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Antología del Concurso Literario Internacional

Ángel Ganivet 2019

Decimotercera edición
Créditos:
Antología del Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet 2019. Decimotercera
edición

Primera Edición: febrero 2019

Textos:
Aarón Carlos Andrés García, Rafael Castillo Morales, Laura Lucía Chalar Sanz,
Ana Rosa Díaz Naranjo, Jonathan Alexander España Eraso, Erundina de la
Fuente Martínez (Charo de la Fuente Mar), Santiago Daniel García García,
Salomé Guadalupe Ingelmo, Juan Manuel Labarthe Hernández, Jaime Javier
Londoño Rodríguez, Alejandro Massa Varela, Manuel Moya, David L.
Nussbaum, Rodolfo Novelo Ovando, Alberto Paredes, Carlos Piccone Camere,
Alberto José Pocasangre Velasco, Francisco Manuel Sánchez Sánchez, Mª
Fernanda Trujillo León, Raúl Vallejo, Raquel Vargas Solís.

Portada: Manuel Domínguez Sánchez, Séneca, después de abrirse las venas, se mete
en un baño y sus amigos, poseídos de dolor, juran odio a Nerón que decretó la muerte
de su maestro (1871). Museo Nacional del Prado.
Contraportada: Detalle
Maquetación y diseño: Salomé Guadalupe Ingelmo
Corrección y Prólogo: Salomé Guadalupe Ingelmo

Edición: Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet


https://sites.google.com/site/concursoliterariointernacional/

Todos los textos publicados en esta antología son propiedad de sus respectivos autores.
Queda, por tanto, prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos de esta
publicación en cualquier medio sin el consentimiento expreso de los mismos. Los
interesados en reproducir esta antología deberán contar también con la aprobación del
certamen convocante. Puede ponerse en contacto con nosotros en el siguiente correo
electrónico: concursoliterarioaganivet@gmail.com
La patria del escritor es su lengua.
Francisco Ayala
Índice

Prólogo ____________________________________________________________ - 9 -
Omaira, 1985, Carlos Piccone Camere (Perú) _____________________________ - 17 -
Tierra Madre, Aarón Carlos Andrés García (España) _______________________ - 21 -
Estampas de una noche invernal, Alberto Paredes (México)_________________ - 27 -
Zapata, Juan Manuel Labarthe Hernández (México) ________________________ - 33 -
Mensaje cifrado, Laura Lucía Chalar Sanz (Uruguay) ______________________ - 37 -
Crónica del rescate, Ana Rosa Díaz Naranjo (Cuba) _______________________ - 41 -
Descienden de las ramas, Jonathan Alexander España Eraso (Colombia) _______ - 47 -
A solo una palabra, Francisco Manuel Sánchez Sánchez (España) ____________ - 49 -
Niebla para herejes, Rodolfo Novelo Ovando ____________________________ - 53 -
Evítalo…, Erundina de la Fuente Martínez (Charo de la Fuente Mar) (España) ___ - 57 -
Shunga del mar, Alejandro Massa Varela (México) ________________________ - 61 -
Tiembla América, Santiago Daniel García García (Uruguay) _________________ - 65 -
De orilla a orilla, Mª Fernanda Trujillo León (España)______________________ - 69 -
Sinfonía de Povedilla (Un itinerario emocional), Rafael Castillo Morales (España) _ - 71 -
Antes y después, Alberto José Pocasangre Velasco (El Salvador)______________ - 77 -
Ánimo a dos manos, Jaime Javier Londoño Rodríguez (Colombia) ____________ - 83 -
El hilo del tiempo, David L. Nussbaum (Alemania) ________________________ - 87 -
Mujer tamil, descalza en Singapur, Raúl Vallejo (Ecuador) _________________ - 91 -
Errabunda, Raquel Vargas Solís (Costa Rica) ____________________________ - 95 -
Llanto por Pier Paolo Pasolini, Manuel Moya Escobar (España) ____________ - 101 -
Pasolini: Victorioso en primavera. Matar a un ruiseñor, Salomé Guadalupe Ingelmo - 107 -
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Prólogo

Agradezco no ser una de las ruedas del poder, sino una de las criaturas que
son aplastadas por ellas.
Rabindranath Tagore, Pájaros perdidos

Nuestra integridad vale tan poco... Pero es todo cuanto realmente tenemos.
Es el último centímetro que nos queda de nosotros. Si salvaguardamos ese
centímetro, somos libres.
Alan Moore, V de Vendetta

El más poderoso es aquel dueño de sí mismo.


Séneca, Epístolas Morales a Lucio

Escribir es una de las actividades más solitarias e íntimas que existe, no puede
negarse. Sin embargo, al tiempo, el escritor contrae un compromiso con la sociedad que
lo rodea.
A menudo, siendo testigo de su tiempo y narrando sus propias experiencias o las
ajenas, a la larga, incluso logra cambiar el curso de la historia. La literatura testimonial
nos ofrece varios ejemplos, a cuál más sobrecogedor. Solo por poner uno bien conocido
en parte gracias al cine, Henri Charrière, con su novela autobiográfica Papillon,
redactada en 1969, en la cual denunciaba las inhumanas condiciones de vida padecidas
por los condenados a trabajos forzados en la Guayana francesa, contribuyó, al desvelar

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ante el mundo los turbios engranajes del sistema penitenciario de las colonias, a que
finalmente el gobierno francés tomase medidas.
Existe una obligación del escritor para con sus semejantes, a quienes presta voz
y a quienes debe honestidad y lealtad.
Mantenerse fiel a ese compromiso a menudo se paga caro, en ocasiones con la
propia vida. El autor se convierte en testigo incómodo que no está dispuesto a secundar
con su silencio; que denuncia y acusa. Por eso, no hay enemigo más peligroso para los
regímenes totalitarios que escritores y periodistas. Y, por el mismo motivo, no hay
intelectuales más comprometidos con la libertad y dispuestos al sacrificio. Los artistas
en general disponen de poderosas herramientas para combatir la injusticia, pero estos
dos gremios dominan el arma más poderosa de todas, la más persuasiva y rotunda: la
palabra. Una palabra que a veces, ciertamente, se hace imagen.
Pasolini, a cuya muerte rinde homenaje nuestro poema ganador de este año, era
muy consciente de ello. Él, defensor de los desheredados, hombre que a su vez honró a
Gramsci, ante cuya tumba reflexiona sobre la degradación moral de su país, sabía de
sobra lo peligroso que puede llegar a resultar el poder sin escrúpulos, monopolizado por
una clase política que sin duda se convirtió en su verdugo. Porque seguramente quienes
lo consideran la última víctima de la masacre de Bolonia del 2 agosto de 1980,
acontecida cinco años después de su asesinato —y encuadrada en la estrategia de la
tensión de los años de plomo en Italia—, hacen un análisis bastante acertado de su
violento final.
No se puede desenmascarar a quienes usurpan y detentan el poder con medios
ilícitos y sin ninguna autoridad moral y, al tiempo, salir indemne. Porque ese tipo de
ralea, lo que algunos consideran animal político por antonomasia, exige la complicidad
y la sumisión. Preferentemente, la ausencia de pensamiento en las masas. Por eso,
invitar a razonar a las capas sociales más desfavorecidas no goza de buena publicidad
entre quienes presumiblemente habrían de representar los intereses de los ciudadanos.
Pues, careciendo de argumentos para convencer, siempre prefieren vencer. Vencer
incluso —o sobre todo— mediante el extermino del contrincante dialéctico, enemigo a
aniquilar en un sentido no necesariamente metafórico.

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No, los hombres y mujeres de pensamiento, los intelectuales, los maestros,


quienes enseñan a razonar a los demás, quienes forman las mentes y las hacen libres,
nunca estuvieron de moda, jamás gozaron de buena reputación entre las clases
privilegiadas. Porque quien detenta el poder no está dispuesto a correr el riesgo de
perderlo.
Sócrates, Séneca, Hipatia… Cada uno con sus particulares circunstancias, la lista
de víctimas es larga, demasiado larga. Porque, aunque hoy ya no nos condenen a muerte
como antaño —al menos no en Europa—, saben perfectamente cómo relegarnos al
ostracismo cuando no resultamos cómodos.
Desde el principio de los tiempos, muchos pensadores y escritores han sufrido en
carne propia lo que significa vivir bajo un régimen autoritario en el que solo cabe el
silencio o la represalia y la muerte, ya sea esta intelectual o física. Muchos se han visto
privados, de la forma más abyecta y violenta, del natural derecho del hombre a la
discrepancia. Algunos de esos mártires de las libertades fundamentales han pasado a la
historia como iconos de la causa y sus tragedias han inspirado también a artistas que las
han pintado con enorme dramatismo. Quizá el ejemplo más emblemático sea Sócrates,
que tras verse condenado, en el 399 a. C., por no reconocer a los dioses atenienses y por
corromper la moral de la juventud —aunque el verdadero motivo de fondo parece su
postura crítica con la democracia, agravada por las sospechas que despertaba el que, si
bien la relación con su antiguo discípulo estuviese deteriorada, hubiese sido maestro de
Critias, uno de los tiranos proespartanos que gobernó Atenas por un breve espacio de
tiempo tras la derrota en la guerra del Peloponeso—, acepta con dignidad el veredicto y,
rodeado de sus discípulos, bebe la cicuta que más tarde también tomaría el cordobés
Séneca, a quien finalmente hemos escogido como imagen de esta antología por ser una
de las víctimas más conocidas del poder totalitario y extremo.
En efecto, tutor y consejero del emperador Nerón, Séneca, tras haber sido
cuestor, pretor y senador del Imperio romano durante los gobiernos de Tiberio,
Calígula, Claudio y el propio Nerón, pereció a causa de las intrigas políticas.
Acusado posiblemente en falso por sus enemigos, ya había eludido la muerte
bajo Calígula —de cuya furia megalómana solo pudo salvarlo una mujer del círculo
imperial más íntimo, que convenció al césar de que la mala salud del pensador lo

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conduciría a la tumba pronto, sin necesidad de dar cumplimiento a la sentencia que ya


había sido dictada— y también bajo Claudio, quien permutó la condena —cuyas
razones reales se desconocen, pues la acusación oficial de haber cometido adulterio con
Julia Livila, hermana de Calígula, parece muy poco probable; aunque seguramente su
oposición a la entronización del nuevo emperador, dada su gran influencia como
senador, tendría mucho que ver— por el destierro a Córcega durante ocho años. La
nueva esposa de Claudio, Agripina la Menor, logró su rehabilitación y lo nombró tutor
de su hijo, el futuro emperador Nerón, fruto de un matrimonio precedente. Seguramente
esperaba que su influencia moderase el temperamento del muchacho, dado a los
excesos, de los que ella misma fue víctima al morir —acusada de conspiración— a
manos de su propio vástago, a quien probablemente facilitó el acceso al trono, cuando
contaba solo diecisiete años, envenenando a su esposo.
Durante los siguientes ocho años, Séneca y Burro, austero oficial militar,
gobernaron el imperio con discreción y eficiencia, persiguiendo además la corrupción
de los gobernadores provinciales. Pero a medida que Nerón crecía, la influencia de su
maestro menguaba en favor de aduladores que buscaban la ruina del filósofo, cuya
riqueza probablemente también envidiaba el propio emperador —que se quedó con ella
años después de su muerte—.
A pesar de su retirada de la peligrosa vida política bajo Claudio y bajo Nerón,
finalmente, acusado por este último de haber tomado parte en la conjura de Pisón —cosa
que nunca se demostró—, se dio muerte, como el propio emperador le aconsejaba, en
lugar de esperar a la ejecución de la condena. Se le negó la petición de redactar su
testamento, pues la ley romana preveía que todos los bienes del conjurado pasaran al
patrimonio imperial. Escogió el suicidio —como también harían, para evitar la crueldad
de Nerón, sus dos hermanos y su sobrino Lucano— y se abrió las venas, aunque
después intentó acelerar su muerte tomando cicuta y, posteriormente, un baño caliente
gracias a cuyo vapor, asmático como era, acabó asfixiándose.
Precisamente en ese postrer baño lo pinta Manuel Domínguez Sánchez. La obra
de este artista nos coloca, a diferencia de otras versiones de distintos pintores sobre el
hecho, ante la tragedia ya consumada. En el protagonista no queda vida alguna: la
cabeza cuelga totalmente laxa, igual que los brazos. El gran filósofo, otrora hombre

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influyente, parece un muñeco desmadejado. No nos hallamos, como en otros casos, ante
una despedida: quienes lo apreciaron ya solo pueden llorar su muerte. Por ello, la
composición quizá resulte más fría y menos emotiva, pues apela con mayor moderación
a la sensibilidad y las entrañas del espectador. Pero hasta esto puede ser considerado
una virtud, ya que involucra muchos más al intelecto. Y es que, sobre todo en tiempos
de nuevo convulsos como los nuestros, hemos de meditar sobre las consecuencias que
tendría dejar morir a la razón y seguir únicamente los impulsos; sobre el precio que
pagaremos si abandonamos a su suerte al pensamiento disidente, a todos aquellos que
nos invitan a hacernos preguntas: a pensar, aunque sea distinto; pero a pensar por
encima de todo.
En la presente edición, no solo nuestro ganador ha decidido reflexionar sobre la
labor testimonial del escritor y sobre el dilema moral que esa tarea generalmente
acarrea. Para ello, sirve también como excusa o referente la tragedia de Omayra
Sánchez Garzón —víctima, en 1985, en Armero (Colombia), de la erupción del volcán
Nevado del Ruiz—, que con solo trece años se convierte en ejemplo de entereza y
madurez durante las sesenta horas que, sumergida hasta el cuello en el lodo y con las
piernas atrapadas, luchó por sobrevivir, y a cuya tortura asistió en directo, sobrecogido,
el mundo entero gracias a los medios de comunicación, testigos de cómo su vida se
apagaba mientras la desorganización, la incompetencia y desidia de los funcionarios, la
indiferencia y lentitud de la burocracia y la falta de recursos básicos para el rescate
hacían que los voluntarios, impotentes, únicamente pudiesen acompañarla y confortarla
hasta el final.
En efecto, entre estas páginas se encontrarán también duras reflexiones acerca de
la labor periodística. ¿Puede quien dar testimonio de situaciones brutales a diario y no
acabar insensibilizándose y deshumanizándose? ¿Dónde está la frontera entre el
profesional y la persona? ¿Qué debemos proteger por encima de todo, nuestra
profesionalidad o nuestra propia humanidad? ¿Qué somos, nosotros los escritores, antes
que nada? Naturalmente, cada profesional tendrá sus propias respuestas a estas
espinosas preguntas. Y, sean cuales sean, habrá de aprender a vivir con las heridas que
ocasionarán.

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Decía Robert Capa, que tan estremecedoramente supo plasmar la monstruosidad


de la Guerra Civil española, que es difícil estar allí y no poder ayudar. Pero,
ciertamente, el trabajo del reportero o del fotógrafo remueve la conciencia de la opinión
pública, en cuyas manos sí está cambiar las cosas.
No obstante, no ha sido este el único argumento delicado que nuestros finalistas
han decidido abordar. La autoridad moral del creador constituye otra piedra angular de
la última edición, alrededor de la cual se medita tomando como excusa un episodio muy
controvertido de la vida de Neruda, poeta por otro lado tan reputado y tan
comprometido en lo político y social. La objeción sobre tal monstruo sacro manifiesta, a
su vez, la envidiable capacidad que nuestros participantes tienen de cuestionarse, su
disposición analítica y crítica. En definitiva, su honestidad intelectual y su valentía a la
hora de exponerse y de tratar asuntos embarazosos y polémicos.
¿Es siempre el escritor consecuente? ¿Los principios que vertebran su obra rigen
siempre también su vida? ¿Un excelente creador, es necesariamente un ejemplo moral a
seguir? ¿Un buen escritor, es siempre una buena persona? Naturalmente, la respuesta es
“no”. Porque también entre los escritores —al menos entre algunos, quiero pensar que
entre los menos— florece la soberbia, la prepotencia, el egoísmo o la desconsideración.
Algo que en cualquier caso no justificaría ni volvería admisible el talento, en ocasiones
incluso mucho más limitado de lo que el narcisismo se empeña en creer. A veces, en
efecto, la valía o la belleza de una obra literaria no encuentra reflejo en la conducta
personal y privada de su autor. Los ejemplos conocidos son varios, aunque quizá uno de
los más célebres, gracias al cine —El desencanto—, es el de Leopoldo Panero.
Nuestros finalistas, en absoluto indiferentes ante el dolor y la injusticia que los
rodea, han abordado diversos problemas sociales: la pobreza, la marginación, la
discriminación por razones de género, el desarraigo, la intolerancia, la xenofobia, el
racismo... Inevitablemente también habrá espacio en esta antología para el intimismo,
para los sentimientos y las emociones, para la melancolía y la esperanza. Como es
natural, para la poesía amorosa y, en consecuencia, para el desamor o la pérdida. Se
desplegarán ante vuestros ojos fragmentos de vida común: sencillas estampas diarias
que plasman complejos paisajes humanos a modo de rápido apunte, de improvisado —o

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quizá no tanto— boceto. Porque, en definitiva, el enorme tesoro que para un escritor
—observador impenitente— se esconde tras la aparente cotidianeidad no tiene precio.
Entre las páginas que siguen encontraréis pedazos de quienes dieron vida a estos
poemas y, generosamente, quisieron compartirlos, compartirse, con sus semejantes.
Aceptad, pues, esta sacra comunión que os proponen con la gratitud e indulgencia que
merecen, pues cuanto leeréis a continuación da testimonio de nuestra mejor y más
profunda humanidad.

Salomé Guadalupe Ingelmo


Coordinadora del Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet”

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Omaira, 1985
Carlos Piccone Camere (Perú)

Ella ha roto siempre el pan en nuestras mesas

y aún despunta el susto al crujir sus pasos

de cadalso. Toca madera con guantes

escamosos. Como las frutas de Armero

en el país de Omaira. Ella, la muerte.

La niña viste de espuma, con bufandas de azufre

y garúa fina. Ella es la calma de todos los vientos

de nuestra infancia. Impregna de aguas servidas

las comisuras de la vida. Mota de algodón,

el sabor de sus semillas. La sapidez de la muerte.

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Omaira vestía algodonada. Se pintaba las uñas

con el charol de sus zapatos escolares, reclamando

una mirada. Alboreaba cosquillosa, remoloneando

en la cama. Corría el plástico de su pobreza y el sol

se la fosforecía, evidenciando sudores y sueños.

Espoleaba las sábanas esparciendo su perfume de pubertad

indigente. Porque Omaira lleva muriendo ya muchos años

a la sombra del volcán de Armero, en una cruz reciclada

de plástico, ceniza y ascuas. Porque a veces, señor Fournier,

mucho antes de morir, ya sabemos el día que moriremos.

Y nos morimos sin previo aviso. Con una frase a medias atravesada

en la garganta. Nos morimos sin haber nacido, como lava que cauteriza

una sonrisa, como ojos que nos duelen porque nos duele su mirada.

Castigan como el sabor omiso, como un racimo de gaviotas

hiriendo una ola, como un capullo desafiando el invierno.

Duelen los galopes vacíos cargados de crines, las estepas

cargadas de crisálidas, las férulas abiertas en mitades

y la retina de monsieur Fournier, World Press Photo Award

por trasuntar veinticinco mil muertes

en los ojos recién erupcionados de una niña.

Morenez angelical vestida de luna, con un trozo

de su cuerpo atorado en el infierno. Sesenta horas

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de agonía en vivo y en directo, el alma aferrada a un palo,

crux simplex, encuadre perfecto, sin pecado original,

merecido premio de fotografía.

Omaira vive muriendo de espasmos. Y Armero guarda

sus lágrimas para otros lutos. ¡Y el corazón! Su corazón

anda flotando desde hace tres días, como un señuelo

de dioses ocupados. Y el alma de su madre sobrevive

a fuerza de infartos, sin seguro social para saudades.

Una foto más, señor Furnier. Fotografíe hasta que la nena

nos calle con su silencio, y nos tapemos la boca

de espanto, y nos golpeemos el pecho unos a otros.

Y nuestras miradas huyan hacia otros ojos, los de Sharbat Gula,

la niña afgana de National Geographic, junio de 1985.

En nuestra huida sonarán las campanas de Tolima, la muerte

llamará a las puertas de la historia. Un minuto de silencio

en el universo. Una vida acuosa se deshace entre las frondas

preocupada por sus deberes inconclusos de matemáticas y geografía.

Un volcán que no termina de dormir, arrullado entre flashes.

Monsieur Fournier, usted que ve detrás del humo los reflejos

del agua y las formas de los cascotes que guían su mirada

hacia la humanidad amoratada de impotencia. Usted que nos acerca

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el tufo frío, el llanto anémico, la morena palidez de la inocencia,

espante las catervas de los lentes que disparan contra Omaira.

Usted que ve y que siente, cuéntenos su historia. Usted que sabe

a qué suena su silencio y cómo se ponen los astros y sus latidos,

no apague su cámara y apunte con ojos de niña. La enfocará usted

sin retinas ni credo, como un hálito alfarero que va moldeando

su arcilla en copela divina.

La niña empinará entonces su mirada en los ojos blancos de sus padres

y sus latidos se detendrán. Y con Omaira, todo el mundo se empinará

para ver cómo muere una aldeana y resucita una galaxia. Renacerá

de abajo arriba, crucificada con pétalos, ceniza sobre las ascuas.

Porque a veces, señor Furnier, ya sabemos el día que naceremos.

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Tierra Madre
Aarón Carlos Andrés García (España)

Tierra Madre,

he mirado al techo y no he visto linternas.

No ha llegado la luz.

Aguardo río.

Soy trinchera, soy adiós, silencio.

Soy el silo de enterradas colmenas.

Soy aliento vigía, soy el grito que escapa

hecho páginas, huesos.

Soy el fruto invisible y soy el rayo

tozudo de escaleras.

Un horizonte largo de palomas.

Soy el pálpito en un frasco de nube

y el ayer elevándose.

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El único café que resucita

calaveras de párpados.

Soy el pálido acento

que enamora las dudas.

Soy como el ciprés abierto

a una sola hojarasca.

Y ruido de amapolas que no ceja.

Soy un mundo de púrpuras

en talleres obscenos.

Soy el hijo perenne

que regresa a la tierra

y las sendas se arrogan cada esbozo,

paradero del tacto.

Madre,

cada noche (ni el verso sabe dónde)

acudo a la tertulia de tus tolmos

de caricia madura.

Allí vivo simulando paredes,

cultivando puertas.

No son dedos anclados sino árboles,

aliviadas raíces.

Tierra,

a pesar de los vértigos,

permaneces en mí como la pátina


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del albor alejado

o el imán de un tierno precipicio

que asomar a los ecos.

Estás en el exilio de las hojas

salpicadas de rama

y en el libro de céfiro ferozmente abierto

o la trémula savia de los ojos.

Estás en el adiós hecho regato,

en maletas sembradas

de desiertos azules.

Estás sobre los puentes sumergidos

que han de izar las gaviotas

y en el tímido ejército de baúles blancos

que custodian guayabas.

Estás en el porqué de las libélulas

sobre densos alambres

y en las simas repletas

de arbotantes humanos.

Tierra Madre,

han pasado las hordas y los légamos

de las noches sumarias.

Ya no soy aedo de mis pasos

ni sé las entretelas

pero escucho,
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mis oídos cabalgan

sobre brisas enormes

y soy el que se mezcla con la ráfaga

y hoy soy el enemigo de mi sombra.

He reunido el despojo de las nubes

y colmado de sed mis ataúdes

hasta aflorar y hacerme solo tuyo.

Tu arboleda me envuelve

de esculpidas ternuras,

instaladas semillas.

Madre,

Pachamama eterna,

ahora somos contigo piel enorme

de la orilla sonámbula.

Oteamos la saga inspiradora

de los cauces cobrizos

y el poema nos une.

Madre,

Tierra Madre nuestra,

hasta el sueño lo sabe.

Reconoce en sus médanos

cementerios de alas.

Que una tarde de pájaros

seremos de nuevo los atriles


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despojados de arena.

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Estampas de una noche invernal


Alberto Paredes (México)

La lluvia repiqueteando la ventana

noche de invierno

dulce mentira de sentirse a salvo

en voz baja

mientras la calle se vacía

la gente que a esta hora

baja la cortina del negocio

enfundándose en el abrigo

para llegar al metro

o montarse en la moto

el ronco zumbido

se acerca se aleja

tacones percutiendo la acera

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sin saberlo al ritmo del metálico

compás de la lluvia

tac tac tac tac

allá abajo

un bar-café sigue iluminado

nadie entra

solo retiene tres o cuatro bebedores

la mujer que sale a fumar

para alejarse un poco

del hombre junto a su banco

que ya no la desea

e incluso la mirada de rencor

se avejenta cada noche

como lodo reseco bajo la nueva lluvia

el recuerdo de una estampa de Hiroshigue

en que la lluvia es una cortina azul

detrás de la cual

el frío el puentecito despoblado

el silencio

un soplo de viento

forman un koan sin palabras

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dentro de un momento aparecerán

rompiendo el hechizo de lo inmóvil

dos o tres conos de paja

humildes pescadores

volviendo con el magro fruto

de una tenaz jornada

plena de camaradería

pero sin palabras

son dos viejos camaradas

con redes zurcidas y cañas rústicas

más el sobrino del menos alto

hijo de la hermana viuda

que desde niño aprendió sus tres palabras

silencio lluvia pesca

ellos también sus gastadas sandalias ama geta

clac clac clac clac

como la lluvia

percutiendo el camino

de vuelta a Sendagaya

resignados sonrientes

digamos que la estampa


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podría estar en el bar

descolorida atrás de la caja

no se le ve desde la ventana

dos pisos arriba

donde miro

en un invierno mediterráneo

la imagen es el centro

nadie lo sabe

es el corazón como la lluvia

pulsando

regular irregularmente inestable

esta noche es un minuto sin fin

el horizonte se cierra

y es así

que la cortina de Hiroshigue

se descorre

revelando

que la mezcla de lo que persiste

con lo que se deshila

es el retrato

insobornable

de aquel que en ese instante imprecisable

haya llegado
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por el angosto camino de su vida

al punto en que estar concentrado

y distraído

dejar pasar el tiempo

y avejentarse un día más

se suspenden en la balanza

como las dos cestas

en los hombros de los pescadores sin rostro

cuyas últimas palabras irónicas

remontan prodigiosamente a mi ventana

pues en efecto

cuánto se empapa uno

para volver a casa

no con un soberbio racimo de camarones

sino con un manojo de carpas escuálidas

(ahora finalmente el tosco ruido

del patrón que baja la cortina del último bar

acompañado como casi siempre

de la mujer ojerosa cigarrillo entre los largos dedos

y del hombre de cansada corpulencia

su especie de amante)

(Roma, rione I; enero 2019)

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Zapata
Juan Manuel Labarthe Hernández (México)

La muerte está entronada,

corona de cardamomo y cúrcuma,

sitial de huesos, cetro de espinas.

Sus ojos huecos, faros de luz impura,

proyectan sobre una sábana raída, manchada de sangre,

una gastada película de celuloide.

Ásperas montañas, agrestes montes,

y en el cielo azul, añil herido,

ansiosas tantean su rumbo las nubes presurosas.

La pálida luz dorada ilumina el campo de alta hierba

donde se abre el surco infame:

las paredes terrosas casi se tocan, exhiben con impudicia sus raíces torcidas.

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Precede las profanas exequias un cura castrado de lujuria bien probada.

La piel del rostro curtida por el sol y el deseo infame, bajo la barba la mugre,

balbucea con voz áspera un Pro Animabus medio olvidado,

cuyo significado se le escapa.

Ruido chillante de cadenas acompaña el descenso del cuerpo desnudo hacia el abismo;

un centenar de dolientes suspira,

gentes menudas de pies agrietados, de deseo exiguo y conformado,

se mesan los cabellos, preguntan en voz alta,

gritan sin recibir respuesta alguna,

con rencor furioso se atacan entre ellos,

se muerden, se jalan las greñas:

olor a sangre, a tierra quemada, a sudor rancio.

Alguno cae al fin al hoyo y acompaña al muerto.

Están las haciendas en ruinas, los ranchos y rancherías desolados,

Zapata,

héroe emboscado,

párpados cosidos con hilo de cáñamo,

ojos cocidos con la materia primigenia en el atanor de barro,

oquedad del grito abierto;

de tu pecho agujerado, brotan infectos los gusanos revolucionarios,

mientras que tu carne vieja y novel, sucia y pura,

se disuelve en la tierra, alimenta las raíces,

se empapa en recónditas humedades,


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viaja por cavernas sinuosas,

por apretados ríos subterráneos,

de la piedra blanda el agua brota a la luz con chasquido eléctrico,

alimenta las cascadas, las lagunas,

los esteros feraces que cortejan las muchachas,

fecunda las verdes planicies, las recónditas cañadas, las huertas y jardines,

nutre con su savia las palmas telúricas.

Al calor estival, prosperan el coco, la guanábana y el caimito.

Las golondrinas orógrafas sobrevuelan aquel paisaje de álgidos contrastes,

amplios horizontes, altos cerros, cielos límpidos.

El aire recoge los rayos del sol y vibra

azul el agave, rumor de insectos.

El suelo blanco y medio verde está estercolado por hojas de maguey,

por maderos podridos.

Aún es temprano en el año, pero ya crece bonita la milpa.

En las matas las mazorcas tiernas despuntan con orgullo.

Y donde antes faenaba el héroe,

ahora andan en abigarrada caravana sus sucesores,

las adelitas aseñoradas, las señoras putas,

las putas curanderas, los curas brujos,

los alcaldes bandidos, los mártires criminales.

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Mensaje cifrado
Laura Lucía Chalar Sanz (Uruguay)

I.

En verano las sábanas huelen diferente.

Quisiera que vinieras

mientras la tarde se restaña

como cualquier otra herida.

Pude decir muchas cosas.

Hubiera sido poner un dedo

sobre el pulso estable de la infancia.

Y el sol bate sobre tu casa

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su implacable marcha de chicharras.

En verano el armario huele diferente,

no solo a ropa blanca sino a espera.

II.

Pude decir muchas cosas. Asediar

con luciérnagas la puerta de tu cuarto

o revelar una forma a tu mudo corazón.

¿No viste mi disfraz de ángel de las arueras,

de reina beguina, de jirón de ultramar?

¿Quién eras al escribirme esa carta invisible?

Tu historia se prendió fuego. No te vi nunca más.

III.

Yo fui alumna, algunas noches,

de la facultad secreta. Hablé el idioma del mundo

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que no se puede contar. Logré extinguir

una estrella. Sé que hago siempre lo mismo:

solo vos podés mutar. Acopio frascos de dulce

de hiedra para el invierno:

aún quedan provisiones en tus alforjas

de mago, valija de buhonero,

hojas secas para hilar otra sábana nupcial.

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Crónica del rescate


Ana Rosa Díaz Naranjo (Cuba)

Solo salgo para renovar la necesidad de estar solo.

Lord Byron

Hoy dejé el alma en casa,

farfullé la maldición de los incrédulos

para borrar tanto legado de mentiras,

angustia de mirar al techo

y chocar con las alfardas,

infinito tras los pedestales de la miseria,

de los interruptores que nadie toca.

Hice volar todos los recibos gubernamentales,

calcé la letanía del diario tras la puerta mugrosa del desespero,

fingí el piso fino bajo mis zapatos atendiendo a la ley de la atracción,

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al genio oblicuo en el centro de mi frente,

frente de un pueblo que no porta lámparas,

que no sabe de genios

porque los genios están muertos igual que los héroes

y solo nos queda la fe,

la fe en que Aladino vendrá vendiendo lámparas a los transeúntes

y se colmarán las esquinas de la ciudad,

las cuatro esquinas de la aldea,

allí estaremos todos,

la boca abierta al milagro,

mientras no moleste alguna sombra azul,

algún embarazado que ya tenga su lámpara

o alguna varita bienaventurada para hacerse un sol en su cubil.

No hago rechinar las suelas contra las resquebrajaduras del suelo.

Trato, incluso, de olvidar las escaseces,

de amar la pudrición en los dinteles de las puertas

mirándolas con el ojo del futuro, un futuro con secretos y leyes.

He dejado el alma en casa

y tergiverso la adversidad en encuentro amistoso

para no sentirme único,

con la mirada de Lord Byron al sopesar la multitud,

sus rostros verdes, desafiantes, sus amarras,


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los grilletes que los años no han sabido partir

o el semblante de los pies amoratados por los autobuses.

Y nadie para timbrarle a Él desde esta realidad,

desde el tablero carcomido, nauseabundo,

desde las entrañas del siglo o este verano que el sol penetra vertical.

Él sigue sordo,

estoico en su atalaya ante la sospecha de los ancianos,

ante cada salto al vacío de jóvenes sectarios en trance.

Y he aquí el ojo de algún escorpión asustadizo bordeando el horizonte,

lo reconozco a través de su disfraz;

levanta la máscara y muestra sus colmillos,

la sonrisa atornillada por la mueca de la inquina,

por la imposibilidad de exponerse,

salir afuera y decirse a sí mismo “soy un escorpión”,

y revelar la mordedura a sus semejantes tranquilo con su conciencia.

Mi cumplido lo encubre tras el miedo

con la incertidumbre de ser visto en sus profundidades,

y entonces mastico mis peces sin tregua para la huida,

parto dejando un naufragio de huesos rotos.

El mar se retira, bordea,

arrastra los márgenes de la ciudad


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y yo me voy contrario, hacia las plazas.

El estiércol de las aves pulula sobre los árboles húmedos del parque,

brota como un híbrido entre la resina,

en la cabeza del loco nuevo que apareció en la ciudad sin un embozo,

solo con su burbuja delirante a cuestas,

y no quiero pensar que extraje mi última muela de cordura.

Los pájaros se han ido.

Todo el mundo no tiene un arrecife sitiándole el pecho.

El escorpión, el loco nuevo, los sectarios,

animales de pezuñas afianzadas,

gregarios en su hábitat con goznes,

deambulan en busca de sus víctimas.

Ya he perdido el habla y camino despacio,

la envergadura de un espanto tortuoso bajo los cristales de mis ojos,

la adrenalina de los viajantes contaminándome el sendero,

los cinceles clavados con rabia en las espaldas,

en estas espaldas que se ha comido la revuelta de los años.

Canturreo, simulo que todo está bien.

Allá las muchachas, en medio de Babel,

simulan también ingenuidad,

sus máscaras deterioradas por el influjo mercantil,

la venta de sus carnes que las traerán de vuelta reinas


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y cubrirán de amnesia las columnas,

los bancos donde la ciudad llora el infortunio en lenguas diferentes,

y nadie sabrá que ellas —medusas de la aldea—,

una vez burlaron las travesías del mar y se fueron por el aire,

sin epístolas de convencimiento

a morder el sueño de la prosperidad.

Acá, grandes hileras para comprar la suerte.

Rostros enclavados en el vidrio de las tiendas,

ojos largos,

comisuras caídas por falta del secreto de los genios.

Busco un portal transportador para llevar el cuerpo.

El mar se ha ido dejándonos la herencia de la lluvia,

aguacero que promete arremeter con fuerza.

Los capuces desfilan junto a mí,

se pierden en el paisaje lluvioso que se va tragando al sol.

El contén es una lista negra donde se va el hollín de mis pupilas.

La multitud exhala,

los pájaros levantan vuelo en medio del follaje,

la multitud suspira,

los trinos se alejan debajo de la lluvia que ya empieza,

la multitud los sigue.

El verso hondo tras los párpados, y yo

voy a casa,
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mi alma espera su rescate.

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Descienden de las ramas


Jonathan Alexander España Eraso (Colombia)

Descienden de las ramas,

pierden sus nombres bajo el cielo asustado,

caminan para detener la fuga de la tierra,

una bandada gobierna sus pies.

A cada tramo que recorren, les queda

el aire que repta en la arena del mar.

Las aguas reciben el grito de una luz final donde

la lluvia no alcanza el color de sombra entre los resquicios.

Los veo venir,

con la asfixia de los peces secos,

sobre la línea de flotación.

Frente a mí,

sus cuerpos tienen el olor de la huida.

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Busco a quien más se me parece para preguntarle

los significados de los difuntos y del paraíso.

Me veo desnudo, entre árboles ajenos,

dentro de una pecera.

En el fondo, aún existo.

Olas de niebla me pronuncian

y convocan a mis otras presencias.

Ellas se me acercan.

Me ven del otro lado, donde la voz de nuestra madre

arrastra el ruego de ventanas fatigadas.

En sus ojos, una herida

es la frontera de nuestro vuelo implume.

Una jauría de árboles brota de esta agua.

Hay que escribir sobre nosotros,

sobre el encuentro primero.

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A solo una palabra


Francisco Manuel Sánchez Sánchez (España)

Solo el cielo

sabe de tu nombre.

Ni las altas colinas

ni las manos alzadas,

implorando,

ni la carne que se eleva

tras el estertor último.

Solo el cielo.

Solo el cielo

sabe de tu nombre.

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Azul y sin lejanía,

apenas un desembarco

de la distancia.

Pastor de nubes

que con el perro de la noche

las reúne hacia el redil del alba.

Ese cielo que nos cobija,

abrazo trémulo y sin nostalgia.

Y sin tiempo o de tiempo

detenido, o de ausencia

o de nada.

Esa inmensidad sin frontera.

O solo la frontera que traza

el horizonte al océano

con una caricia de agua.

En la duda de la tierra

—que es roca, polvo o savia—,

arranco los ojos a mis pasos.

Porque solo el cielo,

porque solo el cielo,


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sabe de tu alma.

Y tú, inmenso amor,

en tu piel tan callada

a solo una palabra

de mi boca.

Y de tu belleza

a tanta distancia.

Intento nombrar lo inasible

y de mis manos se escapa

como una cometa que vuela

de la niñez a la nostalgia.

Y sé que en el cielo se tejen

de ti todas las palabras.

Y quizás una voz arriba te nombre y quizás,

gritando al azul,

pueda pronunciarla.

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Niebla para herejes


Rodolfo Novelo Ovando (México)

Antes de nacer extravié mis huesos,

hoy he llegado a medio otoño sin arcilla,

con lo que fui he sido quien soy.

Es peligroso andar sin el pasado a cuestas.

La soledad se estrella contra el humo

donde es vencido mi cadáver,

siempre es la dolencia

de no crecer muriendo.

Y aún es la palabra,

se descubre en un cauce distinto,

se pronuncia en otro Dios;

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así, pues, se codicia el otro credo.

La catedral se erige centelleante,

con rocas de incestuosa cal,

encaladas con lágrimas sin fe;

enloquecidas desde antes de la inocencia.

La insignia es lo doliente,

lo antagónico, lo que no es fervor,

aquello de volar con una rama entre los labios

cuando la enfermedad es el diluvio.

La pulsación del ser

no se amordaza en las heridas,

la ignominia es un eclipse infinito

cuando se sabe ser desde el silencio.

Mientras el laudo sea la resurrección

en la mortandad de cualquier rito,

solo mi cuerpo quedará a la deriva

en este laberinto de profanas oraciones.

¿Cómo saber si el tiempo es nuestro tiempo,

si desemboca en todo y en la nada


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con la misma oquedad del espacio,

como saco de niebla para herejes?

Abismal es la vida

desde mi ventana,

bajo una lámpara de ausencia

donde soy la pregunta que se ignora.

Toda el hambre en la tierra es eterna;

ayer el pan, hoy el territorio, mañana la esperanza.

¿La vida se ha asqueado

de mí o de todos?

La memoria es agonía

contra la noche en vela.

No se olvida la desnudez

de los primeros tiempos.

Babel es un muro innombrable

que desprende el principio de la voz;

falacias desolladas con ternura

del vientre de la madre eternidad.

No es para nosotros la poesía,


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es un instante que se niega gota a gota,

es un destierro de verdad

que se dispersa como el sol sobre las dunas.

Vivimos con los ojos yertos,

dispersando la luz y las imágenes

por el temor de ser la yedra

que encubra las paredes del olvido.

Se derrama sobre mis palmas

todo lo que no ha sucedido.

El vaticinio no es incendiar la piel

hasta que no quede nadie en las iglesias.

Las plegarias tan solo son gritos enfermos,

una rueda recorre las fronteras

y el cuerpo fluye en cada letra

del otro testamento.

La ignorancia desprende el espectro que somos

aunque la llaga sea inmolarse en otra cruz.

Siempre seremos los ausentes del vacío,

las confesiones inconclusas del acaso.

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Evítalo…
Erundina de la Fuente Martínez
(Charo de la Fuente Mar)

Evita…

los ojos que observan como búhos,

pero nunca te miran.

Las narices que todo lo huelen,

menos lo que huele a chamusquina.

Y los oídos que oyen lo que no deben,

pero no oyen el silencio, aunque exista…

Evita…

los reptiles que se arrastran a tu paso

para, en un descuido, inocularte su veneno;

las jaurías humanas, que te apoquen o te anulen,


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los enjambres sin miel, las locas muchedumbres.

Evita…

a los que en público te hacen transparente,

no te saludan, nunca quieren verte…,

pero quieren, en privado, estar a todas horas

para verte, controlarte, y tenerte…

Y evita a los que saltan a tu alrededor,

como canguros, para hacerse ver,

mientras te guardan en su marsupio

para que nadie te pueda reconocer.

Evita…

los lobos con cara y piel de cordero,

las sonrisas de fresa, que sonríen y cautivan,

pero que muerden profundo,

como las salvajes fieras,

cuando menos lo esperas, o imaginas…

Evita…

las manos que se encogen cuando dan

y se dicen dadivosas ...,


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mientras que, cuando reciben,

se abren como puertas generosas.

Evita…

los elogios gratuitos, de bocas poco claras,

que se vuelven oscuras, al hablar,

sucias, densas, y opacas…,

y solo, con su voz, saben dañar.

Evita los trayectos perezosos

de los que, con cariño, siempre has recibido,

pero nunca más regresan a tu casa

cuando te ven abajo, o que has caído…

Evita a aquellos que decían que te amaban

y a tus espaldas de ti se reían

como locas hienas, de odio embriagadas.

Evita a los que “la vida, por ti, daban”

y en cuanto veían la muerte de ella huían

y, si podían, a ti te la mandaban.

Evita…

el tránsito del odio por tu vida,

la amargura y necedad del malo,


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la soledad no querida…,

la palabra inexacta, que de exactitud se abriga,

grandilocuente, para que nadie la entienda…

o para que solo unos pocos la lean o escriban…

Evita…

el calvario que algunos colocan a tu paso,

las monedas pagadas, como a Judas Iscariote,

o que nadie te compre o te venda en su mercado.

Evita el silbido y los cantos de sirenas

que quisieran hablarte sobre la belleza de su mar,

cuando tan solo quieren que oigan sus arengas

como ballenas, silbando, para tu voz acallar.

Evita todo aquello que te ofrezcan

sin garantía de ser ofrecido, sin más.

Evita que nadie te pida cuentas

de aquello que haces, o de aquello que das.

Y evita…, que nadie te haga daño,

pues nadie tiene el derecho de dañar.

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Shunga del mar


Alejandro Massa Varela (México)

Este mundo no es, necesita.

Casi todo se sueña:

vi mi sexo como las manos unidas de una hembra negra

recogiendo peces

en las ondas flamígeras,

el planeta ola.

Trueno terrenal dentro del agua;

mi clítoris negro,

un anzuelo en la luz

donde las fuentes del espacio caían.

Casi todo lo vi en un sueño,

pero me levanté de un salto

y salí de casa para meterme a las cargas del mar.

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Mis aguas duras aromaron el Cielo.

Las piedras seguían calientes en la oscuridad;

la Luna era más que un rugido

y esta carne limpió al tiempo,

sonoro,

un ruido más

acercándose como un pecho.

El mundo me imitó

y sonreí al alarido.

¿Entienden qué es un presentimiento?

Me herí con el bisel de un coral;

alguien saltó a mi piel líquida

cuando la tierra era en ardores.

Al presionar la herida para limpiarla,

con la sangre sin parar,

mi muslo temblando,

sentí al filo reír

y alguien habló.

Tengo el impulso de meterme en la herida…

si las venas no resisten,

¿por qué esta amenaza tendría que causarme prisa?

Siento una cara,

voces negras, astros negros,

un ritmo que consume al acecho.


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Alguien quiere algo de mí;

me digo a mí misma: sabes cómo engendrar.

Dentro cargas sus rasgos,

pero debes infundirle la esencia.

Toca las brasas del instinto;

levanta la mano izquierda sobre la Luna;

solo jura,

espera.

¿Te toca una calma atronadora?

Con la mano rodeada por la fiebre blanca,

la pausa también se detiene:

es un amante que quiere jugar a ser boca.

Cuidado, mujer,

una vez que lo dejes entrar,

siempre querrá volver, siempre;

aterido,

elevándote,

hasta hacer suya tu caverna de rayos.

Más tarde,

en el mismo mundo,

hasta el día final,

será la caricia antigua,

la vida detrás del sueño

recambiándose,
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reapareciendo en tus mejillas.

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Tiembla América
Santiago Daniel García García (Uruguay)

Desde los infinitos páramos de la Patagonia,

desde Ushuaia hasta Salta,

las cordilleras al unísono truenan.

Y con la bendición de los relámpagos eterna

tiembla América entera.

El llanto de la Pacha Mama, cual soplido de pampero,

estruendo que estremece mi entumecido cuerpo,

me abre en canal con facón de gaucho,

obligándome a rememorarte, aunque no quiero.

Como Malinche sin remordimientos te entregaste

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al anglosajón y al germano, al ibero y al gusano;

y entre tanto amor expatriado de América te olvidaste

y junto al Graf Spee zozobraste.

Y oigo a las ánimas tu nombre murmurando,

a la epónima obra de Shakespeare invocando;

tu tocaya anglosajona mirándote de soslayo,

esperando oír tu grito sagrado.

A vos, mi amor, Julieta,

que como Evita me hechizaste,

que con tu glamour me cegaste,

en helicóptero blanco despegaste

y de nuestra Casa Rosada te fugaste.

Y a mis últimas palabras me adhiero:

al otro lado del Río de la Plata te espero,

cuando cesen los vuelos de la muerte

y tu guerra sucia se lustre.

A vos, mi amor,

que en unión y libertad te aguardo,

júrote morir con gloria a tu lado

y a la Patria darle su antiguo esplendor.


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Temblarán los fieros tiranos,

y los déspotas de la altiva Iberia

se alejarán como antaño.

Y no llores por Argentina

que bastante lo hago yo;

por los tangos que nunca bailamos

y los mates que nunca cebamos.

Renacerás como Venus

en un mar de plata auténtico,

formaremos las Provincias del Sur

y a un García Márquez darás a luz.

La luz de los relámpagos resplandecerá sobre la llanura,

y le pondrá fin a esta crónica de una muerte anunciada.

En dos se quebrarán los cielos celestes,

entre ellos se colarán las nubes plateadas,

el Sol de Mayo se asomará por el zenit

y ondeará impávida la bandera argentina.

Y por vos, mi Julieta Venera,


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Afrodita y Eros de Argentina,

Venus del Mar del Plata altiva,

temblará América entera.

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De orilla a orilla
Mª Fernanda Trujillo León (España)

Salí de mí para germinar en otro corazón y

entender así el delirio de la huida.

De mis labios salí para balbucear

el desconcierto agradecido

desde la extrañeza de un lenguaje insólito.

Salí de mis ojos para advertir la quimera de otra orilla,

para comprender que la blancura de mi piel

podía tornarse diferente y oscura

aunque no por ello menos tersa y luminosa.

De mis manos salí para palpar la calidez,

anónima hasta entonces, de otras manos

y de ese modo poder abrazar la desconfianza.

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Salí de mis pies para descalzarme en otros pies,

para acompañarlos y guiarlos

hasta la aventura de lo incógnito.

Pero poco tiempo después no pude sino volver a mí,

a la fortuna de mi orilla desenfocada

sin agua y sin arena.

Volví para atrincherarme en la colmena del ruido

donde no muerde el viento,

donde nada ni nadie quiere oírse.

Donde, una vez más, y a pesar nuestro,

vuelve a habitar el olvido.

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Sinfonía de Povedilla (Un itinerario emocional)


Rafael Castillo Morales (España)

Herreros de la savia,

fluye en los veneros la arquitectura espléndida

que moldeará el follaje, las ramas que se pueblan

de un concierto de hojas,

que tiñen la retina

de los infinitos tonos del arco iris,

el lienzo del cielo en su noria de pinceles,

los arpegios de sonidos de tantos instrumentos

como reparte el viento;

el río “Salao” y su ribera,

mis ojos de niño soñando con historias

bajo el abalorio de las nubes,

los apacibles remansos

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donde darse un baño en el verano,

catedral de mimbreras, pórtico barroco de zarzas

que van macerando sus frutos.

Un perro se adelanta,

el tropel que levanta el polvo del camino,

casi muda procesión,

y va cerrando el cortejo otro perro y un pastor,

el zurrón a la espalda,

el saludo presto, la sonrisa franca,

ojos chispeantes, el refrán a mano,

un chascarrillo oportuno, el vocablo añejo

que duerme en su entrecejo,

los recuerdos aún vivos de extinguidas trashumancias,

la torta de pastor cocida con el endurecido estiércol,

la sartén humeante donde se cocinan los galianos,

echar el condumio sobre la torta firme, natural,

para el exquisito paladar de familiares y amigos,

en la puerta del cortijo o la sombra del corral,

día de campo, el trigo aguardando la hoz,

algún zumbido entre la hojarasca de los chaparros,

bocanada de viento salvador,

el sol que ilumina los rostros

y esculpe en la piel arabescos.

Subir la cuesta de la calle de los Hermanos Morales,


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rebobinar en tu mente la película

y ver la sombra de los árboles,

la acacia en la puerta de tu casa,

el olmo en la de tu tía Ceferina,

subir al cercano cerro

donde aún duerme la greda,

que antaño besaba los zócalos,

alcanzar la cocota

y contemplar todo lo que ofrece el mundo:

a tu izquierda el mar de olivos

y el camino serpenteante del Mirabueno,

el majestuoso Collado a la derecha,

enfrente las fachadas encaladas del pueblo,

sus antiguos barrios:

Rusia, el Aprisco, la calle del Grillo,

la placeta del Baile, la Puerta del Cine, las Ventas…,

el resplandor de la tinada de los Jeromos,

el campanario mudo de la Iglesia

y, junto a él, la protuberancia del Castillo

—apenas un recuadro terroso

donde pocas hierbas crecen

y ni restos de antiguos muros—,

debajo de ese precipicio, el molino de Juan Hilario,

la curva mágica del río y su verdor de huertas y chopos,


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los bancales de La Gallega, Fuentebuena,

Peñas Blancas alfombrada de olivos,

porque, donde dirijas la vista,

las laderas que rodean el pueblo

dan aceitunas todos los inviernos;

te das la vuelta y un valle que enamora

se abre ante tu vista: Matallana y sus encinas,

sus campos de cereal, perdices y conejos,

la Casa del Indiano que intuyes,

su antiguo esplendor calcinado por el paso de los años,

las viñas frescas de la Aviación,

la torre de Gorgojí y sus aledaños,

atalaya mágica y altiva, ¡ay, pobre torreón!,

hace poco medio cuerpo cayó

y se encuentra casi al final del martirio;

más allá, Alcaraz y los restos de su imponente fortaleza,

el “chorreón” de Vianos, alguna pared de Reolid,

Villapalacios a las puertas de Jaén,

la sierra, divina, impresionante Sierra de Alcaraz,

sus picos, sus matices legendarios,

su impresionante legado, se adivinan masas vegetales,

alturas habitadas por nuestros remotos antepasados,

no hay nieve, pero el invierno dejará su halo blanco

muchos días en lo más alto.


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Aquí estoy, lejos de Povedilla,

anhelando, lleno de recuerdos,

de días que pasé con mis queridos paisanos,

con el sudor que dejaron tantos en sus alrededores,

y tan variadas emociones como se me grabaron,

me hacen respirar, me impulsan a vivir,

a mirar hacia adentro, sentirme alegre;

y el deseo de volver, de regresar a mi sustento,

a echar en la alcancía, nunca colmada, de mi pecho

otro fragmento de este cielo, la letanía del río,

el vuelo de algún murciélago, los infinitos vencejos,

el repiquetear de la lluvia en las canaleras,

saborear el agua del Borbotón

o de la escondida Fuente del Arca,

acercarme a la cima del Collao,

contemplar desde allí el pueblo como grácil guitarra,

esperar a que rebose el pozo Pretel

y coleen los renacuajos en primavera,

tocar las piedras de la Dehesa,

sentirme como un prehistórico,

como aquellos seres que tallaron cuarcitas

en todo nuestro entorno,

dar un paseo por el pizorro del Indiano

o el Palomar y ver los toros,


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las reses que correrán el encierro

en las fiestas de la Virgen del Rosario,

transitar el camino de Canalejuela

y aspirar aromas árabes y romanos;

volver a mi casa, tomar un refrigerio,

coger el camino del cementerio, el veredón,

y dirigirme hacia el Aza de la Iglesia,

apartarme un poco, contemplar

cambrones y espinos en el arroyo,

retamas, algún almendro,

dejar para otro día

la subida a la fuente del Ciervo.

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Antes y después
Alberto José Pocasangre Velasco (El Salvador)

Antes de ti fue la inocencia, el paso

llano, liso, sin nubes ni montañas.

Antes fueron algunos campos floridos,

rosas, tulipanes, jazmines frescos con gusanos

y una que otra espina. Nada que no tenga el mundo.

Antes de ti era la pared fuera de la ventana,

el ir y venir al mismo lado y al mismo tiempo

girando alrededor de mi propio engaño,

sin darme cuenta que el camino era un círculo

cerrado desde hacía mucho. Con llave.

Antes de ti no había caminos

que llegaran más allá de mi cuerpo.

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El amor era limitado como debe de ser

y solo se hacía una vez o dos a la semana.

O una vez en la vida.

El cielo fue siempre azul y el mar, su reflejo.

El verde no significaba nada

ni había por qué poner saldo a los teléfonos

ni preocuparse por verse guapo decente o más o menos

o por ser dulce y soñador.

Antes de ti la luna era la misma

y el destino estaba escrito en letras inconmovibles:

hacerse viejo pensando

que ya se habían hecho todas las cosas importantes:

tener un árbol, sembrar un libro, escribir un hijo.

Cosas que los humanos hacen:

nacer, crecer, reproducirse, envejecer y morirse hastiados.

Las tres primeras las hice feliz y estaba listo

para envejecer dignamente y morir sin importar cómo,

pero seguro de hacerlo bien. Morir bien muerto.

Antes de ti no sabía que entre nacer y morirme

también podía amar.

Después de ti me di cuenta que era otro

el que había vivido enterrado bajo esta piel seca.


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Me di cuenta que puede el beso ser asombroso y terrible,

y que puede amarse por seis horas seguidas y quedarse hambriento

de más besos y con sed de beberse un cuerpo suave

que nos remonta a una tarde de abril soleada y maravillosa.

Después de ti creí ser alguien que valía más

que una cabeza llena de frases célebres y que un cuerpo

que se niega a entristecer.

Después de ti caí en la cuenta que por cuatro décadas no conocía

al tipo que vive aquí dentro y que le hace cosquillas diabólicas

a mi cerebro de vez en cuando al pensarte.

Después de ti lo supe todo.

Tuvo significado la Literatura

y la espera y las fechas en los calendarios y las computadoras

y los espejos en los cuartos.

Después de ti fue la angustia de sentirme vivo,

de sentir aroma a nardos y a limones frescos,

de creerme de repente el mito ancestral

de que se puede ser feliz amando una luz.

Después de ti ha sido la revelación sin consuelo

de que existen dos “después” en toda gran historia:

el después contigo y el después sin ti.

Nadie me explicó nunca que los sueños no son eternos


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y que viene un soplo de aire, el roce de un ala de mariposa,

el murmullo de un gallo lejano, una carta y nos despierta

sin aviso, sin misericordia, golpeándonos con toda la fuerza

de las cosas ciertas.

Sin tomar jamás en consideración piadosa

que seguimos siendo niños

en esto de despertar de un sueño.

Y se queda uno abandonado,

colgado de un abismo esperando un no sé qué

o el sonido que hacen los corazones

al estrellarse contra las piedras.

Después de ti ya no hay aire.

Ya no hay quien con dulce acento explique

qué caminos se toman. Es la soledad de uno mismo,

frente a la nada que se aproxima ceñuda,

enseñándonos los dientes amarillentos

y los ojos llorosos. No hay quien sonría;

no estás tú para abrazarme despacio como quien olvida

y decirme que tranquilo que nada pasa, que esa inmensidad

que me asfixia de cerca la caminaremos de la mano.

Después de ti me he quedado solo sin saber siquiera

el camino de regreso: de regreso a ser yo el de antes.

Sin saber cómo ser yo el de ahora

y mucho menos quien seré yo


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el de mañana.

Varado estoy en la montaña más alta de mi desconsuelo.

Montaña azul y plata. Fría.

Donde me quedaré esperando cumplir los otros pasos

como debí antes hacerlo: envejecer y morir…

Y lo haré porque es mi destino y no otro.

Me quedaré como antes.

Como si nada hubiera trazado otra huella

en la arena de mi patio…

Pero ahora con un aroma a nardo y a limones frescos

tan sutiles que no sé ya si fue todo un sueño.

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Ánimo a dos manos


Jaime Javier Londoño Rodríguez (Colombia)

Sus propios pensamientos,


como perros furiosos,
por el sendero abrupto lo acosaban,
padre y presa a la vez.
Shelley

No saltes,

sugieren las voces de paso

al recodar que allá no se diferencian las horas;

días y noches son paños mudos y blancos.

Salta,

arengan los días de tus días.

Tu nombre y todo tu exaltado yo

espantará los pasos estancados del andén,

arderá el tránsito, los ojos cenarán el pasmo,

nerviosos hablarán del seto que se hunde frondoso en tu boca.

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No saltes.

Murmullo tras murmullo hemos visto en el humus

el lento trasegar del gusano que se aproxima a degustar,

como claras, las yemas de tus ojos.

Salta.

Somos las heridas y sabemos cuán inútil

se yergue la esperanza.

En mortaja sabes lo que eres.

No saltes.

Los presagios se escaparon de la vida flácida

limosneando paupérrimos vaticinios,

solo buscan que vayas de ventana en ventana

incitando plañideras.

Salta.

Tus horas son escombros, cenizas de polvo hecho ceniza,

ideas funámbulas que tratan de volar con rocas en el cuello

hacia un mar de soles apagados en el rostro.

No saltes.

Hay pájaros que traen con el pico la estación

y el filo del sol en la memoria;

hablan bajo y sin embargo ruedan

contigo en la barca que te lleva.

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Salta.

El olvido es una polilla que retorna de las bóvedas

con cánticos encendidos.

De las voces apagadas nada arde otro mundo,

solo queda tu sombra que aquí dejas vigilante.

No saltes.

Hay segundos que se pueblan

con imágenes, un batir a dos

palas que nombran y entierran la tormenta,

hay espejos que se abren como árboles que cantan.

Salta.

Sentirás el brillo de la hierba bajo el río centinela

que se lleva tus desgracias,

beberás de raíz el origen.

“Salta, no saltes, salta, no saltes, salta, no saltes, salta, no saltes, salta, no…”

van diciendo las voces en un lento diluir de tiempo entre las sobras.

Inútiles, vanas, voyeristas, ignorando que siempre hago caso

omiso.

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El hilo del tiempo


David L. Nussbaum (Alemania)

¿quién nos dirá de quién, en esta casa,


sin saberlo nos hemos despedido?
Jorge Luis Borges

Él hilaba envuelto en mantas

las ilusiones de último minuto

de la recámara abierta en la segunda planta

de una casa de estrechos pasillos.

El atardecer despedía al sol

en los brazos de una nube espesa

y las sombras se dormían

sobre las desiguales calles empedradas.

La casa

que había sido el puerto llano

donde nacían los anhelos

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no era ahora más que una entraña vacía.

Adentro no había nadie,

solo él.

Él, que tenía la vista puesta en el cuentahílos

con que enumeraba el desconsuelo.

Ella le había dicho,

el día que la echaron en la hoguera,

que en la vieja cocina de fogón

encontraría la olla

siempre ardiente

con el potaje de farro

y la leche de almendras.

A él la vista no le alcanzaba

para la urdimbre o el tejido,

y hacía tiempo que el telar

lo había visto hacerse viejo.

Cuando los portones de la aljama

se cerraron

y ya había anochecido,

descendió el anciano con su cadencia a cuestas.

Podía oír cómo

bajo sus pies

crujía lamentos la madera.

En la cocina de piedra estuvo dando vueltas,


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buscando un cuenco limpio

y una cuchara para el potaje.

Pensó en la invasión de los pastorellos

y en cómo juntos habían sobrevivido.

Pensó también en la peste negra

y en las quemas

que les siguieron veinte años luego.

Ellos creyeron que nada ya los tocaría,

que la verdad de las Doce Tribus

sería eterna.

Y pensó en ella tiernamente

y se preguntó si ella,

desde el mundo venidero,

también lo extrañaría.

Entonces vio que no reconocía nada.

Supo que vivía en un país

en el que a diario

debía demudarse para que lo entendieran.

Se sintió desnudo y descalzo,

el hombre más frágil del mundo,

y sintió que tenía de edad mil años,

que cargaba encima todas las generaciones

que lo precedieron,

que no era solo ese sino millones de ancianos,


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secos todos como hojas secas.

Y vivió sus últimos momentos de vida

y con ellos sintió que se moría.

Y en ese mínimo instante

su humanidad envejecida

supo la verdad universal:

no se puede cambiar la historia.

Nuestras impresiones nos hacen

fielmente diferentes.

Tú y yo y esos amantes viejos,

somos todos lo mismo.

Entonces la última luz de la menorá

anunció el fin de la libertad judía.

Los otros ya tocaban a la puerta.

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Mujer tamil, descalza en Singapur


Raúl Vallejo (Ecuador)

El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el


tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme.
No se repitió la experiencia.
Pablo Neruda, Confieso que he vivido

Puedo escribir los versos con la sangre,

con los latidos, con mis huesos; esta noche

rencorosa, de aridez en la tierra hollada.

Tras la silente rebeldía de mi cuerpo invadido.

Escribir, por ejemplo: “Nunca lo quise, es cierto,

mas hoy, al amanecer, el señor Neftalí me quiso,

y me despojó de mi sari de roja y dorada pobreza”.

Violenta es la desgracia de las mujeres de mi raza.

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No soy milenaria escultura del sur de la India;

una tamil descalza de la casta de los parias, soy

chandalí de tierra lejana, sin parientes, sin hogar.

La apatía oculta el miedo, pero nunca es suficiente.

He acudido cada mañana a vaciar la caja

de excrementos del señor Neftalí; intocable,

indiferente a sus regalos, que no merezco.

La feroz hoguera del solitario me ha quemado

con su brasa desesperada, asida a mi muñeca.

Ya no somos los que fuimos entonces:

el hombre, exhibe su mácula; la estatua,

oculta su herida; pero somos los mismos

de la cópula muda del brahmán y la paria.

La sentencia de los dioses se ha repetido

a través del extranjero de lengua sin luz.

Cruel la memoria de mi carne desgarrada.

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No lo quiero, es cierto, y nunca lo quise.

Callada, soñando con elefantes, ausente.

Mi desprecio no le dolerá, pero me basta.

Seré la persistencia de noches consteladas,

en el firmamento infinito, lleno de poesía.

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Errabunda
Raquel Vargas Solís (Costa Rica)

Nací puta, tan hija del río, austera, inquieta hasta en la sombra,

y en mis días insoportables sofoco erecciones

y me bebo el silencio de un solo sorbo con mi bullerengue a voces.

Eterna hidra escupiendo escorpiones bajo las sábanas,

aúllo, sobre todo;

sola y sonámbula le pongo alas a la niebla,

conmemoro la hora en que nací tanteando mis huesos,

recreo ceremonias mayas y me caso con el desconcierto a ciegas,

combativa; capaz de reconocer en mi perfume la sed de las jaulas.

Podría decir que no sé llorar,

que mi sangre absorbe la humedad de las lágrimas dejándome tan seca como un cactus.

Con los trazos de los escondrijos del misterio aprendidos de memoria,

y fraguando atardeceres,

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ansiando caminos que no sean capaces de llevarme a algún sitio,

que solo sepan perderme una y otra vez.

Voy con el desasosiego invadiéndolo todo,

como la lava que lo borra todo de un solo paso,

sin la inercia del miedo,

con todas las lunas en el nombre y todas las soledades en el bolsillo,

visiblemente impenitente de cualquier destierro;

topándome con el descontento irreverente

que da patadas de ahogado en medio de la avenida,

mientras yo sigo aplacando los gastos, las iras,

los improperios maldicientes.

Nuestra civilización por el caño corre tras lo inmerecido desde el Pleistoceno,

estruja las piedras que aún no han sido amaestradas

mientras mis ojos de ibis escarlata sudan calendarios bajo la incandescencia de la

sombra,

metidos en el meollo de los mapas y las rutas,

con la errancia suficiente como para haber dejado el ancla perdida

en los siete mares del momento.

Voy evocando caminos con ritos pirománticos,

sacudiendo ecos impacientes, enfundando desiertos,

abriendo miradas como una manada de multitudes inciertas,

desnudando desaciertos,

desfragilizando las manos y las dudas en un bailoteo incurable,

en un ronroneo sutil y caritativo que me absuelve del olvido


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y me otorga latidos inmerecidos en tierras inhabitadas,

mientras el suelo asceta sucumbe con mis alas tejidas a punta de hojas caídas.

Voy como una ermitaña titiritera que tiene los bolsillos acribillados de sueño y hambre,

sin sed más que de esta franqueza catatónica

que me hace lamer el desahucio de esta arena sortílega.

Voy sin el crujir del reloj tumbándome las ideas

desmenuzando el ramaje de esta poesía poseída,

poesía sanguijuela,

poesía llaga, herida,

poesía justiciera metida en el huerto de la memoria tentando el vaivén de la negrura.

Voy insolente a pedir explicaciones que ya no me hablen del vencedor ni del vencido

ni toda esa retórica obsoleta que llega hasta el pescuezo, pero que no me pasa la

garganta.

Voy con el caos pringándolo todo hasta el hartazgo,

cubierta de risas florecidas que llevo como oraciones y que repito a pie de calle,

suplicándole clemencia a la muerte que se ha cargado a todos mis hermanos

y que me ha convertido en este asidero de orfandad irremediable,

con el alma de jarrón de arcilla,

sin tumba para tanto pensamiento baldío.

Voy sin itinerarios,

de bus en bus abandonando las sabanas que propician la lejanía,

rascando innobles monedas con la pureza de las pautas

de puerto en puerto

con esta maña irrenunciable de surcar fronteras en la hora cero.


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Este ir y venir como si fuese una ráfaga de humo latente,

amante de la intemperie y del exilio,

sin paraguas u horarios oficinescos,

tatuada con el descontento alegre que me presta razones omitiendo motivos,

sosegada con las risas de los perros callejeros

y con los innombrables incendios que transpiran los cuerpos en las plazas,

con las inacabables voces vagamundas que me tejen el verso

en los confines de mis garabatos.

Lo admito, voy sin ir un poco,

con una oda a la soledad que me quita el aliento

y me adjudica la bioluminiscencia de las luciérnagas al sol.

Chorreando soliloquios de mi libertad impostergable,

absorta por la indiferencia de los transeúntes que no miran,

que no saludan y ni saben de la tierra y sus raíces ancestrales,

piezas de un museo moderno que no sabe de caricias.

Y todo es tan asfixiante que me he quedado sin insultos

como fiera descamisada,

ahorrándome la pena multitudinaria que me llueve

y me sabe a fusilamiento entre las muchedumbres sordas,

con mis veintitantos tirados bajo el anonimato,

con ese hilillo de desolación que me perfuma la sien y ese asco por los techos.

Lo digo y lo repito: algún día estos dioses anzuelos serán solo fruta del pantano

y yo iré por las colinas sin el desaliento propio de las percepciones abiertas,

dueña de la tierra prometida que siempre estuvo ahí a la vuelta;


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dignificada por la trascendencia

como imperturbable esfinge

poseedora de todos los sonidos,

pájara de Otún penitente y contemplativa bajo las raíces insurrectas

de toda historia descontada.

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Llanto por Pier Paolo Pasolini


Manuel Moya Escobar (España)

Y al cerrar los ojos, las ruedas dejaron de girar sobre su cuerpo.

El trabajo estaba hecho. Las gaviotas, en la playa,

volaban asustadas, cómplices también de aquella muerte.

Pronto, en la noche profanada, otras calaveras se sumaron a la turba.

Unas se cruzaban con las otras, unas venían a dar en las otras:

crecía la noche en un regurgitar de húmeros y tibias.

“Todo, todo estaba hecho”.

Pero no todo estaba hecho: el mar seguía batiendo las orillas

y un hombre agonizaba ante una luna sin respiración, absorta.

Dijeron que había llegado del Norte, pero nadie nunca

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supo explicar cuándo ni con qué ciego propósito.

Dormía entre ruinas y buscaba en los talleres

el sol azul de una caricia. Quedaba todo por hacer

y él quería darse entero como madre o riachuelo

que, libre, corre por los prados. La ferralla

y las grúas tomaban a su paso los arcenes,

las casas donde acaso llegaran cartas de Albania o de Detroit

seguían en pie a pesar del miedo y la carcoma.

Cuánta insolencia escupían entonces los arbustos,

mientras el sur lo llamaba con un cuchillo en los dientes

y un muchacho tendido al sol de las azoteas.

Sin hígado y sin corazón ya era tan monumento nacional

como lo es el nauseabundo Palazzo di Venezia o Il Gesù.

Suyo era el graffiti del enorme falo bajo los puentes

del Tíber, un reguero de sangre y semen vertiéndose en el alba,

la blanda risotada que corría de palacio en palacio mientras los bedeles

conspiraban, rígidos, nostálgicos, contra la sed del mundo.

Faltó tiempo para que los débiles, los píos y los simples, los serviles,
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profanaran el nombre de su nombre y celebraran su castigo.

Las cloacas de Roma tomaron las terrazas y el viejo Tíber

bombeaba sus aguas vomitivas hacia el descrédito del mundo.

Los muertos regresaron, mansos, obcecados en sí mismos,

a sus tumbas, y ni siquiera con turbias risotadas

otros pudieron ya resucitarlos (¡Gramsci, Gramsci, Gramsci!).

Cuando ya los faros lo embestían, nadie le advirtió,

cuando a solas gritaba en la oscuridad de las letrinas,

cuando se hendía en la nada como esas viejas trirremes

que remontaran las costas adriáticas. Nadie

le advirtió. Quienes debieron advertirlo,

quienes todo lo recibieron de sus labios,

corrieron asustados a sus celdas y majadas.

Nadie se jacte de estar vivo desde entonces. Nadie

vive del todo, Pier Paolo, desde entonces.

Cuando la sangre falta, los bedeles

ejercitan su vacío poniendo carteles a las cosas,

a todas las cosas y los arroyos, que con tanto fervor


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hablan a los chopos y a los chamarices,

pronto olvidan su nombre, y con él al obrero

de Fregene, que medita su desgracia

mientras se pone en verde el semáforo,

y a la chica que busca empleo o ternura

bajo los puentes de Roma nadie quiere preguntarle,

porque sin él se ha acabado el mundo. La alegría

y el temblor y la inocencia del mundo. Y ya nada

se toma la molestia de temblar hasta que de nuevo, alguna vez,

salten las cuencas de unos ojos y otro hombre desvalido y valiente

camine entre la folla, como si ahí, bajo el olor

a salmuera de la muerte, bajo los tendones triturados

pudiera encontrar su propia voz en los escombros,

su leve y nuevo paso por la tierra.

Pero no, amigo Pier Paolo, amigo obrero de Fregene,

aunque nosotros creamos seguir estando vivos,

hemos vuelto a perderlo todo y de nuevo ha sido

Roma, Roma, Roma, la de moradas cúpulas.


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Una Roma de postal y de tiara que enloquece

amancebada con sus puentes, mientras un caballo gris

de largas crines hace resonar sus cascos en el Corso,

sobre una tierra podre, donde nada crece salvo la cicuta,

la soledad, la noche, el puro hastío.

Roma, la ciudad del martirio, donde Gramsci espera

florecer de sus cenizas.

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Pasolini: Victorioso en primavera1. Matar a un


ruiseñor
Salomé Guadalupe Ingelmo

O mio caso, ti griderò agli ignoti:


non sarò più la faccia del prisma,
e la mia solitudine sarà
cantata. E se tra gli ascoltatori
pietosi del ragazzo che si perde
brillerà come un sole la menzogna,
vedrò tutto intero il mio destino,
e il prodigio... il Dovere… Sarò un morto.
Pasolini, L'Usignolo della Chiesa Cattolica

Pasolini, uno de los intelectuales más prolíficos y polifacéticos del siglo XX,
consciente de su talento, en buena medida eclipsado por las estériles y malintencionadas
diatribas sobre su vida privada, con las que se pretendía atacar al artista también en
tanto artista y hombre público, sabiendo que el tiempo pondría en su lugar a los
bellacos, revalorizaría su obra y acabaría dándole la razón, se expresa así en “Poesías
mundanas”, escrita en 1962 e incluida en Poesía en forma de rosa:

1
En alusión a su poema “Poesías mundanas”, incluido en Poesía en forma de rosa.
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Cuando los años sesenta


estén perdidos como el mil
y el mío sea un esqueleto
sin ni siquiera nostalgia del mundo,
qué importará mi “vida privada”,
míseros esqueletos sin vida
ni privada ni pública, chantajistas,
¡qué contará! Contarán mis ternuras.
Seré yo, tras la muerte, en primavera,
quien gane la apuesta, en la furia
de mi amor por Acqua Santa2 al sol.

Su incontestable éxito en varias disciplinas —poesía, narrativa, periodismo,


cine…— se había revelado agridulce. A lo largo de su existencia, su obra y su vida se
vieron juzgadas en treinta y tres procedimientos judiciales. Muchos simplemente
absurdos, que ponían de manifiesto el infantil afán de protagonismo de los
denunciantes; otros terriblemente malévolos e hirientes. Y aunque bastantes de ellos
tuvieron escaso o nulo recorrido, se advierte un preocupante reparo por parte de la
magistratura a la hora de reconocer su inocencia, pues en tantos de esos juicios
absurdos, a veces tras verse obligado a apelar, únicamente se lo declaró absuelto por
falta de pruebas.
Y en todo ese proceso de escarnio público, la prensa sensacionalista y
manipuladora jugó un papel crucial, aprovechando la desgracia o incluso propiciándola,
no dudando en dar crédito a indicios absolutamente inverosímiles o incluso en crear
pruebas falsas.
En los estrenos de las películas del director, por otro lado, se había hecho
habitual la presencia de grupos neofascistas que procuraban boicotear y atemorizar a los
asistentes: el estreno de Accattone en 1960, el de Mamma Roma en 19623, el de El
Evangelio según Mateo en 1964…

2
En Acqua Santa —un elocuente topónimo que significa “agua bendita”— había rodado La ricotta.
3
El 22 de septiembre de 1962, durante el estreno en Roma de la película, a la salida del último pase en el
cine Quattro Fontane, Pasolini es increpado y agredido por jóvenes de las organizaciones de extrema
derecha Giovane Italia y Avanguardia nazionale. Ya en el estreno mundial de la película, en la XXIII
Muestra Internacional de Venecia, el 31 de agosto de ese año, el jefe del grupo local de carabineros había
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Durante la mayor parte de su vida fue un hombre acosado y perseguido.


Perseguido hasta la misma muerte.
La mañana del domingo 2 de noviembre, el cuerpo de Pasolini, horriblemente
mutilado, aparecía en la playa de Ostia. Muerto a los 53 años.
Acababa de volver de viaje: el 31 de octubre había regresado de Estocolmo y
París, donde había estado promocionando Salò, su última película. A las 21:30 de ese 1
de noviembre de 1975, en el barrio de San Lorenzo, en la trattoria Pommidoro, donde
el poeta era muy conocido, compartía mesa con su amigo Ninetto y charlaba con el
propietario.
Inmediatamente antes, Pasolini había concedido sus últimas declaraciones a
Furio Colombo, periodista de L’Unità4. “Todos son débiles porque todos son víctimas.
Y todos son culpables porque todos están dispuestos a jugar a la masacre”, le había
dicho, anticipándose al desastre, en una entrevista para la que él mismo sugirió el título:
Estamos todos en peligro.
Su cadáver apareció cubierto de sangre. Tenía el rostro totalmente desfigurado y
una oreja casi completamente seccionada. Los bestiales golpes en la cabeza, amén de la
copiosa sangre visible, habían causado una hemorragia cerebral. La patada en los
testículos era responsable de otra fuerte hemorragia interna. No obstante, lo que provocó
definitivamente su muerte fue la rotura del corazón, aplastado por las ruedas de su
automóvil, con el que lo atropelló el homicida confeso, pasando —según declaró— de
forma involuntaria sobre su pecho.
Pasolini fallece, en apariencia, víctima de su propio mundo, ese universo
marginal y sórdido que tantas veces había recreado en sus obras literarias y
cinematográficas. En efecto, su gran amigo Alberto Moravia aseguró que, nada más ver
el lugar del crimen, lo reconoció: “De hecho, [Pasolini] ya lo había descrito tanto en sus

denunciado al director por obscenidad, argumentando el uso del verbo “mear” y la palabra “mierda”, así
como de algunas pedorretas en la banda sonora. En ese caso, la delirante denuncia es archivada por el
juez el 5 de septiembre al considerarla infundada. También durante el estreno de El Evangelio según
Mateo, presentado el 4 de septiembre de 1964 en la XXIV Muestra de Venecia, hubo agresiones e
insultos a críticos y asistentes por parte de la ultraderecha.
4
Que proyectaba inaugurar con ella Tuttolibri, suplemento literario de La Stampa.
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novelas Muchachos de la calle5 y Una vida violenta como en su primera película,


Accattone”6.
Sin embargo, la muerte de esta figura fundamental para la cultura italiana y, en
general, para la comprensión del siglo XX sigue turbando a los intelectuales y
removiendo conciencias. Fruto de esa inquietud y fascinación son multitud de artículos,
algunos ensayos, novelas e incluso un cómic o novela gráfica —G. Maconi. El caso
Pasolini: Crónica de un asesinato. Madrid: GalloNero Ediciones, 2010— que resume
con maestría los antecedentes y circunstancias de su desaparición, así como del
posterior juicio.
Porque lo cierto es que sobre la verdadera autoría del crimen siempre se cernió
la sombra de la duda, y su asesinato sigue rodeado de interrogantes.
En principio parecería poco probable que un adolescente —Pino Pelosi, chapero
de diecisiete años de edad, finalmente único procesado— hubiese podido propinar tal
paliza al cineasta, que se mantenía en buena forma física en parte gracias a su notoria
afición por el fútbol. Una agresión que, por otro lado, según los peritos, dada la
gravedad de las lesiones, no pudo ser perpetrada, como sostenía Pelosi, con un palo y
una tabla de madera —el cartel escrito a mano donde se indicaba el nombre de la calle,
que efectivamente apareció partido en dos en las inmediaciones—, sino con un objeto u
objetos muchos más contundentes que nunca aparecieron.
Como tampoco aparecieron el encendedor y el tabaco que el imputado pedía
insistentemente, asegurando que se encontraban en el coche. Indicio, según la
acusación, de que el muchacho habría contado al menos con un cómplice, que habría
huido con ellos. Llevándose también, quizá, el anillo con una piedra roja y la
inscripción “United States Army” que Pelosi reclamaba con sospechosa testarudez según
algunos —quienes lo creen una prueba falsa, dejada con el fin de cargar las culpas sobre
un menor, que habría obtenido una condena más leve7—. Estúpido, de no pretender

5
La primera edición en español se realizó en Buenos Aires bajo el título Muchachos de la calle (Buenos
Aires: Compañía General Fabril Editora, 1961). En España no se editaría hasta la llegada de la
democracia, cuando se hizo con el título Chicos del arroyo o Chavales del arroyo.
6
A. Moravia. “Come in una violenta sequenza di «Accattone»”. Corriere della Sera, 4 de noviembre de
1975.
7
Entre quienes sostienen esta hipótesis está Enzo Siciliano, uno de los biógrafos del escritor y amigo del
mismo (E. Siciliano. Vita di Pasolini. Milán: Mondadori 2005, p. 24). Siciliano, colaborador hasta su
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inculparse, hubiese sido por parte del acusado insistir en llamar la atención sobre un
detalle que claramente lo incriminaba8.
Lo que sí apareció en el coche de Pasolini fue un jersey verde que no era de su
talla ni de la del joven, y que no estaba cuando, el día antes, la sobrina del escritor
limpió. También se encontró allí una plantilla que no se adaptaba al calzado de
ningunos de los dos hombres9.
Sobre el techo del automóvil, en el lado del asiento del acompañante, además,
había restos de sangre perteneciente a Pasolini. No obstante, Pelosi apenas tenía
manchas, algo rarísimo dadas las circunstancias. De hecho, la sentencia afirmaba que
solo había dos posibilidades, y ambas confirmarían que Pelosi no había actuado en
solitario: o tenía sangre en sus manos y las apoyó en el techo del coche mientras tomaba
asiento en el lado del acompañante al tiempo que conducía otra persona, o condujo
Pelosi, que no se había manchado las manos, mientras otra persona que sí lo había
hecho dejaba el rastro de sangre en el lado del acompañante. Pelosi no pudo entrar por
la puerta del acompañante debido a la previsible agitación, manchando de sangre esa
zona del coche, y pasar después al asiento del conductor para darse a la fuga, pues el
volante estaba totalmente limpio. Por tanto, como el fiscal Guido Calvi puso de
manifiesto en su alegato del 24 de abril de 1976, donde hizo un repaso de las numerosas
pruebas, Pelosi no pudo haber actuado solo, ni muy probablemente en defensa propia.
De hecho, quizá el encuentro no fuese siquiera fortuito y ocasional; puede que
Pelosi y Pasolini ya se conociesen. Así al menos lo daba a entender el único condenado
por el asesinato en 2008, durante una entrevista con la directora Roberta Torre, que en
julio estaba preparando un documental sobre la relación del intelectual con los
suburbios romanos y que, tras ese encuentro, impresionada, decide rodar La noche en

fallecimiento a causa de una hemorragia cerebral a mediados de 2006 del periódico La Repubblica y del
semanario L'Espresso, tenía además a su cargo la dirección de la Enciclopedia Treccani del Cine.
8
Porque ese anillo efectivamente se encontró cerca del cadáver, y Pelosi afirmaba que el poeta se lo había
arrancado del dedo durante el forcejeo. No obstante, parece poco probable dado el estado en el que debía
estar Pasolini, ya moribundo por las heridas recibidas en la cabeza. Además, al día siguiente el muchacho
seguía teniendo las marcas del anillo en el dedo, lo que indica que le quedaba muy justo: arrancarlo
hubiese exigido una violencia en la lucha que no encaja con la ausencia de heridas en el cuerpo del joven,
a excepción de un golpe en la cabeza que él mismo se dio con el volante del coche cuando la polía detuvo
su huida.
9
Huellas desconocidas, aparentemente de calzado deportivo y que no pudieron ser dejadas por quienes
transitaban el improvisado campo de fútbol en el que se produjeron los hechos, aparecieron también
dispersas por el suelo.
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que murió Pasolini (2009). Más tarde, en 2011, en su autobiografía, Pelosi sostiene que
conoció a Pasolini a principios del verano y que se vieron en varias ocasiones desde
entonces.
No obstante, Pelosi declaró en el juicio que el poeta había comenzado la pelea.
Sin embargo, el que el palo y la tabla rota apareciesen, igual que su camisa, usada para
intentar frenar la hemorragia, a metros del cadáver testimonia un vano intento de la
víctima por huir.
El 14 de noviembre de 1975 Oriana Fallaci publica, en L’Europeo, un artículo
donde afirma que Pelosi no estaba solo cuando se produjo el asesinato de Pasolini. El 24
de enero del año sucesivo, otro colaborador del mismo periódico, Salvatore Giannella,
durante una conversación telefónica, pregunta al juez que abrió el sumario del crimen
por un tal Johnny, motorista del cual el magistrado niega tener noticias. No obstante, es
cierto que Pelosi mencionó en su primera declaración a ese motorista llamado Johnny,
quien precisamente le habría regalado el anillo que reclamaba. Asalta la sospecha de
que el misterioso personaje fuese Giuseppe Mastini, conocido por el sobrenombre
“Johnny lo Zingaro”, con antecedentes delictivos y que también pasó por la prisión
cuando Pelosi fue encarcelado, aunque negase conocerlo.
El 26 de abril de 1976, Pelosi es condenado a nueve años, siete meses y diez días
de prisión por homicidio voluntario “en colaboración con otras personas cuya identidad
sigue siendo desconocida”. Sin embargo, el 4 de diciembre del mismo año, el Tribunal
de Segunda Instancia de Roma, aunque ratifica la condena por homicidio, pasa a
considerarlo único autor de los hechos. Finalmente, el 24 de abril de 1979, el Tribunal
de Casación confirma la sentencia y estima poco probable la participación de más
personas.
A pesar de todas esas pruebas e indicios que contradecían el testimonio del único
acusado, el caso se cerró con bastante rapidez y, aunque las peticiones se han ido
sucediendo a lo largo de los años, jamás ha sido reabierto con resultados satisfactorios.
En esclarecer la muerte de Pasolini, sorprendentemente, parecieron más
interesados en su momento algunos periodistas que la magistratura. Oriana Fallaci y
otros colegas, convencidos de la existencia de una confabulación urdida contra el
escritor, publicaron distintos artículos de investigación sobre la tragedia en L’Europeo,

- 112 -
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aunque defendieron el anonimato de sus fuentes incluso en los tribunales10. A pesar de


ello, es cierto que otro sector de la prensa trató el hecho con superficialidad y
sensacionalismo, cuando no con un oportunismo que perseguía abyectos fines. En
efecto, el 13 de noviembre de 1975 aparece, en el Corriere della Sera, una nota de
prensa del Frente Unitario de Homosexuales Revolucionarios Italianos en la que se
denuncia el modo en que los medios de comunicación están usando el caso para
estigmatizar a un sector de la población por su orientación sexual.
Lo cierto es que el 7 de mayo de 2005, a treinta años del asesinato, Pelosi, en el
programa Ombre sul giallo, emitido por Rai Tre, afirma que la noche fatídica tuvo lugar
una emboscada en la que tres hombres adultos, sobre los cuarenta años, con marcado
acento meridional —que en varias ocasiones llamaron “cerdo comunista” a Pasolini
durante la agresión—, propinaron una paliza al intelectual, probablemente con intención
de darle un escarmiento, ocasionándole quizá accidentalmente la muerte, y lo
amenazaron a él y a su familia, motivo por el cual habría callado durante tanto tiempo.
A pesar del revuelo que esto ocasiona en la prensa los días sucesivos —acrecentado
por la edición íntegra, el 9 de mayo en el periódico L’Unità, de la última entrevista del
escritor, concedida horas antes de su muerte a Furio Colombo, que demuestra lo
incómodas que resultan para el poder las declaraciones del pensador—, el 25 de mayo
aparece en el Corriere della Sera un artículo donde se confirma que la Fiscalía no
considera fiables las declaraciones de Pelosi y no tiene intención de reabrir el caso.
No obstante, las muchas peticiones dieron fruto en 2010 —tras una carta abierta
al ministro de Justicia de Walter Veltroni, exalcalde de Roma, publicada en el Corriere
della Sera el 2 de marzo—, cuando la magistratura reabre el caso, que sin embargo se
archiva en 2015 por la imposibilidad de incriminar a otras personas mediante las nuevas
pruebas biológicas analizadas.
Aún en 2016, después de que se hiciese pública la noticia de que el abogado de
Pelosi había recibido de Democracia Cristiana cincuenta millones de liras, se anunció
que se pediría la reapertura...

10
Lo que a Fallaci, condenada definitivamente tras una apelación el 1 de junio de 1978, le costó cuatro
meses de prisión condicional. Los artículos de investigación sobre el caso de Fallaci, que nunca aceptó la
versión oficial, se publicaron en 2015, a nueve años de la muerte de la periodista, bajo el título Pasolini,
un uomo scomodo (Milán: Rizzoli).
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Entre los implicados en el crimen pudieron estar Franco y Giuseppe Borsellino,


delincuentes de origen siciliano de 13 y 15 años, simpatizantes de la extrema derecha,
que habrían —siempre según la nueva versión de los hechos ofrecida por el único
condenado— amenazado a Pelosi para que cargase con todas las culpas. De hecho, el 16
de febrero de 1976, Giuseppe fue arrestado tras confesar a un policía infiltrado en una
banda su participación en el asesinato de Pasolini11, declaración que después justificó
como una bravata y que ni siquiera fue tenida en cuenta durante el proceso.
Lo cierto es que Massimo Carminati, jefe de la Banda della Magliana, soberano
indiscutible de la suburra romana, que antes de convertirse en líder criminal había
pertenecido al grupo neofascista Núcleos Armados Revolucionarios, fue procesado
junto a Andreotti por el asesinato del periodista Mino Pecorelli, presuntamente
ordenado por el político.
Carminati, relacionado con los servicios secretos y merecedor de un trato
especial que le ha valido tres indultos a pesar de su largo historial delictivo —con lo que
su paso por la cárcel ha sido realmente breve—, ofrecería el ejemplo perfecto de cómo
el lumpen suburbial reincidente en la criminalidad actuó durante décadas en calidad de
brazo ejecutor al servicio de los intereses políticos, a su vez estrechamente vinculados a
los económicos.
Enfrentándose, a finales de octubre de 2016 —aunque es en 2018, tras apelar la
sentencia, cuando se lo condena a catorce años y seis meses de prisión—, a juicio por el
caso “Mafia Capital”, que efectivamente juzgaba la infiltración mafiosa en la política y
su participación en la rapiña de los fondos públicos, Carminati amenazaba con la
información obtenida durante un golpe en 1999, nada menos que en el Palacio de
Justicia de Roma, donde estaba la oficina 91 del Banco de Roma, de la que sustrajo no
solo dinero, sino también documentos comprometidos —cuya desaparición,
curiosamente, ninguno de los afectados denunció, y que de hecho ahora los
investigadores consideran el objetivo principal del robo— para altos magistrados,
jueces, políticos y empresarios. Documentos que presuntamente arrojarían luz sobre los

11
G. Lo Bianco y S. Rizza. Profondo nero. Mattei, De Mauro, Pasolini. Un'unica pista all'origine delle
stragi di stato. Milán: Chiarelettere, 2011, p. 322.
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atentados terroristas de los denominados “años de plomo” y sobre, entre otros, los
asesinatos de Pecorelli y Pasolini12.
Solo por poner un ejemplo, el titular de la caja de seguridad 720, también
desvalijada por Carminati, era Domenico Sica, que se encargó del caso Pecorelli y del
caso Moro, y una de cuyas investigaciones paralelas le permitió arrebatar a los jueces de
Milán el proceso sobre la P2 de Licio Gelli, que se cerró en Roma diez años después sin
resultado alguno. Nadie dice que el magistrado encargado del caso Pasolini no se
encontrarse bajo el mismo tipo de presión a la que podemos sospechar estuvo sometido
Sica.
Como último dato, que avala además lo turbio del asunto, añadiremos que la
condena por ese atraco de 1999 se hace firme el 21 de abril de 2010, aunque Carminati
evita la prisión gracias al indulto Prodi-Berlusconi, que reduce en tres años su condena.
Será entonces cuando, según los investigadores, funde Mafia Capital.
Se especula con la posibilidad de que a Pasolini lo matasen en el transcurso de
una vulgar extorsión a la que habría accedido a cambio de recuperar unas bobinas de
Saló robadas en Cinecittà. Otros creen que lo asesinaron porque pretendía denunciar a
altos cargos de Democracia Cristiana —parece que así se lo dijo por teléfono días antes
de morir a su amigo Dario Belleza— y porque sabía los nombres de los verdugos de
Mattei y de Di Mauro.
En realidad, ambas hipótesis no son excluyentes entre sí. De hecho, en 2013, el
director de cine italiano Federico Bruno —que acusa al Vaticano, a la Democracia
Cristiana, al neofascista Movimiento Social Italiano, a los servicios secretos y a la
policía de connivencia con la mafia y el crimen organizado— propone, en su película
Pasolini, la verdad oculta —a cuenta de la cual todavía denuncia amenazas anónimas—,
que el hurto de las bobinas hubiese constituido el cebo para atraer al directo a una
trampa urdida con el fin de ocasionarle la muerte, ordenada por el poder político,
orquestada por los servicios secretos y ejecutada por la delincuencia común. Es decir
que el asesinato de Pasolini, el de Mattei y los atentados vinculados con la “estrategia

12
Al respecto se puede consultar la prensa. Por ejemplo, resulta muy instructivo el artículo “Il ricatto di
Massimo Carminati: ecco la lista dei derubati nel furto al caveau del 1999”, publicado en L'Espresso (24
de octubre de 2016) por L. Abbate y P. Biondani. Accesible en Internet:
http://espresso.repubblica.it/inchieste/2016/10/20/news/il-ricatto-di-massimo-carminati-ecco-la-lista-dei-
derubati-nel-furto-al-caveau-del-1999-1.286269
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de la tensión” efectivamente estarían relacionados entre sí, y el responsable último sería


el terrorismo de Estado. Básicamente lo mismo sostienen, en 2019 —año en el cual la
obra es publicada por ChiareLettere, editorial a la que algunos desautorizan acusándola
de ser contraria a Berlusconi y por tanto en absoluto imparcial—, Giuseppe Lo Bianco y
Sandra Rizza en Profondo nero. Aunque tampoco ellos han sido los únicos ni los
primeros en llevar estas teorías al papel.
La muerte, fuesen quienes fuesen los verdugos, sorprendió al cineasta mientras
ultimaba el montaje de su película más pesimista y dura: Saló o los 120 días de Sodoma,
que, por problemas con la censura en Italia, se estrenó póstumamente en París.
En Salò vierte Pasolini toda la amargura y decepción que le suscita la sociedad
italiana del momento. En ella, inspirándose en el marqués de Sade, refleja sus peores
presagios y temores. Ambientada en la homónima república fascista, la cinta, oscura y
terrible, propone una parábola sobre la influencia corruptora y destructiva del poder.
Advertencia sobre el sadismo como instrumento político al servicio de la degradación
humana, en ella, un presidente, un magistrado, un obispo y un duque abusan de un
grupo de jóvenes de ambos sexos a los que humillan, torturan y finalmente aniquilan
por mero placer.
Para rodar Salò, Pasolini había aplazado un proyecto por el cual parecía
experimentar un gran entusiasmo, Porno-Teo-Kolosal, una película que ya había
tomado forma en su mente a finales de 197313 y que, siguiendo la huella de Pajaritos y
pajarracos, habría visto a la pareja compuesta en este caso por Ninetto y Eduardo De
Filippo, napolitanos, viajando tras un cometa mensajero de una buena nueva, en un
itinerario que les haría recorrer Sodoma (Roma), Gomorra (Milán), Numancia (París) y
Ur (India): escenarios que se habrían convertido en iconos de la inmoralidad, la
violencia y de un poder ejercido con totalitarismo fascista por el neocapitalismo.
No obstante, al tiempo, el director había manifestado ante algunos amigos
(Siciliano, Vita di Pasolini, 441) la necesidad de reducir sus compromisos
cinematográficos con el fin de encontrar el tiempo necesario para sumergirse en la
novela que estaba escribiendo, en la que parecía haber puesto todas sus esperanzas:
Petróleo. Y en Petróleo, precisamente, podrían estar las claves de su muerte.

13
E. Golino. Letteratura e classici social. Bari: Laterza, 1973, p. 112.
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Asesinado cinco años antes de la masacre, Pasolini —justamente él, nacido en la


ciudad con larga tradición izquierdista de padre militar fascista, descendiente de una
familia noble de la Romaña, y madre procedente del Piamonte campesino— ha sido a
veces considerado14 una víctima más, aunque no una cualquiera al azar, del atentado de
Bolonia, la ciudad capaz de muerte a la que, sobrecogido por la matanza del 2 de agosto
de 1980, cuando la bomba estalló en la estación a las 10:25, dejando ochenta y cinco
muertos, un país abatido y una ciudad que no volvió a ser la misma, cantaba Guccini15
—cuyo hermano, que salió ileso, trabajaba precisamente en la oficina postal de la
estación, y que en una entrevista de 2015 reconocía que no confía en que se conozcan
jamás los verdaderos culpables16—.

La desconcertante afirmación resulta paradójica solo a primera vista.

Pasolini se reveló extraordinariamente incómodo para el desarrollo de un oscuro


proyecto bien definido que él había tempranamente vislumbrado y amenazaba con hacer
público, como ya advertía en su artículo “¿Qué es este «golpe»? Yo sé”, preludio de su
novela Petróleo, donde describe un brutal atentado en una estación —en la ficción, la de
Turín—, responsable del fallecimiento de un centenar de personas, enmarcándolo en un
contexto político concreto con el que también relacionará la muerte —nada accidental—
del Presidente del ENI, Enrico Mattei, encargada a la mafia por las compañías
descontentas con su forma de dirigir el ente, y de cuyos detalles le habría informado su
amigo Mauro de Mauro, periodista que también sería asesinado a causa de cuanto sabía
sobre la trama.

14
Sin ir más lejos, por el propio Centro de Estudios Pier Paolo Pasolini de Casarsa:
http://www.centrostudipierpaolopasolinicasarsa.it/molteniblog/pasolini-altra-vittima-della-strage-di-
bologna-i-mandanti/.
15
Bolonia, capaz de amor, capaz de muerte.
Bolonia, que sabe lo que cuenta y lo que vale,
que sabe dónde está el jugo de la sal,
que calcula lo justo la vida y sabe permanecer en pie
por más que esté herida.
Bolonia es una vieja dama que fue campesina:
bienestar, villas, joyas… y chorizos en el escaparate.
Que sabe que el olor de la miseria es difícil de tragar
y quiere sentirse segura con lo tiene encima,
porque sabe lo que es el miedo.
16
I. Venturi. “Guccini: «Giusto lottare per la verità ma non la sapremo mai»”. La Repubblica, 3 de agosto
de 2015. https://www.repubblica.it/cronaca/2015/08/03/news/guccini_giusto_lottare_per_la_verita_ma_non_la_sapremo_mai_-
120377490/
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De hecho, no solo algunos escritores y periodistas —bastantes, a decir verdad—


han concedido credibilidad a esta hipótesis: el propio juez Vincenzo Calia la estimó lo
suficientemente sólida, avalada por pistas elocuentes ofrecidas en el texto —incluyendo
el capítulo desaparecido— que permitían considerar Petróleo una fuente esencial de
información, y concluyó que Pasolini había sido asesinado por la misma persona que se
había deshecho de Mattei, sobre cuyo caso él había indagado17. Es de suponer que el
mismo responsable intelectual se encontrase también detrás de las muertes del
periodista De Mauro, secuestrado el 16 de septiembre de 1970 —mientras recogía
información sobre el asunto Mattei por encargo del cineasta Francesco Rosi, que
proyectaba rodar la película El Caso Mattei, estrenada en 1972— y hecho desaparecer,
y del fiscal Scaglione, asesinado por la mafia en las calles de Palermo el 5 de mayo de
1971, después de que hubiese revelado al periodista información demasiado
comprometida sobre la muerte del empresario.

En Petróleo, intuimos que la lucha de ficción —en la que se entrelazan


economía y poder— por ese codiciado combustible que enfrenta a Fanfani —alias
Troya, un apellido bien significativo18— y Monti, es decir a privado y público, es un
fiel reflejo del enfrentamiento real entre Cefis y Andreotti. Y que la necesaria supresión
del predecesor de Fanfani/Cefis en la presidencia del ENI por fuerza ha de haberse
inspirado en la muerte de Mattei, que en efecto habría sido víctima de un atentado,
como siempre se ha sospechado y como el juez Vincenzo Calia —que en 2017 publicó
un libro sobre el caso— probó a pesar de tener que archivar la causa, tras diez años de
investigaciones, en el Tribunal de Pavía en febrero de 2003.

Porque Mattei, el empresario democristiano, pretendía, enfrentándose al poder y


a la mafia, como parte de un su proyecto estatalizador e incluso anticapitalista —cercano
al socialismo y contrario a los grupos financieros y monopolistas tradicionales—,

17
M. S. Palieri. “D’Elia: «Quel che so del delitto Pasolini»”. L’Unità, 9 de agosto de 2005. Accesible en
http://www.centrostudipierpaolopasolinicasarsa.it/dibattito/la-matrice-politica-del-delitto-ppp-secondo-
gianni-delia-2005/.
18
Troya, variante poco usual del apellido Troia que se conoce en Piemonte, Lombardia y Lazio,
claramente evoca la denominación vulgar por la que se conoce a las prostitutas, y que equivaldría al
castellano “puta” o “zorra”; pero que, además de ser una injuria, también se emplea, en la expresión figlio
di troia, en sentido figurado para referirse, en tono jocoso, a alguien muy astuto del que se quiere
reconocer su habilidad.
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desvincular la empresa nacional de hidrocarburos italiana de las grandes


multinacionales del petróleo norteamericanas y adjudicar generosas concesiones a
países del tercer mundo.

Lo que Pasolini narra en Petróleo es el paso —violento— del ENI de empresa


nacional a multinacional, así como los contactos mantenidos por Cefis con los
americanos, el dinero obtenido con el tráfico de armas y demás porquería que se había
mantenido convenientemente oculta.

Por otro lado, Calia, durante sus pesquisas, dio con documentos secretos del
SISMI (Servicio Italiano para la Información y la Seguridad Militar) y del SISDe
(Servicio Italiano para la Información y la Seguridad Democrática) que revelarían la
paternidad respecto a la P2 de Cefis, que después, amenazado por el escándalo del
petróleo entre 1982 y 1983, decidiría, por prudencia, dejar la organización en manos de
Gelli y Ortolani. Gelli, por su parte, fue condenado, junto a miembros del servicio
secreto, por manipular pruebas y entorpecer las investigaciones sobre el atentado de
Bolonia. Una masacre en la que, curiosamente, también se vio envuelta la Banda della
Magliana, que efectivamente colaboró con la P2 y los servicios secretos en la estrategia
del despiste. De hecho, en el juicio por el atentado de Bolonia, decisiva para la condena
de los únicos acusados, neofascistas, fue la declaración del delincuente común Massimo
Sparti, vinculado a la Banda della Magliana, militante de extrema derecha y antiguo
simpatizante del grupo terrorista Orden Nuevo.
Pasolini estaba tras la pista de esa recién creada P2, a la que, según algunas
hipótesis, se refiere el capítulo de la novela desaparecido y cuyo robo de la casa del
escritor su secretaria denunció pocos días después del asesinato, para retractarse
posteriormente. Ese capítulo, titulado precisamente “Luces sobre la ENI”, sigue rodeado
de misterio, aunque de su existencia podemos estar seguros porque se alude a él dentro
de la propia obra: “por lo que respecta a las empresas antifascistas, intachables y
respetables, a pesar de su naturaleza mixta, de la formación partisana guiada por
Bonocore, he hecho alusión a ellas en el capítulo titulado «Luces sobre la ENI», y a ese
reenvío a quien quisiese refrescar su memoria”. De hecho, hace casi diez años, el
senador Marcello Dell'Utri, socio de Berlusconi acusado de colaboración con la mafia y

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notorio bibliófilo, dijo haberlo encontrado en la Feria del Libro de Milán 19, aunque lo
desmintió después.
Por tanto, Pasolini parecía haber descubierto muchas de esas intrigas aún hoy
bien guardadas y protegidas por el oportuno secreto de Estado —que oculta cuanto
acontecido de 1947 a nuestros días, negando la información al ciudadano, y que tan útil
resulta a ciertos políticos, empresarios y demás implicados—, y pretendía darlas a
conocer a través de su novela. Por eso, dados los métodos empleados por quienes se
sentían amenazados, no parecería raro que esa ala corrompida de los servicios secretos,
a las órdenes de un poder superior no menos corrupto, se hubiese ocupado de tenderle
una emboscada, encomendada en la práctica, seguramente, a sus siervos, delincuentes
comunes afines a la extrema derecha: el tipo de personaje por el que Pasolini siempre
manifestó conmiseración y con el que tan a menudo pobló sus textos.
En 2016, después de que se publicase que Democracia Cristiana había pagado a
Pelosi, Paolo Bolognesi20, diputado independiente del Partido Demócrata y presidente
de la Asociación “2 agosto 1980”, que representa a los familiares de las víctimas del
atentado de Bolonia, en una entrevista del 31 de octubre de 2016, reconocía su
optimismo respecto a la definitiva resolución del caso Pasolini, que esperaba más
cercana.
El político se mostraba firmemente convencido de que los trágicos sucesos de
Piazza Fontana, Brescia, Bolonia y tantos otros del reciente pasado de Italia, así como
los asesinatos de Pasolini y Moro, fueron, todos ellos, piezas en el engranaje de la
“estrategia de la tensión”, de la cual, para su desgracia, el escritor, como dejaba entrever
en su artículo “¿Qué es este «golpe»? Yo sé”, habría descubierto el mecanismo.
Pasolini escandalizó en muchos sentidos y de diversos modos. Sin embargo, aun
viviendo en una sociedad mayoritariamente puritana, seguramente no son las licencias
que se concede respecto al sexo —tanto en su vida privada como en sus películas— lo
que explica su trágico fin; sino la libertad de expresión a la que nunca renunció y su

19
M. Mora. “Un senador italiano anuncia el hallazgo de un inédito de Pasolini”. El País, 2 de marzo de
2010. https://elpais.com/cultura/2010/03/02/actualidad/1267484407_850215.html.
20
D. Grieco. “Tutte le macchinazioni che Pasolini aveva previsto. David Grieco intervista Paolo
Bolognesi”. Globalist, 31 de octubre de 2016. https://www.globalist.it/culture/2016/10/31/tutte-le-
macchinazioni-che-pasolini-aveva-previsto-207524.html.

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denuncia en el ámbito político. En definitiva, sufrió persecución por demasiado sincero.


Y esa sinceridad lo condujo a la muerte.
Se había ganado demasiados enemigos. Le faltaba docilidad, no supo ni quiso
convertirse en animal doméstico. Jamás calló ante lo que consideraba injusto.
Resultaba incómodo para la Iglesia, a quien acusaba de faltar a su deber con los
pobres y desvalidos, y para Democracia Cristiana, de quien denunciaba públicamente su
corrupción. No obstante, Pasolini, aun siendo comunista, incordiaba incluso al PCI, de
quien criticaba su cerril y estéril ortodoxia, así como su falta de compromiso firme y
real con el subproletariado. El crimen que reprocha al marxismo oficial y al catolicismo
—a quienes él denomina “las dos iglesias”— es, en definitiva, el mismo: el de no
comprender la cultura de las bases proletarias y campesinas, a quienes él desea dar voz
con su poesía, su narrativa, sus artículos periodísticos y, sobre todo, sus películas.
Preocupado siempre por los más vulnerables, en Pasolini subyace, en todo
momento, una intención didáctica y una natural vocación por la pedagogía. Él no solo
quiere dar voz al pueblo y defenderlo, sino que además pretende dotarlo de
instrumentos, despertarlo para que él mismo aprenda a velar por sus propios intereses.
Lejos del adoctrinamiento de cualquier signo, lo que el escritor persigue como fin
último, como supremo bien que ha de ser restituido a sus legítimos propietarios, es la
libertad de pensamiento. Inevitablemente, su proyecto había de entrar en colisión con
numerosos intereses.
En efecto, con el fin de los sesenta, Pasolini llega a la conclusión de que el
neocapitalismo por fuerza frustrará la revolución: sus esperanzas no eran más que
espejismos, pues el sistema anula toda capacidad de reacción. La revolución de los
desheredados es una utopía que no tiene cabida en la Italia contemporánea. Porque,
como digno heredero de Gramsci —una de cuyas principales aportaciones consiste en
haber señalado, por encima de la prosaica economía, a la cultura como instrumento
esencial de la dominación aplicada por las sociedades estatales modernas, desarrollando
el concepto de hegemonía cultural—, Pasolini sabe que nada cambiará bajo la
educación burguesa, nada cambiará por mano de jóvenes adoctrinados desde la cuna y
que ni siquiera son conscientes de la manipulación a la que se ven sometidos.

- 121 -
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Pasolini sabe que el control social más insidioso es el ejercido mediante la


cultura, por encima del impuesto mediante la propia economía, contra el que es más
fácil reaccionar y luchar por tratarse una amenaza inmediata y evidente. Por tanto, nada
cambiará hasta que la clase obrera sea capaz de ejercer su propia hegemonía sobre la
sociedad civil, conquistando y conservando el dominio mediante la elaboración de una
nueva cultura, lo que exigirá una radical reforma intelectual y moral por la que nadie
parece estar luchando en el país.
Como advertía Gramsci, el proceso exige una voluntad social colectiva —que es
la que en realidad moldea los factores económicos, y no viceversa—, de la que Italia
parece carente. La sociedad civil es la clave, y en Italia la sociedad civil parece
plácidamente dormida, arrullada por las nanas que canta un Estado traidor. De ahí sus
feroces críticas contra una educación basada en el adoctrinamiento —en la que han
crecido los muchachos que pretenden estar haciendo la revolución— y contra unos
medios de comunicación y entretenimiento que embrutecen y envilecen al ciudadano,
privándolo de una vida espiritual e intelectual que ya ni siquiera echa en falta21.
Pero en este noble proyecto, los intelectuales también han fallado, porque a ellos
correspondía ponerse al frente de la educación, de los cargos directivos y organizativos,
constituyendo un ente orgánico con el proletariado, en lugar de convertirse en serviles
pregoneros de intereses contrarios o de tolerar la injusticia en silencio.
Así, en Pajaritos y pajarracos, Pasolini retrata a ciertos intelectuales —o
pseudointelectuales—, esos que solo aciertan a hacerse los interesantes en la decadente
fiesta que se celebra en casa del terrateniente con quien Totò, campesino con dieciocho
hijos a cargo, pretende negociar una moratoria en el pago de su deuda —motivo por el
cual ha emprendido el viaje objeto de la película junto a Ninetto—, como una élite
ociosa, ridícula y estéril, aquejada de afectación, pedantería y superficialidad. Es decir,
básicamente, como parásitos de la sociedad.
Por eso, Pasolini alerta de que la “revolución” —las manifestaciones, atentados y
violencia que han tomado las calles— la están haciendo los burgueses, y el fin no es

21
Sobre su advertencia acerca del lenguaje empleado como herramienta coercitiva del poder —unos
postulados en los que se percibe la aportación de Gramsci—, por ejemplo, desde medios como la
televisión —aunque no solo, pues a menudo los escritores e intelectuales en general se autocensuran
adhiriendo a modelos impuestos para cumplir con los requisitos exigidos—, se recomienda el artículo F.
Virga. “Lingua e potere in Pier Paolo Pasolini”. Quaderns d’Italià 16, 2011 pp. 175-196.
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rescatar a los proletarios —a los que en realidad el terrorismo a menudo


instrumentaliza—, sino asegurarse su propia posición o más bien aspirar al estatus de
los más privilegiados. Pasolini ha descubierto la verdadera naturaleza del falaz juego:

El aumento de la clase de los trabajadores intelectuales dependientes no consigue


concretarse bajo la forma de técnicos que se colocan en las posiciones productivas
cruciales, asegurando su desarrollo […]
La gran masa de los hijos de la pequeña burguesía independiente, que se hacina en la
universidad, en un determinado momento comprende que había actuado para convertirse
en élite, o por lo menos para seguir siendo clase media, y sin embargo tiene ante sí el
fantasma de la desocupación intelectual y de la exclusión social. Es en este escenario en
el que madura la revuelta-tragedia de 1968. En el intento por definir el propio espacio
como clase, esta clase en decadencia intentará identificarse con el proletariado industrial.
Aquí reside la diferencia fundamental entre la situación italiana y la norteamericana, la
alemana o la francesa. No es el proletariado el que intenta convertirse en clase media,
sino esta última, amenazada, la que se aferra al proletariado y lo apoya en su revuelta22.

Es esa situación la que denuncia en su poema “La ortodoxia”, parte de


Transhumanar y organizar, donde se describe con toda crudeza como la “revolución”
—que por otro lado pasará cual aguacero de primavera— ignora voluntariamente a los
más desfavorecidos —encarnados en la mendiga moribunda que inútilmente espera,
bajo la lluvia, compasión a las puestas de la Iglesia—, pues en realidad nunca han sido
su verdadero objetivo. Porque los fieles de esa nueva “iglesia” solo saben defender la
ortodoxia, consignas vacías, pero desconocen la caridad:

Aquí estoy, apenas resguardada del agua


y pido limosna a los fieles;
pero hasta ahora solo uno entró en la Iglesia
a rezar. Los demás vienen a visitarla
y un estudiante alemán lleva una hora parado ante mí,
esperando a que escampe, lleno de paciencia.
Vino a ver lo que supieron hacer

22
F. Alberoni. “Crisi di identità della gente borghese”. Corriere della Sera, 17 de octubre de 1975.
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sus buenos padres, y esta fría lluvia


es lluvia de primavera.
Cuando esta Iglesia quede totalmente vacía,
¿quién seré yo?

Lo que se había ofrecido a los jóvenes era un espejismo. Y se les había ofrecido
precisamente a cambio de la violencia y ejerciendo, al mismo tiempo, la violencia sobre
ellos, que sacrificaban su libertad con una alegría y convicción fruto de la inconsciencia.
Pasolini lo recalca en su poema “Manifestar (apuntes)”, escrito el 19 de abril de 1970 y
presente en Transhumanar y organizar:

Manifestar significar con palabras no se podría


pero con aullidos sí
y también con pancartas, o canciones.

Vinieron para rehacer el mundo


y, manifestando, se declararon a la altura.
La fuerza está en la virilidad, como en otros tiempos;
pero la amabilidad se ha perdido.

Cualquier cosa que se manifieste


lo único que se manifiesta es la fuerza,
aunque solo sea la fuerza de los destinados a la derrota.

Todo lo que no se puede significar con palabras


no es más que pura y simple fuerza—
¡Pero cuánta inocencia en no saber esto!
¡Qué jóvenes hay que ser para creerlo!
[...]
y los valores, precisamente, son sentidos sobre todo por los simples;
por los jóvenes
(solo en ellos, precisamente, la obediencia es gracia).

Es con sus filas con las que los Jefes cuentan para seguir adelante,
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con sus limpias, inocentes filas—


Sencillez y juventud, formas de la naturaleza,
en vosotras la libertad es renegada

a través de una serie infinita de deberes,


limpios, inocentes deberes, a los que, manifestando,
se grita con aire amenazador obediencia,
que los sencillos y los jóvenes son fuertes
y aún no saben que no pueden tolerar la libertad.

Como se puede observar, Pasolini —que en su faceta de escritor se expresa con tal
vehemencia que llega a propugnar una respuesta violenta ante la opresión, algo que
hemos de entender como un mero recurso expresivo23— reprueba el extremismo tanto
de derechas como de izquierdas, censurando a los activistas que hacen uso de la
violencia callejera sean del signo político que sean.

¿Por qué la esperanza en el potencial revolucionario de los campesinos del tercer mundo
es ahora un error? Porque ya no se contempla en perspectiva revolucionaria. En efecto,
los estudiantes son burgueses. Querrían exorcizar el mundo campesino pobre y
preindustrial, evocarlo como una entidad metahistórica, ponérselo delante como una guía
apocalíptica. ¿Para hacer la revolución? No, para hacer una guerra civil (Siciliano, Vita di
Pasolini, 411).

De hecho, Pasolini sostiene que existe también el “fascismo de izquierdas”,


animado por una fidelidad ciega y violenta —responsable, en último término, del
terrorismo— cuyo origen, el 28 de septiembre de 1968, había expuesto en Il Caos, su
espacio en el semanario Tempo: “cuantos católicos, convirtiéndose al comunismo,

23
Como, de alguna forma, él mismo deja claro en el elocuente poema “Panagulis”:
Tebas venció, y en el poder sigue quien ya estaba.
Somos impotentes, es cierto. Pero las palabras aún valen algo.
Si tú mueres, nosotros mataremos. Elegiremos una víctima sacrificial,
que no quiere morir, pues conoce la dulzura de antes de la revolución.
No nos limitaremos a los ayunos, como Danilo Dolci.
Atrás quedaron los tiempos de los vivacs con los muertos, o de los ayunos.
Si no en los hechos, al menos en las intenciones, es la hora de la violencia.
De la violencia, añado, sin esperanza, árida, impaciente.
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aportan la Fe y la Esperanza, pero descuidan, sin ni siquiera darse cuenta, la Caridad. Es


así como nace el fascismo de izquierdas”.
Y por declaraciones como estas, por sostener que quienes pretende estar haciendo
la “revolución” en realidad, aun con su mejor intención y sin ser conscientes de ello, le
están siguiendo el juego al poder, perpetuándolo en su trono, Pasolini es tachado de
ambiguo. Se le reprochan sus contradicciones, que a menudo son solo aparentes y otras
veces, simplemente fruto de una normal evolución o de una reflexión más profunda.
Porque el pensamiento está en perpetuo movimiento, y rectificar es de sabios. Aunque
esto, obviamente, únicamente los sabios pueden entenderlo.
El escritor concluye que el objetivo de los movimientos que recorren la convulsa
Italia no es la equidad, sino todo lo contrario. La “revolución” está guiada por el poder,
que, mediante ese teatrillo, mediante esa violencia ejercida a través de sus secuaces —al
mismo tiempo también víctimas—, fingiendo un cambio, consigue subsistir e incluso
fortalecerse.
Entre tanto, nadie combate al verdadero enemigo: el brutal consumismo, la
ingenuidad o la insensatez de los jóvenes, el dogmatismo y la intolerancia de los
comunistas, el oportunismo y la hipocresía del corrupto gobierno democristiano…
Todas, amenazas que Pasolini se dedica a denunciar, en 1973, desde sus polémicos
artículos para el Corriere della Sera.
En consecuencia, una amarga reflexión implícita, y a veces también explícita,
recorre varios de sus poemas —“Comicio”, “Panagulis”, “Las cenizas de Gramsci” y
tantos otros—: ¿es acaso por toda esa podredumbre en la que se ahoga Italia —obra de
la Democracia Cristiana, pero consentida por el PCI, que alienta una “revolución” en
realidad burguesa— por lo que sacrificaron sus vidas su hermano Guido —partisano—,
Panagulis o el propio Gramsci, hombres honestos que fueron abandonados —cuando no
abominablemente traicionados— por sus propios camaradas24?

24
Su hermano, víctima de la matanza de Porzus, sacrificado por otros partisanos tras negarse a ceder
territorios italianos a Tito; Panagulis, fallecido en un oportuno accidente justo cuando iba a hacer públicos
documentos que demostraban la complicidad entre el viejo régimen de los Coroneles y el nuevo orden
democrático —un caso que en cierto modo nos recuerda al del propio Pasolini, que precisamente escribió
la introducción para su colección de poemas publicados en Milán tras la liberación y exilio de Grecia, Vi
scrivo da un carcere in Grecia (Os escribo desde una prisión en Grecia), pues Panagulis había sido
encarcelado y torturado por la Junta—, y Gramsci, cuyo rico legado teórico, el que le costó la vida en las
prisiones de Mussolini —que concede la libertad condicional solo cuando ya, dado su precario estado de
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En buena medida, el hombre de acción —el que quería lanzar su cuerpo a la


lucha— se siente inútil. Pasolini duda de la utilidad de su compromiso, de su propia
actividad literaria. No obstante, no puede renunciar definitivamente a su labor social,
incluso si ya no se siente escuchado. Declara, en 1971, al aparecer Transhumanar y
organizar, durante una entrevista:

Es ya una ilusión escribir poesía, y sin embargo sigo escribiéndola. Incluso


cuando para mí la poesía ya no es aquel maravilloso mito clásico que exaltó mi
adolescencia […]. Ya no creo en la dialéctica ni en la contradicción, sino en la
pura oposición […]. Sin embargo, me siento cada día más fascinado por la alianza
ejemplar que se verifica en los santos, como San Pablo, entre vida activa y vida
contemplativa25.

Una existencia contemplativa que él se imaginaba en Viterbo, no muy lejos de


Bomarzo, en su torre de Chia —de la que se había enamorado mientras rodaba El
Evangelio según Mateo, y que finalmente consiguió comprar en noviembre de 1970—,
donde proyectaba el retiro definitivo. Pero donde —de nuevo sus contradicciones— el
verano de 1972 estuvo escribiendo Petróleo, su novela póstuma e inconclusa, la que,
según algunas teorías conspiratorias quizá en absoluto descabelladas, había de costarle
la vida.
A finales de 1974 —justo una semana después de que se incriminase al SISMI en
el golpe de Estado fallido conocido como “golpe Borghese”, organizado entre el 7 y el 8
de diciembre de 1970 por Junio Valerio Borghese, fundador del Frente Nacional—,
Pasolini decía conocer la autoría de los terribles atentados de Milán, Brescia y Bolonia,
aunque la acusación parecía vaga:

Yo sé los nombres.

salud, es demasiado tarde—, ha sido traicionado por el Partido, más interesado en una visión simplista de
la lucha de clases. De alguna forma, también Pasolini, como antes Panagulis —cuya muerte, víctima
sacrificial de las intrigas políticas, había honrado con el homónimo poema, incluido en Transhumanar y
organizar, en el que se denuncia la ignominia del verdugo y también de quienes callan para
beneficiarse—, se convertiría, años más tarde, a su vez, en ofrenda de carne y sangre para acallar las
ansias de venganza de los intereses corruptos.
25
J. M. Gardair. “Entretien avec Pier Paolo Pasolini”. Le Monde, 26 de febrero de 1971.
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Yo sé los nombres de los responsables de lo que se conoce como “golpe” (y que


en realidad es una serie de “golpes” instaurados como sistema para proteger al
poder).
Yo sé los nombres de los responsables de la matanza de Milán del 12 de
diciembre de 1969.
Yo sé los nombres de los responsables de las matanzas de Brescia y Bolonia en
los primeros meses de 1974.
[...]
Yo sé el nombre de la “cúpula” que ha manipulado tanto a los viejos fascistas que
traman golpes como a los neofascistas autores materiales de los primeros
atentados, sea finalmente a los “desconocidos” autores materiales de los atentados
más recientes.
Yo sé los nombres de los que han gestado las distintas y más bien opuestas fases
de la tensión: una primera fase anticomunista (Milán, 1969) y una segunda fase
antifascista (Brescia y Bolonia, 1974).
Yo sé los nombres del grupo de poderosos que, con la ayuda de la CIA (y en
segundo término de los coroneles griegos y de la mafia), urdieron primero
(aunque fracasando miserablemente) una cruzada anticomunista, para bloquear
1968 y, a continuación, siempre con la ayuda y la inspiración de la CIA, se
recompusieron una virginidad antifascista, para taponar el desastre del
referéndum.
Yo sé los nombres de aquellos que, entre una misa y otra, dieron instrucciones y
aseguraron la protección política a viejos generales (para mantener en pie, por si
acaso, la organización de un potencial golpe de Estado), a jóvenes neofascistas, o
más bien neonazis (para crear concretamente la tensión anticomunista) y,
finalmente, a criminales comunes, hasta este momento, y quizás para siempre, sin
nombre (para crear la sucesiva tensión fascista).
[…]
Yo sé los nombres de las personas serias e importantes que están detrás de los
trágicos muchachos que han escogido las suicidas atrocidades fascistas y de los

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malhechores comunes, sicilianos o no, que se han puesto a disposición como


asesinos o sicarios.
Yo sé todos estos nombres y conozco todos los hechos (atentados a las
instituciones y matanzas) de los que son culpables.
Yo sé. Pero no tengo pruebas. Ni tan siquiera indicios.
Yo sé porque soy un intelectual, un escritor que intenta estar al corriente de todo
lo que sucede, conocer todo lo que se escribe, imaginar todo lo que no se sabe o se
calla; que conecta hechos lejanos, que une piezas desorganizadas y fragmentarias
de un entero cuadro político, que restablece la lógica allí donde parece reinar la
arbitrariedad, la locura y el misterio.
[...]
Me parece difícil que mi “proyecto de novela” esté equivocado, que no guarde
relación con la realidad y que sus referencias a hechos y personas reales sean
inexactas. Creo, además, que muchos otros intelectuales y novelistas saben lo que
yo sé en cuanto intelectuales y novelistas. Porque la reconstrucción de la verdad a
propósito de los que ha sucedido en Italia después de 1968 no es muy difícil.
[...]
Probablemente los periodistas y los políticos tienen también pruebas o, por lo
menos, indicios.
Entonces, el problema es este: los periodistas y los políticos, aun teniendo pruebas
y sin duda indicios, no dan nombres.
¿A quién compete, pues, dar estos nombres? Evidentemente, a quien no solamente
posea el coraje necesario, sino que, además, no esté comprometido en la práctica
con el poder y tampoco tenga, por definición, nada que perder: es decir, un
intelectual.
Un intelectual podría, por tanto, dar públicamente los nombres; pero él no tiene ni
las pruebas ni los indicios26.

26
P. P. Pasolini. “Cos’è questo «golpe»? Io so”. Corriere della Sera, 14 de noviembre de 1974.
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No obstante, no mucho después, Pasolini lanzaba acusaciones muy concretas


cuando, en su artículo “Habría que procesar a los jerarcas de la Democracia Cristiana”,
denunciaba la necesidad de procesar al gobierno, al que imputaba:

Desprecio por los ciudadanos, manipulación del dinero público, chanchullos con
los petroleros, con los industriales, con los banqueros, connivencia con la mafia,
traición en favor de una nación extranjera, colaboración con la CIA, uso ilícito de
organismos como el SID [Servizio Informazioni Difesa], responsabilidad en las
masacres de Milán, Brescia y Bolonia (al menos en cuanto culpables de
incapacidad para castigar a los ejecutores), destrucción paisajística y urbanística
de Italia, responsabilidad en la degradación antropológica de los italianos […],
responsabilidad respecto a la condición espantosa de las escuelas, los hospitales y
de las más básicas obras públicas, responsabilidad por el abandono “salvaje” del
campo, responsabilidad en la explosión “salvaje” de la cultura de masas y de los
mass media, responsabilidad por la estupidez delictiva de la televisión,
responsabilidad por la decadencia de la Iglesia y, por último, además de todo lo
anterior, quizá, reparto borbónico de cargos públicos aduladores.

Algunas de estas ideas se desarrollan también bajo una forma narrativa en su


novela inconclusa Petróleo, avalando la sospecha de que esta obra da testimonio sobre
la verdadera causa de su muerte:

Entre los hombres cultos no hubo ni siquiera uno que tuviese el valor de levantar
la voz para protestar. El peligro de la impopularidad daba más miedo que el viejo
peligro de la verdad. En realidad, también la cultura especializada era digna de su
tiempo: su organización interna se había vuelto definitivamente pragmática […].
La mala fe se había institucionalizado como parte del modo de ser cultos o incluso
poetas. Las “facciones” hacían del “poder literario” su fin declarado o directo, no
solo sin pudor, sino incluso desempeñando al tiempo una función moralizante,
terrorista y extorsionadora […]. La única realidad que palpitaba con el ritmo y la
energía de la verdad era la de la producción, la de la defensa de la moneda, la del

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mantenimiento de las instituciones esenciales para el nuevo poder, que


ciertamente no eran ni las escuelas ni los hospitales.

Los ejemplos son muchos y terribles, pero al margen de los numerosos


incidentes violentos concretos, o más bien paralelamente a ellos, el 27 de enero de 1975
había comenzado el proceso de Catanzaro por el atentado de Piazza Fontana de Milán
—acontecido el 12 de diciembre de 1969—, atribuido en principio al ámbito anarquista,
aunque más tarde27 pareció ser responsabilidad de la organización neofascista Ordine
Nuovo28 o, en cualquier caso, de la extrema derecha.
El atentado de Piazza Fontana de Milán había contribuido al nacimiento de las
Brigadas Rojas, pero sobre todo había supuesto el exordio para los denominados “años
de plomo”, que dominarían la década de los setenta. En el marco de la Operación
Gladio de la OTAN, la Democracia Cristiana en el gobierno, mediante una rama de los
servicios secretos italianos que actuaba en colaboración con la CIA norteamericana29,
sirviéndose de grupos neofascistas que actuaban haciéndose pasar por anarquistas para
incriminar a la izquierda del país, pretendía crear un clima de terror en las calles —la
denominada “estrategia de la tensión”— para frenar así el ascenso político de los
partidos de la oposición. Incluso, eventualmente, para facilitar la llegada al poder de un
régimen dictatorial. Porque a río revuelto, ganancia de pescadores. Siempre ha sido así.
Actualmente un buen ejemplo lo ofrece el temor y rechazo que genera la violencia

27
Tras ochenta detenciones y la muerte en extrañas circunstancias del principal sospechoso, Giuseppe
Pinelli, trabajador ferroviario anarquista que falleció al caer —según algunos de los contradictorios
relatos policiales, al arrojarse con intenciones suicidas— durante un interrogatorio por una ventana de la
comisaría en la cual estaba detenido. El hecho, años más tarde, inspiró a Dario Fo para escribir Muerte
accidental de un anarquista.
28
Que recibía regularmente financiación de manos de un funcionario de prensa de la embajada de los
Estados Unidos en Italia (“US supported anti-left terror in Italy”. The Guardian, 24 de junio de 2000).
29
Un informe parlamentario de 2000, llevado a cabo por la coalición de centroizquierda El Olivo, en el
gobierno, sostenía que en su día los servicios de inteligencia de los EE.UU. estaban al corriente de
ataques terroristas que la ultraderecha planeaba cometer, como el de Piazza Fontana, pero no alertaron a
las autoridades italianas. De hecho, ese mismo año, el propio Emilio Taviani, demócrata cristiano y
cofundador de la oscura organización anticomunista de la OTAN Gladio, reconoció que la CIA
suministró material a los terroristas y entorpeció las investigaciones que pretendían esclarecer los hechos.
Taviani, por otro lado, ya había admitido ante los investigadores que el SID (Servizio Informazioni
Difesa) y el servicio de inteligencia militar habían estado a punto de enviar un oficial a Milán para que
abortase la operación, aunque finalmente se decidió llevarla a término para intentar culpar después a los
anarquistas.

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yihadista, de los cuales se benefician movimientos extremistas de signo opuesto,


avivando la islamofobia, el racismo y la xenofobia en general.
Se había abierto la veda y la espiral de violencia parecía no tener fin. El 28 de
mayo de 1974, en Brescia, una bomba es responsable del atentado de Piazza della
Loggia, que también parece obra del entorno neofascista. En agosto del mismo año, la
explosión en el tren Italicus…
De alguna forma, la muerte de Pasolini fue una secuela más de esa estrategia del
terror. Hay quienes, quizá con bastante razón, lo consideran, por ello, la última víctima
de la masacre de Bolonia.
Tras el atentado de Piazza Fontana, profundamente impresionado por la
bestialidad de los hechos y por la desvergüenza con la que el gobierno está manejando
la información o la desinformación, Pasolini escribe “Patmos”, poema incluido en
Transhumanar y organizar en el que anuncia, como nuevo Juan, con un lenguaje propio
de la revelación, el Apocalipsis que ya está en marcha. “Escribe, pues, las cosas que has
visto, / las presentes y las que vendrán después de ellas: / Italia está en crisis, y la misma
crisis que sufro yo / (inadaptabilidad a las nuevas operaciones bancarias) / la sufren a su
bestial manera los fascistas”, previene. Pero, por otro lado, asqueado por la actitud del
gobierno, tampoco se priva de declarar públicamente su respaldo a la izquierda, acusada
con mentiras en plena estrategia del despiste: “como literato que hace literatura / declaro
mi solidaridad con Potere Operaio / y con todos los demás grupúsculos de extrema
izquierda. / Saragat no debió meterlos a todos en el mismo saco”.
Porque el poeta tiene muy clara la autoría del atentado. Y, más allá señalar a los
grupos de extrema derecha, culpa a los autores intelectuales, a los máximos
responsables, en una lacónica acusación que tan hermética no parece: “solo un suicidio
llevará a la pista del responsable de este llanto”. Si tenemos en cuenta que el propio
autor aclara en nota que estos versos se escribieron antes del suicidio del anarquista
Pirelli, la alusión al suicidio solo puede significar que, según Pasolini, para desentrañar
la trama asesina que pretende desestabilizar el país, el gobierno —de tener dignidad—
habría de hacerse el harakiri o clavarse su propio aguijón como el traidor escorpión que
es. Es decir, habría de reconocer su participación en los hechos, renunciando así al

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poder. En definitiva, algo muy similar sostenía Leonardo Sciascia al asegurar que “si el
Estado quisiera realmente luchar contra la mafia, tendría que suicidarse”.
Pasolini parece muy seguro de que la intrigante Democracia Cristiana ha
conspirado, como en efecto se demostró más tarde. Además, en último término, el
gobierno, garante de un sistema capitalista que empobrece y deshumaniza, es
responsable de la precariedad y desesperación en la que vive el ciudadano, empujado a
veces en brazos de ideologías extremas:

Tú te suicidarás
si tenías todo que ganar y nada que perder
y, por tanto, no eres un fascista de izquierdas que, pobrecillo,
con sus ideales extremistas ahora tan trágicamente frustrados,
se ha convertido en un hermano querido, y quisiera abrazarlo fuerte;
tú te matarás, fascista loco,
y tu suicidio solo servirá para
dar una desdichada pista a la policía.

Una de las principales acusaciones que Pasolini dirige contra la Democracia


Cristiana es su traición a los más básicos principios del humanismo. El partido en el
gobierno, corrupto, erigiéndose en paladín del más feroz consumismo capitalista, origen
del egoísmo que disgrega la sociedad, y demoliendo los verdaderos valores y
tradiciones30, homologando a todos a derecha e izquierda —como defiende el autor en

30
Pasolini añora el mundo campesino preindustrial no por infundada nostalgia, sino porque aquel
únicamente aspiraba a consumir los bienes necesarios. No obstante, su postura no siempre fue bien
entendida y le acarreó ásperas críticas que lo tacharon de retrógrado, un ejemplo es la encendida disputa
que mantuvo en los periódicos en el verano de 1974 con Italo Calvino, que lo acusaba de nutrir nostalgia
por la “Italietta”. En una carta publicada en Paese sera (8/VII/1974), Pasolini decía no añorar la Italietta
“pequeñoburguesa, fascista, democristiana, provinciana y a los márgenes de la historia, cuya cultura es un
humanismo escolar formal y vulgar”, sino a “la gente pobre y auténtica que luchaba para derribar a aquel
patrón sin volverse patrones”. En este contexto habría de entenderse la lectura que, en La ricotta, el
personaje interpretado por Welles hace —tras una crítica descarnada contra el pueblo italiano— de un
fragmento del poema “Yo soy una fuerza del pasado”, de Pasolini, donde se lamenta que los italianos
hayan olvidado su pasado y tradiciones, en los que realmente residía su esencia, quedando así tan
huérfanos y desorientados:
Solo en la tradición está mi amor.
Vengo de las ruinas, de las Iglesias,
de los retablos, de los burgos
olvidados en los Apeninos y los Pre Alpes,
donde han vivido los hermanos.
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Pasión e ideología (1960)—, ha degradado el país conscientemente, convirtiéndolo en


pocos años en “un pueblo degenerado, ridículo, monstruoso y criminal”31. Un pueblo
que, por otro lado, tolera la corrupción y la propicia con su silencio, con su actitud
menefreghista, con su irresponsable indiferencia32.
Pasolini se resiste a aceptar que la cuna del humanismo, la patria del
Renacimiento, el lugar donde se alcanzó el más alto grado de prosperidad del hombre
—que poco tiene que ver con la opulencia—, se haya convertido en una pocilga donde
se revuelca el nuevo prohombre; en el mejor de los casos, en un establo donde rumia,
ignorante, el italiano anónimo. Su batalla se libra contra un sistema artífice del mediocre
hombre medio, de los oscuros hombres grises, una especie que se adueñó del ámbito

Vago por la Tuscolana como un loco,


por la Apia como un perro sin dueño.
O miro los crepúsculos, las mañanas
sobre Roma, sobre la Ciociaria, sobre el mundo,
como los primeros actos después la Posthistoria
con la que subsisto, por privilegio de registro civil,
desde el punto extremo de alguna edad
sepultada. Monstruoso es quien nació
de las entrañas de una mujer muerta.
Y yo, feto adulto, vago
más moderno que todo moderno
en busca de los hermanos que ya no están.
31
P. P. Pasolini. “Il vuoto del potere in Italia”. Corriere della Sera, 1 de febrero de 1975. En La ricotta,
cuando Orson Welles, encarnando al director de cine que está rodando una película sobre la Pasión, es
interrogado por un periodista sobre sus impresiones de Italia, describe a sus habitantes como el pueblo
más analfabeto y con la burguesía más ignorante de Europa.
32
Acusa, ya en 1951, el poeta en “El Apenino”, que abre Las cenizas de Gramsci:
Y hacen de Italia su posesión
con una risa dialectal, irónicos,
que ni provincia ni ciudad lleva grabada,

sino obseso cerro y barrio,


si cada uno encerrado en el calor del sexo,
su única medida, vive entre gente

abandonada al más verdadero cinismo


y a la más verdadera pasión; al violento
negarse y al violento darse; en el misterio
clara, porque pura y corrompida…

Si cada uno sabe, experto, el ingenuo lenguaje


de la incredulidad, de la insolencia,
de la ironía en el dialecto más sabio

y vicioso, cierra en la inconsciencia


los parpados, se pierde en el pueblo
cuyo clamor no es más que silencio.
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político, que llegó para quedarse. Pues de esa clase el sistema, al tiempo, se
retroalimenta: ellos se cuidan de perpetuar la aberración, asegurándose así sus
mezquinos privilegios.
El verano de 1975, Pasolini propone, como única solución posible para recuperar
un marco democrático sano, un proceso judicial contra los dirigentes democristianos,
algo que solo puede acabar con esos políticos en la cárcel33. De nuevo, Pasolini se
convertía en profeta, aunque su vaticinio no habría de cumplirse, para vergüenza de
Italia, hasta mucho tiempo después. Solo en septiembre de 2013, en Palermo, se
juzgaría la responsabilidad del Estado en la muerte de dos jueces, Falcone y Borselino.
En el banquillo se sentaban capos de la mafia, un antiguo ministro del Interior y un
exministro de Desarrollo, un senador cercano a Berlusconi, un general de las fuerzas
especiales de los carabineros y dos miembros de los servicios secretos italianos, todos
acusados de negociación secreta con la mafia34.
En “Patmos”, Pasolini culpa a los políticos de que entre ellos y el país se abra un
abismo que los primeros, con su superficialidad, con la indiferencia que muestran ante
la tragedia que se vive en la calle, la de las personas comunes, con la vacuidad de su
lenguaje35, se han encargado de excavar. Aunque también se advierte la reprobación
contra unos intelectuales demasiado enfrascados en sus propios asuntos, poco
sensibilizados con el problema de quienes sufren y quizá temerosos de manifestarse
públicamente. Porque quienes tienen el arma de la palabra, quienes deberían dar voz al
pueblo, habrían de condenar:

Lloren sus familias; yo hablo como literato.


Opongo al duelo un cierto manierismo.

33
P. P. Pasolini. “Bisognerebbe processare i gerarchi DC”. Il Mondo, 28 de agosto de 1975. Una vez más
se intentó enfangar la reputación de Pasolini, ya muerto, cuando, tras el 16 de marzo de 1978, una parte
de la prensa sugirió que esta propuesta suya habría podido inspirar el secuestro y asesinato de Aldo Moro.
El absurdo respaldo para tan grave acusación fue el uso del término “juicio”, en un sentido macabramente
metafórico, obviamente, en el comunicado de las Brigadas Rojas. La mala fe era manifiesta, pues Pasolini
deja bien claro que se necesita un proceso regular con todas las garantías judiciales.
34
Respecto a este proceso y, en general, sobre la relación entre Estado y mafia en Italia resulta
especialmente ilustrativo el documental francés de 2017 Italia y la mafia, un pacto sangriento, dirigido
por Cécile Allegra y Mario Amura.
35
En el poema “Transhumanar y organizar”, el que da nombre a la antología homónima, describe así el
debate político: “Habla también un diputado democristiano de provincias. / Recomienda buenos modales.
Por lo demás, ha aprendido / a decir todo con palabras: o sea, a no decir nada”.
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[…]
Cánones y tropos a disposición reemplazan a las conmociones.
[…]
Quien está en el poder, además, tiene sus figuras,
dentro de las cuales sustituye cómodamente el logos por la nada.

Aunque, efectivamente, como se atrevió a declarar impúdicamente, la misma


mañana en que se conocía el asesinato del poeta, el cínico e hipócrita36 Andreotti —que,
ladino como siempre, se escudaba en la doble interpretación que consentían sus duras
palabras, tan poco compasivas, tan poco cristianas—, Pasonili se había buscado su
propia muerte37, el vital escritor estaba muy lejos de haberse suicidado persiguiendo el

36
Muy instructiva sobre el fariseísmo imperante en la Democracia Cristiana, que incluso sacrifica a Moro
para sacar partido político de su asesinato, resulta la película Il divo, rodada en 2008 por Paolo
Sorrentino, que retrata a un maquiavélico Andreotti, incapaz de remordimiento alguno.
37
Recordemos que Andreotti, tras la sentencia absolutoria en primera instancia, en 1999, fue condenado
por la Corte de Apelación de Perugia, el 17 de noviembre de 2002, a veinticuatro años de prisión por
haber instigado el asesinato del periodista Mino Pecorelli, muerto a manos de la mafia en 1979, después
de haber anunciado que publicaría pruebas obtenidas a través de Aldo Moro de que Andreotti había
cobrado comisiones ilegales. El Supremo, en octubre del 2003, sin embargo, lo absolvía. Respecto a la
acusación de asociación mafiosa, el recurso ante el tribunal de Palermo prosperó en 2003, cuando se
declaran prescritos los delitos anteriores a 1980 y se lo absuelve de los de los años sucesivos. El Supremo,
después, a finales de 2004, dictó la absolución con fórmula plena. No obstante, algunos arrepentidos de la
mafia reconocen un pacto entre el Estado italiano y la mafia siciliana, que, en 1992, ejecutó entre otros a
los jueces Falcone y Borselino con la autorización del poder político —de hecho, durante el juicio de
2013 en Palermo, algunos testigos mafiosos señalan que las ordenes importantes se recibían directamente
de Andreotti—, y no simplemente como venganza personal hacia ellos.
Actualmente se considera probado que la mafia había respaldado a Democracia Cristina desde su
propio nacimiento. El partido surge, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, para intentar frenar el
previsible ascenso de la izquierda en las primeras elecciones libres italianas. Con él, la burguesía
terrateniente pretende asegurarse el mantenimiento de sus privilegios sobre una masa campesina cada vez
más fuerte y concienciada. En el plano internacional, los americanos, que temen al PCI, el más poderoso
de Europa occidental, deciden apoyarlo. Al tiempo, la nueva formación política llega, ya muy
tempranamente, a acuerdos con la mafia, que facilita votos a cambio de favores políticos y permisividad
con los hechos delictivos, creándose así un corrupto régimen de clientelismo que durará hasta mediados
de 1992. Quienes se oponen a él mueren. Y ahí entra en juego la magistratura, que finalmente —a pesar
de los infiltrados— se rebela con Falcone y un grupo de incorruptibles.
Así, cuando, durante el denominado Macrojuicio, los políticos ya no son capaces de proteger a
los capos, el pacto entre mafia y Estado se rompe, provocando el asesinato de algunos representantes
democristianos. Ciertos jefes mafiosos, de hecho, avisan a Falcone de que está atacando a quienes le
pagan. En efecto, presuntamente, al negarse este juez y su colega Borselino a aceptar el pacto del que el
ministro del Interior les habría informado, firman su sentencia de muerte. Tras estos dos asesinatos, la
mafia seguirá sembrando el terror mediante atentados para forzar al Estado, si quiere recuperar la paz en
las calles, a renegociar los acuerdos. A través de los servicios secretos, se plantean exigencias —Il
papello, que incluye la anulación del Macrojuicio y la reforma total de las leyes antimafia— a cambio del
cese de la violencia. La mafia, como gesto de buena voluntad, entrega a Totò Riina y busca un nuevo
líder más propenso al diálogo. No obstante, las negociaciones no llegan a buen puerto y, en consecuencia,
la mafia decide dar un escarmiento a Andreotti, que no ha garantiza la impunidad, y que, en efecto, aun
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fin por otra mano, como algunos manipuladores, interesados en librar de sus
responsabilidades a quienes claramente las tuvieron, apelando a una seudopsicología de
pacotilla, se han empeñado en repetir hasta la saciedad38.
En una entrevista, el 31 de octubre de 197539, la víspera de su asesinato, le
preguntaron cuál era su calificación profesional preferida, a lo que Pasolini respondió:
“En mi pasaporte aparece escrito simplemente escritor”. Y por eso, por escribir, por
escribir “simplemente” lo que otros no querían que fuese dicho, halló la muerte. Sus
censores no dejaron cabos sueltos.

partiendo como favorito, no es reelegido en las elecciones de mayo de 1992. El líder de la Democracia
Cristina desaparece del escenario político y al año siguiente es acusado formalmente. Su partido, que ha
dominado el panorama político cinco décadas, se disuelve en junio de 1993. Recoge el testigo Berlusconi,
magnate de la construcción y medios de comunicación, cuyos colaboradores se codean con los círculos
mafiosos para asegurarse votos. Forza Italia arrasa en las elecciones de 1994 y los atentados cesan: la
mafia había encontrado un nuevo interlocutor político con el que conviviría pacíficamente durante los
siguientes trece años casi sin interrupción.
38
Una capciosa hipótesis que, por cierto, Siciliano, ofendido, se mostraba muy preocupado por rebatir
(Siciliano, Vita di Pasolini, 474-475).
39
La última concedida para la televisión. A su regreso de Estocolmo, mientras promociona su nueva
película Salò o los 120 días de Sodoma, hace escala en París para aparecer en el programa Dix de Der, de
Antenne2. Curiosamente, esa entrevista permaneció inédita en Italia hasta el 12 de diciembre de 2005,
cuando se estrenó en el Auditorio Parco della Musica de Roma.
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