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De Vast

Para: Territorios Unidos


29/01/2020

Contextualización mundial, nacional y local

La historia siempre ha hecho de la vida una mirada imprecisa y alborotada y tal condición no es
solo por la fragilidad que nos evoca la instantaneidad relacionada a las nuevas tecnologías y
automatización de la vida cotidiana, sino, a la constante crisis de lo que entendemos por Estado
Nación y democracia frente a estructuras económicas y legislación a nivel global.

La tendencia hacia los populismos de derecha bajo elementos punitivos, xenófobos,


heteronormados, etc; siguen ocupando un gran terreno en la política de los países centrales los
cuales no solo despliegan subjetividades que apuntan a caracterizar el miedo y el terror como
estrategia que garantice el libre avance de las grandes corporaciones en una posición desafiante a
la soberanía a través del lobby y corrupción como en demandas a los Estados que ante cualquier
menoscabo.

Lo que vemos como crisis no es otra cosa que un reajuste del sistema capitalista en los países
centrales ante la privatización de su territorio y servicios garantizados -como derechos
fundamentales logrados por la clase obrera y el pueblo precarizado- en el corroído Estado de
Bienestar.

¿Cómo podemos entender este margen al terreno de los países periféricos?

Sencillo. Lo único que puede reducir la catástrofe y la crisis –en todo el sentido y bordes de la
palabra- es la readecuación de los países periféricos en el sistema mundial.

La regulación del mercado mundial pasa por la “acumulación por desposesión” (David Harvey) de
las Naciones lo cual garantiza la acumulación de recursos a través del extractivismo, es decir, la
desterritorialización de los Estados y la privatización de la soberanía son la apertura hacia un
nuevo proceso de reajuste capitalista a través de la extorsión de las Naciones de la periferia. Esta
implicancia se instala ante la necesidad de la producción incesante pero también la precariedad
social de la producción. Así, el Neoliberalismo como un conjunto de privatizaciones y
exteriorización de servicios en un mercado abierto que posibilita el Estado mínimo y subsidiario
pasa a convertirse en un mero mediador u un legislador que garantiza la prima transnacional. Este
nuevo paso de acumulación, es muestra de que esa tendencia necesita aún más apropiación
territorial y precarización social. Nuevamente, la legitimidad del discurso desarrollista queda en
jaque ante la inequidad de las matrices productivas a nivel mundial, remodelación constante y
agresiva de un mundo interrelacionado pero jerarquizado y diferido expuestos por dos leyes
histórica-sociales: “desigual y combinada” (Trotsky - Wallerstein) y la ley de “valor mundializada”
(Samir Amin).
Todas estas implementaciones macrofiscal (FMI, BM y OMC) 1 han afectado lo que entendemos por
Nación -identidad nacional acerca no solo de lo que somos sino de que somos soberanos-. El
conflicto se establece en lo “qué creemos ser” pues como pueblo tenemos una escasa validez
jurídica frente al derecho del Estado –baja representatividad parlamentaria, democracia de baja
intensidad u invalidante- y, casi por defecto, sin legitimidad de la acción política –institucional-

Es decir, a nivel nacional, lo que está en juego es la crisis de la democracia liberal enfrascada en un
modelo de Estado Neoliberal que se conjuga en un espacio conflictivo por la “acumulación por
desposesión”. Tal escenario no solo se presenta en la nula factibilidad de la población en el
ejercicio político y nula representatividad del Ejecutivo y Legislativo y tras bambalinas la
corrupción y legislación reajustada al sistema pero clasista-criminalizadora.

¿Cómo podemos hacer de nosotros un correlato en el territorio?

Es evidente la operación abierta y tendenciosa a la desterritorialización que no solo imposibilita la


soberanía sino la vida. Es decir, la modernización es un elemento civilizatorio basada en la
alienación que justifica y permite su barbarie… la acumulación por desposesión.

El crecimiento económico se ha basado esencialmente en un modelo extractivo que somete a los


territorios a fuertes impactos sociales y ambientales, configurando como consecuencia una alta
conflictividad: más de 800 conflictos en América Latina (Atlas Global de Justicia Ambiental, 2018) y
más de 200 en torno a la actividad minera solo en los cuatro países estudiados en el presente
artículo: Ecuador, Colombia, Perú y Chile (Observatorio de Conflictos Mineros de América Latina
[ocmal], 2018). Lo anterior dificulta las opciones de desarrollo de los países y, a nivel territorial,
opera “sacrificando” zonas y espacios sociales y culturales en pos de un prometido beneficio
nacional, que se distribuye desigualmente. Sus políticas típicas de privatización, desregulación,
recortes de impuestos y acuerdos de libre comercio: han permitido a las corporaciones acumular
enormes beneficios y tratar la atmósfera como un vertedero de aguas residuales, y han
obstaculizado nuestra capacidad, a través del instrumento del Estado, para planificar nuestro
bienestar colectivo.

Así, la acumulación por desposesión no es otra cosa que la transformación de la economía política
a una economía política del espacio, por consiguiente, la producción no es solo a través de bienes
y servicios u mercancías sino en la movilidad del carácter del suelo que pasa de tener un valor
cuantitativo a cualitativo –por sus características- que son intercambiables. Así el suelo como
valor, como renta, como recurso extractivo, como inmobiliarias, concatenación de centros y como
fluidez de la mercancía en contextos urbanos es un sector primordial de la economía política en
tanto propiedad. La propiedad trata de homogeneizar no solo el espacio sino las latitudes para que
la mercancía y recursos circulen libremente y así nuevamente reproducirse y materializarse en
mercancías.

Por lo tanto, aquello que hemos propuesto se enfrenta en lo local a través del desencuentro-
desconocimiento con la Central Termoeléctrica Los Rulos, los más de 140 proyectos inmobiliarios
1
- Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y Organización Mundial de Comercio.
aprobados en la Comuna, la Copa de Agua de “ESVAL” construida por la empresa “MONTEC” en
Cerro Tercera, la parcelación del Cajón de Lebu por la inmobiliaria “La Foresta”. atenuando la
proyección y planificación de la ciudad por medio del Plan Regulador comunal, PLADECO y
Premval.

Para posibilitar la circulación de las mercancías el espacio capitalista se torna simplemente un flujo
por lo cual es necesario reemplazar o reconcebir al espacio como un territorio.

La distinción entre ambos conceptos nos ayudara a comprender que el territorio es algo más allá
de lo físico sino un “conjunto de relaciones sociales que dan origen y a la vez expresan una
identidad y un sentido de propósito compartidos, que es apropiado y significado entre
interlocutores”. En definitiva, es en el territorio donde el ejercicio de lo político se encarna y por lo
cual los acuerdos y desacuerdos posibilitan las subjetividades y representaciones de lo social que
ha sido fraccionada no solo por el espacio capitalista desde una mirada global-extractiva de
lineamientos jurídicos en lo nacional y la planificación urbana en lo local sino en lo político, en la
fractura social en los silencios, los gritos y las desapariciones que aparecieron y aparecen. Lo
político, por lo tanto, nos permite la resignificación de la democracia en nuestro territorio.

Sin más preámbulo: ¿Por qué es necesaria una nueva constitución?

La necesidad de una nueva constitución pasa remover las nociones u direcciones en las cuales se
establecen las leyes. La espiritualidad de constitución radica en que pareciese no poder ser
cuestionada, es como una metainterpretación u algo más allá del mismo ejercicio democrático que
legitima la racionalidad del modelo tanto de Estado, de Gobierno y económico. Una constitución
no es otra cosa que la validez de las consignas de un grupo social por sobre otro permitiendo la
disputa entre unos mientras los otros sanciona tales disputas políticas (Marx, 1848). Si bien, un
cambio constitucional es parte de cualquier modelación del Estado liberal, en Chile la clase
dominante lo entiende desde una mirada clásica, es decir, la subversión de una clase por sobre
otra. En términos de Cecilia Morel: “perder nuestros privilegios”. La política así, no es otra cosa
que la racionalidad de la clase dominante en base al ordenamiento y reglamentación del derecho y
los accesos políticos u derechos fundamentales sobre el mismo pues el poder ganado debe ser
conservado para reestablecer la relación señorío y servidumbre. Ahora nuevamente entramos en
el conflicto de la soberanía popular en donde el supuesto recae en que el pueblo es soberano y
mandata creando una clase política elegida y mandatada siendo el Estado para el individuo y no al
revés. Norberto Bobbio nos advierte:

En nuestras sociedades pluralistas constituidas por grandes grupos organizados, en conflicto entre
sí, el procedimiento de la contratación sirve para mantener en equilibrio al sistema más que la
regla de la mayoría, el que, dividiendo a los contendientes en dos grupos: vencedores y vencidos,
permite el reequilibrio del sistema solamente allí donde se le permite a la minoría convertirse a su
vez en mayoría (Bobbio, 1998: 165).

Finalmente, entendemos como las leyes están preestablecidas por un relato constitucional que las
determina a converger solo en una dirección pero que el poder constituyente puede y debe
ejercerlo el pueblo por sí mismo –en tanto que ciudadanía soberana- para construir, según su
voluntad deliberada y libremente expresada, en el Estado (junto al mercado y la sociedad civil) que
le parezca necesario y conveniente para su desarrollo (Salazar, 2011: 27)

Salazar estipula que hay una cierta amnesia u castración en el pueblo desde la clase política ya que
la conformación deliberativa y vinculante se traslada a la institucionalidad. Esto no solo tiene que
ver con la derrota política en batalla sino por las vanguardias partidistas de izquierda las cuales se
ven a sí mismas como voceros o interlocutores de la masa, del pueblo o de la clase (clientelismo
subordinado). Por lo cual, la clase dirigente no puede dar cabida a la expresión constituyente y la
izquierda partidista no la acepta si no la dirige. A ambas posiciones se suma el poder militar.

El hecho de que el Estado democrático (tutelada y de baja intensidad) fuera administrado a través
de partidos representativos, no quita por añadidura, el espanto de la dictadura. Es el proceso
revolucionario es la des-enajenación.

Salazar encarna dos momentos constituyentes de 1822 a 1828 derribando la dictadura de


O’Higgins y de 1918 a 1925 que erradicaba el régimen oligárquico-parlamentarista de la
constitución portaliana de 1833 el cual buscaba un Estado desarrollista.

Estas experiencias son los pilares de la educación popular pues estas nacen de un proceso de des-
enajenación al concientizar sobre los problemas sociales y relacionarlos a las condiciones de
opresión. Para Freire la radicalidad del pensamiento es creativa al igual que Salazar pues ambos
entienden que los movimientos sociales o políticos son recursivos al pasar de la memoria-pasado a
la experiencia-presente de manera elástica y que buscan desapegarse de la clase dirigente o las
vanguardias de izquierda. La creatividad se expresa finalmente en la formación de una nueva
realidad objetiva la cual no se transforma por pura casualidad. No podría dejar de ser así. Si la
humanización de los oprimidos es subversión, también lo es su libertad. De ahí la necesidad de
controlarlos constantemente. Y cuanto más se los controle más se los transforma en “objetos”, en
algo que aparece como esencialmente inanimado (Freire, 2005:61)

Así, para ambos, la cultura debe ser autogenerada para elaborar los aprendizajes que no tenemos
y poder gobernar desde abajo. Acumulación de fuerzas, dirían algunos. Para encauzar esta
creatividad y des-enajenación hay que ver ¿Cuáles son las resistencias del régimen y que
queremos para un futuro? El desajuste de las relaciones y la fisura con las condiciones sociales de
existencia nos coloca en el transito histórico de dar cierta continuidad a los procesos a través de la
memoria que, bien sea de paso, nos pone en alerta de concertar nuestra posición frente al
adversario o el enemigo, pues, en la asamblea constituyente, los otros también participan. La
“conciencia para sí” es fundamental establecer la reciprocidad entre los oprimidos –volviendo a
Freire- para evitar la docilidad y fatalismo ante el opresor y evitar los conocimientos
convencionales permitiendo la reflexión acción sin slogans que domestican nuestro quehacer.

Tales cuestiones parecen revelar en donde se localiza el poder soberano, sin embargo, la
estructura del Estado si bien lo estamento en la Constitución, se puede ver si mismo a través de la
norma jurídica, es decir, “el Estado se hace así mismo en nombre propio del Derecho”. La otra
posibilidad es que no en tanto la Constitución debe tener la legitimidad del soberano, el pueblo.
¿Es la voluntad del pueblo que la violencia sea solamente ejercida por quien la crea –El Estado-
para sí misma? El consentimiento es, finalmente, sometimiento. No obstante, la radicalidad del
Derecho está en su respuesta política –arbitraria y racionalizada- la cual invoca al Estado como un
valor en sí mismo pues todo puede validarse desde su misma trinchera, en ese sentido, es meta
jurídico. Por último, está en que definitivamente reside la soberanía en la Nación.

Norberto Bobbio establece que la soberanía es el poder de aplicar y crear el derecho para que así
este tenga validez y legitimidad pero estos pueden ser determinados por el límite material del
ordenamiento jurídico. Así las condiciones del Estado se encuentran preestablecidas pues nos dice
que La ley no tiene pasiones que necesariamente se encuentran en cualquier alma humana
(Bobbio, 1998:131). Por lo tanto el Estado se sostiene desde un origen monárquico que no se
contrapone a lo público, es decir la institucionalidad, sino a la civilidad en tanto cada órgano del
Estado se debe al funcionamiento del mismo para ejercer gobernabilidad. Es por ello que el
ejercicio de la democracia directa es una herida al centro del Estado pues involucra desconocer
aquello que lo sostiene como si tuviese la iluminación de un Rey, la Constitución.

Allí, donde exista referéndum, autogobierno y delegados con mandatos imperativos no solo
expresa el quiebre de la permanencia, el sostenimiento de un régimen atrincherado, sino la
invalidación del Derecho divino que el Estado se adjudica así mismo por medio de la Constitución
que es lo único que permite tener el legítimo poder de la fuerza.