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¿CUAL FUE EL PRIMER EVANGELIO QUE SE ESCRIBIO?

Cuando examinamos el asunto más detenidamente vemos que hay razones para creer
que Marcos fue el primer evangelio que se escribió, y que los otros dos, Mateo y Lucas,
usaron Marcos como base.
.
Marcos se puede dividir en 105 secciones. De éstas, 93 secciones aparecen en Mateo y
81 en Lucas. De las 105 secciones de Marcos hay sólo 4 que no se encuentran ni en
Mateo ni en Lucas.
.
Marcos tiene 661 versículos; Mateo tiene 1.068, y Lucas 1.149.
Mateo reproduce no menos de 606 de los versículos de Marcos; y Lucas 320.
.
De los 55 versículos de Marcos que Mateo no reproduce, Lucas reproduce 31; así que
no hay más que 24 versículos en todo Marcos que no se encuentran ni en Mateo ni en
Lucas.
.
No es solamente la sustancia de los versículos lo que se reproduce, sino hasta las
mismas palabras. Mateo usa el 51 por ciento de las palabras de Marcos; y Lucas el 53
por ciento.
.
Como regla general, tanto Mateo como Lucas siguen el orden de los acontecimientos de
Marcos. A veces uno de los dos se aparta; pero nunca están de acuerdo los dos en diferir
de Marcos; siempre por lo menos uno de ellos sigue el orden de Marcos.

por C. William Barclay

APOLOGÉTICA CATÓLICA
¿Cuando se escribieron los evangelios?

Tomado de Corazones.org

Las fechas en las que se escribieron los Evangelios, tanto los Sinópticos como el Evangelio de San Juan, son fechas aproximadas sobre
las que no hay un consenso definitivo. El propósito de los Evangelios no es dar fechas y datos exactos de los acontecimientos que
estaban sucediendo o que iban a suceder sino más bien presentar a la Persona del nuestro Señor Jesucristo como el Mesías esperado,
el Salvador, el Redentor. Cada Evangelista escribió pensando en un público particular, pero El Espíritu Santo que los movía a escribir
quiso que fuesen para todos los hombres de todos los tiempos.

San Marcos:

Fue el primer Evangelio en ser escrito. La fecha exacta de cuando fue escrito no se tiene con certeza. San Ireneo, uno de los Padres de
la Iglesia, en su libro "Contra las Herejías" escribió que el evangelio de San Marcos fue escrito después de la muerte de San Pedro y de
San Pablo. San Clemente de Alejandría pensaba que se escribió antes de la muerte de San Pedro, muerte que ocurrió en el año 64
d.c. El capítulo 13:5-17, conocido como el "pequeño Apocalipsis" indica el conocimiento de eventos que llevaron a la guerra de los
Judíos contra los Romanos (66-77 d. c.), pero no muestra un claro conocimiento de la caída de Jerusalén en el año 70 d.c.  La mayoría
de los estudiosos piensan que el evangelio fue escrito poco antes de la caída de Jerusalén y probablemente entre los años 65-75 d.c. 

Este evangelio fue escrito para cristianos gentiles; así lo demuestra al traducir vocablos arameos y explicar costumbres Judías.  El uso
de latinismos y de la alusión a Rufo y Alejandro (15:21) indica que los destinatarios fueron los cristianos gentiles de Roma, siendo así
que ese Rufo es probablemente el citado en la Carta a los Romanos 16:13. También se deja entrever que los destinatarios de este
evangelio pertenecen a una comunidad amenazada por la persecución, lo cual cuadra con la Roma de los tiempos de Nerón.

San Mateo:

Este evangelio fue escrito después del evangelio de San Marcos y muchos piensan que San Mateo utilizó al evangelio de San Marcos
como una fuente. La fecha aproximada es entre 64-110 d.c. Ya este evangelio era conocido por San Ignacio de Antioquia.  Pudo haber
sido escrito en Palestina. Sus destinatarios son comunidades compuestas por judeocristianos, conocedores de la Escritura, la cual es
citada en unos 130 versículos, y que siguen respetando la Ley ("no penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas" Mt 5:17). Sin
embargo, son unas comunidades que se abren a los paganos y que se encuentran ya en tensión con el judaísmo  surgido en Yamnia
después de la destrucción de Jerusalén. 

Ante las comunidades perseguidas, Mt. presenta a Jesús como el que ha llevado a cumplimiento todas las expectativas del A.T. Los
cristianos ya han sido expulsados de las sinagogas y son duros los ataques contra los fariseos puestos en boca de Jesús (Mt. 23).

San Lucas:

El mismo evangelista nos dice en el prólogo de su Evangelio (Lc 1:1-4) que utilizó otras fuentes para escribirlo.  Muchos estudiosos
hoy en día están de acuerdo en que este Evangelio depende del Evangelio de San Marcos. Los eventos le fueron transmitidos por
testigos oculares de los mismos. 

Si precisamos la fecha de San Marcos entre el año 65-75 d.c., entonces el Evangelio de San Lucas debe ser escrito algún tiempo
después. El tiempo más probable es 80-85 d.c. Vemos también que San Lucas en el capítulo 21:5-38 conoce que Jerusalén ha sido
destruida, así que escribió después del año 70 d.c.. Además ni el Evangelio de San Lucas ni el libro de los Hechos hacen mención de
la persecución de los Cristianos en la última parte del reinado de Domiciano (81-96 d.c.) Por éstos datos también apoyan que este
Evangelio fue escrito entre los años 80-85 d.c. Los comentadores bíblicos, tanto antiguos como modernos, no pueden ponerse de
acuerdo en cuanto al lugar en que se escribió. Se sugieren Acaya, Roma y Asia Menor. 

Parece que le escribe a una audiencia de origen gentil.  San Lucas no relata las preocupaciones Judías de sus fuentes (San Marcos) y
ajusta las tradiciones palestinas a la realidad de los gentiles helenos. Es muy posible que San Lucas esté escribiendo para los
Cristianos víctimas de la persecución judía durante los comienzos de la reforma de Yamnia.  Sin embargo la audiencia predominante
de San Lucas son los Cristianos-gentiles.

San Juan

Hasta hace poco tiempo, se proponía una fecha tardía para este Evangelio, aproximadamente entre los años 140-170 d.c. (Siglo II). El
argumento que se utilizaba más para apoyar esta fecha era el alto desarrollo de su teología.  San Juan representa una síntesis
Cristológica muy elevada, mucho más allá de la de los tres Evangelios Sinópticos o aún de San Pablo. Sin embargo, el argumento más
convincente en contra de esta fecha tan tardía fue el descubrimiento del papiro llamado Rylands (en honor a quien lo descubrió).  Este
es un fragmento de un código Egipcio que contenía porciones del Evangelio de San Juan 18: 31-33 y 18:37-38. Algunos dicen que
este papiro es del año 135 d.c. Y si esto es así, un tiempo considerable tuvo que haber transcurrido para que el Evangelio de San Juan
fuera copiado y circulado antes de que llegara a Egipto. Este Evangelio fue escrito probablemente durante los últimos diez años del
primer siglo de la era Cristiana, posiblemente e el 95-100 d.c. San Juan escribió para personas conocedoras de la cultura judía y al
mismo tiempo en contacto con el pensamiento griego; además se les pone en guardia frente al gnosticismo. Se trata de una
comunidad cristiana, probablemente la de Éfeso, que se encuentra amenazada en su fe.

En cuanto a la estancia del Apóstol San Juan en Efeso y en la isla de Patmos, la tradición nos dice que vivió un tiempo en Jerusalén y
pasó sus últimos años en Éfeso. Se dice que hacia el año 95 d.c. San Juan fue desterrado a la isla de Patmos durante la persecución de
Domiciano. Esta isla queda a unos 100 Km de Éfeso. Más tarde durante el reinado de Nerva, hacia el año 96 d.c., le fue permitido
regresar a Éfeso y vivió hasta el reinado de Trajano en el 98 d.c. La fecha exacta de su muerte no se conoce; se sabe que fue el último
de los Apóstoles en morir y con él, como nos lo enseña la Iglesia, terminó la Revelación Pública.

Qué es la Versión Septuaginta y qué lugar ocupó en la iglesia primitiva?


La primera traducción de la Biblia Hebrea (nuestro Antiguo Testamento) se llama la Septuaginta, palabra en latín que significa setenta. Este nombre se
debe a una tradición errada, fundada en la pretendida Carta de Aristeas, en el sentido de que había alrededor de 70 traductores de esta versión. Según
documenta Julio Trebolle, «la traducción de todo un cuerpo de literatura hebrea a la lengua griega constituye un esfuerzo único de interpretación en
todos los sentidos: ortografía, morfología, sintaxis, semántica, teología, etc.» (1)

«El rey de Macedonia, Alejandro Magno, abrió un área enorme a la influencia de la


cultura griega cuando, entre 334 y 320 a.C., marchó hasta la frontera de la India e
introdujo como medio de comunicación el idioma de Aristóteles y Plutarco en muchos
pueblos que solo conocían sus lenguas particulares. Militares, comerciantes y obreros se
servían de la nueva lengua, modificándola con expresiones vernáculas. Tal vehículo de
relaciones humanas recibió el nombre de koineOE o lenguaje cotidiano y por ende
común.

Un grupo de judíos helenizados tradujo al griego koineOE el Antiguo


Testamento ca.250 a.C. en Alejandría, capital de Egipto. Esta versión de los «setenta
intérpretes» (la LXX) expresó, entonces, en lengua vulgar, los términos religiosos y
éticos de los hebreos, cuya civilización era tan distinta. Para tal efecto, crearon
locuciones con sabor hebreo, por ejemplo, «toda carne» y «fruto de las entrañas», y en
vocabulario y sintaxis enriquecieron la lengua franca. Según la enciclopedia católica
«La versión de los Setenta es la primera mencionada en una carta de Aristeas a su
hermano Filocrates» La Carta de Aristeas pretende haber sido escrita por un oficial de la
corte de Ptolomeo II Filadelfo, emperador de Egipto (285-247 a.C.). Relata el deseo de
dicho emperador de tener en la Biblioteca Imperial de Alejandría una copia de todos los
libros de ese tiempo.

Según la enciclopedia católica «Ptolomeo II Fue persuadido por Demetrio de Falero,


bibliotecario jefe, que la enriqueciera con una copia del libro sagrado de los hebreos»
Por lo tanto estaba haciéndole un pedido al sumo sacerdote en Jerusalén, rogando que
72 hombres capaces (seis de cada tribu) tradujeran la Ley de Moisés al griego. Según la
enciclopedia católica «La traducción fue leída en presencia de los sacerdotes judíos y de
la gente reunida en Alejandría. Todos ellos reconocieron y alabaron su perfecta
conformidad con el original hebreo. El rey quedó muy complacido con el trabajo y lo
entregó a la biblioteca». (2)

Debido a los muchos anacronismos que contiene, los eruditos han dudado
«generalmente de su veracidad. Sin embargo, es una fuente valiosa de información de
las opiniones existentes en la antigüedad acerca del origen de la LXX.»  (3)

Los 72 hombres trabajaron en el tranquilo retiro de una isla, la enciclopedia católica


dice que «fueron llevados a la solitaria isla de Faros”, completando la traducción en 72
días.»(4)

«Filón, el gran filósofo judío de Alejandría (30 a.C. -45 d.C.) dijo que los traductores
trabajaron independientemente. Cuando uno había terminado la traducción completa,
todas las 72 traducciones resultaron idénticas. Cualquier persona que tenga
conocimiento alguno respecto al trabajo de traducción sabe que esto es completamente
absurdo. Un escritor posterior, Epifanio, aun pretende que en ese tiempo todo el
Antiguo Testamento (inclusive los libros Apócrifos) fue traducido. Pero sabemos que
los Apócrifos se escribieron más tarde. ¿Cuál es la realidad? Generalmente se acepta
que los cinco libros de Moisés fueron traducidos más o menos a mediados del tercer
siglo a.C. y que el resto del Antiguo Testamento se tradujo al griego durante los cien
años siguientes (250-150 a.C.). Estrictamente hablando, el término Septuaginta debe
aplicarse solamente a la traducción griega del Pentateuco. Pero por los siglos se le ha
aplicado a todo el Antiguo Testamento en griego, y por tanto seguimos esa costumbre.
Todos admiten que la versión de los Setenta se hizo en griego popular, el koine
dialectos. ¿Pero es el griego de Antiguo Testamento un idioma especial? Muchas
autoridades así lo afirman, aunque estén en desacuerdo respecto a su carácter real. El
“Dict. de la Bible”, s.v. Grec biblique, afirma que era el griego hebraizante hablado por
la comunidad judía de Alejandría”, el griego popular de Alejandría “con una gran
mezcla de hebraicismos”, El mismo diccionario, s.v. Septante, menciona la más reciente
opinión de Deissmann que el griego de los Setenta es meramente el griego ordinario
vernacular, el puro koiné de de su tiempo. Deissmann basa su teoría en el perfecto
parecido del idioma de los Setenta y el de los papiros e inscripciones del mismo aquel
tiempo y cree que las peculiaridades sintácticas de los Setenta, que al principio parecen
favorecer la teoría del idioma especial, un griego hebraizante, se explican
suficientemente por el hecho de que los Setenta son una traducción de libros hebreos.

Ya hemos notado que el alfabeto hebreo tiene solamente consonantes. En consecuencia,


el texto hebreo del Antiguo Testamento es más corto que la traducción griega, siendo
que el alfabeto griego incluye vocales. Como resultado, los libros de Samuel, Reyes y
Crónicas resultaron demasiado largos para caber cada uno en un solo rollo. De modo
que los tres se dividen cada uno en dos libros. Sin embargo, en la Septuaginta los dos
libros de Samuel se llaman I y II Reyes, y nuestros dos libros de Reyes son III y IV
Reyes. Este cambio se llevó a la Vulgata Latina y a las Biblias católicas en inglés.

Ya que la mayoría de las citas del Antiguo Testamento que se hacen en el Nuevo
Testamento son de la Septuaginta, esta versión tiene grande significado para nosotros. Y
además de las citar, directas, mucha de la terminología del Nuevo Testamento en griego
tiene su base en la Septuaginta.

En el primer siglo, la LXX (Septuaginta) llegó a conocerse cada vez más como la Biblia
de los cristianos. De ella sacaron sus textos de prueba para establecer que Jesús era el
Mesías, y para respaldar sus argumentos en contra del judaísmo.- De modo que, no
obstante el hecho que la LXX era muy popular entre los judíos de habla griega de la
Diáspora.

La enciclopedia católica dice que la septuaginta «fue bien acogida por los judíos de
Alejandría, se extendió rápidamente por los países de habla griega, fue utilizada por
diferentes escritores y suplantó al texto original en los servicios litúrgicos. Filón de
Alejandría la usó en sus escritos y pensaba que los traductores estaban inspirados como
los profetas. Por fin fue recibida hasta por los judíos de Palestina y fue empleada
notablemente por Josefo., el historiador palestino judío. Sabemos también que los
escritores del Nuevo Testamento hicieron uso de ella, tomando de ella la mayoría de sus
citas. Se convirtió en el Antiguo Testamento de la Iglesia y se la tenían en tan alta
estima por los primitivos cristianos que muchos escritores y Padres declararon que
estaba inspirada. Los cristianos habían recurrido a ella constantemente en su
controversias con los judíos, que pronto reconocieron sus imperfecciones y finalmente
rechazaron a favor del texto hebreo o de traducciones más literales (Aquila,
Teodocion)..»(5)

Restauración del texto de la septuaginta

«Las copias de los Setenta se multiplicaron para ser distribuidas entre los judíos
helenizantes y los primeros cristianos. Y como era de esperar, se colaron muchos
cambios deliberados o involuntarios. Se Sentía la necesidad de restaurar el texto en lo
posible a su prístina pureza. La siguiente es una relación de esos intentos de corrección:
a. Orígenes reprodujo el texto de los Setenta en la quinta columna de sus Hexapla,
marcando con “obeliscos” los textos que ocurrían en los Setenta que no estaban en el
original, añadiendo, según la versión de Teodoción, y distinguiendo con asteriscos y
“metobeliscos” los textos del original que no estaban en los Setenta adoptando el texto,
de entre las variaciones, que estuviera más cerca del texto hebreo y finalmente
trasponiendo allí donde el orden de los Setenta no se correspondía con el orden del
hebreo. Su recensión, copiada por Panfilio y Eusebio se llama hexaplar, para
distinguirla de la previamente empleada y que se llama común, Vulgata, koiné o
antehexaplar. Fue adoptada en Palestina.

B. S. Luciano, sacerdote de Antioquía y mártir. A principios del siglo cuarto, publicó


una edición corregida de acuerdo con el hebreo, que retuvo el nombre de koiné, edición
Vulgata y a veces llamada Loukianos por su autor. En tiempos de S. Jerónimo se
utilizaba en Constantinopla y Antioquía. c. Finalmente Hesiquio un obispo egipcio,
publicó por el mismo tiempo una nueva

recensión empleada principalmente en Egipto.

Manuscritos

Los tres más celebrados manuscritos de los Setenta que se conocen son el Vaticano,
“Codex Vaticanus” (siglo cuarto), el Alejandrino “Codex Alexandrinus” ( siglo quinto)
ahora en el Museo Británico de Londres y el del Sinai “Codex Sinaiticus” ( siglo cuarto)
encontrado por Tischendorf en el convento de Santa Catalina en el Monte Sinaí en 1844
y 1849, y que ahora está parte en Leipzig y parte en S. Petersburgo. Todos ellos escritos
en unciales. El “Codex Vaticanus” es el más puro de los tres. Generalmente da le texto
más antiguo, mientras que el “Codex Alexandrinus” toma mucho prestado del texto
hexaplar y está cambiado siguiendo el texto masorético ( Al Codex Vaticanus se le
asigna la letras B, al Codex Alexandrinus la A y y al Codex Sinaiticus la primera letra
del alefato hebreo Alef o la S). La Bibliotheque Nationale de París posee también un
importante manuscrito palimsesto de los Setenta “Codex Ephraemi rescriptus”
(designado por la letra C) y dos manuscritos de menos valor (64 y 114), en
cursivas, uno perteneciente al siglo diez u once y el otro al trece (Bacuez and
Vigouroux, 12th ed., n. 109). Todas las ediciones impresas de los Setenta se derivan de
las tres recensiones mencionadas arriba · La editio princeps es la Complutense o de
Alcalá. Fue impresa en 1514-18 del texto hexaplar de Orígenes y no fue publicada hasta
que apareció en la Biblia Políglota del cardenal Jiménez de Cisneros en 1520. La
Edición Aldina (comenzada por Aldus Manucius) apareció en Venecia en 1518. El texto
es más puro que el de la edición Complutense. Y más cercana al Códice B. El editor
dice que cotejó manuscritos antiguos pero no los especifica. Se ha reimpreso varias
veces. La más importante es la Romana o Sixtina que reproduce el “Codex Vaticanus”
casi exclusivamente. Se publicó bajo la dirección del cardenal Caraffa con la ayuda de
varios sirvientes en 1586 por la autoridad de Sixto V, para asistir a los que estaban
revisando para una nueva edición de la Vulgata latina ordenada por el Concilio de
Trento. Se ha convertido en el textus receptus del Antiguo Testamento Griego y ha
tenido muchas nuevas ediciones, como la de Holmes y Pearsons (Oxford, 1798-1827),
las siete ediciones de Tischendorf que aparecieron en Leipzig entre 1850 y 1887, las dos
últimas publicadas tras la muerte del autor y revisadas por Nestlé, las cuatro ediciones
de Swete (Cambridge, 1887-95, 1901, 1909), etc. · La edición de Grabe publicada en
Oxford, de 1707 a 1720, reproducía imperfectamente, el “Codex Alexandrinus” de
Londres. Para las ediciones parciales ver Vigouroux, “Dict. de la Bible”, 1643 sqq. »(6)

Respecto de su valor crítico y lenguaje, la enciclopedia católica nos dice que” La


Versión de los Setenta, mientras que daba exactamente tanto en la forma como en la
sustancia el verdadero sentido de los Libros Sagrados, difiere considerablemente de
nuestro texto hebreo actual. Estas discrepancias, sin embargo, no son de gran
importancia, cuestión solamente de interpretación. Pueden clasificarse así. Algunos
resultados de los traductores que habiendo tenido a su disposición recensiones hebreas
que diferían de las que eran conocidas por los Masoretas. Algunas veces los textos
variaban, otras eran idénticos, pero leídos en diferente orden. Otras diferencias se deben
a los mismos traductores, por no hablar de la influencia ejercida sobre su trabajo por sus
métodos de interpretación, las inherentes dificultades del trabajo, su mayor o menor
conocimiento del griego y del hebreo, de vez en cuando eran traducidos de forma
diferente de los Masoretas, porque leían los textos de forma diferente, lo que era natural
ya que el hebreo, escrito en caracteres cuadrados y con ciertas consonantes que eran
iguales en la forma, era fácil confundirlas ocasionalmente y por ello dar una traducción
errónea; más aún, como el texto hebreo se escribía sin espacios entre las palabras,
podían fácilmente cometer un error en la separación de las palabras y finalmente, el
texto hebreo que tenían a su disposición no llevaba vocales y podían poner vocales
diferentes de las que después usaron los Masoretas. Es más, no debemos pensar que
tenemos actualmente el texto griego tal como fue escrito por los traductores. Las
frecuentes transcripciones durante los primeros siglos, de la misma forma que las
correcciones y ediciones de Orígenes, Luciano y Hesiquio, perjudicaron la pureza del
texto. Voluntaria o involuntariamente los copistas permitieron que muchas corruptelas
textuales, transposiciones, adiciones y omisiones se colaran en el primitivo texto de los
Setenta. En particular podemos notar la adición de pasajes paralelos, notas explicatorias
o traducciones dobles causadas por notas al margen. Sobre ésto, consultar Dict. de la
Bible, art. cit., and Swete, “An Introduction to the Old Testament in Greek”.(7)

Yehuda Ribco dice que a la septuaginta los judíos «la consideran notable por su
cercanía a la Torá, su precisión en ciertos pasajes de difícil captación y un uso de
técnicas interpretativas similares a los deltargum (del que hablaremos en siguientes
textos). En el Talmud se la considera como la versión griega de la Torá (atento, de la
Torá solamente, no del Tanaj). Se asumió como real una leyenda que enfatizaba su
inspiración (TB Meguilá 9a), pero realmente, cuenta con defectos, aumentados por el
paso de los milenios.» (8)

“Para los judíos de habla griega establecidos en Palestina y los habitantes de la Diáspora
-y más tarde para los cristianos- la Septuaginta tuvo el carácter de texto inspirado. En
este sentido la “Carta de Aristeas” expresó que la traducción fue realizada de forma
milagrosa con la intervención de Dios. Aristeas narró cómo,”tras haber dado lectura a
los libros, los sacerdotes y los ancianos traductores y la comunidad judía y los líderes
del pueblo se colocaron de pie y manifestaron, que habiéndose realizado una tan
excelente y sagrada y precisa traducción, era correcto que se conservase como estaba, y
ninguna alteración debía hacérsele. Y cuando toda

la comunidad expresó su aprobación, pronunciaron un anatema de acuerdo a sus


costumbres, para que nadie se atreva a realizar ninguna alteración, añadiendo o
cambiando de ninguna manera su contenido, y ninguna de las palabras que hayan sido
escritas, o cometer ninguna omisión. Esta fue una precaución muy sabia para asegurar
que el libro se preserve inalterado en el tiempo futuro” (9)

Opiniones de los Padres respecto a la septuaginta:

«El filósofo judío Aristóbulo, que vivió en Alejandría durante el reinado de Tolomeo VI


Filometor(181-145 A. d. C.), confirmó la existencia de la versión de los Setenta con
anterioridad a la carta de Aristeas. Aristóbulo atribuyó incluso a Platón el conocimiento
de la Ley Mosaica. El filósofo judío alejandrino relata en una carta al rey Tolomeo
que “la completa traducción de todos los libros de la Ley (fue hecha) en los tiempos del
Rey llamado Filadelfo, vuestro ancestro» (10)

«A pesar de la acción tardía de los dirigentes del Judaísmo Rabínico, la tradición que
consideró la Septuaginta como divinamente inspirada fue reconocida por autores
hebreos como Flavio Josefo y Filón, así como por la Patrística cristiana. Filón afirmó,
en su “Vida de Moisés”, la inspiración divina de los traductores de la Septuaginta» (11)

«A mediados del siglo II D. de C., San Justino, el filósofo cristiano, describió cómo se
reverenciaban copias de la Septuaginta en algunas sinagogas judías, aun cuando un
influyente número de rabinos había renegado de su empleo por considerar que el
Cristianismo las había hecho suyas.» (12)

«San Ireneo de Lyon se refirió a la Septuaginta como “auténticamente divina”. “Las


Escrituras fueron interpretadas con tal fidelidad y por la gracia de Dios, y de la misma
forma en que Dios preparó y formó nuestra fe hacia su Hijo, ha preservado
inadulteradas las Escrituras en Egipto”, sentenció San Ireneo»(13)

«En el siglo IV D. de C., Eusebio, obispo de Cesárea e historiador de la Iglesia,


desarrolló con amplitud el camino seguido para la realización de la Septuaginta y su
carácter inspirado: “Antes que los romanos establecieran su gobierno, cuando aun los
Macedonios poseían Asia, Ptolomeo, hijo de Lago, muy ansioso por adornar su
biblioteca, que había fundado en Alejandría, con las mejores obras de todos los
hombres, requirió de los habitantes de Jerusalén obtener una traducción de sus
Escrituras al griego. En ese tiempo estaban sujetos a los Macedonios. Por lo que
enviaron a Ptolomeo setenta sabios, los más experimentados en las Sagradas Escrituras
y en ambos lenguajes (hebreo y griego), deseando Dios que se laborase.

Pero Ptolomeo, queriendo probarlos a su manera, y temiendo que hayan hecho algún
acuerdo previo para esconder las verdaderas Escrituras mediante su traducción, los
separó uno del otro, y les mandó escribir la misma traducción. Y esto hizo en el caso de
todos los libros. Pero, cuando fueron reunidos por Ptolomeo, y compararon cada uno
sus traducciones, Dios fue glorificado y las Escrituras fueron reconocidas como divinas,
porque todos presentaron las mismas cosas en las mismas palabras y en los mismos
nombres, de principio a fin, así que incluso los paganos que estaban presentes supieron
que las Escrituras fueron traducidas por la inspiración de Dios”.» (14)

Opiniones actuales

«El Dr. Julio Trebolle Barrera (Miembro del Comité Internacional de edición de los


Manuscritos del Mar Muerto, autor de varios libros de critica textual y literaria de la
Biblia, Profesor del Dpto. de estudios hebreos y arameos. Director del Instituto de
ciencias de las religiones de la U. Complutense de Madrid. Doctor en Filología Semítica
y Teología, Licenciado en Filosofía Pura y en Ciencias Bíblicas y élève honoraire de
l’Ecole Biblique de Jerusalén), quien escribe: “Si desde el punto de vista de la crítica
textual la versión de los LXX refleja en ocasiones un texto hebreo diferente del TM
(texto masorético), desde el punto de vista de la interpretación targúmica y de la historia
de la religión, la versión de los LXX es reflejo a un tiempo de las ideas teológicas y de
las tendencias hermenéuticas del judaísmo de la época. La versión de los LXX
constituye una verdadera obra de exégesis judía, comparable en ocasiones a un Tárgum.
(Fränkel, Prijs, Seeligman, Gehman, Gooding, Le Deaut, etc.).

Las tendencias teológicas de la versión griega aparecen con mayor claridad en versiones
más librescomo la de Isaías ó de Proverbios que más parecen un midrás judío
helenístico que no una verdadera traducción al griego a partir de un original
hebreo.”» (15)

«La traducción de Isaías es muy libre. No es apenas utilizable para la crítica del texto
hebreo de este libro. Representa, por el contrario, una fuente inestimable de datos para
el estudio de la antigua exégesis judía, pues se basa en tradiciones exegéticas que
aparecen más tarde en el Tárgum y en la Pesitta. Las frecuentes citas del texto de Isaías
en el NT y en la apologética cristiana y judía confieren a esta traducción un valor
añadido.” Mas adelante añade: “Las numerosas y significativas coincidencias existentes
entre LXX y manuscritos hebreos de Qumram, ha revalorizado el testimonio del texto
griego frente a las corrientes imperantes en la época anterior al descubrimiento (1947),
que consideraban el texto griego desprovisto de valor crítico y muy valioso en cambio
como testimonio de la exégesis judía contemporánea de la época de la traducción.” Es
decir que, si por una parte la mayoría de los críticos estaban de acuerdo en que
representaba un fiel reflejo del pensamiento judío de su tiempo ahora, desde la
comparación con los manuscritos de los esenios, es reconocido también como una
fuente muy precisa y fidedigna del texto original. Esto ratifica la afirmación de Josefo
en el capítulo antes mencionado, párrafo 13, donde dice que “con toda atención y celo
se dieron a la tarea de traducir la ley”.» (16)

«El Padre Pierre Benoit ha sostenido el carácter inspirado de la Septuaginta. Benoit


argumentó que el extenso uso de los LXX, realizado por los autores sagrados del Nuevo
Testamento se  debía a que los evangelistas la consideraron como fidelísima traducción
del original hebreo. Por lo tanto, asumieron que sus palabras reunían las mismas
condiciones de inspiración debida a la Biblia judía. Esta inspiración se había hecho
extensiva a los traductores. En este sentido Benoit y quienes se adhirieron a esta
enseñanza repetían las enseñanzas antiguas de los Padres, particularmente de San
Justino” el P. Benoit empleó una referencia penetrante de San Juan Crisóstomo para
ilustrar su tesis: el Espíritu Santo habría “inspirado” a Moisés la composición de las
Escrituras; “inspiró” a Esdras su restitución en Judá, cuando concluyó el destierro de
Babilonia; envió a los Profetas y, finalmente, “dispuso” a los Setenta para traducir.

Muy claramente Benoit afirmó que podría hablarse de “inspiración” para todo ese
impulso que suscitó y llevó a cabo la transposición del mensaje bíblico en pensamiento
griego, y de “revelación” para todas las verdades nuevas que los traductores recibieron
antes de su trabajo o en el curso del mismo y que han enseñado en nombre de Dios a
través de su obra. “La Iglesia -escribió Benoit-, ha admitido ciertamente la inspiración
de los Sesenta en los primeros siglos (…) esta creencia es al mismo tiempo convincente
y posible”.» (17)

¿Por qué el Judaísmo Rabínico posterior a la destrucción de Jerusalén el año 70 D.


de C. abandonó la Septuaginta? (18)

«a. La confrontación con el Cristianismo y el abandono de la Septuaginta: El empleo


que hicieron los cristianos de la Septuaginta, sobre todo en lo referente a los pasajes que
mostraban el cumplimiento en el Señor Jesús de las profecías mesiánicas, determinó que
a finales del siglo I de la era cristiana los rabinos reaccionasen contra el antiguo texto. A
partir del siglo II D. de C. intervinieron para que se proscribiese su empleo. Los rabinos
y los hebreos en general comenzaron a considerar erróneamente a la Septuaginta como
la “Biblia de los Cristianos”. Este criterio está equivocado porque al mismo tiempo que
los primeros cristianos, la Septuaginta fue venerada y empleada por las comunidades de
judíos helenizados. Sin embargo cerca del ochenta por ciento de las citas del Antiguo
Testamento contenidas en el Nuevo Testamento pertenecen a la versión de los LXX.
Como evidencia Trifón, los judíos se vieron en la disyuntiva de negar el valor textual de
los Setenta. Tampoco aceptaron como “inspirados” ciertos libros Septuagintos (Tobías,
Judit, Baruc, Eclesiástico, 1 y 2 Macabeos y Sabiduría), que según las enseñanzas
rabínicas, databan de una época posterior a Esdras y Nehemías, cuando ya habría
culminado la época de los Profetas. En realidad la exclusión de la Septuaginta y los siete
libros erróneamente llamados en la época contemporánea “Deuterocanónicos”, se
produjo de forma gradual El proceso culminó bien entrado el siglo III D. de C.,
definitivamente con posterioridad a la supuesta definición de los libros inspirados en las
deliberaciones que los rabinos sostuvieron en Jamnia (aprox. año 90 D. de C.). Los
descubrimientos de manuscritos bíblicos y extrabíblicos en las cuevas de Qumrán han
demostrado que los judíos en Palestina conocían y empleaban los libros “Santos” o
“Hagiógrafos”. En grutas y cuevas del Mar Muerto se hallaron fragmentos de tres
textos: del Eclesiástico (cueva n. 3); de Tobías (cueva n. 4) y Baruc (cueva n. 7).Tras de
la destrucción de Jerusalén en el año 70 D. de C. ocurrió un cambio radical en la actitud
de aquellos judíos que aceptaron el liderazgo de los rabinos fariseos. Como expone Lee
Martin McDonald, “los límites finales que se le señalan al Canon hebreo del Antiguo
Testamento parecen haber sido determinados en el contexto de los conflictos
judeocristianos, cuando los judíos intentaron apartar a su pueblo de la lectura de los
libros considerados como cristianos” Ese ánimo explica el violento y apasionado
abandono de la Septuaginta ocurrido entre las comunidades hebreas. En lugar de la
fiesta que se celebraba en tiempos de Filón (m. 42 D. de C.), para solemnizar la
traducción griega de los LXX, se mandó observar un día de ayuno para llorar el día en
que la Ley fue traducida a una lengua profana.

b. El abandono de la Septuaginta y los conflictos entre griegos y judíos: El abandono de


la antigua Septuaginta, alentada por círculos rabínicos de Palestina, fue facilitado por la
precaria situación por la que atravesaba la influyente comunidad judeo-helénica de
Alejandría. El texto de los LXX, venerado como exponente fiel de las Escrituras
Sagradas, conformó el núcleo del culto y del estudio de la Ley en las sinagogas
Alejandrinas. El gran puerto mediterráneo había sido el principal lugar de encuentro y
acrisolamiento entre la cultura helénica y el judaísmo. Pensadores judeo-helénicos como
Filón creyeron firmemente que la Revelación de Dios, manifestada al pueblo hebreo a
través de la Torah y los Profetas, junto con la filosofía racional de los griegos, debía
constituirse en base del pensamiento humano. En este sentido, Filón sostuvo que la
Septuaginta fue inspirada en orden a iluminar el mundo grecorromano en su camino a
Yahvé. A principios del siglo I D. de C. una serie de prejuicios religiosos, raciales,
económicos y sociales enfrentaron a judíos y griegos. La marginación ritual practicada
por la mayoría de los judíos, separándose de sus vecinos gentiles, tampoco contribuyó a
mejorar las cosas. El conflicto fue asusado por la colaboración que la comunidad hebrea
prestaba a los romanos. Los griegos, desilusionados tras medio siglo de gobierno
imperial romano, favorecieron un partido de nacionalistas antiromanos extremistas. Al
alinearse contra Roma, asumieron una postura antijudía militante. En el año 38 de la era
cristiana la comunidad judía solicitó al emperador Calígula la concesión de la
ciudadanía alejandrina, privilegio reservado solamente a los griegos. La mayoría griega
consideró la solicitud como una grave usurpación. La reacción violenta no se hizo
esperar. Hordas helénicas descontentas y vengativas invadieron los barrios hebreos,
entregándose al pillaje y la matanza. Las sinagogas fueron saqueadas. Las viviendas, los
comercios y los talleres artesanales fueron arrasados. La violencia obligó a la población
hebrea a emigrar a una estrecha localidad en el delta del Nilo. Este barrio sobrepoblado,
asediado por la enfermedad y el hambre, se transformó en el primer “ghetto” de
refugiados judíos en el mundo romano. La antigua comunidad judía de Alejandría,
otrora la más rica y poderosa del Imperio, cayó en una situación de pobreza y
destitución de la que nunca se recuperó. Estos enfrentamientos se multiplicaron en otras
localidades donde convivían judíos y griegos. Los griegos fueron quienes llevaron la
peor parte en Cesárea de Filipo, Gaza y Jamnia,. La revisión de la Septuaginta coincidió
con el clima de rencor generalizado contra toda expresión de Helenismo. El antiguo
texto hebreo perdió a sus abogados y difusores más calificados entre los judíos. Al
debilitarse la cultura judeo-helénica en

Alejandría, el venerable texto de los Setenta solamente tuvo defensores entre los
cristianos. Como explicó el historiador Michael Grant, “el judaísmo helenizado
desapareció sin dejar rastro alguno, sustituido por la tradición rabínica” Filón, el
principal exponente del helenismo judío, se transformó en anatema para los autores
rabínicos. Su nombre nunca fue mencionado en el Talmud o en otros libros religiosos.
“El fariseísmo fue promovido al rango de forma normal del judaísmo”, expone Schalit.

Al rechazar la antigua Septuaginta, los hebreos intentaron reemplazarla con otras


versiones en griego, más ajustadas al texto llamado Proto-Masorético. El reto de
preparar una nueva traducción fue asumido por un prosélito judío del Ponto, llamado
Aquila. La versión de Aquila (c. 128 D. de C.) fue tan textual y similar al texto judío,
que solamente podía ser comprendida por quien supiese leer hebreo. »

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