Está en la página 1de 398

biblioteca abier ta

colección general antropología


Los niños de la miseria
Bogotá siglo xx
Los niños de la miseria
Bogotá, siglo xx

Cecilia Muñoz V.

Ximena Pachón C.

2018
catalogación en la publicación universidad nacional de colombia

Fenomenología y hermenéutica en la sociología contemporánea / Jorge Enrique González, editor. -- Primera


edición. -- Bogotá : Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Ciencias Humanas. Departamento
de Sociología, 2018.
374 páginas. -- (Biblioteca abierta. Serie sociología ; 477)

Incluye referencias bibliográficas al final de cada capítulo e índice de materias


ISBN 978-958-783-561-8 (rústica). -- ISBN 978-958-783-560-1 (e-book)

1. Schütz, Alfred, 1899-1959 -- Crítica e interpretación 2. Giddens, Anthony,


1938- -- Crítica e interpretación 3. Fenomenología 4. Hermenéutica 5.
Sociología fenomenológica I. González, Jorge Enrique, 1955-, editor II. Serie

CDD-23 301.01 / 2018

Los niños de la miseria


Bogotá, siglo xx

© Biblioteca Abierta
Colección General, serie antropología

© Universidad Nacional de Colombia,


Sede Bogotá, Facultad de Ciencias Humanas,
Departamento de Antropología, 2018

Primera edición, octubre de 2018


ISBN impreso: 978-958-783-561-8
ISBN digital: 978-958-783-560-1

© Autores varios
Cecilia Muñoz V.
Ximena Pachón C.

Facultad de Ciencias Humanas


Comité editorial
Luz Amparo Fajardo Uribe, Decana
Nohra León Rodríguez, Vicedecana Académica
Jhon Williams Montoya, Vicedecano de Investigación y Extensión
Gerardo Ardila, Director del Centro de Estudios Sociales -CES-
Jorge Aurelio Díaz, Director de la revista Ideas y Valores, representante de las revistas
académicas
Rodolfo Suárez Ortega, Representante de Unidades Académicas Básicas

Diseño original de la Colección Biblioteca Abierta


Camilo Umaña

Preparación editorial
Centro Editorial de la Facultad de Ciencias Humanas
Camilo Baquero Castellanos, Director
Laura Morales González, Coordinadora editorial
Juan Carlos Villamil Navarro, Coordinador gráfico
Carlos Contreras, Maquetación
Carlos Mauricio Granada, Corrección de estilo
editorial_fch@unal.edu.co
www.humanas.unal.edu.co

Bogotá, 2018

Impreso en Colombia
Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio,
sin la autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales.
Contenido

Un largo camino hasta llegar a Los niños de la miseria. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11

Historia y contexto
Breve historia de los niños de la miseria
en América Latina y Colombia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 33
Bogotá, en cuyas calles vivieron los niños de la miseria
en el siglo xx . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 55

Los niños de la miseria en Bogotá


Niños huérfanos, abandonados y limosneros ocupan
las calles de la ciudad. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 87
Los niños callejeros viven entre la vagancia,
el trabajo y la delincuencia. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 145
Niños delincuentes y criminales son el terror de la ciudad . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 219
Niños trabajadores usados y explotados. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 279

Reflexiones finales
Los medios y la miseria de los niños. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 339

Dossier fotográfico
Abandonados, huérfanos y limosneros. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 367
Niños callejeros. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 367
Niños delincuentes. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 367
Niños trabajadores. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 367

Bibliografía. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 363
Sobre las autoras . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 367
Índice analítico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 371
A los niños que no fueron protegidos
de la maldad humana.
Y a los periodistas y doctos que crearon
conciencia sobre sus desgracias y luchas
Un largo camino hasta llegar
a Los niños de la miseria

No es posible entrar directamente al libro de Los niños de la


miseria sin compartir con los lectores el largo camino recorrido por
las autoras, cuyo comienzo se dio con el encuentro docente en la
Universidad Nacional y la posterior colaboración en la investigación
sobre los gamines en Bogotá. Este camino de investigación se bifurcó
desde el comienzo pero produjo un nuevo encuentro con los estudios
sobre historia de la niñez, a través del análisis de los documentos
periodísticos del siglo xx. Aunque las autoras tomaron caminos dife-
rentes de formación académica y realizaron sus estudios desde vértices
distintos, la colaboración e indagación sobre la historia de la infancia
continuó y tuvo como frutos los libros Gamines: testimonios, La niñez
en el siglo xx, La aventura infantil a mediados de siglo y Réquiem por
los niños muertos. Es este momento se presentan los resultados de la
investigación sobre los niños de la miseria en Bogotá, donde se cruzan
la preocupación por los niños habitantes de la calle y su recorrido
histórico en el siglo xx.

El primer encuentro
Este largo camino de investigación compartida se inició cuando
en 1966 Cecilia Muñoz y Ximena Pachón se conocieron. La primera

11
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

había vuelto a Colombia luego de realizar sus estudios en sociología


en la flacso, en La Universidad de Münster bajo la tutoría del pro-
fesor Helmuth Schelsky, así como en el Instituto de Países en Vía de
Desarrollo de la Universidad Católica de Lovaina, y se desempeñaba
como instructora asociada de la Facultad de Sociología de la Uni-
versidad Nacional. En ese momento, Ximena Pachón era alumna
suya. Unos años después comenzaría el trabajo en equipo, cuando
en 1970 Cecilia Muñoz terminó sus estudios en Organización Social
en la Universidad de Cornell, bajo la dirección de Rose K. Goldsen, y
regresó a la facultad, como candidata a PhD y con el plan de enseñar
y al mismo tiempo elaborar su tesis. Al llegar a la universidad, el
Departamento de Sociología, guiado ahora por el doctor Darío Mesa
y dirigido administrativamente por Hésper Pérez, había cambiado su
paradigma teórico, en el que la investigación empírica y la formación
sociológica que algunos de los antiguos profesores habían adquirido
en universidades norteamericanas, siguiendo las orientaciones que
habían trazado Fals Borda, Camilo Torres y Andrew Pierce, estaban
ahora prácticamente vetadas. Los recién llegados eran vistos como
los representantes de la “sociología norteamericana funcionalista”,
de clara “orientación empírica”, despreciada claramente por el nuevo
paradigma teórico fundamentado en el pensamiento de Max Weber
y Karl Marx, donde la construcción teórica debería ser la base de la
formación sociológica. Esta situación llevó a la renuncia colectiva de
un grupo importante de profesores.
El destino de algunos de estos docentes fue el Departamento
Nacional de Planeación, el de otros, la Universidad del Valle, la Uni-
versidad de Antioquia y la Universidad de los Andes, y posteriormente
los intentos de crear centros de investigación privados. Orlando Fals
Borda siguió dedicado a la investigación empírica, que siempre había
fomentado y realizado, buscando interpretar sus hallazgos a la luz de
la teoría sociológica que él iba creando poco a poco, bajo la dimensión
histórica de los lugares a los cuales se acercaba según el esquema de
investigación-acción. Esa situación, que podía verse inicialmente
como un fracaso de la orientación original de la escuela de sociología
de la Universidad Nacional, fue por el contrario lo que permitió una
expansión de la disciplina hacia la comprensión de las regiones como

12
Un largo camino hasta llegar a Los niños de la miseria

unidades sociales y económicas y hacia temas más específicos, como


la violencia, los desarrollos regionales y municipales, la mujer y la fa-
milia, la niñez y los niños. Muchos de estos trabajos tuvieron una clara
orientación etnográfica y descriptiva, otros utilizaron las encuestas y
los análisis demográficos.
Ximena Pachón, entretanto, había terminado su formación no en
sociología, sino en el recién establecido Departamento de Antropología
y trabajaba en el Departamento Administrativo de Bienestar Social
del Distrito, en un incipiente centro de investigación donde había
sido llevada por el doctor Eduardo Laverde, psicoanalista y profesor
del Departamento de Psicología de la Universidad Nacional. Como
funcionaria pública había entrado en contacto con los gamines, de
manera especial con José Parra, un pequeño lustrabotas que la vi-
sitaba con frecuencia y le prestaba sus servicios mientras ella trataba
de conversar con él y recoger su historia personal y familiar a través de
fragmentos que él le narraba.
Fue en ese momento cuando las autoras se encontraron y pensaron
que podrían realizar juntas una investigación sobre la forma de vida
y la organización social que los niños gamines habían desarrollado
en la calle. Se debe recordar que en la década de los sesenta y setenta
la presencia masiva de gamines en las calles de Bogotá era uno de los
principales problemas sociales de la ciudad. Las investigadoras iniciaron
su trabajo conversando con estos niños y realizando entrevistas con
los que encontraron en las instituciones de protección del Distrito,
así como en la Cárcel de la Treinta, en Fagua, en el Albergue Infantil
y en el Amparo de Niños, entre otros establecimientos destinados a
albergar a los niños callejeros.

Estudios cualitativos que guiaron la


investigación sobre niños callejeros
El trabajo de campo les permitió descubrir que muchos de estos
chiquillos eran migrantes entre sus hogares, las instituciones que
los acogían y la calle: en cada una de estas situaciones, vivían cortos
o largos periodos. Encontraron que en las familias de estos niños, a
quienes visitaban y con quienes realizaron múltiples estudios de caso,
se presentaban situaciones similares a las analizadas por muchos de

13
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

los sociólogos y etnólogos que en la década de los treinta hicieron


parte de lo que se denominó la escuela de sociología criminal de
Chicago1. Dentro de esta escuela se desarrollaron los trabajos de los
sociólogos Shaw y Mackay, interesados en indagar sobre el crimen y la
delincuencia, quienes buscaron demostrar que estos fenómenos eran
una respuesta normal a las características sociales y culturales de la
comunidad, y, de esta manera, explicaron cómo el comportamiento
“desviado” se encontraba de manera especial entre los hombres ur-
banos de las clases bajas. A principios de los años cuarenta del siglo
pasado, Shaw y Mackay investigaron el comportamiento criminal en
la ciudad de Chicago, de donde surgió la “teoría de la desorganización
social”. Un aspecto importante de su metodología, eminentemente
cualitativa, era el uso de “historias orales”, mediante las cuales ela-
boraron varios de sus estudios, entre ellos su trabajo etnográfico

1 Con esta denominación se hace referencia a un corpus amplio y variado de


trabajos que emergió entre los años 1920 y 1930 centrado en la sociología
urbana, con un fuerte énfasis en los estudios de campo de carácter
etnográfico realizados en la ciudad de Chicago. Su surgimiento obedece a
la necesidad de entender y enfrentar los múltiples problemas sociales que
surgen en los Estados Unidos en la primera mitad del xx, relacionados
con el crecimiento de las ciudades, atestadas de inmigrantes extranjeros.
La industrialización y la migración acelerada crean una nueva ciudad, un
nuevo “hábitat”, un centro multirracial y cultural de donde emergieron
nuevos problemas sociales. La Universidad de Chicago, una de las más
antiguas y prestigiosas de los Estados Unidos, a la que está adscrita la revista
American Journal of Sociology, que se publica desde 1895, fue la institución
que lideró esta escuela. Su antecedente más próximo se encuentra en la obra
de W. I. Thomas y F. Znaniecki, The Polish peasant in Europe and America:
Monograph of an immigrant group (Chicago: University of Chicago Press,
1918). Este estudio dio origen a múltiples conceptos que buscaban explicar
la “conducta desviada” y establecía la necesidad de conocer los problemas
sociales “desde adentro”. Dicho enfoque metodológico dio lugar a un
conjunto muy amplio de investigaciones de campo. El uso de métodos de
investigación cualitativa, además de las tradicionales técnicas estadísticas,
es una de las características de esta escuela. La adopción por muchos de sus
representantes del “método antropológico de la observación activa” implicó
internarse personalmente en los lugares de la ciudad donde se suponía que
existía mayor prevalencia de población delictiva.

14
Un largo camino hasta llegar a Los niños de la miseria

Brothers in Crime2, donde aparece el concepto de “contagio social”.


Estos autores usaban las historias orales para documentar el medio
social en el cual estaban inmersos los jóvenes delincuentes, su hogar,
su vecindario, su escuela, amigos y relaciones con la policía, así como
para establecer sus carreras delictivas.
Se trataba de realidades familiares y sociales similares a las
descritas posteriormente por Oscar Lewis, quien introdujo el estudio
de la pobreza desde un punto de vista social, así como el concepto de
“cultura de la pobreza”. En su texto Antropología de la pobreza3,
Lewis recoge su trabajo etnográfico y brinda un cuadro íntimo de
la vida cotidiana de cinco familias mexicanas, cuatro de las cuales
pertenecen a los sectores más pobres de la ciudad de México. Lewis
busca comprender “desde dentro” lo que estas personas viven, lo que
sienten, su manera de hablar, sus costumbres y gustos, lo que comen,
lo que compran, lo que les gusta hacer. El autor, ubicado en la cultura
de los pobres, plantea la necesidad metodológica de vivir con ellos,
aprender su lengua y costumbres e identificarse con sus problemas
y aspiraciones. Utiliza cuatro formas de acercamiento al problema:
la primera implica utilizar en el análisis de la familia las categorías
tradicionales para el estudio de las comunidades, la segunda busca
observar la historia familiar a través de los ojos de cada uno de sus
miembros, la tercera se centra en la selección de un problema o suceso
especial frente al cual reaccionaba toda la familia y, finalmente, una
cuarta aproximación consiste en estudiar la familia como un todo.
El autor llama a su método “realismo etnográfico”, pues no se trataba
de ficción ni de antropología convencional, sino de una selección de
personajes y situaciones que emergían de la realidad misma del
trabajo de campo.
En otros trabajos cualitativos, como aquel extraordinario estudio
que realizó William Foote Whyte, se describía la vida de los jóvenes
pobres en calles de las barriadas de las grandes ciudades. Whyte fue
un sociólogo conocido fundamentalmente por su trabajo etnográfico

2 Clifford Robe Shaw y Henry Donald McKay, Brothers in Crime (Chicago:


The University of Chicago Press, 1938).
3 Oscar Lewis, Antropología de la pobreza; cinco familias (México: Fondo de
Cultura Económica, 1961).

15
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

en una pequeña comunidad de migrantes italianos en Boston, re-


conocida como una zona altamente peligrosa por sus índices de
criminalidad. Mediante la observación participante, este científico
investigó las relaciones sociales de las pandillas callejeras de esa
ciudad y describió las formas de organización social que allí se daban,
estas realidades fueron consignadas en su libro Street Corner Society4,
considerado desde su publicación como un clásico de la sociología y
un modelo para los estudios etnográficos.
El regreso de Oscar Lewis en 1961 con su libro The Children of
Sánchez 5 trajo de nuevo la etnología a primer plano con el uso de
las historias de vida, la vida en la familia, los eventos familiares, la
manera de ser de los padres, la vida en las escuelas, los compañeros,
los maestros en la temprana infancia y en la adolescencia, elaboradas
con la mirada puesta en cada uno de los cuatro hijos de Sánchez:
Manuel, Roberto, Consuelo y Marta. Posteriormente, Lewis continuaba
su trabajo indagando la mirada de cada miembro del hogar sobre la
construcción de la familia propia, su conversión en padres y madres,
su vida laboral y su presencia en la comunidad. A lo largo de estas
historias, se iban entrelazando sus opiniones, valores y creencias.
En la parte final del libro se consignaban sus experiencias en activi-
dades delictivas tanto en el trabajo como en la calle.
Por último, tenemos que mencionar el trabajo en comunidades
pobres de la ciudad de Washington realizado en 1967 por el historiador
y antropólogo social Elliot Liebow. Allí pasó cerca de veinte meses,
trabajando con hombres y mujeres que a principios de la década de los
sesenta se reunían rutinariamente en una esquina callejera y sus alre-
dedores. El resultado de esta investigación quedó consignado en Tally’s
Corner6, un libro que explora la relación de estos hombres con el trabajo,
con sus mujeres y amantes, con sus hijos y entre ellos mismos, y en el
que se describen las formas de organización social delincuenciales o

4 William Foote Whyte, Street Corner Society: The Social Structure of an


Italian Slum (Chicago: Chicago University Press, 1943).
5 Oscar Lewis, The children of Sanchez: Autobiography of a Mexican Family.
(New York: Vintage Books, 2011).
6 Elliot Liebow, Tally’s Corner: A Study of Negro Streetcorner Men (Boston:
Little Brown & Company, 1967).

16
Un largo camino hasta llegar a Los niños de la miseria

semidelincuenciales en las que participaban. Para la realización de esta


investigación, centrada en la pobreza de la población negra en la capital de
los Estados Unidos, la información fue recogida utilizando el método
de la observación participante, mediante la inmersión del investigador
en la vida comunitaria y la cultura, a través de lo cual logró entender
las dinámicas de las problemáticas estudiadas. Liebow acompañó a los
hombres a los bares y a las fiestas, fue a las audiencias judiciales y
los visitó cuando fueron llevados a la cárcel. Con la pluma de un novelista
y la mirada de un antropólogo, el autor descifró los códigos no escritos y
los comportamientos que gobiernan la vida de las personas estudiadas,
guardando cuidadosamente sus identidades y aun la ubicación exacta
del lugar donde desarrolló su investigación.
Los libros anteriormente señalados intentaban reconstruir una
narración literaria, en donde los autores describían la organización
social, la cultura y la manera de ser de los pobres. La lectura de estos
textos, por las autoras de este libro durante su formación académica,
unida a la de cuentos infantiles del siglo xix, que las investigadoras
habían leído cuando eran niñas, como Las aventuras de Tom Sawyer
y de Huckleberry Finn, de Mark Twain; Mujercitas, Hombrecitos y Los
muchachos de Jo, de Luisa May Alcott; Las desventuras de Sofía, Juan
que llora y Juan que ríe, François el jorobado de la Condesa de Segur,
y, claro está, Corazón de Edmundo D’Amicis, las orientaba hacia la
investigación cualitativa de carácter etnográfico.

Los niños callejeros: historias de vida


y observación participante
Ahora bien, las condiciones en las familias pobres y la vida en
la calle y en las instituciones encargadas de los niños y jóvenes ga-
mines en Bogotá, que Cecilia Muñoz y Ximena Pachón estudiaban,
eran similares a las que los sociólogos y literatos habían descrito.
La diferencia radicaba en que su vida al margen del control adulto se
desarrollaba, no en las calles de las barriadas donde vivían sus familias,
sino en las calles centrales de la ciudad, donde podían conseguir, a
través de la limosna, el robo, pequeños trabajos y la organización de
las “galladas”, los medios necesarios para sobrevivir. Los gamines eran
recogidos por la policía en redadas nocturnas para limpiar las calles de

17
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

la molestia que su algarabía callejera representaba para la ciudadanía,


y eran llevados a las instituciones de protección, donde todos los niños
ampliaban sus contactos para sobrevivir en la calle.
En la investigación sobre los gamines, el trabajo de recolección
de la información se centró en el registro testimonial de los niños vi-
sitados en sus familias, en las instituciones y en las calles de la ciudad
Bogotá. Ese material, a medida que iba siendo revisado, daba cuenta
de las formas de organización social y económica desarrolladas por
ellos y de mecanismos formales de distribución que, como “el pormis”,
les permitía repartir los bienes recogidos para su supervivencia y
garantizar el acceso generalizado a ellos.
La recolección del material duró cerca de dos años. Se acumularon
entrevistas obtenidas en la calle, en las familias y en las instituciones,
así como observaciones sobre el deambular de los niños por la ciudad,
que incluían periodos de acompañamiento en sus recorridos habituales
a través de las calles, procesos de búsqueda de algunos miembros de
galladas o líderes que las investigadoras consideraban que valía la
pena entrevistar, visitas a las familias y estadías en las instituciones,
donde las autoras acudían para tener con ellos largas conversaciones,
a la manera de entrevistas no estructuradas. En las visitas a las fa-
milias, se llevaron a cabo entrevistas con padres y hermanos, y en
las instituciones, con el personal de profesores, cuidadoras y con los
directores y especialistas de las casas refugio o de los asilos. Todo lo
anterior fue complementado con observaciones y descripciones de las
diversas situaciones vividas con ellos en un diario de campo detallado
y con las historias de vida.
Lentamente y sin proponérselo, los niños de las instituciones
improvisaban escenas teatrales sobre la vida cotidiana en las calles,
y narraban historias donde aparecían nuevas y peligrosas situaciones
alrededor de actividades como el comercio de dólares y la prostitución
a las que estaban vinculados. Al acompañarlos en sus recorridos por
las calles, también se descubrieron nuevos personajes del comercio
callejero y de restaurantes con los cuales entraban en contacto a través
de la limosna de alimentos. La calle aparecía como el lugar más in-
dicado de investigación. Sin padres o maestros que los vigilaran, los
niños se expresaban libremente. Fue un largo trabajo de campo que

18
Un largo camino hasta llegar a Los niños de la miseria

siguió en principio una metodología muy tradicional, pero que por la


naturaleza misma del problema implicaba la creación de estrategias
nuevas de investigación.
A las investigadoras les tomó mucho tiempo la sistematización de
ese material. Algunas veces, se dedicaban a reconstruir las historias
de las galladas, su conformación y organización social, la forma en que
se capacitaban en los oficios principales que los niños desempeñaban,
como el de “campaneo”, “abatanero”, “estuchero” y “apartamentero”.
Otras veces exploraban la manera como los miembros de la gallada
se distribuían lo obtenido a través de la limosna, el robo callejero o
el robo en almacenes y viviendas. Con trozos y trozos de diferentes
entrevistas, intentaban reconstruir la forma de organización que los
gamines tenían en la calle, en los diferentes territorios que ocupaban y
explotaban económicamente, la forma como las galladas se apropiaban
de la ciudad y la lucha por los lugares de mayor “productividad”.
También exploraban las modalidades de control que estos niños
habían desarrollado para mantener la cohesión del grupo y evitar
las deserciones, las formas de castigo que recibían quienes atacaban los
bienes de la gallada, infringían las normas del “pormis” o se convertían
en tránsfugas entre los grupos. Las investigadoras también intentaban
reconstruir narraciones sobre la vida en las calles durante la noche,
las camadas, la dormida en los andenes, las entradas y salidas de la
policía, la manera como se atacaban violentamente estos niños entre sí
y como peleaban con las distintas galladas, las recogidas de comida en
los restaurantes y casas de familia, las maneras como se relacionaban
con los protectores, explotadores y abusadores ocasionales, con quienes
se encontraban y de los que finalmente se alejaban.
Era importante para la investigación poder esclarecer el proceso
entre la primera salida del niño a la calle y su transformación en
miembro importante de la gallada. Poco a poco, las investigadoras
se dieron cuenta que a medida que unían los datos y fragmentos de
historias recogidas, se iba construyendo una idea más clara de la vida
de estos niños, que vagaban entre la calle, la casa y las instituciones de
encierro y cuidado, espacios en los que permanecían en cuanto les
resultaran atractivos y benéficos, y que abandonaban cada vez que
les eran intolerables.

19
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Las autoras no querían convertir el material cualitativo que


habían recolectado en una unidad de investigación cuantitativa; por
el contrario, les parecía importante conservarlo como una narración,
hecha por los niños de la calle y armada por ellas, que dejara cons-
tancia de la manera de vivir de estos chicos desde su propio punto de
vista. ¿Cómo hacer, a partir de todos esos trozos de imágenes, unas
unidades que pudieran convertirse en narraciones sencillas? Esta
era una clara preocupación. Las investigadoras habían accedido a la
vida de los niños en las galladas y en la calle, en las instituciones de
protección y en sus familias de origen. Estas eran las tres realidades en
las que ellos, como pequeños migrantes urbanos, oscilaban tratando
de obtener los mayores beneficios de cada una de ellas y alejándose
cuando las condiciones les resultaban difíciles por un encierro pro-
longado, por hambre, por castigos que no estaban dispuestos a tolerar
más o simplemente por aburrimiento.
Después de algún tiempo, lograron construir los capítulos sobre
la vida en la casa, la calle y la institución como tres unidades: la familia
Martínez, la gallada de la Bolivariana y la gallada de la Veinte, y el
Centro de Recepción del profesor Pérez, todas ellas convertidas en
una narración producto de trozos de historias de varios informantes.
Sin embargo, las descripciones fenomenológicas así construidas re-
sultaban muy cortas y mucho material importante quedaba por fuera.
Surgieron entonces los capítulos que complementaban la descripción
concreta que las investigadoras intentaban llevar a cabo con unas
descripciones más generales sobre las tres situaciones de vida que
estos niños compartían. Sobre las galladas, surgieron los capítulos
de supervivencia en la calle, el “pormis” y la zonificación del mundo
gamín y, adicionalmente, se construyeron los capítulos en los que
se describían las formas de vida familiar en los barrios pobres de la
ciudad y la vida en las instituciones, que ellos mismos recorrían e
incluían en sus narraciones.
Faltaba añadir, como entrada, la historia de El Muñeco, José Parra,
el pequeño lustrabotas que las acompañó a lo largo de la investigación
y con quien lograron, gracias a la convivencia, las entrevistas y el co-
nocimiento mutuo, una de las mejores historias de vida. Se incluyeron
también las reflexiones finales alrededor de cuatro temas: el gamín como

20
Un largo camino hasta llegar a Los niños de la miseria

un fenómeno histórico, que está presente en varias épocas y en dife-


rentes sociedades, el gamín como migrante y recolector permanente, el
gamín como trabajador y el gamín como un niño que deja de serlo muy
pronto, debido a la condición de vida que tiene que asumir y soportar
en la casa, en la calle y en la institución. Surgía así, como totalidad, el
libro de Gamines: testimonios, que fue editado inicialmente por Carlos
Valencia Editores en 1980 y posteriormente por el Círculo de Lectores.

Estudios históricos y literarios guiaron el


análisis de la investigación sobre gamines
Las autoras establecieron que en diferentes períodos de la his-
toria universal había referencias a los niños que vivían en las calles y
utilizaban la limosna, los trabajos callejeros y los comportamientos
delictivos para sobrevivir, mientras aceptaban y perseguían con
ahínco los ideales sociales vigentes. Los encontraron en las descrip-
ciones de las Cruzadas de los niños, recorriendo Europa en galladas
de depredadores que robaban cuanto podían y pedían limosna por
doquier para poder llegar a la ansiada Jerusalén. En la biografía de
Thomas Platter del siglo xvii encontraron la gallada de niños que
se encargaban de conseguir los recursos de subsistencia a través
del robo, la limosna y pequeños trabajos, mientras Thomas Platter
recogía conocimientos a hurtadillas por las escuelas de los pequeños
poblados que esos niños iban cruzando en su deambular por Alemania.
En el siglo xix la literatura inglesa traía múltiples referencias de niños
trabajadores, deshollinadores y carboneros, limosneros o ladrones,
delincuentes en pequeños e improvisados grupos o como parte de
grupos mayores, explotados algunas veces por adultos delincuentes
que armaban amplias redes de niños callejeros para recoger recursos
de supervivencia, pero también de niños aventureros que recorrían
amplias zonas rurales sobreviviendo como podían. Hallaron también
descripciones similares que recogían historias sobre la vida liber-
taria de la calle, que alejaba a los niños de la presión de sus hogares,
donde padecían la escasez de recursos económicos y el maltrato, y de
las instituciones, donde el castigo y el aislamiento los reducían y los
convertían en presos desesperados. Esta era la vida característica de
los niños de la miseria en Bogotá en el siglo xx.

21
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Primeros trabajos etnográficos


A comienzos de la década de los setenta, las autoras colaboraron en
la investigación que desarrollaba el Instituto Colombiano de Bienestar
Familiar (icbf) sobre nutrición y desarrollo mental, bajo la dirección
del médico y psicoanalista Francisco Cobos, con el patrocinio de la
Universidad de Harvard y la Universidad de Cornell. Durante esta
experiencia, tuvieron la oportunidad de trabajar coordinando un
proceso de observación con familias de bajos ingresos que tenían hijos
pequeños. Visitaron sus casas, pasaron muchas horas con las madres
y, sobretodo, observaron las actividades cotidianas de los niños en sus
cuartos y patios de inquilinato, y realizaron etnografías al respecto.
Posteriormente, Ximena Pachón trabajó al dane, en un proyecto
piloto del Censo Nacional de Población y Vivienda, que buscaba di-
señar una metodología censal para ser utilizada en el contexto de los
pueblos indígenas. El convulsionado departamento del Cauca y sus
resguardos indígenas fue el lugar donde se llevó a cabo este trabajo
que se ejecutó con el recién creado Consejo Regional Indígena del
Cauca (cric). A principios de 1976, Pachón viajó París para hacer su
formación en Antropología Social y Etnología, en la École des Hautes
Études en Sciences Sociales.

El niño trabajador: análisis censales,


encuestas e historias de vida
A su vez, en 1976, Cecilia Muñoz y Martha Palacios iniciaron la
investigación sobre el trabajo infantil en la ciudad de Bogotá, donde
hicieron un análisis censal de este fenómeno entre 1951, 1964 y 1973,
además del análisis de las encuestas de hogares que ya se había realizado
en el país. Allí establecieron, por un lado, la relación inversa entre el
trabajo infantil y el grado de urbanización de los departamentos y, por
otro, el vínculo directo entre el trabajo infantil y la condición rural de
las entidades territoriales. Era clara la estrecha vinculación laboral
de los niños con las unidades familiares rurales: el vínculo de las niñas
al trabajo doméstico y el de los niños a las labores agrícolas. Se recogió
información adicional con algunos estudios de caso, a través de la
construcción de pequeñas historias de vida y de historias laborales
con niños de diferentes oficios en la ciudad de Bogotá. Este trabajo se

22
Un largo camino hasta llegar a Los niños de la miseria

publicó en el libro del Niño trabajador: testimonios, que fue editado por
Carlos Valencia Editores. El análisis de datos censales y los resultados
de la encuesta de hogares no se publicaron y quedaron simplemente
como informes usados por los periodistas para denunciar el trabajo
infantil y como documentos que aún reposan en los archivos del Banco
de la Republica. Estos datos constituyeron un valioso insumo, en un
momento en el que se renovaba el interés nacional sobre el trabajo
infantil, así como sobre las medidas que se proponían para reglamen-
tarlo en algunas ocupaciones y abolirlo en otras.
Mientras se realizaba el trabajo de campo, Cecilia Muñoz viajó a
París para explorar algunos archivos donde existía información sobre
el trabajo infantil en Francia. Ximena Pachón había encontrado un
centro de documentación, que perteneció posiblemente a una orden
religiosa, donde se guardaban cientos de informes provenientes de
diversos países de Europa sobre niños trabajadores a finales del siglo
xix y principios del siglo xx. El objetivo de estas pesquisas era en-
tender las características del trabajo infantil en Bogotá a partir de las
experiencias de siglos anteriores en Europa.
Al comenzar el año internacional del niño con la denuncia sobre
el trabajo infantil en el país y en la ciudad de Bogotá, se recibió la
llamada del entonces ministro de Trabajo, Rodrigo Marín Bernal.
Cecilia Muñoz habló con él y junto con los sociólogos Carlos Becerra
y Martha Rodríguez, así como con la participación de un equipo de
funcionarios del Ministerio de Trabajo, se elaboraron algunos estudios
sobre la legislación laboral del menor trabajador y la seguridad laboral
de los menores, con el planteamiento de algunas investigaciones sobre
casos de niños trabajadores en canteras y minas, y se realizó el Censo del
Niño Trabajador en las escuelas del distrito, con el apoyo del Ministerio
de Salud, la Secretaría de Educación del Distrito y Fecode. Este censo
confirmó los hallazgos de la encuesta del niño trabajador realizada dos
años antes. La participación laboral del menor escolar era amplia no
solo en sus propias familias y en las casas vecinas, sino que también
colaboraba con sus padres en el trabajo de vendedores ambulantes o
recicladores, en pequeñas empresas familiares o era contratado por
terceros. Los niños mayores solían vincularse a talleres de manufactura.
La participación global se acercaba al 40% de los niños escolares.

23
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Nuevos trabajos en docencia e investigación


Cuando Ximena Pachón regresó de Francia, ingresó como pro-
fesora en el Departamento de Antropología de la Universidad de los
Andes y fue investigadora del Instituto Colombiano de Antropología,
donde realizó investigaciones de archivo sobre la historia de los res-
guardos y los indígenas del Cauca, así como trabajos etnográficos y
lingüísticos en esta región.
Por su parte, Cecilia Muñoz se vinculó a Hogares Club Michín,
donde realizó un trabajo de investigación-acción para reformar la
institución. Paralelamente, en esos años inició su formación como
psicoanalista en el Centro de Formación de la Sociedad Colombiana
de Psicoanálisis y se convirtió en asistente y luego profesora en el
Instituto de Psicoanálisis de la mencionada sociedad.

Historia de los niños y la niñez: trabajo


sobre fuentes periodísticas
En medio de estas actividades, las investigadoras, inspiradas por el
trabajo de Philippe Ariès, decidieron emprender de manera conjunta
el estudio sobre la historia de la niñez en Bogotá. La Fundación para la
Promoción de la Investigación y la Tecnología del Banco de la Republica
patrocinó la investigación, en la que las autoras buscaban reconstruir la
historia de los niños a través de los artículos y crónicas que los periodistas
habían publicado en la prensa capitalina. Edgar Jiménez, estudiante
de antropología, colaboró con el trabajo de archivo en la hemeroteca
de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Las investigadoras se sumer-
gieron en la prensa y revistas bogotanas desde los inicios del siglo xx.
Todo este material de artículos, noticias, propagandas y fotografías
alusivas a los niños fue fotocopiado y luego catalogado en los grandes
temas y subtemas en que se dividió el trabajo, para emprender luego el
proceso de lectura y escritura. Así fueron surgiendo los capítulos sobre
la salud y la educación de los niños, sobre su vida en familia, sobre la
religión y la recreación. De manera adicional, se estudió el infanticidio,
el abandono y el maltrato, así como la asistencia que se prestaba a los
niños pobres en la ciudad, a través de innumerables instituciones de
recepción, protección y rehabilitación, así como algunos programas
de atención alimentaria a la primera infancia.

24
Un largo camino hasta llegar a Los niños de la miseria

Cada uno de estos documentos comenzó a aparecer como tomas


parciales de una gran película, cuyo guion no había sido escrito pre-
viamente, sino que iba surgiendo a medida que se realizaba el trabajo
de lectura y se iban subrayando y extrayendo los retazos pertinentes de
la prensa que cada una de las autoras tenía a cargo. Religiosamente se
reunían los fines de semana, debido a que entre semana las dos tenían
que cumplir con sus respectivas obligaciones laborales. Se llevaba el
trabajo adelantado, y de la lectura conjunta, la discusión y la reelabo-
ración de los textos iban saliendo las primeras aproximaciones a las
problemáticas estudiadas.
Al comenzar la década de los noventa se publicó el libro que
recogía la historia que la prensa, a través de sus columnistas y perio-
distas, había construido a comienzos del siglo xx sobre los niños de
Bogotá, enmarcada en la historia de la ciudad que también se había
reconstruido a partir de artículos, reportajes y crónicas de la época.
A pesar de su título, La niñez en el siglo xx. Salud, educación, familia,
recreación, maltrato, asistencia y protección, su subtitulo, Comienzos
de siglo, aclaraba el periodo estudiado.
Después de laborar algún tiempo en la Fundación Luis Carlos
Galán, Ximena Pachón viajó a Estados Unidos a mediados de la
década de los noventa y desde la distancia el trabajo conjunto con-
tinuó y dio algunos frutos. En 1996 Planeta Editores publicó La
aventura infantil a mediados de siglo (1930 a 1959). En este texto, se
daba continuidad a la investigación sobre la historia de la infancia
a principios del siglo xx, pero no se incluyeron los capítulos sobre
el infanticidio, abandono, maltrato y asistencia que se habían pre-
sentado en el libro anterior. Por esta razón, las autoras decidieron,
a finales de los noventa, emprender la exploración completa del
problema del infanticidio, el abandono y el maltrato en la ciudad
de Bogotá a lo largo del siglo xx. Habían pasado varios años desde
que terminaron la investigación patrocinada por el Banco de la
República y, aunque nunca abandonaron el proceso de búsqueda
de información, era necesario explorar más intensamente la prensa
en busca de los nuevos hechos y miradas. De ese trabajó resultó el
libro Réquiem por los niños muertos. Bogotá siglo xx, publicado por
cerec y Hogares Club Michín.

25
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

A medida que iban elaborando el material para los libros, las


autoras publicaron algunos artículos conjuntos en varias revistas7 y
otros que se convirtieron en artículos firmados por solo una de ellas,
ya que incluían reflexiones particulares, aunque los hallazgos a los
que hacían referencia eran conjuntos.

Condición laboral actual de las autoras


En el 2003, Cecilia Muñoz se vinculó a la Universidad Javeriana
como profesora de la especialización en Psicología Clínica de la Facultad
de Psicología. Dicha universidad había emprendido esta especialización
bajo tres enfoques teóricos principales: sistémico, cognitivo y psicoana-
lítico. Cuatro años después, dicho programa se convirtió en la Maestría
en Psicología Clínica, guiada bajo estos mismos tres esquemas. En el
grupo de profesores que seguían el enfoque psicoanalítico, Nubia Torres
y Cecilia Muñoz desarrollaron los programas de cada una de las cá-
tedras y prácticas que implicaría la especialización. Muñoz se vinculó
como profesora de cátedra y dictó inicialmente los cursos teóricos sobre
Sueños, Pensamiento psicoanalítico, Supervisión colectiva y secciones
de los cursos de Psicoanálisis de niños, adultos y adolescentes. Dictó
además apartes de los cursos comunes de Familia y de Investigación y,
simultáneamente, llevaba a cabo supervisiones individuales y direcciones
de trabajos de grado. Actualmente, solo dicta Supervisión colectiva,
realiza supervisiones individuales de casos y dirige trabajos finales. En
los últimos tres años, en un grupo de investigación de la Universidad
Javeriana, en compañía de Nubia Torres y un grupo de estudiantes,
terminó el libro sobre la mujer maltratada. A lo largo de estos años
ha publicado dos libros en la Editorial de la Universidad Javeriana:
el primero sobre reflexiones psicoanalíticas (2011) y el segundo sobre
clínica psicoanalítica (2014). Actualmente está en artes finales su libro
Avatares de la mujer maltratada escrito en colaboración con Nubia
Torres (Editorial Javeriana) y en proceso de edición y corrección su

7 Cecilia Muñoz y Ximena Pachón, “La mortalidad infantil. Bogotá 1900-


1989”. Revista Maguare 6 (1991); Cecilia Muñoz y Ximena Pachón, “Los
chinos bogotanos a principios de siglo. 1900-1929”. Revista Maguare 6
(1991); Cecilia Muñoz y Ximena Pachón, “El chino bogotano a principios de
siglo”. Credencial Historia (1990).

26
Un largo camino hasta llegar a Los niños de la miseria

libro Research and Therapeutic Work with Disrupted Family Members,


en coedición con Meg Harris Williams.
Ximena Pachón, por su parte, ingresó a la Universidad Nacional,
cursó la maestría en Historia y luego, como docente Departamento de
Antropología, ha estado encargada de la coordinación del posgrado
y de la dirección del departamento durante varios periodos consecu-
tivos. Ha dictado varios cursos en pregrado y posgrado, relacionados
con la etnología de Colombia, la organización y estructura social, los
fundamentos de antropología y metodologías cualitativas. Introdujo
el curso sobre Historia y antropología de la infancia, que se dicta
esporádicamente y a partir del cual varios estudiantes han realizado
sus trabajos de grado. Junto con Roberto Pineda Camacho, Ximena
Pachón ha trabajado en la historia de la antropología en Colombia,
explorando la vida de las antropólogas pioneras8. En el 2013 ganó la
convocatoria de investigación Orlando Fals Borda con el proyecto
“Pequeños soldados futuros jefes guerrilleros. Una exploración sobre
la presencia de los niños/niñas en el conflicto armando en la época de
La Violencia en Colombia”. En el 2017 fue de nuevo seleccionada con
un proyecto que da continuidad al anterior: “Recuerdos de infancia de
antiguos niños combatientes”, en el que está trabajando actualmente.

Los niños de la miseria: unión de


la casuística y la historia
A pesar de sus respectivas actividades individuales, el trabajo
compartido de estas autoras aún continúa, tal como lo demuestra
este nuevo libro, que es un intento por reunir en un solo documento
la historia reconstruida de la vida de los niños de la miseria: aquellos
niños huérfanos, abandonados, limosneros, callejeros, delincuentes y
trabajadores que, a lo largo del siglo xx en Bogotá, han sido mirados con
compasión o desdén, con demandas de que sean protegidos, eliminados
de las calles o corregidos bajo normas punitivas extremas, esquemas
caritativos generosos o procedimientos técnicos bien organizados;

8 Ximena Pachón, “Virginia Gutiérrez de Pineda y su aporte al estudio


histórico de la familia en Colombia”. Revista Maguaré 19 (2005); Ximena
Pachón, “Tras las huellas de la señora Kathleen Romoli”. Boletín de Historia
y Antigüedades 101 (2014): 381-395

27
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

niños buenos y malos que requieren protección, castigo o tratamiento.


Cada una sigue con su trabajo como docente, Cecilia Muñoz en la
Universidad Javeriana y Ximena Pachón en la Universidad Nacional,
sin dejar de usar su tiempo libre para recopilar material, analizar y
escribir un próximo libro sobre la asistencia social a los niños de la
miseria durante el siglo xx y para concluir el estudio histórico con
un documento sobre la niñez a finales del siglo pasado en Bogotá,
siempre con la esperanza de que el tiempo les permita terminar lo
que se han propuesto en este largo camino de investigación común.

Los niños de la miseria. Bogotá siglo xx


El encanto de fungir como historiadoras e indagar sobre el pasado
de los niños consiste en realizar dos actividades, placenteras, estre-
santes, apasionantes y retadoras. En primera instancia, la búsqueda
interminable de material, de información que nos hable del pasado,
de indicadores sobre la forma en que los niños de la miseria fueron
percibidos por escritores, reporteros, periodistas o cronistas que
dejaron en la prensa de la capital sus escritos al respecto. Nosotras
trabajamos con cronistas, periodistas, escritores y las evidencias que
dejaron a lo largo del siglo xx en la ciudad de Bogotá sobre la vida de
los niños de la miseria, sobre la forma como fueron tratados, mirados.
Sobre la base de estos materiales, buscamos extraer las miradas y los
conceptos subyacentes sobre la infancia.
Esta actividad siempre estuvo acompañada de una gran dosis
de incertidumbre y expectativa sobre lo que se iba o no a encontrar.
En muchas ocasiones la realidad de los hechos alcanzó límites supe-
riores a los de la imaginación. Tenemos que aclarar que los múltiples
fragmentos con los que construimos esta historia no los inventamos
nosotras, aunque muchas veces pudiera parecerlo. Son fragmentos
construidos en otro tiempo, por otros que fueron testigos, presenciaron
los acontecimientos de la época y centraron su mirada en los niños
de la miseria de la ciudad de Bogotá del siglo xx.
A su vez, nos enfrentamos también al reto de construir una
historia o un relato coherente sobre el pasado de esos niños, uno que
nos hemos imaginado a partir de los pequeños fragmentos que hemos
desenterrado durante la búsqueda de la información. La historiadora

28
Un largo camino hasta llegar a Los niños de la miseria

inglesa Bárbara C. Hanawalt, en el prefacio de su libro Growing up in


Medieval London, plantea la dificultad de escribir estos relatos y dice
que este proceso se convierte en un arte limitante, parecido al que
experimentan los poetas al escribir un soneto, y describe una variedad
de técnicas que utilizó ante el reto de contar una historia coherente,
apoyada en los fragmentos encontrados, con el fin de mantener la
atención del lector, especialmente del no especialista9. A este reto
nos enfrentamos en este texto y esperamos que este relato resulte
interesante para el público general y especializado.

9 Barbara C. Hanawalt, Growing up in Medieval London. The experience of


Childhood in History (Oxford: Oxford University Press, 1993).

29
Historia y Contexto
Breve historia de los niños de la miseria
en América Latina y Colombia

La infancia de la miseria, pobre y desamparada, tema central de


este libro, es una problemática recurrente en los estudios históricos
y sociales en toda América Latina. Es denominada algunas veces
como “la infancia olvidada”, debido a la vagancia generalizada que
experimentan estos chicos desamparados, a su inasistencia escolar
y su desempeño laboral prematuro, a sus insalubres hábitos de vida,
al abandono y descuido de los padres; estas condiciones convierte a
estos niños en adultos viciosos y precoces: vagos, fumadores, bebe-
dores, jugadores y, sobretodo, “bribones”. En Los olvidados de Luis
Buñuel 1, cuyas imágenes siguen vigentes en las grandes ciudades
de nuestro continente, estos niños que logran sobrevivir en medio
de la miseria urbana son captados magistralmente por primera vez.
Desde entonces varias veces estos chicos han sido protagonistas de
largometrajes y documentales en América Latina2.

1 Esta película fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad en el 2003


por la unesco. Para ser aceptada, fue necesario que cumpliera una serie
de exigencias, ya que, además de su calidad cinematográfica, fue preciso
demostrar que constituía un documento de valor social inestimable para el
país que representaba.
2 Entre los documentales y películas realizados en el continente se puede
mencionar de manera muy especial a Gamín (1977, Colombia),

33
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

La infancia de la miseria y las múltiples problemáticas ligadas a


ella han sido un tema sobre el cual los periodistas, escritores e investi-
gadores de las ciencias sociales han indagado y sobre la que se ha escrito
mucho. La amplitud y persistencia de este fenómeno en países como
México, Brasil y Colombia ha sido más visible en sus áreas urbanas,
en donde, las múltiples caras con que se presenta el fenómeno explica
posiblemente la razón de su interés. Se dice que en América Latina,
región considerada de mayor inequidad en el mundo, la pobreza tiene
rostro infantil y que allí los niños, las niñas y los adolescentes presentan
índices alarmantes de pobreza, muy superiores a aquellos que padecen
otros grupos de edad. En esta región, la mayoría de los niños pobres
se enfrenta a grados extremos de privación y, al no poder acceder a
los estándares generalizados de bienestar de la sociedad, es incapaz
de cubrir sus más elementales necesidades básicas.
Resulta paradójico que, a pesar de que el producto interno bruto
en la mayoría de los países latinoamericanos se haya incrementado en
los últimos años, la pobreza infantil persista y esté relacionada con la
concentración del ingreso. Por su parte, en estos países, los sectores que
históricamente han percibido los más altos ingresos han conservado
la mayor capacidad para apropiarse de los beneficios del crecimiento
económico nacional. Mientras tanto, las personas de menores ingresos
han experimentado un recrudecimiento de su vulnerabilidad y pobreza.
De esta manera, los niños de la miseria siguen estando presentes y se
reproducen persistentemente en estas sociedades. En ellas, la pobreza
ha demostrado una larga y perseverante capacidad de supervivencia,
que atrapa en sus redes y largos tentáculos a los niños de los sectores
más vulnerables y les impide alcanzar los beneficios que reclama la
infancia moderna.

un documental dirigido por Ciro Durán que ilustra con imágenes


impactantes el desamparo y las condiciones en que viven los niños
latinoamericanos que habitan las calles. Así mismo, se debe destacar
Pixote (1985, Brasil), una película dirigida por Héctor Babenco, que narra
la historia de un niño de 10 años de Sao Paulo, cuya vida es como la de
cualquiera de los miles de niños de la calle que vagan por las favelas en las
ciudades de Brasil, rodeados de miseria, violencia, abusos y pobreza.

34
Breve historia de Los niños de la miseria en América Latina y Colombia

El abandono, la experiencia de vivir en las calles, la delincuencia


y el trabajo infantil son algunas de las caras con que se presenta la
pobreza de los niños en las ciudades del mundo. La cuestión de los
niños huérfanos, abandonados, limosneros, callejeros, explotados,
trabajadores y delincuentes fue un álgido tema de debate en los países
de Latinoamérica durante las dos primeras décadas del siglo xx,
aunque la preocupación por su suerte y su peligrosidad se remonta a
finales del siglo xix y persiste hoy en día.

Los niños abandonados


La emblemática obra de John Boswell, La misericordia ajena3, ha
sido un paradigma para la investigación de la niñez desamparada en
América Latina. Por ejemplo, en México, entre los múltiples y suges-
tivos trabajos que existen sobre esta problemática, mencionaremos tan
solo el texto de María de Lourdes Herrera, titulado “El cuerpo de los
niños bajo la mirada de las instituciones sociales y médicas en Puebla
a finales del siglo xix”4, y la investigación de Felipe Arturo Ávila, “Los
niños abandonados en la Casa de Expósitos de la Ciudad de México:
1787-1821”5. En Perú, podemos mencionar el trabajo de María Emma
Mannarelli, titulado “Abandono infantil, respuestas institucionales y
hospitalidad femenina. Las niñas expósitas de Santa Cruz de Atocha
en la Lima colonial”6. En Argentina, se destaca “Niñez y beneficencia:

3 John Boswell, La misericordia ajena (Barcelona: Muchnik Editores, 1990).


4 María de Lourdes Herrera Feria, “El cuerpo de los niños bajo la mirada
de las instituciones sociales y médicas en Puebla a finales del siglo xix”,
En el umbral de los cuerpos. Estudios de antropología e historia, eds. Laura
Cházaro y Rosalina Estrada (Michoacán: El Colegio de Michoacán /
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla / Instituto de Ciencias
Sociales y Humanidades, 2005) 209-240.
5 Felipe Arturo Ávila Espinosa, “Los niños abandonados en la Casa de
Expósitos de la Ciudad de México: 1787-1821”, La familia en el mundo
iberoamericano, comps. Pilar Gonzalbo y Cecilia Rabell (México: Instituto
de Investigaciones Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México)
265-310.
6 M. E. Mannarelli, “Abandono infantil, respuestas institucionales y
hospitalidad femenina. Las niñas expósitas de Santa Cruz de Atocha en
la Lima Colonial”, Historia de la infancia en América Latina (Bogotá:
Universidad del Externado de Colombia, 2007) 145-171.

35
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

un acercamiento a los discursos y las estrategias disciplinarias en


torno a los niños abandonados en Buenos Aires de principios del
siglo xx (1900-1930)” de José Luis Moreno7. En Brasil este problema
ha sido tratado de manera exhaustiva, debido a sus dimensiones y
complejidad, por esta razón el Centro de Estudios de Demografía
Histórica de América Latina (cedhal) inició desde 1987 el análisis
del abandono de los niños y ha realizado importantes publicaciones.
A su vez, en Colombia encontramos los trabajos de María Himelda
Ramírez, entre ellos “Los discursos sobre el abandono a la infancia en
la sociedad barroca de Santa Fe de Bogotá, siglo xvii” 8 y Las mujeres
y la sociedad colonial de Santa Fe de Bogotá: 1750-18109 y los aportes
de Guiomar Dueñas, con su texto Los hijos del pecado. Ilegitimidad
y vida familiar en la Santafé de Bogotá Colonial, 1750-181010, donde
aborda un tema íntimamente ligado al de la infancia desprotegida, el
abandono de los hijos ilegítimos.
En estos textos, así como en otros que podríamos mencionar, el
abandono de los niños aparece como un fenómeno persistente en la
historia de América Latina. La lectura de estas investigaciones nos
permite intuir la dificultad que implica la aproximación a este asunto
y su estudio, ya que los niños han sido seres poco visibles socialmente,
por lo que no es fácil encontrar evidencias que posibiliten la indagación,
comprensión y explicación del fenómeno del abandono y desamparo de

7 José Luis Moreno, “Niñez y beneficencia: Un acercamiento a los discursos


y las estrategias disciplinarias en torno a los niños abandonados en Buenos
Aires de principios del siglo xx (1900-1930)”, La política social antes de la
política social (caridad, beneficencia y política social en Buenos Aires, siglos
xvii a xx), comp. José Luis Moreno (Buenos Aires: Trama Editorial /
Prometeo libros, 2000).
8 Himelda Ramírez, “Expósitos, mendigos y montes píos en la época
colonial. La asistencia social y la beneficencia en Santafé de Bogotá”,
Revista Credencial Historia 129 (2000). Consultado en blaavirtual/revistas/
credencial/septiembre2000/129laasistencia.htm.
9 Himelda Ramírez, Las mujeres y la sociedad colonial de Santa Fe de Bogotá:
1750-1810 (Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia, 2000).
10 Guiomar Dueñas, Los hijos del pecado. Ilegitimidad y vida familiar en
la Santafé de Bogotá Colonial, 1750-1810 (Bogotá: Editorial Universidad
Nacional de Colombia, 1997).

36
Breve historia de Los niños de la miseria en América Latina y Colombia

la niñez. ¿Dónde y cómo se puede encontrar información que nos hable


de los motivos de algunos padres para deshacerse de sus hijos o que nos
permita esclarecer las formas que adquiría el abandono? ¿Cómo rastrear
las trayectorias de vida de los niños abandonados? Algunos investiga-
dores se han servido de los registros de bautizo de las parroquias, que
dan una idea sobre el número de niños abandonados, su procedencia
social o las variaciones del hecho en el calendario. Otros han llevado a
cabo sus pesquisas a partir de los datos de las casas de niños expósitos,
instituciones creadas desde muy temprano en todas las ciudades per-
tenecientes a los Imperios español y portugués, en donde funcionaron
estas casas los libros de registros y de administración de las instituciones,
que en algunos países aún se conservan, han constituido la base do-
cumental para comprender y describir cómo se presentó el abandono
de los niños en diferentes periodos históricos. Algunos trabajos sobre
parentesco y niñez muestran también cómo varía la naturaleza de los
afectos entre los miembros de las familias11 y explican las preferencias
familiares en cuanto al género de sus hijos y a las diferencias de sexo
que se encuentran en el acto de abandonar a los niños.
Gracias a estos trabajos ha sido posible reconstruir una visión ge-
neral de las instituciones encargadas de los niños expósitos, conocer sus
objetivos, su normatividad y funcionamiento. En los libros de registros se
han encontrado los datos que el capellán de la casa de expósitos solicitaba
y anotaba sobre cada niño recogido: el día y la hora de la recepción, la
persona que lo llevaba, la indicación acerca de si el infante estaba o no
bautizado y su nombre, los motivos de su entrega, la valoración sobre
su origen étnico, así como la relación de la ropa y objetos con que lo
entregaban. También allí se ha podido rastrear el destino de los niños.
Esta documentación ha permitido que ciertos investigadores hayan
establecido la relación entre, por un lado, los años y periodos de mayor
abandono de niños y, por otro, las variables de cambios económicos y
políticos, catástrofes naturales y epidemias.
Igualmente se han indagado las razones más íntimas del abandono
de niños, tratando de aclarar por qué los padres tomaban esta decisión
y explorando las actitudes y acciones de los progenitores y familiares

11 Mannarelli, “Abandono infantil, respuestas institucionales…” 147-148.

37
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

frente al niño. La interrogación cuidadosa de esta información ha


posibilitado, en algunos casos, conocer las características generales
de los niños: su origen étnico, su procedencia regional, la edad y el
sexo; también ha permitido describir el acto del abandono, conocer las
características de la ropita con la que los bebés llegaban a las casa de
expósitos y tratar de explicar las razones de estos comportamientos.
Frente a esta información, los investigadores preguntan: ¿cuáles fueron
las razones profundas que llevaron al abandono? A lo que responden
que, para el caso de América Latina, parece que la ilegitimidad y el
honor de la madre y de su familia, aspectos ligados algunas veces a la
pobreza, fueron las causas principales de este hecho.
Se ha aclarado también que la ilegitimidad, tan íntimamente aso-
ciada al abandono, no afectaba por igual a todos los grupos sociales. Por
ejemplo, no constituyó un problema para los grupos sociales mestizos
de algunas regiones, en cuanto que su estructura familiar se organizaba
alrededor de las mujeres, debido a la influencia de la tradición indígena12.
Las mujeres mestizas encontraban en sus grupos familiares y en la
comunidad el respaldo, apoyo y cariño necesario para criar a su hijo,
a quien acogían e integraban socialmente.
Algunos estudios cuantitativos y en profundidad, como los que
han sido realizados en Brasil, y que María Luisa Murcilio describe
en “Abandonados y expósitos en la historia de Brasil. Un proyecto
interdisciplinario de investigación”, ilustran cómo el abandono de los
recién nacidos no deseados, práctica muy generalizada históricamente,
ha variado con el tiempo, principalmente en función de la diversidad
regional y de las distintas formas de poblamiento existentes. Estos es-
tudios muestran que los factores que estimulaban el acto de abandonar
a un bebé tenían raíces estructurales y sociales muy profundas. Los
resultados incipientes de este proyecto, arrojan luces sobre las raíces
y causas del abandono, sobre las instituciones que se crearon para
solucionarlo, así como sobre la dura trayectoria de los niños desde
el momento en que como bebés eran dejados en la “rueda”13, sobre

12 Dueñas, Los hijos del pecado….


13 La rueda o torno de los huérfanos se refiere a una pequeña ventana
giratoria con apertura hacia el exterior de la construcción donde los padres
abandonaban o “exponían” a sus hijos de forma anónima, haciendo sonar

38
Breve historia de Los niños de la miseria en América Latina y Colombia

su capacitación dentro de las instituciones y en torno al papel que


el trabajo infantil o la explotación de los niños como mano de obra
gratuita desempeñaban en el sostenimiento de las casas de protección.
Estas investigaciones empiezan a responder también las preguntas
en torno a quiénes eran las “nodrizas mercenarias” que recibían a
los bebés dejados en las “ruedas”, cuál era la relación que ellas tenían
con estos infantes abandonados, qué sentimientos las unían a aquellos
niños y qué tan permanente era esta relación14.
Por su parte, el análisis de los discursos que circularon sobre el
abandono ha posibilitado que algunos investigadores detectaran cómo
se manifestaba la solidaridad de las indígenas en los casos de abandono
y de orfandad de las criaturas de diferentes etnias, así como también
la imagen protectora de las nodrizas esclavizadas. Los discursos que
condenaban el abandono han salido a la luz y señalan el surgimiento
de la demanda social de una intervención más decidida de las auto-
ridades para la atención de la niñez abandonada, no solo indígena
y negra sino blanca, dado que el desamparo de los infantes muchas
veces concluía con su muerte, víctimas de los animales hambrientos
o de las inclemencias del clima15.

una campana, en el momento del abandono, para que las monjas recogieran
al recién nacido.
14 Maria Luiza Marcílio, “Abandonados y expósitos en la historia de Brasil.
Un proyecto interdisciplinario de investigación”, La familia en el mundo
iberoamericano, comps. Pilar Gonzalbo Aizpuruy Cecilia Rabell (México:
Universidad Nacional Autónoma de México, 1994) 311-326.
15 Maria Luiza Marcílio, História Social da Criança Abandonada (São Paulo:
Hucitec, 1998); Maria Luiza Marcílio, “A Roda dos Expostos e A Criança
Abandonada na História do Brasil 1726-1950”, Social da Infância no Brasil
História, org. Marcos C. Freitas (São Paulo: Cortez, 2006) 51-76; Felipe
Ávila, “Los niños abandonados de la Casa de Niños Expósitos de la Ciudad
de México, 1767-1821”, La familia en el mundo iberoamericano, coords.
Pilar Gonzalbo y Cecilia Rabell (México: iis-unam, 1994) 287; Ramírez,
“Expósitos, mendigos y montes píos en la época colonial...”; Donna Guy,
“Niños abandonados en Buenos Aires (1880-1914) y el desarrollo del
concepto de la madre”, Mujeres y cultura en la Argentina del siglo xix, comp.
Lea Fletcher (Buenos Aires: Feminaria, 1994) 220; Nara Milanich, “Los hijos
de la providencia: el abandono como circulación en el Chile decimonónico”,
Revista de Historia Social y de las Mentalidades 5 (2001): 80.

39
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Gracias a estas y otras investigaciones de carácter histórico y


social sobre el abandono de los niños, se han podido establecer que
el abandono de los niños usualmente ha servido como un importante
regulador de numerosos aspectos de la vida familiar, como un freno del
crecimiento demográfico, como un regulador de la herencia familiar sin
recurrir al infanticidio directamente y, de manera muy especial, como
un mecanismo para enfrentar la pobreza y dificultades materiales16.
Ha sido también, y muy especialmente, un doloroso mecanismo para
recuperar el honor perdido de la mujer y de su familia.

Los niños de la calle


En Latinoamérica y el Caribe se calcula que los niños callejeros
pueden ser cerca de cuarenta millones17 y las investigaciones coinciden
en señalar que la mayoría de ellos son varones, aunque este dato cambia
regionalmente y según el momento histórico. Así pues, se estima que
de estos cuarenta millones de chicos cerca del 70% son niños18, ya
que las niñas tienden a ser más protegidas por sus familias y aquellas que
llegan a vivir en las calles son generalmente absorbidas por los circuitos
de prostitución miserable de las ciudades.
Estos niños que habitan la ciudad, alejados del control adulto,
crean sus propias estructuras sociales, bandas organizadas de manera
jerárquica que se constituyen para garantizar su supervivencia ma-
terial en el medio urbano, para defenderse de las hostilidades del
medio y resguardar su territorio. Estos chicos desarrollan una cultura
particular, que se trasmite de mayores a menores y se perpetúa en el
tiempo, con su propio argot, que los aísla y protege del medio y los
identifica con sus semejantes.
Las descripciones literarias sobre los niños que viven solos en
variadas y difíciles circunstancias enriquecen la mirada cualitativa
sobre la vida de los pequeños que viven en la calle. En diferentes
cuentos y novelas se encuentran personajes emblemáticos, entre los
que se pueden mencionar a los Kim de Rudyard Kipling, los Gavroche

16 Boswell, La misericordia ajena.


17 http://www.yapi.org/street/
18 “Street Children: WHO 3 of 9”. www.pangaea.org.

40
Breve historia de Los niños de la miseria en América Latina y Colombia

de Víctor Hugo o los Oliver Twist de Charles Dickens y el resto de sus


compañeros, pequeños carteristas comandados por Fagin en el Londres
del novecientos. Niños libertarios, abandonados y callejeros que han
existido y siguen existiendo en las calles de las grandes ciudades del
mundo y muy especialmente de América Latina, personajes que los
cuentos y las novelas de Occidente han inmortalizado.
En América Latina, son numerosas las investigaciones que se
han ocupado de estudiar a estos niños. Por ejemplo, en México, uno
de los lugares donde más se ha debatido la “cuestión infantil” como
fenómeno social complejo, la revista Regiones. Suplemento de Antro-
pología dedicó un número a la problemática del niño de la calle, donde
se incluye una serie de artículos que, desde diferentes perspectivas,
tratan el tema de los niños en contextos sociales de exclusión en el
continente latinoamericano19. Algunos de los autores de estos ­artículos
se enfocaron en el tema de las infancias en “situación de calle”. Marcos
Urcola presentó allí su trabajo sobre “La figura del ‘niño de la calle’
como emblema de la época”20, Sara E. Makowski abordó la problemática
de las “Infancias y juventudes callejeras en la Ciudad de México” 21 y
Kurt Shaw se separó de los enfoques académicos y realizó algunas
reflexiones acerca de los cambios que observaba en la realidad de los
denominados “niños de la calle” en América Latina22.
En Brasil, entre los innumerables trabajos sobre este tema, que-
remos mencionar las investigaciones de Irene Rizzini y, de manera
especial, el estudio que esta autora realizó junto con Udi Mandel
Butler, titulado “Life Trajectories of Children and Adolescents Living
on the Streets of Rio de Janeiro”23. En Argentina, se destaca María

19 Marcos Urcola y Livia González, “Infancias en contextos sociales de


exclusión”, Regiones. Suplemento de Antropología 8.46 (2011): 4-10.
20 Marcos Urcola, “La figura del ‘niño de la calle’ como emblema de la época”,
Regiones. Suplemento de Antropología Regiones. Suplemento de Antropología
8.46 (2011): 10-18.
21 Sara E. Makowski, “Infancias y juventudes callejeras en la Ciudad de
México”, Regiones. Suplemento de Antropología 8.46 (2011): 18-23.
22 Kurt Shaw, “El fin del ‘niño de la calle’ y los nuevos desafíos para la infancia
excluida”, Regiones. Suplemento de Antropología 8.46 (2011): 23-30
23 Irene Rizzini y Udi Mandel Butler. “Life Trajectories of Children and
Adolescents Living on the Streets of Rio De Janeiro”, Children, Youth and

41
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Carolina Zapiola, con su investigación “Niños en las calles: imágenes


literarias y representaciones oficiales en la Argentina del Centenario”24.
En Colombia, la preocupación por las proporciones alarmantes que este
problema adquirió en varias de sus ciudades se reflejó en los diferentes
estudios sobre el asunto realizados desde mediados del siglo pasado.
Entre ellos, cabe mencionar el libro del psicoanalista José Gutiérrez,
titulado Gamín: un ser olvidado25, y el texto Gamines. Testimonios,
que publicamos en 1980 y se acerca al problema de los niños de la
calle desde un enfoque sociológico y antropológico26. No se puede
olvidar el libro del antropólogo y escritor francés Jacques Meunier,
Les gamins de Bogotá27, con el que los gamines bogotanos entraron
en la prensa, la televisión y la radio francesas. Por su parte, Alejandro
Álvarez, desde una perspectiva histórica, elaboró el texto “Los niños
de la calle: Bogotá 1900-1950”28. Sabemos que muchos estudios e inves-
tigaciones han quedado por fuera de esta limitada enumeración, esto
se debe a que el objetivo de este capítulo no es hacer una exploración
exhaustiva sobre el material bibliográfico que recoge esta cuestión,
sino resaltar algunas de las descripciones y comprensiones que se han
ido estableciendo sobre los niños de la calle.
La lectura de estos textos y otros permite afirmar que las caracte-
rísticas de estos niños callejeros son similares a lo largo de la historia
en los diversos países donde se encuentran. Algunos mantienen frá-
giles lazos familiares, ocasionalmente asisten a la escuela y ayudan
precariamente a la supervivencia de sus familias; otros perdieron
estos deleznables vínculos y son verdaderamente “hijos de la calle”.
En épocas recientes, en varios países estos chicos han sido víctimas

Environments 13.1 (2003): 182-201. http://www.jstor.org/stable/10.7721/


chilyoutenvi.13.1.0182.
24 María Carolina Zapiola, “Niños en las calles: imágenes literarias y
representaciones oficiales en la Argentina del Centenario”, Formas de
historia cultural (2007): 305-332.
25 José Gutiérrez, Gamín: un ser olvidado (México: McGraw-Hill, 1972).
26 Cecilia Muñoz y Ximena Pachon, Gamines: testimonios (Bogotá: Carlos
Valencia, 1980).
27 Jacques Meunier, Les gamins de Bogotá (París: Payot, 2001).
28 Alejandro Álvarez, “Los niños de la calle: Bogotá 1900-1950”, Historia de la
educación en Bogotá, t. 2, ed. Olga Zuluaga (Bogotá: idep, 2002) 2-47.

42
Breve historia de Los niños de la miseria en América Latina y Colombia

de los “escuadrones de limpieza”, que los “desaparecen” del paisaje


urbano para embellecer la ciudad, para recibir a un eminente personaje
o, simplemente, para evitar su “contaminación”29.
No existe una cifra mundial confiable sobre el número de niños
que deambulan por las calles, pero se suele afirmar que puede oscilar
entre los cien y los ciento cincuenta millones, cantidad que probable-
mente esté aumentando30. Este hecho ha llevado a la discusión sobre
si lo que ha crecido globalmente en realidad es el número de niños
de la calle o, por el contrario, la “conciencia de su existencia” en las
sociedades modernas31.
En las investigaciones a las que nos hemos referido, se observa
cómo en las ciudades latinoamericanas se ha tratado de cuantificar
el problema y saber realmente cuántos niños viven en las calles; sin
embargo, las dificultades metodológicas hacen prácticamente im-
posible este proyecto. La movilidad espacial e institucional de estos
muchachos y la variedad de actividades que realizan dificultan la tarea:
unos trabajan, otros se dedican a la limosna y la mendicidad, otros a
practicar pequeños o grandes robos, otros se ejercitan en atracos, otros
son captados para engrosar las filas de ejércitos irregulares o grupos
delincuenciales muy estructurados. Muchos migran permanentemente
entre las viviendas familiares, las calles y las instituciones, y cambian
también de actividad, acomodándose a las condiciones variantes del
ambiente urbano32. Ninguno tiene un lugar de residencia estable.
La peregrinación constante de los niños y jóvenes entre la casa, la calle
y las diferentes instituciones y albergues creados para su protección y
rehabilitación se prolonga mientras viven en las calles. Esta situación

29 En 1993, siete muchachos que dormían en la iglesia de la Candelaria, en el


corazón de Río de Janeiro, fueron asesinados por un escuadrón de la muerte
en el que participaban policías fuera de servicio. Véase N. Scheper-Hughes
y D. Hoffman, “Brazilian Apartheid: Street Kids and the Struggle for Urban
Space”, Small Wars: The Cultural Politics of Childhood, eds. N. Scheper-
Hughes y N. Sargent (Berkeley: University of California Press, 1998) 352-389.
30 Unicef, Estado Mundial de la Infancia 2005. La infancia amenazada (New
York: Unicef / División de Comunicaciones, 2005) 40-41.
31 “El estado de los niños de la calle en el mundo: Violencia”. www.
streetchildren.org.uk.
32 Muñoz y Pachón, Gamines: testimonios.

43
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

hace extremadamente difícil contabilizarlos o mapear sus recorridos a


lo largo de sus biografías. Cuando sus narrativas personales son reco-
piladas, estas aparecen fragmentadas y es difícil hilvanarlas ordenada
y cronológicamente, puesto que sus historias de vida son narradas de
manera no lineal y discontinua33.
Los niños de la calle han sido un dramático problema urbano
en las principales ciudades de América Latina. Inicialmente, la gra-
vedad de este fenómeno estuvo acentuada por las guerras del siglo
xix, por la inmigración extranjera en el Cono Sur, por los procesos
de urbanización, por la migración rural-urbana y el desplazamiento
forzado de cientos de campesinos durante los diversos ciclos de
violencia que experimentó la región en los últimos tiempos. Así
pues, la situación de estos niños desamparados ha sido un problema
significativo en América Latina hasta nuestra época y ha ido de la
mano con la situación de miseria que padecen amplios sectores
de las sociedades de esta región del mundo, caracterizada por una
profunda desigualdad social.
En Bogotá, al igual que en las demás ciudades latinoamericanas,
los llamados gamines o niños de la calle fueron una especie de símbolo
de la vida urbana, cuya caracterización partió de la preocupación por
su modo de vida libertario y por su resistencia a la protección social.
En Bogotá, como en otras ciudades del subcontinente, el fenómeno
de “la niñez callejera” fue una especie de sello que la identificaba.
A medida que el tiempo pasaba y la ciudad crecía, este fenómeno fue
haciéndose cada vez más cotidiano; así mismo, los niños de la calle
y sus galladas se convirtieron en la expresión de un modo de vida
inequitativo y violento en las calles de la ciudad.
Algunas de las investigaciones que revisamos hacían descripciones
detalladas sobre los recorridos diarios de los niños en la calle, las
personas con quienes comerciaban alimento u objetos robados,
los lugares donde dormían, las galladas a las que pertenecían, cómo
vivían en ellas, la forma como regresaban a sus familias, a la de otros
parientes, eran recluidos en las instituciones de protección o enviados
a hogares sustitutos.

33 Rizzini y Butler, “Life Trajectories of Children…”.

44
Breve historia de Los niños de la miseria en América Latina y Colombia

En relación con el proceso de adopción de la vida callejera,


los autores de los textos consultados han ilustrado cómo el niño
comenzaba a frecuentar las calles durante corto tiempo, pero re-
gresaba a su hogar durante la noche. Estos lapsos se iban ampliando
paulatinamente, hasta que el niño abandonaba su hogar. Este tránsito
progresivo le permitía al pequeño ir conociendo el vecindario y las
calles, establecer nuevas amistades y habituarse a la vida callejera.
Fuera del hogar, los niños adoptaban rápidamente esquemas nuevos
de comportamiento propios de una “cultura callejera”, que eran
aprendidos de aquellos muchachos que tenían mayor experiencia y
lideraban las galladas que los acogían.
Las investigaciones han mostrado igualmente que los niños per-
cibían la calle como un espacio que les ofrecía protección, libertad y,
en muchos casos, abundancia de bienes, en oposición a las familias
y la comunidad, que consideraban represivas, llenas de conflictos y
violencia, caracterizadas por la fractura de los lazos afectivos, por el
hambre y la pobreza. Los estudios plantean que estos niños compartían
una experiencia de pobreza, exclusión y rechazo, que vivían en con-
diciones precarias, donde la falta de afecto y sentido de protección
y seguridad los expulsaba fuera de las familias y comunidades. Así
pues, ellos buscaban el espacio urbano con la esperanza de encontrar
protección, diversión y libertad34. “Los niños se toman las calles, como
los piratas se toman el mar”, escribe Jacques Meunier en su trabajo
sobre los gamines de Bogotá35.

El niño delincuente
Los niños delincuentes son otra de las manifestaciones con la
que, desde mediados del siglo xix y principios del xx, encontramos
a los niños de la miseria, que en América Latina emergieron como
una preocupación asociada a quienes deambulaban por las calles.
La vagancia y la delincuencia infantil surgieron como inquietudes
sociales y ocuparon la atención de muchos investigadores, quienes
también se preguntaron por las instituciones creadas para acoger a los

34 Rizzini y Udi Butler, “Life Trajectories of Children…”.


35 Meunier, Les gamins de Bogotá.

45
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

niños delincuentes, por la normatividad y los regímenes correctivos


que, con el paso del tiempo, se construían alrededor de estos chicos36.
La calle y sus peligros fueron un motivo de preocupación de escritores,
periodistas y científicos a lo largo del siglo xx y un objeto de análisis
de investigaciones históricas y sociales37, que asociaron causalmente
estos fenómenos con el surgimiento de muchas instituciones que
buscaban la institucionalización de los niños. Se ha señalado cómo
desde los inicios de la modernidad una de las preocupaciones recu-
rrentes en relación con la infancia ha sido el encontrarlos ocupando
los espacios públicos. Alejarlos de la calle y llevarlos de nuevo a sus
hogares y escuelas era una preocupación permanente de periodistas,
legisladores y funcionarios públicos.
La problemática de los niños delincuentes ha sido tema de estudio
recurrente en América Latina. En México, la historiadora Zoila Santiago,
en su artículo titulado “Los niños en la historia. Enfoques historio-
gráficos de la infancia”, comenta los trabajos de Alberto del Castillo,
Elisa Speckman, Beatriz Alcubierre, Tania Carreño y otros investiga-
dores que han estudiado este fenómeno38. Susana Sosenski también
se ocupa de esta problemática en su trabajo “Un remedio contra la
delincuencia: el trabajo infantil en las instituciones de encierro de
la ciudad de México durante la posrevolución”39. En Argentina, entre
los múltiples textos encontrados, se destacan la investigación de María

36 Ximena Pachón, “Emergencia de la delincuencia infantil. Bogotá finales del


siglo xix y principios del xx”, Congreso de Historia, Bogotá, marzo de 2010.
37 Esmeralda Blanco y Bolsonaro De Moura, “Meninos e meninas na rua:
impasse e dissonância na construção da identidade da criança e do
adolescente na República Velha”, Revista Brasileira de História 19 (1999).
Citado en Martha Cecilia Herrera y Yeimy Cárdenas, “Tendencias analíticas
en la historiografía de la infancia en América Latina”, Anuario Colombiano
de Historia Social y de la Cultura 40.2 (2013) 291.
38 Zoila Santiago Antonio, “Los niños en la historia. Enfoques historiográficos
de la Infancia”, Revista Takwá 11-12 (2007): 31-50.
39 Susana Sosenski, “Un remedio contra la delincuencia: el trabajo infantil
en las instituciones de encierro de la ciudad de México durante la
posrevolución”, Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia
LX.2 (2008): 95-118.

46
Breve historia de Los niños de la miseria en América Latina y Colombia

Carolina Zapiola a la que ya nos hemos referido40 y los trabajos de


Emilio García-Méndez, de manera muy especial su acercamiento a
la historia de los tribunales de justicia y las leyes de menores que se
instauraron en Latinoamérica en las décadas del veinte y treinta del
siglo pasado, que entraron en vigor en el contexto de una economía
agroexportadora41. En Colombia, María del Carmen Castrillón, en su
artículo sobre “Los niños de la minoridad y sus lugares de ‘reforma
y corrección’ en Colombia (1900-1930)”42, traza algunas caracterís-
ticas de los espacios institucionales destinados a la contención de los
niños y niñas categorizados en virtud de sus condiciones de pobreza,
abandono y riesgo social, durante las tres primeras décadas del siglo xx.
Ximena Pachón, en su artículo, “Emergencia de la delincuencia infantil.
Bogotá finales del siglo xix y principios del xx”, explora el surgimiento
de la delincuencia infantil en la cuidad capital43.
Una somera revisión del tema muestra que en las distintas in-
vestigaciones se ha favorecido el estudio de lo que se ha hecho con
estos niños, mientras que no se ha prestado la suficiente atención a
lo que ellos son y a lo que hacen para sobrevivir, un asunto que está
menos documentado. Algunos de los trabajos mencionados buscan
estudiar la niñez y su relación con el control social en las ciudades
de principios del siglo xx; así mismo, intentan abordar el estudio de
la llamada infancia delincuente a través de los discursos científicos
que circularon desde finales del siglo xix y principios del xx, que
fueron la base de rígidos sistemas de exclusión y de prácticas sociales
destinadas a encauzar el desordenado crecimiento urbano provocado
por la inmigración masiva.
En este tipo de trabajos se señalaba que el “niño debía ser con-
trolado en su condición de ser incompleto, en su posibilidad de contagio

40 Zapiola, “Niños en las calles: imágenes literarias…”.


41 Emilio García Méndez, “Niño abandonado, niño delincuente”, Revista
Nueva Sociedad 112 (1991): 124-135.
42 María del Carmen Castrillón, “Los niños de la minoridad y sus lugares de
‘reforma y corrección’ en Colombia (1900-1930)”, Sociedad y Economía 26
(2014): 41-64.
43 Ximena Pachón, “Emergencia de la delincuencia infantil. Bogotá finales del
siglo xix y principios del xx”. Congreso de Historia, Bogotá, marzo de 2010.

47
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

tanto moral como físico, en su calidad de depositario del porvenir


de la nación”. Se establecía la relación entre la presencia de los niños
callejeros, el trabajo de menores en la vía pública y la delincuencia.
Los “niños en la calle eran vistos como criminales en potencia” y es en
este contexto que aparece la figura del “menor en peligro”, con la que
se asociaba a toda aquella infancia desprotegida que no disfrutaba de
los cuidados de crianza y educación deseables, y “la noción de infancia
peligrosa, la infancia delincuente”44.
En algunos de estos textos también se plantea que a principios del
siglo xx se asiste a la construcción socio-penal de la infancia, es decir,
a la emergencia del concepto de “estado peligroso” como profilaxis del
delito y de las reformas jurídicas sobre la minoridad delincuente, que
confieren amplias facultades a los jueces y permiten al Estado ejercer
la patria potestad, especialmente cuando se cree que la familia no ha
cumplido con el papel que se le ha delegado. El niño, como depositario de
la futura nacionalidad, debía ser protegido de la mala vida, esto es,
de la ciudad como reproductora de clases peligrosas45.
La exploración del desarrollo de la legislación que fue surgiendo
en estos países, tendiente a enfrentar el problema de los niños delin-
cuentes, ha sido fructífera y ha permitido entender la aparición de la
categoría de “menor”, que designaba a todo niño delincuente, a todo
niño material o moralmente abandonado. Esta noción viabilizaba
la intervención estatal sobre todos aquellos que el juez de menores
considerara en “situación irregular”.
Esta exploración ha permitido ir esclareciendo la figura de los
jueces de menores, funcionarios a quien se le otorgó una competencia
penal y tutelar discrecional sobre los infantes, basada en la suspensión
de la patria potestad de los padres. Estos jueces adquirían igualmente
la capacidad de dictar sentencias que llevaban al internamiento de
los menores, con el fin de que el Estado los protegiera y reeducara.
La revisión de los trabajos citados permite establecer la genera-
lización de una representación dicotómica del “universo infancia”
que implicaba, por una parte, a los “niños” contenidos en los marcos

44 González. “Niñez y beneficencia…”.


45 González, “Niñez y beneficencia…”.

48
Breve historia de Los niños de la miseria en América Latina y Colombia

de la familia y la escuela y, por otra parte, los “menores” vistos como


aquellos niños y jóvenes excluidos de dichos marcos. En los discursos de
diversos sectores sociales y profesionales, la categoría “niño” se asoció,
en forma cada vez más estrecha, con los conceptos de “hijo” y “alumno”;
el incumplimiento de estos papeles por determinados menores de edad
fue la causa de su exclusión del grupo privilegiado de los “niños” y los
llevaba a quedar atrapados en la categoría de “menores”.
Las investigaciones que hemos consultado señalan que en la primera
mitad del siglo xx la terapéutica del trabajo se impuso como meca-
nismo para prevenir y corregir lo que se consideraba una enfermedad
social: la delincuencia infantil. Si bien hubo múltiples terapéuticas
para tratar este creciente problema urbano, entre ellas la educación, la
gimnasia, los programas de higiene y salubridad, el trabajo fue el eje
central para la regeneración de los niños y adolescentes de los sectores
populares que caían en poder de la justicia. Estos niños, considerados
como vagabundos, viciosos, huérfanos, abandonados y delincuentes46,
eran objeto de medidas disciplinarias a través de la formación laboral.
Con esta terapéutica correctiva se quería curar la delincuencia infantil
para lograr el nuevo tipo de ciudadano productivo, industrializado, tra-
bajador y disciplinado que requería la sociedad. Bajo la lógica del trabajo,
se pretendió convertir a los niños infractores en los futuros trabajadores
y, de esa forma, incorporarlos, como futuros obreros sometidos a un
aparato de producción, en el proyecto económico estatal47. Este tema
de las instituciones a cargo de los niños de la miseria es objeto de un
trabajo nuestro que actualmente está en preparación.

El niño trabajador
Las investigaciones históricas sobre el trabajo infantil, en Europa,
Estados Unidos y América Latina, muestran que, contrario a lo que
comúnmente se cree, aquel no comenzó con la industrialización.
La ayuda de los niños en las labores del campo, como la recolección
de alimentos, la preparación de la tierra, siembra, cultivo y acarreo

46 Irma Rizzini, “A educação das infâncias no Brasil: Internatos públicos e


religiosos de ensino profissional (1870-1910)”, VIII Congreso Iberoamericano
de Historia de la Educación en Latinoamérica (Buenos Aires: sahe, 2007).
47 Sosenski, “Un remedio contra la delincuencia…” 95-118.

49
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

de productos o cuidado de los animales y hermanos menores, y en las


labores domésticas, son ejemplos de lo que los historiadores llaman
“historia inmóvil”, cuyas imágenes se siguen repitiendo desde hace
siglos hasta la actualidad.
Un aspecto importante y retador del trabajo infantil, que han
resaltado los historiadores, es el doble carácter que adquiría en ciertos
contextos: era una forma de abandono a la vez que un proceso de socia-
lización. Bajo la tutela del “maestro”, quien se comprometía a tratarlo
como su hijo, darle techo, sustento e inculcarle principios morales y
hábitos de disciplina, el niño, ubicado lejos de sus padres, se encontraba
en una situación ideal para la trasmisión de las reglas del juego laboral,
con las cuales ingresaría en el mundo adulto. Sin embargo, los estudios
señalan que estos pequeños aprendices, alejados de sus familias, consti-
tuían una fuerza de trabajo adicional, gratuita y dócil, que era utilizada
en múltiples tareas bajo las órdenes de los “maestros” 48.
En México, Susana Sosenski, una de las historiadoras de la in-
fancia más fructíferas, es autora de importantes estudios sobre el
trabajo infantil. Entre ellos se puede mencionar “Un remedio contra la
delincuencia: el trabajo infantil en las instituciones de encierro de
la Ciudad de México durante la posrevolución” 49, “El trabajo infantil
en México: una historia inconclusa” 50 y “Niños y jóvenes aprendices.
Representaciones en la literatura mexicana del siglo xix” 51. En Chile
encontramos los trabajos del historiador Jorge Rojas Flores, entre ellos,
“Los niños trabajadores en la industria de Chile” 52. En Colombia existen
varios estudios, imposibles de mencionar en su totalidad en este capítulo.
Se destacan el texto de Stella Restrepo, titulado “El concertaje laboral

48 Susana Sosenski, “Niños y jóvenes aprendices. Representaciones en


la literatura mexicana del siglo xix”, Estudios de Historia Moderna y
Contemporánea de México 26.312 (2003) 45-79.
49 Sosenski, “Un remedio contra la delincuencia…”.
50 Susana Sosenski, “El trabajo infantil en México: una historia inconclusa”,
Revista Rayuela 4 (2011): 135-143.
51 Sosenski, “Niños y jóvenes aprendices…”.
52 Jorge Rojas Flores, “Los niños trabajadores en la industria de Chile”, Historia
de la infancia en América Latina, comps. Pablo Rodríguez y María Emma
Mannarelli (Bogotá: Universidad Externado de Colombia, 2007).

50
Breve historia de Los niños de la miseria en América Latina y Colombia

de los niños abandonados en Bogotá 1642-1885” 53, las investigaciones de


Cecilia Muñoz y Martha Palacios, informes elaborados para el Banco
de la República, entre ellos, el Análisis de datos censales y la encuesta
en Bogotá, así como las historias laborales incluidas en el libro El niño
trabajador-testimonio54. También es digno de mención el artículo de
la antropóloga Zandra Pedraza Gómez, “El trabajo infantil en clave
colonial: consideraciones histórico-antropológicas” 55.
Muchos de los investigadores que han escrito sobre el tema del
trabajo infantil consideran que, a pesar de que existen muchos textos
que han tomado al niño trabajador como su objeto de estudio, estos
chicos constituyen un grupo que no ha sido abordado históricamente
con el detenimiento necesario. Se menciona de manera especial a
aquellos niños que se desempeñaron como aprendices en los talleres
artesanales y sorprende el hecho de que sobre ellos se haya escrito
tan poco. “Ningún trabajo se ha dedicado a este grupo de niños y
adolescentes que vivieron a merced del maestro que los contrataba” 56.
Al recurrir a fuentes literarias se ha buscado recuperar algunos de los
hilos de su historia, como el proceso de enseñanza del oficio dentro de
los talleres artesanales y de las ideas y problemáticas que circularon
en torno a la figura del aprendiz a lo largo del siglo xix.
En algunas de las investigaciones consultadas se muestra que,
por un lado, la incorporación temprana de los niños en diversos
tipos de trabajos, más que una estrategia proteccionista, fue una
intervención institucional para controlar el ingreso de los sectores
populares en el proyecto económico del Estado57 y que, por otro lado,
las diversas instituciones públicas o privadas, religiosas o laicas, que

53 Estela Restrepo, “El concertaje laboral de los niños abandonados en


Bogotá 1642-1885”, Historia de la infancia en América Latina, comp. Pablo
Rodríguez y María Emma Mannarelli (Bogotá: Universidad Externado,
2007) 263-281.
54 Cecilia Muñoz y Marta Palacios, El niño trabajador: testimonios (Bogotá:
Valencia Editores, 1980).
55 Zandra Pedraza Gómez, “El trabajo infantil en clave colonial:
consideraciones histórico-antropológicas”. Revista Nómadas 26 (2007):
80-90.
56 Sosenski, “Un remedio contra la delincuencia…” 95-96.
57 Sosenski, “Un remedio contra la delincuencia…” 95-96.

51
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

se hicieron cargo de los niños abandonados, huérfanos y, en general,


de los niños pobres buscaban un objetivo central: moralizarlos a
través del trabajo.
Estas investigaciones a las que nos venimos refiriendo han
indicado que los procesos de urbanización e industrialización, así
como la transformación de los trabajadores artesanales en prole-
tarios, menguaron la participación de los niños como aprendices
y que, a principios del siglo xx, el trabajo infantil para se desplazó
hacia la calle, a oficios y actividades informales, al igual que hacia
las fábricas. El niño aparece así como un “mandadero”, como al-
guien dedicado a cualquier labor menos al aprendizaje. Lo que
había sido una práctica común en el periodo colonial, que implicaba
proporcionar alimentación, vestido y formación al niño aprendiz,
se fue desmoronando en el curso del siglo xix. La relación entre el
maestro y el aprendiz, uno de los “rasgos definitorios” del proceso
de socialización, se había trasformado; ahora el vínculo entre estas
partes era una relación de servicio58.
En muchos de los trabajos que hemos consultado se muestra la
dificultad, surgida de las limitaciones de la documentación, de ubicar
de forma clara el lugar social que ocupaban los niños de extracción
popular, quienes eran visibles solo a los ojos de los viajeros y sus
labores pasaban desapercibidas59. Algunas de las investigaciones
sobre el trabajo infantil buscaban no solo hacer que los niños sur-
gieran del anonimato en el que los ha mantenido la historia, sino
enfatizar su acción social:
Los trabajadores infantiles fueron actores sociales definidos
por su función económica, fueron productores y vendedores de ma-
nufacturas, proveedores de servicios, elementos clave para la repro-
ducción social y la transmisión de valores, sujetos que cumplieron
un papel de bisagra entre generaciones marcando continuidades,
rupturas y cambios con el pasado.60

58 Sosenski. “Niños y jóvenes aprendices…”.


59 Rojas Flores, “Los niños trabajadores en la industria de Chile”.
60 Sosenski, “El trabajo infantil en México…”.

52
Breve historia de Los niños de la miseria en América Latina y Colombia

Muñoz y Palacios señalaron que los niños hicieron parte, acti-


vamente, de las estrategias de subsistencia familiar y sus actividades
más importantes, como ir a la escuela, al trabajo o ayudar dentro del
hogar, estuvieron comúnmente condicionadas por las necesidades
colectivas y familiares. Las empresas preferían a los niños como
trabajadores porque no generaban problemas legales ni laborales, su
salario era menor al de los adultos, no exigían pagos de seguridad
social y su tamaño les permitía entrar en lugares reducidos o pasar
gran número de horas agachados o de rodillas. Todo esto los convertía
en una mano de obra atractiva pero también barata.
A medida que las condiciones económicas de la población se hacen
más difíciles, los niños se ven obligados a ingresar en número cada vez
mayor a la fuerza de trabajo, hecho que se refleja en las estadísticas de
las encuestas de hogares y en los datos censales revisados por Muñoz
y Palacios en 1979. Este fenómeno se daba con mayor recurrencia en
las zonas rurales, lo que muestra que en la ciudad, debido a la nece-
sidad de mano de obra especializada, el aumento había sido inferior
que en el campo. Muñoz y Palacios señalaban que prácticamente no
había ninguna actividad económica en la que los niños no estuvieran
vinculados como trabajadores. Muchas veces lo hacían como ayudantes
familiares, otras bajo el mando de un patrón y en algunas ocasiones
en forma independiente61. Los estudios dejan ver que en el caso de
los niños trabajadores la violación del Código de Trabajo ha sido un
hecho corriente; por ejemplo, la extensión de la jornada laboral era uno
de los aspectos donde la explotación del niño se hacía más evidente.
Otro aspecto que ponían de relieve era la explotación padecida por lo
niños trabajadores, quienes en muchas ocasiones, a pesar del descanso
semanal obligatorio establecido por la ley, laboraban los siete días de
la semana en múltiples oficios62.
La problemática del niño trabajador ha sido considerada también
desde una perspectiva poscolonial. Se ha planteado que mientras en
Europa el trabajo infantil se presentó de manera más cruda en las fábricas
durante el periodo de la industrialización, en América Latina ha estado

61 El Tiempo. Bogotá, diciembre 27, 1978.


62 El Tiempo. Bogotá, diciembre 29, 1978

53
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

presente desde la época colonial y, en buena parte, se sigue manifes-


tando en los mismos sectores a los que tienen acceso los adultos, por
ejemplo, en el sector informal. Los estudios poscoloniales afirman que
contrario a lo que ocurrió con los hijos de los obreros europeos,
que fueron sustraídos de los trabajos industriales en el término de
medio siglo y protegidos por el sistema escolar y social, los hijos de los
indígenas, esclavos y mestizos en América continuaron participando
en las formas de producción propias de la periferia del sistema-mundo, en
las modalidades de la informalidad, el servilismo, la esclavitud y la
producción artesanal63.

63 Pedraza Gómez, “Los niños trabajadores y la percepción cultural…”.

54
Bogotá, en cuyas calles vivieron los niños
de la miseria en el siglo xx

Comienzos del siglo xx

A principios del siglo pasado, Bogotá conservaba sus construc-


ciones blancas de tejas de barro y sus muchas iglesias. No perdía su
imagen y espíritu colonial, como lo demostraba el hecho de que los
sentimientos de pertenencia de sus escasos 100 000 habitantes es-
tuvieran vinculados a la parroquia en la que habían nacido y donde
vivían. La parroquia era la institución religiosa alrededor de la cual
giraba la vida de las personas y sobre la que se zonificaba la ciudad1.
La Catedral, Las Nieves, Santa Bárbara y San Victorino fueron las
parroquias que los bogotanos de principios de siglo heredaron de la
anterior centuria, su división dio lugar a las nuevas parroquias de Las
Aguas, Egipto y Las Cruces, entre otras. A pesar de esto, la parroquia
de La Catedral continuó siendo la más importante de todas. A ella
pertenecían las familias más adineradas y prestigiosas de la capital.
A través de organizaciones caritativas, aquellas familias atendían los
múltiples problemas sociales que se presentaban en la ciudad, entre
los que se encontraban los niños de la miseria, que recorrían las calles

1 Historia de Bogotá. Tomo iii. Siglo xx (Bogotá: Fundación Misión Colombia,


1988).

55
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

en busca de sustento y a los que había que socorrer por su pobreza,


carencia de vida familiar y falta de educación.
La ciudad estaba habitada por ricos hacendados, comerciantes, ban-
queros, agroexportadores e industriales incipientes, que conformaban
la estrecha y elitista clase dirigente que moraba en los alrededores de la
Plaza de Bolívar, en lujosas viviendas que se fueron construyendo en
sectores residenciales de la ciudad. Empleados y profesionales, egre-
sados de las facultades de ingeniería, medicina y derecho, así como
artesanos organizados en gremios que aún no padecían el proceso de
proletarización de comienzos de la industrialización, conformaban
una muy reducida y embrionaria clase media. Se encontraba además la
llamada “clase obrera”, compuesta por un sector bajo del artesanado y
por “los pobres de solemnidad” que habitaban los arrabales, de donde
provenían las mujeres del servicio doméstico, que hacían parte de un
amplio sector que trabajaba, desde edades muy tempranas, en las casa
de los ricos de la ciudad.
La Plaza de Bolívar, ubicada frente a la Catedral, no solo era el
lugar que albergaba el gran mercado semanal, donde llegaban los
campesinos de los alrededores de la ciudad a ofrecer sus productos,
sino también configuraba el mayor centro de la sociabilidad capi-
talina, donde tenían lugar todas las actividades civiles, religiosas y
militares de la capital, en las que jamás faltaban los niños callejeros.
Tiempo después, hacia el sur de esta plaza se construirían los asilos,
los hospitales, la cárcel y unas pocas vías en estado deplorable que se
inundaban en las épocas de lluvias2.
Bogotá era una ciudad pequeña, que abarcaba unas 60 cuadras
mal contadas, aprisionadas en los estrechos límites demarcados por
la calle 1 hasta la iglesia de San Diego, en la calle 26, y entre el Paseo
Bolívar, hoy carrera séptima, y la Estación de la Sabana3. A comienzos
del siglo pasado la ciudad empezó a expandirse y a dar cabida, de
manera paulatina, a una amplia masa de población campesina des-
terrada, mayoritariamente, de Cundinamarca y Boyacá.

2 Historia de Bogotá. Tomo iii. Siglo xx.


3 Historia de Bogotá. Tomo iii. Siglo xx.

56
Bogotá, en cuyas calles vivieron los niños de la miseria en el siglo xx

La ciudad, en las primeras décadas del siglo xx, experimentó


cambios urbanísticos que modificaron su estructura colonial. Crecía
y adquiría la fisonomía que le daría un nuevo carácter a lo largo del
siglo. De esta manera, Bogotá fue expandiéndose, transformándose y
sobretodo estableciendo una diferenciación económica y social muy
marcada entre el desarrollo urbano del norte y el sur, que se prolongaría
a lo largo de su historia. Hacia el sur, en las faldas de la cordillera, rica
en barros y arcillas, surgió una amplia zona de “chircales” que abastecía
a la ciudad de ladrillos, tejas y baldosas. La ciudad, en esta zona, se fue
expandiendo en los terrenos aledaños a la vía que conducía a Tunjuelo
y Usme y por el camino que llevaba a Bosa y Soacha.
En estos espacios periféricos se construyeron en su mayoría
asentamientos espontáneos y desordenados, arrabales que carecían
de los más mínimos servicios públicos y que albergaban, en general,
población campesina lugareña o desterrada, obreros y artesanos, gente
pobre que vivía en difíciles condiciones habitacionales y sanitarias.
De los barrios miserables surgían muchos de los niños callejeros, que
se alejaban de sus padres huyendo del hambre y el castigo cotidiano,
buscando formas de vida más libres que les permitiera obtener algún
dinero para ayudar al sostenimiento de sus familias.
En el norte de la ciudad, por el contrario, se encontraba el desarrollo
urbano más próspero de la época, ya que desde finales del siglo xix
empezaron a surgir allí importantes proyectos liderados por algunas
familias pudientes de la capital. La calidad de sus tierras, en su mayoría
no apta para la agricultura, permitió el desarrollo de emblemáticas
haciendas ganaderas de la sabana, como la de Chapinero, el Chico
y Santana, muchas de las cuales existieron hasta mediados del siglo
xx y dieron lugar a urbanizaciones costosas y elegantes. A finales del
siglo xix se habían erguido la iglesia de Nuestra Señora de Lourdes y
su parroquia como una respuesta al liberalismo radical imperante en
la época, en medio de una efervescencia de la fe mariana y como un
recurso empleado por las clases pudientes para escapar de una ciudad
que estaba siendo infestada de “indios”, que se desplazaban a la capital
ante la disolución de sus resguardos y la supresión de los ejidos.
Numerosas familias construyeron sus “quintas” veraniegas en
Chapinero, a donde llegaba una de las primeras líneas del tren y del

57
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

tranvía capitalino, además del camino que conducía a Usaquén y Tunja,


considerado el mejor de Bogotá4. Chapinero era descrito en la época por
Frailejón, columnista de El Gráfico, como un barrio lujoso y aristócrata,
lleno de flores y quintas, de sol y aire puro5, donde las familias gozaban
de una mayor libertad en su comportamiento, donde las señoras no
tenían que ponerse sombrero ni abrigo para salir, donde las muchachas
paseaban con los novios por los camellones y por la noche salían a
caminar a la luz de la luna o a remar en el Lago Gaitán6.
En estos lugares de privilegio y alcurnia también aparecían los
niños de la miseria, cuya presencia era de esperar en los rincones de
la ciudad donde había afluencia de gente. Allí descubrían rápida-
mente los movimientos de los ciudadanos pudientes, alrededor de
las estaciones del ferrocarril, de las plazas de mercado y tiendas
donde concurrían las señoras o sus “sirvientas” a hacer las compras
cotidianas. También acudían a las nuevas iglesias, donde se unían
a los pordioseros y aprendían las fórmulas visuales y retóricas para
conmover el corazón de los feligreses y obtener algunos centavos.
A veces, lo recolectado alcanzaba para divertirse y sobraba un
poco para llevar a la familia. En esos lugares, estos niños aparecían
como recolectores de basuras, pordioseros, mandaderos e incluso como
pequeños bribones y ladronzuelos.
Los cerros de Monserrate, Guadalupe y algunos aledaños no
permitieron una fácil expansión de la ciudad hacia el oriente. Sin
embargo, el Paseo Bolívar, en las estribaciones de la cordillera y cuya
ocupación venía creciendo desde tiempo atrás, era habitado por gente
miserable y constituyó una preocupación constante de los gobernantes
de la época, debido al hacinamiento que se experimentaba en sus
covachas infelices y por ser el lugar donde se fraguaba gran parte
de los crímenes de la capital7. Otros barrios populares de la época
eran Las Aguas y Egipto. Hacia la década de los años veinte, surgió
La Perseverancia, barrio de artesanos y obreros del oriente de la

4 Historia de Bogotá. Tomo iii. Siglo xx.


5 El Gráfico. Bogotá, mayo 19 de 1926, citado en Cecilia Muñoz y Ximena
Pachón, La niñez en el siglo xx (Bogotá: Editorial Planeta, 1991).
6 El Tiempo. Bogotá, marzo 2, 1969.
7 El Tiempo. Bogotá, junio 23, 1924.

58
Bogotá, en cuyas calles vivieron los niños de la miseria en el siglo xx

capital, nacido con el apoyo del industrial Leo S. Kopp, propietario


de la cervecería Bavaria, para que sus obreros adquirieran terrenos
en una parcelación cercana a su negocio, ubicada en los altos de la
iglesia de San Diego. De estos lugares bajaban diariamente niños
trabajadores, callejeros y delincuentes a buscar su sustento en el
centro de Bogotá.
La expansión de la ciudad hacia el occidente fue más temprana.
Allí surgió, en 1850, en la antigua Huerta de Jaime, el Parque de los
Mártires, como homenaje a los próceres caídos durante la Indepen-
dencia, y la Plaza de Maderas, más tarde llamada Parque España. En
la periferia de la ciudad se encontraban grandes haciendas ganaderas
y los pueblos de indios de Suba, Fontibón y Engativá, muy distantes
de la capital pero que con el paso de los años se fueron integrando a
su desarrollo urbano.
Se debe señalar que amplios sectores de la ciudad estaban ha-
bitados por población campesina de reciente inmigración, que vivía
en miserables casuchas de techos pajizos, bahareque y piso de tierra
pisada, que carecían de agua, letrinas y desaguaderos. En ocasiones,
en una sola habitación dormía toda la familia, con sus animales
domésticos y los peregrinos que pasaban de visita8. De estos sectores
también provenían muchos de los niños que en manadas se tomaban
el centro de Bogotá, así como los alrededores de los templos, plazas
de mercado y zonas comerciales.
Si bien la ciudad en las primeras décadas del siglo xx se fue expan-
diendo espacial y demográficamente, este crecimiento no corrió parejo
con una mejora general de las condiciones de vida de sus habitantes,
pues amplios segmentos de la población seguían viviendo en una
situación deplorable. En el centro de la ciudad, las antiguas casonas
coloniales y republicanas, con sus grandes corredores, patios, jardines
y solares, fueron desapareciendo con la entrada del siglo, debido a la
presión demográfica y la demanda permanente de vivienda que las
fue transformando. Se dividieron y subdividieron, y algunas dieron
origen a inquilinatos y pensiones que llegaban a albergar hasta treinta
familias en una sola propiedad. Tiendas, talleres y pequeños negocios

8 El Tiempo. Bogotá, abril 5, 1920.

59
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

también surgieron en las habitaciones exteriores de estas viviendas9.


Los inquilinatos, que se mantuvieron hasta finales de siglo, eran el
lugar donde se iniciaban entrañables amistades entre los niños de los
sectores pobres de la ciudad; se trataba de “hermandades” que, orga-
nizadas en pequeños grupos, confluían hacia el centro de la capital en
búsqueda de experiencias nuevas, generalmente ligadas a la aventura
de la limosna pero también de la pequeña ratería.
Con el paso de los años, la vieja ciudad empezó a cambiar de
aspecto. A raíz del desarrollo de la economía exportadora, llegaron
al país los bancos y las agencias de negocios, que se ubicaron en los
alrededores de la Plaza de Bolívar, se construyó el funicular a Mon-
serrate, se crearon algunos parques y se embellecieron otros, como
el Parque de la Independencia, al igual que la Quinta de Bolívar y el
Museo Nacional10. Se abrieron nuevas avenidas y surgieron muchos
barrios, unos elegantes y dotados de todos los servicios; otros mise-
rables y carentes de todos los adelantos de la vida moderna de la época.
El crecimiento acelerado de la ciudad hacía que todas las previsiones
se quedaran cortas, diariamente llegaban nuevos pobladores y las au-
toridades eran impotentes para controlar la situación11. En los sectores
de la zona céntrica, confluía constantemente un flujo de empleados y de
trabajadoras domésticas, así como de transeúntes desprevenidos,
que era siempre sorprendido por la algarabía y el juego bulliciosos,
pero amenazante, de los niños callejeros. Allí también irrumpían los
pequeños voceadores y lustrabotas, e incluso los niños vendedores
del café, que ofrecían servicios y bienes a los transeúntes, a quienes,
al más pequeño descuido, también atracaban o robaban.

Salubridad y servicios públicos


A principios de siglo, los servicios públicos que existían en la ciudad
eran totalmente precarios. Unidos a las deplorables condiciones higié-
nicas en que sobrevivían amplios sectores de la población capitalina,
presentaban un panorama lamentable reflejado en las catastróficas

9 El Tiempo. Bogotá, mayo 27, 1914.


10 El Tiempo. Bogotá, Julio 29; septiembre 28,1920. El Gráfico. Bogotá, octubre
30, 1920; agosto 24, 1929.
11 Muñoz y Pachón, La niñez en el siglo xx.

60
Bogotá, en cuyas calles vivieron los niños de la miseria en el siglo xx

cifras de mortalidad infantil12. Con el paso de los años, los servicios


públicos se fueron ampliando y las redes de acueducto, alcantarillado
y transporte público tuvieron un mayor cubrimiento. Se adquirió el
acueducto, se sanearon las fuentes de abastecimiento de aguas de la
capital, las familias que poblaban sus alrededores fueron desalojadas,
se canalizaron los ríos San Francisco y San Agustín y se implantó el uso
del cloro para la purificación de las aguas. Así mismo, se pavimentaron
las calles, se institucionalizó el andén como vía peatonal, las basuras
pasaron a ser objeto de estudio y la planificación de la ciudad comenzó
a ser pensada. Los esfuerzos por dotar a Bogotá de buenos servicios
públicos se desvanecían ante las demandas crecientes de los nuevos
inmigrantes y, a pesar de los logros alcanzados, las condiciones de
insalubridad no variaron notablemente a comienzos del siglo13.
Por su parte, los niños de la miseria se apropiaban de la nueva
ciudad con sus camadas nocturnas. Usaban las aguas canalizadas de
los ríos para bañarse, jugaban en esos reservorios crecidos en época
de invierno y en las piletas de los parques, y consumían basuras y
desperdicios como fuente de subsistencia. Su vida en la calles estaba
llena de peligros, sufrían accidentes y eran blanco de los ataques de
los adultos y las autoridades que querían alejarlos de estas zonas
de renovación urbana.

Insalubridad y mortalidad
La insalubridad reinante en Bogotá, unida a la pobreza y desnu-
trición de un gran número de sus habitantes, incidía en las condiciones
de vida de la población en general, pero de manera muy especial en
los niños. Todos eran azotados periódicamente por epidemias de tifo,
sarampión, tosferina, difteria, escarlatina, gastroenteritis y enteritis,
neumonías y bronquitis. La lepra, “el castigo divino”, era la enfer-
medad que mayor temor causaba y estaba muy extendida en amplias
zonas marginadas de Bogotá, donde el piso de tierra de las viviendas
favorecía su trasmisión. En ese entonces se desconocía su forma de
propagación, al igual que la manera de combatirla, y ante el terror que

12 Muñoz y Pachón, La niñez en el siglo xx 22.


13 Muñoz y Pachón, La niñez en el siglo xx 29.

61
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

su presencia despertaba en la ciudadanía, los leprosos eran confinados


por las autoridades en los terribles leprosorios o lazaretos14.
Los niños de la miseria estaban bastante expuestos al contagio
de las enfermedades epidémicas que pululaban en la ciudad, no solo
cuando deambulaban en la calle, sino también cuando estaban recluidos
en las instituciones a donde iban a parar cuando las almas caritativas
se compadecían de ellos o la policía local los desterraba de un espacio
para liberar a los transeúntes de la presión limosnera y delictiva.
En las estadísticas de la época presentadas en la prensa se hablaba
constantemente de la alta mortalidad infantil en Bogotá. La esperanza
de vida de los niños eran muy bajas, especialmente entre aquellos que
nacían en los barrios periféricos de la ciudad, donde la miseria y la
desnutrición, unidas a las condiciones de insalubridad de los barrios
y viviendas, así como al crónico desaseo de la población y a los há-
bitos tradicionales de crianza, determinaban que un porcentaje alto
de chicos no sobreviviera el primer año de vida15. Desde la prensa se
informaba que en el año de 1905 la mortalidad total de Bogotá fue de
2 669 personas y la mortalidad infantil de 1 250, es decir, casi el 50%
de las muertes. Para ese mismo año, la natalidad fue de 3 226 niños.
En 1918, año de la desastrosa epidemia de gripa, murieron 5 302 per-
sonas, de las cuales 1 080 eran menores de un año. La proporción de
niños menores de un año muertos por 100 nacimientos era de 22%16.
La muerte de los niños callejeros era una constante noticia en los
periódicos, donde se reclamaba atención para los niños sin familia
ni escuela.
En este contexto, es fácil entender por qué fueron los médicos
y los diversos representantes del sector de la salud quienes gestaron
todo un movimiento en defensa del niño, al que que paulatinamente
se fueron sumando otras esferas de la realidad social capitalina. Desde
principios de siglo, el niño era objeto de la medicina y constituía una

14 Muñoz y Pachón, La niñez en el siglo xx 29.


15 Muñoz y Pachón, La niñez en el siglo xx 39.
16 Cecilia Muñoz y Ximena Pachón, Informe preliminar (inédito) presentado
a la Fundación para la Investigación y la Tecnología del Banco de la
República como parte de la investigación sobre la historia de la niñez en
Bogotá entre 1900 y 1988. Este texto incluía un anexo demográfico.

62
Bogotá, en cuyas calles vivieron los niños de la miseria en el siglo xx

de sus preocupaciones básicas, especialmente en lo que se refiere a su


supervivencia. Fundamentalmente, fueron los médicos quienes, desde
una perspectiva humanitaria y científica, establecieron de manera
rigurosa las causas de la mortalidad infantil, lejos de consideraciones
teológicas que apuntaban a un castigo divino o a la voluntad de Dios;
por el contrario, las razones del deceso de un número importante de
chicos de las clases populares se debían buscar en las terribles con-
diciones en que estas capas de la población sobrevivían. Entre estos
médicos, se puede mencionar a José Ignacio Barberi, Calixto Torres,
Enrique Enciso o Jorge Bejarano, profesionales formados en la Facultad
de Medicina de la Universidad Nacional y con estudios en el exterior.

Inseguridad
En esta misma época, la inseguridad era otro de los grandes
problemas que aquejaban a la capital. Con frecuencia se presentaban
riñas callejeras, agudizadas por el consumo de la chicha, que termi-
naban generalmente en el uso del puñal17. Así mismo, en los caminos
que comunicaban a Bogotá con los municipios vecinos pululaban las
bandas de atracadores y asaltantes que también asediaban las haciendas
y fincas. En este contexto, la delincuencia infantil y juvenil alarmaba
enormemente a la ciudadanía. Muchos los niños que llegaban a los
juzgados de menores estaban acusados de hurto y atentados contra la
moral. La gente temía salir en la noche y la policía se sentía incapaz
de controlar una ciudad con altos niveles de inseguridad18. Los niños de
la miseria magnificaban el espanto de la ciudadanía con sus fechorías.
Ellos hacían parte de grupos delincuenciales, en los que los actuaban
como centinelas, anunciaban la presencia de la autoridad y permitían
que los bandidos se escabulleran.

Los niños de la miseria


En las primeras décadas del siglo pasado, Bogotá era descrita como
una ciudad taciturna y gris, enclavada a gran altura en la cordillera de
los Andes. Una urbe seria, aburrida y solemne, de clima frío, lluviosa y

17 Historia de Bogotá. Tomo iii. Siglo xx.


18 Muñoz y Pachón, La niñez en el siglo xx 35.

63
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

con dificultades de acceso, invadida por los niños de la miseria. Estos


chicos estaban presentes en los entierros y matrimonios, en los desfiles
militares, en las procesiones religiosas y en cualquier evento que se
sucediera en Bogotá, donde aprovechaban todas las oportunidades
que se les presentaran para gozar y alborotar el ambiente. Recogían
sobras de comida, pedían limosna y si alguien se descuidaba, algo de
lo ajeno lograban meter en sus bolsillos.
La participación en la vida religiosa de la ciudad, en particular
en la de las parroquias a las que se pertenecía, era muy importante
y ocupaba buena parte del tiempo de hombres, mujeres y niños. Los
atrios de las iglesias se llenaban de niños callejeros y trabajadores que
buscaban recursos y se mezclaban con los feligreses para conseguir
unos cuantos centavos adicionales. Estos niños pertenecían por lo
general a familias resquebrajadas, donde la madre sola buscaba los
medios para la supervivencia de sus hijos. También era probable que
sus padres hubieran muerto o abandonado la familia. Sus hermanos,
en ocasiones hijos de padres diferentes, vivían en medio de la pobreza
y, al igual que ellos, deambulaban por las calles, pedían limosna a los
transeúntes, acudían a las casas de familias adineradas o restaurantes
donde tenían “contratas” y recibían las sobras de comida, realizaban
múltiples trabajos y también cometían robos y fechorías que acababan
por convertirlos en visitantes asiduos de juzgados y en habitantes de
reformatorios y cárceles. Todos ellos hacían parte del mismo fenómeno
que se arrastraba por la ciudad
Eran niños que deambulaban descalzos, desarrapados y malo-
lientes por las frías calles de Bogotá. Su ropa era heredada, grande,
rota, remendada y sucia. En días festivos o en grandes ocasiones
usaban alpargatas, ruana y, cuando podían, sombrero de paja. Otras
veces lograban aprender los rudimentos de algunos oficios al lado
de maestros artesanos, pero la mayoría no sabía leer ni escribir y
tampoco iba a la escuela. Estos niños asistían al catecismo de la
parroquia y se unían a las primeras comuniones colectivas de los
niños pobres, donde, además de la comunión, recibían ropa usada
que otros niños les donaban y comida preparada por las señoras
de la sociedad que ayudaban a organizar estos eventos. La calle
era su escuela. En ella, los niños mayores y con más experiencia les

64
Bogotá, en cuyas calles vivieron los niños de la miseria en el siglo xx

t­ rasmitían las normas de la vida callejera y las formas de solidaridad


y compañerismo que habían ido estableciendo con el fin de asegurar
su supervivencia en la ciudad.

A mediados del siglo xx (1930-1959)


A partir de la década de los años treinta el país presenció el ascenso de
los Gobiernos liberales y el fin de la Hegemonía Conservadora (1880-1930).
Esto significó un cambio radical en el manejo del Estado, que se experi-
mentó de manera especial en la capital por su cercanía con el ejecutivo.
Se planteó un fortalecimiento administrativo y político del Estado, una
reforma fiscal que le aseguró a la administración pública una recau-
dación eficiente de impuestos y la disponibilidad de presupuestos más
amplios para atender programas de desarrollo económico, adminis-
trativo y social, con énfasis en lo educativo. La mayor intervención del
Estado en los asuntos sociales, rasgo que definió a la nueva ideología
del Estado bajo el gobierno de López Pumarejo, se vivió en Bogotá a
través de las normas de reglamentación urbana, desarrolladas con la
participación de eminentes urbanistas que apoyaron la realización de
planes de desarrollo. Este proceso de modernización urbana implicó
la ampliación de los servicios públicos y de la red de pavimentación
de la ciudad, entre otros aspectos. En esta época, Bogotá experimentó
un crecimiento nunca antes visto.
El uso del automóvil, los buses y el tranvía se expandió en toda
la ciudad. Se ampliaron las zonas comerciales y los parques fueron
objeto de interés prioritario. Las zonas se diferenciaron por su función
productiva: barrios de chircales y tejares, de comercio, habitacionales
e institucionales. La antigua diferenciación social se fue agudizando
incluso más que a principios de siglo: los barrios de clase alta, los de
los empleados, los de los trabajadores e inmigrantes se distanciaron
y aislaron. “Los antiguos arrabales fueron trasladados a las afueras
de la ciudad y de esta manera se consolidó el cordón de pobreza de
la ciudad”19. El nuevo Estado se hizo sentir en todos los ámbitos de la
administración, entre ellos, la niñez, que estuvo inicialmente a cargo

19 Cecilia Muñoz y Ximena Pachón, La aventura infantil a mediados de siglo


(Bogotá: Editorial Planeta, 1996) 16.

65
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

de las instituciones religiosas y de la caridad, y pasó a ser objeto de


instituciones laicas, de orientación más liberal y científica.
Las campañas de saneamiento, desinfección y vacunación que
se realizaron en la época, disminuyeron de manera notoria las tasas
de mortalidad y estas medidas impulsaron el crecimiento urbano.
A comienzos de la década del treinta, Bogotá era una ciudad de 237 004
habitantes y a finales de los años cincuenta contaba 995 270 habitantes.
Durante este periodo, la capital mantuvo un ritmo de crecimiento
superior al 6%, la mayor tasa de crecimiento demográfico de toda su
historia. La vieja Santa Fe desaparecía y surgía una nueva Bogotá:
una urbe inundada de migrantes, donde los viejos bogotanos no se
reconocían y con nostalgia veían cómo la ciudad dejaba de pertene-
cerles (tan solo una tercera parte de los habitantes de la ciudad habían
nacido en ella20).
La ciudad comenzaba convertirse en una red cada vez más amplia
y heterogénea de asentamientos. Los viejos barrios se trasformaban. Las
casas de un solo piso, balcones y aleros grandes se derribaban y eran
remplazadas por edificios modernos, lo cual establecía un contraste
notable entre lo nuevo y lo viejo. El centro se transformaba de manera
irregular y perdía la armonía arquitectónica del periodo colonial y
republicano, aunque no adquiría del todo el carácter de núcleo de una
ciudad moderna. Los viejos y poéticos nombres de las calles de la ciudad
(“La Calle del Silencio”, “La Calle del Oratorio”, “La Calle de la Toma
Vieja”, “La Calle de Nuestra Señora del Amor”, “La Calle del Guarrús”,
“La Calle de la Fatiga”, “La Calle Florián”, etc.) fueron reemplazados por
una fría numeración. El crecimiento urbano no permitía una identidad
con nombre propio21.
Los barrios residenciales continuaron creciendo hacia el norte
y las clases adineradas se trasladaban cada vez más hacia las zonas
intermedias entre el Centro y Chapinero. Los barrios pobres se ex-
pandían hacia el sur y el suroriente. El Paseo Bolívar, Las Aguas, Las
Ferias y San Cristóbal albergaban la vieja y pobre población bogotana

20 Muñoz y Pachón, La aventura infantil a mediados de siglo.


21 Hernando Téllez, “La ciudad desconocida”. El Tiempo. Bogotá, Julio 25 de
1933. Citado en Muñoz y Pachón, La aventura infantil a mediados de siglo
16-18.

66
Bogotá, en cuyas calles vivieron los niños de la miseria en el siglo xx

y acogían la recién llegada desterrada por la Violencia. El periodista y


escritor Hernando Téllez escribía sobre la “Ciudad desconocida” en
que se había convertido Bogotá y sobre las múltiples y contradictorias
caras que presentaba. Describía a Chapinero con su lujosa Avenida
de Chile y sus barrios residenciales arborizados, La Magdalena y
sus “casa-quinta de riguroso estilo español”, Teusaquillo “coqueto
y aireado”, a las casuchas y sus habitantes de “barbarie semicivilizada”
a tres mil metros de la Plaza de la Concordia y hasta lo pintoresco y
típico de los suburbios bogotanos: Las Cruces, el barrio Girardot, El
Paseo Bolívar, San Cristóbal y “otros sin nombre, sin padrino”22. Por
las calles de estas zonas viejas y nuevas de la ciudad se sentía frecuente-
mente el deambular mugriento y bullicioso de los niños y jóvenes que
las habitaban. Muchos eran chicos nacidos en Bogotá, pero un buen
número provenía de otros departamentos, donde la Violencia había
acabado con su familia y su parcela. El padre había sido asesinado,
la madre posiblemente violada y los hijos sobrevivientes trataban de
rehacer su vida buscando el sustento en las calles de la capital.
Los cambios en la composición social y económica de su población
impulsaron el surgimiento de una amplia clase media, conformada
fundamentalmente por una capa de empleados públicos y bancarios,
además de profesionales universitarios, que rompió la antigua división
de sus habitantes entre pobres y ricos. De esta manera, surgieron co-
legios, hospitales y almacenes de clase media. Las familias tradicionales
empobrecidas y las familias nuevas enriquecidas con el producto de su
trabajo se confundían en esta nueva clase23. Los escritos y novelas de
José Antonio Osorio Lizarazo24 dan testimonio de este nuevo sector
social y de las realidades urbanas que se vivían en la ciudad.
Con el crecimiento de Bogotá, las calles y espacios públicos pasaron
a ser ocupados por el comercio callejero e informal. Los vendedores
ambulantes invadían andenes y plazas, y comerciaban toda clase de
productos, incluso algunos promocionaban ungüentos y brebajes con
los que garantizaban la cura de todas las enfermedades y la eterna

22 Cromos. Bogotá, enero 18, 1941.


23 Muñoz y Pachón, La aventura infantil a mediados de siglo.
24 José Antonio Osorio Lizarazo, Hombre sin presente (Bogotá: Editorial
Minerva, 1938).

67
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

juventud. Las calles eran ocupadas por acarreadores, muchos de


ellos venían de fuera con productos agrícolas, otros trasladaban per-
sonas, trebejos y animales dentro de la ciudad. Había “trasteadores”,
acarreadores de carbón, mercados y desperdicios. Las tradicionales
zorras, jalonadas por famélicos caballos y conducidas por sus caris-
máticos zorreros, cuya presencia en el entorno urbano capitalino se
prolongó hasta principios del siglo xxi, se encontraban en toda la
ciudad compitiendo con los automóviles que se iban haciendo cada
vez más populares.
El acontecimiento más importante de la época y del siglo pasado
fue indudablemente El Bogotazo, aquel levantamiento popular del
9 de abril de 1948 que marcaría profundamente al país, luego de
que tres disparos acabaran con la vida del líder liberal Jorge Eliécer
Gaitán25 y se diera inicio a uno de los ciclos de violencia más dramá-
ticos de nuestra historia y que aún no termina. Los hechos sucedidos
en Bogotá fueron la protesta urbana más importante de la primera
mitad del siglo xx en todo el continente26. Al enterarse de la muerte
del caudillo, una ola furiosa de gente pobre se volcó a las calles en un
movimiento insurreccional y comenzó un recorrido de destrucción,
saqueos e incendios por el centro de la ciudad. La multitud destruyó
todo lo que “simbolizaba el poder conservador y clerical” 27, y arrasó
con cerca de 140 edificios. El número de muertos como resultado de
los enfrentamientos entre las fuerzas del Estado y la muchedumbre
insurgente no está establecido, aunque algunos calculan que murieron
cerca de 3 000 personas28.

Pobreza e insalubridad
La diferenciación social en la ciudad se reflejaba en las condiciones
de salud pública a que estaban ceñidos sus moradores de acuerdo con
la ubicación de sus viviendas. De manera que tan solo en algunos
barrios del centro y en aquellos localizados en el norte de la ciudad

25 Cromos. Bogotá, agosto 27, 2014.


26 Renán Vega Cantor, “El 9 de Abril de 1948 y su impacto en la vida
colombiana”, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=166448.
27 Vega Cantor, “El 9 de Abril de 1948…”.
28 Vega Cantor, “El 9 de Abril de 1948…”.

68
Bogotá, en cuyas calles vivieron los niños de la miseria en el siglo xx

estaban disponibles todos los servicios públicos y sus habitantes vivían


en las mejores condiciones de salubridad. En contraste, los barrios del
oriente y del sur, así como las nuevas zonas de inquilinato, no contaban
con un buen servicio de aseo público, sus habitantes debían soportar
el hacinamiento, la mala calidad de las aguas, la carencia de alcanta-
rillado y pavimentación, entre otros problemas. Al respecto, Téllez
describía con dificultad, dado su carácter heterogéneo, los arrabales
de Bogotá, donde sus gentes vivían amontonadas como sardinas en
covachas infectas, donde la promiscuidad en el dormir y en el velar
era una ley, donde diez personas se albergaban bajo el techo de una
misma alcoba. Téllez sostenía que la familia típica de muchos de estos
barrios estaba integrada por “cuatro o cinco individuos: cuatro niños
huérfanos y la madre viuda”. También narraba que los niños jugaban
entre las alcantarillas, chapuceando entre las “aguas verdosas, espesas,
podridas”, que metían las manitas entre la suciedad para buscar
un corcho, una lata o un pedazo de madera que se les había caído.
El retrato de los arrabales hecho por Téllez nos presenta el abandono
de los niños pobres, que nadie cuidaba, “que [vivían] tranquilos, que
[morían] tranquilos”29.
La migración imparable y la consecuente expansión de la ciudad
dificultaban enormemente la solución de los graves problemas habitacio-
nales que existían desde principios de siglo en Bogotá. Las autoridades
municipales, preocupadas por las deficientes condiciones de habitación
de los pobres, trataban de establecer planes y adquirir terrenos para
desarrollar programas de vivienda30, sin lograr mayores resultados.
En estos años, la capital experimentó un aceleramiento inusitado de
su actividad constructora, que, sin embargo, no fue suficiente para
satisfacer las necesidades de vivienda que padecía la ciudad, que ad-
quirían proporciones alarmantes en los sectores populares.
De igual modo, los llamados “barrios obreros”, ahora densificados
y expandidos hacia la periferia de la ciudad, no disponían de los más
elementales servicios públicos (no contaban con electricidad, agua
corriente, letrinas, alcantarillado, servicios de aseo ni pavimentación

29 Hernando Téllez, “La ciudad desconocida”, El Tiempo. Bogotá, julio 25, 1933.
30 El Tiempo. Bogotá, diciembre 4, 1946.

69
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

de sus vías) y la insalubridad de sus habitaciones y calles mostraba


un cuadro vergonzoso. En estas barriadas sobrevivían familias hu-
mildes, que conservaban sus hábitos rurales, donde los hombres
desde temprana edad trabajaban como obreros en las incipientes
industrias que funcionaban en Bogotá, en el sector de la construcción
o desempeñaban variados e inestables oficios, no especializados y mal
pagos, tratando de lograr algo de dinero para el sostenimiento de su
mujer y sus hijos. A su vez, las mujeres se fueron incorporando a la
fuerza laboral. Algunas ingresaron como obreras a fábricas, otras
desempeñaron pequeños oficios en negocios y restaurantes del centro
de Bogotá, pero su gran mayoría realizaba oficios domésticos en las
viviendas de las familias más adineradas, al otro lado de la ciudad.
A mediados del siglo pasado, la polarización que se percibía entre los
barrios del norte y del sur se hizo aún más dramática.
En sus editoriales, columnas de opinión y reportajes, la prensa
capitalina de la época registraba de múltiples maneras la angustia
ciudadana por la alarmante situación de penuria e insalubridad que
padecían los habitantes de los barrios pobres. Al igual que a principios
de siglo, fueron los médicos, conocedores de las condiciones de insa-
lubridad y pobreza de las clases más vulnerables, quienes denunciaron
la agudización de las desigualdades que existían entre los barrios de
clase alta y los “infectos tugurios en que habitaban los menesteroso”,
como escribía el pediatra e higienista Jorge Bejarano31.
En la década de los cincuenta, la ciudad siguió con su progreso
acelerado. La migración era aún un fenómeno incontenible, la Vio-
lencia provocaba el destierro de cientos de familias del campo, que
eran acogidas en proporciones muy altas en Bogotá. La ciudad se
transformaba, su fisonomía y su espíritu cambiaban permanente-
mente. Surgieron algunos rascacielos, innumerables barrios, nuevas
vías, grandes y tumultuosos almacenes y modernas edificaciones,
pero también desaparecieron las quintas, las mansiones, las iglesias
coloniales y las antiguas construcciones. La prensa y los bogotanos
buscaban con nostalgia la antigua Santa Fe y, sorprendidos, presenciaban
el surgimiento de la cosmopolita Bogotá. Tras el Bogotazo, amplios

31 El Espectador. Bogotá, marzo 26, 1930.

70
Bogotá, en cuyas calles vivieron los niños de la miseria en el siglo xx

sectores de la ciudad que habían sufrido daños fueron reconstruidos y


empezó a surgir una ciudad que cada vez se alejaba más de su pasado,
aunque esto implicó que adquiriera la fisonomía de una desarmonía
espacial total.
Este avance en el mejoramiento de las condiciones de salubridad
de la población y la reducción de las enfermedades infectocontagiosas
repercutieron directamente sobre la esperanza de vida de los niños
bogotanos. Si en 1930 la población menor de 16 años era cercana al
58%, en 1959 pasó a representar cerca del 75% de la población total.
Esto implicaba una pesada carga adicional para la población eco-
nómicamente activa. Por su parte, el Estado fue incapaz de atender a
las necesidades de la creciente población infantil y joven de la capital.
La gran mayoría de estos niños pertenecía a familias muy pobres, que
vivían en condiciones difíciles en las zonas marginales de la ciudad.
Eran chicos carentes de educación, pues los cupos disponibles en las
escuelas eran insuficientes frente a la demanda; tampoco contaban
con atención médica adecuada, pues los centros de salud no alcan-
zaban a atender al cúmulo de niños enfermos que requerían cuidados
especiales y las camas hospitalarias tampoco daban abasto.
Los informes médicos y las estadísticas de este periodo dejaban
ver claramente que en la década de los cincuenta se había producido
un gran cambio en lo que respecta a la mortalidad infantil. El mejo-
ramiento de las condiciones sanitarias en gran parte de la ciudad, la
aparición de nuevas vacunas y la expansión de su uso se convirtieron
en una barrera efectiva contra las enfermedades infectocontagiosas
que causaban muchas muertes a comienzos de siglo. Sin embargo, las
diarreas y bronconeumonías continuaron siendo una causa importante
de la mortalidad en los niños menores de cinco años. El incremento
notorio de la población infantil que vivía en las zonas marginales,
en difíciles condiciones de salubridad y sin servicios públicos, y las
precarias condiciones económicas de sus familias, junto con los viejos
hábitos alimenticios y de crianza, repercutieron negativamente sobre
la condición nutricional y de salud de los niños bogotanos de clases
populares.
En la década de los cincuenta el problema de la desnutrición in-
fantil se convirtió en un fenómeno alarmante, que desplazó el foco de

71
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

atención que desde principios de siglo recaía sobre la mortalidad infantil.


La prensa dedicó varios escritos a la importancia de una alimentación
balanceada, así como a explicar de manera sencilla a las madres cómo
debían alimentar a sus hijos32. Estas iniciativas estaban encaminadas a
que el concepto de “buena alimentación” arraigara en nuestro medio33.
Muchos especialistas abordaban no solo la cuestión infantil,
sino que también le dedicaban columnas y artículos al asunto de
los hijos ilegítimos, hecho que causaba profunda consternación en
esta época. En Cundinamarca, casi el 27,4% de la población infantil
sufría la condición de ilegitimidad y a ella se adjudicaban muchos de
los males que padecía Bogotá, especialmente la mortalidad infantil,
que también estaba asociada, según la opinión de los expertos, al al-
coholismo, las pésimas condiciones higiénicas de las habitaciones, la
escasez alarmante de agua y la ignorancia absoluta del pueblo respecto
de los más elementales principios de puericultura34.
El doctor Calixto Torres, otro de los médicos abanderados de
la defensa de la infancia capitalina no entendía cómo Bogotá, una
ciudad donde existían tantas organizaciones encargadas del cuidado
de la niñez y con un clima tan favorable, presentaba tasas tan altas de
mortalidad infantil: 35% en el caso de niños menores de dos años y
50% en menores de un año35. Torres escribía que el niño pobre, el hijo
de la obrera, de aquellas mujeres que tenían que trabajar para ganarse
la vida, estaba condenado a vivir en la soledad, mal acompañado y
comiendo cualquier cosa. En su opinión, los hijos de nuestro pueblo
eran con frecuencia la progenie de “individuos débiles o tarados” o
de personas enfermas, por ejemplo, de sífilis, un mal que se trasmitía
entre generaciones y que constituía también una de las causas de la
mortalidad infantil. 36

32 Cecilia Muñoz y Ximena Pachón, “Mortalidad infantil, crecimiento


demográfico y control de la natalidad: una lucha por la supervivencia de la
infancia bogotana (1900-1989)”, Revista Maguaré 6.6-7 (1991): 101-153.
33 El Tiempo. Bogotá, abril 13, 1954.
34 El Tiempo. Bogotá, febrero 14, 1936.
35 El Tiempo. Bogotá, diciembre 5, 1942.
36 El Tiempo. Bogotá, febrero 14, 1936.

72
Bogotá, en cuyas calles vivieron los niños de la miseria en el siglo xx

Inseguridad y mendicidad
Además de la situación de insalubridad que padecían amplios
sectores de la capital, la inseguridad era otro problema de dimensiones
alarmantes. A comienzos de los años treinta, las “siniestras chicherías”
seguían existiendo y eran escenario de los más truculentos hechos de
sangre. El auge de la delincuencia era atribuido por la prensa a la miseria
y la “chichomanía” de amplios sectores de la población, pero también se
debía, según algunos periodistas, a la difusión de “ideas antisociales”, al
cinematógrafo, los cómics y la “falta de religiosidad”. Estas voces de
la prensa replicaban la exacerbación de los principios religiosos y con-
servadores, que en los años cuarenta y cincuenta se hicieron oír muy
fuerte en el país y en la capital de manera particular.
En este periodo, la ciudad enfrentaba todas las manifestaciones
de la delincuencia común, pero la más alarmante era la infantil y
juvenil, a la que la prensa capitalina le dedicaba muchas páginas, en
las que se leía que los clientes más asiduos del Juzgado de Menores
registraban hasta veinticinco entradas, también se señalaban que
estos niños y jóvenes ingresaban con su nombre, salían a la calle,
delinquían, partían para el reformatorio y de allí se fugaban y de
nuevo delinquían; regresaban posteriormente a estos sitios de re-
clusión, capturados con un nombre falso y continuaban el ciclo de
entradas y salidas hasta que cumplían dieciocho años, cuando caían
bajo el dominio de los jueces penales ordinarios y eran recluidos en
la cárcel y más tarde en la colonia penal37.
Había delincuentes juveniles de todos los pelambres, niños de
siete años hasta jóvenes de dieciocho. Los delitos que con frecuencia
cometían eran el hurto y los atentados contra la moral. A finales de la
década del cuarenta, se consideraba que la inseguridad de la capital se
explicaba por la situación de abandono de muchos de estos niños.
Se decía que todas las dolencias de la comunidad radicaban en el des-
cuido de la infancia menesterosa, en su incipiente o nula educación,
en su bajísimo nivel económico, en el menosprecio con que siempre
la habían mirado las clases ricas, el Gobierno y el pueblo mismo.
Se consideraba que los niños desamparados y miserables de la época

37 El Tiempo. Bogotá, abril 16, 1964.

73
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

serían los hombres viciosos del mañana, los malos obreros, los ele-
mentos insanos que ofenden la sociedad, que la combaten y envilecen.
Ellos serían los que llenarían las cárceles, los hospitales y prostíbulos;
“la parte repugnante, podrida y malsana lista a manifestar sus bajos
instintos en cuanto la autoridad afloje sus resortes represivos”38.
El crecimiento de la ciudad y la presencia masiva de niños y jóvenes
de origen campesino servían también para explicar la situación: “La
mayor parte de los menores infractores son muchachos campesinos
que han venido a buscar la vida en la ciudad, y no encuentran medio
honrado de ganarla”39.
La mendicidad infantil era otro de los graves problemas que
aquejaban a la ciudad en la década del cuarenta. Se decía que esta era
una profesión y que todo pordiosero que se respetara tenía sede, una
“oficina” al aire libre o un centro de operaciones para “trabajar”. Los
periodistas describían que hacia las seis de la tarde, cientos de chiquillos
y decenas de mujeres corrían a la par que el transeúnte, suplicando
con voz casi desfalleciente una limosna para calmar el hambre; que
cuando la mujer explotadora había terminado la jornada, en la cual se
educaba previamente a los chiquillos para que se regaran como una
trágica brigada a buscar por su cuenta la limosna, se recogía la tropilla
desgraciada y se emprendía la marcha de regreso a sus viviendas.
Era hora de la repartición de cada chiquillo a su tugurio, donde otra
mujer recibía algunos centavos por el alquiler de sus hijos40.

Los niños de la miseria


A mediados de siglo, los niños que vivían en la calle o en destar-
taladas casuchas eran infantes desarrapados, desnutridos, malqueridos
y descuidados. Los niños abandonados, los niños gamines, los niños
delincuentes, los niños trabajadores, las pequeñas niñas domésticas
y prostitutas seguían siendo una población miserable que tenía que
sobrevivir por sus propios medios en las calles de la ciudad y se sentía
con la obligación moral de contribuir al mantenimiento de sus familias.

38 El Tiempo. Bogotá, enero 10, 1945.


39 Historia de Bogotá. Tomo iii. Siglo xx 122-124
40 El Tiempo. Bogotá, junio 25, 1949.

74
Bogotá, en cuyas calles vivieron los niños de la miseria en el siglo xx

Todos ellos desarrollaban actividades que les impedían dedicarse


a sus estudios en la escuela y hacían parte de la gran población de
analfabetas de la ciudad. Los niños de los chircales, de las areneras,
de las polvoreras y talleres, los vendedores ambulantes, carboneros y
cargadores trabajaban más de ocho horas diarias, muchas veces sin
ninguna remuneración. Lo hacían al lado de sus padres o contratados
por parientes y vecinos, que se encargaban de su alimentación a cambio
de su fuerza de trabajo. El abandono, el maltrato y el infanticidio
continuaron siendo fenómenos corrientes en la Bogotá de la época.

Finales del siglo xx (1960-1999)


En esta época Bogotá continuó con su frenético crecimiento
urbano. Su densidad demográfica incidió de manera dramática sobre
sus problemas y los de sus pobladores, de manera muy especial en el
déficit habitacional que la caracterizó a lo largo del siglo. En la década
de los años sesenta, se calculaba que la capital padecía un retraso de
veintidós años en la construcción de vivienda41.
Los tugurios que brotaron en todas las ciudades del país y las
condiciones miserables en que vivían allí las familias y su abundante
prole fueron en esta época una de las preocupaciones gubernamentales
más significativas. Bajo la presidencia de Alberto Lleras Camargo se
diseñó un amplio plan tendiente a acabar con estos asentamientos que
proliferaban de manera especial en la capital. Se decía que en Colombia
existía una multitud de gente viviendo en condiciones infrahumanas,
quienes, para realizar sus labores, tenían que dejar abandonados a sus
hijos en los sitios menos adecuados, expuestos al hambre durante el
día y a muchos peligros42.
A pesar de los esfuerzos nacionales y de los Gobiernos municipales,
el problema parecía no tener solución. En Bogotá, el crecimiento de
los barrios del sur se hizo incontrolable. Las haciendas y en general las
áreas rurales fueron devoradas por la ciudad. De esta manera sur-
gieron asentamientos de todo tipo, que crecían por fuera del estrecho
perímetro urbano y, por tanto, sin derecho a acceder legalmente a

41 Historia de Bogotá. Tomo iii. Siglo xx 47.


42 El Tiempo. Bogotá, febrero 7, 1960.

75
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

los precarios servicios públicos distritales. Sus habitantes, migrantes


rurales de diferentes partes del país, se las ingeniaban para disponer
de ellos, la mayoría de las veces a través de procedimientos ilegales.
En Usme, surgió Santa Lucía, Barranquillita, El Quiroga, Picota,
Monte Blanco, Betania, Tenerife, San Cristóbal, Fucha, Tunjuelito,
Yomasa, Meissen, El Lucero y Santa Librada, así como infinidad
de otros barrios que, con el paso de los años y la creatividad de sus
pobladores, se fueron consolidando, legalizando y adquiriendo los
servicios públicos básicos.
Con vistas a mejorar la situación de estos asentamientos, el
Estado organizó la “Acción Comunal”, que delegaba en los habitantes
de los barrios la responsabilidad de su desarrollo. La conformación de
sus juntas era una de las primeras actividades que desarrollaban los
pobladores de un nuevo asentamiento, era una especie de carta de
ciudadanía o partida de bautismo del barrio. Allí se le daba nombre,
se conformaban comités de trabajo43 que se encargaban de realizar
las labores básicas del nuevo asentamiento: abrir calles y desagües
para que las aguas lluvias pudieran correr, escribir cartas para soli-
citar servicios y otras actividades similares. Se acudía a los reinados,
festivales, bazares, bingos, rifas y toda suerte de estrategias para
recolectar fondos que permitieran, por ejemplo, la construcción
del centro cultural, el centro deportivo o de salud, así como para
iniciar las obras de un parque, un aula de clase para los niños o
una cancha deportiva para los jóvenes. Muchas de estas actividades
eran reportadas por la prensa capitalina y frecuentemente aparecían
fotografías de niñas pequeñas o jovencitas, que, sonriendo y con
largas cabelleras, posaban para la prensa como candidatas al reinado
o reinas del barrio. Ahí estaban las Elisitas, las Rubis, las Gladys y
muchas otras, candidatas o reinas, que se habían destacado por su
entusiasmo en el éxito del festival44.
En los años setenta, la ciudad enfrentaba su más dramática si-
tuación: estaba agobiada por un creciente flujo diario de gentes pobres,
analfabetas y sin destino fijo que llegaban a la capital desterradas de

43 El Tiempo. Bogotá, junio 2, 1968.


44 El Tiempo. Bogotá, noviembre 2, 1968.

76
Bogotá, en cuyas calles vivieron los niños de la miseria en el siglo xx

sus lugares de origen, con la esperanza de conseguir un futuro. El cre-


cimiento de la población y la penuria económica de la administración
generaban alarma en las autoridades y dirigentes de la comunidad.
Diariamente llegaban buses atestados, cuyos viajeros, en su mayor
parte, se quedaban en la capital. La magnitud del crecimiento de la
población hacía que las proyecciones de los planificadores urbanos se
quedaran cortas un año después de trazadas. La policía, por su parte,
tenía dificultades para controlar una ciudad de cuya población no
existían cifras exactas. “Hasta ayer los datos del último censo sostenían
que viven en ella más de tres millones. Los alcaldes menores dicen que
sobrepasan los cinco y el alcalde Palacios Rudas la calcula en más
de cuatro millones”45. El burgomaestre sostenía que la situación de
Bogotá era alarmante y que la ciudad no podía seguir creciendo.
Algunos estudios mostraban que la migración a Bogotá, durante el
periodo 1964-1973, significaba casi el 60% de su crecimiento demo-
gráfico46. Se decía que Bogotá era una ciudad sin retorno, pues mucha
gente llegaba y la mayoría jamás regresaba a sus lugares de origen.
La prensa daba testimonio de esta situación y la ilustraba con fotos.
Allí se veían los que llegaban, con sus sombreros de fieltro, ruanas,
bártulos, caras de angustia y expectativa 47, generalmente acompa-
ñados de un manojo de pequeños cogidos de la mano para que no se
perdieran en la gran ciudad.
Hacia el sur y en la periferia de la ciudad la situación continuó
siendo radicalmente diferente a lo que sucedía en el norte, donde
habitaba la gente más adinerada del momento. En la prensa se pre-
sentaba el caso concreto del barrio La Paz, ubicado en una “loma
granujienta” y conformado por 3500 viviendas. Situado en el sur, sobre
la avenida Caracas, frente a la Escuela de Artillería, su desarrollo
era el vivo ejemplo de cómo surgió en Bogotá la mayor parte de las
urbanizaciones piratas: un predio de tierra estéril y uno o muchos
propietarios, poseedores o invasores, que vendían lotes a precios para
cualquier bolsillo, incluidos los de ayudantes de albañilería, celadores,

45 El Tiempo. Bogotá, abril 1, 1975.


46 El Tiempo. Bogotá, abril 1, 1975.
47 El Tiempo. Bogotá, abril 1, 1975.

77
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

vendedores callejeros e incluso de los desempleados, a quienes no les


daban más que un papel donde constaba la suma entregada. El agua
y la luz eran de contrabando. Las calles eran trazadas por la propia
comunidad, algunas de ellas en forma escalera que trepaba la montaña
y todas de tierra. Las viviendas de material se encontraban menos que
en obra negra. Algunos hogares estaban ubicados en un zanjón por
cuyo centro corrían las aguas negras, que se rebosaban con el menor
aguacero e inundaban las residencias. Otras tantas se hallaban en la
“zona roja”, es decir, aquella franja de terreno situada bajo las líneas de
energía de alta tensión. El agua llegaba por mangueras conectadas a la
red de un barrio vecino. Todo tenía que ser resuelto particularmente,
incluso los habitantes les pagaban a dos jóvenes bachilleres para que
dictaran clases en el pequeño colegio del barrio48.
En el centro de la ciudad, el deterioro se aceleraba dramáticamente
en aquellos años. El Cartucho, sector urbano que fue objeto de álgidas
polémicas en la década de los noventa, fue un caso emblemático. En
este barrio se encontraban mezclados los adultos y los más desampa-
rados y vulnerables niños de la miseria bogotana.
Se decía que allá iban a
parar los que salen de la cárcel sin familia ni futuro, los que pierden
la esperanza de conseguir un empleo, los drogadictos, los locos, los
prófugos y los destechados que no tienen a donde ir [...], [así como]
los proxenetas, traficantes de droga, vendedores de armas, falsifica-
dores, autoridades que cobran vacunas a los delincuentes para dejarlos
operar y todos los demás comerciantes de la ilegalidad [...].49

En la década de los ochenta, aparecen en el sector los primeros


comerciantes del papel y luego los proveedores del reciclaje. El pro-
blema de la recolección miserable del desperdicio en Bogotá se agudizó
cuando los dueños de los depósitos de papel comenzaron a pagarle con
bazuco a los recicladores, quienes cumplían una función social impor-
tante50. Para los habitantes de la ciudad, la situación de San Victorino

48 El Tiempo. Bogotá, septiembre 3, 1990.


49 El Tiempo. Bogotá, marzo 28, 1999.
50 El Tiempo. Bogotá, marzo 28, 1999.

78
Bogotá, en cuyas calles vivieron los niños de la miseria en el siglo xx

se convirtió en una temida pesadilla; se estremecían al pensar que en


sus barrios sucediera algo similar y cada vez que se quería describir
un estado de deterioro urbano se acudía a su imagen. Se hablaba de
la “san victorización de Bogotá”. La pesadilla pronto se convirtió en
realidad en amplias zonas urbanas. San Victorino y toda la avenida
Caracas, eran en la década de los ochenta una “zona negra longitu-
dinal”: saturada de desperdicios, “llena de absurdos arquitectónicos,
invasiones de andenes y calzadas, zonas de tolerancia, parqueo de
zorras y camiones, mercados callejeros, casetas, reponeros, burros
y suciedad ambiental”51. El problema se expandía con tal virulencia,
que el tradicional barrio Teusaquillo, en otros tiempos “modelo de
elegancia y distinción”, se encontraba en la época completamente
“san victorizado” y por todas partes existía el deterioro total52. Los
niños de la miseria brotaban de todos estos espacios urbanos, donde
se acumulaban los vicios y el deterioro social, las basuras y los des-
perdicios, la mugre y la pobreza.
Otro de los problemas que aquejaba la ciudad era el carácter caótico
del transporte. En 1967 existían en Bogotá 2679 autobuses urbanos que
transportaron, en promedio, 1 629 254 pasajeros durante el día53. Estos
autobuses, en su mayoría, eran propiedad de compañías privadas, las
autoridades distritales difícilmente los controlaban y los transeúntes se
quejaban permanentemente del servicio, porque los choferes de buses
hacían lo que se les antojaba: no cumplían el recorrido señalado o lo
cambiaban a su antojo, paraban donde a bien tenían y además apostaban
carreras unos con otros conductores en busca de más pasajeros54, lo
que multiplicaba la anarquía y el caos55.
De esta manera, desde los años sesenta hasta los noventa el trans-
porte colectivo corría, en su gran mayoría, por cuenta de empresarios
privados, de manera anárquica, incómoda, costosa e insostenible.
A partir de la década de los ochenta y, sobre todo, a finales de los

51 El Tiempo. Bogotá, noviembre 3, 1982.


52 El Tiempo. Bogotá, noviembre 3, 1982.
53 http://www.transmilenio.gov.co/Publicaciones/la_entidad/nuestra_entidad/
Historia
54 El Tiempo. Bogotá, febrero 2, 1966.
55 El Tiempo. Bogotá, junio 7, 1980.

79
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

noventa el sistema entró en crisis56. Las administraciones distritales a


finales del siglo formularon propuestas para solucionar el problema.
En 1999 se autorizó la constitución de la empresa Transmilenio S. A.57,
que indudablemente permitió que la ciudad terminara el siglo
desarrollando un sistema moderno de transporte, que, aunque no
solucionó todas los dificultades, sí permitió durante un tiempo que
los ciudadanos viajaran de manera más cómoda y de forma más
organizada.

Insalubridad
El crecimiento de Bogotá corrió paralelo con el problema de
la insalubridad y el desaseo. Por esta razón se trató de organizar la
recolección de las basuras, dado que se pensaba con alarma, y no sin
razón, que la ciudad estaba cada día en peores condiciones higiénicas.
Se decía que la avenida Jiménez y la calle 19, en el centro, deberían
ganarse el premio en suciedad: “El espectáculo matinal de mugre y de
porquería que ofrecen las aceras de ese sector causa, simplemente, asco
y vergüenza”, y la prensa se preguntaba si “vivíamos en una ciudad
o en una porqueriza”58.
Las denuncias de muladares, especialmente en las zonas cén-
tricas, en diversas partes de la ciudad se multiplicaban. En estos lu-
gares se amontonaban las basuras, a las que acudían, en busca de algo
que comer, las ratas, los moscos y también los niños de la miseria59.
Se decía que Bogotá se había convertido en la capital de las basuras.
Por su parte, las inundaciones de ciertos sectores de la ciudad y
las tragedias de su población damnificada continuaron ocurriendo al
finalizar el siglo. Las malolientes aguas de los ríos Tunjuelito y Bogotá
periódicamente arrasaban con los ranchos que algunos pobladores
pobres construían en sus inmediaciones, los desbordamientos aca-
baban con sus haberes y sepultaban sus ilusiones de tener alguna vez

56 http:// http://www.transmilenio.gov.co/Publicaciones/la_entidad/nuestra_
entidad/Historia
57 http:// http://www.transmilenio.gov.co/Publicaciones/la_entidad/nuestra_
entidad/Historia
58 El Tiempo. Bogotá, junio 10, 1970.
59 El Tiempo. Bogotá, agosto 10, 1970.

80
Bogotá, en cuyas calles vivieron los niños de la miseria en el siglo xx

una casita habitable; “todo lo perdían, se lo llevaba el agua”, concluía


la prensa60. Las inundaciones dejaban centenares de damnificados
y las noticias se repetían: “El desmedido caudal y la diferencia de
nivel entre el río y la superficie de los barrios ocasionó la anegación
y la rotura de la red de alcantarillado”61. Los habitantes perdían sus
viviendas y enseres, otros solo lograban salvar a sus pequeños hijos
y los utensilios más esenciales, pues las inundaciones los cogían por
sorpresa62. Se publicaban fotos de gentes sacando el agua de sus casas
con baldes y depositándola en calles anegadas, de madres evacuando
sus viviendas, cargando a sus hijos y sus animales.
A pesar de la gravedad del problema de la insalubridad y el desaseo
de la ciudad, así como de las muchas veces que se anunció y acudió
a la emergencia sanitaria, el problema permaneció. El siglo finalizó,
en materia sanitaria, con la explosión de una de sus mayores crisis:
el relleno sanitario de Doña Juana, ubicado en el sur de la capital.

Inseguridad
La inseguridad fue otro de los elementos que caracterizó a la
ciudad en esta época. Los robos a las residencias y almacenes, así
como los atracos a los transeúntes, que se convertían en homicidios
callejeros cuando alguien se atrevía a oponerse a los malhechores,
eran algunas de las modalidades frecuentes de los actos delictivos de
los que daba testimonio la prensa capitalina.
A mediados de los años sesenta, en la “Danza de las horas”, po-
pular columna de Calibán, se leía sobre las condiciones miserables de
ciertos sectores de la ciudad, como los barrios del sur, que cada día se
convertían en “retazos del Infierno de Dante”. El Juzgado de Instrucción
Criminal era teatro de horrendos espectáculos nocturnos, especial-
mente durante los sábados y domingos, cuando entraban mujerzuelas,
prostitutas y comparsas que llegaban casi siempre heridas, ebrias o
intoxicadas de marihuana. Los hombres llegaban en las mismas o en
peores condiciones, así madres de familia, “con doliente cortejo de

60 El Tiempo. Bogotá, marzo 6, 1980.


61 El Tiempo. Bogotá, noviembre 2, 1980.
El Tiempo. Bogotá, enero 2, 1964.
62 El Tiempo. Bogotá, noviembre 2, 1980.

81
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

niños famélicos”, bárbaramente golpeadas por sus maridos. En este


escenario también irrumpían los pequeños delincuentes, menores de
edad que en su mayoría iban a parar a la cárcel Modelo, en donde se
perdían para siempre63.
Por su parte, los comerciantes sufrían continuos robos de sus al-
macenes. La sociedad capitalina se encontraba cada vez más amenazada
por un auge de la delincuencia nunca antes registrado. Se solicitaba
al Gobierno dotar al país de un eficaz y renovado estatuto de defensa
y se pedía que todos hicieran una acción comunal contra el delito64.
Ante la inseguridad de amplias zonas capitalinas y la incapacidad de
la fuerza pública para controlarla, a mediados de los años ochenta, los
vecinos de muchos barrios decidieron cercar zonas verdes, cerrar calles
e instalar policías acostados para controlar la entrada de vehículos.
Se produjeron cerramientos, con privatización de las zonas verdes y
peatonales que, a manera de “guetos”, protegían a sus habitantes y los
aislaban del resto de la ciudad.

Los niños se la miseria


A finales de los años sesenta, con la llegada al poder de Carlos Lleras
Restrepo, se hicieron sentir los principios económico-administrativos
para orientar al Estado. En ese momento se crearon un sinnúmero
de institutos descentralizados, entre ellos el Instituto Colombiano de
Bienestar Familiar (icbf), que unificó los esfuerzos aislados del Ins-
tituto Nacional de Nutrición, los juzgados de menores y las casas de
protección de la niñez en el país. La creación de este instituto marcó
la historia de la infancia en Colombia y sus medidas se sintieron de
manera muy especial en Bogotá.
La ley 75 de 1968 que creó esta institución buscaba salvar las
nuevas generaciones del abandono y la irresponsabilidad paterna.
El Estado tomó en sus manos a los niños y las familias que los ge-
neraban, y ejerció su poder buscando reconstituirlas y así salvar la
infancia abandonada y perdida, la infancia salvaje y bárbara de los
niños de la miseria, que no contaba con padres que respondieran por

63 El Tiempo. Bogotá, enero 2, 1964.


64 El Tiempo. Bogotá, agosto 1, 1975.

82
Bogotá, en cuyas calles vivieron los niños de la miseria en el siglo xx

ellos. Se trataba del proceso de “re-familiarización” liderado por el


Estado, que pretendía proteger a la niñez abandonada, miserable y en
peligro que deambulaba por las calles de las ciudades y cuyo abandono
amenazaba el futuro de la nación65.
El sistema educativo logró una importante expansión en una
ciudad cuyos límites ya no se conocían. En los sectores populares sur-
gieron colegios públicos con modernas instalaciones, que acogieron a
una inmensa capa de chicos. Fueron pocos los niños que no lograron
acceder a la escuela elemental, a donde acudían durante media jornada,
establecida por las autoridades con el fin de hacer más rentables las
instalaciones y permitir duplicar su capacidad cubrimiento poblacional.
En el sistema familiar las separaciones, los divorcios y las uniones
pasajeras se generalizaron y, en consecuencia, surgieron las familias
monoparentales y aquellas compuestas por hijos de uniones anteriores
de los cónyuges. Los conceptos de “hijos naturales” e “hijos ilegítimos”
desaparecieron, primero en la legislación, a través de la “Ley Cecilia” o
Ley de la paternidad responsable, que igualaba a los hijos concebidos
fuera y dentro del matrimonio, y luego en la representación mental de la
ciudadanía que anteriormente discriminaba y excluía a los niños con-
siderados bastardos. Finalizando el siglo dejaron de tener importancia
los apellidos del niño, si usaba uno o usaba dos, y si estos eran los del
padre o los de la madre. El “hijo del pecado”, niño de una madre “débil
ante los impulsos de la carne”, ya no existía y la llamada ilegitimidad
dejó de ser motivo de rechazo en los establecimientos educativos y de
exclusión en los círculos sociales. Durante esta época, comenzaron a
aparecer muy tímidamente en el escenario social capitalino los hijos
de las parejas de un mismo sexo.
A pesar de los avances sociales, de las amplias avenidas y puentes,
de los altos edificios y el surgimiento de barrios inimaginablemente ricos
y elegantes, dotados de excéntricos servicios, los niños de la miseria
no desaparecieron de la historia de Bogotá al finalizar el siglo. Tal vez
se hicieron menos visibles, se ocultaron en las alcantarillas, los caños
y muladares, sobrevivieron en las fronteras de lo urbano, en el mundo

65 Absalón Jiménez Becerra, La emergencia de la infancia contemporánea.


1968-2006 (Bogotá: Universidad Distrital Francisco José de Caldas, 2012).

83
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

subterráneo o en el espacio aterrador y escondido de El Cartucho,


donde rara vez podía llegar la mirada de los periodistas y reporteros,
quienes con sus escritos nos permitieron rastrear la presencia miserable
de estos niños a lo largo del siglo xx en la ciudad de Bogotá.

84
Los niños de la miseria en Bogotá
Niños huérfanos abandonados y limosneros
ocupan las calles de la ciudad

A lo largo del siglo xx, el desamparo de la infancia en Bogotá


presentó múltiples expresiones: por un lado, estaban los niños huér-
fanos que perdían muy tempranamente a los padres y, por otro, los
niños abandonados en lugares públicos que, una vez recogidos, eran
enviados al orfanato. Los dos grupos se convertían en usuarios per-
manentes del hospicio y de las instituciones de protección, donde eran
preparados para desempeñar oficios valorados y requeridos por la
sociedad. Se encontraban también los niños pordioseros, muchos de
ellos arrebatados a sus familias y explotados por adultos inescrupu-
losos. Solos o en compañía, en las galladas de “chinos de la calle”, de
gamines o en grupos de delincuentes, sobrevivían en las calles de la
capital a través de la limosna y el robo. Alrededor de ellos se recogían
historias dramáticas que la prensa publicaba en crónicas y reportajes
y que usaba para crear conciencia sobre la difícil condición de vida
de la población infantil más pobre. Desde las columnas de opinión,
que escribían prestantes médicos, abogados y científicos sociales, se
ref lexionaba sobre los problemas de abandono y mendicidad, y
se reclamaba la intervención de las autoridades, con el fin de eliminar
de la calle aquellos seres que resultaban molestos a los habitantes del
centro de la ciudad.

87
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Niños huérfanos y abandonados


A comienzos de siglo xx, la orfandad, el abandono y desamparo
de niños en la ciudad eran los flagelos que la prensa registraba con
mayor asiduidad a través de artículos, noticias, crónicas, reportajes
y también texto de opinión, donde se hablaba de la desprotección en
que se desarrollaba la vida del niño pobre bogotano. En los albores
del siglo, la miseria dejada por la Guerra de los Mil Días, se sentía
en todos los sectores de la población, pero muy especialmente en las
chozas de los habitantes menesterosos de la ciudad.
Con frecuencia salían a la luz escritos de periodistas y profesionales
en los que se planteaban los problemas que afectaban a la población
infantil, como efecto del crecimiento de la ciudad, la falta de atención
estatal y el difícil acceso a mejores medios de subsistencia. El clamor
de la prensa se repetía de manera insistente, con constantes llamados
a la ciudadanía a favor de la caridad para combatir la desnudez y el
hambre de los niños pobres.
Solo después de la epidemia de gripa que azotó a Bogotá en 1918
se incrementó la conciencia social sobre la situación de las clases me-
nesterosas. La constelación formada por el abandono, el desamparo, la
limosna y la explotación hacía parte de la vida cotidiana de los arrabales
de ciudad, donde los niños eran los más afectados. “Nuestro diario
cosmopolitismo va haciendo las ciudades densas y en ellas precisamente
la población infantil se va asfixiando”, escribía el doctor Jorge Bejarano
a finales de 19191. Este afamado médico salubrista era el representante
local de una corriente de pensamiento que, en la Europa de posguerra,
había vuelto los ojos compasivamente hacia la infancia.
En la prensa confluían las voces de distintas autoridades lo-
cales, periodistas y profesionales que reclamaban solución para los
problemas de orfandad, abandono y desamparo, pero también se
recogían imágenes concretas sobre la vida de los niños huérfanos,
abandonados y desprotegidos, reproducidas en pequeños grabados o
en grandes despliegues fotográficos. Cromos, por ejemplo, publicaba en
sus carátulas temas alusivos a la niñez abandonada y a las madres

1 “Las gotas de leche, su significado y valor social”, Cromos. Bogotá,


septiembre 27, 1919.

88
Niños huérfanos abandonados y limosneros

desprotegidas y mendicantes. De igual modo, con cuadros famosos,


en los que aparecían madres adoloridas, con hijos pequeños entre los
brazos o bien sentados a sus pies, se hacían analogías sobre la nece-
sidad de la protección materna e infantil; también se publicaban fotos
de niños desamparados que dormían agrupados para defenderse del
frío en las noches capitalinas, de niños envueltos en harapos, arrinco-
nados en los atrios de las iglesias o en las puertas de las grandes casas
buscando abrigo. Estas imágenes de niños desamparados, descalzos,
con cortas y raídas ruanas y viejos sombreros permitían aproximarse
a la pobreza de este segmento de la población en la ciudad. “Cuadro
simbólico, cuadro que despierta verdadero instinto de humanidad
para aquellos pequeñuelos que sin pan, por único abrigo el frío y sin
más amparo que su propia orfandad […]”2, era lo que se afirmaba en
un texto periodístico de la época. El niño huérfano necesitado era lo
que resaltaba el texto.
A continuación se recogen algunos apartados de una crónica,
titulada “La chiquillería”, que Cromos publicó en 1918, ilustrada con
dos fotos de niños durmiendo en las calles de Bogotá. En ella es posible
ver cómo el cronista contrasta los anchos portones de las mansiones
señoriales y los niños arrojados sin piedad por “la bestia humana”,
arrumados a su lado, carentes de todo amparo. Enseguida, para refe-
rirse a estos “pobres chiquillos”, utiliza la metáfora de las pedrezuelas
a las que se golpea sin consideración:
Nos encontramos de pronto frente a uno de esos cuadros de
orfandad y de angustia que forma en las calles, en el quicio de los
portones, bajo la luz mortecina de los bombillos la chiquillería des-
amparada, la chiquillería andrajosa y ambulante que no tiene hogar
ni pan ni abrigo. Se apelotonan unos contra otros los pobres chi-
quillos en la media sombra de un ancho portón que es, a las veces,
la entrada de una mansión señorial, se aprietan, se empujan, se aga-
zapan y forman una masa de dolor humano, un racimo de cabezas
puntiagudas y astrosas. Son esos chiquillos, en la noche, como los
despojos de la vida, arrojados sin piedad lejos de todo sentimiento,
lejos de toda bondad, lejos de toda misericordia. Son ellos los hijos del

2 Cromos. Bogotá, junio 15, 1918.

89
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

vicio, del arroyo, de la bestia humana. Nacen en la sombra, crecen en


el desamparo y, en la calle, en la ciudad, en la vida vienen a ser como
esas pedrezuelas de los caminos a los cuales se les dan con el pie para
que rueden […] La ciudad entre tanto, con sus miles de almas, con
sus miles de ojos permanece fría ante estos cuadros. No se hace nada
eficaz por amparar, por defender, por mejorar y utilizar en alguna
forma a esos pobres chiquillos que son, al fin y al cabo, promesas,
brotes, retoños y que pudieran ser mañana bien dirigidos y bien en-
caminados, fuerza, energías, realidades hermosas.3

Otra manera de presentar este panorama de los niños callejeros


era con un cuento triste, a manera de crónica, donde se podía ver a
una pobre madre que deambulaba en la ciudad y malvivía con apoyo
de caridades transitorias, quien finalmente entregaba su hijo a alguna
institución de protección infantil o persona con mayores recursos
que ella como último recurso. Ella consideraba que esto sería un final
feliz para la dolorosa historia de enfermedad y pobreza a la que estaba
sometida su estirpe, pero finalmente se suicidaba como una manera de
alejarse de la miseria. Un texto con estas características fue publicado
en la revista Cromos, con el título de “Madre desnaturalizada”. En él
se reflejaba la imagen paradigmática de la mujer sola, abandonada y
desprotegida, que tenía que hacerse cargo de varios hijos sin ayuda del
padre. Al no poder mantenerlos, renunciaba a ellos con la esperanza
de pasarlos a manos de almas caritativas que los recogieran y velaran
por ellos. En el texto se ilustraba el profundo drama de muchas madres
que tenían que abandonar a sus hijos recién nacidos. Se narraban
las desgracias de una humilde mujer, quien, después de permanecer
durante dos meses en el hospital acompañando a su hijo enfermo,
tuvo que abandonarlo por no tener los recursos para mantenerlo.
La historia contaba cómo ella, con su pequeño hijo entre los brazos,
había iniciado una larga peregrinación por la ciudad, llamando in-
fructuosamente de puerta en puerta en busca de trabajo. Pasaban
los días y, al no poder conseguir recursos con qué sobrevivir, tuvo
que dejar el cuarto que su comadre le había facilitado como refugio

3 Cromos. Bogotá, junio 15, 1918.

90
Niños huérfanos abandonados y limosneros

temporal. Ese día, al pasar por una elegante casa, en cuyos balcones
se adivinaban los preparativos para la noche de Navidad y se veían
gozosos chiquillos en impaciente jolgorio esperando la llegada de los
regalos y del Niño Dios, ya cansada y fatigada de tanto andar, se sentó
frente a aquella “morada señorial” donde todo parecía encantador y
alegre o por lo menos luminoso. En medio del hambre y del llanto de
su hijo, por su mente cruzó un extraño pensamiento:
[…] si ella abandonara a su hijo en la puerta de aquella casa, los
dueños indiscutiblemente lo recogerían y lo criarían como uno de sus
hijos [...] Besando apasionadamente al chiquitín, esperó que la fiesta
terminase para poder cumplir su propósito [...] haciendo un sacrificio
mayor que el de su propia existencia, colocó al niño cerca de la puerta
y echó a correr en la oscuridad de la noche […].4

Esta dramática historia, que tiene el tono de un cuento infantil,


contaba que, a la mañana siguiente, los diarios de la ciudad insertaban
en “hechos de policía”, bajo el título de “Madre desnaturalizada”, la
noticia del hallazgo del niño en la puerta de la casa de una familia
conocida, cuyos miembros “habían tenido la generosidad de entregar
el expósito al agente de turno, para que fuese llevado al hospicio”.
Un poco más abajo, en la misma crónica, se leía la noticia del encuentro
del cadáver de una mujer con el cráneo destrozado junto al puente.
La historia terminaba con la siguiente afirmación: “[…] el vulgo leyó
aquellos relatos con indiferencia, sin pensar que los dos sucesos for-
maban una sola historia de miseria y de sufrimiento, que se perdió
como una gota de amargura en ese océano ignoto de los dolores sin
nombre [...]”5. La madre posiblemente muere tranquila pensando en
el futuro maravilloso de su hijo, pero la realidad es otra: el niño va a
parar el hospicio, ese depósito de niños miserables, abandonados y
carentes de identidad, construido por la iglesia y la sociedad.
Indudablemente, en esta época se había hecho y se hacía mucho
para ayudar a la niñez desamparada. En 1920 se pidió al doctor
Agustín Nieto Caballero que buscara la unificación y coordinación

4 Cromos. Bogotá, mayo 31, 1919.


5 Cromos. Bogotá, mayo 31, 1919.

91
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

de todas las sociedades de caridad que en Bogotá protegían a la in-


fancia desamparada. Con el objetivo de lograr un diagnóstico de la
situación, el doctor Nieto Caballero visitó todas las instituciones y
presentó un informe que volvió a editarse diez años después. En el
informe, después de hacer una semblanza de los niños de la miseria,
se describía la mayoría de las instituciones encargadas de la niñez
abandonada y necesitada:
Todos vosotros habéis visto los infelices chiquillos que vagan
por las calles, exhibiendo desnudez y miseria. Los habéis visto
también de noche, amontonados en los quicios de las puertas. Delante
de estos cuadros de miseria habéis pensado sin duda en la dicha de
vuestros propios hijos, en sus habitaciones abrigadas, en sus lechos
tibios y limpios, en el ambiente que hace suave la sola presencia de las
madres. Pues bien: las criaturas desvalidas, cuya vista nos aprieta el
corazón, son más desdichadas que lo que su misma apariencia mise-
rable parece relatarnos. Nos apiadamos de ellas porque sienten frío,
y son más dignas de lástima por los vicios que pesan sobre su débil
estructura: han aprendido a mentir y a robar, saben ya de abyectas de-
generaciones. Debían ser los renuevos de la raza, y son sus desechos.
¡Cuántos de esos niños despiertan a la vida punzados por el dolor
y encuentran ya su organismo y su conciencia en descomposición!
Nuestro sentimiento compasivo puede ir más lejos todavía: multitud
de estos seres que se inician en la vida por oscuros caminos y sin
más guía que el vicio son pervertidos y explotados por sus padres.
Todo esto pasa desde hace años ante nuestros ojos y ante nuestra
conciencia. Es, pues, forzoso confesar que, no obstante cuantos es-
fuerzos se hacen, que a pesar de treinta sociedades que protegen a
la infancia, a pesar de tanta generosidad y tanto celo, se cometen to-
davía grandes vilezas contra la niñez indefensa, a la plena luz de la
cuidad magnánima, en el propio corazón de esta capital que abre sus
brazos a todos los infortunios y restaña todas las heridas. Ha faltado
la acción conjunta de las buenas voluntades. Mas porque confiamos
con fe ciega en la nobleza de nuestra alma colectiva, estamos seguros
de que se hará prontamente la unión cordial y franca de todas las en-
tidades que laboran por la sana formación de los nuevos ciudadanos.
Canalizados los múltiples esfuerzos que dan aliento vigoroso a tan

92
Niños huérfanos abandonados y limosneros

numerosas sociedades, organizada convenientemente esta inagotable


caridad Bogotana, veríamos desaparecer como por encanto la mendi-
cidad callejera de los niños; lucharíamos eficazmente contra el abuso
de los mayores y contra los vicios que ha engendrado la vagancia;
propondríamos por la mejora de la habitación obrera y del edificio
escolar, por el avance de los sistemas de instrucción, por la buena
marcha del hogar, por todo aquello que tienda a mejorar la condición
del niño física, intelectual y moralmente. Cuántos seres salvaríamos
así para el hogar sano, para la ciudad alegre, para la patria próspera.
Conviene hacer notar que tenemos instituciones suficientes para
formar una gran federación de unidades continuas en la protección
de la infancia. Veámoslo brevemente: la institución de la Gota de
Leche recibe al niño el mismo día de su nacimiento, si esto es preciso;
reclama para él la alimentación materna y aloja en la Sala-Cuna a la
madre con su niño o le suministra a este la dosis de leche esterilizada
que le son precisas para su robusto desarrollo. En la misma Sala de
Maternidad del hospital la previsora “Acción de las Madres Católicas”
ha dotado ya al recién llegado al mundo los primeros abrigos.
El Hospicio lleva al niño expósito al campo y le asila [sic.] luego hasta
la edad de diez años. Las escuelas de San Vicente, las del Círculo de
Obreros y todas las públicas les dan instrucción gratis. En muchas
de ellas encuentra el apoyo de los restaurantes y de la cajas esco-
lares, que le suministran alimento. En el Hospital de la Misericordia
hallan protección científica y albergue cariñoso para sus dolencias.
El Dispensario “Luis Montoya” atiende gratuitamente, en el centro
de la ciudad, a todos los niños enfermos que llegan a sus puertas, y
los provee de medicamentos. En los asilos de San Antonio y San José
encuentran los varones colonia agrícola y talleres absolutamente gra-
tuitos. De igual manera, las niñas hallan refugio seguro y provechoso
en la Casa de Preservación, en la Protectora de Niñas, en el Sindicato
de la Aguja, en la Asociación de Caridad, en la Unión Benéfica de
Chapinero, en el Asilo de las Aguas, en la Colonia de Santa Teresa,
y lo encontrarán pronto y así también los niños en el Asilo Lorenzo
Cuellar, actualmente en construcción. En las salas de asilo pueden las
madres dejar a sus niños en las horas de trabajo. Allí se les instruye
y se les alimenta [sic.]. El Oratorio Festivo ofrece en los días feriados

93
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

juegos y entretenimientos provechosos a todos los hijos del pueblo.


El Patronato de Presos cuida, por su parte, a los hijos de los presi-
diarios. El Club Noel, las cajas escolares, la Asociación del Niño Jesús,
las instituciones de los Roperos de la Doctrina reparten cada año un
crecidísimo número de vestidos y juguetes. Las muy distinguidas
damas del Círculo de Obreros recorren semanalmente los barrios
pobres de la ciudad, y en contacto con las clases menesterosas, saben
de las más íntimas dolencias y atienden a ellas con santa abnegación.
El dormitorio fundado por el doctor Emilio Valenzuela recibe a toda
hora y en todo tiempo a los niños que buscan donde pasar la noche.
La casa de caridad de la señorita Fonseca hace otro tanto con las niñas
y realiza con nobilísimo celo, bajo la dirección de esa mujer, incom-
parable mujer que lleva la caridad hasta lo más sublime, una obra
acreedora al apoyo, al respeto y al aplauso de cuantos puedan com-
prender la grandeza de tan abnegado esfuerzo. Frente a este feliz de-
rroche de sentimientos cristianos no hay razón para que un solo niño
vague por las calles o duerma a la intemperie. Si esto ocurre, es por
falta de unidad de acción. Desde la Sala de Maternidad y la Casa-Cuna
hasta la Colonia Agrícola y el Instituto de Labores Manuales, pasando
por todos los desligados eslabones de esta gran cadena protectora de
la infancia, es necesario, es indispensable una íntima cohesión para
lograr verdadera eficiencia en bien de la colectividad. No nos parece
difícil soldar estos eslabones. Una misma idea los informa a todos, y
todos pueden laborar armónicamente sin sentir en lo más mínimo li-
mitada su entera libertad. Con la unión que es preciso establecer cada
sociedad conservaría su independencia. De otra manera, todo intento
para aunar fuerzas ya creadas fallaría desde su misma iniciación. Solo
se pretende agrupar espiritualmente en eficacia y en bondad ideas,
sentimientos y esfuerzos que tienden a un mismo fin, pero que al tra-
bajar aislados dispersan su vigor y desorientan el espíritu público que
ellos mismos han querido encauzar [...].6

En 1926 vuelve a plantearse el mismo problema y el informe del


doctor Nieto Caballero aparece como un verdadero diagnóstico sobre la

6 El Tiempo. Bogotá, agosto 12, 1922.

94
Niños huérfanos abandonados y limosneros

actividad caritativa de atención a la infancia. Sorprende indudablemente


hallar en el discurso del más claro representante del pensamiento liberal
respecto a la educación de los niños de la ciudad este tono religioso al
mirar la realidad que acosaba a los muchachos de la miseria.

Niños abandonados “por padres desnaturalizados”


Durante las tres primeras décadas del siglo xx, la prensa bogotana
registraba, una y otra vez, el abandono de niños en lugares públicos
de la ciudad. Estos niños, abandonados por los padres y recogidos por
las autoridades, eran los que iban a parar al Hospicio de Bogotá, lugar
de vieja trayectoria, donde se habían criado muchos niños desampa-
rados, que, una vez crecían, eran trasladados a otras instituciones de
protección, donde los capacitaban en artes y oficios que les permitieran
desde temprana edad sobrevivir, aunque de manera muy precaria.
Muchos de los niños eran abandonados recién nacidos. Algunos de
ellos, arrojados en basureros, ríos y caños que bajaban de los cerros y
atravesaban la ciudad o en potreros deshabitados cercanos al centro de
la capital. Algunos eran encontrados por transeúntes desprevenidos y
conducidos a iglesias, conventos o directamente al Hospicio. Otros
no soportaban el frío y el hambre, y morían posiblemente después
de largas horas de llanto que nadie escuchaba o que fácilmente se
confundía con el maullido de un gato.
Los niños abandonados llegaban también directamente al Hos-
picio, esa institución emblemática que desde siglos pasados venía
acogiendo a los niños que sus familias no querían o no podían con-
servar, bien fuera por mantener el honor de una joven doncella o
porque las condiciones económicas precarias los obligaban a tomar
esta decisión. Estos niños eran entregados por sus padres, familiares
o personas cercanas a la madre, y depositados en “el torno”, donde
los veían por última vez.
En algunas de las notas de prensa se reflejaba el trato que sufrían
los hijos por parte de algunas madres desesperadas, que preferían
dejarlos en lugares donde alguien los encontrara para protegerlos, con
el fin de evitar el infanticidio al que muchas veces se veían forzadas
para poder continuar con sus vidas, sin que nadie se diera cuenta de
su vergonzoso traspiés. Envueltos muchas veces en ropas finas, otras

95
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

en ropas recién lavadas o simplemente en harapos y servilletas de


papel, los niños eran dejados con la esperanza de que fueran encon-
trados y recogidos caritativamente. Zaguanes y aleros de las casas,
pensiones y hoteles eran algunos de los escenarios más recurrentes
del abandono. Las madres posiblemente creían, como en la crónica
anterior, que allí los niños estarían protegidos del frío y que alguien
los recogería a la mañana siguiente, cuando las mujeres salieran muy
temprano a la misa o a comprar el pan para el desayuno, o cuando
los transeúntes deambularan por el lugar.
En las primeras horas de la mañana de ayer se encontró en el
zaguán de la casa marcada con el número 3-55 de la calle 12, habitada
por una distinguida familia de nuestra sociedad, un niño de pocos días
de nacido. El pequeño abandonado estaba envuelto en una cobija y
junto a él se halló un envoltorio conteniendo su ropa recién lavada [...].7
Un agente de policía de servicio ayer tarde en la carrera 14 [...]
halló en el alar de la puerta marcada con el número 14-37 a un niño de
8 días de nacido aproximadamente. El nené se encontraba guardado
en una bolsa de papel y cubierto de servilletas del mismo material.
Fue depositado en la sala cuna en tanto pasa al Hospicio, si no es po-
sible averiguar su identidad [...].8

Un agente oyó anoche al pasar por un portón, el llanto de un niño


que se hallaba en el zaguán. El agente se informó detenidamente de
lo que ocurría y se convenció de que la criatura había sido abandonada
por la madre […] Este niño fue enviado al Hospicio […]. 9
En los periódicos se presentaba también información sobre múl-
tiples y fortuitos hallazgos de niños abandonados en iglesias, hospitales
y otros lugares públicos.
Después de recordar escenas similares que sucedían en París y
Nueva York en el siglo xix, en estos artículos se describía la maldad
“biológica y social” de los padres, de la que daba testimonio la con-

7 El Tiempo. Bogotá, diciembre 16, 1932.


8 El Tiempo. Bogotá, agosto 15, 1935.
9 El Tiempo. Bogotá, febrero 10, 1936.

96
Niños huérfanos abandonados y limosneros

dición de vida de estos niños, cuya “herencia mórbida” habían recogido


desde el momento de su concepción.
[…] Millares de niños que sin pan y sin abrigo pululan en
nuestras calles y avenidas. Muchísimos son los que pagan su tributo
a la muerte antes de cumplir un año y otros tantos los que ni siquiera
alcanzan a abrir los ojos a la luz cuando ya son víctimas en el seno
mismo de sus madres del morbo fatal [...] que al engendrarlos les tras-
mitieron sus padres con la vida […].10

La prensa también recogía testimonios sobre casos excepcionales


de abandono, como el de la familia Barrera Zúñiga, en el que los niños
quedaron desprotegidos tras el aparente asesinato de su padre, a lo que
se sumó una acusación de homicidio y condena contra la progenitora.
La crónica destacaba la manera solidaria como la ciudadanía había
respondido frente a la falsa acusación contra la madre11.
En los escritos de prensa revisados, aparece un elemento casi
constante en las pequeñas noticias y crónicas sobre el abandono de
los niños: su carácter inquisidor, dado que el juicio más despiadado
cae sobre quienes de “manera mórbida” abandonan a sus hijos.
El abandono que se registraba en la prensa generalmente llevaba la
idea de una mala madre, unos padres desnaturalizados y una pobre
criatura víctima de la maldad de los seres que lo trajeron a la vida. Pero
tras esta imagen también se encontraba la idea de Moisés salvado de las
aguas, cuando su madre, la “buena mujer”, lo depositaba en el río para
que la reina lo encontrara. Otras veces la información sobre abandono
resaltaba su carácter problemático. Las autoridades y la prensa se unían
para demandar al Estado la solución del problema. Los profesionales en
general describían el fenómeno, pero también reclamaban la intervención
de las autoridades para proteger a los niños. El carácter que adquiría
la información en esta época oscilaba entre hechos construidos con
imágenes literarias o descritas como eventos judiciales.
Pero así como se hallaba en la prensa la historia de niños aban-
donados que tenían la suerte de ser encontrados con vida y eran

10 El Tiempo. Bogotá, julio 20, 1926.


11 Cromos. Bogotá, junio 17, 1922.

97
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

inmediatamente recogidos, sanados y enviados al hospicio, había


otros niños que no corrían con la misma suerte, pues su vida era
suspendida en el momento en que nacían y enterrados en cualquier
parte de la ciudad12.
[…] Motivo de muy serias pesquisas ha sido el macabro hallazgo
que en las horas de la mañana hizo la señora Gabriela Chávez, en el
costado norte de la carrera 11, en el fondo de una zanja, se trata nada
menos que del cadáver de una niña, a la que manos criminales, probable-
mente, quitaron la vida y la escondieron allí, envuelta en un costal […].13

Algunas veces los niños eran depositados en lugares apartados,


con la esperanza de que no fueran encontrados, pero, a pesar de esta
intención, eran hallados y los casos se denunciaban, como lo hizo
Isidro Ayala, quien se desempeñaba como frenero del Ferrocarril del
Norte. Un cronista de la época se sirvió del relato de este hombre para
plasmar la historia un descubrimiento extraño, casi siniestro, donde
era evidente la ejecución de un acto criminal. El hombre caminaba
[…] por la carrilera lentamente, cuando llamó la atención un bulto
extraño caído en la vía. Se inclinó y descubrió, envuelto en un pedazo
de tela, un niño. Lo alzó y se estremeció al contacto de aquel cuerpecito
yerto. Rígida estaba ante sus ojos esa criatura que le sugería el pavor de
un crimen. ¿Quién sería el delincuente o la delincuente sin entrañas?
¿Cuál sería la causa? ¿La vergüenza, el hambre o la refinada maldad?
¡Qué horrible tragedia la que se envolvía en esos harapos! […].14

Noticias como las dos anteriores se publicaban frecuencia en la


prensa y varias de ellas fueron recogidas en nuestro libro Réquiem por
los niños muertos, un documento lleno de eventos dolorosos y dra-
máticos, que deja constancia del sufrimiento intenso que padecieron
en Bogotá los niños de la miseria en el siglo xx.

12 Muñoz y Pachón, La niñez en el siglo xx. (Bogotá: Editorial Planeta, 1991)


13 El Tiempo. Bogotá, abril 10, 1920. Citado en Cecilia Muñoz y Ximena
Pachón, Réquiem por los niños muertos (Bogotá: cerec / Hogares Club
Machín, 2002) 176.
14 El Tiempo. Bogotá, diciembre 24, 1920. Citado en Muñoz y Pachón,
Réquiem por los niños 169.

98
Niños huérfanos abandonados y limosneros

A mediados del siglo pasado, el doctor Parmenio Cárdenas resumía


la condición de la “infancia desamparada” descrita por Nieto C
­ aballero
y reclamaba una solución inmediata para esta situación onerosa:
El domingo último en el salón Samper y ante selecta con-
currencia, hizo una brillante exposición el señor Agustín Nieto
Caballero, sobre la necesidad de unificar los esfuerzos de las distintas
sociedades que en Bogotá protegen la infancia desamparada con el
fin de realizar en esa forma una labor provechosa y de fecundos re-
sultados. Nada más interesante ni más digno de alabanza y apoyo que
la efectividad de semejante proyecto; alcanzarlo es solucionar uno de
los problemas sociales más delicados que pesan hoy sobre la capital.
El señor Nieto Caballero debe merecer muchos aplausos por esa bella
idea; eso es lo que se llama preocuparse, con verdadera filantropía,
por salvar a la niñez desvalida de un penoso y sombrío porvenir.15

Quienes se interesaban por los niños desamparados miraban


unas veces hacia las consecuencias futuras del abandono y otras
hacia “la vida miserable y desgraciada” que tenían en el presente.
Al comenzar los años treinta, una de las más agudas preocupaciones
de los bogotanos y de las autoridades capitalinas era encontrar so-
lución para el problema social del abandono y la vagancia. Médicos,
abogados, pedagogos y otros profesionales sensibles pedían que se
solucionara la dolorosa condición de hambre y penuria de los niños
en la calle que no se le ocultaba a ningún transeúnte.
[Niños] que vagan en grupos por esas calles populosas o que se
hacinan en las colonias miserables anidadas en los alrededores de la
ciudad […] porque la suerte les reparó vida sin seres que respondieran
por ellos, como que son el fruto de un amor sin responsabilidades, y en
niños que si bien tienen un hogar miserable y desmantelado, huyen [de]
la congénita miseria a implorar el pan que la impotencia pecuniaria de
sus padres impide brindarles a diario. Son tan estrechas y tan angus-
tiosas las condiciones de tantos hogares de la gente del pueblo que tan
solo de milagro puede calificarse la supervivencia de las criaturas […].16.

15 El Tiempo. Bogotá, marzo 5, 1934.


16 El Tiempo. Bogotá, marzo 20, 1930.

99
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Los niños abandonados: “desnudos,


malolientes, desarrapados”
Esos niños abandonados, que a diario podían ser observados en la
ciudad, eran descritos por la prensa como “una chiquillería indefensa,
huérfana, desnuda, maloliente, desarrapada, lánguida e infinitamente
inspiradora de compasión”17. En diferentes artículos se proponía a las
autoridades formar una “sociedad protectora de la infancia”, con el fin
de promocionar el estudio de “problemas palpitantes” relacionados
con el desamparo, para emprender una campaña intensa de protección
de la infancia, de acuerdo con médicos filántropos, sobresalientes
abogados-sociólogos y pedagogos, secundados por la prensa y guiados
por el único propósito de “salvar a los ciudadanos del mañana”18.
Durante la década del treinta aparecieron editoriales y artículos
que también pedían soluciones para el ya característico problema
de la vagancia de los niños en Bogotá. La vagancia, descrita como el
deambular de niños pobres, hambrientos, sucios y harapientos, con-
trastaba de manera negativa con los aires de modernidad y crecimiento
económico de la ciudad.
[…] Estos hacinamientos nocturnos de los niños pobres, que
duermen en los portales de los cafés y de los teatros, y ese deambular
constante de pequeños vagos por las calles más centrales de la ciudad,
constituye una cuestión que Bogotá debe resolver urgentemente.
Ni el progreso material, ni la modernización urbana de Bogotá re-
suelven una situación tan grave y desesperada como esta de los niños
abandonados, a todos los golpes de la enfermedad y del vicio. No es
posible comprender cómo una ciudad de tan empinados abolengos
espirituales y de tan fina y pulcra tradición de cultura, tolera esos
espectáculos dolorosos en su vida social. Bogotá necesita una cruzada
contra la vagancia infantil [...].19

Los “abolengos espirituales” y la “pulcra tradición cultural” de la


ciudad se convirtieron en orientaciones ideológicas que los cronistas

17 El Tiempo. Bogotá, marzo 20, 1930.


18 El Tiempo. Bogotá, marzo 20, 1930.
19 El Tiempo. Bogotá, marzo 22, 1934.

100
Niños huérfanos abandonados y limosneros

reclamaban para que no se permitiera la inundación de la ciudad por


niños vagos, malolientes y harapientos. Sin embargo, los días, meses
y años pasaban y el problema parecía no tener solución; por el con-
trario, alcanzaba proporciones alarmantes, y el futuro de los niños
callejeros la gente temía. En medio del asombro y la incertidumbre por
la persistencia del fenómeno, algunos analistas trataban de clasificarlo.
En 1934, José Vicente Castillo consideraba que la vagabundería infantil
en la ciudad tenía tres aspectos: aquella que provenía de la “mendi-
cidad urgida y acosada”, la que resultaba de la “deficiente organización
social” y aquella que surgía de la “vagabundería trashumante” pro-
piamente dicha:
[…] El primer grupo, que a Dios gracias, es el menos intenso,
lo integran los niños sin padre y sin hogar que se ven impelidos por
el hambre y por la desnudez a implorar la caridad del público. A la
segunda categoría pertenecen los que teniendo apenas el mísero pan
de la barriada echan de menos la alegría de la vida y se lanzan a las
plazas y a las calles instintivamente a caza de ese alimento espiritual;
y el núcleo de la tercera denominación lo componen los niños de los
pueblos lejanos y cercanos que aprovechan subrepticiamente las ca-
rreteras, los trenes, los camiones y los autos, para llegar a la tierra
prometida que brilla deslumbradora y atrayente en sus cerebros soña-
dores, pero que los traiciona con su frío cosmopolitismo, convirtién-
dolos automáticamente en huéspedes mendicantes [...].20

Castillo consideraba que, además de estos grupos, existía un cuarto


conglomerado de “pequeños mendicantes”, que estaba dirigido por gente
sin moral y especuladora, exitosos “empresarios de la miseria” que tenían
establecida una verdadera “trata de niños”21. Esta mirada amplia sobre el
fenómeno permite acercarse a factores que agudizaban y diversificaban
la vagancia en las calles de la ciudad: la pobreza de los niños bogotanos,
la trashumancia de los niños pobres de otras ciudades, unos miserables
explotadores y una sociedad que no podía resolver estos problemas por
carecer de una organización política y administrativa adecuada, que

20 El Tiempo. Bogotá, octubre 7, 1934.


21 El Tiempo. Bogotá, octubre 7, 1934.

101
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

pudiera impedir la proliferación de la vagancia y la explotación infantil.


De esta manera aparecía la idea de una sociedad que multiplicaba a
las familias miserables, que empujaba los niños hacia la vagancia y la
conformación de grupos callejeros que se movían entre la limosna, el
robo y el atraco para lograr sobrevivir.
En una columna titulada “La verdad sobre los desamparados”,
aparecida en 1935, se planteaba el término “infancia desamparada” como
un concepto nuevo. Esta noción describía una forma de la pobreza
urbana que se traducía en el abandono infantil, un fenómeno cada
día más habitual y poco asombroso para los ciudadanos. El artículo
en cuestión se servía de estadísticas y de un estudio elaborado por el
doctor Rubén Gamboa para la Dirección Nacional de Higiene, en
el texto se acusaba al Estado de “indiferentismo” por dejar la tarea de
la asistencia pública en manos de la iniciativa privada y la caridad.
Se precisaba que el Estado gastaba dos centavos por niño, cuando
“cinco centavos no alcanzaban para preparar un tetero”22. Con esta
denuncia se advertía la incapacidad del aparato gubernamental para
generar ingresos institucionales que permitieran atender los problemas
sociales que el crecimiento de la ciudad había suscitado.
Según las innumerables denuncias publicadas en la prensa, el
hambre y la desnudez de los niños siempre requerían atención inmediata:
[…] Entre los mil y un problemas que las autoridades municipales
de Bogotá deben afrontar resueltamente, ocupa [un] lugar trascendente
el de la vagancia infantil. Ni con la categoría de la ciudad como capital
[...] se armoniza el espectáculo diario de las docenas de niños ham-
brientos y desnudos que llenan las calles en actitud deplorable [...].23

En 1935, en un artículo de prensa, bajo el título “El problema


social de la niñez abandonada”, se describían “los medios o medidas
que se deben tomar para resolver de manera completa y satisfactoria”
el problema de la niñez miserable. El artículo comenzaba con una
referencia a “La ley 9 de 1930”, donde se declaraba que solamente el
Estado, a través de la asistencia social y las escuelas de trabajo, debía

22 El Tiempo. Bogotá, febrero 21, 1935.


23 El Tiempo. Bogotá, agosto 19, 1934.

102
Niños huérfanos abandonados y limosneros

cuidar a varones o mujeres menores de dieciocho años, que no estu-


vieran “bajo la patria potestad, bajo guarda, o bajo el cuidado de su
padre o madre legítimos” y no de cualquier otro adulto. Entre los casos
que se señalaban, se encontraban: “los vagos y los mendigos cuyos
padres no pueden sostenerlos y educarlos”, y aquellos que “el Juez de
menores lo crea conveniente para la salvación del niño o de la niña,
cuyos padres estén en la imposibilidad, por cualquier causa, física o
moral, para el cuidado y educación de sus hijos”24.
En el documento se informaba que la Dirección Municipal de Higiene
y la Sección de Protección y Previsión Social, a través de las diferentes
instituciones de que disponía el municipio, eran las entidades encargadas
de los niños abandonados y que debían combatir la vagancia. Entre la
población infantil que era objeto del cuidado de estas instituciones, se
hallaban los “hijos de las sirvientas u obreras pobres, que no [tenían]
padre reconocido, y que no [podían] colocarse, ni encontrar trabajo […]
porque no las reciben con el hijo y es necesario facilitárseles [el acceso a
una fuente de empleo]”, así como también los hijos de familias numerosas
que “carecen de recursos para sostenerlos y educarlos y es de justicia
ayudarlos” y aquellos “que viven en una atmósfera moral inadecuada
y de acuerdo con el concepto del juez de menores, conviene alejarlos
de éstos, para su salvación”25. De este modo, el Estado se convertía en
el remplazo de los padres incapaces.
En este texto, se informaba igualmente que la policía llevaba a cabo
“requisas y batidas por la noche y los [niños] que se encuentran en esta
situación, se recogen y se llevan a los dormitorios de la Cruz Roja o El
Cinerama, en donde se les suministra cama, abrigo y alimentación”,
mientras se hacían los estudios necesarios para establecer si eran niños
huérfanos o abandonados, y en el caso de que se contactara a los padres,
eran devueltos a estos, aunque se multaba a los progenitores de los
niños que eran encontrados en la calle pidiendo limosna, puesto se
consideraba como un signo de una falta de cuidado y protección de los
hijos. Cuando no aparecían los padres, las instituciones de protección
se hacían cargo de ellos. En el artículo se explicaba que

24 El Tiempo. Bogotá, febrero 21, 1935.


25 El Tiempo. Bogotá, febrero 21, 1935.

103
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

[e]l tiempo que permanecen [los niños en los centros de albergue


o instituciones de protección] se aprovecha para acostumbrarlos a
hábitos de aseo y de trabajo, de que carecen completamente, disci-
plinarlos y darles un mínimo de conocimiento: lectura, escritura,
geografía, aritmética, etc. Una vez realizado todo esto y cuando se
consideran suficientemente preparados, se les envía [sic.] a uno de los
asilos, de que dispone el municipio, donde permanecen definitiva-
mente y de los cuales los anteriores no son sino antesalas. Estos asilos
son los siguientes: Asilo de San Antonio, Hospicio de Bogotá, Hospital
de la Misericordia y Talleres de María Auxiliadora; si son menores de
ocho años, se mandan al Hospicio; si están enfermos, al Hospital
de la Misericordia, y últimamente dispone también del Amparo de
niños abandonados y Granja Julio Z. Torres, creados por generosa
iniciativa y bajo la protección de la primera dama de la nación quien
está llevando a cabo su obra con actividades dignas de elogio y sin-
gular acierto, ayudada por el R. Padre Castillo, conocedor de estas
obras, por haber estado antes en los dormitorios de la Cruz Roja. Para
las niñas existen actualmente las Siervas de la Sagrada Familia, me-
ritoria obra de la señorita Margarita Fonseca, fundada hace bastante,
y el Amparo de Niñas Abandonadas, próximo a abrirse, de la señora
doña Saturia Álvarez de García y otras distinguidas damas, dirigido
por las RR. Hermanas Vicentinas26.

Esta lista de mediados de los años treinta es mucho menos ex-


tensa que la que había presentado una década antes el doctor Agustín
Nieto Caballero.
En la década del cuarenta, también fueron numerosas las no-
ticias, crónicas y comentarios de prensa sobre la situación de los niños
abandonados y mendicantes en Bogotá. Los “niños desamparados”,
como se los denominaba en esta época, continuaban siendo un pro-
blema inquietante sobre el que se pronunciaron las autoridades y la
ciudadanía tratando de entender el fenómeno y buscarle solución.
El “espectáculo diario de las docenas de niños hambrientos y des-
nudos que llenan las calles en actitud deplorable” y la “densa falange

26 El Tiempo. Bogotá, abril 21, 1935.

104
Niños huérfanos abandonados y limosneros

de niños desamparados” eran algunas de las figuras literarias a las


que recurría la prensa para dar cuenta de este grave problema de
los niños de la miseria, cuya atención desde la esfera pública y privada
resultaba insuficiente.
En esta misma década, se creó el Ministerio de Salud y se incre-
mentaron las campañas sanitarias en el país. Los médicos defensores
de los niños, como Calixto Torres Umaña, destacaban, con cierta
seguridad, el “origen mórbido” de estos niños callejeros, hijos de los
“débiles o tarados” o de los “sifilíticos” 27.
Con el paso de los días, los niños y bebés siguieron siendo aban-
donados en diferentes lugares de la ciudad, donde eran encontrados
por la policía o por transeúntes. De igual modo, las iglesias siguieron
siendo uno de los lugares a los que más recurrían las madres o fami-
liares para dejar a los pequeños.
Seis sacerdotes [...] encontraron anoche en la iglesia de la
Porciúncula, de la Avenida Chile, una chiquita abandonada, de 30 días
de nacida [...] La expósita estaba envuelta en un cobertor gris y negro. Los
sacerdotes, antes de entregar la criatura a la policía, la bautizaron con el
nombre de María Porciúncula […] el hambre obligó a D. Castañeda a
dejar botada en plena carrera 7ª a una hijita suya de seis meses de edad
[…] afortunadamente un agente obligó a la madre a recoger la niña,
después de acompañarla al acostumbrado paseo a La Central […].28

Otro caso registrado por la prensa fue el de un agente de policía


que aprovechó la calma reinante de un domingo bogotano para asistir
a la iglesia de Las Cruces, y allí descubrió a un bebé abandonado y lo
condujo al asilo de Sibaté29.
Además de estos múltiples casos de niños desamparados en la
capital, la prensa informaba, de vez en cuando, sobre abandonos
ocurridos en las cercanías de Bogotá.
[...] en el sitio montañoso de “Aguabonita” fue encontrado casi
muerto de hambre y apenas cubierto con una manta despedazada, un

27 El Tiempo. Bogotá, diciembre 5, 1942.


28 El Tiempo. Bogotá mayo 11, 1940.
29 El Tiempo. Bogotá, febrero 10, 1936.

105
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

niño de unos dos años de edad, quien fue abandonado en aquellos


lugares desde hace varios días, sin que desde entonces hubiera vuelto
a probar alimento alguno. El niño fue encontrado por unos labra-
dores que se habían internado en la montaña [...] lo descubrieron casi
exánime, trataba de buscar salida de aquel lugar solitario, y proce-
dieron con la mayor rapidez a trasladarlo a la población donde fa-
lleció algunas horas después debido al lamentable estado de debilidad
en que se encontraba y a las penalidades y sufrimientos experimen-
tados durante los días que permaneció en la selva [...] El pequeño es
hijo de una humilde mujer que manifestó que había llevado al monte
a su hijo, creyéndolo muerto. Parece, sin embargo, que la desnatura-
lizada mujer abandonó a su hijito en aquellas soledades con el objeto
de que pereciera allí sin lograr obtener su deseo [...].30

En otra oportunidad, fue un devoto de la Virgen del Carmen quien


encontró en la Catedral a una niña de tan solo seis meses. El hallazgo
se produjo al medio día, a la salida de la misa. La chiquilla estaba en el
suelo, junto a una columna, cerca de la puerta de salida. A su lado había
una bolsa con varios pañales, talco y una caja de Crema Cero. La monja
encargada de la sacristía informó que había visto a una joven de mediana
estatura y bien vestida, que podría ser la madre, dejar abandonada a la
niña en ese lugar. El devoto alzó a la niña y manifestó que la llevaría a
su casa mientras se arreglaba la situación31.
Al igual que las iglesias, las casas y las calles, hospitales y centros de
salud también eran lugares donde los padres abandonaban a sus hijos.
Los niños enfermos, llevados a estos lugares para tratar sus males,
eran dejados allí, abandonados a su suerte. Si lograban superar la
patología que los afectaba, y en la medida en que ningún adulto venía
por ellos, eran transferidos a las instituciones. El siguiente testimonio
da cuenta de esta situación:
[…] Un niño hace cuatro años llegó traído por su madre para que
lo atendieran de urgencia. La señora no pudo luego pagar la cuenta y

30 El Tiempo. Bogotá, febrero 6, 1941.


31 El Tiempo. Bogotá, mayo 25, 1973.

106
Niños huérfanos abandonados y limosneros

aquí lo dejó. Al principio venía a verlo casi todas las semanas. Un día
cualquiera no volvió [...].32

También aparecían niños mayorcitos abandonados en cuartos de


hoteles. Tal fue el caso de tres chicos, de 5, 10 y 11 años, cuya suerte se
debía, según parece, a una desavenencia entre los padres:
Tres hermanitos se hallan abandonados desde hace más de un
mes en el Hotel Teusaquillo y, aunque allí se les ha atendido [sic.] con
ternura y consideración, se reclama la presencia de sus parientes para
que se hagan cargo de ellos.33

A partir de la década del veinte y hasta mediados de siglo, el


juzgado de menores se convirtió en uno de los escenarios importantes
en la vida de la niñez pobre bogotana. Allí eran llevados los niños
que habían sido encontrados cometiendo pequeños delitos y quienes
estaban en situación de calle y sin padres, pero también era un lugar
donde los progenitores acudían para entregar sus hijos ante la impo-
sibilidad de controlarlos o mantenerlos.
[…] En diciembre pasado, a la señora Ana de Pérez le llevaron uno
de sus ocho hijos al Juzgado de Menores. Cuando lo fue a reclamar,
confidencialmente, encontró a una muchacha desconocida que acudía
a regalar su hijo por hallarse económicamente incapacitada para man-
tenerlo. La señora de Pérez no obstante sus dificultades y el hecho de
contar con ocho hijos, lo recibió y lo mantuvo hasta la semana pasada,
en que lo dio a Obdulia Sarmiento, quien se lo solicitó. Pero el destino
del “huérfano sin nombre”, estaba marcado con la fatalidad. Obdulia
Sarmiento, aunque no tiene hijos, [padece una] situación económica
[…] bastante estrecha y casi desesperante [...] vive de la venta de
hierbas, ganancias que resultaron exiguas para su propia existencia y
la del huérfano, quien ayer murió por hambre [...].34

32 El Tiempo. Bogotá, febrero 3, 1969.


33 El Tiempo. Bogotá, mayo 6, 1967.
34 El Tiempo. Bogotá, marzo 3, 1952.

107
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

El caso anterior no solo destaca la difícil situación económica de


muchos padres, sino que señala algunos aspectos que se encontraban
en el fondo de esta problemática. El juzgado de menores era el lugar
donde padres en problemas con sus hijos acudían a entregarlos, a
“regalarlos”, pero también desde allí se permitía una circulación de
niños entre particulares, que se consolidaba de manera personal, sin
intervención de ninguna autoridad reglamentaria. ¿Por qué la señora
Pérez, madre de varios hijos y en situación difícil, recibe el niño,
lo mantiene durante un tiempo y lo entrega a otra mujer que se lo
solicita en un lugar público? El juzgado era entonces una especie de
centro de acogida, un depósito de niños, pero también un lugar
de entrega libre a cualquier persona que quisiera hacerse cargo de
ellos; en pocas palabra, podría hablarse en este caso de una suerte
mercado de niños. Una especie de casa de adopción informal y no
reglamentada. Como un aparente acto de solidaridad, se recogían
niños sin vínculos familiares para dejarlos luego en manos de otras
personas, que podían hacer cualquier uso de ellos.
En la década de los cincuenta continuaron apareciendo en la prensa
noticias y pequeñas crónicas sobre niños abandonados por madres
que los dejaban en lugares públicos: en las puertas de las policlínicas,
hospitales y centros de salud; en los cuarteles y estaciones de policía; en
los portones y zaguanes de las casas de gentes acomodadas; en los
parques, potreros y basureros. Eran niños pequeños, generalmente
recién nacidos, dejados en pequeñas cajas de cartón, envueltos en
cobijas y trapos viejos o en simples bolsas de papel35. Los niños aban-
donados, que por su aspecto la prensa consideraba que pertenecían a
familias pudientes, se fueron haciendo más escasos.
Entender la razón de este abandono no resultaba fácil, ya que
era asociado con el crecimiento y deshumanización de la ciudad, así
como con la llegada de familias víctimas de la violencia rural que
durante la época encontraron refugio en la capital y, claro está, era
también relacionado con la miseria y pobreza tradicional de amplios
sectores de la ciudad.

35 El Tiempo. Bogotá, noviembre 23, 1954.

108
Niños huérfanos abandonados y limosneros

En estos años, la orfandad estuvo también muy asociada con el


abandono y la desprotección de la niñez bogotana. Padres asesinados
dejaban mujeres viudas y numerosos huérfanos, padres presos junto
con sus esposas dejaban niños desamparados. Huérfanos de madres que
morían accidentalmente quedaban a la deriva y muchos de ellos pa-
saban periodos en la calle, aprendían a sobrevivir en ella hasta que
finalmente eran acogidos por instituciones de protección. Eventos de
este tipo también quedaban registrados en algunas de las noticias y
crónicas. Los días de difuntos, la prensa solía acompañar a niños que
llevaban flores a las tumbas de sus madres muertas, y publicaban en
la prensa pequeñas crónicas acompañadas de imágenes. Con fotos
se ilustraba la situación angustiante de los niños huérfanos, como el
caso de unos pequeños que perdieron sus padres a consecuencia de un
derrumbe. La imagen mostraba a los niños rezando junto a los cajones
donde habían sido depositados los cuerpos de sus progenitores, gracias
a la ayuda de algunos vecinos36. Los padres conformaban una familia
miserable que debía trabajar durante el día en un tejar y en la noche
picaban arena en una cantera, donde los sorprendió el derrumbe. Sus
hijos quedaron totalmente desprotegidos.
Frente a eventos de orfandad, Calibán, en su habitual columna,
reclamaba acciones legislativas y administrativas:
[...] el caso de once niños huérfanos por la trágica muerte de
sus padres, y el de los cuatrillizos que abren sus ojos a la luz, sin más
esperanzas que la caridad pública, no es único ni excepcional aquí,
ni en casi toda la redondez del planeta; pero esos sucesos evidencian
la urgencia de reformas sociales que protejan al niño desde la cuna,
hasta ponerle en capacidad de ser unidad útil a la colectividad. Este
objetivo ineludible requiere doble acción. Leyes que encaucen los re-
cursos públicos dentro de prelaciones para la educación de la niñez y
la juventud; que organicen los Seguros Sociales en forma eficaz, muy
distinta a la de hoy, en que precisamente los más desfavorecidos son
los menos protegidos; tributos que confisquen las utilidades excesivas
cuando ellas no se destinen al aumento de la producción [...].37

36 El Tiempo. Bogotá, noviembre 24, 1958.


37 El Tiempo. Bogotá, noviembre 24, 1958.

109
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Aparecían también crónicas sobre casos de niños abandonados,


entregados a manos de cuidadores que debían hacerse cargo de ellos
por una remuneración prometida que nunca llegaba. Tal fue el caso
de Ligia,
[…] una encantadora chicuela de nueve años de edad, de fac-
ciones finas, rubia, inteligente y muy bien educada, que le fue entregada
en forma misteriosa a una familia pobre del Barrio Centenario de
esta ciudad. Las circunstancias en que la niña fue llevada a la casa en
donde la tienen actualmente, y el absoluto silencio en que se sumerge
la pequeña cada vez que se le pregunta por su apellido, procedencia,
el nombre de sus padres o los motivos que impulsaron a su familia a
dejarla así, han motivado serias dudas [...] Judith de Torres prestaba
desde hacía algunos meses sus servicios para arreglo de ropa en una
lujosa residencia del barrio Teusaquillo. No se preocupó nunca por
averiguar el apellido de la familia, pero le manifestaban mucha sim-
patía, y le pagaban oportunamente sus servicios. Dos o tres veces, du-
rante sus visitas a la casa en mención, vio una preciosa niña rubia, a
quien llamaban Ligia. Un día, un señor de muy buena apariencia,
a quien todas las personas de la casa decían respetuosamente “doctor”
llamó a Judit, y le encargó que llevara a pasear al parque a la niña
Ligia. La chicuela lloraba, pero fue tranquilamente a dar su paseo con
la mujer. Esta la volvió a traer a la casa, sin notar nada extraordinario.
Cuatro o cinco días después Judith de Torres se hallaba en su casa a
eso de las seis de la tarde, con sus dos hijos. Un lujoso coche se detuvo
a la puerta. Venía manejándolo el doctor, quien se bajó del carro, con-
duciendo a la pequeña Ligia de la mano [...].38

La niña fue dejada en “consignación” a la señora Judith, previo


acuerdo de que se pagaría por su cuidado y le serían enviadas su cama
y su ropa. Como nadie apareció, ella volvió a la casa de Teusaquillo,
donde le informaron que la familia había viajado a Europa y nada
se sabía de su paradero. Al ser interrogada por la prensa, la señora
respondió:

38 El Tiempo. Bogotá, octubre 4, 1940.

110
Niños huérfanos abandonados y limosneros

[...] Si no aparece pariente alguno de la niña, voy a buscarle un


puesto en el Sindicato de la Aguja. Si no, es mucho mejor que sea sir-
vienta mía. Aquí está mejor, yo le tengo mucha simpatía. Además no
es regodienta con los alimentos, me parece que en los últimos días ha
estado resuelta a ser sufrida. La tengo en la escuela, y poco a poco le
iré enseñando los oficios de la casa [...] Pero no insista señor, en verla.
No permitiré que le tomen fotografía. No me parece oportuno [...].39

Sobre el caso de Ligia no supimos nada más, no se informó si


terminó en el Sindicato de la Aguja o realizando oficios domésticos a
cambio de un techo en la casa de la humilde familia de Judith.
En ocasiones se describían encuentros accidentales con niños
abandonados y recogidos en la calle, quienes eran caracterizados por
sus “facciones distinguidas”, “ojos claros”, “cabellos rubios” y “mejillas
rosadas”, rasgos que según los reporteros, señalaban su supuesta perte-
nencia a una “clase privilegiada” o a grupos de extranjeros adinerados.
[…] Anoche, como a eso de las nueve y media, cuando regresaba
a su hogar, el señor Carlos del Corral fue sorprendido con el llanto
de una bella chiquilla de siete meses de nacida, que había sido aban-
donada en un prado de la carrera 14 entre calles 47 y 48 [...] Por el
aspecto de la niña parece que el padre o la madre son personas pu-
dientes, pues la niña fue encontrada envuelta de pañales finos, muy
bien vestida y con mudas de ropa en una cajita que dan a entender que
quien la abandonó sí tiene cómo haberla mantenido. Por lo demás, la
niña tiene unas facciones distinguidas, lo que hace presumir que sus
padres son personas de bien [...].40

En una nota periodística posterior, se hablaba de la presencia de


padres que, movidos por la noticia, fueron al juzgado, porque querían
hacerse cargo de esa niña de “facciones finas”: “[...] una romería de
matrimonios sin hijos, muchos de ellos de gran solvencia social y
económica, desfilaron ayer temprano por el despacho del juez segundo

39 El Tiempo. Bogotá, octubre 4, 1940.


40 El Tiempo. Bogotá, febrero 26, 1953.

111
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

de instrucción criminal [...] en solicitud de la niña abandonada para


adoptarla [...]” 41.
Muchos de los niños que quedaban sin padres circulaban entre sus
familiares o entre padrinos, compadres y vecinos, hasta que finalmente
muchos pasaban a manos de instituciones locales, que los acogían
ante la imposibilidad de que sus familiares los alojaran, alimentaran,
educaran y los ayudaran a crecer.
El abandono de los niños fue motivo de constantes artículos de
opinión, que, después de describir dramáticamente la condición de la
infancia abandonada, llamaban la atención sobre la necesidad de solu-
cionar este grave problema. En ellos se asociaba la violencia que azotaba
al país con el abandono de la infancia. El padre Luis Alberto Castillo42,
en un artículo que tituló “Dios proteja a nuestros niños”, describía el
flagelo de violencia y muerte que había caído y seguiría cayendo sobre
los niños campesinos del país.
[...] El problema más agudo que tiene la capital es la infancia
abandonada [...] No puede hablarse de una sociedad organizada ni
justa que mira impasible que en su seno hay niños desamparados.
Si esa situación no se corrige radicalmente, una gran porción de la ju-
ventud de mañana será de delincuentes. Colombia seguirá entregando
al vicio y al crimen la parte más valiosa del elemento humano [...] Los
bandidos de hoy son los niños que salieron detrás de las familias per-
seguidas a esconderse en el monte. Hoy tienen veinte a veinticinco
años. Esa es la edad de los bandidos. Estos niños no solo soportaron el
trato ordinario, durísimo de todo campesino, sino la ausencia de toda
la escuela o de todo contacto, que no fuera con el terror, la emboscada,
el robo, el cuatrerismo, el crimen, la defensa y el ataque feral que hi-
cieron de ellos unos seres excepcionalmente bárbaros [...] Es un hecho
evidente que estamos al filo de una crisis más grave en lo moral que en
lo económico porque afecta las bases mismas del orden y de la repú-
blica, el hogar. Matrimonios de ensayo, de aventura, de cine, tienen la

41 El Tiempo. Bogotá, febrero 27 de 1953.


42 Este sacerdote fue por más de veinte años director del Amparo de Niños,
institución fundada por la primera dama durante el primer gobierno de
Alfonso López Pumarejo.

112
Niños huérfanos abandonados y limosneros

frágil consistencia de las rosas y los hijos de esos hogares como espinas
van a llenar los asilos y las calles [...].43

En el periódico no solo se describía la manera como esos niños


abandonados vivían en las calles, sino que se vinculaba el fenómeno
a la falta de cupos en las escuelas y a las condiciones de hambre y
hacinamiento en las familias, de las cuales ellos salían para hacerse
cargo de sus vidas.
[…] Cada día es más densa la falange de niños desamparados
que ambula noche y día, por las calles de la ciudad. Nada tienen para
el día, en que la vida era más fácil y más quieta y más humana, los ga-
mines bogotanos eran un pequeño grupo, alegre, simpático y vistoso,
que ponía un matiz original y sorprendente al paisaje cuasi santa-
fereño todavía de la ciudad. Y casi todos adoptaban alguna ocupación,
después de los felices tiempos de su amada bohemia intrascendente.
Pero todo lo ha cambiado la complicada y convulsa vida actual. Las
costumbres nuevas, las licencias, los aprendizajes de la violencia, la
falta de sitio en las escuelas y de comida y de cupo en los hogares que
les deparó la casualidad, y aun en las escalas más inferiores de la so-
ciedad, los lanzó a la calle a vivir como pudieran, complicándose en
las hazañas oscuras de los antisociales. Tal es su escuela. [...].44

Todos los esfuerzos realizados por iniciativas públicas y privadas


para crear o ampliar los centros de atención y protección para la in-
fancia no parecían suficientes para solucionar la situación de pobreza
y mendicidad infantil en la ciudad. Desde la prensa se reclamaba la
atención de las autoridades para darle solución inmediata al flagelo
de la niñez abandonada en la ciudad, cuya expresión más clara eran
los niños limosneros, gamines y delincuentes, y se reclamaba que se
dejara de invertir tanto dinero en obras suntuosas mientras se hacía
tan poco por la protección de la infancia desvalida.
[…] Aquí nuestras autoridades [...] toleran que millares de niños
tengan la calle como único hogar, y formen las legiones de rateros, que

43 El Tiempo. Bogotá, enero 4, 1964.


44 El Tiempo. Bogotá, septiembre 21, 1961

113
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

más tarde atracarán las residencias [...] y mientras este problema, el más
grave y el de peores consecuencias para la comunidad se agiganta, y los
pequeños bandidos que recorren las calles aumentan, el municipio cons-
truye estadios colosales y circos de toros inmensos, y proyecta puentes
sobre la Avenida Jiménez [...] Y no hay nada para la protección de la
niñez, sino dos obras privadas, dirigidas por dos apóstoles que luchan
contra toda clase de dificultades y falta de recursos: el padre Castillo, en
el Amparo de Niños, y el padre Luna con sus granjas. Y un organismo
oficial, el Juzgado de Menores [...] y el Reformatorio de Fagua. Todo es
una gota de agua en el mar receloso de la niñez abandonada.45

A finales de siglo, las escenas de abandono, miseria y mendicidad


de la niñez bogotana continuaban siendo objeto de descripciones y
análisis en la prensa capitalina. Se reproducían fotos de niños hara-
pientos, desnutridos, dormidos en las calles; de hermanitos que se
defendían de las inclemencias del frío y la pobreza; de niñas pequeñas
que, sentadas en la calle junto a montones de basuras, arrullaban a
un pequeño mientras le daban un poco de leche en un biberón. Los
columnistas reflexionaban sobre el problema de la niñez desamparada
y frecuentemente describían las imágenes de escenas callejeras que
presenciaban. Las columnas de opinión informaban sobre los factores
que acentuaban el fenómeno, resaltando la deshumanización que se
iba apoderando de los habitantes de la ciudad.
En ese momento, la información sobre niños perdidos, desaparecidos
o abandonados que buscaban a sus padres en Bogotá era extensa. Tantos
eran los casos de niños abandonados en la ciudad, que los periódicos no
se detenían en cada uno para informarnos sobre sus dramas, sino que se
presentaban fotografías de grupos de niños en busca de sus padres. Este
era un requisito previo a la declaratoria de abandono, necesario para
que el niño pudiera entrar en un programa de adopción.
Los niños perdidos o abandonados aparecían casi todos los días en la
prensa. Allí se publicaban las fotos de cuatro, cinco, seis y a veces muchos
más pequeños que, en alguno de los hogares de paso dependientes del
icbf o de Centros de Recuperación del Departamento Administrativo de

45 El Tiempo. Bogotá, julio 7, 1965.

114
Niños huérfanos abandonados y limosneros

Bienestar Social del Distrito, esperaban a sus progenitores. De algunos


se sabía su nombre y apellido, de otros solo su nombre y de otros no se
sabía nada, solamente sus caras tristes y asustadas, con el pelo recién
cortado, que dejaban constancia de su desamparo y de la esperanza de
encontrar a familiares o padres que se apiadaran de ellos46. En algunas
oportunidades, aparecían niños pequeños, a veces tan pequeños que
alguien los tenía que sostener, pues no se podían sentar solos mientras
les sacaban la foto. En otras ocasiones, se publicaban las imágenes de
niños más grandes, de muchachos que daban más información sobre
sus casos, que eran reproducidas por la prensa. Aparecían también las
fotos de niños en adopción; posiblemente ya se habían agotado infruc-
tuosamente los trámites de búsqueda de sus padres biológicos o de
familiares que los reconocieran. Se trataba de un aviso que publicaba el
Departamento Administrativo de Bienestar Social del Distrito, donde
se informaba que la institución procedería a dar en adopción a aquellos
niños que se encontraban bajo su custodia, si sus padres no acudían a
hacerse cargo de ellos.
Por esta época también aparecía en la prensa, al igual que a lo
largo del siglo, información sobre niños recién nacidos abandonados
en lugares inhóspitos antes de morir.
[…] Rosa Helena Calderón, de 25 años de edad, es el nombre de
la mujer que en forma inhumana dio muerte a su propio hijo de solo
dos días de nacido […] [La mujer] trabajaba como doméstica en una
residencia del sector de los Barrios Unidos. Madre de dos hijos, dio luz
el pasado 7 de mayo a un niño, el pequeño nació vivo y sano pero la
desnaturalizada progenitora consideró que era un estorbo para su su-
pervivencia y decidió desprenderse de él. Al efecto, al día siguiente lo
llevó a un campo de cebada de la Hacienda Santa Cecilia […] y allí lo
dejó a la intemperie. Como es lógico el niño falleció pero seguramente
alcanzó a sobrevivir muchas horas, en medio de la soledad y el frío de
la sabana […].47

46 El Tiempo. Bogotá, enero 25, 1970; mayo 7, 1970; marzo 8, 1970; mayo 11,
1970; mayo 22, 1970; julio 7, 1970; septiembre 5, 1970; junio 1, 1973; mayo 4,
1974; enero 19, 1976; enero 19, 1979; junio 30, 1979.
47 El Tiempo. Bogotá, mayo 24, 1964. Citado en Pachón y Muñoz, Réquiem por
los niños… 204.

115
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

En las publicaciones se hacía mención a “niños extraviados”


cuando sus padres los buscaban y acudían a la prensa para recabar
información sobre su paradero. Lo contrario ocurría, como es de es-
perar, con los “niños abandonados”. Sin embargo, la prensa se refería
indistintamente a ellos también como “niños perdidos”, debido quizás
a que los niños no podían aclarar a las autoridades si sus padres los
habían abandonado o ellos se habían perdido.
Las autoridades distritales, los centros hospitalarios infantiles y
de maternidad declaraban su preocupación por el creciente número de
niños que se dejaban abandonados. El Ministerio de Salud se vio en la
necesidad de adoptar severas medidas para impedir que esto siguiera
sucediendo en los centros hospitalarios.48

Los niños eran abandonados en calles y antejardines de las casas


de familia. Tal fue el caso de una pequeña dejada en el jardín de una
casa junto con su equipaje y quien fue llevada posteriormente por un
vecino a la comisaría, donde
[…] la mirada despierta y graciosa de la niña conmovió desde
el guardia de la comisaría hasta los vecinos, quienes en un continuo
desfile por el despacho indagaban si se sabía algo sobre la suerte que
le esperaba a la niña.49

La pequeña había sido abandonada con vestido y zapatos nuevos,


y su aspecto era el de haber “recibido muy buen trato”.
En algunas oportunidades en la prensa se señalaban las dificul-
tades a las que se enfrentaban las instituciones para la identificación
de los niños. A principios de 1972, la prensa publicó una foto con
trece pequeños, de los cuales solo uno, por el pelo un poco más largo,
parecía ser niña.
[…] Trece niños extraviados de sus casas o abandonados por
sus padres fueron recogidos en los últimos cuatro días por las auto-
ridades bogotanas. Varios de ellos apenas comienzan a hablar, y por
lo tanto se ha dificultado su identificación [...] Veinticinco niños más

48 El Tiempo. Bogotá, mayo 26, 1978.


49 El Tiempo. Bogotá, noviembre 7, 1974.

116
Niños huérfanos abandonados y limosneros

permanecen concentrados sin que sus padres o personas que quieran


adoptarlos se hayan acercado a las instalaciones donde se les recogió
[sic.] desde hace varios meses [...].50

Era frecuente durante la época que los niños abandonados y re-


gistrados por la prensa fueran hermanos. En muchas de las imágenes
publicadas se repetían los apellidos de los niños. A veces se encontraba la
foto de los dos, tres y a veces más hermanitos, y en otras ocasiones estos
aparecían en medio de un grupo de niños abandonados más amplio.
Los niños Myriam Rocío Piñeros, de 6 años; Sandra Piñeros,
de 2; Jon Fredy Piñeros, de 1 […] se encuentran en calidad de prote-
gidos en el centro de Recepción del Departamento Administrativo de
Bienestar Social, ubicado en la calle 10 sur n.º 2-13, Barrio La María.51

Dos grupos de niños conformaban la fotografía, posiblemente los


tres primeros, ordenados según la estatura, conformaban el conjunto
de los hermanitos Piñeros, “protegidos” por las autoridades.
Otro caso de hermanos abandonados fue el de dos niñitas que
aparecían abrazadas en una foto, mirando de frente a la cámara. Tal
vez esta imagen fue publicada con la esperanza de que permitiera que
sus padres se acordaran de ellas.
Buscan a sus padres. Las menores Martha y Andrea Trejos, de
9 y 7 años, que fueron dejadas al cuidado de la familia Morales hace
tres años, se encuentran en calidad de protección en el Centro Zonal
Patio Bonito […] sitio al que se puede acercar sus padres o familiares
para hacer valer sus derechos.52

El título de “niños desaparecidos” se usaba generalmente para


ilustrar los casos de menores buscados por sus padres. La prensa no
daba mayor información y no quedaba claro cuáles habían sido las
circunstancias en que los infantes se habían perdido. Simplemente
aparecían las fotos de los niños, fotos de carnets o las que se usaban

50 El Tiempo. Bogotá, febrero 10, 1972.


51 El Tiempo. Bogotá, enero 7, 1982.
52 El Tiempo. Bogotá, febrero 7, 1984.

117
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

para matricularlos en escuelas y colegios, acompañadas del nombre


del niño y, algunas veces, con una somera descripción:
Desaparecido. Mario Efrén Castro Gutiérrez se encuentra des-
aparecido desde hace un año. Se ruega a quien sepa de su paradero
informar al teléfono […] Desaparecida. Hilda Janette Quimbay
Alarcón, de 13 años, desapareció desde el pasado 8 de abril en el barrio
Las Ferias, de Bogotá. Es morena, pelo negro, ojos del mismo color.
Quien sepa de su paradero puede avisar al teléfono […].53
Desaparecidos. Desde el pasado domingo desaparecieron los
menores Ruth Marinela y Fredy Danilo Castro, de seis y dos años
de edad respectivamente. Se perdieron cuando jugaban con su tri-
ciclo cerca de su casa […] La niña tenía un vestido rosado a cuadros,
medias blancas y zapatos rojos; es de tez morena, pelo corto, nariz
chata. El niño vestía pantalón de pana vino tinto, saco rojo de lana,
zapatos negros; es moreno, cabellos castaños, de ojos grandes. Las
personas que puedan [dar] información sobre el paradero de los
niños, favor comunicarse con la señora Luz Myriam Gutiérrez […].54

La anterior nota estaba ilustrada con las fotos de los dos niñitos,
tomadas posiblemente días antes de su desaparición. Algunas veces
la prensa encabezaba la imagen con el título de “Niños perdidos” y se
limitaba a dar los nombres de los menores que aparecían en la foto,
cuando los sabían:
Niños perdidos. Los siguientes niños pueden ser reclamados en
el hogar de paso “La María”, del Departamento Administrativo de
Bienestar Familiar del Distrito, en Bogotá: N.N. (Juan Pablo Ruiz) de 1
½ año; Pilar y Blanca Camargo, de 8 y 2 años respectivamente; Samuel
Méndez, de 5; Sandra Mesa, de 5; Sandra Camargo, de 5; Rodolfo Felipe
Vera, de 4; Carlos Augusto Garzón y N.N. (Héctor Duran), de 5.55

Aunque generalmente la prensa no daba información que per-


mitiera rastrear la suerte de los niños abandonados, a veces aparecían

53 El Tiempo. Bogotá, noviembre 3, 1982.


54 El Tiempo. Bogotá, junio 4, 1982.
55 El Tiempo. Bogotá, octubre 7, 1982.

118
Niños huérfanos abandonados y limosneros

crónicas que permitían tener acceso a casos particulares, como fue


el de la menor Blanca Aurora Orjuela, de 13 años, cuyos padres, de
quienes no se tenía noticia, la habían dejado al cuidado de su abuela
materna, cuando, “[…] en los comienzos del año pasado, una familia
Ospina residente en el Barrio Panamericano […] ofreció tomarla bajo
su protección [...]”56. Desde entonces, la situación de la niña abandonada
se agravó dramáticamente,
[…] [p]orque a lo largo de más de un año la señora de la casa
la sometió a los más inhumanos tratamientos, y en los finales de la
semana pasada la tundió a golpes tan salvajemente que la desfiguró
de manera impresionante. Una vecina que se enteró de lo que pasaba,
propició la libertad de la infortunada muchacha y la acompañó a que
presentara la denuncia en la comisaria del norte […].57

Otro de los casos objeto de una crónica fue el drama, descrito en


forma amplia, de Gonzalo Correa Gómez, un chico de 8 años que vino
del Tolima con su papá por varias diligencias que debía hacer este en
la capital. Cumpliendo las exigencias de su padre, permaneció en la
esquina de la calle 26, en medio de un aterrador bullicio que él nunca
había experimentado. Allí aguantó hambre, frío y miedo. “Cuando
cayó la noche, el menor no se atrevió a moverse del sitio por temor a
perderse, recordando las recomendaciones que le había hecho su padre
[…]58”. En un momento en que el niño se encontraba sollozando, una
patrulla se acercó y lo llevó a una estación de policía.
[…] Confundiéndolo con un gamín lo despojaron de su cha-
queta, sus zapatos y hasta de las medias, pues dijeron que eran ro-
badas. El llanto y las suplicas de Gonzalo de nada valieron, pues “me
decían que agradeciera que no me quitaran el resto de ropa por no
dejarme desnudo, pues estaban seguros que también me las había
robado”. A las 4 de la tarde del día siguiente fui dejado en libertad:
descalzo y en camiseta [...].59

56 El Tiempo. Bogotá, mayo 10, 1970.


57 El Tiempo. Bogotá, mayo 10, 1970.
58 El Tiempo. Bogotá, noviembre 6, 1974.
59 El Tiempo. Bogotá, noviembre 6, 1974.

119
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Al salir de la estación de policía, el niño empezó a recorrer las


desconocidas calles de la capital buscando los puentes de la 26, única
referencia que tenía para encontrarse con su padre. Allí, una familia
se compadeció de él, que a media noche estaba sumido en llanto,
hambre y frío. Lo recogieron y lo llevaron a la oficina de la redacción
del periódico El Tiempo, donde el niño contó que era de Rovira, que
allí vivía con sus padres y estudiaba en la escuela. Una carta escrita
a su madre y su foto fueron publicadas por el diario, tratando de
encontrar a los padres de este pequeño, que, además de haber sido
abandonado, fue desvalijado por la policía60.
En los años ochenta, una campaña para recuperar la seguridad
de la ciudad tuvo como consecuencia la recolección de 317 niños
abandonados, de los cuales, según se informaba, “el 45% […] [fue
reclamado] por sus padres. Por otra parte, se encontraron siete casos
de niños recién nacidos, abandonados en centros de salud, hospitales
y hoteles”61.
Muchos de los niños abandonados eran huérfanos, cuyos padres
habían muerto por alguna enfermedad, en accidentes de tránsito o
laborales, o por la inseguridad y violencia urbana que se incrementaba.
Estos chiquillos, al no contar con ningún familiar que quisiera hacerse
cargo de ellos, pasaban a manos de las instituciones de protección:
[…] Las autoridades responsabilizaron a [una] banda de matar
a Claribet Romero de Rodríguez, de 41 años. La mujer fue asesinada
por dos atracadores en el interior de un bus, cuando intentó avisar a
un pasajero en momentos en que era robado […] Romero, de Cabrera
(Cundinamarca), trabajaba por días en una residencia del norte de la
capital […] Una mujer buena. Ella era viuda y veía por sus tres niños,
Sandra, María Mireya y José Rodríguez Romero […] Ella tenía una
casita prefabricada que estaba levantando aquí en el barrio, era sola
porque hace diez años se le murió el esposo y tenía que lavar ropas
para sostener el colegio de los niños […].62

60 El Tiempo. Bogotá, noviembre 6, 1974.


61 El Tiempo. Bogotá, julio 1, 1986.
62 El Tiempo. Bogotá, mayo 24, 1991.

120
Niños huérfanos abandonados y limosneros

Los niños eran abandonados con alguna frecuencia en institu-


ciones de protección, otros en algún lugar de la ciudad que la prensa
ya no se detenía a identificar. Siguiendo la tradición capitalina, las
iglesias, las casas de familia, los lugares de afluencia pública eran
algunos de los sitios escogidos por las madres, angustiadas y ado-
loridas, para abandonarlos. Los hospitales, policlínicas y centros de
salud también continuaron siendo lugares donde se dejaban los niños.
Bajo el título de “Gustavo, El hijo del Materno Infantil”, El Tiempo
publicó una crónica donde se atestiguaba el drama de uno de los
tantos niños que durante la época fueron abandonados en hospitales.
[…] Allí es donde vive Gustavo desde que nació. Un lugar
donde no tiene un par sino decenas de padres. Donde el amor le
sobra. Él es una excepción: vive en el Hospital Materno Infantil
porque allí lo dejaron. Nadie lo reclamó nunca. Alguna noche hace
un año su mamá llegó a dar a luz al hospital que más casos de madres
solteras, drogadictas o prostitutas atiende, por la zona en la que se
encuentra: el centro de la ciudad. De pronto era una de ellas. Porque
Gustavo nació con varias malformaciones y le falta un riñón. Ella
no esperó a que el médico le dijera que su bebé tenía arreglo. Se fue
sin el regalo que le dio la vida. Una enfermera del hospital, también
madre, fue la encargada de alimentarlo durante ocho meses. El bebé
solo le recibió de comer a ella. Por eso es que la conocen como la
mamá de Gustavo. Al resto del personal femenino le dicen las ma-
drinas. Ellas lo visten, lo bañan y le consiguen ropa y juguetes […]
En el Materno solo se hospitalizan niños hasta los tres meses de
edad. Por eso es raro ver a un monito de ojos inmensos andar por el
piso de recién nacido en su caminador [...] Una de las trabajadoras
sociales cuenta que hace un par de meses se le veía decaído, hasta
cuando decidieron bautizarlo. Lleva el nombre del pediatra que lo
está atendiendo. Desde ahí se ve mucho mejor. Ha crecido y ya hasta
hace solitos para caminar […] Después de la próxima cirugía, el
Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (icbf) se encargará de
conseguirle un hogar […].63

63 El Tiempo. Bogotá, julio 10, 1991.

121
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Durante la época, la prensa publicó fotos de niños extraviados,


perdidos, abandonados o los que buscaban a sus padres, con lo cual se
reiteraba que el fenómeno del abandono continuaba siendo un hecho
frecuente en la ciudad. En las columnas de opinión se informaba además
sobre los factores que se consideraba que acentuaban el fenómeno, resal-
tando unas veces “la pobreza, la miseria, la inmigración, el crecimiento
de la ciudad” y, en otras, “la deshumanización”, que se iba apoderando de
los habitantes de Bogotá. Se reclamaba la participación de la familia
extensa en el cuidado de los niños, así como la de los vecinos como
“soporte moral” cuando los padres no estuvieran.
[...] se presenta como efecto de la miseria y escasez de recursos
económicos, desempleo y subempleo en los cinturones constituidos
por la masa de inmigrantes a las grandes ciudades. El éxodo rural trae
a estos centros urbanos hombres y mujeres en busca de trabajo que
aumentan la oferta de mano de obra no calificada, mas no resuelven
su destino. Estos factores endurecen las conductas afectivas propias
del ser humano por dedicar sus energías, no precisamente al cuidado
afectivo de la prole, sino a la lucha por la supervivencia, involucrando
al menor desde edad muy temprana a esta lucha, sin permitirle un
desarrollo normal que le brinde las bases para que en un futuro él
pueda dar amor [...] La recuperación del ser humano pide suplir
aquella carencia de amor por medios no institucionales o de planteles
de asistencia social, necesita medidas preventivas tendientes a evitar
la desintegración de la familia y la promoción de su fortalecimiento,
así como la unión de todos sus miembros, dentro del concepto más
cierto y amplio, donde no se desaloje a los abuelos que son el soporte
moral y las personas que en esta época, más que en ninguna otra,
pueden sustituir a los padres en esa proyección de ternura y de amor
paterno. La sociedad está cada vez más deshumanizada, el niño, el
adolescente y el hombre se encuentran solos; cada día el vecino es más
extraño a su vecino y el hombre vive solo en medio de tanta gente. Se
ha quebrado el equilibrio bio-sico-social y la norma de que el hombre
“es un ser social”, hecho para la convivencia humana [...].64

64 El Tiempo. Bogotá, septiembre 15, 1982.

122
Niños huérfanos abandonados y limosneros

La miseria se seguía considerando un factor importante, pero


siempre surgía la misma pregunta: ¿por qué no siempre es así? ¿Qué
es lo que hace que, en iguales condiciones de miseria, unos padres
abandonen a sus hijos y otros no? ¿Dónde está la cualidad o las cuali-
dades personales o sociales que expliquen, aunque sea parcialmente,
esta situación de abandono? Con frecuencia se afirmaba que no había
respuesta definitiva.
En la década de los ochenta, el icbf consideraba que había en el
país cerca de un millón de niños abandonados y, mediante su campaña
de protección, buscaba albergue para cincuenta mil niños, a través de
hogares sustitutos, adopciones e instituciones de protección. Se re-
querían familias que hicieran parte de un nuevo programa denominado
“hogar amigo”, familias que voluntariamente quisieran compartir su
vivienda con un niño abandonado. Se hablaba de quinientas familias
dispuestas a colaborar65. De esta manera, surgía la noción de ampliar
la red de apoyo a los niños abandonados.
Algunos columnistas explicaban también la situación de abandono
por la irresponsabilidad frente al sexo de jóvenes y adultos, incapaces
de asumir la paternidad, así como por el descuido de las autoridades
y la indolencia de la comunidad. Estos autores predecían además el
aterrador futuro que deparaba la actividad sexual irresponsable:
[…] La irresponsabilidad paterna claramente demostrada por los
embarazos resultantes de actos sexuales ocasionales, cuyas posibles
consecuencias el hombre jamás tiene en cuenta y si se le demuestra,
las niega, aun honestamente, porque ni siquiera recuerda un hecho
tan trivial y consuetudinario, para su corto entender. El coito para
él es un acto de placer físico elemental que solo le deja el recuerdo
del instinto satisfecho [...] Pero él no es el único culpable. La mujer
llevada también por su instinto natural accede o promueve estas re-
laciones sexuales irresponsables sin creer que de ellas puede resultar
un embarazo o una enfermedad venérea. Aparecen así las madres de
seis o más hijos de padres diferentes, quienes jamás piensan en un
hijo posible sino como un estorbo del cual no será difícil deshacerse
dejándolo abandonado en un zaguán o regalándolo a quien lo reciba

65 El Tiempo. Bogotá, febrero 6, 1980.

123
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

y aun llegando al infanticidio [...] La comunidad indolente tampoco


está motivada para asumir sus responsabilidades ante el niño aban-
donado. Nadie es capaz siquiera de recogerlo para llevarlo a una
guardería o a otra institución en la cual puede, también, encontrar
respuesta negativa por falta de cupo, capricho del empleado receptor
o incomprensión del personal para ayudarlo adecuadamente. Si este
niño logra sobrevivir, será el gamín, después el raponero, luego atra-
cador y asesino [...].66

Todos estos niños abandonados que deambulaban por las calles


de la capital fueron vistos como un espectáculo molesto y desagradable
que era necesario erradicar.
[…] Una de las verdaderas lacras de la capital de la república
es, indudablemente, la proliferación de pelafustanes, pordioseros y
orates no solo en las zonas céntricas sino prácticamente en todos los
sectores de la ciudad. Algunos parques hay que se han convertido en
moradas permanentes de tales individuos. Y si bien todos los años
se anuncian planes para recogerlos, no ha sido posible que ese buen
propósito se cumpla […].67

Se esperaba que los niños fueran recogidos por diversas institu-


ciones, entre ellas, la Ciudadela del Niño, que podría cumplir la función
de centro de rehabilitación para estos núcleos de indigentes. Se buscaba
retirarlos de las calles, dado que esto significaría un gran beneficio para
la capital68. Se reclamaba también, que estos niños fueran atendidos
con el apoyo económico y afectivo de la ciudadanía.
Durante la época fueron muchos los niños y niñas abandonados,
perdidos, extraviados, que fueron acogidos por entidades de protección;
otros se convirtieron en “habitantes de la calle”. Se trataron de hacer
censos, se crearon instituciones que los ampararan y les buscaran un
hogar, pero el fenómeno siguió teniendo dimensiones muy grandes.

66 El Tiempo. Bogotá, mayo 4, 1980.


67 El Tiempo. Bogotá, junio 10, 1991.
68 El Tiempo. Bogotá, junio 10, 1991.

124
Niños huérfanos abandonados y limosneros

En 1993, con ocasión del nuevo lanzamiento del Plan Padrinos para
Bogotá, se afirmaba que los
[…] cerca de siete mil niños abandonados que se encuentran en
las instituciones del Departamento de Bienestar Social del Distrito
(dabs) buscan un padrino que no solo les colabore mensualmente
con algún dinero, sino que también les brinde algo de cariño […].69

En la década de los noventa, en la prensa no solo se hacía referencia a


la miseria y el hambre que medraba en las clases bajas de Bogotá y
el abandono físico de los niños, sino que se mencionaba un nuevo tipo de
abandono, sobre el que se escribió y reflexionó: aquel generado por el
divorcio, la crisis de la familia y los efectos de la codiciada liberación de
la mujer. Se hablaba de una niñez materialmente rica pero psicológica,
afectiva y humanamente paupérrima70. Se decía que las estadísticas
no alcanzaban a captar el número de enfermedades psicológicas que
producían anualmente el divorcio y las crisis familiares.
[…] Un problema que no se arregla con chocolatinas, tés de be-
neficencia, ni instituciones de ayuda. Un problema de adultos que
impone la necesidad de rescatar del olvido el viejo concepto de que el
niño no es un adulto pequeño sino un ser completamente diferente.71

Niños mendigos
A comienzos de siglo, la literatura infantil era un instrumento
usado por la iglesia, la escuela, la familia y la prensa para despertar
la solidaridad de los chiquillos hacia los niños pobres, sin familia,
obligados a mendigar y vivir de la caridad pública o del robo, mientras
encontraban alguien que los protegiera de los adultos explotadores.
No era extraño, entonces, que en la página infantil del periódico
El Grafico se recogiera un fragmento de Corazón, libro de Edmundo
D’Amicis, usado en las escuelas bogotanas y donde el autor invitaba
a los niños a darle limosna a los pobres de la calle:

69 El Tiempo. Bogotá, septiembre 23, 1993.


70 El Tiempo. Bogotá, mayo 9, 1994.
71 El Tiempo. Bogotá, mayo 9, 1994.

125
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Oye hijo mío. No te acostumbres a pasar indiferente delante de


la miseria que tiende la mano, y mucho menos delante de una madre
que pide limosna para su hijo.
Piensa en que quizá aquel niño tenga hambre.
Piensa en la desesperación de esa mujer […] Saca centavos de
vez en cuando de tu bolsillo para dejarlos caer en la mano del viejo
necesitado, de la madre sin pan, del niño sin madre.
A los pobres les gusta la limosna de los niños, porque no los
humilla, y porque los niños, que necesitan de todo el mundo, se les
parecen.
Por eso hay siempre pobres en las puertas de las escuelas.
La limosna del hombre es acto de caridad; pero la del niño, al
mismo tiempo que acto de caridad, es caricia.
¿Comprendes?
Es como si de tu mano cayera al mismo tiempo un socorro y
una flor.72

La imagen de la infancia bondadosa que acariciaba al mendigo


con su limosna y el uso de la f lor como analogía encerraban la
mirada idealizada de la niñez y la caridad unidas, convertidas en
un bien que aliviaba de manera sublime al necesitado. Imágenes
similares eran recogidas de libros de escritores famosos, como Luisa
M. Alcott, la condesa de Segur y Mark Twain, donde aparecía la
pobreza, el desamparo y la crueldad, pero también los sentimientos
compasivos de adultos y niños que realizaban acciones caritativas
para los necesitados.
La vida de los niños limosneros y mendigos, huérfanos aban-
donados, perdidos o simplemente miembros de familias muy pobres
mostraba cómo, gracias a los centavos que lograban recolectar en la
calle, ellos y sus familias podían tomarse una taza de agua de panela
en la noche para sobrevivir. Sin embargo, los niños también eran
usados para la mendicidad callejera por sus padres, familiares cer-
canos o personas extrañas a la familia, que hacían parte de verdaderas
empresas de la miseria.

72 El grafico. Bogotá.

126
Niños huérfanos abandonados y limosneros

Las denuncias que sobre el problema del abandono y la orfandad


se presentaban en la prensa, asumían como causa de estos males la
tradicional pobreza capitalina y señalaban con fastidio que algunas de
las manifestaciones más desagradables de sus efectos negativos eran
la vagancia y la mendicidad, sumamente molestas para los habitantes
de la capital:
Mendigos. Mucho desearíamos que la policía tomara cuenta
del mal que causa a los transeúntes el enjambre de mendigos que
pululan por las calles de la ciudad. Hay personas jóvenes y robustas
que alquilan uno, dos y hasta tres muchachos, y que, tomándolos en
los brazos y vestidos con harapos, se lanzan á las calles á detener a las
personas, lloriqueando, en solicitud de limosnas; estas gentes, á más
de inmundicia y desnudez con que se presentan, obstruyen las aceras,
impiden el tránsito y enseñan á esas infelices criaturas á la vagancia.
¿Por qué no se reducen todos aquellos mendigos al asilo que para ellos
se creó, y se nos liberta de esas gentes, hábiles para el trabajo?73

A comienzos de la década de los veinte, el doctor Parmenio


Cárdenas, importante abogado capitalino, se pronunciaba sobre la
condición de la mendicidad infantil en Bogotá y llamaba la atención
sobre la necesidad de atender cuidadosamente el problema y, con ello,
evitar consecuencias nefastas, asociadas a la reclusión de los niños
pordioseros en entidades donde se mezclaban con vagos y rateros.
Igualmente, reclamaba que se castigara con rigor a los adultos, padres
o empleadores que explotaran niños para la mendicidad.
[…] La acción social sobre esta materia se ha hecho notar por su
ausencia; diariamente hemos visto aumentar en proporciones alar-
mantes la mendicidad infantil, sin que de parte de las autoridades
se haya intentado el menor remedio para contener el mal; no hay
entre nosotros casas donde asilar a los menores y la misma cárcel, que
hoy existe, es un encierro sin higiene, incómodo, y que de todo tiene
menos de correccional. Lo que se hace hoy con un niño mendigo es
algo ilusorio y muy triste: se le conduce a la Central, como si se tratara
de un vago, a veces se le retiene allí por unas horas confundido con

73 El Nuevo Tiempo. Bogotá, junio, 1902.

127
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

los rateros, y como en realidad nada se puede hacer con él, porque no
hay a dónde llevarlo, ni a quién confiarlo, se le vuelve [sic.] a soltar
para que ejerza ya sin miedo ni temor su profesión. Esa profesión es
ensayada, sostenida y provocada por algunas gentes sin conciencia.
A veces por los mismos padres desgraciados que los inducen a pedir
limosna para aprovecharse luego del fruto de la caridad tan ignomi-
niosamente explotada; casi siempre en el zaguán, a la vuelta de la es-
quina, a corta distancia del supuesto huérfano que implora socorro,
está emboscado el usufructuario. Esos usufructuarios hay que per-
seguirlos y castigarlos; son los instigadores que empujan a esos seres
inocentes por el camino de la delincuencia […].74

Encierro y castigo eran los medios que se reclamaban para contener


el “mal” de los adultos que estaban detrás de la mendicidad infantil.
La presencia de mendigos acompañados por pequeños niños rogando
por unos centavos era una imagen característica de la Bogotá de
principios de siglo. En 1922, el cronista y escritor Luis Tejada publicó
un artículo sobre los falsos mendigos, donde intentaba modificar la
imagen lastimosa del mendigo por la de explotador en la calle. Surgía
la doble noción del “mendigo bueno” y el del “mendigo malo”, de la
“mendicidad por verdadera necesidad” y la “mendicidad viciosa y
engañosa”. El escrito surgía de la inquietud que le causó observar
un letrero en una casa del Paseo Bolívar, donde se leía: “Se alquilan
niños para pedir limosna”. El articulista se impactó profundamente,
reflexionó y expuso su teoría sobre los mendigos y su control:
[…] Las autoridades no han logrado resolver nunca el problema
de la mendicidad porque parte de un principio erróneo al juzgar a los
mendigos como mendigos, es decir, como seres pobres y desgraciados
que no poseen medios para vivir y necesitan la ayuda del prójimo. Ese
es el error: la mendicidad no es una desgracia, ni mucho menos sig-
nifica incapacidad para la vida en quienes la ejercen; es, al contrario,
una profesión definida y difícil, tan productiva como cualquier otra,
o más; por eso, en general, los mendigos son ricos y felices y tienen
siempre su porvenir asegurado, lo que no sucede a todos los médicos,

74 El Tiempo. Bogotá, marzo 27, 1920.

128
Niños huérfanos abandonados y limosneros

abogados, profesores, y a todos los profesionales de otras especies […]


La mendicidad se convierte al fin en una voluptuosidad infinita, en un
vicio enervante, imponderable, que no se puede abandonar ya jamás
[…] En general, el mendigo es, por excelencia, el tipo de farsante, del
mímico, del fingidor, cada mendigo es un Charles Chaplin perfecto
[…] Las llagas, las cegueras, las cojeras son a menudo fingidas con
admirable propiedad […] Aquí, en las frías noches de diciembre, los
gamines se desnudan, esconden la ropa, y se muestran después tiri-
tando a los paseantes, para conmoverlos; todos los mendigos tienen el
instinto de la superchería […] un mendigo, en regulares condiciones
de presentación —una mujer con un niño en brazos, un ciego sen-
timental, un paralítico, una muchacha pálida y simpática— puede
recolectar tres pesos diarios, como promedio […] Yo opino que si se
quiere exterminar o restringir la mendicidad, el camino más acertado
sería gravar a los mendigos con un impuesto prohibitivo como se
hace con las prenderías y otros negocios usurarios […].75

El engaño que el mendigo usaba para movilizar los buenos sen-


timientos de la gente se convertía en el peor de los males que subyacía
tras la mendicidad, que bajo este espectro se alejaba de la caridad y
se acercaba al delito.
En 1922, Calibán, en su leída columna “Cosas del día”, se mani-
festaba contra esta actividad y se refería a una resolución de la policía,
en la que se prohibía la mendicidad en las calles y con la que se esperaba
poner fin al “[…] espectáculo vergonzoso, que se registraba a diario
en las calles, de centenares de mendigos de todas las edades, sexos y
condiciones, que asaltan a los transeúntes […]”76. Este autor pedía a
la ciudadanía que se abstuviera de dar limosnas, ya que no “aliviaban
necesidades” sino que, por el contrario, alimentaban la “industria
mendicante” y no permitía extinguir la “fea llaga de la mendicidad”.
Consideraba, sin embargo, que era necesario adicionar otra medida
que lograra que “[…] todos los ‘chinos’ que se quedan por las noches
en los portones sean recogidos, acabando así, con este horror de los

75 Cromos. Bogotá, septiembre 30, 1922.


76 El Tiempo. Bogotá, diciembre 18, 1922.

129
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

racimos de niños cubiertos de papeles, que son una afrenta para una
ciudad culta y cristiana”77.
En la anterior nota se hallaba presente la paradoja constante
entre la limosna como caridad y la limosna como encubrimiento y
engaño para quien la daba y para quien la recibía. Esta mirada con-
tradictoria llevaba finalmente a reclamar solución al problema pero
sin limosna. Esta necesidad de atender un problema que atentaba
contra el “carácter culto y cristiano” de la ciudad escondía la idea de
la fealdad de la pobreza, agudizada por la fealdad de la mendicidad
y la exacerbación de la incomodidad que la limosna callejera ejercía
sobre el ciudadano. Pobreza, fealdad, ignorancia eran términos que se
entrelazaban para crear la necesidad de actuar a favor de una ciudad
“culta y cristiana”, “limpia y bella”.
Una carta sobre la protección a la infancia, publicada por El Tiempo
en 1926 y dirigida a la Sociedad de Embellecimiento de la ciudad,
manifestaba las dimensiones que adquiría la indigencia de los niños:
[…] la mendicidad en general es un espectáculo conmovedor,
la mendicidad infantil es algo desgarrador. Las autoridades casi han
acabado con la primera; mas la segunda se ha desarrollado última-
mente en su forma más aterradora. En todas partes pululan chiquillos
harapientos que asedian a los transeúntes con demanda de un bocado
de pan; niños que no han tenido la oportunidad de aprender a leer ni
a trabajar, pero que, sin embargo, ya ha aprendido a mendigar! […].78

La mendicidad infantil concebida como “desgarradora” hacía


referencia al niño víctima, mientras que su connotación de “aterradora”
se refería al peligro que representaban las víctimas cuando se volvían
grupos amenazantes. El firmante de la carta consideraba que era algo
horripilante observar “los hacinamientos de chiquillos medio desnudos
en plena noche”, en volúmenes que llegaban a centenares. Solicitaba
a la Sociedad de Embellecimiento iniciar o intensificar una campaña
de protección a la niñez, considerada importante y necesaria para

77 El Tiempo. Bogotá, diciembre 18, 1922.


78 El Tiempo. Bogotá, julio 9, 1926.

130
Niños huérfanos abandonados y limosneros

“el porvenir de un país despoblado como el nuestro”79. En el texto, la


defensa de los niños se vinculaba con la necesidad de embellecer a
la ciudad, eliminando el desorden y la desagradable “amenaza” que
generaba la indigencia infantil.
Varias crónicas describieron en este periodo el fenómeno resal-
tando la presencia de los niños y la explotación a la que muchos de
ellos fueron sometidos.
[…] En las calles, en cafés y restaurantes, verdaderas legiones
de mendigos asaltan al transeúnte y parroquianos para pedirle una
limosna. Dentro de esa legión hay que anotar la de los niños y niñas a
quienes se explota y martiriza infamemente, obligándolos a producir
una determinada cuota diaria de la cual viven sus empresarios […]
Son verdades viejas bien sabidas, reveladoras de una situación social
que ya toca los límites del escándalo [...].80

El negocio de la limosna ejercida a través de niños miserables fue


un fenómeno extendido que preocupó a las autoridades y comentaristas
sociales en este periodo, quienes denunciaron no solo la pobreza y
el abandono de los niños, sino la forma mendicante que adquirían.
Muchos de los niños perdidos de la época fueron robados por personas
que, después de lacerarlos, deformarlos y hacerles repetir las letanías
usadas para conmover a la ciudadanía, los ponían a pedir limosna.
El 12 de septiembre de 1920 apareció en la prensa una crónica
de Quijano Mantilla, donde narraba, entre otras historias, su propia
experiencia de niño robado y un artículo dedicado al problema del
hurto de niños no solo en Bogotá, sino en varias ciudades del país.
[…] Yo no he podido olvidar jamás la mirada de mi madre, un
día en que un mendigo llamado “El Macaco” me llevó con mil en-
gaños a la tienda de una mujer que llamaban “la Chorro de Plata”;
una vieja solterona, avara y riquísima, en cuyas manos no tenía una
moneda esperanzas de volver a ver la luz del sol. La mujer me dio
unas golosinas, pero como yo lloraba insistiendo volver a mi casa, me
cogieron entre ambos y me echaron entre una enorme caja que tenía

79 El Tiempo. Bogotá, julio 9, 1926.


80 El Tiempo. Bogotá, octubre 7, 1934.

131
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

un cerrojo como el de una iglesia. Grité largo rato, luego, me quedé


dormido. Cuando desperté, oía la voz de mi padre que le increpaba
con aspereza su acción a la mujer. Ella juraba por todo los santos que
allí no estaba yo. Di entonces unos golpes desesperados en la caja, y
un momento después unos soldados me entregaron a mi padre, que
forcejeaba entre unos amigos queriendo agredir a la bruja.

Luego supe que al ver a mi madre por las calles, gritando, un


extranjero que vendía libros había hecho aprender al mendigo, di-
ciendo haberle visto llevándome de la mano para la tienda donde me
encontraba […].81
En la misma crónica se recogía la historia de una pequeña robada
un tiempo atrás. Se trataba de “[…] una niña llamada María, de ojos
grandes y negros, nariz fina y piel blanca y suave a quien una mujer
llamada Justa se trajo del lado de su madre […]”82. Dos días después
de publicada la crónica, el periódico allegaba comentarios de un lector
al respecto, donde se informaba que, gracias a la mención del caso, la
niña había sido recuperada por sus padres83.
En una crónica posterior de Quijano Mantilla, titulada “Los la-
drones de niños”, el autor mencionaba las frecuentes desapariciones de
niños en el mundo, con destinos crueles y macabros a manos de adultos
desnaturalizados. Al referirse a los eventos similares que sucedían en
el país, el cronista culpaba a los cuidadores y a las autoridades de la
desgracia de los niños.
[…] Aquí, sin duda, no se ha llegado ni se llegará a este grado
de perversidad. Es seguro que las pérdidas de niños que se han regis-
trado se deben a descuido de los encargados de cuidarlos o a fines de
explotación. En todo caso, esperamos que la autoridad sabrá tomar
las medidas del caso para proteger a los niños, sobre todo los de la
clase pobre, que son los que se pierden con mayor frecuencia […].84

81 El Tiempo. Bogotá, septiembre 12, 1920.


82 El Tiempo. Bogotá, septiembre 12, 1920.
83 El Tiempo. Bogotá, septiembre 14, 1920.
84 El Tiempo. Bogotá, septiembre, 12, 1920.

132
Niños huérfanos abandonados y limosneros

A mediados de siglo, la mendicidad siguió siendo una preocupación


para las autoridades capitalinas. En una gran crónica, titulada “la
mendicidad, un negocio lucrativo”, Joaquín del Campo describía las
estrategias utilizadas por manos mendicantes para obtener mejores y
frecuentes limosnas. Varias fotos de gran tamaño y con pies de página
acompañaban al texto, donde se afirmaba que “[…] las puertas de las
iglesias son los lugares preferidos por los mendigos”, pues es allí “donde
resulta más fácil despertar la compasión”. Se reclamaba albergue para
los niños mendicantes y se mostraban adultos limosneros. Aquí se
reconoce la relación entre la mendicidad, la limosna y la religiosidad
de los pueblos.
Otra crónica, publicada por la revista Cromos, hacía referencia al
amplio negocio de la mendicidad que se volvía cada vez más lucrativo
haciendo uso de niños alquilados por una madre a cambio de unos
cuantos centavos. Las escenas engañosas, que acompañan muchas
veces al limosnero, las largas y dolorosas retahílas con que acompañan
la demanda de dinero han sido descritas ampliamente en la literatura,
y escritores reconocidos han recreado el final del día de los mendigos,
cuando los inválidos comienzan a caminar, los ciegos a ver, los tullidos
a correr y las madres dolidas entregan los niños arrendados y le dan
dinero a la madre que se los prestó.
el alquiler de niños. Este pequeño título define una de las
situaciones socialmente más inicuas que hay en la mendicidad bo-
gotana. Algunas mujerzuelas, para poder trabajar y ganar la vida en
forma honrada, han inventado un desgraciado truco para explotar
ferozmente la compasión de la gente. El engaño se realiza a base de la
cooperación de otra mujer que tiene dos hijos pequeños y harapientos,
de una tercera que tiene tres, y de una cuarta que posee cinco retoños.
Reunidos estos diez, con los cuatro de propiedad de la explotadora,
son catorce muchachos que oscilan entre los dos y los siete años que
con la inclemente mujer se sitúan casi siempre en el punto más cén-
trico de la ciudad: la esquina de San Francisco y sus alrededores. Hacia
las seis de la tarde son cientos de chiquillos y decenas de mujeres que
van corriendo a la par del transeúnte, rogando con voz casi desfalle-
ciente una limosna para calmar el hambre de “sus” muchachitos […]
Cuando la mujer explotadora ha terminado la jornada, en la cual se

133
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

educa previamente a los chiquillos para que digan que tienen hambre
y frío, y para que se rieguen como en una trágica brigada de miseria
—mitad fingido y mitad realidad—- a buscar por su cuenta la limosna,
se recoge la tropilla desgraciada y se emprende la marcha hacia atrás.
Es ahora la repartición de cada chiquillo a su tugurio, en donde hay
otra mujer que recibe algunos centavos por el alquiler de sus hijos. La
cuestión es impresionante, mi paciente lector, pero es real […].85

En una columna, cuyo título era “El problema de la mendicidad”,


se comentaba que, entre los mil y un problemas que las autoridades
municipales de Bogotá debían afrontar, la vagancia infantil ocupaba un
lugar preponderante. Se afirmaba que ni con la categoría de la ciudad
como capital de la república, ni con sus tradiciones de ciudad culta y
cristiana, se armonizaba el espectáculo diario de las docenas de niños
hambrientos y desnudos que llenan las calles en actitud deplorable. El
columnista comparaba la condición de los niños errantes que viven
una vida miserable, olvidados de los dioses y de los hombres en las
calles de las ciudades rusas con la de los grupos de niños parias que
mendigan durante el día y que en la noche se acogen a los portales
desamparados, víctimas de la miseria y del frío. Esta comparación lo
lleva a reclamar “medidas más drásticas y definitivas” para poner fin
a una situación que no solo desentona en la perspectiva estética de la
ciudad, sino que constituye un índice angustioso de la falta de sentido
humanitario que domina en muchos sectores sociales. Reclamaba la
atención de las autoridades para que se eliminara de las calles “la escena
dolorosa de los niños vagabundos, sin techo y sin pan, la ciudad no
podrá enorgullecerse de sus prerrogativas de centro de civilización
y de cultura”, y que le diera prioridad a estas labores antes que a las
“obras de ornato y embellecimiento de la ciudad”86.
Las dificultades de la niñez desprotegida en Bogotá se vieron
agravadas desde la década del cincuenta por la llegada de los niños
desplazados por la violencia. Según datos de “la Oficina Nacional
de Rehabilitación y Socorro”, en Bogotá se “había auxiliado a 11 622

85 Cromos. Bogotá, junio 3, 1944.


86 El Tiempo. Bogotá, agosto 19,1934.

134
Niños huérfanos abandonados y limosneros

exiliados”87. Eran muchos los niños que llegaban a la capital con sus
familias o sin ellas, huyendo de sus regiones rurales, niños que habían
visto quemar sus casas, asesinar a sus padres y huir a sus hermanos.
Se hablaba de la desadaptación y la locura al llegar a la ciudad, y de
algunas de sus consecuencias directas: “[…] la mendicidad infantil
que cobra auge trágico, la prostitución prolifera y la estadística de
robos y hurtos asciende vertiginosamente […]”88.
En esta época, la explotación infantil para labores de mendicidad
también fue un hecho frecuente. Se decía que muchos niños perdidos
habían sido robados para cortarles una mano, sacarles un ojo y po-
nerlos a pedir limosna. Los niños de la ciudad tenían miedo de salir
a la calle, pues muchas veces habían oído estas historias. Las noticias
que sobre este asunto se publicaban en la prensa se le leían a los niños
para que tuvieran cuidado cuando salieran de su casa.
Niños inválidos eran ubicados cerca de las iglesias, los cines y los
estadios para que pidieran limosna. Junto a estos niños mendicantes,
se encontraban también algunos jóvenes enfermos mentales que
deambulaban por la ciudad89.
Uno de los casos que recibió amplia difusión en la prensa fue el
del niño Israel Huertas, de solo tres años, quien a mediados de 1957
desapareció de su casa. La situación se complicó cuando otro menor, un
lustrabotas de profesión, aseguró que había localizado al chiquillo y que
lo había vendido por cincuenta centavos a un desconocido. Los padres
se dieron a la búsqueda y finalmente lo localizaron en el pabellón de
niños del Hospital de San Juan de Dios. El niño se encontraba lleno
de lesiones por todo el cuerpo, lo que indicaba que había sido azotado
terriblemente. Según afirmaba el periodista, “[…] hasta el momento
no se sabe si el niño fue comprado o secuestrado para explotarlo en
mendicidad o si lo maltrataron inhumanamente para saciar alguna
venganza con los padres [...]”90.

87 Germán Guzmán, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, La violencia


en Colombia, tomo 1. Monografías Sociológicas n.º12 (Bogotá: Universidad
Nacional de Colombia, 1962) 265.
88 Guzmán, Fals Borda y Umaña, La violencia en Colombia 265.
89 El Tiempo. Bogotá, abril 10, 1963.
90 El Tiempo. Bogotá, agosto 31, 1957.

135
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Otra crónica narraba el encuentro de un desprevenido señor


con su sobrino perdido hacia algunos meses en Bogotá. En este
caso era manifiesto un “horripilante” caso de explotación infantil.
El niño y sus compañeros estaban pidiendo limosna para un señor que
los acompañaba en un bus de la capital. Ellos contaron al periodista
que Domingo Estévez, de nacionalidad venezolana, tenía cautivos a
tres niños que había seducido con falsas promesas y a otro lo había
amenazado con un puntiagudo cuchillo para que le secundaran en
sus fechorías. Estévez tenía su guarida en el Barrio Cervantes, donde
vivía en una pieza de inquilinato. Uno de los niños narraba así su
experiencia:
[…] A mí me secuestró, cuando iba en un bus. Me mostró un
cuchillo y me dijo, que si no me iba con él me mataba. Eso hace once
meses [...] Allá me daba de comer y me enseñó la letanía para que
recitara cuando saliera con él a pedir limosna. Yo tengo muy buena
memoria y en un día me la aprendí. Así salíamos de día y entrábamos
a los buses, yo recitaba la letanía mientras que el mostraba su brazo
enyesado […], él recogía la limosna de la mitad del bus para adelante
y yo en la parte de atrás [...].91

Otro de los niños contaba también la manera como fue recogido


y adiestrado en el “oficio de la mendicidad”:
[…] A mí me llevó hace como dos meses [...] diciéndome que me
iba a cuidar mucho, que me tendría como hijo y que me compraría
bicicleta. Yo me fui con él pues no sé quiénes son mis padres, ni co-
nozco familia ninguna. Yo también pedía limosna en los buses, pero
no sé cuánto recogía, pues él me la quitaba al bajar y nunca me dejó
ni un solo centavito. Él tenía mañas muy feas, pero yo no tenía para
donde irme […].92

Los niños describieron igualmente cómo Estévez los lesionaba


para que tuvieran cicatrices, los enyesaba y vestía con harapos
para conmover más fácilmente al público cuando pedían limosna.

91 El Tiempo. Bogotá, marzo 1, 1959.


92 El Tiempo. Bogotá, marzo 1, 1959.

136
Niños huérfanos abandonados y limosneros

Uno de ellos presentaba graves cicatrices en una de las piernas y en


parte de ella mantenía una venda de yeso. El niño explicaba así lo
sucedido el día en que se quemó:
[…] prendieron fuego en una caneca de gasolina; ese día Víctor
(uno de sus compañeros) me miraba y me hacía señas pero yo no en-
tendía; era para que me fuera, pero el viejo me agarró y me metió la
pierna en las llamas; yo lloraba mucho porque el dolor era muy duro y
después me llevó al Hospital de la Samaritana, me pusieron una gasa
con pomadas. Entonces me dijo: “Así era como quería verlo” [...].93

Los pequeños contaron también que los ponían a pedir limosna


no solo en Bogotá, sino que los habían llevado a Tunja, Chiquinquirá,
Sogamoso, Armero, Duitama, Los Llanos y parte de la Costa. Las ac-
tividades de José Domingo Estévez fueron investigadas y se descubrió
que el caso de estos tres pequeños no era el único. Estévez se dedicaba
al tráfico de niños desde hacía mucho tiempo y numerosos pequeños
habían sufrido sus inhumanos tratos y explotación.
A finales de siglo, los niños mendicantes eran como siempre un
hecho frecuente, difundido y tercamente persistente en la ciudad de
Bogotá. Niños, mujeres, jóvenes y ancianos dedicaban algunas horas
del día o de la noche para situarse en una esquina, en un semáforo, en
el quicio de una iglesia, en la puerta de un restaurante o en los buses
urbanos a pedir limosna. Convencían a la gente de sus innumerables
historias dolorosas. Algunos de ellos lograban vivir de la mendicidad,
otros simplemente la ejercitaban de forma esporádica, cuando tenían
alguna necesidad y carecían de dinero para suplirla. La multitud
de niños perdidos o robados, que tanto inquietó a la ciudadanía, se
asoció en la época con la mendicidad, pero en esta época, se relacionó
también con el “mercado negro de la adopción”.
Eran muchos los niños huérfanos y abandonados que en la ca-
pital se dedicaban a la mendicidad. En los periódicos se publicaban
con frecuencia fotos de niños pidiendo limosna en las esquinas de
las calles, pero también se informaba a la ciudadanía que muchos

93 El Tiempo. Bogotá, marzo 1, 1959.

137
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

de los niños mendicantes tenían detrás adultos que los explotaban


inmisericordemente.
[…] Detrás de cada grupo de dos, tres o más chicos vagos y men-
digos, que diaria y “nochemente” recorren las calles centrales de la
ciudad, las iglesias, los restaurantes, los cafés, los teatros, etc. ablan-
dando el corazón de los transeúntes para beneficio de pandillas de
pícaros inescrupulosos, existe una organización de hampones que les
dirigen, les instruyen en artes marrulleras para sacarle la plata a la
gente y les quitan las monedas […].94

Calibán, en su columna “Danza de las horas”, que escribía a diario


en el periódico El Tiempo, traía con cierta frecuencia imágenes de
escenas callejeras que él mismo había observado en su trajinar diario
por el centro de la ciudad.
[…] Hace algunos días, al salir del Teatro San Carlos, tropecé
por lo menos con un grupo de veinte niños y niñas, entre ocho y cinco
años, que pedían limosna cantando, a la salida de todos los cines y en
todos los espectáculos se repite esta lamentable escena. No hay tema
más llevado y traído que este de los niños abandonados, desde hace
medio siglo, para nada, porque todo sigue peor [...].95

Fueron muchas las madres de los sectores más miserables de


la ciudad que subsistieron mediante la limosna y el uso de sus hijos
[…] Hasta al más pequeño, que es solo de meses, lo utilizan.
Porque lo exhibe con una venda de yeso que naturalmente es de
quitar y poner, para atraer la consideración. La mujer y sus hijos
duermen durante el día, y a la noche abandonan su covacha del barrio
Girardot. Comen sobras en la puerta de un Monteblanco y con el pre-
texto de “cuidar carros” se instalan en la calle 21 con carrera 7a. […].96

Niños que aún no tenían experiencia en el robo se dedicaban


a la mendicidad. Las madres los educaban para aprender a pedir li-

94 El Tiempo. Bogotá, febrero 4, 1960.


95 El Tiempo. Bogotá, octubre 11, 1962.
96 El Tiempo. Bogotá, mayo 31, 1964.

138
Niños huérfanos abandonados y limosneros

mosna y utilizar cualquier medio con tal de obtener una recompensa.


Tal fue el caso de Carmen Cecilia, que junto con otras niñas pedían
“moneditas” en los cafetines y era muy conocida del sector de la calle
16 con carrera 10a.
[…] Carmen Cecilia andaba separada del grupo “para cubrir
otros frentes” y cuando se presentaba a rendir cuentas, si entregaba
a la madre menos de veinte pesos a la madrugada, de regreso a la
vivienda “se las pagaba” [...] Como en otras ocasiones, una vez
le correspondía a Carmen Cecilia agenciar el aprovechamiento de un
niño muerto. El cadáver lo alquiló una vecina por cien pesos, una
verdadera ganga. Porque llevando en los brazos el cuerpecito yerto,
Carmen recogió en la calle mucho más de lo que habrían recaudado
en cinco noches lluviosas a la salida de los cines [...].97

En la época comenzó a aparecer en la prensa la mendicidad en


los buses, una nueva modalidad que desde finales del siglo pasado
se hizo habitual para los habitantes de la capital. Una cronica de
Jorge Lesmes, publicada en 1986, mostraba cómo esta actividad se
convirtió en una alternativa de supervivencia para muchas personas
desempleadas que ejercitaban su trabajo solos, pero también muchas
veces acompañados por niños, que eran los encargados de recolectar
las monedas entre los viajeros. Una de las personas entrevistadas por
la prensa narró que él se inició en el oficio siendo un niño:
[…] Yo me inicié en esto cuando estaba muy pequeñito. Mi
mamá nos envolvía en cobijas con mis otros hermanitos y se subía a
los buses y le decía a la gente que nos estabamos muriendo de hambre.
Imagínese, la gente al vernos así se compadecía y nos daba plata. Solo
descansabamos unos minutos al medio día y otra vez recorriamos la
Caracas, la trece, la décima, pidiendo limosna [...].98

La mendicidad en el transporte público se convirtió en una forma de


subsitir. Niños, fanáticos religiosos, leprosos, ciegos, enfermos de
sida y un sinfín de indigentes se disputaban la benevolencia y las

97 El Tiempo. Bogotá, mayo 31, 1964.


98 El Tiempo. Bogotá, abril 2, 1986.

139
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

monedas de los usuarios, quienes irremediablemente tenían que


escuchar las muchas historias que contaban antes de soltar las notas
disonantes de una ranchera, un bolero o un estridente vallenato.
Los niños se volvían expertos en fabricar historias dramáticas que
conmovieran a los usuarios. Juan, un niño de apenas 11 años, de
los cuales llevaba siete metido entre las carrocerías de los buses y
busetas, cuya foto vendiendo dulces fue reproducida en la prensa,
empezaba su arenga diciendo:
[…] Señoras y señores, no vengo a pedir que me regalen una mo-
nedita. Vengo a ofrecerles unas colombinas y con los pocos centavos
que me gane, no son para el vicio, sino para mantener a mis cinco
hermanitos, pues mi mamá se quedó sin trabajo […].99

Finalizando el siglo, bajo el título de “Los niños mendicantes”,


la prensa publicó una crónica en la que se decía que en Colombia
cohabitaban:
[…] tres proliferantes calamidades que devastan su territorio
y trituran la armonía comunitaria, pero que transitan inadvertidas
pero arrogantes: la muerte por hambre, o inanición, el fallecimiento
por frío o hipotermia y la actividad humillada y yerta de los niños
mendicantes […].100

Se afirmaba que estas tres plagas habían hecho su agosto particu-


larmente en Bogotá, donde las estadísticas señalaban “descomunales
coeficientes”. La orfandad, el “helado manejo social del régimen”, la
ausencia de educación y la desigualdad económica se mencionaban
como causas de la presencia de los niños mendicantes. A pesar que desde
hacía unos años había entrado en vigencia el Código del menor, que en
su artículo 14 establecía que “Todo menor tiene derecho a ser protegido
contra la explotación económica y el desempeño de cualquier trabajo
que pueda ser peligroso para su salud física o mental, o que impida
su acceso a la educación”, esta normatividad era letra muerta ante la
absorta burocracia del Instituto Colombiano de ­Bienestar Familiar,

99 El Tiempo. Bogotá, abril 2, 1986.


100 El Tiempo. Bogotá, enero 11, 1996.

140
Niños huérfanos abandonados y limosneros

la Defensoría del Hogar, la Procuraduría Juvenil, la Policía Juvenil, la


Jurisdicción de Menores y los Centros Asistenciales. Concluía el
periodista que, ante esta desolada situación, “[…] Fedor Dostoievski,
Knut Hamsun, Curzio Malaparte y aun el mismo Alberto Moravia, en
sus conmovedoras descripciones trágicas de la miseria, han quedado
en la zaga [sic.]”101.
En esta época se descubrieron casos de grupos de niños enviados
desde pueblos cercanos hacia Bogotá para usarlos como mendigos:
[…] Una mujer traía de provincia remesas de huérfanos, cobraba
comisiones y los abandonaba [...] La mujer prometía a los padres de
los niños que les buscaría becas para estudios en Bogotá, recogía co-
misiones y venía a engañar a las casas de la capital del país [...].102

La prensa vinculaba este evento con la cantidad de mujeres men-


dicantes que en las calles de la capital pedían “un panecito” con niños
de brazos muy pequeños103.
Al igual que a mediados de siglo, una de las mayores preocupaciones
de los funcionarios que trabajaban en Bogotá con los niños abando-
nados que vivían en la calle fue la limosna. Se decía que, mientras la
gente les siguiera proporcionando dinero, comida, ropa o cualquier
otro tipo de limosna, el problema nunca acabaría. Junto a una foto
que mostraba, a la sombra de un árbol ubicado en un separador de dos
congestionadas vías capitalinas, tres niños gamines durmiento se leía:
Escenas como estas son comunes en las calles de Bogotá.
Aunque varias instituciones públicas y privadas trabajan para darle
a estos pequeños una vida normal, el problema seguirá latente si los
ciudadanos continuan proporcionandoles una vida facil a través de
las limosnas.104

No era fácil acabar con una vieja y arraigada costumbre, en-


señada por la religión, difundida a través de multíples medios y que
padres, maestros y sacerdotes consideraban que los niños debían

101 El Tiempo. Bogotá, enero 11, 1996.


102 El Tiempo. Bogotá, febrero 14, 1965.
103 El Tiempo. Bogotá, febrero 15, 1965.
104 El Tiempo. Bogotá, agosto 1, 1986.

141
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

observar. Pero ya era claro que se acentuaba el contraste entre esta


opinión de raigambre cristiana y una mirada civil que consideraba
la limosna como una tradición contraria al trabajo. “Los pobres de
Dios”, los mendigos de principios de siglo, en esta época se miran
de otra manera. La limosna es considerada ahora como un negocio
engañoso y lucrativo asociado a la pereza, que no implica el esfuerzo
y la constancia del trabajo.
Finalizando el siglo, en 1996, el periódico El Tiempo, ante los
múltiples episodios de los niños perdidos, ya fuera por simple ex-
travío, por secuestro o por robo, y que tanta preocupación causaban
no solo en Bogotá sino en diversas ciudades del país, de donde se
recibían constantemente informes, decidió dedicar una página a los
niños perdidos, conectada a Internet, para que sus datos pudieran ser
conocidos simultáneamente en todo el mundo. El periódico esperaba
así contribuir a la solución de uno de los más inquietantes problemas
que aquejaban a la población. Se decía que los niños eran robados, entre
otras causas, para ser explotados en la mendicidad o en otros diversos
menesteres, o para incorporarlos al mercado negro de la adopción105.
En 1997, un escrito de El Tiempo.com, firmado por Adán Ra-
mírez Casas, nos deja ver una de las últimas miradas al fenómeno
de la mendicidad, considerada ahora como grupos de indigentes de
diversas edades que se ubican en lugares centrales de las ciudades y
se convierten en un verdadero problema de salud pública.
Si nos detenemos a examinar las dificultades más protuberantes
que aquejan a nuestras principales ciudades, el crecimiento desen-
frenado de la mendicidad merecería un capítulo aparte. En efecto,
la proliferación alarmante de indigentes de todas las edades que se
pasean orondos por las calles y avenidas de estos centros urbanos de-
bería ser motivo de una acción estatal más enérgica y adecuada.106

Se reclamaba ir más allá de “medidas de represión u operaciones


puramente policivas”, que algo han logrado, y buscar la verdadera
“erradicación de este terrible cáncer que corroe nuestra sociedad”.

105 El Tiempo. Bogotá, octubre 9, 1996.


106 El Tiempo.com, enero 14, 1997.

142
Niños huérfanos abandonados y limosneros

Se reclamaba la realización de labores de coordinación institucional


de parte de los organismos del Estado por cuanto
[…] existen problemas de orden sanitario, de educación, de se-
guridad, de ausencia de fuentes de trabajo, de escasez de vivienda, de
falta de relaciones humanas, de injusticia social, de carencia de co-
municaciones, en fin, toda una gama de complicaciones de distinta
índole. Hasta el punto de que se haría necesaria la creación de una ins-
titución que se encargara de coordinar la gestión de todos estos entes
a fin de lograr efectos válidos en todo sentido, es decir, que afrontara
dichas dificultades de una manera global.107

La mendicidad infantil se convierte en el centro del artículo y el pe-


riodista reclama una atención inmediata para la deplorable situación de
los “centenares los niños que recorren las calles de nuestras urbes
dedicados a este desapacible oficio, si así pudiera llamársele”. Se queja
de la ineficiencia del icbf para resolver el problema y exige
[…] una política radical, de indudable carácter oficial, que le
ponga la cara a este estado de cosas, que nos avergüenza a todos. No
más paños de agua tibia, ni vacilaciones, ni dilaciones de ninguna na-
turaleza. Ya se ha patentizado que las famosas galladas de pequeños
gamines que en el pasado fueron miradas con simpatía y hasta con
benevolencia por la sociedad (todos fuimos cómplices despreve-
nidos: recordemos las canciones a la salida de las salas de cine, o los
conciertos, en los trolleys o en los buses municipales, de estos pela-
fustanillos como alguien los denominó que de alguna forma remune-
rábamos con las pocas monedas que les repartíamos) se convirtieron
en verdadera rémora para la misma y en constante dolor de cabeza
para las autoridades, porque, en su gran mayoría, estos gamines ya
crecidos se transformaron en avezados delincuentes o, por lo menos,
en vagabundos sin Dios ni ley.
Es que no hay ningún lugar en nuestras ciudades en donde no
se encuentre un enjambre de estos menesterosos dispuestos a todo,
menos, claro está, a observar las normas de convivencia social. Y
no tienen por qué hacerlo, ciertamente, puesto que no han recibido

107 El Tiempo.com, enero 14, 1997.

143
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

de la comunidad sino indiferencia y malos tratos. Y ni qué decir del


comportamiento de las autoridades. Ha brillado por su total desa-
tención más bien diría yo que por ineptitud con relación a materia
tan delicada. De vez en cuando la policía practica redadas, detiene a
unos cuantos por unos pocos días, los bañan, les dan alguna que otra
comida y pare de contar. Mas la cuestión sigue ahí vivita y coleando,
como dice el pueblo llano con su proverbial sabiduría.108

Con esta descripción del eterno mal que aquejaba la ciudad,


el periodista reclamaba que el Estado asumiera sus obligaciones de
manera urgente y apropiada para evitar
[…] el lacerante espectáculo de estos indigentes durmiendo a
la intemperie, aspirando bóxer para paliar engañosamente su ham-
bruna; si aspiramos a proscribir de nuestras calles la visión con-
movedora de chiquillos desarrapados y famélicos que deambulan
desesperanzados en busca de una oportunidad para sobrevivir.109

108 El Tiempo.com, enero 14, 1997.


109 El Tiempo.com, enero 14, 1997.

144
Los niños callejeros viven entre la vagancia,
el trabajo y la delincuencia

Los niños callejeros eran mencionados por la prensa algunas


veces como niños abandonados y otras como niños fugados de sus
casas o de instituciones de protección. Se convertían en habitantes de
la calle, en miembros de galladas que los capacitaban como limosneros,
reponeros, desvalijadores y, finalmente, como atracadores y aparta-
menteros. Otras veces, estos mismos grupos los inducían a realizar
torturas y asesinatos. Eran víctimas fáciles de las galladas enemigas,
de las autoridades que los maltrataban o de adultos que los encerraban
para esclavizarlos como trabajadores sin sueldo, con muchas horas de
trabajo o como servidores sexuales. En las instituciones donde eran
recluidos recibían todo el peso de la ley o sufrían las arbitrariedades
y castigos inhumanos de quienes las administraban o trabajaban en
ellas. Con frecuencia eran abusados por compañeros mayores o por
profesores y funcionarios de la institución. Su vida en la calles de la
ciudad no fue igual a lo largo del siglo xx. La malignidad callejera
se agudizó con el paso de los años y los transformó de chinos calle-
jeros y simpáticos de comienzos de siglo en gamines drogadictos,
que fueron a parar a las calles del Cartucho y a engrosar las filas de
los seres envenenados de todas las edades que allí habitaban. De esta
forma, al finalizar la pasada centuria, estos niños se fundieron con

145
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

la masa de indigentes entregados a las drogas y se hicieron menos


visibles, puesto que en su mayoría se concentraron en las calles del
centro, sentados en los andenes, cerca de los semáforos, armados de
palos y en actitud hostil.
A lo largo del siglo pasado, la ampliación de la cobertura edu-
cativa y de las medidas de protección de la infancia, llevadas a cabo
por las autoridades municipales y de policía, determinó que muchos
niños abandonados, fugados de sus casas o maltratados por parientes
y adultos desconocidos fueran amparados, sacados de las calles y
luego recluidos en instituciones de protección abiertas y vinculadas
a la comunidad, o cerradas, donde no se les permitía su salida y se
sentían apresados.
En este capítulo presentamos la mirada de la prensa, acompañada
con algunos estudios específicos, respecto de lo sucedido, a lo largo
del siglo xx, con los niños forzados a encontrar en las calles de Bogotá
nuevas unidades de supervivencia, las galladas, que remplazaron la
familia perdida y les aseguraron una protección frente a los innume-
rables peligros que acarreaba la vida fuera del hogar.

El chino bogotano
A comienzos del siglo xx, el “chino bogotano” no era un niño
aislado, por el contrario formaba parte de los grupos callejeros y
libertarios, organizados para garantizar la supervivencia de los
miembros en la pequeña ciudad que era Bogotá. Julián Páez describió
estas organizaciones con precisión en un texto sobre los chinos que
comían, dormían, trabajaban y recorrían las calles del centro de la
ciudad, y que provenían de familias o instituciones que ellos mismos
abandonaban:
[...] ya libre [...] sin techo y sin sujeción [...] no teme ya al látigo
del colérico patrón, pero el hambre lo acosa... ¿qué hacer? Pasa por
el parque de Santander, en donde, en estrepitosa bullanga, hállase el
gremio chinesco, reunión de harapos y alegría […] y de aquel grupo
surge su redención: un chino amigo, su vecino y compañero, que le
sale al encuentro, y entre risas y burlas se informa de su suerte, se duele
de ella, le da de comer de lo que come [...] y lo toma orgulloso bajo su
amparo y protección. El anfitrión sigue dispensando su p ­ rotección al

146
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

recién venido, procura hombrearlo, iniciarlo en el modus vivendi de


la cofradía chinesca; le enseña los sitios de reunión, las ventas más a la
moda entre ellos, las ventorras que los tratan con más consideración,
el punto donde miden mejor los alimentos, y procede a presentarlo a
sus compañeros [...].1

En 1976, un columnista se preguntaba de dónde había salido el


gamín bogotano, cuáles eran sus pergaminos y cuál era la procedencia
de la palabra chino. A estos interrogantes contestaba con un hermoso
escrito de Januario Salgar (1827-1901) de finales del siglo xix sobre el
gamín de aquel entonces:
¿Vino algún chino con Quesada, cuyo molde sirviera para vaciar
los chinos posteriores? No se sabe. ¿Fue creado el chino por recuerdos o
nació espontáneamente como la malva en las huertas? Nos adherimos
a esta última hipótesis [...] porque siempre hemos creído que los chinos
son excrecencia de la familia latina (no hay chinos en las razas del
norte), o mejor dicho la ortiga humana. La ortiga nace en todas partes
y mejora mucho cuando se la trata mal. El cultivo la perdería [...].2

Utilizando la imagen de Alberto, el hijo de la niña Matea, chi-


chera que vivía frente a su casa, don Januario Salgar elaboraba una
radiografía de las características sobresalientes del chino bogotano,
antecesor del gamín. Matea era madre de 7 hijos, todos de diferentes
padres, el mayor era sastre, las niñas que siguieron entraron a “la vida
aireada” y murieron en un hospital, a otra la mató a palos su marido, a
otro lo obligaron a ser voluntario, otro “permanece en casa honrada”
y Alberto se fugó a los 4 años de la chichería,
[...] para sentar plaza en esa milicia volante, vivaracha que se
llama “chinos de Bogotá”. Cayó en manos de un zapatero remendón
donde no recibió más de lo que robó y donde recibió mucho palo y pes-
cozones hasta que cumplió la edad de siete años, edad que caracteriza
a los chinos de Bogotá, cuando huyó, llevándose unos reales y unos
cuantos botones. Se describe la imagen del chino, con sus grandes

1 Julián Paez, Bogotá Ilustrado. Febrero de 1907.


2 El Tiempo. Lecturas Dominicales. Bogotá, octubre 3, 1976.

147
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

dientes que no le caben en la boca, con los pies, donde se habían re-
fugiado todas las niguas de Bogotá, con la cabellera enmarañada y
un sombrero raspón; ruana de hilo remendada, pantalones de paño
viejos, cedidos por su ex dueño a Alberto. Libre Alberto de la zapa-
tería, empezó sus correrías, gastó los pocos reales que tenía y se vio
en la necesidad de servir y lo hizo de paje, haciendo mandados y toda
suerte de oficios en una casa de familia. Cada mandado a la calle era
aprovechado para reunirse con sus amigos callejeros y en zaguanes
desiertos practicar al “chócolo”, donde desde cierta distancia tenían
que tirar unas monedas a un pequeño hueco del tamaño de un huevo.
De la casa huye cuando ha robado varios cuartillos y muchísimos
botones y vuelve a la calle a hurtar, con todo el ingenio y simpatía,
todo lo que pudiera en las chicherías y botillerías, para poder comer.
Se vuelve a las pilatunas de la calle: pintar con un carbón, la pared
recién blanqueada de la casa de un Monseñor, y jugar a ver quién
hace la raya más derecha; jugar a la guerrilla con otros 40 chinos en
la plazoleta de San Diego, hasta que el alcalde tenía que intervenir; y
claro está, participar en manifestaciones políticas. El robo con alar-
mantes visos de astucia y desvergüenza es una de las características
de Alberto, hasta más tarde cuando es llevado al presidio. El chino
bogotano está en todas partes y en toda ocasión.

Acompaña los entierros, preside la banda de música, se pone a


horcajadas sobre la puerta del coso, importuna y embravece las fieras
en el toril, silba hasta los buenos lances y silba a los toreadores también.
Alborota, cansa y fastidia, vence y no se retira del teatro de las fiestas
hasta cuando todo ha terminado. De noche vaga por entre los toldos;
juega a la cachimona, roba dulces, pañuelos y otras prendas, y duerme
a la madrugada en un tablado solitario.3
Finalmente se preguntaba don Januario si había chinos grandes
y respondía:
[...] No; a semejanza del gusano que, al llegar a cierta edad, se
vuelve mariposa, el chino muere a los diez y ocho años y aparece de
oficial de sastre, agudo y respondón; de soldado voluntario, valiente y

3 El Tiempo. Lecturas Dominicales. Bogotá, octubre 3, 1976.

148
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

sereno, que muere matando; y no pocas veces de hombre honrado


y laborioso. Pero siempre hasta el momento de morir, se ve algo del
chino: su frase postrera es un chiste, y se despide de la vida tan desen-
4
fadadamente como ha vivido.

Esta comunidad de iguales que formaban los niños de la calle


incluía la noción de apoyo y colaboración con el necesitado, pero
también reflejaba la alegría de unos niños que gozaban de su libertad
como aventureros, pero padecían también los rigores del hambre, la
desnudez y el desamparo de las noches capitalinas. Eran grupos de
niños, con algunos muchachos un poco mayores y uno que otro perro,
en los que se mezclaban los chinos pordioseros, los trabajadores y los
vagos y delincuentes, mal trajeados, sucios y desvergonzados, que se
habían convertido en uno de los rasgos característico de la pequeña
ciudad bogotana.
Los nombres de los emboladores y “chinos de la calle” que apa-
recían en las fotos de la prensa de la época eran similares a los de
tantos “gamines” que encontramos en los años setenta, cuando rea-
lizamos el trabajo de campo que terminó con la publicación del libro
Gamines: testimonios. Fueron muchos los “Diablos”, “Cuchucos”,
“Pucheros”, “Patichuecos”, “Caregatos” que vivieron en las calles de
Bogotá, y muchos los chinos limpiabotas, emboladores, carboneros,
voceadores, mandaderos y aguateros que ofrecían sus servicios en la
calle y se convertían en trabajadores habituales de barrios centrales
y de Chapinero de comienzos del siglo xx.
En 1910, un breve artículo registra la forma de vida de los lim-
piabotas en varios lugares de la ciudad, unas veces descrita desde la
esquina dolorida del “pobre niño”, “niño enfermo”, “sifilítico” “sin
apoyo”, “hambriento”, y otras veces desde la esquina inquisidora “del
salvajismo de la sociedad injusta”, que los transforma en “niños per-
versos y malos”, cuando los fuerza a agruparse en galladas delictivas
para sobrevivir en la calle. De un lado, estaban los niños buenos, los
pequeños, aislados y necesitados de protección, forzados al aislamiento
“protector” en asilos y granjas; de otro lado, quedaban los malos,

4 El Tiempo. Lecturas Dominicales. Bogotá, octubre 3, 1976.

149
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

convertidos en la “escoria”, la “lacra” de la sociedad urbana, que tenía


que ser eliminada a cualquier precio o recluida en las correccionales
de la ciudad.
Ruedan por las calles ojerosos, pero rebeldes, roto el vestido, tiz-
nados los rostros y las manos, la cabellera grasosa sobre las sienes y
el cajón de pino blanco en las espaldas. En la plaza de mercado los he
visto mirando codiciosos, con la desolada codicia de los impotentes,
la miel cristalina de las frutas. Sobre las mesas las manzanas de tez de
novia, los duraznos de la carne fina y las piñas rojas que se yerguen
como pequeñas pirámides sobre los montones rojos de las naranjas
[...] Se humedecen los labios de los muchachos, y vuelven con des-
consuelo los ojos al perro flaco y viejo, compañero en los umbrales
de piedra durante las noches largas de los inviernos [...] y se marchan.
Han conocido el vicio, y llevan como tantos otros niños solitarios,
huérfanos del placer, en sus cuerpos maltratados la ruina de la sífilis.
Las llagas —rosas que fertiliza el dolor— se abren trágicamente en
la carne envenenada de esos desamparados; hay muchos deformes,
los hay ciegos; son ellos el efecto del crimen, los niños del olvido,
ellos que no han sabido otra cosa que luchar contra las múltiples
invasiones de la muerte, contra la maldad de los opresores, contra
el salvajismo de la sociedad injusta. Los ¡limpiabotas! El desprecio
incuba tardíamente en sus pechos el odio y la venganza: la sociedad
que los rechaza los hace perversos, el gesto displicente que los befa los
hace malos. Nadie los ha enseñado a regar el rocío de la compasión
porque nadie los compadece; nadie los ha enseñado a llorar porque
nadie llora por ellos. La inhumanidad de los hermanos los arroja de
la fiesta de las ilusiones, los priva del milagro del placer que da recibir
la sangre en copas de ensueño. Burlona la fatiga los empuja a vagar;
irónica y sarcástica el hambre, les roe las entrañas y llena de visiones
el cerebro […].5

El “chino de la calle” habitaba todos los rincones del centro y


norte de la ciudad. Era visto en el Parque de la Independencia, detrás
de los niños de uniforme marinero y niñas de vestido de organdí, en

5 Diario de Colombia. Bogotá, mayo 28, 1910.

150
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

los atrios de las iglesias de las Nieves y de Chapinero, así como en los
andenes poblados de niños que se calentaban entre sí, pidiendo limosna
en cualquier lugar, recogiendo sobras y comiéndolas en la calle o en
las plazas de mercado, bañándose en cualquier charca. Tal y como lo
registraban los dibujos y fotografías de la prensa de comienzos de siglo,
el “chino bogotano” acompañaba las procesiones, las manifestaciones
y huelgas de obreros, en calidad de un testigo que se mezclaba entre
los asistentes para participar y obtener beneficios. En las noches en
que los bogotanos se distraían admirando una novedosa película, ellos
armaban el gran escándalo y no permitían que el público se relajara
tranquilamente. Constituían el bullicio de una infancia que vivía
libremente, lejos del control de los padres, maestros y protectores,
cuya existencia desordenada y ruidosa molestaba a la ciudadanía que
se quejaba permanentemente.
Los encargados de guardar el orden deben impedir el gran es-
cándalo que los “chinos” forman en la Plaza de Bolívar las noches de
exhibición de Cinematógrafo en el Almacén del Día [...] Sabemos que
este simpático establecimiento suspenderá pronto tan divertido es-
pectáculo, si continúa el escándalo en contra de las personas decentes
que a él asisten.6

En sus ratos de ocio, los “chinos” que pululaban en la ciudad


destruían vidrieras e insultaban a las señoras que pasaban por ciertas
calles de la capital y demandaban la protección de las autoridades
contra la nube de chiquillos que las asediaban y todos querían que ese
desorden despareciera para poder gozar de una ciudad en paz. Como
los leprosos o los locos, estos niños, en opinión de algunos sectores de
la sociedad, debían ser eliminados, llevados a las afueras de la ciudad
o encerrados, con el fin de que los ciudadanos, que querían hacer
parte de una urbe tranquila y bien habitada, evitaran presenciar su
bullicio e indecencia.
[...] Esperamos confiadamente que la policía redoblará ahora
su vigilancia en la calle 24, azotada por varias plagas que un colega
­denunció. Los granujas que pululan por aquellos contornos, sin

6 Diario de Colombia. Bogotá, julio 4, 1910.

151
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

padres que los corrijan y eduquen, ocupados en destruir vidrieras y


en insultar a las señoras, y los hombres que no respetan los hogares
conversando con las criadas por las ventanas, deben desaparecer, no
solo de allí sino de todas las calles de la ciudad.7

Estos asiduos habitantes de la calle vivían de la limosna y del


robo, y era común encontrarlos desempeñando algunos trabajos
esporádicos o llevando a cabo actividades delictivas. Con frecuencia
protagonizaban peleas callejeras que solían dejar heridos de gravedad
e incluso ocasionaban la muerte de alguno de ellos8. El niño “gamín”
o el “chino de la calle”” solía ser un pequeño ladrón, pero sobre todo
era un recolector que vivía de las sobras de comida de la ciudad y
especialmente de los desperdicios de las plazas de mercado y los res-
taurantes o ventas callejeras. Algunos cronistas de la vida citadina
describían las plazas de mercado, los entornos miserables, llenos de
podredumbre y malos olores en los que deambulaban los niños calle-
jeros, quienes daban lugar a un espectáculo lamentable, que permitía
a los periodistas predecir el peor de los futuros:
[...] actualmente las plazas todas de la ciudad y especialmente
la de La Concepción contemplan con estos menores un problema de
extraordinaria gravedad, ya en lo que se refiere a los niños en sí, cuya
salud se está minando con las emanaciones pútridas de las frutas en
descomposición, ya por el estado del pavimento de los patios que
en tiempo de invierno se convierten en pestilente lodazal; pero aun
cuando esta última causa no subsistiera, no por eso dejaría de ser
perjudicial para la salud de los mismos el estar en contacto directo
con los víveres y respirando un aire viciado [...] Refiriéndonos a los
gamines que pululan por la plaza, acosados por el hambre agregamos:
no es menos repugnante y perjudicial, bajo el punto de vista de la
higiene física y moral, el espectáculo que presentan los gamines que a
diario pululan por la plaza, escogiendo las frutas en descomposición
que arrojan las expendedoras de estos artículos, lamiendo las hojas
que envuelven las cargas de panela, y por último apoderándose de los

7 Diario de Colombia. Bogotá, mayo 19, 1910.


8 El Tiempo. Bogotá, octubre 25, 1927.

152
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

huevos podridos que arrojan al suelo [...] En cuanto a estos últimos,


cabe significar a usted que son dignos bajo todo concepto de la pro-
tección oficial y particular, pues hoy delinquen por necesidad, debido
al instinto de conservación desarrollado en todos los seres y mañana
serán los pobladores de las cárceles y colonias penales [...].9

Otras veces la prensa registraba en breves notas la muerte por


hambre de estos niños, que representaban la imagen de los pequeños
pobres, buenos y abandonados por unos padres despiadados y una
sociedad que no siempre se hacía cargo, mediante la caridad, de sa-
tisfacer sus necesidades:
[...] ayer, en las primeras horas de la noche, falleció de hambre
y desamparo un niño [...] gamín, sin padres, sin techo, sin pan y sin
trabajo [...] sin [que] una mano caritativa se tendiera para socorrer
al desgraciado que permaneció tres días en una zanja en un punto
central de la ciudad [...].10

El “chino de la calle”, trabajador, simpático, travieso, ingenuo,


libertino y recursivo se convertía fácilmente en “chino delincuente”,
de modo que mezclaba sus actividades cotidianas de recolector ca-
llejero con el robo y el atraco. Esto hacía que la imagen dulce del niño
abandonado y necesitado cambiara por la del “niño malo”, que se
convertía en un peligro para la existencia tranquila de los habitantes
de una ciudad llena de plazas y parques. Osorio Lizarazo describía,
en el año de 1926, la forma como el delito grupal devenía en la acti-
vidad dominante de los chinos de la calle. Esta transformación iba
borrando la imagen del “chino divertido”, del “chino aventurero”, del
“chino trabajador callejero”, al que todos recordaban como un ser
ingenuo con el que se podía compartir la calle y ejercer la caridad.
La narración construida por los periodistas bajo una mirada idílica
sobre el aventurero callejero, donde ese chino limpiabotas, trabajador
y bullicioso se reconocía como similar al “cachaco”, al “bogotano”,

9 El Tiempo. Bogotá, octubre 22, 1924.


10 El Tiempo. Bogotá, febrero 29, 1924.

153
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

adquiría ahora la connotación de un niño extraño, de mirada maligna,


que podía atacar a los transeúntes.
El limpiabotas auténtico, aquel que constituyó un tipo insepa-
rable de las calles de Bogotá, está a punto de desaparecer [...] Aquel
“chino” típico, que se cubría con un destrozado vestido de “cachaco”,
cuyas mangas de saco y de pantalón había doblado veinte o treinta
veces a fin de permitir el libre uso de pies y manos [...] con el rostro
picaresco lleno de betún, se ha extinguido casi del todo con sus
frases picantes, sus ocurrencias originales y sus actos admirables.
Era pícaro, medio ladrón y aventurero, como uno de los personajes
descritos en clásicos cronicones. Dormía en las puertas, al amparo de
los templos, bajo los puentes y en los parques. Su ingenio, de preco-
cidad desconcertante, era el depositario de todo el ingenio bogotano
[...] Nunca supo quiénes fueron sus padres. O si lo supo, los perdió de
vista desde sus primeros años. Cuando apenas contaba tres o cuatro
abriles, salió a la calle, y la convirtió en su hogar. Compartió frater-
nalmente su miseria con todos sus compañeros [...] Comía lo que ha-
llaba a mano, y desconocía todos los principios de higiene que han
sido la preocupación del siglo [...] Desde que salía a ganarse la vida, a
los tres o cuatro años, dos eran sus preocupaciones: adquirir un cajón
de limpiabotas, profesión a que estaba predestinado, y conseguir un
perro [...] Era este también un desheredado de la fortuna. Tampoco
tenía hogar y no había conocido a su madre. Prestaba un servicio
eficiente. Durante las prolongadas y frías noches bogotanas, el perro
abrigaba al amo [...].11

El chino bogotano empezó a desaparecer hacia finales de la década


de los veinte y dio lugar al surgimiento del niño “gamín” que habitó
las calles de la ciudad durante muchos años de la anterior centuria. El
chino se asociaba más al pequeño pueblo de Bogotá, mientras que el
gamín, con sus propias características y peculiaridades, hacía parte de
una ciudad en crecimiento, moderna y populosa. La supervivencia en
la calle tendía a hacerse cada vez más difícil y peligrosa, y la gallada,

11 Mundo al Día, Bogotá, noviembre 13, 1926.

154
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

como elemento identificatorio del gamín, se convirtió en un rasgo


distintivo del niño de la calle.
La existencia del gamín contrasta con esa especie de imagen idea-
lizada del chino de principios del siglo pasado, tal como se puede
observar en un texto de Nicolás Bayona Posada, quien, al describir el
“alma de Bogotá”, recogía la mirada tierna y nostálgica que se tenía
de los “chinos de la calle”. Como poeta, describe el dolor y la soledad,
pero también la alegría y la vitalidad del niño voceador, del lotero, del
embolador, todos habitantes de la calle y a la vez trabajadores. En este
retrato se muestra a un niño de la calle trabajador, que se procura por su
cuenta los medios para alimentarse y contribuir al sostenimiento de
su familia, debido a la ausencia de un padre que se haga cargo de sus
hijos, que los proteja y cubra con su “sombra amable”. Esta es la imagen
del niño bueno, que merece toda nuestra compasión y admiración, y
que se empieza a diluir con la emergencia del gamín.

Los chinos bogotanos


Revienta en los aires un férvido grito:
—¡El Tiempo y Especta! ¿Le embolo, mesito?

Y en calles y plazas, vibrante y risueño,


el chino sonoro —la mirla sin dueño—
de pronto aparece saltando veloz.
Calzones de manta que el suelo le alisa,
la vida en los ojos y el alma en la voz.

¿Su padre? No tiene. ¿Su madre? Lo ignora...


No, no es la viejita que tose y que llora
en rancho que guarda la hostil soledad:
de aquellos gamines las rudas legiones
nacieron, lo mismo que los copetones,
del alma doliente de nuestra ciudad...

Y el grito se eleva férvido y fuerte:


—¡Es la última, mesio! ¿No compra la suerte?
¡La suerte!... Con ellos que dura y sombría...

155
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

ya busca la lata, dejando el portón.


¡El Tiempo! ¿Le embolo?... No saben —arcanos—
que llevan la patria vibrando en las manos
y toda una raza prendida al cajón.

¡Y qué! ¡Son felices! Amable y chirriada


por ellos tan solo se tarda la criada
que empieza a abrazarse por fiebre sin fin.
El cuarto vestido con rotas postales;
mejillas lo mismo que vivos corales...
Después... que los mesios le compren carmín ...

Y saltan los chinos lo mismo que gnomos:


—¡El gráfico y Mundo! ¡Revista de Cromos!12

Al leer este poema sobre el chino bogotano, se tiene la impresión


de estar simplemente frente a grupos de niños que trabajaban sin cesar
para proteger a sus hermanos; sin embargo, estos laboriosos niños de la
miseria se convierten, como ya hemos dicho, en delincuentes y vagos,
a la vez que permanece su condición de abandonados y desprotegidos.
La mezcla de estos atributos en el niño callejero dificulta la distribución
del material recogido, puesto que su existencia es polimorfa, de modo
que en su caracterización confluyen los epítetos de niño abandonado,
pordiosero, chino de la calle y gamín, delincuente y trabajador.

Los niños callejeros, niños miserables


o gamines bogotanos
A mediados de siglo, las calles de Bogotá aún eran el hogar y
espacio de supervivencia de muchos niños abandonados o fugados
de sus casas y de las instituciones de protección. La magnitud del
problema de estos niños era mencionada constantemente en muchas
crónicas, en las que se describía la cotidianidad y peculiar forma de

12 Nicolás Bayona Posada, “El Alma de Bogotá”, en Antología seleccionada y


comentada por Nicolás Bayona Posada (Bogotá: Imprenta Municipal, 1938).

156
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

vida de una “chiquillería indefensa” que movía a los ciudadanos a la


compasión y caridad:
[...] El problema es inquietante [...] los niños abandonados que
vagan en grupos por nuestras calles populosas o que se hacinan en las
colonias miserables anidadas en los sucios alrededores de la ciudad [...]
muchos son los casos de abandono que a diario podemos registrar en
nuestra ciudad, que a medida que crece, abunda en casos dolorosos
en los cuales una chiquillería indefensa, huérfana, desnuda, mal
oliente, desarrapada, lánguida e infinitamente inspiradora de com-
pasión, conmueve la escena que de paso conmueve al transeúnte [...].13

“Los niños miserables” fue otra manera de hablar de estos niños


callejeros convertidos en mendicantes y ladrones, que sembraban de
intranquilidad e inseguridad las calles de la ciudad, pero que a la vez eran
explotados por quienes tenían una verdadera empresa de mendicidad.
Estos chiquillos eran miembros de una población que sufría la miseria
social, una miseria que no era resuelta ni por la iglesia con sus acciones
caritativas ni por la administración pública y laica con sus políticas
y programas de atención a la ciudadanía vulnerable. Situación que el
cronista definía como un “pecado de la administración social”.
[...] El espectáculo de este sinnúmero de ínfimos chicuelos, des-
arrapados y hambrientos que llenan las aceras y las plazas, muchas
veces con criaturas recién nacidas a la espalda, pidiendo limosna con
insistencia desesperada o revolcándose en el polvo malsano, en par-
vadas de cinco y diez, es algo que ya causa un desdoro para la capital
de la república [...] Durante todo el día deambulan incansablemente
tejiéndose entre los corrillos, azorando la concurrencia de los cafés o
prendiéndose con audacia peligrosa en los vomperes de los automó-
viles y de los tranvías, lo que suele costarles la vida como varias veces
se ha visto. Este desamparo de esos millares de niños, que descienden
a las calles centrales desde los más oscuros rincones de los barrios po-
pulares, es un pecado de la administración social [...] Lo peor de todo
es que ha llegado a convertirse en una verdadera industria de la men-
dicidad que ejercen en forma tan lamentable los niños; ­diariamente

13 El Tiempo. Bogotá, marzo 20, 1930.

157
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

los vemos aumentar en número de una manera desoladora; se ofrecen


a la caridad pública llevando en mantas de lana criaturas de pecho
que recogen en las casas amigas y les son “prestadas” como una boleta
de reclamo, o hermanitos menores que deben pagar así, desde la edad
más tierna, los azares de la miseria social en que han nacido [...]
pasan la noche en los huecos de los portones, cobijados con cartones
de anuncio o con diarios viejos que [...] se alimentan con sobras y
migajas; se cubren con trapos inmundos; fuman pedazos de tabaco
alzados del suelo más sucio o de los tanques de basura. 14

En la prensa se describía también la vida miserable a la que eran


sometidos los niños pobres de la ciudad por “bárbaros urbanos”,
padres o encargados que los explotaban, torturaban y convertían
en “insolentes ociosos, jugando, alborotando, bebiendo, fumando”.
Se trata de los “hijos despreciables” de “padres despreciables” que
infestan la calle. A finales de 1935 se leía en una columna de opinión:
Los niños pobres padecen aquí miseria y torturas inenarrables,
que no soportan los adultos de ninguna otra parte [...] Las gentes
infelices, esos gremios que, como el de cargueros y otros semejantes,
están por su ignorancia y su abandono por debajo de la humanidad
y por debajo de muchos animales, son de una crueldad horrenda con
los niños. Los azotan, los arrastran, los abofetean, hasta hacerles
sangre, los privan de las piltrafas y despojos que ellos comen, los
arrojan de la vivienda al frío asesino, los utilizan para la mendicidad,
les enseñan a robar, y a muchas otras cosas. Es bueno advertir que
todo eso pasa en la capital de la república [...] Los niños de esos bár-
baros urbanos, cuya existencia es un oprobio para Bogotá, son cier-
tamente desgraciados. Pero no son los únicos. Los obreros que saben
leer pero carecen de toda educación [...] y que consumen sin darse
cuenta una cantidad de chicha inverosímil y absurda, no regresan
a la casa, cuando el tabernero cierra, sino a golpear a la mujer y a
los hijos, en espera de la escena trágica que ha de llevarlo a la cárcel.
Nuestro pueblo pega, pelea, ataca, en la tiniebla de la embriaguez,
garantizada por la ley, protegida por la autoridad, explotada por el

14 El Tiempo. Bogotá, agosto 23, 1934.

158
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

fisco, más que otro pueblo cualquiera. Y tenemos otra singularidad.


Aquí el niño, pobre, acomodado, rico, es para la calle [...] El niño
lo llena todo menos la escuela [...] Esos grupos infantiles que van a
toda hora, insolentemente ociosos, jugando, alborotando, bebiendo,
fumando, son honrosa y hermosa especialidad bogotana [...]. 15

Cuando el orden público se turbaba, el niño callejero se con-


vertía en un elemento fundamental de las contiendas. “Nadie era
más ligero para recoger piedras, que fueron las armas de aquellos
revolucionarios”, decía Osorio Lizarazo, quien, en una remembranza
del “chino bogotano”, resaltaba la preciosa y anónima colaboración
que los niños de la miseria, oficio que como pequeños revolucionarios
desempeñaron mientras realizaban tareas de informantes, estafetas
y pregoneros en las guerras civiles:
[...] Era el “chino” el único medio de información y no era de-
ficiente. Había ido a todas partes, se había enterado de todos los
movimientos, sabía dónde y quien resultaba vencedor [...] lo mismo
acontecía en las campañas bélicas. Cuando llegaban los partes de los
hechos de armas de los beligerantes, se encargaba de propagarlos,
citando con precisión el sitio donde se encontraban los más renom-
brados jefes, sus victorias respectivas y sus derrotas. Con frecuencia
fue enviado a llevar noticias a los sitios de campaña y burlando hábil-
mente todas las vigilancias, y todas las precauciones, terminaba con
honra su comisión.16

Entre muchos los intelectuales de la época que escribieron sobre


este asunto, Max Grillo (1868-1949), poeta de la primera generación
modernista y ensayista crítico, enviaba comunicaciones a Calibán,
periodista consumado y hermano del presidente Eduardo Santos, donde
describía el problema del “gaminismo” en la ciudad y reclamaba su
solución. Este intelectual los describía como los migrantes indeseables,
los ajenos, los diferentes a los habitantes honorables de la ciudad.

15 El Tiempo. Bogotá, octubre 11, 1935.


16 Mundo al Día. Bogotá, noviembre 13, 1926.

159
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Es abrumador el número de niños que deambulan en las calles,


sin oficio ni beneficio; duermen en los quicios de los almacenes; bajo
la cruz de oro de la Basílica primada; invaden los automóviles esta-
cionados; asedian con sus pedigüeñas palabras a los “doctores”, in-
clusive a los ministros diplomáticos; riñen en las aceras; se motejan
con las más desabridas palabras, en puro castellano, pues es rara la
voz germania que usan, y dejan por dondequiera las huellas de su
falta de aseo. Pero tanto usted como yo nos engañamos al creer que
esos párvulos haraposos carecen de padres. En general los tienen.
Viven en los tugurios del Paseo Bolívar (¡qué nombre más desastro-
samente puesto!) o en los aledaños de las Tapias de Pilatos. Los mu-
chachos van diariamente a sus chozas a llevar a sus progenitores los
níqueles que han conseguido [...] El problema es viejo y cada día que
pasa se complica. Porque los trenes y los camiones conducen de las
tierras cercanas a la capital nuevos niños lobos y mendigos [...] Bogotá
parece una ciudad gitana. En todo caso, apenas en el Asia existirá
alguna que presente mayor aspecto de pobreza [...].17

J. V. Castillo, también poeta y crítico, enviaba comunicaciones


a Calibán para que las publicara en su columna. En una de ellas
intentaba realizar una clasificación de los niños vagabundos de la
ciudad, que él proponía diferenciar, de acuerdo con su origen, entre
mendicantes necesitados, buscadores de alegría vital y viajeros en
busca de nuevos horizontes:
La vagabundería infantil reviste en la ciudad tres aspectos: el
proveniente de la mendicidad urgida y acosada; el que resulta de la
deficiente organización social, y la vagabundería trashumante pro-
piamente dicha. El primer grupo, que a Dios gracias es el menos in-
tenso, lo integran los niños sin padre y sin hogar que se ven impelidos
por el hambre y la desnudez a implorar la caridad del público. A la
segunda categoría pertenecen los que teniendo apenas el mísero pan
de la barriada echan de menos la alegría de la vida y se lanzan a las
plazas y a las calles instintivamente a caza de ese alimento espiritual;
y el núcleo de esa tercera denominación lo componen los niños de

17 El Tiempo. Bogotá, agosto 27, 1934, 4.

160
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

los pueblo lejanos y cercanos que aprovechan subrepticiamente las


carreteras, los trenes, los camiones y los autos, para llegar a la tierra
prometida que brilla deslumbradora y atrayente en sus cerebros soña-
dores, pero que los traiciona con su frío cosmopolitismo, convirtién-
dolos automáticamente en huéspedes mendicantes [...].18

Todos estos niños eran habitantes de la calle, sin control familiar


que pusiera orden en sus comportamientos, carecían de respeto por la
autoridad policiva o civil, que intentaba trasmitirles una organización
moral, pero que finalmente renunciaba a ello, por considerarlos “niños
indomables”.
El presbítero Luis Alberto Castro, director del Dormitorio de la
Cruz Roja Nacional, escribía también sobre el “grave problema de
la vagancia infantil” asociada a los niños migrantes. Para explicar la
complejidad del fenómeno, recordaba los escritos del doctor Antonio
León Rey, especialista en la materia, quien había señalado que el 60%
de los niños vagos que pululaban en la ciudad no provenía de Bogotá.
El documento escrito por Castro permite explorar las imágenes que
se tenían en ese momento sobre el grave problema de la vagancia
callejera, así como considerar el contexto moral y social en el que se
enmarcaba la condición de estos niños.
Con el más vivo interés he leído sus dos columnas de hoy en “La
danza de las horas” sobre el viejo y gravísimo tema de la vagancia infantil
en Bogotá. Ha pintado usted con maestría y precisión el cuadro diario
que hiere el corazón, de la chiquillería que duerme en los vestíbulos de
los templos y los teatros. Sin padres, sin sujeción a disciplina, verdaderos
salvajes, pero llenos de gracia y simpatía. ¿Qué les espera? La corrupción,
la cárcel y la desgracia. Ha traído usted este tema una docena de veces
y creo que usted y cuantos saben escribir para el bien social, deberán
escribir sobre este tema 70 veces 7, porque es tan constante; la reclusión
de 100, de 200 niños hoy, es una poda de nueva floración para mañana.
Usted apela al gran corazón de la primera dama colombiana, la señora
doña María Michelsen de López, madre y protectora de esta casa, y quien
tiene ya un programa definido de salvación nacional.

18 El Tiempo. Bogotá, agosto 28, 1934, 4.

161
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Como colombiano, como sacerdote a quien la Cruz Roja


Nacional le ha confiado un fortín de caridad en este oleaje perenne de
la vagancia infantil, tengo que agradecerle a usted esa página social
de grandeza y patriotismo. No sabemos cuántas grandezas del futuro
están bajo los harapos del niño desamparado.19

Así escribía este miembro de la Iglesia, quien los reclamos de An-


tonio León Rey le permitían, como “sacerdote” y “colombiano”, exigir
más acciones mientras reconocía los esfuerzos de la primera dama y
su programa de “salvación nacional”. El presbítero igualmente alababa
las figuras prestantes de los doctores Enrique Enciso, Luis Alejandro
Gaitán y la señora doña Julia Parga de Gaona, quienes lo apoyaban,
desde la Cruz Roja Nacional, en la tarea de llevar a cabo “una aduanilla
humana de orientación infantil” y destacaba los esfuerzos de los doctores
Manuel Antonio Rueda Vargas y Eliseo Montañaa, quienes abrieron
las puertas del asilo de San Antonio para recibir 200 niños vagos. Este
asilo era concebido por el sacerdote como un “verdadero palacio del
niño, donde la bondad, la observación científica, el contacto con la
tierra fecunda y la ternura, moralizan al niño sin el castigo doloroso”20;
con esta frase describía los factores que permitirían el cambio de estos
niños y su conversión de vagos en ciudadanos de bien. En opinión
del presbítero, de la “bondad y ternura” de quienes trataran a estos
“niños silvestres”, de la “observación científica” y la “tierra fecunda”
depende la moralización de esta población. Esta situación se oponía
a las penurias sufridas por el maltrato y los castigos dolorosos que
habían padecido estos pequeños en su corta vida. Añadía además la
necesidad de vincular el fenómeno no solo con la orfandad de niños
pobres bogotanos, sino con la migración de niños provenientes del
campo y otros lugares:
[...] carreteras han facilitado la inmigración de los niños pró-
fugos de todos los puntos de la república. En los vagones de los fe-
rrocarriles, en las trompas de los carros llegan diariamente niños de
Cúcuta, Pamplona, Cartagena, Barranquilla, Cali, Bucaramanga,

19 El Tiempo. Bogotá, agosto 21, 1934.


20 El Tiempo. Bogotá, agosto 21, 1934.

162
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

Chocó, Tunja, Chiquinquirá y hasta del Putumayo. La orfandad de la


mayor parte de los niños no es real sino ficticia. La mayor parte de los
niños que duermen en las calles tienen hogar: ya se han enviciado a la
vida pública, en la puerta de cines, a desafiar tranvías, y automóviles;
los grandes responsables de la vagancia en un 50% son los padres de
familia o porque abandonan sus hijos sin ocupación, o porque los
madrugan a lanzar a la calle a “rebuscarse”, es decir, a robar. Hay
madres desnaturalizadas, ¡quién lo creyera! Que abandonan sus hijos
porque los consideran un obstáculo para su vida aireada; muy pocos
son realmente los niños huérfanos.21

Entre las demandas del doctor Antonio León Rey, de las que hacía
eco el sacerdote, pueden señalarse las siguientes: reclamaba que los
jueces de menores tomaran las providencias necesarias “para proteger
las personas o los bienes de menores” a su cargo; que hicieran “com-
parecer ante su despacho a los padres, guardadores o personas” que
tuvieran a cargo los menores para que respondan responsablemente
por sus faltas o delitos; que se constituyera una policía especial que
no fuera “el terror, sino el amigo” de los menores; que los alcaldes
impidieran el éxodo de los niños y corrigieran la vagancia local; que
se decretara a los ferrocarriles y a todos los vehículos “repatriar a
los menores a quienes se haya permitido traer”; que se fomentaran las
granjas agrícolas y que los desamparados tuvieran una “preparación
adecuada para afrontar la vida honradamente”; que los delincuentes
mayores de 17 años fueran enviados a “colonias agrícolas o esta-
blecimientos especiales en concordancia con su edad civil, moral y
demás condiciones psicológicas”; y que desde la prensa se evitaran
las narraciones sobre sus tragedias para “no escandalizarlos” y, en
lugar de ello, propender por su moralización, “con rasgos de nobleza
y de bondad, no raros entre los chinos de la calle”. Para terminar, le
reclamaba al Ministerio de Educación la creación de una asamblea
donde participaran los “personajes que en Bogotá se preocupan por
el niño desvalido”, para sacar ventaja de “la experiencia de los vete-
ranos en la caridad social”. En las anteriores demandas se reclamaba

21 El Tiempo. Bogotá, agosto 21, 1934.

163
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

también la participación de la ciencia social, y no tanto de la ciencia


médica, como se había requerido hasta entonces.
A través de editoriales y artículos se reclamaban soluciones para el
ya característico problema de la mendicidad, vagancia, enfermedad y
vicio de los niños pobres, vagos y callejeros en Bogotá fuera solucionado.
Estos hacinamientos nocturnos de los niños pobres, que duermen
en los portales de los cafés y de los teatros, y ese deambular cons-
tante de pequeños vagos por las calles más centrales de la ciudad,
constituye una cuestión que Bogotá debe resolver urgentemente.
Ni el progreso material ni la modernización urbana de Bogotá re-
suelven una situación tan grave y desesperada como esta de los niños
abandonados a todos los golpes de la enfermedad y del vicio. No es
posible comprender cómo una ciudad de tan empinados abolengos es-
pirituales y de tan fina y pulcra tradición de cultura, tolera esos espec-
táculos dolorosos en su vida social. Bogotá necesita una cruzada contra
la vagancia infantil.22

En la prensa se exigía protección y control sobre los niños


para evitar su exposición en la calle a experiencias perjudiciales, a
actividades dañinas para su edad o a material escrito considerado
peligroso para su adecuado desarrollo. Se demandaba la necesidad
de sancionar a quienes infringieran las normas mínimas de control,
encaminadas a limitar el deterioro moral que experimentaban muchas
generaciones de niños callejeros
¿Por qué no se controla el tránsito de menores por calles y plazas
pasadas las ocho de la noche? ¿Por qué no se es más exigente a las
puertas de los teatros con los niños que concurren a los cines y se
obra con mejor criterio en la censura de películas? [...] ¿Por qué no
castigar severamente a los dueños o dueñas de casas de tolerancia que
permiten la entrada a menores de dieciséis años? ¿Por qué no también
a los dueños o dueñas de cantinas, tabernas y chicherías? ¿Por qué no
a aquellos libreros que clandestinamente comercian con libros, no-
velas o estampas pornográficas? [...] ¿Por qué no impiden que algunos
patrones dueños de empresas u hoteles de tercera clase hagan trabajar

22 El Tiempo. Bogotá, marzo, 1934.

164
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

a los niños por todas partes y a cualquier hora y en sitios de dudosa


reputación? Sin un control severo sobre la niñez en materia de mora-
lidad, tendremos que ir resignándonos a ver perder una generación
tras otra. Y no se crea que el mal es tan solo del niño abandonado y
sin hogar; los padres de familias de clases distinguidas ya comienzan
a sentir las dificultades con que se tropiezan para educar a sus hijos,
porque estos no encuentran en la ciudad freno que los detenga en sus
aventuras peligrosas, ni fuerza que les impida la entrada a donde van
a encontrar sus desventuras.23

A finales de los años treinta, los chinos bogotanos, los niños peli-
grosos y los gamines, eran miembros de galladas y pandillas de “gra-
nujas” que recorrían las calles de la ciudad, con la libertad de quienes
se sentían propietarios del espacio público. En crónicas y noticias de
prensa se informaba sobre la manera como se mezclaban en los tu-
multos, dormían donde los cogía la noche, desempeñaban pequeños
trabajos callejeros, a la vez que se convertían en niños delincuentes
que desvalijaban los carros que ellos mismos cuidaban.
En las puertas de los teatros, en las iglesias, en los hoteles, en
el cementerio, aparecen, como brotando de la tierra, las bandas de
muchachitos inquietos, juguetones, dispuestos a prestar el servicio
por unos centavos, sobre los cuales ponen algunos insultos, si no
les parecen suficientes, y dispuestos también a causar un daño, si
el interesado se desinteresa del automóvil y deja confiado a la auto-
ridad, que en forma de agente de la policía da por los contornos unos
pasos solemnes. El que cuida el carro, lo cuida en realidad, si se le ha
tomado en cuenta y si se ha hecho una pequeña transacción. Si se
ha prescindido de él, las llantas pueden reventarse, o llevar su puntilla
enterrada para que la explosión suene más abajo, o pierda el carro la
tapa del radiador o algún otro implemento de mayor valor y de más
difícil adquisición. Los granujas tienen su hermandad. Se respetan
mutuamente sus negocios y sus travesuras [...]. 24

23 Extracto de la carta enviada por el director del reformatorio de Fagua a


Calibán. El Tiempo, 14 de mayo, 1942.
24 El Tiempo. Bogotá, noviembre 17, 1937.

165
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Swann, seudónimo del escritor Eduardo Caballero Calderón, en


una de sus columnas de opinión, relataba un hecho de policía sobre el
hallazgo del cadáver de un chino bogotano en el funicular de Monse-
rrate. Con esta crónica se dejaba constancia de la triste historia de vida
de un reconocido gamín. La historia del Marañas describía en detalle
la existencia y el destino de cualquier chino callejero que, en calidad de
jefe, adquiría un poder amenazante sobre sus compañeros.
[...] El Marañas era un auténtico chino bogotano, que dormía
en los zaguanes o en las casas de asilo, comía plátanos en la calle o
no comía nada del todo, y tenía el rostro caratoso. Trece o catorce
años de mala vida, de vida a la intemperie, vagabunda, inútil, como
esa vida de los gatos que pasan la noche al azar de la fortuna, en los
tejados de las casas de vecindad o al abrigo de los costales de una car-
bonería, habían dado al Marañas una terrible experiencia de la calle.
La calle era su casa, el lugar donde tomaba el sol, donde pescaba unos
centavos haciendo mandados por los lados de la plaza de carnes, o
pidiendo limosna con otros chicos en los atrios del centro. Sabía por
experiencia, el arte de conmover a los transeúntes que van para la
iglesia pidiendo un centavito por el amor de Dios. Sabía cómo “se hace
rendir la bola”, porque fue limpiabotas en la Catedral. Sabía viajar en
los tranvías sin pagar un cuartillo, encaramarse en la parte trasera de
los automóviles, para trasladarse al campo; birlarles en el matadero, a
los coloradotes marchantes de menudencias, un buen trozo de lomo
o una cola de vaca; pescar en el río revuelto de las manifestaciones
populares y entrarse a los cines sin pagar boleta [...].25

La verdad sobre la muerte del Marañas nunca pudo esclarecerse.


Varios rapazuelos como él fueron atrapados y encarcelados y cada
uno dio una versión diferente y contradictoria sobre la muerte de su
compañero. Uno de ellos, Requesón, fue descrito por el periodista
cronista como “un diminuto personaje” que, “descalzo, con los ves-
tidos convertidos en harapos, una ruana chica en forma de bufanda,
una cachucha agujereada y terciada sobre la frente”, hacía gala de “la

25 El Tiempo. Bogotá, marzo 14, 1939.

166
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

vivacidad y el hablado rítmico y jocoso de los gamines bogotanos” 26.


Requesón contó cómo conoció al Marañas y cómo resolvieron subir
a Monserrate. El Marañas tenía, en un pedazo de pañuelo viejo, una
moneda de cincuenta centavos, los compañeros se abalanzaron sobre él
para que les repartiera el dinero y él se negó y corrió. Sus compañeros
“lo persiguieron, lo amordazaron y lo echaron a rodar cuesta abajo de
Monserrate”. Otro compañero negaba que lo hubieran amordazado
y afirmaba que la muerte del Marañas había sido accidental, “sólo
resbaló y cayó por el precipicio”, decía.27
La trágica muerte del Marañas en las faldas de Monserrate des-
pertó en los bogotanos la simpatía y solidaridad para con los niños
callejeros. Se escribieron editoriales, se entrevistaron niños, pero, a
los pocos días, las voces de gamines y el drama que se escondía detrás
de cada uno de ellos volvieron a silenciarse.
En la década de los cuarenta, como en el resto del siglo, la men-
dicidad y la vagancia infantil, cuya expresión más clara era el ga-
minismo, eran objeto de crónicas y reportajes donde se registraba
información sobre la vida de los niños desamparados en la ciudad y
sobre los intentos de protección particular o institucional. “La historia
de los niños que no tienen hogar” fue un reportaje que Ana Kipper, la
periodista polaca exiliada en Colombia, preparó para Cromos. Varios
niños fueron entrevistados, en una pequeña e improvisada escuela del
barrio Teusaquillo, que había sido creada por unas señoritas bogotanas
para que los niños tuvieran un lugar donde ir a comer y aprender las
primeras letras
Los visité y les hablé. Contestaron todas mis preguntas. Tuve
así una imagen verídica de lo que es la vida de esos muchachos, des-
provistos de todo lo que constituye el placer de una niñez normal.
Supe por qué no tienen casa y por qué tienen que luchar dura-
mente, desde los primeros años de su existencia. Rafael Caicedo y
su hermano se fueron de la casa, porque les chocaba la manera de
vivir de su madre y la presencia constante de hombres extraños en
el círculo familiar. Rafael Torres tenía una familia. Pero un día su

26 El Tiempo. Bogotá, marzo 16, 1939.


27 El Tiempo. Bogotá, marzo 16, 1939.

167
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

madre murió y su padre se fue, abandonando sus hijos. Elías Núñez


es oriundo de uno de los departamentos. Quiso conocer al mundo y
acompañó a un señor que salía de su pueblo para la capital. El señor
lo llevó consigo a Bogotá y luego lo “dejó perdido” en la gran ciudad.
Todos, o casi todos, viven de la mendicidad y duermen en las
calles. A veces los llevan los policías a la Permanencia o a la Cruz
Roja. Eso no les gusta; sobre todo no les gusta la obligación en que se
encuentran en los locales de la Cruz Roja, de tomar un baño. Unos
también conocen el reformatorio de Fagua y me cuentan que durante
su estadía en dicho establecimiento han tenido que trabajar en la
construcción de carreteras, partiendo piedras, etc. Hablan de la “ca-
nasta” y de los “moscas” (policías) como si fueran viejos aventureros.
Pero en realidad, aunque les ocurrió tal vez participar en pequeños
robos, no tienen en el fondo nada de criminal. Viven de la mendi-
cidad, porque no les ofrecen ningún trabajo apropiado. Les ocurre
robar una naranja, porque tienen hambre; pero saben que el robo no
es honesto [...] Les atrae la aventura y gastan sus “centavitos” para ver
una película de vaqueros.28

El pediatra Enrique Enciso, en un reportaje concedido al pe-


riódico El Tiempo, informaba sobre los niños callejeros hambrientos,
trabajadores callejeros o delincuentes callejeros, categorías con las que
se describían a los grupos de niños de la miseria que se inscribían en
una de estas caracterizaciones o en todas en momentos diferentes.
En ese entonces surgía ya la noción de “niños nómades”, habitantes
indeseables de la ciudad, producto de “hogares incompetentes”, apro-
vechados por “adultos inescrupulosos” que al usarlos aumentaban
sus propios ingresos.
Como forma de rehabilitación surgieron las colonias agrícolas,
con el fin de preparar laboralmente a los niños de la calle, formarlos
como mano de obra barata y alejarlos de la vagancia, la delincuencia
y la mendicidad. Sin embargo, la permanencia en las cárceles los
educaba en la escuela del delito y la vagancia.

28 El Tiempo. Bogotá, marzo 6, 1943.

168
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

De tanto en tanto, las autoridades hacían batidas y encerraban a


estos pequeños, con el fin de tener una ciudad sin “habitantes inde-
seables”, producto de padres “miserables e inútiles”.
[...] El espectáculo que ofrecen diariamente las calles de la
ciudad no puede ser más impresionante: desde el amanecer co-
mienza el desfile de estos niños, después de haber pasado la noche
a la intemperie, otros en los dormitorios que funcionaban con este
objeto, a lo que se agregan aquellos que tienen que salir a buscar el
sustento por hacer parte de hogares mal constituidos en los que se
carece hasta de un mísero desayuno. Los más afortunados poseen
un cajón para ejercer el oficio de limpiabotas, otros alcanzan a ser
ayudantes de los voceadores de prensa, pero los demás andan des-
orientados, entregados al ocio y alimentándose con los despojos de
las plazas de mercado o solicitando el sobrante de las cocinas de los
cafés y de las casas particulares, en un estado de desnudez que de-
prime el ánimo y asombra a quienes no están acostumbrados a ver a
la niñez en tan deplorable condición. La resultante de este estado de
cosas viene a ser el debilitamiento de las fuerzas físicas, acompañado
de actos antisociales que irremediablemente llevan al menor por el
camino que termina en el juzgado correspondiente; allí permanecen
en íntima convivencia y hacinados en pésimas condiciones, desde el
ratero empedernido hasta la infeliz criatura que, por extravío o falta
de familiares ha entrado a formar parte de la pandilla y así se esta-
blece ese círculo vicioso, hasta ingresar definitivamente a la cárcel
correccional, equivocadamente llamada reformatorio.
Ha habido ocasiones en que la policía ha recogido en una semana
hasta doscientos de estos niños. Tienen sus padres vivos, pero son ho-
gares que pudiéramos llamar incompetentes, incompletos o de mala
índole, porque unos por condiciones económico-sociales deficientes,
y otros por un estado de cosas lamentable que ya ha venido a degenerar
en hábito, explotan a estos niños en forma que los obligan y entrenan
en la mendicidad, como si se tratara de un oficio lícito y aún más los
colocan en los umbrales de la delincuencia para aumentar así sus
entradas. Naturalmente estos niños tratados en forma cruel por
sus padres acaban por darse cuenta de su condición y abandonan el
hogar en forma definitiva viviendo en calidad de nómadas sin Dios

169
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

ni ley que los detengan en su vida errante y vagabunda. Uno de ellos


decía que desde que tenía un mes se estaba ganando la vida porque
su madre lo alquilaba para que una mujer explotara con él la men-
dicidad; algunos de cinco o seis años afirman ser el sostén de la fa-
milia porque en limosnas alcanzan a reunir de uno hasta dos pesos
diarios, pero la generalidad de estos chicos no tiene ni siquiera el
concepto de lo que es el dinero porque viven en el ocio solicitando
sobrantes de comida sin que los preocupe de nada la indumentaria
hasta el vestido que se les cae a pedazos. Como resultado de una
labor tesonera y constante se ha logrado ya seleccionar un grupo de
doscientos niños que saldrán en breve plazo para una de las granjas
ubicadas en el municipio de Viotá. Allí, sin descuidar su instrucción
primaria, a cargo de maestros especializados en estas obras se dedi-
carán a labores agrícolas [...].29

La dramática situación de los niños callejeros de la ciudad fue


objeto de una crónica de prensa que conmovió, una vez más, a la opinión
pública y adquirió, en la época, el carácter de evento público. Fue el
caso de “los niños de la acacia”. Dos pequeños habían improvisado
un albergue en la copa de una acacia ubicada en la avenida 68 con
la carrera 24, lo cual despertó la curiosidad del cronista como hecho
insólito y pintoresco:
[...] Trepados en la copa de un árbol dentro de una rústica choza
apoyada en las ramas, como monos, viven dos pequeños gamines bo-
gotanos, que han sufrido una tragedia similar a la de miles de niños
que duermen en los portales, cobijados con trozos de papel periódico
o pedazos de estopa o que para protegerse de la intemperie se gua-
recen bajo los bancos de los parques [...] La choza está armada por
dos tablas irregulares, un trozo de teja Eternit y techo de costales y
estopa. Hace las veces de piso un tejido de alambre, cartones y césped
entretejido. Se sostiene —casi milagrosamente— mediante alambres
anudados a las ramas. Está a tres y medio metros del piso [...].30

29 El Tiempo. Bogotá, enero 10, 1945.


30 El Tiempo. Bogotá, diciembre 4, 1957.

170
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

Los “niños de la acacia” fueron entrevistados por los periodistas


en un amplio reportaje sobre su vida familiar, escolar y callejera:
—¿Cómo te llamas? Luis Alejandro Soler. ¿Qué edad tienes?
Diez años. ¿Viven tus padres? No señor. A mi papá lo mataron el 9 de
Abril […]. ¿Cuántos años tienes? 11 años. ¿Tus padres? No tengo [...]
mi papá mató a mi mamá de tres puñaladas en el corazón [...] está en
la cárcel. [...]. Ni José María ni Luis Alejandro saben leer. Luis fue a la
escuela pero por muy corto tiempo. José no sabe qué es la escuela. Los
dos andan casi descalzos, con los pies resguardados solamente por
raídos alpargates o cotizas. Comen cuando tienen dinero. Cuando
no lo tienen —y eso ocurre casi todos los días— se contentan con
recluirse en la pequeña choza de la copa del árbol, se cubren con un
costal constelado de agujeros y duermen mientras el viento frío que
corre por la avenida estremece las viejas ramas de la acacia [...].31

Estos niños afirmaban que querían estudiar, no pasar más hambre


ni frío, tener ropa y poder dormir en un colchón. Por su parte, otro
niño, Rafael Cárdenas, apareció en las oficinas de El Tiempo y se
presentó como el constructor de la casa en el árbol. Este pequeño de
12 años, era natural de La Palma, de donde su madre y 10 hermanos
tuvieron que huir después del asesinato del padre durante la época
de la violencia. La familia se radicó en Bogotá. Rafael, cuando tenía
escasos 7 años, comenzó a trabajar de voceador de prensa y con sus
pocos ingresos ayudaba a mantener a su madre y hermanos. Sobre la
construcción de la vivienda comentó:
—Yo “vide” que las ramas del palo servían para hacer una cama.
Con tablas y un pedazo de Eternit construí el piso. Y luego Luis y
Chepe pusieron el techo y las “paredes” [...] No está muy bien hecha,
pero por lo menos sirve para que duerman mis amigos [...].32

Grandes fotografías ilustraban la crónica y en ellas se veía a los


pequeños niños que, al estilo de Tarzán, subían y bajaban de su casa
en la vieja acacia. El diario El Tiempo abrió una suscripción, en la que

31 El Tiempo. Bogotá, diciembre 4, 1957.


32 El Tiempo. Bogotá, diciembre 5, 1957.

171
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

muchas personas, conmovidas por el caso de “los niños de la acacia”,


hicieron donaciones de ropa y dinero para ayudarlos. Frente a esta
situación, “Los enanos toreros, en un hermoso gesto de solidaridad,
ofrecieron ropa y calzado para los gamines. Harán entrega personal
de sus regalos durante la corrida próxima y en presencia del público
asistente”.33 Los “niños de la acacia” asistieron también, como invitados
especiales, al cumpleaños de un pequeño bogotano. En la prensa se
informaba la manera como “los gamines bogotanos fueron ‘presen-
tados en sociedad’, durante la fiesta infantil ofrecida por la señora Eva
Roa de Valderrama con motivo del cumpleaños de su pequeño hijo
Camilo”34 . Al terminar la fiesta, los niños regresaron a la acacia para
descubrir que su casa había sido destruida.
[...] La misma noche en que habían sido “presentados en so-
ciedad”, cuando los muchachos se acercaron a la vieja acacia, com-
probaron que ya no estaba allí la choza aérea que con tantos esfuerzos
y sacrificios habían levantado. Dieron inmediato aviso a la policía,
pero hasta el momento el culpable no ha sido detenido [...]. 35

Acercarse al niño y al drama concreto que encerraba su vida era


el medio empleado por la prensa para suscitar la compasión de los
ciudadanos y solicitar que asumieran, bajo el modelo religioso, obras
de misericordia y, bajo la responsabilidad social y moral, apoyaran a
la población miserable.
La vagancia infantil era considerada por los columnistas y cronistas
como un fenómeno de proporciones cada vez más graves, producto
de la desatención de los padres y maestros que, junto con el maltrato,
fomentaba la salida del niño a la calle, donde se agrupaba con otros
que padecían similares circunstancias y luego, como miembro de un
grupo de desamparados, incurría en delitos.
Por múltiples circunstancias, entre las cuales no son las menos
notorias la situación económica de los padres y la carencia de sufi-
cientes locales escolares, innumerables grupos de pequeños recorren

33 El Tiempo. Bogotá, diciembre 8, 1957.


34 El Tiempo. Bogotá, diciembre 8, 1957.
35 El Tiempo. Bogotá, diciembre 8, 1957.

172
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

todos los sectores y calles de la ciudad sin ocupación alguna, y sin


vigilancia familiar ni social de ninguna naturaleza. Se hallan en
realidad expuestos a toda clase de malos ejemplos, a las más variadas
incitaciones al delito, y sobre todo al mal hábito de no hacer nada y de
perder todo sentido de responsabilidad [...].36 En la Revista Presencia
se publicaban entrevistas a niños callejeros, donde algunos narraban
lamentables historias y, entre ellas, la miserable vida de su madre,
golpeada por el padre y posteriormente enferma y abandonada:
—¿Nombre, edad, hermanos? —Me llamo Guillermo Arias,
11 años, tengo dos hermanos menores. ¿A quién se refería tu amigo
cuando decía que no debiste dar la plata? —A mi mamá. Está enferma
y yo tengo que dar pa’l “masuque”. ¿Qué es eso? —¿“Masuque”? —nos
mira entre irónico y divertido —Masuque es la comida, pero también
tiene que alcanzar pa’ los remedios y todo. Mi papá trabaja en zapa-
tería, pero hace dos años que no lo vemos; un día se fue y nosotros
quedamos contentos, nos pegaba mucho. Yo paso todo el día en la
calle. Tengo que ganar. A veces vuelvo a mi casa a la una o dos de la
mañana, cobro más barato que los otros, solo 20 centavos, alcanza
para la comida; a veces también pa’l cine [...]
—Mi mamá hace el aseo en dos cafés, pero no le alcanza lo que
gana, se cansa mucho. Antes cuando vivíamos con mi papá había más
plata, pero también había “fucha” todos los días, era muy borracho y
“sacaba el arma”, siempre tenía un cuchillo. Yo no lo quiero [...] Cuando
se fue mi padre, un amigo de mi mamá, un tal Félix se vino a vivir a
mi casa, vendía lotería. Un día también borracho quiso pegarle a mi
abuelita, se armó la grande [...] Yo cogí un tronco, le di por la cabeza y
le rajé la mula. La policía se lo llevó y a mí no me hicieron nada. Ahora
está en la “sombra” [...] porque se le acabó la plata y se fue a “la rapa”,
por eso lo volvieron a coger [...] Yo nunca voy a “la rapa”. Después uno
tiene problemas con la policía, como el tal Félix. Yo quiero aprender a
leer y trabajar en algo que me dé mucha plata […]
—Yo duermo en un café con muchos compañeros, allá nos toca
ir a la media noche cuando van a cerrar. Para la comida pido; si no me
dan, tomo lo que puedo en la plaza [...]

36 El Tiempo. Bogotá, noviembre 23, 1958.

173
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

—Me gusta más la calle que mi casa, porque mi mamá y mi papá


se pelean mucho. Tengo cinco hermanos que también están aburridos
pasando hambre y frío y todos esperan tener dinero cuando fueran
grandes. 37
La supervivencia en la calle de muchos niños abandonados y en la
miseria era posible gracias a la caridad pública. La limosna era la manera
frecuente con que muchos de ellos obtenían dinero para la alimen-
tación diaria de sus familias. Por su parte, el robo callejero y el atraco
les permitía vivir en mejores condiciones, acceder a noches tranquilas
en pequeños cuartos de hostales improvisados e incluso apoyar a sus
madres. En la prensa se recogían imágenes de madres abandonadas que
no lograban mantener a sus hijos; ante la ausencia del padre, que algunas
veces daba plata y con mucha frecuencia daba golpes sin cesar, algunos
chicos tenían que hacerse cargo de sus hermanos y su progenitora. El
maltrato familiar estaba presente en palabras de los niños callejeros,
pero aún no se reconocía como un problema social.
La calle convertida en su lugar de vida era usada de múltiples
maneras. En potreros, zaguanes, lotes vacíos, improvisaban sus “ca-
madas”, donde escondían sus pocos haberes. En grupos, organizados en
diferentes zonas de la ciudad, sobrevivían ante la mirada inquieta de las
autoridades y la ciudadanía en general. A pesar de todos los esfuerzos,
Bogotá seguía siendo, a mediados de siglo, la ciudad de los gamines.
A finales de los años cincuenta, las autoridades municipales rea-
lizaban campañas para limpiar a Bogotá de las nubes de muchachos
harapientos que deambulaban mendigando o robando a los transeúntes.
Se llevaban a cabo en ese entonces grandes batidas, con ayuda de la
policía, y se lograban recoger a los niños de la calle, quienes eran
recluidos durante unos cuantos días en diferentes lugares. Después
de las 10 de la noche las autoridades recorrían las calles buscando y
atrapando muchachos que luego eran alojados temporalmente en
improvisadas casas en el centro de la ciudad. En algunas ocasiones
eran tantos los niños recogidos, que no se sabía qué hacer con ellos. No
existía el presupuesto suficiente, ni había instalaciones adecuadas, ni
políticas de rehabilitación que permitieran darle una solución ­definitiva

37 Revista Presencia. Bogotá, octubre, 1959.

174
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

al problema. En marzo de 1959, se suspendieron temporalmente las


recogidas de muchachos vagos.

Los carasucias se convierten en


indigentes de un mundo miserable
A finales de siglo xx, la información que circuló en la prensa y
los estudios sobre los niños de la calle fueron abundantes. En nume-
rosos ensayos y escritos se describía la vida de estos pequeños y las
difíciles situaciones que tenían que enfrentar las autoridades para
solucionar el problema de la miseria urbana y los habitantes de la calle.
En la década de los sesenta al problema del niño callejero se sumaba
la delincuencia infantil y juvenil que, junto con la marihuana, tuvo su
apogeo notorio en esta misma época. La opinión pública se mostraba
desalentada, ya que el gaminismo parecía un mal sin salida. Ninguna
medida había mostrado ser efectiva, ningún alcalde o reina de belleza
habían podido resolver el problema; por el contrario, este crecía y se
agravaba permanentemente.
En sus estudios sobre los gamines, el doctor López Pardo des-
cribía la vida de estos pequeños, prestando atención a su manera de
vestir, de comer, de dormir, de moverse por la ciudad. Su perspectiva
correspondía con la mirada de los médicos salubristas y pediatras,
que querían crear conciencia sobre el grupo de los niños callejeros,
cuya existencia, a pesar de los muchos esfuerzos privados y públicos,
continuaba siendo un flagelo para la ciudad y para los mismos niños.
Hay que ver la cantidad de gamines que vagan por las calles de la
ciudad capital [...] Esos chicos que andan con la cara sucia, las manos
cubiertas de residuos, de inmundicias, con sacones, que son al mismo
tiempo sobretodos; descalzos, moqueando a todas horas; jugando al
centavo en todas las esquinas; agarrándose de los automóviles por
cuadras enteras, con grave peligro de sus vidas; sin vivienda conocida,
comiendo mal y en las peores condiciones humanas, están procla-
mando la urgencia de que el gobierno distrital, especialmente, recoja
y los lleve a establecimientos donde los bañen, los vistan, los arreglen y
los pongan a aprender algún oficio […].38

38 El Tiempo. Bogotá, marzo 24, 1961.

175
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

La solución, como siempre, implicaba la limpieza, el encierro


y la capacitación en un oficio que los sacara de las calles. Sin em-
bargo, también surgían nuevas miradas en torno al problema del
gaminismo. Los niños callejeros no siempre tenían la apariencia
de desprotegidos, maltratados y explotados, sino que adquirían la
imagen de jóvenes emprendedores, negociantes y productores de altos
ingresos. A mediados de la década del sesenta, doña Isabel Ospina de
Mallarino quien, dirigía la División de Menores, informaba en rueda
de prensa que había gamines que ganaban entre dos mil y tres mil
pesos39. Se afirmaba también que en Bogotá vivían solamente 2000
gamines. Esto llevaba a pensar que esta situación era un problema
muy difícil de solucionar:
La carrera décima de Bogotá, uno de los lugares de mayor con-
gestión de la ciudad, se ha convertido en lugar de actividades de toda
suerte de ladrones, especialmente de menores de edad, aparente-
mente inofensivos [...] Aquí dos muchachos actúan. A la izquierda
uno abre la cartera de un señor que va con su hijo, lo roba y huye; a la
derecha un pelafustanillo, asistido por un compañero, saca la cartera
del bolsillo de una dama que se sube al bus [...].40
Estas pequeñas criaturas que duermen sobre baldosas en
calles, atrios y zaguanes; que extienden sus manos suplicantes
en restaurantes y ventas de comestibles; que esfuerzan sus vocecitas
en las puertas de los salones de espectáculos y en los buses de ser-
vicio público queriendo interpretar una canción que no entienden;
que se ofrecen solícitas para “cuidar” el automóvil de un conductor
ocasional, previendo una moneda de propina; que buscan en los de-
sechos algo con qué saciar el hambre, y cuando no lo hallan aprenden
a hurtar bolsos femeninos y diminutos relojes de pulso, esas pequeñas
criaturas son los hijos de nadie. Frutos del medio. Huérfanos y parias,
cuya primera reacción ante el mundo que apenas vislumbran, tiene
que ser defensiva, por mero instinto, si no fuera suficiente su corta y
ya dolorosa experiencia [...].41

39 El Tiempo. Bogotá, julio 14, 1964.


40 El Tiempo. Bogotá, octubre 3, 1965.
41 El Tiempo. Bogotá, abril 8, 1965.

176
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

A unos se les mandará a una escuela para que aprendan a leer;


otros los mayorcitos, a una granja en donde adquieran conocimientos
sobre diversos aspectos de la agricultura, y a aquellos cuyas edades
pasen de los 16 años, se les enviará a colonias agrícolas [...].42

Con cierta frecuencia, se registraban artículos de opinión o cró-


nicas de periodistas que comparaban los gamines, vagos y delincuentes,
en contacto con el hampa del presente, con los añorados, vivaces y
pintorescos chinos bogotanos del pasado:
[…] una cosa fueron, en su época, los célebres “chinos” bogo-
tanos, traviesos sin malignidad, ocurrentes, hermanos de nuestros
típicos y alegres copetones. Otra las pandillas de gamines que ahora
infestan la capital. Muy humanos pueden ser los orígenes de su va-
gancia, pero el hecho es que, una vez lanzados a la calle, entran en
fácil contacto con el hampa. Se convierten en auxiliadores y aprove-
chados aprendices de falsos mendigos y de auténticos ladrones. Se or-
ganizan por sí mismos, como lo denunciamos hace algunos días, en
bandas delincuenciales de sorprendente, por no decir, de aterradora
precocidad [...].43
Centralizados en focos de harapos y vagancia; tirados plácida-
mente a la bartola cuando no jugando “pita” sobre huecos que abren
en el pavimento; dedicados a despojar los automóviles de limpia-
brisas y otros implementos que cargan en increíbles ramazones, y re-
venden públicamente con total impunidad, pandillas que de traviesas
pasaron ya a ser francamente antisociales —y agresivas— deambulan
ahora por sitios tales como la avenida Jiménez, a pocos pasos de la
carrera Séptima; las universidades Javeriana y los Andes; los teatros
Colombia, el Cid, el Olimpia; los hoteles Continental y Tequendama;
la plaza central de Chapinero; el centro comercial del Chicó [...].44
[...] La sola existencia, en la capital de cinco mil niños en franco
estado de abandono demuestra que la búsqueda de soluciones no
puede dilatarse por más tiempo y que en ese empeño deben adop-

42 El Tiempo. Bogotá, mayo 31, 1967.


43 El Tiempo. Bogotá, septiembre 2, 1967.
44 El Tiempo. Bogotá, mayo 17, 1968.

177
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

tarse inmediatamente todas las medidas pertinentes, desde instruir


a los agentes del orden para dar buen tratamiento a los niños aban-
donados, hasta desarrollar con ellos una política pedagógica de pro-
tección, capacitación y readaptación, mucho más importante que
permitirles deambular por toda la ciudad sin Dios ni ley, expuestos a
todos los peligros y a todas las incitaciones [...]45.

Durante la década del setenta empezó a tener resonancia pública


en Bogotá el problema de las niñas de la calle, que se hizo visible gracias
al interés que la esposa del entonces alcalde de Bogotá, doctor Palacio
Rudas, quien buscaba que estas muchachas habitantes de la calle fueran
respetadas y cuidadas. La solución, como siempre, fue la de abrir una
institución para “confinarlas, educarlas y sembrar la moral cristiana” 46. El
doctor Álvaro López Toro escribía sobre el tema y narraba cómo, desde la
Dirección de Asistencia Social de Bogotá, que él dirigía, se preguntaban
qué pasaba con las niñas que vivían en el mismo ambiente y hogares
de los pelafustanillos. Con el fin de dar respuesta a esta pregunta, se
inició una investigación sobre el problema y se creó el primer centro de
observación para niñas gamines en 1972. Con la experiencia lograda en
ese centro, complementada con la investigación social realizada en las
instituciones para varones, encontraron que la vagancia infantil tenía
algunas modalidades diferentes en los dos sexos.
Aunque el abandono de las niñas es tan grande como el de los
niños, permanece oculto muchas veces. La idiosincrasia femenina y
nuestra organización social hacen que sea así. La mujer es de la casa,
el hombre es de la calle, se dice con frecuencia. El muchacho es criado
con un espíritu más independiente, la niña más sumisa. Esto hace que
los niños salgan a la calle y se conviertan en gamines. Las mujercitas
son educadas en los hogares pobres para que presten sus servicios en
la casa. Muchas veces no se las manda a las escuelas para que cuiden a
sus hermanos menores durante el tiempo en que las madres trabajan.
Otras son […] empleadas como sirvientas en casas de familia, con lo
cual tienen los padres un ingreso económico. Muchas de estas son niñas

45 El Tiempo. Bogotá, julio 8, 1968.


46 El Tiempo. Bogotá, Julio 9, 1975.

178
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

o adolescentes campesinas, traídas de sus fincas por las señoras de la


ciudad. Algunas de ellas fueron despedidas de las casas por pequeños
robos o por mal servicio. En algunas oportunidades se fugan cuando
se sienten explotadas y maltratadas. Cansadas del servicio doméstico,
pasan a las fábricas, en donde reciben mejor sueldo, pero deben correr
con todos los gastos y pronto consiguen un amante o se casan. No pocas
de estas muchachas campesinas fugadas de sus casas y conquistadas con
engaños al llegar a la ciudad, van a parar a la prostitución [...] Estas niñas
con todos esos problemas, si pasan por la calle, no es por mucho tiempo.
La modalidad típica “gamín” no es tan frecuente en las mujeres como
en los hombres [...] Posiblemente han aumentado las niñas callejeras. La
liberación femenina debe haber llegado hasta ellas. Son sin duda alguna
más difíciles de manejar que los varones, porque han tenido que romper
con todos los prejuicios y la formación para salirse de la casa […].47

A mediados de los años sesenta la prensa presentaba, bajo el título


“Prevención para evitar aumento de los gamines”, las declaraciones de
Yolanda Pulecio de Betancourt, por entonces Directora de Asistencia
Social del Distrito, quien declaraba que “aproximadamente mil dos-
cientos era el número de gamines sin control que vagan por las calles de
la ciudad” y que, para solucionar este problema, se requería aumentar
los centros de atención y rehabilitación para estos niños. Lo dicho por
esta directora se recogía en un artículo de 1966, donde se afirmaba que
El problema, [según] la directora, es muy complejo y su solución
no puede lograrse de un solo golpe. Hay necesidad, como base funda-
mental, de contar con los fondos necesarios que una campaña de tal
naturaleza requiere. Precisamente para buscar esa financiación, la di-
rectora de asistencia habrá de presentar a la consideración del cabildo
un importante proyecto de acuerdo […] Por otra parte —comentó
doña Yolanda— la acción del departamento a mi cargo está especial-
mente interesada en cumplir una labor de prevención de la vagancia
infantil, antes que en su total erradicación, tarea que desde luego hay
que cumplir, pero que necesita más tiempo.48

47 El Tiempo. Bogotá, julio 9, 1975.


48 El Tiempo. Bogotá, febrero 2, 1966.

179
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Los periodistas observaban escenas callejeras y, entre los mendigos,


siempre encontraban niños que acompañaban a adultos y recogían las
monedas después de realizar improvisadas actuaciones.
[...] Cerca a las puertas de Avianca estaba montada la escena abo-
chornante. El hombrecito inválido, cargado de instrumentos: tiple,
dulzaina, maracas, pandereta, rodeado de unos cuantos chiquillos, in-
capaces de comprender la tragedia, riendo ante las muecas y la voz des-
templada del músico mendigo. Al pie, una pequeña vasija de hojalata,
contenía algunas monedas [...] Avanzamos cien metros tan solo y, a las
puertas de los almacenes Tía, otro “hombre-orquesta”, ciego, rasgaba
su tiple [...] un muchachito de unos 5 o 6 años extendía un sombrero
viejo en ademán de exigir unas monedas [...] Regresábamos a nuestro
trabajo bajo la pesadumbre de lo que acabábamos de ver. Las primeras
sombras de la noche caían ya sobre la ciudad. Una bandada de chi-
quillos nos cerró el paso cuando atravesábamos el Parque de Santander.
Haraposos, sucios, suplicantes, extendían las manos ávidas mientras
repetían a coro la lección bien aprendida: “¡Regáleme cinco centavitos
doctor, que estamos sin almorzar!” A pocos pasos, ocultándose entre
los árboles, una mujer joven aún, con otros dos chiquillos a cuestas,
observaba atentamente el resultado de su “trabajo” [...].49

A finales de los años sesenta, el gamín, como objeto de estudio,


se hizo presente en el Congreso Latinoamericano de Psiquiatría,
realizado en la ciudad y cuyo tema central fue epidemiología psi-
quiátrica. El doctor Luis M. Beltrán Cortés presentó un trabajo sobre
“La metamorfosis del chino de la calle”, donde resaltaba cómo había
cambiado la estructura psíquica y la conducta de estos niños, que se
habían convertido en “vagos callejeros”, entre los cuales era posible
encontrar “débiles mentales”, con “trastornos cerebrales crónicos” o
“neuróticos con conflictos graves”. Se trataba de niños que provenían
de “hogares defectuosos” y luego tenían que adaptarse a la vida callejera
que los llevaba a la psicopatía.
En el documento de prensa se resaltaba el catálogo de deficiencias
sociales y mentales que el doctor Beltrán señalaba haber e­ ncontrado entre

49 El Tiempo. Bogotá, marzo 31, 1954.

180
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

estos niños callejeros; deficiencias que se completaban con la actitud de


las instituciones y de las personas que los cuidaban, que fomentaban la
impunidad con su actitud complaciente frente a sus comportamientos
delictivos. Para el doctor Beltrán: estos niños padecen de “una extrema
pobreza del yo […] El superego se torna sádico y pervertido, presentan
una mezcla de rebeldía y sumisión abyecta, hedonismo y oportunismo
(injertados) dentro de un fanatismo arcaico, poblado de creencia má-
gicas”. Esta imagen que proviene de un psiquiatra-psicoanalista que
mira las instancias del aparato psíquico desde las ideas de Freud, nos
ubicaba frente a un niño cuyo aparato psíquico se encontraba dañado.
El autor del estudio consideraba que estos eran niños “segregados de
sus familias”, donde los amenazaban y los definían como “el peor de la
casa”, pero también “segregados del grupo social al que pertenecen”, por
cuanto cargaban “sobre sus hombros todo lo abyecto, bajo y miserable
de la comunidad y la culpa correlativa”.50

Así mismo, los gamines hacían parte de las noticias exóticas


y divertidas que ofrecían una mirada graciosa de su existencia,
lo que contrastaba con la perspectiva del niño de la calle delincuente o
de comportamiento psicopático. Tal fue el caso de una crónica breve
escrita por Sonia, una crítica que asistía a la exposición de pinturas de
Pedro Moreno y describía el curioso evento desde el punto de vista
de un niño gamín. Los asistentes de esta muestra artística estaban
disfrazados e inundaban las calles aledañas a la galería donde se
presentaba la obra de Moreno. Mezclado con los demás espectadores
de la exposición, un chico de la calle le sirvió de informante a Sonia,
a quien le contó cómo eran los cuadros y cómo estaban vestidos los
asistentes en la exhibición. El gamín declaraba que no le gustaba la
obra, sino tan solo un cuadro donde se retrataba la bandera. También
decía que los espectadores iban vestidos con trajes aparentemente de
Barranquilla y del Valle y que una mujer llevaba puesta una indumen-
taria de metal, sin ninguna otra ropa debajo, lo que seguramente le
procuraría mucha incomodidad al sentarse. El testimonio del gamín se
volvió la disculpa de la cronista para expresar, por un lado, la imagen

50 El Tiempo. Bogotá, enero 12, 1968.

181
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

exótica de la exposición y, por otro, la figura divertida y extraña de ese


niño callejero, y para reafirmar además su punto de vista respecto a
la exhibición y expresar su propia opinión en boca de otro51.
Por esta misma época, en la columna “Notículas locales” se ha-
blaba de las campañas para recoger mendigos y gamines:
Ojalá que las anunciadas campañas para recoger mendigos y
gamines tengan éxito total. Hay pelafustanes que ofrecen abierta-
mente, por las calles, limpiabrisas y otros implementos de automó-
viles cuyo origen no habrán de ser ni el contrabando ni los almacenes.
Conviene no olvidar que residimos en una ciudad en la cual no a uno,
sino a varios desprevenidos ciudadanos, les han “vendido”, para las
ruedas del lado que está a la vista, copas robadas por el lado opuesto.
Y ambos tan contentos, y tan culpables: el ladrón y el propio dueño,
que se autoestafó por meterse de reducidor.52

En este periodo no desapareció el espectáculo lamentable de los


niños de la calle, vistos como ramilletes de pequeños abandonados, que
en las noches capitalinas se defendían del frío con costales, cajas, pe-
riódicos y perros. Este retrato de la cotidianidad de la vida callejera no
desaparecerá. En El Tiempo y El Espectador se publicaban fotos donde
era difícil distinguir a los niños de los perros, cubiertos por un color
polvoriento y ennegrecido que adquirían después de pasar muchos días
sin ir a los dormitorios o acudir a la pileta de la Rebeca para bañarse.
[...] “Mechabrava” y “El Tusito” son dos niños abandonados que
encontraron a dos amigos, dos buenos amigos, “El Vagabundo” y “El
Príncipe”, dos perros callejeros, que velan por ellos e inclusive les
consiguen alimentos. Los cuatro forman una familia que se alimenta
y, como se ve en la foto, duerme unida.53

Cerca de la década de los setenta, la prensa registraba los ava-


tares de un niño gamín, en un texto de Eduardo Galeano. Allí se
hablaba de los niños callejeros y su organización en galladas, que

51 El Tiempo. Bogotá, febrero 3, 1969.


52 El Tiempo. Bogotá, febrero 2, 1968.
53 El Tiempo. Bogotá, junio 9, 1972.

182
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

se comparaba con las manadas de pequeños animales que buscan


su subsistencia a campo abierto y son atacados constantemente por
depredadores.
Tienen la calle por casa. Son gatos en el salto y en el manotazo,
gorriones en el vuelo, gallitos en la pelea. Vagan en bandadas, en
galladas; duermen en racimos, pegados por la helada al amanecer.
Comen lo que roban o las sobras que mendigan o la basura que en-
cuentran; apagan el hambre y el miedo aspirando gasolina o pega-
mento. Tienen dientes grises y caras quemadas por el frío.
Arturo Dueñas, de la gallada de la calle veintidós, se va de su
banda. Está harto de dar el culo y recibir palizas por ser el más pe-
queño, el chinche, el chichigua; y decide que más vale largarse solo.
Una noche de estas, noche como cualquier otra, Arturo se
desliza bajo una mesa de restorán, manotea una pata de pollo y al-
zándola como estandarte huye por las callejuelas. Cuando encuentra
algún oscuro recoveco, se sienta a cenar. Un perrito lo mira y se
relame. Varias veces Arturo lo echa y el perrito vuelve. Se miran:
son igualitos los dos, hijos de nadie, apaleados, puro hueso y mugre.
Arturo se resigna y convida.
Desde entonces andan juntos, patialegres, compartiendo el
peligro y el botín y las pulgas. Arturo, que nunca habló con nadie,
cuenta sus cosas. El perrito duerme acurrucado a sus pies.
Y una maldita tarde los policías atrapan a Arturo robando bu-
ñuelos, lo arrastran a la Estación Quinta y allí le pegan tremenda pa-
teadura. Al tiempo Arturo vuelve a la calle, todo maltrecho. El perrito
no aparece. Arturo corre y recorre, busca y rebusca, y no aparece.
Mucho lo llama y nada. Nadie en el mundo está tan solo como este
niño de siete años que está solo en las calles de la ciudad de Bogotá,
ronco de tanto gritar.54

A propósito de estas imágenes de niños pobres en compañía de


perros, Gonzalo Castellanos describía la insólita historia de dos niños
y sus amigos canes:

54 Memoria del fuego III. El siglo del viento. Citado en El Tiempo. Bogotá, enero
1, 1969.

183
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Cuando el sol comienza a asomarse y el tráfico de la ciudad


se despierta con sus primeros ruidos, dos niños y dos perros se
despiden todos los días en el portalón de un edificio. Los cuatro,
que han creado la más insólita sociedad, cogen diversos caminos.
Cada uno a buscarse la vida como pueda. Los muchachos con sus
harapos; los perros con sus pulgas. Pero los cuatro saben que por la
noche dormirán juntos [...] Al filo de las 10 de la noche, cuando el
frío taladra, los dos niños llegan al dormitorio del portalón, y los
perros, que se han acostado un poco más temprano, se les echan
encima y les generan calor. Los dos perros son la cobija de los dos
niños. Juntos comparten el sueño de la noche [...] Se ha dado el
caso [que los perros] llegan al dormitorio con una sarta de chorizos
hurtada quién sabe dónde y la entregan para que sus amos coman. A
veces con grandes tajadas de carne preparada o panes que depositan
en el suelo hasta que el Tusito y Mechabrava lleguen a merendar [...]
Cuando no lo hacen los perros son los muchachos quienes llevan la
comida para los perros [...].55

Los perros y los niños callejeros, molestos para los transeúntes


desprevenidos, eran a la vez que objeto de compasión para quienes
se acercaban a oír sus historias, unos personajes que debían ser
sacados de la calle y recluidos en la perrera municipal y en las casas
de protección y rehabilitación para menores.
Al inicio de los años setenta, en un breve artículo titulado “1430
Gamines en Centro del D. E.”, la directora del Departamento de Asis-
tencia Social, Consuelo Rueda de Volmer, en respuesta a una pregunta
de un periodista del periódico El Tiempo sobre si las batidas contra los
mendigos cubría también a los niños vagos, afirmaba que
El Departamento de Asistencia Social no lleva a cabo batidas
de menores. Recoge solamente a aquellos niñitos que voluntaria-
mente quieren acudir a uno de nuestros centros de concentración y
de educación y capacitación de menores […] Añadió además que las
campañas contra los vagos se cumplen bajo la total responsabilidad

55 El Tiempo. Bogotá, junio 9, 1972.

184
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

de la Beneficencia de Cundinamarca y que el distrito no interviene


en forma alguna en esta tarea social.56

Con base en estadísticas del Instituto Colombiano de Bien-


estar Familiar, Daniel Samper informaba que en Bogotá existían
3031 gamines, la mayoría de los cuales eran niños pequeños: 1850
tenían menos de 12 años, 995 frisaban entre los 13 y los 15 años, y
446 tenían entre 16 y 19 años.
Por su parte, en una crónica de prensa, Daniel Samper narraba
que, por el precio de un limpiaparabrisas, una tapa de gasolina, una
copa, un espejo o cualquier parte del automóvil, los gamines aceptaban
regateo y que los precios que ofrecían se encontraban cinco o diez
veces por debajo del precio comercial, lo cual lo llevaba a concluir:
así “la prosperidad de la industria está asegurada”.
Prácticamente todos ellos están dedicados a despojar a los
automóviles de sus aditamentos externos, para vendérselos a los
mismos automovilistas. El comercio de cosas robadas ha ido pro-
gresando paulatinamente. Hasta hace unos meses los gamines
vendían lo robado a ciertos almacenes de repuestos encargados
de reducir este mercado, pero con el tiempo se independizaron y
montaron sus propios puestos de distribución. A las 11 del día en la
calle 26 con carrera 3a; a las 6 p.m. en la Avenida Jiménez con ca-
rrera 4a; frente al Cementerio Central en horas del medio día; en la
Avenida Caracas con calle 15 a toda hora; en vecindades del Centro
Urbano Antonio Nariño, en la carrera 30 con calle 13 [...] En fin, en
innumerables y estratégicos sitios de la ciudad es posible comprar
los productos que venden los gamines. Usted no necesita moverse
del carro. Los ­gamines se encargarán de llegar hasta su ventanilla y
le mostrarán una colección de limpiabrisas, cuchillas y brazos que
tienen ocultos en el interior del saco. Usted escoge, paga unos pocos
pesos, y... listo.57

56 El Tiempo. Bogotá, octubre 8, 1970.


57 El Tiempo. Bogotá, noviembre 12, 1971.

185
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Así mismo, Samper Pizano describía cómo los gamines habían


organizado en sus galladas rudimentarias empresas en las que, a los
ojos del periodista, “trabajan a manera de cooperativa”.
Un gamín contaba al periodista de El Tiempo:
El producto de los robos va a un arca común, y al final se re-
parte. Los gamines que ese día no pueden trabajar por razones justi-
ficadas —enfermedad por ejemplo— están cubiertos por una especie
de seguro social, que no los deja sin su porción de ganancias cuando
se hace el cierre de cuentas del día. Continuando la descripción de la
vida callejera, se nos cuenta cómo un gamín no se lanza solo a sus ha-
zañas callejeras, se hace necesario de los “campaneros” encargados de
dar aviso de cualquier peligro. “La responsabilidad del campanero es
muy grande [...] Tiene que estar atento y, en caso de peligro, cantar la
zona. Usted sabe, pueden venir gofias (detectives), o cerdos (policías)
y llevárselo al permanente”.58

Pero durante esta época los gamines no solo vendían las mer-
cancías robadas, sino que aceptaban trabajos por encargos. Los dueños
de los automotores les pedían radios de marcas especiales, copas, etc.,
que habían sido sustraídas de sus carros. Estos niños también eran
utilizados por reducidores de mayor reputación. “Hace poco cuando
Rubén se dedicaba a embolar, el cliente de turno le alcanzó un pa-
pelito con el nombre y la dirección, y le dijo que lo buscara cuando
consiguiera relojes”59.
La corrupción de la sociedad era un factor que permitía que el robo
callejero se institucionalice, como si es nuestra vida social se guiara
por el principio del negocio, lícito o ilícito, donde lo más importante
es que las ganancias sean fáciles y amplias, así se tenga que sobornar
al gamín o al ministro.
Sobre el problema de los niños de la calle, José Gutiérrez, psi-
coanalista que escribió el libro Gamín y durante toda la década de los
sesenta estuvo dedicado al trabajo con estos personajes, le explicaba a
Daniel Samper que al muchacho desamparado, “cuando crece, le queda

58 El Tiempo. Bogotá, noviembre 12, 1971.


59 El Tiempo. Bogotá, noviembre 12, 1971.

186
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

más fácil incorporarse a la vida del delito que a la de la sociedad”, y


uno de los pequeños que trabajó con Gutiérrez, cuando hablaba de
su futuro, decía: “O roba uno cosas chiquitas y se vuelve chichigüero, o
se le mete de frentolinas a las cosas y se acredita para volverse miembro
de una banda respetable de hampones”60. La espiral de delito en la
vida del gamín era casi irreversible y no era extraño que muchos de
los niños pobres de la época, que vendían limpiabrisas en las esquinas
de las calles de Bogotá, engrosaran con el paso del tiempo la lista de
los antisociales más buscados.
A principios la década de los setenta, la prensa y las instituciones
encargadas de la protección de la infancia decidieron eliminar la palabra
“gamín” y llamar a los niños callejeros con un calificativo más “tierno”,
más “simpático”, más “humano”; un epíteto “menos agresivo”, como
si el uso de otro nombre pudiera cambiar por sí mismo la realidad
de estos infantes desprotegidos. Así pues, se comenzó a usar durante
un corto tiempo el término “carasucias” para designar a un sector de
la población capitalina sumido en la pobreza y marginación social.
A pesar del cambio de nombre y de que este se empleó constantemente
en los medios de comunicación y en el habla cotidiana, el fenómeno
siguió siendo el mismo y ahora eran los carasucias y no los gamines
quienes formaban las galladas, robaban los limpiaparabrisas y asal-
taban a las señoras cuando salían de hacer compras en los almacenes
céntricos de la capital. Eran también los “carasucias” aquellos niños
que, en los hermosos y escasos días de verano capitalino, se desnudaban
en público y, ante la mirada atónita de los transeúntes, se lanzaban
a las sucias aguas de La Rebeca o acudían a los pozos formados en
las faldas de Monserrate, en los alrededores del río San Francisco.
Al respecto, en un artículo de prensa se registraba en una foto la
escena en donde un carasucia saltaba desde el puente que cruzaba
el río y se sumergía en la profundidad del pozo. La prensa concluía:
“Los ‘carasucias’ no dejaron pasar en vano el hermoso día de verano
que vivió Bogotá el año pasado”61.

60 El Tiempo. Bogotá, noviembre 12, 1971.


61 El Tiempo. Bogotá, junio 6, 1972.

187
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Los “carasucias” o gamines eran objeto de atención de periodistas,


caricaturistas y creadores de tiras cómicas en la prensa capitalina.
Copetín, la tira cómica de Ernesto Franco, recogía trozos de las opi-
niones políticas de los niños de la calle, como reflejo de las valoraciones
del público en general respecto a las labores de usura. Copetín era un
niño de la calle que, en compañía de su gallada, le permitió a Franco
expresar sus propias opiniones sobre la vida nacional.
Durante los años setenta, el cálculo de niños gamines que deam-
bulaban por las calles de Bogotá continuó siendo una tarea difícil de
emprender. Así mismo, resultaba aún más complicada la solución
de un problema ante el cual se quedaban cortas las medidas adoptadas
por las entidades encargadas de su rehabilitación, así como el trabajo
de los científicos preocupados por establecer sus dimensiones y los
factores relacionados con estas. Se trataba de una población móvil, que
iba y venía de sus casas a la calle, de esta a las instituciones y de ellas
a la calle o de nuevo a sus hogares62, y cuya cuantificación, dada esta
trashumancia continua y el hábito de cambiar de nombre, resultaba
siempre imprecisa. Debido a sus harapos, estos niños callejeros se
confundían con los pequeños trabajadores, quienes, al lado de sus
padres o de manera independiente, realizaban pequeños trabajos
marginales en la ciudad.
En todo caso, y a pesar de las dificultades para establecer la cifra
exacta de niños de la calle, a finales de 1975 las autoridades capita-
linas consideraban que su número ascendía a 900. Sin embargo, la
percepción general era otra, puesto que se consideraba que la cifra
en verdad era mayor. Según las estadísticas, parciales e incompletas,
de los 17 000 delitos callejeros contra la propiedad denunciados en el
primer semestre de 1975 en Bogotá, por lo menos 14 000 habían sido
cometidos por niños.
Germán Castro Caicedo, en un reportaje sobre Bogotá publicado
en esa misma fecha, contaba que, mientras realizaba una entrevista en
una estación de policía, el comandante ordenó una redada contra
los gamines. En la noticia se decía que una “Hora y media más tarde
había en el patio [de la estación] 41 niños, a tres de los cuales les fueron

62 El Tiempo. Bogotá, octubre 26, 1975.

188
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

hallados limpiabrisas, dos tenían juegos de pequeñas herramientas y


otro más, una cartera con $94 pesos” 63.
A finales de la década de los setenta y comienzos de los ochenta,
la prensa siguió presentando información sobre los niños callejeros
y desde las ciencias sociales se realizaron algunas investigaciones
sobre los gamines. Entre estos trabajos, se puede mencionar el libro
Gamín de José Gutiérrez (mencionado anteriormente), un informe
no publicado sobre estos niños y sus familias escrito por Virginia
de Gutiérrez Pineda y Patricia Vila, el libro de Jacques Meunier Les
gamins de Bogotá y nuestro libro Gamines: testimonios
Al comenzar la década de los ochenta, la periodista Adriana Groisso
presentó una interesante crónica sobre el hallazgo, bajo el puente del
Concejo, de “Un hogar para dos gamines”. Allí se narraba que
Para Marco Antonio, un gamincito de 11 años, el puente del
Consejo es un nuevo hogar que comparte con su hermanito menor.
Desde hace 5 meses, cuando se iniciaron las obras de construcción
del paso elevado. Marco Antonio le puso el ojo y día a día siguió los
trabajos para planear cómo ocupar un espacio debajo de los estribos.
“A mí me parece muy bonito”, dijo cuando se le interrogó cómo le
parecía el puente. “Sobre todo, los puentes son un lugar para dormir
calienticos”, añadió.
Marco Antonio es un niño que abandonó su casa hace cinco
años hoy ha deambulado por las frías calles de Bogotá desde entonces.
Ha vivido experiencias que quizá lo han endurecido y quizá lo han
madurado precozmente. Emite durante el diálogo con la periodista
una clara personalidad, una independencia de criterios y es muchas
veces duro, principalmente cuando tiene que corregir a su hermanito.
Los puentes para él son algo esencial. Los considera como mag-
níficos lugares para pasar las noches protegido del frío y la lluvia.64

Sin embargo, la opinión de este chico sobre los idílicos puentes se


ensombreció cuando tuvo que hablar de los habitantes que lo acom-
pañaban en la noche y que finalmente lo alejaron del lugar.

63 El Tiempo. Bogotá, octubre 27, 1975.


64 El Tiempo. Bogotá, agosto 8, 1980.

189
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

“Yo dormí dos años allá arriba en los puentes de la 26, era bueno
porque todos éramos conocidos y no nos peleábamos, pero ahora
hay mucha chusma y se roban unos a otros desde los zapatos hasta la
caja de embolar con la cual uno trabaja”, dijo. Además, agrego Marco
Antonio, “[…] y le enseñan a uno a fumar. Por eso me fui a dormir
a Chapinero. Claro con mi hermanito, porque no dejo que lo dañen
en la calle”.

Marco Antonio no habla sobre las razones que lo obligaron a irse


de su casa. Es algo sobre lo cual quizá no quiere guardar recuerdos y
se limita a vivir en la calle, pero honrosamente.65
La ilusión de este niño era llegar a ser un buen alcalde de la
ciudad, para resolver los problemas que las autoridades carcelarias
les generaban a sus amigos.
“Ese es mi gran deseo. Como alcalde yo arreglaría definiti-
vamente los problemas que afectan a todos. Reformaría la Cárcel
Distrital para darle trabajo a todos mis amigos que están en la calle, y
poner en el asfalto a los guardias del penal”, puntualizó.
Marco Antonio, al insistir en el tema de los puentes, aseguró
que darán a Bogotá un aspecto de ciudad importante, pero alguien
que escuchó la entrevista anotó que la capital bella y acogedora esta
despareciendo por otra ruidosa, complicada, insegura.
Y seguramente como Marco Antonio, muchos niños más de la
calle encontrarán en los 12 puentes que se construyen en Bogotá una
nueva ocasión de un techo, por cierto muy […] pero que no les per-
tenece.66

En esta narración se daba voz a un niño de 11 años que reflexionaba


sobre su condicion de vida en la calle y los peligros que lo acosaban
a él y a su hermano menor, a quien tenía que proteger y garantizar el
bienestar, como si fuera su padre y madre.
En esta época, los periodistas hablaban de la desaparición de
los gamines y de su transformación en niños institucionalizados,

65 El Tiempo. Bogotá, agosto 8, 1980.


66 El Tiempo. Bogotá, agosto 8, 1980.

190
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

bien vestidos y cuidados; niños que dejaban la calle y accedían a


mejores condiciones de vida mediante la intervención del Estado.
Esta visión correspondía a la mirada optimista a las instituciones
del momento.
Los gamines están desapareciendo rápidamente de las calles bo-
gotanas. Son una especie en extinción. Y los pocos que subsisten ya
no se parecen en nada al prototipo. Ahora están mejor vestidos, usan
calzado a su medida y melena corta, muchas veces limpia. Ojalá que
pronto sean una figura del pasado, como pasó en Londres y París.
Todo esto, justo es decirlo, gracias a la callada y tesonera labor del
Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y principalmente a la po-
lítica trazada por su director, Juan Jacobo Muñoz y por doña Nydia de
Turbay y sus colaboradores de dentro y fuera del instituto [...] Contra
mis pronósticos, basados en el semillero de descomposición familiar,
que es la fuente primordial de la gaminería, […] han logrado retirar
de las calles y darles instituciones decentes, humanas y progresistas,
donde pueden educarse y nutrirse de cuerpo y alma a la mayor parte
de los gamines que deambulaban por la ciudad capital [...].67

Sin embargo, con relativa frecuencia volvían aparecer crónicas


sobre la vida de los niños gamines, en las que se narraba cómo se
veían forzados a dejar sus casas, debido a la violencia de sus padres y
padrastros, y a sobrevivir en las calles, donde comían y cocinaban lo
robado y vivían del “raponeo” y “abataneo” callejeros. En las calles
volvían a aparecer las galladas de siempre, dedicadas a pedir limosna,
a “desvalijar carros” y a “robar apartamentos” con ayuda de estos
niños y de pordioseros y mendigos adultos.
Cuando Wilson Pedraza decidió volarse de la casa para evitar
los castigos de su padrastro, quizás no esperaba enfrentarse a un duro
destino y una cruda realidad para poder sobrevivir. A “Capulina”,
como le dicen sus “compadres” de gallada, lo encontramos en la calle
l0 con avenida Caracas, cocinando sobre el separador de la vía un
pedazo de pargo rojo que acababa de robar de un restaurante cercano
con la complicidad de “Ratón Pícaro” y “E. Osos”. A sus doce años de

67 El Tiempo. Bogotá, febrero 20, 1982.

191
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

edad, cuatro de ellos en la calle, no sabe leer, ni escribir. Su mirada


es dura como sus respuestas. “Tuve que salirme de la casa, pues no
aguantaba que mi padrastro le pegara a mi mamá. Un día casi me
mata a golpes y cogí pa’ la calle...”, afirma Wilson. Como él, decenas
de niños recorren a diario las calles del centro y sur de la ciudad, con
hambre, mal vestidos y con la mirada fija en una cartera, una cadena
o un reloj; ahí puede estar la comida de un día. Aunque el problema
de niños callejeros había sido controlado por las autoridades distri-
tales, en los últimos meses ha vuelto a tomar auge, a tal punto que se
han conformado verdaderos núcleos de niños gamines o “galladas”
que deambulan por sectores como San Victorino, la Plaza España, la
avenida 19, la carrera décima, los puentes de la 26, la Candelaria y los
Mártires. En el solo sector de los Mártires las autoridades calculan
que hay unos 60 niños gamines, que aparecen a determinadas horas
en sitios específicos como la avenida Caracas, entre calles 10 y 12; la
calle 13 entre carreras 17 y 18, cerca al lugar de las flotas y al Parque
de Los Mártires. Entre las doce del día y las 2 de la tarde se les [sic.]
puede ver cerca a los restaurantes pidiendo “sobrados” o en los ter-
minales de buses a la espera de una limosna. Las demás horas del día
las emplean para subir a los buses a cantar y recorren tramos entre la
calle primera y la 26 [...] Durante la noche duermen bajo los bancos
de los parques o en cualquier sótano, cubiertos con cartones y papel
periódico o en los puentes de la 26. Se estima que el número de niños
callejeros en el centro y sur de la ciudad ha aumentado durante los
últimos meses en casi un 40 por ciento. A este número se suma para-
lelamente el de pordioseros y mendigos que han inundado sectores de
La Candelaria y la Avenida Jiménez [...].68

Otra crónica de mediados de los años ochenta, realizada por Fer-


nando Cortés, redactor del periódico El Tiempo, se refería al aumento
de los gamines en Bogotá. Se trataba de un texto elaborado a partir de
una entrevista a “Caregato”, un gamín notable del momento, hijo de
habitantes de la calle. En esta crónica se oían de nuevo las voces de los
niños callejeros que contaban sus historias de raponeo, estucheo; una

68 El Tiempo. Bogotá, febrero 11, 1984.

192
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

crónica sobre la vida en las calles de un niño que desintegró el grupo


que comandaba y que acuchilló a otros gamines por haber puesto en
tela de juicio su poder.
Sus conpinches le dicen “Caregato” por sus ojos de japonés y por
las cejas oblicuas que le dan cierto aire de niño mongólico. Su “ga-
llada” opera a un kilómetro a la redonda del sector de San Victorino,
desde donde este niño de menos de trece años se hace obedecr a la
fuerza por nueve pelafustanes, con los cuales comparte su cama de
cartón y los dividendos de las fechorías.
“Caregato” es hijo de gamines. Nació el 3 de octubre a las once
de la noche en un tugurio de los cerros orientales. En tres años ha
logrado convertirse en el jefe de la gallada más popular del centro.
Es uno de los pocos que dicen no haber fallado un solo golpe como
raponero de la capital. Tampoco ha vivido el rigor de una cárcel de
menores ni se ha visto enredado en ninguna batida de la policía.
“Caregato” no da su nombre verdadero a nadie ni admite que se
le tomen fotografías porque significa “darle papayazo a la poli”. Las
clases de aprendizaje de hampón las recibio de gente que conoce el
negocio de sus primos, que se desempeñan como apartamenteros en
el norte de la capital.69

Caregato dejaba ver su relación cruel con la gente y los animales


del sector. Se trataba de una vida deshumanizada, donde lo único
que contaba era divertirse a costa de los demás y robar cuanto objeto
pudieran encontrar en las calles.
Ha robado relojes enchapados en oro, carteras de damas, bille-
teras, aretes y cadenas. Participó como camada hace poco en el de-
valijamiento de una casa en el barrio de la Soledad. Dos meses atras
apuñaló levemente a uno de sus compinches, a quien desde entonces
lo llaman con el remoquete de “El Cortauñas”. Le divierte asustar
ancianas, mofarse de los locos de la décima, pinchar llantas, robar los
espejos a los automóviles y desplumar a cuanta paloma de la Plaza de
Bolivar tenga la mala suerte de caer en sus manos.70

69 El Tiempo. Bogotá, enero 15, 1984.


70 El Tiempo. Bogotá, enero 15, 1984.

193
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

En esta crónica se relata también la historia de los padres de


Caregato, sus dificultades, sus trabajos, sus lugares de residencia, así
como su dificil llegada a la ciudad.
El padre de “Caregato” vino de Pereira hace mas de quince
años y responde al nombre de Cucho Roncancio. Lo trajo a Bogotá
una prostitua que conoció en unas riñas de gallos cuando él contaba
apenas nueve años. Chucho era el encargado de la limpieza en una
cantina de mala muerte. Un buen día le comentó a la mujer que de-
seaba probar suerte en la capital y ella le contestó: “Me lo llevo para
que cuando crezca sea mi marido”.
Vivieron en un hotelucho de la carrera 17 con calle quince. Fue
tarjetero y promocionaba espectáculos de striptease en los lugares
donde trabajaba su protectora. Un día la mujer llegó apuñalada al
hotel, vino la policía y cargó con ella a una clinica de emergencia.
Desde entonces Cucho se amañó en la calle.
La madre de “Caregato” es una mujer de 40 años que tiene
signos de mongolismo. Antes era empleada de servicio doméstico en
una casa de familia. Chucho la enamoró y le mostró otro rumbo a
su destino. Desde entonces han permanecido unidos. Ella no habla
ni muestra ningún gesto de preocupación. Se pasa las tardes enteras
sentada en una esquina con la vista perdida en el suelo. Solo parece
despertarse cuando llueve o llega a la hora de la merienda.
Para “Caregato” no existe familia ni Iglesia ni Gobierno ni nada.
Solo el mundo concéntrico de un kilómetro a la redonda en el cual
impera la ley de sus golpes sobre quienes han corrido su misma suerte.
Cuando “Caregato” se mofa malignamente de los demás ­compañeros
no sonríe sino que hace una mueca. Entre otras cosas, porque no hay
razón alguna para sonreír.71

La crónica terminaba con unas reflexiones que el periodista


Fernando Cortés tomó del psicólogo Ángel Parra sobre la llegada de
un nuevo tipo de personaje que acompañaba ahora a los gamines: el
loco de la calle, que deambulaba por la ciudad sin rumbo claro.

71 El Tiempo. Bogotá, enero 15, 1984.

194
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

El experto Ángel Parra afirmó que el suyo es el símbolo de una


generacion de la calle que ha sufrido graves mutaciones de comporta-
miento. En Bogotá la cifra de niños gamines se ha elevado a cinco mil
en la actualidad y ha superado la capacidad del centenar de hogares
de emergencia y centros de atención municipales departamentales y
nacionales. Pero los gobernantes no son ni mejores ni peores que el
pueblo que los produce.
Las autoridades son un grupo de personas que tienen las mismas
características —buenas y malas— que el resto de la ciudadanía.
Si los ciudadanos no protestan, no ejercen su derecho de petición,
no utilizan los legítimos instrumentos de presión, las autoridades no
obran porque tienen otros mil problemas que solucionar con recursos
siempre precarios. Y en Colombia los ciudadanos no acostumbran in-
comodarse por los problemas ajenos. Yo soy un observador habitual
de las secciones de cartas a los directores de periódicos y durante
años este tema de los locos de la calle apenas ha sido tratado por un
número escasísimo de personas. En la campaña actual de los candi-
datos a concejos municipales y asambleas departamentales ningún
candidato, que yo sepa, ha hablado de este problema. Los pobres locos
no dan votos. Ni su lamentable existencia por las calles —como parias
de una sociedad indiferente— parece ser preocupación de ningún
elector ni candidato.
El policía de la radio patrulla a que me refería antes, me decía:
“Afortunadamente, muchos de estos loquitos duran poco en las calles;
el hambre, el frío y los accidentes de tránsito ‘se los llevan pronto’”.72

El cronista Fernando Cortés recogía información del psicólogo e


investigador Ángel Parra sobre un total de 40 galladas, unas muy peli-
grosas y otras prácticamente inocuas para los habitantes de la ciudad:
De las cuarenta galladas que se conocen en Bogotá cerca de 30
operan en el centro de la ciudad. El 60 por ciento de ellas son in-
ofensivas porque están conformadas por niños menores de diez años.
Hay un porcentaje que se dedica a labores de apoyo del hampa tradi-
cional como lo demuestran testimonios de muchachos que han sido

72 El Tiempo. Bogotá, enero 15, 1984.

195
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

desvalijadores de carros, pisteros de aparatamentos donde se pueden


adelantar atracos y “guardianes” o “campaneros” en las calles mismas
[donde] se cometen asaltos a los transeuntes.
Unas siete galladas pueden calificarse como peligrosas. En el
centro funcionan cuatro, dentro de las cuales se cuenta la comandada
por “Caregato”. Las otras tres tienen su campo de acción en el norte.
No hay duda que detrás de ellas se oculta la mano del hampón tra-
dicional. Son niños desarrapados y aparentemente desprevenidos. Se
ignora que en la “selva de cemento” han aprendido a dar el zarpazo en
el momento menos pensado.73

Un grupo de gamines que asistió a la presentación privada de


la película brasilera Pixote comentaba que en Bogotá sucedían cosas
similares y a veces peores. Uno de ellos afirmaba: “Yo me salvé porque
ingresé a instituciones como la del Padre Nicoló. Pero la mayoría de
los gamines terminan apenas cumplen 18 o 19 años en las cárceles o
en los cementerios del país” 74.
Ciro Durán, quien produjo la película Gamín, que tuvo una
amplia difusión en Europa, comentaba que la vida de los niños de
la calle espantaba, en especial aquella que tenía que ver con “los
chinches”, situación que era más grave entre nosotros. Según este
cineasta, la condición de vida del adolescente era semejante a la de
sus congéneres en otras ciudades del mundo, pero la de los pequeños
era mucho peor75; con eso quería decir que el abuso y la explotación
que sufrían los pequeños “coicos” (servidores sexuales) eran en ex-
tremo degradantes.
Ward Bentley, un fotógrafo norteamericano, en 1985, presentó
en el Centro Colombo Americano una exposición de fotografías
denominada “Niños de las Américas”. En la exposición presentaba
un registro de los niños gamines, abandonados y miserables de trece
países de América: República Dominicana, Haití, México, Puerto Rico,
El Salvador, Costa Rica, Panamá, Ecuador, Perú, Argentina, Chile y

73 El Tiempo. Bogotá, enero 15, 1984.


74 El Tiempo. Bogotá, noviembre 18, 1980.
75 El Tiempo. Bogotá, noviembre 17, 1980.

196
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

Estados Unidos. Este artista destacaba como un rasgo particular de


nuestros gamines su organización en “galladas”76.
En esta misma época también se llevó a cabo una campaña para
recuperar la seguridad de la ciudad. Para lograrlo, mensualmente
realizaban procesos de recolección de niños callejeros. En junio de
1986, se recogieron 317 niños abandonados, de los cuales el 45%
de los menores había sido reclamado por sus padres. En esa ocasión
se “encontraron siete casos de niños recién nacidos, abandonados en
centros de salud, hospitales y hoteles”77 .
Los censos sobre gamines en las calles de la ciudad llegaban
siempre a conclusiones diversas. Uno de ellos registraba “800 ‘pela-
fustanes’ con edades entre los 10 y 26 años”78. En otro censo se hablaba
de sumas cercanas a los cinco mil niños. Había zonas de la ciudad
claramente “gaminescas”. Una de ellas era la calle 19, donde se reunían
gamines y desvalijadores de carros en interacción constante. Allí los
niños, con su presión directa, amenazante y en grupo, lograban la “li-
mosna forzada”, como una especie de pasaporte que liberaba a la gente
de la posibilidad del robo. Algunas veces los comerciantes trataban de
organizarse para defenderse de los muchachos que unidos lograban
atacarlos e intimidarlos. En un caso registrado por la prensa, se
informaba de un grupo de chinos, con edades entre 9 y 15 años que
operaba en el sector, aprovechaba
[...] el alto tránsito vehicular de la mañana para pedirles a
los conductores de buses y automóviles que les den dinero y los
­amenazan con piedras y palos, si sus peticiones no son atendidas.
Muchos duermen en los separadores de las calles 16 y 18, en donde se
tapan con cartones. Entre los pandilleros hay un inválido que anda
en un carro esferado o se arrastra por la zona e insulta y escupe a las
personas que no le dan limosna. Otros están atentos a los vehículos
que dejan estacionados para desvalijarlos o para tratar de abrirlos y
sacar los objetos que estén a su alcance. 79

76 El Tiempo. Bogotá, octubre 31, 1985.


77 El Tiempo. Bogotá, julio 1, 1986.
78 El Tiempo. Bogotá, mayo 15, 1986.
79 El Tiempo. Bogotá, agosto 17, 1986.

197
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

En los años ochenta, Helena Correa, redactora de El Tiempo,


registró la vida cotidiana de un niño gamín de nueve años de nombre
David. La narración se hallaba entreverada con un sinnúmero de
preguntas agresivas del niño a la redactora. Algunos apartes de este
artículo mostraban de cerca la vida de un gamín bogotano y su ac-
titud desafiante hacia quien intentaba acercársele, pero también sus
temores, sus cansancios y sus alegrías:
¿Qué mira? ¿Ya va a empezar a joder? Lo único que tengo es pe-
gante y un perro. Váyase pa’ otro lado [...] Mire yo no entiendo bien
lo que usted garla. Pero no canse. De pronto llega un aguacate [po-
licía] y me agarra a bolillazos [...] Como patoneo por toda Bogotá,
algunas veces me gritan y me echa la madre. Son raros los manes que
le regalen a uno alguna vaina [...] ¿Ya creyó que le iba a contar toda
mi vida? Váyase [...] voy a recoger el periódico para arroparme esta
noche [...] Qué vaina. Tengo hambre. ¿A usted le gusta el pegante?
Le cuento que eso quita hasta el frío. Claro que a veces friega la gar-
ganta. Pero es una forma de aguantar.
Qué lástima que el viejo cantero se murió. Cuando vivía con él
me daba de comer. Decían que era mi abuelo. Pero a él no le gustaba.
Se ponía muy bravo y comenzaba a gritar que agradeciera que me
había recogido [...] Le decíamos así porque sacaba piedras de la
montaña […] Cuando estaba borracho me contaba historias de pi-
ratas y de los hombres que vivían en los barcos [...] Por eso me gustan
los cuadros que tienen pintado el mar. Y las piletas donde puede
nadar y hacer barcos de papel o madera [...] Y en este parque puedo
hacerlo. Casi todos los días vengo a esta hora. Para bañarme y es-
perar a la gente que sale del trabajo a almorzar. A veces me dejan ga-
seosa. O nos dan pa’ Ratero y pa’ mí, alguna cosa de tragar. Cuando
me dan mosca, compro mamoncillos. Me gusta jugar con las pepas
a “los hoyos”. O tirarlas a los árboles para que salgan los toches que
están escondidos.
Es bacano jugar solo. Claro que me hace falta la Eugenia. Se reía
mucho. Pero quería acostarse conmigo a toda hora. Yo me cansaba y
a ella le daba rabia. Entonces se iba con algún amigo mío y no volvía
sino después de varios días. Hasta que una noche el berraco fui yo. Le
dije que se largara. La conocí aquí, debajo de este puente. Se asustaba

198
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

mucho cuando veía a los ratones. Yo no. A mí me gustan. Tienen unos


ojos raros y se pueden meter por donde quieran [...].
Casi todos los domingos voy al cerro [Monserrate]. La iglesia
de allá es chévere. Me quedo sentado pa’ ver a las personas que
entran de rodillas. Unas lloran y otras cierran los ojos muy fuerte
pa’ rogarle favores a Dios [...] Yo creo en Él. Por eso voy a visitarlo
[...] Yo conozco muchas calles. Pero lo que más me gusta son las
alcantarillas. Allá no hay ruido. Ni gente que lo mire a uno feo.
Cuando llueve busco los puentes o me encaramo en los árboles para
ver cómo todos corren y se mojan. No he salido de Bogotá pero
quiero irme al mar. Allá es caliente y sé que voy a pasar legal [...]
La ciudad no me gusta. Es, muy grande. Tiene muchas personas
y culatos de seis años que no saben caminar solos como yo [...] A
veces me da miedo. Me dan miedo los maricas. Pero soy macho.
Si alguno trata de agarrarme seguro que lo hago ver estrellas. A
Gustavo uno se le montó encima y casi lo mata. Bogotá está llena
de gente mala. Cuando quiero entrar a un almacén a comprar algo
con mis monedas no me dejan. Por eso los grandes no me gustan.
Son muy serios y creen que uno siempre los va a tumbar [...] Se hizo
noche. Voy a quedarme a dormir debajo de este puente. “Ratero”
sabe dónde echarse. Yo también. ¿No me diga que se va a quedar
conmigo? Mírela. Apuesto que se asustó. Bueno, entonces, adiós.
Tengo sueño [...].80

En un noticiero reseñado por la prensa se hablaba de un gamín


acusado del robo de una cadena, a quien la ciudadanía había golpeado
violentamente. La prensa fue a buscarlo y lo encontró en las inmedia-
ciones de la calle 26, donde con gran desparpajo comentó:
Ser gamín no es una ambición mía. Vivía en el Lucero Alto
y escapé porque mis padres me golpeaban, cuenta René. Los po-
licías le amargan a uno la vida hasta comiendo. Le dan garrote por
nada. No la vamos con ellos. Les tenemos bronca […] La lógica del
hambre es robar. Salud tengo, no tengo educación. La casa mía es el
parque. Necesitamos trabajo. El gobierno podría construir talleres.

80 El Tiempo. Bogotá, agosto 17, 1986.

199
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Un policía vive a costillas de nosotros. A costillas de los ladrones.


Algunos cobran impuesto. Son ladrones con licencia [...].81

A comienzos de los años noventa, en una crónica novedosa de


El Tiempo, en la que se destacaba por fin una buena acción de estos
niños, se registraba la existencia de una orquesta sinfónica conformada
por gamines que iría a tocar en la ciudad de Washington. La crónica
estaba acompañaba de una fotografía donde se veían unos pocos de
los treinta niños que hacían parte del conservatorio de la República
de los Muchachos en la ciudadela de Florida:
Antes solo escuchaban el ruido de los exostos de los buses y los
gritos de la calle hoy se emocionan y deleitan con lo mejor de las obras
de Mozart y Beethoven. Ayer vivían en la banca de un parque o debajo
de un puente y no conocían mas allá de las Cruces, San Victorino o La
Victoria […] Allí estudian primaria y bachillerato y alternan sus clases
con la Escuela de los Valores donde descubren sus habilidades y desa-
rrollan su potencial […] El padre Nicoló no se cansa de admirar sus ha-
bilidades y hasta comenta que algunos de los que están en la sinfónica
“tardaron solo seis meses para empezar a soplar trompetas” […] En la
Florida hay un pequeño conservatorio con cerca de setenta niños para
quienes su mayor sueño es relevar algún día a quienes hoy viajarán al
exterior, pero no por el hecho de recorrer el mundo sino porque sienten
la música […] verlos ensayar todo el día y verlos reparar ellos mismos
sus trompetas, trombones, flautas o tubas, así lo demuestran.82

Esta crónica estaba acompañada por un pequeño recuadro, donde


uno de los chicos músicos narraba brevemente su vida de gamín de-
dicada al robo. Se dolía de haber perdido el contacto con su familia y
ahora solamente quería seguir tocando la trompeta.

El siglo termina con la vida en las alcantarillas


Al terminar el siglo, aparecieron varias crónicas destacables
sobre la vida de los niños gamines viviendo en las alcantarillas y

81 El Tiempo. Bogotá, octubre 2, 1987.


82 El Tiempo. Bogotá, mayo 6, 1990.

200
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

en compañía de los indigentes. Ya no se hablaba de ellos como los


seres únicos que dominaban la calle con su deambular en galladas,
sino que se los observaba en grupos de vagos y pordioseros que
formaban un colectivo callejero conformado por adultos, jóvenes
y viejos, sumidos en la droga y en la indigencia, abandonados de
sus familias y de la sociedad, que se hundían en una vida miserable
en medio del delito y la drogadicción, entre alcantarillas, canales y
calles como la del Cartucho.
Queremos terminar este capítulo haciéndole un homenaje a los
periodistas del momento, quienes, a través de Internet, transmitían al
mundo entero las imágenes de una ciudad donde los seres humanos
vivían de manera miserable, pero que algunas veces recibían ayuda
y protección, y en otras ocasiones incluso lograban recuperarse. Tal
es el caso de una crónica de José Luis Varela, redactor de El Tiempo,
quien, a comienzos de la década de los noventa, describía ampliamente
la vida “escalofriante” y miserable de los niños que habitaban en las
alcantarillas de la ciudad, a quienes Jaime Jaramillo, Papa Jaime,
como se le conocía por su labor social, visitaba regularmente para
prestarles atención médica y alimentaria, pero también para llevarles
ropas, contarles el pelo y tener una charla amable.
El Rolo y sus siete compañeros son unos privilegiados. Están
en residencia de lujo. En estrato seis. Han conseguido adueñarse de
un nicho de alcantarilla un metro por encima de las aguas que bajan
cargadas de ratas y de excrementos. Pero no se pueden quejar: el aire
puro está a menos de tres metros y, con suerte, un viento esporádico
les llega a aliviar del olor nauseabundo. Tratando de quitarle drama-
tismo a la situación, llegan a apreciar —no sin cierta ironía— la vista
maravillosa. Monserrate se recorta a lo lejos y, si uno lo mira bien, los
árboles de los alrededores le dan un cierto toque campestre al lugar.
Hay algo más importante. El sitio es estratégico. La nutrida pro-
tección de algunas embajadas de los alrededores inhibe la acción de
escuadrones de la muerte, que actúan con libertad en otras partes
de Bogotá. Esa forma de ver las cosas no aparta de la realidad cruda:
estos ocho adolescentes sobreviven en los canales diseñados para eli-
minar los desechos de una población que los considera a ellos mismos
unos desechos.

201
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Como ellos, otros 150 comparten el dominio sobre los intestinos


de Bogotá. Desde hace seis años, cuando comenzaron a matarlos en las
calles y debajo de los puentes, los gamines debieron replegarse a
los túneles que cruzan la ciudad por debajo.83

El cronista realzaba su narración haciendo una analogía entre


la serie de la Bella y la Bestia y lo que sucedía en los huecos de las al-
cantarillas, donde la fuerza de las aguas y la miseria eran aterradoras,
pero que, desde la superficie de las vías, estaban encubiertas. Solo la
lámpara encendida y la luz que se reflejaba en la escena permitían
entrar en contacto con esos espacios llenos de detritus orgánico y social.
Por encima, esta ciudad no puede ni quiere imaginarlos. Para
ella cualquier referencia al mundo de las alcantarillas hace recordar
automáticamente una fantasiosa serie de la televisión norteame-
ricana: La Bella y la Bestia. Pero acá no hay bestias, ni concesiones
a la fantasía. Lo que hay es un mundo duro donde lo importante
es permanecer con vida a cualquier precio. A medianoche, el túnel
luce más tétrico de lo habitual. El agua es apenas un pequeño hilo en
donde flotan lentamente los excrementos. La lámpara permite ver tan
solo unos metros al frente. Atrás ha quedado el latido vigoroso de los
perros que cuidan la propiedad.
Adelante, los seres de la alcantarilla empiezan a asomar, con des-
confianza primero y con alegría después, para ver quien ha llegado.
Bajan con agilidad de sus camarotes donde apenas un trapo y los pe-
riódicos viejos sirven para cubrirse del frío. Son menos de diez pero
deben compartir con las ratas que hoy —apuntan con agudeza— no
han querido salir a trabajar, y con los piojos y carangas que se pegan
como lapas al techo de la cueva.84

El periodista describe la historia de la Gata en medio de las alcan-


tarillas, donde vive actualmente con su compañero, después de haber
tenido a su hijo en una ambulancia camino al hospital, donde este,
después de pasar unos días en la incubadora, desgraciadamente murió.

83 El Tiempo.com, noviembre 20, 1990.


84 El Tiempo.com, noviembre 20, 1990.

202
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

La Gata es una hermosa joven de 15 años, de ojos asustados y


labios gruesos detrás de los cuales asoma una dentadura perfecta.
Comparte vida con El Rolo, de quien quedó esperando. Diez días
antes comenzó a sentir los dolores del parto, lo cual era inusual para
sus cinco meses de embarazo. Cuando ya fue evidente que el niño
pugnaba por salir, alertó al resto de la gallada para que la acompa-
ñaran a un hospital privado cercano al parche. A pesar de la urgencia,
no la recibieron. Le prestaron una ambulancia para que se trasladara
a un hospital público. A mitad de camino nació la criatura. El Rolo
presenció el nacimiento de su hijo y hasta le cortó el cordón umbi-
lical. El recién nacido quedó en incubadora. Pero no sobrevivió a los
rigores del mal olor, la poca higiene y la falta de atención médica en el
momento justo. Las circunstancias fueron demasiado adversas y los
padres decidieron volver a la alcantarilla.
Jaramillo trata de convencer a La Gata de salir de allí. Todo el
episodio del niño la ha convertido en un ser frágil, vulnerable. Le
ofrece un cupo en la Fundación Niños de los Andes, de la cual es
fundador y director. Ella no quiere irse. No es un capricho. Detrás
hay una historia de amor que se lo impide. Cree que si se va, perderá
irremediablemente a su compañero. Y así corra riesgos físicos, su de-
cisión es permanecer a su lado.85

En medio de la noche, con un gran aguacero, las alcantarillas


comenzaron a subir de nivel y el drama humano se agudizó. La na-
rración se acercaba a una pesadilla, donde los habitantes convivían
con el mugre, el agua, las ratas y se comportaban como ellas cuando
las aguas de corriente fuerte invadían sus “cambuches”:
Son las dos se la mañana y llueve. Esto es motivo de inquietud
porque el nivel del agua comienza a subir y, aunque no hay peligro de
que los vaya a ahogar, representa todo un drama. Algunas veces han
debido quedarse en el nicho más de doce horas esperando a que la co-
rriente baje a su nivel normal. Adentro, en medio del negro absoluto,
hay más gente. No todos tienen la fortuna de vivir en canales de
agua lluvia. Algunos lo hacen sobre los mismos excrementos. Allí el

85 El Tiempo.com, noviembre 20, 1990.

203
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

hedor es insoportable y las enfermedades abundan. Ni siquiera tienen


los dos metros de alto que permiten mantenerse en pie a los de las
alcantarillas de lujo. Deben conformarse entonces con dormir en
huecos de un metro de diámetro, donde han aprendido a reptar con
agilidad. Recorriendo el laberinto. Están bien adaptados. Conocen
los recovecos con precisión, lo cual es condición indispensable para
sobrevivir. Saben perfectamente cuál es el tubo que lleva de la 26 a la
45 o más al norte y han establecido rutas.
Algunos se han confinado y no encuentran una razón para salir al
exterior en dos o tres meses. ¿Total para qué? Pasan el día recorriendo
el laberinto, buscando los lugares secos donde pueden estar mejor. Los
alucinógenos, en especial el bóxer, es parte de lo cotidiano, porque para
ellos es la única forma de hacer llevadero este mundo sin esperanzas.
Lo peor no es el frío, ni la oscuridad, ni el aire enrarecido. Ni siquiera
el silencio. Lo peor es la sensación de que los excrementos se meten por
todo el cuerpo y tapan los oídos.
Hay otra cosa: el riesgo permanente. Se juegan el pellejo 24
horas al día. Es por las aguas negras que vienen como una avalancha.
Entonces huyen como ratas y, junto con ellas, siguiendo su instinto
de conservación, se lanzan a las turbulentas y asquerosas aguas.
Las ratas les llevan una ventaja: pueden nadar. Así, uno por mes de
esos náufragos no logra salvarse y queda flotando para siempre en ese
laberinto de cañerías.
A las 3 de la mañana la ciudad duerme. Abajo, los habitantes
del mundo subterráneo siguen su actividad aguantando la humedad,
esperando [...]
Esperando qué, se pregunta uno. Pues por ahora a Jaime.
Abrigan la esperanza de que tarde o temprano los sacará de allí y les
dará trabajo.86

Jaime Jaramillo era para esta población la esperanza de alejarse


del lugar y pasar a tener una vida mejor.
No es una esperanza vana. Un total de 65 jóvenes han sido res-
catados. Los menores de edad pasan a la sede de la Fundación Niños

86 El Tiempo.com, noviembre 20, 1990.

204
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

de los Andes, en el norte de Bogotá, donde se les suministra alimen-


tación, techo y educación. Los mayores van a trabajar a los campos
petroleros de Tauramena, en Casanare.
Andrés se ha convertido en el símbolo de la fundación. Fue
rescatado cuando prácticamente había perdido un pulmón por la
acción pegante del bóxer. Como él, otros salieron de ese ambiente
que Jaramillo ha descrito en frases llenas de sentido: mi hogar era
una caja de cartón, mi música los pitos de los buses, mi aire el mundo
contaminado de la calle, mis canciones y el afecto eran los insultos y
los desprecios […]
Son la gente sin nombre, la gente sin familia, la gente sin país.
Las personas, en fin, que siguen a la espera de una oportunidad, y
mientras tanto se refugian en el lugar donde la ciudad no los ve sola-
mente porque no quiere verlos [...].87

Cuatro años después los periodistas visitaban estas alcanta-


rillas y encontraban de nuevo a niños refugiados, que salían de estos
inhóspitos lugares cuando por fin eran recogidos por instituciones
de protección. Un cronista de la redacción de El Tiempo narraba la
historia de uno de estos niños:
Se llama Nixon Freddy Santana y es uno de los tantos niños
que ha pertenecido a la gallada de la Pepe Sierra y Unicentro. Allí
aprendió a convivir con las aguas negras de las alcantarillas y los
caños, con otros niños a los cuales llama sus compañeros y con dos
de sus hermanos. En ocasiones, cuidaba carros y robaba las copas de
sus ruedas para luego venderlos en los almacenes de repuestos. Luego,
se dirigía al centro de la ciudad y con lo recolectado, unos mil qui-
nientos pesos, se proveía de bazuco y marihuana para él y sus panas.
Ahora, con nostalgia y picardía recuerda aquellos días amargos
donde la droga y el pegante constituían el antídoto para olvidar que
un día tuvo que abandonar su casa por la muerte de su madre y las
palizas que le propinaba su madrastra. Hoy su vida ha tomado otro
rumbo. Su ingreso a la Fundación Niños de Los Andes le ha brindado
un nuevo camino de esperanza y de fe. Está aprendiendo a leer y

87 El Tiempo.com, noviembre 20, 1990.

205
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

e­ scribir, participa en talleres, comparte con sus compañeros y, sobre


todo, tiene un hogar y una familia. El caso de Freddy es uno más entre
los muchos que a diario se observan en diferentes ciudades del país.88

En otra crónica de finales de siglo, bajo el titulo “El hada madrina


de la gallada”, se describían de nuevo los avatares de la vida de los
gamines. En una primera visita la niña “bondadosa” que se encontró
con Freddy, a quien tuvo que curarle una infección aterradora que
descubrió en su cabeza, narraba su situación:
Hace ocho meses, en una heladería bulliciosa, llena de gente in-
diferente y delicias tentadoras, ella fue la única que sintió compasión.
Abandonados, sucios y hambrientos, con los ojos mustios, los tenis
rotos y el desamparo pintado en la cara, un tropel de niños harapientos
se agolpó en la puerta a implorar una limosna para calmar el hambre
que mordía sus entrañas. Pero nadie les dio ni una moneda. Ninguno
pasaba de los 16 años. Freddy, el más pequeño, de unos 10 años, era
el más desesperado en medio de esa miseria: se lo estaban devorando
los piojos. Se rascaba sin tregua con sus manos mugrientas.
¿Necesita un champú?, le preguntó, entonces, Liliana Santamaría,
una colegiala compasiva de apenas 17 años que sueña con ser médica.
No, monita. Yo quiero es que alguien me pele la cabeza. No aguanto
más. Entonces, ella se los llevó a la casa, los hizo bañar, les consiguió
ropa limpia, les dio comida caliente y los comenzó a peluquear.
Cuando le tocó el turno a Freddy, se estremeció de espanto: en la
nuca tenía un hueco maloliente, mientras que un montón de ­animales
diminutos y blancos se retorcían en el fondo, entre una maraña de
pelo y pus. Como pudo, le cortó el cabello, le limpió la herida y le echó
agua oxigenada. Una espumarada [sic.] enorme surgió de aquella
llaga infectada, pero Freddy descansó de su tormento. Ellos se mar-
charon felices.89

El segundo encuentro que tuvieron estos niños con su joven


protectora fue una simple casualidad. Ocurrió cuando, a media noche

88 El Tiempo.com, junio 6, 1994.


89 El Tiempo.com, mayo 18, 1991.

206
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

en la avenida Boyacá, se averió el carro de Liliana, quien narró la re-


unión casual con estos pequeños de ese día y los que siguieron, donde
recogió las historias de vida de los niños que habitaban los puentes
de la ciudad. Esta joven solicitaba, a quien leyeran su testimonio, una
ayuda para poder sacar a estos “gamincitos” de las terribles condi-
ciones en que vivían.
No sabía qué hacer en medio de esa calle oscura y desolada. De
pronto, de entre las sombras, aparecieron tres gamincitos. Eran ellos.
Le llevaron el carro a empujones hasta la casa. Gracias. Tienen que
regresar a bañarse y a cambiarse de ropa, les dijo.
Y, desde ese instante, ella, una colegiala adolescente de alma
blanca y que sufre ante el dolor ajeno, se convirtió casi que en su ángel
de la guarda, en el hada madrina de una gallada de jóvenes desarra-
pados que viven debajo de un puente, en plena avenida Eldorado con
avenida Boyacá. Un mundo duro. Ellos han regresado varias veces
y la joven les ha ayudado en todo lo que ha podido: ropa, comida,
amistad y consejos.
Sin embargo, hay muchas otras cosas que se escapan de las
manos. Unos quieren ingresar a una institución para niños desam-
parados, otros desean estudiar algo técnico, otros desean volver a
sus hogares, pero bien vestidos y sanos, mientras otros anhelan un
empleo para vivir con dignidad. Y Liliana sueña con que alguien le
ayude a realizar todo eso.
Todos le han contado la terrible historia de sus vidas. De sus
amarguras, los malos tratos que han soportado y sus hambres.
Ninguno tuvo una infancia feliz y ahora sienten la vida como una
guerra infame y cruel. Ahí, debajo del puente, entre un agujero pes-
tilente, viven siete de ellos: Carlos Eduardo y Cicry Bernardo Niño
Pérez, dos hermanos de 15 y 16 años; Johnny Rubén Useche, de 16;
Edgar Soracipe, de 16; Richard, de 13; Javier, de 12, y Freddy, de 10
años, al que ya al menos lo dejaron en paz los piojos.
Carlos Eduardo se fue de la casa porque le pegaban mucho; Cicry
Bernardo, porque una noche le rompió las piernas con una varilla a su
padrastro, que, borracho, le iba a pegar a su mamá; Johnny abandonó
Juanchito (Valle) porque su madre no podía mantenerlo, y Edgar se
marchó del hogar porque un hermano se la tenía montada. Todos

207
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

tienen una historia de dolor a cuestas. Como en el poema de Miguel


Hernández... nacen como la herramienta, a los golpes destinados [...].90

Los niños también le narraban a Liliana los ataques que habían


recibido de las autoridades y de la gente que intentaba violarlos, así como
los encuentros generosos y la ayuda que habían recibido de personas
que se compadecían de su condición y con quienes estaban agradecidos.
No hace mucho, un par de policías vinieron a medianoche y le
prendieron candela al agujero. Por poco los incineran vivos. Y hace
una semana, José Taborda, un costeño de 24 años; Juan Carlos Ospina,
Jimmy y José, que vivían con ellos, intentaron violar a los más pe-
queños. Los sacamos a piedra y ahora estamos en guerra, cuenta Cicry,
al que esa vez le tumbaron dos dientes y le rompieron la boca de una
pedrada. Ahí cerca, apenas a diez metros, debajo del otro puente, desde
hace dos meses viven Ana Janeth Guzmán y su esposo, Oliverio Gil
Castiblanco, con William Oliverio, su hijo de 2 años y medio. El niño
se quemó las manos con un chocolate hirviendo y hace un mes una
volqueta le partió una pierna. Los tres duermen entre el carro esferado
en que Oliverio recoge chatarra para vender. Apenas tuvo para pagar
un par de radiografías para su hijo. Está muy mal, dice.
Pero todos son generosos en medio de su miseria. Cada día, esos
niños desamparados que se ganan la vida entre la basura ajena o pi-
diendo limosna en cualquier esquina del barrio Normandía, le traen
un dulce o un paquetico de galletas al bebé de los vecinos. Solo espe-
ranzas. Es un mundo terrible y amargo. A veces deliran de hambre
y por las noches lloran de frío, cuenta Liliana Santamaría, la joven
samaritana que también ha conseguido que otras familias del barrio
les den comida o ropa de vez en cuando. “A veces, juntamos la plata y
compramos pegante Bóxer para aspirar. Eso lo atonta a uno, pero le
quita el hambre y el frío”, confiesan avergonzados.
Una noche se apareció por allí un médico francés, pero nunca
volvió. Así como ocurrió con un par de funcionarios del Instituto
Colombiano de Bienestar Familiar. “Los únicos que a veces vienen
son los de la Cruz Roja. La otra vez nos regalaron unas cobijas”. Pero,

90 El Tiempo.com, mayo 18, 1991.

208
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

de resto, nadie los socorre, aunque cada día docenas, centenares de


hombres y mujeres pasan presurosos e indiferentes junto al agujero
pestilente en que ellos viven, en la Boyacá, debajo del puente de la
avenida Eldorado. Liliana es su hada madrina. Casi que su ángel de la
guarda. Pero ella necesita que la ayuden a ayudarlos.91

En una crónica de Nullvalue, cuyo título era “De gamines a


educadores”, se recogía la descripción de la miserable vida en la calle
de un gamín y su llegada a la institución que lo redimió de la droga,
pero de la que también tendría que salir. El niño, aunque se sentía
fuerte, tenía miedo de enfrentarse de nuevo a la calle y sus miserias,
entre las cuales estaba la droga, que le permitía adormecerse para no
sentir los temores de la realidad que lo asediaba.
Entre las voces del periodista y del niño se describía la vida de otro
niño drogadicto habitante de la calle, atacado inmisericordemente, de
difícil remisión, quien, condenado a la adicción, trataba de liberarse
de ella pero no lo lograba.
Comencé a los 9 años metiendo pepas y chupando pegante.
Fui adicto al bazuco, la cocaína y el alcohol en todas sus formas, me
pegaba trabas de ocho días en la calle del cartucho y hasta viví con
desechables. La muerte de mi papá me inició en esta nota y me tiró a la
perdición. Yo me metí en esto porque quise. Consumí heroína, crack
y perico en grandes cantidades, pero una sobredosis me provocó un
paro del corazón, se me picó el pulmón y reduje el consumo a solo un
plon. Conocí sitios tenaces, iba al pulguero a meter pepas y experi-
menté sensaciones diferentes. La droga es una boleta porque uno no
se da cuenta de nada. Me metí en líos de delincuencia, robaba a las
sardinas que me daban papaya. Todo lo que conseguía lo vendía en las
ollas o lo cambiaba por un moño de marihuana o bolsas de bazuco. Es
que la marihuana mata, pero mata tan rico, que dejarla es muy tenaz.
Una vez traté de suicidarme, me trabé con pegante, se me dio la
loquera y sin darme cuenta me corté las venas de la mano. La droga
le deja a uno cosas buenas y cosas malas. Buenas, como estar más
despierto y enfrentar una cantidad de situaciones. Malas, que no tuve

91 El Tiempo.com, mayo 18, 1991.

209
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

familia, perdí a mis amigos y destruí mi cuerpo. Vine a San Gregorio


porque me trajeron. Duré un mes y me volé, sentía que esta nota no
era para mí, cuando estuve en la calle rodé como loco. Me dieron
crisis de soledad, lloraba todo el tiempo y regresé. Voy a salir en seis
meses. Me siento fuerte y seguro pero temeroso.
A sus escasos 13 años, Mauricio ha consumido todo tipo de drogas:
bazuco, marihuana, heroína y crack. Cuando sea grande quiere viajar
por todo el mundo y estudiar. Por ahora, pasa sus días en la Unidad
Terapéutica San Gregorio, rodeado de terapeutas, frailes y seminaristas
que le ayudan a superar su adicción a la droga. Cuando termine su tra-
tamiento quiere ser educador y ejemplo para los otros niños.
Ferley es otro niño drogadicto que lleva seis meses en San
Gregorio, se escapó con otro compañero hace dos meses porque se
sentía aburrido y quería volver a consumir, pero pudo más el deseo
de dejar la droga que el vicio y volvió. Tiene actualmente 16 años y es
adicto desde los 10. Empezó a fumar pipa, cachitos y a chupar pegante
cuando unos amigos del colegio lo invitaron a probar, lo malo fue que
le quedó gustando y ya no podía dejar de hacerlo.
A los 12 años, Ferley estaba completamente calvo y en un estado
físico lamentable. Una noche que estaba fumando, unos hombres lo
cogieron y le dieron una puñalada y varios tiros, luego lo botaron en
un basurero. Pero eso no le importó. Herido y enfermo se fue para
un barrio del sur de Bogotá y siguió fumando, hasta que quedó sin
sentido y fue encontrado varios días después.
Según él, al fin de cuentas esto es para el que quiere. El cambio lo
hace cada uno interiormente, a nadie lo obligan a estar aquí. Si no
le gusta se va y punto.92

Otra crónica de Yimmy Arias, también redactor de El Tiempo,


titulada “Cuando la infancia corre y se pierde en las calles”, dejaba
constancia de cómo una parte de los niños pobres capitalinos estaba
forzada a sobrevivir en las calles, al igual que los chinos de comienzos
de siglo, con el apoyo de la limosna, el robo y las sobras de una ciudad
inclemente.

92 El Tiempo. Bogotá, abril 3, 1994.

210
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

Soraya* hurga en su pequeña memoria de 15 años, pero vieja en


sufrimiento, mientras se retuerce las manos con nerviosismo y habla
con un dejo infantil y dulce para disimular el dolor que le produce
meter las uñas nuevamente en las heridas que le dejó su vida en la calle.
La calle fue su casa desde los 6 años, sus mejores amigos el
bazuco, el bóxer y de vez en cuando la marihuana, y su lenguaje la
violencia, con la que logró sobrevivir en las ollas de la 18 o de la calle
del Cartucho a cuchillo limpio. Un día, dejó su casa en el barrio
Lucero Alto con la idea de vivir en la calle, lejos de su mamá, que
en medio de sus trabas de bazuco la molía a golpes. Así comenzó su
caída hasta la selva callejera envuelta en los espirales de la droga-
dicción y la prostitución.
“El bazuco es como un baile en el que todos los ñeros nos mo-
vemos sin dolor ni penas. Por eso vivía trabada todos los días, para
sentirme libre y feliz”, asegura. ¿Amor? Claro que lo conoció, pero en-
carnado en un mecánico drogadicto de 35 años que la hizo su amante
cuando ella apenas tenía 8 y con el que vivió 4 meses. Fue mi com-
pañero, mi papá, mi mamá, mi hermano, mi amante. “Él suplió todo
el afecto que nunca me dieron. Gracias a él dejé de soplar durante el
tiempo que estuvimos juntos”, recuerda. Ese fue su romance infantil
y adulto. “Un día me contó que tenía mujer y un hijo. Pero que quería
tenerme a su lado para sacarme de la calle”, afirma Soraya […] En la
calle también perdió a su compañero, pero no de una sobredosis, ni
apuñalado en un callejón, sino bajo las ruedas de una buseta. Llegó
entonces la negrura nuevamente y volvió a rodar por el abismo y con-
sumió y consumió todo lo que pudo para olvidar. “Yo quería salir del
vicio y siempre recordaba lo que él me decía. ‘Usted es una niña, no
debe estar en la calle, sino estudiando’, pero volví al parche otra vez a
robar y a vender mi cuerpo para poder meter”, dice.
A pesar de que su baile seguía, en algún rincón de su mente la
rondaba la idea de salir de esa vida. Finalmente supo por una amiga
que existía la Fundación Renacer, que trabaja en la rehabilitación de
menores involucrados en la prostitución infantil y como quien no
quiere la cosa, llegó a su sede y comenzó el proceso. Sin embargo, el
camino era más largo de lo que creía. A gritos, a madrazos y a gol-
pazos contra las paredes pidiendo bazuco o de lo que fuera. Y pudo

211
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

más su necesidad y huyó. Vagó otros 3 años convertida en una pe-


queña indigente aunque la perturbaba la idea de acabar de una vez
con todo, con su vida o con el vicio.93

Finalmente narraba cómo “el finadito” la había salvado cuando,


según ella, la envió nuevamente a Renacer, donde le ayudaron a salir de
la droga, pero después, seguía contando, cómo había vuelto a caer y se
había perdido de nuevo en el vicio por las calles de la ciudad, convertida
ahora en prostituta por la intervención de una mujer que la había acogido.
“El finadito. Él me hizo reaccionar. Yo le pedía que allá desde el
cielo me ayudara y que no me dejara podrir en la calle”, señala. Y el
finadito la puso de nuevo en las manos de Renacer (o eso es lo que ella
cree), a donde llegó a los 12 años, pero esta vez para quedarse. Hoy, 3
años después, solo piensa en continuar con su proceso de recuperación.
Se le ve cómo se siente. Limpia, ligera, volátil. Como quien se
quita un piano de la espalda. Pero también temerosa. “Tengo miedo.
Miedo de no estar en la fundación y de buscar a mi mamá y encontrarla
llevada y de lo que pueda sentir afuera, en la calle, que ya no es la misma
vaina para mí”.94

Otra de las jóvenes entrevistadas afirmaba que había nacido en:


Cali, con dolor, ¿más o menos en 198...? ¿En un barrio que se
llamaba...? Ya es muy poco lo que Aleida* recuerda del lugar donde
nació y del año en que dejó a su familia en Cali. De lo que sí está segura
es que tenía 6 años y que le pareció chévere la idea de volarse con la
muchacha del servicio para Popayán. Lo que nunca imaginó es que no
volvería a ver a su familia y que acabaría vendiendo su cuerpo en la
Calle del Cartucho de Bogotá. Fueron 5 años los que duró como hija
adoptiva de la mujer con la que huyó de su casa, quien finalmente acabó
involucrándola a los 11 años en la prostitución y en la droga.
Su llegada a Bogotá fue a causa de su trabajo precisamente. “Un lío
con la policía nos sacó de allá, porque mientras yo atendía a los clientes,
ella los esperaba a la salida de la residencia para atracarlos”, afirma.

93 El Tiempo.com, enero 29, 1998. 


94 El Tiempo.com, enero 29, 1998. 

212
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

Algún tiempo vivieron juntas mientras su amiga conseguía trabajo,


pero un día se fue y nunca volvió. Entonces decidió aventurarse a bus-
carla por esas calles grises y congestionadas que no conocía, hasta que
se hundió en las tripas de la ciudad, justo en la calle del Cartucho, en
donde empezó nuevamente a meter vicio y a vender su cuerpo. “Me fui
convirtiendo en una adicta crónica. Metía bazuco, pegante, gasolina,
alcohol antiséptico y en ocasiones los mezclaba, porque ya nada me
hacía efecto”, asegura.95

La violencia sobre su cuerpo y los disparos a quemarropa era lo


que más recordaba Aleida de su vida en la calle:
Las peleas a cuchillo, a piedra, a palo, por una papeleta de bazuco,
o simplemente por locura. Como cuando vivió con un parcero que co-
noció a los 13 años, que siempre le propinaba tremendas palizas.
En medio de cada nuevo lance de su vida en la calle, solo se le
ocurría pensar en una solución para darle un vuelco a su vida: tener
un hijo. “Yo pensaba que si tenía un hijo, me serviría como moral y
apoyo para salir adelante y dejar la calle, pero nunca pasó”, agrega.
A los 15 años, dos tipos, de esos que matan y violan por deporte, según
recuerda, intentaron poseerla en el baño de una residencia, pero se
defendió hasta que le dispararon en la cabeza. Un mes y diez días,
dice con amarga exactitud recordando su recuperación en la Orta.
“A los tres días intenté lanzarme por una ventana y por eso me ama-
rraron a la cama porque necesitaba vicio”, afirma. Sin embargo, fue
allí donde tuvo su oportunidad de recuperación, también acercándose
a la Fundación Renacer, en la que ahora a los 18 años se desempeña
como orientadora educativa.
Ya varias veces ha intentado comunicarse con sus papás. Fue Cali
a ver si recordaba donde quedaba su casa e incluso los ha buscado a
través de varios programas de televisión. “No pierdo las esperanzas,
aunque a veces creo que nunca me quisieron, porque ya me hubieran
encontrado”.
*Nombres ficticios por tratarse de menores de edad.96

95 El Tiempo.com, enero 29, 1998.


96 El Tiempo. Bogotá, enero 29, 1998.

213
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

A finales de siglo el gamín hacía parte de un colectivo de habitantes


de la calle, sumergido en la indigencia y la drogadicción, que poblaba
el Cartucho, en pleno San Victorino, cerca de una zona de renovación
urbana. En 1999, una crónica de Juanita León, redactora de El Tiempo,
bajo el titulo “El Cartucho: de la opulencia a la indigencia”, dejaba ver
la transformación del centro, de San Victorino y del conglomerado
humano tan diferente que lo habitaba a fines del siglo xx.
¿Qué tienen en común el expresidente Julio Cesar Turbay Ayala
con el Comanche? Lo mismo que tienen los historiadores Germán
Arciniegas e Indalecio Liévano Aguirre con Clara la loca o con el
Papá de la Pipa: todos fueron, en un momento u otro, habitantes de la
zona conocida hoy como El Cartucho. Este sector de Bogotá, ubicado
entre la calle 6 y la calle 10 entre la avenida Caracas y la carrera 11, que
es hoy objeto de polémica porque será demolido, se convirtió en los
últimos años en el símbolo nacional de la miseria. Pero no siempre
fue así. Durante la primera mitad de este siglo vivieron allí, en lo que
se llamaba el Barrio Liévano, no solo personas reconocidas hoy como
el expresidente Turbay Ayala, sino algunas de las familias más presti-
giosas de la época: la de Nicolás Liévano Danies, uno de los pioneros
del urbanismo de Bogotá, la del expresidente de la asamblea de la onu
Indalecio Liévano Aguirre; la del historiador Germán Arciniegas y
las familia Anzola Gómez y Torrente. ¡Y cómo vivían! “Había ter-
tulias culturales en donde se escuchaban pianistas, violinistas y lec-
turas de poesía con declamadores”, recuerda María Eugenia Liévano,
nieta de Nicolás Liévano Danies, el constructor de ese barrio. “Vivía
gente culta que hacía impromptus sobre diferentes temas y los can-
tantes improvisaban arias de ópera y zarzuela, que estaba en vigor
en ese entonces”, agrega Hernando Rosillo, historiador cuya familia
también vivió allí.
Por allí, donde desde hace un par de décadas van a parar los
que salen de la cárcel sin familia ni futuro, los que pierden la espe-
ranza de conseguir un empleo, los drogadictos, los locos, los prófugos
y los destechados que no tienen a dónde ir desfilaban ante señoras
con vestido largo, pieles y guantes. Y este sector, donde hoy abundan
proxenetas, traficantes de droga, vendedores de armas, falsificadores,
autoridades que cobran vacunas a los delincuentes para dejarlos

214
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

operar, y todos los demás comerciantes de la ilegalidad, concretaba


en 1920 las aspiraciones republicanas de los colombianos.
“Recuerdo un barrio muy lindo y arborizado con faroles de
tres luces”, dice Liévano, quien vivió allí durante su infancia. “Era
un barrio francés republicano. Claro, al lado de estas calles elegantes
que ella recuerda, había otras no tan glamorosas. Por ejemplo, desde
finales del siglo xvi ya existía la plaza de San Victorino. Desde ese
entonces se concentraban allí los vendedores ambulantes y los recién
llegados a la ciudad. En la callecita específica del Cartucho ya se con-
seguían a mediados de siglo envases, papel, desechos de construcción.
Y también habitaban las calles los famosos piperos, que consumían
alcohol industrial mezclado con Coca Cola”, recuerda el arquitecto
Carlos Álvarez, cuya familia ha tenido un negocio en el sector de San
Victorino desde 1955.
Sin embargo, el sector comenzó a decaer a mediados de siglo.
¿Qué pasó? Varios factores confluyeron. El primero fue el Bogotazo
del 9 de abril de 1948. “Se incendió el centro de la ciudad y la gente
entró en pánico”, recuerda Rosillo. “Empiezan a atacar a las señoras,
escupiéndoles pepas de mamoncillos en los sombreros. La gente acau-
dalada se asustó y se fue hacia el norte en ese entonces a Palermo
y Santa Teresita para alejarse de los poderes gubernamentales que
atraían a la gente de menos recursos. La gente comienza a arrendar su
casa al primero que aparezca y la tierra empieza a perder valor porque
todos abandonan el sector”, agrega María Inés Ávila, arquitecta quien
hizo su tesis sobre la evolución del sector.
Entre 1948 y 1955, también se abren la Caracas y la carrera 10 como
dos grandes avenidas. Además, se demuele el principal mercado de la
ciudad que estaba localizado en Santa Inés, en la calle 10 con carrera
10, y se traslada a la Plaza España. “La apertura de estas avenidas es
importante porque van a aislar el sector”, explica el urbanista Carlos
Niño. “Se crea un sector con una circulación cerrada. Así como una
mano se muere si se aprieta lo suficiente para impedir la circulación
de la sangre, así se muere un sector cuando una zona se queda sin
puentes que la integren a otras zonas”, dice Niño. Es lo que le está
sucediendo al barrio Santa Fe, que se encuentra aprisionado entre el
Cementerio Central, la carrilera del tren y la avenida Caracas y lo que

215
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

le podría llegar a suceder a otros barrios al borde de la troncal de la


Caracas, según expertos. Además de estas circunstancias objetivas,
también influyó el concepto social del norte.
“Las clases emergentes no echan raíces porque la dinámica es
seguir ascendiendo y trasladándose”, dice el historiador de la arqui-
tectura Germán Téllez. El Cartucho es la creación cronológica de
vacíos dejados por una clase que emigra a otra parte. Pero no todos
emigraron. Emilia Aguirre de Liévano, se queda en el barrio que
construyó su esposo Nicolás hasta que muere en 1981. Una decisión
valiente. “Tras la desbandada de las clases más acomodadas, llegan
otras que empiezan a dividir las viviendas y a crear inquilinatos.
En la calle 10 comienza la prostitución”, dice Liévano, quien siguió
yendo al barrio a visitar a su abuela. Paulatinamente comienza el
deterioro de las fachadas en cuanto aseo. En los 60, ya no se pintan
las casas. Empieza a haber gente en la ventana en chancletas, con la
ropa colgada. Luego, desocupan el Laboratorio Nacional de Higiene
en la calle 6. El edificio que fue demolido hace seis meses es presa
de los vándalos y se convierte en un foco de deterioro del sector,
que se viene a sumar a la llegada de la marihuana. En la década
de los 80, aparecen los primeros comerciantes del papel y luego los
proveedores del reciclaje. El problema se agudiza cuando algunos
dueños de los depósitos de papel comienzan a pagarle con bazuco
a los recicladores, quienes cumplen una función social importante
de recolección del papel que desecha la ciudad. En 1981, la abuela
Liévano fallece. La familia cierra su casa con la esperanza que la
alcaldía emprenda alguno de los muchos proyectos de recuperación
del sector presentados por la ciudadanía.
“Pero sucede lo impensable… Empiezan a llevarse partes de
las casas”, recuerda Liévano. Los vándalos se llevaban las cornisas,
las molduras y hasta los tapices de las paredes. “La policía se negó
a intervenir para evitar el saqueo que ocurría a tres cuadras de su
estación”, dicen Rosillo y Liévano.
En un mes la casa de la familia Liévano desapareció. “En una
semana se llevaron cinco casas. Se llevaron la fachada, las puertas
y las rejas”, dice Liévano. Quedó sólo el lote. El lote y el testimonio

216
Los niños callejeros viven entre la vagancia, el trabajo y la delincuencia

de cómo Bogotá, al igual que otras ciudades del país, abandonó su


centro y, con él, parte de su memoria.97

El drama humano narrado con lujo de detalles en crónicas, donde


estaban presentes los testimonios de niños que llevaban mucho tiempo
viviendo en la calle y habían sufrido la violencia generalizada de la
ciudad, carentes de protección y ayuda de autoridades o familiares,
nos pone una vez más en contacto con una realidad miserable en
la que vivieron muchos niños en la ciudad de Bogotá a lo largo del
siglo xx. Esta realidad intentaba ser solucionada por las autoridades
a través de su protección y control en instituciones, donde también
sufrían la violencia de quienes aplicaban castigos inhumanos, pero al
mismo tiempo los llenaban de bienestar material: comida, techo, ropa
y algunas veces hasta se encontraban con buenos seres humanos que
los defendían y acogían aun en contra de los directores y profesores de las
instituciones. Unas veces estas se convertían en verdaderos hogares
que les permitían recuperarse y, con el tiempo, llegaban a formarse
como profesionales, pero otras veces eran las madres o padres de los
hogares sustitutos los que con sus agresiones y abusos los forzaban a
fugarse y salir de nuevo a la calle, en donde con el tiempo engrosaban
las filas de la indigencia, la delincuencia y, finalmente, del crimen
organizado. Esta situación, en ciertos momentos, los llevaba a morir
en medio de atracos a mano armada.
A finales de siglo xx los niños callejeros se convirtieron también
en “parias urbanos”, esa nueva forma de marginación urbana que Loic
Wacquant (2001) describe en su libro Parias urbanos. Marginalidad en
la ciudad a comienzos del milenio98. Esta marginación fue un producto
claro de la miseria, de la desatención de la “mano social” del Estado, del
subempleo y desempleo, del comercio ilegal de la droga y de la mano
represiva del Estado contra los pobres, reflejada en los programas de
“limpieza social” destinados a acabar con el “otro repugnante y nocivo”.
Bajo esta condición vivían estos niños parias que habitaban en medio

97 El Tiempo. Bogotá, marzo 28, 1999.


98 Loic Wacquant, Parias urbanos. Marginalidad en la ciudad a comienzos del
milenio (Buenos Aires: Editorial Manantial, 2001).

217
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

de la miseria y penuria más extremas en las alcantarillas y la calle del


Cartucho, donde imperaban el deterioro físico, la degradación social,
la inseguridad y la violencia que atentaban constantemente contra sus
vidas. Un final aterrador para los niños callejeros en el siglo pasado.

218
Niños delincuentes y criminales
son el terror de la ciudad

Los niños delincuentes, que provenían de galladas de niños


callejeros, se convirtieron en el azote de la ciudad. Adiestrados en
estos grupos como limosneros y reponeros, a medida que crecían se
convertían en ladrones, desvalijadores, atracadores y apartamenteros,
pero también en aliados o partícipes activos de homicidios. Muchos de
ellos habían sido gamines que, a través de su paso por instituciones
de protección o rehabilitación, ampliaban su participación en grupos de
delincuentes y adquirían ingresos suficientes para no tener que vivir en
la calle, dado que podían pagar un hospedaje en casas de mala muerte.
Estos muchachos se unían a “rateros”, “apaches” y “proxenetas”, en el
seno de organizaciones al margen de la ley que los protegían una vez
cometido algún asalto o crimen.
A lo largo del siglo xx, los atracos y asesinatos se repetían en
muchos sectores de la ciudad, donde operaban ladrones de bicicletas,
carros, celulares, etc., que amenazaban con armas a sus víctimas e
incluso las acuchillaban o les disparaban si no les entregaban el objeto
que deseaban. La malignidad imperaba en muchos barrios de Bogotá
y los lugares oscuros, deshabitados y sin vigilancia de las autoridades
se convertían en los espacios preferidos para ejercer toda clase de
abusos contra la población. Terminando el siglo, la ciclovía, lugar

219
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

público por excelencia, se convertía en campo de asalto para todo


tipo de delincuentes.
Durante el siglo pasado, eran muy frecuentes los reclamos de la
ciudadanía para que los niños delincuentes fueran enviados a correc-
cionales y los jóvenes a las cárceles con el fin de evitar sus participación
constante en robos, atracos, violaciones y asesinatos. El comportamiento
desviado de esta población, así como los efectos nocivos de sus acciones
sobre otros niños y la gente que recorría los lugares públicos de la
ciudad, llevaba a que las autoridades ampliaran los controles policivos.
Sin embargo, muchos niños y jóvenes armados, que eran considerados
un peligro para la sociedad, seguían ocupando las calles de la ciudad, a
pesar de los esfuerzos estatales por llevarlos a las comisarías y ubicarlos
en centros de protección y rehabilitación.
A través de los registros de la prensa y los resultados de algunas
investigaciones, en este capítulo presentamos una mirada histórica
en torno a la vida de los niños y jóvenes delincuentes en las calles de
Bogotá del siglo pasado.

Los niños delincuentes y criminales


A comienzos de siglo, la delincuencia infantil se volvió usual
en la capital. Los niños abandonados y arrojados a la calle se veían
obligados a delinquir desde temprana edad para no morir de hambre1.
Las crónicas de prensa del siglo xix, al igual que las de la pasada
centuria, abundaron en referencias a casos de hurtos cometidos por
niños y muchachos callejeros, que en grupos recorrían la ciudad para
buscar casas fáciles de saquear o se ubicaban en las plazas de mercado
para robar “la plata, los pañuelos, relojes y cadenas y, por último, si
se les presenta la facilidad, los costales o canastos con los víveres que
las señoras o dependientes han comprado”2.
Durante el siglo xix y a comienzos del siguiente, la inseguridad
fue una preocupación de los habitantes y autoridades de Bogotá. Esta
preocupación quedó registrada en innumerables noticias de actos

1 Historia de Bogotá. Tomo II. Siglo XIX (Bogotá: Fundación Misión Colombia,
1988), 124.
2 El Nacional. Bogotá, febrero 5, 1867.

220
Niños delincuentes y criminales

delictivos, reportajes y columnas de opinión que reclamaban solución


para tan grave problema.

Robo en las casas


Pick-Pockets. Es alarmante la ratería que se ha desarrollado
en la capital en estos últimos días. Hemos retrocedido á los tiempos
legendarios del Dr. Russi: deben los habitantes de las casas tener el
mayor cuidado en no descuidar las puertas, ni dejar solitarias las
salas: pueden el mejor día quedarse sin un bibelot, sin un adorno de
sobremesa, sin un mueble. De una casa se robaron en días pasados
estos cacos un hermoso cuadro en plata, que representa la Sacra
Familia, grabado en metal, obra de arte de mérito […] Suplicamos á
las personas ó establecimientos á quienes vayan á ofrecerlo en venta,
que lo retengan y den aviso en la imprenta de El Nuevo Tiempo.3

El niño delincuente se asociaba, en algunos casos, con los pequeños


abandonados y mendigos, otras con los chinos de la calle y gamines y
también con los vendedores de periódicos, que conformaban el “gremio
bullanguero” de donde surgían “bandadas de pájaros traviesos”,
“pandilla de gandules” que merecían la atención de ciertos sectores
de la ciudadanía y que evocaban el “tugurio en donde se albergan esos
despojos de la miseria humana”4.
En ocasiones los niños delincuentes eran acusados de haber co-
metido faltas graves. En el periódico Bogotá Ilustrado de diciembre
de 1906, se informaba del asesinato, en los alrededores de la capital, de
una niña de 10 años a manos de tres niños de 6, 7 y 9 años. La niña
había sido recogida por la familia de dos de los muchachos y su pre-
sencia resultaba incómoda para ellos. Un día que María Catalina sale,
los niños la siguen y
[…] le dan alcance. Ella se sorprende: aquello quizá sea un juego;
[...] cerca hay una quebrada; los tres muchachos llevan en vilo a la
niña que va muy pálida y abre sus ojos profundos de asombro [...]
la desnudan, la niña llora y la echan al charco [...] José del Carmen

3 El Nuevo Tiempo. Bogotá, septiembre 23, 1902.


4 El Grafico. Bogotá, abril 7, 1911.

221
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

le alargaba un palo y le decía que se agarrara para sacarla y ella se


agarraba del palo pero él la hundía más en lugar de sacarla [...]. Nadie
oyó su llanto. Los niños son llevados a juicio donde […] hablan de su
crimen como hablarían de cualquier aventura juvenil; dicen: “la aho-
gamos” con voz natural, sin alterarse, sin bajar los ojos, mirándolo a
uno frente a frente, casi sonriendo. Luego les he mirado las manos, las
manos homicidas. ¡Nada!, como las de todos los niños, pequeñas, re-
gordetas, un poco quemadas por el sol; y los ojos, los que vieron morir
a María Catalina: profundos, vagos, luminosos como los de todos los
niños. Solo Arévalo tiene algo, yo no sé qué, pero es algo fatídico en
los ojos; mira de soslayo, y uno siente que esa mirada ya la ha visto
otra vez en las cárceles.5

En agosto de 1910, Roberto Maldonado, un chino voceador de


prensa de 15 años, natural de Chocontá y conocido con el apodo
de Pichilingas, hirió a uno de sus compañeros, Antonio Rodríguez, alias
el Negro, y le causó la muerte en la tienda El Aerolito. Su historia fue
comentada con gran solidaridad por la prensa capitalina, quien hizo
seguimiento del caso y estuvo presente en la “sensacional audiencia”,
donde el vendedor de periódicos declaró: “Fui ultrajado por el occiso, y
consta que Antonio Rodríguez me mostró una navaja Castell. Se trabó
la riña. No supe cuándo ni cómo di muerte a mi compañero […]”6.
En la audiencia, el fiscal explicó que “Maldonado abrazó a Ro-
dríguez. Díjole: ‘Tú tienes buena figura. Tus dientes son de conejo’”,
y explicó que ese fue el principio de la fatal reyerta. El señor Juan C.
Dávila actuó como abogado del agresor, después de aceptar la petición
que le hicieran otros chinos compañeros de Maldonado: “Hace algunos
días recibió la visita de varios gamines, quienes le suplicaron repre-
sentara a Maldonado como vocero”. En los estrados, el doctor Dávila
negó la responsabilidad del joven voceador, de quien decía que había
actuado de manera refleja y que “al repeler una agresión únicamente
el instinto influyó”7. El argüía:

5 Bogotá Ilustrado. Bogotá, diciembre 20, 1906.


6 El Gráfico. Bogotá, abril 7, 1911.
7 El Gráfico. Bogotá, abril 7, 1911.

222
Niños delincuentes y criminales

¿Quién estará vacunado contra el crimen, ante una afrenta?


¿Dónde la constancia de que a Maldonado haya dado la sociedad edu-
cación? No fue motivado el hecho por defensa legal, sino por defensa
instintiva […] En la frente de ese futuro ciudadano no debe estam-
parse infamante mancha. Quede abierto a Maldonado el campo de
la vida. No se le opongan [sic.] trabas. Quizás mañana será un buen
ciudadano. No se le inhabilite para la lucha por el pan […].8

Algunos corresponsales de El Gráfico visitaron a Maldonado en el


Panóptico, donde estaba recluido, a los pocos días de haber cometido
el asesinato. Allí los periodistas le tomaron fotografías, conversaron
con él y, más tarde, describieron la angustiosa experiencia vivida por
el muchacho:
[...] Más que remordimiento y por sobre toda otra idea lo domina
el terror o la suerte que el destino le guarde; y se estremece con an-
gustia indecible al invocar el recuerdo de su propia madre enferma
y desvalida para quien él era el único apoyo. Nos habla de su deseo
de trabajar en la prisión, para poder mandar algún socorro a la vie-
jecita desamparada [...] ¿Qué impulsó a Roberto a hundir su navaja
en el pecho de Rodríguez? Él no buscaba la riña y cuando ya [estaba]
empeñado en ella, extraviado por los golpes que recibiera, al abrir el
arma fatal, esta se le cayó de las manos, alguien del grupo, quizás un
amigo —la recogió del suelo y se la dio de nuevo—. No hubo en ese
momento, nos decía entre sollozos, ninguno digno de liberarme de
la desgracia [...] La entrevista termina, Roberto nos da la mano y se
hunde en el oscuro pasillo, se cierra una reja de hierro y la silueta del
desgraciado chino que vuelve la cara varias veces para decirnos adiós,
desaparece en la oscuridad [...].9

El 9 de abril del año siguiente, en el Juzgado Primero Superior, en


el salón de audiencias públicas, tuvo lugar el fallo en el proceso seguido
contra Maldonado. La prensa registró así lo sucedido en la audiencia:

8 El Gráfico. Bogotá, abril 7, 1911.


9 El Grafico. Bogotá, septiembre 3, 1910.

223
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

[…] Cuando se le concedió la palabra, habló débilmente, bal-


buceando casi y en los términos peculiares al vocabulario del chino
bogotano, poniendo de presente su desgracia, su miseria y su madre
sin sostén, para implorar la benignidad de la justicia en cuanto fuera
posible ejecutarla. Una multitud de voceadores acudieron al salón de
audiencia para hacer acto de compañerismo con Maldonado, deseosos
como todos los demás espectadores de que el pequeño procesado sa-
liera bien del trance [...] Posteriormente el secretario leyó el fallo del
jurado quien lo encontró responsable de haber dado muerte volun-
tariamente a su compañero y se dispuso un tiempo de prisión que
ya tenía cumplido Pichilingas, decretándose entonces su libertad [...]
La multitud de chinos que habían concurrido a la audiencia hizo ma-
nifestaciones de alegría al ver ya fuera de la prisión a su compañero.10

A principios de siglo, los niños delincuentes o criminales, como


eran llamados, atemorizaban a la ciudadanía, que era testigo de sus
fechorías no solo en la calle sino en sus propias casas. Tal fue el caso
del señor Eduardo E. Vargas, quien a principios de 1911, se presentó
en una inspección de policía para denunciar a su hijo. Este padre
angustiado narraba su situación:
[…] [Está] casado hace siete años. Apenas cuenta [con] vein-
tiocho años. De su matrimonio han nacido tres criaturas. El mayor,
Víctor Manuel, de siete años de edad, es un niño de complexión
débil, de cara afilada, ojos negros y hermosos y ademanes vivísimos.
Ha concurrido a las escuelas públicas, donde apenas aprendió a leer
[…] Seis meses hace que el infortunado padre comenzó á notar la des-
aparición de algunos objetos de su propia vivienda. No logró expli-
carse la causa de aquello, ni remotamente imaginó que fuese su hijo.
Pero anteayer se extravió su reloj y su máquina fotográfica.
¡Aquello era el colmo! Dióse a minuciosas investigaciones. Los indicios
condenaban al tierno impúber. Resistíase el padre á creer. Llegó, a
pesar de todo, la prueba incontrastable. Víctor Manuel había vendido,
a otros chicuelos, por cualquier cosa, los objetos que robó [...].11

10 El Grafico. Bogotá, abril 11, 1911.


11 El Tiempo. Bogotá, marzo 3, 1911.

224
Niños delincuentes y criminales

En medio de su amargo llanto, el padre solicitaba un favor que


esperaba que no le negaran: “¡Mándelo á una casa de corrección! ¡Por
Dios! ¡Por su madre! ¡Yo pago lo que me pidan, aun cuando soy pobre!
¡Pago cuanto me pidan!”12. Sin embargo, los periodistas concluían que
verdaderas casas de corrección no existían en Bogotá: “En Paiba se
pervierten los gamines al lado de raterillos empedernidos. Y en tanto
la ola corruptora, sube, sube, sube siempre!”13. El juicio que había
sobre el fenómeno era claramente “pesimista”: los niños delincuentes
aumentaban y los correctivos propuestos por las autoridades, en lugar
de limitar sus acciones, las fomentaban.
A mediados de 1923, el diario El Tiempo publicó una columna
titulada “Los niños delincuentes”, donde se aclaraba quiénes eran real-
mente estos niños y cómo las autoridades se habían equivocado en las
medidas correctivas de tipo legal e institucional que habían tomado,
pero sobretodo se destacaba la carencia de control de la forma como la
policía de la ciudad trataba a “los pobres niños abandonados”:
Tenemos a la vista el cuadro de la estadística de la delincuencia
infantil en el mes de mayo, llevado por el Juzgado de Menores de
Bogotá. El mayor número de pequeños delincuentes forma los ra-
teros; pero hay también, según la estadística, proxenetas y apaches!
En el fondo no hay rateros, ni apaches, ni proxenetas. No hay sino
pobres niños abandonados, sin padres, sin apoyo, sin una luz que
ilumine sus conciencias infantiles […].
Para ayudar al niño a ser un hombre honrado, no hemos tenido
otra iniciativa que la de fundar ese lugar de delicias que es Paiba.
El Juzgado de Menores, que no tiene otra misión que la de enviar
niños a Paiba, es una institución absolutamente inútil. De lo que se
trata no es de dictar leyes contra los niños, sino de ponerlos fuera del
alcance de la ley; no es de fundar establecimientos de castigo, sino
de encontrar apóstoles […] El espectáculo de un policial que lleva
arrastrando a un niño a la cárcel, como lo vemos todos los días aquí,
haría estallar la santa indignación de Mr. Collins, quien en muchas
conferencias ha logrado imbuir a los policiales de Nueva York en la

12 El Tiempo. Bogotá, marzo 3, 1911.


13 El Tiempo. Bogotá, marzo 3, 1911.

225
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

idea de que vale mil veces más amonestar suavemente a un niño que
golpearlo y atemorizarlo.
Niños apaches, niños proxenetas […] no. Lo que hay es incom-
prensión, falta de caridad, abandono hacia esos pequeños desgra-
ciados, que serán los hombres del mañana.14

Los niños delincuentes solían ser pobres ladronzuelos, que dia-


riamente sobrevivían cometiendo pequeños robos en las calles, los
restaurantes y los ventorrillos de las plazas de mercado. También,
cuando las circunstancias lo permitían, se introducían en las casas de
familia, los pequeños almacenes, las oficinas e incluso en las iglesias y
conventos. Este tipo de robo generalmente implicaba mayor experiencia
callejera y la cooperación de varios niños con quienes establecían la
estrategia de sus raterías. Algunas noticias de prensa destacaban los
robos realizados por niños. Se hacía referencia a bandas de muchachos,
menores de 14 años, quienes sigilosamente engañaban a porteros y
empleadas del servicio o forzaban las puertas de oficinas y residencias,
de donde extraían objetos de valor, joyas, dinero y cualquier otra cosa
que encontraran a mano. Generalmente, su habilidad no permitía
que las autoridades encontraran el menor indicio sobre el causante
de estos asaltos15.
[…] Corrobora nuestra tesis entre muchas que pudiéramos citar,
el caso del conocido ratero “El Gallinazo” quien por causas anotadas,
comenzó sus raterías sustrayendo del hogar fruslerías, luego hizo
víctima de ellas a las dueñas de los ventorrillos del barrio, hasta que a
la edad de quince años se doctoró por un latrocinio de mayor cuantía
sufriendo la primera condena [...] Cabe anotar que antes de su grado
Marcelino se hizo jefe de una pandilla de gandules de su misma edad,
que cometían hurtos de comestibles en el mercado [...].16

En la prensa se describían de manera detallada los hechos descu-


biertos por las autoridades y que implicaban las acciones, ­perpetradas

14 El Tiempo. Bogotá, junio 4, 1923.


15 El Tiempo. Bogotá, enero 9, 1927.
16 El Tiempo. Bogotá, octubre 22, 1924.

226
Niños delincuentes y criminales

con gran habilidad y éxito, de bandas de pequeños salteadores. Se


decía que estos hechos ponían de manifiesto “un avance increíble de
la delincuencia infantil, que exige un poco de cuidado y de meditación
de parte de las autoridades y de las personas que se interesan por esta
clase de cuestiones sociales”17.
[…] La semana pasada, en tanto los detectives se hallaban en
cumplimiento de alguna comisión de la policía, uno de ellos observó
que un niño de unos doce años de edad entró a un establecimiento
con objeto de cambiar por moneda pequeña un billete de diez
pesos. Al efecto, hizo la compra de algunos efectos sin importancia.
Al detective le llamó mucho la atención la manera como el mu-
chacho gastaba el dinero, con una suficiencia y una largueza como
quien dispone de lo que le sobra. Al salir el jovencito de aquel es-
tablecimiento, el detective lo siguió de cerca y aún le llamó más la
atención el que sacara una lujosa niquelera y allí guardara el dinero
cambiado. Se acercó entonces y lo indagó por la procedencia del bi-
llete que acababa de cambiar. El muchacho se inmutó un poco y quiso
negarse a darle razón, pero el detective insistió. Entonces le dijo que
se trataba de que su madre le había enviado a hacer el cambio del bi-
llete y le había facultado para comprar algunos objetos […].
El agente de la seguridad se dirigió a la casa del muchacho y
averiguó con la madre si era cierto que había enviado a su hijo a la
diligencia que él decía. Ante la negativa de ella, las sospechas del in-
vestigador se acentuaron y tomó por su cuenta al pequeño y presunto
ladrón a quien le requisó todos los bolsillos y le encontró una fuerte
suma de dinero en billetes de $100. El detective detuvo al muchacho y
con la información recopilada, trabajó con ahínco y a los pocos días,
otro de los investigadores secretos encontró a otro muchacho, de unos
14 años de edad, cambiando un billete de $500. Con los dos chinos de-
tenidos fue posible llegar al descubrimiento del resto de los pequeños
delincuentes, que en su total ascendían a unos 8 o 10 niños.18

17 El Tiempo. Bogotá, enero 11, 1927.


18 El Tiempo. Bogotá, enero 11, 1927.

227
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Las noticias sobre diferentes delitos se tomaban como indicios de


“nuevos aspectos de la delincuencia infantil”, que reclamaban medidas
adecuadas para ponerle coto de manera inmediata a un problema cuya
gravedad se acentuaba día a día.
[…] Iban a velocidad por la calle 22 unos chicos manejando un
auto Buick, número 0646. Los policías […] notaron que el auto chocó
contra una pared, e inmediatamente se fueron a preguntarles por el
pase y a investigar por qué razón manejaban ese vehículo. Los chicos
confesaron que […] lo habían robado enfrente del teatro Faenza. Uno
de ellos dijo llamarse Luis Alberto Ortiz, pero los otros negaron los
nombres. Los agentes los apresaron y enviaron al cuartel de policía
[…] Los muchachos fueron puestos a disposición del Juez de Menores,
quien los mandó a la casa de corrección de Paiba.19

En la Revista Semanal Ilustrada, publicada y dirigida por Ramón


Bernal Azula, se editó en 1924 una entrega dedicada a “los niños
ladrones”20. Se trataba de una crónica novelada firmada por “Pepe
Tranquilo”, donde se describía la miserable vida de niños pobres y
ladrones “nacidos en un barrio sucio de la ciudad, donde las gentes
viven mal, riñen y echan a la calle las aguas de la cocina”21. Allí aparecía
Domingo, un chino de tan solo 10 años, que había sido recogido y vivía
al lado de una mujer rechoncha que le decía: “yo no soy tu
madre, tu madre era una guarneta22, yo te recogí en la calle porque

19 El Tiempo. Bogotá, julio 1, 1928.


20 “Los misterios del crimen”, Revista Semanal Ilustrada. Serie I, año I. Bogotá,
diciembre 19, 1924.
En esta misma entrega promocionaba un concurso, que buscaba
darle un mayor impulso y “un carácter más científico a esta Revista”,
para promocionar los mejores textos que se enviaran entre todos los
criminalistas de la república sobre: 1. un hecho que haya tenido resonancia
y sea tomado directamente del expediente respectivo; 2. atender a la parte
jurídica, a la científica y a la moralizadora, con atinadas observaciones sobre
la reforma de los métodos de investigación y de las leyes penales.
21 “Los misterios del crimen”, Revista Semanal Ilustrada. Serie I, año I. Bogotá,
diciembre 19, 1924.
22 Guarneta: guaricha, mujer de mala vida, de vida licenciosa.

228
Niños delincuentes y criminales

necesitaba un chino que me hiciera los mandados. Pero vos no servís


pa’ nada y me tenés jarta” […].23

Una tarde, este niño sin padres, decidió largarse calle abajo, hacia
el corazón de la ciudad, donde posiblemente se encontraría con otros
niños que compartían su situación y con quienes podría experimentar
una vida libre, lejos de la vieja que no era su madre. En Bogotá, desde
tiempos inmemoriales, existían muchos chinos de la calle, que, como
Domingo, no conocían a sus padres o si los conocían, habían recibido
de sus manos el suficiente número de castigos y golpes para no profe-
sarles mucho cariño. Debido a sus necesidades insatisfechas y escasos
recursos, el periodista justificaba el delito.
[…] Los niños de los suburbios, carne delicada y hambreada,
vagaban por las calles, desamparados, libres y débiles, sin una de-
fensa que los pudiera favorecer de todas las instintivas sugestiones del
mal. Si para ellos había dejado de ser indispensable un lecho donde
dormir, porque el sueño los vencía sobre las frías piedras de la calle y
a esa intemperie estaban acostumbrados, no era posible, en cambio,
dejar de comer. Había que vivir, a pesar de todo. La inteligencia na-
tural del chino bogotano inventaba, a veces en una forma que tenía
la gracia del ingenio y el atrevimiento picaresco, los más diversos
medios de conseguir la comida. ¿Cómo impedir que bajo la presión
de una necesidad avasallante, tembloroso el cuerpecito al que faltaba
el sustento en la época de desarrollo en que más le era necesario, el
muchacho de la calle, no pensara en el hurto, y fuera inaccesible a los
ricos halagos del vicio? […].24

Los niños pobres, los niños miserables, los pequeños vagabundos


descalzos y desnudos, de “sutilísima sensibilidad”, encontraban en su
existencia desamparada “las olas del mal que pasan por el mundo, y
[caían] en el fondo de ellas”, se decía. Estos “menudos náufragos”, estas
“inocentes florcillas pálidas de la ciudad”, según esta crónica, víctimas

23 “Los misterios del crimen”, Revista Semanal Ilustrada. Serie I, año I. Bogotá,
diciembre 19, 1924.
24 “Los misterios del crimen”, Revista Semanal Ilustrada. Serie I, año I. Bogotá,
diciembre 19, 1924.

229
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

de un grupo de mujerzuelas de mal vivir, quienes organizaron una


compañía dedicada a azolar a los vecinos del barrio de Las Nieves,
utilizando a los niños que estaban a su alcance. Una de ellas susurraba:
“Los chinos, queridas, los chinos de la calle […] Hay muchos, yo he
hablado con algunos: son listos, pequeñitos y no guardan gran cosa
para ellos. Eso saldrá bien, muchachas”25:
[…] La banda de pilluelos amaestrados había empezado a fun-
cionar. Al principio no eran más que cuatro; uno de ellos, con facul-
tades de jefe, tenía ya más de quince años y se llamaba Bruno Sánchez,
mozo moreno, fuerte y pendenciero. Los otros […] eran Blas Torres
y Salustiano Cárdenas, gamines menores de diez años; delgados, de
piernas ligeras, sagaces, con una sagacidad precoz y sonriente […].26

Según el periodista, los buenos resultado de la empresa hicieron


necesario un aumento de personal y, de esta manera, al lado de la
Lola y la Negra, se unieron otras mujeres de la mala vida: Leonarda
Garzón, Ascensión Rodríguez y María Rojas, quienes vivían en los
alrededores: “[…] En los cuartos de esas mujeres vivían también
los pequeños muchachos, que llegaban a distintas horas de la noche,
diestros en evitar las sospechas de los serenos, a quienes pedían a
veces una limosna […]”27.
Se decía que la policía no sabía qué hacer: todas las mañanas se
denunciaban los robos hechos por la noche. Ropas, dinero y joyas de
valor desaparecían de las casas bogotanas. A veces eran capturados
los más viejos y famosos rateros, quienes terminaban comprobando
su inocencia. Entonces, ¿dónde estaban los ladrones? ¿Quiénes eran?
[…] tenían que ser chinos los rateros, puesto que ni falseaban las
cerraduras, ni amarraban a las sirvientas, ni dejaban chicotes en “el
teatro de los acontecimientos”. Además, un hombre formado no tiene
el pie chiquito y varias veces se habían encontrado huellas de pies

25 “Los misterios del crimen”, Revista Semanal Ilustrada. Serie I, año I. Bogotá,
diciembre 19, 1924.
26 “Los misterios del crimen”, Revista Semanal Ilustrada. Serie I, año I. Bogotá,
diciembre 19, 1924.
27 “Los misterios del crimen”, Revista Semanal Ilustrada. Serie I, año I. Bogotá,
diciembre 19, 1924.

230
Niños delincuentes y criminales

c­ hiquitos y desnudos en las alfombras de las salas. Un chino sí tiene


el pie pequeño y casi siempre anda calzado, luego los rateros eran
chinos de la calle indudablemente [...].28

Una vez que la banda de Lola fue capturada por la policía, se


celebró la audiencia pública en el antiguo convento de San Francisco.
Los bogotanos centraron su atención en el evento. El descubrimiento de
una asociación criminal compuesta de pequeños gamines fue motivo
de gran alarma para los habitantes de la ciudad. El jurado condenó a
todas las mujeres que pertenecían a la banda, mientras que los niños
fueron absueltos, “menos el jefe que ya tiene quince años y es, por
consiguiente, más dueño de sus actos”.
[…] Yo estoy de acuerdo con el defensor, decía un joven estu-
diante de la Universidad. La sociedad tiene la culpa de esto: no les
da a los pobres ni instrucción ni comida. El hambre y las tinieblas de
la mente arrojan a esas infelices mujeres a la prostitución. Los niños
de las clases populares andan sueltos por las calles, porque ni hay
escuelas suficientes ni los chinos pueden concurrir a ellas porque no
tienen cómo alimentarse. La sociedad es la criminal; los crímenes son
su obra y los delincuentes sus hijos y sus víctimas [...].29

Los fragmentos de la anterior crónica nos permiten observar


la forma en que los niños realizaban sus raterías. Domingo, el niño
protagonista del relato, tendido en el suelo, con la cabeza en el canto
de Felisa que le acariciaba los cabellos, narró una de sus hazañas,
mientras que en medio de un montón de carbón podían verse con
claridad los trofeos de la jornada: un lindo reloj de sobremesa, una
cadena de oro, un vestido de seda y un cuadro de la Virgen con un
grueso y labrado marco de plata.
[…] A las ocho de la noche él, con Salustiano y Bernabé, espe-
raban a que la sirvienta de la casa de don Puno Correa llegara de
la tienda y abriera el portón. Él, Domingo, se escurriría tras de la

28 “Los misterios del crimen”, Revista Semanal Ilustrada. Serie I, año I. Bogotá,
diciembre 19, 1924.
29 “Los misterios del crimen”, Revista Semanal Ilustrada. Serie I, año I. Bogotá,
diciembre 19, 1924.

231
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

s­irvienta y, como el zaguán estaba oscuro, se quedaría ahí, aguar-


dando a que todos se acostaran. Bernabé y Salustiano esperarían
afuera, haciéndose los dormidos, el resultado de la operación.
Así sucedió. Domingo se quedó en el zaguán, acurrucado contra
la puerta. Tenía un sueño horrible, cabeceaba, se pellizcaba para no
dormirse. Pasó una hora. Pero todavía se oían ruidos en la cocina. La
sirvienta guardaba los platos.
Pasó media hora más. Se habían apagado las luces y la casa
estaba en silencio. Hacía una noche oscura. Un gato chilló aguda-
mente sobre el tejado. Domingo se levantó; el trasportón estaba
medio abierto; por ahí podía pasar él sin necesidad de abrirlo más.
Saltándole el corazón, se escurrió hasta el vestíbulo. Quedó un mo-
mento perplejo. ¿Por dónde empezar?
En ese instante sonó la cerradura del portón. Alguien lo abría.
Era el señor de la casa. La hoja chirrió, y luego sonó un golpe fuerte.
Ya estaba el dueño en el zaguán. Rascó un fósforo. El niño iba a ser
descubierto [...] De un salto, Domingo se pegó a una columna del
patio. Se estiraba, para adelgazar. Contuvo la respiración. El señor
pasó rozando la columna con el vuelo de la capa. El fósforo se ex-
tinguió en sus manos. Empujó una puerta y entró. Sin ajustarla
completamente, dejó una rendija que Domingo debía agrandar para
colarse. Había que esperar.
Al rato, se hizo de nuevo el silencio. Domingo, empujando dé-
bilmente la puerta pudo estar en la pieza. Arrastrándose sobre el
suelo tocó las patas de una mesa. Sonaba encima un reloj. Se levantó
y lo tomó. Una tos se oyó, allá adentro. Otra vez, en cuatro patas con-
tinuó lentamente. Encontró el quicio de una puerta. Estaba abierta.
De nuevo se puso en pie y extendió la mano hacia adentro, a un lado,
buscando la pared. Topó con una tela que colgaba. Su mano sintió
la dulce caricia de la seda. Era un traje […] Yo lo envolví debajo del
brazo y me fui, pasando por la pared, otra vez a la puerta del ves-
tíbulo. Ya para salir toqué una cosa fría que colgaba. Era el marco de
un cuadro. Tiré un poco y la puntilla salió. La pared estaba blandita.
Afuera, en el patio, arreglé bien el joto. Pasé un corredor oscuro
y llegué al interior de la casa. En un rincón había un horno. Me trepé
encima y estirándome para alcanzar las vigas del techo. Haciendo

232
Niños delincuentes y criminales

maromas, salí a un hueco. Volteé sobre la pared y metiendo los pies


en unos agujeros que había subí al tejado […] caminé como un gato.
Di sobre la calle que parecía un zanjón. Me acosté sobre las tejas del
alar, y sacando la cabeza, di un silbido pasito. Estos estaban […] abajo
esperándome. Les bajé la maleta con una cabuya. La cogieron y se
largaron. Serían las once y media [...].30

Este relato novelado es similar a muchas crónicas y noticias de


prensa escritas durante el siglo pasado y recuerdan muchas de las
historias que oímos contar a los niños gamines en nuestras investi-
gaciones de los años sesenta.
Por su parte, frente a estos niños delincuentes, la fuerza pública
se sirvió muchas veces de medios muy agresivos, como las batidas
amedrentadoras en las barriadas pobres de la capital, donde la men-
dicidad y la vagancia eran vistas como sinónimos de delincuencia.
En 1925 el diario El Gráfico publicó un texto donde se señalaba que
las condiciones de existencia de los niños y jóvenes en los barrios
populares, perseguidos y criminalizados por los agentes del orden,
se hacía cada vez más peligrosas. En este texto, como era frecuente en
las columnas de dicho periódico, se reclamaba que se pusiera límite
al abuso de autoridad de las fuerzas policiales.
La policía y los niños: Es necesario que usted diga algo en su be-
nemérita página sobre el bien de Bogotá. Contra el abandono, o mejor
la persecución de que son víctimas aquí los niños de todas las clases
sociales por parte de la policía. En esta materia me ha tocado presenciar
espectáculos que enferman el alma. He visto agentes de policía ha-
ciendo crueles y ridículas ostentaciones de fuerza y bravura, para llevar
a la cárcel a pilluelos, culpables cuando más de travesuras infantiles.
Y como caso menos grave, pero no menos estúpido y risible, también
me he hallado presente cuando, en parques, se empeñan los fieros re-
presentantes de la autoridad callejera, en asustar y amenazar los niños
y niñas de mejor posición social, por faltas, que, a decir verdad, no
me he podido dar cuenta. En Bogotá, la condición de niños es cada

30 “Los misterios del crimen”, Revista Semanal Ilustrada. Serie I, año I. Bogotá,
diciembre 19, 1924.

233
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

vez más peligrosa. Aquí no se acuerdan de nadie, y menos las autori-


dades, de que los niños son ciudadanos, la República del mañana, se
les atormenta, por todos los medios conocidos e inimaginables. El caso
del polizonte que va arrastrando por las calles llenas de gente a algún
pobre muchacho, sacudiéndolo de cuando en cuando y apretándole el
brazo hasta amoratarle la mano, es pan cotidiano en esta Atenas, y los
transeúntes miran, sonríen y siguen su camino. Si alguno se conduele
y trata de intervenir a favor de la pobre víctima, o bien aprende de boca
del policía que “el muchacho se ha rebelado contra la autoridad”, o es a
su turno convertido en delincuente y conducido a la cárcel. Lo que en
esto es menos humano y menos explicable, es que el policía y el mu-
chacho pertenecen a la misma clase social. El perseguidor fue cuando
niño lo mismo que su perseguido hoy. Más aún, ese hombre tiene hijos
que son iguales a ese pobre niño a quien maltrata.31

Los casos de niños delincuentes que hemos mencionado,


así como muchos encontrados en la prensa y otros tantos de los
que la ciudadanía de la época tuvo conocimiento directo, hicieron que
la llamada “criminalidad infantil” fuera motivo de preocupación a
principios del siglo pasado.
En busca de respuestas a esta situación, desde finales del siglo
xix se recurría a la prensa extranjera para encontrar pistas que dieran
luces sobre las causas del problema y las formas adecuadas para
poder solucionarlo. En 1898, por ejemplo, se publicó una nota sobre
la infancia criminal en Alemania, donde se hacía referencia a una
preceptora llamada María Mellien, quien había demostrado que en
este país, como en todas partes, la espantosa progresión de los delitos
y los crímenes entre los niños y los jóvenes constituía uno de los más
graves peligros sociales y aconsejaba la adopción de una serie de
medidas útiles para prevenirlo32.
Otra nota periodística, titulada “La criminalidad infantil”, se-
ñalaba la “angustiosa situación” en que se encontraban en Bogotá los

31 El Gráfico. Bogotá, abril 25, 1925.


32 Revista de la Instrucción Pública de Colombia, n.º 48, tomo ix. Bogotá, Julio,
1898.

234
Niños delincuentes y criminales

menores “ineducados”33. El texto reproducía las palabras del doctor José


Ignacio Camacho, quien se sorprendía al observar que los crímenes
cometidos en los últimos años, especialmente en París, habían sido
ejecutados por menores, quienes habían demostrado una ferocidad
que sobrepasaba a la de los criminales de mayor edad. Después de
citar varios casos sucedidos en la capital francesa, el doctor Camacho
comentaban cómo
[…] Entre nosotros [el crimen] hubo de acentuarse con carac-
teres verdaderamente pavorosos hacia […] 1917, [cuando], día por día,
se veían ingresar a las filas nuevos menores delincuentes, estimulados
quizá por la ociosidad imperante en las cárceles, donde permanecían
detenidos durante varios meses en repugnante hacinamiento, mientras
los jueces o funcionarios, siguiendo la lentitud de nuestro moroso for-
malismo judicial, instruían el informativo, que las más de las veces ter-
minaba con una sentencia absolutoria. Pero el tiempo de su detención
lo aprovechaban, por decirlo así, ejercitándose técnicamente en el
delito y aplicando los medios de despistar a la justicia […].34

En este mismo texto se consideraba que la “desorganización de la


familia”, unida a la miseria de los arrabales de la ciudad, se encontraba
en la base de la problemática:
[…] La vagancia escolar es a menudo provocada por la desor-
ganización de la familia, unida a la miseria. Los parientes del niño,
suponiéndolos honrados, se ven obligados a trabajar juntos fuera de
la casa, durante el día, dejando el niño completamente abandonado.
Él busca entonces la compañía de malos camaradas que se encuentran
por la calle y siguiendo su ejemplo no frecuentan más la escuela.
En las pequeñas ciudades este abandono de la escuela por parte del
niño es menos peligroso, pues el institutor se encuentra más próximo
a los padres o solicita la ayuda de las autoridades con el fin de hacer
volver a la escuela al pequeño vagabundo. Pero en los grandes centros
sociales o de producción el institutor no dispone de estos medios […].35

33 El Tiempo. Bogotá, junio 4, 1923.


34 El Tiempo. Bogotá, octubre 22, 1924.
35 El Tiempo. Bogotá, octubre 22, 1924.

235
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

La llamada “desorganización de las familias” implicaba no solo


los casos de “punible ayuntamiento”36, sino también la “debilidad
del padre” de familia para imponer su autoridad en el hogar. En esta
situación, las madres eran consideradas las principales culpables, ya
que “por un mal entendido cariño […] evitan la corrección paterna
y en presencia de los niños promueven disgustos conyugales, de los
cuales sale perdido solo el niño y mal parada la autoridad paterna”37.
[…] Corrobora nuestra tesis, entre muchas que pudiéramos
citar, el caso del conocido ratero Marcelino García Sabogal, alias “El
Gallino”, quien por las causas anotadas, comenzó sus raterías sustra-
yendo del hogar fruslerías, luego hizo víctima de ellas a las dueñas
de los ventorrillos del barrio, hasta que a la edad de quince años se
doctoró por un latrocinio de mayor cuantía sufriendo la primera
condena. Cabe observar que antes de su grado, Marcelino se hizo jefe
de una pandilla de gandules de su misma edad, que cometían hurtos
de comestibles en el mercado […].38

En estos textos se insistía en la necesidad de que el Estado dejara de


contemplar de manera indolente la criminalidad infantil. La Sociedad
de Pediatría hacía un llamado al Gobierno para que, cuanto antes,
procediera a dar cumplimiento a las leyes expedidas recientemente
que buscaban solucionar el problema de la delincuencia infantil.
Se decía que, para los Estados civilizados, la infancia constituía un
asunto bastante relevante en la agenda política. Se insistía en la existencia
de “una clase de infancia que constituye para esa acción maternísima
[sic] del Estado la más seria dificultad: la infancia criminal”. Estas dos
palabras, que en principio no deberían estar juntas, se habían her-
manado a principios del siglo pasado. “Los niños criminales forman,
a pesar de los cuidados del Estado y […] de las escuelas numerosas
que se abren para protegerlos contra las malas inclinaciones, una de
las órdenes sociales más sombrías y mejor organizadas”39.

36 Con esta expresión antiguamente se hacía referencia a una unión ilícita de


la esposa, comparable al adulterio, que podía tener castigo muy fuerte.
37 El Tiempo. Bogotá, octubre 22, 1924.
38 El Tiempo. Bogotá, octubre 22, 1924.
39 El Tiempo. Bogotá, enero 24, 1926.

236
Niños delincuentes y criminales

Algunos sectores ilustrados de la sociedad se oponían al encierro


e insistían en que “la inteligencia infantil carecía de entendimiento
para apreciar el castigo carcelero”40. Se deducía, muy dolorosamente,
que el Estado se equivocaba de forma grave cuando recluía en refor-
matorios o cárceles a los niños delincuentes, ya que con ese sistema
no se hacía sino abonar el campo para el futuro delito41.

Los niños peligrosos


En los años treinta del siglo pasado, a medida que la ciudad crecía
y se modernizaba, la gravedad del problema de los niños y jóvenes de-
lincuentes que deambulaban en la ciudad y acechaban a los transeúntes
desprevenidos, así como a los establecimientos y las residencias que no
tomaban las medidas de seguridad pertinentes, no disminuía; al con-
trario, era cada vez mayor. La prensa se refería a la proporción alarmante
que esta problemática social había adquirido en los últimos tiempos:
[...] Podemos ufanarnos de tener los más sagaces rateros; los más
inteligentes y diestros escaladores y los más avezados timadores. Y en
el renglón de las perversiones sexuales se encuentran los casos más
complicados para un análisis científico. La casa de Paiba, impropia-
mente llamada correccional, fundada como lugar de readaptación
moral, registra delincuentes menores que han apuntado en su hoja
de servicio treinta y más atentados contra la propiedad, cometidos
sucesivamente con diversos procedimientos [...].42

El doctor José Antonio León Rey, el primer juez de menores de


Bogotá, fue una de las voces más autorizadas entre aquellas que a me-
diados del siglo pasado se pronunciaron sobre el problema de la miseria
de los niños delincuentes. En 1935, con base en las estadísticas de los
primeros meses de funcionamiento del juzgado de menores en el año
anterior, Rey planteaba interesantes reflexiones sobre la precariedad de
las condiciones de atención a los niños y en torno al elevado número
de estos pequeños que era conducido diariamente al juzgado.

40 El Tiempo. Bogotá, enero 24, 1926.


41 El Tiempo. Bogotá, enero 24, 1926.
42 El Tiempo. Bogotá, julio 30, 1934.

237
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Al analizar la situación de las niñas, cosa que raramente ocurre en


la información de prensa de la época, el juez Rey señalaba que si bien
los casos referentes a ellas constituían cerca de la cuarta parte frente
a los actos delictivos en que incurrían los varones, esto no indicaba
que no existiera un problema social de extrema gravedad que daba
cuenta de la deficiencia de los organismos destinados a defenderlas.
Este funcionario señalaba: “[…] basta recorrer unas cuantas calles
para convencerse de que el juzgado de menores no interviene ni en la
décima parte de los casos que verdaderamente ocurren” 43. Cuando se
refería al motivo de la intervención del juzgado, es decir, a la razón por
la cual la niña había sido recluida en alguna de las instituciones, Rey
sostenía que casi la totalidad de los casos atañía al peligro de que estas
niñas siguieran el camino de la prostitución. El juez afirmaba que “la
miseria de los padres, la carencia de instituciones que la[s] defiendan,
el ejemplo corrupto, el cine y uno más increíble que todos, la misma
policía, encargada por velar por la seguridad personal de todos los
asociados […]” 44, conspiraban contra el bienestar de las pequeñas.
El doctor Rey planteaba también que la procedencia de las niñas in-
dicaba que el desarrollo de las vías de comunicación entre la urbe y el
campo era un factor que había contribuido en buena parte en el éxodo
hacia la ciudad, “tan perjudicial para ellas”, y que había que combatir
con medidas como las que estaba practicando la Cruz Roja.
En relación con los casos de los niños, el doctor Rey se detiene
de manera especial en el hurto “como motivo casi único de las faltas
cometidas” por ellos y que, según él, obedecía a la falta de ocupación,
que revelaba el abandono en el que vivían los niños, que hacía que
la calle se convirtiera en su hogar y su escuela. Igualmente, este juez
señalaba en su texto que la criminalidad en la que participaban los
niños se daba de manera especial entre los que habían cumplido doce
años: “lo que prueba que no concurren a la escuela porque […] [esta]
parécenos el medio más eficaz para apartar al niño de la senda del
crimen” 45. Para confirmar su aseveración, Rey señalaba que, en los

43 El Tiempo. Bogotá, enero 4, 1935.


44 El Tiempo. Bogotá, enero 4, 1935.
45 El Tiempo. Bogotá, enero 4, 1935.

238
Niños delincuentes y criminales

ocho primeros meses de 1934, solamente comparecieron en el juzgado


diez niños que estudiaban. Las escuelas de la ciudad estaban colmadas
y era imposible pedir a muchos niños que asistieran a ellas: “Hay que
pensar en abrir nuevas aulas con restaurantes escolares que vengan
a aliviar en algo la desastrosa situación de la niñez de nuestras clases
humildes” 46. Las cifras que presentaba el juez eran las siguientes: el
total de casos relacionados con criminalidad infantil era 1114, de los
cuales 234 correspondieron a mujeres y 880 a varones.

Mujeres 234 Varones 880

Legítimas 123 Legítimos 467


Naturales 111 Naturales 413
Saben leer y escribir 120 Saben leer y escribir 416
No saben leer y escribir 105 No saben leer y escribir 464

Ocupación: Ocupación:
Oficios domésticos 144 Ninguna ocupación 329
Sin ocupación 84 Limpiabotas 227
Vagas 7 Vendedores de prensa 148
Vida aireada 3 Albañiles 84
Zapateros 44
Latoneros 38
Estudiantes 10

Caso: Caso:
Abandono 93 Hurto 688
Fuga del hogar 54 Heridas 90
Hurto 44 Fuga del hogar 59
En peligro 16 Vagancia 18
Prostitución 11 Homosexualismo 8
Heridas 8 Abandono 8
Díscolas 5 Ultrajes de palabra 5
Ultraje de Palabra 2 Riña 4

46 El Tiempo. Bogotá, enero 4, 1935.

239
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Mujeres 234 Varones 880

Resolución: Resolución:
Se recluyeron 158 Se pusieron en libertad 324
Se entregaron a los parientes 53 Se entregaron a los padres 261
Se depositaron 18 Se enviaron a Paiba
248
detenidos
Se depositaron 42
Se enviaron a la Cruz Roja 5

Origen: Origen:
De Bogotá 175 De Bogotá 730
De Tunja 12 De Tunja 28
De Ibagué 7 De Ibagué 27
De Puente Nacional 6 De Zipaquirá 21
De Fomeque 6 De Girardot 19
De Fusagasuga 6 De Facatativá 12
De Sogamoso 5 De Sogamoso 11
De Funza 5 De Gachetá 11
De Guateque 5 De Fusagasugá 9
De Cachipay 4 De Nemocón 7
De Ubaté 3 De Tenjo 5

Edades: Edades:
De 15 años 34 De 12 años 173
De 16 años 33 De 14 años 131
De 14 años 30 De 13 años 116
De 12 años 26 De 15 años 114
De 8 años 24 De 16 años 94
De 13 años 20 De 11 años 87
De 10 años 20 De 10 años 65
De 9 años 15 De 9 años 35
De 17 años 13 De 8 años 27
De 11 años 13 De 17 años 22
De 7 años 6 De 7 años 15

Reincidentes 49 Reincidentes 574

(Fuente: El Tiempo. Bogotá, enero 4, 1935)

240
Niños delincuentes y criminales

En 1934, entre los casos de criminalidad infantil registrados, se


encuentra el de Carlos Julio García, protagonista de una espantosa
tragedia ocurrida en el pasaje Copete. Carlos Julio era un muchacho
enfermizo, muy cohibido, tímido y ensimismado. Con el dinero que
obtenía junto con su hermano en el oficio de latoneros, pagaba el
arriendo de una pieza en el pasaje Copete de la calle 20 con carrera
15, donde vivía con su madre y su hermana de 13 años. Toda la familia
dormía cuando Carlos Julio se levantó, tomó unas tijeras y con ellas se
dirigió al lecho de doña Delina, su madre, a quien apuñaló gravemente.
Cuando su hermano se levantó para defender a la mujer, también fue
violentamente agredido, cayó agonizante y bañado en sangre con siete
profundas puñaladas que le perforaron los pulmones. Entretanto, la
pequeña hermana presenciaba horrorizada cómo perecían sus fami-
liares a manos de su propio hermano Carlos Julio. Ante los gritos de
la niña pidiendo auxilio, los vecinos dieron aviso a la policía.
[…] Carlos Julio García, el protagonista de la pavorosa tragedia,
presentaba una profunda herida sobre el parietal que dejaba al des-
cubierto el hueso. Carlos Julio fue curado de urgencia y llevado a un
calabozo especial, de donde hoy pasara, previo el examen de los mé-
dicos legistas, al manicomio departamental […].47

En las crónicas policiales de la época también aparecieron los niños


suicidas. En primera página de El Tiempo, a comienzos de noviembre
de 1935, se leía: “Una horrible tragedia. Un niño de 15 años puso fin a su
vida desesperado por la miseria de su casa”. Benjamín Herrera Contreras
se disparó en la sien derecha. Por no poder ayudar a su familia, se mató.
Benjamín, oriundo de Fusagasugá, es descrito como un muchacho de
prodigiosa inteligencia, despierto, vivaz y alegre, quien se había ganado
el cariño de sus profesores y amigos. El muchacho tuvo que abandonar
el colegio por razones económicas, pues la situación de su familia era
verdaderamente desesperada. Benjamín vivía con su tía, ya que sus
padres habían regresado a su pueblo natal.
[…] Benjamín tomaba los alimentos en la residencia de su tía
doña Leonilde, y allí dormía, y en las horas libres se ocupaba de hacer

47 El Tiempo. Bogotá, agosto 5, 1935.

241
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

pequeños trabajos, con el producto de los cuales auxiliaba a su familia.


Benjamín buscaba un empleo, pero a causa de sus pocos años y escasa
preparación, no logró encontrarlo […] Ayer […] se levantó muy tem-
prano. Asistió a misa en la iglesia de Las Cruces. Luego regresó a la
casa […] relató a sus primas que estaba desesperado. Que no podía
conseguir trabajo. Que sentía verdaderamente estar así, sin oficio ni
beneficio y no poder ayudar eficazmente a su madre y a sus hermanas
[…] Se recostó en su cama. Rechazó la invitación que sus primos le
hicieron de jugar al ‘parqués’ y se puso a leer un cuaderno de apuntes
perteneciente a uno de sus primos, niño de 12 años que cursa las pri-
meras letras […] Nada indicaba la proximidad de la tragedia […].48

Cuando los primos de Benjamín entraron en el cuarto alcanzaron


a verlo con el revólver en la mano y una herida en la sien derecha, de
donde brotaba sangre en abundancia. El niño “se desplomaba, exha-
lando un débil quejido”. Cuando las autoridades llegaron, verificaron
la muerte del niño.
El cadáver vestía pantalones cortos de paño negro. Chaqueta de
dril gris. Camisa blanca de algodón. En los bolsillos de la chaqueta
se encontraron un nazófono49, dos pañuelos blancos y una libretita.
Dentro de la libretita, la fotografía de una de las hermanas del niño
suicida.50

Con el nombre de “Niños Peligrosos” se designó en la década de


los treinta a una o varias pandillas de gamines que, asesoradas por
experimentados delincuentes, se dedicaron a saquear casas, atracar
solitarias mujeres y robar a los transeúntes que ingenuamente cami-
naban por las calles del centro de Bogotá. El 28 de noviembre de 1933,
encontramos la primera referencia a esta pandilla, aunque parece que
desde tiempo atrás venía azotando a la población capitalina. “Nuevo
asalto de los Niños Peligrosos” era el titular de prensa de una crónica
donde se relataba la hazaña ocurrida la víspera, cuando un grupo de

48 El Tiempo. Bogotá, noviembre 11, 1935.


49 Antiguo y muy poco conocido instrumento musical que se toca con el aire
expulsado por la nariz.
50 El Tiempo. Bogotá, noviembre 11, 1935.

242
Niños delincuentes y criminales

estos niños se introdujo en una residencia bogotana y hurtó numerosas


prendas de vestir y otros objetos domésticos:
[…] Como se ha informado, ésta cuadrilla está integrada por
pequeños apaches, cuya edad no pasa de diez años, dirigidos por el
“Buey” y el “Elefante”, dos conocidos maleantes [...] En días pasados
la policía logró capturar a uno de los grupos de asalto, integrado por
siete muchachos. Esta vez no se ha logrado aún la captura, pero la
forma en que fue cometido el robo indica claramente que se trata
de los célebres muchachos. En las altas horas de la noche, los rateros
penetraron en la casa [...] subieron la escalera y en el segundo des-
canso hallaron la ventana que conduce a la habitación del señor Posse
Camargo, que es relativamente pequeña. Por allí debió entrar uno de
ellos, de cuerpo bastante exiguo, y sacó los vestidos, objetos, etc. Hay
huellas de pies descalzos, pies pequeños de muchachos [...].51

La prensa insistía en que no se trataba de una, sino de varias


cuadrillas que trabajan regularmente en Bogotá, bajo la dirección
de verdaderos expertos escogidos entre los más hábiles ladrones de
la ciudad. Se insistía en que estos niños habían sido educados para el
crimen por el cine y, claro está, tras su paso por la temible cárcel de
Paiba. En la época se calculaba que en Bogotá existían no menos
de quinientos menores delincuentes enrolados en este tipo de organi-
zaciones52. El 29 de noviembre, después de una activa labor de la policía
nacional, la prensa informaba la captura de seis de los miembros de
la banda de los “Niños Peligrosos”: se trataba de José Ismael Peñuela,
El Ford, uno de los más hábiles rateros de la pandilla; Jorge Díaz, El
Lolo; Alfonso Ayala, El Elefante; Víctor Hernán Caicedo y El Chulo.
En la cuadrilla colaboraban varias mujeres, muchachas modestas, bien
parecidas y especialmente coquetas. Ellas eran María de Jesús Bernal,
La Chisga, y Carmen Meléndez, La Panucha. A pesar de este golpe a
la pandilla, quedaba pendiente la captura de más de una docena de
muchachos. La prensa igualmente daba cuenta de los varios tipos de
trabajo que la pandilla realizaba:

51 El Espectador. Bogotá, noviembre 29, 1933.


52 El Espectador. Bogotá, noviembre 22, 1933.

243
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

[…] Entrada altamente organizada a las viviendas bogotanas,


donde los muchachos se dividían las funciones, teniendo uno hasta el
encargo de velar al patrón y tener listo un gran cuchillo por si había
necesidad de matarlo; prender la gente en las calles y quitarles todas
sus pertenencias; hacer pequeños chantajes utilizando las muchachas
que después de coqueteos lograban que un transeúnte adinerado la
invitara a algún lugar a donde le caían “sus hermanos” […].53

Las actividades realizadas por los “Niños Peligrosos” se distin-


guían por ciertas características:
No acostumbran hurtar sino cosas pequeñas y de fácil trans-
porte, como ropa, objetos de sala, relojes, etc.; la comisión de los de-
litos se localizaba en los barrios de Las Aguas, Las Nieves y Parque
Santander, lugares cercanos a los depósitos.54

Estos niños dejaban “huellas de pequeña dimensión y algunos


otros claros indicios, que conocían ya los agentes del detectivismo”55.
Pocos días después de la captura de los seis miembros de la pandilla
cayó Margarita Bernal, que vivía en el Paseo Bolívar con la calle 18.
Según la prensa, Bernal era una de las directoras de mayor prestancia
entre los miembros de la banda. El 12 de diciembre las autoridades
capturaron a otros tres muchachos, “de los más hábiles de la cuadrilla”,
y se recuperaron algunos de los objetos robados: dos victrolas, una
máquina de escribir, un triciclo, dos bandejas de plata, dos jardi-
neras de plata y adornos de sala56. La prensa reprodujo fotos de los
“Niños Peligrosos” junto con el fruto de sus andanzas. En la primera
fotografía aparecían dos niños detrás de un inmenso botín: relojes,
jarras, porcelanas, platones y miles de otros bienes hurtados. En la
otra imagen se observan los niños cabizbajos y apesadumbrados. Se
ven seis muchachos entre los 10 y los 16 años aproximadamente: unos
tenían el pelo rapado, indicio de una reciente fuga de la correccional.

53 El Espectador. Bogotá, noviembre 29, 1933.


54 El Espectador. Bogotá, noviembre 30, 1933.
55 El Espectador. Bogotá, noviembre 30, 1933.
56 El Espectador. Bogotá, diciembre 12, 1933.

244
Niños delincuentes y criminales

Al finalizar 1934, cuando se creía que el problema había sido superado,


los “Niños Peligrosos” hicieron de nuevo su aparición:
[…] Los ultra peligrosos y famosos párvulos callejeros parece
han formado una nueva pandilla cuyas actividades se concretan
en apoderarse de lo ajeno. El menor Guillermo Corrales, fue sor-
prendido en compañía de otros proyectos de ciudadanos, en una ha-
bitación, [...] en momentos en que pretendía sustraerse varios discos
para gramófonos. Todos están encalabozados [...].57

En mayo de 1935, El Tiempo publicó una crónica donde se relataba


“La verdadera historia de los Niños Peligrosos”, haciendo alusión a
la forma como se hicieron delincuentes los menores detenidos en
Paiba58. En otras crónicas siguió apareciendo con alguna frecuencia
información relacionada con los “Niños Peligrosos”. El Caremacho,
el Muelaeburro, el Pecoso, etc., “estudiantes aventajados de la Univer-
sidad de Paiba”59, continuaron entonces siendo personajes centrales
de la vida delictiva de la capital.
A comienzos de 1936, un policía que vigilaba en la calle 29 con
carrera séptima fue informado sobre la presencia de cinco o seis
infantes peligrosos, “caquillos descarados, que allí tenían su cuartel
nocturno”60. El policía, armado de valor y de una escalera, penetró en
la casa y, en efecto, sorprendió en el zarzo a los niños Ernesto Olaya,
Luis Castillo, Alfonso Ramírez y Ezequiel López. En ese lugar, los
chicos tenían una especie de alcoba: camas hechas de trozos viejos
de carteles y periódicos, una botija de agua potable, algunos objetos
y cachivaches de morosa enumeración61.
En varios artículos de prensa se planteaba la angustiante situación
de las autoridades ante el crecimiento de este fenómeno delictivo, sin
encontrar solución diferente a la reclusión de los niños en grandes y
masivas instituciones de encierro y corrección. “Tenemos que en 1937,
concurrieron al juzgado de menores, sindicados del delito contra la

57 El Tiempo. Bogotá, diciembre 17, 1934.


58 El Tiempo. Bogotá, marzo 20, 1936.
59 El Tiempo. Bogotá, junio 6, 1935.
60 El Tiempo. Bogotá, marzo 9, 1936.
61 El Tiempo. Bogotá, marzo 9, 1936.

245
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

propiedad y por infracciones de policía, 2230 niños y 600 niñas [...]”,


se decía en la prensa y se indicaba que, de este gran número niños,
solo un porcentaje muy bajo de ellos pudo ser llevado a instituciones y
que la inmensa mayoría tuvo que volver a las calles a “llevar una atroz
vida miserable, sin pan, sin techo, sin abrigo, sin amor. Una vida que
no es sino el más inhumano aprendizaje del crimen [...]”62. En estas
crónicas se narraba cómo la delincuencia infantil era el problema
social de mayor envergadura de la capital y cómo en el marco de la
celebración del IV centenario de la fundación de la capital, cuando
era alcalde Gustavo Santos Montejo y se estaban organizando varias
actividades públicas, las autoridades capitalinas no adoptaron medidas
para enfrentar esta situación63.
En 1939, las acciones delictivas de los niños peligrosos seguían
presentes:
Una pandilla de doce gamines, todos menores de trece años,
atracó anoche a un campesino y lo despojaron [sic.] de dos pesos que
llevaba en el bolsillo [...] cuando el agente de policía intervino, los pi-
lletes se desbandaron [...] Horas más tarde en la Plaza de los Mártires
fueron capturados cuatro de los precoces atracadores […].64

Múltiples negocios de toda índole se abastecían con lo que los múl-


tiples rateros revendían, y en estos espacios los pequeños delincuentes
también encontraban compradores para el fruto de sus andanzas.
Contra estas ventas de artículos robados se pronunciaron muchas veces
los capitalinos, quienes plantearon la necesidad de acabar con ellas,
con el fin de mitigar las acciones de estos niños delincuentes. En carta
enviada a El Tiempo y firmada por “Un lector que usa carro” se leía:
Permítame usted que, por medio de su muy leído diario, eleve
mi clamor ante las autoridades policivas contra el raterismo inaudito
del cual somos víctimas los que por necesidad o por comodidad te-
nemos carro y nos vemos precisados a estacionarlo en las calles. Es
el caso que de los lugares más céntricos y a la vista de todos desapa-

62 El Tiempo. Bogotá, junio 26, 1938.


63 El Tiempo. Bogotá, junio 26, 1938.
64 El Tiempo. Bogotá, marzo 17, 1939.

246
Niños delincuentes y criminales

recen las tapas de los faros, del radiador, del tanque de la gasolina,
las copas, los limpiabrisas y hasta las ruedas, y cuando no pueden
robarse estas entonces las pinchan o las cortan […] Sucede que los
muchachos se roban cualquier pieza y la llevan a una de las muchas
tiendas que se dedican a la venta de repuestos utilizados, donde les
dan por esta diez o veinte centavos […].65

Asaltos realizados por adultos en compañía de infantes o bien por


niños solos reflejaban el grave problema de la delincuencia infantil que
continuaba agobiando a los capitalinos. A continuación se presenta
cómo la prensa reportaba un atraco:
[...] L. Díaz, simpática muchacha de 19 años de edad, un conocido
apache criollo y cuarenta y cinco gamines delincuentes asaltaron ayer
tarde un almacén de la calle 13. El robo se realizó en forma muy ori-
ginal [...] La muchacha preguntó por medias finas de seda. Le sacaron
una caja de muestrario y la audaz dama se guardó un par en el seno. En
esos precisos momentos irrumpió en el almacén un verdadero ejército
de muchachos menores de doce años, haciendo gran algarabía. Todos
los empleados así como el propietario de las mercancías sorprendieron
a la muchacha cuando enseñaba las medias de seda; todos gritaron al
tiempo y, como la dama y su compañero salieran en fuga, abando-
naron el almacén en persecución de la atractiva ratera. Las mercancías
quedaron así a merced de la chiquillería desarrapada; los gamines
cayeron como langostas y en un abrir y cerrar de ojos limpiaron los
estantes. Cuando los empleados regresaron vieron que los menores se
desbandaban en diferentes direcciones [...].66

Pocos días después, los pequeños bandidos aparecieron de nuevo


y asaltaron una cigarrería
[...] situada en la carrera séptima y la calle trece, propiedad
de don F. Cortés. Los chiquillos rompieron la puerta y sin ser vistos se

65 El Tiempo. Bogotá, diciembre 1, 1935.


66 El Tiempo. Bogotá, enero 6, 1940.

247
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

introdujeron; empacaron gran cantidad de objetos y luego salieron


tranquilamente; cuando iban a tomar un taxi fueron sorprendidos.67

En las casas, en los almacenes o en los parques, los pequeños delin-


cuentes aprovechaban todas las oportunidades que los desprevenidos
visitantes brindaban para cometer sus fechorías. Fue así como un grupo
de niños atracó a unos novios que paseaban en el Parque Nacional:
[...] La pareja se hallaba adentrada cerca a los eucaliptos cuando
los seis desconocidos se abalanzaron sobre ellos, y sin más ni más
comenzaron a golpearlos a la vez que les exigían silencio. Los novios
comprendieron que la situación era crítica y entonces el señor
Gallardo ofreció $50 pesos por el rescate; los ladrones aceptaron y
cuando tuvieron el dinero en su poder arremetieron nuevamente; al
novio le arrebataron hasta los pañuelos y a la novia un anillo, el reloj
de pulsera y el bolso con unos cuantos denarios [...].68

La prensa de la época daba cuenta de los hallazgos de las in-


vestigaciones policiales y de las explicaciones que surgían frente al
problema de la delincuencia infantil:
[...] Los acontecimientos recogidos por la más reciente crónica
policiva y criminal han vuelto a conceder una gran actualidad al
problema de la delincuencia infantil. La mayor parte de los delitos
contra la propiedad y aun algún caso sangriento de extraordinaria
crueldad se atribuyen a menores de edad, que, al parecer, han ad-
quirido el sentido de la organización para sus tropelías y que actúan
ya con viva imaginación en el planteamiento de los hechos punibles.
Esta precocidad criminal, que fue planteada con el fruto de largas
observaciones por un funcionario judicial de alto sentido crítico y
sociológico, habrá de tener orígenes múltiples, que han tratado de
fijarse con la mayor certidumbre posible. Quizás pudiera pensarse
en el efecto que produce la excesiva propagación de las novelas po-
licivas, editadas en ediciones baratas, en cuyas páginas se detallan
con exactitud metódica todas las posibilidades de acción en el crimen

67 El Tiempo. Bogotá, abril 25, 1940.


68 El Tiempo. Bogotá, julio 27, 1942.

248
Niños delincuentes y criminales

y cuyo final, con la victoria de los detectives por el punto débil del
delito cometido por los héroes, no basta para obtener conclusiones
realmente educativas, y también la exhibición para todos los públicos
de películas truculentas, en las cuales el valor personal y la audacia de
los bandidos suele triunfar sobre la fuerza legal de la policía [...].69

A propósito del censo carcelario realizado en cinco estableci-


mientos penales para menores de edad que funcionaban en la capital,
cuyos datos fueron publicados por el Anuario de Estadística General
de 1945, y donde aparecían 903 niños recluidos, 354 en la Protección de
Niñas y 289 niños en Fagua, y se comentaba que “los atentados contra
la propiedad” constituían la principal causa de reclusión, el escritor y
cronista J.A. Osorio Lizarazo consideraba:
[…] La estadística no pudo extenderse hasta la investigación
de los motivos por los cuales estos raterillos se apropiaron de lo
ajeno. Para ello sería preciso establecer determinados factores cuya
existencia afectaría el sentido y la razón de ser del delito: hambre,
abandono de los padres, ignorancia de la responsabilidad y otras
parecidas. En algunos de nuestros medios urbanos y rurales suele
ocurrir que el obrero de ínfima categoría, precisamente el peor
pagado, al recibir su salario los sábados, se traslada directamente a
la chichería, donde consume hasta el último centavo. La mujer suele
también trabajar, pero su jornal sigue la misma trayectoria. Dentro de
lo precario de su panorama económico y social [...].70

Otro delito causante de la conducción de 77 párvulos a estableci-


mientos penales y 595 ante los jueces de menores de Bogotá, según las
informaciones de la estadística, era la “vagancia”. Al respecto, Osorio
Lizarazo argumentaba que: “Yo no puedo definir bien si la vagancia
en un niño es su propio delito o si es el de quienes tiene que velar por
él: su familia en primer término y, a falta de esta, el Estado”71.

69 El Tiempo. Bogotá, enero 6, 1940.


70 El Tiempo. Bogotá, enero 19, 1947.
71 El Tiempo. Bogotá, enero 19, 1947.

249
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Osorio Lizarazo no lograba entender la situación que reflejaban


las cifras del mencionado censo de 1945, que señalaban que los juz-
gados de menores de Bogotá habían calificado como delincuentes a
quince niños menores de seis años: “Parece inconcebible que a tan
temprana edad pueda exigirse responsabilidad por la violación de las
leyes sociales: pero la estadística lo asegura así”72.
[…] Ante estos mismos juzgados de menores de Bogotá com-
parecieron en el año citado, en total, 1830 delincuentes varones y 673
mujeres. Al clasificar las causas de las faltas, se ha dictaminado que
1700 hombres y 648 mujeres delinquieron, sencillamente, por “malas
tendencias del menor”. Este coeficiente de perversas inclinaciones
produce angustia, suponiendo que haya sido señalado por métodos
científicos y no por simple disposición del funcionario [...] De todos
estos datos desnudos se deduce que la delincuencia infantil, que no
suele cautivar la atención de las estadísticas porque es un problema
excesivamente minúsculo para las grandes preocupaciones de otra
índole que los embargan, representan un estado latente de peligro-
sidad para el futuro, en proporción mucho mayor a la que arrojan
otras ciudades de América [...].73

Unos meses más tarde, el propio ministro de Justicia, doctor J. A.


Montalvo, en una conferencia dictada en el Club Rotario de Bogotá, se
pronunciaba sobre la delincuencia juvenil y expresaba sus opiniones
al respecto. El ministro utilizaba como fuente de análisis las estadís-
ticas brindadas por los jueces de menores e informaba que, entre los
delincuentes menores de 16 años se había encontrado que 300 habían
sido aprendidos por vagancia, 821 por hurto, 210 por lesiones, 75 por
robo, 33 por abuso de confianza, 15 por corrupción de menores, 9 por
homicidio, 4 por violación carnal y 3 por atraco. El ministro se aterraba
de la precocidad de la delincuencia y llamaba la atención sobre las con-
secuencias futuras de este hecho74.

72 El Tiempo. Bogotá, enero 19, 1947.


73 El Tiempo. Bogotá, enero 19, 1947.
74 El Tiempo. Bogotá, septiembre 15, 1947.

250
Niños delincuentes y criminales

Por su parte, en la década de los cincuenta se hablaba de la ruptura


moral de la sociedad y de la llegada de la violencia que operaba en regiones
alejadas de la capital: “[...] son ahora los jóvenes quienes enarbolan [la
violencia] con [el] entusiasmo de atletas olímpicos [...]”, decía El Cato-
licismo75 en una edición de mediados de julio de 1958, en un texto en el
que se pedía que se tomaran medidas reales para eliminar la presencia
de jóvenes en los bares y otros lugares donde no se consideraba apro-
piado que ellos estuvieran. En ese mismo texto se comentaba cómo la
censura del cine había enfilado sus baterías sobre los temas violentos
y se abogaba porque esta medida no tuviera un carácter transitorio.
[…] la violencia en todas sus formas, así sea rodeada del más
puro arte, debe ser proscrita de nuestro medio; de lo contrario, el día
de mañana reincidiremos en los excesos que hoy lamentamos [...] el
crimen no se debe rodear de ese despliegue periodístico que es alta-
mente desmoralizador para los jóvenes. Por razones muy compren-
sibles de inmadurez y falta de criterio, los inmensos titulares sobre
pandillas juveniles se convierten en incentivo y programa para los
otros muchachos [...].76

El caso de niños robados y puestos a mendigar o a cometer acti-


vidades ilícitas también estuvo presente en la época. Gustavo Puerto
Salgar, “un despierto chiquillo” de unos diez años, estudiante del Colegio
Monfort, cayó un día en manos de apaches profesionales. Unos sujetos lo
interceptaron cuando iba al colegio diciéndole que el hermano Matías
lo requería. El niño fue llevado a una casa del barrio Girardot, donde lo
obligaban a introducirse en residencias y extraer objetos de valor. “Dice
el niño Puerto Salgar que a la casa llevaban de noche radios y diversos
objetos que eran el fruto de asaltos contra la propiedad, pues los secues-
tradores integraban una banda” 77. Después de cinco días de cautiverio,
la criatura logró escapar y volver al hogar de sus padres donde relató

75 Órgano de opinión de la Iglesia católica colombiana, fundado en noviembre


de 1849, razón por la que es considerado uno de los periódicos más antiguos
del país.
76 El Tiempo. Bogotá julio 12, 1958.
77 El Tiempo. Bogotá, mayo 5, 1952.

251
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

lo sucedido. El caso causó verdadera indignación, ya que entrañaba “la


más inicua y miserable explotación de la infancia” 78.
Para establecer comparaciones con la situación de otros países, en
la prensa se publicaban algunos artículos sobre la delincuencia juvenil
en el exterior, especialmente en Estados Unidos, donde la delincuencia
comenzaba a ser un asunto en el que participaban niños no siempre
pobres. En estos textos se consideraba que “la delincuencia juvenil ha
existido siempre en Bogotá, pero ahora ha llegado a algunos círculos
de las clases acomodadas [...]” 79.

Los niños pandilleros, criminales y sicarios


A finales del siglo pasado, los niños delincuentes, los pequeños
ladronzuelos, los pandilleros, como fueron llamados en esta época,
fueron acompañados por los “niños sicarios”, que aparecieron en la
escena pública a mediados de los años ochenta, estremeciendo a la
opinión pública con el asesinato del ministro de Justicia Rodrigo Lara.
Las noticias de prensa de la época tienden a ser muy escuetas y
el niño pobre delincuente, esto es, el pequeño infractor que comete
hurtos miserables, casi no es mirado por los medios. A su vez, los niños
ricos, los jóvenes “gomelos”, niños de “buena pinta” se convierten en
uno de los actores principales que acapararon la mirada y la pluma
de los periodistas en las postrimerías del siglo xx. En el panorama
irrumpen también los niños sicarios, pagados con dineros del narco-
tráfico, pequeños delincuentes de la capital que no pudieron escapar
de la contaminación de la riqueza fácil que se extendió en toda la
sociedad colombiana de la época.
Una noticia de comienzos de la década de los sesenta nos permite
conocer una de las formas más comunes de delinquir de estos pequeños,
que no perdían la oportunidad para cometer sus fechorías:
[…] Al salir del almacén, la señora Ana Isabel Hernández fue
empujada por varias personas, mientras que un jovencito de unos
trece años de edad le arrebataba el reloj de pulso. Los gritos de la
víctima del robo no se hicieron esperar y puso en confusión el lugar.

78 El Tiempo. Bogotá, mayo 5, 1952.


79 Cromos. Bogotá, julio 14, 1958.

252
Niños delincuentes y criminales

Como una “liebre” el ladronzuelo se deslizó entre la multitud, desa-


pareciendo rápidamente […].80

Esta pequeña “liebre” urbana, después de escabullirse ágilmente


a través de las congestionadas calles del centro de Bogotá, atravesó la
carrera décima esquivando a los veloces carros que por allí circulaban,
pero, mientras huía, fue arrollada por un bus que le causó la muerte
de manera instantánea. Uno de los motociclistas que atendió el caso
encontró el reloj robado arrojado sobre el pavimento a pocos centímetros
de la mano del niño. “El pequeño delincuente no fue identificado por
las autoridades debido a la carencia de documentos”, reportó la prensa81.
Los delitos de los que daban cuenta los periódicos en sus crónicas
y pequeñas noticias de policía permiten observar cómo algunas veces
estos jóvenes y niños delincuentes de las ciudades actuaban de manera
aislada, pero generalmente lo hacían a través de bandas o pandillas
que alcanzaron niveles de sofisticación criminal y de especialización
en el crimen no imaginados. El Gato, jefe de una pandilla juvenil, fue
llamado a responder ante los jueces por haber dado muerte a otro
muchacho en un duelo previamente concertado. El trágico episodio
ocurrió en un céntrico lugar de Bogotá.
[…] Muchachos que pertenecían a dos pandillas o cuadros juve-
niles rivales se insultaron y finalmente, Olaya Valencia “El Gato”, jefe
de uno de los grupos, retó a duelo al director del otro cuadro, Alfonso
Osorio Ríos. Como dicho reto era a cuchillo, Osorio Ríos lo rehuyó,
alegando que él solo peleaba a mano limpia, entonces surgió otro
joven, Roberto Castro Castro, quien manifestó que él sí reunía esas
condiciones. Se formó el corrillo, se sacaron varios cuchillos, fueron
medidos, las partes aceptaron las dimensiones de las armas y el en-
cuentro se produjo hasta que Castro Castro quedó muerto cruzado a
golpes. El agresor emprendió la fuga y fue capturado más tarde […].82

80 El Tiempo. Bogotá, febrero 3, 1962.


81 El Tiempo. Bogotá, febrero 3, 1962.
82 El Tiempo. Bogotá, agosto 2, 1964.

253
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

En octubre de 1969 apareció el libro La etiología de la delincuencia


en Colombia del profesor Alfonso Meluk. En un editorial de El Tiempo
se elogiaba el cuidadoso estudio del autorizado jurista y se subrayaba,
de manera especial, los aspectos relacionados con la infancia.
[…] Debemos admitir sin reserva los capítulos del libro de Meluk
sobre el desamparo de la infancia. Hace muchos años José Antonio
León Rey mostró al país el fruto de sus experiencias como juez de
menores de Bogotá, y por esa misma época la Contraloría General
de la República dio a conocer impresionantes cifras reveladoras del
incremento de la delincuencia infantil como resultante del abandono
de la niñez. Pero los problemas denunciados entonces fueron desa-
tendidos, así como los clamores, que trataron de hacerse oír en poste-
riores épocas, solo alcanzaron una fugaz resonancia […].83

El editorial concluía mostrando cómo la voz de Meluk se hacía sentir


ahora en nuevos ámbitos y que se esperaba que pudiera tener eco tanto
en los afanes de la época como en los nuevos estatutos legales sobre los
que trabajaban la autoridades gubernamentales, pues el problema de la
niñez desamparada había crecido mucho en los últimos años, por lo cual
resultaba urgente la promoción de acciones que tendieran a combatir
“la cosecha de delincuencia que está germinando en los suburbios y en
las avenidas centrales de nuestras grandes ciudades” 84.
La prensa, además de describir los aspectos humanos y dramá-
ticos de la vida de los niños en la calle, resaltaba de manera especial su
vida delictiva, su vinculación estrecha con grupos de atracadores y de
reducidores, así como su función dentro de las estructuras delictivas.
Los niños reponeros eran algo cotidiano y a la vez un espectáculo
aterrador de las calles de Bogotá durante la década de los sesenta:
“¡Agárrenlo, agárrenlo, que me robó la cartera! Grita la angustiada
dama, mientras un rapazuelo ágilmente esquiva los vehículos y des-
aparece llevando entre sus ropas la prenda, ante la mirada atónita de
varias personas más”85.

83 El Tiempo. Bogotá, octubre 2, 1969.


84 El Tiempo. Bogotá, octubre 2, 1969.
85 El Tiempo. Bogotá, mayo 20, 1974.

254
Niños delincuentes y criminales

Escenas como la anterior se describían en la prensa y hacían


parte de las vivencias cotidianas de la mayoría de los habitantes de la
capital, ya fuera como víctimas directas o como testigos. En los pe-
riódicos se registraba la existencia de verdaderas bandas de menores,
bien organizadas, que se apoderaban de sectores específicos de la
ciudad, de zonas que les ofrecían mayores facilidades para sus delitos.
Las imágenes de los pequeños gamines, convertidos en delincuentes,
escabulléndose entre ríos de carros de las principales avenidas de
la capital y defendiendo su botín con la agilidad de una gacela, fueron
corrientes en la época y la prensa ilustró permanentemente las fechorías
de estos niños.
Además de los graves problemas que durante los años sesenta
tuvo que enfrentar Bogotá debido al volumen de niños desamparados
y a los gamines que generaba la propia ciudad, no era raro que en
otros lugares del país se resolvieran estas situaciones recogiendo sus
mendigos y reubicándolos en la capital. Un caso concreto se presentó a
mediados de 1975, cuando se llevó a cabo la conferencia de mandatarios
de Venezuela, Panamá y Colombia en Santa Marta. Las autoridades
samarias resolvieron fácilmente el problema de los niños de la calle
y realizaron una redada donde se recogieron a los gamines, a quienes
transportaron en un vagón del Expreso del Sol rumbo a Bogotá.
El funcionario que organizó el proyecto de “limpiar” a Santa Marta no
tuvo en cuenta que el viaje duraba 30 horas y tampoco se preocupó por
darle a los pasajeros agua o alimentos, mucho menos ropas apropiadas.
Después de embarcar a estos habitantes de la calle como animales —se
hablaba de un lote de 23 gamines—, fueron asignados cuatro agentes
de la policía para evitar que los detenidos fueran a otros vagones para
pedir algo de comer. Los nuevos inmigrantes capitalinos, entre los
cuales, además de los niños de la calle, se encontraban humildes ven-
dedores ambulantes y lustrabotas, denunciaron el atropello que habían
sufrido, fueron llevados a la policía juvenil, institución encargada en
la capital de resolver el caso86.
La policía capitalina reconocía con frecuenta su impotencia
frente a la criminalidad infantil. ¿Qué se podía hacer con los niños

86 El Tiempo. Bogotá, julio 27, 1975.

255
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

que se recogían de las calles? No había adonde mandarlos, pues las


instituciones de encierro o formación no daban abasto.
Por su parte, las modalidades de los crímenes cometidos por los
niños eran bien conocidas por los policías del centro de la ciudad y
de Chapinero. Entrevistadas por algún periodista de El Tiempo, las
autoridades de policía explicaban la forma de trabajar de los niños
delincuentes:
Los niños actúan bajo una extensa serie de modalidades. Cada
uno tiene una especialidad, por su habilidad, por su capacidad,
porque son demasiado inteligentes. Los hay diurnos y nocturnos
[...] Por ejemplo unos roban accesorios de vehículos, otros sirven de
campaneros o centinelas de los hampones de mayor edad, otros se
especializan en raponazo, también en llave con vagos de más de 20
años. Hay grupos que solamente roban en sitios de aglomeración
carteras de hombre, y unos diferentes, carteras de mujer. Abundan
los que roban en almacenes [...] y hay algunos que también roban a
sus compañeros [...] Y tienen horarios bien establecidos. Usted podría
observar, continua el comandante de policía contándole al perio-
dista, que entre la una y las dos y media de la tarde, por ejemplo,
se calma mucho la delincuencia de los gamines. Coincide esta hora
con la fijada por los empleados y trabajadores para irse a sus barrios
a almorzar. Entonces en ese momento el gamín también almuerza
[...] De noche trabajan los diurnos hasta determinado momento.
A esa hora cambian las modalidades como cambia también la vida en
la ciudad. Entonces aparecen las galladas que, por ejemplo, sirven de
campaneras y comienzan a recibir la lección del alto delincuente en
el atraco a mano armada, en robos al comercio, robos a residencias.
Hay muchos casos en los cuales son los niños los que penetran —por
su tamaño y por el riesgo— a los sitios atracados [...].87

Como dramático fue calificado, en la página editorial de El Tiempo,


el informe sobre la delincuencia infantil ligada al gaminismo, realizado
por Germán Castro Caycedo, donde queda en claro la dificultad de
diferenciar entre la delincuencia del gamín y otras formas de delito.

87 El Tiempo. Bogotá, octubre 27, 1975.

256
Niños delincuentes y criminales

Hay un verdadero sistema, una organización que prevé los me-


nores detalles y, sobre todo, la acción de los llamados gamines, cada
cual en una modalidad especifica del delito. Estamos, pues, frente a
un hecho de gravedad inocultable porque toca con la niñez y, precisa-
mente por tal circunstancia, se ha convertido en una docencia y una
escuela del hampa que inicia sus prácticas en los muchachos desde
muy temprano [...]. 88

Una amplia crónica de Pilar Lozano, publicada a mediados de


1977, puso de nuevo el dedo en la llaga, al describir el mundo de los
niños gamines en la capital. Lozano señalaba que aunque no existían
estadísticas exactas sobre el número de menores que infringía la ley,
diariamente se recibía en la comisaria de menores un promedio de
15 denuncias contra menores de 16 años, la mayoría por robo, hurto
y atraco, y en menor escala, por la misma diversidad de delitos que
llenaba las cárceles de menores, esto es, “desde la lesión personal y el
abigeato, hasta el homicidio, la estafa o la violación carnal y el tráfico
de drogas”89. Lozano comentaba que la historia parecía repetirse con
todos los niños delincuentes. Los hogares desintegrados y los recursos
económicos bajísimos, el maltrato y el hambre llevaban los niños a
la calle a “buscarse la vida”. Otros menores, a los 7 u 8 años, cuando
se convertían en “los hombres de la casa”, tenían la obligación de
mantener a su mamá y a sus hermanos. En la calle pronto descubrían
la protección de la gallada, donde encontraban lazos más firmes que
los de su propia familia. “Caminan de día y en la noche, entre robos,
juegos, alegría y amargura, luchando contra el asedio de otras galladas
que quieren invadir su territorio, contra la persecución de la policía
y el odio de los adultos”90, afirmaba la periodista.
Su vida delictiva se inicia con el estucheo o el robo de pequeños
objetos de los carros, pasan al raponeo hasta adquirir la confianza
y destreza para medírsele al atraco a mano armada. Luego “alma-
ceneo” y “apartamenteo”. Pero, a pesar de todo, esta dura vida no les

88 El Tiempo. Bogotá, octubre 28, 1975.


89 El Tiempo. Bogotá, junio 27, 1977.
90 El Tiempo. Bogotá, junio 27, 1977.

257
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

ha podido arrancar del todo la niñez. Ellos cuentan sus hazañas con
la misma picardía con que otro niño puede contar cómo burla la vi-
gilancia de un profesor para copiarse el examen de quien ocupa el
primer puesto de la clase.91

“Niños que no pueden serlo” era el título de la columna con la


que, en la página editorial de El Tiempo, se comentaba el reportaje
que Pilar Lozano realizó en el desolado mundo de los niños de la
calle en la ciudad.
En realidad […], estos seres no tienen tiempo de ser niños.
Los juegos les son esquivos y si acaso disfrutan de una porción de
alegría, es demasiado pasajera como cuota de felicidad. Los libros y
la educación les están demasiado lejos. El trabajo no se los permite,
y sí lenta pero inexorablemente se van hundiendo, naufragando en la
ignorancia, desconociendo aquellos bienes y oportunidades de que
gozan otros compañeritos más afortunados [...].92

En los años ochenta, el asesinato del joven ministro de Justicia y


defensor del tratado de extradición, Rodrigo Lara Bonilla, estremeció al
país, no solo por lo que su asesinato significó nacionalmente, sino por la
edad de los sicarios involucrados en su muerte: dos jóvenes paisas que
ese día llegaron a la capital con la misión de cometer el crimen. Uno
de ellos era Byron Velázquez, un jovencito paisa de pelo rizado, quien
nunca logró terminar segundo de bachillerato, enviado desde Medellín
con la misión de matar al doctor del “Mercedes blanco” por la suma
de $2 000 000, que serían pagados una vez se consumara el crimen.
Pocas horas después del asesinato del ministro y de la captura del joven
sicario, este fue interrogado en la cama número 251 de la Clínica de
la Policía, adonde había sido trasladado en la noche del 30 de mayo
de 1984 para que se repusiera de sus heridas tras el enfrentamiento
con la policía. El interrogatorio del joven sicario, herido y aturdido,
que aún no entendía lo que había sucedido, permitió conocer lugares,
fechas y algunos nombres falsos de las personas que habían estado

91 El Tiempo. Bogotá, junio 27, 1977.


92 El Tiempo. Bogotá, agosto 31, 1977.

258
Niños delincuentes y criminales

detrás de la planificación y preparación del magnicidio. En una potente


moto que conducía Velázquez, especializada para motocross, su com-
pañero disparó contra el Mercedes Benz en el que viajaba Lara Bonilla.
En el juicio, “Velázquez se mostró tranquilo durante toda la diligencia,
lúcido y con una fluidez verbal que impresionó a los asistentes a la
indagatoria”93. El joven delincuente contó ese día:
[…] a eso de las horas de la tarde, sacaron el carro y me entre-
garon a mí un chaleco y al compañero mío le entregaron otro chaleco
y una ametralladora y dos granadas que las tenían en el carro, en-
tonces el compañero que andaba conmigo en la moto me las echó en el
bolsillo derecho del chaleco que para que le quedara más fácil sacarlas
a él, entonces como yo no conocía a Bogotá, no conozco las calles ni
avenidas, no conozco pues nada aquí en Bogotá, él me explicaba por
dónde voltiaba, hasta que pasamos por una oficina que es como un
segundo piso y tiene un garaje y una puerta es una reja y se ve todo
al fondo, que cuando pasamos él dijo que no estaba el Mercedes […]
y entonces dijo que tampoco estaba el señor ahí, que ya había salido,
entonces ahí mismo que fuéramos por la casa de él y él empezó a
explicarme por dónde voltiaba, entonces cuando íbamos como por
debajo de un puentecito salió un rompocito, una glorieta ahí, entonces
cuando asomamos él vio que el Mercedes iba por ahí adelante y me
dijo que lo alcanzara por ahí adelante, cuando lo fuimos a alcanzar
vi que iba atrás una camioneta como grisecita o cafecita, entonces ahí
mismo me dijo que lo arrimara al pie del Mercedes blanco y apenas lo
arrimé empezó a disparar por el vidrio de atrás [...].94

Historias similares, posiblemente sin la resonancia que tuvo el


caso de Lara Bonilla, se repitieron muchas veces no solo en Bogotá,
sino en diferentes ciudades del país. Con inusitada frecuencia, el eje-
cutor material, el asesino directo, es decir, quien accionaba el arma, se
encontraba entre los 15 y los 19 años. Generalmente, no sabía a quién o
porqué estaba matando. Eso no importaba, lo cierto era que después
de su acción recibiría una recompensa.

93 El Tiempo. Bogotá, mayo 5, 1984.


94 El Tiempo. Bogotá, mayo 5, 1984.

259
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

A pesar de que se observaba la sofisticación de las acciones de


muchos de estos jóvenes y pequeños delincuentes, las formas tradicio-
nales en que las bandas de gamines habían delinquido y atemorizando
a la ciudadanía a lo largo del siglo seguían estando presentes:
[…] Los jovencitos hacen su aparición temprano en la mañana y
comienzan a amenazar con palos a las secretarias y demás empleadas
(de los juzgados) para que les den “una limosna” para tomarse un
café. Otras veces no las amenazan con palos, pero si ellas se niegan a
regalarles dinero, las insultan o las pellizcan el trasero. Una vez una
señora le regaló a uno una moneda de diez pesos y al chico segura-
mente no le gustó, y la cogió y la tiró contra el vidrio [...] Otra vez uno
de los gamines amenazó a una juez con una botella con el pico roto
porque ella se negaba a darle plata [...] Los gamines, cuando no están
atemorizando a la gente, se ponen a oler Bóxer para trabarse. Para
disimular lo echan en tapas o en latas de gaseosa o de cerveza. Otras
veces se pelean entre ellos y se pegan muy fuerte [...].95

Las autoridades informaban a la prensa que el icbf no contaba con


instituciones que permitieran albergar a todos los niños menores que
día a día se corrompían en las calles, fumaban marihuana, inhalaban
pegante y robaban o mataban para subsistir. Se decía que, por ser Bogotá
una ciudad de grandes dimensiones, el aumento de las infracciones
a la ley por parte de niños y jóvenes aumentaba permanentemente y
era muy difícil controlarlo. En los ochenta, una funcionaria del icbf
sostenía que las autoridades se sentían impotentes ante el problema:
[…] por ser la capital la ciudad más grande del país, el índice de
infracciones aumenta paulatinamente. En 1984, los juzgados penales
de menores atendieron 1442 casos, de los cuales 1123 fueron contra
la propiedad, 177 contra la vida e integridad personal, 37 contra el
honor sexual y la libertad y 73 contra el estatuto de estupefacientes.
En Bogotá la cifra de infracciones de menores subió de 3757 en 1980
a 4390 cuatro años más tarde. El problema de la delincuencia juvenil
de Bogotá es similar al de las grandes ciudades de los países latinoa-
mericanos. […] Algunas causas coyunturales que se aplican al uni-

95 El Tiempo. Bogotá, junio 15, 1985.

260
Niños delincuentes y criminales

verso bogotano son las siguientes : el rechazo del niño antes de nacer
que lo hace víctima de maltrato y falta de cariño; la irresponsabilidad
del adulto en medio de una extrema pobreza que obliga al niño a la
mendicidad y al trabajo infantil y lo hace víctima del abuso sexual;
la violencia policial que trata a los niños o jóvenes infractores como
criminales; la estancia de los niños y los jóvenes en la calle, que les
causa problemas de adaptación y de conducta [...].96

Una rica crónica, escrita por Germán Santamaría en 1982 y pre-


sentada en dos entregas, nos introduce en el terrible mundo de la
pobreza y la miseria que caracterizaba a muchos de los barrios de
la capital, así como en las difíciles condiciones de vida en que se
debatían las familias que vivían en estos arrabales, de donde surgían
muchos de los temibles niños delincuentes de la capital.
Entre calles polvorientas con charcas hediondas donde nadan
las ratas, se tropieza con pequeñas caras grandes y rosadas y unos
ojazos negros y profundos, quienes no son tal vez los niños más
pobres de Bogotá o de Colombia, pero que sin duda son los niños
colombianos que están más próximos al infierno de la droga, la
prostitución y el hampa […] En estos mismos momentos […] por lo
menos cuatro mil de estos niños, entre 4 y 15 años, aprenden a robar
y a matar en las calles de Patio Bonito, principalmente porque no
hay cupo en las dos únicas escuelas para una zona que comprende 15
barrios y porque no los reciben en las escuelas del barrio Kennedy,
donde los consideran “niños peligrosos” [...] Son niños aún, así en
los corazones de algunos de ellos se halle empozado ya el suficiente
rencor y la rabia y las ganas de matar a muchos colombianos. Aunque
no viven en lo más lejano de la selva sino en Bogotá, son niños que
no saben ni leer ni escribir, que jamás han tenido un juguete, que
no conocieron una palabra cariñosa y a quienes se les pregunta por
padre suelen dar tres o cuatro nombres […].97

96 El Tiempo. Bogotá, julio 10, 1986.


97 El Tiempo. Bogotá, junio 6, 1982.

261
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Santamaría narraba cómo presenció un partido de microfútbol


en el barrio, donde uno de los equipos estaba conformado por jóvenes
que hacían parte de un clan de apartamenteros, raponeros y atraca-
dores. Describe, igualmente, una escena creíble solo “para quien la
haya visto”, donde en un potrero del barrio un puñado de muchachitos
se entrenaba en el manejo de cuchillos y machetes usando bultos de
arena para enterrar sus puñaladas. Las niñas también estuvieron
presentes en su crónica:
[…] Rosita es una excelente niña, como las hay tantas en el barrio
Patio Bonito, y se espera que ella sea mañana una mujer honrada y
trabajadora. No se puede decir lo mismo de otras niñas, como las
Magolas, una docena de muchachitas de apenas 13 y 14 años que
formaron una banda para ejercer la prostitución, fumar marihuana
en un solar vacío o atracar a los niños más pequeños […] Marcela,
apenas si tienen 13 años, pero ya hace un año ejerce la prostitución.
Ya sabe todo de todo. Vende y consume droga y es como la mascota de
una pandilla de atracadores [...].98

Santamaría describe historias espeluznantes, como la de Eduardo,


un pequeño de tan solo 14 años, que no fue a la escuela, no sabía leer
ni escribir, que se dedicaba a atracar, puesto que era el único oficio
que conocía bien. La vida de este chico constituye uno de los casos
más conmovedores descritos en la crónica citada:
[…] lo llaman “La Pulga” y le achacan por lo menos tres muertos,
entre ellos un payaso a quien apuñaló porque no lo dejó colar al circo
de carpa vieja y rota [...] esto fue apenas un hecho dentro de su cruenta
vida que cuentan y recuentan muchos habitantes del barrio. Dicen
que atracó a otro hombre en Fontibón y que le propinó once puña-
ladas. Que acuchilló a otro en la avenida Primero de Mayo. Que hace
tres semanas asaltó una hacienda de la Sabana. Que desarmó y sacó
corriendo a dos policías que llegaron a la casa a capturarlo [...] “La
Pulga” es el jefe de más de 100 delincuentes que operan en Fontibón,
en la zona de Patio Bonito, en Bosa y en otros barrios del sur […].99

98 El Tiempo. Bogotá, junio 6, 1982.


99 El Tiempo. Bogotá, junio 6, 1982.

262
Niños delincuentes y criminales

Eduardo, La Pulga, un muchacho menudo, tímido, de frágil sem-


blanza, llegó a conformar una organización tan tenebrosa, que los
vecinos se pusieron de acuerdo para aconsejarle que se fuera a robar y
a matar gente —“como cualquier Michín de esta sórdida ciudad”— a
otros barrios lejanos y le hicieron saber que si volvía con sus fechorías
en el barrio, ellos mismos se encargarían de matarlo. Eduardo se escapó
de su casa por primera vez a los 8 años. Aprendió a dormir donde la
noche lo atrapara, en los zaguanes, en los prostíbulos, en cualquier
lugar del centro de la ciudad. Pero él no es el único niño en el que se
enfocó la crónica de Santamaría para describir la niñez de Patio Bonito.
También estaba Ricardo, quien, a sus escasos 12 años, tenía amedren-
tados a punta de navaja a los demás niños del curso tercero, quienes le
tenían que entregar su plata, sus cuadernos y la comida que llevaban
en las loncheras. Sus compañeros no contaban jamás que Ricardo los
asaltaba en el recreo, temían su venganza a punta de cuchillo. Después
de su expulsión del colegio, nadie volvió a saber nada de él. “Se lo tragó
el centro de la ciudad y en estos momentos debe ser un niño peligroso
que acecha en las esquinas y callejuelas del centro bogotano [...]” 100.
También está el caso de Carlos Eduardo, que todas las mañanas sale a
la calle a buscar algo que llevar a su madre enferma de cáncer y sus tres
hermanas pequeñas hacinadas en una casa de tela asfáltica. Hasta el
mediodía, implora una ayuda. Por la tarde, cansado de una fracasada
faena, decide robar: “uno no se puede dejar morir de hambre con todo
y mamá”101. La crónica concluía señalando que la mayoría de los niños
de Patio Bonito, como sucede con gran parte del marginado sur bo-
gotano, está al borde del abismo y su futuro más seguro puede ser la
delincuencia o la prostitución102.
La historia delictiva de los niños de la calle está bien recogida
en un testimonio que registra la evolución de una carrera delictiva:
A los nueve años rapaba las joyas de las cuchas (señoras). A
los doce aprendí a estuchar (robar copas, boceles, pasa cintas de los

100 El Tiempo. Bogotá, junio 6, 1982.


101 El Tiempo. Bogotá, junio 6, 1982.
102 El Tiempo. Bogotá, junio 6, 1982.

263
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

carros). Después algunos apartacos (robar en apartamentos) y un día


se me fue la mano y pues un chulo (un homicidio) […].103

Un artículo publicado por Clara Elvira Ospina, a comienzos de


la década de los noventa, narraba cómo un muchacho de la capital
planeó robar la motocicleta de un empleado repartidor de pollos de un
asadero y cómo, para lograr su objetivo, decidió simplemente asesinarlo
en compañía de otros dos menores. Sin embargo, este no es un hecho
excepcional, escribía la periodista: “La delincuencia juvenil alcanza cifras
alarmantes en Bogotá. Cada tres horas y media se denuncia un delito
cometido por menores de edad. Diariamente, ocho casos delictivos en
el Distrito Capital son protagonizados por jóvenes entre 12 y 18 años” 104.
En este artículo se destacaba el testimonio de una juez de menores,
quien sostenía que esta problemática de la delincuencia juvenil, con la
que se enfrentaban diariamente los funcionarios públicos, “supera[ba]
los ámbitos de la imaginación” 105.
Las cifras presentadas en el artículo señalaban que, en el cincuenta
por ciento de las ocasiones, el robo había sido cometido con porte ilegal
de armas —“puñaleta”, principalmente—, consumo de estupefacientes
y había implicado lesiones personales a las víctimas. En el diez por
ciento de los casos, el robo dio lugar a un homicidio. Según estadísticas
tomadas de los seis despachos judiciales que funcionaban en la ciudad,
de los 3841 procesos que cursaban durante la época en los juzgados de
menores de Bogotá, 226 correspondían a asesinatos cometidos por
los jóvenes. En un artículo, El Tiempo consultó la legislación sobre
menores, habló con los administradores de justicia, con educadores y
directores de centros de rehabilitación, al igual que con los muchachos
delincuentes. Uno de los jueces consultados señalaba:
Lo que más me impresiona de mi trabajo como juez de menores
es que en todo el tiempo que estuve en instrucción criminal nunca vi
homicidios hechos con tanta sevicia como los he visto aquí, de manos
de menores de edad.106

103 El Tiempo. Bogotá, junio 26, 1988.


104 El Tiempo. Bogotá, julio 13, 1992.
105 El Tiempo. Bogotá, julio 13, 1992.
106 El Tiempo. Bogotá, julio 13, 1992.

264
Niños delincuentes y criminales

Jueces y educadores sostenían posiciones antagónicas frente a


la difícil situación de los menores delincuentes. Los primeros consi-
deraban que el Código del menor expedido en 1989107 era muy laxo y
que se debía evitar que los jóvenes delincuentes consideraran que sus
actuaciones no acarreaban consecuencias. En su opinión, ponerles
coto a estos chicos a tiempo era mucho más eficaz que dejarlos con
las libertades que planteaba el código. Los educadores, por su parte,
proclamaban “políticas de mano tendida y benignidad: la sociedad que
lo creó no lo puede castigar, marginar y condenar”, decía el provincial
de la comunidad de Capuchinos Terciarios, que controlaba los centros
para menores, en convenio con el icbf108.
Uno de los 226 jóvenes homicidas que eran procesados por los
jueces de menores, que estaba recluido en El Redentor, explicaba:
[…] Yo no lo maté. Yo simplemente le tuve las piernas mientras
mi amigo lo ahorcaba […] El tipo sí pataleaba mucho, pero yo lo tuve
con fuerza hasta que se quedó quieto [...] Eso fue en diciembre del
año pasado, cuando yo no había cumplido los 17 años […] Nosotros
fuimos al otro día al entierro, porque como trabajábamos ahí [...].109

En vísperas del siglo xxi, las actuaciones de los niños delincuentes


aterrorizaban al Estado, a los profesionales que trataban de entenderlos,
a los jueces y a la ciudadanía en general que, impotente, no podía com-
prender lo que estaba pasando. Sin los programas ni la infraestructura
adecuada el Estado colombiano intentaba enfrentar, con la expedición
del Código del menor la reeducación de los niños y jóvenes delincuentes.
Sin embargo, el balance de esa lucha, sin recursos ni instituciones
suficientes, arrojaba resultados patéticos, según señalaban los jueces:

107 El Código del menor, basado en una norma expedida en 1989, señalaba el
proceso que se le debía seguir a un menor delincuente y las sanciones que
se le debían imponer según el delito cometido. Se trataba de un proceso
de protección y no de carácter penal, motivo por el cual los expertos
consideraban era posible cometer arbitrariedades contra los niños. El juez
adoptaba la medida de protección de manera discrecional, después de analizar
la capacidad que tenía la familia para satisfacer las necesidades del niño.
108 El Tiempo. Bogotá, julio 13, 1992.
109 El Tiempo. Bogotá, julio 13, 1992.

265
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

“[…] el Estado se enfrenta a adolescentes con capacidad de intentar


millonarios sobornos o sentenciar a muerte a un juez”110.
Los jueces de menores en Bogotá, al igual que en el resto del país,
tenían noticia de una variedad de casos que ilustraban esta situación.
En el ámbito nacional, los programas de reeducación a infractores
estaban a cargo del icbf y de entidades privadas que, según los jueces,
no eran objeto de una veeduría constante y de ello se derivaba en el
incumplimiento de las sanciones, lo que “pulveriza[ba] los esfuerzos
de reeducación”. Los jueces miraban con profunda preocupación la
situación en que se encontraban los jóvenes delincuentes en los anexos
de las cárceles Modelo y Distrital en Bogotá, así como en los centros de
rehabilitación para drogadictos como el de Facatativá: “Sabemos con
absoluta certidumbre que en los anexos se encuentran menores al
servicio del Cartel de Medellín y del narcotráfico en general”, decían.
Estos adolescentes recibían semanalmente sumas que oscilaban entre
los 20 000 y los 50 000 pesos y para ellos no solo era normal tener una
cuenta bancaria, sino que habían organizado el negocio de drogas en
el interior de los penales y, en muchos casos, recibían instrucciones
permanentes desde afuera. Estos anexos se encontraban con sobrecupo,
al igual que los centros de rehabilitación, que se llenaban periódica-
mente con sicarios que huían de Medellín y llegaban “a acampar”,
puntualizaban los jueces111.
A comienzos de 1991, el Gobierno acababa de sancionar la ley de
descongestión de los despachos judiciales, ante lo cual jueces y defen-
sores de menores del icbf advirtieron, tanto al ministro de Justicia
como al procurador general de la nación, sobre los riesgos de convertir
en contravención algunos de los delitos cometidos con más frecuencia
por los menores, tal como lo establecía la mencionada ley:
[…] Ello reviste mucha gravedad, puesto que los menores que-
darían sin ningún tratamiento. En el país no hay infraestructura,
ni instalaciones locativas, ni personal adecuado y, por el contrario,
es total la carencia de instituciones de reeducación […] Así, la con-
secuencia inmediata de la medida será un considerable aumento de

110 El Tiempo. Bogotá, marzo 26, 1991.


111 El Tiempo. Bogotá, marzo 26, 1991.

266
Niños delincuentes y criminales

la delincuencia juvenil y la absoluta desprotección de la sociedad


colombiana […].112

Dos estudios del icbf sobre el fenómeno de la criminalidad in-


fantil, basados en la información del 85% de los juzgados de menores y
juzgados promiscuos de familia, establecían que, con respecto a 1990, se
había presentado un incremento del 183,7% en la criminalidad infantil.
Se decía que era importante propender por la definición de políticas
y mecanismos adecuados para la atención integral del joven, aún más
cuando para el año 2000 se preveía una población de 7 800 000 de
jóvenes entre los 10 y los 18 años de edad, quienes requerirían especial
atención y programas adecuados a su edad113.
A mediados de la década de los noventa, se puso al descubierto
los robos generalizados que se estaban realizando en el aeropuerto El
Dorado, generalmente contra incautos extranjeros que se encontraban
próximos a viajar. Entre los delincuentes que la Policía Aeroportuaria
capturó se encontraban “ocho niñas, estudiantes de colegio, que en sus
ratos libres les robaban el equipaje a los viajeros, luego de distraerlos
con un improvisado diálogo”114.
Durante la época, la prensa también daba cuenta de ladronzuelos
“gomelos”, quienes, con ropa de marca, montando en bicicleta todo
terreno y portando un walkman durante el asalto, se convirtieron
en una moda de robo en diferentes sectores de la ciudad, como en la
avenida Rojas Pinilla con calle 53 y en las calles de barrios residenciales
de la capital. Esta modalidad fue reportada en el barrio Normandía,
donde muchas de sus calles en forma de laberinto facilitaban las ac-
ciones de los jóvenes y pequeños maleantes. Sin embargo, la operación
llegó hasta las mismas aulas de un importante centro educativo que
funcionaba en este lugar, donde, según las directivas del Instituto
Técnico Centro Don Bosco, en los últimos cuatro días se habían
perpetrado 14 asaltos contra estudiantes. Además, durante los robos

112 El Tiempo. Bogotá, marzo 26, 1991.


113 El Tiempo. Bogotá, marzo 26, 1991.
114 El Tiempo. Bogotá, noviembre 2, 1995.

267
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

que se cometían en todas las modalidades, algunas veces los jóvenes


atracadores castigaban a sus víctimas.
[…] A un estudiante en vista de que solo llevaba cinco mil pesos
le pegaron puntapiés en la cara; a un alumno de 11 años le robaron el
uniforme dejándolo semidesnudo y a otro de undécimo grado que
estaba patrullando la zona decidieron dejarlo sin zapatos para que
aprenda a no ser sapo. A otro decidieron empezar a regarle los útiles
escolares de la maleta a medida que la revisaron. Ese día por el piso
rodaron libros, escuadras, colores y cuadernos.115

Al lado de estos ladrones de bicicleta, según los estudiantes,


también operaban indigentes y pequeños niños de la calle de unos 10
años que solían usar navajas. Según los estudiantes, la operación de
los asaltantes había llegado hasta las mismas aulas, porque un sábado
en la tarde los elegantes maleantes entraron a jugar en las canchas
de fútbol del colegio, “como si fueran estudiantes y ante el menor
descuido salieron corriendo con los maletines de los estudiantes”116.
Aunque los ladrones en bicicleta no eran los únicos que mero-
deaban en el sector, sí quienes más habían sorprendido a los habitantes,
por la actitud que tenían y por la ropa que llevaban: usaban gorra a la
moda, corte militar y un mechón de pelo que caía cuidadosamente
sobre la frente. Las víctimas indicaron que, antes de cometer el robo,
los ladrones escupían la cara de quienes iban a atracar. En la época, los
niños acomodados que se dedicaban al robo también fueron encon-
trados y sorprendidos en la ciclovía. Allí, uno de los casos señalados
por la prensa hacía referencia a niños que “con buena pinta” se hacían
pasar por deportistas y, con gestos amistosos, una charla amable o el
ofrecimiento de una ganga, aprovechaban para robar la bicicleta de
otros niños o adolescentes en la ciclovía.
[…] Un domingo, Alberto salió a pasear en su bicicleta todo te-
rreno. Cuando iba cerca del centro comercial Hacienda Santa Bárbara,
en la carrera 7 con calle 116, vio que otro sardino que parecía de su
misma edad revisaba una bicicleta similar a la suya. Era un adoles-

115 El Tiempo. Bogotá, julio 28, 1995.


116 El Tiempo. Bogotá, julio 28, 1995.

268
Niños delincuentes y criminales

cente con buena pinta que al ver a Alberto le dijo que tenía problemas
con la guaya. Luego de charlar un poco, le confesó que, como nece-
sitaba dinero urgentemente, la iba a vender por 30 000 pesos. Alberto
no podía creer que semejante ganga se le hubiera atravesado en el
camino, porque una bicicleta como esa puede costar en un almacén
entre 400 000 y 600 000 pesos. El ladrón dijo que se llamaba Javier.
Cuando se dio cuenta de que su víctima estaba interesada en el ne-
gocio, lo invitó a su casa, a pocas cuadras de allí, a concretar el pago.
La supuesta casa quedaba en un barrio elegante. Al llegar allí, Javier le
dijo a Alberto: “Mis papás no están. Voy a ver si me dejaron las llaves
en la tienda”. Alberto se quedó esperándolo en la calle. En esos mo-
mentos se le acercó un joven de aspecto parecido al otro y le dijo que
era primo de Javier. Empezó a elogiar la bicicleta y a preguntarle si era
muy pesada y si tenía varias velocidades. Entonces, Javier se acercó,
los presentó y les dijo que tenía que ir a otro lugar a buscar las llaves.
Como Alberto ya estaba más confiado, se olvidó de las prevenciones
y cuando el supuesto primo de Javier le preguntó que si podía dar
una pequeña vuelta en bicicleta, él aceptó sin ningún problema. En
principio, el joven dio un par de vueltas cerca de la víctima y después
se alejó. Empezaron a transcurrir los minutos sin que ninguno de
los recién conocidos apareciera por allí. Preocupado por la demora,
Alberto se fue a la tienda a averiguar por Javier y poco a poco empezó
a descubrir la trampa en la que había caído […].117

La mayoría de estos robos ocurría en la ciclovía de la carrera 7


con calle 116, cerca del centro comercial Hacienda Santa Bárbara, pero
también se detectaron en la avenida Boyacá, cerca del barrio Castilla,
en el occidente de Bogotá. Testigos de los hechos, aseguraban que estos
ladrones y sus compinches eran menores de edad, de cabello rubio y
baja estatura. Aseguraban que no solo se dedicaban a robar bicicletas,
sino que les habían puesto trampas parecidas a otros niños para que
entregaran sus consolas o juegos electrónicos. Se pedía llamar a la
policía para alertar sobre lo que estaba ocurriendo con los “niños
ricos” que se desempeñaban como ladrones en la ciclovía.

117 El Tiempo. Bogotá, abril 11, 1997.

269
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Las localidades de Bogotá reportaban las acciones de los niños


delincuentes frente a las cuales las autoridades se sentían impotentes.
Algunas veces, como en el caso de la localidad Rafael Uribe Uribe,
hacían referencia a asaltos a mano armada en los que los niños se
convertían en cómplices de los ladrones, cargaban ametralladoras y
otras armas de fuego en sus maletines y daban la voz de alerta en caso
de que se aproximara la policía. La alcaldesa saliente de ese entonces,
Norma Leticia Guzmán, indicaba que el aumento en la delincuencia
juvenil en la zona se debía a la falta de ocupación de los menores de
edad, pues allí el 60% de la población juvenil llegaba “solo a los grados
más elementales de enseñanza y posteriormente abandona las aulas y se
dedica a deambular por la calles sin oficio”. Los barrios más azotados
por la acción de la delincuencia juvenil eran Quiroga, Luis López de
Mesa, Las Colinas, Marco Fidel Suárez y La Paz118.
De igual manera, la Asociación de Juntas Comunales de la loca-
lidad de Engativá organizó una reunión en el despacho del secretario
de Gobierno del Distrito e invitó a los rectores de los colegios de la
zona. El propósito de la reunión era analizar el problema relacionado
con la banda de delincuentes “que viene atacando a las niñas de los
centros educativos causándoles heridas en los senos y las nalgas”.
Esta situación se venía presentando especialmente en los barrios San
Marcos, La Florida y Florida Blanca, según informaba la prensa119.
En la localidad de Suba, bandas de jóvenes que deambulaban
por la zona y amedrentaban a los habitantes llegaban a altas horas de
la noche, embriagados a seguir bebiendo y continuar la rumba en el
parque central. Un celador de turno que trató de llamarlos al orden
fue agredido por los jóvenes, quienes lo atracaron con puñaletas y le
causaron la muerte.
Esa delincuencia juvenil parece haberse tomado todo el barrio,
pues a pocas cuadras de allí las amas de casa se quejan de pequeños
vándalos de 10 y 12 años que atacan los carros y los rayan. Y hay un

118 El Tiempo. Bogotá, abril 10, 1996.


119 El Tiempo. Bogotá, setiembre 16, 1994.

270
Niños delincuentes y criminales

menor de 10 años apodado el “Extorsionador” que les exige a los com-


pañeritos 15 000 pesos a cambio de no atacarlos.120

Según estadísticas de las autoridades, en ese entonces, en Suba


las pandillas juveniles ascendían a unas 15, a las que había que sumar
unos 25 grupos de menores que se dedicaban a hacer pilatunas en
los barrios. Los miembros de algunos de estos grupos fueron los res-
ponsables de los saqueos, incendios y ataques ocurridos en Suba en
señal de protesta por la reubicación de un grupo de recicladores en la
localidad. En aquella oportunidad la policía detuvo a unos 170 menores
de edad involucrados en los hechos. Las autoridades aseguraban que
el incremento de delitos cometidos por los menores se debía a la falta
de oportunidades educativas en la localidad, pues el déficit de cupos
en 1995 había ascendido a 52 666121.
Junto a artículos y crónicas que daban cuenta del problema de la
delincuencia infantil, la prensa publicaba también pequeñas notas en
las que ofrecía información sobre casos específicos, como el de Carlos,
quien dejó a su familia en 1994
porque mi papá era un borracho y no le importaba sino meter
yerba. Llegaba a casa y nos pegaba a mi mamá, a mis hermanos y a
mí. Ese día, recuerdo, yo daba dos pasos y miraba para atrás, con el
ánimo de devolverme para mi casa, pero mi brazo roto y el dolor de
espalda que me dejó mi papá de una patada me hicieron seguir.122

Esa noche Carlos durmió en una acera. Un vendedor de la plaza de


Paloquemao, en Bogotá, le ofreció un tinto, un pan y lo invitó a su casa:
“Pero el desgraciado abusó de mí”, dijo el niño a la prensa. Carlos era
uno de los 18 364 niños colombianos que en 1995 habían abandonado su
hogar y cometido, según la Policía, 10 377 robos, herido o matado a 2883
personas, violado a 808 mujeres y participado en otros 2717 delitos123.
“No quiero saber nada de hogares. Yo lo que quiero es llegar a tener mi

120 El Tiempo. Bogotá, abril 2, 1996.


121 El Tiempo. Bogotá, abril 2, 1996
122 El Tiempo. Bogotá, junio 2, 1996.
123 El Tiempo. Bogotá, junio 2, 1996.

271
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

propia gallada y seguir en la calle haciendo lo que hago, porque eso fue
lo que me enseñaron en mi casa”, afirmaba Carlos124.
Cifras como las anteriores llevaban a la prensa a concluir que en el
país cada 28 minutos un niño cometía un delito. En Bogotá, la Policía
Metropolitana capturaba en flagrancia, cada seis horas, a un menor
delincuente y en un solo día había detenido hasta 12. Sin embargo,
a pesar de los esfuerzos del icbf y de las múltiples instituciones no
gubernamentales que existían, en 1996 solo podrían ser atendidos
5004 nuevos menores infractores de un estimativo total de 20 667
casos que esperaban que se presentaran.
Tanto la directora del icbf, Adelina Covo, como la presidenta de
la Asociación Colombiana contra el Maltrato Infantil, Isabel Cuadros,
coincidieron en afirmar que parte de la solución al problema del niño
infractor implicaba endurecer la legislación contra el adulto que ins-
tigaba al menor a delinquir. Estas dos especialistas argumentaban
que “antes que decretar leyes para castigar al menor como si fuera
un adulto, lo que debemos es legislar para aumentar las penas para
aquellas personas que instigan y obligan a los menores a participar en
delitos”125. Covo insistía en que un menor podía haber hecho lo que
fuera, pero que por eso no dejaba de ser un niño y que, por ningún
motivo, el menor infractor debía ser tratado como adulto. La juris-
dicción criminal que cobijaba a los menores de edad era de carácter
tutorial, lo que significaba que no se les aplicaban penas de prisión
como castigo a los delitos cometidos, sino que debían ser vinculados
a programas de rehabilitación social y familiar. Se recordaba igual-
mente que los jueces de menores debían reunir ciertas características
para ejercer su autoridad, tales como ser pedagogos, estar casados y
ser expertos en relaciones intrafamiliares.
Para la época y como repuesta al creciente número de menores
infractores, el icbf adelantaba un programa que buscaba el fortaleci-
miento y la integración familiar. Adelina Covo explicaba:
Sabemos que el fenómeno del niño infractor se presenta por
la desintegración familiar. Por eso, se trabajaba en la divulgación

124 El Tiempo. Bogotá, junio 2, 1996.


125 El Tiempo. Bogotá, junio 2, 1996.

272
Niños delincuentes y criminales

masiva, a través de medios de comunicación, de mensajes que iban


orientados a evitar el maltrato de padres a hijos y de hijos a padres y a
fomentar la ternura, el amor y el afecto.126

El icbf ofrecía capacitación en las Escuelas de Padres de los 205


centros zonales de todo el país, donde les enseñaban cómo ser papá
o mamá y cómo mantener una mejor familia. Además, el instituto
prestaba asesoría a toda la familia, con el fin de que sus miembros
aprendieran a manejar los conflictos y que estos no terminaran en
un juzgado. De esa manera se habían atendido 492 591 menores, de
los cuales 19 830 eran menores infractores127.
A finales del siglo pasado, la creciente participación de niños
en la comisión de delitos llevó a que las autoridades de policía y
organismos encargados de la protección y rehabilitación del menor
infractor ­discreparan sobre las posibles soluciones. Para el comandante
de la Policía Metropolitana de Bogotá, general Teodoro Campo, era
importante disminuir la edad de inimputabilidad para los menores
de edad para enfrentar el fenómeno delictivo. “Hoy por hoy, los me-
nores de 18 años que cometen un delito están protegidos por la ley y
si los capturan van a un centro de rehabilitación o sus padres firman
un compromiso, pero no van a una cárcel”128, decía el general, quien
aseguraba que era necesario disminuir esa edad a los 16 años.
El problema de la delincuencia infantil, las dimensiones que había
tomado y la incapacidad del Estado para enfrentarla constituyeron
una de las mayores preocupaciones que quedaron insolubles y que
pasaban como legado para el nuevo siglo. Se decía que este problema
no era solo un fenómeno que azotaba a Colombia sino que ocurría
en casi todos los países del mundo,
donde la juventud de ambos sexos se ve golpeada y envuelta
en una ola de criminalidad sorpresiva, incomprensible y dolorosa.
Porque nada causa más impacto que saber u observar cómo un

126 El Tiempo. Bogotá, junio 2, 1996.


127 El Tiempo. Bogotá, junio 2, 1996.
128 El Tiempo. Bogotá, junio 2, 1996.

273
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

menor, y nos referimos a los de 17 años y aun a los de mucho menos


edad, le quita la vida a un ser humano.129

En la prensa se afirmaba que generalmente, los crímenes surgían


por “riñas, por celos u otros problemas personales, durante discusiones,
a veces por motivos de venganza o por las malditas drogas heroicas”.
Los psicólogos y sociólogos podrían dar una explicación sobre la mo-
tivación de los asesinatos y la agresión juvenil. En uno de los últimos
números de la revista norteamericana Time, apareció un excelente
relato que revelaba un mundo donde aquellos muchachos que parecen
rodeados de un ambiente sano terminaban cometiendo un asesinato.
No se manifestaba una razón precisa, se culpaba algunas veces a la
libertad en la venta y compra de armas, otras, a la poca vigilancia que
los mayores tenían al respecto. Sea lo que fuere, escribía el periodista,
la delincuencia juvenil requería un tratamiento especial.
[…] En nuestro país, no solo los muchachos matan. También son
asesinados. No es extraño ver cómo tres o cuatro menores de 15 años
mueren por motivos baladíes. El número ha crecido. Ante ello, no es
innecesario ni inútil pedir cursos en los colegios, reflexiones fami-
liares, para que los espíritus de los jóvenes y jovencitas se desarmen y
transiten por caminos propios de su corta edad […].130

Se pedía que los padres, familiares y maestros ejercieran toda


su capacidad de influencia y de convencimiento, para que se desar-
maran los espíritus de los adolescentes, se rechazaran los impulsos
de venganza y se manifestaba, también, que la tarea tenía que cubrir
también a los medios de comunicación. Es un asunto prioritario,
se decía, pues los niños con ansias de matar o incapaces de vencer
ciertas tentaciones son un peligro nacional y externo y no se pueden
seguir incubando criminales. Reiteraban que los medios informativos
escritos, orales y visuales podían tener su cuota de responsabilidad
en la delincuencia juvenil.

129 El Tiempo. Bogotá, mayo 2, 1998.


130 El Tiempo. Bogotá, mayo 2, 1998.

274
Niños delincuentes y criminales

Las “bandas de pilluelos”, de “pequeños salteadores”, de “pájaros


traviesos” o las “pandilla de gandules” fueron algunas de las imá-
genes con las que fueron descritos los niños delincuentes a principios
de siglo xx. Algunas veces, se utilizaban imágenes más poéticas y
románticas y se hablaba de “menudos náufragos” o de “inocentes
f lorcillas pálidas de la ciudad”. Luego aparecieron “los menores
infractores” y “los niños peligrosos”, y finalizando el siglo fueron
“los niños criminales”, “los niños pandilleros” y “los niños sicarios”
quienes entraron en escena en las calles de la capital. Todos ellos, a
lo largo del siglo, ayudaron a conformar la imagen de Bogotá como
una ciudad insegura y peligrosa, pero también de un espacio urbano
que no protegía a los niños.
En algunas ocasiones los niños delincuentes eran acusados de
haber cometido faltas graves, pero en general, a principios y mediados
de siglo, los niños delincuentes solían ser pobres ladronzuelos, que
diariamente sobrevivían cometiendo pequeños robos en las calles, los
restaurantes y los ventorrillos de las plazas de mercado. Estos niños,
formados en la calle, donde trabajaban vendiendo periódicos y lotería,
en las cercanías a las iglesias y restaurantes, o esporádicamente en
las plazas de mercado, convivían junto con niños mayores en edad y
conocimientos, que los adiestraban inicialmente como mendigos
y limosneros, y con el tiempo y la experiencia, como expertos rapo-
neros, pequeños ladronzuelos y desvalijadores, para culminar como
atracadores y apartamenteros o colaboradores activos de homicidios.
Generalmente, en el curso de sus cortas existencias, habían pasado por
múltiples instituciones de rehabilitación y era allí donde refinaban sus
conocimientos delictivos y diversificaban sus redes sociales.
Muchos de estos pequeños, a principios de siglo, pasaron por el
juzgado de menores y los jueces nos dejaron algunos datos al respecto.
Por ejemplo, en 1934 los casos que atendió el juzgado fueron en su ma-
yoría hombres, de los cuales casi la mitad eran hijos ilegítimos o hijos
“naturales”, como se les decía en la época. Generalmente provenían
de Bogotá, de los sectores más pobres y deteriorados de la ciudad, y la
razón de su presencia en el juzgado estaba relacionada con el hurto,
las heridas a terceros o por haber huido del hogar. Casi todos mani-
festaban tener alguna ocupación: limpiabotas y ­vendedores de prensa

275
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

principalmente, pero también albañiles y zapateros. Tan solo diez se


presentaron como estudiantes. Para el caso de las niñas, la mayoría
se dedicaba a los oficios domésticos y otras eran clasificadas como
vagas y de “vida aireada”. Algunos de estos niños fueron devueltos
a sus hogares, pero corrientemente la solución era la reclusión. Los
niños del juzgado fueron enviados a Paiba, la llamada “escuela del
crimen”, unos pocos a la Cruz Roja y otros simplemente se “depositan”,
sin que quede claro en qué consistía dicha medida. Las niñas, por su
parte, también se recluyen, sin que se especifique la institución, y se
“depositan”. De los 880 varones que aparecen en las estadísticas, 574
eran reincidentes131.
A lo largo del siglo xx, Bogotá fue percibida como una ciudad
insegura. Los robos, atracos, asesinatos y otras formas de delincuencia
se repetían en muchos sectores de la capital, donde operaban todo tipo
de vagabundos, que amenazaban con armas a sus víctimas e incluso
las acuchillaban o les disparaban si no les entregaban el objeto que
deseaban. Los niños por lo general estaban presentes en estos epi-
sodios, donde desempeñaban múltiples funciones. La malignidad
imperaba en muchos barrios de Bogotá, especialmente en los lugares
oscuros, deshabitados y sin vigilancia de las autoridades, allí los niños
callejeros y delincuentes encontraban los espacios seleccionados para
ejercer toda clase de infracciones contra la población. Terminando el
siglo, la ciclovía, lugar público por excelencia, se convertía en campo
de asalto para todo tipo de delincuentes.
Médicos, juristas, pedagogos, religiosos e intelectuales trataban
de entender el fenómeno y establecer cuáles podrían ser las razones de
los comportamientos delictivos de estos niños. La degeneración de la
raza, debate apasionado que involucró a sectores eruditos de la época,
fue un factor con el que estuvo asociado al explicación de la delin-
cuencia infantil. Los niños heredaban esta condición de sus padres
miserables, alcohólicos y sifilíticos. También se señalaba el medio social
en el que estos pequeños vivían, que los expulsaba de sus familias y
los lanzaba a las calles de una ciudad que cada día crecía más, se hacía
más impersonal y cada cual tenía que buscar la forma de sobrevivir.

131 El Tiempo. Bogotá, enero 4, 1935.

276
Niños delincuentes y criminales

La “desorganización de la familia”, de donde provenían generalmente


los “hijos naturales”, unida a la miseria de los arrabales de la ciudad,
se encontraba en la base de la problemática, opinaban otros, mientras
que las arraigadas y fuertes visiones patriarcales apuntaban a señalar
la “debilidad del padre” de familia para imponer su autoridad en el
hogar y el exceso de cariño e indulgencia de las madres. Voces más
autorizadas, como la del doctor José Antonio León Rey, el primer juez
de menores de Bogotá en 1935, asociaba la delincuencia con el abandono
en el que vivían los niños, que hacía que la calle se convirtiera en su
hogar y su escuela.
A finales de siglo, la irrupción del narcotráfico en la vida nacional
atrapó en su torbellinos el mundo de los niños y produjo los niños
sicarios, niños miserables entrenados para manejar armas, conducir
motos y matar a quien dijera el patrón por unos cuantos miles de pesos.
Sin embargo, a pesar de la sofisticación de las acciones de muchos de
estos jóvenes y pequeños delincuentes, las formas tradicionales en que
las bandas de gamines habían delinquido y atemorizando a la ciuda-
danía durante siglo el siglo pasado continuaron estando presentes en
algunas zonas de la capital.
Fue gracias a los periodistas, etnógrafos del pasado, que con sus
crónicas detalladas y sentidas sobre esta problemática de la delincuencia
infantil nos permitieron explorar la vida de estos niños, a quienes la
miseria, el maltrato y el hambre los llevó a “buscarse la vida” y los
convirtió en delincuentes.

277
Niños trabajadores usados y explotados

Desde el siglo xvi el niño estaba vinculado al trabajo artesanal


de los gremios. Durante la Colonia, la fundación de las ciudades y los
poblados estuvo ligada al establecimiento de cabildos que tenían a su
cargo, desde un comienzo, la provisión de aguas y carnes, la vigilancia
de las artes y oficios, de las tiendas y talleres. En ciudades como Bogotá,
los artesanos trabajaban como plateros, albañiles, carpinteros, herreros,
sastres y zapateros. En los siglos xvii y xviii el tamaño del gremio de
los artesanos y la especificidad de su organización y reglamentación
se hizo cada vez mayor. Eran tantos los gremios en la ciudad que
surgieron las calles de los Herreros, de los Plateros, de la Armería, de
los Enfardeladores, de la Fundición, del Chircal, del Matadero, de la
Tenería y del Tejar. En Bogotá hubo barrios, como Egipto, las Nieves,
las Cruces, Belén y San Victorino, donde la mayoría de sus habitantes
eran artesanos.
Aunque los viejos artesanos seguían laborando en talleres asistidos
por unos pocos aprendices, mujeres y niños, comenzaron a aparecer
fábricas que, mediante pequeñas inversiones, la contratación de más
trabajadores y la introducción de maquinaria sencilla, se convirtieron
en industrias rudimentarias.

279
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

La vida de los niños como artesanos comenzaba desde muy


temprano. Entre los 10 y 12 años, mediante un contrato de apren-
dizaje que pactaban los padres o tutores y el maestro ante uno de
los veedores de oficio, el niño se vinculaba al trabajo. En el contrato
se establecían mutuos deberes y obligaciones, cuyo cumplimiento
vigilaba el gremio. El aprendiz debía obedecer y respetar al maestro,
reconociéndole el derecho de cuidado, vigilancia y corrección; así
mismo, debía dedicarse al estudio del oficio, asistir a misa en los días
de precepto, madrugar todos la semana y trabajar durante las horas
correspondientes y útiles de la jornada, aprender a leer y escribir, andar
siempre aseado y bien vestido. Eran obligaciones del maestro enseñar
a su pupilo todos los secretos del arte durante el tiempo estipulado
por las ordenanzas del gremio y de acuerdo con la suma pactada
con los responsables del muchacho; también debía procurar que el
aprendiz asistiera a clases de doctrina cristiana y cumpliera con los
preceptos de la Iglesia y era asimismo su responsabilidad vigilar que
el muchacho aprendiera a leer y escribir; debía dar cama, vestuario y
alimentación al aprendiz, castigarlo en caso de que incurriera en falta
y permanecer en la ciudad durante todo el tiempo del aprendizaje.
Los padres o tutores del aprendiz estaban obligados a no cambiar de
maestro sin causa justificada, no podían sacar del taller al joven entre
semana ni oponerse a los castigos y correcciones que, con prudencia
y moderación, impusieran los maestros. Los gremios debían vigilar el
cumplimiento del contrato, exigir que los aprendices se capacitaran y
no se convirtieran en criados del maestro, vigilar que este no tuviera
más aprendices que aquellos a los que pudiera enseñar con utilidad y
que los padres no retiraran a los hijos sin causa justificada1.
Así mismo, en el siglo xix, se buscaba en Bogotá a los indios
forajidos de los poblados cercanos y se pedía a los alcaldes de barrio
que, al encontrarlos en las casas, los devolvieran a su lugar de origen.
Los censos de población levantados por los alcaldes, donde se con-
signaban la edad, la ocupación, los lugares de origen y de residencia

1 Humberto Triana, “La protección social en los gremios de artesanos


neogranadinos”, Boletín Cultural Bibliográfico 9.3 (1966): 432-440; “El
aprendizaje en los gremios neogranadinos”, Boletín Cultural Bibliográfico 8.5
(1965): 735-742.

280
Niños trabajadores usados y explotados

actual, dejaron constancia de la temprana edad de vinculación, ocho


años, de las niñas indígenas como sirvientas en las casas bogotanas2.
En marzo de 1899, en la revista El Domingo, se publicó la historia
de “Lucas Vargas”, un gamín afortunado. Escrita por José María
Samper, esta crónica permitía seguir de cerca el contacto entre un
gamín embolador y su cliente, un hombre solitario que se encariñó con
el muchacho y le brindó la oportunidad de “culturizarse” y “acristia-
narse”. La madre explotaba al gamín, quien finalmente fue protegido
por su cliente, hasta verlo convertido en un hombre de bien, capaz
de ganarse la vida de forma honesta, a través de un negocio cada vez
más amplio de venta de periódicos. En el cuento se describían, con
lujo de detalles, las características del niño trabajador en el mundo
gamín, que ya existía hacia finales del siglo xix y posiblemente desde
siempre. Era aquel niño huérfano de padre que ayudaba a la madre
en la supervivencia con sus pocos recursos y que tenía que arrostrar
la aquiescencia de una sociedad que toleraba, con indiferencia, las
difíciles condiciones de vida de los chicos de la calle o que, a medida
que su número aumentaba, abría nuevas instituciones para acogerlos
y formarlos en una educación propia para el trabajo3.

Los chinos bogotanos eran niños trabajadores


A comienzos del siglo xx eran muchos los niños de los barrios
pobres de la ciudad que trabajaban4. Sin escuela, se dedicaban a ayudar
a sus padres, se contrataban como aprendices y ayudantes y realizaban
pequeños oficios de manera independiente Había leñadores, costureras,
carretilleros, sepultureros, lecheros, mazamorreros, aguateros, carbo-
neros, lazarillos, entre otros. A pesar de su corta edad, el niño buscaba
oportunidades o aprovechaba las que se le ofrecían esporádicamente
para ayudar al sostenimiento de su miserable familia. La prensa hablaba
de los niños pobres y ofrecía escenas pintorescas del niño trabajador.
Algunas imágenes describían grupos de niños que realizaban diversos

2 Cecilia Muñoz, “Child labor in historical perspective 1800-1985”, en Case


studies from Europe, Japan, and Colombia, ed. Hugh Cunningham y Paolo
Viazzo (Florencia, Italia: Unicef) 91-105.
3 El Domingo. Revista quincenal. Bogotá, marzo 19, 1899.
4 La niñez en el siglo xx pp. 321-325

281
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

trabajos en el ferrocarril, que compartían las fatigas del trabajo en ta-


lleres de artesanos, niños aguateros que llevaban pesados baldes sobre
sus espaldas y transportaban agua de los pozos a diversos barrios de
la capital, niños que al lado de sus padres vendían frutas y verduras
en la plaza de mercado, otros, a cambio de unas monedas, llevaban los
canastos del mercado hasta las casas de las señoras. De los ayudantes
de albañilería, de los pequeños deshollinadores y los carboneros y de
los niños que vendían musgo y flores montañeras también se recogían
semblanzas en los periódicos.
En las calles de la ciudad, el niño trabajador hacía parte de esa
mezcla de pequeño abandonado, gamín y delincuente que recorría
las calles como embolador, voceador, vendedor ambulante y que, por
temporadas, se convertía en trabajador doméstico, barría los zaguanes,
enceraba pisos y hacía de chino mandadero en casas y pequeños
negocios. Los periodistas y las autoridades los habían convertido en
objeto de estudios especial, en tema de reflexiones, poemas y novelas
cortas en las que se narraban sus aventuras. Por ejemplo, “El niño
Agapito” y “El chino de Bogotá” de Januario Salgar, “La Niña Águeda”
de Manuel Pombo y el “Chino Lázaro” de Fermín y Pimentel y Vargas
eran algunas expresiones literarias de la realidad del trabajo infantil
en Bogotá. Se trataba de niños imaginarios pero muy cercanos a la
realidad, que tenían que buscar formas propias de supervivencia con
el ejercicio de pequeños trabajos, pero que también podían hacer parte
de grupos callejeros que mezclaban vida, jolgorio, trabajo y delito de
manera simultánea o alterna.
En casi todos los lugares de la ciudad se encontraba el niño traba-
jador que desempeñaba múltiples oficios y participaba en todo tipo de
acontecimientos de la calle. Su presencia, sus actividades e incluso sus
palabras se registraban en artículos de prensa, unas veces para llamar
la atención sobre su difícil condición de vida como habitante de la
calle, “trabajador, gamín, delincuente y vago”, y otras para describir
la nueva forma de vida que llevaba en las instituciones donde se le
recluía para solucionar el problema del niño “molesto e indeseable”,
que ocupaba ruidosamente las calles de la ciudad.
Los periodistas estaban, con frecuencia, atentos a las expresiones
de los emboladores y voceadores de prensa, personajes entrañables a

282
Niños trabajadores usados y explotados

quienes muchas veces admiraban y respetaban. Hacia 1903, cuando


se produjo la separación de Panamá, los “chinos” vendedores de pe-
riódicos de la capital, que no eran ajenos a la realidad nacional, bajo
el lema “por la unión y por la patria”, organizaron una manifestación
ante al excelentísimo señor vicepresidente de la república. La prensa
aprovechó el pintoresco hecho para exaltar el nacionalismo ferviente,
del cual daban muestra los “niños libres” que estaban dispuestos a
“alzarse en armas”:
[...]Ese cuerpo de pilluelos, al ver que manos extrañas quieren
apoderarse de un pedazo de nuestro suelo, sienten hervir la sangre
de chicos libres y se ofrecen en masa a tomar un fusil para salvar
el nombre de la Patria. Han dado el grito de ¡viva nuestra república
libre!, ¡Viva nuestro amor nacional!5

Los niños se vinculaban así a la realidad nacional copiando las


reacciones de los adultos. En momentos de crisis separatistas, ellos
también se contagiaban del patrioterismo del momento, que era
usado por los medios para estimular los sentimientos nacionalistas
en la ciudadanía.
Por su parte, los “chinos bogotanos”, convertidos en “gamines del
aseo”, eran usados como mano de obra barata en algunas campañas
públicas organizadas por la alcaldía de Bogotá, pero la ciudadanía se
quejaba de la mala calidad de los trabajos que aquellos realizaban:
[...] Da grima ver cómo los “gamines del aseo”, capitaneados
por quienes poco o nada se preocupan por hacerles cumplir su deber,
barren —de una en quinientas— las calles de la ciudad. Con cuatro
escobazos de cuatro pilluelos estuvo barrida una calle. Y lo mejor del
cuento es que cada escobazo va a formar la basura en el centro de la
calle un lodazal endemoniado. Es tiempo ya de que los encargados del
aseo vigilen este punto, pues es claro que haciendo cloacas en cada
calle hay infección general en la ciudad.6

5 El Nuevo Tiempo. Bogotá, diciembre 15, 1904.


6 El Nuevo Tiempo. Bogotá, diciembre 15, 1904.

283
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Los niños hacían por entonces labores de aseo, usados, más que
contratados, de igual manera que los presos del país eran obligados a
contribuir en la apertura de caminos en las zonas rurales y de calles
en las ciudades pequeñas e intermedias. Esa mano de obra de “los
indeseables” era requerida en la doble modalidad de castigo y servicio,
para que no fueran únicamente “presos zánganos” alimentados sin
ninguna participación social mientras purgaban una condena por la
comisión de algún delito.
En un número de Bogotá Ilustrado de 1907 se publicó el artículo
de Julián Páez sobre los emboladores, donde son descritos como seres
entremezclados y cercanos a los niños gamines. El escritor se refería
a los chinos voceadores como los muchachos ilustrados y a los niños
lustrabotas como aquellos que eran cercanos al poder.
No es exagerado decir que un chino, solo, hace leer más que
todos los maestros de escuela de Colombia reunidos [...] grita y
pregona por calles y plazas, El Correo y El Comercio, El Nuevo Tiempo
y El Porvenir, La Revista de la Paz y Bogotá Ilustrado [...] Desde en-
tonces viene [...] creciendo y engranando en nuestra sociedad, como
rueda indispensable, ese infeliz gremio que antes moría de inanición,
sin fuerzas para la lucha [por] la vida, sin más techo que el cielo, ni
otra vivienda que la calle, ni más alojamiento que el hospicio; sin otro
maestro que el déspota severo, dueño del tenducho en donde el des-
graciado había venido al mundo; sin otro pan que el que daba la ca-
ridad y sin otra esperanza que la de entrar en los cuarteles a cursar en
la escuela de la carne de cañón. 7

En la nota anterior queda claro el origen y destino de los voceadores


y lustrabotas: niños que van “del hospicio al cuartel”. Estos chicos
desamparados eran usados como fuerza de trabajo barata o gratuita
por las empresas que tenían grupos de adultos que utilizaban a sus
hijos para hacer más eficiente, por ejemplo, la venta de periódicos o
que eran contratados por terceros o por la misma empresa familiar
para llevar a cabo múltiples y variadas labores.

7 Bogotá Ilustrado. Bogotá, febrero, 1907.

284
Niños trabajadores usados y explotados

El niño trabajador formaba parte de los grupos callejeros que


Julián Páez describió con precisión en un relato sobre “el gremio chi-
nesco, reunión de harapos y alegría”. Estos chicos provenía de casas
o instituciones que abandonaban por decisión propia; eran niños
que comían, dormían, trabajaban y recorrían las calles, en busca de
sobrevivir libremente en la pequeña ciudad que en aquel entonces era
Bogotá. El gremio de los chinos estaba dispuesto a ayudar a los niños
recién llegados, “a hombrearlos” para que pudieran sobrevivir en la
calle, donde se desplegaba “una vida de libertad”, poéticamente des-
crita por Páez como “una vida de ave, de brisa, de correteos, de gritos,
de noches estrelladas, de fiestas y de llantos, de bostezo y harturas”.
[...] ya libre [...] sin techo y sin sujeción [...] no teme ya al látigo
del colérico patrón, pero el hambre lo acosa [...] ¿qué hacer? Pasa por
el parque de Santander, en donde, en estrepitosa bullanga, hállase el
gremio chinesco, reunión de harapos y alegría […] y de aquel grupo
surge su redención: un chino amigo, su vecino y compañero, que le
sale al encuentro, y entre risas y burlas se informa de su suerte, se
duele de ella, le da de comer de lo que come [...] y lo toma orgulloso
bajo su amparo y protección […] El anfitrión sigue dispensando
su protección al recién venido, procura hombrearlo, iniciarlo en el
modus vivendi de la cofradía chinesca; le enseña los sitios de reunión,
las ventas más a la moda entre ellos, las ventorras que los tratan con
más consideración, el punto donde miden mejor los alimentos, y
procede a presentarlo a sus compañeros [...] Principia para él una vida
de libertad, de irresponsabilidad, de autonomía, de grandeza indi-
vidual, que tiene bellezas imponentes y seductoras [...].8

Esta comunidad social de iguales incluía, por una parte, la noción


de apoyo y colaboración al necesitado de la calle, a quien se le ofrecían
medios de trabajo, y, por otra, la alegría de unos habitantes que gozaban
la calle, en un ambiente, a veces, de “jolgorio y convite” desenfrenado
y, en otras ocasiones, de “congoja y aislamiento”, cuando eran repri-
midos sin ninguna consideración y eran llevados a los cuarteles de

8 Bogotá Ilustrado. Bogotá, febrero, 1907.

285
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

policía, donde recibían, en lugar del cuidado que requerían, castigos


físicos y trabajo.
Estos gremios de chinos consistían en grupos de niños, con algunos
muchachos un poco mayores que comandaban a los demás y uno que
otro perro, resultado de una mezcla de “chinos pordioseros”, “chinos
trabajadores” y “chinos vagos y delincuentes”, “mal trajeados, sucios y
desvergonzados”, convertidos en los habitantes callejeros característicos
de la pequeña ciudad bogotana.
Julián Páez preguntaba en dónde nacía el chino, quiénes eran
sus padres, cómo había llegado a ser lo que era y trataba de responder
las preguntas con hipótesis que recogían sus ideas sobre el origen
y los factores que determinaban su transitoria y oscura existencia
como chino mandadero:
[…] nadie lo sabe; él mismo lo ignora, quizás en un cuchitril
sucio y desmantelado, quizás en los negros calabozos de la prisión, lo
arrojó su madre sobre el mundo [...] pasó presto su vida de lactancia
y cuna, porque presto pasa todo para él [...] cuando la madre [...] iba
al mercado, a la fuente pública, o a servir por días en la casa donde se
hallaba concentrada, dejaba, abandonado y solo, al chiquitín sufriendo
las crueldades del hambre, del silencio y de la oscuridad de la pieza in-
munda que tuvo por albergue, si fue que tuvo alguna, lloró todas las lá-
grimas que sus ojos tuvieron, por eso ríe desde que llegó a grande y ríe
en todas partes y a toda hora, con una risa sarcástica y temible [...] Así
que [cuando] pudo andar fue habilitado como muchacho de servicio, y
ora traía el agua del chorro vecino, ora los comestibles de la tienda de
la esquina y desgraciado si se tardaba, si rompía la vasija o si perdía el
dinero que le habían dado para las compras, porque una mano colérica
y brutal, impulsada con frecuencia por el estúpido alcohol, se dejaba
caer cruel y desgarradora, sobre sus carnes indefensas [...]una tarde [...]
fue mandado el chino a traer el diario de la venta más afamada que por
su barrio había [...] el pan se exhibía en los cajones de la estantería...
gritó: ¡dame! [...] el chino cogió el pan aquella noche, sació su hambre
y en su vivienda se quedaron esperándolo hasta el día de hoy [...] El
mandadero jamás volvió a ella [...].9

9 El Nuevo Tiempo. Agosto 29, 1902.

286
Niños trabajadores usados y explotados

En el párrafo que sigue, tomado del mismo texto, Julián Páez,


describía el encuentro con aquel conocido de la vecindad, o con quien
se había compartido la vida en el hospicio que lo conectaba con otros
niños de la calle y le permitía informarse y adiestrarse para sobre-
vivir en ella y recibir su primera herramienta de trabajo: “el cajón
de limpiabotas callejero” que le permitiría trabajar al “miserable y
hambreado” como embolador, carente del “pan de la felicidad”, del
cariño de la madre.
[…] el recién venido no tiene un centavo, le falta un cajón, una
caja de betún y un cepillo. ¿Qué hacen? Uno de ellos presenta su
gorra a los demás, y en ella va depositando cada uno su contribución;
muchas veces no se reúne la suma que necesita [...] alguno grita:
¡A mí me sobra cepillo! ¡Yo le doy un poco de bola! [...] Y a los pocos
momentos [...] el miserable y hambriado [...] es un embolador como el
que mejor pueda serlo [...]Es la troupe de los limpiabotas, la dolorosa
troupe de los muchachos que se ríen de su miseria, y sueñan sobre el
cajón de los betunes, en las caricias que reciben los niños y derraman
las madres en el lecho blanco que vela un taciturno Cristo de marfil.
¡Los limpiabotas! A sus almas no ha llegado la misericordia de las
alegrías, ni sobre sus labios que amaga una mueca de desconcierto ha
caído la limosna de un beso tibio que alimente el espíritu con el pan
de la felicidad.10

El chino limpiabotas como el chino voceador eran la imagen


más clara de la infancia callejera trabajadora de Bogotá. Describirlos
en su vestir, en su variado quehacer, y en su estado de niños “sifilí-
ticos”, “abandonados”, “huérfanos”, “limosneros”, “gamines”, “traba-
jadores”, “delincuentes”, “enfermos” y “perversos” que reclamaban
atención, que necesitaban ayuda, pero que deberían desaparecer de
las calles de la ciudad, era la actitud corriente de los periodistas y
de la ciudadanía en general. Esta imagen semejante a la de los leprosos
que debían esconderse y no salir del encierro por el posible contagio que
representaba el mayor peligro para la salud de los ciudadanos, permitía
ver la repugnancia que producía la presencia de todos estos niños

10 Bogotá Ilustrado. Bogotá, febrero, 1907.

287
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

“revoltosos” y “malolientes”, “delincuentes indeseables” en las calles


del centro de la ciudad.
En la prensa circulaban diferentes representaciones de la infancia.
Por un lado, estaban las imágenes del niño con contenido religioso y
de familia, donde la bondad y el amor se hacían sentir; por otro lado,
el niño trabajador callejero, cubierto de harapos y sucio, que vendía
las “flores oprobiosas”, “negras y sangrientas”, que lo llenaban de un
“santo odio” y una “sonrisa amarga”. En la prensa proliferaban imá-
genes llenas de contrasentidos, con las que los periodistas describían
la vida miserable de los niños en medio de las grandezas religiosas.
[…] Siguen cuatro niños cubiertos de musgos y de flores monta-
ñeras. Es el musgo que orlará la cuna del Hijo-hombre en los pesebres
parroquiales o que alfombrará la senda por donde transite el párroco,
conductor de una hostia; y son las flores que adornarán la estatua de
la Virgen Madre o que dormirán tranquilas sobre unos senos tibios.
Pero para los cuatro niños, son los musgos oprobiosos, que a sus es-
paldas se aferran y sus espaldas doblegan servilmente; son las flores
sangrientas —negras y sangrientas— que intoxicarán sus almas de
odio —de santo odio cuando— estén “con los harapos sucios y la
sonrisa amarga parados en la puerta de la floristería” [...].11

En esta época, los periodistas le hacen honor a los voceadores,


a quienes pregonan las noticias y permiten que sus escritos lleguen
a los ciudadanos lectores. La revista Cromos, en su edición de 1916,
publicó dos fotos de niños voceadores bajo las cuales se leía: “Nuestros
‘grandes’ colaboradores. Los niños en pose, para Cromos. ¡Cromos de
hoy!”. En la primera foto se observan alrededor de 60 niños, entre los
cuatro y los doce años, descalzos, con raídas ruanas, sacos grandes,
pantalones hasta la rodilla y con los imprescindibles sombreros y
cachuchas que los caracterizaban. En la foto siguiente son retratados
con los atados de Cromos bajo el brazo, perdiéndose entre las calles de
la ciudad para venderlos12, El niño vendedor de prensa era una imagen
popular en ese entonces y la revista Cromos editó en su carátula un

11 Diario de Colombia. Bogotá, noviembre 24, 1910.


12 Cromos. Bogotá, septiembre 30, 1916.

288
Niños trabajadores usados y explotados

dibujo de Alberto López, con el título de “El benjamín de los vocea-


dores de Cromos”. Allí se veía a un niño de unos 4 años, luciendo un
abrigo oscuro, pantalones a media pierna, alpargatas y un sombrero
de fieltro. El pequeño llevaba bajo su brazo las revistas Cromos 13.
Todos eran niños pobres, voceadores que no iban a la escuela y que
no sabían leer, pero que aseguraban una amplia distribución para los
periódicos y las revistas: hacían parte de los pobres que generaban
riqueza para otros.
En medio de los ya reconocidos niños trabajadores, fue registrado
por Cromos un niño-joven, “el vendedor de café”, hombre o mujer,
era difícil saberlo; trajeado con un batón y un sombrero, descalzo y
cargaba a sus espaldas una especie de cajón, donde llevaba el café.
El periodista de Cromos anunciaba “nuevos y más amplios horizontes”,
esto es, nuevos trabajos que serían la redención para los niños pobres
de la ciudad. En el artículo mencionado se señalaba que los senadores
reclamaban la libertad de los vendedores de café para entrar al recinto
del Congreso y describía el cambio benéfico que había convertido al
vago, “vestido de harapos”, famélico”, “espiritual e inoportuno”, “audaz
y molesto”, “juguetón y atrevido”, “socarrón y revoltoso”, en un impor-
tante vendedor de café, cuya existencia reclamaban los congresistas,
para que les fuera servida la bebida deseada que ahora no tendrían que
ir a buscar al cafetín más cercano.
El chino bogotano está viendo a cada momento que ante sus
ojos se abren nuevos y más amplios horizontes […] De un tiempo a
esta parte se han creado nuevas industrias en las cuales él tiene parte
principalísima: las loterías, cuyos billetes se pasan por todos los ojos
y se le ofrecen a todo el mundo, principalmente, el café. ¿Cuántos
vendedores típicos de café hay en Bogotá? Centenares, pues cada día
surgen nuevos. Proporcionalmente acaso no haya otra ciudad en el
mundo donde el divino moka tenga tan extraordinario consumo [...]
Los periódicos nos han hablado de una escena tragicómica que tuvo
lugar en el Congreso en días pasados. Los agentes de policía de la
puerta trataron de impedir la entrada al solemne recinto de varios

13 Cromos. Bogotá, julio 27, 1918.

289
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

vendedores ambulantes de café, produciendo con su actitud un mo-


vimiento de protesta casi unánime entre los legisladores.14

Los niños trabajadores callejeros eran asiduos servidores de los


“padres de la patria”. Así como les llevaban café, les embolaban los za-
patos, les ofrecían el periódico con las noticias frescas y les vendían la
lotería para que probaran suerte. El niño trabajador, que solía dedicar
muchas horas a la consecución de unos pocos centavos para llevar a su
familia, era un trabajador independiente que ofrecía servicios y pro-
ductos, a bajo costo y en el momento más oportuno, a los transeúntes
consumidores, sin distinción de clase ni de recursos.
Las niñas trabajadoras no recorrían las calles. Ellas estaban re-
cluidas en casas de familia, en la propia o en el hogar de los vecinos o
conocidos que las usaban como niñas domésticas, niñeras, ayudantes
de cocina, “de adentro” o “toderas”. Algunas veces se trataba de niñas
“regaladas” o “consignadas” en casas de familia, donde tenían que
cuidar a niños casi tan grandes como ellas o hacerse cargo de la ropa y
del aseo de cuartos de niños mayores. Algunas de las niñas quedaban
embarazadas de los jóvenes o del señor de la casa y se escapaban de los
lugares donde abusaban de ellas y las explotaban. En la calle, pasaban
a engrosar las filas de la prostitución callejera o se unían a grupos de
mujeres que lavaban ropa por encargo, hacían empanadas o vendían
frutas de casa en casa.
En la década de los años veinte se habían creado en Bogotá los
talleres de los pobres, auspiciados por los socios de la Conferencia de
María Auxiliadora de la Sociedad de San Vicente de Paul, mediante
limosnas recogidas por los socios. Los talleres se iniciaron con diez
niños en 1920 y en 1922 ya asistían cerca de cuarenta muchachos, a
quienes se les daba un vestido completo cada año. Los niños asistían
a clase durante dos horas diarias y allí aprendían el oficio de carpin-
tería y zapatería, las primeras nociones escolares y educación física,
y recibían además un almuerzo gratuito. Al respecto, un periodista
recogía en una crónica las palabras de los fundadores de dichos t­ alleres

14 Sacado de La niñez en el siglo xx p. 324.

290
Niños trabajadores usados y explotados

y afirmaba que estos eran “el mayor bien que puede hacerse a los hijos
del pueblo”:
Ellos [los talleres] son el tipo de escuela que necesitamos para
nuestra clase obrera. La combinación de los estudios primarios con
el trabajo manual, inteligentemente dirigidos, [debería] ser la base
fundamental del programa de todas las escuelas públicas. La junta de
esos talleres que no solo ha tenido esa preocupación, sino que, orien-
tando la caridad hacia la escuela, viste y alimenta a los alumnos que
asisten al taller [y] hace una obra social de inmensa trascendencia”.15

En 1926, se informaba que a la Escuela Departamental de Artes y


Oficios asistían 320 niñas, hijas de obreros, que adquirían “grados de
comercio, modistería, sastrería y farmacia”. Varias chicas, egresadas
de este plantel, “trabajan en bancos, ministerios y casas de comercio
o se han establecido por su cuenta montando sombrererías y casas
de modas”16. Esta era la manera como la sociedad contribuía, según
se pensaba en ese momento, en apoyar hogares “santificados por la
virtud”, pero también “agobiados por la penuria”.

Los múltiples oficios del niño trabajador


A mediados de siglo xx, el niño trabajador se reconocía clara-
mente en imágenes y textos sobre la infancia callejera. En una foto
del sindicato de voceadores de prensa, en la que aparecían más de
cien trabajadores con sus cachuchas de tipo militar, se observaba, en
primera fila, a más de 20 niños menores de 15 años quienes, sonrientes
y orgullosos, exhibían su nuevo uniforme17. Pero los niños no solo
eran voceadores de prensa, también ejercían diversas tareas en los
periódicos, por ejemplo, hacían el aseo y lavado del material de los
linotipistas. Otra fotografía de los empleados de Cromos registraba a
seis jovencitos, no mayores de 15 años, sentados en el suelo, con sus
piernas cruzadas, orgullosos de hacer parte de la nómina de la revista18.
Cromos publicaba en su carátula fotos de gamines y trabajadores; una

15 El Tiempo. Bogotá, diciembre 7, 1922.


16 El Tiempo. Bogotá, septiembre 1, 1926.
17 Cromos. Bogotá, agosto 17, 1935.
18 Cromos. Bogotá, enero 11, 1936.

291
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

de ellas era la de un muchacho de 13 a 15 años, que aparecía con su


cachucha acanalada mientras abrazaba paquetes de revistas y voceaba
su mercancía19. Esta era una imagen característica del niño trabajador
bogotano de mediados del siglo pasado.
Además de voceadores de prensa y pequeños obreros de la industria
editorial, los niños “proletarios” de la capital realizaban innumerables
tareas que les permitían capacitarse en diversos oficios para ayudar
al sustento familiar. Un periodista narraba que en el Paseo Bolívar se
tropezaba “con ejércitos de niños vendedorcitos de arena y de musgo”
y los veía “pasar con los cuerpos doblados por el peso de los sacos,
superior a sus fuerzas [...]”20.
En esta época los niños limpiabotas, junto con los pequeños ven-
dedores de prensa y los gamines, seguían siendo los típicos personajes
infantiles de la ciudad. La reglamentación y el registro de los trabajadores
callejeros a mediados de la década de los treinta nos llevó a preguntarnos
¿qué decisiones había tomado la alcaldía sobre los niños limpiabotas
cuando obligó a los emboladores a registrarse en la policía, a llevar
un carnet, a demostrar la capacidad profesional y la buena conducta,
a estacionarse en determinados sitios, a sujetarse, en fin, a un control
específico de las autoridades? ¿Qué sucedió con los niños limpiabotas y
vendedores de prensa cuando en 1934 la alcaldía estableció, a través de
un nuevo decreto, que los limpiabotas y vendedores de prensa debían
uniformarse con trajes sencillos, semejantes a cada gremio?
A principios de 1936, encontramos una nota donde los limpiabotas
de la capital elevaron algunos reclamos al Concejo, en los que solicitaban
establecimientos especiales donde el número muy alto de muchachos
menores de 15 años que vivían en las calles recibiera instrucción y pu-
dieran aprender el oficio. Los reclamantes también pedían la creación
de escuelas talleres en los asilos de Cinerama, Cruz Roja y Nemesio
Camacho, donde a los niños de la calle solo se les daba alojamiento
nocturno sin prestarles ningún otro servicio21. Los miembros adultos
del gremio de lustrabotas asumían la defensa de los más pequeños y

19 Cromos. Bogotá, enero 11, 1936.


20 El Tiempo. Bogotá, abril 28, 1930.
21 El Tiempo. Bogotá, febrero 15, 1936.

292
Niños trabajadores usados y explotados

reconocían su vida en la calle, pero a la vez intentaban retirarlos de los


puestos de trabajo que ocupaban. Por su parte, los chinos voceadores,
que ya existían desde antes de iniciarse el siglo xx en Bogotá, prego-
naban aún la salida de los diarios de la mañana:
Los chicos concurrían a la imprenta. Eran en total los del gremio,
unos veinte gamines desarrapados, provenientes de los barrios altos.
Entonces comenzaba a funcionar el Paseo Bolívar, Egipto convidaba los
miércoles a las oficinas del cuchuco con espinazo, sin perdón del cerdo;
Belén ofrecía la dulce alegría con sus fiestas. En las Cruces se toreaban
reses bravas, con nutrida asistencia del público aficionado; se quemaba
pólvora y los voladores perforaban la atmósfera diáfana. Los ríos eran,
aún, ríos: San Agustín corría por un cauce abierto y profundo. Y aquí,
en donde ahora está la Avenida Jiménez de Quesada, el San Francisco
[...] A lado y lado funcionan covachelas, fondines, tabernas. Tiendas
de carbón, cuya insignia era una verde hoja de chisgua izada en la
punta de un chusque; y cuyas especialidades formaban ancho censo,
en el cual era discreto contar a las manzanas acarameladas, las habas,
el maíz tostado y los inigualables ajos, con peca de maní en el centro
del centro. Además allí estaba la imprenta de la Luz [...] A las seis de
la mañana llegaban, por lo común, los muchachos a las imprentas. Se
compraban doce ejemplares por medio real y el público compraba cada
ejemplar en dos centavos. En la ciudad se vendían, diariamente, unos
dos mil p ­ eriódicos. El periódico de mayor circulación no alcanzaba a
un tiraje de tres mil ejemplares [...].22

En la anterior cita se describen ciertas características de los barrios


del centro de la ciudad y se reconoce el papel que jugaban los niños
voceadores en la distribución de la prensa capitalina, también se da
cuenta de las ganancias que obtenían por la compra y reventa de la
prensa. Era clara la función que cumplían los niños como revendedores
de la prensa; sin embargo, no recibían mayores beneficios o apoyo de
los periódicos por sus labores.
Antes de que los institutos para ciegos se encargaran de enseñarles
a los invidentes a andar por ellos mismos, ser lazarillo era otro oficio

22 El Tiempo. Bogotá, febrero 4, 1942.

293
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

que desempeñaban los niños pobres. El periodista Ximénez narraba en


una crónica la historia de un lazarillo maltratado como el de Tormes.
[...] Julio Eduardo nació por allí en un arrabal del sureste, de
buenos padres, aunque pobres. Por sobre él funciona una caterva
de hermanos mayores a quienes el progenitor atendió en cuanto le
alcanzó la vida. Julio Eduardo fue huérfano de padre a los tres años.
La madre quedó desamparada, con la compañía de los hijos; luchando
a brazo partido, empleándose en los más humildes menesteres para
llevar unos bocados, todos los días a la piezuca estrecha que con la
prole ocupaba en uno de esos infectos pasajes, típicamente arraba-
leros. Los hijos mayores concurrieron a la escuela; mas, fallecido el
padre, se desparramaron por la ciudad. Unos fueron cobradores de
buses; otros aprendices en talleres. Estos revendieron boletos de lo-
tería, por cuenta de los poderosos monopolizadores del negocio. Julio
Eduardo a los tres años apenas andaba. Es un chiquillo flaco y débil;
más espíritu que carne, más bondad natural que robustez orgánica.
Pasaron unos meses, y cuando Julio pudo andar, valer, moverse, su
madre se lo consignó al ciego de este relato [...] que se llama Fermín,
tiene cincuenta años de edad y veintidós de ceguera; es hombre re-
sabiado, amargado, muy a su pesar, pues se le huyeron los colores y
perdió el deleite de lo bello después de haberlo gustado muy ávida-
mente en plena mocedad [...] Una gran amargura le quiso anegar el
alma. Y claro, este chochea, es colérico, malgeniado, brusco [...] No
resulta un buen compañero para el niño.23

El niño “consignado”, de siete años de edad y “mirada adulta”,


acompañaba al ciego en su deambular por la ciudad vendiendo pa-
peles de desecho. Según la narración, el niño sufría los castigos del
hombre, cuando por evitar la burla de otros niños, se alejaba de él
para defenderse. Dos miserables: el anciano ciego y el niño acompa-
ñante que trabajaba para él, vivían de la venta de material de desecho.
El tono dolido del periodista sobre la orfandad y el desamparo y sobre
los castigos que el niño recibía y la mala compañía del malgeniado
ciego, no se dirigía, en ningún momento hacia el difícil trabajo que

23 El Tiempo, Septiembre 16 de 1942.

294
Niños trabajadores usados y explotados

el niño realizaba. El trabajo infantil no era el problema. Se trataba de


un niño huérfano que había sido consignado a un ciego para que el
niño lo cuidara y protegiera, trabajo loable e indispensable, al ciego se
le reclamaba era el maltrato cuando el niño fallaba en sus funciones.
En los años cuarenta, en la Revista de Medicina Legal el doctor
Pablo A. Llinás transcribía el relato de una menor víctima de abuso
sexual a manos de su padre como otra forma de maltrato que caía
inclemente sobre las niñas:
Hace unos cuatro meses, a eso de las nueve de la mañana,
cuando mi madre se había ido a trabajar, regresó mi padre a la casa,
me llamó y me encerró en una pieza, me tapó la boca con un pa-
ñuelo, me puso la mano en el pescuezo para que no gritara, me alzó
la ropa, me bajó los pantalones, me acostó de para atrás y se me
echó encima, y cuando se bajó me dio veinte centavos y me dijo que
no fuera a decirle a mi mamá. Eso mismo hizo conmigo durante
seis veces en días distintos, es decir, me usó carnalmente y hasta
entonces no conocía yo nada de esas cosas, pues no conocía a los
hombres. Muchas veces mi papa me pegó porque no me dejaba usar
de él y mi defensa era correr para la vecindad, pero las veces que me
cogía descuidada me tumbaba y me usaba.

El médico contaba que los hijos eran usados como el caballo, el


asno o la oveja para “el sustento de la familia y los goces del señor y
del dueño”, quien siente que le pertenecen y que “pueden disponer
de ellos a su talante” 24.
Álvaro Sanclemente publicó en 1948 una crónica sobre los niños
trabajadores y la gran variedad de oficios desempeñados por ellos en
ese momento, donde se incluían apartados de su trabajo sobre zonas
y barrios de Bogotá, que llevó a cabo con motivo de la celebración de
los 410 años de la fundación de la capital:
[...] En Bogotá trabajan millares de niños de ambos sexos. Las
faenas más diferentes son ejecutadas por ellos. Podría llegarse a elaborar
fácilmente una nomenclatura de todos los oficios que desempeñan.
Niños que trabajan se encuentran en la ciudad a cada paso. Pertenecen a

24 Revista de Medicina Legal 20-30.V.

295
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

diferentes categorías sociales, y de acuerdo con ellas es también la labor


que desempeñan. Porteros y mensajeros de oficinas, aprendices de ta-
lleres artesanales, ascensoristas, equipajeros, conductores de carretillas
de mano, vendedores de periódicos, lustrabotas y obreros de pequeñas
empresas productoras de materiales de construcción, de esas que las
gentes llaman “chircales” [...] A una de ellas hemos entrado acompa-
ñados por el fotógrafo Sady. Y allí, encorvada sobre una cantidad de la-
drillos aún crudos, hemos visto a una niña encargada de limpiar con un
fierro los sobrantes del barro de una de las piezas [...] Pocos pasos más
adelante, dentro del mismo establecimiento, un niño cava la tierra con
un azadón [...] Allí mismo vemos a una niña que no revela tener más de
cinco años. En un balde de gran tamaño recoge agua de un chorro y la
lleva hasta el lugar donde un caballo da vuelta a la noria del molino de
amasar el barro. La niña va y viene agobiada por el peso del balde [...]
La primera niña no recibe directamente ningún salario, este lo recibe
su papá, el segundo recibe veinticinco centavos y la tercera es hija del
hombre que maneja el caballo [...]
[...] En la avenida Jiménez de Quesada encontramos un mu-
chacho de no más de doce años que conducía una carretilla de mano.
Lo detuvimos y el muchacho, un poco asombrado por nuestra pro-
puesta, convino, sin embargo, en dejarse tomar una fotografía [...]
Informó que trabajaba en un taller, cerca de la estación de la Sabana
y le pagaban cuarenta centavos diarios [...] En el parque Santander
encontramos a un niño que grita a todo pulmón los diarios de la
mañana. Le compramos un ejemplar de El Tiempo y, mientras nos
da las vueltas del billete con que le pagamos, informó que no sabe
cuánto gana porque los periódicos son de su papá [...] Por los lados
de La Perseverancia hay numerosos talleres artesanales de zapatería.
En uno de ellos, sentado en un pequeño banco de madera, frente a
la puerta, encontramos a un muchacho que, con un pesado martillo
golpea sobre una gruesa suela colocada sobre un pedazo de hierro,
colocado sobre sus piernas [...]. Este niño informa que el dueño del
taller salió a comprar materiales, que él le ayuda desde hace un año y
que gana tres pesos semanales [...]. Al salir de una floristería elegante
de la carrera séptima encontramos a un muchacho de unos doce años,
de cabello rubio y ojos azules que lucía un elegante uniforme, en cuya

296
Niños trabajadores usados y explotados

gorra galoneada se podía leer el nombre de la floristería. El muchacho


llevaba una caja con flores en la mano [...]. El niño informa que gana
25 pesos al mes y que hace apenas dos meses que trabaja [...].25

Los datos de las descripciones anteriores ilustran cómo el trabajo


infantil era un hecho frecuente a mediados de siglo. El conocido
cronista recorría los barrios de Bogotá y describía aquellos niños
que encontraba y con quienes hablaba. Protestaba levemente contra
el trabajo pesado en los chircales, dada la escasa edad de los trabaja-
dores, y se conmovía sobre todo por aquellos menores de cinco años.
El trabajo de los niños era parte importante de la vida cotidiana en
distintas zonas de la ciudad.
En la década de los cincuenta, encontramos una foto publicada
en El Tiempo que muestra a una madre cargando un costal sobre su
espalda, mientras una niña, no mayor de seis años, lleva a cuestas
cuatro botellas de vino. En el pie de foto se leía:
La capital de la república presenta en sus calles centrales las
más diversas estampas. La lucha por la vida la cumplen las gentes
sin tregua. Esta gráfica presenta a madre e hija con su cargamento
a la espalda descendiendo por la avenida Jiménez. Ella registra la
costumbre que impera entre los obreros de obtener de los chiquillos
ayuda en el trabajo diario; quizá como medio para mejorar las condi-
ciones económicas o por falta de centros de protección infantil donde
puedan quedar los niños mientras sus padres trabajan26.

A veces, los periodistas iban en búsqueda de culpables en sus


notas breves y crónicas sobre el trabajo infantil. Casi siempre, los
padres eran señalados, ahora aparecían como “trabajadores sin alma”,
incapaces de dolerse del sufrimiento de sus hijos, eran considerados
los causantes del trabajo infantil. La culpa era, entonces, de los padres
y no de una sociedad que sometía a muchas de las mujeres solas a
trabajar al lado de sus hijos, pues no tenían dónde dejarlos, y a los

25 El Tiempo. Bogotá, enero 31, 1948.


26 El Tiempo. Bogotá, abril 7, 1954.

297
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

padres a llevar a sus hijos al trabajo como mano de obra adicional


para mejorar sus ingresos.
El niño trabajador estaba expuesto a múltiples peligros: el incendio
de las viviendas en las que trabajaba, el robo de las mercancías que
vendía o de los pocos centavos recogidos. Los maleantes peligrosos
que frecuentaban las calles eran otra fuente de peligro para los chi-
quillos trabajadores. En Bogotá las aguas torrenciales cruzaban o se
depositaban en charcas y en los huecos de las alcantarillas de toda la
ciudad que se convertían en trampas mortales. La prensa reproducía
el caso de un pequeño voceador de prensa que estuvo a punto de aho-
garse en las aguas negras de una alcantarilla en el centro de la ciudad.
El niño de diez años ofrecía su mercancía cuando se le acercaron una
mujer y una niña y le pidieron que les dejara leer la prensa. Ante su
negativa, tomaron al niño de los brazos y lo arrojaron a una alcantarilla
cercana que no tenía tapa. Gracias a los gritos del muchacho, acudió
un agente de policía que difícilmente logró rescatar al niño a punto
de ser arrastrado por la corriente27.

El niño trabajador es reconocido como problema social


A finales del siglo xx, a pesar de sus cientos de kilómetros de
calles pavimentadas, el cubrimiento de los servicios públicos, sus mo-
dernos edificios y su congestionado tráfico, Bogotá seguía siendo una
ciudad en la que se palpaba la miseria en la que vivían sus habitantes,
en medio de una gran indiferencia de la ciudadanía y las autoridades.
A comienzos de la década de los sesenta, Jaime Paredes Pardo planteaba
que debía mostrarse la miseria a la opinión pública y darle posición
social porque, poco a poco, la sociedad se había deshumanizado tanto
que nadie quería acercarse a los dramas que escondían los muros de
las edificaciones cada vez más altas.
Quizás le tememos demasiado a su imagen [de la miseria] o nos
hemos familiarizado tanto con ella que no nos causa ninguna im-
presión. En todo caso, preferimos ignorarla. No queremos que apa-
rezca en los libros, ni muestre su rostro en las crónicas del periódico, y
cuando asoma su perfil macilento, lo atribuimos a la mala prensa [...]

27 Intermedio. Bogotá, febrero 28, 1957, 3.

298
Niños trabajadores usados y explotados

En la ciudad, la disimula el cemento, la borran las farolas, la ahogan


las bocinas y las sirenas. Pasa sin que nadie la perciba entre la prisa
de la gente que se desenvuelven por las calles como una víbora con
centenares de anillos. Tal vez en el quicio de una puerta un mendigo
dé testimonio de su existencia. Y nada más, porque en la ciudad todo
se agita y resplandece como una batalla [...] Y al fondo de ese montaje
de los edificios y los templos, entre la cortina de hollín que respiran
las chimeneas, se encuentran los tugurios sin balcones, poblados por
mujeres embarazadas, niños tristes y gozques entecos [...].28

Por esta época, se describía en la prensa la vida de aquellos niños


que llevaban la comida al lugar de trabajo del dueño de la casa en la que
los contrataban o los portacomidas a su propio padre o padrastro.
El cronista describía el recorrido del niño entre su casa y el lugar de
destino, la comida que llevaba para otro y el hambre que él mismo
pasaba. Si en algún momento fallaba en su trabajo, simplemente lo
echaban y lo remplazaban por otro.
[...] sale de la casa a la hora en que hierven todas las ollas y el aire
se llena de olores incitantes [...] Lleva la comida a un obrero que trabaja
en las afueras [...] La mujer colma el portacomidas de arroz y carne
asada y sopa y yuca blanda. Al muchacho se le van los ojos y el deseo,
pero nadie se hace cargo y se le despacha con un: ¡cuidado tocas eso!
Él sale borracho de hambre, la boca llena de jugos salados y las piernas
débiles. A la mitad del camino se sienta en una acera, abre el encargo,
pellizca la carne y roba unos granos de arroz. Cuando llega el hombre,
éste le escruta con los ojos y pregunta invariablemente. ¿Te comiste mi
almuerzo? —No, señor. Y se queda el niño mirando al hombre cómo
engulle bocado a bocado la yuca blanda, la carne tibia y la sopa olorosa
de cominos. Cuando le entrega vacío el portaviandas, el pequeñito, a
escondidas, lo lame como un perro. Al llegar a la casa, tarde, con los
piececitos blancos de polvo, encuentra las sobras frías, la comida está
muerta sin olores, con las grasas dormidas y el gusto perdido. Y aún,
le echan un día de trabajo, calle afuera con sus rendidos siete añitos y

28 El Tiempo. Bogotá, noviembre 21, 1971.

299
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

cuentan al vecino: —Tuvimos que echarlo. El muy ladrón se comía el


almuerzo que llevaba a la fábrica.29

En la prensa también se mencionaban los niños de los basureros,


quienes, en compañía de sus familias, escarbaban la basura, clasificaban
lo que encontraban y después lo llevaban a los sitios de reciclaje30.
Otras veces, se publicaban fotos de niños sentados a las puertas de
miserables covachas, junto a su eterno compañero, el perro callejero.
En las caras de los dos se veían el hambre y la tristeza31.
Por esos años, los niños lustrabotas seguían ubicados en el centro
de la ciudad. En una nota breve se recogían las quejas de los niños
emboladores por no poder vincularse a los sindicatos de los adultos
para reclamar los altos costos que tenían que asumir, sin apoyo de
nadie. “Algunos tienen que pagar 41,50 diarios por el alquiler del ‘piano’
que vale 415 con todos los betunes y cepillos [a] un señor que alquila
las cajas a los ‘pelaos’ que no tienen con qué comprarla”32 Los niños
voceadores pregonaban en el centro y en Chapinero la prensa diaria.33
No faltaba la pequeña niña que trabajaba como empleada en casa de
familias y no recibía en pago sino comida y ropa. Estaban, además, los
niños de chircales, los niños de las areneras, los que recogían lavazas,
los mecánicos, los cargadores y tantos otros que recorrían la ciudad
y compraban, recogían y vendían objetos usados.
En la década del setenta, el tema del niño trabajador se hizo pre-
sente, no solo porque este fenómeno adquirió dimensiones diferentes a
las de épocas pasadas, sino por la calidad de información que aparecía
al respecto. Se comenzaba a concebir el trabajo infantil como un pro-
blema social y se daban a conocer los resultados de investigaciones más
amplias al respecto. En ese momento, los organismos internacionales
forzaban acuerdos con los países para dar fin a este flagelo. A finales
de 1973, se reunió en Ginebra la quincuagésima octava Conferencia
Internacional del Trabajo (oit) y una vez más se recomendaba que

29 El Tiempo. Bogotá, enero 29, 1967.


30 El Tiempo. Bogotá, julio 18, 1961.
31 El Tiempo. Bogotá, septiembre 3, 1978.
32 El Tiempo. Bogotá, abril 25, 1963.
33 El Tiempo. Bogotá, enero 6, 1964.

300
Niños trabajadores usados y explotados

ningún joven menor de 15 años trabajara en la industria, el trans-


porte o la agricultura comercial. El problema no era nuevo para la
oit: desde 1919 se recomendaba que la edad de 14 años fuera la edad
mínima de trabajo para los niños, pero los debates que tuvieron lugar
en la década de los setenta sacaron a luz la complejidad que este pro-
blema adquiría en los países en desarrollo y de manera específica en
América Latina, donde tomaba dimensiones alarmantes. Más de la
mitad de la población latinoamericana era menor de 15 años y, para
la fecha, afirmaban los expertos, muchos jóvenes y niños trabajaban
para permitir la supervivencia de su familia, puesto que el salario de
dos o tres personas era insuficiente34.
Con relación a las condiciones de trabajo de los jóvenes, en la
Conferencia se solicitaba que la remuneración se regularizara de
manera que los trabajos se pagaran equitativamente. También se exigía
que los jóvenes recibieran atención médica y prestaciones completas,
y que se les prohibiera horas extra. Adicionalmente, se reclamaba
tiempo libre suficiente para que los niños pudieran hacer sus tareas,
completar su formación y descansar35.
En Colombia, se publicaron los resultados de esta Conferencia y, en
noviembre de ese mismo año, Jorge Triana, presidente de la Asociación
de Padres de Familia de Cundinamarca, con la vocería de un millón de
padres que reunía la Asociación, dirigió una carta a las Naciones Unidas
en la que solicitaba se diera cumplimiento a los derechos del niño. En
la carta se denunciaba la enorme explotación de los menores en las
ciudades. Los padres de familia afirmaban que los niños estaban vin-
culados a la industria de la construcción: “Niños menores de 12 años,
trabajan en altos andamios, haciendo labores de adultos o se emplean
en el transporte de ladrillos”36. Al Instituto Colombiano de Bienestar
Familiar llegaron varias cartas y denuncias que iban en el mismo sentido.
Sin embargo, a pesar de la existencia del fenómeno, las autori-
dades reconocían que en el país no había estadísticas al respecto ni
información que permitiera explorar y definir la cantidad y las carac-

34 El Tiempo. Bogotá, noviembre 22, 1973.


35 El Tiempo. Bogotá, noviembre 22, 1973.
36 El Tiempo. Bogotá, noviembre 23, 1973.

301
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

terísticas del trabajo infantil. La mano de obra infantil se empleaba,


entre otras razones, porque los riesgos para los empleadores eran
menores. Todos sabían que al contratar niños “se violan las normas
del trabajo mínimo: se pagan jornadas disminuidas y […] no se dan
prestaciones sociales. [Se] está, en una palabra, ausente de toda pro-
tección legal obligatoria”37.
Las imágenes de los niños de los chircales, los vendedores de
prensa, los lustrabotas y los pequeños vendedores eran familiares en
el país, especialmente en Bogotá, pero los niños no sólo hacían estos
trabajos, ejercían mil oficios más.
“Yo gano $150 semanales cargando carretilladas de arena”, dice
José, un niño de apenas 10 años, que trabaja de 7 a. m. a 6 p. m. como
ayudante de albañilería en una construcción [...] Como él, enfun-
dados en viejos y manchados overoles miles de niños trabajan en
diversos oficios donde ganan jornales bajísimos y no tienen presta-
ciones sociales [...].38

Uno de los principales factores mencionados como causas del


trabajo infantil era la situación económica de las familias que lanzaba
a estos pequeños a “buscarse la vida”. Eran muchas las familias en las
que los niños mayores de 5 años debían ayudar al sustento familiar.
Las faenas realizadas por estas personitas en la ciudad recogen
casi todas las actividades de los adultos. Las figuras del embolador y del
voceador de prensa hacen parte de la fisonomía de nuestras ciudades.
Las señoras que van a la plaza, llaman un “secretario” que les alivia el
peso del mercado [...] el niño que escarba entre las canecas en busca de
un cartón o chatarra para vender en los depósitos, el cantor de buses
que desentona rancheras, el lazarillo o el que espera turno en el cemen-
terio, con su escalera o su balde, para arreglar tumbas, mientras juegan
con restos de coronas y piensan en “el monitor”, un muñeco que se
esconde en los sepulcros y lo defiende de los ladrones [...].39

37 El Tiempo. Bogotá, noviembre 23, 1973.


38 El Tiempo. Bogotá, agosto 30, 1977.
39 El Tiempo. Bogotá, agosto 30, 1977.

302
Niños trabajadores usados y explotados

Pero había otros trabajos peores que estos, en los cuales los niños
tenían patrón, horario fijo y estaban sometidos a todo tipo de vejá-
menes por parte de los empleadores mayores:
Entre estos se encuentran los zapateros, los panaderos, los al-
bañiles, mensajeros, ayudantes de monta llantas, sirvientas, los que
limpian las vísceras en los mataderos y los cargueros en fábricas y de-
pósitos. Por lo general los contratan como aprendices y en tal calidad
estos pequeños obreros no pueden aspirar a un sueldo superior a los
$150 semanales aun trabajando más allá de las 8 horas diarias [...].40

También era corriente que los niños se entregaran, en calidad de


ayudantes, a un familiar o amigo de la familia. “El menor trabaja a
la par con este, pero solo recibe una ínfima parte de lo que el mayor
gana”41. Los niños se unían a sus padres en las pequeñas industrias
familiares para ayudarlos en labores de producción y distribución de
la mercancía. Adicionalmente, estaba el drama de las niñas a quienes
les tocaba sacrificar su infancia para ayudar al sostenimiento de la
familia o dedicarse al cuidado de la casa y los hermanos.
“Yo nunca he sido niña porque me toca hacer de todo”, decía
una diminuta mujer de 10 años a la reportera de El Tiempo. Ella era
la mamá de sus seis hermanitos, lavaba, cocinaba, daba teteros, traía
el agua, arreglaba el cuarto, mientras su madre trabaja por días en
una casa de familia. “Mientras el costo de la vida siga así, las mamás
colombianas estamos obligadas a ofrecer, cada día en mayor número,
una mano de obra dócil y casi regalada a los patrones”, decía una
madre bogotana que, enferma, era testigo del trabajo de sus 4 hijos
como pequeños obreros.42

A finales de 1978, la Unidad Investigativa de El Tiempo publicó


algunos de los resultados del extenso trabajo que Cecilia Muñoz y
Martha Palacios realizaron para el Banco de la República sobre el
problema del niño trabajador. Según la investigación realizada, que

40 El Tiempo. Bogotá, agosto 30, 1977.


41 El Tiempo. Bogotá, agosto 30, 1977.
42 El Tiempo. Bogotá, agosto 30, 1977.

303
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

tomaba los limitados datos censales de 1973, en el país existían 6  819 000


entre 5 y 14 años, de los cuales el 40% trabajaba. Según las autoras,
a medida que las condiciones de la población se hacían más di-
fíciles, los niños se veían obligados a ingresar en número cada vez
mayor a la fuerza de trabajo y las estadísticas mostraban cómo entre
1964 y 1973, la proporción de niños en la fuerza de trabajo aumentó
casi en una tercera parte en todos los departamentos del país, aunque
este aumento se presentaba de manera especial en las zonas rurales,
donde trabajaban 5 de cada 10 niños.43

Se establecía igualmente que en la ciudad, “debido a la necesidad


de mano de obra especializada, el aumento había sido inferior” que
en el campo. En los centros urbanos, trabajaban solamente 3 de
cada 10 niños. Las autoras señalaban que el trabajo infantil tendía a
disminuir con el crecimiento de la desocupación adulta. “Mientras
más personas haya desempleadas, menos probabilidades tienen los
niños de conseguir trabajo” 44. El estudio registraba que prácticamente
no había ninguna actividad económica a la cual no se encontraran
­v inculados como trabajadores los niños colombianos. Muchas veces
lo hacían como ayudantes familiares, otras veces bajo el mando de
un patrón y otras más en forma independiente.
De todos modos, son pocas las áreas de trabajo, por más exi-
gentes o duras, donde no exista participación de la niñez. En casi
todas es posible encontrar pequeños obreros y vendedores que apenas
tienen 5 años. El estudio, además de mostrar las dimensiones y carac-
terísticas estructurales del fenómeno, había logrado recoger el testi-
monio de múltiples niños vinculados a las más diversas ocupaciones:
los recolectores de desperdicios, los cebolleros, los albañiles, los ven-
dedores de eucalipto, los zapateros, las pequeñas amas de casa y, claro
está, los chircaleros, sobre los que advirtieron las investigadoras, era
la labor más dura que desempeñaban los niños. Son los que más se
quejan de lo pesado del trabajo.45

43 El Tiempo. Bogotá, agosto 30, 1977.


44 El Tiempo. Bogotá, diciembre 27, 1978.
45 El Tiempo. Bogotá, diciembre 28, 1978.

304
Niños trabajadores usados y explotados

En el tercer informe de la Unidad Investigativa sobre el trabajo


infantil, bajo la dirección de Daniel Samper, los periodistas se referían
a la “Jornada doble por la mitad del salario” y señalaban que con los
niños se violaba constantemente el Código del Trabajo, y destacaban
que la extensión de la jornada laboral era uno de los aspectos que
hacían más evidente la explotación del niño:
El 59% de los niños trabajan más de las seis horas reglamen-
tarias. El 39% lo hace en jornadas de 9 horas o más y el 23% trabajan
más de 13 horas al día. Esto quiere decir que uno de cada 4 niños que
trabajan cumple jornadas cotidianas que superan el doble del tiempo
permitido por la ley. Las niñas–asignadas en buen número a trabajos
domésticos copan la casi totalidad del trabajo de más de trece horas.
De cada diez niñas menores de diez años, cinco ejecutan jornadas
superiores a trece horas [...].46

A pesar del descanso semanal obligatorio establecido por la ley,


el 47% de los niños trabajadores labora los siete días de la semana.
“Resulta particularmente significativo que sean otra vez las mujeres
las que sobrellevan la mayor cuota de explotación, debido a los trabajos
domésticos”47. De igual manera, la jornada nocturna reglamentada
por el Código para los menores de 18 años, era violada y aunque la
mayoría de los niños que trabajaba por la noche lo hacía en el ramo del
servicio doméstico, si bien existían otras actividades que explotaban
el trabajo infantil en las horas de la noche al margen de la ley. El 38%
de los niños vendedores, el 18% de los campesinos, el 12% de los ar-
tesanos y el 56% de los empleados en servicios personales trabajaban
de noche. “En total, el 41.5% de los niños trabaja siempre en horas de
la noche, el 15% lo hacía a veces y el 44.5% exclusivamente de día”48.
El 70% de los niños trabajadores recibía menos de $1.000 pesos al
mes, cuando que el salario mínimo legal era de 2.585 pesos, y el 95%
se encontraba por debajo del mínimo legal.

46 El Tiempo. Bogotá, diciembre 27, 1978.


47 El Tiempo. Bogotá, diciembre 27, 1978.
48 El Tiempo. Bogotá, diciembre 29, 1978.

305
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

El 43% de los menores que trabajan entregan la totalidad de su


salario a los padres; el 23% toman algo para sí y dan el resto para el
sostenimiento de la familia; solo el 34% lo usa para sus gastos, lo cual
de todos modos, alivia el presupuesto familiar. De esta manera, con la
violación de todas y cada una de las disposiciones del Código Laboral
que pretende proteger el trabajo infantil, los niños constituyen uno de
los sectores más explotados de la población y un elemento clave en el
sostenimiento del presupuesto familiar en las clases pobres.49

El último informe sobre trabajo infantil, basado en la investigación


de Muñoz y Palacios, se concentró en describir las condiciones mismas
que este adquiría, entre las que se destacaban las modernas formas de
esclavitud que se encontraron con relación al trabajo infantil.
Esporádicamente aparecen en la prensa colombiana informa-
ciones sobre niños sometidos a tratamientos medievales, niños que
son “propiedad” de mendigos que los explotan como objetos de
lástima, niños que duermen encadenados a una cama o a un poste,
niños que reciben crueles castigos cuando no cumplen con los tra-
bajos agotadores que se les encomienda.50

Como una muestra de aberrantes condiciones laborales se pre-


sentaron algunos casos que ilustraban la explotación y abuso a los que
podían llegar a estar sometidos algunos de los niños trabajadores.
En septiembre de 1966, la policía logró rescatar a Myriam, una
campesina de 15 años que desempeñaba labores domésticas en
una casa de Bogotá; la muchacha era sistemáticamente golpeada por
su “patrona”, tenía las piernas destrozadas pues en ocasiones perma-
necía hasta dos días amarrada con cabuyas. En diciembre de 1974, con
intervalo de 48 horas, fueron descubiertas dos casas [...] donde falsas
monjas mantenían semicautivas a más de 50 niños enseñados a pedir
limosna; los menores recibían frecuentes palizas, azotes y baños en
agua fría a la madrugada [...] para que conservaran su aspecto de li-
mosneros. El producto de lo que recogían iba a parar a manos de las

49 El Tiempo. Bogotá, diciembre 29, 1978.


50 El Tiempo. Bogotá, diciembre 30, 1978.

306
Niños trabajadores usados y explotados

directoras del negocio. En agosto de 1973, fue hallada Rosa, una niña
de 9 años, hija de una cantinera que era golpeada y encadenada por
no cumplir adecuadamente con sus deberes domésticos [...].51

Un aspecto importante del estudio de Muñoz y Palacios resaltado


por la Unidad Investigaba se refería a las opiniones y actitudes que los
adultos tenían sobre el problema del trabajo infantil y su valoración.
Si bien en muchos países la existencia del niño trabajador se consi-
deraba aberrante, en Colombia era considerada como algo cotidiano
y plenamente aceptado.
Según [una] encuesta elaborada por las sociólogas, en las clases
bajas existe el criterio, nacido de la necesidad, de que el niño debe
aportar al sostenimiento de la familia. El 90% de los padres señalaron
que los niños debían empezar a producir antes de los 14 años y el 40%
estimaba que la iniciación del niño en el trabajo debía comenzar in-
cluso antes de los 10 años [...].52

De una forma algo confusa un periodista resumía la tesis desa-


rrollada por Muñoz, según la cual el trabajo infantil no era solo una
consecuencia de la pobreza sino causa de la misma:
El gobierno criticó ayer la explotación a que es sometida gran
parte de los tres millones de niños trabajadores que tiene el país y
anunció la adopción de un código especial para protegerlos. Para que
Colombia se decida por una política de justicia social que redima a
la población infantil que trabaja, sus dirigentes tienen que resolver
la siguiente denuncia [...] ¿Se debe prohibir que los niños subsidien
a la gran empresa? La pregunta, cuyo drama es una realidad que el
Gobierno lamenta, la formuló ayer una investigadora, Cecilia Muñoz,
a los dirigentes del país, en un seminario de dos días que instaló la
primera dama, Nydia Quintero de Turbay [...] La exposición de
Cecilia Muñoz dejó al descubierto el drama de los niños que tienen
que trabajar por ausencia del padre o por acompañarlo, pero siempre
buscando la subsistencia de su hogar. Según ella, los niños se pierden

51 El Tiempo. Bogotá, septiembre 16, 1966.


52 El Tiempo. Bogotá, diciembre 30, 1978.

307
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

entre una maraña de subcontratos. Está encubierta su relación con la


gran empresa: cuando se desempeñan en labores extractivas, en los
basureros donde seleccionan, clasifican el vidrio, el papel, el metal,
que devuelven a la gran empresa a bajo costo [...] Para cumplir esa
labor correctamente, se requeriría un ejército de recolectores, sa-
larios, prestaciones, protección de la salud, equipos de trabajo. En
síntesis, grandes obligaciones e inversiones. Si los niños no vendieran
licor, ni gaseosas, por ejemplo, en los millones de tiendas, kioscos
y expendios, las cervecerías y empresas de gaseosas tendrían que
montar un gran pulpo distribuidor, con todas las erogaciones y obli-
gaciones que ello implica. A cambio del trabajo de los niños que em-
paquetan dulces, limpian máquinas, cosen en la diminuta industria
familiar, esta tendría que contar con otro complejo industrial. Si el
padre de familia recogiera solo el algodón, sin la compañía de su
mujer y sus hijos, no podría subsistir en la situación terrible que hoy
viven. En las minas, en las canteras, en las polvoreras, en el campo,
en la ciudad, todo esto ocurre con grave riesgo para el niño y sin pro-
tección alguna. Mientras no hay relación directa entre el niño traba-
jador y la empresa, no hay seguridad social, ni garantías mínimas.
Es más, muchas veces no se reconocen estos derechos, así haya una
relación contractual. El jornalero no tiene protección, ni el trabajador
a destajo. Para la investigadora Muñoz, resulta evidente el “aporte
subterráneo del trabajo del niño a la gran empresa” y el país tiene que
decidir si prohíbe “la subvención del niño a la gran empresa”. En estas
condiciones, el niño trabajador se convierte en “causa de pobreza”. Y
se reafirma esta tesis cuando se observa que, por trabajar, el niño se
desgasta más rápido, no crece normalmente, no tiene acceso a la edu-
cación, a la salud. El caos contribuye a la pobreza mental e intelectual
de los padres, cuyo concepto de niñez llega a tener por correcto que
el niño debe comenzar a los 10 años de edad a trabajar y la niña a los
12. Pero, en realidad, comienzan a los 6 y 7 años. Para esta clase de
padres, poner a sus niños a trabajar es normal y, además, deben ha-
cerlo para aportar el producto de su labor al sostenimiento del hogar
[...] Es una obligación. Este es el primer intento que hace el gobierno
por conocer con mayor claridad la tragedia del niño trabajador. Y

308
Niños trabajadores usados y explotados

seguirá investigando para poder buscar soluciones de fondo, según la


señora de Turbay Ayala y el ministro Arellano Rodríguez.53

Al reportero le faltó incluir la idea fundamental: el hecho de


disponer de una fuerza de trabajo gratis, la de sus hijos, hacía que el
padre no presionara su entrada al mercado laboral, legalmente cu-
bierto. Debido a esa fuerza de trabajo adicional se podía quedar como
trabajador independiente, con unos ingresos que apenas le permitían
subsistir. Lo que no reconocía el trabajador independiente era que,
con esta forma de subsistencia, ellos mismos subvencionaban la em-
presa privada y la estatal que, al no recibir esta presión de oferta de
trabajadores, podía mantener sus salarios bajos y ellos mismos, bajo
estas condiciones, se quedaban al margen de la protección laboral
legal. Por eso el trabajo del niño podía considerarse como un factor
que mantenía a la familia en situación de pobreza mientras subven-
cionaba, indirectamente, a la gran empresa.
Las investigadoras Muñoz y Palacios afirmaban en su trabajo que
en la ciudad, el trabajo del niño parecía estar vinculado con actividades
marginales de producción, distribución y servicios dentro de las unidades
económicas familiares. El niño estaba al margen de la gran industria,
como fuerza de trabajo en usufructo, contratada y asalariada, contribuía
con trabajo o ingresos en dinero y especie, a la subsistencia familiar.
Cuando las familias eran incompletas, generalmente por ausencia del
padre, el niño ayudaba a la madre a obtener lo necesario para alimen-
tarse. Ella sola, dedicada al servicio doméstico generalmente, no podía
asumir la carga familiar y se apoyaba en sus hijos.
Los trabajos que realizaban los niños a finales de siglo eran muy
variados: vendían en tiendas, plazas de mercado, lecherías, panaderías,
cafeterías, droguerías; lo hacían en forma ambulante, vendiendo
frutas, lotería, prensa, alimentos preparados; trabajaban en areneras
y ladrilleras, eran ayudantes de panadero, carnicero, mecánico, orna-
mentador, costurero, chofer y jardinero; trabajaban como recolectores
de chatarra y basura, como cargadores de mercado, como empleados de
servicio doméstico, celadores, cantantes de buces, cuidadores de carros,

53 El Tiempo. Bogotá, noviembre 7, 1980.

309
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

emboladores y trabajadores sexuales. Estos niños hacían parte de la


población urbana desposeída que vivía dentro de un esquema del
“rebusque” permanente. La prestación de servicios y la producción de
bienes tendía a hacerse siempre a niveles de calidad y costo reducido,
en pequeñas empresas que producían y vendían bienes y servicios
requeridos para una población que tiene poca capacidad de pago.
Esta población usaba los desperdicios como materia prima o para
venderlos dentro de un proceso de reciclaje. Todas esas actividades
se articulaban al sector moderno de la economía, hacían parte de sus
redes de distribución y reciclaje y, muchas veces, como sucedía con
las empresas a domicilio, las areneras y las ladrilleras, eran una fuerza
de trabajo extra que se lograba sin tener que asumir ningún riesgo
adicional de personal ajeno a la familia.
Esta población aseguraba su subsistencia con el trabajo de muchos,
pero con bajos niveles de productividad. El dinero circulaba en bajas
cantidades y en forma interrumpida, se trabajaba para pagar la deuda,
se abastecían al fiado y solicitaban adelantos para comprar materia
prima. En esta capa de población, la fuerza de trabajo infantil era
indispensable para lograr mantenerse pese a los bajos niveles de pro-
ductividad. El niño, con su fuerza de trabajo, contribuía a mantener
la pobreza de sus padres y de sus familias.
La información aportada por la investigación sobre el niño tra-
bajador en 1979 despertó la conciencia ciudadana, pero también la
atención de los científicos sociales que comenzaron a realizar trabajos
de investigación sobre el tema. En crónicas periodísticas se recogían
con frecuencia historias de niños trabajadores.
Pedrito es un niño de siete años que llega a las 5 de la mañana a
la carnicería a trabajar hasta las 7 de la noche, para lograr el derecho
a un peso diario y un hueso, con el cual su madre y sus hermanitos
hacen al día siguiente la sopa que les permite sobrevivir. Su trabajo
consiste en hacer el aseo, cargar pesados trozos de las reses descuarti-
zadas, seleccionar la carne, los huesos y las vísceras, hacer mandados,
vender, meterle al cliente algunos pedacitos de carne regular dentro
de la buena para que deje mayor utilidad. Afilar los cuchillos, pelar
los huesos, partirlos, arreglar la nevera, los ganchos, buscar y esparcir
el aserrín en el piso, para que no haya polvo, en fin, todo el manejo

310
Niños trabajadores usados y explotados

del negocio, menos la administración del dinero, corre por su cuenta.


Todos los días cumple el mismo rito en silencio. No protesta, rinde en
su trabajo, no tiene vicios ni desperdicia tiempo en distracciones. No se
inmuta porque no se le haya afiliado al Seguro Social ni porque trabaje
más de 8 horas al día, ni porque le birlen el salario mínimo. A su edad
no sabe de sus derechos. No tiene por qué saberlo. Y si lo supiera, lo
más probable es que tampoco llegase a protestar. Perder el empleo sería
tanto como condenar a su madre y a sus hermanitos a la inanición.
Si acaso su madre tiene alguna noción de tales derechos, pero su po-
breza de espíritu y la miseria ofrecen una quietud medrosa. Jacinto,
otro niño de 9 años que vive con su madre paralítica, tiene que cuidar
un rebaño en la Sabana desde muy temprano hasta entrada la noche,
para que ambos puedan tener acceso a la elemental ración diaria de
alimentos. En ninguno de los dos casos hay posibilidades de ir a la es-
cuela, de disfrutar de la orientación básica para el desarrollo normal
de la persona. El exceso de trabajo, su inanición prematura y la mala
alimentación generan torpeza y acortan la expectativa de vida. Como
ellos hay 3 millones de niños trabajadores y explotados en Colombia. Ni
la legislación ni los servicios del Estado los protege.
Luis Alberto vende rodajas de piña y de patilla en un pequeño
puesto que el mismo instaló en una esquina del centro de Bogotá.
Las ganancias del día se las entregan al padre y a las seis de la tarde se
apresura a ocupar su pupitre en la escuela del barrio Santa Inés, donde
cursa segundo de primaria [...] Marta Elizabeth tiene 13 años y estudia
en la Academia Parroquial Santa Lucía del barrio Meissen, donde vive
con sus padres. Ella vende jugo de naranja puro, en el Parque de las
Nieves. Y gana quinientos pesos diarios [...] Pedro Antonio tiene 13
años y vive en el barrio Los Laches con su madre. Solo se ven en las
horas de la noche, cuando ella llega de vender botellas y él, cansado, le
entrega las ganancias del único trabajo que sabe hacer y que le enseñó
a ejecutar uno de sus ocho hermanos mayores: embolar zapatos [...] En
el Cementerio Central trabajan más de quince niños que se encargan
de cambiar el agua de las lápidas, arreglar las flores nuevas y brillar las
lápidas de los difuntos que va a visitar la gente todos los días [...].54

54 El Tiempo. Bogotá, junio 7, 1982.

311
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

En la sexagésima octava Conferencia de la Organización Interna-


cional del Trabajo, llevada a cabo en Colombia por la oit, los asistentes
llegaron a las siguientes conclusiones sobre el trabajo infantil:
[…] la vinculación de menores de edad al mercado laboral es
uno de los males más nocivos que afronta, pero dijo que no lo puede
desconocer y menos prohibir [...] La presidente de la delegación co-
lombiana a la conferencia y ministra del Trabajo, Maristella Sanín de
Aldana, atribuyó este problema a “la orfandad, la pobreza excesiva,
el abandono de los padres o su triste irresponsabilidad”. Estimó que
estas “lacras de nuestra sociedad” no podrán eliminarse mientras no
se “rompa el cinturón de miseria que nos aqueja”, pero dijo que se ha
regulado, por ley el trabajo de niños, para protegerlos dentro de las
difíciles circunstancias en que se desenvuelven. La señora Sanín de
Aldana afirmó que los niños “han sido forzados a buscar su propia
supervivencia y la de aquellos a quienes los unen los lazos del afecto,
muchas veces dentro de circunstancias dañinas para su salud y aún
para su propia estabilidad y desarrollo físico. Este problema lo ha
visto el gobierno como uno de los males más nocivos, pero dadas
las condiciones sociales, no lo puede desconocer o ilusamente pro-
hibir”. Ante este hecho, el Gobierno logró que el Congreso expidiera
una ley que busca proteger al menor trabajador, evitar que se abuse
de él y poner en marcha los mecanismos necesarios para que esté
­debidamente protegido por el régimen de prestaciones laborales y
de seguridad social. Resaltó que la ley mencionada da la orientación
que debe buscarse para que el menor esté al amparo de un contrato
de aprendizaje, por medio del cual el Sena —entidad de capacitación
laboral del Estado— le de adiestramiento para facilitar su desempleo
en el mercado laboral [...].55

El Día Internacional del Trabajo de 1983, el periódico traía en


primera página, y como homenaje a los niños trabajadores, el retrato
de un niño de chircales.
Los trabajadores de todo el mundo celebran hoy su día y con
ellos también millones de niños que laboran hombro a hombro

55 El Tiempo. Bogotá, junio 10, 1982.

312
Niños trabajadores usados y explotados

con los adultos, como este pequeñito de chircales bogotanos, que


amasan con sus manos no solo la arcilla para la vivienda del hombre,
sino el pan de sus familias. La campaña iniciada por El Tiempo y
Caracol por la redención de los menores está orientada en gran parte
en favor de los niños trabajadores […].56

Frente a la situación de explotación grave en que se encontraba


el niño trabajador y el riesgo frecuente de accidentes de trabajo, el
Estado respondió con la Ley 20 de l982, evento legislativo que fue
reseñado por la prensa.
El ministro Pinzón López advirtió que el jefe del Estado “se halla
preocupado no solo por la cantidad de jóvenes y niños que trabajan,
en condiciones que no son las mejores para su edad, sino porque las
circunstancias en que se ven obligados a laborar frecuentemente
atentan contra su salud y dignidad” y explicó: “La Ley 20 de l982 es
la respuesta del Gobierno al resultado de investigaciones efectuadas
para saber cuántos niños trabajan en Colombia, en qué condiciones,
qué problemas tienen, quiénes están en edad de trabajar y quiénes no
deben hacerlo, y cómo pueden los diferentes organismos del Estado
protegerlos y brindarles seguridad social”. Pinzón López recordó el
convencimiento de que “para eliminar el trabajo de m­ enores en el país,
es necesario superar etapas de desarrollo económico y cultural, obli-
gando al Estado a iniciar acciones que reglamenten las condiciones en
las cuales deben realizar su trabajo, dadas las características físicas y
síquicas de los niños”. Pinzón López dijo que el Gobierno seguirá ade-
lante para lograr que todos los niños que se hallen en esta situación
sean protegidos por el Instituto de Seguros Sociales, mediante la ins-
cripción forzosa por parte de sus respectivos patrones [...].57

A pesar de los intentos del gobierno por proteger al menor a


través de la nueva legislación, esta era con frecuencia burlada. La ley
por sí misma no lograba lo propuesto, era necesario que las coberturas
educativas se ampliaran y las condiciones económicas de las familias

56 El Tiempo. Bogotá, mayo 1, 1983.


57 El Tiempo. Bogotá, mayo 7, 1983.

313
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

pobres de la ciudad se modificaran para que se pudiera reducir la


amplia incidencia del trabajo infantil.
En Colombia está establecido que los menores de 14 años no
pueden trabajar durante horas de clase, ni más de seis horas por
día, pero aproximadamente el 40 % de jóvenes de menos de 14 años
laboran durante nueve horas diarias y el 25% hasta trece horas.
La mitad de estos lo hacen en la noche, lo que es también ilegal, y con
salarios por debajo del mínimo. El ministro de Trabajo, Seguridad
Social y la Oficina del Menor Trabajador han completado las leyes y
decretos, adoptando el estatuto ordenado por la Ley 20 de 1982. El de-
creto número 13 de 1983 reglamenta la protección de los menores de 18
años en el trabajo, integrándolos al Seguro Social, pero la cotización
estará a cargo del patrón para los niños entre los 12 y 14 años. La le-
gislación que se adelanta considera, además, las medidas referentes
a la salud, la moralidad, las vacaciones, suministro de elementos de
trabajo y la jornada máxima. Esta puede ser buena, pero es necesario
que se impongan medidas de control eficaces, porque con la actual las
violaciones son constantes, ya que todo el problema tiene un orden
social. Muchas familias en pobreza extrema tienen la necesidad im-
periosa de emplear a sus hijos menores de l4 años y si la condición
social no cambia, por lo menos hay que acrecentar las medidas de
protección que impidan la explotación constante del niño, que ase-
guren su educación y su salud. El número de niños trabajadores
aumenta regularmente, la deserción escolar es común, pero esto se
explica por la miseria e ignorancia en que viven numerosas familias
en barrios marginados, tugurios y barriadas. Los padres no ven el
provecho que sus hijos obtienen en la escuela y los obligan a trabajar
para ayudar en el sostenimiento de las grandes familias. Abandonan
sus hogares para emplearse en los lugares más diversos: venta de
frutas, flores en todas las calles, de cigarrillos, en todos los pequeños
talleres, de lustrabotas, recogiendo basuras, en la construcción donde
representan una fuerza laboral del 10%. En las plazas de mercado
son también fuerza que obtiene bastante acogida. Desde tempranas
horas de la mañana, niños entre cinco y dieciséis años están en la
intemperie entre moscas y desperdicios, con las manos sucias, des-
calzos, sentados en el suelo entre el barro, hasta que el mercado se

314
Niños trabajadores usados y explotados

acaba. Estos niños generalmente son trabajadores adicionales que los


propietarios del alimento llevan para que […] atiendan el negocio de
plaza [...] En los chircales, en las ladrilleras, en las canteras, en todas
las pequeñas industrias que haya, talleres de carpintería, talabartería,
latonería, en cafeterías, cafetines y cafés, en plazas de mercado, ventas
de cigarrillos, cuidadores de carros, en burdeles, en las obras de cons-
trucción, en basureros, como jardineros, zapateros [...].58

Aunque el trabajo del menor estaba prohibido en actividades como


las labores en las minas, los basureros o en lugares donde se generaran
enfermedades infecciosas o en labores de fumigación, muchos niños
lo seguían haciendo59.
No existe una ley que ampare al trabajador menor de doce años.
Las normas que se hicieron —Ley 20 de 1982— solamente contemplan
la protección jurídica para el infante mayor de esa edad. Y no se con-
templaron, porque se supone —dicen los expertos— que un niño
menor de doce años no está en condiciones físicas ni psicológicas para
desempeñar una labor por un sueldo. Sin embargo, se presentan casos
como el de Pedro Alfonso Munévar, que apenas cumplió cinco años y
ya trabaja cuidando ganado en un barrio del suroriente de Bogotá; o
el de Víctor Gutiérrez, también de cinco años, que labora desde hace
varios meses en un chircal del sur; el de Ángela Vanesa López, de
seis años, que trabaja vendiendo dulces en una ­v itrina. Todo esto se
presenta a pesar de que las instituciones encargadas de la protección
del menor —como el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar,
Bienestar Social del Distrito y la Policía de Bogotá— realizan frecuen-
temente campañas de atención al menor trabajador y abandonado.
Pero tampoco hay una norma que obligue a estas instituciones a re-
coger al menor que está en la calle —no gamines— desempeñando
labores por un sueldo o por un peso que garantice la estabilidad eco-
nómica de la familia […] A pesar de que no existe una norma o una
ley que proteja al infante trabajador menor de doce años, el Instituto
Colombiano de Bienestar Familiar tiene la potestad, a través de los

58 El Tiempo. Bogotá, mayo 16, 1983.


59 El Tiempo. Bogotá, enero 17, 1986.

315
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

jueces de menores, para sancionar o castigar a los padres o tutores


que, teniendo un grado económico de subsistencia, obliguen a sus
hijos a realizar labores para propio beneficio [...] En el caso de los em-
pleadores que contratan a menores de doce años, para realizar labores
en sus empresas, se les sanciona con las mismas disposiciones que es-
tablece la Ley 20, para mayores de doce años, con multas equivalentes
desde uno a siete salarios mínimos y en el caso de reincidencia hasta
con el cierre definitivo de la empresa [...] Finalmente no se consideran
trabajadores por sueldo aquellos infantes que participen de una em-
presa familiar, pero que no perjudiquen la integridad y el desarrollo
físico del niños. En estos casos lo único que se les exige a los padres
es que sus hijos dispongan de tiempo para la educación y recreación
adecuada.60

Los hijos de trabajadores ambulantes también eran descritos


como niños trabajadores:
Juegan, cuidan niños, hacen tareas y hasta trabajan. Como sus
padres, también tienen jornadas de trabajo de más de ocho horas.
Llueva, truene, haga sol, allí están. Unos desde bien temprano, otros
llegan después de mediodía, no van para sus casas, sino para sus sitios
de trabajo [...] John mientras trata de vender cables de grabadoras y
otros artículos eléctricos cuida a Andrea en uno de los andenes, muy
cerca de San Victorino [...] Clara no tiene más de l5 años y ya debe
responder por el puesto de flores, al mismo tiempo que cuida a su
hermanito Alexander [...] Leonardo, de diez años, juega, hace tareas
y [...] ayuda a cuidar un puesto de cosméticos y otros artículos en
Chapinero [...].61

A comienzos de la década de los noventa en una breve nota se


recogían algunas ideas del libro de María Cristina Salazar Niños y
jóvenes trabajadores, publicado por la Universidad Nacional de Co-
lombia, en el que se planteaba la situación de los niños trabajadores
en los barrios de Bogotá, pero también en otras regiones de América

60 El Tiempo. Bogotá, enero 18, 1986.


61 El Tiempo. Bogotá, enero 20, 1988.

316
Niños trabajadores usados y explotados

Latina y se afirmaba que se trataba de chicos sin infancia, “que no


saben que hay una etapa de despreocupación, de juego”62. Dos causas
resaltaba la nota mencionada: “dificultades económicas” y la “irres-
ponsabilidad son la causa de esa vida de adulto de los niños, que los
llevan desde pequeños a ‘desyerbar, cargar ladrillo, vender en los
mercados, en las calles, limpiar parabrisas, ir a las minas’ […]”. El
autor de la nota reclamaba: “A estos niños, de mal presente, hay que
buscarles un futuro”63.
nullvalue, el seudónimo de un periodista de finales de siglo
que escribía con frecuencia en El Tiempo.com, resaltaba la labor de
los escolares recicladores, quienes intentaban enseñarles a sus padres
que la basura podía convertirse en riqueza si se aprendía a utilizarla
adecuadamente y se generaban empresas comunitarias.
[…] la labor de los escolares recicladores constituye no solo la
iniciación de una empresa de gran utilidad, sino el comienzo sano
y productivo de cada una de esas vidas. Fueron 48 estudiantes ba-
chilleres de clase media quienes decidieron aprovechar las toneladas
de basuras que salen de la plaza de Corabastos. Actualmente hay
muchos grupos más. Muchachos que combinan llenar blancas hojas
de los cuadernos y estudiar álgebra, física, trigonometría e historia
con la investigación de cómo aprovechar mejor las basuras, la elabo-
ración de abonos orgánicos, la reforestación, el cuidado del medio
ambiente y las diversas campañas de reciclaje. Y, sobre todo, tienen la
mira puesta en la microempresa, tabla de salvación de muchas comu-
nidades de pocos recursos.
Los grupos ya están asesorados por el Ministerio y la Secretaría
de Educación, el Inderena, Renacer, la Fundación Alma y algunas
empresas privadas, pero todo lo que se haga por ellos será poco. Es, al
fin y al cabo, la juventud que se abre paso partiendo de la nada. Y hoy
más que nunca, la infancia necesita ayuda.64

62 El Tiempo. Bogotá, febrero 6, 1990.


63 El Tiempo. Bogotá, febrero 6, 1990.
64 El Tiempo.com, 9 de octubre, 1992.

317
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

En septiembre de 1996, se presentó en el país un plan contra el


trabajo infantil, donde, como una especie de prólogo, se recogía
el testimonio de Tomás, un niño trabajador callejero, cuyas con-
diciones de vida y laborales eran similares a la de los pequeños
sin familia que, a lo largo del siglo xx, sobrevivieron de múltiples
maneras en la calle.
Tomás no pasa de los 11 años, por lo menos eso dice él, sin em-
bargo, su estatura y su contextura física lo hacen parecer de 9 años.
No sabe leer ni escribir y afirma que nunca ha estado en un colegio
porque tuvo que fugarse de su casa cuando era más chico, y desde
entonces se la ha pasado ensayando todo tipo de trabajos para sub-
sistir. Ahora, durante la noche, cuida carros cerca a unos estableci-
mientos comerciales, mientras que en el día recoge botellas y papeles
que vende al amanecer. Otras veces combina el cuidado de los carros
con labores ocasionales en un taller automotriz. Tomás es uno de los
784  000 niños, entre 6 y 11 años, que trabajan en Colombia, según
el estudio “Niños y jóvenes ¿cuántos y dónde trabajan?”, elaborado
el año pasado por el Ministerio del Trabajo y Seguridad Social y la
Universidad de Los Andes.65

En un informe extenso de Unicef sobre los niños trabajadores,


estos eran descritos como los pequeños esclavos del mundo. En el
informe se presentaban los resultados de un seminario latinoame-
ricano donde se quería discutir con miembros de los Gobiernos la
necesidad de erradicar el trabajo infantil. El documento de prensa que
recogía apartados de este informe de Unicef comenzaba con los datos
dramáticos sobre el número de niños que trabajaban en el mundo.
Unos 250 000 000 de niños en el mundo no juegan, no tienen
posibilidades de asistir a un colegio o escuela, no disfrutan de ningún
tipo de libertad y en cambio permanecen en fábricas, obras de cons-
trucción, talleres-cárceles, plantaciones, minas, burdeles o en las
calles convirtiéndose en los pequeños esclavos del trabajo. Esta cruda
radiografía la hace Unicef en su informe sobre el estado mundial de
la infancia de 1997, que fue presentado ayer y en el que el organismo

65 El Tiempo. Bogotá, septiembre 12, 1996.

318
Niños trabajadores usados y explotados

pidió un esfuerzo global para acabar con esta práctica inhumana.


La región más afectada con la explotación infantil es Asia, donde el
trabajo de los menores a cambio de préstamos es una práctica común.
En ese continente se encuentra casi la mitad de los niños que se ven
obligados a trabajar en el mundo. En África, la proporción de me-
nores trabajadores es uno de cada tres, mientras que en América
Latina es uno de cada cinco. En ambos continentes solo una escasa
proporción de niños trabaja en empresas legalmente constituidas.66

En el artículo se incluían ciertos datos sobre los niños trabajadores


en Estados Unidos, donde participaban en actividades agrícolas y en
la fabricación de “prendas de vestir”, y en Gran Bretaña, donde “entre
un 15 y un 26% de los menores de 11 años y entre un 36 y un 66% de
los de 15 años trabajan”67. En el texto se declaraba que los grandes
culpables de la agudización del problema del trabajo infantil eran,
en ese momento, “el Banco Mundial (bm) y el Fondo Monetario In-
ternacional (fmi)”68, entidades que, con los recortes exigidos en los
programas sociales, habían “deteriorado las condiciones de vida […]
[de] la infancia”69. En los países en vía de desarrollo, el 23% de los
niños no tienen acceso a la educación, mientras que en África esta
situación se incrementa al 50%. “En total, [a mediados de los años
noventa del siglo pasado] unos 143 000 000 de niños no [asistían] a
la escuela en el mundo”70, esta era una cifra escandalosa relacionada
con la explotación laboral infantil que debía ser corregida con la
participación de todos.
En una breve nota periodística se informaba que el Ministerio
de Trabajo presentaría el mencionado documento de la Unicef en el
Hotel Tequendama, junto con la información sobre la sistematización
del Programa de Atención Integral al Menor Trabajador71. Una de las
conclusiones mencionadas en dicho documento había sido destacar

66 El Tiempo. Bogotá, octubre 25, 1996.


67 El Tiempo. Bogotá, octubre 25, 1996.
68 El Tiempo. Bogotá, octubre 25, 1996.
69 El Tiempo. Bogotá, octubre 25, 1996.
70 El Tiempo. Bogotá, octubre 25, 1996.
71 El Tiempo. Bogotá, diciembre 13, 1996.

319
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

la necesidad de “una revisión de las políticas laborales, legislativas,


de seguridad social y un replanteamiento de las formas tradicionales de
educación básica”72 en América Latina, con el fin de lograr la erra-
dicación del trabajo infantil, a través de “incentivos para la familia,
reorganización y replanteamiento del ingreso familiar y becas de
estudio para que los niños no se vean obligados a constituirse en
sostén de la familia”73.
Durante cuatro días, expertos de diferentes países latinoameri-
canos analizaron la situación de los niños trabajadores y concluyeron
que se debía erradicar progresivamente el trabajo infantil (de 7 a 14
años) y promover acciones de protección para los jóvenes (14 a 18 años)
[…] En América Latina y el Caribe se calcula que hay 20  000  000
de niños menores de 18 años vinculados a actividades laborales, dijo
María Cristina Salazar, directora de Defensa Internacional de los
Niños y coordinadora del seminario. En Colombia la cifra llega a
3 000 000 de niños menores de 18 años, según la Encuesta Nacional
de Hogares de 1995, pero el subregistro es alto teniendo en cuenta
que por temor los padres no admiten que sus hijos están en esas con-
diciones, indicó Olga Isaza, coordinadora nacional del Programa
Internacional de Erradicación del Trabajo Infantil (ipec). Sobre este
punto, en el seminario se recomendó a Colombia revisar la definición
que utiliza el dane para trabajo infantil, ya que muchas de las labores
en circunstancias de explotación para los niños no son recogidas en
sus encuestas. La educación básica es un punto esencial para la erra-
dicación del trabajo infantil, porque de nada vale que al niño se le
entreguen todas las condiciones para regresar a la escuela y dejar su
labor, si esta no le ofrece lo que necesita, agregó García […] En todos
los países del área ya se están definiendo políticas gubernamentales
para protección de la infancia. En Colombia, por ejemplo, se creó el
Plan Nacional de Erradicación del Trabajo Infantil, que contempla
acciones preventivas, intervención directa sobre los niños y desa-
rrollo institucional.74

72 El Tiempo. Bogotá, octubre 25, 1996.


73 El Tiempo. Bogotá, octubre 25, 1996.
74 El Tiempo. Bogotá, octubre 25, 1996.

320
Niños trabajadores usados y explotados

A finales del siglo xx, los niños aguateros todavía eran objeto
de crónicas periodísticas, como la escrita por nullvalue, quien
registraba, con lujo de detalles, la manera como estos chicos se ganaban
la vida. En esta crónica aparecía una foto de los pequeños aguateros
que vivían en los Altos de Cazucá:
Todas las mañanas baja la loma acompañado de dos perros y un
burro, que en su lomo lleva cuatro galones amarillos. Sus vecinos y
amigos ya se acostumbraron a verlo trabajar como cualquier adulto.
Un saco rojo, roto en la manga izquierda, blue jeans desteñidos,
zapatos negros y viejos y una cachucha de los Bravos de Atlanta ca-
racterizan a Negativo, un niño de nueve años de Soacha, cuyo ver-
dadero nombre es Juan José González. De béisbol nadie sabe más que
él, dice Rogelio, otro pequeño que aclara que a Negativo le dicen así
porque siempre lleva la misma ropa. Ambos recorren la falda en Altos
de Cazucá, en el municipio de Soacha, al sur de Bogotá, donde venden
el galón de agua a 600 pesos. Estos pequeños, que juegan vendiendo
agua, comen una sola vez al día, van a la escuela solo a ratos y se hacen
matar porque no los respetan. Tienen la responsabilidad de ayudar
en la manutención de sus familias, advierte Laura García, delegada
presidencial de la Red de Solidaridad.75

Esta crónica estaba acompañada por las denuncias de Samuel


Márquez Ovalle, defensor del Pueblo de Cundinamarca, quien se
manifestaba en contra del trabajo de los niños en minas de carbón
carentes de las más mínimas condiciones de seguridad en el municipio
de Ubaté y las labores agrícolas de muchos pequeños en Oriente, Rio-
negro, Sumapaz y Sabana, como ayudantes familiares. En su denuncia
Márquez Ovalle usaba información recogida por el Ministerio de
Trabajo, donde se afirmaba que “el 20% de los menores y el 40% de los
adolescentes colombianos tiene que vender su mano de obra al sector
productivo, formal o informal”76. Así mismo, en un estudio realizado
en la universidad de los Andes se leía que en el campo “uno de cada

75 El Tiempo. Bogotá, mayo 4, 1996.


76 El Tiempo. Bogotá, mayo 4, 1996.

321
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

tres niños entre 12 y 13 años tenía que trabajar” y en las ciudades uno
de cada quince niños lo hacía “para sobrevivir o ayudar a su familia”77.
En la prensa se reseñaban también conferencias anuales como
la de la Organización Internacional del Trabajo (oit) en Ginebra y
se recogían notas sobre la gran batalla que esta organización libraba
constantemente en contra del trabajo infantil. El tema central de la
conferencia anual de la oit era la consideración “sobre cómo el campo,
las minas, las fábricas y las construcciones son los lugares que se reem-
plazan por la escuela, el sitio natural de la infancia”78. El texto recogía
información sobre el porcentaje de niños trabajadores en el mundo:
La problemática del menor trabajador se presenta en los países
en vía de desarrollo, afectando 140 000 000 de niños y 110 000 000
de niñas, según los cálculos de la oit. Por regiones, la mayor pro-
porción de niños que trabajan se encuentra en África con un 41%,
luego siguen Asia con un 22% y América Latina con 17%. El 80% de
los niños trabajadores aseguran que nunca tienen vacaciones. En el
sector de la construcción, un niño de cada cuatro es víctima de acci-
dente o enfermedad, una proporción que asciende al 16% en las minas
y canteras, a 18% en transporte y a 12% en la agricultura.79

Con relación a los lugares donde los niños trabajaban en condi-


ciones infrahumanas, que atentaban contra sus necesidades básicas
y los ponían en peligro, en el texto se mencionaba que por lo general
los muchachos ejercían sus actividades:
[…] en la profundidad de minas repletas de humedad y aires vi-
ciados, en campos agrícolas en los que se usa al mismo tiempo pesti-
cidas, en trabajos manuales con manipulación de sustancias químicas
que en la mayoría de los casos son tóxicas, sin que haya el más mínimo
control sobre su salud. En países asiáticos como Pakistán o India, es
común encontrar el caso de niños cedidos por sus padres para saldar
deudas, y es ahí en donde se entra de lleno al mundo de la esclavitud.
Estos pequeños obreros, una vez comprados, son puestos a trabajar

77 El Tiempo. Bogotá, mayo 4, 1996.


78 El Tiempo.com. Bogotá junio 1 de 1998
79 El Tiempo.com. Bogotá junio 1 de 1998

322
Niños trabajadores usados y explotados

tiempo completo, desde bien temprano y hasta bien tarde. Para im-
pedir que los niños escapen en las horas de sueño, se han encontrado
casos de factorías que los encadenan a sus camas. ¿Y los salarios? Son
ínfimos. Por lo general, uno o dos tercios del sueldo base en estos
países, que nunca supera los dos dólares por jornada.80

La nota de prensa informaba sobre la Marcha Mundial de Niños


Trabajadores del Mundo, cuya intención era llegar a Ginebra en el
marco de la Conferencia Anual de la oit, donde estaban presentes 116
países. En esta marcha confluirían múltiples sectores para protestar
abiertamente contra la “proliferación del trabajo infantil y reclamar
acciones efectivas para su erradicación” y, con ello, lograr establecer
un proyecto de convención donde se lograra rehabilitar a las víctimas,
proteger a los niños menores de doce años, evitar la explotación in-
fantil bajo formas de esclavitud, como su “venta o el trabajo forzado
a causa de deudas”, impedir su vinculación en “la prostitución y la
pornografía y las labores que ponen en peligro la salud, la seguridad
o la moralidad de los pequeños”81. La convención se proponía además
“prever una legislación apropiada que contemple sanciones penales” 82.
En la crónica se indicaban los datos sobre el drama del trabajo
infantil en Colombia a finales de la década de los noventa:
Las últimas cifras que se conocen sobre trabajo infantil en
Colombia son de 1995. Se estima que los niños trabajadores colom-
bianos puede alcanzar los 2 447 000 de niños y jóvenes con edades
entre 6 y 17 años. La fuerza laboral de los menores de 12 años es un
problema grave, en especial, en las zonas rurales, donde labora uno
de cada 3 niños de 10 y 11 años. Entre tanto, 1 de cada 4 de edades entre
6 y 9 años se dedica a actividades secundarias.83

La prostitución infantil se globaliza


como trabajo forzado

80 El Tiempo.com. Bogotá junio 1 de 1998


81 El Tiempo.com. Bogotá junio 1 de 1998
82 El Tiempo.com. Bogotá junio 1 de 1998
83 El Tiempo. Bogotá, junio 1, 1998.

323
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

La intención de acabar con el trabajo infantil era una constante


institucional en Colombia y el resto del mundo. Sin embargo, estas
buenas intenciones no iban a la par con la abolición de este problema
en el país y en Bogotá. Por el contrario, los niños comenzaban a
vincularse a trabajos de explotación sexual y a la comercialización
de la droga. El niño se vinculaba a la globalización del delito, como
víctima y actor principal, bajo el dominio de adultos tan inescru-
pulosos como los pordioseros de comienzos de siglo xx.
En agosto de 1996, desde Noruega se informaba, a través de la
prensa, sobre los debates surgidos en el Congreso Mundial contra
la Explotación Sexual de la Infancia y sobre mecanismos para combatir
el turismo sexual infantil. Dicha propuesta había sido presentada por
los representantes de Gobiernos europeos y ong como un mecanismo
efectivo para perseguir y castigar a los violadores de los derechos de
los niños84. Dos días después de dicho congreso en Noruega, en una
nueva nota de prensa, bajo el título “Una luz de esperanza”, se recu-
peraba el contenido de la intervención de la reina Silvia de Suecia en
el cierre del congreso, donde se informaba acerca de una “Declaración
y el plan de acción adoptados en Estocolmo [que buscaba] ampliar
la represión del comercio sexual de la infancia y reforzar el actual
arsenal legislativo”85.
Una crónica más amplia daba cuenta de las palabras del primer
ministro sueco, quien afirmaba con vehemencia: “Abusar de nuestros
niños es abusar de nuestro futuro”.
Con la asistencia de 1200 expertos, en representación de 126
países, el foro busca adoptar mecanismos para luchar contra la pros-
titución forzada de los niños y frenar el tráfico transnacional de
pornografía infantil. El mundo, uno y cada uno de sus países, jamás
podrá aceptar que inocentes niños sean usados y heridos para el resto
de sus vidas por intereses comerciales de gente inmoral y sin escrú-
pulos, afirmó Persson en la apertura del evento.
El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), principal
promotor de la conferencia, estima que alrededor de un millón de niños

84 El Tiempo.com, 30 de agosto, 1996.


85 El Tiempo.com, 1 de septiembre, 1996.

324
Niños trabajadores usados y explotados

por año se ven forzados a la prostitución infantil. Las regiones más afec-
tadas son, en su orden: Asia, América Latina y Estados Unidos. Según la
Asociación para la Detención de la Prostitución Infantil en el Turismo
Asiático (Ecpat, por sus siglas en inglés), de 3000 a 7000 niños colom-
bianos son usados en el mercado de la prostitución solamente en Bogotá,
mientras que unos 25  000 son usados con el mismo fin en República
Dominicana. El país de América Latina donde más se presenta este
problema es Brasil, donde la mayoría de los niños de la calle utiliza la
prostitución para sobrevivir. El problema es de lejos más grave en Asia,
pero la instauración de medidas para combatirlo en varios de sus países
amenaza con desviar a la corriente de pedófilos (predominantemente
alemanes, estadounidenses y británicos) hacia América Latina.86

En la prensa seguía considerándose la pobreza como la principal


causa de que muchos niños no pudieran tener una infancia normal
y, por el contrario, estuvieran “a merced de las redes ilegales que ex-
plotan las necesidades de sus familias, los engañan o simplemente los
secuestran”87. En esta cumbre además surgían testimonios dramáticos
sobre el abuso temprano:
el actor británico Roger Moore, famoso por su papel de El Santo
y sus películas como James Bond, conmovió ayer la cumbre al ad-
mitir que cuando era niño fue víctima del abuso sexual. “De niño he
sido víctima, no de un caso grave, pero no se lo dije a mi madre hasta
que tuve 16 años, debido a que creía que era algo de lo cual debía aver-
gonzarme”. Moore no quiso precisar el tipo de agresión que sufrió.88

Autoridades internacionales como Carol Bellamy, directora eje-


cutiva de Unicef, reclamaba de los asistentes a la conferencia sobre la
prostitución infantil que se buscara un acuerdo sobre cuatro medidas
necesarias para atacar el problema:
aumentar la conciencia social sobre este problema, reforzar las
medidas legales contra los que explotan y se benefician del comercio

86 El Tiempo.com, 28 de agosto, 1996.


87 El Tiempo.com, 28 de agosto, 1996.
88 El Tiempo.com, 28 de agosto, 1996.

325
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

del sexo, poner un mayor énfasis en la prevención, especialmente la


educación de las niñas, y apoyar la rehabilitación y reintegración de
menores que ahora están en el mercado del sexo.89

El periodista que registró en la prensa lo discutido en esta cumbre


internacional informaba a los lectores sobre la existencia de la Red Na-
cional de Prevención del Maltrato del Menor, que funcionaba a través
de las comisarías de familia, la policía de menores y los centros zonales
del icbf, en todo el país, incluida Bogotá, instituciones a las que debían
acudir si se detectaba alguna situación de abuso sexual. Terminaba
la crónica con la propuesta de la señora del presidente ante el Primer
Congreso Mundial contra la Explotación Sexual de la Infancia.
La prostitución infantil era, sin lugar a dudas, reconocida como un
problema social de carácter global y nacional a finales del siglo xx. El
abuso sexual y la prostitución se convirtieron en fenómenos vinculados
entre sí. En Colombia, se registraban datos alarmantes y en la prensa se
recogía esta información, acompañada de testimonios de niñas pequeñas
que narraban sus dramáticas historias.
En Colombia, las principales víctimas de delitos sexuales son
niños entre los 8 y 14 años. Cerca de 25 000 niñas entre los 9 y los 16
años ejercen la prostitución y diariamente se presentan cerca de 20 de-
nuncias por delitos contra la integridad sexual de los menores. Estas
cifras, según el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y la Policía,
son solo una mínima parte del problema. Durante los últimos años, la
prostitución infantil ha alcanzado niveles incalculables. Según la infor-
mación del Instituto, solo en Bogotá existen 10 200 niñas y 800 niños
dedicados a la prostitución. Los datos de la Defensoría del Pueblo re-
velan que las zonas de más explotación son Bogotá, Neiva, Riohacha,
Villavicencio, Pasto, Bucaramanga, Barranquilla, Montería, Medellín,
Cúcuta, Popayán y Cali.90

Las investigadoras que habían realizado el estudio adelantado por


el icbf señalaban la gravedad del problema y la frecuencia con que se

89 El Tiempo.com, 28 de agosto, 1996.


90 El Tiempo.com, 1 de septiembre, 1996.

326
Niños trabajadores usados y explotados

presentaba. Según afirmaban, cerca de un 60% de los delitos sexuales


contra menores se presentaba en el interior de la propia familia, donde
los padres agredían a las niñas sexualmente y las empujaban hacia la
calle. Marina, una joven de 15 años que llegó al icbf con su pequeño
de 12 meses para que la ayudaran, pues no quería seguir trabajando
como prostituta, le contó al periodista el drama que había vivido desde
muy pequeña:
Desde que tenía siete años, su mamá, que vive en la zona de to-
lerancia de Bogotá, decidió meterla en el negocio de la prostitución. Y
aunque la madre nunca ha sido prostituta y se hace cruces, cada vez que
hablan de las trabajadoras sexuales, le parece muy normal que su hija,
como muchas de sus vecinas, se pare en las paredes de bares y disco-
tecas hasta altas horas de la noche buscando clientes.
El defecto físico de nacimiento a Marina, le falta una mano, es la
razón que aduce su madre para haberla metido, desde los siete años, en
la prostitución. Nació sin mano, no puede aprender, por eso, solo sirve
para ser prostituta, dice la mamá de Marina. Sin embargo, la niña, por
cuenta propia, aprendió a leer y asegura que quiere trabajar en otra ac-
tividad. “No quiero seguir acostándome con los señores que mi mamá
me lleva, pero cada vez que le digo que no, se pone muy brava, me pega
con un palo y me zarandea así [...] Esos problemas la ponen muy en-
ferma y pues a mí me toca trabajar para llevarla al médico y comprarle
la droga”, relata la niña. Por ahora, Marina sigue con su mamá, pero
dentro de unos meses entrará en un programa de rehabilitación in-
fantil. Según las encargadas del programa de rehabilitación del icbf,
que ya tiene 40 niñas en el programa, por el momento no se puede
hacer nada contra la mamá porque la niña no va a denunciarla.91

Desde el Ministerio de Justicia comenzaba a hablarse de Colombia


como “uno de los principales centros de operación de las redes inter-
nacionales dedicadas a la prostitución y la pornografía de menores”92.
Ciudades como Cartagena, Bogotá, Pereira y Bucaramanga se convir-
tieron en centros reconocidos por estas actividades y entidades como

91 El Tiempo.com, 1 de septiembre, 1996.


92 El Tiempo.com, 1 de septiembre, 1996.

327
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

el icbf, Procuraduría, Fiscalía, Defensoría del Pueblo, Secretaría de


Gobierno, das, Secretaría de Educación, ong y la Interpol se dedicaron
a levantar un censo en el país para “determinar las estadísticas reales
y llegar a los promotores del negocio”93. En el documento se informaba
sobre un programa de rehabilitación de trabajadoras sexuales de todas
las edades creado por el icbf y de algunas de las medidas legales con las
cuales se estaba enfrentando el problema a finales del siglo xx.
El año pasado hubo un promedio de ocho reconocimientos
diarios de menores víctimas de delitos sexuales en Medicina Legal.
Y según estadísticas de la Fiscalía, las principales víctimas de crí-
menes sexuales son las niñas entre los 8 y los 15 años. Pero el castigo
no es muy severo para este delito. Este año, la Fiscalía ha recibido
cerca de 610 denuncias de violación o abuso sexual en Bogotá. Sin
embargo, solo 37 de los detenidos están tras las rejas. Según la policía,
los problemas son dos: uno que la legislación colombiana no con-
templa penas mayores para estos delitos y, segundo, que casi nunca
hay pruebas para encarcelar al agresor. Según la legislación colom-
biana, los delitos que se relacionan con abuso sexual tienen penas mí-
nimas entre un año y dos lo que da libertad a los sindicados mientras
se produce la sentencia del juez.94

El artículo de prensa mencionado terminaba con la denuncia de


una niña colombiana de 16 años, recluida en un centro de protección
colombiano, que se atrevió a hablar del problema de trata de blancas
en Europa.
El trabajo infantil también se vinculaba con el comercio de es-
tupefacientes. Las noticias sobre el narcotráfico en el país se hacían
aún más dramáticas y escandalosas cuando incluían el uso de niños
para el trasporte de la droga a otros países. Sobre los padres de estos
niños se esperaba que cayeran los peores castigos para impedir que
esta práctica monstruosa se expandiera.
Ya de por sí el tráfico de drogas es un delito repugnante, pero el
que algunos adultos inescrupulosos lo hagan engañando a sus hijos,

93 El Tiempo.com, 1 de septiembre, 1996.


94 El Tiempo.com, 1 de septiembre, 1996.

328
Niños trabajadores usados y explotados

merece el más franco rechazo y el más ejemplar castigo. Deben ser san-
cionados sin consideración alguna y evitarle a la humanidad civilizada
su presencia en las calles. Otra actitud debe asumirse frente al menor
utilizado. Tal es el caso de los jóvenes a quienes hace poco en Miami se
les halló droga en sus estómagos. La sociedad estadounidense se sus-
tenta, primordialmente, en la protección de sus menores. Y estos, sean
norteamericanos o colombianos, deben ser tratados como tales […].95

En otro artículo de carácter judicial se informaba que se había


capturado a la jefe de una red de prostitución conectada con Bangkok.
“María del Carmen Galindo de Guerrero, fue la encargada de engañar
a 16 jovencitas atraídas por el espejismo de actuar como modelos en
clubes de Europa”96. Bajo este subtítulo se encontraba la foto de la en-
cargada de actividades de trata de blancas vinculadas al narcotráfico.
En la crónica se narraba que
Dieciséis chicas colombianas, que en enero fueron llevadas a ese
país [Bankok] atraídas por el espejismo de actuar como modelos en
clubes elitistas, partieron vistiendo lujosos abrigos de pieles, cuyas
solapas estaban repletas de cocaína. Al llegar a su destino no solo
se encontraron con la cruda sorpresa de que habían sido utilizadas
como “mulas”, sino que fueron obligadas a trabajar como prostitutas
y satisfacer los deseos insanos de oficiales de policía y jefes de mi-
gración de Bankok.97

Rescatadas por el cónsul de Bangkok, las jóvenes servirían de


testigos en un proceso judicial contra la jefe de la organización. En
la crónica se narraba la manera en se llevaba a cabo la mencionada
actividad delictiva:
La cadena se iniciaba con la publicación de avisos clasificados
que requerían niñas entre 13 y 20 años, “bien presentadas” y de “buena
­estatura”, para trabajar como modelos o guías turísticas. Debían
acudir a la carrera 16 número 54-55, donde eran entrevistadas. Las

95 El Tiempo.com, 3 de abril, 1998.


96 El Tiempo. Bogotá, septiembre 4, 1990.
97 El Tiempo. Bogotá, septiembre 4, 1990.

329
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

que sorteaban esa primera prueba eran enviadas a un apartamento si-


tuado en la diagonal sexta número 60-81, urbanización El Contado de
Castilla, donde desfilaban en traje de baño y hacían prácticas de pa-
sarelas. Las favorecidas eran fotografiadas artísticamente y recibían
la indicación de que solo debían preocuparse por el pasaporte, pues
los responsables de la supuesta agencia de modelaje corrían con los
gastos de viaje y los viáticos.98

Al llegar a Bangkok, eran entregadas a las autoridades para que


les arreglaran los contratos de trabajo. Estas niñas eran recibidas con
botella de whisky y cocaína que les obligaban a consumir. Aquellas
que recibían esta droga eran vinculadas a un proceso criminal por
tráfico de droga y trata de menores en Bangkok. Esta era una más de
las ilusiones de niñas muy jóvenes que esperaban encontrar mejor
vida en países lejanos y lo único que lograban era ser apresadas como
trabajadoras sexuales.
La prostitución infantil, a finales del siglo xx, también estaba ligada
al turismo. En un reportaje sobre el “mercado de niños en la prostitución”
se recogían datos de los pequeños que se habían vinculado a este trabajo
y se consignaban fragmentos de sus experiencias:
“Un día estuve hasta con siete señores y me pagaron 70  000
pesos. Ahora sufro al saber que uno de mis clientes murió de sida
y no sé si estoy enfermo. Pero, como mi casa es la calle y mi mamá
es de la vida alegre, seguiré en esto porque es poco lo que tengo que
perder”. Johan Zambrano, de 14 años, recorre las calles bogotanas
y los centros clandestinos de prostitución infantil en los que vende
su cuerpo, al igual que otros 25 000 niños colombianos, para poder
sobrevivir. Cuenta que alguna vez vio al niño español José Joaquín
Ayete y que ha escuchado que a muchos otros menores los han traído
a Colombia para tomarles fotografías de sexo o para que atiendan a
los clientes del extranjero.99

98 El Tiempo. Bogotá, septiembre 4, 1990.


99 El Tiempo.com, enero 15, 1998.

330
Niños trabajadores usados y explotados

El autor del artículo había tenido contacto directo con uno de estos
muchachos dedicados a la prostitución, con quien había recorrido las
casas clandestinas en las que solían alquilarse cuartos a menores para
que atendieran a los clientes, a quienes solían encontrar en la calle 24
con carrera séptima. Allí, en uno de esos cuartos, el periodista y el
niño continuaron su charla sobre la vida de Johan, quien
[…] se sentó sobre una cama con cobijas sucias y sábanas rotas.
Clavó su mirada triste y cansada sobre el viejo espejo empotrado entre
un gorgojiento [sic.] armario y recordó el día que lo violaron. “Eso fue
en el barrio Compartir, en Soacha. Yo tenía 12 años. Ese día, un señor
me cogió a la fuerza y me violó. Sufrí en silencio mucho tiempo y no
tuve tiempo de contarle a mamá, porque ella permanecía trabajando
en la vida alegre en los bares de la 19 con 15”, recordó. Johan cubrió
su rostro con las manos y después de tomar un poco de aire, dijo: “El
día que le confesé a mamá que me había empezado a prostituir me
respondió que ese era problema mío, que me cuidara”.100

Un momento después, en medio de un llanto casi incontenible, el


niño comenzó a expresar sus temores de estar enfermo de sida, debido
a que en varias ocasiones había atendido a los clientes sin cuidarse
“Tal vez me estoy muriendo. Muchas veces atendí a señores sin
utilizar preservativo. En la casa donde trabajaba muchos pagaban
otros pesos para que lo hiciéramos sin condón”, sostuvo. “Atendí dos
o tres veces a un señor de Cúcuta sin protección. Hace poco me di-
jeron que se murió de sida. Desde entonces, solo pienso en la muerte”.
Se recostó sobre la cama y exclamó: “Yo lo hago por necesidad,
porque uno con esa plata aunque sea come algo y sobrevive, pues mi
mami me echó de la casa desde que supo que había caído en el vicio”.
Johan sostiene que ya abandonó la droga. “El vicio ya no me gusta.
Comencé metiendo pegante, marihuana, bazuco. Creo que por esa
cantidad de vicios es que uno se lanza a la prostitución y se vuelve
homosexual”.101

100 El Tiempo.com, enero 15, 1998.


101 El Tiempo.com, enero 15, 1998.

331
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

De un momento a otro hubo un cambio en la actitud y en el estado


de ánimo del muchacho, quien empezó a recorrer desesperadamente
el cuarto lleno de moho:
“Es que la gente adulta es muy aprovechada. Se aprovechan de la po-
breza de uno para ofrecer el cielo y la tierra y después de que lo usan, lo
tiran a la caneca de la basura”, dijo y se quedó en silencio. Pasaron dos o
tres minutos y, al ser preguntado sobre ofertas para dejarse tomar foto-
grafías obscenas, dijo: “Aprendí a no ser pendejo. Cuando me dicen que
me deje tomar fotos haciendo poses me niego porque ellos mandan eso
para el exterior y dizque se ganan un jurgo de plata y uno no gana nada”.102

Después de un largo silencio y un gran sorbo de agua, dejaron el


cuarto y se fueron en búsqueda de otra casa de prostitución que quedaba
en la carrera séptima con calle 22, donde por lo menos había un cuarto
de baño en cada uno de los tres pisos. Cuando se a­ proximaban al lugar
el muchacho, señaló a un vendedor de cigarrillo como un expendedor
de droga. Finalmente timbraron en la casa:
En el umbral de la puerta apareció un muchacho, de unos 16 o 15
años, y dio la bienvenida. La penumbra dejaba ver a duras penas los
cuadros y afiches de hombres desnudos. El rechinar de las escaleras de
madera y el olfato de un perro negro alertaron al camarero para con-
ducir a los clientes hasta un pequeño cuarto. Son 7000 pesos por el rato.
Si quieren compañía adicional vale 40 000 pesos, dijo el camarero y se
retiró después de encender un televisor que proyectaba una película
de homosexuales. Esta por lo menos es limpia. “Aquí dizque vienen
muchos extranjeros a buscar muchachos”, dijo Johan, mientras miraba
por el balcón de la casa que dejaba ver uno de los paraderos de buses
de la Caracas. “En estos sitios, agregó, hay que tener cuidado porque
varios muchachos tienen la maña de echarles cosas a sus clientes en las
bebidas para dejarlos dormidos y luego robarles todo”.
Antes de salir de la casa fantasma, antes de la medianoche, el ca-
marero hizo una advertencia: “Salga primero uno y luego el otro, porque
por estos días la autoridad está que busca al muchachito español”. Johan
se fue caminando por toda la avenida Caracas en busca de un nuevo

102 El Tiempo.com, enero 15, 1998.

332
Niños trabajadores usados y explotados

cliente que le permita pagar los 5000 pesos de una pieza para pasar
la noche. Muy cerca, los hombres del Departamento Administrativo
de Seguridad (das) continuaban indagando por José Joaquín Ayete, el
niño español que desapareció de Los Pirineos y que, según las investi-
gaciones, lo han visto en Bogotá vendiendo su cuerpo.103

En esta crónica se aclaraba el carácter rentable y extendido del


negocio de la prostitución infantil, sobre el que la Interpol alertaba y
enviaba información respecto a casos de niños perdidos en varios países
de Europa y América Latina.
[…] las identidades de 14 niños que desaparecieron de Bélgica,
Francia, Bulgaria, República Checa, Jamaica, Brasil y Argentina y que
podrían estar en Colombia siendo explotados por los jefes de las redes
internacionales de prostitución infantil. Un grupo especial del das
trabaja en la búsqueda de estos 14 niños.104

En los últimos años del siglo xx, se recogía información sobre el


alto número de niños vinculados a la prostitución infantil y estos datos
eran expuestos en artículos en los que se presentaba este deplorable
flagelo que iba en aumento:
Unicef estima que alrededor de un millón de niños por año se
ven forzados a practicar la prostitución infantil. En Colombia, cerca
de 25 000 menores de edad ejercen la prostitución en bares, hoteles y
casas camufladas. No hay una cifra oficial sobre menores extranjeros
dedicados a vender sus cuerpos en el país. Según las estadísticas, dia-
riamente se presentan cerca de 20 denuncias por delitos contra la inte-
gridad sexual de los menores y las principales víctimas son niños entre
los 8 y 14 años. Estas cifras, según el icbf y el das, son solo una mínima
parte del problema. Según el Instituto, solo en Bogotá existen 10 200
niñas y 800 niños dedicados a la prostitución. En la actualidad, el icbf
atiende a 12 803 niños víctimas de la prostitución. Los programas de-
mandan una inversión superior a los 685 000 000 de pesos.105

103 El Tiempo.com, enero 15, 1998.


104 El Tiempo.com, enero 15, 1998.
105 El Tiempo.com, enero 15, 1998.

333
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

Desde la prensa se exhortaba a los ciudadanos para que denun-


ciaran los casos de abuso de menores que conocieran, se recomendaba
que acudieran a la “Red Nacional de Prevención del Maltrato del
Menor que opera a través de las comisarías de Familia, la Policía de
Menores y principalmente de los centros zonales del icbf de todo el
país”106. En el artículo se explicaba que en cada centro se contaba “con
un equipo técnico integral conformado por un defensor de familia,
una psicóloga y una trabajadora social, que evalúan la situación psi-
cológica y física del menor para determinar la gravedad del caso”107.
Aclaraban que Medicina Legal era la entidad encargada de realizar
los exámenes físicos para comprobar la denuncia penal. En caso de
ser necesario, “el icbf [prestaría] la asesoría psicológica tanto a la
víctima como a sus familiares y si es el caso, [brindaría] protección
al menor abusado”108. El das pedía colaboración de la ciudadanía para
desarticular los hoteles, centros recreacionales y establecimientos
nocturnos donde se descubriera que el ejercicio de la prostitución
infantil era permitido o promovido.
El artículo terminaba con una pregunta sobre las razones para
traer niños extranjeros a prostituirse en Colombia y respondía con
unas afirmaciones hechas por la Interpol al respecto:
1. Muchos de sus clientes ingresan al país con visa de turista o en vuelos
chárter a disfrutar de paquetes turísticos que les venden en Europa,
Estados Unidos, Japón y Australia, en los que les garantizan relaciones
con niños del país que quieran.
2. Estos niños son traídos a Colombia para realizar videos o estudios
fotográficos eróticos, que luego son impresos en la clandestinidad y
los hacen aparecer como productos importados para cobrar precios
elevados.
3. Y es que ante la persecución de los pedófilos en Europa, los corrup-
tores de menores, que han convertido a Colombia en una especie de
paraíso sexual, han decidido emigrar hacia tierras latinoamericanas
para manejar el comercio internacional de niños.

106 El Tiempo.com, marzo 30, 1998.


107 El Tiempo.com, marzo 30, 1998.
108 El Tiempo.com, marzo 30, 1998.

334
Niños trabajadores usados y explotados

El negocio es manejado por redes internacionales que utilizan desde


Internet hasta casas clandestinas que incluso prestan servicios a
domicilio.109

Desde la prensa se informaba acerca de acciones ciudadanas que


intentaban crear conciencia en el país en torno al flagelo del trabajo
infantil y sus repercusiones “sobre el desarrollo físico, mental y emo-
cional del niño”. Se trataba de una “marcha mundial contra formas
intolerables de trabajo infantil”, que se estaba llevando a cabo entre
Quito y Cartagena, pasando por Pasto, Cali, Palmira, Armenia,
Manizales, Medellín, Bogotá, Bucaramanga, Barranquilla”, lugares
donde se llevarían a cabo eventos públicos y académicos. La marcha
concluiría en Colombia el 8 de abril y seguiría hacia Panamá.
El miércoles primero de abril, a las once de la mañana, en la Plaza
de Toros en Bogotá, se cumplirá la recepción de más de 52 entidades
públicas y privadas vinculadas y que hacia el mediodía iniciarán la
marcha hacia la Plaza de Bolívar para dar comienzo a la ceremonia de
apertura e inicio de distintos actos. El evento se realiza en Colombia
gracias a la gestión del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar,
el Ministerio de Trabajo, Asocolflores, el Priac, oit y la Consejería
Presidencial para la Política Social y el Pacto de la Infancia, elemento
fundamental de la política social en favor de la niñez, que pretende
generar un cambio cultural a través de la sensibilización, el conoci-
miento y la capacitación de la población en torno de los derechos de
los niños. Unidos, han convocado a la ciudadanía para esta jornada
de sensibilización que es una nueva esperanza contra lo que oprime al
menor trabajador en todas las regiones del país y de América Latina.110

La manera como la prensa informa sobre el trabajo infantil


cambia a lo largo del siglo. Se puede observar un paso de la casuística
inicial, donde se mezcla la literatura con la realidad, a un segundo
momento, donde predominan los informes locales que incluyen
datos cuantitativos sobre el fenómeno del trabajo infantil. El siglo

109 El Tiempo.com, enero 15, 1998.


110 El Tiempo.com, marzo 30, 1998.

335
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

termina con el registro de investigaciones que sirven de base para las


crónicas que elabora la prensa, en las que se describen ampliamente
las inadecuadas condiciones laborales que enfrentan los menores
en Bogotá y el país. Finalmente, pueden verse las crónicas y los in-
formes recogidos en las conferencias que el Estado y los organismos
internacionales realizaban para lograr unas visiones globalizantes
que incluyeran diferentes soluciones al grave problema del trabajo
infantil que, aunque se combatía, no lograba terminarse. Así mismo,
un asunto que se registra a finales del siglo pasado es la faceta del
trabajo infantil asociada con la prostitución, el narcotráfico y el
turismo global, y en torno a la cual aparecen las crónicas humanas
con amplios testimonios sobre las perturbaciones de los niños utili-
zados en actividades delictivas, entre ellas, la trata de personas. Estas
distintas maneras en que la prensa aborda el fenómeno del trabajo
infantil hacen referencia a la vida ­miserable de muchos niños traba-
jadores explotados como esclavos por proxenetas y negociantes de
droga. En todo momento, las referencias en la prensa al sufrimiento
de los niños y al enjuiciamiento de quienes los explotan apuntan a
que la novedad está en los nuevos campos de explotación infantil,
pero no en las soluciones.

336
Reflexiones finales
Los medios y la miseria de los niños

A continuación se explorarán las formas de acercamiento de


la prensa escrita para referirse a la miseria de los niños huérfanos,
abandonados, limosneros, gamines, delincuentes y trabajadores que
vivieron en la calle durante el siglo xx en Bogotá. En los tres momentos
históricos en que hemos dividido nuestra exposición sobre los chicos de
la calle en siglo pasado, señalamos cómo la prensa escrita describe
de manera diferente, en crónicas, reportajes y artículos de opinión, la
condición de vida de los cuatro grupos ( huérfanos y abandonados,
callejeros, delincuentes y trabajadores), así como las demandas de
atención y de definición de políticas adecuadas para resolver los pro-
blemas de orfandad, abandono, limosna, “gaminismo”, delincuencia
y trabajo infantil. Al revisar las fuentes históricas, se encontraron
diferencias en cuanto a los temas tratados, la forma de elaborar las
comunicaciones y las imágenes elaboradas alrededor de estos pequeños
habitantes de la ciudad, dichos aspectos estaban relacionados con la
conciencia de quienes observaban los fenómenos de la miseria de los
niños en Bogotá y comunicaban dicha situación. Se trata de una labor
de condensación sobre lo descrito y de diferenciación sobre las particu-
laridades de los tres periodos. Como punto de partida para explorar
la manera como se informaba en la prensa sobre este asunto de los

339
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

niños de la miseria, utilizamos las características del funcionamiento


de los medios definidas por Luhmann1 y Bourdieu2.

Análisis sociológico de los medios:


Luhmann y Bourdieu
Como punto de partida de su análisis, Niklas Luhmann establece
teóricamente las relaciones básicas entre la vida y el sistema orgánico,
la conciencia y el sistema psíquico, así como entre la comunicación y
el sistema social. Este autor considera que estos sistemas “autorrefe-
renciales” operan de manera separada, con operaciones que se ponen
en marcha una vez las irritaciones provenientes de otros sistemas del
entorno tocan su pared externa y, por resonancia, la pared interna,
que da lugar al funcionamiento de las operaciones del sistema. Para
Luhmann, la comunicación se apoya en la conciencia e incluye “irri-
taciones” que pueden ser ocasionales o frecuentes, sorpresivas o regu-
lares, que vienen del entorno psíquico y se sienten en el lado interno
del sistema de comunicación, lo que causa alteraciones mínimas,
turbulencias e incluso cambios estructurales en el funcionamiento
del sistema de comunicación. Los temas que surgen del sistema de
conciencia y de comunicación evolucionan conjuntamente, y cada
uno de ellos es un entorno irritante para el otro, de manera que se
determinan mutuamente y suscitan las operaciones del otro sistema.
La constitución y el acoplamiento de la conciencia y la comunicación
dependen del lenguaje, que permite las transformaciones de estos dos
sistemas ligados, indisolublemente, a la historia de sus relaciones.
Luhmann investiga el sistema de los medios de comunicación
de masas en sus relaciones con el entorno, de donde proceden las
irritaciones que los distintos sistemas sociales, políticos, econó-
micos, científicos y culturales emanan, lo cual se convierte en el
registro de una secuencia de “observaciones que observan”. Los
medios aceptan las irritaciones del entorno y las transforman en
informaciones para el sistema social. Los temas definen lo que es

1 Niklas Luhmann, La realidad de los medios de masas (México: Editorial


Anthropos / Universidad Iberoamericana, 2000).
2 Pierre Bourdieu, Sobre la televisión (Barcelona: Anagrama, 2003).

340
Los medios y la miseria de los niños

necesario conocer para dar información y permiten el acoplamiento


estructural con otros sectores de la sociedad. Por su elasticidad y
diversificación, los temas llegan a toda la sociedad y le proponen la
aceptación de la información emitida y recibida. Luhmann considera
que los periodistas y los especialistas doctos, como observadores de
primer grado, tienen libertad para escoger los temas sobre los que
informan y no; mientras que los primeros suelen informar bajo la
función de sensacionalismo, los segundos lo hacen desde la ciencia,
es decir, bajo una connotación de verdad o falsedad. Los medios,
con el fin de traer receptores, usan la repetición alarmante de la
información, hasta que esta pierde su valor y entonces es sustituida
por nueva. Noticias, crónicas, reportajes y artículos de opinión son
instancias de procesamiento de información sobre “lo sorpresivo,
lo nuevo y lo interesante” para diferentes sistemas y los individuos
en particular. De esta manera, se va construyendo la realidad me-
diática sobre la sociedad, que es trasmitida y se va convirtiendo en
representación social e individual sobre el mundo en que se vive,
con sus personajes, acciones, acontecimientos e ideas vigentes en
un momento determinado.
Luhmann señala que desde la prensa se define lo deseable o
indeseable en la sociedad, se crea la moralización del discurso de ac-
tores y de acciones y se hacen visibles seres y sucesos como modelos
o antimodelos. En las noticias se incluyen las contravenciones a la
norma con relación a lo moralmente aceptado y se crean escándalos
informativos, que estimulan la construcción de reportajes a perso-
najes que defienden o atacan lo dicho por otros. Los reportajes suelen
llevar al público informaciones con “pretensión de verdad” y en ellos
hablan los expertos, amigos o enemigos en medio de reconocimientos
y acusaciones. Desde la prensa se da sentido a los sucesos, se definen
temas y se eligen objetos con valor informativo para el sistema mismo,
pero también para la comunicación social y la conciencia individual.
Los medios construyen realidades informativas y crean espacios de
memoria social de acontecimientos pasados que se recuerdan o se
olvidan según las necesidades del momento
Al hablar de las noticias y reportajes, Luhmann aclara que los
criterios que los medios usan para seleccionar las comunicaciones

341
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

tienden a considerar la novedad, la presencia de conflictos y el empleo


de cantidades en la información del fenómeno registrada en la noticia,
la referencia local o lejana de lo ocurrido, la contravención a la norma
y los escándalos, lo extraño o insólito, la conservación o reproducción
de la moral social de distintos grupos, personas y acciones vinculadas
a acontecimientos claves, actuales, pasados y futuros, las opiniones
de múltiple origen y de los mismos medios; el tiempo y el espacio
disponible en el medio es el último criterio que determina su selección
como tema para ser utilizado en las noticias y los reportajes. Este
sociólogo considera que las comunicaciones deben además cumplir
con las cualidades de “condensación, confirmación, generalización y
esquematización” de la información3.
Por su parte, Bourdieu analiza de cerca el funcionamiento de la
televisión como medio, pero algunas de las maneras de informar que
él considera en sus estudios son aplicables a los medios escritos. Este
prestante sociólogo francés del siglo xx considera que en los medios
se da “información sobre información”. La urgencia de la primicia
orienta a los medios más hacia la velocidad que hacia el pensamiento,
con marcos convencionales y corrientes que no les permiten ir más
allá de los hechos aislados registrados. El pensamiento requiere otros
escenarios, como el de la ciencia, donde se ponen en tela de juicio
las ideas comúnmente aceptadas sobre lo observado, con base en
observaciones sistemáticas que llevan a razonamientos complejos y
entrelazados.
La información emitida por los medios tiene un efecto de rea-
lidad, pues le da “vida a ideas o representaciones así como a grupos”.
Desde los medios de comunicación se generan principios de visión
del mundo y conglomerados que se aceptan como reales, aunque
sean solo construcciones de aquellos. Eso fue lo que sucedió con los
cuatro grupos de los niños miserables que son tomados en los medios
como realidades difíciles de tolerar y como objetivos de acción para
modificar su lamentable condición de vida.
Bourdieu afirma que los medios llevan a cabo una labor de inves-
tigación y descripción a través de la denuncia, del ataque a personas

3 Luhmann, La realidad de los medios de masas 39-62

342
Los medios y la miseria de los niños

e instituciones, con lo cual ejercen “violencia simbólica”. Afirma que


muchas veces en las crónicas se privilegia “la sangre, el sexo, el drama
y el crimen”. A través de la noticia, los medios llaman la atención
sobre hechos “para todos los gustos”, pero especialmente sobre temas
“sensacionales y espectaculares”, con lo que agudizan su carácter
dramático y exageran su gravedad. Con las palabras usadas, “crean
fantasmagorías, temores, fobias o representaciones equivocadas”,
utilizan realidades extraordinarias, no habituales, siempre en bús-
queda de la “primicia informativa”, de la “exclusiva”, que finalmente
acaba convirtiéndose en una información “repetida y banalizada”4.
Muchas de estas caracteristicas se privilegian en las noticias sobre
los niños de la miseria.
Los periodistas, como afirma Duby5, se convierten en los “histo-
riadores del presente”, los “etnólogos de [la] actualidad”, que usan el
futuro incierto como un elemento de crítica, y, como afirma L­ uhmann,
son ellos quienes nos dan la información directa o indirecta sobre
lo que sucede en los diversos ámbitos de la sociedad y los que, final-
mente, mantienen “a la sociedad en vigilia, despierta”. En muchas
oportunidades actúan como la conciencia social sobre lo que sucede
o está por suceder. Pero en otros momentos, la sociedad y sus sistemas
especializados no reconocen lo que está por ocurrir, lo hacen tan solo
cuando ya no hay remedio para prevenir eventos sociales e individuales
que se vuelven incontrolables e inmodificables, y hacen caso omiso
de lo que los periodistas presentan.
A través de las construcciones informativas elaboradas por
los doctos y los periodistas, pudimos elaborar la historia pública de los
niños de la miseria. Pudimos ver cómo los periodistas cambiaban
de temas, pero hablaban siempre de lo mismo, repetían sin cesar
lo que ya había sido dicho, como si en la prensa escrita se diera una
compulsión a la repetición informativa, producto de la reiteración de
sucesos sociales en el tiempo que, bajo la misma estructura pero con
leves o grandes modificaciones, reflejan los cambios y, algunas veces,

4 Bourdieu, Sobre la televisión 26.


5 Georges Duby, Diálogo sobre la historia. Conversaciones con Guy Lardreau
(Madrid: Alianza Editorial, 1988).

343
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

el deterioro social de la ciudad donde se presentan. En las noticias se


pierde la autoría particular y surge la autoría anónima del periódico;
por su parte, en las crónicas, los reportajes y los artículos de opinión,
la autoría es reconocida y de esta manera surgen los periodistas no-
tables, algunos muy doctos y otros más banales. Las proposiciones
concretas o semigeneralizadas de los periodistas tienen la función
de describir los sucesos observados una y otra vez. En las voces de
los investigadores, recogidas por periodistas interesados en conocer
el fenómeno que observan, y en las de los columnistas doctos se en-
cuentran las diferenciaciones informativas que dan mayor claridad
sobre el fenómeno y la manera como este se entiende en un momento
determinado.

La realidad informativa sobre los niños de la


miseria en Bogotá a lo largo del siglo xx

En esta investigación recogimos las comunicaciones periodísticas


que tenían que ver con la vida de los niños huérfanos, abandonados,
limosneros, gamines, delincuentes y trabajadores durante el siglo xx.
Revisamos las observaciones y comunicaciones en las que se hablaba
de esquemas normativos, desde los cuales se reclamaba que todos
estos niños fueran recogidos, controlados y rehabilitados en casas de
protección, correccionales o en programas especiales del icbf. Reca-
bamos también las comunicaciones que alertaban sobre la necesidad de
proteger a los niños trabajadores mediante programas de capacitación,
con el fin de alejarlos del sistema laboral informal y de la explotación,
para incorporarlos de manera obligatoria en el sistema educativo.
Así mismo, encontramos reportajes a los niños abandonados, pordio-
seros, delincuentes o gamines, todos ellos habitantes de la calle, donde
se resaltaba lo novedoso o extraño de sus comportamientos, lo insólito
de los resultados de sus acciones. Muchas de las comunicaciones eran
usadas para crear conciencia sobre el fenómeno de la miseria social
de muchos pequeños, para reclamar a distintos sistemas sociales por
la carencia de acciones y la necesidad lograr modificaciones en las
reacciones del entorno hacia estos niños.
La construcción de las observaciones y la manera en que los
periodistas y doctos informaban cambiaron a lo largo del siglo,

344
Los medios y la miseria de los niños

acomodándose a los principios básicos que regían la organización


social del momento. Con predominio de principios religiosos y mili-
tares a comienzos de siglo, luego bajo pautas políticas y científicas y,
por último, con el predominio de razones económicas y administrativas
a finales de siglo6, las representaciones sociales sobre la vida de los niños
miserables fueron cambiando, así como la manera de informar sobre
ellos. Sin embargo, era posible ver que las comunicaciones sobre los
niños miserables partían de una noticia breve, que generaba reacciones
en articulistas de opinión y, posteriormente, aparecían crónicas más
amplias, así como reportajes a los actores principales, esto es, a los
niños mismos, o a doctos que hablaban sobre los sucesos registrados.
Los reportajes a los niños, con sus testimonios, también permitían
observar cómo fueron cambiando las imágenes y la vida de los chicos
que habitaban las calles: del carácter pintoresco de comienzos de siglo
a una vida deteriorada y aniquilada por la droga, una existencia mar-
ginada de pequeños habitantes de las alcantarillas y o de las callejuelas
miserables del Cartucho.
Las columnas de opinión o las cartas enviadas a los columnistas
reflejaban también la moral social, aceptada o rechazada, por dis-
tintos grupos de la sociedad. Las normatividades religiosa, científica
y pública se convirtieron, durante el siglo, criterios para enjuiciar a
distintos sectores de la sociedad respecto de lo que sucedía con los
niños de la miseria.
El sistema de justicia, a través de los periodistas de las crónicas,
legales se convertía en la voz de alerta, que reclamaba control y sanción
para limitar el comportamiento desviado de los niños de la calle.
En los tres momentos descritos, los medios registraron casos de niños
delincuentes que eran seguidos por los periodistas durante el proceso
judicial al que eran sometidos después de haber cometido faltas graves,
de manera voluntaria o involuntaria.
Las cantidades sobre las que se hablaba en la prensa agregaban valor
informativo a la dimensión de lo observado y permitían la comparación
con otros fenómenos similares en otros momentos y lugares. A comienzos

6 Cecilia Muñoz y Ximena Pachón, La niñez en el siglo xx (Bogotá: Editorial


Planeta, 1991).

345
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

de siglo xx encontramos pocas estadísticas sobre las características de


los niños de la calle; en contraste, a mediados y finales de dicho siglo
se fue haciendo más frecuente la presentación de estos datos usados
por periodistas, funcionarios y científicos. Las series informativas eran
empleadas frecuentemente en la prensa para establecer la gravedad de
los problemas urbanos generados por los cuatro grupos de los niños
de la miseria que ya hemos mencionado.
En los los tres periodos estudiados, diferentes grupos exponían
en la prensa sus representaciones sobre los niños de la calle y, en
ocasiones, exigían movilizaciones y modificaciones en el plano de la
administración municipal o nacional para atender, a través de dis-
tintas instituciones y programas especiales, a los niños de la miseria
en Bogotá.

La realidad informativa sobre los niños


de la miseria principios de siglo
En las tres primeras décadas del siglo pasado, quienes hablaban
con mayor frecuencia en la prensa sobre el tema de los niños huérfanos
y abandonados eran los periodistas, con breves noticias y algunas
crónicas, y los profesionales doctos provenientes del sector de la salud
y de la educación, quienes describían la difícil condición de vida
de los niños y reclamaban atención de las autoridades locales y na-
cionales al problema. Otras veces, con base en registros periodísticos
que recogían los resultados de seminarios públicos referidos a estos
temas, informaban sobre las medidas adoptadas frente al problema
de los niños de la miseria. Los sacerdotes vinculados a programas de
atención a los muchachos de la calle, los médicos relacionados con
las políticas públicas de salud y los abogados ligados a los estamentos
legislativos o judiciales eran los personajes que más hablaban sobre
los niños de la miseria; todos ellos actuaban como los exponentes
más claros de una reproducción de la moral social que provenía de
los marcos institucionales en que trabajaban; así mismo, estos actores
simplemente centraban sus análisis en los problemas que los niños
miserables creaban en las calles de Bogotá.
Desde el sistema religioso, la moral y la caridad cristiana se hacían
llamados de atención sobre la lamentable condición de vida de los

346
Los medios y la miseria de los niños

niños pobres que nadie parecía poder resolver. Periodistas y personajes


doctos asumían procesos de observación y de comunicación para dar
a conocer y crear conciencia en la sociedad sobre lo que sucedía en la
calle con los niños de la miseria. Estos chicos, convertidos en elementos
centrales del esquema religioso, eran objeto de caridad, en virtud de
diferentes modalidades de protección que guiaban las acciones
de compasión o represión, así como la construcción de instituciones
para acogerlos y reformarlos. En el marco del esquema religioso se
ofrecía a los donantes una vida eterna o temporal cargada de beneficios
si apoyaban las loables acciones asumidas por “mujeres bondadosas” y
“gente de bien”. Los periodistas que trabajaban en los medios recogían
sus propias observaciones o las de los científicos y sus escritos solían
adquirir el tono de un registro literario, lleno de detalles, comentados
desde la vivencia del autor o desde su registro normativo acusatorio,
dirigido a las autoridades familiares y sociales, con el que buscaba
encontrar soluciones para los problemas observados.
Agustín Nieto Caballero, como educador, y los doctores Bejarano,
Enciso, Torres Umaña y López Pardo, como médicos, se convirtieron,
desde comienzos del siglo xx, en la “voz docta” que informaba sobre
eventos relacionados con niños gamines, delincuentes, huérfanos o
pordioseros. Desde esta toma de palabra, dichos personajes proponían
medidas correctivas, reclamaban cambios administrativos y transforma-
ciones en la mirada sobre los fenómenos de los niños que deambulaban
por las calles de la ciudad. Periodistas como Calibán trasmitían sus
observaciones sobre los niños de la miseria y recibían y hacían eco de
las cartas de ciudadanos o personas prestantes que reclamaban acciones
para limitar los desmanes de los niños de la miseria o para compadecerse
de su lamentable condición de vida.
Las descripciones sobre el destino de los niños huérfanos y aban-
donados, carentes de atención en el momento de su nacimiento, se
relacionaban en los escritos de la época con las imágenes religiosas
de la madre y el niño o de san José, la Virgen y el pequeño Jesús en la
búsqueda infructuosa de refugio a causa de la persecución de Herodes.
En las imágenes de los niños pobres se resaltaba, por un lado, su apa-
riencia física como “harapientos”, “descalzos” y “hambrientos” y, por
otro lado, su condición de niños sin recursos como “desamparados”

347
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

y “analfabetas”; chicos cuya existencia, descrita como cercana a la


condición de despojo humano, quedaba unas veces al margen de la
piedad, la bondad y la misericordia; de modo que, solos en la vida, se
veían forzados a debatirse sin recursos para sobrevivir, por lo que eran
considerados como víctimas de la injusticia de una sociedad que no
emprendía acciones adecuadas para protegerlos y que, algunas veces,
permitía que adultos inescrupulosos abusaran de ellos.
En cuanto que “hijos del odio, del arroyo, de la bestia humana”,
se convertían en la progenie de la miseria. En la prensa, esta imagen se
contrastaba con frecuencia con la imagen de niños afortunados, hijos de
personas prestantes, que vivían en amplias mansiones; niños llenos
de “alegría, protección y ayuda”, que asistían a los colegios y podían gozar
de la recreación garantizada en sus casas, en lo clubes y en las fincas
que poseían. Es el contraste entre los niños con infancia y protección y
aquellos que no las podían disfrutar.
La madre “desnaturalizada”, aquella que entregaba su hijo al
destino, en búsqueda de alguien caritativo que lo acogiera como hijo
adoptivo, era descrita como “una mujer sola, abandonada y despro-
tegida”, que renunciaba al pequeño en aras de un futuro mejor. Según
la prensa, se trataba de una mujer que confiaba en la bondad de la
gente frente al niño abandonado, pero que no sabía que la mayoría
de las personas acomodadas no se hacía cargo de cualquier huérfano,
sino que “generosamente” lo entregaba “al agente de turno” para que
fuera “llevado al Hospicio”. En todo caso, si el pequeño sin hogar era
rubio y de ojos claros, según la prensa, la gente adinerada corría a
recogerlo como posible hijo adoptivo. En los medios se encontraban
múltiples imágenes del abandono en lugares públicos, que unas veces
reflejaban la intención de dejar a los niños en manos caritativas, pero
que en otras ocasiones tenían la clara intención de abandonarlos a
su suerte, para que desaparecieran sin dejar rastro de su existencia.
A comienzos de siglo, los niños encontrados a tiempo iban a dar al
Hospicio, el resto pasaba a engrosar las filas de los infanticidios que
la prensa registraba como producto de una “herencia mórbida” y de
“la maldad biológica y social de los padres”. En las noticias sobre el
encuentro de niños muertos o abandonados, unas veces se resaltaba
el carácter fortuito del hallazgo y en ocasiones era vinculado a eventos

348
Los medios y la miseria de los niños

judiciales que surgían del encuentro de los culpables del infanticidio


o del abandono.
El doctor Agustín Nieto Caballero, educador-columnista, fue
uno de los personajes que describió con mayor claridad la imagen de
los “cuadros de miseria, vagancia, desnudez que se encuentra en la
calle, donde estos niños han aprendido a mentir y a robar, saben ya de
abyectas degeneraciones y (son) desechos […] pervertidos y explotados
por sus padres”. Esta imagen contrastaba con la de sus “propios hijos,
en sus habitaciones abrigadas, en sus lechos tibios y limpios, en el
ambiente que hace suave la sola presencia de las madres”. Nieto Caba-
llero resaltaba la condición de los niños de la miseria, su sufrimiento
y dolor sin nombre, la mendicidad callejera en la que participaban, el
abuso y el maltrato que padecían y los vicios generados en la vagancia.
Esta situación los convertía en objeto de preocupación y atención por
parte de las “buenas voluntades” de la sociedad bogotana, donde se
hacía presente “la fe ciega en la nobleza de nuestra alma colectiva”,
que creaba esperanza en “la inagotable caridad cristiana”.
En esta misma época aparecía también la imagen de las “mu-
jeres caritativas”, quienes, “en contacto con las clases menesterosas”,
reconocían la existencia “de las más íntimas dolencias” e intentaban
calmarlas “con santa abnegación”. Agustín Nieto alababa las múltiples
instituciones que atendían a los niños desde la cuna y se encargaban
de suministrarles lo que necesitaban. Instituciones que, según este
autor, eran la expresión concreta de las ideas bondadosas, los “senti-
mientos y esfuerzos que tienden a un mismo fin, pero que, al trabajar
aislados, dispersan su vigor y desorientan el espíritu público que ellos
mismos han querido encausar”.
En las notas anteriores se cruzaban dos vertientes en torno a las
imágenes que se presentaban en los comentarios que se hacían acerca de
los fenómenos observados: de un lado, estaba el discurso religioso que
se centraba en la definición de las personas, acciones e intervenciones
bondadosas y, del otro, surgía el discurso de la responsabilidad pública,
donde se hacía referencia a la necesidad de proteger a los necesitados
desde la imagen de las obligaciones del Estado. Esta doble corriente
ideológica se hacía sentir en los medios y cada una correspondía a
un espectro político e ideológico: por un lado, estaba la que provenía

349
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

del poder político conservador y de la importancia de la Iglesia como


rectora de la moral social; por otro lado, aquella corriente que se ori-
ginaba en las ideas liberales civilistas, que solo tendría incidencia en
la administración pública en los años treinta a partir del gobierno de
López Pumarejo.
Por su parte, los niños limosneros, que estuvieron muy presentes
en la literatura como realidades loables de caridad, comenzaron
también a ser vistos como un problema ligado a la vagancia y a la
explotación infantil; en este sentido se reclamaba no solo medidas
de encierro, con el fin de evitar que los niños mendicantes se convir-
tieran en delincuentes, sino que se exigía que todo el peso de la ley
cayera sobre los adultos explotadores que comerciaban con niños,
que los arrendaban o los maltrataban para crear bandadas de niños
mendicantes, enfermos y heridos, que se repartían por el centro de
la ciudad como parte del gran negocio de la mendicidad. Así pues,
se reclamaba poner límite a esos grupos perversos, donde los niños
aprendían todas las modalidades de engaño y encubrimiento para
lograr limosnas y eran atacados por los empresarios de la mendi-
cidad, quienes les causaban cicatrices reales o les ponían yesos falsos
o verdaderos para incrementar sus ingresos. La mendicidad, pero
sobretodo la mendicidad infantil, era presentada en la prensa como
un fenómeno que perjudicaba en términos estéticos a la ciudad y,
por ende, para su modificación podría jugar un papel importante la
“Sociedad de Embellecimiento de la ciudad”.
Los niños callejeros eran descritos en general como los “chinos”
que desempeñaban múltiples oficios de los que la ciudadanía se be-
neficiaba. Unas veces eran alabados como los niños que trabajaban
muchas horas, en condiciones inhumanas y que, con los “míseros
beneficios” que obtenían, lograban ayudar a mantener a su madre
y sus hermanos. Esta era la imagen bondadosa del niño callejero.
Sin embargo, también era frecuente la circulación en la prensa de la
representación de los niños “miserables viciosos y sifilíticos”, que con
su “algarabía desenfrenada” no dejaban tranquilas a las “personas
decentes”. La idea de los niños gamines que vivían de “la limosna
y el robo”, de la “recolección de desperdicios”, carentes de “higiene
física y moral”, incluía el futuro aterrador de que se conviertieran en

350
Los medios y la miseria de los niños

“los pobladores de las cárceles y colonias penales”. Esta era la imagen


apocalíptica del destino de los niños callejeros.
Julián Paez, en la primera década del siglo pasado, Osorio Lisarazo
y Ramon Bernal Azula, en la década de los treinta, se convirtieron
en notables escritores de crónicas o crónicas noveladas, en las que
describían con gran claridad la forma de organización callejera
que los chinos bogotanos y los gamines delincuentes desarrollaron
para defenderse y sobrevivir. Eran narraciones que, como cuentos de
interés, nos permitían seguir a los niños en su deambular por las calles
durante el día y la noche. Estas crónicas, que siempre buscaban un
tono literario, hablaban de los voceadores y los limpiabotas. Osorio
Lizarazo describía el contraste entre el pintoresco chino de la calle
de las dos primeras décadas del siglo y el gamín que había aparecido
avanzada la década de los veinte, organizado en galladas, dondelos que
se encontraban vagos, trabajadores ocasionales y delincuentes. Por su
lado, Nicolas Bayona Posada les dedica un poema donde destacaba
su vitalidad callejera, su carácter de “legiones” de niños que prego-
naban la prensa, vendían lotería y se dedicaban a embolar a personajes
importantes, todos claros exponentes del buen niño trabajador de las
calles bogotanas.
De igual modo, los niños delincuentes y criminales también
hacían parte de la miseria de los niños de la calle. Estos pequeños se
convirtieron en sujetos que atemorizaban la ciudadanía e incluso a
sus propios padres, que reclamaban ayuda para que fueran recluidos
en correccionales.
En la década de los veinte se instauran batidas contra los niños
delincuentes y los policías se convierten en un peligro adicional para
estos pequeños que deambulaban por la calle. Muchas de las notas
periodísticas que aparecían en la prensa eran escritas por los lectores,
que se convertían en cronistas improvisados, en críticos acérrimos
y enjuiciadores de los agentes del orden y de las autoridades, que
eran indiferentes y no hacían mayor cosa para acabar con la vida
callejera de los niños, ni lograban controlar el grave problema de la
delincuencia infantil que se acrecentaba cada día en la ciudad. Por
doquier se mencionaban culpables. Se consideraban como causas de
esta gran “tragedia social” la desorganización familiar, el “punible

351
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

ayuntamiento”, la miseria y los padres sin empleo o que trabajan y


dejaban solos y abandonados a los chicos y que no tienen autoridad
para reprimir sus desmanes.
En la década de los veinte aparecieron estadísticas sobre el grave
problema de los niños delincuentes, de quienes se afirmaba que cons-
tituían un fenómeno en expansión. Pero también surgieron los profe-
sionales que defendían a estos niños desamparados, que nunca habían
recibido más que “incomprensión, falta de caridad, abandono, de manera
despiadada” y que, para rematar, eran enviados a la cárcel de Paiba,
lugar convertido en la escuela del crimen. En los artículos de prensa se
describía también su desarrollo delictivo, que comenzaba con el robo
en su propia casa, seguido de hurtos de comestibles en las plazas de
mercado y en la calle, y más tarde terminaban robando a transeúntes,
con lo que lograban ingresos desproporcionados, de los que la gente y
las autoridades desconfiaban. Otros más audaces comenzaban a robar
casas y también carros. Muchos de ellos se iniciaban con las “mujeres
de la mala vida”, que se convertían en sus protectoras pero también en
sus maestras sobre las técnicas del robo y el crimen.
Las crónicas sobre los niños trabajadores consignaban historias de
pequeños artesanos con los que se mezclaban aprendices y ayudantes,
leñadores, costureras, carretilleros, sepultureros, lecheros, maza-
morreros, aguateros, carboneros, voceadores, limpiabotas, vende-
dores de café, panaderos, tenderos. Estos niños a veces hacían parte
de un grupo familiar de trabajo, en ocasiones de colectivos infantiles
de trabajo, algunos se contrataban y otros eran regalados o cedidos
en consignación para que laboraran y así pudieran recibir sustento y
educación. Julián Páez vuelve a ser el gran cronista de los niños tra-
bajadores en la ciudad, los acompaña en sus recorridos y se convierte
en su portavoz, mentor y defensor.
Muchas veces las descripciones de la prensa sobre los niños de
la miseria estaban acompañadas de metáforas aclaradoras, como las
que usa Páez. En ellas, los niños eran comparados con elementos de la
naturaleza, “animales salvajes que con fiereza atacan” o “flores débiles
y pálidas que no encontraban suelo bueno para crecer en la ciudad”.
También se hablaba de ellos como “menudos náufragos”.

352
Los medios y la miseria de los niños

Realidad informativa sobre los niños


de la miseria a mediados de siglo
En esta época, con una mirada más cercana a la política social y
la atención psicológica, se elaboraban unidades informativas desde las
cuales se hacían nuevas descripciones de los problemas de los niños
callejeros y los delitos cometidos por ellos; también encontramos
reflexiones sobre lineamientos normativos de acciones a seguir, pero
también sobre los talentos, capacidades y derechos de los niños.
Quienes más informaban sobre los problemas eran los funcionarios
de alto rango de los ministerios o de la alcaldía, personas que no solo
opinaban sobre los problemas de los niños que vivían en la calle sino
respecto a las medidas que se habían tomado para limitar su ocurrencia.
El tono literario desaparecía de la prensa y los escritos adquirían el
carácter de informes técnicos sobre programas y acciones llevadas a
cabo por las autoridades, donde se traía nueva información prove-
niente de nuevos conocimientos, con la que se intentaba dar mayor
claridad a los fenómenos indeseables de la vida miserable de los niños
de la calle. Surgieron informantes profesionales que ejercían cargos
directivos en la administración pública y antiguas reinas de belleza
se vinculaban a cargos importantes en los programas de atención a
la niñez desprotegida.
En esa época seguían apareciendo en el periódico pequeñas
notas sobre el hallazgo de niños abandonados en distintos lugares
públicos, como iglesias y hospitales, zaguanes, calles y basureros. En
los escritos se destacaban de nuevo los grandes culpables: “despia-
dadas mujeres”, desalmadas madres” y un Estado que no resolvía los
problemas, sino que hacía inmensas obras pero no lograba cuidar a
los niños desprotegidos.
En la década de los treinta encontramos escritos de viejos y nuevos
profesionales que se vinculan a la defensa de la niñez desamparada.
Parmenio Cárdenas recurre a los escritos de Nieto Caballero publi-
cados en 1926 para describir a los niños abandonados. Se refiere a ellos
como “una chiquillería indefensa, huérfana, desnuda, maloliente,
desarrapada, lánguida e infinitamente inspiradora de compasión”.
En la prensa se abre un espacio para realizar estudios que permitan

353
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

“salvar los ciudadanos del mañana”. A medida que las décadas avanzan
y se revisan editoriales y artículos, encontramos que los escritos se
van repitiendo y los eventos periodísticos convierten en eventos in-
formativos estandarizados.
José Vicente Castillo entró al grupo de los doctos que se dedicaba
a estudiar la “vagabundería trashumante” de los niños que iban y
venían en trenes, camiones y autos, y que engrosaban la fila de los
niños callejeros que se convertían en mendicantes. Este estudioso
recalcaba no solo la trashumancia sino la facilidad con que cambian
de oficio, de lugar y de acompañantes. Castillo diferenciaba tres
aspectos de la vagabundería infantil: los niños sin padres que se
convertían en mendicantes, los que salían a la calle en búsqueda de
alegría y se alejaban de sus hogares llenos de hambre y maltrato y,
por último, los niños migrantes de pueblos cercanos o lejanos, que se
sumaban a los vagos locales y también se convertían en mendicantes.
Por su parte, Rubén Gamboa acusaba al Estado de “indiferentismo”
frente al problema de la infancia desamparada y reclamaba que esta
fuera atendida no por la caridad cristiana, sino que pasara a manos
de la asistencia pública. A su vez, Calixto Torres Umana volvía la
mirada hacia los niños degenerados en su salud, debido a la sífilis
y el alcoholismo, que trasmitían taras y debilidades a las nuevas
generaciones.
En la prensa de la época el padre Luis Alberto Castillo aparecía
como el defensor de los niños campesinos inmersos en la violencia,
cuya situación los llevaba a convertirse en guerrilleros o bandidos.
En todos los lugares surgían defensores de los niños abandonados y
maltratados, pero pareciera que, a pesar de los innumerables esfuerzos
que las autoridades religiosas y civiles y las instituciones creadas para
tal efecto emprendían, no se lograba de ninguna manera resolver el
problema de la niñez desamparada, que se incrementaba día a día.
En este sentido, se consideraba que se llevaban a cabo “obras colo-
sales”, pero seguían apareciendo “millares de niños” que tenían “la
calle como único hogar”, que se convertían en “legiones de rateros”
que seguramente atracarían residencias.
En la prensa se informaba que en ese momento las instituciones
gubernamentales nacionales y municipales, así como las primeras

354
Los medios y la miseria de los niños

damas y alcaldes se hacían cargo, con el apoyo de varios ministros, de


asegurar que la niñez en dificultades recibiera cuidado y protección.
En estos textos el presidente aparecía como el padre que delegaba en la
gran madre el cuidado de los ciudadanos pequeños. Esta era una de las
tantas imágenes sociales donde se presentaban a los cuidadores de
los niños miserables. La otra imagen que aparecía era la de los juzgados
de menores, entidades que se hacían cargo de los niños en problemas,
debido al abandono o acciones delictivas, donde incluso se daban cortos
e improvisados procesos de adopción.
La mendicidad era todavía un problema serio en la época, para
el cual todos reclamaban atención en la prensa. Surgían crónicas
de niños alquilados por sus madres a mendigos para obtener unos
centavos a cambio. Los niños solos también mendigaban en lugares
públicos para conseguir dinero que les permitiera mantener a su
madre y sus hermanos.
Los niños callejeros seguían siendo objeto de crónicas sobre sus
actividades pero también sobre desastrosos eventos que les ocurrían
(muertes, accidentes, participación en crímenes, etc.). También se
encontraban crónicas sobre mujeres jóvenes que, de manera ge-
nerosa, abrían pequeñas escuelas para atender a los niños callejeros
que carecían de hogar o que debían huir de sus casas por la llegada
de padrastros, estas situaciones los que los convertían en niños de
institución, que, cuando no estaban vagando en la calle, pasaban
de un centro de protección a otro y se convertían en poseedores de redes
de apoyo que usaban cuando volvían a sus andanzas a la intemperie.
Así mismo, en la prensa se hacía referencia a las famosas escuelas del
crimen, que se localizaban no solo en las correccionales sino en los
centros de protección, donde se mezclaban niños con grados diferentes
de experiencia callejera, en robos y atracos.
Muchas crónicas y reportajes estaban acompañadas de fotografías,
las cuales, muchas veces, se convierten en tema de editorial. En estos
textos es evidente que el evento periodístico escandaloso, novedoso y
extraordinario es la materia que atrae los ojos y la pluma de múltiples
periodistas. En otras crónicas se realizaban entrevistas a niños calle-
jeros y delincuentes y se destacaba el lenguaje exótico que usaban, su
aislamiento familiar y su vinculación a grupos callejeros.

355
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

En esta época, las descripciones de los niños de la miseria se


referían a “ínfimos chicuelos, desarrapados y hambrientos”, “niños
desvalidos” o “veteranos de la caridad social” que “deambulan incan-
sablemente”, “azorando la concurrencia de los cafés o prendiéndose con
audacia peligrosa de los automóviles y de los tranvías, o convertidos en
‘mendicantes’ miembros de una verdadera industria de mendicidad”.
Así mismo, aparecen los “niños peligrosos”, delincuentes que atracaban
y robaban en las calles y las residencias. En la prensa se describían
también los lugares donde estos chicos se encontraban: puertas de
teatros, iglesias, hoteles, cementerios, espacios donde solían aparecer
para ofrecer sus servicios a bajo costo, que no perdían la oportunidad
de usar la ocasión para robar y salir corriendo. Se hablaba de “niños
indomables”, de “niños lobos” y “mendigos” que habían caído en manos
de maltratadores descritos y adultos culpables de la ignominia que
tenían que sufrir. En la tribuna pública se pedía control y castigo para
quienes conducían a los niños a experiencias inadecuadas, en lugares
y actividades que no se correspondía con su edad. Como siempre, la
solución que se esperaba era que se abrieran nuevas instituciones de
encierro y control, en un intento por recoger todos esos niños que los
padres y padrastros lanzaban a la calle.
El niño trabajador también ocupaba mucho el interés de los pe-
riodistas. Voceadores, limpiabotas, carboneros, chircaleros seguían
apareciendo en noticias y crónicas. No faltaban las descripciones de
lazarillos y niños consignados, pero también había aprendices de
talleres y cobradores de buses. Surgía además la crónica escandalosa
como la de un padre que usaba a su hija como prostituta. La visibi-
lización de estos casos abría el campo de estudio del abuso sexual
que sufrían las niñas. Aparecían noticias de policías que abusaban
de ellas en los permanentes o se las llevaban a lugares apartados, las
violaban y las regresaban a sus casas con promesas y amenazas para
que no contaran lo sucedido.
Alvaro Sanclamente, en su crónica sobre los oficios de los niños
en Bogota, recogía breves historias laborales contadas por los pequeños
trabajadores. Allí hablaba de “millares” de niños trabajadores y des-
cribía que en el recorrido por la ciudad había encontrado “porteros y
mensajeros de oficina, aprendices de talleres artesanales, ascensoristas,

356
Los medios y la miseria de los niños

equipajeros, conductores de carretillas de mano, vendedores de pe-


riódicos, lustrabotas y obreros de pequeñas empresas productoras de
materiales de construcción, de esas que las gentes llaman chircales”.
Hablaba de los múltiples oficios y de las terribles condiciones laborales
que padecían en ambientes insalubres, con muchas horas de trabajo
y bajos salarios. En la prensa de la época se encontraban también
pequeñas crónicas sobre los niños que acompañaban a sus padres al
trabajo. Y como siempre aparecía el enjuiciamiento y la localización
de los culpables que finalmente no eran otros que “los padres desal-
mados” o los “trabajadores sin alma”.
En los juzgados aparecían estadísticas sobre los casos de niños
y jóvenes delincuentes ventilados en la prensa, donde se diferen-
ciaban variables como la legitimidad en el nacimiento, el grado de
alfabetización, las ocupaciones que desempeñaban estos pequeños,
la falta cometida, el origen del delincuente, la edad y el sexo. Pero
también se recogían breves crónicas policiales en las que se presen-
taban casos de matricidios sangrientos o de suicidios de niños. Se
hablaba también de las condiciones de miseria en que vivían muchos
niños en la ciudad, cómo “los azotan, los arrastran, los abofetean,
hasta hacerles sangre, los privan de las piltrafas y despojos que ellos
comen, los arrojan de la vivienda al frío asesino, los utilizan para la
mendicidad, los enseñan a robar y a muchas otras cosas”. Y también
aparecían los culpables: “nuestro pueblo pega, pelea, ataca, en las
tinieblas de la embriaguez, garantizada por la ley, protegida por la
autoridad, explotada por el fisco”.
En ocasiones las crónicas hablaban de los niños, otras veces
los registraban con nombre propio e incluso con genealogías fami-
liares, a veces se consignaban sus alias, pero siempre se recalcaba la
manera como esos pequeños se convertían en niños peligrosos que
iban a parar a la cárcel de Paiba, y luego volvían a las calles a “llevar
una atroz vida miserable, sin pan, sin techo, sin abrigo y sin amor.
Una vida que no es sino el más inhumano aprendizaje del crimen”.
Las crónicas se repetían para unir el abandono, la mendicidad, la
delincuencia y declarar culpables a los “hogares incompetentes, in-
completos o de mala índole”, que explotaban a sus propios hijos para el
delito, la prostitución y la mendicidad. Todo esto se resumía finalmente

357
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

en la amenaza de un futuro que sería desastroso, a medida que estos


fenómenos se incrementaran en la ciudad.
Muchas veces el tono de informaciones periodísticas se llenaba de
augurios apocalípticos o desesperanzadores, en cuanto a la posibilidad
de controlar el terrible problema del abandono, el maltrato, la delin-
cuencia y el crimen. En ocasiones la prensa se llenaba de reclamos a
las autoridades o de enjuiciamientos a las familias pobres, a los padres
que abandonaban, maltrataban o vinculaban al delito a sus hijos.
Otras veces se acusaba a la fuerza pública de ejercer actos abusivos
contra las niñas o los niños y maltratarlos con castigos atroces en las
estaciones de policía. Todos estos males trataban de enfrentarse pero
nunca se lograba erradicarlos. En las noticias, crónicas y reportajes
sobre los niños de la miseria se hacían referencias a momentos futuros
peligrosos e inciertos, a instantes presentes desastrosos y sin remedio,
así como a eventos pasados mejores, perdidos y añorados. La voz de
los niños se encontraba solo en los reportajes y en ella también había
referencias a denuncias, peligros, dolor y desesperanza.

Realidad informativa sobre los niños


de la miseria a finales de siglo
Los niños de la miseria se convirtieron en pequeños parias,
habitantes del Cartucho y de las alcantarillas, o en hijos del Estado.
El icbf comenzó a operar cada vez más bajo un gran esquema de
protección, que le permitía entrar a los hogares y retirar los niños que,
por negligencia o abuso, eran maltratados por los padres o recogerlos
en las calles y lugares públicos cuando los encontraban solos o come-
tiendo delitos. Una vez establecida su condición de abandono, estos
muchachos pasaban al sistema de adopción. En esta época surgieron
los informes cuantitativos en la prensa que daban cuenta del número
de niños afectados y de la gravedad del problema del abandono infantil.
Aparecieron los organismos internacionales como las entidades que
informaban, además de los funcionarios y doctos locales y nacionales,
sobre el carácter global y regional de los problemas descritos.
Surgieron algunos fenómenos nuevos relacionados con el
abandono. Uno de ellos fue la aparición de las niñas en los grupos
callejeros. Por su parte, el icbf informaba de manera global, a través

358
Los medios y la miseria de los niños

de programas de televisión y de carteles de prensa en los que aparecían


los niños que buscaban a sus padres, requisito este indispensable
para poder declarar los niños abandonados en pequeños que podían
ser adoptados. En estos años se hablaba no solo de “niños abandonados”
o “niños huérfanos”, sino de “niños perdidos”, “niños extraviados” y
“niños desparecidos”. Por ejemplo, una de las crónicas registraba el
caso de un niño, Gustavo, dejado en el hospital Materno Infantil que
se convirtió en el hijo del hospital.
En los artículos de opinión se describían los factores que cau-
saban el abandono entre los que aparecían “la pobreza, la miseria, la
inmigración, el crecimiento de la ciudad”, pero sobretodo “la deshu-
manización” de los habitantes de Bogotá. Dicha deshumanización
se caracterizaba por una indiferencia que generaba una ausencia de
reacción frente al dolor de los niños y sus familias, lo que hacía que
las víctimas estuvieran sometidas a una soledad extrema, sin ningún
tipo de apoyo. También aparecían artículos en los que se reclamaba
que las autoridades solucionaran, de una vez por todas, los problemas
de abandono, desamparo y su consecuencia: la vida en la calle.
En la prensa se informaba sobre la llegada a la ciudad de “remesas
de niños”, que habían sido secuestrados, robados o arrebatados a sus
familias y recogidos en las calles de otras ciudades y trasladados a Bogotá
como pordioseros y limosneros. En una larga crónica se informaba
sobre el caso de mendigos mayores que los recogían, los maltrataban,
les generaban lesiones y los vestían con harapos para mover a la com-
pasión a la gente. Eran los grupos de niños que se agolpaban cerca de
los teatros o en los buses a cantar para recoger limosnas. Al terminar
el siglo se creaban los grupos de mendicantes, entre los que se encon-
traban adultos y niños drogadictos que recorrían las calles del centro
de la ciudad y luego se ubicaban en la calle del Cartucho.
No faltan, a finales de siglo, las crónicas o artículos de opinión
en los que se establecían semejanzas y diferencias entre los chinos
de la calle, pintorescos y vivaces, y los gamines, vagos vinculados al
hampa. Se realizaban también estudios sobre las niñas de la calle y
su participación en las galladas. En los textos de esta época se exige
un esquema preventivo que finalmente reemplace el modo usual en
que se atendía a los niños de la miseria, cuya existencia precaria no se

359
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

había logrado modificar. También aparecen escritos de psiquiatras y


psicoanalistas que explican las perturbaciones en el aparato psíquico
de los niños callejeros: “pobreza del yo”, “superyó sádico y pervertido”,
con “rebeldía y sumisión abyecta, hedonismo y oportunismo” y también
bajo “un fanatismo arcaico poblado de creencias mágicas”.
A finales de siglo se descubre el mundo de las alcantarillas, donde
vive un colectivo amplio, en el que se encuentran también niños ga-
mines drogadictos. Algunos niños y jóvenes intentaban recuperarse
de su problema de drogas pero en sus testimonios se veía lo difícil que
era lograrlo. Los periodistas recogían crónicas del mundo encubierto
y tenebroso de esta población que descubrió ese lugar para poder vivir,
pues los puentes y las calles no eran seguros.
En las crónicas se informaba la presencia de Jaime Jaramillo, un
ser caritativo que se desplazaba a este lugar para atender las necesi-
dades de salud y comida de sus habitantes. Trataba a los niños de la
calle como seres humanos, y se preocupaba por ellos. En las crónicas
también se mencionaba la presencia de una joven que, como “hada
madrina”, intentaba limpiar y curar las heridas que padecían estos
niños. Ella aprovechaba esos momentos para recoger sus historias y
testimonios. Esta hada madrina, un día cualquiera, se encontró en
dificultades en la calle, y fueron los niños a quienes ella curado quienes
la rescataron y ayudaron.
nullvalue era un periodista que buscaba recoger testimonios de
niños de la calle que iban a instituciones donde intentaban recuperarse
de su drogadicción temprana. Podemos afirmar que, a finales del siglo
pasado, los periodistas también dejaban hablar a los niños y en sus
propias palabras oímos las narraciones de sus dificultades y tragedias.
En esta época, los niños delincuentes, los ladrones, los pandilleros
seguían existiendo. Se hacía cada vez más claro el vínculo de los niños
delincuentes con grupos de atracadores y reducidores, similares los de
tiempos anteriores. Nuevos personajes se unieron a estos: el sicario y
el ladrón callejero que iba siempre armado para atacar a sus víctimas
si no accedían a sus demandas. Los periodistas se desplazaron a los
barrios para buscar a apartamenteros, raponeros y atracadores, pero
también sicarios que hablaban claramente de sus fechorías. En las
crónicas dejaban ver las organizaciones tenebrosas que se creaban

360
Los medios y la miseria de los niños

en los arrabales bajo la dirección de muchachos que habían cometido


crímenes desde muy temprana edad.
Aparecieron en las noticias y en las crónicas los ladrones en los
colegios, también organizados, y el robo a las bicicletas en la ciclovía
los fines de semana, así como el robo por intimidación y la entrada
a las casas de los niños. La delincuencia en los barrios se amplió con
la aparición de las pandillas y las bandas de barrio que luchaban por
los territorios e instauraban el boleteo y la extorsión. Esta realidad
reclamaba, según las autoridades de policía, una modificación de las
leyes de menores. Así pues, en esta época iniciaba una discusión entre
el incremento de la delincuencia infantil y la existencia de códigos
que impedían que los menores de dieciocho años fueran procesados.
Abogadas prestantes, que dirigían instituciones como el icbf (Adelina
Cobo) y la Asociación Colombiana contra el Maltrato Infantil (Isabel
Cuadros), defendían la protección a los menores y pedían castigos
más fuertes para los adultos que los inducían al delito, así como la
estipulación del inicio de la adultez a los 16, con el fin de incrementar
las penas a los criminales a partir de esa edad.
Los artículos de final de siglo reflejan un pesimismo generalizado
frente al incremento de la delincuencia infantil y la ampliación de los
campos de acción de los niños y jóvenes delincuentes. En algunos de
los escritos se señalaba que el problema era legal, que el control de los
delincuentes se dejaba en manos de los jueces y comisarios, pero
las reclusiones se reducían y las instituciones no lograban ningún
tipo de rehabilitación real. Se reclamaban estudios, aclaraciones sobre
las causas de este dramático fenómeno que se salía del control de las
autoridades locales.
En estos años, se reconocía definitivamente el trabajo infantil
como un problema social. En la prensa se recogían crónicas sobre
los niños de los portacomidas, que recorrían la ciudad para llevar el
alimento a los padres, vecinos o como niños contratados. También se
hablaban de los niños de los basureros que con sus familias se hacían
cargo de las labores de reciclaje. No dejaban de estar presentes antiguos
trabajos como el de lustrabotas, chircaleros, niños de las areneras, los
recolectores de lavazas, los aguateros y cargadores y los vendedores al
detal que recorrían las calles de la ciudad en compañía de familiares

361
Cecilia Muñoz V. y Ximena Pachón C.

o en grupos de niños. El año internacional del niño (1979) comenzó


con una serie de artículos de la Unidad Investigativa de El Tiempo,
en cabeza de Daniel Samper, donde se mostraron los resultados del
trabajo que presentaron (Cecilia Muñoz y Martha Palacios) en 1978
sobre el trabajo infantil en el país y Bogotá, dirigido a la Fundación
para la Promoción de la Investigación y la Tecnología del Banco de
la Republica. En estos artículos se utilizaron los datos censales que
habían analizado, la información recogida en la encuesta hecha en
Bogotá y las historias de vida de los niños trabajadores.
A través de la información en la prensa, el problema del trabajo
infantil comenzó a reconocerse ese año en casi todos los países del
mundo desarrollado y del tercer mundo. Esta situación determinó
que la OIT y Unicef se convirtieran en las organizaciones internacio-
nales que suministraban la información sobre la globalización del
fenómeno y se empeñaran en fomentar la erradicación del trabajo
infantil en el mundo. En la prensa se sostenía que el fenómeno se
relacionaba con las difíciles condiciones económicas de las familias
y, así mismo, se destacaba que los niños, usados como brazos adi-
cionales, laboraban en la gran empresa, a través de la vinculación
informal de sus padres al trabajo. Entonces, el trabajo infantil se
concebía como un factor de pobreza para las familias y de riqueza
para las empresas que se beneficiaban con amplias redes de distri-
bución informal de sus productos.
Los resultados de seminarios, conferencias y estadísticas de gran
alcance, fomentadas por los organismos internacionales, presionaban a
los gobiernos de las distintas regiones para que intentaran por todos los
medios la erradicación del trabajo infantil. El análisis de las condiciones
de esclavitud en que se encontraban muchos de los niños trabajadores en
el mundo demandaba la pronta erradicación del problema. Los medios
contribuían con el registro de las declaraciones de los funcionarios
con el fin de que la sociedad reconociera la urgencia de medidas. Este
movimiento llevó a que los datos sobre el trabajo infantil no fueran
solo locales sino nacionales e internacionales.
El Estado intentaba enfrentar el problema mediante eventos
legislativos, pero muchas veces la normatividad era burlada y furti-
vamente se seguía presentando el trabajo infantil en muchos lugares

362
Los medios y la miseria de los niños

de la ciudad. Se oían algunas voces que reclamaban las bondades del


trabajo infantil como la del periodista de El Tiempo.com, nullvalue,
quien mostraba que los escolares recicladores se habían convertido en
factor importante para encontrar formas de aprendizaje que dieran
lugar a empresas útiles.
En la prensa aparecieron comunicaciones sobre la prostitución
y la pornografía infantil, la trata de niñas para labores sexuales en
otros países, el turismo sexual que implicaba a menores de edad y
el comercio internacional drogas y armas que se servía de los niños
como mulas. La prensa también informaba que estos fenómenos
eran combatidos desde la Red Nacional de Prevención del Maltrato
del Menor, que operaba en las comisarías de familia, en la policía de
menores y en los centros zonales del icbf.
Los medios, con informes de periodistas y doctos construyen co-
municaciones escritas, que se convierten en fuente de representaciones
sociales. Ellos trabajan como historiadores de la cotidianidad, como
intermediarios que dejan oír las voces de los niños y de las autoridades
locales, nacionales e internacionales, que definen medidas de pro-
tección y rehabilitación, pero también las voces de los investigadores
del mundo de los niños miserables. Estos actores, como generadores
de comunicaciones, impiden que la sociedad se olvide de los sucesos
vividos, del significado que tuvieron en su momento y de la perma-
nencia y modificación que estos fenómenos han sufrido con el paso
del tiempo. Debido a estas funciones tan importantes, dedicamos este
libro no solo a los niños de la miseria, sino a los periodistas y doctos
que a lo largo del tiempo nos hablaron al respecto.

363
Dossier fotográfico
Abandonados, huérfanos y limosneros

Muchos de los niños que quedaban sin padres circulaban


entre sus familiares o entre padrinos, compadres y
vecinos, hasta que finalmente muchos pasaban a manos de
instituciones locales, que los acogían ante la imposibilidad de
que sus familiares los alojaran, alimentaran, educaran y los
ayudaran a crecer. Sin abrigo, duerme en cualquier lugar.
Cuadro simbólico, cuadro
que despierta verdadero instinto
de humanidad para aquellos
pequeñuelos que sin pan, por
único abrigo el frío y sin más
amparo que su propia orfandad
[…]. Conservan en sus rostros
una mirada dulce y reflexiva.

El llanto y las suplicas


de Gonzalo de nada
valieron, pues “me decían
que agradeciera que no me
quitaran el resto de ropa por
no dejarme desnudo, pues
estaban seguros que también
me las había robado”. Es el
llanto del terror de quien lo ha
perdido todo.
Todos vosotros habéis
visto los infelices chiquillos que
vagan por las calles, exhibiendo
desnudez y miseria. Los
habéis visto también de noche,
amontonados en los quicios de
las puertas. Viven entre el juego
y el delito.

[…] el lacerante espectáculo


de estos indigentes durmiendo
a la intemperie, aspirando bóxer
para paliar engañosamente
su hambruna; si aspiramos a
proscribir de nuestras calles la
visión conmovedora de chiquillos
desarrapados y famélicos que
deambulan desesperanzados en
busca de una oportunidad para
sobrevivir. Duermen sobre los
andenes duros y helados como si
fuera una buena cama.
Nadie es capaz siquiera de recogerlo para llevarlo a una guardería o a otra
institución en la cual puede, también, encontrar respuesta negativa por falta de
cupo, capricho del empleado receptor o incomprensión del personal para ayudarlo
adecuadamente. Solitario vaga por la vida.

A veces por los mismos


padres desgraciados que los
inducen a pedir limosna
para aprovecharse luego
del fruto de la caridad tan
ignominiosamente explotada;
casi siempre en el zaguán, a la
vuelta de la esquina, a corta
distancia del supuesto huérfano
que implora socorro, está
emboscado el usufructuario.
Viven la calle como si fuera un
lugar confiable.
Niños callejeros

Dormía en las puertas, al amparo de los templos, bajo los puentes y en los parques.
Su ingenio, de precocidad desconcertante, era el depositario de todo el ingenio
bogotano [...]. La cama del soldado asegura compañía y protección.
Fueron muchos los “Diablos”, “Cuchucos”, “Pucheros”, “Patichuecos”, “Caregatos”
que vivieron en las calles de Bogotá, y muchos los chinos limpiabotas, emboladores,
carboneros, voceadores, mandaderos y aguateros que ofrecían sus servicios en la calle
y se convertían en trabajadores habituales de barrios centrales y de Chapinero de
comienzos del siglo xx. Viven entre la basura y los desechos.

Durante todo el día deambulan incansablemente tejiéndose entre los corrillos,


azorando la concurrencia de los cafés o prendiéndose con audacia peligrosa en los
vómperes de los automóviles y de los tranvías, lo que suele costarles la vida como
varias veces se ha visto. Uno más colgado del troley.
Una noche de estas, noche
como cualquier otra, Arturo
se desliza bajo una mesa de
restorán, manotea una pata
de pollo y alzándola como
estandarte huye por las
callejuelas. Cuando encuentra
algún oscuro recoveco, se
sienta a cenar. Un perrito
lo mira y se relame. Varias
veces Arturo lo echa y el
perrito vuelve. Se miran: son
igualitos los dos, hijos de nadie,
apaleados, puro hueso y mugre.
Arturo se resigna y convida.
Se acomodan en cualquier
esquina, acompañados por
perros que calientan, juegan y
vigilan.

Durante todo el día deambulan incansablemente tejiéndose entre los corrillos,


azorando la concurrencia de los cafés o prendiéndose con audacia peligrosa en los
vomperes de los automóviles y de los tranvías, lo que suele costarles la vida como
varias veces se ha visto. Contra pared y la compañía de un buen amigo se defienden de
todos y de todo.
Antes cuando vivíamos con
mi papá había más plata, pero
también había “fucha” todos
los días, era muy borracho y
“sacaba el arma”, siempre tenía
un cuchillo. Yo no lo quiero [...]
Cuando se fue mi padre, un
amigo de mi mamá, un tal Félix
se vino a vivir a mi casa, vendía
lotería. Un día también borracho
quiso pegarle a mi abuelita, se
armó la grande [...] Yo cogí un
tronco, le di por la cabeza y le
rajé la mula. La policía se lo llevó
y a mí no me hicieron nada. Con
mirada retadora y dura también
se defienden.

A finales de los años cincuenta, las autoridades municipales realizaban campañas


para limpiar a Bogotá de las nubes de muchachos harapientos que deambulaban
mendigando o robando a los transeúntes. Se llevaban a cabo en ese entonces grandes
batidas, con ayuda de la policía, y se lograban recoger a los niños de la calle, quienes
eran recluidos durante unos cuantos días en diferentes lugares. En pequeñas galladas
lograban protegerse.
Niños delincuentes

algunas veces estos jóvenes y niños delincuentes de las ciudades


actuaban de manera aislada, pero generalmente lo hacían a través de
bandas o pandillas que alcanzaron niveles de sofisticación criminal
y de especialización en el crimen no imaginados. Como si nadie
estuviera a su alrededor, en la calle arman la gallada y la camada.
Los perros y los niños callejeros, molestos para los transeúntes desprevenidos,
eran a la vez que objeto de compasión para quienes se acercaban a oír sus historias,
unos personajes que debían ser sacados de la calle y recluidos en la perrera municipal
y en las casas de protección y rehabilitación para menores. Niños mayores que solos o
acompañados por perros duermen en la calle que habitan.

A la vista de todos desaparecen las tapas de los faros, del radiador, del tanque de la
gasolina, las copas, los limpiabrisas y hasta las ruedas. Sonríen y juegan como si nada
estuviera pasando.
Caminan de día y en la noche, entre robos, juegos, alegría y amargura, luchando
contra el asedio de otras galladas que quieren invadir su territorio, contra la
persecución de la policía y el odio de los adultos. En las redadas o batidas se
encuentran con amigos y enemigos.

Bandas de muchachos, menores de 14 años, quienes sigilosamente engañaban a


porteros y empleadas del servicio o forzaban las puertas de oficinas y residencias. Ya
en las instituciones limpios y bien vestidos, sigue viviendo en grupos cercanos.
Volver a las calles a “llevar una atroz vida mise