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ALFREDO FLORISTÂN

(Coord.)

HISTORIA
DE ESPANA
‥〈EDAD
MODERNA ~
l.“ edición en esta presentación: septiembre de 201 1

Edición anterior: octubre de 2004

© 2004: Antonio Moreno Almárccgui. José Maria Вента.


Marís de los Ángeles Pérez Samper. Jesús M.& Usunánz Garayoa. Alfredo Floristän lmizcoz,
Emilia Salvador Esteban, Valentin Vázquez de Prada. Javier Antón Pelayo. Antoni Simon Tarrés,
Alicia Esteban Estríngana, Alberto Marcos Martin. Pegerto Saavedra. Teófanes Egido,
Luis E. Rodriguez—San PEdro Bezares. Carmen Sanz Ayán, Jesús Bravo, Joan Lluís Palos,
Bernardo J. Garcia Garcia. Gregorio Colás Latorre. Xavier Gil Pujol, Luis Ribot,
Pedro Molas Ribalta. Agustin González Enciso, José Cepeda Gómez, Enrique Giménez López,
Rafael Torres Sánchez, Ofelia Rey Castelao, Antonio Mestre Sanchís y Xavier Baró i Queralt

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ÎNDICE

21

CAPÍTULO 1. La población española: 1500-1860, por ANTONIO


MORENO ALMÁRCEGUI ......................... 23
1. La evolución de la población .................. 23
1.1. Del centro a la periferia. El hundimiento demográfico
de la meseta y la intensidad del crecimiento de la costa . 25
1.2. La red urbana ....................... 28
2. Las estructuras demográficas peninsulares durante la Edad
Moderna ............................. 35
2.1. La esperanza de Vida en Espafia. Niveles generales y
contrastes regionales ................... 36
2.2. La nupcialidad. La edad de matrimonio y los sistemas
familiares .......................... 38
2.3. Las diferencias regionales en los regímenes demográficos 39
2.4. Las migraciones ...................... 40
2.5. La Corte y la formación de una nueva elite social bajo
el amparo de la Monarquía. Las consecuencias demo—
gráficas y sociales ..................... 43
Bibliografia ................................ 45
Apéndices ................................. 46

CAPÍTULO 2. El entramado social y político, por JOSÉ MARÍA IMíZ-


coz BEUNZA ...............................
1. La vertebraciön social en el Antiguo Régimen: comunidades
y vínculos personales ......................
2. El entramado corporativo como sistema político .......
2.1. El Rey y los reinos .....................
2.2. Las elites dirigentes: señores y señoríos .........
2.3. Comunidades: las ciudades y los pueblos ........
2.4. Corporaciones: los gremios artesanos ..........
2.5. El orden doméstico: casas y familias, integración _
marginación ........................

$
HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

3. Las relaciones de poder en la socidad del Antiguo Régimen:


el poder como relación ..................... 67
3.1 . El capital relacional: parentesco, amistad y patronazgo 67
3.2. La desigualdad como base de las relaciones de depen—
dencia clientelismo ................... 69
3.3. Patronazgo y clientelismo en la Monarquía hispánica. 72
4. Las nuevas formas de relación de la Modernidad: hacia un
nuevo régimen político y social ................. 75

Bibliografia ................................ 77

CAPÍTULO 3. La vida cotidiana, por MARÍA DE LOS ÂNGELES PEREZ


SAMPER ................................. 79
1. Espacio y tiempo ......................... 80
2. La casa .............................. 81
3. Luz y agua ............................ 84
4. La cocina y la mesa ....................... 86
5. La incorporación de los productos americanos ........ 90
6. El vestido ............................. 92
7. Trabajo y ocio .......................... 96
8. Espectáculos, juegos y diversiones ............... 98
Bibliografia ................................ 101
CAPÍTULO 4. Cultura y mentalidades, por JESÚS М.а USUNÁRiz
GARAYOA ................................ 103
1. La «confesionalizaciön» de la sociedad española de los si-
glos XVI y XVII ........................... 103
2. El mundo ritual ......................... 104
2.1. Nacimiento, infancia, juventud ............. 104
2.2. La reforma del matrimonio ................ 107
2.3. La hora de la muerte ................... 110
2.4. Los ciclos festivos ..................... 113
3. La vida en comunidad ...................... 117
3.1. Las solidaridades: cofradías y hermandades ...... 117
3.2. La violencia interpersonal y colectiva .......... 120
4. Las creencias y la vida religiosa ................. 125
4.1. La religiosidad ....................... 125
5. De la confesionalizacioma la crisis del Antiguo Régimen 130
Bibliografia ................................ 131
CAPÍTULO 5. La unión de Castilla y Aragón. Los Reyes Católicos
(1474-1516), рог ALFREDO FLORISTAN IMÎZCOZ ........... 133
1. La uniön de los reinos ...................... 133
1.1. La guerra sucesoria en Castilla .............. 135
1.2. La herencia de la Corona de Aragón. Las característi—
cas de la unión .......................
La nueva Monarquía .......................
ÍNDICE

2.1. La restauración del gobierno real ............


2.2. La unidad religiosa. Judíos, moros y conversos. La
Inquisición ......................... 140
3. La expansión territorial ..................... 143
3.1. Granada .......................... 145
3.2. La expansión atlántica. Las Canarias y las Indias . . . 147
3.3. La politica norteafricana ................. 149
3.4. Politica italiana. Las guerras de Nápoles ........ 150
3.5. Las guerras de conquista de Navarra .......... 154
4. Los problemas sucesorios y la etapa de regencias ....... 155
4.1. La sucesión de Isabel I. Felipe I de Habsburgo y Fer—
nando el Católico ..................... 157
4.2. La sucesiôn de Fernando el Católico y la Lransferencia
del gobierno ........................ 159

Bibliografia ................................ 160

CAPÍTULO 6. La nueva Monarquía de los Habsburgo. Carlos I


(1516—1556), рог ЕМ1ЫА SALVADOR ESTEBAN ............ 161
1. Los dominios carolinos ..................... 162
2. El complejo organigrama institucional de la Monarquía his—
pánica ............................... 164
3. Las revueltas de comienzos del reinado: Comunidades y Ger—
manías .............................. 166
4. Los imperios de Carlos V .................... 168
5. Los principales adversarios ................... 171
6. Una posible periodización de la política exterior ....... 174
6.1. Musulmanes, protestantes y franceses por separado
(1516-1 530) ........................ 175
6.2. Alianzas antiimperiales en la fase mediterránea
(1530-1 544) ........................ 180
6.3. Desarticulación en la fase germánica (1544—1551) . . . 183
6.4. Coordinación de fuerzas y diversificación de frentes
( 155 1— 1 556) ........................ 187

Bibliografia ............................ ] . . . 189

CAPÍTULO 7. La Monarquía hispánica de Felipe II (1556-1598),


por VALENTÎN VÀZQUEZ DE PRADA ................... 191
1. La personalidad del monarca y el gobierno de su Imperio . . 191
1.1. La <<leyenda negra» felipense ............... 191
1.2. Su vida, formación y personalidad ............ 192
1.3. Forma de gobernar. E1 asunto de Antonio Pérez y las
«alteraciones» de Aragón .................
1.4. El imperio felipense y sus problemas ..........
2. La defensa en el Mediterráneo. Insurrección de los moriscos
granadinos. La lucha contra el Turco: Lepanto ........
2.1. Ataque a los berberiscos .................
2.2. El levantamiento de los moriscos granadinos .....
10 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

2.3. La Santa Liga contra el Turco. Lepanto .........


3. Las guerras en el noroeste de Europa. Intento de control de
Francia. La rebeliòn de los Países Bajos (hasta 1585) . . . . 203
3.1. El avance del calvinismo y su repercusión. Intento de
Felipe II de controlar Francia .............. 203
3.2. La rebelión de los Países Bajos. Gobierno de Margarita
de Parma .......................... 205
El duque de Alba y la politica de dureza ........ 206
?“.-“É”
fª?º?”

Los gobiernos de Requesens y don Juan de Austria . . 209


Los progresos de Alejandro Farnesio, duque de Parma
(hasta 1585) ........................ 210
4. La anexión de Portugal a la Monarquía española ....... 211
4.1. Planteamiento de la sucesión portuguesa. Los candida—
tos y la actitud de los portugueses ............ 211
4.2. Actuación de Felipe II ................... 212
4.3. Resistencia de don Antonio, prior de Crato ....... 213
5. La gran empresa contra Inglaterra. La llamada «Armada
Invencible» ............................ 214
5.1. Los años de oposición sin ruptura de Felipe II e Isabel
de Inglaterra ........................ 214
5.2. La decisión felipense de invadir Inglaterra ....... 215
5.3. Fracaso de la Gran Armada ................ 215
6. Intervención en Francia contra un rey calvinista. Paz de Ver—
vins (mayo de 1598) ....................... 217
6.1. Felipe II apoya a los catòlicos contra Enrique de Bor-
bón ............................. 217
6.2. Las intervenciones del duque de Parma en París y Ruán 217
6.3. Fracaso de la elección de la infanta Isabel en los Esta—
dos Generales. Conversión de Enrique de Borbón al ca-
tolicismo .......................... 218
6.4. La guerra entre Felipe II y Enrique IV. Paz de Vervins 219
Bibliografía ................................ 220

CAPÍTULO 8. Los orígenes del estado moderno español. Ideas,


hombres y estructuras, por JAVIER ANTON PELAYO y ANTONI
SIMON TARREs ............................. 221
1. La Monarquía y España. Ideologías e identidades ...... 221
1.1. La pluralidad medieval y el espejismo unificador de los
Reyes Católicos ...................... 221
1.2. El hegemonismo castellano y la emergencia de una
idea política de España .................. 224
1.3. Absolutismo y constitucionalismo. Intentos de unifica—
ción y resistencias .....................
2. Castilla, centro dinamizador de la Monarquía. El desarrollo
de unos órganos centralizados de gobierno ..........
2.1. La Corte: la casa del rey ..................
2.2. La Corte: el centro de la gobernación de la Monarquía .
ÍNDICE

2.2.1. Los Consejos ...................


2.2.2. Los secretarios reales y las «juntas» .......
2.2.3. Hacia el sistema del valimiento .........
2.3. Estructuras fiscofinancieras ...............

CAPÍTULO 9. Composición y gobierno de la Monarquía de Espa-


ña, por ALICIA ESTEBAN ESTRÍNGANA y ALFREDO FLORISTÁN IMízcoz . 245
1. La composiciôn de la Monarquía de España ......... 246
1.1. Herencia, conquista y negociación ........... 246
1.2. Uniones accesorias y uniones principales ........ 253
1.3. Un proceso de agregaciones (1469-1580) y disgregacio-
nes (1566-1714) ...................... 254
2. Ausencia y representación del rey ............... 256
2.1. La delegación del poder real ............... 257
2.2. LO institucional y lo simbólico en la representación de—
legada ............................ 258
2.2.1. Los recursos institucionales: las instrucciones. 259
2.2.2. Gobernaciones y Virreinatos ordinarios y de
sangre real ..................... 260
2.2.3. La capitanía general y la lugartenencia real . . 261
2.2.4. Los recursos simbòlicos del lugarteniente del
rey: la Corte provincial .............. 264
2.3. Los tribunales del rey ................... 266
3. El gobierno: rey y «repúblicas» ................. 270
3.1. Ciudades, Villas y lugares ................. 271
3.2. Cortes, parlamentos y estados .............. 273

Bibliografia ................................ 277

CAPÍTULO 10. La sociedad española del siglo XVI: órdenes y je-


rarquías, por ALBERTO MARCOS MARTÎN ............... 279
1. Planteamiento general y metodología ............. 279
2. En la cúspide de la pirámide social: nobleza y clero ..... 283
3. Los sectores sociales en ascenso: burgueseses, letrados y bu-
rócratas .............................. 289
4. El campesinado mayoritario .................. 292
5. Las Clases populares urbanas .................. 294
6 Los pobres y la beneficencia .................. 299

Bibliografia ................................ 301

CAPÍTULO 11. Los fundamentos económicos del Imperio espa-


fiol, por PEGERTO SAAVEDRA .....................
1. El sector agropecuario ......................
1.1. Propiedad y usufructo de la tierra ............
12 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

1 2. El entramado comunitario ................


1 3. Los tipos de cultivos y la trayectoria de la producción. 309
1 4. De los buenos a los malos tiempos ............
1 5. La ganadería trashumante ................
1 6. El ganado estante .....................
2. L a industria ............................
2 1. La industria textil .....................
2.2 . El aumento de la fiscalidad y la crisis de los grandes
centros industriales .................... 321
2.3. Otras actividades industriales, en especial la siderurgia 323
3. La evolución de los intercambios ................ 325
3.1. Metales, monedas, instrumentos de crédito y ferias . . 325
3.2. Los principales circuitos comerciales .......... 328
3.2.1. Del Cantábrico al Mediterráneo ......... 329
3.2.2. El comercio indiano ............... 331

Bibliografia ................................ 332

CAPÍTULO 12. La iglesia y los problemas religiosos, por TEÓFANES


EGIDO .................................. 335
1 Los poderes de la Iglesia ..................... 335
2. Regalismo ............................. 337
3. El real patronato ......................... 339
4 El rey, protector de su Iglesia .................. 340
5 Los deberes del patronato real ................. 342
5.1. El celo por la ortodoxia .................. 342
5.2. La Inquisición ....................... 342
5.3. La unidad de fe: del problema judío al problema de los
conversos .......................... 344
5.4. Mudéjares y moriscos ................... 348
5.5. Protestantes ........................ 349
5 6 352
5.6.1. Los obispos .................... 352
5.6.2. El clero secular .................. 353
5.6.3. El clero regular .................. 354
5.6.4. Nuevas ördenes religiosas ............ 354
6. El rey, protector del Concilio de Trento ............ 355

Bibliografia ................................ 357

CAPÍTULO 13. La cultura del Renacimiento y el Humanismo, por


LUIS E. RODRíGUEZ—SAN PEDRO BEZARES ............... 359
1. Renacimiento y Humanismo .................. 359
1.1. Consideraciones generales ................ 359
1.2. El Renacimiento en España ............... 361
2. La fascinación de Italia y los primeros humanistas ...... 363
2.1. Orígenes medievales y Humanismo catalano-aragonés. 363
2.2. Humanistas castellanos del siglo XV ...........
ÎNDICE 13

3. El Humanismo bajo los Reyes Católicos ............ 366


3.1. Principales figuras ..................... 366
3.2. Aspectos literarios ..................... 368
4. La expansión humanista de la etapa del Emperador ..... 370
4.1. Un programa emblemático ................ 370
4.2. Florilegio de humanistas ................. 371
4.3. La alternativa erasmista ................. 373
4.4. Académicos y científicos ................. 375
4.5. El Humanismo médico .................. 376
4.6. Literatura de creación y hazañas concretas ....... 377
4.7. Humanismo portugués .................. 379
5. Humanismo tardío y reforma católica ............. 380
5.1. Algunos nombres ..................... 380
5.2. Nuevos humanistas .................... 382
5.3. Resurgir escolástico .................... 384
5.4. Medicina y ciencia ..................... 385
5.5. Referencias literarias y memoria histórica ....... 386

Bibliografia ................................ 388

CAPÍTULO 14. La decadencia econômica del siglo XVII, por


CARMEN SANZ AYÁN .......................... 391
1. El concepto de decadencia «material» ............. 391
2. La evoluciòn de la agricultura y el concepto de «depresión
agraria» .............................. 392
3. La evolución de la manufactura ................ 395
4. La situaciön de los intercambios comerciales ......... 398
5. La «intervención» de la Monarquía en materia económica . 403

Bibliografía ................................ 408

CAPÍTULO 15. Polarización y tensiones sociales, por JESUS BRAVO


l. Introducción ...........................
1.1. Fuentes de información ..................
1 .2. El arbitrismo como fuente ................
1.3. ¿Una «sociedad conflictiva»? ...............
1.4. Cronologia .........................
2. Privilegio y tensiones: refeudalización .............
3. Iglesia, eclesiásticos y conflicto .................
4. Conflictos urbanos. Revueltas urbanas: alteraciones andaluzas .
4.1. Granada ..........................
4.2. Côrdoba ..........................
4.3. Sevilla ...........................
4.4. Madrid ...........................
5. Conflictos rurales ........................
5.1. Elecciones y conflictividad ................
5.2. Señorío, campesinos y elecciones ............
5.3. Prevenciòn contra los gitanos ..............
5.4. Fiscalidad y conllicto ...................
14 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

5.5. Producción, comercio y conflicto ............ 426


5.6. Comercio y territorio ................... 427
6. La ubicuidad de los bandoleros ................. 428
6.1. Bandolerismo en Cataluña y Valencia .......... 428
6.2. Un epilogo: «los gorretes y barretinas» ......... 429
6.3. Valencia .......................... 430
6.4. ¿Y el resto? ......................... 432
7. A modo de resumen ....................... 433

Bibliografia ................................ 435

CAPÍTULO 16. El Barroco hispânico, por JOAN LLUIS PALOS ..... 437
1. La percepciôn de la decadencia ................. 437
1.1. Decadencia e introspección ............... 437
1.2. E] anhelo de respuestas .................. 439
1.3. Entre la realidad y la ficción ............... 440
2. ¿Una cultura dirigida? ...................... 442
2.1. La nueva imagen del poder ................ 442
2.2. Mecenas clientes ..................... 444
2.3. Innovaciön y conservaciôn ................ 446
2.4. La resistencia de la cultura popular ........... 447
3. Las nuevas formas de la experiencia religiosa ......... 448
3.1. El castigo divino ...................... 448
3.2. Reforma y restauración .................. 449
3.3. Imágenes para la persuasión ............... 450
4. Pensando el Barroco ....................... 452
4.1. Un proceso de redención ................. 452
4.2. La fijación de los perfiles ................. 454
4.3. Las fronteras cronológicas y el legado barroco ..... 455

Bibliografía ................................ 457


CAPÍTULO 17. El reinado de Felipe III (1 598-1621), por BERNARDO
J. GARCÎA GARCIA ............................ 459
1. Una historia en revisión ..................... 459
2. Gobierno político y cortesano .................. 460
2.1. Felipe III, un principe cristiano y moderado ...... 460
2.2. El valimiento: el primer ministro favorito ....... 461
2.3. El apogeo de los Sandovales ............... 463
2.4. La casa de Austria: compromiso dinástico y con trapeso
político ........................... 465
3. Politica de pacificación y reformas ............... 467
3.1. La Pax Hispánica (1598—1617): una politica de conser—
vaciôn ............................ 467
3.2. Desempeño de la Hacienda Real ............. 472
3.2.1 Búsqueda de recursos y control financiero
(1598-1606) .................... 473
3.2.2. La crisis de 1607 y el sistema de asientos gene-
rales (1607—1621) ................. 475
ÎNDICE 15

3.2.3. Las contribuciones de los reinos: la Corona de


Aragón, Portugal y Nápoles ........... 476
3.3. La expulsión de los moriscos ............... 481
3.3.1. Políticas de evangelización y represión ..... 481
3.3.2. La solución final a la cuestión morisca ..... 483
4. Crisis de valimiento ....................... 484

Bibliografia ................................ 485

CAPÍTULO 18. Felipe IV y Olivares. El fracaso del reformismo


1621-1643, por GREGORIO COLÁS LATORRE ............. 487
1. El gobierno ............................ 487
1.1. El rey: Felipe IV el Grande ................ 487
1.2. El valido: don Gaspar de Guzmán y Pimentel ..... 488
2. El programa de gobierno. La política interior ......... 490
2.1. El programa de reformas ................. 491
2.2. La Uniôn de Armas y su fracaso ............. 493
2.3. La suerte de las otras reformas .............. 495
3. La politica internacional ..................... 496
3.1. El catolicismo O la razón de Estado de la Monarquía
Universal Católica ..................... 496
3.2. La guerra con Europa ................... 498
3.2.1. Los triunfos de los primeros años (1621—1627) 498
3.2.2. Derrotas y retroceso de la causa de Felipe IV
(1627—1634) .................... 500
3.2.3. Francia y el camino hacia la derrota definitiva
(1635-1643) .................... 501
3.3. El coste de la reputación ................. 503
3.4. Los castellanos y la reputación .............. 507
4. La crisis de la Monarquía. Los primeros años ......... 508
4.1. La rebeliòn de Cataluña .................. 508
4.2. La rebelión de Portugal y la conspiración de Medi—
na—Sidonia ......................... 510

Bibliografia ................................ 51 1

CAPÍTULO 19. Felipe IV y la crisis de la Monarquía hispánica.


Pérdida de hegemonía y conservación (1643-1665), рог
XAVIER GIL PUJOL ........................... 513
1. Cambio sin recambio (1643-1647) ................ 513
2. Rebeliones y paces (1647—1659) .................. 521
3. Fracaso en Portugal ........................ 534

Bibliografia ................................ 537

CAPÍTULO 20. Carlos II (1665-1700), por LUIS RIBOT ........ 539


1. Introducciön ........................... 539
2. El rey ............................... 539
3. La Regencia ............................ 541
16 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

3.1. El valimiento de Nithard ................. 541


3.2. Los años intermedios. La privanza de Valenzuela . . . 543
4. La mayoría de edad del rey ................... 547
4.1. Don Juan en el poder ................... 547
4.2. El primer matrimonio del rey .............. 549
4.3. El ministerio del duque de Medinaceli ......... 550
4.4. El gobierno del conde de Oropesa ............ 551
x4.5. Е] segundo matrimonio del monarca .......... 551
_ \4.6~ La década de Mariana de Neoburgo ........... 552
.La cuestión sucesoria ...................... 555
6. El fin de las Cortes de Castilla ................. 558
7. ¿Un reinado refonnista? ..................... 560
8. La Monarquía los reinos .................... 561
9. Epílogo .............................. 562
Bibliografía ................................ 563

CAPÍTULO 21. El Estado borbônico, por PEDRO MOLAS RIBALTA ~ . 565


1. Consejos, juntas y tribunales .................. 566
2. Los nuevos ministerios ..................... 568
3. Reinos y provincias ....................... 569
4. Los municipios .......................... ‘ 571
5. Las reformas militares ...................... 573
Bibliografia ................................ 577
‚A CAPÍTULO 22. Los reinados de Felipe V y Fernando VI
(1700-1759), рог AGUSTIN GONZÁLEZ ENCISO ............ 57 7
1. Felipe V .............................. 577
' 1.1. La crisis sucesoria ..................... 577
1 .2. Felipe V en España. La guerra de Sucesión: los prime—
ros años, de 1701 a 1706 ................. 578
1.3. La segunda parte de la guerra. Hacia la Victoria bor-
bónica ........................... 584
^ Е] tratado de Utrecht. El lina] de la guerra en España. 586
” 槙 1.5. La guerra de Sucesión como guerra civil y conflicto
social ............................ 587
‚> 1.6. De la influencia francesa a la iníluencia italiana
(1714/1715—1724) ...................... 591
1.7. ICE] reinado de Luis I y los años de Ripperdá (de Viena a
Sevilla, 1724/1725-1726/1729) ............... 593
>» 1.8. Е] reformismo de Patiño ................. 595
“\ 1.9. La política matrimonial y la estancia sevillana de la
Corte ............................ 597
1.10. La guerra de Sucesión de Polonia . . .‘ ......... 598
1.11. Los últimos años del reinado, 1737—1746 ........ 599
\ 2. Е] reinado de Fernando VI ................... 602
" 2.1. La paz de Aquisgrán .................... 603
2.2. La neutralidad ....................... 605
ÍNDICE 17

l‘ 2.3. El reformismo ....................... 606


2.4. La crisis de 1754 y el final del reinado .......... 608

Bibliografía ................................ 609

CAPÍTULO 23. Carlos III (1759-1788), por JOSE CEPEDA GOMEZ. . . 611
1. La buena imagen de un rey ................... 611
2. ¿Hacia la crisis del Antiguo Régimen? ............. 612
2.1. El papel del rey y el gobierno de los ministros ilustrados . 612
2.2. Las etapas del reinado .................. 612
2.3. La culminación de un proceso: la Junta de Estado. . . 614
2.4. Extrañas parejas: déspotas e ilustrados ......... 614
3. Los primeros años del reinado ................. 615
3.1. Carlos III y la herencia italiana ............. 615
3.2. Los primeros años. El gobierno de Esquilache ..... 615
3.2.1. Buenas reformas, mal talante, peor momento . 616
3.2.2. El dificil camino hacia el librecambismo. . . . 617
3.2.3. La abolición de la tasa del trigo de 1765 . . . . 617
4. Los motines de primavera de 1766 ............... 618
4.1. La interpretación de los motines por la historiografía
actual ............................ 618
4.2. Las consecuencias de los motines. Aranda al poder . . 619
4.2.1. Consecuencias de los motines: reformas muni-
cipales ....................... 621
4.2.2. Consecuencias de los motines: la expulsión de
los jesuitas ..................... 622
4.2.3. Otras reformas. Carlos III y el Ejército ..... 624
4.2.4. Otras reformas. Carlos III y la Universidad . . 625
5. Las Reales Sociedades Econòmicas de Amigos del País . . . 626
6. Olras reformas económicas ................... 627
6.1. El comercio con las colonias ............... 628
6.2. Carlos III y los gremios .................. 628
6.3. El Banco de San Carlos .................. 630
6.4. Las nuevas poblaciones .................. 630
7. La politica internacional de Carlos III ............. 631
7.1. El Tercer Pacto de Familia ................ 632
7.2. La participación de españa en la guerra de los Siete Años . 632
7.3. La guerra de Independencia de Estados Unidos . . . . 633
7.4. Relaciones con Portugal ............... _. . 634
”' 7.5. Carlos III y los países musulmanes ........... 634
8. Balance de un reinado ...................... 634

Bibliografia ................................ 635

CAPÍTULO 24. La crisis del Antiguo Régimen: Carlos IV


(1788-1808), por ENRIQUE GIMENEZ LÓPEZ ............. 637
1. Los inicios del reinado ...................... 637
1.1. El nuevo rey ........................ 637
18 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

1.2. La etapa de Floridablanca y el temor al contagio revo—


lucionario ......................... 638
1.3. El breve gobierno del conde de Aranda .........
1.4. Manuel Godoy y la guerra de la Convenciòn ......
2. Oposicion interior y política exterior ..............
2.1. La inicial oposición a Godoy ...............
2.2. La alianza con Francia y la guerra contra Inglaterra. .
2.3. El paréntesis ministerial de Urquijo ...........
2.4. La política española al servicio de los intereses napo-
leónicos ........................... 651
2.5. El partido fernandino y las conspiraciones de El Esco-
rial y Aranjuez ....................... 653
3. La crisis del cambio de siglo .................. 656
3.1. El bloqueo agrario ..................... 656
3.2. Las manufacturas y la bancarrota del comercio . . . . 657
3.3. La paralización del crecimiento demográfico ..... 657
3.4. La quiebra de la Hacienda ..... 〝 ........... 658
Bibliografia ................................ 659
CAPÍTULO 25. Crecimiento y expansión económica en el siglo
XVIII, por RAFAEL TORRES SANCHEZ .................. 661
1. Crecer en un siglo de crecimiento y cambio .......... 661
1.1. La larga sombra de la revolución industrial y de la cri-
sis del Antiguo Régimen .................
1.2. Los nuevos ejes económicos. Nación y economía atlántica. 662
2. Politica econòmica y política reformista ............
2.1. Una política reformista no tan original .........
2.2. Las ideas del programa reformista ............
2.3. Pensamiento económico y política económica .....
3. La hipoteca militar y la Hacienda ...............
3.1. El ascenso de los financieros españoles .........
3.2. La reforma hacendística y fiscal .............
3.3. Hipoteca militar y deuda nacional ............
4. El aumento del consumo ....................
4.1. Más consumidores, en un país deshabitado ......
4.2. Urbanización y redes urbanas ..............
4.3. La demanda comercial ..................
5. El aumento de la producción ......... _ .........
5.1. La expansion agraria ...................
5.2. La renovaciön industrial .................
6. Una economía imperial .....................
7. Conclusiones ...........................
Bibliografía ................................
CAPÍTULO 26. Continuidad y cambios sociales, por OFELIA REY
CASTELAO ................................
1. Nobles, militares y burócratas .................
ÍNDICE 19

2. Los eclesiásticos ......................... 696


3. Los núcleos urbanos y sus habitantes ............. 698
3.1. Las burguesías ....................... 698
3.2. Los artesanos ....................... 702
3.3. Servidores, minorías, marginados ............ 703
4. La sociedad rural ......................... 706
5. Una sociedad poco conflictiva ................. 709

Bibliografia ................................ 713

CAPÍTULO 27. Ilustración, regalismo y jansenismo, por ANTONIO


MESTRE SANCHís ............................ 715
1. La Ilustración ........................... 715
1.1. El concepto de Ilustración ................ 715
1.2. Los novatores ....................... 717
1.2.1. La apertura a la nueva ciencia .......... 717
1.2.2. La historia critica ................. 718
1.2.3. Cambio de dinastía ................ 718
1.2.4. El espíritu de los novatores ........... 719
1.3. La primera Ilustración .................. 720
1.3.1. La obra cultural de Feijoo ............ 720
1.3.2. Los problemas de la historia crítica. Mayans y
los proyectos reformistas ............. 722
2. Regalismo y galicanismo. Los ecos jansenistas ........ 724
2.1. Precisiones de conceptos ................. 724
2.2. Politica práctica y evolución teórica del regalismo. . . 725
2.2.1. La guerra de Sucesión y la ruptura con la Santa
Sede ........................ 726
2.2.2. Las guerras de Italia y el Concordato de 1737 . 728
2.2.3. El Concordato de 1753 .............. 729
2.3. El viraje de 1754 ...................... 731
2.3.1. Los manteístas y la cultura ........... 731
2.3.2. El influjo galicano con matices jansenistas 732
3. La expulsión de los jesuitas. Planes de estudios e influjo gali-
cano ................................ 733
3.1. Nuevos planes de estudio ................. 733
3.2. Actividad cultural e ilustración radical ......... 736
3.3. Evolución cultural y religiosa entre vaivenes políticos. 738
3.3.1. Continuidad cultural innegable ......... 738
3.3.2. En el campo politico las circunstancias son
más complejas .................. 739
3.3.3. Aspectos religiosos y eclesiásticos ........ 739

Bibliografia ................................ 740

CAPÍTULO 28. Bibliografia, Internet y recursos digitales. Refe-


rencias y pautas para su interpretación, por XAVIER BARÓ I
QUERALT ...............................
20 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

Bibliografia ............................
1.1. Obras generales y de síntesis que abarcan todo el periodo. 742
1.2. Obras específicas .....................
1.2.1. Desde los inicios al siglo XVI ...........
1.2.2. Siglo XVII .....................
1.2.3. Siglo XVIII .....................
1.2.4 Otras obras de temática más específica sobre la
historia moderna de España ........... 746
1.2.5. Teoria de la historia e historia de la historiogra—
fia en 1a época moderna ............. 747
1.3. Obras de consulta ..................... 747
1.3.1. Diccionarios y enciclopedias ........... 747
1.3.2. Atlas históricos .................. 747
1.3.3. Revistas ...................... 747
1.4. Internet y 1a historia moderna .............. 750
Internet y recursos digitales. Referencias y pautas para su in-
terpretación ............................ 751
2.1. Algunos cambios producidos en la investigación en
historia moderna a raíz de la aparición de las TIC . . . 751
2.2. Algunos conceptos claves sobre Internet y su funciona-
miento ........................... 752
2.3. Encontrar información en Internet ........... 753
2.3.1. Buscadores y metabuscadores .......... 753
2.3.2. Las bibliotecas digitales: una nueva manera de
acceder a los textos ................ 754
2.3.3. Las listas de distribución relacionadas con la
historia moderna de España ........... 756
2.3.4. Las revistas digitales sobre historia moderna . 756
2.3.5. Recursos y portales vinculados a la época mo-
erna ........................ 757
2.4. Algunos criterios para evaluar la información existente
en Internet ......................... 762
2.5. Recursos sobre historia moderna de Espafia en
CD—ROM: incipientes y sugestivas propuestas .....
AUTORES

ANTONIO MORENO ALMARCEOUI


Universidad de Navarra

JOSE MARÍA IMízcoz BEUN乙A


Universidad del País Vasco

MARÍA DE Los ÁNGELES PERE7. SAMPER


Universidad de Barcelona

JESUS M.a USUNÀRIZ GARAYOA


Universidad de Navarra

ALFREDO FLORISTAN IMÍZCOZ


Universidad de Alcalá

EMILIA SALVADOR ESTEBAN


Universidad de Valencia

VALENTIN VÁZQUEZ DE PRADA


Universidad de Navarra

JAVIER ANTÓN PELAYO


Universidad Autónoma de Barcelona

ANTONI SIMON TARRES


Universidad Autónoma de Barcelona

ALICIA ESTEBAN ESTRI'NGANA


Universidad de Alcalá

ALBERTO MARCOS MARTÍN


Universidad de Valladolid

PEGERTO SAAVEDRA
Universidad de Santiago de Compostela

TEOEANES EGIDO
Universidad de Valladolid
22 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

LUIS E. RODRíGUEZ—SAN PEDRO BEZARES


Universidad de Salamanca

CARMEN SANZ AYAN


Universidad Complutense de Madrid

JESÚS BRAVO
Universidad Autónoma de Madrid

JOAN LLUIS PALOS


Universidad de Barcelona

BERNARDO J. GARCIA GARCIA


Fundación Carlos de Amberes y Universidad Complutense de Madrid

GREGORIO COLAS LATORRE


Universidad de Zaragoza

XAVIER GIL PUIOL


Universidad de Barcelona

LUIS RIBOT
Universidad de Valladolid

PEDRO MOLAS RIBALTA


Universidad de Barcelona

AGUSTÍN GONZÁLEZ ENCISO


Universidad de Navarra

JOSE CEPEDA GOMEZ


Universidad Complutense de Madrid

ENRIQUE GIMENEZ LOPEZ


Universidad de Alicante

RAFAEL TORRES SANCHEZ


Universidad de Navarra

OFELIA REY CASTELAO


Universidad de Santiago de Compostela

ANTONIO MESTRE SANcuís


Universidad de Valencia

XAVIER BARO I QUERALT


Centre dºEstudis Joan XXIII (Barcelona)
CAPÍTULO 1

LA POBLACIÓN ESPANOLA: 1500—1860

por ANTONIO MORENO ALMÀRCEGUI


Universidad de Navarra

Parece que en España el régimen demográfico no empezó a cambiar significati-


vamente hasta los años sesenta del siglo XIX. El mantenimiento de los niveles de mor—
talidad altos, al menos hasta 1860, justifica que extendamos este breve capítulo hasta
la década de 1850—1860.
Dividiremos esta sección en dos partes. En la primera se examina la evolución
general de la población española. Dedicaremos una especial atención al estudio de
la evolución de la red urbana. En la segunda, examinaremos las estructuras demo-
gráficas. Consideraremos la diversidad de los regímenes demográficos regionales,
su relación con la red urbana y los movimientos migratorios dentro de la Monar—
qu1a.

1. La evolución de la población

Entre 1500 y 1860 España pasó de 4,2 millones de personas a 15,6 millones, lo
que significa que multiplicó su población por 3,75 en estos 360 años. La tasa media
de crecimiento para todo el periodo fue del 3,8 por mil, superior a la del conjunto de
Europa (3 por mil), y bastante por encima de las regiones mediterráneas (2,4 por
mil) lo que supuso que, en el conjunto del periodo, estas regiones europeas multipli—
caran su población 2,87 y 2,34 respectivamente, por debajo de España. Sólo las re—
giones del noroeste de Europa, con una tasa media del 4,7 por mil, superaron con
creces el crecimiento español, lo que significó que en torno a 1850 hubieran multi—
plicado su población por 5,17.
España no siempre creció a un ritmo mayor que Europa. En el periodo 1650-1700
creció a la mitad de velocidad, y entre 1800 y 1850 tuvo una tasa ligeramente inferior.
En los restantes periodos considerados, España creció igual 0 por encima de Europa.
En el periodo 1700-1750 creció a un ritmo semejante a la media europea. Entre 1500
1650, el periodo de su hegemonía en Europa, España siempre creció por encima de la
24 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

TABLA 1.1. La población europea par grandes regiones. Millones de habitantes

Tur. Тег. Tur. Î. *


Año Noroccideníal por mil Mediterránea por mil España por mi! Ezuur; r, * ”…

1500 8,3 18,3 4,2 61 c


1550 9,8 3,4 20,0 1,8 5,3 4,9 ` _
1600 11,9 3,9 22,3 2,2 6,4 3,5 鱒 二 [`
1650 14,9 4,5 19,6 —2,6 6,8 1,4 ご ]一
1700 16,0 1,4 22,8 3,0 7,1 0,9 ‥ —'- ', _
1750 18,3 2,7 26,5 3,0 8,2 2,8 ¿4 二 二 ~
1800 26,1 7,1 31,2 3,3 11,1 6,2 13: _ }
1850 42,7 9,9 42,8 6,3 15,7 6,9 ]__ ' —'

TOTAL del periodo 4,7 2,4 3,8

FUENTE: J. DE VRーES, La urbanización de Europa. 1500—1800, Barcelona, 1987, pp €th ::;


España, elaboración propia (Apéndice 3).

media europea, colocándose otra vez por delante durante la segunda mitad «;;;:
XVIII, el momento de máximo esplendor de la Ilustración borbónica.
Respecto a la media del mundo mediterráneo, las regiones más p&r ‥ ;: s-
entorno, España siempre creció por encima de ellas, salvo para el periodo 165 ′ '
En cambio los países del noroeste de Europa tuvieron siempre un ritmo de - ‥ :—
superior al español, que sólo <<resistió» con dignidad durante la prodigiºsa 己\萱_〟 二 _ _.
del siglo XVI.
En resumen, un crecimiento demográfico importante durante el siglo \”. :.
cima de la media europea y mediterránea, y equiparable al de las regiones > ;:
cas del noroeste. Una larga crisis durante el siglo XVII, sin apenas crecimier.:;

debajo de las regiones del noroeste europeo, que en esos momentos se dista:
resto. Y, finalmente, una vuelta al crecimiento durante el siglo XVIII. a un [ : _ ′
cima del resto del continente o del mundo mediterráneo hasta 1800.
La figura 1.1 —un indicador aproximado de la Tasa Neta de Repr-;_;; : ‥
(TNR: ver Apéndice II.2)— permite reconstruir con mayor precisión le : }:::;
de este crecimiento. Más particularmente sirve para precisar el moment-; } '.; 1:-
tensidad de la crisis del siglo XVII. La TNR se mantiene alta hasta el ‥ ie
1570-1579. Cae suavemente durante los años ochenta del siglo \\ I. 〉 _ *] _ *
mente durante los decenios comprendidos entre 1590 у 1609, para hundirse ¿5 for—
ma espectacular, por debajo de uno, entre 1610 y 1659. El momento peor situa
en las décadas de 1630—1649.
A partir de 1660 la TNR se vuelve a colocar ligeramente por encima de 藁 - d)
Aunque la tendencia es al alza, se mantendrá por debajo de 1,1 hasta 1700- 1 "ПЧ Des—
de entonces, la TNR irá subiendo lentamente hasta alcanzar sus niveles más en
los decenios de 1760 a 1779 (1,19 y 1,17 respectivamente).
Durante el siglo XVIII y primera mitad del siglo XIX, las décadas peores parece
corresponder a 1780—1789, cuando la TNR vuelve a los niveles de comienzos de siglo
(1,1 1), y luego los decenios comprendidos entre 1800 y 1819 (1,10 y 1.10 respectiva—
mente), momentos en los que se mezclan las crisis de mortalidad. la guerra de Inde—
pendencia y el final del Antiguo Régimen político. Con todo, estas crisis no presentan
LA POBLACIÔN ESPANOLA: 1500-1860 25

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oº.) 濁º.) 欝 e;º.) oCb º;ªb 〇0.5 @ª?)
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xº”

FIG. 1.1. Estimación de la Tasa Neta de Reproducción (TNR) española, 1550—1859.

la gravedad de las anteriores, y se sitúan en un contexto de crecimiento. La década de


1830—1839, marcada por la primera guerra carlista, parece constituir otro momento de
crisis suave.
En resumen, franco crecimiento durante el siglo XVI hasta 1580-1589; dureza de
la crisis entre 1610 y 1659 (con diferencia, el periodo peor de estos 350 años); debili—
dad dela recuperación durante la segunda mitad del siglo XVII; y aceleración del creci—
miento hasta 1770—1779, momento en el que se alcanzan ritmos de crecimiento seme—
jantes a los del siglo XVI. En general, la crisis del Antiguo Régimen y las guerras del
periodo, aunque dejan su huella, no parecen tan graves y se sitúan en un contexto ex—
pansivo de la población.
En esta visión de conjunto destaca la gravedad de la crisis de los años 1610 a
1659. Importa, entonces, preguntarse por qué España, que había estado durante el si—
glo XVI a la cabeza del crecimiento demográfico europeo, se separó en el siglo XVII
de las regiones más prósperas de nuestro entorno, dando lugar a más de medio siglo de
franca debilidad poblacional.

1.1. DEL CENTRO A LA PERIFERIA. EL HUNDIMIENTO DEMOGRÁFICO DE LA MESETA


Y LA DADDEL CRECIMIENTO DE LA COSTA

Al finalizar el reinado de los Reyes Católicos, las regiones más pobladas se en-
cuentran en el interior, en la meseta, principalmente en su porción septentrional. Entre
el Duero y el Tajo se concentra casi la mitad de la población castellana, lo que hace de
esta región el corazón demográfico, económico y político de la Península. En conjun—
to, el interior peninsular está más poblado que la costa, con la excepción de Valencia.
El poderío de Castilla dentro de la nueva Monarquía se fundamenta en el vigor demo—
gráfico de la meseta central.
26 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

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ヽ溜 凌 @@ xá? (\ (lº? >?)

+ Interior Costa

F[G. 1.2. Estimación de la evolución demográfica del interior y la costa (1 pa тг J“c .É, : …-
tismos. Porcentaje del total de población en cada región.

Esta situación se va a ver profundamente alterada durante los tres siglos 〉 medio
siguientes (figs. 1.2 y 1.3). La Castilla interior sufrirá con intensidad la crisis del si—
glo XVII y un prolongado estancamiento a continuación. En conjunto. el maximo de
población alcanzado entorno a los años 1580 no se volverá a recuperar al eno; hasta
1750—1760. Si los bautismos rellejaran directamente la población. al comienzo de la
Edad Moderna el 56 % de la población española se situaría en el interior. frente al
44 % de la costa; hacia finales del siglo XVIII la situación se habría inx enido: el Interior
tendría el 39 % y la Costa contaría el 61 % de la población. En el decenio de
1610—1619 la Costa sobrepasaría por primera vez a la población del Interior. Este rele—
vo del interior por la periferia se acelera durante el periodo 1570—16-19. Este vuelco se
debió a que, durante la Edad Moderna, el impulso de crecimiento iene de las regiones
costeras, que tiran ahora del conjunto (fig. 1.3).
Aunque la tendencia general de las dos curvas es semejante. se observan diferen—
cias notables. Para todos los decenios comprendidos entre 1570 1820, la TNR de la
Costa fue superior a la TNR del Interior. De promedio. en 7.66 % superior. Los datos
reflejan una ventaja estructural de las regiones costeras sobre las interiores, lo cual es
perfectamente comprensible en el tiempo del capitalismo comercial. No en vano, el
medio de transporte privilegiado de la Edad Moderna fue el barco, lo que permitía a
LA POBLACIÔN ESPANOLA: 1500-1860 27

1,2 dª

º'ª съ 墜 ‘ Qсъ ② “Q'


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(oQ′ oQ oK
% º:e\o? «& «N㺠oo ‚\
xº) xº) (ªº (Egº (\ ヽ

+ Interior Costa

FIG. 1.3. Estimación de la Tasa Neta de Reproducción (TNR) del Inleriory la Costa,
1 550-1 859.

las regiones más próximas a la costa mejores niveles de abastecimiento y un creci—


miento demográfico más seguro.
Sin embargo, hay dos momentos en los que la Costa se despega con más intensi—
dad del Interior. El primero corresponde al periodo de la crisis del siglo XVII. En las re—
giones interiores las TNR por debajo de la unidad se extienden desde 1610 hasta 1689,
durante 80 años. En las costeras, sin embargo, la TNR negativa dura de 1630 al 1649,
apenas 20 años. La crisis del siglo XVII fue mucho más intensa y duradera en el Interior
que en la Costa. El segundo momento coincide con la crisis de los años finales del
Antiguo Régimen. En las regiones interiores los años malos durarán de 1780 a 1809,
mientras que en las periféricas—costeras, prácticamente sólo el decenio de 1780—1789
tiene una TNR baja. Parece que las crisis generales, relacionadas con las crisis políti—
cas graves, afectan con más intensidad al Interior que a la Costa. Una crisis del siglo
XVII menos intensa, y sobre todo, una temprana recuperación, visible desde los años
sesenta del siglo XVII, y un más intenso crecimiento durante el siglo XVIII y primera mi—
tad del siglo XIX, explican el protagonismo de la Costa. Esto hará que, a lo largo de la
Edad Moderna, el centro de gravedad económico y demográfico se vaya desplazando
desde la Meseta central hacia las regiones periféricas costeras.
Bajo la categoría de Costa hemos agrupado la franja del Cantábrico y la del Medite—
rráneo, que son dos áreas con estructuras demográficas, económicas y sociales muy dis—
tintas. Esta diversidad regional se refleja en una distinta cronología e intensidad del creci—
28 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

miento (fig. 1.4). En el Cantábrico, la difusión del maíz desde los años 1630 hará que las
tasas de crecimiento de esta región se coloquen a la cabeza de la Monarquía durante todo
el siglo XVII. Sin embargo, el impulso al crecimiento procedente del maíz irá perdiendo
fuerza durante el siglo XVIII y se habrá agotado en tomo a los años sesenta y setenta del si—
glo XVIII. En el Setecientos, el impulso principal vendrá del Mediterráneo. Durante esta
centuria —en realidad, desde los años 1660— el Mediterráneo español entrará en una lar-
ga e intensa fase de crecimiento humano, haciendo de esta región la protagonista destaca—
da del Siglo de las Luces. El desarrollo de una agricultura comercial. intensamente espe—
cializada, explicará esta fortísima expansión demográfica. A finales del siglo XVIII y co—
micnzos del siglo XIX, los productos agrarios procedentes del Mediterráneo constituirán
las principales exportaciones españolas a los mercados internacionales.

1.2. LA RED URBANA

El estudio de las transformaciones de la red urbana europea durante la Edad Mo—


derna constituye uno de los principales avances de los últimos veinte años. Aunque la

45

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35

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20′ *

5 【 一

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+ Cantábrico % 〝 Mediterráneo

FIG. 1.4. Estimación de la evolución demográfica de las regiones de la costa cantábrica _v


de la costa mediterránea a partir de los bautismos. Porcentaje del total de población en
cada región.
LA POBLACIÓN ESPANOLA: 1500-1860 29

tasa de urbanización ——el porcentaje de población urbana respecto del total— creció
relativamente poco, la red urbana europea sufrió cambios muy notables. Perdieron
importancia relativa los pequeños núcleos urbanos en favor de las grandes urbes. A
largo plazo, la Edad Moderna se caracteriza por la aparición de nuevas ciudades de di-
mensiones hasta entonces casi desconocidas en Europa. El proceso, generalizado, al
menos en Occidente durante estos siglos, se acelerará durante el periodo 1550—1650.
Para J. de Vries, el cambio descrito explica el paso de una Europa medieval, constitui-
da por cientos de pequeños mercados comarcales organizados a partir de pequeñas
ciudades de influencia local, a la Europa moderna. Las nuevas grandes ciudades que
aparecieron durante los siglos XVI a XVIII fueron las encargadas de organizar los nue—
vos mercados regionales, nacionales e internacionales, base del esplendor económico
de la era del «capitalismo comercial».
Las capitales políticas de los nuevos Estados y los grandes puertos comerciales,
sobre todo del Atlántico, son los nuevos protagonistas de esta etapa histórica. Unas
desde el punto de vista político—institucional, otras desde el punto de vista económico,
las ciudades organizarán los grandes mercados indispensables para transformar las
nuevas oportunidades que la expansión atlántica ofrece. Dicho de otra forma, aquellos
países que no experimentaron los cambios descritos en su red urbana fueron incapaces
de transformar la expansión comercial en crecimiento económico ——y demográfico—
a largo plazo.
Espafia también participó del mismo proceso de transformación que experimentó
la Europa moderna. De hecho, los dos principales ejemplos de crecimiento urbano del
siglo XVI, Madrid (capital de la Monarquía) y Sevilla (centro del tráfico comercial con
América), responden al modelo de cambio general en el continente a que nos hemos
referido. A lo largo del siglo XVI, la red urbana española sufrió una profunda transfor—
mación, tanto cuantitativamente como cualitativamente (tabla 1.2).
A finales del siglo XVI España había alcanzado una tasa de urbanización del 14,4 %.
Alrededor de 2 de cada 13 personas vivía en una ciudad. La tasa estaba escasamente por
encima de la media en la Europa del Mediterráneo (13,7 %), la región más urbanizada del
continente, y todavía por encima de los países del noroeste europeo (8,2 %). A partir de
1600, las tasas españolas retroceden con intensidad —más, incluso, que en el Mediterrá-
neo— durante los 100 años siguientes, lo que implica un verdadero hundimiento de su red

TABLA 1.2. La tasa de urbanización en Europa por grandes regiones.


Porcentaje de población en núcleos de más de 10.000 habitantes

Año Noroccidental Mediterránea España Total

1500 6,7 9,5 10,0 5,6


1550 7,2 11,4 11,5 6,3
1600 8,2 13,7 14,4 7,6
1650 10,9 12,5 10,6 8,3
1700 13,2 11,7 8,5 9,2
1750 13,6 11,8 11,5 9,5
1800 14,9 12,9 14,1 10,0

FUENTE: J. Dr. VRIES, La urbanización de Europa. 1500-1800, Barcelona, 1987, pp. 56-57. Para
España, ver apéndices 1, 2 y 3.
30 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

TABLA 1.3. Porcentaje de la población en ciudades de más de 160.000 habitantes del total
de población urbana por grandes regiones

Año Nomccidenlal Medilerránea España

1500 0 0 0
1550 0 9 0
1600 20 9 0
1650 35 7 0
1700 37 14 0
1750 36 10 0
1800 32 23 11

urbana. El mínimo se alcanzará en torno a 1700 (8,5 %). A partir de ahí, lentamente esta
vez, las tasas de urbanización se irán recuperando durante el siglo XVIII, para situarse en
tomo al 14,1 % en 1800. ¡Después de 200 años, todavía no se había alcanzado el nivel de
urbanización de 1600! A pesar de todo, la tasa de urbanización mantenida durante el con—
junto de la Edad Moderna española es aceptable. y con niveles semejantes a los de las re—
giones más urbanizadas de Europa (tabla 1.2).
Hay otro aspecto de la red urbana que tiende a agravar el significado de la crisis
del siglo XVII y su larga prolongación durante el siglo XVIII: la ausencia de grandes ciu-
dades que lideren y vertebren todo el conj unto nacional, integrándolo en un mismo or-
ganismo social (tabla 1.3). La red española se caracteriza por la incapacidad para pro—
ducir ciudades con más de 160.000 habitantes.
Este fuerte crecimiento urbano, propio de la Edad Moderna, lo observamos en los
países europeos del Mediterráneo a mediados del siglo XVI, y a finales de esta centuria.
también en las regiones noroccidentales, que es donde llegará a alcanzar su máxima
intensidad cuando algo más de un tercio de su población, hacia 1650, viva en tales ciu—
dades. En España, las urbes con más de 160.000 habitantes empezarán a aparecer. y
como un fenómeno marginal dentro de la red urbana, sólo a finales del Antiguo Régi-
men, por lo tanto, con varios siglos de retraso con respecto a las áreas más desarrolla—
das de Europa.
En resumen, España, que había alcanzado durante el siglo XVI un intenso proceso
de urbanización de naturaleza semejante al observado en Europa. será incapaz de man—
tener su red urbana durante los siglos XVII y XVIII; esta, además, aunque no resultaba des—
deñable comparada con los niveles europeos, carecía de un núcleo central que articulara
el conjunto. Esto ayuda a precisar el carácter peculiar de su crisis en el siglo XVII. Si en
términos de población total no fue tan grave si la comparamos con el promedio del con—
junto europeo, si lo fue la crisis de su sistema urbano. Hundido durante el siglo XVII, par-
cialmente recuperado durante el XVIII, careció de un lugar central que liderase el conjun-
to del sistema y lo articulase como una unidad coherente.
Otro de los rasgos característicos de la estructura urbana española durante la
Edad Moderna es su desplazamiento hacia el sur. Si consideramos dos mitades, al nor-
te y al sur de Madrid, comprobamos que la red urbana septentrional pierde progresiva-
mente importancia, mientras que al contrario sucede con la meridional. El peso abru-
madoramente predominante de la red urbana en el sur de España tendió a reforzarse
durante la Edad Moderna.
LA POBLACIÓN ESPANOLA: 1500-1860 31

TABLA 1.4. El desplazamiento de la red urbana hacía el sur de España.


Población urbana en miles 1500—1850

España Tasa España Tasa Cociente


Año del norte urbanización del sur urbanización B/A

1500 149 6,8 255 13,8 1,7


1550 196 6,8 391 15,6 2,0
1600 209 5,8 734 22,3 3,5
1650 127 3,3 584 17,2 4,6
1700 94 2,3 502 14,4 5,3
1750 170 3,6 791 19,5 4,7
1800 358 6,1 1.164 21,6 3,2
1850 1.067 15,0 2.080 33,4 1,9

FUENTE: elaboración propia a partir de los datos de los apéndices 1, 2 y 3.

En la España del norte, la tasa de urbanización fue más baja y tendió a perder im—
portancia entre 1550 y 1700. Se podría decir que vivieron un tanto al margen del gran
proceso de urbanización que tiene lugar en Europa entre 1550 y 1650. Más bien, por el
contrario, durante estos años sufrieron un cierto proceso de desurbanización. Esta si—
tuación sólo cambiará, y lo hizo muy rápidamente, entre 1800 y 1850. En esos 50 años
la tasa de urbanización en las regiones septentrionales pasa del 6,1 al 15 %.
En la España meridional, la red urbana, que ya era muy importante en 1500, casi
triplica su peso demográfico durante el siglo XVI, llegando a contener el 22,3 % de la
población a finales de siglo. A pesar de la intensidad de la crisis del siglo XVII, la tasa
de urbanización sigue siendo muy importante en 1700 (14,4 %). Entre 1500 y 1700, el
desplazamiento de la población urbana hacia el sur es patente. Si en 1500 hay 1,7 per—
sonas en las ciudades del sur por cada habitante de las ciudades del norte, la propor—
ciôn se ha tornado de 5,3:1 en 1700. A principios del siglo XVIII el 84 % de la población
urbana vive en las ciudades meridionales.
Este desequilibrio regional se suaviza algo durante el siglo XVIII y primera mi-
tad del XIX. En 1850 la proporción entre la España meridional y la septentrional ha
vuelto a los mismos niveles que en 1500: 1,9: 1. Dicho de otro modo, entre 1500 y
1750 el crecimiento urbano del país fue acompañado por un cierto desplazamiento
de la red urbana hacia el sur, lo que provocó un creciente desequilibrio entre la
España septentrional, cada vez menos urbanizada, y la meridional, con tasas de ur—
banización muy altas. Cuando, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, la tasa
de urbanización se recupere, lo hará sobre nuevas bases. Ya no se concentrará en el
sur, sino que la nueva red urbana será más equilibrada por la mayor intensidad del
crecimiento urbano del norte.
Una última consideración. Si desde el punto de vista social, económico, político
o cultural las ciudades son esenciales para explicar los cambios más relevantes de la
Edad Moderna europea, desde el punto de vista demográfico las ciudades son verda—
deros parásitos: viven del mundo rural. En efecto, es ya un lugar común que las ciuda—
des de la Edad Moderna tienen un crecimiento natural negativo (las defunciones son
mayores que los nacimientos). En la tabla 1.5 se describe el caso de Madrid entre 1650
y 1839. Aunque la tasa de crecimiento negativa tiende a descender con el paso del
32 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

TABLA 1.5. Las ciudades «paräsitas» demográficas.


El crecimiento natural de Madrid. 1650-1839

Crecimiento nar Población Tasa crecimiento


Decenio Bautismos Definiciones rural de Madrid de Madrid natural. Por mil

1650—1659 38.545 61.441 —22.896 125.000 —18


1660-1669 37.955 63.348 425.393 125.000 720
1670—1679 40.785 64.344 —23.559 125.000 —19
1680—1689 41.120 64.083 722.963 125.000 —18
1690-1699 40.835 62.336 721.501 130.000 717
1700—1709 37.425 57.409 —19.984 109.000 718
1710-1719 34.925 51.077 46.152 135.000 ~12
1720-1729 39.230 55.508 716.278 138.000 712
1730—1739 38.690 59.143 420.453 141.000 vts
1740—1749 42.855 53.894 1.039 144.000 8
1750—1759 45.605 62.808 —17.203 147.000 712
1760—1769 46.680 66.665 419.985 150.000 ]3
1770-1779 43.970 64.210 —20.240 170.000 ]2
1780—1789 45.930 64.466 418.536 190.000 —10
1790-1799 53.235 71.851 718.616 187.269 —10
1800—1809 48.845 79.293 —30.448 176.374 ]7
]8]0ー] 819 43.020 56.409 —13.389 188.859 7
1820—1829 55.480 65.310 —9.830 201.344 *…
1830-1839 56.270 83.147 726.877 217.720 〕

FUENTE: M.a F. CARBAJO ISLA, La población de la villa de Madrid. Desde finales del siglo 灯 …' }…
mediados del siglo XIX, Siglo XXI, Madrid, 1987.

tiempo, reflejo de unas mejores condiciones de vida dentro de la ciudad. en todos los
decenios las defunciones superan a los nacimientos.
Esto es fruto de la combinación de dos factores, comunes a todas las grandes ciu—
dades europeas. El contacto intenso entre miles de hombres y la continua entrada _\ ‚<а—
lida de personas, animales y objetos procedentes de múltiples lugares distintos. hace
de la ciudad un medio ideal para la difusión de todo tipo de enfermedades infecciosas.
lo que aumenta los niveles de mortalidad. En segundo lugar, la fecundidad de las ciu-
dades es muy baja debido a una nupcialidad muy restringida. En la ciudad. la gente o
bien se casa tarde, o no lo hace nunca, por lo que el porcentaje de solteros en las socie-
dades urbanas es muy alto. Esto explica el crecimiento natural negativo de las ciuda—
des y su dependencia de la inmigración. Un flujo continuo de inmigrantes procedentes
del campo alimenta y sostiene a las ciudades del Antiguo Régimen.
Lógicamente, a medida que las ciudades son más grandes, el flujo de inmigrantes
debe aumentar. Si las ciudades crecen demasiado, pueden incluso provocar la despo-
blación del campo y el hundimiento general de la población. Muchos autores españo—
les del siglo XVII señalan como una de las causas de] declive demográfico de las ciuda—
des precisamente la despoblación del campo. ¿Provocó la emigración a las ciudades el
hundimiento de las poblaciones rurales? En el Apéndice se hace una estimación del
crecimiento natural de la población española entre 1530 y 1859 у el saldo migratorio
para el conjunto de las ciudades españolas de estos siglos. Pretendemos estimar qué
porcentaje del crecimiento natural de la población española fue absorbido por las ne—
cesidades demográficas de la red urbana. Los resultados se reflejan en la figura 1.5 y
se comparan con la TNR estimada para el periodo.
En la primera mitad del siglo XVI las ciudades absorbían entre el 40 y el 50 % del
LA POBLACIÔN ESPANOLA: 15001860 33

150

_ーー2

100

璽 + TNR
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«: u:
5 “g ] Porcentaje del creCImlento
E 臺 natural rural absorbido por
Ё : Ias ciudades
_ y la emigración `
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FIG. 1.5. El coste demografico de la red urbana y la crisis española del sigla XVI]. Porcen—
taje del crecimiento natural absorbido por la red urbana, 1500-1859.

crecimiento natural del campo, que soporta el crecimiento del conjunto. Esa situación
se modifica significativamente al crecer las ciudades durante la segunda mitad del
mismo siglo, pasando a recibir entre el 50 y el 60 % del crecimiento natural. Sin em—
bargo, desde el punto de vista demográfico, todavía hay margen para el crecimiento
del conjunto del país. Desde 1580-1589, la TNR española empieza de descender, y a
partir de 1610-1619 y hasta 1660—1669 se hunde. Parece que es el hundimiento demo—
gráfico del campo el que ocasionará, con su caída, el de las ciudades, que tendrán que
adaptar su tamaño a la nueva situación demográfica del país, pues dependen de la in—
migración rural. Entre 1630 y 1649 la inmigración a las ciudades supera al crecimien—
to natural del campo. La lenta recuperación del crecimiento demográfico durante la
segunda mitad del siglo XVII explica el estancamiento urbano de este periodo. Habrá
que esperar al crecimiento vigoroso del campo durante el siglo XVIII para que las ciu—
dades se recuperen y retomen el crecimiento positivo.
Atendiendo al conjunto del país, el hundimiento demográfico de las ciudades a
partir de la década de 1630—1639 viene precedido, al menos desde dos décadas antes,
por el hundimiento de las poblaciones rurales, 10 que impidió la renovación de los ha—
bitantes de las ciudades.
Sin embargo, si distinguimos la situación de las regiones del norte, menos ur—
banizadas, y la situación de las regiones del sur, más urbanizadas, se observan dos
34 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

500.000

450.000

400.000

300.000 〈/ ~
250,000 “V

200.000 /

150.000 MW./\\

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+ Crecimiento natural rural ~ Inmigración urbana + emigración a América

FIG. 1.6. El coste demográfico de la red urbana en las regiones del norte de Españ…-. Cre-
cimiento natural del campo e inmigración urbana у americana, 1500-1859.

panoramas completamente distintos. El menor peso de la red urbana de las regio—


nes septentrionales hará que el crecimiento natural del campo este siempre muy
por encima de la inmigración a las ciudades y a América, dejando un margen sufi-
ciente para el crecimiento real (las únicas excepciones son las décadas de
1630—1639 y 1660—1669) (fig. 1.6).
Según nuestras estimaciones, en las regiones del sur (fig. 1.7). la inmigración ur-
bana y americana absorbía desde los años 1550 casi todo el crecimiento natural rural.
lo que apenas dejaba margen para el crecimiento real del país. Entre 1560 ~ 1719 la in—
migraciòn a las ciudades suponía el 86 % del crecimiento natural de su entorno rural.
Si nuestras estimaciones son correctas, el crecimiento de la red urbana 〉 las altas tasas
de urbanización podrían ser, desde el punto de vista demográfico, la causa principal
para explicar la crisis del siglo XVII en las regiones meridionales españolas. las que ha—
bían experimentado los procesos de modernización más importantes. Dicho con otras
palabras, en las regiones del sur, desde los años sesenta del siglo XVI. la red urbana era
demasiado pesada para ser soportada por su entorno rural. Necesitaba del trasvase de
población de las regiones del norte, donde hemos visto que el excedente demográfico
era importante.
El hundimiento de la red urbana durante el siglo XVII en las regiones del sur pone
de manifiesto que, aunque llegaron emigrantes del norte, como veremos más adelante,
LA POBLACIÔN ESPANOLA: 1500-1860 35

700.000

600.000

500.000

400.000

300.000 ^ /

200.000

1oo.ooo——‘°‘* V v

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+ Crecimiento natural rural Inmigración urbana + emigración a América

FIG. 1.7. El coste demográfico de la red urbana en las regiones del sur de España. Creci—
miento natural del campo e inmigración urbana у americana, 1500-1859.

su afluencia no bastó para mantener el tamaño que las ciudades habían alcanzado du-
rante la segunda mitad del siglo XVI. Sin nuevos inmigrantes, la renovación de los gru—
pos urbanos fue imposible, entrando en un proceso de decadencia generalizada. Posi-
blemente, el aumento de la presión fiscal desde finales del siglo XVI y durante la pri—
mera mitad del XVII, que recaía especialmente sobre las regiones meridionales, hizo la
vida en estas ciudades menos atractiva, reduciendo el flujo de nuevos pobladores nor—
teños. Quizás, la revolución del maíz, al dar nuevas oportunidades de asentarse en su
tierra a las poblaciones del Cantábrico, redujera la emigración hacia el sur, lo que
pudo agravar la crisis de las ciudades del resto del país.

2. Las estructuras demográficas peninsulares durante la Edad Moderna

La proliferación de monografías locales en los últimos años ha mostrado un mc-


saico de comportamientos diversos durante el Antiguo Régimen. Tal diversidad de
comportamientos regionales hace más necesaria la visión de conjunto. Pero. ¿tiene
36 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

sentido considerar la Monarquía hispánica, una unidad política, también como una
unidad demográfica? Lo sugerido más arriba hace pensar que sí.
Para ilustrar el primer aspecto, la diversidad de regímenes demográficos regiona—
les dentro de la Monarquía, hablaremos en primer lugar de los niveles de mortalidad
entorno a 1860 y de la nupcialidad a finales del siglo XVIII. Para ilustrar el segundo as—
pecto, consideraremos el problema de la red urbana peninsular y los movimientos mi—
gratorios.

2.1. LA ESPERANZA DE VIDA EN ESPANA. NIVELES GENERALES


Y C。NTRASTES REGIONALES

Es ya un tópico de sobra conocido que durante la etapa preindustrial los nix eles
de mortalidad eran mucho más altos que en nuestro tiempo. Las crisis de subsistencia.
asociadas a las malas cosechas, o las infecciones, azotaban periódicamente a las po—
blaciones mermando sus recursos humanos. Un rasgo específico de la mortalidad del
Antiguo Régimen es, también, la elevadísima mortalidad infantil. Esta situación pare—
ce que se agravaba en los países mediterráneos, donde las altas tasas de mortalidad de
los niños de l a 4 años eran particularmente altas. La larga sequía veraniega asociada
a los fuertes calores favorecía la difusión de las enfermedades del aparato digestix o.
provocando en los niños diarreas. deshidratación * la muerte prematura. Cada año.
cuando empezaban a llegar los calores veraniegos. las defunciones de pin ulos au—
mentaban espectacularmente.
En el caso de España, este panorama general permite algunas matizaciones. Los
estudios monográficos regionales ponen de manifiesto fuertes diferencias en la espe—
ranza de vida durante la época moderna. Estas diferencias en los niveles de mortalidad
no parecen corresponder solamente a situaciones coyunturales. Retlejan diferencias
estructurales largamente mantenidas en el tiempo, derivadas de las diferencias climá—
ticas e históricas.
En los mapas 1.1 y 1.2 se reflejan los niveles de mortalidad provincial en tor—
no a 1860, que creemos representativos de estas diferencias estructurales manteni—
das a lo largo de la Edad Moderna. En el primero se describe la esperanza de vida al
nacer por provincias; en el segundo, la probabilidad de muerte para los niños de l a
5 años.
Los niveles de esperanza de vida más altos se encuentran todos prácticamente en
el norte, en las regiones de la franja del Cantábrico y en las provincias pirenaicas. En
las regiones meridionales, con la excepción de Murcia, Alicante Huelva. la esperan—
za de vida es inferior, destacando las regiones del centro peninsular por sus bajos nive—
les. Estas diferencias entre regiones se explican prácticamente por la enorme dispari—
dad en los niveles de mortalidad de los niños entre uno y cinco años. Las regiones en
las que la probabilidad de muerte de éstos es más baja son las regiones con más alta es—
peranza de vida. En este caso destacan las provincias situadas en el Cantábrico por sus
bajísimos niveles de mortalidad infantil.
Las regiones de clima mediterráneo tienen los más altos niveles de mortalidad de
l a 5 años. Los calores veraniegos, la sequía más intensa. que obligaba a beber agua
de pozos y algibes, y la mayor duración del verano, aumentaban los riesgos para los
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38 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

bebés en el momento que empiezan a tomar alimentación no materna, lo que se tradu-


cía en niveles más altos de mortalidad juvenil. Posiblemente la mayor abundancia de
ganado en el Cantábrico y los Pirineos, favorecía una alimentación infantil más rica en
leche, lo que limitaba las infecciones del aparato digestivo, las deshidrataciones y la
muerte prematura.
Junto al clima, influía también el tipo de hábitat. En el norte, especialmente en el
Cantábrico, la práctica ausencia de ciudades y el predominio de las pequeñas aldeas o
casas aisladas, favorecía la incomunicación de las personas, haciendo más difícil la di—
fusión de las enfermedades infecciosas, lo que explicaría los niveles más bajos de
mortalidad que observamos. En las regiones del sur, la alta tasa de urbanización y el
predominio de la población concentrada creaban las condiciones idóneas para la difu—
sión de las infecciones, elevando las tasas de mortalidad, especialmente de los niños.
Esto tendía a producir un fenómeno típico del Antiguo Régimen. Las regiones más ur-
banizadas, y se supone que más desarrolladas, tenían niveles de mortalidad más altos.
Y, a la inversa, las regiones con menos ciudades eran las que tenían niveles más bajos
de mortalidad.

2.2. LA NUPCIALIDAD. LA EDAD DE MATRIMONIO Y LOS SISTEMAS FAMILIARES

Durante la Edad Moderna la fecundidad de los matrimonios se atenía a pará—


metros naturales. En España, como en general en el Occidente cristiano. las prácti-
cas anticonceptivas eran raras. Esto no significa que la fecundidad fuera muy alta.
o estuviera en su «limite biolôgico». Las dificultades para formar una familia re-
trasaban el momento del matrimonio, lo que reducía la descendencia. Como en Eu-
ropa, en Espafia la edad de matrimonio era bastante tardía. A finales del siglo ‚\\…
las mujeres se casaban en Espafia con algo más de 23 años. Este retraso en la edad
de matrimonio reducía los años de convivencia común de los nuevos cónyuges. lo
que limitaba su fecundidad.
Es verdad que este retraso en la edad de matrimonio no era igual de intenso en
toda España (mapa 1.3). En la franja del Cantábrico las mujeres se casaban entre los
24 y los 26 años. La edad descendía a medida que nos acercarnos al sur 'al Mediterrá—
neo. En Andalucía y Extremadura, las regiones en las que las mujeres se casaban más
jóvenes, la edad media era de 21 años.
Este matrimonio más tardío de las mujeres del norte peninsular se ha relacio—
nado con la existencia de familias complejas —el matrimonio. sus hijos ;* algún
pariente (padres casados o viudos, algún hermano)— y sistemas sucesorios que
tienden a transmitir a un único hijo todos, a casi todos, los bienes raíces familiares.
Esto provocaba que el resto de los hermanos permanecieran solteros. o tuvieran
que emigrar, o, si se casaban, que lo hicieran muy tarde. En el sur de la península
predominaba la división del patrimonio por igual entre todos los hermanos. А1 ca—
sarse, los novios recibían un adelanto de la herencia, lo que hacía más fácil la insta—
lación en una casa independiente. Por eso, en las regiones del sur, con alguna pe—
queña excepción, las familias eran mayoritariamente nucleares: estaban formadas
por el matrimonio y sus hijos solteros.
LA POBLACIÔN ESPANOLA: 1500-1860 39

. Más de 24 años
_ De 23,5 а 24 afios
De 23 a 23.5 años
Ш De 22 a 23 años
Ш Menos de 22 años

MAPA 1.3. La edad de matrimonio de las mujeres por regiones. Finale.? del siglo XVIII.

2.3. LAS DIFERENCIAS REGIONALES EN LOS REGÍMENES DEMOGRÁFICOS

De lo descrito hasta ahora se deduce que las diferencias regionales en los


comportamientos demográficos eran bastante importantes. De hecho, se podría es—
tablecer una cierta gradación del Cantábrico al Mediterráneo. En la franja del Can—
tábrico y los Pirineos, la casi ausencia de ciudades, y el clima oceánico o de alta
montaña (sin apenas sequía veraniega y con veranos más cortos y frescos), favore—
cía que los niveles de mortalidad infantil fueran mucho más bajos, lo que hacía que
en estas regiones fuera más alta la esperanza de vida al nacer. Es verdad que el re—
traso en la edad al matrimonio de las mujeres del norte hacía que tuvieran de media
menos hijos que las mujeres del sur. Pero esto no importaba, porque finalmente so—
brevivían más hijos. En las regiones del sur, la abundante presencia de ciudades, y
la larga y prolongada sequía veraniega, hacían que la mortalidadjuvenil fuera muy
alta, limitando la esperanza de vida al nacer de sus gentes. Esta mayor mortalidad
juvenil era compensada casándose las mujeres másjóvenes, lo que les permitía te—
ner de media más hijos.
En las regiones septentrionales el régimen demográfico parece ser de <<baja pre—
sión»: baja mortalidad con baja fecundidad, por la baja nupcialidad. En las regiones
meridionales el régimen que predomina era el de <<alta presión»: alta mortalidad con
alta fecundidad, por la mayor nupcialidad.
40 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

2.4. LAs MIGRACIONES

Al tratar el tema de las migraciones, en las monografias sobre la población espa-


ñola suele hacer un especial hincapié en la expulsión de las minorías religiosas, los
se
judíos primero (en el año 1492) y los moriscos después (1607-1612). Se insiste, no sin
razón, en la pérdida de un capital humano valioso (las finanzas de los judíos, la agri—
cultura morisca) y en el impacto que la expulsiön causò en algunas regiones (el caso
de Valencia parece que fue especialmente grave). Pero quizás se haya exagerado algo
su importancia. Si miramos el problema a medio plazo, las regiones más duramente
afectadas por la expulsión de los moriscos, sin embargo, tuvieron un crecimiento de-
mográfico muy rápido en los siglos siguientes (fig. 1.8).
Si es verdad que la curva de bautismos retleja un hundimiento claro durante la
primera mitad del siglo XVII, también es verdad que desde finales de este siglo inicia—
ron el crecimiento más intenso de toda la peninsula. En ninguna región la TNR esti—
mada alcanza valores más altos durante los dos primeros tercios del siglo XVIII. En
cambio, las migraciones corrientes, posiblemente no tan espectaculares. acabaron
teniendo un impacto social mucho mayor. A lo largo de estos 360 años. millones de
hombres y mujeres abandonaban su lugar natal para residir en otro lugar.

300 1.5

1,4
250

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Ηo— Regiones de moriscos. Bautismos TNR l

FIG. 1.8. El crecimiento demográfico de las regiones más directamente afectadas por la
expulsión de los moriscos (Aragón, Valencia y Murcia), 1500—1859.
LA POBLACIÔN ESPANOLA: 1500-1860 41

Cada afio miles de personas emigraban, unos temporalmente, otros durante un


largo periodo o para siempre. Cada año, la siega desplazaba, de sur a norte, a miles y
miles dejornaleros, que iban subiendo hacia el norte al ritmo que maduraban las co—
sechas. De las áreas montañosas hacia las llanuras, del campo a las ciudades emer—
gentes, cada año hombres y mujeres emigraban en busca de una tierra que les diera
otra oportunidad. Las ciudades, ya lo hemos visto, absorbían la parte más importante
de estos desplazamientos, ya temporales, ya definitivos. Las mujeres acudían a las
ciudades para trabajar en el servicio doméstico, actividad que cobró progresivamen—
te importancia hasta hacer de las ciudades un mundo mayoritariamente femenino a
partir de finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX. Trabajaban durante un
tiempo, el suficiente para reunir la dote que les permitiera casarse. Los hombres lle—
gaban atraídos por los salarios más altos, aunque es verdad que la vida era muy cara
en ellas. Esto hacía que en las grandes ciudades hubiera siempre una masa de desa-
rraigados, venidos de todas partes, cuyo número variaba notablemente según la co—
yuntura fuera buena o mala.
Cada ciudad tenía su propia cuenca migratoria, las regiones de donde mayori—
tariamente reclutaba sus inmigrantes. Lógicamente, a medida que la distancia
aumentaba, disminuía el poder que una ciudad tenía para atraer inmigrantes. Las
más grandes tenían cuencas migratorias mayores. Y su capacidad de crecimiento
dependía del poder para atraer y seducir a más hombres y mujeres. En Sevilla,
Cádiz 0 Madrid había gentes de todas partes. Por ejemplo, en Madrid la mayoría de
sus habitantes era de origen inmigrante. Sin duda, la cuenca migratoria más grande
de la Península. Es verdad que las mujeres se desplazaban menos kilómetros y que
la mayoría procedía de la misma región, de la misma provincia. Pero los hombres
recorrían muchos kilómetros, en algunos casos venían de muy lejos, siendo bas—
tante habitual la presencia de colonias de extranjeros en las grandes ciudades.
Este flujo continuo de inmigrantes hacía de las sociedades urbanas un mundo
mestizo. El matrimonio era muy restrictivo, y había un alto porcentaje de solteros.
A pesar de ello, era el mejor medio para integrarse en las sociedades urbanas. Gentes
venidas de lejos eran así fagocitadas incorporándose a ellas, haciendo de las ciudades
las sociedades más abiertas del Antiguo Régimen. Este flujo continuo aseguraba el re-
levo de las poblaciones urbanas.
¿A cuántas personas absorbieron las ciudades de la Edad Moderna española? Si
aceptamos las condiciones de Madrid como representativas de las ciudades españolas,
en estos 360 años emigraron a las ciudades alrededor de 7,7 millones de personas, una
cifra escalofriante (Apéndice 4). No hay ningún movimiento social de fondo de tales
dimensiones en la Edad Moderna.
La construcción de la red urbana durante la Edad Moderna es el acontecimiento
más relevante desde el punto de vista demográfico, el laboratorio donde se pone a
prueba el germen de las transformaciones sociales de fondo. En cierto modo, las ciu—
dades preanuncian los regímenes demográficos modernos. Su presencia implica que
unas regiones producen los hombres y otras los disfrutan, algo de una enorme actua—
lidad. ¿Produjo la red urbana de la Edad Moderna, y las migraciones que implicaba,
un proceso de integración social poderoso? ¿La mezcla de hombres y mujeres veni—
dos de todas partes, permite afirmar que se está empezando a formar una misma so-
ciedad «nacional»?
42 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

En el Apéndice V se describe el origen geográfico de los inmigrantes de ocho


ciudades desde finales del siglo XVI a la primera mitad del siglo XIX. En todas ellas, el
porcentaje de novios y novias venidos de fuera es muy importante, aumentando con
el tamaño de la ciudad. En Cáceres, pequeña sociedad provinciana, casi el 80 % de los
novios han nacido en la propia ciudad. En el otro extremo se sitúa Madrid, donde sólo
el 34,1 % de sus novios eran madrileños de nacimiento. En todas las ciudades domi—
nan los inmigrantes venidos de la propia provincia о región. Éstos constituyen entre el
50 y el 80 % de los inmigrantes. Se podría decir que durante la Edad Moderna las ciu-
dades fueron organizando entorno suyo sus respectivos espacios provinciales y re gio-
nales. En todas hay más inmigrantes masculinos que femeninos, una constatación
constante del Antiguo Régimen.
Sin embargo, la presencia de inmigrantes lejanos no es desdeñable. Hay dos da—
tos que destacan. En las ciudades de la Corona de Castilla hay pocos inmigrantes
procedentes de la antigua Corona de Aragón, y a la inversa, parece que a ésta llega—
ban muy pocos emigrantes de Castilla. Una segunda observación: si descontamos la
inmigración provincial o regional, siempre mayoritaria, en todas las ciudades la pro—
cedente del norte es mayor que la que proviene del sur. En las ciudades septentriona—
les apenas hay inmigrantes de las regiones meridionales, y sin embargo lo contrario
no es cierto. La importancia de inmigrantes procedentes del área del Cantábrico en
Andalucía resulta sorprendente, superan a los llegados de la meseta castellana a pe-
sar de que ésta tenga más población. El caso de Madrid es arquetípico de lo que esta-
mos diciendo. Apenas llegan emigrantes de la Corona de Aragón: sólo 47 por cada
mil novios. Con gran diferencia, la antigua Corona es la región que menos inmigran—
tes aportó al crecimiento madrileño. Si consideramos el resto de los inmigrantes le—
janos, los novios procedentes del norte son muchísimo más numerosos que los no—
vios procedentes del sur.
¿Cómo interpretar estos dos datos? Da la impresión de que durante la Edad Мо-
derna, sobre las cuencas migratorias de cada ciudad, se puede entrever una emigración
estructural de fondo desde las regiones del norte, especialmente el Cantábrico en la
Corona de Castilla y los Pirineos en las regiones de la Corona de Aragón. hacia las re—
giones situadas al sur. Estas regiones del norte produjeron un flujo más o menos conti—
nuo de emigrantes, observable en todos los siglos y que tuvo un protagonismo decisi—
vo en la construcción de la red urbana de la Edad Moderna.
¿Fue suficiente este flujo migratorio para integrar a los hombres * mujeres
en un mismo espacio social? Aunque hay un movimiento migratorio común de
fondo, de norte a sur, parece que en algunos momentos, especialmente durante la
crisis del siglo XVII, resultó insuficiente. Al mismo tiempo. parece entreverse
la existencia de dos cuencas migratorias con pocas conexiones entre sí, que res—
ponden a los ámbitos propios de las antiguas Coronas originarias de la nueva Mo—
narquía. En el panorama general dominan los intercambios regionales, dirigidos
por las ciudades más importantes de cada región. El resultado fue la articulación
de espacios sociales regionales. En definitiva, el proceso de vertebración nacional
iniciado durante el siglo XVI al amparo del crecimiento urbano, se debilitó durante
el siglo XVII y primera mitad del XVIII, no volviéndose a reactivar hasta finales de
esta centuria.
LA POBLACIÔN ESPANOLA: 1500-1860 43

2.5. LA CORTE Y LA FORMACIÔN DE UNA NUEVA ELITE SOCIAL BAJO EL AMPARO


DE LA MONARQUÍA. LAS CONSECUENCIAS DEMOGRÁEICAS Y SOCIALES

Distinto es el caso de las elites sociales. El surgimiento de la Corte como primer


foco de promoción social dentro de la Monarquía, atrajo a las principales casas aristo—
cráticas regionales de la Península. Se puso así en marcha un proceso de integración de
las distintas elites regionales que dio paso, con el tiempo, al surgimiento de una misma
clase social. Bajo el amparo de la Monarquía, los matrimonios entre los distintos linajes
constituyeron la base de un complejo tejido de relaciones sociales. La joven elite así na—
cida constituyó el fundamento social de la Monarquía durante la Edad Moderna.
El origen cabe situarlo entre los Reyes Católicos y Felipe П. Sirva como ejem—
plo de esta integración de las distintas elites regionales en un mismo tronco co—
mún, en torno a la Monarquía, el caso de la nobleza navarra. En apenas una o dos
generaciones, durante el reinado de los Reyes Católicos, la aristocracia navarra
pasó de una organización linajera y banderiza (con predominio del matrimonio en—
dogámico dentro del bando) a una exogamia de clase, integrándose gracias al ma—
trimonio de sus descendientes con el resto de las aristocracias españolas en una
misma clase social.
Hasta el siglo XV, la mayoría de los matrimonios de la aristocracia navarra se
concertaron con familias de la aristocracia del país pertenecientes al mismo bando
(fig. 1.9). La nobleza busca con estos enlaces una descendencia numerosa y un fortale—

75

50

_\

25

Periodo

— Dentro del mismo bando


Entre bandos enfrentados

FIG. 1.9. La endogamia banderiza. Matrimonios dentro yfuera del bando: aristocracia
navarra 1375-1699.
44 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA
90

45 \

Periodo
— Con viejas familias banderizas

Con aristocracia de fuera de Navarra


… ' Nuevas familias de palacianos navarros

FIG. 1.10. El triunfo de la exogamia. Matrimonio dentro )“filera del reino: tzrz'swfracía
navarra 1375-1699.

cimiento de su poder e inlluencia dentro del bando, grupo politico de alcance regional
sobre el que se asienta el orden político del Reino. Desde comienzos del siglo XVI. tras
su incorporación a la Monarquía, las estrategias sucesorias y matrimoniales de las eli—
tes navarras cambiaron radicalmente (fig. 1.10). En apenas una generación. al mismo
tiempo que se imponía el sistema de heredero único, las viejas familias aristocráticas
empezaron a casar a sus descendientes, por arriba, con herederos del resto de linajes
de Castilla 0 de Aragón, y, por abajo, con los palacianos navarros, la nueva aristocra—
cia regíonal que surge en torno a las Cortes locales durante el siglo XVI. De este modo,
se constituían en el puente entre las nuevas elites surgidas en torno a la Corte madrile—
ña al amparo de la Monarquía, y las nuevas elites regionales, puente que sirvió para
asentar su poder social en la nueva situación.
En toda la Monarquía, las elites regionales compitieron por entrar, a través del
matrimonio, en los nuevos círculos en formación en torno a la Corte y la Monarquía.
La generalización del sistema de heredero único entre las aristocracias, que las leyes
de Toro consagran en Castilla en 1505, redujo el número de herederos de los linajes, lo
que hacía más difícil entrar en los nuevos ambientes de la Corte. Ahora, el modo de
consolidar la posición social dentro de la Monarquía era emparentar con un linaje bien
situado en la Corte, casando a una hija con el heredero. Para ello, además de la acepta-
ción social generalizada, había que pagar una buena dote. El resultado fue el aumento
del valor de las dotes de las hijas de la nobleza, observable por todas partes a partir del
siglo XVI y durante el XVII.
LA POBLACIÓN ESPANOLA: 1500-1860 45

El precio que tuvieron que pagar las familias por este aumento del valor de las
dotes fue el endeudamiento de sus patrimonios y, al final, la reducción del número de
hijos casados. Multitud de hijos segundones de la nobleza tuvieron que buscarse un
futuro por otras vías, ya sirviendo a la Monarquía como funcionarios 0 militares, ya
sirviendo a la Iglesia como clérigos o monjas, permaneciendo un alto porcentaje de
ellos solteros.
Para la aristocracia, las consecuencias de esto fue una extinción frecuente de los
linajes por falta de descendencia y una concentración de títulos y patrimonio en muy
pocas casas.
En efecto, el matrimonio cada vez más frecuente entre dos herederos, reducía el nú—
mero de linajes, al tiempo que aumentaba notablemente el patrimonio del linaje resultan—
te. El caso de la Casa de Medinaceli es ilustrativo. En 1671 había acumulado cinco títulos
de grandeza, dos generaciones después eran siete y una después sumaban nueve. Esto sólo
se explica por una deliberada y sistemática política de búsqueda de una heredera con título
de grandeza como esposa para el heredero de la Casa. Desde esta perspectiva, se podría
interpretar la crisis del Antiguo Régimen como el resultado de la extinción biológica de
las elites sociales que dieron soporte hasta entonces al régimen, fruto de una estrategia que
prima la calidad de la descendencia sobre la cantidad.

Bibliografía

Carbajo lsla, M.3 F. (1987): La población de la villa de Madrid. Desdefinales del siglo XVI has—
ta mediados del siglo XIX, Siglo XXI, Madrid.
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Vries, J. de (1987): La urbanización en Europa. 1500—1800, Crítica, Barcelona.
APÉNDICES

I. La evoluciôn de la poblaciôn urbana en España

1.1. Estimación de la población urbana española. Núcleos mayores de 10.000

Sur Exu)
Año Cantábrico Inferior norte Interior sur Mediterráneo \Iydim‘rânw Tom]

1500 0,0 119,6 33,1 181.5 340 418,1


1550 0,0 161,4 88.7 265.6 92,5 608,3
1600 0,0 166,4 184,5 463.1 155,1 969,1
1650 10,0 73.4 161,9 363..— 1330 747,0
1700 0,0 50,9 141,6 310.4 126.1 629,1
1750 32,0 66,0 173,0 501,9 219.8 992,6
1800 115,2 84,7 196,9 781,9 397.4 1 576,2
1850 386,8 234,1 398,2 1370,4 861,4 3 250,9

FUENTES: Elaboración propia a partir de los datos de J. DE VRIES, La urbanización en Europa.


1500—1800. Crítica, Barcelona, 1987 y PILAR CORREAS, «Poblacioncs españolas de más de 5.000 habi—
tantes entre1os siglos XVII у XIX», en Boletín ¿le la Asociación de Den'zografía Histórica, año \'I‚ 1, 1988,
pp. 5—23 completados con numerosas monografías regionales.

Cantäbrico: Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco y Navarra. Interior norte: Castilla 1a Vie—
ja-Lcón, La Rioja y Aragón. Interior sur: Extremadura, Castilla la Nueva y Madrid. Sur Mediterrá-
neo: Andalucía y Murcia. Este Mediterráneo: Cataluña, Valencia е Islas Baleares.
LA POBLACIÔN ESPANOLA: 1500—1860 47

II. Evoluciôn de los bautismos y la TNR de Espafia. 1550-1859

11.1. Una estimación de la evolución de [os bautismos en España.


España interior. 1550—1849

Castilla Castilla
Decenio la Nueva la Vieja León Extremadura Aragón

1550-1559 39.080 13.783


1560-1569 40.316 15.109
1570-1579 50.334 16.828 15.007
1580—1589 44.781 39.089 17.092 15.313 15.554
1590—1599 48.174 38.095 15.837 14.269 18.006
1600—1609 46.410 38.880 14.583 13.885 19.133
1610—1619 44.590 35.748 15.681 14.412 16.648
1620-1629 44.932 32.330 15.681 12.928 16.674
1630—1639 41.248 25.621 14.269 12.763 16.268
1640—1649 36.864 30.066 16.308 11.780 17.045
1650—1659 40.887 28.209 15.210 10.525 17.643
1660—1669 39.752 29.060 13.485 11.454 17.021
1670-1679 40.242 37.233 12.701 12.549 17.347
1680-1689 40.438 31.241 12.074 11.340 18.054
1690—1699 43.983 33.798 12.701 12.216 19.275
1700—1709 43.403 34.822 13.328 13.245 18.565
1710—1719 39.786 33.832 13.799 12.969 17.769
1720-1729 45.886 38.813 15.837 14.955 19.628
1730—1739 45.348 36.521 15.524 14.427 20.113
1740-1749 45.767 37.245 18.974 15.533 20.503
1750—1759 47.444 39.447 21.796 16.967 20.457
1760-1769 50.067 41.383 20.698 17.062 25.723
1770-1779 49.745 41.523 20.071 17.755 24.463
1780-1789 50.269 44.192 21.639 18.728 22.171
1790—1799 56.655 38.348 19.717 26.928
1800-1809 49.686 34.560 19.227 27.960
1810-1819 51.534 43.754 20.183 26.683
1820-1829 61.527 47.077 26.229 31.347
1830-1839 52.801 22.675
1840—1849 54.417 23.917

Tasa de natalidad
en 1787 44,0 35,9 34,5 44,9 35,6
48 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

11.2. Una estimación de la evolución de las bautismos en España.


España costera. 1550-1849

País Vasco Islas


Decenio v Navarra Asturias Galicia Andalucia Murcia Valencia Cataluña Baleares

1550-1559 9723 3.406 9.882


1560-1569 11.015 3.561 9.348
1570-1579 10.505 3.756 11.022 3.203
1580—1589 10.322 6.742 24.550 51.432 4.353 15.086 3.351
1590-1599 9.249 5.315 19.353 44.458 4.566 15.106 3.712
1600-1609 11.003 6.574 23.938 50.294 4.709 15.753 4.103
1610—1619 10.515 6.805 24.781 50.241 4.672 14.276 16.695 3.999
1620-1629 10.919 6.217 22.639 49.187 4.104 11.756 15.986 4.131
1630-1639 10.471 6.428 23.409 49.847 3.794 11.680 14.502 4.079
1640-1649 11.666 7.302 26.589 46.560 3.144 11.669 13.325 5.040
1650-1659 12.736 7.353 26.775 49.798 3.270 12.113 14.294 5.090
1660—1669 11.779 7.253 26.410 49.778 3.876 12.813 15.016 4.882
1670-1679 12.591 9.134 33.262 50.871 4.272 12.593 15.773 5.041
1680-1689 12.646 8.288 30.182 46.672 4.947 14.592 18.675 5.255
1690—1699 13.913 8.017 29.195 49.841 4.329 16.453 19.142 5.305
1700-1709 13.933 9.353 34.060 52.739 4.917 17.086 19.459 5.835
1710-1719 13.708 9.115 33.192 52.947 5.918 17.086 21.740 6.289
1720—1729 14.309 10.002 36.423 61.118 6.449 20.390 23.077 5.860
1730-1739 14.415 10.141 36.927 60.960 8.123 23.126 23.353 6.267
1740-1749 15.271 10.098 36.771 64.745 13.079 23.774 27.439 6.723
1750-1759 15.563 10.728 39.065 73.632 12.718 27.474 28.090 6.677
1760—1769 15.990 11.090 40.383 76.060 12.915 30.933 32.484 7.221
1770-1779 16.379 10.727 39.062 77.058 14.473 32.762 34.540 7.229
1780-1789 17.095 11.849 43.146 76.540 14.161 32.023 44.526 7.281
1790-1799 17.573 11.975 43.607 94.849 12.877 35.858 43.506 6.667
1800-1809 18.845 12.064 43.929 80.792 8.664 36. 51.869 7.580
1810-1819 18.703 12.471 45.411 53.346 10.215 ) 56.529 8.105
1820-1829 19.740 14.842 54.045 102.052 43… 7.132
1830-1839 18.799 14.120 51.417 86.278 44.644 6.186
1840-1849 20.481 13.765 50.126 92.560 46.719 5.916
17.206 100.200 47.548 5.368

Tasade natalidad 31,9 34,1 32,1 41,3 42,9 41 / 38,4 40,7


en 1787
LA POBLACIÔN ESPANOLA: 1500-1860 49

11.3. Evolución de los bautismos y de la TNR en las regiones del interior,


casta y del conjunto de España

Estimación de bautismos Estimación de la TNR

Decenio Interior Costa España Interior Costa España

1550—1559 122.163 101.260 223.423 1,55 1,61 1,19


1560—1569 127.728 108.094 235.822 1,21 1,22 1,22
1570—1579 140.800 111.908 252.708 1,24 1,19 1,22
1580—1589 131 .829 127.293 259.122 1,12 1,24 1,17
1590—1599 134.381 118.321 252.702 1,06 1,13 1,09
1600-1609 132.891 132.379 265.270 0,97 1,16 1,05
1610-1619 127.078 131.079 258.157 0,96 1,06 1,01
1620-1629 122.545 126.216 248.761 0,92 1,06 0,99
1630—1639 110.169 126.005 236.174 0,85 0,98 0,91
164071649 112.064 127.122 239.186 0,87 0,97 0,92
1650-1659 112.475 130.333 242.809 0,91 1,02 0,96
1660-1669 110.772 130.478 241.250 0,98 1,03 1,01
1670-1679 120.071 142.385 . 262.457 1,06 1,10 1,08
1680-1689 113.146 137.679 250.825 1,02 1,07 1,05
16904699 121.974 146.346 268.320 1,08 1,11 1,09
1700-1709 123.364 156.477 279.841 1,04 1,10 1,08
1710—1719 118.155 156.711 274.867 1,04 1,13 1,09
172071729 135.119 175.760 310.879 1,09 1,19 1,14
1730-1739 131.932 181.363 313.295 1,08 1,17 1,13
1740-1749 138.021 188.859 326.880 1,14 1,19 1,17
1750-1759 146.111 213.656 359.767 1,10 1,21 1,16
1760—1769 154.933 222.535 377.468 1,15 1,22 1,19
1770—1779 153.557 228.617 382.174 1,13 1,21 1,18
1780-1789 157.000 237.547 394.547 1,08 1,13 1,11
1790—1799 165.490 269.217 434.706 1,07 1,19 1,14
1800-1809 153.899 255.717 409.616 1,02 1,14 1,09
1810—1819 165.854 266.276 432.130 1,04 1,12 1,09
1820—1829 193.725 308.481 502.206 1,14 1,14 1,14
1830—1839 170.968 281.590 452.559 1,13 1,11 1,12
1840-1849 177.358 291.936 469.294 1,08 1,10 1,09

FUENTES: Castilla La Nueva (D. Reher, М.п F. Carbajo); Castilla La Vieja (J, Nadal, B. Yun, A. Mar—
cos); León (J. Nadal); Extremadura (E. Llopis, M. A. Melón, M. Rodríguez Gancho, A. Rodríguez Graje—
ra, F. Zarandieta); Aragón (A. Moreno, J. A. Salas); País Vasco y Navarra (J. Nadal, A. Floristan, A. Ariz-
kun, A. Moreno, A. Zabalza y C. Ruiz); Galicia (P. Saavedra); Asturias (la misma serie que para Galicia);
Andalucía (J. Nadal, J. L. Sánchez Lora, J. Sanz); Murcia (R. Torres); Valencia (M. Ardit); Cataluña (J.
Nadal, S., Caralt, A. Moreno); Islas Baleares (Segura—Suau y Vidal—Gomila).
Por último, la reconstrucción es menos fiable en los extremes, antes de 1570 y después de 1800,
cuando las lagunas en las series son más amplias.

METODOLOGÍA

Las series de bautismos están en números índices, que he convertido en bautis—


mos «reales» de la región a partir de la tasa de natalidad estimada en 1787. Calculo la
tasa de natalidad a partir de las mujeres casadas del censo de Floridablanca y modelos
de fecundidad de grandes conjuntos regionales reconstruidos a partir de monografías
que utilizan el método de reconstrucción de familias.
Los grandes conjuntos regionales ——Interior—Costa, Norte—Sur y regiones de mo—
riscos (Aragón, Murcia y Valencia)— son el resultado de la suma de bautismos esti—
mados de los conjuntos regionales.
50 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

La TNR es el resultado de dividir la media ponderada de los nacimientos de dos


decenios (el considerado y el anterior) entre la media ponderada de los nacimientos de
los dos decenios situados treinta años antes. El decenio considerado pesa 75 % y el an—
terior 25 %. La ponderación de los decenios situados 30 años antes es igual.

III. La proyecciôn de la poblaciôn española

partir de los bautismos reconstruidos, una mortalidad constante y las migracio—


nes a América hemos reconstruido la evolución de la población por decenios.
La ausencia de datos de mortalidad nos obliga a utilizar unos niveles constantes.
La tabla de mortalidad utilizada ha sido la n.º 5 modelo sur de Coale y Demeny que co—
rresponde a una esperanza de vida al nacer para ambos sexos de 29,66 años. partir
de 1790 la esperanza de vida sube hasta los 34 años de modo lineal. Si no hacíamos
eso, la proyección no producía la población conocida en 1860.
Para las reconstrucciones de la población del norte peninsular hemos supuesto
una esperanza de vida al nacer de 32,06 años (tabla 1.6 modelo sur) y para la del
sur una esperanza de vida de 27,25 (tabla 1.4 modelo sur).

IV. La inmigración a las ciudades

IV. 1. Estimación de la emigración del campo a la ciudad. 1500-1850

Población Crecimiento Tasa crecimiento Crecimiento [nrnigracirîn


Periodo media real natural ”mural a las ciudades

1500—1549 513.211 190.142 —0,018 7470017 660.159


1550—1599 788.712 360.860 —0,018 —722,331 1.083.191
1600-1649 878.074 7232.147 70,01 8 —811.228 579.081
1650—1699 683.031 7107.928 70,013 —438.957 331.029
1700—1749 810.850 363.566 70,013 7521.101 884.667
1750—1799 1.279.455 573.645 40,011 7724.529 1.298.174
1800-1849 2.403.607 1.674.657 70,010 ‚249.257 2.923.914

TOTAL 2.822.795 4.937.420 7.760.215

En la primera columna se refleja la población urbana media española del periodo.


En la segunda columna el crecimiento real, la diferencia entre la población final y la
inicial del periodo. La tercera columna es el crecimiento natural de Madrid. El periodo
1500 a 1649 es mera conjetura. Se extrapola la situación de la villa a mediados del si—
glo XVII al resto del periodo. La cuarta columna es una estimación del crecimiento na-
tural de las ciudades españolas en cada periodo (el resultado de multiplicar la columna
primera por la tercera). La quinta columna es la suma de la segunda más la cuarta.
LA POBLACIÔN ESPANOLA: 1500-1860 51

V. Las cuencas migratorias de ocho ciudades españolas

V.1. Interior meseteño. Origen de los novios y novias. Por mil

Medina de] Campo.


160071714 Cáceres. 170071799 Madrid. 1650-1836

Total Var() nes Mujeres Total Va rones M ujeres Total

Franja del Cantábrico 52 15 3 9 210 104 157


Meseta Norte 143 37 10 23 165 97 131
Meseta Sur 7 75 55 65 154 182 168
Andalucía-Murcia 1 7 4 6 29 14 22
Corona de Aragón 2 4 1 3 57 37 47
Provincia ? 95 84 89 74 148 111
Ciudad 763 756 840 798 282 400 341

TOTAL nacional 967 990 996 993 971 982 976


Región 698 159 63 120 240 167 206

V.2. Ciudades andaluzas. Origen de los novios у novias. Por mil

Córdoba. Granada [700—1799 Sevilla 1800—1833


1590—1619

Total Varones“ Mujeres Total Varones Mujeres Total

Franja de1 Cantábrico 48 52 2 31 54 8 31


Meseta Norte 37 25 5 16 29 7 18
Meseta Sur 32 17 9 14 31 14 22
Andalucía-Murcia 108 107 81 96 103 94 99
Corona de Aragón 2 9 4 7 22 6 14
Provincia 178 174 176 86 98 92
Ciudad 749 607 721 654 671 772 721

TOTAL nacional 976 995 997 996 997 997 997


Región 477 276 293 282 318 414 357

V.3. Corona de Aragón y Murcia. Origen de los navios y novias. Por mil

Zaragoza 16007 1650 Murcia 156 7— 1809

Varones Mujeres Total Total

Franja del Cantábrico 53 23 38 6


Meseta Norte 23 18 20 4
Meseta Sur 9 7 8 15
Andalucía-Murcia 5 2 4 28
Corona de Aragón 88 58 73 53
Provincia 98 70 84 146
Ciudad 624 756 687 714

TOTAL nacional 901 934 913 966


Región 51 56 53 63

FUENTEご A. Marcos, M. Rodriguez Cancho, M. F. Carbajo, J. I. Fortea, J. Sanz, L. C. Álvarez Santa—


16, М.“ С. Ansôn, R. Torres.
CAPÍTULO 2

EL ENTRAMADO SOCIAL Y POLÍTICO

por JOSÉ MARIA IMízcoz BEUNZA


Universidad del País Vasco

La realidad social es compleja, tiene diferentes caras y, por tanto, se puede defi—
nir desde diferentes puntos de vista. La sociedad del Antiguo Régimen se ha caracteri-
zado como una sociedad profundamente desigual, estamental, corporativa y feudal.
Una sociedad estamental, en la que tres estamentos —el clero, la nobleza y el estado
llano— se diferenciaban legalmente, distinguiendo a los dos primeros con privilegios
de estatuto, atributos y honor. Una sociedad marcada por profundas desigualdades
económicas, con enormes diferencias en la propiedad y distribución de la renta, con
una inmensa mayoría que trabajaba la tierra —generalmente sin poseerla— y pagaba
rentas, y una minoría rica que no trabajaba, poseía tierras abundantes y percibía las
rentas. Una sociedad corporativa, encuadrada en sólidas comunidades urbanas y rura—
les, en corporaciones gremiales y religiosas, en casas y familias, cuya pertenencia
confería a sus miembros identidad social, estatutos y derechos, y marcaba la frontera
entre los propios y los foráneos, entre los integrados y los marginados. Una sociedad
feudal, o señorial, en la que los hombres y las tierras estaban bajo la jurisdicción de se—
ñores —reyes, nobles o eclesiásticos— y cuyas relaciones se entendían como relacio—
nes recíprocas entre señores y vasallos. Una sociedad religiosa, en la que lo espiritual
y lo temporal parecían inseparables, y enla que la iglesia católica, con su red de parro—
quias, conventos y cofradías, era la única institución que llegaba realmente, de forma
capilar, a todas las comunidades, corporaciones y familias, y cuya dirección y doctrina
impregnaba todos los aspectos de la vida social.
Al tratar de los grupos sociales del Antiguo Régimen, los historiadores los han
analizado sobre todo como estamentos, o grupos de estatuto personal, siguiendo el
orden jurídico heredado de la Edad Media, y como clases, término que ha tenido di—
ferentes acepciones según las doctrinas historiográficas, pero que, de un modo gené—
rico y válido para el análisis de cualquier sociedad, significa el orden о número de
personas del mismo grado, calidad u oficio, o el conjunto de personas que corres—
ponden al mismo nivel social y que presentan cierta afinidad de medios económicos.
intereses, costumbres, etc. De este modo, la definición del orden estamental con que
54 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

la sociedad se representaba a sí misma, según criterios de función y honor, se com—


pleta con la consideración de niveles sociales o clases de muy diverso signo. Los
propios estamentos comprendían a gentes de niveles muy diferentes: la nobleza, a la
alta nobleza ——los Grandes y títulos—, a la nobleza media —los caballeros— y a los
simples hidalgos; el clero, al alto clero —compuesto por los hijos de las principales
familias, que conseguían el acomodo correspondiente a su elevación social en cate—
drales y conventos— y al bajo clero. El estado llano comprendía, por defecto, a to—
dos aquellos que no gozaban de un estatuto personal privilegiado, la inmensa mayo-
ría, y, por tanto, englobaba a categorías socio—profesionales muy diversas: comer—
ciantes, artesanos, campesinos, etc.
Las clasificaciones estamentales, socioeconómicas o socio-profesionales distin—
guen y separan a las diferentes categorías de individuos según la semejanza de sus atri—
butos, pero lo que aquí nos interesa es, al contrario, observar de qué modo los hombres y
mujeres de aquella sociedad se relacionaban unos con otros, cualesquiera que fuesen sus
semejanzas 0 diferencias jurídicas, económicas, profesionales o de género: de qué modo
los hombres y mujeres se vinculaban entre sí, cómo se organizaban colectivamente, qué
grupos efectivos formaban, cuáles eran sus redes de relaciones, que vínculos articulaban
su entramado social y que significado político tenía este entramado.
Cuando decimos que el campesinado. el artesanado. la burguesía. etc. son gru—
pos sociales, en realidad se trata de una forma de describir que empleamos los histo—
riadores para referirnos a una clase de gente que tiene determinados atributos o rasgos
semejantes. Esto no quiere decir que formen una agrupación como tales, un conjunto
de personas agrupadas, apiñadas o asociadas de algún modo 0 con algún fin. En la so—
ciedad del Antiguo Régimen, las agrupaciones que asociaban a las personas en forma-
ciones colectivas eran de otro tipo y tenían formas de organización específicas. Sin
embargo, sus estructuras comunitarias, corporativas, estamentales y señoriales desa—
parecieron, al cabo de un intenso proceso de cambio, el de la modernidad, marcado
por las revoluciones liberales, la revolución industrial y la aparición de nuevas formas
de asociación, de tal modo que hoy nos resulta particularmente difícil entender aquel
régimen de organización social y política, tan contrario además, en muchos aspectos,
a los valores de la sociedad contemporánea.

1. La vertebración social en el Antiguo Régimen:


comunidades y vínculos personales

El entramado social del Antiguo Régimen era un conjunto muy plural y complejo
de cuerpos sociales diferentes, como los estamentos, señoríos, comunidades, corpora—
ciones y casas, que estaban institucionalizados o formalizados jurídicamente como ta—
les, y de vínculos personales, como los de familia y parentesco, amistad y paisanaje,
patronazgo y clientelismo, que relacionaban a las personas establemente y que, aun—
que no estaban institucionalizados jurídicamente, tenían un gran significado para la
articulación de los grupos o redes sociales que actuaban efectivamente en la sociedad.
Lo que llamamos «sociedad de la España moderna» era en realidad un agregado
de comunidades _sociales y políticas al mismo tiempo— de muy diversa naturaleza,
a las que los hombres y mujeres de toda condición se hallaban adscritos por vínculos
EL ENTRAMAD0 S。CーAL Y POLÍTICO 55

de pertenencia: comunidades territoriales como la casa, el pueblo, la ciudad y, a través


de ellas, comunidades políticas más amplias como las provincias, los señoríos o los
reinos, en que se agregaban bajo una autoridad y jurisdicción superior; corporaciones
establecidas sobre la base de una actividad común, como los gremios artesanos, las
cofradías de pescadores, los consulados de comerciantes, las universidades, etc.; co—
munidades religiosas como las parroquias, los monasterios, conventos y órdenes reli—
giosas del clero regular, y, al amparo de estas comunidades, las cofradías o asociacio-
nes piadosas para los laicos. Se distinguían, asimismo, grupos de estatuto personal,
como los estamentos de un reino o la diferencia entre clérigos y laicos en la Iglesia ca—
tólica.
Para reflejar este orden político y social, la tratadística contemplaba al reino
como un cuerpo cuya cabeza era el rey y cuyos miembros eran las diferentes comuni—
dades y órdenes que lo formaban. Sin embargo, la definición de la sociedad del Anti-
guo Régimen como entramado corporativo o agregado de comunidades no es simple-
mente organicista. Estas sociedades no eran estáticas. En primer lugar, solían actuar
como actores colectivos en el reino, por ejemplo en defensa de sus legitimidades y de—
rechos, frente al rey, los señores u otras comunidades. Por otro, cada una de ellas era
un campo social surcado continuamente por la actividad diaria de hombres y mujeres,
de actores individuales y colectivos, cuya acción reproducía o modificaba sus estruc—
turas y prácticas. También, el gobierno de estas comunidades y corporaciones era 0b—
jeto de las rivalidades y alianzas entre familias poderosas, que movilizaban a sus ban—
dos o clientelas de parientes, aliados y dependientes. Asimismo, la articulación de
aquellas comunidades en el seno de comunidades políticas más amplias, como la pro—
vincia o el reino, venía dada en buena medida, más que por instituciones, por las rela—
ciones entre sus elites dirigentes.
La historiografía reciente descubre cada vez con más claridad cómo, en aquella
sociedad, las acciones colectivas, empresas, economías, luchas por el poder, dinámi—
cas sociales y políticas se articulaban siguiendo una red de relaciones privilegiadas.
Las agrupaciones о redes sociales venían dadas por las relaciones efectivas entre las
personas. Los hombres y mujeres se hallaban vinculados unos a otros por diversos la—
zos personales, principalmente por los vínculos de familia y parentesco, de linaje y
clan, de amistad y de paisanaje, de señorío y de clientelismo. Estos lazos vinculaban a
unas personas con otras en redes sociales о grupos que no llegaban a constituir comu—
nidades institucionalizadas jurídicamente como tales, pero que configuraban la trama
grupal de aquella sociedad. Unos eran vínculos primeros, más inmediatos, otros resul-
taban de la articulación más amplia de los anteriores, pero unos con otros tejían la tra-
ma de una sociedad. Estos vínculos agrupaban de forma privilegiada a los actores in—
dividuales en conjuntos de individuos relacionados entre ellos y que podían actuar
como actores colectivos.
Los vínculos que configuraban el entramado social del Antiguo Régimen tenían
una entidad que no tienen las relaciones personales en las sociedades contemporáneas.
No se trataba de simples relaciones entre los individuos de una sociedad atomizada,
que se asocian libremente. Eran los vínculos estructurantes de una sociedad celular
que se regían por reglas de funcionamiento específicas, comportaban el ejercicio de
una autoridad en el ámbito propio de cada relación y conllevaban en principio una
acción solidaria en el campo social. Aquellos vínculos no resultaban de una adhesión
56 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

libre y revocable delos individuos. Unos eran dados por el nacimiento o por otras vías
de ingreso en una comunidad o grupo. Así ocurría con la pertenencia a una familia, pa-
rentela, comunidad campesina o urbana, corporación profesional, comunidad religio—
sa o señorío feudal. Los funcionamientos que estos vínculos comportaban ——la perte—
nencia y el estatus en su seno, la integración y la exclusión, la organización colectiva y
jerárquica, los derechos y deberes— pesaban sobre los individuos de un modo particu—
larmente imperante. Otros vínculos eran lazos personales contraídos por los indivi—
duos y, por lo tanto, admitían un mayor grado de elección, como las relaciones de
amistad o de clientelismo. Aunque en estas relaciones el grado de libertad era mayor,
los términos de la relación estaban preestablecidos por la tradición; el compromiso te—
nía un carácter en principio estable o duradero, obligaba moralmente y exigía a los in—
dividuos pautas de comportamiento, reciprocidades e intercambios más o menos ex—
plícitos.
Cada vínculo se regía, en principio, por una reglas comunes que debían gobernar
sus funcionamientos colectivos y que constituían tanto su costumbre o tradición,
como, en la medida en que se practicaran efectivamente, la experiencia de sus miem-
bros desde su nacimiento: normas de la comunidad o grupo, autoridad, deberes y dere—
chos en su seno, obligaciones de reciprocidad y correspondencia. En la sociedad del
Antiguo Régimen, las comunidades eran jerárquicas. de tal modo que todo cuerpo te—
nía su cabeza: casas cuyo padre de familia gobernaba a la mujer, a los hijos, a los cria—
dos y dependientes: comunidades campesinas bajo la jurisdicción de un señor y domi—
nadas por las familias principales del lugar: gremios que agrupaban a los talleres de un
mismo oficio, gobernados por los maestros de taller: parroquias dirigidas por los pas—
tores de las almas; conventos cuyos profesos prestaban voto de obediencia al abad; va—
sallos que juraban fidelidad a su rey, etc.
En definitiva, los vínculos característicos del Antiguo Régimen eran al mismo
tiempo vínculos de integración y de subordinación. Integraban a los individuos en
grupos o comunidades que aseguraban su supervivencia y les conferían una identidad
social (su sustento en una economía doméstica, su existencia y estatuto reconocidos,
su [e y salvación eterna, su derecho de justicia y protección, etc.) y, al mismo tiempo,
les ataban estrechamente, les imponían unas normas, les vinculaban a una autoridad y
les procuraban unos deberes y obligaciones. Estas obligaciones eran diferentes según
el estatuto, de autoridad o no, que se ocupara en el seno del grupo, como eran diferen—
tes las obligaciones del padre de familia y las de los familiares y domésticos que esta—
ban bajo su gobierno. las del maestro de taller y las de los oficiales y aprendices que
trabajaban bajo su dirección, las del señor y las de sus dependientes, las del rey y las de
sus vasallos. Pero estas obligaciones se referían a todos sin excepción, tanto a los su—
periores como a los dependientes: eran obligaciones mutuas vinculantes que obliga—
ban recíprocamente. Como tales, formaban parte de la costumbre o constitución con—
suetudinaria de la comunidad o grupo, y definían los valores de su <<economía moral».
Desde luego, podían ser cumplidas o no, pero los actores valoraban con respecto a
ellas lo que era justo o injusto, ejercicio legítimo de la autoridad o abuso de poder,
cumplimiento o deslealtad, y actuaban en consecuencia, mediante prestaciones, soli—
daridades y recompensas, o, al contrario, mediante castigos, formas subterráneas de
resistencia, o enfrentamientos abiertos. En cualquier caso, estas obligaciones mutuas
vinculantes definían el derecho de las partes y si las acciones respectivas se ajustaban
EL ENTRAMADO SOCIAL Y POLÍTICO 57

o no a derecho, y, sobre esa base, los implicados se enfrentaban ente sí, se acomoda—
ban o acudían a los tribunales a pedir justicia.
En principio, la costumbre sometía tanto al más poderoso como al más débil,
pero, tratándose de dependencias personales, la autoridad estaba en manos de señores
particulares y los riesgos de arbitrariedad eran enormes, sin que mediasen, como ocu—
rre en los estados contemporáneos, instancias públicas, leyes y formas asociativas que
regularan y protegieran, con suficientes garantías para los dependientes, los derechos
de los individuos y las relaciones entre ellos. En la medida en que el ejercicio de la au—
toridad estaba en manos de señores particulares, su aplicación dependía en gran parte
de su comportamiento personal, más que de un <<sistema» social y político, y requería,
por lo tanto, una regulación moral dirigida a la persona. Esto explica, sin duda, algu—
nas características centrales de la tratadística de la época. Desde la Anti guedad, la Eli—
ca, la Oecanomica y la Politica culminaban con una teoría de las virtudes del hombre
—del señor de la casa y del hombre de Estado—, de las que dependía, en última ins—
tancia, el buen gobierno.
Estos lazos vinculaban a gentes de estatuto diferente en posiciones de autoridad y
subordinación. El vínculo no se establecía sobre la base de la igualdad, de las caracte—
rísticas individuales semejantes, como una relación entre iguales, y las separaciones
no disociaban a los individuos diferentes sino a los diferentes conjuntos. Se trataba de
vínculos jerárquicos que establecían las diferencias internas de posición y de atribu—
ciones. Esta jerarquía era la forma propia del grupo o comunidad, su modo de organi—
zación, y no un valor abstracto impuesto desde fuera. Desde los valores i gualitarios de
la sociedad contemporánea tendemos a pensar que una comunidad es una comunidad
de iguales, que por lo tanto excluye a los que son superiores, pero, en el Antiguo Régi-
men, las comunidades eran sociedades jerárquicas.
Los análisis de la sociedad del Antiguo Régimen en términos de estamentos, cla—
ses O grupos sociales tienden a confundir la diferencia con la separación, a separar a
los diferentes. Sin embargo, su estructura organizativa no se caracterizaba por la sepa—
ración de los diferentes sino por estrechos vínculos de dependencia. Las profundas di—
ferencias económicas, organizativas y honoríficas de la sociedad del Antiguo Régi—
men no daban lugar a clases o estamentos separados unos de otros, sino a estrechos
vínculos de autoridad y de dependencia, de paternalismo y de deferencia, de dominio
y de subordinación. La diferencia se daba, como jerarquía, en el seno de cada vínculo,
como estructura interna de cada comunidad, señorío o formación colectiva, incluso en
círculos sociales que hoy parecen relativamente igualitarios, como la familia y el pa—
rentesco.
Los vínculos personales de aquella sociedad tenían un valor ambivalente, no uni—
dimensional. Por un lado eran vínculos de integración que debían de asegurar la super—
vivencia de los individuos, por otro eran vínculos de dominación y de dependencia.
En aquella sociedad, las funciones de gobierno, lajusticia, la protección, la paz, la se-
guridad social, la gestión de recursos y muchas prestaciones que hoy están en manos
de un ente público como el Estado, o de asociaciones que prestan servicios y a las que
los individuos adhieren o contratan libremente, estaban asumidas por las casas, comu—
nidades, corporaciones y señoríos en que se organizaba aquella sociedad y dependían
en gran medida de los señores particulares que, desde el padre de familia hasta el señor
feudal o el rey, gobernaban dichas comunidades y controlaban y distribuían sus recur—
58 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

sos. Los individuos podían acceder a dicha protección y recursos mediante su adscrip—
ción, tutela y dependencia de los poderosos a los que se hallaban vinculados. En defi—
nitiva, como toda relación ente desiguales, estos vínculos comportaban una posición
de autoridad y exigían una subordinación.

2. El entramado corporativo como sistema político

En aquella sociedad preestatal, anterior al Estado liberal, no existía una división


entre lo público y lo privado, entre el Estado y la <<sociedad civil», en la medida en que
<<lo público» no había pasado a quedar reservado al ámbito del Estado. No existía una
esfera política distinta y separada del entramado social corporativo. А1 contrario, los
diversos vínculos sociales que articulaban a los hombres en formaciones colectivas,
desde la casa y familia hasta el reino, comportaban en mayor o menor grado el ejerci—
cio de una autoridad reconocida. Esta autoridad era propia de cada relación, era ejer—
cida por aquellos que encabezaban dicha función según la organización jerárquica del
grupo y debía de ejercerse según las reglas internas que la legitimaban y al mismo
tiempo la delimitaban.

2.1. EL REY Y L S REINOS

Desde la Edad Media, los reinos se habían ido formando mediante la agregación
de territorios y comunidades de muy diferente entidad bajo la corona de un mismo
monarca y, todavía en vísperas de la revolución liberal, la Monarquía seguía siendo un
agregado de territorios con instituciones y leyes diferentes, de cuerpos de toda clase
—señoríos, comunidades, corporaciones, estamentos— dotados de estatutos privile—
giados, y de jurisdicciones plurales, heterogéneas e imbricadas. A diferencia de lo que
ocurre en las naciones contemporáneas, lo que llamamos sociedad no era, por tanto,
un conjunto de individuos regidos por unas reglas comunes, sino un agregado de cuer-
pos y estamentos muy diversos, regidos cada uno por sus leyes particulares о «privile—
gios» (privala lex), por sus «buenos usos, costumbres, libertades y l'ranquezas».
Hasta la Revolución liberal, en el primer tercio del siglo XIX, no se formó un Esta—
do como <<ente impersonal y abstracto, sujeto unitario de derecho público y detentador
del monopolio del poder político». A diferencia de lo que ocurre en los estados con—
temporáneos, el productor exclusivo del derecho no era el Estado. La Corona no goza—
ba de un monopolio de edición del derecho positivo, ni podía por sí misma definir el
bien común o la utilidad pública. Al contrario, lo constitutivo de las sociedades del
Antiguo Régimen era la pluralidad de las fuentes del derecho. Como hemos visto, el
cuerpo político del reino era en realidad un conjunto de cuerpos y estamentos dotados
de sus derechos propios y, en este contexto, el poder real, como jurisdicción suprema,
estaba encargado de velar por el respeto y la conservación de dichos derechos, y se ha—
llaba limitado tanto por ellos como por la ley divina y la ley natural.
Las instituciones de la administración real y de los reinos (los Consejos, los co-
rregimientos, las Cortes) actuaban sobre la base de esa constitución normativa y de—
bían conocerla para poder legislar o actuar conforme a su derecho. Los diversos cuer—
EL ENTRAMADO SOCIAL Y POLÍTICO 59

pos políticos eran singulares y las disposiciones que les concemían también. Por lo tan-
to, no existía un principio unívoco de gobierno, ni una legislación general. Las compila—
ciones legislativas eran en buena medida un conjunto de disposiciones particulares para
tal o cual cuerpo y, cuando intentaban ser generales, estaban matizadas por múltiples
excepciones. Asimismo, el soberano gobernaba a través de decisiones puntuales —para
hacer justicia y reparar agravios—, a petición de las partes afectadas.
En aquel contexto, el poder del rey no era considerado como absoluto, sino limi—
tado. El sistema político de la Monarquía hispánica era pactista. Se caracterizaba por
la relación contractual, hecha de derechos y deberes recíprocos, entre el rey y las co-
munidades del reino, y por el respeto a las leyes particulares de los diferentes cuerpos
políticos que formaban la Monarquía. Las relaciones entre las comunidades del reino
y el monarca se concebían en términos de reciprocidad. Sus estatutos y privilegios no
podían ser modificados unilateralmente. El contrafuero por parte de la Corona provo—
caba protestas legales (<<se obedece pero no se cumple»), con las que se llamaba a la
revisión, y el desacato grave de estos derechos por el monarca podía desligar a sus va—
sallos de su deber de fidelidad y llevar incluso ala revuelta, en los casos más extremos.
En sentido inverso, los servicios de los vasallos al monarca merecían recompensas, y
la traición sanciones, lo que podía traducirse mediante un aumento o supresión de sus
privilegios.
Entre las funciones de las autoridades, y sobre todo del rey, la más importante era
la de la justicia, concebida como justicia conmutativa, consistente en dar a cada uno lo
que le pertenece. Esta justicia consistía en respetar los derechos de las personas y de
los grupos según estaban definidos por sus constituciones corporativas y estamenta—
les. Todos los jueces del reino, desde los alcaldes y señores en primera instancia, hasta
los tribunales del monarca, debían juzgar conforme a derecho, según las leyes del rei—
no, esto es, según los privilegios y costumbres de cada comunidad, corporación y esta—
mento. En cada cuerpo social, el derecho venía dado por su propio desenvolvimiento,
por su historia y tradición, y se recogía tanto en leyes escritas (fueros, ordenanzas,
etc.) como en la costumbre o derecho consuetudinario, que no era algo fijo o estático,
sino el conjunto de prácticas o usos comunes que los miembros de la comunidad con—
sideraban como propios y legítimos. Para la comunidad, el bien común se identificaba
con su costumbre, esto es, con su propia vida y funcionamiento. De ahí la legitimidad
profunda de la «tradición», como expresión de la identidad propia en tanto que comu—
nidad, y la defensa recurrente por las comunidades de su identidad y estatuto específi—
cos en el conjunto más vasto del reino, luchando por mantener sus «buenos usos, cos—
tumbres, libertades y privilegios» frente a las «novedades» y los <<malos usos».
Esta constitución específica era la fuente de los derechos y deberes de los
miembros de la comunidad, definía su identidad corporativa singular y era diferente
a la de otras comunidades y corporaciones, marcando la frontera entre los miembros
del cuerpo, que gozaban de sus derechos y privilegios, y aquellos que le eran extran—
jeros y que quedaban excluidos de ellos: los vecinos frente a los foráneos, los agre—
miados frente a los intrusos, los nobles frente a los plebeyos, los clérigos frente a los
laicos, etc.
Estos cuerpos políticos no eran ni se imaginaban iguales unos de otros. Cada uno
tenía funciones y prerrogativas diferentes, derechos y deberes específicos que reco—
gían sus estatutos o su costumbre. La desigualdad y la existencia de una jerarquía en-
60 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

tre los grupos eran públicamente reconocidas y consideradas como naturales: esta—
mentos, comunidades y corporaciones con diferentes estatutos y privilegios. Esta di—
ferencia se expresaba ritualmente en los actos públicos, como entradas reales, fiestas
urbanas, procesiones, en que la sociedad corporativa se representaba a sí mismaen sus
cuerpos, dignidades y jerarquías.
En el imaginario tradicional, cada cuerpo estaba naturalmente representado por
su cabeza. La organización de estos cuerpos era jerárquica y cada uno tenía una autori—
dad legítima y reconocida a su cabeza. La representación de cada grupo competía & sus
autoridades о miembros principales o más dignos. Los fundamentos de la autoridad,
su legitimidad, no se ponía en tela de juicio. Se daban luchas entre poderosos para ver
quién ejercía la autoridad en el seno de la comunidad, o conflictos y revueltas contra
los abusos de poder y los malos usos, pero no se contestaba el «principio de autori—
dad», que era considerada como algo «natural», sin duda como aceptación de la reali—
dad heredada, y en ausencia de ideologías contrarias o alternativas.
Las relaciones entre las comunidades y sus señores se seguían pensando en tér—
minos de vasallaje. El vínculo del rey con sus reinos era visto como una relación bila—
teral de los vasallos con su señor: una relación mutua vinculante en la que los buenos
vasallos prestan lealtad y servicio a su señor, mientras que el rey protege y hace que se
respeten las libertades y leyes particulares de los cuerpos mediante su acción de justi—
cia. Las virtudes de los vasallos que se exaltan son la lealtad. la fidelidad y el honor.
La historiografía liberal pensó que la disolución del vínculo feudal fue un paso
previo y decisivo en el proceso moderno de estatalización. Sin embargo, a pesar de
que en la época moderna el control real sobre los territorios fue ganando fuerza, esto
no significó el ocaso temprano del sistema feudal. Los vínculos de vasallaje continua—
ron vigentes, como lo muestra la vertebración sociopolítica de amplios territorios en
torno del señorío y la perpetuación de las relaciones de dependencia recíproca entre el
rey y su nobleza a traves de las relaciones de patronazgo y clientelismo, que han sido
calificadas por algunos autores como «feudalismo bastardo». Como veremos más
adelante, a lo largo de la Edad Moderna, el intercambio entre las elites de los reinos y
la Corona constituyó la clave de bóveda del sistema político. Los patriciados locales
y provinciales se hallaban vinculados a la Monarquía por un flujo constante de inter—
cambios, en el que recibían favores políticos, cargos, honores, pensiones, a cambio de
una lealtad y servicio que debía asegurar la gobernabilidad del país. Las relaciones
de gobierno entre el rey y los reinos, o entre los señores y las comunidades, eran en
buena medida relaciones personales entre elites dirigentes.

2.2. LAS ELITES DIRIGENTES: SENORES Y SENORíos

En la Edad Moderna, los nobles tuvieron menor pujanza y autonomía que en los
siglos bajomedievales, pero no fueron desplazados, sino asociados por la Corona al
gobierno de la monarquía. La monarquía y la aristocracia se necesitaban mutuamente:
la Corona gobernaba también a través de la superioridad social de la alta nobleza y de
su poder en amplios territorios, mientras que la aristocracia buscaba los crecidos bene—
ficios que reportaba el servicio al monarca. La nobleza participó a todos los niveles en
el gobierno de los reinos, a través de sus cargos en la Corte, de su señorío sobre am—
EL ENTRAMADO SOCIAL Y POLÍTICO 61

plios estados territoriales, de sus cargos en los gobiernos de las ciudades y de la in—
fluencia clientelar que le procuraba su superioridad económica, social y política.
Las elites dirigentes del reino eran las elites de poder y de fortuna: varios miles de
familias, miembros de la aristocracia, de la nobleza señorial y regidores de las ciuda-
des y villas más importantes. Su posición se asentaba sobre la posesión de grandes
propiedades y la percepción de cuantiosas rentas, sobre sus privilegios estamentales y
honoríficos, y sobre sus cargos de gobierno y sus jurisdicciones señoriales. Estas fa—
milias tenían una notable capacidad de reproducción, manteniéndose como linajes
principales de generación en generación, a través de su endogamia matrimonial, de
sus estrategias de colocación de los hijos y de mecanismos de transmisión patrimonial
como el mayorazgo y los bienes eclesiásticos de manos muertas.
El mayorazgo consistía en la vinculación de una serie de bienes y de derechos en
un conjunto indivisible que se transmitía siguiendo un orden de sucesión, normalmen—
te la primogenitura, de tal modo que el titular —más usufructuario que propietario—
no podía enajenar aquellos bienes sin autorización del monarca, conservando así la
posición económica, la permanencia del apellido y el lustre del linaje. Otras inversio—
nes económicas de estas familias las vinculaban especialmente y de forma duradera
con la Iglesia. Las capellanías eran fundaciones perpetuas que, mediante la donación
de ciertos bienes a la Iglesia, sufragaban un beneficio eclesiástico cuyo beneficiario,
el capellán, era nombrado por el fundador y por sus descendientes. Estas capellanías
aseguraban la colocación de los segundones y favorecían, como el mayorazgo, la per—
petuación de la base social de las familias dirigentes. Los primogénitos de las familias
nobles eran depositarios de la titularidad de los bienes y derechos del mayorazgo y te—
nían en sus manos el gobierno de la casa aristocrática y de sus estados o señoríos. Los
cadetes ocupaban puestos en el alto clero, en la administración real y en el ejército,
normalmente según la posición que correspondía a sus familias. Estas familias fueron
también las de mayor influencia cultural, a través de la producción intelectual y de la
educación, en manos del clero.
El ascendiente de la nobleza y la atracción que ejerció sobre los sectores sociales
inmediatamente inferiores se mantuvo hasta finales del Antiguo Régimen. A lo largo
de la Edad Moderna, la nobleza se renovó mediante el ascenso social de nuevas fami—
lias, a través del servicio al rey y del dinero. Cuando podían, comerciantes y burócra—
tas (éstos en el caso de que no fueran ya nobles) buscaban ascender a la nobleza, com—
prar señoríos y adquirir títulos nobiliarios, de tal modo que la influencia de principios
aparentemente disgregadores, como el dinero —muy criticado en su momento como
resorte de ascenso— o el servicio administrativo —alejado del más tradicional servi-
cio militar—, no mermaron las bases del sistema aristocrático, sino que lo alimentaron
por abajo con sangre nueva.
Tradicionalmente, a la nobleza correspondían las funciones de gobierno y milita-
res. Las familias de la más alta aristocracia gobernaban extensos estados territoriales,
con amplios territorios dispersos y fragmentados en el conjunto de la península, que
dirigían a través de administradores y mediante relaciones de clientelismo. Disponían
de cortes provinciales, pero también estaban presentes en la Corte del rey. Las fami—
lias de la nobleza titulada y media gobernaban señoríos de ámbito más restringido, re—
gional o provincial. La nobleza media de los caballeros tuvo su principal expresión
política en el gobierno de las ciudades, donde ejercían un gran influjo político y social.
62 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

poseían importantes propiedades urbanas y rústicas, y eran señores de vasallos en las


aldeas y tierras de la comarca.
El señorío era prácticamente universal en la España moderna. Las tierras y hom—
bres estaban bajo la jurisdicción directa de un señor que las gobernaba, administraba
justicia y ejercía una serie de derechos. Existían varios tipos de señores: el rey, señor
del realengo, cuyo dominio directo apenas alcanzaba la mitad del territorio de la pe—
nínsula; las instituciones eclesiásticas seculares con sus señoríos eclesiásticos, los
conventos, con los señoríos de abadengo, las órdenes militares y los señores laicos.
Las ciudades asimismo podían ser señoras de tierras extensas, siendo al mismo tiempo
vasallas de otro señor.
Aunque no existía un modelo único. sino una gran diversidad de situaciones, en
esencia los señoríos laicos podían ser de dos tipos, jurisdiccionales y territoriales. En
los primeros, el señor tenía derechos de jurisdicción que consistían en la facultad de
administrar el dominio (nombrar a los cargos municipales y de administración del se-
ñorío ——corregidores y funcionarios locales—, redactar las ordenanzas de cumpli—
miento en todo el territorio de su jurisdicción. derecho de patronato sobre iglesias y
sobre cierto número de beneficios, etc.), de ejercer la justicia, y de percibir cargas fis—
cales de origen señorial o enajenadas a la Corona. En los señoríos territoriales, además
de estas facultades, el señor tenía la plena propiedad de la tierra. El poder señorial per—
maneció claramente vigente en los siglos XVI y XVII. Existía una subordinación de
derecho de la administración señorial a la real, pero en la práctica los señores no per—
dieron tanto poder respecto al rey como a veces se ha supuesto.

2.3. COMUNIDADES: LAS CIUDADES Y LOS PUEBLOS

La ciudad se definía como un cuerpo político o república, una comunidad dotada


de autonomía política, de un espacio jurídico privilegiado, rodeado de murallas y me—
dios para su defensa, con alcaldes que ejercían la justicia en primera instancia, con
bienes concejiles y recursos fiscales, y con un territorio más o menos extenso someti—
do a su jurisdicción. Pero la ciudad era, a su vez, un agregado de corporaciones dota-
das de estatutos jurídicos particulares y de autoridades legítimas. En las ceremonias
públicas, la comunidad urbana se escenificaba jerárquicamente, con todas las autori-
dades y cuerpos quela componían. Esta concurrencia daba lugar a frecuentes rivalida—
des por la valía y la precedencia. El espacio jurídico de la ciudad no era homogéneo,
sino que en él concurrían y se superponían jurisdicciones y poderes plurales, lo cual
suponía una fuente habitual de litigios por las atribuciones y competencias respecti—
vas, que se resolvían mediante el recurso frecuente a la justicia del rey.
De todos modos, desde finales de la Edad Media, el regimiento municipal impu-
so definitivamente su orden sobre las corporaciones más poderosas, acabando con sus
ligas y monipodios, y remitieron las guerras de bandos. Todavía en el siglo XVI hubo
luchas violentas de facciones nobiliarias por el gobierno municipal, pero lo más habi—
tual fue que se turnaran pacíficamente en él. El gobierno de las ciudades se pacificó al
estabilizarse la composición del regimiento. Desde mediados del siglo XVI, las fami—
lias de las oligarquías municipales tendieron a perpetuarse en el, primero restringien-
do su reclutamiento y luego, en Castilla, a través de regidurías vitalicias (comprando
EL ENTRAMADO SOCIAL Y POLITICO 63

al señor 0 al rey el derecho del cargo a vida) y, mäs adelante, hereditarias. En la Coro—
na de Aragón, las regidurías vitalicias se extendieron tras la Nueva Planta. Como vere—
mos más adelante, el control del gobierno municipal procuraba una gran capacidad de
patronazgo, a través de la atribución de empleos municipales, de la elección de benefi—
ciados de las fundaciones religiosas que gobernaba el municipio, de la concesión de
los abastos, de la orientación de los gastos municipales, de las posibilidades de exen—
ción de contribuciones, etc.
La población rural, más de un 80 % del total, se organizaba en comunidades
campesinas. Existían grandes diferencias, desde las comunidades del norte, en la
cornisa cantábrica y pirenaica, con numerosos valles y aldeas, comunidades de veci—
nos en plena posesión de sus alodios, sin otro señor que Dios y el rey, dotadas mu—
chas veces de hidalguías colectivas, 0 con importantes porcentajes de campesinos
hidalgos, con sólidas estructuras vecinales y autogobierno... hasta las grandes ро—
blaciones del sur, compuestas masivamente porjornaleros que trabajaban en las tie—
rras de vastos señoríos.
La inmensa mayoría de los campesinos se hallaba bajo la dependencia de un se—
ñor. Señores y campesinos estaban vinculados por obligaciones mutuas, que exigían
j usticia y protección a cambio de prestaciones y fidelidad, y que ataban al campesino a
la tierra, a la comunidad del pueblo y a sus señores. La comunidad rural estaba gober—
nada por los campesinos más ricos, un sector minoritario (los <<labradores honrados»
en Castilla, los «poderosos» o «principales» en Andalucia, los dueños de las masías en
Cataluña, etc.) que disponían de tierras abundantes —mayormente arrendadas al se-
ñor—, animales de tiro y reservas de alimento, y que se hacían necesarios por sus posi—
bilidades de subarrendar, de prestar o de contratar mano de obra. Además, muchas ve-
ces eran los intermediarios del régimen señorial, aseguraban la percepción de los dere—
chos y los arrendamientos, y se beneficiaban de esa posición central entre los señores
y los campesinos medios y jornaleros .
En cada pueblo o ciudad, los «vecinos» eran los miembros de pleno derecho de la
comunidad y se distinguían de los simples «habitantes» o «moradores», que no goza—
ban de dicha condición. La vecindad daba acceso al conjunto de derechos, privilegios
y costumbres de la comunidad. Su significado era muy diferente según el tipo de es-
tructura comunitaria característico de unas regiones u otras. En muchas comunidades
del norte, la vecindad era más estable, se refería a la casa campesina, llevaba pareja a
veces la hidalguía, y siempre amplios derechos, y la comunidad restringía severamen—
te su concesión a los foráneos para evitar el reparto excesivo de los bienes comunales.
Aquí, la discriminación estatutaria entre vecinos (propietarios) y no vecinos (o habi—
tantes arrendatarios) fue la diferencia social más significativa. En las villas del sur, en
cambio, la vecindad estaba más ligada a la familia y bastaba con cierto establecimien—
to (por residencia, matrimonio o posesión de determinados bienes) para ser admitido
como vecino, en un mundo todavía necesitado de pobladores.
Los pueblos poseían propiedades comunales que proporcionaban, según la geo—
grafía, recursos necesarios para la ganadería, la alimentación, la construcción O el fue-
go: pastos, bellotas, madera, leña, etc. Estas propiedades estaban abiertas al usufructo
de los vecinos de la aldea y eran esenciales sobre todo para los más pobres, que no dis—
ponían de tierra suficiente. Además, diferentes derechos de uso colectivo pesaban so—
bre las propiedades particulares, como la costumbre de los campos abiertos. Entre
64 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

otros factores que debilitaron al campesinado se halló la disminución de la propiedad


comunal por las usurpaciones de señores y principales, las roturaciones y las ventas de
comunales. El movimiento privatizador debilitó los lazos comunitarios de la sociedad
campesina.
De todos modos, hasta finales del Antiguo Régimen, en las comunidades y cor—
poraciones se mantuvo un ideal fuertemente arraigado de economía comunitaria. La
organización colectiva debía encontrar un equilibrio entre las actividades agrícolas y
ganaderas, las consideraciones comunitarias impregnaban las prácticas agrarias, se
debía garantizar un reparto equitativo de los recursos, se tomaban medidas sociales de
carácter comunitario, y se estigmatizaban las prácticas especulativas. Lo individual
debia de quedar subordinado al interés colectivo. La extensión de las prácticas privati-
zadoras y capitalistas, más intensas en el siglo XVIII, encontró una fuerte resistencia en
las comunidades y corporaciones, que se manifestaron reiteradas veces en defensa de
su «economia moral».

2.4. CORPORACIONES: LOS GREMIOS ARTESANOS

En las ciudades, los gremios agrupaban a los artesanos de un mismo oficio. Bajo
la protección de un estatuto privilegiado. el gremio monopolizaba el ejercicio de un
Oficio, regulaba la producción y venta de su producto en la ciudad, determinaba las
condiciones del aprendizaje y del acceso a la maestría. y combatía el intrusismo de
cualquier tipo de competidor extranjero a la corporación. En las ciudades más populo—
sas y con oficios más nutridos, los gremios tenían mayor desarrollo institucional y
más atribuciones, organizaban el trabajo, controlaban la calidad del producto, fijaban
los precios, etc., mientras que en las pequeñas ciudades del norte, por ejemplo, mu—
chas veces nO pasaban de simples cofradías piadosas, más volcadas hacia las prácticas
devocionales y de asistencia mutua, quedando la regulación del oficio más directa—
mente en manos de las familias.
Como cuerpo social, el gremio procuraba un sólido marco de vida. Confería un
fuerte sentido de pertenencia a sus miembros y una identidad social. Sustentaba una
dignidad particular y una conciencia de honor profesional. Su vida colectiva era inten—
sa: además del trabajo, organizaba sus fiestas patronales, prácticas religiosas y de
ocio, y solidaridades asistenciales para sus miembros. El gremio tenía una organiza—
ción vertical, con una jerarquía de maestros, oficiales y aprendices. Se gobernaba por
lajunta de los maestros de taller, y sus autoridades actuaban como interlocutores con
el gobierno municipal y con otras autoridades y corporaciones de la ciudad.
Sin embargo, el orden comunitario y corporativo tenía en su base un orden do—
méstico. La lógica laboral seguía en buena medida una lógica doméstica, como se ob—
serva sobre todo en el artesanado de las pequeñas ciudades. La economía preindustrial
se basaba en pequeños talleres domésticos en los que el elemento familiar era domi—
nante. La mayor parte de los maestros trabajaban solos o ayudados por sus hijos y es—
posas. Sin embargo, en los talleres mayores se integraban Oficiales y aprendices forá—
neos, de procedencias diversas. Sólo a estos aprendices ajenos al círculo familiar se
les hacía contratos de aprendizaje, formalizados ante un escribano público. Estos
aprendices foráneos provenían en su mayoría de las aldeas de la comarca, o de secto—
EL ENTRAMADO SOCIAL Y POLITICO 65

res de la ciudad ajenos al oficio; en definitiva, eran ajenos al círculo familiar de los
talleres establecidos y se incorporaban a esa economía doméstica en una posición sub—
altema. La diferencia social relevante venía dada por la pertenencia o no a las familias
de maestros de taller, y es en este contexto donde la jerarquía gremial de «maestros»,
«oficiales» y <<aprendices» cobraba su pleno significado. En la mayoría de los casos,
estos grados correspondían a las etapas de la vida de los hijos de los maestros, que su—
cederían un día a su padre al frente del taller, mientras que los aprendices foráneos
quedaban en la ciudad como una clase laboral subalterna, como simples oficiales, o
volvían a sus pueblos de origen para oficiar como pequeños artesanos, combinando el
oficio con actividades agrícolas.

2.5. EL ORDEN DOMESTICO: CASAS Y FAMILIAS; INTEGRACIÓN Y MARGINACIÓN

Los vínculos de familia y parentesco eran los lazos personales más inmediatos y
universales. Tenían un fuerte poder estructurante para la organización de la vida eco—
nómica, social y política de las personas. La familia se organizaba, en cuanto grupo
doméstico, en el marco de la casa, que era la primera instancia organizativa de aquella
sociedad. Sin embargo, aunque la familia como unidad biológica era, desde luego,
universal, el concepto de casa parece más fuerte en las clases altas y medias de la so—
ciedad, enla nobleza y en los sectores del comercio, del artesanado y del campesinado
con mejor base material y con mayor estabilidad y significado en el orden comunitario
y corporativo, que en los niveles inferiores.
En las clases bajas, había que buscar la supervivencia, y la movilidad era mayor.
Existía una tendencia nídzfuga, sobre todo en los sectores más pobres de la sociedad.
Las familias pobres, о mermadas por la muerte, viudedad, orfandad, enfermedad, etc.,
estaban sometidas a mayores presiones disgregadoras, mientras que las familias más
establecidas, con casas y haciendas más estables, necesitaban mano de Obra e incorpo—
raban a dependientes, aprendices o criados. Esta tendencia nidfitga llevaba a los niños
y jóvenes pobres o desamparados a buscar su supervivencia en el servicio, encontran—
do un amO a quien servir, y entraban como criados y criadas, aprendices artesanos, de—
pendientes del comercio o mozos de labranza en las casas que quisieran acogerlos.
Cuanto más pujantes económicamente y más elevadas en la escala social, más mano
de obra encuadraban a su servicio. A la postre, este movimiento nidzfugo no ponía en
tela de juicio el orden doméstico y corporativo sino, al contrario, lO alimentaba desde
abajo, procurando a las casas principales no sólo mano de obra, sino prestigio —pro—
porcional a su numero de dependientes—, y reforzándolaS en su papel de integración y
disciplinamiento de los subalternos.
La alternativa a este encuadramiento doméstico era el desarraigo de los mendi—
gos y vagabundos, que no hay que confundir con los pobres. La diferencia entre po—
breza y marginación es la que media entre la integración en una comunidad y el desa—
rraigo. Los vecinos pobres eran reconocidos como tales por sus comunidades y eran
objeto del auxilio de sus círculos sociales más inmediatos: de los parientes, de las soli—
daridades vecinales y gremiales, y de la asistencia de las instituciones benéficas y los
hospitales de la ciudad. En cambio, los mendigos y vagabundos eran gente sin lazos
familiares: muchas veces, en su ori gen, niños expósitos, huérfanos o que habían huido
66 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

de la violencia familiar, que habían abandonado su lugar natal para buscar sustento y
que, al filo de sus andanzas, habían sufrido un accidente o enfermedad, estaban inca—
pacitados para trabajar y buscaban sobrevivir a base de limosnas, hurtos o apaños, al
margen de las células sociales establecidas, siendo mirados con desconfianza desde
ellas, señalados como vagos y como potencialmente peligrosos o culpables. En defini—
tiva, la miseria de los desarraigados no hacía sino prestigiar y fortalecer, por contraste,
el orden doméstico dominante.
La casa era un cuerpo social con un régimen de gobierno propio, «el grado más
bajo de poder originario», <<un todo que descansa en la desigualdad de sus miembros,
que encajan en una unidad gracias al espíritu director del señor». Esta entidad organi-
zativa de la casa y familia, como comunidad política dotada de derechos de vecindad
en el seno de la comunidad, se fue perdiendo en toda Europa. desde finales del si—
glo XVlll, quedando reducida al concepto contemporáneo de familia como simple con—
junto de individuos vinculados por lazos de sangre, como hogar o residencia común, o
como relación afectiva.
La casa como cuerpo social era un conjunto material y humano, una unidad de
trabajo, de producción y de consumo, un sujeto de estatus y de derechos colectivos en
el seno de una comunidad, y un patrimonio simbólico y moral, representado por el
conjunto de honores que ostentaba la familia. La casa y familia englobaba todo el po—
derío económico, el prestigio social y la influencia política de los individuos, empe-
zando por los antepasados, y era el principal estructurador de la personalidad social de
sus miembros. La prosperidad de la casa era un valor supremo y los individuos queda—
ban subordinados a las aspiraciones de sus casas de origen.
En aquella sociedad preindustrial, precapitalista y anterior al Estado liberal, la
casa y familia era el ámbito en que se resolvia la mayor parte de la producción de
la agricultura y de la industria, en la casa campesina y en el casa taller del artesano;
de la actividad mercantil, mediante la casa de comercio o empresa familiar y a tra-
vés de sus relaciones mercantiles, que eran muchas veces también relaciones de pa—
rentesco, amistad y paisanaje; y de la gobernación, por las casas reales, aristocráticas
y principales, mediante las alianzas privilegiadas entre ellas y a través de sus relacio—
nes de señorío y de patronazgo clientelar con sus dependientes y clientes.
La casa era la primera comunidad en la que estaban integrados los individuos y el
más inmediato y constante régimen de autoridad al que estaban subordinados. Integra—
ción y dependencia eran las dos caras de una misma moneda. Por un lado, la casa era el
primer círculo de integración, una comunidad de trabajo, cuya sólida organización co—
lectiva y las obligaciones para con sus miembros debían asegurar la vida de los indivi—
duos. La casa y familia aportaba las solidaridades más inmediatas y constituía la prin—
cipal protección y forma de supervivencia de sus miembros, en una sociedad en la que
no existían mayores formas de seguridad social que aquella. Al mismo tiempo, aque—
lla estrecha organización exigía una importante sumisión de los individuos a la autori-
dad del señor de la casa y a las costumbres por las que el régimen familiar se regía.
El gobierno de la casa estaba en manos del padre de familia, que era el padre, amo
y señor de todos los que formaban parte de su casa, tanto de su familia de sangre —la
mujer y los hijos— como de los criados y aprendices. Tenía el deber de protegerla y
cuidarla, y podía disponer de las personas reunidas en ella, regulando al mismo tiempo
la producción, el trabajo y el consumo. El dominio de la <<patria potestad» sobre los
EL ENTRAMADO SOCIAL Y POLÍTICO 67

miembros de la familia se manifestaba en todos los ámbitos de la vida doméstica. El


dirigismo familiar condicionaba el destino de los individuos, mediante la política de
colocación de los hijos y de las hijas, la transmisión de las herencias, la concertación
de los matrimonios, la dotación para casar о para ingresar en el convento, etc.
Los criados de las casas aristocráticas y principales, los aprendices de la artesa—
nía, los servidores del comercio y la servidumbre campesina vivían en la casa de su se—
fior y patrón. Estos dependientes se encuadraban socialmente como miembros de la
casa a la que de algún modo pertenecían y, a través de ella, recibían su identidad so—
cial, estatus y derechos y correspondientes en el seno de la comunidad local, del gre—
mio 0 del oficio.
En la comunidad, sólo el señor de la casa poseía derechos políticos. A él se refe—
rían los derechos y deberes de la vecindad. El vecino padre de familia representaba a
su casa ante la comunidad y era también responsable ante ella de los actos de quienes
dependían de él.
Integración y dependencia eran dos dimensiones de una misma realidad. Esta
dualidad, como hemos visto, era muy propia de los modos de encuadramiento social
del Antiguo Régimen, basados en los principios de comunidad y de jerarquía. La am—
putación de una u otra dimensión ha llevado a lecturas parciales y sesgadas de la fami—
lia. Unos han tendido a verla como una Arcadia feliz, rezumante de buenos sentimien-
tos. Otros, al contrario, han tendido a ver a la familia y a las relaciones de paternalismo
desde el prisma unidimensional de la dominación. Pero, en realidad, como todo víncu—
lo social, la familia era un ámbito de solidaridades y conflictos, y el calor del hogar se
podía deber tanto a la rebelión impotente contra una dependencia abyecta, como al
amor y respeto mutuo.
Por otra parte, la familia se inscribía en una red de relaciones de parentesco,
amistad, vecindad y clientelismo de gran significado para su economía y trayectoria.
Estas relaciones articulaban una economía compleja y continuada de intercambios de
servicios, prestaciones mutuas y reciprocidades.

3. Las relaciones de poder en la sociedad del Antiguo Régimen:


el poder como relación

3.l. EL CAPITAL RELACIONALZ PARENTESCO, AMISTAD Y PATRONAZGO

Las relaciones privilegiadas de la familia constituían su capital relacional. Si este


capital era importante para la economía de todas las familias, lo era de un modo parti-
cular para las elites gobernantes, y constituía la base social de su poder. En las socie—
dades del Antiguo Régimen, en las que, más que con instituciones, se gobernaba con
hombres, las redes de relaciones eran un elemento fundamental del capital social que
los poderosos podían movilizar en su favor. La conquista o el mantenimiento del po—
der en las comunidades o en el reino era a menudo el objeto de rivalidades entre las
grandes familias de los poderosos que actuaban apoyados por sus redes de parientes,
amigos y clientes.
Podemos definir el capital social de una familia como la suma de su capital eco-
nómico, cultural, simbólico y relacional. Si lo enfocamos desde el punto de vista rela—
68 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

cional, el capital social no se limitaba a los bienes de la familia, sino que se extendía al
conj unto de recursos vinculados a la posesión de una red durable de relaciones. Su vo—
lumen y eficacia dependía, por lo tanto, de la red de relaciones que un personaje fuera
capaz de movilizar efectivamente y del volumen del capital económico, cultural, sim—
bólico y relacional que poseyera y moviera a su favor cada una de sus relaciones.
La familia se prolongaba mediante lazos de parentesco que tenían un significado
mucho más amplio e intenso que el contemporáneo. Las familias y parentelas consti—
tuían conjuntos de gran centralidad. Acumulaban los bienes y méritos de sus miembros,
desde los antepasados del linaje hasta los presentes. Articulaban actividades y econo—
mías, intereses comunes e intercambios privilegiados de servicios. Como muestra el es—
tudio de las elites, las familias y parentelas actuaban a menudo de forma solidaria y
constituían actores relativamente estables de la vida económica, social y política.
La red de relaciones familiares tendía a reproducirse de una generación a otra. No
se heredaban solamente los bienes, base material de la posición de la familia, sino
también las relaciones: las alianzas y amistades, pero también las enemistades. La
transmisión de los patrimonios, la perpetuación en los cargos y la herencia de las
alianzas familiares explican la persistencia relativa de las familias como actores esta-
bles en la vida de la comunidad, así como las configuraciones de facciones, bandos o
alianzas más o menos estables y las divisiones duraderas entre grupos familiares en—
frentados. Al mismo tiempo, estas redes familiares no eran inmutables ni cerradas: co—
nocían movimientos de ascenso y de declive social y se modificaban al filo de las
alianzas matrimoniales. Generalmente, estas familias y redes eran solidarias en la
acción, entre otras cosas porque estaban en juego intereses comunes y porque el éxito
o fracaso de sus miembros más destacados repercutía en todos sus interesados, en par—
te por las posibilidades que tenían de colocar a los suyos y de conseguir favores para
sus parientes y clientes.
Los conjuntos familiares que resultaban de la articulación de los diversos víncu—
los de parentesco se prolongaban, a veces considerablemente, mediante vínculos de
amistad y de clientelismo. La amistad era la relación y sentimiento entre semejantes,
aunque el término se utilizaba también para expresar relaciones de clientelismo. Las
relaciones de amistad eran un elemento clave en las redes sociales de los poderosos.
La amistad política como amistad útil se observa en particular en la relación entre per—
sonas que ejercían cargos de gobierno y que intercambiaban servicios sobre esa base.
La amistad se hacía extensiva a las familias y a los amigos respectivos, lo que, más allá
de la relación directa de persona a persona, podía dar lugar a una cascada de mediado—
res о intermediarios que ampliaba su alcance en caso de necesidad. La amistad supo—
nía la reciprocidad de los intercambios y la obligación de unos hacia otros por deudas
de amistad. El número y la calidad de los amigos representaban un crédito y un capital
relacional que se podía movilizar en caso de necesidad y que, a su vez, se podía poner
a disposición de alguien más grande.
Las amistades de la familia se heredaban pero también se renovaban. Más allá del
círculo de relaciones heredadas, los miembros de las elites podían establecer nuevas
amistades por diferentes medios. Un cauce muy importante fueron las amistades estu—
diantiles que contraían los hijos de las elites en los colegios mayores y universidades,
las amistades militares, como las que se contraían en el siglo xv… en cuerpos privile—
giados como las guardias de corps, o en las academias de guardias marinas y de artille—
EL ENTRAMADO SOCIAL Y POLITICO 69

ría, así como las amistades profesionales, establecidas al filo de una carrera en la ad—
ministración real o en negocios mercantiles y financieros comunes. En los siglos XVI y
XVII, los colegios mayores y universidades jugaron un papel importante en la forma—
ción y vinculación de las elites dirigentes. Más adelante, aquellos colegiales copaban
los principales cargos de la administración dejusticia, de la Iglesia, las cátedras uni—
versitarias y otros cargos. Mediante estos cauces, las elites gobernantes establecían o
consolidaban redes de relaciones de amplio alcance, que-podían servir como base para
intercambios de servicios y de favores, y que podían tener un significado político im—
portante.
En el siglo XVIII, la amistad fue un vehículo principal de las ideas y de las sociabi—
lidades políticas que nacieron en la España de las Luces. Fue el cimiento de los nuevos
modelos de asociación ilustrados, desde las tertulias informales en que se reunían las
elites cultas hasta las sociedades que se formalizan a partir de aquellas, como las So—
ciedades Económicas que proliferaron en el último tercio del siglo XVIII. Estas amista—
des tuvieron un gran significado para la articulación de las redes intelectuales y políti—
cas de los ilustrados.
Las relaciones de patronazgo y clientelismo eran relaciones personales y recípro-
cas entre desiguales, relaciones verticales que conllevaban un intercambio desigual de
servicios o prestaciones. El patrón asistía y protegía al cliente de diversas maneras:
ofreciéndole gracias y mercedes, dándole oficios, facilitándole matrimonios ventajo—
sos, promocionando a sus hijos y parientes, dandole acceso a nuevos ámbitos de rela—
ciones, apoyándole en juicios y conflictos, ayudándole a pagar impuestos, o con otros
favores. La contrapartida por parte de los clientes era una lealtad y un servicio con gra-
dos y manifestaciones diversas, y podían servir al patrón con el consejo, la espada, el
discurso, la propaganda, la pluma, incluso con la vida, cuando seguían a su señor en un
conflicto armado. El patrón y el cliente controlaban recursos desiguales, ámbitos de
relaciones, riquezas e influencias diferentes, pero su relación era útil para ambos, en la
medida en que los recursos de cada uno resultaban necesarios para el otro. Los podero—
sos se aplicaban a conseguir una clientela lo más extensa e influyente posible, utili—
zando para ello los diferentes resortes de que disponían, su poder económico, su pres—
tigio, sus cargos y sus relaciones privilegiadas en diversas instancias e instituciones.
El patrón, para demostrar su fuerza y eficacia, y para seguir manteniendo la fidelidad
de los suyos sobre los patronos competidores, debía generar conexiones con diversos
ámbitos e instancias de poder, cuanto más sólidas, amplias y diversificadas, mejor.
Cada vez conocemos más las relaciones clientelares de los poderosos con sus
mediadores y dependientes, las bases sociales de su poder, y podemos entender mejor
de qué modo ejercían su dominación política y social.

3.2. LA DESIGUALDAD COMO BASE DE LAS RELACIONES


DE DEPENDENCIA Y CLlENTELISMO

Alexis de Tocqueville, en De la democracia en América, definía la sociedad del


Antiguo Régimen como una sociedad jerárquica en la que los hombres formaban <<una
cadena que remontaba del campesino al rey»: <<En las sociedades aristocráticas, todos
los ciudadanos están situados en un puesto fijo, unos por encima de otros [de tal modo
70 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

que] cada uno de ellos percibe siempre, más alto que él, un hombre cuya protección le
es necesaria, y, más abajo, descubre otro al cual puede reclamar asistencia.»
Para entender cuáles eran las bases sociales del poder en la sociedad del Antiguo
Régimen, es necesario sintetizar las dos grandes concepciones sobre el poder. La pri—
mera lo considera como una consecuencia de las estructuras sociales que distribuyen
los recursos de forma desigual entre los grupos, lo que permite a los grupos privilegia—
dos ejercer su dominación sobre la sociedad. Según este paradigma, cuya fuente prin—
cipal se halla en la obra de Marx, el poder político sería la expresión de las relaciones
sociales de producción y el instrumento de la dominación de una clase sobre otra. La
segunda concepción considera el poder como una relación. como una interacción en—
tre grupos e individuos, y se inspira principalmente en Max Weber, quien define el po—
der como <<la probabilidad de que un actor sea capaz de imponer su voluntad en el mar-
co de una relación social, a pesar de las resistencias eventuales y cualquiera que sea el
fundamento sobre el que repose esa eventualidad». Esta concepción pone el acento en
los aspectos relacionales del poder, que implican la posibilidad de ciertos individuos o
grupos de actuar sobre otros en una relación de poder consciente. Desde este punto de
vista, no se dispone de poder sino con respecto a otros y son. por tanto, los otros quie—
nes hacen efectivo un poder dado, en la medida en que es pertinente en la relación de
que se trate.
En lo que se refiere a la sociedad del Antiguo Régimen, ambos puntos de vista se
pueden sintetizar así: la desigualdad en la distribución de los recursos es, en efecto, la
base del poder de los grupos privilegiados, pero esto no da lugar a dos clases separa—
das, una de dominantes y otra de dominados, establecidas como formaciones sociales
apartadas una de otra, antagónicas y relacionadas sólo mediante relaciones de domi-
nación y de exacción de rentas, desde arriba, y de pago de tributos y resistencia, desde
abajo. La desigualdad era al mismo tiempo la base de la dominación y de la protec—
ción, la base, por tanto, de relaciones verticales necesarias que podían cobrar valores
diferentes y contradictorios. La desigualdad social no se expresaba tanto como separa—
ción sino mediante estrechos vínculos personales de dependencia, en una sociedad ba—
sada en relaciones de paternalismo y deferencia, de autoridad y de subordinación. De
hecho, la propia desigualdad constituía la base misma de intercambios verticales desi—
guales, de una específica economía que podía cobrar diferentes significados, desde los
más estrechos intercambios de patrocinio y de servicio, de liberalidad y de agradeci—
miento, hasta las más aborrecidas imposiciones, abusos y sumisiones. Estas relacio—
nes articulaban de forma privilegiada el entramado social, vehiculaban muy diversas
prácticas e intercambios, y conocían un amplio abanico de posibilidades, desde lo le—
gítimo y admitido hasta el abuso y la condena, desde la cooperación y la concordia
hasta el descontento y el conflicto.
Como ha observado E. P. Thompson, <<las clases dominantes han ejercido la au—
toridad por medio de la fuerza militar, e incluso la económica, de una manera directa y
sin mediaciones, muy raramente en la Historia, y ésto sólo durante cortos periodos».
En este sentido, Ignacio Atienza ha puesto de relieve que la dominación de los podero—
sos se ejercía normalmente no por la imposición y la fuerza, sino mediante «los meca—
nismos ordinarios» de la dominación, propios del patronazgo clientelar: mediante la
entrega de gracias y mercedes, protegiendo, prestando favores y ventajas, recompen—
sando servicios y lealtades, ejerciendo un variado mecenazgo, buscando la integra—
EL ENTRAMADO SOCIAL Y POLÍTICO 71

ción y el entendimiento, pero recurriendo a la coacción y a la violencia cuando era ne—


cesario.
La dependencia no sólo se imponía desde arriba, sino que se buscaba desde aba—
jo. Se buscaba la protección no por consenso o adhesión, sino por necesidad, como vía
necesaria tanto para medrar como para subsistir. Las familias humildes dependían
mucho de los recursos que controlaban los más poderosos y ricos que ellas. Depen—
dían de las necesidades de consumo de los más pudientes, del control de materias pri—
mas y del reparto de encargos y contratas por los comerciantes y artesanos dominan—
tes, de los empleos menores, arriendos de tabernas y carnicerías concejiles, cuyo nom—
bramiento estaba en manos de la oligarquía municipal, del reclutamiento de mano de
obra al servicio de las casas principales, de jornaleros para la agricultura, 0 de trabaj a-
dores para las faenas en torno a las ferrerías, del arriendo de tierras de labranza en el
campo y de alojamientos en la ciudad, de los préstamos de grano para sembrar o de
animales de tiro para labrar, de la beneficencia patrocinada por los más pudientes, etc.
Los poderosos concentraban las rentas, pero también eran sus principales distri—
buidores. La economía de la casa aristocrática no se regía por una lógica capitalista de
maximización de beneficios y de adecuación de gastos e ingresos, sino que cumplía
una doble función de captación y de redistribución de recursos, siendo ambas vitales
para su posición y poder. En buena medida, la captación de ingresos estaba destinada a
alimentar la base social de su poder: nutrir su prestigio, mediante la ostentación de su
grandeza y la representación de todo su capital simbólico, y alimentar una base clien—
telar lo más amplia posible, mediante una política de gracias y mercedes que mantu—
viera la fidelidad de empleados, criados y vasallos.
Muchos sectores estaban directamente interesados en la redistribución de las
rentas de los poderosos. Desde luego, sus administradores, empleados y criados
abundantes, y, tratándose con mucho de los principales consumidores, todos aque—
llos que producían para ellos o les aprovisionaban: comerciantes, tenderos, cante—
ros, pintores, orfebres, libreros, maestros y artesanos de muy diversos oficios. En
todas las ciudades se concentraba un alto porcentaje de población dependiente, dedi—
cada a prestar servicio a las familias acomodadas de la aristocracia y el clero, del co—
mercio y del artesanado.
Un elemento de la supremacía de las familias principales fue su política paterna—
lista. A través de la donación y de los comportamientos caritativos, los notables esta-
blecían relaciones de solidaridad jerárquica con la comunidad. La donación tenía una
función importante como expresión de un estatus privilegiado y como elemento de le—
gitimación de las familias poderosas. Mostrarse generoso y magnánimo no era sola—
mente un acto de liberalidad de los poderosos, sino una obligación propia de su estatus
privilegiado, una característica de su papel dirigente. Era un símbolo de prestigio y su—
ponía cierta subordinación y agradecimiento por parte de los agraciados. A través de
la caridad de los poderosos, una parte de la renta se distribuía entre las clases más ро-
bres de la sociedad, mediante la beneficencia, las instituciones asistenciales, los hos-
pitales o las obras pías. Esto les prestigiaba como los benefactores de la comunidad, y
así se encargaban de publicitarlo por diversos medios.
En definitiva, las enormes diferencias de riqueza alimentaban continuamente re-
laciones e intereses de dependencia y clientelismo. Sin embargo, esta economía solía
ser grupal y diferencial. La distribución de recursos, comandas, trabajo y favores no se
72 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

aplicaba genéricamente a todos, sino que seguía el cauce de las relaciones privilegia—
das. Favorecía y premiaba a aquellos con los que se mantenían buenas relaciones, alos
buenos parientes, amigos leales, deudos, fieles servidores, no a los que quedaban fue—
ra de ese círculo de relaciones, y operaba en contra de los competidores, enemigos o
traidores, así como de sus allegados y dependientes.
Para los dependientes, estas relaciones podían cobrar diferentes significados, se—
gún los casos. Eran ambivalentes y variables. Podían oscilar entre las mejores ventajas
de la subordinación, beneficiándose de la distribución de recursos y la delegación de
poder por los superiores, y las peores expresiones de explotación, sumisión y violen—
cia. La deferencia se podía deber a varios sentimientos, incluso mezclados, como el
agradecimiento del favorecido, el respeto debido al poderoso y el miedo del depen—
diente a perder los recursos que le procuraba su favor. Tanto o más que la asistencia
efectiva, la expectativa de poder recibir el auxilio del poderoso en caso de necesidad
era, sin duda, un aliciente para mantener la deferencia y procurar buenas relaciones.
Así lo entendió Baltasar Gracián al expresar que <<el sagaz prefiere los que le necesitan
a los que dan las gracias [. . .]. Mäs se saca de la dependencia que de la cortesía [. . .]:
acabada la dependencia acaba la correspondencia, y con ella la estima».

3.3. PATRONAZGO Y CLIENTELISMO EN LA MONARQUÍA HlSPÁNlCA

Las relaciones de patronazgo y clientelismo impregnaban como núcleo medular


todo el entramado social del Antiguo Régimen, desde el rey y los grandes señores del
reino hasta las oligarquías de las provincias, ciudades y comunidades campesinas.
El señorío nobiliario era uno de los vínculos más característicos de las socieda—
des del Antiguo Régimen. El señor era a la vez paterfamilias de su casa y patrón de
una vasta clientela. El estudio de Ignacio Atienza sobre la casa aristocrática revela
como el señor gobernaba su casa y sus estados y señoríos a través de contadores y
mayordomos locales y otros oficiales con los que mantenía una nutrida correspon-
dencia epistolar y alos que exigía cuentas y responsabilidades, sometiéndoles a visi—
tas y residencias. El gobierno de la casa aristocrática se sustentaba en una pirámide
de criados y empleados. Los principales cargos subalternos (secretarios, mayordo—
mos, camareros, etc.) ejercían una función de dirección de los empleados, de correa
de transmisión de la voluntad del señor y de informadores, incluso de confidentes y
asesores. Su posición de intermediarios era una posición subordinada, pero les con—
fería una autoridad en ese ámbito. Además, para el gobierno de sus señoríos, el señor
utilizaba a grupos intermedios como alcaldes,jueces, maestros y sacerdotes, en cuya
selección y nombramiento participaba y con cuyas familias alimentaba relaciones
de clientelismo.
La casa aristocrática alimentaba asimismo líneas jerárquicas de amistad e in-
fluencia con respecto a las familias de la nobleza media y baja de sus estados. Por
ejemplo, la casa aristocrática servía como centro de educación e iniciación de los hijos
de las familias nobles leales: los caballeros y buenos hidalgos estimaban como una
suerte que sus hijos fueran admitidos como pajes e iniciados en el arte de la equita—
ción, esgrima, danza, gramática, etc. Educados en casa de los señores desde pequeños,
los mejores podían pasar a ocupar los empleos principales en la casa, y los otros eran
EL ENTRAMADO SOCIAL Y POLITICO 73

colocados, cuando se podía, en cargos en la administraciôn y el ejército, alimentando


de este modo una clientela lo más amplia y mejor colocada posible.
Los poderosos gobernaban sus estados y señoríos a través de relaciones privile—
giadas con intermediarios. La lealtad y servicio prestados a su patrón les procuraba
recompensas, favores y posibilidades de ascenso. Pero también su posición subordi—
nada les daba a su vez estatus y poder con respecto a los subalternos. Ciertamente, su
posición intermedia podía resultar incómoda, entre la espada y la pared, pero tam-
bién les permitía utilizar su relación privilegiada con un superior para hacerse valer
ante los inferiores como intercesores o conducto para conseguir mercedes, y, a cam—
bio, obtener determinadas ventajas materiales y servicios, o, simplemente, crédito
ante los dependientes.
La contabilidad de las grandes casas nobiliarias revela los principales elementos
de esa política paternalista de integración y dominación: consignaciones por viude—
dad, orfandad 0 jubilaciön para antiguos empleados de conducta correcta; innumera—
bles regalos entregados a criados en fechas señaladas, como cumpleaños, matrimo—
nios y nacimientos de los hijos; institucionalización de «servicios» como enfermerías,
hospitales, cillas, así como reparto de alimentos en momentos críticos. Las adhesiones
se alimentaban también mediante fiestas y actos muy participativos, en los que se mo—
vilizaban gran cantidad de recursos económicos y humanos, y que servían para refor—
zar la integración: las ceremonias del ciclo vital de los miembros de la familia noble,
en las que participaban la mayorías de los criados, empleados y vasallos, a los que se
repartían limosnas y comidas; actos presenciales de gran carga simbólica, como «to—
mas de posesión» y visitas de los señores a las villas de sus estados, mediante los cua—
les el señor publicitaba su imagen de padre protector; fiestas en las que, a través de los
fastos, las imágenes y la música, y de los discursos de clérigos y cargos afectos, se en—
salzaba la figura del señor y se buscaba reforzar adhesiones. Este patronazgo no obe-
decía sólo a un movimiento, más o menos interesado, de arriba abajo, sino que, como
revelan miles de cartas conservadas en los archivos nobiliarios, los dependientes acu-
dían abundantemente al señor para solicitar protección y ayuda.
En las ciudades, las familias de la oligarquía utilizaban asimismo el patronazgo
para alimentar las bases sociales de su poder municipal. El control del regimiento ро—
nía en sus manos la concesión de los empleos municipales —escribanos, merinos, al—
caldes de cárcel y lóndiga, corredurías, fielatos, porteros, amarradores 0 cargadores,
taberneros, maestros de escuela, médicos, cirujanos, boticarios, comadres, adminis—
tradores de obras pías, etc.—, que podían conferir a los sujetos de su confianza y par—
cialidad. El manejo de los caudales de propios y arbitrios de la ciudad ponía en sus ma—
nos la redistribución de los recursos municipales, la concesión de los abastos, la orien—
tación del gasto, la redención de cargas concejiles, etc. Su encumbramiento en el
gobierno municipal, en las principales cofradías de la ciudad y en los actos públicos cí—
viles y eclesiásticos, además de un inmenso capital simbólico, les permitía distinguir
honoríficamente a sus deudos y afectos. Todos estos elementos les permitía alimentar
las bases de su clientela en la ciudad, conseguir adhesiones y reforzar su posición.
Las relaciones de patronazgo y clientelismo fueron muy significativas para la ar—
ticulación política de la Monarquía y para la vertebración de las diversas comunidades
en su seno. Algunos autores han hablado, refiriéndose a la primera Edad moderna. de
«feudalismo bastardo», para señalar que la relación de patronazgo—clientelismo se
74 IIISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

añadió y superpuso a los antiguos vínculos feudo—vasalláticos, propios de la articula—


ción política medieval, como una relación personal que comportaba un compromiso
de fidelidad y ayuda. Esta relación fue característica de una Monarquía feudal evolu—
cionada o corporativa, caracterizada por la pluralidad de cuerpos sociales y de pode—
res, en la cual el rey tenía un poder preeminencial y debía gobernar a través de media—
ciones.
La Corte del soberano aparece como el principal centro neurálgico de poder. No
como sede de instituciones centrales de un supuesto proceso de unificación y de racio—
nalización institucional, como ha pretendido la tradicional historia institucionalista,
sino como centro inicial de las relaciones de poder entre las elites que configuraron la
Monarquía moderna. En el proceso de transformación de la nobleza guerrera medie—
val en una aristocracia renovada, la Corte sirvió como medio de integración política
de las elites dirigentes del reino: no solamente como instrumento de domesticación de
la nobleza, sino como ámbito privilegiado de su participación política en el gobierno y
del arraigo de su influencia en las estructuras del Estado.
A lo largo del siglo XVI se afirmó la atracción que ejercía la Corte del soberano.
Los recursos de que disponía la gracia regia aumentaron de forma notable, en contras—
te, a veces, con la disminución de los ingresos de la alta nobleza. El endeudamiento de
grandes casas nobles acentuó la dependencia de la aristocracia con respecto a sus so-
beranos, cuyas recompensas y ayudas económicas cobraron un significado especial en
el siglo XVII, a causa de los problemas financieros de no pocos grandes señores. La no-
bleza se hizo más cortesana y afecta a los intereses del monarca, y la cercanía al rey se
convirtió en una fuente fundamental de poder. Esto se hizo especialmente evidente en
el siglo XVII, durante los reinados de los Austrias menores, en que los grandes señores
accedieron de una forma más clara al gobierno del Estado. Entonces se institucionali—
zó la figura del valido, un personaje de la alta nobleza que, gracias a su amistad con el
rey, se hacía con las riendas del poder y gobernaba en nombre del monarca, apoyándo-
se en una extensa clientela de partidarios. Así el duque de Lerma con Felipe HI y el
conde-duque de Olivares con Felipe IV.
La Corte era un campo de fuerzas en pugna por el poder y la distribución del pa—
tronazgo. Aunque el rey era la fuente de la gracia que legitimaba la distribución de los
recursos de la Corona, no era un soberano omnipotente, sino que debía componer den—
tro de ese campo de fuerzas controlado por hombres poderosos que actuaban al frente
de extensas clientelas para captar cargos, recursos, honores y prebendas. Este sistema
favoreció la integración política de las elites del reino, al hacer de la Corte la sede prin—
cipal del poder, del reparto de mercedes y de la toma de decisiones.
Estas redes clientelares relacionaban al rey y a los poderosos de la Corte con las
familias dirigentes de las provincias, señoríos y ciudades de la Monarquía. Esto cues—
tiona la vieja idea de una supuesta dicotomía entre el centro y la periferia. Las faccio-
nes cortesanas tenían una fuerte raigambre provincial y las pugnas locales o provin-
ciales movilizaban a sus apoyos en la Corte. Las vinculaciones entre elites de diversas
instancias relacionaban a diferentes espacios de poder, como conjunto de redes clien—
telares dispuestas jerárquicamente sobre el territorio. Las relaciones entre la Corte y
los clientes de las diversas comunidades de la Monarquía pasaban por una serie de in—
termediarios o mediadores. Normalmente, éstos eran poderosos de ámbito local о re—
gional que estaban bien relacionados con patronos de la Corte, a los que acudían para
EL ENTRAMADO SOCIAL Y POLITICO 75

conseguir favores y recursos para sus propios aliados, deudos o dependientes, a los
que transmitían, al mismo tiempo, la influencia de su patrón. Para dichos intermedia—
rios, sus conexiones en la Corte eran una fuente de prestigio e inlluencia en su provin—
cia 0 ciudad y les permitía alimentar sus clientelas en ese ámbito, y, en sentido inver—
so, la solidez de su poder local reforzaba su posición, a los ojos de los patronos de la
Corte o del rey, de hombres fuertes y leales en la ciudad o en la provincia. Estos me—
diadores fueron una pieza clave en la articulación política de los territorios de la Coro—
na y jugaron un papel decisivo en el control de las provincias y ciudades.
Por otra parte, la agregación de territorios en la Monarquía católica fue más allá
de una mera yuxtaposición territorial en la medida en que se vió acompañada de la in—
corporación de sus grupos dirigentes al servicio de la Corona y de su participación en
los beneficios políticos, económicos y honoríficos que reportaba dicho servicio. La
participación de los hijos de estos grupos en cargos cortesanos, judiciales, militares y
eclesiásticos, los títulos y hábitos que concedía el rey, la participación en las finanzas
reales, los negocios relacionados con el aprovisionamiento del Ejército y la Marina y
con la economía de guerra de la Corona, o los privilegios en el comercio colonial, fue—
ron fuentes de primera magnitud para la elevación, honor y riqueza de las elites diri—
gentes de los diversos territorios de la Monarquía, y un motor de integración política
más poderoso probablemente que las reformas de una instituciones que, sin esta base
social, hubieran quedado en letra muerta.

4. LAS NUEVAS FORMAS DE RELACIÔN DE LA M。DERNーDAD‥


HACIA UN NUEVO REGIMEN POLÍTICO Y SOCIAL

El mundo contemporáneo no surgió como continuidad del Antiguo Régimen,


sino como ruptura frente a el, aunque de éste nacieran los elementos que hicieron posi—
ble la ruptura. Los hombres del período revolucionario llamaron <<Antiguo Régimen»
a aquel que había imperado hasta entonces, un orden sociopolítico que hundía sus raí—
ces en la Edad Media y la feudalidad, y frente al cual surgió un nuevo ordenamiento.
Por contraste con el anterior sistema, en el mundo contemporáneo, el productor exclu-
sivo del derecho es el Estado, el sujeto político es el individuo, la legitimidad del go-
bierno reside en la voluntad general de los ciudadanos y las relaciones entre las perso-
nas son relaciones contractuales entre individuos autónomos, libres y legalmente
iguales ante unas leyes comunes.
Entre todos los factores que llevaron al fin del Antiguo Régimen, un motor muy
importante fue el cambio radical que se produjo en los ambientes ilustrados en la forma
de entender las relaciones entre los hombres. En la segunda mitad del siglo XVIII se ex—
tendió con mucha fuerza en toda la Europa de las Luces un nuevo tipo de asociación. En
España, los primeros círculos de esta nueva sociabilidad fueron las tertulias, reuniones
informales en las que miembros de las elites cultas se reunían para hablar sobre temas
variados, literarios, mundanos, científicos o religiosos. partir de las tertulias se fueron
formalizando diferentes tipos de sociedades de pensamiento, como las Sociedades ECO—
nômicas de Ami gos del País, las sociedades científicas y literarias, las logias masónicas.
las sociedades patrióticas, etc.
Este tipo de asociación era nuevo con respecto a las formas asociativas propias
76 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

del Antiguo Régimen. La asociación no venía dada por la pertenencia a un oficio, o a


un estamento, ni estaba gobernada por la tradición o por la adscripción religiosa a una
parroquia о а un convento, como las asociaciones de las cofradías religiosas, sino que
se fundaba en la libre asociación de los individuos. El acto constitutivo de la asocia-
ción era la propia adhesión individual —libre, voluntaria y revocable— y la aso—
ciación recibía su legitimidad no de la costumbre, de la comunidad o de la religión,
sino de la voluntad de los asociados.
Según Francois-Xavier Guerra, estas nuevas sociedades fueron la matriz en
que se formó un nuevo concepto de la sociedad y del gobierno de los hombres: la
matriz de la sociedad política contemporánea, con sus representaciones, valores y
formas de organización específicas. Sus prácticas se fundaban en la libertad de opi-
nión, en el libre sufragio y en la amistad. Las experiencias comunes en estas socieda—
des contribuyeron a generar una sensibilidad común entre sus miembros. En el seno
de estas nuevas formas de asociación se generó un modelo de sociedad en la que el
individuo era el único actor posible de una vida social verdaderamente digna: el in-
dividuo como ser autónomo, libre, guiado por su razón, sin vínculos ni obligaciones
que lo sometieran.
La igualdad de principio de los asociados engendra rápidamente una imagen de
la sociedad fundada sobre la igualdad abstracta de los individuos. Sociedades de indi—
viduos libres e iguales que se reúnen para intercambiar ideas y elaborar conjuntamen—
te una opinión, estas sociedades actuaban, por su propio funcionamiento de consenso
entre individuos, según los principios de la voluntad general como principio de legiti—
midad. De este modo, la voluntad general, el conjunto de voluntades individuales, el
Pueblo soberano como conjunto de ciudadanos, vino a ser considerado como el único
principio de legitimidad de los nuevos sistemas de gobierno. Si la existencia del grupo
dependía de ese acuerdo de las voluntades individuales, sus autoridades también.
Mientras que en las comunidades tradicionales la autoridad y la subordinación pare—
cían legitimadas por la costumbre, la legitimidad de las autoridades se convierte ahora
en el problema central de las relaciones entre los hombres.
De este modo, se produce un contraste total entre las prácticas y principios de las
nuevas sociedades y lo que continuaba siendo la realidad mayoritaria de la sociedad
del Antiguo Régimen. De este contraste, que es una oposición de legitimidades, nace
la larga lucha entre el Antiguo Régimen y la Revolución. Para los hombres de estas
nuevas sociedades, el espectáculo de la sociedad del Antiguo Régimen, con sus múlti—
ples arcaísmos, incoherencias y sumisiones, ofrecía un espectáculo deplorable y sin
razón de ser. Su concepción de la libertad como rechazo de todo vínculo que no resul-
tara de la voluntad del hombre libre les llevaba a considerar los vínculos de la sociedad
tradicional como una servidumbre y sus legitimidades como una tiranía.
Con la revolución liberal, en el primer tercio del siglo x1X, los gobiernos liberales
llevaron a cabo el desmantelamiento legislativo del Antiguo Régimen. Las diferencias
estamentales y las leyes particulares fueron sustituidas por el nuevo principio de
igualdad jurídica entre los ciudadanos, aunque se mantuvieron las diferencias econó-
micas. La jurisdicción señorial fue abolida, quedando incorporada definitivamente a
la Corona. Se suprimieron los regidores perpetuos vendidos en los siglos anteriores.
Se eliminaron las pruebas de nobleza que se exigían precedentemente para ingresar en
determinadas instituciones. Se redujeron los privilegios eclesiásticos en materia juris—
EL ENTRAMADO SOCIAL Y POLITICO 77

diccional y fiscal: se abolió el tribunal de la Inquisición, los tribunales eclesiásticos se


redujeron ajuzgar a los clérigos y desaparecieron los diezmos y primicias.
Las propiedades vinculadas que habían servido como base material del predomi—
nio de los estamentos privilegiados fueron suprimidas en favor de la propiedad priva—
da, libre, individual y plena. Se abolieron los mayorazgos y el régimen señorial, aun-
que se permitió conservar las propiedades. La nobleza perdió así sus atributos señoria-
les y los fundamentos jurídicos de su preeminencia social, pero conservó sus tierras y
se adaptó sin demasiadas dificultades al nuevo régimen. El clero, en cambio, fue el es—
tamento más perj udicado. La reforma más radical se produjo con la desamortización y
venta de los bienes de la Iglesia, que perdió así su patrimonio. También se desmantela—
ron bases importantes del poder municipal: se dio igualdad jurídica a los municipios,
rompiendo la antigua jurisdicción de las ciudades sobre las tierras y dando autonomía
a los lugares dependientes hasta entonces de ellas, y fueron nacionalizados y vendidos
muchos bienes municipales. Por último, se desmantelaron las bases institucionales de
la economía corporativa. Se tomaron medidas de liberalización de la economía, elimi—
nando las normas que limitaban la capacidad de producir o de intercambiar bienes: se
dio libertad para cultivar tierras, arrendarlas y comercializar sus productos y libertad
para fundar fábricas y ejercer oficios sin trabas gremiales.

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CAPÍTULO 3

LA VIDA COTIDIANA

por MARÍA DE L SANGELES PÉREZ SAMPER


Universidad de Barcelona

La historia ha sido definida durante siglos como el estudio de los hechos extraor—
dinarios realizados por los hombres extraordinarios. Por mucho tiempo se ha identifi—
cado esencialmente con la historia política. Pero desde hace ya algunas décadas los
horizontes se han ampliado, ha surgido una perspectiva más abierta, que se ha mani—
festado en la llamada <<nueva historia». Ame todo, es una historia no sólo desde arriba
sino también «desde abajo», que no presta sólo atención al poder y a los podero—
sos, sino al ser humano comûn.
Una nueva historia que multiplica los sujetos de la historia y que se ocupa de ha—
cer entrar en la historia a la gente común y corriente, gentes hasta hace poco descono—
cidas o ignoradas, una historia, por tanto, que amplía al máximo el elenco de protago—
nistas, donde toda la humanidad pueda tener su papel en la obra. Una nueva historia
que multiplica sus temas, porque nace de un amplio interés por todas las actividades
humanas, que va más allá de la historia política y que lleva a fijarse no sólo en los pro—
blemas y acontecimientos relevantes, sino en los aspectos más cotidianos de la vida,
que se ocupa de la vida diaria de las gentes anónimas y también de lo cotidiano en los
grandes personajes. No sólo lo público sino también lo privado. Que observa, por
ejemplo, cómo las simples cuestiones biológicas, como la alimentación, son transfor—
madas por el ser humano en complejas construcciones socio—culturales, que no son in—
mutables ni homogéneas, sino que varían, según las épocas, los países, los grupos, que
tienen su historia.
Historias, pues, de la vida cotidiana, porque no hay sólo una, sino muchas. Varia
mucho la vida cotidiana a través de los siglos, pues cada época tiene sus propias cos—
tumbres. También cambia sustancialmente lo cotidiano a lo largo de la vida de las per—
sonas, los niños crecen, aprenden,juegan; los adultos se casan, tienen hijos, trabajan y
se divierten; los ancianos enseñan, sufren, recuerdan. No es lo mismo la vida cotidiana
de los hombres, volcada en el trabajo fuera de la casa, que la de las mujeres, centrada
en el cuidado de la familia y las tareas domésticas. Y tampoco coinciden los estilos de
vida, pues hay mil maneras distintas de vivir lo cotidiano. Según el rango social, el ni-
80 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

vel económico, el trabajo, la cultura y los valores. Un noble dedicado a la milicia, un


campesino inclinado sobre la tierra, un artesano afanado ante el telar, un funcionario
ocupado con sus papeles, un médico visitando a sus enfermos, un mercader llevando
las cuentas, un monje rezando, un artista pintando un cuadro, un marinero cruzando
los mares, cada uno vive su vida, llena sus días y sus horas, según sus obligaciones y
sus gustos, a su manera.

1. Espacio y tiempo

La percepciön humana se inserta en dos coordenadas, espacio y tiempo. Pero esta


percepción no ha sido siempre igual, sino que se ha transformado sustancialmente a lo
largo de la historia. En la España moderna, aunque se tratase de una potencia de alcan—
ce mundial, la mayor parte de las gentes nacían, crecían, vivían y morían en un espacio
muy reducido, su pueblo, su aldea, su ciudad. El ámbito local dominaba la experiencia
humana. Vivir en el lugar donde vivía la familia por generaciones era lo normal y lo
considerado mejor. Las gentes que cambiaban de lugar eran vistos con sospecha. Los
forasteros no eran muchas veces bien recibidos. Los desarraigados y trotamundos eran
marginados y excluidos. En el siglo XVIII se utilizaba la palabra vagos para designar a
los vagabundos, que acabaría significando perezoso, gente que no trabaja, por lo que
serán perseguidos, recluidos y reducidos a trabajos forzados.
Los traslados eran incómodos. lentos, arriesgados y difíciles. Superar las distan—
cias era siempre complicado, para las personas y para las mercancías. Evidentemente
y por los mismos motivos la comunicación era muy precaria, leyes, cartas, noticias
circulaban con muchos problemas y retrasos. La mayoría sólo hacían cortos recorri—
dos entre los pueblos más próximos, iban al mercado periódicamente a una población
mayor, tal vez a realizar algún trámite importante a una ciudad cercana. El camino se
hacía casi siempre a pie y sólo los más acomodados podían utilizar un asno o una
mula. El caballo era un claro signo de posición social, símbolo de nobleza. Práctica—
mente la única alternativa era la silla de manos. Los carruajes comenzaron a emplearse
sobre todo en el siglo XVII y eran exclusivos de la alta nobleza, que usaba espléndidas
carrozas, como medio de transporte y sobre todo de ostentación. Sólo en el siglo XVIII
comenzarä a existir un servicio de diligencias para viajar por la Península. Además las
posadas y mesones eran pocos y tenían pésima fama.
Frente a la gran mayoría de gentes cuya vida transcurría en el mismo lugar, apar—
tándose sólo algunas leguas de vez en cuando, la España moderna fue también la de una
nutrida minoría de grandes viajeros, que recorrían miles de leguas hasta el otro extremo
del mundo, por los más diversos motivos y con las más variadas finalidades, por hacer
su trabajo, por cumplir con su deber, por ambición de riquezas, por afán de gloria, por
anunciar el Evangelio. Comerciantes, soldados, marineros, diplomáticos, misioneros,
viajaban por el mundo, atravesaban océanos, descubrían y colonizaban nuevas tierras.
Llevados por la búsqueda de una nueva vida, afrontaban toda clase de peligros y corrían
toda clase de aventuras. Muchos lograron éxito, fortuna y fama, pero fueron muchos
más los fracasados que no lograron nada y perecieron en el intento.
Si el espacio era percibido como muy grande y muy difícil de superar, también el
tiempo era distinto, muy impreciso y difícil de apreciar. Aunque el transcurso del
LA VIDA COTIDIANA 81

tiempo parecía tener generalmente un ritmo lento y pausado, en determinadas circuns—


tancias parecía acelerarse, como sucedía por ejemplo en las grandes ciudades, donde
la actividad era frenética. El refrán <<el tiempo es oro» data precisamente del siglo XV,
refiriéndose a un tiempo que parecía valer cada vez más por ser cada vez más escaso.
Una imagen significativa era la utilizada por los literatos cuando comparaban a Sevi—
lla, la gran urbe del tráfico americano, con una olla hirviendo, para referirse a la im—
presión de continuo movimiento acelerado que daba a los visitantes.
La imprecisión no era mera subjetividad. El tiempo era efectivamente entonces
muy difícil de mesurar con exactitud. Para intentar fijarlo, medirlo y conservarlo se
echaba mano de recursos muy distintos, que iban desde la astronomía a las crónicas.
España seguía el calendario cristiano, que ponía en el centro de la historia el hecho que
se consideraba como principal, el nacimiento de Cristo, por lo cual, había un antes,
contado hacia atrás, y un después, hacia delante. Pero situar con precisión la fecha de
la aparición de Jesús en la historia de la humanidad no era tarea fácil y en el Renaci—
miento eran conscientes de que se habían cometido errores en el cómputo del tiempo,
por ello se trató de corregirlos reformando el calendario.
El nuevo calendario recibió el nombre de «gregoriano», porque su impulsor fue el
papa Gregorio XIII. La reforma se aplicó en 1582 y consistió en aumentar las fechas en
diez días para recuperar el tiempo atrasado. Para evitar nuevos retrasos se estableció una
nueva regulación de los años bisiestos. La Monarquía católica siguió esta iniciativa del
Papa, por lo que en 1582, en el mes de octubre, del día 4, en lugar de pasar al 5, se pasó al
15, hubo así un salto de fechas que causó algunos problemas en la época. Este cambio no
lo aplicaron todos los países; los protestantes, como Inglaterra, aunque el nuevo calen—
dario era más exacto, no lo adoptaron por haber sido auspiciado por el Papado, por lo
que durante años los calendarios de los diversos países europeos no todos coincidían.
Para medir el tiempo corto no había demasiados recursos, seguían utilizándose
los viejos relojes de arena, pero en el Renacimiento comenzaron a surgir nuevos relo—
jes, maquinarias de precisión muy ingeniosas, que eran verdaderas obras de arte. Pero
estos relojes no estaban al alcance de la mayoría, porque eran escasos y caros. Algu-
nos municipios introdujeron la novedad de poner un gran reloj público en la torre de
las casas consistoriales, generalmente en la plaza mayor; también lo hicieron a veces
los cabildos en alguna torre de la catedral. Sin embargo, en la vida cotidiana siguieron
siendo por muchos años las campanas de la iglesia las encargadas de marcar el tiempo
con sus diversos toques a lo largo del día y de señalar festividades, peligros y noveda—
des. El toque del ángelus señalaba el mediodía. El toque de la oración vespertina, a la
puesta del sol, señalaba el fin de la jornada de trabajo para muchos. En el ámbito más
personal y privado, la forma habitual de medir el tiempo en aquella sociedad impreg—
nada de religiosidad era compararlo con la duración de alguna de las oraciones más
frecuentes, como un avemaría o un credo. Aunque todos las conocían, es evidente que
no todos las rezarían al mismo ritmo.

2. La casa

Muy conveniente para la vida humana era contar con una casa, donde albergarse
y protegerse de una serie de amenazas. Había que buscar resguardo frente alas fuerzas
82 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

de la naturaleza, especialmente frente a un clima riguroso o un tiempo adverso, por el


frío, el exceso de calor, la lluvia, la nieve, el viento. Pero había tambien que buscar se—
guridad frente al ataque de animales peligrosos. El miedo a los lobos y otras alimañas
nutria constantemente los temores de individuos y comunidades, consciente e incons—
cientemente. Igualmente era necesario defenderse ante los ataques de otros seres hu—
manos, tanto de los que vivían al margen de la ley ——ladrones, bandoleros, delincuen—
tes—, como también rivales, en tiempos en que las bandas y facciones eran frecuentes,
y sobre todo en tiempos de guerra, tratando de ponerse salvo de los soldados enemigos
e incluso de las propias tropas que vivían sobre el terreno. cometiendo con frecuencia
abusos y violencias.
Las casas eran de tipos muy variados. Materiales, sistemas de construcción y for—
mas definen su estructura y su apariencia, pero hay que tener en cuenta numerosas cir—
cunstancias, la familia que la habita ——su número de miembros. nivel económico,
posición y rango social—, el lugar en que se halla —campo o ciudad—, su función
económica —centro de una explotación agraria, taller de un artesano, sede de una
compañía comercial—, el tipo de clima del lugar ——lluvioso o seco, frío o cálido—, la
integración en el paisaje —aislada o agrupada, en la montaña o en el llano, en la costa
o en el interior— y también los estilos de vida, las leyes y costumbres, las ideas reli—
giosas y la mentalidad, los gustos y aficiones.
Todo este conjunto de condicionamientos daba lugar a una serie de casas típicas,
según los países y las épocas. Un buen ejemplo de casas rurales tradicionales pueden
ser la masia catalana, el pazo gallego, el caserío vasco o el cortijo andaluz. Más allá de
las casas normales y corrientes, encontramos aquellas casas excepcionales que ро—
drían considerarse como verdaderas obras de arte, muchas veces más palacios que
simples casas; pensemos en la Casa de las Siete Chimeneas en Madrid, la Casa de Pi—
latos en Sevilla ola Casa del Arcediano en Barcelona. Una perspectiva todavía más in—
teresante es contemplar la casa dentro del conjunto y estudiar el urbanismo, que nos
dará muchos indicios sobre la vida colectiva, las actividades fuera de la casa y las rela-
ciones sociales.
Las casas podían estar construidas con materiales muy diversos, las más sencillas
en madera 0 adobe, también en ladrillo, las mejores en piedra. En Andalucía y otros
lugares existía la costumbre de encalar las paredes, lo que daba a las casas un alegre
color blanco y un aspecto muy limpio. La techumbre era de paja en las más pobres,
que eran muchas veces chozas más que verdaderas casas, las más acomodadas la te—
nían de tejas o pizarra. En climas cálidos y secos, las casas solían tener terrazas. El
suelo en las más humildes era con frecuencia de simple tierra batida, en cambio, las
casas de calidad tenían suelos de ladrillo, piedra o incluso mármol. Algunas consistían
simplemente en una planta, pero otras más grandes e importantes tenían varios pisos.
Las casas urbanas en las ciudades muy populosas solían ser de tres o cuatro pisos, para
aprovechar mejor el escaso espacio disponible. Las mejores casas contaban también
con graneros en la parte alta y sótanos, que se utilizaban generalmente como bodegas
y almacenes. Algunas tenían hermosas y prácticas galerías, espacios soleados, que so—
lían gozar de buenas vistas.
Contemplada desde el exterior, es fundamental entender la casa como imagen de
sus habitantes, de ahí la importancia de la fachada principal y sobre todo del portal.
Significativas son las grandes puertas de piedra coronadas por un escudo, que prego—
LA VIDA COTIDIANA 83

nan la condición nobiliaria de su propietario, como tantas pueden verse en Castilla 0


en Extremadura. El mismo significado de poder y dominio, además de su utilidad
como fortaleza de defensa, tenían las torres, que muchas veces existían en las casas
importantes. Las aberturas en los muros, para dar luz y permitir la ventilación, solían
ser pocas y pequeñas, para evitar la pérdida de calor interior y presentar menos oportu—
nidades a un ataque exterior. Normalmente se trataba de pequeñas ventanas, cuadra-
das o rectangulares, con contras de madera para poder cerrarlas. También era muy
común que en el exterior de las ventanas, sobre todo en las más bajas y accesibles, hu—
biera rejas de hierro, para aumentar la protección. En el interior solía haber cortinas,
desde un simple tejido sencillo a suntuosos cortinajes de seda. Las ventanas que dispo—
nían de vidrios emplomados suponían un gran lujo, por su comodidad y belleza. Más
tarde se comenzaron a utilizar persianas. A partir del siglo XVII en las casas urbanas se
pusieron de moda y se difundieron mucho los balcones con barandillas de hierro forja—
do. El entorno de patios, huertas 0 jardines mucho dice también del estilo de vida.
Siempre que el tiempo y las ocupaciones lo permitían, se acostumbraba a hacer vida a
la puerta de casa, en el patio 0 en el jardin, lugares que proporcionaban más espacio,
más luz y aire libre y que, además, como eran espacios intermedios entre lo privado, la
casa, y lo público, el campo, la calle, daban oportunidad de relacionarse con los veci—
nos, de entretenerse observando a los que pasaban.
En el interior, el espacio disponible es fundamental, pues se trata de un factor pri—
mario de diferenciación, entre casa grande y casa pequeña, pero a continuación es im—
portante fijarse en la distribución del espacio, según nos indican por ejemplo los in—
ventarios notariales. Las casas más modestas disponían de un espacio único, todo lo
más dos 0 tres, y no disponían de pasillo, sino que de una habitación se pasaba a la si—
guiente, dificultando mucho ese paso la intimidad. En cambio, las casas mayores po—
dían estructurarse en espacios diferenciados, que se especializaban según su función y
su destino, distinguiendo entre dormitorios, retretes, salas de diversos usos, gabinetes,
despachos o estudios, capilla, cocina, despensa, bodega. La casa rellejaba también
perfectamente la jerarquización familiar, destinando a los padres espacios mayores y
preferentes, especialmente al padre, siempre de forma secundaria a la madre, mientras
quedaban para los hijos otros menores, y todavía más reducidos y sencillos para los
criados, en caso de haberlos. Muy importante es también apreciar los diversos círculos
de sociabilidad, diferenciando, sobre todo en las casas más importantes, entre los ám-
bitos íntimos, como podía ser la alcoba, los privados, como eran determinadas salas
sólo utilizadas por la familia, y los públicos, como las salas destinadas a recibir visitas
o las zonas en que se recibían mercancías.
Importante por su función, y algunas veces también por su belleza, era el mobi—
liario. En la España moderna, incluso en las casas más ricas, los muebles eran escasos.
Las camas, algunas con dosel y cortinajes, para proporcionar calor e intimidad, eran
para las personas principales, pues los demás dormían en simples jergones o colcho-
nes sobre un sencillo armazón de madera o directamente sobre el suelo. En los buenos
lechos solían usarse varios colchones, uno encima de otro, rellenos de lana. Los arma—
rios eran pocos, generalmente se guardaban las cosas en estantes, en arcas o simple—
mente en cestos de mimbre. Era costumbre extendida que las novias llevaran como
parte de la dote un arcón para transportar su ajuar y conservar sus pertenencias; en el
siglo XVIII se introdujo con este mismo fin un nuevo mueble de mayor lujo, la cómoda.
84 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

que siempre tuvo un carácter eminentemente femenino, transformándose a veces en


tocador. También podía haber algún escritorio o algún bargueño, sobre todo para es—
cribir y para guardar libros, papeles, documentos, cartas, también joyas y otros objetos
valiosos. Sillas siempre había varias, generalmente de madera, las más sencillas de
madera y enea, otras de madera y cuero, también bancos y taburetes, y algún sillón, es—
pecialmente para el padre de familia y otros varones de mayor condición y respeto,
que solían usar los sillones de armazón de madera, con reposa brazos y con asiento y
respaldo de cuero. Las mujeres en el siglo XVI y XVII se sentaban en el suelo, sobre al—
mohadones, en un espacio preferente de la sala de estar, que era como una tarima cu—
bierta por alfombras, denominado estrado. Mesas fijas había pocas, alguna pequeña
para escribir, la mayoría eran simples tableros que se montaban sobre caballetes, se—
gún los comensales, de donde procede la expresión «poner la mesa». En las casas ricas
las paredes estaban cubiertas de tapices, que servían tanto para proteger del frío como
para decorar. También desempeñaban un útil servicio las cortinas, para evitar que se
perdiera el calor en invierno o entrara un exceso de sol en verano y también para guar—
dar la intimidad o crear una distribución optativa de espacios interiores. En el si—
glo XVIII comenzaron a ponerse de moda entre las clases acomodadas otros muebles,
como la mesa de noche o las mesitas de juego.
En la casa, en cuanto a imagen de la familia y del grupo social, era importante la de—
coración. En las casas de calidad solía haber cuadros y muchos objetos de plata, que se uti—
lizaban para diversos menesteres, especialmente el servicio de la mesa, y también para
atesorar e invertir y. sobre todo, para exponer ante los visitantes como medio de expresar
la riqueza y calidad de la casa. En las casas más modestas la decoración, si existía, se redu—
cía a alguna estampa religiosa, que era el motivo más frecuente. Los utensilios, tanto en
cantidad como en calidad variaban mucho, según el nivel económico y la condición so—
cial. En las casas acomodadas existían muchos objetos de materiales nobles para los más
diversos usos, en cambio en las casas pobres existían pocos y muy sencillos. Así en las ca-
sas ricas los utensilios de cocina eran de cobre, de estaño y hasta de plata, la vajilla solía de
ser de plata o de loza y los cubiertos también de plata. En cambio, las casas más humildes
alcanzaban sólo a unas cuantas ollas de barro cocido, escudillas y platos de madera o alfa—
rería vulgar, cuchillos de hierro y cucharas de madera. Para beber se utilizaban tazas o
cuencos de madera, barro 0 loza. Los vasos y copas de vidrio eran objetos de lujo. Los te—
nedores eran muy raros, comenzaron a utilizarse en la Corte y sólo se extendieron entre las
clases populares a fines del siglo XVIII y el XIX. Igual sucedía con la ropa de casa, sólo los
más favorecidos disponían de buenas sábanas, manteles y servilletas de lino y buenas
mantas de lana y de piel; las clases populares tenían que conformarse con simples mantas
de tejidos bastos y algún trapo para la mesa y la cocina. El menaje de la casa era expresión
del nivel económico, pero también del grado de civilidad en que se desarrollaba la vida.
Una cosa solía ir acompañada de la otra. No era sólo cuestión de riqueza, también de edu—
cación y de cultura, de <<maneras>> más refinadas.

3. Luz y agua

Otra necesidad esencial para la vida era la luz y el calor. En la España moderna se
dependía estrechamente de la luz natural, la luz del sol. La iluminación artificial era
LA VIDA COTIDIANA 85

muy cara y deficiente. Había que utilizar velas, candiles, lámparas, hachas, hachones.
Normalmente se quemaba aceite o sebo. La cera de abeja era un lujo carisimo, reser—
vado al culto religioso o al esplendor de la Corte. Las fuentes de luz y calor, para ilu—
minar y mantener un ambiente agradable y para cocinar, eran igualmente precarias, la
principal era el hogar. En las casas más pobres el hogar se hallaba en medio del espa—
cio central, lo que provocaba mucha suciedad y problemas de ventilación; cuando las
casas eran mejores existía la chimenea, para sacar el humo al exterior. En las casas
más importantes había chimenea en muchas de las habitaciones, pero incluso en esos
casos privilegiados el resultado no era del todo satisfactorio: la chimenea calentaba
una habitación, pero difícilmente toda la casa, y sólo los que podían estar cerca apro—
vechaban bien su calor, siempre con dificultades, pues era común en la época quejarse
de que se quemaban por un lado y se helaban por el otro. En los hogares y chimeneas
se quemaba leña. Pero en las casas modestas de la ciudad no solía haber hogar ni chi—
menea, lo más común era calentarse y cocinar con fogones, que eran normalmente de
barro, con un soporte inferior o con patas, y en cuyo interior se ponían brasas. Era im—
portante procurar que el fuego de la casa no se apagara del todo, porque encender fue—
go nuevo era lento y complicado.
También existían otros objetos destinados a proporcionar comodidad, como bra—
seros para calentarse los pies y calientacamas que eran unos objetos de metal con
brasas en el interior, que se introducían entre las sábanas, para no sentir frío al acostar—
se. Los hornos eran comunes en las casas campesinas, pero en la ciudad estaban prohi—
bidos por el peligro enorme de incendios y sólo lo podían tener casas muy grandes e
importantes que dispusieran de espacios exteriores aislados. La presencia continua de
fuegos encendidos en el interior de las casas era ocasión permanente de incendios, que
eran muy frecuentes y peligrosos, porque una vez prendidos resultaba muy difícil apa-
garlos, consumiendo casas y barrios enteros.
El agua era otra necesidad imprescindible para la vida. Se necesitaba para mu-
chas cosas, sobre todo para beber, también para la higiene personal, para lavar la ropa
y los utensilios, para fregar los suelos. Era un bien escaso y difícil de conseguir, por lo
que existían problemas tanto de cantidad como de calidad. Se obtenía de fuentes, ríos,
pozos, cisternas. El agua potable no abundaba y había que ocuparse con mucha fre—
cuencia, casi diariamente de asegurarse el suministro, dedicando a ello mucho tiempo.
Era preciso esforzarse por llevarla hasta la casa, a veces desde largas distancias, y al—
macenarla en condiciones óptimas, generalmente en grandes tinajas, de donde se pa—
saba a jarras 0 cubos, según los usos. Muchas veces era ocupación de las mujeres y los
niños ir a buscar agua a la fuente. En las ciudades existían aguadores, hombres que lle—
vaban agua a vender por las casas o para saciar la sed de los viandantes. La contamina—
ción del agua era un problema constante, lo que generaba preocupaciones y enferme—
dades.
La higiene personal era relativamente limitada, pero dependía mucho de los ni—
veles sociales. La gente solía lavarse por partes, muchas veces sólo la cara y las ma—
nos, y se bañaban en contadas ocasiones, de muchas maneras, desde lavarse en el co—
rral o acudir al río los campesinos, hasta sumergirse en una tina, cubierta en su interior
por una sábana, y llena de agua caliente, en alguna estancia reservada, las gentes más
refinadas. Era costumbre de urbanidad lavarse las manos antes y después de las comi-
das, pero no la seguía todo el mundo. Lavarse en exceso se consideraba perjudicial
86 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

para la salud y poco recomendable desde el punto de vista moral, pues la desnudez es—
taba siempre vista con recelo por los tratadistas más rigurosos. Ciertas abluciones
estaban además especialmente condenadas, como sospechosas de prácticas encubier—
tas de islamismo o judaísmo.
Para hacer las necesidades menores o mayores en las casas no existía un lugar es—
pecífico. En las casas campesinas, de día se salía afuera, al patio o al corral. Más com—
plicado era de noche en que se utilizaba algún orinal. En la ciudad se utilizaban orina-
les. Los orinales, llamados también «servidores», eran generalmente de barro cocido,
unos bajos y otros altos, para que resultaran más cómodos. Se colocaban en un rincón
de la habitación o bajo la cama y se tapaban con un trapo. En las casas más ricas se em-
pleaban a veces sillas agujereadas, con un recipiente a propósito. Tras haber sido utili—
zados, se echaba el contenido a la calle, gritando ¡agua va! para que los viandantes se
apartaran, cosa no siempre posible. Como resultado las calles estaban muy sucias.
Orinar y defecar se consideraban necesidades imprescindibles y no existían demasia—
dos problemas para hacerlo en público, incluso se consideraba aceptable recibir visi—
tas mientras se hacía.
Todo el que podía y especialmente los nobles, cuidaban mucho su aspecto perso—
nal, hombres y mujeres, especialmente las damas, que utilizaban muchos cosméticos,
para blanquear el rostro, dar color rosado y brillo a los labios, oscurecer las líneas de
los ojos y las cejas. suavizar las manos, <<enrubiar>> los cabellos. Especial inclinación
existía hacia los perfumes. como el agua de rosas o el agua de azahar.
Lavar la ropa, hacer la colada, era una de las actividades básicas de las mujeres,
bien para la propia familia, bien como lavanderas asalariadas para hombres solos o fa—
milias ricas. Era costumbre hacerlo una vez por semana. Con frecuencia las mujeres
acudían al río о al lavadero público y luego la ropa se extendía sobre la hierba o los ar—
bustos, procurando, siempre que fuese posible, que le diera el sol, para blanquearla y
dar mayor sensación de limpio. La ropa se lavaba con jabón, hecho muchas veces en
casa con grasa, y también se utilizaba lejía, igualmente casera, elaborada con cenizas.

4. La cocina y la mesa

Entre las múltiples ocupaciones cotidianas, una de las más fundamentales era la
alimentación. El ser humano necesita comer cada día, y si es posible lo hace varias
veces al día. Siendo una necesidad vital, se ha convertido en un complejo fenómeno
cultural que tiene un claro significado de distinción social. Además, la alimentación
abarca muchas actividades y precisa de una gran organización y dedicación. Hay
que pensar y actuar. Para poder comer hay que obtener los alimentos de un modo u
otro, generalmente yendo a comprarlos al mercado, después hay que cocinarlos, pre-
parar la mesa, servirla y luego sentarse y comer de acuerdo con las normas apropia—
das de relación social y las maneras de civilización establecidas, finalmente es pre—
ciso recoger la mesa y limpiar todos los objetos utilizados para cocinar, servir y
comer. Las gentes que no tenían estas preocupaciones comunes y habituales eran en
su mayoría gentes que tenían otras mucho mayores, gentes que no disponían de me—
dios para comer fácilmente todos los días y tenían que aplicar todo su interés a bus-
car el alimento necesario.
LA VIDA COTIDIANA 87

Sólo unos pocos ricos y privilegiados podían prescindir de toda preocupación, te—
nían dinero suficiente, gentes que se ocupaban de resolverles el problema y a ellos
sólo les quedaba sentarse a la mesa y comer. Pero incluso ellos solían preocuparse, al
menos en disfrutar con la comida, comiendo mucho y bien, de manera refinada, creati—
va e innovadora y tratando de hacerlo en compañía de los comensales apropiados. Las
modas gastronómicas se reflejaban en los recetarios de cocina, algunos muy famosos,
como el de Ruperto de Nola en el XVI y el de Martínez Montiño en el siglo XVII. Tam—
bién existían libros de cocina de carácter más sencillo y popular como el de Altamiras
en el siglo XVIII.
La alimentación española de la época moderna, como la de los demás países ve—
cinos, se basaba en un triángulo: pan, vino y carne, considerados los alimentos funda—
mentales del ser humano. Pero los lados del triángulo eran muy desiguales según las
clases sociales, pues mientras el pan y el vino eran los alimentos generales, la carne,
sobre todo la carne de calidad, no estaba al alcance de todos, al menos no ordinaria—
mente.
El pan no era un alimento complementario como lo consideramos ahora, era el
alimento central para la mayoría de la población. Estaba presente en todas las mesas,
pero los ricos comían menos ——tenían muchas otras cosas que comer—, y de la mejor
calidad, pan blanco de trigo, y los pobres, campesinos, artesanos, comían mucho más
—aparte del pan tenían pocas cosas más— y de calidad inferior, pan moreno (integral)
0 pan de mezcla. El pan lo comían las clases populares como alimento básico y casi
único, con algo de acompañamiento, pan con queso, pan con tocino, pan con cebolla.
También se usaba mucho para cocinar, para hacer sopas, para acompañar los asados.
Los cereales se consumían de otras formas, sobre todo como ingrediente de la olla,
para espesar el caldo, así, la sémola y la pasta, sobre todo los fideos, la pasta más ро-
ри1аг. El arroz era también muy apreciado y también se consumía generalmente en la
sopa, aunque también se hacían platos salados y dulces, como el arroz con leche.
La carne era el alimento más apreciado y deseado. Se creía que daba fuerza, vita—
lidad. Era el alimento por excelencia de la nobleza, de los guerreros y poderosos; re—
sultaba muy cara, por lo que pocos podían acceder a ella. Las clases populares sólo co—
mían de vez en cuando, poca cantidad y de baja calidad. La de consumo más habitual
era la carne de carnero. La volatería, de corral o de caza, pollos, gallinas, capones, pa—
lomos, perdices, faisanes, era la carne más apreciada, reservada a los ricos, a los días
de fiesta y a los enfermos. La carne de ternera era también un producto muy exclusivo
y poco frecuente. La carne se hacía sobre todo asada. También guisada. El consumo de
cerdo era alto, sobre todo entre las clases populares. Los perniles o jamones eran,
como hoy, la parte del cerdo más valorada, destinada al consumo de los privilegiados.
El tocino y la manteca eran la grasa más frecuente en todas las cocinas. Se utilizaban
para freír, para asar, para guisar. El aceite, contra lo que muchas veces se cree, no era
una grasa muy valorada, quedaba reservada para los días de abstinencia, en que no se
podía utilizar el tocino. También era costumbre utilizarla en la preparación del pesca—
do, incluso aunque no fuera abstinencia. La carne no podía consumirse todos los días.
La Iglesia ordenaba su prohibición en los días de ayuno y abstinencia, Cuaresma,
como penitencia de preparación a la Pascua, las vigilias de las grandes fiestas litúrgi—
cas y todos los viernes del año. Por devoción había religiosos y otras gentes piadosas
que hacían abstinencia en Adviento, como preparación a la Navidad, y todos los saba—
88 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

dos del año, en honor a la Virgen María. En esos días, además de cereales y verduras,
en sustitución de la carne, se consumía pescado, fresco o salado, también huevos o
queso. А1 margen de las normativas religiosas, ya que la carne era cara, el pescado sa—
lado, como el arenque y el bacalao, era el recurso habitual de las clases populares.
Las verduras y legumbres eran el complemento obligado de la dieta diaria, ingre—
diente básico de las tradicionales sopas y cocidos, plato principal de las comidas de la
época. Las verduras eran las de temporada, sobre todo coles, que hay todo el año. La
ensalada era muy valorada y existía la costumbre de tomarla en la cena, aliñada con
aceite y vinagre. Ajos y cebollas eran omnipresentes, pues eran además condimentos
muy apreciados en muchos platos. Las legumbres, habas, judías, garbanzos, lentejas,
eran muy frecuentes. Tenían la ventaja de ser productos abundantes, baratos, nutriti—
vos y que dejaban bien satisfecho el apetito. Siguiendo la pauta medieval, en la prime—
ra parte de la Edad Moderna abundaban las habas. A partir del siglo XVII comienzan
a dominar los garbanzos y las judías. Frente a la dieta eminentemente carnívora de las
clases poderosas, la de las clases populares tenía un marcado carácter vegetal, igual
que la de los monjes y frailes, los primeros por obligación y los segundos por devo—
ción.
La olla, el cocido, era el plato fundamental de cada día, con ingredientes muy va—
riados, según las diferentes clases sociales: verduras. legumbres. carnes de varias cla—
ses, carnero, vaca. tocino, chorizos. Unos pocos. los más ricos, comían una olla con
mucha carne. la mayoría con muy poca carne. sólo con verduras y legumbres. El plato
de carne asada. sobre todo volatería. también era un plato fundamental en las casas
acomodadas. Los asados se servían con diversas salsas. Había platos muy famosos y
apreciados, como el «manjar blanco», que se hacía con harina de arroz, pechuga de
ave, leche y azúcar. En la mesa cotidiana de las gentes ricas siempre figuraba la carne,
en abundancia, en la comida y en la cena, preparada de muchas formas y maneras; mu-
chas cuentas indican un consumo de una libra diaria de carne por persona.
La fruta fresca era normalmente desaconsejada por los médicos, no hay más que
leer a Sorapán de Rieros en su Medicina española contenida en proverbios vulgares
de nuestra lengua, publicada en Granada en 1615. Aunque poco valorada dietética—
mente, se consumía por gusto. En los siglos XVI y XVII era habitual en las mesas de ca—
lidad presentarla como entrante en las comidas del mediodía, fruta del tiempo, sobre
todo melones y uvas. Durante toda la época moderna también se servía como postre,
en dura competencia con los postres dulces. Muy apreciados eran los frutos secos, al—
mendras, avellanas, nueces, piñones, pasas, ciruelas pasas, por su alto valor energéti—
co, especialmente en invierno, cuando no se disponía de fruta fresca. Se tomaban
como postre y como merienda, también eran ingredientes de muchos platos y sal—
sas, como las picadas. La manera más apreciada de consumir la fruta era la confitura,
con azúcar o miel. Apreciaban mucho el dulce y además era una forma de conservar
los excedentes de fruta.
Las bebidas habituales eran el agua y el vino, éste mucho más apreciado por sus
cualidades energéticas, higiénicas y euforizantes. Todos bebían vino, hombres y
mujeres, laicos y religiosos, niños y adultos, pobres y ricos, gentes del campo y gen—
tes de la ciudad. Generalmente se bebían vinosjóvenes, de poca calidad, que no so—
lían conservarse bien. Las gentes acomodadas consumían, especialmente en las fies—
tas, vinos de calidad, viejos fuertes y dulces, que eran los más apreciados y también
LA VIDA COTIDIANA 89

los más caros. El vino no era sólo una bebida de placer, se consideraba un alimento,
que aportaba un valor nutritivo a la dieta, calorías, energía, con un factor animador e
integrador. El único problema era el exceso. Se puso de moda consumir bebidas frías
y se generó un gran debate médico sobre sus ventajas e inconvenientes. Se populari—
zaron bebidas como la leche de almendras, la horchata, las aguas de cebada y avena
y Otras bebidas refrescantes. El consumo de nieve creció enormemente, como resul-
tado de esta afición a las bebidas frías.
Existía también pasión por el dulce. Los endulzantes habituales eran la miel y
cada vez más el azúcar, sobre todo a partir del aumento de producción y descenso de
los precios derivados de la extensión del cultivo de la caña de azúcar en América. El
azúcar era uno de los llamados productos de ida y vuelta, que del Viejo Mundo fue lle—
vado al Nuevo y después volvió al Viejo. No existía una separación tajante entre dulce
y salado en las comidas, los sabores se alternaban en el menú y muchos platos eran una
mezcla. Era muy apreciado el <<agridulce>>. En la medida de lo posible se buscaba aca—
bar la comida con postres dulces. La llamada <<confitura», expresión que abarcaba
todo género de confites, grageas, frutas confitadas, pastas, mazapán, se hallaba siem-
pre presente en las fiestas y celebraciones. Los dulces, muy apreciados por las damas,
se consideraban, además, como un obsequio galante, para cortejar.
El gusto de la época se inclinaba por los sabores fuertes. Todos los alimentos se
salaban abundantemente, en la cocina y en la mesa. No podían faltar las especias en
abundancia, pimienta, clavo, canela, nuez moscada. Desde la época romana las espe—
cias orientales se hallaban presentes en la alta cocina y la costumbre se conservó en la
Edad Media, como elemento de distinción social, pues al ser escasas y difíciles de
conseguir eran muy caras y sólo se las podían permitir las personas más pudientes. En
la época moderna el avance de los turcos otomanos perturbó mucho las rutas tradicio—
nales de llegada a Europa de estos valiosos productos y la expansión marítima portu—
guesa y española debió mucho a la búsqueda de nuevos caminos de acceso a los países
de las especias. La conexión directa establecida fomentó la llegada de especias en
abundancia a precios siempre caros, pero menos que en otras épocas anteriores. Pese a
que no se trataba de alimentos de gran significación nutritiva, y a que su costo seguía
siendo muy alto, se había creado tal necesidad cultural que existía una gran demanda y
parecía casi imposible imaginar una cocina en la que no aparecieran las especias.
Incluso los más pobres las utilizaban en sus platos, al menos de vez en cuando y aun—
que fuese en poca cantidad. La compra de especias figuraba, por ejemplo, en las cuen—
tas de la casa de niños huérfanos de Barcelona. Los viajeros extranjeros se sorprendían
del gusto exagerado por las especias de que hacía gala la cocina española. También
eran muy importantes las hierbas aromáticas, perejil, tomillo, menta, hierbabuena, al—
bahaca, comino, anís, que daban sabor y resultaban mucho más asequibles a todas las
capas sociales. Igual afición existía por otros condimentos como el ajo, la cebolla, la
mostaza y las alcaparras. Ajo y cebolla, por su sabor intenso y permanente eran desa—
consejados para las clases altas, pues el mal aliento que podían ocasionar rebajaría la
calidad de los personajes importantes y así se consideraba poco apropiado para los co—
rregidores.
El orden de los platos seguía criterios establecidos, sobre todo en las comidas en
que era importante mantener las formas y seguir el ritual. Los banquetes comenzaban
con un entrante de fruta fresca del tiempo, melones, uvas, melocotones, manzanas.
90 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

Después seguía el cocido, tomando primero la sopa y después las carnes de la olla,
acompañadas con varias salsas bien especiadas; como contrapunto se servían después
algunas cremas suaves y dulces, como arroz con leche, bien sazonado con azúcar y ca—
nela, mezcla muy utilizada que recibía el nombre de «pólvora del duque»; después se-
guían algunos platos guisados, fritos o estofados, de carne o de pescado, para culminar
con un gran plato de asado, compuesto de varias piezas de volatería y otras carnes. Fi—
nalmente se terminaba con los postres, que eran salados y dulces. Se servían cosas
como aceitunas, jamón, queso y también frutos secos, mazapanes, tortas, pasteles,
confituras, anises. Se bebía agua y sobre todo vino, a veces mezclado con agua, para
hacerlo menos fuerte.

5. La incorporación de los productos americanos

El descubrimiento de América dio inicio a un gran intercambio de productos ali—


menticios entre España y el Nuevo Mundo, que introdujo cambios importantes en la
alimentación de uno y otro lado del Atlántico. Pero estos cambios resultaron lentos y
complicados. Ante la novedad, la actitud es ambivalente. Al producirse el encuentro
de dos sistemas alimentarios entra en juego una dialéctica de atracción y rechazo, ca—
racterística de la condición omnívora del ser humano. Atracción por lo nuevo, que su—
pone ampliar y diversificar los tradicionales recursos alimentarios y que lleva a inves—
tigar productos, a aclimatarlos y cultivarlos, a comerciar con ellos, a integrarlos en el
sistema culinario. Pero, a la vez, recelo y en ocasiones hasta rechazo, hacia lo que es
desconocido y potencialmente peligroso, que pertenece a otro sistema alimentario di—
ferente, y en el caso de América considerado primitivo e inferior, y que no se sabe
cómo integrar en el sistema culinario propio. En el proceso de introducción de los pro—
ductos del Nuevo Mundo en la alimentación del Viejo Mundo, los españoles no pres—
taron demasiada atención a la milenaria experiencia indígena. En algunos casos se si—
guió el ejemplo, como sucedió con la salsa de tomate, inspirada en la manera azteca,
pero en otros el procedimiento se apartó decisivamente como en el caso del maíz, tan—
to en su preparación, como en la asociación a otros productos en la dieta.
El ritmo de incorporación fue muy diverso. Desde que los nuevos alimentos fue—
ron conocidos por los españoles hasta que tuvieron una importancia real en sus siste—
ma alimentario pasaron siglos, aunque no faltaron excepciones ni diferencias notables
entre regiones y clases sociales. Merece la pena destacar el papel protagonista de
España, que actuó como puente entre América y Europa y fue pionera en la incorpora—
ción de los productos americanos. Y en cuanto a las diferencias sociales, dependían de
factores variados, como la abundancia y el coste de cada producto y también la menta—
lidad colectiva. Por ejemplo, dos productos de éxito inmediato, ambos destinados a
triunfar en la alimentación española de la época moderna, como fueron el pimiento y
el chocolate, tuvieron significados sociales distintos y, por tanto, trayectorias diferen—
tes. El pimiento y su derivado el pimentón, sustituto de las caras especias orientales, se
generalizaron rápidamente entre las clases populares, pues todos los cultivaban y los
consumían. En el siglo XVII aparece el chile en más de un cuadro famoso, La vieja
friendo huevos o Jesús en casa de Marta у María, de Velázquez.
El acceso al chocolate quedó primero reservado a la Corte, a continuación a los
LA VIDA COTlDIANA 91

más privilegiados y poderosos y, después, su uso se fue difundiendo a toda la socie-


dad a medida que aumentaron la producción y el comercio y bajaron los precios. En
el siglo XVII se había popularizado ya mucho, sobre todo en Madrid y entre las clases
acomodadas. Entonces el chocolate se tomaba en jícaras, caliente, espeso, endulza-
do con mucha azúcar para compensar su característico gusto amargo, y fuertemente
especiado, con pimienta, canela, jengibre. Se acompañaba de pan, pastas o bizco—
chos. Después se solía beber un vaso de agua fresca. Recordemos algunos bodego-
nes, como el de Juan de Zurbarán o el de Antonio de Pereda. El interés que suscitaba
se reflejó en numerosos tratados, como el libro de Antonio de León Pinelo: Question
moral. Si el chocolate quebranla el ayuno eclesiástico, publicado en Madrid en
1636. El chocolate no era sólo un placer individual, sino que constituía el centro de
las reuniones sociales, los típicos «agasajos» y se consideraba un obsequio de gran
lujo. Según anotaba Barrionuevo en sus Avisos, en 1654 el duque de Alburquerque
se gastó una verdadera fortuna regalando chocolate. En el siglo XVIII el chocolate si—
guió su camino ascendente, convirtiéndose en una verdadera pasión. Los más afor—
tunados lo disfrutaban diariamente en desayunos y meriendas, se convirtió en bebi-
da de sociabilidad por excelencia como obsequio central de visitas y tertulias, y
como todos aspiraban a probarlo aunque fuera de tarde en tarde era costumbre que
constituyera el premio de muchas rifas.
Hubo, pues, grandes diferencias de cronología en la incorporación de los diver—
sos productos americanos a la alimentación. Algunos se integraron de forma relativa—
mente rápida, como el pimiento, lajudía, el chocolate y el pavo. Este último tuvo una
recepción inmediata, avalado por el prestigio de la volatería, y se convirtió en una de
las aves más apreciadas. Tiene el gran honor de ser el único producto americano citado
por Cervantes en El Quijote. En el episodio de los cabreros, Sancho Panza lo mencio—
na como paradigma de una mesa de calidad.
En cambio otros productos americanos se incorporaron de forma mucho más len—
ta y tardaron siglos en consolidarse, como sucedió con el tomate, que no triunfaría en
la cocina española hasta el siglo XVIII. En el siglo XVII el tomate se consumía sobre
todo en ensaladas, pero después se impuso fundamentalmente bajo la forma de salsa
de tomate, que, a pesar de su origen americano, acabaría siendo una de las señas de
identidad más significativas de la cocina española y mediterránea. Todavía más para-
dójico fue el caso de la patata y el maíz, que a pesar de su gran riqueza nutritiva, sólo
entraron en la alimentación humana en el siglo XVIII, venciendo muchas resistencias,
con ocasión de graves penurias derivadas de crisis de subsistencias como la de 1764 o
de las guerras contra Inglaterra y sobre todo la guerra contra Napoleón.
Los productos americanos que se incorporaron a la alimentación española no
cambiaron los sistemas alimentarios, sino que buscaron sus propios espacios dentro
de ellos, bien por asociación a productos similares existentes, como sucedió con el
pavo, que rápidamente encontró aceptación por tratarse de un ave, la carne más apre—
ciada en la época, 0 como el maíz, que es un cereal y ocupó su lugar entre los cereales,
pero subordinado al trigo, 0 como el pimiento, que encontró un sitio entre las verduras
y sobre todo ocupó un lugar destacado como condimento, el pimentón, alternativa y
complemento de las preciadas especias orientales; bien abriéndose un hueco propio,
como sucedió con el chocolate, que triunfó como bebida de prestigio.
Existían muchas circunstancias diversas, por ejemplo, las técnicas y las econó—
92 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

micas. Algunos productos fueron rápidamente aclimatados en Europa y su cultivo se


difundió fácil y extensamente, como el pimiento, lajudía, el tomate o el maíz, aunque
su proceso de incorporaciön a la alimentación humana no fuera igual; otros productos
no se podían aclimatar ni cultivar, pero podían ser objeto de un activo comercio, como
el cacao; y existían otros que, a pesar de ser muy apreciados por los españoles que visi—
taban América, en Europa no podían cultivarse y tampoco podían transportarse y se
convirtieron en productos raros, como sucedió con la piña americana, que se consu-
mía en España en conserva. Tambien eran muy importantes la mentalidad y la ciencia,
aunque las opiniones de los médicos no siempre eran conocidas y tampoco seguidas.
Entre los productos americanos, no todos gozaron del mismo prestigio alimentario,
dietético y social; algunos fueron muy valorados, como el chocolate, que era conside—
rado un manjar exquisito y saludable, remedio para los enfermos, signo de poder y pri—
vilegio, deseado por todos, y, en cambio, otros productos, como el maíz y la patata,
con un papel alimentario de primer rango, a pesar de su importancia en las dietas indí—
genas, fueron despreciados y tardaron mucho tiempo en abrirse camino.
América no cambió sustancialmente la alimentación del Viejo Mundo, pero la
enriqueció de modo extraordinario. Aunque no provocó una ruptura, le dio variedad,
nuevos sabores y sobre todo nuevos colores, intensos y llamativos. Antes del descu—
brimiento de América, la alimentación medieval presentaba unos tonos suaves, que
cambiaron radicalmente con la incorporación del vivo colorido, especialmente rojo,
del tomate y del pimiento. Resulta muy revelador para establecer signos de identidad
culinaria el testimonio de los extranjeros. Algunos de los productos venidos de Améri-
ca, como el pimiento y el tomate, se convirtieron, en opinión de los viajeros de otros
países, en productos tradicionales, que caracterizaban la comida típica española.

6. El vestido

Un significado similar al de la alimentación tenía el vestido; también era una ne—


cesidad básica convertida en fenómeno social y cultural. Respondía, como la casa, a la
necesidad de protegerse de los rigores de la naturaleza, frío, calor, lluvia, viento, pero
a ello se sumaban otras razones como el pudor natural que llevaba a cubrir la desnu—
dez, así como motivos morales y religiosos, que influían en el modo de vestirse. En
general, la mayoría de la gente disponía de muy pocos vestidos, de paño de mediana 0
mala calidad, y variaban raramente. Se vestía casi igual en verano y en invierno. Sólo
alguna pieza mejor era reservada para las fiestas. Vestían igual durante toda la vida,
pues apenas existía diferencia en función de la edad. A los niños recién nacidos los fa—
jaban porque consideraban que era mejor que no se pudieran mover. Superada la épo—
ca delos pañales, los vestían como adultos en pequeño. Eran de uso común sombreros
y gorros. El calzado popular era muy simple, de cuero o de esparto. En zonas húmedas
se utilizaban zuecos de madera.
Pero la vestimenta era también uno de los signos más primarios y poderosos de
distinción social. A través del vestuario se manifestaba de manera clara el nivel econó—
mico y la posición que se ocupaba en la sociedad. Nada más fácil e inmediato que ad—
vertir el abismo que separaba a la alta nobleza cortesana, ataviados con sus complica—
dos vestuarios de lujo, confeccionados con ricas telas de seda o brocado de llamativos
LA VIDA COTIDIANA 93

colores, con mangas acuchilladas y llenos de lazos y bordados, de las clases popula-
res, vestidas modestamente, con ropas sencillas, de tejidos bastos y colores pardos y
grises. Hasta tal punto se consideraba el vestido expresión social, que más de una vez
intervendría el gobierno, legislando sobre la vestimenta, con el fin de reforzar el orden
social establecido. Cada uno debía vestir según le correspondía, en función del grupo
al que pertenecía y así, por ejemplo, el uso de los vestidos de seda estaba reservado a la
nobleza.
Muy importante era también la diferenciación sexual, pues el vestuario separa-
ba tajantemente lo masculino y lo femenino. En la España moderna, el traje de los
hombres y el de las mujeres se hallaba muy bien diferenciado y no se admitían trans-
gresiones, salvo en fiestas como el Carnaval y aun con el reproche de las autorida—
des. En el caso de las mujeres la moral era muy estricta y se la obligaba air muy reca—
tada, con faldas hasta los pies, y siempre con la cabeza cubierta en la calle y en luga-
res públicos. En la iglesia, la mujer, en señal de respeto y sumisión, debía ir siempre
con un velo o mantilla. Incluso existía en ciertos lugares la costumbre de cubrir—
se con un manto casi todo el cuerpo, incluida la cabeza y la cara, dejando sólo un ojo
para ver: eran las llamadas <<tapadas». La costumbre respondía a la mentalidad pa-
triarcal de la época, que consideraba necesario proteger de miradas lascivas el pudor
de las mujeres y las obligaba a mantenerse ocultas. La costumbre parece que estaba
especialmente extendida en tierras andaluzas y eso ha llevado a relacionar el fenó-
meno con su pasado islámico. Un viajero extranjero del siglo XVII, Jouvin, escribía:
<<Las mujeres se envuelven todo el cuerpo con un gran velo de tela negra y no dejan
ver más que el ojo derecho cuando van por las calles, lo que ocurre raras veces, a no
ser para ir a misa y a la función religiosa del domingo, adonde van con el rostro des—
cubierto.»
También contaba la profesión 0 el tipo de trabajo que se realizaba, que podía con—
dicionar el tipo de vestido. Los letrados eran inmediatamente reconocidos por sus to—
gas, y era un claro indicio el típico delantal de cuero que usaban los herreros y otros ar—
tesanos para protegerse en sus tareas. Frontera igualmente muy marcada es la que dis—
tinguía a laicos de eclesiásticos. El traje talar de los sacerdotes diferenciaba bien un
simple cura de aldea, con su sencilla y raída sotana, de un prelado, especialmente un
cardenal, identificado por sus ropajes púrpuras, y, sobre todo los variados hábitos de
las órdenes religiosas, que a la vez los escondían como individuos y los señalaban
como pertenecientes a una determinada comunidad, con diferencias muy nota—
bles como las que distinguían, por ejemplo, a un dominico con su elegante hábito
blanco y negro de buen paño, de un pobre franciscano o carmelita descalzo, vestido de
estameña. La misma finalidad de identificación con el grupo tenían los uniformes mi—
litares, que, sobre todo entre los jefes, sacrificaba completamente la comodidad a la
exaltación del rango, como muestra, por ejemplo, la llamativa banda roja con un gran
lazo, que no era un adorno sino la señal del mando. Un sentido especial tenían las ves—
tiduras rituales y ceremoniales, como podían ser las litúrgicas, usadas por los sacerdo—
tes y las jerarquías eclesiásticas para celebrar la misa y realizar otros actos de culto.
Otro caso podrían ser los trajes de Corte, utilizados por la alta nobleza en las grandes
ceremonias palaciegas. Igualmente simbólico era el hábito de las órdenes de caballe—
ría, con sus grandes capas e insignias, como la «roja cruz en forma de espada» de la or—
den de Santiago. Ciertas actividades como, por ejemplo, ir de caza también requerían
==… 】
94 IIISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

un vestuario especial adaptado para montar a caballo y caminar por el monte, con ropa
y calzado adecuados, como las botas y espuelas.
Cuestión especial era el luto, que obligaba a vestir de negro riguroso durante el
tiempo siguiente a la defunción de un familiar o pariente, un tiempo largo que podía
ser meses o años. Las viudas tenían además por costumbre ponerse tocas blancas, lo
que le daba a su vestimenta un aire monjil. El negro de calidad era un color caro y difí—
cil de conseguir, por lo que los lutos de importancia eran muy costosos. Símbolo de
austeridad, el negro entrañaba también un signo de grandeza, y así fue adoptado por la
Corte española desde mediados del reinado de Felipe ll, cuando el monarca, encerra—
do en El Escorial, impuso esa moda como señal de distinción y poderío, que no reque—
ría adornos. Como consecuencia, el severo traje de paño negro se convertiría en la
imagen clásica del caballero español del Siglo de Oro, como evoca el famoso caballe-
ro de la mano en el pecho pintado por El Greco, todo de negro, salvo el cuello y los pu—
ños de encaje blanco y la empuñadura metálica de la espada. Pero el negro no fue per—
manente, los vivos colores del primer Renacimiento, regresarían con el barroco y con
la moda del siglo XVIII, tanto en el traje femenino como en el masculino.
Existía mucha afición a disfrazarse y, además del Carnaval, en que todos se ves—
tían de lo que no eran, se celebraban muchos bailes y desfiles de máscaras. Esta afi—
ción al disfraz abarcaba a todas las clases sociales, cada uno según sus posibilidades.
Muy típicos eran los desfiles gremiales en que los artesanos solían ir disfrazados en
ocasiones como las entradas reales. A veces el disfraz no era simplemente lúdico.
Algunas prendas de ropa, como las amplias capas y los grandes sombreros de alas ba—
jas, eran utilizadas por los delincuentes para ocultarse y poder cometer sus fechorías
sin ser reconocidos. En alguna ocasiôn llegaron a poner el orden público en peligro, y
ésa fue la razón de una medida como la de l766, en que se ordenó recortar las capas
y subir las alas de los sombreros, suscitando tal descontento que contribuyó a desenca—
denar el motín de Esquilache. Cuestión aparte era el vestuario teatral usado por los ac—
tores en las representaciones y espectáculos.
El vestuario se hallaba bien establecido y entre las clases populares varió relati—
vamente poco a lo largo de la época moderna, sólo los ricos y privilegiados podían se—
guir las modas y variar continuamente. Significaba un alarde de riqueza, lujo, gusto y
estilo personal y de clase. La moda del siglo XVI y comienzos del XVll imponía para el
traje masculino birrete o sombrero con plumas en la cabeza, en el cuello, gola o gor-
guera rizada, para el cuerpo jubón, cubriéndose con gabán o capa, desde la cintura has—
ta la mitad del muslo, bullones, con adorno de galón o de acuchillado —igual que en
los brazos— y calzas de punto, y como calzado, zapatos de punta roma y ancha 0 altas
botas. Para el traje femenino también bullones y acuchillados en las mangas, gorguera
rizada en el cuello, para el cuerpojubones y corpiños, realzando el busto, amplias fal—
das y sobrefaldas, por encima capas y mantos, y la cabeza cubierta con cofias y toca—
dos. En el reinado de Felipe IV hubo cambios significativos, se suprimió el bullón y se
adoptaron los calzones anchos hasta la rodilla, se abandonaron las calzas para llevar
medias. El traje femenino ganó en volumen, llevando hasta el extremo las exageracio—
nes barrocas, con faldas ampulosas y jubones muy ceñidos que aplanaban el busto.
Las modas superaban la funcionalidad y transformaban la figura humana hasta
extremos inverosímiles. Pensemos, por ejemplo, en el <<guardainfante>>, tan caracterís-
tico del traje femenino del barroco, que daba una apariencia plana y apaisada al cuerpo
LA VIDA COTIDIANA 95

de la mujer, completada por el busto encorsetado por la basquiña y las anchas mangas,
como se ve muy bien en los retratos cortesanos de Velázquez. Muy importantes eran
también los complementos, desde los complicados sombreros y tocados para la cabe—
za, hasta los zapatos, tan sofisticados como los famosos <<chapines», que obligaban a
las damas a verdaderos equilibrios. Imprescindibles las joyas, collares, pulseras, ani—
llos, diademas, broches, cinturones. Famoso era el collar de los Austrias, culminado
por la célebre perla llamada <<la peregrina», que cubría prácticamente todo el busto de
la dama que lo lucía. Signo de distinción eran los finos guantes de seda o gamuza, re—
pujados, bordados y perfumados con diversos aromas, especialmente ámbar, que usa—
ban hombres y mujeres.
Las modas eran con frecuencia tan exageradas y excesivas que, en ocasiones, se
tomaron medidas para evitar los abusos. Un buen ejemplo es el caso de las gorgueras,
los enormes cuellos de encañonados simétricos, a cuyos grandes rizos almidonados se
les llamaba <<lechuguillas>>, usados a comienzos del siglo XVII. Eran muy incómodos, y
además era un lujo muy caro, completamente superfluo, empeorado todo porque los
cuellos solían importarse de Flandes y de Holanda. Además, requerían para su mante-
nimiento criados especializados, que cobraban elevados precios por sus servicios. To—
dos los criticaban; Quevedo escribió: <<traía un cuello tan grande que no se le echaba
de ver si tenía cabeza». Pero como era moda, todo el que podía lo usaba como signo de
distinción, hasta que en 1623 se dictó una pragmática limitando los excesos suntua—
rios, prohibiendo los aparatosos cuellos de gorguera y sustituyendolos por los cuellos
planos de valona, menos voluminosos y más sencillos, pero también almidonados y
adornados generalmente con encajes. El rey Felipe IV fue el primero en dar ejemplo,
abandonö los viejos cuellos y comenzó a usar los nuevos, poniéndolos así de moda.
Estaban también de moda los cuellos de golilla, pequeños y duros, que enmarca—
ban el rostro con un característico trazo blanco. En el siglo XVIII estos cuellos identifi-
caban a los letrados y más específicamente a los funcionarios que procedían de una
extracción social burguesa, que habían realizado estudios universitarios, pero no per—
tenecían a un colegio mayor, y que habían entrado al servicio del Estado para desarro—
llar el programa reformista ilustrado. <<Golilla>> sería, por ejemplo, José Moñino, el fu—
turo conde de Floridablanca. En contraste con la golilla se puso de moda el uso de la
corbata, que era una prenda de ori gen militar.
Si en el Siglo de Oro era la moda española la que marcaba la pauta, como una
consecuencia más del poderío y prestigio que había alcanzado la Monarquía española,
en la segunda mitad del XVII, a partir del reinado de Luis XIV, el modelo será sustitui—
do por la moda francesa. En el siglo XVIII el afrancesamiento se acentuó, siguiendo el
vestido la tendencia cultural dominante. Además, en esa época, el fenómeno de la
moda se extendió también a las clases burguesas emergentes y se suscitó un encendido
debate sobre las ventajas e inconvenientes, económicos, sociales y morales, del lujo.
Son piezas características de la indumentaria masculina los calzones ajustados hasta
la rodilla con medias, los adornados chalecos, las chaquetillas y, sobre todo, las largas
casacas de ricas telas de seda, muchas veces bordadas en colores. Como adorno del
cuello la corbata sustituyó a la golilla. En el vestuario femenino era elemento obligado
el miriñaque. Especial protagonismo adquirió entonces el uso de las pelucas, tanto
para los hombres como para las mujeres. Grandes pelucas, con preferencia blancas.
cuidadosamente peinadas y empolvadas, eran de obligación para las personas de cali—
96 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

dad, culminadas por sombreros, como el típico de tres picos para los hombres y otros
mucho más complicados para las mujeres, destacando también como pieza esencial
del tocado femenino las mantillas de encajes. A fines del XVIII, elementos inspirados
en el vestido popular se introdujeron debidamente adaptados en la vestimenta de cali—
dad, dando lugar a la moda goyesca.

7. Trabajo y ocio

En la vida cotidiana de los españoles de la Edad Moderna existía un tiempo para


cada cosa, un tiempo para el trabajo y un tiempo para el ocio, sólo que estos tiempos
eran muy desiguales, en función, sobre todo, de la condición social y del nivel econó—
mico de cada persona. En el modelo de vida nobiliaria, casi toda la jornada estaba de—
dicada al ocio, las visitas, la caza, las diversiones, la fiesta, el teatro, el baile; aunque
no todos los nobles eran tan ociosos y también se dedicaban a administrar su patrimo—
nio y а cumplir con los deberes derivados de los cargos que ocupaban, especialmente
en el ejército. Para la mayor parte de las gentes, la vida cotidiana estaba llena, de sol a
sol, con el trabajo, ya fuese, para los hombres, en el campo o en el taller y para las mu—
jeres en el cuidado de la casa y de la familia. Los tiempos de descanso y de ocio eran
pocos y transcurrían muchas veces en el hogar, pero los hombres, que tenían mucha
más libertad que las mujeres. al terminar el trabajo solían reunirse un rato en la taberna
o en el mesón y, más tarde, ya a fines del siglo XVIII, también en el café, para hablar,
beber y jugar.
Espacios de encuentro y relación social existían muchos y diversos, que iban des—
de lo íntimo, pasando por lo privado, hasta lo público. Las gentes, familiares, parien—
tes, ami gos, vecinos, cuando tenían tiempo libre al final de la jornada o disfrutaban de
algún día de fiesta, se reunían en las casas para charlar, beber vino, jugar a cartas; las
mujeres también para coser o hacer labores. Pero también salían a la calle a pasear, a
cortej ar, a curiosear y chismorrear. La plaza mayor, la calle principal eran los lugares
de encuentro y reunión por excelencia, escenarios creados para actos, fiestas y cere—
monias, que se utilizaban cotidianamente para miles de actividades y relaciones. En
Madrid la gente ociosa y curiosa se congregaba en los <<mentideros», para enterarse y
propagar noticias y rumores, como sucedía en las gradas de la iglesia de San Felipe el
Real, a la entrada de la calle Mayor, o en la calle del León, donde se reunían las gentes
del teatro.
Lugar privilegiado era también la iglesia, espacio esencialmente religioso, de en—
cuentro de los hombres con Dios, pero que también se utilizaba ordinariamente para
encuentros humanos, incluso para el cortejo y la cita de parejas, pues no era fácil elu—
dir la vigilancia en otros lugares y acudir a la iglesia podía ser una buena excusa. Pero
existían muchos otros ámbitos de encuentro y relación, uno muy importante era el
mercado, donde se mezclaban vendedores y compradores, no siempre sólo para inter—
cambiar productos. También, la barbería para los hombres o la fuente pública y el la—
vadero comunitario para las mujeres.
En el siglo XVIII surgieron nuevas prácticas y nuevos espacios de sociabilidad,
privados y públicos, que alcanzaron un importante significado social y cultural. Uno
de los ejemplos más característicos es el de las tertulias, llamadas también entonces
LA VIDA COTIDIANA 97

<<visitas>> y «estrados». Eran reuniones de familiares, parientes, amigos, conocidos y


desconocidos, pero eran mucho más. Eran formas más abiertas y creativas de estable—
cer y mantener las relaciones humanas más variadas. La tertulia no era un fenómeno
nuevo, tenía antecedentes en el Humanismo y en el Barroco; tertulias, academias lite—
rarias y reuniones similares ya habían existido en siglos anteriores, pero en la Ilustra—
ción adquieren especial relieve, pues se convierten en instrumento fundamental de la
sociabilidad de las elites, cauce de la difusión de las Luces y del desarrollo de la opi—
nión pública y, también, ocasión destacada de las nuevas relaciones entre hombres y
mujeres. El fenómeno era complejo. Unas tertulias tenían una clara inclinación cultu—
ral, erudita, literaria o científica. Otras, en cambio, se decantaban preferentemente ha—
cia las relaciones sociales 0 las relaciones políticas. En las tertulias, lo social y lo cul—
tural se hallaban estrechamente ligados, pero también lo personal influía, pues eran
ocasión de encuentro, amistad y amor.
Las prácticas de sociabilidad eran muchas y diversas, tanto horizontales, refor—
zando los vínculos de solidaridad entre iguales, como verticales, tan características de
una sociedad altamente jerarquizada como era la de la España moderna. Eran relacio—
nes humanas muy complejas que iban desde la dependencia y el respeto a la amistad y
el amor. Los sentimientos corresponden al interior de las personas y, por tanto, difícil—
mente identificables, pero la expresión de estos sentimientos resulta muy significativa
de cada época histórica. Besar la mano podía, ser un signo feudal de reconocimiento
de la dependencia del vasallo hacia su señor, pero también una señal de cortesía de un
hombre hacia una mujer o de un inferior a un superior, ya fuese éste un sacerdote,
un maestro o un anciano respetable. Especial significado tenían estas expresiones en
el caso de las relaciones de pareja. Costumbres como el cortejo o galanteo, en que un
hombre manifestaba su interés por una mujer, con finalidad de matrimonio, estaban
perfectamente codificadas; el galán podía en un determinado momento, entrar en la
casa y ofrecer algún obsequio apropiado a la novia, pero la pareja no podía verse a so-
las, sino siempre con la vigilante presencia de un familiar o una señora de compañía.
En el Siglo de las Luces se produjo una cierta evolución hacia formas más libres
de relación social. Las tertulias, con el paso del tiempo, se fueron tiñendo de los nue—
vos valores de la época, la sensibilidad, la sensualidad, el placer de vivir y la búsqueda
de la felicidad. Se puso de moda una manera más abierta y efusiva de relacionarse las
personas, especialmente hombres y mujeres, y el éxito social de las tertulias, fue am—
pliado por la difusión que alcanzaron. Cadalso advertía el cambio que se había produ—
cido: <<A las visitas espaciadas y reverencias graves ha sucedido un torbellino de visi—
tas diarias, continuas reverencias, estrechos abrazos». El cortejo adquirió entonces ca—
racterísticas especiales muy distintas a las tradicionales. El protagonismo femenino se
impuso en la gran mayoría de las tertulias, donde en ocasiones una mujer, la anfitrio—
na, casada, se rodeaba de hombres, más o menos admiradores suyos, entre los que ella
elegía uno como preferido —que no era su marido, sino generalmente un hombre sol—
tero, muchas vecesjoven— el <<cortejo», es decir el caballero que se constituía en fiel
servidor de la dama y que la acompañaba a todas horas y a todas partes en la mayor in—
timidad, desde que se levantaba, hasta que se acostaba, incluida la iglesia, el paseo, las
compras, la comida, el teatro, el baile, y, por supuesto, la tertulia.
En la jornada cotidiana de las clases populares existía poco tiempo para la sole—
dad y la intimidad. La vida de las clases bajas era muy comunitaria, siempre todos jun-
98 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

tos, en grupo, ya fuese la familia, los amigos, los compañeros del gremio o de la cofra-
día. Pero entre las clases nobles y acomodadas hubo un paulatino descubrimiento y
una progresiva conquista del tiempo personal y del espacio privado, para rellexionar,
leer, escribir, estudiar, orar, etc. De estos momentos de soledad y recogimiento surgie—
ron cartas, diarios y otros escritos, muchos de ellos auténticamente personales, fruto
de la introspección y el silencio, que revelaban la importancia de la vida interior en el
día a día de algunas gentes de la España moderna.
Especial significado cultural tenía la lectura, que era una actividad que se realiza—
ba tanto en privado como en público, porque era costumbre extendida leer en voz alta
para un grupo de personas, unas veces por necesidad, pues existía un gran número de
analfabetos, pero también por gusto, como medio de compartir la experiencia de la
lectura. Desde la invención de la imprenta, el libro adquirió un gran protagonismo en
la vida cotidiana de muchas gentes, en unas ocasiones por razones profesionales,
como podía ser el caso de abogados o médicos, pero también por entretenimiento,
para pasar el tiempo en una actividad agradable y provechosa. La mayoría de los libros
eran de tema religioso, devocionarios, vidas de santos, pero también había mucha afi—
ción por obras de ficción como las famosas novelas de caballerías, relatos de amor y
aventuras, que presentaban un mundo idealizado y que fueron extraordinariamente
populares. Entre las clases bajas los romances de ciegos y la literatura de cordel llena—
ban la demanda, con historias de amor, violencia y magia.

8. Espectáculos, juegos y diversiones

La rutina del trabajo que llenaba la mayoría de las horas de la vida cotidiana se
veía de vez en cuando rota por la alegría de fiestas y celebraciones. Aunque la reali—
dad dominante era el tiempo del trabajo, se ha calculado que en la España moderna
existían al cabo del año en torno al centenar de fiestas. El ritmo semanal se alteraba
con el preceptivo descanso de los domingos, el calendario anual estaba punteado de
fiestas, y la vida de las personas también contaba con algún festejo relacionado pre—
cisamente con sus momentos culminantes, especialmente la boda. Y mientras estas
ocasiones eran más о menos previsibles y esperadas, también existían de tarde en
tarde algunas fiestas extraordinarias, advenimiento al trono de un nuevo rey, cele—
bración de la paz o canonización de un santo. Frente a estas festividades periódicas,
existían otras diversiones más cotidianas y permanentes, unas privadas y otras pú—
blicas, unas interiores, que se realizaban en recintos cerrados, y otras exteriores, que
se desarrollaban en la calle. Francois Bertaut, un viajero francés que visitó España
en el siglo XVII afirmaba que <<todas las diversiones de Madrid son el paseo y la co—
media». Entre los espectáculos más populares de la Edad Moderna hay que destacar
el teatro y los toros, que eran aficiones de muy amplio espectro, pues abarcaban des—
de la nobleza cortesana & las clases populares.
El teatro era de general aceptación en todas sus manifestaciones. Había teatro en
palacio —ante el Rey y la Corte—, en los típicos corrales de comedias —como el co—
rral de la Pacheca en Madrid—, en las plazas de los pueblos, en las iglesias y en las ca—
sas particulares. La expectación ante cada nuevo estreno era tan grande que en los tea-
tros públicos existían con frecuencia problemas para conseguir localidades. Las gen-
LA VIDA COTIDIANA 99

tes de las clases populares se agolpaban, de pie, en la platea; las mujeres tenían como
lugar propio la llamada «cazuela» y sólo unos pocos lograban sentarse. Como decía
Antoine de Brunel, un viajero francés del XVII, «el pueblo se siente tan inclinado a esta
diversión, que con trabajo se puede encontrar asiento». Los dramaturgos y comedian—
tes alcanzaron gran fama en la época. Autores como Lope de Vega y Calderón eran
enormemente conocidos y celebrados. También los actores alcanzaron gran populari—
dad, como fue, por ejemplo, el caso de Cosme Pérez, alias Juan Rana. También las ac—
trices fueron muy famosas y admiradas, llegando algunas a convertirse en amantes
reales, como sucedió con María Calderón, conocida como la Calderona, que tuvo un
hijo de sus relaciones con Felipe IV, don Juan José de Austria. Pero la gran mayoría de
cómicos de la legua eran perfectos desconocidos, que llevaban una vida itinerante,
de pueblo en pueblo, pasando muchas necesidades y muy mal vistos por la sociedad
establecida.
En el Siglo de Oro, el teatro constituyó una de las grandes cumbres de la literatura
española. Las obras dramáticas fueron escritas por miles y muchas, como Peribáñez,
Fuenteovejuna, El Alcalde de Zalamea o La vida es sueño, alcanzaron la calidad de
obras maestras. Los autos sacramentales, que unían lo religioso al teatro, y se hallaban
especialmente vinculados a la fiesta de Corpus, disfrutaban también de gran atractivo
para el público. A las clases populares les gustaban especialmente las comedias mági—
cas, llenas de prodigios y de efectos especiales. En el siglo XVIII se rechazaron todos
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estos contenidos imaginativos, considerados supersticiosos, y se inclinaron por un



fªiª—“'A

teatro pedagógico, que difundiera entre el público los valores de la Ilustración, proli—
ferando obras como El sí de las niñas de Leandro Fernández de Moratín, que criticaba
uno de los problemas de la sociedad de la época, el de los matrimonios desiguales y
forzados.
Aunque no diario, otro espectáculo frecuente eran las corridas de toros. No po—
dían faltar en las grandes fiestas, pero también se organizaban periódicamente. De ori—
gen caballeresco, como las justas y torneos, correr toros era la ocasión de lucir la inte—
ligencia y habilidad del jinete y el entrenamiento del caballo para jugar con la fuerza
bruta representada por el toro y acabar dominándolo, sometiéndolo y dandole muerte.
Este ejercicio, en los siglos XVI y XVII lo practicaba exclusivamente la nobleza, y se ha—
cia de manera individual y también en grupo, en cuadrilla. Los caballeros iban lujosa—
mente vestidos y brindaban sus lances a las damas de su elección. Para el festejo se
montaban plazas, delimitándolas con barreras en espacios públicos, y el espectáculo
era mucho más brillante en lugares especialmente apropiados, como era, por ejemplo,
la Plaza Mayor de Madrid, donde tantas corridas de toros se celebraron, con gran con—
currencia, la familia real, los cortesanos, los funcionarios y toda clase de gentes. Las
corridas duraban muchas horas, se lidiaban muchos toros, y el público asistente se en—
tretenía observando, pero también charlando, comiendo y bebiendo.
En el siglo XVIII, este espectäculo nobiliario que era el toreo a caballo se «demo-
cratizó», iniciándose el toreo a pie, en el cual los matadores ya no eran nobles, sino
gentes del pueblo, algunos famosísimos, como Francisco Romero, iniciador de una
importante saga de toreros, o José Delgado, llamado Pepe Hillo, muerto en 1801 en la
plaza de Madrid por el toro Barbuda. Había suertes diversas, algunas de tipo burlesco,
como el parcheo, que consistía en pegarle al toro parches con pez; la lanzada a pie, en
la que el torero esperaba al toro rodilla en tierra y lanza en ristre a la salida de chique—
100 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

ros; o el famoso salto de la garrocha, por encima del toro embistiendo. Paulatinamente
el toreo se fue ritualizando. fines de siglo se puso de moda el traje goyesco, antece—
dente del traje hoy tradicional. Los grabados de Goya aportan mucha información so-
bre el toreo del XVIII. En el Siglo de las Luces, aunque las corridas de toros eran ex—
traordinariamente populares y se celebraban en toda España, existió un gran debate
sobre ellas. Los más críticos las consideraban, junto con la Inquisición, prueba del
atraso y la barbarie que, en su opinión, reinaban todavía en suelo español; en cambio,
otros las defendían como muestra del arte sobre la fuerza y en su calidad de espectácu—
lo tradicional. En algunos periodos del siglo XVII y XVIII estuvieron prohibidas, pero de
nuevo volvieron a permitirse por la gran demanda popular.
Diversiones las había de muchas clases, dependiendo de la condición social, la
edad о simplemente los gustos. Para la nobleza, una de sus distracciones preferidas era
la caza, que servía tanto para realizar ejercicio físico al aire libre, como para hacer gala
de su dedicación militar y mantener el entrenamiento para la guerra, montando a caba—
llo y utilizando las armas para disparar haciendo puntería. Por razones que tenían más
que ver con la necesidad que con la diversión, también cazaban los campesinos, como
medio de completar su ración diaria de alimento. La caza era un ejercicio violento,
pues se daba muerte a los animales, en algunas batidas a cientos de ellos, lobos, cier—
vos, gamos, conejos, perdices y todo tipo de pájaros. En el extremo opuesto, las clases
populares se divertían de manera muy distinta, pero también violenta, por ejemplo,
haciendo un círculo y dedicándose a darle bofetadas a un gato, que se revolvía furioso
contra sus atacantes, quienes no se libraban de más de un arañazo.
La crueldad con los animales estaba presente en muchos festejos, pero también exis—
tía una gran sensibilidad y afecto hacia los animales domésticos. Mientras en una casa
campesina los animales tenían una función siempre útil, los perros para cuidar el ganado,
los gatos para cazar ratones, los pollos, gallinas, conejos, cerdos, ovejas, cabras y vacas,
para comer o vender; en las casas acomodadas solía haber muchos animales que tenían
una función de compañía, juguete y distracción, sobre todo perros, gatos y pájaros. La no-
bleza tenía también afición por las mascotas exóticas, monos, papagayos, etc.
Papel muy importante en la diversión de todas las clases sociales tenían la música
y el baile. Entre los nobles saber música, tocar instrumentos, cantar y bailar eran acti—
vidades consideradas imprescindibles para llevar la vida de calidad que pretendían, y
dedicaban parte importante de su tiempo libre cotidiano a ello, como placer individual 【
l

y como práctica de relación social. Pero también para las clases populares era impor— i

tante la música y el baile, sobre todo en sus tiempos de ocio y fiesta. Se producía un in—
teresante fenómeno de circularidad cultural, mientras la música culta se hacía famosa
y sus melodías se difundían entre las clases populares, también las músicas y bailes
del pueblo servían de inspiración a los grandes artistas, que los recreaban como obras
cultas. También tenía mucha importancia en la vida cotidiana la música sacra. La asis—
tencia a la iglesia se transformaba fácilmente de un acto religioso a un espectáculo, en
función de las ceremonias litúrgicas, los sermones como piezas destacadas del arte de
la oratoria y, sobre todo, la impresionante música de órgano. Aunque existían bailes
rituales, el baile en general tenía un marcado carácter lúdico y festivo, visto con recelo
por los moralistas como ocasión de pecado. Se bailaba en grupo, realizando complica—
dos pasos y coreografías muy elaboradas entre parejas y cuadrillas. Cada época puso
de moda un tipo de música 0 un tipo de danza. En la Corte de los Austrias se bailaban
LA VIDA COTIDIANA 101

alegres gallardas y ceremoniosas pavanas, en cambio, en la Corte de los Borbones la


danza preferida era el minué. Gran afición tenían todos por los bailes de máscaras y
disfraces, típicos del Carnaval.
Otra cosa eran los juegos de niños, unos individuales y otros en grupo, con sus
hermanos, amigos y vecinos en el tiempo que les dejaban libre sus obligaciones, ayu—
dando ala familia o acudiendo a la escuela los que podían hacerlo. Losjuegos les ser—
vían para divertirse, pero también para crecer, adquiriendo destrezas y habilidades, y
para aprender a ser adultos, imitando la vida y las ocupaciones de los mayores. Juga—
ban fuera de casa, en campos y calles, a correr, a saltar, a hacer rodar aros para dar sali—
da a su energía, pero tambiénjugaban ajuegos más tranquilos, como la palma, las ca—
nicas, la taba —en que se tira al aire una taba de carnero, y se gana si al caer queda ha-
cia arriba el lado llamado carne, se pierde si es el culo y no hayjuego si son la chuca o
la taba—, el hoyuelo —que consistía en tirar desde alguna distancia bolitas 0 monedas
para meterlas en un hoyo pequeño que hacen en tierra—, ojugaban en casa con susju—
guetes, los niños con caballitos y las niñas con muñecas.
Juegos de adultos existían muchos, por ejemplo los de estrategia como el ajedrez
y las damas, pero el más importante y popular era el de cartas, del que existían muchas
variantes, que se jugaban tanto en las casas como en las tabernas, mesones y cafés.
Muchos lo hacían para entretenerse, pero otros apostaban dinero, lo que daba lugar a
grandes pérdidas y también a muchas trampas, entonces llamadas «flores», y peleas.
Entre los muchos tipos dejuegos de naipes existentes, los más habituales, que sejuga—
ban en garitos permitidos, eran el juego del hombre, el rentoi, los cientos, el faraón, el
repáralo, el siete y llevar, las pintas, la primera, el quince, la treinta y una, la flor, el ca—
padillo, el reinado, las quínolas. Losjuegos grandes y prohibidos, que sejugaban clan—
destinamente, eran el andabobos о carteta, el parar, los vueltos y los llamados «juegos
de estocada», que consistían en apostar a carta tapada. Aunque se jugaba a cartas en
muchos países, parece que la afición de los españoles era mucho mayor. Sólo en Se—
villa, en el Siglo de Oro, había unos trescientos garitos dejuego, frecuentados por pí—
caros y aventureros, muchos de ellos controlados por la «germania», una poderosa de—
lincuencia organizada. Otro juego muy popular en el que también se apostaba dinero
eran los <<trucos», unjuego de habilidad similar al billar, en el que intervenían general—
mente dos contrincantes, sobre una mesa con bolas de marfil y tacos de madera, ha—
ciendo toda clase de carambolas. En el siglo de la Ilustración la afición por la ciencia
puso de moda entretenimientos y espectáculos de carácter científico. Algunos eran
minoritarios, como la botánica, otros de masas, como las célebres ascensiones en glo—
bo, que eran contempladas por un público lleno de sorpresa y admiración.

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CAPÍTULO 4

CULTURA Y MENTALIDADES

por JESÚS M.a USUNÁRIZ GARAYOA


Universidad de Navarra

1. La «confesionalización» de la sociedad española de los siglos XVI y XVII

Para la sociedad española, al igual que para el resto de Europa, los siglos XVl
y xvn fueron una época de importantes transformaciones. Se impulsaron, con éxito o
no, cambios profundos en todas las manifestaciones de la vida de los individuos en la
pretendida búsqueda de una homogeneidad cultural. Este proceso de cambio es el que
autores alemanes como Heinz Schilling y Wolfgang Reinhard han denominado Kon—
fessionalisiemng, traducido como «confesionalizaciôn», el cual viene a aglutinar el
proceso de cambio global en las estructuras eclesiásticas, políticas, culturales y socia—
les, en consonancia con las directrices marcadas por las reformas religiosas. Esta con-
l'esionalización dio lugar en todo el continente a la formulación, por parte de las dife-
rentes Iglesias, de unos dogmas, de una educación, de unos rituales, de un lenguaje, de
una disciplina que, como han resaltado estos historiadores, contribuyeron a desarro—
llar principios <<modernos>> como el individualismo y la racionalidad. La confesionali-
zación impulsó también, decididamente, la centralización política y, por tanto, el l‘or-
talecimiento del Estado moderno, gracias a que su clero llegó a formar parte de la
burocracia estatal, y participó activamente en el control social de los sujetos.
De las diferentes formas y maneras en que estos cambios se produjeron, este ca—
pítulo quiere centrarse, principalmente, en los comportamientos y código de valores
de los hombres y mujeres del Antiguo Régimen, para quienes, como nos recuerda
Teófilo Ruiz, «la creencia religiosa, la observancia ritual y la inquietud respecto de la
salvación y el más allá representaban un componente integral de la vida cotidiana del
individuo». ¿Qué fue lo que se quiso cambiar en la sociedad española de la Alta Edad
Moderna? Todo o casi todo, pues lo que se pretendía era una reforma de la sociedad
desde sus raíces, influyendo en las vidas públicas y privadas de todos los estratos so-
ciales. La sociedad española vivió una epoca de profundo <<disciplinamiento social»
que contribuyó a que se incorporara al proceso de modernización que afectó a gran
parte del continente.
104 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

2. El .mundo ritual

Para comprender estas iniciativas nada mejor que asomarnos a los intentos de
transformación de las maneras, costumbres y modos de entender los ciclos vitales.
Como apuntaba el antropólogo P. Smith, <<los ritos son creaciones culturales particu-
larmente elaboradas que exigen la articulación de actos, de palabras y representacio—
nes de numerosísimas personas a lo largo de generaciones». De ahí que, si analizamos
el mundo ritual, podremos apreciar una parte nO poco importante de los cambios cul—
turales que se observan a lo largo de la Edad Moderna.

2.1. NACIMIENTO, INFANCIA, JUVENTUD

Teólogos católicos y protestantes, que habían sostenido en el siglo XV! duras dia- `
tribas en su concepción del matrimonio, sí se mostraron de acuerdo en que el matrimO— `
nio adquiría sentido y legitimidad a partir del nacimiento de los hijos. Hasta el adve— i
nimiento de los progresos de la Obstetricia, en el siglo XIX, la venida al mundo fue una 〕
prueba temible. Con esta perspectiva, la madre debía, durante el embarazo, tomar
cierto número de precauciones para preservar su integridad y la salud del niño que iba
a nacer. Los cuidados durante el embarazo y, sobre todo, en el momento del parto, re—
cayeron no tanto en los médicos como en las comadronas, pues como recordaba Da—
mián Carbón, <<el sabio colegio de los médicos determinó por honestidad que fuese el
ministro mujer para ayudar a las tales necesidades que suelen a las preñadas acaescer
en el tiempo y parto». De hecho, las comadronas, de las que se ha hablado habitual-
mente en términos de crueldad, ignorancia y superstición, llegaron a representar un
elemento de gran importancia en la cultura colectiva femenina, y con su labor satisfi—
cieron las necesidades materiales, psicológicas y espirituales de las parturientas. Más
aún cuando el saber obstétrico medieval y moderno no hizo sino transmitir hasta el si—
glo XVI, a través de diferentes publicaciones como las de Damián Carbón, Francisco
N úñez 0 Juan Alonso de los Ruices Fontecha, los conocimientos prácticos de las cO-
madronas. Ellas eran las primeras en ser llamadas cuando la mujer comenzaba a sentir
los dolores de parto. A ella obedecían el resto de las mujeres que asistían a la partu-
rienta, pues confiaban en sus conocimientos técnicos adquiridos tras años de expe-
riencia con Otras parteras O a través de la transmisión oral de su saber. Ellas eran las
que proporcionaban los caldos y las sopas, las que lavaban, fajaban y vestían al niño,
las que preparaban ese espacio social que era la habitación de la parturienta; las que
durante días vigilaban la salud de la madre y la del bebé hasta que el pequeño era bau—
tizado y la mujer asistía a la misa de purificación o misa de parida. Alrededor de las
comadronas se fue formando un ritual, aún por estudiar, que ha sido calificado por al—
gunos autores como reducto exclusivo de la cultura femenina.
No obstante, y a pesar de la importancia que les llegaron a dar los tratadistas, las
comadronas quedaron fuera de las instituciones y de la organización médica que co—
menzó a desarrollarse alo largo del Quinientos. De hecho, y conforme a diferentes le—
yes de Cortes, como las de Valladolid de 1523 о las de 1548, quedaron como sanado-
ras o matronas fuera del ámbito de los protomedicatos, con lO que parece que quisie—
ron excluirlas de las profesiones médicas con reconocimiento legal. No obstante hubo
CULTURA Y MENTALIDADES 105

un importante control sobre su actividad. La reforma tridentina no hizo sino dar un


primer paso en lo que podríamos llamar una primera racionalización del momento del
parto al preocuparse por dos cuestiones: primero por las prácticas supersticiosas; se—
gundo, y más importante, por la errónea dispensación del sacramento del bautismo.
Las sinodales del siglo XVI mostraron especial cuidado en que los párrocos instruyeran
a las parteras en la manera de administrar el bautismo de urgencia o de socorro cuando
los niños nacían con dificultades. Sin este examen, sin la aceptación del párroco, la
partera no podría ejercer su oficio.
Fue a mediados del siglo XVII cuando este control trascendió el ámbito eclesiásti—
co. Los médicos y cirujanos —<<rateros, escribe Diego Torres de Villarroel, que han
hurtado a las comadronas sus trabajos»—— comenzaron a introducirse en el campo de
las comadronas con el fin de controlar su labor y de regular su actividad por dos razo-
nes: una, porque la alta mortalidad femenina e infantil en el momento del parto era
achacada, en muchos casos, a los escasos conocimientos científicos de las comadro-
nas; dos, por la ambición profesional de los cirujanos que, excluidos por los médicos
de muchos campos, quisieron arrebatar a las parteras este mercado. En Aragón, el Co—
legio de Médicos y Cirujanos de Zaragoza dispuso en sus ordenanzas de 1663 que
para asistir a partos y para recibir a parturientas en casa era necesaria la aprobación de
un examen; se organizó la enseñanza, dirigida por un profesor de anatomía, y la exi—
gencia de prácticas durante cuatro años con comadres antiguas y competentes, además
del requisito de ser cristianas viejas. Fue en el siglo XVIII cuando comienza a utilizarse
en Castilla el nombre de <<matrona>>, que pasó a denominar a mujeres instruidas y le—
galmente reconocidas para asistir a los partos, especialmente tras la publicación de la
Real Cédula de 21 de julio de 1750. Ésta vino a ser un reconocimiento legal de la par-
tera y de la matrona, quedando incluida en el complejo sistema de la jerarquía médica,
del que, hasta entonces, había sido excluida por despreciada.
Pero el rito que verdaderamente marcaba la entrada en la vida era el bautismo.
Este momento suponía el nacimiento a la vida cristiana y la incorporación a la Iglesia.
Sin embargo, la ceremonia seguía llevándose a cabo, por los datos que tenemos en Ca—
taluña, en las casas y no en las parroquias, probablemente por el miedo a una muerte
prematura del recién nacido tras el parto, y era practicado por padres o comadronas.
De ahí la exigencia, durante la segunda mitad del siglo XVI, de que aunque se practica—
ra el bautismo de urgencia, en caso de que el niño sobreviviera, el sacramento debía
ser impartido, a la mayor brevedad posible, por un sacerdote. No contamos con datos
sobre la recepción del bautismo, aunque sí parece que la exigencia de que éste fuera
inmediato llegó a cumplirse a lo largo de la Edad Moderna. En una localidad andaluza,
si bien a comienzos del XVI sólo el 6,5 % de los niños eran bautizados antes de los tres
primeros días, en 1800 la cifra se había elevado al 90 %.
No hay que olvidar, por otra parte, que el bautismo proporcionaba una identidad
social. El niño no era llevado a la iglesia por su madre, pues el bautismo se practicaba
cuando ésta aún permanecía en cama, y todavía era considerada impura hasta la cele-
bración de la denominada <<misa de purificación», sino por los padrinos. A éstos co-
rrespondía dar nombre al recién nacido, que, con frecuencia era el mismo que el del
padre (fruto del desarrollo de la familia nuclear), sobretodo si se trataba del primogé—
nito. Un nombre que también solía coincidir con el de los santos locales o más venera—
dos. De esta forma el «nombre del bautismo» tenía una doble significación mágica y
106 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

religiosa: asegurar de forma concreta el vínculo entre vivos y muertos, haciendo pasar
el mismo nombre de una generación a otra; y dotar al nuevo cristiano de un santo pa-
trón que será para él a un tiempo protector y modelo. Estos nombres suelen concen—
trarse, tal y como se ha observado en trabajos sobre Galicia, Castilla y Navarra y del
resto de Europa, en unos pocos muy comunes y masivamente utilizados (como Juan o
Pedro), y por una estabilidad del repertorio a lo largo del tiempo. Ahora bien, sí parece
que se produjeron algunos cambios, como la desaparición de nombres de época me—
dieval (Lanzarote, Tristán. Brianda); y la incorporación de otros nuevos como José o
Josefa 0 Ana, vinculados a unos nuevos valores (la imagen de la Sagrada Familia), que
se pretendían divulgar. Por otra parte, así como en la Inglaterra reformada se observa
una abundancia de nombres del Antiguo Testamento, en España hay cierta tendencia a
lo contrario, probablemente vinculado a la cuestión de la limpieza de sangre. Según un
testimonio de comienzos del siglo xv… en Galicia, se animaba a <<que en la imposición
de los nombres se conformen los curas con la voluntad de los padres o padrinos del
niño, procurando que sean propios de algún santo, principalmente del Testamento
Nuevo [...], pero nunca de gentil o idolatra o que denote sangre hebrea».
El bautismo suponía también la entrada del individuo en un sistema de relaciones
familiares y sociales, gracias a la estrecha vinculación existente entre el recién nacido
y los padrinos. De hecho se establecía un parentesco espiritual que entraba en el círcu—
lo de los grados de consanguinidad que impedían, por ejemplo, el matrimonio entre
hijos de ambas familias. Algo especialmente preocupante cuando, sobre todo en pe—
queñas comunidades, llegaban a tenerse hasta diez padrinos de bautismo, en lo que
podría considerarse una ampliación y refuerzo de redes de linaje y clientelares, pero
con graves consecuencias éticas. Trento, tras confirmar tales lazos de parentesco, in—
tentó paliar los problemas que acarreaba reduciendo drásticamente a dos el número de
padrinos, algo que se aplicó rápidamente en las parroquias españolas.
Poco después, la Vida del niño discum'a dentro de un proceso que los antropólogos
llaman de <<aculturación>> que recaía, en gran parte, en las mujeres de la familia. Las te—
sis, como las de Philippe Aries, que describían un notorio desapego de los adultos hacia
los niños durante el Antiguo Régimen, considerado como una especie de recurso psico—
lógico para afrontar la alta mortalidad infantil, en comparación con el denominado
<<sentimiento familiar moderno», han sido rechazadas de manera contundente a partir de
testimonios literarios, iconográficos y documentales. Madres y abuelas (además de la
educación recibida en las escuelas) eran las encargadas de enseñar al niño, hasta deter—
minada edad, los rudimentos de la cultura cristiana, al tiempo que le proporcionaban
una identidad comunitaria, desempeñando un papel decisivo como elemento transmisor
de unos valores, de señas de identidad, y del que nos falta casi todo por saber.
Menos conocido es, en España, el papel desempeñado por los jóvenes en las so—
ciedades del Antiguo Régimen. Desde los quince 0 dieciséis años el joven, el «mozo»,
pasaba a formar parte de los grupos juveniles, dirigidos por mayordomos (vigairos en
Galicia). Eran ellos los que, en gran parte, se convertían en los <<guardianes» de los
comportamientos sociales de sus convecinos. través de acontecimientos como las
«cencerradas» (ruidos y alborotos con cantos e insultos, también denominadas «cen—
cerralladas» en gallego, <<esquellatada>> en catalán, <<toberak>> en vascuence), protago—
nizadas y dirigidas por los jóvenes, éstos criticaban los matrimonios de personas ya
maduras o con grandes diferencias de edad, se burlaban de los maridos golpeados por
CULTURA Y MENTALIDADES 107

sus esposas, o utilizaban las fiestas, especialmente los carnavales, para hacer sus críti—
cas hacia aquellas actitudes perjudiciales para la moral comunitaria. Al mismo tiem—
po, las cencerradas proporcionaban una unidad al grupo de jóvenes y servían como ri-
tos de iniciación y socialización. Fue en el siglo XVI cuando las cencerradas contra los
que contraian segundas nupcias fueron duramente criticadas por la I glesia, que veía en
ellas una interpretación errónea del sacramento, y por la legislación civil que las con—
templaba como fuente de desorden social y violencia. Nuevamente, en el siglo XVIII,
las autoridades civiles comenzaron a tomarse en serio su persecución, en lo que algu—
nos autores han interpretado como una muestra del progresivo triunfo de la moral bur—
guesa y de las formas de vida privada (la <<honestidad pública»), frente al presión de la
comunidad en los comportamientos más íntimos y cotidianos. A pesar de lo cual per—
vivieron durante siglos, probablemente porque eran expresión de los valores compar—
tidos por gran parte de los vecinos.

2.2. LA REFORMA DEL MATRIMONIO

Uno de los temas en donde se observa una especial preocupación por parte de la
legislación civil y de los sínodos diocesanos alo largo del siglo XVI es, sin duda, el ma-
trimonio. Éste y la familia se convirtieron, por razones obvias, en cuestiones clave, no
en vano era un sacramento, fundamento de la procreación y de la socialización, célula
básica del orden social y de la autoridad política. De ahí la contluencia de dos intere—
ses: la Iglesia buscó reforzar el carácter de sacramento del matrimonio y su regulariza-
ción; al mismo tiempo, su buen orden garantizaba la estabilidad social deseada por el
Estado y las comunidades. Por ello se realizó un especial esfuerzo por dar una defini—
ción jurídica del matrimonio. Los mecanismos de reforma se dirigieron hacia diferen—
tes cuestiones: la validación matrimonial (promesa, separación y anulación) con juris—
dicción exclusiva de la Iglesia; propiedad (dotes, contratos matrimoniales) sujetos al
ámbito civil (y que no trataremos en este capítulo); delitos que ofendían al matrimonio
(adulterio, simple fornicación, concubinato, matrimonio clandestino, estupro o biga-
mia), de «fuero mixto», en los que, en principio, podían intervenir ambas instancias.
Ya desde la Alta Edad Media, en Europa Occidental, el «matrimonio» había sido
simplemente la promesa de obligado cumplimiento. Pero se distinguía, por un lado,
entre las verba defuturo (palabras de futuro), con las que un hombre y una mujer se
hacían mutuamente promesa de casarse, es posible que ante testigos, en donde no
se requería de una ceremonia eclesiástica ni tampoco de un documento escrito. Por
otro, la conclusión de esta promesa se hacía mediante las verba de praesenti (palabras
de presente), lo que llegó a considerarse un matrimonio a los ojos de la comunidad,
que podía llevarse a cabo mediante una ceremonia nupcial (pública, pero no siempre
en la iglesia), y cuyo componente esencial, en ambas fórmulas, era la unión camal de
ambos. Este esquema parece mostrarnos la imagen del matrimonio como un proceso
en varias etapas. Esto trajo un complejo problema para el cada vez más desarrollado,
rico y eficaz Derecho Canónico. En la Baja Edad Media, autores como Graciano (en
su Decretum) o Pedro Lombardo (en sus Sentencias) descubrieron unos rituales simi—
lares en Europa: un compromiso o noviazgo que implicaba la aprobación de la familia
y la comunidad; el consentimiento de la pareja; el contacto carnal, señal de haberse
108 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

completado el matrimonio; la bendición nupcial por el sacerdote, simbolizando la


aprobación de la Iglesia, etc. Pero ¿cuál debía ser el orden correcto para validar el ma-
trimonio? ¿Era necesario el consentimiento paterno para dicha unión? Y, por último,
¿cuál era el papel que debía desempeñar la Iglesia? Diferentes disposiciones del papa
Alejandro III (1159—1 181) o del Concilio de Letrán (1215) fueron fijando los criterios
a seguir: la promesa de matrimonio ya hacía un matrimonio, más aún si había contacto
sexual; pero para completar su plena validez eran necesarias tres amonestaciones pú—
blicas, dos testigos y su solemnización infacie ecclesiae, es decir, ante un sacerdote.
Asi las cosas, Trento (sesión XXIV, decreto Tametsi de 11 de noviembre de
1563) no hizo sino reforzar lo que la Iglesia venía sosteniendo desde hacía tiempo: que
el matrimonio era un sacramento, que contaba con el libre consentimiento de las par-
tes, «siendo en extremo detestable tiranizar la libertad del matrimonio», que debía ce-
lebrarse «ala faz de la Iglesia», en presencia del párroco o de un sacerdote, ante testi—
gos, después de que aquél realizase tres amonestaciones públicas durante la misa ma-
yor, y siempre y cuando no se diesen los impedimentos legítimos (de parentesco, de
sangre o espiritual), tal y como se especificaba en los cánones y capítulos del decreto
correspondiente.
Esto dio lugar a una importante serie de reformas que quiso acabar con prácti—
cas muy extendidas por la Península. Por un lado se trató de poner fin a los matri—
monios clandestinos, es decir cuando la pareja contraía matrimonio secretamente,
sin amonestaciones, sin testigos, sin consentimiento de los padres, y con la presen—
cia de un sacerdote que no solía ser el párroco. La ley 1 del tit. Lº del Libro V de la
Nueva Recopilaciön castellana recogía las disposiciones de las Cortes de Toro de
1505 y de Felipe Hen 1563 contra aquellos que los celebraran. Las Cortes de Va-
lladolid de 1537 (petición 41), de 1542 (petición 91), o de 1548 (petición 127), in—
sistieron en «muchos daños y inconvenientes» que tales matrimonios provocaban
en las familias:
Porque de no estar ansí proveído se siguen grandes inconvenientes porque, demás
de la desobediencia que los hijos cometen contra sus padres, los que han de suceder en
los vínculos y mayorazgos por se casar sin licencia impiden que los otros hijos sus her—
manos no se puedan ansí remediar. Y, por hacer los tales casamientos, sejuntan con per—
sonas desiguales de su calidad, que cs causa porque por la mayor parte viven en conti—
nuo descontentamiento (Petición de las Cortes de Valladolid, 1555).

Una preocupación de las instancias civiles, que tenía su reflejo en las eclesiásti—
cas. El sinodo de León de 1526 animaba a la denuncia pública de tales matrimonios, y
también en el de Palencia de 1545, o en el de Pamplona de 1544, entre otros. Y las dis—
posiciones se multiplicaron en los sinodos post—tridentinos. Tales medidas tuvieron
éxito: en Barcelona o en Pamplona, las causas judiciales por matrimonio clandestino,
prácticamente habían desaparecido en los siglos XVII y XVIII.
También se prestò especial atención a la celebración eclesiástica del matrimonio,
pues era frecuente que fueran las familias las que ante notario sellaran un matrimonio
que no siempre contaba con la bendición eclesiástica, dando lugar a cohabitaciones
prenupciales condenadas por la Iglesia; una manifestación más de la importancia dada
a los sacramentos en el ciclo vital de los individuos. El sínodo de Segovia de 1529 afir—
maba:
CULTURA Y MENTALーDADES 109

Porque acaescc que muchos se desposan sin desposarse por mano de clérigo, c
después al tiempo que los van a volar, a la puerta de la iglesia tórnanlos a desposar, e pa—
resce cosa de mal enjemplo en no se haber antes desposado por mano de clérigo, fue
acordado que cuando algunos se desposasen sin desposarlos clérigos, que dentro de un
mes sean obligados a se desposar por mano de clérigo, so pena de diez florines de oro.

Y lo mismo se afirma en el sínodo de Astorga de 1553, y en gran parte de las


constituciones sinodales aprobadas en las diócesis españolas. Como denunciaba
el deán de Lérida en 1598, en una de las visitas a uno de los pueblos de la dióce—
sis: «el abuso que hay en esta villa de que los que se casan antes de celebrar el matri—
monio por palabras de presente y en la forma del Sacro Concilio Tridentino, viven
juntos». 0 un párroco navarro a comienzos del XVII: «los padres hacían conciertos y
conveniencias en las cosas temporales de hacienda y Estado, o lo que llaman, los
contratos matrimoniales, luego sin tratar de Dios, ni de sus bendiciones de la Iglesia
Esposa suya, y sin casarse delante de Dios y su ministro como lo tiene ordenado
Dios, y su Iglesia, y hablando con propiedad, sin ser marido y mujer, los entregan
como carnales a que se gocen como hijos de carne, dejando para después lo que or—
dena Dios y su Iglesia». En este sentido es de gran interés la sutil distinción, adverti—
da por H. Kamen, en el uso de los verbos desposar (para la promesa) y casar (para el
matrimonio eclesiático), o la sustitución en las capitulaciones matrimoniales de las
expresiones «mujer» o «marido» por las de «futura mujer» o «futuro marido» que se
va afirmando en el siglo XVII, muestra de cómo, poco a poco, el nuevo orden se iba
introduciendo en la vida diaria.
Por otra parte, y a pesar de la insistencia de las autoridades civiles, la Iglesia man—
tuvo el principio de que el matrimonio era un contrato libre entre los contrayentes. En
Castilla la ley XLIX de las Cortes de Toro de 1505 fue clara al prohibir que los hijos
menores de veinticinco años se casaran sin la autorización paterna, y al castigar a las
hijas con ser desheredadas; pues como recordaba la petición de las Cortes de Madrid
de 1551: <<es cosa de gran fealdad que el hijo menor de veinte y cinco años se case con—
tra la voluntad de su padre». E incluso se procuró un endurecimiento de tal disposición
haciendo extensivo el castigo de ser desheredados, no sólo a las hijas, sino también a
los hijos. Pero, de hecho, los procuradores castellanos, a pesar de su insistencia, nunca
consiguieron que los padres se reservaran el control absoluto del matrimonio de sus
hijos. No hay que olvidar tampoco que la validez dada a la promesa, especialmente a
la realizada mediante verba de praesenli, considerada de obligado cumplimiento, dio
lugar a numerosos pleitos, aún por estudiar con detalle, de promesa matrimonial in—
cumplida, cuando una de las partes, casi siempre el hombre, se negaba a cumplir con
la palabra de matrimonio dada. Además este matrimonio era para siempre, aunque se
fijaron los criterios para las dispensas matrimoniales por edad o grado de parentesco,
así como para sancionar la anulación o la separación de los matrimonios por cuestio—
nes como impotencia, falta de libertad o malos tratos, entre otros.
Pero las disposiciones legislativas también se dirigieron contra todos aquellos
delitos que podían suponer un desorden en la vida matrimonial. Así, se repiten los ata-
ques contra la bigamia (Libro 5“, tit. 1.º, ley VI! de la Nueva Recopilaciön; peticiones
de las Cortes de Castilla de 1532 y 1548 «por ser delito grave y frequente»), contra los
amancebados públicos (Libro &", tit. 19, ley V de la Nueva Recopilación) y contra
l 10 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

los adúlteros (leyes I y II, del Libro & tit. XX). En la instrucción a los visitadores que
se incluía entre las sinodales de Astorga de 1553 y en la carta sobre los pecados públi—
cos se animaba a denunciar a los amancebados y a los que no hacían vida maridable.
La iniciativa legislativa tuvo sus consecuencias prácticas: los tribunales inquisitoria—
les persiguieron con dureza a los bígamos y a los sospechosos de «simple fomicaciôn»
(aquellos que consideraban que el contacto sexual con una mujer soltera, pagando, no
era pecado); los tribunales y las autoridades civiles dirigieron sus ataques contra los
amancebados públicos y los adúlteros, gracias a una vigilancia estrecha de los com—
portamientos, en la que la comunidad (recordemos las cencerradas) participaba muy
activamente. Esta actividad judicial se vio reforzada por la pedagogía eclesiástica a
través de sermones, de la labor de las misiones O del sacramento de la penitencia.
Pero se pueden apreciar Otras cuestiones de manera más sutil y, si cabe, arriesga—
da. Los tratados del matrimonio dirigidos desde el siglo XV casi en exclusiva a la mu—
jer, a la esposa, comienzan a ocuparse cada vez más de la pareja, del papel de los dos
esposos. La revalorización de la Sagrada Familia como ejemplo de familia cristiana
influyó notablemente en la elaboración de un perfil ideal, del que desconocemos su in—
fluencia efectiva.
El monopolio de la Iglesia en todas las cuestiones referentes al matrimonio, co—
menzó a resquebraj arse en el último tercio del siglo XVIII. La Pragmática de 1776, pro-
mulgada en respuesta a una petición de las familias de la nobleza, descartó (frente al
resquicio abierto por Trento) la validez de la promesa matrimonial sin la autorización
paterna. Ahora, los problemas que se derivaban de la promesa matrimonial, se con—
templaban como una cuestión de orden público que el Estado debía solucionar, ha—
ciendo por primera vez competentes a los tribunales civiles en tales cuestiones.
En definitiva, los siglos modernos dieron lugar a una importante regularización
del matrimonio, todo un ejemplo de disciplinamiento social de los comportamientos,
en gran parte protagonizado por la Iglesia a lO largo de los siglos XVI y XVII, con una
cada vez mayor intervención del Estado durante el XVIII. Unas iniciativas que, si logra—
ron el éxito, no fue sólo por el aparato propagandístico y penal desplegado, sino tam—
bién porque respondían a las necesidades y preocupaciones de buena parte de la ро—
blación, afectada por la inestabilidad y la conflictividad familiares.

2.3. LA HORA DE LA MUERTE

<<La muerte es cierta y su hora incierta» es una de las expresiones habituales en


las cláusulas testamentarias en la España de la Edad Moderna. Las actitudes de los es-
pañoles ante la muerte sufrieron también un cambio importante por la iniciativa de la
Iglesia de adaptarla a las nuevas directrices morales marcadas por Trento. La predica—
ción desde los púlpitos, la publicación de nuevas artes moriendi, de contenido y obje—
tivos diferentes a las que había caracterizado a la época medieval, el papel jugado por
las cofradías, la labor de las misiones populares, etc., modificaron los comportamien—
tos colectivos e individuales y desembocaron en lO que algunos autores denominan la
muerte barroca. Todo ello se manifestó a través de una serie de prácticas culturales in—
troducidas durante la segunda mitad del Quinientos, asentadas a lo largo del siglo XVII,
y modificadas notablemente durante la segunda mitad del siglo XVIII. Una muerte pre—
CULTURA Y MENTA‥DADES 111

sente, siguiendo la terminología utilizada en los trabajos clásicos de Philippe Ariès,


con la que se convivía, dadas las graves crisis de mortalidad que experimentó la pobla—
ción española a lo largo de los siglos modernos, y que se afrontaba desde una perspec-
tiva diferente.
А1 igual que cualquier otro acontecimiento de la vida, la muerte no era sólo un
hecho individual, sino que formaba parte de la comunidad, que se involucraba a todos
los niveles, de manera evidente, en diferentes ritos y ceremonias. El toque de campana
anunciaba la agonía y la defunción de un vecino, regulado el número de tañidos por las
sinodales diocesanas según su posición social, su edad y su sexo. Todo el pueblo
acompañaba al Viático, en una costumbre que, por ejemplo, era obligatoria en toda
Castilla desde 1387 por decreto de Juan I. El fallecimiento daba inicio al velatorio, en
el que participaban familiares, amigos, y todo el pueblo, rezando ante el cuerpo, ex—
puesto en una casa en donde se imponía el negro del luto y el olor de las velas que ro—
deaban al cadáver. Tras su velatorio se iniciaba una procesión por las calles, cuya
pompa y magnificencia variaban conforme al estatus social del finado. La comitiva,
encabezada por el clero, se ordenaba conforme a la costumbre de la población, y en
ella no faltaban los cofrades o los niños de la doctrina cristiana. En la parroquia, colo—
cado el féretro en un túmulo, se iniciaba la liturgia del oficio de difuntos. Se pasaba
después al entierro hasta llegar a las comidas de difuntos (las rogas gallegas, las cari—
dades castellanas). Por Todos los Santos, el día de Ánimas, y en el aniversario de los
difuntos, diferentes ofrendas de pan, aceite y luz eran realizadas por las familias sobre
las sepulturas familiares.
Buena parte de estos comportamientos colectivos fueron reformados a lo largo
del siglo XVI. Se procuró la mayor presencia y protagonismo del clero; se quiso acabar
con determinados excesos comunitarios que dejaban en un segundo plano la liturgia
cristiana; se trató de poner fin a los ritos supersticiosos que rodeaban a la muerte. Así
se hizo desaparecer la práctica, al parecer habitual, de que los oficios de difuntos se
practicaran en las casas particulares, para trasladarlos a la parroquia, bajo la supervi—
sión del sacerdote; se prohibieron las reuniones de legos en los cementerios para tratar
<<cosas profanas», especialmente para jugar a naipes, dados y pelota (sínodo de Sego—
via de 1528); se impidió la celebración de comidas sobre las sepulturas el día de Áni—
mas, «lo cual paresce mäs rito gentilico que hecho ni obra de buenos cristianos» (síno—
do de Astorga de 1553). Las plañideras y las manifestaciones públicas de dolor, consi—
deradas como un elemento anticristiano, fueron eliminadas: «no se hagan ———se dice en
las sinodales de Oviedo de l553— los tales clamores, lloros y llantos, ni rasguen las
caras, ni mesen los cabellos, ni quiebren escudos, ni hagan otras extrañezas de duelos
por ellos, porque esto hacían los gentiles que no tenían esperanza de la resurrección».
Con mayor о menor éxito se procuró limitar los excesos en las comidas de difuntos, no
sólo por los gastos excesivos —<<se gastan todos sus bienes o la mayor parte dellos en
comer y beber en los tales autos, y quedan sus hijos pobres y perdidos que no tienen
aún con qué se cri ar […] et lo que se gasta de aquella manera no aprovecha al ánima del
defunto y es en mucho daño de sus hijos...» (sínodo de León de 1526)—, sino, sobre
todo, por los alborotos y escándalos que llegaban a darse, como recuerdan diferentes
pragmáticas y autos acordados de los siglos XVI y XVll recogidos en la Nueva Recopi—
lación castellana: «comen y beben, y ponen mesas dentro de las iglesias y, lo que es
peor, ponen jarros y platos encima de los altares, haciendo parador dellos»; y contra
l 12 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

los lutos (como las disposiciones de Felipe 11 en 1565). Se procuró ordenar las sepul—
turas dentro de las iglesias. Al mismo tiempo se impulsó la devoción —votos, rogati—
vas, procesiones— a diferentes santos, intercesores y abogados ante la muerte, Santia—
go, san Roque, san Sebastián, considerados escudos colectivos frente a las epidemias
periódicas que masacraban pueblos y ciudades.
Pero, si bien se reforzó la imbricación de la muerte en la vida de la comunidad, la
labor pastoral puso las bases de una individualización de la muerte, con el fin de desa—
rrollar una actitud cristiana y consciente, lo que suponía una indispensable prepara—
ción temporal y espiritual para el último instante de la vida. La ayuda a «bien morir»
tuvo un auge extraordinario a partir del Concilio de Trento, y dio lugar a la publica—
ción de un elevado número de <<Artes moriendi», manuales que instaban a que se to—
masen todas las medidas necesarias para que se diera una <<buena muerte». El médico,
al mismo tiempo que cumplía con su labor profesional, debía recordar al enfermo sus
deberes para con Dios —<<Que los médicos amonesten a cualesquier enfermos a que
curaren que se confiesen e resciban los santos sacramentos al principio que empezaren
a curar el enfermo, so pena de descomunión a cualquier médico que lo contrario hicie—
re; si el enfermo no lo hiciere, que el médico lo deje de curar, so la misma pena» (síno—
do de Segovia de 1529) y estaba obligado a llamar al sacerdote que cobra un espe—
cial protagonismo. Los sínodos exhortaban a los sacerdotes a estar junto al lecho de
los enfermos, a no ocultarles la gravedad de su estado y así predisponerles a una pre—
paración del alma, alejándola del demonio: «cuando alguna persona estoviere enfer-
ma en cualquiera perrocha, el cura de su perrocha o su teniente sea obligado de lo visi—
tar a lo menos de tercero en tercero día, para ver si ha confesado e rescibido los santos
sacramentos y amonestarle las otras cosas que para la salud de su anima convengan»
(Sínodo de Segovia de 1529). De hecho, el sacramento de la extremaunción, junto con
el del bautismo, fue, según Ariès, uno de los más solicitados por los católicos de toda
Europa. Era el sacerdote el que debía permanecer junto al lecho del moribundo, reci—
biendo su confesión, impartiendo los últimos sacramentos, recordando su vida, apar-
tándole del pecado mediante advertencias piadosas, animándole a que hiciera testa—
mento. Así se incorporaba también el escribano ante el lecho del moribundo para dar
fe de las últimas voluntades. Quedaba todo listo, para entregar el alma, dentro del es—
quema de la buena muerte, como bien se muestra en el testimonio recogido por Máxi—
mo García Fernández:

Yo, José Fernández, escribano... doy fe como hoy dicho día y siendo hora como
delas ocho de su noche, se me envió recado de casa del Señor Don José Manuel de Ri—
vera... para que a toda diligencia eoncurriese a ella por hallarse indispucsto y de cuida—
do y, con efecto, pasé a dicha casa con la mayor brevedad, a tiempo que se le iba a ad—
ministrar с1 Viático, que recibió en presencia de algunos ministros que a esta novedad
concurrieron y de otras muchas personas que habían acompañado al Santísimo Sacra-
mento. Y a muy breve rato, con la fuerza del dolor del accidente, me dijo, en presencia
de los testigos, las siguientes palabras... Y en este estado, habiéndosele agravado más
el accidente, se le administró el Sacramento de Extremaunción, sin que articulasc otra
cosa más, que habiendo apretado con su mano la del Señor Don Fernando Ortega, le
dijo, <<adiós, amigo, que muero»; a cuyo tiempo llegó Don Juan Manuel Pitcira, cura
de la parroquia de Nuestra Señora de la Antigua, que le exhortó un muy breve espacio.
Y dio su alma a Dios...
CULTURA Y MENTALIDADES 1 13

Uno de los síntomas de este cambio fue, por ejemplo, la adopción por una gran
mayoría del hábito religioso como mortaja. Los inicios de esta costumbre estuvieron
ligados al desarrollo de las órdenes mendicantes en la Baja Edad Media, aunque su ge-
neralización no se dio hasta los siglos XVI y XVII. El hábito más común fue el francisca—
no, simbolo de pobreza y de humildad ante el Más Allá. A ello se sumaba que san
Francisco era considerado un buen medianero para las almas del Purgatorio, y tam—
bién que los Papas habían concedido diferentes indulgencias a estas mortajas.
Todas estas iniciativas, que lograron una amplia difusión durante los siglos mo—
dernos, sufrieron una importante transformación durante la segunda mitad del siglo
XVIII. Por los trabajos publicados hasta el momento, centrados, sobre todo, en el análi—
sis de los testamentos, sabemos que descendieron notoriamente las fórmulas de decla—
ración de fe incorporadas hasta entonces; se produjo un singular descenso en las man—
das pias, en la fundación de capellanías y obras benéficas, en la cuantía de las limos—
nas; se fue abandonando el uso del hábito como mortaja. También cambió el lugar de
entierro: las parroquias fueron dejando de ser el lugar elegido como última morada
—desde mediados del siglo XVIII en ciudades como Cádiz 0 Sevilla, especialmente en—
tre los miembros de la nobleza—, al mismo tiempo que las leyes (la R. C. de Carlos III
en 1786—1787), ordenaban la construcción con fondos municipales de cementerios
fuera de las poblaciones. Una medida que, todavia a mediados del siglo XIX, provoca—
ba resistencias en muchos sectores de la población, especialmente la rural.
Los autores han interpretado este conjunto de variaciones de dos maneras. Para
unos se asiste a finales del Setecientos, y especialmente tras la Guerra de la Indepen—
dencia, a un proceso de descristianización de la sociedad española —en la línea mar—
cada por Michele Vovelle en Francia—, fruto de la influencia del liberalismo en mu—
chos sectores sociales. Para otros, asistimos a una fase más en el proceso de interiori—
zación y de racionalización de las actitudes ante la muerte, y de la práctica religiosa en
sí, como venía siendo impulsado por determinados sectores de la jerarquía eclesiástica
a lo largo de la Edad Moderna.

2.4. Los CICLOS FESTIVOS

La fiesta, como la sociedad o las instituciones, se transforma y sufre constantes


trastoques a corto y medio plazo. Fue Julio Caro Baroja quien distinguió tres grandes
ciclos festivos: las fiestas de invierno, desde finales de año hasta comienzos de la Cua—
resma, donde lo carnavalesco es protagonista; las fiestas primaverales, precedidas de
la Cuaresma y Semana Santa (desde Pascua de Resurrección a San Juan), época de ro—
gativas y romerías; y finalmente las fiestas de la cosecha y la recolección. Estos ciclos
festivos, arraigados profundamente en las costumbres y en la tradición y en el propio
ciclo vital de los individuos, se convirtieron también, muy pronto, en objetivo de
transformación cultural. Si bien los dictados de la Reforma protestante han dado lugar
en In glaterra o Alemania a un interesante elenco de trabajos en torno a las transforma—
ciones en los ciclos festivos, en España apenas si han sido tenidos en cuenta. Sin em—
bargo, sabemos que, desde fecha temprana, a finales del siglo XV, la Iglesia quiso
influir directamente en el calendario mediante tres grandes líneas de actuación: la re—
ducción del número de fiestas de precepto y el cumplimiento de las mismas; la intro—
l 14 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

ducción de novedades en el calendario festivo; y, por último, la eliminación progresi—


va de elementos supersticiosos y paganos.
Muy pronto, desde el siglo XV, los reformadores abogaron por una reducción del
número de fiestas. Los sínodos diocesanos de Palencia (1545) 0 Burgos (1575) pu—
sieron especial énfasis en este aspecto. Para ello argumentaban que su excesivo núme—
ro afectaba a la economía de los más pobres, que no cobraban salario esos días; por
otra parte, criticaban que su exceso tenía como consecuencia que muchas de ellas se
cumplieran mal. Y, por último, una parte considerable de las mismas se celebraba más
por superstición que por devoción. Pero, como ha apuntado W. Christian, esta preocu-
pación iba más allá: no había que olvidar que muchas de estas celebraciones eran festi-
vidades locales que se conmemoraban con mayor ímpetu que las comunes impulsadas
por Roma. Como se expresa en el sínodo de Cuenca de 1626, <<las fiestas que manda
guardar la Santa Iglesia no son festejadas ni guardadas como se debían, y son obliga—
das a guardarlas los fieles, y que tienen más respecto y por mayores festividades a las
que ellos han escogido». Esta iniciativa contó en todo momento con el apoyo de
las autoridades civiles que aprobaron leyes que prohibían el trabajo los días festivos (у
se vigilaba a través de autoridades locales como los alguaciles de vara o los mayora—
les), al mismo tiempo que prohibían la celebración de ciertas fiestas patronales. No
obstante, esta medida fracasó, pues al menos durante los siglos XVI y XVII, la religiosi—
dad barroca, eminentemente pública, didáctica y espectacular, dio lugar a que el nú—
mero de celebraciones aumentara notablemente, especialmente por los numerosos vo—
tos a los que se comprometieron pueblos y ciudades.
También se quiso renovar el santoral festivo y el culto a los santos durante la
segunda mitad del Quinientos. Trento fue, en este sentido, muy claro: la invocación a
los santos, a diferencia de los protestantes, era algo bueno. De ahí la necesidad de con—
servar y tener imágenes que sirvieran para instruir al pueblo. Pero también hizo espe—
cial hincapié en terminar con aquellas que representaran falsos dogmas, superstición o
exceso. Para ello se dio un especial protagonismo a los obispos, a quienes se les instó a
eliminar los elementos profanos de las imágenes; sólo a ellos correspondía autorizar la
colocación de nuevas imágenes o la admisión de nuevas reliquias y milagros, con el
consejo de acreditados teólogos. Hubo, a su vez, una importante renovación del santo—
ral. La subida a los altares, por ejemplo, de san Ignacio de Loyola, san Francisco de Ja—
vier 0 santa Teresa de Jesús, en 1622, junto a otros como Francisco de Borja o Juan de
Dios, marcan el deseo de impulsar una serie de devociones o santos universales que
sustituyera a las diferentes fiestas locales, al mismo tiempo que representaban los va—
lores que deseaba potenciar la Iglesia: la fundación de nuevas órdenes, el misticismo o
la labor misional. Otras festividades como la de san Isidro, canonizado en 1622, pre—
tendían unir en uno solo la gran variedad de santos locales a los que pedían su interce—
sión los campesinos. Las de san José 0 santa Ana, que se refuerzan en las relaciones de
fiestas de las diferentes diócesis, venían a reerjar, como ya se ha apuntado, el papel
que se pretendía dar a la Sagrada Familia. Otras como san Marcos o Nuestra Señora de
la O languidecieron, fueron quedando como fiestas privativas de algunas diócesis, o
simplemente, desaparecieron del calendario festivo.
En esta línea, mención especial merece el desarrollo de fiestas como la del Cor—
pus Christi. Desarrollada durante la Baja Edad Media, fue considerada por Trento
como celebración <<muy pia y muy religiosa, y que el regocijo de los fieles debía servir
CULTURA Y MENTALIDADES 115

para que los herejes se consumieran de envidia y verg'úenza y volvieran a la fe». El


Corpus vendría a significar para el Barroco español todo un símbolo de la contienda
entre el idealismo y el realismo, entre lo religioso y lo profano, según la tesis clásica
de Ludwig Pfandl; pero también, en cuanto a celebración universal en toda la Monar-
quía, un elemento claro y evidente de identidad cultural frente al protestantismo. De
esta manera, a lo largo de los siglos XVI y XVII la fiesta del Corpus fue una fiesta gran-
de, con una profunda raigambre popular. Los elementos festivos, el canto y el baile
(reflejo del texto <<cante la fe, salte la esperanza, se regocije la caridad», de la bula de
Urbano IV que instituía la festividad en 1264), se manifestabanjunto a los litúrgicos:
procesiones, bendiciones, enramadas, danzas populares, representaciones, gigantes y
cabeludos, toros ensogados, la tarasca (personaje monstruoso con forma de reptil, re—
presentación del mal), infantes, etc., son comunes a las celebraciones del Corpus de
toda la Península.
Pero, además, también se quiso acabar con el mantenimiento de ritos paganos o
supersticiones, pues eran momentos propicios para el pecado o para el desorden so—
cial. Los sínodos diocesanos del XVI tomaron nota del asunto en los capítulos De Fе-
riis, donde se recordaba la obligación de acudir a misa los domingos y fiestas «de ma—
nera que los pleitos, los malos tratos, las comidas demasiadas, los juegos y los canta—
res lascivos, las conversaciones y pláticas deshonestas, son tan ajenas de lo que deben
hacer los cristianos aquellos días, que con estas cosas las fiestas más se profanan que
santifican, y nuestro señor se ofende tan gravemente que nos niega por ellos los bienes
temporales y nos envía otras persecuciones y trabajos que cada día padecemos» (síno—
do de Pamplona de 1590). Así, a lo largo del XVI, se prohibieron las fiestas del obis—
pillo de San Nicolás, costumbre arraigada en toda Europa (obispo de inocentes, dentro
de las fiestas de locos) que se celebraban dentro de las iglesias por monaguillos y ni-
ños (en Sevilla sería prohibida por diferentes disposiciones entre 1512 y 1621; en To—
ledo, por decisión del concilio provincial de 1565-1566). También se persiguieron las
fiestas de reminiscencia pagana como la elección de reyes y reinas de mayo o las vela—
das nocturnas en las iglesias y santuarios, puesto que daban lugar a bailes, cantos, co—
midas, y otras <<deshonestidades que no son de dezir».
Dentro de estas festividades el Carnaval ocupó un lugar privilegiado. Todos los
festejos de Carnaval europeos, como nos cuentan crónicas y documentos, poseían un
repertorio de danzas burlescas, de gritos, de canciones provocativas y simbólicas, mu—
chas de ellas relacionadas con la muerte (la <<ejecución del gallo», el entierro de la sar—
dina), disfraces ridículos y parodias. Antropólogos e historiadores los han interpreta-
do como un rito agrario de fertilidad con raíces en los tiempos paganos; otros lo consi—
deran una celebración en concordancia con el ritual cristiano, una época de excesos
previa a la austeridad y recogimiento cuaresma]; finalmente, hay quienes apuntan que
el Carnaval era un periodo de rupturas, de protestas, de crítica social y mundo al revés.
De hecho, desde fecha temprana las autoridades intentaron frenar su desarrollo. En
1523 el Emperador prohibió la exhibición de máscaras y disfraces «porque del traer de
las máscaras resultan grandes males, y se disimulan con ellas y encubren». Sin embar—
go, su celebración continuó: el teatro, la novela, los relatos de viajeros, recogen nume—
rosos testimonios de cómo los carnavales eran un punto de referencia en el ciclo festi—
vo de ciudades y pueblos. Según los datos con los que contamos la persecución contra
las <<Carnestolendas» sólo se daba cuando derivaba en salidas de tono contra todo

l—
1 16 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

aquello que pudiera afectar a la fe, como cuando un clérigo fue condenado en Pamplo-
na en 1601 por celebrar el carnaval disfrazado de cardenal, causando escándalo en la
ciudad «por ser caso tan extraordinario y de tanto atrevimiento en un sacerdote de
misa, mayormente en la tierra donde vivimos, a pared en medio y tan cercanos los lu—
teranos y gente enemiga de la Madre Santa Iglesia y de sus ministres, que es darles
ocasión a que hagan otro tanto en burla y menosprecio del gobierno de la Santa Madre
Iglesia»; o bien cuando daba lugar a violencias y motines de carácter extraordinario.
De ahí que nos preguntemos el porqué de su perduración. El virrey de Cataluña en
1587, ante la posibilidad de prohibirlos en Barcelona, se mostró reticente pues «10 de
los bailes y máscaras en tiempos de Carnaval, está tan arraigado y en uso en esta ciu—
dad, que con dificultad se puede remediar, y […] el pueblo lo sentiría mucho». De
alguna manera las palabras del virrey rellejan la tesis de P. Burke para quien el Carna—
val, con sus críticas sociales y políticas, sus disfraces y bailes, era una «válvula de es—
cape», un periodo de inversión y protesta tolerada, para evitar que las tensiones socia—
les y políticas acumuladas acabaran en un estallido violento. En este sentido la protes—
ta carnavalesca no era otra cosa que un elemento más para mantener determinadas
estructuras, y por tanto, un componente necesario para el control social.
Este conjunto de iniciativas contra el excesivo número de fiestas, o contra el resa—
bio a superstición de las mismas, fracasadas en su mayor parte durante el Siglo de Oro,
se reforzó notablemente a lo largo del siglo XV… gracias a la iniciativa de la Monar—
quía y de elementos ilustrados de la jerarquía eclesiástica, levantando, según los auto-
res, un importante muro entre la cultura popular y la de las elites. Fue Campomanes
quien en 1750 escribía indignado al padre Feijoo (<<¡Qué quimeras, qué extravagan—
cias no se conservan en los Pueblos a la sombra del vano pero ostentoso título de tradi—
ción!» clama éste en su Teatro Crítico Universal), por algunas costumbres populares,
como las mayas y los mayos, las enramadas de San Juan, las zambombas de Noche-
buena, los carnavales, la cruz de mayo, consideradas irreverentes o supersticiosas.
Fue también el fiscal del Consejo de Castilla quien apoyó la disminución del número
de fiestas, en la linea marcada por el papa Benedicto XIV en 1748. En su Discurso so—
bre elfomento de la industria popular (1774), escribe el fiscal: <<para calcular la pérdi—
da de jornales que ocasiona el excesivo número de fiestas de precepto eclesiástico, con
sólo suponer ocho millones de habitantes trabajadores de ambos sexos, y que una per—
sona con otra gane dos reales de jornal, cada fiesta de precepto reducida o trasladada al
domingo producirá en España diez y seis millones de reales de utilidad…»
Pronto se optó también por el control de los excesos, con un creciente grado de li—
mitación de tales manifestaciones colectivas, ya perceptible a mediados del siglo XVII
y más aún durante el XVIII en un intento desde arriba de transformación de la cultura
popular. A comienzos del Setecientos un visitador diocesano amenazaba con la exco—
munión a todos aquellos que seguían «la perniciosisima costumbre [...] de dar algunas
noches, y en especial por carnestolendas, lo que llaman matraca, que más propiamente
se puede llamar dicterios escandalosos y blasfemos». De hecho, fueron más tarde las
autoridades civiles las que en mayor medida se encargaron de su persecución. Las dis—
posiciones de Felipe V contra el Carnaval en 1716 (<<de que se han seguido innumera—
bles ofensas a la Magestad Divina, y gravisimos inconvenientes por no ser conforme
al genio y recato de la Nación Española») y en 1745, contra su práctica en la Corte, son
un ejemplo del giro cultural. Bien es verdad que con escaso resultado, como son buena
CULTURA Y MENTALーDADES 117

muestra las cerca de cuarenta prohibiciones hechas entre 1721 y 1773 en Madrid con—
tra diversiones como arrojar huevos y otras formas carnavalescas.
Pero también determinadas costumbres arraigadas durante la fiesta del Corpus
comenzaron a ser percibidas como extravagantes. Numerosas disposiciones legislati-
vas contra los disfraces y las danzas en tiempo del Corpus como en Granada en 1717,
Toledo en 1765 0 Barcelona en 1770; la prohibición de celebrar autos sacramentales o
comedias de santos en 1765, la de los bailes en las iglesias en 1777 y 1780, afectaron
directamente a las formas tradicionales de celebración:

Habiendo llegado a noticia de S. M. algunas notables irreverencias que en la fiesta


del Santísimo Corpus Christi de este año se han cometido con ocasión de los gigantones
y danzas, y teniendo presente lo consultado por el Consejo, se manda que en ninguna
Iglesia de estos Reinos, sea catedral, parroquial o regular, haya en adelante tales danzas
ni gigantones, sino que cese del todo esta práctica en las procesiones y demás funciones
eclesiásticas, como poco conveniente a la gravedad y decoro que en ellas se requiere.

Este conjunto de prohibiciones, de ataques hacia determinadas maneras de expre-


sión religiosa, son ejemplo de cómo el Estado ilustrado quiso controlar el ser festejante
de los españoles, en lo que consideraba una racionalización de sus comportamientos.
Desconocemos, sin embargo, en qué grado su actuación tuvo éxito o provocò resisten—
cias. Jovellanos nos ha transmitido una visión pesarosa de los efectos de tales medidas:

En unas partes se prohíben las músicas y eencerradas, y en otras las veladas y bai—
les. En unas se obliga a los vecinos a cerrarse en sus casas ala queda. y en otras a no salir
a la calle sin luz, a no pararse en las esquinas, a nojuntarse en corrillos, y a otras seme—
jantes privaciones. El furor de mandar, y alguna vez la codicia de los jueces, ha extendi-
do hasta las más ruines aldeas reglamentos que apenas pudiera exigir la confusión de
una corte; y el infeliz gañán que ha sudado sobre los terrones del campo y dormido en la
era toda la semana, no puede en la noche del sábado gritar libremente en la plaza de su
lugar, ni entonar un romance a la puerta de su novia.

Sin embargo, a pesar de estas impresiones, a pesar de las medidas adoptadas du—
rante los tres siglos, los ciclos festivos se mantuvieron. La larga tradición del calenda—
rio, su profunda interrelación con el mundo agrícola, el hecho de que estas festivida—
des estuvieran vinculadas a la memoria colectiva y a los valores de la comunidad
(pues reforzaban su identidad), junto con los factores estéticos del mismo (un orden
racional del tiempo), hicieron que éste se mantuviera vigente, con escasas modifica—
ciones, alo largo de la Edad Moderna, aunque ya en sus epígonos se percibieran sínto-
mas de transformación.

3. La vida en comunidad

3.1. LAS SOLIDARIDADES: COFRADÍAS Y HERMANDADES

Las cofradías, de origen medieval, concentradas en áreas urbanas en torno a gre—


mios artesanales, eran asociaciones de fieles que se unían para realizar prácticas peni-


118 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

tenciales, caritativas, piadosas, sociales, etc., que se organizaban en torno a un regla—


mento. A comienzos del Quinientos, al igual que el resto de Europa, eran un mundo
encerrado en sí mismo con escasa participación de los párrocos ——<<modelo alternati—
vo de Iglesia», según Bossy—, e incluso parece que muchas habían perdido su signifi—
cado religioso, lo que no dejó de provocar reacciones y peticiones de reforma por par—
te de instituciones civiles y religiosas principalmente porque escapaban a su control.
El sínodo de Palencia de 1545 instaba a que se redujera su número pues <<son muy mal
servidas». Las Cortes de Madrid de 1534 (petición XXIX) se lamentaban de que <<el
reino está lleno de cofradías, donde gastan en comer y beber cuanto tienen; y aun se si—
gue y han seguido otros insultos, y es manera de empobrecerse el estado seglar». De
hecho, el propio Carlos I hizo pública una Pragmática en 1552 que prohibía las cofra—
días y hermandades de artesanos, probablemente porque se habían convertido, en mu—
chos casos, en organizadoras de la protesta social.
No es de extrañar, por tanto, que fueran objeto de un especial interés por parte
de Trento y de los diferentes concilios provinciales y sínodos diocesanos, no sólo
porque fuera necesaria una reforma que los adaptase a una nueva coyuntura, sino,
sobre todo, porque se convirtieron en medios difusores de doctrina, en agentes de
nuevos ritos y de nuevas devociones que querían ser impulsadas desde Roma. Es
precisamente tras Trento cuando la cofradía, revalorizada como institución inter-
media e intermediaria entre la Iglesia y sus feligreses, se convirtió en un instru—
mento más de transformación social. Se renovó la reglamentación de las antiguas
congregaciones, y las recién creadas se adaptaron a las nuevas circunstancias, lo
que implicó una mayor dependencia y control de los obispos —conforme a la se—
sión vigésimo tercera de Trento sobre la intervención de los obispos en las congre—
gaciones laicas—, reforzando así la autoridad eclesial. A ellos o a sus provisores
correspondía la aprobación de cualquier nueva fundación y la revisión de sus esta-
tutos, como consta, por ejemplo, en Palencia, Cantabria 0 Cuenca. También la Co—
rona aumentó su control cuando en 1566—1567 obligó a todas las cofradías caste-
llanas a concentrar sus recursos y a destinar parte de sus rentas para la construc—
ción de hospitales en sus comunidades.
Por otra parte, lo que hasta entonces había sido preferentemente un fenómeno ur—
bano, comenzó poco a poco a extenderse al mundo rural gracias a la labor de las órde—
nes mendicantes de franciscanos y dominicos durante el siglo XVI. Fueron numerosas
las nuevas cofradías que asumieron una reglamentación diferente y tomaron como pa—
tronos a devociones que hasta entonces no habían tenido (cofradías del Rosario, del
Nombre de Jesús, del Santísimo Sacramento, de la Vera Cruz, etc.), y que respondían
a las nuevas directrices espirituales y de homogeneización. De este modo, las cofra—
días sirvieron para impulsar los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, para
promover procesiones públicas; sirvieron para una reforma de los comportamientos,
para proponer un modelo de vida según las directrices marcadas por la Iglesia. Estas
cofradías, que agrupaban bien a miembros de un mismo gremio, bien a personas de un
mismo estamento, como la cofradía nobiliaria de San Jorge, en Barcelona, bien a todo
un pueblo, ocupaban además un puesto de preeminencia en la vida de la parroquia.
Los trabajos con que contamos para Cataluña, para Cuenca y Cantabria vienen a con—
firmar que las cofradías, penitenciales o asistenciales, gozaban de una gran populari—
dad y eran una parte esencial de la vida religiosa de las diócesis. En muchas ocasiones
CULTURA Y MENTALIDADES 119

eran la única organización religiosa en la ciudad, y su reforma contribuyó a una mayor


participación religiosa de todos los sectores de la escala social.
Sin embargo, no conocemos en sujusta medida su dimensión social, a pesar de la
importancia que llegaron a adquirir. Del cerca de centenar de cofradías en Valladolid
(con 30.000 habitantes), 150 de Zamora (con 8.600 habitantes) o 51 en Barcelona a fi—
nales del XVI, sabemos que se encargaban de la creación de instituciones asistenciales
para pobres, viudas y huérfanos a través de la limosna recogida entre y por los cofra—
des. Hay que recordar su labor de instituciones intermediarias de la pacificación so—
cial, como han venido destacando en varios trabajos, evitando escándalos públicos, о
terciando en los conflictos vecinales. Una de las cofradías cántabras, por ejemplo, es—
tablecía en sus estatutos a finales del siglo XVI que uno de sus principales objetivos era
que <<entre los vecinos e individuos que la componen, el que entre ellos se conserve
una verdadera paz». А1 mismo tiempo, y como complemento a lo que ya hemos des—
crito, vigilaban el comportamiento moral de los vecinos, en la búsqueda de una «со—
munidad ideal» según los dictados tridentinos. Es en este espíritu de fraternidad fun—
dacional en el que hay que enmarcar las reuniones en cenas y colaciones anuales que
convirtieron a las cofradías en espacios privilegiados de sociabilidad.
Fue a lo largo del siglo XVIII cuando se hizo palpable la crítica ilustrada. Se consi—
deraba que los gastos de estas instituciones eran excesivos, que eran evidentes sus
desviaciones profanas, y se les instó a la práctica de un cristianismo más racional y
moralmente más riguroso, inclinado hacia una mayor interiorización de la práctica re—
ligiosa y menos hacia las prácticas de devoción y penitencia públicas. En estas críticas
participaron los obispos, pero también los ministros del gobierno, con el Consejo de
Castilla a la cabeza, que aprobaron todo un conjunto de medidas entre 1762 y 1783 li—
mitadoras de sus funciones. También es verdad que las cofradías se habían convertido
en un freno a las medidas centralizadoras y secularizadoras de la asistencia social im—
pulsadas por la Corona. La labor desamortizadora, sobre todo tras la Guerra de la
Independencia, pondría fin a muchas de estas organizaciones.
Junto a las cofradías, otras instituciones, como los hospitales, casas de misericor—
dia, las casas de expósitos, hospicios, etc., se ocuparon de las labores asistenciales du—
rante la Edad Moderna, y su evolución está vinculada estrechamente al desarrollo de
las formas de entender la pobreza. En efecto, los siglos modernos trajeron una polémi-
ca entre dos puntos de vista. Entre los que consideraban que era necesario mantener la
tolerancia hacia al mendicidad, en la línea de la pobreza sacralizada medieval, y los
que abogaban por su reclusión en instituciones u hospitales. Tras Trento se revisó la
ayuda a los pobres. Y si bien es verdad que se optò por la permisividad hacia la libre
mendicidad, también lo es que se intentó un control de la misma, ejercido por la propia
Iglesia: las obras pias quedaron bajo la supervisión de los obispos, y asimismo, como
vimos, las cofradías y los hospitales. Estos últimos, y según la sesión VII, capítulo XV
del Concilio, debían ser visitados y administrados por los ordinarios, al mismo tiempo
que se aprobaban leyes para perseguir la falsa mendicidad, se regulaba la petición de
limosna y se tomaban medidas contra los vagos. Se revitalizaron también numerosas
obras benéficas y los hospitales y las casas de misericordia se multiplicaron por toda la
península (el siglo XVI es la época de su mayor florecimiento), y se asistió a un proceso
de centralización de la caridad, concentrando la asistencia en hospitales generales,
con escaso éxito.
120 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

El siglo XVIII supuso un refuerzo del proceso de concentración y racionalización de


estas instituciones. Frente a la concepción vigente de la pobreza, el Estado secularizó la
visión del pobre: vagos y mendigos, nO eran útiles para la sociedad, de ahí que se multi—
plicaran las leyes y las penas contra los vagabundos. También fue el Estado quien asu—
mió la labor asistencial, aunque siguió contando con la colaboración de los obispos. El
siglo XVIII es el de la construcción de hospicios y casas de misericordia, con el objetivo
de acoger y reeducar a sus asistidos en beneficio de la sociedad. Por otra parte las medi—
das desamortizadoras de los bienes de viejas instituciones asistenciales, en tiempos de
Carlos IV (en 1798 y 1808), acabaron con la existencia de muchas de ellas.

3.2. LA VIOLENCIA INTERPERSONAL Y COLECTIVA

«... Advierte que entre los leones y los tigres no había más de un peligro, que era
perder esta vida material y perecedera, pero entre los hombres hay muchos más y ma-
yores: ya de perder la honra, la paz, la hacienda, el contento, la felicidad, la conciencia
y aun el alma. ¡Qué de engaños, qué de enredos, traiciones, hurtos, homicidios, adulte—
rios, invidias, injurias, detracciones y falsedades que experimentarás entre ellos.» Sin
llegar a caer en el pesimismo radical de Baltasar Gracián, sí parece evidente que entre
los siglos XVI y XVIII la sociedad española fue testigo de un importante clima de violen—
cia. Pero para analizar someramente este tema vamos a distinguir entre tres grandes ti—
pos de expresiones violentas: la violencia interpersonal, el crimen organizado y la vio—
lencia colectiva.
Si atendemos, por ejemplo, a la clasificación establecida por Heras Santos, la im—
portancia de los delitos contra la vida e integridad de las personas es indudable. El
examen del inventario de las causas criminales presentadas ante la Sala de Alcaldes de
Casa y Corte muestra que un 36 % de los pleitos entran dentro de la categoría de <<heri—
das» (que engloba el «golpe que se da con la espada o contra arma o cualquier cosa que
pueda lastimar y sacar sangre»), y «muertes», muy sistematizado por la legislación.
Algo que se corrobora a partir de las noticias extraídas por Rodríguez Sánchez de me—
morias, avisos, relaciones, epistolarios, crónicas, sínodos diocesanos, peticiones de
las Cortes, etc., para la primera mitad del siglo XVII. Según estos datos el 80 % eran de—
litos contra las personas, de los cuales, el 59 % eran delitos de sangre (riñas y penden—
cias, heridas, asesinatos), y sólo el l4 % respondían a violencia contra la propiedad
(hurtos y robos). Otras formas serían, por ejemplo, la violencia contra las mujeres,
bien la doméstica («fenómeno lleno de silencios», en el que los tratadistas contempo—
ráneos se mostraron divididos a la hora de juzgar los castigos maritales; un 93 % delos
casos de separación en la diócesis de Pamplona estaban motivados por malos tratos),
bien el estupro o la violaciôn. Otros, como el que atañe, por ejemplo, al infanticidiO,
son menos conocidos, aunque las referencias en todos los sínodos diocesanos a la
prohibición de que los recién nacidos fueran acostados en el lecho de sus padres puede
ser una indicación de su práctica.
Muchas de las consecuencias de estas heridas y muertes procedían de la variante
que representa la violencia verbal, la injuria. Ésta, «una metáfora social», suponía y
dejaba traslucir todo un sistema de valores ——insultos habituales como cornudo, trai—
dor, hereje, judío, marrano, puta, alcahueta, etc.—, pero, sobre todo, y para el caso que
CULTURA Y MENTALーDADES 121

estudiamos, revelaba la importancia del honor. Como apuntaba Lope en unos versos
al referirse al teatro: <<los casos de la honra son los mejores, porque mueven con fuerza
a toda gente». Un honor que marca conductas individuales, así como las relaciones fa—
miliares y sociales. Este honor, sin embargo, en la medida que reafirmaba una autori-
dad frente al otro, en la medida en que se abría como un espacio excesivamente indivi—
dualizado, no respondía a las pautas marcadas por un Estado que se pretendía más
fuerte y que quiso, apoyándose en unos argumentos proporcionados por la Iglesia, li—
mitarlo y someterlo. Bien es verdad que mucho menos conocidas son otras razones,
como el pago de deudas, que según trabajos muy localizados en el espacio, se reve-
la como otra de las fuentes de violencia.
De todas formas, ¿asistimos a un descenso de las formas de violencia interperso—
nal a lo largo de la Edad Moderna, fruto de un proceso de civilización evidente en
otros ámbitos de la cultura? Las tesis que basadas en criterios cuantitativos insistían en
el declive, chocan con otras que han puesto de manifiesto que tal evolución no es real.
Lo que sí parece evidente es que cambiaron las actitudes hacia los delitos dando ma—
yor importancia a unos 0 a otros. Y, por supuesto, se observa un cambio en su persecu—
ción. Si en los siglos XVI y XVII el delito es, en muchos casos, un delito-pecado, lleno
de connotaciones éticas vinculadas a la teología moral, en el XVIII éste se va difumi—
nando a favor de la persecución de todo aquello que atentase contra la moralidad pú—
blica y el orden social bajo la protección y responsabilidad del Estado.
La manifestación más importante del crimen organizado en la España moderna
fue, sin duda, el bandolerismo. La aparición de bandoleros como Antonio Roca, Ro—
que Dinarte o Serralloga en las obras de Lope de Vega, Tirso de Molina, Cervantes 0
la literatura de cordel son, sin duda, una muestra de la cotidianeidad del fenómeno.
Tampoco es de extrañar que gran parte de estos protagonistas fueran, en su mayoría,
catalanes, pues el bandolerismo tuvo especial incidencia en la Corona de Aragón y
como tal fenómeno ha sido el más estudiado. No obstante toda la Península, desde
Andalucía a Galicia, pasando por Castilla, fue testigo de la amenaza del bandido a lo
largo de los tres siglos. Las causas de esta violencia son varias. Por un lado, y durante
los siglos XVI y XVII, es evidente la existencia de un bandolerismo de carácter nobilia—
rio muy relacionado con las luchas de bandos y viejas rivalidades familiares —los
nyerros y cadells en Cataluña—, aferradas a estructuras clientelares y de linaje, y ante
el que la Corona se mostró impotente. Junto a él, fueron frecuentes las bandas de sal—
teadores que robaban en los caminos motivados por una profunda crisis económica o
por un momento de grave inestabilidad política que afectó en diversas épocas a dife—
rentes partes de la Península. Algo que, en muchas ocasiones, estuvo estrechamente li—
gado también a sectores marginales de la población, como moriscos o gitanos, y moti—
vado, en gran parte, por las duras medidas legislativas contra ellos. Tampoco faltan
quienes interpretan (a la manera de Hobsbawn) que el bandolerismo fue una forma de
protesta popular ante las míseras condiciones de vida de los campesinos; o incluso
quienes lo contemplan como una pieza en el proceso de construcción nacional (como
han interpretado algunos autores catalanes). Por último, no habría que olvidar otras ra—
zones, como las geográficas, si se tiene en cuenta que muchos de estos fenómenos se
daban en regiones de frontera, 0 bien en zonas montañosas; las jurisdiccionales (la di—
versidad de jurisdicciones protegían la actuación de los bandoleros); u otras como la
posesión generalizada de armas por parte de la población, la visión del bandolero
122 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD M。DERNA

como un defensor de fueros y privilegios frente a la Corona, etc. De todas formas estu—
dios recientes apuntan a un importante cambio en la percepción del fenómeno del ban—
dolero: de ser considerado un asunto local, a ser considerado como una amenaza para
el Estado, que dio lugar a una ofensiva por parte de la Corona, especialmente a lo largo
del siglo XVIII.
En cuanto a las expresiones de violencia colectiva, no trataremos aquí sobre
aquellos motines que han pasado a la historia por su importancia y por ser, desde lue—
go, mucho más que simples desórdenes públicos, como el movimiento comunero, las
alteraciones de Aragón de 1590, la rebelión de los catalanes de 1640 o los motines de
Esquilache de 1766. Los pequeños amotinamientos, muy localizados, esporádicos en
la vida de la comunidad, respondían a unos esquemas muy similares. Iniciados con el
rumor, con un pequeño incidente, muy pronto, por su violencia, ponían de manifiesto
un conjunto de causas que lo explicaban. Gracias al tañido de las campanas, pero tam—
bién a través de pasquines y libelos, los amotinados se concentraban en los lugares
epicentro de la sociabilidad local: a la salida de la misa dominical, en la plaza, y duran—
te festividades concretas. Injurias, insultos, violencia física, eran elementos perma—
nentes. Pero sólo en escasas ocasiones acababan con resultados trágicos, con lo que no
pocos autores consideran que tales motines desarrollaban una violencia controlada en
todo momento por sus protagonistas. Unos motines que no pueden calificarse como
meras <<revueltas de estómago» o como una manifestación más de la rivalidad de cla—
se. Detrás de ellos hay unas causas, complejas y combinadas, y unas ideas que los
sostienen. Como ha detallado Lorenzo Cadarso para Castilla, la progresiva oligarquí—
zación del gobierno municipal (paulatina supresión de los <<concejos abiertos», limi—
tación de la participación popular), el ejercicio de la jurisdicción señorial y su injeren—
cia en la vida de los pueblos, el aumento de la presión económica sobre los campesi—
nos, pero también razones relacionadas con el estatus social de los vecinos, con la
apropiación indebida de comunales, con la aplicación de la justicia, etc., provocaron
no pocas alteraciones del orden. Unas alteraciones sostenidas por un conj unto de ideas
en las que se mezclaba la tradición y la memoria histórica, las concepciones milenaris—
tas, una determinada imagen del poder político y de su ejercicio, el honor comunitario
o el interés económico de los afectados.
La persecución de estos delitos tuvo como base el desarrollo teórico de unos de—
terminados principios elaborados en gran parte por la Iglesia, sobre los que se apoya-
ron las cada vez más fuertes y organizadas estructuras el Estado. Robert Muchembled,
a la hora de analizar la violencia en la Francia del Antiguo Régimen afirma que ésta
era <<un fenómeno cultural, una extensión brutal de la sociabilidad ordinaria». Como
tal reflejo de una sociedad, de la misma forma que a lo largo de los tres siglos estudia-
dos se aprecian notables cambios en las formas de la vida cotidiana, también la violen-
cia —sus formas, sus comportamientos, sus actitudes— sufrió importantes transfor—
maciones relacionadas con el fortalecimiento del Estado y, por tanto, con el de la
propia justicia y sus instrumentos a la hora de enfrentarse a diferentes formas de vio—
lencia. Es más, es en el fenómeno de la violencia en donde con mayor nitidez podemos
observar los efectos del <<disciplinamiento social» de los que hablábamos en la intro—
ducción. Unos instrumentos que durante los siglos XVI y XVII contaron con el apoyo
teórico de la Iglesia a la hora de hacer frente a los mismos. En efecto, a la luz del quin—
to mandamiento, «no matarás», se quiso poner coto al homicidio, únicamente tolerado
CULTURA Y MENTALーDADES 123

en casos de defensa del honor y de la propiedad, algo que a lo largo del siglo XVII fue
también puesto en duda por diferentes teólogos morales que sólo aceptaron la defensa
de la propia vida para justificar una muerte. Por otra parte, el mandamiento «no roba-
rás» hizo que el hurto se convirtiera, según la teología moral, en uno de los delitos más
graves, salvo los casos de extrema necesidad, en cuanto que era considerado un gran
pervertidor del orden social. El octavo mandamiento, «no levantarás falso testimonio
ni mentiras», y la tratadistica en torno a él, puso a la injuria en el punto de mira y como
causa de una parte importante de la violencia. Pero la influencia de la Iglesia no sólo
quedó reflejada en determinados tratados teóricos. Los sermones, el confesionario, las
misiones, la labor pacificadora de las cofradías, fueron un instrumento de primer or—
den para hacer asentar tales principios. En este sentido la Iglesia hizo una considerable
propaganda contra todo aquello que supusiera venganza personal o venganza al mar—
gen de la ley: las disposiciones contra libelos y pasquines publicadas en 1577 y 1591
por los obispos de Barcelona, la difusión de las <<actas de perdón» (actes de perdó) en
Cataluña o de las cartas de perdón en Castilla, redactadas muchas veces por los párro—
cos, intentaron contribuir a la disminución de las venganzas. Por otra parte, la insis—
tencia en la importancia de la amonestación caritativa (el llamamiento que los vecinos
o deudos del delincuente hacían antes de acudir a la justicia real), incorporando esta
forma de inl'rajusticia que practicaban las comunidades a todo un sistema, contribuyó,
en parte, a una cierta pacificación social.
А1 mismo tiempo, diferentes cambios institucionales que afectaban a la organi—
zación municipal y que, como vimos, ocasionaron no pocos motines, se justificaron
utilizando la propia estructura organizativa de la Iglesia. Cuando, por ejemplo, en
Logroño se quiso, en 1645, suprimir el sistema de regimientos perpetuos y de recu—
perar el de concejos abiertos, los partidarios del primer sistema acudieron al argu—
mento de que:

[...] no conviene ni al servicio de Dios, ni de los pobres, ni del rcy nuestro señor, ni dcl
bien de la república, ni en común ni en particular, de que se mude el gobierno de regido—
res perpetuos, porque con la continuación tiene noticias claras de lo que conviene al go—
bierno desta ciudad [...] y quc el tiempo que es, es tan conforme al gobierno [actual], que
en todas las ciudades de Castilla y comunidades eclesiásticas y seglares dellas, ¿por
qué se gobiernan en la temporal y eclesiástico con personas que tienen sus oficios per-
petuos? Para mayorjustificación y noticias dellos, quc no es fácil alterarlos cada año y
son muchos los escándalos que en tiempo de añales había.

Pero además, muchos de los párrocos coagularon buena parte de los desconten—
tos, argumentando, bien que los oficios debían ser ejercidos por los mejores, bien abo—
gando por la paz social.
Combinado con la Iglesia, y para aplicar este conjunto de principios, el Estado
fue creando todo un organigrama judicial que hiciera llegar su poder a todo el territo—
rio. Si durante la Edad Media, gran parte de las cuestiones se solucionaban, para bien o
para mal, entre las partes enfrentadas, durante la Edad Moderna, fue el Estado el que
quiso hacerse con el control de la resolución de los conflictos reforzando su papel en
todos los ámbitos y en todos los niveles. A través de la legislación se fueron endure-
ciendo las medidas contra la posesión y uso de armas blancas, y especialmente contra
las cada vez más sofisticadas armas de fuego; se hizo especial hincapié en la vigilancia
124 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

durante la noche; se pusieron restricciones a las fiestas públicas, en cuanto que era en
ellas, por el ambiente y el clima que generaban, cuando más desinhibidos se mostra—
ban los comportamientos violentos.
Poco a poco se fue eliminando el papel de una infrajusticia comunitaria indepen—
diente del sistemajudicial. Un caso evidente fue el de la venganza o el uso de desafíos
y duelos. Es lo que en Cataluña llegaba a denominarse un deseiximent, un procedi—
miento que todavía era habitual en el siglo XVI, y que se realizaba a través de una carta
de desafío que se colocaba a las puertas de la parroquia. El procedimiento suponía el
desarrollo de venganzas personales, de luchas interfamiliares. Para ellos se publicaron
disposiciones como las de 1537 que prohibía los desafíos con la pena de muerte, o la
bula de Gregorio XIII publicada en Barcelona en 1557 que decía tajantemente:

[...] algunos de los reinos de Aragón y Valencia y en el principado de Cataluña y en los


condados del Rosellón y de la Cerdaña y habitantes de esas partes, no han dudado en
prctendcr tener ley privada o particular para ellos, y tanto por el Vigor de esta, como por
la malisima costumbre que ha durado allí mucho tiempo, han afirmado ser lícito espe—
cialmente si eran nobles siempre que se quiera tratar de defender la honra que dicen hu-
mana.

Esto supuso la cada vez mayor implicación del municipio en la persecución del de—
lito, en el control de la violencia, que queda más al margen de la solución privada, al
y
convertir a los poderes locales en un elemento más del organigrama estatal. También se
potenciaron otras instituciones, como la Santa Hermandad, para mantener la seguridad
en los caminos castellanos, o bien, ya en el XVIII, diferentes cuerpos militares.
Pero, evidentemente, fue el fortalecimiento del aparato judicial el principal ins—
trumento desarrollado por el Estado para la persecución de la violencia y el delito. El
procesojudicial se convirtió así en un magnífico vehículo de aplicación de la ley y de
cumplir con el objetivo de restablecer el equilibrio social. Para ello, durante los siglos
XVI y XVII, su principal instrumento fue el castigo, entendido en la sociedad confesio-
nal como un remedo de penitencia por los pecados cometidos, como el mejor modo de
disuadir a los delincuentes. De hecho fueron tres los principios que caracterizaron a la
justicia de la Edad Moderna: ejemplaridad, paternalismo y utilitarismo. Los impresio—
nantes espectáculos de las ejecuciones públicas, el descuartizamiento del cuerpo del
ajusticiado para repartir los trozos en lugares públicos señalados, son una muestra de
la búsqueda del ejemplo, si bien es verdad que a lo largo de la Edad Moderna se obser—
va una evolución hacia formas de castigo menos cruentas. Como contraste, esta justi—
cia no tendrá tampoco problemas a la hora de ejercer un paternalismo compasivo a tra—
vés del ejercicio de la gracia y el perdón (los indultos) por parte del monarca o de sus
representantes. Unos siglos modernos que introdujeron las penas utilitaristas: es decir,
el castigo se cumplía en las galeras, en los presidios, en las minas, en el ejército, al ser—
vicio del rey.
Ahora bien, estas penas buscaban un castigo sobre aquello que más podía afectar
a los delincuentes: el cuerpo, el honor y la hacienda. La práctica del tormento, como
un elemento probatorio durante el proceso judicial (<<¡ ay, ay, ay ay, ay, ay, ay, que me
matan, Santísimo Sacramento!» clama una mujer ante el rigor del potro, en el Madrid
del siglo XVII), fue perdiendo validez a lo largo del Setecientos, especialmente en su
CULTURA Y MENTALIDADES 125

segunda mitad; penas ejemplares y públicas como los azotes, las mutilaciones, el des—
tierro o la pena de muerte, hacían dura mella en los delincuentes y perduraron los tres
siglos. Poco a poco, durante la Edad Moderna, como apuntó Foucault en su tesis sobre
el «gran confinamiento o encerramiento», fueron reemplazadas por la creación de ins—
tituciones (hospitales, casas de misericordia y cárceles) que se ocuparon de aplicar las
penas. Éstos y otros ejemplos son una muestra significativa de cómo en los siglos mo—
dernos asistimos a cambios en las formas de pensar y entender el crimen y al criminal,
a diferentes modos de percibir la violencia.

4. Las creencias y la vida religiosa

4.1. LA RELIGIOSIDAD

Las manifestaciones de la religiosidad están presentes, como hemos visto hasta


el momento, en los más diversos aspectos de la vida personal y colectiva de los espa-
ñoles de la Edad Moderna. Lo hemos advertido en el repaso a su ciclo vital, lo hemos
visto también estrechamente relacionado al ciclo festivo y estacional. Y, por supuesto,
se hace evidente en las numerosas maneras de expresar el sentimiento religioso. Los
acontecimientos a los que asiste Europa en las primeras décadas del siglo XVI, es decir,
la Reforma protestante, los primeros pasos de la Reforma católica hasta llegar a la
convocatoria y fin del Concilio de Trento, influyeron de manera determinante a
la hora de conseguir una transformación de las relaciones entre los individuos y la di—
vinidad. El erasmismo, de fuerte influencia entre las elites españolas del XVI, quiso ex—
tender una religiosidad personal, abandonando prácticas externas, centrándose en
Cristo y en la Eucaristía. Por otra parte, desde Trento, y con el apoyo de la Monarquía,
se quiso introducir una racionalización en el comportamiento religioso de sus fieles,
eliminando falsos dogmas, atacando excesos, luchando contra las supersticiones, for—
taleciendo devociones, obviando otras, reforzando el papel de un clero reformado
(destacando la labor de los jesuitas) y de la jerarquía eclesiástica en la vida social y co—
munitaria tanto como en la privada. Pero la búsqueda de una uniformidad de las creen—
cias, no sólo contribuía a dar respuestas a la búsqueda de la Salvación por parte de los
fieles, sino que también aportaba elementos para la construcción de una identidad cul—
tural católica para los súbditos de la Monarquía, y con ello un reforzamiento de la mis—
ma y de su autoridad en la medida que la figura del rey encarnaba esa identidad.
En efecto, por un lado se quiso fortalecer viejas y nuevas formas de expresión
del sentimiento religioso. Se buscó con este fin una unificación del ritual litúrgico
con la publicación del Breviario (1568) y del Misal (1569) romanos, aunque su difu—
sión no siempre fue sencilla. Los sinodos hicieron un especial esfuerzo en requerir a
los fieles el cumplimiento del precepto de la misa dominical: «oír misa los tales días
entera desde que el sacerdote comienza hasta que toda se acabe, y no es menester oír
las palabras que el sacerdote dice, base asistir, no distrayéndose de propósito notable—
mente» (sínodo de Sevilla de 1609). Se dio, para ello, un énfasis especial a la predica—
ción; de ahí la construcción generalizada de púlpitos, la publicación de obras sobre el
arte de predicar, etc. Los sermones en determinadas fechas, encargados a predicadores
de prestigio, anunciados y difundidos a través de carteles, financiados por las arcas
126 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

municipales (es habitual encontrar en los libros de cuentas de los municipios el pago
del salario al predicador de Cuaresma, normalmente miembro de una orden mendi-
cante), unían a los temas, cuidadosamente elegidos, la espectacularidad y el efectis—
mo, no pocas veces criticado por alguno de sus contemporáneos. Su éxito dio lugar,
sin embargo, a una ingente publicación de sermonarios durante los tres siglos.
También se hizo un especial esfuerzo por hacer cumplir a los fieles los preceptos
pascuales de confesión y comunión anuales. Para su control se elaboraron en muchas
parroquias <<padrones de confesión y comunión» que muestran que los niveles de
observancia eran, al parecer, amplios. En la parroquia catalana de Mediona en 1551 el
15 % de los feligreses no cumplían con el precepto de la confesión anual, pero desde
1580 ésta tiende a ser total. En el arzobispado de Sevilla, ya a finales del siglo XVIII, el
precepto del cumplimiento pascual era ya universal. La insistencia en ellos se debía, lo
hemos apuntado, tanto porque se consideraba necesario para la salvación del indivi—
duo, como porque era un elemento de identidad frente al protestantismo. Por otra par—
te, la escasa formación de los campesinos a comienzos del siglo XV1 hacía necesaria la
enseñanza de los puntos fundamentales del catolicismo, expresados en el credo y en
los mandamientos, gracias a la labor catequética de los párrocos a quienes los visita—
dores diocesanos instaban a organizar sesiones de enseñanza de la doctrina tras la
misa dominical, con cierto éxito en Toledo, con grandes lagunas en Cataluña; о bien a
examinar a las futuras parejas en doctrina cristiana antes de la celebración del matri—
monio, algo que no estuvo exento de dificultades, como se observa en Cataluña en los
siglos XVI y XVII.
Para esta labor de catequesis los diferentes sínodos y concilios provinciales
como los de Calahorra 0 Tarragona, a comienzos del siglo XVII, tuvieron un particular
interés en que la predicación y los textos de los catecismos se publicaran en las len—
guas vernáculas, para hacer más accesible y fructífera la labor pedagógica.
En este clima no dejaron de introducirse o de reforzarse devociones que pronto
se convirtieron en una práctica común de la población en su vida cotidiana. El rezo del
ángelus, a mediodía, se consolidó a lo largo de la Edad Moderna. El del rosario, espe—
cialmente tras la victoria de Lepanto, lograda el día de la celebración de la Virgen del
Rosario (7 de octubre), pronto se extendió como práctica diaria entre buena parte de la
población bien en la intimidad del hogar, en las iglesias, en los conventos, bien en me—
dio de la multitud, como el rosario público iniciado en Sevilla en 1690 y que pronto se
repitió en otras partes de España. A ello se sumó la devoción mariana, especialmente
la Inmaculada Concepción, convertida en una seña de identidad de la religiosidad
en la Monarquía católica. Y no hay que olvidar la multitud de romerías, votos, rogati—
vas, bendiciones de campos, conjuros contra la sequía o contra la 11uvia, en las que se
acudía a la tradicional intercesión de los santos locales, aunque progresivamente se
fue imponiendo la de María o la de Cristo en gran número de ermitas y santuarios. O
las procesiones de Semana Santa, todo un instrumento pedagógico por su temática y
por su espectacularidad de imágenes y disciplinantes. También se puso especial énfa—
sis en el cumplimiento de las vigilias de ayuno (especialmente vigilante sobre sobre
moriscos y judeoconversos).
Junto a todo ello, no quedó atrás la transformación de los comportamientos reli—
giosos bien a través de la pedagogía de los sermones, de las imágenes, de las misiones,
de las visitas pastorales, de las constituciones sinodales, bien a través de la acción in-
CULTURA Y MENTALIDADES 127

quisitorial. Por otro lado, se incentivó la vigilancia eclesiástica sobre las diferentes
formas de religiosidad local. El entorno de las ermitas y de los santuarios, gracias a los
cuales el mundo sagrado estaba permanentemente presente en el paisaje, eran el prin—
cipal ejemplo de las manifestaciones de lo que W. A. Christian ha denominado <<re1i—
giosidad local». Por ello el papel de los ermitaños y de las beatas se restringió notable—
mente durante el reinado de Felipe II al quedar sometidos a la autorización y a la auto—
ridad de los obispos. Muchas de las ermitas fueron suprimidas, y se dejó a las restantes
bajo la supervisión y cuidado de los párrocos. También se prohibieron las procesiones
que rebasaran una determinada distancia, pues los excesos de los participantes durante
los días de su celebración causaban escándalo entre las autoridades. Se quiso poner un
control a las caridades que se hacían en los funerales, u otras que se hacían por voto en
determinados días de ayuno. Si bien, como hemos visto, se impulsó entre los fieles la
invocación de los santos y sus imágenes, también se instó por parte de las autoridades
eclesiásticas a acabar con <<toda superstición en la invocación de los santos, en la ve—
neración de las reliquias», dando a los obispos el protagonismo del control de las posi-
bles desviaciones. Se persiguió con dureza la proclamación de falsos milagros o el
tráfico de reliquias, que criticó duramente el padre Mariana. Pero a pesar de las pre-
cauciones en la admisión de nuevas reliquias, hubo un renacimiento de su culto como
respuesta a las críticas lanzadas por los protestantes, dando lugar a invenciones, a mul—
titudinarios traslados de reliquias, a la multiplicación de nuevas representaciones ico—
nográficas. Dos ejemplos: si entre 1577 y 1599 las Relaciones publicadas que narra—
ban milagros fueron 13, en el XVII fueron 150; en la ciudad de Murcia entre 1701 y
1759 los vecinos participaron hasta en 1 14 rogativas para lograr la intercesión ante los
temores colectivos.
Objeto de especial ataque, como hemos visto a la hora de hablar de los ciclos fes—
tivos, fue la superstición. La búsqueda de explicación a lo que se desconoce llevó a
buena parte de la población a encontrar respuestas en el mundo de lo mágico. Las
prácticas supersticiosas, habitualmente relacionadas con el temor a la enfermedad y a
la muerte, o con los imprevistos de la naturaleza, estaban especialmente presentes en
las actividades agrícolas y ganaderas. De ahí que uno de los objetivos de la Iglesia
en España, influida por los intelectuales erasmistas, al mismo tiempo que respondía a
las críticas protestantes, fuera lanzar sus diatribas contra todas las manifestaciones de
superstición, con los instrumentos pedagógicos y punitivos de los que hemos hecho
mención en anteriores puntos: la Inquisición, los sermones, las disposiciones sinoda—
les, la legislación civil o la publicación de numerosos tratados como los más conoci—
dos de Pedro Ciruelo, Martín de Castañega, u otros como los de Martín del Río, Mar—
tín de Andosilla o Gaspar Navarro.
La superstición estaba presente, por ejemplo, en el momento del parto. Se tuvo
especial cuidado en que las comadronas, como aconsejaba Damián Carbón en su ma—
nual, abandonaran <<cosas de sortilegios, ni supersticiones, ni ag'Lieros, ni cosas seme—
jantes porque los aborresce la Iglesia Santa». Alonso de los Ruyzes recordaba cómo
las embarazadas y parturientas solían llevar el cuello tan cubierto que parecía «tienda
de buhonero, bazar de aldea о cintura de dijes de niño». Las humildes llevaban astra-
galo de liebre, ceniza de Jericó, polvo de ranas tostadas o gusanillos de las hortalizas
dependiendo del estatus social. Y esto sin contar con la consulta a los astros y a las pre—
dicciones astrológicas. En 1657 fue incluido en el martirologio, por parte del papa
128 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

Alej andro VII, san Ramón Nonato, haciendo especial hincapié en su papel de interce-
sor <<en todos los partos y fundamentalmente en los más dificultosos», impulsando que
<<se le rezara y se pidiera a Dios por el buen suceso de ellos», con el fin de evitar algo
tan habitual como oraciones prohibidas y sospechosas, siendo lo más acertado abste—
nerse de todas las que no estuvieran aprobadas por dicha institución.
Las viejas creencias en torno a la muerte también fueron atacadas por parte de las
autoridades eclesiásticas. Se criticó la práctica gallega de los <<magostos», hogueras
en la noche de difuntos con las que, creían, se acercaban las ánimas a los vivos. Se re—
formó la práctica de las misas de San Amador, de las misas de San Gregorio y del Con—
de: un sacerdote se encerraba en una parroquia para la celebración de un treintena—
rio de misas por un difunto, que debían iniciarse y acabarse en días concretos, con un
determinado número de velas, durante las que algunos decían que veían la salvación o
la condenación del difunto. Durante el siglo XVI determinadas voces clamaron contra
el paganismo que rezumaba de la celebración de corridas de toros los días santos, o la
especialización de los santos a la hora de curar enfermedad, o el toque de campanas
la noche de San Juan para ahuyentar alas brujas, o el recurso a fabricantes de <<elixires
de amor» para conquistar a la amada esquiva.
Es en ese proceso de racionalización de las conductas en el que podemos situar la
lucha contra la magia, y sus manifestaciones fundamentales, la brujería y la hechice-
ria. Fueron muchas las disposiciones que se adoptaron contra la adivinación y los sa—
nadores. En el sínodo de León de 1526 se decía:

[...] por cuanto por información bastante ct honesta, y ansí es notorio, que en esta ciudad
y en algunas otras villas et lugares deste obispado hay algunas personas que presumen
de adivinos y de alcanzar las cosas secretas que a solo Dios pertencsce saberlas, y entran
en circo sobre ello invocando los demonios; y otros curan diversas enfermedades por
palabras que dicen sobre los enfermos, guardando horas, días, tiempos y lugares, bendi—
ciéndolos, mezclando en las dichas palabras otras cosas contrarias a nuestra fe y prohi—
bidas por la Iglesia, como es hacer el sino de Salomón y otros caratcres; y algunos otros
escriben sobre las nascidas y hinchazones que los enfermos tienen palabras prohibidas,
teniendo por cierto que por aquello han de sanar; y otros hacen otras muchas supersti-
ciones por la Iglesia reprobadas y prohibidas en derecho...

Estas prácticas extendidas por los más diversos puntos de la geografía, fueron
perseguidas por la Inquisición, aunque ésta se mostró vacilante en sus actuaciones.
Poco más de 3.500 casos fueron tratados como <<superstición>> en los tribunales inqui—
sitoriales, en los que se incluían la brujería (menos de un 10 %). Para unos esto fue fru-
to de una actitud racionalista de la Inquisición, para otros, muestra de su ambigúedad
o, si se quiere, de indecisión. Es probable que la causa contra las brujas de Zugarra-
murdi (Navarra), en 1610, marcara un antes y un después, pues tras ello las tesis de Sa—
lazar y Frías, el <<abogado de las brujas» en ese proceso, impusieron una incredulidad
creciente hacia la brujería.
Por otra parte en este largo proceso de construcción de identidades, no dejaron de
atacarse las disidencias religiosas: alumbrados y protestantes, conversos y moriscos,
no sólo herejes o infieles, sino también elementos distorsionadores de una deseada
unidad social y religiosa (el «pecado social» del que nos habla J. P. Dedieu), fueron
objeto de una cruenta persecución, especialmente a través del tribunal de la Inquisi—
CULTURA Y MENTALーDADES 129

ciôn, y mediante la importancia dada socialmente a la limpieza de sangre, si bien esta


última con fluctuaciones y en medio de interesantes debates entre partidarios y detrac—
tores. Tras la expulsión de losjudíos en 1492, fueron los conversos los que sufrieron la
represión inquisitorial, especialmente virulenta hasta 1530 (2.156 procesados sólo en
el tribunal de Valencia). Los moriscos, asentados en el reino de Granada, Valencia y
Aragón, vieron cómo a partir de mediados del siglo XVI se iniciö una dura persecución,
que derivaría en las trágicas consecuencias de la rebelión de las Alpujarras en 1568, y
finalmente en su expulsión a partir de 1609. La actuación contra los protestantes (la
mayor parte de ellos emigrantes de ori gen francés), se llevaría a cabo, sobre todo, en
la segunda mitad del siglo XVI. Pero los archivos de esta institución son testigos tam—
bién de la presencia en sus cárceles de todos aquellos que, de una u otra manera, mos—
traron un desvío, una posible muestra de <<herética pravedad»: los que negaban la vir—
ginidad de María, los que dudaban de la superioridad del sacramento del orden sacer—
dotal sobre el del matrimonio, los que no creían en el misterio de la Eucaristía, los que
blasfemaban...
El siglo XVIII fue testigo de una voluntad de transformación de la sensibilidad
religiosa, no muy lejana al espíritu reformador de los erasmistas del Quinientos. Se—
gún los interesantes trabajos de T. Egido la segunda mitad del Setecientos observa el
desarrollo de una espiritualidad nueva, más cristocéntrica, eliminando la importan—
cia delos santos medianeros de siglos anteriores, y más bíblica, más interior, más ri—
gurosa, menos inquisitorial. El siglo XVIII quiso, como hemos podido comprobar en
páginas anteriores, introducir importantes reformas en las manifestaciones popula—
res dela religiosidad, aunque, como apuntó Álvarez Santaló, la religiosidad españo—
la del Setecientos <<se parece mucho más a un laberinto de lazadas que a una dialécti—
ca binaria». Los ilustrados, alejados del espíritu de la religiosidad popular barroca, a
la que consideraban preñada de superstición, e influidos, según opinión generaliza—
da, por el movimientojansenista, procuraron una política de reforma que resolviera
la crisis de la espiritualidad. En cita recogida por Teófanes Egido, el ilustrado Ca—
ñuelo escribía:

Apenas oigo un sermón sin una invcctiva contra los filósofos del tiempo, que es
decir contra el ateísmo y los ateístas, la incredulidad y los incrédulos. Más no me acuer-
do de haber oídojamás en el púlpito una sola palabra contra la superstición. Con todo, la
superstición es un delito contra la religión, igualmente que la incredulidad...

De ahí que se multiplicaran las críticas de hombres como Feijoo, Menéndez Val—
dés, Mayans, Tavira o Climente, hacia determinadas prácticas en romerías, votos o
procesiones, hacia las cofradías, o hacia formas de predicación vinculadas con el es—
colasticismo, consideradas como expresiones de la ignorancia y el fetichismo que
achacaban, en gran parte, a los jesuitas. Ataques que si bien apuntaban a una nueva
fase de racionalización, también apoyaban una mayor intervención del Estado, en lo
que se considera una muestra más del avance del regalismo.
¿Cuál fue, en definitiva, la evolución de las formas de religiosidad durante la
Edad Moderna? Los autores divergen en sus conclusiones. Para unos la Reforma cató—
lica iniciada con Trento si bien corrigió excesos no llegó a producir cambios en las
mentalidades, manteniendo una visión mágica del mundo, y sin conseguir erradicar
130 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

prácticas sociales concretas, lo que obligó a un nuevo impulso reformador, especial—


mente en la segunda mitad del Setecientos. Para otros si se produjeron cambios pro—
fundos y hablan incluso de una <<nueva religiosidad», gracias a la acción conjunta de
cuatro fuerzas: la Monarquía, deseosa de una uniformidad en las manifestaciones reli—
giosas a partir de los dictados de Roma; las directrices de las autoridades religiosas
que recogieron la necesidad por parte del pueblo de una relación más personal con
Dios; la existencia de una identificación de la Nación con la Iglesia; y, finalmente, la
crisis social, que llevó a una preocupación generalizada por la salvación mediante
la participación en la vida religiosa. Más estudios se hacen necesarios para poder per—
filar con mayor precisión unas u otras posturas, que pasan por conocer mejor la evolu-
ción de la religiosidad en los diferentes territorios de la Monarquía.

5. De la confesionalización a la crisis del Antiguo Régimen

Con sus éxitos o sus fracasos, sí parece evidente que la civilización europea, y
por tanto la española, no es comprensible, como ha señalado Heinz Schilling, sin ese
proceso de <<confesionalización>>, sin ese conjunto de reformas emprendidas que
afectan al nacimiento y a la muerte, al niño, al joven, al matrimonio y a la familia, a
la vida en comunidad, al fortalecimiento de identidades, a la religiosidad individual
y colectiva y a otros muchos aspectos que no se han tratado aquí. Medidas que, sin
duda, han servido para dar forma y para construir la imagen del hombre moderno,
gracias a los deseos de una homogeneización cultural y religiosa. De alguna manera,
estas tesis vienen a coincidir con las aportadas por Norbert Elias y su «proceso de ci—
vilización», o las de <<aculturación» de Robert Muchembled. No obstante, sí habría
que matizar que este proceso no puede caracterizarse exclusivamente como un ca—
mino de una sola dirección o interpretarse como una imposición de arriba—abajo, una
represión, en definitiva, en la que unas elites transmiten y obligan a cumplir unas de—
terminadas directrices. Con ser esto en parte cierto, la introducción en este análisis
de conceptos como los de <<autorregulación» o <<sociabilidad» convierten también en
protagonistas del cambio a los individuos, familias y municipios que, lejos de ser
meros y sufridos receptores pasivos, impulsan, asumen, hacen suyos, frenan 0 so—
portan, las reformas iniciadas.
Finalmente, en este proceso y por lo que conocemos hasta el momento, podrían
avanzarse varias fases. Una primera, iniciada a mediados del siglo XVI y prolongada
hasta mediados del siglo XVIII, en la que la Iglesia tuvo el protagonismo del disciplina—
miento social, proporcionando tanto las bases ideológicas como instrumentales. Des—
pués comenzaría una segunda etapa, una <<segunda confesionalización» en la que el
Estado, apoyado todavía en los fundamentos teóricos que le proporciona la Iglesia,
toma las riendas de la reforma de las costumbres y comportamientos ya iniciada, inci—
diendo, sobre todo, en aquellas cuestiones en las que se había avanzado muy poco,
consciente de la relevancia del control social y de los individuos por parte de las insti—
tuciones para fortalecer la centralización. El protagonismo del Estado, junto a otros
factores ideológicos, influiría notablemente en fechas posteriores, en lo que se ha ve—
nido denominando crisis del Antiguo Régimen, en el proceso de secularización o, si se
prefiere, de desacralización de las sociedades contemporáneas.
CULTURA Y MENTALIDADES 131

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CAPÍTULO 5

LA UNIÓN DE CASTILLA Y ARAGÓN.


LOS REYES CATOLICOS (1474—1516)

por ALFREDO FLORISTÁN IMízcoz


Universidad de Alcalá

En 1474 empezóa reinar en Castilla Isabel I, y en 1479 llegó al trono de Aragôn


su esposo, Fernando II. Aunquelaremamurió en1504 no se rompió del todo el go—
_ bierno conjunto de ambas coronas que habíaniniciado durante su matrimonio porque,
salvo unos meses, Fernando, además de SUS dominios patrimoniales, mantuvo la re—
gencia de Castilla hasta su muerte en 1516. La unión matrimonial de dos 115156556era
1nus1tada_Iuan de Aragon“habiago bernado conjuntamente también el de Navarra
por su esposa Blanca— pero la de los Reyes Católicos resultó excepcional por su larga
duración, más de cuarenta años, y por su prolongación en un heredero común su nieto
Carlos Los cronistas oficiales fueronlos primeros que proclamaron, interesadamente,
que sus señores habían restablecido la unidad d “_ispania y restaurado la autoridad re-
gia. Y la historiografía, desde entonces, ha discutido estas dos grandes cuestiones, po—
niendo el acento, unos en lo que sus decisiones tuvieron de culminación de un proceso
medieval, y otros en lo que significaban de arranque de tiempos nuevos.
En cualquier caso, parece innegable que Fernando e Isabel comenzaron su gobierno
conjunto en una situación de extrema debilidad, y que desplegaron una política pragmáti-
ca muy condicionada por las cambiantes circunstancias que vivieron. Probablemente, el
desarrollo de una monarquía autoritaria —mejor que de un estado moderno— hubiera
llegado i gual con otros protagonistas como Juana la Beltraneja. Y, también, la agregación
de reinos bajo una misma soberanía plurínacional pudo haberse plasmado con otros com—
ponentes: una unión castellano-portuguesa hubiera sido más coherente en muchos senti-
dos. En definitiva, ambas eran tendencias generales en el Occidente europeo.

1. La uniôn de los reinos

Los principes Isabel y Fernando, miembros de la misma casa de Trastámara, se


casaron a escondidas en Valladolid en 1469. El novio, hijo de Juan II y heredero indis-
É 建 ^寸ぬm{ _ЁВФЁЩ ~心ヽ咆~守は萱 薔響選〟U ‚$$… 〝萱 翼嶌萱鵠 .z ”[ „„:sz
.曹〔`薗翼~掴寓甦\ド 選 EBD Э 簾Qb邂萱團〇 ‚€me 堵Q` 蓋 SE:—B&B.… 〝「… oma/50
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Easton ので Mem:—. (N) =
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c。m璽< ので 三 man. % 璽… âge.… = 一 Z<コっ
LA UNー6N DE CASTILLA Y ARAG6N 135

cutido de una Corona de Aragón debilitada por la rebelión de Cataluña, buscaba apo—
yos castellanos. Los derechos de la novia, sin embargo eran muy precarios en compa—
ración con los de su hermanastra Juana, hija del primer matrimonio de su padreEnri—
que IV, que había sido jurada por las Cortes (1462). Una facción de la nobleza promo—

hija del favorito del rey, Beltran de la Cueva— y la proclamó reina en Segovia(1474)

1.1. LA GUERRA SUCESORIA EN CASTILLA

Los partidarios de Isabel y 109 de Fernando, que también los había en Castilla,
C生Cta〔0n璽ー47S)q6C el ejercicio del gobierno se hiciera a nombre de ambos como re—
yes,—'en documentos, monedas, sellos, etc., de modo que el aragonés fuese verdadero
~ soberano y no sólo consorte. Isabel se reservó ciertos nombramientos, y los oficios y
beneficios quedaron sólo para castellanos; en el testamento, ella dispuso como reina
propietaria. De hecho la eleccióndel_yugo _(<<YSabel»)_ y de las flechas enlazadas
(«Fernando»), que eran emblemas tradicionales de unidad simboliza la compenetra—
ción con que gobernaron. Fernando intervino activamente en los asuntos de Castilla,
donde pasó la mayor parte6Csu vida: 6C sus 37 años como rey de Áragón, sólo cuatro
residió en sus estados patrrmomales Isabel también actuó en los de Aragón, pero sólo
ocasionalmente. Las política exteriorrecayómas ChFernandoCl9abelse interesó
particularmente pór los asuntos 6CCaS〔“{〝 y 6Clareligion Enmuchos momentos no
es posible distinguir lo promovido por uno y por otro
\La guerra de sucesión (1474— 1479)l fue a la vez un conflicto interno entre lac-
ciones nobiliarias y un enfrentamiento con Portugal con repercusiones internaciona—
les. El marqués de Villena, los Stúñiga y otras lamilias no aceptaron la proclamación
de Isabel, y tampoco lo hizo Alfonso V de Portugal que, ya viudo, se casó con su sobri—
na Juana la Beltraneja Luis XI 6C FranCia aprovechô la circunstancia para hostigara
la casa de Aragón, a la qLie había arrebatado el Rosellón y la Cerdaña. La penetración"
portuguesa por Zamora lue detenida en la victoria de Toro ( 1476), y 109 franceses se
retiraron de Burgos, pero esto no aseguró el orden en una Castilla sacudida por luchas
particulares entre bandos y por diversas revueltas antiseñoriales.
Durante estos años, más que a la victoria de un bando sobre otro, se procedió a un
complicado ajuste de poderes entre la Monarquía, la alta nobleza señorial y las gran—
des ciudades, en un nuevo equilibrio algo menos inestable que el anterior. Fueron rea—
justes particulares para cada caso, negociados, y en ocasiones revisados, durante años
99Lnad0porEnrique
Isabel yFernando pretendieronrecuperar el patrimonioen IV y
asegurar el ordeninterno y su preeminencia.
recobrar _ as fortalezasprecisaspara
Actuaron con enorme energía en Galicia, sumida enel caos, y se ganaron el apoyo de
Vizcaya, donde las villas necesitaban poner coto a 109 desmanes de 109 «parientes ma—
yores». Forzaron la devolución de algunasciudades y castillos, especialmente a la no—
bleza beltranejista. Tomaron, por ejemplo, la fortaleza de Arévalo, cambiándola por
rentas económicas, y desmantelaron el marquesado de Villena, pero pactando com—
pensaciones. En general, eS de reconocer la generosidad, interesada o forzada, con que
llegaron a arreglos y perdones con las principales familias que se habían opuesto a su
entronizaciôn, y también con otras que les habían apoyado, para evitar agravios a ter—
136 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

","cueros. Se trataba de restringir la autonomía política de la alta nobleza y de lograr su


", obediencia, perocoñrnpensándolacon rentas y títulos, y empleándola en cargos de go—
—. biernoºynm'ilitares a su servicio. En muchas ocasiones, fue necesaria la presencia per-
¿té los monarcas, como en el largo viaje que realizaron por Andalucía
(1477- 1478) para restablecer el orden y el equilibrio entre los Guzmán, condes de Nie—
$/
¡
(*
(l' bla y duques de Medina-Sidonia, y los Ponce de León, marqueses de Cádiz. Con pru—
,,
’ ~ il)?" ,
, dencia, premiaron y jerarquizaron a las principales familias, administrando títulos de
duques y marqueses (Infantado 1475, Alba 1472, Medinaceli 1479, etc.). Y, con un
”(Bi/((, _ [¡
_ Î
〝 poco de paciencia, los reyes consiguieron que el maestrazgo de las órdenes deAlcÉn—
.- Ё;— ^ tara, Calatrava y Sªntiªggrfçilzçfªsli,réªtfim'êfíijºbn..lªeínªndº (1489—1494), Esto su-

pónía el ¿Mzíwmaºgrgntgsy àôBÉÉodo, poder para atraerse apoyos me—
〟 (
diante la concesión de encomiepwdas (como señoríos Vitalicios) y de hábitos de caba—
llero (como distincióninobiliañr muy apreciada).
Los reyes contaron con el apoyoinestimablede lasgrandes ciudades, que consti—
fur/c?» tuían el nervio de las Cortes castellanas y que temían el crecido poder de la nobleza se—
ñorial. La autoridad de los Guzmanes en Sevilla se frenó gracias a la intervención re—
gia, pero los Mendoza seguían siendo muy influyentes en Guadalajara, 0 los Velasco
en Burgos. En el control sobre los extensos baldíos, o en la competencia de privilegios
comerciales, o en la contestación de las ingerencias señoriales, las repúblicas busca—
ron la protección real. Las Cortes de Madrigal de las Altas Torres (1476) y las de Tole—
do (1480) impulsaron decisivamente la recuperación del poder regio. Apoyaron la cla—
rificación de la hacienda regia; dotaron una Contaduría Mayor de Rentas, que revisó
las pensiones 0 juros reales, anulando los usurpados en momentos de debilidad. Crea—
ron una Santa Hermandad, como fuerza armada que mantuviera el orden en los cami—
nos yla seguridad del comercio contra la violencia privada. Villasyciudades habían
creado hermandades entre sí como milicias urbanas de autodefensa. El äk‘iiö‘de los
Reyes Católicos se fundamentó en buena medida en el control que pudieron ejercer
sobre la Santa Hermandad que financiaban las ciudades; jugó un papel decisivo en la
pacificación interior y, más adelante, _enla guerrade Granada. `
Еп 1479, en lalbat/alla deÁlbuera, los reyes derrótaron al último ejercitoportu—
gués enviado como socorro de algunos sublevados extremeños, y se empezó a nego-
ciar la paz _de Alcacovas—Toledo (septiembre de 1479). El pleito sucesorio se zanjó
con el reconocimiento de los derechos de Isabel por parte de Alfonso V; no lo hizo la
Beltraneja que, ya viuda, fue encerrada en un convento, en Coimbra, hasta supmuerte.
La disputa colonial se salvó reconociendo a los portugueses el monopolio de la nave—
gación africana, pero reteniendo las islas Canarias y su correspondiente fachada con—
tinental. Isabel y Fernando se comprometieron a perdonar a los desterrados y a resti—
tuirles los oficios y honores en Castilla. Sólo en Galicia, escenario de sangrientas
agitaciones, las tropas reales de Fernando de Acuña se emplearon en una represión
sangrienta.

1.2. LA HERENCIA DE LA CORONA DE ARAGÓN. LAs CARACTERÍSTICAS DE LA UNIÓN

En enero de este mismo año 1479 murió el rey Juan 11, y su hijo Fernando П em—
pezó a reinar sobre la Corona de Aragón, aunque ya era rey de Sicilia desde el año de
LA UNION DE CASTILLA Y ARAGÔN 137

su boda. En muchos aspectos, los problemas de su gobierno recuerdan a los de Castilla


—violencia y banderías nobiliarias, autonomía de las grandes ciudades, tensiones en—
tre cristianos viejos y conversos, etc.—, pero complicados por una tradición jurídi-
co—política muy diferente. Los reinos de Castilla no eran sino un recuerdo histórico
porque a todos les regía una misma ley, gozaban todos sus habitantes de una misma
naturaleza para ocupar oficios y beneficios, y tenían unas mismas Cortes, aunque hu—
reinos de la Corona de Aragon constituían una
biera excepciones Sin embargo, los
C instituci nes propiasde
pluralidad irreductible aun dentro desus s1m111tudeè‘TCヱCS
cada uno, naturalezas particulares que imposibilitaban el intercambio de oficiales,
cortes propias en cada territorio Por otra parte, en Castilla se habia impuesto el deci—
sionismo regio, y e1 Rey podía legislar con pocas trabas; el Ordenamiento de Montal—
vo (1484) recopiló, por encargo de los Reyes Católicos, además de leyes de Cortes,
muchas pragmáticas regias dictadas por los monarcas con el apoyo exclusivo de su
Consejo. En los reinos orientales se mantenía un vivopac-lisina, de basejurídicao de
fuerte apoyoestamental esto obligaba al rey arespetar las leyes y fueros aprobados en
Cortes, que sólo en elias podían modificarse, y a no legislar en su contra
No sorprende que Fernando e Isabel prefirieran gobernar sus estados matrimo—
niales desde Castilla. En primer lugar, porque era el miembro más extenso y poblado
(2/3 de la superficie y un 85 % de la población) y el más rico y económicamente diná—
mico de la uni6n. La guerra y la crisis pañera y comercial del siglo XV habíanafectado
profundamente a Cataluña, y más moderadamente a Valencia, cuyas població scre—
cieron bastantemás lentamenteque la castellana. El poder real era muy superior, y
Fernando, castellano de padre y madre, supo apreciarlo hasta el punto de que, cuando
en 1506 se vio forzado a abandonarla, como veremos, reconoció: «No hay reinar sin
Castilla.» Pero la monarquía itinerante y sin capital fija de Fernando e Isabel no pre—
tendió otra cosa que coordinar el gobierno práctico de ambas coronas, y de ninguna
manera su fusión.
Desde Europa, y también al sur de los Pirineos, los aragoneses y los castellanos
—también los portugueses y los navarros— eran vistos globalmente, y se sentían a sí
mismos, como <<españoles» en el sentido de peninsulares En los ambientes cultos, de
tradición goticista o ya claramente humanistas clásicos, seglosaba, interesadamente,
la obra de los reyes Católicos como si fuese la restauración de la unidad del reino visi—
godo, 0 de la Hispania romana. Desde luego, existíanlazos de vecindad antiguos entre
ambas coronas, y parecidos a los que había con Portugal y Navarra: comerciales, fa—
miliares en la alta nobleza, e incluso culturales, por la atracción que ejerció el castella—
no en Cataluña, en Valencia e, incluso, en Portugal. Pero los Reyes Católicos, en sus
documentosoficiales, siguieron utilizando la intitulacióncompletadetodos susesta—
dos, comenzando por los de Castilla-Leôn e intercalandolos con los de Aragón, y lo
mismo hicieron con el escudo de armas. Jamás sonaron con irmás allá y respetaronlas
leyes, instituciones, aduanas y naturalezas distintas de sus súbditos Sólo el nuevgíri—
bunal de la fe,la Inquisiciónreal, vino a_se1_una1ns111u01og_gyenoreconocía las fron—
` ___ ____uy problematlcasu
aceptaci6n.
La convivencia de dos Coronas distintas y meramente yuxtapuestas, pero gober—
nadas y coordinadas por el matrimonio regio, generaba necesariamente una dinámica
de cambios. Ciertas empresas exteriores fueron s6lo castellanas, como las Canarias o
138 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

Las Indias; № enlas conquistas norteafricanas, en NáPQlQÁXEU Navarra se emplea—


d pf0p CiQn 6' y dineros deambaäÇgrgnêS— Por otra Pªrtº»
como se ve en otro capítulo, l…encia prolongada del rey obligó a su sustitución en
cada uno de los territorios por lugartenientes o Virreyes, y a reforzar los tribunales rea—
lèì'ò audiencias. Del mis'ín'ó' modo, liubo” de perfeccionarse el procedimiento para
transmitir la información desde cada uno de los reinos, que procesaban los consejeros
que trabajaban directamente con el monarca. Aunque Fernando lamentara no tener en
Aragón la misma capacidad de maniobra que en Castilla, no pretendió cambiar el sis—
tema, aunque introdujera, incluso violentamente, ciertas reformas. Su prolongada
ausencia de los reinos orientales, que tanto lamentaban formalmente sus naturales, ha
sido aducida para explicar una cierto <<anquilosamiento constitucional», o un freno a
su maduración política.

2. La nueva Monarquía

Fernando e Isabel, aunque con personalidades y formaciones muy distintas, com—


partieron la misma consideración exigente sobre su condición regia. Entendían que su
misión como soberanos, providencial, no era otra que la de administrar la justicia su—
¿%%?fééíáñmnte, defendiendo a los más débiles, y mantenerla Hªl)”. el orden públi—
c'ós“. À esto orientaron la recuperación de su autoridad. real, que consideraban había
sido menoscabada en tiempos de sus predecesores. También tomaron ciertas medidas
de política religiosa de consecuencias dramáticas en su tiempo, y que han sido mucho
más criticadas después que entonces.

2.1. LA RESTAURACIÔN DEL GOBIERNO REAL

Los reyes lograrºn extraerse,.paylatinamentelacolabºracjéadc.la nobleza, que


mantuvo sus privilegios salvo cuando estos chocaban con otras poderosas fu6「Za旦_萱Q_
eiales, como el campesinado o las ciudades. Entonces, el arbitraje real resultófd'ecisivo
para restablecer un nuevo equilibrio, como ocurrió en Cataluña. En las comarcas del
norte, todavía una cuarta parte de la población eran payeses de remensa: no eran libres
de abandonar el trabajo hereditario de las tierras, y debían pagar a sus señores ciertos
«malos usos» como signo de servidumbre. El descontento, que venía del siglo anterior
y se avivó durante la guerra del Principado (1462—1472), estalló cuando las Cortes de
Barcelona de 1480—1481 apoyaron la postura de los sefiores. La sublevación remensa
(1484—1485) fue extremadamente violenta y, aunque derrotada militarmente, renacía
sin cesar; sólo la Sentenciaarbitralde ºuadalupetl48ó), impuesta por el Rey a ambas
partes, empezó a pacificar el campo. Los payeses lograron la libertad ^ C u_na
pequeña indemnización, aunque siguíáoíéágáñdo como renta una parte de la cose—
cha. Pero la estabilidad en unas condiciones más justas facilitó la roturación de nuevas
tierras y la repoblación de grandes espacios desiertos, poniendo las bases de la prospe—
ridad agrícola del siglo XVI.
Los tribunales del Rey constituyeron otro instrumento de mediación y arbitraje al
que acudían vasallos, ciudades y aldeas mucho más frecuentemente que antes, aban—
LA UNION DE CASTILLA Y ARAGÓN 139

donando el uso de la fuerza y de otras formas de composición tradicionales. Empezó a


sentirse como una realidad el amparo de la justicia regia frente a los abusos de los po—
derosos, aunque los cronistas áulicos la exagerasen e idealizasen. La Chancjllería de
Valladolid fuereformada en 1489 y se creó una segundaen Ciudad Real(1494), mªi)
trasladada a Granada; en Galicia particularmente castigada por la violencia señorialy
campesina, se insta16 una audiencia (1479); las cortes de Aragön y Cataluña acorda—
ron en 1493 121 reforma de las audiencias de ambos reinos, y en 1507 promovió Feman—
do, también, la de Valencia. Estos tribunales estaban constituidos por letrados, que
habian estudiado derecho en las uni sidades. Îrocedianm me—
en general, de grupos»
y formaclon estaban menos comprometidos en las
dios de 1a soeiedad y, por su aaa”
banderias—óligarqmcas y nobiliarias, de modo que podían actuar como mediadores
más eficaces en la resolución de los conflictos. La reforma de ambos consejos reales
de Castilla (1480) y de Aragón (1494) confirmó el creciente predominio de los letra—
dos, que se había iniciado ya antes: pasaron a ser mayoria en la composición de ambos
tribunales supremos, desplazando a nobles y altos eclesiásticos.
〝 【 En Castilla, desde 1480, retomô importan01ala figura del corregidor, como dele-
gado del Rey en los regimientosde las grandesciudades, y en algunos territorios del
norte (Asturias, Vizcaya, Guipúzcoa), con una importante función judicial y de me—
diación política. Fueron designados unas veces entre letrados y otras entre miembros
de la nobleza media. No siempre escaparon del todo a las rivalidades banderizas o a la
influencia de las grandes familias de la zona. Pero, en cualquier caso, lentamente y
con deficiencias, gracias a ellos, se fue tejiendo una red de contactos entre la corte y el
Hermandad,
Santa;
pais complementaria a la de los grandes nobles y las ciudades. La

muy lrecuentes para el juramento de los herederos (1498, 1500, 1502, 1506, 1512,
1512). Lo cual no quiere decir que los reyes pudieran prescindir de sus subsidios, en
forma de alcabalas y servicios, ni de su apoyo político.
En la Corona de Aragón, Fernando también convocó pocas veces las Cortes, so—
bre todo al principio y al final de su reinado. También allí impulsó personalmente al—
gunas reformas que rompieran las rivalidades internas que habían paralizado el go—
bierno y que malbarataban inútilmente los recursos fiscales del reino. Esto era espe—
cialmente grave en el caso de las principales ciudades, las más ricas (Barcelona, Zara-
goza y Valencia), y en las poderosas diputaciones o generalidades. En Barcelona, Fer-
nando anuló el sistema tradicional de elección indirecta por parte de los cuatro esta-
mentos de la oligarquía patricia (ciudadanos honrados, mercaderes, artistas y menes-
trales), e impuso uno de sorteo: la insaculación. Anualmente se sacaba de una bolsa el
nombre de quienes gobernarían los distintos cargos de la ciudad, de modo que se im—
posibilitaba la formación de ligas y facciones concertadas de antemano. El rey adqui—
ría una cierta ventaja en la medida en que susjueces supervisaban la confección de las
listas de sorteables (1498). También suspendió las normas de elección de la Generali—
tat, que era la que recaudaba y administraba el servicio votado por las Cortes, y dispu—
so un sistema complejo de sorteo (1493). El nuevo sistema insaculador, que se exten-
dió por buena parte de la Corona de Aragón, congelaba el equilibrio de poder de los
140 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

distintos grupos sociales, dando a la burguesía rentista una cierta preeminencia, y fre—
nando la pretensión de la nobleza rural de entrar en el gobierno de las ciudades. En Za—
ragoza, en un golpe de fuerza, Fernando impuso la reforma del regimiento (l477),
nombrando el propio rey a los jurados. Si en Valencia no implantó la insaculación fue
porque, mediante el racional, ejercía un control suficiente.
Con estas reformas Fernando pretendía un acceso más abundante y fácil a las ren—
tas de las ciudades y reinos, en forma bien de donativos, bien de préstamos. Los de la
ciudad de Valencia, por ejemplo, que fueron particularmente voluminosos, financia—
ron buena parte de su política mediterránea. En el tema de la Inquisición se mostró in-
flexible, a pesar de la oposición orquestada en las Cortes y por las principales ciuda-
des, que tuvo su momento emblemático en el asesinato del inquisidor Pedro de Arbués
en la seo de Zaragoza (1485). En los reinos orientales había una poderosa minoría con—
versa, pero sobre todo se temía el modo de proceder del tribunal regio, que conculcaba
los derechos y garantías procesales amparadas por las leyes del reino.
Isabel y Fernando entregaron los puestos de mayor confianza a miembros de su
familia, de la nobleza más próxima y de la alta jerarquía eclesiástica seleccionada por
ellos. Alonso de Aragón, hijo natural de Fernando, fue su lugarteniente y regente en
Aragón durante muchos años; y Juan de Aragón, conde de Ribagorza (nieto natural de
Juan II) fue virrey de Cataluña y sustituyó al Gran Capitán en Nápoles (1507). Fadri—
que Álvarez de Toledo, II duque de Alba, dirigió el ejército real en la toma de Rosellón
y en la conquista de Navarra; y a Ifiigo López de Mendoza, de otra de las familias vin-
culadas a Isabel, se le confió el gobierno de Granada como capitán general y alcaide
de la Alhambra. Pedro González de Mendoza, fray Hernando de Talavera 0 fray Fran—
cisco Jiménez de Cisneros, ocuparon puestos claves enlos arzobispados de Sevilla,
Granada 0 Toledo, en la Inquisición, en el Consejo de Castilla 0 la regencia del reino.
Perojunto a ellos, es perceptible el protagonismo político que empezaron a _ejercer los
secretarios reales. A la sombra de la autoridad del rey, por su trato constante con el
monarca y por el conocimiento que tenían de los negocios por la documentación en
que intervenían, ganaron poder. Independientemente de que fueran conversos o no,
aragoneses o castellanos, estaban ligados entre sí por vínculos de patronazgo y clien—
telismo. Miguel Pérez de Almazán, Hernando de Zafra y Lope Conchillos tuvieron es—

fin…;
pecial relevancia. Ellos mantuvieron una cierta continuidad en la administración co—
mún y en la formación de la siguiente generación, encabezada por Francisco de los
Cobos, protegido de Zafra y Conchillos.

2.2. LA UNIDAD RELIGIOSA. J UDÍOS, MOROS Y C。N〉ERS。S. LA INQUISICIÓN

En 14942 Alequdroymtgrgô a Fernando e Isabel el título de «Reyes Católicos».


Suponía un reconocimiento a la conquista del reino musulmán de Granada desde una
Italia amedrentada por el avance de los turcos. Terminò por identificar a los reyesde
España —frente al <<cristianísimo>> rey de Francia— tras la ruptura de la cnstiandad en
Europa. Dentro de la propaganda oficial, la cruzada contra el infiel siempre ocupó un
papel primordial. Pero hubo otras dos líneas de actuación que Isabel y Fernando mar—
caron con claridad desde el principio: un control más activo sobre la jerarquía ecle—
siástica, y la unificación religiosa de sus—súbditos.
LA UNION DE CASTILLA Y ARAGÓN 141

` „_ } ) {і (> ~
Much Sde 10sQbispados, en la medida en que los otorgaba el papa, recaían en
”cobraban las rentas…gobemaban a
cur_1al_e_S__rºmanos que
clerigos ex ranjeros o en
爽 distanmaMªgo, cón el apoyo de la asamblea del clero castellano, lo reyes—015—
tuvieron algunos derechos de «presentación»de candidatos para que Q1papa consa—
graraa uno de C{{CS LaconqulSta de Granada, de las Canarias y de las Indias, permitiö
1toda evidencia, como patrono —fundador material y protec—
alrey presentarse, con
S, como tal patrono, obtuvo el derecho de presentación
Y

las Indias(1508),queluego Carlos V completaría en 1523. La atenta selección de los


candidatos por parte de los reyes mejoró el nivel moral e intelectual del episcopado, al
menos relativamente MuChos siguieron siendo, ante todo, grandes príncipes de san—
gre y ministros principales del rey, como el cardenal Pedro González de Mendoza 0
don Alonso de Aragón. Pero otros, elevados por sus cualidades intelectuales y mora-
les, como el jerónimo Hernando de Talavera o el franciscano Francisco de Cisneros,
impulsaron la reforma del clero. Una vivencia más estricta, obs,ervante de las reglas
fundac1onalesempezó a dividir a algunas familias religiosas. Y los prelados más in—
quietos, como Cisneros, se preocuparon por mejorar la formación del clero, dotando
con sus rentas toledanas la nueva Universidad de Alcalá.
Esta renovacióncorrespondíaa un ansia de reforma que calaba por todo Occi-
dente. Sin embargo, {CSproblemasde CMM… entre cristianos, conversos, judíos

de
tanzas 1391Î/Îa crisis económicadel Siglo XV hab1a11 tavore01do quemuchos 11e—
breos aceptaran el bautismo. Evitaban así la marginación que pesaba sobre los judíos
que perseveraban en la fe de sus padres. Éstos segu1a11 viviendo en juderías, con leyes
propias, llevaban signos distintivos en sus ropas, o se leS prohibían ciertos oficios.
Estaban bajo la protección personal del rey, a quien pagaban elevados tributos. Se to—
leraba su existencia, desde luego, pero no por convicción sino Como algo dado desde
muy antiguo y que reportaba ciertos beneficios, aunque habían empezado a generar
problemas de convrvenciagraves desde los pogromos de finales de] Siglo XIV.
Los conversos, o «cristianos nuevos de judío», siguieron siendo un grupo mayo-
ritariamente urbano de artesanos, burgueses y profesionales liberales. Muchos de
ellos, bien situados económicay socialmente,ingresaron con naturalidad en 10s círcu—
los del poder: en10s regimientos de las ciudades, en la administración real, en lasJe—
嚥 rar—rimasec1esiásticas, etc. Pero suasimilaciónresultodifícil al convergir contra ellos
una doble animos'dad so “ osa: poruna parte, como
“ recaudadores de
ricos,
impuestosy_p '' as , y,""pr otra,como presuntos herejes.EQdifícil estimar que
porcentajedelos conversos vivieron con Sinceridad, inclusocon un prurito de celo, su
nueva fe. Según las acusaciones populares de sus convecinos «cristianos viejos», casi
ninguno La a11imava1Q1Q11_ antijudía, alimentadaíconlas leyendasde sus atrocidades,

ciertoschQsdecriptojudaismo: interiormente, a escondidas en casa, seguian practi—


cando la religión judía, o por lo menos ciertos ritos (lavatorios, comidas, oraciones,
etc. ). Aquí está, en muchos casos, el problema de su interpretación. Como otras reli—
giones, glgdaismo estructura yda sentido a prácticas puramente culturales relaciona—
labebldacon el trabajo y el descanso, con e_l vestido, CLC. En deli-
das conlacomiday__
tos tan íntimos como los de la le, todos, y también la Inquisición, se guiaban por las
142 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

apariencias y sospechaban de cualquier comportamiento que se diferenciase del ar-


quetipo tradicional de los cristianos viejos. También es posible que muchos de estos
no fuesen, en sentido estricto, judaizantes, sino judíos poco ortodoxos, о descreídos,
que oscilaban en una posición de sincretismo entre ambas religiones.
Los reyes tomaron conciencia de la gravedad del problema converso en su estan—
cia en Andalucía en 1477—1479. El descubrimiento de importantes focos de judaizan—
tes en la gran ciudad de Sevilla les decidió a conseguir de Sixto IV la constitución de
un tribunal especial. La persecución de laherejía dependía hasta entonces de los obis—
posensus dióc ‘is, pero no tenían medios ni preparación para afrontar un delito en
aparienciatan arraigado y tan oculto. Por eso, la bula de 1478 que creó la Nueva
Inquisición otorgó al rey amplísimos poderes e independencia para nombrarjueces
«inquisidores» que promovieran la averiguación de la verdad con medios expediti-
VCSLa primeraactuación en Sevilla fue tan drastiCa (varios centenares de muertos,
prisiones confiscaciones,1nhab111ta010nes etc¡“que el papaquiso dar marcha atrás,
pero sin remedio. Finalmente seorganizó un Consejo específico junto al rey, presidt-
Zio/porQiinquisidor general nombrado por el monarca, del que dependió una red de
tribunalesprovinciales, con sus jueces inqüisideQs y personal auxiliar. Su extensión a
los reinos orientales, como vimos, levantó fuertes resistencias en Aragón, y menos en
Cataluña y Valencia; en Nápoles se intentó sin éxito. La nueva Inquisición, dirigida
por el dominico fray Tomás de Torquemada (1483—1498), obtuvo privilegios de todo
tipo, quela 1_Q_rt_achiQr_Qr_1 hasta situarla al margen de cualquier otra autoridad eclesiás—
ucá“ salvoel papa
` Se desató entonces unaferoz persecuciQn y, en todas las ciudades, miles de lami—
conversos, padecieron castigos diversos. Las
lias de conversos, o con ascendientesv
que no fueron procesadas y penadas con la vida o los bienes, se vieron obligadas a
emigrar; muchas vieron hundirse sus negocios y su posición social o su fama para
siempre. Porque, como consecuencia de este ambiente antisemita, se había generado
una obsesión por la «limpieza de sangre». Como si se tratase de un nuevo honor —dis—
tinto del estamental que sepafáñaa hidalgos y villanos— empezaron a aprobarse esta—
tutos de limpieza de sangre o de linaje como instrumentos de exclusión. Para ingresar
en ciertos regimientos municipales, órdenes religiosas, colegios mayores y cabildos
catedralicios, desde la segunda mitad del siglo xv, era imprescindible demostrar no
descender de conversos ni de penitenciados por la Inquisición.
Durante estos años se argumentó que la convivencia de los conversos con los que
seguían siendojudíos alimentaba su herejía y hacía inútil la limpieza inquisitorial. Por
eso, el 31 de marzo de 1492, vencida la resistencia de Granada y libreslastropas, se
orde116 la expulsión de todoslos hebreos que no se bautizasen en un plazo de cuatro
meses. La orden afectó a ambas Coronas, incluyendo los reinos de Sicilia y Ce1deña;
y los Reyes Católicos presionaron para que Navarra y Portugal decretasen medidas
semejantes y evitar que se refugiasen allí Así culminó una legislación antijudía asfi—
X_v, que pretendía forzar su asimilación, pero que tampocoaho—
xiante duranteQlsiglo
ra lo logró del todo. Una minoría se convirtió solemnemente, como el financiero
Abraham Seneor, bautizado como Fernando Núñez Coronel y apadrinado por los re—
yes Pero la mayoríaprefirióQldestierro alrededor de 125 000 emigrarqníMarrue—
cos, Portugal, Italia C Grecia, donde lloreció la colonia sefardí(Sefarad era el hombre
hebreode España).
LA UNIÓN DE CASTILLA Y ARAGCN 143

El problema de la convivencia afectó, aunque de otra manera, también a la pobla—


ción de religión musulmana. En Castilla, donde había predominado la limpieza étnica
y la repoblación, había muy pocos mudéjares a finales del siglo XV, no más de 20.000,
bastante bien asimilados. En Aragón y Valencia, sin embargo, constituían grupos muy
importantes de colonos en tierras de señorío, que conservaban mejor su identidad cul—
tural y religiosa. La conquista de Granada supuso la adquisición de una sociedad ínte—
gramente musulmana, con su aristocracia, clero, bibliotecas, etc. Los pactos de rendi—
ción aseguraban la continuidad de sus leyes, propiedades, culto y costumbre, aunque
bajo condiciones. Pero las presiones para lograr su conversión, y la peculiar situación
de los primeros conversos, —<<cristian0s nuevos de m0r0>>— estallaron, como vere—
mos, en una gran revuelta. E1 12 de febrero de 1502 se hizo extensivo a todoslos mu—
déjares de Castillala alternativa que se había forzado a los granadinos sornetidos en la
gC rra delas'Àl'pujar'ras: o el bautismo o el exilio. Se quedaron la mayoría, pero plan—
teandoun nuevo problema converso. En la Corona de Aragón, las presiones de la no-
bleza señorial, que temía perder sus colonos y a unos vasallos muy productivos, frenó
una medida semejante. ' '

3. La expansión territorial

El matrimonio de Fernando e Isabel forjó una sólidaalianza diplomática y una


estrecha colaboración militar entre las coronas de Aragón y de Castilla, $ііі fisurasdu-
rante cuatro décadas.ES10,endefinitivaCS¡"o“uemejorexpfcaTas"grandes conquis—
tas de los RCyCSCatólicos, de modo que Fernando, al final de sus días, pudiera afir—
mar: «Nunca la Corona d’ España estuvo tan acrecentada ni tan grande como ahora, as1
en poniente como en levante, y todo, después de Dios, por mi obra y trabajo.» Muchos
coetáneos, espontánea o inducidamente, vieron en Jél al principe cristiano justamente
premiado por la providencia merced a su luCha contra los infieles. É] mismo expresó
su deseo de una gran empresa contra turcos y berberisc'os', que 'le permitiera hacer rea—
lidad su título de' «Rey de Jerusalén». Pero Fernando nunca sacrificó a tales objetivos
últimos —que, también, utilizó a su conveniencia— otros intereses más inmediatos y
que consideraba prioritarios y previos Por eso, otros muchos vieron en el Católico al
hombre favorecido por lafortuna y la personificación de la virtu’ del principe renacen—
tista, mentiroso y traicionero cuando lonecesitaba, sin escrúpulos a la hora de defen—
der y ampliar sus estados (Maquiavelo). En cualquier caso, Isabel dejó en sus manos la
coordinación de una política conjunta que respondía a tradiciones y necesidades muy
distintas en Aragón y en Castilla.
A Castilla le interesaban primordialmente los asuntos atlánticos: la navegación
hacia las fuentes del oro y otros productos africanos, y el comercio de lanas, sal, teji—
dos, vino, etc., con el nortede Europa enespecial con 10$ Países Bajos. No tenía pro—
blemas fronterizos graves, y la paz de A{CdC0VdSToledo(1479) zanjó la intervenciôn
portuguesa a favor de Juana, hija de EnriquclV de Castilla, en contra de los derechos
de la hermanastra de éste, Isabel I. Sus rivales, menos poderosos, lo eran como compe—
tidores coloniales y comerciales: Portugal e Inglaterra. Por el contrario, 1_зі_ Corona de
Aragón, enclavada en el Mediterráneooccidental, formaba unpatrimonio disperso, a
la vez peninsular (Cataluña, Aragón y Valencia) e insular (Sicilia, Cerdeña y Balea—
144 …ST0R1A DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

re9) Tenía una larga y conflictiva frontera con Francia, el reino más poderoso de la
época, que le había usurpado(1462) yretenía 109 condados catalanes de Rosellón y
cerdaña, 211norte de 169 Pirineos. E] aprov1sionamiento e grano y elcomercrotextil
resultaba vital para61 funmonamiento de 121 confederación aragonesa, lo que exigía

cas, y participar en los complejosasuntos de 11211121, donde las repúblicas de Venecia y


de Génova eransusivprinc1palescompetidoras En__e1_1_e1no de Nápoles se había afirma—
do una rama bastarda de la casa de Aragón, y su defensa resultaba muy importante

/yCCItalia, y el
rineos 61161Mediterraneo
Turco unacreclenteamenaza
No sepuede decirqueFernando desplegara una política exterior verdaderamente
común y del todo nueva en sus concepciones aunque sí en su desarrollo práctico. La
reconqui$1a_(_1e___Granad21 la ocupacion y colonización de las Canarias, el descubri—
mientoyhcontrolde las Indias fueron tareascasi exclus1vamente castellanas. También
Cfue elCmPCCC p__(_)1lograr 11112121llanz21dinasticaCCC Portugal que 96 prolongaría has-
ta dar su fruto con Felipe11,__e_11 1580. La primogenitade _le Reyes Católicos Isabel,
casó primero con 61 principe Alfonso __(1490), y luego con su heredero el reyManuel I
`91АЁоіЁііііасіо(1495), quien, al enviudar, casó con otra hija, María (1500). Sin embar—
go",Taexpansion norteafriCana (1497- 151 1) y 1215 guerrasde Italia responden más bien
a tradiciones, intereses y derechos de 109 reyes de la Corona de Aragóndesde tiempos
99Juan II. Con todo, buena parte del dinero¿muchosdelos implicadosen las guerras
Nápoles y de Navarra—sobre todo en esta última conquista—_ erancastellanos
de
comose reconoceen las figuras del Gran Capitán, un andaluz y del IIduque de Alba,
que protagonizaron ambas conquistas.
En treinta años, de la guerra de Granada (1482) a la de Navarra (1512), se pusieron
las bases territoriales de la Monarquía hispánica, que jugaría un papel fundamental en la
Europa de los siglos XVIy XVII. Los“Reyes Católicos ampliaron notablemente su patri—

poder 111t6m0frente a la nobleza y las ciudades. А1 principio, 121 Coronadependía de 1219


mCSCCdaS señoriales y de las milicias urbanas, y la nobleza y las ciudades andaluzas pro-
tagonizaron la conquista de Granada, de las Canarias y de las Indias. La_Coronacoordi—
nó esfuerzos)! dellllOlafinanciacioneclesiastica (bulas de cruzada) y 109 impuestos de
judíos y moros. Procuró que 9u soberanía quedara siempre de manifiesto)! autorjzó,_me-
diante capztulaczones 1219 condiciones en que109 particulares conqu1staban descubrian
0 colonizaban. Lentamente, en la ocupación de Nápoles o de Navarra, se empezó a for—
jar un ejército real como un poderoso instrumento en manos de la monarquía.

3.1. GRANADA

La guerra de Granada (1482—1492) vertebra, en buena medida, el reinado de Isa—


bel y Fernando. Las Cortes de Toledo de l480 trataron sobre su recuperación, dentro
del antiguo ideal de reconquista cristiana de España, y para contener la expansión mu—
sulmana; también fue una ocasión para fortalecer el poder del rey y para restañar las
heridas de la guerra civil castellana. Con todo, la propaganda de los cronistas del rey
no debe ocultar que la iniciativa partió, más bien, de la nobleza fronteriza (marqués de
LA UNIÓN DE CASTILLA Y ARAGÓN 145

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ª ;—~—~w——-1——.—1—T—.
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— Ronda Torrox

Estepona

` ~ Algeciras
Tarifa

MAPA 5.1. Etapas de la conquista de Granada, 1292—1492.

Cádiz, duque de Medina—Sidonia, etc.), que vivía de las razzias (saqueo, esclavos,
etc.) contra los granadinos, ni que las grandes ciudades andaluzas jugaron un papel de—
cisivo, ni que el espíritu de cruzada se amalgamó con otros intereses más mundanos.
El emirato de Granada, que había consolidado su independencia durante los si—
glos XIV y XV con ocasiön de las guerras civiles castellanas, era un reino económica y ро—
líticamente débil. La producción y exportación de seda constituía su única riqueza, insu—
frciente para mantener la tensión militar y las exigencias de parias de los cristianos. Por
otra parte, la dinastía nazarí estaba dividida por la rivalidad entre el emir Abul-Hasan
(Muyley Hace'n), su hermano y sucesor, Mohamed el Zagal, y el hijo del primero, Abu
Abd Allah (Boabdil), y se formaron bandos rivales de zegríes y abencerrajes.
Aunque durante la guerra de sucesión de Castilla los reyes habían firmado tre—
guas, se rompieron cuando los granadinos tomaron Zahara (1481) y los andaluces re—
plicaron con la conquista de Alhama (1482). El conflicto se intensificó cuando, libres
momentáneamente de los conflictos de Navarra y del Rosellón, los reyes impulsaron
la conquista sistemática del territorio, superando la dinámica tradicional de la guerra
de frontera. La captura del príncipe Boabdil en 1483, que aceptó el protectorado caste—
llano, y su control sobre la ciudad de Granada con el bando abencerraje (1486), facili—
taron una conquista que fue mucho más lenta y costosa de lo que se había pensado. El
asedio y el asalto de las grandes ciudades, primero de la porción occidental (Ronda
1485, Loja 1486, Málaga 1487) y luego de la oriental (Baza y Almería 1489), marcó el
ritmo de una guerra sin treguas y que no desarrolló batallas campales. El asedio de
Granada ( 1490-149 1 ), que Boabdil no entregó como había prometido a cambio del se—
ñorío de Guadix—Baza, terminó con la entrada real en la Alhambra el 2 de enero de
1492, facilitando el simbolismo del triunfo real y del final de una reconquista.
146 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

Las condiciones de rendición variaron notablemente según la resistencia ofreci—


da. Fueron muy duras en Málaga, donde la población, hecha esclava, tuvo que resca—
tarse por dinero y fueron obligados a emigrar; sin embargo, en Almería se respetó su
religión, costumbres, hacienda y autoridades propias. En general, fueron expulsados
de las ciudades y se les prohibió vivir cerca de la costa; las clases altas prefirieron emi—
grar al norte de África, y los demás fueron sometidos a una elevada presión tributaria,
cuando no despojados de sus tierras y antiguos derechos. La nobleza conquistadora
aprovechó para aumentar sus rentas con tierras y cargos, y se produjo una notable co—
rriente inmigratoria desde el resto de Andalucía, que incrementó la presión sobre los
musulmanes granadinos. Por otra parte, la tolerancia religiosa duró poco y, en 1499,
como respuesta a las presiones de Cisneros, se produjo una revuelta en el barrio gra-
nadino del Albaicín, que se extendió por las serranías de Ronda, y en la comarca mon—
tañosa de las Alpujarras. Fernando el Católico, personalmente, tuvo que vencer una
dura resistencia armada (1500-1501) que decidió su suerte definitiva: ola emigración
———muy difícil en familias campesinas pobres— o el bautismo forzoso, que fue la op—
ción mayoritaria. Esta medida se extendió a toda Castilla en 1502, pero no en la Coro—
na de Aragón. Aunque hubo una fuerte corriente migratoria, sobre todo desde Andalu—
cía, los «moriscos» granadinos —casi la mitad de la población en el siglo XVI— fueron
imposibles de asimilar, como lo demostró la rebelión de 1568.
Esta guerra exigió un enorme esfuerzo de organización y de modernización de la
maquinaria bélica, que terminó por reforzar el poder monárquico. En el asedio de Gra—
nada participaron unos 10.000 jinetes y 50.000 infantes. ES verdad que, en su mayor
parte, se trataba de mesnadas nobiliarias o de milicias ciudadanas, encuadradas en la
Santa Hermandad. Pero los reyes coordinaron y facilitaron su actuación mediante ofi—
ciales reales, y obtuvieron importante recursos financieros del papa (impuesto de la
cruzada), de los eclesiásticos (tercias de los diezmos) y de las ciudades, en forma de
tributos y préstamos, también de las aljamas de judíos. En una guerra constante,
de asedios urbanos, en escenarios distantes de las bases castellanas, resultó fundamen—
tal el papel de la artillería, que aceleraba el asalto con la rotura de las murallas, y de la
logística y de la intendencia militares, que mantuviera el funcionamiento ininterrum—
pido de una maquinaria militar más compleja que nunca. En Granada se curtieron mu—
chos de los conquistadores de Indias, y se tantearon las reformas organizativas que
luego se perfeccionarían en las guerras de Italia.

3.2. LA EXPANSIÓN ATLÁNTICA. LAs CANARIAS Y LAS INDIAS

La paz de Alcacovas—Toledo (1479), a la vez que solventó el pleito sucesorio,


! 14,35— }

fiji/WMA; 【 reorientó la expansión de Castilla en el Atlántico. Los Reyes Católicos reconocieron


/
el monopolio de los portugueses sobre los archipiélagos de Madeira, Azores y Cabo
”\ €…"
“¿Vic )
verde, y en la navegación hacia las Indias por el sur; pero se reservaron el dominio de
州 ,し las islas Canarias y de una estrecha franja costera al norte del cabo Bojador, para el co—
mercio con el interior africano. Los <<rescates y entradas» de los andaluces en el litoral,
¿LA ,
EL”? …\ : 縄
empresas que integraban el comercio y la piratería junto con la pesca, hubieron de li—
mitarse en torno al enclave de Santa Cruz de la Mar Pequeña. Entonces s_e_potenció el
aprovechamiento de las Canarias, no sólo como reserva de esclavos o de productos
LA UNION DE CASTILLA Y ARAGÓN 147

tintóreos (orchilla) o exóticos, como se practicaba desde principios del siglo XV, sino
como territorio de colonización.
En 1477 los reyes reconocieron a la familia Herrera, de la oligarquía sevillana, su
derecho sobre las islas menores pero compraron el de las tres mayores. La conquista,
que no fue fácil, resultó de empresas particulares, mediante elsistema de capitulaclo—
nes, o concesiones que la Corona concertaba con capitanes privados, que contaban
con el respaldo financiero de comerciantes o inversores, generalmente sevillanos. La
Gran Canaria, después del fracaso inicial de Juan de Frías, fue conquistada bajo la di-
rección de Pedro de Vera (1480— 1483), mientras La Palma y Tenerife (1492—1496) lo
fueron por iniciativa de Alfonso Fernández de Lugo, con quien los Reyes Católicos
negociaron las capitulaciones en Santa Fe, a la vez que con Cristóbal Colón.
Los guanches autóctonos fueron sometidos a esclavitud o, una vez bautizados y
liberados, a duro señorío por los conquistadores, que… se aduenaron de tierras mediante
repartimientos según la tradición castellana. Las islas se repoblaron, mayoritanamen—
te, con andaluces, procediéndose a un rápido mestizaje; también vinieron portugueses
y esclavos negros importados para el trabajo de la caña de azûcar. El «Reino de la
Gran Canaria» se erigió como uno más de Castilla, aunque con ciertas peculiaridades
institucionales, como sus poderosos cabildos isleños. A finales del siglo XV, los caste—
llanos habian debido afrontar, en la conquista y colonización de las Canarias, muchos
de los problemas que, a mayor escala, iban a encontrar en las Indias: el equilibrio entre
una pujante iniciativa particular y el respeto a la autoridad del soberano distante, en—
tre la lucha contra los infieles y su evangelización, entre el arrinconamiento o el apro—
vechamiento de la mano de obra indígena, entre los cultivos tradicionales y los nuevos
productos y oportunidades, etc.
Por los años 1480, cuando comienza la conquista de las Canarias, los navegantes
al servicio del rey de Portugal habían llegado hasta las costas de Angola, buscando
una vía marítima directa hasta las Indias orientales. Sus recursos financieros, su orga—
nización naval y mercantil, y sus conocimientos técnicos eran los más avanzados de
todo Occidente, lo que atraía navegantes extranjeros, principalmente italianos. El ge—
novés Cristóbal Colón se formó en la navegación por el Atlántico en barcos portugue—
ses, y en 1484 propuso a Juan II su extraordinaria idea de llegar a las Indias navegando
hacia el oeste. En Lisboa se rechazó su proyecto porque estaba claro que calculaba
muy erróneamente la distancia hasta la China y el Japón, y porque se estaba cerca de
conseguir el objetivo por la ruta africana. Colón, instalado en Castilla, finalmente ob—
tuvo el apoyo —muy moderado, por prudencia— de la Corona y de algunos particula-
res, con los que financió tres barcos y apenas 100 hombres.
Las Canarias, en la zona de influencia de los vientos alisios y en una latitud pró—
xima a la del mar Caribe, constituyeron un inmejorable punto de partida para la aven—
tura transatlántica, que culminó con el descubrimiento de las primeras islas el 12 de
octubre de 1492. El éxito de los dos primeros viajes de Colón (1492-1493 y
1493— 1496), estimulô otras iniciativas particulares ——los llamados <<viajes meno-
res>>—, y planteó un problema de límites. Por el tratado de Tordesillas (1494),españo—
les y portuguesesse repartieron el mundo: losmaresy tierrasocc1dentales, 370leguas
al oeste de las islas de Cabo Verde, serían delosespanolesylosOrientales,de los por-
tugueses. Pero Colón no encontró lo que esperaba y esto animó alosportugueses que,
con Vasco de Gama, completaron la ruta africana (1497— 1499): aquella sí era la tierra
148 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

de las especias, de la seda y las piedras preciosas. El tercer y cuarto viajes de Colón
(1498—1500 y 1502—1504), que tocö tierra firme en el istmo, la expedición de Oje—
da—Vespucio (1499) y la del portugués Cabral (1500), que recorrió las costas de Bra—
sil, demostraron que existía un «mundo nuevo», de características y perfiles descono—
cidos. Cuando se comprobó que, más allá, había otro océano, el Pacífico (1513), se re—
doblaron los esfuerzos por encontrar el paso. No lo logró Diaz Solís, descubridor del
estuario del Plata (1515), pero si Magallanes y Elcano, que navegando hacia occiden—
te, dieron la primera vuelta al mundo (1521—1522).
A la exploración y dominio de La Española (hoy Samo Domingo), siguiò la de
islas mayores: Puerto Rico (1508), Jamaica (1509) y Cuba (1511). Desde ésta, se pro-
siguió la exploración del mar Caribe, desde la península de Florida (1512) hasta el ist—
mo de Panamá (15 13), pasando por las costas mexicanas. Los primeros asentamientos
continentales en 1519, en Veracurz y en Panamá, tienen que ver con las primeras noti—
cias, muy vagas todavía, sobre los grandes imperios del interior, que se mezclaban con
todo tipo de mitos clásicos, como el de la fuente de la etemajuventud, el de la ciudad
de oro, el de la tierra de las amazonas, etc.
Los Reyes Católicos, en virtud de las capitulaciones que hicieron con Colón, le
confirieron grandes poderes —almirante, virrey y gobernador hereditario—, además
del diezmo de las riquezas que obtuviera. Pero, al no encontrar los grandes imperios y
reyes con los que se esperaba comerciar, sino un territorio desconocido y desarticula—
do politicamente, resultó inviable, además de perturbadora, una administración única
por parte de Colón y su familia. Los conflictos estallaron pronto y la Corona revocó
parte de las concesiones y capituló con otros muchos particulares diversas empresas
de descubrimiento y conquista. A la vez, lentamente, empezó a organizar una admi—
nistración real y eclesiástica, que permitiera un cierto control y, sobre todo, el aprove—
chamiento fiscal de las nuevas tierras. Juan Rodríguez de Fonseca, arcediano de Se—
villa y luego obispo de Burgos, llevó personalmente todos los asuntos indianos, junto
con algunos secretarios aragoneses de Fernando durante su regencia de Castilla. En
1503, siguiendo el modelo portugués, se organizó en Sevilla una <<Casa de Contrata-
ción», como principal centro de administración de todo lo relacionado con el comer—
cio indiano. En 1508 Fernandoohtuvo,el…patroneugrsgiºéºlltº ¡& ¿195193953113 y en
ggggggéélgäqon‚lgfipflmfitgäpbispadpä º" Sªntº Domi y, Juan,. 919135555
Rico. Aunque, des e el segundo viaje, en todas…laHÍs/eípedic nes se habían enviado
predicadores, primero franciscanos y luego de las demás órdenes.
13191493,.clpapaWAlcjandrO VL concedió diversas bulas por las que encomendaba
a los Reyes Católicos el dominio y la evangelización de las tierras reciéndescubi. las.
Se otorgaron acordes con la corriente de derecho canónico que reconocía al papa un
cierto dominium mundi, y siguiendo el modelo de otras bulas similares que, a media—
dos del siglo XV, habían encomendado a los reyes de Portugal semejante monopolio y
privilegios sobre las tierras que descubrieran navegando hacia el sur. Resulta más con-
fuso el motivo y el momento en que las Indias pasaron a formar parte del patrimonio
de la Corona de Castilla exclusivamente, y no como una empresa compartida con los
aragoneses, lo que indica el tipo de unión de ambas coronas.
En cualquier caso, el principal problema no era el que otros soberanos europeos
negaran este monopolio. De hecho, el Católico nunca valoró la verdadera trascenden—
cia que tenían los descubrimientos y conquistas americanas, mucho menos importan—
LA UNION DE CASTILLA Y ARAGÓN 149

tes, para él y sus coetáneos, que las de Nápoles o Navarra. Fue la necesidad de mano
de obra con la que explotar el oro y cultivar aquellas tierras lo que planteò graves pro—
blemas organizativos y, en el fondo, morales: ¿Qué derechos tenían los indios, reco—
nocidos finalmente como seres humanos?; si no podían ser sometidos a esclavitud,
como ratificaron los reyes en 1500, ¿cómo asegurarse su trabajo y justificar la domi—
nación española? Los abusos de los primeros encomenderos, que con las tierras reci—
bían los indios que las cultivasen a cambio de su evangelización y educación, se de—
nunciaron en el famoso Sermón de Adviento del dominico Antonio de Montesinos,
que tanto impacto causó sobre Bartolomé de Las Casas. De hecho, el Católico reunió
una junta de teólogos y juristas, que intentó humanizar la dominación mediante el <<re—
querimiento» pacifico a los indios, y mediante las Leyes de Burgos (1512). Pero el
problema de los «justos títulos» no se zanjó del todo.

3.3. LA POLÍTICA N。RTEAFRーCANA

El tratado de Tordesillas atribuyó a los Reyes Católicos el control de la costa


frente a las Canarias, entre el reino de Fez, al norte y el cabo Bojador al sur Allí existía
una <<torre>>, Santa Cruz de la Mar Pequeña, como centro comercial y de control, que
proporcionó importantes rentas a la Corona a finales del siglo xv, por el comercio de
tri go y orchilla, y por las expediciones de rescate (trueque de manufacturas peninsu—
lares a cambio de oro y otros productos que traían las caravanas). Pero las capitulacio—
nes con Alonso de Lugo para extender la influencia, construyendo nuevas torres o
conquistando el interior, se abandonaron muy pronto. La Berbería de poniente, apro—
ximadamente el reino de Marruecos, quedó bajo influencia de Portugal, que dominaba
las plazas fuertes de Ceuta (1415) y de Tánger (1471).
La conquista de Granada acentuó el interés castellano por la costa norteafricana,
que se sumó al más tradicional de la Corona de Aragón por la Berbería de levante. Los
emiratos de Tlemcen y Bugía (hoy, Argelia) y de Túnez eran muy pobres e incapaces
de defenderse. Pero, para Castilla, se trataba de asegurar el control de la población
morisca granadina más que de proseguir la lucha contra el infiel. Ciertamente, en 1495
se obtuvo del papa una bula reconociendo el derecho de los reyes de España en el África
al este de Marruecos, pero aunque se predicara la continuidad de la cruzada, se su—
bordinó a otras urgencias. Se creó una escuadra y se planeó una expedición que, em—
prendida por el duque de Medina—Sidonia, estableció un primer presidio permanente
en Melilla, que estaba despoblada (1497). Una pequeña guarnición, en un sólido casti—
llo, abastecida por mar desde España, sin apenas control del territorio interior: tal es el
esquema que se volvería a repetir en ulteriores empresas.
Aunque la revuelta granadina de 1500— 150] urgió este despliegue, hubo de pos—
ponerse al resultado de la guerra de Nápoles. La victoria italiana animó el desarrollo
de una ambiciosa, aunque selectiva, expansión norteafricana: se ocuparon, fortifica—
ron y guarnicionaron los puertos deÎMazalquivir (1505),Peñón de Vélez (1508), Orán
(1509), Bujía, Argel y Trípoli (1510)} Se trataba, a la vez, de evitar asaltos en los rei—
nos de la Corona de Aragón, de asegurar lanavegación en el Mediterráneo occidental,
de aprovechar ciertas ventajas comerciales, y de dar salida al viejo esp1ritu de frontera
y de cruzada. La nobleza andaluza siguió protagonizando muchas de las expediciones
150 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

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(1508) (ー4q蝿 One’ Mazalquwiri’liofi) W&Ìîak1330\
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Orden de S. luan
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Gefb=S\
( 510)
_ Peñón de Argel
ARGEL (1510-29)
Trípoli (1510)

Muley Hassan. tributano [535



FUENTE: M. Artola [dir.], Enciclopedia de Historia de España, Alianza, Madrid 1993, VI, pp. 904 y 912.

MAPA 5.2. Los presídios norreafricanos, 1496-1535.

(Diego Fernández de Córdoba, el duque de Medina-Sidonia), junto con militares de


fortuna como Pedro Navarro, curtidos en las guerras de Italia. El cardenal Cisneros
aportó buena parte de la financiación y, con su presencia en Orán, personificó una cru-
zada que se festejó emotivamente en Roma y se representó profusamente en cuadros y
grabados.
La derrota de Gelves (1510) y las guerras de Italia, a partir de 151 1, obligaron a
interrumpir un esfuerzo que nunca se tomó en serio el control del comercio caravane—
ro, o una colonización del interior. El mantenimiento de los presidios —guarnición,
fortificaciones y abastecimiento— resultaba muy costoso,—y cada vez más difícil por
la presión de piratas como los hermanos Barbarroja, asentados en Argel con la ayuda
del Turco. En este sentido, el fracaso, relativo, de Fernando el Católico auguraba el de
su nieto y heredero Carlos V.

3.4. POLÍTICA ITALIANA. LAs GUERRAS DE NÁPOLES

La Guerra de Granada absorbió, hasta 1492, todas las energías de los Reyes Ca-
tólicos, que también habían heredado otros conflictos, principalmente con Francia
en ambos extremos del Pirineo, en Navarra y en el condado de Rosellón. Los estados
de la Corona de Navarra se extendían por ambas vertientes, por lo que la neutraliza—
LA UNION DE CASTILLA Y ARAGÔN 151

ciôn de este pequeño estado interesaba a franceses y españoles. Durante estos años
se sucedieron príncipes menores de edad ——Francisco Febo, prematuramente muer—
to, y Catalina— bajo la tutela de la reina madre, Magdalena, hermana de Luis XI de
Francia/…se rechazarOn las propuestas de matrimonio castellano (el hijo de los Reyes
Católicos) y Catalina casó con Juan, heredero del duque de Albret, lo que incremen—
taba el peso de los dominios ultrapirenaicos y de la influencia francesa. El Católico,
con el apoyo de la facción beamontesa de la nobleza liderada por S condes deLe—
rm, ejercía un efectivo contrapesodefacto, hasta el punto que sólo su consentimien—
to permitió que Juan y Catalina se coronaran reyes en Pamplona, en 1494. El Rose—
llón era un condado catalan, al norte de la divisoria de aguas del que Luis XI se ha—
bia apoderadoen 1462 y que reten1a contra derecho. Fernando 10 reclamó, incluso
pretendió recuperarlo con las armas, pero mientras duró la guerra deGranada no
hubo sino escaramuzas.
No cabe duda de que elprincipal rival de Fernando era el rey de Francia, tanto en el
Pirineo como, sobre todo, en la peninsula de Italia, donde e1 Cat61ico tenia muchos inte—
reses. En primer lugar, era rey de Sicilia desde 1469, con ocasiön de su boda con Isabel
de Castilla, y tema por su seguridad frente a los turcos, que en 1480— 1481 ocuparon la
vecina ciudad de Otranto. En 1478 sometió el último foco de resistencia nobiliaria —los
marqueses de Oristán y Gociano— en el reino de Cerdeña. Además, como nieto legíti—
mo de Alfonso V el Magnánimo, se consideraba con mejores derechos al trono de Ná—
poles que sus primos de la rama bastarda, a los que apoyó, pero siempre con esta reser—
va. Por otra parte, es bien sabido que Italia, por su riqueza y prestigio cultural, era objeto
de la ambición expansiva de otros príncipes europeos, principalmente el rey de Francia
y el emperador Maximiliano, que también esgrimían derechos, legales о dinásticos,
para intervenir en una peninsula fragmentada politicamente.
La posición del rey de Francia se fortaleció a finales del siglo xv cuando Luis XI
heredó los dominios de la casa de Anjou (1481) con sus derechos sobre el trono de Ná—
poles y su control del ducado de Provenza, en las puertas de Italia. Además, su hijo y
heredero, Carlos VIII, salió fortalecido en el interior por la victoria en la guerra de
Bretaña y su matrimonio con la heredera de aquel ducado, derrotando la alianza
de España, Inglaterra y el Imperio—Borgoña. Siguiendo los proyectos de Juan II de
Aragón, el Católico empezó por entonces a tejer alianzas matrimoniales con las casas
de Tudor y de Borgoña que supusieran el aislamiento de Francia y su hostigamien—
to desde el norte.
Carlos VIII, victorioso y mayor de edad, decidió intervenir en Italia y recuperar
el reino de Nápoles, dentro de su sueño de una gran cruzada caballeresca contra los
musulmanes. Para evitar interferencias, entregó a Maximiliano de Austria ciertas tie—
rras usurpadas a la casa de Borgoña, y firmó con los Reyes Católicos el tratado de Bar—
celona (1493). El francés devolvió los condados de Rosellón y de Cerdaña a cambio
de que el Católico abandonaran la alianza y no protegiera a sus parientes napolitanos,
como así se hizo, rompiendo vínculos muy estrechos. Durante el reinado de Ferrante I
(1458—1494), no escaseaban los soldados y oficiales aragoneses en el ejército napoli—
tano, y los comerciantes catalanes disfrutaban de una posición muy fuerte. Ferrante
era cuñado del Católico, quien le socorrió cuando los turcos tomaron Otranto
(1480—1481) y le ayudó ante la revuelta de los nobles angevinos, profranceses (1485).
De hecho, Nápoles, además de un aliado y un cuasiprotectorado, se iba convirtiendo
152 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

en la ambición oculta de Fernando, a quien una parte de la nobleza empezó a ver como
otra alternativa en el trono.
Un poderoso ejército francés cruzö los Alpes en 1493, con la invitación de Milán
y la neutralidad de Venecia y Florencia; el papa Alejandro VI tuvo que rendírsele aun-
que le retrasó la investidura de aquel reino, porque formalmente Nápoles era vasallo
del papa. La_muerte de Ferrante y la huida de su heredero a Sicilia facilitaron la ocupa—
ci6n sin lucha: el 22 de febrero de 1495 Carlos VIII entró solemnemente en una ciudad
que, en realidad, no había sido conquistada. La división de los italianos y la debilidad
coyuntural de Nápoles sólo facilitaron una ocupación muy breve, porque el Católico
animó una Santa Liga (31 marzo 1495), junto con el papa, Milán, Venecia y Austria
para expulsar'de inmediato a los franceses de Italia. Carlos VIII tuvo que regresar rá—
pidamente y fue incapaz de enviar socorros a las pocas guarniciones que dejó abando—
nadas en Nápoles Fernando el Católico envió, desde Sicilia, un pequeño ejército al
mando de un noble andaluz, Gonzalo Fernández de Córdoba, que, a cambio de su ayu—
da, ocupó varias fortalezas en Calabria a nombre del rey de Aragón (1475— 1476). Los
aliados de la Liga repusieron en el trono a Ferrante II y, cuando murió, a su tío Federi—
co, con gran enojo del Católico, que seguía considerando que su derecho sobre el tro—
no de Nápoles era mayor
En el contexto de estas alianzasy,de la guerra contra Francia,en ltaliaseenmar—
ca_91_tratado matrimonlal hispano— austriaco de 1495. Juan el hereder9 9e los Reyes
Católicos, casaria con Margarita 9e Habsburgo (1497), y el hermanode esta,Felipe
<<elHerm0so»heredero de las casas de Borgona yde Austria, con'JuanadeTra9tam21-
1a, hermana 991primero (1496) Las negociaciones para ermatrimonio deuna tercera
hija dè los reyes de España, Catalina, con el prmcipe Arturo, heredero de Enrique VII
Tudor, se cerraron en 1501. Se completaba así una re(1 99 alianzas con Inglaterra y con
Flandes que pretendia, ante todo, presionar aobáreFrancra pero también estrechar la—
zos comerciales,muy importantes para una economia castellana estrechamente rela—
cionada con los mercados del Mar del Norte.
En estaprimera_guerra(176Napoles habia fracasado, abiertamente, la ambición
d6 Francia; pero tampoco Fernando había avanzado en 61 reconocimiento de sus de—
rechos sobre aquel trono, siempre latentes mientras actuó como aliado y protector
de sus primos. Un cambio de circunstancias hizo posible un segundo intento de con—
quista, también promovido por el francés, pero del que el aragonés acabó por sacar
el provecho que nunca había perdido de vista. La muerte de Carlos VIII permitiô el
accesode su primo Luis XII de Francia, que era duque de Orleans y con ciertos dere—
chos familiares sobre el ducado de Milán. Como su predecesor, preparó diplomáti—
camente 61 asalto“ (716 Milan negociando la neutralidad de todos y 61 aislamientode
Ludovico Sforza, que vio invadidos y ocupados sus estados (1499— 1500). La hege—
monía militar en el norte y centro de Italia alimentó la ambición del lrancés por una
empresa más difícil.
En este contexto se firmó el Tratado de Granada (1500) entre Luis XII y Fernan—
do el Católico, luego ratificado por Alejandro VI Borgia, para la conquista deNapo—
les Con laexcusa de que Federico buscaba el apoyo de los turcos, y de que ciertos (1e—
krechos dinásticos avalaban las pretensiones del francés y del aragonés, se decidio C]““
reparto: Luis XII, como rey, se quedana con la capital y las tierras septentrionales, y
Fernando, como duque de Calabria, con las más meridionales, aunque los limites no se
LA UNIÓN DE CASTILLA Y ARAGÓN 153

1ijaban con claridad. El reino, más empobrecido y dividido que en 1494 y sin el apoyo
Лий—2131611se hundió sin resistencia.
Los franceses muy superiores, derrotaron de inmediato al rey Federico, ocu-
paron la capital y la mayor parte de Nápoles, mientras GonzaloFernández de C61-
doba, desde Sicilia por el sur, invadia Calabria y cercaba Tarento, donde capturó
al principeheredero (1502—1502). La ventaja territorial y militar de los franceses,
ÿ1Q cºnfuso del acuerdo de reparto, favorecieron el choqueentre ambos aliados,
incluso sfñëëf(lèclarada131 guerra. La posición española resultabamuy compro-
metida: a fines de 1502 el Gran Capitân estaba cercado en Barletta, en la costa del
Adriático, frente a un ejército superior. Inesperadamente, $677in161131765:£C111~16771_31
(abril 1503) cambiò radicalmente la situación, porque‘1buena parte de la nobleza
napolitana ,se 1ncl1no a favor del Catol1co,1se franqueô el camino de Nápoles y_la
sublevamon de13717Ciudadexpulso317 los franceses.En Ce1111ola, por primeravez,…se

de lacaballerlapesada francesaWlemovimientos envolventes de la 1nfanter1ado-


tada de más armas de fuego y de lanzas ligeras, que rehuran el choque frontal en
campo abierto por aprovechar las ventajas del terreno, y dotada de una gran disci—
plina en los movimientos colectivos, acabó de IËÆPH‘ÊÏËSsobree 1combate caba—
lleresco tradicional. La defensa de la Ciud31d y reino de Nápoles, con las victorias
de Garellano (1503) y de Gaeta (1504), permitieron acordar una tregua que no ase—
guraba, ni mucho menos, el dominio español.
La retención de Nápoles vino a depender de los equilibrios diplomáticos que
exigió la problemática sucesión en el trono y en el gobierno de Castilla, porque
Isabel 1 murió en noviembre de ese mismo año de 15047, A Luis XII le resultó fácil
atraerse a FelipeC1 Hermoso que, como marido de la heredera, J1131na, quería entrar
deinmediato en C1 gobierno de Castilla, desplazando a su suegro, el viejo arago-
nés.El7310uCr7(16consistia QQ(Leel heredero, Carlos deCante,casaríacon u_na prin—
cesa deFrancia aportando Napolesdomodote. Para superar esteofrecrmientoin—
mediato y gàñäïtiémpô, Fernando el Catolico 01rCci6 algo todavía más tentador
para el francés, pero en un futuro más incíertQ: ercasaría con una sobrinadel rey

unióncastellano aragonesa, y si no 16s tenían, Nápoles seentregabaa“la Corona de


Francia.
A mediados de 1506 Fernando el Católico, de mala gana, tuvo que dejar el go-
bierno de Castilla y viaj6 31 Nápoles, donde se había comprometido a restablec'er a los
barones profranceses despojados. Su breve estancia sirvió para reforzar apoyos y
compromisos de las grandes familias baroniales y de las casas romanas de los Colon—
na y de los Orsini que, con ocasión de las guerras, habían adquirido allí grandes patri—
monios. Aprovechó, también, para desplazar al Gran Capitán, al que obligó a regresar
con él a Espafia. Su condición de castellano, la enorme autoridad personal acumulada
como caudillo victorioso, y sus criterios personales en cuanto a una política italiana
más belicista, lo hacían demasiado peligroso. A su vuelta, en 1507, Fernando tuvo la
suerte de poder recuperar la regencia de Castilla en nombre de su hija]uana porque
había muerto prematuramente Felipe el Hermoso, y, como notuvo111st con Germana
de7F61x,116SQrompióla alianza castellano—aragonesa. Napoles no saldria (lelaMo—
narquia de Èspaña hasta el siglo)(V111._
154 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

3.5. LAS GUERRAS DE CONQUISTA DE NAVARRA

El nuevo conflicto en el norte de Italia desbordó sus fronteras cuando Luis XII,
para presionar al papa, apoyö la reuniön de algunos cardenales refractarios en el Cisma
de Pisa. Julio II, entonces, acaudilló una nueva Santa Liga antifrancesa —con España,
Venecia e Inglaterra—, que terminó por desbordar el ámbito estrictamente italiano.
Juan III de Albret y Catalina I de Foix, además de soberanos del reino hispánico
de Navarra, eran señores de Bearne, de Foix y de otros territorios norpirenaicos por los
que debían vasallaje a los reyes de Francia. Sus recursos y autoridad en aquel pequeño
reino estaban condicionados por las luchas de bandos: los beamonteses, apoyados
desde Castilla (el conde de Lerín era cuñado del Católico), y los agramonteses, en los
que se apoyaban los reyes. Desde su coronación, en 1494, habían vivido tácitamente
bajo un protectorado castellano, que apenas habían logrado mitigar con la expulsión
del conde de Lerin en 1507. Su política de neutralidad, muy dificil siempre, se rompió
en 1512, en el contexto de la guerra hispano-francesa de la Santa Liga.
Luis XII, por el tratado de Blois (18ju1i0 1512), supo atraerse a los reyes de Na-
varra con promesas ventajosas y estos, confiando en su socorro, se arriesgaron a sacu—
dirse un poco más la tutela de Castilla. Aprovechando el desembarco de un cuerpo del
ejército inglés en Guipúzcoa, que amenazaba con invadir Guyena, el Católico ordenó
al duque de Alba entrar en Navarra, probablemente con la intención de asegurarse al—
gunas plazas y restablecer el antiguo protectorado. Pero la inmediata rendición de
Pamplona (25 julio), la retirada de los reyes al Beame, y la facilidad con que venció las
resistencias locales, le decidió a usurpar el título de <<rey de Navarra», a completar la
ocupación con las tierras de Ultrapuertos, y a retenerla, invocando una bula papal de
dudosa aplicación. En la invasión, pero sobre todo en la defensa de Pamplona, dura—
mente asediada ese mismo otoño por un poderoso ejército franco-navarro, la nobleza
y las ciudades de Castilla demostraron hasta qué punto les importaba Navarra. En de—
finitiva, Fernando el Católico se arriesgó para asegurar definitivamente esta <<puerta
de España», y 1a fortuna Ie acompañó.
Probablemente, como en el caso de Nápoles, esta era una conquista largamente
soñada por el aragonés, cuyo padre había sido rey consorte de Navarra; la madre de
Fernando había salido precipitadamente de Sang'úesa para que él pudiera nacer en Sos
(Aragón). Fernando consideró que su derecho sobre Navarra procedía de una pura
conquista, avalada por la Santa Sede, contra unos reyes cismáticos, y como propieta—
rio decidió, ante las Cortes de Burgos (1515), donar el reino a su hija Juana e incorpo—
rarlo a Castilla, y no a sus estados de Aragón. Era lo más sensato si quería mantener
una autoridad fuerte; y, sobre todo, era lo más prudente de cara a su conservación, por—
que los castellanos era los más interesados en mantener Navarra como baluarte defen—
sivo, y los únicos con recursos suficientes para hacerlo, como demostraron en los in—
tentos de reconquista franco-navarros de 1516 y de 1521. En cualquier caso, Fernando
murió pronto y su heredero Carlos I, en un nuevo contexto y para hacer frente a las
presiones diplomáticas que le acusaban de usurpador, cambió de actitud. Se retiró de
la Navarra de Ultrapuertos, lo que permitió a los herederos de los despojados titularse,
también, <<reyes de Navarra»; y no modificó su gobierno, de modo que una incorpora—
ción estrecha a Castilla no resultó incompatible con el mantenimiento, incluso madu—
ración, de sus instituciones.
LA UNION DE CASTILLA Y ARAGQN 155

4. Los problemas sucesorios y la etapa de regencias

Entre 1497 y1517, 9999919919999 del infante Juanhasta l;;llegada deCarlos QC


GanteàÁstu as,lasucesionde lo _ eyesCatolicos constituyouna mcogmta yUQ SC-
rio problema pólítico. En toda monarquía dinástica, el azar de la muerte y de los naci—
mientos corregía los proyectos matrimoniales de un modo incontrolable, y esto es lo
que ocurrió en el caso de Castilla y Aragón, dos coronas yuxtapuestas en una alianza
matrimonial y política, pero muy poco más. De cualquier modo, importa recordar que
en el proceso sucesorio precedente, durante el tercer cuarto del siglo XV, los cuatro
reinos hispánicos se habían ensangrentado con el enfrentamiento de padres e hijos, y
de hermanos y primos entre s1”. A principios del siglo XVI, la sustitución de la casa
de Trastâmara, que se había afirmado en Castilla en medio de la violencia banderiza,
se hizo pacíficamente o con resistencias mínimas.
unhij_varón,Q]principe Juan, que murió
Los Reyes Católicos $919 tuvieron
tempranamente en 1497, seis meses
“QCSquSde su bºda con Margarita de Habsburgo,
scendenciaE1 esplendor QCsus funerales refleja el dolor de los reyes, y la
preocupación de la corte por una sucesión femenina. Aquella sociedad reconocía de
modo natural que, en tal caso, el ejercicio del gobierno regio —no la titularidad y la
disposición de los estados— correspondería al marido, que sería alguien extraño al
reino, como lo había sido, aunque relativamente, el propio Fernando de Aragón. La
hija mayor, Isabel, que había casado con el reyde Portugal Manuel I (1495- 1521),
murió al poco de darles un nieto, el infante Miguel, 9№Щі99 heredar las
tres grandes coronas peninsularessi QQhubiera1allec1d0tambien;; __leQQSanosel20
呵耐C]S0。.Entonces la herencia recayó en la segunda de las hijas, Ia princeSa
Juana casadacon Feli 9 de Habsburgo, que en aquel momento era señor de los Palses
Bajos y Archiduque de Austr1a,y con el que ya tenía dos hijos, uno de ellosvarón,
,ÇarlosdQGante, nacido pocos meses antes.
Isabel y Fernando afrontaron el problema politico del reconocimiento de los
herederos que la providencia les daba y quitaba tan rápidamente. El infante Juan
había sidojurado por las cortes de Castilla (Toledo 1480) y de Aragón (Calatayud
1481). Su hermana Isabel, sin embargo, lo fue sólo por las de Castilla, porque en
Aragón no podían reinar las mujeres, aunque las cortes de Zaragoza de 1498 se
alargaron hastajurar al principe Miguel recién nacido. Finalmente, Juana fue reco—
nocida herederaCQ Castilla (Toledo 1502) y también en Zaragoza, algo queJeróni—
mo Blancas, años mas tarde, señalaría corno excepcional. No se explican reunio—
nes tan frecuentes de cortes sin valorar la importancia legal y política de tales cere—
monias, en cuanto que comprometían estrechamente a las fuerzas vivas del país,
nobleza, ciudades y alto clero.
La sucesión en la persona de Juana resultô particularmente problemática. Las

cesa y las desavenencias del matrimonio se confirmaron cuando, en 1502, los reyes
se encontraron con sus presuntos herederos, que habían viajado a Castilla sin sus hi—
'os. Por otra parte, Felipe el Hermoso, comojefe de la casa de Borgoñay sucesor de
la de Habsburgo, llevaba una política profrancesa justo cuando estalló la guerra
deNapoles (l_502— 1504). Los Reyes Católicos se sintierontraicionadosporsu yer—
no, que regresó a Flandes atravesando Francia y pactando con Luis Xll la _devolu—
~…N寸ー寸N寸 da _оооы で寓で燗冨 .ипош Ms.—832 ^ \ ()} Q ~ ゝ _‚БЕОМ “< „Е…/„шыш
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LA UNION DE CASTILLA Y ARAGÓN 157

ción de_Nápol_es. Y defraudados por su hija Juana que, alpoco de dar a luz su segun—
dowvarfóníFernando (1503), se marcliófeñyposde su marido, ya con signos evidentes
deíeiirosis.

4.1. LA SUCESIÓN DE ISABEL I. FELIPE I DE HABSBURGO Y FERNANDO EL CATÓLICO

Esta situación, que auguraba el retorno de los desórdenes del comienzo de su rei—
nado, explica el testamento de Isabel. __Recgnocía a J uanacomo heredera universal de
sus Estados, como no podía ser de otro modo. Pero, mientrasestuviera ausente o si,
como casi todos reconocían, <<no quiera o no puedaentender en la gobernación», con—
fiaba la regencia a Fernando hasta _que el príncipe Carlos cumpliera 20 años. Se trata—
ba, en definitiva, de postergar a Felipe el Hermoso y a aquellos que,/en previsión del
cambio político, se “Habían ido… acercando al presunto nuevo hombre fuerte.Fernando
el Católico, desde el 26 de noviembre de 1504 se tituló exclusivamente gobernador del
reino de Castilla, pero muchos no estaban dispuestos a soportarlo por más tiempo.
De hecho, Juana no había sido declarada incapaz, como se exigía para nombrar
un regente; y, en el caso de una mujer casada, la ley prefería como tal al marido antes
que al padre. Pero, además, I(qugggigígegzaaia ppsiçiónddefelipe, que no estaba dis—
puesto a renunciar al gobierno de la poderosa Castilla a favor de su suegro, fue laacti—
tud dCAJKLHleÉêMXÉÉJªê,ÇÁQFÃQQCSWCªêÉÉHÉmªS- Fernando se apresuró a reunir las cortes
en Toro para confirmar el testamento de Isabel y su regencia, pero fue en vano. A la
corte de Flandes acudieron muchos ambiciosos, y otros tantos empezaron a distan—
ciarse de Fernando, a quien el gobierno efectivo empezó a hacérsele difícil ya en 1505
ante las reclamaciones de su yerno. Felipe no se avenía a ninguna transacción e, inclu—
so, amenazaba diplomáticamente a su suegro con la guerra.
Para evitarla y proteger la frágil conquista de Nápoles, el Católico pactó un
acuerdo con Francia, sorprendiendo a todos. Como ya vimos, porel tratado de Blois
(] e sºbrina del C ` 0
dÎshaççLlî@Ëgcqsçgllgnp—aragonçsçÿÿ, sino había descendencia, se le entregaría al
francés el reino de Nápoles. Pretendía asegurarse elwreino italiano previendo que el go—
bierno de Castilla lok—tenía perdidrfcñomorasífue.“Felipe elHermoso desembarcó en La
Coruña en abril de 1506 con un pequeño ejército, y a su encuentro acudieron masiva—
mente las principales ciudades y casas de la nobleza. Fernando hubordegretirarse a sus
reinos patrimoniales dela Corona de Aragón y se embarcó hacia Nápoles, dondeco-
noció la noticia de la inesperada muerte de Felipe I en Burgos (25 septiembre 1506),
después 'déTréá'mégé's' de reinado veraniego.
Felipe I, aunque lo intentó, no logró que la nobleza y las cortes castellanas declara—
ran inhábil a Juana, que fue jurada como reina propietaria mientras a él sólo le recono—
cían comº Cºnsorte. Perº №9пс…‚сі‚е‚1_98Р9$9 C e j_ e
se negô a ementa?! cuerpo. del. maridutya firmar cualquier documento, haciendoimpo—
sible el gobierno. El hijo de ambos, Carlos, sólo tenía sei-sanos y estaba _enkFlandes &;an
laicu's/todia de su abuelo Maximiliano, por otra parte, Fernando el Católico, elígoberna—
_dor designado porlsabel en su testamento, se encontraba ya en Napoles y suregreso era
incierto. La nobleza estaba dividida entre lbs austfàèistas,_que se vieron desamparados
por la muerte del Hermoso (señor de Belmonte, duque de Nájera, marqués de Villena), y
158 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

losjernandzstas animados por el previsible retomo del aragonés (los Velasco, Mendo—
za, Enrlquez etc.). Era evidente que Juana no podíagobernar y, desaparecida la altema—
tiva_,todos aceptaron queFernando el Católico gobernara en nombre de su hija y de su
nieto, según el testamento de Isabel. El Consejo de Castilla reclamó su retomo y el Cató—
lico confirmó la regencia interina deCisneros hasta su llegada, en 1507.
Durante estos años se produjeron serios disturbios en Castilla, síntoma de que
afloraban las tensiones subyacentes acumuladas en la etapa final del reinado de Isabel.
La alta nobleza volvió a utilizar la violencia para reforzar su posición señorial frente a
las ciudades, en disputa por el control de poblaciones y baldíos. El conde de Lemos se
apoderó de Ponferrada, el duque de Medina—Sidonia cercó Gibraltar, el marqués de
Moya tomó la fortaleza de Segovia, etc.; el conde de Benavente, otorgando condicio—
nes privilegiadas a las ferias de Villalón, competía con las de Medina y Valladolid.
Las grandes ciudades castellanas constituían auténticos señoríos colectivos, goberna—
dos por un rico, culto y poderoso patriciado desde los regimientos y, también, en los
cabildos catedralicios. Los formabas una elite de familias emparentadas entre sí, en
las que convergían los enriquecidos por el fuerte desarrollo económico de la segunda
mitad del siglo xv (ricos comerciantes y artesanos), los encumbrados por el renovado
desarrollo burocrático de las letras, y los viejos linajes de caballeros. Las ciudades,
que habían apoyado el fortalecimiento de la autoridad regia desde los años iniciales
del reinado, y que habían financiado generosamente las guerras exteriores, vieron
cómo los desmanes y abusos de la nobleza ya no los frenaban como antes los tribuna-
les reales (chancillerías y audiencias), y que los corregidores puestos por los monarcas
podían dejar de ser un eficaz apoyo.
La tensión acumulada en las ciudades creció por varios motivos y en varias di—
recciones. La política fiscal de los Reyes Católicos vaciló entre dos polos: el apoyo a
los propietarios y exportadores de lana merina e importadores de tejidos de Flandes,
organizados en torno a la Mesta y el Consulado de Burgos, beneficiaba sobre todo a ‥
las ciudades del norte de Castilla; por el contrario, la defensa de los intereses indus- ¿'
triales, restringiendo la exportación de materias primas y gravando la importación, `
era lo que reclamaban las poderosas corporaciones pañeras de Segovia, Toledo,
Cuenca, etc. Otro frente era el de la lucha por el poder dentro de cada ciudad entre
bandos y facciones, que estructuraban verticalmente a esta oligarquía de familias
por lo menos desde mediados del siglo XV, y que siempre había existido. Lo novedo—
so es que tal pugna empezó a utilizar nuevos recursos ideológicos, que perturbaron
profundamente la mentalidad social de la mayoría. En la medida en que se habían
producido conversiones masivas desde el judaísmo, buena parte de estos cristianos
nuevos se habían incorporado a la oligarquía urbana. Pero, también se había desarro—
llado un poderoso tribunal dependiente del rey, el de la Inquisición (1478), precisa—
mente para vigilar la ortodoxia de los conversos y perseguir los delitos religiosos.
Durante años, por toda Castilla, se había encausado por este motivo a miles de fami—
lias, y creció el odio y la suspicacia entre los penados y sus acusadores. Empezó a re—
sultar muy fácil, y muy eficaz, utilizar el argumento de la sangre <<manchada» para
infamar y descalificar a los rivales, en lo que se llegó a grandes abusos, como ocurrió
en Córdoba. El inquisidor Lucero acumuló denuncias muy graves contra las princi—
pales familias de la ciudad con ascendientes conversos, que dominaban el regimien—
to y el cabildo, incluido Hernando de Talavera, arzobispo de Granada. Pero Cisneros
LA UNION DE CASTILLA Y ARAGÓN 159

presidió un tribunal extraordinario (1508) que frenó, por primera vez, las arbitrarie—
dades del Santo Oficio, que absolvió a los infamados dejudaizantes y reprendiö se—
veramente la actuación del tribunal. de la fe.

4.2. LA SUCESIÓN DE FERNANDO EL CATÓLICO Y LA TRANSFERENCIA DEL GOBIERNO

El aragonés regresó de Nápoles con un pequeño ejército en 1507. Una mezcla


prudente de castigos ejemplares y de tolerancia le permitió restablecer la obediencia
de la alta nobleza. Tuvo que someter al duque de Nájera, invadir los estados del duque
de Medina—Sidonia y arrasar el castillo del turbulento marqués de Priego; pero tam-
bién perdonó los excesos de quien había ocupado el obispado de Zamora por la fuerza.
La alta nobleza señorial terminó por aceptar que tendría que seguir esperando un cam—
bio que la edad de Fernando y sus circunstancias familiares hacían muy incierto.
Por un lado, Fernando anhelaba sinceramente un hijo de su segunda mujer, y
Germana le dio un varón, Juan, que vivió sólo unas pocas horas (1509). Volvieron a
intentar tener descendencia, con una obsesión perjudicial para un hombre ya de salud
debilitada. Probablemente esto hubiera supuesto la ruptura de la alianza dinástica cas-
tellano—aragonesa, que muchos en ambos reinos deseaban y que sólo la casualidad
evitó. Pero, sobre todo, Fernando quería gobernar Castilla, porque le proporcionaba
los recursos que necesitaba para la acciones exteriores que reforzaran su Corona de
Aragón. Durante estos años intensificó, como vimos, las campañas norteafricanas y la
lucha contra Francia en Italia, que le facilitó, indirectamente, la última conquista de su
vida, el reino de Navarra.
Todo esto se complicó con las previsiones sucesorias más realistas, que seguían te—
niendo a Carlos como centro. ngginaluana desde1509, estuvo encerrada en Tordesi—
llas, aunque su padre nunca quiso que se la incapacitase lega nte. Esto le aseguraba a
Fernando una regencia, en nombre de su nieto flamenco sin rivales, perono resolvía el
problemade una transferencraordenada del poder que mantuviese las directrices políticas
y diplomatlcas que le importaban. Desde15Q__7 hasta su muerte en 1516, el Católico se
hilo acompañar constantemente de su otro nieto,Fernando nacido en 1503 en Alcalá de
_Henares yeducadoal modo castellano. En parte para evitar posibles manejos nobilianos,
pero también como elemento de presión contra las veleidades profrancesas de su consue—
gro, el emperador Maximiliano de Austria, el mentor politico del heredero Carlos.
Éste, que asumió formalmente la soberanía de los Países Bajos en 1515, se en—
contraba en una situación precaria para hacerse con la herencia de Castilla y de Ara—
gón, en el contexto de una guerra abierta contra el nuevo rey Francisco I de Francia
por causa de Navarra y de Italia (Milán y Nápoles). Parece que, con una perspectiva
[lamenca y alemana de la situación, estaba bien dispuesto a negociar una solución
reintegradora, aceptable para Luis XII pero que significaba la renuncia de las dos prin—
cipales ganancias patrimoniales de su abuelo aragonés. Por esto, Fernando, a última
hora (1515), donò el reino Navarra, como conquista suya personal, a Juana y sus des—
cendientes en la Corona de Castilla, y no lo unió a la de Aragón, convencido, como así
fue, de que sólo los castellanos tenían recursos e interés para evitar la devolución 0 la
reconquista de aquel territorio. Y, en sus testamentos de 1512 y de 1515 llegó a barajar
la posibilidad de dejar como gobernador de Castilla a su otro nieto, Fernando, hasta
160 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

que su hermano viniese a tomar posesión. Pero recibió todo tipo de presiones en con-
tra de una medida que podría agravar la división banderiza de la nobleza castellana y,
finalmente, confió la regencia, por segunda vez, al cardenal Cisneros. En la Corona de
Aragón no se plantearon estos problemas y el Católico confió el gobierno interino al
arzobispo de Zaragoza, Alonso de Aragón, su hijo natural.
Fernando muriô en Madrigalejo, una aldea cerca de Trujillo el 22 de enero de
su
15 16,у /nieto Carlos desembarco enVillaViciosa de Asturias el 19 déseptiembre de

ferencia del poder y de la autoridad monárquica, debido a los años de interinidad que
se habían sufrido en Castilla. El problema mayor no fue el desengaño de los que se ha—
bían acercado al príncipe Fernando esperando su gobernación, aunque Cisneros temió
seriamente un levantamiento a su favor y actuó con energía. Sino que eran muchos los
que creían sinceramenteque Juana era la verdadera reina, que había estado más o me—
nos secuestrada por su padre. Carlos, en la iglesia de Santa Gúdula de Bruselas, en
marzo de 1516, se autoproclamò rey de Castilla y de Aragón junto con su madre, en
una decisión de legitimidad discutible. Durante año y medio, bajo la regencia enérgica
de Cisneros, ciudades y nobleza de Castilla se mantuvieron a la expectativa del rumbo
que fuese a tomar el nuevo rey, al que nadie discutía seriamente y del que todos espe-
raban que defendiera sus intereses y ratificara sus derechos. Las graves revueltas de
las comunidades y de las germanías, desde 1519—1520, fueron la expresión violenta de
los desengaños y de las frustraciones.

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CAPÍTULO 6

LA NUEVA MONARQUÍA DE LOS HABSBURGO.


CARLOS I (1516—1556)

por EMILIA SALVADOR ESTEBAN


Universidad de Valencia

Desde el punto de vista politico —tanto en su vertiente interna como exterior—


el reinado de Carlos I de España presenta, como es habitual, una mezcla de continui—
dades e innovaciones, siempre aquéllas en mayor proporción, aunque sean éstas las
más inmediatamente perceptibles. Pero, aún reconociendo esta evidencia, durante
las cuatro décadas que transcurren entre 1516 (año de su proclamación como rey) y
1556 (año de su abdicación) tuvieron lugar transformaciones de mucha mayor enver-
gadura que en muchos otros reinados.
En primer lugar, la llegada de Carlos 1 a España supuso, al mismo tiempo, el esta—
blecimiento de un único titular para todo el ámbito de la Monarquía hispánica y la ins-
tauración de una nueva dinastía. En efecto, la Monarquía dual de los Reyes Católicos,
en la que cada uno mantuvo la titularidad de sus estados patrimoniales aunque admi—
tiese la intervención en las tareas de gobierno de su cónyuge (sobre todo de Fernando
en Castilla), se unió en la persona de Carlos de Habsburgo, como heredero de ambos
soberanos. Este paso de doble a único titular se consolidará con el transcurso del tiem—
po en la Monarquía hispánica o católica, aunque no en el conjunto de las tierras pues—
tas bajo el dominio del césar Carlos. Como es bien sabido, éstas por decisión de su
soberano (posiblemente tratada de enmendar, sin éxito, avanzado el reinado) se divi-
dieron en dos partes, regidas respectivamente por dos ramas de la misma familia
Habsburgo, la española y la austríaca. De esta forma, Carlos de Gante representa si-
multáneamente la unión de las dos Coronas que conformaron la Monarquía hispánica
y la fragmentación en dos bloques, unos cuantos años más tarde, del conjunto de sus
extensas y esparcidas posesiones. En lo que respecta a la instauración de la dinastía de
Habsburgo, Carlos era por sus progenitores mitad Habsburgo y mitad Trastámara y, si
nos remontamos a la generación anterior, un cuarto Habsburgo (por su abuelo paterno
Maximiliano I), un cuarto Borgoña (por su abuela paterna María) y medio Trastâmara
(por sus abuelos maternos los Reyes Católicos, Fernando e Isabel); pero pesó más el
componente Habsburgo, dado que se transmitía por línea masculina. Esta nueva di—
162 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

nastía se afianzará en el trono español por espacio de casi dos siglos (15 16-1700) a tra—
vés de cinco reinados sucesivos, incluido el de su introductor.
Por otra parte, Carlos I de España y V de Alemania tuvo que hacer frente a una se—
rie de retos, inexistentes o sólo iniciados con anterioridad. El reto de coordinar de al—
guna forma sus vastos dominios, el reto de la oposición protestante y el reto de admi—
nistrar extensas tierras extraeuropeas (esencialmente en América) se cuentan entre los
más destacados. La necesidad de dar respuesta a estas tres cuestiones caracteriza ine—
quívocamente el reinado de Carlos de Gante.
Muy pronto en el tiempo, el duque de Borgoña, rey de España, archiduque de
Austria y emperador de Alemania, se vio en la tesitura de conseguir articular algo tan
dilatado y heterogéneo como era el denominado Imperio carolino (haciendo alusión al
conjunto de territorios puestos bajo el dominio de Carlos de Gante), en el que se inser—
taba la Monarquía hispánica. Si desde la perspectiva de la política interior el respeto
esencial a la organización político—administrativa de cada uno de sus territorios pudo
salvar muchos escollos, en el plano internacional las orientaciones diplomáticas y los
intereses no siempre coincidentes de estas diversas piezas crearán al César problemas
poco menos que insolubles. De momento, los nexos entre los territorios quedaban
prácticamente limitados a la persona de Carlos, soberano de todos ellos, y a la común
ideología religiosa.
Ahora bien, este último elemento catalizador empezó a entrar en crisis, coincidien—
do con la llegada de Carlos de Gante a España en 1517 y la propuesta de las famosas 95
tesis luteranas. Católicos y protestantes, enfrentados al principio sólo en el terreno dia—
léctico, llegaron a dirimir sus diferencias por las armas. Carlos, poniéndose al frente de
la causa católica, sumó alacruzada medieval contrael musulman (mfel desde la pers—

lica). Es cierto que durante laepoca de Carlos de Habsburgo el enfrentamiento belico


con el protestantismo quedó circunscnto al ambito del Imperio alemán; sin embargo, el
resto de sus dominios —Monarquía católica incluida— se vieron afectados también por
las consecuencias de esta confrontación en el seno de la Cristiandad.
En lo que se refiere al reto de América —aunque la cuestión americana no sea ob—
jeto de atención en este capítulo—, es, de los tres que hemos mencionado, el más espe—
cíficamente español. Su planteamiento hay que retrotraerlo al reinado de los Reyes
Católicos; pero fue con Carlos I cuando adquirió mayores dimensiones, a raíz de las
grandes conquistas, con la consiguiente necesidad de organizar la administración de
tan enormes y lejanas posesiones y la de mantener relaciones con ellas. También en
esta ocasión, las consecuencias de la acción de España en América trascendieron am—
pliamente a sus protagonistas directos ——españoles y amerindios— para incidir en el
conjunto de la política europea.

l. Los dominios carolinas

Carlos de Habsburgo fue sumando territorios por herencia, elección y conquista.


Sobre todo, en el espacio de unos pocosaños (de 1515 a 1519), logrô reunir los domi-
nios que habían pertenecido a sus cuatro abuelos. La sucesión en aquellos se pródujo,
enalgunos casos, de forma poco habitual.
LA NUEVA MONARQUÍA DE LOS HABSBURGO. CARLOS 1 (1516— 1556) 163

La herencia flamencoborgoñona (conglomerado de territorios más conocidos


como Paises Bajos) la recibió de su progenitor FelipeelHermoso, quien a su vez había
accedido a ella a la muerte de su madre Maríade…. El relevo sin embargo, no
fue automático, ya que en el momento de producirse el fallecimiento de Felipe el Her—
moso (1506) su hijo y sucesor Carlos sólo contaba seis años y hasta los quince no ad—
quirirá la mayoría de edad y consiguiente proclamación de duque de Borgoña.
La sucesión en Castilla resultó mucho más anómala. Desde la muerte de su abue—
la materna Isabel la Católica (1504) hasta la asunción del gobierno castellano por Car—
los I, se produjeron varios relevos de poder como consecuencia del estado mental de la
reina Juana, madre de Carlos de Gante. En efecto, el gobierno de Castilla fue ejercido,
en nombre de la reina Juana, por su padre Fernando el Católico, primero, por su mari—
do Felipe el Hermoso, después, y, a la muerte de éste, de nuevo por el monarca arago—
nes. Tras el fallecimiento de éste (1516), el títuloderey de Castilla sería compartido
por Juanaypor su hijo Carlos aunque el gobierno recayese exclusivamente en este úl—
titã?)“s’ètrataba de una situación harto extraña, derivada del hecho de que las Cortes
castellanas no habían declarado la incapacidad de la reina Juana, recluida a la sazón en
Tordesillas.
Por lo que respecta a los territoriosaragoneses, Carlos ciñó su corona a la muerte
de su abuelo materno Fernando, produciéndose de esta forma un salto generacional.
, También directamente de su abuelo paterno Maximiliano I de Alemania, muerto
en 1519, recibió Carlos los dominios patrimoniales de los Habsburgo, es decir, el con—
glomerado de territorios conocidos como archiducado de Austria —haciendo extensi—
va la denominación de uno de ellos al conjunto— y, asimismo, la candidatura al Impe—
rioralemán,"del que fue proclamado emperador, una vez superadapositivamentelaco—
rrespondiente elección.
A estos vastos territorios —fruto de la herencia y la elección— se sumaron una
serie de adquisiciones. Dejando aparte la progresión en el espacio americano por sus
ii especiales características, en el ámbito europeo Carlos de Austria agregó cinco pro-
ll

Carlos V = (1526) Isabel de Portugal


(1500-1558) (1503-1539)

Margarita Felipe || Marla X Juana X Don Juan


de Parma (1527-1598) (1528—1606) Fernando (1535-1573) Juan de Austria
(1522-1536) = (ー548) (1530) 二 (1553) (1537) (1547-1578)
Maximiliano ll _ Juan de __
Emp rador Portugal

Alejandro Sebastián l
Farnesio (1554-78)
(1545-1592)

Anna Rodolfo II Ernesto Isabel Matías Wenzel Maximiliano Alberto


(1549-1580) (1552-1612) (1553—1595) (1554-1592) (1557-1519) (1558—1578) del Tirol (1559-1621)
(1558-1618)

FUENTE: H. Kamen, Felipe de España, Siglo XXI, Madrid, 1997, sp.

CUADRO 6.1. Lafamília de Carlos V.


164 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

vincias a las doce heredades en los PaísesBajos y, tras diversas vicisitudes entró en
poses1911delducadodeMilan Ya al final del reinado, la ocupación de Siena constitu—
yó la base para elestablecimiento de guarniciones españolas en los presidios de la cos-
ta de Toscana y en la vecina isla de Elba, cedidos por el duque de Toscana, como com—
pensación por la entrega de Siena, realizada ya bajo el reinade de Felipe ll. Tampoco
el norte de África se libró de la intervención militar carolina, aunque al final del reina-
do ese dominio se encontrase en franca regresión.
La unión personal de este extenso y heterogéneo conjunto —al que habitualmen—
te llamamos Imperio caroline, aunque en la época fuese conocido simplemente como
Monarquía— se basó fundamentalmente —excepción hecha de los territorios ex—
traeuropeos, a los que se aplicaron los patrones administrativos vigentes en Europa—
enla conservación de las 1nst1tucionesde cada uno de SUS integrantes. Quedaba confi-
guradaasíuna Monarquíaplural o compuesta —el Imperio caroline—, constituida a
Mpollticas compuestas, como la Monarquía hispánica
su vez por otras formamones
Como príncipe detodas ellas, Carlos procuró evitar ausencias demasiado prolongadas
mediante continuos desplazamientos de uno a otro territorio. Como práctica comple—
mentaria a sus muchos viajes, se sirvió con frecuencia de miembros de la familia para
que gobernasen sus Estados en los intervalos en que se veían privados de la presencia
de su soberano. La emperatriz Isabel y su hijo Felipe en España, su hermano Fernando
en el Imperio su tía paterna Margarita y su hermana María en los Países Bajos, etc,
trataron de hacer más llevadero el inevitable absentismo del Rey——Emperador. Si estos " ゝ̀l
dos procedimientos procuraron paliar la vastedad del Imperio carolino, su dispersión
forzó al César a controlar las rutas de comunicación entre las piezas que lo integraban,
con el fin de evitar peligrosos aislamientos.

2. El complejo organigrama institucional de la Monarquía hispánica

Si nos centramos en el ámbito de la Monarquía hispánica, el dominio de Carlos l


se extendía, al inicio de su reinado, por la península Ibérica (excepción hecha de Por—
tugal) y por una serie de tierras e islas diseminadas por varios continentes y mares. En
la Europa mediterránea, fruto de la expansión medieval de la Corona de Aragón, po—
seía el archipiélago balear y, más allá, las islas de Cerdeña y Sicilia, además de Nápo—
les, apéndice meridional de la península Itálica También en el Mediterráneo, pero ya
en el continente africano, Carlos había heredado una serie de enclaves costeros —los
llamados presídios africanos—, como Melilla, Orán, Bugia, Tripoli, etc. En el océano
Atlántico, frente a las costas occidentales alricanas las islas Canarias habían servido
de trampolín para saltar a tierras americanas, en las que la expansión llevada a cabo
durante el reinade de Carlos 1 será espectacular. A esta herencia netamente hispana se
agregarán, por decisión personal del Emperador, el ducado de Milan y les Pa1ses Ba—
les. Si en 1540 Carlos de Austria concedía a su hijoel principe Felipe la investidura de
Milan, seis años más tarde le nombraba duque de Milán, como recompensa _según
Fernández Álvarez— al apoyo español en la primera guerra de la Smalkalda. Sólo dos
años después, en 154,849] César tomaba una decisión similar respecto alos Países Ba—
j_os. Evidentemente, laradscripcion de estos dos territorios al bloque hispano carecía de
equidad, sobre todo si tenemos en cuenta que históricamente habían mantenido rela—
LA NUEVA MONARQUÎA DE LOS HABSBURGO. CARLOS 1 (1516— 1556) 165

ciones más estrechas con el bloque germánico. La formación de este último se remon-
ta a 1521, cuando el Emperador cedió a su hermano Fernando los dominios patrimo—
males de los Habsburgo conocidos como Archiducado de Austria. Elmismo Fernan—
do diez años después, recibió el título de rey de romanos es decirfuturo candidato
por los Habsburgo a la dignidad imperial. Sin embargo, a la altura de la década de los
cuarenta Carlos V parecía dispuesto a compensar a su hijo por aquella insólita deci-
sión tomada años atrás de formar dos bloques con su herencia. Todavía el Emperador,
en el curso de las conversaciones familiares que tuVieron lugar en la ciudad de Augs—
burgo entre 1548 y 1551, trataría de mejorar al príncipe Felipe, aunque en esta ocasión
sin consecuencias, como tendremos ocasión de comentar.
En todos los territorios hispanos, Carlos L como habían hecho los Reyes Católi—
c,os se comprometió a respetar su tradicionalorganlzacion administrativa. No obstan—
te, la formación de la Monarquía hispánica por los Reyes Católicos, como consecuen—
cia de la asociación de las Coronas de Castilla y de Aragón (1479), había implicado ya
ciertas modificaciones, como la institucionalización de la figura del virrey en los terri—
torios de la Corona aragonesa para supliriel habitUal absentismo regio, tras el estable—
Cimiento de la Corte en Castilla. El advenimiento de un titular único, no sólo para la
Monarquía hispánica sino también para otros territorios, hizo que la Corona de Casti—
lla, aunque en menor medida que la Corona de Aragón en tiempo de los Reyes Católi—
cos, se viese afectada por el absentismo de Carlos de Habsburgo. La Corte carolina ex—
perimentó cambios, pues, en su ubicación —esencialmente errática— pero también
en su composición. Integrada en un principio sobre todo por flamencos, evolucionó
hacia una composiciôn más compleja, en la que tuvieron cabida miembros de distintos
territories, castellanosen notable proporción, cumpliendo así el compromiso de inte—
grar a las elites castellanas, manifestado en las Cortes de Valladolid de 1523.¿
Por lo demás, Carlos I respetó y consolidó el entramado institucionállegado por
sus abuelos los Reyes Católicos. Ello hizo que encontrase más trabas para desenvolver
su labor de gobierno en los territorios de la Corona de Aragón —con una fuerte tradi—
ción pactista— que en los de Castilla. En esta línea semanifestó el profesor Elliott, al
afirmar que los reyes españoles del siglo XVI pudieron comportarse simultáneamente
en muchos aspectos como absolutos en Castilla y como constitucionales en los esta—
dos de la Corona de Aragón. Es evidente lo pedagógico de esta contraposición, pero
ha sido llevada por algunos demasiado lejos, proporcionando la imagen de un poder
regio que se ejercía en la Corona de Castilla sin limitación alguna y que, en cambio, en
la Corona de Aragón encontraba trabas casi insalvables para su desarrollo. Nada más
lejos de la realidad. Tanto en la Corona de Castilla como en la de Aragón el monarca,
como señaló Luis García de Valdeavellano, no sólo se hallaba coartado por el hecho
de deber someter sus actos a una conducta moral, sino también por las leyes mismas.
Negarlo para Castilla supondría defender la ausencia de responsabilidad del soberano
ante sus súbditos castellanos o, dicho de otra forma, admitir que éstos se encontraban
absolutamente inermes ante el libérrimo voluntarismo regio. Afortunadamente, estu—
diosos de estas cuestiones han ido aproximando posiciones, al señalar los límites tanto
del supuesto absolutismo en la Corona de Castilla —como ha hecho Pablo Fernández
Albaladejo— como del teórico constitucionalismo en la Corona de Aragón.
La organización político—administrativa de ambas Coronas, presidida por el régi—
men polisinodial inaugurado por los Reyes Católicos y ampliado por su nieto, es trata—
166 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

da en el capítulo 7 de esta misma obra. A él remitimos para conocer los organismos


unipersonales y colegiados que encabezaron la administración pública de la plural
Monarquía hispánica y, asimismo, para saber los equipos y personas que actuaron de
principales consejeros de Carlos de Austria.

3. Las revueltas de comienzos del reinado: Comunidades y Germanías

Pese a que el sustancial continuismo en materia institucional parecía contribuir a


garantizar un relevo pacífico, el principio del reinado de Carlos 1 en España presenció
graves alteraciones. Es cierto que el origen de las mismas se remontaba a años atrás,
pero encontraron en el cambio de titular de la Monarquía una oportunidad para aflorar
Siempre los relevos de poder han generado muchas expectativas y, lógicamente al
poco tiempo muchas esperanzas defraudadas.
Desdelamuerte de Isabel la Católica (1504) no soplaban buenos vientos en Cas—
tilla, que en pocos años presenció excesivos cambios de poder. La llegada de Carlos 1
no hizo sino complicar aún más la situación. Extranjero; con un séquito básicamente
extranjero también, entre el que repartiórelevantes cargos de la Administración y de
la Iglesia sObre los que 105 castellanos creían poseer mayores derechos, demasiado
ávido de dinero, que obtuvo en las Cortes de Valladolid de 1518 y en las de La Coruña
de 1520; y excesivamente preocupado por ser coronado Emperador; cuando Carlos I
zarpó de La Coruña, el 20 de mayo de 1520, dejando como regente a su antiguo pre—
ceptor Adriano de Utrecht, se alejaba de una Castilla descontenta y recelosa Después
de varios incidentes, de los que fueron víctimas algunos de los procuradores de las
Cortes de La Coruña, la ciudad de Toledo, arrogándose funciones de competencia re—
gia, convocó a los representantes en Cortes a una juntaextraordinaria en Àvila (julio
de 1520). A pesar del escaso eco de la convocatoria, en Ávila se nombró una Junta rec—
tora y se manifestó la frontal oposición al servicio votado en las Cortes de La Coruña y
al nombramiento de Adriano de Utrecht como regente. Frente a la postura conciliado-
ra sostenida por éste se impuso la del presidente del Consejo Real, el arzobispo Anto-
nio de Rojas, decidida a castigar a los rebeldes. Segovia, primero, Medina del Campo,
después, sufrieron las represalias del ejército imperial. El incendio de esta última en
agosto de 1520 sirviô de detonante para la movilización general de las ciudades caste—
llanas. Juan de Padilla por Toledo, Juan Bravo por Segovia y Pedro Maldonado por
Salamanca, elevados a la jefatura del movimiento comunero, tras apoderarse de Tor-
deSiÎlas, trataron sin éxito de atraer a su causa a la reina Juana Trasladada la Junta a
Tordesillas (septiembre de 1520), en donde empezó a denominarse Santa, surgieron
desavenencias entre el sector moderado, dirigido por la ciudad de Burgos, proclive a
proponer al Rey una serie de reformas, y el sector radical, encabezado por Toledo, par—
tidario de someter el poder real al control de la Junta. La disparidad deintereses entre
las ciudadesexportadoras de lana y las de la industria lanera latíaenesta rlvalidadLa
retirada de Burgos de la Junta Santa marcó el ocaso de la rebelión. Sólo a punto de
concluir el año 1520, las Comunidades, básicamente urbanas, se difundieron por algu—
na zonadel espacio rural,ien donde adoptaron un sesgo antiseñorial.

bierno del regentea] almirante y al condestable de Castilla, y la alarma de la nobleza


LA NUEVA MONARQUÎA DE LOS HABSBURGO. CARLOS 1 (1516-1556) 167

castellana ante la radicalización de una revuelta que amenazaba ya sus intereses pro—
piciaron la aproximación entre el Rey y los nobles castellanos. Juntos aplastarianla
'Jrevueltaen una serie de acciones militares, entre las que destacan la conquista de Tor—
desillas, con el consiguiente traslado de la Junta Santa a Valladolid (diciembre de
1520) y la Victoria de Villalar (abrilde 1521), seguida de lagLecución delos principa—
les líderescomuneros. El último coletazo lo protagonizó la ciudad de Toledo, en don—
de la viuda de Padilla y el obispo Acuña resistieron hasta febrero de 1522. Teniendo
en cuenta que una de las reivindicaciones fundamentales de la revuelta comunera ha—
bía sido dotar a las Cortes de una convocatoria regular, su derrota supuso un duro gol—
pe para las ya debilitadas Cortes castellanas.
También la Germania valenciana hundia sus raices en el reinado de Fernando el
Catölico, hasta el punto de que la crisis de subsistencias de 1503 ha sido considerada
como el preludio de la revuelta agermanada. Una sociedad integrada por un numeroso
sector rentista (promocionado por los préstamos demandados por la Corona), con de—
sajustes en la jerarquía gremial, con pugnas soterradas por el control del poder muni—
cipal... acabó manifestando su disgusto. En el verano de 1519 la coincidencia de la po—
sibilidad de un ataque argelino, de la llegada de la peste y de la huida de las autorida—
des de la ciudad de Valencia buscando lugares más a resguardo del contagio, impulsó
a los gremios a solicitar armarse para la defensa de la capital del Reino. Una embajada
fue destacada a Barcelona para entrevistarse con Carlos de Austria, quien reconoció el
armamento de los menestrales, legalizando así la Germania. Dicho armamento, en
realidad, iba orientado a intimidar a la nobleza y a las oligarquías municipales, a quie—
nes acusaban de insolidaridad y de presionar sistemáticamente a la justicia para de—
cantarla en su favor. Los gremios, tras obtener el permiso de armarse, constituyeron la
llamada Junta de los Trece a finales de 1519. Los principales líderes agermanados, el
pelaire Joan Llorens, el tejedor Guillem Sorolla y el mercader Joan Caro, en la misma
línea pro—regia, se comprometieron a intentar que se aceptase el preceptivo juramento
real por medio de persona interpuesta. Porque Carlos I, al conocer su nombramiento
como Emperador, salió de España sin haber prestado ni recibido el juramento de los
valencianos. Pero antes de partir envió a Valencia a Adriano de Utrecht a recibir el ju—
ramento y nombró a Diego Hurtado de Mendoza, conde de Mélito, como virrey. La
primera acción de los agermanados, nada más llegar el conde de Mélito, fue colocar en
el nuevo gobierno municipal de Valencia a un artista y a un menestral como jurados.
Se trataba de una vieja aspiración, opuesta a que los seis puestos de jurados, que cons—
tituían el poder ejecutivo municipal, fuesen monopolizados por la nobleza y las oligar—
quias urbanas. La salida del virrey de la capital, la extensión de la Germania por gran
parte del Reino de Valencia y la radicalización de la revuelta se produjeron en un corto
espacio de tiempo. El Rey, abandonando su ambiguedad inicial, se decantó por las eli—
tes, amenazadas por el radicalismo agermanado.
El año 1521 marca el principio de las operaciones militares. En el mismo mes de
julio el ejército realista se imponía en Oropesa y en Almenara, y las tropas agermana—
das, al mando del radical Vicent Peris, vencían en Gandia, procediendo al bautismo
forzoso de los mudéjares, vasallos de los señores terratenientes. Pero, poco a poco, la
situación se fue restableciendo; los gremios fueron excluidos de la elite del gobierno
municipal y Vicent Peris murió cuando trataba de reavivar la Germania en la capital
del Reino. Los últimos focos de resistencia en Játiva y Alcira, con la aparición del
168 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

Encubierto, supuesto hijo del principe Juan y, por tanto, nieto de los Reyes Católicos,
acabaron por apagarse. Del castigo de los agermanados se encargó la reina Germana
de Foix, nombrada Virreina en 1523 para suceder al conde de Mélito. El único logro de
la Germania fue la legalización del bautismo de los mudéjares ——que habían luchado
al lado de sus señores contra los agermanados—, a los que en 1525 se puso en la tesitu—
ra de convertirse o emigrar, siguiendo el ejemplo castellano de 1502. Los disconfor—
mes con la medida se alzaron en armas, pero fueron reducidos por las fuerzas del du—
que de Segorbe en la sierra de Espadán (1526).
También en Mallorca los gremios constituyeron la base de la Germania —a la que se
sumaron los campesinos— frente a la nobleza, que buscó refugio en Ibiza y en la plaza de
Alcudia. Entre los motivos de queja de los agermanados mallorquines sobresale el incre—
mento de la presión fiscal, para pagar los intereses de la deuda pública, y la concentración
de la propiedad en manos de la oligarquía ciudadana. En Mallorca, como en las Comuni—
dades de Castilla y en la Germania de Valencia, el movimiento pasó de manos moderadas
(el pelaire Joan Crespi) a radicales (Joanot Colom). La capitulación de Mallorca en marzo
de 1523 marcó el final de la revuelta, seguida de una dura represión.
En todos los casos, la radicalización de los movimientos subversivos había arro—
jado a las elites sociales en brazos de la Corona, que, en última instancia, salió favore—
cida de estas confrontaciones, al demostrar a la nobleza y a las oligarquías urbanas que
sólo con su alianza podían liberarse de las iras populares.

4. Los imperios de Carlos V

Este inusual epígrafe se sitúa en el lugar que solía ocupar el clásico de la idea im—
perial de Carlos V, omnipresente en casi todos los estudios sobre Carlos de Habsbur—
go. La pretensión de semejante cambio es descargar de contenido ideológico el con—
cepto de Imperio, para llevarlo al terreno de lo pragmático. Es evidente que el titulo de
Emperador correspondió a Carlos V exclusivamente en su calidad de supremo jerarca
del Imperio alemán. Pero también el término Imperio ha servido para designar otras
formaciones, de creciente complejidad, como son el llamado Imperio carolino (con—
junto de territorios —inc1uido el Imperio alemán— puestos bajo el dominio de Carlos
de Gante) y el conocido como ImperioUnlversalde la Cristiandad o Universitas
Christiana(suma del Imperio carolino y de los restantespaises pertenecientes a prin—
cipes cristianos). CarlosdeHabsburgo titular del Imperio alemán y del resto de los te—
rritorios del denominado Imperio carolino, trató de liderar también el Imperio Univer—
sal de.laCristiandad. En este sentido, el Rey—Emperador procuró capitalizar su posi—
ción en los dos primeros Imperios aludidos para dirigir el tercero.
Pero, vayamos por partes. El título de Emperador de Alemania entrañaba para su
poseedor, desde el punto de vista jurídico, una superioridad sobre los demás sobera-
nos cristianos; lo que se plasmaba, por ejemplo a efectos de protocolo, en su preceden—
cia respeCto al resto de los monarcas. No obstante, la carga de autoridad que había
acompañado al título imperial en el Medioevo se encontraba en franca retirada al co—
menzar la Edad Moderna. En efecto, durante algún tiempo, la organización de la Cris—
tiandad se pretendió resolver mediante las tareas de arbitraje, asumidas por el Papa y
por el Emperador, supremas entelequias en el'plano religioso y politico, respectiva—
LA NUEVA MONARQUÎA DE LOS HABSBURGO. CARLOS 1 (1516—1556) 169

meme de la Europa cristiana. Esta misión <<supranacional» entró claramenteen crisis


en el siglo XiV,110 9910 por la falta deentendlmlento entre ambas potestades, sino tam—
bien por las consecuencias derivadas del traslado de la Santa Sede a Aviñón o del Gran
asma que se abatió sobre ella. Pero el golpe de gracia 10 recibieron, tanto el pontífice
como C]emperador,a Comienzos de la época moderna. Las llamadas nuevas Monar—
quías rechazaron la ingerencia en sus asuntos internos de poderes situados fuera de sus
fronteras, liberándose progresivamente de la tutela imperial y pontificia. Respecto a
esta última, la aparición de auténticas Iglesias nacionales contribuyó a mermar un po—
der, que los ganados a la causa luterana repudiaron. Pero, además de negar la primacía
pontificia, los luteranos acabaron alzándose en armas en defensa de su religión y de
las libertades germánicas frente a los intentos centralizadores y autoritarios del Empe—
rador. La religiôn, como tantas otras veces lamentablemente a lo largo de la historia,
se convir1i9 en bandera de reivindicación política. De esta forma, el César se encontró
con la ºposición de'/herejes yrebeldes, al mismo tiempo, en el seno del Imperio ale—
mán. Para evitar la'peligrosa simbiosis entre lo religioso y lo político se imponía re—
componer la unidad de la Cristiandad; para lo cual Carlos V adoptó una política de cla—
ro signo conciliador e incluso cesaropapista, al llegar a acuerdos con los protestantes
que‘ invadían el terreno reservado a la Santa Sede. Este talante dedialogo ha converti—
doa Carlos en paradigma del 91a9mi9m0político; aunque, forzando algo las cosas, po—
dría afirmarse que el de Gantehubiera sido erasmista aun sin Erasmo, siempre que el
término erasmista lo apliquemos —como frecuentemente se ha hecho— no sólo al se—
guidor de las doctrinas del humanista de Rotterdam, sino a cualquier persona adscrita
a una corriente depensamientoproclive a la moderacronyal diálogº ¿Participaba en
realidad Carlos V de CSC talante o lo adoptó interesadamente? Aun sin desdeñar la
fuerza de los ideales, el mundo de intereses debió de pesar en elanimo del Emperador.
No obstante lo acabado de indicar, Carlos reivindicó la autoridad imperial —ya
en claro retroceso— por cuanto lo situaba en el primer puesto de los reyes de la Cris-
tiandad; una autoridad que se sustentaba, además, en el poder que le confería ser la ca-
beza visible del vasto Imperio carolino. La incuestionable hegemonía de este hetero—
géneo Imperio en la Europa de su tiempo fue sustentada por sus distintos integrantes,
pero, básicamente,por la Monarquía hi.spánica Sobre ellagravitó desde muy_ pronto

panización del césar Carlos no pudo ser,en parte la respuesta agradecida ala c9nvic—
ci9n de que los subdltos 99e Monarquía ——los castellanos, especralmente—SCha—
bían convertido en la columna vertebral de sus dominios, por el volumen de sus apor—
taciones hum21nas y económicas a las empresas generales del Imperio carolino. Ahora
bien, este Imperio planteaba problemas, de casi imposible solución, derivados de 121
dificultad de armonizar la proyección exterior de cada una de las piezas de este con—
junto tan diverso con la de las restantes. En efecto, a partir de su asociación en la per—
sona de un soberano común no cabían orientaciones diplomáticas diferentes; lo que
suponía para el César renunciar a aquellas actuaciones que pudiesen poner de mani—
fiesto los intereses a veces encontrados del conjunto carolino. Sólo teniendo en cuenta
estas premisas se puede comprender el conservadurismo territorial (sólo desmentido
por su intento ——abandonado 911 1529 de recuperar Borgoña) alentado por Carlos V
en la Europa cristiana y que tanto difiere de la política expansiva llevada a cabo por
otras potencias hegemónicas en coyunturas diferentes.
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LA NUEVA MONARQUÍA DE L SHABSBURGO. CARLOS 1 (1516-1556) 171

Lamejor manera de evitar confrontaciones entre soberanos cristianos, que pu—


diesen conllevar cambios hegemónicos indeseables, era comprometlendolos en una
aCC{C』conjuntaguiada por el propio Emperador“contra el enemigo común. Por esola
fªicontra el inlìelaparecía como la mejor empresa hacia la quecanalizar los1m—
petus del Ímperio Universal de la Cristiandad. Liderar la lucha contra el Islam podía,
además, proporcionar a Carlos V un prestigio moral que agregar a su supremacía jurí—
dica sobre el resto de los príncipes cristianos-,eiisu calidad de emperador, y a la pre—
ponderancia fáctica de su Imperio carolino en el tablero internacional. Desde esta
perspectiva esencialmente posibilista, no parece inadecuado afirmar que el César fue
un cruzado más quizá por conveniencia que por convicción Así parece demostrarlo,
además, el hecho de que reiteradamente el Emperador pospusiese la cruzada contra el
Islam para frenar las ansias expansionistas de otro monarca cristiano, como era el rey
de Francia. Pero su proyecto de una Cristiandad cohesionada y en paz, dirigida por él
mismo en su enfrentamiento contra el Islam, fracasó por motivaciones de naturaleza
diversa. De una parte, las frecuentes desavenenc1as entre el Papa y elEmperador no
contribuyeron precisamente a crear ese clima de entendimiento garante del éxito de la
empresa. Tampoco Carlos V logró la aquiescencia de todos los príncipes cristianos a
su proyecto. Francia, fundamentalmente, lejos de aceptar el liderazgo del Emperador
sobre la Universitas Christiana, le disputò su hegemonía en Europa.
En consecuencia, y para concluir, la práctica —mejor que la idea— imperial fue
fruto, más que de la plasmación de una construcción ideológica perfectamente planifi—
cada, de la adaptación a las circunstancias propias y del entorno. Sin embargo,_Car—
los V acabaría fracasando en los que habían sido susobjetivos básicos en cada uno de
esos tres Impe1iQs, que hemos mencionado: reintegrar la unidad confesional del Impe—
rio alemán, mantener el slam quo Qn la Europa cristiana y liderar una magnacruzada
contra el Islam.Si en elprimer casofueron los príncipes protestantes alemanes le que ′
SC interpusieron en su camino, en los otros dos lue Francia la principal responsable de
la ruina de los proyectos carolinos.
La participación española en estos designios imperiales fue de notables propor—
ciones. Y lo fue, no sólo en las cuestiones relativas al Imperio carolino y al Imperio
Universal de la Cristiandad —imperios ambos virtuales—, de los que la Monarquía
hispánica era parte integrante, sino incluso en las que afectaban al Sacro Imperio Ro—
mano Germánico —el único real— del que no formaba parte.

5. Los principales adversarios

Si en el terreno de la política interior Carlos de Gante pudo conservar la diversi—


dad administrativa de las distintas entidades políticas puestas bajo su soberanía, las
cuestiones de política exterior exigíanunaunidad (1Q_criterio(_intodas laspiezas del
_ conjunto caroline, bastantedifícil de conseguir, como se ha indicado antes. Ello Obli—
gó a Carlos Va reducir el potencial radio de acción de su política exterior a los ámbi—
tos o cuestiones en los que el consenso de los integrantes del entramado carolino fuese
la nota dominante. Y eso es lo que venía ocurriendo desde la Edad Media respecto al
poder islámico, contra el que la Europa cristiana había desplegado su espíritu de cru—
zada, versión cristiana de la guerra santa musulmana. Es cierto que esa rivalidad cris—
172 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

tiano—islámica no se mantuvo por todos los países europeos con la misma intensidad a
lo largo del tiempo. Intereses económicos, estratégicos o politicos indujeron en oca—
siones a monarquías cristianas europeas a aflojar esa oposición estructural e, incluso,
a entablar relaciones oficiosas con el Imperio turco o con alguno de sus correligiona—
rios norteafricanos para obtener ciertos beneficios. Ahora bien, desde el horizonte
mental de la época, esta confrontación de base religiosa (aunque con otras muchas
connotaciones) resultaba irreprochable y así lo avalaban los tratadistas del derecho de
gentes al calificarla de guerrajusta.
Algo similar sucedió, ya en plena Edad Moderna, cuando la ruptura de la Cris—
tiandad europea enfrentó a católicos y protestantes. Carlos V, convertido en cabeza
del sector católico, después de fracasar reiteradamente en el intento de una aproxima—
ción pacífica, se opuso por las armas a los príncipes protestantes del Imperio alemán,
tratando al mismo tiempo de evitar la secesión cristiana y de sofocar la rebeldía de
aquellos súbditos que, enarbolando la bandera del protestantismo, se convirtieron en
paladines de las llamadas libertades germánicas. Pero el fracaso del César, junto con
la expansión de la ideología protestante a nuevos ámbitos geográficos acabó fragmen—
tando a Europa en dos bloques enfrentados. Aunque la oposición religiosa entre cató-
licos y protestantes fuese interferida frecuentemente por intereses de otra naturaleza,
hay que situarla también en el terreno estructural de las antipatías naturales.
Sin las connotaciones religiosas, acabadas de aludir larivahdadcon Francia
constituyó otro de los pilares básicos de la política exterior carolina. Aunque,fren—
te al cristianísimo rey de Francia, su católica majestad Carlos I de España no pu—
diese esgrimir incompatibilidades religiosas, muchos otros motivos venían en—
frentando a los súbditos de ambos soberanos. En el espacio de unos pocos años (de
1515 a 1519), Francia quedó materialmente cercadaporposesrones pertenecientes
a un único titular Carlos51e Gante.Los Países Bajos, el Franco—Condado, el Impe-
rio aleman, la Monarquía hispánica, constituían uriférreo cinturón que conStreñía
a Francia por el norte, el este y el sur, es decir, por todo el perímetro de su frontera
terrestre. En esta situación era lógico que, mientras Carlos V pretendía mantener y
hasta estrechar el cerco (sobre todo con su reclamación de Borgoña, incorporada
años antes a la Monarquía francesa), sus coetáneos galos, Francisco l y su hijo
Enrique II, tratasen de romper o de llevar a posiciones más alejadas ese agobiante
caparazón A este motivo fundamental de divergencia se unía el de la rivalidad por
tierras de Italia, que ya había enfrentado a aragoneses y angevinos durante buena
parte de la Edad Media y que se había saldado, en general, de forma favorable a la
Corona de Aragón, antes de integrarse en la Monarquía hispánica a comienzos de
los tiempos modernos.
Islámicos, protestantes y franceses aparecen, pues, como los principales enemi—
gos a batir en el horizonte de la política exterior carolina. El planteamiento, muchas
veces simultáneo, de estas rivalidades obligó al emperador a dividir sus fuerzas o a
apaciguar momentáneamente un frente para concentrar su capacidad ofensiva en otro.
Conviene destacar que, ente] orden deprioridades seguido por Carlos V a lo largo de
su reinado, el enfrentamiento con elturco no se sitúa en primer lugar, como podría de—
ducirse de esañimagen estereotipada de un Carlos de Gante campeón de la Cristiandad
contra el Islam. El primer puesto en las preocupaciones internacionales del César lo
ocuparon sin duda los franceses, seguidos de los turcos y berberiscos y, en última ins-
LA NUEVA MONARQUÍA DE LOS HABSBURGO. CARLOS 1 (1516—1556) 173

\ “:,”

Ámsterdam

GUELDRES
1543

REINO DE FRANCIA

FUENTE: M. Artola (dir), Emiclopledia de Historia de Espana, Alianza,


Madrid, 1993, Vl, p. 926.

MAPA 6.2. Las ”províncias de los Países Bajos.

tancia, de los protestantes. El afortunado título de la obra del profesor Sánchez Mon-
tes, Fram-eses” protestantes у turcos.. ., podría modificarse ligeramente para plasmar
ese orden de prioridades, intercambiando los dos últimos términos de la trilogía. En
todo caso, la confrontación más intensa y prolongada la sostuvo el Rey—Emperador
con un país con el que existía una coincidencia confesional y se desarrolló a lo largo de
una amplia frontera, a la que hace tiempo denominefrontera política para distinguirla
de las otras dos fronteras con trasfondo religioso, a las que el profesor francés Chaunu
había calificado dejrontera de cristiandad (con los musulmanes o inlieles) y defron—
tera de catolicidad (con protestantes o herejes).
Aunque respecto a estos tres objetivos básicos la coincidencia de pareceres de los
súbditos de los distintos dominios carolinos (excepción hecha de una parte de los ale—
manes) parecía asegurada, no a todos interesaban en la mismamedida. De ahí que, de—
pendiendo del momento la política exterior asumida por Carlos V sintonizase más
con unos paísesquecon otros. Lo que sí es cierto es que la mayoría de las guerras sos—
tenidas por el Emperador, al margen de a quién pudieran interesar más en cada oportu—
nidad, presenciaron la colaboración de los diferentes súbditos de Carlos de Gante, que
contribuyeron a ellas con aportaciones económicas y humanas. Por eso resulta tan di—
174 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

fícil, por no decir imposible, distinguir inequívocamente lo que corresponde a la polí—


tica exterior de cada uno de los Estados que integra el conjunto carolino.
Desde la optica estricta de la Monarquía hispánica o católica, la confrontación con
Francia revistió, sin duda, la mayor gravedad. El segundo puesto lo ocupa el enfrenta—
miento con el Islam más persistente el protagonizado por los berberiscos, más peligroso,
pero también más esporádico el librado con el Imperio otomano. No en balde, muchas de
las ofensivas de los norteafricanos se inscriben dentro de la modalidad de la guerrilla,
mientras que las de los turcos responden a las características de la guerra convencional. En
el plano de las realidades concretas, sin embargo, no siempre fue posible mantener esta
sencilla distinción por el hecho de que berberiscos y turcos actuaron a veces de comûn
acuerdo. Por su parte, la rivalidad con los principes protestantes alemanes constituyó para
España un problema secundario, respecto a los acabados de mencionar; puesto que el inte—
rés hispano en dicha pugna se limitaba a las consecuencias ideológicas que de ella se pu—
dieran derivar, permaneciendo bastante ajeno a las incuestionables repercusiones políticas
que podía suponer para el Reich. A pesar de ello, hombres y dinero hispano hicieron acto
de presencia en la lucha entre el Emperador y los príncipes protestantes de su Imperio.

6. Una posible periodización de la política exterior

Ciertamente, Carlos V tuvo que hacer frente a otros oponentes a lo largo de su


reinado, pero el pulso con ellos revistió un carácter bastante más coyuntural que el li—
brado en las tres «fronteras» acabadas de mencionar. Precisamente, en función de la
actuación independiente o coordinada de los poderes situados tras estas fronteras, he—
mos dividido la política exterior del Rey—Emperador en cuatro etapas. Durante la pri—
mera y la tercera, las principales fuerzas anticarolinas actuaron de forma separada, en
la segunda y en la cuarta se unieron para oponerse al enemigo común. Pero no es éste
el único elemento que les confiere personalidad; las cuatro están separadas entre sí por
acontecimientos de relieve, reflejan el proceso de maduración personal de Carlos de
Gante y de evolución de su entorno, se desarrollan preferentemente en ciertos ámbitos
e, incluso, se saldan de forma progresivamente negativa para los intereses carolinos.
Teniendo en cuenta que nos interesa captar la política exterior de Carlos básica—
mente desde la perspectiva de la Monarquía hispánica —a pesar de la antes aludida
casi imposibilidad de distinguir la política exterior española del conjunto de la política
exterior carolina— la primera etapa abarcaría desde1516 (año de su proclamación
como Carlos I) a 1530 (año de su coronación imperial en Bolonia y de la Dieta de
Augsburgo) SoiiTõsaños de un Carlos de GanteJoven, un tanto inexperto al principio
e influido por los consejeros de primera época Nos muestran también a un Carlos de
talante conciliador, muy dentro de la línea erasmiana, decididoa resolver por la vía del
dialogo en sucesivas Dietas las divergencias surgidas con Lutero y SUS seguidores en
elseno del Imperio alemán. Yadurante esta década ymedia hacen acto de presencia
los tres principales rivales de Carlos, antes mencionados, pero lo hacen de forma des—
coordinada. Con dos de ellos, franceses y musulmanes, se libran encuentros armados,
con los luteranos sólo dialécticos. Los principales frentes de lucha se sitúan en Italia
contra la Monarquía francesa y en la cuenca danubiana contra el Imperio otomano;
ámbito este último de vital importancia para el Imperio alemán, pero secundario desde
LA NUEVA MONARQUÍA DE LOS HABSBURGO. CARLOS I (1516—1556) 175

la Ôptica estricta de la Monarquía española. Para ésta la disputa por Milán constituye
el eje básico de la política exterior de estos años, con lo que Francia se convierte para
Carlos I en el principal enemigo a batir. El saldo de esta fase para el Emperador puede
considerarse positivo, con la batalla de Pavía como victoria más significativa.
La segunda etapa, de duración similar a la anterior, arrancaría lógicamente del fi—
nal de la etapa precedente ( 1530) para concluir en 1544, con la firma de lapaz de Crépy
con Francia. Carlos, ya eñíjlenitUdvital, se libera del influjo de los consejeros de los prié
“mercé años. La muerte del gran canciller Mercurino Gattinara ( 1530) provoca el acceso
de un nuevo equipo de consejeros aúlicos, en el que el componente hispano cobra relie—
ve. La desaparición de antiguos consejeros, junto con la propia evolución de las circuns—
tancias ambientales, empiezan a hacer fracasar el clima conciliador que había caracteri—
zado la primera fase. Pero, sobre todo, esta segundaetapa es testigo de la primera coor—
dinación de las fuerzas antiimperiales, con—la aproitimación de la Monarquía francESa al
iÍrfiperio turco y a los príncipes protestantes alemanes. Es el peripdonlediterranep por
excelencia y, por eso mismo, el más específicamente hispano de los cuatro, por cuanto
el Mediterráneo occidental acoge la pugna de Carlos I con Francia y con los berberiscos,
aliados de la Sublime Puerta. En el balance final se entremezclan éxitos notables, cºmo
el de Túnez, y algún fracaso, como el de Argel, aunque parecen predominar aquéllos.
′ Tanto la tercera como la cuarta fase alcanzarían un menor desarrollo cronológico
respecto a las dos anteriores, pero muy similar entre sí. La tercera se inscribe entre
1544 y 1551, año en que los Habsburgo, traslargas y__ complejas conversaciones, lle—
gan a un acuerdo familiar respecto a la sucesión_en)el____ _Vper'ho. Un Carlos en plena ma! `
` durez se resiste alaceptar” lo evidente, es decir, la ruptura de la Cristiandad. De nuevo la
descoordinación de los enemigos del César es la nota dominante, tras la renuncia de
Francia en Crépy a continuar la alianza con el Imperio turco, con el que Carlos, por su
parte, llega a suscribir treguas. Esta Situación de mayor distensión en la frontera con
Francia y con el mundo islámico permite al Emperador concentrar sus energías en el
ámbito alemán. El primer plano de la actualidad internacional se trasladó, pues, a hori-
zontes alejados de la Monarquía hispana, lo que no fue óbice para que en ellos se hí—
ciese sentir la presencia española. Los reveses parecen pesar ya más que las victorias a
la hora de caracterizar esta etapa.
La cuarta fase, en fin, seprolongaentre 1545 1 xljâfi, año este ûltimo de la abdi—
cación de Carlósl'al'kt'ron'óiespañol. Un emperador, cansado y envejecíd0,se vio obli—
gado a reconocer al go a lo que reiteradamente se había negado, como era la ruptura de
la Europacristiana. De nuevofcomo había ocurrido en la'segunda, esta cuarta fase fue
testigo de la actuación combinada de los enemigos del César, representada en esta
ocasión básicamente porra aIiänZà'Hë'Îïranèia “ca““îô’s' Míticipes protestantes alema—
nes. La malt:Aplicación de frentesde cenflicto obligó alEmperadoriafuºriaiudíyersifica-
ción peligrosa, saldada de manera negativa. ”~

6.1. MUSULMANES, PROTESTANTES Y FRANCESES POR SEPARADO (1516—1530)

En el corto espacio de tiempo que media entre 1516 y 1521 las tres principales
fuerzas anticarolinas dejaron sentir su presencia en el horizonte de las preocupaciones
del Rey—Emperador, aunque independientemente.
176 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

Los primeros en dar muestras de inquietud fueron los turcos y berberiscos, contra
los que Carlos tomö ya algunas medidas y de los que soportó muestras de su peligrosi-
dad. La expansión del Imperio otomano en la Europa oriental se remontaba al si—
…glo XIV, pero fue la conquista de Constantinopla por el sultán Mahomet II en 1453 la
que dio un nuevo impulso al avance turco. En el mismo año de su proclamación como
rey de España (1516), aun antes de emprender el viaje que le harla entablar contacto
con sus nuevos súbditos, Carlos de Gante se adhirió a la Liga Santa, integrada por su
propio abuelo el emperador Maximiliano I y por el pontífice León X, con objeto de po-
ner l'reno a la amenaza otomana. Una amenaza a la que ese mismo año se sumó un
acontecimiento de consecuencias todavía imprevisibles, pero en todo caso negativas
para el futuro de la estabilidad en el Mediterráneo occidental: la ocupación por Horuc
Barbarroja de Argel, convertido a partir de entonces en punto de origen de muchas de
las operaciones de saqueo o _razzias perpetradas por norteafricanos contra intereses
hispanos. Tres años después, durante la estancia de Carlos en Barcelona, a donde ha—
bía acudido para celebrar Cortes, el flamantejoven rey tuvo que sufrir la humillación
111
de saber que flotillas berberiscas recorrian el litoral catalán con notable impunidad. “i
En 1517, con una diferencia de sólo unos días, Carlos I desembarcaba en el puerto
de Tazones (Asturias) y el fraile alemán Martín Lutero colocaba sus famosas 95 tesis en
la puerta de la iglesia del castillo de Wittemberg. En principio las propuestas de Lutero,
contrarias a la cuestión de las indulgencias para la construcción de la iglesia de San Pe—
dro de Roma, parecían el comienzo de una de tantas controversias religiosas, suscitadas
en la época por la dificultad de armonizar los deseos, muy extendidos, de una profunda
reforma de la Iglesia y el estado real de la institución eclesiástica, que se mostraba inca—
paz de encauzar dichos anhelos. Sin embargo, andando el tiempo, la reforma luterana
acabaría produciendo una ruptura sin retorno en el seno de la Cristiandad europea. Y a
ella muy pronto se sumarían otras, dirigidas por reformadores como Zwinglio o Calvi—
no, opuestos también a Roma, pero, a su vez, con discrepancias entre S{A la negativa de
Lutero de retractarse (1518), siguió la bula Exurge Domine (1520) del papa León X, en
la que se condenaban por heréticas varias de las proposiciones luteranas. (
Por último, la rivalidad personalentre Francisco I de Francia (15 15—1547) y Car—
los Ide España por su comûn aspiración a la dignidad imperial, vacante a la muerte de
Maxtmillano I (1519), se sùmô a otros motivos de oposición antes mencionados. Sin
'“〝C…ba{g。'CTenfrentamiento armado no se produjo hasta 1521. Ese año daba comienzo
la primera de las cuatro guerras sostenidas entre ambos monarcas, que encontraron en
territorio italiano el escenario idóneo para su desarrollo. Cuando Carlos I inicia su rei—
nado, en la península Itálica se acababa de establecer un cierto equilibrio entre Francia
y España, con el predominio de la primera en el norte —en donde Francisco I había
ocupado Milán (1515), amargando el final de la vida de Fernando el Católico— y el de
la segunda en el sur, gracias a su dominio de Nápoles, reforzado por el de las islas pró—
ximas de Sicilia y Cerdeña.
El año 1521 marca el inicio, ya que no de una actuación conjunta, S{ de la mani—
festación simultánea de las tres principales fuerzas anticarolinas, con la diversifica-
ción de lrentes que ello comporta Efectivamente, en 1521, mientras tropas francesas
_ p_re_sionaban en la lrontera con los Países Bajos y cón Navarra,yla Dieta de Worms
condenaba a Lutero al exilio y a sus obras a la quema, el sultán Solimán II el Magnifi—
co (1520— 1566) se apoderaba deBelgrado
LA NUEVA MONARQUÎA DE LOS HABSBURGO. CARLOS I (1516—1556) 177

De las tres oposiciones simultáneas, la sostenida con Francia captó el máximo


interés de los españoles. El pistoletazo de salida lo dio Francisco I con su ataque en la
primavera de 1521 __aprrgyçcrbêndg cllevantamientp comunero castellano— de Flan-
deíy' de Navarra, en la que el rey galo trataba de reponer a sus destronados monarcas.
La'reaccióninmediata de Carlos V fue atraer a su causa a Enrique VIII de Inglaterra
—cuyo apoyo se plasmarfíá'distintas Operaciones en el ”norte de Francia— y alpapa
León X, con quienes suscribió sendos tratados secretos. Tras los preparativos diplo—
máticos, tropas imperiales y pontificias conquistaron Milán. Si para Leôn X la expul—
sión de los franceses de la mayor parte del Milanesado le permitió recuperar Parma y
Plasencia, para elEmperador el control del estratégico ducado, en el que restauró a un
miembro de la familia Sforza, garantizaba la relación entre suspposesiones mediterrá—
neas y centroeuropeas. La muerte del Papa, a punto de concluir el año 1321, y del Emce—
so—zñíóñópontificio (del cardenal Adrianode Utrecht, antiguopreceptor de Carlos de
Gante, abría un periodo esperanzador enlas revliacionesgntrerel__Emperado_r y la Santa
Sede. El primer intento. de Francisco lpara recuperar el ducado concluyó con la derro-
ta de sus tropas en la batalla de Bicoca,ren Aabrilrde1522, SEEPÁQQQQÍÁQPQEQCM de los
imperiales en Génova,y del consiguiente restablecimiento de Antonio Adorno. Mien-
tías—ema cuenca danubiana proseguía el avance turco, Franciscojreanudaba los es-
fuerzos por'reºc'uperar posiciones en la zona septentrionalitaliana. Precisamente—elieml
pecinamie'nto' del francés en'pr'o'seguir la'guerra impulsó al nuevo papa Adriano VI,
más proclive antes a organizar una gran cruzada contra el turco, a ingresar en la liga
antifrancesa formada por el Emperador y la mayor parte de los Estados italianos. Pero
la muerte del pontífice en septiembre de 1523 truncó esta colaboración. "1159345112111-
cesas, dirigidas por su propio rey, lograron al fin ocupar Milán (octubre de 1524) ypo—
ner sitio a Pavía. La ciudad, defendida por António de Leiva, resistió un asedio de tres
meses, al final de los cuales las tropas de auxilio enviadas por el Emperadortal mando
del condestable de Borbón (frances pasado al serviciode Carlos V por desavenencias
con En rey), el marqués de Pescara y el virrey de Nápoles consiguieron levantar el
sitio. La batalla de Pavía (febrero de 1525), uno de los grandes hechos de armasidel si—
glax'vníúsñ'fíñ,151155165 féí'té'rád'oíihíéntos franceses por recuperar el Milanesado,
como al cierto equilibrio franco—español en Italia.
理丑工。丑担 155911913991, hechº prisiºnerº e a] ]ad España, en
donde, tras unos meses de éáúí'véfiaís'uscritjíó el tratado de paz de Madrid (enero de
1526). A cambio de su libertad, el rey friarigeswseícomprgmetiaadevoNérEórgoña, así
7656 a renunciar a la soberanía sobre Flandes y Artois y a sus aspiraciones Sobreterri—
torio italiano. Aceptaba también devo'lviefrsu's dignidadesy poSesiones al condestable
de Borbón y contraer matrimonio con la hermana mayor de Carlos V, Leonor. Como
garantía de lo estipulado quedaban ennyspañaASus dos hijos mayores, el delfín y el du—
que de Orleáns, junto con algunos caballeros franceses. '
Pero, pese a la calidad de los rehenes, Francisco I nada más regresar a Francia se
liberó de los compromisos contraídos, alegando que habían sido logrados bajo coac-
ción. Retomando las negociaciones diplomáticas iniciadas por su madre Luisa de Sa—
boya, regente de Francia durante su cautiverio, consiguió en un breve espacio de tiem—
po formar la Liga de Cognac o Clementina (mayo de 1526), integrada, además de por
Frangjgelnglaterra, por distintos estados italianos, incluidos los pontificios de Cle—
mente VII. Ciertamente, Francisco I había encontrado el terreno abonado para formar
178 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

una vasta coalición anticarolina Mientras en afios anteriores Carlos V había logrado
algo parecido respecto a Francia, el excesivo poder del Emperador en Italia y sus exi—
gencias en e1 tratado de pazde Madrid habían impulsado a algûn antiguo aliado a pa—
sarse al bando contrario. La formaciön de la Liga de Cognac marcó el1nicio de la se—
gunda de lasguerras sostenidas entre Francisco I y Carlos I.
Sin duda, el acontecimiento de mayor relieve acaecido en el curso de esta nueva
confrontación lue el llamado saco de Roma, en singular, aunque en realidad fuesen
dos los saqueos a que se vio sometida la Ciudad Eterna, que, con sólo un intervalo de
meses, tuvo que soportar el pillaje a que la sometieron los ejércitos carolinos durante
varias jornadas. En febrero de 1527 fueron las tropasespafiolasp italianas, llegadas a
Roma desde el sur a las órdenes de Hugo de Moncada, las que procedieron a un primer
saqueo; en mayo del mismo año se produjo el saqueo más conocido, es decir, el prota—
gonizado por tropas alemanas al mando del condestable de Borbón, las cuales, ante la
falta de paga, se entregaron al pillaje, sin freno tras la muerte del condestable El Papa,
refugiado en el castillo de Sant—Angelos se vio obligado a capitularlEl impacto del
saco de Roma en toda la Cristiandad fue enorme por mas que alguno, como Alfonso
de Valdés, secretario de cartas latinas de Carlos V, tratase en su Diálogo de Laclancio
y el Arcediano de justificar lo acontecido como el castigo divino por el comportamien—
to inadecuado de la cabeza de la Cristiandad. ¿'
Pero Francisco I no pudo aprovechar el clima de opinión antiimperial que se ge—
neralizó tras los lamentables sucesos de Roma, aunque sí lo intentó. Con el apoyo del
almirante genovés Andrea Doria los franceses conquistaron Génova, expulsando de
ella definitivamenté a Antonio Adorno. Evidentemente, el monarca galo trataba
de restablecer su poder en Italia, y la siguiente pieza en las ambiciones de Francisco I
era Nápoles, Pero durante el sitio de la ciudad se produjo un cambio decisivo, debido
al abandono de la alianza con Francia de Doria y su paso al servicio del emperador
(1528) En este espectacularviraje jugaron sin duda un papel de primer ordenlas ne—
góciacwnes llevadas a cabo por el gran canciller Mercurino Gattinara para atraer al
almirante genovés a la causa imperial.
' 〝 〝 "DCm。an…' la inyección de fuerza que para el bando carolino supuso la defec-
ción de Andrea Doria forzó a Francia a deponer las armas. Dos
“pages fueron necesa—
rias para concluir esta guerra, la de Barcelonajjuniodc 1529)entre _elEmperador y el
Papa, y la de Cambray o de las Damas (agosto de 1529), así llamada por la participa—
"ciónen ella deLuisa de Saboya y Margarita de Austria, entre Carlos I y Francisco I.
Por la primera el Papareconocíaa Carlos de Habsburgo la investidura de Napoles,
mientras éste, respaldando el nepotismo de Clemente VII, se comprometía a restaurar
a_ los Médicis en Florencia, tras un paréntesis republicano, en la persona de un sobrino
delpontifice. Al año siguiente,1acoronación imperial de Carlos V en Bolonia por el
papa Clemente VII (febrero de 1530) escenificaba de forma solemne la reconciliación
entre los dos máximos poderes, espiritual y temporal, y aupaba al Emperador a su ni—
vel más alto de poder. En el acto de la coronación, cargado de simbolismo, Carlos ya
no aparecía como el último responsable del saco de Roma, sino como el pacificador y
protector de Italia. Una Italia, en la que parte de sus Estados reconocían a Carlos de
Habsburgo como su príncipe, mientras que para otros, como el ducado de Milán en
manos de los Sforza 0 Florencia en poder de los Médicis, era su protector. La paz de
las Damas, por su parte, representó en esencia una vuelta a lo estipulado en el tratado
LA NUEVA MONARQUÍA DE LOS HABSBURGO. CARLOS 1 (1516—1556) 179

de paz de Madrid de 1526, pero limado de las asperezas que habían dificultado su
cumplimiento. Francia ratificaba la renuncia hecha en Madrid respecto a sus aspira—
ciones sobre suelo—"italianofperdcoºnservaba BorgoñaLps ilustres rehenes—dei Carlos I
eran af'finliberados, tras el pago de un rescate dedos millones de escudos, y se daba
luz verde a la pospuesta boda de Francis-6511}È’ÔnîLeÔngr de Habsburgo.
Estas dos primeras cónfrontaciones con Francia, en las que se vieron implicados
además de los dominios del César muchos de los estados italianos e Inglaterra, habrían
sido más que suficientes para captar toda la atención de Carlos V. Pero durante estos
afios el Emperador tuvo que hacer frente, directamente о рог personas interpuestas, a
otros problemas, bastante más alejados de los intereses estrictamente hispanos.
En el Reich, la cuestión luterana se fue agriando a partir de la Dieta de Worms
de 1521, antes aludida. Lutero, condenado por el Papa y por el Emperador, busco re—
fugiojunto al elector de Sãjonia, procediendo en el castillo de Wartburg entre 1521 y
1522 a perfeccionarsii—doctrina y a traducir la BibliaaLalemán. Con el trasfondo de
inoperantes Die—tas (Núremberg, 1522 y 1524), el luteranismo iba ganando adeptos y
conVirtiendose en bandera, no sólo de reivindicación politica, sinotambién social.
Así fue esgrimido por los campesinos frentea sus señores en una rebelión (Bauern—
krieg, 1524—1525) que llegó a afectar a gran parte de Alemania. Vencidos los campe—
sinos por la nobleza con la aquiescencia de Lutero, se reunieron dos nuevas Dietas
en 5131530 5727617 1529), abocadas también al fracaso, en un momento enfqueáelapo—
yo de la totalidad de los príncipes del Imperxioñlluteranos, incluidos— aparecía
como imprescindible para frenar el avance turco. Fue concretamente en la Dieta de
Spira de 1529 cuando parece se acuñó, el término,ssprowtestantes» paradesignar a los
luteranos, denominación aquella que se haría extensiva a los seguidores de otras re—
ligiones reformadas.
Gracias precisamente a la colaboración de los príncipes, sin distinción de credo,
pudo Fernando de Habsburgo rechazar el ataque turco a Viena de 1529. Parecía llega—
do el momento de resolver de una vez la cuestión luterana y el propio César se trasladó
a tierras alemanas para presidir personalmente la Dieta de Au—gsburgo(_ 1530). Pero la
(actitud cesaropapista y conciliadora del Emperador no produjo la pretendida aproxi—
mación entre Católicos y'pFOte'StantesfPor el contrario, los sectores más radicales de
una y otra parte mostraron su abierta oposición a lo allí acordado. La respuesta prófêíê-
tante se'plasmó en la formación de la Liga de Smalkalda. “º“? ` ` 写
V.,—,x !

El frente de lucha más alejado de la Monarquía hispánica tuvo como protagonista


al Imperio otomano. La expansión turca hacia occidente, acometida con vigor por el
sultán Solimán 11 el Magnífico desde el comienzo de su reinado, se saldó negativa—
mente para Carlos. La conquistade Belgrado, ya aludida, la ocupación de Rodas al
año siguiente ( 1522) o la victoriadeMohacZí1526) marcan hitos en el avance otoma—
no. Si la incorporación de la isla de Rodas supuso la expulsión de los caballeros de la
Orden de San Juan de Jerusalén y su posterior asentamiento, con el beneplácito de
Carlos, en las islas de Malta y de Gozzo y en la ciudad de Trípoli; la gran victoria turca
en Mohacz sobre el rey de Hungría y de Bohemia, Luis II el Póstumo, que murió a
consecuencia de la batalla, dio paso a la sucesión en estos territorios (disminuidos no-
tablemente por la pérdida de una gran parte de Hungría) a Fernando de Habsburgo,
hermano del Emperador. Cuñado del fallecido monarca por su matrimonio con
Ana, hermana de Luis II, y también como hermano de María, viuda del mismo rey de
180 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

Hungría, pasó a ocupar en tanto que rey de Bohemia y de la llamada Hungría real, una
difícil posición por su contacto directo“côñterritorios bajo control del Imperio otoma—
no. Por eso, no puede extrafiar que, dejando al margen incompatibilidades de tipo con—
fesional, Fernando tratase muy pronto de suscribir treguas con el turco. Pero, antes de
que éstas se hiciesen realidad, la misma Viena se vio sometida en 1529 a la presiôn
otomana, como acabamos de indicar.
Ese mismo año en el frente occidental del Mediterráneo se produjeron dos acon—
tecimientos que revelaban el recrudecimiento del corsarismo berberisco: la pérdida
del Peñón de Argel y la derrota en aguas de Formentera de la flota de galeras que había
“lle—vadoCarlos
a V a Italia.

6.2. ALIANZAS ANTIIMPERIALES EN LA FASE MEDITERRANEA (1530—1544)

La segunda fase, de las cuatro en que hemos dividido el reinado, se diferencia de


la anterior, entre otras cosas, por ser testigo de la primera coordinaciôn efectiva entre
los enemigos del Emperador, que hemos visto actuar en la primera de forma todavía
descoordinada, aunque simultánea.
La paz de las Damas de 1529 no impidió que Francisco I llevase a cabo una inten—
sa actividad diplomática conducente a aunar sus fuerzas con las de los mayores enemi—
gos del Emperador. De ahí la intensificación de las negociaciones con el Imperio turco
y la apertura de relaciones con la Liga de Smalkalda. La formación de esta fue, como
se acaba de indicar, la respuesta de los luteranos a la Dieta de Augsburgo, representan—
do la primera asociación protestante con vistas a un posible enfrentamiento armado
con el Emperador. Decidida a fines de 1530, se constituyó al año siguiente bajo la di—
rección del elector de Sajonia y del landgrave de Hesse. En 1532, por el tratado de
Saalfeld, los protestantes declararon abierta la Liga a Francisco 1. En cuanto a la alian—
za franco—turca, existen discrepancias en torno al momento exacto de su consecución,
pero todos coinciden en que se hizo realidad en la década de los años treinta. Gracias a
ella, Solimán el Magnifico pudo contar con dos inestimables puntos de apoyo en la
cuenca occidental del Mediterráneo: el norte de África y los puertos mediterráneos
franceses.
La primera acción armada digna de destacar del periodo consistió en un nuevo si-
tio de Viena (1532), en el que Fernando de Hungría (designado el año anterior rey de
romanos o, lo que es lo mismo, candidato a suceder a su hermano como emperador), a
diferencia de lo ocurrido tres años antes en ocasión similar, pudo contar con el apoyo
personal del Emperador, que aportó tropas (en las que figuraban españoles) y el dinero
obtenido del rescate de los hijos del rey galo. El episodio concluyó, como en 1529, con
la retirada del turco. No todo fue positivo, sin embargo, desde la óptica del César. Para
apaciguar a los li gueros de la Smalkalda, a los que seguía necesitando en sus enfrenta—
mientos con el Imperio otomano, Carlos V se vio forzado a moderar su postura y a
comprometerse a respetar el luteranismo hasta la reunión de un Concilio general (paz
de Nüremberg de 1532).
Tras este primer serio incidente, el Mediterráneo occidental se convirtió en el es—
cenario básico de la guerra. De ahí que la política exterior del Emperador durante esta
fase coincida mucho más con la política exterior española que con las políticas exte—
LA NUEVA MONARQUÍA DE L SHABSBURGO. CARLOS 1 (1516—1556) 181

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FUENTE: M. Artola (dir.), Enciclopedia de Historia de España, Alianza, Madrid, 1993, VI, p. 929.

MAPA 6.3. Milán y los presídios de Toscana, 1540—1555.

riores de los otros Estados pues1os también bajo su dominio. Resulta, por otra parte,
muy significativo que en estos años se alterne la confrontación con los musulmanes y
con los franceses y que sea esta última la que más preocupe a Carlos V, hasta el punto
de posponer la continuidad de la lucha con el musulmán a la conclusión de la librada
con el francés.
Las hostilidades en torno a Túnez se iniciaron con su conquista y consiguiente
destitución de su rey Muley Hasan, aliado de Carlos V, por Barbarroja a quien apoya—
ba el sultán turco (1534). El cambio operadoen Túne¿ suponía un riesgo evidente para
el Mediterraneo occidental en su conjunto, pero especialmente para la isla de Sicilia
y el sur de la peninsula Itálica, dada su proximidad; motivo por el cual el emperador
trató de restablecer la situaciónprecedente. Para eso reunióun“granejercno compues—
1Q por naturales de todos sus territorios (españoles en notable proporción) y de otras
potencias, como Portugal, la Santa Sede y la Orden de San Juan de Jerusalén o de Mal—
ta. El propio Rey—Emperador partió de BarCC]0UU【UU〔Ulncorporarse a la empresa, diri—
gidaporAndreaDó _ 21 A1
“ .Una vez conqu1stadoel fuerte de la Goleta,
de_ Túne¿, concluido CUjulio de 1535. El notableexi-
se emprendió desde 21111el cerco

fama. Realmente los reSUltados 1nmed1atosfueron apreciables, ya que ademasderes—


tablecer en Q] trono aMuley Hasan como vasallo, se logró un considerable botín y el
res ate de yarios miles de cristlanos ca111i_v_()s. LC qUC nQ SC conslgwo fueapTastar
182 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

el poder de Barbarroja que sólo unos meses después (septiembre de 1535) osaba sa-
WMahonenlalsla deMenorca. Parec1a llegada la hora de acometer la conquista
de Argel que desde haciatiempo le solicitaban los españoles y la propiaemperatriz
1s21bel 〝 “
` 〝 La rupturade hostilidades con Francia truncó aquellas expectativas. La muerte
en1535de Fran01sco Sforza, duque de Milan, sin descendencia, suponía la reversión
negativa deFrancisco I a aceptareste cambio,
delducado 211 dominio carolino Pero la
con121pretensión deque pasase a unode susHijosque debía contraer matrimonio con
la duquesa viuda, fue el motivo de la tercera guerra entre Carlos V y Francisco [.La
primera acción de éste consistió en lainvasión de Saboya cuyo duque, casado con una
hermana de la emperatriz Isabel y por tanto cuñado del César, se había negado a per—
mitir el paso del ejército francés con destino al Milanesado. La reacción de Carlos V
fue tanto dialéctica como militar. Por lo que respecta 21 la primera, consistió en un duro
discurso contra Francisco I, pronunciado en Roma en 1536 a su regreso de la campaña
de Túnez, en presencia del papa Paulo III, del colegio cardenalicio y de representan-
tes de distintos países. En él acusaba al francés de haber roto la paz yde su entendi—
miento con el Imperio turco, llegando 21 retarlo personalmente a un duelo. La respuesta
militar consistió en la1nvasi6n de Francia por Provenza y por Picardía, Pero la falta de
encuentros armados de relieve y 121 intensa actividad diplomática desarrollada por am—
bos contendientes, junto con la mediación p,apal evitaron males peores. Ya en junio
de 1538 la tregua de Niza puso fin al conflicto por espacio de diez años. Francia no
había culminado cón éxito sus proyectos sobre Milán, pero mantenía sus posiciones
en Saboya. El Emperador tampoco logró atraer a Francia 21 una cruzada contra el turco,
fraguada en el curso(Теras negociaciones que conducirían 21 la tregua con FranciaNo
obstante, pese a la negativa gala a intervenir, se constituyó una Liga Santa, integrada
por el Papa, el Emperador y Venecia, preludio —tanto por los participantes como por
la aportación de cada uno de ellos— de la más famosa Liga Santa de la historia, la de
Pío V, formada en vísperas de la batalla de Lepanto de 1571. Sin el apoyo francés, los
ligueros se limitaron a algunas acciones antiturcas (la fracasada batalla naval de la
Prevesa, en la costa balcánica, y la conquista de Castelnovo, en el litoral dalmata), se—
guidas de la disolución de la Liga. Su falta de colaboración en la cruzada no fue óbice,
sin embargo, para que Francisco I invitase al Emperador a pasar por territorio galo
para reprimir la sublevación de su ciudad natal, Gante.
La 9u9pen910n de hostilidades con Franciay el posterior abandono de la cruzada
.contra C turcoperm1t1er0na Carlos V volver su mirada hacia la cruzada «menor» con—
tra los musulmanes norteafricanos Por fin había llegado el momento de acometer una
empresa, que reiteradamente le habían solicitado sus súbditós españoles y la empera—
triz recientemente fallecida (1539), como era la conquista de Argel, foco principal del
corsarismo antihispano A la derrota de Carlos V, que participó personalmente en la
` empresa, contribuyó, tanto la acertada defensa que de la ciudad hicieron los sitiados,
como las pésimas condiciones del mar, que desbaratô la formaciôn de la escuadra cris—
tiana (1541).
El fracaso de Argel fue seguido, sin solución de continuidad por una nueva gue—
rra con Francia, la cuarta que enfrentaba a los ya viejos rivales. De nuevo el ducado de
Milán, cuya investidura acababa de recibir el principe Felipe de manos de su padre
“Carlos I (1540), se convirtió en manzana de la discordia. El detonante que hizo estallar
LA NUEVA MONARQUÏA DE LOS HABSBURGO. CARLOS 1 (1516-1556) 183

el conflicto fue la muerte de dos enviados deFrancia a negociar con el turco, atribuida
a la intervención de las autoridades españolas del Milanesado. Como tantas otras ve—
cesla1ucha se inició en las fronteras comunes. En el frente septentrional, lindante con
los Países Bajos, elEmperador contó con la inestimable ayuda de Enrique VIII d6

flotaoto1nana surta en Niza. Más adelante, como era también habitual, las operaciones
bélicas se trasladaron al norte de Italia. La primera parte de la confrontación resultó,
en general, favorable a Francia, aunque se alternaron éxitos y reveses, ninguno decisi-
vo. El castigo del Emperador al duque de Cléveris que, aliado con Francia, había inva—
dido Güeldres (1543) y la victoria francesa de Cerisoles en el Piamonte (1544) consti-
tuyen los hechos más destacados, hasta la recuperación de Luxemburgo por las tropas
imperiales y su marcha hacia París. El terror provocado por la proximidad del ejército
carolino, indujo a Francisco I a solicitar la paz. Larápida aceptación por parte de Car-
los hay que relacionada conla dificil s1tuac1on por la que atravesaban las finanzas es-
pafiolas, hecho denunciado porel principe Felipe, que consideraba imposible seguir
manteniendo la costosa guerra con Francia. Los deseos generalizados de paz culmina-
ron con la firma de lapaz deCrepy en septiembre (16 1544. Desde el punto de vista te—
rritorial, se basabaen ladevolu01on de lo incorporado por ambos contendientes desde
la tregua de Niza de 1538Pero también incluía una cláusula matrimonial, que llenô de
inquietud alC…sarSe trataba del enlace del duque de Orleáns, hijo de Francisco I, con
una hijao con una sobrina _de su rival, a quien se reservaba la decisión final en un plazo
de Cuatro meses.Silaboda se realizaba al fin con la hijade Carlos V, esta aportaría en
_designadaera la hijadelreLde Hun ria, Fer—
si la
dote los Paises Bajos; mientras que“
nando, se№№і1гіп. А1 disgusto del Emperador por las escasas dotesdel novio y
p61Îä perdida territorial que, en cualquier caso, acarrearía este matrimonio, puso ter—
mino de forma inesperada la prematura muerte del duque de Orleáns (1545). Mayores
consecuencias tuvieron los compromisos contraídos por Francia respecto al abandono
de su alianza con el Imperio turco y a la ayuda que debía prestar al Emperador para
acabar con la herejía. Daba comienzo de esta forma una nueva etapa, en la queF1ancia
se obligaba a prescindir de sus anteriores aliados.

6.3. DgsaaricuLAcióN EN LA FASE_GERMANーCA (1544—1551)

Si la segunda etapa, acabada de comentar, puede denominarse española, esta ter—


cera, más breve, merece el calificativo de alemana, por cuanto el Reich pasa al primer
plano de laspreocupacmnescarolinas. Después de años de posponer el tratamiento de
los problemas germanos a la solucion previa de otros, el Emperador se decidió a afron—
tar plenamente aquéllos. Este viraje respecto a las etapas anteriores fue posible por la
_ retirada (16 Francia y por su compromiso de dejar de prestar ayuda a los enemigos del
Emperador. El alejamiento de Francia de la alianza con el turco facilitò, además, la

_arrojadiza contra el comportamiento filo—otomano del rey galo. RetiradaFrancia y en


paz con el Imperio turco se iniciabaparaCarlos V una fasediametralmente opuesta a
184 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

la anterior, en lo que a la actuación de sus enemigos se refiere. Sin embargo, la cues—


tión alemana, progresivamente deteriorada, había llegado a un punto en el que resulta—
ba muy dificil, por no decir imposible, lograr una solución satisfactoria desde la pers—
pectiva imperial.
Tres temas básicos, bastante relacionados entre si, acapararon el interés del Cé—
sar durante estos años: el Concilio de Trento, la guerra contra la Smalkalda y el replan—
teamiento de la sucesión en el Imperio.
Es evidente que en la convocatoria y desarrollo del Concilio fue el Papa y no el
Emperador el que llevó la iniciativa. Pero, desde hacía tiempo, Carlos V albergaba la
esperanza de que un Concilio general pudiese recomponerwla unidad entrelos cristia—
nos y, al mismo tiempo“, resolver los conflictos de's‘é’ficadénadoséfiel Imperio a raiz de
líéxpansión de la ideología luterana. No era el César, sin embargo, el único que de-
seaba la convocatoria. Sucesivos pontífices, líderes protestantes,,y,destacadasperso—
nalidades del mundo católicóihabíanlabogado porsu celebración. Pero lacompleja si-
tuación_“internacionarh'abíaimpedido yQ que se hiciese realidad. Laicierta
distensión lograda desde mediados de la década de los cuarenta, fue aprovechada para
el inicio de las sesiones conciliares. No sería, sin embargo, fácil su desarrollo. Desde
su apertura en 1545 hasta su clausura en 1563, el Congreso atravesó por distintas eta—
pas y tuvo que sortear no pocos obstáculos. Las dos primeras fases, de diciembre de
1545 a septiembre de 1549, y de mayo de 1551 a abril de 1552, respectivamente, co—
rresponden al reinado del César. Fue el papa Paulo III quien acabó convocando a los
conciliares para Trento a fines del año 1545. La ausencia¿le representantesAluteranos
desde_el principiqconvirtió el deseado Concilio de la Cristiandad en un Concilio ex—
?Iiigivarneme católico, en el que la presencia española resultó especialmente brillante.
Un momento delicado lo constituyó el traslado del Concilio a Bolonia (marzo de
1547), ante el riesgo de la peste que se abatía sobre Trento. El disgusto del Emperador,
ante el alejamiento físico del Concilio respecto a las tierras del Reich, se plasmó en
una nueva actuación de signo cesaropapista por parte deCarlos V, quien en la Dieta
(1547-1548) y subsiguiente Interim de Augsburgo (mayo de 1548) tratóde captar al
sector protestante, cadavvez más“ reacio al'entendimiento, con dos concesiones —la
comunión bajo las dos especies y el matrimonio de los.—clérigos— que resultaron insu-
ficientes para los protestantes y molestarón a los católicos. А1 fracaso de sus eslnerios
por aproximar posiciones se sumó lainterrupción del Concilio de Bolonia en septiem-
bre de 1549. Pero el nuevo papa, Julio III (1550— 1555), elegido tras el fallecimiento de
Paulo III, se mostrò proclive desde el principio a reanudar las sesiones conciliares,
como así lo hizo, pero ya en la siguiente de las etapas consideradas.
Paralelamente al desarrollo del Concilio, el enfrentamiento del Emperador con
los príncipes protestantes alemanes entró en una nueva dinámica. La pugna exclusiva-
mente dialéctica de las Dietas dio paso, al fin, a la confrontación armada. En pai con
Francia)/1 en suspensola rivalidádfóon 0 m P i6* C6S S
preparativosgle la guerra contra la EigadeSmalkalda. Paralelamente “al—l'a moviliZa—
ciónwdeuhombres y de numerario, en la Dieta-de Ratisbona (1546) consiguiò, ademäs
del destierro de Felipe de Hesse y de Juan Federico de Sajonia, que algún príncipe lu—
terano, como Mauricio de Sajonia, se pasase a su causa. El ejército imperial, integrado
por naturales de los diferentes territorios carolinos, así como por tropas reclutadas en
Hungría 0 en los Estados Pontificios, contaba con una muy lucida representación es-
LA NUEVA MONARQUÍA DELOS HABSBURGO. CARLOS 1 (1516—1556) 185

pañola, que, según Fernández Álvarez, pasó de significar la sexta parte en la campaña
danubiana a casi la mitad en la que se desarrolló en torno al Elba. Porque, efectiva—
mente, la guerra se desenvolvió en dos escenarios sucesivos, que tuvieron como ejes
respectivos los ríos Danubio (1546- 1547) y Elba (1547). También fue considerable la
contribución económica de Castilla, como han puesto de relieve Ramòn Carande y Fe—
lipe Ruiz Mart1n.Lacampanadanubiana no registrö encuentros decisivos; la del Elba,
en cambio, lue testigo de la batallade Muhlberg (abril de 1547), gran victoria impe—
JuanFedericodeSaloma Con este motivo, gran
rial, en la que fue hecho prisionero
parte de Sajoniajunto con la dignidad electoral fueron transferidas a Mauricio de Sa—
jonia por la ayuda prestada al César en la contienda. Otro de los rectores de la Smal—
kalda, Felipe de Hesse, se entregó voluntariamente al Emperador, con lo que la Liga
quedaba privada delos quehabían sido SUSprmapales dirigentes. La postura adopta—
da por Carlos V tras el éxito militar se inscribe todavía enla lineà conciliadora, como
lo demuestra el hecho de decretarunCCrd0UCa註暮…Cgeneralizado ara los vencidos
El incuestionable éxito imperial de Muhlberg quedó, no obstante, algo oscurecido por
el empeoramiento de las relaciones entre el Emperador y el Papa, a partir de la deci—
sión de éste de trasladar el Concilio a Bolonia. Fue entoncescuando Carlos V en la
Dieta de Augsburgo y subsiguiente Interim, a los que ya nos hemos referido, trató de
abordar unilateralmente la cuestión luterana.
Todavía en lo que restaba de etapa, tuvieron lugar las c_onvgrsacjones (15…45;
1551) sobre la herencia imperial Aprovechando la presencia en Augsburgo, en donde
acababa de celebrarse la Dieta, de varios miembros de la familia Habsburgo,por ini—
(ziativa al parecer de Fernando se planteó el tema de 1a sucesión en el Imperio.Lare—
ciente enfermedad del emperador, que había hecho temer por su vida, y el cada vez
mas estrecho entendimiento entre Carlos y su hijo el principe Felipe (demostrado en la
adscripción a la herencia hispana de Milán y de los Países Bajos —como se ha indica—
do antes— y en las famosas Instrucciones de Carlos V a su hijo del mismo año 1548)
pudieron inducir al rey de Hungría a tratar de CUCe__lemperador ratificase ante la fami—
lia la decisión adoptada anos atrás según parecía desprenderse de ella, la dignidad
imperial—quedaba ligada a la rama familiar, encabezada por Fernando, a quien, en su
calidad de rey de romanos, correspondia serpropuesto por 1a familia Habsburgo para
suceder a su hermano Carlos en el Imperio. Además de los principales implicados,
Carlos y Fernando, tomaron parte activa en estas conversaciones los principes Felipe
y Maximiliano, hijos de los anteriores, y sobre todo María de Hungría, hermana de los
dos primeros y gobernadora a la sazón de los Países Bajos, cuyo papel de moderadora
parece fue decisivo. Estas conversaciones, interrumpidas y reanudadas varias veces, a
la espera de la incorporación a ellas de nuevos personajes, demostraron hasta qué pun—
to el principe Felipe se hallaba interesado en lo allí tratado. Precisamente una de las in—
terrupciones, a las que hemos hecho alusión, estuvo motivada por la solicitud del pro-
pio Felipe, quien expresó su deseo de intervenir personalmente en ellas. Para suplir
esa ausencia fueron enviados a España, en calidad de regentes, Maximiliano, hijo de
Fernando, y su mujer María, hija de Carlos. La resolución final cristalizó en u_n acuer—
do secreto suscrito en marzode 1551, por el que se establecía una sucesión alternada
en el Imperio. De acuerdo con lo ya establecido, para suceder a Carlos V la familia
propondria a Fernando de Hungria, rey de romanos desde 1531. Ahora bien, éste, una
vez designado emperador, apoyaría la candidatura no de su hijo Maximiliano, sino de
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讐 même __ 。=m gás „ %% % =m=っ „ m=応コ「 .au—Ecm % 璽壷乏 (ー) ‥ __ のュ=の止 o_äso „ gªmas =mコっ coo
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LA NUEVA MONARQUIA DE LOS HABSBURGO. CARLOS 1 (1516—1556) 187

su sobrinoFelipe, quien después haría lo propio respecto a su primo Max1m111an0


Realmente se trataba de un acuerdo demasiado complicado para poder ser llevado a la
práctica De momento una vez enterados de su contenido, los principes alemanes ma—
nifestaron su oposición frontal a unos acuerdos que amenazaban con convertir la dig—
nidad imperial en practicamente hereditaria. Esta actitud hostil fue aprovechadapor
Fernandopara atraerlosa su causa y, al mismo tie111po,11à1211 de garantizar CQ慌Q su
sucesor a su hijo Maximiliano. La estrecha colaboración, que había caracterizado las
relaciones entre Smiembros de la dinastia, parec1a haber entrado en una nueva vía,
de menor entendimiento y franqueza. A Fernando, como futuro emperador, le intere—
saba restaurar la paz en el Reich. La era carolina tocaba a su fin y se vislumbraba la era
fernandina.

6.4. COORDINACIÓN DE FUERZAS Y DIVERSIFICACION DE FRENTES (1551-1556)

Esta cuarta y última etapa presenta notables continuidades respecto a la anterior,


pero también novedades, que le confieren su propia personalidad. En lo que respecta a
las continuidades, si la etapa precedente había tenido como argumentos fundamenta—
les el Concilio de Trento, la guerra de la Smalkalda y el acuerdo de los Habsburgo con
vistas a la sucesión imperial; en ésta tuvieron lugar la segunda fase del Concilio, la se—
gunda guerra de la Smalkalda y las abdicaciones de Carlos de Gante. En el terreno de
las novedades, se registró la vuelta a la palestra del Islam y de Francia. Respecto a esta
última, su intervención contra Carlos V se realizó a través de su alianza con los prínci-
pes protestantes de la Liga de Smalkalda. De nuevo los enemigos del Emperador ac—
tuaban de común acuerdo.
Al breve paréntesis de paz tras la guerra con la Smalkalda puso término la desa—
fortunada acción del virrey de Sicilia, al tomar la plaza tunecina de Madiah ( 1551). La
reacción en cadena, que la ruptura unilateral de la tregua con el musulmán provocó, se
saldaría muy negativamente para Carlos V El mismo año 1551 121 armada otomana, al
mando del corsario Dragut, entraba en Trípoli, expulsando a los caballeros de la
Orden de San Juan de Jeru5aIen allí establecidos. Más adelante,]¿escuadra turca ven—
cía a laQC Andrea 150113141552”3121931311? isla de Elba (155 3). POÎËÎJ parte, lOsarge—
linos lograron apoderarse del __..,_d…e_V…élèîfi554Ë'ÿîcîeji11ägflj55), arruinandoen
partelapolítica africanade Fernando elCatólico,, "~
Tampoco la segunda fase del Concilio de Trento, celebrada bajo el pontificado
de Julio III (mayo de 1551 a abril de 1552), fue coronada por el éxito. La esperan—
za suscitada a finales de 1551, por 121 posibilidad de que teólogos protestantes pudie—
sen participar, fue flor de un día. Las exigencias de aquéllos para intervenir eran de tal
naturaleza que las convirtieron en inaceptables. El Concilio continuaba siendo exclu—
sivamente católico y así se mantendría en la tercera y última fase, ya durante el reina—
do de Felipe II.
La reanudación de las hostilidades entre los príncipes protestantes y su empera—
dor no se hizo esperar. AI disgusto por la decisión de Carlos QC AustriaQCagregara la
herencia española el ducado QC Milán y los Paises Egos —te111t01ios, por otra parte,
más afines a la propiaevoluc10nhistorica delÍmperio—, se vino a sumar Ia oposición
al complejo acuerdo de los Habsburg012§0b10~l2152119951611 altsmada al Empºriº El des—
188 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

contentofue aprovechado por Enrique II de Francia (1547— 1559) para entablar nego—
_cTaciónes coníãíig'à, que cristalizarían en el tratado de Chambord (1552) Рог él la
Srnalkalda,acíríBióde una subvención económica, permitía al francés la ocupación
de los ducados loreneses en calidad de vicario delImperi6 Para llevar a la práctica lo
estipulado tropas francesas penetraron en Lorenaocupando uno tras otro los ducados
dCToul,Metz y Yerdún (1552). Mientras se producía el avance galo, Mauricio d6Sa-
jgnia, con el mismoEjercitopuesto a su disposición por el Emperador para combatir a

caerCnmanosdesuantNgqurotegldJa lasaan declarado enemigo.


no
mente para…“
…rmadoen sucapamdad ofensiva y con escasísimos recursos (de 1552 a 1556
se suceden los denominados por Ramón Carande años afliclivos), el futuro inmediato
del Emperador se mostraba bastante sombrío. Consciente de la situación, Fernando de
Austria llegó a un acuerdo con Mauricio de Sajonia en la Dieta de Passau (1552). El"—
de Sajonia se comprometia aabandonar la alianza con Enrique П y a apoyar al Empe—
rador en la lucha contra el turco, que volvía a presionar en la frontera de la Hungría
real. A cambio de ello, Fernando en nombre de su hermano, procedía a liberar a Juan 】
Federico de Sajonia y a Felipe de Hesse y se comprometía a reunir una asamblea para ;
resolver de una, vez por todas la cuestión religiosa alemana. 〝
Apaciguada momentäneamente la confrontación con la Smalkalda, Carlos pudo
afrontar la guerra con Francia, tratando de recuperar los ducados loreneses. El sitio de
Metz se prolongó por espacio de dos meses, durante los cuales el ejército imperial su—
frió todo tipo de calamidades y el mismo Emperador fue aquejado por una fuerte crisis
de gota. Las adversas circunstancias y la acertada defensa de la plaza por el duque de
Guisa obligaron a levantar el cerco en los comienzos del año 1553. Tampoco fueron
coronadas por el éxito las operaciones militares desarrolladas por Enrique II en la
frontera con los Países Bajos. La boda del príncipe Felipe —nombrado con este moti—
vo rey de Nápoles— con la reina inglesa María Tudor (1554) perseguía, entre otras co—
sas, garantizar la defensa de las tierras flamencas frente a los continuos ataques de su
vecino del sur, la Monarquía francesa.
Apenas un año después del regio'matrimonio se producía la mayor claudicación de
Carlos V en la Dieta y subsiguiente paz de Augsburgo, sólo levemente paliada por la
ocupación de Siena. Aunque de las negociaciones se encargó su hermano Fernando,
Carlos continuaba siendo el emperador, y cuanto hiciera el rey de romanos en el Imperio
era con Consentimiento, expreso o tácito, del César. Mas que conceder, la paz de Augs—
burgo (septiembre de 1555) se limitaba a reconocer oficialmente algo, que el Empera—
dor había negado reiteradamente, como era la escisión religiosa de los súbditos del
Reich. La religión luterana, reconocida como oficial, podía ser adoptada por los prínci—
pes —ius reformandi—; los súbditos, en cambio, debian profesar el credo de su príncipe
——cuius regio eius religio—. En caso de discrepancia, sólo quedaba autoexiliarse a
aquel territorio cuyo soberano participase de sus propias creencias. Esta férrea igualdad
religiosa de cada estado del Reich, establecida en Augsburgo, con el paso del tiempo se
relajaría y ampliaría su espectro, al permitir la convivencia entre católicos y luteranos y
al admitir la existencia de otras religiones reformadas, además de la luterana. Por otra
parte, en la paz de Augsburgo se aceptaban las secularizaciones realizadas hasta 91 trata-
do de Passau, pero se trataba de poner coto a las futuras, acabando asi con uno de los se-
LA NUEVA MONARQUÍA DE LOS HABSBURGO. CARLOS (1516—1556) 189

ñuelos que había inducido a adoptar la religión protestante. Con estas concesiones, en
Augsburgo quedaba en entredicho la base ideológica que había sustentado la cruzada y
las <<antipatías naturales». Si se aceptaba oficialmente la existencia en el Imperio de
creencias diferentes ¿cómo se podía justificar la guerra contra otro país sólo por el hecho]
de profesar una religión diferente? Aunque la secularización de las relaciones interna—
cionales no se consagrase hasta la paz de Westfalia de 1648, se había dado un paso deci—
sivo con el reconocimiento de la diferencia confesional en el interior del Imperio.
De momento, para Carlos de Austria la conciencia desu fracaso enel Reich pudo
proporcionarle el impulso decisivo para adoptar la decisiónde abdicar. Por eso, cues—
tiones que en principio“ podian parecer un tanto alejadas de los intereses de la política
exterior española acabaron por incidir en ella. Fue el 25 de octubre de 1555, ante los
Estados Generales reunidos en Bruselas, cuando Carlos de Gante renunció a sus terri-
torios de Flandes en favor de su hijo Felipe, ya rey/“.deNápoles. El espectáculo y la
emoción se dierOn la mano en un acto de gran solemnidad, que probablemente contri—
buyó a hacer olvidar la última claudicación del César.? La abdicación como rey de
España se llevó a cabo poco tiempo después (16 de enero de 1556), de forma mucho
más discreta, dando paso al reinado de Felipe П. Motivos «técnicos» pudieron retra-
sar su renuncia a la dignidad imperial, para la que fue designado por la Dieta de Frank—
furt su hermano Fernando, rey de Bohemia y Hungría y rey de romanos. La noticia de
la elección del emperador Fernando I la recibió Carlos a principios demayo de11558
en Yuste, a dohdéseºhabfa retirado, como es bien sabido, a pasar el resto de su vida.
Úurante su estancia postrera en territorio español (1556 a 1558), Carlos continuò inte—
resándose activamente por las cuestiones políticas, de las que se encargaban de tenerle
bien informado su hijo Felipe…ll, todavía en Flandes, y su hija, la regenta Juana. Pare—
cían desmentirse así las causas que el propio Emperador había esgrimido ante su her—
mano Fernando para dimitir, como eran la edad y el cansancio. Carlos de Habsburgo
siguió trabajando hasta su muerte, acaecida el 21 de septiembre de 1558.
Pero ni el fracaso de la paz de Augsburgo, ni la magna representación teatral de
las abdicaciones de Bruselas deben distraer al espectador de lo que fue el conjunto del
reinado. Un reinado plagado de retos, en el que el Emperador fue capeando el tempo—
ral, echando mano de cuantos recursos consideró oportunos para mantener sus vastos
y heterogéneos territorios. Y, ciertamente, logró traspasarlos, incluso acrecentados
(sobre todo en América), a dos familiares allegados, como su hermano Fernando y su
hijo Felipe. En las circunstancias de la Europa del Quinientos, la idea inicial (que se
convirtió en postrera tras desecharse los insólitos proyectos de sucesión en el Imperio)
de formar dos bloques con el conjunto de sus estados, no era probablemente tan desca-
bellada. Carlos V sabía mejor que nadie los esfuerzos que había costado mantener en
su poder territorios tan extensos y diversos.

Bibliografía

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190 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

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CAPÍTULO 7

LA MONARQUÎA HISPÀNICA DE FELIPE 11 (1556—1598)

por VALENTÍN VÁZQUEZ DE PRADA


Universidad de Navarra

1. La personalidad del monarca y el gobierno de su Imperio

1.1. LA <<LEYENDA NEGRA» EELIPENSE

Felipe II, como persona y como soberano, ha sido —y todavia lo es, aunque se
han disipado muchas de las sombras que pesaban sobre él— uno de los personajes his—
tóricos más discutidos. Ya desde su época, como soberano poderoso, gobernador de
un inmenso imperio, con una politica claramente antiprotestante y defensora de la
Iglesia católica, es comprensible que haya sido objeto de las críticas de sus enemigos y
de los del catolicismo. La Brevissíma relacion de la destrucción de las Indias, que ha-
bía dirigido fray Bartolomé de Las Casas a Carlos V en 1542, fue editada por 105 ho-
landeses rebeldes en 1578 con ilustraciones inventadas el capellán calvinista de Gui-
llermo de Orange escribió en 1581 una Apalogie, traducida a diversas lenguas, como
justificación de su rebelión en los Palses Bajos; y Antonio Pérez, que había sido su se—
cretario y confidente, cuando huyó a Francia, publico unas Relaciones plagadas de
acusaciones (1592) El Felipe II que pintan estos textos era una especie de monstruo:
responsable de los horrores de la Inquisición, del exterminio de los indios americanos
y de sus enemigos políticos, del envenenamiento de su tercera mujer, Isabel de Valois,
e incluso de la muerte de su heredero, el principe Carlos
Durante el siglo XVII, la publicistica antiespafiola y anticatólica mantuvo viva
esta <<leyenda negra», basada en exageraciones, calumnias e invenciones, que se hacía
extensiva, también, a las ideas y los hechos de sus súbditos espafioles. La Ilustración,
el Liberalismo y el Romanticismo personificaron en Felipe II y en su España muchos
de los tópicos que combatieron en el siglo XIX, sin tener en cuenta que semejantes
cuestiones se habian planteado de otro modo, y en otro contexto, en el XVI: la toleran—
cia religiosa, la libertad politica, la soberanía de las naciones y de los pueblos, la pros—
peridad económica, incluso el sentimiento del amor personal.
La apertura a los investigadores de los antiguos archivos y el estudio de su docu—
mentación comenzaron a aclarar la imagen del soberano español. Aunque parezca tri—
192 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

vial gracias a la publicaciôn a finales del siglo XIX por el historiador belga Luis Prós-
pero Gachard, de una serie de cartas encontradas en Turín que Felipe ll estando en
Portugal a poco de su conquista escribió a las infantas lsabel y Catalina, en las que
contaba menudencias y detalles domésticos como hace cualquier padre, comenzó a
considerarsele como un hombre normal encariñado con sus hijas. Un estudio de los
abundantes fondos documentales conservados en diversos archivos mejoraría poste—
riormente la imagen del denostado soberano. Pero, sobre todo, en los últimos decenios
del siglo XX, los sólidos trabajos de historiadores, particularmente británicos (John. H.
Elliott, Geoffrey Parker, [. I. A. Thompson), han rehabilitado su personalidad y su
obra de gobierno. Se le ha reconocido, al menos, su ímproba labor de gobernante de un
vasto y disperso imperio, extendido por todo el globo, su sentido de la justicia respecto
a sus súbditos y la coherencia de su política exterior, aunque las intenciones de ella no
merezcan siempre la aprobación de los historiadores y continúe siendo un soberano
que suscita más bien antipatía por su carácter y maneras de proceder.

1.2. SU VIDA, FORMACIÓN Y PERSONALIDAD

Nacido en Valladolid el 21 de mayo de 1527, su madre muriö prematuramente en


Toledo, en mayo de 1539, ysupadre estuvo ausente de España durante buena parte de
su Vida, reclamado por las exigencias del gobierno del lmperio Recibió una educa-
ción esmerada, pero severa y rígida. Todo ello, sin duda, influiría en la forja de un ca—
rácter introvertido y excesivamente serio. Durante toda su vida manifesto un amor
particular por la naturaleza, la vida al aire libre, la caza y el coleccionismo de anima—
les, e implantó la moda de los jardines a la flamenca. Reunió una magnífica biblioteca
privada, la mayor de Occidente, con más de 14.000 volümenes, y fue un gran lector de
los clásicos y de obras religiosas. Prefería la pintura flamenca, sobre todo a Jerónimo
Bosch, y a Tiziano entre los italianos. Además de mecenas de las artes plásticas y de la
música _salvo el teatro, que desaprobaba— fue un gran coleccionista, lo que de—
muestra su curiosidad sin límites: planos, monedas, medallas, relojes, instrumentos
musicales, armaduras, etc. Era más bien de baja estatura, rubio y de ojos claros, pero
de porte y ademanes majestuosos, y nunca gozó de buena salud.
Su profunda religiosidad personal maduró con los años, las desgracias familiares
y las dificultades del gobierno. Estaba imbuido de su responsabilidad ante Dios como
rey. Su preocupación primera, como monarca cristiano, fueron la administración de la
justicia y el mantenimiento de la paz. Cuidó de que los tribunales actuaran con rectitud
sin inmiscuirse a favor de los poderosos, aunque no dudó en administrarla personal—
meme como cuando temió amenazada su soberanía en los casos de Montigny o Esco—
bedo Suprov1denc1alrsmo ampliamente compartido entonces por españoles y euro-
peos, le convencía de que debía esperar los éxitos, y temer los fracasos, en último ex—
tremo, del favor del cielo, y que era preciso una estricta moralidad personal y social
para no perderlo. TE cierto mesianismo terminó por impregnar la conciencia de los es—
pafioles y del Rey: interpretaron que el descubrimiento de las Indias y el haberse visto
libres de la herejía constituían signos de la elección del rey de España para cumplir la
misión de evangelizar el orbe y recatolizar Europa, para lo cual era necesario mante—
ner gran poderío. 〝
LA MONARQUÍA HISPÁNICA DE FELIPE u (1556—1598) 193

Mbrmaggnupºlítica fue, en buena parte, obra de su padre, que le dejó instruc—


ciones escritas, en 1543 y en 1548, pero sobre todo resultado de la propia experiencia.
Los dos viajes que realizó por Europa, el primero en compañía de su padre, entre octu—
bre de 1548 y comienzos dejulio de 1551, por Italia, Alemania y los Países Bajos, y el
segundo, más reposado, a Inglaterra en julio de 1554,_para casarse con María Tudor, y ”
^ ^`

a Flandes nuevamente, donde permanecería hasta su regreso a España, en agosto de


1559, para no salir ya mäs de ella, fueron de capital importancia para completar su for-
L

mación ideológica y política.


Su largo reinado —casi medio siglo— se inicia con las sucesivas abdicaciones de
su padre, Carlos V, a partir de 1554, que culminan en Bruselas con la donación, en
1555, de los Países Bajos y, en enero de 1556, de los reinos de España, que incluían el
Nuevo Mundo. Carlos V hizo todo lo posible para que Felipe Il fuera elegido Empera—
dor, pero hubo de ceder ante las dificultades surgidas tanto entre los príncipes alema—
nes, a quienes no agradaba por su condición de extranjero y católico, como por la opo—
sición en el seno de su propia familia.
Su vida privada no fue fácil. Sus cuatro enlaces —sobre todo el segundo con la in—
glesa María Tudor, después de la prematura muerte, en julio de 1545, de María Manuela
de Portugal a los dos años de casados— fueron matrimonios de Estado, aunque los dos
últimos, con Isabel de Valois (fallecida en 1568) y Ana de Austria (desaparecida igual—
mente en 1580) le proporcionaron una cierta felicidad. Aunque conoció ocho hijos vi—
vos, sólo tres le sObr'evivieron. Quiso de un modo particular a las dos hijas que tuvo con
Isabel de Valois: Isabel (1566-1638) fue su apoyo en la vejez hasta que casó con su so—
brino y cuñado el archiduque Alberto, y Catalina, casada con el duque de Saboya, Car-
los Manuel, y fallecida en 1597, unos meses antes de la muerte del padre. А1 principe
heredero, Felipe (1578-1621), cuarto hijo del cuarto matrimonio del rey, apenas tuvo
ocasión de educarlo en la práctica del gobierno, como su padre había hecho con él.
Dramático fue el caso del desgraciado príncipe don Carlos (1545—1568), hijo de
la primera esposa y heredero de la Corona, desequilibrado y testarudo, y acentuado su
estado después de sufrir una grave caída en que se golpeó la cabeza. Don Carlos pro—

(1) Maria de Portugal (2) María Tudor (3) Isabel de Valois *(4) Ana de Austria
(= 1543—1545) (= 1554-1558) (= 1560—1568) (= 1570—1580)

Don Carlos X X Isabel Clara Catalina X


(1545-1568) abono aborto Eugenia Micaela nacido
(1562) (1564) (1566-1633) (1567-1597) muerto
= (1599) = (1585) (1568)
*Albeno de Carlos Manuel
Austria de Saboya
一 ‡

Fernando Carlos )I( Diego Felipe lll Maria X


(1571-1577) (1573—1575) nacido (1575—1582) (1578—1621) (1580-1583) nacido
_ _ muerto 「 .|, _ muerto
(1574)

FUENTE: H. Kamen, Felipe de España, Siglo XXI, Madrid, 1997, s.p.

CUADRO 7.1. Lafamília de Felipe Il.


194 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

_porciono al monarca grandes disgustos, hasta el punto de que, por sus imprudencias,
que llegaron a afectar a cuestiones de Estado, hubo de recluirlo en una torre del real
Alcazar. En esta triste situación, que el padre hubo de justificar ante el Papa y los mo—
narcas europeos, la conducta del principe empeoró. Traté de matarse y cometió accio—
nes disparatadas a pesar de la vigilancia a que estaba sometido, que le condujeron a
enfermar y fallecer a los 23 años de edad (julio de 1568). Toda esta serie de desventu—
ras, contribuirian a que el carácter del soberano, ya excesivamente grave, se acentuase
aún más. Sin embargo, de esas dolorosas experiencias sacará un gran dominio de sí
mismo, fortalecido por su profundo sentido religioso.

1.3. FORMA DE GOBERNAR. EL ASUNTO DE ANTONIO PEREZ


Y LAS «ALTERACIONES» DE ARAGÓN

Como los príncipes del siglo XVI, en general, se consideró como único responsa—
ble ante Dios de sus actos de gobierno y en buena medida, en su mente se identifica—
ron los intereses nacionales con los religiosos, hasta el punto cue parece difícil deslin-
darlos. Sugobierno fue muy personal: todas las cuestiones pasaban por sus manos por
lo que permanecía recluido en su despacho muchas horas del dia y aun de la noche, le—
yendo y anotando papeles que llegaban de todo el mundo y que era necesario resolver
y despachar. A pesar del Consejo de Estado, solamente unos pocos personajes goza—
ron de su entera confianza, que con frecuencia eran personas de carácter e ideas con—
trapuestas. Entre estos consejeros hay que destacar al tercer duque de Alba, don Fer—
nando Álvarez de Toledo, y al portugués Ruy Gómez de Silva, principe de Éboli, en
los primeros decenios del reinado, a sus secretarios de Estado (Gonzalo Pérez, Gabriel
de Zayas, ambos clérigos, y Antonio Pérez), a Mateo Vázquez también clérigo, y en
sus ûltimos años al portugués Cristóbal de Moura y al guipuzcoano Juan de Idiáquez,
que por la longeva edad del monarca fueron casi «privados». A sus consejeros confia-
ba —con frecuencia por escrito— los asuntos, de ellos recibía Opiniones y finalmente
resolvía. Hero este procedimiento, en si muy razonable, requería tiempo y las determi—
naciones se retrasaban demasiado, resultando a veces ineficaces o inútiles.
Se ha hablado mucho de la existencia de facciones o grupos entre los consejeros
del monarca, sobre todo del bandoxencabezado por el duque de Alba y el de los que se
apiñaban en torno a Ruy Gómez de Silva, con Opiniones políticas y de gobierno distin—
tas. En cualquier Corte de la época, y después, los grandes buscaban la confianza real
para obtener ventajas, cargos y prebendas para sus familiares y amigos. Felipe H, sin
embargo, por su carácter desconfiado, no se dejó llevar tan fácilmente de tales parcia—
lidades.
Otra fuente de problemas, en un momento de cambios sociales y politicos, tuvo
que ver con el equilibrio entre «jurisdicción» y «gobierno» Desde su retorno en
1559, acuciado por la amenaza de la herejía y ansioso de aplicar las reformas de
Trento, sobre todo en Castilla, promovió la administración mediante «letrados».
Estos titulados universitarios eran expertos en leyes, con una rígida mentalidad ju-
risdiccional y de procedimiento; su origen social relativamente humilde limitaba el
círculo de sus relaciones clientelares, y no tenían experiencia en cuestiones estricta—
mente políticas y de «Estado». Por el contrario, la nobleza de sangre, antigua o re—
LA MONARQUÍA HISPÁNICA DE FELIPE 11 (1556—1598) 195

ciente, sabía la flexibilidad que requiere el mando de hombres y la gestión práctica


de los asuntos humanos y económicos ligados a la guerra; además, gozaba de una au—
toridad social indiscutible y, por lo tanto, de influencia sobre las ciudades, provin—
cias y reinos de donde procedían о donde tenian sus clientelas. Un letrado de origen
oscuro, Diego de Espinosa, que gozó del favor del Rey y fue presidente del Consejo
de Castilla e inquisidor general, impulsó la definición de las instituciones de la Cor—
te. Paulatinamente, sobre todo después del regreso del Rey de Lisboa (1583), los
Consejos fueron dotados deordenanzasqueregularon su funcionamiento, se fueron
llenandQ de «letrados» y se reafirmó su perfil jurisdiccional. Pese al desarrollo de
' 109 Consejos, las grandes cuestiones degobierno se estudiaron enjuntas restringidas
de ministros. La llamada Junta de Noche, creada en 1585, eclipsQ al Consejode
Estado En 1593, ante el declive fisico del monarca, se intentó rehabilitar éste, dando
entrada al principe heredero don Felipe; a quien ayudaba el archiduque Alberto, lla-
mado de Lisboa. El experimento no [uvo éxito, por lajuventud y abulia delPrincipe.
El Archiduque [ue nombrado gobernador de los Países Bajos, y el guipuzcoano Juan
de ldiáquez y el portugués Cristóbal de Moura ejercieron prácticamente como <<vali-
dos» del soberano hasta su muerte.
Al final de sus días, Felipe II gobernaba rodeado de trece consejos, profunda-
mente remodelados, creó algunas nuevas instituciones y completó otras; delimitó sus
funciones y el terreno de su jurisdicción para evitar interferencias, aunque esta inten—
ción no llegara a lograrse enteramente. Con todo, puede afirmarse que en su reinado
quedaron instituidos los Consejos, Juntas y Secretarías que rigieron durante la época
de los Austrias. Afianzó también el sistema de gobierno de los reinos que constituían
España, aunque los fueros y privilegios de algunos de ellos impidieron la centraliza—
ción que el monarca hubiera deseado para un mejor gobierno.
Un oscuro borrón de su reinado es el «asunto Antonio Pérez», algunos de cuyos
detalles íntimos seguramente jamás serán conocidos. Este secretario de Estado, quizás
el que por sus prendas y astucia supo mejor ganarse la confianza del frío y desconfiado
monarca, le convenció de la necesidad de asesinar a Juan de Escobedo, secretario de
don Juan de Austria, hermanastro del monarca, entonces gobernador de los Países Ba—
jos, alegando razones de Estado (marzo de 1578), aunque parece que pesaban también
razones personales que el Rey desconocía. Al año siguiente, acusado de corrupción y
doble juego, Pérez fue puesto en prisión. Su proceso, en lo que nos es conocido, está
plagado de irregularidades que salpican de lleno al soberano. En abril de 1590, Pérez
se fugó de su prisión, encaminándose a Aragón, donde, por su condición de oriundo,
alegó el amparo de los fueros. Fue la chispa que prendió las tensiones sociales y políti—
cas acumuladas durante décadas en un reino particularmente complejo de gobernar.
Felipe II habia presionado para recuperar ciertos señoríos, en defensa de los vasallos,
del orden público y de la seguridad fronteriza, y senegòaque el virreytuviese que ser
natural, como pretendía un<<constitu01onal1smo>>¡aragonés muy vigoroso. En mayo y
septiembre de 1591, cuando se quiso trasladar a Antonio Pérez a la cárcel de la Inqui—
sición, se produjeron sendos motines en Zaragoza, en los que murió el virrey, marqués
de Almenara. Aprovechando el desconcierto, Pérez huyó a Francia y el Rey envió el
ejército, que restableció el orden sin resistencia. Se ejecutaron algunas penas de muer—
te —el «justicia» Juan de Lanuza y algunos apodados «caballeros de la libertad>>—y
otros castigos, dictando un amplio perdón. Aprovechó también para, en las Cortes de
196 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

Tarazona de 1592, limar algunos privilegios del reino que se compaginaban mal con
un gobierno real autoritario, a la vez que para reafirmar lo esencial de los fueros. Se
abolió la unanimidad en las Cortes, salvo para ciertos acuerdos trascendentales; SC re-
derecho del Rey a nombrar un virrey extranjero; el cargo de «justicia» dejó
el 9
de ser vitalicio; sereforzó la autoridaddel Rey y se puso una guarnición en el castillo
de la Aljafería de zaragoza. Felipe IV, como símbolo de reconciliación y de que el rei-
no recuperaba la estima de su fidelidad la retiró.
En todos los reinos de la Monarquía crecieron las tensiones políticas, que gene—
raron conflictos menores, sobre todo en las décadas finales del reinado Se trató de
reacciones muy concretas, ligadas a cuestiones jurisdiccionales particulares, gene—
radas por las incoherencias del propio sistema y desencadenadas por las nuevas for—
mas de gobierno, o por las crecientes necesidades bélicas del Rey, o por las circuns—
tancias internacionales El autoritarismo «absolutista» que convenía al rey chocaba
con el «foralismo» que interesaba a las elites de los reinos, pero esto se complica—
ba con otros frentes menores'de fricción. En Cataluña se produjo un incidente signi-
ficativo en 1569, cuando el virrey encarceló a los diputados, en un conflicto de la
Generalidad con la Inquisición por el pago de ciertos impuestos, que implicó tam-
bién a la Audiencia y al obispo de Barcelona En los reinos de la Corona de Aragón,
en general, el bandolerismo creaba tensiones jurisdiccionales entre los ministros del
Rey y los señores, que se oponían a la aplicación de medidas extraordinarias por
aquéllos, considerándolas contrafuero. Además, en los confines de Francia o del
Mediterráneo, la amenaza hugonote y morisca requería una mayor presencia del
ejército y de la Inquisición, que en todas partes chocaba con los fueros. Incluso en
Castilla, las ciudades ofrecieron una fuerte resistencia al incremento de la presión
fiscal, oponiéndose con su voto al incremento de] encabezamiento de las alcabalas;
y las Cortes de 1592 se negaron, durante más de cuatro años, a votarel servicio de
ue proponlael Rey y se tardó otros dos en conseguir que las ciudades
ratificaran el acuerdo. Sólo en Nápoles (1585) o Portugal (1593, 1596) —y en menor
medida en Navarra— parece que preocupò un cierto irredentismo dinástico. Así
ocurrió en Portugal, en una serie de presuntas conjuras en favor del prior de Crato
—o de un redivivo rey Sebastián—, 0 a favor de los derechos dela casa de Anjou en
Nápoles, o de los Albret—Borbón en Navarra.

1.4. EL IMPERIO FELIPENSE Y SUS PROBLEMAS

Felipe II, como soberano más poderoso de Europa, actuó como emperador, sin la
corona dorada del Imperio. Los vastos territorios que le tocó gobernar, a los que los
contemporáneos llamaron la Monarquía Española, variados y dispersos, se articularon
en torno a una cabeza que sería Espafia, y a una capital, que desde 1561 seria Madrid.
La preeminencia que España disfrutó en Europa en tiempos de Felipe 11 fue en bue—
na parte resultado del eclipse temporal de Francia, desgarrada por guerras in._terr1as En
Italia, aprovechó la ausencia francesa para imponer su autoridad, pues era dueño de
ymbaLfiLMllanfibddo)9CNápoles, Sicilia yCerdeña. Lamayoría de los estados ita—
llanos aceptaron el poderío español y buscaron unir su suerte a1ade España. Sólo la Re—
pública de Venecia trató de conseguir alguna libertad de acción acercándose al Papado y
LA MONARQUÍA HISPÁNICA DE FELIPE11(1556-1598) 197

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1583

FUENTE: H. Kamen, Felipe de España. Siglo XXI, Madrid, 1997, s.p.

МАРА 7.1. Europa en tiempos de Felipe 11.

al ducado florentino de Cosme de Médicis, ascendido de categoría al conseguir que, en


1569, el papa Pío V le consintiera el derecho a titularse Gran Duque de Toscana. El du—
cado de Saboya, a caballo entre Francia e Italia, estuvo gobernado por un personaje fiel,
Manuel Filiberto, aunque su hijo y sucesor, el astuto y ambicioso Carlos Manuel, a pesar
de que casaría con la infanta española Catalina Micaela en 1585, se mostrará indepen—
diente de las directrices españolas. Los Papas, con la excepción de Paulo IV y Sixto V,
mantuvieron buenas relaciones políticas con Felipe H, si bien procuraron moderar el po—
der que éste ejercía en Italia. Es indiscutible la aportación que el monarca español les
brindó para la terminación y ejecución de los decretos del Concilio de Trento. Los Paí—
ses Bajos, que Carlos V quiso dejar a su hijo, vinculándolos a los destinos de España, le—
janos y rodeados de territorios enemigos, situados en una zona que sería enormemente
conllictíva, constituirían una de sus mayores preocupaciones.
198 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

poderíomilitar. Su médula
El predominio espafiol se basaba en gran parte en su
eran los«tercigs»españºles —formaci0nes de piqueros y mosqueteros en los que al—
ternabansoldados veteranos con otros de mediana edad y bisoños— que ya durante la
primera mitaddelsigloXVIhabían adquirido fama de 1nvenc1bles Pero losespañoles

efectividad en el Campo de batalla dependíade que fueran pagadosa su tiempo; de


otro modo, recurrirían al motín y al saqueo.
La riquezade Felipe II superaba con mucho a la de {QS reyes contemporaneos
europeos, y procedía esencialmentedeCCS fuentes. 109 impuestos recaudados CC sus
domi ios,espec1almenteen Castilla, y las remesas deplata que anualmente SQreci—
bîafi‘de 109territorios americanos. Esta primera.fuente, que apenas había empeiado
a fluir cuando comenzó Felipe II su reinado, creció tanto por el constante aumento
de los impuestos como por una más eficaz recolecciónde _ellosilagsegunda con elin—
cremento del comercio americano, que experimentó un continuo aumento. Pero la
Kcªl-“Hacienda carecía de la suficiente capacidad y flexibilidad para disponer las
cantidades necesarias para el pago de los ejércitos en Q1 lugar y momento oportunos.
El único recurso entonces consistía en acudir a} crédito, generalmente proporciona—
do por banqueros extranjeros, lo que traíaconsigo abusos que costaron sumas consi—
derables, desorganización y escaso control. E1 retraso del pago de las soldadas per—
_]udlCO con frecuencia gravemente, los éxitos alcanzados con las armas e indispuso a
los españoles con 109 autóctonos Si se piensa en 109 casi cuarenta motines ——bien es
verdad que algunos de escasa trascendencia— organizados p01 el ejército que lucha-
ba en los Países Bajos entre 1572 y 1598 podremos hacernos alguna idea de la grave—
dad de este problema.
Otra de las grandes debilidades del imperio felipense consistía en que se trataba
de un imperio disperso, cuyo apropiado gobierno y defensa exigían un dominio de las
distancias, algo imposible entonces La comunicación de Madrid con Bruselas, por
correo oficial, a través de Francia, sirviéndose de los relevos en los lugares de postas,
exigía cuando menos 15 dias. Por mar podía ser más rápida, pero incierta por el cre—
ciente peligro de molestos merodeadores y corsarios franceses, ingleses y neerlande—
ses. España había tenido el dominio _de 121 ruta del Canal de la Mancha gracias a los

novarepública aliada de Espafia, sirvieron lasnecesidades del transporte ydefensa


españoles en el Mediterraneo Pero en los anos iniciales del reinado de Felipe П las co—
sas comienzan 21 cambiar: las nuevas técnicas de construcción naval de los nórdicos
(holandeses e ingleses) se imponen, con innovaciones en las estructuras yquilla poco
pronunciada, más aptos para la navegación en aguas poco profundas. En el Mediterrá—
neo la comunicación no resultaba más fácil, pues los ligeros barcos berberiscos tenían
〕 m 〕〉C纏^‥縄 una gran movilidad para entorpecer, desde su agrestes refugios, la navegación entre
】 責 ` *
SU {€)—MF " 109 puertos levantinos 21 Italia:De ahí la importancia excepcional de la ruta entre Milán
y los Países Bajos, que el duque de Alba utilizó por vez primera en 1567, apoyada en
gª.-:
territorios espafioles о controladosporEspaña, y que Sería posteriormente usada habi—
tualmente, y vendría a llamarse el “¿camino español),:
{* 〝 fi ;.
{\ {NINA rfi , Aunque pudiera parecer lo contrario, por las muchas guerras en que se vio impli—
HAM. Ódiº-r ___

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d助讐 冨 〝 ёё 篭 g握髏輿萱 團 ~Nド ЁЁ
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200 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

_gado, Felipe II fue un monarca conservador, que trató de mantener en paz su imperio.
Las empresas bélicas que acomete lo son en defensa propia o de la religión, aunque,
quizá, más eiacto sería decir por ambas motivaciones, que en su mente estÚVieron es—
trechamente imbricadas. Una excepción la constituye la,.conquista de Portugal, pero
se trataba de un reino de gran importada—estratégica y'del quese considéíábalierede—
m 1139159911919- 〝 岬 *

2. La defensa en el Mediterráneo. Insurrección de los moriscos granadinos.


La lucha contra el Turco: Lepanto

2.1. ATAQUE A LOS BERBERISCOS

Felipe ll considerò, después de la paz de Cateau—Cambresis, que era un momento


propicio para imponerse en el Mediterráneo occidental y asegurar las comunicaciones
marítimas entre España e Italia, acabando con los asaltos a las mismas costas españo—
las e incluso a las Baleares. Traté de recuperar plazas perdidas y nuevos enclaves que
los reyezuelos berberiscos procuraban mantener con la ayuda del sultán turco. Refu—
giados en lugares estratégicos de la costa norteafricana, les resultaba relativamente fá—
ci] estar al acecho cOn sus pequeñas barcas del paso de navíos, a los que abordaban y
robaban sus mercancías, o incluso realizar expediciones ( razzias) a la costa española
mediterránea, apoderándose de bienes y de personas por las que exigían rescate o ven—
dían como esclavos al Turco 0 en los mercados de Oriente.
Una primera expedición, en mayo de 1560, contra Trípoli, importante para la
tranquilidad de la navegación en los mares sicilianos, terminó en verdadero desastre.
La llota, salida de Sicilia, se apoderó sin oposición de la isla de Djerba (castellanizada,
Gelves), que guardaba el acceso a Trípoli, pero su reyezuelo Dragut llamó en su ayuda
al sultán turco, cuya flota se preparó y dispuso con asombrosa rapidez, de manera que
en sólo veinte días se presentó desde Constantinopla ante Trípoli. Los españoles,
que no lo esperaban, presas del pánico, corrieron a la desesperada hacia sus galeras.
Los turcos se apoderaron de veintiséis de ellas y los seis mil hombres que quedaron en
tierra fueron obligados a capitular dos meses más tarde (21 de julio de 1560), por el
hambre y la sed. Este fracaso demostró a los españoles que el Imperio otomano mante—
nía la supremacía naval en el Mediterráneo.
La grave derrota sirvió, al menos, de provechosa lección. El monarca español ac—
tivó, con ayuda deun impuesto pagado por el clero, concedido por el Papa como su—
plemento del de la cruzada, la construcción de galeras en los arsenales del Mediterrá—
neo (Nápoles, Sicilia y Barcelona), y pronto pudo contar con una poderosa flota de ga—
leras para la defensa de las costas de España y de Italia. En 1563 lograron atajar los
ataques de los berberiscos de Orán y Mazalquivir, y al siguiente año pudo conquistar-
se el Peñón de Vélez, un excelente escondite para los corsarios que operaban entre
Orán y Tánger. Los turcos respondieron con un ataque a la isla de Malta, cabeza de la
Orden de San Juan, a la que pusieron sitio, el 18 de mayo de 1565, desembarcando en
ciento ochenta galeras y en otros barcos 23.000 hombres. Los valerosos caballeros
sanjuanistas resistieron en su imponente fortaleza, hasta el agotamiento, durante vein—
titrés días, en espera de una flota anunciada por don García de Toledo, virrey de Sici—
LA MONARQUÍA HlSPÁNICA DE FELーPE 11 (1556- 1598) 201

lia, que, por escasez de medios, no pudo llegar sino a comienzos de septiembre. Pero a
tiempo para el levantamiento del asedio, hecho celebrado con singular alborozo en
toda la Europa cristiana.
Los años posteriores fueron de relativa calma en el Mediterráneo. En 1566 fa—
lleció _Solimany__le sucedióS6li111II menos belicoso que su antecesor y preocupa—
do por los ataques de enemigos a sus espaldas. La rebeli6n en 165 Países Bajos re—
clamó fuerzas y cuantiosos recursos. Afortunadamente el nuevo sultán estaba em—
peñado desde 1567 en una campafia en Hungría en la que cosechó importantes pér—
didas, por 10 que se vio obligado a firmar una tregua de ocho años con el emperador
Maximiliano II.

2.2. EL LEVANTAMIENTO DE LOS MORISCOS GRANADINOS

Por entonces la presión ejercidasobre los morlscos granadinos parasucristlanl—


zación provocò un peligrosolevanwamento. En 61 reino de Granada los moriscos
constituían un grupo social compacto y próspero, que vivía esencialmente del cultivo,
manufactura y comercio de la seda. Se sabía que mantenían relaciones con 105 ber_b6—
riscos norteafricanos, proporcionándoles armas y facilitando sus razzias Pero al ser
prácticamente inútiles los resultados de su cristianización y asimilación, la política
oficial dependió de las circunstancias: sus miembros eran perseguidos en momentos
considerados de peligro por ataques de norteafricanos 0 turcos, pero ignorados cuando
todo estaba tranquilo, a cambio del pago de importantes impuestos. Los éxitos del
Islam en estos años suscitaron en España una mayor preocupación porla seguridad in—
terior, ala vez que se realiz6 un nuevo esfuerzo para cristianizarlos, fruto del entusias-
mo suscitado por el Concilio de Trento. ,
En noviembre de 1566 el inquisidor general Diego de Espinosa, de acuerdo
con el monarca, preparó un edicto en el que se les imponía varias medidas asimila—
torias, que provocaron una insurrección el día de Nochebuena de 1568, que tomó
cuerpo en las Alpujarras y se extendió a la costa. Lo más peligroso era que estable—
cieron relaciones con sus correligionariosdel norte de África, particularmente con
105 de Argel. La rebelión cogió por sorpresa a las autoridades granadinas, que se
hallaban sin apenas otras fuerzas que las milicias locales. Hubo además entre ellas
falta de entendimiento a causa de cuestiones de jurisdicción e intereses particula—
res. La intervención militar en la agreste Alpujarra resultaba muy dificultosa, pues
los moriscos transformaron la revuelta en guerra de emboscadas en la que llevaban
toda la ventaja. Exaltados por caudillos ocasionales, mostraron su exasperación en
la profanación de iglesias y asesinato de sacerdotes. S610 a partir de enero de 1570,
en que fue nombrado don Juan de Austria jefe de las tropas regulares venidas de
Italia, y de Murcia y Valencia, aplicando una política de expulsiones y deportacio—
nes, los rebeldes fueron aplastados aquel mismo año. Por decreto de l de noviem—
bre, se exilió a los moriscos granadinos —unos 150. 000— distribuyéndolos por
distintas localidades de Extremadura, La Mancha y Castilla la Vieja, y confiando a
la autoridad de los obispos locales su cristianización Los"pueblos y tierras aban—
donados por los deportados fueron ocupados por inmigrantes de otras regiones,
principalmente de Galicia.
202 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

2.3. LA SANTA LIGA CONTRA EL TURCO. LEPANTO

Pío V, convencido de que el gran peli gro para la Cristiandad era el Turco ya des—
de su nombramiento en 1566, trató de unir a los cristianos en una cruzada contra el
Isla111_y reconquistar los Santos Lugares. Tras de algunos tanteos con los monarcas
cristianos, la idea del Papa se concretó en la organización de una ªgiriaLiga con Espa-
na/IîrancmVeneciay la Santa Sede, pero las dificultades eran grandes.“Felipe II,
empeñado en la guerra de los Paises Bajos y después en el conflicto de Granada, reci—
bió justificadas evasivas.La República de Venecia no quería comprometer sus buenas
relaciones con el Turco, para mantener su comercio en el Mediterráneo oriental, del
que dependía su prosperidad. Francia había pactado desde años antes una alianza con
el Sultán
La tenacidad de este santo Papa conseguiría superar tales dilicultades, salvo la de
Francia En noviembre de 15_Z0 las fuerzas otomanas desembarcaban en ChipreyC] 9
de septiembre caía en sus manos su principal ciudad, Nicosia. Además, en enero de
1570, el rey de Argel había aprovechado los problemas internos españoles en Grana—
da,para apoderarse de Túnez. Felipe II asintió, pero ponía la condición, ciertamente
razonable, de que España debia nombrar al jele principal de la Liga por ser su aporta—
ciön más generosa, ya que debía contribuir con la mitad de los barcos y tropas, mien-
tras que Venecia y 1a Santa Sede con un sexto solamente cada una. Al fin el Papa acce-
diò y fueelegido ¿geral
comandante don…JuandC Austria, el hermanastro de Felipe Il,
que Contaba solamente con veintidòs años, pero acababa de distinguirse en la pacifica—
ción del conflicto granadino.
La flota cristiana, reunida en Mesina, estaba integrada por cerca de 300barcos y
8.000 hombres, de los cuales 5.000 eran marineros y remeros. Era de tamaño semej an—
te a la turca, aunque ésta disponía de mayor número de galeras y llevaba a bordo un
numero de hombres superior. Don Juan dio la orden de levar anclas el16deseptiem—
bre de 1571, dirigiéndose hacia Corfù, donde se supo que la armada otomana, bajo
mando de Alí Pacha,estabaanelada fueravde Lepanto, en el golfo de Corinto. El 7 de
octubre "las'dos poderosas flotas se avistaron en la entrada del golfo de Patras. Antes
de comenzar la batalla don Juan arengó a las fuerzas cristianas y en cada barco se izó
un Crucifijo ante el que la tripulación oró de rodillas. El combate se inició a la izquier—
da por las galeazas venecianas, verdaderas fortalezas flotantes, que con sus pesados
cañones de hierro abrieron brecha. Pero la batalla decisiva se libró en el centro, donde
se hallaba la galera capitana de don Juan y las de los otros altos mandos. Los cristianos
hicieron dos intentos de abordaje, que fueron rechazados, pero en el tercero la galera
de don Juan abordé al buque insignia y en la lucha cuerpo a cuerpo murió Alí Pachá y
su cabeza fue izada rápidamente en la proa del bajel turco. La muerte del almirante
otomano y la captura de su barco insignia decidieron la batalla principal, y con ella el
combate. De la flota otomana, una tercera parte de sus barcos cayeron en poder de los ll
cristianos y perecieron unos 30.000 turcos. Los cristianos perdieron unos 20 barcos y
tuvieron unos 8.000 hombres muertos y 15.000 heridos.
La victoria de Lepanto, tan completa y consoladora para los cristianos, pues de—
mostró que podían hacer frente al temido poder otomano, perdió desgraciadamente su
eficacia al no continuarse la lucha cuando ya se había logrado el primer gran triunfo.
El objetivo último de Pío V era la conquista de Constantinopla y Jerusalén, pero los"
LA MONARQUÎA HISPÂNICA DE FELIPE 11 (1556—1598) 203

venecianosestaban solamente interesados en recuperar Chipre y sus demás posesio—


enel"Adriatico Por su parte,Felipe П prefería que las e_xpediciones con—
nesvperdldas
tinuaran en el norte de África. Pío V murió en 1 de mayo de 1572, pero su sucesor Gre—
gorio XIII se manifestó decidido a mantener la Santa Liga. Ante su insistencia, el so—
berano español consintió en que las galeras españolas realizaran una expedición al Pe—
loponeso, en la zona costera entre el golfo de Corinto y el cabo Matapán, pero no se
produjo el esperado levantamiento de la población local, y la flota turca, reconstruida
con un gigantesco esfuerzo, no quiso arriesgarse a una nueva derrota y rehuyó el com—
bate, por lo que las fuerzas de la Liga regresaron a Italia. Los venecianos estaban muy
impacientes: Chipre no había sido reconquistada, su comercio se desbarataba por la
guerra y seguían desconfiando de los intereses españoles El 7 de marzo de 1573, Ve—
necia firmó de forma unilateral un tratado de paz humillante: la República renunciaba
a Chipre y a los territorios perdidos en Dalmacia, devolv1a a los turcos las plazas con—
quistadas en Albania y pagó una cuantiosa indemnización. Estas concesiones acaba—
ron con la Santa Liga.
España, libre de compromiso, se lanzó entonces a realizar sus propios planes
don
en el norte de África Una expedición de 20. 000 hombres, bajo el mando de…
Ju,an reconquistô, en octubre _de 1572,la ciudad de Túnez, pero no quedó suficien—
tementedefendIday, enjulio de 1574, los turcos, antes de que los españoles pudie—
ran reaccionar, se apoderaron de aquella plaza y de La Goleta. Este lracaso yla
marcha de los acontecimientos en los Paises Bajos propiciaron que Felipe II, que
no disponia de suficiente dinero ni medios para comprometerse en ambos ámbitOs,
buscara una tregua con los llamados «perros turcos», no por cauces diplomáticos
ordinarios, sino por mediación de un aventureroitaliano, lo que se logró en 1578,
que sería periódicamente renovada. España abandonaba el Mediterráneo ante las
exigencias de las guerras en el Atlántico, mientras que el Imperio otomano, com—
prometido en Hungría y en la conquista de Arabia y de territorios persas, volvía
también susespaldas al Mare Nostrum

3. Las guerras en el noroeste de Europa. Intento de control de Francia.


La rebelión de los Países Bajos (hasta 1585)

3.1. EL AVANCE DEL CALVINISMO Y SU REPERCUSIÔN.


INTENTO DE FELIPE II DE CONTROLAR FRANCIA

Los problemas y preocupaciones mayores para Felipe II estuvieron en los países


del noroeste: en Francia, los Países Bajos e Inglaterra. Aunque la paz de Ca—
teau—Cambresis de 1559, al acabar con las guerras entre España y Francia, que habían
durado medio siglo, parecía haber traído la tranquilidad en aquel ámbito, no fue así.
La razón hay que buscarla, aparte de que las rivalidades entre tales potencias no desa—
parecieron, en el desarrollo del calvinismo desde la década de los sesenta, que consti—
tuirá una fuente permanente de conflictos, que en lo referente a España le afectarán in—
directamente en Francia y de lleno en los Países Bajos.
El calvinismo, en principio unas doctrinas y normas religiosas difundidas por
Calvino desde Ginebra, por su naturaleza esencialmente renovadora del orden moral y
204 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

social existente y por su espíritu combativo, se convirtió en movimiento organizado


de alcance internacional. Sus dirigentes predicaban y urg1anla resistencia activa con—
tra la autoridad constituida para imponer suscreencias, su culto y su nueva estructura
eclesial. Con estas características no es de extrañar que se convirtiera en verdadera
oposición organizada,_contando, como en el caso de Francia, con la adhesión de parte
de la nobleza, y aun de príncipes de la sangre; esto es, parientes de la dinastía reinante.
El choque se produjo no sólo a nivel social, con la mayoría del pueblo católico, sino
también se tradujo en una luchaentreílas poderosas familias de los Guisa, católicos, y
de los Châtillon, que aceptaron o protegían las nuevas creencias. Lo que en principio
` era un movimiento religioso, por la adhesión de hombres de espada, se convirtió tam—
bién en un conflicto de partidos.
En 10 que se refiere a los Países Bajos, el calvinismo afectó a Felipe II en muy dis—
tinta manera, no sólo porque fue muy escasa la nobleza que aceptó las nuevas doctrinas,
sino porque era un territorio que pertenecía a su Corona. En todo caso, la vecindad de
ambos territorios, y sin dificultades geográlicas en su frontera, facilitò el que los calvi—
nistas franceses (llamados también hugonotes) se convirtieran en una constante amena—
za para la situación en los Países Bajos, pues penetraron allí con cierta facilidad y tejie—
ron alianzas con los rebeldes, entre los que tenían también correligionarios.
En Francia, antes de fallecer imprevistamente Enrique Il durante los festejos
de la boda, por poderes, de su hija Isabel de Valois con Felipe II, tuvo tiempo para
encomendar a este último una cierta tutela sobre sus hijos y herederos mu>l jóve—
nes o menores de edad Felipe II aceptó esta encomienda, no sólo por defensa y
apoyo al catolicismo, sino porque su expansiôn en Francia afectaba a los Países
Bajos. Siempre pensó que la mejor manera de ejercer dicha encomienda consist1a
en apoyar a la reina madre, Cata1ina de Médicis, que tendría el gobierno en sus ma-
nos después del brevísimo reinado de su hijo Francisco II (1559— 1560), caracteri—
Zado por el rigor de los Guisa contra los disidentes religiosos. Pero Catalina de
Médicis, mujer hábil y pragmática, durante el reinado de Carlos IX, para evitar los
constantes conflictos y enfrentamientos internos, se inclinó a una política de tole—
rancia controlada. Conviene tener en cuenta que lo que se llamó entonces toleran—
cia religiosa era un concepto nuevo que no aceptaban ni católicos ni calvinistas.
Los primeros porque consideraban que no se podía tolerar el error y los últimos por
idéntica razón, pero aquéllos luchaban por el reconocimiento total de los derechos
religiosos y civiles que invocaban.
En estas circunstancias y con las indicadas diferencias religiosas entre las gran—
des familias, lapolitica de Catalina de Médicis difícilmente podía traer la paz. Feli—
pe II, partidario, como sus consejeros mas intimos, especialmente el duque de Alba,
de castigar a los herejes, a quienes tenía también por rebeldes a la autoridad real, tras
advertírselo repetidamente, decidió apoyar a los católicos durante las tres primeras
guerras de religión. Sin embargo la Reina madre, que no quería subordinar el país a
Felipe II, rehusó totalmente su apoyo a partir de 1570, buscando, siempre mediante
concesiones, mantener la paz interior, siquiera de forma precaria. Fueron muchos los
problemas que hubo de superar, pues en ningún caso deseaba la guerra con España, a
la que los hugonotes la inclinaban, interviniendo, de una forma u otra, en los Países
Bajos en ayuda de sus correligionarios. Tampoco el soberano español quería una rup—
tura, procurando simplemente defenderse de tales ataques.
LA MONARQUÎA HISPÁNICA DE FELIPE 11 (1556—1598) 205

3.2. LA REBELIÓN DE LOS PAÍSES BAJOS. GOBIERNO DE MARGARITA DE PARMA

Los Países Bajos eran un territorio de los más poblados de Europa, №9919…—
dustríalizado, con un elevado niVel de vida e importancia cultural. Para Espafia tenían
un importante interfËSÆnÔmico. Durante varios siglos habían sido mercado para su
lana, principalmente la castellana, y otros productos t1p1cos del Sur. Nªim{ Ses—
pañOIes recibian productos de su industria textil y metalúrgica, así como baStimentos
(madera, alquitrán pertrechos para la construcción naval), que ellos importaban de los
países n6rdicos Amberes era el centro comercial y_financiero másimportantede Eu—
ropa, un verdadero almacenparalosintercambioscomercialesentre Sur.У…Norte, y en
medida creciente mercado de distribución de { Sproductos coloniales americanos y
de las Indias orientales portuguesas.
E_lcatolicismo era la religion de las diecisiete provincias, pero desde muy pronto
comenzaron apenetrar desde Aleman a la here]… luterana yla secta revolucionaria
llamada anabaptista que fueron reprimidas y erradicadas con gran dureza por Car-
los V. Desde 1559, el calvinismo comenz6 a extenderse en las ciudades textiles fran-
cofonas meridionales, colindantes con Francia, organizado para poder enfrentarse a
las autoridades seculares, y aprovecharía 1ііayuda de sus correligionarios franceses y
los propios conflictos internos para progresar allí y en las provincias norteñas
A su partida hacia España,Felipe II dejó establecido un Consejo de Estado para
asesorar a la gobernadora, su hermanastraMargarita hija ileg1tima de Carlos Vpero
“x_x.

de madre flamenca y educada en el país hasta que a sus once años marché a Italia,
don de casó con Octavio Farnesio, duque de Parma. En dicho Consejo participaban al—
gunos de los más importantes nObles autôCtonos,como Guillermo, pr1ncipe de Oran—
l
ge, los condes de Egmont, Horn y el barónde Montigny, pero Felipe П había dejado a
\ Margarita orden de consultar los asuntos más importantes con tres de sus miembros,
{
de los cuales la figuramásdestacada era Antonio Perrenot, obispo de Arras, que sería
elevado a la púrpura como cardenal de Granvela Originario del Franco Condado, y
por tanto extranjero al pais, estaba totalmente identificado con la causa española y
: coincidía con Felipe II en hacer de las diecisiete provinciaS un Estado centralizado
〝 mas gobemable. Pronto los mencionados nobles se dieron cuenta de que estepequeño
grupo usufruc1uaba las funciones de Gobierno y surgió una oposición sorda contra Sus
componentes, especialmente contra Granvela
Los nobles descontentos reclamaron una mayor representación en el Consejo, y
el barón de Montigny fue enviadoa la Corte española, en otoño de1562, para pedir la
sustituciôn de Granvela. Cuando volvió sin conseguirlo, Orange y Egmont se retira—
ron del Consejo. La tensión creada obligó a FelipeII a destituir a Granvela en enero de
1564. A lacaída de Granvela, la permisividad o indiferencia de los grandes señOres
respecto a la resistencia de los calvinistas a los edictos yalaInqu1s1c1on colocô al
Consejo de Estado en pOSIClondifícil, pues Guillermo de Orange, todavíanominal—
mente católico, consideró incluso conveniente protegerlalibertad de conciencia de
los protestantes para evitar problemas.
Aunque algunos obispos, prolesores de teologia de la Universidad de Lovaina
y altos funcionarios aconsejaban a Madrid una cierta moderaciôn respecto a los cal-
vinistas, el monarca español,escarmentadode lo queocurría en Francia donde la to-
lerancia hab1aconducido a graves conflictos internos, consider6 que no era ésa_pre-
206 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

cisamentelapohfieaaseguir. En otoño de 1565 decidió la implantación de los de—


CrC〔0SdelConc1llo d Trento y la nueva organización ecleslastlca atribuida a Gran—
vela, enla que se re.
garon que esta reorganizaCión nodebía hacersesinla expresa salvaguardia de sus
privilegios, y el conde de Egmont fue enviado a Madrid para suplicar moderaci6n en
la persecución de los protestantes. Felipe II, fiel a sus ideas en este punto, dioms—
trucciones a Margarita para que las disposiciónesContra los herejes fueran aplicadas
en todo su rigor antes de que fuera tarde y el avance de aquéllos fuera ya imparable.
Esta decisión produjo una oleada de indignación y malestar en unpaísya inquieto
Sin embargo, contra el rumor que hicieron circular los calvinistas, Felipe II nunca—…
tuvo{nLCnC{叫dC introducir unaInqLLisición semejantea la española, cuyOs métodos
eran mucho mas duros que los aplicados por la Inquisición romanaWdIe/pendientedi- ;"
rectamente del Papa, que era la queactuaba en los Palses Bajos, como en otros paí—_

El 5 de abril de 1566 una representación de la pequeña nobleza acudió en proce-


sión alpalacio de la gobernadora para presentar la petición de suavizar la persecución
de los herejes. Calificados despectivamente de gueux (mendigos) por uno de los con—
sejeros de Margarita, adoptarían esta denominación como reto al Gobierno. De mo—
mento la gobernadora decidió suspender la aplicación de los edictos contra la herejía y
consultar a Madrid. El consentimiento tácito de libertad religiosa se convirtió, sin em—
bargo, atizado por el hambre provocada por los altos precios alcanzados por los cerea—
les después de un inviemo excesivamente riguroso (1565— 1566) enverdadera revuel—
ta popular. A finales de agosto, se expresó en un saqueo de iglesias, destrozo deimá—
genes y robo de ornamentos y objetos valiosos de culto. Entre los iconoclastas había
una porción de calvinistas, que bien organizados dirigieron la1nsurrecci6n buscando
templos para su culto, pero la mayor parte era populacho irritado, indiferente en reli—
gión o que odiaba al clero por su riqueza. La gobernadora, acudiendo a los señores,
asustados de la violencia de los iconoclastas, conSiguió mantener un orden momentá—
neo. La nobleza de los Países Bajos no era calvinista, y si se habían unido al movi—
miento de revuelta era a causa de la oposición general que reinaba en el país, sin ima—
ginar sus desoladoras consecuencias.

3.3. EL DUQUE DE ALBA Y LA POLÍTICA DE DUREZA

El movimiento iconoclasta impresionó profundamente en Madrid. La goberna—


dora, restablecido el orden, pues los calvinistas se hallaron solos, sugirió que era el
momento de hacer concesiones, ahora en situación de fuerza. Pero no era esto lo que
pensaba Felipe II ni algunos de sus mas allegados consejeros, que miraban siempre
al espejo de Francia, donde la politica de tolerancia de Catalina de Médicis no había
conseguido sino avivar las llamas del conflicto y desencadenar la guerra sin Cuartel
entre católicos y calvinistas. En un importante Consejo de Estado, una parte de sus
miembros, encabezada por Ruy Gómez (que parece había tenido alguna relación con
la nobleza neerlandesa) se inclinaba a seguir la política preconizada por la goberna—
dora, pero se impuso la opinión de Alba, de que la sedición y la herejía de los'rebel-
desjustificaban el uso de la fuerza si no quería caerse en una situación semejante a la
LA MONARQUÎA HISPÀNICA DE FELIPE n (1556-1598) 207

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FUENTE: M. Artola (dir.), Enciclopedia de Historia de España, Alianza, Madrid, 1993, Vl, p. 931.

MAPA 7.3. De Milán ¿¿ los Países Bajos: las comunicaciones.

del vecino país. Además, la situación geográfica de los Países Bajos aconsejaba la
necesidad de reprimir 10 antes posible lamrevnelta. Esta misiôn de castigar'a unos
enemigos que eran a la vez «nehQLdQSlthjeS», le fue encomendada a él mismo,
que a mediados de abril de 2611131594Réägjliillaßeuniö en Milán los lerciosfrepar—
tidos por la peninsula, y se encaminó con unos 9.000 hornbresqhacia el norte, bor—
208 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

deando Francia, y después, por el Franco Condado, Lorena y Luxemburgo, entró en


Bruselas el 9 de agosto.
conl_aopos1c1on politica}!religiosa y, como se le
Su misiónconsistíae11acabar
en
decíalas instrucciones secretas que se le dieron, «hacer de todas las provincias un
reino, con Bruselas como capital». Algunos de los oponentes como Guillermode
Orange,ymuchoscentenares de implicados en 105 conflictos, huyeron, especialmente
aFrancia y Alemania, pero otros, más confiados, com Egmont y Horn,permanecie—
ro_1_1_enelpaís. Alba, sin vacilar,los'pusoen pr151 іі.Fa juzgaralos acusados de la re-

fallados
Sangre», que actuó sobre millaresde casos, bastantes de los cuales fueron
como culpables y sus titulares ejecutados. En mayo de 1568, Guillermo de Orange,
desde su exilio en Alemania, organizó una invasión con la esperanzaііе` que surgiera
un levantamiento, pero el país estaba demasiado atemorizado y concluyó en un estre—
pitoso fracaso. Alba tomó ocasión de este intento para incrementar la represión y apli—
car más ejecuciones, como las de Egmont y Horn, ahorcados en la Gran Plaza de Bru—
selas (5 deJunio de 1568)como advertencia a otros opositores {
Para el sostenimiento del Gobierno y del Ejército, sin tener que recurrir a España,
convocó Estados Generales a los que coaccionó para que accedieran a concederle va—
rios impuestos, de los que el más sustancioso era el de 10 % sobre toda transacción
mercantil, aunque de hecho se cumplió con un porcentaje muy inferior. El régimen de
rigor impuesto por Alba, a pesar de que provocó un descontento creciente, no dio lu-
gar a revuelta interna alguna. La incitación allevantamientovino del exterior. de 105
hugonotes franceses y de las agresionesde1,05, corsarios holandesesinglesesy hugo—
notes. El tendón de Aquilesde Alba estaba precisamente en la falta de una escuadra
para la defensa marítima. La decadencia de la construcción naval española y la caren—
cia de navíos apropiados para navegar en lasaguasbajasde aquellos países influyeron
de manera determinante en el fracaso.…deAlba y sus sucesores.
Guillermo de Orange, exiliado en Alemania, continuaba en su intento de organi—
zar una vasta oposición internacional contra el dominio español y firmô una alianza
con los hugonotes franceses, mientras su hermano, el conde Luis de Nassau, que se ha—
bía instalado en Francia, trataba de arrastrar al rey Carlos IX a ayudar a 105 rebeldes de
Flandes E] 1 de abril de 1572, los llamados <<mendigosdel mar», horda de toda clase

modadas cuya cabeza había sido puesta aprecio, pescadores ytrabajadores enparo
que se dedicaban al pillaje, indiscriminadamente, por la costa atlántica, expulsados de
los puertos ingleses por temor a sus excesos, se dirigieron al puerto de Brill, en la de-
sembocadura del Mosa, en Holanda (1 de abril de 1572). Alli se encontraron con la
sorpresa de que la guarnición española lo había abandonado para acudir a apaciguar
cierto tumulto en otra parte. Ni Alba ni Guillermo de Orange, ni su hermano Luis de
Nassau, dieron importancia a este hecho, que, sin embargo, sería el punto de ignición
de la gran revuelta. En efecto, animados por este éxito inesperado, otro grupo de
<<gueux del mar» desembarcó en Flesinga, llave para el control de Zelanda, a la entrada
del Escalda, profanando y saqueando sus iglesias. Al cabo de pocas semanas habían
ocupado prácticamente las provincias de Holanda y Zelanda.
Ante este éxito, los hugonotes franceses, apoyados por Luis de Nassau, redoblaban
el clamor a su rey pidiendo autorización para atacar al duque de Alba. El monarca al fin
LA MONARQUIA HISPÀNICA DE FELIPE 11 (1556—1598) 209

les autorizó, aunque procurando no comprometerse. Un ejército protestante, compuesto


de franceses y exiliados neerlandeses,_que se había apoderado de Mons, fue a poco des—
trozado por el hijo del duque de Alba y, para evitar una confrontación de graves conse—
cuencias, el Rey de Francia, persuadido por su madre, consintió la eliminación del almi—
rante Coligny, el más Significado_jefe calvinistalo que fue el comienzo de las trágicas
matanzas de hugonotes por los católicos en París durante la llamada Noche de San Bar—
tolomé (24 de agosto de 1572), y en dias posteriores en otras muchas ciudades.
Alba, aprovechando'el desconcierto provocado por aquellos terribles sucesos,
emprendió la reconquista del país, más convencido aún de que sólo la represión era el
medio de dominar a los rebeldes. Malinas fue brutalmente saqueada durante tres días y
un trato semejante recibieron Zutpheny Naarden. Haarlem, ciudad bien protegida por
el agua, resistió siete meses, pero los vencidos fueron pasados a cuchillo (15 julio de
1573). Sin embargo lastropas espafiolas y extranjeras, a las que no se les podía pagar
por falta defondos, provocaron una serie de motines que impidieron la prosecución
del avance iniciado. Alba pareciô rendirse entonces ante la evidencia: la dureza y el
saqueo conducían a una más tenaz resistencia de los habitantes del país, incluidos los
católicos, que aún eran mayoría.

3.4. Los GOBIERNOS DE REQUESENS Y DON JUAN DE AUSTRIA

Felipe II, a sugerencia de los partidarios de la conciliación, principalmente Granvela,


que estaba en 1ta1ia,y el secretariQ Antonio Pérez, decidió sustituir a Alba. Ya en enero de
1573 había designado al entOnces gobernador de Milán, Luis de Requesens, hombre ex—
perimentado y buen diplomático, que había servido de consejero a don Juan de Austria en
Lepanto y en la guerra de Granada, para que ensayara la vía conci1iatoria. Los «mendigos
enblo—
【 del_mar» mantenían una molesta amenaza en la costa neerlandesa, que se(Baía?)
queo total al caer en sus manos Middelburgo, en febrero de 1574, tras dos años de asedio.
Esto significaba que eran totalmente dueños de la ruta marítima entre los Países Bajos y la
Peninsula y que tenian a su merced eÎimportante comercio español. En abril de 1574, la
gran victoria española de Mook, cerca de Nimega, en la que murió Luis de Nassau, signi-
ficó un gran triunfo y la gran oportunidad para Requesensde negociar con los rebeldes,
pero el Ejército estaba irritado por la falta de sus pagas y marchó sobre Amberes, que fue
tomada como rescate. Requesensconsiguiódominarel motín, aceptando negociar en Ma—
drid las peticiones inmediatas de los soldados Por ello, cuando el 5 dejunio de 1574 p10—
clamó el perdón general, no es de extrañar gue tuviera muy escasa acogida.
Cuando Requesens reanudó la empresa de reconquista, la bancarrota de la hacien—
da real, declarada el 1 de septiembre de 1575, hizo muy difícil la llegada de dinero de
España, y los soldados de los tercios, a los que se debían varios meses de paga, iniciaron
la etapa de los grandes motines. Requesens, que se hallaba muy delicado de salud, falle—
ció del disgusto (5 de marzo de 1576). La ausencia de una autoridad pareció facilitar al
Pnncipe de Orange, pasado ya al calvinismo, conseguir lo que había sido suobjetivo
desde el principio de la revuelta: unir a las diecisiete provinciasfrente al régimen espa-
fiol. El 4 de setiembre de 1576 fueron arrestados los miembros del Consejo de Estado
afectos a FelipeII y Orange convenció al nuevo Consejo para que'convocase Estados
Generales, Pero los tercios, el 4 de noviembre, asaltaron la ciudad de Amberes y la
210 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

ªtacaremsalvajemente en busca de botín. Se calcula que unos 7.000 ciudadanos per-


dieron la vida. Esta brutal acción fue capaz de unir en Gante 11 delegados de todas las
provincias y llegar al acuerdo de suspender los edictos contra laherejíay concedera los

tQTQredactó también unaproclama en la que seexigíala expulsión de lols tercios espa—


ñoles y la convocatoria de Estados Generales.Sin embargo, las diferencias entre los
cóaligados, pertenecientes a distintas confesiones religiosas, y sus diferentes opiniones
sobre la estructuración política del país, hicieron inútil un entendimiento. Por si 1uera
poco, en BrabanteyFlandes jefescalvinistas radicales, apoyados en una parte del pue—
blo desesperado, SCapoderaron delgobierno de algunas ciudades donde1mpusier0n go—
biernos revolucionarios que otorgaban libertad solamente para el culto protestante y
procuraban la eliminación del católico. ESlQ movimiento radical dentro delcalvinismo
hizo fracasar el intento de unificación del PrincipedQ Orange. ”
La división entre los rebeldesfavoreció una cierta reconciliación a lallegadacomo
gobernador de don Juan deAustria, el hermanastro del Rey, en noviembre de 1576 P11—
vado de dinero y Cori tropasescasas las provincias meridionales C1mpusieron el llama—
d6Edicto Perpetuo (12 de febrero de 1577), por el quese obligaba a retirar a los tercios a
cambiode aceptarle como gobernador general y mantener como única religión la católi—
ca. El nuevo gobernador en relación con la familia cratólica de los Guisa franceses, apo—

rrocar alaBrotestantelsabelycñarseígnMariaEstuardo Estos planes, gestadospriva—


damente por el Principe, no agradaban a Felipe II, que —apartede Cierta celotipia hacia
su hermanastro— nó T6S consrderabaopórtunos, y procuró obstaculizarlos mediante la
limitación de recursos financierosal gobernador Don Juan, que no era un hombreque
se resignara a una situaciónde pasividad, abrió las hostilidades apoderándose de lorma
inesperada de la fortaleza de Namur (julio de 1577) y pidió a Felipe Il autorización para
el regreso de los tercios, que al lin consintió a ello y llegaron con su amigo de niñez, Ale—
jandro Farnesio. Cón estos efectivos se consiguió una rotunda victoria en Gembloux,
cerca de Namur, el 31 de enero de pCr0 la falta de dinero impidió proseguir la
campaña, y aprovechando la ocasión apoderarse de Bruselas. `
Р9го los rebeldes continuaban Sin entenderse: las provincias valonas, católicas en
su mayoría y de habla francesa, llamaron como jefe al inquieto y ambicioso duque
Francisco de Anjou, hermano del rey de Francia, Enrique Ill, mientras que las del nor—
te se inclinaron por el calvinista Juan Casimiro, conde del Palatinado del RTEn esta
situación, el 1 de octubre de 1578, don Juan falleció de tifus, 21 los treinta y tres años,
dejando como gobernador a su lugarteniente Alejandro Farnesio, cargo en el que le
confirmó el soberano.

3.5. Los PROGRESOS DE ALEJANDRO FARNESIO, DUQUE DE PARMA (HASTA 1585)

Farnesio era hijo deMargarita, la que había sido gobernadora del país, y del se—
gundocome?CCP211ma,Òctavi6Farnese (castellanizado Farnesio),sobrino, por tanto,
__de Felipe“, en cuya Corte se había criado juntamente con el fallecido don Juan de
Austria, prácticamente de la misma edad. Era gggsºldadgala vezque hombre de go—
bierno. Hábilmente supo/aproyecharklas diferencias entre las provincias meridionales
LA MONARQUÏA HISPÂNICA DE FELIPE II (1556-1598) 211

y lasnprteñas. Las provinciasvalonas acordaron en enero de 1579_…crear_la…[ln…í$3n de


Arras, a la que 1a;norteñas responderíanmás [тадрол la Unión…dQUEKecht. Esta divi—
SiÓñJprefigurabaFlo que posteriormente serían BélgicayHnlanda.
La ruptura de las provincias valonas no significaba la vuelta a la obediencia a Fe—
lipe H, pues tan aborrecible consideraban la dominación española como la de los cal-
vinistas. Farnesio sabía que eran precisos tanto éxitos militaresque le dieranau/torhidad
como un paciente, trato que,_'inspirara .cqnfianzgfinigs propósitos pacificadores del
monarca. Así Consiguió el trataílgde Arras (17 de mayo de 1579) por el que losrepre—
sentantes de Artois,HainauÍy,Flandes valón reconocían afF—elipe П como soberano y
admitían el mantenimiento del catolicismo como única fe. A cambio, Farnesio les pro—
metió" el “fe'éb'hóe'ífñiéhftdd'e Sus'libertades, la retirada de los soldados españoles, la
confirmaCión' de laipacifi'caciónwide/“Gante y del Edicto Perpetuo y apartar a los extran—
jefes de cargos,civilesymilitares. Como reacción, las siete provincias del Norte fir—
maron la Unión de ' con lo que la ruptura de la unidad del país se consumó.
La_salida de los tercios iba a acarrear serias dificultades a Farnesio, pero sabía
que esta medida era indispensable para ganarse a los valones y tenía esperanza de que
algún día volverían. Con las“ tropas _valonas intentó alcanzar un triunfo militar
que consolidara el tratado'de Arras, y lo consiguió con la toma de Maastricht después
de un asedió'débuatro meses. Procuró mantener sus promesas e irse ganando a los no—
bles valones mediante gratificaciones y sobornos. A_sí logró que poco a poco afian—
zaran su confianza y que se convencieran de que con sus tropas solamente serían inca—
paces de cionSeguir victoria alguna, Siéndoles preciso contar con los españoles. A fina—
les de 1582 Farnesioitenía bajo sus órdenes casi 60.000 hombres, sobre todo alemanes
y valonesg'iñ'cluyendo 5.009 españoles y7_47.0001_ií___lianoSÍSMupropósito inmediato con—
sistía en lanzaºlínfaofenSiva para lograr la seguridad de las provincias. Necesitaba, sin
embargo,dinero. Afortunadamente, de España le fue llegando más abundanteque a
sus antecesores, pues fueron años en que las flotas déiiiiií'ángiañáfón crecientes Can-
tidades de plata. Además, apenas tuvomolestias de los hugonotes franceses, pues Fe-
lipe 11 había firmado un tratado secretocon los Guisa a finales de 1584, que juntamen—
te con los miembros de la Li ga Católica, les tuvieron atenazados.
Gracias a Su talento militar, la división de los enemigos y una cierta tranquilidad de—
rivada del indicado tratado, Farnesio consiguió numerosos éxitos. A finales de 1584 había
reconquistado Flandes y la mayor parte de Brabante; en febrero de 1585 capitulo Bruse—
las, y después de un célebre asedio, largamente preparado y utilizando la ingeñiéiíáinñíl
tar, rindió a Amberes el 17 de agosto. En el entretanto, se había realizado__la conquista de
Portugal y de las AzoréSÍoque otorgaba a la Monarquía española una amplialapertura al
Alläntico, y Pensar en la posibilidad de una ofensiva—contra lsabelgdeulnglaterraf

4. La anexión de Portugal a la Monarquía española

4.1. PLANTEAMIENTO DE LA SUCESIÓN PORTUGUESA.


Los CANDIDATOS Y LA ACTITUD DE Los PORTUGUESES

Al caer, en 1579, Antonio Pérez en 1a desgracia real, Felipe П llamó urgente—


mente a Granvela, que se hallaba en Roma, para que viniera a sustituirle. No sola—
212 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

mente buscaba una persona de gran experiencia para afrontar la situación en un mo—
mento crítico, sino también para imprimir a la Monarquía un mayor vigor ante los
problemas que se avecinaban. Uno de ellos era el de la sucesión portuguesa Eljoven
rey don Sebastián acababa de mQr_i_r№
en CruzadaenQ1 norte de África, en la bata—
lla de Àlcazarquivir (4 de agosto de 1578). El sucesor su tío abuelo, C anciano car—
denal don Enrique tenía muy pocas probabilidades de vivir largo tiempo,"conToque
FSüte’sfön'se'rfi'östraba abierta.
"" El reino de Portugal era pequefio pero suimperio inmenso: se extendía por el
oriente11a91£11£11nd1a ylas Molucas, y porel occidente hastaelBrasd Lisboa era la
"Capitaldelas especias del mundo Los pretendientes con mayores derechos eran
tres: la duquesa de Braganza, que tenía ventaja si se considerara la estricta linea

Isabel; y don Antonio, prior de la OrdendeMCratohijo ilegítimo del hermano del


cardenal donEnrique 'd'ìsolu'to y derrochador, pero_apre01a'do pQ1"e'l' pueblo; Los
portugueses 110 eran partidarios de pasar a ser súbditos de Felipe II, precisamente
por ser rey de España. Para aconsejarse sobre la sucesión, el anciano rey cardenal
convocó Cortes en Almeirin (11 de enero de 1550), donde cada brazo trató de in—
fluir a favor de su candidato, y doannrique no consiguió aclarar su decisión…Mu—
rió el 31 del mismo mes, dejando un consejo de regentes para gobernar hasta que
fuera elegido el sucesor.
G1anela preparò la anexión con la inestimable ayuda de Cristobal de Moura,
un portugués qué; venidoCC11in0 Con la infanta doña Juana, hermana de Felipe П,
""V'i'uifadél malogrado heredero de Portugal el infante Juan Manuel, había adquirido
"en la Corte española gran estima. El monarca español contaba con el apoyo de cier-
tos sectores sociales importantes: la nobleza, que hundida en el desastre de Alcazar—
quivir necesitabadel dinero Qspafiol para rescatar a muchos de sus familiares aún
caulivosde los moros;losjesu1tas con la esperanza de conseguir su protección para
las labores apostólicas iniciadas años atrás en las colonias de Oriente y Brasil; y los
hombres de negocios y clase mercantil en general, que se sentían especialmente
atraídos por la perspectiva de participar más intensamente en el comercio de Sevilla
y América, a tin de conseguir la plata tan necesaria para su comercio en los merca—
dos de Extremo Oriente.

4.2. ACTUACIÔN DE FELIPE П

Felipe II estaba convencido de ser el candidato con mayores derechos y


ademas temía que Portugal, en manos de don Antonio, sólo hubiera podido mante—
nerse aliándose con los enemigos de España: ingleses, holandeses y franceses pro-
testantes. Por ello, bien aconsejado por Granvela y el hábil Moura, se empleó a
fondo, utilizando la diplomacia y el poder militar. Con dinero español se pagó el
rescate de algunos de los nobles cautivos en África; usando la diplomacia se logró
que el rey de Marruecos pusiera en libertad al duque de Barcelos, esposo de la du—
quesa de Braganza, yla pareja ducal, generosamente recompensada, retiró sus pre—
tensiones.
De los consejeros regentes, dos o tres fueron asegurados para la causa española
LA M。NARQU{A HISPÀNICA DE FELIPE 11 (1556—1598) 213

por Moura, pero la oposición popular era grande y en las calles se vitoreaba a don
Antonio. Por ello, no quiso el monarca que el Consejo interviniese ni tampoco las
Cortes decidiesen o dejarlo al arbitraje del Papa. Granvela consideró muy conve—
niente realizar cuanto antes la ocupación del país por un ejército, para dirigir el cual
se llamó al duque de Alba, que se hallaba en un forzado destierro en su casa ducal. El
veteranoduque antes de penetrar en territorio portugués, lanzó un ultimatum a los
portugueses para que reconociesen a Felipe II como soberano legítimo, pero al rehu—
sarlo cruzó la frontera a finales dejunio de 1580. Los partidarios de don Antonio
ofrecieron resistencia en algunos lugares, pero a los cuatro meses el reino había caí—
do bajo control español. En abril de l581 las cortes de Tomar reconocieron oficial—
menteaaFelipe II que estuvo presente. Proclamô entonces las condiciones QC laane—
xión: las {QS{QQ_C{QQCSpolíticas yrepresentativasde Portugal permanecerían intactas
y los castellanos no ostentarian cargos111 enla metropolini en sus territorios ultra—
marinos; tampoco debian ser autorizados a participar en la vida comercial delImpe—
rio ultramarino. Se acordó que durante las ausencias del monarca, el reino sería go—
bernado por un miembro de la familia real o un Virrey português, y 5e establecía en
Madrid un 9911551011520rlugaE Cuyósconsejeros y funcionarÍOS serían portugueses
E5ta5 medidas significaban que Portugal aunque formando parte de la Monarquía
hispánica, era un Estado asociado, no incorporado, a la Corona de Castilla. Ningún
soberano del siglo XVI hubiera respetado más las peculiaridades de un país conquis—
tado. Felipe II permaneció en Lisboa hasta marzo de 1583, dejando como virrey a su
sobrino elarchiduque Alberto de Austria.

4.3. RESISTENCIA DE D N ANTONIO, PRIOR DE CRATO

Solamente una de las islas Azores, la Terceira, proclamò su fidelidad a don


Antonio. Ello constituía un peligro, porque podía ser una base para la recuperación
del reino y refugio de los corsarios, que, como Drake, podían utilizarla de apoyo
para sus ataques a España, a sus flotas trasatlánticas y a su imperio americano. Cata-
lina de Médicis, para vengarse de no haber sido reconocidos sus derechos a la corona
portuguesa —ciertamente sin apenas peso—, recibió en su Corte a don Antonio y le
ayudó a organizar dos flotas para apoderarse de las Azores. Sin embargo, el embaja-
dor español en París, bien informado por sus espías portugueses, alguno de ellos del
entorno del Prior, envió noticias precisas y una armada del almirante Santa Cruz
deshizo dichas expediciones franco—portuguesas, a finales dejulio de 1582 y en la
primavera de 1583.
La asociaciôn de Portugal fue beneficiosa para ambas partes. Los portugueses
lograban el respaldo de un poder más fuerte; España consiguió un extenso litoral en
el Atlántico, en cuyas aguas se librarian las grandes batallas, y un segundo imperio
ultramarino, complementario del americano, lo que significaba un notable aumento
del poderío español. La Monarquía hispanica aparecíaahoraante51151ivale5como
un verdadero coloso1111111d1 enelloselan—
tollco pero al mis o‘tlempoflprovoeo
sia de destruirloQ cuando menosdebllltarlokap sus
r—Îfiechando 咽QQn{0Sflacosla (1111-
"cultad de defender territorios tan vastos yl _“ inmensasdi 〟 `
sus miembros.
214 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

5. La gran empresa contra Inglaterra. La llamada «Armada Invencible»

5.1. Los ANos DE OPOSICIÓN SIN RUPTURA DE FELIPE П E ISABEL DE INGLATERRA

La conquista de Portugal y de las Azores planteó a Felipe II la necesidad de poner


coto a los ataques de ingleses, franceses y holandeses a navíos españoles, apoderándo—
se de bienes y personas, y a los saqueos de puertos e instalación en territorios america—
nos, como Florida, donde unos centenares de franceses calvinistas, en 1565, habían
Sido exterminados por el almirante Menéndez de Avilés. Pero el enemi go más peligro-
so era Inglaterra. El temible corsario John Hawkins apareció en aguas del Caribe, en el
puerto mejicano de San Juan de Ulúa, en setiembre de 1568.
La huida de María Estuardo, reina de Escocia, de sus enemigos, para refugiar—
se en Inglaterrajunto a su prima Isabel, unos meses antes, en mayo de 1568, consti—
tuiría un peligro permanente para la soberana inglesa, pues planteaba la posibili—
dad de una rebelión de los católicos, de acuerdo con una intervención militar
extranjera, para colocarla en el trono inglés. En efecto, ya en noviembre de 1569
surgió un levantamiento en el norte contra el gobierno de William Cecil, que había
acentuado su protestantismo. Felipe II sugirió a Alba intervenir en Inglaterra, pero
éste no consideraba conveniente embarcarse en empresa tan aventurada. Igual—
mente Se mostró reacio a ayudar a otra nueva conspiración en 1571, porque la des—
confianza respecto a Francia y la situación de los Países Bajos aconsejaban mante—
ner buenas relaciones con Isabel. Pero la insistencia de los papas en una interven-
ción militar y las cada vez más dañosas y frecuentes actividades de los corsarios
ingleses inclinaban al monarca español a actuar contra Inglaterra. Por su parte, Isa—
bel practicó una política prudente, no deseando verse envuelta en ningún conflicto
con España. Es cierto que apoyó a corsarios como Francis Drake, cuyas empresas
reportaban preciados recursos de sus saqueos a las colonias españolas, pero consi—
derándolas empresas particulares.
En 1583 se descubrió la conspiración de Francis Throckmorton, que bajo tor—
tura confesó la implicación del embajador español, Bernardino de Mendoza, a
quien en enero de 1584 se le ordenó abandonar el país. Unos meses después falle—
cería el duque de Anjou, que ansiando un reino había invadido varias veces los Paí—
ses Bajos, y al no tener el rey su hermano, Enrique III, hijos, se planteaba la suce—
sión de la Corona de Francia. Felipe II ya había previsto esta posibilidad y para
evitar que llegara al trono Enrique de Borbón,jefe de los hugonotes, firmó el trata—
do de Joinville (31 de diciembre de 1584) con los príncipes de la Liga Católica.
Esta, encabezada por Enrique de Guisa, trató de inclinar a Enrique III a acabar con
el poder del partido calvinista. Por entonces, en los Países Bajos, Alejandro Farne—
sio afirmaba el poder español apoderándose de Amberes, y tres días después, el 20
de agosto de 1585,_lsabel deInglaterra sintiéndose seriamente amenazada,firmo
un tratado con
losrebeldesholandeses por el que se comprometíaa suministrar un
ejército,bajo mando inglés, mientras durase la guerra. En efecto un contingente
de tropas inglesas desembarcó en Zelanda, lO que equivalía a una declaración de
guerra y determinó a Felipe II a dar una respuesta.
LA MONARQUÍA HISPÁNICA DE FELIPE 11 (1556- 1598) 215

5.2. LA DECISION FELIPENSE DE INVADIR INGLATERRA

En el verano de 1586, una nueva conspiraciön católica fue descubierta y los im-
plicados ejecutados. Tan repetidas ocasiones de atentado, facilitaron a los consejeros
de Isabel arrancarle la orden de muerte de su prima María Estuardo, que pereció en el
cadalso el 18 de febrero de 1587. Para Felipe Il, que venia pensando en la posibilidad
de un ataque a Inglaterra, éste fue el justificante moral de la empresa. El papa Sixto V
llegó a un acuerdo con el conde de Olivares embajador español en Roma, para pro-
porcionar una importante suma de ducados para la expedición, una vez que hubieran
desembarcado los españoles en tierra inglesa. /\~, 萱 Î….= {g авг…
La preparaci6n fue laboriosa. El almirante, marqués de Santa Cruz, había pensa—
do en unos 500 barcos que transportasen unos 60.000 soldados, pero los barcos debían
ser construidos en los astilleros de España e Italia y la disposición de hombres, equipa—
jes y vituallas exigían tiempo. Hubo también imprevistos, como un ataque por sorpre—
sa de Francis Drake a Cádiz (19—20 abril de 1587), que destruyó una veintena de na—
víos y obstaculizó la llegada de la flota de América. Además, la expedición, ya dis—
puesta en Lisboa, hubo de retrasarse por el fallecimientode Santa Cruz en febrero de
1588. Para sustituirle,fue llamado el duque de MedinaSidonia que contaba con e_pe—
riencia en la preparación de las flotas, ra Aifié 凧Andaluciapero no tanta para
fimmg… cargó (armadas(ТеlaArmada E180de mayo zarpó hacia el norte compuesta
* por 130 barcos, en su mayorla mercantes requisados, y armados con cañones, 11. 000
hombres de tripulación y 19.000 soldados.
La estrategia a seguir había sido muy discutida en consultas del monarca con
Santa Cruz y Farnesio, con éste, naturalmente, por enviados o cartas. Se quedó en que
la Armada se aproximaría a los Países Bajos, donde bajo su protección el ejercito pre—
parado por Farnesio, embarcado en barcazas, cruzaría el estrecho y pondría pie en
Inglaterra. Este plan exigía una coordinación, altamente improbable de cumplir en el
siglo XVI, y además no se contaba con ningún puerto en los Países Bajos meridionales
con aguas suficientemente profundas para acoger al menos a parte de la Armada. Far—
nesio se dio cuenta de lo incierto de la empresa aunque obedeció al soberano, pero
aconsejando guardar el máximo secreto sobre los planes de la expedición y evitar
cualquier obstáculo de Enrique III de Francia o de los hugonotes al paso de la Armada
por el Canal.

5.3. FRACASO DE LA GRAN ARMADA

El retraso en la partida de la Armada había ya perjudicado al secreto aconsejado


por Farnesio y los ingleses estaban en disposición de máxima alerta. En París, en los
primeros meses de 1588, el embajador Bernardino de Mendoza, expulsado cuatro
años atrás de Inglaterra, trabajaba en la sombra, en estrecha colaboración con la Liga y
con el duque de Guisa. Este último no conocía los detalles de la empresa, pero estaba
dispuesto, con la ayuda del dinero del tratado de Joinville, a favorecer los planes de
Farnesio en los Países Bajos. En cuanto a los cat61icos de Paris, exaltados por los pre—
dicadores, habían decidido levantarse contra Enrique III y su gran valido el duque de
Epernon, acusados de no querer luchar elicazmente contra los hugonotes. Mendoza,

JM
216 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

apoyado en sus confidentes, trataba de que el levantamiento coincidiera con el paso de


la Armada por el Canal y los preparativos de embarque de los soldados de Farnesio,
para tener ocupados tanto al Rey como a los calvinistas. Sin embargo, no pudo conte—
ner a los parisienses y la insurrección se produjo el 12 de mayo, obligando al Rey y su
privado a huir de la capital. A pesar de todo, ni Enrique lll ni el calvinista Enrique de
Borbón estaban en condiciones de moverse cuando la última semana dejulio la impo—
nente Armada comenzó a navegar por el Canal de la Mancha.
La flota inglesa, aunque bien preparada, no tenía experiencia de una batalla en
gran escala. Era aproximadamente igual en número de barcos y tonelaje a la española,
y como ella compuesta de mercantes dotados de artillería, aunque una treintena de
ellos, pertenecientes a la marina real, habían sido construidos con una técnica más mo—
derna, más eficaz para el combate y con mayor movilidad. El núcleo fuerte de la arma—
da española eran imponentes galeones con artillería pesada, pero de corto alcance,
pues se preveía llegar pronto al abordaje. Los ingleses, en cambio, estaban dotados de
cañones de largo alcance y potencia para mantener a distancia a los enemigos.
La flota española navegaba con gran disciplina, pero al llegar ante Calais, ocurrió
lo que había temido Farnesio. Con una escuadra inglesa enfrente y los pequeños bar—
cos holandeses que patrullaban a sus anchas en los bajos fondos de Dunkerque y
Nieuwport, resultaba imposible que salieran las barcazas con los dieciséis mil hom—
bres que tenía dispuestos para contactar con la Armada y, protegidos por ella, arribar a
la costa inglesa. Tampoco la Armada podía acercarse a las aguas bajas de la costa me—
ridional neerlandesa ni acogerse a la espera en puerto alguno. De este modo, el en-
cuentro previsto no llegó a realizarse. Al darse cuenta de ello, los ingleses enviaron
barcos incendiados contra los galeones, lo que obligó a la Armada a romper su sólida
formación. Aunque Medina Sidonia consiguió reunirlos a la altura de Gravelinas el 8
de agosto con grave daño de muchos de sus barcos, un furioso temporal arrastró a la
flota española hacia el norte, perseguida por la inglesa hasta las islas Orcadas, donde
viró hacia el sur para regresar a las costas españolas. La pericia náutica de los coman—
dantes de la Armada evitó un desastre total, aunque, aproximadamente, pereció la mi—
tad de sus hombres y se perdió un tercio de sus barcos, quedando bastantes náufragos
y navíos maltrechos o destrozados en las costas de Escocia e Irlanda. Aunque resulta
difícil el cálculo exacto, fueron unos diez millones de ducados los invertidos en la fa—
llida empresa y el aumento de los impuestos para enjugar el déficit ocasionaron graves
quejas y disturbios en muchas ciudades de Castilla, que alegaron no poder pagarlos.
En cualquier caso, el de la Gran Armada no fue un desastre tan considerable
como el que la propaganda inglesa y antiespañola proclamó desde entonces, pero los
ingleses, conscientes de su poderío, se impondrían en el Atlántico, aunque nunca lle-
garon a interrumpir el bien ordenado sistema de ilotas entre España y América. Mayor
fue la repercusión política y psicológica de la derrota. Felipe II recibió la noticia con
su acostumbrada impasibilidad, pero el golpe afectó a la moral del país. Una serie de
escritos plantearon por entonces cómo un pueblo empeñado en una causa tan cristiana
podía haber sido abandonado por su Dios. Ingleses, holandeses y hugonotes, por su
parte, estaban exultantes, pues la victoria inglesa fue considerada como la salvación
de la Europa protestante. La empresa contra Inglaterra impidió a Farnesio proseguir,
cuando no concluir, la reconquista de los Países Bajos, cuando tras la conquista de
Amberes estaba abierta esta posibilidad.
LA M〇NARQU{A IIISPANICA DE FELーPE 11 (1556—1598) 217

6. Intervención en Francia contra un rey calvinista. Paz de Vervins (mayo de 1598)

6.1. FELIPE II APOYA A L SCATÓLICOS CONTRA ENRIQUE DE BORBON

Felipe II no estaba dispuesto a consentir que en Francia triunfase el calvinismo.


Enrique III, aunque católico, no deseaba acabar con una cierta tolerancia de que dis—
frutaba el partido protestante, por evitar las1mposiciones de la Liga Catölica, y parti—
cularmente de su cabeza, el duque de Guisa, lo que le obligaba a practicar una política
ambigua. La víspera de Navidad de 1589 ordenó, a traición, el asesinatode éste y la
prisión de otros príncipes liguistas. El asesinato del gran héroe de los católicos y de su
hermano el cardenal de Guisa, produjo una espontánea explosión de cólera, especial-
mente en París, extendida rápidamente a todo el país. La Facultad de Teologia de la
Sorbona declaró libresalos ciudadanos franceses de su juramento de fidelidad al Rey,
de modo que la teoría de la resistencia, elaborada por los calvinistas, fue utilizada aho—
ra por los católicos. Para salvar su situación, Enrique III no vio otro camino que el de
aliarse con Enrique de Borbón, jefe de los calvinistas (abril de 1589) y, juntos los ejér—
citos de ambos, pusieron sitio a Paris. La ciudad hubiera caído en sus manos, de no ha—
ber sido acuchillado el monarca por un fanático fraile dominico, el 1 de agosto. Antes
de fallecer, reconoció a Enrique de Borbón como su legítimo sucesor en la Corona,
que se tituló Enrique IV
La mayorîa del país, sin embargo, no aceptaba a un rey hereje, privado anterior—
mente,—por esta razón, por varios papas, del derecho a la sucesiôn. La Liga Católica,
dirigida ahora por el duque de Mayenne, hermano del asesinado duque de Guisa, se
dispuso a evitar la entronización de Enrique de Borbón, con la ayuda española, ahora
ya de forma abierta, pues no existía soberano La Liga proclamó Rey al anciano carde-
nal Carlos de Borbón, con el título de Carlos X, pero fallecio al poco, en mayo de
1590. Felipe II tema sus planes, cuidadosamente preparados, de acuerdo con los repre—
sentantes del jefe de la Liga Católica y con Farnesio (desde 1586 duque de Parma, por
muerte de su padre). Expertos juristas a quienes encomendó el estudio le aseguraban
que laxinfanta Isabel Clara Eugenia, por ser hija de Isabel de Valois, la hermana mayor
de Enrique III, tenia los mayores derechos al trono ——y así era de no existir la Ley Sáli—
ca, que excluía a las mujeres de la sucesión, si bien dichos expertos consideraban que
esta ley de circunstancias no tenía al presente valor legal—.Laidea del soberano es—
pañol era q11677unos Estados Generales, reunidos por la Liga y respaldados por un fuer—
te ejército, la eligierasoberana para casar después con un principe del agrado de am—
bas partes. PeroMayenne ambicionaba secretamente la Corona e hizo cuanto pudo
por retrasar la convocatoria de 105 Estados Generales, actuando con estudiada desleal—
tad, al igual que bastantes de los altos consejeros de la Liga Católica.

6.2. LAS INTERVENCIONES DEL DUQUE DE FARMA EN PARIS Y RUAN

Enrique de Borbón se manifestó como buen diplomático y excelente soldado.


Poseía grandes cualidades de generosidad y persuasión, que le atrajeron a muchos. En
marzo de 1590 obtuvo una gran victoria sobre la fuerzas de la Liga y comenzó el ase—
dio de París. Las tropas de Flandes no acababan de llegar, empeñado el duque de Par—
218 HISTORIA DE ESPANA EN LA EDAD MODERNA

ma en defenderse de los ataques de los rebeldes holandeses, hasta que Felipe II, des—
pués de habérselo ordenado varias veces, le conminö a hacerlo. Entonces dejando el
asedio de Nimega, entró en Francia y, en una hábil maniobra se presentö ante las mu—
rallas de París, levantando el sitio cuando el hambre cundía de tal modo en la capital
que morían todos los días centenares de personas. Pero a los pocos días, preocupado
por el avance de los holandeses durante su ausencia y la de sus tropas, regresó a los
Países Bajos, sin dejar arreglado con Mayenne y sus consejeros la convocatoria de los
Estados Generales para la elección de la infanta. En octubre de 1590, 3.500 soldados
espafioles, llamados por algunos señores de Bretaña, al parecer con el consentimiento
de su duque, Felipe de Mercoeur, desembarcaron en Blavet. Pero, al igual que Mayen—
ne, lo que Mercoeur buscaba era mantenerse como duque de Bretaña y se aprovechó
de ellos en caso de necesidad, pero sin dejarles actuar para acabar con el enemigo.
Otras fuerzas, pedidas por el gobernador del Languedoc occidental, con centro en
Toulouse, fueron enviadas, mientras el duque Carlos Manuel de Saboya (casado des-
de 1585 con Catalina Micaela, la segunda hija de Felipe II у de Isabel de Valois) entra-
ba en Provenza y Delfinado, aunque actuando por su cuenta. Antela presenciade los
españoles en Bretaña,,ysu intento deapoderarse del excelente puerto de Brest, como
base para un ulterior ataque a Inglaterra, Isabel reforzó su alianza con Enriquede Bor—
bón, enviando un ejército a Bretaña y otro a Normandía.
En agosto de 1591 el duque de Parma recibió órdenes de entrar nuevamente en
Francia para levantar el asedio de Ruán. А1 igual que anteriormente, alegó que lo haría
en cuanto detuviese una fuerte ofensiva enemiga, pero presionado por el monarca cruzó
la frontera y consiguió desbloquear aquella importante plaza en abril de 1592 En la
campaña recibió una heridaen un brazo, y, muy enfermo, sin apenas poderse sostener
sobre el caballo, pudo burlar al ejército de Enrique de Borbón y regresar a los Países Ba—
jos. La ausencia de Farnesio se había mostrado muy favorable para los propósitos de los
holandeses rebeldes. Mauricio de Nassau, hijo de Guillermo de Orange, después de ha—
ber ocupado en la primavera de 1590 Breda y en 1591 Zutphen, Deventer y Nimega,
restablecía la comunicación entre el nordeste de los Paises Bajos y las provincias de Ho—
landa y Zelanda, lo que haría de las provincias del Norte un núcleo compacto difícil ya
de reconquistar. Felipe II había determinado sustituir en el gobierno de Flandes a Parma,
no sólo a causa de su débil estado Sino por la renuencia que había mostrado para cumplir
sus planes en Francia, cuestión que consideraba como primaria. Antes de llegarle la car-
ta dimisoria de Madrid, el pundonoroso duque estaba camino de Francia para incorpo-
rarse al ejército que había dejado allí; pero, desfallecido, se detuvo en Arras, donde mu—
rió el 3 de diciembre de 1592. Desgraciadamente el gobernador que le sucedió fue esca—
samente competente, la guerra de Francia absorbía buena parte de las tropas de los Pal-
ses Bajos, y los rebeldes, en cambio, redoblaron sus ataques, con lo cual la autoridad es—
pañola quedó reducida a las provincias que constituyen la actual Bélgica.

6.3. FRACASO DE LA ELECCIÓN DE LA ISABEL


A EN Los ESTADOS GENERALES.
CONVERSION DE ENRIQUE DE BORBON AL CATOLICISMO

En Francia, al fin, en los comienzosde 1593, Mayenne, fuertemente presionado


por los agentes españoles y el legado papal, convocó en París los Estados Generales.
LA MONARQUÎA IHSPÂNICA DE FELIPE II (1556—1598) 219

Pero cuando el II duque de Feria, don Lorenzo Suärez de Figueroa, en nombre de Feli—
pe lI, presentó la propuesta formal de que fuera reconocida la infanta Isabel Clara Eu—
genia cómo reina de ¡Francia, que casaría con un noble francés, los Estados alegaron la
LeyHVSíali—ca“, que excluía tal posibilidad. Este fue el momento escogido por Enrique de
Borbónparadeclarar públicamente su intención de abj urar del calvinismo y demandar
su aaíñís'íóhéñ'Tá'Igl'égíá católica. La abjuración se hizo con toda pompa en Saint De—
nis el 25 dejulio de 1593, a condición de que el papa Clemente VIII levantara la exco—
muniónquepesaba sobrevél. Siguiendo sus principios regalistas, los obispos france-
ses, que estaban en buena parte con Enrique de Borbón, efectuaron su coronación en
Chartres en febrero de 1594. El mes siguiente, París le fue entregado por su goberna—
dorLdespués de negociaciones extremadamente secretas. Lg guarnición española, sor—
prendida y muy escasa, nada pudo hacer. Enrique de Borbón les permitió, así como al
duque de Feria, retirarse con todos los honores a los Países Bajos.
La guerra contra Enrique de Borbón (Enrique IV