Está en la página 1de 6

“DESARROLLO Y EQUIDAD”

En el mundo, la gente no nace con las mismas oportunidades de desarrollo, estas


suelen estar predeterminadas por factores fuera de su control: nacionalidad, raza,
género y grupo social dictarán, entre otros, cuál será el nivel educativo logrado, la
esperanza de vida, el nivel de ingresos percibidos, qué tanta participación en los
mercados tendrán, o incluso si habrá discriminación en contra de ellos: razones que
supuestamente deberían ser “moralmente irrelevantes”. El efecto tendrá dos
vertientes: afectará las dotaciones iniciales de la persona y la forma en cómo las
instituciones lo tratarán a lo largo de su vida. Ante esto, la equidad nos remite al
concepto de igualdad de oportunidades para todas las personas o la posibilidad de
tener una vida que ellos mismos elijan y que no por elegirla tengan que llevar una vida
de privaciones. Desde este punto de vista, la prosperidad a largo plazo
necesariamente será acompañada de iguales oportunidades para todos. Cabe resaltar
que el objetivo no es una igualdad de resultados, ya que estos pueden ser diferentes
pese a una igualdad de oportunidades, cuestiones en cuanto al talento, esfuerzo,
preferencias y suerte de las personas escapan de las políticas a aplicar al buscar la
equidad. Estas acciones públicas deben concentrarse en la distribución de activos y
oportunidades tanto económicas como políticas, y no necesariamente buscar una
mayor igualdad de ingresos. Para lograr este objetivo, el presente trabajo apelará a la
consolidación de instituciones económicas y políticas que promuevan una “nivelación
del campo de juego”- es decir, iguales oportunidades políticas, sociales y económicas-
que alienten tanto el crecimiento sostenido como el desarrollo.

Hay una masiva evidencia de la desigualdad de oportunidades en diversos países en


desarrollo. Estas se manifiestan en varias dimensiones: educación, salud e ingresos: En
Colombia, la mortalidad infantil es de 25 por 1000, mientras que en Mali es de 125 por
1000. Las madres más educadas suelen tener una mortalidad infantil inferior al
promedio dentro de un mismo país. Hay, además, oportunidades desiguales según
género: en la China Rural o la India noroeste se practica el aborto selectivo, por lo que
hay más varones que mujeres. Asimismo, un mayor número de varones van a la
escuela en muchas partes del mundo. La educación y la salud, ambas de valor
intrínseco per se, afectan la capacidad de compromiso de los individuos en la vida
política, económica y social del país. Pese a ello, los niños tienen oportunidades
desiguales de aprender y tener vidas saludables en casi todas las poblaciones,
condicionadas por su posesión de activos, su locación geográfica, o la educación de sus
padres, entre otros. La desigualdad no sólo se da al interior de los países, sino más
bien, las desigualdades a nivel global son incluso mayores: Los datos muestran que los
países más pobres son los que mayores niveles de desigualdad ostentan. Un
coeficiente de Gini superior al 0.6 caracterizan a la mayoría de países africanos,
mientras que el promedio de aquellos de los países de mayores ingresos es menor a
0.4. Estas se ahondan aún más debido a las restricciones de movilidad existentes, las
cuales son la posibilidad de que los pobres “se movilicen” fuera de su situación por sus
propios medios, a través del “enforzamiento”. Las diferentes dimensiones de la
desigualdad se refuerzan unas a otras: una menor educación significará menos
ingresos en el futuro, reforzando el círculo vicioso de desigualdad. La gran inequidad
está asociada con diferencias en la “agencia” de los individuos, o la habilidad
socioeconómica, política y cultural de “modelar” el mundo que les rodea. Los grupos
sociales más poderosos e influyentes pueden desviar tanto las instituciones como las
reglas para autofavorcerse, con lo que perpetran la desigualdad de los que menos
agencia tienen, ya sea a través de la discriminación o la inmovilidad. Los efectos de la
desigualdad de oportunidades tienden a retroalimentarse a través del tiempo: las
desigualdades políticas, económicas y sociales se reproducen a través de
generaciones, conllevando a la “trampa de la desigualdad”. La razón por la que la
desigualdad de oportunidades persiste, pese a ser tan dañina para la prosperidad a
largo plazo y un crecimiento sostenido, es porque hay algunas preferencias personales
que pesan más: La distribución de la riqueza se encuentra muy correlacionada con las
distinciones sociales que estratifican a las personas, comunidades y personas en
grupos dominantes y en grupos dominados. Estos patrones persisten en el tiempo pues
las diferencias económicas y políticas son reforzadas por el uso, también arbitrario, del
poder por parte de las élites, que protegen sus intereses. Las propias desigualdades
crean su propia persistencia. La desigualdad de oportunidades no solo nos hace caer
en la trampa de la desigualdad, sino evita el desarrollo sostenible y la reducción de la
pobreza.

Los patrones de desigualdad en el mundo han cambiado. Entre los 60’s y los 80’s la
desigualdad en cuanto a esperanza de vida en diferentes países ha decaído gracias a
un aumento en estos índices en los países más pobres como causa de la diseminación
de nuevas tecnologías de la salud y esfuerzos en salud pública en los lugares con
mayores índices de mortalidad. Además, la desigualdad en el acceso a la escuela
también ha decaído, al aumentar los niveles de logro escolar en la gran mayoría de
países. Sin embargo, y pese a que la esperanza de vida y la escolaridad convergen
entre los países, no ha sucedido lo mismo con el ingreso y el consumo, por lo que aún
existe una gran desigualdad en el mundo.

Existen 2 razones por las que la inequidad afecta el bienestar a largo plazo. La primera
es que hay varias fallas de mercado en los países en desarrollo, las cuales pueden
surgir debido a fallas intrínsecas o porque ha habido distorsiones impuestas por
políticas. Con la existencia de mercados imperfectos, las desigualdades de riqueza y
poder de significarán oportunidades desiguales, conllevando al desperdicio de
potencial productivo y la asignación ineficiente de recursos, que no fluirán a donde
mayores tasas de retorno reciban. Corregir las fallas de mercado es lo más ideal en
estos casos, pero en caso no se pudiera, debido al gran coste que este implica o
porque resulte simplemente inviable, la redistribución en algunas de sus formas
(acceso a servicios, activos o influencia política) pueden mejorar la eficiencia
económica.
En un mercado de Capitales ideal, no habría relación entre la distribución de riqueza y
la inversión: cualquiera que tuviese una oportunidad rentable de inversión podría tener
financiamiento u ofrecer un aval para que la firma asuma el riesgo, contrario a lo que
sucede en realidad. Los mercados de crédito también son imperfectos, pues existe un
racionamiento de este, condicionado a los diferentes prospectos de clientes, además,
las tasas de interés varían entre prestamistas y prestatarios de tal forma que no tienen
que ver con el riesgo determinado u otros factores económicos, sino con los factores
socioculturales mencionados al inicio. Los mercados de tierra también manifiestan
varias fallas en los países en desarrollo: no existe una clara titulación, así como hay
una concentración de la propiedad, además, los mercados de renta son imperfectos.
Lo mismo ocurre con los mercados de capital humano: Los padres no toman las
mejores decisiones para sus hijos, originando una subinversión, además los retornos de
la educación están influenciados por la discriminación, el capital social y la localización.
La discriminación y la estereotipacion son mecanismos que reproducen la desigualdad
entre grupos, estos bajan la autoestima, el esfuerzo y frenan el crecimiento

La segunda razón se da porque los grandes niveles de desigualdad política y


económica tienden a llevar a las instituciones económicas y sociales a favorecer a
aquellos que mayor influencia tienen. El punto central es que inicialmente, un poder
desigual conlleva a la formación de instituciones que ratifiquen este poder y
reproduzca la desigualdad inicial de poder, status y riqueza. Los costos económicos
generados por estas instituciones que van en contra de la equidad son altos. Los
derechos individuales y de propiedad son respetados arbitrariamente, la distribución
de servicios públicos favorecerá a los ricos, mientras que las clases medias y bajas
tendrán potenciales no explotados. La creación de instituciones eficientes son
fundamentales para que la gran mayoría se sienta incluida dentro de su país, pero las
instituciones económicas justas existen solo cuando la distribución del poder no es tan
desigual y en situaciones en donde hay restricciones al uso del poder. La evidencia
muestra que los países que tomaron una senda más institucional, promoviendo una
prosperidad sostenida, lo pudieron lograr debido a una mayor justicia en cuanto al
balance de poder e influencia política.

Existirán varios trade-offs en cuanto a eficiencia y equidad. Si bien una mayor equidad
implicará un mejor funcionamiento económico, mejores instituciones y un menor
conflicto, los beneficios de largo plazo que trae una mayor equidad son difíciles de
medir y contraponer a los costos de varias políticas. Asimismo, no ignorar que en el
corto plazo las políticas pro-equidad no deben desincentivar a privados debido a los
posibles esquemas de impuestos que estimulen la redistribución y que atenten contra
la inversión y producción, es por ello que se deben diseñar las políticas de equidad con
cuidado.

La agenda de un crecimiento equitativo no difiere de la agenda de reducción de


pobreza, más bien, esta le da un mayor valor. Los pobres son los más afectados por la
desigualdad, al ser ellos los que menor voz, ingresos, y acceso a servicios tienen. En
una sociedad equitativa, los pobres se beneficiarían al tener mayores oportunidades, y
debido a una cada vez mejor institucionalidad, más potenciales. Se ha comprobado que
la elasticidad del crecimiento de la reducción de pobreza cae con mayor desigualdad
de ingresos. Es decir, a mayor desigualdad de ingresos, el crecimiento hará que la
reducción de pobreza se reduzca aun menos, por lo que un crecimiento pro-pobre
conllevará a una mayor equidad.

La mejor política pro equidad será producto del contexto del país, el informe se limita a
dar las siguientes recomendaciones base:

Capacidades Humanas

Desarrollo en la infancia temprana: En muchos países en desarrollo los servicios


provistos por el estado magnifican las desigualdades en el nacimiento en vez de
atenuarlas. La acción pública se debe guiar bajo el principio de que las circunstancias
de nacimiento no influyan en la adquisición de capacidades humanas. Las iniciativas
de desarrollo temprano mediante la inversión en la temprana infancia traerán más
retornos que la propia educación formal al tener mayores efectos en la salud y la
predisposición a aprender.

Escolaridad: Se debe garantizar un nivel básico de habilidades, indispensable para


participar en sociedad y contribuir a la economía global. En muchos países, incluso los
de ingreso medio, niños con un nivel de educación básica no tienen un adecuado logro
escolar bajo estándares internacionales. En muchos casos el problema no es el acceso
a la escolaridad, sino la calidad de esta, lo cual es un problema de oferta. La demanda
también es afectada, pues los padres pueden subinvertir en educación por diferentes
motivos. Mejorar los incentivos de los maestros, la infraestructura escolar y aplicar
mejores metodologías de aprendizaje son acciones a tomar.

Salud: Hay dos formas de reducir la desigualdad y las distorsiones: generar


externalidades positivas al proveer la inmunización, agua y sanidad, así como
información sobre higiene y cuidado infantil. Segundo, los mercados de seguros
médicos suelen ser incompletos, por lo que el estado debe garantizar una cobertura
total.

Manejo de riesgos. Ante shocks negativos, los pobres son los más vulnerables: no los
pueden ni controlar ni evitar. Se deben elaborar sistemas de protección social más
amplios para prevenir la mayor desigualdad futura compensando, mediante las redes
de seguridad, a los perdedores de estos procesos.

Impuestos equitativos: Nivelar el campo de juego requiere recursos, sin embargo, esto
debe lograrse sin crear mayores distorsiones que comprometan el crecimiento. Un
estado legítimo y representativo son la precondición a un buen sistema impositivo, la
confianza en las instituciones políticas predispondrá mejor a los individuos a pagar sus
impuestos.

Justicia, tierra e infraestructura

Erigir sistemas de justicia equitativos: Estos garantizarán los derechos políticos de los
ciudadanos y disminuirán la captura del estado por las élites. Pueden igualar las
oportunidades económicas definiendo derechos de propiedad y asegurar la no
discriminación en los mercados. La equidad de la ley dependerá en gran medida del
grado de independencia de los sistemas judiciales y del rendimiento de cuentas del
estado.. Las medidas que hacen más accesible el sistema legal, como la ayuda legal o
las cortes móviles, reducen la exclusión de derechos que algunos grupos sufren.
Acceso a tierra y mayor equidad: La propiedad no es requisito indispensable para un
mayor acceso, indispensable en muchas partes del mundo, más bien, constituir bien
los mercados de tierra y la tenencia de los más pobres es la mejor opción. Asimismo, la
redistribución de esta será permitida sólo cuando haya grandes desigualdades en la
propiedad, pero se podría ver dificultada en un sistema con derechos de propiedad
legitimados, pues existirían grandes trade offs al querer implementar esto. La
expropiación es la peor opción, mejor es entregar tierras en propiedad del estado y
recuperar propiedades ilegales.

Proveer infraestructura equitativamente: Caminos, electricidad, agua, sanidad,


telecomunicaciones son infraestructura de poco o nulo acceso a mucha gente pobre de
los países subdesarrollados, lo cual los priva de oportunidades de participación en el
mercado. Las privatizaciones han significado una mayor cobertura en muchos países
en desarrollo, pero a un mayor precio, por lo que los beneficios dependen de la calidad
regulatoria del país. El estado debe aliarse con los beneficiarios para crear una voz
popular que vele colectivamente por el cumplimiento de los derechos a la provisión de
servicios, así como la exigencia de acceso a los proveedores.

Mercados y la macroeconomía

Mercados financieros: El mercado financiero está controlado por unos cuantos bancos
que no asignan eficientemente el crédito a quienes mayor retorno podrían ofrecer,
sino a las firmas grandes que más seguridad tienen. Se debe ampliar el acceso al
sistema financiero, así como exigir un rendimiento de cuentas de este.

Mercados de trabajo: Por un lado, se debe buscar un balance entre la flexibilidad para
los trabajadores formales, y protección para los informales, de tal forma que existan las
mismas condiciones laborales para todos los trabajadores. Se buscará el cumplimiento
de la legislación laboral básica, así como la libre asociación o unión entre trabajadores.
Se deben emplear políticas no distorsionadoras, como seguros de desempleo y
mínimos salariales.

Estabilidad Macroeconómica: Cuando las instituciones son débiles y están capturadas,


el país es más propenso a sufrir una crisis macroeconómica. Los pobres son los que
más sufren pues no pueden asumir los riesgos, a esto se suma la gran carga que se les
impone a la hora de salir de la crisis. Se debe mezclar una política contracíclica y la
construcción de redes de seguridad, así como una mayor independencia institucional
de la influencia política.

En un nivel global, el campo de juego también se puede nivelar si se da una mayor


participación a los países pobres en la determinación de reglas globales y se toman
más acciones para nivelar las dotaciones de estos países y los pobres en genera

Bibliografía:

2005 Banco Mundial, "World development report 2006 : equity and development"
Washington, D.C. : World Bank : Oxford University.