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LOS CUASICONTRATOS

Los artículos 1437 y 2284 dan del cuasicontrato un concepto que es tradicional. La
primera de estas disposiciones establece que las obligaciones nacen “de un hecho voluntario de
la persona que se obliga, como en la aceptación de una herencia o legado, y en todos los
cuasicontratos”. La segunda añade que “las obligaciones que se contraen sin convención”
pueden tener origen en el “hecho voluntario de una de las partes” que, si es lícito, constituye un
cuasicontrato.
De tales disposiciones resulta que el Código concibe el cuasicontrato como un hecho
voluntario, lícito, no convencional y que produce obligaciones para su autor y que puede generar
obligaciones para un tercero, fundadas todas en el principio del enriquecimiento sin causa.
El cuasicontrato es un acto voluntario y se diferencia por este carácter de la ley como
fuente de obligaciones; la ley impone obligaciones independientemente de la voluntad.
Aunque voluntario, el cuasicontrato no es el resultado de un acuerdo de voluntades,
circunstancias que lo diferencia radicalmente del contrato.
En fin, el hecho que le da origen es lícito y por ello se diferencia del delito y del
cuasidelito, hechos igualmente voluntarios, pero ilícitos.

Crítica del cuasicontrato.


La crítica moderna ha sido implacable con la concepción clásica del cuasicontrato,
someramente expuesta.
Históricamente, la concepción del cuasicontrato es relativamente reciente. Los
jurisconsultos romanos observaron que ciertas obligaciones nacían ex variis causarum figuris,
esto es, de diversas causas que no eran ni un contrato ni un delito. Estas obligaciones debían
ser consideradas como si resultaran de un contrato o como si provinieran de un delito.
Pero los juristas romanos solamente intentaron justificar la fuerza obligatoria y el régimen
a que debían estar sujetas estas obligaciones.
Producto de una equivocada interpretación de las fuentes romanas el cuasicontrato ha
sido objeto de agudas criticas de los juristas, entre los que destaca Planiol.
a) La expresión cuasicontrato sugiere la idea de una institución análoga al contrato, que casi
es un contrato, diferente solo por circunstancias accesorias o subalternas. Entre tanto, sus
diferencias son capitales.
El contrato supone un concierto de voluntades, ausentes en el cuasicontrato. Por otra
parte, el acuerdo de voluntades en el contrato crea las obligaciones y determina sus efectos. En
el cuasicontrato, en cambio, si de algún modo interviene la voluntad no crea la obligación.
b) Planiol niega que el cuasicontrato sea un hecho voluntario, tanto porque la voluntad no
general la obligación que se impone al autor del acto, como porque suele resultar obligado quien
no la ha expresado de ningún modo.
En la agencia oficiosa, por ejemplo, se obliga el gestor y esta obligación puede
considerarse como obra de su voluntad; pero también puede resultar obligado el interesado o
dueño del negocio.
Mas evidente es esta situación, todavía, en el pago de lo no debido. Falta de voluntad del
que paga porque el pago para ser indebido debe ser fruto de un error. Esta ausente, también, la
voluntad del que recibe el pago; si estaba de buena fe, no tiene intención de restituir lo pagado y
con mayor razón carece de esta intención si lo recibió de mala fe.
c) Planiol va más lejos aun. El cuasicontrato no es tampoco un hecho lícito.

A. Gormaz R.
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En todos los cuasicontratos de descubre, como rasgos común, un enriquecimiento sin


causa y, por lo tanto, injusto, ilícito. Tal es el motivo por que debe restituirse lo indebidamente
pagado o el heredero satisfacer las dudas hereditarias, etc.
En suma el cuasicontrato no es ni un hecho voluntario ni un hecho lícito; es un hecho
involuntario e ilícito y las obligaciones que engendra tienen su origen en la ley que, por su
intermedio, procura reparar un enriquecimiento injusto.

Principales cuasicontratos.
El artículo 2285 establece que “hay tres principales cuasicontratos: la agencia oficiosa, el
pago de lo no debido y la comunidad”.
La disposición pone de manifiesto que, además de los nombrados, existen otros
cuasicontratos.
a) En efecto, el artículo 1437 califica de cuasicontrato la aceptación de una herencia o
legado.
b) El artículo 2238 dispone que el depósito necesario de que se hace cargo un incapaz, que
se encuentra en su sana razón, constituye un cuasicontrato que obliga al depositario sin la
autorización de su representante legal.
c) De acuerdo con el Código de Minería nace por el ministerio de la ley una sociedad minera
por el hecho de que dos o más personas inscriban una manifestación formulada en común, o
inscriban, a cualquier título, parte o cuota de una pertenencia inscrita anteriormente a nombre de
una sola persona.
Las sociedades mineras “que nacen de un hecho” constituyen un cuasicontrato.

El enriquecimiento sin causa.


Buena parte de la doctrina encuentra el fundamento de las obligaciones cuasi
contractuales en el propósito del legislador de impedir o reparar un enriquecimiento injusto.
Más aun, se considera el enriquecimiento injusto, ilegítimo o sin causa como una fuente
de obligaciones. Tal es el criterio de algunos Códigos modernos.
A menudo una persona se enriquece en desmedro de otra; pero generalmente el
incremento de un patrimonio a costa del empobrecimiento de otro, se opera por un justo motivo,
por una causa legítima, como una venta, una donación, una asignación por causa de muerte.
Pero suele este fenómeno producirse sin causa justificada, sin un motivo verdadero,
como si una persona paga lo que realmente no debe. El que recibe el pago se enriquece a
expensas del que lo efectúa, sin motivo plausible, injustamente.
En tal caso se produce un enriquecimiento sin causa, para reparar esta injusta lesión,
análoga a la que ocasiona el delito o cuasidelito, solo cabe un remedio: dotar a la víctima de una
acción para obtener la reparación contra el injustamente enriquecido y reputar el enriquecimiento
sin causa como una fuente de obligaciones. Esta acción se denomina de in rem verso.

Aplicaciones del principio.


Nuestro Código no contiene ninguna disposición que consagre, con caracteres de
generalidad, el enriquecimiento sin causa como fuente de obligaciones.
Se ha contentado el legislador con reglamentar diversos casos particulares, sin duda
inspirados en el principio del enriquecimiento sin causa.
a) No es otra la razón de ser de las recompensas que, por diversas causas, se deben por la
sociedad conyugal a los cónyuges y por esto a la sociedad. Las recompensas tienen por objeto
evitar un injusto enriquecimiento de un cónyuge a expensas del otro.

A. Gormaz R.
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b) Al mismo propósito obedecen las prestaciones mutuas que se deben el reivindicante y el


poseedor vencido.
c) Por análogo motivo los actos ejecutados por el marido dan a los acreedores acción sobre
los bienes de la mujer, cuando el acto cede en utilidad personal de esta y hasta concurrencia del
beneficio que obtenga.
d) En idéntico principio se funda la regla del artículo 1688, que obliga al incapaz, en caso de
nulidad del acto o contrato, a restituir aquello en que se hubiere hecho más rico.
e) Lo mismo ocurre con el dolo cuando no es obra de una de las partes sino de un tercero.
En estos casos el dolo no vicia el consentimiento sino que sólo da lugar a la acción de perjuicios
contra la persona o personas que lo han fraguado o que se han aprovechado de él; contra las
primeras por el total valor de los perjuicios, y contra las segundas hasta concurrencia del
provecho que han reportado del dolo.
e) El principio encuentra una evidente aplicación en la agencia oficiosa y, especialmente, en
el pago de lo no debido.

Legislación comparada.
Códigos modernos, como el alemán y el suizo, consagran formalmente el enriquecimiento
sin causa como fuente de obligaciones.
Así el artículo 62 del Código Federal suizo expresa: “el que sin causa legítima se ha
enriquecido a expensas de otro, es obligado a restituir”. Véase, también, el artículo 812 del
Código Civil Alemán.

Condiciones del enriquecimiento sin causa.


La doctrina ha formulado, a grandes rasgos, las condiciones del enriquecimiento sin
causa y los requisitos que hacen procedente la acción de in rem verso. Estas condiciones son:
a) Que una persona se haya enriquecido;
b) Que haya un empobrecimiento correlativo de otra;
c) Que el enriquecimiento sea injusto o sin causa; y
d) Que la víctima no tenga otro medio que la acción de in rem verso para obtener la
reparación.

Enriquecimiento de la persona obligada a restituir.


Se comprende que es preciso, en primer termino un enriquecimiento de la persona que
debe restituir.
Este enriquecimiento puede ser material y también intelectual o moral; no es
indispensable que un valor pecuniario se haya incorporado en el patrimonio.
Asimismo, el enriquecimiento podrá consistir no solo en la realización de una ganancia,
sino en la economía de un gasto o desembolso. Los tribunales franceses han declarado, por
ejemplo, que la ex concubina puede demandar a su ex amante a quien presto servicios propios
de un empleado, una retribución por el provecho que obtuvo de su colaboración que no le fue
retribuida.

Empobrecimiento correlativo del titular de la acción de in rem verso.


El enriquecimiento de una persona debe verificarse a expensas de otra; por consiguiente,
es preciso que una persona empobrezca y precisamente a consecuencia de que otra se ha
enriquecido.

A. Gormaz R.
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No es menester una perdida material, una disminución patrimonial; experimentara


igualmente una perdida el que ha prestado un servicio o ejecutado un trabajo que no le ha sido
remunerado.

El enriquecimiento debe ser ilegítimo.


La circunstancia mas típica es, sin duda, que el enriquecimiento sea injusto, ilegítimo, sin
causa. El enriquecimiento debe carecer de un título que lo justifique: venta, donación, etc.
Normalmente el enriquecimiento tendrá una causa justificada; por otra parte, la causa se
presume. Por esta doble razón la falta de causa debe probarse por quien intenta la acción de in
rem verso.

Carácter subsidiario de la acción de in rem verso.


Es preciso que el actor carezca de otro medio para obtener una adecuada satisfacción.
La acción de in rem verso tiene, en consecuencia, un carácter subsidiario.
De otro modo, la acción entraría en conflicto con la mayor parte de los medios, bajo cuyo
amparo podría obtenerse el resultado perseguido.

Efectos de la acción.
Es obvio que la acción de in rem verso no puede perseguir sino el reembolso de aquello
en que el demandado se ha enriquecido.
Sin embargo, puede suceder que el enriquecimiento supere al empobrecimiento que ha
sufrido el actor; se comprende que, en tal caso, no podrá exceder del valor en que el actor se ha
empobrecido.

LA AGENCIA OFICIOSA O GESTIÓN DE NEGOCIOS AJENOS

El artículo 2286 dispone: “la agencia oficiosa o gestión de negocios ajenos, llamada
comúnmente gestión de negocios, es un cuasicontrato por el cual el que administra sin mandato
los negocios de alguna persona, se obliga para con esta, y la obliga en ciertos casos”.
Una persona se ha ausentado sin adoptar las medidas necesarias en resguardo de sus
intereses; otra persona asume la tarea de resguardar los intereses del ausente: paga en su
nombre a un acreedor exigente que se disponía a hacer efectivo su crédito, contrata las
reparaciones que reclaman ciertos bienes, etc. Tal es la gestión de negocios o agencias oficiosa.
Esta intrusión es un patrimonio ajeno se justifica por el fin altruista que la inspira.
La persona que realiza la gestión se denomina agente oficioso o gerente; la persona por
cuya cuenta se verifica se denomina interesado.

La intrusión del gerente debe ser espontánea.


La intervención del gerente en el manejo de los negocios de otro debe ser espontáneo.
De este modo son extrañas al cuasicontrato de agencia oficiosa las gestiones realizadas
en cumplimiento de un mandato legal, como las que realicen el padre o madre familia, los tutores
o curadores.

El gerente debe obrar sin mandato.


No constituyen agencia oficiosa las gestiones que se realicen a instancias del interesado.
En tal caso hay un mandato y el artículo 2286 requiere que la administración se verifique “sin
mandato”.

A. Gormaz R.
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Pero el artículo 2123 establece que el encargo que constituye el objeto del mandato
puede hacerse aun por la aquiescencia tácita de una persona a la gestión de sus negocios por
otra.
La aquiescencia del interesado supone, por cierto, conocimiento de la gestión. Pero el
simple conocimiento del interesado no convertirá la agencia oficiosa en mandato; será menester
que haya podido manifestar su disconformidad y no la haya manifestado.
Las circunstancias revelaran si existe mandato o agencia oficiosa y corresponde a los
jueces decidir, en caso de controversia.
Se entenderá que no hay mandato cuando este es nulo o el mandatario ha excedido sus
límites. El artículo 2122 dispone que “el mandato que ejecuta de buena fe un mandato nulo o
que por una necesidad imperiosa sale de los limites de su mandato, se convierte en un agente
oficioso”.

Prohibición del interesado.


La gestión de un negocio ajeno, contra la prohibición expresa del interesado, no
constituye un cuasicontrato de agencia oficiosa. Nuestro Código ha seguido en este punto a
Pothier.
El gestor solo tiene derecho a reclamar aquello en que, gracias a su gestión, el interesado
se haya hecho más rico, con tal que esta utilidad exista al momento de demandarle.
El artículo 2291 dispone: “El que administra un negocio ajeno contra la expresa
prohibición del interesado, no tiene demanda contra el, sino en cuanto esa gestión le hubiere
sido efectivamente útil, y existiere la utilidad al tiempo de la demanda”.
La intromisión en un patrimonio ajeno no es tolerada contra la expresa voluntad del dueño
de ese patrimonio. Pero como, con todo, de la gestión que contraviene su prohibición expresa
puede seguirse un beneficio para el interesado, la equidad requiere que este enriquecimiento no
se produzca a expensas de gestor.
Por este motivo, la ley otorga al gestor la acción de in rem verso, aunque limitada a la
utilidad existente al tiempo de la demanda.
Como ejemplo de gestión útil que autoriza el ejercicio de esta acción, el artículo 2291
señala “la extinción de una deuda, que sin ella hubiera debido pagar el interesado”.
El artículo concluye: “El juez, sin embargo, concederá en este caso al interesado el plazo
que pida para el pago de la demanda y que por las circunstancias del demandado parezca
equitativo.

Intención de obligar al interesado.


Si la gestión se realiza sin la intención de obligar al interesado y de reembolsarse de los
gastos que ocasione, los actos del gestor constituyen una mera libertad.
Prevé la ley el caso de que una persona crea equivocadamente hacer su propio negocio y
en verdad gestione un negocio ajeno.
Falta igualmente la intención de obligar al interesado y no hay, propiamente, agencia
oficiosa. El artículo 2292 dispone: “El que creyendo hacer su propio negocio hace el de otra
persona, tiene derecho para ser reembolsado hasta concurrencia de la utilidad efectiva que
hubiere resultado a dicha persona, y que existiere al tiempo de la demanda”.
La solución es muy semejante al caso de que se gestione un negocio ajeno contra la
expresa prohibición del interesado.

A. Gormaz R.
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Dispone el gestor solo de la acción de in rem verso para reclamar aquello en que la
gestión haya hecho más rico al interesado y con tal que subsista esta utilidad al tiempo de
reclamar el reembolso.
En cambio, hay verdadera agencia oficiosa si alguien cree gestionar los negocios de una
persona y gestiona los de otra. Este error carece de importancia y, sea como fuere, el gestor ha
tenido la intención de obligar y de que se le reembolse.
Por este motivo, previene el artículo 2293: “El que creyendo hacer el negocio de una
persona, hace el de otra, tiene respecto de esta los mismos derechos y obligaciones que habría
tenido si se hubiese propuesto servir al verdadero interesado”.

Capacidad de las partes.


Sustancialmente diversas son las reglas que regulan la capacidad del agente oficioso y
del interesado.
El gerente debe ser capaz; seria una flagrante contradicción que un incapaz no pudiera
obligarse en virtud de un contrato y que, en cambio, pudiera resultar obligado en razón de un
cuasicontrato.
De este modo, las obligaciones derivadas de la agencia oficiosa no pueden afectar a un
menor de edad que ha gestionado negocios ajenos, sin autorización de su representante.
El interesado, en cambio, no requiere ser capaz. No ejecuta ningún acto voluntario; no se
obliga por un acto suyo a consecuencia de los actos de otro.
Por consiguiente, la gestión de una persona capaz de los negocios de un demente dará
lugar al cuasicontrato de agencia oficiosa.

La agencia oficiosa en juicio.


En principio no puede parecer en juicio por otra persona si no su mandatario.
Sin embargo, “puede admitirse la comparecencia de una persona que obre sin mandato a
beneficio de otro”. Para ello es menester que el compareciente ofrezca garantía de que el
interesado aprobara lo que hayan hecho en su nombre.
El juez calificara las circunstancias que justifican la comparencia y la garantía ofrecida, y
fijara un plazo para la ratificación del interesado (artículo 6 inciso 3 del C. P.C.).
El agente oficioso debe ser persona capaz de parecer en juicio.

Efectos de la agencia oficiosa.


La agencia oficiosa genera obligaciones para el gerente y suele imponer obligaciones al
interesado.
El artículo 2286 destaca claramente que el agente siempre se obliga para el interesado,
pero que el interesado se obliga para con el agente solo “en ciertos casos”.

Obligaciones del gerente.


La agencia oficiosa tiene parentesco íntimo con el mandato. No es extraño, por
consiguiente, que el artículo 2287 disponga que “las obligaciones del agente oficioso o gerente
son las mismas que las del mandatario”.
a) El gerente, como regla general, debe emplear en la gestión el cuidado de un buen padre
de familia; pero su responsabilidad puede ser mayor o menor, según las circunstancias en que se
ha hecho cargo de la gestión (artículo 2288, inciso 1).
En efecto, el artículo 2288, inciso 2º, dispone: “si se ha hecho cargo de ella para salvar de
un peligro inminente los intereses ajenos, solo es responsable del dolo o de la culpa grave; y si

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ha, tomado voluntariamente la gestión, es responsable hasta de la culpa leve; salvo que se haya
ofrecido a ella, impidiendo que otros lo hiciesen, pues en este caso responderá de toda culpa”.
b) El agente debe hacerse cargo “de todas las dependencias del negocio” (artículo 2289,
inciso 1).
Por consiguiente, no puede limitar su gestión; debe darle la amplitud que corresponde a la
naturaleza del negocio administrado.
c) El gerente pudo no haber tomado a su cargo la gestión; pero una vez que la ha asumido,
debe continuarla hasta que el interesado pueda tomarla a su cuidado o encomendarla a otra
persona.
El artículo 2289, inciso 1, dispone que el agente debe continuar en la gestión hasta que el
interesado pueda tomarla o encargarla a otro.
Muerto el interesado, el agente deberá continuar en la gestión hasta que los herederos
dispongan (artículo 2289, inciso 2).
d) Por ultimo, como ocurre con los que administran intereses ajenos, el gerente debe rendir
cuenta de su gestión.
El incumplimiento de esta obligación de rendir cuenta es previo al ejercicio de toda
acción del gerente en contra del interesado.
El artículo 2294 dispone: “el gerente no puede intentar acción alguna contra el interesado,
sin que preceda una cuenta regular de la gestión con documentos justificativos o pruebas
equivalentes”.

Obligaciones del interesado.


El interesado no se obliga necesariamente como consecuencia de la gestión.
Sus obligaciones para con el gerente están sujetas a una precisa condición: que el
negocio haya sido bien administrado o, en otros términos, que la gestión haya sido útil.
No es razonable que una persona se obligue como consecuencia de una gestión
malintencionada o simplemente torpe.
La utilidad de la gestión condiciona las obligaciones del interesado y, a la vez, es la
medida en que se obliga.
a) En esta supuesto, en consecuencia, “cumplirá el interesado las obligaciones que el
gerente ha contraído en la gestión” (artículo 2290, inciso 1).
En otras palabras, el gerente obliga al interesado ante terceros.
b) Respecto del gerente, el interesado se obliga a reembolsarle “las expensas útiles o
necesarias” que haya efectuado (artículo 2290, inciso 1).
c) El interesado no es obligado a pagar ningún salario al gerente (artículo 2290, inciso 2).
Si el negocio ha sido mal administrado, no se obliga el interesado ni para con el agente ni
para con terceros. Al contrario “el agente es responsable de los perjuicios” (artículo 2290, inciso
3).

La agencia oficiosa y el mandato.


El mandato y la agencia oficiosa se asemejan en que tanto el mandatario como el agente
obran en nombre de otro y no por cuenta personal suya.
Difieren sustancialmente por diversos conceptos.
a) El mandatario actúa en virtud de poderes que le ha otorgado el mandante; el mandato es
un contrato. El agente carece por completo de tales poderes: la agencia oficiosa es un
cuasicontrato.

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b) El interesado se obliga sólo como condición de que la gestión le sea útil y en la medida de
esta utilidad. El mandante hace, de antemano, suyos los actos del mandatario; se obliga
independientemente del beneficio que le reporten sus actos. El mandatario no se obliga a
conducir al éxito los negocios del mandante, sino a hacer cuanto esté de su parte el buen
resultado de su gestión.
c) el mandante debe ser capaz; el interesado se obliga para con el agente aunque sea incapaz,
puesto que las obligaciones que contrae son ajenas a su voluntad.

EL PAGO DE LO NO DEBIDO

Todo pago supone una deuda, una obligación destinada a extinguirse.


El que paga por error lo que no debe tiene acción para repetir lo pagado. La acción
encaminada a tal fin se designa por la doctrina con el nombre que le daban los jurisconsultos
romanos: condictio indebiti.
La obligación de restituir lo que se ha recibido indebidamente en pago tiene su origen,
según nuestro Código, en un cuasicontrato.
El pago de lo no debido, en verdad, es un caso calificado de enriquecimiento sin causa; la
obligación de restituir es impuesta por la ley para impedir el enriquecimiento injusto del que
recibe el pago a expensas de quien lo verifica.

Inaplicabilidad de las reglas del pago de lo no debido en casos de nulidad o resolución.


Las reglas del pago de lo no debido no son aplicables cada vez que exista un pago
indebido, aunque ello parezca paradojal.
En efecto, no son aplicables estas normas cuando la obligación existió en el momento del
pago, pero se anulo o resolvió el contrato de que procedía.
Anulado o resuelto el contrato, las prestaciones de las partes resultaran indebidas y ésta
tendrá derecho a ser restablecidas al estado en que se encontrarían como si el contrato no se
hubiera celebrado.
Pero las acciones encaminadas a este propósito no se regirán por las normas del
cuasicontrato de pago de lo no debido sino por las que gobiernan la nulidad (artículo 1687) o la
resolución (artículo 1487)
En estas hipótesis, como se comprende, el error no puede ser condición de la repetición
de lo que, por efecto de la nulidad o resolución, resulta indebidamente pagado.

Requisitos del pago de lo no debido


Dos condiciones son necesarias para que exista pago de lo no debido:
a) Que no exista obligaciones; y
b) Que el pago de haya hecho por error.

Inexistencia de la obligación.
Diversas situaciones pueden presentarse en que no existe la obligación.
a) Podrá suceder, en efecto, que la obligación no se haya contraído jamás. Tal sería el caso
de un heredero que paga una supuesta deuda de su causante, a quien creía obligado en virtud
de un documento que resulta ser falso.
b) También hay pago de lo no debido cuando la deuda existe realmente, pero el deudor la
paga equivocadamente a otra persona que el verdadero acreedor.

A. Gormaz R.
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El pago a quien no es el verdadero acreedor deja subsistente la obligación. El deudor


podrá verse en la necesidad de pagar de nuevo al acreedor verdadero, pero le asiste el derecho
de repetir contra el que recibió indebidamente el pago.
c) Hay pago de lo no debido, igualmente, si existe la deuda, pero se paga por otro que el
verdadero deudor; en otros términos, una persona paga una deuda ajena creyéndola suya.
Pero, en este caso, la ley consigna una importante excepción: “sin embargo, cuando una
persona a consecuencia de un error suyo ha pagado una deuda ajena, no tendrá derecho de
repetición contra el que ha consecuencia del pago ha suprimido o cancelado un título necesario
para el cobro de su crédito; pero podrá intentar contra el deudor las acciones del acreedor”
(artículo 2295, inciso 2).
Aquel a quien se hace el pago es un verdadero acreedor; recibe el pago de lo que
realmente se le debe y, juzgándolo ya innecesario, destruye su título o lo cancela. Destruido o
cancelado el título, si el verdadero deudor se resiste a pagar, le será imposible constreñirle al
pago.
Por este motivo, la ley decide que no esta obligado a restituir. La perdida debe soportarla
el que cometió el error de pagar una deuda de otro.

Obligaciones condicionales.
Es también indebido el pago de una obligación condicional, subordinada a una condición
suspensiva, que se verifica pendente conditione.
Tal es la regla del artículo 1485, inciso 2: “todo lo que se hubiera pagado antes de
efectuarse la condición suspensiva, podrá repetirse mientras no se hubiere cumplido”.
Mientras pende la condición se ignora aun si la obligación llegara a formarse: no hay
obligación. Pero la facultad de repetir lo pagado solo puede ejercitarse antes de que la condición
se cumpla. Cumplida la condición con posterioridad al pago, no puede repetirse lo pagado
porque la obligación se ha tornado cierta.
Una regla totalmente diversa rige para las obligaciones a plazo; lo pagado antes del plazo
no esta sujeto a repetición porque realmente se debía (artículo 1495, inciso 1).

Obligaciones naturales.
Para que se considere indebido el pago es menester que no exista siquiera una
obligación natural.
Las obligaciones naturales, que no dan acción para demandar su cumplimiento, autorizan
para retener lo que se ha dado o pagado en razón de ellas.
El artículo 2296 reitera lo antes dicho por el artículo 1470: “no se podrá repetir lo que se
ha pagado para cumplir una obligación puramente natural de las enumeradas en el artículo
1470”.

Error en el pago.
Para que tenga lugar el pago de lo no debido no basta que no exista una obligación.
Es preciso además, que el pago se haya verificado en el artículo 2295.
Esta condición está sobradamente justificada. La acción de pago de lo no debido se
justifica por una razón de equidad; ésta no exige que la ley venga en ayuda del que a sabiendas
ha pagado lo que no debía.
Si el pago se hizo para extinguir una obligación existente, pero de que no era deudor el
que la pago, es necesario concluir que ha querido pagarla por cuenta del verdadero deudor.

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Si la deuda no existía, el que pago a sabiendas no ha podido tener otra intención que
donar lo que dio en pago.

Error de hecho y error de derecho.


El error que determina el pago puede ser de hecho o de derecho. Uno y otro justifican la
repetición de lo pagado.
A propósito de error de derecho, el artículo 2297 dice perentoriamente: “se podrá repetir
aún lo que se ha pagado por error de derecho, cuando el pago no tenia por fundamento ni aún
una obligación puramente natural”.
El error de derecho no justifica la repetición cuando el pago incide en una obligación
natural. De este modo, el que cumple una obligación natural en la equivocada creencia de que el
acreedor podía demandarle el cumplimiento, no puede repetir lo pagado.

Prueba de los requisitos del pago de lo no debido.


Para intentar la acción de pago de lo no debido será menester acreditar: a) el hecho del
pago; y b) que el pago era indebido, esto es, que no existía una obligación ni aún puramente
natural, o si existía, el que pagó no era el deudor o, en caso de serlo, no hizo el pago al
verdadero acreedor.
a) Debe el actor acreditar, en primer término, el hecho del pago; la prueba está sujeta a las
reglas generales.
b) Es preciso que el actor acredite, en seguida, que el pago era indebido. El artículo 2295
exige esta prueba y el artículo 2298 añade: “si el demandado confiesa el pago, el demandante
debe probar que era no debido”.
Pero la misma disposición establece una presunción de ser indebido el pago, como una
justa sanción al que niega haberlo recibido: si el demandado niega el pago, toca al demandante
probarlo; y probado, se presumirá indebido.

Prueba de error.
El error es indispensable para que sea admisible la acción de pago de lo no debido.
¿Quién debe probar el error?
El pago a sabiendas de una deuda inexistente importa una donación. El artículo 1397
dispone que hace donación “el que paga a sabiendas lo que en realidad no debe”.
Pero el ánimo de donar no se presume (artículo 1393) y debe probarse por quien
pretende que hay donación, el solo hecho de pagar lo que no se debe no supone el ánimo de
donar.
El artículo 2299 resume estas ideas: “del que da lo que no debe, no se presume que lo
dona, a menos de probarse que tuvo perfecto conocimiento de lo que haciía, tanto en el hecho
como en el derecho”.
Probándose que el solvens tuvo cabal conocimiento de que no debía, el pago importa
una donación. Naturalmente que esta prueba corresponde al demandado, quien con esta
alegación pretende excusarse de restituir. Esta prueba excluye el error y hace inadmisible la
acción de pago de lo no debido.
El actor, por lo tanto, no está obligado a probar sino que efectúo el pago y que era
indebido: debe suponerse efectuado por error. Al demandado corresponde probar que no hubo
tal error, sino cabal conocimiento de las cosas por quien efectuó el pago.

A. Gormaz R.
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Efectos del pago de lo no debido

El pago de lo no debido genera la obligación de restituir lo indebidamente recibido.


Pero la cuantía de la obligación del que recibió lo que no se le debía esta íntimamente
ligada a su buena o mala fe.

Buena fe del que recibió el pago.


Reglamenta la ley minuciosamente el alcance de la obligación de restituir del que recibió
de buena fe.
a) Si ha recibido dinero u otra cosa fungible que no se le debían, es obligado a la restitución
de otro tanto del mismo género y calidad (artículo 2300, inciso 1).
b) No es responsable de los deterioros o perdidas de la especie que se le dio en falso
concepto del debérsele aunque hayan sobrevenido por negligencia suya (artículo 2301, inciso 1).
Únicamente es responsable de la pérdida o deterioro cuando se haya hecho más rico
(artículo 2301, inciso 1).
c) Si ha vendido la especie que se le dio como debida, es solo obligado a restituir el precio
de la venta, y a ceder las acciones que tenga contra el comprador que no le haya pagado
íntegramente (artículo 2302, inciso 1).

Mala fe del que recibió el pago.


Más grave es la responsabilidad del que recibió de mala fe, esto es, que ha recibido a
sabiendas que no se le debía.
a) Si ha recibido dinero u otras cosas fungibles, además de restituir otro tanto del mismo
genero y calidad, “debe también lo intereses corrientes” (artículo 2300, inciso 2).
b) Si recibió de mala fe una especie o cuerpo cierto, “contrae todas las obligaciones del
poseedor de mala fe” (artículo 2301, inciso 2).
En consecuencia, es responsable de los deterioros que haya sufrido la cosa por su hecho
o culpa, aunque no le hayan aprovechado (artículo 906); debe restituir los frutos percibidos y aun
los que pudo percibir el que pagó lo que no debía con mediana diligencia y actividad (artículo
907), etc.
c) En caso de que haya vendido la especie dada en pago, “es obligado como todo poseedor
que dolosamente ha dejado de poseer” (artículo 2302, inciso 2).

Acción contra los terceros adquirentes.


Podrá suceder que el accipiens haya enajenado lo que recibió en pago. ¿Que acciones
tiene el solvens contra los terceros adquirentes?
La solución depende de dos factores; la circunstancia de que los terceros hayan adquirido
a título gratuito u oneroso y su buena o mala fe.

Adquirente a título oneroso.


El artículo 2303 dispone: “el que pagó lo que no debía, no puede perseguir la especie
poseída por un tercero de buena fe, a título oneroso”.
El adquirente a título oneroso y de buena fe, pues, escapa a la persecución del que
ejecutó el pago indebido.
Por lo contrario, si el adquirente esta de mala fe, el solvens podrá accionar en su contra.

Adquirente a título gratuito.

A. Gormaz R.
12

Diversa es la condición de los adquirentes a título gratuito. El artículo 2302 agrega que el
que pago lo que no debía “tendrá derecho para que el tercero que la tiene por cualquier título
lucrativo, se la restituya, si la especie es reivindicable y existe en su poder”.
No importa la buena o mala fe del Adquirente a título gratuito para los efectos de la
restitución de la cosa. Pero el artículo 2303 concluye: “las obligaciones del donatario que
restituye son las mismas que las de autor, según el artículo 2301”.

LA COMUNIDAD

Nuestro código considera a la comunidad como un cuasicontrato, es decir, como una


fuente de obligaciones y derechos recíprocos entre los comuneros.
En el artículo 2304 traduce a Pothier: “la comunidad de una cosa universal o singular,
entre dos o mas personas, sin que ninguna de ellas haya contratado sociedad o celebrado otra
convención relativa a la misma cosa, es una especie de cuasicontrato”.
Para precisar los conceptos, conviene destacar que el cuasicontrato de comunidad
supone ciertamente una comunidad, pero no toda comunidad constituye un cuasicontrato.
No puede existir cuasicontrato de comunidad cuando se ha pactado una sociedad. En tal
caso no hay comunidad puesto que los bienes no pertenecen en común a los socios, sino a una
entidad diversa, dotada de personalidad jurídica.
Pero el cuasicontrato requiere, además, que no se haya celebrado, tampoco, otra
convención relativa a la misma cosa.
De este modo, si los comuneros convienen la forma como debe administrarse la cosa
común, como deben distribuirse los frutos, la manera como concurrirán a los gastos, no dejarán
de ser ciertamente comuneros, pero no hay cuasicontrato de comunidad.
El cuasicontrato de comunidad supone, pues, que los comuneros no hayan convenido la
manera como debe administrarse la cosa en común. La ley, en tal caso, establece como debe
realizarse esta administración y cuales serán los derechos y obligaciones de los partícipes.

Origen de la comunidad.
La comunidad puede tener orígenes en diversos hechos y actos jurídicos.
Puede nacer al fallecer una persona, en virtud de la sucesión por causa de muerte, que
es un hecho jurídico propiamente tal. Así, se formara una comunidad entre los herederos o entre
dos o mas legatarios de una especie.
Puede nacer de la disolución de la sociedad conyugal que, a su vez, puede ser el
resultado de un pacto, que es un acto jurídico, de una sentencia, o de la ley que también son
actos jurídicos, o de la muerte de uno de los cónyuges, que es un hecho jurídico propiamente tal.
Puede resultar de la disolución de una sociedad civil, la que a su vez, puede tener
diferentes orígenes.
También puede resultar de un contrato, de un acuerdo de voluntades. Por ejemplo, si dos
o mas personas compran la misma cosa, o si una persona enajena a otra una parte de sus
derechos sobre la cosa.
El legislador considera una comunidad a la sociedad de hecho, esto es, las sociedades
solemnes que se pactan sin observarse las solemnidades que la ley prescribe (artículo 359 del
Código de Comercio).
El origen de la comunidad es indiferente. La circunstancia de que sea de origen
contractual no excluye la existencia del cuasicontrato, si los contratantes no dictaron las normas
a que se sujetarían en sus relaciones reciprocas.

A. Gormaz R.
13

La comunidad no es persona jurídica.


La sociedad es una persona jurídica, distinta de los socios individualmente considerados.
La comunidad, en cambio, no es una persona jurídica. Los bienes comunes pertenecen a
los comuneros pro indiviso; carece de un patrimonio propio.
El derecho de los comuneros en los bienes comunes ha de ser de la misma naturaleza.
No hay comunidad entre el nudo propietario y el usufructuario porque, aunque su derecho recae
sobre la misma cosa, es de naturaleza deferente.
Como es natural, el derecho de los comuneros, de idéntica naturaleza, se encuentra
limitado por el derecho de los demás; cada comunero puede usar y gozar de las cosas comunes,
pero respetando el derecho análogo de los otros.
De este modo surgen entre los comuneros derechos y obligaciones recíprocos, sin
necesidad consecuente de la comunión de derechos que entre ellos existe.
Estas mutuas relaciones, a falta de un convenio expreso, se rigen por las reglas del
cuasicontrato de comunidad.

Derechos de los comuneros en la comunidad.


El artículo 2305 establece cuales son los derechos de los comuneros en los bienes
comunes: el derecho de cada uno de los comuneros sobre la cosa común es el mismo que el de
los socios en el haber social.
Esta disposición es demasiado amplia y no corresponde a la realidad. Hay demasiadas
diferencias entre la sociedad y la comunidad.
En general se ha atendido que lo que dispone el artículo 2305 respecto de los comuneros
es lo que preceptúa el artículo 2081 para los socios, pero solo en relación con los cuatro
números de este artículo, sin comprender lo dicho en su inciso primero, que establece un
mandato tácito de administración entre los socios.
El legislador ha querido referirse a las facultades de los comuneros de usar y gozar de los
bienes comunes y a su administración. En otros términos, el artículo 2305 se remite a las
facultades que a los socios otorga el artículo 2081.
Estas facultades se refieren:
a) Al uso de las cosas comunes;
b) A las expensas de conservación;
c) A las innovaciones en los bienes comunes;
d) d) El derecho de oponerse un comunero a los actos administrativos de los otros.

Derecho de uso de los bienes comunes.


Por de pronto, cada comunero puede servirse para su uso personal de las cosas
comunes, con tal que las emplee según su uso ordinario, y sin perjuicio del justo uso de los otros
(artículo 2081, inciso 2),
a) El derecho del comunero tiene una primera limitación: la cosa debe usarse según su
destino ordinario. Así, tratándose de una casa común, cada comunero tendrá el derecho de
habitarla.
b) También se encuentra limitado el derecho de cada comunero por el que igualmente
corresponde a los demás.
Cualquiera de los partícipes puede pedir que cese el goce gratuito que un comunero
tenga de los bienes comunes, a menos que este goce se funde en un título especial (artículo 655
del C. P.C.).

A. Gormaz R.
14

Contribución a las expensas de la cosa común.


Cada comunero tiene derecho para obligar a los otros a que hagan con él las expensas
necesarias para la conservación de las cosas comunes (artículo 2081, Nº3).
Tales expensas benefician a todos los comuneros y deben financiarlas de consuno. Si no
mediara esta obligación que la ley impone, el comunero diligente se vería en la necesidad de
efectuar estas expensas para ejercitar, en seguida, un problemático derecho de repetición contra
los demás.

Innovación en los bienes comunes.


Ninguno de los comuneros puede hacer innovación en los bienes comunes sin el
consentimiento de los otros (artículo 2078 y 2081, Nº4).
Por ejemplo, si el inmueble común está destinado al cultivo de árboles frutales, se
requiere el consentimiento unánime para destinarlo al pastoreo.

Oposición a los actos de administración de los copartícipes.


Cualquier comunero puede oponerse a los actos de administración de los otros (artículo
2081, Nº1).
La oposición impide la celebración del acto, aunque la mayoría de los comuneros sean de
opinión que el acto se lleve a cabo. Este es uno de los graves inconvenientes de la comunidad.

Administración pro indiviso.


El Código de Procedimiento Civil ha previsto la designación de un administrador pro
indiviso.
Esta designación corresponde a la justicia ordinaria mientras no se ha constituido el juicio
de partición o cuando falta el árbitro y a éste, en caso contrario (artículo 653 del C.P.C.).
Para resolver todo lo relacionado con la administración pro indiviso, se citará a los
interesados a comparendo.
Por acuerdo unánime, o por mayoría absoluta de los concurrentes que representen a lo
menos la mitad de los derechos en la comunidad, o por resolución del juez, podrán adoptarse
todas o algunas de las siguientes medidas: a) el nombramiento de uno o mas administradores,
comuneros o extraños; b) la fijación de sus remuneraciones y de sus atribuciones y deberes; c)
la determinación del giro que deba darse a los bienes comunes y del máximum de gastos que
pueden hacerse en la administración; d) las épocas en que el administrador o administradores
deban rendir cuenta a los interesados (artículo 654 del C.P.C.).

Contribución de los comuneros a las cargas y participación de los beneficios.


Los comuneros participan de los beneficios de las cosas comunes y soportan las cargas
de la comunidad en proporción a sus cuotas.
Por lo que toca a los beneficios de los bienes comunes, el artículo 2310 dispone: “Los
frutos de la cosa común deben dividirse entre los comuneros a prorrata de sus cuotas”.
En cuanto a sus cargas, el artículo 2309 expresa: “Cada comunero debe contribuir a las
obras y reparaciones de la comunidad proporcionalmente a su cuota”.
Para estos fines es de suma importancia conocer cual es la cuota que cada comunero
corresponde. Nuestro Código guarda silencio; pero no cabe otra solución que reputarlas iguales,
si los comuneros no se han explicativo a este respecto.

A. Gormaz R.
15

Como consecuencia de su obligación de compartir las cargas, los comuneros deben


pagar las deudas que afectan a los bienes comunes, a prorrata de su interés en la comunidad.
El artículo 2306 previene: “Si la cosa es universal, como una herencia, cada uno de los
comuneros es obligado a las deudas de la cosa común, como los herederos en las deudas
hereditarias”.

Deudas contraídas por un comunero.


La comunidad no es persona jurídica; los comuneros no representan a la comunidad ni se
representan recíprocamente.
Por lo tanto, las deudas contraídas por un comunero, en interés de la comunidad, gravitan
exclusivamente sobre el comunero que las contrajo. El comunero que contrajo la obligación es el
único responsable ante el acreedor, pero tiene acción contra los demás comuneros para que le
reembolsen lo pagado.
El artículo 2307, inciso 1, dispone: “A las deudas contraídas en pro de la comunidad
durante ella, no es obligado sino el comunero que las contrajo; el cual tendrá acción contra la
comunidad para reembolso de lo que hubiere pagado por ella”.

Deudas contraídas por los comuneros colectivamente.


Las deudas contraídas colectivamente por los comuneros, en principio, se dividen entre
ellos por partes iguales, a menos que se haya estipulado solidaridad o pactado otra forma de
división.
Pero el comunero que ha pagado más de lo que le corresponde, de acuerdo con su
interés en la comunidad, tiene acción de reembolso contra los otros.
El artículo 2307 inciso 2, previene: “Si ha sido contraída por los comuneros
colectivamente, sin expresión de cuotas, todos ellos, no habiendo estipulado solidaridad, son
obligados al acreedor por partes iguales, salvo el derecho de cada uno contra los otros para que
se le abone lo haya pagado de mas sobre la cuota que le corresponda”.
En suma, ante el acreedor, los comuneros responderán en la forma estipulada y a falta de
estipulación, por iguales partes; en definitiva, soportan la deuda en proporción a su interés en la
comunidad.

Responsabilidad de los comuneros y compensaciones debidas a la comunidad.


En la administración de los bienes, el comunero debe conducirse como un buen padre de
familia y emplear, en consecuencia, una mediana diligencia.
Por lo tanto, es responsable hasta de la culpa leve por los daños que haya causado en
las cosas y negocios comunes (artículo 2308).
Por otra parte, el comunero adeuda a la comunidad “lo que saca de ella” y debe pagar
intereses corrientes sobre los dineros comunes “que haya empleado en sus negocios
particulares”.

La cuota del comunero insolvente grava a los demás.


El artículo 2311 dispone: “En las prestaciones a que son obligados entre si los
comuneros, la cuota del insolvente gravara a los otros”.
La regla tiene estrecho parentesco con la que consigna el Código para la sociedad en el
artículo 2095. La deuda de la sociedad se divide entre los socios a prorrata de sus aportes y la
cuota del insolvente grava a los consocios.

A. Gormaz R.
16

Pero la regla del artículo 2311 se refiere sólo a las relaciones entre los comuneros, con
motivo de las prestaciones que recíprocamente se deban.

Derecho del comunero para enajenar su cuota.


El socio no puede enajenar su interés en la sociedad e introducir, de este modo, a un
extraño en ella.
El comunero, en cambio, puede enajenar su cuota. El artículo 1812 le reconoce el
derecho de “vender su cuota”, aun sin el consentimiento de los restantes comuneros.
Y el artículo 1320 establece que “si un consignatario vende o cede su cuota a un extraño,
tendrá éste igual derecho que el vendedor o cedente para pedir la participación o intervenir en
ella”.

Situación de los acreedores del comunero.


Los bienes comunes pertenecen a los comuneros pro indiviso; en consecuencia, los
acreedores del comunero pueden perseguir la cuota que le corresponda en la cosa común y
rematarla para pagarse de sus créditos.

Termino de la comunidad.
Señala el artículo 2312 las causas que hacen cesar la comunidad. La comunidad termina:
a) Por la reunión de las cuotas de todos los comuneros en una sola persona;
b) Por la destrucción de la cosa común;
c) Por la división del haber común.
La división del haber común se sujeta a las mismas reglas que la partición de la herencia
(artículo 2313).

Termino de la comunidad por prescripción.


La ley mira la comunidad con malos ojos. Por este motivo, el artículo 1317 establece que
nadie está obligado a permanecer en la división y que la división de la cosa común puede
pedirse siempre, a menos que se haya convenido lo contrario, convención cuyos efectos no
durarán mas de cinco años.
Mientras dure la comunidad, pues, tienen los comuneros derecho a pedir la división y, en
este sentido, la acción de participación es imprescriptible.
Así debe ser necesariamente. Si la acción de partición se extinguiera por prescripción, los
participes se verían forzados a permanecer indivisos, contrariando el propósito del legislador,
claramente manifestado en el artículo 1317, en el sentido de que la división puede demandarse
“siempre”.
La prescripción no puede servir para establecer un estado permanente de indivisión.
La acción de partición, pues, acompaña siempre a la comunidad, pero no podría
sobrevivirla. La comunidad puede tener fin porque un comunero o un extraño adquieren por
prescripción el dominio exclusivo.
La prescripción adquisitiva, pues, es un modo de poner fin a la comunidad; la acción de
partición se extinguirá por vía consecuencial.

A. Gormaz R.