúpulas agrarias. Cultivos
locales, adaptados a la climatología cíclica de Trellwan,
proporcionaban las especies (seguras si se ingerían en
pequeñas cantidades) y los arbustos maduros de
maderas ricas en mineral que eran las materias básicas
de las exportaciones comerciales de Trellwan.
Grayson guió el saltarín a través de los campos, a la
máxima velocidad que le permitía el pequeño vehículo,
desviándose hacia el glaciar que anidaba en el
desfiladero en forma de V en las montañas al norte.
Había poca gente por allí, la mayoría trabajadores de
campo animando a salir fuera de bajas protecciones
abovedadas a los lannics de joroba escamosa. Ahora
que los atacantes se habían ido, el trabajo en los
campos en las cúpulas agrarias continuaría. Ninguno de
los trabajadores se apercibió del vuelo del
aerodeslizador.
Había caminos en forma de montaña rusa para subir
la cara de las montañas, pero, finalmente, tuvo que
dejar el saltarín entre un batiburrillo de peñascos. Desde
allí, se sumergió en una red de cavernas de techo bajo
que le llevarían al corazón de la montaña, y, luego, a la
bóveda de la gran Falla.
Grayson fue consciente primero del ruido de la Falla,
un sordo trueno audible a lo largo de diez kilómetros
incluso en las calles de Sarghad. En las cavernas, el
creciente rugido silbaba y golpeaba a través de canales
de roca y tamborileaba en sus sentidos como algo vivo.
El ruido silbaba fuera solo durante el tiempo entre
comienzos del Tercerdía y comienzos del Primerdía,
cuando las masas de hielo se derretían y el agua
entraba a raudales en el hoyo de 200 metros de
profundidad de la Falla; pero Grayson sabía que hacer.
El solía traer protectores para los oídos, pero, luego,
descubrió que bolitas de la cerosa arcilla amarilla que
crecía en el suelo de la caverna servirían también para
proteger los oídos. Con cuidado, se tapó los oídos; luego
ascendió el inclinado sendero de la caverna hasta la
fuente del atronador rugido.
Había una cornisa, los restos de alguna antigua
convulsión de la corteza del planeta, que corría a lo
largo de la pared de la grieta a medio camino entre el
brillo translucido del techo de hielo y la semioscuridad
llena de sombras del lago inferior cubierto de espuma.
Sobre esa cornisa, estaba rodeado por la intensa
vibración y el exultante rugido de la montaña. El aire
era frío, pesado, lleno de vaho y vivo, gracias a las
rasgueantes oleadas de sonido que provenían de las
cataratas de agua. El vacío central de la Falla estaba
lleno de agua que llegaba a través de embudos
originados por canales y pasajes desgastados por el
agua que se creaban dentro del techo de hielo que lo
tapaba. De vez en cuando, cantos rodados de hielo de
múltiples toneladas se liberarían, al romperse, y caerían
200 metros a través del espacio lleno de rocío y se
sumergirían en la espuma y la furia de abajo.
Grayson recorrió la cornisa hacia la izquierda. Allí, al
sur, la Falla se abría hacia arriba al aire y la luz; y el
techo de hielo daba paso a un cielo claro enmarcado por
los acantilados circundantes. A través de la abertura,
podía ver la plataforma del helicóptero sobre la azotea
del Castillo a cinco kilómetros de distancia y por debajo.
Más allá y más abajo se encontraba le extensión en
forma de rueda de Sarghad. A sus pies, la pared de la
Falla descendía recta unos 100 metros hasta el borde
del lago.
Ese lago era muy profundo y bastante largo. Varios
kilómetros más lejos, en la montaña, caía en cascadas y
furiosos manantiales a través de la apertura norteña de
la Falla, fluía por canales profundos y serpenteantes
más lejanos al norte; luego, se catapultaba unos 50
metros finales en rocío y espuma sobre las aguas, con
olor a azufre y de un amarillo turbio, del Mar de
Grimheld. La orilla sur del lago, protegida a ambos lados
por las paredes de la Falla, se abría a un barranco
enormemente peñascoso que conducía a las áridas
tierras malas al sur de las montañas. La línea de
tuberías de irrigación apenas era visible desde esta
altitud.
Rodeado por el ruido, Grayson se sentó sobre un
canto rodado cubierto por la bruma. Desde este punto
estratégico, podía ver a la gente sobre la azotea del
Castillo; aunque resultaba imposible decir lo que hacían
o distinguir los detalles. Dado que el espaciopuerto
quedaba por detrás y por debajo del Castillo, desde aquí
no era visible mucho de él. Grayson logró distinguir
parte de la torre de control, un plato de comunicaciones
de la estación terrestre y lo que podía haber sido la
desafilada proa de la Nave de Descenso de la Ingrata.
Deseaba haber tenido los binoculares electrónicos de
modo que pudiese espiar a los trabajadores que se
movían entre los andamios cercanos a la nave.
Grayson estudió la azotea del Castillo. Allí había varios
helicópteros, ligeras máquinas de exploración que
reconoció del depósito de vehículos de los Comandos.
Mientras observaba, una de las máquinas se elevó en el
aire y se balanceó como un enorme insecto reluciente
hacia el puerto. Con la toma del Castillo y de todo el
equipo que la lanza no había tenido tiempo de llevarse o
destruir, los piratas lo habían hecho bastante bien.
Los pensamientos de Grayson resbalaron de vuelta a
su necesidad, a su ardiente deseo de venganza. Justo
ahora, parecía como una búsqueda vana. Poco experto
en la batalla, desarmado, ¿qué posibilidad tenía el
contra un Marauder? Para vengarse, necesitaría, al
menos, un 'Mech pesado, uno que pudiese aguantar
contra esa máquina de 75 toneladas. También
necesitaría una lanza de 'Mechs para enfrentarlo —o un
pequeño ejercito entrenado y equipado para luchar
contra 'Mechs. Después de todo, ese Marauder no
estaba solo. Había otros 'Mechs piratas en Trellwan, y
¿cuántos cientos de soldados piratas?
Grayson pensó en esto durante un momento. El
ataque al Castillo había sido tan metódico, tan
cuidadosamente planificado y calculado. No se
correspondía con las típicas tácticas de golpear y correr
de las incursiones de los bandidos. Cuanto más pensaba
en ello, más extraño le parecía. Los piratas habían
tenido que planear y ejecutar la captura de la nave de
Tor, interceptándola en uno de los treinta puntos
posibles de navegación y recarga de las baterías de
energía entre Oberon IV y Trellwan. Tuvieron que
trasladar hombres y materiales, necesarios para el
ataque, a la Ingrata una vez que la capturaron — lo que
nunca era tarea fácil en el espacio profundo. Luego
tuvieron que equipar la Nave de Descenso con las
armas extras que habían sorprendido y devastado el
Phoenix Hawk de su padre. Todo eso había sido
calculado y coordinado con lo que pasaba en Trellwan.
Los piratas debían haber convencido o comprado la
ayuda del astech Stefan (y probablemente de otros)
para eludir el sistema de seguridad del Castillo, de
modo que una fuerza comando pudiese entrar.
Había habido docenas de ellos, una compañía al
menos y, probablemente, más. Parecía que habían
estado divididos en numerosas unidades pequeñas,
cada una con un objetivo distinto en el Castillo. Grayson
recordaba la visión de ellos entrando en el Centro de
Control; y supo con fría certeza que aquellas no eran
tropas nativas. Los debían de haber traído de alguna
parte; probablemente en otra Nave de Descenso
carguera que había aterrizado en el puerto unas horas
antes. Esa parte de la operación había requerido una
cuidadosa preparación y un cronometraje preciso para
lograr ser trasladados justo cuando el Phoenix Hawk de
Carlyle se aproximaba a la Nave de Descenso de la
Ingrata. Todo el plan sugería una operación militar
enorme —y costosa. Grayson estaba seguro de que en
esto había más que un motín contra Oberon por parte
de un puñado de sus propios señores de la guerra
piratas.
Sin querer, el recuerdo de la cara de su atacante
regresó a Grayson. Esa enjuta cara oscura con el
mostacho y la barba bien arreglados. Los ojos
demasiados brillantes, los ojos de un fanático. Grayson
creía que había visto esa cara antes, pero ¿dónde?
Una parte importante del entrenamiento de cualquier
aprendiz de MechWarrior le exigía llegar a familiarizarse
con otros MechWarriors. No todos, desde luego, sino los
importantes, los brillantes, los lideres de guerra y
mercenarios de más éxito, que habían grabado para si
mismos nombres a través de los campos de batalla de
miles de mundos destrozados por la guerra. ¿Y si había
sido en los archivos de ordenador de guerreros
conocidos que había estudiado en Trellwan donde
Grayson había visto esa cara oscura? ¿Y si era la de un
MechWarrior? ¿La de un oficial de fuerzas terrestres? Se
tapó los ojos con una mano. Piensa . . . ¡piensa!
Abrió los ojos, parpadeó ante la luz, se puso en pie y
respiró profundamente, pero la identidad del tipo no
vino a él. Grayson sabía, empero, que si había visto esa
cara mientras estudiaba en los archivos del ordenador,
la información que necesitaba aún estaría allí en el
ordenador central del Castillo. De algún modo, pensó,
de algún modo iba a tener que volver dentro del Castillo
11

Grayson había perdido conciencia del tiempo desde


que había dejado la casa de Berenir con el pensamiento
de contactar con Mara. Al no querer atraer una atención
no deseada hacia sus orígenes extranjeros, dejó su
ordenador de muñeca con Claydon . . . Y, en un mundo
donde al sol le llevaba quince días estándares avanzar
desde un horizonte al otro, era imposible adivinar la
hora.
Fuese cual fuese la hora, tenía hambre y estaba
muerto de cansancio. Descansar sobre la cornisa la
había repuesto un poco, pero, ciertamente, no estaba
en forma para atacar a nadie —y especialmente a un
gigante blindado de 75 toneladas. En ese momento, la
necesidad de dinero eclipsaba a su necesidad de
venganza; en realidad, eclipsaba cualquier otra
necesidad. El dinero le conseguiría un lugar para dormir,
algo de comer y, quizás, una botella de tinte para su
revelador cabello.
Grayson no estaba totalmente seguro de cómo iba a
conseguir tener en sus manos algo de la moneda local.
Mara era su única amiga, y ella parecía fuera de
alcance. Su única posesión era un aerodeslizador
robado que ocasionaría su arresto inmediato en el
momento en que tratase de venderlo. La Milicia local
desaprobaba los intentos por conseguir y vender
material militar.
Saliendo de la caverna cerca de donde había
escondido el aerodeslizador, Grayson empezó a hurgar
por la cabina abierta por arriba y por la zona de carga,
buscando algo que pudiese usar a su favor.
Tres chocolatinas escondidas en un compartimento
debajo del asiento fueron usadas inmediatamente.
Parecía haber poco más de valor, salvo una caja de
herramientas de metal abarrotada de trinquetes, llaves
de tubo, destornilladores y otras diversas herramientas
útiles para el mantenimiento y la reparación mecánica.
No parecían marcadas. Si pudiese encontrar una tienda
de empeño o, incluso, una casa de suministros para
techs mecánicos en Sarghad, podía ser capaz de vender
las herramientas por bastante dinero como para
comprar comida y alquilar una habitación durante, al
menos, un periodo de sueño.
Su única otra alternativa era robar, lo que parecía
incluso menos prometedor. A menos que fuese capaz de
amenazar a su víctima con una gran llave inglesa,
Grayson no sería tomado en serio como ladrón armado.
Por otra parte, no tenía estomago para golpear a gente
inocente por la espalda.
Decidió intentar vender las herramientas; luego, tal
vez, se dirigiría al espaciopuerto y buscaría al Capitán
Tor. Si esto fallaba, podía ser capaz de encontrar trabajo
como obrero en una de las cúpulas agrarias de Sarghad.
No le importaba cual fuese el trabajo. Todo lo que
necesitaba era mantenerse vivo en un planeta hostil
mientras planeaba su venganza sobre el piloto del
Marauder. Ese deseo rápidamente se estaba
convirtiendo en la fuerza motriz central de su
existencia.
Dejando el saltarín detrás de un almacén en las
afueras de la ciudad, Grayson caminó hacia el Eje,
llevando la caja de herramientas. No estaba seguro de
cómo encontrar lo que quería, y temía solicitar que le
orientasen. Su apariencia de espantapájaros manchado
de barro no aumentaría sus posibilidades de obtener
una respuesta rápida; y no conocía bastante bien la
cultura trelana para adivinar donde podía estar
localizada una tienda de empeño o una casa de
suministros de herramientas. Después de pensar un
rato, decidió que su mejor oportunidad era intentarlo en
las Calles de los Mercantes. Con pies doloridos en sus
excesivamente ajustadas botas, se dirigió dando
traspiés en la dirección general del barrio empresarial
de Sarghad.
Dos veces se encontró perdido, rectificando sólo
cuando se percató que había llegado al Eje. Allí estaban
los Jardines de Palacio, las cúpulas del Palacio
mostrándose por encima de extensos arbustos de
cobalto llenos de flores de corta vida/perecederas. Si
solo pudiese alcanzar a Mara, ¡todos los problemas se
resolverían! Pero los soldados de chaquetas verdes aun
hacían alardes por dentro de la puerta principal, y las
calles estaban pobladas de Guardias de Palacio y de los
uniformes marrones de la Milicia. Si fuese a tratar de
escalar la valla de tres metros, le echarían a bajo antes
de que llegase a lo más alto.
No, la Tercera Calle de los Mercantes estaba a la
vuelta, por ESE camino. Trataría de encontrar a Mara
más tarde.

******

Singh estaba dentro, tras las grandes puertas del


Hangar de Reparaciones. Mientras observaba las tropas
colocadas en formación, el trueno hacía un estrépito
incesante desde las montañas que había por encima del
Castillo. Tenía cuatro compañías completas, unos 300
hombres, bajo su mando directo, así como cinco 'Mechs.
Dos compañías guarnecían el perímetro en el
espaciopuerto. Las otras dos estaban aquí, con las
armas y la armadura corporal luciendo rojo-doradas bajo
el reconfortante y cálido sol. Los transportes de efecto
terrestre, cubiertos de polvo, aparcados sin encender
cerca.
Detrás de las filas de tropas sin rostro y con máscaras
blindadas se alzaban los cinco 'Mechs del batallón. El
Marauder del Teniente Vallendel era el BattleMech líder,
por supuesto, y lideraría la lucha real, pero el estaba en
el mando general.
El, Harimandir Singh, al mando de ¡una lanza de cinco
'Mechs! Era un honor singular que el Duque le había
concedido a él. Las operaciones secretas, como Código
Dragón, eran demasiado sensibles, demasiado delicadas
para ser dejadas en las manos de un MechWarrior
relativamente joven e inexperto como Vallendel. Singh
se había sentido orgulloso de que el Duque hubiese
confiado esta fuerza de combate a su cuidado; de que
hubiese puesto Código Dragón bajo su mando hasta que
llegase el momento de que el Duque hiciese su propia
aparición. Singh saboreó la embriagadora sensación de
poder.
Cuatro 'Mechs más pequeños flanqueaban al
Marauder: un Stinger, un Locust y el par de Wasps
capturados durante la batalla con la lanza de Carlyle.
Singh confiaba en sus pilotos menos de lo que lo hacía
en Vallendel. El Teniente era unos de los guerreros con
experiencia del Duque, elegido a mano para esta
misión; pero tres de los pilotos de los cuatro 'Mechs de
20 toneladas eran novatos, y tres eran mercenarios
contratados en Sigurd, en la confederación de Hendrik.
Esos tres no conocían toda la extensión del Plan, por
supuesto. Ni eran conscientes de que morirían pronto,
sacrificados al Plan una vez que el Duque llegase para
hacer cargo.
El Sargento Mendoza, el piloto del Stinger, era el único
con alguna experiencia, habiendo pasado muchos años
pilotando 'Mechs al servicio del Duque. Ese caería
luchando cuando llegase el momento. Los oscuros ojos
de Singh se estrecharon ante el pensamiento. Podía ser
mejor acabar con su carrera con la hoja de un asesino
antes, para evitar complicaciones innecesarias. Eso
sería una pena, pero en este juego de espionaje y
contraespionaje, el secreto era tan esencial que incluso
Vallendel, incluso el propio Singh, podía ser sacrificado
para preservarlo. Si la Mancomunidad detectaba el más
mínimo indicio de Código Dragón, la misión fallaría.
Singh sabía que el fallo era una opción que el Duque
nunca toleraba.
Los Wasps eran pilotados por mercenarios
sigurdianos, los soldados Enzelman y Fitzhugh, y el
Locust por el Cabo Kalmar. Los tres eran bastante
inexpertos, recién salidos de su aprendizaje en uno de
los mundos de Hendrik, pero parecían bastante
competentes. Se habían unido a la unidad en Sigurd
justo antes de que la expedición hubiese salido para
encontrarse con el buque de carga de Mailai.
No era, tal vez, la más diestra o mejor entrenada de
las lanzas de 'Mechs, pero sería más que apropiada
contra los patéticos pisaverdes que defendían Sarghad.
Esa simple escaramuza previa, en las afueras de la
ciudad, lo había demostrado. Imagínate transportes
personales blindados, abarrotados de soldados,
¡dirigiéndose directamente a los cañones de un
Marauder con ganas de pelea! Había sido una
carnicería, y, ahora, los defensores de la ciudad estarían
completamente desmoralizados. Aún más, Vallendel
había traído prisioneros. Quienes habían informado a
Singh sobre la exacta localización de los refugios de
batalla, situados debajo del Palacio, de la Familia Real.
Sus fuerzas solo habían acabado de regresar de
Sarghad, y podía ver que los hombres estaban
cansados. La formación no era completamente perfecta.
Estuviesen o no cansadas las tropas, Singh pretendía
continuar empujando a los indígenas con todo lo que
tenía, tan fuerte como pudiese. No conocerían un
momento de respiro hasta la segunda fase del Plan.
Algunas partes de la ciudad aún enviaban hacia arriba
girantes espirales de humo negro, allí donde los fuegos
proseguían entre esas chozas y tugurios de los bárbaros.
Singh sabía que era el momento de atacar de nuevo, antes
de que los indígenas pudiesen recuperarse del primer asalto
tan recientemente acabado.
Era, tal vez, una pena que aun no estuviese preparado el
Shadow Hawk, que había sido puesto fuera de juego para
debilitar, de forma crítica, la defensa del Castillo. Qué fuerza
acorazada sería ESA. ¡Cuatro ligeros conducidos por un
equipo de un Shadow Hawk y un Marauder! Bien, no
importaba. El capturado Shadow Hawk estaría reparado
para cuando llegase el Duque Ricol. Mientras tanto, la
fuerza que tenía Singh sería más que adecuada contra la
muchedumbre de Sarghad.
Levantó las manos, gritando por encima del distante
rumor de la falla de la montaña: —¡Hombres! ¡Soldados al
servicio del Duque Rojo! ¡Este es el punto culminante de
nuestra parte en el Gran Plan! —De todas las tropas delante
de él, sólo el Teniente Vallendel conocía los detalles del
plan, por supuesto; pero todos podían compartir el
entusiasmo y el orgullo de jugar su parte en un gran plan.
—Se les han enviado noticias a nuestro Señor,
notificándole la finalización con éxito de la primera fase.
Cuando él llegue para empezar la segunda fase, nuestra
parte en este glorioso proyecto estará acabada . . . de forma
noble y honorable.
>>Por ahora, ¡tenemos este mundo a nuestros pies! Sé
que estáis sofocados y cansados, que habéis estado
luchando duro, pero ahora es el momento de golpear de
nuevo, ¡sin piedad! —Singh gesticuló hacia la ciudad
extendida sobre la llanura debajo del Castillo, indefensa e
incitadora en la sangrienta luz solar.
—¡El Teniente Vallendel y el Sargento Mendoza lideraran
las fuerzas terrestres principales! Su misión es atacar y
destruir las defensas terrestres del enemigo donde se les
encuentre. Nuestros tres aliados sigurdianos, entre tanto,
atacarán objetivos designados ¡dentro del propio palacio de
Sarghad!
Hizo una pausa, con los ojos estrechados. Era un riesgo
calculado, desde luego, asignar el ataque sobre el palacio a
los tres más jóvenes . . . extranjeros, además. Pero la parte
importante de la operación era destruir las defensas locales,
y, realmente, no importaba si llegaba a la Familia Real o no.
En el peor de los casos, un ataque sobre el palacio crearía
una diversión útil y extendería el pánico y la desesperanza
entre los defensores. En el mejor de los casos, el
cronograma de Código Dragón podía verse adelantado en
varios días. Había sopesado los peligros y posibles ventajas,
y había decidido correr el riesgo.
—Vosotros tres vais a atacar Sarghad, destruir las fuerzas
de la Milicia y los Guardias donde las encontréis, entrar en
el Palacio y coger como rehén a la Familia Real. Con Jeverid
y sus asesores como prisioneros, el gentío se rendirá a
nosotros y lo entregaremos al Duque cuando llegue, ¡un
presente cuidadosamente envuelto atado con
monofilamentos de diamante!
El obligatorio aplauso apareció en este obvio lugar para
los aplausos, compensando en volumen lo que no tenía en
espontaneidad. Singh gesticuló de nuevo, esta vez hacia las
filas de picas que se mostraban erectas a lo largo del
terreno de parada del Castillo, fuera de las puertas del
Hangar de Reparaciones. Los redondos objetos, incrustados
de marrón, empalados en la punta de cada pica ya estaban
secos en medio del árido aire, transportador de arena, de
este mundo. Dientes desnudos relucían debajo de cuencas
con ojos de mirada vacía.
—¡Soldados! ¡Mirad a vuestros enemigos! ¡Así estarán
todos los que se opongan a nosotros! ¡Así estarán los
enemigos del Duque! ¡Salve, Duque Ricol! ¡Salve, victoria!
De nuevo los aplausos, esta vez con connotaciones
nerviosas. Todo el mundo en las filas sabía que la tercera
cabeza empalada, desde la derecha, pertenecía al Sargento
Proller de la Compañía C. Había estado encargado de
asegurar el pasillo del Castillo que conducía desde el Control
Central hasta el Hangar de Vehículos. De algún modo, había
perdido. Para cuando su escuadra había alcanzado el
objetivo, los defensores supervivientes habían obtenido
numerosos transportes de colchones de aire y escapado
hacia el perímetro en el espaciopuerto.
Era el momento. A una orden gritada de Lord Singh, las
filas de hombres subieron a su transportes, que se
levantaron sobre colchones de aire que agitaron el polvo y
se dejaron llevar con un chirrido cortante bajando las
cuestas hacia la ciudad. Al frente de ellos, los cinco 'Mechs
avanzaban a zancadas y de forma pesada con un mortal
propósito.

******

Grayson se hizo consciente del ataque cuando la lúgubre


ondulación de una sirena se elevó por encima de una
muchedumbre de gente que, de repente, se quedó inmóvil.
Luego, llegó el sordo estrépito de lejanas explosiones, y la
muchedumbre de la calle empezó a dispersarse y correr en
todas direcciones, chillando y lamentándose.
¿Otro ataque? Desde el ultimo solo habían pasado unas
horas —¡el tiempo mínimo para que los incursores
alcanzasen el Castillo y regresasen!
Se encaminó hacia el lado de la calle cuando, haciendo
gran estruendo, pasaron a su lado, a paso ligero, unos
Guardias vestidos de verde y dorado. Mantenían las armas
en posición de disparo y mostraban una caras terriblemente
jóvenes debajo de cascos, de bordes dorados, con visores.
Grayson podía decir, por el sonido de las explosiones, que
se trataba de MCAs —misiles de corto alcance—,
probablemente lanzados por un 'Mech. ¿Qué oportunidad
tenían estos chavales contra BattleMechs?
Hubo un agudo siseo en el cielo, el destello instantáneo
de una blanca estela, con forma de flecha, desde el cielo, y
la valla de hierro de los terrenos de Palacio, al otro lado de
la calle, desapareciendo entre tierra negra y trozos de
ferrocemento que se precipitaban sobre el suelo. Grayson
cayó sobre su cara y se aferró al pavimento, mientras los
escombros que caían traqueteaban y rebotaban a su
alrededor. Cuando levantó la vista, la calle estaba sembrada
de trozos retorcidos de hierro y escombros, y un humeante
cráter interrumpía la curva de la valla.
Durante un instante consideró la posibilidad de meterse
por el agujero. Puedo entrar, pensó; pero luego pensó de
nuevo. Mara estaría buscando un refugio en ese momento.
No tenía idea de dónde estaría ella; y, vagabundear en
torno a los terrenos del Palacio durante una batalla solo le
garantizaría un tiro.
El Wasp surgió de una calle del Eje a varios cientos de
metros de la posición de Grayson. Era una máquina
impecable y que parecía elegante, con unos movimientos
parecidos a los de los humanos y pintada de blanco y azul
con ribetes de color negro y amarillo. Cuatro antenas
atravesaban su espalda desde la cabeza como orejas
pinchadas, dos a cada lado, lo que le daba la apariencia de
un animal cazador alerta. Esa cabeza estaba ahora
explorando, barriendo de arriba abajo la calle. Los
BattleMechs no tenían nada tan tosco o vulnerable como
ventanas en sus carlingas, por supuesto; pero el hueco en
que el que estaba la tira del dispositivo de exploración,
situado por debajo de la sobresaliente frente protectora,
daba a la cabeza la apariencia de un casco espacial con
visera. Sus armas incluían un afuste de MCA, oculto en la
cadera de su pierna izquierda, y un láser medio que el
'Mech blandía en su mano derecha con una facilidad
engañosa y perturbadora.
Los Wasps eran usados, con gran frecuencia, como
exploradores de la unidad de 'Mechs. Eran rápidos,
relativamente poco armados y blindados y extremadamente
maniobrables. Con los cohetes de salto encendidos por
fusión ocultos en las piernas y las mochilas direccionales
montadas en la espalda, podía saltar hacia arriba 180
metros —y alcanzar una distancia de seis veces su propia
longitud— disparando hacia abajo sobre objetivos terrestres
desde el aire o ganando una clara visión del terreno a su
alrededor.
Incluso tirado de plano sobre su estomago, Grayson
reconoció la máquina. Aunque habían pintado un ojo, en la
parte delantera de la pierna izquierda, sobre la insignia del
puño cerrado borrada, los 'Mechs — especialmente aquellos
que habían sido pintados muchas veces y estaban
desgastados por las batallas— eran tan únicos como los
individuos humanos. Este era un Wasp de los Comandos de
Carlyle, capturado durante la batalla que había dejado
tirado a Grayson en Trellwan. Su entrenado ojo buscó nuevo
daño, pero no detectó ninguno. Era posible que Mendelson
hubiese abandonado la máquina durante la evacuación,
antes que perderla en la batalla.
¿Quién la estaba pilotando ahora?, se preguntaba
Grayson. Podía ser un novato, un aprendiz situado en la
línea para conseguir uno de los nuevos BattleMechs
adquiridos. O podía ser, con la misma facilidad, un
MechWarrior experimentado en la batalla que había perdido
su propio 'Mech en combate. Quienquiera que fuese, parecía
manejar la maquina bastante bien. Los movimientos eran
suaves, y las rápidas zancadas de su caminar eran
naturales y llenas de confianza.
El Wasp se echaba encima suya. Grayson se obligó a
si mismo a permanecer donde estaba, sin moverse. De
toda la gente que huía asustada de los invasores
'Mechs, él era el único que, realmente, había pilotado
uno. El sabía como debían parecer las cosas al guerrero
que estaba confinado y agachado dentro de la
minúscula cabeza. Una persona que yacía quieta en el
pavimento pasaría desapercibida, no pareciendo mas
que un estático contorno borroso de color caliente en el
dispositivo de exploración infrarrojo. Solo si se movía, o
parecía como si estuviese apuntando un arma, caería el
rayo . . .
El ferrocemento bailaba y temblequeaba debajo suya.
Los Wasps pesaban sólo 20 toneladas, los 'Mechs de
tipo más ligero; pero la presión de pedales alternativos
de zancadas de 20 toneladas golpeaba el suelo como
vastos martillos pilones. Los gigantes, desaparecidos
hace mucho tiempo, de la vieja Tierra conocidos como
elefantes pesaban solo un tercio del peso del Wasp. Y
este monstruo de hoy en día sostenía ese paso sobre
dos piernas.
La enorme Y invertida de un pie con reborde subió,
descendió, atronadora. Los crujidos y protestas del
enrejado de metal de los rebordes y uniones de carburo
de tungsteno silbaban y rechinaban en el aire lleno de
polvo mientras el pie del monstruo se levantaba de
nuevo; y la sombra del monstruo barrió por encima y
más allá de la forma encogida de Grayson.
Cuando levantó la vista, un rectángulo gris plano, pero
de textura arrugada, sobre el pavimento, cerca suya,
atrajo su atención. Le llevó un momento reconocer la
pesada caja de herramientas de acero que había cogido
del aerodeslizador, aplastada por la pisada del
monstruo. Una cantidad desparramada de herramientas
había caído sobre la dura superficie del ferrocemento, y
ahora eran como decoraciones surrealistas en el
pavimento. Había estado cerca, pensó Grayson. Otro
metro, y . . .
Grayson se atrevió a levantar la vista para mirar hacia
arriba . . . arriba . . . y arriba. El monstruo se erguía en
la calle a diez metros de distancia, dándole la espalda
mientras inspeccionaba el humeante cráter y la
triturada valla. De su actitud, Grayson dedujo que el
piloto debía estar informando a otros 'Mechs o tropas.
Podía engañar a un 'Mech en movimiento haciéndose el
muerto, pero un pelotón de soldados enemigos era otra
cosa. Grayson miró a su alrededor, con ojos locos,
desesperado buscando un escondite. Las puertas se
alineaban en los edificios de enfrente en la calle, todas
cerradas, probablemente con el pestillo echado. Como si
un pestillo echado pudiese parar a un BattleMech ¡que
había decidido entrar!
El 'Mech se movía otra vez, avanzando con rápidas
zancadas hacia la valla y, luego, directo hacia las rejas
de hierro. Grayson oyó un crujido como el sonido de
disparos cuando el hierro cedió. Durante un momento,
el monstruo se quedó de pie enredado en la barrera casi
tan alta como su cadera. Luego dio una patada,
rompiendo las bases de cemento. La valla, en toda su
longitud, se balanceó libre y se derrumbó. El Wasp dio
una zancada dentro del Jardín de Palacio, dejando a un
lado arboles y arbustos florecientes con enorme
facilidad. Luego se detuvo, pivotó y llevó el largo tubo
negro de su cañón láser para apuntar a algún blanco
oculto a la derecha de Grayson. El destello de la
descarga del láser quemaba con un azul
insoportablemente brillante. Cuando sus ojos pudieron
ver a través de la bruma de manchas delante de él, de
nuevo, el 'Mech se movía más allá subiendo la ladera
hacia el Palacio.
La cabeza de Grayson se movió de un lado a otro de
forma repentina, siguiendo el progreso del 'Mech.
Parecía como si una de las fases del plan de los
atacantes hubiese llegado a su posición. Ese primer
ataque previo debía haber sido una prueba de las
defensas de la ciudad, organizada también para
capturar muchos prisioneros. Tales prisioneros habrían
sido interrogados, y al menos algunos habrían conocido
el trazado interior del Palacio. Si los 'Mechs atacaban el
Palacio, razonó Grayson, debían planear capturar o
asesinar a la Familia Real y a varios miembros del
gobierno.
¡Mara! Ella estaría ahí ahora. ¿Qué le pasaría a ella? Y
¿qué podía hacer él? Desarmado, solo; la única forma en
que podía retrasar un 'Mech era si la máquina llegaba a
resbalar mientras hacía pulpa su cuerpo debajo de su
pe. Grayson no planeaba intentar esa maniobra táctica
ahora ni luego.
Como loco, consideró seguir a la máquina, consideró
tratar de avisar a alguien en el Palacio. Pero ya sabrían
que el monstruo se aproximaba e, incluso, en el
improbable caso de que Grayson pudiese dejar
atrás al monstruo que andaba a zancadas, no había
forma de que su aviso se pudiese convertir en una
ventaja.
Un agudo zumbido sonaba en los oídos de Grayson, y
el polvo formaba espirales en la calle. Un par de ligeros
aerodeslizadores militares de efecto terrestre se
balancearon en medio de la calle, mientras los soldados
descendían amontonados en medio de ordenes gritadas
y del estrépito de las armas. Uno de los saltarines
montaba una ametralladora pesada y el otro un cañón
automático de cuatro bocas. Un soldado con uniforme
marrón puso de un manotazo el cartucho de munición
sin funda en el receptor del cañón de cuatro bocas, y
gritó a un oficial, que estaba de pie con las manos en la
cintura en la calle, que estaba listo.
—Si esos pobres bastardos abren fuego estaré
colocado justo en la línea de devolución de fuego —
Grayson pensó. Sólo tenía unos pocos segundos para
moverse.
El cañón automático de cuatro bocas disparó con un
estruendo como de sierra circular, y dejó un agrio sabor
a pesados productos químicos en el aire. Grayson vio
erupciones de barro y humo ascender con furia
explosiva a lo largo de la cuesta, llena de yerba azul,
por la que pasaba el BattleMech. El 'Mech se balanceó
de un lado a otro cuando la lluvia de proyectiles le
alcanzó, y el fuerte ruido metálico y el rugido de las
explosiones golpeando en el blindaje del BattleMech
silbaba por la calle por encima del estampido del cañón.
El 'Mech saltó, elevándose hacia el cielo con mágica
gracia sobre llameantes cohetes de vapor de mercurio
supercaliente. Grayson lo vio girar en medio del aire,
moviendo hacia abajo su láser para apuntarlo sobre el
grupo de soldados y vehículos de la calle. Cuando se
produjo el impacto, Grayson se vio cogido en medio. El
fuego azul parecía llenar el aire, mientras el rayo láser
se desplazaba a lo largo de los ladrillos del muro del
edificio, situado a su espalda, un metro por encima de
su cabeza. Los ladrillos se fragmentaban mientras el
rastro de agua dentro de ellos se vaporizaba. Cascotes
calientes llovían sobre el desnudo cuello de Grayson, y
el rayo seguía barriendo, deslizándose sobre el VET{vii}
que se cernía sobre el suelo. La explosión ocultó el cielo
12

Mientras la bola de fuego se elevaba en el cielo, un


naranja chillón contra un fondo negro empalagoso, los
hombres saltaban aullando desde el destrozado vehículo
con las ropas incendiadas. La munición del cañón de
cuatro bocas estalló con un rugido que envió lascas de
metal, lanzadas como un rayo, una docena de metros
antes de caer humeantes sobre el pavimento. El oficial a
cargo del grupo había sido cogido por la onda expansiva
y depositado en un montón sangriento y hecho trizas a
unos 20 metros de distancia.
Grayson estaba ileso, salvo por el picor de pequeñas
quemaduras en su cuello y en el dorso de sus manos.
Dado que había estado completamente estirado, la
mortal metralla lanzada por la explosión había pasado
por encima de él, y había estado lo bastante lejos de la
explosión para evitar los peores efectos.
El Wasp había acabado su corto vuelo con resultados
casi catastróficos. El piloto había perdido el equilibrio de
la máquina al aterrizar, y había chocado con la parte
delantera de un edificio, situado a 50 metros más abajo
de la calle, provocando un estrépito como de montañas
al caer. El 'Mech luchaba por levantarse de nuevo,
lanzando ladrillos y pedazos de piedra rota volando por
la calle mientras se movía. El edificio tenía un enorme
agujero, allí donde habían estado la puerta y las
ventanas, en el que destacaban los dentados y rotos
pilares del armazón de la estructura.
El segundo aerodeslizador estaba aún parado más allá
en la calle. Su tripulación, muerta u horriblemente
aplastada, yacía desparramada sobre el pavimento o
desmoronada sobre el borde de la cubierta del cajón.
Habían sido cogidos por toda la violencia de la explosión
de la munición del primer aerodeslizador, y la lluvia de
fragmentos se había deslizado a través de ellos como
una guadaña. Algunos de esos flojos bultos dispersos en
la calle aún se movían, y varios gritaban y chillaban con
una energía impresionante.
Grayson yacía allí, aterrorizado. Era claramente
consciente del hedor de la carne quemada, del áspero
pavimento bajo sus engarrotadas manos, del siseo y el
rugido del VET incendiado. Algunos hombres en la calle
aún estaban vivos e ilesos, soldados tan aterrorizados
como lo estaba Grayson. El vio varios corriendo calle
abajo, dejando los cascos y las armas abandonados en
el ferrocemento detrás de ellos. La mayoría de los
supervivientes yacían tendidos en el suelo como hacía
Grayson, abrazando la calle con una parálisis nacida del
terror.
—Solo hay una forma segura de superar el pánico —
había repetido Kai Griffith a Grayson tantas veces que
las palabras había llegado a formar parte de su ser. Las
oyó de nuevo como si Griff estuviese de pie a su lado—.
La única forma de batir al miedo es HACER algo. No
importa si lo que haces es algo totalmente equivocado,
emprender la acción en mejor que ¡quedarse sentado
esperando que te maten!
Grayson notó medio sorprendido que era capaz de
pensar, pero miró alrededor a los soldados escondidos.
La mayoría eran de la Milicia, con algunos vestidos de
verde por allí tirados. Ya habían sentido pánico, y
estaban demasiado asustados para moverse. Griffith
también tenía palabras para ellos:
—Si todo los demás están acojonados, la persona que
hace algo es a quien todos seguirán. Así que cuando te
enfrentes a ello, no te quedes congelado. Toma el
mando . . . y ¡HAZ algo!
Haz algo . . . Haz algo . . .
Grayson se encontró a sí mismo corriendo, corriendo
sin pensar, hacia el operativo VET que aún se cernía
sobre el suelo, casi sin daño, en el centro de la calle.
Cuando se subió a bordo, el impacto de su masa hizo
que la máquina se deslizase lateralmente a lo largo de
la calle, lo que provocó que los ventiladores levantasen
nubes de polvo
La ametralladora montada en el perno entre el asiento
del conductor y la posición del observador era un
ejemplar militar normal, una parlanchína alimentada por
cinta que tenía un ritmo cíclico de 1.500 disparos por
minuto. Su empuñadura resultaba familiar en la mano
de Grayson mientras comprobaba el alimentador de
munición. Era una de las armas dadas a la Milicia de
Sarghad por los Comandos de Carlyle cuando la lanza
llegó para reforzar las defensas de Trellwan.
El aerodeslizador estaba aún deslizándose de forma
lateral cuando abrió fuego contra el 'Mech tumbado
entre los escombros y los cascotes que seguían
cayendo, por lo que tuvo que volver a la senda para dar
en el blanco. A unos 20 metros, Grayson apenas podía
fallar. Manteniendo la ametralladora centrada sobre la
cabeza del gigante caído, siguió apretando el gatillo
hasta que el rugido pulsante llenó sus oídos y sintió el
golpeteo sobre sus manos con furia demoníaca.
Calientes cartuchos de metal salían en cascada del
puerto de eyección para caer tintineando sobre la
cubierta a los pies de Grayson.
Los disparos de calibre pesado arrancaban astillas y
chispas a lo largo de los hombros y la cabeza del 'Mech.
Grayson sabía que el blindaje de la cabeza del Wasp era
delgado. Había muy poco sitio en esa pequeña caja
rechoncha para el piloto, lo que dejaba poco sitio para
un blindaje pesado. El 'Mech trató de levantarse, pero
cuando los escombros se movieron bajo sus pies, se
derrumbó de nuevo, resbalando hacia abajo, hacia la
calle. Balas penetrantes batían y repiqueteaban
mientras Grayson disparaba cortas ráfagas a lo largo de
la cabeza de la máquina. Disparos sucesivos buscaban
una grieta, y enviaron volando pequeños trozos que
captaban la luz solar mientras salpicaban. La antena
gemela de un lado de la cabeza del 'Mech ya no estaba,
cortada por la lluvia incesante de metal a alta velocidad
que desplegaba Grayson.
El 'Mech resbaló, rodó, puso los brazos debajo suya. El
láser yacía cerca, separado de la empuñadura del
monstruo al caer. Grayson vio la cabeza del Wasp
levantarse, buscando el arma, mientras el continuaba
enviando ráfaga tras ráfaga de fuego contra el blindaje
de la máquina.
Luego, el Wasp estaba levantado y moviéndose con
una velocidad inesperada en dirección al aerodeslizador
con enguantadas manos extendidas. De repente, el
monstruo estaba tan cerca que Grayson no pudo por
más tiempo angular suficientemente hacia arriba el
arma para mantenerla apuntada en la cabeza. Un puño
blindado se levantó, cayó . . .
Grayson se lanzó a través del asiento y tiró de la
palanca de control del aerodeslizador hacia un lado.
Esto hizo que la máquina se deslizase planeando,
rozando sobre el suelo, hacia el lateral a través del
cráter junto a la valla de los Terrenos de Palacio y dentro
de las ruinas del Jardín de Palacio. El 'Mech se recuperó
del movimiento fallado y lo siguió, pero torpemente. El
bombardeo de la ametralladora debía haber
desconcertado al piloto, incluso, podía haberle herido.
Dejando que el impulso de la embarcación le llevase, en
el sentido de un cangrejo, hacia arriba de la cuesta azul,
Grayson se agazapó de nuevo detrás de la
ametralladora y abrió fuego. Las balas golpearon contra
la placa del dispositivo de exploración, y el 'Mech que
cargaba se tambaleó como si estuviese herido, se paró,
casi dispuesto a caer de nuevo.
Había soldados alrededor de Grayson, constató.
Vestidos con el uniforme marrón de la Milicia y unos
cuantos Guardias con ropas más buenas; con la cara
embarrada y desgreñados, pero con una creciente
determinación en sus rostros. Estaban armados solo con
armas anti-personas, pero añadían el volumen de su
potencia de fuego a la ametralladora de Grayson que
soltaba todo su poder. Kai Griffith tenía razón. Las
tropas habían respondido ante alguien que emprendía
una acción. Su duelo mano a mano con el BattleMech
los había reunido, y estaban formando una línea
defensiva.
—¡La cabeza! —Se encontró gritando, su voz
enronqueciendo con el esfuerzo.— ¡Apunten a la
cabeza!
Hubo un destello y una explosión profunda y ronca
cuando una granada detonó con humo negro y barro
junto al pie del 'Mech. El Wasp cayó, golpeando con
manos y rodillas con un estruendo de blindaje y masa.
Dejó puros surcos de barro en el césped azul por donde
se movía. Grayson se inclinó y ajustó la dirección de su
vehículo, poniéndolo en un ligero deslizamiento hacia el
caído 'Mech. Luego, se enderezó, apuntó con cuidado y
soltó otra larga y fuerte ráfaga de fuego de
ametralladora.
El blindaje se astilló, fragmentándose y centelleando
en el aire sobre la cabeza de la destrozada máquina de
batalla. Las balas penetraban ahora la cabeza,
golpeando en la carlinga y acribillándola de un lado a
otro. El BattleMech se encorvó y se derrumbó, con la
cara hacia abajo en un montón de chatarra.
Los pies y codos de metal en jarras, apuntados en
ángulos poco naturales hacia el cielo. Sangre roja
brillante se escurría de las aberturas dentadas de la
carlinga destrozada.
Las tropas que rodeaban a Grayson lanzaron un
aplauso que redujo el rugido de la batalla. Su
aerodeslizador se hundió y se meció cuando varios
soldados impacientes se subieron a trompicones en él.
—¡Gran disparo, señor! —gritó uno. Era extrañó como
asumían que era alguien con autoridad. Ciertamente no
podía PARECER un oficial con su andrajosa túnica de
civil y cubierto de barro seco y de vetas de humo. ¿Era
porque había tomado la iniciativa?
Fuese cual fuese la razón, ¡toma ventaja de ella!:
—¡Usted! —Su voz ronca, y dolía bastante, pero la
dotó de toda la autoridad que pudo reunir.— ¡Conduzca!
¡Llévenos a la puerta principal de Palacio! —Podía ver
los destellos y el humo de otro tiroteo más allá de la
curva de la avenida.— ¡Usted! —gritó a otro.— Ayúdeme
a cargar.
Su enfrentamiento con el 'Mech había gastado cuatro
cintas unidas de 250 disparos. Diez rondas de la ultima
cinta colgaban sin haber sido disparadas debajo de la
ranura de alimentación. Con la ayuda del soldado, se
deshizo de esas rondas y colocó una cinta nueva. El aire
cálido azotaba su rostro mientras el conductor llevaba el
VET más allá del caído 'Mech y volvía a pasar rozando
por encima de la calle. Los soldados, docenas de ellos,
corrían tras ellos, gritando, y agitando las armas en el
aire, haciendo salir de sus escondites a otros soldados
que encontraban por la calle e insistiéndoles para que
se uniesen a la columna.
Un segundo Wasp se encontraba de rodillas ante la
entrada donde había estado una vez la puerta
delantera. Disparaba su láser con firme deliberación
camino arriba en la dirección del Palacio. Vehículos
incendiados y Guardias de Palacio muertos sembraban
la yerba delante de él. Grayson notó menguar su recién
encontrada confianza. Había logrado pillar al primer
Wasp por sorpresa, abriendo fuego desde una corta
distancia mientras el 'Mech estaba caído, indefenso en
una pila de vertidos escombros. No podía esperar tener
la misma suerte con esta máquina.
—¡Desvíese, rápido! —Su grito al conductor les salvó.
El 'Mech había notado su aproximación, y se había
tirado sobre el suelo con un giro de espaldas atronador,
levantando su láser para apuntar mientras hacia eso. La
pulsación de luz coherente se deslizó a través de los
faldones de la puerta del VET. El aire salió, y el vehículo
se inclinó bruscamente, deslizándose hacia la izquierda.
Grayson abrió fuego, una ráfaga larga y
tartamudeante. Pudo ver las chispas y las bocanadas de
polvo cuando sus disparos daban en el blanco, pero la
distancia era demasiado grande para permitirle la
precisión necesaria para apuntar a un objetivo tan
pequeño como la cabeza del BattleMech. La pintura se
llenaba de cicatrices y se descascarillaba a medida que
las pesadas balas golpeaban a lo largo del torso
superior de la máquina. Entonces, Grayson vio soldados
que se movían a través del denso humo blanco hacia la
izquierda. Echándoles un vistazo a través de la bruma
ardiente, notó armaduras negras y cascos que rodeaban
completamente sus caras. ¡Tropas piratas!
Un salvaje tiroteo se había producido en la avenida de
delante de la entrada de Palacio. Los atacantes abrían
fuego hacia arriba contra el veloz aerodeslizador.
Notando el zing de las balas solo centímetros por
encima de su cabeza, Grayson se agachó de forma
involuntaria. Movió la ametralladora hacia esos nuevos
atacantes, disparando ahora cortas ráfagas buscadoras
que golpeaban los montones de escombros y edificios
derribados donde se movían las figuras con armaduras
negras. Tres hombres con armadura alineados se
sacudieron como muñecos y salieron lanzados hacia
fuera de un túmulo de escombros. Los otros se
dispersaron, zambulléndose en busca de cobertura.
El aerodeslizador golpeó en un montón de ladrillos con
un chillido de protesta del metal y el ruido sordo
irregular y el traqueteo de una hoja de ventilador
torcida. La embarcación salió lanzada y giró
descontrolada, aún dando vueltas hacia la izquierda
mientras el aire salía del faldón dañado. Grayson alargó
un brazo y agarró el hombro del conductor:
—Eh, contrólalo, ¿vale? —Pero la cabeza del conductor
cayó hacia atrás, y cuando Grayson retiró su mano,
estaba manchada de sangre. Una bala había entrado
por la boca del conductor y quebrado su cuello
limpiamente en la base del cráneo.
El aerodeslizador se arrastró rechinando a lo largo del
pavimento, haciendo saltar chispas de su dañado ventilador.
Grayson sacó por la fuerza al conductor muerto de detrás
del mando y lo lanzó sobre la calle, luego se colocó en su
puesto. El VET perdía energía, y tuvo que luchar para que
dejase de girar hacia la izquierda.
El Wasp estaba ahora de pie, agachado en una postura de
tirador con su láser sostenido delante suya. El arma disparó,
y una pulsación, tan intensa que dañaba la vista, salió en
forma de flecha calle abajo hacia un grupo de vehículos que
se aproximaban. Parecía haberse olvidado del VET de
Grayson, porque en parte se encaraba en otro sentido como
si intercambiase disparos con la infantería que se acercaba.
Grayson gritó a su cargador que saltase, luego puso a
toda pastilla del motor de la pequeña máquina con un ruido
vivo roto por el fuerte latir del aire. Inclinó el vehículo hacia
la derecha para levantar el faldón izquierdo roto por encima
del suelo sobre un colchón de aire medio estropeado.
Empujó la palanca hacia delante tan fuerte como pudo. El
aerodeslizador saltó a través de la calle, con los motores
rechinando y gritando por el esfuerzo. El piloto del Wasp
notó el peligro en el último momento posible, se levantó,
girando a medias, tratando de apuntar con el láser.
El aerodeslizador golpeó al gigante detrás del tobillo
derecho a casi 200 kph, y Grayson salió precipitándose
hacia fuera a través del fuego y un ruido de cojones
13

Grayson estuvo volando por el aire durante una eternidad


de un segundo o dos, luego, aterrizó con un golpe que le
aplastó las costillas en la hierba azul. La caída había sacado
el aire de sus pulmones, y yacía jadeando, intentando
respirar. Logrando girar sobre su espalda, vio la reluciente
montaña del Wasp contra el cielo verde.
El aerodeslizador había golpeado en el tobillo derecho
del 'Mech. Grayson había esperado golpear la parte de
atrás de la pierna de modo que cayese el Wasp, quizás
dañándose a sí mismo. El aerodeslizador era casi la
mitad de largo de lo que el 'Mech era de alto, y llevaba
una masa considerable en su achaparrada constitución.
Pero no había funcionado. El 'Mech se había movido en
el último momento, soportando el fuerte impacto en una
placa de blindaje que protegía el lateral del pie. El
saltarín había rebotado y quedado estrujado,
desparramándose a lo largo del suelo. Grayson había
tenido la suerte de que el impacto le había lanzado más
allá de esa columna blindada y sobre la hierba, y no a
darse un porrazo contra un muro de metal.
Su suerte se estaba convirtiendo rápidamente en una
cuestión discutible. El pie daba bandazos en el aire,
bajaba hacia él. Grayson se tiró hacia la izquierda, rodó
sobre un hombro, luego luchó para ponerse de pie. La
bota blindada excavó un surco de un metro de ancho en
la mancha de hierba donde acababa de estar. Le
sorprendió descubrir que podía aun moverse con tanta
rapidez. Le dolía el pecho, probablemente de una
costilla rota, pero la imagen de sí mismo pisoteado
como un escarabajo le dio un ímpetu especial para
saltar. Delante, el soldado que le había servido de
cargador le indicó que se acercase.
Después, estaba entre numerosos soldados, la
mayoría de la Milicia de la ciudad. Un trío de vehículos
blindados de seis ruedas abiertos por arriba conducían
calle arriba, con desgarbados ligeros CPPs, cañones de
proyección de partículas, montados sobre sus cubiertas
traseras. Disparaban mientras el se giraba para mirar al
Wasp.
Esos CPPs montados en transportes de armas no eran
tan pesados como el cañón de partículas llevado por
algunos 'Mechs, pero podían causar un daño horrible al
blindaje más resistente. Su desventaja era que
necesitaban segundos críticos para recargarse después
de cada disparo. Los rayos grababan trayectorias de
ionización blancoazuladas a través del aire y tres
truenos sonaban como uno.
Pero el 'Mech ya estaba alejándose mientras le
disparaban, usando su estupenda maniobrabilidad para
eludir a los ordenadores de puntería de los vehículos.
Luz blanca llameaba de una parte de la mochila de
cohetes montada en la espalda del Wasp. Pero no había
un daño grave. Llevaría diez segundos recargar los
CPPs.
—¡Dispérsense! —gritó Grayson. El BattleMech se
giraba, apuntando con su láser. Grayson se agarró a un
asidero y saltó a bordo de unos de los transportes de
armas mientras su conductor aceleraba en un derrape
de ruido y gravilla salpicante.
El 'Mech giró, rastreando, pero Grayson notó algo que
le dio cierto atisbo de esperanza. El Wasp parecía estar
favoreciendo su pierna derecha, donde sus movimientos
parecían rígidos y un poco vacilantes. Inclinándose
hacia atrás, hacia el artillero del CPP, Grayson gritó por
encima del rugido del vehículo:
—Cuando esté cargado, apunte a la pierna derecha,
abajo ¡a su tobillo! Creo que ha sufrido cierto daño ¡en
los actuadores!
El soldado le miró como si no entendiese. Grayson
saltó hacia atrás a la plataforma del arma, empujó al
soldado fuera del sitio y movió el cañón para alinearlo
sobre el 'Mech que se movía pesadamente. Los retículos
del punto de mira se centraron sobre el pie del Wasp, y
las lecturas del ordenador, que se desplazaban
verticalmente sobre la parte baja de la pantalla,
confirmaban el blanco. La luz de carga destelló en
verde, y Grayson apretó el gatillo del cañón.
El blindaje exterior del Wasp absorbió la mayoría de la
explosión, pero ahora había una enorme cicatriz a lo largo
del lateral del pie, y un rastro de recortes de metal
fragmentado. Los cohetes del 'Mech se encendieron cuando
otro transporte de armas disparó. El tiro falló, pero el vuelo
del Wasp resultó corto e inseguro. Grayson pudo ver que los
cohetes de la pierna derecha estaban fuera de servicio.
El 'Mech aterrizó terriblemente desequilibrado y, por un
momento, Grayson pensó que la pierna derecha iba a
derrumbarse totalmente. Luego, el piloto se recuperó, y el
'Mech salió tambaleándose por la ciudad, viajando hacia el
norte tan rápido como podía.
Grayson fue consciente de que el rugido que oía eran los
vítores de los soldados que le rodeaban. Luego, llegó a
asimilar que le vitoreaban a EL.
—¡Esperen un minuto! —Gritó por encima del jaleo.—
¡Esperen un minuto! ¡No ha terminado! ¡Podemos pillar a
ese bastardo! ¡Está dañado! ¡Podemos cogerle!
Era una especie de deseo de sangre lo que guiaba ahora a
Grayson, un deseo de sangre nacido del placer de la batalla,
del placer de ser capaz, después de un largo tiempo, de
devolver el golpe. Los tres transportes de armas corrían
calle abajo tras el huidizo 'Mech, los soldados aferrándose a
los asideros que rodeaban todo el borde de las cubiertas del
cajón de los vehículos; otros soldados los seguían a pie. La
victoria los había transformado de una muchedumbre en
una fuerza de combate tremendamente determinada.
Grayson sonrió para sí mismo. Eran aun indisciplinados y
estaban pobremente entrenados, pero, al menos,
¡aprendían que podían luchar!
Uno de los otros transportes de artillería estaba por
delante del vehículo Grayson cuando giraron en la avenida
por la que el huidizo BattleMech se había ido. Normalmente,
un BattleMech podía distanciarse con gran facilidad de un
vehículo a ruedas blindado, pero el daño del Wasp lo habría
ralentizado de forma considerable. Grayson podía ver la
espalda de la máquina. Estaban ganando terreno.
El Wasp se dio la vuelta, apuntó su láser y disparó. El
disparo salió con rapidez, sin apuntar con cuidado, y la
pulsación destrozó bloques de ferrocemento de la pantalla
protectora contra el sol a lo largo del lateral de la avenida.
Los vehículos perseguidores viraron bruscamente, de
repente; luego rebotaron sobre los escombros
desparramados.
—¡No! ¡No! ¡Sigan adelante! —Chilló Grayson. El vehículo
líder había parado, bloqueando el camino, pero, ante su
recomendación no demasiado suave, el conductor movió el
timón de dirección hacia un lado y continuó la persecución.
Otro 'Mech caminó por la calle, con el láser apuntado y
cargado. El pulso de luz fue seguido por un destello cegador
cuando el transporte de CPP líder recibió un impacto directo,
y estalló en llamas seguidas de una cascada de calientes
fragmentos de metal. El conductor de Grayson viró
bruscamente para evitar el accidente, rebotando bajo la
pantalla protectora del sol hacia la derecha, y traqueteando
a lo largo de cubos de basura y cajones de embalaje de
madera amontonados contra los edificios.
Grayson estudió al recién llegado. Era otro 'Mech
explorador ligero, un Locust, el tipo de BattleMech más
pequeño que le resultaba conocido.
El Locust era una desviación especial del diseño típico del
'Mech humanoide. La cabeza y el cuerpo estaban fusionados
en un único fuselaje plano suspendido entre piernas muy
largas, inclinadas unos pocos grados. La esbeltez de la
piernas inferiores y el diseño achaflanado y en forma de
garra de las piernas con pestañas daban al Locust la
apariencia de un gigantesco pájaro incapaz de volar. A
pesar de su nombre{viii}, el 'Mech no podía saltar, pero, sin
duda, era el más rápido de todos los BattleMechs; capaz de
velocidades superiores a los 165 kph en terreno abierto.
En comparación con otros 'Mechs, sin embargo, estaba
pobremente armado. El impecable y largo cañón de un
único láser sobresalía de debajo de la sección de la carlinga
del Locust, y dos minúsculos
brazos que se extendían desde el estomago portaban
un par de ametralladoras pesadas. El Locust había
sacrificado armas a cambio de la doble ventaja en el
campo de batalla de velocidad y blindaje. Aunque más
corto y más compacto, el Locust llevaba un blindaje más
grueso que un Wasp, y era bastante más difícil de
impactar.
El cuerpo del Locust se movió ligeramente, montó el
largo tubo de su láser para apuntar al vehículo de
Grayson. El conductor viró bruscamente de nuevo
cuando una brillante luz se arqueó a lo largo de la calle,
vaporizando los soportes de los escudos solares y
lanzando los aleros de ferrocemento al suelo con un
rugido de esquirlas fragmentándose.
El tercer vehículo con CPP emergió de la cortina de
humo de los restos ardientes y disparó. Fuego blanco se
dispersó a lo largo del Locust, que se tambaleó hacia
atrás sobre sus caderas. Luchando por recuperar el
equilibrio, dio varios pasos inseguros hacia atrás, luego
se enderezó, se balanceó de un lado a otro y disparó de
nuevo. El disparo provocó agujeros en la avenida
mientras el transporte con CPP se echaba bruscamente
a un lado.
El transporte de Grayson chirrió hasta detenerse a 40
metros del pie derecho de la criatura. Una de las
ametralladoras del 'Mech bajó, libre del bulto de la
cadera superior, y envió la muerte tartamudeando.
Balas de gran calibre cosieron el lateral del transporte y
golpearon en el edificio de detrás. Dos de los pasajeros
del transporte gritaron y se revolvieron hacia atrás,
mientras los otros soldados saltaban de la cubierta del
cajón y se dispersaban a lo largo de la calle. Grayson se
quedó quieto donde estaba, concentrándose en el
sistema de puntería del simple ordenador de su CPP.
Cuando los retículos de puntería se fundieron y
centellearon en rojo, presionó el botón de disparo.
Trozos de metal llovían desde el cuerpo del 'Mech donde
el blindaje había sido perforado, justo en la popa de la
carlinga.
El Locust hizo un giro y entonces corrió, arrastrando
una borrosa mancha de humo negro desde su cuerpo.
Las tropas sarghadesas se burlaron y vitorearon y lo
siguieron, disparando sus armas de aire comprimido
contra los talones del gigante.
Grayson señaló al conductor del segundo vehículo:
—¡ Sígale! ¡Hágale luchar! —Luego, golpeó en el
hombro de su propio conductor y señaló hacia una calle
lateral.
El conductor sonrió y asintió, comprendiendo. El
transporte de armas carenó fuera de la calle principal,
corrió hacia abajo para cruzar la calle hacia la siguiente
avenida radial; luego, giró al norte una vez más. Varias
manzanas más y Grayson señaló al Locust, que se había
detenido de nuevo para combatir a su perseguidor. El
CPP había conseguido un nuevo impacto, y el Locust se
tambaleaba en una batalla perdida por controlar el
giroscopio. Grayson disparó de nuevo desde una
distancia de 120 metros. El impacto golpeó en la parte
trasera del 'Mech, esparciendo fragmentos de la antena
y la carcasa del blindaje.
Debía de estar endemoniadamente caliente allí dentro
ahora, pensó para sí mismo. El problema simple más
grande que los BattleMechs, de todos los tamaños,
enfrentaban en la batalla era el exceso de calor. Sus
minúsculos reactores de fusión, las docenas de
actuadores en piernas y brazos, los circuitos
electrónicos que disparaban las armas y controlaban los
haces de fibra de poliaceteno de su musculatura
artificial, todos, liberaban grandes cantidades de calor.
Ventiladores en continua circulación que enfriaban el
aire, llamados disipadores de calor, luchaban para librar
a la máquina del exceso de calor cuando operaba de
forma rutinaria y normal. Durante el combate, a medida
que el 'Mech corría, y disparaba las armas, así como
cuando recibía impactos directos de rayos de alta
energía o perdía los disipadores de calor a causa de los
daños de combate, el calor interno, incluso dentro de la
protegida carlinga, se volvía descomunal. Muchos
'Mechs habían sido derrotados y capturados cuando sus
pilotos perdían el conocimiento a causa de agotamiento
por calor.
Grayson echó una rápida mirada hacia el norte
buscando el objeto original de su persecución, pero el
Wasp había desaparecido, permitiendo que el Locust
menos armado entretuviese a los cazadores. Estupendo.
Golpeó al conductor en el hombro, y los neumáticos del
vehículo levantaron una rociada de escombros cuando
se dirigió hacia delante como una flecha en busca de la
pieza.
El fuego de la ametralladora salió escupido de los
diminutos brazos del 'Mech mientras intentaba apuntar a los
dos vehículos, situados en lados opuestos, de una vez. El
Locust ya no disparaba más su láser. Una señal clara, pensó
Grayson, de que el 'Mech estaba sobrecalentado. Si podía
seguir presionando a la maquina blindada, podían obligar a
los sistemas internos del 'Mech a realizar una parada
automática.
Disparó, buscando un tiro que mutilase la pierna, pero
falló. El Locust era aún rápido y había entrado de espaldas
en la boca de un callejón. Los dos transportes con CPP se
reunieron en la boca del callejón.
El callejón era una calle cortada de entrada ancha. El
Locust había reculado hasta el extremo del callejón, donde
ahora se agazapaba, esperando la muerte. El sonido del
tiroteo de la ametralladora hizo que los dos vehículos
regresasen alejándose de la línea de fuego y dejó dos
soldados, que habían llegado demasiado cerca de la entrada
del callejón, tirados en la calle, muertos.
Grayson desmontó del transporte, se movió hacia la
entrada del callejón y, con gran cautela, estudió la
situación. El 'Mech no podía pedir ayuda porque la larga y
enhiesta antena montada en la espalda del cuerpo había
sido cortada. Pudo detectar el brillo del aire supercaliente
que salía de los disipadores de calor por encima de las
piernas y el cuerpo de la máquina. Apoyado de espaldas en
ese callejón cerrado, el aire alrededor de la maquina se
volvería demasiado caliente como para enfriar el interior del
'Mech en pocos segundos.
—Lo podemos coger —gruñó una voz al lado de Grayson.
Se giró y miró en los oscuros ojos y en las facciones de línea
afilada de un sargento de la Milicia—. Podemos hacer volver
uno de los transportes por la calle. La distancia será
demasiado grande para que esas ametralladoras hagan
daño mientras obtenemos un blanco seguro y le lanzamos
otra ráfaga con el CPP. Creo que no puede aguantar mucho
más.
—Creo que el piloto sabe eso, Sargento. Puede probar
suerte con otro disparo del láser o dos . . . y solo necesitará
acertar un tiro para destruir un transporte.
—Podemos dispararle con infiernos, entonces. ¡En ese
hoyo constituye un blanco estático magnífico!
—¿Usted tiene un lanzador de infiernos?
—Seguro. Uno que se dispara desde el hombro. En el
transporte.
—Tráigalo.
—Sí, señor. —De nuevo, esa presunción incondicional de
que estaba al mando. Grayson sonrió para sí mismo. Si se
enterasen . . .
El sargento regresó con un lanzador de infiernos de tubo
gemelo. Los lanzadores de infiernos eran una de las pocas
armar personales que la infantería podía usar de forma
efectiva contra los 'Mechs. El problema era que la infantería
tenía que estar espantosamente cerca de sus objetivos para
usarlos. Las posibilidades de supervivencia eran tan bajas
que solo los héroes o los locos intentarían usarlos. El
lanzador era un tubo de un metro de largo con soportes y
empuñaduras que permitían que fuese disparado sobre el
hombro. Dos cilindros giratorios, uno por encima y otro por
debajo, sostenían los cohetes infiernos, lo que permitía que
dos misiles fuesen disparados en un espacio de un segundo
o dos.
Los propios misiles eran pequeños y desgraciadamente de
corto alcance, pero combinaban características de los
misiles lanzados sobre el hombro, las escopetas y los
lanzallamas químicos. Los misiles estaban diseñados para
explotar a pocos metros de distancia del cañón del lanzador,
desparramando y prendiendo fuego a un compuesto de
fósforo blanco con líquido pegajoso sobre el objetivo. El
agente pegajoso se cuajaba con el calor, prendiéndose en
todo lo que tocase con una persistencia de pesadilla. Misiles
infiernos más grandes podían ser disparados desde afustes
de un lanzador de misiles normales, o solo las cabezas
explosivas podían ser usadas con detonadores disparados
por radar en bombardeos de la artillería. A causa de su
tendencia a inflamarse, casi nunca eran llevados por los
'Mechs. Sin embargo, eran un arma anti 'Mechs perfecta
para la infantería. Al menos, para la infantería a la que no le
importaba acercarse hasta casi una distancia a quemarropa
ante uno de los monstruos de metal.
Grayson comprobó las cargas del arma, se puso ésta
sobre el hombro y señaló a un soldado agachado en la parte
más alejada de la entrada del callejón. El soldado se inclinó
sobre la esquina del edificio y abrió fuego con su rifle de
asalto. Esos disparos de bajo calibre no podían dañar el
blindaje de un 'Mech, pero el fuego atrajo una ráfaga de
fuego de ametralladora desde la calle cortada, sembrando
la esquina del edificio con brillantes estrellas blancas allí
donde las pesadas balas desprendieron pedazos de los
ladrillos.
Con la atención del 'Mech desviada, de forma temporal,
hacia el otro lado de la entrada del callejón, Grayson entró
andando al descubierto. Ante el 'Mech, que aparecía
amenazador a 30 metros callejón abajo, Grayson se sintió
muy, muy pequeño.
14

—¡No lo mueva de ahí, Guerrero! —gritó, luego engulló el


aliento para controlar el temblor de su voz.— Un
movimiento de cualquiera de esas armas y está frito.
¡Explóreme y compruebe si me tiro un farol!
Los segundos siguieron pasando con lentitud. El láser
del Locust estaba inclinado hacia abajo en el suelo a
cierta distancia por delante de Grayson, y las
ametralladoras permanecían totalmente inmóviles,
apuntadas a lo largo de la calle a la esquina del edificio
opuesto. Grayson estaba de pie, a plena vista, con la
verde imagen del imponente Locust llenando el alza de
su lanzador con los retículos de puntería, el dedo
apretado en el gatillo.
Concedió al piloto un momento para que explorase las
emanaciones electrónicas de los armados circuitos
disparadores de las cabezas explosivas de los misiles:
—Puede matarme —dijo de nuevo—, pero usted
¡estará frito! Sus conmutadores de calor deben estar
ahora casi en el nivel de desconexión. Una ronda de
"calentitos" acabará con usted. Y esa es una forma muy
desagradable de ¡morir!
El piloto del Locust habló, la voz electrónicamente
reproducida con un tono de bajo amplificado:
—¿Qué quiere usted?
—No toque sus armas. Quiero que salga de ahí,
desarmado. Si tan siquiera me imagino ver un arma
moverse en mi dirección, ¡dispararé!
Hubo una pausa, y Grayson podía oír el fuerte tintineo
del metal caliente enrollándose sobre el casco del
'Mech, podía oler el acre hedor a goma del aislamiento
de los circuitos fundidos. La temperatura interior debía
ser . . .
—De acuerdo —dijo el piloto—. No dispare. Voy a
prepararme. —La voz producida electrónicamente no
podía registrar las emociones, pero para Grayson esta
sonaba cansada, tal vez resignada.
Permaneció quieto como si el lanzador sobre su
hombro fuese de bronce. Desde el Locust llegó el agudo
siseo de la apertura de un sello a presión y el chirrido de
una escotilla levantándose al ser abierta con la mano.
Hubo un estruendo, y una escalera de mano de
peldaños de metal se soltó desde la escotilla, quedando
en un continuo balanceo a medio metro del suelo.
Las tropas de la milicia de la ciudad entraban ahora
por la entrada del callejón cortado, con las armas
preparadas. Las piernas del MechWarrior aparecieron
desde la escotilla de la barriga del Locust, y resultó claro
que el piloto era una mujer. Poco más que una chiquilla.
Estaba vestida solo con zapatillas y unos calzones
negros. Los MechWarriors, normalmente, luchaban
escasamente vestidos en los reducidos confines de sus
máquinas, y ella no había tenido tiempo de vestirse
antes de salir. Su largo cabello rubio colgaba en hebras
húmedas y mojadas a través de sus hombros, y su
cuerpo brillaba con el sudor. Después de bajar de la
escalera de mano, se mantuvo erguida enfrentándolos
con los brazos doblados sobre sus pechos, sola y muy
vulnerable.
—Je, Je —dijo un soldado con una desagradable risa—.
¡Mirad, mirad! Hemos trincado una ganga, ¡diablos!
¡Levante las manos! ¡Detrás de la cabeza!
—Parece peligrosa —dijo otro. Se puso el rifle de
asalto sobre el hombro y empezó a caminar hacia ella—.
¡Creo que es mejor registrarla!
—¡Claro! Vamos, encanto. Vamos a comprobar si
oculta algún arma.
Grayson puso a un lado el lanzador de cohetes,
caminó hacia donde un sargento se encontraba
observando y sacó la pistola de la funda de la cadera
del tipo. Era una pistola automática Stetta, con un botón
selector que le permitía disparar un solo tiro, ráfagas o
una opción completamente automática (que resultaba
enormemente imprecisa y caótica); todo ello de un
cargador añadido a la empuñadura que disponía de 100
balas sin funda.
Cambió el selector, con un chasquido, desde la
posición de seguro a la de automático, apuntó la boca
hacia el aire, y pulsó el gatillo. El estrepitoso parloteo de
la letal arma pequeña, resonando en el confinado
espacio entre los edificios, detuvo a los soldados donde
estaban, y los hizo girar para encararle.
—El primero que la toque es hombre muerto. —
Esperó, con el arma humeante en su mano. Aunque el
desafío fue bastante melodramático, tuvo el efecto
deseado. Todas las miradas estaban en él.
—¡Ustedes! —Apuntó el arma a los dos que habían
empezado a dirigirse hacia el piloto capturado.—
Regresen a los vehículos. ¡MUÉVANSE! —Se pelearon
por obedecer.— ¡Usted! —Eligió otro soldado al azar.—
Hay una manta en mi vehículo. Tráigala.
El soldado volvió corriendo, a paso ligero, al
transporte con CPP para recoger una manta de rescate
naranja que había estado doblada sobre el suelo de la
cubierta del cajón. Grayson la cogió, caminó hasta la
chica y se la echó sobre los hombros. Consciente de que
todas las miradas estaban fijas en él, tuvo el cuidado de
no tocarla:
—Todo está bien —dijo—, baje las manos. No le
haremos daño. Se lo prometo.
El hechizo se rompió, cuando su improvisada unidad
empezó a aplaudir y brincar en la calle. ¡Habían
capturado un 'Mech intacto! Grayson tuvo que gritar
ahora para ser oído por encima del clamor:
—¡Sargento!
El hombre se puso firmes con un zapatazo:
—¡Señor!
—¡Destaque dos hombres para proteger ese 'Mech! —
Volvió a poner el seguro en la pistola, pero la metió en
el cinturón de sus pantalones.— Voy a tomarle prestado
esto, si no le importa.
—¡Sí, señor!
—Ahora necesito alguien que nos lleve, a mí y a la
prisionera, a los cuarteles generales. Preferiría hablar
con sus jefes antes de que estas fantasías lleguen más
lejos.

******

Lord Harimandir Singh contemplaba la ruina de su


carrera. ¿Cómo podía haber ocurrido? Cinco 'Mechs y
dos compañías de tropas habían asaltado una ciudad
indefensa, y ¿cuál había sido el resultado? Un 'Mech
destruido. Otro capturado. Un tercero paralizado en el
Hangar de Reparaciones con los servoactuadores de
pedales fundidos y los sistemas electrónicos del cohete
de salto de la pierna derecha derretidos y hechos
trocitos. Además el núcleo, donde se almacenaba el
carburante de mercurio liquido, dejando escapar
grandes gotas de plata que gotean pierna abajo y se
escabullían por la cubierta como un ratón. Heil, el Tech
jefe, frunció sus tristes rasgos y agitó la cabeza. El Wasp
podía necesitar que se reemplazase la pierna entera. El
daño era grave.
Y 32 de sus soldados no habían regresado. Los
rezagados seguían llegando, empero, y tal vez el
recuento final podía no ser tan elevado.
Tres 'Mechs, de cinco, caídos y un diez por ciento de bajas
en su batallón. ¿Qué cojones había pasado? Solo podía
haber sido que las fuerzas locales tuviesen algo de ayuda.
El piloto del averiado Wasp había informado que los
indígenas habían estado organizados de forma diferente a
como habían estado durante el ataque inicial de prueba,
solo unas pocas horas antes. ¿Era posible, se preguntó, que
su ineptitud en la defensa previa hubiese sido una treta
para tenderle una trampa?
Rechazó esa línea de pensamiento con rapidez. Ningún
comandante perdería vidas por una posibilidad tan remota.
En cualquier caso, resultaría más difícil hacer que tropas
profesionales actuasen como estúpidas que lo contrario.
Además, el Marauder de Vallendel había destrozado la ligera
reunión de tropas terrestres y blindados que se había
enfrentado a él en el borde norte de la ciudad. Allí nada
había sido diferente. Ninguna defensa secreta o nueva
estrategia había surgido para volver la marea contra los
atacantes. La mayoría de tales tropas se habían dispersado
y huido a lo largo de las calles de la ciudad sin disparar ni
siquiera un tiro.
No, lo más probable era que el Rey Jeverid hubiese traído
mercenarios para reforzar las defensas. Pero Singh no podía
descifrar de donde habían venido estas fuerzas o cuando
habían llegado. Y ¿dónde habían estado durante el anterior
ataque? ¿O durante el ataque a Carlyle en el Castillo? Era
posible que un cuadro de entrenamiento de mercenarios
operase en la ciudad y que Jeverid poseyese una unidad de
batalla competente. Aunque esto podía explicar las cosas,
Singh no se sentiría cómodo hasta que descubriese quienes
eran estos mercenarios.
En fin, consideró la posibilidad de retirarse del Castillo a la
nave o de abandonar por completo Trellwan. Pero eso sería
contrario al Plan del Duque Rojo; algo que un miembro del
séquito del Duque nunca haría a la ligera. No, debía
considerar esto un revés, pero el Plan aun tendría éxito.
Tenía que tenerlo. Si no lo tenía, incluso después de todos
estos años de fiel servicio, podía estar SU cabeza sobre una
pica por encima del terreno de parada. El pensamiento no
era agradable.
Singh contactaría con sus agentes en Sarghad y conocería
lo que pudiese. Quizás, al final, todo iría mejor si había una
unidad mercenaria en la ciudad. Los mercenarios siempre
podían comprarse. Algunas de las victorias más espléndidas
de la historia eran el resultado de cuidadosamente
calculados cambios en las lealtades de una escogida unidad
mercenaria.

*******

Grayson Death Carlyle disfrutaba siendo un héroe.


Cuarenta horas después del final de la que ya era llamada la
"Batalla de Sarghad", era un invitado en el Palacio. Había
sido mimado por mozos de cuadra y sirvientes, asistido por
el médico de Palacio y experimentado un cambio
espectacular de ropas. Comprobó, en el espejo de cuerpo
entero de su habitación, lo bien que le quedaba el
espléndido uniforme de Teniente de los Guardias. No estaba
mal, decidió, tirando de la corta chaqueta para ponérsela
bien. El dorado recargado, cayendo y extendiéndose a lo
largo del cordón de gastador verde oscuro de triple lazada,
y la espada ceremonial eran demasiado llamativos, pero no
estaban mal en absoluto.
El y su prisionera habían sido llevados al cuartel general
del General Varney, Comandante del Distrito Militar de la
Milicia de Sarghad. La chica había sido llevada a empujones
a las profundidades del edificio para ser interrogada, pero el
teniente que era oficial del día había estado menos seguro
de qué hacer con Grayson.
Ahí estaba un hombre joven vestido con harapos y
cubierto de barro y suciedad, armado con una pistola
automática y conduciendo un MechWarrior prisionero con
una manta. El tipo proclamaba ser un miembro abandonado
de los Comandos de Carlyle, y los soldados que lo
acompañaban señalaban que él sin ayuda acababa de
ganar la "Batalla de Sarghad". El oficial se dio cuenta, con
rapidez, que la acción inmediata y segura era pasarlo al
superior. Llamó a su oficial superior. Dejarle a ÉL decidir
¡qué hacer con todo eso!
Grayson había sido pasado con bastante rapidez a lo largo
de la línea de mando, desde un teniente a un capitán, a un
mayor, a un coronel, al jefe de estado mayor del General
Varney y, finalmente, había sido presentado al propio
General en persona. Ninguno de estos oficiales de la Milicia
había sabido que hacer
con él. A través de toda la ciudad se extendía la historia
de que un extranjero, un oficial de la guarnición que
había traicionado a Trellwan, se había quedado en
Sarghad y había organizado la heroica defensa de la
ciudad.
Grayson se convirtió rápidamente en un asunto
político. Al final, los oficiales del ejercito actuaron de la
forma más segura. Le dieron comida y el sueño que
tanta falta le hacía; trajeron un doctor para que vendase
sus costillas y curase la herida de la cabeza que se
había vuelto a abrir. Y al comienzo del siguiente periodo
de trabajo lo llevaron ante el consejo militar del Rey
Jeverid. Al final de ese periodo, había tenido una
audiencia privada con el propio Jeverid y había sido
invitado a quedarse en el palacio como un huésped de
Su Majestad, mientras se realizaban los preparativos
para la celebración de la victoria.
Mientras examinaba su nuevo uniforme de Guardia
con continuado asombro, Grayson aun no estaba seguro
de si se suponía que, ahora, era un miembro real de la
Guardia de Palacio o no. Formalmente no había sido
reclutado en ningún ejército, pero el uniforme había sido
entregado de acuerdo con las ordenes de Su Alteza,
para que, al menos, vistiese como un héroe. Por los
detalles burocráticos, había dicho el Rey, podían
preocuparse más tarde.
Era sorprendente, pensó Grayson, con qué facilidad
podía darse la vuelta a la política oficial del gobierno.
Antes de la batalla, los extranjeros de cualquier clase
habían sido personas non gratas. Si hubiese sido
apresado por los soldados que le habían perseguido a
través de los callejones, habría terminado en la cárcel
de Sarghad, en el mejor de los casos. La constitución de
Trellwan protegía a sus ciudadanos del registro,
incautación y encarcelamiento excesivos sin causa
justificada; pero tales derechos, en el caso de un no-
ciudadano supuestamente hostil, habrían sido
decididamente limitados. Ahora, sin embargo, era el
Vencedor de Sarghad, el valiente oficial de la
Mancomunidad que había triunfado sobre el enemigo
común. Los secretarios de publicidad del Rey habían
hecho horas extras la noche antes, preparando la
historia para los periódicos y las radioemisoras de vídeo.
Y esta noche, simplemente iba a ser una ceremonia
formal y un baile de etiqueta en la Sala de Recepción
del Palacio en reconocimiento de su servicio a Trellwan.
La puerta sonó, rompiendo los pensamientos de
Grayson. Abriéndola, se sobresaltó al ver la cara elfica y
los grandes y oscuros ojos de Mara.
—Mi amor —dijo ella, poniendo los brazos alrededor
de un perplejo Grayson. Había esperado verla en la
celebración, por supuesto, pero no antes. Le chocó
enormemente, también, que le saludase como "mi
amor". Nunca, ni siquiera durante esos robados
momentos en los que hicieron el amor, le había llamado
ella así. Pero el pensamiento fue olvidado pronto.
—¿Mara, cómo lograste entrar?
—Soborné al viejo Salin para que me dejase subir —se
rió ella. Salin era el Ayudante de Chambelán de la Corte
encargado de supervisar los preparativos de vestuario
de Grayson de cara al banquete—. Quería verte, quería
tenerte para mi sola durante un rato antes de que
empezase la fiesta. —Se pegó a él.— Te había perdido,
Gray. Oí que intentabas llegar a mí. Lamento tanto que
no pudieses . . .
Sus ojos se dieron un banquete con ella. Si esto
formaba parte de ser un héroe planetario, lo era todo
para el. Mara llevaba un vestido largo de moda en la
sociedad de Sarghad, una cosa ligera de cambiantes
colores opacos que se volvía transparente cuando se
pegaba al cuerpo de ella. La retuvo cerca y sonrió,
sabiendo que no llegaría a tiempo a la Sala de
Recepción.
Esa noche, los placeres de ser un héroe se evaporaron
un poco cuando Grayson tomó conciencia de que no
tenía ni la más remota idea de lo que hacía allí. Gente
que nunca había visto antes le hacía una reverencia y le
sonreía, le asentía y le sonreía, le preguntaba por su
salud y le felicitaba por su victoria. Todo lo que podía
hacer él era sonreír y asentir y mascullar algo en
respuesta, mientras las corrientes de la multitud lo
arrastraban ligeramente hacia el centro. Este era, supo,
el primer acontecimiento de la temporada social de
Trellwan. Todo el que era alguien estaba aquí.
El Rey Jeverid era, por tradición, el último en llegar.
Cuando, finalmente, hizo la entrada sobre el estrado
elevado, situado en el lado de la Sala de Recepción
opuesto a las escaleras, comenzó la celebración.
Grayson se sintió incluso más fuera de lugar mientras
ascendía las escaleras alfombradas de color carmesí
hacia el Rey, acompañado por la ostentosa marcha
triunfal, interpretada por la orquesta, y por una pareja
de oficiales de la Guardia, a cada lado, que llevaban
levantada la espada. Ya se había reunido con el Rey en
privado, por supuesto, y su propia coreografía le había
sido profusamente explicada y la había ensayado con
anterioridad. Aun así, Grayson luchaba contra una
premonición casi insoportable de que estaba a punto de
tropezar con su propia espada ceremonial.
Jeverid le reconoció con un asentimiento y murmuró:
—Hijo mío. —El Rey parecía anciano, con una piel
apergaminada y unos ojos apagados. El frágil cuerpo de
Jeverid parecía perdido en la capa carmesí que tenía
puesta sobre los hombros.
—Vuestra Majestad —fue la respuesta formal de
Grayson.
—Tu valor ha supuesto una gran victoria para Trellwan
—entonó Jeverid—. Lo que es más; nuestros estrategas
han determinado que el objeto del ataque sobre este
palacio era casi con certeza nuestra captura o
asesinato. Reconocemos tu valentía, joven Grayson, y el
hecho de que, sin ayuda, has salvado la Casa Real de
Trellwan.
—Tuve la ayuda de vuestros soldados, Majestad.
La réplica de Grayson no había estado en el guión, y
los asesores del Rey se removieron inquietos:
—Oh, sí. Seguro, seguro —replicó el monarca de
Trellwan—. Como prueba de nuestro aprecio y gratitud,
joven Grayson, te concedemos la Orden de la Estrella
Carmesí.
Jeverid hizo un gesto y un mayordomo le acercó una
caja lisa de terciopelo y la abrió. Luego, el Rey sacó de
la caja una recargada estrella resplandeciente en un
lazo de cinta roja. Grayson avanzó, se arrodilló e inclinó
la cabeza mientras Jeverid colocaba la cinta alrededor
de su cuello. La estrella resplandeciente llevaba
montada una pequeña piedra roja que captaba y
reflejaba la luz superior.
—Levanta, Carlyle, Defensor de Sarghad —dijo el Rey,
provocando un rimbombante rugido de aplausos de la
multitud.
Jeverid puso una mano sobre el hombro de Grayson y
lo atrajo hacia él, hablando por encima del ruido:
—Un par de mis generales quiere hablar contigo,
chaval. Parece que los has impresionado con tus . . . ah .
. . tácticas.
—Estaré encantado de ayudar en todo lo que pueda,
Majestad.
—Bien, bien. Ahora ve a divertirte. Te buscarán más
tarde.
15

La audiencia había acabado, y empezó la agonía de la


recepción formal. Grayson aguantó a mujeres maduras
y corpulentas, a oficiales menores que se aventuraban a
dar su opinión sobre las tácticas anti 'Mechs y a los
inevitables parásitos sociales que querían hablar con la
más reciente luz de la Corte. Resultó casi un alivio
cuando el baile empezó. El arte del baile formal no
había sido una de las gracias sociales inculcadas en él
por su formación de aprendiz con los Comandos, pero
Grayson había adquirido bastante habilidad básica para
armonizar con la colorida multitud. El baile formal en
este mundo, al menos, era bastante poco más que un
movimiento elegante siguiendo la lenta música, con una
chica abrazada estrechamente.
Y luego, estaba Mara en su brazos, una brazada de
aroma suave vistiendo ese mágico vestido translucido
que dejaba tan poco a la imaginación.
—Te dije una vez, antes de todo esto, que aún no me
dejarías —susurró ella en su oído mientras se deslizaban
a lo largo del suelo lleno de espejos, sus movimientos
correspondidos por los movimientos de sus propios
reflejos invertidos.
El comentario le hirió de forma inesperada. Su
permanencia en Trellwan era el resultado de tantas
tragedias: Griffith, Riviera, Ari . . . Papá . . .
—Deseo que pudiese ser bajos circunstancias más
felices.
—Bah, ¡no seas tan pesimista! —ella hizo un mohín.—
Solo estoy feliz de que estés aquí, y ¡de que estés para
quedarte! Perteneces a este lugar, . . . conmigo.
—¿Oh?
—Haces que el nuevo uniforme te siente de puta
madre, Gray —susurró, luego se inclinó más cerca para
susurrar como podían pasar el resto de la noche
después de la recepción.
El forzó una sonrisa y la atrajo más cerca, pero había
un extraño vacío donde habían estado antes sus
sentimientos hacia Mara. ¿Qué iba mal en él? El
apasionado fuego de su ultimo encuentro con ella había
sido borrado por todo lo que había sucedido desde el
primer ataque sobre el Castillo. Grayson reconoció que
él había cambiado, empezando por el enfriamiento de
su deseo respecto de Mara. La chica había sido una
diversión placentera antes del Pacto con Oberon, pero
había deseado con ansia romper la relación cuando
había sabido que la lanza dejaba este miserable mundo
arenoso por Tharkad. Nunca podía haber habido ningún
pensamiento de que ella se fuese con él para compartir
la vida de un guerrero. El la había conocido bastante
bien para ser consciente de que nunca dejaría la
comodidad y los privilegios de la familia Real de
Trellwan. Cuando había despertado encontrándose
abandonado en el planeta, Grayson quería ver a Mara
porque era posible que la influencia de ella pudiese
salvarle. Aunque tal actitud de mercenario había
provocado cierta culpa persistente, había sido su único
rayo de esperanza.
Un golpe en el hombro y una invitación murmurada de
un Coronel de la Guardia interrumpió los sombríos
pensamientos de Grayson. Mara se mostró contraria a
dejarle ir, pero ella susurró otra propuesta apasionada y
la selló con un interminable beso.
Luego, Grayson siguió al guardia fuera de la Sala de
Recepción por un corredor alfombrado hacia un estudio
ricamente amueblado. La habitación era diminuta,
iluminada principalmente por el verdoso resplandor de
los troncos de la madera nativa, de los chaggas
encendidos en la chimenea.
Tres hombres le esperaban allí. El General Varney, a
quien conocía, con cabellera blanca e inmaculado en su
uniforme marrón claro con las rojas lengüetas de la
Milicia en el cuello y los hombros.
El General Adel con quien se había reunido
brevemente antes. Era más joven, con un mostacho
negro que contrastaba con la plata de sus sienes.
Comandante Superior de los Guardias de Palacio, así
como Jefe del estado Mayor del Consejo Militar de Su
Majestad. Su uniforme completo mostraba más dorado
que verde.
El tercer hombre en la habitación permanecía sentado
junto a la chimenea. Grayson reconoció el perfil de
halcón del Rey Jeverid.
—Gracias por venir, hijo —dijo Varney—. Tenemos una
propuesta que hacerte.
—¿Sí, señor?
Adel bajó la bebida de la que había estado tomando
un sorbo:
—Carlyle iremos directos al grano. Queremos que
organice una lanza de 'Mechs para incorporarla a la
Guardia de Palacio. Queremos una compañía de
combate de tropas terrestres entrenada en la guerra
anti 'Mechs. ¿Puede hacerlo?
Varney miró con aspereza a su contrario en la
Guardia:
—Creo que la idea es que la lanza esté bajo el mando
conjunto, en un departamento propio, General.
Adel asintió, con expresión dolorida:
—Sí, Varney, sí. —Luego, se giró hacia Grayson.—
Bien, ¿Carlyle? ¿Qué dice?
Grayson no dijo nada al principio. Notando los ojos de
los tres hombres sobre él, sintió que quería
desaparecer:
—Señores . . . Majestad . . . Realmente no sé que
decir. No estoy seguro si tengo la experiencia para . .
—¡Ja! —La exclamación del Rey le sorprendió.—
¡Cojones! Has demostrado tener más experiencia que
cualquier otro en este planeta . . . con la excepción de
esos bastardos que se sientan allá arriba en el Castillo.
—Necesitamos tu ayuda, hijo —Varney añadió—.
Estamos indefensos sin soldados entrenados y el
blindaje y el poder de fuego móvil para apoyarlos.
Jeverid se giró hacia Grayson mostrándole el rostro
completo, y sus ojos brillaron mientras hablaba.
Grayson tomó conciencia con cierta sorpresa de que
había, en este rey, más que una mente apagada en un
cuerpo frágil. El Rey habló con entusiasmo:
—Varney me dice que derrotaste a esos 'Mechs
prácticamente con las manos desnudas, porque sabías
como funcionan, como pensarían sus conductores. Eso
es lo que necesitamos.
—Pero, Majestad, ¿qué pasa con los 'Mechs?
—¿Qué pasa con ellos? Tenemos dos, gracias a ti. Esta
el que capturaste y el otro que podemos reparar. ¡Y
cualquier otro que captures es nuestro!
Grayson consideró el potencial de una lanza de
'Mechs compuesta de dos 'Mechs de 20 toneladas. Las
lanzas normales contenían una mezcla de 'Mechs de
diversos tipos y pesos, que iba desde los ligeros de 20
toneladas hasta los pesados como los Shadow Hawks y
los Marauders. Un Locust y un Wasp podían durar un
total de 20 segundos en una violenta pelea contra un
Marauder. Con suerte, vamos.
—¿Qué se supone que va a hacer esta lanza de
'Mechs?
Adel tomó otro sorbo de su vaso:
—La retirada de los hombres de Carlyle nos ha dejado
completamente indefensos ante bandidos como
Hendrik. —Frunció los labios juiciosamente.— No voy a
comentar lo que tu gente trataba hacer con ese Pacto
del que tanto hemos oído hablar.
—Entonces no lo haga —dijo Jeverid.
—Sí, Majestad. Sea como sea, la guarnición de la
Mancomunidad se ha ido, y nuestros enemigos están
aquí. Esperamos que continúen asaltándonos en busca
de suministros y, quizás, para enviar una solicitud de
refuerzos.
—Les diste una terrible paliza, Grayson. Nuestros
vigías informan que solo les quedan dos 'Mechs
utilizables ahora, con otro dañado y otro siendo
reparado en el Castillo. Con tu capacidad y un par de
'Mechs nuestros, la Guardia puede inutilizar a esos
bastardos, de tal modo que nunca enviarían otra
expedición a Trellwan de nuevo. Necesitamos una
unidad de 'Mechs propia si vamos a protegernos a
nosotros mismos y a nuestra soberanía. Sin ella . . . —Se
encogió de hombros de forma expresiva.— Podemos
también entregarnos a Hendrik. Estamos indefensos.
Un Locust y un Wasp contra un Marauder y un Stinger,
más un Shadow Hawk, una vez que el enemigo reparase
la máquina que había sido inutilizada antes del ataque.
Eso suponía un tonelaje combinado de 40 toneladas
contra 150. Y quizás contra más si los bandidos eran
capaces de reparar la pierna dañada del Wasp. Una
desventaja de uno para cuatro, más o menos. Qué
cojones, penso Grayson con ironía. Todo en un día de
trabajo . . . Suponiendo, por supuesto, que fuese capaz
de encontrar y entrenar a alguien para pilotar el
segundo 'Mech. No podía simplemente reclutar a algún
prometedor soldado de las filas de los Guardias y
convertirlo en un MechWarrior. Pilotar ese pedazo de
metal exigía talento y habilidades puestas a punto
mediante el entrenamiento que pocos poseían y que
incluso aun menos podían aplicar.
Algo le dijo que estos hombres no querían oír sobre
especificaciones y estadísticas, o de problemas de
reclutamiento. Más protestas emocionales se
desplomaron:
—Señor, temo que esto está por encima de mis
capacidades. Mire, solo tengo 20 años estándares. —
¡Esta gente esperaba lo imposible!
—Has pilotado 'Mechs antes, ¿verdad? —Este era
Varney.
—Sí, pero nunca en combate. Lo que ocurrió allí fuera
fue solo suerte. Y, ciertamente, no sabría cómo dirigir
una unidad. —Eso no era totalmente cierto, sabía
Grayson. Su entrenamiento como MechWarrior incluía
liderazgo y tácticas para pequeñas unidades. Si iba a
seguir los pasos de su padre, tendría que saber cómo
dirigir a los hombres. Había sido entrenado para el papel
que se suponía que jugaría en el caso de que su padre
hubiese muerto. Pero, maldición, las cosas sucedían
muy rápidas.
Varney dijo:
—Hijo, tenemos las declaraciones de los hombres que
condujiste en la batalla de defensa de la ciudad. Cuando
un destacamento completo de VET había sido destruido,
fuiste el único en HACER algo. Reuniste esas tropas, y
derribaste un 'Mech. Eso no es fácil, y ¡tampoco fue
suerte!
La realidad de lo que estos hombres decían penetraba
gradualmente en la conciencia de Grayson. Querían que
fuese un MechWarrior. Más, que construyese una lanza
de MechWarriors de forma improvisada y que la
condujese en la batalla. Las protestas que sonaban en
su mente eran superadas por el simple hecho de que
más de la mitad de su vida había estado dirigida hacia
un único destino: la carlinga de un BattleMech. Era una
oportunidad que probablemente no iba a encontrar de
nuevo. Que nunca encontraría de nuevo si era incapaz
de comprar o suplicar un pasaje fuera de este planeta.
Sin un 'Mech propio, sus posibilidades de reunir una
unidad de 'Mechs eran virtualmente cero.
La excitación se removió en su interior. Quizás
hubiese algo en la convicción de Mara de que él
pertenecía a este lugar. Con una escasa esperanza de
salir fuera del planeta durante los próximos años, quizás
hubiese un sitio para el Vencedor de Sarghad en
Trellwan, ¡después de todo!
Esas desventajas de uno a cuatro no eran atractivas,
pero tampoco totalmente desalentadoras. El Locust
sería un comienzo, y con planificación y un poco de
suerte . . .
—Díganme más —dijo a los generales, y el Rey se
inclinó hacia atrás en su silla, su vieja cara cruzada por
una sonrisa de satisfacción.
16

El Cercano Pasaje de Sarghad vino y se fue. Sin


embargo, el plomizo sol rojo no parecía, a simple vista,
mayor de lo que había sido siempre. Trellwan estaba
solo un pequeño porcentaje más cerca de su punto más
cercano en el principio que al final; pero ese ligero
porcentaje era bastante para llevar, de forma inmediata,
la temperatura por debajo de 40 grados centígrados
bajo cero. En 20 horas, habrían empezado las tormentas
del Primerdía.
Ahora que el sol estaba directamente encima, el aire
sobre el Nerge se volvía cálido, para después volverse
caliente. Masas de aire de baja altura provenientes de la
zona del Mar Grimheld se movían a lo largo del desierto
y cielo arriba explotaban en una impresionante columna
de húmedo aire caliente. Desde Sarghad, la columna
parecía un pilar blanco que se elevaba más allá de las
montañas al oeste. Su subida era tan rápida que a
simple vista podía percibirse su movimiento segundo a
segundo a lo largo de casi 2.000 kilómetros.
Cuando la columna de húmedo aire caliente golpeaba
el aire bajo cero de la estratosfera, se producían nubes
en todas las direcciones, bloqueando el sol y
transformando el verde cielo en blanco, y luego en gris,
y más tarde en desbordante negroazulado. Luego,
empezaban el granizo, la lluvia y los relámpagos.
Durante el periodo de siete días estándares conocido
en Sarghad como la Tormenta de Verano, la gente
permanecía con las puertas cerradas en unas
vacaciones condicionadas por el clima. Aventurarse por
las calles habría significado, en el mejor de los casos,
tener que vadear zonas de barro amarillo, enterrado
hasta las rodillas y calado hasta los huesos. En el peor
de los casos, dejar la protección de los edificios de
Sarghad, para hacer un recado, normalmente
significaba ser golpeado implacablemente por los
relámpagos o por granizos del tamaño de pedruscos. El
viento del este soplaba continuamente a través de la
ciudad hacia el Nerge. Incluso durante estos periodos,
cuando el sol aun estaba por encima del horizonte, el
panorama estaba envuelto en una completa y total
oscuridad, salvo por los relámpagos que centelleaban
brillantemente contra el cielo.
Con la torrencial lluvia traqueteando de forma
constante contra los aleros y ventanas exteriores, con el
viento golpeando contra las paredes exteriores como
algo vivo, Grayson se sentaba en su cuartel general en
el Arsenal de la ciudad. Un bloque de ferrocemento,
rechoncho y sombrío, con un almacén en su interior,
situado en el Distrito de los mecánicos, al que se
llegaba cruzando el Eje desde los Jardines de Palacio.
Sentado allí ante una vieja mesa de despacho, que
había recuperado de alguna oficina del gobierno, y
usando un viejo ordenador de plástico negro, obtenido
en la Biblioteca de Registros Militares ubicada en el
Anexo de los Cuarteles Generales del Distrito, empezó
su tarea de reclutar y preparar la primera lanza de
BattleMechs de Trellwan.
Sus ayudantes eran el Sargento Ramage de la Milicia
y el Teniente Nolem de los Guardias, ambos con el titulo
de Adjunto. La labor principal de ambos era captar toda
la teoría y entrenamiento militar que Grayson podía
exponer con palabras y ponerlo por escrito, organizarlo
y, luego, enseñarlo a los hombres y mujeres que fuesen
seleccionados para la unidad anti 'Mechs de Trellwan. Al
pequeño equipo de Grayson se le había concedido el
resto de la Primeranoche, unos catorce días estándares,
para organizar la unidad. El General Adel la quería lista
para el combate para cuando acabasen las tormentas
de la Segundanoche, lo que suponía que tenían solo un
año local de 45 días para hacer el trabajo.
—Sargento, creo que usted no comprende la
precariedad de nuestra situación. —La apagada voz
nasal del Teniente Nolem se volvía incluso más áspera
cuando se ponía desagradable.
—¡Señor! —replicó Ramage—. Mi comprensión de la
línea de mando es que las tropas de la Milicia en la
unidad especial responderán ante el CG{ix} de la Milicia a
través del Mando de la lanza. ¡El General Varney nunca
habría consentido colocar al personal de la Milicia bajo
el mando directo de la Guardia!
—Y yo, Sargento, ¡cuestiono el que usted tenga la
más mínima comprensión sobre la línea de mando en
absoluto! La Guardia, con total claridad, tiene prioridad
ante la Milicia en la unidad especial como la tiene en
todos los asuntos militares. Ustedes, entrometidos tipos
de la Milicia . . .
—Caballeros, ¡por favor! —Grayson estaba sentado
entre los dos, dándose masajes en las sienes con los
dedos. Estaba cansado y no podía pensar más que en
mandar de vuelta a los cuarteles a los oficiales que
Varney le había suministrado. Había mucho aun por
hacer, pero estaba empezando a lamentar haber
siquiera echado cuenta al asunto de una unidad
especial en Trellwan.
—Si no dejan de discutir, ya pueden olvidarse de los
generales. ¡Tendrán que responder ante el nuevo
gobierno!
Nolem levantó una ceja inquisitorial:
—¿Qué nuevo gobierno?
—El que los bandidos van a establecer en el Palacio si
ustedes no dejan las malditas riñas sobre jerarquía y me
ayudan a ¡hacer un poco de trabajo!
—No me diga, Teniente. Mi posición aquí . . .
La voz de Grayson era de cansancio, pero firme:
—Su posición aquí está sujeta a MI aprobación,
teniente, ¿lo entiende?
—¡Usted no es mi superior, jovenzuelo! —Nolem era
unos cuatro años estándares mayor que Grayson.
—¡Joder! Le trataré como un inferior aunque tenga
que probárselo ¡tirándole en medio de la lluvia! — El
puño de Grayson cayó sobre el montón de formularios
de requisa de encima de la mesa de despacho.— Me
pusieron a cargo de la unidad, así que, solo porque su
amigo Adel lo incluyó para presionar con la posición
jerárquica al Sargento Ramage, eso no significa que
¡vaya a dejarle seguir adelante con ello!
Nolem temblaba de rabia. Grayson decidió que la
única forma de evitar las testarudez del hombre era
cambiar de tema:
—Veamos, ¿cuál es el estado del Wasp dañado? —
solicitó.
La pregunta pilló a Nolem por sorpresa:
—Ah . . . oh . . . Aun no tenemos un tech que pueda
supervisar las reparaciones.
—Pero, ¿cuál es la situación del 'Mech?
—Ah . . . la cabeza está rota.
—Eso lo sé, Teniente. Se la rompí yo. ¿Puede ser
reparada?
—El oficial encargado del tema dice que
necesitaremos un tech cualificado que nos confirme una
cosa u otra. —Se encogió de hombros. — Empero, no
tenemos muchas piezas de repuesto para 'Mechs. Tengo
entendido que los oficiales de suministros tienen que
desmantelar transportes de armas de segunda línea
solo para conseguir trozos de blindaje para cubrir los
hoyos del torso.
Grayson se hundió hacia atrás en la silla:
—Quizás pueda pasarme por allí el próximo periodo y
echar una mirada. —Los MechWarriors sabían sobre las
faenas en un 'Mech casi tanto como los Techs. Pero el
tiempo . . . ¡Dios, el tiempo!
—Usted tiene una reunión con el Consejo Militar el
próximo periodo —le recordó Ramage.
—Maldición, tiene razón. Yo . . . —Grayson se detuvo,
pensativo.
—¿Señor?
—Hay una alternativa . . . tal vez.
Ramage miró a Nolem de forma inquisitiva, luego a
Grayson:
—No creo que haya un Tech cualificado en el planeta.
No a este lado del Castillo, en todo caso; y no creo que
ELLOS VAYAN a ¡prestarnos uno!
No iba a discutir su loca inspiración con estos dos.
Nolem se opondría a la idea, lo sabía; e incluso Ramage
servía como espía para el estado mayor de la Milicia.
Quería soltar la idea directamente a los propios
generales.
Tres periodos más tarde, Grayson descendía los fríos
escalones de piedra del Cuartel General del Distrito
Militar. Todavía llovía fuera. Había hecho el viaje desde
el Arsenal en un VET, rozando sobre el traicionero barro.
El agua se estancaba en el suelo de piedra mientras
entregaba su tarjeta identificativa al cabo uniformado
de marrón que estaba sentado detrás de la mesa de
despacho al pie de las escaleras.
El cabo introdujo un código en el terminal de su mesa
de despacho; luego, se inclinó hacia atrás esperando la
acreditación:
—¿Llueve fuera, señor?
—Bastante. Allí arriba, hace más frío. —A mitad de la
Primeranoche, la temperatura exterior había descendido
casi hasta la de congelación. La larga semana de
tormentas del Cercano Pasaje actuaba como un
gigantesco disipador de calor para el planeta, y durante
la eterna noche que seguía al Periasteron, el calor del
Pasaje se disipaba con gran rapidez. Pronto los vientos
de la tormenta morirían, y empezaría a nevar en las
montañas.
Grayson pensó en la Falla del Trueno. Ahora habría
desaparecido todo el hielo, la catarata habría
desaparecido. Cuando el techo de hielo desaparecía,
podías ver las estrellas allí arriba, por toda la hendidura,
desde la orilla del lago del suelo de la caverna, incluso
durante la luz del día.
—Confirmado, señor. Usted puede pasar. —El cabo
manipuló los controles, y las barras de acero se
deslizaron hacia un lado.
—Gracias —dijo Grayson, y entró por el largo pasillo
escasamente iluminado. La celda que buscaba estaba al
final del corredor.
Lori Kalmar estaba sentada en el banco de su celda,
inclinándose hacia atrás contra el muro con las rodillas
encogidas debajo de su barbilla, mirando fijamente a la
pared opuesta. Llevaba una camisa de trabajo larga y
pantalones que alguien le había dado a ella; pero aun
tenía los cortos calzones que había llevado a bordo de
su 'Mech. Alta, de piernas largas y esbelta, la chica era
bastante atractiva, pensó Grayson, pero su expresión
era triste y amargada.
Grayson se aproximó a los barrotes de su celda y dijo
su nombre.
Los ojos de Kalmar parpadearon al mirarle, luego
volvieron a la pared:
—Oh —dijo ella, desanimada—. Es usted. —Aunque
había oscuros círculos bajo sus ojos, el pelo de la chica
estaba cuidadosamente cepillado; así que el rubio
parecía casi plata en la pálida luz.
—¿Está usted bien? ¿La tratan adecuadamente?
—¿Por qué debía importarle? —espetó ella.
Lo que ella no sabía es que Grayson se había sentido
culpable respecto del destino del piloto del Locust
incluso desde que la llevó a los cuarteles generales de
la Milicia. Después de todo, le había prometido que no le
harían daño. Lo último que había oído es que estaba
siendo interrogada. De lo que había sido capaz de
averiguar, los métodos de interrogación de la Milicia
eran más psicológicos y químicos que físicos. Los
Guardias, por su parte, se rumoreaba que sentían cierto
placer en el uso de un sistema de interrogación físico
ingenioso y entusiasta. Y eso era lo que había disparado
el propio temor de Grayson cuando se había enfrentado
a los centinelas en la casa de Mara. Pero cualquier tipo
de interrogatorio era brutal y dejaba al prisionero
exhausto, demacrado y sintiéndose enormemente solo.
—Me gustaría hablar con usted —dijo él.
—Eso no es nada nuevo —espetó ella—. Eso es todo lo
que quiere hacer la gente que se acerca por aquí . . .
hablar conmigo.
—¿Le gustaría salir de aquí?
La cabeza de Kalmar giró de repente para encararle.
Sus ojos, vio él, eran muy azules:
—¿Esto que es? ¿Más interrogaciones? —Su voz era
dura, pero Grayson notó el temblor de lágrimas ocultas
en ella.— Hemos pasado por todo ello, ¿vale? ¡He
contado a su gente todo lo que sé!
Grayson había averiguado la historia de Lori al leer los
informes de seguridad confeccionados a partir de las
largas horas de interrogatorio realizadas. Ella había
nacido y se había criado en Sigurd, un terriblemente frío
y aislado mundo que era uno de los doce de la
confederación de Hendrik. Sus padres habían muerto
durante una infernal noche de fuego y horror cuando el
gobierno, por la fuerza, convenció a las fuerzas
disidentes en Sigurd de que la confederación con
Oberon VI se hacía buscando los mejores intereses
económicos y sociales de todos.
Lori había sido salvada por un vecino, pero solo
después de ver morir a sus padres bajo el fuego que no
dejó más que las paredes de su apartamento. Más o
menos después de llevar un año sujeta a la tutela del
estado (con ocho años, o aproximadamente trece según
el calculo de la edad estándar), tuvo que presentarse a
las Fuerzas de Defensa de Sigurd como aprendiz de
'Mech y fue aceptada.
Según parecía, la confederación de Hendrik no tenía
una fuerza militar combinada. Los mundos individuales
reservaban ciertas fuerzas de defensa locales para sí
mismos, una disposición que creaba el sentimiento de
mayor soberanía. La unidad de Lori había sido el Grupo
de Asalto Ligero Independiente de Sigurd, operando
directamente bajo el mando del Viceregente Alisaden,
un líder de guerra que era también Ministro de Defensa
de Sigurd.
Lori había sido aprendiz durante más de tres años
sigurdianos, por lo que ahora tenía casi 19 años
estándares. Aunque bastante avanzada en su
aprendizaje, no había esperado entrar en servicio activo
de combate hasta varios años más tarde. Una noche,
mientras estaba de servicio como oficial de la guardia
en el centro de 'Mechs, el sargento encargado de su
sección en la escuela había intentado persuadirla de
participar en un entrenamiento extracurricular sobre el
suelo. Se había resistido, el había insistido, y ella le
había dado un final y definitivo "no" con un rodillazo en
una parte sensible.
Una semana más tarde, habían llegado las ordenes
para ella. Iba a ser asignada a una "Fuerza
Expedicionaria Especial" con otros tres aprendices
sigurdianos, bajo el mando de Harimandir Singh.
Las circunstancias eran peculiares. La Nave de Salto
de Singh era diferente a cualquiera que conocía dentro
de la Confederación, y la fuerza expedicionaria parecía
ser parte de un pacto entre Singh y el Viceregente
Alisaden. En la medida que ella tenía conocimiento, la
operación no tenía nada que ver con Hendrik u Oberon
VI, en absoluto. El propio Singh estaba al servicio de
alguien llamado Duque Ricol, al que había oído referirse
también como el Duque Rojo.
Singh. Grayson se había puesto tieso al leer su
nombre. Era la palabra que había en los labios de
Griffith cuando murió. Era obvio que el Maestro de
Armas había reconocido al líder de los bandidos,
probablemente de una entrada de datos biográficos en
el ordenador del Castillo. Con relación al Duque Ricol,
Grayson no sabía nada.
Ni Lori Kalmar ni sus compañeros, soldados Enzelman
y Fitzhugh y un cabo llamado Hassilik, jamás habían
oído de Singh o del Duque Rojo antes de ser asignados a
su unidad. Cuando la nave se había encontrado con un
buque de carga, en algún sol sin mundo y desconocido,
a la que habían sido trasladados, lo único que sabía Lori
de la misión de Singh era que contrataban mercenarios
para una operación contra un mundo del que nunca
había oído hablar. Su nombre era Trellwan.
Estaba sorprendida de convertirse de repente en un
MechWarrior mercenario. No obstante, había estado
demasiado ocupada para pensar algo en ello. Lori
Kalmar y sus camaradas habían trabajado duro,
moviendo e instalando armas pesadas a bordo de las
Naves de Descenso del buque de carga. Poco después
de eso, el navío había reanudado su misterioso viaje a
través de las estrellas.
Durante el viaje, los tres sigurdianos se reunieron y
aprendieron a temer a su comandante de lanza, un tal
Teniente Vallendel. Al comienzo del viaje, delegaron en
el cabo Hassilik para que fuese a Vallendel y protestase
por su virtual rapto. En ese momento, echaban de
menos su hogar y estaban totalmente perplejos al ser
transportados a lo largo de decenas de años luz en
compañía de personas completamente extrañas. Diez
minutos más tarde, la compañía reunida había visto al
joven Hassilik, desnudo y atado de pies y manos, salir
por la cámara estanca hacia el espacio.
No hubo más protestas. Dedicaron la mayor parte del
tiempo de viaje trabajando en el Hangar de carga donde
los 'Mechs —un Marauder, un Stinger y un Locust—
estaban almacenados. Practicaron diversas tácticas en
mesas con mapas holográficos bajo la mirada crítica de
Vallendel, realizaron controles de mantenimiento y
revisaron los sistemas operativos de los 'Mechs. Cuando
llegó el momento de aterrizar sobre el lado oscuro de un
mundo cercano a un sol rojo oscuro y con manchas,
empero, los poco dispuestos mercenarios no habían sido
incluidos en el equipo de asalto. Habían observado
desde la Nave de Descenso del buque de carga como
Vallendel y dos de los Techs de Singh habían
desembarcado en una noche de fuego y terror.
También había observado al Marauder de Vallendel
romper en pedazos un viejo Phoenix Hawk ya vapuleado
por las armas que habían ayudado a instalar en el casco
de la Nave de Descenso.
—Por cierto, ¿por qué nos han traído aquí? —había
preguntado ella. Pero nadie le respondió.
Una vez que la tripulación fue trasladada a su nueva
base en Trellwan, en un imponente edificio de piedra
negra construido sobre la ladera de una montaña, sus
nuevos jefes habían empezado a permitir a Kalmar y sus
compañeros a ejercitarse con el Locust y con un par de
Wasps de 20 toneladas capturados al enemigo aun no
identificado. Eran estrechamente vigilados por los otros
'Mechs, el Stinger era, normalmente, minucioso
mientras controlaba las actividades de los sigurdianos
durante las patrullas. Estaba claro que no confiaban en
ellos.
La primera batalla de Kalmar se había producido poco
después de la primera incursión con éxito en la ciudad
enemiga, donde numerosos prisioneros habían sido
capturados y objetivos específicos identificados.
También había sido la última.
Su objetivo había sido el Palacio. Había recibido un
mapa exacto del diseño del Palacio y la localización de
los refugios donde miembros importantes del gobierno
enemigo se esperaba que se ocultaran durante un
ataque. Ella y sus dos compañeros iban a atacar el
Palacio, hacer salir a los oficiales y miembros de la
Familia Real y, si era posible, capturarlos.
Todo había salido mal. Wes Fitzhugh había sido
asesinado en la batalla con tropas sin armadura en la
calle y el Wasp de Enzelman había sido dañado en las
Puertas del Palacio. Lori había estado moviéndose desde
la retaguardia para apoyarles cuando Enzelman había
pasado mutilado junto a ella, hacia el norte:
—Me siguen —había gritado por el circuito de
combate—. ¡Cúbreme!
Ella tuvo éxito en su intento. Garik Enzelman había
escapado al Castillo y, ahora, ella esperaba la muerte a
manos de sus captores.
—Deje de fingir —le dijo a Grayson—. Sé que van a
matarme . . . al final. Simplemente me rendí porque . . .
porque no quería quemarme. —Se estremeció.— Es una
forma de morir horrible.
—No sabía lo de sus padres —dijo Grayson con delicadeza
—. No le habría amenazado de esa forma si . . . —Dejó que
las palabras se fuesen perdiendo poco a poco, sumamente
consciente de lo estúpido que parecía.
—Mire —continuó el—. No hay ninguna trampa, no voy a
hacerle daño y voy a intentar que nadie se lo haga más. Y
hablo en serio cuando le digo que voy a intentar sacarla de
aquí. Necesito un Tech para supervisar la reparación de un
Wasp dañado.
—Eso es ridículo. Soy una aprendiz.
Sí, por supuesto, pensó él. Pero eso soy yo. Sin embargo,
no iba a admitirlo: —Lo que la sitúa muy por encima de
cualquier otro en Sarghad. ¿Ayudará?
La mirada de ella era cauta: —¿Qué me impediría
escaparme en dirección a la montaña y avisar a mis
amigos? O ¿de instalar una carga de C-90 en el circuito de
energía principal de su 'Mech?
—Oh, habrá vigilancia. —Pensó en su conversación con
Varney y Adel, en los argumentos que había reunido y en las
promesas que había tenido que hacer. Kalmar iba a ser
considerada una agente enemiga. Estaría vigilada en todo
momento y los astechs asignados para ayudarla tendrían
preparación suficiente para saber si hacía sabotaje, de
forma deliberada. Finalmente habían aceptado el plan de
Grayson porque no parecía existir ningún otro modo para
que se hiciese el trabajo.
Grayson había aceptado sus condiciones y había rezado
para que la chica aceptase trabajar con él bajo tales
limitaciones. No parecía existir ninguna otra alternativa,
para todos ellos.
—Usted estará vigilada, pero, al menos, estará fuera de
aquí. ¿Hizo alguna promesa de lealtad o de servicio a la
gente que la trajo aquí? —Muchas personas en la cultura
casi feudal de los Estados Sucesores observaban de forma
rígida los votos y juramentos de lealtad. En las cambiantes
marañas de alianzas entre los estados, los guerreros
individuales necesitaba un centro para su lealtad.
Lori Kalmar cerró los ojos: —No. Hay . . . nada. El voto de
un esclavo a su amo, quizás, nada más.
—¿Aceptará?
Se produjo un largo silencio. Cuando ella habló de nuevo,
fue en un tono de voz muy bajo: —Sí. Y . . . y gracias.
 

LIBRO DOS
17

Harimandir Singh tiró del cuello de su chaqueta para


climas fríos para acercársela más a la cara y orejas y se
inclinó ante el viento. Las tormentas habían acabado,
pero continuaba la larga oscuridad de la Primeranoche.
Con la llegada de las tormentas, las temperaturas
habían descendido. Había parches de nieve a lo largo de
la zona de ferrocemento de circulación del
espaciopuerto, y el viento provocaba pequeños
remolinos de nieve dura que eran atravesados por los
focos de luz originados por las lamparas de vapor
situadas en postes elevados. Según el último parte,
nevaba fuertemente en las montañas cercanas.
Consideraba a Trellwan un planeta triste y sombrío; un
lugar que se alegraría de abandonar cuando la misión
se hubiese completado. Quizás . . . quizás después de
esto, volvería a ver los cielos cristalinos y las relucientes
salinas de los desiertos de su hogar.
Los guardias a la puerta de uno de los rechonchos
edificios de almacenamiento, de metal laminado, que se
alinean en la zona principal del puerto se pusieron
firmes con el estrépito del manotazo típico de un saludo
con el arma. Uno de ellos cogió el papel que le tendía
Singh, lo estudió y abrió la puerta. El aire que salió
desde la escasamente iluminada habitación, que había
más allá de la puerta, era agrio, a causa del hedor a
cuerpos sucios y de los olores de los vómitos y los
excrementos.
—¿Cuántos tenemos, ahora? —preguntó Singh a su
ayudante.
El soldado consultó su ordenador de muñeca:
—Ciento ochenta y dos prisioneros, Señor.
Singh asintió y trató de mantener cubiertas su nariz y
su boca del hedor. Estos prisioneros, en muchos casos
trabajadores capacitados, iban a ser, pronto, esclavos,
vendidos en mundos, con tecnologías atrasadas, que
necesitaban mano de obra. Por ahora, eran una fuente
de información útil, a veces; así como un importante
problema logístico. Los suministros alimenticios de su
expedición estaban limitados a lo que quedaba de los
embarcados en la Nave de Descenso y lo poco que
habían logrado pillar en sus incursiones a las cúpulas
agrícolas situadas al norte de Sarghad. Si no
encontraban, urgentemente, más comida, los
prisioneros tendrían que ser fusilados —y soportar las
pérdidas. Singh creía que la misión principal tenía que
tener prioridad por encima de los pequeños intereses
económicos.
El guardia regresó, conduciendo a un hombre
harapiento que arrastraba los pies con la cara
magullada y cubierta de sangre seca y sucia:
—¡Capitán Tor! ¿Cómo está? ¿Ha decidido, por fin,
contarnos lo que queremos saber?
—No puedo decirles nada. —Dijo con precaución, ya
que tenía los labios hinchados. Las palizas habían
causado que las heridas y moretones, en torno a sus
ojos y boca, se hinchasen.
—Oh, pero usted puede decirnos muchas cosas, como
por qué estaba fisgoneando alrededor del perímetro del
espaciopuerto y todo lo que sabe sobre actividades de
mercenarios en Sarghad. Se evitaría muchos problemas
si nos dijese lo que queremos saber.
Tor se estremecía, con los brazos doblados
estrechamente delante de su cuerpo, pero logró
espetar:
— ¡Váyase a la mierda! —ya que solo llevaba la túnica
destrozada, y hecha harapos, y unos calzones cortos, el
frío la parecía el cuchillo de un torturador.
Singh frunció el entrecejo:
—Le he ofrecido dinero. Le he ofrecido la libertad.
Lamento decirle que todo lo que le puedo ofrecer ahora
es una muerte rápida.
—Usted asesinó a mis hombres.
—Ah . . . los tres hombres de la tripulación a bordo de
la Nave de Descenso. Eso fue una tragedia, lo admito.
Siempre es trágico tener que matar trabajadores
capacitados. Pero usted lo hizo necesario, amigo, al
escaparse.
—Iban a matarme en cualquier caso. —La rabia brilló
por un momento en la cara entumecida de frío de Tor.—
¡No tenía que matarles!
—Mi querido Capitán, no creerá que quería matarles,
¿verdad? Valoramos a los hombres que trabajan en las
naves estelares, sobretodo a hombres como usted, que
está capacitado para la navegación interestelar. ¡No
somos bárbaros!
Tor tenía los ojos cerrados y sus labios temblaban:
—Sí, lo que usted quiera.
—Pero esta misión, Capitán, es de alto secreto. Tan
secreta, que no creo que sea capaz de captar su
relevancia. Si lo hiciese, tendría que cortarle el
pescuezo ahora. Cuando usted huyó, tuvimos que dar
los pasos necesarios para asegurarnos de que nadie
más de su gente, en Trellwan, huyese. Desde luego, el
resto de su tripulación, a bordo del carguero, aun están
sanos y salvos. Al menos, por ahora.
—¿Más amenazas?
—Yo no amenazo, Capitán. —Movió un brazo y levantó
la cabeza de Tor cogiéndole por el pelo, dirigiendo la
mirada directamente a la vidriosa mirada del otro.—
Ahora, empecemos de nuevo. Usted estuvo cierto
tiempo en la ciudad.
La voz de Tor era débil, casi imperceptible.
—¿Qué pasó? Vamos, vamos, Capitán. Me estoy
quedando helado, aquí de pie, hablando con usted.
—Sí . . . estuve en S-Sarghad.
—¿Y usted es un militar?
—Soy un mercante. Piloto una nave estelar.
—Ah, pero usted sabe, igual que yo, que el principal
comercio entre estrellas hoy son las armas y blindajes
de las unidades militares. Usted debe tener unos
conocimientos básicos sobre las artes militares.
Tor permaneció en silencio, y Singh continuó:
—¿Qué señales vio en Sarghad de la presencia de un
cuadro de mercenarios?
—N-n-no comprendo.
—Extranjeros, Capitán . . . gente de otros planetas.
Una unidad militar . . . quizás entrenando a los locales
para pelear.
—No vi nada por el estilo . . . no.
Singh creía que el hombre decía la verdad. También
sabía que este tipo de interrogatorio no podía durar
mucho más tiempo. Tor no revelaría más información si
dejaban que se congelase hasta morir. Singh hizo un
gesto al guardia, quien se llevó a Tor y lo condujo de
vuelta al más cálido cuartel de prisioneros.
Aunque Tor podía no saber nada de ello,
definitivamente, Sarghad recibía ayuda de alguna parte.
Singh necesitaría conocer el origen de tal ayuda antes
de que comprometiese el plan, gravemente. No solo
necesitaría conocerla, sino que los mercenarios tendrían
que ser eliminados de una vez por todas.

******

El viento se hacia más frío a medida que la larga


oscura Primeranoche seguía avanzando con lentitud. Un
cuadro de tropas experimentadas, incluyendo tanto
Guardias como hombres de la Milicia, había sido
reunido, entrenado e instruido, y, luego, a cambio,
habían sido enviados para entrenar e instruir a los
voluntarios que conformarían el cuerpo principal de la
unidad. El propio Rey Jeverid asistió a la primera
ceremonia de revista de la unidad, y fue él quien les
confirió su nombre: el Primero de Lanceros de Trellwan.
Grayson no podía evitar comparar su nueva unidad
con la vieja. Los Lanceros eran novatos y torpes, sin el
refinamiento y preciso automatismo de una unidad
preparada ni la clara profesionalidad y la camaradería
de una unidad experta. Los Comandos de Carlyle habían
tenido tanto el refinamiento como la profesionalidad.
Cuando era un chavalin, Grayson había admirado la
absoluta precisión de la respuesta de la unidad a las
ordenes en los terrenos de desfile, el sonido
estruendoso de doscientas botas golpeando al mismo
tiempo. También había admirado esos lazos de absoluta
confianza entre cada hombre y sus compañeros de
escuadra, y entre cada hombre y los oficiales y
suboficiales por encima de él.
Este grupo estaba entusiasmado, pensó Grayson, pero
eso era casi todo lo que podía decir de ellos. Todos eran
voluntarios, tanto de la Milicia como de los Guardias, y
muchos tenían años de experiencia, incluyendo
experiencia en el combate. Pero aun no eran una unidad
en el sentido de pertenencia y de trabajar bien en
equipo.
La encarnizada rivalidad entre Guardias y Milicia
continuaba dentro de las filas. En una de sus primeras
decisiones, Grayson ordenó a sus sargentos que no
separasen los servicios en diferentes compañías, sino
que formasen las escuadras y pelotones sin tener en
cuenta la afiliación original de los hombres. Si los
Lanceros iban a tener alguna identidad propia o una
parte del orgullo que la identidad fomentaría, tendrían
que empezar a pensar en sí mismos como Lanceros
antes que como Guardias o Milicianos. Durante la
primera semana estándar había habido dieciocho peleas
a puñetazos y tres a navajazos. El hecho de que cada
hombre aún llevase su uniforme original, verde o
marrón, con solo un brazalete azul para identificarle
como Lancero, tampoco ayudaba.
Grayson aprendía que para organizar una lanza de
'Mechs era necesario mucho más que enseñar a reclutas
desmañados como pilotar un BattleMech. Los detalles
de la TOE de la unidad amenazaban con ahogarlo con
horas extras de trabajo y con un diluvio de papeleo. La
TOE —la Tabla de Organización y Equipo de los Lanceros
— constituía o daba a conocer la nueva unidad, y
Grayson era cada vez más consciente de la importancia
del papeleo de personal de una forma en que jamás lo
había sido. Antes, siempre se había preguntado por qué
el estado mayor de su padre incluía un pequeño ejercito
de secretarios civiles y ordenanzas militares, y por qué
uno de los oficiales del estado mayor de la lanza, el
Teniente Hanesly, había sido nombrado como oficial de
personal. Ahora sabía por qué un oficial de personal era
necesario en una compañía de 120 hombres.
Los días de Grayson habían sido un periodo de trabajo
de quince horas tras otro, con pequeñas siestas echadas
en el catre que se había colocado para él detrás de su
oficina del edificio del Arsenal de Sarghad. Mara le había
llamado repetidamente en el pequeño visor instalado en
la oficina, pero ya había perdido la cuenta de los días
estándares que hacía que no la veía. Simplemente,
había demasiado que hacer.
Una lanza de BattleMechs es mucho más que cuatro
'Mechs y los hombres que los controlan. La Tabla de
Organización generalmente solo lista los pilotos y Techs
asignados a una unidad especifica, pero, en realidad,
incluso una pequeña lanza exploradora exige una
tripulación de apoyo del tamaño de un pelotón.
Lo principal de la composición de los Lanceros de
Trellwan era la infantería, los pisa terrones que Grayson
estaba enseñando a enfrentarse con los 'Mechs
enemigos. No todas las unidades de 'Mechs tenían
soldados de a pie unidos a ellas, no obstante. Los
Comandos de Carlyle habían tenido tropas de infantería
porque eran una fuerza de guarnición, y había deberes
de guarnición que habrían sido impracticables para un
'Mech de diez metros de altura. Los Lanceros iban a ser
tropas de infantería entrenadas en la guerra contra los
'Mechs con un apoyo de 'Mechs, justo el papel contrario
al habitual para cualquier unidad de BattleMechs en el
combate.
La idea había sido del General Varney. La habilidad de
Grayson durante la Batalla de Sarghad había mostrado
al Consejo Militar que las tropas terrestres podían ser
usadas contra los 'Mechs. Los diez años de
entrenamiento de Grayson apoyaban esa idea. Las
fuerzas terrestres podían enfrentarse a los 'Mechs y
ganar, pero eso exigía una mezcla singular de
capacidades, entrenamiento y coraje. Esta combinación
no era algo natural, ni siquiera en las unidades de elite.
Grayson se enfrentaba a una tarea abrumadora, y aún
cuestionaba su habilidad para llevarla a cabo.
La Tabla de Organización de los Lanceros recogía la
existencia de dos pelotones de combate de 60
individuos cada uno. Aunque las disponibilidades de
voluntarios excedían esos números, hasta el momento
Grayson tenía solo dos pequeños pelotones de 40 cada
uno, lo que suponía poco más que un par de secciones
por pelotón. Después de cierto trabajo y varios inicios
en falso, había decidido que los sargentos con
experiencia de su equipo eran capaces de manejar un
máximo de 80 hombres. Soldados sin entrenamiento y
sin liderazgo serían peor que no tenerlos en absoluto.
También se estaban preparando 35 hombres con
diversos grados de formación técnica y mecánica. Esto
era el comienzo de lo que Grayson esperaba que fuese
un pelotón técnico de 60 hombres, astechs capaces de
trabajar bajo la dirección de los Techs de la lanza para
mantener los BattleMechs armados, reparados y
funcionales.
Por último, había cinco hombres entrenándose como
MechWarriors. Estaban bajo el mando directo de
Grayson y él trabajaba con ellos durante cuatro horas
cada día, familiarizándolos con los controles del Locust e
instruyéndolos en procedimientos y tácticas. Uno de
ellos, un joven trelano llamado Yarin mostraba un
sentido intuitivo de equilibrio y movimiento que podía
suponer el nacimiento de un MechWarrior: en unos diez
años más o menos. Grayson pensaba que esta parte del
programa no servía prácticamente para nada. Llevaría
años convertir a estos cincos en personas competentes
para manejar un 'Mech, así que parecía absurdo gastar
tantisimo tiempo entrenado a nuevos pilotos cuando la
unidad solo tenía un único 'Mech ligero en sus listas.
Pero las ordenes que Grayson había recibido sobre este
tema por parte del Consejo Militar eran tajantes. ¿Cuan
buena sería una unidad de 'Mechs sin MechWarriors?
Su trabajo era más fácil gracias a dos sargentos con
experiencia . . . el Sargento Ramage de la Milicia, quien
había luchado contra los piratas de Hendrik como
soldado diez años antes, y un Cabo de los Guardias
llamado Brooke, a quien había ascendido después de
saber que había trabajado en una tienda de maquinaria
antes de unirse al ejercito. Otro sargento de Milicia
llamado Larressen no tenía experiencia de combate,
pero parecía avispado, inteligente y no temía expresar
sus opiniones. Ramage y Larressen se convirtieron en
lideres de pelotón para los pelotones A y B, mientras
Brooke era puesto al cargo del pelotón de Techs.
Con tres hombres válidos en los huecos superiores,
Grayson había esperado que la lanza empezaría a
funcionar por sí misma. Ese no había sido el caso. El
peor problema simple que había abordado era conseguir
el equipo. Expresado de forma simple, o no había
equipo que conseguir o el material disponible se veía
trabado por el papeleo burocrático o las riñas
interdepartamentales.
Las listas de lo que necesitaba eran interminables:
generadores de energía portátiles, herramientas que
iban desde cortadores láseres hasta llaves inglesas muy
pequeñas, ordenadores portátiles de mesa y el acceso a
los archivos de datos militares, visores y unidades de
comunicación portátiles, armas para los pelotones de
combate y su correspondiente munición, luces fijas y
portátiles, caballetes y envolturas para reparar los
'Mechs, cables alimentadores de corriente, piezas de
repuesto de los 'Mechs que iban desde circuitos de
transmisión para los servoactuadores y un láser portátil
hasta una nueva cabeza y un ensamble de carlinga para
el Wasp capturado. También necesitaba alimentos, agua
potable y no potable, habitaciones y colchones para
más de un centenar de hombres, vehículos . . .
¡Vehículos! Esos eran la responsabilidad de la sección
técnica, que se esperaba que los consiguiese, los
mantuviese y los pusiese en funcionamiento. Necesitaba
TADs y TAADs, vehículos armados de efecto terrestre,
así como los vehículos más lentos y más pesados con
tracción a orugas y a ruedas. Por desgracia, solo había
dos fuentes de vehículos militares en Sarghad, la Milicia
y la Guardia Real. Ninguna unidad estaba dispuesta a
liberar ni siquiera un aerodeslizador de exploración a los
recién formados Lanceros sin garantías de que la unidad
se convertiría en la elite privada de la Milicia o de la
Guardia. Grayson dedicó varios días moviéndose a lo
largo de la montaña de requisas pidiendo que le
sirviesen aerodeslizadores y TAADs antes de tomar
conciencia de que no estaba luchando contra la
estupidez burocrática, sino contra la política
interservicios. Grayson descubrió que existía un
rivalidad intensa y encarnizada entre los Guardias
Reales y la Milicia.
La población humana de Trellwan estaba dividida entre
tres ciudades —Sarghad, Gath y Tremain— además de
ciertos puestos diseminados de caseríos, colectividades de
cúpulas agrícolas y localizaciones mineras que se extendían
a lo largo de un tercio del ecuador. Sarghad era la ciudad
mayor, con diferencias, y el centro del gobierno planetario.
Cada ciudad era el centro de un distrito militar de la Milicia,
con un regimiento que servia como recaudador de
impuestos, departamento de bomberos, basureros y policía
en un mundo donde había poca necesidad de mantener un
ejercito permanente de forma cotidiana.
La Guardia Real, por otra parte, tenía su base en Sarghad
en un cuartel moderno bajo los Terrenos de Palacio. Su
función era puramente militar y, esencialmente, de
apariencias en un mundo con un único gobierno. Servían
como escoltas del Rey, organizaban desfiles y revistas
militares y, normalmente, actuaban para dar la imagen de
que había un monarca en Sarghad, uno lo bastante rico y
poderoso como para proporcionar a su guardia privada unos
preciosos uniformes verdes. Aunque se proclamaban como
fuerza de elite y dado que la Guardia recibía la mayor parte
del equipo y material militar de los diversos consejos
municipales, Grayson aun había visto poca evidencia de que
fuesen buenos combatientes.
Ellos tenían los vehículos que Grayson necesitaba, no los
soltarían hasta que pudiese asegurarles que el Primero de
Lanceros de Trellwan sería designado como parte de la
Guardia Real.
La Milicia, por su parte, controlaba aspectos tan
esenciales como la distribución del agua y las
comunicaciones dentro de la ciudad. Proporcionaban estos
servicios solo a regañadientes, mientras esperaban que les
dijesen que los Lanceros serían designados como una rama
de la Milicia.
Grayson empezó su ataque a la situación otorgando el
problema de los vehículos al Teniente Nolem, quien,
evidentemente, era un espía del estado mayor de la
Guardia. Al asignarle a tiempo completo a la tarea de
adquirir ocho transportes aerodeslizados, Grayson alejaba al
Teniente de encima suya y además presentaba su necesidad
de forma continua al oficial de suministros y requisas en el
CG de la Guardia. Tal vez si el clamor se mantenía mucho
tiempo, y en voz alta . . .
Consiguió la cooperación de la Milicia destacando que los
dos sargentos de los pelotones de combate eran de la
Milicia. Y su decisión, realizada en contra de la idea original
de su Majestad de que en los Lanceros debían estar
equilibradas ambas unidades, de nombrar a los dos
sargentos indicaba hacia donde se inclinaba, realmente, su
lealtad. Eso supuso disponer de suministros permanentes de
agua y comida, la instalación de la mitad de visores que
necesitaba y el préstamo de un viejo TAD para hacer los
recados por la ciudad.
Quizás lo más irónico fuese el problema de su propio
uniforme. Grayson había sido engalanado con el uniforme
completo de los Guardias para la ceremonia en la Sala de
Recepciones de Palacio, pero nunca le habían dado ni otros
uniformes ni equipo personal. Las ordenanzas sobre el
uniforme de la Guardia exigían que llevase siempre la
Estrella Carmesí con el uniforme completo, hecho que el
Teniente Nolem le había señalado discretamente cuando
Grayson llegó al trabajo sin la pesada estrella. Aunque
estaba empezando a sentirse un completo petimetre con el
recargado uniforme verde y dorado, sus peticiones de
uniformes no eran contestadas. Al menos, Nolem no
protestó cuando se negó a llevar la espada del uniforme al
trabajo.
A pesar de todo, su mayor preocupación era el personal.
Los voluntarios eran muchos, pero, por desgracia, pocos
estaban capacitados como técnicos en electrónica, expertos
en robótica, expertos en maquinaria, armeros, expertos en
armas, mecánicos, etc. De otro lado, las tropas que
empezaban a formar parte de los dos pelotones de combate
de la unidad tenían experiencia, pero poco equipo. La mitad
de ellos eran instruidos con trozos de tubería. Cuando
fueron trasladados a los Lanceros, se les ordenó que
devolviesen las armas, y, por ello, solo unos pocos habían
venido con pistolas. Solo había un puñado de lanzadores de
misiles disparados desde el hombro, armas pesadas, armas
de disparo automático, proyectiles perforadores de blindaje
y cabezas explosivas para misiles, detonadores o explosivos
plásticos, o armaduras corporales adaptadas y ningún láser
portátil en absoluto.
Las tropas terrestres, incluso las bien equipadas y con
todo tipo de suministros, eran bastante inadecuadas
para resistir el ataque de un BattleMech. Si los Lanceros
de Trellwan tenían que hacer algo, tendrían que reunir
una lanza de BattleMechs operativa. Tenía cinco
hombres entrenando como MechWarriors, pero hasta el
momento había tenido poco éxito. Aprender a pilotar
una de las maquinas de guerra era un proceso doloroso
y pesado. Cualquiera podía ponerse el cinturón de
seguridad en la carlinga y mover los brazos y piernas de
la máquina, pero hacia falta una nueva forma de pensar
para controlar los movimientos automáticos a través de
casco neural conectado vía ordenador; y sin esa
conexión, el mejor y más fuerte 'Mech de la galaxia no
era más que metal inanimado y piezas de repuesto.
Había dado un paso importante hacia la solución del
problema de personal cuando incorporó a Lori —ahora
Sargento Mayor Lori Kalmar— a la unidad como Tech
superior. Ella podía responder a preguntas técnicas y
mostraba un instinto especial para diagnosticar los
problemas del 'Mech con información escasa. Aunque no
había forma de reparar el Wasp dañado sin conseguir
una nueva cabeza completa y un ensamble de carlinga,
fue capaz de preparar el 'Mech para combatir en el resto
de aspectos. De algún modo, incluso se las apañó para
improvisar unos circuitos de prueba y transmisiones que
permitían que el 'Mechs fuese manejado (de un modo
torpe) por control remoto. Eso suponía que podía ser
utilizado con objetivo móvil para los cinco aprendices de
MechWarrior que entrenaba Grayson. Podían ensayar el
rastreo y la puntería con las armas a bordo del Locust,
sin que Grayson tuviese que intentar montar un
simulador.
Luego, apareció otro nuevo problema. A pesar de su
evidente capacidad, muchos de los nuevos astechs en la
sección técnica se negaban a trabajar para Lori Kalmar.
Ella era, después de todo, de la confederación de
bandidos de Hendrik. Su gente, argumentaban ellos,
había matado a muchos trelanos en incursiones y
escaramuzas a lo largo de la mayor parte del siglo, y,
ciertamente, ahora no iban a confiar en ella. Y además,
era una mujer en la cultura dominada por el hombre de
Trellwan. Las mujeres ocupaban pocas posiciones de
poder real, nunca se encontraban en otras ramas
militares distintas de las de secretarias o ayudantes
administrativos. Además estaba la permanente tradición
tácita de que el lugar de una mujer era el hogar, criando
los niños. Una mujer joven y bonita que daba ordenes a
los hombres en el trabajo no era tomada en serio,
simplemente.
Ese problema nunca desaparecería completamente,
aunque Lori había hecho algunos progresos por sí
misma. Una vez, después de darle una orden a un
astech, este la ignoró. Aunque ella repitió la orden, el
hombre le respondió con una mirada lasciva y una
sugerencia sobre lo que le gustaría hacer en su lugar.
Pero los aprendices de guerreros en Sigurd estaban bien
entrenados en las disciplinas marciales. No solo
aprendían a pilotar un 'Mech, sino como usar las armas
de fuego, los bastones, los cuchillos y las manos
desnudas con resultados letales. El astech
insubordinado se despertó para encontrarse como
huésped en el hospital de Sarghad, donde le curaban la
mandíbula rota. Desde ese momento, la Sargento
Kalmar descubrió que sus ordenes eran obedecidas con
más entusiasmo.
Grayson estaba consternado porque no había piezas
de repuesto para reparar las maquinas que se
estropeaban, había poco aceite para lubricar la
maquinaria y los programas de ordenador usados para
coordinar los horarios, las listas de turnos y las listas de
reunión eran completamente inadecuados. Un equipo
asignado para recuperar el cable de monofilamento de
diamante de las zonas estropeadas de las laminas de
blindaje de nitrato de boro estaba parado a causa de la
ausencia de productos químicos apropiados para el
proceso de extracción.
La falta de sueño le volvía impaciente y más exigente
con la unidad. La moral flaqueaba y se informó que
cinco hombres se habían peleado en un único periodo.
Siete soldados, simplemente, se alejaron caminando de
los cuarteles durante otro periodo y nunca regresaron.
Nadie les paró en la puerta porque el hombre que tenía
servicio de centinela era uno de los siete. Cuando las
tropas designadas para un puesto, de forma rutinaria,
aparecían en el trabajo borrachos o no acudían en
absoluto, Grayson tuvo que destacar tres de los
suboficiales menores para patrullar la zona en busca de
alijos ocultos de alcohol.
Luego, apareció una nueva dificultad con Lori. La
única posibilidad de que los Lanceros pudiesen ser útiles
contra atacantes extranjeros pasaba por tener funcional
algo más que el simple Locust. Para ello el primer paso
consistiría en capturar el otro Wasp. Si resultase
necesario, tendrían que destruirlo y usar la cabeza para
reemplazar la cabeza rota del Wasp que ya poseían los
Lanceros. Lori se mostró preocupada cuando Grayson le
preguntó por el tipo que probablemente estaría
pilotando el Wasp que pretendían capturar o liquidar.
—El Soldado Enzelman y yo nunca fuimos lo que
llamarías novios —le dijo—. Pero es sigurdiano y está
lejos de casa, como yo. No . . . no creo que pueda
ayudarte a . . . a matarle.
El dolor en su ojos afectó a Grayson. Muchos de los
que la criticaban aun no confiaban en la disponibilidad
de Lori para trabajar para sus antiguos enemigos; y ella
se encontraba atrapada entre la necesidad de
demostrar su lealtad y la lealtad que le debía a un
camarada guerrero.
—Puedo sacarte del proyecto —dijo él.
—¿Y volver a las mazmorras? Ahí es donde me quiere
el General Adel, lo sabes. El y el Teniente Nolem. —Se
estremeció.
Grayson se recostó, reflexionando:
—Sabes que todo depende de que capturemos el
Wasp con la cabeza intacta. Lo que necesitamos es
desarrollar una diversión que me deje acercarme lo
bastante para inutilizarlo sin dañar la cabeza o a tu
amigo Enzelman. —Extendió las manos.— Es lo único
que puedo prometerte.
Ella sonrió a medias:
—Lo que realmente me gusta es conseguir que se una
a los Lanceros. La única razón por la que lucha para
ellos es porque no sabe que hay una alternativa.
Grayson pensó en sus cinco reclutas para guerreros, y
asintió serio. Durante la sesión de prácticas al comienzo
de este periodo, uno de los hombres había tropezado
con el Locust y lo había hecho caer sobre su propio pie,
y solo había sido cosa de la suerte de los tontos que no
hubiese dañado gravemente la irremplazable máquina.
Grayson estaba desesperado y no esperaba que
ninguno de ellos pilotase jamás un 'Mech en combate.
—Créeme, Lori. Eso es lo que pretendo hacer.
Necesitamos pilotos de 'Mechs, y no vamos a ser
capaces de formarlos aquí en Sarghad.
Ella levantó la vista hacia él, con un cierto brillo en los
ojos:
—¿Quieres . . . quieres decir que? Quiero decir,
¿puede que yo pilote un 'Mech de nuevo?
Grayson se frotó los ojos:
—No puedo prometértelo, no ahora. Pero, que me
parta un rayo, si hay un sitio mejor en el que encontrar
pilotos de 'Mechs. Cuesta años de aprendizaje saber
como controlar uno. ¡Ja! ¡Míranos! Aprendices la mitad
de nuestras vidas, y ninguno de nosotros se había
graduado cuando nos conocimos . . . en este lugar.
Lori dejó caer la mano sobre el brazo de Grayson, un
toque cálido y suave:
—Haré lo que tenga que hacerse, Gray.
¿Cómo habían llegado a tutearse? Grayson no podía
recordarlo. Sabía que se sentía cómodo con Lori, capaz
de hablar con ella, de discutir planes, y que la echaba
de menos cuando no estaba. Quizás su creciente
amistad tenía algo que ver con el hecho de que ambos
se sentían solos en este lugar.
—Todos haremos lo que tenga que hacerse —dijo él—.
Eso se llama supervivencia.
Dos periodos más tarde, el Teniente Nolem presentó
un informe al General Adel sobre "elementos
subversivos dentro de la unidad". No mencionaba a
nadie, pero estaba claro que tenía a Lori en mente como
la única persona responsable de la baja moral de la
unidad. Mientras el sol se elevaba en la fría y
despejada mañana de menos veinte grados del Segundodía,
el Primero de Lanceros de Trellwan parecía más lejos de
estar listo para el combate que nunca.
18

Los Lanceros necesitaban combatir para unirse entre


ellos. Lo que era más importante, aun, se percató Grayson,
necesitaban una victoria.
En el momento en que el rojo sol había alcanzado su
cenit en el despejado y frío Segundodía, la TOE de los
Lanceros mostraba que los dos pelotones de combate
tenían cada uno 40 hombres. Esta fuerza constituía la
Unidad de Asalto Terrestre y había sido formada en
tácticas de infantería anti-'Mechs. Aunque aun quedaba
por comprobar lo bien que serían capaces de poner en
práctica las lecciones de Grayson. El pelotón de apoyo
de astechs tenía ahora 63 personas, y el Sargento de
Techs Brooke —bajo la dirección del Sargento Mayor Lori
Kalmar— tenía ambos 'Mechs, desde el punto de vista
mecánico, funcionales y preparados. El Wasp, empero,
no tenía aun cabeza.
Sobre el papel de la TOE todo parecía bastante
impresionante; pero Grayson sabía que, incluso un
batallón con el cuádruple de hombres (hombres
perfectamente entrenados y con experiencia) tendrían
difícil hacer frente a un 'Mech que les atacase. Y cuando
uno de esos 'Mechs era un Marauder de 75 toneladas . .
.
El núcleo de cualquier unidad de 'Mechs era la lanza
de combate —los propios 'Mechs. Desde un punto de
vista ideal, un conjunto de cuatro 'Mechs equilibrados
actuando juntos, y a veces acompañados por una lanza
de cazas aerospaciales. La razón de la existencia de
unidades de combate de apoyo eran los 'Mechs de la
unidad. Salvo en el caso de las unidades especiales, la
mayoría de las lanzas de 'Mechs, particularmente las
unidades mercenarias, no tenían fuerza de asalto
terrestre en absoluto y constaba solo de 'Mechs y Techs.
Sin 'Mechs, una unidad compuesta solo de hombres
estaba prácticamente indefensa.
Y los Lanceros solo tenían disponible para combatir un
'Mech ligero.
Faltaban unas diez horas para el mediodía del
Segundodía, y el Primero de Lanceros de Trellwan se
desplegaba para el combate. Como había explicado
Grayson al General Varney cuando le presentó su
propuesta:
—Luchamos ya, y ganamos: o todo esto es para nada.
En juego había más que la simple moral de combate
de los Lanceros. Si quería que la lanza tuviese alguna
oportunidad Grayson necesitaba más de un 'Mech. Y la
única forma en que iban a conseguir otro 'Mech era
quitándoselo al enemigo.
El espaciopuerto, al norte de Sarghad, era una
horrorosa extensión de edificios grises y blancos a lo
largo de un campo que de otro modo estaría vacío. El
suelo en esa zona era completamente estéril, cubierto
de grupos de matas azules de qykka y desiguales zonas
de césped de hierba verde azulada. La carretera que
unía el puerto y la ciudad estaba llena de agujeros y de
surcos causados por los brutales ciclos climáticos de
Trellwan; y raramente había sido recorrida, incluso antes
de la llegada de los bandidos piratas.
Por debajo de la carretera había una cadena de
arroyos{x}, cañadas talladas a lo largo del árido suelo por
las repetidas riadas de agua fundida del Tercerdía.
Grayson había detectado este uadi2 particular durante
las expediciones para realizar mapas del terreno cuando
el Castillo, situado a unos diez kilómetros al nordeste y
al otro lado del puerto, era ocupado por los Comandos
de Carlyle. Este había sobrevivido a las últimas series de
riadas y ahora era un amplio canal seco que atravesaba
el desierto, incrustado de hielo y escarcha en los aleros
donde el débil sol no llegaba. En algunos sitios, tenía
una profundidad de quince metros, con empinadas
pendientes traicioneras compuestas de rocas y arena
movediza.
El Locust paseaba a lo largo del cañón con Grayson en
los controles. Parecía que había pasado la vida entera
desde la última vez que él había estado metido en la
caliente silla de un MechWarrior. Mientras agarraba los
controles y se recostaba sobre el tranquilizador peso del
casco de neuroimpulsos, reconoció lo bueno que era
que hubiese estado preparándose para ello la mitad de
su vida. Después de dedicar interminables días
estándares en el pequeño nicho, cubierto de informes,
del Arsenal de la ciudad, Grayson volvía a sentirse vivo.
Sus manos descansaban ligeramente sobre los
controles del armamento y los botones de anulación de
maniobra. El casco, con electrodos acolchados y
gruesos cables, captaba los impulsos neurológicos
relativos al equilibrio y el movimiento rutinario;
mientras que un sofisticado ordenador, metido en el
asiento de la carlinga, transformaba tales señales para
que el 'Mech diese sus zancadas de cuatro metros. El
Locust era una extensión de su cuerpo.
Los mitos populares sobre los guerreros decían que los
MechWarriors se convertían, en realidad, en sus 'Mechs;
que existía una transferencia de personalidad desde el
hombre a la máquina, que las máquinas se movían y
luchaban porque la mente del MechWarrior las
controlaba de forma directa. Nada de esto era verdad,
aunque, ciertamente, los cascos de neuroimpulsos
habían sido un primer paso prometedor hacia sistemas
de combate que hiciesen exactamente eso. Lo que
hacía el casco era tanto dirigir la máquina en tareas
rutinarias como mantenerla en equilibrio, lo que dejaba
la mente de piloto libre para realizar las tareas
analíticas, tales como identificar a amigos y enemigos, o
entrar en combate.
—Atacante Uno, aquí Atacante Dos, ¿me recibe?
La voz en los altavoces de su casco era filtrada y
reproducida electrónicamente, y exigía cierta práctica
para entenderla. Las transmisiones eran emitidas en
una banda de frecuencia extremadamente estrecha de
cara a saltarse las contramedidas electrónicas del
enemigo y superar a los posibles rompedores de
códigos hostiles. A menudo, tales transmisiones se
realizaban en una jerga de batalla, un lenguaje
codificado artificial conocido solo por los usuarios; pero
no había habido tiempo para desarrollar uno y
enseñárselo a todos los que lo necesitarían ahora. La
codificación vía ordenadores debería hacer las
transmisiones inteligibles solo para los Lanceros. Al
menos, eso era lo que esperaba Grayson.
Apretó con fuerza hacia abajo la boca para flexionar
los músculos maseteros, situados debajo y delante de
su oreja. Los sensores en el casco captaron la señal
eléctrica de la flexión y abrieron un canal.
—Atacante Dos, aquí Uno. Adelante.
—Estamos en posición, debajo de la valla. No hay
patrullas . . . ni actividad sospechosa.
—Bien. Manténgase alerta.
El movimiento de la fuerza de asalto a lo largo del
uadi a plena luz del día había sido un riesgo calculado.
Los piratas tenían helicópteros, y no había garantías de
que no poseyesen también un satélite de vigilancia
militar que fuese capaz de contar los remaches del
blindaje dorsal del Locust. El Locust estaba cubierto
completamente de capas de camuflaje, y Grayson
usaba los disipadores de calor a sus niveles más bajos
para reducir la emisión de infrarrojos del 'Mech. Con lo
que realmente contaba el equipo de asalto era con la
suerte. Una observación cuidadosa de las bases de los
bandidos, tanto en el puerto como en la cima del Monte
Gayal en el Castillo, sugería que tenían muy poca
estima por las fuerzas armadas trelanas y, por ello, no
mantenían una adecuada vigilancia sobre los accesos a
sus campamentos.
—Atacante Uno, aquí Tres.
—Tres, aquí Uno. Adelante.
—Sin actividad en el Castillo. Veo con claridad el
Marauder. Aun está aparcado en los terrenos de desfile
de delante de las puertas del Hangar de Reparaciones.
—Vale, Tres. Siga sobre ellos.
La carlinga del Locust era tan pequeña que podía
tocar los mamparos contrarios con solo extender sus
brazos. La pantalla de visión formaba una franja de 180
grados a lo largo de la parte frontal de la diminuta
habitación, mostrando las fuertemente estratificadas
capas de sedimentos depositados por el agua en las
paredes exteriores del canal. La mayoría de la cubierta
estaba ocupada por el asiento del piloto y la maraña de
cables, consolas, circuitos expuestos e instrumentos que
mantenían en movimiento y en lucha a esta pequeña
montaña andante.
Tal vez la característica dominante de la carlinga
fuese el olor, un fuerte olor acre que parecía emanar de
la cubierta, los mamparos y el asiento, a pesar de que
se fregaba y mojaba de forma abundante con productos
químicos absorbentes. Las fechas de instalación del
equipo y las notas de a bordo del Locust mostraban que
este 'Mech en particular tenía más de un siglo de vida.
Los olores característicos del sudor, el miedo y la furia
de la batalla de mas o menos 40 pilotos se habían
convertido parte de la carlinga tanto como lo era el
blindaje que la revestía. El olor era desagradable, pero
ya había desaparecido de la conciencia de Grayson.
El calor subía dentro de la carlinga. Un minúsculo
ventilador, detrás de la cabeza de Grayson, luchaba
contra la imposible tarea de enfriar el espacio
presurizado, pero en poco tiempo, sería incapaz de
reducir la acumulación de calor del 'Mech. Grayson ya
se había desnudado hasta quedarse en calzones y una
túnica ligera hecha solo de tela. Aunque aun no estaba
incomodo, muy pronto todo estaría bastante peor.
Grayson bajó la vista a través de los ojos electrónicos
en dirección a las tropas . . . sus tropas, pensó. Los rifles
de asalto TK que portaban los habían obtenido del
arsenal que era ahora el CG de los Lanceros (aunque los
formularios adecuados nunca habían sido aprobados por
el estado mayor de suministros de la Milicia). Grayson
había conseguido lar armas, simplemente porque sabía
que miles de esas impecables armas de disparo
automático habían sido regaladas a la Milicia por los
Comandos de Carlyle. Los hombres se protegían contra
el frío llevando unas chaquetas de combate de invierno
con manchas de camuflaje y guantes, que habían sido
sacados, de forma oficiosa, por el Sargento Ramage del
deposito de suministros que la Guardia mantenía en
Palacio.
Movió los músculos de la mandíbula dos veces,
abriendo una línea.
—Atacante Dos, aquí Uno. Deme una lectura.
—De acuerdo, Uno. Ajustándolo.
Una ventana de imagen se desenrolló a lo largo de la
pantalla de visión. En el borde del uadi sobre él, un
explorador clavó la cola del sensor de un dispositivo de
exploración remota de fibra óptica por encima del borde
del barranco. En la ventana de imagen, Grayson vio las
formas rechonchas de los tanques de agua y
combustible, las entrecruzadas ventanillas de la valla
con conexiones en forma de malla. A más distancia, la
forma humanoide de un Wasp que se movía a través de
la reluciente neblina. El aire caliente se elevaba desde
las faldas del ferrocemento, haciendo que la imagen se
nublase.
—Ese es nuestro objetivo —dijo Grayson. Abrió un
canal hacia Atacante Tres—. ¿Sigue quieto el
Marauder?
—Sin señales de alarma, señor. Todo tranquilo.
—No lo estará mucho tiempo. ¡Atacante Dos!
Pudo ver al líder de la fuerza táctica atacante, el
Sargento Ramage, tocando el micrófono en su garganta.
—¡Sí, señor!
—¡Salgan! ¡Ahora!
El pequeño cuerpo de tropas salió de la cuesta del
uadi, usando cuerdas que habían sido lanzadas desde el
borde por los exploradores. Según lo planificado, el
Pelotón A se movía hacia la valla exterior del
espaciopuerto.
Grayson respiró profundamente y probó el acre aire de la
incomoda carlinga del Locust. Abrió otro canal de combate:
—Atacante Cuatro, ¿están listos?
—Todo listo aquí, Teniente. —El Sargento Larressen
gritaba, con unos tonos de voz, traducidos
electrónicamente, extrañamente separados. Debía estar
gritando por encima del enorme ruido de los TAADs.
—Estamos listos. Hágales saber a ellos donde están
ustedes.
—Entendido, ¡señor!
Para conseguir la mayoría del equipo que usaban los
Lanceros había sido necesario acudir directamente al Rey
Jeverid; eso incluía ocho transportes de armas
aerodeslizados abollados pero útiles, máquinas para cinco
hombres como las que había visto y montado en la batalla
de Sarghad. Tres de estos llevaban cañones automáticos y
otro un láser de combate. Dos mas llevaban misiles
antiblindaje de corto alcance tipo Skorpiad, en tanto que el
resto llevaba pesadas ametralladoras anti personas. Esta
pequeña armada no era bastante para hacer frente a la
fuerza de los 'Mechs del enemigo. Con suerte, sin embargo,
podían derrotar a uno o más de los 'Mechs ligeros en una
batalla abierta. Grayson había decidido que la posibilidad
eran tan débil que toda la caravana serviría mejor como
fuerza señuelo. Corrían por medio del desierto, situado al
este del espaciopuerto, en estos momentos, con los
ventiladores levantando columnas de polvo que eran
visibles desde diez kilómetros de distancia.
—¡Teniente! ¡Aquí Atacante Dos!
—Adelante, Dos. —Grayson movió el Locust por la
barranca mientras hablaba. Había más allá un sitio donde la
pendiente era menos empinada que en el lugar por donde la
fuerza de asalto terrestre había subido con dificultades. En
la pantalla de visión, los estratos de las capas rojas y acres
de la pared del arroyo se tambaleaban e inclinaban
mientras el Locust daba zancadas a lo largo del suelo con
grava.
—Hay dos . . . repito DOS 'Mechs en el puerto. Están
juntos . . .
—Deme una imagen.
La ventana de imagen se abrió, y Grayson vio que el Wasp
iba acompañado por un segundo 'Mech ligero. Era difícil ver
bien a través de la agitada telefoto, pero el segundo parecía
ser un Stinger. La pareja de 'Mechs exploradores de 20
toneladas caminaban rápidos por la pista de aterrizaje en
dirección hacia el este.
—Atacante Cuatro, aquí Uno.
—Ade . . . lante . . . Uno. —Larressen debía estar gritando
ante el rugido de todos los ventiladores de los transportes
armados. La transmisión no llevaba nada del ruido de fondo,
pero el ritmo de las palabras del sargento se notaba influido
por el esfuerzo de tener que gritar.
—Le han localizado. Dos 'Mechs . . . lo digo de nuevo . . .
dos 'Mechs ligeros se dirigen hacia ustedes.
—¡Copiado . . . Uno!
—Atacante Dos . . . aliménteme con datos de alcance.
Sobre la ventana de imagen saltaron números rojos en un
fuerte relieve, mostrando las lecturas de alcance y acimut
mientras los 'Mechs objetivo se movían. Los dos 'Mechs
estaban a tres kilómetros de distancia, moviéndose, a lo
largo de la línea de visión de Grayson, en un ángulo que los
acercaría aun más a la posición del Locust.
Grayson esperaba, ahogándose a causa del creciente
calor. Si todo se estropease ahora
Comprobó los controles del Locust una vez más. La
mano izquierda asía la palanca de control, que surgía
del brazo izquierdo de su silla y se movía sobre líneas
correderas gemelas a lo largo de su regazo. Los dedos
de la derecha cerrados sobre una empuñadura de
plástico negro con forma de D en el brazo derecho de la
silla. Leves movimientos sobre la empuñadura llevaban
el cañón del láser hacia arriba, hacia abajo, hacia atrás
y hacia delante; y el botón rojo que descansaba bajo el
pulgar lo disparaba. Los sensores indicaban que todos
los sistemas estaban calientes, listos para el combate.
Las dudas habían empezado a atormentarle mientras
permanecía sentado en la carlinga excesivamente
caliente. Atacar uno de los dos baluartes del enemigo a
plena luz del día, con un 'Mech y hombres a medio
entrenar, tenía que ser una forma segura de suicidio.
Grayson apartó las dudas, luchó para ignorarlas.
Demasiado dependía de la sorpresa. Si tenían éxito y
lograban sorprenderlos, el ataque debía tener éxito.
TENDRÍA éxito. Si no . . . De nuevo apartó las dudas,
esta vez con más fuerza. ¡El plan funcionará! ¡TIENE que
funcionar!
Cogió una bolsa de redecillas del lateral de la silla de
la carlinga y sacó un trozo azul muy fino de tela suave.
Mara se lo había dado en el periodo anterior a su
marcha:
—He leído como los Caballeros de la Vieja Tierra
llevaban los colores de su dama en la batalla —dijo ella.
Mara le había acercado un trozo del vestido que había
llevado en la recepción—. Podías llevar esto.
Grayson miró el retal de material durante varios
segundos, luego tomó una decisión. Lo práctico por
encima de lo romántico, pensó. Mara entendería. Usó la
tela para secar la capa de sudor que había goteado
sobre su frente y el labio superior.
Observando las lecturas sobre los 'Mechs objetivo, vio
que la distancia había disminuido. Un consulta rápida en
el ordenador de a bordo del Locust mostró que si los
'Mechs enemigos mantenían la ruta y velocidad,
estarían en el punto más cercano y alejándose de la
posición de Grayson exactamente . . . más o menos . . .
¡AHORA!
La mano de Grayson presionó la palanca de control
del Locust hacia delante, y el 'Mech se inclinó hacia
delante, mientras un pie de pájaro blindado arañaba la
suave pendiente de arena delante de ella. La máquina
se tambaleó y pareció temblar ligeramente, mientras
Grayson oía el quejido de protesta de los servos cuando
el ordenador del 'Mech recurría al sentido de equilibrio
de Grayson y luchaba por mantenerse erguido.
Un pie gigante encontró asiento y el otro pie se alzó.
La cabeza del 'Mech dio una sacudida por encima del
borde del cañón. Ahora veía la escena directamente a
través de los sensores del Locust sobre la pantalla de
180 grados. Luchó con la palanca, moviendo la máquina
hacia arriba y hacia delante. Un pie plano de cuatro
garras salvó el borde, los rebordes de arena que se
derramaba, y, luego, el Locust había subido y estaba
sobre la dura y plana superficie del desierto. La forma
como la de un pájaro del Locust se inclinó hacia delante
y sus altas y delgadas piernas se movieron hacia arriba,
hacia delante y hacia abajo con cabeceantes
movimientos mecánicos.
En teoría, Grayson sabía que no había ningún modo
en que un 'Mech pudiese acercarse sigilosamente a otro
en terreno abierto. Los cascos de los BattleMechs llevan
sensores que cubren todo el espectro, desde el
infrarrojo hasta el ultravioleta, así como el sonido,
registro láser y radar. El ordenador del 'Mech pone en
marcha una exploración compuesta de 360 grados de
todo el campo de batalla que está disponible para el
piloto de forma inmediata. En la práctica, las cosas no
eran tan simples. Los MechWarriors son humanos y,
pillado en el entusiasmo de la batalla o la emoción de
una persecución, un piloto puede anular o ignorar las
señales del ordenador.
Grayson contaba con el aspecto humano de los dos
pilotos de 'Mechs a los que ahora seguía los pasos. Lori
había dicho que Enzelman era menos experto que ella
en operaciones con el 'Mech. Aunque el Sargento
Mendoza era un experto, su instinto primario sería
centrarse en la caravana señuelo de vehículos que
corría a dos kilómetros por delante de los objetivos.
Grayson podía ver alejarse a los TAADs por el lateral,
girando ahora bajo una columna de polvo que crecía
vertiginosamente en el cielo. Hubo un destello de luz
delante. El Wasp enemigo había disparado su láser de
largo alcance sin efecto visible. Tocó un control. La
pantalla cambió al modo de batalla, el panorama se
suavizó; los 'Mechs enemigos se perfilaban bajo la luz y
entre corchetes se mostraban lecturas que daban el
alcance y la información detectada por los sensores.
Rojos retículos de puntería, que se movían vagamente,
mostraban la posición en que apuntaba el láser.
La caída de la tecnología durante las Guerras de
Sucesión había afectado profundamente el arte de
fabricación y diseño de armamento. Ni los complejos
sistemas de control de misiles de disparar y olvidarse ni
los láseres y rayos de partículas de largo alcance podían
ya ser montados en unidades lo bastante pequeñas y
baratas como para ser usadas de forma indiscriminada
en combate. Las luchas entre BattleMechs tendían a ser
peleas brutales y a corto alcance, en las que los 'Mechs
individuales se acercaban a unas pocas decenas de
metros para descargar disparos mortales.
Teóricamente, el láser bajo la barbilla del Locust podía
impactar en cualquier cosa que estuviese en una línea
de visión nítida en el horizonte. Sin embargo, tal alcance
se veía enormemente reducido por la calidad de los
sistemas control del armamento que apuntaban el
cañón pesado. Grayson no podía contar con impactar,
con este láser, a nada que estuviese a una distancia
superior a unos 300 metros. Empezaría a cargarlo
cuando el enemigo estuviese a un kilometro de
distancia. A máxima velocidad, se acercaría a la
distancia de disparo en menos de 30 segundos.
El Wasp estaba entre Grayson y el Stinger,
bloqueando los dispositivos de exploración electrónicos
del Stinger. Eso había sido una suerte, dado que Lori le
había dicho que el piloto del Stinger parecía haber
tenido algo de experiencia en el combate. Más, desde
luego, que su compañero en el Wasp.
Distancia 800 metros.
Por esa razón, centraba los retículos de puntería del
láser en un trozo trasero de la articulación de la cadera
en la pierna izquierda del Stinger. El MechWarrior
experimentado sería el más peligroso de los dos.
Distancia 600 metros.
Bien, presta atención a las palabras del perro viejo,
pensó Grayson en forma irónica. Esta es TU primera
batalla en un 'Mech, se dijo a sí mismo. Incluso el piloto
de ese Wasp había visto más acción en la silla caliente
de un 'Mech que tú. El entrenamiento es algo bueno,
pero recuerda lo que Griff te decía siempre sobre el
hecho de que no existe ningún sustituto para la
experiencia. Justo en ese momento, el centelleo de una
luz azul en su consola le dijo que le sondeaban por el
radar.
Distancia 400 metros.
El Stinger reducía la marcha, se quedaba detrás del
Wasp que seguía a la carga. Pivotó sobre las rígidas
piernas, apuntando el largo bozal negro del láser.
La garganta de Grayson se puso de repente tensa, su
boca seca como la arena, la nariz expandida, el
estomago agitado. Oh, Dios, no dejes que la joda, rezó a
no sabía quién.
Distancia 300 metros.
El Stinger disparó mientras Grayson giraba su 'Mech a
la carrera hacia el lado. Se produjo un resplandor
temporal, pero el sistema de imagen en el modo de
batalla controló el nivel de luz, protegiendo los ojos de
Grayson. Su pulgar bajó sobre el botón rojo, y la luz
blanca atravesó con una pulsación la articulación de la
cadera del Stinger.
¡Impacto! Escamas de metal brillaron bajo el sol de
media mañana mientras se desparramaban sobre la
arena, y había un rastro de humo aceitoso cerca de la
cintura del Stinger. El Stinger hizo una finta, moviéndose
con rapidez para convertirse en un blanco más difícil.
Grayson giró, moviendo su láser hacia arriba para
apuntar sobre la espalda del Wasp enemigo.
El Stinger debía haber dado un aviso. El Wasp se giró
antes de que Grayson pudiese disparar otra vez, y el
láser impactó en el lado izquierdo del Wasp en vez de
en la ancha, y casi sin blindaje, espalda. El Wasp se
tambaleó mientras el blindaje incapaz de liberarse del
calor del rayo de Grayson explotaba en brillantes
grumos fundidos. El rayo fue atenuado un poco
mientras la maquina herida continuaba girando bajo él,
dando lugar a una negra cicatriz a lo largo de su flanco.
Las luces se pusieron rojas en el panel de control de
Grayson, y se produjo un golpe que hizo que el Locust
se estremeciese y diese vueltas. El Stinger había
disparado, pillándole en el torso derecho. El blindaje
parecía haber detenido lo peor del rayo, pero había un
daño pequeño, y otro impacto en ese lugar, seguro que
penetraría.
Se movió y disparó al Stinger, apuntando bajo. Se
produjo una llamarada y un remolino de arena cuando el
Stinger se alzó en el aire sobre los llameantes cohetes.
Grayson reaccionó sin pensar con un giro y un bandazo
que eludieron tres rápidos disparos seguidos que
provocaron cráteres en la arena donde había estado de
pie. Se giró hacia arriba y disparó mientras el Stinger
descendía.
¡Fallo!
El Locust cambió de dirección, apuntando al Stinger
mientras pasaba corriendo a través de su campo de
disparo. Disparó el láser y vio salpicar metal liquido.
Había impactado en la parte superior del brazo
izquierdo. Podía haber causado algo de daño allí.
Presionó la palanca de control y el Locust se inclinó
hacia delante. Un destello . . . ¡y otro! Dos disparos, casi
seguidos, habían fallado. Con la distancia reducida a
menos de 80 metros, disparó sobre el Wasp y acertó en
mitad del pecho.
Hasta ahora, la mayoría del daño se había quedado en
el blindaje de los 'Mechs. Muy pronto, a partir de ahora,
los disparos caerían sobre cicatrices todavía calientes,
quemando hasta llegar a las delicadas tripas
electrónicas de las máquinas y, luego, todo estaría
resuelto. Grayson pasó la mano para secarse la frente,
aunque sin resultados, por debajo de las almohadillas
de goma del casco de impulsos. Estaba empapado en
sudor y la camiseta se le pegaba de forma incomoda. El
calor en la cerrada carlinga le sofocaba, le presionaba,
mareándole.
El Wasp se dio la vuelta delante de él. Apuntó
buscando un rápido disparo en la parte superior del
pecho calcinado, disparó y falló. Con la mano izquierda
aún en la palanca de control, su mano derecha encontró
el control conjunto de muñeca y dedo que controlaba
las ametralladoras gemelas del Locust. Las
ametralladoras se usaban normalmente para disparar a
las tropas enemigas, pero, como había demostrado en
su duelo desigual con el Wasp en las calles de Sarghad,
una ametralladora de calibre pesado podía penetrar el
blindaje de un 'Mech, si se tenía tiempo y mucha suerte.
Incluso en el acolchado y presurizado interior de la
carlinga del Locust, las vibraciones golpearon en su
cuerpo a través del asiento. Las balas trazadoras
formaron arcos, cruzaron y flotaron hacia el Stinger que
se retorcía enormemente. Vio pedazos de metal volar
desde la ya dañada cadera, vio que, de repente, la
pierna izquierda del Stinger se ponía tiesa. ¡Impacto!
Grayson cargó.
El Stinger estaba dándose la vuelta con lentitud para
encararle, con la pierna arrastrándose a la fuerza
mientras se giraba. Los dos 'Mechs chocaron con un
estruendo ensordecedor, y el Stinger se cayo cual largo
era hacia atrás sobre la arena.
Grayson lo siguió con un disparo de láser, pero el
'Mech rodó sobre su hombro mientras el pulso del láser
trazaba una línea de cristal fundido en la arena. El
Stinger disparó, y la pantalla de visión de Grayson se
puso blanca luego negra cuando el disparo de láser
golpeó sobre los sensores visuales que descansaban en
el blindaje de la mezcla de torso y cabeza del Locust.
Golpeó con saña sobre el teclado que controlaba el
ordenador responsable de los sensores, mientras
mantenía al Locust girando y haciendo fintas a tientas
con su mano izquierda. La pantalla se aclaró cuando los
sensores frontales de reserva se pusieron en
funcionamiento. El daño en la cabeza de su 'Mech era
serio; otro disparo en la cabeza haría pedazos el
blindaje restante y lo atravesaría, matándole. Con
rapidez comprobó la escala que registraba el calor
interno del Locust, mordisqueándose el labio mientras
escudriñaba los parpadeantes números.
Ninguno de éstos era bueno. La temperatura subía
peligrosamente. El ordenador solicitaría pronto una
parada automática. Había perdido los disipadores de
calor del casco exterior y el crecimiento del calor se
volvía crítico. Pero se preocuparía de ello cuando llegase
el momento.
Ahora . . . ¿dónde estaba el Wasp? ¡Maldición! A causa
de su ceguera temporal, había perdido el rastro del . . .
Un violento impacto desde detrás le hizo tambalearse
hacia delante. Pivotó, recuperó el equilibrio y se giró. El
Wasp colisionó contra el desde su espalda y casi lo
derribó. Se encontró mirando directamente la boca del
láser del Wasp, sabiendo que no tenía tiempo para
apuntar su propio láser. Pero, entonces, a las espaldas
del Wasp creció de forma vertiginosa una explosión,
empujándolo hacia delante, desequilibrándolo. Hubo
una segunda explosión, que rompió el blindaje trasero
del Wasp y lo lanzó sobre el suelo en horizontal sobre su
propia barriga.
Los ocho aerodeslizadores de Atacante Cuatro corrían
hacia los tres 'Mechs combatientes, desplegándose a lo
largo del suelo del desierto. Uno de los lanzadores de
misiles dejaba caer ráfagas de humo en los chorros de
aire de los TAADs, y dos destellos gemelos impactaron
sobre el hombro derecho del Stinger. Se produjo una
cegadora pulsación de luz y el brazo del Stinger cayó
girando sobre la arena, su guantelete aún apretado en
la empuñadura del láser.
El Wasp giró y salió corriendo alejándose del
aerodeslizador que venía como un rayo, y se dirigió
hacia Grayson. El láser del Locust se movió para seguir
su rastro, apuntar y disparar limpiamente sobre el ya
dañado torso superior del 'Mech.
El Wasp se tambaleó, mientras chispas azules salían
de forma visible de los estropeados circuitos y de los
cables rotos de debajo del cráter que había en su pecho.
Dio un paso, luego se quedó congelado, trabado en una
postura rígida de la que no podía salir. Grayson se dio la
vuelta, para rastrear al Stinger, que cojeaba en
dirección al espaciopuerto. A un alcance de 100 metros,
disparó de nuevo, apuntando a la ya dañada cadera.
La pierna cedió y el segundo 'Mech golpeó sobre la
arena.
La batalla finalizó de forma tan repentina que Grayson
se encontró a sí mismo preguntándose si realmente
podía haber acabado. El aerodeslizador se movió, con
las armas apuntadas sobre los dos paralizados 'Mechs.
Con alivio, Grayson vio que los pilotos eran sacados de
las carlingas, magullados, pero aparentemente capaces
de mantenerse en pie y caminar.
Se sintió aliviado a causa de Lori, quien conocía a uno
de ellos, que era su amigo, así como por sí mismo.
Ambos podían estar deseosos de unirse a los Lanceros,
si se les sugería de forma adecuada. Grayson sonrió de
forma triste ante el pensamiento, y se preguntó como
convencería a Nolem y Adel de eso.
—¡Atacante Uno! ¡Atacante Uno! ¡Aquí Tres!
—Le escucho, Tres. Adelante.
—Código Rojo, Jefe. Tenemos a los chicos grandes
localizados, el Shadow Hawk y el Marauder. Están en la
carretera que baja desde el Castillo, ¡y parece que
vienen hacia aquí!
—¡El Shadow Hawk! ¿Está seguro? —Se dio cuenta
mientras hablaba que era una pregunta estúpida.
¿Cómo podían confundir el código del DI de una
máquina de guerra blindada de 55 toneladas?
—¡Justo ahora sale del Hangar de Reparaciones!
Parece nuevo . . . ¡se mueve a toda velocidad!
Grayson se mordisqueó el labio inferior, y probó
sangre. La pelea aun no había terminado.
19

—Lo tengo. —Grayson notaba su garganta dura la


boca seca.— Vale, ¡Atacante Cuatro! Viene compañía.
Despliéguense para Código Rojo.
Los micrófonos externos del Locust habían captado el
traqueteo del disparo de un rifle automático. Volvió el
'Mech para poner en juego los sensores telescópicos,
ajustándolos para aumentar la imagen allí donde podía
ver los destellos y las figuras corriendo a través del
agitado aire por encima de la calzada de ferrocemento
del espaciopuerto.
Un tanque de combustible había estallado. El humo
negro manchaba el cielo al norte y el pavimento de
debajo quedaba cogido por la ondulante oscuridad que
provocaba la sombra del humo.
—¡Atacante Dos! ¿Me capta?
—¡Le . . . oímos! —Ramage parecía como si estuviese
dando boqueadas para respirar.
—Tenemos a nuestros objetivos, pero los dos
hermanos mayores están bajando de la montaña.
¡Tienen diez minutos!
—¡Copiado! Casi hemos . . . Manning, compruebe ese
almacén . . . ¡quince arriba! ¡Cójale! —La transmisión se
cortó durante un momento. Luego— Sí, señor . . . ¡casi
hemos acabado aquí!
—¿Tienen el transporte?
—Lo tenemos. Está en camino.
Uno de los vehículos más importantes en cualquier
pelotón técnico de una lanza de 'Mechs era un
transportador, un trineo eléctrico ancho y enorme que
se usaba para recuperar y transportar los 'Mechs
dañados en el campo de batalla. Hasta ahora, los
Lanceros no tenían dicho vehículo. Su única alternativa
había sido quitárselo a los bandidos.
El nuevo transportador de los Lanceros había sido
traído a Trellwan como parte de un acuerdo comercial
con la Mancomunidad mucho antes de que hubiesen
llegado los Comandos de Carlyle.
Los modelos más sofisticados llevaban sus cargas
sobre colchones de aire. Este era un vehículo más
antiguo de tracción a ruedas. Cada uno de sus dieciocho
neumáticos tenía la altura de dos hombres y un simple
cabrestante de tambor, asegurado con cables de
monofilamento de diamante de 2 cms trenzados, que
servía para las operaciones de recuperación. Atacante
Dos había sido destinado a causar todo el daño que
pudiese en las instalaciones del espaciopuerto, pero la
captura del gigantesco transportador de 'Mechs era su
principal misión. Y ahora, transportar el Wasp sería su
principal función.
Grayson estaba ya preparando el Wasp para que
fuese izado cuando el transportador llegó al sitio. El
Locust no tenía miembros manipuladores como la
mayoría de los 'Mechs humanoides, pero tenía
abrazaderas y anillas a las que los cables podían ser
sujetos. Las tropas de la fuerza táctica de los
aerodeslizadores pululaban en torno al caído Wasp,
asegurándolo con pesados cables y pasando estos a
través de los ojales de las anillas de remolque del
Locust.
El transportador llegó en la cúspide de una nube de
arena que se dispersaba gradualmente y estaba
posicionado junto al Wasp. Con la ayuda de la energía
muscular del Locust, alzaron can facilidad el Wasp hasta
la mitad de su espalda mientras descansaba sobre sus
talones, luego lo giraron unos 45 grados y lo dejaron
caer de espaldas sobre la rampa que se extendía desde
la parte de atrás de la cubierta del transportador hasta
el suelo del desierto. Trabajando con rapidez, los
hombres usaron el cabrestante del vehículo y las
palancas de tres metros para colocar en su sitio el
dañado 'Mech. Luego, el cabrestante del transportador
arrastró la rampa y su carga de 20 toneladas a bordo.
Por encima del espaciopuerto, el frío cielo verde se
veía desbordado por el negro humo. Segundos más
tarde se oyeron a través del desierto un par de porrazos
apagados, seguidos del golpeteo de pequeñas armas de
fuego en la dirección del Monte Gayal. Desde donde su
'Mech escudriñaba el limite del puerto, Grayson pudo
ver la truncada pirámide del Castillo, a mitad de la
pendiente, que se cernía sobre el lugar.
—Serán nuestros amigos —dijo Grayson al Sargento
Larressen—. ¿Qué cree? ¿Podemos llevarnos también el
Stinger?
Larressen se erguía junto al pie izquierdo del Locust,
con las manos metidas en guantes sobre las caderas y
con volutas de vapor blanco que salían de su boca en el
frígido aire. Le costaba respirar después del esfuerzo
realizado para levantar el Wasp.
—Podemos intentarlo. —Resolló un poco sobre el
circuito de radio.— La cuestión es si podemos moverlo
una vez que lo subamos.
—Intentémoslo.
El Locust ayudó a mover el trineo del transportador a
lo largo de la arena para colocarlo al lado del caído
Stinger, y repitieron el proceso de carga. La rampa solo
tenía la longitud y la anchura necesarias para un único
'Mech; por ello, el Stinger tuvo que ser amontonado
encima del Wasp. Mientras el Locust colocaba el Stinger
de espaldas sobre la pila, Larressen destinó ocho
hombres para que recogiesen el brazo del 'Mech tirado
sobre la arena a unos 50 metros.
—Atacante Uno, aquí Tres.
—Sí, Tres. Adelante.
—No podemos contenerlos mucho más tiempo. Les
preparamos una emboscada con lanzadores de cohetes,
pero no les hizo reducir la marcha. El Shadow Hawk se
acerca a nosotros, mientras el Marauder aún se dirige
hacia ustedes . . . y no podemos hacer una mierda para
impedirlo.
—Vale. Diseminen las minas y retírense. Estamos en
marcha.
—En camino.
Grayson dio una señal de avanzar al conductor del
transportador, que estaba colocado en la cabina del
vehículo que se alzaba por encima del desierto, casi al
nivel de los hombros del 'Mech de Grayson. El vehículo
estaba preparado para llevar 60 toneladas, pero la
pareja de elementos de veinte toneladas colocada sobre
la cubierta de recuperación estaba puesta de una forma
tan precaria que Grayson no se fiaba, ya que el
monofilamento de diamante podía dar un latigazo
cuando el vehículo en movimiento golpease sobre el
suelo lleno de baches.
Grayson abrió un canal de combate para todas las
unidades:
—A todos los Atacantes, aquí Uno. ¡Misión cumplida!
Empaqueten, ¡nos vamos a casa!
—¡Atacante Uno, aquí Dos!
—Adelante, Dos.
—Ramage, Teniente. Tenemos problemas gordos aquí.
Grayson cerró los ojos. Problemas, era precisamente
lo que no necesitaba ahora:
—¿De qué se trata?
—¡Civiles, señor! ¡Un par de centenares! Entramos en
disparos con varios centinelas. Resultó que vigilaban un
cobertizo de metal semicilindrico lleno de prisioneros.
—¿Cuál es el problema?
—Dios, Teniente, ¿cómo se supone que los sacaremos
de aquí? La mitad están enfermos, y ninguno ¡será
capaz de recorrer los diez klicks de vuelta a la ciudad!
De repente, Grayson se imaginó mentalmente a los
prisioneros: anonadados, cansados, débiles y sin ningún
sitio al que ir. Recordó a Renfred Tor diciendo que los
prisioneros de los bandidos acabarían como esclavos;
recordó el dolor de Claydon ante los recuerdos de su
madre. No podía dejar a esa gente a merced de los
bandidos. Girando la palanca de control del Locust, puso
a la máquina en una rápida carrera bamboleante y
haciendo un ruido sordo. Una vez que cruzó los
desmenuzados restos de la valla del espaciopuerto,
presionó en dirección a los ruidos de disparos de armas.
Los disparos de la ametralladora aullaban y se
quejaban desde el blindaje dañado de la cabeza del
Locust. Grayson movió el 'Mech, rastreando las sombras
en infrarrojo de hombres ocultos. La ametralladora del
Locust comenzó con lentas oleadas de prueba de balas
trazadoras, luego provocaron un incendio en barricadas
construidas de forma precipitada con bidones de
combustible y cajones de embalaje de madera. Mientras
la barricada explotaba, convirtiéndose en simple polvo y
astillas, el micrófono externo de Grayson captaba un
aplauso irregular, que provenía de hombres que salían
al trote de sus escondites. Sus caras cansadas estaban
ennegrecidas con la mugre, y muchos habían perdido
los cascos y otro material. Varios eran ayudados por
compañeros ilesos, pero sus hombres aun tenían la
fuerza necesaria para aplaudir.
Los prisioneros más antiguos, no obstante, estaban
aturdidos y no entendían nada. El equipo de asalto
había liberado media docena de aerodeslizadores de
exploración de algún lugar en el puerto; los cuales
estaban abarrotados y se desbordaban con los más
débiles y enfermos de los prisioneros liberados, y con
algunas de la mujeres. Desde las ventanas rotas de la
torre de control del puerto, las balas trazadoras
centelleaban y ladraban, buscando a los refugiados. Un
soldado gritó, revolcándose sobre el ferrocemento. Las
ametralladoras del Locust dispararon de nuevo, y
llovieron desde la torre hasta el suelo trozos de cristales
rotos y fragmentos de piedra.
—¡Sargento Ramage!
—¡Señor!
—Compruebe aquellos edificios de allí. —Desde su
punto de vista más elevado. Grayson podía ver lo que
parecían naves de almacenamiento al norte. El Locust
señaló con un brazo.— Mire a ver si puedo pillar más
vehículos.
—¡Señor!
—¡Atacante Cuatro!
—¡Aquí estamos!
—Va a tener que darnos fuego de contención. ¡Vayan
por el Marauder! ¡Aminoren su marcha!
No hubo respuesta, pero Grayson no tenía tiempo
para insistir. El jefe de los transportes aerodeslizados
debía estar acojonado con ordenes como esa.
—¡Transportador!
—¡Sí, señor!
—¡Cambio de planes! Gire al norte hacia el puerto.
Llevará algunos pasajeros.
—¡Sí, señor!
Su consola le avisó del radar de sondeo.
—¡A moverse, hombres! ¡No tenemos mucho tiempo!
Las explosiones reverberaban a lo largo del desierto.
El Marauder estaba allí, a cuatro kilómetros de distancia
y acercándose con pesadas zancadas a cámara lenta.
Los aerodeslizadores despegaban con rapidez para
hacer frente a esta nueva amenaza, rugiendo en voz
baja a través de los restos de los misiles sueltos y las
pulsaciones de la luz láser.
Grayson tenía ahora una nueva preocupación.
Ninguno de los prisioneros liberados tenía material que
le protegiese del frío. La temperatura bajo cero le
mataría con rapidez si no eran puestos pronto bajo
cubierto. También era posible que el Marauder les
alcanzase.
Grayson apuntó y disparó con su láser. A más de tres
klicks, pensó que había acertado, pero no podía estar
seguro. A tales distancias, incluso los más poderosos
láseres montados en los 'Mechs eran prácticamente
inútiles.
El cañón automático del Marauder devolvió el fuego.
Las llamas salieron a chorros de un VET destrozado,
esparciendo metal, plástico y cuerpos a lo largo de la
arena. El otro aerodeslizador daba vueltas alrededor,
buscando golpear a su objetivo por la espalda, donde el
blindaje era más fino. El Marauder aminoró la marcha,
se detuvo, como si buscase una trampa o atacantes
ocultos.
El transportador se detuvo con un ensordecedor
rumor, y los prisioneros liberados se subieron, en
grupos, por los costados, agarrándose a los pasamanos
y siendo empujados por los soldados sobre la amplia
cubierta. Aerodeslizadores fuertemente cargados,
haciendo un ruido monótono al pasar, corrían hacia
Sarghad. Otros depositaban sus pasajeros junto al
transportador, luego corrían al norte para recoger más
rezagados.
El ferrocemento quedó vacío, a excepción de los
escombros de la batalla. Grayson llamó a todas las
unidades.
—¡Está hecho! ¡Retírense! ¡Atacante Cuatro, deje caer
las minas y lárguese! ¡Reunión en Sarghad!
Cayeron cartuchos de cañón automático que se
quedaron cortos.

******
Estaban ya en marcha cuando el Marauder, quizás
sospechando la existencia de una emboscada,
abandonó la persecución.
Treinta horas después de la batalla en el cauce seco,
Harimandir Singh miraba fijamente la imagen del chico
que había pensado que estaba muerto.
—Así que —dijo. Las palabras transmitían una
aceptación tranquila, así como una adusta expectativa.
Señaló con un dedo la foto de dos dimensiones que su
espía le había entregado—. Así que el hijo de Carlyle
está vivo. Y dices que es quien está ¿detrás de esta . . .
esta situación?
Stefan asintió bruscamente. Singh le aterrorizaba.
Nunca sabia con reaccionaría el hombre del Duque Rojo
a las noticias que le llevaba, y la incertidumbre le
agotaba.
Stefan había sido reclutado por uno de los agentes de
Singh infiltrado en el estado mayor del Vizconde Vogel,
poco después de que el representante de la
Mancomunidad hubiese llegado al Castillo. El joven
trelano era ambicioso y orgulloso, y se picaba con las
sutilezas de las costumbres y los prejuicios que
separaban a los extranjeros hombres de las estrellas de
los indígenas, de los locales. El agente había utilizado
tanto el orgullo de Stefan como su avaricia. Stefan tenía
ahora más dinero, en uno de los bancos de Sarghad, del
que jamás había visto en su vida, y se le había
prometido incluso mayores recompensas por su
continuada lealtad en el servicio al Duque Rojo.
Stefan tragó con dificultad:
—Estuve en la celebración, Señor. El Rey le otorgó una
medalla (la segunda, creo) y dio un discurso. Llamó al
hijo de Carlyle el "Liberador de Sarghad".
Los ojos de Singh brillaron, con frialdad y nitidez:
—¿No te vio?
—No, Señor. Yo estaba en la parte de atrás de la sala.
La luz sobre el estrado era brillante. No podía verme, no
entre tanta muchedumbre. Creo que todo el mundo de
Sarghad debía estar allí.
—Eso es bueno. De otro modo, podía haberte
reconocido de nuestro asalto al Castillo.
—Sí, Señor.
—Carlyle tendrá que morir, por supuesto. La cuestión
es qué hacer con la nueva unidad que está formando. —
Singh parecía pensativo.— Ahora tienen una lanza
completa. Cuatro 'Mechs.
—Solo tres, Señor. Escuché a dos astechs hablando en
la recepción. Descubrí que uno de los Wasps no puede
ser reparado, y lo usan como piezas de repuesto.
—Tres o cuatro 'Mechs, no puede importar. Los 'Mechs
ligeros no son enemigos para un Marauder y un Shadow
Hawk. —Tiró la foto de Grayson a un lado.— Carlyle
sabe que no puede ganar. Quizás intentará algo
desesperado. —Singh sonrió para sí mismo.— Bien, eso
sería . . . placentero.
—Entonces, ¿atacará usted, Señor? —El humor
hablador y relajado de Singh hizo a Stefan más atrevido.
—¿Eh? No mientras permanezcan en esa ciudad. Esas
calles y callejones estrechos son trampas letales para
los 'Mechs. No, permaneceremos aquí y esperaremos.
—Pero, Señor, ¿cómo los hará salir para luchar?
—No necesitaremos hacerlo. No pueden atacarnos en
el Castillo, y muy pronto no necesitaremos atacarles a
ellos.
—No lo entiendo, Señor.
—Y no es deseable que lo hagas. Si conocieses el
Plan, te mataría ahora mismo.
Stefan empalideció, y se quedó callado.
—Quiero que regreses a Sarghad. Has sido mis ojos y
oídos allí, Stefan. Ahora serás mi mano. — Singh sonrió
a Stefan de un modo glacial, y el joven trelano encontró
la expresión aterrorizadora.

******

El complejo del hospital de Sarghad quedaba


mayoritariamente bajo tierra en la parte sur de la
ciudad. El nivel del suelo estaba cubierto por una
cúpula, que lo protegía contra las situaciones extremas,
desde el punto de vista climatológico, de Trellwan, pero
una zona abierta para ejercicios y descanso de los
pacientes se encontraba bañada por una rubicunda luz
que pasaba a través de paredes transparentes durante
el día. El sol se movía hacia el oeste. La batalla en el
espaciopuerto quedaba una semana estándar en el
pasado.
El Capitán Renfred Tor estrechó la mano de Grayson.
—Deduzco que no lograste el trabajo que buscabas —
dijo Grayson.
—Debo decir que me rechazaron del tirón. —Tor
estaba recuperándose bien, aunque permanecía en una
silla de ruedas mientras cicatrizaban los injertos de piel
practicados en los dedos de sus pies. Había sido llevado
al transportador por otro prisionero que huía cuando sus
congelados pies habían cedido. Las heridas sobre la
cara de Tor habían cicatrizado, pero todavía había una
mirada de angustia en el hombre, algún horror secreto
del que no hablaría.
—Bien, las cosas han cambiado en Sarghad. Tengo
trabajo para ti, si lo quieres.
Tor miró las ropas verdes de Grayson con un disgusto
exagerado:
—Tu elección de sastre parece haber cambiado a peor.
¿Ahora eres un soldado?
Grayson se encogió de hombros:
—No he firmado nada oficial, pero, sí, diría que lo soy.
Hemos puesto en marcha una unidad de 'Mechs.
Aparecemos como un regimiento en la Tabla de
Organización del mando del estado mayor, pero eso
solo son ilusiones. Un 'Mech funcional, algunos
capturados y tres compañías de reclutas ilusionados,
pero novatos. Podemos usarte.
El piloto de nave de carga miró pensativamente:
—¿Haciendo qué? No soy un militar.
Grayson caminó hacia la transparencia de la pared y
miró hacia fuera, hacia la escarcha que relucía sobre la
arena del exterior, que aparecía roja bajo la luz del
ocaso solar.
—Ayudándonos a conseguir una nave, en primer lugar.
De otro lado, llevándonos hasta Tharkad en ella.
Las cejas de Tor se alzaron hasta su frente:
—¿Tharkad?
—Bueno, quizás una base de la Mancomunidad,
primero. Drune II es una posibilidad. Está solo a unos 90
años luz. —Grayson se dio la vuelta para mirar a Tor, de
forma repentina.— Hemos apaleado a los piratas un par
de veces, pero no podemos esperar que eso continúe.
Lo que tenemos que hacer es lograr que las fuerzas de
la Mancomunidad regresen para ayudar a pelear contra
ellos. Los Comandos de Carlyle . . . lo que quede de
ellos . . . probablemente se dirigieron a Tharkad. Quizás
podamos unirnos a ellos.
—Si aun siguen en servicio —dijo suavemente Tor—.
Sin 'Mechs a su nombre y poco equipo precioso, ¿dónde
podían ir?
—La Mancomunidad tiene que saber lo que pasa aquí
—continuó Grayson, ignorando obstinadamente lo que
había dicho Tor—. Pueden enviar un regimiento de
'Mechs y sacar a esos piratas del Monte Gayal
arrastrándolos por el suelo.
—Por lo que he oído, tu Mancomunidad estaba más
que feliz de entregar esta carbonilla a Hendrik, en
primer lugar. ¿Por qué deberían molestarse? —Tor se
removió en la silla de ruedas.— Pero eso no es nada
comparado con la cuestión de que necesitas una nave
antes de que necesites un capitán de navío.
—¡Cierto! Y eso es por lo que te necesito. Tu Nave de
Descenso aun está en el puerto. Tu nave de carga debe
estar aun aparcada en el punto de salto. Si pudiésemos
capturar la Nave de Descenso, llenarla de soldados . . .
—Y los tendrás a todos en llamas, a causa de las
defensas contra meteoros de la "Ingrata", en el
momento que estén a 500 kilcks de ella. Chaval, no creo
que sepas a lo que te enfrentas.
Grayson se sentía desanimado, pero se recuperó con
un esfuerzo de voluntad. Aun era demasiado pronto
para saber que podía funcionar y qué no:
—Pero, ¿nos ayudarás? ¿Cuándo estés bueno y
camines? Te haré mi consejero, te pondré en mi estado
mayor.
Tor suspiró:
—Según veo nada te detiene. —Luego sonrió.—
Siempre me gustó una buena pelea, jovencito, y por
otro lado, tan cierto como existe el infierno, ¡no sé como
voy a pagar por la habitación y el alojamiento! —
Grayson sabía que el gobierno había prometido ya
pagar los gastos de hospitalización de aquellos que
habían rescatado los Lanceros del espaciopuerto. Pero
Tor era un extranjero, que nadaba como Grayson entre
dos aguas, y no pertenecía a Trellwan. Con un
encogimiento de hombres, Tor añadió— Además,
necesitas a alguien que te aleje de los problemas.
Sin embargo, convencer a Claydon no resultó tan fácil.
Había estado entre los ciento ochenta y tantos civiles y
soldados liberados durante el asalto al espaciopuerto.
Grayson le vio cuando el grupo desembarcó en el CG de
la Milicia, y había corrido hacia él con un grito y una
sonrisa. Pero su saludo fue rechazado:
—¿Debería estar contento de verle? —preguntó con
amargura el trelano.— ¿Después de lo que le paso a mi
casa . . . a mi Padre?
—Lo siento, Claydon. —¿Qué podía decir Grayson para
tapar esa grieta?— Mira . . . ¡no fue mi culpa!
—¿No fue su culpa? —La pálida cara de Claydon
resplandeció.— Escuche, joven Señor, usted tiene una
facultad maravillosa para usar a la gente, para
montarlas como si fuesen 'Mechs hasta que caen o
usted consigue lo que desea. Ya no me pasará más.
—¡Claydon, te necesitamos! —Con otro Tech con las
cualidades de Claydon, el pelotón técnico mejoraría las
posibilidades de poner en condiciones de batalla los
'Mechs capturados. Pero, dioses de la vieja Liga, ¡cuánto
odio albergaba!
—Pero ¡yo no le necesito! Déjeme solo. —Claydon se
había dado la vuelta sobre los talones, dejando a
Grayson de pie junto a la inmensa rueda del
transportador.
Reflexionaba sobre Claydon mientras se dirigía, por el
norte, a través de las calles de Sarghad, hacia el
apartamento de Mara. Había decidido caminar a pesar
del frío porque necesitaba tiempo para pensar un poco.
En cualquier caso, su equipo contra el clima frío le
mantenía lo bastante cálido. Las calles estaban llenas
de los habituales mercantes, civiles y soldados
dirigiéndose hacia sus asuntos, aunque tan lejos del
barrio de los mercantes no había mucha gente.
Grayson no había visto a Mara en más periodos de los
que podía contar; y, estuviese programado o no, le
había prometido que durante el siguiente periodo de
descanso volverían, en palabras de ella, a conocerse
mutuamente. De algún modo no podía centrar su mente
en Mara, empero, debido a que algo que había dicho
Claydon continuaba reverberando en su cabeza. ¿Usar a
la gente? ¡Por supuesto que usaba a la gente! Como Jefe
de los Lanceros tenía que usarlos cotidianamente para
que las cosas se hiciesen, cambiar unos favores por
otros, reforzar los egos para que el trabajo se hiciese,
tocar cuerdas en superiores y subordinados. Y el trabajo
TENÍA que hacerse.
Pero Grayson estaba cada vez más incomodo, seguro
de que Claydon no se había estado refiriendo a lo que
hacía, sino al porqué. En su corazón, Grayson sabía que
trabajaba para crear una unidad de infantería contra los
'Mechs, no solo para proteger a Trellwan, sino como un
instrumento para destruir al Marauder negro y gris. Pero
fuese venganza o no, si lo que hacía también
beneficiaba a la gente de Trellwan, ¿qué estaba mal?
Un transporte de cuatro ruedas chirrió al parase en la
carretera junto a él.
—¡Grayson! ¡Espera! —Lori salió de la cabina del
transporte.— Está bien —dijo ella al conductor.— Estaré
con él.
Grayson captó la respuesta del conductor vestido de
verde:
—Son mis ordenes, Sargento. Tengo que permanecer
con usted.
La expresión de Lori era de frustración mientras se
aproximaba a Grayson. Un soldado, normalmente de la
Guardia Real, la vigilaba dondequiera que fuese más
allá del CG de la lanza o del apartamento que le había
sido asignado a ella.
—Hola, Lori. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Necesito . . . hablar. —Miró por encima de su
hombro hacia el conductor, que había aparcado el
vehículo y estaba de pie al lado del mismo ahora, justo
a una distancia desde la que no podía oírles.
Oh, cojones, ahora no, pensó, pero dio una media
sonrisa:
—Vale. ¿Caminas a mi lado?
Ella asintió y se puso a caminar a su paso. El guardia
la seguía a un distancia discreta.
—¿Cuál es el problema?
—¿Cuál no es? ¡Grayson, esto simplemente no
funciona!
—Ah. ¿De nuevo los problemas culturales? —Ese era
su código privado para referirse a las dificultades que
Lori enfrentaba al trabajar con hombres de una cultura
que no aceptaba a las mujeres en posiciones militares o
de liderazgo.
—¡Como siempre! He tratado de requisar la recarga
de municiones y esos burócratas amantes del papeleo
ni siquiera quieren hablar conmigo. Insisten en que
quieren hablar con, comienza la cita, un oficial
responsable o un suboficial, termina la cita.
—¿Les mostraste tu credencial? —Habían conseguido
un pase especial, sellado y firmado por Jeverid, que le
permitía a Lori realizar la mayoría de las cosas que tenía
que hacer.
—Por supuesto. Y ahora hay problemas con Garik.
Garik Enzelman era el antiguo camarada de Lori,
capturado con su Wasp en la batalla del espaciopuerto.
Después de hablar con Lori, había estado de acuerdo
con unirse a la unidad de Grayson, pero los oficiales del
estado mayor e, incluso, otros miembros de la unidad se
habían opuesto ferozmente contra la idea.
—¿Conseguiste soltarlo?
Ella asintió:
—Por fin. También, le han puesto perros de presa que
lo siguen a todos lados.
—En eso realmente no puedo ayudar, Lori. Tienes que
admitir que los dos podríais hacer mucho daños si os
pusieseis a pensar en ello.
—Pero, ellos no parecen entender que ¡no debemos a
Harimandir Singh y sus bandidos nada! ¡Nada!
Prácticamente nos secuestró, mató a uno de los
nuestros en el camino . . .
Grayson sabía que este no era el momento oportuno
para discutir:
—Mira, hablaré en un próximo periodo de trabajo . . .
—Gray, ¡no puedo aguantarlo más! O me dejan hacer
mi trabajo o yo . . .
El extendió una mano:
—Espera Un ruido, un murmullo bajo desde detrás, le
había alertado. Se volvió justo a tiempo para ver un hombre
pequeño de cabello negro dando pasos detrás de él.
Durante un instante detenido, Grayson trató de localizar
donde había visto antes al tipo. Pero no había tiempo para
entretenerse con ese pensamiento. La vibroespada en las
manos del hombre estaba candente.
20

Grayson dio varios pasos hacia atrás, y la espada barrió


junto a su cara dejando un rastro de calor y el hedor a metal
quemado. La espada se movió de nuevo, Grayson la esquivó
de nuevo y notó que un muro de piedra presionaba sobre su
espalda. Lori gritó un aviso y dio unos pasos para
interponerse entre Grayson y el atacante.
El atacante agarró con fuerza de un brazo a Lori y la
apartó a un lado:
—¡Fuera del camino, señorita! —Pero las manos de
Lori se habían cerrado sobre la muñeca y el codo del
hombre, al mismo tiempo que la bota de su pie le
golpeaba en la rodilla.
La espada zumbó por el aire hacia su nuevo objetivo,
pero Grayson cogió el brazo derecho del hombre con
una llave de codo mientras Lori le daba una vuelta para
que chocase con la cabeza primero contra el muro con
un sonido como el de un huevo al romperse. La
vibroespada danzó sobre el pavimento, rebanando un
trozo de ferrocemento mientras caía. Luego Grayson tiró
de la correa de la mochila de energía y la rutilante
amenaza murió. Su atacante se desplomó sobre el
suelo.
Grayson se agachó y tomó el pulso en la garganta del
hombre:
—Está muerto. El cuello roto.
—¡Maldición! —dijo Lori.
—¿Qué pasa?
—No quería matarle. Ahora no podemos descubrir
quién es.
—No importa. Le conozco.
—¿Oh? —Enarcó una ceja.— ¿Un amigo?
El movió la cabeza:
—Se llama Stefan. Era un astech con los Comandos. El
espía que dejó entrar a los bandidos en el Castillo. Debe
estar trabajando para . . . ¿quién dijiste que era su líder?
—Harimandir Singh. Debes haberle alterado los
nervios, si te ha dedicado este tipo de atención especial.
—Sí —dijo Grayson en voz baja—. Singh. —El nombre
dejó frío y dureza en su corazón. Había jurado matar al
traidor que había abierto las puertas del Castillo al
enemigo. Aunque había sido Lori quien había dado el
golpe mortal, lo que importaba era que el hombre
estaba muerto. No obstante, Grayson no sentía la
satisfacción que había esperado. Por el contrario, la
necesidad de venganza aumentaba de nuevo, un deseo
de provocar sangre. Stefan había sido simplemente la
herramienta de Singh, y, por ello, Singh era el hombre
que realmente quería matar. Pero ¿cómo?
El guardia de Lori apareció, con la pistola automática
en la mano:
—¿Qué pasó?
—Puedo preguntarle a usted la misma cosa, soldado.
¿Dónde cojones estaba?
—Sucedió . . . tan rápido . . .
El subidón de adrenalina había pasado, dejando a
Grayson, de pronto, débil, cansado. Cerró los ojos ante
la incompetencia del guardia:
—No importa. Es mejor que lleve a la sargento de
vuelta a sus habitaciones.
—Sí, señor.
—No, Gray, déjame quedarme contigo.
Grayson frunció el ceño. Ya iba tarde a su reunión con
Mara:
—No —le dijo a ella—. Vete con él, te veré el próximo
periodo de trabajo. Yo . . . tengo una cita.
La boca de Lori se estiró:
—Sí, señor. Buenas noches, señor. —Se subió en el
asiento delantero del transporte sin volver a mirar a
Grayson. Supo que estaba disgustada, sabía que quería
seguir hablando, pero se sentía demasiado débil y,
repentinamente, cansado. ¿Quería Singh su muerte con
tanto anhelo como Grayson la de Singh? Quizás el tipo
no era consciente de que la muerte de Grayson no
detendría a los Lanceros de Trellwan. Aunque su
preparación estaba aun bastante por debajo de los
estándares del ejercito regular de la Mancomunidad o
de los estándares que Kai Griffith había establecido, el
cuadro de tropas preparadas y expertas crecía. Incluso
aunque los burócratas no permitiesen que Lori
condujese un 'Mech, varios aprendices de MechWarrior
se mostraban prometedores, especialmente el más
joven, Yarin.
Grayson apretó las manos en puños que pusieron sus
nudillos blancos para dejar de temblar. Justo en este
momento empezaba a darse cuenta de que había
escapado de la muerte por los pelos. Había sido el
hecho de que Stefan hubiese ignorado a Lori, debido a
que no la consideraba una amenaza — probablemente
porque era una mujer—, lo que le había salvado.
El transporte se apartó del bordillo y salió pitando
calle abajo. Grayson lo vio alejarse; luego, aligeró su
ritmo de zancada en dirección al apartamento de Mara.

*******

—No nos atrevemos a atacar, General. Sería suicida, y


el fin de todo lo que hemos hecho hasta ahora.
Grayson paseó por la sala, por delante de donde
estaba situada la mesa de despacho en la que se
sentaba Varney. El General Adel le observaba desde una
silla en la esquina. El Primer Ministro Stannic estaba de
pie junto a las ventanas, dándole la espalda al grupo,
con un vaso de algo rojo y potente en su mano.
Grayson tenía cierto miedo de Stannic. El ministro de
defensa del planeta tenía unos modales abruptos y
secos, una forma de lanzar sus opiniones y cuestiones
como si fuesen disparos de cañón automático. Y
Grayson no sabía cuanto conocía él de la relación de su
hija con el líder extranjero de los Lanceros de Trellwan.
Los trelanos eran enormemente protectores de sus
esposas e hijas, y los encuentros entre los sexos
normalmente eran controlados por un familiar femenino
que hacía de matrona y recibía el nombre de duennsha.
Mara tenía más libertad y más tiempo libre sin control
que la mayoría de las chicas trelanas. Ella tenía su
propio apartamento junto a la casa de su padre en el
Eje. Además ella caminaba sin escolta hasta su lugar de
trabajo en las oficinas de Palacio. ¿Sabe que me he
acostado con ella?, se preguntaba Grayson.
A través de las ventanas que había detrás de Stannic,
el cielo verde y el sol rojo provocaban largas sombras en
la habitación. El Segundodía pasaba con gran lentitud.
Fuera, los trabajadores trabajaban para asegurar los
paneles aislantes a las ventanas. Con la llegada de la
Segundanoche, la temperatura se sumergiría hasta el
frío definitivo antes de que se manifestase la tendencia
hacia un mayor calor en el hemisferio. En la distancia,
las nubes colgaban grises y pesadas sobre las
montañas. Allí arriba aun nevaba, pensó Grayson.
Adel se removió en su silla:
—Jovenzuelo, aun le falta confianza. Con toda
seguridad que el Liberador de Sarghad puede estar más
seguro de sus propios logros, ¿verdad?
Grayson se giró hacia él con una impaciencia apenas
disimulada:
—De lo que puedo estar convencido es de que hemos
tenido tela de suerte hasta ahora, General. También
puedo estar convencido de que tres 'Mechs ligeros no
van a llegar muy lejos en un enfrentamiento con 'Mechs
pesados. ¿General, tiene una idea de lo que nos pide?
—La gente espera la victoria, Grayson —dijo Stannic
—. En cierto modo, tus propios éxitos trabajan contra ti.
Después de la captura de esos dos 'Mechs en el
espaciopuerto, se preguntan porqué no has ido a tomar
el Castillo.
—¡Tomar el Castillo! —Grayson no había esperado eso.
— Tomar el Castillo: ¿con tres 'Mechs de 20 toneladas?
Varney se revolvió, con expresión de interés:
—¿Qué necesitarías para tomar el Castillo, Grayson?
Adel resopló:
—Me parece que el Castillo le fue arrebatado a la
guarnición de la Mancomunidad por tres 'Mechs . . . ¡y
con cuatro 'Mechs protegiéndolo!
—General, no creo que sea necesario que entremos
en recriminaciones innecesarias —dijo Varney. Miró a
Stannic, luego de nuevo a Grayson—. No te ordenamos
que ataques, Grayson. Pero nos gustaría ver algún plan
de acción, algún uso constructivo de los Lanceros. Mira
a ver si puedes entregarnos un análisis y tenerlo en mi
escritorio en, ¿digamos, 70 horas?
—Pero, General . . .
—Mira, hijo. Cuando te conviertes en un líder de
hombres, descubres que todo lo que tocas se convierte
en política.
—¿Política? ¿Qué tiene la política que ver con esto? —
A Grayson nunca le había gustado la política, había sido
impaciente con cualquier sistema que produjese más
palabras y papeleo que cualquier otra cosa.
—No se si eres consciente de ello, hijo, pero tu y tus
Lanceros sois el centro de un montón de controversia en
este preciso instante.
Grayson movió la cabeza:
—He estado demasiado ocupado.
—Debería haberlo pensado. Pero hay gente, que se
llama a sí misma el Partido de la Paz, y que tenían
apoyo en el Consejo de Ministros . . . gente que
argumenta que tenemos que llegar a un acuerdo con los
bandidos.
—¡Un acuerdo!
—No escupas, chico —dijo Adel—. Mancharás los
muebles.
Varney lanzó una mirada desaprobadora a Adel:
—General, si no le importa, me pregunto, ¿si nos
puede disculpar un momento?
La mandíbula del General de la Guardia se mantuvo
tirante, pero se relajó después de un instante, se levantó y
asintió a Stannic y Varney: —Muy bien. Todo esto no tiene
sentido . . . ustedes se dan cuenta, ¿verdad? Stannic, usted,
de toda la gente, debe pensar de otro modo. ¡Usted fue un
oficial de los Guardias antes de convertirse en político! Los
Lanceros deben ser puestos bajo un único mando unificado,
y son los Guardias los que tienen la influencia política para
supervisar su funcionamiento.
Cuando Adel se hubo ido, Grayson dijo: —No le gusto,
¿verdad?
Varney se encogió de hombros y contrajo la comisura de
su boca: —El es poderoso, con amigos poderosos. Le
gustaría controlar la lanza de 'Mechs.
—¿Por qué?
—Porque representa más poder, Grayson. Le pedí que se
fuese para poder decirte con mayor franqueza, sin entrar en
un debate con el General Adel, que existen muchos
problemas en el Ministerio de Defensa con los Lanceros.
Existen facciones disgustadas por la presencia de
extranjeros en la unidad . . .
—¡Yo soy un extranjero, General!
—. . . y muchos que protestan por tu uso de bandidos
declarados. Esa mujer (Kalmar), su presencia en tu estado
mayor genera una tormenta de cojones. Y ahora, creo que
has presentado una solicitud para usar a otro bandido
capturado . . . ¿Enzman?
—Garik Enzelman. Tiene casi tantos conocimientos sobre
los 'Mechs como la Sargento Kalmar.
Varney movió la cabeza: —Te digo ya, Grayson, que el
gobierno no va a ser capaz de tolerar tu uso de prisioneros
de guerra en una unidad militar tan importante. Realmente,
hijo, tienes que verlo desde nuestro punto de vista.
—Y, con todos los respetos, señor, ¡ustedes tienen que
verlo desde el mío! Kalmar y Enzelman representan valiosos
recursos con preparación técnica. Ellos conocen los 'Mechs
desde dentro y desde fuera, ¡casi tanto como un Tech!
Seríamos estúpidos si no los usásemos. General, ¡no tengo
más con que trabajar!
—Eso puede ser . . . eso puede ser cierto. Grayson, te he
dado todo el apoyo que puedo, pero lo que intento decirte
es que has hecho enemigos. Poderosos enemigos a los que
les gustaría que los Lanceros fuesen dirigidos de otra forma
. . . o que fuesen eliminados totalmente. Has generado un
montón de problemas en el Palacio con estos extranjeros.
Eso da a la oposición municiones . . . ¿entiendes lo que
digo?
—Lo que el General trata de decir —dijo Stannic—, es que
hay en juego carreras políticas, gente que caerá o
ascenderá en función de si tus Lanceros de Trellwan tienen
éxito, fracasan, o simplemente se quedan sentados sobre su
trasero sin hacer nada. Necesitamos acción, y acción con
éxito, y la necesitamos con rapidez; o no podemos justificar
el gasto o la controversia sobre el asunto de los extranjeros
en la sala Ministerial.
—¡Pensaba que el propio Rey en persona estaba detrás de
los Lanceros!
Stannic sonrió, pero la mirada en su ojos era sombría: —Ni
siquiera el Rey puede rebelarse contra la marea si se vuelve
en nuestra contra. Hijo, si perdemos esta pelea, también lo
haces tú. Tus Lanceros no sobrevivirían si el gobierno
cortase el apoyo. ¡Que Dios te ayude si la cagas! ¿Me
entiendes?
Grayson no estaba seguro de lo que había captado,
pero su toque era frío como el hielo.

******

El frío era implacable, un hoja de iridio clavándose a


través del traje de camuflaje, de los huesos y de la
médula, nacida de un viento cortante. El aire era tan
seco que resecaba el vaho de la piel expuesta, pero
distantes relámpagos intermitentes revelaban la
existencia de pesadas nubes de nieve por encima de las
montañas, al norte. Era la oscuridad de mediados de la
Segundanoche. Trellwan se aproximaba al sol de nuevo,
pero esta vez sería un Pasaje Lejano, con el sol
elevándose en el cielo sobre el lejano hemisferio,
mientras Sarghad permanecía atrapada por la noche
bajo cero.
Con el Pasaje Lejano vendrían las tormentas de la
Segundanoche y, luego, la gradual calidez del Tercerdía.
Pero eso quedaba aun a una semana de días
estándares.
El equipo de hombres vestidos de un negro como la
noche se deslizó a lo largo de la loma, cubierta de
escarcha, sobre el perímetro de los terrenos de desfile
bajo el Castillo. Las luces de los postes colocados a lo
largo del perímetro vallado provocaban una escasa
iluminación sobre la pista de ferrocemento, y aislaban la
amenazante masa negra de la truncada pirámide de
piedra que se cernía sobre ellos. Había actividad en el
abierto Hangar de Reparaciones. Se movían en él las
figuras, visibles a través de las amplias paredes de
cristal bañadas por una luz roja.
Grayson señaló al Sargento Ramage: Moverse. No usó
palabras, dado que podía haber detectores sónicos
cerca, que escuchaban y usaban filtros controlados por
ordenador para eliminar el aullido del viento y captar
una conversación en susurros. Ramage asintió y se
movió hacia delante con precaución, mediante acciones
irregulares calculadas para engañar a los sensores
establecidos para detectar los sonidos del movimiento
ordinario.
La boca de Grayson estaba bastante seca, y solo en
parte se debía a la implacable sequedad que había en el
aire. Tomó conciencia de que nunca, ni siquiera durante
los disparos en el control central del Castillo, había
estado tan aterrorizado.
Se había presentado con el plan que los Ministros del
Consejo y el Estado Mayor General del Rey Jeverid
querían; en el que había trabajado durante largas
sesiones con sus sargentos más veteranos, Lori,
Ramage y Larressen. Una vez aprobado el plan, los
cuatro habían trabajado, incluso, durante más tiempo y
con más dureza para seleccionar y entrenar a la fuerza
de asalto de 50 hombres escogidos.
Sus objetivos eran el Castillo y el durmiente
mastodonte del Shadow Hawk. La inteligencia militar de
Sarghad insistía en que el 'Mech había sido dañado por
granadas termita{xi} durante la acción dilatoria en el
espaciopuerto, pero ahora estaba casi reparado. La
fuerza de Grayson conseguiría entrar al Hangar de
Reparaciones, lo despejaría con los disparos de
pequeñas armas y granadas, colocaría poderosos
disolventes termitas en puntos clave en el blindaje del
Shadow Hawk y, luego, se alejaría bajo la oscuridad.
Con suerte, el 'Mech quedaría arruinado hasta ser solo
piezas de repuesto. Incluso solo un daño que exigiese
otro poco ciento de horas de tiempo de reparación
valdría la pena, cualquiera que fuese el coste en
hombres y equipo. Y, cuando pensó en ello en estos
términos, Grayson supo que tenía que dirigir la misión
en persona.
—No puedes —había dicho Varney—. ¡Eres la razón de
ser de esta lanza! Sin tu conocimiento especializado
sobre 'Mechs y las tácticas de 'Mechs . . .
—Lori Kalmar tiene exactamente el mismo
conocimiento —había dicho él. Eso no era totalmente
cierto, ya que ella no había tenido a Kai Griffith para
entrenarla en las tácticas de unidades pequeñas, pero
este no era el momento de presentar objeciones.— Ella
puede hacerse cargo si no regreso.
—Ninguna mujer vara a liderar esta unidad, Grayson.
¡Y ,menos aún, una extranjera!
Varney había continuado protestando, pero al final,
Grayson insistió en ir, y eso fue todo. No habrían
conseguido que hiciese nada encerrándolo en una celda
del CG del Distrito, y nada por debajo de eso le
impediría dirigir a su equipo. Razonó que su
entrenamiento le hacía apto para la misión, además las
tropas responderían con un esfuerzo extra si su OM{xii}
luchaba junto a ellas.
Gracias a Griffith, Grayson era un experto en tácticas
de comando, pero los hombres de su unidad aun eran
unos novatos. Hacia solo cuatro semanas de días
estándares, la mayoría de los soldados del equipo no
usaban de forma adecuada el camuflaje, no podían
acechar a hurtadillas a un centinela enemigo, ni siquiera
podían cargar y disparar un arma automática en menos
de cinco segundos. Grayson había estado entrenando
en técnicas y tácticas de unidades pequeñas cuando
tenía quince años; y entrenando bajo el agudo ojo y la
lengua aun más aguda del Sargento Griffith. Había
sopesado el riesgo de dejarles realizar la misión solos
con el riesgo de ser liquidado, luego decidió que la
apuesta merecía la pena. Las posibilidades de éxito
aumentarían con su presencia, su dirección y la
tranquilizadora influencia de saber que el OM estaba
mirando.
El entrenamiento de Grayson había incluido una
amplia gama de armas, entrenamiento en artes
marciales que mezclaba varias tradiciones de combate
muy viejas y efectivas, así como entrenamiento en
moverse con rapidez, en silencio y con una orientación
exacta. Estaba seguro de sus habilidades, incluso
contento de tener la oportunidad de ejercerlas de
nuevo. ¿Por qué, entonces, estaba tan asustado?
Lamió sus labios, y el dolor del frío sobre los labios
húmedos lo tranquilizó. Había estado asustado en el
tiroteo del Castillo, pero adormecido casi hasta la
insensibilidad por la muerte de su padre. Había tenido
miedo durante la batalla callejera cuando se enfrentó
con el Wasp, cuando había acechado y confrontado al
Locust, pero se había visto sostenido por el ansía de
venganza. El deseo se había apagado, se había perdido
entre los montones de detalles administrativos que
requerían la atención de Grayson. Había estado
acojonado durante la batalla entre 'Mechs, pero el
combate real entre 'Mechs se parecía tanto al combate
por simulador que, a excepción del calor, había sido fácil
soltarse y dejar el miedo en el baile de las máquinas
gigantes.
Pero ahora Grayson Death Carlyle yacía sobre el suelo
helado en el exterior del enorme buche del Castillo, y
temblaba internamente. Las otras operaciones habían
sido todas mas o menos forzadas por las necesidades
del momento. Esta misión había sido ordenada por el
alto mando, y aun no estaba convencido de que fuese
necesaria. Aun resultaba peor el hecho de que lideraba
a 50 hombres contra una fortaleza diseñada para
rechazar a una fuerza de combate de Naves de
Descenso armadas con torretas láser y un regimiento de
'Mechs pesados.
Que una fuerza similar en tamaño a sus Lanceros
hubiese tomado el Castillo antes no era un consuelo.
Ese ataque había llegado totalmente por sorpresa y
había contado con la ayuda de un traidor dentro de los
muros del Castillo. Grayson no tenía un traidor para
ayudarle, ni podía estar seguro de que el enemigo no le
esperase.
Además había otra cosa, también, algo persistente
que volvía a su mente. Se había preguntado como
entrarían en el Castillo. Con anterioridad, las puertas
habían respondido a la huella de su palma, pero los
nuevos ocupantes del Castillo debían haber cambiado el
sistema del DI de seguridad del ordenador, en estos
momentos. En el mejor de los casos, las puertas le
admitirían, mientras disparaban una alarma en las
pantallas de la Seguridad Central. Por si era necesario,
habían traído explosivos para romper una puerta.
De un modo bastante extraño, las puertas del Hangar
de Reparaciones estaban completamente abiertas,
rielando como si el calor del interior del castillo se
derramase sobre el frío aire exterior. Era casi demasiado
fácil; una descarga de disparos para derribar a la pareja
de centinelas colocados justo dentro en el camino de la
puerta, una rápida carrera y habrían llegado a su
objetivo. Grayson podía distinguir la forma del Shadow
Hawk que yacía tendido sobre el pedestal de trabajo por
debajo de la enmarañada zona de trabajo sobre el
caballete del Hangar de Reparaciones.
Quizás esa era la preocupación. Parecía demasiado
fácil. Griffith siempre le había advertido para que
esperase lo inesperado, para estar convencido de que el
peligro existía allí donde uno menos lo esperaba. ¿Qué
peligro oculto podía estar carcomiéndole la conciencia?
Por supuesto, siempre existía el peligro de la traición. El
ataque sobre el Castillo había infundido esa lección en
todo su ser. Empero, los únicos que conocían este
ataque eran los situados en los niveles más altos del
Ministerio de Defensa, y estaban unidos en la necesidad
de una victoria de los Lanceros. Pensó, durante un
instante, en Stefan, en otros agentes de los bandidos
entre sus propios hombres; pero luego desechó la idea.
Que Stefan hubiese sido quien intentase matarle
sugería que había muy pocos de tales agentes en la
ciudad. No, la mayoría de los espías entre sus filas
pertenecían a la Guardia o a la Milicia.
Sacó un transmisor-receptor del tamaño de un puño,
estiró las antenas y pulsó el transmisor tres veces, clic
pausa clicclic. Esperó, filtrando, para escuchar por
encima del viento. La respuesta llegó, clic pausa, clic,
pausa, clic-clic. Si hubiese captado una rápida ráfaga de
clics, habría significado que el Marauder ya no estaba
bajo la vigilancia del Sargento Larressen mientras
patrullaba el perímetro del espaciopuerto, sino que
estaba subiendo por la carretera hacia el Castillo. La
señal recibida indicaba que el Marauder aun estaba
donde lo había visto diez horas antes. No había modo en
que llegase al Castillo en menos de diez minutos. Eso le
daba a Grayson mucho tiempo.
Un receptor táctico de corto alcance en su oído
rasgueó otro código, clicclic clicclic, clicclic. Ese era
Ramage, en posición por delante de él, informando que
el camino estaba libre, sin señales de trampas, tropas
ocultas o emplazamientos de armas inesperados.
Escuchando la señal, Grayson observó, con calma, la
silueta de un centinela, fuertemente cubierto, que se
encogía y se daba una palmada, como si tratase de
entrar en calor.
El enemigo podía decidir cerrar las puertas del Hangar
de Reparaciones en cualquier momento, y, por ello, los
Lanceros tenían que moverse ya. Grayson sacó su arma
de la correa y la colocó en posición por delante de su
pecho. Era un subfusil Rugan que disparaba largas y
lentas rondas, a unas 1000 rondas por minuto, desde un
cargador ennegrecido que sobresalía bastante por
debajo de la empuñadura. El arma era de fabricación
local, y no tan fiable con las armas de la Mancomunidad
que había llevado los Comandos de Carlyle. Muchas
horas en un campo de tiro, detrás del Arsenal, le habían
convencido de que sería un arma útil para una incursión
subrepticia. Grayson recordó poner el selector en
ráfagas de tres disparos. La Rugan llevaba 80 balas sin
funda en ese largo cargador, pero las mismas
desaparecerían en cinco segundos en la posición de
disparo automático.
Según el plan, eran los disparos de Grayson los que
indicarían el ataque. Lo que dejaba en sus manos si se
seguía adelante o no con la operación. La decisión de
abortar sería indicada sobre las radios tácticas que cada
hombre llevaba. Un ataque se lanzaría si morían los dos
centinelas.
Se tomó un momento para reducir su ritmo de
respiración, para tragarse la sequedad que había en su
garganta, para parpadear y quitarse de los ojos la
picazón del viento y el miedo. No le preocupaba la
victoria que necesitaba el gobierno de Sarghad. Este
sería otro ataque contra la gente que había asesinado a
su padre, matado brutalmente a sus amigos, traicionado
su confianza. Apuntó el voluminoso hocico de la Rugan,
provisto con silenciador, comprobó el blanco y apretó el
dedo sobre el gatillo.
El arma escupió y el centinela situado a 70 metros fue
lanzado hacia atrás como una marioneta. Grayson
balanceó el arma hacia el otro centinela, pero era
demasiado tarde. El fuego de una docena de subfusiles
repiqueteo y chilló por el helado aire. La ráfaga golpeó
sobre un segundo centinela y un Tech de las bandidos
que corría, los hizo girar y los tiró al suelo. Luego, a
cada lado de la posición de Grayson se levantaron
formas negras desde las sombras y se encaminaron a
toda prisa hacia las abiertas puertas del Hangar. Iban
hacia sus asignaciones.
21

Cincuenta formas negras corrían a lo largo del campo


de desfile iluminadas por los focos montados en los
postes, disparando mientras tanto. Las ráfagas de los
subfusiles con silenciador saltaron y sisearon, haciendo
que los que estaban dentro y alrededor del Hangar de
Reparaciones buscasen refugio o cayesen sobre el suelo
allí donde habían estado de pie.
Grayson corrió a lo largo del limite entre los terrenos
de desfile y el Hangar. La familiar caverna, oscura y bajo
la luz roja, se abría por encima y en torno a él.
Directamente delante de él estaba la forma de diez
metros del dañado Shadow Hawk.
—¡Collier! —gritó, agitando la mano—. ¡Senkins y
Burke! ¡La puerta! Equipo de demolición . . . ¡muévanse!
Tres soldados corrieron hacia la puerta que conducía a
los pasillos centrales del Castillo. Cinco hombres, que
llevaban pesadas mochilas sobre sus hombros, pasaron
junto a él con un fuerte ruido y se subieron por la
elevada cubierta sobre la que se apoyaba el
discapacitado 'Mech. Una ráfaga de fuego salió desde
arriba, y algo dio un latigazo a través del aire junto a su
cabeza. Antes de que Grayson pudiese reaccionar, los
disparos fueron respondidos por la áspera charla de un
subfusil cercano a él. Una figura salió lanzada desde el
rellano superior de la larga y delgada escalera que
zigzagueaba hasta arriba de la Cabina de Control del
Hangar y cayó con un apagado plaf sobre el
ferrocemento situado 15 metros por debajo.
Grayson se giró hacia el hombre que acababa de
disparar. Era Larressen:
—Gracias —dijo—. Vaya con el equipo de demolición,
Sargento. Yo iré con la fuerza de seguridad.
Larressen asintió y subió por una escalera de mano,
llena ya de gente, por la que el equipo de demolición se
dirigía ya hacia el torso del varado 'Mech. Grayson se
dirigió al trote a lo largo del piso hasta donde tres
soldados estaban agazapados bajo la puerta que daba
al pasillo. Cuñas de acero habían sido colocadas en las
guías de la puerta para mantenerla abierta, y una
ametralladora portátil, montada sobre dos patas y
especial para un escuadrón, estaba colocada con su
cañón apuntando a través del umbral de la puerta hacia
el corredor de más allá. Burke estaba tirado sobre el
pecho, con el cargador de la ametralladora sobre su
hombro. Los otros le cubrían con rifles automáticos.
—¿Algo?
—No, señor. —El Cabo Collier era el líder del equipo de
seguridad. Señaló corredor abajo hacia la puerta
cerrada herméticamente más cercana.— En cuanto que
asomen la punta de la nariz a través de ella, ¡los
dejamos clavados! —Se detuvo, dudó y añadió un tardío
—, señor. —Collier parecía más joven que Grayson, pero
mostraba tener el don para ser un líder nato. Grayson le
dio una palmada en el hombro, luego se giró para irse.
Desde la cubierta de reparaciones llegó un trueno
retumbante, una rugiente protesta de metal
rompiéndose, mientras los hombres se dispersaban, y
alguien gritó. Grayson se detuvo en sus pasos,
paralizado por la impresión y el terror naciente. El
Shadow Hawk, un gigante durmiente bajo los destellos
de las luces rojas, se removía, temblaba, levantándose,
lentamente, por sí mismo. Las figuras vestidas de negro
del equipo de demolición saltaban desde ese torso que,
de forma repentina, se movía. Echado sobre el
ferrocemento, donde el movimiento de la enorme
máquina lo había arrojado, yacía el hombre que había
gritado.
Lo que había sido un conjunto de misiones y
movimientos cuidadosamente planeados y orquestados
se disolvieron ahora en un caos de miedo. Uno de sus
hombres se erguía en el suelo del Hangar enviando
ráfagas de disparo automático hacia el amenazador
monstruo, mientras otros se erguían paralizados donde
estaban, con las bocas abiertas. Uno lanzó su pistola a
un lado y salió corriendo y gritando, y luego otros le
siguieron. Demasiado tarde, porque las puertas del
Hangar se cerraban sin dificultad con un ruido sordo y
hueco.
Esto no puede pasar, pensó Grayson, pero la
semilevantada máquina de guerra mostraba lo
contrario. Una enorme mano de metal barrió hacia
fuera, hacia abajo y a través para golpear al solitario
soldado armado con el rifle automático y lanzarlo al otro
lado de la sala. La sangrienta forma que se deslizó por
el muro ya no se parecía, en absoluto, a un cuerpo
humano.
El Shadow Hawk se puso en pie, resultando aterrador
e inmenso en el confinado espacio del Hangar de
Reparaciones del Castillo. Grayson notó, con alguna
parte separada de su mente, que el cañón automático
ubicado sobre el hombro del 'Mech había sido quitado,
la mochila de espalda que portaba el cañón y el
mecanismo de apoyo de vida tampoco estaba y los
paneles de su pecho y piernas habían sido abiertos;
todo lo cual contribuía a su apariencia de estar dañado
y a medio reparar. Pero la máquina estaba encendida y
bajo control. Grayson observó la cabeza —diminuta en
comparación con el voluminoso torso— moverse de un
lado a otro, rastreando con sus sensores a un grupo de
soldados escondidos. El brazo derecho se levantó, el
láser medio fijado a lo largo del antebrazo centelleó una
vez, dos veces, y el ferrocemento fue carbonizado por
guadañas de destrucción de alta energía que convertían
los hombres que corrían en antorchas que se retorcían y
gritaban, o los dejaban como montones calcinados y
carbonizados.
Cargas explosivas cuidadosamente colocadas podían
haber destruido a ese 'Mech, pero no había modo de
colocarlas mientras el Shadow Hawk se movía y estaba
en modo de combate. Las puertas del Hangar seguían
cerrándose, sin dificultad, con una lentitud atroz:
—¡Burke! —gritó Grayson— ¡Vengan!
El equipo de seguridad regresó gateando desde la
abierta puerta. El 'Mech se paró y se giró, posiblemente
buscando el origen de la voz que gritaba ordenes. Su
láser destelló de nuevo, y Grayson se tiró de cabeza
detrás de una pila de cajones de madera. Collier se
quemaba mientras corría, su calcinado cadáver
irreconocible salvo por los restos medio fundidos de la
ametralladora que aun se abrazaba contra la humeante
cascara carbonizada de su cuerpo. Los rayos seguían la
pista de forma incansable. Senkins, también,
desapareció bajo el fuego y un humo empalagoso,
mientras su rifle de asalto daba vueltas sobre el suelo
con unos rebotes estrepitosos.
Las puertas del Hangar se cerraron ruidosamente de
forma definitiva y triste. La mano izquierda del 'Mech
descendió, aplastando a un soldado que estaba
encogido de miedo entre las sombras bajo la elevada
cubierta de reparación. El hombre había olvidado que el
'Mech puede distinguir el calor corporal pensó Grayson.
En algún punto, alguien gritaba en una agonía de carne
quemada.
La situación era desesperada. Consideró llamar a los
lideres de su unidad para tener un cuadro claro, pero
rechazó la idea. Seguramente el enemigo estaría
escuchando en las frecuencias de radio táctico y la
información ayudaría a los bandidos más que a Grayson.
El Shadow Hawk se erguía escudriñando la sala.
Grayson podía oír el levísimo chasquido de los
pasadores mecánicos en esa rechoncha cabeza, y supo
que el piloto del 'Mech escudriñaba las imágenes de luz
visible, los sensores de movimientos y los infrarrojos
buscando señales de su presa humana. Por todo el
Hangar había pilas de cajas detrás de las que los
hombres se habían escondido. El 'Mech daba la extraña
impresión de que era un gigante de metal torpe que
consideraba como encontrar a los fugitivos sin quemar
equipo valioso. Pronto empezaría a mover los cajones
de uno en uno y cualquiera que sacase del escondrijo lo
reduciría a cenizas o lo aplastaría.
Grayson miró el perfil de púas entrelazadas de la
cerrada puerta que había detrás de él. Si pudiese abrir
la puerta, los supervivientes del ataque podían tener
una posibilidad, podían dispersarse por la oscuridad y
bajar la pendiente de la montaña. Pero la única forma
de abrir esas puertas era levantando un interruptor en
la cabina de control del hangar. Sus ojos viajaron desde
el inmóvil 'Mech hasta la iluminada cabina, a quince
metros por encima de la cubierta.
Lo que necesitaba era una distracción.
Cerca de él yacía un cuerpo con un brazo separado
sobre el suelo, una mano casi intacta agarrada
fuertemente a la correa de un saco de lona. Grayson
supuso que era uno de los hombres de Larressen,
alguien del equipo de demolición enviado a destruir el
Shadow Hawk.
El saco contenía explosivos (cinco paquetes de
plástico de alta velocidad, cada uno de los cuales
pesaba dos kilos) que tenían pegado un soporte
magnético y venían ya preparados con un detonador de
activación temporal. Colocados de forma adecuada
sobre los servoactuadores y circuitos seleccionados,
estos paquetes podían destruir un 'Mech. Ahora no
había modo de colocarlos, pero podían proporcionar la
distracción que necesitaba.
Grayson apretó los dientes, se limpió el sudor de la
cara y luego se abalanzó hacia la zona descubierta.
Aunque mantenía los ojos lejos de la montaña de metal
que se alzaba sobre él, pudo oír el chasquido de los
pasadores, pudo sentir el lento giro de la cabeza, el
pesado movimiento del brazo derecho mientras era
apuntado el láser. Con las manos buscó a través del
cuerpo del hombre el saco, y jaló del mismo hacia él. La
mano del cadáver permanecía tenazmente pegada, y
Grayson se encontró así mismo en un letal tira y afloja
con la irreconocible forma de uno de sus hombres. Lo
que era peor, podía notar que el láser casi estaba en
línea.
Dando un último tirón desesperado, notó que la correa
salía libre de los apretados dedos del muerto, mientras
rodaba de un lado a otro sobre sus espaldas, con el saco
apretado contra su pecho. El láser del 'Mech disparó,
lanzando un calor enorme y un fuerte olor en torno a
Grayson mientras éste rodaba por el ferrocemento
buscando donde cubrirse. El cajón donde había estado
escondido ardió en llamas. Bajo esta luz Grayson estaba
de pie y corría, corría hacia el enorme pie blindado del
Shadow Hawk.
El 'Mech se movió, rastreándolo. El esquivó hacia la
derecha, luego hacia la izquierda, mientras metía la
mano en el saco y sacaba uno de los paquetes de dos
kilos. Poniendo el saco sobre el hombro, usó su mano
libre para colocar el temporizador en cinco segundos y
lanzó el paquete —no al monstruo, sino sobre el
ferrocemento entre el mismo y el pie del BattleMech.
Luego estaba corriendo otra vez, zigzagueando hacia
la escalera de metal que había bajo la cabina de control.
La explosión a su espalda que se produjo un instante
más tarde le cogió subiendo y lo lanzó hacia la cabina;
pero, luego, lo soltó boca abajo, mientras la sangre le
manchaba los brazos y en sus oídos notaba un ruido
espantoso que le mareaba. El 'Mech se detuvo, con los
sensores de luz y calor momentáneamente cegados por
el destello de la explosión. Grayson usó el retraso para
armar dos paquetes más y, luego, arrojarlos a la cabeza
del monstruo. Las explosiones hicieron un daño escaso,
pero mantuvieron al piloto del 'Mech cegado durante
preciosos segundos. Grayson subió la escalera por los
traqueteantes escalones a saltos, de tres en tres.
Cuando otra explosión sonaba desde abajo, la
escalera salió lanzada de forma violenta. Se giró, con las
manos enguantadas asidas a los escalones por encima
de su cabeza. Abajo, una figura solitaria hacia gestos,
luego arrojó otro paquete que explotó a los pies del
Shadow Hawk.
—¡Adelante, Teniente! —Gritó la figura, mientras
amainaba el rugido de la explosión.— ¡Le
mantendremos ocupado!
Grayson reconoció la voz de Larressen. Dando tumbos
hasta la parte superior de la escalera, apartó con el
hombro la puerta medio abierta. Esperando allí había un
hombre barbudo con ropas verdes y un rifle de asalto TK
en las manos.
Grayson había perdido su subfusil, en algún lugar en
el piso del Hangar.
Se produjo otra explosión abajo, y el Shadow Hawk se
bamboleó, golpeando contra la escalera de metal con
un agudo chirrido de metal. Los ojos del soldado
barbudo se apartaron de Grayson durante un breve
instante, dándole la ocasión de blandir la bolsa de lona
contra la cara del tipo. Lanzó su cuerpo detrás de ella,
luchando cuerpo a cuerpo por coger la pistola del
hombre, empujándolo sobre la espalda. En la pelea, los
dos tiraron una silla y golpearon contra la consola del
monitor. Cuando Grayson levantó su rodilla con fuerza,
el soldado gruñó y liberó su tenaza. Grayson golpeó con
la culata del TK en el lateral del cráneo del hombre.
Luego, apretó el plano botón blanco que abriría las
puertas del Hangar. Se quedó allí, manteniendo el
circuito abierto mientras las púas entrelazadas de las
puertas se separaban, vertiendo un poco de luz en la
oscuridad exterior. Luego, agarró el TK del soldado y la
bolsa de lona y atravesó a la carrera la puerta de la
cabina.
El 'Mech estaba allí, con la cabeza justo dos metros
por debajo de los pies de Grayson y el láser en su brazo
elevándose para demoler la cabina de control. No había
nada que pudiese hacer Grayson salvo saltar. Aterrizó
sobre el hombro del Shadow Hawk con un fuerte
estruendo, y se agarró al cabo de una antena de
exploración del campo que se proyectaba desde el
lateral de la cabeza. El 'Mech se giró torpemente, con la
mano derecha elevándose para aplastarle como a un
mosquito. Grayson se balanceó detrás de la cabeza del
'Mech, montándose sobre la cicatriz llena de cables
donde deberían haber estado el cañón automático y la
mochila con el sistema de apoyo vital, a salvo más allá
del alcance de la máquina.
Hurgó en el saco. El 'Mech volvió a girarse, golpeando
contra la escalera de la cabina de control y, después,
con la piedra del muro de más allá. La conmoción
cerebral lastimó a Grayson de gravedad, desgarrándole
la mano. Consiguió mantener la presa, pero el TK se
alejó dando vueltas como loco. Su mano libre se cerró
en el ultimo paquete de explosivo que quedaba. Lo pegó
en el lateral de la cabeza del monstruo, y preparó el
temporizador para diez segundos. La máquina golpeó
contra la pared de nuevo, rodando, tratando de aplastar
a Grayson entre la pared del Hangar y la masa de 55
toneladas del propio 'Mech.
Grayson mantuvo el equilibrio —agarrado a las asas
soldadas que estaban a lo largo de la espalda del
Shadow Hawk para acceder a realizar reparaciones— y
saltó por el flanco del monstruo hacia el suelo. Cuando
el 'Mech golpeó de nuevo contra la pared, Grayson se
tambaleaba libre. Notó como bajaba los últimos cinco
metros y aterrizó con un golpe entre los desmoronados
escombros de la escalera de la cabina de control.
Le pareció que su pierna derecha era golpeada por un
martillo pilón y su cabeza lanzaba punzadas. Parpadeó
al abrir los ojos, vio que el 'Mech se tambaleaba por
encima de él coronado de humo . . . cayendo . . . Luego,
unas fuertes manos se clavaron bajo sus axilas y tiraron
de él desde los restos de la escalera. La caída del 'Mech
fue como una tormenta de un estallido tras otro y un
humo negro salía a raudales de una fea cicatriz que le
atravesaba la cabeza.
Durante un loco momento, Grayson se regocijó. ¡Le
maté! El regocijo desapareció rápidamente cuando el
'Mech dio una vuelta, colocó las manos bajo su cuerpo y
se puso parcialmente erguido. El piloto, era evidente,
estaba atontado, posiblemente herido; pero la explosión
no había perforado ese robusto blindaje. El aire frío
golpeaba sobre la cara de Grayson y sobre un brazo
expuesto, a causa de un roto en la manga de su
chaqueta, mientras su rescatador le arrastraba a través
de la puerta abierta del Hangar y hacia los terrenos de
desfile. Otras formas oscuras de dispersaban a través
de la noche.
De algún modo, Grayson logró chasquear en la radio
táctica de su garganta:
—¡Evasión y huida! ¡Nos reuniremos cuando puedan
regresar al Arsenal! ¡Rápido! —Luego la noche se
iluminó de disparos y muerte mientras los artilleros de
los flancos del Castillo abrían fuego con balas
trazadoras y láseres montados en las torretas;
esparciendo muerte y terror a través de los terrenos de
desfile.
—Salgamos de aquí, Larressen . . .
—Larressen ha caído, Teniente.
Solo entonces miró Grayson a su rescatador. Por algún
motivo había supuesto que era Larressen, pero era la
ennegrecida cara de un soldado del equipo de
demolición la que le miraba fijamente a él con interés.
¿Cuál era el nombre? Greer, ese era. Era uno de los
nuevos reclutas para pilotar un 'Mech.
—Esa . . . esa cosa le pisoteó —decía Greer de forma
vacilante—, como si fuese un insecto.
—Vámonos. Haremos números más tarde. —Incluso con el
dolor en la pierna, Grayson descubrió que podía correr con
una cojera libre de vaivenes. Con un grupo de otros cuatro
supervivientes, bajó la montaña.
22

El General Adel arrojó los listados de impresora sobre su


escritorio, y clavó en Grayson una dura mirada:
—Un total de veintiocho muertos o desaparecidos —
dijo—. Veintiocho de cincuenta. Eso no es lo que
esperábamos en Palacio de su unidad, ¿lo sabe? ¿Bien?
¿Qué tiene que decir sobre ello, Teniente?
—Era . . . era una trampa, General.
—¿De verdad?
—Tenían el Shadow Hawk manipulado para que
pareciese que estaba siendo reparado. Deben haber
tenido al piloto oculto en la carlinga, tirado sobre su
espalda durante horas solo para . . .
—¡No estoy interesado en la comodidad del piloto del
Shadow Hawk, Teniente! Estoy interesado en lo que voy
a poner en el informe que debo presentar a Su
Majestad.
—Sí, señor.
—Esto no pinta bien para el Primero de Lanceros,
¿entiende? Sé que la Guardia Real, en particular, ha sido
muy generosa proporcionándole a su unidad armamento
y equipo del que ya tiene pocos suministros. Los críticos
señalarán que esta intentona resultó inútil, que se llevo
a cabo sin ningún propósito.
—Pero, ¡General! Usted . . .
—¡Silencio!
Grayson permaneció rígidamente en posición de
firmes, poniendo freno a las emociones que echaban
chispas en su interior. ¡Esto era injusto! No había
encontrado más que problemas con las solicitudes de
suministros que había presentado ante la burocracia de
la Guardia, y ahora . . .
—Nunca he aprobado este proyecto, Carlyle. Lo sabe,
¿verdad?
—Sí, señor.
—En realidad, nunca esperé que Su Majestad
estableciese algo parecido a una unidad de elite fuera
de la estructura de la Guardia. Me imagino que el
General Varney fue el responsable de esta tonta idea de
que los Lanceros fuesen una unidad independiente.
¿Eh? ¿Verdad?
—No lo sé, señor.
—Mmm, no, me imagino que no. —Adel se recostó
sobre la silla, cruzando con mucho cuidado una pierna
sobre la otra.— Bien, le notifico que todo cambia, desde
ahora.
—¿Señor?
—Eso se le sorprende, ¿eh? Bien, Varney está fuera
del cuadro, Carlyle, y el Primero de Lanceros de Trellwan
es, desde este periodo, transformado en la Compañía E,
del Décimo de Guardias Reales. Estará bajo mi mando
directo.
La habitación daba vueltas ante los ojos de Grayson.
Lo que Adel decía no tenía sentido:
—Señor...yo
—Usted entregará todos los registros y archivos a su
sucesor, el Capitán Nolem. —Adel levantó la vista desde
su escritorio hacia Carlyle, mientras el asombro le
suavizaba la voz.— Usted realmente no pensaría que iba
a mantener la lanza, ¿verdad? Usted es joven, Carlyle,
demasiado joven para un mando de tanta
responsabilidad. El trabajo simplemente es demasiado
grande para usted. Intente no sentirse demasiado . . .
—¿Usted quiere decir que los Lanceros no son míos?
—Le cortó Grayson medio embotado.
—Eso es exactamente lo que quiero decir, Teniente.
Usted es relevado. Dado que usted nunca fue realmente
un miembro de las fuerzas armadas de Trellwan, salvo
por un decreto especial del Rey, no logro ver como
nunca pudieron haber sido . . . de usted.
>>En cualquier caso, una compañía necesita un
capitán. Y no puede esperar que cambiemos toda la
estructura del mando militar solo para acomodarla a
usted, ¿verdad? Usted seguirá como consejero especial.
Su conocimiento sobre 'Mechs y tácticas de 'Mechs le
hace inapreciable para nosotros. —Adel unió las cejas y
agrandó los ojos.— Eso significa que no volverá a
exponerse en una zona de combate. No me arriesgaré a
que le maten y ¡a perder sus conocimientos!
—Señor, la Sargento Kalmar es . . .
—Esa señorita es una extranjera enemiga. ¡Nunca
debería habérsele dado una graduación o posición
dentro de nuestras fuerzas armadas! Usted es el único
responsable de esa metedura de pata, ¿cierto? Bien, no
se preocupe. Como dije, usted es joven e inexperto.
—¿Qué le pasará?
—Eso, Teniente, no es de su interés.
—General, exijo . . .
—¡Usted no exigirá nada, Teniente!
—Pero . . .
—¡Ya basta! Le he dedicado mucho tiempo a usted.
¡Retírese! —Con esas palabras, un centinela hizo salir a
Grayson y le condujo por los pasillos de marfil del
Palacio.
El General Adel se quedó mirando fijamente, durante
un buen rato, el sitio por el que había desaparecido
Grayson, durante bastantes segundos después de que
hubiese sido escoltado hacia la salida. El joven de la
Mancomunidad tendría que ser vigilado, y vigilado de
forma estrecha. Casi resultaba peligroso permitir a
cualquier hombre tener demasiado poder. ¿Y el control
de los Lanceros? No, se recordó a sí mismo, los Lanceros
no. Era el control del Décimo Regimiento lo que
significaba poder. Los hombres harían cualquier cosa
para conseguir el poder, y para mantenerlo. El joven
Carlyle era demasiado popular entre sus hombres. El
General Adel creía que nunca se podía confiar en los
jefes militares populares.
Quizás todo iría mejor si la carrera de Carlyle acababa
pronto. Un cuchillo clavado entre las sombras había
resuelto tales problemas muchas veces antes en la
historia de la humanidad. Sabía que había habido un
atentado previo, pero nadie de su unidad haría una
chapuza de tal índole contratando a personal poco
fiable.

******

Mara atrajo mas cerca a Grayson, mientras sus manos


se movían delicadamente por sus orejas, en la parte de
atrás del cuello:
—¿Pero que vas a hacer? —le preguntó, abriendo
enormemente sus oscuros ojos.
—No lo sé, Mara. De verdad que no lo sé. —La
impresión de su charla con Adel había desaparecido,
dejándole con una profunda sensación de vacío, como si
en su interior hubiese muerto algo.
—Es algo difícil de decir. Sabes, cuando empecé . . .
Cuando dije que pondría en marcha una unidad anti-
'Mechs para tu gente, solo lo hacía por una razón.
Los dedos de ella se movieron a lo largo del pecho de
él, rozando las pocas mechas de pelo que tenía:
—¿Cuál era?
—Venganza. Venganza, pura y simple. Quería
devolvérselo a la gente que asesinó a mi padre, y
estaba seguro de no poder hacerlo solo. —Logró sonreír
un poco.— Alguien me dijo una vez que me metería en
problemas yo solo. Me gustaría que pudiese verme
ahora.
—Pero no estás solo, Gray. Me tienes a mí.
La atrajo más cerca, y la besó:
—Gracias, querida, pero necesitaba ayuda para luchar
contra esos bandidos, contra ese Marauder. — Se
recostó sobre la cama, con los ojos mirando fijamente
sin ver más allá del techo.— Sabes, esas semanas
formando los Lanceros, pienso que fueron lo mejor de
mi vida. Estaba . . . construyendo algo . . . haciendo algo
que solo yo podía hacer. Y tenía un propósito. Iba a
destruir al 'Mech ... y al MechWarrior que mataron a mi
padre.
—Quizás, simplemente, intentabas demostrarte algo a
ti mismo.
El se encogió de hombros:
—No lo sé. Quizás, al principio. Sé que aun quiero
vengarme. Lo quiero más que cualquier otra cosa. —Se
volvió hacia Mara, sondeando en sus propios
sentimientos.— Pero después de cierto tiempo, tenía
algo más, algo que empujaba el asunto de la venganza
a un segundo plano.
>>Tenía un propósito, una dirección y un sentimiento
de pertenencia. Jamás estuve tan solo como cuando
descubrí que toda mi gente se había ido . . . que estaba
abandonado en Trellwan. Los Lanceros eran como tener
una familia de nuevo, y eso era especial.
Hizo una pausa de nuevo, tratando de controlar su
voz. No pienses en eso, se dijo a sí mismo. No en eso.
Era venganza lo que querías. Venganza y nada más.
—Sabes, con los Lanceros, al menos había una
pequeña posibilidad de que algún día pudiese derrotar
al Marauder. Pero ahora . . .
Los ojos de ella mostraron miedo:
—Entonces, ¿qué esperanza nos queda?
—Oh, las cosas irán bien aquí. Ahora que Sarghad
tiene tres 'Mechs, los bandidos no atacarán más la
ciudad. Habría demasiadas posibilidades de que se
quedasen atrapados en las calles, como le ocurrió al
Locust cuando lo capturamos. Es posible que hagan
incursiones a las cúpulas agrarias, pero no entrarán más
en la ciudad.
Adel y su estado mayor debían haber llegado a la
misma conclusión, se percató Grayson con un nuevo
impulso de rencor. Con tres 'Mechs y una fuerza de
infantería entrenada en la lucha contra los 'Mechs,
Sarghad estaba razonablemente a salvo. Probablemente
no serían capaces de destruir al Marauder y al Shadow
Hawk (no sin un extraordinario golpe de buena suerte),
pero el enemigo tampoco podría derrotarles a ellos.
Y, ¿no era esa la razón por la que habían construido
los Lanceros en primer lugar? En la medida en que le
interesaba al gobierno trelanés, el trabajo estaba hecho.
Nunca habían dicho nada sobre el tema de que usase
los Lanceros para llevar a cabo su venganza personal
contra los bandidos.
—Tonto, no hay nada de lo que preocuparse
realmente. —Se arrimó Mara a sus oreja, mientras ella
le recorría el cuerpo con las manos.— Nos tenemos el
uno al otro, y eso es todo lo que necesitamos. Y el
próximo periodo, hablaré con mi padre. Apuesto a que
puede ayudarnos.
Sonrió y se rindió a las caricias de ella. Pero el dolor
de su interior no cesó.
Un poco más tarde, estaba completamente despierto.
Una sirena sonaba en el exterior desde la azotea del
Palacio, su estridente repiqueteo llenando el aire por
encima de Sarghad.
Mara se incorporó sentándose, con las mantas
apretadas por delante de ella:
—¿Qué es eso, Gray . . . un ataque?
Grayson caminó hacia la ventana y miró hacia fuera,
pero solo pudo ver oleadas de gente en las calles.
Escudriñó el horizonte buscando los 'Mechs, pero no vio
nada.
—No lo sé, Mara. Algo despierta el interés de la gente,
eso es seguro.
Mara utilizó un mando remoto para encender el visor
de pared de la habitación. Grayson se dio la vuelta y
miró fijamente la pantalla. Los canales de
entretenimiento habían sido anulados por una emisión
de noticias del gobierno. Un hombre con el uniforme de
Coronel de los Guardias indicaba a la gente de Sarghad
que permaneciese dentro de las casas, que tuviesen
encendidos los visores y escuchasen las continuas
actualizaciones. Luego la escena cambió a una vista de
largo alcance del espaciopuerto y a las enormes formas
grises que descendían desde el cielo. Las naves
aterrizaban, explicaba la voz del orador, y Grayson se
quedó aturdido al ver que la insignia de las mismas era
el emblema del sinuoso dragón rojo y negro de Casa
Kurita. Naves del Condominio Draconis, bajo el mando
del Duque Ricol, aterrizaban sobre Trellwan para
deshacerse de una vez por todas de la amenaza que
suponían los bandidos de Oberon para el planeta. Los
bandidos, aseguraba la voz, ya se habían rendido a
Ricol. Ahora, por fin, habría paz.
23

La ciudad de Sarghad se había vuelto loca. Vestidas


con las chaquetas aclimatadas para el frío, enjambres
de personas se reunían bajo las brillantes luces
superiores que mantenían a raya la larga noche,
mientras sus respiraciones provocaban nubes de vapor
en el frío aire de la Segundanoche. Los aplausos, la
visión de la gente gesticulando, saltando y bailando en
mitad de las calles, eran transmitidos en el inmenso
visor que sobresalía de una pared del Salón de
Recepción de Palacio. Una caravana se dirigía hacia el
Palacio junto a las clamorosas multitudes que llenaban
las calles iluminadas con tanto brillo como si fuese de
día. En una vara ubicada en el aerodeslizador que iba a
la cabeza de la caravana ondeaba la bandera con el
dragón rojo y negro del Condominio Draconis.
Grayson se había vestido y acudido a toda velocidad a
lo largo del Palacio tan pronto como oyó las noticias. El
Coronel de los Guardias que informaba de la escena
parecía optimista, casi exaltado, ante las noticias de que
las fuerzas de Kurita habían llegado para salvar a
Trellwan de Hendrik de Oberon. ¿Podía esta gente
posiblemente estar tan contenta ante lo que era, con
toda claridad, una invasión total? El Condominio no era
conocido por ser espacialmente caritativo hacia los
planetas independientes. ¿No podían los trelanos ver el
peligro?
El Salón de recepción estaba abarrotado de gente, los
ricos y poderosos de Sarghad y, sin duda, de otras
ciudades de Trellwan, también. Cuando se habían
conocido las noticias de la llegada de las naves, la gente
se había dirigido directamente hacia Palacio, sin dudar
que su futuro, y el futuro del planeta, se decidirían aquí
en menos de una hora.
Grayson aun llevaba las ropas verdes y doradas de su
uniforme de los Guardias, las únicas que tenía. Tenía
que intentar llegar hasta el Rey Jeverid, aunque sabía
que no sería fácil. Jeverid estaba protegido del pueblo
por una amplia capa de secretarios y funcionarios de la
corte que se había acumulado en torno a la posición real
durante los últimos siglos.
En ese momento, se separaron las cortinas del
estrado del salón, pero, en lugar del Rey, aparecieron el
General Adel y varios de los oficiales de su estado
mayor. Con ellos estaba el Teniente . . . no el Capitán
Nolem, flanqueados por los Guardias Reales vestidos
con todas sus ricas galas. Grayson escudriñó la
muchedumbre reunida en torno al estrado. La Milicia
destacaba por su ausencia, y Varney no aparecía a la
vista por ninguna parte. ¿Tanto se había apartado él de
las posiciones de favor?
Grayson empezó a abrirse camino entre la multitud en
dirección al escenario, donde el General y sus oficiales
se erguían ante el trono vacío. ¿Dónde está Jeverid?, se
preguntó; entonces, de forma repentina, se encontró el
camino bloqueado por una pareja de soldados de los
Guardias con casco y chaleco blindado que portaban
rifles TK:
—Lo siento, señor —dijo uno—. Usted no puede pasar
por aquí.
Tal vez pudiese usar la fuerza de su uniforme:
—¡Apártese, soldado! Soy el Teniente Carlyle del
Primero de Lanceros. ¡Debo ver a Su Majestad!
La duda cruzó la cara del soldado:
—Lo siento, señor; pero al menos que tenga un pase
firmado por el General Adel . . .
—Si tuviese un pase, ¡se lo habría mostrado! ¡Le digo
que debo ver a Su Majestad! ¡Es de importancia vital!
El soldado dudó, y Grayson pensó durante un instante
que su farol había funcionado. Luego, pudo observar
que el soldado resolvía hacer solo lo que le habían
dicho:
—Lo siento, señor; pero deberá usar los canales
apropiados.
—¿Qué pasa aquí? —Era Adel, con Nolem cerca de su
espalda. El General barrió a Grayson con unos ojos fríos.
— ¿Qué quiere USTED?
—¡General, señor! ¡Debo ver a Su Majestad!
—¿Para qué?
—Estos Kuritanos, señor, a los que se recibe como
héroes. ¡Son el enemigo!
Las cejas de Adel se arrugaron, poniendo el ceño
fruncido. Se frotó ligeramente, en tono pensativo, su
bigote con un dedo:
—¿Enemigo? No tengo conocimiento de ninguna
declaración de guerra entre Trellwan y el Condominio
Draconis. Usted se ha superado a sí mismo, señor.
De algún modo Grayson logró controlar sus
pensamientos, para mantenerse tranquilo y controlar su
lenguaje:
—General, tengo razón al pensar que todo esto es
algún tipo de complot.
Adel y Nolem rieron al la vez:
—Así que ahora es un complot, ¿verdad? —Nolem
parecía terriblemente divertido.— Debíamos haber
esperado esto de alguien de la Mancomunidad,
supongo. ¿Eh, General?
—¡Ja! Desde luego. Lord Ricol estaba particularmente
interesado en lo que podía decir el joven Carlyle.
Los ojos de Grayson se abrieron enormemente:
—¿El Duque Ricol me conocía? ¿Cómo?
—Oh, el tiene sus medios, estoy seguro. Dijo que
usted podía poner objeciones a una presencia del
Condominio en Trellwan.
¿Poner objeciones? Grayson podía ver en su mente la
proyección del mapa de tres dimensiones que su tutor,
Ari, usaba para mostrar los sectores periféricos del
espacio de la Mancomunidad. La enana roja de Trell caía
próxima —en términos astronómicos— a estrellas
gobernadas por Hendrik de Oberon y a otras estrellas
pertenecientes al Condominio Draconis de Kurita. La
guerra, a veces abierta, a veces encubierta, entre el
Condominio y la Mancomunidad, había continuado
durante un año estándar tras otro. El propósito del Pacto
del Representante Vogel había sido liberar guarniciones
como los Comandos de Carlyle para que prestasen
servicios contra Kurita en posiciones más cercanas a la
Esfera Interior. Hendrik iba a tener que hacerse cargo de
la defensa de Trellwan y, con ello, de la defensa de todo
el sector contra los intentos depredadores del
Condominio. La ironía era que ahora, por el contrario,
Kurita estaba estableciéndose aquí personalmente.
Trellwan resultaría prácticamente ideal como base
avanzada de operaciones contra la Mancomunidad. Una
flota podía tener aquí su base y recargar combustible,
podía atacar bien profundo a mundos de la
Mancomunidad que nunca antes habían sufrido las
incursiones del Condominio. Podían atacar incluso la
capital, la propia Tharkad.
—General —Grayson intentaba de forma desesperada
parecer tranquilo. ¡Todos se reían de él! — Ministro,
Trellwan es tan importante para la seguridad de la
Mancomunidad . . .
—No nos interesa lo que es importante o no para la
Mancomunidad. Usted parece olvidar, Carlyle, que este
es nuestro mundo, no el suyo.
—General, los Lanceros . . . El Décimo Regimiento está
bajo su mando ahora. Debe tomar conciencia de que los
kuritanos no dejarán que se queden con los 'Mechs.
Adel asintió en tono agradable:
—Por supuesto, hablé largo y tendido con el
representante del Duque hace muy poco, por el visor.
Trellwan ya no necesitará más una lanza de 'Mechs
independiente. La Compañía E del Décimo Regimiento
de Guardias va a ser incorporada en su totalidad en las
fuerzas personales del Duque Ricol. Ese es un honor
singular, que usted debería apreciar, jovencito. Suponía
que la fuerza sería disuelta, pero cuando el oyó de su
éxito contra los piratas de Oberon, decidió que la unidad
podía ser transferida a su propio mando.
—¡General, usted no puede dejarles hacer eso!
Adel pareció perder la paciencia. Hizo un gesto hacia
Nolem, quien espetó a uno de los soldados:
—Usted. Aprese a este hombre y póngalo bajo arresto.
—¡Señor! ¡Comete un error!
Nolem dijo con desdén:
—¡Cometimos un error el día que dependimos de la
Mancomunidad para obtener ayuda! ¡Llévenselo!
Mientras los soldados agarraban a Grayson por los
brazos, una figura alta, pesada y con barba negra
apareció en lo alto de las escaleras. Debe ser el Duque
Ricol, pensó Grayson. El hombre vestía un uniforme que
era una única pieza desde los guantes hasta las botas,
totalmente roja salvo por el ribete negro y los broches
plateados en el talle, la garganta y el pecho. Mostraba,
entre la parte superior del brazo y el hombro izquierdos,
la sumamente estilizada capa protectora que ahora
estaba tan de moda entre los mundos de la Esfera
Interior. La capa, roja con ribetes negros y plateados, se
curvaba desde su hombro en torno a su nuca como si
fuese el cuello de una capa de cuello duro, y se
abrochaba en su hombro derecho con cadenas de plata
que relucían bajo la luz cuando se movía.
Detrás de él estaban su guardias personales, también
de rojo, pero con uniformes y blindajes que tenían una
apariencia militar mucho mayor que las galas del
Duque. Las culatas de las pistolas automáticas de
servicio aparecían en la parte superior de las pistoleras
que mantenían muy bajas en sus caderas. Las caras
estaban enmascaradas por anodinos visores de plástico
negro que surgían bajo sus cascos.
Ricol habló, con las manos en las caderas, con una
voz que resonó por encima de la multitud, que estaba
allí de pie a la espera y callada:
—¿Tengo el honor de dirigirme al gobierno de
Trellwan?
Adel saludó al Duque Rojo:
—Su Majestad se ha entretenido, mi Lord. Estará con
nosotros dentro de poco.
—No me gusta tener que esperar, Adel —dijo Ricol.
Descendió las escaleras con un aire imperial, con el
estado mayor y los guardias personales cerca y detrás
de él.
Grayson se puso rígido. Tenía que ser un complot.
¿Dónde estaba Varney? ¿Dónde estaba Jeverid? Fuese lo
que fuese ,lo que se tramaba, Grayson estaba
convencido de que Adel y su Guardia Real estaban
implicados, también. No solo era eso, los Lanceros iban
a ser entregados a este duque kuritano.
Con la entrada de Ricol, los soldados habían reducido el
apretón sobre los brazos de Grayson, absorbidos por el
espectáculo que suponía contemplar al Duque Rojo.
Moviéndose poco a poco, Grayson se encaminó entre la
multitud, dirigiéndose hacia una salida lateral del salón.
—¡Deténganle, idiotas! —El fuerte susurro de Nolem era
más un siseo que palabras, pero sonó más alto que un grito
en medio del anonadado silencio de la Sala. Oyendo las
pisadas de los soldados que le perseguían, Grayson echó a
correr, golpeando al pasar señores y señoritas de la corte
vestidos de gala, y lanzando un grito a un hombre de
cabello canoso y encorvado, con una capa negra, que se
encaminaba en mitad de su camino. Había otros guardias en
la puerta que llevaba al corredor, pero no podían disparar
sus armas con la multitud a espaldas de Grayson. Embistió
a uno de ellos, golpeando hacia abajo el casco que se
incrusto hasta los ojos de éste, pivotó y le dio un fuerte
golpe con el brazo en el pecho que lo envió hacia atrás
sobre los sorprendidos brazos de dos de sus camaradas.
Luego se movía por el pasillo, con los pies pisando fuerte
sobre la pesada alfombra, luego reverberando desde los
escalones de marfil cuando el corredor acabó y se vio
obligado a subir. La multitud se apartaba en el pasillo que
había a su espalda, y oía el repiqueteo que hacían las botas
al correr, así como los predecibles gritos de alto.
En lo más alto de las escaleras, el pasillo se ramificaba.
Miró a ambos lados, frenético e inseguro. Luego, se orientó,
recordando que un corredor conducía a las Oficinas
Ministeriales, incluyendo las de Stannic.
De forma repentina, Grayson tomó conciencia de que
tampoco había visto a Stannic en la Sala de Recepción.
¿Habían sido depuestos tanto Jeverid como Stannic? ¿O
simplemente podía estar el padre de Mara inconsciente de
que pasaba? Si pudiese encontrar al Primer Ministro, si
pudiese encontrar a Mara, la cual trabajaba con su padre
con mucha frecuencia en estas oficinas, quizás pudiese
avisarles. A menos que ya fuese demasiado tarde . . .
Dio la vuelta a una esquina y casi colisionó con un joven
trelano. ¡Era Claydon! Grayson abrió la boca para hablar,
luego se percató de que Claydon vestía la chaqueta verde
de un Guardia, con un brazalete negro que indicaba que era
un Tech de alta graduación. Así que había llegado a un
acuerdo con el General Adel. ¿O estaba con el Duque Ricol?
¿Era el nuevo Tech que remplazaría a Lori y Grayson?
Aunque su cabeza estaba repleta de preguntas, Grayson
simplemente asintió secamente y siguió de prisa mas allá.
Luego oyó el sonido de las botas de Claydon al descender
las escaleras que Grayson acababa de subir. ¿Le traicionaría
Claydon? ¿Ya le había traicionado?
Se zambulló en la sala exterior de recepción de la oficina
del Primer Ministro, y se quedó de pie con la espalda
pegada a la puerta, jadeando. Unos momentos más tarde,
oyó el repiqueteo de botas de nuevo, esta vez corriendo
más allá de la puerta y corredor adelante. Grayson dejó
escapar un suspiro con un susurro largo y lento. No había
sido consciente de haberlo retenido.
—¡Grayson!
Abrió los ojos y vio a Mara.
—¡Mara! ¿Qué HACES aquí?
—Podía hacerte la misma pregunta. Trabajo aquí.
—Mira, Mara, pasa algo terrible. Creo que el General Adel
ha maquinado una revolución. Está, ahora mismo, allí abajo
hablando con el duque kuritano y no hay signos del General
Varney o de la Milicia o . .
Se detuvo, con los ojos abiertos. Mara había metido las
manos por detrás del elegante escritorio que dominaba la
habitación y había sacado una impecable pistola de agujas
de alimentación automática. El cañón estrecho y en
hendidura de la pistola estaba apuntado a su corazón.
—¡Mara! ¿Qué . . . ?
—Realmente eres tonto, ¿sabes? Vosotros, los de la
Mancomunidad, creéis que la galaxia gira a vuestro
alrededor, que podéis usar a la gente, que podéis usar
los mundos sin pensar en absoluto en su bienestar . . .
—¿De qué hablas, Mara? Yo . . . Yo . . .
—¡Cállate! —espetó ella. Manteniendo la pistola
centrada sobre el pecho de él, Mara buscó por detrás
del escritorio de nuevo, y Grayson, de forma inmediata,
oyó el sonido de una alarma situada en algún lugar
alejado.
Stannic apareció detrás de su hija. Viéndole vestido
con un resplandeciente uniforme verde y dorado de los
Guardias Reales, Grayson recordó haber oído que
Stannic era un oficial retirado de los Guardias. Llevaba
un pintoresco racimo de medallas sobre el pecho,
incluyendo la reluciente Estrella Carmesí:
—¿Qué es todo esto, Mara?
—Un intruso, Padre.
—Ah, es el joven Carlyle. Lo siento, hijo, pero esto es
lo mejor. Apreciábamos tu ayuda, pero puedes ver que
ahora no es necesaria. El Duque Ricol se encargará de
nuestra defensa.
—Señor, no sabe lo que significará eso. Nos hemos
enfrentado al Condominio Draconis durante años, y . . .
—Exactamente. Tu pueblo se HA enfrentado a ellos
durante años, y tu, simplemente, no puedes tener una,
diríamos, actitud sin prejuicios ante ellos.
La puerta estalló al abrirse detrás de Grayson, y en la
sala entró una multitud de hombres armados.
—Aquí está el prisionero —dijo Mara. Las manos se
cerraron sobre los brazos de Grayson, manteniéndole de
pie cuando creyó que iba a desplomarse. Estaba
mareado . . . débil.
Desde lejos, oyó que el General Adel decía:
—Siento las molestias, Vuestra Majestad.
Stannic soltó una risita entre dientes:
—No se preocupe, General. Solo compruebe que
ahora no se le escapa, ¿eh?

******

La única razón por la que Lori había estado despierta


era que no había estado sola. Garik Enzelman estaba
con ella, los dos compartiendo recuerdos de Sigurd con
suaves toques y lentos besos.
Se había acercado a Garik después del intento de
asesinato. Había sabido que Grayson se dirigía al
apartamento de Mara ese día, y su propio dolor y celos
la habían conducido hacia la única persona con quien
podía hablar, recordar y sentirse menos sola.
Rememoraron la vida en Sigurd, la luna de un gigante
gaseoso con un brillo plomizo. Sigurd, que rodeaba a
una estrella F4 brillante pero distante, era incluso más
frígido e imponente que Trellwan. Hablaron de sus
experiencias en el servicio en Sigurd y de las que había
tenido desde entonces. Y hablaron de su futuro en
Trellwan.
No había llegado a ninguna decisión segura, más allá
del hecho de que el futuro para ellos parecía oscuro.
Enzelman quería unirse a las fuerzas draconianas. En
ese caso, al menos, no tendría que enfrentarse con el
prejuicio en contra de Oberon que tenían los indígenas
de Trell. Lori no estaba tan segura, pero aun así le
escuchaba a él.
Garik era dos años estándares más joven que Lori. Las
maneras bruscas, casi ineptas, de él y su estudiada
ausencia de amabilidad le permitían a ella estar segura
de que nunca habría trabado amistad con el tipo de no
ser por el hecho de que era el único hombre en un radio
de varios cientos de años luz en quien podía confiar.
Bien . . . casi. Podía compartir con él lo que ella no
ocultaba afanosamente en algún lugar dentro de su
dolor y su confusión. ¿Por qué seguía pensando en
Grayson?
—Los Dracos no serán mucho mejores.
—Realmente no veo que opción tenemos —dijo Garik
—. Si nos quedamos en Trellwan, nos enfrentamos a la
prisión . . . o a la muerte. Entiendo que les divierta dejar
a la gente libre en el desierto, indefensa.
—Puede que los draconianos no nos quieran. —Ella
recordaba la elegancia y disciplina de las legiones que
desembarcaron de las Naves de Descenso. Esos eran
soldados profesionales, en todo el sentido de la palabra.
—Pero también puede que nos quieran. El personal
técnico siempre en necesario. Y la pelea ha terminado.
Eso significa que reclutaran y entrenarán gente para su
próximo proyecto, sea el que sea.
—¿Si? —Se preguntaba donde estaba Grayson. Este
periodo, había estado con Mara, sin lugar a dudas; pero
¿dónde estaría después de esta reestructuración de la
unidad? El General Adel no le iba a dejar a él a cargo de
una fuerza tan potente como una lanza de 'Mechs. Ya se
habían producido estallidos violentos cuando las
unidades de los Guardias habían ordenado que la Milicia
se disolviese y se extendían rumores de que el General
Varney había sido puesto bajo arresto.
Ambos oyeron el silbido del aerodeslizador en el
exterior del edificio al mismo tiempo. Cuando Lori
escudriñó el exterior más allá de las cortinas, había
visto los quince o veinte Guardias desmontar de los
TADs y converger en la puerta de la habitación de ella.
Era evidente que no se trataba de una visita social. Con
los Guardias en el poder, con Adel llevando la voz
cantante, ella y Garik se habían convertido en objetivos.
Se vistieron con celeridad, y se estaban poniendo las
botas y las chaquetas cuando empezaron los porrazos
sobre la puerta:
—Por aquí —dijo Lori. Deslizándose a través de la
puerta de cristal situada al otro lado del apartamento,
se metieron en el patio vallado de detrás del edificio y
atravesaron la calle a toda velocidad hacia el CG de los
Lanceros.
Delante del antiguo arsenal de la Milicia se producían
tiroteos esporádicos y ruidosos; pero no había señales
de un asalto importante. Las tropas, tanto de la Milicia
como de los Guardias, se movían a lo largo de calles ya
atascadas de civiles asustados. Además no parecía
existir organización, en absoluto, en los movimientos de
ninguno de los dos grupos.
El Capitán Tor se encontró con Lori y Garik en la
puerta del arsenal con una MP-20 en sus manos. Detrás
de él estaba el Sargento Ramage, sin chaqueta y con un
rifle TK. Ramage temblaba de frío.
—¡Lori! —exclamó Tor— ¡Estás bien!
Incluso Ramage parecía aliviado. Aunque
aparentemente no se oponía a la posición de Lori en la
unidad, el Sargento Ramage se había mantenido
perfectamente neutral hacia ella. Ahora sonrió
abiertamente a Lori y dijo:
—Ibamos a ir por ustedes. Habíamos oído que habían
enviado los Guardias en su búsqueda.
—Pero, ¿cómo?
Ramage movió la cabeza en dirección al CG del
arsenal:
—Sintonizamos su frecuencia de operaciones con la
radio de mando del Locust. Se trata de un
levantamiento general de los Guardias. El Ministro
Stannic se ha proclamado Rey y nadie sabe lo que le ha
pasado a Jeverid. El problema empezó cuando las
unidades de la Guardia empezaron a desarmar a la
Milicia.
—¿Qué pasa con los Lanceros?
—La orden llegó hace aproximadamente una hora.
Debemos retirarnos y esperar a que el Capitán Nolem se
haga cargo de nosotros. Parece que vamos a ser
transferidos a los Dracos.
—¡Los Dracos!
—Lori —dijo Tor, con la preocupación arrugándole la
cara—. Hay algo peor. Tienen al Teniente. Interceptamos
un informe de que era llevado al CG de los Guardias
desde Palacio.
No importaba la mezcla de dolor y rabia que sentía
hacia Grayson, no se quedaría quieta mientras los
Guardias se lo llevaban a las celdas. Había demasiadas
probabilidades de que Grayson Death Carlyle no
reapareciese nunca más una vez que lo metiesen en el
CG.
Levantó la vista hacia a Tor:
—Ren . . . ¿está listo el Locust?
—Lo encendimos cuando empezamos a escuchar a
escondidas las transmisiones. ¿Por qué?
—Escucha, ponte en contacto con tanta gente como
puedas. —Luego, ella dio instrucciones a gran velocidad
a Ramage y Tor. La unidad tenía que ser reunida, el
Stinger y el Wasp encendidos y sacados de la ciudad.
Aun no estaba segura de donde irían. Quizás a las
montañas. Maldición, pensó ella, si estuviese aquí
Grayson. El conocía la tierra, conocía el terreno y donde
podían ser capaces de esconderse. Sin embargo, había
una cosa segura. No podían quedarse donde estaban.
—Sargento, Capitán Tor . . . Cuento con ustedes.
Traigan a todos los que puedan de vuelta al CG,
establezcan un perímetro y manténganlo. Envíen a
todos los aerodeslizadores que tenemos en busca de
nuestra gente. La ciudad va a estar a disposición de
cualquiera durante horas, así que deberían ser capaces
de hacerlo. No peleen con los Guardias. Solo traten de
evitarlos. Y llamen al Cabo Yee. Que prepare una
escuadra para un misión de apoyo terrestre a un 'Mech.
—¿Dónde va usted? —Ramage parecía preocupado.
Lori no respondió. Ya estaba corriendo hacia el Locust.

******

Un escuadrón de los Guardias había escoltado a


Grayson, a lo largo de los terrenos de Palacio y una calle
abarrotada de gente, hasta el edificio del Cuartel
General de los Guardias Reales en el Eje. Había celdas
de encarcelamiento en los sótanos y una patrulla, de la
fuerza de un pelotón, de Guardias armados y blindados
recorriendo los terrenos exteriores.
Mientras era conducido escaleras abajo, Grayson
podía oír un sistema de discursos públicos en algún
sitio, a lo lejos, dejando caer las noticias de que Trellwan
era ahora parte de la gloriosa hermandad del
Condominio Draconis. A la gente se le decía que se
dispersase, que volviese a sus hogares y escuchase las
nuevas noticias en sus visores. La muchedumbre, sin
embargo, no daba señales de estar dispuesta a
dispersarse.
Su celda estaba razonablemente limpia, y estaba
amueblada con lavabo, aseo, litera, silla y mesa. La
desnuda bombilla eléctrica que colgaba del alto techo
de la celda lanzaba una fuerte luz amarilla sobre las
gruesas paredes de piedra, que estaban rotas solo por
un enrejado de barras de acero cerradas de forma
electrónica. Grayson sabía que no saldría de allí sin
permiso.
Se dejó caer pesadamente hasta sentarse sobre la
litera, sintiéndose cansado como si sobre sus hombros
tuviese una pesada mochila. ¡Pensar que ahora Stannic
era el Rey de Trellwan! Grayson tomó conciencia de que
el Primer Ministro debía haber estado trabajando para
lograr dicha meta todo el tiempo; siendo los Lanceros y
él mismo dos simples peones más en su lucha por
consolidar el poder. De algún modo, el conocimiento de
que había sido usado no le dolía tanto como su pena por
no poder continuar con la campaña contra los asesinos
de su padre. Eso era lo que le dolía en el alma y le
dejaba furioso a causa de la frustración.
Habían llegado rumores de que los piratas de Hendrik
habían rendido el Castillo en lugar de luchar contra el
regimiento de BattleMechs modernos y bien equipados
que desembarcaban en el espaciopuerto. Ni siquiera el
conocimiento de que los piratas estaban derrotados, y
ahora eran prisioneros, le consolaba. El puño derecho de
Grayson impactó en su palma izquierda con un tortazo
angustiado. Había deseado derrotar al Marauder por sí
mismo. No le consolaba recordar que ni siquiera sus tres
'Mechs ligeros podían haberlo logrado.
Cuanto más pensaba en ello, paseando por la celda
mientras sus pensamientos daban frenéticos círculos,
más se preguntaba si la situación estaba tan clara como
parecía. Después de todo, los piratas se podían haber
retirado a las montañas, e incluso haber forzado una
situación bastante equilibrada para negociar unas
condiciones mejores. Y ¿qué les iba a pasar a los
hombres de Hendrik que se habían rendido? Por alguna
razón, no creía que se hubiesen rendido con tanta
facilidad si fuesen a ser fusilados o vendidos como
esclavos en algún mundo mercado de los dominios del
Condominio.
El paquete en su totalidad parecía demasiado bien
presentado. Y era una coincidencia excesiva que el
Duque Ricol aterrizase aquí en este MOMENTO . . . en
este MOMENTO . . . de todos los posibles momentos y
lugares.
El complot olía cada vez más y peor, haciendo que
Grayson desease de forma desesperada que tuviese
algún medio de comprobar quien era el Duque Rojo. Los
ordenadores del Castillo tendrían los registros que
necesitaba, a menos que los hombres de Hendrik
hubiese hecho un borrado completo, lo que era bastante
poco probable. Los registros de ordenador de cualquier
tipo eran tan preciosos como la inteligencia militar. Los
hombres de Hendrik analizarían tales registros, pero no
los habrían destruido aun.
Dio un manotazo contra un húmedo y frío muro de
piedra, dejando que el repentino dolor lacerante
calmase su mente. No era bueno pensar en círculos
como esos. NO debería pensar en comprobar registros
hasta que saliese de aquí. Además, si todo esto FUESE
un tipo de complot monstruoso, era bastante poco
probable que jamas lograse salir de nuevo. Alguien que
recorriese ese corredor . . . una pistola que disparase
tras su oreja . . . era un destino más que probable para
el Libertador de Sarghad.
Pensó en Mara. Justo cuando se preguntaba si Claydon
iba a traicionarle, todo ese tiempo había sido Mara;
Mara y su padre. Muchas piezas del puzzle empezaban a
encajar. La trampa la noche que había conducido 50
hombres contra el supuestamente dañado Shadow
Hawk: ¿había sido Stannic quien había delatado el
ataque, enviándolos a una trampa? Eso sugería algún
tipo de conexión a tres bandas entre el Duque Ricol,
Stannic y los piratas. ¿O había estado Stannic
cooperando con ambos, los piratas y el Condominio,
para asegurarse el respaldo del ganador?
Y estaba la destrucción de la casa de Berenir, la
muerte del mismo en las ruinas ardientes. Podía haber
sido casualidad, pero Berenir había estado hablando con
Stannic momentos antes, hablándole de Grayson. Tres
Guardias Reales habían tratado de hacer prisionero a
Grayson dentro de la vivienda, y la casa de Berenir
había sido atacada de forma singular no mucho después
de eso. ¿Quizás era Mara la conexión?
No lo retendrían aquí mucho tiempo, decidió Grayson;
y menos ahora que se había vuelto alguien incomodo.
Ese paseo por el corredor podía llegar muy pronto. Se
desplomó de espaldas sobre la litera; los ojos le
picaban, la cara estaba húmeda con las lágrimas. Bien,
había logrado hacer un montón de cosas mal.
24

Grayson se despertó a causa de un sonido atronador,


distante pero creciente a medida que se acercaba. En
algún punto más allá de los oscuros corredores de la
zona de celdas, oía a los hombre correr, y los gritos.
Totalmente despierto ya, se incorporó sentándose en la
litera, mientras se veía rociado por el fino polvo de yeso
que caía sobre él desde el techo, tamizándolo.
El trueno se acercaba más, como un golpe que
fragmentaba las rocas y que hacia un ruido sordo y parecía
golpear incluso en el muro. Se produjo una pausa en el
bombardeo y, luego, Grayson escuchó el fuerte traqueteo
de las ametralladoras pesadas que eran disparadas muy
cerca —quizás en el exterior del edificio. Con un sobresalto,
tomó conciencia de que justo fuera había una batalla.
Se produjeron más estallidos atronadores, mucho más
cerca esta vez. Rocas y piedras rotas aparecieron a través
del pasillo externo que conducía a su celda, y de repente se
apagaron las luces. En la oscuridad, el jaleo parecía incluso
más infernal, con gritos, chillidos y disparos que
reverberaban a lo largo de los corredores. Luego, un par de
soldados estaban en el exterior de su celda,
deslumbrándole los ojos con el brillo de una linterna de
mano que atravesaba el aire lleno de polvo.
—¡Teniente, señor! ¿Está bien?
Reconoció a los hombres. El Cabo Yee y un soldado
llamado Thorel. Yee usó una llave electrónica en la
cerradura: —¡Rápido, señor! ¡La Sargento ha aparcado en
una zona ilegal allí arriba! —Aturdido, Grayson dejó que le
condujesen fuera de la celda, más allá de los escombros y
las paredes derribadas, y subió un corto tramo de escaleras
hasta el nivel principal del edificio.
La pared delantera había sido aplastada hacia dentro, y
ahora cubría el casco del Locust, que estaba agachado entre
los escombros aproximadamente donde el escritorio del
sargento de guardia había estado hasta hacía muy poco.
Lori estaba allí, abrazando una MP-20 entre sus brazos,
indicándole que se acercase.
—¡Lori! ¿Cómo . . .
—¡Más tarde! Tenemos que salir de aquí. —Ella se volvió
hacia el cabo.— ¡Yee! Coja su escuadra y regresen al CG.
Cubriré su retirada.
Grayson miró a Yee, y asintió. Al ocurrir las cosas de forma
tan rápida, se había dejado arrastrar por ellas. Sabía que
ahora debía concentrarse, hacerse cargo de nuevo —de sí
mismo y de su unidad. Primero, necesitaban un lugar de
reunión, algún sitio en que reunir la unidad: —Llegará allí
por delante de nosotros, Cabo. Dele al Sargento Ramage un
mensaje de mi parte. Dígale que se prepare para partir.
Mantenga el perímetro, cargue lo que pueda en todo
vehículo disponible y salga pitando. Nos reuniremos en la
Falla del Trueno.
—¿La Falla del Trueno, señor?
—Exacto. Está señalada en mis mapas. Eviten el
espaciopuerto y el Castillo, pero vayan a la Falla del Trueno.
Sigan el flanco oriental del Monte Gayal al otro lado del
Castillo. Los 'Mechs pueden atravesarlo. Los
aerodeslizadores tienen que ir al oeste del puerto, corriendo
a toda velocidad y esperando no ser detectados.
Yee saludó de forma resuelta, se reunió arriba con el resto
de la escuadra y los condujo hacia la oscuridad.
Grayson dio un par de pasos:
—Ahora . . . suministros . . .
Los dientes de Lori resplandecieron en la tenue luz:
—Ya nos hemos encargado de eso. Liberamos un par
de TADs detrás de este edificio cuando entramos. Se
dirigen hacia el CG.
—¿Comida?
—Tenemos algo. Pero, sobretodo, tenemos
municiones, algunas armas y combustible.
—Vale. Tendrá que valer.
Figuras a la carrera se movían en la distancia,
sombras contra la oscuridad. La luz parpadeaba con el
tartamudeo de los disparos automáticos, y las balas
siseaban y chasqueaban a través del aire que les
rodeaba.
Lori señaló con un dedo hacia el 'Mech agachado:
—¡Movámoslo, Teniente!
Los disparos de rifle automático desmenuzaban los
escombros y chirriaban contra el blindaje del Locust.
Lori empujó a Grayson hacia la escotilla abierta en el
vientre que se levantaba a unos dos metros del suelo.
Grayson subió por la escalera de cadena que colgaba
debajo de la escotilla y entró en el 'Mech.
La carlinga del Locust era incomoda para uno. Con
dos, resultaba claustrofóbica. Lori se quitó la chaqueta
por los hombros y se apretó al pasar junto a él,
deslizándose en el asiento de control y colocándose el
casco neurálgico sobre su rubia cabellera. Grayson
estaba obligado a permanecer detrás del asiento,
agachado y con la cabeza y el cuello rozando contra la
maraña, como espaguetis, de haces de cables de todo
tipo que se extendían por el techo. El 'Mech giró
lentamente, luego dio una sacudida libre de los
escombros, que cayeron en cascada sobre el suelo con
un rugido de piedras y restos. Estaban encendidos los
dispositivos de infrarrojos del Locust. Contornos
borrosos de luces blancas y verdes relucían y se movían
a lo largo de la oscuridad azul mientras los soldados se
acercaban.
Con el crujido del metal que ponía trabas para
moverse, el Locust se levantó en toda su altura,
pivotando para encarar a sus atacantes. La mano
derecha de Lori tiró de los controles de la ametralladora,
y las relucientes balas trazadoras dejaron grabados sus
rastros de luz a través de la pantalla. Una de las
relucientes formas cayó y se quedó tirada en el suelo.
Grayson se inclinó para acercar su cara más a la de
Lori. Incluso bajo el calor de la carlinga del Locust, era
muy consciente de la calidez de ella, de su cercanía:
—¿Tienes un plan?
—Bien . . . sobretodo, encontrarte.
—¿Y ahora que lo has hecho?
Algo golpeó, con un ruido alto y fuerte, el blindaje del
torso del Locust, haciendo que silbasen los oídos de
Grayson e, incluso, que le doliesen los dientes:
—Supongo que el siguiente paso en el plan es seguir
vivos —dijo Lori—. ¿Qué fue lo que dijiste sobre la Falla
del Trueno?
Grayson asintió mientras se colgaba de un asidero del
techo. Era difícil mantenerse de pie mientras la carlinga se
balanceaba de un lado a otro con cada zancada que daba el
'Mech: —Sí. Un lugar que conozco en las montañas. Un
pequeño ejercito podría esconderse allí. — Escuchando el
estruendo sobrenatural que sonaba contra el blindaje de la
carlinga, Grayson reconoció que se trataba del ritmo de
staccato de los disparos de las ametralladoras pesadas
sobre el caso exterior.
—Pueden seguirnos.
Grayson sonrió, con una luz fría en sus ojos: —Déjalos. Los
aerodeslizadores no serán capaces de realizar la caminata
de subida al Gayal. Ninguna otra cosa que tengan es
bastante rápida.
—¿Has estado allí?
—Muchas veces. Conozco el terreno. Es escarpado y
demasiado empinado. Ni siquiera un aerodeslizador de
exploración lo lograría.
—¿Podemos nosotros?
—Sin problemas.
Grayson no añadió que habían dos tipos de vehículos que
podían seguir el rastro del Locust mientras subía el flanco
del Gayal en dirección hacia la Falla. El terreno escarpado
no detendría a los vehículos aéreos. No sabía si el
Regimiento del Condominio tenía cazas aerospaciales en el
puerto, pero sabía que los bandidos habían tenido
helicópteros. Había bastantes posibilidades de que
estuviesen armados, al menos, con misiles anti blindaje. O,
si no lo estaban, que pronto lo estuviesen.
El otro vehículo que podía seguirles era otro 'Mech.
—Mejor que avisemos al resto de la unidad —dijo él—.
Puede que Yee no haya llegado.
Grayson vio como los músculos de las mejillas de Lori se
juntaban mientras ella abría una línea de comunicaciones.
Empezó a hablar con alguien que la escuchaba, sugiriéndole
la reunión en la Falla del Trueno.
¿Y después de la Falla, qué? Se preguntaba a sí mismo
Grayson. Lo que le venía a la mente era la conversación que
había tenido con Tor sobre la idea de capturar una nave
para salir de Trellwan. Grayson se aferró a esa idea, con una
mezcla de esperanza y miedo.
Sabía que capturar una nave sería una empresa difícil. La
Nave de Descenso del espaciopuerto era simplemente una
lanzadera de transporte entre la superficie de un planeta y
la verdadera nave estelar, que estaba diseñada para
permanecer cerca de los puntos de salto de una estrella sin
aproximarse jamás a un planeta. La "Ingrata" estaría ahora
en el punto de salto de Trell, mientras los propulsores de ion
la mantenían en la posición haciendo frente a la gravedad
de la estrella. La nave podía tener la tripulación original de
Tor, además de un numero desconocido de piratas de
Hendrik. O tal vez el Duque Rojo podía haber puesto ya sus
propios hombres a bordo. No había forma de saberlo.
Incluso era posible que la "Ingrata" ni siquiera existiese,
vaporizada por un misil lanzado por la flotilla del Duque
Ricol cuando aterrizó desde el punto de salto. No obstante,
eso era improbable. Las naves estelares representaban un
recurso de los días de la vieja Liga Estelar que todos ponían
mucho interés en mantener. Dado que las naves estelares
solo podían ser construidas en unos pocos astilleros que
quedaban de la vieja Liga, la misma consideración práctica
que había prohibido, de forma efectiva, el uso de las armas
nucleares evitaba la destrucción de las ultimas naves
estelares que le quedaban al hombre. Los navíos que
viajaban por las estrellas podían ser capturados; pero nunca
eran destruidos.
La "Ingrata", por lo tanto, estaría protegida, bien por los
hombres del Duque o bien por los de Hendrik. Pero la clave
para conseguir la nave estelar era la Nave de Descenso que
aún ocupaba un sitio en la pista de despegue del
espaciopuerto de Trellwan. Un piloto —y Tor era el único
piloto que Grayson conocía en el planeta— podía ser capaz
de llevar un fuerza de asalto lo bastante cerca para capturar
la nave de carga.
La alternativa era permanecer en Trellwan hasta que
otra nave llegase al puerto. Con el Duque Ricol a cargo
en el planeta, era poco probable que llegase alguna
salvo que fuesen otras naves al servicio del Condominio
Draconis.
La tercera alternativa era permanecer en la ciudad,
donde, sin duda, serían cazados y asesinados. O podían
esconderse en el desierto o en las tierras vírgenes más
allá de las montañas junto al mar ecuatorial. Allí podían
esperar vivir unas pocas semanas o meses hasta que se
agotasen los víveres, hasta que fallasen los sistemas y
el clima o el agua envenenada por el metal los matase.
Si trataban de coger una nave al menos tenían una
oportunidad de sobrevivir. Grayson estaba ansioso por
reunirse otra vez con Tor, de modo que pudiesen discutir
las posibilidades.

******
El Duque Hassid Alexander Ricol levantó la vista, a
través de los dedos estirados y unidos, hacia su jefe de
guerra:
—Bien, ¿Singh? ¿Qué tienes que informar?
Singh estaba de pie en posición de firmes ante su
maestro, ataviado con una uniforme negro de paseo
perfecto con el cuello y las presillas del puño azules de
las Fuerzas Especiales del Condominio. El Duque aun
llevaba su ajustado uniforme rojo, recargado con los
galones dorados que personalmente encontraba tan
ordinarios, pero que nunca dejaban de impresionar a las
personas con mentalidad clasista. Su propia oficina
reflejaba sus verdaderos gustos, una simplicidad casi
espartana disipada solo por un holovideo, muy lujoso,
de tres dimensiones y del tamaño de una pared que
mostraba un río de montaña, cielos azules y un bosque
verde. El río mostraba una corriente fuerte, con espuma,
que acababa en un estanque, con ondas interminables.
Ocupaba un lateral de las paredes de la oficina donde
Ricol podía observar su animación continua.
La pared de detrás de su escritorio mostraba un mapa
topológico de la región de Trellwan, desde el sur de
Sarghad hasta las orillas al sudeste del Mar de Grimheld
a lo largo del ecuador. El mapa estaba dominado por los
retorcidos contornos de altitud bien espaciados de las
montañas situadas al norte y al este de la ciudad.
—La situación en la ciudad es satisfactoria, Señor.
Stannic y su gente están al mando, la milicia ha sido
disuelta en su mayoría y nuestra gente controla los
principales centros de gobierno y comunicaciones.
—¿Qué significa "disuelta en su mayoría"?
—Hubo resistencia ante la orden de disolución, por
supuesto. Algunas unidades lucharon. Algunas luchan
todavía. Envié una lanza a la zona del Palacio para
sofocar los disturbios que se producen allí.
—¡Maldición, Singh, no podemos tener una lucha
prolongada allí! ¡El propósito de esta misión es asegurar
Trellwan como un lugar amistoso, no como uno
conquistado y en el que colocar una guarnición! ¡Esta
miserable bola de excrementos no nos sirve de nada si
debemos luchar para mantenerla!
—S-sí, Señor. Le aseguro que los incidentes han sido
leves.
—Leves. ¿Y qué pasa con los 'Mechs de Trellwan?
—Ah . . . sí, Señor. —Ahora, el sudor caía por la cara
de Singh. Había servido al Duque Ricol durante quince
años estándares, y aun sentía pavor ante la cólera del
hombre.— Dos de los 'Mechs locales han sido tomados
por los rebeldes, mi señor, el Locust y el Wasp. Hemos
cogido un segundo Wasp que aparentemente ha sido
usado como fuente de piezas de repuesto. Ha perdido
tanto la cabeza como las armas. El Stinger que nos
quitaron está perdido . . .
—Lo que significa que alguien se lo ha llevado a las
montañas, también.
—¿Las . . . las montañas, Señor?
Ricol sonrió de forma desagradable, y se giró sobre su
silla para señalar en el mapa de la zona con un
cuidadoso movimiento de su mano:
—¿En qué otro lugar? Al sur o al oeste no hay nada
más que un desierto interminable y llanuras de
minerales. Si quieren mantenerse lejos de nuestro
alcance, se reunirán en algún lugar entre las montañas,
lejos al norte. —Se inclinó más cerca del mapa,
escudriñando.— Allí hay un paso importante, unos pocos
kilómetros al norte de aquí . . .
—La Falla del Trueno, mi Señor. He estado allí, y lo he
verificado. El suelo de la Falla está sumergido en un lago
glacial. No habría ningún paso por allí.
—Mmm, me pregunto. Los 'Mechs pueden viajar bajo
el agua. Lentamente, sin dudas, pero podrían hacerlo.
—Desde luego, Señor.
—Y la pequeña flota de aerodeslizadores militares que
han desaparecido en las últimas 20 horas podrían
deslizarse por encima de la superficie del lago.
—Sí, Señor; pero la orilla norte del lago acaba en un
avalancha de cataratas que descienden un centenar de
metros o más hasta el Mar de Grimheld. Además, el
propio lago recibe una catarata estacional de
considerable poder que esta a punto de empezar en
esta estación. En ESA dirección no tendrán forma de
escapar.
—Mmm . . . bien . . . bien. —El Duque volvió a girarse
para encarar a su subordinado, rascándose con la mano
la parte inferior de su poblada barba negra.— Quiero a
esos rebeldes, Singh. Muertos o vivos, los quiero.
—¿Realmente son tan importantes, Señor?
—Uno de ellos lo es. El chico de la Mancomunidad del
que me hablaste, el joven Carlyle. Si sobreviviese,
saliese del planeta, puede reunir bastante de lo ocurrido
aquí. Podría hacer que los ojos de la Mancomunidad se
dirigiesen de nuevo hacia Trellwan, traer una flota de
refuerzo antes de que estuviésemos preparados para
hacerles frente. ¡Singh, piensa en ello! Un barrido sobre
Tharkad desde una base bien dentro de su propia
Periferia de la que siquiera sospechan. ¡Una sorpresa
total!
—Sí, mi Señor.
Ricol volvió a girarse hacia el mapa y lo estudió
durante varios segundos:
—¿Tienes helicópteros?
—Sí, mi Señor. Cuatro están reparándose, pero hay un
par de naves de ataque Warrior H-7 y un transporte UR
Karnav. Los hemos usado para vuelos de reconocimiento
y para viajes rápidos entre el Castillo y el puerto.
—Yo puedo contribuir con dos Warriors más. No es
bastante para esa dentada soledad, pero tendrá que
servir. —Señaló hacia las montañas al norte del Monte
Gayal, luego a las llanuras y a las estribaciones
montañosas del este.— Quiero estas zonas patrulladas,
empezando desde ya. Algo tan grande como tres
BattleMechs debería ser localizado con bastante
facilidad incluso en un terreno accidentado, y ellos
DEBEN estar allí. No existe ninguna otra elección
inteligente para ellos. Cuando los encontremos, los
sacaremos del escondrijo con dos o tres lanzas de
'Mechs. Los pillaremos donde quiera que se escondan. Y
Carlyle morirá.
—Sí, mi Señor.
—Ponte a ello, Singh. Tengo cosas que hacer.
Singh saludó, con el puño levantado hasta el corazón;
luego, lo llevó hacia arriba y hacia delante con los dedos
rígidos y estirados. Ricol desvió su atención hacia una
pequeña pantalla de ordenador que había sobre su
escritorio.
Carlyle era una complicación inesperada en el plan,
pero eran tales complicaciones las que añadían sabor a
la Gran Caza. Quizás el mismísimo Cazador Rojo
lideraría la persecución terrestre de estos rebeldes.
Hacía mucho tiempo desde que personalmente había
tomado el control de un 'Mech en batalla. El
pensamiento revolvía la sangre de Ricol, y llevó una
oscura sonrisa a su barbudo rostro.
25

Mientras el Locust seguía subiendo las farragosas


pendientes al este del Monte Gayal, el suelo se
convertía en algo cada vez más rocoso y más quebrado.
Las temibles tormentas de duración semanal de
Trellwan habían excavado profundos barrancos que
giraban y bajaban por las faldas de la montaña. Aun
estaba oscuro, pero el cielo del este mostraba un indicio
gris perla a lo largo del horizonte, señalando el inicio del
largo crepúsculo de Trellwan. La salida del sol estaba
aun a dos días estándares. Aunque aun era de noche, la
temperatura aumentaba, y había estado haciéndolo
desde una semana antes en el Lejano Pasaje. Las nubes
de nieve se deslizaban por encima de las montañas, y
los picos helados destellaban bajo la luz previa al
amanecer.
Dentro del Locust, hacia calor y éste aumentaba. Lori
había elevado la salida de energía del reactor del 'Mech
a medida que el terreno se hacía más empinado, y los
disipadores de calor luchaban por controlar el exceso de
calor del sistema. Grayson había sostenido abiertos
tanto el sello interior como la escotilla exterior, pero la
apertura no era bastante para enfriar la carlinga. Hacía
tiempo que se había quitado la chaqueta y la camisa del
uniforme, y Lori se había quedado en un ligero jersey de
mangas cortas y calzones. El sudor goteaba por la cara
de ella bajo el casco neurálgico, y moldeaba la camiseta
en cada protuberancia y curva de su torso. Sus piernas
eran largas y bonitas.
Era difícil no darse cuenta de lo atractiva que era,
incluso bajo el calor de esa incomoda carlinga.
Lori volvió la cabeza y captó la mirada de Grayson:
—Olvídelo, Teniente —dijo ella. Parecía cansada—. No
estoy interesada.
—Yo tampoco lo estoy, Sargento. Yo tampoco lo estoy.
Solo conduzca, ¿vale?
Grayson pensó que había detectado un rayo de dolor
en los ojos de Lori antes de que volviese a girar su cara
hacia la pantalla con las imágenes infrarrojas. El Locust
continuó ascendiendo, caminando con sus amplios pies
con reborde a través del traicionero terreno usando el
propio sentido de equilibrio de Lori.
Una luz de aviso centelleó sobre la consola.
—Un vehículo aéreo —dijo Lori—. Viene desde el sur . .
. bajo y rápido.
—Vale. Nos quedamos como una roca. —Levantó las
manos por detrás de él y tiró de la escotilla hasta
cerrarla, cortando el rastro de aire frío que se colaba
desde el exterior.— Para los disipadores.
El Locust se agachó, doblando las piernas inclinadas
hacia atrás para hacer bajar la carlinga a unos pocos
metros del suelo. Mientras se hundían hacia la tierra, las
piedras a su alrededor parecían alzarse desde el suelo,
ocultándoles. Con los disipadores de calor apagados, el
'Mech ya no vertía el exceso de calor en la fría
atmósfera. Su casco aun estaría más caliente que las
piedras que les rodeaban y sería detectable con un
dispositivo de infrarrojos, pero las volutas de calor que
salían como géisers ya no actuarían como llamaradas
candentes que atrajesen la atención del buscador.
Esperaron. Aunque el Locust no se movía, el motor de
energía aun funcionaba, y no había forma de eliminar la
creación de calor. La temperatura subió
vertiginosamente hasta los 45 grados. Grayson y Lori
tomaron un trago de agua tibia del tanque de agua de la
carlinga, él se secó la cara con la camiseta. ¿Cuánto
más duraría esto? No parecía que Lori pudiese aguantar
mucho más. Estaba sentada sobre la silla, en una
postura desgarbada, con la mano sobre los controles de
la ametralladora del 'Mech, con los ojos medio cerrados
y los labios separados.
—¿Quiere que coja los controles por un rato,
Sargento? —A su pesar, susurró. No había forma de que
el helicóptero detectase sus voces, pero resultaba difícil
enfrentarse a la sensación de que había un enemigo
muy cerca, escuchando.
Ella movió la cabeza:
—No. Preferiría . . . HACER algo. Cualquier cosa.
Asintió, y se combó contra el apoyo de un asidero del
techo. Si hubiese sitio en el reducido espacio para que
se pudiese sentar, también . . .
La pantalla de imágenes mostraba el avión: un
delgado aerodinámico helicóptero Warrior. Grayson
podía imaginarse los afustes de misiles salir desde los
flancos del vehículo. Pasó más allá de ellos, arrimándose
al terreno mientras se movía hacia arriba por el flanco
de la montaña a dos kilómetros al este de su lugar de
escondite.
—No nos ve —dijo Lori sin necesidad.
—Dale tiempo. Se movía demasiado rápido para tener
un grupo terrestre que le siguiese, pero puede haber un
segundo avión.
Por suerte para Lori y Grayson, no lo había. Después
de una pequeña eternidad de quietud sofocante, ella
abrió completamente los disipadores de calor del 'Mech,
y la máquina se levantó sobre sus pies y recuperó el
ascenso.
Hacia el norte, el espolón de una estrecha cumbre
conectaba el Gayal con el cuerpo central de las
montañas. El curso del Locust le había llevado a lo largo
del flanco oriental del Gayal en la parte alejada del
Castillo; luego había subido hacia la cumbre y a lo largo
de la misma. Desde este punto de observación
privilegiado, podía mirar hacia el sudoeste a lo largo del
valle y ver las luces del espaciopuerto que se extendía
más allá del Castillo. Más allá de eso estaban las luces,
brillantes como el día, de Sarghad.
Se detuvieron allí mientras Grayson usaba los
dispositivos ópticos de luz estelar de la telefoto del
'Mech para acercar el objetivo sobre la actividad en el
espaciopuerto. Incluso sin la ampliación, podía ver la
frenética actividad que se desplegaba en el puerto.
Habían aterrizado dos Naves de Descenso. Enormes,
masivas y achaparradas, eran más grandes que la Nave
de Descenso de la "Ingrata", que se agazapaba en una
lejana esquina del campo de aterrizaje y despegue. El
movimiento resultaba vagamente visible en torno a la
base de cada nave, y las pequeñas motas plateadas de
los aerodeslizadores y otros vehículos podían
distinguirse contra el oscuro ferrocemento. A toda
ampliación, Grayson y Lori podían ver el vapor salir de
las naves bajo los focos de las luces del puerto, y el
silencioso desorden decidido de las operaciones de
reparación y recarga de combustible. Ordenadas filas de
tropas se movían entre la mezcla de puntales,
caballetes y plataformas de carga, y Grayson contó al
menos doce 'Mechs de diversos tipos y pesos dispuestos
para ser revisados.
Dirigió el dispositivo telescópico hacia el cuerpo
castigado por la edad de la Nave de Descenso de la
"Ingrata":
—Esa es nuestra llave para salir del planeta —le dijo a
Lori—. Tenemos que dar con un modo de capturarla y
luego usarla para coger la nave estelar.
—Si la nave estelar aun está allí. ¿Qué hacen? Parece
que la están cargando.
Grayson estaba de acuerdo. Estaba en el limite del
alcance y resolución de los dispositivos ópticos del
Locust, pero parecía que mucha gente subía la rampa
en dirección a las bodegas de la Nave de Descenso. Los
vehículos parecían estar cargando cajones o
contenedores de algún tipo, y había el aire a actividad
decidida que Grayson sabía que indicaba los
preparativos para un lanzamiento.
—Tendremos que darnos prisa si queremos pillar un
sitio en ESA —dijo—. Parece que planean salir, y pronto.
—En cualquier caso, tendríamos que hacer algo
pronto. En 60 horas llegará la luz del día.
—Y luego otros 30 días estándares hasta que de
nuevo sea oscuro. —Se tiró de una oreja con aire
pensativo.
Se estaban quedando sin opciones a gran velocidad.

******

La temperatura dentro de la cueva de la Falla del


Trueno era algo más cálida que el frío cercano a cero del
exterior. El trueno que le daba nombre aun no había
empezado, pero una persistente caída de gotitas
lechosas goteaba desde la masa de hielo y nieve que
podía distinguirse ligeramente en la lejana apertura
superior de la Falla. La persistente y rítmica salpicadura
de gotas que caían sobre la oscura agua de abajo
llenaba la caverna de reverberaciones húmedas y frías y
de la promesa del rugido de una avalancha de agua
cuando comenzase el deshielo del Tercerdía. Durante las
ultimas 20 horas, los restos y jirones del Primero de
Lanceros de Trellwan habían ido llegando de forma
errática desde la oscuridad y el frío en grupos
andrajosos. Grayson tenía a Lori y al Sargento Ramage
moviéndose entre ellos, haciendo un recuento y
tratando de poner cierto orden en el caos. Los hogueras
ardían a lo largo de las orillas del lago, cada uno con su
propio grupo de hombres y mujeres con los monos de la
Milicia o, algo bastante raro, con el verde de la Guardia
Real. Más allá del cálido resplandor de las fogatas, los
centinelas se movían entre las sombras previas al
amanecer, vigilando por si el enemigo se aproximaba.
Hasta ahora, los Lanceros podían contar con un Wasp
y el Locust, y habían contactado por radio con el
Stinger, que justo ahora se acercaba por la cordillera
norte del Gayal. La fuerza combinada de las dos
compañías de combate era de 51 hombres, mientras 23
astechs de la compañía de apoyo habían llegado.
También estaban presentes los vehículos en que habían
llegado los refugiados: 5 TAADs armados, un par de
TADs y media docena de aerodeslizadores de
exploración.
No era una fuerza de combate bien preparada. La
mayoría de las tropas de combate habían traído sus
armas, pero el grupo casi no tenía comida. Muchos no
tenían material contra el frío y estaban medio
congelados a causa de la ascensión desde Sarghad en
aerodeslizadores descubiertos. Las armas de proyectiles
tenían pocos suministros de municiones y los
cargadores de mochila de las armas láseres manuales
tendrían que ser cargados con las baterías eléctricas de
los aerodeslizadores, ya que no había generadores
portátiles en absoluto.
Renfred Tor había llegado a bordo de uno de los
transportes aerodeslizados. Caminaba junto a Grayson a
lo largo de la orilla del lago a alguna distancia de las
hogueras del campamento. Los movimientos de los
individuos cerca de las fogatas lanzaban gigantescas
sombras deformes a través de las superficies
desgastadas por el agua de los muros de la Falla.
—Lori me dice que tienes una idea para que podamos
coger la "Ingrata" —dijo Grayson. Llevaba un chaqueta
contra el frío encima del uniforme de los Guardias, pero
mantenía las manos metidas en los bolsillos. Grayson no
tenía guantes, y la temperatura del aire era lo bastante
baja para congelarle los dedos—. Cuéntamela.
Tor cruzó los brazos y miró hacia abajo, a la arena:
—Es posible, pero no será fácil.
—De eso estaba seguro, también. Le di un vistazo al
espaciopuerto mientras veníamos para acá.
—El problema es que no podemos abrirnos camino
luchando contra los 'Mechs que han alineado en la zona
de aterrizaje del puerto. Una vez que estemos a bordo
de la Nave de Descenso, nos va a llevar dos días
estándares alcanzar el punto de salto.
—Dices que avisarían a la "Ingrata" antes de que la
Nave de Descenso llegase.
Tor asintió:
—Tan pronto como la Nave de Descenso despegue con
nuestra gente a bordo, alguien en las fuerzas del Duque
Ricol va a decírselo por radio a la "Ingrata" y les hará
saber a los guardianes de allí arriba que vamos.
Tendrían dos días para prepararse ante nuestra llegada,
o simplemente podrían saltar a otro sistema.
—¿Qué pasa si la "Ingrata" aun está ocupada por los
piratas de Hendrik?
—No podemos contar con eso. Bien, ni siquiera
sabemos si Ricol entró por el punto de salto nadir o
cenit; pero dudo que haya dejado una nave estelar
potencialmente hostil flotando en el espacio sola, sin
molestarla.
Grayson paseaba de un lado a otro de la húmeda
arena junto a Tor, pensando. Cada sistema estelar tenía
dos puntos de salto, el punto cenit por encima del polo
norte de la estrella y el punto nadir por debajo del polo
sur. La distancia del punto desde la estrella dependía de
la masa de la estrella. Para una enana roja de clase M2
como Trell, los puntos de salto estaban localizados a un
setentavo de una unidad astronómica respecto del sol: a
más de 100 millones de kilómetros. Una Nave de
Descenso viajando desde Trellwan hasta el punto de
salto a una aceleración de 1 G{xiii} haría el viaje en dos
días y medio.
—¿Dónde está la "Ingrata", Tor?
—En el punto nadir.
—¿Y tu tripulación?
Tor parecía menos seguro:
—La mayoría de ellos deberían estar aun a bordo. Al
menos, no había muchos manejadores de naves entre el
grupo de gente de Hendrik que subieron a bordo, así
que necesitaría a mi gente para cuidar de la nave, si no
para otras cosas.
—Así que aunque el Duque Ricol podría haber puesto
su propia gente a bordo, probablemente tu tripulación
aun esté allí.
—A menos que los lanzasen al espacio. —Había un
poco de rencor en su voz.
—No habrán tenido ninguna razón para hacer eso. No
aún, en cualquier caso. —Grayson decidió cambiar de
tema.— Parecía como si fuesen a meter gente y carga a
bordo de tu Nave de Descenso. ¿Alguna idea de lo que
puede ser eso?
Tor se encogió de hombros:
—Ninguna idea en absoluto. Podían estar cargando
comida y pasta de sus incursiones en Sarghad. O quizás
Ricol planea embarcar a la gente de Hendrik de vuelta a
Oberon. —Extendió las manos, mientras la exasperación
aparecía en su largo rostro.— ¡No hay manera de
averiguarlo desde aquí!
—Mmm, sí. Pero creo que sé como podemos hacerlo
para descubrir lo que pasa y pillar una nave para
nosotros en el proceso.
Grayson y Tor continuaron su caminata a lo largo de la
orilla del negro lago, absortos en los planes y cálculos.
En la cueva, el agua fundida goteaba con más rapidez
desde el techo, la espuma reflejándose en la luz de las
hogueras como estrellas fugaces.
LIBRO TRES
26

El amanecer local se había producido pocas horas


antes. Las altas y frías nubes de lluvia ya reflejaban la
rojiza luz de Trell por debajo del horizonte que se
desplegaba al este, y el espaciopuerto emergía bajo una
tenue visibilidad después de varios días soportando la
gris luz que precedía al amanecer.
Grayson Death Carlyle tenía en frente a su unidad.
Había 59 soldados de combate y 28 en la compañía de
soporte técnico; todos los que habían logrado escapar
de Sarghad. Habían contado historias de motines, de
chaquetas verdes que quemaban las casas y disparaban
a los milicianos, de fuerzas de la Milicia que respondían
al ataque y que eran dispersadas por la llegada de los
'Mechs de Kurita. Ahora miraban a Grayson con
expresiones que iban desde la esperanza a la
desesperación. Detrás de ellos, el Wasp y el Stinger
agachados, silenciosos y desactivados. El Locust, con
Lori en los controles, patrullaba más allá de la boca de
la Falla, en posición de centinela.
—¡Lo diré otra vez! —Grayson levantó la voz y captó
el leve eco que surgía desde las paredes de roca que
había detrás de la asamblea.— Nuestra única esperanza
es salir del planeta, ¡y la única forma en que podemos
hacerlo es capturando esa Nave de Descenso!
Se produjeron murmullos y ciertas quejas, pero la
mayoría de los presentes se quedaron mirando
directamente a Grayson con apariencia de estar
anonadados y de no comprender nada.
—Teniente . . .
—¡Hable!
Un soldado con un uniforme de la Milicia lleno de
grasa se adelantó hacia la parte delantera de la
multitud:
—Teniente, Trellwan es nuestro hogar. La mayoría de
nosotros; bien, ¡no podemos irnos!
Se produjeron murmullos de asentimiento y alguien
gritó:
—¡Eso es verdad! —En muchas de las caras que tenía
en frente vio miradas hostiles, en muchas otras
confusión o preocupación.
Preocupado con sus propios planes y deseos, Grayson
no había realmente previsto resistencia por parte de sus
hombres:
— ¿Todos os sentís así? —preguntó.
Las respuestas fueron más murmullos, pies
arrastrándose y ojos abatidos.
—La situación en Sarghad no es buena —dijo Grayson
—. Los exploradores que llegaron el último periodo
dicen que la situación está bajo la ley marcial. Los
Chaquetas Verdes tienen el control absoluto de todo, y
los milicianos son acorralados y atacados.
Una voz incrédula soltó:
—¿Todos?
—No, todos no. La mayoría de la Milicia está confinada
en sus cuarteles ahora, y supongo que el General
Varney está prisionero en el Palacio. Pero la gente de la
Milicia que protesta las nuevas ordenes: desaparece. Y
los hombres del Duque ayudan a los Chaquetas Verdes.
Sus tropas están en el Palacio, el hospital y las
estaciones emisoras de noticias . . .
—Teniente, muchos de nosotros tenemos familiares allí.
¡Simplemente no podemos abandonarlos!
Grayson notaba que su control, su autoridad disminuía.
Estos hombres y mujeres, en su mayoría, habían seguido
con él a través de la dureza del entrenamiento y la
organización, y le habían seguido tanto en la victoria como
en la derrota. Había pensado en esta nueva lanza como si
fuese su familia, y había asumido que todos sentían igual
que él. Era evidente que se había confundido.
Una vez Kai le había dado a Grayson una lección sobre los
motivos por los que los hombres luchaban: —Un hombre
lucha por muchas razones —había dicho—. La mayoría de
las veces, lucha por sus compañeros a cada lado en la línea
de fuego, y ahí es donde radica su lealtad cuando la cosa
está caliente.
>>Pero lo primero que le pone en la línea de fuego es el
hogar y la familia.
Grayson podía decir, a partir de la atmósfera, de las
oscuras murmuraciones y de las más oscuras miradas,, que
no eran suyos hasta el punto de que abandonarían el hogar
y la familia para seguirle fuera del planeta. Se había
imaginado a toda la lanza saliendo del planeta, avisando a
la Mancomunidad de la daga desenvainada a su espalda,
encontrando a lo que quedaba de los Comandos de Carlyle
y uniéndose a ellos. Si eso no ocurría, sus hombres y él
quizás formarían una unidad mercenaria para continuar la
lucha contra las oscuras maquinaciones del Condominio
Draconis.
Pero para la mayoría de aquellos a los que dirigía, no
había motivos para luchar por irse al extranjero, ninguna
promesa salvo la muy delgada de ponerse a salvo de las
persecuciones de Stannic y de los 'Mechs del Duque Rojo. Y
por ello, Grayson tendría que cambiar su estrategia.
—No os pediré que dejéis vuestros hogares —dijo él—,
pero si pudiésemos salir del planeta, si pudiésemos capturar
la Nave de Salto, podríamos ser capaces de encontrar
ayuda, de regresar con una fuerza mayor y patear a los
Kuritanos de vuelta al lugar de donde vinieron.
Una única voz rompió el incomodo silencio: —Y si
consigue la nave, ¿cómo sabemos que volverá por nosotros?
Otro hombre de la Milicia caminó hasta colocarse en la
parte delantera de la multitud, girándose a medias para
encararla: —El Teniente siempre se ha portado bien,
¿verdad? Si dice que volverá, ¡yo le creo!
—Gracias, soldado.
—Con el permiso del Teniente, pero no todos nosotros
tenemos lazos aquí. Yo no tengo familia en Trellwan, y si
usted se va fuera, bien, me gustaría acompañarle.
—¿Cuál es su nombre, soldado?
—Manning, Teniente.
—Será más que bien recibido, Manning. ¿Qué pasa con los
demás? ¿Me creen en esto? Solos no podemos luchar contra
un regimiento de BattleMechs. Por otro lado, ni siquiera
sobreviviríamos solos en las tierras vírgenes durante mucho
tiempo. Pero si podemos salir del planeta y llegar a una
base naval de la Mancomunidad, podríamos conseguir
ayuda y volver con ella. Creedme, ¡la Mancomunidad no
quiere tener al Condominio Draconis en Trellwan!
—¡La Mancomunidad no mostró ese interés hacia nosotros
cuando atrajeron a los bastardos de Hendrik! —salió una voz
desde el final de la multitud.
—No, ¡y no estarán más interesados ahora! Tienen
problemas propios serios en otras partes. Pero,
¡cojones!, seguro que no quieren que los kuritanos se
establezcan aquí ¡concentrando sus flotas y batallones
de 'Mechs! Bien . . . ¿me ayudareis?
Se produjo un silencio aterrador, mientras Grayson
pensaba, Dios mío, los he perdido. Entonces Manning
agitó su TK en el aire:
—Cuente conmigo, Teniente.
Luego otro hombre de la Milicia se adelantó, y otro. El
soldado que había protestado diciendo que tenía una
familia se adelantó, y luego la cueva estaba
retumbando con los gritos y exclamaciones de las
tropas de Grayson. Tal vez, penso Grayson, mientras
bajaba la vista hacia sus rostros animados, tal vez,
seremos capaces de lograrlo.
******

Renfred Tor marchaba, junto a catorce hombres, más


allá de los cuarteles exteriores y por la carretera de los
terrenos del espaciopuerto. Todos llevaban los colores
verde oscuro y dorado de los Guardias Reales de
Trellwan.
Algunos Guardias Reales se habían unido a la
harapienta unidad de Grayson en la Falla del Trueno.
Eran hombres que se habían dado a la fuga cuando los
que estaban en el poder empezaron luchas nocturnas
contra aquellos que estaban en sus mismas filas.
Grayson aun no confiaba totalmente en ellos, y también
eran el blanco de miradas asesinas y de desagradables
gruñidos por parte de muchos de los hombres de la
Milicia que habían perdido hogares o familiares cuando
los Guardias habían atacado en Sarghad. En este
momento, los antiguos Guardias permanecían dentro de
la Falla, asignados a la reducida compañía de apoyo,
donde no podían causar daños —y podían ser vigilados.
Los uniformes habían venido muy bien, sin embargo,
como disfraces para los hombres del grupo especial de
Tor. El Capitán de la Nave de Descenso condujo a su
diminuta unidad a través del incomodo terreno abierto
entre los cuarteles y la Nave de Descenso de la
"Ingrata". Las armas apuntaban al grupo, suponía Tor. El
procedimiento operativo normal indicaba que las armas
siguiesen a cualquier persona o grupo que se
aproximase a una nave militar en tierra. A medida que
estaban más cerca, pudo ver el orificio esférico del
hoyuelo de un torreta de rayos que giraba, dentro de su
lugar de montaje en el casco, para mantenerles a ellos
siempre bajo la línea de visión. Marchaba con sus
hombres bajo el refugio contra el viento de un cobertizo
para suministros a varios cientos de metros de la nave,
los paró, les puso de cara al frente y en posición de
descanso.
Esperaba que simplemente pareciesen otra escuadra
de Chaquetas Verdes.
El Duque usaba muchos Guardias Reales, tanto en la
ciudad como en el puerto. La Alianza con ellos tenía
sentido. Si Ricol podía seguir contando con los hombres
que ahora tenían el poder en Sarghad — Stannic y sus
seguidores—, entonces el Duque estaría libre para
utilizar toda su fuerza en otro sitio. Pero los Lanceros no
conocían ninguna de las palabras claves o códigos que
ahora podían estar en activo.
Su única ventaja era que la situación en Sarghad tenía
que ser completamente confusa en este momento,
tratando de poner en marcha tantos cambios de una
forma tan rápida. Era bastante probable que ni siquiera
HUBIESE palabras claves o códigos especiales. Por ello,
tenían que moverse ahora si querían tener alguna
posibilidad de éxito en absoluto.
Sujeto a su oreja, Tor llevaba un auricular remoto
conectado al transmisor de su cinturón. Era consciente
del tenue siseo de fondo del canal abierto, un canal que
la observación durante las horas previas había mostrado
que no era muy utilizado. Todo dependía del mensaje
que captaría a través del auricular en los próximos
instantes.
La Nave de Descenso se cernía sobre ellos, llenando el
cielo con la enorme masa de sus redondeado casco. Por
primera vez en mucho tiempo, Tor le echaba una buena
mirada a lo que le habían hecho al navío cuando
instalaron posiciones de armamento adicionales. Se
estremeció ante la despreocupación con que habían
sido retiradas las laminas de blindaje, pero reconocía
que ahora no podía darle vueltas a esa cuestión. Lo que
Tor necesitaba saber en este momento es ¿dónde
estaba la maldita señal?
Los Chaquetas Verdes y sus aliados kuritanos habían
ocupado el Castillo, por supuesto; pero no se habían
instalado y establecido su cuartel general allí. Eso era
un golpe de suerte, en principio. Lo que Grayson y sus
hombres intentaban hacer habría sido mucho más
difícil, tal vez imposible, si el Duque y su estado mayor
hubiesen ocupado el Centro del Control de Mando. Ricol
parecía actuar aun desde el exterior de la Nave de
Descenso, que llevaba el galón rojo de su bandera. Eso
significaba que el Centro de Mando del Castillo debería
estar abandonado. Grayson estaba allí dentro ahora,
intentando penetrar en la red de ordenadores del
espaciopuerto. Si simplemente fuese capaz de
comunicar a la red de ordenadores que Tor y su gente
eran esperados a bordo de la Nave de Descenso . . .
Pero ¿dónde estaba la señal?

*******

Grayson esperaba en el pasillo exterior del Centro de


Control de Mando. El uniforme de Teniente de los
Guardias le había llevado hasta aquí, pasando junto a
grupos de hombres que instalaban los equipos
electrónicos por todo el Castillo. Cables de energía
pesados serpenteaban por todas partes, y armas de
misiles y de rayos pesados eran instaladas en puntos
estratégicos por la cubierta superior y delantera del
fuerte. Consolas semiportátiles eran acopladas en el
Hangar de Vehículos y en numerosas salas grandes del
Castillo. Parecía que el Duque Rojo planeaba instalarse
aquí durante algún tiempo.
La confusión dentro de los pasillos del Castillo era
absoluta. Cada grupo de hombres, cada escuadra de
soldados parecía tener asignadas sus propias tareas, y
no ponían atención a nada más en absoluto. Nadie dio el
alto a Grayson, aunque una vez un hombre, con el
uniforme rojo y negro de un capitán del Condominio, le
ordenó presentarse al Mayor Kraig para un servicio en
los pasillos. Grayson supuso que al capitán le habían
dado tal servicio no deseado y lo pasaba ahora al primer
subordinado que veía. Grayson saludó con rapidez con
su mejor saludo de los Guardias y pidió permiso para
completar su servicio de mensajería . . . ordenado por el
mismo Duque.
El Capitán había murmurado algo ininteligible y le
había indicado con la mano que siguiese. Un oficial
menor buscando una forma de escaquearse de una
asignación no se atrevería a cuestionar a nadie —ni
siquiera a un indígena— que indicase que trabajaba
para el Duque.
Grayson había llegado al Centro de Mando a tiempo,
solo para descubrir que había un grupo de trabajo.
Rondó junto a la puerta abierta varios segundos,
considerando que hacer. Dentro del Centro había seis
hombres, astechs que pertenecían al regimiento de
'Mechs del Duque Rojo, de acuerdo con su apariencia. El
líder era un Tech que llevaba un brazalete con el dragón
negro sobre rojo del Condominio y una pistola de
servicio que parecía pesada metida en la funda de la
cadera. Teniendo en cuenta la cantidad de herramientas
que se diseminaban por el suelo y la forma en que
desmantelaban una consola de comunicaciones, parecía
que planeaban quedarse allí un buen rato.
Grayson entró caminando en el Centro y se dirigió de
forma directa hacia una de las consolas de acceso a los
ordenadores que estaba en medio de la sala. Mantenía
la cara imperturbable, y actuaba para mantener la
respiración firme.
El Tech se fijó en él:
—¡Usted! ¿Qué hace aquí?
Teóricamente, desde luego, cualquier oficial al mando
de cualquier servicio era de rango superior a un Tech,
que tenían generalmente la graduación de sargentos o
suboficiales especialistas. Pero Grayson sabía bastante
de la forma en que funcionaba el Condominio para ser
consciente de que ni siquiera un astech civil del
Condominio iba a obedecer las ordenes de un oficial
indígena.
Grayson trató de representar del mejor modo a un
oficial inseguro de sí mismo —un joven oficial menor en
presencia de sus superiores:
—¡ Sí, señor! He sido enviado para comprobar el
acceso a la red de ordenadores desde aquí. El Mayor . . .
—buscó el nombre.— ¡Sí! El Mayor Kraig quiere saber si
hay algún daño en las bases de datos.
El Tech frunció el entrecejo:
—Todo fue comprobado hace dos días.
—No sé nada de eso, señor. Tengo mis ordenes . . .
—¿Por qué pondría el Mayor a un novato indígena
como usted en este trabajo? ¿Que sabe USTED sobre los
ordenadores de la Mancomunidad?
Se estiró con lo que esperaba que pareciese orgullo:
—Estaba en la fuerza de astechs que ayudaron a
montarlo, señor. Esa es la razón por la que el Mayor
quería que viniese aquí. —Admitir que había trabajado
para la guarnición de la Mancomunidad era un riesgo
notable, pero era la única forma en que Grayson podía
explicar su conocimiento de estas máquinas. Contaba
con el hecho de que el personal técnico, a lo largo de
todo el espacio humano, tenía su propia subcultura,
independiente de la política de los hombres que les
daban ordenes.
El Tech analizó a Grayson durante un momento con
ojos suspicaces y estrechos; luego señaló con cuidado
hacia las consolas:
—Simplemente no estorbe nuestro trabajo. Nos
pondremos a cambiar los códigos de acceso del sistema
dentro de un rato, y le sacaremos en ese momento, ¿me
entiende?
—¡S-sí, señor! —¡Los códigos aun no habían sido
cambiados! ¡Podía hacer su trabajo!
Tratando de ignorar a los trabajadores que tenía
detrás, Grayson pulsó el botón de encendido e introdujo
en el teclado la secuencia que le permitía entrar en el
sistema. Comprobó la red de control que seguía el rastro
de las naves que entraban y salían, y que mantenía a la
torre de control del espaciopuerto al tanto de las
decisiones y actividades militares del Castillo. Cuando
los Comandos habían estado de guarnición, los trelanos
habían controlado el espaciopuerto, y la red había sido
usada para establecer comunicaciones y para obtener
autorizaciones especiales para los vuelos militares.
Sospechaba que ahora el Condominio controlaba todas
las actividades del puerto. Sí, había un nuevo programa
que controlaba la red. El logo en la pantalla indicaba
que el sistema estaba bajo la dirección del Mando Militar
del Condominio.
Cualquier sistema informático que será usado por
muchas personas con diversos niveles de preparación
debe ser diseñado de forma que incluso el personal
inexperto pueda usarlo. Grayson introdujo varias frases
y palabras que pedían ayuda al propio sistema, y se
encontró dentro del sistema en la secuencia de
planificación de vuelos como "Torre de Control 1".
Mantuvo la respiración, pero no saltaron las alarmas. La
pantalla le esperaba pacientemente, llena de opciones
de ordenes. Respirando más hondo, empezó a trabajar.
A Grayson le costó diez minutos de experimentación y
búsqueda paciente encontrar lo que buscaba. Había
programado un lanzamiento para el amanecer local, 2,3
horas estándares desde este momento. El lanzamiento
estaba identificado simplemente como "NAVDSO
NAVCAR ALFA" en lugar del nombre de una de las naves
de guerra del Duque. Esa debía ser la Nave de Descenso
de Tor. Estaba planeado que se encontrase con "S-
NAVCAR: NADIR" en unas 52 horas. El destino de la nave
de carga era Luthien, el mundo capital del Condominio
Draconis.
Plan de carga . . . plan de combustible . . . ventanas
orbitales libres . . . vectores de transito y Delta V . . .
¡ah! ¡Nota de carga útil! El listado indicaba que la Nave
de Descenso llevaba 1.215 toneladas de carga: grano,
especias, madera, objetos de arte, botín de las
incursiones en Sarghad, todo ello. Había 34 pasajeros
con la etiqueta de "Supercarga por arresto de
seguridad". Estos debían ser más prisioneros, gente
capturada cuando el Duque llegó a Sarghad. La gente
de Hendrik, ¿tal vez? Eso no sonaba bien. ¿El General
Varney y otros leales a él? Eso parecía más razonable,
pero no había forma de descubrirlo. Tor tendría que
juzgarlo sobre la marcha. El destacamento de seguridad
eran cinco hombres bajo el mando de un tal Gharlit,
Levi; Cabo; Fuerzas de Seguridad del Regimiento. El
listado de su armamento recogía sólo pistolas y armas
tranquilizantes. Bien. Los disparos a bordo de una nave
podían ser peligrosos.
Y, ¿qué era esto? ¿Un pasajero especial? Un tal Capitán
Yorunabi, con estatus y autorizaciones de gente muy
importante. ¿Quién podía ser? Se preguntaba Grayson.
Fuese quien fuese, el pasajero especial sería
responsabilidad de Tor.
Actuando ahora velozmente, empezó a introducir ordenes.
Una nueva unidad había sido asignada para embarcar en
NAVDSO NAVCAR ALFA, catorce hombres bajo el mando de
Claydon; Sargento; Guardias Reales de Trellwan.
Había llegado al nombre mientras discutía el plan con
Renfred Tor. Ninguno de ellos sabía cuan factible resultaría
que una escuadra de soldados locales se embarcase en un
navío de carga que viajaba al exterior, especialmente
cuando no tenían ni idea de su destino. ¿Podía dirigirse
hacia Luthien? Si así fuese, ¿qué harían los Chaquetas
Verdes de Trell en una nave que salía hacia Luthien? En esta
situación, como en muchas otras, Grayson confiaba en la
ausencia de curiosidad y en la obediente "no es mi asunto"
de la mentalidad militar.
Introdujo la información; luego dejó escapar el aliento en
un susurro largo y vacilante mientras veía aparecer los
datos en la pantalla. Grayson lanzó una mirada furtiva a su
espalda. El grupo de astechs estaba ocupado
desmantelando la consola de comunicaciones. Dándoles la
espalda, sacó un pequeño transmisor de debajo de su
túnica, y lo sintonizó con el pulgar en una frecuencia
preestablecida.
Todo lo que dijo fue: —Adelante. —Lo habían dejado
simple y no comprometedor a causa del peligro de que
alguien a la escucha captase la emisión y triangulase su
posición. Una luz roja brilló dos veces en el aparato:
mensaje recibido. Ocultó el transmisor y se volvió hacia el
ordenador. Una vez completada su misión principal, se puso
a trabajar buscando otro grupo de datos que quería
conseguir, y esta sería su única oportunidad de lograrlo.

******

Renfred Tor se quitó el auricular y dio la orden a sus


hombres. Había estado esperando, en posición de descanso,
durante los últimos ocho minutos bajo la protección de un
tanque de hidrógeno, esperando que les llegase el mensaje
de Grayson. El ya había dado la señal, y era tiempo de
moverse.
Los quince hombres salieron hacia el frío viento y
dirigieron su marcha hacia la Nave de Descenso. La torreta
de rayos aun les seguía mientras Tor conducía hacia la zona
iluminada por las poderosas lamparas que lanzaban su
fuerte luz a lo largo de la escotilla de entrada principal. En
otro sitio, las luces que rodeaban el puerto palidecían bajo
un cielo que clareaba con lentitud. Los edificios del puerto,
los caballetes y los tanques de almacenamiento eran ahora
visibles todos, como sombras grises bajo el crepúsculo.
Un par de centinelas salieron desde las sombras: —
Quédense ahí mismo. ¿Dónde creen que van, Chaquetas
Verdes?
—Ordenes —dijo Tor. El vapor que salía de los respiraderos
de ventilación de la Nave de Descenso se agitaba candente
bajo la iluminación de los focos—. Se nos dijo que nos
presentásemos a bordo antes del lanzamiento.
—Veámoslas.
Tor notó que cierto rastro de rabia se deslizaba en la voz
del soldado; eran centinelas draconianos, no trelanos, y no
había forma en que pudiese amenazarlo o lanzarle una
bravata para que les dejasen pasar. Pero podía tomar
ventaja del hecho de que el de mayor edad de los dos
centinelas tuviese la mitad de la edad de Tor, y parecía
novato.
—No tengo ordenes por escrito, soldado. Se me ordenó . .
. —acentuó la palabra—, ordenó que me presentase a bordo
de esta Nave de Descenso por parte del oficial de la torre.
¿Quiere preguntárselo a él?
La incertidumbre apareció en la cara del centinela, el
miedo universal de los militares de escalones inferiores
de tener que fastidiar a algún superior. Pero su voz era
dura. Después de todo, SOLO eran indígenas trelanos:
—Lo comprobaremos.
Utilizó un transmisor de mano para llamar al puente
de la Nave de Descenso. La conversación en susurros
resultó inaudible para Tor y sus hombres que cambiaban
el pie de apoyo de forma continuada bajo el frío de
antes del amanecer. El centinela alzó la vista de forma
repentina:
—¿Sargento . . . Claydon?
—Exactamente.
—Nadie me dijo nada. —El centinela le hizo señal de
que siguiesen mientras la escotilla exterior se abría.—
Muévanse. Entren a bordo. Según parece, les esperaban
, verderones.
Demasiado fácil, se dijo Tor para si mismo mientras
entraban a bordo. Ahora tenían que estar aun más
atentos, ya que las cosas podían cambiar en cualquier
momento. Bajó la mano y de forma discreta
desenganchó la correa de seguridad por la parte
superior de la Gunther MP-20 que llevaba en la cadera.
27

Grayson miró fijamente hacia abajo, hacia el monitor


del ordenador, con las manos apretadas con tanta
fuerza que tenía los nudillos blancos a causa de la furia
que sentía ante los datos que recibía. Había entrado en
los ficheros de información biográfica, los mismos
ficheros dejados por los Comandos de Carlyle cuando se
retiraron de Trellwan durante esa noche de sangre y
furia. Conocer la información que había en estos
ficheros había sido una parte importante del
entrenamiento de Grayson durante los últimos años;
pero había allí demasiadas caras y nombres para que él
los recordase todos y todas.
El combate en BattleMechs era una guerra
intensamente personal. La teoría decía que un guerrero
tendría más oportunidades en un combate si conocía
algo sobre el hombre al que se enfrentaba. Si sabía, por
ejemplo, que cierto MechWarrior prefería el combate
cuerpo a cuerpo, eso podía darte una ventaja si abrías
fuego a largo alcance y te esforzabas en mantenerlo
alejado de ti. Los ficheros incluían las historias de miles
de MechWarriors de todo el espacio conocido, vivos y
muertos, amigos y enemigos. Se registraban hasta los
amigos, porque no resultaba anómalo que los amigos se
convirtiesen en enemigos en la era de los Estados
Sucesores.
La cara que, desde la pantalla, le devolvía la mirada
fija a Grayson era una que reconocía. Era la larga cara
morena con ojos oscuros y una pequeña barba que
rodeaba labios y boca; la cara del hombre que había
visto durante el ataque sobre el Castillo tantas semanas
atrás. Los ficheros identificaban el hombre como el
Barón Harimandir Singh, Capitán del Grupo de
Operaciones Especiales del Cazador Rojo. La biografía
indicaba que había nacido en Chekaar, que era un
reconocido Maestro de Armas hábil especialmente en
tácticas de pequeñas unidades y en combate cuerpo a
cuerpo, y que también era un renombrado MechWarrior
con una larga lista de muertes. Lo que era más
importante, era la mano derecha de Hassid Alexander
Ricol, el Duque de Chekaar.
Incluso con la prueba definitiva ante sus ojos, Grayson
apenas podía creer en ella. Primero había buscado la
entrada en el ordenador sobre el Duque Ricol,
esperando saber más sobre el líder de los invasores
kuritanos. El Duque Rojo, indicaba el fichero, era un
MechWarrior muy conocido para los enemigos del
Condominio Draconis de Kurita. Usaba un Marauder de
75 toneladas pintado de rojo con bordes negros, y era
conocido, por amigos y enemigos, como el Cazador
Rojo.
Los datos de fondo habían mostrado una referencia a
la entrada correspondiente al Coronel Singh; quien, se
indicaba, había servido con Ricol durante al menos
quince años estándares. Grayson recordaba el nombre
de Singh de la historia de Lori sobre su llegada a
Trellwan, y de nuevo por el grito de Griffith durante la
batalla en el Hangar de Vehículos del Castillo. Ahora
entendía la conexión entre la cara que había visto
durante la batalla en el Castillo y el propio Duque Ricol.
Aunque Singh era un MechWarrior, su trabajo más
habitual era como líder de batalla del grupo de
operaciones terrestres especiales del Duque. Su
BattleMech era un Crusader, de 65 toneladas, pintado
con los mismos colores rojo y negro del Marauder de
Ricol. El ordenador proyectaba el 'Mech sobre la
pantalla. Era grande, humanoide, con lanzaderas de
MLAs y láseres de 8 cm montados en cada brazo.
Así que nunca había habido bandidos de Hendrik de
Oberon en absoluto. Toda la situación —el ataque sobre
los Comandos de Carlyle, las incursiones sobre Sarghad,
la oportuna llegada del Duque Rojo— había sido
preparada como parte de un elaborado complot.
La razón del engaño era bastante fácil de imaginar. Si
el Duque Rojo simplemente hubiese atacado
directamente Trellwan, la Mancomunidad habría
resistido. Incluso aunque hubiesen ganado las fuerzas
kuritanas, gobernarían un planeta conquistado y hostil
que exigiría una guarnición considerable para
mantenerlo en paz.
Por el contrario, habían saboteado las negociaciones con
Hendrik y puesto a la población de Trell en contra de la
Mancomunidad. De este modo, los invasores del
Condominio se trasformarían en libertadores que llegaban
para salvar a Trellwan de los estragos de los piratas de
Hendrik . . .
Desde el principio en todo esto tenían que haber estado
implicados agentes del Condominio. Stefan habría sido uno
de los hombres de Singh, contratado por los agentes de
Singh. Él, y otros como él, podían haber diseminado la
información sobre el pacto con Oberon entre los ciudadanos
de Sarghad y haberse infiltrado entre las filas de la Guardia
Real. Al principio, la formación de los Lanceros de Trellwan y
las primeras victorias de los mismos debían haber
trastocado la frágil red de la intriga. Pero el Duque había
logrado trastornar incluso eso al poner la unidad bajo el
control de los Guardias, haciendo que los oficiales, como él
mismo, Lori y Tor, fuesen arrestados o asesinados.
Grayson asintió para sí mismo mientras las piezas del
puzzle encajaban perfectamente entre sí. El Condominio
ganaría en cualquier caso: una base de operaciones
amistosa bien dentro del sector de la periferia de la
Mancomunidad, una nueva fuente de tropas terrestres, agua
y suministros y una zona de organización para realizar
ataques secretos contra el corazón del espacio de la
Mancomunidad. El plan tenía que ser de Ricol. Lo que
también lo convertía en el hombre que había planeado la
muerte de Durant Carlyle.
Por si acaso, Grayson revisó las listas del ordenador
respecto de un tal Teniente Vallendel, el piloto del Marauder
mencionado por Lori como el responsable de la trampa
contra su padre. Efectivamente, Grieg Vallendel estaba
listado como MechWarrior mercenario que operaba de forma
independiente dentro del Condominio Draconis y que lo
ultimo que se sabía era que trabajaba bajo contrato con el
Duque Ricol. Normalmente combatía en un Marauder negro
y gris.
Eso confirmaba el complot de Ricol y Singh. Y colocaba
tres nombres en la lista de Grayson que recogía a los
responsables de la muerte de su padre: el Duque Ricol,
quien lo había planeado y había dado la orden; Lord Singh,
quien lo había ejecutado; y el Teniente Vallendel, quien
había cometido en asesinato real.
Se masajeó la frente con dedos fuertes y rígidos. Odiaba a
Ricol, odiaba a todo el Condominio Draconis con una
intensidad que solo ahora empezaba a descubrir. En su sed
de venganza, los quería muertos a todos, muertos por sus
propias manos. Grayson se juró una vez más que lucharía
contra ellos hasta que estuviesen . . . a menos que ellos le
matasen primero.
—Eh . . . ¡usted!
Levantó la cabeza, mientras con una mano pulsaba la
tecla que apagaría la pantalla. El Tech estaba de pie a varios
metros de distancia, con las manos en las caderas y con el
oscuro ceño fruncido. Había otro hombre con él, un oficial
más viejo y de pelo cano cubierto con una capa.
—¿S-señor?
—¿Quien dijo que le envió aquí?
—El Mayor . . . uh . . . el Mayor Kraig, señor.
El hombre de pelo canoso lanzó hacia atrás la solapa de la
capa. Debajo llevaba un uniforme negro de mayor de
infantería del Condominio. El miedo se alzó con un farfulleo
en la garganta de Grayson. Sabía lo que pasaba.
—Soy el Mayor Kraig —dijo el hombre—. No le di tal orden,
jovencito. No le he visto nunca antes en mi vida.
—Muéstrenos su DI —dijo el Tech. Detrás de los dos, los
astechs se reunían en una línea irregular a lo largo de la
puerta. Varios de ellos, notó Grayson, llevaban pistolas en
las cartucheras, aunque ninguno llevaba nada mayor.
Grayson no estaba armado. Había decidido no llevar un
arma porque no tenía forma de saber cual podía ser la
política militar del Condominio respecto de que los trelanos
llevasen pistolas. Si hubiese estado contra las normas que
los Chaquetas Verdes llevasen armas y el hubiese sido
cogido con una, su expedición habría acabado antes de
empezar. Ahora, sin una pistola, la única forma que tenía de
superar la línea formada por los astechs era cogerles
desprevenidos. Se dio la vuelta y empezó a marchar hacia
ellos, buscando bajo su túnica un imaginario pase.
—No fue una orden directa, Mayor —dijo con tanta
despreocupación como pudo mostrar—. Fue uno de sus
oficiales, un tal Capitán . . . uh . . .
Se lanzó, a baja altura y con rapidez, zambulléndose
más allá del Tech y dirigiéndose a las rodillas del más
pequeño de los astechs situados detrás de éste.
Colisionó con el tipo en una maraña de brazos y piernas,
rodando por la puerta abierta, luego rebotó hasta
ponerse en pie y corrió a lo largo del pasillo. Un coro de
gritos dándole el alto se levantó tras él, luego escuchó
el agudo chasquido de los disparos de las armas en el
aire por encima de su cabeza. Corrió más rápido, giró
por un pasillo lateral y siguió corriendo.
El interés inmediato de Grayson era poner la máxima
distancia posible entre él y sus perseguidores. Después
de eso, quizás pudiese perderse entre el resto de
Guardias de Trell que había en el Castillo. Sabía que eso
solo le daría unos pocos minutos de margen. El Castillo
sería cerrado y todos los trelanos detenidos para ser
interrogados. La cuestión era, ¿cuántos minutos tenía?
Grayson había entrado en el Castillo por el Hangar de
Vehículos. ¿Podía alcanzarlo antes de que cerrasen las
puertas?

******

Renfred Tor hizo un ademán con la Gunther MP-20:


—Hágase a un lado, caballero. La haré despegar yo.
El grupo de hombres y oficiales en el puente de la
Nave de Descenso observaba a Tor con una mezcla de
sobresalto, miedo y cólera. Cinco de sus hombres se
habían desplegado por el puente, con los rifles de asalto
apuntados. Mientras tanto, el centinela vestido de
negro, que había estado en el exterior del puente, gruñó
y se restregó la nuca, allí donde uno de los hombres de
Tor le había dado un culatazo para derribarlo.
El hombre situado en el puesto del piloto era un Tech
que llevaba un brazalete con la insignia del dragón rojo
y negro. La elevada silla del oficial de cubierta estaba
ocupada por un Teniente Naval del Condominio. Sin
embargo, el hombre a cargo de todo parecía ser un civil
vestido con ropas con cantos dorados minuciosamente
incrustados. Ese tipo tenía la apariencia, gorda y de piel
amarillenta, de un mercante, pensó Tor, a menos que le
mirases a los ojos. Los ojos eran fríos y oscuros, con un
mero indicio de los pliegues epicantales de un oriental,
y tenían la apariencia de alguien acostumbrado al
mando y la autoridad.
Tor había visto a este mercante antes. Hacia bastante
tiempo, en Drovahchein II, en la región estelar de Erit.
Le había conocido como Proctor Sinvalie, de Casa Mailai.
—Sí, nos conocemos uno a otro, usted y yo —dijo el
mercante, sonriendo. Avanzó, y Tor movió la pistola para
cubrirle. Habían ordenado que todos los prisioneros
dejasen caer las armas sobre la cubierta cuando habían
entrado, pero la túnica y la capa de este mercante
podían ocultar un arsenal.
—Hasta ahí es bastante. ¡Ponga las manos donde
pueda verlas!
Las manos del mercante salieron de debajo de unos
puños amplios y flexibles con los dedos estirados y
vacíos. Sonrió con facilidad, pero sus ojos eran de
diamante puro:
—Vale, amigo. Seguramente podemos alcanzar un
acuerdo amistoso, ¿verdad? Tenemos tanto que discutir
...
—¡No tenemos nada que discutir! —Tor estaba
confundido, y no poco asustado. El mercante tenía un
aire de seguridad en sí mismo, una astucia evidente en
su sonrisa, sus maneras y en la fría y dura luz detrás de
sus ojos.— ¿Cómo cojones llegó USTED aquí?
—Llegué con el Duque Ricol, por supuesto. Su misión
aquí, diríamos, es de gran importancia para mis
señores. Como la suya.
—¡Usted lo preparó para que Ricol se apoderase de mi
nave! ¡Usted lo preparó con la gente de Hendrik!
—Realmente, preparé las cosas con una facción que
se conjuraba contra Hendrik, gente que encontraría
ventajas políticas en la destrucción del Pacto de
Trellwan. Tenían los datos de su serie de saltos, por
supuesto. Se los presenté al hombre de Ricol, Singh. Era
necesario tener algunos guerreros de Hendrik
implicados para hacer este pequeño engaño . . . un
poco más convincente. No podíamos estar seguros de
que alguno no sería capturado.
Sinvalie se giró hacia el comandante del Condominio:
—Este es Renfred Tor, Capitán; un compañero de
negocios. Era el capitán de este navío . . .
—SOY el Capitán de esta nave, ¡y mejor que se lo
crea, cojones! —Tor hizo un ademán de nuevo con la
pistola.— Ustedes obedecerán mis ordenes, empezando
ya.
—Por supuesto, por supuesto. No se excite, amigo. Ah,
¿puedo mostrarle mi identificación?
La MP-20 se cernía a pocos centímetros de la nariz del
mercante:
—Despacio. Muy, muy despacio.
La sonrisa del tipo se acentuó y buscó dentro de los
pliegues de la túnica exterior que le cubrían
completamente; luego sacó un trozo de plástico
translucido cuadrado. Tor se vio mirando hacia abajo a
través de capas de color a unos símbolos que flotaban
sin ayuda en las profundidades de la tarjeta.
—FIS, Capitán —dijo el tipo—. Mi nombre . . . mi
VERDADERO nombre, es Capitán Yorunabi. ¿Quizás ha
oído hablar de nosotros? Somos la rama de
investigación del Condominio Draconis.
Tor se sentía totalmente perdido. Las FIS eran muy
conocidas, con una funesta reputación que se extendía
más allá de las fronteras del Condominio:
—Les conozco, sí. La policía secreta de Kurita.
—Como desee. Puedo decirle, Capitán, que estoy en
una misión enormemente importante, que debo volver a
Luthien lo antes posible.
—Allí NO es donde vamos —espetó Tor.
—Capitán, por favor. Entiendo que esté cabreado por
haberle requisado su navío. Francamente, usted ha
demostrado tener muchos recursos recuperándolo. —
Yorunabi blandió la tarjeta.— Creo que reconocerá que
estoy . . . digamos . . . ¿en una posición en que le podría
recompensar muy bien? Lléveme a mí y a mi compañía
a su nave estelar, y desde allí, condúzcanos a Luthien.
Piense, Capitán. ¡Este servicio le reportaría lo bastante,
a usted y su tripulación, para retirarse cómodamente!
Este tipo de oportunidades no se dan dos veces en la
vida de un hombre . . .
Toda la vida de Tor, según parecía, había sido una
lucha por conseguir una nueva carga que le permitiese
ganar bastante dinero para cubrir los costes o para
sobornar al próximo agente de aduanas. El pago que
este hombre de las FIS le ofrecía por un único pasaje
haría a Tor riquisimo. Sus hombres, según notaba, se
miraban unos a otros en lugar de a sus prisioneros. La
oferta era tentadora. Después de todo, ¿qué
oportunidad tenían los rebeldes? ¿o Grayson Carlyle?
Tor recordó el interrogatorio, el frío rencor mientras
Singh lo maltrataba con preguntas. Recordó a Grady,
Moran y Lathe, y su propia gélida culpa al haberles
dejado atrás; el dolor al saber que habían sido
asesinados. ¿Qué oportunidad? ¿Qué oportunidad? La
pistola osciló, su boca dirigida hacia abajo, a la cubierta
...
. . . luego se alzó hacia arriba con un borroso contorno
gris, golpeando en la mejilla de Yorunabi, donde dejó
marcada un señal manchada de rojo que provocó un grito
de la garganta del hombre grueso.
Con la punta de su bota, Tor pateó a Yorunabi, quien yacía
rodando y gimiendo sobre la cubierta. Luego hizo una señal
a sus hombres: —Llevaos a esta gente abajo . . . a la bodega
número uno. Atadlos dentro con correas y vigiladlos. —
Movió la MP-20 de un lado a otro cubriendo al piloto y a los
oficiales de cubierta.— Ustedes también. Nos llevaré arriba.
Sus hombres se llevaron a los hombres del Condominio
del puente, y Tor procedió a comprobar la nave. Había
prisioneros abajo: soldados de Trell que eran llevados a
otros sitios por su capacidad técnica. Entre estos estaba el
General Varney. Varney y sus hombres de la Milicia habían
estado de acuerdo en unirse a la tripulación de Tor de buena
gana, una vez que se les explicó el plan.
Luego Tor se sentó de nuevo ante la familiar consola,
dejando que sus manos corriesen a lo largo de los
instrumentos. Todo estaba preparado y listo, los tanques de
hidrogeno llenos a tope, el motor de fusión encendido. Un
monitor del ordenador indicaba que la hora prevista de
lanzamiento de la Nave de Descenso era el amanecer, unas
escasas tres horas desde este momento.
No habían llegado a bordo demasiado pronto. Sacó su
transmisor manual y lo puso en otra frecuencia poco
utilizada: —Listos . . . listos . . . listos —dijo él.
Luego se recostó sobre la silla a la espera.
28

Mientras Grayson entraba en el Hangar de Vehículos, el


clamor insistente de la alarma general del Castillo inició su
estridente chillido. Los hombres y mujeres comenzaron a
correr al trote de un lado a otro, los oficiales y suboficiales
bramaban las ordenes y una escuadra de hombres de
infantería del Condominio con uniforme negro empezaba a
formarse sobre los terrenos en el exterior de las enormes
puertas dobles. Su primer pensamiento de coger un
aerodeslizador en el Hangar y salir hacia la oscuridad del
exterior no iba a funcionar. Sería derribado antes de recorrer
50 metros.
A continuación reunirían a los trelanos. Grayson bajó la
vista hacia su uniforme de gala verde e hizo una mueca. La
única cosa que podía hacer era dejar de ser un trelano.
Regresó hacia el corazón del Castillo, moviéndose por
pasillos familiares en la dirección general del Hangar de
Reparaciones. Lo que necesitaba era encontrar . . . ¡ajá!
Un soldado solitario del Condominio se apresuraba hacia
él por el pasillo, con el rifle láser echado por detrás de su
hombro. El hombre no prestó atención al Chaqueta Verde
trelano que se apartaba con la deferencia debida para
dejarle pasar, pero parecía empeñado en darse prisa por
recorrer el pasillo en dirección al Hangar de Vehículos.
Grayson le puso al soldado, al pasar junto a él, una
zancadilla, y el hombre se cayó con un fuerte estrépito del
rifle y de la voluminosa unidad de energía de la mochila.
El soldado se puso de rodillas con un gruñido: —Torpe
bastardo . . .
Luego el pie de Grayson le dio justo debajo de la barbilla,
haciendo que la cabeza saliese disparada hacia atrás y
volviese a sonar con estrépito al caer de nuevo sobre el
suelo, mientras su rabia quedaba esparcida en la oscuridad.
Grayson le buscó el pulso, pero no lo encontró. No había
pretendido matar al tipo, pero su propio miedo y cólera
habían cargado la patada lanzada contra la garganta del
hombre. El cuello del soldado parecía estar roto.
Arrastró al soldado dentro de una habitación adyacente,
una pequeña zona de almacenamiento de materiales de
oficina. Actuando con celeridad, desnudó al tipo del
uniforme y lo reemplazó con el suyo propio, esforzándose
por colocarse la pesada mochila de energía sobre los
hombros y por ajustar las correas de seguridad. Como toque
final, se agachó detrás de una estantería de metal repleta
de montones de formularios de peticiones y suministros y la
volcó sobre el cuerpo del soldado tirado en el suelo. Se
produjo un estruendo insistente, luego un silencio roto por
el crujido de los papeles volando por el aire. Eso debería, al
menos, provocar un poco de confusión si encontraban el
cuerpo del soldado. Cualquier demora le haría ganar unos
pocos minutos adicionales preciosos.
A continuación comprobó el láser. Era un Mark XX
Starbeam, un modelo del Condominio que conocía de los
manuales sobre armamento pero que no había usado
personalmente. No obstante, no sería difícil manejarlo.
Habría algo para controlar la intensidad del rayo. Se
encendía bajando la palanca en la mochila. En la
empuñadura había un seguro por debajo de la mano.
Parecía que podía usarlo. Comprobó ambas direcciones
antes de salir andando del almacén. Luego, Grayson se
dirigió al trote hacia el Hangar de Reparaciones.
Allí estaba el Shadow Hawk, de pie en toda su estatura
sobre la plataforma de reparación.
El 'Mech de 55 toneladas dominaba el cavernoso Hangar:
una enorme forma humanoide de metal con rayas grises
oxidadas y con pintura descolorida rodeada por el
andamiaje de metal que había sido levantado en torno a la
máquina.
Grayson evaluó al 'Mech con ojos expertos. De acuerdo
con la simple apariencia, habían vuelto a montar la mochila
y el cañón automático; que habían sido quitados para
facilitar la trampa que casi le había matado a él y eliminado
a su fuerza de asalto en esta misma sala. La mochila alojaba
los intercambiadores de calor principales del 'Mech y los
sistemas de apoyo vital de la carlinga, así como los
soportes, la munición y los circuitos de control para el cañón
automático de 90 mm que ahora estaba colocado en
posición de descanso, apuntando hacia arriba. La unidad
trasera podía ser quitada para realizar operaciones de
mantenimiento y reparación; pero el 'Mech no estaría
totalmente listo para el combate sin ella. Ahora,
ciertamente, el BattleMech parecía totalmente listo para el
combate.
El Shadow Hawk era un modelo bastante viejo de 'Mech, y
tenía una marquesina transparente como la de un avión
atmosférico. Las pantallas de la consola daban al piloto una
visión que iba desde los infrarrojos hasta los ultravioletas.
En la práctica, no obstante, el piloto, por lo general,
confiaba más en sus propios ojos que en los sensores
ópticos del 'Mech. Había un monitor holográfico principal,
que proyectaba la información sobre blancos y sobre el
combate, situado encima de la consola. La marquesina
estaba ahora abierta, y Grayson podía ver a alguien —
posiblemente el piloto o un Tech haciendo una
comprobación final— moviéndose por la carlinga.
Aunque la alarma estaba apagada, las tropas formaban en
la cubierta del Hangar de Reparaciones, con los oficiales
indicando las ordenes con gritos. Habían reunido un
bullicioso tropel de trelanos con chaquetas verdes a punta
de pistola en una esquina alejada de la sala. Había
comenzado la redada.
Grayson pensó con rapidez. Las puertas del Hangar
estaban abiertas, pero con todos esos soldados alineados
cerca de las mismas, sería detenido o derribado antes de
que se alejase mucho. Sus ojos regresaron al Shadow Hawk.
Había pilotado ese 'Mech varias veces durante los
entrenamientos. Había sido la máquina del Teniente
Hauptman, y Grayson aun podía distinguir el nombre
"Hauptman" con una escritura descolorida a lo largo de la
arista principal del pie izquierdo del 'Mech. Además, había
pasado muchas horas pilotando este tipo de 'Mech en el
simulador. Si pudiese entrar en la carlinga del 'Mech, tendría
una buena ocasión para escapar.
Había, sin embargo, varios problemas potenciales. El
'Mech podía no estar tan listo para el combate como
parecía. Aun peor, el casco de impulsos neurálgicos podía
haber sido preparado para los parámetros de otro piloto, y
tendría que ser vuelto a preparar con rapidez si iba a tener
el control total. La única forma de descubrirlo era
sentándose él mismo en la carlinga.
Tal vez el problema más importante fuese uno de índole
táctica. Una vez que Grayson empezase a ascender por la
escalera situada en el lateral del andamiaje era,
prácticamente, seguro que algún oficial del Condominio le
vería. Sin algún tipo de distracción, nunca llegaría por
encima de la articulación de la rodilla del Shadow Hawk.

******

Lori movió la mandíbula y cambió de frecuencias: —A


todas las unidades, tengo la señal. ¡A moverse!
El Locust se bamboleó hacia delante, en tanto que sus
pies de garras lisas afrontaban la dificultad de asentarse
sobre una orilla arenosa mientras subía hasta la cima. A
cada uno de sus lados, el Wasp y el Stinger avanzaban
lentamente en su salida del uadi y se alzaban
completamente. A ambos flancos, los transportes de armas
aerodeslizados zumbaban al encenderse sobre el borde del
arroyo donde el Wasp los había colocado con cuidado un
poco antes. Luego, empezaron a dirigirse hacia el
espaciopuerto sobre arremolinadas nubes de polvo.
—Solo una incursión rápida —recordó Lori a su unidad—.
Entrar y salir. ¡Sin duelos! ¡A ver si los cogemos
desprevenidos!
Habían maniobrado a lo largo del uadi hasta introducirse
tres kilómetros en el espaciopuerto, lo que dejaba un largo y
descubierto corredor de fuego a través del que las distintas
máquinas tenían que moverse. Los 'Mechs se movían, con
un ruido atronador, hacia delante a máxima velocidad, lo
que puso de inmediato al Locust a la cabeza. El polvo, que
se levantaba a causa de la carga de los 'Mechs y de los
ventiladores de los aerodeslizadores, giraba y ondeaba
hasta crear una nube que servía de pantalla.
Lori apuntó su láser sobre la Nave de Descenso del
Condominio más cercana, tomando como blanco una
torreta de láseres situada en el protuberante flanco del
navío. El cielo daba la suficiente luz para que captase a
su blanco ópticamente, y el brillo que provocó la
explosión de la tortera resultó deslumbrante contra el
crepúsculo.
Volutas de humo blanco se alzaban y giraban por el
cielo desde el par de aerodeslizadores que disparaban
misiles. Destellos de luz estallaban entre las naves
situadas en tierra, a lo largo de la encorvada azotea de
un cuartel, a lo largo del lateral de una nave de
almacenamiento. Los crujidos y estallidos de los cohetes
que explotaban sonaban por todo el campo de batalla.
—¡PICs a 270! —Lori reconoció la voz de Enzelman,
que estaba en el Wasp. Garik tendía a chillar en la
batalla cuando la adrenalina empezaba a fluir, y sus
emociones llegaban incluso a través de los filtros
electrónicos.
Ella cambió sus sensores de imágenes, y vio un
centelleo de movimiento. Los PICs —termino en la jerga
de los MechWarriors para "Putos Infantes de Cojones"—
salían a montones del destrozado cuartel. Muchos solo
llevaban algunas partes del uniforme en el aun fresco
aire de las primeras horas del amanecer, pero todos
parecían estar armados.
—Vale —transmitió ella—. No te preocupes de ellos.
Dirígete a los tanques de almacenamiento a 180.
¡Golpéalos!
El objetivo era un zona de almacenamiento de
tanques, de cuatro filas de tanques de almacenamiento
achaparrados y fuertemente blindados situada en lado
más alejado del espaciopuerto. El láser del Stinger se
dirigió a la base de uno de los tanques, buscando el
punto más débil. El brillo azulado de un rayo de
partículas salió como un dardo desde una Nave de
Descenso e impactó sobre el Stinger con un fuerte brillo.
Lori notó con aprobación que el piloto del Stinger, Yarin,
uno de los reclutas trelanos de Grayson, mantuvo
uniforme el disparo sobre el resistente blindaje del
tanque. Ella apuntó el láser del Locust sobre el mismo
punto; añadiendo la blanca furia de su propia arma allí
donde el blindaje se debilitaba, hacia donde la red de
tuberías y conductos para la transferencia del
combustible se fundía.
Esos tanques contenían hidrogeno liquido, que servía
para provocar la reacción en masa de los motores de
impulso de fusión de las Naves de Descenso ubicadas
en el puerto. En dos segundos, las válvulas situadas en
la base de los tanques se convirtieron en escoria, un
chorro de hidrogeno vaporizado salió al frío aire y la
explosión envió una bola de fuego que se convirtió en
un hongo en el cielo. La onda de choque hizo que el
Stinger de Yarin cayese de rodillas, y Lori luchó con los
controles del Locust para mantener la máquina en pie.
El impacto de la explosión era un golpe palpable, bestial
y ensordecedor. La bola de fuego subió más alto aun,
devorando el cielo. Su luz iluminaba toda la zona,
mientras ardientes trozos de metal candente llovían
sobre el campo de batalla y golpeaban por el casco del
Locust.
—Eso es —dijo Lori—. ¡En cualquier momento tendrán
la caballería fuera! ¡Retirada! ¡Retirada!

******

La distracción por la que Grayson rezaba llegó con el


grito de un soldado que estaba en la puerta: —¡Eh!
¡Están atacando el puerto!
La disciplina desapareció cuando los soldados
rompieron filas, estirando el cuello para ver con claridad
el fuego de láser contra la inmensa oscuridad del
espaciopuerto ubicado debajo de Monte Gayal. Varios
astechs salieron corriendo a los terrenos de desfile para
poder ver mejor.
Grayson supo que era ahora o nunca.
Empezando a subir la escalera del caballete, mantenía
los ojos fijos en la cabeza del Shadow Hawk. Su mayor
miedo era qué ocurriría si el 'Mech estaba
completamente encendido y preparado y el piloto le
localizaba a él a mitad de la ascensión. Cuando Grayson
había llegado a la cintura del 'Mech, el piloto se quitó el
casco y se erguía en la carlinga, estirándose hacia
arriba para ver más allá del bulto del pecho del 'Mech,
hacia la batalla del exterior. Grayson ascendió con más
celeridad entonces hacia el pecho del Shadow Hawk.
Estaba a la altura del pecho cuando un vibración en el
andamio atrajo la atención del piloto. Este bajó la vista,
con los ojos abiertos por la impresión. En el mismo
instante, se produjo un grito desde la cubierta a ocho
metros por debajo:
—¡Eh! ¡El de ahí arriba! ¿Qué diablos cree que hace?
Grayson había sido localizado. Por encima de él, el
piloto buscaba su pistola.
29

Grayson ascendió con más rapidez, abriéndose paso


entre la estrecha estructura de la pasarela del andamio
que atravesaba el bulto del pecho del 'Mech, justo por
debajo de la carlinga. El MechWarrior había sacado la
pistola y la apuntaba a la cabeza de Grayson.
—¡Suelte el arma! —La voz del tipo era aguda y poco
firme.
Grayson dejó caer el rifle, que traqueteó sobre el
andamio. Luego, empezó a desabrochar las hebillas que
mantenían sujetas las correas de la mochila.
—Esta es zona restringida, colega —dijo el guerrero—.
Aquí no sube nadie salvo los Techs y . . .
La última hebilla se deslizó al abrirse y Grayson
levantó la pesada mochila del láser y la colocó delante
suya como un escudo. Corrió hacia el MechWarrior, y el
andamio saltaba y traqueteaba bajo sus botas. El piloto
disparó una vez, aunque su disparo no acertó ni a
Grayson ni al escudo mientras el tipo caía hacia atrás en
la carlinga.
Grayson lanzó la abultada unidad de energía, dándole
al piloto en el pecho. Luego Grayson estaba encima de
él, luchando a brazo partido por coger la pistola
mientras sus pies se revolvían buscando un firme apoyo
sobre la impecable superficie del blindaje del pecho
superior del 'Mech . Los dos hombres lucharon cuerpo a
cuerpo durante un momento, mientras la mochila de
energía, de la que colgaba el rifle desde un cable, se
hallaba entre ambos durante la pelea. El piloto se puso
en pie, con la pistola en la mano todavía. Grayson le
lanzó un golpe con el pie, acertando en la rodilla del
MechWarrior; luego observó como el hombre caía
derribado y hacia atrás con un grito y el estruendo del
andamiaje de metal.
El tartamudeo de un rifle de asalto reverberó por todo
el Hangar, y las balas silbaron y crujieron junto a la
cabeza de Grayson. Se detuvo y recuperó el rifle,
comprobando la energía; luego, descargó tres rápidos
tiros a los soldados que avanzaban hacia la escalera. El
láser disparó con un cálido zumbido. Los rayos de luz
coherente eran invisibles, pero dos de los soldados de
abajo se desplomaron sobre la cubierta con los
uniformes ardiendo lentamente.
Mientras los otros buscaban cubrirse, Grayson se
zambulló de espaldas en la carlinga del Shadow Hawk.
Encontró el pomo y bajó la marquesina hasta su
posición, luego lo giró para asegurarlo y cerrarlo.
La propia marquesina tenía varias capas de materiales
reflectantes que la convertían en un espejo de una sola
cara. Era un factor añadido de seguridad que evitaba
que el piloto quedase cegado si la carlinga era golpeada
por un rayo láser del enemigo. Eso oscurecía en cierto
modo la caverna exterior, pero Grayson aun podía
vislumbrar las escurridizas formas de los soldados del
Condominio.
Ahora con rapidez, se dijo a sí mismo. Estiró las
manos para pulsar filas y filas de interruptores a lo largo
de las consolas situadas a derecha e izquierda de la
silla. Las lecturas de los instrumentos señalaban que la
unidad eléctrica estaba activa y que disponía de energía
completa, que las armas estaban cargadas, armadas y
conectadas a los controles.
Grayson bajó el casco de impulsos neurálgicos con su
colgante maraña de alambres y cables de alimentación
y se lo ciñó con cuidado en su cabeza. Al encender,
abrió con gran cuidado el circuito de comprobación de la
retroalimentación. Primero, se produjo la familiar
sensación de vértigo cuando los circuitos conectados
con patrones de ondas cerebrales desconocidos
enviaron los patrones disonantes de vuelta a través de
los nervios del propio oído interior de Grayson. Buscó los
botones vernier que ajustaban la conexión del casco,
moviéndolos hacia un lado u otro cuando el mareo
bajaba. Las trazadas fuera de sitio en un osciloscopio se
convirtieron en una única onda recta, y supo que el
Shadow Hawk estaba ahora ajustado a su patrón de
ondas alfa
Dio al tablero un ultimo repaso. Verde . . . verde . . .
todo verde. Su mano izquierda cogió la palanca de
control y la derecha la empuñadura del armamento. Su
pie pisó sobre el cierre de las piernas que mantenía al
Shadow Hawk abrazado al andamio, y la máquina dio un
paso hacia delante. El andamiaje del caballete explotó
hacia fuera con una nube de revoloteantes fragmentos y
pedazos. El 'Mech dio otro paso, arrastrando retorcidas
hebras de aleación de aluminio a lo largo de la cubierta
con un chirrido de metal torturado.
Las puertas del Hangar se cerraban con dificultad.
Grayson dio varias vueltas, buscando. Con toda
seguridad, la cabina de control estaba allí, la escalera
trasera en su sitio. Podía ver a un astech dentro de la
cabina, hablando de forma frenética por un micrófono.
Grayson levantó el brazo derecho del Shadow Hawk,
apuntando el láser de 6 cm montado en el antebrazo.
Su mano derecha apretó el gatillo. El fuego blanco
quemó la cabina, de la que salió un chorro de esquirlas
de cristal y metal roto. La mitad de la cabina salió dando
vueltas a lo lejos y cayó hacia la cubierta, arrastrando
humo negro y una maraña de metal y suspensores
hechos jirones provenientes de la escalera.
Todavía parcialmente abierta, la puerta del Hangar se
congeló donde estaba.
Grayson giró y dio una zancada hacia la apertura. Los
hombres se dispersaban bajo sus pies, la mayoría
tirando sus armas y escondiéndose sin volver la vista,
una irrisoria minoría aguantando la posición
enfrentándose con el atronador 'Mech con las pistolas y
los rifles de asalto. Grayson los ignoró, aumentando la
velocidad a medida que se alejaba del Castillo. Las
baterías de misiles y láseres montadas en torno a los
muros contenían un poder de fuego más que suficiente
para derribar al Shadow Hawk. Su única esperanza era
que las armas no estuviesen aun preparadas y puestas
en funcionamiento.
No se atrevió a poner en funcionamiento los cohetes
de salto del 'Mech durante el descenso por al campo de
desfile. Después de pilotar el Locust, el Shadow Hawk
parecía muy diferente —enorme, gigantesco y torpe,
como si intentase caminar con pesas de plomo atadas a
las manos, los pies y el torso. No le llevaría mucho
acostumbrarse al 'Mech más pesado, pero Grayson no
iba a arriesgarse con ninguna maniobra complicada
hasta que la máquina estuviese libre de todas las
correas.
El terreno de bajada desde la zona de desfiles era
quebrado y abrupto, lleno de hondonadas causadas por
la erosión y peligroso a causa de las piedras sueltas y la
gravilla esparcida. Grayson descubrió que había
empezado su descenso más al norte de lo que había
pretendido. Hacia el sur, hacia las luces de Sarghad, la
pendiente era más suave, lo bastante plana para que la
recorriesen los aerodeslizadores y lo bastante sólida
para soportar 'Mechs a la carrera.
Abrió las frecuencias de combate, y captó el chirrido
de la estática y una voz que hablaba con rapidez en los
auriculares de su casco.
—. . . Nave de Descenso de la nave de carga,
¡solicitando autorización inmediata!
—Nave de Descenso Alfa, aquí la torre. Tenemos una
emergencia en el campo y debemos denegarle su
petición de autorización.
—¡Idiotas, es la emergencia que trato de evitar! Mire .
. . el Capitán Yorunabi, de las FIS, me ha dado la orden
de lanzamiento inmediato. ¿Me entiende?
Grayson se esforzó por captar las palabras, que
resultaban confusas a causa de la estática. Dado que se
trataba de transmisiones electrónicas y no voces, no
podía estar seguro de si el que hablaba era Tor o no.
Pero sabía que Lori no habría lanzado el ataque sobre el
puerto a menos que hubiese recibido la señal del
Capitán Tor de que la Nave de Descenso estaba a salvo.
Cuando hicieron los planes, no conocían el plan de
lanzamiento de la Nave de Descenso, y solo podían
imaginárselo a partir de los preparativos que había en la
base que estaba lista para partir. En las Naves de
Descenso no se cargaba la masa de reacción de
hidrogeno liquido hasta justo antes del lanzamiento. El
hidrogeno tenía una tendencia lamentable a esparcirse
a través de los tanques sin protección si se le dejaba
colocado durante más de una pocas horas.
Generalmente era más barato y más eficiente
almacenar el combustible en otro sitio, y cargarlo a
bordo justo antes del momento de despegue.
Así fue como supieron que la Nave de Descenso
estaba cerca de la hora de lanzamiento cuando vieron
que los equipos de astechs cargaban el combustible;
pero no sabían cuan cerca estaba este. En lugar de
correr el riesgo de que Tor y su escuadra fuesen
detectados por mantenerse en una Nave de Descenso
capturada en secreto durante horas —posiblemente un
día estándar o más—, el ataque fue planeado para dar
al Capitán de la nave de carga una excusa para el
lanzamiento inmediato.
La desesperada petición del piloto de la Nave de
Descenso estaba de acuerdo con el plan, pero Grayson
se preguntaba por la presencia de un Capitán de las FIS
a bordo. ¿Era un farol de Tor? ¿O algo iba totalmente
mal?
—Alfa, aquí la torre. Tiene autorización para un
lanzamiento inmediato.
Si era un farol, había funcionado. Una llamarada de
luz se propagó a lo largo del aún oscurecido campo, y la
Nave de Descenso de la "Ingrata" se elevó sobre una
parpadeante columna de fuego blanco, moviéndose, al
principio, lentamente y, luego, acelerando a lo que
debían ser unas impresionantes 3 Gs en el cielo
nacarado.
Si, de algún modo, el asalto de Tor había fallado,
ahora no había nada que se pudiese hacer para
remediarlo en todo el universo.
Grayson cambió las frecuencias, y encontró el canal
de batalla que había asignado a los Lanceros.
—Lancero Uno, aquí Grayson. —No habían preparado
códigos de radio, porque Grayson no había esperado
salir del Castillo en un BattleMech.
Hubo una pausa:
—¿Grayson? Aquí Lori.
—¡Lori! He liberado para nosotros un Shadow Hawk.
Estoy bajando la pendiente en dirección a ti. ¿Alguna
oposición?
—Fuego pesado desde las naves, según lo esperado.
Sus 'Mechs no están preparados, y aun no han sido
capaces de enviar ninguno contra nosotros. Sin
embargo, estarán sobre nosotros pronto. Las tropas
terrestres se mueven para colocar armas estáticas
pesadas sobre el terreno.
—Vale. Sigue con el plan. ¡Te veré en el lugar de
encuentro!
El fuego y la tierra destrozada se elevaban en torno a
él mientras los misiles lanzados desde el Castillo
buscaban a través del rocoso terreno el Shadow Hawk
de movimiento pesado. Grayson se giró dos veces, bajó
el cañón automático por el hombro izquierdo del 'Mech,
y lanzó una andanada escalonada de obuses explosivos
contra los lanzadores que le acosaban, pero sin ningún
resultado visible. La distancia era demasiado grande
para colocar los obuses o los cohetes con precisión.
Sobre la llanura de abajo, podía vislumbrar las
pequeñas manchas de tres BattleMechs que se
retiraban al norte hacia las montañas, protegidos de las
Naves de Descenso aparcadas por las ruinas de un
tanque de hidrógeno líquido. Y en el cielo, por encima
de él, una brillante estrella se movía a gran velocidad
hacia el iluminado este, dejando una estela curvada de
color blanco. ¿Éxito o fallo?
Lo sabría muy pronto. Por ahora, el plan requería
silencio absoluto en las comunicaciones por radio con la
nave espacial, y suponer que la parte de Tor del plan
había funcionado a la perfección.
Si no había sido así, el éxito se volvería fallo en dos
días escasos.

******

Las Naves de Salto eran bestias desgarbadas,


restringidas por su diseño y por la física a maniobras
lentas y extremadamente delicadas en torno a esa
invisible abstracción en el espacio conocida como punto
de salto. Los puntos de salto eran zonas que abarcaban
cientos de miles de kilómetros, dependiendo de la masa
de la estrella que los generaba. Cada estrella tenía dos:
el punto cenit en el polo norte de la estrella y el punto
nadir en el polo sur. Tales distancias, desde luego,
variaban en función del tamaño de la estrella. Las Naves
de Salto, con su motor Kearny-Fuchida, podían
maniobrar en el punto, activar sus sistemas de energía
y reaparecer en el punto de salto de una estrella a una
distancia de 30 años luz.
La energía para el salto provenía de la vela de salto
del navío, un disco de un tejido metálico de un grosor
inferior a un milímetro y con una amplitud de más de un
kilometro que capturaba y transmitía las radiaciones
luminosas y de partículas de una estrella hasta una
celdas de almacenamiento situadas en la nave.
Diseñadas para absorber cada fotón de cada longitud de
onda que caían en ellas, las velas de salto eran negras
—de un negro tan profundo que una broma de los viejos
pilotos decía que el espacio parecía blanco en
comparación.
Aunque complejo en los detalles de la operación, la
simplicidad básica de las transiciones entre puntos del
salto había otorgado a los hombres las estrellas. Aunque
la civilización devastada por la guerra de los Estados
Sucesores no podía seguir construyendo nuevos navíos
en ninguna cantidad, las naves continuaban navegando
por las rutas existentes entre los puntos de salto
estelares. La "Ingrata" tenía al menos tres siglos de
antigüedad, el motor de guía había sido puesto durante
los años precedentes a las Guerras de Sucesión.
Nadie sabía cuanto podría permanecer cargado y lleno
de vitalidad el núcleo de energía de una nave estelar.
Era una cuestión que preocupaba a los filósofos y
señores de la guerra de todos los mundos de la esfera
humana.
La dependencia de una Nave de Salto de los puntos
de salto y de las enormes, aunque delicadas, negras
velas de salto significaba que ninguna nave podía viajar
más allá del punto en el que entraba en un sistema
planetario. Las velas tenían que ser desplegadas
durante considerables periodos de tiempo para
absorber la energía necesaria para un salto, y el polvo y
los escombros meteóricos que sembraban el plano
orbital de cada estrella podían despedazar una vela en
unos pocos viajes. Aunque algunas naves disponían de
sistemas de conducción auxiliares les permitían
maniobrar a través del sistema con sus velas plegadas,
la mayoría de las Naves de Salto permanecían en el
punto de salto, usando sus Naves de Descenso como
lanzaderas entre la nave estelar y el mundo.
Sin embargo, esto daba lugar a otro problema. En los
puntos de salto de cualquier estrella, la gravedad de
dicha estrella es totalmente evidente. Una nave en
órbita en torno a una estrella no caería, por supuesto,
pero tampoco permanecería cerca del punto de salto.
Mas bien, seguiría un camino orbital en torno a la
estrella y, finalmente, atravesaría el plano lleno de
polvo del sistema. Por esta razón, las Naves de Salto
llevaban impulsores de mantenimiento de la posición
que funcionaban sobre la base de la fusión de plasma o
de ion. Esto proporcionaba un impulso suave y
constante, calculado cuidadosamente para contrarrestar
con precisión el tirón de la estrella y para mantener, al
mismo tiempo, el despliegue de la nave de salto. Una
nave estelar, aparcada en un punto de salto de una
estrella, está posicionada con la proa apuntada hacia el
vector de salida del sistema y la vela desplegada, tal
vez, a unos diez kilómetros por la popa, entre la nave y
la estrella. Los impulsores de mantenimiento de la
posición están angulados hacia la popa y hacia babor,
de modo que sus ráfagas de partículas cargadas no
dañarán la frágil vela.
Huelga decir que las naves estelares aparcadas en un
punto de salto tienen escaso margen de
maniobrabilidad, ya que cualquier aceleración lateral
deformaría y, luego, destrozaría el tejido de la vela. Se
habían grabado varias batallas entre naves estelares
que resultaron asuntos pesados que necesitaron de
varias semanas maniobrando para llegar a su fin. Por lo
general, cuando se producía un combate entre dos
naves, se usaban Naves de Descenso de mayor
maniobrabilidad y fuertemente armadas o cazas
aerospaciales, que eran más ligeros, más rápidos y más
maniobrables. Las Naves de Salto estaban armadas de
forma automática (incluyendo láseres dirigidos por
radar para defenderse contra los meteoritos), pero una
simple Nave de Descenso suponía una amenaza tan
seria para cualquier nave sin ayuda que un capitán de
nave normalmente se rendiría de forma inmediata antes
de arriesgarse a dañar a su precioso e irremplazable
navío.
Se trataba de un problema fascinante el de las
tácticas de combate especial, pensó Tor. Nunca había
dedicado mucha atención a las tácticas espaciales,
aunque cualquier capitán de carguero sabía bastante
para poder contrarrestar las maniobras de una nave
estelar posiblemente hostil en un punto de salto
desconocido. En este caso su problema era acercarse a
la "Ingrata" sin revelar el hecho de que la Nave de
Descenso ya no estaba bajo control de la misma gente.
Podía haber palabras claves o códigos de aproximación
de los que no tenía conocimiento, aunque una búsqueda
en los programas operativos de la Nave de Descenso no
había revelado nuevos códigos en la secuencia de
atraque. Parecía que los piratas habían dejado todo
como lo habían encontrado. Tor solo podía esperar que
esa fuese la situación.
La complicación táctica de esta misión era la Nave de
Salto del Condominio Draconis estacionada as 12.000
kilómetros de la "Ingrata". Mientras la distancia era
suficientemente grande para lograr que los impulsores
de mantenimiento de posición de cada navío no
dañasen a la vela del otro, doce mil kilómetros era
prácticamente la puerta de al lado, en términos de
navegación espacial.
Tor podía sentir que la otra nave estaba allí fuera.
Estaba demasiado lejos para mostrarla de modo ocular,
pero podía visualizarla. Estaba convencido de que la
nave de guerra era la misma que le había detenido en
ruta desde Sigurd hasta Trellwan. Si captaban el más
mínimo indicio de que algo iba mal a bordo del
carguero, un par de Naves de Descenso de clase Union
—o lo que era peor, un ala de cazas aerospaciales—
podían ser posicionadas junto a la vela de la "Ingrata"
en menos de 30 minutos.
Este secuestro especial tenía que realizarse en
completo secreto o acabaría casi antes de que hubiese
comenzado. Grayson y Tor habían establecido los
detalles en su paseo por las orillas del lago de la Falla
del Trueno. La clave del plan era el conocimiento de que
cada Nave de Salto tendría sus antenas direccionales
centradas en Trellwan, pero que, con casi toda
seguridad, no las tendrían apuntadas una hacia la otra.
Dos naves en posiciones de estacionamiento cercanas
en un punto de salto, sobretodo si una era un navío no
militar y la otra una nave de guerra, tendrían poco que
decirse una a otra, aunque la nave de guerra
mantendría a la nave de carga bajo observación de
forma automática. Un atacante como Tor sería capaz de
decir si la "Ingrata" hablaba con la nave de guerra; pero
no si la tripulación se comunicaba con el puerto —y, a
través de éste, con la nave del Condominio.
Los problemas de Tor empezarían si la tripulación de
la "Ingrata" era capaz de avisar al espaciopuerto del
hecho de que estaban abordando la nave. El
espaciopuerto avisaría a la nave de guerra, y la nave de
guerra desplegaría Naves de Descenso armadas casi en
el mismo instante. Ese aviso también significaría
problemas para Grayson en Trellwan. El planificaba otro
asalto al puerto, y la noticia de que la nave de carga
había sido capturada haría que las defensas del
espaciopuerto se pusiesen en guardia. Eso podía hacer
que el ataque fuese imposible o, lo que era peor, le
condujese a una trampa.
Era por esta razón que la misión de Tor estaba
coordinada con tanta precisión con las fuerzas de
Grayson en Trellwan. Los Lanceros estarían en posición
para atacar el espaciopuerto en el mismo momento en
que la Nave de Descenso de Tor se aproximaba a la
"Ingrata". El primer objetivo del ataque terrestre sería la
torre de control del espaciopuerto, que alojaba los
transmisores de comunicaciones de las antenas
parabólicas de la red de comunicaciones, que podían
avisar a la nave de guerra enemiga del asalto sobre la
"Ingrata".
Además, el ataque terrestre no podía ser lanzado
antes de que la Nave de Descenso alcanzase a la nave
de carga. Si lo fuese, alguien en la torre podía avisar a
la nave de guerra, y los oficiales de la nave de guerra
podían llegar a sospechar de la coincidencia de que una
solitaria Nave de Descenso se aproximase al carguero.
Una llamarada de láser podía acabar con la misión de
Tor solo a unos pocos kilómetros de su meta.
Tor miraba a la pantalla del ordenador situada en la
consola, que mostraba los días, horas y minutos
transcurridos desde el lanzamiento. Su tiempo de vuelo
había sido ajustado cuidadosamente de forma que la
Nave de Descenso llegase a la zona de mantenimiento
de la posición de la "Ingrata" exactamente 55 horas y
30 minutos después del lanzamiento.
T más 55'5 horas era el momento para iniciar ambos
ataques. Eso si todo había salido de acuerdo con el plan
en Trellwan. Tor y sus hombres estaban a punto de
arriesgar sus vidas sobre la presunción de que todo
había ido bien.

******
Más de 50 horas después de la salida del sol, Trell
había desaparecido del horizonte y colgaba bajo y a un
costado de la negra silueta del Monte Gayal. El hinchado
disco rojo lleno de manchas aun podía ser visto sin que
molestase, pero la luz roja había puesto la cara oriental
del Gayal bajo las sombras con tanta profundidad que
Grayson no podía distinguir el Castillo. La temperatura
estaba ya varios grados por encima del punto de
congelación. El tenue y distante susurro que captaban
los 'Mechs en sus micrófonos externos era el primer
rugido del agua derretida cayendo desde las
profundidades de la Falla del Trueno.
La fuerza de asalto se aproximaba, esta vez, desde el
oeste, utilizando el terreno accidentado y castigado por
el agua para proteger a los 'Mechs del radar del
enemigo y de otros sensores remotos. Grayson estaba
en el recién capturado Shadow Hawk a varios kilómetros
de distancia del resto. Había descubierto otro arroyo al
sudoeste del puerto, y había movido el Shadow Hawk
bajo la protección de un terraplén. Un monitor del
ordenador en su consola de instrumentos parpadeaba a
medida que mostraba pasar los segundos. Cincuenta y
cinco horas y veintiocho minutos habían pasado desde
el lanzamiento de la Nave de Descenso. En dos minutos,
empezaría el ataque.
El asalto de los Lanceros de dos días antes había
cogido a las fuerzas del Condominio con la guardia
bajada, permitiendo a Grayson y sus hombres retirarse
a su escondite en la Falla sin ser perseguidos. El
enemigo solo había conseguido lanzar un helicóptero
que disparaba misiles, y ese había sido derribado por
una salva de unos de los aerodeslizadores lanzadores de
misiles de los Lanceros.
No había modo de conseguir una sorpresa similar una
segunda vez. En las ultimas 50 horas, las fuerzas del
Condominio en Sarghad habían descargado y preparado
dos compañías completas de 'Mechs: veinticuatro
BattleMechs de diversos tamaños y modelos.
Dos lanzas, que totalizaban ocho 'Mechs, había sido
desplegadas en la ciudad en torno a los terrenos del
Palacio, y otra lanza se había trasladado al Castillo poco
después de que Grayson escapase con el Shadow Hawk.
La compañía restante de doce 'Mechs estaba de
centinela en el espaciopuerto. Ocho patrullaban
constantemente mientras los otros cuatro eran
revisados.
Había al menos otro 'Mech en el puerto, el Marauder
negro y gris del Teniente Vallendel. Grayson se
preguntaba si el propio Marauder rojo y negro del Duque
Ricol, el Cazador Rojo, estaba también en Trellwan,
aunque no había visto signos de ello.
Las fuerzas del Duque Rojo también incluían tropas
terrestres, al menos 250 soldados equipados con una
variedad de aerodeslizadores y vehículos ligeros con
tracción de oruga dispuestos para los accidentados
terrenos montañosos que los vehículos de colchón de
aire no podían superar. Estas tropas estaban armadas
con una impresionante colección de rifles de asalto,
láseres portátiles y lanzadores de misiles disparados
desde el hombro.
Un ataque directo contra una fuerza tan enorme era
claramente inútil, pero un ataque era la única forma de
derribar la torre de transmisión de las comunicaciones.
Grayson miró otra pantalla, cuya imagen le llegaba
desde una pequeña cámara situada en lo alto del muro
del uadi. La antena del sistema de transmisión era un
mástil de 20 metros que en la parte superior tenía un
plato llano de tela metálica de cinco metros de
diámetro, que estaba un poco inclinado hacia el sudeste
del horizonte. Esa era la dirección del punto de salto
nadir, el lugar donde, en este mismo momento —si todo
iba según el plan—, Tor debería estar acercándose a la
"Ingrata" en la Nave de Descenso capturada
La torre era el objetivo especial de Grayson. Los otros
'Mechs de la lanza, el Locust, el Stinger y el Wasp, de
veinte toneladas cada uno, atacarían la base, que era
patrullada por al menos trece 'Mechs pesados. Con una
situación tan desfavorable, el plan de batalla de los
Lanceros requeriría un uso cuidadoso de la estrategia.
El plan requería que los 'Mechs ligeros atacasen, una
vez más, los tanques de hidrogeno y, luego, huyesen.
Esperaban que la mayoría de los 'Mechs a mano
persiguiesen a los Lanceros mientras se retiraban hacia
las montañas. Grayson estaba seguro de que las fuerzas
del Condominio estarían determinadas a atrapar a los
incursores esta vez, perseguirlos hasta su campamento
y destruirlos de una vez por todas.
Pero mientras la fuerza principal de 'Mechs perseguía
a los tres incursores, Grayson se deslizaría por la
retaguardia y destruiría la antena. Los aerodeslizadores
y soldados de los Lanceros estaban desplegados en un
terreno accidentado y defendible a mitad de las
pendientes de ascenso a la montañas que conducían a
la Falla. Una defensa obstinada podía permitir que los
'Mechs ligeros de los Lanceros escapasen, y podía
desalentar una persecución activa.
Podía . . . podía . . . podía . . . Grayson frotó las manos
sobre la cara, e intentó disipar los miedos que le
atormentaban. Había tantas cosas desconocidas.
¿Realmente estaba Tor al mando de la Nave de
Descenso? ¿Sería él capaz de tomar la "Ingrata" sin que
se produjese una interferencia por parte de la nave de
guerra del Condominio, que debía estar en alguna parte
en la misma zona? ¿Podían tres 'Mechs ligeros y unos
soldados medio entrenados sobrevivir ante un ataque
total de tres lanzas completas de 'Mechs pesados y
medios?
Con anterioridad el había puesto sobre el mapa un
plan de batalla osado contra fuerzas superiores, solo
para ver que su plan se disolvía en sangre y fuego
cuando la puerta del Hangar de Reparaciones se
cerraba detrás de ellos. Dados el ingenio e iniciativa del
Duque Ricol, era totalmente posible que Grayson
condujese a su gente hacia otra trampa, una incluso
más mortal que la que habían enfrentado antes.
Su primera sugerencia ante el consejo de guerra había
sido que él se deslizase solo en el puerto. Una mochila
llena de explosivos de alta velocidad podía derribar la
torre de la radio.
Podía . . . podía . . .
Sus hombres se habían opuesto a la idea. El ataque
contra la torre TENÍA que tener éxito: y de una forma
inmediata. Si la gente del Duque lograba enviar un
aviso ya fuese a la "Ingrata" o a la nave de guerra del
Condominio, convertirían la Nave de Descenso de Tor en
fragmentos meteóricos. Solo el poder de fuego del
Shadow Hawk, compuesto de un láser medio, cañón
automático y afustes de misiles de corto alcance, podía
garantizar un ataque con éxito a la torre.
Tor dependía de Grayson; quien, a su vez, dependía
de Lori, Garik Enzelman y Yarin para que le diesen el
tiempo que el necesitaba para acercarse a esa torre.
30

Los segundos finales pasaron.


Y llegó el momento. Los micrófonos externos de
Grayson captaron el estruendo de los misiles, mientras
el Wasp de Enzelman liberaba una andana de MCAs con
cargas de humo detrás de sus cabezas explosivas. Se
movieron en arcos bajos y planos a lo largo del puerto,
explotando en nubes de impenetrable humo blanco.
Mientras los hombres del Duque devolvían el fuego con
violentos rayos entrecruzados desde las Naves de
Descenso situadas en tierra y desde los búnkers
defensivos, el aire se llenaba de ruidos agudos con las
múltiples conmociones causadas por las cabezas
explosivas al estallar.
La cámara de Grayson se acercó más al humo que se
arrastraba a baja altura. Apenas pudo distinguir la
contoneante forma de pájaro del Locust de Lori mientras
se movía a lo largo de la pantalla. En algún sitio, un
cañón automático bramó, y unos destellos milimétricos
explotaron cerca del 'Mech de Lori. El enemigo estaría
apuntando mediante radar en una situación tan
apurada, lo que no resultaba tan preciso como apuntar
mediante láser o dispositivos ópticos; aunque si lo
bastante letal a distancias cortas. Hizo una mueca de
dolor cuando un par de brillantes destellos acertaron en
el casco del Locust.
Más misiles se alzaron en arcos visibles por encima
del humo mientras el Wasp dejaba caer una segunda
andanada. Un tono agudo y penetrante llegó a su oído,
indicando que el programa de CME{xiv} de los Lanceros
estaba en marcha. Si las CME no tenían éxito en obstruir
el radar de puntería del enemigo, los tres 'Mechs de los
Lanceros serían derribados y destruidos con rapidez.
Grayson detectó otro movimiento, pesado y
avanzando lentamente por la derecha. Cambió la
cámara de nuevo al este y apuntó el zoom ampliado.
¡Allí! Cerca de las achaparradas formas de las Naves de
Descenso de clase Union posadas en tierra había una
pareja de 'Mechs que daban tumbos mientras se dirigían
hacia el campo de batalla lleno de humo. El 'Mech más
cercano era un Rifleman, una máquina de 60 toneladas
con una pareja de láseres, uno por encima del otro, y un
cañón automático montados en lugar de los brazos.
Grayson se estremeció mientras se percataba de que un
Rifleman pesaba tanto como toda la unidad de tres
'Mechs de Lori. Y, más allá del Rifleman, estaba la mole
de 55 toneladas de un Wolverine, con la rara
protuberancia de una torreta láser colocada en los más
alto de su enormemente blindado pecho y con un cañón
automático pesado en el brazo derecho. En el aire, la
enjuta forma de tiburón de un helicóptero de ataque se
lanzaba en picado desde el distante Castillo.
A través de la nube de humo se percibían destellos y
dardos de luz. Las Naves de Descenso parecían estar
disparando al azar a la nube, poco seguras de sus
blancos. La obstrucción de radar parecía funcionar de la
misma forma en que la nube de humo impedía el uso
del sistema de puntería por láser para las fuerzas del
Condominio. NO importaba demasiado que las
contramedidas de puntería de los Lanceros evitasen
también que ellos apuntasen de forma efectiva. No era
parte del plan que los tres 'Mechs de 20 toneladas de
los Lanceros aguantasen y se enfrascasen con los
'Mechs más pesados que se acercaban con un ruido
atronador a través de la zona de aterrizaje de
ferrocemento en este momento.
El casco de Grayson crepitó, luego estalló con agudos
tonos electrónicos sobre la frecuencia de combate de
los Lanceros:
—¡Lancero Uno, aquí Lancero Tres! ¡Capto movimiento
de infantería a nuestra izquierda! ¡Nos rodean por
detrás!
—Entendido, Tres. Comience la retirada.
—Lancero Uno, aquí Dos. Tres 'Mechs a este lado, ¡a
300 metros y acercándose! PICs en apoyo. Dos . . . ¡que
sean tres TADs!
—Vale, Dos. Todas las unidades, retírense. Péguense a
...
La transmisión de Lori se cortó a causa de una bestial
explosión de estática. La nube de humo se iluminó de
azul cuando un rayo cargado de partículas introdujo un
dardo en el centro de ella. Grayson movió la cámara
hacia delante y hacia atrás, intentando localizar el
'Mech que había disparado. Tenía que ser grande para
montar un CPP. Durante un horrible momento, pensó
que el rayo había pillado a Lori. Luego, la aguda estática
de las partículas cargadas desapareció, y escuchó de
nuevo la transmisión de ella.
—¡A todas las unidades, sigan desplegándose! ¡Vigilen
la retaguardia!
Grayson había perdido el rastro de la posición de ellos
ahora, aunque más cohetes de humo eran lanzados
sobre la pantalla de humo para lograr que la pesada
nube grisácea y blanca se extendiese por el campo.
Pudo vislumbrar las siluetas borrosas de al menos cinco
'Mechs pesados moviéndose en medio del humo, en
dirección oeste y un poco hacia el norte.
Grayson notó una incipiente sensación de culpa, al
encontrarse con su 'Mech perfectamente camuflado tan
lejos de la línea de fuego. No podía haberse hecho de
otro modo, pero eso no aligeraba su alma en ese
momento. Tenía que quedarse sentado mientras sus
amigos eran presionados duramente por fuerzas
enormemente superiores.
Los sonidos del combate se hacían más débiles dentro
del humo, pero el parloteo electrónico entre sus
compañeros de lanza continuaba. Grayson pudo percibir
una nota creciente de urgencia en las voces de sus
compañeros incluso a través del filtrado de la
reproducción electrónica.
—¡Aquí Tres! ¡Aquí Tres! —Ese era Yarin en el Stinger,
haciendo frente a su primer combate en 'Mech.— ¡La
temperatura sube y tengo un aviso de parada
automática!
—Pulsa el botón de anulación, Tres, y permanece frío.
A todas las unidades, control cero. Repito, control cero.
Grayson llevó las manos a los controles, poniendo el
Shadow Hawk de pie con una explosión de arena y
mallas de camuflaje. "Control cero" era el código
preestablecido para hacerle saber que la lanza había
alcanzado la accidentada elevación sembrada de
piedras que conducía ladera arriba hacia la Falla del
Trueno. Era el momento de lanzar la siguiente fase del
plan.

******

El viento era más fuerte allí en lo alto, sobre las faldas


de las montañas de la Falla, y disolvía la pantalla de
humo con tanta rapidez como Enzelman podía disparar
sus cohetes de humo. Los tres 'Mechs habían tenido que
acercarse mucho, demasiado, porque el ascenso hacia
la Falla era un delta fluvial de cauce seco que
comenzaba ancho y liso, pero que rápidamente se
estrechaba a medida que ascendía. Lori retiró sudor y
hebras de pelos chorreantes de su rostro. La acción
llevaba ya casi una hora sin muestras de descanso, y las
temperaturas internas de los tres 'Mechs se elevaban
hacia niveles críticos.
Lori observó cómo una forma se materializaba desde
el humo unos 250 metros por debajo de ella. Luego, los
puntos de mira del retículo de puntería de su imagen
principal se centraron sobre la forma. Su ordenador leyó
masa y emisiones del equipo de energía, mientras una
reluciente imagen perfilada mediante líneas aparecía en
la pantalla. Era un Wasp. Aunque estaba segura de que
Garik estaba detrás de ella y a su izquierda, golpeó en
el receptor de la IAE{xv} para estar segura.
El láser del Wasp disparó en el mismo momento en
que ella leía el DI del repetidor. Rocas supercalientes
explotaron cerca de la pierna del Locust, mientras los
fragmentos hacían un ruido fuerte a lo largo del casco.
Apretó el gatillo de disparo de forma convulsiva, y vio
una llamarada naranja bifurcarse desde el blindaje del
torso del Wasp, dejándole una chamuscada cicatriz a lo
largo del pecho. Aunque el 'Mech se bamboleó
alejándose del rayo, le seguía una estela de humo, y
Lori pudo ver un relámpago azul parpadear en la grave
herida.
Disparó otra vez, y otra. ¡Dos impactos más! El Wasp
tenía dificultades en mantenerse de pie. Una pierna
parecía congelada, y, según parecía, el piloto tenía
problemas para mantener el 'Mech equilibrado. Lori
impulsó el Locust 30 metros hacia delante, luego lo paró
y disparó otra vez. El fuego goteó del dañado torso del
Wasp y se produjo una salpicadura de metal fundido.
La cabeza del Wasp explotó con humo y luces
mientras el piloto salía eyectado. El enorme casco de la
máquina se desplomó hacia atrás, dejando una estela
curvada de humo negro mientras caía.
Otra explosión de misiles cercana a la pierna del
Locust envió a Lori hacia atrás ladera arriba. Los
peñascos eran aquí más grandes, muchos del tamaño
de una casa, y la batalla se convirtió en un juego de
mirar, disparar y esconderse entre las piedras
protectoras.
—¡Garik! —gritó ella en la frecuencia general de
combate.— ¡Yarin! ¿Dónde estáis?
—¡Aquí Garik! La tengo a la vista, Sargento. Usted
está a 200 metros por debajo mía, y a mi derecha.
Cuatro 'Mechs (tres ligeros y un Wolverine) suben la
ladera a un centenar metros a su izquierda. ¿Los capta?
Ella comprobó dicha dirección, y solo vio los peñascos
y el humo que ascendía:
—¡No!
—Mejor que se retire antes de que se quede aislada.
—¡En movimiento!
Poco a poco comenzó a ascender la pendiente, el
árido terreno se desmoronaba bajo las raspantes garras
de los pies del Locust. A cada lado, el terreno se hacia
más a agudo y afilado, formando un ancho barranco que
limitaba el movimiento y, lo que era aun peor, la
visibilidad. Los tres 'Mechs tenían que estar en la
primera línea defensiva antes de que sus perseguidores
llegasen.
Otro Wasp salió dando un par de pasos de entre los
peñascos, ladera arriba desde su posición, y entre Lori y
sus amigos. Esta vez no necesitó pulsar la IAE. Estaba a
penas a unos 50 metros, pero su esquema de pintura
era totalmente extraño. El camuflaje, en rayas negras y
naranjas como las de un tigre, estaba diseñado para la
guerra en la jungla, y contrastaba enormemente con los
grises y marrones del campo de peñascos.
Su disparo cogió al Wasp por sorpresa, un impacto
directo en el brazo derecho que envió al 'Mech dando
vueltas, hacia atrás, hasta chocar con una roca. El
brazo, y el láser que había sujetado, yacía retorcido y
roto sobre la arena.
—¡Buen disparo! —Lori no sabía si la voz era la de
Enzelman o la de Yarin. Disparó de nuevo, falló; luego
vio una solitaria cabeza explosiva golpear al Wasp
directamente en la espalda. El piloto enemigo logró
estabilizar su 'Mech, sin embargo, y se giró para encarar
de frente a Lori. Un par de misiles de corto alcance
salieron escupidos desde los tubos lanzadores gemelos
colocados en la pierna izquierda del 'Mech. Fallaron
cuando Lori dio un par de zancadas hacia delante para
colocarse a unos 30 metros y disparó de nuevo su láser.
El rayo golpeó ferozmente en la cabeza del Wasp,
dejando una ruina retorcida, humeante y medio
derretida donde, solo un segundo antes, había estado
sentado el piloto.
Lori no tuvo tiempo de recrearse. Sus micrófonos
externos captaban el fortísimo zapatazo de otro 'Mech
que se aproximaba desde la derecha. Puso el Locust en
un trote, torpe pero brusco, a subir la loma, ansiosa por
no verse aislada de nuevo de la Falla.
El 'Mech de Lori subió hasta lo más alto de la
ascensión. Allí, se abría en un ancho barranco que se
angulaba a lo largo de la cara de la montaña hacia una
pendiente más escarpada y más accidentada que
mostraba riscos verticales de estriadas rocas rojas y
ocres. Más allá, precipicios que solo eran medio visibles
desde abajo se abrían completamente. Se elevaban por
encima de ella a ambos lados del valle, que se
estrechaba cada vez más a medida que sus muros
continuaban levantándose como una hendidura vertical
a lo largo de la cara de la montaña.
Volvió a echar a correr con el Locust entre los
peñascos, y encontró un sitio con una buena visión de la
pendiente que había por debajo. Luego, puso el 'Mech
de rodillas doblando las piernas, alzándose por encima
del terreno a menos de dos metros y con el largo hocico
del cañón del láser sobresaliendo por debajo de la
carlinga. A cada lado de ella, a varios cientos de metros
de distancia, vislumbró al Wasp y al Stinger que yacían
boca a bajo entre las rocas con los láseres extendidos.
También se produjo otro movimiento cuando las tropas
terrestres y los transportes de armas aerodeslizados se
movieron poco a poco hacia delante entre las
barricadas, las trampas de rocas y explosivos ocultas a
lo largo del barranco.
La mente de Lori evaluó con rapidez la posición en
que estaban. Habían derribado dos 'Mechs, ambos
exploradores ligeros. Eso dejaba diez, posiblemente
once, 'Mechs enemigos. ¡Ah . . . allí! Dos 'Mechs
exploradores más, un Stinger y otro Locust, avanzaban
por la zona al descubierto al fondo del barranco. Detrás
de ellos venían dos más, un Rifleman con sus extraños
brazos de cañones gemelos, y el pesado bamboleo de
un Griffin de 55 toneladas.
Lori mordió con fuerza, disparando un circuito de
comunicaciones:
—¡Sargento Ramage!
—¡Sí, Sargento!
—¿Están listos?
—Todo listo, Sargento. Cuando usted diga.
Lori esperó, mordisqueándose el labio inferior entre
los dientes mientras estudiaba la situación que se
desplegaba ante sus ojos. Dos 'Mechs más habían
aparecido detrás de los cuatro primeros. Estaban
demasiados lejos de ella para identificarlos a simple
vista, pero su ordenador de batalla los etiquetaba como
dos Wasps más. La distancia a los blancos más cercanos
era justo algo más de medio kilometro. Los atacantes
seguían moviéndose, luchando por subir la pendiente
repleta de piedras sueltas, pero moviéndose con
celeridad.
El Duque debe estar realmente ansioso por cogernos,
pensó Lori. Acercó sus telescopios sobre el 'Mech en
cabeza, un Stinger con un patrón de camuflaje gris
pálido y el dragón de Kurita negro y rojo brillando en su
pecho. Ella ya había localizado un par de peñascos
designados como señales a la base del barranco. Solo
unos pocos metros más . . .
—¡De acuerdo, Sargento! ¡Ahora!
Las explosiones lanzaron una cortina de rocas que se
precipitaban y de humo negro a través de todo lo ancho
del barranco. Levantaron al Stinger enemigo y lo
arrojaron con un poderoso empujón. Mientras tanto, el
suelo tembló bajo el Locust, provocando olas de vértigo
en Lori a través de su casco neurálgico. El muro de
escombros se derrumbó sobre si mismo como la caída
de una ola marina, levantando polvo de color más ligero
y mostrando un segundo 'Mech, el Rifleman. Este yacía
sobre la espalda con los cañones gemelos del brazo
derecho arrancados y doblados hacia atrás sobre sí
mismos por la fuerza de las explosiones.
Los otros 'Mechs se retiraban todos. Lo que resultaba
demasiado malo era que la explosión representaba casi
la totalidad de los pocos suministros de explosivos de
los Lanceros.
Alguien gritaba en los auriculares de su casco, una
letanía incansable y agitada de: "¡Ganamos!
¡Ganamos!"
—¡Silencio en la línea de comunicaciones! —Espetó
Lori.— Solo se están reagrupando. —Ella podía ver el
movimiento de los hombres y 'Mechs a través del aire
que se aclaraba más lejos pendiente abajo, quizás a dos
kilómetros de distancia. Por el modo en que se
desplegaban a lo largo del barranco, podía afirmar que
no tenían intención de regresar al puerto. Los Lanceros
estaban en una posición defensiva buena, pero no
llevaría mucho tiempo a una fuerza más numerosa que
empujase con determinación volver a ascender por el
barranco y arrollarles a ellos.
—Vamos Gray —dijo ella con un fervor inesperado—.
Derriba esa antena y, luego, sube aquí.
Volvió sus ojos hacia un monitor que miraba por
encima de la montaña hacia la apertura de la Falla,
envuelta en vapor, a dos kilómetros por detrás de ella. A
través de sus micrófonos, podía oír el apagado trueno
de sus cascadas. Los tres 'Mechs y los defensores
aerodeslizadores se alejaban a gran velocidad de la
posición para seguir corriendo.
31

Tor dejó que el ordenador dirigiese un ultimo tirón


corrector que redujo la velocidad de acercamiento de la
Nave de Descenso hasta poco más de un metro por
segundo. La nave de carga "Ingrata" era enorme en las
imágenes mostrada en la pantalla del puente, vista desde
popa y por debajo de las cámaras de aire de la Nave de
Descenso.
Como la mayoría de las Naves de Salto, el viejo carguero
estaba construido en torno a la daga fina como una aguja
del núcleo del motor principal. Esas líneas claras eran rotas,
no obstante, por un montón de feos módulos de carga; la
achaparrada proa redondeada de la sección presurizada de
la tripulación; el abultamiento alejado del centro de la
segunda Nave de Descenso de la "Ingrata", aun sujeta al
compartimento de carga de popa; y las ampollas deformes y
amenazantes de los láseres y el cañón de partículas que
servían de defensa para la nave. Los expertos ojos de Tor
buscaron muestras de daños o incompetencia, pero no
encontraron ninguna. El motor de mantenimiento de la
posición parecía estar funcionando, aunque la única señal
de ello eran los trazados de los diodos de emisión de luz
que se observaban en los instrumentos de la consola de la
Nave de Descenso que registraban un flujo magnético. En
cualquier caso, había calculado este camino para mantener
a la Nave de Descenso lejos de tal lluvia de partículas, la
que, incluso con una propulsión medida en milésimas de Gs,
podía matar.
A popa del carguero, bien lejos a popa, el disco rojo de
Trell aparecía ahora como una luz creciente cogida dentro
de un circulo negro que parecía estar devorando la estrella.
Era un eclipse artificial, como sabía Tor, causado por la vela
de salto de la "Ingrata", ubicada a diez kilómetros, a popa.
Se produjo un aumento de la estática, inducida por el
campo, desde los altavoces del puente y, luego, se escuchó
la voz de un hombre hablando: —Nave de Descenso en el
vector cuatro-cinco, reduzca la velocidad a cero con cinco
metros por segundo; cambio.
Tor tocó un botón, introdujo la corrección en la consola del
ordenador. Se produjo otra reducción casi imperceptible: —
Hecho, nave de carga.
Mantenía la conversación entre naves durante la
aproximación en el mínimo absoluto, porque temía revelar
algo. Hasta el momento no había habido ningún problema,
ninguna orden de cambiar de rumbo o de vector de entrada.
La guardia de cubierta de la nave de carga debía estar
satisfecha con la emisión de la IAE de la Nave de Descenso.
La ultima franja del sol de Trell era tragada por la negra
vela de salto, y la Nave de Descenso se sumergió en las
sombras. El casco de la nave de carga estaba ahora solo a
unos cientos de metros, enmascarada en las sombras, pero
perfilada por el centelleo y los parpadeos constantes de las
luces de funcionamiento y de adquisición. Una baliza verde
latía en el centro de la pantalla, señalado por el retículo;
donde los pestillos de atraque se abrían como flores para
recibir a la Nave de Descenso que llegaba con la popa por
delante.
Tor tocó una tecla de la consola y una luz roja centelleante
apareció en la pantalla a uno de los lados, contra el fondo
de las estrellas. Esa era la localización de la nave de guerra
de Kurita, a 12000 kilómetros de distancia. No había habido
aun una transmisión, ni ninguna indicación de que alguien
sospechase que algo iba mal.
Abrió el canal de comunicación interna de la nave:
—Todos los hombres . . . atentos. Voy a decirles quien
somos.
La nave de carga, normalmente, llevaba una
tripulación de quince personas. Tres de los miembros de
la tripulación original habían ido con Tor a Trellwan y
habían muerto allí. El recuerdo aun provocaba angustia
y sentido de culpa en Tor. No sabía cuantos de los otros
doce miembros de su tripulación seguirían vivos aun a
bordo de la "Ingrata", aunque resultaba poco probable
—o eso rogaba él— que hombres tan preparados para
manejar las naves estelares fuesen desperdiciados de
forma despreocupada.
Una cuestión más importante era cuantos guardias
podían estar de vigilancia en la nave. Tor no podía
siquiera adivinarlo, aunque la situación sería bastante
incomoda con más de diez o doce pasajeros.
Miró la pantalla, donde se registraba la hora. Leyó
exactamente 55 horas y 30 minutos, con los segundos
parpadeando a la derecha de tales números.
Había numerosas formas de atacar una Nave de Salto
en el espacio. Si no tenía apoyo, había varias posiciones
que podía ocupar una Nave de Descenso que resultarían
amenazadoras para el navío: a popa de la vela de salto,
por ejemplo, o cerca de la parte delantera de los
motores de mantenimiento de la posición, suponiendo
que habían sido neutralizadas las armas defensivas.
Si la Nave de Descenso abría fuego sobre las ampollas
de alojamiento del armamento de la "Ingrata", la nave
de guerra del Condominio detectaría las radiaciones e
investigaría. Si la nave de carga sufría algún daño en
absoluto (tal vez la rotura de la vela o una explosión en
los afustes de armas), la nave de guerra investigaría. O,
en realidad, intentaría suscitar una charla con la nave
de carga en una frecuencia directa entre las naves para
descubrir lo que pasaba.
Tor había estado preparado para tal ataque si su
aproximación hubiese sido descubierta, pero su plan
básico aun estaba en marcha. Sabía que uno o más de
los oficiales de la nave se reunirían con ellos en la
esclusa de atraque. Si el y sus hombres se movían lo
bastante de prisa, podían ser capaces de asaltar la nave
y tomarla antes de que la guardia de cubierta de la
"Ingrata" lanzase un grito pidiendo ayuda.
Podían. Si el oficial de guardia era despierto y estaba
al loro, tendría al menos bastante tiempo para enviar un
mensaje a Trellwan. La nave de guerra podía captar una
emisión por radio general y sin dirección, pero a no ser
que las dos naves estuviesen en comunicación activa,
con la frecuencia abierta, era más que probable que la
nave de guerra no captase el mensaje.
Un mensaje emitido tardaría en llegar a la antena
terrestre ubicada en el espaciopuerto de Trellwan solo
un poco más de cinco minutos y medio. Desde allí,
saldría una mensaje hacia la nave de guerra de forma
inmediata, que recibiría la alarma en los cinco minutos y
medio que tardaba la señal de radio en viajar de regreso
desde Trellwan hasta el punto de salto. Ese era el mayor
peligro, y solo el ataque de los Lanceros sobre la antena
del espaciopuerto ofrecía una forma de evitarlo.
Además, si el Duque había descubierto el cambio
realizado en los datos de embarque del ordenador, Tor
podía ser recibido por una escuadra de marinos con las
pistolas apuntadas.
El ordenador hizo un ultimo movimiento de corrección
de ultima hora. El puente de la Nave de Descenso
emitió los tonos de campana nítidos y los traqueteantes
golpes de los garfios magnéticos al acoplarse y de las
pestañas de atraque cerrándose para asegurar el navío
a sus puntos de amarre en el casco de la nave de carga.
—Atracado —anunció por la línea de comunicación
interna—. Prepárense, equipo de abordaje, ¡esclusa de
salida principal!
Los próximos segundos significarían fallo o éxito.
Tan pronto como le había llegado el mensaje
codificado de Lori, Grayson puso en pie al oculto
Shadow Hawk y empezó a moverse a lo largo del uadi.
Se dirigía hacia donde el terraplén se había derrumbado
parcialmente, ofreciendo una rampa natural de subida y
salida de la hondonada que quedaba en el terreno llano
al sudoeste del puerto. El propio puerto estaba aun
cubierto por el humo, pero la antena de comunicación
terrestre se elevaba como una lanza hacia el cielo por
encima de la bruma unos dos kilómetros. Otras formas
se aclaraban de forma gradual: el platillo redondeado de
la torre de control, las cuatros hileras paralelas de los
tanques de hidrogeno liquido, más allá al este, y las
formas grises de las Naves de Descenso del Condominio
sobre el suelo.
Y 'Mechs. Grayson obtenía imagen en el radar de
movimientos de al menos ocho de ellos, aunque la
obstrucción de las CME activas perturbaba las imágenes
y hacia imposible obtener una definición clara. Todos los
'Mechs parecían moverse hacia el extremo norte del
campo, y ninguno estaba a una distancia inferior a los
dos kilómetros. Tal y como estaban las cosas, el plan
parecía funcionar.
Una ligera neblina de humo se arrastraba a lo largo
del perímetro suroriental, dispersándose ante una ligera
brisa proveniente del norte. El Shadow Hawk llegó a la
valla de eslabones de cadena del perímetro del puerto y
pasó por encima de ella hasta la zona de ferrocemento.
Un transporte de armas aerodeslizado se quejó a través
del humo medio kilometro por delante, en dirección
norte; pero no hizo caso de Grayson.
Había contado con eso. Aunque los hombres del
Duque sabían todos perfectamente que Grayson se
había largado con el capturado Shadow Hawk dos días
antes, todavía había una compañía de 'Mechs en la
zona. Cualquier observador fortuito probablemente
asumiría que la maquina, desgastada por la batalla, que
se movía por el borde sur del puerto era amiga. Los
oficiales de campo, que pensarían de otro modo,
estarían en el Castillo controlando las comunicaciones
de combate o en el campo de batalla pilotando sus
'Mechs y con otros asuntos en sus mentes.
Los sonidos del combate continuado bajaban a la
deriva desde los elevados terrenos al norte. Si los tres
'Mechs de los Lanceros podían aguantar el tiempo
suficiente para que él destruyese la antena, podría
unirse a ellos atacando a las fuerzas del Condominio por
detrás. Con sorpresa y confusión, podían ser capaces de
retirarse a la Falla del Trueno y alejarse del enemigo.
Después de eso, los Lanceros tendrían que viajar a
través de la Falla del Trueno hasta una zona
preestablecida de aterrizaje ubicada a orillas del Mar
Grimheld. Si Tor era capaz de recuperar la "Ingrata", una
de las Naves de Descenso del carguero les recogería
junto a una baliza que planeaban colocar dentro de dos
días estándares. Tendrían que abandonar los 'Mechs
para atravesar la Falla, porque la época de los saltos de
agua había empezado en serio ya, haciendo cualquier
intento de pasar por el agua imposible. Por si acaso él
moría, Grayson había dibujado a mano mapas que les
servirían de ayuda para encontrar el camino, en medio
de sendas llenas de ruido, hacia la apertura del norte.
Luego tendrían que bajar un terreno accidentado hasta
llegar al Mar.
Una vez a bordo de la Nave de Descenso, podían
dirigirse a la "Ingrata" y, desde allí, hasta el puesto de
avanzada de la Mancomunidad más cercano que
Grayson pudiese encontrar. Aquellos de los Lanceros
que deseasen permanecer podían sobrevivir durante 30
días estándares gracias a los suministros que la Nave de
Descenso les dejaría. Luego, en cuanto fuese de noche
de nuevo, podían regresar a Sarghad en los
aerodeslizadores.
Y allí, esperarían, con la promesa de que Grayson
regresaría de nuevo con una fuerza de la
Mancomunidad lo bastante grande como para hacer
pedazos a los invasores del Condominio.
Grayson alejó la mente del plan. Mirándolo en su
conjunto, detectaba demasiadas presunciones y
premisas y suposiciones, y, también, demasiados
pequeños detalles que podían ir mal con tanta facilidad.
Recordó otra de las máximas de Kai Griffith:
"Si algo puede ir mal —había dicho el Maestro de
Armas—, lo hará. Mantén el plan simple, porque seguro
que el plan se complicará en la práctica mucho más de
lo que creías que haría".
Grayson no se imaginaba como podía haber
simplificado más este plan. Con tan pocos 'Mechs contra
tantos, solo un plan complejo le daba las opciones y la
flexibilidad que necesitaba.
Pulsó un botón marcado con el símbolo MP en su consola,
y el retículo de puntería verde y las imágenes del monitor
principal se encendieron con un chasquido justo al nivel de
sus ojos. Centró el mástil de la antena en el circulo del
blanco, y comprobó el alcance: 850 metros. Luego, realizó
una comprobación del armamento. El cañón automático
estaba aun en posición de descanso, pero completamente
cargado y preparado, y los lanzadores de misiles (una
batería de MLAs colocada en el torso izquierdo del 'Mech y
un par de MCAs de tubo gemelo montados a cada lado de
su cabeza) estaban apuntados, cargados y mostraban un
surtido de luces verdes sobre su tablero de armamento.
Todo listo. Empujó la palanca de control hacia delante,
haciendo que el Shadow Hawk adoptase un pesado trote en
dirección a la antena. Cuando los misiles alcanzaron a su
'Mech justo en la espalda, Grayson se quedó
completamente sorprendido.
32

Tor llegó desarmado a la esclusa de atraque, donde cogió


una vibroespada enfundada de uno de sus hombres y la ató
a su muslo mientras el soldado colocaba la mochila de
energía sobre sus hombros. Los catorce Lanceros que se
habían ofrecido voluntarios para esta misión ya estaban allí,
aun vestidos con el verde de los Guardias Reales y llevando
de todo, desde navajas de abordaje bien afiladas y
vibroespadas hasta rifles láseres y armas tranquilizadoras.
La mitad de los prisioneros que habían encontrado a bordo
de la Nave de Descenso estaban allí también, armados con
armas improvisadas y una salvaje determinación. Bajo la
escasa iluminación de la zona de la esclusa, todas las caras
estaban pálidas mientras se agarraban a los pasamanos de
la esclusa en la fantasiosa ingravidez de la gravedad cero.
Los ojos de Tor reconocieron al General Varney:
—¿Todos los prisioneros seguros, señor?
Había un brillo en los ojos de Varney:
—Seguros, Capitán. En la bodega de popa, y
encadenados a sus asientos. Un pequeño problema con
el colega de las FIS, así que tuve que ponerlo fuera de
servicio. De nuevo.
—Bien. —Tor pilló su labio entre los dientes.— Pero,
General . . .
—No lo diga, hijo —le interrumpió Varney, pareciendo
leer la mente de Tor—. Usted está al mando, pero yo
también voy. —Sus nudillos se apretaban a lo largo de la
empuñadura del cuchillo de larga hoja que sujetaba.
Tor hizo una pausa, luego asintió. Si había aprendido
algo sobre los militares, era que no se discute con los
generales:
—De acuerdo, gente. Ahora recordad, no seáis de
disparo fácil. Puede que sea mi tripulación la que haga
la guardia en la nave, o puede incluso que se hayan
alistado con estos bastardos. Dios sabe lo que le han
dicho a ellos, pero los necesitaremos como tripulación
de la nave.
»Recordad, también, que nuestra aceleración no
marca diferencias aquí. Cuando lleguéis al centro de una
sala, os costará dos minutos caer sobre la cubierta.
Lanzáis un puñetazo, y saldréis lanzados tras él de
forma inmediata. ¡Controlaos! ¿Alguna pregunta? ¿No?
¡Bien, ahí vamos!
La puerta de la esclusa exterior se abrió,
deslizándose. Se encontraron mirando, a través de la
esclusa abierta de la "Ingrata", a un trío de oficiales con
uniforme negro armados que estaban de pie en la
esclusa de atraque del carguero.
—¡Eh! ¿Qué es todo esto? —gritó un oficial de
infantería con el uniforme de Capitán. En el momento
siguiente, era impactado por el cuerpo de uno de los
Lanceros que se había lanzado hacia él, y los dos se
enfrentaban en un remolino de brazos y piernas a lo
largo de la esclusa de carga y sobre un lejano mamparo.
El General Varney entró a la cabeza del resto.
Lanzando cuchilladas hacia fuera y hacia arriba con su
cuchillo de abordaje, pilló a un teniente del ejercito del
Condominio en la barriga, dejando al hombre abierto y
provocando una rociada de sangre en la ingravidez.
Tor se lanzó el mismo hacia el tercer soldado del
Condominio, pero el teniente muerto dio una vuelta
poniéndose en medio de su camino con un revoltijo de
sangre y miembros que revoloteaban. Tor vislumbró
ligeramente al oficial (un comandante, pensó)
desvaneciéndose a través de la escotilla de la esclusa
de carga y por los pasillos de más allá. ¡Maldición!
—¡Tras él! —gritó.— ¡Cojámoslo!
El grupo de abordaje flotó a través de la esclusa y se
desparramó en el pasillo principal. Tor tenía que orientar
a los hombres para que se dirigiesen hacia el puente. La
débil aceleración del motor de mantenimiento de la
posición de la "Ingrata" solo servía para crear la
impresión de que estaban flotando en el aire a lo largo
de un túnel interminable. En el extremo lejano, Tor captó
un destello de movimiento.
—¡Sargento Yee! ¡Cárgueselo con el láser!
El soldado disparó su arma, el rayo escasamente
visible como un hilo rojo parpadeando corredor arriba;
pero el comandante se deslizó a través de una escotilla
un instante antes que el tiro disparado. ¡Maldición, otra
vez!, pensó Tor, mientras el equipo de abordaje
continuaba pasaje arriba. La alarma se dispararía con
certeza en este momento. Desde este momento, todo
iba a depender de Grayson y sus Lanceros en Trellwan.

******

La explosión en la espalda derribó el Shadow Hawk de


Grayson sobre las manos y rodillas. Se quedó colgando
de las correas del asiento de la carlinga, pulsando
ferozmente los botones de control que había bajo cada
pila de luces indicadoras que parpadeaban de forma
repentina. El daño no parecía grave, pero parecía que
los cohetes de salto, situados en la enorme mochila a la
espalda del 'Mech, habían sido puestos fuera de uso.
También tenía lecturas ominosas del sistema de apoyo
ambiental de la mochila.
Grayson volvió a jalar de los controles, y dejó que su
sentido natural de equilibrio guiase el sistema de
equilibrio y el giroscopio controlados por ordenador.
Levantándose por si mismo, el Shadow Hawk se irguió y
se giró para encarar a su atacante.
Un Crusader de colores rojo y negro se levantaba a
una distancia de 220 metros. Grayson conocía ese
patrón de colores. Lo había visto antes, en un listado de
datos informáticos. El Crusader era el 'Mech de Lord
Harimandir Singh.
Un visualizador de datos de la consola le mostraba un
resumen de las estadísticas del Crusader. La bestia
enormemente armada y blindada pesaba 65 toneladas,
con un diseño que sacrificaba velocidad y
maniobrabilidad a cambio de una gran cantidad de
armamento. Grayson comprobó la lista de armas:
láseres medios, ametralladoras, y afustes de MLAs en
cada brazo, y afustes del MCAs colocados en la placa de
blindaje de cada pierna. Los antebrazos de la máquina
estaban grotescamente hinchados para acoger los
incorporados paquetes de armamento. Levantaba
ambos brazos, y daba zancadas hacia Grayson como un
sonámbulo de pesadilla.
La adrenalina zumbaba en la sangre de Grayson. Puso
el cañón automático a lo largo de su hombro izquierdo y
disparó una larga y fuerte ráfaga de fuego del infierno;
luego, levantó, con gran estruendo, el brazo derecho del
Shadow Hawk para descargar rayos, veloces como el
relámpago, de luz coherente. Llamas y pequeños
escombros salpicaron desde la cabeza y los hombros del
Crusader. Una fila de cráteres aparecieron como puntos
de sutura sobre el pecho, destrozando laminas de
blindaje y dejando una irregular cicatriz a lo largo de un
hombro.
Grayson se movió antes de poder comprobar la
extensión del daño. Mientras se hundía torpemente en
el ferrocemento con una voltereta sobre el hombro, que
podía hacer crujir huesos, más fuego de láser y misiles
gemía a lo largo del aire donde el Shadow Hawk había
estado de pie un momento antes. Grayson puso la
maquina de pie con una salva de fuego de MCA que
silbaba y reverberaba en los confines de su carlinga
mientras los tubos montados en la cabeza liberaban su
furia de humo y ruido. Cables y metal carbonizado
colgaban de un desgarrón en la parte superior del brazo
izquierdo del Crusader, y un escape de aceite en el
torso inferior daba la impresión de ser densa sangre
negra corriendo hacia abajo del blindaje marcado.
Los tubos montados a lo largo de las caderas del
Crusader vomitaron fuego. A esta distancia, Grayson no
tuvo tiempo de reaccionar antes de que un par de MCAs
golpeasen en el torso del Shadow Hawk. Los protectores
de oídos de su casco le protegieron de lo peor del ruido,
pero el gemido del metal rompiéndose y los fuertes
explosivos impactaron en la cabeza de Grayson con
tanta fuerza como la propia onda expansiva de la
explosión.
Sabía que su única ventaja sobre el Crusader era la
maniobrabilidad, y tenía que usarla. Cargando contra el
Crusader a alta velocidad, el Shadow Hawk tomó una
dirección en ángulo a lo largo de la línea de fuego del
'Mech enemigo para conseguir rodearlo por un lateral. El
Crusader pivotó sobre su pierna izquierda, apuntándole
con el láser del brazo derecho.
Grayson recibió el rayo del láser en la parte superior
del brazo derecho del Shadow Hawk, en el escudo de la
hombrera. Plantando el pie izquierdo del 'Mech
sólidamente, giró hacia la derecha. El brazo izquierdo
del Shadow Hawk golpeó con una fuerza asombrosa en
el hombro derecho del Crusader desde detrás, enviando
al 'Mech más pesado dando vueltas hacia delante y
luchando con todas sus fuerzas por recuperar el
equilibrio. Ahora Grayson tenía alzado el láser del
Shadow Hawk y apuntando. Disparó dos rayos en el
costado y la espalda del Crusader mientras se caía;
luego, siguió con una salva de MCAs que golpearon con
fuerza en grupo casando un alboroto a causa de los
explosivos.
Grayson comprobó la pantalla que mostraba el tiempo
transcurrido. Cincuenta y cinco horas y treinta y tres
minutos. Si la tripulación de mantenimiento de posición
de la "Ingrata" había logrado enviar un mensaje,
llegarían dentro de dos minutos. Tenía que destruir esa
antena antes.
Caminando más allá del Crusader, inició una carrera
pesada. La máquina de Singh —si se trataba de Singh—
parecía dañada, pero, con toda seguridad, no estaba
destruida. Era posible que el piloto hubiese quedado
aturdido por la salva de misiles, o, posiblemente, por la
propia caída. Grayson pensó que tendría tiempo para
destruir la torre y, luego, regresaría para el
enfrentamiento final.
Desde 50 metros, lanzó una salva de MCAs hacia la
base de la antena, luego apuntó su láser sobre los
puntales y cables que aguantaban el mástil. El metal se
encendió y se vaporizó, y los cables se partieron con
destellos de fuego blancoazulado. Probablemente había
averiado la antena, pero tenía que asegurarse.
Dirigiendo su brazo hacia arriba, hacia donde el mástil
se unía con el plato de tela metálica, alineó
cuidadosamente el cañón automático con los gráficos
de puntería de su MP. Cuando Grayson apretó el botón
de disparo, el cañón automático corcoveó y gruñó a lo
largo del hombro del 'Mech, dejándolo sordo con un mar
de sonido y vibración atronador. Obuses de ochenta
milímetros altamente explosivos destrozaron el plato,
golpearon en el mástil con furia devastadora.
Fragmentos de puntales, de abrazaderas en forma de
cruz y de circuitos electrónicos de alta tecnología iban
lanzados por el aire, haciendo que cayese como lluvia
un montón de escombros por toda la zona. El plato se
combó, luego salió volando roto en retorcidos trozos que
ardían. El propio mástil se bamboleó como un ser
herido, luego se dobló sobre sí mismo y se derrumbó
convirtiéndose en una maraña de escombros.
Grayson soltó un suspiro largo y profundo con un
sonoro silbido. Ahora estaba seguro de que la antena
nunca transmitiría otro mensaje.
Su siguiente blanco era la torre de control del
espaciopuerto, que alojaba unidades de comunicación
que podían controlar transmisiones omnidireccionales
de largo alcance, y podía cubrir la ausencia de
comunicaciones con el punto de salto hasta que un
nuevo plato direccional pudiese ser colocado. Dado que
la torre ofrecía una vista excepcional de todo el
espaciopuerto y de los accesos a la Falla del Trueno, era
completamente posible que el enemigo coordinase sus
tácticas desde ella. Apenas le habían disparado durante
la incursión de Lori de hacía dos días. Aunque láminas
de madera ligera se habían usado para remendar los
agujeros en las ventanas, Grayson podía ver
movimiento en la torre. La torre estaba ocupada y
funcional.
Poniéndola en la pantalla del MP, comprobó la
distancia: 841 metros. Era una distancia demasiado
grande para un disparo certero contra otro BattleMech,
pero la torre era un blanco considerablemente mayor
que el más grande de los 'Mechs. Grayson disparó su
cañón automático y envió un chorro de obuses
altamente explosivos en dirección hacia el blanco de
ladrillo y cristal.
A través de la imagen de la telefoto, vio que los muros
explotaban hacia fuera, convirtiendo los ladrillos y
bloques de cemento en gravilla lanzada por el aire. Al
mismo tiempo, los obuses de 80 mm hacían un agujero
tras otro en el cristal, el plástico, la madera y el metal
ligero, que explotaban con un rugido de humo,
fragmentos y lenguas de fuego.
Ahora a por el dañado Crusader. Grayson giró el
Shadow Hawk y con zancadas de ocho metros regresó
hacia donde había dejado el 'Mech de Singh. La sangre
rugía en sus oídos. Le sentaría bien destrozar esa
máquina. Sería vengado, por fin, cuando viese morir a
Singh.
Pero el Crusader ya no estaba allí. Grayson no podía
afirmar si había sido el propio Singh quien se había
recuperado y movido el 'Mech por si mismo, o si otro
'Mech había llegado para ayudarle. Escudriñó la zona
con rapidez, pero, aunque el humo se aclaraba con
celeridad, no vio ninguna señal de otro BattleMech.
Quizás en una de las naves de almacenamiento de
enfrente . . .
Algo —algún movimiento o ruido, o un sexto sentido
—, atrajo la atención de Grayson hacia abajo, hacia un
pantalla de la consola que mostraba la visión desde
popa. Allí el humo era más espeso, pues era arrastrado
hacia abajo por una brisa del norte que venía desde la
dirección de la destrozada y llameante torre de control.
Un sombra se movía en medio del humo. Una sombra
grande y letal, con una inconfundible forma familiar.
Grayson giró el Shadow Hawk, alzando el brazo del
láser para apuntar. El humo formó un remolino durante
un momento, luego, se hizo jirones y se alejó bajo el
viento, revelando al monstruoso Marauder que
avanzaba dando zancadas hacia la máquina de
Grayson.
Feo y achaparrado, su cuerpo de cangrejo sobre
piernas inclinadas hacia atrás, no había posibilidad de
confundir tal modelo de 'Mech. Especialmente cuando
tenía su cañón de fuego rápido estabilizado a lo largo
del inmenso blindaje dorsal.
Era un Marauder —el mismo Marauder que había
destruido el Phoenix Hawk de Durant Carlyle. El
Marauder que había matado a su padre.
33

Una larga línea irregular de seis 'Mechs pesados


cargaba hacia arriba del barranco. Lori gritó el primer
aviso y, luego, los tres 'Mechs agachados, el Locust, el
Wasp y el Stinger, unieron su poder de fuego al de los
transportes de armas terrestres , barriendo la pendiente
bajo ellos con un fuego atronador.
El láser de Lori impactó en la cabeza de un Griffin, y
otro disparo golpeó en el afuste de MLA colocado sobre
el hombro derecho, dejando el pesado cañón destrozado
hacia atrás sobre su emplazamiento y apuntando
inútilmente hacia el cielo. Pero la maquina asesina
siguió avanzando, liberando aplastantes rayos desde su
cañón de partículas cargadas. Junto al Griffin, un
Phoenix Hawk de 45 toneladas era aplastado por el
fuego combinado de tres lanzadores de MLA montados
sobre TAADs. De repente, la pierna derecha cedió, y el
'Mech se tambaleó y se derrumbó.
Yaciendo boca a bajo, Enzelman disparaba el láser de
su Wasp con tanta rapidez como podía. Aunque no
podía apuntar los afustes de MCA de la pierna del 'Mech
a causa de su posición, tenía el láser apoyado como un
rifle de gran tamaño sobre un peñasco y lanzaba tiros
con una puntería enorme. Yarin, a la izquierda de Lori, y
en el Stinger, era más violento y menos certero, pero
había impactado al menos tres veces en un Wolverine,
que ahora buscaba refugio en el extremo del barranco,
y dos en un segundo Phoenix Hawk, que ahora tenía
problemas para apuntar las armas ubicadas en su brazo
derecho.
—¡Sargento Kalmar! ¡Aquí Ramage!
—¡Sí!
—¡Nos han superado por el flanco, vienen desde la
izquierda!
Lori comprobó ese lado, y vio la línea de los vehículos
de oruga trepadores recorriendo una cresta al este del
barranco.
Ella sabía que la cresta acababa antes de llegar a la
Falla, pero esos vehículos llevaban artillería que
destruiría los tres 'Mechs de ella si se colocaban en
posición, justo en el flanco. Disparando hacia abajo
desde esa cresta, los vehículos trepadores no tendrían
problemas para acertar a los 'Mechs, a pesar de estar
protegidos por los peñascos.
—¡Deténgalos hasta que podamos debilitar a esta
gente!
—¡De acuerdo, Sargento! —Dos aerodeslizadores
gimieron al encenderse, rozando con el suelo al volver
hacia la izquierda y levantando revoloteantes nubes de
polvo. Las curvadas estelas de una salva de MLA
alcanzaron a los vehículos enemigos, y el fuego de
respuesta crepitó entre los 'Mechs entre gotas de fuego
y suciedad.
Dos de los seis 'Mechs enemigos cayeron —un
Phoenix Hawk y un Rifleman—, dañados pero no
destruidos. Los cuatro restantes se habían parado,
pareciendo dudar entre continuar avanzando o
retroceder. El segundo Phoenix, ya dañado en el brazo
derecho, avanzó con rapidez hacia el lugar en que se
ocultaba Lori, mientras el fuego de láser de su brazo
izquierdo golpeaba el peñasco y el terreno en torno a
ella.
Recibió un impacto en la parte superior del torso del
Locust, luego otro. Cuando Lori disparó en respuesta, el
rayo arrastró un fuego blanco a lo largo de la cabeza del
Phoenix Hawk. Uno de los aerodeslizadores a su derecha
se desplazó hacia un lado, buscando una línea de fuego
mejor. Su cañón de partículas cargadas brilló una vez, y
la cabeza, ya dañada, del Phoenix Hawk explotó
convertida en llamas y metal roto. Inmóvil, el Phoenix
Hawk se mantuvo erguido en el sitio, con un enorme
cráter donde segundos antes habían estado la cabeza y
el piloto. Luego, con el humo saliendo en volutas desde
la zona mortalmente dañada, el 'Mech muerto se volcó
hacia delante y aterrizó con un estruendo ensordecedor.
El movimiento del aerodeslizador le había
proporcionado al Wolverine una línea de tiro nítida.
Cuando un par de MCAs le impactaron desde la
izquierda, el TAAD desapareció en medio de una luz
blanca y una onda de choque de la fuerza de una
explosión tremenda que golpeó sobre el agachado
Locust de Lori. Una vez que la ducha de suciedad y
escombros se aclaró, del transporte armado no quedaba
más que un hoyo humeante y diminutos fragmentos de
acero caliente.
Con la destrucción del Phoenix Hawk, los 'Mechs
restantes empezaron a retirarse. El Griffin y el Wolverine
tomaron cada uno uno de los brazos del Phoenix Hawk
que tenía dañadas las piernas y lo arrastraron barranco
abajo. El Rifleman bajó la ladera, cojeando, por sí
mismo, dejando un rastro compuesto de una maraña de
cables destripados y de charcos de lubricante que se
vaporizaban bajo el frío aire.
—Vale, se retiran —espetó Lori—. Los 'Mechs que se
retiren a la próxima línea. Las tropas terrestres . . .
cúbrannos . . . y vigilen los flancos.
Misiles disparados a ciegas desde distancias excesivas
aterrizaban entre los 'Mechs que se retiraban, pero no
causaban daños. La siguiente línea estaba en la misma
cima de la cresta, donde las paredes de los acantilados
se alzaban como navajas dirigidas hacia el cielo en un
sobresaliente glaciar. La propia Falla era un látigo negro
de un centenar de metros en la montaña situada a la
espalda de ellos. El crudo y majestuoso trueno de sus
cascadas provocaba temblores a través de los cascos de
los 'Mechs mientras realizaban la ascensión. Aquí sería
difícil la comunicación verbal, y los sensores de sonido
inútiles.
Los Lanceros habían cavado terraplenes a lo largo de
la cresta durante los dos días transcurridos desde el
lanzamiento de la Nave de Descenso. Cada vehículo
estaba posicionado para obtener una buena línea de
visión barranco abajo. Lori se descubrió deseando tener
más explosivos, de modo que pudiesen haber puesto
otra trampa con minas, u otra lanza de 'Mechs —esta
vez pesados.
Con cuatro Marauders, podía aguantar en esta colina
contra un ejercito de BattleMechs. Viendo como los
aerodeslizadores completaban la retirada hasta la boca
de la Falla, movió la cabeza. Las municiones serían muy
pronto escasas, y las temperaturas en las cabinas de los
tres 'Mechs estaban por encima de los cuarenta grados.
El plan había sido diseñado para tomar ventaja del lago
a sus espaldas, el cual les proporcionaba un modo de
enfriar sus 'Mechs mientras los atacantes se veían
obligados a subir la ladera lo que provocaba que sus
temperaturas internas se disparasen hacia arriba.
Además de la disponibilidad del lago, la otra ventaja de
la posición de los Lanceros era la fría y húmeda brisa
que soplaba de forma constante desde la boca de la
Falla. Dado que el exceso de calor sería ahora para ellos
un problema menor que para sus perseguidores,
Grayson había pensado que eso podía concederles una
remota ventaja. Y, en verdad que necesitaban cada
ventaja que pudiesen lograr.
Durante varios instantes, todo estuvo tranquilo :
sospechosamente tranquilo. Lori observaba las pantallas
minuciosamente, alerta ante cualquier movimiento o
imagen de radar o calor, ante cualquier signo de que el
enemigo se aproximaba. Deseaba poder oír también,
pero la Falla del Trueno apagaba todo salvo las voces
transmitidas directamente al oído. Entonces, su
indicador de radar centelleó. ¡Helicóptero! ¡Allí!
El avión era un transporte grande y resistente, y
descendía detrás de los dispersos peñascos situados
más allá del fondo del barranco. Serían refuerzos, más
que probablemente; más tropas, con toda seguridad; y,
probablemente, otro 'Mech más, o dos, procedentes del
Castillo. Lori esperó con un pavor creciente. Sabía que el
ataque acababa de empezar. Ese primer tumulto había
sido simplemente una escaramuza en comparación con
lo que estaba por venir.
—¿Sargento? Aquí Ramage, línea privada.
Ella abrió un canal privado:
—¿Qué pasa?
—Sargento, solo quería decirle que su trabajo fue
magnifico. Es . . . bien, nunca pensé que una mujer
pudiese manejar un 'Mech de esa forma. Dos blancos
derribados en minutos. ¡Fue algo acojonante!
Ella sonrió:
—Dejemos las felicitaciones para cuando salgamos de
esto, ¿vale?
Justo cuando Lori se preguntaba que pasaba con
Grayson, una explosión reverberó a lo largo de la cueva,
apagando el trueno. Fue seguida de otra . . . y otra.
Desde el barranco se alzaban en grandes curvas los
misiles, luego, caían en pasmosas explosiones entre las
rocas y en el hielo en la boca de la Falla.
Los 'Mechs enemigos eran ahora visibles. Los cuatro
que habían visto antes y tres más. Estos eran un
Stinger, un Shadow Hawk —durante un instante, que
duró el tiempo de un latido del corazón, Lori pensó que
era Grayson que venía colina arriba para rescatarlos—,
y el 'Mech líder, un Marauder pintado de rojo con ribetes
y piernas negros. Ese debe de haber llegado en el
helicóptero, pensó Lori, recordando con claridad la
descripción de Grayson. Así que . . . ¡el Duque Ricol
acudía en persona!
También había tropas de infantería con el grupo. Los
vehículos trepadores pasaban a través del polvo y la
gravilla cresta abajo y por el barranco, volviéndose
hacia el norte para tener a los defensores en su línea de
visión.
—¡Fuego! —gritó Lori, pero la orden se perdió bajo las
primeras salvas de misiles y láseres disparadas. Su
propio láser escupió cuatro tiros, y tres de ellos
acertaron en el ya dañado Griffin, destrozando blindaje,
abriendo nuevas heridas en los brazos y torso de la
inmensa máquina. Los hombres del Duque no usaban
los dispersos peñascos para cubrirse esta vez, sino que
corrían ladera arriba a toda velocidad, esperando,
deducía ella, arrollar a los Lanceros en su posición antes
de sufrir perdidas inaceptables.
—¡Tratan de desbordarnos! —dijo ella.— ¡Sigamos
echándolos!
El Griffin se tambaleó y cayó, aunque ella no podía
decir si estaba destruido y dañado considerablemente.
Cambiando la atención hacia el Marauder que avanzaba
pesadamente en la vanguardia, Lori observó, con horror,
como la cabeza y el torso del 'Mech absorbían un rayo
tras otro, aparentemente sin resultados.
Luego se dio cuenta de que el Stinger —mucho más
rápido y más ágil que el Marauder— estaba más cerca,
casi encima de su posición. Movió su láser hacia arriba y
cogió al 'Mech de 20 toneladas en la pierna. Luego su
propio 'Mech se tambaleó cuando el cañón de partículas
montado en los antebrazos del Marauder liberó un tiro
atronador contra la carlinga del Locust. Lori fue lanzada
contra el lateral de la silla donde se golpeó y el 'Mech se
inclinó hacia babor.
Cuando se le aclaró la vista, luchó por enderezar la
máquina, gritando ante el repentino dolor que se
clavaba en su costado. El Stinger estaba ahora más
cerca, demasiado cerca, con el láser apuntado sobre el
Locust mientras éste impulsaba el pie de metal bajo su
torso y empezaba a levantarse. Un rayo láser del Wasp
de Garik dio en el costado del Stinger, haciéndole dar
vueltas y golpearse contra una roca del tamaño de una
casa. Cuando Lori disparó su propio láser, el Stinger dejó
de moverse, totalmente incapacitado.
Pero el Marauder estaba más cerca ahora, con sus
cañones gemelos de alta energía desplegando la
muerte entre los hombres que se agachaban detrás de
los poco profundos terraplenes, mientras las máquinas
gigantes luchaban por encima de ellos. Lori disparó de
nuevo, y golpeó directamente en la cabeza del
Marauder, sin ningún resultado visible. Sus 75 toneladas
de letal metal se acercaban a zancadas aun más, con
los cañones bajando para un disparo final. Sed produjo
una larga y horrible pausa mientras los CPPs del
enemigo se recargaban.
Luego, una explosión cogió al Marauder por encima de
su carlinga, seguida de otra y otra. Aturdida, Lori agitó
la cabeza, luchando por aclararla. El Wasp, la máquina
de Garik Enzelman, se encontraba entre ella y el
monstruo lanzado a la carga. Lori comprendió. Garik,
que se había erguido y lanzado una salva al Marauder,
trataba ahora de escabullirse a la espalda de la
máquina más lenta para golpearla desde atrás.
Un rayo relampagueante de partículas cargadas se
propagó por el aire, trinchando, al golpearlos, el pecho y
brazo derechos del Wasp. Letalmente impactado, el
Wasp se tambaleó entre humo y fragmentos lanzados
por el aire. Un segundo rayo cogió a la ligera máquina
completamente en la cabeza. Lori oyó el grito de Garik a
través de la radio, vio el metal y el plástico rotos
explotar hacia fuera en una arremolinada danza de
muerte. La explosión levantó al 'Mech ligero del suelo y
le hizo caer sobre las rocas.
—¡Ramage! —gritó ella sobre la frecuencia de
comunicaciones, con la voz cruda y encendida.— ¡Han
pasado! ¡Ha caído Garik!
Tres aerodeslizadores pasaron bajo rozando el suelo
por detrás del Marauder mientras Lori escupía tiro tras
tiro sobre la cabeza del 'Mech gigante. En este
momento el entrenamiento y la habilidad de Grayson
era puesto a prueba de forma definitiva. Los misiles
golpearon en la espalda del Marauder mientras el trío de
aerodeslizadores aullaban al dar un giro ajustado a gran
velocidad a unos diez metros de distancia.
Girándose de forma torpe, el Marauder disparó los
cañones automáticos, que gritaron por toda la cueva
por encima del gemido de los aerodeslizadores, del
estallido de las explosiones y del insistente tamborileó
de la cascada. Uno de los aerodeslizadores se tambaleó
en mitad del vuelo, osciló fuertemente hacia la derecha
y se estrelló contra la base del risco, desvaneciéndose
bajo la llamas.
El Locust estaba de pie, bombeando repetidamente
rayos láseres sobre el flanco y la espalda del Marauder
desde 50 metros. El dedo de Lori apretado sobre el
gatillo mientras lo sacudía una vez y otra y otra y otra . .
. Luego, el Marauder se retiraba. Se tambaleaba
mientras bajaba la cresta, seguido de los otros cinco
'Mechs que aun estaban de pie:
—¿Por qué? —preguntó Ramage por la frecuencia de
combate. Lori podía verlo en el exterior mientras se
agachaba en la popa de la cubierta de su
aerodeslizador, con el micrófono en la mano.— Nos
tenían en el bolsillo. ¿Por qué se retiraron?
Lori se hundió hacia atrás contra el asiento. El sudor
empapaba su cara, su pecho y sus hombros, y el aire
dentro de la cabina le chamuscaba los pulmones al
respirar. Se giró y tiró de la palanca que abría la
escotilla de la cabina secundaria, gozando del amago de
aire frío que pudo notar al abrir.
—La temperatura, creo.
—¿Seguro?
—Mi 'Mech está muy caliente, en el limite de una
caída de energía. Deben haber tenido el mismo
problema. Creo que se retiraron para enfriarse. —Pivotó
el Locust, estudiando las frías aguas oscuras a su
espalda. El agua reventaba y echaba espumas a lo lejos,
más cerca de la Falla; pero a la orilla solo había olas
suaves.
—Y no es tan mala idea. Yarin, metete en el lago y
enfríate. Montaré guardia hasta que salgas. Ramage,
reúna a alguna gente y compruebe como está el Stinger
que derribamos. Compruebe si podemos alistarlo.
—Conforme, Sargento.
Pero en lugar de salir fuera desde donde podía ver el
barranco, Lori aparcó el Locust encima de los esparcidos
restos del Wasp de Enzelman. Un par de soldados ya
habían abierto la carlinga del 'Mech y estaban sacando
el destrozado cuerpo de Garik. Estaba impresionada por
la gran cantidad de sangre que había en la carlinga.
Garik eran el ultimo de los que habían llegado aquí
desde su hogar. Había sido algo más, además. Había
sido un compañero y un amigo cuando ella necesitaba
uno, y habían sido amantes: o, al menos, habían
compartido la cama. Lori se sentía ahora más sola que
en cualquier momento desde su llegada a este amargo
mundo.
La lectura del reloj indicaba que había pasado media
hora desde el comienzo de la batalla. ¿Dónde estaba
Grayson? Si todo había funcionado según el plan,
debería estar aquí ahora, y su pequeña banda
deslizándose en retirada a través de las frías aguas del
lago y hacia el mar en el norte. Si Garik hubiese vivido,
habría ido con ellos.
Algo debía haber ido mal. Si Grayson no estaba aquí,
debía estar yaciendo muerto dentro de su destrozado
BattleMech sobre las calzadas de ferrocemento del
espaciopuerto. Y los demás morirían, también, cuando
las fuerzas de 'Mechs del Duque se enfriasen lo
suficiente para volver a la carga.
Lori ponderó durante un instante si debían retirarse
ahora, mientras tenían una oportunidad. Enjugándose el
sudor de su rostro, supo que tenían que esperar a
Grayson aunque todo estuviese en contra. Lo había
prometido. No obstante, debía estar aquí ya. Volvió a
mirar la lectura del reloj. Si solo pudiesen aguantar otros
quince minutos . . .
34

Las piernas de ocho metros del Marauder negro y gris le


daban una apariencia alta y delgada, y los cañones
automáticos montados en el dorso se elevaban dos metros
por encima de la carlinga de Grayson. De todos los modelos
de BattleMechs, pensó Grayson, el Marauder parece el más
siniestro, el más mortal. El movimiento de las antenas de
exploración montadas a cada lado de su carlinga colocada
en una posición baja sugerían las bocas, de contracción
nerviosa, de algún cangrejo monstruoso de dos patas. Cada
brazo, con guanteletes y antebrazos enormemente
hinchados para acomodar las parejas de CPPs y láseres,
daban una imagen de poder crudo e imparable.
Grayson miro fijamente la aparición con una mezcla de
miedo y odio. Retar a un Marauder con un Shadow Hawk era
muy arriesgado. El Marauder le superaba en un peso de 20
toneladas, y sus láseres y cañones de proyección de
partículas gemelos superaban con nitidez el armamento del
Shadow Hawk. Las ventajas de Grayson, no obstante, serían
la rapidez, la maniobrabilidad y su avasalladora necesidad
de venganza. Esa necesidad había crecido hasta convertirse
en una furia tan bestial que giró su 'Mech totalmente para
enfrentarse al recién llegado, llevándolo con un fuerte trote
hacia delante.
Se produjo un estallido de estática en los auriculares de su
casco cuando alguien encontró su frecuencia de combate.
Luego, escuchó la voz electrónica de su oponente.
—Sabíamos que vendría, Carlyle. Estamos listos para
usted.
Grayson no respondió. Echando una ultima mirada de
comprobación a los sistemas de armamento de su máquina,
aumentó un poco la alimentación del reactor de energía.
Control, se dijo Grayson a sí mismo. No pierdas el control y
ataques sin pensar. Intenta ponerte nervioso. Control . . .
—Me llamo Vallendel —dijo el tipo del Marauder—. Y he
estado esperándole. Me lo voy a pasar de maravilla
destrozándole a usted y a su máquina, hasta convertirles en
chatarra y pulpa sangrienta. Exactamente como hice con su
padre . . .
A 150 metros, Grayson disparó el cañón automático con
una ráfaga larga y fuerte que hizo salpicar obuses
explosivos a lo largo del blindaje del torso y de la espalda
del Marauder. Luego, varió su blanco ligeramente. Los
puntos "débiles" de un Marauder eran su cabeza y sus
piernas, pero solo en comparación con el inmenso blindaje
de sus brazos y de su torso. Moviendo el cañón hacia abajo,
Grayson disparó hacia los mecanismos de control y la
compleja maquinaria que se encontraban en los puntos de
unión entre el cuerpo del Marauder y sus piernas. Los
obuses impactaron con humo y destellos, pero el Marauder
se movía rápidamente ahora, girándose para presentar una
zona pesadamente blindada que desviase los obuses
altamente explosivos de Grayson que provocaron poco más
que cicatrices y rasguños en las placas de blindaje.
Grayson empujó la palanca de mando completamente
hacia delante, notando el vibrante golpe de los pies del
Shadow Hawk sobre el ferrocemento. De repente, el
Marauder se dio la vuelta para encararle, con ambos brazos
levantados. Mientras el fuego blanco pasó, chamuscando el
aire, cerca y por encima de la carlinga, Grayson se dejó caer
y rodó por el suelo. La marquesina de su carlinga se quedó
a oscuras, de forma momentánea, a causa de la
polarización.
Luego, estaba de pie y moviéndose de nuevo mientras las
balas del cañón suturaban el ferrocemento donde el había
estado. Abrió fuego mientras corría, dejando que el chorro
de balas barriese todo el torso del Marauder como un chorro
de agua desde una manguera.
Los cañones automáticos y los cañones de proyección de
partículas tenían una importante desventaja en la lucha
cuerpo a cuerpo. A distancias por debajo de los 90 metros,
resultaba enormemente difícil mantener los disparos
apuntados contra blancos que se movían a gran velocidad.
Si Grayson podía acercarse hasta tal distancia podía usar
sus MCAs montados en la cabeza, podía ser capaz de
impactar en el otro sin que impactasen en él —suponiendo,
por supuesto, que pudiese evitar ser golpeado en un ataque
físico, 'Mech a 'Mech.
Los CPPs del Marauder dispararon de nuevo, y el
Shadow Hawk se tambaleó mientras las placas de
blindaje de su brazo izquierdo soportaban lo más recio
de la explosión. Grayson disparó su láser en respuesta,
escupiendo dos rápidos disparos que el Marauder
simplemente pareció absorber sin daño en su brazo y
torso.
La distancia estaba ahora por debajo de los 50
metros. Ambos 'Mechs dispararon, ambos fallaron
mientras daban vueltas, buscando una apertura en la
guardia del otro. Grayson esperó hasta que el Marauder
le encaraba completamente, luego disparó una salva de
MCAs, y cargó y disparó de nuevo. El 'Mech más pesado
fue lanzado hacia atrás por la explosión, pero sus
amplios pies patearon con fuerza buscando asentarse
sobre el ferrocemento, los estabilizadores actuaron y,
del algún modo, el gigante permaneció erguido. Rayos
láseres gemelos hicieron hervir el acero donde daños
anteriores habían vuelto a despegar el blindaje exterior
del torso del Shadow Hawk. Un luz roja señaló la perdida
de otro disipador de calor, y Grayson tomó conciencia
de que la temperatura interior del 'Mech ya estaba por
encima del nivel que podía aguantar por más tiempo.
Girar . . . disparar . . . fallar . . . disparar . . . impactar .
. . girar . . . La rocambolesca danza entre gigantes
continuó, aunque ninguna máquina podía encontrar o
lograr una ventaja.
Grayson sabía que no podía seguir con este baile
mucho más tiempo. Incluso aunque ninguna máquina
estuviese aun dañada gravemente, era seguro que el
Marauder podía continuar moviéndose y disparando
mucho más tiempo de lo que podía el Shadow Hawk de
Grayson. Y cuando el Shadow Hawk fallase, el fin
llegaría con gran rapidez.
Escudriñó las luces de la consola, contando el nivel de
daños. El blindaje de su brazo izquierdo casi había
desaparecido, algunos hoyos notables poblaban el torso
del 'Mech y los impactos iniciales en su mochila habían
inutilizado los cohetes de salto. La dificultad mayor
radicaba en la subida del calor. Había perdido la cuarta
parte de sus disipadores de calor, y la temperatura en la
carlinga estaba por encima de los 40 grados. En este
momento el núcleo de energía protegido debía estar
como un infierno.
El Marauder cargó. Grayson escupió dos tiros, luego
se giró y se alejó, más allá del alcance del monstruo,
lanzando una ráfaga de cañón automático mientras se
alejaba con paso atronador.
—Fue una estupidez por su parte venir aquí solo —dijo
Vallendel, como si la conversación no hubiese sido
interrumpida por las brutales ráfagas de disparos—.
Ahora, nosotros le tenemos justo donde queremos.
¿Nosotros? Grayson dio varias pasos hacia atrás,
alejándose del Marauder, comprobando de forma
frenética las pantallas de imagen.
Otra forma enorme y humanoide se movía junto a un
almacén. Acercando el teleobjetivo para mejorar la
calidad de la telefoto, Grayson reconoció los rellenos
antebrazos y el blindaje marcado y con hoyos del
Crusader. Después de todo Singh no había sido dejado
fuera de acción. Había estado escondido allí durante
todo el tiempo, esperando a que el Marauder colocase a
Grayson en posición.
Los misiles de corto alcance salieron como flechas
hacia él, sacando fragmentos del ferrocemento que
rodeaba al Shadow Hawk con la furia del fuego infernal.
El Shadow Hawk se abalanzó a través de las volutas de
humo, apuntando a esta nueva amenaza y dejando caer
un patrón de MCAs en respuesta.
El Marauder le dio justo en el centro del torso inferior
con un golpe de uno de sus CPPs. El 'Mech de Grayson
se tambaleó hacia delante en dirección al Crusader,
mientras las luces de alarma alertaban sobre los
sistemas estropeados y los circuitos averiados. Medio se
dio la vuelta, luchando por conservar el equilibrio, y un
par de misiles golpearon en la ya dañada mochila.
Grayson y su Shadow Hawk cayeron sin poder evitarlo
sobre el pavimento.
Lori sintió una extraña y casi pacifica sensación de
indiferencia mientras observaba como el agua oscura
casi cubría la carlinga del Locust. El aire dentro de la
cabina era aun agobiante, deteriorado a causa del los
olores del sudor y el miedo; pero la temperatura interna
del 'Mech descendía con rapidez gracias al agua fría.
Deseaba poder dejar la carlinga para nadar en las
corrientes heladas, deseaba poderse desprender de las
capas de sudor y mugre que manchaban su cuerpo. No
se atrevió, no obstante. El enemigo atacaría otra vez
muy pronto.
Una vez enfriado el 'Mech, lo condujo lentamente a
través de las profundidades y lo llevó hasta la playa,
mientras el aguan caía en cascada desde sus flancos en
imitación de las cascadas que retumbaban y rugían a lo
lejos, a su espalda, en las profundidades de la Falla.
En la playa, los astechs hormigueaban sobre la
carcasa del Wasp. Abrió un altavoz externo:
—¿Ramage? ¿Cuál es el veredicto?
El sargento trelano levantó la vista hacia ella, se tocó
la oreja y movió la cabeza. El ruido de fondo que
procedía de la cascada era demasiado alto para permitir
la comunicación oral, incluso aunque estuviese
amplificada. Los hombres sobre el suelo que estaban
fuera tenían los oídos llenos de arcilla, un truco que
Grayson les había enseñado durante la sesión de
planificación. Aunque eso hacía las comunicaciones
difíciles, protegería el sentido del oído de los hombres.
Realmente no necesitaba el informe de Ramage, en
ningún caso. Incluso desde la carlinga del Locust, el
daño parecía grave. Lori sabía que no lucharía de nuevo
—al menos no sin una revisión general. El disparo del
Marauder había dañado circuitos de control y sistemas
internos delicados.
Los astechs ya habían desnudado la mole del láser y
de los afustes de misiles, no obstante, y todos los MCAs
que quedaban en el Wasp. Mientras tanto, un
destacamento de soldados trabajaba en la boca de la
caverna, tratando de poner en marcha un sistema de
control de disparos simple que les permitiese añadir el
armamento rescatado del Wasp a los sistemas de
disparo que ya poseían. Los soldados usando los
aerodeslizadores ya habían trasladado el láser del
inutilizado Stinger a la primera línea de fuego.
—¡Sargento! ¡Aquí Yarin!
El interminable agotamiento que pesaba sobre Lori, le
hizo responder con lentitud. Ninguno de ellos sería
capaz de aguantar mucho más.
—¿Qué pasa?
—Lecturas de calor . . . creo.
El Locust dio varios pasos hacia arriba para situarse
junto al Stinger. Se movió por las diversas frecuencias
de infrarrojos, aunque los ordenadores del Locust solo
captaban lecturas fragmentarias e inconsistentes.
El aire exterior aun estaba frío, aunque el día se hacía
cada vez más cálido y ya estaba por encima del punto
de congelación. Empero, el calor de los motores (o de
los cuerpos vivos) debía ser identificable . . .
Y luego aparecieron. Soldados, docenas de ellos,
saltaron hacia abajo desde riscos y crestas rocosos de
ambos lados del barranco, con las armas sobre los
hombros, disparando como locos. Las balas saltaron y
gimieron desde el blindaje de Lori mientras ella jalaba
de los controles de la ametralladora y ponía sus armas
antipersonas en funcionamiento con un ruido
traqueteante.
Se habían deslizado por detrás de los peñascos, se
percató ella, vistiendo monos de combate negros
aislantes que ocultaban y enmascaraban el calor
corporal, lo que les había permitido acercarse de modo
subrepticio sin ser detectados. Casi antes que ella
pudiese dar la alarma, docenas de soldados enemigos
hormigueaban por todo el perímetro defensivo de los
Lanceros, luchando contra las tropas de los Lanceros a
los pies del Locust.
El fuego de su ametralladora barrió toda la línea de la
infantería atacante mientras bajaban con dificultades de
una zona rocosa y escarpada, arrojándolos contra las
tropas que luchaban en el suelo. Siguió disparando, pero
resultaba difícil encontrar blancos nítidos. Los atacantes
vestidos de negro estaban por todas partes, mezclados
con sus propias tropas demasiado estrechamente para
arriesgarse a disparar.
Un misil impactó en la parte superior del casco de su
Locust. De forma consciente, Lori volvió a poner la
maquina en posición agachada, absorbiendo la onda
expansiva y manteniendo el 'Mech sobre sus pies. Dios
varios pasos rápidos hacia atrás, alejándose de la lucha.
Tenía que haber un blanco . . . tenía que . . .
Un solitario soldado de negro, con un casco con visor,
se erguía a diez metros de distancia, con una pesada
arma de cañón doble sobre su hombro. Lori se quedó
sentada rígida, pillada por el miedo paralizador. Ese
soldado llevaba un lanzador de infiernos portátil, el
mismo tipo de arma con la que Grayson le había
amenazado una vez a ella, hacía ya tanto tiempo.
Deseaba que sus manos se moviesen, que cogiesen
los controles de la ametralladora y disparasen. Deseaba
que se moviesen, pero no lo logró. Paralizada, observó
como el dedo del soldado apretaba el gatillo. Cuando el
misil infierno se encendió y explotó, el fuego candente
se extendió a lo largo del casco del Locust en una onda
de gelatina que se aferraba con fuerza y ardía con gran
furia.
Aterrorizada, Lori empezó a gritar, y fue el nombre de
Grayson el que gritó una y otra vez. Luego, su voz se
apagó cuando el aire del interior de la carlinga le abrasó
los pulmones. Las espirales de humo salían de los
instrumentos, y el casco tintineaba y zumbaba mientras
placas de metal enormemente calientes se combaban
en el centro de un fuego que se aproximaba a los 1000
grados.
Su puño golpeó sobre el botón que controlaba el
sistema de eyección. ¡Nada! El circuito estaba
estropeado, ¡fundido por el calor! Tiró hacia todos lados
de la palanca de control y puso el Locust a la carrera. El
movimiento, el impacto del aire contra las superficies
ardientes, solo lograron avivar las llamas haciéndolas
más brillantes y más calientes.
35

La onda expansiva del impacto sacudió violentamente


a Grayson contra el asiento, pero las correas de
seguridad y los marcos con pistones de mercurio
absorbieron lo peor de la sacudida. Durante un
momento notó un dolor agudo en el costado y la
cabeza. Por lo siguiente que supo, parecía que no se
había dado cuenta del paso del tiempo. ¿Se había
desmayado?
El Shadow Hawk yacía sobre un costado, y Grayson
podía ver las pavoneantes piernas inclinadas hacia atrás
del Marauder de Vallendel junto a él. ¿A qué esperaban?
Estiró el cuello para levantar la vista a través de la
marquesina y hacia el Marauder que se alzaba
imponente por encima de él. Vallendel debía haber
pesando que estaba muerto.
Sus dedos encontraron un grupo de controles
manuales en el brazo de su silla. Los agarró y tiró de
ellos hacia atrás con un rápido movimiento radical. La
pierna superior del Shadow Hawk dio una sacudida con
una patada que golpeó en la pierna derecha del
Marauder con una fuerza que abolló el acero, haciendo
que el 'Mech más pesado se bambolease hacia un
costado como un borracho.
El Shadow Hawk se levantó sobre sus pies mientras el
Marauder se derrumbaba con un elegante movimiento a
cámara lenta. Grayson disparó el láser sobre la pierna
del 'Mech caído dos veces, luego se giró para cubrir al
Crusader, que avanzaba pesadamente en su dirección
tan rápido como podía hacerlo. Disparó una salva de
MCAs que falló, pero eso contuvo la carga del Crusader.
Podía haber sido posible —aunque solo fuese por los
pelos—, que hubiese podido derrotar al Marauder en un
combate simple. Era lo bastante realista para saber que
nunca sobreviviría si intentaba enfrentarse a ambos
'Mechs a la vez. La venganza podía no ser dulce si no
vivía para probarla.
El daño causado al Shadow Hawk era inmenso,
especialmente en la espalda. Había realizado todas las
reparaciones que pudo desde la carlinga. Presionando el
botón de descarga del combustible, notó como caía en
tropel, sobre el terreno, el suministro de mercurio
liquido para la reacción en masa como una cascada de
gotitas plateadas. La espuma contraincendios cayó
sobre los circuitos derretidos, y los circuitos de soporte
vital dañados fueron destruidos y sustituidos cuando los
circuitos de reserva se pusieron en funcionamiento
Con unos 200 metros entre él y sus enemigos,
Grayson se giró y colocó al Crusader en la pantalla
principal; luego, disparó el cañón automático.
Pero no ocurrió nada. Desde su tablero de mando no
podía saber si el cañón estaba destruido o el
alimentador de munición averiado, pero el mecanismo
de ambos sistemas estaba en la mochila de espalda
hecha polvo del Shadow Hawk. Por ello, disparó el láser,
pillando al Crusader junto a la zona dañada del brazo
izquierdo superior.
El Marauder estaba de pie de nuevo, según parecía
sin daños graves. Incluso a 200 metros, sin embargo,
Grayson pudo ver la abolladura que el pie de su 'Mech
había dejado en la pierna derecha del Marauder, justo
por debajo de la rodilla. Eso hizo que el monstruo se
moviese con una cojera distintiva cuando inició un trote
corto constante en persecución del 'Mech de Grayson.
Luego, también él estaba corriendo, girando y
haciendo fintas de un lado a otro mientras ambos
'Mechs liberaban rayos y misiles contra su Shadow
Hawk. De repente, Grayson colisionó con el lateral de un
almacén, enviando medio muro a bajo convertido en
polvo y escombros mientras lo rozaba al pasar. Lo que
necesitaba ahora era un lugar donde estar a cubierto,
un lugar donde pudiese separar a sus enemigos. A unos
pocos metros de distancia, los achaparrados tanques de
combustible de color verdegrisaceo atraían su atención
en la esquina sudeste del espaciopuerto.
El puerto no estaba desierto en absoluto. Soldados
con uniformes negros corrían por separado o en
pequeños grupos, y numerosos aerodeslizadores y
vehículos con ruedas se deslizaban entre los edificios
para cumplir misiones desconocidas. Sin embargo, la
única amenaza directa era el par del 'Mechs que le
seguían ahora entre las metódicas filas de tanques de
almacenamiento y entre la maraña de tuberías y líneas
de alimentación usadas para alimentar de combustible
a las naves situadas en la zona de aterrizaje.
Dejaron de dispararle, pero eso no era sorprendente.
Grayson había visto el resultado de los rayos láseres
disparados en un tanque de hidrogeno liquido. Los
disparos dejaron un cráter de tres metros de
profundidad.
¿Tal vez podía atrapar a sus enemigos bajo la
explosión de un tanque de hidrogeno? Aunque le
gustaba pensar en ello, el sentido común rechazaba la
idea. El hidrogeno ardiente se elevaba con gran rapidez
en el cielo, limitando el alcance de la destrucción. Y,
aunque la onda expansiva podía ser enormemente
destructiva, era poco probable que los dos 'Mechs
estuviesen juntos mientras Grayson disparaba a un
tanque de almacenamiento bastante cercano a ellos.
Ah, pero había otra posibilidad. En el extremo norte
del campo había un tanque de almacenamiento distinto
de los otros. Largo y bajo, tenía instalaciones de
bombeo poco habituales y ninguna de la voluminosa
maquinaria de refrigeración necesaria para almacenar
hidrogeno liquido. Grayson sabía lo que había
almacenado en este tanque antes de que hubiesen
llegado los piratas: combustible de aviación para los
helicópteros y los demás aviones ligeros usados como
medio de transporte entre las ciudades de Trellwan. Se
giró, buscando entre los tanques de hidrogeno. Aunque
ningún 'Mech era visible, sabía que estaban cerca,
acercándosele, probablemente moviéndose a lo largo de
ambos extremos del campo de tanques de hidrogeno a
la espera de cogerle a él entre ambos.
Grayson deslizó su mano dentro del acogedor abrigo
de los controles del guantelete. Flexionando sus dedos
contra la débil resistencia, observó como los grandes
dedos del Shadow Hawk se flexionaban y movían en
respuesta. Los BattleMechs equipados con guanteletes
eran capaces de una considerable destreza. Podían
coger vehículos, cajones de suministros e, incluso,
gente sin dañarles.
Cerró el guantelete en un puño, luego golpeó
directamente contra el tanque de combustible. La onda
de choque del impacto vibró a lo largo del casco del
'Mech. Mientras el liquido ámbar oscuro goteaba desde
el agujero, regresó con rapidez. El combustible de vuelo
era altamente inflamable, incluso explosivo bajo las
condiciones apropiadas; y no quería que una chispa
casual lo encendiese. Se dio la vuelta y comenzó a
esprintar hacia el norte.
El capturador de imágenes trasero de Grayson
detectó a los dos perseguidores cuando emergieron a
los costados de la zona de almacenamiento de los
tanques, pero bastante lejos del tanque de combustible
con la fuga. Ambos abrieron fuego tan pronto como le
localizaron, según parecía poco preocupados por los
tanques de combustible ubicados a sus espaldas.
Aunque algún disparo perdido de Grayson podía
impactar en uno, sería bastante difícil pinchar uno de
los fuertemente blindados tanques de almacenamiento
de hidrogeno.
¿Estaban bastante cerca? Pensó Grayson. El Crusader
se adelantaba ahora, y estaba quizás a 20 metros del
tanque. Pero, ¿estaba el Marauder lo bastante cerca?
Solo había una forma de descubrirlo, pensó, y disparó su
láser contra el tanque de combustible para vuelo.
Primero se incendió el combustible derramado sobre
el suelo. Un muro de llamas se esparció con celeridad a
lo largo del ferrocemento, se tragó al tanque y luego
envió una violenta bola de fuego, anaranjada y negra,
revoloteando sobre el cielo de la mañana. El impacto de
la explosión lanzó al Shadow Hawk contra el pavimento
y, durante varios segundos, el suelo pareció temblar con
reverberaciones repetitivas. Cuando Grayson fue capaz
de dejar parte del Shadow Hawk levantado sobre sus
brazos, vio que también habían estallado varios de los
tanques de hidrogeno. Toda la sección norte de la zona
de tanques se había convertido en un cráter de
escombros y llamas, y el cielo se había convertido en
una oscura cortina que transformaba el día en una
noche sobrenatural iluminada solo por el resplandor
anaranjado del combustible incendiado.
El Crusader yacía sobre un costado, con un brazo
separado de su cuerpo, con la cabeza desaparecida y el
torso destrozado como una caja de madera
contrachapada aplastada hacia dentro. El Marauder
había estado mucho más lejos de la explosión. Aunque
yacía boca abajo, por otro lado no parecía estar dañado.
Grayson levantó su láser para cubrir a la inerte
máquina, y comenzó a reducir la distancia. El ordenador
del Shadow Hawk apuntaba a la cabeza del Marauder,
moviendo el láser a lo largo del lento monitor principal.
La estática de un canal abierto siseó en su oído:
—¡GRAY! ¡Me quemo! ¡ Gray!
¡Era Lori! Eso fue bastante para detener la carga de
Grayson. Dudó, el Marauder era suyo, según lo que veía
en el MP. Indeciso, a causa de la agonía, vio como la
máquina se movía, deslizando un masivo antebrazo bajo
su cuerpo.
De nuevo, los gritos de Lori llegaron a través de la
frecuencia de combate del Shadow Hawk. Con nitidez y
estridencia ella gritó:
—¡Grayson! ¡Grayson! ¡Me quemo . . Gray!
El piloto del Marauder estaba claramente atontado. El
gigantesco 'Mech permanecía caído, parcialmente
levantado sobre un brazo mientras trataba de doblar
sus piernas lo bastante para colocarlas bajo el cuerpo y
poderse erguir. Grayson podía estar todo el día
acribillando la máquina con su láser medio y podía
ocurrir que nunca penetrase ese blindaje. Pero si
cargaba, podía destruir el BattleMech, convirtiéndolo en
piezas del mismo modo en que este había destrozado el
Phoenix Hawk de su padre.
Dio diez pasos más, y cogió una maraña de metal y
cables pegados de la longitud de un árbol. Había sido el
brazo del Crusader. Con ello como garrote a dos manos,
Grayson apalearía al Marauder hasta que el torso se
rompiese. Golpearía y patearía y destrozaría . . .
—¡Gray! —Incluso a través del sonido impersonal que
producían los circuitos de comunicaciones, detectó el
terror desnudo en ese grito.
Con Vallendel a sus pies, Grayson dudó antes de
mover el garrote de metal retorcido. Sabía que nunca
podría abandonar a Lori, y arrojó el garrote, que giró de
una punta a otra alejándose de él. Luego, giró hacia el
norte, empujando su 'Mech hasta el limite.
36

A unos pocos minutos luz de Trellwan, exactamente a


cinco y medio, Tor se sentaba en los controles del
puente de la nave de carga "Ingrata". El Mayor enemigo
había logrado enviar un mensaje hacia Trellwan, pero
habían pasado quince minutos sin ninguna reacción de
la nave de guerra. Tor empezaba, con cierta osadía, a
pensar que el ataque al espaciopuerto había tenido
éxito.
El equipo de abordaje había encontrado solo ocho
hombres del Condominio a bordo, más todos los miembros
restantes de la tripulación de Tor. Los kuritanos se habían
rendido sin luchar cuando docenas de hombres armados y
desarmados habían entrado flotando por la escotilla del
puente. Superados fuertemente en numero y temiendo que
se produjese una batalla con láseres a bordo de la nave,
prefirieron esperar y ver si la nave de guerra enviaba
fuerzas para rescatarles. Ahora el personal del Condominio
estaba encerrado.
El General Varney miraba de reojo la pantalla de visión
principal, que estaba centrada sobre la oscuridad de la vela
de salto de la "Ingrata": —¿Cómo sabe que entra?
—Lo sé —dijo Tor, señalando una hilera de luces—. Pero
llevará algún tiempo.
—¿Y . . . ah . . . nuestro amigo de allí fuera se va a dar
cuenta de algo?
—Posiblemente, General, pero esa vela es terriblemente
difícil de ver, incluso en un radar. Tendrían que estar
bastante más cerca para realmente ver que la vela es
replegada.
Lenta, majestuosamente, el disco de anchura kilométrica
de plástico y metal negros se doblaba sobre sí mismo bajo
los tirones de cuerdas y líneas corredizas dirigidas por
ordenador. Y en el núcleo de la Nave de Salto, los
generadores de campos en el hiperespacio Kearny-Fuchida
canalizaba las energías recolectadas y almacenadas
durante las semanas precedentes a través de la cara de la
vela de salto orientada hacia Trellwan.
Después de varios minutos, mientras la energía crecía en
el interior del delicado núcleo de la nave, Tor se volvió hacia
Varney con una sonrisa de disculpa: —Desde luego, existe la
posibilidad de que captaran nuestras emisiones. Si allí están
alertas, sabrán que nos preparamos para saltar.
—¿Qué pasa, entonces?
—Me temo que no lo sabremos hasta que pase.

******

Algo golpeó en el costado del llameante Locust de Lori con


la fuerza de una montaña que se derrumbaba, arrojándola
contra las correas de seguridad mientras la maquina se
volcaba sobre un costado. Se produjo una salpicadura,
seguida de humo blanco y vapor. El viscoso liquido
inflamable se desparramó a lo largo de la superficie de
agua, pero el casco parcialmente sumergido del 'Mech se
enfrió con gran rapidez. Temblando, Lori puso el Locust de
pie con movimientos torpes. El Stinger de Yarin estaba de
pie cerca de ella, metido hasta la cintura en la humeante
agua.
—Gra . . . gracias —le dijo ella a él.
El Stinger movió un brazo en señal de respuesta,
luego se giró y se abalanzó hacia la orilla. Los
aerodeslizadores de los Lanceros se habían agrupado y
los atacantes, que ahora no eran más de quince o
veinte se retiraban, dejando a sus muertos esparcidos
en montones sobre la arena. Varios otros se arrodillaban
en la arena, agarrándose los oídos. El ruido de la boca
de la cueva debía haberles pillado por sorpresa,
ayudando a desorientarles.
Lori comprobó los daños de su 'Mech. Una
ametralladora inutilizada, bien fundida o doblada por la
caída, no podía saberlo. La mayoría de la munición de
ese lado del 'Mech había estallado, así que era posible
que las explosiones de las balas de ametralladora
hubiesen dañado a ésta. Tenía solo tres disipadores de
calor en funcionamiento, y eso era más grave. Con solo
tres intercambiadores de calor operativos, el Locust se
sobrecalentaría la primera vez que disparase el láser —
a menos que pudiese a acabar la batalla con el casco
hundido en el lago.
Quizás era el momento de escapar. Podían abandonar
los 'Mechs aquí y dirigirse hacia el norte de la cavernas,
siguiendo los mapas que Grayson les había dejado. Con
la munición a niveles tan bajos, pronto tendrían que
retirarse, si no querían ser arrollados.
Pero ¿qué pasaba con Grayson? Era posible que aun
estuviese vivo. Si era así, ¿no tardaría demasiado en
unirse a ellos? Lori no sabía si él había sido capaz o no
de destruir la antena del espaciopuerto, o si había sido
destruido antes de tener una oportunidad. Cuando
planearon la batalla, habían supuesto que Lori sería
capaz de ver el espaciopuerto desde su posición en la
boca de la Falla del Trueno, y capaz de identificar la
explosión del mástil de la antena. El silencio de la radio
se consideraba más importante que un anuncio
innecesario por parte de Grayson de que había
completado su tarea. Pero los Lanceros habían sido
obligados a meterse dentro de la Falla, y cualquier
'Mech o humano visible en la entrada atraía el fuego de
las fuerzas del Condominio que les rodeaban.
Lori, de repente, descubrió que le temblaban las
manos de forma incontrolada —probablemente una
reacción retardada ante el aterrador toque de la muerte.
Luchó por controlar los temblores, contenta de que
nadie pudiese verla en este momento.
Ramage estaba en el aerodeslizador, con el equipo de
comunicaciones sobre la cabeza. Ella abrió un canal.
¡Mantén la voz tranquila, Kalmar!, se dijo a sí misma:
—¿Sargento Ramage?
—¿Sí, Sargento? ¿Está usted bien?
—Perfectamente, Ramage. Estoy bien. —El temblor
desapareció gradualmente, dejándola sin fuerzas y
débil.— ¿Cómo estamos de suministros?
—Bastante mal. Hemos distribuido las ultimas
municiones a las tropas y no hay más recargas para los
'Mechs. Tenemos bastante comida para una semana, tal
vez. Sin protección, pero ahora hace bastante calor.
—Sin embargo, definitivamente, necesitaremos
protectores si el Capitán Tor no lo ha logrado. A mitad
de la Primeranoche hará frío. No sé lo que haremos
luego. Si no nos rendimos, el frío nos matará a todos.
Lori se preguntaba si no debían rendirse ya. Podía ver
a los 'Mechs enemigos moviéndose al fondo del
barranco, formando para otro ataque. Los 'Mechs del
Condominio habían sido masacrados, pero hasta ahora
solo había sido destruido completamente uno de los
pesados. El resto tenía daños que serían reparados
totalmente en unos pocos cientos de horas. La idea era
desalentadora. Cada impacto debilitaba más a las
fuerzas de los Lanceros. En el mejor de los casos, sus
mejores acciones parecían solo reducir al enemigo
temporalmente.
Lori se frotó los ojos fuertemente con sus manos,
luchando por mantenerse despierta. Había demasiados
de ellos para aguantar mucho más tiempo. Dos simples
'Mechs de 20 toneladas terriblemente dañados no
podían aguantar la lucha actual. Estaba más cansada de
lo que nunca había estado. Simplemente agarrar la
palanca de control y mover el abollado Locust unos
pocos pasos hacia delante suponía un esfuerzo
agotador.
Ramage estaba un allí, esperando.
—Vamos a tener que retirarnos, Sargento. Retirarnos o
rendirnos ahora mismo.
Ramage parecía inseguro:
—¿Qué pasa con el Teniente?
—Está muerto, o ya estaría aquí.
—¡Sargento! —Ese grito estalló en la frecuencia de
comunicaciones, interrumpiéndoles. Era un explorador
que Ramage había colocado en la cima con binoculares
y una radio.— ¡Sargento, vienen otra vez! ¡Todos!
Sus hombres y máquinas se dieron la vuelta para
encarar el barranco una vez más. De algún modo, Lori
encontró la fuerza de voluntad para poner al Locust en
posición, para agachar la maquina en la posición de
disparo. Los primeros MLAs llegaron formando arcos por
el cielo desde el fondo de la pendiente, estallando
detrás y en frente de ellos y entre las rocas y
acantilados de cada lado.
—Aguantad el fuego, gente —avisó ella por el circuito
general de combate. ¿Cuántos podían oírla?—
Guardarlos hasta que estéis seguros de acertar.
Luego el enemigo se lanzó a la carrera colina arriba,
con el Marauder que había matado a Garik a la cabeza.
Lori abrió fuego sobre esa máquina, ¡impactandole una
y otra vez! Ahora el humo salía en una estela desde un
cráter que había en el flanco del Marauder, y el cañón
automático ubicado en su espalda estaba roto y hecho
pedazos. Pero seguía viniendo.
Un TAAD a la derecha de Lori recibió un impacto
directo del láser ubicado en la torreta del Wolverine, y
un afuste recargado de MCAs estalló con un destello y
una explosión que desintegraron el aerodeslizador. Dos
soldados, que estaban arrodillados cerca, fueron
lanzados hacia delante por la explosión y yacían rotos y
quietos detrás de los terraplenes. El resto de las tropas
de los Lanceros mantuvieron la posición, usando los
lanzadores de misiles disparados desde los hombros y
los lanzallamas a mano para provocar resultados
letales. Tres vehículos propulsados a orugas estaban ya
en llamas, con las tripulaciones muertas y el Shadow
Hawk había caído con la pierna derecha inutilizada.
Pero los otros seguían acercándose; aunque a un
ritmo muy lento, como si luchasen en contra de un
huracán desatado. El rugido de las cabezas explosivas
estallando se fundía con el constante retumbar de la
cascada a la espalda de los Lanceros.
Los impactos de láser se cebaban sobre el Stinger,
quitando con la explosión la antena externa y trozos de
blindaje. Los hombres del Duque concentraban el fuego
sobe una máquina. Lori sabía que una vez que el Stinger
fuese derribado, sería el turno de ella. El Stinger seguía
en pie, tambaleándose de forma brusca, con el humo
saliendo desde un destrozado panel lateral del casco.
—¡Yarin! ¡Agáchate!
Pero el Stinger avanzaba, con su piloto inconsciente
de las ordenes de Lori.
Quizás se ha estropeado la radio, pensó ella. O está
aterrorizado. Luego, le llegó la idea de que está podía
ser su forma de encarar la derrota. Ella había estado
pensando en retirarse o rendirse. Pero él . . .
El Stinger recibió un impacto en su pecho de lleno.
Como si el tiempo se hubiese congelado, la mente de
Lori retuvo la imagen del 'Mech de Yarin derrumbándose
hacia atrás, con los brazos extendidos, sobre el agua.
A excepción de tres transportes de armas
supervivientes y un puñado de hombres agachados tras
los terraplenes poco profundos y los peñascos
chamuscados por los láseres, su Locust estaba ahora
solo. Siguió disparando, pero el Marauder estaba casi
encima de ella ahora. Distancia 60 metros . . . ahora 40
. . . ahora 20 . . .
Justo cuando los 'Mechs atacantes corrían juntos hacia
la entrada de la Falla, las explosiones los desgarraron.
En un instante, las filas del enemigo estaban bajo el
caos mientras los misiles bajaban en una línea en forma
de arco desde el cielo manchado de verde, con una
explosión tras otra que reverberaba y volvía a
reverberar desde la superficie de los muros de la Falla
del Trueno.
Ramage estaba de pie sobre la cubierta del motor de
su aerodeslizador, agitando su TK con gran fuerza. Lori
captó sus gritos a través de los micrófonos externos:
—¡El Teniente! ¡Es el Teniente!
Luego ella vio al Shadow Hawk. Aunque magullado,
abollado y lleno de cicatrices a causa de los disparos de
láser, era, sin lugar a dudas, el 'Mech de Grayson que
corría con dificultad a lo largo de la cadena de la parte
oriental del barranco. Desde ese ángulo, los MLAs
bajaban lanzando silbidos entre los 'Mechs del Duque,
pero no podían ir más allá y llegar a la boca de la cueva.
La entrada a la Falla del Trueno estaba
momentáneamente tapada por una cortina de grava y
tierra que se precipitaba, y las ensordecedoras
explosiones apagaban incluso el rugido de la cascada.
Tres misiles impactaron en la espalda y el costado del
Marauder, abriendo bastante más las rajas que ya había
en las placas de blindaje. Ahora su brazo derecho yacía
retorcido y humeante sobre el arenoso suelo de la
caverna.
Entonces el Marauder se giró, casi con tristeza.
Disparó hacia el Shadow Hawk de Grayson con el CPP y
el láser supervivientes, pero falló. Después de eso, inició
una confusa carrera de regreso para bajar la cumbre,
mientras de su casco salían negras volutas de humo.
Luego los 'Mechs supervivientes del Condominio
rompieron a correr, cada uno de ellos dándose prisa por
bajar la pendiente en busca de la seguridad, seguidos
de una docena de vehículos trepadores y de grupos
desorganizados de soldados. En la cima de la cumbre,
los Lanceros empezaron a ponerse de pie, lentamente,
aturdidos; mientras las demás tropas del Condominio
tiraban sus armas al suelo y levantaban las manos en
señal de rendición. Pero Lori solo tenia ojos para el
vapuleado Shadow Hawk de Grayson que cojeaba en la
cima de la cresta.
37

En el punto de salto, las energías fluían a lo largo del


núcleo del motor de la Nave de Salto, se centraban,
luego se descargaban en un campo modificador del
espacio que creaba algo muy cercano a un pequeño
agujero negro temporal. En ese instante, la "Ingrata"
simplemente desaparecía justo momentos antes de la
llegada de las Naves de Descenso provenientes de la
nave de guerra enemiga.
A bordo de la "Ingrata", Tor sintió la familiar sensación
aplastante, experimentó ese destello de ceguera
momentánea mientras el vacío se abría a su alrededor,
tragándose a la nave con un estruendo sobrecogedor. El
pálido y distante disco de Trell y la miríada de estrellas
de más allá se redujeron al rojo, se desvanecieron en el
infrarrojo y luego se borraron como si nunca hubiesen
estado allí. Para ser reemplazados por el punto de
esplendor blancoazulado, que radiaba con fuerza desde
un brillante arco, que era la estrella objetivo.
Tor se descubrió riendo sin poder contenerse como
muestra de alivio y satisfacción, mientras Varney le
palmeaba en la espalda. ¡Lo habían hecho!

******

Claydon estaba de pie en el corredor de mármol


situado en el exterior de la Sala de Recepción de
Palacio. Desenganchó la correa de la funda de la pistola
automática pesada Stetta y esperó.
Como Tech superior de la unidad de 'Mechs de los
Guardias, había sido asignado al personal de apoyo del
Capitán Nolem. La deserción de gran parte de personal
de los antiguos Lanceros y de los tres 'Mechs operativos
había dejado al 10° de Guardias sin un 'Mech en la
compañía: y a su tech superior sin nada que hacer salvo
seguir a Nolem.
Pero los pensamientos de Claydon no estaban
centrados en los 'Mechs ahora, ni en la violenta batalla
que tenía lugar al norte de la ciudad, ene el
espaciopuerto y mucho más allá en la Falla del Trueno.
Como Grayson, él, también, tenía sed de venganza.
Claydon echó la culpa a Grayson de la muerte de su
padre originada por el fuego que destruyó también su
hogar. Si no hubiese sido por el joven de la
Mancomunidad, Berenir no habría hecho la llamada por
visor que debía haber alertado a alguien en el gobierno
sobre las inclinaciones proMancomunidad de Berenir.
Ese alguien había tenido contactos con las fuerzas de
los bandidos en el Castillo, había estado detrás de la
traición que había puesto a los Comandos bajo las
garras de Singh, había estado detrás de la conjura que
había tenido éxito en derrocar al gobierno de Trellwan.
Hasta que no vio a Grayson en los pasillos del Palacio no
se dio cuenta Claydon de que Carlyle, también, era un
peón en las manos de los gigantes que conspiraban
para controlar Trellwan. ESO es lo que había matado a
Berenir. Después de saber que Grayson se había
refugiado con Berenir, la conspiración se había movido
con rapidez para coger a Carlyle, capturar a Claydon y
silenciar a Berenir de una vez por todas.
Aunque había sido la incursión de Grayson Carlyle en
el puerto la que le había liberado a él, el rencor y la
pena de Claydon le hicieron rechazar la oferta de unirse
a los Lanceros. Cuando el Teniente Nolem se le acercó
después de la desastrosa incursión de los Lanceros
contra el Castillo, Claydon aceptó la oferta de
convertirse en tech de los nuevos Lanceros. La unidad
era reagrupada bajo su propio mando, dijo Nolem, y
sería transferida a un regimiento de los Guardias. El
hecho de que fuese hijo de Berenir significaba poco para
Nolem. Estaba claro que a Claydon no le gustaba
Grayson Carlyle. Además, el personal preparado en el
aspecto técnico era demasiado valioso para
desperdiciarlo en disputas políticas.
Durante su periodo de servicio con Nolem, Claydon
realmente dedicaba más tiempo a comprobar los
registros de ordenador y los registros de
comunicaciones en el Palacio y en el CG de los Guardias
que a trabajar con los 'Mechs. El Sargento Tech Riviera
había sido un experto en búsqueda y programación de
ordenadores y había trasladado parte de su experiencia
a su astech protegido. En el momento en que Claydon
se encontró de nuevo con Grayson en el corredor del
Palacio, ya había descubierto mucho de lo que quería
saber.
Había sabido, por ejemplo, quien en Palacio había
hablado con Singh. Y sabía que Singh era un jefe de las
Fuerzas Especiales del Condominio, un jefe de guerra al
servicio del Duque Rojo. Sabía quien se había chivado a
las fuerzas de Singh del asalto planeado contra el
Castillo, quien había planeado la revolución que
empezaría con la llegada de Ricol y quien había
ordenado el asesinato del Rey Jeverid en su cama. Y
sabía quien de Palacio había traicionado a su padre y lo
había entregado a los 'Mechs enemigos.
Había usado el tiempo desde entonces, varios días
estándares, buscando su oportunidad para igualar las
cosas.
Claydon oyó pasos a lo lejos, tras las dobles puertas
de la Sala de Recepción. Cuando las puertas se
abrieron, una pareja de Guardias Reales, con los
subfusiles colgados por las correas pon encima de sus
pechos, atravesaron las puertas y se colocaron a los
lados de éstas. El General Adel y el Capitán Nolem
llegaron a continuación. Detrás de ellos había más
soldados y su Majestad, el Rey Stannic.
—¡Ah! ¡Claydon! —dijo Nolem.— ¡Únase a nosotros!
Debemos ir al cuartel general. Las cosas parecen ir mal
para el Duque en la Falla del Trueno.
—Tonterías —dijo el General—. ¿Una lanza contra dos
compañías? ¡No sea ridículo!
Claydon se puso en la fila detrás de Nolem, respiró
profundamente y, luego, bajó la mano en busca de la
Stetta metida en la funda.
Un Guardia gritó cuando la pistola salió de la funda.
Claydon pivotó, apuntando la pistola con ambas manos
mientras daba media vuelta, con el dedo apretando el
gatillo. Con el selector colocado en la posición de
disparo automático, la pistola escupió y provocó una
línea de sutura roja en uno de los Guardias Reales
situados detrás de él; luego, a lo largo del pecho del Rey
Stannic. El asombro total se congeló en la cara de
Stannic mientras la fuerza de las balas le hacía
golpearse a pata tendida sobre el especulado suelo de
la Sala de Recepción.
Claydon continuó girando, con el arma aun ladrando
en su mano. Un segundo Guardia le arañó la cara y lo
apaleó contra el astillado marco de la puerta. El Capitán
Nolem se precipitó hacia el suelo mientras el General
Adel bramaba la orden de disparar, luego moría, con su
ultima orden atascada en la garganta desgarrada por
las balas.
Los dos Guardias supervivientes tenían ya los
subfusiles Rugan en las manos, escupiendo fuego. Las
balas atravesaron el pecho y el estomago de Claydon,
lanzándole hacia atrás y dentro de la Sala de Recepción.
En el momento en que dejó de deslizarse para
detenerse sobre el charco de sangre del antiguo Rey de
Trellwan, estaba muerto.

******
Grayson estaba sentado en la oficina del Duque Ricol,
una cabina espartana en la Nave de Descenso Alfa
perteneciente a la nave de guerra del Condominio
"Cazadora". La bandera de paz que le había llevado tan
lejos descansaba en una esquina. Con ojos fruncidos
estudiaba al Duque Rojo, uno de los tres hombres que
con tanta desesperación había deseado ver muerto. De
estos, solo Singh estaba muerto, quemado en su
Crusader a causa de la explosión del tanque de
combustible. En lo relativo al duelo entre Grayson y
Ricol, éste había acabado de forma prematura en la
ladera de la Falla del Trueno, con los dos 'Mechs
demasiado dañados para seguir luchando. Desde el
momento en que Ricol se había dado la vuelta para
alejarse de la Falla, la ardiente sed de venganza de
Grayson se había desvanecido.
—Acabo de recibir la noticia de que la "Ingrata" ha
regresado al punto de salto de Trellwan —dijo tranquilo
Grayson, omitiendo a propósito los corteses y
adecuados "mi Lord" y "su Gracia". Con un poco de
rencor, y ejecutado para recordar a este hombre
orgulloso de quien era la victoria—. En este momento,
un fuerza especial de la Mancomunidad estará en
camino.
—Usted no lo sabe, jovencito.
—No, tal vez no lo sepa. Quizás me estoy tirando un
farol, y la "Ingrata" simplemente saltó y regresó para
recogernos. Pero la cuestión es, ¿puede usted
permitírselo?
Ricol no contestó, y Grayson insistió en su ventaja:
—Usted quería este planeta como base de
operaciones contra la Mancomunidad, pero para usted
no es nada bueno que la Mancomunidad conozca su
presencia en la zona. Sus fuerzas estarán atadas a
causa del bloqueo de vuelos, sus fuerzas terrestres
acosadas por los intentos de aterrizaje y por las pasadas
de los cazas: y por mi gente, desde luego. Eso será
costoso, tan costoso que haría mejor quedándose en
casa.
—¿Qué sugiere? —preguntó el Duque, orgulloso y
enderezado.
—Que evacuen . . . ahora, mientras pueden. —
Grayson se recostó en la silla y dobló las manos a lo
largo de su estomago. ¿Podía hacer este juego en un
modo que aceptase Ricol? Internamente estaba irritado
ante la necesidad de actuar ahora como pacificador,
pero no había otra elección. Los Lanceros no podían
seguir esta pelea, no bajo las condiciones de Ricol. El
truco consistía en hacer ver al Duque que tampoco el
podía continuar con la pelea bajo sus propias
condiciones.
—Si se quedan —continuó Grayson—, mi gente
permanecerá en el campo, acosándoles y haciendo la
vida miserables para todos, incluidos ellos mismos.
Preferiríamos verles fuera de Trellwan, y, en ese sentido,
sospecho que usted también lo preferiría.
—¿Nos dejarían marchar?
—Le doy mi palabra de honor, su Gracia. Con
franqueza, la Falla del Trueno resultó dura para las
fuerzas de ambos. No deseamos continuar peleando: a
menos que usted nos obligue a ello.
Eso era tanto quedarse corto como una completa
mentira por parte de Grayson. Aunque sus astechs
tendrían pronto cinco 'Mech s operativos, una vez más,
a partir de los restos recogidos en la cima, en este
momento el único BattleMech que quedaba totalmente
funcional era el Shadow Hawk. Tampoco podía
sospechar Ricol que, en estos momentos, Grayson tenía
exactamente 30 hombres sanos.
Había habido demasiados muertos, y muchos más
heridos. Y había algunas heridas que parecían más
profundas que las de la carne y la sangre.
—¿Dónde estabas? —había preguntado Lori, con el
dolor en los ojos. No había habido rabia en las palabras,
solo lástima y algo como la pena. Con el 'Mech ardiendo
alrededor de ella, le había pedido ayuda a él. El sabía
cuanto temía ella morir quemada, y debía haber
parecido que él la abandonaba. Alzó el brazo buscando
a Lori, y ella se dio la vuelta y se alejó.— No, Gray. No . .
. ahora . . . no. —Se había producido una violación de la
confianza entre ellos, y no había forma de decir si esta
herida particular cicatrizaría algún día.
Parecía que el precio de la venganza era alto, mucho
más alto de lo que aquellos cogidos en medio del fuego
podían permitirse pagar. Y, ¿qué venganza había,
después de todo? ¿Quién podía devolver a los muertos?
—Desde luego, usted tiene razón —dijo Ricol. Esa
simple confesión, el hundimiento de sus hombros, cogió
a Grayson por sorpresa—. Como aliados, los indígenas
de Trell habrían sido útiles. Pero no podemos
arriesgarnos a poner una guarnición en un lugar
desértico y atrasado como Trellwan, no cuando el
planeta está en rebelión, y Stannic muerto. No, la
acción, la verdadera acción, está en otra parte.
—La Esfera Interior.
Ricol se encogió de hombros:
—Así que, si usted quiere Trellwan, jovencito, es suyo.
Y bienvenido. Un lugar inhóspito y salvaje.
Enmudecido, Grayson solo pudo hacer una señal de
asentimiento. El Duque Ricol pedía que se permitiese
que sus hombres y máquinas dejasen Trellwan, que sus
soldados mantuviesen sus armas y equipo, que todo
quedase como si los hombres del Duque jamás hubiesen
venido a Trellwan.
¿Qué pasa con todos los muertos? Pensó Grayson.
Larressen, Enzelman, Claydon, Ari, Kai Griffith, su padre
. . . y tantos otros . . .
—Todos los privilegios —dijo al fin Grayson—. Y
cuantos antes despeguen en dirección a su nave
estelar, mejor
Epilogo

—¡Firmes . . . AR!
Las filas de hombres vestidos de gris tocaron sus
tacones para ponerse firmes bajo la triste luz del sol de
poniente. El Sargento Mayor Ramage dio media vuelta y
saludó a Grayson:
—¡Toda la compañía presente y contada, SEÑOR!
Grayson dejó que su mirada recorriese las filas de
hombres, todos armados, todos con el petate con el
equipo, los uniformes y los artículos personales a sus
pies. Más allá de la última fila, también se alineaban los
'Mechs, elevándose por encima de los asistentes. Los
dos Wasps y el Stinger habían sido rescatados en el
campo y reparados. El Locust y el Shadow Hawk habían
sido reparados totalmente. Todos estaba recién
pintados, también, con emblemas de una calavera gris y
negra sobre un fondo rojo en cada pierna izquierda del
'Mech . Los ojos de Grayson vagaron sobre el Locust,
como si tratase de ver, más allá del blindaje y los
sensores, a la mujer de su interior.
—Muy bien, Sargento. Inspeccionaré las tropas.
—¡Señor! —Ramage dio otro giro elegante y encaró a
las tropas.— Compañía, presenten . . . ¡ARMAS!
El tipo parece más un Sargento Mayor, cada día que
pasa, pensó Grayson. En ese sentido, las tropas tenían
más apariencia de tropas. Con Ramage a sus talones,
empezó a recorrer la línea, comprobando los hombres,
los uniformes y las armas . . . ¿por y para qué? Grayson
expulsó el pensamiento rebelde. Por apariencia y
disponibilidad militar, desde luego. Para asegurarse de
que los tres pelotones estaban bien y elegantes y listos
para subir a bordo de la Nave de Descenso que estaba a
sus espaldas. Y para recordarles quienes eran.
Cuando los restos de los Lanceros de Trellwan habían
salido de la Falla del Trueno para reunirse con Grayson,
había habido a penas 30 hombres sanos y listos
(después de varios periodos consecutivos de sueño)
para el servicio. El Locust, el único 'Mech superviviente,
había sido dañado terriblemente, con una ametralladora
perdida, los almacenes de municiones estropeados, los
disipadores de calor rotos y grandes partes del blindaje
del casco medio derretidas. Había poco que la
identificase como una unidad de combate victoriosa.
Con la excepción del hecho de que habían ganado.
Los Guardias Reales de Trellwan se habían quedado
sorprendidos por la respuesta de Sarghad a los
guerreros. Las noticias sobre la Batalla de la Falla del
Trueno eran más rumores que hechos, y cambiaban a
medida que se difundían. Los únicos hechos claramente
discernibles eran que Ricol había conducido su ejercito
hacia la cima de la Falla y había sido rechazado. Un
asaltante solitario en el puerto estelar había destruido la
estación de comunicaciones de la fuerza del Condominio
y la mayoría del combustible. Dos días más tarde, las
Naves de Descenso del Condominio se habían ido,
llevándose cada 'Mech y guerrero extranjero con ellas.
Y, luego, una Nave de Descenso, procedente de un
carguero recién llegado, había descendido al puerto, y
los vencedores habían regresado a la ciudad.
La recepción de los ciudadanos de Sarghad había sido
una pequeña revolución en sí misma. Con el gobierno
prácticamente desaparecido después de las muertes de
Stannic y Adel, no había habido nadie que emitiese una
orden de arresto contra Carlyle. Era dudoso que hubiese
tropas en Trellwan que hubiesen tratado de ejecutar
dicha orden, porque los Chaquetas Verdes también eran
ciudadanos de Sarghad y estaban implicados a fondo en
la atmósfera de carnaval que rodeaba el regreso de los
héroes.
Además Grayson, no temía la respuesta del gobierno.
Aunque solo tenía dos 'Mechs funcionales, el Locust y su
abollado Shadow Hawk, eso era mas de lo que Sarghad
podía reunir en su propia defensa.
—¡Compañía, levanten ARMAS! ¡Cara al FRENTE!
¡HACIA DELANTE CON FUERZA!
Muchos de los soldados de Sarghad —tanto de la
Milicia como de los Guardias— se habían unido a los
Lanceros después de lo de la Falla del Trueno. Los
supervivientes de la unidad se habían convertido en el
cuadro de expertos que entrenaba y curtía a las nuevas
tropas. Grayson ya había diseñado programas para que
el entrenamiento continuase a bordo de la "Ingrata".
Había muchos hombres, al parecer, sin ataduras, sin
razones para permanecer en Trellwan. Cuando Grayson
realizó la petición de voluntarios para el nuevo
Regimiento de 'Mechs, habían respondido, dejando atrás
sus viejas rivalidades. Las nueva reputación de los
Lanceros había conseguido eso.
Grayson se giró para encarar al nuevo líder de
Trellwan. El General Varney se había hecho cargo del
ejercito desde su regreso a la ciudad desde la Nave de
Descenso. Al tener el apoyo popular de la ya
reincorporada Milicia y de muchos miembros de la
Guardia Real también, los funcionarios del Ministerio de
Defensa y los oficiales del Estado Mayor del Ejercito
habían elegido a Varney como gobernador militar hasta
que se pudiese nombrar un nuevo Rey.
Era bastante posible que el puesto también cayese en
los hombros de Varney. De todos los lideres de Trellwan,
solo el tenía el poder y la autoridad para mantener
unidas las facciones abiertamente enfrentadas del
ejercito. La nueva reputación de los Lanceros también
había logrado eso.
—Deseamos que no os fueseis. Aquí hay un sitio para
los Lanceros. —Dijo Varney.
—Ya no son los Lanceros de Trellwan, General. ¿Lo
recuerda?
—¡Pero podéis quedaros! Mira, Grayson, ¡no culpes a
todos los trelanos de lo que pasó! ¡Por favor,
reconsidéralo! Hendrik aun es una amenaza, por no
mencionar al Condominio. Pero con tu unidad,
podríamos . . .
Grayson miró más allá de Varney hacia donde Mara le
miraba desde el grupo de funcionarios y oficiales. Las
fuerzas que habían roto la sociedad de Trellwan estaban
aun vivas, a pesar de todas las muertes y todo el
derramamiento de sangre.
Grayson se preguntó ahora como podía haber sido tan
tonto con relación a Mara. Había pensado que la estaba
usando, sin saber que ella le usaba a él para obtener
información útil y para controlarle de cara a lograr los
objetivos de su padre de convertirse en Rey.
Sus ojos volvieron a fijarse en Varney:
—Exactamente, señor. Son mi unidad ahora y no haré
que los Lanceros sean el centro de más luchas por el
poder. Tenemos nuestro propio destino. —Le ofreció la
mano al General, quien la estrechó con firmeza. Varney
sería un buen líder. Trellwan podía tener incluso una
oportunidad de combatir esa enfermedad interior por el
poder y los conflictos.
—La Mancomunidad será informada de la situación en
la zona —dijo Grayson—. Dudo que los kuritanos les
molesten nunca más, pero la Legión de la Muerte Gris
buscará empleo en otro lugar.
Sentía un raro placer con este nombre sugerido por el
Sargento Ramage y aceptado oficialmente por
aclamación entre las tropas. Como un regimiento
mercenario recién creado, eran pequeños aun (con solo
cinco 'Mechs y 147 soldados), pero tenían una nave y un
piloto y la esperanza de ocupar un lugar entre las
enfrentadas Casas de la Esfera Interior. Quizás en
Tharkad encontrarían lo que había quedado de los
Comandos de Carlyle. En otra parte el regimiento podía
ser completado. Y Grayson sabía que podía encontrarse
con Ricol y Vallendel de nuevo, algún día.
Un hombre lucha por sus camaradas en la línea de
fuego, había dicho Griffith. Pero el hogar y la familia es
lo que le pone en la línea de fuego. Mirando las tropas
que entraban a la Nave de Descenso, Grayson notó un
sentimiento de orgullo, de realización. Y de pertenencia.
Ahora quería dejar Trellwan lo antes posible. Necesitaba
tiempo para asimilar lo que había pasado aquí y para
examinar los cambios en sí mismo. Saludó a Varney con una
sonrisa: —Con su permiso, General.
La línea de 'Mechs esperó hasta que el ultimo de los
soldados pasó junto a ellos y subió la rampa de la Nave de
Descenso que les esperaba. Grayson se dirigió con varias
zancadas al Shadow Hawk que estaba al final de la línea y
subió por la escalera de cadeneta que colgaba del flanco de
la máquina. Dentro del la carlinga del Shadow Hawk, con el
casco de impulsos neurálgicos sobre su cabeza, una voz
electrónica sonó en sus oídos.
—Estamos listos, Jefe. ¡Cojones, vamonos ya de aquí!
—De acuerdo, Lori. Lanza en formación . . . vuelta a la
derecha . . . y embarquen. —En este momento, Grayson se
sentía feliz. Lori era importante para él, tanto como
suboficial valioso como un amigo valioso. Le había
prometido a ella concederle el tiempo para que buscase su
propia curación, mientras el buscaba la suya. Mientras
tanto, aun eran amigos. Con el tiempo, las heridas sanarían,
quizás incluso antes de que llegasen a Tharkad.
Las puertas para BattleMechs de la Nave de Descenso se
abrieron. La nueva familia de Grayson Death Carlyle subió
en fila la rampa y entró en su nuevo hogar.
 
Glosario

AERODESLIZADOR
Un vehículo que viaja a varios centímetros por
encima del suelo sobre un colchón de aire creado por
grandes ventiladores colocados dentro de una cámara
llena completamente y rodeada de metal ligero o de
goma de caucho. Los aerodeslizadores pueden ser
diseñados para labores de exploración, como elementos
de transporte o como transportes armados. Son rápidos,
altamente maniobrables y pueden viajar sobre la tierra
o el agua, pero se ven obstaculizados por el terreno
escarpado o quebrado. También son denominados VET
(vehículos de efecto terrestre) o saltarines.

CAÑÓN AUTOMÁTICO
El cañón automático es un arma de carga
automática y disparo rápido. El cañón automático de los
vehículos tiene un calibre que oscila entre los 30 y los
90 mm, mientras que el cañón de un 'Mech pesado
puede tener un calibre de 80 a 120 mm o más. Esta
arma dispara a alta velocidad ráfagas de cartuchos
altamente explosivos, capaces de atravesar blindajes.
Dadas las limitaciones de la tecnología de dispositivos
de puntería de los 'Mechs, el alcance efectivo del cañón
automático está limitado a menos de 600 metros.

CME
CME es la abreviatura de "Contra Medidas
Electrónicas", un sistema de interferencia de las
radioemisiones que distorsiona el radar, la radio y otros
equipos electrónicos.

COMPAÑÍA
Una unidad táctica del ejército que consta de tres
lanzas de BattleMechs o, en el caso de la infantería, de
tres pelotones con un total de entre 50 y 100 hombres.
Las compañías de infantería están dirigidas
normalmente por un capitán.

CPP
CPP es la abreviatura de "Cañón de Proyección de
Partículas", un acelerador magnético que dispara rayos
protones o iones de alta energía y causa daños tanto
por impacto como por elevada temperatura. El CPP es
una de las armas más eficaces de que disponen los
'Mechs. Aunque tiene un alcance teórico limitado solo
por cuestiones relativas a la línea de visión, la
tecnología disponible en términos de puntería y
precisión limita el alcance a menos de 600 metros.

CRUSADER
Un BattleMech pesado, de 65 toneladas de peso y
con una velocidad máxima de 65 kph. Es una máquina
enormemente armada ya que lleva un láser, una
ametralladora pesada y enormes baterías de MLA en
cada brazo y afustes de 6 MCAs en cada pierna.

IAE
IAE es la abreviatura de "Identificación Amigo o
Enemigo", que es un sistema de señales enviadas desde
un transportador de abordo que pueden ser detectadas
y usadas para identificar un vehículo, especialmente en
combate.

INFIERNO
Se trata de un misil especial, lanzado desde el
hombro, diseñado como armamento anti-'Mech. Explota
a varios metros del tubo de lanzamiento, esparciendo
sobre el blanco fósforo candente u otro componente
igualmente inflamable sobre una base de gelatina. Los
Infiernos no se llevan en los 'Mechs a causa de su gran
facilidad para inflamarse.

INFRARROJOS
Los infrarrojos es luz emitida en longitudes de
onda tan grandes que no pueden verse con el ojo
humano. La radiación de infrarrojos es emitida por
fuentes de calor, tales como los motores encendidos o
los cuerpos vivos, y pueden ser detectados por equipos
diseñados para ser usados en la oscuridad.

LANZA
Un grupo de combate táctico para BattleMechs,
normalmente compuesto de cuatro 'Mechs.

LASER
Acrónimo de "Amplificación de la Luz por Emisión
de Radiación Estimulada". Cuando se utiliza como arma,
daña el blanco al concentrar un calor extremo en un
área pequeña. Los láseres de las maquinas de guerra
denominadas BattleMechs pueden ser pequeños,
medios o pesados. También están disponibles como
armas portátiles que se disparan apoyándolas en el
hombro y que funcionan con una batería. Existen ciertos
sistemas de cálculo de distancias y equipos de
localización de blancos que funcionan también con
láseres de nivel bajo.

LOCUST
Un BattleMech de exploración ligero y con forma
no humanoide pensado para tener una rapidez extrema
y una gran maniobrabilidad. Pesa 20 toneladas y una
velocidad tope de 130 kph. Está armado con un láser
medio y un par de ametralladoras pesadas.
MARAUDER
Un BattleMech de asalto pesado y con forma no
humanoide. Pesa 75 toneladas y tiene una velocidad
máxima de 65 kph. Está fuertemente armado; lleva un
CPP pesado y un láser medio en cada brazo y un cañón
automático de 120 mm por encima de la espalda. Los
Marauders están extremadamente blindados y son
difíciles de derribar y se ven especialmente favorecidos
por la ventaja psicológica que les concede su temible
apariencia.

MCA
MCA es la abreviatura de "Misil de Corto Alcance".
Son misiles de trayectoria directa con cabezas
altamente explosivas y capaces de atravesar blindajes.
Tienen un alcance inferior a un kilómetro y solo son
precisos a distancias menores a 300 metros. Sin
embargo, son más potentes que los MLA.

MLA
MLA es la abreviatura de "Misil de Largo Alcance",
un misil de trayectoria indirecta con una cabeza
altamente explosiva. Los MLA tienen un alcance máximo
de varios kilómetros, pero solo son precisos a distancias
que oscilan entre los ciento cincuenta y los setecientos
metros.

PELOTÓN
Una unidad táctica del ejército que, por lo general,
consta de entre 50 a 60 hombres, dirigidos por un
teniente o un sargento de pelotón. Un pelotón pude
estar dividido en dos secciones.

PHOENIX HAWK
Un BattleMech medio de 45 toneladas de peso y
con una velocidad máxima de 100 kph. Monta un láser
medio y una ametralladora pesada integrados en cada
brazo, y lleva además un láser pesado en un soporte
para fusiles en un brazo. Es una mezcla especialmente
útil de velocidad y maniobrabilidad para un combate de
BattleMechs.

PIC
PIC es la abreviatura de "Puta Infantería de
Cojones", el termino en la jerga de los MechWarriors
para los soldados que no van a pie.

REGIMIENTO
Una unidad militar que consta de entre dos a
cuatro batallones, cada uno de ellos compuesto por tres
o cuatro compañías. Un regimiento es dirigido por un
coronel.

RIFLEMAN
Un BattleMech medio con un peso de 60
toneladas y una velocidad máxima de 65 kph. Monta un
cañón automático y un láser pesado en un único
conjunto de doble cañón en cada brazo y un par de
láseres en el torso.

SHADOW HAWK
Un BattleMech medio que pesa 55 toneladas y con
una velocidad máxima comprendida entre 85 y 90 kph.
Lleva un láser medio en el brazo derecho, cinco afustes
de MLA en el torso, un par de afustes de MCA a cada
lado de la cabeza y un cañón automático de gran
calibre, colocado por encima del hombro y montado en
una mochila.

STINGER
Un BattleMech ligero de exploración que pesa 20
toneladas y tiene una velocidad máxima de 100 kph.
Esta armado con un láser medio y dos ametralladoras
pesadas.

TAAD
TAAD es la abreviatura de "Transporte de Armas
Aerodeslizado" que es un aerodeslizador militar, más
pequeño que un vehículo de transporte, y que lleva una
batería de misiles, un CPP o cualquier otro armamento
pesado.

TAD
TAD es la abreviatura de "Transporte
Aerodeslizado" que es un aerodeslizador militar usado
para llevar personas o carga.

TOE
TOE es la abreviatura para "Tabla de Organización y
Equipo" que recoge el informe detallado del personal, el
orden de batalla y el equipo de una unidad, incluyendo
los vehículos y las armas.

ULTRAVIOLETA
La luz ultravioleta es una radiación en longitudes
de onda demasiado pequeñas para que las capte el ojo
humano. UN equipo especial de exploración puede
verse mediante luz ultravioleta.

VEHICULO TREPADOR
Un vehículo militar a tracción por orugas. Algunos
modelos llevan tropas, cargas o armas.

WASP
Un BattleMech de exploración ligero con un peso de
20 toneladas y una velocidad tope de 100 kph. Está armado
con un láser medio y un par de afustes de MCA.
WOLVERINE
Un BattleMech medio de un peso de 55 toneladas y una
velocidad máxima de 85 kph. Lleva un cañón automático de
calibre pesado en el brazo derecho y afustes de 6 MCA en el
torso. En lo más alto de su pecho, justo por debajo de la
cabeza, tiene una torreta en forma de bola que lleva un
láser medio.
{i}
ID en el original, siglas de Identification Device (Dispositivo de Identificación). De ahí las siglas DI (Nota del Traductor)

 
{ii}
Siglas de Transporte de Armas Aerodeslizado, en el original Hovercraft Weapons Carrier (HVWC) (N. del T.).

 
{iii}
He traducido el término Rift por Falla, aunque hay que tener en cuenta que se trata de una enorme grieta o fractura en la superficie del
planeta originada por extensión. Suelen ser zonas de gran extensión propensas a movimientos sísmicos y erupciones volcánicas (N. del T.)

 
{iv}
Punto de la órbita del planeta más cercano al sol del mismo. El planeta el Trellwan o Trell I y el sol Trell (N. del T.)

 
{v}
Siglas de Transporte de Personas Blindado, traducción del original Armored Personel Carrier, al que corresponden las siglas APC (N.
del T.).

 
{vi}
He traducido el término anglosajón skimmer, que describe a un pequeño aerodeslizador de dos plazas, por el vocablo saltarín, ya
que el salto de la rana se puede expresar con la palabra anglosajona skim (N. del T.)

 
{vii}
Siglas de Vehículo de Efecto Terrestre, en el original Ground Effect Vehicule (GEV). Otra forma de denominar a los vehículos arodeslizados
(N. del T.).

 
{viii}
Locust significa langosta (N. del T.).

 
{ix}
Siglas de Cuartel/es General/es, correspondientes a las celebres HQ de Headquarters(N. del T.)

 
{x}
En español en el original (n. del t.) Cauce seco durante la mayoría
del año, que solo lleva agua en tiempos de lluvias. El uadi es típico en los paises
africanos (n. del t.)
 
{xi}
Tipo de explosivo compuesto por aluminio y oxido de hierro (n. del t.)

 
{xii}
Siglas de Oficial al Mando, correspondientes al original de Commanding Officer (n. del t.)

 
{xiii}
Una vez la aceleración de la gravedad (n. del t.)

 
{xiv}
Siglas de Contra Medidas Electrónicas (n. del t.)

 
{xv}
Siglas de Identificación de Amigo o Enemigo, correspondientes a IFF (Identification Friend or Foe) en el original (n. del t.)

 
Table of Contents
Prólogo
LIBRO UNO
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
LIBRO DOS
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
Epilogo
Glosario
Notas