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LA REVANCHA DE LA ACACIA

Gerónimo Martínez García


20 de febrero-5 de marzo de 2020
Los crotos
San Pedro de Rosales, Navolato
gmgcia@yahoo.com

Prestaron voces al viento, anunciador de las lluvias.


Y espejos al sol en los días sin nubes,
y a las estrellas en las noches oscuras.

Dos encinos

Cuando sus ocupaciones se lo permitían, Eulogio España pasaba


los fines de semana en su casa de Guamúchil. Bien se cuidaba de
informar a sus amigos, lo que no gustaba mayormente a su mujer,
porque significaba que habría jolgorio, con las consecuencias
previsibles: ruido, basura, loza sucia, principalmente. Eso sí: se
convenía la hora en que podían presentarse.
Dedicaba las primeras horas a su mujer e hijas ―tenía cuatro,
todas solteras―, y después se reunía con sus cuates en una
enramada que había acondicionado en el fondo del patio,
precisamente para esos menesteres. El cobertizo estaba dotado de
todo lo necesario para el fandango: cantina, sonido, estufa, bracero,
refrigerador, hieleras, platos, tazas, vasos, cubiertos, mantelería.
A la hora convenida, llegaban sus amigos con las cosas
indispensables: cerveza, hielo, pescados, aceite de guisar,
camarones, callos de hacha, carnes para asar, tortillas, guitarras,
güisqui, ron, coca colas, agua mineral, y lo que fuera necesario para
montar una velada.
Antes de ocupar el puesto de jefe policíaco, las tertulias eran
cosa frecuente y asistían libremente un nutrido grupo de amigos.
Pero desde su nombramiento, las reuniones se ajustaban a su
disponibilidad de tiempo, que no era mucho, y la asistencia se había
reducido a los más cercanos. Una media docena, a lo sumo. En dicho
círculo de amigos se podía hablar de cualquier cosa con la seguridad
de que ninguno de los temas tratados sería ventilado públicamente.
Ausentarse del puesto no significaba bajar la guardia.
Dejaba en la jefatura gente responsable que estaba atenta a lo
que sucediera en todo el estado y con instrucciones de reportar
cualquier cosa que pudiera ser de importancia para la seguridad de

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la entidad. Además, lo acompañaba una escolta que permanecía
atenta a su resguardo y en comunicación permanente con la oficina
central.
Eulogio España se había ausentado de su casa por tres semanas
seguidas, por lo que pidió a su jefe, el gobernador, que le concediera
un par de días para visitar a su familia. “Ve ―lo había autorizado el
jefe político del estado, pero no sin darle un remojón, muy a su
estilo―, pero no tomes de pretexto a tu mujer y a tus hijas;
seguramente vas a reunirte con tus cuates para beber, comer,
cantar, hablar de la gente y componer el mundo, como
acostumbran.”
El gobernador estaba en lo cierto. Sin presumir de tener a sus
colaboradores bajo vigilancia permanente, lo cierto es que sabía
todo cuanto hacían. Y vaya que les sabía cosas. Aun a los más
discretos. Disponía de una eficiente red de informantes que lo
mantenían al tanto de cuanto hacían. Taxistas, meseros, gerentes de
hoteles, patrulleros, sexoservidoras, boleros, músicos, y cuanto
pudiera pensarse. Dicha red estaba a cargo de Fouché, un enigmático
personaje que se movía en las sombras y concentraba la información
sobre lo que hacían los funcionarios y empleados del gobierno y
todavía más allá: funcionarios federales, empresarios, periodistas,
profesionistas. Fouché disponía de una partida secreta para

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recompensar a sus informantes. Y a la red que movía el tinglado.
Eulogio España lo sabía y por eso no le extrañó que el gobernador le
dijera lo que le dijo. Sin embargo, recibió un halago, cosa que el
gobernador no acostumbraba: “Te lo has ganado”. Habían hablado
por la red interna y tras esas palabras, el gobernador colgó el
auricular.
Con la aprobación “en la mano”, dispuso lo necesario para
sacar el máximo provecho del fin de semana. Dejó a cargo de su
despacho a Mario Pérez Valdovinos y luego informó a su mujer que
estaría por casa. Y otro tanto hizo con “su amigo en jefe”, como
llamaba a su camarada más cercano, un profesor de escuela
secundaria famoso por sus inclinaciones izquierdistas, que había
pronosticado la inminencia de una revolución socialista que acabaría
con la desigualdad y la pobreza vía la toma del poder por el
proletariado, a saber, los campesinos, los obreros, los maestros, los
artesanos, en fin, la gente de abajo, que entraría en posesión de los
bienes de producción, como las tierras agrícolas, los sistemas de
riego, las fábricas, los bancos, y “proletarizaría” a la burguesía,
responsable de todos los males del pueblo.
Se llamaba Efraín Solares, pero muchos lo llamaban tovarich
Efraín.

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Todos lo dejaban hablar. Y lo escuchaban. Enseñaba historia y
era sabido que hacía cantar a sus alumnos la Internacional y leer las
obras de Carlos Marx y Vladimir Lenin. En los actos cívicos que le
tocaba organizar en la escuela se las ingeniaba para introducir
lecturas o declamaciones que enaltecían a los países de filiación
socialista. Y en sábados cercanos a fechas históricas especiales, hacía
que sus alumnos desfilaran, a la usanza de los pioneros de la URSS
de los años veinte del siglo pasado, vestidos con mezclilla azul y
boina y mascada roja. Y que realizaran trabajo comunitario, como
limpiar calles y alinear y pintar piedras en las entradas del poblado
donde trabajaba.
Nadie se atrevía a pararlo.
Ese nadie incluía a autoridades educativas de todos los niveles
y aun a la organización sindical. Muchos padres veían con simpatía
tales cosas bajo el argumento de que así los “sacaba de la vagancia”.
Algunos lo cucaban, cuestionando sus ideas, que él defendía con
tranquilidad y auténtico convencimiento. Nadie sabía por qué, pero
Eulogio España le tenía un afecto de hermano y lo había conservado
muy cerca de él desde la adolescencia, cuando se conocieron en la
escuela normal donde estudiaron la carrera de maestro.
Efraín se sentía distinguido porque el jefe policíaco lo encargara
de la organización de las veladas.

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Eulogio España llegó a su casa hacia las nueve de la noche del
viernes y la cita con los amigos se fijó para la una del día siguiente.
Llegaron puntualmente, como de costumbre. Entre los amigos
se embromaban diciéndose que con la misma puntualidad deberían
llegar a trabajar. Como correspondía a un equipo bien organizado,
cada uno tenía una, dos o más responsabilidades. Que el carbón, que
el pescado para zarandear, que la carne para asar, que las tortillas,
que la salsa, que el hielo, que la cerveza, que los platos, que la
cuchillería, que las servilletas, que la guitarra.
A las dos de la tarde empezó el jolgorio: la bebida, las botanas,
la comida. Y el canto. Hacia las cuatro, se dieron un descanso para
conversar.
Eulogio lanzó el primer disparo. Se dirigió a su amigo, que
ocupaba un lugar a su derecha:
― ¿Cómo va la revolución, Efraín? ¿Ya nos levantamos en
armas? ¿Cuándo empezamos a fusilar burgueses?
Efraín sabía que era una pregunta amistosa y que entre ellos
estaba permitida esa libertad.
―¿Cuándo les expropiamos las tierras a los griegos y las
ponemos en manos de los campesinos, sus auténticos propietarios?

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Para todos era claro que los griegos eran terratenientes de esa
nacionalidad que detentaban la propiedad y usufructuaban extensas
tierras de riego de la región.
Todos esperaban expectantes a que el aludido se largara
alguna perorata sobre el tema. Sin embargo, los sorprendió con una
respuesta inesperada.
―Eso es cosa pasada.
―Explícate ―le pidió Eulogio, tan sorprendido como los
demás―. ¿Se acabó la revolución?
―Sí. La vieja revolución es historia. Ya no más movimientos
armados ni expropiaciones.
―¿Qué es lo nuevo?
Efraín hinchó el pecho y habló lentamente al tiempo que
exhalaba el aire que había metido profundamente en los pulmones.
Miró a su amigo. Luego a demás. Y les confió:
―La revolución de las conciencias.
Eulogio España hizo un movimiento con las manos que todos
interpretaron como una invitación a hablar. Y lo hizo.
―Una revolución de la conciencia es ante todo una nueva
concepción de la vida y del mundo. Es una nueva forma de mirar las
cosas y de mirarse ante ellas y entre ellas. No tiene que ver, al menos
en primera instancia, con las cosas materiales, es decir, con los

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medios de producción, su propiedad y su utilización. Esto viene
después. Lo inmediato es reconocerse como un sujeto depositario
de derechos. Y de obligaciones. De deberes para con los demás. Esto
es asunto de concienciación. De educación. De preparación. Es un
asunto moral, por cuanto atañe directamente al talante interno de
la persona. Y ético, toda vez que trasciende a la persona y la sitúa
frente a las demás. Hablamos pues de dos dimensiones: la íntima y
la social. Verse así mismo como un ser merecedor del respeto de los
demás y ver al resto como un conjunto al que debemos solidaridad.
Eso es revolución de las conciencias. Revolución de las conciencias
es tomar nota de nuestras deficiencias. Y obrar en consecuencia.
Lograr ese doble cometido es el trabajo del revolucionario de hoy y
del futuro. Ya no más sangre ni dolor. Educación de las mentes y los
corazones es nuestro trabajo.
―Muy interesante ―le dijo España a su amigo, mirándolo con
nuevos ojos, pero sin saber si lo había comprendido
completamente―. ¿Cómo llegaste a esta nueva concepción? ¿Qué
te hizo dar ese salto cualitativo, para usar esa expresión que sueles
usar frecuentemente?
―Observación. Y reflexión. Simplemente eso. Basta repasar la
historia. ¡Cuántos años de lucha armada! ¡Cuántos sacrificios!
¡Cuántos camaradas muertos! ¡Cuánto tiempo perdido! Aun ahí

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donde hemos triunfado hemos perdido, porque el triunfo no se ha
traducido en bienestar para la población, sino para unos cuantos.
¿Por qué? Porque la gente ha sido utilizada como brazo armado,
primero, y luego como mano de obra. No como ente pensante. No
como dirigente. ¿Por qué?, pregunto de nuevo. Muy simple: porque
no se le preparó para la victoria. Para evitar eso hay que ir al revés:
preparar a la gente para que conquiste sus derechos. Y los defienda.
Y se gobierne a sí misma.
―Oye, hermano; ése es precisamente nuestro trabajo en el
aula. Nuestra misión es educar a los chicos para que se vuelvan
escultores de sí mismos.
―Te equivocas, hermano. Nos preparamos para educar, es
cierto, pero no para educar en la libertad. Nos enseñan a enseñar
cosas que aparecen en los programas de estudio. Al menos, así fue
en nuestro tiempo. Y no creo que las cosas hayan cambiado
significativamente. Cosas aparentemente bien intencionadas, pero
que esconden un profundo acondicionamiento de las mentes para
que sean consonantes con los intereses de las clases dirigentes.
Enseñamos a nuestros alumnos a obedecer no a mandar. A repetir
no a innovar. A hacer no a crear. A mirar el presente no el futuro, a
conformarse no a aspirar a algo mayor, a mirar al suelo no a las
estrellas, a contentarse con lo que reciben no a esforzarse por ir más

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allá. Cuando digo que hay que hacer la revolución de las conciencias
pienso en formar hombres y mujeres inconformes, animados por
nuevos objetivos, dotados con nuevas formas de mirar e interpretar
el mundo, con modos positivos de verse a sí mismos y a los demás.
Una revolución que haga a los hombres y a las mujeres entes
solidarios, enemigos del individualismo que ciega a las almas,
endurece a los corazones, reduce el espacio vital. Pienso en hombres
y mujeres que vean con nuevos ojos nuestra morada, es decir,
nuestro planeta, que es la madre común, nuestra verdadera matriz,
que miramos como un cajón de recursos de nuestra propiedad por
el que no tenemos ningún respeto. Hay que ver cómo estropeamos
el aire, el suelo, las aguas; hay que ver cómo destruimos la flora y la
fauna; hay que ver cómo despojamos a otros seres, aun a nuestros
congéneres, de su derecho a vivir. ¿Cuándo fue la última vez que
miramos un venado cruzarse en nuestro camino? ¿Cuándo fue la
última vez que contemplamos la llegada de los patos canadienses?
¿Cuándo fue la última vez que disfrutamos la arribazón de las
caguamas en el campo pesquero la Reforma? ¿Y las praderas de
callos de hacha que parecían sembradíos de zanahorias? Ya no lo
recordamos. ¿Por qué? Porque no sólo los exterminamos, sino que
arrasamos los bosques y desecamos los cuerpos de agua que les
daban morada y saciaban su sed. ¿Por qué, otra vez? Las respuestas

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están a la vista. Por codicia e insensatez. ¿Y para qué? Para saciar el
hambre de dinero de unos cuantos. Éstos son los nuevos enemigos
por vencer. Ya no los capitalistas ni los burgueses, porque al final
éstos también son víctimas de sus pecados. Pero no lo saben. Nos
creemos libres sin darnos cuenta de que sustituimos unos amos por
otros. Ayer fueron los patriarcados militares, eclesiásticos e
ideológicos. Hoy son los patriarcados financieros y comerciales.
Somos inconscientemente esquizofrénicos: declaramos profesar una
cierta ristra de valores, pero nos conducimos con apego a otros. Nos
confesamos seguidores de Jesús, pero actuamos más de
conformidad con los de los mercaderes del templo. Dinero, ganancia,
posesiones. Estos son nuestros borregos de oro. No la solidaridad, la
convivencia armónica, la justicia, la igualdad.
Efraín había hablado de un tirón. Calmadamente. Sin mirar a
nadie en particular. Como ausente. Como un inspirado que divulga
la palabra de un Dios. Se había hecho un silencio respetuoso. Las
sonrisas burlonas que solían pintar los rostros de sus amigos cuando
lo escuchaban decir sus parlamentos revolucionarios habían
desaparecido. Un rictus de desconcierto se dibujaba ahora en sus
caras. El silencio era también incómodo. Alguien lo rompió para
descanso de todos.
―Perfecto, Efraín. Te felicito. Ahora, que siga la fiesta.

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Y la fiesta siguió. Eulogio España se volvió a su amigo, le pasó el
brazo por los hombros y lo atrajo con calidez de hermano.
―Muy bien, Efraín ―le dijo al tiempo que descansaba la cabeza
en la de su amigo.

A las 6:30 del lunes dejó su casa con rumbo a Culiacán.

Calculaba llegar a la jefatura a las 8, minutos más minutos menos.


En Pericos hizo su acostumbrada parada para desayunar la
famosa machaca con verdura y café de olla que se servían en ese
lugar. No le llevaba más de veinte o veinticinco minutos. Como de
costumbre, iba al volante del automóvil oficial asignado a su servicio.
Copilotaba un joven agente que fungía como auxiliar y guarda de
seguridad personal, famoso por la rapidez y puntería con que
manejaba la pistola, única arma que solía portar. Los seguía una
camioneta con media docena de agentes armados con
ametralladoras AK-15.
Manejó en silencio. Usualmente de comunicación fácil, recorrió
el trayecto metido en sí mismo. Era evidente que lo ocupaban cosas
que no deseaba compartir. Su ayudante lo entendió y se metió
también en sus secretos. Sólo él sabía las cosas que bullían en su
conciencia.

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Eulogio España se veía triste. Como si lo acompañara la
nostalgia.
El par de días pasados en su tierra lo habían impactado. Su
esposa, antes que nada. Sin palabras, le había hecho sentir los
pesares de la separación a que los había condenado su trabajo. Su
calidez, sus atenciones y mimos lo habían sacudido allá muy hondo.
Y sus hijas. Que con palabras quejumbrosas y ojos llorosos le habían
hecho sentir el enorme hueco emocional que se había abierto a raíz
de que hubiera aceptado su nuevo puesto. “Nos haces falta, papá”,
le había dicho la menor con un puchero que le partió el alma.
Tomó conciencia de que había aceptado un trabajo que a él
mismo le había hurtado la paz y que lo exponía a peligros que nunca
había imaginado.
Desde el principio había sabido que la muerte podría
reclamarlo en cualquier momento. Cuántas veces se había hecho el
propósito de pedirle al gobernador su jefe que lo relevara. Pero éste
evadía el punto. Parecía intuir que le hablaría al respecto y se le
adelantaba. “Lo estás haciendo muy bien. Estoy muy agradecido. Y
reconocido. Aguántame un poco más. Sigo buscando un buen
relevo.” Y así se lo había llevado. “Soy profesor, se decía en silencio
Eulogio. No soy policía. ¿Qué estoy haciendo aquí?” Pero no había

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podido tirar los bártulos. Y ahí seguía. Haciendo frente a los mil casos
que tenían como pista de aterrizaje su despacho.
Recordó a su amigo Efraín Solares, compa tovarich, como
afectuosamente y en una redundancia probablemente inadvertida
lo llamaba desde los tiempos juveniles. La tarde del día anterior, de
camino al poblado donde ejercía el magisterio, había pasado a
despedirse. Lo había invitado a una taza de café. Fue una invitación
interesada, motivada por la curiosidad por entender las nuevas ideas
que profesaba su amigo, tan distantes de las que le había conocido
desde los tiempos de estudiantes normalistas.
Recordaba sus palabras.
―Enseñamos, no educamos. Equivocamos los términos.
Hemos vivido en ese error generación tras generación. Y ahí está el
resultado. Hombres y mujeres que salen de las escuelas con algunas
nociones que llamamos científicas, pero que son incapaces de
emprender acciones individuales y colectivas de altura. Cada
profesionista vive en un nicho que considera de importancia
suprema y no es capaz de entender que vive en una celda, cercana o
lejana de las de los otros, ni de proponerse metas altas que
beneficien a la colectividad. Es así porque suponemos
equivocadamente que conocimiento equivale a sabiduría. De ahí que
reputen como sabio al que trae en la cabeza mucha información,

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entendida como datos. Ignorancia no es tener la cabeza vacía de
cifras, fechas o nombres de lugares y personas. Es no comprender lo
que pasa en nuestro alrededor ni más allá y no saber articular
acciones para resolver los problemas propios ni los ajenos. Lo que
llamamos educación en las escuelas sólo sirve para pasar exámenes,
no para vivir la vida en plenitud. No educamos. Domesticamos. La
escuela, como la familia, los medios de comunicación, los partidos
políticos, las iglesias y sus religiones, son todas instituciones
domesticadoras, homogeneizadoras. Creemos que hemos cumplido
cuando vemos a nuestros muchachos perfectamente embonados en
el molde que la sociedad ha puesto ante nuestros ojos como el ideal.
Educamos, entre comillas, para la conformidad. No se puede amar a
los demás si no se ama uno a sí mismo. Porque amar es comprender
y no se puede comprender al otro si uno no se comprende a sí
mismo.
Así hablaba ahora Efraín Solares, el otrora furibundo socialista
de ideas radicales que llamaba a imponer la igualdad y la justicia por
la vía de las armas. ¿Qué lo había cambiado? No había tenido tiempo
de preguntárselo. Ya lo haría. Habría tiempo. Y la amistad lo
permitiría.

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Al entrar a Culiacán, lo cimbró la noticia. El noticiario que

acostumbraba a escuchar interrumpió la programación para dar un


parte de última hora. Dijo el locutor:
―Aunque aún sin confirmar, de buena fuente se nos ha
informado que el Gobernador del estado ha sido envenenado.
Aclaramos: no tenemos la confirmación, pero nuestra fuente en la
casa de gobierno, usualmente seria y confiable, nos ha transmitido
el dato. Nuestros reporteros se trasladan hacia allá para cubrir la
noticia. En cuanto tengamos más información se la haremos saber.
―Agárrate ―le aconsejó a su ayudante, al tiempo que,
empuñando fuertemente el volante, a gran velocidad se enfiló al
domicilio que ocupaba el titular del poder ejecutivo.
Aunque era temprano, las calles lucían un tráfico denso,
explicable por ser la hora en que la corriente estudiantil se dirigía a
los centros escolares. Combinando velocidad y pericia al volante, y
sin respetar los colores de los semáforos, en un santiamén Eulogio
España llegó a su destino. Frenó bruscamente y saltó del auto al
tiempo que le ordenaba a su joven ayudante que se hiciera cargo de
la unidad.
Como lo advirtiera el locutor que diera la noticia, periodistas de
todos los medios se arremolinaban a la puerta de la casona ―un
búnker, en realidad―, inquiriendo sobre el estado del gobernante.

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Los guardias se limitaban a contenerlos y a decirles que un poco más
tarde el vocero del gobierno estatal les daría los detalles del caso. Se
abrió paso entre ellos y se introdujo en el edificio por un túnel que
los guardias le hicieron para que pudiera ingresar.
― Está en su recámara le dijeron a pasar; ya está con él el
doctor.
A grandes zancadas, subió por la escalinata hasta la recámara.
En la antesala se hallaba el médico personal del político, el Dr. Díaz
Pimentel, que era, a la vez que su médico de cabecera, titular de la
Secretaría de Salud.
―Está estable ―le informó haciendo gala de su reconocida
calma y seguridad―. Un sedante y algo de suero por vía intravenosa.
Eso será suficiente. Por la tarde, será el mismo de siempre ―agregó
sonriendo con un gesto malicioso.
―Pero qué sucedió ―preguntó España, para quien las palabras
del galeno no se habían ocupado de lo principal. Y para dirigir su
pregunta, agregó―: El noticiario habló de envenenamiento. Lo dio
como un hecho. Atribuyó la información a una fuente confiable, lo
que significa que salió de aquí mismo.
―Ningún veneno. Fue un simple ataque anafiláctico.
―¿Un qué? ―preguntó el policía, ya que la palabra no le decía
nada porque nunca la había escuchado.

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―Un ataque anafiláctico. Una reacción alérgica. Al parecer por
algo que comió. Ya lo averiguaremos. Fue una reacción muy
traumática, de suma gravedad. Pero llegamos a tiempo.
Medicamentos ad hoc, reposo y santo remedio. El jefe está fuera de
peligro. Duerme. Aquí me voy a quedar hasta que despierte. Y ya que
esté completamente restablecido voy a averiguar qué comió. Tal vez
un alimento descompuesto.
―Suena raro, ya que es sumamente meticuloso con sus
alimentos.
―Eso lo hace más vulnerable, ya que la gente así, en su afán de
cuidar lo que come, actúa contra su propio sistema de defensas. No
es una regla, pero parece ser que las personas que comen de todo
crean anticuerpos más variados y aguerridos. Toma como referencia
a tus muchachos ―el médico se refería a los agentes policíacos―.
Cuando andan en alguna misión, y algunas suponen días, comen lo
que encuentran. ¿Recuerdas algún caso en que se haya registrado
una alergia alimenticia? Estoy seguro de que no.
El gobernador durmió por cuatro horas. Despertó hacia medio
día. Se veía demacrado. Quiso saber. Y se le informó. Le agradeció al
médico sus cuidados. Se incorporó en la cama.
―¿Le avisaron a mi mujer?

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La pregunta era pertinente, porque la señora se hallaba en
Guadalajara, a donde había acudido por razones familiares.
―Sí, señor ―repuso el médico―. Me permití informarle. Está
a la espera de sus instrucciones. De momento, le recomendé que no
se precipitara. Espero no haber cometido alguna imprudencia.
Quería regresar de inmediato.
―Hiciste bien. Que me comuniquen con ella. Ahora explícame
qué pasó. Aunque ya lo sé. Fue esa maldita leche. ¿Cómo se fueron
a equivocar?
La pregunta del gobernador quedó sin respuesta porque un
ayudante le informó:
―Su esposa en la línea, señor.
―Esperamos afuera ―dijo el médico e invitó a Eulogio España
a salir de la habitación.
Volvieron a los sillones que habían ocupado en la antecámara
a esperar a que el jefe hablara en confianza con su mujer.
―No entiendo nada. ¿Qué pasa? ¿Qué es eso de la leche y que
se fueron a equivocar? Explícamelo, por favor.
― Es muy simple, profe. El gobernador es alérgico a varias
cosas, como la cerveza, el vino, el güisqui. A todo tipo de alcohol,
para acabar pronto. Y a las bebidas azucaradas industrializadas. Y de
manera especial a la leche de vaca. Ésta es veneno para él. No digiere

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la lactosa. Ni la caseína. Para nada. Se le atraviesan. No es el caso de
la leche de cabra. La tolera muy bien. Es lo que bebe. No sólo en las
comidas. En su despacho también. La toma directamente o en té.
Como el té chai. Y en forma de yogurt líquido. Pero leche de vaca,
cero. Definitivamente.
―¿Cómo es eso? Leche es leche. ¿Qué no?
―Sí y no. Para algunos, es como dices. Pueden tomar cualquier
leche, sea de vaca, de burra, de cabra, de oveja, de la que sea y no
les pasa nada. Al menos, aparentemente. No es el caso de otras
personas.
― Yo fui educado en la cultura de la leche. Se me inculcó desde
chico que era el mejor alimento que podría haber.
― A mí también, pero no es estrictamente cierto. Al menos no
para todos. En realidad, hay una discusión mundial donde se
entremezclan factores nutricionales, políticos, culturales y, desde
luego, económicos. Las opiniones están sumamente polarizadas.
Beber leche o no beberla, para parodiar a Hamlet, es la cuestión. Las
razones a favor son del dominio público. Tú las conoces porque,
como lo acabas de decir, te las inculcaron en tu casa desde niño. Y
seguramente, hiciste lo mismo con tus hijas.
―Positivo. ¿Qué hay de los detractores, si se permite la
expresión?

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―Hay una creciente literatura empeñada en convencer a la
gente de que la leche ―y hay que aclarar que por convenciones
internacionales leche sin adjetivos se refiere a leche de vaca― es
para los becerros no para los humanos. Es un alimento que cumple
el propósito de hacer que los terneros crezcan sanos y rápidamente
y que en poco tiempo ganen peso y tamaño.
―Es lo que nos enseñaron siempre. “Bebe leche y crecerás
sano”, nos decían a diario. Y otras cosas más.
―De acuerdo. Pero los detractores, como los llamas, discurren
en contrario. Atribuyen a la leche un buen número de trastornos de
salud, como la osteoporosis, la diabetes, el cáncer, problemas
cardíacos y digestivos. Y me quedo corto.
―¿Qué podría ocasionarlos?
―Tiene qué ver con la caseína, la principal proteína de la leche.
Tiene indudables efectos positivos, pero también negativos.
―Cuéntame.
―Van. Aumenta la mucosidad. La descomposición bacteriana
de la proteína genera un moco espeso, sumamente pegajoso, que se
adhiere a las mucosas, en particular del sistema respiratorio,
dificultando el transporte de oxígeno. ¿Quién no conoce las
consecuencias? Rinitis, sinusitis, otitis, neumonía, asma, alergias,

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congestión nasal, dolor de estómago, calambres y comezón en los
ojos, para empezar. Y podríamos seguir.
―Síguele.
―Bien. Hay la creencia, muy generalizada, de que la leche es
un gran alimento. Sin embargo, su contribución alimenticia es
relativa. Además, por su elevada concentración, su digestión y
asimilación plantea costos energéticos muy altos, sin contar los
significativos residuos metabólicos que genera, en la forma de
substancias tóxicas que son vertidas en la sangre. Las proteínas
lácteas exhiben un importante contenido de antígenos, provocando
reacciones defensivas del sistema inmunológico que a la larga
terminan debilitándolo y haciéndonos más vulnerables. Luego está
la lactosa, el azúcar de la leche, un disacárido integrado por dos
componentes: la galactosa y la glucosa. Para asimilarla, el organismo
tiene que desdoblarla para lo cual requiere de una enzima llamada
lactasa. Presente en los niños, ésta desaparece después de los tres
años. Dicha desaparición da lugar a la conocida intolerancia a la
lactosa, responsable de tantos problemas de salud como cólicos,
diarreas, flatulencia y náuseas. Y alergias, destacadamente.
―Entiendo. Al jefe le dieron leche de vaca en lugar de leche de
cabra.

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―Creo que por ahí va. Hay que confirmarlo. La ecónoma lo
sabe.
―Pero ya que estamos en el tema, antes sácame de dudas.
¿Por qué la leche de cabra no produce los mismos efectos?
―Los defensores del consumo de leche de cabra no le ven los
mismos inconvenientes. Por el contrario, le suponen atributos que la
hacen preferible a la otra. La más llamativa quizá es que la
composición de la leche de cabra es muy parecida a la de la leche
humana. Eso la hace fácilmente asimilable por el cuerpo humano. Su
contenido de caseína, que es la proteína de la leche, es bajo, lo que
la hace tolerable para las personas alérgicas a ella. Tiene menos
lactosa: 13% menos que la de vaca y 40% menos que la humana. Los
niveles de colesterol son comparativamente menores y contiene
grasa Omega 6, de suma importancia para la prevención de la
diabetes y algunos trastornos cardiovasculares. Es muy digerible
porque los glóbulos de grasa son muy pequeños y, por tanto, más
fáciles de atacar por los jugos digestivos. Protege contra la
osteoporosis. Y, además, tiene muy buen sabor. Puedes preguntarle
al gobernador.

La ecónoma era la administradora de la casa de gobierno. Era


la responsable de que las cosas fluyeran correctamente. Tenía a su

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cargo al personal al servicio de la casa. Esto incluía a trabajadores de
limpieza, jardineros, mucamas y cocineros. Era responsable también
de las compras. Y entre estas, destacadamente, de los insumos para
la preparación de los alimentos.
Encontraron a la ecónoma en la cocina. Estaba hecha un
manojo de nervios. El miedo asomaba a sus ojos. Tanto había llorado
que parecían tomates rojos. Cuando vio llegar al médico y al policía,
explotó en un grito histérico. Y se desvaneció. Otra fue la reacción de
la cocinera principal. Enmudeció y un escalofrío violento la sacudió
de pies a cabeza. El médico se ocupó de la primera. Eulogio de la
segunda. Como si se hubieran puesto de acuerdo, al unísono las
llamaron a la cordura.
― Cálmese, cálmese, tranquila ―le dijo el médico, al tiempo
que la ayudaba a incorporarse y a sentarse en una silla.
― Serena, serena, no pasa nada, todo está bien ―le decía
Eulogio a la cocinera, mientras la abrazaba y sobaba la espalda.
―Ya pasó el peligro ―les informaban a las dos.
Eulogio se levantó y acercó una caja de pañuelos desechables
y los puso al alcance de las mujeres. Mecánicamente tomaron las
piezas y se secaron los ojos y el moco que les escurría por las fosas
nasales.
Cuando se calmaron, el médico interrogó a la administradora.

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―Platíqueme. Qué pasó.
Entre pucheros, la interfecta narró los acontecimientos.
―Se nos agotó la leche de cabra. Ayer le servimos al señor la
última ración.
―Entiendo. Se les acabó la existencia. ¿Por qué no se
aprovisionaron con tiempo? ¿Dónde la compran?
―Nos la surten. El yogur lo hacemos aquí. Con la misma leche.
Le ponemos búlgaros.
―Bien. Pero no me ha contestado. ¿Por qué no se
aprovisionaron? ¿Por qué no se pusieron en contacto con el
proveedor?
―Nos surte cada semana. Los lunes. Pero este lunes no surtió
el pedido.
―¿Por qué no le hablaron? ―preguntó el médico haciendo
gala de una paciencia de monje.
―Lo intentamos. Pero no pudimos. Creo que no había señal.
―¿Pues dónde vive ese señor?
―En Mocorito. O en Badiraguato. No estoy segura.
―¿Cómo se llama? ―preguntó Eulogio España.
―Felipe Valenzuela.

25
―Sé quién es ―repuso el jefe policíaco, como informando al
galeno―. Ha sido chivero toda la vida. Como su padre y su abuelo.
¿Tienes idea de por qué no hizo la entrega?
―No, profesor. Me extraña, porque siempre ha sido muy
cumplido.
―Entonces, como no había leche de cabra, ni yogur, supongo,
se les hizo fácil darle al gobernador leche y yogur de vaca. ¿Cierto?
―preguntó España dirigiéndose a la cocinera.
―Sí, señor. No creí que fuera tan grave. De haberlo sabido,
nunca me habría atrevido.
―¿Se reportó contigo? ―se dirigió ahora a la ecónoma―. ¿Te
buscó para informarte que no podría surtir el pedido?
―No, profesor. No sé de él desde la semana pasada, cuando
hizo la entrega.
―¿La hace en persona o viene alguien en su lugar?
―Personalmente.
―Bien. Vamos a averiguar qué pasó con Felipe Valenzuela.
―Mientras tanto, busque otro proveedor ― le dijo el médico a
la administradora. ―Uno confiable ―recalcó―. Yo le indicaré
cuándo podrá retomar su dieta acostumbrada.
―Sí, doctor ―aceptó la mujer, ya más calmada, confiada en
que lo peor había pasado.

26
Cuando abandonaron la cocina donde la conversación había
tenido lugar, las mujeres exhalaron, con tanta fuerza que los
funcionarios lo alcanzaron a notar. Se miraron y sonrieron. Se
dirigieron a la recámara donde reposaba el gobernador. La
enfermera que el médico había llamado les informó que dormía de
nuevo. El médico le dio algunas instrucciones de rutina y luego los
dos salieron a la calle. Los periodistas se habían marchado
desencantados porque lo que imaginaron como una noticia
espectacular se había reducido a una simple indisposición estomacal.
Así lo había hecho saber el vocero oficial.

Eulogio España se abocó de inmediato a descubrir la razón


de que Felipe Valenzuela no hubiera surtido el pedido que la
ecónoma le había hecho en la fecha acordada, que no era otra que
la misma en que había hecho la entrega. No tenía mayor ciencia.
Mientras el gobernador estuviera en la ciudad, es decir, si no estaba
de gira en el estado o en Ciudad de México, los litros de leche no
variaban. El pedido se reducía a una frase:
―Gracias. Hasta la próxima ―decía la ecónoma.
―Hasta dentro de ocho días ―repostaba el proveedor, y
confirmaba preguntando―: Lo mismo. ¿Verdad?
―Sí, señor.

27
Y el trato quedaba arreglado. Así habían funcionado las cosas
hasta que la cadena se rompió.
España se comunicó telefónicamente con el jefe de una partida
que cumplía una comisión por el municipio de Mocorito, no muy
lejos del rancho de Felipe Valenzuela, sito entre Capirato y el cerro
La Campana, más hacia la serranía que a la carretera Internacional.
―Déjate caer por la casa de Felipe, el chivero, y me cuentas lo
que veas. Urge ―remató.
―Copiado ―respondió el agente y cortó la comunicación.
El reloj de pared del despacho del jefe policíaco marcaba las 15
horas con 35 minutos. El reporte llegó telefónicamente a las 6 de la
tarde con 7 minutos. Fue escueto y completo.
―No está. Tampoco su familia. El rancho está abandonado. Las
cabras deambulan en desorden; como si extrañaran la rutina de
todos los días.
―¿Indagaste sobre su paradero?
―Para allá voy, jefe. Cuenta el comisario municipal de Capirato
que vio pasar la camioneta. No se detuvo a saludar ni a platicar,
como es su costumbre. Llevaba gente. En la cabina y en la caja. Como
si tuviera prisa. Es posible que fuera la familia. Su mujer, sus dos hijas
y los dos varones.

28
―¿Qué más? ―preguntó con impaciencia. Y enseguida se
reprendió: “Ya estoy como el patrón”. Y como hacía cuando se
sorprendía en papel de regañón, corrigió―: ¿Pudiste averiguar algo
más?
―Positivo. Un agente de tránsito lo vio pasar en dirección del
camino que entronca con el Huejote.
―¿Qué te dice eso?
―Me atrevo a pensar que iba huyendo, aunque no sé de qué
ni por qué. Y si iba huyendo, es probable que haya tomado la carreta
a Surutato, donde tiene familia. Tal vez esté en El Triguito. A lo mejor
busca protección. No cualquiera se atreve a meterse ahí. Así como
así. Usted sabe. Es todo cuanto sé, jefe. Usted ordena.
España guardó silencio por unos segundos, como calibrando los
datos del informe que había recibido. Luego se decidió.
―Muy bien. Muy completo tu informe. Sigue en lo tuyo.
Gracias. Hasta luego.
Enseguida preguntó al coordinador regional sobre la partida
que en ese momento estuviera cubriendo Surutato. Se comunicó con
el jefe del grupo y lo puso al tanto.
―Conoces a Felipe Valenzuela, ¿verdad?
―Claro que sí, señor. Tiene un rancho de cabras por el rumbo
de Capirato.

29
―Hablamos del mismo Felipe. Tengo información de que no
está en su rancho. Ni él ni su mujer ni los hijos. Parece que salió de
prisa. Como si huyera. Lo vieron tomar el rumbo de Surutato. Es
probable que esté en El Triguito, donde tiene familia. Quiero que lo
contactes. Cuida las formas. Tú me entiendes. ¿Verdad?
―Positivo.
―Felipe es mi amigo. Dile que quiero saber si tiene algún
problema. Dile que confíe en mí. Que, si es el caso, lo ayudaré. Hasta
donde pueda, por supuesto.
―Sí, señor. Copiado.

El jefe de la partida “cuidó las formas”. Dicha expresión no


significaba otra cosa que enterar a los patrones que controlaban las
micro regiones que habría que cruzar sobre el asunto que los llevaba
por allá y obtener su permiso. Sería prácticamente imposible hacerlo
sin cubrir dicho expediente.
El informe que rindió el agente fue puntual y contundente. Lo
resumió así:

Refiere el entrevistado que el día de los hechos estando en el rancho


de su propiedad se apersonaron cuatro masculinos fuertemente
armados con equipo de fuego de alto poder y que lo acusaron de
haber provocado deliberadamente la muerte de algunos animales
de su propiedad por lo cual le daban un plazo máximo de 8 (ocho)

30
horas para que abandonara su casa y todos sus bienes y que en caso
de no atender la orden regresarían y terminarían con su vida y
quemarían el inmueble. Que temiendo por su vida abordó la
camioneta a la que hizo subir a su mujer y a sus cuatro hijos, dos
mujeres y dos varones, y se dirigió sin demora hasta El Triguito
donde se encuentra ahora bajo la protección y cuidado de familiares
y amigos.

―¿Dio la filiación de los atacantes?


―No, señor.
―¿Tienes idea?
―Nada preciso. Pero sabemos que recientemente dos masculinos
jóvenes, de rasgos parecidos a los descritos por Felipe, iniciaron un negocio de
crianza de cabras, en un predio de varias hectáreas de tierras de temporal
cubiertas de maleza y monte bajo. Ahí por el rumbo de la Campana.
―Aguarda ―Eulogio España desprendió el auricular de la oreja y lo
recargó en la mejilla, movimiento que acostumbraba a hacer cuando requería
de unos segundos para pensar. Luego, retomó la conversación―: Muy bien.
Has hecho un buen trabajo. Gracias. Vuelve a lo tuyo. Hasta pronto.
Consultó el reloj de pulsera. “Las tres quince, se dijo en silencio. Y en
silencio se informó a sí mismo: Ya ha de estar en su casa.” Marcó un número
en su móvil y esperó.
―¡Compadre! ―Se oyó del otro lado de la línea, si cupiera hablar ahora
de línea como se hacía antes. Era evidente que el destinatario de la llamada la
había recibido con alegría, como se reciben las de las gentes que uno aprecia
especialmente―. ¡Qué gusto oírte! ¿Ya te repusiste de la fiesta? ¡Estuvo
fenomenal! ¿A qué debo el honor?

31
―Estoy muy bien. La pasé súper. Ojalá que podamos repetirla pronto.
Compa Efraín, tengo una consulta que hacerte.
―Lo que sea.
―Tú que todo lo sabes. ¿Has sabido de un par de chavos que iniciaron
una granja chivera por el rumbo de la Campana?
―Ah. Sí. Rogelio y Nicandro. Se apellidan Andrade Quiroz.
―¿Qué les sabes?
―Mucho y nada.
―Explícate.
―Fueron mis alumnos. Los tres años de la secundaria. Muy revoltosos.
Muy peleoneros e indisciplinados. Estudiantes medianitos. Sin embargo, me
eran afines. No sé por qué, pero me querían. Me buscaban. Cuando
terminaron la escuela se fueron a la frontera, a Nogales. No sé en qué se
metieron allá, pero me llegaron rumores de que los habían encerrado. Un par
de años. Me visitaron hace unos meses. Me contaron que habían comprado
unos terrenos por el rumbo de la Campana donde pensaban criar cabras. Me
hablaron de producción de queso y de canales. Tenían en mente abrir
restaurantes tipo Monterrey. Parece que están pensando en grande. Cubrirían
desde Culiacán hasta Hermosillo. De ese tamaño sería su mercado. Estaban
negociando la compra de hatos en Coahuila y Zacatecas. Eso a grandes rasgos.
Ahora dime, ¿por qué tu interés?
―Amenazaron a Felipe Villanueva. Tú lo conoces. Lo obligaron a
abandonar el rancho, bajo amenaza de muerte y quemazón de la casa y lo
demás. Lo acusan de la muerte de algunos animales. Voy a platicar con ellos y
quería saber de qué gente se trata.

32
―Puedo convencerlos de que vayan a verte.
―Prefiero verlos en su terreno. Diles que les voy a caer en cualquier
momento. Yo o alguien de mis confianzas.

Dos días después, se dejó caer por la granja. Como de costumbre, iba
al volante y como de costumbre lo acompañaba su asistente personal, que
hacía lo mismo funciones de escolta que de secretario particular. Lo seguían
dos camionetas con agentes fuertemente armados. No temía ningún atentado,
pero había atendido el consejo de sus colaboradores cercanos.
Una vez superada la Campana, disminuyeron la velocidad, porque a un
par de centenares de metros se hallaba la desviación que los llevaría a su
destino. Un tablón anunciaba Granja “Andrade Quiroz” y una flecha señalaba
la ruta. La tomaron.
El camino consistía en un camino de terracería de apertura reciente.
Había sido abierto en el monte. A los lados se apreciaban los bordes de tierra
que el trascabo había levantado y las matas y árboles, ya secos, que había
arrancado. El camino seguía la ladera de una colina y luego se dirigía en línea
recta a una especie de vallecillo. Medio kilómetro después se levantaba una
especie de arco con un letrero que informaba que se estaba por entrar a la
finca chivera. Un empleado, armado, abrió la reja, de madera de palo de Brasil,
por cierto, y les franqueó el paso. Lo primero que llamó su atención fue la
marabunta de cabras que ramoneaban en total libertad. No mucho después
llegaron a unas casonas rústicas construidas con madera y palmilla de la
región. Los esperaban los dueños.

33
―Pase, profe ― le dio la bienvenida el que parecía de mayor edad. Le
dio su nombre y luego el de su hermano.
Eulogio aceptó la mano que se le extendía y enseguida estrechó la del
hermano. Recorrió con la mirada el conjunto y advirtió que, a cierta distancia,
camufladas entre el monte, cobertizos, maquinaria y bodegas, se ocultaban
personas armadas.
―Diles a tus muchachos que descansen. Vengo en plan amistoso. A
platicar.
El menor hizo una seña y la gente abatió las armas.
―Muéstrenme el lugar.
El recorrido fue breve porque no había mucho que ver. Un par de
cobertizos que guardaban forraje, utensilios de labranza, bidones de
combustible, un remedo de farmacia veterinaria, y unos galerones equipados
con literas y menaje destinado a hospedar a los guardias. En otra casa habitaba
una familia formada por un hombre mayor y su mujer, los dos ya de edad. “Es
el encargado de los hatos”, le informaron cuando lo presentaron con él.
De vuelta en lo que parecía la casa principal, tomaron asiento en unos
equipales de guásima y palma, de los considerados típicos de la región.
―Platíquenme, muchachos. El maestro Efraín me dijo que podíamos
hablar con toda confianza. Y estoy en ese entendido. Me interesan mucho sus
planes. Estoy enterado de que están preparando un importante programa
caprino. Que piensan ofertar leche y queso para el consumo casero y canales
para el consumo restaurantero. Y por lo que puedo advertir, ya están en eso,
a juzgar por el chiverío que se ve por todos lados.
―Así es, profe.

34
―Me gusta la idea ―les confió pretendiendo ser amable y buscando
que los muchachos se abrieran―. Veo que tienen muchos animales, pero no
veo otras cosas que son indispensables. Dónde van a ordeñar, dónde van a
procesar la leche y almacenar el queso. Tampoco veo el rastro ni frigoríficos
para almacenar los canales. Ni ninguna flota para la distribución. Por otra
parte, para hacer lo que piensan se requiere de programas de crecimiento de
hatos. Las chivas envejecen y hay que prever su reposición. Así como hay que
pensar en la producción de cabritos para atender la demanda. ¿Tienen
previsto quién va a vender sus productos? Me refiero a la leche y al queso.
¿Está lista la red de restaurantes donde venderán los cabritos? Disponen de
los técnicos que van a vigilar cada cosa. Veterinarios, técnicos queseros,
vendedores.
―La verdad no, profe. Nos entusiasmamos y empezamos por el final.
―Pues tienen un problemón encima. Ya tienen a los animales aquí.
¿Qué van a hacer con ellos? Además, se les están muriendo. Estoy enterado
de que culpan a Felipe Villanueva. Según supe, lo acusaron de que se los está
matando. ¿Tienen pruebas? ¿Saben cómo lo está haciendo? Se me hace difícil
que él pueda hacer una cosa así. Es un hombre de trabajo. Lo conozco desde
hace mucho tiempo. Todos por aquí lo conocen. Ha sido chivero desde que
nació. Lo mismo que su padre y su abuelo. Felipe cría cabras, las ordeña, hace
queso y lo lleva a Culiacán y Guamúchil donde tiene a sus marchantes. Hace
también entregas de leche cruda. Trabaja duramente. Sin descanso. Todos los
días del año. No lo veo recorriendo los varios kilómetros que separan su rancho
de su granja para venir a matar sus cabras. Sobre todo, debiendo enfrentar a

35
tus muchachos. Sería suicida. ¿No creen? No me contesten. Cuéntenme mejor
cómo se han muerto sus animales.
―Se siguen muriendo ―dijo el menor de los hermanos que hasta
entonces se había limitado a escuchar.
―¿Cómo? ―exclamó Eulogio España auténticamente sorprendido―.
¿Cómo mueren?
El hermano menor explicó:
―De repente se desvanecen, es decir, se van al suelo, mueven las patas
como si quisieran levantarse, pero no pueden, respiran con dificultad, sacan la
lengua, abren mucho los ojos y se van quedando quietas.
―¿Puedo ver alguna cabra muerta?
―Sí, señor.
Caminaron y a un medio centenar de metros encontraron una cabra que
estiraba las patas en los últimos estertores.
Eulogio España se inclinó sobre el animal, le tomó una mano y luego le
sobó el lomo.
―¿Qué dice el chivero?
―Que nunca había visto algo así.
―Pero ¿qué opina? Algo ha de decir.
―Lo atribuye al agua. Cree que contiene una sustancia que envenena a
los animales.
―Y ustedes lo creyeron y culparon a Felipe Villanueva. ¿Cierto?
Los hermanos callaron y asintieron con la cabeza.
―¿Dónde les dan de beber?
―En una ciénaga.

36
―¿Puedo verla?
Caminaron durante media hora hasta un venerillo que lagrimeaba un
minúsculo pero incesante chorrillo de agua, que alcanzaba a formar un charco
donde crecían tules y lirios de agua. Algunas aves acuáticas, no muchas,
tomaban ventaja de la charca alimentándose de la relativa abundancia de
ranas y puyeques que alcanzaba a sostener.
A la vista del fangal, España les dijo a los muchachos:
―Voy a proponerles tres cosas. En primer lugar, quiero que se olviden
de Felipe. Estoy seguro de que nada tiene que ver con la muerte de sus
animales. Me parece imposible que haya venido a echar cualquier veneno en
este cenagal ni en cualquier otro lugar. Segundo, quiero traer a una brigada
forense para que analice los cuerpos y nos informe qué ha pasado, o está
pasando, con sus cabras. Para decirlo claramente: que nos digan qué las está
matando. Y tercero, que la Secretaría de Economía del Gobierno del Estado
designe un equipo de técnicos que les ayude, a ustedes, a dar forma a sus
ideas. Me parece que son muy positivas y que vale la pena que gente que sabe
cómo les diga lo que hay que hacer. ¿Qué les parece?
Los muchachos asintieron.
―De acuerdo, entonces. Voy a mandarle decir a Villanueva que regrese
a su rancho sin pendiente. Le voy a mandar decir que yo personalmente
garantizaré su seguridad. Segundo, mañana temprano estaré aquí con la
brigada forense. Lo de economía lo veré en un par de días. Voy a pedirle
autorización al gobernador y luego hablaré con el secretario.

37
De regreso a Culiacán, se comunicó con el forense en jefe, como
acostumbraba a llamar al director general de los servicios forenses del
gobierno estatal. Lo puso al tanto y le puntualizó:
― Tráete el laboratorio ambulante. Quiero que hagas aquí todos los
estudios. Y hazte acompañar de un veterinario y un botánico. Y de un químico
también.
―Sí, jefe.
El funcionario no preguntó por qué Eulogio España quería esos tres
técnicos en especial. Sabía que el jefe policíaco era profesor, no policía, pero
había constatado que poseía un buen olfato. Y si decía que quería un químico,
un botánico y un veterinario, ahí estaría con ellos.
―Te espero en la caseta de peaje de el Limón de los Ramos a las siete
de la mañana. Que no se te haga tarde. Dispón todo hoy mismo para que no
andes a las carreras en la mañana.
―Descuide, señor.

Doble E manejaba despacio, sumido en sus pensamientos.

Recordaba a su compa tovarich. Lo habían impactado sus reflexiones. Porque


distaban de los paradigmas que habían ocupado su mente de profesional de la
educación. Pero que en realidad le habían sido impuestos por sus mismos
profesores de primaria y secundaria, porque ellos mismos habían sido
formados con los mismos troqueles.
De repente sus pensamientos volvieron a los hermanos Andrade Quiroz.

38
―Qué muchachos tan intensos. Se siente que llevan por dentro una
energía concentrada, presta a estallar en cualquier momento. Me extraña que
no hayan matado a Felipe. Creo que para intimidarlo descargaron varias veces
sus metralletas. Al aire y al monte. Muy bien pudieron haberlo hecho sobre el
hombre y su familia.
―Porque no han probado la sangre todavía.
―Explícate.
―Matar es como tener sexo. La primera relación sexual es la difícil. Por
falta de oportunidad o porque no se sabe cómo. Pero una vez que se abre el
camino, ya no se puede parar. Así es el matar. Para muchos, sobre todo cuando
se vive en ciertos medios, una vez que se mata no hay manera de parar. Se
vuelve una necesidad. Que hay que satisfacer. Se vuelve una costumbre. Una
forma de vida. Que lejos de provocar incomodidad, gratifica al alma.
España no replicó. Pero se guardó el comentario. ¿No había sabido
alguna vez de alguien que había confesado que era tan grande su necesidad
de matar que salía de su casa a hacerlo simplemente por el placer que le
procuraba? ¿Y que una vez satisfecha el ansia volvía a su cama a dormir en paz,
como un bendito?

5 minutos antes de las siete de la mañana, el laboratorio forense

ambulante cruzó la caseta de cobro donde ya esperaba Eulogio España. 25


minutos después arribaban a la granja de los Andrade, donde los hermanos
aguardaban también. De inmediato iniciaron los trabajos. El jefe policíaco
distribuyó los trabajos iniciales.

39
―Tú ―le ordenó al químico― te vas a la ciénaga. Quiero que analices el
agua y cuanto haya que analizar. Para que no andes a ciegas, quiero saber si
hay alguna substancia venenosa que esté provocando la muerte de las cabras.
Tú te encargas de las chivas ―le ordenó al forense en jefe―. Sé que no tengo
que decirte lo que hay que hacer. Me vería mal.
De inmediato, todo mundo se entregó a las tareas que debían realizar.
El químico fue transportado en un cuatrimoto al cuerpo de agua y en una
camioneta de la granja los forenses se internaron en la maleza en busca de una
cabra. Muy pronto encontraron una a modo. Bajo las ramas de un mezquite
un macho joven daba las últimas pataleadas. Lo subieron a bordo y volvieron
con él a la base. Lo pusieron en una tarima de madera improvisada,
dispusieron el instrumental y empezaron el trabajo. Primero el hígado. El
especialista hizo la preparación de rigor y se aplicó al análisis. No tardó gran
cosa en anunciar el hallazgo que esclarecía las cosas.
―Tanino. En cantidades industriales. Como para matar un camello.
―Ésa es la clave ― concluyó el botánico―. Casi podría firmarlo. Pero
vamos a confirmarlo. Vamos a la panza.
El órgano abierto mostró abundantes restos de hojas sin digerir.
―Son de acacia ― afirmó con absoluta seguridad―. Toma una muestra
y analízala.
―Tienen una altísima concentración de tanino.
―Era de esperarse. Y vamos a demostrar por qué. Consíganse unas
varas y síganme ―les dijo a los técnicos forenses.
Salieron de la granja y se alejaron como doscientos metros. El botánico
se detuvo ante una acacia de tres metros de alto y les ordenó:

40
―Golpéenla a placer.
Los técnicos se miraron unos a otros como preguntándose si habían
entendido bien.
―Entendieron bien. Péguenle. Denle duro. Hasta que se cansen.
Veinte minutos después les dijo.
―Pueden parar.
Se acercó a la acacia y arrancó unas hojas que habían escapado de la
golpiza. Después se dirigió a una localizada a veinte metros e hizo lo propio.
Enseguida señaló otra planta ubicada a una distancia aproximada de 100
metros y le pidió a uno de los chicos que fuera y cortara una rama cualquiera.
Regresaron a la base y le ordenó al técnico laboratorista.
―Analízalas.
El resultado sorprendió a los chicos y a los hermanos que habían
observado con interés casi infantil los acontecimientos que habían tenido lugar
en rápida sucesión. Cuando el laboratorista dio muestras de que había
completado el estudio, le preguntó:
―¿Qué encontraste?
―Tanto las hojas de la planta golpeada como las de la acacia cercana
muestran una muy elevada concentración de tanino. No así la más lejana, que
contiene una concentración sensiblemente menor.
―Tenía que ser. ¿Saben por qué? Les voy a decir por qué.
La respuesta hubo de esperar porque se escuchó el ruido del cuatrimoto
que había llevado al químico a la ciénaga.
―¿Qué encontraste? ― le preguntó Eulogio España apenas se hubo
detenido el vehículo.

41
―Nada extraordinario. El agua que brota del cerro es tan limpia que se
puede beber sin peligro y la de la laguna tiene lo que cabría esperar: lodo y
materiales orgánicos, propios de la descomposición de las hojas. Y algo de
excremento animal.
―¿Veneno?
―Negativo.
El policía miró significativamente a los hermanos y se volvió al botánico.
―¿Qué nos ibas a decir?
El botánico retomó el hilo de su explicación. Fue al grano.
―Estoy seguro de que ya encontraron la explicación. Y si no es así les
voy a contar. Cuando la acacia empezó a recibir golpes produjo una gran
cantidad de tanino. Justamente como lo hubiera hecho si la hubiera atacado
un hato de cabras. Es decir, reaccionó a la agresión. Se protegió aumentando
rápidamente la concentración de tanino en las hojas, como para disuadir a
cualquier depredador que quisiera comer sus hojas y flores. No sólo eso. En un
acto de solidaridad con sus vecinas, les avisó que un depredador andaba en las
cercanías para que se prepararan a repeler la agresión. Por eso las acacias
cercanas aumentaron la concentración de tanino en sus hojas. La acacia lejana
no se enteró porque estaba muy lejos. No recibió el mensaje. Y mantuvo en
sus estándares regulares la concentración de tanino.
―¿Cómo pudo mandar el mensaje si las plantas no hablan ni se puede
mover? ―intervino el menor de los hermanos ante la mirada aprobatoria del
hermano mayor.
―Cualquiera estaría de acuerdo contigo. Y todos estarían equivocados.
Porque las plantas tienen muchas formas de comunicarse. No sólo entre ellas,

42
sino también con los animales. Podría darte un buen número de ejemplos.
Pero de momento, vamos a lo nuestro. Las acacias se comunican a través del
aire. Cuando una se siente atacada, a través de los alvéolos, emite un gas,
llamado etileno, inodoro e invisible, que es percibido por las plantas vecinas.
De esa manera, en pocos minutos producen una cantidad tan grande de tanino
que hace desagradable el sabor de las hojas para cualquier depredador, por lo
que éste desiste de comerlas.
El botánico hizo una alto como para dar tiempo a que sus escuchas
captaran la explicación. Unos segundos después, retomó el hilo.
―¿Qué pasó? Para entenderlo, hay que recordar lo que pasa en la
naturaleza. En los espacios libres los herbívoros ramonean a la salta la piedra,
es decir, no comen parejo, sino que muerden una rama aquí y luego no se
brincan a la planta inmediata, sino que lo hacen a una que está algunos metros
más allá. De esa manera evitan que los “gritos” de alerta se escuchen en el
caserío. Además, el depredador no se ceba en una planta, es decir, no la
depreda hasta el exterminio, sino que le da como una probadita. Ahora sí:
vuelvo a la pregunta: ¿Qué pasó? Pasó que las reglas se rompieron por una
simple razón: hubo exceso de comensales. ¿Qué quiere decir? Lo siguiente:
Rogelio y Nicandro metieron en este terreno muchos más animales de los que
el monte podía sostener. Es decir, rebasaron la densidad demográfica, si me
permiten la expresión. Cuando las cabras acabaron con el pasto, la
emprendieron con las plantas, en especial contra las acacias, muy accesibles
porque no crecen muy altas. Las acosaron y éstas se defendieron. ¿Cómo?
Haciendo lo que saben hacer. Produciendo tanino. Que en grandes cantidades

43
es mortal para cualquier herbívoro. Les destroza el hígado, los riñones y el
tracto digestivo. Ahí está la explicación.
Se hizo el silencio. Y sin saber cómo ni por qué, surgió un aplauso al que
se unieron los de los demás.
Cuando los aplausos terminaron, el botánico les dijo a los Andrade:
―Las cabras están muriendo porque el monte está envenenado. Pero
hay manera de atemperar y aun de eliminar la mortandad. Suminístrenles
mucho alimento alternativo, como forraje comercial, a fin de que dejen de
ramonear. Y desahoguen el hato. Es decir, llévense una parte a otro lugar.
Recuerden que debe haber una relación entre el número de cabezas y la
disponibilidad de alimento. Ya depende de ustedes.
―Podrían regalarle a Felipe Villanueva algunas cabezas. Sería una
buena manera de compensarlo por los malos ratos que le han hecho pasar.
Por cierto, le mandé decir que puede regresar a su rancho sin ningún temor.
También les caerían bien algunas cabezas en la secundaria técnica del profesor
Efraín, donde ustedes estudiaron, por cierto ―les propuso Eulogio España.

De regreso a Culiacán, Eulogio España se hizo acompañar por el


botánico. Estaba realmente impresionado por la rapidez con que había
encontrado la solución al problema, que él había imaginado mucho más
enredada y problemática.
―Estuviste brillante. ¿Cómo se te ocurrió que el problema estaba en las
ramas de la acacia y que se debía a la glotonería de las chivas? Y chivos, para
no discriminar.

44
El botánico lo miró con picardía. Ocupaba el lugar del copiloto que
tradicionalmente correspondía a su asistente. A éste lo había mandado con la
tropa en otra camioneta.
―No hay nada extraordinario en esto. En realidad, fue una operación de
pizarrón. Desde que entramos a la finca me di cuenta de cuál era el problema.
Era palpable el amontonamiento de animales. Éste sí fue un problema allá por
1980 en África. La caza excesiva amenazó la existencia del kudú, un ciervo muy
grande y hermoso cuya cornamenta es considerada un trofeo muy apreciado.
Para proteger la especie de la extinción, unos defensores de la fauna silvestre
compraron y habilitaron una extensa área de bosques y encerraron ahí a los
animales. Cuando dieron cuenta de los pastos, se lanzaron sobre las acacias. Y
al tiempo empezaron a morir. Al hacer la autopsia de los animales, un
eminente zoólogo sudafricano de la universidad de Pretoria, de nombre
Wouter Van Hoven, descubrió en los estómagos hojas de acacia sin digerir con
altas concentraciones de tanino. Pronto descubrió que los ciervos
sobrexplotaban a las acacias. Para comprobar la hipótesis de que ante la
agresión las plantas reaccionaban produciendo tanino en grandes cantidades,
Wouter realizó un experimento como el que vio usted hace un rato. Se
descubrió que el incremento era de hasta un 250%. Intuyó que las plantas se
comunicaban, pero no atinó a descubrir cómo. Pensó que lo hacían mediante
las raíces, pero no pudo comprobarlo. Esto lo hicieron, hacia 1983, los biólogos
norteamericanos Ian Balwin y Jack Schultz, quienes descubrieron que
mediante la emisión de etileno las plantas advertían a sus vecinas de la
presencia de un depredador a fin de que prepararan su defensa. En cuanto vi
la marabunta de cabras atizándole a las acacias supe cuál era el problema. ¿Por

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qué no lo dijiste?, me dirá usted. No lo hice por una razón muy simple: no me
hubieran creído, sobre todo los muchachos. Confío en que ya no habrá dudas.
Y si aún les queda alguna, si no hacen lo que les aconsejo o algo parecido, van
a perder todo.
―Pues de todos modos me pareció brillante.
―Mera prestidigitación científica ―se defendió todavía el botánico.
―Bien. Que sea así. Tú eres el experto. Me interesa que me platiques
sobre eso de que las plantas se comunican entre sí. Algo he oído al respecto,
pero nunca me he detenido a investigar. Cuéntame.
El botánico se arrellanó y se dispuso a bordar sobre el particular.
―Antes de que empieces, dime qué carrera estudiaste.
―Soy ingeniero agrónomo.
―¿De dónde? Chapingo, Hermanos Escobar, Antonio Narro, …
―No. De aquí. De la escuela de agricultura de la UAS. Soy producto local.
―Bueno. Excelente. No te voy a preguntar por qué andas en
criminalística en lugar de estar vigilando sembradíos. Volvamos a las plantas.
―¿Algún tema en especial? ¿Algún orden?
―Nada en especial. Cuéntame cosas. Así de simple. No te voy a
interrumpir.
―Me ayudaría mucho que me hiciera preguntas. O comentarios.
―Sea, pues. Adelante.
El botánico se arrellanó de nuevo, miró al monte, como buscando en las
plantas y árboles alguna pista para ordenar la narración y empezó su relato:
―Las plantas y los árboles no tienen cerebro, como el nuestro, pero se
comunican con otros árboles y plantas. Lo hacen de diversas formas. Disponen

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para ello de un sinfín de palabras y lenguajes, dependiendo de los distintos
momentos y de los diversos mensajes que quieran pasar. Mandan señales de
alarma, de amor, de competencia, de confrontación. Se envían susurros. Se
acarician. Se giran advertencias. También lloran. Y ríen. Y oyen. Cada una tiene
una melodía propia. Y reaccionan a ella. Eso lo saben los insectos. Los
polinizadores, en especial. Parece de fantasía, pero las plantas no dan la miel
de sus flores a cualquiera sino al que sabe cantarles. O ajustarse a su anatomía.
Hay flores cuyo diseño sólo acepta un insecto o un grupo de insectos en
particular. Es el caso de algunas que guardan el néctar en lugares de difícil
acceso, como el fondo de la corola, sólo alcanzable si se dispone de un aparato
especial, como la espiritrompa de las mariposas, un largo popote enrollado en
espiral que el animal extiende hasta llegar al depósito azucarado. Esta relación
tan especial se conoce como psicofilia. También hay insectos generalistas que
pueden visitar varias clases de flores. Como las abejas. En un día una abeja
obrera puede visitar hasta 560 flores. La toma del néctar de una flor no está
regida por el azar. Hay reglas.
El agrónomo se detuvo y dirigiendo la mirada al jefe policíaco le habló
con un tono de disculpa.
―Perdón, profesor. Creo que me estoy excediendo con tanto detalle.
―Vas bien. No me incomoda. Al contrario. Me parece muy interesante.
Sigue.
―Gracias. ―El botánico retomó su discurso―. Un caso paradigmático
es la relación entre el girasol y el abejorro. Parece de pizarrón. El girasol regula
la maduración de las flores y el insecto se adapta al proceso. La ruta está
perfectamente establecida. Las florecillas de girasol maduran por grupos,

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comenzando por el círculo exterior. El resto de las florecillas permanece
cerrado, y se van abriendo progresivamente hasta llegar al círculo central. El
abejorro liba en círculos. De afuera hacia adentro. Las dos partes ganan: el
abejorro obtiene la mayor parte posible del néctar y el girasol consigue la
fecundación de la mayoría de sus flores.
―Parece que estás hablando de personas.
El botánico asintió. Y continuó su exposición:
―No son pasivas. Se defienden. Tienen estrategias de sobrevivencia.
¿Cómo lo hacen? Despachan señales eléctricas y emiten sustancias volátiles
que advierten de peligros, como el ataque de insectos, bacterias, hongos, aves,
herbívoros.
Se detuvo por un momento y miró a la arboleda de nuevo. El camino
transcurría por una ladera desde la que se advertía una hondonada boscosa.
La visión pareció sugerirle un comentario.
―Un bosque es una comunidad viva formada por árboles y plantas que
establecen relaciones diversas, como la gente. Se conocen. Se tratan. A veces
se hacen amigos. Entonces se protegen y comunican entre sí. Si una planta o
un árbol es mordisqueado, envía algún tipo de alarma que informa que un
depredador se halla en el vecindario. Advertidos, los vecinos pueden secretar
substancias que los hacen menos apetecibles. Esto explicaría por qué los
animales que se alimentan de ramas no permanecen mucho tiempo en una
planta. Van de una a otra. Ramonean aquí y allá. Las plantas amigas no se
estorban. Se facilitan la vida. No se quitan espacio. Las plantas también
distinguen a las que les son hostiles. Y las combaten. Se acercan a las primeras.
Empujan a las segundas.

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Eulogio España se volvió a mirarlo. El ingeniero no atinó a descubrir si su
mirada mostraba que le creía o no, porque le pareció una mirada neutra. No
le hubiera extrañado lo segundo porque era la reacción que veía en las
personas cuando le escuchaban hablar del “verde”, como genéricamente
llamaba a plantas y árboles. Por eso, sin inmutarse, y aún con la mirada puesta
en la arboleda de la barranca, continuó:
― En la naturaleza no todo es armonía. La idea de una sana convivencia
entre las plantas es un mito. Una creencia infundada. Hay una competencia
feroz. Por la luz, el alimento, el agua, el aire y el espacio. Hay, es cierto,
simbiosis recíprocamente beneficiosas. Pero, también, hay codicia e
ingratitud. La higuera es un buen ejemplo. En algunos lugares la llaman mata
asesina. Surge como una liana endeble; buscando la luz, trepa por el tronco de
un árbol robusto, se enrosca en él, se fortalece a sus expensas a grado tal que
ocupa su lugar y termina matándolo.
―¿Piensan los árboles? ―le preguntó, con manifiesto interés.
―La respuesta rápida es no. Porque es evidente que no lo hacen como
nosotros. Sin embargo, hacen cosas que parecerían demostrarlo.
Luego, tal vez estimulado por algo que había visto en la hondonada,
volvió al tema que llevaba.
―Hay árboles hospitalarios que, como madres generosas, cobijan a
muchos otros. Generalmente son los más grandes y longevos. Ayudan a los
más pequeños y jóvenes. Hay, por otro lado, árboles hostiles, que no dejan
que nada prospere bajo sus ramas. Son celosos, aun de sus propios hijos.

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―Eso salta a la vista. Cualquiera que haya caminado por un monte y sea
medianamente observador lo ha notado. Cada árbol, cada planta tiene su
modo.
―Tiene razón. Todas las plantas tienen personalidad propia. Las hay
fuertes. Las hay débiles. Las hay también agresivas, dulces, austeras,
generosas, amables o inhóspitas.
―Como la gente.
―Definitivamente. Los árboles cooperan con algunos seres vivos.
Destacan las micorrizas, como se conoce a una muy extendida simbiosis entre
un cierto tipo de hongo y muchos árboles, fenómeno que ocurre en las raíces
de los segundos. Casi en todas las plantas terrestres hay micorrizas. Es una
simbiosis mutuamente beneficiosa. El hongo recibe de la planta hidratos de
carbono y vitaminas y le da agua y nutrientes minerales. Parece que los hongos
cumplen también funciones de mensajería entre árboles vecinos, sobre todo
en condiciones de peligro, como un incendio o el ataque de un depredador.
También compiten con otros. Y aun los combaten. Los árboles, como nosotros,
son seres vivos imaginativos, inteligentes; producen sistemas
electromagnéticos. Son espirituales, emocionales, sensitivos. Los animales
concentramos las funciones en órganos específicos: el cerebro para pensar, el
aparato digestivo para procesar los alimentos, y contando. Las plantas, en
cambio, distribuyen dichas y otras funciones en todo el cuerpo. Ellas son
capaces de respirar sin pulmones, de excretar líquidos sin riñones.
―Hablas de plantas y árboles como si fueran seres conscientes. ¿No
exageras?

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―Casi nadie se atrevería a decir que tienen conciencia. Pero si definimos
este concepto como sabernos distintos de lo externo, como darse cuenta de
lo que sucede afuera de uno, no podría negarse que sí son conscientes, porque
perciben sonidos, vibraciones, temperaturas, amenazas, vientos, humedad
ambiente, variaciones estacionales. Contrariamente de lo que la gente suele
pensar, las plantas no son simplemente cosas que están ahí. Son inteligentes,
pero de otra forma. Son seres actuantes, en sentido pleno de la palabra.
Toman conciencia de lo que las rodea y de la existencia de otros seres vivos.
Si aceptamos esto tendríamos que concluir que la conciencia tiene diversas
formas de existir: que hay más de una forma de ser consciente. La humana y
otras más. No puede haber forma de vida sin conciencia. La conciencia y la
inteligencia son consubstanciales a la naturaleza viva. Están en todas las
formas vivientes, sólo que de manera distinta en cada caso. Los árboles
interpretan el tiempo: la duración de los días, la intensidad de la luz, las
variaciones de la temperatura. Y actúan en consonancia. Interpretar es pensar.
Todo eso implica preparación.
―Cualquiera diría que estás describiendo animales.
―Los semovientes, para usar un nombre genérico, huyen de los
problemas. Las plantas los resuelven. Eso es inteligencia. No puedo dejar de
insistir en esto. Los árboles duermen, recuerdan, hablan, perciben, escuchan,
reaccionan. Tienen alma. Sienten. Sienten miedo, amor y cariño. Y tienen
memoria. Pueden recordar lo que ha pasado antes. Se defienden de distintos
modos: regulando el tamaño de las hojas o la composición química de su savia,
por ejemplo.

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Habían dejado el camino de terracería y transitaban por la carretera
Internacional. Se acercaban a las casetas de cobro de Limón de los Ramos. El
ingeniero hablaba sin dejar de mirar los montes que formaban el paisaje a uno
y otro lado. Era evidente que veía en ellos cosas que escapaban a la mayoría
de la gente. Para ésta, los montes eran meros amontonamientos de malezas y
palos. Para él, unidades vivas; sistemas orgánicos formados por seres que
interactuaban dialécticamente en una lucha incesante por vivir y reproducirse,
sujetos a los ciclos de la luz, de las lluvias, de las estaciones, de los calores y los
fríos.
El botánico hablaba con la seguridad de un iluminado. Para él, plantas y
árboles no eran cosas que estaban ahí. Por accidente. Como seres inertes. Eran
piezas principales de un gran conjunto que los humanos, parte también del
mismo, no alcanzaban a conocer ni a entender. Se volvió a mirar al jefe
policíaco que percibió su movimiento pero que no le correspondió porque con
la cercanía de la ciudad el tráfico se había adensado obligándole a ser
precavido. Sin embargo, asintió, como para indicarle a su acompañante que
seguía su discurso. Así lo entendió y continuó exponiendo sus reflexiones.
―Las plantas representan el 99.7% de la materia viva del planeta. A
pesar de su masa abrumadora, hemos subestimado su poder durante miles de
años. Son organismos muy complejos. Capaces de advertir, aprender y
resolver problemas. De formas distintas que los animales, pero igualmente
efectivas, sin duda. Sus estrategias son muy complejas. Difíciles de entender,
y aun de verlas, ya que suceden en escalas de tiempo más amplias. Percibimos
a las plantas como organismos quietos, pasivos, que no cambian de sitio. Los
movimientos de las plantas son muy complejos, diferentes de los nuestros.

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Decimos que no se mueven porque comparamos sus formas de moverse con
las nuestras. Cuando juzgamos a las plantas cometemos dos errores: nos
asumimos como modelos de referencia y usamos nuestros modelos
conceptuales para explicarlas. Decimos que son inteligentes, pero luego
dudamos, porque aplicamos nuestra noción de inteligencia; decimos que se
mueven, pero luego lo negamos, porque igualmente tomamos nuestras ideas
sobre el movimiento para hablar del de ellas. Si conociéramos sus lógicas
semánticas lo entenderíamos mejor.
Consciente de que estaban por llegar al final del camino, tomó aire y se
dispuso a hacer una reflexión final. Como un testamento.
―Frente a las plantas, actuamos con criminal falta de respeto: las
quemamos, las talamos, las erradicamos. Sin compasión. Por ignorancia y
avaricia. ¿Cuántas especies autóctonas han desaparecido por nuestra culpa?
Las hemos herido radicalmente. Profundamente. A pesar de ello, siguen con
nosotros. Sustentando al planeta. Dándonos vida. ¿Se imagina que un día se
rebelen? ¿Se imagina que un día se nieguen a darnos las hojas, los tallos, las
raíces y los frutos que nos llevamos a la boca? ¿O que nos los den, pero
impregnados de substancias venenosas? Como el tanino que mató a los kudús
africanos y a las cabras de los chicos Andrade Quiroz. O peor aún: Que decidan
no producir el oxígeno que mueve a nuestro cuerpo y substituirlo por un gas
que no podamos procesar. ¿Se imagina que tomen revancha? No lo descarte.
A menos que crea usted que la venganza es un sentimiento exclusivo de
nosotros.GMG

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